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Full text of "El judio errante"

■:38 

3 |V\f^^: 



ALBUM 



o-.lffl!-o 



E JiAi© 1 



TOllO §íe:gu!vdo« 




Barcelona: 1845. 

mPRENTA DE D. JOSÉ DEVESA Y PUJADAS 

CALLE DE SERRA NÚMERO 6- 



Digitized by the Internet Archive 

in 2010 witin funding from 

University of Ottawa 



http://www.archive.org/details/eljudioerrante02suee 



àLBlM. 



l'A(i. 1.» 



-'-' r-TTw.T'nînr! 



PARTE PRIMEBA. 



íkñ miKNiâ mà^ÊmËJL, 



-==»*»-^CI€-» 



I. 

LAS MASCARAS. 

La mañana siízuietite del dia en que el 
coMii-;arii) de policía condujo á la niiigor 
de D;it;"berto ante el juez de primera ins- 
tancia , tenia lugar una escena ruidosa y 
animada en la plaza del Chatelel, en fren- 
te de una casa cuyos cuartos bajos y pri- 
mer piso ocupaaba entonces un bodegón 
con la muestra del Becerro mamón. 

Era el amanecer del martes de Car- 
naval. 

Un gran número de máscaras grotescas 

y pobremente ataviadas, saiian de los 
bailes de tíiberna situados en el cuartel 
del Hotel de Ville, y atravesaban cantan- 
do la plaza del (^liatelet; pero al ver que 
corrin por ia paite del rio otra turba de 
gentes disfrazjdas, se detuvieron las pri- 
•neras máscaras para esperar á las nue- 
vas dando gritos de alegría, con la espe- 
ranza de empeñar una ludia de palabras 
licenciosas, ó una de esas pantomioias 
picarescas (|ue han ilustrado á Vade. 

Esta multiuiJ, masó menos avinada, 
se aun)entó muy pronto por las muchas 
personas cuyo estado las obligaba á circu- 
lar por París tan de mañana, y se concen- 
tró de repente en uno de los ángulos de 
la plaza, de modo que uoa joven pálida y 



contraiieclia que la atravesaba en aquel 
momento, se hallóenvuella por todas par- 
tes. 

Ksf.i ji'ivon era 1.1 Gibosa, que levantada 
con el dia ¡l)a á buscar obra á la casa de 
la persona (|ue la empicaba. Concíbanse 
los temores de la pobre muchacíia cuando 
al verse involuntariamente entre a(|uella 
turba alegre, recordó la cruel escena de 
la víspera. A pesar de todos sus esfuerzos, 
por desgracia harto débiles , no pudo dar 
un paso, porque el nuevo grupo de más- 
caras que llegaba entonces , se dirigió á las 
primeras, separóse una parte de estas, 
refluyeron otras liácía adelante, y encon- 
tré ndo.-e la Gibosa cnire estas últimas, 
fué por decirlo asi , llevada por aquella 
oleada de pueblo y arrojada entie loSgru- 
()0S mas p'ióxinwts ál bodegón. 

Las nuevas máscaras instaban miiclio 
mejor vestidas que las otras, pertenecien- 
do á esa clase alegre y turbulenta quo 
concurre liabituaimente á Ja Chaumière , 
al Prado, al Coliseo y á otras reuniones 
(le baileniiisii menos regulares, compues- 
tas generalmente de estudiantes, señoritas 
•le tienila, empleados de comercio, costu- 
reras etc. 

AI misino tiempo que este grupo con- 
testaba Á las chanzas de las otras niasca- 
1 



ALBUBI. 



ras, parecía esperar con impaciencia la 
llegada de alguna persona sumamente de- 
seada. 

Las siguientes palabras caml)iadas entre 
pastores y pastoras, marineros y maiioias, 
turcos y sultanas, ú otras parejas diferen- 
tes, podrán dar una idea de la importan- 
cia de los per^onajes deseados con tanto 
ardor. 

— El almuerzo está encargado para las 
siete de la mañana , de modo que ya de- 
berían liaber llegado sus coches. 

— Si.... pero habrá querido la R ina 
Bacanal; dirigir la última galop del Prado. 

— Si yo hubiera sabido eso.... me ha- 
bría quedado para ver á mí reina ado- 
rada. 

— Gobinet, si volvéis á llamarla vuestra 
reina adorada os araño; entretanto os pin- 
cho!... 

— ¡Acabarás, Celeste I tu me haces 
cardenales en el cutis bastante negro ya 
con que mamá me adornó al nacer. 

— ¿Por qué llamáis á esa Bacanal vues- 
tra reina adorada? ¿y yo que soy para 
vos?... 

— Tú eres mi adorada, pero no m¡ rei- 
na.... porque asi como no hay riías que 
i^na luna en las noches de la natura, asi 
también solo existe una Bacanal en las 
noches del Prado. 

— ¡ Oh ! ¡ vaya una exageración I 

— 4 Dice bien Gobinet I ¡esta noche ha 
estado magnifica la reina I 

— Seguramente. 

— Nunca la lie visto mas alegre. 

— ¡Y que traje tan brillante! 
— ¡ Maravilloso I 

— ¡Fulminante I 

— No hay otra para inventarlos seme- 
jantes. 

— ;Y que modo de bailar ! 

— ¡Olí, si!... ¡que ligereza y quegra- 
cias tan estraordinarias! No hay una ba- 
yadera igual bajo la capa del cielo. 



— Gobinet, devolvcdme mi c!:al en se- 
guida... bastante me lo habéis estropeado 
ya roibuidolo á vuestragniesacinluia ;rio 
quiero echar á perder mis prendas por un 
imbi^il q-ue llama bayadcras á las otras 
mugercs. 

— Vamos, Celeste, calma tu furor 

ya ves que estoy disírazodo de turco y 
que no es eslraño que hable de bajado- 
ras. 

— Tu Celeste es como las otras, está 
vi'to, tiene celos de la rema Bacanal. 

— ¡ Yocelos !... ¡ aii [ vaya... si yoqui- 
siera ser tan desvergonzada como ella ,se 
hablaria de mi lo mismo.... y sobre todt» 
¿qué es lo que forma su fama? el tenor un 
apodo. 

— En cuanto á eso nada tienes que en- 
vidiarla... puesto que le llaman Celeste... 

— Vos sabes bien, Gobinet, quetv.le»- 
tees mí nonibre... 

— Sí, pero al verte, cualquiera dirá (¡ue 
es un apodo. 

— Gobinet, yo liaré que os acordéis de 
esas palabras... 

— Ayudada de Osear.... ¿no es ver- 
dad? 

—Si por cierto, y veréis el resultado... 
despediré al uno,... y me quedaré con el 
otro.... y ese otro no seréis vos. 

— Celeste, siento que no me compren- 
dáis... he querido deciros que vuestro 
nombro angelical está tan en armonía con 
vuestra encantadora carita mucho mas 
linda que la de la reina Bacanal. 

— Eso es, miniadme ahora, infame. 

— Te juro por la cabeza aborrecida del 
dueño de mi casa, que sí tú qu¡s>ieras ten- 
drías tar.ta gracia como la reina Bacanal, 
lo que no es poco decir... 

— Kl hecho es que la Bacanal tiene.... 
y mucha. 

— Para fascinar ñ los municipales. 

— Y para magnetizar á los agentes de 
policía. 



ALUIM. 

*— Por rna'í qiu* iniii'ran incomoilarsi'... 
■sioiiipre conclu) (' par li;uerlos rcir 

— V (udos la llaman: Itciiia mia. 

— lisia iioclit' misma lia fiaaiiliulo 

Á III) iniiiiii-ipal cuyo piid irseliubia uíoii- 
dido miiMilras (|(il' la Hjoaiial «Jan/jba >ii 
famoso paso de la Tuli¡)n hor rascuña 



— ¡Oiit'oonlradaii/a! !! ^ ¡Jucrmcín Cuc 
ros y la Uvina Itucauul con Uo!-a-Puiii¡Joii 
y Aini-Muulin.' 

— ¡Y todas cuatro agitándoNO en l.i> 
Tulipas cada inslauU; mas ltoira>eosa>¡ 

— A prop.iAito, ¿í's VL-rdad lo ijuc .-o 
íljco de Mini-Mouliii/ 

— ¿•\)iii' dicii»? 

— ijiic es lili literato tjue escribe folíe- 
los soliie la le'.iyioii. 

— Sí, yo lo lie \i.lo á nienuJo en casa 
de mi principal (j.íc es donde se proNce. 
¡ Qué l'arsanle ! 

— ¿V liace el devoto? 

— \a lo creo, cuanto es necesario; en- 
tonces es Mr. L)u:iioulin en los oj.s li.i- 
ji)S. el cuello iiiclmudo y los pies li.'.iia 

adentro pero una m-z uetlia sii osU-n 

tacion de mtIuoso, se evapora en los bai 
k's del Can-can *pie iiJo.a:ra, y donde !a> 
liiUgores le lian dado el soliKiiuiuOie de 
Nini Moulin; unid á esto ijue lu Id- cuinn 
<in pescado, y conoceréis iiu-j -r al liipo- 
crita. Toilo lo dicho no !e impiíie ti es- 
cribir en los periódicos religi..s.is ; a^i is 
ijlie los santiii r<>ni's á ([uiines encaja us- 
pticlu á su viitud, de ijiie él se liuria en 
su interior, le invocan en xis jurameulos. 
lis necesario ver sus artículos ó sus lolli- 
los (solamente verlos... peio no letrlo>j. 
á cada instante se iiat)la en elloo (l;l dia- 
blü y sus cm-rnos . de las fritadas es- 
pantosas ipie esperan á los impios y ú los 

revolucionario? déla autoridad de lo- 

obispos, di'l poder de! papa... ¡«pié sé v.i! 

— Kl lie..li > es <|iii' es un lieod > v un 

calavera deslicclu» ¡ U"é nvaiit-:¡cii,r 

bailaba con la Rofiti í'oinpon en la Tu- 
lipa borrascosa ! 



— ¡Y i|:h' hermosa caljoza fcnla con «ii 
casco romano y sus tiota» ile campana !... 

— Homla Pontp >H danza también de lo 
lindo; ¡cuánta pooí.i en <us miidiin/a>I 

— ¡Son id'-aliiiente rniir(iiinii¡i>>¡! 
— Sí, pero la Hrini n.if.inaí está i seis 

mil pié>. mas an iba i'ei Can-can ordina- 
rio 1:0 |iiir(l I nlMil.ir un iiistatile su 

paso de •■-•■la iMclie en la Tulipa borras- 
cosa. 

— ITiliia para í.dirir'a. 

— V para venerai'a 

— lis scj^iiro i|t¡e si yo í\ii'<o padre do 
familia la conliaria la educación de mis 
I i ¡jo-;. 

— t^u^ motivo de ese paso fué el inco- 
mndarse e! iniinicipal. 

— Jil iieclio es (jue el paso era un prtco 
descimipm sto. 

— De-oom[)ueslo en eslremo, y asi es 
(¡ue el municipal í-e le acercó y la «lijo: 

« \ ( íir. (S, I c na mía , ¿tratas de 
continuar ese [¡as.i?» — «No.piíilico fiiier- 
reT'», respon lit» la Urina , lo ensayo sola- 
mente una \07. cada noche, a (in de bai- 

l.irlo liien on mi veji-z es un voto que 

lie liedlo para (¡ue lleguéis á brigadier...» 

— ¡O"*' P'cira inu'lwu-lia ! 

— Vo lio com[)]endocomo continúa sus 
itlari-Mies coi l)uerme-en (lucros. 

— ¿I'i>r<pié lia sido fdroro? 

— ¡Qué ii'cedad !... ¿Nos está bien á 
nosotros e>lud atiles ó m>)zos de almacén 
el baccr los < rjuÜns is'?... nn, yo me ad- 
miro de la li'le.id.id de la Kein ) 

— Locit'ilo es nue lun p.tsilj tres ó 
cu.iiro meses. 

— I'.>ri|ue ella e<. una loca > é! un tonto. 
— Su convirsacii-n debe ser L:raciii->a. 

— A veces me prei;<inlo yo de di'mde 
diablos saca Duerme-en-Cucms el dinero 
ipie {.Msta... I'dMce ipn» ha sido él quien 
¡la [)ai:ado I.ts gastos de esta noche, tres 
coches dea cuatro rabiüns, y el desayuno 

le veinte p( js 'líjs á diez fiancos cí cu- 
Incilo. ' 



4 ALBUBt. 

— Dicen i]ue ha Iicredado...Nin¡ Mou- 
lin, ([HO no (li'ja perder fu'St a ni fi este - 
cilla, lia lifclio conocimiento con él esta 
noclic sin contar que debe llevar mi- 
ras poco honradas sóbrela Reina Bacanal. 

— ¡Éü rs demasiado feo; laí» mugeres 

desean tan solo bailar con él porque 

liace rebentar de risa á los circunstantes. 
La fío ila Pompon , (nie es tan linda , lo 
ha tomad ) cnn Uddrigiwi poco temible en 
ausencia di' mi esludi mti'. 

— ¡Ah! ¡ l'is ciclifs ! ¡lié allí los co- 
ches! ^ritó la multitud á una vez. 

Forzad.! la (libisa á permanecer cerca 
de a(|uellas máscaras, no perdió una pa- 
labra de esta conver.-acion penosa para 
ella, puesto que se trataba de su herma- 
na , á la que ella no veia iiacia mucho 
tiempo; tw porque la Reina Bacanal tu- 
viera mal corazón, sino en rfzon de que 
la horrible miseria de la Gibosa , miseria 
que ella liabia sufrido, pero (|ue no había 
tenidii \alur de .-opoi tai la mas tiempo, 
causaba v. aíjiiella alegre muehaclia acce- 
sos de amarya tri>teza , y no habia que- 
rido esponerse nías á ella , habiendo tra- 
tado en vano de liacer aceptar á su her- 
mana socurnis (jiie e>la rt-liuxi sieuq)re 
por sal)i'r (jue su origen no pudia ser bou 
radii. 

— ¡ !.i»s ciclu'.-. !... ¡los coches! 
(íril(') lie lili vo 1,1 multitud, yendo hacia 
adelüiile c>>ii tiil;i~iasmo, de modo (pie la 
(íilio<a, >i(> iiucrcr, se liaüó en primera 
fila entre las gentes ipie se apresurabaí) 
¡lor \(r de-lilar íKjiicilas mái-caras. 

Kn efeiMo, no dejaba de ser un espec- 
tánilu riii idso. 

(.11 h'iinbre á caballo disfrazado de pos- 
tillon , con una cíiaíputa azul bordada de 
plata, lina colcla muy larga yempohada. 
y sombrero adornado culi cintas, [¡rece- 
día ali primer coche chasqueando su látigo 
y gritando. 

— ¡Paso! ¡paso á la Reina Bacanal y 



su COI le! 



En un lando descubierto, tirado pot" 
cuatro caballos éticos , montados por dos 
postilíones viejos, vestidos de diablos, se 
elevaba una verdadera pirámide de hom- 
bres y mugeres, sentados, en pié y enca- 
ramados unos sobre otros, todos con los 
vestidos mas estravagantes y grotescos , 
los masescéntricos; presentaba un increí- 
ble mosaico de coloriis brillantes, de flo- 
res, cintas, oropeles y lentejuelas. Efe 
a(]uel cúmulo de forujas y de raros ata- 
víos salian rostros grotescos ó graciosos, 
Teoso lindos. [)ero todos animados por 
la febril escilacion de una loca embriaguez, 
y vueltos todos con cierto aire de fanática 
admiración hacia el segundo coche donde 
iba la Reina Bacanal, como una soberana 
en su trono, mientras (]ue la saludaba el 
gentío con los repetidos gritos de : 

— ¡Viva la Reina Bacanal! 

Este S(gUiido coche, (¡ue también era 
un buido desciibíerlo como el primero, 
solo llevaba á los cuatro corifeos del fa- 
moso paso de la Tulipa borrascosa, Nini 
Moulin, Rosa Pompon , Duerme en Cue- 
ros y la Reina fíaianal. 

Dumoulin, el escritor relijioso queque- 
lia disputar .Mme. de la Sainte Colombe 
á la innueiuia de lus amigos de Mr. Ro- 
din , su priiicipôl; Dumoulin, apeilida- 
i|o Nini-Moiiliii , » 11 pié sobre el asieo" 
to deUnler(», hubii^ra ofrecido un mag- 
iiííico objeto de estudio á (>allot ó a (ja- 
variií; (javariii el emiiUDte artista (¡ue 
une al satírico numen y ul maravilloso 
capricho del ilustre caricaturista, la gra- 
cia , la poesía y la prufundidad de Ho- 
gartti. 

Nini Moulin, de edad de unos treinta 
años, llevaba en la cabeza, muy echado 
atrás, un casco romano forrado de papel 
plateado con un enorme plumero negro 
de llorón. 

Bajo el casco se veia un rostro el mas 
rubicundo y alegre que jamás purpuraron 



ÀLBllM 

los sutiles espíritus il?i vinogpnoroso. l'na 
n»riz muy proiMiiiciada , pero cuya pri- 
mitiva furnia S(> (lisitnulaba riioilt>s(ani«'n 
te bajo una lasciva efi'rve>ceiicia «U- los 
granos eucarnailos y do color de violi-la, 
daha un aire e.Ntraùo á aijiiella cara olí 
solutainenle imberbe , á la <|ue una boca 
descomunal con los labios muy gruesos , 
daba una cspresion de jovialidad sorpren- 
dente ípie brillaba en sus ojos pardos y 
salidos. 

Al ver á aquel hombre con viiiilre de 
Síleno, lodos se preguntaban conio era 
qtie no habia abogado cien veces en el 
vino la liiel venenosa y la bilis (¡ue respi- 
raban sus libelos contra los enemigos del 
ullramoutanismo, y como podian sobre- 
nadar sus creencias católicas en medio de 
su bái|u.co desenfreno. 

l'^la pregunta liabria panci.lo incori- 
le>table á no rellccsionar t|ue los cóniiios 
encargad 'S de los papeles utas negros, lo> 
mas odiosos, son á menudo, no obstante, 
los mejores hombres del mundo. 

Kl frióse dejaba sentir bastante y Nirn'- 
MouJin llevaba un cnrick entreabierto que 
dejaba ver su coraza con escamas de pes- 
cado, y los calzones color de carne hasla 
las pantorrillas cub.ertas con botas dv 
campana. 

Kn pié como hemos dicho en el asiento 
delantero, daba gritos salvages, entrecor 
tados por estas palabras: viva l.i Heiiia 
Bacanal; y en seguida hacia rectiinar una 
enorme carraca queagitaba rápidamente. 
Duerme -en -CaeroA en pié también al !ado 
de Nini-Moulin, ondeaba una bandera de 
seda blanca en que estaban escritas estas 
palabras: Amor y placer á la lid na lia- 
canal. 

Duerme -en-Cueroi tenía unos veinte v 
cinco años. Su rostro inttligciile y ali-^rr 
con patillas rubias corrida>, estnba enlla- 
quecido por el iusomio y los escesos , y 
espresaba una mezcla singular de indul- 



gencia , alreviníienlo y sarcqsmo, sin que, 
ninguna baja pn^il'n.lll)l|ie^^,dej,»(lo qn iM 
su fatal sello. Kra el tipo perfeiçlo ijej pat 
risiense , en el sentido que seda (i Chta 
palal'ra, ya sea en el •jf'Tcito, ya en las 
pro\incias, ó bien en los bu(|nes de guer- 
ra y mercante-;. Sin ser este un ciunpli- 
mienlo, está lejo,s,po obstante de ser una 
injuria; es \\\\ epíteto que á la vez lleva 
en sí algo de reproche, adnnracion y te-ri 
mor; porque si en e^lo acepción í*s á me- 
nudo vi paiisiense i)ere/o-ü y ^xicq sumir 
so, también es lisíbjicn el trabajo, resuelto 
en el peligro ysiompro terriblemenlesar- 
cástico y chistoso. 

Duenve-en-Cueroi iba vestida, coUio 
se dice vulgarnientc, en grande; cha(|i,<eta. 
de terciopelo negro ¡cou botones dç |)U»ta,, 
ciíaleco encarnado , pantalon con anrha>; 
r.nas aziilis, chai <le carheniira por faja 
CMi un gi;ic.(Ie jazo roJgando, y. sombrero 
cnliierto de (lores y tintas, liste di>iraz. 
sentaba perfectamente á sji e^lH'rio talle. 

En el asiento trasero del ooche ib m en 
pié /fosíi Pompon y la ¡(ciña Uíu-uuul. 

Rosa Fompon, ex-cordonera de diezy 
siete años, tenia la oarita mas linda y pi- 
carilla que pueda vepse, é iba capiieho- 
sammle vestid^ ron un trage de'liombf»-; 
su peluca eutpolvada sobre la (¡ue llevaba 
puesta (le lado una gorra île coi«>r de na-- 
raiija y verde con galon de plata, hacia 
mas \ivo aun el bjrillo.de sus. (>ju> ncgfos 
y el encarnado de susai nboladaa ^U'jli|a^; 
llevaba al cuello una cui bala amaiilla co- 
mo su dotante cinturon; >u 9Ju>lada cha- 
queta asi como .su e^^recho oliaicco, >erde 
claro , adornado con In-ncill^s de plata, 
hacian aparecer tt^ilo el encanto de sude- 
gada cintura, eiij allee.-ibiliiJail dt-liia pUï- 
larse maravi lo^aul••nl(• á 'a> «vulucioi.ia. 
lili pn^-» de la Tuliji/¡ lior^asioau. lin liii , 
su ancho pactTlon de !a ptopia le'a \ co- 
lor que la chaqueta, eia suiicientemenle 
indiscreto. 



La Reina Bacanal se apoyaba con una 
mano en el hombro de llosa Pompon á 
la qiio llevaba en estatura toda la cabeza. 
La hermana de la Gibosa presidia ver- 
daderamente como soberana aquell.i loca 
embriaguez que parecía inspirar su sola 
presencia; tanto influía sn atractivo y sti 
niidosa animación sobre cuantos la ro- 
deaban. 

Era la Reirá una joven alta como de 
veinte anos, gallarda y bien formada, con 
facciones regulares y de aire alegre y atnr 
dido; como su hermana , tenia magnífico 
cabello castalio y grandes ojos azules: pero 
en vez de ser dulces y tímidos co;rio los 
de la joven obrera, bridaban con un ardor 
infatigable por el placer. Era tal la vive- 
za de su organización, que á pesar de ha 
ber pasado muchos dias con sus noches 
en una continua fiesta , su color era tan 
puro, sus mejillas tan sonrosadas y su 
espalda tan fresca como si hubiera salido 
la n'isma mañana de algún pacífico re- 
tiro. 

Su disfraz, aunque raro y de un ca- 
rácter singularmente ccsotico, le sentaba 
sin embargo á las n)il maravillas. Com- 
poníase de una especie de corsé ajustado, 
bajo de cintura y de una tela dorada guar- 
necida con grandes lazos de cintas encar- 
nadas que flutaban sobre sus brazos des- 
nudos, y de una falda corta de terciopelo 
rncarnado sembrada de lentejuelas de oro 
(pie le llegaba hasta media pierna; é.-.la 
rra á la vez fina y robus'a , calzada con 
MK'dias blancas de seda y con borceguíes 
i-ncarnados con talones de cobre. 

Nunca se viú una boli-ra española con 
la cintura tan graciosamente arqueada, 
tan elástica, y por deciilo ai-i tan delica- 
da como la de esta joven singular que pa- 
recía poseída del demonio del baile y del 
movin)ienlo, por(;ue casi á cada ins!;inlt.' 
una pequeña contorsion de ca¡;eza acom- 
pañada de una 1 jora ondulaciun de hom- 



ALBUIt. 

bros y caderas, parecía seguir la caííencíá 
de íjnd orquesta invisilde, cuyo compa^ 
marcaba con la punta del pié derecho 
puesto sobre el bordç de la portezuela deí 
modo mas provotalivo, pues la Reina lía- 
canal se sostenía en pié con altivez sobre 
los aiinoadones dc-l coche. 

Cenia su frente una especie de diadema 
dorada, emblema de su tu b. liento reina- 
do, adornada con ruid(S)S cascabeles;. si* 
cabellos divididos en dos grandes Ir'eizis 
caían sobre sus encarnada-; mejillas yend> 
á unirse por debajo de las orejas detrás do 
la cabeza ; su man;) izquit-rda se apoyab;» 
en el hombro de la Rosita Pi>m[)on, y en 
la derecha tenia un ramo de (lores «oi» 
que saludaba á la mulülud riendo á car- 
cajadas. 

Difícil seria el pintar este cuadro lar> 
estrepitoso, tan animado y loco, comple- 
tado por un tercer coche ocupado vonv> 
con una pirámide de u)áscaras grotesca* 
y eslravagantes. 

Entre aqiK'l alegre gentío solo una per- 
sona contempbiba esla escena con una 
profunda trisleía y era laCibosa qoe per- 
manecía en la primera fila »le los e>pec- 
tadores, á ptsar de sus esfuerzos para sa- 
lir do entre la multitud. 

Separada de su hermana hacía mucho 
tiempo, la volvía á ver con toda la pompa 
de su singular triunfo en medio de los 
gritos de alegría y de los bravos de sus 
compañeros de placer. Sin embargo los 
ojos de la pobre obrera no pudieron me- 



nos de arrasarse de lágrima*. Aun(¡iie la 
Reina Bacanal parecía participar del atur- 
dido buen humor de los (¡iie la rodeaban, 
al ver su risueño sen^blante, y aunque 
parecía gozar de todo el brillo de un lujo 
pasa;:i'ro, su hermana la compadccif) sin- 
ceramente... ella, pobre dosdií hada, vis- 
lilla ci\si de andr.-'jns y í|ue se levantaba 
al amanecer para irá buscar tratiajo para 
el día y nuicha parle de la neclie. 



ALnUH. 



1.a Gibosa se Iiabia olvid.nlo del f^ciilíi» 
rinihMnplajMlo á su lierM.iiiia , á la que 
amalla licii-anicDlo... y taiilo utas cuanto 
í|ue la cri*ia digna de láslima. Fij'>s l<>> 
(>jos 011 aiiuolla alegro y lieriiinsa jiiveii, 
su pálido y iliilie rostro is()rf>al)a uu:; 
coin[)a>ion tici na y un inli-iós profundo } 
doloroso 

De repente la bril'atite y p aconfer.i 
nurada ipie la llcina IJncarial pi-ealia so 
hre el };tnlío , se eiiconliü en los cJon 
Irisles y iiorosos de la (íütnsa 

— ¡ llerinana ini.iü! eselniín'» (^•íi>ii. 
'( Hi-nios dii-lio ya (pie e^te t ra el rioinlm- 
de la latina n.M'.Miíil). ¡Hftuüuia nii;ií... 

Y Ünera c-nio una liailaruia abandonii 
de un siilto <u amliuante trono, por for 
tiMia inun'ivfl enloMCt'S , y <e cnconln') en 
frvMile de la (libosa á la tpie abrazó coi» 
(TiiSioíi. 

t'iix) todo esto con tal rapidrz que los 
compaùeros de !a lU-ina n.icanal, estupo 
f.ictos del alrevirnionlo de su sallo peíi 
grosu , no sabían á quo aliíbuirlo; las 
máscaras que rodealian á la (íibo<a, se 
ii()arlaron sorprendidas, y la poliro mu- 
cíiaclia onlre^a ! » enlcraniMile á !a di. lia 
ili abrazar á su lionnana á qoien de\o'- 
via sus caricias, no peini» en el siiii:iil,ir 
contraste (pie doliia escilai- muy pionto 
la sorpresa y la risa del '^cniío. 

O''urr¡ole (>sla idoa á Cfli^a , y iino- 
riendo corlar una liumillarixi á su h r- 
niana , se volviíí bacia el Ci'clie y d'j . : 

— Rosa Pompon, tírame mi capa 

y vos, Nini-Moulin, abrid \'\\o la poi to- 
zuda. 

I'iCcilii») la Reina Racanal su capa con 
la ipie cubrió á su hermana , y anie-i (pi>' 
esta pudiora liacer ninjiun mo\ imiciilo. 
lommdola d.* la mano lj dij.): 

— Voi\ ven 

— ¡Yo! e>;clainó laCiibosa con temor... 
lú no piensas «pie 

— Es indispensable que yo le hable 



poilin'- un cuarto aparto y rslaicmos 

>o|,is d.ito pri«a hermana iiiia 

no te o¡).>iij;as... delanU- di' lanía 'j;i'iile... 
ven 

Kl lemor do llauíar nia-i la afoncion, 
deciíbó á laCi.bosa, (pie aturdida ademas 
por e.Nfa esciin, tri'inula y asustada, si- 
guió casi UKiipiiiialmt lite á <^u hermana 
ijiu' la lli \('ial coi-Iie cux.n porlo/uela aca- 
baba de ahiir N:n:-.Miii'¡ii, 

r.omo la ("í;pa di' I.t Uoina Bacanal cu- 
bría v\ p due vestido y la impoiTiccion dt? 
la riibosa, no linituon motivo de reir los 
ospecl lílores, nduiirándose tan Milodeote 
encueii'ro, tuií-níras ipn' llt;.'al)an los co- 
cliis á la piarla del bodi -jon de la plaza 
del Chalclet. 

IÏ. 

I.OS CO.NPKASTK.S. 

Pocos miiiiilos d.spiiesde haber fncon- 
tradü la (jibosa á la lU-ina Bacanal, e>l i- 
ban ya n-unidas las dos hermanas en un 
ciiarlito de la casa (h-l hosterero. 

— Di'jame abrazarte otra vez, dijo Ce- 
lina á la joven costurera; á lo menos alii^ 
ra estamos solas; ¿te se lia quitado el 
mied >? 

A\ movimiento (pie hizo la Reina Raca- 
nal para e-trechai- en sus brazos á la (îi- 
hosa, se le cayó la capa con (pie venia cu- 
bierta. 

Al ver su nii-eral'!i> ve>tido, que ape- 
nas tuvo tieuipo de notar en la ulaza del 
Chatelel, y en medio di- la mul'itud, Ce- 
(i>a jiiiilí) lasiniMos y no pul. cnitener 
111 a didorosa ('sclaruaci<jn de sr:pr.'>a. Kii 
seguida, aceic.Í!ido-e á su heroiaii.i para 
verla mejor, cogi.i sus íl icas y hiladas 
mano<, y examinó durante algunos minu- 
tos con una tristeza cada vez mayor, a(]ue- 
lia criatura de-graciada, enferma, p.-íli la 
V enili pnci la á fiieiza de privaciones y 
de vii;i!ia>, y ipW opeiiis estaba cubierla 
'•on UM in.i! ve-!i !o ní- ¡o y remend.idt». 

— ¡ .Mi, hcrmrina mí(i I ¡es posible que 
te vuelva a ver de ese modo! 



8 ALBUlt, 

Y sin pódor pronunciar una palabra 
mas se arrojó á su cuello dísliecha en lá- 
grimas, y añadió sollozando : 

— jPerdónamel ¡perdónamel 

— ¿Qué lioni's, mi buena Cefisa? dijo 
fa jóvon costurera sumamente enterneci- 
da y escurrién lióse dulcemente délos bra 
20S de su hermana. ¿ Porque me pideî 
perdón? 

— ¿Poríjué? repujo Cefiss levantando 
S'i cara ban.id.i en lágrimas y purpúrea de 
ooiifiisioii , ¿íh) es veriToiizovo pnra iiiies- 
íar vestida con estnsoropt-l.^- y f^aslar tan- 
to dinero en li.curas cuando tu eslá> 

vestida de e^te uiodo... fnltánd t' lodo;.. 
y murirridole tal vez de miseria y necesi- 
dad? Yo no he visto jamás tu rostro tan 
pálido ni tan agobiado... 

— Tran'iuilizale, mi buena bermana... 
yo estoy buena... como be velado un poco 
esta noche, e-toy algo |)álida.... ptro.... 
te suplico que no llores... me desconsue- 
las. 

La reina líacanal acababa de llegar ra- 
diosa en medio <le una multitud embria- 
gad.!, y la (libosa era (juten la consolaba.,. 

Un incidcMlc vino á realzar mas í:sle 
contraste. Oyéronse repentinamente en la 
.sala inmediata algunos gritos alegres, y 
en sus oidos resonaron estas palabras pru- 
iuin<:iadas con entusiasmo: 

— ¡Viva la reina bacanal! ¡viva la rei- 
na Hne mal! 

La t'id»osa se sobre^alfi) y sus ojos se 
llenaron de lágrijnas^al ver á su lierínana 
que, con la cara en la> manos, temblaba 
de ver"üenzn. 



— (]eri>a , la dijo, ¡por Dios! ¡no te 
aflijas de ese modo ! ; me harás arrepen- 
tir de haberle encontrado, y esto ha sido 
para \m lanía dicha ! ¡ llaee tanto tiempo 
que I. o te veo!...... pero, }dime! (.tjue 

tienes? 

— Puede >er que me desprecies... y con 
razón... respotidió la reina Bacanal enju-» 
gándoüe las lágrimas. 



— ¡Despreciarte! ¿yo? | Dios mío! ¿y 
porqué? 

— Porque llevo la vida que tu ves...en\ 
vez de tener el valor suficiente, como tú, 
para soportar la miseria. 

Ei dolor de Cefisa era tan agudo, que 
la Gibosa siempre indulgente y bondadosa, 
quiso antes de todo consolar y animará su 
bermana diciéndole con ternura : :■ »■:• 

— Soportándolo valerosamente durante 
imano, como has hecho tú, mi buena Ce- 
fisa, tienes mas mérito y valor de! queyo 
tendría para sobn llevarlo toda mi vida. 

—■i Ah ! hermana mia ! ¡ no digas eso f 

— Veamos; francamente, repuso la Gibo- 
sa, ¿á que tentaciones está espnesta una 
criatura como yo? No busco yo natural- 
mente el aislamiento y la soledad tanto 
como tú la vida alegre y placentera? ¿Cuá- 
les son mis necesidades? ¡pobre de mil 
Poco me basta. 

— Y ese poco, ¿puedes contar siempre' 
con ello? 

— No: pero hay privaciones que yo dé- 
bil y enfermiza puedo soportar mejor que 
tú... asi 'S que el hambre me causa una 
especie de enternecimiento... que terminal 
por una gran debilidad... Tú... robusta 
y viva... el hambre te exaspera y le cati- 
ra delirio. ¡ Ay ! ¿t(í acuerdas cuantas ve- 
ces le he visto entregada á «stas crisis do- 

lori'sa* cuando en nuestra triste boar-" 

di la, y al cabo de algunos (lias sin traba* 
jo, no podiauíos ganar lú aun cuatro fran- 
cos por semana, no teniendo absoluta-' 
mente nada q le coiner, porque nuestro 
orgullo no nos permitía diiigitnosá los ve- 
cinos? 

— ¡A lo nícnos lú has conservado ese 
orgullo! 

— Y tú también ¿no has luchado acaso 
tanto como puede luchar una criatura hu- 
mana?... Pero las fuerzas tienen su tér»- 
mino... y yo te conozco bien, mi buena 
Cefisa ; si has cedido ha sido solo á fuerza 



ÁLBlk 

de hambre; si, a fuería de hambre y de 
ta penosa obligación de un escesivo tra- 
bajo, que ni aun te producía lo suticien- 
te para las necesidades mas indispensa- 
bles... 

— Pero tú sufrias y sufres aun estas pri- 
vaciones... Mira, dijn la Gibosa cojiendo 
la mano de su hermana y llevándola ha- 
cia un espejo colocado sobre un camapé... 
Mírate... ¿crees (jilc Dios concediéndote 
tanta hermosura, dándote tanta viveza y 
ardor, un carácter tan alegre, inquieto y 
comunicativo, deseoso de placeres, ha 
querido que pasases tu juventud en el fon- 
do de íina boardilla helada, sin ver jamás 
el sol, clavada eo tu silla, vestida de an- 
drajos y trabajando sin cesar y sin espe- 
ranza? No: porcjue Dios, ademas de la 
necesidad de beber y de comer nos lia iJa- 
do otras muchas. Aun en nuestra humil- 
de condición , ¿la belleza no necesita de 
algunos adornos, la juventud de movi- 
tniehto, de placer y de alegría? ¿Todas 
las edades no tienen necesidad dedistrac- 
t:iones y de reposo? Tú habrías ganado un 
salario suficiente para remediar el ham- 
bre, para tener cada semana uno ó dos 
días de diversion, despues de un trabajo 
diario de doce ó quince horas, y para pro- 
curarte el modesto y fresco vestido que 
reclama imperiosamente tu bonita cara, 
y estoy segura que no habrás deseado 
mas; cíeii veces me lo has repelido: lue- 
go, has cedido á una fuerza irresistible, 
porque tus necesidades son mayores que 
la» mías. 

— ¡ Es verdad! respondió la reina Ba- 
canal con aire pensativo: si yo hubiera 
podido ganar á lo menos Jos francos dia- 
rios, mí vida habiera sido diferente 

• porque, ya ves , htrmana mía, al prin- 
cipio me veía cruelmente hunjíljada do 
vivir á espensas de los demás. 

— Por e>a razón , le has dejado arras- 
trar iuYenciblemenie, mi buena Cefi-ra : 



d 

sin esta circunstancia le condenaría en vez 
de compadecerte. Tií no haí escojido tu 
distino, sino (|iie te has sometido ú tM co- 
mo yo al mío. 

— ; I'obre hermana mia! «lijo ('efisa 
abracando tiernamente á la (libosa: tú 
(jue eres tan desgraciada me animas y me 
consuelas en vez do que seria yo quien de- 
bería compadecerle. 

— Tranquilízale, dijo lá' Gibosa : Dios 
es justo y bueno y no me ha negado al- 
gunas ventajas: también me ha "dado al- 
gunos placeres» como á tí los tuyos. 

— ¿Tu placeres? 

— Sí, y grandes: sin ellos la vida hu- 
biera sido para mi muy pesada y no hu- 
biera tenido valor para soportarla. 

— Ya te entiendo, dijo Cefisa con emo- 
ción ; lú encuentras todavía medio de sa- 
crificarte por los demás, y esto endulza 
tus pe ñas. 

-^ V lo fnenos hago lo posible para ello, 
aunfjue puedo bien poco; pero también 
cuando lo logro, ailadiú la Gibosa sonrión- 
dose dulcemente, me creo tm feliz como 
una hormiguita que al cabo de sumo tra- 
bajo lleva una paja a! nido común; pero 
no hablemos mas de mi.- 

— Al contrario, hablemos mas,aun(]Ue 
te enfades, repuso tímidamente la rtina 
Bacanal: voy á hacerte una proposición 
ijue has desee! ado otras veces... Santia- 
go (1) tiene aun «linero< según creo; \o 
gastaremos en locuras, dando ar|ui y alli 
á los necesitados cuando se presente la 
ocasión. Te suplico «plc me permitas ayu- 
darle.... y por mas que q»iieras ocultarlo 
Veo por tu pobre rostro que le aniquilasá 
fuerza de trabajo. 

— Gracias, mi querida Cefisa; ya conoz- 



!• 



(1) Recordaremos al lector que ZÍuermc 
en C'ucrosS'.' nainal)a?Jon.isü Uorinepont, 
y era uno de lo^ desctodieutéi» de la her- 
íhatia del Judio Krranit: * ' 



10 ALBUM. 

co tu buen corazón; yo no necesito rada. 
Lo poco que gano me basta. 

— ¿Lo rehusas? dijo tristoinenfo la rei- 
na Bacanal, ¿porque sabes que ri derecho 
que tengo á este dinero no es honroso? 
Enhorabuena, comprendo tus escrúpu- 
los.... Pero á lo menos acepta un servicio 
de Santiago.... ha sido también jornalero 
como nosotras.... Entre camaradas. .. es 
natural ayudarse.... acéptalo, telo supli- 
co, ó de lo contrario creeré que me des- 
precias. 

— Y yo creeré que por fu parte tam- 
bién me desprecias si insistes mas, mi 
buena Cefisa, dijo la Gibosa con un tono 
tan decidido y tan dulce al mismo lieuipo 
que la reina Bacanal conjciú que seria 
inútil cualesquiera esfuerzo. 

Bajó Iristemcnte la cabeza y asomó una 
lágrima á su ojos. 

— Siento que mi negativa te aílija, d.jo 
la Gibosa cogiendo la ujano de su herma- 
na.... pero reflexiona y me comprende- 
rás. 

— Tienes razón, repuso esta última con 
tristeza al cabo de un corto silencio.... tu 
no debes aceptar socorros de mi aiiiante... 
proponértelo es ya un ultraje,... Hay 
proposiciones tan humillantes (|ue empa- 
nan hasta el bien que se quisiera ha- 
cer. 

— Cefisa, ya sabes que no es mi ánimo 
orenderle. 

— ¡Vaya! créeme, repuso ésta, tan 
aturdida y tan alegre como soy , algunas 
voces tengo momentos en ipie reflexio- 
no.... atu» en medio de mis mus locas 
iiicgrias... felizmente estos momentos son 
raros. 

— ¿Y que es lo qiie te ocurre? 

— Pienso que la vida que llevo no es 

honrada . y entonces me viene la idea de 

pedir á Santiago un poco de dinero, lo 

suficiente para asegurar mi subsistencia 

urante un año, y hago ánituo de ir i 



reunirme contigo y volver pogo á poco flí 
trabajo. 

— j Y bien I ¿poríjué no has seguido ub 
impulso tan bueno? 

— Porque en el momento de ejecutar 
este proyecto me consulto con sinc(TÍd.)d 
y entonces me falla el valor; conozco que 
jamás podré acostumbrarme otra vez al 
trabajo y renunciar á esta vida en unas 
ocasiones opulenta como hoy, en otras 
precaria.... pero á lo menos libro, ociosa, 
a'egre, indolente y mil veces preferible a 
la que llevarla ganando cuatro francos por 
semana. Ademas, sabes que el interés no 
ha sido jamás para mi un móvil; muchas 
veces me ha sucedido no querer di jar á 
un amatite que no tenia mucho por otro 
que fuese rico y á quien yo no (jueria ; 
nunca he pedido para mi. Santiago habrá 



gastado tal vez diez tnil francos en m n is 
de tres ó cuatro meses, y solo tenemos 
dos malos cuartos, apenas stjficientemenle 
amueblados, porque vivimossiempre fue- 
ra ¡como los pájaros; felizmente cuando 
empecé á (¡uererle no tenia nada, y vendí 
por cien francos algimas alhajas que me 
hablan dado y puse este dinero á la lote- 
ría : como los locos tienen siempre suerte, 
gané cuatro mil trancos. (Santiago estaba 
lan alegre y tan loco como yo, y nos diji- 
mos : nos queremos bien y mientras dure 
el dinero saldremos adelante; cuando se 
acabe nos sucederá una de descosas, ó ya 
nos habrcnms cansado uno de otro, y en 
ese caso nos despediremos, ó bien segui- 
remos amándonos; para seguir jimios 
trataremos de ponernos á trabajar otra 
Vez, y sino podemos y deseamos seguir 
viviendo jimtos.... con tma medida de 
caí bon ([uedará lodo concluido. 

— ¡ Dios mió! esclainó la Gibosa inmu- 
tándose. , 

— Tranijuilízale,..., todavía no estamos 
en ese caso..... Me acuerdo (jue todavía 
uie (]uc(iaba alguna cosa, cuando un ajen- 



ALIVM 

t« (lu negocios que me Iiabia hoclio la 
cortç, pero cuya fea'djd me impedia ver 
su riqueza , sabiendo que yo vivia con 
Santiago me propuso.... Pero ¿á qué 
viene fastidiarle con estos detalles? Endos 
palabras, prestaron á Santiago algún di- 
nero sobre algunos derechos dudosos que 

tenia según se dice á una herencia y 

con este dinero nos estamos di virtiendo... 
mientras dure ¡ viva la Pepa ! 

— Pero , mi buena Cefisa , en vei de 
gastar locamente este dinero ¿por qué no 
lo impones y no te rasas con Santiago , 
puesto que le amas? 

— jOhl primt-'ramente, respondió la 
reina Bacanal riéndose, imponer el dine- 
ro no da goces, y toda la diversion se re- 
duce á mirar un pedazo de papel que te 
dan en cambio de las preciosas monedas 
de oro con las cuales puede uno procurar- 
se mil placeres 

Kn cuanto á casarme ciertamente, amo 
é Santiago como no he aniaJo á nadie, y 
me parece que si tne casase se desvane- 
cería toda mi dicha , porque en íín, como 
amante nada de lo pasado puede echarme 
en cara, pero como marido, tarde ó tem- 
prano me cansarla de esto, y si mi con- 
ducta mereciese reconvenciones, mas(|uie 
ro hacérmelas yo misma ; á lo menos me 
las haria de cierto modo. 

— ¡ l^nliorabuena, loca! poro ese dine- 
ro no puede durar mucho ¿y después qué 
harás? 

— ¡Después! ¡vaya, vay.i! eso es ha- 
blar de la luna; el dia de mañana me pa- 
rece siempre que no ha de llegar hasta 
cien años; y si fuera menester aiordarse 
siempre que uno tiene de morir no val- 
dría la pena de vivir. 

La conversación de ¡as dos hermanas 
fué de nuevo interrumpida por un ruido 
espantoso que cubría el agudo y pene- 
trante do la carraca de Nini-Moulin; á 
este tu nuil > sucedi<) un coro de gritos ¡n. 



ff 



humanos entro el cual so oyeron estas pa- 
labras (jue hicieron temblar las vidrieras. 

— ¡La Reina Pa anal , la Reina Ba- 
canal I 

La (iiboss se eslrem(TÍ<). 

— Mi corte sigue iutpaci» nláudose , le 
dijo Cefia riéndose esta vej, 

— ¡Dios mió! esciamó laíübosa espan- 
tada ¿si vendrán á buscarle aquí ?| 

— No , Iranquilizatc. 

— Sí, ¿no oyes pasos? andan rn el cor- 
redor... y se acercan... ¡Olí I ¡por Dios, 
hermana inia, procura que pueda irme 
Sola y sin que nadie me vea! 

En este uïomento en (|ue se abria la 
puerta , Cefisa echó á correr á ella y vio 
en el corredor una diputación á cuya ca- 
beza venian Nini -Moulin unnado de su for- 
midable carraca, Rosa Pompon y Duerine- 
en-Cueros. 

— ¡Si no viene la Reina Bacanal me 
enveneno con un vaso de agua! gritó Nini- 
Moulin. 

— ¡O la Reina Bacanal, ó hago mis amo- 
nestaciones en el correi^imieiilo de Nini- 
Moulin ! esclamó la pe(|ueña Rosa Pom- 
pon con aire determinado. 

— ¡La Reina Bacanal, ó su corle se in- 
surreicona y viene á llevársela! dijo otra 
voz. 

— ¡Sí, si, llevársela! repitió un coro 
lormidable. 

— Santiago, entra solo... dijo la Reina 
Bacanal á pesar de tan estrechos precep- 
tos; en seguida dírig¡éndo>eásuC'.^rtc con 
aire magestuoso, dijo: 

— Dentro d" diez minutos estaré con 
Vosotros y entonces — ¡infernal tempestad! 

— ¡Viva la Reina Bacanal! grito Du- 
moulin agitando su carraca y seguido de 
la diputación , nuentras (]ue Diierme-en- 
t'uoros entraba solo en el cuarto. 

— Santiago, esta es mi hermana, le dijo 
Ce lisa. 

— Muclii> guslo tengo en veros, seno 



12 



rila, repuso cordialinente Santiago, por- 
que vaisádarnio iiulicias de mi carnerada 
Agricol. Desde que hago el millonario no 
nos vemos,.,., aunque siempre le quiero 
como un bueno y valiente compailero ¿vi- 
vis en su casa? ¿como está? 

— Desgraciadamente le han sucedido 
mil percdnces y también á su famiüa: está 
preso. 

— ¡Preso! esclamó Cefisa. 

—-i Agrie] ! ¡pre>o! ¿y p'>r qué? pre- 
guntó Duerme» ii-c\K'i os. 

— Por un di'filo polílico quenada tiene 
de grave. Se creia poderle poner en li- 
bertad bajii fianza. 

— Sin duda por 500 francos; yo sé 

sigo de eso dijo Duerme-en-Cueros. 

— Dc-graciadamente es imposible: la 
persona con quien se contaba..... 

La Reina Bcican;il interrumpió á la Gi 
bosa diciendo á Duerme-ep -Cueros: 

■ — Santiago, ya lo oyes Agricol 

preso por 500 francos. 

-T-¡l*ardiez ! y3 te entiendo y no tienes 
necesidad de liacertne senas... l*obre mu- 
cliaclio ¡manlieiie á su madre! 

•^¡Ali ! sí, señor; y eslo es tanto mas 
sensible nianlo que su padre acaba de lle- 
gar de Rusia, y su madre 

— ^Tornad, scùorila, dijo Duerme-en- 
Oueros, ir.lerrimipiendo otra vez á laGi- 
I)iísa y fVniílo'e un boNillo; tomad f todo 
rstá pngad«> Vi» con e>l<>; a(jui liay 25 ó 
30 napi'looiies: no puedo darles mejor des- 
lino que (ífreciéiidi'los á un compañero 
ncceAÍtado. Dádselos al |)adre de Agricol 
para que dé los pasos necesarios, y ma- 
ñana su hijo estará )a en la fragua 

mas vale (¡ue sea él (|ue yo. 

— S»ntiago,, abrázame al instante, dijo 
la lU'ina Rrve.inaf^ 

^Al instanle , ahora y siempre, res- 
pondió Santiago besando alegremente ala 
Reina. 

j.aífibosa dudó un momenta, pero re-^ 



ALBÜÜ. 

flecsionando iba á sei* mal gastado joca' 
mente y que por otro lado podía dar lá 
vida y la esperanza á la familia de Agri- 
col , y que devolviendo mas tarde estoá 
500 francos á Santiago podrían serles úti- 
les , la joven aceptó y con los ojos húme- 
dos dijo al tomar el bolsillo : 

— Señor Santiago, lo acepto; sois ge- 
neroso y bueno : á lo menos el padre dé 
Agricol podrá consolar hoy sus penas; 
¡gracias! ¡oh I ¡gracias? 

— No hay de que, señorita; cuandd 
hay dinero es para los demás como para 
uno mismo. 

Los gritos se renovaron con mas furia 
(jue afiles y la carraca de Nini-Moulin 
sonó haciendo un estrépito hofrorosO. 

— Gefisa , si no vienes van á hacer mil 
pedazos lodo cuanto hay en aquel cuarloy 
y ahora no tengo dinero para pagar; dijo' 
Duerme-en-Cueros. Señorita, perdonad^ 
añadió riéndose, ya lo veis, una reina tie- 
ne sus deberes. 

Cefisa , enternecida , alargó los brazos 
á la (]ibosa ia cual se arrojó, en. ellos def- 
ramaiido dulces lágrimas. !,(• r.j,oi m t >j 

— ^¿Y cuándo le veré? dijo á la Iier- 
mana. 

•=— Dentro de poco, aunque nada mC 
cansa mas sentimiento (|ue verte eo una 
miseria (¡ue no. permites coiisolpr. 



— ¿Vendrás? ¿me das palabra? 

— ^Yo os lo prometo en su nombre, re-» 
puso Santiago: iremos á veros y á vues- 
Iro vecino Agí icol. 

— -Vamos, vuelve álu fiesta, Cefisa; di- 
viértete lu que puedas, y debes hacerlo 
por(|ue el señor Santiago acaba de hacer 
dichosa á toda una faniilia. 

Diciendo esèo , y despiies que Duerme- 
en-Cueros se convenció que podía salir sin 
S4T vista de sus alegres y alborotadores 
compañeros , la Gibosa bajó furtivamente 
y muy de prisa para llevar una buena no- 
tieia á Dagoberío; pero dirijiéndose antes- 



À \.\ \ SI 



13 



à la calle de Babilonia, al paluilon ocu- 
pado antigiiamenle por Adriana de (^lar- 
doville. 

Luego siibremos el molivo de esta de 
ternunacioii de la Gibosa. 

En el momento en (jue la joven siilió 
de la hostería vi(') á 1res hombres ve>tiil()s 
de paisano y de buen porte que esl.iban 
hablando bajo pareciendo consultarse mi 
rando á la la'^a. 

A pucu se presentó otro que habla ba- 
jado de plisa la escalera de la hostería. 

— ¿Y t|ué hay? Dijeron los 1res con an 
Sia. 

— Alli está. 

— ¿ Estas seguro? 

— ¿Acaso hay sobre la tierra dos Duer- 
me en Cueros? respondió ol oiro: acabo 
de verle, y está disfrazado: en la mesa 
quedan >enlados por tres horas, á lo me- 
nos. 

— Fntonces, esperadn>e aquí... ucultans 
lo posible... voy á buscar al ¡j¡i-íe de fila 
y después temlremos el mochuelo en el 
saco. 

Y diciendo estas palabras uno de los 
hombres desapareció , corriendo por una 
calle (¡ue daba á la plaza. 



Ene>te momento la Keina Bacanal en- 
traba en la sala del banquete con Duerme 
en Cueros, y fué >a!udada con frenéticas 
aclamaciones. 

• — Ahora, esclamó Cefisa con una espe- 
tie de arrojo febril y como procurando 
aturdirse... aujigos míos, ahora tempes- 
tad, huracar.es, desencadenamiento, de- 
>órdeíie< y otros terremotos... en seguida, 
alargando su vaso á Nini Moulin, le dijo: 
I Bebamos ! 

— ¡Viva la reina! gritaron todos á la 
tez. 

III. 

KL ALMl EK'ZO. 

La Ke na Bacanal presidia el almuerzo 



llamado (/ií/)er/aí/()r,getÍ(To-o on vilo ofre- 
cido p.>r Santiago á sus eompailiMiis de 
¡(lacer. Kn fri nte le I» rehiaestaban Duer- 
me cu Cucroi y U t^a l*om])on; y á su de- 
riclia Nini Moulin. Todos estos jóvenes 
parcial) haber olvidado la- f.itigas de un 
baile que habieiiil<) empív.ido » las once 
de la noche, terminó á las seis de la uia- 
nana : estas parejas, tan alegres como ena- 
moradas é incaOsables, reían , comian y 
beliian ron un ardor juvenil; a-í es (jue 
durante la primera parte dt-l almuerzo, 
hnbloron poco y solu se o\ó el ruido de 
los f)!.ilos y de lo$ vasos. 

La fisonomía de la Reina Bacanal es- 
taba menos alegre, pero mucho mas ani- 
mada quede ordinario; sus coloradas me- 
jillas y sus brillantes ojos anunciaban una 
exaltación febril; á toda costa (jueria des- 
vanecerse y se acordaba muchas veces de 
la conversación cm» su hermana , procu- 
rando desechar c>los tri-tes recuerdos. 

Santiago miraba de cuando en cuando 
á Celísa con ajjasionado ardor; porque, 
gracias á la singU'ar conformidad de ca- 
rácter, de espíritu y de gu-tos que existia 
entre los dos, sus relaciones teiiian raices 
mas profundas y mas sólidas que las (¡ue 
ordinariamente existen en estos efímeros 
amores fundados sobre el placer. Cefisa y 
Santiago ignoraban todo el podcrdel amor 
rodeado hasta entornes d»* placeres y de 
fiestas, (|i¡e ningún -¡nie>tro acontecimien- 
to habia turbado ha-ta entonces. 

líosita Pompon, viuda desde pocos dias 
antes de un esttid:ante. qtie CuU objeto de 
terminar dignamente el carnaval, habia 
vuelto á su provincia para sacar al^iiii di- 
nero de SU familia co-'\ uno de aíiuellus fa- 
bulosos prele-tos cuya tradición se con- 
serva y se cu'tiva cuidadosamente en las 
eMUe'as de dt-vt iho y medicina; Kosa 
l^)^^p «n, «lecimos, por un ejemp'o de ra- 
ra fidelidad, había e-cjulo por ccm^jaia'^ 
ro al inofen^ivo Nini Mouhn, 
4 



Il iLB(JJ8, 

Este último desembarazado de su cas 
00 , tenia descubierta una calva rodeada 
de un filete de cabellos negros y crespu- 
dos, bastante largos por la nuca. Por un 
fenómeno báquico muy notable, á medida 
que se iba emborrachando, se iba apode- 
rando de su frente una especie de faja tan 
purpúrea como su rostro, que invadía la 
escesiva blancura de su cráneo. 

Rosa Pompon sabia e) significado de es- 
te síntoma y lo hizo notar á la sociedad, 
esclamando ;í voces y riendo á carcajadas: 

— ¡Nini Moulin, cuidado; la marea del 
vino sube que es un prodigio ! 

— Cuando le cubra la cabeza... se aho- 
gará... anadió la Reina Bacanal. 

— ¡Oh, Reina! no me interrumpáis... 

estoy meditando respondió Dumoulin 

que empezaba á estar borracho y que te- 
nía en la mano, á guisa de copa antigua, 
un cuenco de ponche de vino , porque 
despreciaba lascopas ordinarias á las cua- 
les daba desdeñosamente el nombre de 
gargantillas , en razón á su medianía. 

— Kstá meditando.... repuso Rosa y 

también Nini Moulin; atención. 

— ¡ Medita! según eso está malo. 

— ¿Qué es lo que medita? ¿Un paso 
nuevo? 

— Una postura anacreóntica y prohi- 
bida. 

— Sí, estoy meditando, repuso gravemen 
le Dumoulin , estoy meditando sobre el 
\ÍDO en general y en particular... el vino, 
del cual el divino Kossuct (Dumoulin, tie- 
ne el enorme inconveniente de citar á 
Bossuet siempre que está borracho) que 
era conocedor decia : fün el vino eyiá el va- 
lor, la fuerza , la alegría ij la embriaguez 
espiritual (entendámonos; cuando se tie- 
ne talento), añadió Mini .Moulin en forma 
de paréntesis. 

— En esc caso, yo adoro á tu Bossuet, 
dijo Rosa Pompon 



lar, versa sobre si el vino de las bodas 3fr 
Canaam eta Hnto ó blanco... unas vecos 
pregiM)to el primero, otras al segimdo y 
varias á entrambos. 

— Eso es lo qtie se llama profundizar ía 
cuestión, dijo la Reina Bacanal. 

— Como lo dice V. M... y por mi par- 
te he hecho, á fuerza de pesquisas y es- 
periencia , un descubrimiento, á saber; 
que si el vino de las bodas de Canaam era 
tinto... 

— No, era blanco... observó racionaí- 
menle Rosa Pompon. 

— ¿Ysi yo llegase á convenceros que no 
era ni tinto ni blanco? pregimtó Dumou- 
lin con aire magistral. 

— Eso seria una prueba de que estais 
borracho, amigo mió, respondió Duerme 
en Cueros. 

— El marido de la Reina tiene razón... 

— Hé aijuí lo ({lie sucL'de cu;ii> lo u no está 
sediento de ciencia; pero no importa, de 
estudios en estudios y sobre esta cuestión 
á la cual he consagrado mi vida , lograré 
llegar al término demi respetable carraca, 
dando á mi sed un color suficientemente 
histórico... leo... ló... gi...co... y arqueo... 
ló... gi... co. 

Es preciso renunciar á hacer un bos- 
quejo del jocoso gesto y del no menos jo- 
coso acento con que Dumoulin pronuncrú 
y desolló estas últimas palabras, fas cua- 
les provocaron una risa prolongada. 

— ¿Arqueológico? ¿qué significa esu? 
¿titne cofa ese negocio? ¿nada sobre et 
agua? 

— ¡Calle! repuso la r«íina Bacanal, esas 
son palabras de sabio ó de titiritero: son 
como las faldas de crinolina.... huecas y 

nada mas.... Yo prefiero beber eche, 

Nini Moulin eche Champagne. Rosa 

Pompon , á la sahid de tu Filemon; á su 
vuelta. 

— Bebamos mas bien á la larga zana- 



-En cuanlo á mi nu-Jiliuion paiüui- |!i 'lii (jue espera sacar de su fastidiosa y 



AXBtra. 



tmserable familia para concluir oí Carna- 
val, dijo Uosa Potnpon filizmenle su 

pian de zanahoria no *'$ malo. 

— ¡ Uosa Pompon ! oícUmó Nini MiHJ- 
lin, si lialu'is lu'clio oso rt'lnu'caiio con 
intención ó sin ella... venid á abrazarme, 
hija n)ia. 

— ¡(íracias! ¿y que diria mi esposo? 
— Rosa Pompon , yo pueilo Iranquili- 

«aros.... San Pablo, ¿lo oís? el apóslol 
San Pablo. 

— ¿Y ()ii6 dijo el apú^lul San Pablo? 

— San Pablo ha (licho formalmente: 
Que hs hombre* casados deben vivir como 
fti «o tuvieren murjer.... 

— ¿Y ([ui'' tengo yo que ver con eso? 
A Filemon con esas.... 

— Si, repuso Nini-Moulin Pero el 

divioo Bosstiet, que aquel dia estaba en- 
teramente de buen humor, añade, citan- 
do á San Pablo.... 1 ¡>ur cünsecuencia las 
casadas dvhen vivir como sino luvic.'^en ma- 
rido. Quiere decir (|uesolome(|ueda alar- 
garos los brazos ^oh, Rosa Pon» pon! por- 
que Filemon no es tampoco marido vues- 
tro. 

— No digo lo contrario, poro sois tan 
feo.... 

— R^zon de mas en mi favor.... en ese 
caso yo bebo á la salud del plan de File- 
mon. Hagamos votos para que produzca 
UHia zanahoria monstruosa. 

— Enhoratiuena , dijo Rosa Pompon... 
á la salud deesa interesante legumbre tan 
necesaria á la existencia délos estudiantes. 

— Y á la de otras zanahorivores, aña- 
dió Dumoulin. 

Este brindis tan á propósito fué acojido 
con unánimes aplausos. 

— Con permiso de S. M. y de su corle, 
repuso Dumoulin.... propongo un brindis 
al buen resultado de una cosa (pie me in- 
teri'sa y que tiene »<'in<'j.inzü analógica con 
la zanahoria de FíIimmoíj... Se me lia me- 
tido en la cabeza (¡ue eilt brindis será para 
mi un agütTO. 



^Veamos que cf>sa os esa. 

— Y bien, á la síiIikJ de mi rasantion- 
to.... dijo Dumoulin k>vanlán<Uise. 

Kstas palabras provocaron una espío- 
sion de ge»los y de carcajadas. 

Nini IVkmlin gritaba. sallni)a , n-ia ron 
mas gana (|ue los demás, abriendo mu 
boca enorme y añadiendo á e>ta algazara 
el ruidoso y agmio sonido de su carraca 
que tomó de debajo de su silla de dotidc 
la batn'a dcjiído. 

Cuando se rahnó un poco este huracán, 
la reina Bacanal solevantó y dijo: 

— Yo bebo á la salud de la futura se- 
ñora Nini-Mou'in. 

— ¡ Oh, reina ! vm'stro proceder me es 
tan sensiblentente grato que os dejo leer 
en el fondo de mi corazón el nombre dfl 
mi futura esposa, esclamó Dyinoulin; s« 
llama la viuda Honorata Modesta ]Uc>a* 
lina Angela de la Saínte-Colombe. 

— ¡ Bravo ! ¡ bravo ! 

— Tiene GO años y mas miles de renta 
que pelos tiene en su cano bigote y arru- 
gas en su cara : su obesidad es tan impo- 
nente, que imo de sus vestidos podria ser- 
vir de tienda á la honorable sociedad; a>í, 
espero presentaros mi futura esposa, el 
martes de carnaval, vestida de pastora 
fjue acaba de d* vorar su rebaño : querian 
convertirla, poro yo me encargo de diver- 
tirla, y ella preferirá esto último; asi fs 
menester que n»o ayudéis á zambullirU 
en los mas báquicos y cancánicos desor- 
denes. 

— La zambulliremos en todo lo que que- 
ráis. 

— Es una zacapela llena de canas, en- 
tonó Rosa Ponij)'!!! con aiie conocido. 

— E>to impondrá á los sargentos de villa. 

— Les diremos, respetadla vuestra 

madre llegará un dia á esta edad. 

La reina Bacanal se lev.mló de pronto. 
Su li<>oiK<ii)i<i tiiií.i una >iiii:iilar oproioii 
de alcgfia ainargí y sünlónira, y con la 
mano levantaba su vaso lleno de vino. 



16 



▲ LBUÉ. 



— Dicen que se acerca el cólera con sus 
bolas de siete leguas, esclamó; bebo por 
el cólera. 

Y en esto bebió. 

A pe.>-ar Je la alegría general, estaspa- 
labras produjeron una impresión siniestra; 
una especie de temblor eléctrico recorrió 
la asamblea y casi todos los concurrentes 
se quedaron serios. 

— ; Ah, Cefisa ! dijo Santiago con tono 
de reconvención. 

— j Por el fulera! repuso intrepidamen 

te la reina Bacüiial que respete á los 

que tengan deseo de vivir y que mate á 
un mismo tiempo á los que no quieren 
separaise^ 

Santiago y Cefisa se miraron rápida- 
mente, lo cual no notaron sus alegres 
compañeros : la reina Bacanal se quedó 
después silenciosa y pensativa durante al- 
gunos momentos. 

— j Ab ! eso es otra cosa, repuso Rosa 
Pompon con aire maligno.... ¡ Por el có- 
lera I para que no queden mas que bue- 
nas gentes sobre la tierra 

A pesar de este anlílesis., la impresión 
fué siempre sordamente penosa. Dumou- 
lin quiso variar la conversación y esclamó. 

—^¡ Vayan al diablo los muertos y los 
vivos! A propósito de vivos y de buenos 
vivos, pido (|ue se brinde por una salud 
grata á nuestra jocosa Ueina, es decir la 
de nuestro anCitriun; desgraciadamente 
ignoro su rcípelable nombre, pues solo 
tengo el honor de liabeile conocido esta 
noche; nie perdonará si me limito á pro- 
potier á la salud de Duerme-en-Cueros, 
nombre que no alarma nada mi pudur, 
porque Adun no se acostó nunca de utro 
modo. ¡Vaya, por Duerme-en-Cueros ! 

— Gracias, amigo, dijo alegremente 
Santiago. Si yo olvidase vuestro nombre, 
yo, os llamaría Quien quiere beber: estoy 
seguro que responderíais. ¡ Presente! 

— Presente y muy presente, dijo Du- 



moulin haciendo un saludo militai" coii 
una mano y alargando con otra sucuenco^ 
— Por lo defnas, cuando bebemos jun- 
tos , repuso cordialmente Duermeren- 

Cueros, es preciso conocerse á fondo 

Me llamo Santiago Kenepont. 

— 1 Renepont I esclamó Dumoulin á 
qin'en, al parecer, chocó este nombre, á 
pesar de estar medio borracho ¿os llamáis 
Renepont? 

— Y muy Renepont. ¿Lo estraùais? 
— No; hay una antigua familia de ese 
nombre. Los condes de Renepont. 

— ¡Vaya I ¿de veras? repuso Santiago 
riéndose. 

— Los condes de Renepont, que son 
también duques deCardovilIe, añadió Du- 
moulin. 

— Veamos eso, amigo: ¿os parece que 
yo debo la vida á semejante familia? yo 
que soy un jornalero alegre y alegrador. 

— ¿Vos, jornalero? Vaya, parece que 
estamos leyendo las Mil y una noches! 
repuso Dumoulin cada vez mas sorpren- 
dido: nos pagáis un almuerzo á lo Balta- 
sar con acompañamiento de coches de 
cuatro caballos. ¿Y nos diréis que sois un 
jornalero? Decidme vuestro oíicio 

— Vaya, no creáis que soy un jorna- 
lero lleno de billetes de banco ó de mo- 
neda falsa, dijo Santiago riendo. 

— ¡Carnaratla.àemrjanle suposición!... 

— Ks perdonable al ver m\ tren de vi- 
da Pero quiero tranquilizaros Es- 
toy gastando una herencia. 

— Sin duda os coméis y os bebéis un 
tío, ¿es verdad? dijo graciosamente Du- 
n^oulin. 

— Como soy (|ue nada sé. 

— ¡Cómo! ¿ignorais de qué especie es 
lo que coméis? 

— Figuraos que mi padre há sido urt 
trapero. 

— [Diablo! dijo Dumoulin, algo sor- 
prendido, aunque no era muy escrupu- 



A I 1. 1 SI . 



17 



loso en la elección de &us camaradas do 
botella; pero después que pasó su primera 
estrañeza repuso con de icicsa ainonidad: 
o cierto i's que hay traperos dfj ma- 
yor mérito. 

— ¡Pardiezl creéis burlaros, dijo San- 
tiago, y sin embargo tenéis razón; mi pa- 
dre era un hombre de un famosu mi'rito; 
hablaba griego y latin como un Nordadfro 
sabio, y me ducia siempre que en punto 
á malemáticas no liabia quien le igua- 
lase y esto sin contar que habla via- 
jado mucho. 

— IVro en ese caso, repuso Dumoulin 
á (juion lii í«orprosa iba volviendo al sen- 
tido . pudiera suceder que, fueseis de la 
familia de Uenepont. 

— Kotonces, dijo Kosa Pompon rién- 
dose, vuestro padre era trapcru de a(¡- 
cion y por honor 

— No, no. ¡ níiseria de Dios! lo hacia 
para vivir, repuso ¡santiago; en *u ju- 
ventud tuvo algunos posibles, l'or lo que 
aparece, ó nifis bien por lo que no apa- 
rece en su desgracia, se liabia dirigido á 
un pariente rico que tenia; pero este le 
dijo: ¡(íracias! Entonces (|uiso utilizar su 
griego, su latin y sus matemáticas, pero 
le fué imposible. I'arece que en aijueüa 
época Paris hormigueaba de sabios, yan- 
tes (|ue rebenlar de hambre buscó el 

pan en el fondo de su cesta , y á fé mia 
que lo ('(.contro, porque yo lo he comido 
durante dos años cuando vine á vivir con 
61 después de la muerte de. una tía con 
quien yo vivía en el campo. 

— Vuestro respetable padre seria una 
especie de íilósolo, dijo Dumoulin... pero 
a menos de no haber hallado una hereii 

cia en una esijuina no veo de donde 

salió ¡a herencia de (|ue habláis. 

— lisperad el lin de la canción. A la 
edad de 13 años entré de aprendiz en la 
fábrica de Mr. Tripeaud ; dos años des- 
pues mi padre murió de accidente, de- 



jáadofpe los muebles de nimstro desván, 
im gergon, una .silla, una mesa, y ade- 
mas en una mala caja de agua de colofíia, 
algunos papeles, que á lo que par»'ce, 
estaban en inglés, y una medalla de bronce, 
(|ue con su cadena, podia muy bien va- 
ler diez sueldos. Jamás me habló de estos 
papeles, y no sabiendo yo para que po- 
dían servir, los dejé en el fondo de un 
baúl viejo en vez de quedarlos; y no me 
ha valido poco, porque sobre ellos me 
han prestado algún dinero. 

— ¡Oué golpe de fortuna! dijo Dtimou- 
lin ¿según eso se sabia (juc lo» tfíuiais? 

— Sí, uno de esos hombres qije corrpn 
á la pista de créditos, vino á buscar áCe- 
fna, la cual me habló de ellos, y el hom- 
bre, después de haberlos leido , me dijo 
que el negocio ofrecía dudas, pero que al 
fin me prestaría sobre ellos 10,000 fran- 
cos si yo quería. ¡Diez n>íl francos! esto 
era un tesoro... asi es que acepté al ins- 
tante. 

— Pero debisteis pensar que esoi cré- 
ditos eran de mucho valor. 

— Como soyquelno; mi padre quedebia 
saberlo no sacó partido ninguno., y ademas 
diez nul francos, en buenosy bellos escu- 
dos, que os vienen sin saber de donde...: 
esas cosas se toman (iempre y al instan- 
fe asi es qup yo los tomé Pero el 

agente de negocios nw hizo firmar una 
letra do hanza sí, eso es, de fianza. 

— ¿La habéis Ijrniado? 

— ¿Y<|ué me importaba? era una pura 
furmaÜdad, según me dijo el agente, y 
tenía razón, porque hace quince dias que 
liecumplidoy no he vuelloáoir hablar de ' 
é!. Ya noniequedan mastpie nnl francos 
CM ca*adee;'e hombre (¡uc he tomaílo por 

cajero supuesto que tenia la raja. Hé 

aipu, amiguilo. por /jue bebo á mi muerte 
de dia y de noche, de>de (jue tomé los 
diez mil, contento como un pájaro do ha- 
ber dejado mí bribón de amo Tripeaad.' 
5- 



18 



ALBUM. 



Al pronunciar este nombre, la fisono- 
mia de Santiago, hasta entonces jocosa, 
se entristeció de pronto. 

Cefisa que no estaba ya sometida á la 
penosa impresión de antes, miró á San- 
tiago con inquietud, porque sabia liasla 
que punto irritaba á su amigo el nombre 
de Mr. Tripeaud. 

— Mr. Tripeaud, repitió Santiago 

ese es un hombre que hará buenos á los 
malos, y peores á estos últimas. Ordina- 
riamente se dice que buen ginete, biicii 
caballo; mas bien deberia decirse, bii^n 

amo, buen oficial ¡miseria de Dios I 

I cuando pienso en ese iiombre ! 

Y al decir esto dio un puñetazo sobro 
la mesa. 

— Vamos, Santiago, pensemos en otra 
cosa, dijo la Reina Bacanal... Rosa Pom- 
pon, hazle reir. 

—Yo no tengo gana de reir, respondió 
Santiago secamente, y exaltado aim con 

el vino es una ¡dea (jiieme puede 

cuando pienso en ese hombre me exas- 
pero: bonito se ponía al decir: ¡bribones! 
] canalla ! gritan que no tienen pan en el 
vientre, decia Mr. Tripiaud, ¡ y bien I les 
meterán bayonetas... y eso los calmará... 
;Y los niños ! en caso d.e verse en su fá- 
brica... ¡pobres chicos! trabajando tanto 
como hombres, estenuarse, y rebentando 

adocenas pero no importa, cuando 

semorian, yenian otros y otros No 

son como los caballos que no se pueden 
reemplazar sino á fuerza de dinero. 

— Decididamente, en ese caso noquereis 
mucho á vuestro patron , dijo Dumoul;n 
cada vez mas sorprendido del aire som- 
brío de su anfitrión y sintiendo que la 
conversación hubiese tomado este giro; 
asi es que dijo algunas palabras al oido de 
la Reina Bacanal , la cual le respondió 
con una seña de inteligencia. 

— No; aborrezco á Mr. Tripeaud, re- 
puso- Duerme-en-Cueros; lo aborrezco, 



¿y sabéis por qué? porque por su culpa 
lo mismo que por la mia, me he hecho 
im holgazán: no digo esto por lisonjear- 
me, pero es una verdad... siendo yo niño 
y aprendiz en su casa, amaba el trabajo, 
y por esto me dieron el nombre deDuer- 

me-en-Cueros ]Y bien! por mas ijue 

me mataba y me descoyuntaba , jamas 
me dijo la menor palabra que me anima- 
se; yo siempre llegaba el primero y salía 

el último del obrador, pero nada 

ni aun siquiera lo notaba un día me 

herí con la máquina y me llevíTon al hos- 
pital cuando me curé salí de allí 

todavía muy débil... no importa... volví 

al trabajo Yo no me cansaba los 

demás que conocían al amo, y que sa- 
bían de donde venia yo, me decían: ¡Có- 
mo es posible que ese chico se mate de 
ese modo! ¿qué sacará de ello? Pero, 
imbécil, trabaja, no tt-ndrás mas ni me- 
nos; no importa, á pesar de esto yo me 
aplicaba: en fin, un día un buen vit jo 
que se llamaba el tío Arsène, y q\ie tra- 
bajaba en la casa, ¡era un modelo de 
buena conducta ! digo que un dia el lio 
Arsène se vio en la calle porque se le iban 
acabando las fuerzas. Esto fué para él un 
golpe mortal; su muger estaba enferma, 
y á su edad, tan débil como estaba, no 
podia colocarse en otra parte. Cuando el 
gefe del obrador le hizo saber que estaba 
despedido, el pobre hombre no lo creyó, 
pero se echó á llorar desesperado. En este 
momento pasó Mr. Tripeaud, y el tío Ar- 
sène le suplicó que le dejase. en la casa 

con la mitad del salario ¡Cómo! res 

pendió Mr. Tripeaud, ¿crees que voy á 
hacer de mi casa un depi'>sito de inváli- 
dos"? Puesto que no puedes trabajar, már- 
chate. Señor, le respondió el otro, lie 
trabajado durante cuannta años, ¿(jué 
queréis que yo haga ahora? ¿Y qué tengo 
yo (jue ver con eso? le respondió Mr. Tri- 
peaud dirigiéndose á su secrelerio. Dadle- 



ALBUH. 



19 



)a ciu-nta de la semana y que vaya con 

Uius. Y el lio Arsène se n)aichó sí, 

se marchó pero á la noche simiicute 

se suicidó en conipauía de su nni^er. Mi- 
rad , yo era nÍHt>, pero á pesar de eso, la 
historia del lio Arsène me ensenó una 
cosa, y es, que por mas (|ue uno rebienle 
trahaj.iiido, no resulta mas quo en pro- 
vecho de los amos, que ni aun si(]ui»Ta 
os lo agradecen. Desde entonces se acabó 
mi ar(h)r, y me dije á mi mismo. ¿Pues 
qué, atm(|ue mi trabajo produzca monto- 
nes de oro para Mr. Tripeaud, tendré yo 
un alomo de ello? Asi es que no teniendo 
ninpima ventaja de amor propio ó de in- 
terés en el trabajo, ahora me fa.stidia y 
no hago mas(|ue lo necesario para ganar 
mi jornal : me he hecho holgazán, pere- 
zoso , jaranero, y me digo á mi mismo: 
cuando el trabajo me fastidie haré lo que 
hicieron el tio Arsène y su muger. 

Al mismo ticmpoque Saritiagose aban- 
donaba, á pesar suyo, á estas amargas 
ideas, los convidados, advertidos con la 
espresiva pantominta de Dumoulin y la 
Reina Bacanal, se hablan concertado lá- 
cilameiite ; asi es (|ue á una señal de esta i 
última que salló sobre la mesa, echando 
á rudar con el pié las botellas y las copas, 
-se levantaron todos gritando al sonido de 
ia carraca de Nini-.Moulin. 

— ¡El Tidipan borrascoso! que toquen 
<:\ rigodon del Tulipán borrascoso. 

A estos alegres gritos que estallaron co- 
mo una bomba, Santiago se sobresaltó: 
en seguida después de haber mirado con 
adniiraciun á los convidados, so pi\$ó la 
njano por la frente como queriendo de- 
sechar las ideas penosasqueledominaban, 
y esclamó : 

— Tenéis razón: adelante dos, y vi^a 
ia alcgria. 

En un momento, cediendo la mesa al 
impuso de brazos vigorosos, quedó en un 
rincón de la gran sala del banquete; los 



espectadores se amontonaron s dire l.is 
sillas, sobre las bain|iietas y sibre el po- 
yo de las ventanas, y cantando en cor»» 
la canción de los il^indumivn reemplaza- 
ron la onjuesla con el objeto de acompa- 
ñar la contradanza formada pur Duerme- 
en-Cueros. la lUina liacanui, Nuii- Mduliu 
y Uo!.a l'otnpdfi. 

Dumoulin, confiando su carrara á uno 
de los convidados, volvió á toniar >u enor- 
me casco nxnaivo con plumas : al princi- 
pio del fe>tu) se habia quitado su i a rík , 
de modo (jue se presentó con todo el es- 
plendor de su disfraz. Su coraza de esca- 
mas terminaba en una enagíiela formada 
de plumas semejante á la que llevan los 
salvajes ijue escollan al buey gordi'. Nini- 
Moulin tenia el vientre giuiso y las pici- 
nas delgadas, asi e» que >u<< p;intori illas 
flotaban á la ventura de la amplitud ije 
sus enormes bolas de campana. 

Küsita Pompon, con su gorra de lado, 
las dos manos en los bobillos de sus pan- 
talones, la cabeza un poco inclinada hacia 
adelante y ondulando de derecha á iz- 
quierda solire las caderas, hizo la prinu>ra 
figura de adelante dos con Nini-.Moulin, 
(¡uien recojido en si mismo se adelantaba 
sallando, al mismo tiempo que por uu 
movimienlosinujllaneo alargaba vivamen- 
te su brazo derecho como si inibíera que- 
rido echar el polvo ú los ojos d<i su pareja 
de enfrente. 

Esle paso fué muy celebrado aunque 
solo era el inocente preludio del paso del 
Tuliiian borrascoso, cuando la puerta se 
abrió de repente: uno de los mozos, ha- 
biendo buscado ron la vista á Duerme- 
eii (liieros, corrió á él y le dijo algunas 
palabras al oido. 

— ¡Yo! esclamó Santiago riendo á car- 
cajadas, ¡ (]ué farsa ! 

H a hiendo dicho el mozo algunas pala bras 
mas, la fisonomía de Santiago Dianifestú 



20 



ALSUM. 



de pronto una viva inquietud y le respon- 
dió: 

— Bien está, allá voy, y dio algunos pa- 
sos hacia la puerta. 

— ¿Q(ié hay, Santiago? preguntó la Rei- 
na Bacanal sorprendida. 

— Vuelvo al insfarite.... ¿hay alguien 
que me reemplace'? seguid bailando, dijo 
Duermo-en-Cueros. 

Y salió precipitadamente. 

— Tal vez será alguna cosa que hayan 
olvidado en la cuenta; dijo Dumoulin, al 
jntante vnelvo. 

— liso es, saltó Cefisa.:.. ahora solo de 
«ábaJIero.... dijo, reemplazando á San- 
Üiogo..,.. Y la contradanza continuó. 

Nini-Moulin acababa de co^jér la mano 
derecha de Rosa y la izqiiierda de la Rei- 
na Bacanal, con el fm de balancear entre 
las dos, en cuya figura erd Sumamente 
gracioso y t>ufon, cuando se abrió la puer- 
ta, y el mozo á quien Santiago habia se- 
guido, se aprocsimó apresuradamente á 
Cefisa con aire consternado, y la habló al 
oido del mismo modo que lo habiá hecho 
con l)iieriiu'-en-{>ueros. 

La Reina Bacanal se quedó pálida, dio 
un agudo grito, se precipitó hátia la puer- 
ta y salió corriendo sin proferir una pala- 
bra y dej<indú aturdidos á los demás con- 
YJdados, 

IV. 

Ï.A DESPEDIDA. 

La ileiiía Bacanal llegó al pié de la es- 
calera , detras del moío de la iicsterfd; 

A la puerta habia un coche de alqiiiler 
en el que vio á Duerme-en-Cueros con 
uno de los hombres que ella habia visto 
dos hora-; antes eti la plaza del Chatelet. 

Al llegar Cefisa, bajó este hombre y 
dijo » Santiago sacando sn reloj. 

—Os concedo un cuarto de hora.... es- 
to es lo único que puedo hacer en vues- 
tro favor, buen hombre.... al cabo de 
este tiempo echaremos á andar. No tra- 



téis de escaparos porque aqui estaremos 
á la portezuela todo el tiempo que el co- 
che perrrianezca en eSte sitio. 

Cefisa entró en el coche de un salto. 
Sumamente cansada de tanto como 
habia hablado hasta entonces y sentándo- 
se al lado de Santiago, esclamó al ver sU 
f)alidez: 
— ¿Qué hay? ¿qué quieren de tí? 
— Me prenden por deudas, respondkí 
Santiago con voz sombría. 

— ¿A tí? esclamó Cefisa con voz com- 
punjida. 
— Sí, por la letra de fianza qtie el agente 

de negocios me hizo firmar diciendo 

que era solo por una mera formalidad»... 
¡Bribón I 

— Pero tfi tienes dinero en casa... dá- 
selo todo á cuenta. 

— No me ha quedado un cuarto, y ade- 
mas nr^e itó enviado á decir con io§ cqr- 
chetes que no me dará los últimos diez 
mil francos supuesto que no bu pagado la 
letra... 

— En este caso vamos á su ùasa á pe- 
dirle que te deje en libertad : él mismo fuá 
quien vino a proponerte esté préstamo; 
l)ien me acuerdo, pues se dirigió primero 
á mí. Se compadecerá. 

— 1 Un agente de negocios ! ... ¡ Compa- 
decerse ! tú sueñas. 

— j Con que nada , nn nos queda nada! 
esclanió Cefisa juntando las manoseen su- 
ma agonía. 

En seguida repuso : 

— Pero queda alguna cosa que hacer. 
Te prometió... 

— Ya ves como cumple las promesas, 
repuso Santiago con tristeza: firmé sin 
saber lo que firmaba; ha pasado el plazo, 
él está en regla... De nada servirla resis- 
tirme, pues acaban de esplicármelo todo; 
— Pero es imposible que le tengan mu- 
cho tiempo preso. Eso es imposible. 

—Cinco anos... si no pago... y como ja"-* 
mas podré pagar, la cosa es hecha. 



Al M M. 



31 



— ¡ Ah ( j qnó desgracia ! ¡ qutí desgra- 
cia ! ¡y no poder hacer nada I dijo Cofisa 
ociilláiitlose el rostro eníre las m.inos. 

— Kscticlia , Celisa , repuso Santiaj;o con 
vo/ dolorosami'iiti' conmovida; desde (|iie 
estoy aqui no pienso mas que una cosa... 
;que sera de tí? 

— No leiiiias cuidado por mi suerte. « 

— ¡ Qiió no ter.^a cuidado! ¿estás loca? 
¿Couíote compondrás' Los muehitís de 
nuestros dus cuarto»; apenas valen 200 
francos. Hemos gastado tan locamente (nic 
ni aun liemos pagado la casa. Üi'hemos 
1res términos... por consiguiente no so de- 
be pensar en vender los muebles... le de- 
jo sin un cuarto. A lo menos yo, mien- 
tras esté en la cárcel me mantendrán; pe- 
ro tú ¿de que vivirás? 

— ¿A que viene atormentarse antes de 
tiempo? 

-^Te pregunto que como comerás ma- 
ñana , esclami't Santiago. 

— Vendoré mi vestido y algunos efec- 
tos y te enviaré la mitad del producto, yo 
guardaré i-I resto que uie servirá para pa- 
sar algiMios dias. 

— ¿Y después? 

— ¿Despues? caramba, después... 

no lo sé; ¿«jue quieres quo te diga? ya 
verenujs. 

— l"]>cu(:lia , Cdisa , repuso Santiago cotj 
amarga Irisloza: ahora es cuando conoz- 
co cuanto te quiero ol corazón se me 

oprime al pensar que te dejo, ysienloes- 
calofrios no sabiendo k> que será deti.Eo 
seguida pasándi>«,e la mano por la frente, 
añadió. ¿Vis? lo que nos ha perdido es 
(lecir: el día de mañana no llegará; y ya 
lo ves, lloga. Cuando yo no esléá tu lado 
después que hayas gastado el úllÍ4)ío ma- 
ravedí del producto de la ventado tu equi- 
paje... y como no puedes trabajar ahora, 
¿que e.s lo (¡ue harás? ¿(juieres (|ue te lo 
diga? pues bien, me olvidarás, y... 

En seguida , como si le asustase esta 
idea esclamó rabioso y suspirando: 



— ¡Miseria do Dios! si sucediese esto 
me estreliaiia yo mismo contra una pie- 
dra. 

(^cfisa adivin<) I.i relici«ncia de Sanlia» 
go Y le dijo vivamente arrojándose á su 
cuello : 

— ¿Yo? ¿otro amante? ¡jamásl 

soy como lií , ahora conozco cuanto te 
amo. 

— ¿Pero íjue harás para vivir, mi po- 
bre Celisa? 

— ¡ Y l>iei) ! tendré ánimo é iré á vivir 
con mi hermana como antes: trabajaré 
con ella y esto mu proporcionará un pe- 
dazo de pan... Solo sajilré para ir á ver- 
te. Dentro de aigimos dias, el agente de 
negocios reflexionará y pensará que tú no 
puedes pagarle diez mil francos, y enton- 
ces te pondrá en libertad; para esa época 
yo me liabré acostumbrado otra vez ai 
trabajo... ¡ya verás!... ya verás! tú por 
tu parte harás oiro tanto y viviremos po- 
bres ppro tranquilos en resiiuiidas 

cuentas habren.ns pasados seis niesc-s ale- 
gres.... miiMitras qiieotros muclios no lian 
conocido jamas los placeres.... Créeme, 
mi buen Santiago, lo que te digo es una 
verdad. Esta lección me servirá de üiu- 
clio.... Si me amas no le inquietes; te re- 
pito (jue preílero morir mil veces á tener 
otro amante. 

— \ brízame, dijo Santiago que tenia 

los ojos húmedo^, fe creo, sí, te creo 

tú me deis animo; y por lo que hace aho- 
ra y al p')rvenir tienes razón es 

menester (lonernos otra vez á trabajar, ó 
de lo contrario... la medida de carbón del 
lio Arsène.... porque ya ves, añadióSan- 
liago con voz baja y trémula.... liace seis 
meses (]ue estoy como emliriagado y,#iio- 
ra recobro el sentido y conozco dontíe íba- 
mos á parar, .acabándose los recursos tal 

vez me hubiera vuelto ladrón y tú 

ui^a.... 

— ¡Oh, Sattiiago, no digas eso, m<»' 



2â ALBUM, 

asustas ! esclamó Cefisa inlerrumpiéüdo- 
le.... te lo juro, volveré á casa de mi lier 
mana á trabajar.... tendré suficiente va- 
lor para ello. 

En este momento la reina Bacanal ha- 
blaba con sinceridad; tenia ánimo firiiie 
de cumplir su palabra, pues su corazón no 
estaba aun enteramente pervertido; la 
miseria y la necesidad habían sido para 
ella como para otras muchas la caiir-;i y 
atm la escusa de suestravio: hasta enton- 
ces, á lo menos, habia seguido el impulso 
de su corazón sin ninguna segunda inten- 
ción baja ni venal ; la cruel posición en 
que vela á Santiago exaltaba mucho mas 
su amor, y se creia bastante segura de ¡«í 
misma para poder jurar que iba á volver 
al lado de !a Gibosa y á seguir la vida tra- 
bajosa, árida y llena de privaciones que 
tan imposible le habia sido soportar y 
que debia serle mas penosa aun desde 
que se habituó á la ociosidad y á la disi- 
pación. 

Sin embargo las promesas que acababa 
de hacer á Santiago calmaron un poco la 
inquietud de este hombre que tenia bas- 
tante entendimiento y corazón para notar 
que la vida fatal á que se habia abando- 
nado ciegamente hasta entonces, le con- 
duciría con Cefisa á la infamia. 

Uno de los corchetes, tocando á la por- 
tezuela, dijo á Santiago: 

— Ya no os quedan mas que cinco mi- 
nutos , despachaos. 

— Vamos, hija mia, ánimo, dijo San- 
tiago. 

— No tengas cuidado, no me falta, pue- 
des estar seguro de ello. 

— ¿Vas á volver arriba? 

— No, no, dijo Cefisa: ahora me horro- 
riza ya esta fiesta. 

— Todo queda ya pagado... yoyá decir 
á un mozo que prevenga que no nos es- 
peren, repuso Santiago; mucho lo van á 
estraüar, pero no importa. 



— Si pudieras acompañarme hasla casa, 
dijo Cefisa; tal vez te lo permitirá esté 
hombre, porque al fin tú no puedes ir á 
Sta. Pelagla vestido de ese modo. 

— Tienes razón, no se opondrá á que 
me acompañes; pero como vendrá con 
nosotros en el coche no podremos decir^ 
nos nada.... Asi, déjame por la primera 
vez de la vida hablarte razonabiomenfe. 
No olvides lo que te he dicho, Cefisa mia; 
esto debe entenderse lo mismo contigo 
que conmigo, repuso Santiago con tono 
grave y pendrado.... vuelve desde hoy al 
trabajo.... Por mas que sea penoso é in- 
grato, no importa; no dudes en ello, por- 
que me parece que vas á olvidar muy 
pronto el fruto de esta lección: como di- 
ces, mas tarde ya no seria tiempo y en» 
tonces concluiriascomo otras muchas des- 
graciadas.... ya me entiendes. 

— Si, ya te entiendo, respondió Cefisa 
sonrojándose, pero cree que preferiré mil 
veces la muerte á semejante vida. 

— Y tendrás razón, porque en ese caso, 
ya ves, añadió Santiago cun voz sorda y 
concentrada, yo te ayudaré á morir. 

— Cuento con ello, Santiago, respondió 
Cefisa abrazando á su atnante con cc- 
saltacion , y después añadió tristemente, 
ya ves como yo tenia un presentimien- 
to cuando hace poco me entristecí, sin 
saber ponjUí*, en medio de nuestra co- 
mún alegría y cuando yo bebía por el 
cólera.... para que nos quitase la vida á 
un mismo tiempo. 

— i Y bien! ¿quien sabe sí vtmdrá? re- 
puso Santiag'1 con aire son\brío su 

venida nos ahorraría el carbón , pues tal 
vez no tendríamos con que comprarlo. 

— Santiago, solo te diré una cosa, y es 
que siempre me hallaras dispuesta á vivir 
y á morir contigo. 

— Vamos, enjúgatelaslágrimas, repuso 
este con profunda emoción. No hagamos 
niñerías delante de estos hombres. 



Pocos minutos tk-spiios se dirijió el co- 
che Iiácia la casa (!»• Santia^;') donde dobia 
estf mudarse auli-s de entrar rn la córctl 
de los deudores. 



Repitámoslo, á propósito de la herma- 
na de la Gibosa, hay cosas (jue no ba^la 
decirlas continuamente. Una de las mas 
funestas consecuencias de la no organiza- 
ción del trabajo es la insuliciencia Je los 
salario«i. 

La insuficiencia del salario obliga nece- 
sariainenle i la mayor parle de las j<)ve- 
nes <jue están tan mal retribuidas, á buscar 
medios de existencia formando relaciones 
que las depravan. 

Unas Veces reciben desús amantes una 
suma módica que unida al producto de su 
trabajo las ayuda á vi\ir. 

Otras, como sucedia á la hermana de 
la Gibosa, abandonan enteramente el tra 
bajo y hacen vida comim con el lioníbre 
que eligen cuando este puede subvenir 
i estos ga>tos : entonces y durante este 
tiempo de placeres y de holgazanería , la 
incurable lepra de la ociosidad se apodera 
para siempre de estas infelices. 

Esta es la primera fase de la degrada- 
ción que culpable indolencia de la socie- 
dad imponeá infinitas costureras, nacidas 
sin embargo con instintos de pudor, de 
fionradez y probidad. 

Al cabo de cierto tiempo las abandonan 
sus amantes, y muchas veces cuando jh 
son madres. Otras una insensata prodi- 
galidad conduce al imprudente á la car- 
ee] , y en este caso la joven se enctienira 
sola, abandonada y sin medio de sub- 
sistir. 

Las que conservan sentimientos v ener- 
gía vuelven al trabajo el número de 

estas es bien escaso. 

Otras... instigadas de la miseria y porel 
hábito de una vida fjcil y ociosa caen hasta 



ALBVM. 

el último prado de al)ypccion, que es pre- 
ciso compadecer en vez de vituperar, por 
(|Ue la causa primera y virtual de su caida 
es l(t inxiifu-ii-ntcreinuncruion de su trabajo 
ó la falta de él. 

Otra de las de|)lorab'e5 consecuencias 
de la falta de orf/íi/nzíiríoíMlcl trabajo para 
los hombres, ademas de la insuliciencia 
del salario, es el profundo di-í;ii-to con 
que se ponen á cumplir la larca (jue se 
les lia señalado. 

Esto es fácil de concebir. 

¿Se sabe acaso dar atractivo al trabajo, 
ya por medio de la variedad de ocupacio- 
nes , ya con recompensas lioiiorílicas , ya 
con atenciones, ya con una parte propnrcio 
nada en los beneficios que procura la mano 
de obra , ó ya en lifi con la esperanza do 
un retiro seguro al c^bo de algunos anos? 

No, el pais no se hace cargo ni atiende 
á sus necesidades ni á sus derechos. 

Y sin embargo, citando solo un género 
de industria, los maquinistas y los jorna- 
leros de las fábricas al vapor, espuestos á 
la esplosion de las calderas y al contacto 
de formidables ruedas dentadas, corren 
diariamente mayores riesgos (|ue los sol- 
dados en la guerra, despliegan un saber 
práctico muy raro, hacen á la indiistiia 
y por consiguiente al pais incontestables 
servicios durante su larga y honrosa car- 
rera, á menos que no perezcan por la es- 
plosion de una caldera (u»o pierdan algún 
miembro entre los dientes de hierro de 



una maquina. 

En este último caso ¿el trabajador re- 
cibe, á lo menos, una recoüipensa igual 
á la que tiene el soldado en reiuuneracion 
de su valor, laii(ial)ie sin duda, pero es- 
téril ; (m sitio en una « asa de in\álidos? 

No... 

¿Oiié le importa al pais? si el amo 
del trabajador es un ingrato, elmiililado, 
incapaz de seguir sirviendo, se muere de 
hambre en un rincón. 



2.i 



ÁLBUM. 



En fin, ¿en estas pomposas fiestas de 
la industria , se conoce jamás á alguno de 
estos diestros jornaleros que son los que 
únicamente han tejido esas admirables te- 
las, forjado y adamascado esas brillantes 
armas, cincelado esas copas de oro y de 
plata, esculpido esos muebles de óbano y 
de marfil, y montado esas deslumbrantes 
piedras con esíjuisito arle? 

No... 

Retirados en lo mas profundo de sus 
boardillas, en compañía de una familia 
miserable y hambrienta , apenas viven con 
el producto de un corto jornal aquellos 
que, pri'ciso será confesarlo, han contri- 
buido á dolar su pais de las maravillas en 
que funda su orgullo , su gloria y su riqueza. 

Un ministro del comercio que compren- 
diese alguna cosa de estas elevadas funcio- 
nes y sus DEBERES ¿no debería pedir que ca- 
da fabrica que enviase objetos á laesposi- 
cion eacojic^e por elección graduada cierto 
mí ñero de candldalos max meritorios, cn- 
\re los cuiües el fabricante designaria el mas 
digno de repre.-ienlar la clase jornaleba 
en catas grandes solemnidades industriales? 

¿No seria un noble estimulante ejem- 
plo ver entízneos al amoproponer para re- 
compensas ó para distinciones públicas al 
jornalero elegido por sus compañeros co- 
mo uno de los mas honrados y laboriosos 
inteligentes de su profesión. 

Este seria el modo de hacer desapare- 
cer una iojii^liiia capaz de desesperará los 
mas animosos, las virtudes del jornalero 
serian entonces estimuladas, con ur» oli- 
jeto magnánimo y elevado, animándole 
para qic siguiese aplicándose. 

Sin dud.í , el fabricante , proporcional- 
menttí á la inteli,.^eni:ia (|ue despliega, á los 
í'apitales que aventura, á los establecimien- 
tos que funda y al bien que hace muchas 
vcc'es, li.-ne tm dcreciio legítimo álasdis- 
lincioíies con (¡iie se le colma; ¿pero por 
qm; raz m se esc'iiye tan desapiadadamente 



al jornalero de estas recompensas cuya ac° 
cion es tan poderosa sobre las masas? 

¿Los generales y los oficiales son acaso los 
únicos á quienes se recompensa en el ejér- 
cito? 

Después de haber remunerado justa- 
mente á los gefes de este poderoso y fe- 
cundo ejército industrial ¿por qué razofi 
nO se la de pensar nunca en los soldados? ' 

¿Por qué no ha de haber para ellos una 
señal visible de remuneración? ¿alguna 
consoladora y benévola palabra calida de 
augustos labios? 

¿Porqué razón no se ve en PVancia á ■ 
ningún jornalero cruzado en premio desu 
.mano de obra, de su valor -industrial y de 
su larga y laboriosa carrera? Esta cruz y- 
la modesta pension que la acompañan, se- 
rian para él una doblo recompensa justa- 
mente merecida; pero no; ¡para el hu- 
milde trabajo, para el trabajo que alimen- 
ta solo hay olvido, injusticia , indiferencia 
y desden ! 

. Asi es que de este púbüco abandono, 
las m;is veces agravado por el t;goisino y 
por la dureza de ingratoi amos*, resulta 
para los jornaleros una condición deplo- 
rable. 

Unos, á pesar de su continuo trabajo; 
viven üv-nos de [)r¡vaci )!ies y mueren an- 
tes d(; tiempo y casi siooipre maldiciendo la 
sociedad que los aband'tna. 

Otros buscan el climero olvido de sus 
males en una mortifiera oñibriagnez. 

En fin, un grrin número, no teniendo' 
ningún inlerés, ningún iticeiitivo moral ó ' 
material para trabajar mas ó mejor, se li- 
mitan á hacer rigurosamente lo suficiente 
para ganar su jornal... Nada hay que los 
indine al trabajo, ponjue á sus ojos nada 
realza, honra ni glorifica el trabajo... Na- 
da les defiende contra las seducciones de 
la ociosidad , y si por casualidad encuen- 
tran algún modo de vivir para algún tiem- 
po en medio de la pereza, van cedienda' 



ALBUM 

poco á poco á estos iomorales hábitos, re- 
sullando con frocueocia que los pasiones 
mas vergonzosas llegan á marchitar para 
siempre una» naturalezas originariamente 
sanas, honradas, llenas de Imena volun- 
tad, por haberles faltado una equitativa 
y protectora tutela, que sostenga, fomen- 
te y recompense sus primeras , honradas 
y laboriosas tareas 



Sigamos ahora á la Gibosa que después 
de haberse presentadoá buscar trabajo en 
casa de la persona que ordinariamente la 
empleaba , se fué á la calle de Babilonia 
al pabellón ocupado por Adriana de Car- 
dovilie. 

V. 

FLORINA. 

Al mismo tiempo que la Reina Bacanal 
y Duerme-en-Cueros terminaban tan tris- 
temente la mas ¡«legre fase de su ecsisten- 
cia, la Gibosa llegaba á la puerta del pa- 
bellón de la calle de Babilonia^ 

Antes d(! llamar, la joven costurera se 
enjugó las lágrimas: un nuevo disgusto la 
agovíaba. Al salir de la hostería, se fué á 
casa de la persona que habilualmentc le 
proporcionaba algún trabajo, pero esta se 
lo negó pretendiendo que podia hacer tra- 
bajar en las cárceles de mugeres con una 
tercera parle deeconomía. LaGibosa pre- 
firiendo no quedarse sin este último re- 
curso, ofreció pasar por esta disnuiíucíon; 
pero la costura estaba ya entregada , y la 
joven no podía esperar ocupación antes 
de (]uince días, aun cuando accediese á 
esta reducción de salario. Es fácil conce- 
bir cuales serían las angustias de esta po- 
bre criatura; porque en presencia de una 
ociosidad forzada es preciso mendigar, ó 
n)orir de hambre, ó robar. 

En cuanto á su visita al pabellón de la 
callo de Babilonia , vamos á dar su es- 
plicacion. 

La Gibosa llamó con timidez á la puer- 



tecila; y poéoS instantes después se pre- 
sentó Floritia a abrirle. 

La camarista no estaba ya vestida segün 
el gusto delicioso de Adriana, sino con 
una afectación de austera sencillez; tenia 
un vestido alto de color oscuro, y bastan- 
te ancho para ocultar la suelta elegancia 
de su cíierpo; sus cabellos, tan negros 
como el azabache, apenas se percibiari 
bajo la lisa guarnición de una gorra blan- 
ca almidonada muy parecida á las tocas 
de las monjas; pero á |»esar de este traje 
tan modesto, la morena y pálida cara de 
Florina parecía siempre admirablemente 
bella. 

Ya hemos dicho que Florina , colocada 
en razón á su vida criminal anterior bajo 
la dependencia absoluta de Rodin y de 
Mr. de Aigrigny, les habia servido hasta 
entonces de espía en el cuarto de Adria- 
na , á pesar de las pruebas de confianza y 
de bondad eoh que esta la colmaba. Flo- 
rina no estaba enteramente pervertida, 
asi es que tenía muchas Veces dolorosos 
pero inútiles remordimientos al pensaren 
el infame oficio á que la habían condena- 
do relativamente á su ama. 

Al ver y reconocer á la Gibosa (Florina 
la habia contado la víspera el arresto de 
Aurícol y el repentino acceso de locura 
de Mlle, de Cardoville), retrocedió iin 
paso, tanto fué el interés y la compasión 
que le inspiró la fisonunua de la joven 
costurera. Efectivamente, el anuncio de 
una ociosidad forzada, en medio de cir- 
cunstancias tan penosas ya de por si, da- 
ba un terrible golpe á la joven costurera: 
en su cara se veían aun las séllales de sus 
recientes lagrimas; sus facciones mani- 
festaban una profunda desolación y pare- 
cía tan ani(]uilada , tan débil y tan «go- 
viada, que Florina corrió hacia (ella, le 
ofreció el brazo y la dijo con bondad sos- 
teniéndola : 
— Entrad, entrad.... Desea n sa dan ins- 
7* 



26 ALBdM. 

tante; estais muy pálida.... y parecéis su- 
frir mucho y muy cansada. 

Diciendo esto la llevó á un pequeño 
vestíbulo donde habia una chimenea, cu- 
bierta con una alfombra y la hizo sentar 
al lado de un hermoso fuego en un sillon 
de cañamazo; Georgette y Hebéhabian si- 
do despedidas, y solo Florina se liabia 
quedado custodiando el pabellón. 

Luego que se sentó la Gibosa , Florina 
le dijo con interés. 

— ¿Queréis tomar alguna cosa? lun 
poco de agua caliente con azúcar y coa 
flor de naranjo? 

— Mil gracias, respondió la Gibosa con 
emoción, tanta era su gratitud por la me 
ñor prueba de afecto y de interés que re- 
cibía; ademas veia con dulce sorpiesa<]ue 
su miserable ropa no era un objeto de 
desden y de desprecio para Florina; solo 
necesito descansar un poco, porque vengo 
de muy lejos, repuso... y si lo permitís... 

— Descansad cuanto queráis.... estny 
sola en este pabellón desde que se fué mi 
pobre ama. Florina al decir esto se en- 
cendió y suspiró.... Asi, no tengáis el me- 
nor reparo... acercaos al fuego... a(|ui... 
mas cerca... en este sitio estaréis mejor. 
¡Dios mío! ¡que mojados tenéis los pies! 
Ponedlos sobre este taburete. 

La cordial acojida de Florina , su her- 
mosa cara, la fínura de sus modales, que 
no eran los de una doncella ordinaria , 
chocaron vivamente á la Gibosa que era 
mas agradecida que nadie, á pesar de su 
humilde condición, á toda especie de bon- 
dad , de delicadeza |y de distinción ; así es 
que cediendo á seim-jante atractivo: 

— ¡Cuan atenta sois! respondió con 
acento penetrado... me confundís con tan 
ta bondad. 

— Os aseguro que quisiera poder hacer 
mas y ofreceros un sitio aquí... ¡ tenéis un 
aire tan dulce y tan interesante ! 

— ¡ Ah 1 ¡ cuánto consuela calentarse á 



un buen fuego ! dijo sencïllamenle la Ci* 
bosa y casi sin querer. 

En seguida, como era sumamente deli- 
cada , y temiendo que la creyesen capaz 
de abusar de la hospitalidad prolongando 
su vis ta añadió: 

— Hé aquí el motivo de mi venida> Ayer 
me habéis dicho que un joven herrero, 
Mr. Agricol Baudoin, habia sido preso en 
este pabellón» 

-^Desgraciadamente, es verdad, y pre- 
cisamente en el momento en que mi ama 
trataba de socorrerle. 

— Yo soy hermana adoptiva de M. Agri- 
col, repuso la Gibosa sonrojándose ligera- 
mente, y ayer me ha escrito rogándome 
que dijese á su padre que viniese aquí lu 
rnas pronto posible para prevenir á Mlle» 
de Cardoville que tenia que decirle cosas 
muy interesantes ó á la peisonaque la se- 
ñorita le enviase pues no se atrevía á 

fiarlas á la phima ignorando si la corres- 
pondencia de los presos era ó no leída por 
el director de la cárcel. 

— ¡Cómol ¿Mr. Agricol quiere hacer 
á mi ama una revelación importante? dijo 
Florina sorprendida. 

— Sí, porque hasta ahora ignora Agrico! 
la desgracia sucedida á Mlle, de Cardoville. 
— Es verdad, y desgraciadamente este 
acceso de locura se ha declarado de un 
modo tan repentino, dijo Florina bajando 
los ojos, que nada podia haberlo hecho 
preveer. 

— Necesariamente debe haber sido así, 
repuso la Gibosa; porque cuando Agricol 
vio á la señorita por la primera vezvulvió 
á su casa penetrado y admirado de su gra- 
cia, delicadeza y bondad. 

— Como todos los que se acercan á mi 
ama, dijo tristemente Florina. 

— Esta mañana, repuso la Gibosa, cuan- 
do por encargo de Agricol me presenté 
en casa de su padre, este habia ya salido» 
porque está sumamente inquieto: pero la 



ALBra. 



27 



Y^Yla de mi lurmano adoptivu me pareció 
tan urgeiile ó iiilcreanle para Mllo. de 
Cardovilleiiiie Un gt'nerüsa st' liabia mos- 
trado con ól-.-qui" no ho dutlado im» venir. 

— Ya sabc'is que .desgratiadanienle la 
señorita no e;<lá aqui. 

— ¿Y no liabrá alguno de la familia á 
quien yo pueda, si no liablar, á lo menos 
liacersal)er^íor vueslrocoiiductoíjiie Agri- 
col desea declarar cosas siimamenle im- 
portantes para esa señorita? 

— I Ks eosa estraña I respondió Florina 
rellexionaHdo y sin responder á la (iiho- 
sa : en seguida volviendo hacia ella, le di- 
jo : ¿pero ignoráis enteramente el motivo 
4e esas revelaciones? 

— Enteramente; pero conozco miry bien 
á Agricol que es uii jóten lleno de honor 
y de honradez; tiene un entendimiento 
claro y preciso, y puede darse entero cré- 
<lito á lo que dice... Ademas... ¿qué ru- 
tares podria tener en?... 

— ¡ Dios mió! esclamó de pronto Flori- 
na que tuvo un rajo de luz repentino, é 
inlerruinpiendo á la (libo^a; ahora me 
acuerdo que cuando le de.scubrioritn eji 
un escondite donde la señorita le habia 
hecho entrar, yo me hallaba allí por ca- 
íiualidad, y Mr. Agricol me dijo al paso 
en voz baja : Decid á vuestra generosa ama 
<]ue la bondad (|ue tiene por mi, no (|ue- 
<lará siíi reconipensa y que el lieínpo (jue 
he estado en este escondite no habrá sido 
perdido. Esto es cuanto ptido decirme, pur 
que se lo llevaron al instante; coiilieíoque 
en tales palabras no vi otra cosa mas que 
la espresion de su gratitud y la esperanza 
de podérsela probar algún dia á la scñ.j- 
rita, y reuniendo* estas palabras con la 
carta que os ha escrito... dijo Fiurina re- 
ilt'xiunando... 

— Eftclivamente, repuso la íiibosa, haj 
alguna conexión entre el liempoque Agri- 
col estuvo escondido en este sitio y lascó- 
las importantes que tiene que revelar á 
vuestra ama ó á alguno do la familia. 



— \V.<e escondite no habia »ido nunca 
habitado ni registrado inucliu tiempo ha- 
cia, repuso Florina c<tn aire pensativo.... 
Tal vez Agricol habrá citrotitrado ó visto 
en éJ algima cosa ipie pueda interesar ú 
mi ama. 

— Si la carta de Agricol no me hubiera 
parecidt» tan urgente, repuso la (¡ibosa , 
no hul)iera venido, y cuando hubiese sa- 
lido de la cárcel se hubiera près* litado él 
mismo; gracias á la generosidatl de uno 
desús antiguos camaradas no tardará mu- 
cho tiempo en estar en lijierlad; pero ig- 
norando, sí, aun á pesar de lianza, le de- 
Jarán salir hoy mismo... he (fuerído ante 
todo cumplir Heluiente su encargo.... la 
generosa bondad de vuestra ama para con 
él me constituye en el deber de obrar i'e 
este modo. 

Florina, como todas las personas á ijiiie- 
nes á veces ocurren buenos instintos, es- 
perinientaba una especie de consuelo en 
hacer bien, cuando pudia hacerlo sin ries- 
go, es decir sin esponerse á l«»s itiexora- 
bles resentimientos de las personas do 
quienes dependia. 

Gracias á la (libosa, halló la ocasión de 
hacer probablemente un gran servicio á 
su ama , pero conocía bastante el odio Úí; 
la princesa de Saint Dizier contra su so- 
brina para estar persuaditla del peligro 
que habia en que la revela- i »n de Agri- 
col, en razón á su importancia, fuese lu-- 
cha á otra persona diferentií de Mlle, de 
Cardoville; así es »jue Florina <lijo á la 
Gibosa con tono grave y «entimental. 

— Ksf ochad , voy i daros un consejt» 
provechoso, según creo, para mi pubie 
ama; pero este píiso podria serme funesto 
si no suis discreta. 

— ¿Quó queréis dicir? dijo la fiih'»*!» 
niiratido á Florina ron (¡rofiinda snrpr<'sa, 

— Por interés de mi ama... Mr. Agri- 
col no debe confiar á nadie , sino á la sl'« 



33 ALBUJÉ 

ñoríta misma... las cosas importantes que 
desee comunicarla. 

— Pero, como no puede verla ¿porqué 
no se debe dirigir á su familia? 

— Precisamente de esta es de quien mas 
se debe guardar.... La señorita puede cu- 
rar... y entonces Agricoi podrá tiablarla, 
y si no llegase nunca á restablecerse, de- 
cid á vuestro hermano adoptivo que mas 
vale que guarde su secreto que esponerse 
á que sirva de provecho á los enemigos 
de mi ama lo que infaliblemente su- 
cedería ; creed n:e. 

— Ya os entiendo, dijo tristemente la 
Gibosa. La familia de vuestra generosa 
ama no solo no la quiere sino que tal vez 
la persigue. 

— No puedo deciros mas sobre este par- 
ticular: ahora, por lo que á mi toca, os 
ruego que me hagáis la promesa de obte- 
ner de Agricül que no hable anadie sobre 
lo que habéis querido decirme y sobre el 
consejo que acabo de daros... la dicha... 
la diciía no, repuso Florina con tristeza 
como si hiciese niucho tiempo que hubiese 
renunciado á ser feliz, no solo la dicha 
sino aun el reposo do mi vida depende de 
vuestra discreción. 

— No tengáis cuidado, dijo la Gibosa 
enternecida y sorprendida viendo la dolo- 
rosa espresion de la lisoiiomía de Florina; 
no seré ingrata , nadie, esceplo Agricoi, 
sabrá ijue os he hablado. 

— ¡tírueias, gracias! dijo Florina con 
efusión. 

— ¿I'orquó me dais las gracias? dijo la 
Oibi^sa admirada de ver correr gruesas 
lágrimas de los ojos d.* Florina. 

— bí.,.OBdebonn niomento de dicha... 
pura y sin mezcla; porque acaso habria 
podido liacer un servicio á mi cara ama 
tnn espofienne á aunipnlar la* penas que 
me atormentan ya. 

— ¿Vos, desgraciada? 

^-Eso os admira? pues creedme, cual- 



quiera que sea vuestra suerte la cambia- 
ria de buena gana por la mia, esclamó 
Florina involuntariamente. 

— ¡Ahí señorita, dijo la Gibosa, mé 
parece que sois demasiado buena, y siento 
que tengáis tal deseo, sobre todo hoy 

— ¿Qué queréis decir? 

— ¡Ah! no quiera Dios, continuó la 
Gibosa con amargura , que sepáis cuan 
horroroso es el verse privada de trabajo 
cuando este es vuestro único recurso. 

— ¡Dios mió! ¿á ese estado estais re- 
ducida? esclamó Florina mirando á la Gi- 
bosa con ansiedad. 

La joven obrera inclinó la cabeza y no 
contestó; su escesiva delicadeza casi se re- 
rendia esta confianza, que parecía una 
queja, y que se le había escapado ai pen- 
sar en su horrible posición. 

— Siendo eso así, continuó Florina, os 
compadezco de lo mas profundo de mi co- 
razón y sin embargo no me atrevería 

á asegurar que vuestro infortunio es ma- 
yor que el mío 

Pasado un momento de silencio escla- 
mó Florina de repente: 

— Pero yo me ocuparé de eso sí os 

falta trabajo..... si carecéis de recursos... 
creo que podré proporcionaros obra..... 

— ¡Será posible, señorita! esclamóla 
Gibosa; nunca me hubiera atrevido á pe* 

dirossemejaiite favor que no obstante 

me es tan necesario; pero vuestro gene- 
roso ofrecimiinto me pone en la obliga- 
ción de no reservaros nada y asi oS 

diré que esta mañana misma me han ne- 
gado un trabajo (¡ue me hacia ganar cua- 
tro francos por semana 

— ¡Cuatro francos por semana ! esctá- 
mó Florina pudiendo creer apenas lo que 
oía. 

— Sin duda que era bien poco, conti- 
nuó la Gibosa, pero eso me bastaba 

Desgraciadamente la persona que me ocu- 
paba , encuentra quien le haga la misma 
obra por un precio aun mas módico 



Allí K. 

— ¡Cuatro francos por semana' ropilió 
l-'lurina conmovida profiindanu-nti' de tan- 
ta misOria iioíiia á t<in grande re>¡gMacioii; 
pues l»ien , yo os dirigiré á [lersonas que 
os aseguren una ganancia al menos dedos 
francos diarios 

— ¿(¡anar jo dos francos diarios? ¿Fs 
po>ible?... 

—Sin (luda (jue sí... solo (¡ut- seria ne- 
cesaria ir á tral>ajiir al taller á menos 

que no pudráis pntu-ios á sen ir. 

— Kn mi [)u!-ici(in , dijo la Gilmsa con 
timidez, no se tiene el derecho de entre- 
garse á esas *U'»ceptibilidades ; sin em- 
bargo yo preferiria trabajar á jornal, y 
ganando meíios, tener la Tacullad de lia- 
cerila obr^ en mi casa. 

— Di'sgraciadamente es indispensable 
Ta condición de ir al taller, cnlchtó Flo- 
rina. 

— iMílonces debo renunciar á tan buena 
osperan/i repuso la Gibosa; no por- 
que yo relijse el ir al taller; ante lodo 
es vivir... pero... se exigej (¡m las obreras 
vayan vellidas sino con elegancia, con 

decencia al menos y yo, os lo con- 

fie>o sin avergonzarme, porque jui p'>. 

breza es lionraJa no tengo mas ropa 

que la (¡ue llevo. 

— Si en <'»o consiste dijoeon viveza 

Florins, se os darán los medios para (pie 
os vitilais con decencia. 

La (íibosa miraba á Florina á cada ins- 
tante con !iia\i»r sorpresa. Er.ui los ofre- 
cimientos de esta tan superiores á lo que 
ella podia prometerse, y á lo (pie las obie- 
raN g.Mi.in gi-neraliiu-nle, que ai)onas po- 
dia rrcerlo la Gibosa. 

— Pito ¿ponpjó razón, pregunt(') 

esta vacilando, tanta genero>idad conmi- 
go, si'ù'irila? ¿De (jué modo podria vo 
ganar lui salario tan crecido? 

Florina se estremeció. 

Un arrebato del coraron y de su buen 
carácter, el deseo de ser útil á la Gibosa, 



20 



cuya dulzura y re^igl^arion la interesaroa 
\i\aiiiente, la liabi.m arrastrado á ha- 
cerla una pr(q)(>.siii(in poco meditada; i>a- 
bia á que precio podria oblíner la Giliosa 
las ventajas que le proponía, y solo en- 
tonces la ocurrió preguiilarse en su inte- 
rior si lajóxeu obreía cunsfiitiria miuc« 
vu aceptar senujante ctindicion. 

Por desgiiicia liabia aNenturado Flo- 
liiia muchas palfibras, ) sin fiubargo no 
se atrevió á di cilio tii(b) á la (iiboso. He- 
solvió piifs arriesgar el pür\enir ante los 
escn'i()ulos de la joven ubrera, y como los 
que han faltado estai poco dispuestos de 
ordinario á cieer en la infalibilidad de los 
otros, Florina pensó (|ue acaso la Gibosa, 
en su po>iciun desesperada, tendí ia me- 
nos delicadeïa de la que ella le suponía... 
y coiiiiiiiió : 

— Vo coiioili » que ofertas tan superio- 
ics á lo (pie e>lais a^co^-liimbrada á ganar 
deliiii sm panderos; pero debo adverti- 
ros (jiie se trata de una institución pia- 
dosa , de>tiiiada á proporcionar trabajo ú 
«•ciipacionálas mugeres honradas ijue es- 
tán en necesidad, ,. L'ste ( stabiecimiento, 
()ue se llama la Obra de Santa María, se 
eiuMrga de colocar á las criadas, á las 

(dureras al jornal La dirección de la 

Obra eslá eoníiada a personas tan carita- 
tivas, (pie ellas mismas pru\ een á las obre- 
ras (|iK' toman biijo su pro»i (:é¡on, de una 
especie de ajuar, cuando e.-las no CNÍán 
\ olidas Con decencia para llenar las fun- 
ciones á (|U«' se las destina. 

K^ta e>p!icac¡on bailo plausible de las 
MI íjryn//Ícíis "ofertas de Fl.iiiii.i , debia sa- 
tisfacer á la (íibo>a; piiolo (jue se tra- 
taba de una obra de hem ficencia. 

— De ese niodu comprendo I» subido 
del salario (!<• (|ue me l:ablais, señorita, 
conlintió la G diosa . pero yo no cuenlo 
con ninguna teomeiidiicion para Ser pro- 
tegida por las caritativas personas que di- 
rigen esos establecimientos. 
8* • 



30 ALBÜH, 

—Vos padecéis, siendo laboriosa y hon- 
rada, y estos son derechos suficientes;... 
tan solo se os preguntará si flenais cxac- 
taniente vuestros deberes reíigiosos. 

— Nadie me gana á amar y bojidi eir á 
Dios, señorita, dijo !a Gibosa con dulce 
firmeza; pero !a práctica de ciertos (JcIjc 
res son un asjinto de conciencia , y yo 
preferiría renunciar á la protección de 
que me habláis, si debia tener alguna exi 
geticia en este punto. 

— Nada de eso; mas como os lo he di- 
cho , las personas que dirigen esa obra 
son muy piadosas, y asi es que no deben 
sorprenderos sus preguntas sobre ese ob- 
jeto y sobre lodo ¿qn<-^ perdéis en 

probar? Si las proposiciones que os hagan 
os cor» vienen, las aceptáis;... si, al con- 
trario, os parecen en oposición con \n^'s- 
tra libertad de conciencia, podéis rehu- 
sarlas vuestra posición no se empeo- 
rará por eso. 

Nada tenia que objetar la Gibosa con- 
tra eíta conclusion que. dejándide la mas 
completa latitud, alejaba toda descon- 
fianza , y asi continuó: 

— Acepto vuestro ofrecimiento y os lo 
agradezco con todo mi corazón; mas¿(|uii'n 
me presentará? 

— Yo iDanana sí queréis, 

— Pero acaso querrán tomar informes 
sobre mí 

— La respetable madre Santa Perpe- 
tua; superiura del convento de Santa Ma- 
rte, dond<.' está establecida la Obra, es- 
toy secura <pie os apreciará sin necesidad 
de informarse; á las preguntas que os 
haga no os será difícil dejarla satisfeciía. 
Asi est;'i convenido hasta mariaiia. 

— ¿N'endré aq>n' por vos, señorita? 

— No, como os he dicho, no debe sa- 
berse que habéis venido de parte de Agri- 
eol, y una nueva visita podr¿i escitar sos- 
pechas Yo iré por vos en u» coche... 

¿dónde vivis? 



— Calle Brise Miche núm. 3... puesío 
(jue os tomáis ese trabajo, no tenéis \i\s9 
que decirle al tirJorero que hace de por- 
tero que me avise que llame á la Gi- 
bosa. 

— ; La Gibosa I dijo Floriha con sor- 
presa. 

— Si, señorita, contestó la obrera con 
una triste sonrisa, es el apodo (jue todos 
me dan.... y mirad, añadió la Gibosa na 
pudiendo reprimir una lágrima, es latn- 
bien á causa de la ridicula imperfeccio» 
que niotiva ese apodo el tí-ner r< paro ere 
ir á trabajar al taller... ¡Hay tantas g«'n- 
tes que se burlan de una sin saber cuan- 
to la hieren [.... Pero como no tengo que» 
escoger, añadió la infeliz enjugándose lu* 
ojos, me resignaré.... 

Florina sumamente conmovida tomó lat 
mano de la Gibosa y la dijo: 

— ïran(juilizaos, hay infortunios de faí 
naturaleza (jue inspiran compasión y no 
burla; ¿no podrid preguntar vuestro ver- 
dadero nombre? 

— Me llamo ALagdalena Soliveau ; pera 
os lo repilo, señorita, preguntad por I» 
Gibosa, porque ca>i no se me conoce sint^ 
bajo este nombre. 

—Mañana, pues, iré ala calle de Brise - 
Miche. 

— I Ah I señorita , ¿cuándo podré pa- 
gar tantas bondades? 

— No hablemos de eso; lodo mi deseo 
es que mi intercesión pueda seros útil..,, 
de !o (¡ue sola vos podréis juzgar; en rúan- 
to á Agrícoi no le res-pondais ; esperad á 
que salga de la cárcel, y decidle entonce* 
(|ue sus revelaciones debon (|uedar en se- 
creto hasta el mun\enlü en (jiu« pucáa ver 
á mi pobre ama.... 

— ¿Y d(')nde e>tá á estas ftorasesa- bue- 
na señora? 

— Lo ignoro.... No sé á dontíe Fa han 
conducido cuando se ha declarado su ac- 
ceso. Asi, has^U mañaua. 



—ÎInsIa innnnn.T, dijo la d'hosa. 

Nu haltrá olvuladu el li-clor t;iu-cl r.wi - 
\<iiti) (II* Sania Maria, îIiuhU» Floritia <le- 
bid coiidiii-ir á la (îit)iisa, • ra »d iiiic »'ii- 
cerraba las lujas del {^iMifral Siinmi.y i|iu' 
psiaba iniiu'iliato á la casa île salud del 
durlor Baleinier en el i¡ue se hallaba eii- 
tunres Adriana de Ciirduvil^e. 
M. 
i.A maDrg saîita n-nPiïTiA. 

El ct>iivent«)df Sama Minia, donde lia 
Itian >ido roixliiridas las lujas del pfiiera! 
Simon, era un anlii^no y <;rande edilicio, 
cuyo vasto jardin daba al l¡oA¡iiial , uno 
de los silios (>übre lodo en acjiudla época) 
mas desiertos de Paris. 

Las eseeiías (¡iie si;¿iicn ocnrrieron el 
1*2 de fibrero, M'^pera de! dia f.ilaieti (|iie 
los nnenibros de la fatnilia Ilennepont, 
úUinios descendientes d<> la hermana del 
Judío erraiitt<, dcbíjii reunirse en la calle 
de San Fianci^eo. 

lili el oonvcnli) de Sania Maiia habia 
tina completa rf;:iilaridad. ['nct>nM-joMi 
periur, compuesto de ec¡esia>ti(ti> inílu- 
yenles, pre>idido por el padre Aii:ri^ii>, 
y de mujeres de una gran dev&cion á cu- 
ya cabeza estaba la prince>a de Saint- Di 
2ier, se reunia á menudo á (in de acordar 
Irts nu'dios de asesinar y eslender la in- 
fluencia oculta y poderosa de aipiel esta- 
blecimiento, que tomaba una notable es- 
lensiun. 

H ribi.in presidid ) á h rnndaclon de la 
Oltra de Santa Maria combinación^ muy 
habiles y muy profundamenlecaltulad; s, 
y por con>ei"iientia de jurandes dnnalivcjs, 
piiseia riipnVimas (incas y otros bienes que 
se aumentaban cada dia. 

La conujnidad religiosa solo era un pre- 
lesto; perograciasá numerosas inteli':en- 
cias enlazadjs en la provincia por medio 
de los miembros mas exalla los del p.irli- 
do ultramontano, se atraían á e>te con- 
venio un número Lj^tanie considerable 



ALBCM. 31 

de liMélf.ina': rícamon'p tloladas (¡iie de» 
bian recibir en el conM-nto una etliir.i- 
cinn xdiila , áuslera, reli;;iu>a; muy pre- 
ferible, >e d( cía , á l.i educariun fiivtda 
i¡ue liat)i.in n i ibido en los r«dc'¿i(i<«de nu»' 
d'i, infi ciados de la c.>rtupei in <!• I >i^'o. 
A las mugeres \iudí>s ó solas, pero l.ini- 
bií'ii ricas, olrecia la Obra tie Santa Ma- 
ria \\n a*ilo seguro con'ia los |)e'igros y 
las tent.U'iones del mundo: di ^rulalia"!» 
una ca!m;i adorable en e>le pacílico reti- 
ro, híicieiid') méiilos p;ira la salvaí ;ii y 
hall mdose rodeada» de los cuidado» nías 
litrnos y af<íiuo»os. 

No era «'>o totlo ; la madre Santa Per- 
petua, sii|ieriota del cnn\tnlo, >•• enc.ir- 
gaba lambien en nombre de l;i ()!ir;i, du 
procurar á los xerdaderos ííi'!e> que que- 
rian preservar el inferior de sos ia>a> de 
la corrupción del >ig'o , m a señfirila- de 
compailia para las mujeres Mda> ó de eila ', 
ya criadas, (j ja en iiii obrera^, cuja | ie- 
dad de ti. das ellas estaba garantizada (lor 
la Obra. 

Nada parecía mas digno de interés, «le 
simpalia y ile protección (pie un estable- 
cimiento simejanle, pero bien pronto qui- 
taremos el velo á esle va.slo y peligi(»>o 
laboratorio de inlripas de tudas clases, 
ocu'tas bójo tan caritativas y santa> apa- 
riencias. 

La madre Santa Perpetua, superiora 
del comento, «ra una muger alta, como 
de cuarenta años, ve>tida de >ay.d de co- 
lor caiiiu!i:a, y bevaba ci)!gado de la cin- 
tura un l.irg'í rosario; un gorro b'aiico 
con babera acompafiado de un \elo ne- 
gro la cubria la c.ibcz.i > ca>i eiilera- 
iiiente el rostro flaco y pálido; veían>e eii 
MI freiitea.iiarillenta una multitud de ar- 
rugas profundas y traiis>er>ales; su na- 
riz se eiuorxaba á m.Mi« ra de! pirodeun.1 
águila de rapiña.; mis ('josn»-gios ei an sa- 
gaces V vivos, y MI lÍMiiioihia á la vez in- 
ieiÍL:ente y fria demostidba un caiácler 
inllexibíc. 



32 AtBÜB. 

En cl manojo de los intereses de la co- 
muniilad, la maJre Santa Perpetua habría 
podiil<> servir iJeníoiielo aî procurador mas 
astillo. Cuando las mugeres están poseí- 
das (lo lo que se llama h inteligencia de los 
ncíjocias , y se dedican á ellos con toda la 
sutileza de su penetración, su perseveran- 
ci;i infatijiable, su prudente disimulo, y 
sobretodo con esa precisidn y rapidez del 
primer };o!pe de vista (|ue les es innata, 
consii^Mcn roMiItados poderosos. 

Para la inadre S.iiíla Perpetua, mu- 
jer do una calteza sólida y fuerte , solo era 
un juego ia vasta contabilidad delconven- 
to, nadie ia ganaba á saber comprar pro- 
piedades deterioradas para mejorarlas y 
y Volverías á vender con ventaja; el cur 
so de la renta y el cambio, el valor cor- 
riente de las acciones de diferentes em- 
presas, leerán también muy familiares^ 
nunca hizo una especulación falsa al em- 
pl' ar ¡os fniidos de tjue las buenas abnas 
lia'ian diariamente donativo á la Obra de 
Santa M.iria. líslableció en elconvento un 
('•rdeii , una disciplina y sol're todo, una 
econonu'a sorprenden le. lil objeto cons- 
tante de sus esfuerzos era el de enriquecer 
la cuinunidad «¡ne dirigía; porque el espí- 
ritu de á*ociacioti , cuirmlo está regido [)or 
e\ i'goi.-iiiio C'Aiclici), da á las corpttracio- 
nes lus «il fectos y ios vici;>s del individuo. 

Asi es qui; una cnn¡:;i elación ama el po- 
der y el dinero como un ambiciosoaina el 
pudor por si m'wmo. y okihoa'I avaro ama el 
yro p >i au vaior... Poroeii lijqiio sobre to- 
jo übranliis e.ingregaiionescüuiotuí liom 
hre solo, eson la adqui>icioiideíinca.>; Oata^ 
son el ot'joto de su >ueùo, su idea fija y su 
fruclifera monomanía; lacen por ella los 
VoIds mas ;>íoeoros , los mas tiernos y ar- 
d;en!« s.,,. 

\í\ primor intnudi'c es para una pobre 
y jioquL'ùa co.nunidad naciente lo quepa 
ra una recien casada su regalo de bodas; 
para un adolescente su primer caballo; 



para un poeta su primef triunfo; para una 
costurera su primer chai de cachemira; 
porijue prescindietido de todo, en estesi- 
glo material, yin inmueble coloca á una 
conuinidad en cierta posición , dándola 
cierto valor en la Bolsa religiosa, y una idea 
tanto mayor de su crédito sobre los necios 
cuanto que todas las asociaciones de sal- 
vación, que concluyen por poseer itmien- 
sos bienes, se fiui.lan siempre modoita- 
menle c>n la p ibri'za como título social,, 
y la caridad del prógiuíO como garantía y 
eventua'ilad. 

Por lo tanto, no es fácil formarse una 
idea do la ardiente y acre rivalidad que 
hay entre las diferentes congregaciones de 
hombros y mujeres, en cnanto á los íh- 
mueblcs (¡ue cada una» puede poseer , y de 
la grande complacencia con que una opu- 
lenta coniuiiidiid se enseñorea sobre otra 
menos rica , o.->!.entando el inventario de 
sus ca>as , haciendas y billetes de banco. 

La envidia y los encarnizados celos, 
que la ociosidad dol cldii>tro hace a(m 
mas tirriblos, nacen preci>amonte de ta- 
les conqjaracionos ; y .vin embargo nada 
es menus cristiano en la adorable acepta- 
ción de esta divina palabra, nada lo es 
menos según 1 1 verdadero espíritu evan- 
gélico, e^píritll tan religioso y esemial- 
menle cohuuiÍaUi, que e»le insaciable ar- 
dor de ¡idipiiiir y amontonar por todos los 
medios posible*»; avaricia peligrosa que 
está lejos de ser escn^aila á los ojos de ia 
pública opinion pv'r algunns cortas limos- 
nas á las quo presido un inexorable espí- 
ritu de esidii-ion y do intolerancia. , 

La madre ¿anta Perpetua estaba sen- 
tada ante un meritorio colocado en medio 
de un gabinete sencillo, \)>c.u conforíáüle- 
menlc amueblado; uh fuego escelenle ar- 
día en una chimenea de mármol y una 
rica alfombra cubría el suelo. 

La superiora, á quien se entregaban 
todos los dias las cartas dirigidas á las her- 



AI I I >l 



X] 



roanas ó á las pensionistas del convenlü, 
acababa de abrir las de las primeras, ^e- 
}¡un sil derecluí, y las de lassej;iiiida>coii 
grande deslroza, segi;n el dereclin que 
ella se atribula, ¡i su pesar: pero par el 
ínteres de la salvación desús (pu-riilas ni- 
ñas y también un poco por estar ai c(tr 
rienle dt? su correpundencia , .poripie l.i 
superiora so iniponí.i el deber de tomar 
coiMjrimienlo de todas las cat Ms (|iu' so 
e>rrili;.in cu el convi uto, antes de remi 
tirlas al correo. 

Las M'ñales de esta piadosa é inocenli- 
io(|iiisirion desaparecierun con mnclia fa- 
cilidad, por(|ue la santa y buena madre 
poseía IikIo un arsenal do prociosos y po- 
tpit'ùos úliic'S de aiero; los imu)S muyíali- 
ladüs servían para levanlar iiiperce.;;ífbk'- 
nuiíle el papel alre<ledor del lacre, y des 
files de leida la carta y Nuelia á co!i>cei 
•«?n su sobre , tomaba otro lindo iiislru- 
meiito redondo, li» caíentaí'a lijeramenle 
y pagando pjr encima del lacre la dejaba 
«uinu antes; en (in por un senlintieiito de 
justicia y de igualdad muy loable, 'liabia 
en el arsenal de la bueno madre basta un 
^íequeiio fumifíalorio sumamente ingenio 
so con el \apor In'unedo y disolvente, ai 
cual se soinetían las cartas •modesta ) 
iMimíldciiK'ote cei radas con obleas; liii- 
ine(ieciilas asi, cedían con facilidad al me 
ñor esfuerzo y sin ocasionar la mas pt.'- 
giieña rotura. 

Según \it importancia de \as i ndiscri ció 
nes i|ue la superiora encontraba en las 
rnrtaN.se (|iK>ddba<^on notas oías ó meno'» 
«sientas. Interrumpiéronla en esta inte- 
resante iinestigaciun dos golpecitos dado> 
en la puerta cerrada del gabiiiele. 

La madie Santa IVrpetua ocultó i unu 
secreto su escritorio, su pequeño arsenal, 
se levantó y fué á ahrir -con un aire so- 
lemne. 

Una hermana cubierta venía á avisarla 
que la señora princesa de Saint-Dizier 



esperaba en el >aliin, \ que Fioriiia acom- 
pañada de niiii jtiven «'onlrabecbfi y mal 
vestida, (|ue li.ibinn llegado un poco des - 
pue? t|Ut,' la piuice.sa, operaban lanibieii 
á la puerta d»'l peqii.ño corredor. 

— Introducid primer*» á la princesa, 
(lijo la madre S.inta l'erpelua, y congra- 
cióla oíicio^id id acercó im s.llonal fuego. 

L:i [tritife-a de S.'ii';l - Di/ier entró. 

Aiiníiue sin pieieiiNiímes caprirliosas y 
juvei.ües, la pi incoa e^lal)a volida con 
¡justo y elegancia: llevaba un sombrerillo 
(le terciojielo negro de la mejor hechura, 
un chai do cachemira azul y un vestido 
(lo raso negro guarnecido de pieles de 
marta igual ai foi ro de su manguilo. 

— ¿Hué buena fortuna me proporoinna 
boy el honor de vuestra '.¡sita, mi queri- 
da bija*.'.... le dijo graciosamente !a íupc- 
riora. 

— Una recotiiendacioM niii) imporíanlc 
mi t|uerida madre, [lorque estoy deniucha 
pri>a;>ie me espera en casa su eminencia, 
y desgraciadamente sido puedo e.->iar con 
vos algunos «limites; se trata todavía de 
esas dos buórfanas sobre las (jiie liemos 
hablado tanto ayer. 

— Conliiman separadas, según vuestro 
deseo... y e>ta separación ha sido para 
(lias un golpe tan sei.>it4e.... (|ue nie he 
V isto ob!iga<la ota (luiñ.uia a enviar por 
el doctor I'alemii I ... ;i su » asa de salud.., 
lia encoiiliaJouiiii n< lue uitt<!a á un gran- 
de abalimientü, y, co-a siiigu!ar, lo.sinis- 
nios .'íiilomas de enfermedad en ambas 
hermanas.... He irKei rogado de lUic vo á 
eslas infelices ciialuras.... y he ijuedado 
confundida.... a>u>tada... son ididalias... 

— rPor eso era lan urgente el confesar- 
Ins.... IVro veij iupii el motivo de mí vi- 
sita, mi ipierída madre: acaba de saber- 
-e el regreso impn v i.-lo de¡ soldado quo 
ha traído esasjóvenes á Francia, y el que 
se creía ausente por algunos dias; está en 
I'aris; á pesar de su edad, es un hombre 
9* 



Z\ A Leu» 

audaz, emprendedor, y de una rara coít 
gía; si descubriera íjue las jóvcrios cstin 
aq li... lo que por otra parte dicliosaimn 
te es casi imposible, en su rabia de ver- 
las al abrigo de su impía induoncia, sería 
Capaz de todo.... Asi, desde hoy, n)i iiiu'- 
rida madre, debéis redoblar vuestra 'i)i- 
lancia.... que nadie pueda inlroduíiix- 
aqui de noche.... ¡está tan desierto vsU- 
barrio!.... 

— Descíiidad, mi querida hija.... esta- 
mos bastante guardadas: nue>tro porleru y 
jardineros, bien armados, liaccn la romia 
toda la noche por el lado del hospital; las 
paredes son alias y cruzadas de punías 
de hierro en los parajes de mas faoil ac- 
ceso;,... pero de lodos modos os agrade/ 
co, hija mia, vuestra advertencia; se re- 
dobiarr.n las precauciones. 

— Sobre todo esta noche , m» querida 
madre. 

— ¿Y porqué? 

— Porque si ese infernal soldado tuvie- 
ra la audacia inaudita de intentar cual- 
quier cosa..;, seria esta noche.... 

— ¿Y cómo lo sabéis, uii querida hijfi? 

— Las noticias que tenemos nos dan 
esta certidumbre, contestó la princesa con 
una lijera turbación rjue no se escapó á la 
supcriora ; pero era esta demasiado (¡na 
y reservada para darse por entendida, á 
pesar de sus sospechas de que se le ocul- 
taban muchas cosas. 

— Ksla noche pues, respondió la madre 
Santa Perp.etua , se redoblará la vigilan- 
cia.... Pero pue«to que tengo el placer de 
veros, mi «juenda hija, aprovecharé esta 
ocasioR para deciros dos palabras solvre el 
casamiento en cuestión. 

— Bien, mi querida njadre, dijo con vi- 
veza la de Sainl-Dizier, eso es muy im- 
portante; el joven baron de Brisville e.>. 
un líOmbre lieno de ardiente devoción en 
este tiempo de impiedad revuluciunario y 
la practica abiertamente; podrá hacernos 



grandes servicios; en la cámara es bas- 
ta níe escuchado, no careciendo de una es- 
pecie de elocuí^ncia agresiva é insultante, 
y no conozco á nadie que demuestre su 
creencia eon mas descaro, y su fé de un 
modo tan insolente; su cálculo es justo, 
poniue esa manera caballeresca y desem- 
barazada de hablar de cosas s.')ritas pica y 
despitMlaía curiosidad de les indilcrtnles. 
Por forttma son tales las circunstancias» 
que puede mostrarse contra nuoslro<etu— 
migos Cf>n lina audaz violencia sin el me- 
nor peligro, lo que naturalmente n díd)!» 
^u ardor de mártir postulante; en una pa- 
labra, es nuestro, y en pago le debemii» 
ese matrimonio; es preciso, pues. ()ue se 
fia¿;a : por otra parte, vos sabéis, queri- 
da madre, que se propone hacer una <lo- 
nacion de cien mil francos á la Obra <le 
Santa Maria, el (lia en que tome' posesi<>r> 
de la forttma de la señorita de Baiídri- 
court. 

— Nimca he dudado de las esretente* 
infenciones de Mr. de líris^iíle en cnaiiti> 
á una obra que merece la ^impajia de to- 
das las personas piadosas, respondió dis- 
cretamefite la t-njíeriora ; poro na creía ya 
encontrar tantos obstáculos de parte de la 
joven. 

— ;(]ómof 

— Esa joven, en quien hasta ahora ha- 
bia yo creido la sumisión, la timidez, la 
nulidaí), ó mejor dicho, el idiuiismo per- 
sonificado.... en higar de ser lo (jue yo' 
pensaba, arrebatada por esa proposicioi» 
de casauíiento.... pide tiempo para refte- 
xionar. 

— ¡ ('.osa estrana f 

— Me opone una resistenei» de inar- 
cion; en vanóla he dicho con >everidiu> 
que hallándose sin padres ni amigos y qiur 
estando confiada á mi cuidado, debe ver 
por mis ojos y escuchar por mis oidos, y 
que cuanilo yo le aseguro que esa nnioo 
lacou\icne bajo todcs aspectos, dvLecon- 



forruarsi' sin rtll-xionar ni linrcr la na- 
nur iilijfcion.... 

—Pur cit;rto.... que no puoile hablarse 
de un modo nin> sensato — 

— Klla me re>[)i>nJe i|iie tpiisiern mt á 
Mr.de Urisville > conocer so carácler an- 
les de coinproinelerso.... 

— liso es un ab.Mird».... cnnntlo vos le 
rcsp mdeis de su moralidad y liallais tjUe 
ese ca>amienlo la es convinifule.... 

— Ademas, esta mauaiia lie lieclio no 
lar á la serM)iita Baiidricuiirt que ^i hasta 
aliora no lie empU'ado con ella sino me- 
dios di- dulzura y pir>ua>iiin, podre ver- 
me oh'ijjada á pesar niio y pui u [)rt>pio 
interés. ... á ohrar ron rijinr [laia vi-ncer 
su (>h>tina(-¡on , sejarándula de mis C'in- 
palieras y encenándoia con la uia> seve- 
. ra incomunicaciitn... ha>ta que se decidn 

á (¡uerer ser dichosa rasándose con un 

homhre tan re^peliilde. 

— ¿Y qut; eft do han producido esas 
amenazas, mi querida madre? 

— Creo que tendrán buen resultado.... 
ella tenia cierta corres|)onih'ncia con una 
antigua compailera de coVüi-) de su pro- 
vincia cor lespoiidiMícia (|ue yo he su ■ 

primi'lo por parecermo peligrosa; por lo 
tanto en el dia se halla bajo mi sola in 
ílliencia.... y no du Jo (¡ue conseguiíeinos 
nuestro fm; pero j a conociis, hija mia, 
que no se logra liacer el bien sino á costa 
de mucho lrah;ij". 

— 1 amblen esloy segura de que AI. de 
Brisville no se aleitdrá á su primera pro- 
mesa, garantizando yo misma de i]ue ai 
llega á realrzarse e>le enlace,... 

— Vos sabéis, mi <|uerida luja, dijo la 
superiora uiliTiiiinpiendoa la piimeía que 
si Se tratara de misóla, <h'>di> luego lelni- 
saria; peio dar á la Ol>ra es dar á l)i<»>, 
y yo no puedo ini[)e(lir á .Mr. de |}ri>\iiic 

«I que aumente la suma ademas, uu> 

suçi-'leiiina cosa dep'or.ible. 

— ¿Que cu-'U, mi quel da madre? 



ALnim. ^ Sii 

— r.l Sagrado Corazón nos disputa y 
puja um (iocü (picn>)S <-on>ieneMibrema- 
nera.... Kn verdad (|m' hay grntetíincaD' 
sable>; no i>l)>l.iiile , me lu- is|>hi'ado so- 
bre el particular enérgicmenle ron la 
superiora. 

— \'M efecto, ella mi^ma me li; ha tli- 
rlio alriliiiyendo la culpa al ecónomo, nS' 
pontli('> Mme. de S.iinl-Dizier. 

— ¡Ah! ¿La visitais vos. mi (iu< rida 
hija? pregiiriló laMijieiiora pateciendo \i- 
varnenU; sorprendida. 

— I^a he eiicontr.ido en fa«a de Monse- 
ñor, conlesti) la iinnroa ron imi li¡.'era 
turbación que la madre Santa IN rpi !i;a 
no pareció notar. 

— -Yo no m'> en verdad . contiion» esta , 
por(]iie escita nuestro otableeiiiiieiitu (aii 
\ioleiitüS c«'lo> al Sag»-ado Corazón; asies 
que ha esparcido rumores de-agradables» 
sobre la Obra jje Santa Maria.... luiy 
ciertas personas* que se sienten ofendidas 
de la prosperidad de sus semejantes. 

— Vamos, mi queriria madre, diji» la 
princesa con tono conciliador, no dmb is 
que el dorntivo de Mr. de I5r ínvíIU'os pon • 
drá en el caso <le poder sobrejuijar á la 
postura del Sagrado Corazón ; e«e rasa- 
miento tendría pues una doble ventaja, 

mi (|uerida mailre por(|ire pondría una 

gratule fortuna en las manos de un hom- 
bre nuestro, que la em|)learia como con- 
viene;.... con cerca de 100.000 francos 
de renta se triplicaria la importancia de 
nuestro ardierrte defensor, lin fin, ¡endro- 
mo> un órgano digno de miesíra cau^a y 
no nos veremos ohliga as á cuníiar nues- 
tra defensa á agentes como e.-e .Mr. Du- 
moii'in. 

— ^in embsrgo hay miii lio mimen y 
mucho talento en >u> escritos : p.aa míes 
nt\ e>lil<> d ■ un San liernardo indignado 
contra la inq)ieda(i del >iglo — 

— ¡ Ah madre I ] si sopierai". que eslra- 
Ù0 San Uernardo es el lal Duiuuulio L... 



36 



âLBUM, 



:/" 



pero no quiero escandalizar vuestros oi- 
•dos.... Tudo lo <]iie puedo deciros, es que 
semejantes dtfonsorcs comprometen las 
mas santas causas.... Adiós, mi querida 
madr»'.... os encargo sobre todo que re- 
dobléis la vigilancia esta noche.... El re- 
greso do ese soldado me pone en grande 
inquietud. 

— Traníjuilizaos, hija mia.... ; Ali ! me 
olvidaba.... Kiorina nie ha rogado que os 
pida una gracia y es la de entraren vues- 
•tro servicio.... vos sabéis la fidelidad que 
os ha moslTrulo en la vigilancia de vues- 
tra dcsdicliaiia sobrina... creo que recom- 
-pensándola asi la ganaríais completamen- 
te.;., y yo os (¡uedaria reconocida por 

«Ha. 

— Bastarla que vos mostraseis el menor 
interés, mi (¡ucrida madre, para qiie nie 
apresurara á complaceros.... Es rosa he- 
cha , recibiré en mi casa á ¡Florina.... Y 
ahora (¡ue pienso, podrá serme muclio mas 
útil tie lo que creia. 

— Mil gracias, mi querida hija, portan- 
ta bondad.... Nos volvereuíos á ver muy 
pronto.... ya sabéis que pasado mañana 
á las dos (lebeinos tener una larga confe- 
rencia con Su Eminencia y Monseñor, no 
Jo olvidéis.... 

— No, madre mia, seré exacta.... pero 
ledoblad las precauciones esta noche, por- 
gue temo utí grande e>cJndaío. 

Lueg.» que la prince-^a hubo besado res- 
petuosaiucníe la mano á lasuperiora, sa- 
lió por la puerta principal del gabinete 
que daba á un salon á cuyo estremo es- 
taba la escalera. 

Algunos r.iinutos despuesenlró Florina 
tn el cuarlo de lasuperiora porunapuer- 
<a lateral. 

La sup(ri)ra estaba ^enlada, y Florina 
se acercó á ella con tímida humildad. 

— ¿Habéis encontrado á la señora prin- 
cesa de .Saint- Dizier? Ic preguntó la ma- 
dre Santa Terpelua. 



— No, madre, he estado esperando 
en el pasillo cuyas ventanas dan al jar- 
din. 

— La princesa os recibe en su servicio 
desde hoy, dijo la superíora. 

Florina hizo un movimiento de sorpre- 
sa mezclada de disgusto, y contestó: 

— ¡Yo... madre!... pero... 

— Se lo he pedido en vuestro nombre... 
vos aceptáis.,, dijo imperiosamente lasu- 
periora. 

, — Sin embargo... madre, yo os había 
rogado no.... 

— ; Os repito que aceptáis 1 dijo lasu- 
periora con un tono tan firuíe y positivo, 
(|ue Florina inclinó la cabeea y dijo en 
voz baja: 

— Acepto — 

— Os doy esta orden en nombre de 
Mr. Uodin. 

— Me lo pensaba.... madre, respondió 
tristemente Florina; ¿y con que condicio- 
nes.... entro en casa Je la princesa? 

— Con las misn»as que en casa de su 
sobrina. 

Florina se estremeció y dijo: 

— Asi, ¿deberé dar informes frecuentes 
y secretos sobre la princesa? 

— Observaréis y daréis cuenta.... 

— Si, madre... 

— Snbre todo, las visitas (pie reciba eii 
adelántela princesa de la superiora del 
Sagrado Corazón; ¡as a|)untare¡s, y tra- 
taréis de e>cucli;ir,... Se Irala de preser- 
var á la princesa de perjudiciales influen- 
cias. 

— Obedeceré, madre. 

— Trataréis de saber porque razón se 
han alraido at\\\'\ dos jóvenes luiérfanas, y 
han sido recomendadas con la niayor se- 
veridad por Mme. Grivois, confidente de 
la princesa. 

— Si, madre. 

— Eso no os iuípedirá el qtie procuréis 
grabar en vuestra imaginación todoaque- 



ALBUM 

Tlü que os parezca digno de notarse. Ma- 
ñana os daré ademas instrucciones sobre 
otro asunto. 

— Kslá bien, madre. 

— Por lo demás, si os conducís de un 
modo salisfaclorio, ejecutando lichiii iite 
^as instrucciones de que os hablo, saldréis 
de casa de la princesa para ser ama ule 
llaves en casa de utia joven recien casada: 
esta será par;» vos una posición escelenfe 
y durable... siempre con las mismas cun- 
diciones. Asi,(|uedais advertida de (|ue 
entrais en casa de .Mine, de Saint-Dizier 
ú vuestro ruego. 

— Si, madre.... lo tendré presente. 

— ¿Quien es esa joven contralieolia que 
os act)nipaùa ? 

— Una pobre criatura sin ningim recur- 
so, muy inteligente y de una educación 
íup^'rior á su estado; es coslurer-a en ro- 
pa blanca, y faltándole el trabajo se en- 
cuentra reducida á la última miseria. Ks- 
ta mañana lie tomado informes sobre ella 
cuando he ido á buscarla, y me los hai, 
dado escelen tes. 

— ¿Ks fea y contraleclia? 

— Su rostro es intoresanle ; pero es jo- 
robada. 

La s'jperiora pareció satisfecha de sa- 
ber (|ue la persona de quien se le hablaba 
eraamabl*, aunque de un estcrior des- 
graciado , y anadió después de un mo- 
mento de relk'csion- 



37 



— ¿Y parece intelig nte? 
■ — Mucho. 

— ¿Y carece enteramente de recursos*' 

— Alisolulanienle... 

— ¿ Es piadosa ? 

— No llena los deberes relijiosos. 

— Poco importa , dijo er»lre sí la supe- 
riora , si es int<'ligente eso basta; y des- 
pués conlinuó: ¿Sabéis si es buena costu- 
rera? 

— (>eo (|uc si , madre, 

Levantóse la üipefiora, tomó un rejis- 
Iro de un estante , y pareció buscar en él 
alguna cosa con atención; á los pocos ins- 
tantes lo dejó en el inismuo sitio y dijo: 

— Haced entrar á esa joven.... é id á 
esnerarme en la lencería. 

— Contrahecha.... inteligente buena 

costúrela, dijo la superiora reflecsionay- 
do, no inspirará ninguna sospeclia... Ve- 
remos. 

De alli á un instante entró Florina con 
la (¡ibosa. se la presentó á la superiora, 
y dejándola con esta , se reíiró con dis- 
creción. 

La joven costurera estaba conmovida, 
trémula y profundamente turbada, por- 
que no |)odia creer, por decirlo asi , el 
descubrimiento que acat)aba de hacer du- 
rante la ausencia de Florina. 

La Gibosa no pudo 'menos de sentirse' 
sobrecojida de un vago terror al verse sola 
con la supéricSrà del convento de Santa 
\íaría. 



10* 



38 



ALBUM. 



tiA OBR^ iW. SAIVTA IHIRÎA. 



Vil. 

LA TRAICIÓN 

Tal habia sido la causa de la profunila 
agitación de la Gibosa. 

Florina , al ir á ver á la superiora, lin- 
bia dejado á la joven obrera en un pasillo 
guarnecido de banquetas, el cual forma- 
ba una especie de antesala situada en el 
piso principal. Viéndose sola la Gibosa se 
habia acercado n>aquÍ!iaImonfe á una ven 
tana que daba á la huirla del convento, 
cerrada con una tapia medio arruinada , 
rematando en una de sus estremidade? 
por una cerca de tablas en forma de can- 
cel. Esta tapia limítrofe á un oratorio en 
construcción, era medianera con el jar- 
din de una casa vecina. 

La Gibosa vio aparecer de pronto una 
joven en una de las ventanas del cuarto 
bajo de esta casa , cuya ventana enrejada 
era por otra parte bien notable á causa 
de hallarse coronada con una especie de 
sobradillo en forma de pabellón. Con los 
ojos fijos en uno de los edificios del con- 
vento , esta joven hacia con la mano se- 
ñas que parccian escitantes y afectuosas. 

Como la Gibosa no podia percibir des- 
de la ventana en donde estaba , á quien 
se dirijian estas concertadas senas, con- 
templaba la rara hermosura de cstaj<')ven, 
la belleza de su tez, el negro brillo de sus 
grandes ojos y la apacible cuanto afectuo 
sa sonrisa (|uo apenas alomaba á sus la- 
bios, bin duda que su graciosa y espresiva 



pantorriima quedó sin respuesta, porque 
llevando con un donoso movimiento la 
mano izqtjierda sobre su pecho, hizo con 
la derecha un gesto que pn recia indicâf 
que su corazón quería irse hacia el punto 
de don le sus ojos no podiati separarse. 

En este instante, refiejando el sol por 
ei»tre las nubes, un pálido rayo vino á 
dar sobre los cabellos de la joven, cuya 
blanca cara , i-ntonces casi pegada á |n* 
barrotes de su ventana, pareció, por de- 
cirlo asi, de repente iluminada con los re- 
fulgentes reflejos de su magnífica cabe- 
llera de color de oro bruñido. 

Al aspecto de esta hechicera figura ador- 
nada de largos rizos de pelo de aduiirable 
color rojo, la Gibosa se estreaícció.... in- 
voluntariamente; la idea de la señorita de 
Cardoville vino al instante á fijarse en su 
mente, y figuróse (sin engañarse) que te- 
nía delante de sus ojos á la prolectura de 
.\gricol. 

Al hallar en una fatal casa de locos á 
esta j(')ven eslremadamente bella, al acor- 
darse de la fina bondad conque pocos días 
antes habia acogido á Agrícol en su pe- 
queño palacio resplandeciente de lujo, la 
(¡ibo>a sintió su corazón despedazado. 
Creía ipie -Adriana era loca y sin em- 
bargo al ecsamiiiarla mas despacio, le pa- 
recía que el entendiiiiiento y la gracia 
eran siempre el móvil de esta adorable 
(igura. 

La señorita de Cardoville hizo de re- 



prtilo lin goslo ospn'sivo, op'icó su iliilo 
Í siislatiios, y luzaiKl<> dos lu-sos «.-tt lu ()i 
roceion de susiniiadus dc>a|)areció al ins- 
tante. 

IVnsando m las rovilocionos tan im- 
portantes que- Agricül tenia (|ue hacer á 
la señorita df ('HidoNÍllc, la (iibo>u si'titia 
mas y mas amar^anu-nle <l im tiiuT me- 
dio ni posibilidad alguna de- ob caisf con 
ella, pues le parecia (|iie si e>la jósen es- 
taba loca, se hallaba al monos en iin lii- 
cidif intiTvalo. 

En tan ini|uietas rt íleosinnes se halla- 
ba siiniida la jovt'ii cosinrera, cuando >ió 
volver á Floiina acoiii panada de nna 4k' 
las relijiosas d< I convento. La (îibo>a de- 
bió guardar ^ilencio sobre el descubri- 
miento ()i»e acababa de hacer, pui'S se 
encontró al momento en presencia de la 
superiora. 

K»ta , haciendo un rápido y penetrante 
ex:»nu'n de la fisonomía de la jó\en cos- 
turera, la halló de uu aire tan tímido, 
amable y decoroso, (|ue no dudó un ins- 
tante en creer completamente los iníor- 
tnes que de ella le había dado Florina. 

— (Juerida hija uiia, dijo la madre Santa 
Perpetua con voz afecluo>a: Fl.<rina me 
ha dicho la cruel sitiiacionen que os ha- 
lláis ¿Ks verdad... (jiie no enconlrais 

trabiijo nin;4uno ? 

— ¡Ay de mi! sí, señora. 

— Llamadme vuestra madre que- 

ri<la hija mía; este nombie es ina> dulu'... 
y ademas a>i lo ordena el instituto de esta 
casa... creo ínútd preguntaros cuales son 
vuestros principios. 

—Siempre he vivido honra. ¡ámenle a 
costa de mi trabajo macire mia , res- 
pondióla (íibosa con sencillez gra\cy mo 
desta. 

— .Me ba>la vuestro «ludio, luja, p.ir- 
que tengo para ello ra/om-s pxleíosas 
Ks memsier dar gracias al Sr-ñor por ha- 
beros librado de tanla^ lenlacioiie>; pero, 
decidme, sabéis bii n \ue-lro olicio? 



alucm. .19 

— Madre, lodisempefio lo mejor qiiG 
puedo; y siem|ire han «'stndo rontenlos 

de mi trabajo Si temis !a bomlad de 

emplearme, podréis juzgar de nii capa- 
cidad. 

— A<'\ lo creo, (|uerida hija mia... ¿Fj 
verdad (pie pief»'ii> ir á Irali.ijar p'T dia>? 

— .Madre, la j.'Ven Flnrina me dijo (|ii<> 
yo no podria es^iersr tener trabaj. en mi 
casa. 

— Pt^r el pronto, no, hija; pero si l.i 

ocasión se presentase mas tanle pen • 

sar¿^ en el!o l*or el présenle Ik'' aipil 

loque [)uedo ofreceros: ima señor.i an- 
ciana fniiy resp' talde me lia ericiiri;nd<> 
una costurera) p^ídrei- tal vt z eon\eiiiili'; 
la Olira se eiirargnri de vertiros cuno es 
regular, y lu-go otos ji.istos í.is' robra- 
remos poco á poco di- \ue>lro Nai.irio, pue> 
con nosotros deberéis entenderos;... evi.. 
salario es de dos francos diarios: ¿ten- 
dréis bastante? 

— ¡Ali ! madre es niavor de lo (pie 

yo podia prometerme. 

— .\demas, sido trabnjareis desde las 
nueve de la mañana hasta las seis d»- \n 

tardo y por consiguiente os (jiiedarrii 

algunas horasdeipie disponer. Va !o \eis, 
esta condición es bastante grata, ¿no es 
verdad? 

— ¡Ah! madre mia, bien grata 

— Antes de todo debo di ciros en que 

casa tiene intención In O'ira ne coloca- 

ro> s en casa de una viuda llamada 

Bróment, pers(ma verdaderarnonle devo- 
la, alli no hallareis mas (jue eoiínenles 
ejemplos, y si a.>i no fuese venJrei> á de- 
círmelo. 

—¿Pues romo es eso, madre? djo con 
sorpi('S.i la <íit)osa. 

— Kscuchadine, mi (¡uerida hija, res- 
poiidió la madre Santa Perpetua, con iiii 
lono cada vez mas afecluosn. La obra do 
Santa María tiene un santo y doble ob- 
jido ¿No os verdad que convenía en 



40 



ALBUfi 



qtie si es de nuestro deber cl dar á los 
amos todas la* garantías necesarias acerca 
de la moralidad de las personas (jue colo- 
camos en lo interior de sus familias, de- 
bemos también dar á aquellas la misma 
garantía acerca déla moralidad de los due- 
ños á (jüiones las confiamos. 

— Nada es mas justo, ni de una previ- 
sión mas acortada , madre. 

— ¿No es verdad, mi amada bija? por- 
(jue asi cotnj) una criad;^ de mala con- 
duela piu'do ocasionar un potn^so desór 
den en una f.imiiia respetable, asi taní 
bien un am'> de ina|a< costumbres puede 
oJLMCer una jíociva induenria sobre sus 
criiul-is , ó sobre las personas que van á 

trabajar á sus casas Luego, es solo 

para ofreter una nuituc garantía á los 
amos y criados virtuosos que nuestra obra 
ha sido fundada 

— ¡Allí madre... repücosencillamente. 
la Gibosa, semojanl? ponsan>iento merece 
la Im iidirion de todo ol nuuido. 

— Y estas bendiciones no les faltarán, 
liij-i tilia, porípie laObra cumple sus pro 
mesas. Asi.... que si una interesante eos 

tarera como vos, por ej(;mplo, se co 

loca en casa de personas sin tacha, y aun 
en lar (pie frecuenta habitualmenle , y 
nota alu'itia irregularidad en las costum- 
bres, ó alguna lendent-ia irreligiosa que 
ofi-nda su pudor ó que choque con sus 
priiiiii'ios riliginsos, no d< ja de venir al 
inslatiie á d-irnos luia i nenia rirounstan- 

ria la fie lo que ha podido alarmarla 

M>\i) es muy justo ¿no es verdad*? 

— Sí, madre, re»poiniii) limidainente 
la Gibosa (¡ue enitiezaba á encontrar sin- 
gulares estas previsiones. 

— Entonces, prosij:uió la superiora, si 
el caso n'is parece grave, obligamos á nues 
tra protegida á ijuoobscrvecon mas aten- 
ción, á (in de convencerse bien de que no 
se habia alarmado sin razón... En segui- 



cstas confirman nuestros primeros temo- 
res, fieles á nuestra piadosa tutela , saca- 
mos al ioslante á nuestras protejidas de 
esta casa poco conveniente... Fuera de es- 
to, como la mayor parte de ellas, á pesar 
de su candor y virtud, no tienen suficien- 
tes luces para discernir lo que puede per- 
judicar á sus almas, por su propio bieif 
prefi>fiinos tjue cada ocho días nos confie- 
sen, como una luja lo baria con su madre, 
ya sea de v va voz, 'y a por escrito, todo 
cuanto ha ocurrido durante la semana ert 
las casas en que sirven; en este caso no- 
sotras (lecidiiiios de lo que mejor puede 
convenirles, ya sea dejándolas, ó bien re- 
tirándolas de donde están. Ya tenemos 
casi- cien personas, jóvenes de compañía ó 
de almacén, criadas ú obreras, colocadas 
según su estado, en un gran número de 
familias, y cada dia nos felicitamos de es-*^ 
ta manera de proceder... ¿Ya me enten- 
déis, no es verdad, querida hija? 

— Sí... madre... si, repuso la Gibosaf 
cada vez mas confusa : porque era dema- 
siado equitativa y sagaz para dejar de co- 
nocer (pie semejante modo de asegurarse 
mutuamente de la moralidad de los amos 
y criados, no era masque \n\ espionage 
oculto, un espionage doméstico, concerta- 
do de un modo estenso, y practicado por 
las protegidas de su Obra sin (jue apenas 
se conociese, porque en efecto era dificit 
disimular mas iliestra'mente este modo de 
delatar en cuya pr.iclica se les adiestraba 
>¡ii i|ue se apercibiesen. 

— Si he entrado en estos pormenoresv 
mi querida hija. pro>iguió la madre Sania' 
Perpetua, creyendo que el silencio de la 
Gibosa otorgaba, es á fin de que no os 
creyeseisobligadaá quedarosá pesarvues- 
tro en una casa donde, lo que no espera- 
mos, repito, no encontraseiscontinuamen- 
te santos y piadosos ejemplos... Así, la 
casa de la señora de líremont, á la cual 



da, nos hacen nijçvas revelaciones, y si jos destino, es enteramente religiosa... Uni- 



ALBVIi. 



41 



camente se dice , sin que ^or eso yo !o 
crea, giie su Iiij.i l.i sonora de Noisy, qtio 
liaco poco vino á >ivir con olla, no os do 
una conducta enforainonle ojomplar, nuo 
no llena oxactainenle sus deSores religio- 
sos, y «luo, on la ausencia lU^ su niarido. 
actnalMu'iite en América , recibe las vi>i- 
las, desgroeiatlaiiiento deina'>iado frí-cuon- 
tes, du unrico fabricante llamado Mr. 
H«rdy. 

Ai oír el nombre del amo de Afíricol , 
la (iii»o>a, sin piultM- retener un movinucn 
to de sorpresa, se pu-«o colorada. 

La superiora creyó naturalmente cpie 
esto ora efecto de la púdica stisceptibili- 
<Iad «le la joven obrera, y añadió: 

— Me ha sid;> indispensable d-'CÍroslo 
todo, mi <|uerid.i hija, á lin de (|ue miréis 
lo ipic hacéis, y aun no he dibid > omitir 
riiiu<>rei que creo complelauíente erró- 
neos, porque la hij i de la señora d.; Hre- 
niiint ha tenido sin cesar demasiados bue- 
nos ejemp'os á la vista para i]ue jamas los 
olvide... Por otra parte, estando vos en 
casa desde la mailana hasta la noche, na- 
die mejur podrá notar si los rumores de 
que os hablo son f.ilsus ó fundidt»s,si des- 
graciadamente fueren esto último, enton- 
ces, mi (pierida hija, vendríais á coidir- 
inarme todas las circunstancias (¡ue osdiu- 
tan mirlen á creerlo, y si fuese yo de 
vuestra opinion , os retiraría al instante 
de esta casa , pues la saniiilad de la ma- 
dre, no coiMpi'osaria sulicieiiUMuente el 
deplorable ejemplo que la conduela de la 
hija os ufrecuria... porque desde el tno- 
mentt) <íi (pie Vws hacéis parte de la Obra, 
soy re>pv)iisable dv vuestra salvación; y 
aun (Mas, en el ca>o en que vuestra eslre- 
mada delica K-Ea os obligase á salir de casi 
4e la señora de ílréníont, couíq es posible 
que US hallaseis du ante nl^uii tiempo sin 
empleo, eneonlríndose la Obra satisfecha 
do vuestro celo y conducta , ossuministra- 
TÍa un franco por dia, hasta que la mis ma 



os volviese á e<l)enr... Ya veis, mi ama- 
da hija, que con nosotros hay lugar á ga- 
narlo todo — Otit'da pues convenido el 
(¡ue entréis pasado mañatii en casa de la 
señora de Rrcmont. 

Muy difícil era la posición en (pie se 
encontraba la Gibosa; tan pronto creía 
sus primeras sosperbas realizadas^ v, sin 
embarg) d" su timidez y í;randeza de áni- 
mo, se indignaba al pensar, que porque 
se hallaba necesitada «e creía capaz de 
venderse por espia, mediante un buen sa- 
lario: ya por el contrario, repugnando su 
natural delicadeza el creer que una mujer 
de la edad y condición de la siiperiora, 
pudiese bajarse à hacerle una de esas pro- 
posiciones tan infamatorias para ol. que 
las acepta como p.ira el ijue las hace, 
echándose encara sus primerassospcchas, 
pensaba que acaso la suporiara , antes de 
emplearla, (jueriaespiriinonlarla, por ver 
si su rectitud seiia superior ¡í una oferta 
tan seductora como la que se le hacia. 

(^)mo la G bosa era naturalmente in- 
clinada á creer el bien, se atuvo á esta úl- 
tima idea, diciendo entre sí que si por 
último se engañaba , este seria el medio 
menos injurioso de desechar los indignos 
ofrecimientos de la suptriora. 

Con un movimiento nada altivo, pero 
que manifestaba el conocimiento que te- 
nía de su digm'ilad , la j-iven obrera , le- 
vantando la cabeza (jiie lia>t,-i cnlonces 
había tenido Inunildemeoto inclinada , mi • 
ró á la superiora de hitoenhito, paraijiic 
esta pudiese leer en sus (acciones la since- 
ridad de sus palabras, y le dijo con una 
voz liperaniente alterada , olvidando por 
esta vez el llamarla madre: 

— ¡ Ah ! señora.,., no puedo afearos el 
|ue me hagáis sufrir lalensayo ...vos me 
veis muy miseral>!o, y no conociéndume 
noçs estraño (|uo no îi-erezia vuestraeon- 
íianza; pero creedme, pur pobre que sea 
jamás me humillaré hasta hacer una ac- 
11» 



42 



ALBUSf 



Montan despreciable como laque, sin du- 
da, os veis forzada á proponerme, á fin de 
que mi denegación os asegure quo soy 
digna de vuestro interés..»., no, no, ma- 
dre, jamas y por ningún título seré capaz 
de una delación. 

Estas úllimas palabras pronunciada-; con 
tanta alma por la Gibosa^ la hicieron sa- 
lir los colores. 

La superiora tenia demasiado tacto y 
esperiencia para dejar de conocer la sin- 
ceridad de tales palabras, y teniéndo>ep')r 
dichosa en ver como la joven se alucina- 
ba, se sonrió afectuosamente y tendién- 
dole los brazos la dijo : 

— Bien , bien , mi querida hija , ven á 

abrazarme. 

IMadre mia tantas bondades me 

confuíiden. 

— No, porque vuestras pala ras e>tín 
llenas de rectitud; pero debéis persuadi- 
ros de que yo no he querido esperimen- 
tar, pues nada hay que se asejneje nuMios 
á una delación que tas pruebas de con- 
fianza filial que nosotros exijimosde nues 
tras protegidas , en beneficio mismo de la 
moralidad do su estado... pero ciertas por 
sonas, y según veo, mi querida hija, vos 
sois del número de ellas, tienen máximas 
bastante fijas, y una inteligencia harto 
desarrollada, para poder privarse de nueí- 
troi consejos y cuidados, valuando |)or sí 
mismas lo que p(jedc perjudicar á su sal- 
vación; esta es una responsabilidad que 
dejo en un todo á vuestro cargo, no exi- 
giendode vos olra confiiencia que la que 
voluntariamente queráis hacerme. 

;Alil señora cuantas bondades, 

dijo la pobre Gibosa ignorando lo> un'l es- 
pedientes y subterfugios de la malicia uv)- 
nacal , y creyendo ya por cierto el podt.-r 
ganar honrosamente un salario regular. 

— Ksto es justicia y no bonda I, replicó 
la madre Santa Perpétua, con un acento 
cada vez ma> afectuoso ; toda confianza y 



ternura es peo para con hijas fan sania» 
como vosa quienes ademas la pobreza ha 
purificarlo, si decirse puede, porque siem- 
pre han observado fie mente la ley dei 
Señor. 
— Madre mia... 

— Una pregunta y r>o mas, mi amada 
hija, ¿cuántas veces comulgáis al mes? 

— SeÙDra, respondió la Gibosa, ocho 
años há que |hice mi primera comuninu; 
desde entonces no he vuelto á comulgar, 
A penas asi puedo, con u«i Iriibajocoatrnu-» 
de todo el dia , ganar mi vida , así es qua 
el tiempo me falta para... 

— ¡ Dios mió I esclaníó la sf)[)(^riora in- 
terrumpiendo á la !Gibosa y levantand.> 
Iasmai)os con todas las señales de una do- 
lorosa a miración, ¿será verdad... que no 
practicáis los sacramentos? 

— 1 Ay de mí! señora, ya os lo digr». el 
tiei po me falla, continrió la G bosa. mi- 
rando á la madre Santa Perpet «tacón aire 
sobrecogido. 

Después de im momento de >í!ei(CÍo, di- 
jo esta trislemerite : 

— Nopuedo d jarde afligirme, mi ami- 
da hija: como nosotras no colocamos nues- 
tras protegidas siiK) er> casas religiosas, 
así tauíbieu so nos piden f>orsonas piado- 
sas y <]ue frecuentan los sacramentos; es- 
ta es una de las condiciones indispensa- 
bles de la Obra Así, á pesar mió, me 

esimposiWtí el colocaros como esperaba... 
sin embargo, si en ío sucesivo os enmen- 
dáis de la grande indiferencia con que mi 
I ais !om deberes re igi >s)S,.. entonces ve- 
re mr)^. 

— Señora, replicó ia Gibosa eon o! co- 
razón oprimido al verse f.lrügadaá reiii]! - 
Piar ú tan lisonjera esperanza, os supl e> 
me perdonéis el haberos dlilraido Liitlo 
tiempo... para nada. 

— Soy yo, mi ijuerida hija, la ;]uo sien- 
te \ivamenfeel no poder csociart)» á \n 
Obra.. .. pero no pi'.-rdo las os[)eranzas , 



5nlirr> tivl) pr»ri|ijo dcvco vor ;i nna pcr-o 
II» tli;4iia ya di' iutt-rfs , incuctT un (lia 
por su pii'iljil t'I apoyo durailiTO <le las 
ptTsonas rolij^i.isas..... A<Iiü'<, mi (picritla 
hija... la [)a2 Si'a ron vos, y «¡ne Dios soa 
misericordioso iiiieiilras que us volv^.■i^LMl• 
terainiMilo á él... 

Al decir esto la superiira se levaiilt) y 
condujo la (idiosa liarla la puerta , .-í.míi- 
pre C')H moJaK-s los mas amali'ts y ma- 
íernales, y en seguida en el inliiile en 
<|ue la (idiosa liabia pasado el uiuNral (]>' 
la puerla, le dijo: seguid el pasadizo, ya' 
liajar .demias oledera», Main id á !a se- 
gunda pti^rla .í l.i d.T»-flia, allí e^'á l.i 'e i- 
cería , en dioi le t lu'oiilrareis á Floiina 

para ipie os acompañe lia>la ia salid.i 

adiós, -ni t|iieii 1 1 lija 

l.Ui'i: > cpic l.i (iiiiiisa Niilió del cuulodc 
la sup riora , las iáiiiimas liasla enhince-^ 
contenidas, corrieron .iliiindanteinente, y 
lio atreviéii l'ise á prisentarse llorosa de- 
lante de Fiorin.i y aljiíinas religiosas reu- 
nidas sin duda en la lencería , se acercó 
un inflante á una de las vent.inasdel cr 
redor pira enjuj;.ir sus ojos baùados en 
liíj;rim;is. 

.M ii|uina!iueiilese haliia pue>tc)á mirar 
la ventana de la casa vecina del couvent'), 
en la i|iie liahia creído reci»noc<r á .\diia- 
na de G.ird jville, cuando de ripeóle vio 
salir á esla de luia puerta y dirigirse r.i- 
pidainenteli icia la cerca en forma de can 
cel ijUi- srparaiía í.is dos liiieilas. 

Kn el mismo instante vio con s >rpre-a 
una de Ids dos ln-rmanas cuya d^sipaii- 
cion desesperaha taiilo á Üag-.herto. K o- 
sa Simon, pálida y abalila. se ae.rcalia 
con temor é i:ii|uiclu(| al cuicelipie la se 
paralij de la seù irila de (lardovide. »-.imo 
.>] la tiuérfina tuviese miedo de ser vista. 
Vil. 

L.\ GIBUSA Y .MAÜKM ;!S: I.I.E DK C.VUDO- 
VII.I.K. 

Sorpn n lid.i la (Id) -a, atenía, in pn'eta, 



asomada á una de las ventanas del con- 
vento, sepiiiu con la \ÍNta lus uiovimien- 
ttis de la señorita detjaníoville y .ie llosa 
Simon, á l;is (pie tan ageiía estaba de en- 
contrar a'li reunidas. 

La liuéifana seacerc('> a! caticel (nie .«p< 
paraba el jardin íW la comunidad dil de la 
ca^a del doctor Haleinier, y dijo alguiid.s 
palabras á Adriana, cuyas facciones es- 
pre-.roii de repente la soi proa, la indit¿- 
nación y la lástima. 

lín esle rnomeiito vio la fibosa á una 
n-liiiiosa ipie iba de un lado á otro dt I 
jar i'U c imo en ademan de buscar á al- 
LUloo cojí ititpiii tiid ; perribietido por íiii 
ál\o>a. (pie se arrinii» coii timidez al can- 
cel, la cojîii) del brazo y i)arrci() (|ue la 
reconvenid con acritud: A<lri;ina diriün'» 
al'_'unas pil;ibras con viveza .i la reli^jusa, 
pero no obslante se lle\ócon rapidez ¡i la 
liut'-rf.iria , «pn» desconsolada se vohii» d s 
ó tres Veces hacia la senr>rita de Cardo- 
vil'o; esta, despui's de híiberla asegurado 
el iiiteri'S ipie .se tomaba por ella con alLiii- 
nos ijestos espresivos, se volvió con proii* 
litud, (om ) si hubiera <pierido ocultar sus 
Ligrimas. 

\'A corredor en 'pie se hallaba la flibivía 
durante es a triste escena e>l;il(a siliiadii 
en el primer piso, y la co>tiirera [)ensó 
en biíjar al palio é introducirse en el jar- 
din pira hablar con aipiella hennnsa jo- 
ven de ios 'cabellos de uro, v a«eüurái - 
d .<e de (|iie era la señor. ia .\d>¡ann de 
Cardoville, si la creia en un momento lu- 
cido. Iiacerla saber ipie Agricol tenia ipio 
coninnicarle cosas del iiiavor interés, pero 
«pie no sabia como instriiiila. 

Haiia-e tarde, y lemiend'> la Gi'osa 
ipie Florina s«» cansara de esperarla, .«o 
apresuró á tdirar; con pa«o Huero y 0- 
jandj el oido con inipiirlud á c.ida mo- 
mento, lleg(')aleslreriio dil corredor donde 
estaba una po<]Ueña e»cal^-ia que condu- 
cia al palio. 



44 



La cosíurera oyó hablar muy cerca y 
sé dio prisa á bajar , hallamlo al fin de la 
escalera una puerta de cristales que daba 
á la parle del jardin reservada á la supe- 
riora. 

Una calle, cercada por un lado de un 
alto seto de boj, podia proteger á la Gi- 
bosa de las miradas de las religiosas, y la 
costurera se deslizó por allí hasta llegar al 
estremo en donde se encontraba el carmel 
que separaba el jardín del convento del 
de la casa del doctor Baleinier. 

La Gibosa vtóá algunos pasos a Adriana 
cpie estaba sentada apoyando el codo so- 
bre im banco rústico. 

La lirnu'za de carácter de esta joven 
cedió un instante á la fatiga, la sorpresa, 
el horror y la desesperación , en la noche 
terrible que se vio conducir á la casa de 
locos del doctor Baleinier, y arrovechán- 
dose este con una astucia diabólica del es- 
lado de debilidad de Adriana, habia con 
seguido hacerla dudar de sí misma. 

IVro la calina que necesariamente su- 
cede á las emociones mas dolurosas y vio- 
lentas, la nflecsion , el raciocinio de una 
mente en su estado normal, tranquiliza- 
ron bien pronto á Adriana sobre los te- 
mores (jue pudo inspirarle un instante el 
ductor Baleinier; sin poder persuadirse 
lanipuco de (jue fuese un error del sabio 
médico, cuya conducta leia claranienle, 
viendo en ella una detestable hipocresía 
aC'Mn|)i<ñada de una audacia y habilidad 
«o menos r.T.is. Aunque demasiado tarde, 
reconoció en el doctor Hiileinier im ciego 
instrumento de Mme. de Saint- Dizier. 

i)esde entonces guardó un silencio, una 
cahna llena de dignidad : de su boca no 
salieron una (¡neja ni una reconvención... 

y se limitó á esperiir Sm emb-.rgo, 

auni¡iie se la dej.iba bastante libertad en 
sus pax'os y acciones, (privándola pnr su- 
pue>lo de luda comunicación esterior), la 
situación de .\driana era dura y penosa, 



ALBUM. 

sobre todo para ella tan amatite de la ar< 
tnonía y de un lindo acompañamiento. 
Conocía no obstante que aquella situación 
no podia durar mucho tiempo; ignoraba 
la acción y la vigilancia de las leyes; mas 
el simple buen sentido la decía que un se- 
cuestro de algunos dias, apoyado hábil- 
mente sobre las apariencias mas ó menos 
plausibles de una afección mental, podía 
ser tentado y aun impunemente ejecu- 
tado, pero con la condición de no prolon- 
garse fi as allá de ciertos límites, porqtit» 
prescindiendo de lodo, no desaparecía re- 
pentinamente del mundo ima joven desu 
rango, sin que al cabo de algim tiempo 
trataran de informarse, y entonces, un 
pretendido acceso de locura súbita debia 
dar lugar à sérias investigacione.*. Verda- 
dera ó falsa , « sla convicción bastó á de- 



volver al carácter de Adriana su energía 
acostumbrada. 

En vano se preguntaba la causa de aquel 
secuestro: conocia harto á Mme. deSaint- 
Dizier , para ereerla capaz de obrar sin 
im objeto determinado, y de haber que- 
rido ocasionarle tan solo un tormento pa- 
sajero..... Kn esto no se engañaba la se- 
ñorita de Cardoville: el abate Aigrigny y 
la princesa estaban perstiadidos de que 
Adriana, mas in>truida de lo qu' apa- 
rentaba , sabia cuanto le importaba en- 
contrarse el 13 de febrero en la calle de 
San Francisco donde est'ria resuella á 
hacer valer sus derechos. Haciendo, pues, 
encerrar á Adriana como loca, daban un 
funesto golpe á su porvenir; pero debe 
di'cirse ()ue esta última precaución era 
inútil , por(|ue aunque tenia Adriana al- 
gún conocimiento del .secreto de familia 
(pie ^e habia (juerido ocultarle, y del cual 
se la creia informada, no |o habia pene- 
trado onleíamente pi>r falta de algunos 
documentos escondidos o estr.iviados. 

Cualquiera que fuese el motivo que oca- 
sionase la conducta de los enemigos de la 



ALBin. 



45 



señorita de Cardi)viIIc,»la indijjnacion de 
esla era o.stiefnatia.-y justa. 

Nadie era menos propensa al odio ó al 
deseo de venganza (¡ue esta ¡ieru'ro>a jo- 
ven: pero al pensar en lo (jue le liacian 
sufrir Mme. de Saint üizier, el abate de 
Aigrigny y eldorlor Ilaieinier, se pronielia 
obl ner una satisraccion ruidosa por todos 
los medios posibles. Si se le relnisaba, 
estaba dei'ididaá per.^etinir y combatir sin 
deseun>o ni tregua lanía astiicia, hipocre- 
sía y crueldad, no por resentimiento de 
de sus agravios, sino para inipedir el que 
atormentasen á otras víctimas, que nu 
podrían luchar como ella ni defenderse. 

.\driana, bajo la impresión aun sin du- 
da que acababa de causarle su entrevista 
con llosa Simon , se apoyaba con langui- 
dez sobre el respaldo del rústico banco en 
que estaba sentada y tenia la mano iz- 
iju.ierda sobre los ojos. Habia [)ue>to á su 
Kido el sombrero, y la posición mclinada 
de >u cabeza llevaba á sus fc^^^as y lindas 
mejillas los largos rizos desús dorados ca 
bellos, que las ocultaban casi tnteramen- 
ttí Kn esta actitud llena de gracia y de 
dejadez se designaba el preciosoconlorno 
de SU delicada cintura b^jo su vestido de 
seda verde esmeralda. W doctor lialeinier 
la habia pcrcnitido (¡ne se visÜL'se con su 
gusto acosliinibrado, y como dejamos di- 
c^o, la elegancia (lo era eu Adriana un 
capricho, sino un deber cotisigo misma , 
puesto que Dios se hal-ia complacido en 
hacerla tan herniosa. 

A la vista de esta joven cuyo traje y 
belleza admiraron á la (iíbosa . sin acor- 
darse de .">us ho rapos ni de su deformidad, 
dijo para sí con tan buen sentido como 
sagacidad, queerae>traordinario, que una 
loca se vistióse con tal recalo y de un nu)- 
do tan gracioso: y se a ercó con nonuMios 
sorpresa que emoción al cancel que la se- 
paraba de Adriana, reilecsinnando, no 
obstante, que acaso aquella infortunada 



estaba efoctivamônfe sin juicio, si bien por 
el momento se hallaba «>n un intervalo 
IdcidtK 

Kntonces con una vo/. bastante alta para 
«;er oida, á lin de asegurarse de la identi- 
d.id de Adriana, dijo la (jibo^a |»alpiláB« 
(h)le el corazón. 

— ¡Señorita de Cardovillc! 

— ¿. Ouien me llama? dijo Adriana. 

Y levantando en seguida la cabeza, no 
pudo contener un grito de sorpresa y casi 
de efpanto al ver á la Gibosa. 

Kn efecto, esta pobre criatura, pálida, 
contrahecha y miserablemente vestida, 
que se le aparecía casi de repente, debía 
inspirar á la señorita de Cardoville cierta 

repugnancia y aun miedo siendo tan 

amatíte de la gracia y de la beldad y 

sus sentimientos se vcian perfectamente 
retratados en su tspre^iva fisonomía. 

La (lil)o.>a no cunoció la impresión que 
habia causado.... ¡nn)óvil, con los ojos íi« 
jos y las manos cruzadas contemplaba con 
una especie de admiración ó mas bi«ti de 
profunda adoración la deslumbradora be- 
lleza de Adriana, á la que solo liabia en- 
trevisto al travos de la reja de su ventana; 
lo (jue le liabia dicho Agricol sobre el en- 
canto de su protectora, le parecía mil ve- 
ces iiilerior á la realidad : nunca habia 
siMwido la (jibosa (ni aun en sus secretas 
aparic\enes de poeta) una perfección tan 
trara. 

Por una simpatía singular, el aspecto 
del bello ideal dejaba caer en pna especie 
de é>tasis divino á estas dos jóvenes tan 
de>emejantes, á estos dos tipos esl^-emos 
de fealdad y hermosura, de riqueza y de 
miseria. 

I)es()ucs de rendir este homenaje ¡n- 
%0'untario, por decirlo asi, á Adriana, la 
(i bosa diii un pa>io mas hacia el cancel. 

— ¿(Jué queréis? esclamó la señorita de 
(]ardovi!le, levaniándose y haciendo un 
movimiento de repulsión, que »9 pudo 
12* 



4« 



ALBCV. 



escaparse á la Gibosa , la que bajando la 
T¡sla con timidez dijo con voz liinnilJi': 

— Perdonadme, señorita, el que me ha- 
ya presentado de este modo ante vos: pe- 
ro los momentos son preciosos veiij^o 

de parte... de Agricol... 

AI pronunciar estas palabras levantóla 
vista con inquietud ¡a costurera, temiendo 
que la señorita de Cardoville hubiese ol- 
vidado el nombre del heirero; pero con 
grande sorpresa y alegría , conoció que el 
nombre de Agricol habia hecho disminuir 
el susto de Adriana. 

Acercóse f sta al cancel, y mirando á la 
Gibosa con curiosidad benéfica la dijo : 

— ¿Venís de parte de Agricol Baudoin? 
¿quien sois vos? 

— Su hermana adoptiva... señorita 

una pobre costurera que vive en su ca- 
sa.... 

Adriana pareció reunir sus ideas, y 
tranquilizándose enteramente dijosonriéu 
dose con bondad, pasado un momento de 
silencio: 

— Vos sois la que habéis inclinado á 
Agricol á dirijirse á mi para (jue le sirvie- 
se de fianza, ¿no es verdad? 

— ¡Couío, señorita 1 ¿os acordáis? 

— Nunca olvido lo que es generoso y 
noble; Agricol me ha hablado c^n enler- 

necimienfo de vuestro ii, teres por él; 

me acuerdo... nada mas sencillo.... pero 
¿como estais aqui, en ese convento? 

»— Se me dijo que acaso se me daria 
ocupación, pues me encuentro sin traba- 
jo, y desgraciadamente me lo ha rehusa- 
la superiora. 

—i Y como me habéis conocido? 
— En vuestra grandt^ hermosura , se- 
ñorita de la que me habia hablado 

Agricol. 

— No me habéis conocido mas bien en 
esto? 

Dijo Adriana sonriendo y t-'unando con 
sus '.indos dedos uno de los lucientes rizos 
ve sus dorados cabellos. 



— Es preciso perdonar á Agricol , st íio- 
rita , dijo la Gibosa con una de acjuellas 
lijeras sonrisas que tan raras veces aso- 
maban á sus labios; es p.ieta, y al hacer- 
me el retrato de su protectora con una res- 
petuosa admiración... no ha omitido nin- 
guna de sus perfecciones. 

— ¿Y quién os ha sugerido la idea de 
venir á hablarme? 

— La esperanza de poder acaso servi- 
ros, señorita. Habéis acojidoá N^riculcon 
tanta bondad que n.e he atrevido á par- 
ticipar de su agradeciinienlo hacia vos.... 
— Atreveos, atreveos, querida niña, 
dijo Adriana con una gracia ines;|)licable; 

mi recompensa será doble; aunque 

hasta aqui no he podido ser útil mas que 
con la inteitcion á vuestro digno hermano 
adoptivo. 

Duraiite estas palabras se habian mira- 
do sucesivamente Adiiana y !a Gibosa ca- 
da vez con mayor sorpresa. 

En primer lugar no cou)pren(l¡a:la Gi- 
bosa , como una mujer que pa>.'il)a por 
loca podia esplicarse como lo hacia Adria- 
na; y ademas se admiraba de \& libertad 
ó mas bien de la amenidad é ingenio co» 
que ella níisma acababa de responder á la 
señorita de Cardoville; ignorando que és- 
ta participaba del precioso privilegio de 
los genios elevados y benéficos; que con- 
siste en comunicar el brillo de su menleá 
cuanto se le acerca con simpatía. 

Adriana estaba también profundamente 
conmovida y aduvirada de oir á esta mu- 
chacha del pueblo, vesli Ja como (uia men- 
diga , espresarse en términos tiine.cojiduí» 
y con tal discreción. A medida que con- 
sideraba á la Gibosa, la impresión desa- 
gradable (jue esta la l)abia hecho esperi- 
nienlar, se cambiaba en un sentimiento 
del todo contrario. Con el tacto de rá- 
pida y minuciosa observación peculiar á 
las mujeres, nota-ba bajo el gorro de tul 
negro de la Gibosa , una litrinosa ca- 



Atnrii. 



47 



î'e'N'ra rtil)i.i , lisa y brillanle. Tamhien 
ri',)ür.ibci (|Ul' sus inaiius ItUiiiiMS largas y 
iit'lgüiliis, aiinqih- salii'iiJo do las matigas 
«lo un vi'stiili) ati<liaji»sj, estaban pi-rfoc- 
taiiu'iite limpias; jnutba de tjiie el ciiitla- 
di», el aseo y el re>|H'l'j de >i iiiisma lu- 
eh.ibaii al menos eoiilra tina li 'ir.b e mi- 
seria. Ailriana eiicitiitraba , en liii , en la 
paliJez del melancólico ro.>liu de la juven 
costurera, y en la eí^prcsion a la ve/ in- 
teligente, dulce y títiiida de su> «-jos azu- 
les, un encanto interesante y liisle, j una 
dignidad modesta que hacían uiMdar su 
deiornudad. 

Adriana amaba npasionadameiite la be- 
lleza lisica; peiü tenij un talei;to muy supe- 
rior, un .lima demasiado r.oMe y unc.iraznii 
harto sensible, para que no Mipiera i pre- 
cia la beblad moral que bulla a menudo 
en un rostro luimüde y doliente, lista ava- 
luación era nueva, no oblante, en la >e- 
ñorita de Cardoville, puriuelia^ta entoii- 
•ces su grande furliina y su» elegantes há- 
bitos la habían tenido lejos de las perso- 
nas de la cla<e de la (jibo^a. 

l*asado un momento de si'cncio, du- 
rante el (|ue la bella [¡atricia y la mi>ei\;- 
ble Costurera se habían exniníiiaü<> mu- 
luamcnle con grapde sorpresa, Adriana 
dijo á la (libosa. 

— Creo que la causa de nuestra admi- 
ración es fácil de aJivinar; vos halláis >in 
duda (|ue yo hablo bastante ra7>)iiable- 
inento para estar loca, si 0:>liJnd choque 
lo estoy. Y yo, añadió la señorita de Car- 
doville con un tonti de conmis^'racion pur 
por decirlo a>i , respetiio.-a ; y yo en u n 
tro que la delicjdeza de vuestro lenguaje 
y maneras contrastas tan dolorosamenle 
con la posición en í|ue parecéis h.illuros, 
que mi sorpresa debe acceder á la vues- 
tra. 

— ¡ Ah ! señorita , oselamó la (libosa con 
una espresi'in de ale|.'tí,i lan sínc.ra, que 
sus ojos se Iiuuied«iiei"i! ; ¿« lá verdad? 



Mo habían engañado; asi rü que desde (|ue 
os he visto lia.o un m..m.iit.> tan hermo- 
sa y lan buena, y (pie I e « ido viie-lia 
dulce vo/, no he [)odi lo y,\ c ver qu • -e- 
mejarite í?es:raciaos hubi< se sncc lido... 
I*cr<» ¿Clin o es, señorita, que os hal'á s 
aijui? 

— Pol)re nÍM.i , dijo Adriana ronmnviila 
al ver el efecto t]ue h* «IriMostraba arpiella 
e-ce!enle criatura. ¿Y cómo (S (|ue c"H 
tan buen corazón y con tan fina penetra- 
ción sdis vos tan desgraciada? [*er(» Irai;- 
t¡uili/o>s, yr» no estaré siempre a(¡ui.... 
esto es decires (pie muy pr no ocupare- 
mos vos y yo el lugar (¡iie nos coi T' s.fui- 
de... Creedme, jamás podrí? o'vidar que 
á pesar de la pcno>a preorupaciin en que 
debíais hállalos (al veros privada de tra- 
bajo, vueslr» lioico recurs», habéis pen- 
sado en venir h.íeia mi... para Iril.irde 
serme útil;... en efecto podtís servirme 
de mucho;.... li) (|iie mees sumamente 
grato, porque también os deberé inu'hn... 
Asi, ¡ya veréis cuanto he de abusar de 
mi reconocimiento! dijo Adriana con una 
adorable sonrisa. 

— Pero antes de pensar en mí, conli- 
niió, t)cupémonos <le los otros. ¿V'uesiro 
hermano adiplivo ha salido ya de la cár- 
cel ? 

— A estas horas, señorita, rn o que ya 
debe e>lar en libertad, gracias á la g» iie- 
rosidadad de uno de sus airiinos; «n padre 
jiulo ir ayer á ofrecer una fianza y lepro- 
melieron que hoy saldría df la prisión ;... 
pero i¡e<de allí me escribic» <]uc tenia cosas 
impurtaiití^irnas (jue revelart'». 

— ¿ A uií? 

— Si, señorita... Agrícoj estará hoy, á 
lo que pienst), en libertad. ¿ Por ()ué me- 
dio podría instruiros?.... 

— ¿Decís (pi.= tiene revelaeíoms que ha- 
cerme? repitió Adriana Ci>n cierto aíietie 
sorpresa. Kn vano luisco lo que eso pue- 
da ser, pero en tanto que cslé enceirada 



48 



AL&uai, 



«n esta casa , privada de M* comuniça- 



•cion esienor, no d^Ue pensar A&rícol çn )mi»ido lener pluma ni papel, lo que im 



•dirigirse á mi directa ni i<vd,ii:t?clament,e; 
■«lelre isperar pires i que salf^a de aqui, y 
Tsto no es lodo ; debe también, tratar de 
íirrancar de ese convento dos jpobres ni- 
nas niüciiu mas dignas de compasión aun 
que yo.... Las bijas del general Siin.Qn 
4'-stán ahi retenida» á pesj^r suyo. 

— ¿SaÍH'is sus no-m'bres, señorita? 

— Agrírul me dijo sti llegada á I*aris , 
<jue leiiian quince anos y que se parcelan 
dtiun niodoadmirabie... Asi es, qtiecuan- 
()o anteayer , paseando yo como de cus- 
tumtire, be visto á dos pobres nina> des- 
consoladas que á menudo se acercaban á 
las ventanas de sus celdas en que se ba- 
ilan separadas, la una en el patio, y la 
«¡Ira en el primer piso, me ba dicbo un 
Mícroto [ ri"-entim¡ento que aquellas eran 
I.1S liiiéifanas du que Agrícol me babló, y 
que ya me interesaban vivamerite porque 
son parienfas nuas. 

— ¿ i'iiriiiitas vuestras, señorita? 

— Sin (linJa... Y asi es, que nopudien- 
<lo bacer mas, líc tratado de bacerlas en- 
tender por senas ctianto me interesa su 
suerte; sus ligrimas y la alteración do 
sus lindos ro.>lros me lian dicbo bastante 
(¡ue se encuentran presas en el conven • 
til, eonio yo misma lo estoy en e-^ta casa. 

— ¡ Ab ! ya coinpiendi) , señorita 

¿víctima acaso de ia anuno.>idad de vues- 
(la familia?. .. 

— Cuai<piiera (¡ue sea mi suerte, es 
itMjcbü menos triste que la de esas dos 
liiñas... cina desesperación es alai mante. 
Lo que siil'ie lodo las irurt:íica terrible- 
ipenle es su separac¡«'n , y por algunas 
pi'abras que la una acaba de decirme, 
\oo (¡ue , ciimo yo, son víclimas de algu- 
na üdio>a maiiuinarion.... I'ero , gracias 
á vos.... no será diíicil salvarlas. Desde 
que estoy en esta casa, como os dejo di- 
cbo, me ba sido imposible tenerla menor 



comunicación esterior.». No me han per^ 



posibilita de escribir. Abora escuchadme 
atentamente, y podremos combatir entre 
las dos una perversa p^-rsccucion. 

— ¡ Oh ! ¡ bablad , bablad ! señorita. 
— ¿Kl soldado que ha traido á Francia 

las huérfanas , padre de Agrícol : está en 
Paris? 

— Si Sf>ñora.... ¡ Ah ! ¡si supierais, su 
desesperación y su furor cuando á su re- 
greso SH bailó sin las ninas que le liabia 
confiado una madre moribunda I 

' — Sobre todo es preciso que se guarde 
de obrar con la menor violencia; todo se- 
ría perdido.... T- inad este anillo. — Y 
Adriana sacó un anillo de su dedo, — en- 
tregádmelo.... Kn seguida debe ir... ¿Pero 
estais segura de recordar un nombre y la 
calle y número de una casa"? 

— ¡Olí! si, señorita... descuidad,; Agri- 
col me lüio una sola vez vuestro nombre 
y no lo be olvidado, pues el corazón tam- 
bién tiene memoria. 

— Ya lo veo, liija mia... Recordad pues 
el nombre dt;l conde de ¡\Iontbron. 

— Kl conde de Alonlbron.... no lo ol- 
vidaré. 

— Ks uno de mis buem^s y antiguos 
amigos que viven en la plaza deYendóme, 
número 7. 

— Plaza de Véndeme, nqmerû 7, ;o 
conservaré en la memoria. 

— Kl padre de Agricol ira esta noche á 
su casa ; si no le encoiiira>e, le esperará 
basta (¡ue entre, entonces dirá que quie- 
re hablarle de mi parle, haci(3ndole entre- 
gar esle anillo en prueba de su veracidad; 
una vez en su presencia, se lo dirá t(>do, 
el rapio de las niñas, el convento en que 
eslán presas, y aña>>rá que yo misma nie 
hallo encerrada como loca en la casa de 

salud del doctor Baleinier La verdad 

tiene un acento que no podrá menos dq 
conocer el conde de Monlbron Es un 



4Í) 



hombre (Je miiclia csperiencia . ilo un ta- 
lento pr¡viIi'<{i;ido, y cuya ¡nflñi'tuia os 
firande; el dará en s»'f:iiida los pasos no- 
Cfsariü>; y man;iiia ú pasado, ostiiy segu- 
ra de i\\io la> polni's liuérfaiías y yo t'sla- 
renios lil)rfs,... Kso gragias á vos.... los 
inonu'iitDS son preciosos y podrían sor- 
prendernos.... Apresuraos , nii (¡tierida 
niña. 

l)e<|!ues, en el ¡iislanle de relirarM" 
dijii Adriana á la Cíihosa con una sonrisa 
(an i^presiva y con un acento tan pene- 
trado, (]ut' liabria sido iinposible á la eos 
lurera dejar do creer en sií sinceridad: 

— Aijríco! me lia dictio (|ue n>! coru/.on 
so asemeja al vuestro.... Y aliura ci)ni- 
prendo cuanto me honra la! comparación 
y lo lisonjera (jue debe serme.... os lo 
iue{;o.... dadme [)ronto la mano.... aña- 
dió la s'»Aorila de Carduville cuyos ojos 
se humedecieron; y pasando después su 
ün'la (nano por entro ei cancel, estiechó 
la de la (iihusa. 

I-]:>tal)an llenas de una cordialidad tan 
xcrdadera Ia> palabras y la íisonomía de 
la bella paliicia , (jue la cov.Uirora no so 
avergonzó al dejarse estrechar por a(|uc- 
lla enianladura mano la suya enflaque- 
cida.... 

líntunces la señorita do Cardoville, por 
ui\ movimienlo di* piadoso rospelo , la 
ilevó esponláueainenle á stís labios di- 
cremlo: 

— Ya (]ue iM> puedo abrazaros <íóWi'i> á 

una lieimana ipie me sa!\a liésaié al 

menos esta noble mano glorilicada por el 
lrab;^jo. 

Fn esto momento se oyeron de repente 
tn el jardin los pasos del íioelur IJaleinier, 
y Volviéndose con prontitud Adriana de- 
sapareció detrás de los verdes árboles , 
<lic¡endo á la (íibosa : 

— ¡Valor, memoria,... y esperanza! 

Pasó ludo esto con tal rapidez que la 
joven costurera no pudo moverse Je su 



sitio; corrían lágrimas con abundancia 
por sus pálidas mejUlas, pero esta vez 
eran liien dulces. 

Trataría una j»iv(ii cual Adriana de 
(lanioville, conio á hermana, besarla la 
mano y lisonjearse de parecérsele en el 
corazón: á ella , pobre criatura (|ue veje- 
taba en lo mas profundo del abismo de 
lamiseiia, era esto mostrar un sentimien- 
to de fraternal igualdad tan divino como 
la [lalabra evangélica. 

Hay palabras ó impresiones que hacen 
olvidar á una alma grande años enieros 
de sufrimiento , y (pie [)areeen retelarle 
con un íiujido rayo de luz su profíia gran- 
deza ; asi sucedió á la Gibosa: gracias á 
tan generosas palabras conoció en aquel 
momento todo su valor.... Y aunque tal 
sentimiento fuera tan rápido como inefa- 
ble, no pudo menos de cruzar las manos 
y de levantar los ojos al cie'o con una es- 
prosion de ferviente reconocimiento; por- 
(|ue si la costurera no practicaba svis de- 
beres relijiosos, por servirnos de la geri- 
gonza ullramonl'iiia , nadie estaba mas 
dotada que ella de ese senlimifnto pro- 
fundo y sinceramente religioso que es en 
cuanto al dogma lo que la inmensidad del 
e->trei!ado cielo en comparación do la bó- 
veda de una i^ilesía. 



Citico minutaos después, habiendo sali- 
do la (.jibüsa del jardin î.in ser vista , Se 
bailaba en el primer pisO de! convento 
llamantío Cí^n discreción á la puerta de la 
lenrerfa. 

L'na herVnahn ^¡nOá abritla. 

— ;. Ksti o(]iii \h *(i^orila F.'orína , que 
me fia traillo, hermana mió? pregimló la 
(lib'isa. 

•^No lia potfidrt pspefíros tanto rato, 
¿venrssitV'á'iKÍa del cuarto de nuestra ma- 
dre la superiora ? 

— Si si, hermana respondió la 

costurera bajando los ojos, — ^¿tendréis la 



50 ALVÜV, 

bondad de decirme por donde debo salir? 

— Venid conmigo.... 

La Gibosa siguió á la liermana tem- 
blando á cada paso de encontrar la stipe- 
riora , que con razón se babria admirad» 
y querido saber la causa de su larga de- 
tención en el convento. 

Abrióse por fin la puerta , atravesando 
)a Gibosa con rapidez el grande palio, al 
acercarse á la portería para decir que la 
abriesen la puerta eslerior, oyó estas pa- 
labras pronunciadas por una voz ronca : 

— Parece, Jeromo, (]iie esta noche se- 
rá necesario redoblar la vigilancia... En 
Cuanto á mi, voy á meter dos balasen mi 
escopeta: la superiora ha mandado que 
se hagan dos rondas en vez de una.... 

— Lo que es yo, Nicolás , no necesito 
escopeta : dijo la otra voz, porque tengo 
mi cuchillo de monte bien afilado. 

inquieta ia Gibosa involuntariamente 
por estas palabras que no habia tratado 



Por el lado opuesto del quo venia T>«- 
gobcrto , vio que corría ú e.'.conlrarla 
Agrico!. 

IX. 

LOS ENCUENTRO». 

A la vista de Dagoberto y Agricol, se 
detuvo estupefacta la Gibosa á algunos 
pasos del convento. 

El soldado no veia aun á la costurera y 
continuaba s« camino con rapidez, siguien- 
do á Ouitasolaces, que aunipiffl, ICO. eriza- 
do el pelo y lleno de I «do , parctij ag a s ; 
con placer y volvia de cuando i'u rtiando 
su cabeza inteliyente hacia su amo, al cual 
se habia unido de nuevo de>puos de aca- 
riciar á la Gibosa. 

— Si, si, ya le entiendo, aninaalito, de- 
cía el soldado con emoción ; mas fiel eres 
tu que yo... porque no has abandonado ni 

un minuto á mis uobres nifiaf; tú la* 

Ivas seguido... y habrás esperado |dia y no 
che, sin comer... en la puerta de la caso 



de escuchar ,se acercó á la portería y di-) donde las han conducido, y al fin cm^ado 



jo que le abriesen. 

— ¿De donde venis asi? dijo el portero, 
teniendo en la mano una escopeta de dos 
cañones que se ocupaba en cargar, y ec- 
saminando á la obrera con una mirada 
sospechosa. 

— Vengo de hablar con la superiora , 
respondió con timidez la Gibosa. 

— ¿De veras?.... dijo brutalmente Ni- 
colás, es que tenéis aire de una mala par- 
roquiana; en fin, es igual; largaos 

pronto. 

Abrióse la puerta y salió la Gibosa. 

Apenas habia andado algunos pasos en 
la calle, cuando vio con sorpresa á Quiía- 
solaces que corria hacia ella... y mas lejos 
detrás de ól, á Dagoberto que llegaba 
[recisamenle. 

La Gibosa iba hacia el soldado, pero en 
esto una voz llena y sonora que gritó do 
lejos: 

— ¡Ehl ¡mi. buena Gibosa! hizo vol- 
verse á la joven.... 



de no verlas salir... hascoriidoá casa pa- 
ra buscarme Sí, mientras que yo me 

desesperaba como un loco furioso tú 

hacias lo que deberla yo habt-r heelm 

tú descubrías s« retiro ¿Qué prueba 

esto? ¿qué las bestias valen fnas que los 
hombres? |ya se conoce... En fin... voy á 
encontrarlas... cuando pienso que es ma- 
fia na el 13, y que sin tí, mi buen perro... 
todo era perdido... me horrorizo... ¿Es- 
tamos ya cerca?.... ;Qiió barrio tan de- 
sierto I... y la noche se aproxima.... 

Dagoberto tenia este discurso con Qui- 
tasolaces sin dejar de andar y con la vi>ta 
lija en >u leal jx'rro que marchaba á bui'ii 
paso. AI ver que de pronto se le separó 
de nuevo el fiel animal brineanr'o, levan- 
tó la cabeza y le vio á mwy corla distan- 
cia haciendo fiestas á Agricol y la Gibo>a 
(pie acababan de reunirse á algunos pasos 
del convento. 

—¡La Gibosa I csclamaron padreé 



i LIT M. 



SI 



li^rt arcrcánflo^e á la J('ivími costuriTa y 
-miráiidola cuii prorinda sorpri'>a. 

— ¡ Buena t'>|>«'raiua ! si-ñor Dagober- 
tn, dijo ai|iit'll.i COI) (11)3 alí'^^ría iinp>>si(>lc 
dedoscriliir, >»'• dotide oslan Kosj y Klaiica. 

Después \(»lvit''nd()se al herrero: 

— Hiieiia esperanza, Ai;riool .. la soilo- 
rita de CardovilU; nu está loca... acabo de 
verla... 

— ¿No está loca? ¡ qiió diclia ! dijo el 
herrero. 

— ¿Dónde estin las niñas? preguntó 
Dagoberlo toman lo entre sus manos tré- 
mulas de emoción las de la (lib)sa. ¿Las 
habéis visto? 

— Si, hace un instante... nuiy tristes... 
muy abatidas..,, pero no he podido ha- 
blar a^. 

— ¡ Ah ! esclamn Diipoberto í|up'!'iido- 
se como sofocado por esta noticia y lle- 
vando las manos al pecho; nunca habria 
creido que mi viejo corazón pudiese lalir 
con tanta fuerza. 

Y sin ernliaigo gracias á mi perro, 

casi me esperaba lo «pie sucede... pero es 
igual... siento... como un desvanocímien 
to de placer... 

— Padre mió ... ya ves que el dia es 
bueno, dijo Agricol mirando á la costure- 
ra con reconocimiento. 

— Abrazadme, mi di^nay qtierida hija, 
atiadió el soldado eslfechando con efusión 
á la Gibosa entre sus brazos; después de 
vorado por la ¡mpacien( i i , CMilinuó: va- 
in «s corriendo á buscar las niña-. 

— ¡Ah! mi buena (iibosa, dijo Aprirol 
connivido; tu devuelves á mi padre el 
reposo, y acaso la vida.... Y en manto 
á la señorita de Cardoville, ¿como sabes 
tú? 

— Por una grande casualidad... ¿Y tú 
como te hallas a(|ui? 

En eficlo , el perro tan impaoien'e 
como su amo de ver á las hut'^rranas, aun- 
que mejor in>truido subre el lugar de su 



retiro , se habia aci-rcado á la puerta del 
convento th-sde dofide se ptisoá ladrar pa- 
ra llamar la alencidii de D.igoberto. 

Kste comprendió al ptrro , y dijo á la 
(iibosa haciéndola un gesto !>igni(icativo : 

— ¿Kslán allí las iiiñaN? 

— ~¡, Si ñor Dagoberto. 

— l'Ntaba seguro de ello... Perro fi.l... 
¡Oh! sí, los perros valen mas ijue las 
personas; escepto vos, mi buena (îibosa , 
que valéis mas que los lioinbres y las bes- 
lias .. En (in... voy á ver á esas p«jbres 
niñas... y á tenerlas... 

Diciendo esto se puso á correr Dagober- 
to , á pesir de su e<iad, para llegar adoi»- 
de e>taba Quilasolaces. 

— Agricol, eselamó la Gibosa; impide á 

tu padre que llame á esa puerta todo 

seria pcrdid». 

El heirero alcanzó en dos brincos á ^u 
padre, al mismo tiempo que este llevaba 
la mano á la aldaba de la puerta. 

— Padre mió... no llames, dijo Agricol 
deteniendo el brazo de Dagoberto. 

— ¿Oiie diablo me dices?... 

— Me ha a>eg;jrado la Gibosa que s¡ 
iljii.as está todo perdido. 

— j Cómo I... 

— Ella os lo esplicará. 

— Kn efecto, IN'gó la Gibosa , y dijo al 
soldad») : señor Dagoberto, no nos di ten- 
gamos delante deesta puerta, podrían v^t- 
nos, y esto daria sospechas, sigamos mas 
bien el muro... 

— ¡Sospechas !... dijo el velemno s r- 
prendido, aunque sin moverse de 1j pu<T- 
la, ¿qué sospechas? 

— Os lo ruego... no permanezcáis ahi... 
dijo la (íibosa con tal insfaticia (pie po- 
niéndose Agricol de su parle, dijo á su 
padre: 

— Padre mió, cuando la Gibosa dice 
eso, razones tendrá para e!li); eNfuché- 
njosla... el muro del hoNpital está á ¿oí 
pasos y como por alli no pasa un alma 



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ALBUM 



podremos hablar í-in qué nos inlferruni- 
pan. 

— ; Otie e! (liiiljió me lít-ve si enfieriJo 
una palabra de todo estol escíamó Daj^o- 
berío pero sin separarle de !a puerla. Es- 
tán aquí las niilas, las tomo y me !as 
llevo este es negocio de diez minu- 
tos. 

-^j Oh ! no creáis que es tan fácil... se- 
ñor Dag>l>eito, dijo la Gibosa. Es imiclio 
mas düícil de lo que creéis Pero ve- 
nid, venid. ¿Oís?... Hablan en el patio. 

En efectu, se o^ó el murmullo Je una 
voz b.i- tante gruesa. 

— Ven ven, padre mió dijo 

Agrico! llevándose á su padre ¿asi pirir 
fuerza. 

Quitasolaces parecía muy sorprendido 
<Je estas vacüaciunes, y dio algunos ladi-i- 
dos sin abandonar su puesto, como para 
protestar coiitra aquella bumiilahfe reti- 
rada; [)ero á ima íiamada de Daqoberto 
se apresuró á unirse al cuerpo del ijér- 
eito. 

Eran enlonres las cinco de la tarde, y 
haci.i lin inerte viento, corrielido ¡espésaá 
y pardas lujbes lluvio>as por el cielo. Co- 
mo di-jamos diclio, ei milro 'del hospital 
qui- C';ii(Í!ial)d por ese lâiio con el jardiri 
del c<iiiveiiío, apénasela IVecuenlado. Da- 
gobeito, Agricül y la Gibosa pudieron; 
pues, tener un consejo solitario en este 
apartado >ilio. 

El soldado no dis Ululaba la violenta 
inipíH-iencia q'.ie 'i; c3U>a!>a sü carácter; 
aA os qile apenas volvieron la "esquina, 
cu uid I d j I á !a (rb'osa : 

—Veamos, bija miá , esplicaos yo 

estoy i'U á^cua^. 

'— Ea ca^a en qui* e>lán encerradas las 

hijas del gi-!ier.il Simon es un coh- 

Vento >erior Dagoberto. 

•—¡Un c'oi'ivenlo! esclanlô él soldado; 

debí sospecharlo Y bich, ¿(Jué ínás? 

iré á buscarlasáuñ convenio como á otra 



cualquier parlo. ¿Qué me importa el sitio? 

— Pero, sefior Dagoberlo, están en- 
cerradas alli. coiitra su voluntad y la vues- 
tra , y no os las entregarán. 

— ¿No me las entregarán? ¡Pardiezí 
vamos á verlo 

— i'a(lre nuo , dijo Agricol deteniéndo- 
le, tened paciencia un momento, y escu- 
chad á la Gibosa. 

— Yo no escucho nada ¡Cómo I es- 

lin ahí las ninas á dos pasos de mi... 

y sabiéndolo ¿no las be de tener de 

grado ó por fuerza , en seguida? ¡Hayo! 
¡estarla eso bueno] Déjame. 

— Señor DaLioberto, os sjiplico que me 
cscuclnis, dijo la Gibosa tomando la otra 
mano del soldado. Hay otro medio de te- 
ner á las pobres señoritas, y eso sin vio- 
lencia ; la señorita de Cardoville me lia 
asegurado que con la violencia lo perde- 
réis todo 

— Si b;iy otro medio... enhorabuena... 
¡ vivo! veamos cual ef ese niedio. 

— Ké aijui un anillo que la señorita de 
CarJovdle..... 

— ¿Quién es esa señorita de Cardoville? 

— Padre mió, es esa joven tan g.ene- 

rosa (jue queria prestar mi lianza y á 

la que t» ngo cosas iuiportantísimas que 
decir 

— Bueno, bueno, interrumpió üago- 
berto, luego bahlarenios de eso... Y bien, 
mi buena Gibosa ¿este anillo? 

— Debéis toniarlo, señor Dagoberto, é 
ir en s guida á ver e! conde de Montbron, 
en la plaza de Vendutiu», número 7. A lo 
que parece es un hombre nuiy poderoso, 
amigo de la señorita de (Cardoville: este 
ambo le probará que vais de su parte; le 
diréis que ella se enciu'ntra encerrada co- 
mo loc^ en esa casa de salud que cordina 
con el convento y que en este se hallan 
también detenidas contra su voluntad las 
liijas del mar'jcal Simon. 

— Bien ¿qué mas qué mas? 



ALRIU. 



— lùilonces, el señor conde <le Monl- 
hron tiara los pasos necesarios cerca de 
personas de alia categoría, para conse- 
guir la libertad de la señorita tíe ('ardo- 
villc y de las hijas del mariscal Siniotí , y 
acaso mañana ó pasado 

— ¡Mañana ó pasado ! esclamó Da^^o- 
berto; no, es hoy, en este mismo ins- 
tante, cuando yo (piiero tenerlas I*a- 

sado mañana y acaso ahora n»ismo... 

no seria ya liempn (íracias de lodos 

modos, mi buena (iibosa; pero guardad 

vuestro anillo líslimo mas hacer mis 

neguciospor mi mismo... Ksperadme aíiui, 
hijo mió. 

— Padre... . ¿que queréis hacer?.... 
esclamó Agrícol volviendo á detener al 
soldado. ¿Habéis pensado en que es un 
convetito? 

— Tú eres aun un rechita ; yo conozco 
la teoría del convenio por las puntas de 
los dedos: la he practicado cien veces en 
M-paña... lié aqui lo (pK* vá á síicertcr... 
Ilacno, me abr»* la tornera, me pregunta 
mití se me ofrece; no resiinudo; ella quie- 
re delenerme , y yo pa->o adelante, lla- 
mando á las niñas á voz en grito, y re- 
co<"iii'ndo todo el convento. 

— INto, señor Dagoherto, las religio- 
sas... dijo la Gibosa Iratanuo de detener 
al soldadi». ^ 

— Las relijiosas corren á mis alcances 
persiguií^iidome y (¡iando como lus piijaros 
tjue pierdi'ii el nulo; soy inleligenlo en 
esto. Kn Sevilla, tu'e (]iie ir á rescatar 
de ese modo á una andaluza que las bea- 
tas detenían por fuerza. Las dejo gritar, 
y cnlntanto recorro el convento llaman- 
do a Rasa y Blanca.... Me oyen ellas, me 
responden, y si están encerradas, tomo 
lo primero ()ue hallo á mano y derribo la 
puerta. 

— l'ero, señor Dagoberlo, ¿y las reli- 
jiosas.... y las relijiosas? 

— Las religiosas do me impiden con sus 



gritos el drrribar la puerta, ni el toma 
las niñas en mis brazos y largarme; si han 
cerrado la puerta exterior, segundo der- 
ril)o Asi, pues, aM.idií) Dagolierlo des- 
prendiéndose de la (lilio>a, esperadme 
ai|ui; dentro de di-'í nñimlos estoy de 
vuelta.... De cualquier modo vea buscar 
un coche, hijo mió. 

Mas sereno rpie Dagoberto, y sobreto- 
do nías instruido que este en materia del 
código penal, Agrícol pensó con espanto 
en las consecuencias que pedia acarrear 
el estraño modo de obrar que se pro- 
ponía el veterano. Asi , poniéndosele de- 
lante, esclamó: 

— Te suplico qutt oigas aun una pala • 
bra.... 

— ¡Pardiez! veamos, despáchate. 

— Si quieres penetrar por fuerza en el 
convento, i vas á perderlo lodol 

— ¡ Como ! 

— Kn primer lugar, señor Dagoberto, 
dijo, la Gibosa, hay hontbrcs en el con- 
vento:... Hace muy poco que al salir yo, 
he \isto como el píutero cargaba su es- 
copeta, y el jardinero hablaba de su cu- 
chillo de monte nniy afilado y de rondas 
que hacen de noche.... 

— Hago yo poco caso de la escopeta 
de un portero y del cuchillo de un jar- 
dinero. 

— Bien, padre mió; pero le ruego que 
tne escuches im momento; llamas, ¿no es 
e.sto? se abre la puerta y te pregunta el 
portero (pié quieres.... 

— Digo que tengo cjue hablar con la 
supt-riora y me deslizo hacia dentro. 

— Pero, 5 Dios nn'o ! señor Dagoberlo, 
dijo la (íibo»a; una vez alravi-sado el pa- 
lio. Se llega á una S"guiida puerta rerra- 
da, (|ue tiene una njiila: aili se acerca 
una reÜjiosa á ver (]iiien llama, y no abre 
ha la que se la ha dicho el objeto de la vi- 
sita que se (piierc hacer. 

— Le responderé.... quiero vei á lasu- 
periora. 



5i ALÉim 

— Entonces, padre mió, como no te 
conocen en el convento irán á advertir á 
la superiora. 

— Bueno.... ¿y qué mas? 

— Y vendrá. 

-¿Yquél 

— Os preguntará ¿qué queréis, señor 
Dagoberto? 

— ¿Lo que quiero?.... ¡Pardicz?... mis 
niñas.... 

—Tened aun paciencia por un minuto, 
padre mió.... En visla do las precaucio- 
nes qutíhan tomado, no puedes dudar (4ue 
•quieren detener á las ninas contra su vo- 
luntad y la tuya. 

— No lo dudo.... estoy cierto de ello... 
y para conseguirlo han vuelto la cabeza á 
mi pobre mujer.... 

— Entonces, padre mió, te responderá 
la superiora que no le entiende, y que las 
señoritas Simon no están en el convento. 

— Yo la diré que sí estáti y pondré por 
testigos á la Gibosa y á Qaiíasotaces. 

Te contestará la superiora que no te 
conoce ni tiene esplicaciones que darte,., 
y cerra ró S'i rejilla. 

—Entonces derribo la puerta... ya ves 
que de cualquier modo Iiay que hacerlo... 
déjame... ¡pardiez! déjame... 

— Al ver el portero esta violencia, cor 
rerá á buscar la guaidia, llega esta yero- 
pieza por prenderte. 

— ¿Y qué sería entonces de vuestras 
pobres niñas.... señor Dagoberto? dijo la 
Gibosa. 

El padre de Agrfcol tenia bastante buen 
sentido para que dejase de conocer lojus- 
to de estas reílecsiones de su hijo y de la 
Gibosa; pero también sabia que era pro- 
riso conseguir á toda costa que las liuér- 
fanas estuvic.'^en libres para la mañana 



Agrico! y la Gibttsa conmovidos proTifn*' 
damenteporesta muda de?e>perac'<m canr- 
biaron una mirada triste y sentándose el 
herrero al lado del veterano, le dijo: 

— Padre mío, tran(|uilízate pue< » 

piensa en lo qrie acaba de decírtela Gibo- 
sa.... yendo con e! arjifío de fa señorita de 
Cardovillo á casa de ese caballero, que es 
iMuy influyente, será fácil (|i»e mañana 
mismo estén lil)rcs las niñ.is... y aun su- 
poniendo á mal andar que no te las de- 
vuelvan basta pasado inañ;ina... 

— ¡ Rayo I ¿(|iiereis volví'rme loco? i-s- 
clamó Dagoberto estremeciéruJose y uii- 
rando á su b.ijo y la Gibosa con un ainr 
tan pstraño y desesperado, (¡ne Agricol y 
la costurera retroceda r n con tanta sor- 
presa como inquietud. 

— Perdonadme, hijos mios, dijo Dago- 
berto, volviendo en sí después de un lar- 
go silencio ; hago mal en arrebatar»ne» 
porque asi no poíheinos entendernos.... h* 

que decis es juslo y sin embargo ya 

tengo razón en hablar corno baldo. ... lís- 
cuchaduie... Tu eres un liombrelionrad'», 
Agrieol, y vos una esciF'Ule muchacha. 
Gibosa... Lo(]ue voy á deciros es para voso- 
tros solos... He traido esas nfñas desde el 
centro de la Siberia ; ¿Sabéis con queob- 
jeto? Para que se encuentren mañana por 
la mañana en la calle de San Francisco... 
Si no lo cofibigo , dejo de cumplir el pos- 
trer voto de su madre moribunda... 

— Caüe de Sarv Franciso niím. l.'J, es- 
clamó Agrieol iiiterrHüipi-ndo áj^u pailre, 

— Sí, ¿como sabes tii ese número? pte- 
guntó Dagoberto. 

— ¿No se encuentra esa fec! a en un» 
medalla de bronce Î 

— Sí, contestó Dagoberto eada inslan- 



siguicne. Esta alternativa era terrible , | *e "'«s ï>'>fP'"t""*J^- ¿Q"'^'" •« ''^ diiiit> 
tan lerrib'e que llevando ¡as manos á su <í^o? 

arJoro«a frente cayó sobre un banco dej — Padre mió.... un instante... esclamó 
piedra c^mo anonadado por la inexorable i Agrieol ; dejadme reflexionar... creo adi- 
rQtalidad de su posición. i vinar.... si, y tu, nii buena Gibosa ¿oo 



tnoTiis (lirho que la scñ.irila ik' ('aiilovi- 
'{le no estaba luca ?... 

— Ni» liay tal lociiía... I:i lii'iien dde 
iiida à pesar suy» en e^a ca^a, sin dejarla 
coiniiiiirar l'on nadie... y me Ita dicho, 
que laiilo ella onnu) las lujas del mariscal 
Simon son sin duda viclima^ de una ma- 
quinaeiun udinsa, 

— Ya estoy cierto, psrlanjji el herrero; 
ahora lo comprendo todo... LaseAmilade 
('ardoville tiene el mismo interés (|ue la« 
niñas en enconlrarse inafiana en la calli- 
de San Franciso... y acaso lo ignora. 

— ¿(]ómo? 

— OeeiíJme, mi buena (lihosa ¿o» 

ha ditlij la s» ñorila de Cardi'\ii!e i|iie le 
.nf«Te>al>a sobrtinanera el e^lar libre nia- 
'ñma? 

— No, poTíjiie al darme este anillo pa- 
ra el conde de .M>)nlbron, me ha dn tío : 
Gracias á él, maùina ó pasado estaremos 
libres las hijus did marÍMal Simon y \o... 

— Pero ac.i[)a de esplicaile, dijo Da¿ > 
berto á su h'jo con impacienc a. 

— Kn seguida, continuó el herrero; 
cuando has venido á buscarme á la ciireel, 
sabes, padre mió, (|iie te lie dicho ipie te- 
nia Mil deber sagrado que llenar y rpie en 
casa nos juntariamos. 

— Si,., y me he i lo á dar nuevos pasos 
de qiií le hablaré luejío, 

— Yo h'-.* corrido al pabellón de la calle 
de Babilonia , ignorando ijite la srñorila tíe 
<]ard<>ville esluvirse loca, ó mejor didm. 
que se U hicies-e pasar pur tal... me abre 
un criado y me dice que e.sta siuorila ha 
sido atacaila de un acceso repentino de lo 
cura... Concibe, padre mió, que n-Afn- 
para mí... preguht> donde está y meio>- 
pondcn que no lo Saben; digosi podréiía- 
blar con al^^uno de sus parientes, y cumo 
mi blusa in-piraba poca coidianz i iiu> con 
testan (jiie aijui noexisle na lie de mi f.iiiii 



515 



está loca, su médico delie <n!w rd «mki s- 
fá ; si se encuentra en estado de e>cii- 
• harme, el médico mecomluciri á sii pre- 
sencia ; si no, á fa'ta desús f»ari<ntes, ha- 
blaré con su médico; k mcniído el mé<lic<> 
es unam'go... í'rec;unto. |oi.'s,,il criado si 
podria indicaroie el fiiédico (K* la>-rñoril.i 
de (lardoville, y med'cen siin nnbrí' v ba- 
t>ilacion sin la menor dilicitltad: el dnclor 
llaleinier calle de Taramit» niíin. 12. ('('.rro 
allá, y bibia salido; pero me di. en '¡iieá I s 
cinco d«-bia hallarle sin duda en su ca*» 
de salud; ^ta está contigua al «inivcn- 
o hé aijui porqiie nos lien os encon- 
trado. 

— INro ¿esa me ¡alia..., oa medalla, 
dij ) Da^obcrtf) con impaciencia , dtíride 
la has visto lú? 

— Sobie eso y otras ros.is fué el escr- 
bir yo á la (1 liosa que drse.ilia hacnr á la 
señorita de Cardovil.'e revelaciones muv 
imporlanies. 

— J.Y qué rev.'laciones? 

— Hé aijuí, pa Iré mió: el dia en que 
marchaste fui á su casa para suplicarla 
i|ue me prestase una lianza; me habían 
•p'_Mii''o; o sabe ella por una de sus ca- 
mareras, y para ponerme al abrijío de 
(|ue me pn ndi'sen , hace que me ociilli n 
en un escondrijo de su pabellón; es aquel 
una especie de cuarlilo ab ivcdado que 
solo recibe la luz por un conduelo hecho 
como una chimenea; al cab>t de aluiPios 
instantes ya veia alti claro. Ni leniend.i 
otra cosa que hacer sino mirar ú mi ahe 
dedor, observo (|ue las paredes e»!a! an 
cubiertas de madera; la entratla de este 
escondrijo consistía en una tabla escurri- 
diza sobre muescas de hierro, por medio 
de coiitra[wsos y encajes complicados y do 
un trabajo admiiable; como esío erado 
nii olicio, me inleresaba vi\ ámenle y me 
puse á examinar aíjiiellos resortes con eq- 



•'3 Hallábame desconsolado, cuando riosidad, á pesar de mis in|uietudes: co- 
me ocurre una idea.... y digo entre mí:|nücia bien aquel juego; pero habla allí lui 



56 



ALBUM. 



bolón de cobre cuyo objeto no podía com- 
prender: por mas que traté de tirar de él 
á derecha é izquierda nada descubrí. En 
vista de esto, me dije: este botón tiene 
sin duda un mecanismo especial; veamos 
si en lugar de tirar deb-» empujarse: lo 
li3go con fuerza y observo que se des- 
prende de repente una tabla, como de 
dos pies cuadrados, de la parte superior 
•de la entrada del escondrijo , dt-jando des- 
cubierta una especie de bóveda; comoem 
pujé cofi demasiada fuerza el resorte, al 
violento sacmlimietito de la tabla, cayó 
en el f-ndo una mcdallita de bronce con 
su cadena. 

— ¡ Donde lias visto esas señas de 

la calle de San Francisco! esclamó Dago- 
berío. 

— Si, padre mió, y con la medalla ca 

yó tajubien un grande pliego cerrado 

Al reciij.TÍo leía pesar mió, por decirlo 
asi, vu li-Uas grandes: Parala señorita de 
CardoàUe'y que debe enterarse de estos pa- 
peles L-n el mismo inslaitic que se los entre- 
guen. Sobre estas palabras estaban lasini- 
ciales 1\. y C, acompañadas de una rú- 
brica y de esta fecha: Parislide noviembre 
de 1830. Volví ol pliego y vi sobre los dos 
sellos (¡ue lo cerraban, las n\ismas inicia- 
les IÎ. y C. con una corona encima. 

— ¿Y estaban intactos los sellos? pre- 
gtinlü la (jibosa. 

— Perfectamente intactos. 

— Entonces no hay duda que la seño- 
rita de Carduville ignoraba la existencia 
<Je esos papeles, dijo la costurera. 

— Esta fué mi primera idea, puesto que 
se le pri\enia abriese en seguida el pliego, 
•y que á pesar d- tal lecomendaciuu , que 
databa de mas de dos años, se hallaban 
intactos los sellos. 

— Es evidente, dijo Dagoberto, ¿y qué 
has hecho entonces? 

— He vuelto á colocar estos objetos don 



mi descubrimiento á la señorita de Car- 
dov lie; pero algunos instantes después 
entraron en ef escondrijo que habían des- 
cubierto, y no he vuelto á ver á aquella 
buena señorita; tan solo dije alguna» pa- 
labras equívocas sobre mi hallazgo á una 
de sus camareras, esperando que esto lia- 
marja la atención de su ama..... en fin , 
tan pronto como me fué posible escribir, 
mi buena Gibosa , sabes que lo hice ro- 
gándote que t ' avistases con la señorita 
Adriana... 

— Pero esa medalla... dijo Dagoberto, 
es igual, á la que poseen las hijas del ge- 
neral Simotí ; ¿en (|ué^consiste esto?' 

— Nada ma> sencillo, padre mió... aho- 
ra (|u ■ me acuerdo; la señorita deCardo- 
villeesparienta suya: ella me lo ha dicho. 

— ¿Ella... parienta de l\osa y Blanca? 

— Sin duda que sí, añadió la Gibosa, á 
mi también me lo ha dicho hace poco. 

— ¡Y bien! esclamó Dagoberto miran- 
do á su hijo con tristeza; ¿comprendes 
ahora por (¡ué (¡uiero tener las niñas hoy 
uíismo? ¿(Comprendes que , como meló 
ha dicho su madre moribunda, un dia de 
retardo puede hacer (jue ;todo se pierda ? 
¿Compiendes, en lin, que no puedo' con- 
tentarme con un acaso viañana... cuando 
he venido del centro de la Siheriacon esas 
niñas... para con'lucirlas n\añana á la ca- 
lle de San Francisco? ¿Compiendes, 

digo, qtie las necesito hoy, aunque para 
consegmrlo deha inctMidiar el convento? 

— i'ero, padre mío, os repito que la 
violencia... 

— i'ero, ¡ pardiez! ¿sabes loque me ha 
respondido esta mañana el comisario de 
policía, cuando he ido á renovar mi que- 
ja contra el confesor de tu pobre madre? 
(Jue no habiendo ninguna prueba no pe- 
dia hacerse nada. 

— Mas ahora hay pruebas, padre mió, 
ó á lo menos se sabe donde están las jó- 



de estaban, prometiéndome advertir de| venes... Mucho vale esta certidurabre.... 



lili tu. 



57 



Está sopnro. La loy es ina<? po Icr-ísa que 
todasliissiiperioras Je convento dt-l nuindo. 

— ¿Y ol coiuli' (lo Monlbron íi quien Os 
mega la scàorita Adriana (|Uo os dirijáis, 
dijo 1.1 (íilmsa no es laiuliiiMi iin liombrc 
poderoso? I A' diréis las r;izonps por qtii^ 
es tan importante el (pie las ninas saldan 
en libertad esta noche, así como la seño- 
rifa d<' (^nrdovillo... (jtie, como veis, lam 
bien tiene un •zrniide un grande infirrs 

en estar libre para inañatM entonces, 

es seguro que el conde de Moíilbron se 
apresurará en sus diligencias con la justi- 
cia, y esta noche os serán cnlregadai 

vue>tras niñas. 

— Tiene razón la (]¡bosa, padre mió... 
ves á casa del conde, mientras corro yo á 
ver al comisario para decirle que se sabe 
ya donde están las jóvenes; tu, mi buena 

(íibosa , vtuMvete á casa á esperarnos 

Dóuíonoá cita en nuestra ca<a, ¿no (S es- 
to, piilre? 

D.igohetto so liabia qtied.ub pensativo 
y de repente dijo á Agricol : 

— I'orriente: seguiré vuestros conse- 
jos.,, l'ero supon que le diiia el comisa- 
rio: no se puede obrar liasla mañana. 
Sup.'uqtie el conde de .Monlbron motli¿;a 
otro tanto... ¿Oees ti'i (pie yo [)erniane- 
ceré con los brazos cruzados hasta uia- 
ilaiia? 

— Padre nuo... 

— Hastí, (lijo el soldad'3 con prontitud, 
yo me eiiliendo... Tú, liijo nii(j, corre á 
casa del c.>mi>ario... Vos, tai buena Gi- 
bosa, id á esperarnos, y yonie voy á casa 
del conde... Dadme el anillo y las senas. 

= lMa/.a de Vendóme, núm. 7, el coti- 
de de Mui'.lbnm... vai> de parte de la se- 
ilorita de CardoviHe, d'ijosa la Gibosa. 

— Tertgó bnena memoria , contestó el 
Sordado, así nos veremos lo mas pro^ilo 
posible en la calle do Brise Micbe. 

— Si, padre mió; buen ánimo... ya ve- 
rás como la ley defiende y proteje á las 
gentes honradas... 



— Tanto mejor^diji* Da;?nbcrto, porque 
Á no ser de ese modo, las gentes íionra- 
das se yçrian en la precisión de defender- 
se y protegerse á sí mismas..... así, liijos 
miiisj, hasta luego en la calle (te Brise 
Micbe 

Guando se separaron Üagoberto, Agri- 
col y la Gibosa , era totîijjlctamente de 
noche. 

X. 

r.AS CITAS. 

Fran las ocho de la nocho\ y la Ihuta 
azotaba los vidrios del cuarto (Te Francis- 
ca Baudoin, en la caite de Brise .Miclic, 
mientras (|ue violehtas ráfagas de viento 
hacian retemblar las puertas y ventanas 
mal encajadas. El desorden é incuria de 
esta modesta habitación , tenida de ordi- 
nario con tanto aseo, demostraban la gra- 
vedad de los tristes acontecimientos que 
desconcertaba unas existencias tan tran- 
quilas hasta entonces en sti oscuridad. 

Fl suelo enladrillado estaba sucio de 
lodo, y los muebles, hacia poco tan re- 
lucientes y limpios, los cubria ahora una 
capa espesa de pnlvo. Desde que el comi- 
sario se llevó á Francisca no se habia he- 
cho la cama; en la noche so acostaba Üa- 
goberto vestido durante algunas horas, 
cuando volvía A casa rendido de fatiga y 
desesperado, despues de haber hecho nue- 
vas y vanas tentativas para descubrir el 
paradero d'e Bosa y l?buica; sobre là có- 
moda había una botella , un vaso y algu- 
nos mendrugos de pan, que probaban la 
frugalidad del soldadív, r<*diicido por todo 
recurso al dinero del présfrimo »)ue le ha- 
bia hecho el Monte de INedad mediante 
los nbjftos empeñados por laGibo>a, des- 
pués del arre>to de Francisca. 

A la pálida luz de una vela de sel)o co- 
locada subre la chiirenea , fria entonces 
como el miírmol por haberse concluido 
hacia mucho tiempo la provision de lefia, 
se veia la Gibosa que dormitaba sentada 
lo* 



58 ALBÜK, 

en una silla, con la cabeza inclinada so- 
bre el pecho, las manos juntas Lojo su 
pequeño delantal de indiana y los lahiues 
apoyados en la úllinia barra de la s>!la ; 
de cuando en cuando tiritaba defriol.iipc- 
bre muchacha cuya ropa estaba luiineda. 

En todo este dia de fatigas y de cmio- 
clones tan diversas, no habia comido nada 
esta desdichada criatura (aunque lo lui- 
biera deseado no tenia en su cuarto ni 
pan siquiera), y esperando el regreso de 
Dagoberto y Agrico!, cedia á una soño- 
lencia agitada, bien diferente por ciert.» 
del dulce y tranquilo su-eño reparador. Pe 
cuando en cuando medio abria les ojos con 
inquietud y miraba á su alrededor; pero 
vencida de nuevo por una irresistible ne- 
cesidad de descanso, dejaba caer la ca- 
beza sobre su pecho. 

Al cabo de alfiunos minutos ^'eshlencio. 
interrumpido tan solo por el ruido del 
viento, se oyó un paso lento y pesado so- 
bre la meseta de la escalera. 

Abrióse la puerta y entró Dagobertose- 
guido de Quila;ol ices. 

La Gibosa despertó sobresaltada, y le- 
vantando la cabeza con prontitud, *i' 
levantó y fué rápidamente hacia el padre 
de Agricol. 

— Y bien, señor Dagoberto dijo, 

¿traéis buenas noticias?... ¿Habéis?... 

La Gibosa no pudo continuar; tal fué 
su abatimiento al observarla sombría es- 
presion de las facciones del soldado; ab- 
sorvido este en sus ideas pareció no ha- 
ber percibido á la costurera, y senliin- 
dose en una silla con descaecimienlo, puso 
los codos sobre la mesa y ocultó el rostro 
entre sus manos. 

Después de una meditación bástanle 
larga, se levantó y dijo á media voz: 

— Preciso será preciso dando 

entonces algunos pasos por el cuarto, mi 
ró Daguberto en torno suyo como si bus- 



de exárnen, viendo ci rea de la chin ^Bnea 
una barra de hierro como de dus [ivs, la 
tiiinó y considerándola atentamente , la 
sompesó y la puso en seguida sobre la 
cómoda con aire de satisfaceion. 

Sorprendida la Gibosa dtl silencio pro- 
longado de Dagoberto, (ibservaba sus mo- 
vimientos con una curiosi-iad tímida ó irv* 
quielíi, pero pro«lo se caui-biósusorprcs» 
en miedo al ver ({«e el saldado abrió sw 
mochila que estaba sobre una silla, s;:c(V 
de ella un pa-r d-e pistO'ias tle bolsillo y 
examinó las piedras por pr»'caiR".iun. 

Sobrecojida la cusiurera du lirror no- 
pudo menos de esclariiarr 

— ¡Dios mió 1.... st'ño-r Dagoberto..... 
¿qué queréis hacer? 

El soldado miró á la Gibosa coíno si I» 
viera entonces por primera vez, y la dij>(> 
con voz eordial . aunque agitada. 

— Buenas noihes , hija mia ¿Q'"^* 

hora es? 

— Las ocho... acaban de dar en SainÈ 
Merry, señor Dagoberto. 

— Las ocho repitió el si>!dado ha- 
blando consigo mismo; ¡nada nías que 
las ocho ! 

Y poniendo las pist -las a! lado de la 
barra de hierro, pareció (jue reflexionabaí 
de nuevo dirigiendo la vis^t.i á s^a alrciUj- 
dor. 

— Señor Dagoberto, se aventuró á de- 
cir la Gibosa, ¿no tenéis quizá buenas no- 
ticias? 

—No.... 

Dijo el soldado esta su!a palabra con ut» 
tono tan bieve,qt>e no atreviéndose la (ii- 
bosa á preguntarle mas, fué á sentarse tu 
silencio. Ouitasolaees apoyó su cabeza so- 
!)re las rodillas de la costurera y signi > 
con la misma curiosidad que ella todos i^is 
movimientos del soldado. 

Después que este hubo meditado u» 
momento, se aproximó á la cania, lomó 



ro L/agUOeriO en luiiiu suju cumu si uns- niuuieuiu, si; €ij>i wAitiiv/ ». ." T 

case alguna cosa, y después de un minuto} una sábana y pareció medir su e.^te^î¡on: 



k'Usvm 

<^ 5i'gii¡ la ViiUióndw'So lijtia la (jibusa, la 
dijo : 

— r.as fij«'ra«.... 
— IVri), si'fiiir Dapi)l»t*rlo.... 

— Vi-anios, mi loifiia hija... las lijcras, 
coiitiiiiiú Dagnlu'i lo con l<»iu> af.il)'»-, aun 
que demuilrand« quf (|inTÍa ^c le ohi-do 
ciesp. 

La (^ihosa tomó las tij"ra> dol ( ati«<ti- 
llo di* la colima de Frain.i>fa \ se las pré- 
sent)) al soldado. 

— Aliora loua I el ofro esiremo de la 
sábana, y leiuHlIa fuerte... . 

Km algunos rninnios corló !>ai:"!)t'rlo la 
sâliaiia á lo lari;o en cuatro |nil.i¿ is. Ii's 
cuali's n-torcio en forma de ciicrdiis : de 
ostasmatro liras atadas las unas á las ol ras 
sólid.iinent*' , liizo el soldado una cuerda 
de veinte pies lo menos, y aun no le t>;»s- 
laba esto, poique dijo iialiiando consij^o 
misinn. 

— Aliora me falta un {^am ho... 

Y luej^o niirú en derredor suyo como 
buscando algo. 

La (iihosa caila vez mas asustada, pii(>s 
no le (¡iirdaha ya duila s-dire los [)royec- 
Iks de l)agol)erlo , le «liji con liiiiide/ : 

— Pero, señor l)ai:o|)erto... Ajiiif.»! no 
ha venido aun... y ruando larda tatito... 
es porque >in duda liene buenas noticias... 

— ïSi, dijo el soidadocon an»arguia, >in 
dejar de buscar en lorno suyo el uli.et » 
(|Ue le faltaba ; biu n^is indicias por el es- 
tilo de las n.¡<».'.., no oii^lanle, me hace 
falla un bm-n p^rlio de hierre». ... 

lle<;¡stran(lo a jui y allá, halló el s<>!<ia- 
do un saco de lienzo urosero en ciiva oo>lu 
ra se octipaiía l''r.in(.¡sca. Tomólo, hí.iluió 
y dij > á a (¡ilio^a : 

— lliji mía, icliad aquí dentro la bir- 
ra de hierro y la cueida , y a^í me >erá 
fácil de trasportar... alia ubajo... 

— ¡Gran l)io>! e>clauió la (M) >>a «die- 
deriendo á Dagoberlo; ¿y marcinreis sin 
esperar á .Vgricul, si'ñ'i' !>agn¡teito 



09 

ciinrulo acaso tiene rosas inb're.<ontes (\uc 

deciros ? 

— Tranquilizaos, filja rnin esperari- 

á mrliijo;... no (bli.i salir basta lasdiez... 
cotí (|Ue lenpo tiempo... 

— I Ahí señor Dafíoberto, ¿hnbeis per- 
didv) (juiz.i toda esperanzi ?... 

— Alconfrario... ia tentionuiN bu. m... 
poro en mí... 

Y ai deeir esto plepaba Dapoberto la 
parte superior (bd saco, y alindólo lo pr_ 
so sobre la ('«unnda al lado de las pi>t(ila». 

— ¿Con que esperiireis á Agrirol, se- 
ñor Daíinherto? 

— SI lle^a antes de las die/... «f... 
— Asi, ¡ Dif.s mió ! ¿estais en!erimen''e 
decidido?... 

— Muy decidido... y sin enilnri;o, sívo 
Hiera bástanle necio para creer »n malos 
agüeros.... 

— No siempre engañan los presagios, 
señor Dagoberto, dijo la Gibosa, pensc-.n- 
do tan so'o en disuadir al soldado de >u 
peligrosa resolución. 

— Si, respondic) Dag herto, las mwL'e* 
res buenas dieen eso.... y ainiqiie yo no 
soy una nuiger buena, lo que be visto ha- 
ce po'.'o.... me ha oprimido el corazón.... 
pero acaso he tomado un movimiento de 
cólera por un [ire<enlimiento.... 

— ¿Y (pie habéis vi>lo? 

— Os lo contaré, ««li buena hija y 

eso nos ayudará á pasar el liem¡)o.... (pu; 

debéis creer me p.iicíe b.en largo Ii - 

lerrumpiéndose en e^te momen'', nña- 
diii : ¿no acaba de dar una media? 

— ^i , señor Dagoberlo, s. n las ocho y 
iiiedia. 

— .\un falla hora y n)(dia , dijo Hajo- 
lit.r!o con voz sorda; di-spuis conlinu('i: 
beaqui lo (pie he >i>lo:... liare pocoipio 
pasando por una caüe. no st^ >u nombre, 
h ■ dirigido los ejos n a ¡uinalmeiile licicia 
un carlelon encarnado en cuya parle su- 
perior hay piídaila una pantira n(^í;ra de. 



60 it^v^. 

votando «m caballo blanco.... A esta vis- 
ta so nie lia silbido la sangre á là cabeza, 
ponjtic como sabéis, nn' buena Gibosa, 
lina pantera negra devoró á mi pt)bre y 
viejo ca!)a|[o blanco, coitipañero insepa- 
rable de ese perro.... y que Se llamaba 
Jovial.... 

Al oir Quitasolaces esto nombre, en 
otro tiempo tan f.imi!iar para él, levantó 
la cabeza de repente y miró á Oagob&Mo. 

— Ved... lomo las bestias tienen me- 
moria ; aun no se le lia olvidado, dijo el 
soldado sus|iirando á cíte recuerdo* Des- 
pués dirigiéndose á su perro, añadió: 

— Aun le acuerdas de Jovial, ¿no es 
verdad? 

Al oir nuevamente este nombre pró- 
nuíiniado por su amo con voz conmovida, 
dio Oiiit;:sol;)ceá i\n pequeño ladrido como 
para afirmar que no liabia olvidado á su 
antiguo camarada de camino. 

— Efectivamente, señor Dagobcrto, Ji- 
jo la Ciibosa, os debe liaberentristecidoel 
encontrar en el carlelon la pantera negra 
devor.iMdo un caballo. 

— Y si no fuera mas que eso.... escu- 
chad lo demás... me acerco al cartel y leo 
(¡utí el llamado Morock, (|ue acababa de 
lle-ar de Alemania , presentará al público 
en un teatro diferentes animales feroces 
que ha domesticad'), y entre otros im león, 
Un tigre y una pantera negra de Java, lla- 
mada la Muerlc. 

— Eso nomí/re dá miedo, diJQ la Gi- 
bosa. 

— Y aun os dará mas, hija mia, cuan- 
do sepáis que es la misma pantera que 
ni. lió mi caballo cercado Leipsik, hace 
cu itro inc>cs. 

— ¡ Ali, DiwS mió!... tenéis razón, se- 
ñor l).ig)ljeflo , dijo la Gibosa, esoes hor- 
roroso. 

— Esperad aun, dijo el soldado, cuyas 
facciones tomaban un aire mas sombrío á 
cada momeólo; todavía no lo sabes lodo... 



el tal Mordk, dueño de estas fieras, fué 
causa de la prisión que las niñas y yo su- 
frimos en Leipsik. 

— ¿Y está en París ese hombre perver- 
so?... ¿y os tiene rencor? dijo la Gibosa; 
¡oh! tenéis razón... señor Dagoberlo.... 
os preciso que os guardéis, porque este es 
un mal presagio... 

— Sí.... para e-e miserable.... si le en- 
cuentro, dijo Dcigi)berlo con una vozsor- 
da ; pues tenemos antiguas cuentas que 
liquidar.... 

— Señor D.igoberto, dijo la Gibosa fi- 
jando el oido, alguien sube la escalera 
corriendo; sin duda son los pasos de Agri- 
Col... estoy segura que ncs trae buenas no- 
ticias.... 

— Perfectamente, esclamo con viveza 
el sollado sin responder ala Gibosa; Agri- 
col es herrero... y me hallará el garfio de 
hierro que me hacc falta. 

Algunos inslaiitos después, entró en 
efecto Agricol; pero ¡ ali ! al primergolpe 
de vista, leyó la costurera en la alterada 
fisonomía del herrero el fatal resultado de 
sus diligencias , (¡ue destruía las esperan- 
zas en (¡no se había mecido... 

— [Y bien! dijo Dagnberto á su hijo 
con un tono que anunciaba claramente la 
poca fé (|ue tenia en el éxito de los pasos 
dadus por Agricu!; y bien!... ¿que hay 
de nuevo? 

— ¡Ah, padre mió! hay para volverse 
loco, e^claInó el lierreru con arrebato. 

Dagoberto se voivió hicia la Gibosa y 
la dijii : 

— Ya veis, hija mia... yo estaba segu- 
ro de esto... 

— Pero vos, padre mió ¿habéis visto lal 
conde de Muntoron? 

— El conde de Mnntbron hace tres dias 
que marchó á la Lorena... Hé aqui mris 
buenas noticias respondió el soldado con 
amarga ironía; veamos las tuyas... cuén- 
tamelo todo: necesito estar bien conven- 



áI.BVl 



Cl 



cido de que dirigit''ndo8<» i la juslina, que 
romo lu deci.n hàee poc<» dfru'nde y pro- 
tege á lili ger>les honrada*, I ay ocasiones 
en que las d«'ja i merced de !o< tnalva- 
dos... Si, lo necesito, y ademas mt* h;ice 
falta un garlio... y he contado contigo... 
para amibas cusas. 

— ¿OiK' (niieres, padre mk)? 

— Cuéntame primero lasililigenrias(|ue 

has hecho... tenemos tiompo tcMcmos 

tiemp >... acaban de dar las ocho y nu>dia... 
veamos: ¿donde has ido cuando nos he- 
mos separado? 

— V casa del comisario que recibió vues- 
tra deposición. 

— ¿Y que ha dicho? 

— Después de escuchar con suma bois- 
tlad el asunto de qué se trata, me ha con- 
testado : prescindiendo de todo, esas ñi- 
flas Citan en nna casa muy rospetabie... 
en un convenio... no es pues tan urgente 
el sacarlas de allí.... y por <itra parle, yo 
•H')j>«edoc«mproiiH;tertncá violar un domi- 
dlio reügiíso por solo vifcslra humilde re- 
laciju; informaré mafiana á quien cor- 
responde, y mas larde se proveerá. 

—Mas larde.... ya veis, siempre dila- 
cione»... dijo el soldado. 

— iVro, señor, le he contestado, <:on~ 
i'innó Agriod, esta M«chc^, en ci instante 
ni¡>mo, cuando es preciso obrar, por(¡ue 
si es.is jóvenes nn se h;il!¡ui manan i por 
la maTunn en la calle de San Francisco, 
pueiJeir-rogírselis un perjuicio incaícula- 
Lle.., Ks doloroso, me ha respondido el 
comisario, pero os repilo que sobre vues- 
4fa simple declaraciurt, ni soltre ia de 
\uestro padre (jue uo es pariente de esas 
jóvenes, no pqedo contravenir á las la- 
yes, cuando sería violarías el hacer lo (|ut; 
queréis, aun(|uc mediara una denunija 
de la propia familia. La justicia tiene sus 
lentitudeá y formalidades á que es preciso 
someteríe. 

— Ciertamente, dijoDagoberto, es ne- 



cesario someter-* Á ol'âs, á riesgo de pasar 
por un infame, traidor é ingrato... 

— ¿Y le has hablado también de la se- 
ilorita de Cardovilk? preguntó laíübosa. 

— Si, pero me ha collte^la(lo lo mismo... 
esto era niTiy grave: yo hacia utia deposi- 
ción , mas sin poder presentar ninguna 

prueba q'ie apoyñra mi dicho «Os ha 

«asegurado una terrera pers"ona que la 
« señorita de (]ardn\ ille ha afirmado no 
«estar loca, me ha dicho el comisario, esto 
«no basta, tolos los locos niegan que lo 
«estañe yo no puedo tampoco v¡o^ar el 
« domicilio de un médico respetable por 
«vuestra mera declaración; no obstante 
« la recibo y daré cuenta. Pero es preciso 
« (|ue la ley tenga su curso....» 

— Cuando hace poco queria yo obrar, 
dijo sordamente Dagoberto, ¿no habia yo 
previsto to'Io eso? sin embargo he sido 
bastante débil para escucharos. 

— Pero, padre mió, lo que querías ha- 
cer era imposible... y te esponiasá conse- 
cuencias harto peligrosas; lú estlsconven- 
cido de ello. 

— Asi pues, continuó el soldado sin res- 
ponder á su hijo, te se ha dicho formal y 
pi>silivamente (jue no debíamos pensar en 
oJ>tener esta noche las niñas por los trá- 
mites de la ley.... 

— A lo? ojos de ia ley, padre mió, no 
hay urgencia, y la ctieslion oo podrá de-; 
cidirse hasta dentro de dos ó ires días. 

— Kso es todo lo (¡no yo queria saber» 
dijo Dagol>«rto,lt'vantániÍQie y dando ,al« 
gunos pasos. 

— Sin embargo, continuó su hijo', no 
me he dado por vencido. Uesespera*lo , y 
no pudiendo creer que permaneciesi; sor- 
da la ju'licia á una reclatnacion semejan- 
te.... he corrido á la audiencia esperando 
«pie acaso alli.... hallarla un juez.... un 
magistrado que acojíese mi queja y dispu- 
siera.... 

— ¿Y qué? dijo e! soldado deteniéndo- 
se.... 

16* 



Ç2 AL 

Se me ha dicho que ia oficina del 

fiscal se cierra siempre á les cinco y se 
abre á las diez: pensaiuio en vticsfra de 
sesperacion y en la suerte de la poíne se 
nerita de Cardoville, he querilo aun dar 
otro paso, y entrando en un cuerpo de 
guardia de tropa dt- lím-". niamb'i :• p. r tm 
teniente.... se lo he ccníadotodo, y comu 
le he liablado con tal ardor y con lanía 
eonviccion, no ha podido menos do iníe- 
Tcsarse.... 

— Mi teniente, le fie dicho, hacodít>ea! 
menos una gracia: que vayan un sargen- 
to y dos hombres a! convonlo á íin doui»- 
tener la entrada Icgalinonte; que hagan 
les presenten las hijas del general Simon, 
y dándoles á elcí^ir entic quedarse r.iij ú 
irse con nii padre que las ha traído de 
Rusia.... se verá como las tienen deteni- 
das contra su voluntad. 

— ¿Y que ha respondido, A;:,íito!'? 
preguntó la Gibosa n. ¡entras que Dago- 
berto scgiiia paseando encojiéndose de 
hombros. 

— Amigo mió, me ha dicho, lo que pe- 
dís es imposible; yo conozco vuestra ra- 
zón, pero no puedo touiar una medida lan 
grave p^^r mi solo, fit ei»tiar por fuerza 
en un convento es cosa demasiado seria. 
¿Y eníónces, señor, que debe hacerse? 
hay para perder el juicio. A fé miaqueno 
lo sé. Lo mejor sena esperar... 

Entonces, padre mió, creyendo haber 
bocho humanamente cuanto era posible, 
he venido... confiando en que tú habrías 
sido mas ieÜz que yo; desgraciadamente 
me he engañado. 

Y rendido de fatiga el herrero se sentó 
en una silla. 

A e-.tas palabras de Agricol sucedió un 
mámenlo de profundo siiencio. 

Un nuevo invidente \ino á aumentar 
el carácter siniestro y doloroso de esta es- 
cuna. 



ne». 

XI. 

DESCIBRIMIENTOS. 

La puerta de aposento que íolo estaba 
entornado, se abrió lentamente y apareció 
al umbral Fran i ¡a Boudoin , lamtijirde 
Dagoberto, páüda , desfalecida ypudién- 
do-e S(,stener apenas. 

E! soldado, Agric'l y la Gibosa es- 
taban sumidos en. un abaíiinf-.tílo tan pro- 
fundo, qiie ninguno de bis Iri 3 percibió en 
un prmctpio la entrada de Francí ea. 

Fs!a dró dos pasos en el cuarto y cayó 
de rodillas, cruzando las manos y dicien- 
do con voz humilde y débil: 

— Mi pobre maíid >, . perdviüvadme.., 

A e^tas palabras, Agricol y la Gibo» 
(jwe estaban de espaldas (* la puerta , se 
vu!\ieron, y Dagoberlo levantó la cabeza 
vivamínie. 

— ¡ Madre mia !... exclamó Agricol cor- 
riendo ¡iácia Francisca. 

— ¡?títijer nual..,», exclamó al niism(> 
tiempo Dagoberto levantándose y dandj' 
un pasv» hacia la iní'i tui.ad,)... 

— ¡ Buena uiadre 1... ti¡ de Mxls'las... di- 
jo Agricol inclinándose y aíuazanJo á Fra» 
cisca con efu>ion:, levántale. . 

— No, hijo mío, respomHó Francise,-» 
con un acento á la vez dulc*' y firme; nO' 
me levantare hasta tal punto que tu pa- 
dre... me haya perdonado,., he cometido 
grandes failas para con él..... ahora lo 
só 

— ¡'erdonarte.... pjbre nuijer, dijo el 
soldado c nniovido y acercándosele; ¿te- 
he acusado yo aíguna vez... esceptoen uí^ 
primer arrelial<»de(ièsesperacion?... No... 
río... á los malos clérigos es á (¡uienes he 

acu-ado y te'iia razón Fn fin. 

ya estás aqui , añadió ayudando á mí 
liijo á levantar á Francisca : es una pe- 
na menos... ¿te han puesto en libertad?.... 
Ayer aun no sabia donde estaba tu pri- 

.s¡(;n son tantos mis cuidados, qne 

he tenido que limitarme á pensar en lí... 
veamos, (jíieiida Francisca, si^iulate... 



Ai.prM. 



f.3 



— lí-nníi ma.irr... ¡cu mi ili'bilost^ s!... 
lifircs Fii'» y cslas ¡)JIi<laciimo li« iniK'iU'... 
dij) Ayrieitl n'ii tri^tl•/a y lltMiáiKl'>SL'li' 
lus ojos (le lii^nma-i. 

— ¿P(»r'|U'» 0'» liiis hcrlio (|t»e nus avi- 
sarán? añadió; nosotros liiihii'>raiii<ts ido 
á luiNLürU'.... PtTo ¡otWiu» tW'iiilihs I.... 
(picrí'Ja níixitc... titiu's ln'íailjs Uts ma- 
nos... ronliiiiió «-I herrero arroilillad'» de- 
lante de Frani'ix'a. 

Despm-s V'tlvi('Mid(»e líñcia la Gil»n>a. 

— Il.i¿ iMi poco de fueg') en Sfj^iiidd, l;i 
dij». 

— Y.« he pon^.i'lo en ell<> cuümiIí» II»'l.'i'' 
lu p.tdre, A^ric'jl; pero nu qtit'da leña ni 
CJi t> •n... 

— V' bien, mi luKMia Gibosa.., te rue¿;o 
i|Oe bajes y pidas presla<lo á Leri'it... es 
lan buen hoinhre ijiie no tejo ieliu>ar;i,.. 

Mi p'-bre madre puede caer »'i»ferina 

mira ceno liembla. 

Apenas roiiclnjú eslas palabras desapa- 
reció la (iibo<a. 

LivaniiiiidoNe el herrero fué á tomar 
ta colcha de la raiii:i ci>n la que envolvíci 
cní'lad ts.muM'te á sm madre: de>pii.'s ar- 
roJill.indt»se de niie\o, la dijo: 

— lus niano>, ipierida madre.... 

Y lomando .\gricol las débiles manos 
de su madre entre las suyas, trató de oa- 
lentailas con sw a ii-nlo. 

Nada mas interesante (pie esle cuadro... 
en qneel robusto joven con rostrocmVji- 
co y refucilo y con una e>pfe^i^ln de ter- 
nura adorable , ¡irodii^alia las alcnriom .>. 
mas delicadas a .>u anciana madre jialnia 
) lcmb!andu de irlo. 

Uatjiberto bueno como sil hij.» , fnó ú 
lomar una aímoada , la Iriijo j uijo á su 
inugtT : 

— Inc!iiiatc un poco adolaníe y le [««n 
dré en el ropa.do de la .-liiaesla aliiiuada 
que a}udará á calcularte. 

— ¡Cuino ina cuidáis !os dos! esclamó 



Francisca prornrando »ni»r»rr; y tú sobre 
lodii , ¡cuan biiciiu eies Î.... despuein ipn» 

te he li( (lio lanío mal dijo á Da¿u- 

bei lo. 

Y desprendiendn una de sus nian<s 
de l.is de su liij-i, tomo ia del Roldad ; el» 
la (|ne a| oyó sus ojos llenus do lagrimas: 
en seguida dijo en vi>/ b.iJH : 

— r,n lacaicel me he anopenldo nui- 
oho.... 

l*Art íase el c>>rnziiii de Afirírtd al pen- 
sar este que sil madre habia dibido e>tar 
momentáiii amenté confuiMlida en !a car- 
ie! ron lanías miserables ciialuias 

ella, latí diuna y sania mujier.... de una 

pun/a lan ang< Inal Iba á tratar de 

consolarla de un acontetimii nio tan do> 
loroso; peii» se calli» considerando (jup es- 
to sería auinentar el dcsfonsiielo de L*a- 
gobeito. As , pues, conlinuó: 

— Y (labriel, «{iierda nia<lre.... ciímo 
• si e.<te Inien hermano? Danos noticias 
SU) as, pui-^lu que acabas de verle. 

— I)e>de su !l< gada , dijo Francisca en- 
jui;ánd se los ej' s , ("«|á retirado.... sus 
superiores le lüín prohibido ligorosamcnte 

que sal.-a I'or fortuna no le habían 

inqx (I do que me recibiera ... ponpie m s 
palabras y sus consejos me han abierto 
loS(iJ4»s; (!'l es (jiiien me ha dicho cuan 
cu'pable he sido conl'go íin saberK», mi 
poblé molido. 

— ¿(Jm* (juieres decir con eso? renlict) 
Dai^'dx rio. 

— lii debes pensar que si te he ccasio- 
nalo tanta pena no ha sido con mala m- 

leiK ion Al \eite tan (b^sperado mj- 

fiia )o al par tiijo; piro no me atrevi.i 
a dtciiteio por el miedo de faltara mi ju» 

ramenlo (jiiería guardarlo cievcndo 

obrar bien, y tpie era mi deber Sin 

embargo, un |uesentiudeiito me deciaíine 
mi deber no era de>eoiis. liarte de aijuel 
modo. ¡Ah, Dios mió, iliimmudMie! es- 
clamó en la cáicel, arjudillandonic y re- 



G4 ALBl-M< 
zando á pesar de las burlas de las otras 
niugeres; ¿Como una acción justa y san- 
ta (jiie me ha sido ordenada por mi con- 
fesor, el mas re>petab!ede los hombres, me 
«ihrunia á mí y á los mio< con tantos tor- 
tiiento>? Tened pií'dad di' mi. Oíos niio; ins- 
piradme; advertidme $i he hecho mal sin 
ijíicrer.... — Como he rogada con fervor,; 
Mw ha escuchado Dios y me ha sugerido la 
idea de dinjirnie á tíabriel.... — Os d()y 
t;rac¡as, Üii»s mió, os obedeceré..... lie 
dicho, Gubriel es omio un hijo mío.... es- 
sacerdote también:.... es un santo már- 
tir Si alguno en el mundo se parece 

al divuto Salvador por su caridad y por 
i>u bondad.... es él.... Cuando salga de la 
cárcel iré á consullar'e.... y él me sacará 
de mis dudas. 

— (Juerida madre.... tienes razón,. es- 
ctamú Agricol , ha sido esa una idea dd 
cielo.... Gabriel es^un ángel.... es lo mas 
puro y nubJe di I mnn lo ; es el tipo del 
verdadero, del buen sacerdote. 

— ¡ \h ! pobre «nuger, ¡si siempre hu- 
bieras tenido á Gabriel por confesor 1..... 

— Y;» lo tenia pensado antes de sus via' 
ges , dijo candoro.^amente Fraiicis«^a, ¡me 
ha!)ria. sido tan gr,aíü el confesarnic con 

ese hijo querido! pero temia que se 

re2Íiilie>e el cura Dubois, y que Gabriel 
nu fuera bastante indulgente cun mis pe' 
cados. 

— ¡Tus pecados! pobre madre mia..... 
dijo Agí icol ¿has cometido tú jainás uno 
solo? 

— ¿Y qué te ha dicho Gabriel? pregun- 
tó el sold»^. 

— ¡ Ah ! Smijço mió, ¡qué no hubiera 
cmsultado antes con él ! Lo que le he di- 
cho del cura l)ti'.><)is ha despertado sus 
Si>>pechaíi^y u>e ha interrogado sobre mu- 
chas cosas este amado hij'>, de que hasta 

ahora no me habia hablado nunca le 

he abierto enteramente mi corazón y él 

e ha abi«rto el suyo, hemos hecho des- 



cubrimientos bien tristes sobre personas 
que siempre hablamos creido respeta- 
tiles..... y que no obstante nos han enga- 
ñado á ambos 

— ¡ Cómo! 
• -^Sí, á él le decian b»jo el sello del se- 
creto cosas que le asegtiraban salidas de 
mí 'y á mí también bajo el mismo secreto 
me comunicaban otras que me afirmaban 
venir de él... Así... me ha confesado des- 
de hk^go que nunca tuvo -vocación de ser 
sacerdote... Pero se le aseguró que yo no 
creerla segura mi salvación si no entraba 
en la orden, porque <*staba persuadida 4e 
(pie el Señor me recompensarla por ha- 
berle dado un servidor tan escelenle, y 
(jue^ >in embargo nunca me atreverla á 
pedirle á Gabriel una prueba semejante 
do su afecto á pesar de haberle recogido 
en la calle Juiérfano, y de haberle educa- 
do como á un hijo, á fuerza de privacio- 
nes y de trabajos... Entonces, ¿qué que- 
rjais? el pid)re jfíven, creyendo colmar to- 
<li)s mis votos... se sacrificó entrando en 
el seminario. 

— Ksto es terrib'e, dijo Agricol , es uth : 
empeño infame, y por parte de los sacer- ^ 
dotes (|ue to lian tramado, ufu .ropntíra 
sacrilega... 

, — Durante aquel tiempo, continuó pr^u^ 
cisca, se me tenia á mi .otro lenguaje: me . 
decian que, G ibriel tenia vocación, pero 
qu-.í no se atrevía á confesarlo por miedo , 
de escitar en mí celos en cuanto á Agri- 
col, (¡ue no debiendo ser nunca mas. que 
un obrero no gozaría. las comodidades quC;.- 
el estado eclesiástico debia proporcionará 
Gabiiel... Así, cuando me pidió permiso 
para entrar en el seminario (j hijo quert. 
do! lo hacia á disgusto >uyo por creer que 
en ello con>istia mi dicha ) , ep lugar de 
disuadirle de esta idea, le animé á seguir- 
la cuanto pude, asegurándole <|ue no ha- 
ría cosa mejor y (|ue en ello me compla- 
cía en estremo ¡Dianche! yaco- 



AtlîVV 



G5 



noceîs que oxigeraba , purijin* IcMiiia que 
me creyóse celosa i)or A¡^rici>l. 

—¡Olió inaquinaciiiii taci oi!iu-;.i ! dijo 
Agricul i'stii|)f|.icli>. K'pectilaliaii de un 
<nodo inili;ju-) sohro vtu'>lri) itniliu a'cc- 
to...asi, foiiuMilando lu cisi por fuer/ 1 
su roso!«»ciu(i , veía Gabriel la esprcMon 
tîe tu vülo ol uias i|uen'tlo... 

— IN)Cu á |)üOit, sin ein îirgo, como Ga 
briel tiene el niejnr |eaTáit<'r del iiiuihK), 
Je [la Vi-did.» la vue icioii , lo (jue es iumn 
senoillo: cjiisular á los tjue suíriii y cjh- 
sagrarse á los desgraci.ido!»..... ól iiaciilu 
para eslo... asi es que iiiiiica wa liabria 
dic!io (Mia palabra de lo pasado sin nues- 
tra coíivcrsaciofi de esta nuiLUia.... l*ero 
onUiiiccs, ÓI que es sientprc tímido y tan 

^Ice... le lie visto indignarse y exas 

perarsc sjbre lodo con Mr. Uodin y otra 
persona á (]uiei) acu>a... Me lia dielioquc 
leiiia ya contra ellos graves qiu'ja>... pero 
<pie e.tlos descubriuiieiilos coiinaban la 
ineJidfU 

A est is palabras de Francisca, liizo Da 
gobei'to un iiio^iniieiilo y llevó Ja mano á 
>u IVeiilecon viveza como [)ara reunir sus 
iileas. Uivcia algunos nionionlos(|iie escu- 
chaba con grande sorj)resa y casi con ter- 
ror la relación de aquellas tramas ^<ul)ter- 
rjneas llevad, is á ca')o con una de.^licza 
taH iiuliuna como liiíbil. 

I'Vjiiic.m: i eoníiono t 

— Kn fin... cuando lie diclio á (labiid 
que, por consfjo del cura Dubois mi i-oo- 
iosor, lial)ia entregado á una pcrMHia es- 
Iraña las niñas que fueron conliadas tÍ mi 

l^ando... las hij4> del geneial Sioioii 

mi liijo (jueridi) ¡ ati ! á pesar suyo, nieba 
reconvenido no de^baber querido que co- 
nociesen las p ibres huérfanas lasdu'zur.»s 
<Jc nuestra religion, sino de no iiab.-r cm- 
sullado á mi lU-trido, (¡ui' era el ¡.oio (pif 
respindiaaiilc Dios y los hombres dtl de- 
pósito que se le habia confiado... Gabriel 
lia censurado vivamente la Cúiiüucta del 



cura Dubois , y ice que me ha dadp este 
consejos malos y [ii'i!idos:.co seguitla nue 
ha consolado con sn dulzura angelical, 
obligánd «me á que vinií-ra á deeíilelo to- 
do... ¡Mi pobre marido! mucho habría 
deseado él acompaùjinie , pirque apenas 
me atrevía á pensar en presentarme acpií, 
tanto era mi descon>uek) por los disgustos 
(¡ue te he dado; pero desgraciadamente 
<->taba detenido (jabriel en su seminario 
por órdenes muy severas de sus superio- 
res, y no pudiendo venir conmigo... 

Dagoberto interrumpió siíbilamente á 
su miii;er, diciendo con grande Agitación: 

— Iv-cucha una palabra, Francisca, por- 
que á la verd«d, en me(lio de tantos cui- 
dados, de tramas tan horrendas y dia- 
bólicas, se pierde la memoria y se estravía 

la razón Me dijiste, el dia en que 

desaparecieron las niñas, que cuando re- 
cojiste á Gabriel, llevaba al cuello una 
medalla de bronce y enel bolsijluuna car- 
tera llena de papeles escritos eo lengua 
estrangera.... 

— Si.... amigo mió. 

— Que mas tarde entregaste esa me- 
dalla y cariera á tu confesor.... 

— Si , amigo mío. 

— ¿Y Gabiiel no te ha hablado nunca 
de estos objetos? 

—No. 

Al oir Agrícol esta re\ elación de su 
madre , escldiuó mirándola sorprendido: 

— ¿ Luej;o entonces liioe Gabrieiel mis- 
mo iiilerrs tjiie' bs hij;is di-l general Si- 
mon, y que la señorita de (]ardjvil!e 

en encontrarse niaùana en la calle de San 
Fram-isco? 

— (Ciertamente, dijo Dagoberto. ¿y te 
acuerdas ahora ijue nos dijo,ñ nii llegada, 
que dentro de algunf>s «has tiecesiiaria 
nuestro apoyo para una gra\e circuns- 
lamia? 

— Si . padre mió. 

— ¡Y le tienen preso en su seminario Î 
17* 



66 ALBUsr 

¡y ha dicho á su madre que tiene quejas 
contra sus superiores! y nos hn peilido 
nuestro apoyo ¿te acuerdas? con un aire 
tan triste y tan grave que le dije yo.. .. 

— Que si se tratase oe un duelo á iiiucr- 
te no nos hablaría de otro modo, C'iili- 
nuó Agrícol ititerrumpieiidu á DagoFiorlo. 
Es verdad, padre niio.,.. y sin embargo 
tu que te sientes con ánimo, has codocí- 
do el valordeGabriel igual al tuyo... para 
que él tema tanto á sus suferiures, pre- 
ciso es que el peligro sea grande. 

— Ahora que he oido á tu madre 

todo lo comprendo dijo Dagnberlo. 

Gabriel, Rosa y Jíianca, la señorita de 
Cardovillc.... tu madre, y nosotros mis- 
mos, somos acaso víctimas de una sorda 
maquinación de malos sacerdotes.... Aho- 
ra que conozco sus tenebrosos medios y 

su perseverancia infernal ya lo veo; 

es preciso ser muy fuertes, añadió el sol- 
dado en voz baja, [lara luchar conira 
ellos.... No teiu'a yo por cierto una idea 
de su poder.... 

— Tienes razón padre mío... porque los 
que son hipócriías y malos, pueden ha- 
cer tanto mal como los que son buenos y 
caritativos como Gabriel.... pueden liac(>r 
bien. No hay enemigo mas implacable que 
un mal eclesiástico. 

— Te creo... y me asusta eso, porque al 
fin están las pobres niñas entre sus ma- 
nos.... ¿Debemos abandonarlas sin lu- 
char?... ¡Oh! no, no, fuera debilidad... 
y sin embargo, desde que tu madre nos 
ha descubierto estas traínas diabólicas, 
no se porqué.... pero me encuentro me 
nos fuerte.... menos rcsuelt-).... Toilo lo 
«jue pasa á nuestro alrededor nte parece 
csoantoso. El rapto de las niñas no es una 
cosa aislada , sino la ramificación de un 
■vasto complot que nos circuye y amena- 
za.... Me parece que yo y los que atno 
marchamos en la oscuridad.... por eritri- 
serpientes.... en medio de enemigos y la- 



zos que no se pueden ver ni con)l)alir.i.. 
lin fin ¿qué quieres que le diga? .. >o 
jamas he temido á la muerte.... no soy 
cobarde... Y bien, ahora... lo cotific.M)... 
si, lo confieso.... esos ropajes negros n)e 
dan miedo,... 

Pronunció Dagoberto estas patübras con 
Un acento tan síncfro , que Agrícol sees- 
tremeció porque tauíbien participaba de 
la mi<ma impresión. 

Y debia ser asi; los caracteres finncos 
enérgicos y resueltos, acoslumbrados á 
obrar y couibatir á la luz del dia, no pue- 
den sentir mas que una claso de miedo; 
el de ser acometidos en las finiet)!as por 
enendgos invisibles; asi es que Dagober- 
to q',10 había arrostrado uiil veces la muer- 
te , sentía un vago ti-mor al oir contar á 
su muger a(|uel tejido sombrío de trai- 
ciones, engaños é infamias; y si bien no 
hal ia cambiado en la resolución de mi 
empresa itocluroa del convenio, se ta re- 
presentaba ya bajo un aspecto mas si- 
niestro y peligroso. 

El sil ncio que reinaba en el aposento 
hacia algunos miruitos, fué interrumpido 
por la vuelta de la Gibosa. 

Sabiendo esta que la conversación de 
Dngoberto, de su mujer y de Agrícol no 
debia ti ner testigos iirqiortunos, llamó á 
la puerta lijeramente, esperándose á la 
parte de afuera con Leriot....: 

— ¿Se puede entrar, señora Francisca? 
dijo la costurera : ver>go con el señor Le- 
riot que trae leña. 

— Si, si, mi buena Gibosa, dijo Agrí- 
col mii'iitras qtievu padre enjugabael su- 
dor f( i" i¡ue bañaba s i frente. 

Abrióse la puerta y se vio al digno lin- 
torero cujas rítanos y brazos eran en- 
tonces de color d.' amaranto; en un bra/o 
Iraia.rma poicionMe leña y en la otra ma- 
no luia paleta con un ascua. 

— r>ut.'nas noches, señores, dijo I>eriof, 
os doy las gracias por haber pensado en 



AIBIH. 



r.7 



mî, «•.•n«)r,i Frnm'isra; va saln'is qiu' mi 
ti. 'lilla y cuant.) contiene o.^tá á viic^lr.! 
(Ii<p<)>i«'it)n ; fiitie vecinos es miiy juslo 
nyixlarso imitij.imrtiU\ y yo iid puedo t)l- 
vidar que riii>leis muy buena para nii 
difuiilQ niMiTcr. 

Despues puso la leùa on un rincón de 
r<iarto, y enlregi» á A;irico| la paleta con 
el fu«\i;o; y ndixinand > el liinr.ido linto- 
roro por el aire triNte y preocupado île los 
diferentes aciones de e'<la escena (pie se- 
ria discreción de su parte el no prolongar 
la visita , añadió : 

— ¿Necesitáis otra cosa, señora Fran- 
cisca ? 

— Muflías cracias, señor Leriof. 

— En!<un'es, huenas noches, señores... 
Fn sefiuida diiigiéndose el tintorero á 

la fiihosa, la dijo : 

— No olvidéis tacarla para el señor Da- 
goberto... yo no me he atrevido « tocar- 
la, p onpie la liahiia pintado de color de 
amaranto. I{ucnas noches señores. 

Y saüó Leriot. 

— Señor Dagoberlo, tomad una carta , 
dijo la Gibosa. 

Y so ocupó la costura en encender el 
fuc}»o, mientras que Agricol acercalu á la 
t;liímenea i-l viej » sillon tle su mndie. 

— í,ee esta carta , hijo mió, dij » Dago- 
berto á Agrico!, me duele tanto la cabeza 
que apenas veo claro... 

Tomó Agricol la carta, qiie tenia muy 
pocas líneas, y leyó sin mirar antes !a 
firma : 

«Knol mar, 25 de diciembre de 1S31 . 

o Aprovecho el encuentro y continua- 
ción de a'gunos minutos con un bu-piei]ue 
va direolami-nte á lüuropa, mi antiguo 
camarada, p.ira escribirle estas líneas ipie 
cr«'o le lii'garín por el Havre y pri>biilile- 
mente antes que mis últimis carias de la 
India... ^up >rig ) (jiie debes estar aliura 

en Paris con mi e>pjia y mi liijito 

diles 



<>N ) puedoronrlnir... marcha el bote... 
Noy ;i eiitriir en Francia... No ol\ides e 
1.1 de ftbnro.., el piMenirile mi miiger 
y (le mi hijo depende de e>o... 

« Adiós, auiij^o uiio, cumia con mi re- 
conocimieiitu eterno. .^i>i(i:«.» 

— Aurirot... tu padre... d.ile jjiiesa.... 
esclaiiK) la Ijibosa. 

A las (¡limeras pal.ibras de esta carta , 
se puso Dagoberto pálidi> coiiid la niu.T- 
te...la emociiMí, la fuliga y U estenij.iii.ii 
unidas á este último golpe, le hicieron des 
vanecerse. 

(lomó á (!'\ su hijo y le sostuvo entre 
sus brazps; pero este acceso de debilidad 
se disipó: pasó Dagoberto la manoípnr >u 
frente, enderezó su alta esliliira y bri- 
llando sus ojos, tornó su •.einbl.inle un ai- 
re de re.MK lia deterii ¡nación y esclajuó 
con vixez.i : 

— No, no serí!" tra¡d<ir ni cobarde, los 
ropajes negros ri.t me dan ya miedo, y rs- 
trt noche qiiedar.ín libres Kusa y Blanca. 
XII. 

El. C(')I)r(iü PKNAL. 

Aferrado un in>lante Dagoberlo al pen- 
sar en las tenelinísjs y subterráneas nia- 
quioacioiKS eiiiprendidas por !os rojiaijes 
najt'is, como el decia , contra personas 
(pie tanto amaba, pinb) vacilar un nio- 
menloen librará Kjáa y Blanca: peri» en 
seguida de la lectun de la carta del ge- 
íieral Sinon, que de tal modo le recor- 
daba sus''s;i'.zrados deberes, cesó de todo 
punto su indecisión. 

Al abatimiento pasajero del soldado su- 
cedió una resolución calmada, pero eiK'r- 
gica al mismo (iemp >. 

— ¿Qué líjra es, Agricol? preguntó á 
su hijo. 

— Acaban de d.ir las nueve, padre mió. 

— IÎS preciso (pie me Tibriquesun parli'i 
fuerte de hierro... bastante fuerte para ipitt 
pueda sostener mi peso, y bastante abierto 
á tin de que se alírmebieo en el caballeta 



G8 



ALBuV, 



ñe un maro. La t-ïiimenca podrá servirte 
de Fragua y de vigoriiia , y en ctiantü á 
mirtillo va cncontrarJs Ufio en casa... lo 
que es el hierro... dijo el soldado buscan 

do á su alrededor; lo que es el hierro 

mira, Ité aquí. 

Diciendo esto, tomó Dagohorlo tinas fe 
nnzís del lado dií la chimenea, y añadió 
presentándolas á su liij.»: 

— Vaitios ¡pardiez! liiji»mio, atiza el 
fuego, calienta el liierro h.isla que se pun- 
ga rojo, y fórjanif i-se g;ir(¡ü. 

Al oir estas palabras Francisca y Agri 
col se miraron con sorpresa; el herrero 
permaneció mudo y corlado, ignorando la 
resolución de su patlre iy los preparativos 
^ue e-ite habia comenzado ya con ayuda 
/de la Gibosa. 

— ¿No me has oido acaso, Agricol? re- 
pitió üagoborto teniendo las tenazas en la 
mano. Rs preciso que me hagas un garfio 
con esto... 

— ¿Un garfio.... padre mió.... y para 
qué? 

— l'ara atarlo al eslremo de una cuer- 
da (jue tengo ahí. Será preciso termini.T- 
lu lormando una especie de clavel bástan- 
le ancho para (jue pueda afirutarse ¡bien. 

— Pero ¿esa cuerda y ese garlio, para 
que sirven? 

— Para encalar los muros del convento, 
si estjue no puedo introducirme en él por 
una |)uerta. 

— ¿Oué convento? preguntó Francisca 
á .«u liijo. 

— ¡Cómo, padre mió ! esclamó Agri- 
co', ¿aun piensas en eso? 

— ¿l*ues en qué he de pensar sino? 

— Pero, padre mió,... es imposible.... 
no intentaras semejante empresa. 

— ¿(jué quiere hacer tu padre, hijo 
mió? pregunto Francisca con ansiedad. 

— Quiere introducirse esta noche en el 
convento donde están encerradas, las hijas 
del general Simon, j sacarla^ de allí. 



— ¡Gran Dios!... mi pobre marido!... 
¡un sacrilegio ! Ksclamó Francisca, fiel 
siempre á sus piadosas tradiciones, y cru- 
zando hizo un moviíuiento como para le- 
vantarse y octicarse á Dagoberto. 

Presintiendo el soldado que iba á sufrir 
observaciones y ruegos de toda especie, 
y estando resuello á no ceder, quiso desdó 
luego impedir las siíplicas itiúliies, que 
por otra parte lo Iiacian penlcr un tiempo 
precioso; por li mistiio continuó con aire 
severo j ea-i S(»lemne que demostraba la 
inflec>ilii'ii)ad lie su determinaci n. 

— I^cuclia , Francisca, y tu también, 
hijo iiiio; cuando á mi edad se decide el 

hoíiibre á una cosa , ya sabe por (|ué 

y una vez (¡ue esta deciiiido, no hay hijos 

ni üiuger que valgan se liace lo que 

se debe es á lo (¡ue yo estoy lesuelto. 

Alíorrajs pues palabras ¡mil iles... es vues- 
tro deber el lial)la¡íne a>i, pase; pero 
pu'^.-«lo que habéis llenado ya ose deber, 
no habíc MÍOS n)as del asimto. Fsta noche 
quiero ser el dueño en ini casa 

Fr?f!cisc3, Iréinula y asustada, no se 
atrevió á aventurar una palabra, y vol- 
vió su'í miradas suplicantes hacia su hijo. 

— ¡Padre iMÍo!...dijo este, oid una pa- 
lí!!>ra tan solo u;ia palabra. 

— Veamos esa palabra, contestó Dago- 
berto con iuipai ieíicia. 

— Yo no quiero coinbatir vuestra re- 
solución , sino probaros que ignorais á lo 
que os usponeis 

— ¡No ignoro nada! dijo el soldado con 
aspeieza; lo tpie intento es grave;... pero 
no se dirá al menos que no he tratado por 
todos los medios posibles de cumplir lo 
que he prometido 

— Padre niio, piénsalo bien le lo 

repilo tú no sabes á lo que te espo- 

nes , dijo el herrero alarmado. 

— N'amos, hablemos del peligro, ha- 
bJemos de la escopeta del portero y del 
cuchillo de monte del jardinero, dijo Da- 



Af.nt'M. C9 

goberfo alzando los lionibros roi» tlosiJen; Jre mio .. poro 8iiiiqiit> me cdieis, hiiUto 
' " '" que si'pais á II) que os i'sponeis escolando 



hablemos de eso y coiicliiyninos do una 
vez... ¡Y bien! supoMf^atnos ipii' me d.je 
la |)ii"l en ese conv. iilo, ¿no W (|mihI.is tt'i 
ó tu madre? Hace veinte años que «•.slai> 
acostumbrados á pasar sin mí, de modo 
qiio no debe seros tan sensible 

— ¡Y yo soy, Dios niio, yo soy la caina 
de tantas dosuracias I e>clamó la pobre 
madre. ¡Mi, cuanta raznn tenia (îabriel 
para icconvenirme ! 

— Señora Francisca, tranijuilizaos, dijo 
en voz baja la (libosa ipie se liabia uct-r- 
cado^á la nuigor de Dagoberto; .\gricül 
no dejará esponerse aei á su padre. 

Después de un momento de indecisión, 
continuó el herrero con voz conmovida : 

— Te conozco dema>ia(lo , padie mio, 
para tratar de detenerte liaciémk^lc ver 
mic arriesgas la vida. 

— ¿,Dc' (|iié peligro hablas oníotices? 

— I>e un peligro ante el cual retroce- 
derás.... sí, ante el cual retrocederás... 

á pcsir de tu valor dijo el jiíven con 

tono tan penetrado que cuiunovió á su 
padre. 

— Al^ricol, exclamó el soldado con se- 
veri<Iaii; decís una infamia, y me hacéis 
\\n insulto. 

— ; Padre mio ! 

— Una infamia, continuó el soldado con 
cólera; porque es iofaine el (|uerer (ÜMia 
<lir á un hombre de su deber atemori- 
*ánd(í|e un insulto porque eréis posi- 
ble intimidarme. 

— ¡Ah! señor Dagoberto, esclamó la 
Gibosa; vos no compreniJeis á Agrii-ol... 

— Denia'.iailo lo con\prin lo, replicó el 
soldado cotí se()uedad. 

Dolorosamenle conmovido por la seve- 
ridid de su padre, mas íirmc en su reso 
hícion , dictada por el amor y el respeto, 
ronlinuó Agricol , latiéndole el corazón 
con violencia : 

— Perdonadme si os desobedezco, pa- 



de noilie los muros de un convento. 

— ¡Agricol! lis atreváis... csclamó Da- 
gol)erto con el rostro inHamado de cólera. 

— Hijo mio (lijo Francisca afligida; 

Dagoberto 

— Señor lagoberlo, escuchad á Agri- 
col lo (pie os dice es por vuestro bien, 

esclamó la Gibosa, 

— Ni una palabra mas... repuso el sol- 
dado dando una patada en el suelo con 
cólera. 

— ¡Os digo, padre mio, que os espo- 

neis casi de cierto á ir á un presidio 1 

esclamó el lierrero poniéndose pálido co- 
mo la muerte. 

— ¡ Miserable 1 gritó el soldado asiendo 
á su bijo por el brazo, ¿no valia mas que 
me ocultase-; eso , que querer csponcrnie 
á que sea traidor y cobarde?... Después 
repitii) el soldado estremeciéndose: ¡un 
presidio! éincünó la cabeza nuido, pen- 
sativo y aterrado por esta palabra terribl e. 

— Sí, introduciros de noche en un si- 
tio habilado con escalamiento y fracción... 

la ley eslá terminante y condena á 

presidio; csclamó .Agricol á la vez con- 
tento y afligido por el abatimiento de su 

padre; sí, p-ire mio á presidio 

si os cojen in frauan i; y hay diez proba- 
bilidades Contra una de qiio asi suceda, 
pues Como os ha dicho la Gibosa, el con- 
verjo estn guardado;... si esta mañana 
hubierais intentado llevaros I¿is niñas, os 
babrian pr«'so; pero al menos, e«ta ten- 
tativa, tenia un caráuter de leal audacia, 
que acaso os hubiera hecho absoUer;.... 
mas inlioiluciros por la noclie escalando... 
os lo repito, esto tiene pena de presí- 

■ io .Ahora... padre mio... decidid... 

lo que vos hagáis... Ii) haré yo también,.. 

poríjue no os dejaré ir solo Decid una 

palabra y voy á forjar el gaiíio; b.ijçr, 

de aquel armario tmgo n.ariijjo jf .lena- 
18* 



70 ALBÜSI 

zas y dentro de una hora partimos. 

Un profundo silencio sigiik» á \h< pala- 
bras del herrero , sileni io iníerrumpitJo 
tan solo por los soMoros ahogados de Fran- 
cisca que murnuiraba con desespiT.ifion: 
— ¡Ay de mil ¡Dios mió! I.é aiun' lo 
que sucede por haber yo esciieliado al 
cura Dubois. 

En vano trataba la Gibosa (k' consolar 
á Francisca, cuando ella ini>ín;i cataba 
aterrada , porque el so dado era cap;i7, de 
arrostrar la infamia, y en este caso qurr- 
ria Agricol correr los peligros con su padre. 
L'agoberto á pesar de su caráclt-r enér- 
gico y determinado, pcrnianecia estupe- 
facto. 

Según sus hábitos njilífarcs no hnbio éf 
visto en su empresa nocturna sino un?) es- 
p.ecif de estratagema de guerra, autori 
zada desde luego per su buen derecho, y 
también por la inexorable fatalidad de su 
posición; pero las terribles palabras de su 
hijo lo hacían ver la verdad poniéndole 
en la mas cruel aliernitiva: ó era nece- 
serio faltar á la confianza del general Hi- 
nion y á los postreros votos de la madre 
de las huérfanas, ó bien le era indispen- 
sable esponerse á una uiancha espantobi, 

y sobre todo espcner á su hijo ¡su 

hijo!!! y aun esto sin la certeza de librar 
á las huérfanas. 

Enjugando Francisca sus ojos bañados 
de lágrimas esclamó como herida de una 
inspiración repentina: 

— Pero, Dios mió, me ocürre un me- 
dio acaso pueden sacarse del convento 

los niñas sin violencia. 

— ¿Y cómo, n»adre mia? dijo Agricol 
con viveza. 

— !íl cura Duhois es el que las ha he- 
cho conducir allí:... pero G-ibriel supone 
qnc probaLíementc ha obrado mi confe- 
sor pnr ios consejes de Wr. l'iodin. 

— Y ^'jnque eso fuera, (¡ueiidí madre, 
en vano se.ia dirigirse á .'Ir. Uodin, por- 
que nada se conseguiría. 



— De 61 no, pero acaso se lograría ôe 
ese abate tan poderoso, (¡ue es el supe- 
rior de Gabriel y (jue siempre le ha j)ro- 
(egido desde (¡ue entró en el >emindrio, 

— ¿O'J'- abale, niAdre mia? 

— líl señor abate (te Aigrigny. 
— îîn efecto, querida madre, antes de 

ser eciesiástic.o fué militar.... acaso será 
mas accesiíjíe que otro y sin emb.ir- 



— ¡Aigrigny! esclamó Dagoberto cor» 
cierta esprt,'.>ion de honor y de odio. ¿Con 
que está mezclado m eslüs traiciones un 
honíbie qtie an!es do ser sacerdote ha 
sido müitor y que se l!ama Aigrliiny? 

— Si, padre mío, el inari¡ursde Aigrig- 
ny... antes de la resta»ira«-K>n servia 

en Uusia.... y en 18l3 le dieron los Bor- 
bones el mando de un regim.ento. 

— ¡Él es! dijo Dagoberto con una voz 
sóida: ¡todavía él! ¡ siempre él !!! coiiio 
un demonio malo que se trate del pa- 
dre, de la madre ó de las hijas. 
— ¿Qué dices, padre miul 
— ¡El marípiés de .\igri:iy! esclamá 
Dagoberto. ¿Sabéis quien es ese lioml)re? 
Antes de ser sacerdote ha >idoel v«!ídug<> 
de la madre de Hosa y Blanca , que des- 
preció su amor. Antes de ser sacerdote... 
se ha batido contra su patria, encontrán- 
dose en la guerra dos veces cara á car» 
con el geneial Simon.... Si, mientras el 
general estaba prisionero en Leipsik , 
acribillado de heridas ee» VVal'^rloo , el 
otro, el renegado marqués triunfaba cotí 
los ru>os ! Bajo el poder de los Borbom s 
lleno de honoresel renegado, se ha vuel- 
to á encontrar con el soldado perseguido 
del imperio. Esta vez hubo entre ¡os dos 
un duelo encarnizado..... El marqués fué 
herido, y el general Simon proscrito y 
condi nado á nmerle, emigró — ;, Decis. 
que .•ili)ra es clérigo y renegado? ¡Y bien! 
yo estoy cierto ya que es 61 quien ha he- 
dió robar á Rosa y Blanca , á fin de sa- 



AlUVM. 



71 



<ñ«T ri oiTíi) qnp siempre n Icnidu lia mi> 

^i.idri'S K>e iiifaiiu' <!«' Ai;;ri^;ny la> 

(itMie en su podi-r ¡ y aliora no es sido 

I.» forliina di' oslas iiiùasU) ijue lenyotiue 
drft'iidtr.... siiH) también mj %ida!.... ¿lo 

ois? ¡ xu vid I !.. . 

— Padre mil'.... croiis capaz áe>e liom 

brr d...... 

— In traidora su patria (]iio acaba por 
liaoi.'r>(e un fli'rigo iiifanu', os cap.iz de 
toilo ; ON diyo (jue aca>o á i'««tas horas es- 
tan inalando á las i]iria> á fiu go ienlo.... 

tsc'aiiió el soltlailo con voz penetrante; 
por(|tie el separarlas una de otta es co- 

nu-nzar á nialarlus — í)e<pues aui^lió 

Üayi|>i'rlo con nnaespresi •ii inij)n>il»!e de 
descriliir : — •; Las hijas del general Simon 

en poder de Aigriiiny y su ciiadrilla ! 

¿V vacilaría yo un inslanle en salvarlas... 

por miedo del pre>idi.»? ¡ líl pre>i<iio ! 

— afuthó dando una caie<ij<ida convulsi- 
va. ¿<Juó se me di á mi del presidio? 
¿Llevan alli un caijjver acaso? ¿y no ten 
gi) yo el derecho, si aborta esta tentati- 
va, de saltarme los sesos?.... Pon el hier- 
ro al fijcp.i , Ihj"') mió vivo, ei lícuipo 

urge. .. forja el gniíio.... 

— ]*ero ¿te acompaña tu hijo? es- 
clamó Francisca dando un grito de ma- 
ternal desesperación. Después, levantán- 
dose, se arrojó á los pies de Üagoberlo 

diciendo: — Si 'v prenden á tí tan^bien 

le prenderán a él.... 

— Para e\¡tar el presidio.., Iiarí loque 
yo.... ifiigj dos pi>lola^.... 

— Pero yo.,., esclamó la desdichada 

madre tendiendo las manos sup'irantes; 

sin tí.... y sin él.... ¿«pié sera de mi?.... 

— Tienes razuii.... eia egni.Mno de mi 

parte vo iié solo, dijo Üagoberlo. 

— No irás solo — padie mió... coiiles- 
tó Agrícol. 

— Pero ¿y lu madre? 

— La fiibosa vé lo (¡iic pasa : ella irá á 
ver á .Mr. Uardy y se lo dirá lodo..., es 



el mas generoso de los liombres mi 

madre tendrá un albergue y pan ha>la el 
íiii de sus dias. 

— ¡ Y (jue sea yó.... ipic sea yo lacaii- 
sa de todo I eM-lanni FianciNCa con desi-s- 

p. -ración. ¡ Casligailm»'.... Diosmio! 

Casligadme.... yotefigo la culpa.... yo he 
enlngado las niñas.... y voy á p.T'arlo 

con la muerte de mi hijo 

— .\grícoI.... no (juiero «pie mesiga»!!! 
te lo prohibo, dij'> Dagtd)rrloe>lrecliahdo 
á su hijo con energía contra su pt-clio. 

— Yo.... después de haberte señalada 
rl peligrí»... ¿yo retroceder?. .. no pienses 
m ello, padre mió ¿No tengo yo tam- 
bién alguno á quien li!>rai? ¿Y la señ.iri- 
la de Cardoville, tan buena y lan gemio- 
sa, qui' qui^'O salvartne de mi |)rí>íon , no 
se encuentra también encerrada? Te se- 
guiré, padre mió; es mi derecho, mi de- 
ber y mi voluntad. 

Al acabar estas palabras, metió Agrí- 
col en el fuego las tenadas destinadas á 
hacer el garfio. 

— I Ay de mi! ¡ Dios mió, tened pie- 
dad de todos riiisolros!!!! decia la pobre 
madre sollozando y arnxJillada, mientras 
(|ue el soldado [jarecia sufrir un viólenlo 
combate interior. 

— No llores a»í, madre mia ; me parles 
el Corazón , dijo Agricol levanlando á su 
maijre ayudado de la Gibosa; tranquilí- 
zale. He debido exagerar á mi padre h)S 
peligros de la empresa ; pero yendo fo> 
dos y obraiido con prudencia, puci<eiiu)S 
conseguir nuestro »d)jeto casi sin liesgo... 
¿no es verdad, padre mió? dijo Ágricol 
haciendo una seña Je inteligencia á Dago- 
berto. Te lo repilo, tranipiilizale , buena 
madre... yo respondo de todt>... Librare- 
mos á las bijas del general Simon y á la 
señorita de Cardoville... (jibosa, dnine las 
tenazas y el martillo que están bajo ese 
armario. 

La costurera obedeció á Agricol, enju- 



72 



ALBCX. 



g.índose las lágrimas, mientras que este 
-avivaha con un fiielle el fuego en que se 
■calentaban las tenazas. 

— Hé aquí tus herramientas Agri- 

•col dijo la Gibosa con una voz profunda- 
mente alterada, presentando al herrero 
en sus manos trémulas los instrumentos 
con los cuales empezó Agricol su manio- 
bra, sirviéndole ia chimenea de yunque. 

Dag'>berfo habla permanecido silencio- 
so y pen>ativo, y de repente dijo á Fran- 
cisca tomándola las manos: 

— Ya conoces á tu hijo : querer impe- 
dirle ahora que mo siga, es imposibre 

pero traiu|uiiízalo... (juerida Francisca... 
lograremos nuestro empeño así lo es- 
pero... Si no lo conseguimos, si nos pren 
den... nada de cobardías... nada de sul< 
cidios... padre é Iiijo nos iremos del bra- 
zo á la pri-ion con la frente erguida y e! 
orgullo en el semblante, como dos hom- 
bres honrados que han llenado su deber... 
hasta (I estremo... Llegará el dia en que 
se nos juzgue... y lo diremos todo leal y 
francamente... diremos que no hallando 
ningiin socorro, ningún apoyo en la ley, 
nos hemos visto en ia precisión de recur- 
rir á la violencia... Vaya, forja, hijo mió, 
añadió Dagoberto dirigiéndose á^Vgricol, 
ijue martillaba el hierro encendido, for- 
ja f'irja.c... sil) miedi); los jmces son 

liombies honrad js y absolverán á los hom- 
bres honrados. 

— Sí, .buen padre, tienes razón; tran- 
<juilíziite, querida madre; los jueces ve- 
rán la diferencia (|ue hay entre los bandi- 
d')s que escalan «k- noche los muros para 
robar... y un vit'j.» soldado y su hijo que 
a riesgo de su libertad, de su vida y de la 
infamia misma , han querido librar á 1res 
pobies víctimas. 

— Y si no es oido este lenguaje, conti- 
'ïiuû Dagoberto, ¡tanto peor !... No serán 
tu hijo y tu marido los que pueden des 



bien.... Si nos sentencian á presidio.... y 
tenemos valor para soportar la vida... el 
joven y el viejo presidarios llevarán la ca- 
dena con orgtillo... y el marqués renega- 
do... el clérigo infame, estará mas aver- 
gonzado que nosotros Vaya, forja el 

garfio sin miedo, hijo mió Hay cosas 

que el presidio no puede infamar: una 
buena conciencia y el honor... 

Ahora dos palabras, mi buena Gibosa; 
se adelanta la hora y tenemos prisa. 
¿Cuando bajasteis al jardin reparasteis si 
los pis >s del Cv)nvento eran muy altos? 

— Ni lo son mucho, señor Dagoberto, 
■^obre todo por la parte ipie mira á la cá- . 
sa donde está encerrada la señorita de 
Cardoville. 

— ¿Cómo habiis hecho para hablar con 
ella? 

— Estaba la señorita á la otra parte de 
un cancel de madera qt>e en aquel lado 
<(*para ambos jardines. 

— F.scelente... dijo Agricol sin dejar de 
tatir su hiirro; podremos enlrar con fa- 
cilidad de un jardin al otro; acaso será 
también mas f.icil y seguro el salir por la 
casa de locos... Desgraciadamente ¿no sa- 
ber tú dondd está el cuarlo de la seiíorita 
de Cardoville? 

— Sí. ..contestó la Gibosa reuniendosus 
ideas: habita un pabellón cuadrado, y so- 
bre la ventana t-n (¡iie la vi por ptimera 
vez hay una es|)ecie de sobradillo bastan- 
te salido, pintado de blanco y azul. 

— Kit'ii... no lo ol\idaré. 

— ¿Y no sabéis á corta diferencia donde 
están os cuartos de mis pobres niñas? di- 
jo Dagoberto. 

Des()ues de un momento de reflexión , 
coiiliiiU'i la Gibosa : 

— Kstán delante del pabellim ocupado 
por la señorita de Cardoville, porque esta 
las hacia señas desde su venlana, y ahora 
recuerdo que me dijo que los dos cuartos 



lionrados á ios ojos de los hombres de de las niñas estaban el uno en el patio y 



ALUtH. 



73 



cl otro Cl) ei segiiiidii piso de la iiiisina casa. 

— ¿Y tieiH'n r<jas las vciilaïus? pre- 
guntó cl herrero. 

— No io s6. 

— No le hace: gracias, buena mucha- 
cha', dijo Da^iohcrto: con estas itulicacio- 
nes ya p^diMUos marchar; en cuanto á lo 
demás, tengo formado mi plan. 

— Mi buena (îibosa , agua, dijo Agri- 
col, para enfriar mi lucrru. Después diri 
giéndoso á su pailr»> le pregiuiló: ¿le pa 
rece así bien el garíi*)? 

— Sí, hrjo mió; en cuanto esté frió le 
ataremos la cuerda... 

Hacia un ralo que Francisca Bau<lo¡n 
estaba arrodillada suplicando á Dios con 
grande fervor tuviese misericordia de Agri- 
col y Dag.jbertü, que en su desgraciada 
ignorancia iban á cometer un grande crí- 
uien ; sobre todo rogaba al Señor (juelii- 
t.'iese recaer sobre ella sola su celeste có- 
lera, puesto (jue sola ella era la causa de 
la funesta resolución de su hijo y de su 
íjiarido. 

Udguberto y Agricol terminaban en si- 
lencio sus preparativos; ambos estaban 
4)álidi»s conitciendo lod>)S los peligros que 
arrostraban en su desesperada empresa. 

Al cabo de algunos minutos dieron las 
diez en el reliȕ de San Merry^ 

l'il son do de la cani])ana llego déW y 
sordo entre el ziMiihido de las ráfagiisdel 
viento ;y de la lluvia (¡ue no habían ce 
sado. 

— Las diez.,, dijo Dagoberto estreme- 
ciéndose; no hay ijue perder un tnomen- 
to... Toma el saco... Agricol. 

— Sí , padre mío... 
Al ir á buscar el saco, se acercó Agri 
col á la (libos» que apenas podía soste- 
nerse en pi'í, y la dijo con rapidez en' voz 
baja : 

—Si mañana por la maííana no liemos 

vuelto te recomiendo á mi madre 

Irás á casa de Mr. Hardy... acaso habrá 



regresado ya de su viaje. Veamos, herma- 
na mia, ten ánimo, abrázame... Te dejo 
á mi pobre madie. 

Y^ conmovido prohmdamente el herre- 
ro , estrechó á la ("libosacod cordialidad 
entre siis braz( s. 

— Vamos, nu buen O i/i/a.to/arí' .<;... mar- 
chemos, dijo Dagoberto, Iw nos servirás 
de guia... Después acercándose á su niu- 
ger, (jne levantada ya estrechaba contra 
su pecho la cabeza de su hijo cubriéndola 
de besos y deshaciéndose en lágrimas, la 
dijo el soldado .nfeclamlo serenidad : 

— Vamos, nu querida Francisca, só ra- 
zonable , haznos buen fuego dentro 

de dos ó tres horas traeremos aquí dos 
pobres niñas y una bella señorita... Abrá- 
zame eso me liará tener buena for- 
tuna... 

Francisca se arroj't al cuello de su naa- 
rido sin pronunciar una palabra. 

Ksa muda desesperación, acompañada 
de sollozos sordos y convulsiones, era do- 
lorosa. Dagoberto se vio obligado á arran- 
carse de los brazos de su muger, y pro- 
curando cortar su emoción, dijo á Agricol 
con voz alterada : 

— Vamonos... vamonos... esto me par- 
teel corazón... Mi buena (libosa velad so- 
.bre ella... .\giicol... vente, 

Y metiendo el soldado las pistolas en 
los bolsiltos;de su levita, se dirigió con 
precipitación hacia la puerta seguido de 
Qiüía¿i(>l(ires. 

— Hijo mió.... ¡déjame abrazarte otra 

vez! ; Ay de mí! acaso es la postrera 

esclamó la inleliz madre imposibilitada de 
levantarse, y tendiendo los brazos á .Agri- 
col. Perdóname yo tengo la culpa de 

todo. 

El herrero mezcló siis lágrimas ci.n las 
de su madre, y dijo con voz ahogada : 

— Adiós, querida madre... Tranquilí- 
zate... pronto volveremos. 

Y deshaciéndose de los brazos de su ma- 
19' 



7A 



làLBCM. 



été fué á alcanzar á Dagoberto en la es- 
calera. 

Francisca Baudoin dio un doloroso ge- 
mido, y cayó casi inanimada entre los bra 
zos de la Gibosa. 

Dagoberto y Agricol salieron de la ca- 
llede Brise Miele en m*-diodu la t -rinen 
ta.\ y se dirigieron á buen poso hacia el 
baluarte del hospital seguidos de Quilaso' 
laces. 

XII!. 

KSCALADA Y FRACCIÓN. 

Las once y media daban cuando Da<;o 
t>erto y su hijo llegaron al baluarte del 
Hospital. 

Soplaba el viento con fuerza y caía la 
lluvia á torrentes; pero no obstante pare- 
cía la noche bastante calmada , gracias á 
la salida tardía de la luna. Distinguíanse 
«n medio de esta pálida claridad los árbo- 
les negros y empinados, y las blancas pa- 
redes del jardin del convento. A lo lójos 
y sobre la «alzada pantanosa de aquel so- 
litario baluarte , se balanceaba un rever- 
bero agitado por el viento, y cuya rojiza 
luz se percibía apenas al través de la llu- 
via y la niebla. 

A raros intervalos, se oía á lo lí^jos 

muy á lo Irjos... el sordo ruido de algún 
carruaje, y después todo caía en el mas 
profundo silencio. 

Dagoberto y su hijo apenas hablan ha- 
blado dos ó tres palabras desde.que salie- 
ron de la calle deBrisc Miche. *EI objeto 
de estos dos hombres de bien era noble y 
generoso, y por lo tanto, resueltos, aun- 
<|ue pensativos , se deslizaban por entre 
las sombras como los bandidos á la hora 
de los críuienes nocturnos. 

Agricol llevaba á la espalda el saco con 
la cuerda, el garfio y la barra de hierro; 
Dagoberto se apoyaba en el brazo de su 
hijo, y Quilasolaces seguía á su amo. 

— El banco en que estuvimos sentados 
hace poco, debe estar por aquí, dijo Da- 
goberto deteniéndose. ^, 



—Si, contestó Agricol buscando con 1a 
vista: helo ahí , padre mío. 

— No son mas que las once y media; 
es preciso esperar á que den las doce , 
continuó Dogobcrto-. Sentémonos un ins>- 
tante para descansar, y convendremos en 
lo que debemos hacer.... 

Pasado un momento de silencio, prosi- 
guió «1 soldado con emoción estrechando 
las manos de su hijo «ntre las suyas : 

— Agricol, líijo mió,., aun es tiempo. .v 
déjame ir solo.... te lo stïplico.... yo pro- 
curaré salir bien con mi empresa.... Mien- 
tras mas se acerca el momento.»., mas 
grande es mi temor de comprometerte en 
los peligros que van o-i á arrostrar. 

— Y yo, buen padre, creo cuanto mas 
se acerca el momento, que podre sevírte 
de algo; buena ó mala seguiré tu suerte... 
nuestro objeto es honrado... Es una deu- 
da de honor que tu debes satisfacer.... yo 
quiero pagar la mitad. Ahora no retro- 
cederé por mas que me digas.... con que 
asi, padre mío... pesemosen vuestro plan 
de campaña. 

— Bien, vendrás, dijo Dagoberto repri- 
miendo un suspiro. 

— Es preciso, pues, padre mió, que 
tratemos de lograr nuestro objeto á todo 
trance, y creo que lo conseguiremos..... 
¿Has visto la puerteci ta del jardin que 
está en aquel ángulo del muro?.... eso es 
ya escclente. 

— Entramos por allí en el jardín, y bus- 
carnea los edihcios que están separados 
por un muro á cuyo estremo hay un can- 
cel. 

— SI , . . . . porque de un lado de ese can • 
cél está el pabellón habitado por la seño- 
rita de Cardoville, y del otro la parte del 
convento en que se hallan encerradas las 
hijas del general Simon. 

Eo este mom nto Quitasolaces , que 
estaba echado á los pies del soldado, se le- 
vantó de pronto y enderezando las orejas 
parecía escuchar. 



\x,mm 

■•— Tarrrc qiip cl prrrt» lia »>i(lo ;>!gii. a 
"Co>a, tlijo Ayriful, rscuclirnins. 

Nada se uyósiiiool rinüo Jd >ii'ittoi|Ur 
agilnlia \oi ári>olc!». 

— ¿V III1.1 \»'zal)iorla l.i piicila ilol jar- 
din, pregiinlú Agn'col, deb.' eii'r.ir c xi 
nosolios (jHiliisiilacvst 

— -Si. ..'si, si li^ alquil perro di'jinardia 
■este dará cuenta di- él ; ailt-inas nos ad- 
vertirá si st> ctproi'Ainian las g«'iitc& dr la 
•ronda, y.¿(Hiién sa^u-?... TitMie tal iii4e- 
ligoncia, y «iiiiere tanto a Hosa y lllanca, 
•que acaso nos ayudará á descubrirlas; á 
ineniido le lie visto ir á buscarlas on lus 
bosi|ues con un instinto eslraurdinario. 

Un sonido lento, j^rave y sonnro (pie 
doniinalia los silvidos del cierzo, cnipizo 
á dsf las doce. 

Ksle ruido pareció Tesonar dolorosa- 
■nuiíile en el alma de Agn'col y de su pa- 
dre, que se estremecieron mudos y con- 
movidos.... y por un movimiento espan- 
toso se eslrecbaroi' la mano con fuerza. 
A pesar suyo, eorrespondian los latidos 
de sus corazones á los golpes de la cain- 
.pana del reloj, cuya vibración se prulun- 
:gaba en medio del lúgubre silencio de lo 
fioclie.... 

Al dar la ú'tima campanada, dijo Da- 
goberto á su bijo-^ 

— He ahi las doce...^. abrázame...... y 

marcbemos. 

Abrazáronse |)adre é bijo. El momento 
era solemne, 

— Abura, padre mío, dijo Agricol, obre 
mos con tanta precaución y auddcia co- 
mo los bandidos que van á robar un cofre 
lleno de uro. 

Diciendo esto, sacó el lierrero la cuer- 
da y el gaiíiu. Armóse Dagoberto con su 
gandío de liierro, y siguiendo ambos á lo 
largo del muro con precaución, se dirigie- 
ron bácia la puerteciiía situada cerca de! 
áogulo que formaba la calle y el baluarte 
deteniéndose de cuando en cuando para 



75 



lijar el dido con alrftri.m, á ftti de íli>tin- 
fliiii el lindo i|ue ii«> íurse ra»t>odo pui l.i 
lluvia y el gran viento. 

Como era la nutlie basla-nte clara , v 
.pudiaii (li.>tin{¿iiirse ixrí* < tiiMn-nle lo.<> ob- 
jetos •'! lierrero y el suldadu llegaron ala 
p^uerfecita , cuya madera parecía carco- 
mida y poco sólida. 

— Hien, dijo Agrírol á su padre, dt un 
4^olpe va á ceHer, 

Y el lieirero so dispuso á derribar la 
puerta , cuando gruñó d«) pronto (Jitila- 
íolnccs, poniéndose, por -decirlo asi, en 
acecboL. 

Dagobertoliizo callar al perro, y asien- 
do á su lujo por el brazo, le dijo en voz 
¿aja : 

— No nos movamos.... el perro basen» 
lido á alguno.... en el jardín... 

Agricol y su padre permanecieron al- 
gunos minutos inuióviU'S, con el oído en 
acecbo, y conteniendo la respiración 

Obediente el perro á sru amo no gruñó 
mas: pero siguió manifestando su iiujuie- 
tud y agitación (|ue se aumentaba á cada, 
instante. 

Sin embargo, nala se oía,.., 

— Se babrá engañado el perro, dijo 
Agricol en voz baja á su t>adre< 

— tstoy seguro que no; no nos mova- 
mos 

Al cabo de algunos segundos se echó 
de pronto Quitasolaces y iríetiendo ol lio- 
cico por debjo de la puerta olfateaba con 
fuerza. 

— Alguien viene... dijo Dagobeilo con 
viveza. 

— Alejémonos, repuso Agricol. 
— No, le dijo su padre, escuchemos, tiem- 
po habrá de huir sí abren la puerta... aquí, 
Quitasolaces, aquí... 

Y separándose el perro de la puerta se 
acostó á los pies de su amo. 

Agunos momentos después se oyó ruido 
de pasos, y el murmullo de palabras He- 



76 ALBUM. 

"vaílas pqr el viento , nt> pudieron llegar 
haüla el herrero y el soldado. 

— Seguramente es la ronda de que nos 
ha hablado la Gibosa, dijo Agricol á su 
padre. 

— Tanto nujor... el intervalo que debe 
mediar hasta su segunda vuelta , nos aso- 
45tira al menos un par de horas de tran- 
quilidad.... ahora tenemos asegurado 

el golpe. 

Fn efecto, poco á poco se fué haciendo 
menos distinto el ruido de los pasos, y por 
último dejó de oirse enteramente. 

— Vamos vivo, no perdamos tiempo, 
dijo Dagoberto á su hijo al cabo de diez 
minutos; ya están lejos, tratemos ahora 
de abrir esta puorto. 

Agricol apoyó en ella h espalda y em- 
píijó vigorosamente; pero la puerta no 
cedió á pesar de su ruinoso estado. 

— j Maldición ! esclamó el herrero; es- 
toy seguro de que la han atrancado por 
dentro; sin esto no habrían resistido estas 
malas tablas. 

- — ¿Cómo hacerlo? 

— Voy á subir ai muro ayudado de 

la cueida y el garlio y la abriré por 

dentro. 

Diciendo esto lomó Agricol la cnerda y 
«I gacíclio; y después de muchas tentati- 
vas, consiguió afiaiiur el garfio en el ca- 
ballite del muro. 

Ahora, padre mió, sírveme de escalón, 
y yo me ayuJaré á subir con la cuerda; 
4ina \L'i .1 caballo en el muro volveré el 
í^ancho al otro lado y me será mas fácil 
6ajar al jardin. 

fil soldado apoyó el hombro contra el 
muro y cruzó las manos, entre las cuales 
p\\y<o el pié su hijo; después subiendo de 
silli solyre- las robustas espaldas de Dago- 
berto, que le sirvieron de punto de apo- 
yo, consiguió llegar á lo alto con la ayuda 
lie la cacrda. Desgraciadamente no habia 



notado el herrero que el caballete del mu- 
ro estaba erizado de pedazos de vidrio, y 
se hirió las manos y las rodillas; pero te- 
miendo alarmar á Dagoberto detuvo un 
grito de dolor, colocó bien el garfio y se 
desli^ó al jardin por la cuerda: acercóse 
á la puerta que estaba cerca,y la vióeFec- 
tivamenfe atrancada con un fuerte ma- 
dero. Estaba la cerradura en tal mal es- 
tado, que no resistió á un esfuerzo vio- 
lenlü de Agricíj!; abrióse la puerta y entró 
Dagoberto en el jardin seguido de Quita- 
solaces, 

— Ahora, dijo el soldado á su hijo, lo 
principal eslá lieclu».... Hé a«pii un medio 
seguro para la lidida de mis pobres ninas 
y dé la señorita de Cardoville... el todo 
será hallarlas sin tropezar con algíin mal 
encuentro.... Quitásolaces marchará de- 
lante de batidor.. , anda, anda, mi buen 
perro, aiíadió Diígoberlo, pero sobre to' 
do guarda silencio... 

En seguida se adelantó algunos pasos 
t'I inteligente aniutal, olfateando y escu- 
chando con la pruderïcia y la atención cir- 
cunspecta de un sábuest) c'n acecho. 

A la débil claridad de la luna velada por 
•las nubes, percibieron Dagoberto ysu hi- 
jo cerca de ellos un tresbolillo de enormes 
árboles al <jue iban á p;irar muchas sen- 
das. Indeciso A gricx)l sobre cual debian 
twmar, dijo á mí pddre: 

— Vamos por la senda que está alo lar- 
go del muro; seguramente debe condu- 
cirnos al edificio, 

— Tienes razftn , pero debemos roar- 
cbarporel musgo en lugar de ir por las 
sendas enlodadas; asi harán menos ruido 
nueslros pasos. 

I'recedidos padre é hijo por Ouitasola- 
ces , recorriei on durante algún tiempo una 
senda poco distante del muro deteniéndo- 
se á cada instante á escuchar;... ó para 
darse cuenta antes de continuar su mar- 
cha délos móviles aspectos de los árboles 



'I.Bl'M. 



que agitados por cl viento y ahimbrados 
{)or la pálida claridad de la lunaareclaban 
á menudo formas singulares. 

Las doce y media daban ctinndo Agri- 
col y sn padre llegaron á una gi'ande re- 
ja de hierro ijue cerraba la parle del jar- 
din reseí\ada á la snperiora del convento; 
reserva en que se introdujo la mañana 
anterior la Gibosa después (|ue vio á Rosa 
Simon con Adriana de Cardoville. 

Al Iravi'S de los hierros de esta r«ja per- 
cibieron Agricol y su padre, á corla dis- 
tancia, un cancel que llegaba hasta una 
capilla en construcciun , y á la otra parte 
un peíjueño pabellón cuadrada. 

— lié aqui sin duda un pabellón de la 
casa de locos, ocupado por la señorita de 
Cardoville, dijo Agrícol. 

— Y seguramente está delante el edifi- 
<'io en que se hallan los cuartos de Kosa 
y Blanca, aun(|ue no lo podemos perci- 
bir desile aqui , contestó Dagoberto. 

— ¡ Pobres niñas i e>tán alli... desespe- 
radas y deshechas en llanto, añadiócon- 
una profunda emoción. 

— ¿listará abierta esta reja? dijo Agri- 
col. 

— Probablemente... estando en elinte- 
TÍor no debe estar cerrada. 

Marchemos despacio. 

A los pocos pasos , Dagoberto y su hijo 
llegarot) á la reja, cerrada solamente con 
un pe^tillo 

Üag«i|)erto iba á abrir, cuando le dijo 
Apricid : 

— 'i-n cuidado que no haga, ruido 

— ^¿Debe empujarse despacio ó con vio- 
lencia? 

— Déjame, yo la abriré, dijo Agricol. 

Y lo hizo con tanla prontitud que ape- 
nas se oyó un débil ruido; ípe.o sin em- 
bargo fué este bastante distinto en el si- 
lencio de la noche para que pudiese ser 
oido, porque precisamente era en un ¡n- 
ler\alo que el viento habia cesado. 



T7 



Agricol y ¡-u padre pirmanecieron un 
niomento inmóviles, iiKjuielos y lijando 

el oido no atreviéndose á pasar del 

otro lado de la reja á fm de procurarse 
mejor la retirada. 

Nada íe oyó, lodo estaba en calma y 
Iraniiuilo. Sosegados Agricol y su padre 
penetraron en el jardin reservado. 

Apenas entró alli el perro dio señales 
de una alegría estraordinaria; con las ore- 
jas tiesas y meneando la cola , mas bien 
brincando que corriendo, se acercó en se- 
guida desde el cancel en donde Uosa Si- 
mon y la señorita de Cardoville hablan 
hablado un instante por la mañana; des- 
pués se detuvo un momento en este sitio 
inquieto y agitándose como un perro que 
'busca alguna cosa. 

Dagoberto y Agricol dejaban á Quita- 
solaces seguir su inslinlo, observando sus 
mefiores movimientos con una ansiedad 
indecible , esperándolo lodo de su inteli- 
gencia y de su afecto á las niñas. 

— Sin duda estaba Uosa cerca de ese 
cancel cuando la vio la Gibosa, esclamó 
Dagoberto: Quitasolaces ha olfateado sus 
huellas, dejémosle hacer. 

AI cabo de algunos segundos volvió el 
perro la cabeza hacia Dagoberto y echó 
á correr en dirección de una puerta del 
edificio que estaba enfrente del pabellón 
ocupado por Adriana ; al llegar el perro 
á la puerta se acostó como para esperar 
á su amo. 

— ;Ya no hay duda ! ¡ en este edifício 
están las niñas! f^sclamó Dagoberto acer- 
cándose á Quitasolaoe»; alli deben haber 
encerrado á Rosa haré poco. 

— Veremos si las ventanas tienen ó no 
rejas, dijo Agricol siguiendo á su padre. 

Llegaron ambos donde estaba el perro. 

— jY bien 1 mi buen perro, le dijo en 
voz baja d soldado señalándole el edificio, 
¿están allí Rosa y Blanca? 

Quitasolaces levantó la cabeza y res- 
pondió Clin un ligero ladrido. 
20* 



78 ALBUM, 

Dagoberto se apresuró á cojer el perro 
por el cuello. 
— ¡Va á descubrirnos!.... esclamó el 

herrero. Acaso le han oído 

En este instante la reja de hierro por 
la cual se iiabian introducido en el jardin 
el soldado y su hijo, se cerró haciendo un 
grande ruido, 

— Nos encierran dijo Agricol con vive- 
za , y no hay otra salida 

Durante un minuto se miraron aterra- 
dos padre é hijo, pero Agricol esclamó de 
repente: 

— Acaso se habrá cerrado la roja gi- 
rando en sus goznes por su propio peso; 

voy á asegurarme de ello y volverla 

á abrir si puedo 

-^Ve... pronto, mientras yo examino 
las ventanas. 

Agricol se dirigió corriendo á la reja, 
en 'tanto que Dagoberto siguiendo á lo 
largo del muro llegó delante de las ven- 
tanas del piso bajo, que eran en número 
de cuatro : dos de ellas no tenian reja : 
miró al primer piso, que no estaba muy 
alto, y ninguna de las ventanas tenia hier- 
ro; por manera que la nula que habitaba 
en este piso podria atar una sábana al 
barren de apoyo de la ventana y desli- 
zarse como lo hicieron las dos hermanas 
para evadirse de la posada del Halcón 
Elanco; pero antes era necesario saber 
qué cuarto ocupaba , cosa no muy fácil. 
Ocurrióle á Dagoberto que podria saberlo 
por la niña que se encontraba en el piso 
bajo, pero ahora se le presentaba otra 
dificultad : á cual de las cuatro ventanas 
debia llamar. 

Agricol volvió precipitadamente. 
— Sin duda fué el viento el que cerró 
la reja, dijo: la he abierto de nuevo y la 
he asegurado con una piedra;... pero es 
necesario que nos demos prisa. 

— ¿Y cómo reconoceremos las ventanas 
de las pobres niñas? dijo Dagoberto an- 
gustiado. 



— Es verdad , contestó Agricol inqti're- 
lo, ¿cómo hacerlo? 
— Llamar al acaso, dijo Dagoberto, <«s 

dar la alarma si nos dirigimos mal 

— ¡Dios mió, Dios mió I esclamó Agri- 
col con aflicción, haber llegado aquí...., 

bajo sus ventanas é ignorar 

— El tiempo urge, dijo Dagoberto in- 
terrumpiendo á su hijo, arriesguemos el 
todo por el lodo. 
— ¿Cómo padre mió? 
— Voy á llamar á Rosa y Blanca en al- 
ta voz; desesperadas como están, es segu- 
ro que no duermen... á un primer grito 
se pondrán en pié... Por :medio de la sá- 
bana atada al barron de apoyo, en cinco 
minutos tenemos en nuestros brazos la ni- 
ña que habita el primer piso. En cuanto 
á la (jue está abajo... si su ventana no tie- 
ne reja , en un segundo es nuestra , y en 
otro caso pronto arrrancamos un hierro. 

— Pero, padre mió esa llamada en 

voz alta... 
— Acaso no lo oirán... 
— Mas si lo oyen lodo está perdido. 
— ¿Quién sabe? antes que tengan tiem- 
po de ir á buscar á los hombres de la ron- 
da, y de abrir tantas puertas, ya pueden 
estar libres las niñas; en ganando noso- 
tros la salida del baluarte, estamos en 
salvo... 

— Peligroso es el medio... pero no veo 
otro. 

— Como no haya masque dos hombres, 
yo y Quitasolaces nos encargamos de de- 
t«nerlos si acuden antes que se haya ter- 
minado la evasión , y mientras tanto te 
llevas tú las niñas. 

— Padre mió, me ocurre otro medio... 
y seguro, esclamó de repente Agricol. Se- 
gún nos ha dicho la Gibosa, Rosa y Blan- 
ca se han correspondido por señas con la 
Señorita de Cardoville. 
— Sf. 
— Luego esta sabe dojide habitan, pues* 



»l.fiTSI. 



79 



Uo que las pol)rt's niñas le respondían des- 
di* sus ventanas. 

— Tienes ra/on... vamos al pabellón^, 
es el único modo poro ¿cómo recono- 
ceremos?... 

— Me lo lia dicho la (gibosa: hay una 
especie de sobradillo sobre la ventana del 
cuarto de la señonla <le Cardoville..^. 

— \ amos pronto, pœo nt)«.costará rom- 
per un cancel de listones de madera 

¿llevas la barra? 

— Hela aquí. 

— .Marchemos pues.^. 

A los pocos pasos llegaron Dagoberto y 
su hijo á aquella débil separación, y ar- 
rancaíMlo .\gricol tres lislones se abrieron 
fácil entrada. 

— Quédate ahí en acecho... padre mío, 
dijo el herrero á Dagobcrto introducién- 
dose en el jardin del doctor Baleinier. 

La ventana indicada por la Gibosa era 
fácil de reconocer; era elta y ancha y te- 
nia üobre ella una especie de sobradillo; 
habia sido en otro tiempo una puerta y 
ahora estaba obrada hasta un tercio de su 
altura, defendiéndola fuertes y espesos 
barrenes de hierro. 

Hacia algunos intantesque la lluvia ha- 
bia cesado; despejada la luna de las nu- 
bes que la oscurecían poco anles, alum- 
braba perfectamente el pabellón. Acer- 
cándose Agrícol á los cristales vio que el 
aposento estaba oscuro; pero en el fondo 
de esta pieza había una puerta entreabier- 
ta que dejaba ver una viva claridad. 

Creyendo el tierrero que aun estaría 
despierta la seiloríta de Cardovílle, llamó 
ligeramente á los vidrios. 

Al cabo de algunos instantes se abrió 
enteramente la puerta del fondo, y la se- 
ñorita de Cardoville, que aun no se habia 
acostado , entró en el segundo aposento 
vestida del mismo modo que cuando ha- 
bló con la Gibosa; la vela que Adriana 
llevaba en la mano alumbraba las faccio- 



nes encantadoras qnc espresaban entóa- 
ces la sorpresa y la inquietud... 

Puso la joven l;i p;i!iiiatoria sobre la me- 
sa, y pareci('» escuchar atentamente, ati r- 
candóse hacía la ventana... IV'ro estroiíic- 
ciéndose de pronto se detuvo sobrecojid.i. 
Acababa de distinguir vacamente <•! ros- 
tro de un hombre (jue la miraba al lra\éá 
de los vidrios. 

Temiendo Agrícol, que asustada la se- 
ñorita de Cardovílle fuese á refugiarse á 
la pieza inmediata, llamó de nuevo, y es- 
poniéndose á ser oído de fuera, dijo en voz 
bastante alta : 

— Es Agrícol Baudoin. 

Llegaron estas palabras á Adriana, y 
acordándose en seguida de su conversa- 
ción con la Gibosa , pensó (|U*.\gricoI y 
Dagoberto se habían introducido en el 
convento para llevarse á Kosa y Blanca , 
corriendo entonces á la ventana reconoció 
perfectamente á Agrícol á la brillante cla- 
ridad d<> la luna , y abrió la ventana con 
precaución. 

— Señorita , le dijo el herrero precipi- 
tadamente, no hay que perder un instante; 
el conde de Montlron no está en París, y 
venimos mi padre y yoá sacaros de aquí. 

— Gracias, gracias, dijo la señorita de 
Cardoville con voz conmovida; — pero pen- 
sad anles en las hijas del general Simon... 

— Ya pensamos en ellas, señoritaj; tam- 
bién venía á pregutaros cuales son sus ven- 
tanas. 

— La una que está en el piso bajo, es la 
última del ado del jardín ; y la otra está 

situada absolutamente encima de esta 

en el primer piso. 

— i Ya están salvadas ! esclamó el her- 
rero. 

— Mas ahora que me ocurre, continuó 
Adriana con viveza , el primer piso está 
bastante alto; pero cerca de aquella capi- 
lla en construcción encontrareis vigas lar- 
gas que las emplean en los aodamios, y 
acaso podrán seros útiles. 



80 ALBUM 

— Me servirán de escala para subir á la 
ventana del primer piso; ahora pensemos 
en vos, señorita. 

— Librad á las niñas, que urge el tiem- 
po... con tal que las salvéis a ellas esta 
noche , me es indiferente permanecer un 
dia ó dos mas en esta casa. 

— No , señorita , esclamó el herrero, os 
interesa sumamente el salir esta noche... 
se trata de grandes intereses que vos igno- 
rais; ya no me cabe duda de ello. 

— ¿Qué queréis decir? 

— No tengo tiempo de esplicarme mas; 
pero os lo rufego, señorita.... venid; yo 
puedo desencajar dos hierros de esa ven- 
tana... corro á buscar una barra... 

— No es necesario. Se contentan con 
correr un cer^-ojo por fuera á la puertade 
este pabellón en el que habito yo sola : 
no os será difícil romper la cerradura. 

— Y diez minutos después estaremos en 
el baluarte, dijo el herrero , pronto, seño- 
rita, disponeos, tomad. un chai y un som- 
brero, porque la noche está muy fria; al 
instante vuelvo. 

— Señor Agricol, dijo Adriana con las 
lágrimas en los ojos; ya sé lo que arries- 
gáis por mí; yo procuraré probaros que 

lengo tan buena memoria como vos 

I Ah ! vos y vuestra hermana adoptiva 
sois nobles y valientes criaturas..... pe- 
ro no vengáis á buscarme hasta que es- 
tén en vuestro poder las hijas del general 
Simon. 

— Gracias á vuestras indicaciones, es 
cosa hecha, señorita, corro á encontrará 
mi padre, y volvemos á buscaros. 

Siguiendo Agricol el escelente consejo 
de la señorita de Cardoviilese fué hacia lá 
capilla, y echando sobre sus robustas espal- 
das una dé las grandes vigas que servían 
para la construcción se reunió á su padre 
con presteza. 

Apenas pasó Agricol el cancel parad i ri^ 
girse á la capilla, creyó percUxir la seño- 



rita do Cardoville una forma humana, que 
salía de uno de los bosquecillos del jardín 
del convento, y atravesaba rápidamente 
una senda desapareciendo detras de un al- 
to seto de bojes. Asustada Adriana, llamó 
en vano á Agricol en voz baja para ad- 
vertírselo; pero este no pudo oírla y se 
unió á su padre que devorado de impa- 
ciencia iba escuchando de una ventana en 
otra con gratule angustia. 

— ¡ Somos felices ! le dijo Agricol en voz 
baja; hó ahí las ventanas de las pobres ni- 
ñas: e.sla del piso bajo, y aquella del pri- 
mer piso. 

— ¡Gracias á Dios! dijo Dagoberto con 
im arrebato de alegría imposible de des- 
cribir. 

— Y ¿cómo examinar las ventanas? 

— ¡ No tienen rejas I esclamó. 

— Asegurémonos primero sí está aquí 
una de las niñas, dijo Agricol: y apoyan- 
do después esta viga á la pared .subiré yo 
hasl-a el primer piso... que no está muy 
alto.- 

— Ríen, hijo mío, una vez arriba toca- 
rás en los cristales y llamarás á Rosa ó 
Blanca, y si te responde bajarás en segui- 
da para que por la misma viga que sos- 
tendremos nosotros, se deslice la niña.... 
ellas son listas y atrevidas... vivo... vivo... 
manos á la obra. 

Y en seguida iremos á librar á la seño- 
rita dé Cardoville. 

Mientras Agricol levantaba la viga y la 
colocaba bien para stibir por ella, llamaur 
do Dagoberto á la última ventana del pi- 
so bajo, dijo en voz alta : 

—•Soy yo... Dagoberto... 
! En efecto, en esfe cuarto habitaba Ro- 
sa Simon. Desesperada la pobre niña dé 
verse separada de su hermana la había 
atacado una fiebre violenta y estaba des- 
pierta y bañada en llanto. 

Al ruido que hizo Dagoberto llamando 
á la ventana, se estremeció de terror la 



Ai.Lm. 



61 



haérfana ; pero cuando oyó en seguida la 
voz del soldado , aquella voz tan ({uerida; 
y que tan bien conocía , se incorporó jal 
joven en su cama y se pasó las manos por 
la frente como para asegurarse que no 
ora el jugtiele de un sueño; después, en- 
vuelta con su largo peinador blanco, cor- 
lió á la ventana dando un grito de ale- 
gría. ; 

Mas de repente.... y antes rjuelmbiese 
tenido tie'Mpo de abrir la ventana , sona-' 
ron dos tiros, acompañados de estos gri- 
tos repetidos : 

— jA la guardia! ¡ladrones!... 

La huérfana se quedó petrificada de es- 
panto , con los ojos fijos en la ventana de 
cristales , á cuyo través vio confusamente 
con la claridad de la luna , que luchaban 
muciios hombres con encarnizamiento, 
mientras que los furiosos ladridos de Qui 
tasolaces dominaban estos gritos, que re- 
petían sin cesar : 

— ¡A la guardia ! j Ladrones! 

j Asesinos !... 

XIV. 

LA VÍSPERA DE UN GRAN DÍA. 

Como dos lloras antes de los hechos 
precedentes ocurridos en el convento de 
Santa Maria, se hallaban reunidos Rodin 
y el abate de Aigrigny en el gabinete don- 
de ya se les ha visto, calle de Milieu-des- 
Ursins. Después de la revolución de julio, 
creyó el padre de Aigrigny deber trans- 
portar iiionientáneamente ú esta habíta- 
tacion temporal los archivos secretos y 
la correspondencia de su orden, medida 
prudente, porque debia temer que el es- 
tado espulsase á los reverendos padres del 
magnífico establecimiento con que la res- 
lauracion les gratificó libera fmcntc. 

Rodin, vestido siempre de un modo líi- 
pócrita, siempre sucio y grasienlo, escri- 
bía modestanictite en su nfitina, fit*| á su 
humilde papel de sefrelario, ijiie como se 
ha vidto, encubría una ini»ion inuclio ma» 



importante, en su calidad de $(^ciOt y que 
9^un las reglas de la orden consistía en 
no separarse jamás del superior, vlgilán- 
doley espiando sus n>€nores movimientos, 
sus mas lijeras impresiones, para dar cuen- 
ta á Roma. 

No obstante su habitual impasibilidad, 
Rodin parecía visiblemente iii(|uieto y 
preocupado, y contestaba de un modo 
mas breve aun que de costumbre á las 
órdenes y á las preguntas del abate de Ai- 
grigny, que acababa de entrar. 

— ¿Ha tiabido algo de nuevo durante 
mi ausencia? preguntó este á Rodin. ¿Los 
informes han continuado siendo favora- 
bles? 

— Muy favorables. 

— Leédmelos. 

— Antes de dar cuenta á Vuestra Re- 
verencia, dijo Rodin, debo advertirle que 
Morok ha llegado á París hace dos días. 

— ¡Cómo! esclamó el abate sorprendi- 
do. Yo creía que al dejar la Alemania y 
la Suiza había recibido orden deFribourg 
para que se dirigiese hacia el Mediodía. 
En Nimes y Avignon habría sido en este 
momento un agente útil... porque se agi- 
tan los protestantes, y se teme una reac- 
ción conira los cató'ícos. 

— No sé, dijo Itodin, las razones parti- 
culares que haya tenid'>-Morok para cam- 
biar de itinerario. En cuanto á sus razo- 
nes aparentes, me ha dicho que quiere 
dar aqui algunas representaciones. 

— ¿Cómo es eso? 

— A su paso por Lyon se ha compro- 
metido con un agente dramático, á traer 
sus fieras al teatro de San Martin por un 
precio muy alto. Y añade que ha creído 
no debia rehusar esta ventaja. 

— Pase, dijo el padre de Aigrigny le- 
vantando los hombros; pero con la pro- 
paparion de los librilo-i, y ron 'a venta d^ 
lo< rosarios y fir^tia-N*», »»i 0'«»v4» p«>p '" 
inil'iiMM'i . qiii >ciiiir.A!!.viit«' huí eff» » ji' 
21* 



ÍS2 ÁLBOM. 

ciüo en las poblaciones religiosas y poco 
adelantadas del Mediodía y de la lireta- 
ila, podía haber hecho servicios que jamás 
prestará en París. 

— Está abajo con una especio de gifían- 
te que le acompaña; pues en su calidad 
de antiguo servidor de Vuestra Reveren- 
cia , espera Morok tener el honor de be- 
saros la mano esta noche. 

— Imposible.... imposible.... Ya sabéis 
cuan ocupadoestoy esta noche... ¿Ha ¡do 
alguien á la caüe de San Francisco? 

— Se ha ido... El viejo guardián judio, 
dice que lia sido prevenido por el nota- 
rio.... Mañana por la mañana, á las seis, 
derribarán los albañiles la puerta tapiada, 
y se abrirá esa casa por primera vez, des- 
de hace 150 años. 

El abate de Aigrigny permaneció un 
instante pensativo, y después dijo a Ro- 
din : 

En la víspera de un momento tan de- 
cisivo, es preciso no olvidar nada: leedme 
<le nuevo la copia de esa nota, depositada 
en los archivos de la Sociedad hace siglo 
y medio , sobre el asunto de Mr. de Ue- 
iiepoiit. 

El secretario lomó la nota de un estan- 
te y It-yó lo que sigue ; 

« Hoy 19 de febrero de 1682, el reve- 
« rendo padre provincial Alejandro liour- 
« don ha enviado la advertencia siguiente, 
«con estas palabras al margen : estrema- 
« llámenle considerable para el porvenir. 

«Se acaba de descubrir cierta cosa muy 
cf secreta por la confesión de un moribun- 
H do que uno de nuestros padres ha asis- 
te lido. 

«Mr. Mario de Renepont, uno de los 
« gefes mas sediciosos y temibles de la re- 
« ligion reformada, y el enemigo mas en- 
te carnizado de nuestra santa Compañía, 
«entrado, en apariencia, en el seno de 
«nuestra maternal iglesia, con el solo y 
a único Qq de salvar sus bienes amenaza - 



«dos de «onfiscacion , á causa de su coíír» 
« portamienlo irreligioso y reprobado; pero 
«como se hayan presentado pruebas, por 
«diferentes personas de nuestra Compa- 
« ñia , de que la conversion del señor de 
«Renepont no era sincera y que envolvía 
« un sacrilegio, los bienes de dicho spñor 
c considerado desde entonces como rc/apso, 
« han sido por lo tanto confiscados por S. 
« M. Nuestro Rey Luis XIV, y el referi- 
«do señor de Renepont condenado perpe- 
« tuamente á galeras ( 1 ) , de las (jue se 
«ha librado por ona muerte voluntaria, 
«después de cuyo crimen abominable lia 
«sido arrostrado y arrojado su cuerpo á 
«los perros del muladar, 

«Espuestas estas premisas, se llega á 
« la cosa secreta, tan estremadamente con- 
«siderable al porvenir é intereses de nucs- 
« tra Sociedad. 

« S. M. Luis XIV en su paternal y ca- 
« tólica bondad por la iglesia, y en parlí- 
«cular por nuestra Orden , nos concedió 
« el aprovechamiento de esta confiscación 
«en gratitud de lo que hablamos hecho 
«para descubrir al señor de Renepont, 
« como relapso, infame y sacrilego.... 

«Acabamos de saber por cierto ()uo se 
« han eslraido á esta confiscación , y por 
«consiguiente á nuestra Sociedad, una casa 
« situada en París en la calle de S. Fran- 
ce cisco, y una suma de cincuenta mil es- 
« cudos en oro. 

«La casa ha sido cedida, antes de la 
«confiscación y mediante una venta simu- 
« lada , á un amigo del señor de Rene- 
«pont, n»uy buen católico sin embargo, 



(1) El gran Rey Luis XIV castigaba 
con galeías perpetuas á los protestantes 
que después de haberse convertido, á me- 
nudo por fuerza , volvían á su primera 
creencia. Los protestantes que se queda- 
ron en Francia á pesar de! rigor de los 
edictos, estaban privados de sepultura, se 
arrastraban sns cadáveres y se arrojaban 
á ios perros. 



AI.D\M. 



83 



% por i]iSi,racia , por(Hic no se puede pcr- 
« so^iiir. 

n I.a mt'ncioii.Tla casa, gracias á la con - 
« nivi-iicia criinmal, atiiinne inatacable de 
T( esie aniimi, lia sido tapiada y no debo 
«abrirse basta di-ntro de siglo y ntedio, 
« semiii la liltiina \o!untad del señor de 
« Reru-poiil. 

«lui cuanto á losciüCiiiMita mil escudos 
n de oro, se sabe (pie ban sidodepositadO'í 
« en ntanos desgraciadamente, descunoci- 
« das basta aliora , con el Hn de (pie sean 
« capitalizados y esplotados durante ciento 
«cincuenta anos, para dividirlos, al espi- 
« rar diclio t('Tn ino, entic losdescindien- 
« les (jue entonces existan del señor Ke- 
« nepont, suma giie mediante tantas acu 
« mulaciones, se bará enorme, y llegara 
« necesariamente á formar un capital de 
«cuarenta ó cincuenta millones de libras 
« tornosas. 

<( Por motivos desconocidos hasta abo- 
« ra y que el señor de Uenepont ha con- 
« signado en su testamento, lia ocultado 
n tM mismo á su familia (desterrada boy 
«de la Francia por los edictos contra Jos 
« protestantes] el paraje en donde se ba- 
« lian depositados los ( iento cincuenta mil 
« escudos; invitando tan solo á siHparien- 
« tes á que perpetúen en su lima de ge- 
« neracion en generación , el encargo á los 
« últimos que sobrevivan , de que se en 
((cucnlron reunidos en l'aris, dentro de 
«ciento cincuenta años, en la calle de San 
« Francisco, el 13 de febkkro de 1832; 
« y para tjue no seolvi-ie estarecomenda- 
« cion , ha encargado á un hombre cuyo 
« estado es desconocido, aunque se saben 
«sus señas, que haga fabricar medallas de 
fi bronce y que se grabe en ellas su voto y 
«esta fecha, haciendo entregar una á ca- 
nda uno de sus parientes; medida tanto 
« mas necesaria , cuanto por otro motivo 
« que igualmente se ignora , y que se su- 
o pone está también osplicado en el testa- 



« mentó, los herederos estarán obligados 
«á presentarse el mencionado dia , antes 
«de las doce, tu jiersuita y no por repri-- 
« sentantes, sin lo cual serán escluidos de 
« la partición. 

« \i\ hombre desconocido, encardado de 
« distribuir las medallas á los miemiiros 
« de la familia de Uenepont, tiene de 30 
«á 35 años, su rostro es altivo y nu-lan- 
« C(ilicü , y su estatura elevada; tiene las 
« cejas negras , espesas y singularmente 
«¡unidas; se hace llamar José^ y se sospe- 
« cha mucho (¡ue este viajero sea un acli- 
« vo y peligroso emisario de los furiosos 
« republicanos y reformados de las xiiie 
(( prorincias unitluít. 

«Resulta de lo que queda dicho, (|ue 
« la suma coníiada por el relapso á tina 
«mano desconocida y de un modosubrep- 
« ticio, se ha sustraído á la confiscación á 
« nos concedida por nuestro muy amado 
«rey; lo (piees un perjuicio enorme, y un 
«todo monstruoso, de(|ueestamosobliga- 
« dos á recuperarnos, si no al presente, al 
« menos en lo futuro. 

« Y como nuestra (]ompañia, parama- 
« yor gloria de Dios y de nuestro Sanio 
«padre, no pueden perecer, será fácil, 
« merced á las relaciones (pie tenemos en 
« toda la tierra, y por medio de lasmisio- 
« nes y otros establecimientos, será fácil, 
« decimos, el seguir desde ahora la filia- 
« cion de esta familia de generación en ge- 
« aeración, sin perderla nunca de vista, 
« para que dentro de ciento y cincuenta 
«años, en el momento de la division de 
«tan inmensa fortuna acumulada, pueda 
«entrar nuestra Compañia á poseer esos 
« bienes que traidoramente le han sido 
«arrancados, amparándose de ellos per 
«fas aul nefas, por cualquiera medio que 
«sea, sin escluir la astucia y la violencia, 
« no pudiendo obrar nuestra Sociedad de 
« otro modo, al hallarse con los detento- 
j« res futuros de nuestros bienes tan malí- 



81 ALBUM. 

■ff ciosamente robados por -tni relapso infa-. 
« me y sacrilego.... y pUeslo que es justo 
«y legítimo el defender, conservar y T€- 
« cnperar lo que nos pertenece, por todos 
« los medios que el Seílor pone en nues- 
« trasmanos. 

«La familia de Renepont permanecerá; 
« reprobada hasta la completa restitución, 
« como una línea maldita de ese Cain d« 
«relapso, siendo muy del caso el que se 
«( la vigile siempre forzosamente. 

« Para llevarlo á efecto será urgente él 
«que cada año, á contar desde hoy, se 
« establezca una especie de pesquisa sobre 
« la posición sucesiva de los miembros de 
« esta familia. » 

Jnterrumpiííse Rodin , y dijo al abate 
de Aigrigny : 

— Sigue la cuenta dada año por año de 
la posición de esta familia desde 1682 hasta 
^iuestr s días. Creo que es inútil leérsela 
á Vuestra Reverencia. 

— Ciertamente, repuso el abate de Ai- 
ígrigny: e^a nota re ume bien los hechos... 

Después de un momento de silencio, 
continuó con cierta espresion de orgullo 
triunfante: 

— ¡Cuan grande es el poder di- la aso- 
ciación apoyado en la tradición y en la 
/perpetuidad I... Gracias á la nota deposi- 
tada hace siglo y medio en nuestro ar- 
chivo esa familia ha sido vigilada de 

generación en generación ;... siempre ha 
'tenido nuestra Orden los ojos fijos sobre 
ella , siguiéndola á todos los puntos del 
globo , donde el destierro los ha disemi- 
nado lín fin, mañnna entraremos en 



-posesión de ese crédito, que auníjue poco 
considérable en im principio, el trascurso 
<!e ciento cincuenta años lo ha cambiado 

•en una fortima real Si lo lograre- 

!mos, pues creo haber visto todas las even- 
tualidades... una sola cosa, sin embargo, 
me preocupa vivanjente. 
— ¿Cuál? preguntó Rodin. 



— Pienso en las noticias que se han tra- 
tado de obtener, aunque en vano, del 
guardián de la casa de la calle de San 
Francisco. ¿Se ha vuelto á intentar como 
lo d«'jé ordenado? 

— Se ha intentado. 

—¿Y qué? 

— Esta vez, como las otras, el viejo 
judio ha permanecido impenetrable; por 
otra parte es easi un bobo y su muger no 
«s mas avisada que él. 

— Cuando pienso, continuó el abate de 
Aigrigny, en que esa casa de la calle de 
San Francisco ha estado cerrada y tapiada 
durante siglo y medio, y que su guarda 
se ha perpetuado de generación en gene- 
ración en la familia de los Samucls, no 
puedo creer que estos hayan ignorado 
quienes han sido y son los depositarios su- 
cesivos de estos fondos que se han hecho 
inmensos por sii acumulación. 

— Ya lo habéis visto, dijo Rodin, por 
las notas del legajo de este asunto que la 
Orden ha seguido siempre cuidadosamente 
desde 1682. En distintas épocas se ha tra- 
tado de obtener noticiaá sobreesté punto, 
que el padre Rourdon dejó poco claro; 
pero esa raza de guardianes judíos ha per- 
manecido muda , de lo que ha debido in- 
ferirse que no sabían nada. 

— ^Imposible me ha parecido eso siem- 
pre... porque al fin... el abuelo de todos 
estos Samut'ls asistió al cerramiento de la 
casa hace ciento cincuenta años; y era, se- 
gún dice el leg-ijo, el confidente ó criado de 
Mr. de Renepont. Imposible es que no es- 
tuviera instruido de muchas cosas cuya 
tradición se habrá perpetuado sin duda en 
su familia. 

— Si me fuese permitido aventurar una 
pequeña observación ... dijo humildemente 
Kodin. 

—Hablad 

— Hace muy pocos años que se ha te- 
nido la certeza , por una confidencia de 



ALBUM. 



8:; 



conTosonario , de qiiP exislian !îs fi»ridüá, 
y que siibian á una suma cnorin«>. 

— Sin duda; eso llamó vivaiiu'iile la aten- 
ción delll. P. general sobre este asiinlo... 

— Luego sabe lo que prubaldeiufM.te 
ignoran todos los descendientes de la fa- 
ntilía Henepont, el inmenso valor de esa 
herencia 

— Si, respondió el padre de Aigrigny , 
la persona (|tje ha certilicado el hecho á 

su confesor, es digna de todií tTecncia 

tíace poco que lia renitvado esta declara- 
ción... mas á pesar de haberla instado vi- 
vamente su director, ha reusado el decla- 
raren uia-iosde quien se hall.ilian los fon- 
dos, alirniando, no obstante, que no po- 
dían estar confiados á persona mas leal. 

— Knlonces me parece, n-puso Rodin, 
que hay una seguridad de lo mas impor- 
tante t]ue debe saberse. 

— ¿Y (juién sabe si el delentor de esta 
enorme suma se presentará mañana no 
obstante la lealtad (jue le atribuyen? A 
pesar mió, mientras mas se acerca el mo- 
mento, mayor es mi ansiedad... ¡Ahí — 
continuó el abate de Aigrigny pasado un 
momento de silencio: se trata de intere- 
ses tan inmensos, que las consecuencias 

del óxilo pueden ser incalculables En 

fin, al menos... se ha hecho cuanto ha i>i- 
do posible. 

Kl noció no respondió nada á estas pa- 
labras i|ue le dirigió el padre de Aigrigny 
como pidiéndole sti adhesión. 

Mirándole el abate con sorjucsa le dijo: 

— ¿No sois de este parecer? ¿ha podi- 
do hacerse mas? ¿no se ha llegado hasta 
el Innite estremo de lo posible? 

Kodin se inclinó respetuosamente, aun- 
qtie sin pronunciar una palabra. 

— Si creéis que se ha omitido alguna 
precaución, esclamó el padre de Aigrigny 
con una especie de inquieta impaciencia ; 

decidlo Aun es tiempo F..0 repito 

¿creéis que se haya hecho cuanto era po- 



sible? Desviado lodos los descendientes, 
¿no será (îabrifl, al presentarse mañana 
'en la calle de San Francisco, el solo re- 
presentante de esa familia , y p'<ri consi- 
guiente el único posesor de tan inmensa 
fortuna? Luego por su renuncia y según 
nuestros estatuios, no será él quien la po- 
seerá sino la Orden. ¿Podia obrarse me- 
jor ó de otro modo? Hablad con fran* 
que¿a. 

— No puedo permitirme emitir una opi- 
nion en este asunto , contefló liumilde- 
menle Kodin inclinándose de nuevo; el 
bueno ó el mal óxito responderán á Vues- 
tra Uevercncia... 

El padre de Aigrig»y alzi) los hombros 
y se reconvino en su interior de haber pe- 
dido consejo á aquella máquina para es- 
cribir (jue le servia de secretario, y que 
según él no tenia mas que tres cualidades, 
memoria, exactitud y discreción. 
XV. 

EL KSTRANGILADOB. 

Pasado un momento de silencio conti- 
nuó el padre de Aigrigny : 

— Leedme los informes de hoy sobre !a 
siltiacion de cada una de las personas se- 
ñaladas. 

— Hé aquí el de esta noche... acabo de 
recibirlo. 

— Veamos. 

llodin leyó lo que sigue: 

— « Jaime Renepont , llamado por otro 
nombre Duerme cn-ciieros, ha sido visto 
en el interior de la cárcel, por deudas, á 
las ocho de esta noche...» 

— Este no nos iníjuietará mafíana... Y 
va imo... Continuad. 

— «La superiora del convento de Santa 
« María, advertida por la señora princesa 
a de Saint-Dizier, ha creido deber encer- 
« rar mas estrechamente aun á las seno- 
n ritas llosa y Blanca Simon. A las nuevo 
«de esta noche se las ha encerrado en sus 
«celdas, y hasta mañana vigilarán lasron- 



ALBUM. 



« das armadas en el jardin del convenio.» 

Por ese lado no hay nada que temer, 

gracias á tales precauciones, dijo el padre 
d' Aigrigny... Continuad. 

— « Prevenido también el ductor líalei-, 
«nier por la princesa de Saint-Dizier, si- 
«gue haciendo vigilar rigorosamente á la 
«señorita de Cardoville; la puerta de su 
«pabellón ha sido cerrada con llave ycer- 
« rojo á las ocho y tres cuartos.» 
— Un motivo menos de inquietud.... 
: — « En cuanto á Mr. Hardy , continuó 
lVodin,he recibido esta mañana una carta 
de Tolosa escrita por Mr. de Bressac, su 
amigo íntimo, que tan bien nos ha servi- 
do alejando á este noanuíacturero , hace 
algunos dias; esta carta contiene otra de 
Mr. Hardy, dirigida á una persona decon- 
íianza. Mr. de Bressac ha creido deber 
nterceptarla y enviárnosla como una nue- 
■va prueba del éxito de sus diligencias, las 
cuales espera que tendremos en cuenta, 
añadiendo que por servirnos ha engañado 
á su íntimo amigo del modo mas indigno- 
ropresentando una odiosa comedia. Así 
pues, Mr.de Bressac no duda que tan cs- 
celentes oficios serán pagados enviándole 
k)S documentos que le colocan bajo nues- 
tra absoluta dependencia, puesto que es- 
tos documentos pueden perder para siem- 
pje á una muger casada que ama apasio- 
nadamente Dice, en hn, que debe te- 
nerse lástima de la horrible alternativa en 
quo se le ha puesto, de ver perdida y des- 
honrada la muger que adora ó de hacer 
traición de una manera infame á su ami- 
go íntimo. 

— F,sos clamores adúlteros no merecen 
ninguna piedad, respondió desdeñoiaitien- 
tc el padre de Aigrigny. Por lo demás, 

veremos Mr. de Bressac puede sei nos 

ülil todavía. Pero leamos la carta de Mr. 
Hardy, ese manufacturero impío y repu- 
blicano, digno descendiente por cierto de 
tan maldita línea, y que tan importante 
era alejar. 



— H«^ aqiü la carta de Mr. Hardy, con- 
tinuo Hodin; mañana se hará llegar á la 
persona que va dirigida. 
Uodin leyó lo que sigvie : 

« Tolosa 10 de febrero. 
« Por fin llega el momento de escribí- . 
« ros, mi querido amigo, jy de esplicaros I» 
«causa de mi repentina paitida, que si no 
« ha debido inquietaros, os habrá soipren- 
« dido al menos; os escribo también para 
«pediros un favor; en dos |>alnbras, lié 
«aquí los hechos: á menudo os l)e habla- 
«do de Félix de Bressac, uno de mis ami- 
« gos de la infancia , aunque de bastante 
« menos edad (|ue yo; siempre nos hemos 
«amado con ternura dándonos pruebas 
«formales mutuamente de nuestro afecto, 
« para que podamos contar el uno con el 
«otro: es un hermano para mí. Ya sabéis 
« lo que entiendo por estas palabras. Hace 
« muchos dias que me escribió desde To- 
« losa , donde había ido á pasar algún 
« tiempo: 

«Si ine amas, ven, te nccesiio Parto 

«al instante... Acaso tus cousutlan me da- 

« rán valor pora conservar la vida Si 

« //e</as(!.< ya tarde... Perdona nw , y acncr~ 
«dale ulíjiina rcz dd que ftaaia el ftn será 
« tu mejor amigo ». 

« Vos juzgareis cual seria mi dolor y mi 
«espanto: al instante pido caballos; el 
« gefe de mi taller, un anciano á(|uien es- 
« timo y respeto, padre del gt lierai Si- 
« mon, sabiendo que yo marchaba al Mc- 
« diodia , me ruega le lleve coiunigo; yo 
« debia dejarle algunos dias en el depar- 
« tamenlo de la Creuse, dunde quería el 
«anciano ver unas máquinas de nueva 
«invención. Consentí con tanto mas gus- 
« to en este viaje, cuanto que al menos 
« tendría con quien desahogarme de la 
« pena que me causaba la carta de Bres- 
« sac. 

« Llego á Tolosa y me dicen que ha 
«marchado la víspera llevando armas y 



>nh«;a<lo á la nios \iülcnla dosospc- 
« raiioo. Kii lin [irinripio no piitl»* >a- 
« ber á Junde sv tialiia iliri^iilo, pcTO ni 
«cal)o di' di'S dias dtscidiri á fiieiza de 
o mutilo Ir.iliajo (nnsf hallalja «?n un pue- 
« bli-cillo al iiiif lui «Ml Si'uuitia. Jamás tí 
« unadt'î-espt'rddini M nii'j.iiik' : l'slaha su- 
n midu en un atiatiuiicnlu ^ink>st^o, su 
«silencio era salvaje: al priiuipioeasi me 
« rechazó; perú lligamlo ;il colino su lior- 
« rible dolur , einpizo a esplayarse puCí) á 
« poco, y al calnt de un cuarto de llora cayó 
«en mis brazos de.slteclio en lágiimas — 
« Teñid ásu lado las pi>tolas raptadas... ün 
« dia ina» tartle, aca.-u... no hubiera sido y a 
«ijeinpode salvarle... No puedo deciros la 
« ■caut.a de sti horrenda desesperación, por- 
«que no es un secreto mío; pero al sa 

a berla no me ha sorprendido ¿<Jué os 

'(diré? Hay que hacer una cura couiple- 
a la. .\hora es necesario calmar y cica- 
« trizar el alma de este pobre amigo tan 
« cruelmente despedazada. So!o es dado 
« á la amistad el emprender esta delicada 
« larea, y no dejo de tener buena esperan- 
« za... Le he decidido á que viajemos por 
n algiin tientpo; el movimiento y la dis- 

u tracción deben serle favorables Le 

a llevo á Niza para donde marchamos ma- 
« llana.... Si el quiere prolongar esta es- 
ocursion le complaceré, puesto que mis 
n negocios no hacen necesaria en Paris mi 
'< presencia hasta fines del mes de marzo. 

«En cuanto al favor que os pido, es 
« coltdicional. He aqui el hecho : 

« Según algunos papeles de familia de 
«mi madre, parece que podia reportar- 
o me cierto interés el hallarme en Paris 
«el 13 de febrero en la calledeSan Fran- 
u cisco número 3. Aunque he procurado 
« informarme, nunca he podido saber mas, 
« sino que esta casa , de apariencia muy 
" antigua , está cerrada desde hace ciento 
X cincuenta años, por cierta rareza de uno 
a de mis abuelos maternos, y que debía 



«7 

« abrirse el 13 «le eslc nus en pre.-encia 
«de los euheri'ihros, «|ii«', ^i los tengo m«' 
• son desconocidos. N«) pudiend** yo a.<ii>- 
« tir, hi> escrito al padie del general Si> 
« mon, en «{Uien tengo toda mi con(ian/.i, 
« y que se queiló en el deparlamento «le 
«la Creuse, previniéndole «|ue ri gre»«' á 
« Paris, á lin de encontrarse en la alu r- 
« tura de la casa, no como mi apoderado, 
« por(|ue esto seria inútil, sino como cu- 
« rio>o; y que me haga saber en Niza li) 
« que resulte de «'sa voluntad romanre%- 
t ca de uno de mis antepasados. Conio 
«< podria suceder «pie el gefe de mi la- 
« lier llegue demasiado tarde para cum- 
« plir esta misión, us aj: a leceró infu.ilo 
« que tengáis la bondad de informaros en 
« mi casa en el Plessis, si aquel ha llega- 
« do, y en el caso contrario os ruego «jiie 
« le reemplacéis á la ab.-rtura de la cas.i 
«de la calle de San Francisco. 

n E>loy sí'giiro de que solo he hecho un 
« pcíiurño sacrificio á mi amigo Bre»sac 
n en faltar de Paris este dia ; peroaun<]ue 
« en realidad lo hubiese sido inmenso, me 
« congratiilaria de ello, porque eran ne- 
« cesarlos mis cuidados y mi amistad al 
« que yo miro como un hermano. 

«í Asi pues, os suplico (¡ue no dejéis d«í 
« ir á la abertura de esa casa , y que os 
« sirváis escribirme á Niza el re>u!tado de 
'( vuestra misión de curioso, etc. 

« Fra.\<;is<:«> IIakdy. » 
— Aunque la presencia del padre d( I 
mariscal Simon á la abertura do la casa 
no deba ponernos en cuidado, seria pre- 
ferible sin embargo que no asistiese, dijo el 
padre de Aigrigny , pero no le hace; es- 
tando lejos Mr. Hardy, solo debemos pen- 
sar en el joven indio. 

Eq cuanto á este, continuó el abale 
con aire pensativo, se ha obrado con pru- 
dencia en dejar partir á Mr. Norval, por- 
tador de los presentes de la señorita de 
Cardoville para este príncipe. El médico 



88 



AXBÜIH, 



<]ne acompaña á Mr. Norval, ^ que íia 
sido elegido por el ductor Baleinier, no 
inspirará de ese modo la menor sospe- 
cha 

— Seguramente, contestó Kodin. Sn 
<;arta de ayer es del todo satisfactoria. 

— Asi pues tampoco hay nada que te- 
mer del príncipe indio, dijo el padre de 
Aigrigny , toda va á maravilla. 

— En cuanto á Gabriel, repuso Uodin, 
ha escrito de nuevo esta mañana para ob- 
tener de Vuestra Reverencia la entrevista 
que solicita en vano hace tres dias, mu- 
cho le ha afectado el rigor del castigo que 
se la impuesto prohibiéndole desde hace 
cinco dias que salga de nuestra casa. 

— Mañana. ... al conducirle á la calle 

de San Francisco, le escucharé Â esa 

hora pues, dijo el padre de. Aigrigny con 
cierto aire de triunfante satisfacción, to- 
dos los descendientes de esta familia cuya 
presencia podria arruinar nuestros p^ro- 
yeclos, están, en la imposibilidad de en- 
contrarse mañana antes del mediodía en 
la calle d€ San Francisco, por lo que solo 

se hallará Gabriel Por fin tocamos aí 

término. 

Dos golpecitos dados discretamente en 
Ja puerta interrumpieron al padre de Ai- 

— Adelante, esclamó éste. 

Presentóse un criado vestido de negro, 
y dijo: 

-T-Abajo hay un hombre que desea ^ha- 
blar con Mr. Kodin de un asunto muy 
urgente. 

- — ¿Su nombre? pregunto el padre de 
Aiürigny. 

—No losé, pero lia dicho que viene 

5Íe parte d^ Mr. Josué negociante ¿le 

ia isla de J.ayja. .,,.,, 

Él ^adrtí de ^i^ri^nv y Rpdiri se mira- 
ron con sorpresa y casi con terror. 

— Ved quien es ese íiombre..... dijo el 
abate áuodin sin poder ocultar su inquie- 



tud , y volved en seguidla adarme cuenta. 

Después dirigiéndose ai criado que saíia; 

— llacedle entrar. 

AI ¿eár esto el padre de Aigrigny, hizo 
cierta seña espresira á Roditi y desapare- 
ció por, una puerta lateral. 

Un momento después pareció delante 
deliodin, Faringhea, el cx-gefe de la secta 
de losEstranguladores, reconociéndole en 
seguida por haberle visto en la quinta de 
Cardoville. 

VA socio no pudü menos de estremecer- 
se, pero pareció no querer acordarse áe 
este ( crsonsje. 

Sin embargo, inclin-.do siempre sobre 
su escritorio y haciendo como que no veia 
á Faringhea, escribió en seguida algunas 
palabras de prisa en un pe azo de papel 
C{Utí tenia delante. 

— Señor dijo el criado sorprendido 

del silencio de Uodin, esta es la persona... 

Uodin cerró el billete que acababa de 
escribir precipitadamente y dijo al criado: 

— Haced que lleven esta carta á donde 
dice el sobre y que me traigan la res- 
puesta. 

El criado saludó y se fué. 

Entonces Uodin sin levantarse fijó sus 
pequeños ojos de reptil en Faringhea, y 
le dijo corlesmente: 

— ¿A quién tengo el iionor de hablat*, 
caballero? 

XVJ. 

LUS DOS HERMANOS DE LA BDENA OBRA. 

Nació Faringhea en lu India, habia'via- 
jado mucho, como queda dicho, y fre- 
cuentado las factorías europeas de las di- 
ferentes parles del Asia; hablaba bien eí 
fi;ancés é inglés y tema grande inteligen- 
cia j[ sagacidad , pudiendo decirse que era 
completamente civUlzado. 

En lugar de resjipndtír á la pregunta de 
ftodín, le dirigió una mirada fija y pene- 
trante; y este impaciente de tal silencio, 
y ipresibtiendo coa lina yaga inquietud 



Al.litS'. 



b'J 



-qtio la llo^iada ili> l'aringliea tetiia nlj^iiiia 
relación dirocta ó indirecta con el «loslino 
de Djalina , coiiliiuió afectando la mayor 
sangre frta. 

— ¿A quien tengo cI honor de Iiablar , 
caballero? 

• — ¿No me reconocéis? dijo Fariiifílica 
dando dos pasos liaciala silla deltudin. 

— No creo haber tenido nunca el lio- 
-nor de veros, respondió este con frial- 
dad. 

— Pues yo os reconozco, dijo F.4rin- 
ghea , os \í en la (juinla de Cardoville el 
dia del naufragio del vapor. 

— ¿Hn la quinta de Cardoville? E» po 

■sible cabillero; me enconi.raba allí 

un dia en que naufragio un inique 

— Y en ese dia os be llainndo por vues- 
tro nombre: vos me habris preguntado 

•<iué deseaba obtener de vos y yo os lie 

ro>poiidido : ahora nada hermano 

mai larde mucha. ...lia llegadoel niomen- 
lo.... y vengo á pediros nmcl»o. 

— Caballero, dijo lUidin siempre im- 
pasible, antes de continuar esta conver- 
sación , basta a(]ui bastante oscura, de- 
searwi saber, os repilo, <;on quien tengo 
e\ honor de hablar.... Vos habéis entra- 
do a.|ui bajo preteslo de una comisión de 
Mr. Jüsuó Van-Dael negociante res- 
petable de Batavia, y.... 

— ¿Conocéis la letra de M. Josué? di- 
jo Fdriii^hea interrumpiendo ¿ Kodin. 

— íVrreciamente. 

— M.rad. 

Y >dcando del bolsillo ¡a larga carta 
<jue el meslizo habia sustraído á Mahal, 
el contrabandista de Java, después que 
le hubo estrangulado en liatavía, la puso 
á la vista de Rodin sin sol'arla. 

— Kn efecto, es la letra de Josué, di- 
jo Uodin alargando la mano hacia la car- 
ta , pero Farmgliea la retiró con pronti- 
tud y se la metió en el bolsillo. 

— Permitidme que os diga, caballero, 



«pie vuestro modode hacer las comisiones 
es bien singular.... dijo Kodin. Fsa carta 
está (lirijida á mi... y pucsloqiic Mr. Jo- 
sué 08 la ha conliado para que me la en- 
iTegueis.... deberíais 

— Esta carta no me la ha confiado. Mr. 
Josué, interrumpió Faringhea. 

— ¿Como ha llegado t,iiio á vuestro po- 
der? 

— Me engañó uo contrabandi.slade Ja- 
va al que Mr. Josué pagó el pasage para 
Alejandría, entregándole esta caita con 
el fin de que la condujese hasta la mala 
de Europa. Yo he estrangulado al con- 
trabandista , le he quitado Ja carta, he 
hecho la travesía — y heme aqui 

El estrangulador pronunció estas pala- 
bras con una jactancia feroz: su mirada 
torva é intrépida no se inclinó ante la mi- 
rada penetrante de Kodin, que á esta 
confesión estraña , alzó la cabeza viva- 
mente para observar á este personaje. 

Faiinghea creyó sorprender ó intimi- 
dar á Rodin con esta especie de feroz fan- 
farronada; pero con grande admiración 
suya, el .socio, siempre impasible como un 
cadáver, le dijo fan solo: 

— ¡Ah!... ¿ también seestrangula... en 
Java ? 

— "Como en otras partes contestó 

Faringliea con una amarga sonrisa. 

— No quiero creeros;... pero noto en 
vos una sinceridad sorprendente.. . . ¿ vues • 
tro nombre? 

— Faringliea. 

— Y bien, caballero Faringhea ¿qué 
queréis decir con eso? vos os habéis apo- 
derado , por medio de un crimen abomi- 
nable, de una carta que me pertenece ; 
ahora vaciláis en entregármela.... 

— Porque la he leído.... y puede ser- 
virme de mucho. 

— ¡ .\h ! ¿la habéis leído? csclamó Ro- 
din un rioco turbado. Después continuó; 
— verdiidea (jiu stgunel modo de entar 
i3' 



'■90 
gatos de la correspondencia de otros , no 
hay que esperar una estremnda discre- 
ción de vuestra parto.... ¡ Y quó iiabeis 
leído que tan útil pueda seros en esa car- 
ta de Mr. Josué? 

— He leído, hermano... que sois como 
yo un hijo de la Huena Obra. 

— ¿Deque Buena Obra queréis liablar- 
-me? preguntó Uodin bástanle admirado. 

Faringhea respondió con cierta espre- 
sion de amarga ironía: 

— Josué os dice en su carta: 

Obediencia y valor , secreto 'y paciencia , 
artificio y audacia, union entre vosotros 
que tenemos por patria el mundo, por fa- 
milia los de nuestra Orden, y por nina 

Boma. 

— Posible es que Mr. Josué me escriba 
itodoeso; pero ¿qué consecuencia sacáis 
-de alu', caballero? 

— Nuestra Obra, hermano, ti^ne como 
la vuestra el mundo por patria; nosotros 
como vos tciu'inos por tamiiia nuestros 
cómplices y por reina Bohwanie. 

— Yo conozco á esa santa , dijo Rodin 
con humildad. 

— Es nuestra Roma , repuso el estran 
"iilador; y en seguida continuó: Josué 
sigue liablándos de los de vuestra Obra, 
los cuales esparcidos por la faz de '-^ tier- 
ra trabajan por la gloria de Roma ; que 
PS vuestra Reina. Los de la nuestra tra- 
bajan por su parte por la de Bohwanie. 
— ¿Y quienes son esos hijos de Bohwa- 
nie , señor Faringhea? 

— Hombres resueltos, audaces, astutos, 
pacientes, torcos, que para conseguir el 
triunfo de la Buena Obra, sacrificarán 
su pais, su padre, madre, hermanas y 
hermanos, y que consideran como ene- 
migos á todos los que no pertenecen á su 
secta. 

— Me parece que hay alguna cosa bue 
na en ese espíritu persistente y relijiosa- 
inente esclusivo de esa asociación , dijo 



ikLETJM, 

Rodin con air- modesto y beato. P^w> 
sería menester conocer su objeto y sus 
fines. 

— Del mismo modu que vos , hacemos 
cadáveres. 

— ^¡ Cadáveres ! esclamó Rodin. 

— Josué os dice en su carta, repuso 
Faringhea : La mayor gloria de nuestra 
Orden es hacer del hombre un cadáver. 
Nuestra secta hace otro tanto. La muer- 
te de los hombres es grata á Bohwanie. 

— Pero advertid, repuso Rodin, qtre 
Mr. Josué habla del alma^ de la voluntad 
y del pensamiento, facultades que debo»» 
quedar aniquiladas por la fuerza de la dis- 
ciplina. 

A pesar de su aparente tranquilidad, 
Rodin no veia en Faringhea sin un se- 
creto temor mas que el encubridor de 
una larga carta de Josvié-en la cual nece- 
sariarrrente se trataba de Djalma. Estala 
casi cierto de haber puesto al joven indk» 
en la imposibilidad de hallarse en Paris 
al dia siguiente: pero ignorándolas rela- 
ciones que en el naufragio habrían podi- 
do contraer el príncipe y el mestizo, cüh- 
sidera á Faringhea como un hombre su- 
mamente peligroso. 

Rodin continuó pues con una especie 
de ironía desdeñosa : 

— Vos pertenecéis á una secta homici- 
da de la India , y mediante una traspa- 
rente alegoría queréis darme que pensar 
sobre la suertedel hombrea quien habéis 
sustraído las caitas que me venían diriji- 
das ; por lo tanto me tomaré la libertad 
de tiaceros observar que nosotros no ma- 
tamos á nadie, y que si os ocurre el ca- 
pricho de querer convertir á alguno en 
un cadáver por amor de vuestra divina 
Bohwanif , os corlarán la cabeza por el 
de otra divinidad llamada justicia. 

— ¿Y qué me harían si yo hubiese in- 
tentado envenenar á alguien? 

— Os advertiré ademas que no tengo 



'yjfl.yr 



Ti i 



*ficmpi) <!o Iiaroi ii:itiiiM) <lij jutispriMiiii- 
ci.i criminal, riiiíaiiu-iih' os aociixj') <Hi<.' 
i'vili'is la tfiitaciuri ile i-strangiilar óeiive- 
iw'iiar ¿ nadie: por ñUinio, ¿(|tit'rc'is en- 
Irt'garnie las i-artas do Mr, Josui^? 

— ¿Las rrlalivas al priíaipií Djahna? 
•dijo el niosli/.i). 

Y diciemlii islo miró /Hlriilaincnteá Uo- 
din, quion á pesar de sus cuidados per- 
inaiKció (irme y rospuidió con la n>ayor 
sencillez: 

— Como igiuiro el conlenido de las car- 
tas que leñéis en vuestro poder, tne es 
imposible responderos. Os niego, ó por 
mejor decir, exijo (jueme entreguéis e>aí 
cartas tS (jul* salgáis de a(|ui. 

— Hermano, no, pasarán tnuclios mi- 
nutos sin que njc supliquéis (¡ue Mié quede. 

— Lo dudo. 

— Pocas palabras serán suficientes para 
liacer este milagro. Si os he liablado de 
envenenamiento, la razón es, hermano 

mió, (]uc habéis en\iado un médico 

al palacio de Cardoville para envenenar... 
momentáneamente al príncipe Djalma. 

Rodin se estremeció un poco involun- 
tariamenle, y repuso: 

— No os entiendo. 

— Tenéis razón; yo soy «m eslrangero 
que sin duda tiene algún acento; .sin em- 
bargo procuraré esplicarme nu'jor. Sé por 
las cartas de Josué cuanto intci'és tenéis 
en que Djalma no se halle aquí ma- 
ñana , y todo cuanto habéis hecho para 

conseguir este objeto ¿Me entendéis 

ahora? 

— No tengo nada que responder á eso. 

Dos golpes que dieron á la puerta in- 
terrumiiieron la conversación. 

— Adelante, dijo Rodin. 

— La carta ha sido entregada, dijo un 
criado viijo al entrar; aqui está la res- 
puesta. 

Rodin lomó el papel y antes de desdo- 
blar o dijo á Faringh a : 



— (Ion vuestro perm'so. 

— No os incouioilei», respondié el mes- 
tizo. 

— Sois demasiado bondadoso, repU'O 
Rodin, (]uien después de haln-r leid » es- 
cribió rápidaineiile algunas palabras al pié 
de la respui.'sta t|iic acjbabaii de Iraerli', 
y dij>) al criado devolviéndole el pa[)el. 

— Volved á llevar esta carta. 

El criado se inclinó respetuosamente y 
desapareció, 

— ¿Puedo continuar? preguntó el mes- 
tizo. 

— Con toda libertaJ. 

— .\ntes de ayer, >iguió Faringlua, en 
el monu-nto en cjue el príncipe, á pesar 
de su herida , iba , por con^ej.) mió, á sa- 
lir para Paris, llegó un soberbio coche 
con magnílicos regalos destinados á Djal- 
ma y enviados por un desconocido. I*"n 
-este coche venían dos hombres; el uno do 
parte del desconocido; el otro era lui mé- 
dico que vos enviabais para cuidar a 

Djalnfa y para acompafiarie en su viage 
hasta París. Esto es una cosa caritativa, 
¿no es \erdad , hermano mío? 

— Continuad vuestra historia. 

— Djalma parti(') ayer. El médico de- 
claró (jiie la herida del príncipe em[)eo- 
raria si no iba echado en el coche; asi crey«'> 
desembarazarse del desconocido, quion 
por su parte salió ant(S para i'aris: des- 
pués quiso alejarme á mi; pero [)jalnia 
insistió en lo contrario, y el médico, el 
príncipe y yo nos pusirios jtuilos en ca- 
mino. Ayer noche estábamos á la milad 
del camino, cuando el médico declaró que 
era necesario detenerse en una posada, 
pretendiendo que había tiempo suncicnlc 
para llegar París el día siguiente en la no- 
che. Pero el príncipe declaró que (¡ueria 
absolutamente llegar en la noche del 12. 
El médico hizo los mayores esfuerzos para 
partir solo con el príncipe; pero yo sabia 
por la carta de Josué que teníais grande. 



92 Al-BUltl. 

interós en que Djalim no se liallase aíjiii 
•el 13: esto me dio algunas sospechas y 
•prcgunlé al médico si os conocía: respon- 
dióme algo embarazado, lo cual hizo ccn- 
Tertir mis sospechas en certezas. Cuando 
llegamos á la posada y mientras que el 
módico estaba cuidando á rjalnia , subí 
al cuarto del doctor y exauiiné su casa 
que estaba llena de frascos: uno de estos 
•contenia opio y adiviné. 

— ¿Qué adivinasteis? 

— Voy á dec¡r(slo. El médico dijo á 
Djalma antes de retirarse: « Vuestra he- 
rida no va mal, pero la fatiga causada por 
el viaje podria inflamarla, por cuya razón 
tío seria malo lomar mañana por la ma- 
lla una poción calmante qiie voy á pre- 
parar esta noche para tenerla dispue>ta 
en el coche. » El cálculo del médico era 
muy sencillo; á la mañana siguiente, que 
i'fa (Kecisamente el dia de hoy, elprínci 
pe tomaria la poción á las cinco de 'a 
tarde y de sus resultas se dormiría pro- 
fundamente^ Entonces haría suspender el 
\iaje pretestando algún cuidado y decla- 
rando que había una absoluta imposibili- 
-dad en continuarlo : en esto se pasa- 
ba la noche y haría prolongar el sueño 
todo el tiempo conveniente. Tal era vues 
tro designio; me ha parecido hábil y por 
lo tantj he querido que me sirviese y lo- 
<lo nui ha salido á medida del deseo. 

— Todo eso qtie estais diciendo, es he 
breo para mí, saltó llodin mordiéndose 
'las uñas. 

— Tal vez á causa de mi acento, no es 
verdad? Pero decidme, ¿conocéis el arrai/ 

911011' 1 

— No. 

— No importa, yo os lo diré, líl array 
tnow es una admirable producción de la 
isla de Java, fecunda en tósigos. 

— ¿Y eso qué me importa? dijo Rodín 
con voz breve y casi sin poder disimular 
su ansiedad que iba cada vea en aumento. 



— Al contraría, os importa njucho.Tío- 
sotros los hijos -de Bohwanie nos horrori- 
zamos de derramar sangre, repuso Faring- 
hea , y para echar impunemente el lazo 
al cuello de niR'Sfras víctimas esperamos 
à que estén dormidas. Cuando su sueiïo 
no es bastante profundo, lo aumentamos 
segHn nos parece; en esto somos muyhá- 
hilos". fio liay serpiente que sea mas astu- 
ta, ni león mas audaz. Djalma lleva nues- 
tra marca. V.\ array ntow es un polvo im- 
pal|iab!i% y haciendo re>p¡rar una corta 
dosN duriu.te el sueño, o mezclándola con 
el tabaco dii una pipa cuando se esté des- 
pierto. So hace caer á la víctima en un le- 
targo del que nada puede sacarla. Sihay te- 
mor de siiministrar en una sola vez una 
dosis demasiado fuerte, la hacemos aspi- 
rar muchas veces durante el sueño y asi 
poik-mos di'jar sin riesgo á un hombre, 
tanto tiempo cuuio se ([uiora sin comer ni 
beiier... por (jiTüplo 30 á M) horas: ya 
\ei,-; cuan conuin es el usodelrjpioeiK.om- 
paiacion de este divino narcótico. Yo trai- 
go de Java ciL-ita cantidad , solo por ciuio- 
sidad... y sin olvidar el cniítraveneno. 

— ¡Ah! ¡con (¡uc hay una contravene- 
no? dijo maíjuinalrrente Uodin. 

— Del niísmo modo que hay gentes en- 
teramente contrarias á lo que somos no- 
sotros los hermanos de la buena Obra..., 
Î.OS naturales de Java llaman Touvoe al 
jugo de esta raix, el cual disipa el letargo 
causado por el array //íoíc, del mismo mo- 
do tjue el sol d¡^i|)a las nulies. Ayer noche 
estando yo persuadi<io de los proyectos de 
vuestro emisario sobre Pjalma , esperé á 
(jue el UíéJico se acostase y qtiedase dor- 
mido... Ütspu(!S me introduje arrastrando 
en SU cuarto y le hice aspirar cierta dosis 
de este narcótico, en términos que toda- 
vía debe estar durmiendo... 

— ¡Desgraciado! esclamó Rodin cada 
voz mas asustado con la relación de Fa- 
ringlica, porque eíle daba un golpe terri- 



ALKUM 

ble á las maquinaciones del socit» y de si^ 

adeptos Os habeii ospuesto á cnvcne 

nar al médico. 

— Del mismo modo que este se esptiso 
á enrenenar á Djaltna, herm.ino. Kr» lin 
esta mañaita salimos dejando al mrdico 
sepultado en un profundo sueno. Djalma 
y yo estábamos solos en el coche, el prín- 
cipe fumaba como un verdadero indio en 
su pipa, y habiendo yo echado un poco de 
nrray moic se quedó ligeramente dormi- 
do : á esta hora está ,en la posada donde 
«os apeamos. Ahora, hermano, solo de- 
pende de mí dejar á Djalma en su letargo 
que durará hasta mañana por la noche... 
ó de sacarle de é\ al instante. Asi, según 
el ánimo que tengáis de satisfacer ó no á 
mi petición, Djalma podrá ú no encontrar- 
se mañana en la calle de San Francisco 
tuímero 3, 

Diciendo esto, Faringhea sacó de sii bol- 
sillo la medalla de Djalma, y díj(>á Uodin 
enseñándosela : 

— Ya veisque he dicho la verdad. Mien- 
tras Djalma dormía le he cojido su meda- 
lla , único indicio que hay d<íl sitio donde 
debe hallarse mañana : así concluyo por 
donde he empezado al deciros: « Herma- 
no, vengo á pediros mucho.» 

Hacia algunos momentos que Uodin, 
según costumbre cuando se hallaba sumi- 
do en una violenta tlisesperacion , se es- 
taba mordiendo las uñas hasta hacer sal- 
tar la sangre. 

Vm este momento se oyeron tros cam- 
panillazos dados á ciertos intervalos y de 
un modo particular. 

Uodin no pareció advertirlo, y sin em- 
bargo sus ojos se animaron. — Mientras 
que Faringhea le miraba, con lt)s brazos 
cruzados y de un modo desdeñoso , el so- 
fio bají) la cabeza y se quedó en silencio, 
lomó maquinnlmente una pluma, mordió 
algunos instantes las barbas rellexionando 
en lo qiie el mesti/o acababa de decirle. 



93 



Kn íin soltando de pronte la pluma se vol- 
vió á Faringhea y le dijo con el mayor des- 
precio : 

— ¿Creéis, amigo, venir á burlaros de 
las gentes con vuestras pretendidas histo- 
rias? 

Kl mestizo atónito á pesar de su auda- 
cia retrocedió algunos pasos. 

— ¡Cómo! repuso Rodin, ¿venís á una 
casa respetable para hacer alarde d« ha- 
ber sustraído una correspondencia, estran- 
gulado á unos, y envenenado á otros? Eso 
es un delirio: he querido escucharos has- 
ta el fm para ver hasta donde llega vues- 
tra audacia... porque es menester ser un 
monstruo para venir de ese modoá lison- 
jearse de haber cometido semejantes crí- 
menes. Supongo que esto solo existía en 
vuestra imaginación. 

Uodin, al pronunciar estas palabras con 
cierta viveza qtie no le era natural, se le- 
vantó y se acercó poco á poco á la chime- 
nea, al mismo tiempo que Faringhea, el 
cual no volvía en sí de su espanto, le con- 
templaba en silencio: al cabo de algunos 
instantes, le dijo con aire sombrío y feroz: 

— Cuidado hermano, no me obliguéis á 
probaros que i\e dicho la verdad. 

— Confieso, saltó Uodin, que es menes- 
ter venir de los .\ntípodas para creer que 
los franceses se d»*jan engañar tan fá- 
cilmente. Habéis dicho que tenéis la pru- 
dencia de una serpiente y el valor de un 
león. Por mi parte, ignoro si sois un león 

valiente, pero en cuanto á prudencia 

lo niego. jComo! ¿tenéis en vuestro poder 
lina carta de Josué que puede comprome- 
terme (suponiendo que todo esto sea ver- 
dad), el príncipe Djalma está sun)ido en 
un profundo sueño (|ue puede coadyuvar 
á mis proyectos y del cual solo vos podéis 
sacarle; podéis, según decís, dar un golpe 
terrbile á mis intcroscs, y no reflecsio- 
nais que lo que yo (juiero es ganar única - 
meiili- -ii liora>? ¿Llegáis á París desdo 
•21' 



94 



ALBUM. 



cl '^fondo de la India, sois esfrangcro y 
desconocido de todos, y me creéis tan 
malvado como vos , supuesto que nie Ma- 
rnais hermano, sin jK'nsar que estais aqui 
bajo mi férula, que esta calle es solitaria, 
la casa aislada, y que en el momento que 
quiera puedo tener á mi disposición Ireo ó 
cuatro personas copares de maniatarosen 
un segundo, por estrangul.! Jor queseáis? 
Con solo tirar del cordon de la campanilla 
sqís perdido, añadió Uodin , cojiendo el 
llamador. Pero, no ten)ais,, prosiguió con 
una sonrisa diabólica» viendo que Farin- 
ghea hizo un movimientode sorpresa y de 
terror. ¿Creéis acaso que os advertirla si 
yo quisiese poner en ejecución lo que es- 
toy diciendo? Veamos, responded. Atado 
y puesto 24 horas en sílio seguro ¿como 
;podriais perjudicarme? ¿no me seria fácil 
etttonces apoderarme de los papeles de Jo- 
sué y delamedüüade Djalma? Ya lo veis, 
vuestras amenazas son inútiles.... porque 
se fundan en mentiras y porque no es ver- 
dad que el príncipe está aqui y en vues- 
tro poder.... SaüJ de aqui, y otra \ez 
cuaodo queráis embaucar á las gentes, 
escojedlas mejor. 

— Voy á marcharme, respondió Farin- 

ghea, pero antes, oid una palabra su 

puesto qwe creéis que miento. 

— Estoy s(guro de ello; habéis venido 
á contarme una multitud de fábulas, y 
ya he perdido mucho tiempo en escucha- 
ros.... os dispenso de lo demás ya es 

tarde , y os suplico que me dejéis solo. 

— Solo me detendré un minuto.... veo 

que sois un honibre á quien no debe 

ocultársele nada, dijo Faringhea: á estas 
horas no puedo ir á esperar de DjaltJia 
mas que una especie de limosna porijueir 
á un hombre de su carácter «dadme mu- 
cho pues pudiendo venderos no lo he he- 
dió » seria atraerme su encono y su des- 
precio. Veinte veces hubiera podido ma- 
tarle, pero todavía no ha llegado la hora, 



dijo el estranguiador con aire sonibrio, ^ 
para esperar ese momento y otros mas 
fimestos aun, necesito oro, mucho oro... 
V^os solo podéis dármelo pagándome mi 
traición, porque esta solo á vos puede se- 
ros útil. Os negáis á oirme porque creéis 
que miento. 8é las senas de la podada 
donde nos hemos apeado; vedlas aqui.; 
enviad un hombre para que se cerciore de 
loque he dicho, y entonces daréis mas 
crédito á mis palabras ; pero el precio de 
mi traición será subido; ya os he di choque 
pediré mucho. 

Al pronunciar estas pa^braíFaringlie» 
presentó á Rodin un impreso. 

— Tomadle , y cercioraos de que no 
miento. 

—¿Que es esto? saltó Rodin echando 
con descuido una mirada en el impreso 
que leyó con ansiedad , pero sin locarlo. 

— Leedlo, repitió el mestizo, asi podréis 
cercioraros de que.. . 

— Verdaderamente, repuso Rodin se- 
parando el impí eso, vuestra impudencia 
me confunde. Os repilo que no (juirto (•- 
ner nada que ver con vuestra [nrsona , y 
por la úitiuia vez os aconsejo que os leti- 

réis Ignoro quien es el príncipe Ojal- 

ma Pretendéis que podéis hacerme 

mal.... no temáis nada, haced lo que 
queráis, pero por el amor del cielo salid 
de aqu'.. 

Y diciendo esto, Rodin tiró fuertemente 
del cordon de la campanilla. 

Faringhea hizo un movimiento como 
queriendo ponerse en defensa. 

En este momento se presentó un criado 
viejo. 

— l.iipierre... alumbrad al señor, ledi- 
jo Rodin señalándole á Faringhea. 

Este á quien la calma de Rodin llegó á 
imponerle, .no sabia que hacer. 

— ¿Que esperáis? le dijo Rodin que ad- 
virtió su inquietud y sus dudas; deseo es- 
lar solo. 



VLBVII. 



^. 



— -¿t^on qiu' rt'Iuisais niw ofi'rla>? It^fli- 
jo |)(>r último il mr>tizorctir;índosi'!('¡ita- 
fiM'iil»» y acidanilo liara atrás. ¡Cuidado, 
mañana scr.-^ ya tardf! 

— Fflici Md<s , amigo mió , 't* respondió 
Hodin incKiiáiidosc. 

Fl estraii¡;iilador sp marchó. 

La puerta volvió á cerrarse. 

Al cabo de un corlo momento se pre- 
sentó elpadrede Aiyrigny con el semblan- 
te páüdo y de>lif;urado. 

— ¿t^íue habéis hecho? esclamó diri- 
giéndose a Uoilm. Todo lo lie oido. Estoy 
persuadido de que ese miserable decia 
verdad: el indio está bajo su férula y aho- 
ra va á su casa. 

— No lo creo asi, dijo humildemente 
Rodil) iticl.itiánduse. 

— ¿Y tji.ien podrá impedírselo? 

— Permitidme (Cuando lun intiodu 

cido aquí á ese malvado, le nc reconocido 
al inslanle; asi es que antes de hablar con 
él, he escrito cuatro palabras á Morokque 
esperaba las órdenes de V. U. tn la sala 
baja, en compafíia de (loliat: durante el 
curso de la coovcisacion, y al instante 
qii.' me trajeron su respuesta le he vuelto 
á escribir dándole nuevas órdt.'.- s y vien- 
do el !>es^o (|ue lomaban las co^ó . 

— ¿Y á qué viene todo eso nue^to que 
este hombre acaba de salir de aiiui? 

— \ uesira Reverencia habrá observa- 
do que solo lo ha liccho después que yo 
he leído las señas de la posada donde está 
el indio. Si Faringl.ea no lo hubiera he- 
cho a«.i, hubiera caído en manes de fîo- 
lial y de Muruk que le esperaban en la 
calle y á dos pasos de la puerta. Sin esta 
precaución nos hubiéramos visto muy em- 
barazados ignorando el sitio donde habita 
Itjalma. 

— ¡Siempre la niis.na violencia! dijo 
d'Aigrigny con repugnancia. 

— Ks sensible, mtiy sensible, repuso 
Rodin , pero ha sido necesario seguir el 
sistema adoptado hasta aqui. 



— ¿(Juereis reconvenirme? dijo el Pa- 
dre de Aigrigny que empezaba á coimíCí r 
(jue llodin era otra cosa difi-renle que 
una má({uina. 

— Nunca me aln vería á esa senrejan- 
le, dijo Rodin in(liiián<lose casi ha«.|a »l 
suelo; lo que se trata es lioicamenlc de 
detener á este hombro veinte y cuatro 
horas. 

— ¿Y después? ¿Y si se queja? 

— Semejantes bandidas no se atrevrn 
nunca á quejarse: ademas, ha salido de 
aqui con toda libertad : Morok y Cioliüt 
le taparán los ojos después de haberse 
apoderado de él. La casa tiene una en- 
trada por la culU' virja de lus Ursinos, y á 
tala hora y con el huracán que hace, el 
barrioestá enteramente desierto. Le \u>i\- 
dráii en una cueva de! edificio nuevo; y 
mañana por la noche, á la misiiia hora , 
se le dará iibeitad con iguales precau..io' 
nes. Ln cuanto al indio, ya sabemos don 
de se le haliará : ahora debemos enviar 
una persona de confianza , y si sale de sii 
letargo.... hcy un medio muy «^etícillo y 
sobre todo nada violento, á lo que yo creo, 
de ab'jnrie durante el dia de mañana de 
la calle de S. Francisco. 

Eu este móntenlo volvió a! gabinete el 
mismo ciiado que había acompañado a 
Faringhca al enirar y al salir dopues de 
haber llamado discretamente: tiaia una 
especie de saco de uamii/a (¡ue entregó u 
Rodin diciéndole : 

— Hé aqui lo que acaba de traer Morok; 
ha eitrado por la calle Vieja. 

Kl criado voUió á salir. 

Rodin abrió el saco y dijo al Padre de 
Aigrigny enstñándole los siguientes ob- 
jetos : 

— La meda'la y la carta de Josué. .Mo- 
rok ha sido diestro y espedito. 

— Otro riesgo evitado, dijo el marqués: 
es sensible lener que recurrir á semejan- 
tes medios. 



96 



ALBUM. 



— ¿A quién se dvben achacar sino al 
miserable que nos poni' en la précision d*» 
valerse de ellos? Vuy á enviar al instante 
un homtire á la posada del indio. 

— Y á las siete de la mailana conduci- 
réis á Gabriel á la calle de San Francisco, 
dundo lü hablaré , al cabo de tres días 
que tiene solicitada esta conversación. 

— Ya le he avisado esta noche y no íal 
tara. 



— En fin repuso el marqués, al cabo 
de tantas luchas y temores, después de 
tantos contratiempos, solo nos separan 
pocas lloras del momento solemne que 
tanto tiempo hemos esperado. 



Vamos á conducir al lector á la casa de 
la callo de San Francisco. 



EL. 13 IIE FEBRERO. 



XVII. 

LA CASA DE LA CALLE DE SAN FRANCISCO. 

Rntrando en la calle de San Gervasio 
por la Dorada (en el Marais) se veia en 
la época de estos sucesos una pared de 
una altura enorme, cuyas negras y car- 
comidas piedras manifestaban bastante la 
antigüedad de su fecha ; esta pared , que 
se prolongaba por casi toda la estension 
de aijuella calle solitaria , servia de para- 
peto á ima azotea coronada de árboles se 
otilares plantados de aijiiel modo á cua- 
renta pies de elevación sobre el nivel del 
empedrado : en're sus espesas ramas se 
veia el frontis de piedra , el techo agudo 
y las grandes chimeneas de ladrillo de una 
antigua casa cuya entrada estabü situada 
en la calle de San Francisco número 3, 
no lejos de U esquina de la calle de San 
Gervasio. 

Nada mas triste que el esterior de aquel 
cdilicio; por aquel lado se componía de 
una pared muy elevada , en la que se 
veian dos ó tres claraboyas, especie de 
troneras, armadas de formidíiibles rejas 



de hierro. Una puerta cochera de encina 
m.aciïa con barras de hierro, daveteada 
en tuda su estension y cuyo color primi- 
tivo liabia sido sustituido con una espesa 
mano de lodo, de polvo y molió, se adap-' 
taba , formando bóveda , al arco de un 
semicírculo; en una de las espaciosas lió- 
las de esta maciza puerta se abría un pos- 
tigo que servia de entrada al judio Sa- 
muel , conscrge de esta sombría habita- 
ción . 

Kn el inferior seguía una bóveda for- 
mada por el edificio que daba á la calle, 
y en el cual se hallaba la habitación de 
Samuel, cuyas ventanas se abrían sobre 
un patio interior muy estenso dividido por 
una verja á cuya parle opuesta habia un 
jardín. 

En el centro de este se veía una casa de 
piedra de dos pisos, y la entrada era tan 
dita, que era preciso subir veinte escalo- 
nes para llegar á la puerta (|ue estaba ta- 
piada cincuenta años hacia. 

Los postigos de las ventanas de esta ha- 
bitación habían sido reemplazados porenor- 
mes placas de plomo, herméticamente sol- 



Al. i m*. 



07 



(^jJas y aseguradas á ÍiktIi's miros dü 
Ifiierrü tM>;'arzdfl'>> en la pií-dra. (¡on <M (ib- 
ji'lü do inlerci'|)lar el aire y la Iti/. y de 
ovilar ciiali^uier degradación iiileiiorn es 
terior , liabían cubierto el tedio e<iii otras 
placas de plomo, i¡j;nalmeMlo (|iie !.l^ l)o- 
CJS de las altas cliiineiieas de ladrillo, las 
ciialoá Ijaliiaii b'uk» de aiileinano la^jiadas 
y cerradas. 

licúales preeauciiMies so lial>iaii tviiuado 
con lili poiiueiu) mirador cuadrado qtre 
coronaba la casa, cubriendo mi cavidad con 
una esni'cie de capa soldada a! leciio. Las 
cuatro placas de plomo (]ue cubrían los 
contados de este mirador, correspondían 
exaclnmeiite á li)s cuatro pilotos eardina- 
Ic^ y estaban taladradas con siete agujeros 
redondos, dispuestos en foroia de cruz, 
que se (bslínguian perfectamente desde 
afuera. 

tíracias á estas precauciones y á la só- 
lida 'construcción del edificio, apends lia- 
liia sid>) necesario hacer algunas couí pos- 
turas esleriores, y lus cuartos enteramen- 
te libres de la infliiüiioia del aire eslerior, 
debían estar hacia un siglo tan intactos 
c<jmo cuando los cef rafon. 

\'A aspeclode las paredes cuarteadas, de 
los postigos carcor.iidos y rotos, de un te- 
cho medio hendido, de las ventanas llenas 
(\c pariel.rria , liubiera sido tal vez menos 
Irislo íjue la vista de esta casa de piedra 
ílifi-ndids con el hierro y con el plomo y 
onsdBV'.Tca como si fuera un sepi¡l ro, 

Kl jaidiii completainente alntid mndo y 
rn elfjiii' s do entraba el judío Samuel pa- 
ra hacer cada ocho días una pisquisa j^re- 
sejitaí)a, pnrticularrnent • en verano, una 
iiicrcible pri»fusíon de plantas y de male- 
y.a. Los árboles sin cuidar habian estendi- 
íJo y mezclado por todas parle?» sus ramas: 
algunas parras, reproducidas en varios si- 
tíos, elevaban sus troncos y cubrían la su- 
perficie eslerior con susinnunierables sar- 
mientos. 



Imposible era atrav»>var e5tcíins']ue tír- 
peii , sino por un send-ro hecho por el 
suarda y <|ue conducía desde la verja has- 
ta la casa, cuyas inm<'diaciones formaban 
plano inctinado para hacer escurrir las 
aguas y habian sido cuidadosamente en- 
losadas en una eslension de dos pies de 
ancho. 

Había tambieitolro caininitn practicado 
alrededor de las paredes, el cual era visi- 
tado todas las noches ¡por dos ó tres enor- 
mes perros de los Pirineos, cuya raza fiel 
se había perpetuado de aquel modo en 
aquella casa durante siglo y medio. 

Tal era la habitación destinada á servir 
de p«into de reunión á los descendientes 
de la familia de Kenneponf. 

La noche que separaba el dia 12 del 13 
de febrero estaba á punto de linalizar. 

La calma sucedió á la tormenta y la Ihi' 
via habia cesado; el cielo estaba puro y 
estrellado; la luna, cerca de su ocaso, es- 
parda un dulce reflejo y una claridad me- 
lancólica sobre aquella cosa abandonada y 
silenciosa cuya ptierta no habia pisado ser 
humano hacia tantos años. 

Utia viva claridad que se divisaba por 
una de las ventanas de la casa del guarda 
anunciaba (|ue el judío Samuel no se ha- 
bia acostado. 

Figiírese el lector un espacioso cuarto 
cuijíerto de arriba á bajo de grandes lis- 
tones de nogal, ya casi negros á fuerza de 
vejez; d<<s tizones medio apagados hume*» 
ban aun entre las frías cenizas; en la me- 
seta de esta chimenea de piedra pintada 
de color de granito se hallaba un viejo 
candelerode hierro con una meztiuina ve- 
la de sebo cubierta con un apagador, y á 
su lado iiu par de pistolas de dos cañones 
y un cuchillo de monte perfectamente afi- 
lado, cuyo puño de bronce cincelado per- 
tenecía al siglo XVII : ademas de esto, 
veíase en un rincón una pesada carabina. 

Cuatro bancos sin respaldo, un viejo 



98 ALBUM. 

armario de encina y una mesa cuadrada 
de pies torcidos, componían todo el mue- 
blaje de este cuarto. En la pared estaban 
simétricamente colgadas varias llaves de 
diferentes tamaños y cuya forma anuncia- 
ba su antigüedad : cada tma de estas lla- 
ves tenia atado al ojo un letrero. 

El fondo del viejo armario de encina te- 
nia un secreto de resorte y estaba intro- 
ducido en un bastidor, en cuya pared se 
veía una ancha y piofunda caja de hierro, 
cuya tapa abierta dejaba ver el maravi- 
lloso mecanismo de una de aquellas cerra- 
duras florentinas del siglo xvi.'que prefe- 
ribles á todas las invenciones modernas, 
desatiaban á todo género de fracción ; sus 
«sposas paredes estaban cubiertas de una 
tela de amianto para impedir en caso de 
incendio, la destrucción de los objetos que 
esta caja contenia. 

Sobre un banco se hallaba un cajón de 
cedrx) con numerosos papeles esmerada- 
mente clasiQcados y rotulados. 

El viejo Samuel estaba escribiendo, á 
la luz de una lámpara de cobre, sobre un 
pequetlo registro á medida que su muger 
Belsabé dictaba leyendo en un librito. 

Samuel podía tener entonces como unos 
82 anos, y á pesar de su avanzada edad 
una espesa cabellera canosa y crespuda 
cubría su cabeza: era pequeíío, flaco, ner- 
vioso, y la involuntaria petulancia do sus 
movimientos manifestaba que los anos no 
habían debilitado su energía y su activí- 
<lad, aunque en el barrio, donde se pre- 
sentaba raras veces, afectaba parecer casi 
joven según había dicho Kodin al padre 
de Aigrigny. 

Una vieja bala de barragan color de 
castaña cubría enteramente el cuerpo del 
anciano y caía hasta sus pies. 

Las facciones de Samuel ofrecían el ti- 
po puro y oriental de su raza : su ciítis 
era mate y amarillento; su nariz aguile- 
ña, eo su barba sobresalía una mecha de 



pelos : sus marcados juanetes «citaban so- 
bre sus descarnadas mejillas una sombra 
bastante dura. Su fisonomía estaba llena 
de inteligencia, de astucia y sagacidad. Su 
frente, ancha y elevada, anunciaba la rec- 
titud, la franqueza y la firmeza ; sus ojos, 
negros y brillantes como los de los árabes, 
tenían un mirar dulce y penetrante. 

Su mujer Betsabé, que tenia quince años 
menosque él, era alta y estaba vestida en- 
teramente de negro. Una almidonaiia gor- 
ra lisa de lin( n que recordaba el severo 
peinado de las matronas holandesas, ceñía 
su pálido y austero rostro, que en otro 
tiempo había sido estremadainente bello; 
algunas arrugas provenientes del frunci- 
miento casi continuo de sus canas cejas , 
manifestaban que esta muger se hallaba 
agoviada muchas veces bajo el pesode una 
profunda tristeza. En aquel mismo mo- 
mento la fisonomía de Betsabé manifesta- 
ba un dolor indecible: sus miradas eran 
fijas y su cabeza estaba inclinada hacia el 
pecho: había dejado caer sobie sus rodi- 
llas Sil mano derecha, en la cual lenia una 
pequeña cartera; y con la iz(|uíerda apre- 
taba convulsivamente, una trenza do ca- 
bellos tan negros como el collar dejazaba- 
cFieque llevaba al cuello. Esta espesa tren- 
za estaba metida en un medallón de oro 
cuadrado del tamaño í>e una pulgada : 
bajo una placa de cristal se veía un peda- 
zo de tela doblada en cuadro y ca:i ente- 
ramente n^anchada de un rujo sombría, 
color de sangre mucho tiempo seca. 

Al cabo de un instante de silencio, du- 
rante el cual Samuel escribía en su regis- 
tro, dijo leyendo co alta voz lo que aca- 
baba de escribir. 

Ademas, 5,000 metálicas iauslríacas de 
1,000 (lorines, y con la fecha del 19 de 
octubre de 1820. 

Kn seguida añadió levantando la cabeza 
y dirigiéndose á su mujer : 



ALHÜS 

— ;ïï>l4s «;o^i)ra ijiic es oso, Belsabó? 
j;lias (*oin|)nraii>> t>ii el libro? 

Kctsabé lio res|)o')(li»'i. 

h.iiniicl 1.1 iiiin'i, y \í<mhI 'Li siiniarm-n- 
le .ihatida , \» \ii'yt eoii iiiia «"ipresiüii de 
in<|iiictA ti-rniira. 

— ;, (Jii»'* llenes? 

— Kl 19 deocltibre,.. de 182G.... res- 
pon'ii<> Itets^ihr Iciihi-nente oiilinuando 
culi la vista lijn y apr<etaiidi) en su mano 
la trenza de caliclla:» negros (|Uc llevaba 
al cuello. Esta es tina fecha funesta.... es 
la de la úitiinn carta que liemos recibi- 
tlo de... 

Helsabé no pudo continuar; di6 un pro- 
fundo gemido y ocultó el rostro con las 
manos. 

— ¡ Ali! Va to entiendo, repuso el an- 
riano con voz alterada; un padre puede 
esliir alguiías veces distraído eti profun- 
dos pensamientos, pero el coras m de una 
madre debe estar siempre vigilante. 

Y dejando la pluma en la mesa, Sa- 
muel apoyó la rabeza sobre la mano con 
profundo abiilimiento. 

fietsabé conliiuK), como complacida re- 
pentinamente en estos crueles recuerdos: 

— Si atjuel fué el úllimo dia que 

TiiiC'lro hijo Abel nos escribió desde Ale- 
mania , anunciándonos <]ue acababa de 
emplear, según tus órdenes, los fondos 
(|ue había llevado.... y que en seguida iba 
á marchar á Polonia para hacer otra ope- 
ración. 

— Y en Polonia.... halló la muerte 

sí, !a muerte de un mártir, repuso Sa- 
muel: sin motivo, sin pruebas, le acusa- 
ron do haber ido á organizar el contra- 
bando.... y e! gobernador, ruso, tratán- 
dole como se trata á nuetros hermanos en 
aquel país, cruelmente tiránico, le hizo 
condenar al atroz suplicio del knout... sin 

querer verle ni oírle ¿A qué oír á un 

judío? ¿Qué es un judío? una criatura 
mucho mas inferior que un siervo. ¿No 



99 

se les acusa en Oiiuel pai> d<» íodas los iri . 
cios (|uc engendra la degradada eiM-ln vif ii I 
en que l.tdos están sumidoN? ¡ Tn judio 
que aspira á los golpes de un palol ¿niiiéu 
se compadecerá de él? 

— Y nuestro pobre Abel, tan diiU-e r 
tan leal, ha espirado en aipiel s.iplirio «'e 
vergüenza y de dolor... dijo Helsabé mi- 
bresaltjndose. Uno de nuestros herinaiMis 
polacos obtuvo á fuerza de súplicaiel jht- 
míso de enterrarle. Cortó sus liermo» .s ca- 
bellos negros.... y estos envueltos en un 
pedazo de lienzo manchado de sangre a 
lo único que nos queda de él. 

Y diciendo esto Hetsabé cubrió de be- 
sos la trenza de cabe. los y el relicario. 

— lAyl esclamó Sarnuel enjugándole 
las lágrima» <|ue había derramado al re- 
cuerdo de esta dolorosa memoria ; á 'o 
menos el Señor no nos ha (|uita<lo nues- 
tro hijo sino cuando llegaba á su térmín > 
la empnsa que prosigue (ielmenle nues- 
tra familia hace siglo y medio.... ¿ [)e (pjé 
puede servir en lo sucesivo nuestra r.iz.i 
sobre la tierra? añadió Samuel con pro- 
funda tristeza; ¿no hemos ya cump'idj 
nuestro deber? ¿esta caja no contiene mu 
fortuna regía? ¿esta casa amurallada ha- 
ce 150 años no se abrirá hoy á losdesci-n- 
dicntes del bienhechor de mi abuelo?... 

Y diciendo esto, Samuel volvió triste- 
mente la cabeza Iiácia la casa que veia 
desde su ventana. 

En este momento iba n amanecer. 

La luna acababa de ponerse; el mira- 
dor, el techo y las chimeneas esparcían «u 
sombra negra en el azulado y estrellado 
firmamento. 

Do repente Samuel se demud(> y se le- 
vantó diciendo al mismo tiempo á su mu- 
jer con vot convulsiva y señalándole la 
casa : 

— Betsabé... mira.... mira.... los siete 
puntos luminosos que estamos viendo ha- 
ce treinta años. 



Efectivamente, las siete aberturas re- 
dondas, dispuestas en forma do cruz y 



y practicadas en las placas de plomo que 
«ubriap. las ventanas del mirador, brilla- 
ron con siete puntos Inininoscrs como si 
una persona hubiese subida interionnen- 
ie al cstremo de la casa tapiada. 
XVJil. 

DF.PE Y nABER. 

Samuel y IJelsabé quedaron inmobles 
*lurante utt coito monsonto mirando aten- 
ta y jing-ustiadainente ios siete plintos lu- 
minosos que brillaban entre las postreras 
tinieblas de la noche, al mismo tiempo. 
que en el horizonte y á la espaldi de la 
casa una luz sonrosada anunciaba la na- 
ciente aurora, 

Samuel fué el primero que rompió el 
silencio y dijo á su muger pasándose I-a 
mano por la frente. 

— líl dolor que acaba do causarnos el 
recuerdo de nuestro pobre hijo, no nos 
ha permitido pensar ni acordarnos que en 
todo cuanto sucede en la actualidad m» 
hay nada que puqda in(¡uietarnos. 

— ¿Qué dices, Samuel ? 

— ¿No te acuerdas que mi padre me 
lía dicho que él y su abuelo hablan nota- 
do esto mismo de tiempo en tiempo. 

= Sí, Samuel, pero no han podido. s 
pilcar, como lampuco nosotros, qué es lo 
<|ue significa esa luz 

— Del mismo nv h» que ellos, también 
Jiosotros debemos creer que liay algtma 
«•nlrada oculia en esa casa por donde se 
iiiírtiducen al¿;uni)s personas (|ue lindrnn 
<iii deber nvisterioso (jiie llt.-nar en esa ha 
ritacion. 'iV' repilo que mi padre me en- 
<eargo quç i|>o jiicicse raso de estas singu- 
5yres circunstancias.... que por otra parte 
■<''l me anunció. ... y que durante Tüaño» 
«esta es la segunda \ez que se renuevan- 

— No iiuporla Samuel; lo cierto esque 
eso nos asusta como si fuese una cosa so- 
brenatural. 



— No estamos en tiempo de milogíos; 
dijo el judío meneando melancóli-camente 
la cabeza; en cierno barrio hay muchas 
casas que tienen comunicaciones subter- 
ráneas Con sitios jlejanos; y aun se dice 
que algunas se prolongan liasta el Sena y 
aun hasta las Calacur-ubas... Sin duda esta 
•casa se halla en igMal caso y las personas 
que \ienen á vlia de cuando en cuando se 
iniroducen p «i' e.-^e meiiio, 

— Pero el mirador iluminado de ese 
modo... 

— Por el pkino del edificio, sabes que 
el mir.idor forma la cima ó la linterna de 
lo que llaman la (jran safa de /mYo^ si triada 
en •el <últinio piso de la casa. Como reina 
la mas completa oscuridad por estar cer- 
radas todas las viíitaiias, necesariamente 
dehen traer luz para subir hasta la sala de 
lulo , fuario que, según si- dice, contiene 
cü-^as bien singulares y siíiieslras,.. anadió 
el judío sobresaltado, 

Ivelsabé, del misn.o modo que su ma- 
rido, miraba alentainenle los siete puntos 
luminosos, cuyo liillo di>minuia á medi- 
da que iba entrando el dia. 

— Según dices, Samuel, este misterio 
puede esplicarse de ese modo, repuso la 
muger del anciano. Además hoy es un dia 
importante para la familia de Uenepont y 
por e^a r;i/.o:> no debe sorprendernos se- 
mejante aparición. 

— ¡Y pensar, repuso Samuel, que ha- 
ce siglo y metho t|ue a[)arece esa claridad 
larílas veces! Sin duda hay otra familia 
(|ue de generación en gcreracion se ha de- 
dicado conío la nuestra, á cumplir un pia- 
doso deber. 

— l'ero ¿de (jué deber hablas? tal vez 
saldremos hoy de la duda. 

— Vamos, vamos, Hetsabé , saltó cJ 
anciano saliendo de su embarazo y comosi 
se arrepintiese de su ociosidad... ya está 
a,maneciendo y es preciso que antes de las 
ucho esté pronto el estado de la caja y cía- 



41 BV9 



iOl 



5âîc«dos estos iuniciisus valores... [y l'iijuria prudeuU), laUa , y bi«it entendida 
«sto señaló el gran coffe de cedru) para 
entregarlos de-spues á quien corres|)onda. 

— Tienes razón, Sautue', fioy estamos 
muy ocupados .. este es un día solemne... 
y muy feliz para nosotros, sí, muy feliz, 
si es ijue puede liaJier dias felices para no- 
sotros, dijo tristemente Betsabé, pensan- 
do en su hijo. 

— Detsahí^, repuso el anrianu cdm lua- 
laucoWaly cogii>ndo la ntano de su mugei; 
á lo menos tendremos la satisfacción de 
(laber cumplido un austero deber. 

— El Señor lia tniiJo piedad de noso- 
tros aun(]uc dándonos la amarga lección 
<Je la muerte d<^ nuestro hijo, y j;racias á 
la divina Providencia las 1res generacio- 
nes de mi familia lian podido empezar, 
continuar y concluir esta grave («bra. 

— Si, Samuel, respondió afectuosamen- 
te la judis : y á lo nwnos por tí, á esta sa- 
tisfacción se agregará la calma y el des- 
canso, porque al mediodía te verás libre 
<le una terrible responsabilidad. 

Y al decir esto Betsabé señaló la caja 
de cedro- 

— Es verdad, repuso el anciano: pre- 
feriría ver esas riquezas en poder de aque- 
llos á quienes pertenecen q<ie en el mío; 
pero al (inalizar el día ya no seré yo el 
depositario. .« voy á contparar por la úl- 
tima vez el estado de estos valores y en 
seguida lo confrontaremos con el registro 
y la cartera que tienes en la mano. 

BetsaUé hizo una señal de aprobación, 
Samuel volvió á cojer su pluma y se en- 
tregó con el mayor cuidado á sus cálculos 
de banco: su muger quedó sumida invo- 
luntariamente en los crueles recuerdos que 
una fecha fatal acababa de renovar, Ira- 
yéndole á la memoria la muerte de suhijo. 

Espongamos rápidamente la sencillísi- 
ma tn'storia, aun(|ue en apariencia bien 
novelesca, bien maravillosa de los 50,000 
escudos, que gracias á la acumulación yá 



ldnvini«traci(>n, s>' habían trasformado en 
la importante suma de 10.000,1)00, fijada 
por el padre de Aigriguy quien , aunque 
no muy bien informado sobre este asunto 
y pensando ademas en las desastrosas 
eventualidades, pérdidas y bancarrotas 
que durante tantos años habían |)odido 
tener los depositarios sucesivos de estos 

valores, hallaba aun enorme la suma 

de 40.000,000. 

La historia de esta fortuna, que se ha- 
llaba necesariamente ligada á la de la fa- 
milia de Samuel , está reducida á pocas 
palabras. 

Hacia el año de 1670, muchos años an- 
tes de su muerte, Mr. Marius de Kene- 
pont con motivo de un viaje á Portugal, 
y gracias á poderosas relaciones, tuvo la 
dicha de salvar la vida á un desgraciado 
judio condenado por la inquisición á las 
llamas, por asuntos de religion.... 

Este judio era Isaac .Samu*^/, abuelo del 
conserge de la casa de la calle de San 
Francisco. 

Los hombres generosos estiman muchas 
veces á sus favorecidos á lo menos tanto 
como estos á sus bienhechores. Habién- 
dose cerciorado primeramente que Isaac, 
el cual ejercía en Lisboa un comercio de 
permuta, era un hombre honrado, activo, 
laborioso é inteligente, Mr. de Benepont' 
que poseía entonces cuantiosos bienes en 
Francia, propuso al judio si quería acom- 
pañarle y administrar su fortuna. La es- 
pecie de reprobación y desconfianza que 
ha perseguido siempre á los israelitas es- 
taba entonces en su apogeo. Isaac se mos- 
tró doblemente agradecido á la prueba do 
confianza que le daba Mr. de Renepont. 

Aceptó pues y decidió desde este día 
consagrar su existencia entera al servicio 
d^ aquel que después de haberle salvado 
la vida, liabia manifestado tanta fé en su 
honradez y probidad, á pesar de wr judio 
26 •' 



m 



ÁLBUM. 



y de que p<^rtenecia aiinà raza tan gene- 
ralmente despreciada, aborrecida y sospe- 
chada. Mr. de Renepont, hombre de ele- 
vados sentimientos y de mucho taltMito, no 
se engañó en su elección. Ha^ta el mo- 
mento en que fué despojado de sus bienes, 
estos prosperaron maravillosamente en po- 
der de Isaac Samuel, quitti dolado de una 
admirable aptitud para los negociüs, apli-. 
caba esta esclusivaniente á los intereses de 
su bienhechor. 

Sucedió después la persecución y la rui- 
na de Mr. de Kenepont cuyos bienes fueron 
confiscados y abandonados á los reviren- 
dos padres de la Compania de Jesús po- 
cos difls antes de su muerte. Oculto eii el 
retiro que habia elegido, para concluir en 
él violentamente sus dias, maudó llaman 
secretamente á Samuel, y 1e entregó 50 
mil escudos en oro, único resto de su pa- 
sada fortuna ; este íífl servidor debia ha- 
cer valer esta suma acumulando y em- 
pleando los intereses; igual obligación im- 
ponía á un hijo que tuviese; á falta de es- 
te deberla buscar un pariente de bastan- 
te probidad para que continuase esta ges- 
tion á la cual se asignaría una retribución 
proporcionada : semejante gestion deberla 
ser trasmitida y perpetuada de unos en 
otros hasta pasado siglo y medio. Mr. de 
Renepout pidió ademas á Isaac que du- 
rante su vida fuese conserge de la casa de 
^'a calle de San Francisco, donde seria alo- 
j3u\o gratuitamente y que si fuese posible, 
legase* 3 su descendencia estas mismas 
atribuciones. 

Aun cuando Isaac no hubiera tenido hi- 
jos, el poderoso esplritfi de mancomuni- 
dad que las mas de las veces liga las fa- 
milias judias unas con otras, hubiera he- 
'•lio praclieable la última voluntad de Mr. 
de Renepont. Los parientes de Isaac se 
hubieran asociado á su gratitud para con 
ej bienhechor; ellos mismos y sus sucesi- 
yas generaciones hubierap cunvplido reli- 



giosamente la obligación que se había Tllh- 
puesto á uno dfrellos ; pero Isaac tuvo un 
iiijo algunos añros después de la muerte 
de ¡Mr. Renepont. 

Este hijo, Léví Samuel, riacidocnl689, 
no habiendo tenido descendientes de su 
primera muger, se casó segunda vez casi 
á la edad de 60 años , y en Î750 tuvo ú'h- 
hijo, que fué David Samuel, conserge de 
la casa de la calle de San Francisco, el 
cual, en 1832 (época de esta historia), te- , 
nia 80 años y prometía vivir tanto como 
su padre, que murió á "los 03; diremos 
por último que Abel Samuel, el mismo 
que lloraba tan amargamente Retsabé, 
nació en 1790 y murió de resultas del 
knout ruso á la edail de 26 año?. 

Establecida esta humilde genealogía, se 
comprenderá fácilmente que la longevidad 
sucesiva de estos tres individuos de la fa- 
milia de Samuel, los cuales se habían cons- 
tituido en giMrdas de la casa tapiada ^f 
juntaban deesle modo el siglo xix aliví!» 
habia simplificado y facilitado singular- 
mente la ejecución de la últÑna Voluntad 
de Mr. de Rencpent; pues este declaró 
formalmente al abuelo de Samuel sus de- 
seos de que la suma quede-aba fuese solo 
en aumento mediante la capitalización de 
los intereses do 5 por ciento para que esta 
fortuna llegase á sus descemiientes libró 
de cualquier innoble especulación. 

Los correligHonariosde la familia de Sa* 
inuel , primeros inventores de ia letra -de 
cambio que los sirvió, en la edad me- 
dia, para trasportar misteaosamente de 
un estremo á otro del mundo valores con- 
siderables, para ocultar su fortuna y para 
ponerla á cubierto de la rapacidad de sus 
enemigos, yen una palabra, los judíos ha- 
biendo hecho casi solos el comercio del 
cambio y del dinero liasla el fin del si- 
glo xviii , ayudaron poderosamente á las 
transacciones secretas y á las operaciones 
financieras de U familia de Samuel, «[«© 



ÍLIÍtil. 

^aM liasla 1820 colo.ó siompro sus lialu'- 
rt'S , (|iK' ll«'f;ar<ii> á iiiuHi.ilicarsc suct'si- 
vaint'iiti' , vu las <'a>a> ilf biiict» y cu los 
(>>lal)Ii'(-iitiiciili)s i>ra).*Ulas tl«! mas ruiiiaUc 
Kiiropa. 

KsU' modo <le i)i)rar, si'i;iiro y ociillo, 
ptMiiiilió al con'ÑtTi.'t* actual lii* la casa do 
la calle de ïran Fraiici>co tívolinr, sin (|il(' 
nadie lo stipieso , y ini'diante simples de- 
pÚMtoá*') por letras de cambio , enormes 
sumas, puripie en tiempo de sugestión 
fué cuando priti(i|)a!níoiite la suma capi- 
talizada adtpiirió con la acumulación una 

" eslension casi iiioatoulable , pues que su 
padre y sobre todo su abuelo í<oK> liabiait 
tenido comparativamente pocos fondos que 
cuidúr. 

Nada inspira mas interés, no hay cosa 
mas noble ni mas respetable que la con- 
ducta de los individuos de esta familia is- 
radita, quienes responsables del compro- 
fuiso de gratitud coiHraido por uno de los 
suyos, se dedicaron durante tanto tiempo 
y con tarito desinterés como inteligencia y 
probidad á la lenta acumulación de una 

iortuna regia sin esmerar la menor parte 



10CÎ 

de ella , y qliD, gracias a «líos, debia I e- 
gar pura é iiinictisa á manos de lo-» des • 
eendit'tites di-l bienlit'clior de sh alHiclo. 

Na^la en lin es mas li(kiirosi) pura rl 
proscripto que íiace el depó>ito y para «•! 
judío (pie le r»cibe que la simple p;il3l>r.i 
dada sin mas garantía ipie una coiiíi mi/:.! 
y una estimación recíprocas, sobii> iml.) 
ralándose de un r«'SuÍtado que solo debia 
tener efecto al cabo de 150 anos 



Después de haber Icido segunda vez v 
con suma atención ííI inventario, Sainu< I 
dijo ti su uuiger : 

— Rstoy seguro de la • xaditiid de las 
sumas: ¿«piiéres que veamos ahora si es- 
tas coinciden con los apuntes que tienes 
en la niaiio? al propio Hemp» me cercin- 
raré de ^i los títulos están clasificados pw 
orden en esta caja, porque mañana liek* 
entregarlo todo al notario cuando se ;ibia 
el testamento. 

— limpieza, amigo mió, dijo Betsah«'\ 

Samuel leyó el estado siguiente, y al 
mismo tiempo iba veriücando en la caja. 



104 



ALBUM. 



*^r 



5-© S 00 — 3 
" -« 2 '^■a = 




ÁI.Ul'M. 



105 



—liso es, iopu<íu Samuel después de 
liaber contddo y comparado las cartas en- 
cerradas en la caja de cedro. Queda á 
(iisposícion de los herederos la suma de 
^12.17j,0ÜÜ fiuiiLos. 

V el aiicidiii» miró á su iiuií;»'r con una' 
«spresioii de orgullo á la verdad bien le-: 
gítimo. 

— ¡ Ivso es ¡ncreible ! esclamó Bolsabé 
admirada: yosabiaque se nos habían con 
liado ír\inensas sumas; pero jnmás hubie 
ra podido pensar (jm* 150,000 ira neos hu- 
4)iese«í sido el origen, hace siglo y niedio , 
de esta imnensa fortuna. 

— ^,Y es el lírn'eo, Detsabí^, re|)Uso el an- 
ciano con satisfaccioií.Sin duda, mi abue- 
lo, mi padre y yo liemos observado siem- 
pre la mas escrupulosa fidelidad y exacti- 
tud en la gestion de estos fondos, y he- 
mos debido tener bastante sagacidad en 
la elección de los depósitos durante la re 
volucion y las crisis comerciales; esto no 
ofre^ia diíicullail, gracias á nuestras rela- 
ciones mercantiles con nuestros correli- 
eionarios de t'^dos los países. Las órdenes 
formales de Mr. de Renepont estaban 
así concebidas, de modo que en el mundo 
noexiste furtima mas puraque esta. ..Sin 
nuestro desinterés y con solo aprovechar 
algunas circunstaíicias favorables, esta su 
ma hubiera podido ser mucho mayor. 

— j Ks posible I 

— I. a cosa es muy sencilla, Bet^abé.... 
todo el mundo sabe ((iie á los 14 años im 
capital (jiiuda duplicado con solo acumu- 
lar los intereses al 3 por ciento: reflexio- 
na ahora que en 150 años hay diez veces 

t?l mismo intervalo que estos 150,000 

fraoco^ han sido acumulados otras tantas 
veces, y lo ipie ahora te admira te pare- 
cerá muy sencillo: en lü82 Mr. de Re- 
nepont confió á mi abuelo 150,000 fraí>- 
cos; esta suma, capitalizada del modo que 
te he dicho, ha debido producir en 100(3, 
es decir 14 jños después, 300,000 fran- 



cos. Ivitos íluplicados en 1710 han produ- 
cido COO.ÜOO, A la muerte de mi abuelo, 
en 1711) esta í.uina ascendía ya á casi un 
mill.in; en 1724 ha dibido ser a 1 .200,000 
francos: en 1738 á 2.100.000; en 1752, 
dos años después de mi naciüiiento ^ 
4.800.000 francos: en 1700 á O.ÜOO.OOO; 
en 1780 á 19.200,000 franoos: c-n 1701, 
doce años drspues de la muerte de mi pa- 
dre á 33.400,000; en 1808 á 70.800,000; 
en 1822 á 153.000,000 francos; y hoy 
juntando los intereses de estos últimos años 
deberla ser á lo menos de 225.000,000. 
Pero las pérdidas y gastos inevitribles; cu- 
ya cuenta vAà demostrada con la mayor 
exactitud, han reducido esta cantidad á 
212.175,000 francos, suma contenida w 
esta caja. 

— Ahora compr-ndo, amigo mió, re- 
puso I{et>abé pensativa: ¡qué increíble 
poder tiene la acumulación! ¡(jué admi- 
rables c sas podían hacerse con débiles 
recursos I 

— Eso ha sido, sin duda, la ¡dea do 
Mr. de Ueneponl; punjue, segim decía 
mi padre haber oído á mi abuelo, Mr. de 
Hencpont era un hombro de mucha íi.te- 
ligencia, respondió Samutl CL-rrando la caja 
de cedro. 

— ¡Dios quiera que sus descendientes 
sean dignos de esta regia fortuna y hagan 
de ella un noble uso! dijo Betsabé levan- 
tándose. 

Va había amanecido enteramente y se 
oyeron dar las siete de la mañana. 

— Los albañües no lardaran, dijo Sa- 
muel volviendo á colocar la caja de cedro 
en la de hierro , que estaba oculta detrás 
del armario viejo de encina 

Dos ó tres golpes vigorosos dados con 
el aldabón en la puerta cochera resonaron 
en todo el ámbito de la casa. Kl ladrido 
de los perros del guarda respondió á este 
ruido. 

Samuel dijo á su muger: 
27* 



m 



ktvVÜ. 



-^Sin duda son los albañiles que envia 
el nolario con un oficial de su oHciiía ; 
reúne todas esas llaves con sus letreros 
pues vuelvo al insianlc á buscar as. 

Y diciendo esto, Samuel bajá precipi- 
tadamente la escalera, á pesar de sus anos, 
abrió con prudencia un postigo y vio 1res 
hombres testidos de albañiles y acoinpa- 
fiados de un joven en traje negro. 

— ¿Qué seos ofrece, señores? dijo el ju- 
dio antes de abrir para cerciorarse de la 
identidad de las personas. 

— Vengo de parte del nolario Mr. Du 
mesnil, dijo la persona >estida de negro, 
para presenciar la operación de abrir la 
puerta tapiada , hó aqui una carta de mi 
priocipal para Mr. Samuel conserge de la 

casa. 

— Yo S'-y, dijo el jnd o; tened la bon- 
dad de echarla en la caja , voy á tomarla. 

El oficial asi lo hizo humíiuo encogién- 
dose de hombros. Nada le parecía mas 
ridículo que estas sospechas de! anciano. 

El conserge abrió la caja, tomó la carta 
y fué á leerla al estremo de la bóveda y 
á comparar la firma con otra del mismo 
notario que sacó del bolsillo de su sopa- 
landa : después de haber tomado estas 
precauciones, y de atar á los perros, vol- 
vió para abrir una h(>j;i de la puerta al 
curial y á los albañiles. 

— iQué diantres, buen hombre!- dijo 
el curial al entrar; ¡aunque fuese la puerta 
de una fortaleza no podríais tomar ma- 
yores precauciones ! 

El judio se inclinó sin responder. 

— ¿Sois sordo, amigo mió? gritó el cu- 
lial á los oidos del conserge. 

— No, señor; respondió Samuel, son- 
riéndose y dando algunos pasos hacia fuera 
de la bóveda; después, señalando la casa, 
añadió: Hé aquí la puerta tapiada que es 
menester abrir : será preciso igualmente 
quitar las barras de hierro y las placas de 
plomo de la segunda ventana de la de- 
recha. 



— ¿Y porqué raion no se han de at/ríP 
todas? preguntó el curia!. 

— Porque tales son las órdenes que he 
recibido, como conserge de la Cr.sa. 

— ¿Y quién os ha dado semejantes ór- 
denes? 

— Mi padre, á quien el suyo se 'a? tras- 
mitió de parte del amo de la casa. Cuando 
yo deje de ser guarda de elia y cuando 
esté en poder del nutvo pro})iotariü, este 
obrará como guste, 

-^Está bien, dijo el curial bastante sor* 
prendido ; en seguida dirigiéndose á los 
albañiles, añadió: Empezad, destapad la 
puerta y quitad las placas de la segunda 
ventana de la derecha» 

Al mismo tiempo que los albañiles es- 
taban ocupados en hacer su obligación^ 
bajo la inspección del curial, se detuvo 
un coche á la puerta, y ftodin acompd^ 
nado de Gabriel, entró en !a casa de la 
calle de San Francisco. 
XIX. 

EL HEREDERO. 

Samuel fuéá abrir á Rodin y á Gabrief, 
y el priniero dijo al judio : 

— ¿Sois el conserge de esta casa? 

— Sí, señor, respondió San>ut>l. 

— El señor abate Gabriel de Kenepont 
que veis aqui . es uno de los descer^dienles de 
la familia de llenepo-nt. 

— Me alegro mucho, caballero: dijo c.i- 
si involuntariamente el judío admirado de 
la angelical fisonomía de Gabriel, porque 
la nobleza y ia generosidad de alma del 
joven eclesiástico se conocía palpablemen- 
te en sus miradas de arcángel y en supu- 
ra y blanca frente coronad^ ya con la au- 
réola del martirio. 

Samuel miró á Gabriel con una curio- 
sidad llena de bonevolencia y de interés ; 
pero conociendo en el mismo momento 
que esta silenciosa contemplación <ra una 
causa de eml^^arazo para Gabriel , dijo : 

— Señor abate, el notario no vendrá 
basta las diez. 



1I.BV3I. 



!CT 



tiíhtiel le miró sorprendido y respon- 
dió: 

— ¿Olió nolario? 

— Kl paíire d' Aigrigny osloosplicüfá... 
se apresuró á decir Uudin ; y iliii^i(''ndt)SL' 
Á Siimiiel nfiadió: nos li(>niits adeluiilado 
tin poco... ¿no pi)(lriau)os esperar en al- 
guna parte la llegada di-l noliirio? 

— Si queréis luniaros la inoltstia de ve- 
nir á mi cuarto, voy á culiducirus á ^>l , 
respondió Samuel. 

— Acepto y os doy las gracias , repuso 
Uodin. 

— Tened la Nondad de seguirme, dijo 
c! anciano. 

Pocos momentos después el j«')Ven eeie 
siástico y Koditi , precedidos <Je Samuel 
vntraron en una di* las pi< tasque este ocu- 
paba en el piso bajo dol cdilicio que daba 
«I patio. 

— lil señor abato de d' Aigrigny que ha 
hecho las veces de tutor de .M. Gabritl, 
ho dfbe tardar i-n venir, añadió Uodin 
¿tendréis la bondad de introducirle aquí? 

— Con mucho gusto, dijo Samueial sa- 
lir. 

(jabriel y Rodin (juedaron solos> Al ca- 
bo de un corto silencio atpiel dijo a\ sucio: 

— ¿Tendréis la bondad de detirme por 
qué razón me ha sido iniposible ver al pa- 
dre d'Aigrigiiy en tantos dias, y por qué 
ha eN'jido esta ca>3 para düinie audien- 
cia? 

— No puedo responder á vuestras pre- 
guntas, repuso fiian^ente Uodin. Su Uc- 
vercncia no puedf lardar y entonces ^jo- 
dreis saberlo. Lo único que pui-do deciros 
es que N. U. P. desea tanto como vos 
esta entrevista y si ha elfjido esta casa es 
porque en ello tenéis ini grand*,* interés... 
Ya lo sabéis á pesar de la admiración que 
habéis mostrado al oir al conserje hablar 
de un notario. 

Y diciendo esto Uodin miró ron curio- 
sidad é inquietud à (labiiel cuyo rostro 



no manifestaba mas que Una grande sor- 
presa. 

— No os entiendo, añadió fiabrirl, 
¿qué interés put'do yo ten«r vn hallarme 
aqui ? 

--Os repito que es imposible que irt 
ignoréis, repuso Uodin, mirando á <ia- 
briel con suma atención. 

— Os aseguro de ntievo que nmtn sé , 
respondió el eclesi.ístico casi ofendido de 
la perseverancia de Uodin. 

— f, Oué os ha dielio ayer virestra ma- 
dre adoptiva ruando vino á veros? ¿ypor 
(|ué \'A habéis recil)itio >in la autorización 
de S. U.? ¿No os ha hnblado dedcrlos pa- 
peles de familia «jue os acompañaban cuan - 
do os recojió? 

— No señor, respondió dabriel. Esos 
papeles fueron entregados'entonces al con- 
fesor de mi madre adoptiva , y después 
han pasado á poder del padre d' Aigrigny. 
Esta es la primera vez que oigo hablar de 
ellos, después de mucho tiempo. 

— ¿Con que aseguráis que Francisca 
Raudoin no ha venido ayer á hablaro*: de 
este asunto? repuso tercamente Uodin, 
acentuando lentamente sus palabras. 

— Esta es la segunda vez (|ue me ma- 
nifestais tener dudas sobre lo que os Ihí 
afirmado, dijo dulcemente el joven ecle- 
siástico, reprimiendo un moviniieeito de 
impaciencia. — Os aseguro (¡ue digo la 
verdad. 

— Nada sabe, pensó U'.'din, porque co- 
nocía á fondo la sinceridad de Gabriel para 
conservar la menor duda después de una 
declaración tan positiva. O» creo, repuso 
el socio. Esto me ha ocurrido tratando do 
saber la razón porque habei« infringido 
las órdenes del U. P. d* Aigrigny subre el 
absoluto retiro que os impuso con la idea 
de impediros la menor comunicación con 
personas estrañas.... y aun contra todas 
las reglas de nuestra casa os habéis toma- 
do la libertad decerrar la piierla de vues- 



1 



los ALBUM 

tro cuarto que debe quedar siempre en- 
treabierta á fin deque la mutua vijiiancia 
que nos está mandada pueda ser ejercida 
con mayor facilidad.... Solo la necesidad 
de una conversación importante con vues- 
tra madre adoptiva puede esplicarme vues- 
tra grave falta contra la disciplina. 

• — Mme. Baudoin ha querido liablar á 
un eclesiástico y no á su hijo adoptivo, 
respondió gravemente Gabriel, y asi lie 
creido poder y deber oiría ; si lie cerrado 
la puerta es porque se trataba de una con- 
fesión. 

— ¿ Y qué era lo que tanto urgía á Fran- 
cisca líaudiii.i? 

-^No tardareis en saberlo, si acaso es 
la voluntad de S. R. que oigáis nliestra 
conversación, repuso Gabriel. 

Estas palabras fueron pronunciadas con 
tono firme y decidido, y durante algún 
tiempo no se volvió á oir una palabra. 

Recordaremos al lector que hasta este 
momento los superiores de Gabriel le ha- 
blan ocultado la menor cirounslancia re- 
lativa á ios graves intereses de familia 
que reclamaban su presencia en la ca- 
lle de San Francisco. La víspera, la mu- 
ger de Dagoberfo, absorta en su dolor, 
'no liabi;» pensado en decirle que las 
huérfanas debían liallarso en el mismo 
sitio, y aun cuando le hubiese ocurrido 
«sta idea , tal vez no lo hubiese hecho 
acordándose de los encargos que le hizo 
su marido. 

Gabriel ignoraba enteramente las rela- 
•ciones de parentesco (jue tenia con las hi- 
jas del mariscal Simon, con Mlle.deCar- 
-<lovi!le , con Mr. Hardy, con el principe 
Djalma y conDuorme-en-Cueros, en una 
ij)atabra , si le hubiesen revelado que era 
v\ heredero de Mr. .Marius de Renopont, 
■se Imbiera creido el solo descendiente de 
•esta familia. 

Durante el largo silencio que sucedió á 
5u conservación con Rodin, Gabriel se ha- 



bía puesto á exami'iar por las ventanas 
del cuarto bajo las operaciones de los al- 
baniles que estaban ocupados en ílesfa- 
piar la puerta > y en quitar las barras de 
hierro que sujetaban la placa de plomo ala 
parl^ esterior óel edificio. 

En este momento entró en el cuarto 
el padre d'Aigrign.y acompañado de Sa- 



Antes qtie Gabriel pudiese volver la ca- 
be/a , Uoditi tuVo bastante tiempo para 
decir en voz baja al marqués : 

— Nada sabe y nada hay que tcmerdel 
indi"> 

\ pisar do la afectada Iran'juiüdad del 
padre d' Aigrigiiy , sus f.iocidtios estaban 
contraídas coa)o las de un jugaiioniue es- 
tá á puflto de ver decidir una partida de 
terrible importauí-ia. Hasta aquel uio'- 
meoto todo confribuia á favarecer los de- 
signios de la Compailíd; pero no por eso 
dejaba de pousnr con espanto en las cua- 
tro horas (¡ue (¡uedabaii aun para llegar 
al término fala'. 

Habiéndose vuelto Gabriel, ehnaríjíjés 
le dijo con tono cordial y a iecl iinso , acer- 
cándose á él con la sonrisa en los labios y 
alargándole la mano: 

— Mi queri lo hijo, mucho he sentido 
no haber podido oíros hasta ahora como 
lo deseabais desde el momento de vuestra 
llegiila, y ni'iclíO mas haberme visto pre- 
cisado À imponeros algunos días de retiro. 
.\unque no tengo necesidad de daros es- 
plicacion ninguna sobie las cosas que os 
ordeno, sin embargo no puedo menos de 
confesaros que si he obrado Jiléese modo, 
solo ha sido por vuestros intereses. 

— Debo creer á V. R. respondió Ga- 
briel inclinándose. 

El joven eclesiástico no podia menos de 
sentir una vaga emoción causada por el te- 
mor, porque hasta el,dia desu marcha para 
lami.><ion de Améiica, el padred' Aigrigny, 
en cuyas manos había hecho ios formida- 



alhi'M. 

liles votos 'jiii' !i? libaban irrevut iltlomoii- 
lí« á la Socii'da-I di- J^'^us, el iiiiir<|ii.'s lia- 
Mn ejercido sobro il una grande lulltien- 
i-ia. 

I.as improioiies de la prirnerajuvenlul 
III se biinaii jamas , y i-sii eia la prime- 
ra vez ijue desde sn vuelta se ab'<r;i't>a (i.i- 
ftriel con el padre l'Ai^ri¡^iiy ; a-i es «¡ne 
oiinijue lio sintió debilitada la dclermina- 
eioii <|iie liabia tomado, se arrepintió de 
410 liabiT tenido mnyr.r ánimo para entrar 
en una tranca con>crsacion con Ayricol y 
Dagoberto. 

Kl padre d' Aiiirimiy tonia bastante co- 
iiocíinienti) del Oi»i.izon liuniaiio para no 
iiolnr l< emoción del joven eel>'SÍástico y 
f»ara H) hacerse cargo de su origen, lista 
iiiipre.>ion le paieri<'> de butMi ahilero, y 
pi>r lo tanto redobló sus atenciones, re 
servándose eB caso necesario tomar otra 
máscara. Sentóse dejando á llodin y á 
(labriel de pié y diciemlo á ole último: 

— ¿Con »|iié tenéis un gran deseo de 
entrar conmigo en una materia impor- 
tante? 

— Si, padre, dijo Gdbriel bajando in- 
volualariamente la vista ante los luiiiino- 
■SJs y r,i>gadus ojos de su supeiior. 

— También yo tengo (¡ue dedros cosas 
de suim importancia; cscucbadmo y des- 
pués liablaréis. 

— Kslá muy bien, |)adre mió. 

— Hace casi doce anos, hijo mió, dijo 
areoluo>aHienl<; dWigrigny, (¡ue el confe- 
sor de vuestra madre ado])<iva se dirijióá 
ini, por medio de Mr. Kodin, y me balrló 
«le vos contándome los muclios progresos 
<iue lijciais en la escuela de los Herma- 
nos. Supe efectivamente que vuestra es- 
celente conducta, que vuestro dulce y 
modesto carácter y vuestra precoz inteli- 
gencia eran dignos del mas tierno interés: 
de>dc este momento se observaron vues- 
tros progresos y viendo al cabo de algún 
tiempo, que en nada desinerocian, me 



109 



pareció (|iie podria sacarse de vos un parti- 
do diferente del (|ue >e debia esperar de un 
artesíino: liubo algunas esplicacitmis COn 
viK'.oIra madre adoptiva, y por mis reco- 
mendaciones fuisteis admitido graluíla< 
mente en lina de las escuelas de nuestra 
Compania; asi (jue desde e^le momento 
se aliMÓ algún tanto el enorme p»'so tpie 
gravitaba sobre la escelente muger que os 
recojió, y recibisteis, mediante nuestros 
paternales cuidados, todos los benelicios 
d*e una educación religiosa. ¿No es verdad 
todo esto, hijo mió? 

— Si, padre, respondió Gabriel bajando 
los ojos. 

— Al paso que crecíais se desarrollaban 
e¡i vuestra inteligencia varias y esceleu- 
tes virtudes; principalmente vuestra dul- 
iura y vuestra obediencia ejemplares, 6 
hicisteis rápidos progresos en vuestros es- 
tu<]ios. Kn a(iuella época yo ignoraba to- 
davía la carrera á que os inclinabais. Sin 
embargo, estaba pers\iadidoque, en todas 
las circunstancias de vuestra vida, porma- 
neceriais siempre un hijo predilecto de la 
Iglesia. Mis esperanzas no salieron fallidas, 
ó por mejor decir con vuestro modo de 
obrar quedaron muy atrás. 41abiendo sa- 
bido conlidencialmente que vuetra madre 
adoptiva deseaba con ansia que os orde- 
naseis, correspondisteis después generosa 
y religiosamente á las ideas de la escelente 
mujer a (¡uien tanto debiais... Pero como 
el Señor es siempre justo en sus recom- 
pensas, (|uito que la mejor j ruebade gra- 
titud (]-ie pudieseis dar á vuestra madre 
adoptiva fuese al mismo tiempo provecho- 
sa , puesto (jue os hizo entrar éntrelos 
miembrus militantes de nuestra santa 
iglesia. 

A estas palabras del padre d'Aigrigny, 
Gabriel no pudo reprimir un movimiento 
acordándose de las Iri.Ntes confianzas de 
l'raiici>C3; pero logró contenerse, Uodiri 
continuaba de pié y apoyado coolra uu 
■Ib' 



IIÇI ÁLBUM. 

ángulo de la chimenea observando todos 
sus movimientos con una atención sipgu 
lar. 

El padre d'Aigriny repuso: 

—No os ocultaré, hijo mió, que vues- 
tra resolución me colmo de alegría, y des- 
de aquel momento os consideró como una 
de las futuras lumbreras de la Iglesia , re- 
gocijándome de verla brillar en medio de 
nuestra Compañia. Habéis soportado con 
ánimo nuestras numerosas y difíciles prue- 
bas, y os he creído digno de contaros co- 
mo uno de nuestros miembros, y después 
de haber prestado entre mis manos el ir- 
revocable y sagrado juramento que os liga 
para siempre á la Cumpañia, para mayor 
gloria del Seiior, habéis manifestado de- 
seos de corresponder á la conHanza de 
nuestro Santo Padre é ir á predicar la fé 
católica á los bárbaros. Pur dulorosa que 
fuese nuestra sepy ración, debimos confor- 
marnos y acceder á tan piadosos deseos, 
y habiendo salido de aquicomo un humil- 
de misionero, habéis vuelto como un glo- 
rioso mártir, y nos envanecemosjuslamen- 
te de cor)taros en el número de los nues- 
tros. Esta rápida relación de los sucesos 
anteriores es ^mámente necesaria para 
Iq que voy á deciros : porque se trata^ si 
fuese posible.... de estrechar mas aun los 
lazos que os ligan á nosotros. Escuchad- 
me, hijo mío, con la mayor atención; lo 
que sigue es un secreto de la mayor im- 
portancia no solo para vos sino para la 
Compañia entera. 

—En esc caso, padre mió respon- 
dió Gabriel vivamente interrumpiendo 
al padre d'Aigrigny.... no puedo ni debo 

oíros. 

Y en esto el joven eclesiástico sedemu- 
í""*» y por la alteración de su fisonomía pu- 
conocerse muy tiicn el violento com- 
bate á que estaba entregado, perovolvien 
do de pronto á su resolución primitiva 
levantó la cabeza y filando la vista con 



resolución en el padre d'Aigrigny y eB 
Ridin que estaban mirándose llenos de 
sorpresa, repuso: 

— Os lo repito, padre tnio, si se trata 
de cosas confidenciales de la Compañia... 
me es imposible escucharos, 

-^Verda<!eramente, hijo nuo, vuestras 
palabras mé admiran. ¿Que tenéis? Es- 
tais demudado, vuestra emoción es visi- 
ble.... Vamos, hablad, hablad sin temor... 
¿Por qué no debéis oirme mas? 

— Sin haceros, padre mió, una rápida 
exposición de lo pasado, me es imposible 
decíroslo. Hecha esta conoceréis entonces 
que no tengo el menor dereth > á vuestras 
confianzas, porque no tardará mucho sm 
que nos separe un abismo; 

Es imposible describir lá fuerza dé laâ 
miradas que cambiaran Rodin y ol mar- 
qués á estas palabras de Gabriel: el socio 
empezó á morderse las uñas fijando en 
Gabriel sus ojos de reptil con indignación. 
El marqués se quedó lívido , y su frente 
se cubrió de un sudor frío. Temía que en 
el mofrsentd de llegar al término deseado, 
el obstáculo viniese de parte de Gabriel ert 
cuyo favor se habían vencido todas las di- 
ficultades. 

Est» idea era terrible , pero á pesar dé 
eso el marqués se contuvo admirablemen- 
te, conservó su sereflidad y respondió corr 
afectuosan ncion: 

— No puedo creer, hijo mió , que uno' 
y otro estemos separados jauíás por un 
abismo... á no ser por el abismo del dolor 
que me causaría algún golpegraveque ame- 
nazase vuestra salvación... pero hablad..^ 
ya os escucho. 

— Hace eíectivainenle doceaiíos, re- 
puso Gabriel con voz firaie y anirrtándose 
gradualmente, que gracias á vue-stra so- 
licitud entré en un colegio de la Compañia 
de Jesús, y entré con sumo gusto, lleno 
de las mayores esperanzas, lealtad y con- 
fianza. El dia de uii admission mt dijo el 



«' BUM. 



lil 



'Superior señalándome dos niños nlgo ma- 
yores (|,ie yo : 

« ll«'' a<|iii los compañeros q(ie preferí ■ 
reís: os pasearéis lostresjiinlos; la rejjla de 
la casa prohibe lodo género ilecDiivcrsarion 
con (los personas solas y al iiii>mo tiempo 
manda (jue escnrlieis con atiiiiioii lo «lue 
os digan vuestros co[ii|)anor«)S , para dar- 
nie ai instante cuonla do rilo, porijiie es- 
tos tiernos niños pueden tener involunta- 
riamente malos pensamientos ó proyectar 
algunas fallas; si tenéis afecto á Nuestros 
compañeros, es preciso que me hasais 
advertir sus malas tendencias para que 
mis patvrnales ohservacioiles puedan evi- 
tarles el ca-l'^o [ireviniendo sus faltas 

Vale ma> pre\en r que castigar el mal. 

— Efeclivamenle, hijo niio, latos son 
Ids reglas de nuestra casa y el lengua- 
je que Se tiene con los nuevamente admi- 
tidos, dijo el padre d' Aigrigny. 

— Lo si'', padro mió, continuó (labriel 
con tristeza : asi es <|ue tres dias después, 
como yo era un pobre niño créduloy obe- 
diente, espié sencillauíeiileá mis cou)pa- 
ñeros, escuchando y conservando en mi 
memoria sus conversaciones, para ir, co- 
mo en efecto hice, á dar cuenta de ellas 
al superior, ti cual me felicitó por nji ce- 
lo. Lo (|UH me obligaban á hacer era una 
cosa indigna , y sin embargo, Diossabequo 
creia cumplir un deber caritativo. Consi- 
derábame feliz obedeciendo las órdenes de 
misupiriur que yo rtspelaba, y cuyas 
palabras escuchaba yo como si viniesen de 
Dios... í'oco después, un dia que cometí 
una infracción en la regla de la casa, me 
dijo el superior; IJijo mío, íuiUis mereci- 
do un coillgo gevero, pero se os peri/oi.ará 
si llegáis á surprenJcr á uno ¡le vuestros 
compañeros en igual falla. '1 eniiendo que 
á pesar de mi celo y de mi ciega obedisn- 
cia rae pareciese odioso, el superior aña- 
dió: Esto que os digo, hijo mió, es por el 
interés que nif tumo en la salcarion de vues- 



tro c mpañero , porque ti no le ensli'iatr fe 
htthituariit al mal con la impunidad ; sor- 
pretidtnidote en una falla <■ imponimdo'r un 
saludable castigo, tendréis la diiUe veiloja 
de contribuir á «u salvación y de nuntrtíeros 
vos mismo á un cfistií/o ntercrido , pero cu- 
ya remisión habrá sido causada pur ih<v<íío 
celo ¡vira am el prójimo. 

— Suiduda, respondió el padre d" Aigrig- 
ny cada vez mas asustado del lenguaje de 
(labriel, y verdaderamente, hijo nuo, to- 
do esto es conforme á la regla que se si- 
gne en nuestros colegios y á los hábitos de 
las personas de nuestra (Compañía. 

— Lo sé... csclamó ílahriel; 

— t)uerido hijo, conlinu-' el marqtirs, 
procurando ocultar bajo una apariencia 

de dignidad ofendida su secreto terror 

(>s diré a(|ui entre los dos (jue lodo esto 
debe parecer bien estrañó. 

Kn este momento, Hodin ,separ:ui*!(>se 
de la chimenea eti que se eslabii apnyado, 
empezó á pasearse por el cuarto con aire 
pensativo y continuando en morderse las 
uñas. 

— Siento, continuó el martjués, verme 
en la precisión de recordaros (jue nos de- 
béis la educación que habéis re(il>id<i. 

— Hasta entonces, repuso ííahriel, yo 
habia espiado á los demás niños con cier- 
to género de desinteréo. Tal era mi fé y 
mi confianza que me habilué á hacer ino- 
cente y candorosamente el papel que se 
me impuso. 

— N'amos al caso, hijo mió, n puso el 
padre d' Aigrigny con ansiedad.... ¿cuál 
es el objeto de esta audiencia (jue liabcis 
solicitado? 

Al decir estas palabras entró Samuel y 
dijo: 

— Un hombre de cierta edad solicita 
íiablar con Mr. Rodin. 

— Yo soy, respondió el socio bastante 
sorprenlido. 

Y antes de salir el judio, entregó al 



112 4LBÜ9I, 

marqués un papel en ol que habia escti- 
tas con lápiz algunas palabras. 

hodin salió sumamente inquieto y de- 
seoso de saber quien podía haber venido 
á buscarle á la ca>a de la callo de San Fran- 

C¡!«CO. 

ti Padre d'Aigrigny y Gabriel queda- 
ron «oíos. 

XX. 

KUPTURA. 

Aquel, sumido en una ansiedad mor- 
tal, lomó ma(|uinalmentc el billete y es- 
taba sin atreverse á abrirlo, dudando so- 
bre el objeto de la conversación de Ga- 
briel , y no alreviéiiduse á responder á lo 
que ya liabia diciiu, Uuníeiido irritar al 
jóvtn iciesiásíico sobre t'uyacabe¿a repo- 
saban aun inffreses tan inmensos. Nin- 
guna de las perplejidades que íiabian ocur- 
rido después de algún tiempo, ninguna 
era mas imprevista ni mas terrible que 
a(|Hella. 

Temiendo inlcriumpir ó interrogar á 
(íabrit'l, el nianiuós esperó, con mudo 
tirrvir, el desenlafo de esta conversación 
hasta entr.nüts tan amenazadora. 

lil misionero repuso : 

— Padre mió, creo un deber mió con- 
titiyar esta narración hasta el momento 
de mi salida para América , y entonces 
comprenioreis la iaz)n por la que he (jue- 
rido habliiros. 

K\ Padre d'Aigri^ny hizo seña á Ga- 
briel para que conliimase. 

— Luego que supe el pretendido deseo 

de mi madre adoptiva, me resignó y 

atmque me costó mucho... salí de la triste 
casa donde pasé mi primera juventud para 
entraren uno dt los seminarios de laCom 
pañía. Mi resolución no era hija de una 

irresistible vocación religiosa sino por 

el deseo de cunq)lir debidamente con una 
deuda sagrada. Sin embargo, el verda- 
dero espíritu de la religion de Jesucristo 
es tan vivificante que me senlí con nue- 



vas fuerzas, anitnado con la idea de pfdt- 
ticar los adorables preceptos del Divino 
Salvador. 

A mi mo lo de ver, y en vez de áseme* 
jarme al colegio donde habia vivido hasta 
entonces, un seminario era para mi un 
sitio bendito donde se practicaba todo 
cuanto hay de mas santo y puro en la fra- 
ternidad evíingélií'ii . aiilicdJo á la vida 
común; dondesepred caba continuauiente 
con el ejemplo el amor de la humanidad 
y las dulzuras inefables de la caridad y de 
la tolerancia. Moral santa y sublime y á 
li que nadn- le^i^lc cuando se predica con 
ios ojos anegados de Ligrimas y el corazón 
devorado <le ternura y caridad. 

AI pronunciar (íahiiel estas últimas pa- 
labras con profunda emoción , sus ojos se 
huinedoeieron y su rostro resplandeció con 
una iiL'üeza ungeiical. 

— Tal es, querido hijo, el espíritu del 
cristianismo; pero sobre, todo es preciso 
, estudiar y esplicar la letia, respondió fría- 
mente el marqués. Nuestros senunarios 
están especialmente destinados á este es- 
tudio. 

La espliracion de la letra es una obra 
de análisis, de diseiplin;! y sumisión, y 
no una obra de corazón ni de sentimiento. 
— G m|)liendo con los deberes del ins- 
tituto salí para Amériea, y concluida mi 
misión volví aqui , después de mucha re- 
ílecsion, decidido á suplicaros queme die- 
seis libertad y que me dis|)ensaseis de mis 
juramentos. Varias veces aunque et» vano, 
he solicitado esta audiencia... y ayer Dios 
permitió que tuviese una larga conversa- 
ción con mi madre adoptiva y por esta 
supe el ardid (pie se habia empleado para 

formar mi vocación 

— (^on (jue, según eso, lo que solicitais 
es salir de la Compañía , dijo el marqués 
lívido y alterado. 

— Sí, padre mió,... como lie hecho un 
juramento ante vuestra presencia, vengo 
á suplicaros que me dispenséis de él. 



-— ^So{»Un eso. vuestra volnnfad os que 
se consideren nulos y de ninj;ijn valor 
vuestros con-promUos voluntarios? 

—Sí, padre mió, 

— ¿Y <in(^ en lo sucesivo nada tengai> 
que ver con l« ('ompañía ? 

— No, padre niio, lo (|iic -olicilo es que 
me dispenséis lus votos. 

— Ya sabéis, liijo inio, (¡ue la Coinpa- 
fií» piK'de separarse de vos, pero no vos 
<Je la (^impanía. 

— liste paso, padre mió, os probará la 
importancia (]ue doy al juramento, puesto 
qui' vengo á solicitar que me lo di-pen- 
seis. si á posar dt? mi si'iplica os negáis á 

ello no me con>id<'rarè coinpnniutidH 

en lo sucesivo, ni á los ojoS de Di.'S, ni á 
los de los hombres. 

— liso es muy claro, dijo el padre d'Ai- 
{:rigny á Uoiliii , y su voz espiró en sus 
labios: i tan profunda era ^u desespera- 
ción I 

Ilcpentinamcnte, y mientras que Ga- 
briel con los ojos l»HJ'is esperaba la res- 
puesta del padre d'Aiyiigny que se quedó 
uuiJo ó inmoble, ocurrió á Uodiit una 
«dea al ver que el 11. P. tenía todavía en 
la mano el billrtu que le liabia entregdo 
poco antes 

El socio se acercó al marqués y le dijo 
en voz baja y con aire dudoso y alar- 
mado : 

— ¿No habéis leido mi billete? 

— No he pensado en ello, respondió tran- 
quilamente el R. P. 

Ki>di4i pareció hacer un esfuerzo sobre 
sí nuauío para reprimir un movimiento 
tle viva có'era; en seguida dijo al marqués 
cofi voz tranquila : 

— Os ruego que lo leáis,... 

Apenas el R. P. hubo jechüdo la vista 
sobre el escrito cuando sus ojo» parecie- 
ron animados con una esperanza : apretan- 
doentoBces la mano del socio con espresion 
de profundo reconocimiento le dijo en voz 
b«ja. 



— Tenéis razón.... (¡abriel es nuestro. 
XXI. 

I'NMIKNÜA. 

El padre d'Ai}:ri^iiy antes de dirijir la 
palabr;i á fiabnel (jm-dó prufiindamcnle 
recojido; su fisonduiía, poco antes des- 
compuesta, se iba serenando poco á poco. 
Parecía meditar y calctilar los efectos de 
la elocuencia que iba á desplegar sobre 
un tema escelente y de un seguro efecto, 
que Rodin , movido por el peligro de la 
situación , le había trazado en pocas lí- 
neas que escribió rápidamente con lápiz y 
(|ue el R. P. en su abatimiento había ya 
olvidado. 

Rodin volvió á ocupar su puesto de ob- 
servación al lado de la climenca á donde 
fué á apoyarse después de haber echado 
sobre el marqués una mirada de superio- 
ridad desdeñosa y colérica acompañada 
de un movimiento de hombros muy sig- 
nificativo. 

Después de esta manifestación involun- 
taria y felizmente inapercibida por el pa- 
dre d\\ígrigny , la cadavérica figura del 
socio volvió á recobrar su glacial sereni- 
dad; sus párpados, que la cólera hizo le- 
vantar un momento, volvieron á su esta- 
do natural y cubríeudo á medias sus ma- 
cüentos ojos. 

Es menester confesar que el marqués, 
3 pesar de su fácil y elegante locución, y 
de sus esquisilos y seductores modales, á 
pesar de su aspecto y apariencias de hom- 
bre de mundo completo y refinado, ha- 
bía como desaparecido por la fuerza de 
la implacable firmeza, astucia y diabólica 
profundidad de Rodin, hombre viejo y 
as(]ueroso, miserablemente vestido, el 
cual raras vec»ís se sobreponía á su papel 
de secretario y d? mudo actor. 

La influencia de la educaciones tan po- 
derosa , que (labriel, a(iesar <lc la ruptu- 
ra formal ijiic acababa de provocar, e-ta- 
ba aun mtimídado en presencia del padre 
29- 



114 



ALBüB. 



d'Aigrigny y esperaba con dolorosa an- 
siedad la respuesta de S. R. á la petición 
espresa que habia hecbo de que le rele- 
vasen de sus antiguos juramentos. 

Su Reverenda babicndo sin duda com- 
binado diestramente un plan de ataque , 
rompió al fín el silencio, dio un prorundo 
suspiro, supo dar á su fisonomía, antes 
severa é irritada, una tierna espresionde 
mansedumbre, y dijo á Gabriel con tono 
afectuoso : 

— Querido hijo , perdonadme si he ca- 
llado tanto tiempo; pues vuestra repenti- 
na determinación me ha conmovido de 
tal modo y me ha suscitado tan penosas 
¡deas , que me he visto precisado á reco- 
jerme durante algunos instantes para bus- 
car y penetrar la causa de vuestra deter- 
minación creo haberla h.illado 

¿Habéis reílecsionado bien..... sobre la 
gravedad de e^le paso ? 

— Si, padre mió. 

— ¿Con que estais enteramente decidi- 
do á abandonar la Compañía.... aun contra 
mi parecer? 

— Me es muy sensible, padre mió; pero 
me resignaré.... 

— Efectivamente , hijo mió , esto debe 

sernos muy sensible porque habéis 

prestado voluntariamenle un juramento 
irrevocable, y esto, según nuestros esta- 
tutos, solo os permite abandonar la Com- 
pañía con la aprobación de vuestros su- 
periores. 

— Padre mió , ya os he dicho que yo 
ignoraba la naturaleza de los compromi* 
sos que hacia. En este momento que estoy 
mas ilustrado, solicito retirarme, y mi 
único deseo es el de obtener un curato 
en un pueblo lejano de Paris,... Conozco 
el poder de mi vocación á estas penosas y 

útiles ocupaciones en el campo hay 

una miseria tan terrible y una ignorancia 
tan estremada de todo lo que puede con - 
tribuir á mejorar un poco la condición del 



labrador proletario , que su ecsistencia i^ 
tan desgraciada como ja de los esclavos; 
porque ¿de qué libertad gozan? ¿cual es 
su instrucción? Me pareccque con laayu- 
da de Dios, podré hacer algunos servicios 
á la humanidad en uitcurato. Muchosen- 
tiría , padre mió , que me negaseis to 
que..... 

— Tranquilizaos, liijo mió, repuso el 
marqués; yo no pretendo luchar mas 
tiempo contra vuestrus deseos de separa- 
ros de nosotros. 

— ¿Con que me relevais de mis votos, 
padre mió? 

—'Mis facultades no llegan á tanto, p^r- 
ro voyá escribir inmediatamente á Roma^ 
pidiéndola autorización á nuestro generad 

— Mil gracias, padre mió. 

--.Hijo mió, no tardaréis mucho en ve- 
ros libre de |estos lazos que tanto os pe-' 
san , y los hombres que desconocéis tan 
duramente no dejarán por eso de rogar 
por vos.... para que Dios os ¡preserve de 

mayores estravíos Os creéis relevado 

para con nosotros, hijo mió, pero nosotros 
no nos creemos así para con vos; en nues- 
tra Compañía no es tan fácil desprenderse 
de un afecto paternal... ¿('ómo ha de ser? 
Nosotros nos creemos obligados hacia nues- 
tras criaturas , en razón de los beneficio» 
que les hemos prodigado.... Erais un po- 
bre... y huérfano... y nosotros os hemos 
alargado la mano por el interés que nos 
inspirabais , y por evitar á vuestra esca- 
lente madre adoptiva una pesada carga. 

— Padre mió, dijo Gabriel reprimiendo 
su emoción, yo no soy un hombre ingrato* 

— Me lisonjeo de ello, liyo mió; duran- 
te un largo espacio de tiempo os hemos 
dado, como á un querido hijo , el pan del 
alma y del cuerpo; hoy se os ha ocurrido 
abandonarnos!, y no solamente consenti- 
mos en ello Pero ya he adivinado d 

verdadero motivo de vuestra ruptura con 



k»fcl'JI. 



115 



Y^osülros , es un deber mió el relevaros de 
Vuestros juramcnlos. 

— ¿De quó jnotivo habíais, padre mió? 

— Hijo inio, concibo vuestros tenioros... 
Kn el día nos auu>na/au muchos riesgos, 
ya lo sabéis. 

—¡Riesgos, padre mió I esclamó Ga- 
briel. 

— Es imposible que ignoréis', hijo mío, 
(|ue desde la caida de nuestros legítimos 
soberanos que eran nuestros protectores 
naturales, la impiedad revolucionaria es 
cada vei mas inminente; se nos llena dé 

persecuciones y así e-«|, hijo inio , (pie 

comprendo tan bien como vos el motivo 
T)ue en tales circtinstancias os obliga á se- 
pararos de nosotros. 

— Padre mió, csclamó Gabriel con tan» 
la indignación como dolor, no creo [que 
podáis pensar eso de mí. 

El padre d'Aigrigny, sin hacer caso de 
la protesta de (iabriel, continíió pintando 
el cuadro lastimoso de los peligros de la 
Compañía , la cual U^jos de estar en peli- 
gro, empezaba ya sordamente á recobrar 
su influencia. 

— li Oh 1 i si nuestra Compañía fuese 
ahora tan poderosa como pocos anos an- 
tes, repuso el R. P. , si estuviese rodeada 
de los respetos y homenages que le deben 
los verdaderos líeles, puede ser que á pe- 
sar de las abominables calumnias con que 
la persiguen, tal vez, hijo mió, hubiéra- 
mos dutíaJo en relevaros de vuestros ju- 
ramentos; pero hoy que somos débiles y 
estamos oprimidos y amenazados por to- 
das partes, es un deber nuestro, y un de- 
ber caritativo el no forzaros á participar 
de los peligros de los cuales tenéis la pru- 
dencia de quereros sustraer. 

Y diciendo esto, el marqués echó una rá- 
pida ojeada sobre su socio que respondió con 
una inclinación aprobativa , acompañada 
de un movimiento de impaciencia quepa- 
teda decirle ! — ¡ Seguid ! ; seguid I 



(jabriel estaba aterrado; en e' munJ" 
no habia un corasun mas generoso ni mas 
leal (|lle el suyo. 

Jiízguese cuanto debió padccef|8l oir 
interpretar de .iipiel modo su resoRKivn. 

—Padre mió, repuso onnioTiilo y lo» 
ojos llenos de lágrimas... vuestras pa'abras 
son crueles... ¿injustas... porque ya sa- 
béis que yo no soy un cobarde. 

— No, dijo Rodin con tono breve é in- 
cisivo, dirigiéndose al mar(|ués|, y seña* 
lando desdeñosamente á Gabriel... El se- 
ñor. Vuestro (jucrido liijo es solo un 

hombre prudente. 

A estas palabras de Rodiri, Gabriel se 
sobresaltó: un ligero sonrosado cubrió sui 
pálidas mejillas, sus grandes y azules ojoi 
brillaron con generosa cóKfa , y fiel i |<h 
preceptos de resignación y humildad cris • 
liana, reprimió este movimiento de indig- 
nación , bajó la cabeza y guardó silencio 
porque se hal!uba demasiado conmovido; 
de sus ojos se desprendió una lágrima. 

Rodin se apercibió, y tuvo por im sín- 
toma favorable semejante moviníiento de 
sensibilidad, porque miró otra vez al mar- 
qiiés con la mayor satisfacción. 

Este estaba á punto de hacer tma pre- 
gunla arriesgada ; así es que, á pesar dd 
imperio que tenia sobre >í mismo, se al- 
teró ligeramente, y cuando, por decirlo 
así, se vio animado con la mirada de Ro- 
din, que se quedó muy serio, dijo á Ga- 
briel : 

—Otro es el motivo que nos obliga i 
no dudar en salisfaccr vuestros deseos, 
querido hijo; pero este es solo un punlu 
de delicadeza. 

Sin duda vuestra madre adoptiva os di* 
jo ayer que estabais próximo á tener una 
herencia... cuyo valor se ignora..... 

Gabriel levantó de pronto la cabeza j 
dijo al marqués: 

— Ya he asegurado á Mr. Rodin que mi 
madre adoptiva se ha limitado á manifes 



ne 



laime algunos escrúpulos de conciencia... 
en cnanto á mí, confieso Ique ignoraba 
completamente la existencia de la suce- 
sión de que acabáis de hablarme, padre 
mfo. 

El padre d'Aigrigny notó la espresion 
indiferente con que el joven eclesiástico 
pronunció estas palabras. 

— Eníiorabuena, repuso el marqués.... 
creo muy bien que lo ignorabais, aun(|ue 
todas las apariencias prueben lo ci'Dtra- 
TÍO...Ó en fin que esta herencia es uno de 
los motivos que < s inducen á querer se- 
¡pararos de nosotros. 

— No os entiendo, padre mió. 

— Sin entbargo escusa bien sencilla; á 
tnimodo de ver vuestra ruptura se funda 
en dos causas... y juzgáis prudente aban- 
donarnos. 

— ¡ Padre mió ! 

— Dejadme concluir y pasar al segundo 
motivo, hijo mió. Si me equivoco, ya me 
responderéis. He aqui el caso. Antigua- 
mente, y en la lu|>ótesis de que vues- 
tra familia, cuya suerte ignorabais, os 
dejase algunos bienes teníais en recom 
pensa los cuidados (jue ha tomado la Com- 
pañia por vuestra suerte.... quiero decir, 
<iue habéis hecho una cesión futura de lo 
que pudieseis [)oseer.... no á nosotros.... 
sino á los pobrts.... de quienes somos los 
tutores natos. Ahora que estais seguro de 
gozar algunas comodidades, queréis sin 
duda, separándoos de nosotros, anular 
«sta donación que hicisteis en otro tiempo. 

— Para hablar con claridad, ahora <jue 
í)os vemos perseguidos renegáis vuestros 
juramentos con el objeto de volver á la 
jjosesion de vuestros bienes: anadió Ho- 
^iin con voz aguda, como para resumir de 
im modo claro y brutal la posición deGa 
briej para con la Compañia de Jesús. 

A esta acusación inlame Gabriel no pu- 
do menos de levantar las manos y los ojos 



ALBCII> 

— I Oh , Dios mió t ¡ Dios mió Î 
El marqués , después de haber echado 

á Uodin una mirada de inteligencia, ledi" 
jo con tont) severo, aparentando repren»' 
derle de su ruda franqueza. 

— Me [)arece que os habéis escedido^ 
nuestro cjuerido hijo se hubiera conduci- 
do bajamente si hubiese tenido conoci- 
miento de su nueva posición^ pero puesto 
que asegura Id contrario...... es preciso 

creerlo, á pesar de las apariencias. 

— Padre tnio, dijo a! íi"n Gabriel, páli- 
do, demudado, temblando y reprimiendo 
>.u doJoro^a indignación... os dov yracias 



porque á li) menos suspendéis vuestro 
juicio. No, yo no soy un hombre bajo, 
porque Dius es testigo que yo ignoraba 
los riesgus que corre vuestra Compañia, 
y porque jo no soy un avaro. Bien sabe 
Dios que solo en este momento he sabi- 
do, por vuestro conducto , la posibilidad 
en que estoy de recojer una herencia... 
y que.... 

— líscuchadme una palabra , hijo mío» 
Una gran casualidad me ha hecho sabedor 
de esta circunstancia, dijo el marqués in- 
terrumpiendo á Gabriel; y esto gracias 
á los papeles de familia (|ue vuestra ma* 
dre adoptiva entregó á s\i confesor, y que 
nos fueron confiados cuando entrasteis en 
nuestro colegio. Poco tiempo antes de 
vuestra vuelta de América, clasificando el 
arci)ivo de la Compañia, vuestro legajo 
cayó en manos del K. P. procurador; 
examináronlo, y así escomo se ha sabido 
que uno de vuestros abuelos paternos á 
quien pertenecía ia casa en que estamos 
ahora lia dejado su testamento que será 
abierto hoy al mediodía. Ayer noche to- 
davía os creíamos nuestro; nuestros esta- 
tutos previenen que nada propio poda- 
mos poseer; y vos en la donación hecha 
en favor del patrimonio de los pobres. 



al cielo, esclámando con dolorosa espre- qué nosotros administramos, habéis cor- 
sion : i roborado estos estatutos. No erais pues 



ALBI M 

Vos, sino la Conipania que, en nù perso - 
ha, se presenta como heredera en vues- 
tro nombre, con todos los títulos que ten- 
go aquí muy en reyla. Pero ahora, liijo 
mió, que os separáis de nosotros, á vo!« 
toca presentarse aqui : nuestra presTncia 
es solo en calidad de ap.>derados de !o» 
pobres, á quienes en otro tiempo habéis 
abandonado caritaiiv ámenle Iom bienes quo 
pudiiSeis poseer algún dia. A estas horas, 
al contrario, la esperaoxa de una nueva 
fortuna os hace cambiar de modo de pen- 
sar; asi estais libre, recobrad vuestros 
dones. 

Gabriel que había escuchado al mar- 
qués con doioTosa ln)pacii'ncia , esclamó: 

— ¿Y sois vos, padre mió, vos, quien 
me cree capazde mudar de modo de pen- 
sar sobro una donación hecha libremente 
'en favor de una compauta para recom- 
pensar la educación que me ha dado con 
la mayor generosidad? ¿Conqtic me creéis 
tan infame qUe falte á mi palabra porque 



117 



que mi único deseo es obtener un modes- 
to curato en tm pueblo pobre... si... po- 
bre.... porque allí es donde mis servicios 
podrán ser útiles. Asi, padre mió, cua.n- 
do un hombre (jue no ha mentido j-ifnás 
alirma que solo suspira por una condición 
tan humilde y tan desinteresada, me pa- 
rère (jne se le (hbe con^idiTar cfnix» ¡n- 
cnpaz de volverse atrás por avaricia de 
los dtinntivos que lia hecho. 

Kl marqués luvo tanlo trabajo en cnn- 
tt^ner su alegría, como había tenido para 
ocultar su terror : sin ernbargo afiarentiS 
serenidad y dijo á Gabriel: 

— No esperaba nu-nos de vos, hijo mío. 

£n seguida hizo ana seña á Rodín para 
que ton»ase parte en la conversación. 

Este comprendió perriKita mente á su 
superior: se separó de la chimenea, se 
acercó á íj;ibrirl y se apoyó en una mesa 
donde habia uh tintero y papel : en ío- 
guida poniéndose á tocar maq^iínutuiente 
el tambor con la punta de sus nudosos 



tal vez foy i poseer un modesto palri- dedos y con sus uñas s>ucias, dijo al mar- 



monio? 

— Este patrimonio, hijo mió, puede ser 
corto y tal vez grande. 

— Padre mío, aunque se tratase de una 
fortuna regia, repuso (iabrrel con noble 
indiferencia, no me esplicaríadeofro mo- 
do; me parece que Icfigo derecho á ser 
creido; escachad mi (irme resolución. La 
Compañía, á la cual pertenezco, corre 
riesgos, según decís. Yo n>e cercioraré de 
ellos, ) sí son efectivos, a pesar de mi de- 
terminación , que moralmente me separa 
de vos, esperaré que ce^cn para dejaros. 
En cuanto á la herencia , á la que se me 
eree tan apegado, os la abandono formal 
mente: todos mis deseoá se reducen áque 
se invierta en favor de los pobres. 

Ignoro á cuanto asciende está fortuna ; 
pero grande ó pequeña pertenece á la 
Compañía , porque yo no tengo mas que 
una palabra. Ya os he dicho, padre mío 



qués: 

— Todo esto está muy bien pero 

vuestro hijo os da solo por garantía una 
promesa.... esto no basta. 

— ¡Cómo es eso! esclamó Gabriel. 

— Permitidme, dijo fríamente Rodin ; 
como la ley no reconoce nuestra existen- 
cia , no puede reconocer tampoco los do- 
nativos hechos á la Cunipañia Asi es 

que mañana podréis apoderaros de lo que 
ahora cedéis. 

— ¿Y mí juramento? repuso Gabriel... 

Rodín le miró atentamente y respon- 
dió : 

— ¿Vuestro juramento? también lo ha- 
béis hecho de obedecer eternamente ú la 
Compañía ¿qué vale hoy ese jura- 
mento? 

Gabriel se quedó cortado un momento, 
pero conociendo la falsedad de la compa- 
ración de Rodin, fué á sentarse con calma 
30* 



lis 



ÀLBlJâ. 



y serenidad á la mesa , tomó la pluma y 
papel y escribió lo que sigue: 

« En presencia de Dios que me ve y 
«oye; ante vos, R. P. d'Aigrigny y de 
«Mr. Rodin, testigos de mi juramento, 
« renuevo en este instante libre y voîun- 
« tariamente la donación entera y abso- 
«luta quehe hecho á la Compañía de Je- 
«SÚS en la persona del 11. P. d'Aigrigny, 
«de lodos los bienes que puedan pcrte- 
« necerme|, cualquiera qtje sea su valor. 
«Juro, bajo pena de infamia, cumplir es- 
ota promesa irrevocable, que en mi al- 
« ma y conciencia considero como el cum- 
« plimiento de una deuda de gratitud y 
« un piadoso deber. I£l objeto de esta do 
« nación es hecho con el fin de remuno- 
« rar pasados servicios y de socorrer á los 
«pobres: el tiempo no podrá en ningún 
« caso modificarla y por la misma razón 
«que no ignoro que podré leyalinehle pe- 
«dir la anulación del acto que hago en es 
« te momento con toda mí voluntad , de- 
« claro que si en cualquier circunstancia 
«yo pensase en revocarla, mereceré el 
a desprecio y el horror de los hombres de 
« bien. 

« En cuya virtud escribo este acto el 
« 13 de febrero de 1832, en Paris, estan- 
« do para abrir el testamento de uno de 
« mis antepasados paternos. 

« Gabriel Renepont ». 
En seguida, levantándose, entregó es- 
te papel á Rodin sin pronunciar una pa- 
labra. 

El socio leyó con cuidado y respondió 
con su impasibilidad habitual, mirando á 
Gabriel : 

— ¡Y bienl esto no es mas que un ju- 
ramento escrito. 

Gabriel quedó confundido de la auda- 
cia de Rodin , el cual se atrevía á decirle 
que el acto por el que acaba de renovar 
la donación de un modo tan noble y tan 
espontáneo, no tenia el valor suficiente. 



— ¡ Cómo ! repuso 'Gaí)t-rel no pu(íieft- 
do casi reprimirse 6 interrumpiendo á 
Rodin, ni hagat>, ni me supongáis capai 
de hacer una suposición vergonzosa. 

— ¡Y bien! repuso Rodin tan impasi- 
ble como sivmpre; puesto qíie estais de- 
cidido á hacer valer esla donación, ¿por- 
qué no la haríais legalitar competenfe- 
mentef 

—No, señor, respondió tîabriel, ho lô 
haré puesto qtie no us basta mi palabra 
escrita y jurada. 

— Mi quefido hijo i repuso afectuosa- 
mente el P. d'Aigrigny, si se trátase de 
una donación hecha en mí faVor, ¿cree- 
ríais que vuestra palabra no me bastasef 
Pero en el caso presente es Otra cosa; ya 
os he dicho que soy el mandátat-ío de lá 
Compafíia ó mas bien el tíitor de los po^ 
bres que son los que se aprovecharán de 
vuestra generosidad ; por mteré? de la hu- 
manidad no bastará dar todas las garan- 
tías posibles y legales para que los resul- 
tados sean un acto serio y válido en fa- 
vor de nuestra desgraciada clientela > 

pero una vaga esperanza que puede que- 
dar anulada por el solo movimiento de 
vuestra voluntad, no es suficiente. i.... y 
aüemási... Dios puede disponer de vues- 
tros días.... de un momento á otro, y en 
este caso, ¿quién asegura que vueslros 
herederos harán el debido caso del jura- 
mento que acabáis de pronunciar? 

—Tenéis razón, padre mió, dijo triste- 
mente Gabriel, no he pensado en el caso 
de muerte. <.. que es bastante probable. ..i 

En este momentoSamuel abrió la puer- 
ta del cuarto y dijo ; 

— Señores, aquí está el notario, ¿pued« 
entrar? A las diez en ponto se abrirá la 
puerta. 

— Muclio nos alegramos de la llegada 
del notario, precisamente le necesitamos: 
decidle que pase adelante. 

—Voy al momento, dijo Samuel mar- 
chándose. 



^3^Xq\lí tenemos \tt\ notario , dijo Ko- 
*dín á (iabrit'i. Si piTsislísrn vuestra t)ue- 
nt intención podéis rognlarizar con <^l 
viie<ilra donación y lit>rar«»s de »>se modo 
en lo sucesivo de un gran ptso. 

— Kn lodo eyento, dijo (íabriel, n^c 
"Creeré tan irrevocahienienle comprome- 
tido por eslv jiimmt'nlo escrito como por 
ttn acto autentico que voy á firniar. 

Y en esto entregó (îabriol al marqués 
el papel que había escrito. 

— Silencio, hijo mió, he aquí el nota- 
rio, dijo el padre d'Aigrigny. 

En efecto, el notario entró en el [¡cuarto. 

Durante la conversación que este fun- 

tionario público va á lencr con Hodin> 

liabriel y el marqués ^ conduciremos al 

ïettoT a^ interior de la Cflsa tapiada. 

XMI. 

%L SÁLó^ rOj(). 



n& 



194'guh habia diclio Samuel, là puerta 
tapiada acababa de abrirse habiendo der- 
rit^adu el muro y quitado la placa de plo- 
mo y el marco do hierro qufe la cotide- 
naba; las hojas de encina esculpidas apa- 
recieron tan intactas como el día que fue- 
ron sustraídas á la acción del aire y del 
tiempo. 

Los albaniles, después de haber Icr- 
Yninado esta operación , so (jucdaron on 
el peristilo con tan impaciente curiosidad 
como el curial quo habia presenciado los 
trabajos y la apertura de la puerta, por- 
que Yeian á Samuel llegar muy desp ció 
por el jardin con un gran manojo de llaves. 

— Amigos miosj dijo el anciano al lle- 
gar al pié de la escalera , ya habéis Cum- 
plido con vuestra obligación: el principal 
del señor curial está encargado de paga- 
ros , y tocante á mi solo me resta condu- 
ciros á la ptii'rta de la calle. 

— Vamos, buen hombre, repuso el cu- 
rial; ya hemos llegado al momento mas 
ioteresantc y mas c riosoí tanto yo como 



estos esrelentes alhaniles estamos deshe- 
chos por ver el interior de e^la misterinsa 
casa , y no tendréis valor ¡tara despedir- 
nos, es imposible. 

— Siento mtjclio verme precisado á ello, 
poro no puedo menos; yo s <y (luien did»o 
entrar enteramente solo en esa halijtaci< n 
antes de iritroducir en ella á los herede^ 
ros para la lectura <f\?l testamento. 

— ¿Quién os ha dado esas bárbaras y 
ridiculas órdenes? esclamó el curial sor- 
prendido. 

■^^Mi padte-. 

— Sin tiuda es pefáoná respetable. V'á- 
mos, buen hombre, escelente guarda ^ 
sed condesfeendicnle, repuso elctirial; per- 
mitidnos mirar un poo por esa puerli 
entreabierta. 

— Vamos, repulieron los demás ^ solo 
una ojeada. 

— Siento verme en la precisión de ne- 
gároslo, repuso Samuí I ; no abriré la 
puerta hasta que esté solo. 

Los albafiÜes viendo la inflersibilidad 
del viejo bajarofí cort sentimiento la esca- 
lera ; pero el curial <pii>o disputar el ter- 
reno palmo á palmo; y estlamó: 

—Yo espero á mi principal y no mar- 
charé de aqui siho en su compañía...,, 
nqui en el peristilo ó en otia parte, pocir 
os importa, mi digno puardi. 

El curial fué inlerrumpido en su sú- 
plica por su prmcipal, (¡ue desde el fondir 
del patio le llamaba con precipitación di- 
ciendo : 

— Sefior Piston... pronto, señor Pis- 
ton, venid al instante. 

— ¡Oné diablos quiere ese hombre.' es- 
clamó el curial hecho una furia, ¡ pu< s 
no va á llamarme precisamente en el mis- 
mo momenlo en que yo podía columbrar 
alguna cosa! 

— ¡Señor Piston ( repuso la rot qne se 
¡ba acere.mdo mas, ¿no me ois? 

Mientras qtie SamUí ! de«ipidia ó los a|. 



lâO 



ALbttt. 



buliles, el curial vio detrás de un grupo 
de árboles á su amo que venia corrieado 
sin sombrero y con aire agitado. 

El curial se vio precisado á bajar del 
peristilo para acudir á la voz del notario 
á quien se aproximó de muy mala gana. 

— Hace una hora que os estoy llaman^- 
do, dijo Mr. Dumesnil. 

— No lo he oido, dijo Mr. Piston. 

— Sin duda estais sordo. ¿Tenéis di' 
lierot-n el bolsillo? 

— Sí, señor, respondió el curial sor* 
prendido. 

— lü al instante á buscar tres ó cuatro 
pliegos de papel sellado para estender un 
documento |corred urge mucho. 

— Voy al instante, respondió el curial 
echando una ojeada dolorosa á la puerta 
de la casa tapiada. 

— Despachaos, repuso el notario. 

— Yo no sé donde encontraré el papel. 

— El guarda podrá tal vez indicároslo. 

Efectivamente, este se iba acercando 
después de haber acompañado á los alba- 
ñiles hasta la puerta de la casa. 

— ¿Queréis decirme donde encontraré 
papel sellado? 

— Aqiji cerca, respondió Samuel, en 
el estanco de la calle vieja del Temple, 
número 17. 

— ¿Lo oís, Mr. Piston? dijo el notario: 
en el estanco de la calle vieja del Temple, 
número 17. ; Pronto! es ntenester con- 
cluir el acto antes de abrir el testamento 
^' y» es tarde. 

■ ;:^Eístá bien , voy al momento, respon- 
/4ió el c.yrial despechado. Y en esto si- 
guió á su principal, quien por su lado se 
volvii) al ajarto donde habia dejado á Ga- 
briel, á Kodin y al marqués. 

Mientras esto pasaba , ísamuel después 
de haber subido las gradas del peristilo, 
fiabia Pegado á la puerta que acababan de 
(icïtapiar. 

|¿l íncianp después de haber buscado 



con suma emoción en el manojo de ílaVel 
que tenia en la mano, )à correspondiente 
é la puerta , la introdujo en la cerradura 
y después de haber dado dos vueltas la 
abrió de par en par. 

En el mismo instante sintió una boca- 
nada de aire frió y húmedo como el que 
ecshala una cueva abierta de pronto. 

El judío después de haber vuelto ácer* 
rar por dentro la puerta con dos vueltas, 
se adelantó hacia el vestíbulo iluminado 
por una especie de claraboya cerrada con 
vidrios y practicada sobre el arco de la 
puerta : los vidrios hablan perdido con el 
tiempo su transparencia y parecían cristal 
cuajado. 

Éste vestíbulo, cuyo pavimento era de 
losas de mármol blanco y negro» era vas- 
to, sonoro y formaba la meseta de una es- 
calera que conducía al primer piso. Las 
paredes de piedra lisa no manifestaban la 
menor señal de deterioro ó de humedad : 
el pasamano de hierro forjado estaba muy 
bien conservado; soldado sobre Un pilar 
de granito gris que descansaba en el pri- 
mer escalón, sostenía una estatua de már- 
mol oscuro que representaba un negro 
con una antorcha en la mano. El aspecto 
de esta.figura era singular, las pupilas de 
sus ojos eran de mármol blanco. 

El ruido de los pesados pasos del judío 
resonabaen la cavidad de la cúpula , y el 
nieto de Isaac Samuel csperimentó un sen- 
timiento melaftcólico pensando que las 
pisadas de sU abuelo eran las últimas que 
hablan retumbado en esta habitación cu- 
yas puertas habia cerrado cincuenta años 
hacia, porque el amigo fiel en favor del 
que Mr. de Renepont habia simulado ven- 
der esta casa , se habia desecho después 
de ella para ponerla bajo el nombre del 
abuelo de Samuel quien la habia trans- 
mitido á sus descendientes como si fuese 
herencia suya. 

A estas ideas que absorvían la imagi-> 



Al.BlM. 



121 



ovación do Sainiicl, se juntaba i'l recuerdo 
de la luz ()uo liabia visto aquella madru- 
gada al Iravt's de las siele aberturas do la 
placa de plomo del mirador; asi ^ cjue el 
anciano, no obstante la lirmcza de su ca- 
rácter , no pudo menos do estrenu-cerse 
cuando después de liaber tomado otra lla- 
ve del lla\oro, sobre la cual había un es- 
crito que decia : llave del anión rojo, abri('i 
lina [irán puerta de dos hojas que condu- 
ela á los cuartos interiores. 

La ventana , única (]uc estaba abierta 
de todas las de la casa, iluminaba esta \ as- 
ta piíza colgada de damasco cuyo color 
de piírpura oscuro nu había sufrido la 
menor alteración: una gruesa alfombra 
turca cubría el suelo, y al lado deMas pa- 
Tede» e.staban simótricamento colocados va- 
ríos ^i!lulu■s dorados al severo estilo de Luis 
\l V: una segunda puerta que comunicaba 
á'Otra pieza, daba frente á la de la entra- 
da: el maderamen y la cornisa eran blan- 
cos con filetes y molduras de oro bruñido. 

A cada lado de la puerta había dos mue- 
bles de Boulle esmaltados de cobre y es- 
laño, quesostenian dos jarrones de verde- 
celedon: la ventana, cubierta con espesas 
cortina^ de damasco guarnecido , daba 
frente á la chimenea de niármol azul tur- 
quí adornad.! de varillas de cobre cince- 
lado. Uícos candelabros y una péndola re- 
flojobanenun espejo deVenecía en forma 
de dosel. 

lín el centro del salon había una espa- 
ciosa mesa redonda , cubierta con un ta- 
|)ele de terciopelo carn^-M'. 

Al acercarse à ella, Samuel vio encima 
un pedazo de vitela blanca en la que ha- 
bía escritas estas palabras: 

« Mi Icsla metilo se abrirá en csla sala ; 
« loi (lema* cuartos permanecerán cerrados 
« hasta concluir la kctiira de mi última vo- 
« luntail. » M. de R. 

— Sí , dijo ol judío contemplando con 
emoción estas lineas escritas tanto tioiDpo 



liatia. I(^ual recomendación me trasmitió 
mi padre, pues [jarereque losdemas cuar- 
tos e-stán llenos de ohjolus en los cuales 
Mr. de Kenepoiit tenia el mayor interós, 
no por su valor, sino por su origen y por- 
(¡ue la sala de luto es singular y miste- 
riosa. 

Pero, .Kiuí está el estad) de los va- 
lores en caja que me han maiidj<li» traer 
a(|ui antes de la llegada de los hert-Jcros, 
añadió Samuel sacando del bolsillo de su 
sopalanda un regi>lre cubierto de piel ne- 
gra de zapa guarnceido con lui broche de 
cobre formando cerradura, cuya llave to- 
mó poniendo el registro sobre la mesa. 

\\n el momento en que acababa de ve- 
rificarlo reinaba el mas profundo silencio 
en el salon. 

KepentinanK^nfe, la cosa mas natural, 
aunque la mas espantosa le sacó de su le- 
targo. 

En la pieza inmediata oyó un sonido 
claro y uwlancólíco marcando la» diez. 

Efectivamente era la nusuia hora. 

Samuel era demasi<)do racional para 
creer en el movimicnlo perjyetuo , es de- 
cir en un reloj que andaba desde cien- 
to cincuenta años ante?. Asi es que se 
pregimtó con tanta sorpresa como espan- 
to cómo era que arjuella péndola no se 
había parado al cabo de tantos años ycó- 
mo marcaba precisamente la hora (¡ue 
era. Movido de una inquieta cuiiosidad, 
el aueíaiio estuvo á punto de entrar en 
el cuarto; pero acordándose de los encar- 
gos espresos de su padre, reiterados por 
algunas líneas de Mr. de Ileneponl que 
acababa de leer , ^e detuvo á la pui'ila y 
aplicó el oído con la mayor atención. 

Nada , absolulamente nada oy<> mas 
que el ruido de la espirante ca-nfiana. 

Samuel, después de liaber rtílecsi uña- 
do mucho tiempo sobre este hecho Mn;.'u. 
lar, y comparándolo en el otro uu Jiic- 
nub olrauo de la clatidud que notó eu la 

ai' 



122 



AtBOfi. 



madrugada de aquel día al través de las 
iiberturas del mirador, concluyó por con 
vencerse que había una relaciotí entre es- 
tos dos incidentes. 

Si el anciano no podia penetrar la cau- 
sa de aquellas maravillosas circunstan- 
cias, se esplicaba alómenos lo que tenía 
delante de los ojos , pensando en las co- 
municaciones subterráneas qUe, según la 
tradición, ecsistian entre las cuevas de 
la casa y sitios lejanos, y mediante las 
cuales hablan podido introducirse en aque- 
lla habitación tres veces por siglo algunas 
personas misteriosas. 

Absorto en estas ideas, Samuel se aproe 
simó á la chimenea que, sogun hemos di- 
cho, estaba enfrente de la ventana. 

Un vivo rayo de sol, atravesando las 
nubes ) reflejó en dos grandes retratos 
colocados á los lados de la chimenea y 
que el judío no habla visto hasta enton- 
ces; estos retratos de cuerpo entero y de 
tamaño natural, representaban, el uno 
una moger, el otro un hombre. ÀI color 
sombrío y marcadojá un mismo tiempo de 
estas pinturas, so reconocía fácilmente un 
pincel magistral. 

Difícilmente se hubieran hallado mo- 
mios mas capaces de inspirar lai<iiagina^ 
cion de un gran pintor. 

La muger parecía tener de 35á90auos: 
magníficos y negros cabellos coronaban 
su blanca, noble y elevada frente: el pei- 
nado , lejos de recordar el que Mme. de 
Sévígné introdujo en el siglo deLuisXiV, 
traia por el contrario á la memoria el de 
los muy notables retratos del Verones, 
compuestos de especiosas bandas ondean- 
tes que rodeaban la cara, y coronados de 
un rodete detras de la cabeza las cejas, su 
mámenle delicadas, se esteodian sobre 
unos ojos azules de brillante zafiro : la 
mirada orgullosay triste, tenia cierto aire 
fatal; la nariz, muy fina, terminaba en 
ventanillas lijeramente dilatadas, una me- 



dia sonrisa casi dolorosa contraía suaVSr 
mente la boca; el óvalo del rostro erdatr- 
go prolongado; el cutís, de tm blanct^ 
mate, estaba sonroseado algún tanto ha- 
cia las mejillas ; la union del cuello y el 
aire de la cabera anuhciaba una irregular 
mezcla de gracia y de dignidad natural f 
una especie de túnica ó de vestido de lela 
negra y lustrosa hecho , como se dice , 9 
la virgen, subía ha<!ta el nacinuonto de 
los hombros , y después de haber marca- 
do una cintura suelta y Kjt-ra , caía hasta 
los pies, enteramente ocultos con los plie- 
gues algo largos de este vestido-. 

La actitud de esta muger estaba WetiA 
de nobleza y sencillez. La cabeza sobresa- 
lía radiante y blanca en un cielo de color 
sombríO) con algunas hubes purpúreas 
hacía el horizonte. La disposición delcua • 
dro y los tonos sólidos de lus primeros 
planos que se marcaban sin ninguna trau- 
sicion con el fondo lejano, dejaban adivi- 
nar fácilmente que esta mujer estaba co- 
locada en una eminencia desde donde do- 
minaba todo el horizonte. 

La fisonomía era ei^traordinariamentë 
pensativa y agoviadn. Pero principalmen- 
te en las miradas medio levantadas al cielo 
manifestaba una espresion de dolor resig- 
nado imposible de describir. 

Al lado izquierdo de la chimenea seveia 
el otro retrato pintado igualmente con 
maestría. 

Representaba un hombre de 30 ó 35 
años y de estatura elevada^ Una espaciosa 
capa oscura en la que estaba ligeramente 
•mbozado, dejaba descubierta una especie 
de chupa abotonada hasta el cuello sobre 
la cual caía un cuello blanco y cuadrado. 
La cabeza, bella y característica, eranoblef 
por su poderoso y severo contorno, que 
por otra parte no escluia una admirable 
espresion de padecimientos y de resigna- 
ción, pero sobre todo de inefable bondad-^ 
los cabellos , la barba y las cejas eran ne- 



l^li; ))e1t) estas ultimu, medUole un 
sing«ilir capricho üe la naturalvzat «n nvt 
(le estar separadas y de arquearse sobre 
Trada ojo, se estendiau de una á otra sien 
formando un solo arto y parecian rayar 
ta frente de este hombre con una marca 
Yiegra. 

El fondo dtl óuadro reptesentaba un 
rielo borrascoso $ pero mas alia d« algu- 
nas rocas se wia el mar que parecía con- 
fundirse en el horizonte con sombrías nu« 

i>CS) 

El brilló de ^slos cUadros parecía mas 
fuerte al ínllujo de los rayos del sol que 
xlaba sobre ellos. 

Samuel Tolviendo en sí y ectrando cft- 
Süalmettte utia mirada sobre estos retra- 
tos, se qaedt5 parado: parecian vivosi 

— ^iOue nobles y t>ellas caras I esclamó 
acertándose pátatjiaminarlos mejor. ¿De 
qtlfen s^rán estos retratos? seguramente no 
son los de la familia de Renepont, porque 
según lo que mi padre me ha dicho, están 

todos en la sala de lulo ¡ Ah I según lá 

gran tristeza que manifiestan « me parece 
^ue también ellos podrian estar eu aquella 
sala. 

Al cabo de un corto silencio, Samuel 
repuso: 

— Preparémoslo todo para e«>ta solemne 
asamblea.... pues ya han dado las diez. 

Y diciendo esto arregló los sillones de 
madera dorada al rededor de la me$4 le- 
donda , y después con aire pensativo pro- 
siguió: 

—'La hora llega y de todos los deseen • 
dientes del bienhechor de mi abuelo no ha 
llegado todaTia masque un jóten eclesiás- 
beo de Ggura angeiieah ¿Será acaso el 
üoico representante de la familia de Re- 



m 



nepoDt?...i Es sacerdote.... ;esta familia 
quedará estinguida en él? E;i fin, héaqui 
el momento en que debo abrir esta puerta 
para la abertura del testamento... Betsa- 
bé va á conducir aqui al notario.... ¿Lla- 



man? ¡ella est y Sahauel. de<pues de 

hal>er mirado por la última veiá la p<KrU 
del cuanto en que había oiilo dar las dier, 
se dirigió hacia la del vestíbulo detrás de 
la rual se oía hablar. 

Dio dos vueltas i la llave y abrió las dos 
hojas de la puerta. 

Con gran sentimiento suyo solo vio en 
el periftiln á (iabriel: Kodin estaba á su 
iz(|uierda y el padre d'Aigrt$;ny á su de- 
recha^ Detrás del grupo principal estaba 
Hetsabó y el notario, iíamiicl no pudo re- 
primir un suspiro y dijo inclinándose.' 

— »Señi>res..» todoeslá dispuestOi.. pue- 
den ustedes entrar. 

XXlíl. 

EL TESTAMENTOt 

Cuándo Gabriel, Kodin y el marq^ii/wt 
entraron en el 8alon rojo, parecían divyr» 
sámente afectados. 

Gabriel, pálido y triste, sentía una pe- 
itosa impacíehcía y deseaba salir de aquella 
casa, sintiC'ndose aliviado de nn ^^an peso 
desde qlte por un testimonio suliciente- 
mente legalizado ante Mr. Duinesnil, no 
tario de la herencia, acababa de renun- 
ciar sus derechos en favor del padre d'Ai- 
grígny. 

Hasta entonces no le había ocun ido quo 
remunerando tan geni rosamente los: cui- 
dados que se le habían prodigado, y que 
habiendo forzado su vocación cun una 
m ntira sacrilega, el niarqui's solo llevaba 
la mira de asegurar el feliz éxito de una 
intriga tenebrosa. 

Gabriel, obrando do aquel modo, no 
cedia, á su modo de ver, á un senlir.úenu 
exagerado de delicadeza , puesto que ha- 
bía hecho libreroenle aqueUa díoMcion 
muchos ailos antes, y hubiera creído una 
indignidad el retrartarla. Haslante había 
ya sentido que te hubiesen ereido eobar- 

'^^ y por nada en el mundo hubiera 

querido dar lugar i que )e hubierao t«. 
chado de avaricia. 



124 ALBun. 

Se receitabaterer el csoeleiile carácter 



<le misionero para q- e aqiielh flor de es 
criipulosa probidad no se inarchilase con 
Ja deletérea y desmoralizadora iníluencia 
de su educación; felizmente, y del mismo 
modo que el frió preserva algunas veces 
tic la corrupción, la lielada atmósfera donde 
había pasado parte de su infancia y ju- 
ventud amortiguó solo, pero no vició, sus 
generosas cualidades reanimadas poco des- 
pués con el vivificante y cálido aire de la 
libertad. 

Kl marqués, mas pálido y conmovido 
que Gabriel, habla procurado esplicar y 
disculpar sus angustias atribuyéndolas al 
sentimiento que le causaba la ruptura de 
su (jucrido hijo con la Compañía. 

Uodin, tranquilo y enteramente dueño 
de sí, veia con secreta cólera la viva emo- 
ción d'Aigrigny , la cual hubiera podido 
inspirar singulares sospechas aun hombre 
menos confiado que Gabriel; sin embar- 
go, á posur de'esta aparente tranquilidad, 
(al vez el socio estaba aun mucho mas im- 
paciente esperando el buen resultado de 
este grave negocio. 

Samuel parcela aterrado... Gabriel era 
el línico heredero i¡uc se presentaba» 

Sin dudael anciano sentía Una viva sim 



palia por este joven; pero Gabriel era «"" testamento á la calle de San Fran 



— Efectivainenle, asi eslá espresado et\ 
]a nota que acompaña al testamento que 
veis aiiui, dijo Mr. Dumesnil. Todo esto 
fué depositado en 1G82 en casa de Tomas 
Le Semelier consejero del Uey, notario 
delChaleletde París, que vivía en la plaza 
Real , número 13. 

Y diciendo esto Mr. Dumesnil sacó de 
una cartera de tahíele encarnado (|ue te- 
nia debajo del brazo, un abultado rollo 
de pergainin I que el tiempo había enri>je- 
cido, sellado eoii do^ s I 'Sneg!0> y atado 
con una cinia de soda según el uso de 
aquellos tiem|)os: áesle rollo estaba unida 
una nula de \itel3 péndrente de un Itilo. 

— Señores, dijo el notario, si tienen 
ustedes la bondad de sentarse, voy á leer 
esta nota que dice las formalidades (jue 
deben observarse para la apertura del tes- 
tamento. 

El notario, Gabriel, Rodin y el padre 
d'Aigrigny se sentaron. 

El joven eclesiástico no podía ver los 
dos retratos, porque estaba vuelto de es* 
paldas. 

Samuel, á pesar de la invitación del 
notario, permaneció de pié detrás del si- 
Uor. de este , el cual leyó lo que sigue : 

« Kl 13 de febrero "de 1832 se llevará 



eclesiástico y acabaría o;-, él el nombre de 
la familia de lVv-:iPpont, y esta inmensa 
fortun: dgiomerada con tanta perseveran 
cía no seria distribuida según los deseos 
y la uícnte del testador. 

Los diferentes actores de esta escena 
es aban de \)\(: al rededor de la mesa re- 
donda. En el momento en que convida- 
dos por el notario iban ti sentarse, dijo 
Samuel enseñándoles el registro de zapa 

negra. 

—Caballero, tengo orden de consignar 
aquí este registro que está cerrado; en el 
momento en que esté terminada la lec- 



tura de! testamento os entregaré la llave. 1 lineas con voz sonora se detuvo un mo 



«cisco número 3. 

« .\ las diez en punto , la puerta del 
«salón rojo, situado en el piso b.ijo, será 
«sibierta á mis iieiederos á quienes sin 
«duda habiendo llegado con tiempoá Pa- 
rt ris , quedará adjudicada la sucesión en 
« beneficio de aquellos, que según mis en- 
« cargos perpetuados por tradición durante 
«siglo y medio en mi familia, contando 
«desde este dia, se presentasen personal- 
amenté y no por medio de apoderados, 
«el 13 de febrero antes de las doce, en 
« la calle de San Francisco. 
J^El notario después de haber leído estas 



M.BIW. 



135 



Ynento y conlinuó dvspucs cou \oi so- 
lemne. 

— El prfbbiliTo Mr. (¡al>riel Francisco 
Maria de Reiieponl, linbiendo jnslificaJo 
por ados notariados su (iliacion palerna y 
su cualidad de desccMidicuto dcl testador, 
y siendo liaste «sla liora el solo descen- 
diente de la familia de Renepont gue se 
lia presentado en este sitio, abro el testa- 
mento en su presencia se¡:un está preve- 
nido. 

Y diciendo esto el notario corló la cinta 
de seda con un corlaplutnas , rompió los 
dos sellos de cora , y sacó de la abultada 
cubierta t|ue puso á su inmediación una 
lii'ja de vitela doblada en cuatro pliegues. 

El padre d'Aigrigny se inclinó y apoyó 
<'l codo sobre la mesa sin poder contener 
un profundo suspiro. Gabriel se disponia 
o escuctiar con mas curiosidad que inte- 
i''s:. 

llo<]in se liabia sentado á cierta distan- 
cia de ta mesa teniendo entre las rodillas 
su viejo sombrero , en cuyo fondo habia 
ciilocado un reloj t|ue medio habia escon- 
dido entre un sórdido pañuelo dejuarices, 
de Colon de cu.idros azules. 

Toda la atención del socio e.staba divi- 
dida entre el mas pequeño ruido esterior 
y el lento movimienlo de las manecillas de 
>íir«'li>j, cuya marcha parecia iniererapre- 
sitrar con su>í pequeños é irritados ojos; 
tanta era su impaciencia de oir la horade 
las doce. 

Kl notario, desdoblando la hoja de vi- 
♦«•la, leyó lo que sigue en medio de una 
prohiiida atención: 

Aldea de Villctanense á 13 de febre- 
ro de 1682. 

La muerte va á librarme de la ver- 
güenza de ir á presidio, al (¡ue lus impla- 
cables enemigos de mi familia me lian 

hecho condenar por i\.lapso. Ademas 

después de la iiujerle de mi hijo, víclima 
do un crimen misterioso, la vida me es 
demasiado aniariia. 



Mi pobie Enriquu murió á la edaij de 
li) años... sus asesinos son desconocidos... 
no... desconocidos, no, si he de dar crédi- 
to á mis pensanñentüs. 

(]on objeto de conservar mis tienes á 
«ste hijo, íinjí alijurarel protestanlioino.., 
y n)ientras que este ser amado ha vivido 
he observado esorupulosanieiile las apa- 
riencias lie catí'divo... lisio me rcinigiiaba, 
pero se trataba de mi hijo.... 

Después (jue fué asesinado esta vio- 
lencia me fué insoporlable. Como me es- 
piaban fui acusado y condenado como 
relapso.... mis bienes fueron confiscados, 
y yo fui condenado á presidio. 

Esta fué una época terrible. 

¡Miseria y servidumbre! ¡sanguinario 
despotismo, é intolerancia religiosa ! ¡ Ah I 
¡ que dulce es dejar la vida ! ¡que des- 
canso dejar de ver tantos males y mise- 
rias ! 

Dentro de pocas horas tendré este 

descanso. 

Voy á morir, pensemos en los miosque 

viven, ó por mejor decir que vivirán 

tal V(>z en tiempos mejores. 

De todos mis bienes lo único que me 
(|ueda es una suma deoO.OOO escudos de- 
positada en casa de un amigo. 

No tengo hijos... sino nunierosos-parien- 
les desterrados en Europa. 

Esta suma de oO.OüO escudos, dividida 
enlre los mios, hubiera sido para ellos un 
débil recurso... y asi he dado disposiciones 
diferentes. 

Y esto guiado por los prudentes con- 
sejos de un hombre (pie yovenero co- 
rno la perfecta imagen de Dios sobre la 
tierra... ponjue su inteligencia, bondad y 
prudencia son casi divinas. 

Durante mi vida solo he visto dos veces 
á esle hombre, y esto en circunslancias 

bien funestas dos veces le be debido 

mi salvación una !a del alma, olí,! Jj 

de! cuerpo. 
•¿■1' 



1^ ALBLM. 

|Ayl ¡tal vez hubiera podido salvar á| Mi abuelo era calóiico; arrastrado ïirt 



tarde 

Antes de separarse de mi quiso quitar- 
me de )a cabeza que yo me diese la muer- 
te.... porque lodo lo sabia pero sus 

consejos no hicieron mella en mi, dema- 
siadas congojas, dolores y penas consumían 

mi vida. 

¡Cosa singular I lufgo que estuvo bien 
convencido de que yo estaba resuelto á 
acabar violentamente mis dias, se le enca- 
pó una palabra terriblemente siniestra, la 
cual me hizo creer que envidiaba mi suer- 
te.... es decir ¡ mi muerte ! 

¿Estará condenado á vivir? 

Si.... sin duda él mismo se ha condena- 
do á ello con el objeto de ser útil á la hu- 
manidad..,, y sin embargo la vida le sirve 
de carga.... porque un . ia le oí decir con 
una espresion desesperada de cansancio 
una cosa que jamás he olvidado: «¡Oh!... 
la vida.... la vida.... ¿quien me libertará 
de ella ?» 

¿Con que la vida es para él una carga 
pesada ? 

Partió.... sus últimas palabras me han 
hecho mirar la muerte con serenidad 

Gracias á él mi muerte no será estéril. 
Gracias á él, estas líneas escritas en este 
momento por un hombre que dentro de 
pocas horas habrá dejado de vivir, produ- 
cirán tal vez cosas grandes dentro de siglo 
y medio, ¡oh! si.... grandes y nobles co- 
sas.... si es que mi voluntad llega á s r 
ecsactamente cumplida por mis descen- 
dientes, porque me dirijo á mi raza fu- 
tura. 

Para que puedan comprender y {apre- 
ciar mejor los últimus deseos que me ani- 
man.... y que yo suplico que cumplan 
aquellos que están aun sumidos en la na- 
da, donde yo voy á bajar, es preciso que 
conozcan á los perseguidores de mi fami- 
lia, y, ora que puedan vengar á su antece- 
sor, pero con una venganza noble. 



mi hijo! pero llegó tarde.. ... demasiado j tanto por su celo religioso como por sus 

consejos pérñdos, se aliiió, aunque era 
laico, en una sociedad cuyo poder ha sido 
siempre terrible y misterioso...» 

A estas palabras del testamento, el pa- 
dre d'Aigrigny, l\odin y Gabriel, se nl- 
raron casi involuntariamente. 

El notario que no habia notado esto , 
continuó: 

Al cabo de algunos años, durante los 
cuales no habia dejado de profesar la mas 
absoluta devoción á esta sociedad, fué in- 
formado repentinamente del objeto oculto 
que esta se proponía y de tos imedios qilé 
ponia para conseguirlo. 

Esto fijé hacia el año de IGIO un ml»s 
antes del asesinato de Enriqtie iV. 

Mi abuelo, aterrado del secreto deqí}© 
era depositario á pesar suyo, y cuya sig- 
nificación se completó después con la muet- 
te del mejor de los reyes; mi abtirlo no 
solo rompió con la sociedad sino queaban- 
donó la relijion romana en que habia vi- 
vido has!a entonces y se hizoprotestartf?. 

Prueba» irrefragables que atestaban la 
connivencia de dos de sus miembros con 
Ravaiilac, connivencia probada lauíbic n 
con motivo del crimen del regicida Juaír 
Ghatel, se hallaron en poder de mi abuelo. 

Esta fué la catisa primera del odio en- 
carnizado de esta sociedad contra nuestra 
familia. Gracias á Dios, estos papeles har> 
sido puestos en sitio seguro; mi padre me 
los transmitió* y si mi úllinia voluntad 
queda ejecutada , se hallarán marcados 
con las letras \. M. C. D. G. en el ca- 
frecito de ébano de la sala de luto de la 
calle de San Francisco. 

Asi es que mi padre tuvo que sorfrfr 
sordas persecuciones: tal vez hubieran 
producido su ruina y su muerte s¡« la in- 
tervención do una muger angelical , por 
la cual conservó un culto casi religioso. 

El retrato de esta muger que he visto 



ALBtJI. 

Iiace pocQê aiios del mismo modo qne el 
del hombre á quien he consagrado uiu 
veneración profunda , han sido pintados 
por mi . de memoria , y están coioraílos 
en el salon rojo de la calle de San Fran- 
cisco. Espero (jue uno y oiro serán para 
mis descendientes el objeto de un culto 
de gratitud.» 

Desdo pocos momcntt'S antes, la aten 
cion de (labriel se había idi> aumentando 
"mas y mas con la lectura del testamento: 
pensaba (jue por una est raña coinciden- 
cia , uno de sus abuelos habia roto, dos 
siglos hacia , con la Sociedad , del nti^mo 
Inodo que él acababa de hacerlo una hora 
aoteii.... y que datando esta ruptura de 
dos siglos..... databa i|^ualniente la espe- 
cie de odio con que la Sociedad habia per- 
Seguido siempre á su familia.... 

El joven eclesiá>tiro hallaba no menos 
eslrafio que esta b.erenria que se le tras- 
mitía al cabo de 150 anos por uno de sus 
parientes víctimas de la Sociedad , vol- 
vii^se por (''I á esta Sociedad por la renun- 
cia que acababa de hacer. 

Cuando el notario leyó el pasaje relali- 
\o á los dos retratos, (labriel, (|ue del 
mi>m«> modo que el padre d'Aigrigny te- 
nia vuelta la espalda á estas pinturas, hi- 
To un nioviniiento para verlas.... 

Apenas vio el misionero el retrato de 
la muger, cuando di() un gran grito de 
sorpresa y casi de e-panfo. 

El nütaitü iii'erruutpió en el acto la 
lectura del testaniiiilo, mirando con in- 
quietud al joven eclesiástico. 
XXIV. 

LA tLTlllACAMPA>AÜA bK I.AS DOCE DEL 

día. 
Al grito de Gabriel , el notario inter- 
rumpió la lectura del testamento, y el 
padre d'Aigrigny se acercó precipitada- 
mente al joven eclesiástico, quien de pié 
y temblando, miraba cada vez con mayor 
espanto el retrato de la muger. 



127 

A poco dijo en vo2 baja y como hablan- 
do consigo mismo : 

— ¡ Dios mió! ¿es posiide que la casua- 
lidad pueda producir i^nalifi semejan- 
zas?... ¡Esos ojos tan nobles y tri>tes.w.. 
son los suyos... esa fnnle... rsi |ia!¡dey... 
si.... son sus facciones.... enteramente Mjs 
facciones I.... 

— ¿Qué tenéis, hijo mió? dijo el mar- 
qués que estaba tan admirado como el 
notario. 

— Hace ocho meses.... repuso el mi- 
sionero con voz sumamente cr»nmoviJa y 
con la vista fija en el cuadro, liallándome 
yo en poder de los indios en medio de las 
montañas Herro(jucñas, y después de ha- 
berme puesto en cruz, em|)ezaron á de- 

sollarnío yo iba á morir, cuando lA 

divina Providencia me -mivíó un inespe- 
rado socorro... Si, esamüger es la misma 

que me salvó 

-^¡Esa muger! esclamaron á un tiem- 
po Samuel, el padre d'.\igrigny y el m - 
tarío. 

Solo Rodin parecía enleraniente eslra- 
ño al episodio del retrato: contraídas sus 
facciones á cau>a de su rolérira impacien- 
cia, se mordió las uñas hasta lo mas vivo, 
contemplando con angustia la lenta mar- 
cha de las manecillas de su reloj. 

— ¡Cómo; ¿qué mujer os ha salvado, 
lu vida? repuso el padre d' \igiigny. 

— Esa misma , respondió (iabritl ba- 
jando la voz y casi asu.-tad..; esa mujer... 
ó mas bien una mujer que se !e parece 
tanto, que si este cuadro no hubiese per- 
manecido aqni siglo y niedio, yodiriacjue 
ha sido pintado delante de ella , por(jue 
no puedo compr^^nder como ima semejan- 
za tan notable sea efecto de la ca^ualidad... 
En (in... añadió después de un instante de 

silencio y dando un profundo suspiro 

los misterios de la naturaleza — y la vo- 
luntad de Dios son impenetrables. 

Y Gabriel volvió á caer abatiilo en su 



128 ' ALeun, 

sillon , en medio de un profundo silencio 
interrumpido poco despues por el padre 
d' Aigrigny , (jue dijo: 

— En esto no hay mas que un hecho 
estraordinario de semejanza... hijo mio..> 
la gratitud bien natural que deb«ris tener 
á vuestra protectora, da á este singular 
juego de la naturaleza un grande interés. 

Rodin , devorado de impaciencia, dijo 
al notario i cuyo lado estaba : 

— Creo que este episodio de novela nada 
tiene que ver con el testamento. 

— Decís bien , respondió el notario vol- 
viéndose á sentar; este hecho es tan es- 
traordinario y tan novelesco, como aca- 
báis de decir, que no puede uno menos 
de tomar parte en la profunda emoción 
del señor... 

Y en esto señaló á Gabriel que apoya- 
ba el codo en los brazos del silbn y su ca- 
beza en la mano', pareciendo enteramen- 
te absorto. 

El nulario continuó de este modo la lec- 
tura del testamento: 

Tales han sido las persecuciones que mi 
familia ha tenido que sufriv de parte déla 
Sociedad de Jesús. 

En la actualidad posee esta mis bienes 

en consecuencia de la confiscación. 

Voy á níorir Ojalá mi muerte pueda 

apagar su odio y hacer respetar mi raza. 

Mi raza , cuya suerte es mi único y mi 
último pensamiento en este instante so- 
lemne. 

Esta mañana he enviado á buscar á 
Israac Samuel , hombre de una probidad 
reconocida; me det)e la vida, no lia pa- 
sado un dia en t]ue no me haya alegrado 
de haber conservado á la sociedad una 
criatura tan cscelente y tan honrada. 

Antes que mis bienes fuesen confisca- 
dos, Isaac Samuel los adtiiiiiistró siempre 
con lanía inteligencia como probidad; ra- 
zón por la cual le he confiado lojs 50,000 
escudos (]uc me devolvió un depositario 
hel. 



Isaac Samuel, y después de ¿M muerl», 
sus tlescendientes, á los cuales dejará en- 
cargado este deber de gratitud, harán va* 
1er y acumular esta suma hasta la espi- 
ración de 150 años desde el dia de la fecha. 

Esta suma , acumulada de este modo, 
¡legará á ser enorme y á constituir una 
fortuna regia... si los acontecimientos no 
se oponen á ello. 

Î Ojalá que mis deseos sobre el repar- 
tin)iento y uso de esta puedan ser ejecu- 
tados por nii> descendientes! 

Falalinenle suceden en siglo y medio 
tales cauíbios y variaciones, trastornos y 
mudanzas de fortunas entre las genera- 
ciones sucesivas de una familia, qU'- pro- 
bablemente, en estos 150 años, mis des- 
cendientes se encontrarán repartidos en 
las diferentes clases de la sociedad repre- 
sentando asi los diversos elementos socia- 
les de su época. 

Tal vez habrá entre ellos, hombres do- 
tados de grande inteligencia, valor ó de 
escesiva virtud; acasoalgunos sabios, nom- 
bres ilustres en las armas ó en las artes, 
y también oscuros artesanos , modestos 
paisanos, y P' r desgracia grandes crimi- 
nales. 

De todos modos aii mas ardiente y nías 
grato deseo es (jue mis descendientes se 
unan y reconstituyan mi familia por me- 
dio de lina estrecha y sincera union, y 
que pongan en práctica estas divinas pa- 
labras del Salvador: Aniaoa uhok á oíros. 

Esta union será un ejemplo saludable... 
porque me parece (pie la union y la aso- 
ciación de los hombres entre sí deben pro- 
ducir la dicha futura de la humanidad. 

La Compañía, ()ue después de tau largo 
liecnpo persigue á mi familia, es uno de 
los mas palpables ejemplos del poderío de 
la asociación aun aplicada al mal. 

Hay en este principio un no sé qué de 
fecundo y de divino que hace conducir al 
bien alas mas peligrosas y mas malas aso- 
ciaciones. 



ALBlilR. 



m 



Am es que las misii'nos liân diid ) aí¡:w- 
■nas l<leâs chiras y j:oniVo-iài sohre esta 

ttpnebrosa l^ompailia (k» Jesti* á pí'síT 

<lo estar fniiHsda con ri (K'tf»s!aM<î.ol>joto 
de drslniir por modio do nu ediiracioh 
liomieidi la voluntad , la lil>t>rtad y et 
pensamH'nto tic todos los ptieMos, con el 
ol>jeto de entregafios supersticiosos, cn\- 
lifiilecidos y desarinadi» , al despotismo 
lío los re\cs á quienes l<i (lonipauía se re 
stTva dominar por el confesonario. 

A csfè pasaje del Icslametiío, el padre 
xTAiiírlfíny y Gabriel "se miraron otra ve» 
<li' lU) modo singular. 

Kl notario ronlii\nó: 

Si una asociación perversa fundada sokre 
U degradación iuunana, s«»bre el tcttior y 
el deopolismo, y pt»rsegMÍda pot la maldi- 
ción de los pueblos, ha atravesado los si- 
kIos y muchjs veces dominado el mundo 
con la afíliicia y et terfnr... ¿f[ii(^ stjcede- 
Tia con una asociación que, procedente de 
la fraternidad, del amor evangélico, left- 
ga por objeto d^r la libertad al hombre y 
á la muger, y convidar con Ja dicha en 
vste mundo á los que solo han conocido 
los dolores y las miserias de la vida , y el 
gloriíica-r y enriquecer el Trabajo qué sus- 
tenta? ¿el ihHtrará aquellos á ipiienesen- 
vi'^e la ú^Rorancia? ¿el favoreterta I bre 
expresión de loda<* las pasiones (|ue bi s , 
p*r su hifinila Sabiduría y su inagota^ble 
-bondad , htt dado al lioihbre como otras 
ttfiítTs palancas poderosas? ¿el saotilicar 
todo lo que procede do Dios... el amor, la 
maternidad , la fuerza , la inteligencia , la 
belleza y el ingenio? ¿el hacer en lina los 
hombres religiosas y sumamente rocono- 
ridos hacia el (Criador, haciéndolo? cono- 
<:er los esplendores de la naturaleza y <t\¡ 
■j)arte nftrecida de los tesoros con que nos 
col día? 

¡ Oh ! ¡ si ol cielo pormiliese que dentro 
-de ^it.'lo y nu'iii I , lis desccíidientes d' mi 
tamilia, («eloj á la t'i!li;iia voluntad de un 



vorazon amanledc la liinníYtí<!ad, se unan 
íormando una santa comutiidad ! 

¡Si peimüifíi' H cielo que haya cniru 
^•t|os almas caritativas y llena» de ronmi- 
Ker.icion por los ipie padecen, almas ele- 
vadifs y amantes de la lilierlnd ! ¡ corazo- 
nes ardientes y «docuentesl ¡caracteres 
resueltos, y mugeres que reúnan la belle- 
/..i, el talento y la bondad! ¡cuan leeinida 
y [)oderosa será la uni044 «te (odas estas 
ideas, de tedas estas ¡nfliieDcias, de todas 
estas fuoizis y de toda-; estas alraccione? 
aglomerad 4S al rededor de esta forttina re- 
gia que, concentrada pir la asociación ▼ 
pru leAtenienle admiiu'slrada, liará prac- 
ticables las irtofiias mas admirables! 

5 Qué maravilloso y fecundo foco de ¡deas 
generosas! ¡qué rayos saludables y vivi- 
ficantes resulta rian sih ces;fr de este cen- 
tro de caridad, de emancipación y de amor! 
[ Qué gran les cosas podrían intentarse 
y (pió magníücos ejemplos psra el mundo 
con semejante práctica ! ; Qué divino apos- 
tolad-í eoTm, ¡ qué irresistible inclination 
al bien podria imprimir á toda la luna- 
idilad Tina familia coiiipueSta de este mo- 
do y disponiendo de semejantes mediosde 
acción! 

Y adoitias de esto, esta t union, forma- 
da para hater bien,*5eri.i âe por sí sola 
capnz de combatir la funeíita asociación de 
quien soy vfctiina, y que tal vez dentro de 
siglo y medio Jnada habrá perdido de su 
temible poder. 

Eli tal casona esta obra de trníeblas, de 
conipren->ion y despotismo ijue pesa sobre 
el fnundo cristiano, podria oponer mi fa- 
milia otra de ilintracion, de espansion y 
de libertad. 

VA genio del bien y el genio del mal sa 
liallarian cara á cara. 

La lucha empezarla ; y Dios protegería 
á los justos. Y para que los inmensos re- 
cursos pecuniarios, qu*' dar»n tanto poder 
á lili f.imilia, no lleguen é agotarle, y pa- 
33- 



130 

ra que se renueven con la sucesión de los 
años, mis herederos, si escuchan mi vo- 
luntad, deberán colocar, segnn las mis- 
mas condiciones para la acumulación, el 

doble de la suma que yo he colocado 

En este caso, y al cabo de siglo y me*lio 
¡ qué nueva fuente de poder y de acción 
para sus descendientes! iqué perpetuidad 
en el bien 1 

En el mueble de ébano de la sala de 
lutose hallarán algunas ideas prácticas so 
bre esta asuciacion. 

Tal es mi última voluntad ó mas bien 
mi última esperanza. 

Si jexijo absolutamente que los de mi 
raza acudan en persona á la calle ¡de San 
Francisco, el dia de la apertura de e>le 
testamento, el objefo es, que reunidos en 
este solemne momento, se vean y se co- 
nozcan; tal vez mis palabras harán mella 
en su espíritu, y en lugar de vivir dividi- 
dos, se "unirán; sus intereses ganarán en 
ello y mi voluntad será cumplida 



Al enviar hace pocos dias á las perso- 
nas de mi familia que el destierro ha d'S- 
pcrsadoen Europa, una medalla en la que 
está grabada la fecha de esta convocación 
de mis herederos de aquí á siglo y medio, 
he debido ocultar el verdadero motivo di 
ciendo solamente que mi descendencia tie- 
ne un gran interés en hallarse reunida tn 
esta época. 

He obrado así porque conozco la astu- 
cia y la persistencia de la Compañía de 
quien soy víctima : si llegase á saber que 
en ese dia mis descendientes pueden re- 
partir entre si sumas inmensas, tal vez les 
amenazarian|graves riesgos, porque los si- 
glos hubieran trasmitido en la Sociedad 
de Jesús siniestros encargos. 

¡ Ojalá que baste tal precaución I 

¡ Ojalá que mis deseos manifestados en 
las medallas puedan ser fielmente trasmi- 
tidos de generación en generación! 



A&BÙM, 

Si fijo el dia y la hora fatal |en que mi 
sucesión quede irrevocablemente adjudi- 
cada á favor de mis descendientes que se 
presenten en la calle de San Francisco eí 
13 de febrero de 1832 antes de las doce, 
la razón es por que es précis «pont r un tér- 
mino á esta época y que mis herederos es- 
tén prevenidos muchos años antes para nu 
faltar á esta cita. 

Después de la lectura de mi testamen- 
to, la persona depositaría de los fimdos 
nrvamifestará su valor y la cantidad, par;f 
(jue estas sumas sean .repartidas entre \o9 
herederos presentes. 

Las piezas de la casa los serán abiertas 
y allí verán cosas dignas de su interés, de 
supiedad y de su respeto... principalmen- 
te en la sala de luto. Mi deseo es que no 
se venda esta casa y que permanezca ami»e- 
blada como está para que sirva de punto 
de reunion á mis descendientes , si como 
lo espero hacen el caso debido de mis úl- 
timos ruegos. 

Al contrario, si se dividieson y si en vez 
de (UUTse para coadyuvará una deiasma;» 
generosas empresas que hayan señalado 
un siglo, cediesen á pasiones egoislas; si 
prefiriesen la estéril individualidad á la 
asociación fecunda; si en esta fortuna in- 
mensa no ven n>as (jue una ocasión de 
frivola disposición ó de sórdida acumula- 
ción.... que sean maldecidos por todos 
aquellos á (juienes hubieran podido amar, 
socorrer y emancipar... que entonces est» 
casa sea demolida , que lodos los papeles 
cuyo inventario se ha confiado á Isaac Ça 
muel, sean quemados con los dos retratos 
por el conserje de la casa. 

He dicho. 

Ya he cinnplido mi deber. 

En todo e>to no he hecho mas (|ue se- 
guir el consejo del hombre que venero yá 
quien amo como á la verdadera imagen de 
Dios sobre la tierra. 

El amigo fiel que me ha entregado los 



ALBlH 

^0.000 escuJos> reslo demi fürluna, sabe 
linicamcnte el uso que quioro hacer de 

ella no he podido ne^ar á su amistad 

rsla prueba de ''onfianza ; pero al mismo 
tiempo he dehido oruUarle el n>>mhre de 
Isaac SamueK.. esto hubiera sldoesponer- 
hs principalmente á sus descendientes, á 
grandes riesgos. 

Pentro de p(n:o, este amigo^ que igno- 
ra mi resolución de morir, lo cual va á 
verificarse, vendrá aqui con un notario, 
este testamento les será entrenado, sella- 
do con todas las formalidades usadas en 
tales ca-sos. 

Tal es mi última voluntad. 

Ponijo su cumplimiento hajo la protec- 
ción de la Providencia. 

Dios protejerá este deseo de amor , de 
paí, de union y de libertad. 

Rsle testamento mislico habiendo sido 
hecho libre y enteramente escrito de uii 
mano, quiero que sea observado escrupu 
losamente tanto en su espíritu contó en su 
letra. 

Hoy 13 de febrer|de 1G82 á la na de 

la tarde. 

Marfu$ de Renepont. 

A medida que el notario proseguia la 
lectura del testameifto, Gabriel se senlia 
sucesivamente agitado por diversss y tris- 
tes impresiones. 

Como hemos dicho, hallaba estraordi- 
nario que por una fülalidad esta inmensa 
fortuna con arreglo á la donación (|iie 
acababa de renovar, fuese á m.inos de la 
Coinpania proviniendo de una víctima 
suya. 

Ademas, su alma elevada y caritativa 
le h'zo al instante comprender cual liii- 
biese podido ser admirabU' tra^cen'len -ia 
de la generosa asnciaciof» de familia, re- 
comendada con tantas instancias por Ma- 
riusdeRenepont... pensaba con profundo 
sentimiento que como consecuencia de su 
renuncia y de la ausencia de otro líere- 



dero se hacia inejecutah'e tan ¡¡T^n pen- 
samiento, y quedicba fortuna muih > mai» 
considerable de loipitMlhabia mido. ia,;\ 
en poder de una Compaùia perversa para 
que pudiese S'.'rvirie Como im leirible mr 
dio de acción. 

Pero, es menester deciro, el alma de 
Ciabriel era tan buena y pura (¡ne no es. 
fierimcntiS el menor sentimiento personal, 
cuando supo cuan considerables eran los 
bienes quC habia renimciado; ante^porun 
iíileresaiite Contrasto, di scubriendo qno 
podía haber sido |;ui rico, secomplacic'ien 
H jar ir su pensamiento al humílíje cura- 
to donde pronto pensaba ir i Vivir y á 
practicar las mas sanias virtudes evangé- 
licas. 

Kstas ideas se sucedían confusamenit* 
en su imaginación, la \i»fa del retrato de 
la muger, las siniestras revelaciones con- 
tenidas en el testamento , las gran les w- 
ras que se nianif-'staban en las últimas 
voluntades de Mr. de Uenepont , tantos 
incidentesestraordinarios ponían á (iabriil 
en una especie de estupor y atlmiracionen 
que aun se hallaba sepultado cuanilo Sa- 
muel dijo al notario, presentd;idu!c la lla- 
ve del registro 

— Hallará usted en este registro el es- 
estado actual de las sumas existrrites en 
mi poder provenientes de la capitalización 
y acumulación dolos l'íO.OOO francos con- 
fiados á mi abuelo por Mr. Marius de Re- 
nepont. 

— ¡ Vuestro abuelo!... esclamó el pa- 
dre d'Aigrigny lleno de sorpresa , ¿es vues- 
tra familia la que ha beclioconstanlemen- 
te productiva esta suma? 

— Si, seilor; y dentro de algimos instan- 
tes ha de traer aqui mi mujer el cofre qut? 
contiene los valores. 

— ¿Y á cuanto ascienden esos valores? 
preguntó Rodin con la mayor indiferen- 
cia. 

—Como el seùor nc'lario piicde »»egu- 



132 



ALBrn. 



tarse por esle oslado (respondió Samuel 
ron îa mayor sencillez y como si solamen- 
te se tratase de los 150,000 francos pri- 
mitivos) , tengo al menos en caja la suma 
de doscientos doce millones ciento se- 
tenta.... 

— ¡ Dice usted! esclamó el padre d'Ai- 
prigny sin dejar concluir á Samuel, pues 
el resto importaba muy poco á los Keve- 
rendos PP. 

— Si, la suma... (dijo Rodin con voz hal- 
bucicnle y perdiendo su serenidad acaso 
por la primera vez de su viHa ) la suiua... 
la suma... la suma 

— Oigo, continuó el anciano, que tengo 
en caja 2l2 millones ITo mil francos de 
Valores, séá en moneda ó al portador, 
como el señor notario puede cerciorarse, 
pues aqui está ya mi mujer que los trae. 

RfectiVamenlé, en csf'e moniehto entró 
líetsalié teniendo en sus brazos el coTre de 
cedro donde sé Iiailábañ encerrados dichos 
valores, los puso sobre la mesa y salió des- 
pués de haber itiírado afectuosamente á 
Samuel quien le correspondió. 

Desde que Samuel declaró á cuanto se 
elevaba la suma en cuestión, se acojian 
SU5 palabras con el mas profundo silen- 
cio. 

Kscepto él todos los actores de esta es- 
cena creian estar soñanda. 

El padre <i' Aigrigny y Rodifi calcula- 
ban sobre cunrenta miücnes... esta enor- 
me suma se hallaba (|H htuplicada. 

Gabriel oyendo leer los pasajes del tes 
tamento donde se trataba »!« una fortuna 
Tt'gia , é ignorando los |)rodigios de la ca- 
!f)it.ilizacion , liabia evaKiaito didio caudal 
■en tres ó cu-atfo miJlof»es: y i pe'sar de su 



elE^minaba el estado 'rfe la cajia tic S^âWi'iïiî 
y apen^^ parecia dar crédito á sUs oj«s-. *'«'* 

K! jwdió cstat)a lawliiein mtído y doN>- 
rosn'wente absorto ba^ la consideración 
de (|tie iVt> se presentaba otro t»ere<der<>. 

lin medio <le tan profimdo MÍencío^ el 
reloj de la pieza inmediata empez» á daT 
lentamente las doce. 

SamuiM se estremeció y dio titv proft'íh* 
\J« suspiro. 

,¡ Oèwtro de atgwffos segtmdos condtita 
(L-Ií)laz'. fatal!... 

Hodm , el padre d' AigrigRy , Gabriel 
y el notario se hallaban sumidos en unés" 
iasis tan proftiflA) qire ningnno de eOo-s 
echó <fíí ve*r lo esttano que era eloirelsè- 
iri¿o (1»' dicht» reloj. 

— ¡ Medio tliíiíesclámó Rodin, ycoíitin 
Miovimiiiito involirntario prt'ío de pronta 
ÍAsiiialíoss'obTe el Cofre í.omtí para lomSf 
po^es'ío'n de »^I. 

— 1 Eti fiyií!!.. seclaiTió el padre d' Aí* 
gr>^i*y con tina esp'resi.'U de alegría, trtfm- 
fu y euRJenamiento imposibles de descri- 
bir; y acercándose 9 ^jíí^abríei le abrozóéón 
exaltación diciendo*: 

— ¡ Ah , mi queriío hijo! j cuántos po- 
bfós van á bendecit-ùï; ' Sois un Saii Vi" 
èénie de Paula... serí'is canonizado... os 
lo fnV<>. 

— Demos gra<;ias á la Providencia , di- 
jo Rodin con tono grave y Conmovido^ 
porque ha pi-rmilido que tantos biertes sé 
empleen en la mayor gloria del Señor. 

El patire d' Aigngny dt spue? de abra- 
zar otra vez á Gabriel le cojió por la ma- 
rto y le dijo': 

— Rodin tiene razón; arrodillaos, mi 
d|uerido hijo, y demos gracias á la Proví- 



^dmirable desinterés y ée «n escrupulosa dencia 



lealtad , esperiinenlaba una especié de ena- 
jén a-miento y de esfj-eWrécrrfiíeWto pAisarn 
•do qtn; estos imnensos bienes pudíerou 
pertenecerlo á él solo. 

£1 nota-no casi lan absorto como él, 



Y diciendo esto el padre d' Aigrigny se 
arrodilló y empujó á Gffbriel, (pie atur- 
dwío, conhiso y con la cabeza prerdfêacon 
tam rápittos acontecimientos. Su arrodilló 
moTijiii'ftalmente. 



ALO m 

Xfió h última campanada de las ilocc y 
'todos se le levan la ron. 

Knldiices el noloiiu dijo con una \oi 
lijerameííle alterada por lo que ti n¡a de 
solemne y eslraordinaria esta escejia. 

— No habii''ndose presentado antes di-I 
mediodía oiro lieredero de M. Marins de 
Renepont, ejecnlo la voluntad de! Ie>la- 
(lor y declaro, en noinlre de la ley y de 
la justicia , á Francisco Alaria fiahriel de 
Kenep')nf, ai^ni presente, solo y único 
heredero y poseedor de los bienes mue- 
i)les é inmuebles y valores de tüdaes|e«:ie 
que provengan de la sucesión del testador, 
de cuyos bienes el señor Gabriel de Re- 
Tiepont, presbítero, lia hecho Jibre y vo- 
luntaria donación por acto notorio al se- 
ñor don Federico Manuel de Bordcville, 
marqués d' Aigrigny, presbítero, que por 
el mismo acto los acepta , y asi se halla 
legítimo poseedor en lugar del diclio Ga- 
l)r¡el de Renepont , por el hecho de esta 
donación entre vivos autorizada por mi 
en la mañana de este dia y firmada por 
tjabriel de Renepont y por Federico d'Ai- 
grigny , pre-<l)íleros. 

En este momento se oyó en el jardín 



m 



una multitud de voces 

Betsalié entró precipitada y dijo á su 
marido con voi alterada : 

— Samuel.... un soldado.... quiere.... 

l{etsa!Ȏ no pudo continuar; Dagoberto 
so presentó á la puerta del salon encarnado. 

Kstaba tan pálido que parecía prócsimo 
á desmayarse; traía ol brazo izquierdo 
ei.labliltado y sostenido con uh pañtielo, 
apoyándose sobre Agrícol. 

A la vi^la de Dagoberto los flojos y des- 
coloridos pirpados de Uodin se inflama- 
ron de jironto como si toda la sangre se 
le hubiese sultido al cerebro; precipitóse 
sobre el cofre con un movimiento de có- 
lera y de posesión tan feroz, (jue se hu- 
l)¡cra podido creer que estaba resuello, á 
cubrirlo con sy cufrpo, á d^fenderlp á cos- 
ta de su vida. 



lU padreó' Aigrigny no reconoció á Da- 
goberto ni había vi>to jauíás i Agrícol; 
«si es que no ()udo oplicarse la especie 
de espanto colérico (jue man¡fe^^ó Kodin ; 
|K'ro el R. P. €0" prendiólo todo después 
de haber oído á Gabriel dar un grito de 
alegría y arrojarse ei: los brazos del her- 
rero diciendo : 

— ¿Kres tú... hermano mío? ¿y vos... 
nu' se;.undo padre? ¡ Ah ! ¡ Dios es quien 
os en>ia acpti I 

Después de ha!)er a|)retado la mano á 
Gabriel, l)ago|)c'ito se acercó al marqués 
con paso rápido aunipie trémulo. Notan- 
do el semblante amenazador del soldado» 
el R. P. animado con los derechos que 
habia adquirido, y sembré todo creyéndose 
en su casa desde el medio d a, retrocedió 
un paso y d.jo resueltamente ai veterano: 

— ¿Quién sois, y que queréis? 

El soldado, en vi z de responder dio aun 
algunos pasos mas: deteniéndose en se- 
guida y poniéndose entcramento en fren- 
te del padre d' Aigrigny , se le quedó mi- 
rando durante un segundo co|) lal mezcla 
de curiosidad, aversion y audacia, que el 
ex-coronel de liúsares, atónito por un 
momento, ba¡ó los ojos en presencia del 
pálido rostro y de las fogosas miradas deí' 
veterano. 

Kl notario y Samuel, sorprendidos, se 
(juedaron hechos mudos espectadores de 
esta escena , al mismo tiempo que Agrí- 
col y Gabriel seguían angustiados los me- 
nores niovimienlos de Dagoberto. 

Rodin habia fingido apoyarse sobre la 
caja para estar en dis|)osicion de cubrirla 
con su cuerpo en todo evento. 

lil padre d'Aigrigny venciendo en lin 
el embargo que le causaban las ínflecsí- 
bles miradas. del soldado, levantó Ja cabe-* 
za y repitió: 

— ¡ Os pregunto que quién sois y que 
queréis "^ 

— ¿Con que no me reconocéis? 
3V 



134 

—No señor. 

— El hecho es , repuso el soldado con 
profundo desprecio, que bajabais la vista 
de vergüenza cuando en Leipsik, donde 
os batíais en favor de los rusos conlra 'O; 
franceses, el general Simón, acribillado 
de heridas os respondió, ¡rcncgadol cuan 
do le pedisteis su espada: yo tfo entrego mi 
espada á un traidor: y en seguida se ar- 
rastró conDO pudo hasta la inmediación de 
un granadero ruso á quien se la entregó. 
Junto al general Simon estaba un soldado 
herido y este soldado.... era yo... 

— En fin, ¿qué queréis? dijo el padre 
d'Aigrigny sin poder apenas contenerse. 

— Quiero hacer conocer que sois un 
sacerdote tan infame y tan detestado por 
todo el mundo como Gabrír-I es admira- 
ble y bendecido de todos. 

— ¡Cómo! esclamó el marqués fuera 
de sí de cólera y emoción. 

— Digo que sois un infame, continuó 
el soldado con mas energía. Para despo- 
jar á las hijas del mariscal Simon , á Ga- 
briel, y á la señorita de Cardovílle de su 
herencia , os habéis servido do los medios 
mas horrorosos. 

— ¿Qué decis? esclamó Gabriel, ¿las 
hijas del mariscal Simon?... 

— Son parientes tuyas, generoso jóven-, 
lo mismo que la digna señorita de Cardo- 
ville, bienhechora de Agrícol.... Este sa- 
cerdote, mostrando al padre d'Aigrigny , 
ha encerrado á esta última como loca.. i. 
y á las huérfanas en un convento.... bn 
cuanto á ti, querido hijo, no creí encon- 
trarte aquí hoy por la mañana , creyendo 
que te lo hubiesen impedido como á los 
demás; pero gracias á Dios te veo... y yo 
llego á tiempo, no habiendo venido antes 
á causa de mi herida. He perdido tanta 
sangre que toda la mañana he tenido va- 
hídos. 

— En efecto, esclamó Gabriel con in- 
quietud , no habia reparado que tenéis el 



ÂLBII&I. 

brazo entabh'llado; ¿qué herida es esa^^ 

A una señal de Agrícol, Dagoberto res- 
pondió : 

— No es nada.... resultas de una caí- 
da.... Aquí me tienen V^ds. para descu- 
brir mtichísimas infamias..... 

Es imposible pintar la curiosidad, là 
agonía , la sorpresa y el temor de los di- 
ferentes actores de esla escena al oir las 
amenazadoras palabras de Dagohcrto. 

Pero el «jue mas aterrado e'staha era 
Gabriel. Su figura angelical estaba deshe-, 
cha, y apenas se podía sostener. Confun- 
dido con la revelación de Dagoberto al sa- 
ber por él la existencia dé oltos herede- 
ros, no pudo prormnciar una sola palabra 
durante algunos momentos , hasta que a^ 
fin esclamó con voz dolorida : 

— ¡ Dios mío ! i y seré yo la Causa delà 
espoliacíon de esla familia t 

—¡Tú, hermano mioí esclamó Agirt- 
col. 

— ¿No han querido despojñrteá ti tam- 
bién? repuso Dagoherto. 

-^El tcslamehto, continuó Gabriel ca- 
da voz mas afligido , dice que ia hcrenciít 



debe pertenecer á los herederos que se 
presenten aquí antes de las dore. 

— ¿Y que hay con eso I dijo Dagoberto 
asustado de la emoción del jóven eclesiás- 
tico. 

-»-Yahan dado las doce, repuso esíe-. 
El único de la familia que estaba aqui soy 
yo ¿comprendei$ahora?Lahorapasóya..) 
y los herederos han sido despo.^eidos por 
mí.... 

— ¡Por tí! dijo Dagoberto balbuciente 
de cólera ¡ por tí, querido mío! entonces 
nada hay que temer. 

— Sí.... perOi.. 

— Nada hay que temer, continuó Da- 
goberto lleno de alegría é interrumpiendo 
á Gabriel... tu la repartirás entre los de- 
mas... Te conozco demasiado. 

— Pero yo he abandonado irrevocable- 



*»«•■. 



iàs 



"Hfpníe loaos estos bienes, esclamó Gabriel 
d«*se<iperado. 

— ¡ Has abaiidonadü estos bienes! dijo 
Dagobt-rto petrificado; ¿y á quién? ¿ñ 
qui»''n ? 

— Al sefior, respondió (labrrel señalan- 
do al marqiiós. 

— ¡A eseí repitió Dagober lo confundi- 
do I á ese ! ; al renegado ! ¡ siempre será 
él el demonio de la familia ! 

— Pero, hermano mió, salló Agricol, 
4 sabias tus derechos á esa herencia? 

~-No-, respondió abatido el joven ecle- 
siástico, no... únicamente lo he sabido es- 
ta misma manatia por el pa<lrc d' Aigríg- 
ny que, si'gnn me ha dicho, acababa por 
su parte de sabedo mediante unos pape- 
les de familia que %e encontraron en mi 
podùr y <ine fner.-^n enviados pof nuestra 
madre á so conre>or^ 

El herrero corno recibiendo un rayo de 
luz esclamó : 

— Ahora lo comprendo todo... por esos 
papeles habrán visto q'ie llegarla un dia 
en que pudieses ser rico... y entonces fué 
cuando se interesaron en tu suerte : te 
han hecho entrar en este colegio donde 
■no podíamos verte nunca... y después han 
influido y engañado tu vocación con in- 
dignas ffientiras para obligarte á que te 
ordenases y reducirle en seguida á que 
hicieses semejante donación... ¡ Ah, señor 
d' Aigrigny ! repuso Agricol volviéndose al 
marqués con indignación.... ¡tiene razón 
mi padre... una intriga como esta es u" 
infamia t 

Durante esta escena, el Revc-rert 
padre y su socio asurados y conmovid 
al principio á pesar de su audacia, habi. 
recobrado toda su serenidad. 

Rodin, que seguia con el codo sobre ta 
caja, dijo algunas palabras ai marqués en 
voz baja. Asi es que cuando Agricol , lle- 
vado de su indignación echó en cara áes 
te último sus infames intrigas > el mar-|tívo, y no consentiré qnp las des 



qtiés bajó la cabeza y respondió* modesta-^ 
mente: 

— Debemos perdonar la< injurian... . y 
ofrecerlas al Señor en prueba de nuestra 
humildad. 

Dagoberto, atnrdido ron todi» lo que 
acababa de saber , st^iilia rti«i ttitb.irsele 
la r.-iZon : al cabo de tantos contratiempos 
las fuerzas llegaban á fallarle conecte ter* 
rible golpe. 

Las justas y sensatns palabras de Agri- 
col, compnradasconrit'rtos pacajes deltes'> 
lamento, iluminaron repentinamente á 
(iabrielsobré el ohjiMo qiio se Itabia pro- 
puesto el padre d' Aigrigny encargándose al 
principio de sil educación, y atrayéndole 
despuesá la Cocrpañía de Jesús. Por la pri- 
mera ver de su vida pudo contemplar de 
una ojeada todos los resortes de la tene- 
brosa intriga de que acababa de ser víc-^ 
lima; la indignación y la desesperación >.i- 
brepiijando entonces su timidez habitual. 
es'Clamó dirigiéndose al maripiés lleno de 
indignación y de noble cólera: 

^.\si, padre mió, si me habéis liecho 
entrar en uno de vuestros colegios no ha 
sido por interés ni por cotí miseración, sino 
solamente con la esperanza de hacerme 
renunciar mi parle de herencia en f;iv»ir 

de vuestra orden no os ha ba>tado sa' 

crificarme á vuestra codicia, sino ()ue ha- 
béis querido aun hacerme el instru- 
mento voluntario de una indi¿:na espolia- 
cion. Si solo se tratase de mí..... y de mi 
derecho á estas riquezas que tanto codi- 
ciáis no haría la menor reclamación; 

yo soy ministro de una religion que ha 
glorificado y santificado la pobreza: la do- 
nación que acabo de hacer os perleíiece... 
no pretendo ni pretenderé jamas insistir 

mas sobre ella ni sobre nada pero s»» 

trata de los bienes pertenecientes á unas 
pobres huérfanas traídas aqni, desde el 
fondo de un destierro, por mi padre adop- 

posoais 



136 



ÂLBVHi 



d^ ellos se (rata también de la bien- 
hechora de mi hermano adoptivo y de la 
última voluntad de un moribundo quien, 
por su ardiente amor á la humanidad, ha 
legado á sus descendientes ima misión 
(ivaiigélica; unaadmiralile million de pro- 
gresó, de amor, de union y de libertad : 
no permitiré que esta misión quedé sin 
efecto ni que se la sofoque en su germen... 
No..... no.... y os repito que esta misión 
quedará cumplida, aunque tuviese que 
revocar la donación que he hecho. 

A estas palabras el padre d'Aisrrigny y 
ïlodin se miraron encogiéndose de hom- 
bros. 

A una scíial del sonó el reverendo pa- 
dre tomó la palabra ron una calma im- 
perturbable, con voz lenta y dulce; y te- 
niendo cuidado do mantener los ojos ba- 
jos, habló en esta forma : 

— Se presentan en la herencia de Mr. 
de llenepont varios incidentes muy com- 
plicados en apariencia y fantasmas ame- 
nazadoras; sin embargo, todo es muy 

sencillo y natural Procedamos por su 

<')rden, y dejando á un lado por ahora las 
imputaciones calumniosas, suplicaré hu- 
mildemente al señor abate Gabriel deKe- 
nepon* que contradiga ó rectifique mis pa- 
labras si me separo en lo mas mínimo do 
la mas estricta verdad. El señor abate Ga- 
briel en reconocimiento de los ciiidados 
ique le ha prodigado la Compañía , á que 
me hi>nro do pertenecer, me habia fle- 
cho, como rtprt'Pcnl.inte de dicha Com- 
pañía , libre y vfiluntnriamente donación 
de los bienes (jiie un dia le pudiesen per- 
tenecer y cuyo valor ignoraba, del mismo 
modo que yo. 

líl padre d'Aigrigny interrogó ó Gabriel 
K:ot\ la vista como tomándole por testigo 
lie oslas palabras. 

— IÎS verdad, dijo el joven eclesiástico: 
lie hecho este donati'vo con toda libertad. 

—Esta mañana, cwconsccuencia de una 



conversación sumamente íntima y cuy* 
objeto callaré, cierto como yo estaba dé 
antemano de la aprobación del señor abate 
Gabriel 

— Efectivamente, respondió generosa-*, 
mente este último. .».. poco importa el 
objeto de esta conversación 

— En consecuencia pues de lo que ha- 
blamos, el señor abate Gabriel me maní»' 
festó de nuevo su ileseo de mantener esta 
donación^.... no diré en mí favor.... por- 
que los bienes terrestres me importan po- 
co sino <'n favor de l?s obras santas y 

caritativas (]iio dispensará la Compañía..» 
apelo á la Icalia-l del señor abate de Ga- 
briel suplicándole que decíate si está ónO' 
comprometido , no solo con el mas formi* 
dable juramento, sino aun con un acto 
enteramente legal hecho ante maese Du- 
mesnil, ai¡ui presente. 

— Ks v<'r(lad , contestó Gabriel. 

— Yo he hecho el acto , añadió el nú* 
tario. 

— Pero Gabriiel solo os liá dado lo que 

le portenccia, exclamó Dagoberto Ese 

buen joven no podía suponer (]ue le to- 
maseis por pretesto para despojar á tos 
tlemï>3. 

' — Tened là bondad de permitirme que 
ttie esplique, respondió a tei lamente el 
marqués después responderéis, 

Bagoijerto contuvo á ftierza de trabajo 
un movimiento doloroso de impaciencia. 

El reverendo padre continuó : 

— El señor abate Gabriel ha confirmado 
su donación por rl doble compromiso doí 
un juramento; y no solo eso, repuso el 
marqtiés, sino que, admirado, y nosotros 
taoibíen , al saber la suma total de la he- 
rencia , y lielásu admirable generosidad» 
lejos de arrepentirse de sus dones los ha 
consagradla de nuevo por decirlo asi rae-, 
diante un piadoso reconocimiento hacia la 
Providencia , porque el señor notario s,e 
acordará sin duda q«e después de hal?eí 



ÀikbM. 



137 



^0 «brazado à Oabriel con efusión «lición 
dolé que en cuanto á la caridad, ora (in 
seguiidt) San \'icente de Paul, le ct>fj;f por 
la mano y $e arrodilló conmigo para dar 
gracias al ciclo de haberle inspirntlo la 
idea de hacer servir estos inmensos bie» 
nes para mayor gloria del Seilor. 

— Es verdad , respondió lealtnerile Ga 
4)r4el; mientras que solo se trataba demi, 
y á posar de un alurdiniienlo inoineiilá< 
neo cauÑado por la revelación de una fur 
tuna tan inmensa, no he pensalo un solo 
instante en revocar la donación que be 
h«ho con toda libertad. 

— En lak's circunstancias, repuso e! 
padre d'Aigrigny , dio la hora en i^\e át- 
4)ta quedar cerrada la sucesión, y elseñof 
abale Gabriel ha sido el único heredero 
presente y por necesidad.... forrosamtute 
•<?8 el solo y legítimo poseedor de e»l08 in- 
mensos bienes ¡qué digo! sin duda 

ninguna enomos. Yo no puedo monos de 
regocijarme, en nombre de la caridad, de 
t]ue sean enormes , pues gracias á esto, 
fiH«chas miserias quedarás consoladas y 
muchas lágrimas serán er\jutas. Repenti- 
namente, el señor, dijo el marqués seña- 
iando á Dagoberto, el señor, ¡levado de 
iin aturdimiento que le perdono cou todo 
«iii corazón y del que no dudo que se ar- 
repentirá, se ha presentado aqui voqjí- 
tando injurias y amenazas y censurándo- 
me de haber alejado no sé en (|ue sitio ni 
(an>poi'o (pie parientes, con el objeto de 
impedir su presencia aqui á lien po 

— ¡Si, os acuso de esta infamia! es- 
'clanio el soldado ecsasperadode la calma y 
audacia del H. I*. Si... y voy... 

— Suplicóos otra vez que tengáis laèon 

liad de dejarme continuar después ha- 

'l>larei$.... dijo humildemente el man]ués 
con la mas dulce y mas melodiosa voz. 

—Si , responderé y os confundiré, es- 
clamó Dagoberto. 

- — Calla, calla, padre mió, dijo Agrí- 
col, ya le llegará tu vez de hablar. 



Kl soldado calKi. 

El padre (rAigri<.nT continuó. 

— Sin duda , si realmente ccsisten mas 
herediros, es muy sinxible para ellos que 
no hayan podido prixiilarse aciiii á tiempo. 
Si en vei de defender la causa de los ne- 
cesitados y de las personas que padecen, 
defendiese solo mis intereses, estaría muy 
lejos de valeime de una ventaja debida á 
la casualidad ; pero como mandatario du 
la j;rande familia de pobres, debo soste- 
ner mis derechos absolutos á esta heren- 
cia , y no dudo <|ue el señor nolapio reco- 
nocerá la legitimidad de mis reclamacio- 
nes y me pondré en posesión de dichos 
valores, que bien mirado me pertenecen 
legítimamente. 

—Mi sola misión, dijoel notario con vtr 
conmovida, es hacer ejecutar ñelmento 
la vohmtad del testador. El señor abate 
Gabriel de Uenepont ha «ido el único que 
se ha presentado anlcs dol último térmi- 
no fíjado para cerrar la sucesión. El acto 
de donaciun está en regla y no puedo ne- 
garme á entregar al donatario el total de 
la herencia. 

A estas palabras Samuel se cubrió el 
rostro con las manos dando un profundo 
suspiro, pues á superar reconocía serjus- 
tas las observaciones del notario. 

— Pero, señor, esclamó Dagoberto di- 
rijiéndose al curial, eso no es posible, us- 
ted no puede permitir que se despoje de 

ese modo á las pobres huérfanas os 

hablo en nombro de sus padres.... os juro 
por mi honor militar que han abusado de 
la debilidad de mi muger para conducir 
las hijas del mariscal Simon al convento 
é inipedirme que las condujera atjui hoy 
por la mañana. E;»to es tan verdadero, 
que he tenido que dar queja á un magis- 
trado. 

— ¿Y qué os respondió? djo el nota- 
rio. 

— tjiic mi deposición no era suficien 
35- 



138 



AL^UM. 



para sacar á las jóvenes del convento don- 
pode están, y que la justicia proveería. 

— Si, dijo Agríco!, lo mismo ha suce- 
dido con la señorita de Cardovilte que es- 
tá encerrada en una casa de Jocosa posar 
de estar en cabal juicio, y queliene como 
las hijas del mariscal Simon derecho át-s 
ta herencia. En su nombre he practicado 
iguales diligencias que mi padre en favor 
de las antedichas. 

— ¡Y bien I preguntó el notario. 

— Desgraciadamente, contestó Agríco!, 
Rieha.-i respondido lo mismoque á mipa- 
brc, que por mi sola deposición nada se 
dia proceder.... y que se proveería. 

En este momento, Bttsabé oyó llamar 
á la puerta de la calle y salió del salon 
rojo á una seña que Samuel kt hizo. 

El notario dijo dirijiéodose á Agrícol y 
á su padre : 

— Señores, estoy muy lejos de poner 
en duda vuestros asertos; pero bien á pe** 
sar mió no puedo dar vaior á vuestras 
acusaciones de cuya ecsactilud no tengo 
pruebas suficientes que me hagan suspen- 
der la marcha leg£^l del asunto, pues co- 
mo ustedes mismos lo han confesado, la 
justicia, á quien se han dirijido, no ha creí- 
do deber dar acogida á vuestras deposi- 
ciones y os ha respondido que se informa- 
ría y que se proveería ; de suerte que en 
conciencia , y ustedes mismos van á deci- 
dir ¿puedo yo en circunstancias tan gra- 
ves cargarme con la responsabilidad que 
los magistrados no se han atrevido á to- 
mar? 

— Si , debéis hacerlo en nombre de la 
justicia y del honor, repuso Dagoberto. 

— Asi será según vuestro modo de pen- 
sar; pero según el mió me mantengo fiel 
á la justicia y al honor, ejecutando ecsac- 
tamente lo dispuesto por la sagrada vo- 
luntad de un moribundo. A pesar de lo 
dicho, no debéis desesperar. Si las per 



tra el donatario del señor abate (jabrii H 
entretasto debo darle sin tardanza pose- 
sión de la herencia.... yo me comprome- 
tería gravemente si obrase de otro modo. 

Las observaciones del notario Wan tan 
justas y tan arregladas á la ley , que Sa- 
mtiel , Dagoberto y Agricol quedarórt 
consternados. 

Gabriel, despues do un mompnto de re- 
flexión , paredó que lomaba Una resotn- 
cion desesperada, y dijo al notario con fir- 
meza : 

— Si en semejantes circunstancias no es 
suficiente la ley para sostener la justicia, 
tomaré yo un paHido estremo, y antes &ë 
resolverme pregtmtaré por Ultima vez al 
señor abate d'Aigrigny si quiere conter. - 
tarse con la parte que me pertenece ád 
dichos bienes, bajo la condición de que 
las otras quedarán en manos seguras 
mientras los herederos <-n cuyo nombfií 
se reclama , puedan justificar su legitimi- 
dad. 

-^A esa proposición responden^ lo que 
tengo manifestado, dijo el P. d'Aigrigny ; 
aquí no se trata de mí, sino de un ir>m<»lfi- 
6) inlerí'S (íc caridad, per el que debo re- 
husar la oferta parcial que me hace el s«* 
ñor abate Gabriel, y recordarle sus com- 
promisos de toda especie. 

— ¿Con que rehusáis el convenio ? dii'> 
Gabriel con voz conmovida. 

— La caridad me lo manda. 

— ¿ lU'husais absolutamente? 

— Considerando las obras de piedad que* 
estos tesoros van á fundar para mayor 
gloria del Señor , no me hallo con ánimo 
ni volimtad de hacer la mas mínima con- 
cesión. 

— Pues, señores, dijo el joven saccrda- 
le con voz conmovida , supuesto que me 
forzáis á ello , revoco mi donación; creí 
disponer solamente de lo que me corres-» 



sonas cuyos intereses defendéis se creer) pondia, y no de bienes ágenos, 
agraviadas, pueden recurrir después con- ! — Mirad lo qoe hacéis, señor abate. 



»»BTJM. 



Í59 



èqo t»l P. d'Ai^rigny ; os haré observar 
que tengo en mi poder vueslrd formai jn 
ramento por escrito.... 

— Ya lo s»S tenéis un e-fcrito porelcual 
íie jurado que nunra revocara dicha do- 
nación, bajo cualquier pr»'lesto, so pena 
de incurrir en el desprecio i\e toda perso 
na honrada.... está biih..... dijo Gabriel 
con profunda Iristeza, me cspondró á to- 
das las consecuencias del perjurio, vos lo 
publicareis para que el menosprecio de 
todos caiga sobre mí; pero Dios me juz- 
gará.... Üicií'ndo esto, el joven sacerdote 
se enjugó las iáyiimas (¡tic bañaban su» 
vjos. 

•^—¡Tranquilízate, hijo mió! e>clamó 
t>agoberto recobrando sus esperanzas; lo- 
üá persona honrsda aprobará tu proce- 
xJfcr. 

^- ¡ Bien Î ¡ bien ] liermatio mío , dijo 
Agricol. 

•i^SeiiOr íiolario, dijo entonces Rodin 
con su destemplada voz , señor notario, 
liaced saber al señor abale Gabriel que 
pnede perjurar cuanto quiera, pcroque 
■el código civil es menos fácil de violar que 
una promesa simple.... y sagrada.... 

— Hablad, dijo Gabriel. 

' — Decid al señor abale Gabriel, conti- 
nuó Rodin, que una donación entre vivos 
como la <)uelia beilioalR. P. d'Aigrigny, 
puede revocarse soiameíile por 1res ra- 
zones, ¿no es asít 

— Si señor, por tres razones, dijo el no 
tario. 

— La primera por tener un hijo, con- 
tinuó Rodin (caso de nulidad de que uo 
tne alreveró á sospechar del st-ñor ab.U- 
Gabriel); la segunda es la ingratitud del 
donatario.... (y dicho señor puede estar 
cierto de nuestro profundo y eterno agra- 
decimiento) ; y la tercera es. la inejecución 
de los deseos del donador relativamente 
al empleo de sus donaciones, lo que é pe- 
sar de la mala opinion que el seitot abate 



Gabriel haya podido formar de nosotron, 
si nos concede alg<in tiempo para pro- 
b.TÍo, le eonvenceremoii de que s\f» ô*i-^ 
naciones serán aplicadas, coiho doea. en 
obras <|ue se dirijan á la mayor gloria del 
Señor. 

— Ahora, señor nnlarin, dij.) el padre 
d'Aigrigny, debéis decidir y decirnos .si « I 
señor abale (iabriel ptled»' , ó no revocjf 
la donación (|ue me ha hecho. 

En el momento en (|ue el notario iba á 
responder, entró Bel>abó precediendo é 
dos nuevo* person<njfS(|ue se pre^entaroh 
en el salon n-jo, á poca di>lancia el uno 
del olro. 

XWI. 

l N Bl K?í GtNiO. 

El primero de los dos personajes cuya 
llegada habia interrunq)ido al notario, era 
Earinghea. 

Samuel, al v» f á este hombre de as- 
pecto siniestro, s»» acercó á é! y le dijo: 

— ¿Quién sois? 

Después de habrr echado una pme- 
trante mirada sobre Kodin, que se estre- 
meció imperceptiblettictilr, y <|ut al mo- 
mento recobró su sei cuidad, Faringliea 
respondió á Samuel. 

— El principe Djalina ha llegado de j.i 
India hace poco tiempo, con el objeto de 
presentarse hoy aqiii según lo pre\iene la 
inscripción de una mcdaüa (|iio llevaba jI 
(uello.... 

— ¡También él! e>clamó Gabriel, 

que como es sabido, habia sido compañi*- 
ro de viaje del indio , desde las Azores 
donde habia hecho escalo el bu(¡ije enqiní 
venia de Alejandría, ¡también él es uno 
de los herederos! Efectivamente^... en la 
travesía me dijo el príncipe que sumadle 
era de origen francés.... Pero, sin duda, 
creyó deber ocultarme el objeto de sii 
\iaje.... ¡Oh! ¡ ese príncipe es un j<Sven 
noble y valeroso ! ¿ Dónde está ? 

El Kslrangulador volvió á mirar á Ko- 



140 



ALtrst, 



din y dijo acentuando lenkamento üius pa* 
labras: 

— Ayer noclie me separé del príncipe... 
Despiicsde h <iberme confiado que aunquu 
ti^nia mucho interés en hallarse aquí, tal 
vc«z tendría que sacrificarlo á otras cir- 
cunstancias yo he pasa lo la noclie oti 

la misma fonda que él y esta mafiana 

cuando volví á verle ya había salido..... 
La amistad que le profeso me ha hecho 
venir á esta casa , creyendo que las noti- 
cias que yo ptidiôse dar sobre el príncipe 
serian acaso útiles. 

El Estrangulador sin decir una palabra 
sobre la emboscada en que» [principe ha- 
bía caído la víspera ni sobre las intrigas 
de llodin, y atribuyendo principalmente 
la ausencia de aquel á una causa involun» 
taria , quería sin duda algima servir al 
socio contando con que este sabria recom- 
pensar su discreción. 

Es inútil decir (|ue Faringhea mentía 
descaradamente. Después de haber lo- 
Igrado escaparse aquella mañana de su pri- 
sión , por un prodigio de astucia y de au- 
dacia , corrió á la fonda donde había de- 
jado á Djahna; allí fué donde supo, que 
un hombre y una mnger de edad y fiso- 
nomía respetab!-es, que decían ser parien- 
tes del joven índií^ solicilaron verle y que 
asustados del peligroso estado de somno- 
lencia en que parecía sumido, le hicieron 
trasportar á su coche con el objeto de lio 
vérselo á su causa y prodigarle los au»i 
Jios neresaiii>s. 

— Es sensible, dijo el nularío, qtie este 
Iwredero no se h;>ya presenta 'o por- 
que de.>graiiadamente ha perdido sus de- 
rechos á esta inmensa herencia. 

— ¡Ah! ¡con qué se trataba de una in 
mensa hoiemial dijo Faringhea mirando 
fijamente á Rodin que separó prudente- 
mente la vista. 

En aquel momento entró el otro per- 
sofiage de quien hablamos. 



Era el padre del mariscal Simon , ití- 
dano de elevada estatura que conservaba 
aun mucho vigor y fuerzas para iib hom- 
bre de su edad; sus cabellos eran blancos, 
su fisonomía ligeramente animada , ma- 
nifestaba astucia , dulzura y energía. 

Agricol corrió á su encuentro y ie dijo: 

— ¡Me alegro de veros aqui, sefior Si- 
mon ! 

— Sí, amiíjo mió, respondió el padre 
del mariscal apretando cordialmente la 
mano al hernro; acababa de llegar de un 
viage; Mr. Hardy debía hallarse aqui por 
un asunto do herencia á lo que suponia> 
pero como todavía estará ausente de Pa- 
ris por slgun lrempo> me ha encargado 
«jue 

— Pero I qué pálido estás, hijo mío I 
¿Oné hay? repuso el padre del general 
Simon mirando alrededor con admiración, 
¿de qué se trata? 

— ¿De qué se trata? de vuestras nietas 
á quienes acaban de robar, esclamó Da- 
goberto desesperado y acercándose al an- 
ciano; ¿y yo las he (raido desde el fondo 
de la Siberia para que presencien una io'- 
dignidad semejante? 

~^[Vos! repuso el padre del marisca)» 
procurando reconocer al soldado... ¡con 
que sois!.,. 

— Dagoberto..».. 

— ¡Vos vos I ¡el í|ue tan generosa- 
mente se ha sacrificado por mi hijo! es» 
clamó el padre del mariscal; y en esto 
apretó la mano de Dagoberto con la ma- 
yor efusión ¿no habéis hablado de la hija 
de Simon? 

-—De sus hijas... es mas feliz de lo que 
creía , saltó Dagoberto; esas pobres niiuis 
son gemelas. 

— ¿Y dónde están? preguntó el anciano. 

—En un convento. 

— ¡ En un convento I 

— Sí, por la traición que este hombre 
ha hecho encerrándolas allí para deshere- 
darlas. 



'a:-¿QUé hombre? 

— Ei mir<|iiós dWigrigny. 

— El roas encarnizado enemigo de mi 

)íijo esctamó el anciano mirando con 

«version al marqués cuya audacia wq se 
desmintió tampoco en a()uella ocasión. 

— Y no es eso solo, repuso Agricol, 
Mr. Hardy, mi dij^no y buen niaeslro ha 
perdido también, por desgracia, sus de- 
rechos á esta inmensa herencia. 

— ¿Oui' dice>? esclamóel padre del ma 
riscal; Mr. Hardy ignoraba que se tra- 
tase de intereses tan importantes y ha sa- 
lido precipitadamente para ir á reunirse 
con uno de sus amigos que tenia necesi- 
dad de é\. 

Samuel al oír todas estas revelaciones 
sucesivas , sentia que su desesperación se 
aumentaba : debía contentar>e con sen- 
tirlo, pOique desgraciadamente la volun- 
tad del testador era formal. 

El P. d'Aigrigny-, deseoso de poner fin 
á esta escena que le embarazaba cruel- 
mente, á posar de su aparente serenidad, 
tüjo al notario con voz grave y penetrada. 

— lüs preciso que todo esto tenga al fin 
un término: si la calumnia pudiese herir- 
me, yo respondería victoriosamente con 
los hochos qne hemos visto. ¿A qué viene 
atribuir á odiosas intrigas la ausencia de 
los herederos en cuyo nombre, ese solda- 
do y su híjp reclatnan de un modo (an 
iniperiosü? ¿por qué su ausencia será me- 
nos esplicahle que la del joven indio, que 
la de Mr. Hardy, quien según dice su ami- 
go, ignoraba la importancia de los intere- 
ses que reclamaban aquí su presencia? 

¿No es mas probable que las hijaá del 
mariscal Simon y que Ana de Cardoville, 
por razones sumamente naturales, no ha- 
yan podi'to presentarse aquí esta maña- 
na? Kepito que esto dirá ya mucho; creo 
q'ie el seùor n.>lario pensará del mismo 
tnoln (pie yo, <|iTC el descubrimiento de 
nuevos herederos no cambia en nada la^ uiürdi'nieutos 

-'!"•.» rr t."'^ 36* 



coestion que he tenido el honor de expo- 
ner hace poco, es decir; que como man-' 
datario de los pobres á qHteneg el señor 
abate Gabriel ha dado tixlo cuanto po- 
seía... soy... é pesar de su tardía é ilegal 
oposición, el único poseedor de estos bie- 
nes que me he comprometido y me com- 
prometo, en presencia de todos y en este 
solemne momento, á emplear en la ma- 
\or gloría del Sellorw.... Tened la bondad 
de responder terminantemente, señor no- 
tario, y concluyamos de una vez una es- 
cena tan sensible para todos. 

— Caballeros» dijo el notario con vozso- 
lemnet en mi alma y conciencia, en nom- 
bre de la justieia y de la ley y como fiel é 
imparcial ejecutor de la última volyntad 
de Mr. Marins de Renepont, declaro que 
con arreglo á la donación del señor Abato 
Gabriel de Renepont al señor Abate de 
Aigrigny, es único dueño de los bienes de 
^ue os pongo en posesión ahora mismo, á 
fin de que dispongáis de ellos con arreglo 
á los deseos del donador. 

Estas palabras pronunciadasCon aire dé 
convicción y gravedad, desvanecieron las 
últimas y vagas esperanzas que los defen- 
sores de los herederos hubieran podido 
conservar aun. 

Samuel se quedó mas pálido que ordi- 
nariamente lo era y apretó convulsfva- 
. mente la mano de Betsabó qUe se había 
aproximado á él; los ojos de ios dos an- 
cianos so arrasaron de lágriíha?. 

Dagoberto y AgricoF e<$tal)an sumidos 
en urt profundo abatimiento á causa de 
las palabras del notarío, en tas -cuales ma - 
nffestaba no pod#r dar mas crédito y au- 
toridad á su? recia inaeiofí«, y que los nía- 
f»i*lríM)o« noismo* so veían forzados á re- 
nunciar i toda esperanza. 

(lAbricl sufra mas que todos, pues las 
idea de que por su ceguedad era la causa 
I é "instrumento involujUario <le tan abaiu'- 
naUie espolíacíon, le causaba lerribtcs re- 



142 ÀLBUIU. 

Así es que cuando el notario, después 
de aseguratsedela totalidad délos valores 
contenidos en el cofre dijo al P. d'Ai- 
grigny : 

— Caballero, tomad posesión de esta 
caja. 

Gabriel esclamó con amarga tristeza y 
profunda desesperación. 

— ¡Ahí parece que en estas circuns- 
tancias una inexorable fatalidad persigue 
á todos los que son dignos de interés, de 
afecto y de respeto... ¡ Oh, Dios mió ! di- 
jo el joven sacerdote juntando las manos 
con fervor, vuestra soberana justicia no 
puede permitir el triunfo de tamaña ini- 
quidad. 

Parecía que el cielo habia escuchado la 
súplica del misionero, pues apenas con- 
cluyó cuando sobrevino una cosa estraor- 
dinaria. 

Rodín , sin esperar á que Gabriel con- 
cluyese su plegaria, se llevó j supuesta la 
autorización del notario, la caja entre sus 
brazos sin poder reprimir la efusión de 
triunfo y de su violenta alegría. 

En el momento en que el P. d'Aigríg- 
ny y su socio se creían ya poseedores del 
tesoro, la puerta del cuarto en donde ha- 
blan ôido el relox , se abrió dé repente y 
se presentó una muger en ella. 

A su vista, Gabriel lanzó un grito y 
quedó atónito. 

Samuel y Betsabé cayeron de rodillas 
juntando las manos y sintiéndose anima- 
dos de una inesplicable esperanza. 

Los demás actores de esta escena que- 
daron confundidos. 

Rodin Rodin mismo retrocedió dos 

pasos y volvió á poner el cofre sobre la 
mesa con mano trémula. 

Aunque la circunstancia de presentarse 
una muger abriendo una puerta no tuvie- 
se nada de estraordinario, sin embargo 
causó un momento de profundo y solem- 
ne silencio. 



Al verla todos sintieron su pecho opri'- 
mido y esperimentaronuna sorpresa mt'Z- 
clada de estremecimiento interior y dû 
inef;plicable agonía; pues esta uuiger pa- 
recía el vivo original del retrato colocado 
en el salon hacia ciento y cincuenta años. 

Tenia igual peinado, igual trage, casi 
arrastrando, y la misma fisonomía mar- 
cada de tristeza penettanle y ^e^¡gnada. 

Se adelantó lentauífute y, sin parecer 
notar la profunda impresión que causaba su 
presencia se aproxinu) á uno de los mue' 
blés embutidos de cobre y estaño, tocó un 
resorte que estaba oculto entre las mol- 
duras de bronce dorado , y á su ¡mpul.>o 
se abrió el cajón superior de donde sacó 
un rollo de pergamino sellado; aproxf^ 
mandóse después á la mi»sa lo puso delan- 
te del notario, que mudo y confuso hasta 
entonces, lo tomó maquinalmente. 

Después de haber mirado dulce, me 
lancólicá y detenidamente á Gabriel que 
parecía enajenado con la presencia de esta 
muger se dirigió hacia la puerta di'l ves- 
tíbulo que habia quedado abitarla , y al 



pasar junto á Samuel y nolsal'i^, que sfc 
mantenían arrodilla(lí)S,sc detuvo un ins- 
tante, inclinó su cabeza á los d;)s ancia- 
nos, los conternpló con tierna solicitud, y 
dándoles sus manos á besar desapareció 
tan lentatnenteComo se había presentado, 
echando una última mirada solireGabriel, 

La salida de esta mtíger hizo cesar el 
encanto en (|ue los asistentes habían es- 
tado por algunos instantes. 

Gabriel fué el primero (jue rompió el 
silencio y dijo con voz alterada: 

— ¡lilla es!... sí ella aquí 

en esta casa !... 

— ¿(juién ella hermano mío? 

dijo Agncol inquieto de la ¡lalidez y del 
aire casi aturdido del misionero, pues el 
herrero á pesar de no haber aun adver- 
tido la estraña semejanza de esta muger 
con el retrato, participaba sin saber por 
qué, de la confusion general. 



ILBf». 

IftâpoWrlo V Faringhea se hallaban en 
Igual situación. 

— ¿(Juién es esta n)u;:«'r? iJijo Agricol 
lomaiulo la mano de (iabriel (lUC halló 
cubierta de sudor frió. 

— ¡Mira...(iijoe' j('>ven sacerdote, hace 
mas de siglo y medio (jiie otan ahí esos 
cuadros, y 'e indicó con la cabeza los dos 
retratos delante de los que se habia sen- 
tado. 

AI movimiento de Gabriel, Agricol, Da- 
poborto y Faringhea clavaron la vista en 
los retratos colocados.! los lados de la chi- 
menea , y se oyeron a un mismo tiempo 
tres esclamaciones. 

^¡F.lla es..... sf la misma I dijo el 

lierrero lleno de admiración; ¡y hace ciento 
'cincuenta años <|ue su retrato está aqui ! 

^w^í^UÓ veo?... ¡ El amigo y emi>ario 
del mariscal Simon ! esolamó Dagoberto 
confémpla'íído el retratodelhoinl)re. Sí... 
la misma cara del (|ue vino á buscarnos 
en Siheria el ano pasado.. .. ¡olí! bien 
le reconozco en su aire dulce y triste y 
en sus cejas negras que no forman mas 

r|ue una. 

— No me engañan mis ojos no 

ÇS sin duda el hombre con la frente ra- 
yada de negro que ahorcamos y enterra- 
mos en las márgenes del (iange.s, decia 
para sí Faringhea estremeciéndose de hor- 
ror; el mismo (|ue uno de ios hijos de 
Hohwanie aseguraba el ano pasado en Java 
haberlo encontrado cadáver en las ruinas 

de Tchandi cerca de una de las piicr 

tas de Bombay Kste hombre maldito 

(pie decia que dijaba por lodas partes ij 

muerte tras de si y á su paso y li;¡. e 

>iglo y uíedio que esta pintura (xisto! 

Y lo mi>mo (jue Dagdbt-rto y Agriml, 
el asesino no podia separar lus ojos del 
estraño retrato. 

— ¡Qué misteriosa semejanza 1 pensaba 
el padre d'Aigrigny; y como si estmiese 
poscido de una repentina idea, dijo á Ga- 
briel : 



— ¿Pero fué esa mugrr la que os salvó 
la vida en .\inérica ? 

— La misma respondií» Gabriel es- 
tremeciéndose; y aun me dij> que il»a ha- 
cia el Norte de América. 

— ¿Pero cómo se halla en esta casa? 
preguntó el padre d'Aiürigny dirit'iéndose 
á Samuel. Hesponded... ¿ Ksta muger >e 
ha entrado aíjui antes que nosotros ú c> n 
vos? 

— Yo he sido el primero ipie ha en- 
trado en este aposento y solo, y esta es 
la vez primera en siglo y medio (]U(> se abn? 
esta puerta, dijo gravemente Samuel. 

— Fnlcnce» ¿cómo espiicais la presen- 
cia de esta muger a(|ui? dijo el padre dWi- 
grigny. 

— No Iralodeesplicarlo, dijo el judi'>... 

creo y ahora esp(>ro, añadió niirarub) 

á lietsabé con una espresion ine>p'ic-ble, 

■—Pero repilo que vos debéis esplic.ir 
la presencia de esta muger, dijo el padre 
d'Aigrigny sintiéndose vagam(>nie iiMpiie- 
to , ¿quién es? y ¿cómo s«' halla en este 
sitio^ 

— Caballero, lo único (pie sé es que, 
según lo qne me tiene dicho mi padie, 
existen comunicaciones snlilei raneas en- 
tre esta casa y sstios muy lejmos de e.-le 
liarrio. 

— ¡.\h! entonces na !a hay uias sen- 
cillo, dijo el padre d'Aigtigny ; y ahora 
solo falta saber cual ha sido >u idea al in- 
troducirse asi en esta ca*a ; en cnanto i 
su semejanza con el retrato eso es una 
casualidad. 

Uodin habia participado de la emoción 
general cuando se apareció la muger niis- 
teriosa ; pero al verla entregar al notario 
un paquete cerrado, al socio lejos de [ireo ■ 
cuparse de lo estraño de semejante apa- 
rición, solo le acometió un violento de^eo 
de abandonar aíjuella casa con el tesoro 
qué acababa de adipiirir su Compañia;es- 
perimentó alguna int|uielud al aspecto tjil 



144 ALBÍDH. 

plii'go sellado de negro que U protectora 
'de Gabriel había entregado al no|arip, el 
cual lo tenia niaquinalnu-iite en la mano; 
y creyendo muy oportuno y á propósito 
el desaparecer con el cofre aprovechando 
fte del estupor y silencio que duraban aun, 
empujó lijera mente con el codo al padre 
d''Aígrigny, le hí^o una lijera señal de in- 
t'>ligencia, y tomando la caja de cedro de 
bajo del brazo se dirijió hacia la puerta. 

— Un monunlo , caballero , le dijo Sa- 
niuel levantándose é impidiéndole el paso, 
suplico al señor notario <{ue ecsamine lo 
(|ue se le acaba de entregar, despues pp 
dreis salir. 

— Pero, Señor, dij» Rodin tratando de 
forzar el paso, la cuestión está definiljya- 
mente juzgada en favor del padfe d'Ai- 
grigny así permitidme...... 

— Os digo, cabalk'rp, continuó el an- 
ciano con voz penetrante, que este Cofre 
no saldrá de aquí, hasta que el señor, no- 
tario haya tomado cpnocimienlp de k)s 
papeles que acaban de entregatle. 

Estas paUbras de Samuel llamaron la 
atención de todos, y B.odin se yió forzado 
á retroceder. A fesar de su firmeza elju 
dio se estremeció con la.uurada penetran- 
te que Rodin le lanzó en aquel.mpmenlo. 

El notario obedeciendo al deseo de Sa- 
muel ocsaniinó los papeles con atención. 

= — ¡Ciiloí !.... esclamó de projito, ¿qué 
Veo? ; ah ! me alegro. 

A* la eschmiacion del notario todas las 
miradas «e fijaron en él. 

- — ¡\'am«)>! leoiJ , leed, caballero: dijo 
Samuel juntando sus manos, puede (jue 
imi;» prescnliiuientos no me liaban enga- 
ñado. 

— Pero señor, dijo el padre d'Aigrig- 
ny al nol.irio, empezando á participar 
tic la .Tgoiiía de Rodin; ¿qué significa ese 
papel'? 

— Un codicilo, dijo c! notario, un co- 
dicilo que lo pone todo en duda. 



— I Cómo! esciamó el padre d'AigrigiiY 
con furor y aprocsimándose precipitada^- 
mente al notario, ¿todo es tuestipnablc^ 
¿y con qtie derecho? 

— Es imposible, dijo Rodin, protesta* 

OJOS. 

—Gabriel.... padre mío..,, escuchad « 
'esclamó Agrícol , no está .Hun lodo përdi- 
ïî'>... todavía hay esperanzas.... Gabriel... 
■¿oyes? todavía hay esperanzas. 

— ¿Qué dices?, dijo el joven sacerdote 
levantándose y creyendo apenas Ip que 
su Irermano adoptivo le decia. 

— âiéùoïes, dijo el notario, voy á leer 

la cubierta de este pliego Cambia ó 

mas bien retarda todas las disposiciones 

testamentarias. 

! — Gabriel , esclamó Agrícol colgándose 

á^\ ctiello del misionero, todo se retarda, 

¡nada se ha perdido !I!J 

— Señores, escuchad, dijo el notario... 
■y leyó lo qtie signe; 

hste es ttn codicilo que por las razones 
'que se hallarán explicadas en esle pliego % 
refarda y proroga hasta el i.° de junio de 
1832, per« sin cambiarlas en lo mas mini- 
mo , hitas las disposiciones contenidas en ti 
testamento hecho por mi en el dia de hoy, 
■á latina de In tarde,... La casa toíi'etáú 
quedar cerrada y los fondos permanecerán 
aun en poder dtl depositario para que sean 
diilrihuidos á quienes tengan derecho áellos 
el dia 1." de junio de 1832. 

Villelencusc hoy 13 de febrero á lasonct 

de la noche. 

Marils deR^enepont. 

— Protesto que este codicilo es falso, 
esclamó (I padre d'Aigrigny ciego de de- 
sesperación y rabia. 

—La mu¿ir que lo puso en manos del 
notario nos es sospechosa, dijo Rodin, el 
codicilo es faUo. 

— No, señor, repuso severamente el 
notario; acabo de comparar las<losfirma9 
y son ecsactamtnte iguales... • 



ALIt'M. 



m 



Ademas, lo que yo decía esía mañana 
á los hereck'ros (jue no se habian presen- 
tado, oses flplicablt'.... podéis atacar la 
legitimidad de este codicilo : pero todo 
queda suspendido y anulado.... porqne el 
plazo que cierra lasircesioTí se proroga tres 
tneses y medio mas. 

Cuando el notarir» acahó de pron<inriar 
«stas palabras las niias de Kodin e>laban 
ya ensangrentadas y sus descoloridos la- 
bios se enrt)jecieron. 

— ; Dios mió! ¡ me habéis escuchado... 
me habéis salvado!.... esclamó Gabriel 
arrodillándose, jimtando las manos con 
relijioso fervor y volviendo al ciclo su an- 
gelical cara; vuCslra soberana justicia no 
podia permitir ^tie triunfase la iniquidad. 

— ¿Oué dices mi querido hijo? escla- 
nuV Dagobertoque en el primer transpor- 
te de su aegria no habia eomprendido 
bien la trascendencia del codicilo. 

— Padre nuo, todo se retarda , dijo el 
tierrero , c! plazo para presentarse queda 
íijado á tres meses y medio contados des- 
de hoy.... y ahora qiie estas gentes están 
descubiertas... y .Agrícol señaló á Ilodin y 
al padre dWigrigny, no hay masque temer 
de ellos; se estar.^ sobre aviso, y las huór 
fanas, Mlle, de Cardoville, mi digno amo 
Mr. Hardy y el joven indio tomarán po- 
sesión de sus bienes. 



Ks imposible describir el delirio y la 
alegría df Tiabriel, de Agricol, de Dapo- 
bertoydfl padre dtl mariscal Simon, Sa- 
muely li«'t«3bé. Solamente Farifijiliea per- 
manecia confuso y aterrado delante dff 
retrato del hombre que tenia la frente ra- 
yada de nesro. 

Tampoco t's posible csprisar el furor 
del padre d'Aigrrpny y de U<)din, viendra 
Samtiel volver á toniar el cofre de cetlro. 

Por consejo del notario ' que se llevó 
el codicilo para hacerlo abrir sepnn la» 
Teriimlasl galvíl.Sanuí d conoció que s^- 



ria prudente poner en el Banco de Fran- 
cia los inmensos valores de (jue ya sabían 
era depositario. 

Mientras <|ue todos loscorazonrs gene- 
rosos, (|«je tanto lialiian sufrido por algún 
tiempo, manifestaban su dicha, esperan- 
zas y alegría, el padre dWigriuny v Ho- 
din salieron de la casa sumidos en una 
rabia mortal. 

El reverendo padre subió en el coche y 
dijo á sus criados : 

— Al palacio de Saint- Dizier. 

Fuera de sí , cayó sobre los cojines y 
tapándose la cara con las manos, dró un 
prolongado gemido. 

Uodin se sentó á su ludo y contem- 
pló con cólera y desprecio a un iiombre 
tan abatido y anonadado. 

— ^Cobarde!... dijo entre sí, ; desdi- 
pera!... sin embargo. >... 

En un cuarto de hora el coche llegó á 
la calle de Babilonia y entró en el p«tio 
del palacio de Saínt-Dízíer. 

XXVIÍ. 
Las phimbros soi» los últimos y loS 

ÚLTIMOS los primaros. 

El coche del marqu(^> llegó con pronti- 
tud al palacio de Saint-Dizier. 

Dtirante todo el tránsito, Rodin per- 
maneció mudo, contentándose con obser- 
var y escuchar atentamente alpadred'Ai- 
grifiny (jue exhaló sus quejas y toda la 
furia de sus decepciones en un largo mo- 
nólogo interrumpido de esclamaciones, de 
lamentaciones y de indignaciones sobre 
los implacables golpes del destio'o que des- 
truyen en un morriento laS mas fundadas 
esperan/as; 

Luego que el cocfiè efttV(5 eri'el píítio y 
se puso dblffnlie dí;l pefísliló del palacio de 
Sailli- Dizier, fué fircil p- rcibir á través 
de los vidrios de una venl.ina la fisonomía 
de la princesa que estaba medio oculta 
entre los dobleces dé un;» cortina, y cíiya- 
iiHpscit'ncia la liabia lieclio venir á vcr'^f- 



146 ALBUM. 

era el padre d'Aig'igny. No contenta con 
esto, y prescindiendo de las consideracio- 
nes que debía guardar una señora de su 
clase, salió precipitadamente y bajó algu- 
nos escalones para salir á recibir al mar- 
qués que empezaba á subir la gradería 
con aire sumamente abatido. 

La princesa, al notar la lívida y tras- 
tornada fisonomía del marqués, se detuvo 

de pronto y se demudó sospechando 

que se había perdido todo y errado el 
golpe. Una mirada recíproca con su anti- 
guo amante no le dejó la menor duda so- 
bre el resultado que ella tanto temia. 

Rodin seguía humildemente al reve- 
rendo padre. 

Uno y otro, precedidos de la princesa, 
entraron poco después en el gabinete de 

esta. 

Después de haber cerrado la puerta, 
Mrae. de Saint-Dizípr , dirigiéndose al 
marqués con indecible curiosidad, le dijo: 
— ¿Qué ha sucedido? 
El reverendo padre en vez de respon- 
der á esta pregunta, miró á la princesa 
con ojos encendidos, los labios blancos y 
las facciones contraidas, dícíéndole: 

— ¿Sabéis á cuanto asciende la heren- 
cia que creíamos ser de 40 millones? 
— Comprendo, respondió Mme. deSaint 

Dizier nos han engañado... á nada... 

habéis perdido el tiempo. 

— Sí, lo hemos perdido, respondió el 
reverendo padre apretando los dientes de 

cólera perdido ¡enteramente! no se 

trataba de 40 sino de 212 millones. 

— ¡Doscientos doce millones! repitió la 
princesa admirada , retrocediendo un pa- 
so eso es imposible 

Os digo que lo he visto por mis pro- 
pios ojos, en un cofre inventariado por el 
mismo notario. 

— ¡Doscientos doce millones! volvió á 

repetir la princesa abatida eso es una 

riqueza inmensa, soberana. ¿Y habéis re- 



nunciado y no habéis luchado por lo» 

dos los medios posibles hasta el último 
momento? 

— Señora, he hecho cuanto me ha sido 
posible, á pesar de la traición de Gabriel, 
quien nos ha declarado esta mañana que 
estaba resuello á abandonarnos, separán- 
,dose de la Compañía. 

■ — ¡Ingrato! dijo la princesa con sen- 
cillez. 

— El acto de donación queyoliabia te- 
nido la prudencia de hacer legalizar por 
el notario , estaba en tan buena forma 
que á pesar de las reclamaciones de ese 
furioso soldado y de su hijo, el notario 
me puso en posesión de aquel tesoro. 

— ¡Doscientos doce millones! repitió 
por tecera vez la princesa juntando las 

manos verdaderamente parece uh 

sueño. 

— Si, respondió tristemente el mar- 
qués.... para nosotros, si'mejanle posesión 
ha sido un sueño, porque se ha descubier- 
to un codicílo que proroga por tres me- 
ses y medio todas las disposiciones del 
testamento: nuestras mismas precaucio- 
nes han alarmado á toda esa caterva de 
herederos... quesaben ya á cuanto ascien- 
de esa enorme suma... están sobre sí y to- 
do es perdido. 

— ¿ Pero quien ha sido el malvado que 
ha descubierto ese codicílo? 
— Una muger. 
— ¿Que muger? 

— Cierta criatura nómada á quien se- 
gún dice Gabriel debe la vida que le salvó 
en América donde la conoció. 

— ¿Pero como es que se hallaba allí esa 
mujer? ¿Como sabia la existencia de ese 
codícilo? 

— Segsn creo, todo estaba convenido 
con un miserable judio, conserje de la ca- 
sa y cuya familia desde tres generaciones 
ha sido depositaría de los fondos; sin duda 
tenían instrucciones secretas para el caso 



ALBUl 



•PP. que se hubiese imposibilitado á los he- 
rederos de acudir á la casa porque 

Marins de Uenopoiit en su lestametito ha- 
bla previsto que la Cumpafíia vigilarla á 
-sj raza. 

— ¿Y DO se puede poner pleito sóbrela 
validez de ese codicilo? 

— ¡Pleito! ¿en la í^poca presente? ¿plei- 
tear por un testamento y esponernos á 
mil clamores sin estar seguros del éxito? 
Demasiado sensible es ya que todo estose 
publique.... ¡ Ah ! ¡ fs cosa terrible I ¡en 
los momentos de cojerel fruto ! ¡ Después 
de tanto trabajo! ¡ después de haber obra- 
do con tanta constancia y cuidado hace 
íiglo y medio I 

— ¡ -212.000,000 ! dijo la princesa : no 
íeria en un pais estranjero donde se esta 
t)leceria la Compañía; en Francia, en el 
centro de la Francia es donde se haría es 
to con semejantes recursos. 

— Si, respoi<dióel¡marqués con tristeza; 
y por medio de la educación nos haríamos 

dueños de toda la generación naciente 

Políticamente esto tendría un alcance in- 
calculable; en segíiída, dando con el pió 
en el suelo, repuso: os repito que un su- 
ceso semejante es capaz de trastornar las 
cabezas de rabia, j Un negocio combinado 
con tanta sabiduría y destreza! 

— ¿Con que no queda la menor espe- 
ranza? 

— Si Gabriel no retracta su donación 
en la parte que le concierne, esta po- 
dría ser la única porque le tocan 30 

millones. 

— Esa es una suma enorme... y es casi 
Jo que esperabais, esclamó la princesa, 
y en semejante caso ¿á que viene deses- 
perarse? 

— Porque «s evidente que Gabriel re- 
clamará contra la douacion ; y por legal 
que sea ya hallará medio de hacerla anu- 
lar ahora que se ve libre, bien instruido 
por nosotros mismos y rodeado do su fa- 



uíilia adoptiva: os repilo que lodo es per- 
dido sin (jne quede la menor esprranzn, 
Y aun creo prudente escribir á ituma 
para obtener el peruííso de salir por algún 
tiempo de Paris. Esta ciudad we es 
odiosa. 

— Si, ya lo veo.... preciso es que no 
quede la uienor esperanza para (pie vos... 
y vuestro amigo.... os dt-cídais á salir de 
aquí. 

El padre d'Aigrígny se quedó profun- 
damente abatido: este terrible golpe le 
habia qtiitado toda su energía y recursos, 
y se arrojó en un sillon sin aliento. 

Durante esta conversación, Rodin se ha- 
bía quedado modestamente de pió junloá 
la puerta teniendo en las manos su viejo 
sombrero. 

bos ó tres veces y en ciertos pasajes de 
la conversación del mar(|ués y déla prin- 
cesa, la cadavérica cara del socio que pa- 
reda sumida en una cólera concentrada, 
se animó ligeramente, y sus flojos párpa- 
dos se encendieron como si la sangre «e 
le hubiese arrebatado á la cabeza de re- 
sultas de una violenta lucha interior á 

poco rato su triste rostro recobró su color 
pajizo. 

— Es menester que yo escriba al ins- 
tante á Roma anunciando esta desgracia... 
que ha tomado el carácter de un aconte- 
cimiento de la mayor importancia, pu'S 
destruye inmensas esperanzas, dijo el mar- 
qués sumamente abatido. 

El reverendo padre se quedó sentado, 
y señalando con el gesto una mesa á Ro- 
din, le dijo con voz brusca y altanera: 

— Escribid: 

El socio dejó el sombrero en el suelo , 
respondió con un saludo respetuoso á la 
orden del reverendo padre, y con el cue- 
llo torcido, la cabeza baja y el paso obli- 
cuo, fué á sentarse en el borde de un si- 
llon queestaba juntoalescrítorio; toman- 
jdo en seguida un pspol y una pluma es- 



148 



ALBUfi. 



poro en sitencio y sin Iiacerel menor mo- 
vimiento á que le dictase su superior. 

— Con vuestro permiso, princesa, dijo 
el marqués á Mme. de Saint-Dizier. 

Ií>la respondió haciendo un movimien- 
to de importancia (jue parecia reconvenir 
al reverendo padre del permiso que habia 
•espresado. 

El marqut's se inclinó y con voz sorda 
y oprimida dictó estas palabras: 

«Todas niie^í^as esperanzas, que úlli- 
« mámente llegaron á ser certidumbres, se 
«lian desvanecido de pronto. El asun- 
«to de !\enepont á pesar de todas las di 



« ligencias y destreza con que se ha ma- se de espaldas á ella , enderezó' su' encor 



« nejado hasta ahora , se ha perdido sin 
«remedio. Al punto á que han llegado las 
«cosas es desgraciadamente una pérdi- 

« da es un acontecimiento desastroso 

« para la Compañía , cuyos derechos eran 
«moral y e'vilentemente incontestables so 
« bre diclíos bienes, estraidos frauduien- 
« lamente da una confiscación hecha en 
«su favor... Tengo á lo menos lasatisfac- 
ífcion de haber liecho hasta el último mo- 
« monto todo lo posible para defender 
«nuestros derechos; pero repito que es 
« preciso considerar este importante nego'- 
(y cío como absolutamente perdido para 
« siempre y no pon,^ar mas en él. 

El padre d' Ai^rigny dictó esto teniendo 
las espaldas vueltas á llodin, al movi- 
miento de cólera (jue hizo el socio levan- 
tándose y tirando la pluma sobre la mesa 
«n vez de continuar, el reverendo padre 
se volvió y mirando á Rodin con profunda 
sorpresa , lo «lijo : 

— ¡ Y bien ! ¿q.ié hacéis? 

— Es preciso pwtief im térrriinoáesto... 
^esle hombre es un estravagante^! se dijo 
á si «>ismo Rodin aproximándose Icnta- 
inefíte i I» chimeneat 

— ¡Cómo!... dejais vuestro sitio... ¿no 
•escribís? dijo el padre d' Aigrigny admi- 
rado : y volviéndote á la princesa , que 



participaba de su admíracion, cdntlhoë 
señalando al socio cofi^ ufld mirada' des'de* 
llosa. 

¡ Ah! sirf dudahnpei^ido ía'oabtiíaíl 

— Perdonadlo, dijo Mme. de Saint>D¡^ 
zier, será un efecto de la pena que le eSU- 
sa la pérdida de este asanto. 

—I>ad gracias á la princesa, volvedá 
sentaros y contintiad escribiendo, dijo *I 
marqués á Rodin con «B tono de dôfripa»» 
sion de<derioso>; y conun gesto irhpípfíds'ó 
le señaló la mesa. 

El socio, indiferente á esta ntieva or- 
den , se acercó á la chimenea, Vojviéndo- 



bado cuerpo, se aseguró en sus pierna^, 
dio ima patada en el suelo coirel'l&lon de 
sus grasientos zapatos , cruzó las manos 
sobre los faldones de su mugrienta levila> 
y levantando la cabeza miró atentamente 
al padre d' Aigrigny. 

El socio no habia dicho nna sola pala- 
bra ; pero sus horrorosas facciones ani 
madas lijeramente, dieroD-bien pronto á 
conocer una confianza en su superioridad, 
un desprecio del padre d' Aigrigny y una 
traritjuila y serena audacia, que el reve- 
rendo padre Y la princesa quedaron con- 
fuhdidos encontrándose dominados y sub- 
yugados' por un viejo tan ruin, tan feo y 
ordinario. 

El padre d'Aígrt'gny conocía bástanle 
las costumbres de la Compañía para po- 
der creer á su humilde secréfíifi'd capaz 
de tomar de pronto y sin motivo, ó mas' 
bien sin un legítimo derecho, este aire de 
trascendente superioridad. Conoció aun- 
que demasiado tarde qíid su subordinado 
podia ser al mismo tiempo su espía yurta' 
especie de au.»ili»r esp^rimírilbdd que, se^ 
p(m los reglamentos de l.i órdefi , tec- 
nia poder y misión, en cíit tos cayos un' 
gentes , de reemplazar y destituir provi- 
sionalmente al agente incapaz á cuyolado 
lo habían- puesto preventivamente «oiBo 
para vigilarle. 



%*.BUH. 



liO 



'El Kevorendo padre no se engañaba, 
pues desde el general liarla lo<< provincia- 
les, y aun hasta ios rectores de los cole- 
gios, y todos los miembros superiores de 
(a Compañía , tienen á su inniediaeion , 
muchas veces y sin saberlo, perso!ias(jue 
i'spien sin mas íolimos actos, sumamente 
cairaces de ejercer sus funciones en cier- 
tos casos, y »|ue están en correspondencia 
directa y coi^tinua con I\oma. 

Desde que Hodin tomó es!a positiiKi, el 
aire altanero (]ue ordinariamente tenia 
el padre d'Aigrigny cambió al instante, 
y haciendo un gran «sfuerzo para repri- 
mirse, le dijo con una incertidumbre lle- 
na de deferencia. 

— ¿Tenéis sin duda autori Jad paraman- 
adarme.... á mi que os he mandado 

hasta hoy? 

Hodin, sin responder una sola palabra, 
sacó d«! su grasienta y usada cartera un 
^iit '^o sellad-) por los do< liul )S en el {|ue 
se halliiban escritas alonas pa'abras en 
latin. 

VA marqués, después de haberlas U:ido, 
flevó el papel respetuosa y religiosamentí 
8 los labios y devolvió el plief^o á Kodin 
haciiMidole una profunda reverencia. 

Cuando ti p idre d' Aigrigny levantó la 
caben, tenia el rostro encendi«lo de des- 
tf)echo y vergüenza ; á pesar de yu cos- 
tumbre de obedit-nria pasi-va y de ciego 
respeto á las determmaciones de la orden, 
csperimento un amargo y violento y des- 
pecho al verse desposeído tan bruscamen- 
te... Aunque hacía mucho tiempo que ha- 
blan fin.ilizado sus.estrechas relaciones con 
Mine, de Saint- Dizier, esta no dejaba de 
ser á sus ojos una njuger... y esperimen- 
4»r tan humiliante derrota delante de ella, 
le era oiuclio mas doloroso) y crm-l, paes 
á pesar de hai»er entrado en el claustro 
lio sp tiabia dí^sprijado enteramente de las 
í-osas mundanas: adorna'^, la princesa, 
h'jos de entristecerse y de declaiarsecon- 



tra la súbita transfurmacion del subalter- 
no en superior, parecía (|ue miral'a á Ko- 
din con una i-.»pi-rie de cu;^io>idad niez* 
ciada de interés, (^llno iiiujtr, y mujer 
eslremadameute ambiciotu quv trataba 
de adherirse á las pifs(>iiah iiilliiM^ntes, 
la princesa gu>tal>a de esaespecr ilccon- 
lra>tes y la parecía justo, curioso, ¡dIc- 
resante ver á este hombre, vestido ca^ 
ik' andríijos, niiserable y hornblimente 
feo, que poco antes había sido el mas hu- 
milde de los sübdíios dominar con su «le- 
vada inteligencia, que sin duda era bien 
conocida, dominar repetimos al padre d'Ai- 
grigny, gran señor por su nacimiento, 
distinguidos modales, y poco ante consi- 
derable por su aotoridad eu la Couipa- 
Aía . 

Rodil!, desde este momento, comoper- 
sonage importante , tiizo decaer §1 padre 
d' Aigrigny de ta consideración de Ja prin- 
cesa. 

El marqués, pasado el pnnter mo- 
menio de su humillación , a pesar de 
u| que la herida de su oigulla estaba abier- 
ta , puso por el conliiiiio todo su co- 
nato en rediblar las atenciones con el 
(jue se había Vuelto su gefe mediante un 
cambio tan repentino de fortun». Pero el 
e\-!>ocii«, incapaz de apreciar, ó mas bien 
de conocer la delicadeza de semejantes 
procederes , se coloc»^ decidida , brutal é 
imperiosamente en su nueva esfera , no 
por reacción de orgullo reprimido, sino 
por convicción de su capacidad, pues un 
largo estudio del padre d'Aigrigny le ha- 
bía lierlio conocer la inferioridad de este. 

— liiasteisla pluma; , jo el.'padred'Ai- 
grígny á Kodin con mucha cortesía, cuan- 
do yo dictaba esta nota para Uoma 

¿me liareis el favor de inanifestarmc en 
quii he obrado mai? 

— Inmediatanuiite, dijo Kod.n con su 
voz 3^11'la y pen( trante. 

H.) enoiclio que [i pesar de que el ne- 
38* 



no 



ALBL'M. 



godo me ha parecido superior á vuestros 

alcances....) me abstengo ¡y cuantas 

fallas!.... ¡ qué pobreza de invención!... 
¡qué medios tan groseros liabeis emplea- 
do para conducir bien este negocio ! 

— Verdaderamente no comprendo esas 
reconvenciones, respondió dulcemonle el 
padre d'Aigrigny, aunque un secreto des- 
pecho se dejó ver en su aparente sumisión. 
¿Sin el codicilo no hubiéramos salido con 
la empresa? ¿no habéis contribuido vos 
mismo á las medidas que ahora desapro- 
báis? 

— Entonces mandabais y yo obedecía, 
ademas ya estuvisteis casi para conseguir- 
lo todo.... no á causa de los medios de 
que os servísteis.... sino á pesar de dichos 
medios, cuya torpeza y brutalidad causan 
furor. 

— Sois demasiado severo, dijo el padre 
d^Aigrigny. 

— Soy justo.... ¿Se necesita acaso ha- 
cer prodijios para encerrar á uno en un 
cuarto y para dar dos vueltas á la llave? 
¿qué otra cosa habéis hecho?.... nada.... 
¡ciertamente ! 

¿Las hijas del general Simon prisione- 
ras en Leipsik?: en Paris encerrada en 
un convento Adriana de Cardoville? Duer- 
me-en-Cueros encerrado en una prisión? 

¿Djalma?se le dio veneno Un solo 

medio ingenioso, y mil veces mas seguro, 
ponjue obra moral y no materialmente, 
ha sido el que se empleó para alejar á 

Mr. Hardy En cuanta á los demás 

medios.... malos, inciertos y peligrosos... 
¿Y porqué? porque han sido violentos y 
porque la violencia requiere violencia; en 
este caso, esto no es ya una lucha de hom- 
bres astutos, hábiles y tercos que maqui- 
nnn en las tinieblas por donde siempre 
marchan.... sino un combate de ganapa- 
nes en medio de la calle.... ¡Gomo! lejos 
de obrar con conciencia , y de ocíiltarnos 



llamar la atención de todo el mundo so- 
bre nosotros con vuestro necio y ostensi- 
ble ntodo de obrar. Y para hacer mas 
mislerio tomáis por cómplices á la guar- 
dia , á la policía y á los carceleros.... Se- 
mejante proceder es digno de lástima! So- 
lo un ecsifo feliz pudiera hacernos perdonar 
tales necedades... y este ecsito estais lejbs 
de haberlo conseguido.,.. 

— ¡Caballero! dijo el padre d'Aigrigny 
vivamente resentido, (porque Mtne. dé 
Saint-Dizier, no pudiendo ocultar la ad- 
miración que le causaba el modo lacónico 
y decidido con que se espresaba Rodin , 
miraba á su antiguo amante con un aire 
que parecía decirle: tiene razón) sois nras 

que severo en vuestro dictamen y á 

pesar de la deferencia que os debo, os 
diré que no estoy acostumbrado.... 

— Hay muchas cosas á que no estais 
acostumbrado ¡por vida mia! dijo dura- 
mente Rodin interrumpiendo al R. P., 
pero os acostumbrareis.... Habéis forma- 
do hasta aqui una falsa idea de vuestro 
mérito; conservais antiguos resabios d'e 
batallador y de mundano, que siempre 
fermentan y quitan á vuestra razón la 
frescura , la serenidad y la penetración 
que debia tener.... habéis sido un buen 
militar, oloroso y perfumado, habéis corri- 
do guerras, fiestas, placeresy mug<^res... 
Estas cosas os han usado y gastado á me-^ 
dias, de niodo que ahora no seréis jamás 
sino un subalterno : estais ya conocido. 
Siempre os faltará el vigor y cierta con- 
centración de espíritu que domina á los 
hombres y á los sucesos. Dicho vigor y con- 
centración lo tengo yo ¿y sabéis porqué? 
porque dedicado únicamente alserviciode 
la Con>pañía, he sido siempre feo, sucio 
y virgen.... ¡si, virgen!.... en esto con- 
siste toda mi virginidad; al pronunciar es- 
tas cínicas y orgullosas palabras, Rodin 
se puso horroroso. 

A la Princesa de Saint-Dizier le parc- 



enteramente, habéis creido mas natural | ció casi bello por su audacia y energía. 



Va padfe d' Aigrigny sintióndose domi- 
nado de un modo iii vencí, le é inexorable 
por este hombre diabólico, trató de hacer 
el último esfuerzo para resistir y esclamó: 

-^Caballero, esas fanfarronadas no son 
una prueba de valor y de podi-r... ya se 
Verá cuando llegue el caso. 

— Se verá , respondió Kodin con frial- 
'dad ; ¿y sabéis cuando? (dijo Uodin que 
gustaba de la fórmula interrogativa) en 
el negocio que vos abandonáis cobarde- 
mente.... 

-^¿Qué decís? esclamó la princesa de 
Saint-Dizier, pues el padre d'Aigrigny, 
atónito (le la audacia de Uodin, no lialld- 
ba palabras para responderle. 

— Oigo, respcMulió lentamente Kodin, 
que me encargo de remediar el asunto de 
Henepont que nn irais como desesperado. 

-^¿\'os? esclamó el padre d'Aigrigny 
i vos? 

—Yo... 

— El caso es que han descubierto nues- 
tras maniobras. 

— Tanto mejor; será preciso inventar 
otras mas hábiles. 

•c^Desconüarán de nosotros. 

— Tanto mejor, los triunfos difíciles son 
mas ciertos. 

— ¡Cómo! ¿esperáis conseguir que Ga- 
briel no revoque su donación... qué tal 
vez tiene alguna nuliJad? 

— Haró ingresar en la caja de la Com- 
pañía los doscientos doce millones de que 
querían privarla. ¿Meespiico claramertl» ? 

—Tan claro como imposible. 

— Digo que es posible... y que es pre- 
ciso que sea posible... ¿lo entendéis? es- 
clamó Kodin animándose á punto que su 
cadavérico semblante se encendió lijera- 
mente; vos no concebís que ya no hay 
mas partido que tomar... ó los 212 millo 
nes vendrán á nuestro poder y lograremos 
con ellos el restablecimiento de nuestra 
foberaoa inílueocia en Francia , pues con 



161 

tales sumas y la corrupción del dia < se 
compra un gobierno, y si es muy caro ó 
poco condescendiente, se enciende la gU(T- 
ra civil y se le destruye para restaurar la 
legitimidad , que sin duda es nue<lru ver- 
dadero centro, y que debiéndunosto todo 
nos lo entregará todo. 

-^Ks evidente, dijo la princesa jiuitan- 
do las manos con admiración. 

— Sí al contrario, continuó Kodin, esos 
212 millones caen en manos de la familia 
de Kenepont, será nuestra pérdida y rui- 
na : esto seria formar un falange de ene- 
migos mortales y encarnizados... ¿Noha- 
beis oiíio los ec-iecrables deseos de Kene- 
pont relativamente á la asociación (pie re- 
comictida, y que por una inaudüa fatali- 
dad su maldita raza puede admirablemen- 
te realizar?... Pero calculad en las inmen- 
sas fiierítas (¡ue se agruparán entonces C(ín 
el ausilio de sus milioneSi El mariscal Si- 
mon , obrando en nombre de sus hijas , 
es decir, el hombre del pueblo creado du- 
que sin envanecerse, lo cual asegura su 
influencia sobre las masas, pues el es|>í- 
ritu militar y el bonaparlismo personifi- 
cado, representan aun, á los ojos del pue- 
blo, la tradición del honor y de la gloria 
nacional. Sigue hicgo ese Francisco Har- 
dy, ciudadano liberal, indepemlienlc é 
ilustrado tipo del gran artesano, amanití 
del progreso y del bien del<)sjori)al<'ros. . 
Luego ese Gabriel, el buen sa>Trdolr, como 
ellos dicen, el apóstol del evangelio primi- 
tivo, el representante de la deniocracia 
de la iglesia contra la aristocracia de la 
misma, del pobre cura del campo contra 
el rico obispo, es decir, en su dialecto, 
el trabajador de la santa viña contra el 
ocioso déspota, y el propagador lleno de 
todas las ideas de fraternidad , de eman- 
cipación y de progreso... como ellos dicen 
también, y no en nombre de una política 
ni revolucionaría ni incendiaria, sino en 
nombre de Cristo, en nombre de una re- 



Í82 



AtBtJlf, 



gi(m liena de caridad, de amor y de paz... 
para valetme de sus mismas palabras. 
Luego vlfene Adriana de Cardoville, tipo 
de. la elegancia , de la gracia y de la her- 
mosura , la sacerdotisa de todas las sen- 
sualidades que pretende divinizar á fuer- 
za de refinarlas y cultivarlas; no trataré 
de su entendimiento y audacia, demasia- 
■do lo conocéis. De forma que nada puede 
sernos tan peligroso coino esta criatura , 
patricia por su nacimiento, popular por 
su corazón y poeta por su imaginación. 
Luego sigue el príncipe Djalma, caballe- 
resco, determinado y pronto á todo, por- 
que no conoce la vida civilizada, y que sien- 
do implacable en su odio como estremado 
en su cariño, es un instrumento terrible 
para el que sepa valerse de^I.... Todo es 
igual en osa detestable familia, hasta eso 
miserable Duerme-cn-cuerosque, aislada- 
mente no tiene valor alguno, pero que es- 
plotado, rea'zado y regenerado por el con- 
tacto de esos seres generosos ycomunrca- 
tivos, como ellos llaman, puede tener gran 
parte en la influencia de esta asociación 

como representante de los artesanos 

Ahora pensais que si todas estas gentes 
exaspéralas ya contra nosotros, porque 
dicen que hemos querido espoliarlos, si- 
guen, y los seguirán sin duda, los conse- 
jos de Uenepont, creéis que si asocian lo- 
ólas sus fuerzas y los medios de acción de 
que disponen con el ausilio de esa fortuna 
inmensa que hará cien vece^ mayor supo 
der ¿creéis que si nos declaran, y á nues- 
tros principios, utia encarnizada giierra , 
x\n sef én l<»s enemigos mas ten»ibles que 
jamas hayamos tenido? Pero yo os digo 
<|ue nunca la Compañía se habrá hallado 
lan seriamente amenazada; sí.... y ya es 
para ella una cuestión de vida ó muerte. 
Ya no estamos en el caso de defendernos, 
sino en el de atacar hasta conseguir ani- 
quilar esa maldita raza deReneponty po- 
seer estos millones. 



A este cuadro, represetando por IRo- 
din con animación febril, tanto mas in> 
fluyente por ser mas lara, la princesa 
y el padre d' Aigrigny se miraron aturdí^ 
dos. 

— Lo confieso, dijo el reverendo padre 
a Ilodin, no habia reflexionado en todas 
las peligrosas consecuencias de la asocia- 
ción para el bien, recomendada por M. 
de Uenepont, y creo en efecto que sus he- 
rederos , con arreglo al carácter que les 
conocemos, tomarán empeño en realizar 
la idea.... Kl peli^^ro es grande y an;>ena- 
■zador, pero -¿qué hemos de hacer para 
Conjurarlo?.... 

— ¡ Cómo! Kstais dando con caracteres 
ignorantes, heroicos y exaltados como Djal- 
ma , sensuales y escéntricos como Adria»- 
na de Cardo\ille, sencillos é ingenuos co- 
mo Rosa y Blanca Simon , leales y fran- 
cos como Francisco Hardy, angélicos y 
puros como Gabriel , brutéales y estúpidos 
como Duerme-en-cueros ¿y preguntáis 
que se puede hacer? 

— Verdaderamente no os entiendo, dijo 
el padre d' Aigrigny. 

— ¡ Ya lo creo! bastante me lo prueba 
vuestra pasada conducta en el asunto, res- 
pondió desdeñosamente Uodin. Habéis re- 
currido á medios groseros y materiales ea 
lugar de obrar sobre tantas pasiones, no- 
bles, generosas y elevadas, que reunidas 
un dia formarían una fortaleza temible; 
pero que ahora separadas y aisladas se 
prestan á todas las sorpresas, seducciones 

y ataques ¿(Comprendéis ahora? 

¿Todavía no? y Uodin se encogió de hom- 
bros. ¡Vamos! ¿se muere nadie de de- 
sesperación? 

—Sí. 

— ¿El reconocimiento del amor corres- 
pondido puvde llegar hasta los últimos 
limites de la mas loca generosidad? 

— Si. 

— ¿No hay descepcionestansumamen- 



Al BI'H. 



i5â 



O liorribles i-ii las cuales el siiiridio es «'I 
solo refugio cc^itra tcrriblos realidades? 

—Si. 

— ¿Hl esceso de las sensualidades puede 
conducirnos á la tumba con una lenta y 
voluptuosa agonía ? 

—Si. 

— ¿ í']xÍNf«'ii ei la \¡dac¡rcun>laii(M'as lari 
terribles en que Ioí caradores mas munr 
danos y (iniíes. ó los mas impios... vie- 
nen á echarse ciegamente deshechos y ano- 
nailados v.\ los brazos de la religion aban- 
donando los mayores bienes de este muu 
do por el cilicio, la oración y el estasis? 

—Si. 

— ¿No fiay al fin mil circunstancias en 
I,is ruaK's la reacción de las pasiones pro- 
duce los mas estraordinarios cambios y 
los desenlaces mas trágicos en la existen- 
cia del hombre ó de la mujer? 

-^Sin dtida. 

— ¡Y bien! ¿i ijue Viene preguntar que 
hemos de hacer? ¿Qué diríais si por ejem- 
j>lo ios itidividuos mas temibles de la fa- 
níilia do Uenepi ni viniesen antes do 1res 
meses á ponerse de rodillas y á implorar 
ta Cl acia de ser admitidos en esta Gom- 
pañia que tanto odian y de la cual se lia 
separado hoy (iabriel? 

— Somej.iiite conversion es imposible, 
esclamó el I'. d'Aigriyny. 

— ¡ Imposible ! ¿(Jué órais vos hace 

quince años? dijo Uodin un hombre 

mundano', implo y desmoralizado.... y al 
cabo habéis venido á dar con nosotros y 
á Confundir vuestros bienes on los nues- 



podremos mas (juc ima f.im¡l¡a que nos 
amenaza tan de cerca, y cuyos bienes, 
robados á la (]omp;>ñi.T, «¿ >n para nosotros 
tan capitalmí'nte n< cosaria'.? ¡Ciíinyl ¿•se- 
remos tan poco diestros para no obtener 
este resultado sin necesidad de acudir á 
viiilcnrias y á críri'.encs ipie ti.is runijiro- 
meterian? Sin dmi.) ij^rioraislos inmensos 
recursos <le aniquilniniriito mutuo «') par- 
cial que puede ofrecer el jtíégo de los pa- 
siones himianas liiibihnenfe conibinada?, 
opuestas, vioki»la.Ins , desencadenadas, 
escitadas.... y sobre lodo, gracias á un 
poderosísimo ausiliar, cuando ta! vez es- 
las pasiones pueden redoblar su ardor y 
su vi6leHcia. 

— ¿Y.... (juién es esc niisüiai? pregun- 
tó el marcjués, quien del uii.^mo modo(¡ue 
la princesa, esperimenlaba entonces una 
especití de admiración mezclada de terror. 

— Si, repuso Kodin sin rcspoiider al 
íl. P. , porque este forniidal)le ausiliar, 
si llega á venir , puede producir terribles 
transformaciones y convertir en [¡usiiani- 
mes á los indomables, en crédulos á los 
impios, y en feroces.... á las mas angeli- 
cales criaturas.... 

— Pero ese ausiliar', salló la princesa 
opiinu'da con un vugo temor, ese ausiliar 
lan formidable y tan tennble, ¿«luién es? 

— Si al fin lle^a á venir, continuó Ho- 
din qui' seguía tan impa>ijj'e y tan lívido 
como antes, los seres mas jiivenes y mas 
vigorosos estarán todos los días en riesgo 
■ de morir, y de un modo lan inminente 
como lo está un moribundo en el iillimo 



Iros.... ¡Cómo! nosotros que hemos do- 'minuto de la agonía. 



Miado á los reyes, príncipes y papas; <juc 
liemos absorvido y apagado los mas bri- 
llantes ingenios que lejos de nosotros re- 
flejaban con tanto esplendor; nosotros qije 
hemos dominado casi los dos mundo:^ y 
que nos hrnios perpetuado con nuestras 
ritjuezas hasta el día á pesar de los odio> 
y de las proscripciones; nosotros digo ¿no 



— V ro ese ausi'iar.... repii-o r I mar- 
qués cuyo espanto aumentaba por mo- 
mentos, porque al paso íjue Hodin /lacia 
mas lugubre su pintura , la (isonomia du 
d'Aigrigny parecía mas cadavérica. 

— ■ \í>v ausiüar podrá diezmar los 

'pueblos y llevarse consigo toda una fami- 
lia de m.íldicion ; al paso que se verá for- 
39- 



154 ALBUM. 

zado á respetar la vida de este gran cuer- 
po inmtitable que no >e debilita jamás con 
la muerte de sus miembros.... porque su 
espíritu.... el espíritu de la Sociedad de 
Jesús no es perecedero. 

— Pero al fin, ¿quién es ese ausiliar? 

— Este ausiliar, repuso Hodin este 

ausiliar que se aproxima.... con lentitud, 
y cuya terrible llegada se anuncia en to 
das partes con lúgubres presentimientos... 

~¿Es? 

— El cólera. 
A esta palabra pronunciada por Rodin 

con voz breve y aguda , la princesa y el 
marqués se demudaron y se estremecie- 
ron.... 

Los ojos de Rodin estaban tristes y fi- 
jos.... parecía un espectro. ; 

Durante algunos instantes reinó en el 
ámbito de la sala un silencio sepulcral. 

Rodin fué el primeiro que to interrum- 
pió , y tan impasible como siempre mos- 
tró al marqués con un gesto impetíoso la 
mesa donde poco antes se había él senta- 
do modestamente , y le dijo con voz bre- 
ve: 

— ¡ Escribid ! 
El R. P. se estreriieeíó primero de sor- 



presti, y en seguida , acordándose que dé 
superior se había convertido en stjbalttr- 
no, levantóse, se inclinó ante Rodin y pa- 
sando delante de él, fué á soiitarse á la 
mesa, tomó la pluma y se volvió, dicién- 
dole: 

— Estoy pronto.... 

El marqués escribió estas palabras qué 
Rodin le dictó: 

« Por la poca inteligencia del P. d'Ai- 
«grigny, ha quedado gravemente com- 
«prometido el asunto de la herencia de 
« Renepont. La sucesión asciende á 212 
«millones. A pesar de este descalabró, 
«creemos que sea posible imped r que là 
« familia de Renepont llegue á perjudicaV 
«á la Compañia, y (\ue se le resliluyaes- 
« ta suma que legítimamente le pertene- 
«ce... Para esto, lo único que >e solícita 
«son poderes amplios y estensos». 



Un cuarto de hora después de ésta es- 
cena, Rodin salía del palacio de S-^ínt- 
Dizier, ¡impiando con el codo su viejo y 
grasicnto sombrero, que se había quita- 
do para corresponder al profundo saludo 
del portero. 



Eli PROTECTOR. 



XXVIIL 

EL DESCONOCIDO. 

Al día siguiente al en que el P. d'Aí- 
grigny había sido tratado tan duramente 
por RodíQ á pesar de la subalterna posi- 



ción ocupada anteriormente por este, pa- 
saba la escena que vamos á referir. 



Es sabido que la calle de Clovis es uno 
de los sitios mas solitarios del barrio déla 
Montaña de Santa Genoveva : en la épo- 



ÏLÏtk 

'ci de qiic hablamos, là casa señalada con 
'el número 4 .le esta lóbrega calle, se com- 
ponía de un cuerpo principal cortado por 
un corredor oscuro (|ue daba paso á un 
sombrío palio en cuyo fondo se elevaba 
otro edifício sumamenle miserable y de- 
teriorado. 

El piso bajo fie la fachada se componía 
de una tienda medio subterránea donde 
Vendían carbón , tena, algunas legumbres 
y leche. 

Eran las nueve de la mañana. La ven- 
dedora llamada la lia Arsène, niuger an- 
ciana , de una fisonomía dulce y enfermi- 
za , llevaba un vestido de bombasí oscuro 
y un pañuelo de algodón á la cabeza. Ha- 
bía ya subido el último escalón <|ue ron- 
'düciá á su cueva y concluía de arreglar 
'iiis gétieroi, es decir, ijiie á un lado de la 
puerta colocó una olla de leche de ojala- 
l.i, y al otro algunos ujanojosdc legum- 
bres marchitas ai lado de coles amari- 
llentas; al pié de la escalera, y en el sitio 
mas oscuro de la cueva veíanse los relie- 
jos de las ardientes brasas de un hornillo. 

Esta tienda que estaba inmediata al cor- 
redor, servía de cuarto de portería cuyo 
oficio ejercía la frutera. Una linda criatu 
rfta, líjera y alegre, que salía de su casa, 
entró poco después en casa de la tía Ar- 
sène. 

Esta joven era Rosa F'ompon, amiga ín 
tima de la reina Bacanal que había que- 
dado momentáneamente viuda y cuyo bá- 
quico aunque respetuoso chichisbeo era, 
como ya hemos dicho, Nwi Moulin, gra- 
cioso ortodox», que cuando Picaba el ca- 
so, se transformaba, después de haber l)e- 
bido, en Santiago Dumoulin, escritor re- 
ligioso, pasando asi joviaUnentedeun bai- 
le desordenado á la polémica ultramonta- 
na; del Tulipán barratcoto á un folleto ca 
lólico. 

Rosa Pompon acababa de levantarse se- 
gún lo demostraba el descuido de su ropa 



155 

singular de la mañana: sin duda alguna á 
falla de otro adorno, mal llevaba sobre 
sus hermosos y rubios cabellos una gorra 
(le cuartel , parle de tui elegante (ii^fraz 
de descargador : nada mas travieso q^e 
aquella fisonomía de diez y siete años, có» 
lor de rosa, fresca, rolli/a , y brillante- 
mente animada con dos ojos azules, atcgns 
y vivos. Uosa Pumpon se aju>taba tanto 
desde el cuello hasta los pies su capa es- 
cocesa algo raída , de cuadros colorados y 
y verdes, que era fácil adivinar su pudi- 
bunda preocupación: >us pies desnudos y 
tan blancos, que era imposible decir si 
llevaba medias, estaban calzados eii unos 
peqtieùos zapatos de tafilete rojo con he- 
billas plateadas.... Eta fácil notar qtie su 
capa ocultaba un objeto que tenia en la 
mano. 

— Bueoos días, señorita Rosa Pompon, 
dijo la tía Arsène, con aire jovial; mucho 
madrugáis hoy, ;nu habéis bailado ayer? 

— Dejemos ese puntó, ttâ Arsene^yono 
estaba para bailes. La pobre Ctfisa, (la 
reina Bacanal hermana de la (jibosa ) ha 
pasado la noche llorando, sin poderse con- 
solar de ver á su amante en la cárcel. 

— Mirad., dijo la frutera , mitad, seño- 
rita, tengo una cosa que deciros relalíva- 
meote á vuestra amiga (À-fi-a ¿no os Oh- 
fadaróis por eso, es verdad? 

— ¿Tengo yo acaso la co>tijfTibrede en- 
fadarme? respondió Uosa Pompon enco- 
giéndose de hombros. 

— ¿Créeisque el señor Phitemon rae re- 
gañe á su vuelta? 

— ¡ Regañaros! ¿y por qué? 

— A causa de su cuarto que estais Ocu- 
pando... 

— ¡Vaya I tía Arsène, ¿no os ha dicho 
acaso el señor Phílemon que durahte su 
ausencia yo podría disponer de sus dos 
cuartos como si fuesen míos? 

— No lo digo por vos , sino por vuestra 
amiga Cefisa que habéis hecho venir á ca- 
sa del señor Phüemon. 



156 ALBUa, 

— ¿Y dónde hubiera iilo sin mí, mi bue- 
íia tici Arsène? desde que prendieron á su 
amante, no "se lia alrevido á volver á su 
casa, porque debia todo el alquiler, y co- 
mo la veía acongojada , !e dije: ven â vi- 
vir en casa de Phifemoii; cuando vuelva 
trataremos de ponerte en otra parte. 

— De modo que si me aseguráis que el 
señor Philemonno se inoomodará... haced 
lo que querai*. 

— ¡incomodarse! ¿y de qué? ¿de qué 
echan á perder sus muebles.? ¡bonitos son! 
ayer rompí la última taza... ya veis enque 
cacharro me veo reducida á jvenir por la 
leche. 

Rosa Pompon riendo á carcajadas, sacó 
su lindo, blanco y pequeño Tirazo de la 
capa , y enseíió á la tia Arsène una de 
aquellas colosales copas de vino de Cham 
pagne en que casi cabe una bi>leila. 

— ¡ Ah, Dios mío! dijo la frutera rien- 
do: ¡parece una trompeta de cristal! 

^— Es la copa de gaia de Philemon con 
que Ic cruzaron cuando fué recibido Co/)c 
ro consumado, dijo gravemente llos» Pom 
pon. 

— Vergüenza me da echar la leche en 
eso, repuso la lia A ¡sene. 

— ¡ Y yo! ¿pues si encontrase á alguno 
en la csca'era que me viese con esta cppa 
en la mano como si fuera un ciño?... bue- 
nas carcsjauiís (l\r% yo..... y rompería la 
íiltiuía pieza del bazar ói} Pliilemon... me 
nuldeciria d(•^pucs. 

— No hay riesgo deque encontrcisá na- 
die... el primero ha saüJo ya y el se- 

muido se levanta tnny trtrue. 

— A projhJsilu ¡li? iii'iuiüiios , dijo Rusa 
Poirqwn; ¿h'>y al^juna pií'za dispouibl*; eu 
el seguuúo piso .del foiwlo del p^tio? Me 
íKwrre. eso para C'^ocar aiJí 9 Ceüsa cuan- 
tío, vi-n^i^a I' hi id non. 

— ?í, hay una peíj-ijkeua Ix^aídilla, Wici- 
!>na de- los do» ctiarhos del buen hombre 
que- os liin nristcFiOftscespaujíiíó la lia Ar- 
sène, 



— ¡ Ah I sí, el tioCarlomagno...¿no sa- 
béis mas de él? 

— No, scfïorila; solamente que ha vuel- 
to boyal amanecer y ha llamado á los pos- 
tigos diciendo: ¿habéis recibido ayer una 
carta para mí, buena muger? ¡este buen 
hombre es tan atento siempre!... No, se- 
ñoiSPe respondí... ¡ Bien, bien ! no os in- 
comodéis, buena n)uger, yo volveré y 

en seguida se marchó. 

-—¿Con qu¿ no duerme en casa? 

— Jamás. Prcbablemente vive en otra 
parte, poripie .<olo viene á pasar aJ^tinas 
lloras cada cuatro ó cinco dias. 

-¿Solo? 

— Siempre solo. 

— ¿Rsláis segura? ¿no trae alguna da- 
ma que hace entrar como una gatita?.... 
porque en ese caso Philemon os despedi- 
»•■=> dijo llosa Pompon con un arre igual- 



na. 

uíenl^ púdico. 

— ¡ líl sefior Carlomagno! ¡una muger 
en su casa ! j Ah ! ¡ pobr^' honjbre 1 dijo la 
iruteTa levanta^ulo los bracos a! cielo,., si 
lo vieseis con el .sombre grasieríta, la levi« 
ta vieja,, el paraguas remen<lado y su aire 
bonachón... parece un santo masbiey que 
otra cosa. 

— Entonces, tia Arsène, ¿á qué yi<;ne 
á e¿tar,se solo tantas horas en esa cobacha 
del fondo del patio , dutide apenas se ve 
.clafo al medio día ! 

— Eso es lo que precisamente digo, yo, 
señorita; ¿qué es lo que viene á hac<ír? 
[tociiiie loí^uc e.s, venir á divertirse con sus 

muebles... qo es posible na tiene mas 

{JIM,' un catre, uo» estuía , una» üklJa y una 
. maleta vieja. 

— -'rodues correspondiente al destino de 
Philemon, repuso Rosa Pompon. 

— Y bien, á pesar de eso, señorita, tie- 
ne tanlo uïiedp de quç entrer*, en su cuar- 
to crtino si fuéramos ladrones *y como si 
sus muebles fuesen de oro macizo. í^a he- 
^cho poner á su costa otra cerradura ^ no 



me deja nunca la ¡lave; ou lui, v\ mismo 
enriende su estufa antes (¡ue permitir (jue 
venga oiro á liacorlo. 
— ¿Decís ijue es vi»'jo? 
— Puede Imer de ciutueiila ú sesenta 
años. 

—¿l' s feo? 

• — Figuraos do'^^ pequeuüs ojos de víbo- 
ra (|iie parece ^u los han alúerli» con una 
barrena , en uno cara como la de un di- 
funto... en lin, tan macilento que tiene 
io:> labios blancos; e>to es en cuanto á su 
rostro, pues por lo que loca á su carác- 
ter, el buen viejo es tan atento y se quita 
tantas veces el sombrero para liacer un 
gran saludo, (jue es cosa incómoda. 

— IVto, vuelvo á la mia , repuso Rosa 
Pompon ¿«i^ué es lo que viene á hacer so- 
lo en e^os dos cuartos? A pesar de eso, si 
Ceiisa loma la boaidilla cuando venga Phi* 
lemon , podretnos diverliriios en sabiendo 

alguna cosa ¿Y cuánto piden por la 

biiardilla? 

— Señorita, está en tan mal estado que 
ni-e parece que el propietario la daria por 
50 ó 5o francos al año, porque no hay 
medio de poner una estufa, y recibe la 
¡uz por una peíjueña claraboya en forma 
de caja de tabaco. 

— ; Pul)re Ccfisa ! dijo Rosa Pompon 
suspirandîiy mene3T)do tristemente la ca- 
beza: ¡ después de haberse divertido tanto 
y después de haber ga-tado una grande 
suma on Santiago Uenep nt , irá vi\ir 
en este sitio y á mantenerse de si: tra- 
bajo!... ¡Mucho valor necesita!... 

— Lo ciirto es (juc hay ¡nucha diferen- 
cia entre e.^la boardilla y eí cuche de cua- 
tro cal)aIIos en que la señorita Ci-fisa vino 
Á buscaros el otro dia en compañía de to- 
das aquellas máscaras tan alegres... prin- 
cipnluicnle apiel nMzelcn (|ue traia un 
cdsco de p.ii>'l platcaJo con un plumero 
y bolas de campana, ¡(jué couteoto es- 
taba ! 



U7 

— Sí, Nini Mou'iti; CN el único pota 
hallar la fruta miada. Rs digno de verse 
cuando hace frente con ('elísa... la ]\e\t\a 
Hacanal ¡ Pobre ri-ueña Î ¡ pobre al- 
borotadora! Si mete bulla ahora, es llü- 
r.indo. 

— ¡Al»! ¡1.1 juventud... I.i juveiitiid !... 
.lijo la finiera. 

— Iv^{•uchad , lia Arsène, l.imbi n vos 
habéis .«.ido joven y 

— .\ fó mia , stiñorita, (jue si he de de- 
cir la verdad, me he visto siempre poco 
mas ó menos conio ahora. 

— ¿Y los queridos, tía Ar-íerie? 

— ¿ Los queridos? ¡estoy fresca! Pri- 
meramente yo era fea, y después estaba 
muy bien preservada. 

— ¿Vuestra madre os vigilaba mucho? 

— No, señorita.... yo tiraba 

— ¡Como!.... esclamó Rosa Pompon 
adn»irada {' inteirum¡iiendo á la frutera. 

— Si, señorita, tiraba de un tonel de 
agua con mí hermano. Así es que cuando 
habiamos trabajado como dos verdaderos 
caballos durante diez ó doce horas diarias, 
no me hallaba en disposición de pensaren 
esos cuentos. 

— ¡ Pobre lia Arsène! ¡(¡iio penoso ofi- 
cio ! dij'» Rosa Pompon con interés. 

— l'rincipahnentc en invierno cuando 

helaba ¡era la cosa mas dura!.... mí 

hermano y yo nos veíamos obligados á 
clavetarnos bien á causa (fel hielo. 

— ¡ Muger y ejercer ese oficio ! ¡ tras- 
pasa el corazón! — ¡y prohiben tirar a 
los perros! (1) añadió con mucha sensatez 
Rosa Pompon. 

— Ks verdad, repufo la tia Arsène; los 
animales son á veces mas dichosos que 
las [lersonas, pero, ¿qué* queréis? esnie- 



(1) afectivamente, es bieii ^a^ido que 
eesisten ordenes que re>{'iran el mas pro- 
fundo interés hacia la ra/a canina, las 
cuales proíiiben servirse de perros nara 
tirar. 

40* 



158 



ALBUM. 



nester vivir.... Es preciso que el animal 
vaya á pacer donde trabaja.... ¡es cosa 
durât En este oficio contraje una afección 
en los pulmones.... no por culpa mia. La 
especie de tiro que yo llevaba.... no po- 
déis figuraros cuanto mal me hacia en el pe- 
cho, en términos que casi no podía ya res- 
pirar.... por esa razón dejé ese oficio y 
puse una tienda. Quiero deciros que si yo 
hubiera tenido ocasión y hubiese sido bue- 
iui moza , tal vez hubiera podido obrar 
como otras muchas jóvenes que empiezan 
riendo y concluyen... 

— Por todo lo contrario ; tenéis razón , 
tia Arsène ; pero también es verdad que 
no todo el mundo tiene valor paraengan 
charse á un carro para ser juicioso... En- 
tonces una reílecsiona , y piensa que es 
preciso divertirse mientras dura lajuven- 
tud.... y después.... que no se está siem 
pre en la edad de 17 años.... y que en 
seguida.... en seguida.... llega el término 
de la vida ó bien nos casamos.... 

— Me parece , señorita , que hubiera 
sido mejor empezar asi. 

— Decis bien ; pero como aun es una 
tonta , no sabe embaucar á los hombres 
y meterles miedo; pues si se manifiesta 
sencillez y confianza , se burlan de una. 
Mirad, tia Arsène; si yo quisiera podria 
citar un ejemplo capaz de hacer temblar 
á la naturaleza entera.... basta con haber 
tenido pesares sin disfrutar y haber he- 
cho provision de semilla de recuerdos. 

— ¿Como es eso, señorita? ¿tan joven 
y tan alegre tenéis ya disgustos? 

— Yo lo creo, tia Arsène; á los quince 
años y medio empecé á derramar lágri- 
mas que se enjugaron á los diez y seis. 
¿Qué os parece, eh? 

— ¿Según eso os han engañado? 

— No, peor que eso, como sucede á 

tantas otras pobres muchachas que como 

yo no tenian intención de conducirse mal. . . 

Mi historia no es larga.... Mi padre y mi 



madre son unos labradores de Saint Va* 
lery; pero tan pobns, tan sumamenU 
pobres que teniendo cinco hijos se vieron 
obligados á enviarme á la edad de ocho 
años á casa de una tia , que era una sir- 
vienta aqui en Paris. Esta buena muger 
me recogió por caridad , hizo mas de Id 
que podia porque ganaba muy poco. A 
los once anos me envió á trabajar en una 
fábrica del arrabal de San Antonio. No 
es mi ánimo hablar mal de los dueños de 
las fábricas; pero, á decir verdad, les 
importa poco ver mezclados á muchachos 
y muchachas de 18 á 20 años, tan con- 
fundidos unos con otros.... Asi, ya podéis 
concebir.... se encuentran como en todas 
partes, algunos calaveras que dicen y ha- 
cen lo primero que les ocurre; ya podéis 
pensar que buen ejemplo para las jóvenes 
que ven y oyen mas délo quese piensa... 
¿Qué queréis? Uno se habitua con el tiem- 
po á oir y ver todos los dias cosas, cosas 
que después no os asustan. 

— Tenéis razón, por jio menos, en lo 
que decis, señorita Rosa Pompon, ¡po- 
bres jóvenes? ¿quien piensn en ellas? ni 
los padres, ni las madres; las desgracia- 
das están en su oficio.... 

— Si , si , Arsène , es muy fácil decir á 
una joven que no se ha conducido bien, 
es una tal , es una cual ; pero si so supie- 
se el porqué de las cosas, se la compade- 
ceriaen lugar de vituperarla. En fin, vol- 
viendo á lo que me toca, á los quince años 
yo era muy linda. Un dia tuve que dar 
una queja al oficial mayor de la fábrica , 
y habiendo ido á buscarle á su despacho , 
me dijo que me haría justicia y aun que 
meprotejería si yo quería hacerle caso. 
Empezó por abrazarme... Yo me resistía... 
Viendoesto, medijo... ¿No quieres? pues 
no tendrás mas trabajo y te despido de ia 
fábrica. 

— ¡ Qué infamia ! dijo la tia Arsène. 
—Volvía mi casa desecha en lágrimas. 



ALBCI 



159 



y Tni pobre lía me acon!$t>3Ó que no ce- 
diese y que me colocase en otra parte 

pero esto era imposible pues toda^ las fá- 
bricas estaban llenas de gente. Una des- 
gracia no viene nunca sota : mi tía cayó 
enferma, y en la casa no habia un cuarto: 
me armé de resolución y volvié la fábrica 
á suplicar al oficial mayor, que me reci- 
biese Pero por mas que hice nada 

<« Peor para tí, me dijo, puesto que re- 
« husas tu dicha , y si hubieras sido con- 
« descendiente, tal vez me hubiera casado 

« contigo después » ¿Qué qtiereis que 

os diga, tia Arsène? La ntiseria me ame 
•nazaba, yo no tenia trabajo, mi tia es- 
taba enferma, el oíkial mayor me decia 

<^<e se casarla conmigo Hice lo que 

-otras muchas. 

— íY cuatido le recordasteis su pro- 
mesa qué dijo? 

— Se burló de mí , por supuesto , y al 
cabo de seis meses me plantó. Entonces 
fué cuando agoté toiias las lágrimas de mi 
cuerpo en términos que ya no me que- 
dan mas. Después tuve una enfermedad... 
y en fin, como para todo hay consuelo... 

me consolé y de unos en otros encoji- 

tré á Phitemon.... en quien me vengo de 
ios otros Pues yo soy su tirano, aña- 
dió Rusa Pompon con aire trágico, pu- 
diéndose conocer que se disipaba la tris- 
teza que habia cubierto su bello rostro 
durante la relación que hizo á la tia Ar- 
sène. 

— Es una verdad , repuso esta , reflec- 

sionando ¿Quién proteje á una ji'iven 

después de haber sido engañada? ¿quién? . . 
¿quién la defiende? muchas veces sentirá 
una la culpa de un mal proceder y... 

— ¡Calla I ¡Nini Moultn 1 esclamó 

Rosa Pompon interrumpiendo á la fru- 
tera y mormurando hacia el otro lado 

de la calle {cuanto madruga! ¿qué 

querrá? 



Y diciendo esto , Rosa se cubrió con el 
mayor cuidado con ku capa. 

Efectivamente, Santiago Oumuulin se 
aproximaba con el sombroru inclinado á 
la oreja , con su rubicunda i.ariz y kus 
brillantes ojos: traia su paleto i manera 
de saco que contorneaba perfectafnonle 
su abdomen : tenia metidas las manus «>ii 
los bulsillos y en una de ellas llevaba un 
bastón de estotjue. En el momento que 
llegó á la puerta , sin diida con intencioo 
de interrogar ala portera, reparó en Rosa 
Pompon. 

— jCómo I ¡mí pupila está ya levan» 
tada! ¡estamos fre»cosl ¡y yo que venia 
á bendecirla tan temprano t 

Nini Moulin, abriendo los brazos, se 
acerca á Rosa Pompon que retrocedió un 
paso. 

— ¡Cómo, ingiata! repuso el escritor 
religioso, ¡rehusáis un abrazo matutino 
y paternal! 

— Yo solo admito abrazos matutinos de 

Philemon Ayer recibí una caria 

suya con un barrilito de arrope, una an- 
guila y un frasco de rosoli ¡qué regalo 
tan ridículo, eh! Me he quedado con el 
rosoli y lo domas lo he cambiado por dos 
divinos pichones que he puesto en el des- 
pacho de Philemon que he convertido on 
un bonito palomar. Mi expogo traerá 700 
francos que ha pedido á su respetable fa- 
milia con el pretesto de aprender el ba- 
jón, la trompeta de pistón y la cervatena, 
coo el objeto de alegrar la sociedad y de 

hacer una boda de gusto... como vos 

decís, perillán. 

— Y bien, querida pupila, ¿no podría- 
mos probar el rosoli y alegrarnos mien- 
tras viene Philemon con sus 700 francos? 

Y diciendo esto Nini Moulin se tocó los 
bolsillos del chaleco , que produjeron un 
sonido metálico, diciendo: 

— Venia á proponeros el alegrar mi 



160 



âL&uH. 



>ida hoy , mañana , y aun prásfftJo mafia- 
na , s¡ os tienta el corazón 

— Si se trata de diversioiies írrocenles 
y paternales, nní coraáon me tienta. 

— No tengáis cuidado: yo seré- para vos 
un abuelo, un bisabuelo, un retrato de 
familia. ¡Vamos! paseo, comida, teatro, 
baile dtí máscaras y después tena: ¿os 
conyíene esto? 

—Con la condicioTí qrio la pobre Ccfïïa 
vendrá lambicw. Esto la distraerá. 

— i-Qiie venga Cefisa. 

— ¿Habéis beredado, apostolon? 

— Algo mejor que eso, m\ Rosa, ma- 
yor que todas las llosas Pompones... Soy 
redactor principal de un periódico reli- 
gioso y como en este respetable oficio 

es menester darse importancia pido-todos 
los meses una mesada adelantada y tres 
dias de libertad : con esta condicicm me 
someto á hacer el Santo durante ^7 dias 
de los 30 que tiene el mes, y á estar siem- 
pre grave y pesado como un periódico. 

— ¡Vos! ¡un periódico! ¡eso será gra- 
cioso! ¡cómo andará de mano en mano 
y por las mesas del café de los Pasos Per- 
didos ! 

— Sí, gracioso y para lodo el mundo... 
Todo eso se liará á costa de sacristanes... 
qne no repararán en el dinero con tal que 
el periódico muerda y despedace, q-ueme, 

aniquile, estermiiie y asesine ¡Cómo 

soy! ¡jamas seré ton furibundo! añaítfó 
Nini Motilin Soltando una gran carcaja- 
da bañ.-vré toda clase de heridas vivas 

con la prinïcra CMCcba ó con mi hiél es¡u- 
mosn. 

Y dicieiiJo estii, imitó el ruido que lia 
ee el tapou de unabolella de Chanqwgne, 
lo cu*l hizo rrir intwho i Rosa Pompon. 
— ¿Y <{u<í título tiene vuestro periódico 
de saítTtailaues? repuso f<A». 

— Se üaiua vi Amor del Prójiíno. 
r-Knharabucna, este sí que es bonito 
nombre. 



—Esperad , tiene oíro. 

=Vearmos. 

=E[ aiiior Jd Prójimo, ó el Eslenni- 
vador (fe loa tncréduTos , de los índifereñ- 
l'es, de los Tibios y afros, con este epígrafe 
del gran Bosnet: tas que no están con no- 
sotros son contra nosotros. 

-^As¡ d"ice siempre I^hilemon en stiS 
bataíFas de la ClioZa, haciendo el motí- 
nete. 

^■^Kso pnielva (¡ue el géiiio de águila- dé 
¡Vfeanx es univer^ial. Yo solo Fe hallo urt 
dvfccto, y es haber tenido envidia deMo^ 
liér^. 

— Vaya, envidia de autor ,^ dijo Rof»a 
Pompon. 

— ¡Nîaligna! re¡)Uso Nini .MouHn, ame^ 
nazándoia con el dedu. 

— Me parece qtie vas á estprmrrtaw á 
Mme. de la Sainte-Golombei.. porque es 
algo tibia... ¿Y vuestra boda? 

— Al contrario, mi periódico serviráde 
mucho... ¡Vaya! ¡redactor principal! ¡es 
una soberbia posición! Los sacristanes me 
ensalzan, me animan', me sostienen y uie 
bendicen. Me apodero de la Sainle-Co- 
lombe... y entonces... una vida... una 
vida... á muerte. 

Eií este momento entró el cartero en la 
tienda y entregó una carta álafruteradi- 
ciéndole : 

— Para M. Carlomagno: franqueada... 

— ¡Calla! dijo Rosa Pompon... es para 
el viejecito misterioso (jue tiene unas cos- 
tumbres tan estrañas... ¿lisa carta viene 
de lejos? 

— Yo lo creo, viene de Ita ia, de Roma, 
dijo Nini Moufin, mira'ndo la carta quefa 
frutera tenia en la mano. Decidme, ¿(|uléh 
es ese viejecito singular de (|uien habíais? 

— Figuraos, aposlofon, respondió Rosa, 
un viejo bonazo que vive en dos cuartos 
en el fondo del patio, en los (¡ue noduerv 
me nunca , y á donde viene á encerrarse 
de cuando en cuando durante muchas ho- 



AI 

ras, sia pcriuitir que entre iiatiie... y sin 
(|U0 SQ sepa jo que hace... , . . i ■ 

— Kse será sin duda (m conspirador ó 
iiu monedero falso, saltó Niiii Moulin 
riendo. 

— j Pobre hombre! dijo la tía Arseni.', 
¿donde está su moneda falsa? siémbreme 
paga en piezas de cobre el pedazo de pan 
y el rábano no ro cpie le compro para su 
desayuno, cuando se (le^a^ulla. 

— ¿V cómo se Iliuna ese njisleiioso ca- 
duco? preguntó Dumoulin. , 

— Mr. Carloinagno, respondió la frute- 
ra.... pero miriid cuando se habla d< I 

rey dg Uuma, luego asoma. 

— ¿Dónde está ese rey? 

— .Mirad allí abajo aquel viejecito.... al 
lado de Ia;s paredes de la cosa,(|ue va con 
el cuello torcido y con el paraguas debajo 
del brazo... 

— ¡Mr. Uodinl esclamó Jíini Moulin; 
y retrocediendo de pronto, bíjó precipita- 
damente tres escalones para que no le vie- 
sen. En seguida aùadiy : 

— ¿Cómo^decís que se llama ese caba- 
llero? ' '■ 

— Mr.Carloma¿;no...¿Leconoceis? pre- 
guntó la frutera. 

— ¿Qué diablo viene a biiçt^i* a<iuí con 
un nombre supuesto? dijo í^antiago Du- 
moulin en voz baja , hablan lo consigo 
mismo. 

— ¿< cu qué le conocéis? repuso Uosa 
Pompón con impaciencia... ¿Ou*^ pesado 
estais? , . ^ , 

— ¿Y ese caballero tiene en esta c^sa 
dos cuartos donde vive misteriosamente? 
preguntó Dumoulin cada vez mas sorpren- 
dido. 

— Sí, respondió Uosa Pompon; desde 
«1 palomar de Philemon se \en sus ven- 
tanas. 

— ¡Pronto! ¡pronto! pasemos por el 
Corredor para que no me encuentre, dijo 
Dumoulin. 






ICI 



Y sin que Kwlin te y'wfi, pisó desde t^ 
tienda al corredor , desde doiidc subió la 
escalera del cuarto de Ro«t Pompon. 

— Ituenos dias, ücñur ("arlomagno, dij'i 
la tia Arsène i Koilw», que se apruxicnaba 
á la puerta : ¡ vaya ! me alegro (|ue v»'n- 
gais hoy dos veces, porque se os ve poco.' 

— Sois niuf atenta, querida señora, res- 
pondii'i Uodin haciendo un saludo nuiy 
cumplido. 

Y en esto entró en la tienda de la fru- 
tera. 

XXIX. 

EL TAÍÚCO." 

La íisonomía de Uodin al entrar en ca- 
sa de lá tia Arsène manifestaba la mas 
candida sencillez; apoyóse en su paraguas 
y dijo : 

— Siento mucho , amiga mía , liaberos 
despertado esta mofiana tan temprano. 

— Caballera, V. no es t^ií importunoqué 
dé lugar é que me queje. 

— ¿Qué queréis, amiga mía? vivo en e 
campó, y solo puedu venir de cuando en 
cuando á esta casa para arreglar mís ne- 
gocillos. 

— A propósito, caballero, la caria que 
usted esperaba ayer, ha llegado hoy. .Aq^u 
está, dijo la frutera fiacándula de su faltri- 
()uera : es -franca. 

I — (íracias, anaiga mia , dijo Rodin lo- 
mando la carta con aparente indiierencia, 
y metiendó^la en el bolsillo del contado 
de su levita, abotonándose este en segui- 
da y con el mayor cuidado.. 

— ¿Sube y. á su cuarto? 

— Sí, amiga mia. 

— En ese caso voy á preparar las provi- 
siones de V., dijo la tia Arsène. ¿Necesi- 
ta V. lo mismo que siempre? 

— (v)mo de ordinario. 

— .\l instante las tendrá Y. 

Diciendo e>to, la frutera tomó un cesto 
vieji>; y dtspues de haber conservado un 
poco el fuego con algunas astillas y unos 
41* 



162 ALBDM. 

pedazos de carbón , cubrió este combustí* 
ble CDD una hoja de col ; eo seguida , fué 
al interior de su tocador y sacó de un ar- 
mario un enornie pan redondo del que 
cortó un pedazo y escogió con su vista 
perspicaz un magnífico rábano negro en- 
tre muchos otros , y dividiéndole en dos 
partes » hizo un agujero en cada una de 
ellas donde echó sal ordinaria: volvió á 
colocar los dos pedazos y los dejó con su- 
mo cuidado junto al pan sobre la hoja de 
col que separaba los combustibles de los 
comestibles. Tomando después de su hor- 
nillo algunas brasas, las metió en un pe- 
queño zueco lleno de ceniza que puso tam- 
bién junto al cesto. 

La tia Arsène subió hasta el último es- 
calón y dijo á Rodinj: 
— Aquí tiene Y. su cesto , caballero. 
— Muchas gracias, amiga mia, respon- 
dió Rodin , metiendo la mano en el bol- 
sillo de su pantalon de donde sacó algu- 
nos cuartos que dio á la frutera , á quien 
dijo tomando el cesto: 

—En el momento que baje, os devol- 
veré vuestro cesto, ¡según costumbre. 

— Como V. gusté^ caballero, para ser- 
vir á V., dijo la tia Arsène. 

Rodin tomó su paraguas bajo el brazo 
izquierdo, levantó con la mano derecha el 
cesto que le había dado la frutera , entró 
eu el oscuro corredor, atravesó un pati- 
nillo , subió con paso jovial hasta el se- 
gundo piso que estaba bastante deteriora- 
do, y al llrgar allí sacó una llave del bol- 
sillo y abrió una puerta que cerró en se- 
guida con precaución. 

El primero de los dos cuartos que él ocu- 
paba, estaba enteramente desmantelado; 
en cuanto al segundo, no es posible ima- 
ginar un tabuco mas triste ni mas mise- 
rable. 

Un papel roto, sucio, y cuyo primitivo 
color no se podía reconocer, cubría las pa- 
redes: un catre cojo con un mal colchón 



y una manta de lana picada, un taburete, 
una mesita carcomida, una estufa de loza 
tan pintarrajeada como l« porcelana del 
vapor, un baúl viejo con su candado de- 
bajo de la cama, componía el mueblaje de 
aquel deteriorado tabuco. 

Una ventama de vidrios muy sácios da- 
ban apenas claridad á este cuarto, privado 
casi enteramente de aire y de luz á causa 
de la elevación del edificio de fachada: 
dos paiíuelos viejos de tabaco unidos con 
alfileres que podían eo/rerse ó descor- 
rerse sobre una guita atada delante de la 
ventana servían de cortina: enfin, los 
ladrillos levantados y rotos poniande ma- 
nifíesto el barro del pavimento y la pro- 
funda incuria del inquilino que habitaba 
aquella casa. 

Después que Rodin cerró su puerta, 
ecbó su sombrero y su paraguas sobre la 
cama, dejó el cesto en el suelo, sacó el 
rábano negro y el pan, puso todo esto so- 
bre la mesa y arrodillándose en seguida 
delante la estufa, la llenó de combustibles 
y encendió , soplando con sus potentes y 
vigorosos pulmones , las brasas que había 
traído en el zueco. 

Luego que, según la palabra técnica, la 
estufa tiróf Rodin fué á correr sobre ,1a 
guita los dos paiíuelos de tabaco que le 
servían de cortinas; en seguida, creyén- 
dose bien resguardado de la vista de todos, 
sacó del bolsillo del costado de su le\íta 
la carta que la tía Arsène le había entre- 
gado. 

Al hacer este movimiento, sacó una in- 
finidad de papeles y objetos diferentes; 
uno de aquellos, abultado y mugriento en 
forma de un paquetito, cayó sóbrela me- 
sa y se abrió: contenia una cruz déla Le- 
gión de Honor, de plata, tomada por el 
tiempo , y la cinta encarnada de esta cniz 
casi iiabía perdido su primitivo color. 

Al ver esta cruz, que volvió á meter en 
la faltriquera con la medalla que Farin- 



ALBL'X 

-ghei habia quitado á Djalma , Rodin se 
cncojió de hontbrus sonriéftdose con jaiie 
de desprecio y sardóuico; sacó su enorme 
reloj de plata y lo puso sobre la OK'sa al 
lado déla carta de Roma, i laque se que- 
dó mirando con una mezcla singular de 
desconnanza y de esperanza , de temor y 
de impaciente ctjriusidad. 

Al cabo de un momento de reflecsion 
se dispuso i romper el sobre... pero la ar- 
rojó de pronto sobre la mesa, como si por 
un estraño capricho luibiese querido pro- 
longar algunos instantes mas la inceiti- 
duinbre tan punzante é irritante como la 
«moción del juego. Mirando después á su 
celoj, se res3lvió á no abrir la carta hasta 
<}ue la aguja marcase las nueve y media : 
faltabafi solo siete minutos. 

Por una <]e aquellas singularidades pue- 
«Iniciite fatalistas, de las cuales no están 
«xentos los hombres de mas talento, decía, 
para si: me estoy consumiendo por abrir 
esta carta. Si no la abro hasta las nueve 
y media, las noticias que traiga serán fa- 
vorables. 

F«ra llenar estos minutos dio algunos 
paseos por el cuarto y fué á ponerse, por 
decirlo asi, en contemplación delante de 
dos estampas amarillentas, carcomidas á 
fuerza de tiempo y sujetas á la pared con 
dus clavos mohosos. 

El primero dt estos oli/f/05 í/earíe, único 



163 



adorno que hulm siempre en el cuarto de terilidad, las facciones del joven porquero 



Kodin, era una de aquellas mujeies gro- 
seramente grabadas é iluminadas de ro- 
jo, amarillo, vt-rde y azul, que se venden 
en las ferias: una inscripción italiana aiiun 
ciaba que este grabado habia sido hecho 
en Roma. 

Representaba una mujer cubierta de 
guiñapos (|ue llevaba una alforja y que te- 
nia sobre tas piernas á un niñu: una hor- 
rible gitana tenia en sus manos una délas 
del niño en la que parecía leer el porvenir, 
porque salían de su boca en gruesos ce» 



racteres las palabras siguientei : ¡ara Papa 
(será Papa. ) 

Kl segundo de estoi objetos de arte, qu« 
al parecer inspiraban á Uodin profunda* 
reflexiones, era un esceleute grabado eu 
dulce, preciosamente acabado, y ruyo cor- 
recto dibujo contrastaba singularmente 
con los groseros colores con que estaba 
iluminada la otra estampa. 

Este raro y magnífico grabado, por el 
cual habia dado Rodin seis luises ( lujo 
enorme) representaba un joven cubierto 
de andrajos; su fealdad estaba compensa- 
da con la viva espresion de su fisonomía 
vigorosamente caracterizada : sentado en 
una piedra, rodeado por todas part«s úc 
puercos que estaba guardando , se le vi-ia 
de frente con los codos apoyados en las 
rodillas y su barba en la palma de U 
mano. 

La actitud reflexiva de este joven ves» 
tído como un mendigo, el poder de su es- 
paciosa frei'te, la sutileza de sus penetran- 
tes miradas y la firmeza de su boca pare- 
cían revelar ujia indomable resolución 
unida á una superior inteligencia y á una 
astuciosa destreza. 

Mas allá se veía un medallón con los 
atributos pontiíicales y en su centro es- 
taba grabada la cabeza de un anciano, 
cuyo perfil sumamente pronunciado, re- 
cordaba perfectamente, á pesar de su es- 



En hn , este grabado tenia por titulo: 
LA JL'VENTLD DE SIXTO v , y la cstampa 
iluminada: la Predicción ( 1 ) 

A fuerza de contemplar cada vez mas 
estos cuadros con una curiosidad ardiente 
é interrogativa, como si les hubiera pe- 
dido inspiraciones ó profecías, se iiabia 
acercado tanto á ellos que, aunque esta- 



(2) Según la tradición, parece que se 
profetizó á la madre de Sixto V que su 
hijo seria Papa, y que en su primer juven- 
tud guardaría rebaños. 



16Î 



ÂLBUÉ. 



bá de pié, dobló ol brazo del-éëlid detrás 
de su cabeza , y estaba , gar rfé¿írío aái , 
apoyado con el codo en la |)ài^èiÎ, al niis- 
mo tiempo que oculta otfo S(f rtiâriô ¡z 
quierda en el bolsillo de su pantalon ne- 
gro, separaba uno de los faldones de su 
vieja levita color de acéilúria. 

Asi estuvo muchos miriuios eri una ac- 
titud reflexiva. 



Ya hemos dicho qué Rodiii vén'iá ratas 
veces á este aposento; hasta entonces y se- 
gún las reglasdesuórden, había vividocoi) 
el padre de Aigrigny , cuya vigilancia le 
estaba especialmente en'cargáda; ni^^uñ 
miembro de la congi'ègadon , principal- 
mente en la posesión subalterna én que 
había estado Rodirt haista aquel moïnèhto, 
podía enecírraíse én sú cuarto*, ní aun 
tener un mueble coa llave; asi nada s'e 
oponía al ejercicio de un espionaje mutuo 
y continuo , que es uno dejos medios po- 
derosos de acción de servidumiire usada 
en la compañía de Jesús. 

En razón de las diferentes combinacio- 
nes que le eran personales, aunque se re- 
ferian en algunos puwtos' á los intereses 
generales de la Orden, Ilodin habia to- 
mado esta casa, sin que nadie lo supiese, 
en la cíiíle de C!ovi¿. 

Desdo el fondo de este tabuco ignorado 
correspondía él coadjutor di recta W»erit'e'có'rV 
los pcrsiihajtís mas eminentes y dáiíia"! in- 
flujo del Santo ColegioV 

Nuestros lectores^ rio batí r*ári'a'rasó'¿1 ve- 
dado que al principio db i*sta" histó'riij Ko- 
din escribió á Hoin'-i (pié el padre de Ai- 
«írigny , habiendo recibido la orden de sa- 
lir de Francia sin ver á su nióribun'da ma- 
dre, /lalfíd" dudado partir; también ten- 
drán 4)rc^ente, debimos, que Rodin aña- 
dió en f Olalla de posdala alpié de la cfarta 
que denunciaba ál'getieríírdb la O'rdeíl la 
irrésdlüÜibH'dcl pddre de A'içrighy : 

— Decid al cardenal príncipe que puede 



contar con miijo, pero espero que por su paf'^ 
le tanibien nie servirá açlioamente. 

Este modo familiar de corresponder con 
la mas poderosa dignidad de la Orden : el 
tono casi protector de|encargoquehaciaal 
cardenal príncipe, probaba lo suficiente que 
él coadjutor á pesar de su grado subalterno 
en la apariencia, estaba considerado, en es- 
ta ¿poca, c»mo un hombre muy importante 
por m,uclios príncipes de la Iglesia y pof 
otrüsd gniJades ({ue le dirigían sus cartasá 
París, bajo un nombresupues^oy enpifra, 
con las precauciones y seguridades de es- 
tilo, 

Al cabo de muchos momentos de me- 
ditación contemprativa delante del retrato 
a^ Sixío'V. Rodin vofviÓ pausadamente 
á la níesa donde había dejado la carta, (jue 
hábia diferido abrir, á pesar, de su viva 
curiosidad , por una espéclfe de moratoria 
supersticiosa. 

Coni'» fa!tab.ih todavía algunos míxiutoá 
para qué el reió nia'rcáso las niieve y me- 
dia , y con el fin de' no perder el tiempo^ 
Rodin dispuso melólicatnente los prepa- 
rativos de su frugal desayuno: puso sobre 
'ía mesa el pan y cVf abano negro al lado 
de un pupitre lleno de plumas; en segui- 
da, sentándose en su taburete y teniendo 
por decií'lo asi la estufa entre las pier- 
nas, sacó de su faltri(]uera una navaja con 
mango de asta , cuya aguda hoja estaba 
sumamente usada, cortó alternativamen- 
te un pedazo de pan y otro de rábano y 
empezó su frugal almuerzo con robusta 
apetito, mirando al mismo tiempo con 
suma atención al minutero de su reloj... 
Cuando lleg<» la hora fatal, abrió el sobre 
con mano trémula... 

Este sobre contenía dos cartas. 

La primera le satisfizo, al parecer, me- 
dianamente : poiíiue al cabo de algunos 
minutos se eiieojió de hombios, dio con 
impaciencia un golpe en la mesa con el 
uiángo de su navaja, separó desdeñosa- 



mçnle con el reverso do su i^c\& niai^o la 
carta, y rejcorrii'» la sèètiiida, tcní^ñdu pit 
uoa mjtno el pan y metii'iido ma(|ulnal- 
ipento con la utra su rábano yn un mon- 
tón de sal ^ri<i que estaba de!»pírramada 
vn un ángulo do la rnesa. 

U^peniinaiDeiitb la nianadeT\o(Iin(]u^^- 
dó inmoble. A medida que iba leyendo, 
parecía cada vez mas admirado, ma$ in- 
teresado y sorpi-eudido. 

Leva.itàndosc d'' pronto, corrió hacia 
{a ventana cpmo para asegurarse, con un 
segundo exámvn d»» l^!» cifras }Je la caria, 
(]ue no se Labia equivocado, ¡ tati ides- 
perado le parecia \o que le anunciaban ! 

Sin duda alguna Rpdinpfey(i haber des 
cifrado bien, porquç dejando caer si^ bra- 
zo, no con abatimiento, sinq con el pstu- 
por de. una imprevista y estraordinaria 
satisfacción, permaneció álgun tiernpocon 
la cabeza inclinada y los ojos fijos 



lui 



la 
única demostración de alegria que hizo 
fué un suspiro sonoro, frecuente y prolon- 
gado. 

Los hombres quo »0D tan audaces en 
su 94nbicjon como paeicntes y testarudos 
vn sus manejos oc<ilto$, quedan siempre 
sprprendidos d<e la realización de sus pro- 
yectos, ruando psla realización es rqjLicUo 
mayor que sos sabia* y prudentes pre- 
visiones. 

Kodin se hallal)a en este caso. 

Gracias á su prodigiosa astricta, liabiFI- 
dad y disimulo; gracia^ á las poderosas 
proiuesas de corrupción, gxacias en fui i 
Ja singular mezcla de «di]niraciou, deler- 
ror y conHanza quo su ingenio inspiraba 
á muchos personajes mfluyenles , el go- 
bierno pontiik?! anunciaba á Uo^in que 
:segun la posib.e y probable evontua^i^ad, 
podría, al cabo de cierto tiempo, pn^ten- 
der con esperanzas de buen liijo, una po- 
sición que demasiadas veces ha esciLido 
d temor, el odio y Ja auvidia de muchos 
soberanos, y que ha sido ocupada muchas 



vece» por grnv«'s liombren honrados, por 
abominables malNadus, ó por gentes que 
han »alido de la última ciase de la tociji- 
d^d. 

I'ero para que Rodin consiguiese can 
mas seguridad su objeto, neceMl«ba ab- 
solutamente salir adciunle en lo que ^e 
bahía CüU)pr,oiiietido á hacer, ^in violenria 
y por la sqla combinación y rfiíjrte délas 
pa.sioues hábilint-nttfimanejodíis, á saber: 

Aíicgurar á la Compaiüa de Jesús la po- 
sesión de los bienes de la familia de Htnt- 
fotUÍ. 

Posesión que, según su vcilor, tenía do- 
ble 6 inmensa consecuencia ; porque Ro- 
din, según sus miras personales, pensaba 
hacer de su Orden, cuyo gefe estaba á sa 
discreción, un estribo y un medio d« in*> 
tiiuidacion. Luego que pasó su primera 
sorpresa, la cual solo hat^a sido efecto 
por decirlo asi, de una especie de modes- 
tia, de ambición y de desconfianza de éí 
mispio, deipasiado común çn los hombres 
realmente superiores, Uodin que conside- 
raba con calma y lógicamente las cosas, 
se reprocho casi su sorpresa. 

Sin embargo, á poco rato, cediendo por 
una singular contradicción á una de aque- 
llas piitriles y absurdas ideas á las cua'ee 
muchas veces obedece el hombre cuando 
jse cree enlereraeole solo y oculto , se le- 
vantó de pronto , tomó la carta que tan 
fejiz sorpresa le había causado, y fué por 
decirlo así á regocijar su vista en la ima- 
gen del joven pasJor (jue después fué Pa- 
pa : en seguida meneando or&u4Josa y triun- 
falmei^te 1^ cabeza, nrtirando^l retratocon 
sus oJ9,s de reptil, dijo entre dieoles po- 
niendo s.ucqchauíbrQso dedo <^n ei enible- 
n)a pontifíjcal. 

— ¡Hola, hermanpl... ;puo<^e ser qye 
yo también !... 

Dfspuos de esta (Nsclamacíon ridicula, 
voJ\¡ó á su sitio, y como si la feliz nuticú 
que acababa de recibir hubiese exaspera* 
42* 



166 ALBUM. 

do su apetito, púsose la carta delante pa^ 
ra volverla á leer, y mirándola fijamente 
empezó á comer con una especie de furia 
jocosa su pan duro y rábano negro tara- 
reando el antiguo modo de cantar la ie- 
tania. 



La antítesis de esta ambición inmensa 
casi justifícada ya por l< s Sucesos , y en- 
cerrada, si podemos egresarnos de este 
modo, en tan miserable reducto , (enia 
cierto aire singular , grande y sobre todo 
terrible. 

El P. d^Aigrigny, hombre vivo, muy 
superior, á lo menos de un valor real y 
grande, gran señor por su nacimiento, 
sumamente altanero, y colocado en la me- 
jor clase de la sociedad, no se hubiera 
atrevido ni aun á pensar el pretender á 
lo que Rodin aspiró de buenas á prime 
ras: el único deseo del P. d'Aigrigny, y 
el coadjutor le calificaba de impertinente, 
era el de llegar á ser un dia general de 
su Orden , de esa Orden que se estiende 
por todo el mundo. 

Es fácil concebir la diferencia de las ap- 
titudes ambiciosas de estos dos personajes. 
Cuando un hombre de espíritu eminente, 
de juicio sano y vivo , que concentrando 
todas tas fuerzas de su cuerpo y alma en 
un solo pensamiento, practica obstinada- 
mente como lo hacia Rudin , la castidad, 
la frugalidad y en fm la abnegación volun 
taria de toda especie de goces del corazón 
y de los sentidos; un hombre semejante 
no se rebela asi casi nunca, contra los 
preceptos sagrados del Criador, sino para 
satisfacer alguna pasión monstruosa y de- 
voradora, divinidad infernal que mediante 
un sacrilego pacto, exige en compensación 
de un poder terrible, la destrucción de 
todos ios nobles instintos con que el Señor 
en su eterna sabiduría y en su inagotable 
munificencia dotó tan paternalmente á las 
criaturas. 



Durante la muda esceña que acabamos 
de pintar, Rodin no habia notado que las 
cortinas de una de las ventanas situadas 
en él piso tercero del edificio que domi- 
naba el ala donde él vivía, se habían se- 
parado con disimulo descubriendo á me- 
dias la traviesa fisononiia de Rosa Pom- 
pon, í. 

Resultó de esto qtie Rodin á pesar del 
muro formado por los pañuelos de taba- 
co, no habia quedado á cubierto del in- 
discreto y curioso examen de los dos co- 
rifeos del Tulipán Borrascoso-. 
XXX. 

VSX VISITA INESPERADA, 

Aunque el contenido de las cartas de 
Roma habia producido en Rodin una pro- 
funda sorpresa, no quiso dejarla traslucir 
en su respuesta. Luego que concluyó su 
frugal desayuno, tomó un pliego de pi- 
pel y cifró con rapidez la nota siguiente 
con aquel tono rudo y decidido que le 
vra habitual cuando se veía obligado á re- 
primirse* 

« No me sorprende lo que dicen. Yo lo 
«habia ya previsto todo. La indecisión y 
« cobardía producen siempre estas conse- 
«cuencias... Esto no es bastante. La Rii* 
«sia herética degüella á la Polonia caló- 
« lica. Roma bendice á los asesinos y mai • 
« dice á las víctimas. 

— « Eso me conviene. 

— « En recompensa la Rusia garantiza 
«á Roma por medio del Austria la san- 
«grienta opresión do los patriotas déla 
« Romana. 

— « Esto me conviene siempre. 

« Las partidas de asesinos del bueno del 
«cardenal Albani no son suficientes para 
«acabar con los impíos liberales; están 
« cansadas. 

— « Esto no me conviene ya. 

« Es preciso que prosigan su intento, n 



4TBT<H. 



Hi7 



Tín el instante mwmo enqueRodioica 
'baba de trazar estas ultimas palabras, 
•Hanjó repentinamente su atenciuu 1« «o- 
rx)ra y fresca voz de Rosa Puiiwpon que, 
sabiendo de inemoria su Beranger, liabia 
abierto la ventana dePiíilemon y sentada 
sobre la barra que formaba ti antepecho, 
cantaba con suRia dulzuray geittileza esta 
copla del inmortal cancionero. 
Mais quelle erreur , oon^ Dieu n'est pas colère. 

S'tt créa tout Á tout il sert d'appui: 

Yios qu'il Dousdunne, aiuilié toulélaire, 
£t vous amours , qui créez après loi, 
Prêtez un^harme k ma pfailasa(>liie, 
Pour dissiper des rêves arfligeanv, 
<Le verre en main, que chacuo se coufie 

Au Dieu des bouiies gens ! 

£$te dulce y divino canto formaba un 
contraire tan cslfaordiiuirio con la fria 
crueldad de las palabras escritas por Ro- 
■din , que este se estremeció y se mordió 
les labios de rabia al reconocer este estri- 
billo del gran poeta, verdaderamente cris 
liano, que tan rudos golpes ha dado i la 
mala iglesia. 

Rodin esperó algunos instantes con co- 
lérica impaciencia creyendo que la voz iba 
á continuara pero Rosa Pompon calló ó 
Á lo m'-nos siguió haciendo gorgeos, y á 
poco cantó otra copla ^ la del Buen Papa, 
que vocalizó pero sin decir las palabras. 

No atreviéndose á irá mirar por la ven- 
tana qttieneraatjuel cantante importuno, 
se encogió de hombros, volvió á tomar la 
pluma y continuó. 

— Otra cosa : « Será necesario exaspe- 
«rar á los independientes de todos los 
« paises, escitar la rabia filosófica de Ku- 
«ropa, estrechar á los liberales, am<>U- 
« nar contra Roma todos los (|ue vocife- 
a ran, y para esto: proclamar á la faz del 
<t mundo las tres proposiciones ngui«ntes: 

el.* Es cosa abominable el sostener que 
« se puede conseguir la salvación en cual- 
ftquier creencia, c«n lal que las costumbres 
« sean puras. 



"%' Et tosa odiosa y absurda cunctder 
« <i los jntcblos la Itbtríad de concientia, 

o 3.* Munifttlar el mayor horror cnUra 
« la libertad de imprenta. 

« Ks necesario trabajar para queel/ttMM- 
« hre débil declare enteramente ortodoxas 
«estas proposiciones, exagerar su buen 
« eft'clo sobre los gobieri)os despóticos so- 
ft bre los verdaderos católicos, y sobre los 
« opresores deJ pueblo. De este modo caerá 
«en el lazo. Una vez que esias propusi» 
«clones estén formuladas, esiallurá la tor- 
« n)«iita. Levii-.itam«ttto general contra 
« Roma, escisión profunda, el sacro cole- 
« gio se dividirá en tres partes. Una apro- 
«l>ará, otra vituperaré y la lí tima tem- 
« blará. El hombre débil, espantado hoy 
« mucho mas que antes de haber dejadií 
«degollar á los polacos, do se atraverá á 
«obrar al oir los clamores, las r»'Conveii- 
«cioneSf las amenazas, y ios violentos 
« rompimientos que ól provoca. Estonie 
«conviene mucho y me convendrá siem- 
« pre. 

« En este caso, nuestro P. V. deberá 
« obrar sobre la condonoia del hombre dé- 
ff6i7, inquietar su espíritu y atemorizar 
«su alma. 

« En resumen llenarle de disgustos, di- 
« vidir su consejo, aislarle, asustarle, re- 
« doblar el feroz ardor del buen Albini, 
«escitar la ambición de los Sanfeísias, 
«ofrecerle los liberales por pasto, pillaje, 
« robo, carnicería como la deCesene, ver- 
« dadera marea creciente de sangre car- 
(t bonaria. 

a El hombre débil se horrorizará, ¡triste 
« ni^tanza eo su nombre! ¡titubeará, ti- 
« tubeará! todos los dias de su vida scn- 
« tira remordimientos, cada noche temor, 
a cada minuto agonía, y la obcecación con 
« que amenaza no tardará en verificarse, 
n tal vez demasiado pronto. Este es el solo 
«riesgo presente, á vos toca lomar pro- 
«videncias. 



168 ALBüat, 

« En caso de abdicación.... el gran pe- 
« nítericiario me ha cómprendrdp. En vez 
« de confiar á este general el mando de 
«nuestra orden, que es la mejor milicia 
« de la Santa Sede, la mahdaré yo mis- 
« mo. Desde este momento esta milicia 
« no itié causará inquietud ; ejemplo: Los 
a genf¿aros y la guardia pretoria han Sido 
«siempre funestos á la autoridad; y ¿por 
«qué? porijue han podido organizarse 
« como defensores del podçr sin su inter- 
« vención, y de oqui provino su poder de 
« Intimidación. 

«¿Clemente XIV? un mentecato. Des- 
«honrar, abolir nueslra Cóhipañía, falta 
«enorme. Defenderla, disculparla, decla- 
«rársé su general es lo que debió hacer. 

«Estando entonces la Compañía á sU 
«disposición hubiera consentido en todo; 
« nos absorvia , nos sometía á la santa se- 
«de que no hubiera tenido que temer.... 
unuíHros SC^rvicios, Cleménie XtV murió 
«de un cólico. Al buen entendedor media 
« palabra basta... En un caso semejante, yo 
« no morirla de ese modo. » 

La vibrante y sonora vozde Rosa Pom- 
pon retumbó de nuevo. 

Rodiri dio un sallo de cólera, pero po- 
co después y á medida que oyó la copla 
siguiente, que él nunca habia oido (no 
tenia á lieranger como la viuda de Phile- 
mon) eljestiita, accesible á ciertas ideas 
singulannente supersticiosas, se quedó in- 
móvil y casi horrorizado de esta rara coin- 
cidencia. El buen papa de Bcrangcr es 
quien habla. 

Que snnl les rois? desoís belitres! 



(3u des l)rii;antls, qui, gros 4' orgueil 
Donnant leurs crimes pour des litres, 
Krtire eux se pôusseni au cercueil, 
A prix d' or je poLs les absoudra 
Owctiaogcr leur sceptre c» U(»uf*Mi. 

Ma dondOB , 
Kiez donc , 
Sautez donc ! 

Regardez-moi lancer la foudre , 



Jupitf m'a fait son héritièl^ , 
Je suis cDtier. 
Bodm m«dio levantado de su srila ,c^ 
el cuello estirado , y la. tísta fija, scgbia 
escuchando, al paso que Rosa Pompon , 
revoloteando como una abeja , de una 
en otra flor de «» repertorio, enrlpezaba 
é eivtoB^r el delicioso estrivillo de\Colibri> 
El jesuíta, no oy^iwio mas, volvió á 
sentarse con c'erlà especie deesttipor' jte- 
ro al cabo rfe algunos mhuitosderenexÍQ;i 
su fisonomía su apícnó de pronto: veía ^ 
feliz presagio en es^ incidente singular. 

Volvió á tomar la pluma y sus prime- 
ras |falabraá se resintieron» poi; decil-fo 
asi , de esta estraaa confianza en la fata- 
lidad. 

« Hasta este momento no héct*eldonun- 
« ca en el buen éxito. E<ta es u ti a razón 
« muí para no tener el menor descuido. 
« Los presenfimierítos imponen la necesi^ 
« dad de redoblar él celo* Ayer mé ha 
«ocurrido una nueva ¡dea. 

« Aqui se obrará de común acuerdo. He 
«Tundádo lin periódico intitulado Elamor 
«del prójimo. Por su furia ultramontana, 
« tiránica y liberticida se le creerá órgano 
«de Roma. Yo acreditaré estás voces. 
«Nuevas furias. 
« Esto. me conviene* 
«Voy á tratar la cuestión de la líber-» 
« tad sobre lá enseilañza ; los libérales iití- 
« >)S nos apoyarán. ¡ Necios 1 riosi admiten 
« en el dçrcclio común, cuando nbeSlros 
«Drivileííios.inmDrildaile's, nuestra iníluen- 
«cia en el confesonario, y nuestra ol)ediçn- 
«cia á Roma, nos ponen fuera ^e\ mU'nio 
« derecho común en r^zon >ie las ventajas 
«de que gozamo^. DobJemeAte necio?, 
(( pues nos creep desaíi^madosporqM.éJlof^- 
« lán ellos u.iis/iK^s compuosytj-os, 

«Cuestión vital., clamores ¡fritantes, 
« auevos para el hombre débil. Los ar/o- 
«yos aumentan el torrente. 
') « Esto me conviene igualmente. 



ALBUM 

fi Para ri'suiuir on dos palabras; la ab- 
n dicariiui os el fin; loslorreuicscoiiUniJOa 
« y la provocación , cl imJio. La luToncia 
« de Ucnoponl cosWa la eli-ccion. l'recio 
«acordad>i, poneros vt-mlidoí. 

Uüdin iulerrutnpió de pronto su escri- 
tura creyendo haber oido al¿un ruido en 
la puerta de su cuarto, la cual daba á \a 
escalera ; (|iiedóse escuchando sin re>pirar, 
pero en ti»d. s parte» reinaba el uiayor si- 
lencio, creyendo Iiaber.-e euganado volvió 
á lomar la pluma. 



ííí) 



«Yo me eítcargo del asunto de Ucne- 
«pont, única base de nuestras coinbina- 
» doues Icmpurulcs; es nu'ne»ler tontarlo 
«con calor, sustituir con el juego de los 
« intere.vos , con el resorte de las pasiones 
«las estúpidas y violentas medidas del pa- 
n dre d' Ai{;rigiiy , que ha estado á punto 
<i de coin[»r'Mnelerlo todo ; sin embary, no 
u le fallan algunas buenas cualidades, tiene 
u mundo, penetración y sabe seducir; pe 
« ro en una sola escala no siendo suficien- 
w teniente {;rande para hacerse perjueño. 
t( Vo sacaró partido de su verdadero nié- 
« rilo, los bocados son buenos. Me he va 
<i lido á tiempo del poder discrecional que 
« me dio el n-verendo padre (i. en caso 
«.de necesidad, yo haró conocer al padre 
te d' Aigrigny loscomproniisos secretos que 
«ligan al g<íiernl conmigo' hasta el dia se 
« le lia dtja<lo forjar, relativamente á es- 
ata herencia, el deslino que sabéis; bue- 
w na pero inoportuna ¡dea; igual objeto, 
■n mas por otra via. 

«Las noticias, falsas: hay mas de 200 
t( millor.cs: cu llegaadu el caso, lo dudoso 
'< es cierto. 

« Queila una inmensa latitud. 

« Vm ese mouíento el asmilo <le Uene- 
<i poul puede considerarse didi'.emeoleíniu; 
« antes de tres meses estarán en uucgíru 
■KpoJer estos 2Ü0 mülones por la lihre vo- 
te ¡untad de lus herederos ; es precisu que 
í< asi sea. Torque de lo contrario, el par- 



« lido tvmpora) se me va de Its rr.anos; la 
(( mitad de niis |)roliab¡li<íades disniiriuyen, 
« He pedido pulieres amplios, el tiempo 
" urfje, y o!)ro como -i ya los tuviese. 

« Necesito ahsiiliilanirnle saber una so- 
« la cosa para la ejeouion de niisproyec- 
« los y espero que vos nio la diréis, me e$ 
n indífprnmble ¿me entendéis? La alta in- 
« Ilueiicia de vuestro Inrmano en la corle 
« (le N'iena os servirá. Necesito sal>»Tp(jr- 
« menores ex ictos suhre la posi<.'i(vn actual 
« del í/uí/uc </(' /¿íisf/iíHf/ , el Napoleón II 
« de los imperialistas. ¿Se puede ó noen- 
« tablar una corresptHider.cia secreta con 
« el príncipe sin (jue lo sepan los q,ue le 
« rodean? 

« Tomad pronto una providencia , esto 
«es urgente; esta nota saldrá hoy, ma- 
« uaná la completaró y la recfi'ireis como 
asieni|tie por el pecjueùo r)>ercader». 

En el momento en que Kodin acababa 
de meter y sellar esta caria bajo un do- 
ble sobre, creyó liaber oido otra vez al- 
gún ruido por la parte de afuera. 
Púsose à escuchar. 

Al cabo de alguuf^s instantes de silen- 
cio , dieron en la puerta muchos golpes 
seguidos. 

Kodin se estremeció: esta era la pri- 
mera >ez que llamaban á su cuarto des» 
pues de un año que vivia en la casa. 

Metiendo precipitadjimente en el bol- 
sillo de la levita la carlá^que acababa de 
escribir, fué en seguida á abrir la vieja 
maleta que estaba ocuUa bajo el catre, 
sacó un rollo de papeles «nvueltos en un 
pañuelo de tabaco hecho pedazoíí, metió 
en este lejago las dos cartas cifradas que 
poco a ti tes h a bi a recibido y volvió á echar 
el candado á la maleta. 

Por la parte de afuera segulnn llaman- 
do é la puerta con la mayor impaciencia. 
Kodin cogió en la mano la cesta de la 
frutera, puso el paraguas d< bají dd bra- 
zo y COI) suma inquietudfuéhaciala puer- 
43* 



j70 ALBUM. 

ta para saber quien era esta indiscreta vi 
sita. 

Abrió la puerla y se halló cara á cara 
con Rosa Pompon , la cantante importu- 
na, la cual haciendo una graciosa cortesía 
le preguntó con un aire enteramente in- 
genuo. 

— ¿Vive aquí el señor Ilodin? 

XXXI. 

UN SERVICIO AMISTOSO. 

Bodin , á pesar de su sorpresa y de so 
inquietud, no titubeó, y reparando en las 
curiosas miradas de la joven cerró la puer- 
ta después de haber salido; en seguida le 
dijo con bondad. 

— ¿A quién buscáis, querida mia? 

— Al señor Rodin, respondió con jo- 
-vialidad Rosa Pompon abriendo cuanto 
pudo sus lindos y azules ojos encarándose 
con Rodin. 

— No vive aqui, dijo este dando un pa- 
so en ademan de bajar la escalera. No le 
conozco.... Ved si vive arriba ó abajo. 

— ¡ Linda cosa I ¡ divertiros á vuestra 
cdadl repuso Rosa encogiéndose de hom- 
bros, como si no supiéramos que os lla- 
máis Mr. Rodin. 

— Carlomagno, saltó el coadjutor incli- 
nándose; Carlomagno para serviros en lo 
que esté de mi parte. 

— No sois capaz de ello, respondió Ro- 
sa Pompon con tono magestuoso, y aña- 
dió con aire solapado ¿con qué tenemos 
escondites gatunos, que cambiamos de 
nombre? ¿Tenemos miedo que la mamá 
Rodin nos espione? 

— Escuchad, amiga mia, dijo el coad- 
jutor sonriéndose; i no os dirigís mal I yo 
soy un viejo bonachón que gusta de los 

jóvenes.... de los jóvenes alegres Asi, 

bien podéis divertiros á mi costa pero 

á lo menos dejadme pasar porque tengo 
prisa. 

Y en esto Rodin dio otro paso hacia la 
escalera. 



— Señor Rodin, dijoUusa Pompón cctti 
voz solemne; tengo que comunicaros co- 
sas de gran importancia, y pediros un con- 
sejo sobre un asunto que interesa al co- 
razón. 

— ¡Ahí ¡veamos locuela! ¿no tenéis 
á quien atormentar en vuestra casa y ve- 
nís á esta ? 

— Yo vivo aquí, señor Rodin, respon- 
dió Rosa Pompon recalcando maliciosa- 
mente el nombre de su víctima. 

— ¿V^os? ¡vaya! no sabia que tenía- 
mos aqui tan linda muchacha. 

— Si, señor Rodin, hace seis meses que 
vivo en esta casa. 

— ¿De veras? ¿y donde? 

— En el piso tercero del editicio de la 
fachada, señor Rodin. 

— ¿Conque, erais vos quien cantaba 
tan bien hace poco? 

— Yo misma. 

— Verdaderamente me habei- causado 
un gran placer. 

— Sois muy atento, señor Rodin. 

— Supongo que vivis aquí con vuestra 
respetable familia. 

— Yo lo creo, señor Rodin, respondió 
Rosa l^ompon bajando los ojos con aire 
ingenuo ; vivo con mi abuelo Philemon y 
con mi abuela Bacanal... nádamenos que 
una reiita. 

Rodin habia estado hasta entonces su- 
mamente inquieto ignorando deque modo 
Rosa Pompon habia descubierto su verdade 
ro nombre; pero al oir nombrará la Heina 
Bacanal y al saber que vivia en esta casa, 
halló una compensación al desagradable 
incidente producido con la aparición de 
Rosa Pompon. Efecfivamenta importaba 
mucho á Rodin el saber donde podía en- 
contrar á la reina Bacanal, querida de 
Duerme-en- cueros y hermana de la Gi- 
bosa; de la Gibosa que tan peligrosa se la 
habían pintado en su conver-^acion con la 
supcriora del convento y deide que tomó 



ALBTH. 



1 



'parte en la fuga de Mlle de Cardovîlle. 
Ademas de esto, Kodin, gracias á lo qui* 
acababa de saber, esperaba obligar con 
buenos modos á Uosa Pompon á confesar- 
le el nombre de la persona que le había 
(Heho que Mr. Carlomagno se llamaba 
Mr. Rodin. 

Apenas pronunció la joven el nombre 
de la reina Hacanal , cuando Rodin juntó 
las manos, pareciendo tan sorprendido 
'Como vivamente interesado. 

— lAh!..r. querida amiga, «esclamó, 
'liacedme el favor de no chancearos.^ ¿Se 
trata acaso de una joven que lienp «ste 
TOote y que es hermana de una costurera 
«contrahecha? 

—Si-, señor, Hene por mote la reina 
^aCínaH , Tespondió Rosa Pompon admi- 
Tada ; se llama Celisa Soliveau y es amiga 
mía. 

— ¡ Ah ! ¿con que es vuestra amiga? 
dijo Rodin retlecsionando. 

— Si, señor, mi íntima amiga. 

— ¿Y la queréis mucho? 

— Como á una hermana jPobre joven! 
^lago por ella lo <|ue puedo y aun es na- 
da.... ¿pero como es posible que un hom- 
bre tan respetable y de vuestra edad co- 
nozca á la reina Bacanal? ¡ Ah , ah ! esto 
es una prueba de que tenéis un nombre 
supuesto.,.. 

— ¡Querida mia! yo no tengo ahora 
tiumor de bromas, dijo Rodin con uno tan 
triste que Rosa Pompon , arrepintiéiicJoae 
<le esta burla, repuso: 

— Pero, en fin, ¿como habéis conocido 
á Ccfisa? 

— Por desgracia no la conozco, pero 
sí á un escelenle joven que está loco por 
€lla. 

— ¿Santiago Renepont? 

— Llamado por otro nombre Duerme- 
en-cueros. En este momento está preso 
por deudas, repuso Rodin dando x\n sus- 
piro. Ayer le he visto. 



— ¿Le habéis visto ayer? ¡ Cómo es 
eso! dijo Rosa Pompon juntando las ma- 
nos: venid , venid al instante á casa de 
Pliilemon para dar á (leíisa noticias de.su 
amante.... ¡está tan inquiétai 

— Hija mia, yo quisiera poder decirle 
algo buetío de ese digno joven á (jijÍimi 
aprecio á pesar de sus locuras, por(|ue 
¿quien es el que no las hace? anadió Ro- 
din con indulgente bondad. 

— Pardiez, dijo Rosa Pompon contor- 
neándose como si estuviera aun vestida de 
descargador.... 

— Aun añadiré mas, repuso Rodin, le 
quiero á causa de sus locuras, porque ya 
veis, por mas quedi^an, hija mia, hiy 
siempre un buen fondo, en fin alguna co- 
sa, en todos aquellos que gastan genero- 
samente su dinero con los demás. 

— ¡Y bien! mirad, ¡sois un buen hom- 
bre! dijo Rosa encantándose de la fílosofía 
de Rodin. ¿Pero, por que do queréis ve- 
nir á ver á Cefísa y i hablarle de San- 
tiago? 

— ¿Que adelanto con decirle lo que sa- 
be? ¿Que Santiago está près i? Lo que yo 
quisiera es sacar á ese digno joven de su 
aprieto.... 

— ¡Oh! hacedlo, ¡sacad á Santiago de 
la cárcel! esclamó Rosa con viveza; si lo 
hacéis os abrazaremos Celina y yo. 

— Seria perdido, locuela, respondió Ro- 
din sonriéndose; pero Ir.inquilizaos; yo no 
necesito recompensas para hacer algún 
bien cuando puedo. 

— ¿Conque creéis poder sacará Santia- 
go de la cárcel? 

Rodin meneó la cabeza y repuso con 
aire triste y melancólico: 

— Lo esperaba. Ciertamente lo espera- 
ba.... pero en estos momentos ¿que que- 
réis? todo ha variado. 

— ¿ Y por qué? preguntó Rosa Pompon 
sorprendida. 

— Esa pesada chanza quo me dais lia- 



172 



ALAIüA. 



mandóme Mr. Rodin debe parece ros muy 
graciosa, hija mia; lo comprendo : en eso 
no sois mas que un eco. Alguno os habrá 
dicho: id á decir á Mr. Carlomagno que 
se llama Rodin eso será muy gra- 
cioso.... 

— Seguramente que no me hubiera ocur- 
rido llamaros Mr. Rodin; un nombre como 
ese no se ioventa de motu propio, respon- 
dió Ro<a Pompon. 

— ¡Y bien! esa persona, con sus chanzas 
ha causado sin «aberlo un perjuicio al po- 
bre Santiago Renepont. 

— ¡ Ay, Dios mió! ¿por qué os llamo 
Mr. Rodin en vez de Mr. Carlomagno? 
e&clamó Rosa Pompon con tristeza, sin- 
tiendo en aquel instante la chanza que 
habia dado por instigación de Nini Moulin, 

Pero, en fin, que tiene qufi vir esta 
chanza con el servicio que podéis hacer á 
Santiago? saltó Rosa. 

— No puedo decíroslo, hija mia; verda- 
deramente siento todo esto por el pobre 

Sanliago.... creedlo pero permitidme 

que baje. 

— Caballero.... os ruego que me escu- 
chéis, dijo Rosa Pompon ; si yo os dije el 
nombre de la persona que me íia aconse- 
jado llamaros Mr. Rodin. ¿seguiriais inte 
Tesándoos por Sanliago? 

— Yo no frato de sorprender los secre- 
tos de nadie, hija mia: en todo esto habéis 



es que lentiria mucho causar perjuicio á 
un joven tan escelente con una chanza : 
voy á deciros sencillamente lodo lo que 
hay subro el particular; tal vez mi fran- 
queza pueda ser útil para algo. 

— La franqueza aclara siempre las Co- 
sas mas oscuras, dijo sentenciosamente 
Jlloiin. 

•- — R;en mirado» repuso Rosa Rom pon , 
tanto peor para Nini Moulin. ¿A que vie- 
ne hacer loiitcrias que puedan perjudicar 
al amante de la pobre Cefisa? Ved loque 
ha pa>ado: Nini Molin, que es un farsan- 
te, acaba de veros poco hace en la calle; 
la portera le ha dicho que os llamáis Car- 
lumagno, y él se volvió á mi diciéndome : 
no, se llama Mr. Rodin, es menester ju- 
garle una pasada; Rosa Pompon, id á lla- 
mar á su puerta y á decir'e Mr. Rodin. 
Ya veréis (jue cara pone. Yo lie prome- 
tido á Nini Moulin que no le nombraré, 
pero ya que eito puede perjudicar á San- 
tiago, no importa, le nombro. 

Al oir el nombre de Nini Moulin, Ro- 
din no, habia podido reprimir un movi- 
miento de sorpresa. Este libeli:;ta á quien 
por su medio hablan encargado la redac- 
ción del Amor del Prójimo, no era de te- 
mer personahnente; pero como Nini Mou- 
lin era tan hablador y comunicativo des- 
pués de haber bebido, que podia causar 
inquietud y molestar , principalmente si 



sido el juguete ó el eco de personas que j Rodin debia volver, como era probable. 



tal vez =^7¿f, sumamente pelígr )SâS , y á 
Té mia qtie á pesar de todo el interés que 
me inspira Santiago Renepont debéis saber 
<|ue no tengo ganas de granjearme enemi- 
go», siealo yo un pobre hombre... i Dios 

me libre ! 

Rosa Pompon no entendió la menor cosa 
de los temoies de Rodin, el cual contaba 
con esto, porque al cabo de un segundo de 
reQcciíion, le dijo la joven: 

—Escuchad, caballero, eso es demasia- 
do para mí y yo no lo entiendo : lo que sé 



muchas veces á esta casa para la ejecución 
de sus proyectos n lativamente á Duerme 
en -cueros por medio de la reina Bacanal, 
el coadjutor trató de remediar este incon- 
veniente. 

— Gon(|ue, hija mia , dijo á Rosa Pom- 
pon : ¿Es un tal Desmoulins quien os 
ha aconsejado el darme esta broma tan 

pesada? 

—Desmoulins, no, sino Dumoulin, re- 
puso Rosa Pompon. 

Escribe en los periódicos de los sacris- 



▲ l.ttDM. 



i 73 



Unes y defienJe á los devoto-; por cl di- 
nero (|(ic le duii, |)on|ue si.Níiti M>)(ilinos 
un santo.... sus abo{;aJüS son Santos. 

— Esü caballero me parece moy ale- 
gre. 

— ¡ Oh ! ¡ Pí un esoelente sojeto ! 

—Pero, esporail, operad, repuso Ko- 
ilin pareciendo recordarse de alguna co- 
sa , ¿no es un lnMubre como de unos 
treinta y sei» a cuarenta años, gordo y 
"coloiado? 

— Tan coI.)rado como un vaso de vino 
tinto, y ademas con granos en la nariz 
como una franbüesa, respondió llosa Pom- 
pon. 

— Es el mismo... el señor Doumoulirv»... 
i O.'i ! entonces me trant|uilizais, hija mía; 
la broma no me incomoda ya; ese Dou- 
inoulin es im hombre muy digno, y su 
único defecto es gustar demasiado de los 
placeres. 

— ¿Con que trataréis de hacer algo por 
Santiago? ¿la necia broma de Nioi Mou- 
lin no os lo impedirá? 

— Espero que no. 

— No diré á Nini Moulin que vos sa- 
béis que ha sido él quien me dijo que os 
llamase Mr. Rodin, ¿no es verdad? 

— Y por qué no, hija niia? esmeneslor 
decir siempre y francamente la verdad en 
lodo. 

— ¡Pero, caballero, Nini Moulin me 
ha encargado Unto que no le nombrase... 

— Si- no irabeis cumplido su encargo hti 
sido por una razón muy justa, ¿porqin» 
no se lo habéis de confesar? Pero porotra 
parte, hija mia , eso es cosa vuestra y no 
inia. Haced lo (pie queráis. 

— ¿Podré también ha. dar á Cefisa de 
vuestra'? buenas intenciones respecto á 
San ti.» 20? 

— Frariqui ri, hija m'a, franqueza sieir- 
pro... Na«Ja se arriesga nunca en decir lo 
que hny. 

—; Pobre Cefisa ! ¡ qué contenta se va 



á poner ! dijo Rosa Pumpon con viveza : 
¡ no le vendrá mal ! 

— Pero es meneslfr í]ue no exagere de- 
masiado su dicha... > o nu prometo positi- 
vamente liacer salir de la cJrcel á esedig- 

no joven digo unie. miente que trataré 

de ello lo (|ue os prometo formalmen- 
te... pjrt|ue desde la prisión de Santiago, 
creo (|ue vuestra amiga debe hallarse en 
una mala [Risicion... 

— Desgraciadamente... caballero... 

— Repito que lo que yo prometo es uii 
pequeño socorio... que vuestra amiga re- 
cibirá hoy mismo para (jiie pueda vivir 
honradamente.... y si se conduce bien.... 
si se conduce bien, ya veremos... después. 

— ¡ Ah! caballero.jiosabeiscuan á pro- 
pósito llegáis... al socorro de la pobre Ce- 
íisa... Parece que sois el ángel de su guar- 
da... Oue os llaméis Mr, Kodin ó Mr.Car- 
lomagno, lo que {)uedo decir, por mi ho- 
nor, es qtie Sois un hombre escelente. 

— Vamos, vamos, no exageréis las co- 
sas, repuso Rodin interrumpiendo á Rosa 
Pompon... decid que soy un viejo honra- 
do y nada mas, hija mia. ¡ Ved como al- 
gunas veces se vuelven las cosas! ¿Quién 
hubiera podido decirme que cuando sentí 
llamar á mi puerta, lo cual confieso que 
me impacientó mucho, qunn me hubiera 
dicho que era una vt'ciinta la que pretes- 
tahdo una broma pesada me habia de po- 
ner en el caso de hacer una buena ac- 
ción?... Vamos, animad á vuestra amiga... 
esta tarde recibirá un socorro... vamos... 
conüarjza y esperanza... ¡Gracias á Dios, 
hay buenas almas sobre la tierra ! 

— ¡Ah, caballero! demasiado bien lo 
probáis. 

— ¿Qué queréis? la cosa es muy senci- 
lla.... la dicha de los viejos... es gozar de 
la de la* Jóvenes.... 

Rodin pronunció estas palabras con im» 
bondad i.in perfecta, que Rusa Pompon 



sintió humedecerse sus ojos y repuso con- 
movida : 

—Oid, caballero. Cefisa y yosomosunas 
pobres jóvenes : es verdad qtie hay otras 
que son mas virtuosas, pero me atreveré 
á decir que tenemos buen corazón: si al- 
guna vez estuvieseis enfermo, no hay her- 
mana de la caridad que pueda cuidaros 
mejor que nosotras... Esto es lo único que 

podemos ofrecer sin hacer cuenta con 

Phiiemon á quien yo baria aserrar en cua- 
tro partes por vos: lo prometo bajo pala- 
bra de honor, del mismo modo que puedo 
asegurar que Cefisa baria otro tanto rela- 
tivamente á Santiago con quien podréis 

contar siempre. 

—Ya veis, hija mia, que yo tema ra- 
zón cuando decia: mala cabeza, buen co- 
razón Adiós, hasta la vista. 

Rodin tomando en seguida el cesto que 
habia dejado en el suelo al lado del pa- 
raguas, se disponía á bajar la escalera. 

— Dadme ese canasto que puede impe- 
diros bajar, dijo Rosa Pompon quitándo- 
selo efectivamente á Rodin de las manos 
á pesar de su resistencia: en seguida 

añadió : 

—Apoyaos en mi brazo; la escalera es 
tan oscura.... podríais tropezar. 

—Acepto la oferta, hija mia, porque no 

soy muy animoso. 

Y apoyándose paternalmente en el bra- 
zo de Rosa Pompon que llevaba el cesto 
en la mano izquierda, Rodin bajó la esca 
lera y atravesó el patio. 

— Mirad, ¿veis allí arriba, en el tercer 
piso, aquella caraza pegada á los vidrios? 
dijo de pronto Rosa Pompon deteniéndose 
en medio del patinillo; ese es Nini Mou- 
lin ¿Le reconocéis? ¿es el mismo que 

decís ? 

—Sí, el mismo , dijo Rodin después de 
haber levantado la vista; y al mismo tiem- 
po hizo con la mano un saludo muy afec- 
tuoso ó Santiago Dumoulin quien, atóni- 
to, se retiró de pronto de la ventana. 



— I Pobre hombre ! Estoy seguro q«e 
me tiene miedo... desde su pesada broma, 
dijo Rodin sonriendo... he hecho mal.... 

Y acompañó las palabras lie heclw ¡nal 
de un siniestro movimiento de labios que 
Rosa no pudo notar. 

— Vamos, hija mia, le Jijo al entrar los 
dos en el corredor, ya no tengo necesidad 
de vuestro apoyo; suliid pronto al cuarto 
de vuestra amiga y comunicadle las ;lMie- 
nas noticias que sabéis. 

— Sí, señor, tenéis razón : porque estny 
rabiando por ir á decirle cuan bueno sois. 

Y en esto Rosa Pompon echó á correr 
á la escalera. 

— ¡ Y bien I ] y bien ! ; esa loctiela se 
lleva mi cesto! dije Rodin. 

— j Ah I es verdad; perdonad, Mr. Ro- 
din , tomadlo. ¡ Pobre Cefisa 1 ¡ qué con- 
tenta va á ponerse I : Adiós, caballero. 

Y la gentil persona de Rosa Pompon 
desapareció en el limbo de la escal* ra que 
ella subió con impaciencia y alegria. 

Rodin salió del corredor. 
— Aquí tenéis vuesíro cesto, buena mn- 
ger, dijo deteniéndose en la puerta de la 
tienda de la lia Arsène. Machas gracias 
por vuestra bondad. 

— No hay de qué, mi digno señor: lo- 
do lo que yo tengo está á vuestra disposi- 
ción, ¿y el rábano era bueno? 

— Suculento, amiga mia, suculento y 
escelente. 

— Me alegro mucho. ¿Volveréis pronto? 
— Espero que sí: ¿podríais indicarme 
un buzón inmediato? 

— Volviendo á la izquierda, la tercera 
casa, en la tienda de ultramarinos. 
— Muchas gracias. 

— A|)ueslo que se trata de una carta 
amorosa para vuestra amiga, dijo la lia 
Arsène á quien sin duda el contacto ëe 
Rosa Pompon y de Nini Moulin habia aJ<;- 
grado un poco. 

— ¡ Eh... eh... eh! buena mugef, dfjo 



%TlT7B. 



m 



BoJin barláiídose*, poniéndose en seguida 
enteramente sário, saludó prufundanienle 
á la frutera, diciéndula : 

— Servidor vuestro, 

Y salió á la calle. 



Ahora vaioos á cond»K-ir al Icclur á la 
rasa del doctor Raleiriier dundo se tiallaba 
lodavia encerrada Mlle, de Cardovilic. 
XXXll. 

LOS CONSEJOS. 

El encierro de Adriana deCardnvilleen 
)fl casa del docti»r Baleinier habla sido mu- 
cho mas estrecho desde la doble y noctur- 
na tentativa de Agricol y Dagoberlo, en 
cuya consecuencia el suldadt) gravemente 
herido consiguió, gracias al interés del in- 
trépido Agricol ayudado por el heroico 
Quitasolaces, llegar hasta la puertecita del 
jardin del convento, desde donde echó á 
correr por e' boulevart esterior con eljó- 
\en herrero. 

Acababan de dar las cuatro, y Adriana 
(iesde el dia anterior habia sido conduci- 
da á un cuarto del piso segundo de la ca- 
sa de sanidad ; la ventana , defendida por 
Hna reja y cod sobradillo, impedia dar á 
este cuarto la claridad regular. 

Desde su última conversación con la 
Gibosa, la jóvon esperaba recobrar su li- 
bertad de un dia á otro por medio de la 
intervención de stis amigos; pero al mis- 
mo tiempo estaba d»lorosamentein({uieta 
por Agricol y por Dagoberto. 

Ignorando att^oliitamente el resultado 
de la lucha que habla tenido lugar una de 
las noches precedentes entre sus liberta- 
dores y los criados de la casa de locus y 
del convento, trató de averiguarlo inútil- 
mente por sus guardas, los cuaíes pcrnia- 
riecieron n»udos. 

Estos nuevos incidentes aumentaban 
mucho mas los amargos resentimientos de 



La lijera palidez del lindo rostro de 
Mlle, de Cardoville y las ojeras de sus be- 
llos ojos revelaban recientes aiiiarguia>; 
mentada delante de una ntesita , con la 
frente apoyada en sus manos , ntedio cu- 
bierta con los espaciosos rizos Jo sus ca- 
bellos dorados, ojeaba un libro. 

Uepeiitinamenic se abrió la puerta y 
entró el doctor Baleiíiier. 

Este, jesiiita de paisano, instrumento 
pasivo y dócil de la vo untad de la Orden , 
f)o guiaba enteramente, según hemos di- 
cho, (le la entera conlianza del V. d''Ai- 
grigny ni de la princesa de Saint-Dizier. 
Ignoraba el t>bjeto del encierro »Je M líe. 
de Cardoville y la repenfii;a mudanza do 
posición de la víspera entre el I'. d'Ai- 
grigny y Rodin, después de la lectura del 
testamento de Marius de Uenepont. 

El doctor solo habia recibido la vísprta 
la orden del P. d'Aigrignj (obediente de.- 
de entonces á las inspiraciones de Rodin) 
de esti echar mas el encierro de Mile, du 
Cardoville, de redoblar su severidad res- 
pecto á esta y en fin de procinar obligar- 
la, ya verenios por que medio, á que re- 
nunciase á dar la (jueja que se proponía 
dar despoes contra sus opresores. 

AI ver al doctor. Mile, de Cardoville no 
pudo disimular la aversion y el desprecio 
que este hombre le inspiraba. 

Mr. Baleinier al contrario, siempre con 
la sonrisa en los labios, siempre du!ce, se 
acercó á Adriana con entera libertad y 
confianza, se detuvo á pocos pasos de ella, 
Como queriendo examinar las facciones de 
la joven, y en seguida dijo, suponiendo es- 
tar satisfecho de las observaciones que 
acababa de hacer : 

— ¡Vamos! los desgraciados aconteci- 
inien:os de la noche de antes de ayer ten- 
drán una influencia menos funesta de lo 
que yo temia. Hay mejoría , el cutis es 



Adriana contra la princesa de Saint-Di- I mas claro, el aire mas tranquilo, los ojos 
zicr, el P. d'Aigrigny y .mjs secuaces. | conservan aun alguna viveza, pero no 



176 



ALBUM 

¡ Esta 



aquel brillo de un estado normal 

hais tan bien! El ft'rniino d» vuestra 

cura se ha retardado porque lo que 

desgraciadamente ha sucedido dos días 
hace ha producido una exaltación tanto 
mas funesta, cuanto que no habéis tenido 
el menor conocimiento de ella. Pero fe- 
lizmente , y con nuestros cuidados , es- 
pero que vuestro restablecimiento no tar- 
dará mucho. 

Por habituada qge estuviese Adriana á 
la audacia del hermano de la congrega- 
ción , no pudo menos de decirle con una 
amarga y desdeñosa sonrisa : 

— iQué impudente probidad es la vueà- 
Ira, caballero 1 ¡qué desfachatez en Vues- 
tro celo en ganar bien el dinero I. ..Nunca 
os quitáis la máscara un solo momento: 
siempre taimado y embustero. Verdade- 
ramente, si esta vergonzosa comedia os 
causa tanto tiedio como á mi desprecio, 
nunca estaréis soficientemente retribuido, 

— ¡Qué desgracia ! respondió eJ doctoi* 
con tono compungido ¿porqué tenéis la 
fune.>ta mánia de creer que no. necesitáis 
de nuestros cuidados? 

Es posible que os imaginds que os en- 
gaño al hablaros del doloi;oso estado en 
que estabais cuando fué preciso conduc¡T 
ros aqni sin que lo supieseis. Pero, es- 
cepto e>ta pequeña prueba de vuestro re 
beldé mal, vuestra posición se ha mejo- 
rado maravillosamente: camináis á una 
completa cura. Mas tarde, vuestro esce- 
le.-ite corazón me hará la justicia que me- 

rezc'"» y al;;un dia seré juzgado como 

debo. 

— Yo lo creo , sí, ya llegará el dia que 
seréis juzgado como debéis, dijo Adriana 
recalcando estas palabras. 

¡ Siempre fija esta otra idea ! repuso el 
doctor con unaespecjedecoofíiseracion... 
Vamos, sed razonable y, nopyenseis masen 
estas niñerías, 

—^Renunciar á pedir á, los, tribunales la 



reparación que mees debida y la deshonra 
para vos y para vuestros cómplices! ¡ja- 
más! ¡ oh ! no, ¡jamás! 

— ¡Bueno! dijo el doctor encojiéodose 
de hombros... cuando estéis libre, ¡gracias 
á Dios I ya pensareis en otra cosa, nu lin- 
da enemiga. 

Olvidáis piad*)samente el mal que os 
liactis..^. pero yo tengo una menoría me- 
jor. 

Hablemos con formalidad. ¿Pensais se- 
riamente en acudir á los tribunales? re- 
puso el doctor Baleinier con tono gravfe. 

— Si señor; ya sabéis... lo que yo quie- 
ro.... pienso hacerlo formalmente. 

— Pues bieti; os ruego y suplico quenó 
prosigáis en vuestra idea, añadió el doctor 
con tono cada vez mas compungido; os lo 
pido por favor y en nombre de vuestro 
propio interés. 

— Me parece que confundís un poicó 
vui'Stros itUereses con los mios. 

— Veamos, dij.o el doctor Baleinier con 
fingida impaciencia y como si estuviese 
cierto de convencer al itistante á Mlle, de 
Cardoville; veamos, ¿tendríais el triste 
valor de sumir en la desesperación dos 
personas generosas y de buenos sentimien- 
tos? 

— ¿Solamentedos? La chanza seria mas 
completa si dijeseis tres: vos, mi tía y el 
abate d'Aigrigny.... pori¡ue sin duda al- 
guna esas son las personas generosas en 
cuyo nouibrf invocáis mi conmiseración. 

— Señorita, no se Ira a de mi, ni de 
vuestra tía, ni del abate d'Aigrigny. 

— líntonces, ¿de (piieii ? dijo Mlle, de 
Cardoville sorprendida. 

— De dos pobres diablos (juu enviados 
sin duda por los que lldoiois vueslrosami- 
gos, Se han introducido en el convt'nto ia- 
medialo la otra noche, y lian pasado de 
aljí al jardin de esta casa.... Los tiro» 
que habéis oido han sido dirigidos coiilJ-á 
ellos. 



¿1.BI M. 



177 



--i Ay ! i ya me lo imaginaba yo! ¿y 
'porque no me lian diclio si h;>y al¡j;imo 
lierido? dijo Adriana con d'iKiro.-a ( mo- 
ción. 

El lino de lijos lia recibido ima herida, 
'aunque poro i;rave puesto (¡ueha podido 
andar y osoaiiar-e de las manos de lus que 
V pcrsfgiiiiin. 

— ¡ Biiidito sea Dios! esclamó IMlle. 
de Cardoville juntando las manos con fer- 
vor. 

— Nada mas loable que vuestra alegria 
al saber (juc se lian escapado- peroiiie>e 
caso, ¿por (jiiL* queréis aliorfliacer inter- 
venir á la justicia contra ellos? Verdade- 
ramente que es un modo ^gular de agra- 
decer su Celo. 

— ¿Qué dice Vd., caballero? preguntó 
Mlle', de Cardoville. 

— Porque al fin, si llegasen á prender- 
los, repuso el doctor sin responderla , co- 
rnu han cometido el delito de escalamiento 
y de fracción durante la noche, irán á 
presidio. 

— ¡Cielos! ¡y por m¡ causa! 

— Por vuestra causa , y lo que es peor, 
serán condenados por culpa vuestra. 

— ¡Por mi culpa caballero! 

— Ciertamente, si persistís en vuestras 
Ideas vengativas contra vuestra tia y con- 
tra el abate d'Aigri^iiy (no os hablo de 
hií, yo estoy á cubierto); en una pala- 
bra , si os empeñáis en (¡neja ros á la jus- 
ticia de haber sido encerrada en esta rasa.. . 

— Caballero, no os comprendo. Fspli- 
caos dijo Adriana cada Vez mas in- 
quieta. 

— ¡Oué niña sois! esclamó •! jesuíta 
con 4i c de convicción, ¿creéis qtie si la 
justicia llega á entrar en este asunto, será 
posible detener su acción y sn curso se- 
gún se quiera y como se quiera? 

(^lando salíais de a']iii os quejareis de 
mi y de vuestra familia , ¿no es verdad? 
¿y qué sucederá? La justicia ínter. endrj, 



se informará n'lir.5 testigos y hará las mas 
minuciosas irucsti-ariones. ¿Cuál será la 
consecuencia? Oiie este asalto nocturno 
que la superiora del convento tiene inte- 
rés en ocultar por temor de un escándalo; 
que esta tentativa nocturna, repito, que 
tampoco yo quisiera diviil-;ir, mayor- 
mente tratánilose de un crimen grave y 
que trae consigo una pena infamante, la 
justicia tomará en él la iniciativa, tratará 
de buscar á csos desgraciados, y si, como 
es probable estén detenidos en Paris por 
algún diber, ya sea de su profesión, ya 
por la falsa seguridad de haber obrado 
por UH motivo Ijonroso, los encontrase y 
los prendiesen ¿quién será la causa de 
esta prisión"? Vos misma deponiendo con- 
tra ellos. 

— Kso seria horrible eso es impo- 
sible. 

—Al contrario, muy posible, repuso 
el doctor'. Asi, mientras que yo y la su- 
periora del convento que somos los úni- 
cos que tenemos derecho á quejarnos, solo 
tratamos de echar tierra á este asunto, 

vos vos por quien estos desgraciados 

se han espuesto á ir á presidio, vais á en- 
tregarlos en poder de la justicia. 

Aunque Mlle, de Cardoville no íe dejó 
engañar enteramente por el jesuíta de pai- 
sano , conoció que los sentimientos com- 
pasivos que demostraba en favor de Da- 
goberlo y de su hijo no estarían subordi- 
nados del todo al partido que ella toma- 
rla de abandonar ó no la legítima ven- 
ganza que quería pedir á la justicia 

Kfec'.ivamente Kodin , cuyas instruc- 
ciones seguía el doctor sin saberlo, era 
demasiado hábil para hacer decir á Mlle, 
de Cardoville: si dais el menor paso, se 
denunciará á Dagoberto y á su hijo: al 
mismo tiempo que conseguía los mismos 
lines ín.;['irando suficiente tenor a Adria • 
na sut)re sus dos libertadores, para qui- 
tarla de la cabeza su idea. 
Mi' 



178 



ALBUM. 



Mlle, de Cardoville, sin saWr lo que 
la Icy previene, tenia bastante sentido 
común para dejar de conocer que efecti- 
vamente Dagoberto y Agricol podían ser 
inquietados seriamente á causa de su ten- 
tativa nocturna y hallarse en una cruel 
posición. 

Y sin embargo, al ^pensar todo Cnanto 
habia sufrido en aquella casa, contando 
con los justos resentimientos que se ha- 
blan aglomerado en su corazón, parecía 
cruel á Adriana cl renunciar al triste pla- 
cer de descubrir y revelarían odiosas nta- 
quinaciones. 

El doctor observaba con taimada aten- 
ción á la que creia haber engañado, bien 
persuadido de que conocía la causa del 
silencio y de las torgiversaciones de Mlle. 
de Cardoville. 

— Pero en fin, repuso ósta sin poder 
disimular su turbación ; suponiendo que 
yo estoy decidida , por cualquier motivo, 
á no quejarme y á olvidar el daño que se 
me ha causado, ¿cuándo saldré de aqui? 
— No lo sé, porque ignoro la época en 
que estaréis curada radicalmente, dijo el 
doctor con bondad. Estais en buen ca- 
mino pero 

— Siempre la misma estúpida é inso- 
lente comedia, esclamó Mlle, de Cardc- 
\ille interrumpiendo al doctor con indig- 
nación; os pregunto, y aun os ruego que 
me digáis cuanto tiempo debo estar en- 
cerrada en esta horrible casa; porque al fin 
supongo que algún dia debo salir de ella. 
— Ciertamente asi lo espero, respondió 
el je«uila compunjido; cuando?... lo ig- 
noro.... Ademas debo deciros franc?tr,in- 
te que se lian lomado todas las precau- 
ciones necesarias para qus no se renueven 
tentativas semejantes A las de la noche 
pasada.... y se ha establecido la mas ri- 
gurosa vigilancia para impediros toda co- 
n»unicacion con !as gentes de afuera : y 
esto por vuestro interés y con e! objeto de 



que vuestra pol)re cabeza no se oc?aÍt^ 
de nuevo peligrosauií rite. 

—Con que según eso, dijo Adriana ca- 
si asustada , según lo que me espern los 
dias pasados eran dias de libertad ! 

— Vuestro interés es antes que todo, 
respondió el doctor ccn lono penetrado. 

Conociendo Mlle, de Cardoville la im- 
potencia de su furor y desiidesesperacioVí, 
dio un profimdo suspiro y ocultó el ros- 
tro con las manos. 

En este momento se oyeron por la par- 
le de afuera algunos pasos precipitados, 
y un guarda de la casa entró en el cuar- 
to después de haber llamado. 

— Caballero, dijo este al doctor coníiire 
agitado: abajo fiay dos señores q»e soli- 
citan hablar con usted y con la señorita. 

Adriana levantó de pronto la cabe- 
za: sus ojos estaban arrasados de lágri- 
mas. 

— ¿Cómo se llaman esas persona>? pre- 
guntó el doctor sumamente admirado. 

— Uno de ellos me ha dicho : decid al 
señor doctor que soy magistrado y (pie 
vengo aqui «in una misión judicial relati- 
va á Mlle, de Cardoville. 

— lUn magistrado! esclamó el jesuíta 
de paisano poniéndose coior violeta y no 
pudiendo apenas contener su sorpresa é 
inquietud. 

— ; Bendito sea Dios! escfanió Adriffua 
levantándose con prontitud y manilVslan- 
do en su semblante bañado en lágrima.-í 

una viva esperanza ;Mis amigos han 

sido advertidos á tiempo!... ;Ya llegó la 
hora de hacer justicia ! 

— Decid á estas personas qtie suban, 
repuso el doctor después de un instante 
de rellecsion. 

En seguida y cada vez mas inquieto y 
alterado se acercó á Adriana con un aire 
ceñudo y casi amenazador que contrasta- 
ba con la serenidad habitual de su hij)ócrt- 
ta sonrisa, y la dijo en voz baja: 



ALBI't. 



— •: " I ado ,' scnorita !... ¡no os alo- 
■greis domasiadí» pronto ! 

— Ya no os tomo, rospondiiS Mlle, do 
Cardüvilk» cuyos ojos e>t3ban l)rillanles y 
radiosos; sin duda alguna Mr. dt> Monl- 
bron , á su vuelta á Paris, habrá sido 
"prevenido á lietDpo... y viene acompa- 
ñado del magistrado ^ara sacarme de 
a(]uí. 

Poco después Adriana añadió con acen 
to de amarga ironía. 

— Caballero, mucha compasión me ins- 
pirais vos y los vuestros. 

— Señora , exclamó el doctor no pu- 
dieiido disimular massu escesiva angustia; 
os repito (|ue tengáis cuidado.... pensad 
en lo que aóabo de deciros... vuestra ijue- 
ja acarreará Uícesariamente.. ».ya meen 
tendéis.... el descubrimiento de lo (jue 
lia sucedido anoche ¡ Cuidado! El ho- 
nor y la suerte de ese s-oldadoy de su hijo 
estañen vuestras manos... pensadlobien... 
pues se trata nada menos que de presi- 
dio. 

— ¡ Oh ! no conseguiréis engañarme.... 
vuestras palabras son una amenaza indi- 
recta; á lo menos tened el valor suficien- 
te para decirme que si me quo}o á este 
magistrado delatareis al instante al solda- 
do y á su hijo. 

— Os repito que si os quejáis, esasjen- 
les son perdidas, re^^pondió el doctor de 
un modo ambiguo. 

Adriana , dudando algún tanto con el 
temor que le inspiraban las antenazas del 
doctor, repuso : 

— Kn fin, ¿creéis que si el magistrado 
me interroga yo seré capaz iW' mentir"' 

— Responderéis la verdad. Ademas, se 
apresuró á decir el doctor esperando con- 
seguir sus fines; diréis que os hallabais 
en un estado tal de ecsaltacion desde al- 
gunos días á esta parte, que por interés 
Vuestro se ha creido deber traeros aqui 
8ÍQ que lo sepáis; pero que en el dia estais 



mucho mejor y reconocéis la utilíd.id de 
la medida (jue lascirruiistaticias han obli- 
gado á lomar por vufstro inlrrés. YiKon- 
(irmaré estas palabias..». puts bien mira* 
do es la pura verdad. 

— ¡Jamás! eselamó indignada Mlle.de 
('ardoville; jamás tuv liaré có«nplice de 
ima mentira tan infame ; jauí.is comett-ff!' 
la bajeza de ju>tiíirar de ese modo las in- 
dignidades que tanto me han heciio pa- 
decer. 

— Aqui está ya el majistrado, dijo Mri 
Baleinier al oir los pasos al otro lado de 
la puerta. ¡ (Cuidado ! 

Efectivamente, abrióse la puerta, y 
con la mayor sorpresa del doctor, se pre- 
sentó Rodil! acompañado de un hombre 
vestido de negro y de fisonomía digna y 
severa. 

Para favorecer sus proyectos y por mo- 
tivos de astuta prudencia , Rodin lejos de 
prevenir al padre dWigrigiiy , y por cot.- 
siguiente al doctor, de la inesperada visita 
que pensaba hacer en compañía de un 
magistrado en la casa de sanidad, había 
encargado la víspera al doctor que se es- 
trechase mas á Mlle de Carduvílle. 

Es fácil pues de comprender la doble 
admiración de Mr. Baleinier al ver entrar 
al juez cuya impoiit-nfe lisonomia é ines- 
perada presencia tanto le in(|uietaban al 
verle, decimos, acompañar á Rodin, el 
humilde y oscuro secretario del abate 
d'Aigrigny. 

Rodin, sórdidamente vestido, como 
siempre, y con un gesto respetuoso y com- 
pasivo señaló al magistrado á Mlle, de 
Cardoville. 

En seguida y al mismo tiempo que el 
uez no habia podido reprimir un movi- 
miento de admiración al ver la rara bel- 
dad de Adriana , pareció examinarla con 
sorpresa é interés; el jesuíta retrocedió 
modestamente algunos pasos. 

El doctor estraordinariamenle admira- 



180 

do y esperando q\is Rodin le comprende- 
ría, le hizo sin cesar varias senas de inle- 
ligencía , procurando inlerrogarle de e?te 
modo sobre la inopinada presencia del 
magistrado. 

Otro motivo admiraba también al doc 
tor: Rodin no pareció rt conocerle ni com- 
prender la menor cosa de su espresion 
pantomímica, y se le quedó miran'do con 
afcc'ado aturdimiento. 

En fin en el mismo instante en que el 
doctor ya impaciente, nproducia las mu- 
das preguntas, Kodin dio uu pasoadelan- 
te, alargó su torcido cuello hacia él y le 
dijo en voz muy alto: 

— ¿Qué dice Vd. señor doctor? 

A estas palabras que desconcertaron 
enteramente al doctor y que rompieron 
el silencio que reinó duratite algunos se- 
gundos, el magistrado se volvió á Rodin, 
y este dijo con imperturbable serenidad : 

— Desde nuestra llegada, el señor doc- 
tor me está haciendo infinidad de señas 
misteriosas... Sin duda tiene alguna cosa 
estraordinaria que comunicarme.... Pero 
yo que no tengo secretos, le ruego que se 
esplique en alta voz. 

li)>ta réplica, tan embarazosa pata Mr. 
Raleinier, pronunciada con tono agresivo 
y acompañada de una mirada glacial, su- 
mió al médico en tan nueva y profunda 
admiración, que estuvo algiuios instantes 
sin responder. 

Sin duda el magistrado notó este inci- 
dente y el silencio que se siguió, pues nd 
• ró al doctor con gran severidad. 

Mlle, de ('arduviile, (jue esperaba ver 
entrar a Mr. de Monlbron, se quedó igual- 
mente atónita. 

XXXUI. 

BL ACISADOR. 

Mr. Baleinier, desconcertado un mo- 
mento con la inesperada preíciicia de un 
magistrado y con la ¡nespUcable actitud 
9d Rodin, no tardó en recobrar su iere- 



AL3DM. 

nidad , y dirigréndose á su colega de ba- 
landrán largo, le dijo: 

— Si yo he procurado que me enten- 
dieseis por señas, la razón es que desean- 
do respetar el silencio del señor^ al entrar 
en mi casa , ( el doctor señaló con la vista 
al magistrado) (jueria manifestar la sor- 
presa que me ha causado una visita cuyo 
honor no espera blá. 

— Caballero, yo manifestaré â la seño- 
rita el motivo de mi silencio, rogándole al 
misino tiempo que se sirva disimularme, 
respondió el magistrado, inclinándose 1¡- 
"eramente hacia Adriana, á quien conti- 
nuó dirigiéndose. Acaban de hacerme una 
declaración tan grave relativamente ¿ 
vuestra persona , señorita, que no he po- 
dido evitar el permanecer un momento 
mtido y recajido á vuestro aspecto, pro- 
curando leer en vuestra fisonomía y en 
vuestra actitud si la acusacioh que han 
heblio era fondada.... y tengo motivos de 
creer que efectivamente lo es. 

— Caballero, ¿pudiera yo saber defini- 
tivamente á quien ter>go el honor de ha- 
blar? dijo él doctor con tono mUy atento 
y firme. 

— Soy juez de instrucción y vertgo á 
¡lustrarme de un hecho qiíe me han l*e- 
velado. 

— Tened la bondad de esplicaros, dijo 
el doctor inclinándose. 

— Caballero, repuso el magistrado que 
tenia por nombre .Mr. Gernande, hombre 
con)o de unos cuarenta año», lleno de fir- 
meza y de rectitud, y que sabia conciliar 
los austeros deberes de su posición con 
una amable política: se os acusado haber 
cometido un.... error sumamente grave 
para no valerme de ^mac^p^esion de n)as 
consecuencia, lín cuanto á la especie de 
este error, pieliero creer que vos, prin- 
cipe de la ciencia, habéis podido engaña- 
ros completamente en la apreciación de 
un hecho medical , mas bien que sospe- 



A1.III.V. 



1.SI 



char qiio liabiis (lodiju olvidar lu «aforado 
(Ici ejVrcicio de una prufeî-iun (jue l's casi 
un sact r locio. 

— Cuando hayáis ospccilicad lus lie- 
dlos, nie será fácil probar (pu; nu* coii- 
ciiMU'ia oitMitiriiM did ii.i.NUio modo (pie nii 
roiicienci.i dt' lioiuhre de hieii, están á cu 
l)ierto di> esa ii'( riiiiin;icion, r<'>pntidióc()ii 
ciorlo iiire tic ailaiioria cl jcsuila de ha • 
laiidrao c<irto. 

— Senorila, repujo Mr. Ci"rnar.de, di- 
rigiéndose á Adriana, ¿es verda<l <pio os 
han condiuidi) a(pii por sorpiesa? 

— ¡Caballero esclanió Mr. Haleinior, 
permitidme que os haga observar que cl 
modo con que liacei^ esta pregunta es ul- 
trajante para mi. 

— Caballero, á la señorita esa quien 
tengo el honor de dirigir la palabra, res- 
pnndió severamente el magistrado; yo 
soy el único juez de la conveniencia de 
mis preguntas. 

Adriat)a iba á responder afirmativa- 
mente al juez, cuando una espresiva mi- 
rada del doctor le recordó que iba tal vez 
á esponer á Dagoberto y á su hijo á crue 
les pesquisas. 

Adriana no estaba nníniada de un bajo 
y vulgar sentimiento de venganza, sino 
de una legitima indignación contra odio- 
sas liipiHie>ía>; hubiera creido una bajeza 
no de>enmascararlas, pero queriendo tra 
tar de conciliar todas las cosas, dijo al 
maji>trado con un acento de dulzura y dig- 
nidad : 

— Caballero, permitidme (jue por mi 
parte <>■> haga una pregunta. 

— Hablad señorita. 

— ¿La respuesta que voy à daros se- 
rá co;i>iderada como una denuncia for- 
mal? 

— Señorita, mi presencia a^juí tiene 
ante todas cosas el objeto de buscar |j 
verdad... no hay coioideracion alguna que 
deba haceros disimularla. 



— líohorabijena , caballero, repuso 
Adriana; pero suponvd que',leçiiendo jus 
tos uutlivos de queja , os los e^pongo con 
el objeto de oblemrla '*')lori/aci<>n de sa- 
lir de esta ca-ia. ¿Me sera permitido <"0n 
liiiuar una declaración cpie os haga? 

— Sin duda alguna poileis hwerlo.'pfro 
la justicia tomará por suya vuestra capsa 
en nombre de la sociedad, y >i esia habi- 
do (ifiMidi .'a on vuL'<tra persona... 

— No tne srrá permitido perdonar, ca- 
ballí'ro? Un desdeñoso olvido del mali|ue 
me han hedióme seria una venganza su- 
ficiente. 

— Señorita, podéis perdonar y olvidar 
personalmente, pero al mismo tiempo 
tengo el honor de repetiros que la socie- 
dad t.o puede manifestar igual indulgen- 
cia e,n el caso que hayáis sido víctima de 
una intriga culpable.... y todo me induce 

á creer que en efecto ha sido a>i El 

modo con tjue os esplicais, la generosidad 
de vuestros »entimientos, la tran(]uilidad 
y calma de vuestra actitud, me hacen creer 
(jue no he sido engañado. 

— K^peroque á lo menos me haréis sa- 
ber la declaración que os han hecho, re- 
puso el doctor recobrando su serenidad. 

— Me han afirmado, respondió severa 
mrnte el magi>trado, que Mlle, de Car- 
doville ha sido traida aquí por sorpresa. 

— ¿Por sorpresa? 

— Si, señor. 

— Ks verdad , la señorita ha sido con- 
ducida aquí por sorpresa , respondió el 
jesuíta de balandrán corto, después de uh 
instante de silencio. 

— ¿Con qué convenís en ello? preguntó 
M. Gernande. 

— Sin duda alguna; convengo en (jue 
he recurrido á un espediente á que por 
desgracia nos vemos obligades cuando las 
per>oiias (pie necesitan de nue^lro nu'nis- 
terio no e.>tán pt rsuadidas del triste esta- 
do en (|uo se hallan. 
46* 



182 ALBUM, 

— Pero me han añadido que Mlle, de 
Cardoville no tenia la menor necesidad 
de vuestro ministerio, repuso el magi:- 

trado. 

— Esta es una cuestión de medicina le- 
gal £jue la justicia no tiene únicamente ¡a 
misicn de ecsaminar, pues debeserdeba- 
tida contradictoriamente, respondii) el 
doctor recobrando toda su serenidad. 

— En efecto, esta cuestión será deba- 
tida con tanta mas seriedad, cuanto que 
se os acusa de liabcr encerrado aquí á 
Mlle, de, Cardoville, aunque goza de toda 
su razón. 

— ¿Y con qué objeto? respondió M. de 
Baleinier encogiéndose ligeramente de 
hombros y con tono irónico, ¿(¡ué interés 
liabré yo tenido en cuniter semejante in- 
dignidad, aun suponiendo que mi repu- 
tación no me pusiese á cubierto de tan 
odiosa y absurda acusación? 

— Con el objeto de coadyuvar á uu 
complot de familia tramado contra Mlle. 
de Cardoville, por avaricia. 

— ¿ Quién se ha atrevido á hacer rma 
declaración tan calumniosa? esclanKi el 
doctor con acalorada indignación, ¿quién 
ha tenido la audacia de acusar á un hom- 
bre respetable, y aun dire respetado bajo 
todos conceptos , de haber sido cómplice 
de una infamia semejante? 

— Yo... respondió friamente Rodin. 

¡Vos! esclamó el doctor* 

Y retrocediendo dos pasos (¡uedó como 
herido de un rayo. 

— Yo soy quien os acusa, repuso lio- 
din con voz clara y breve. 

— Si; repuso el magistrado retrocedien- 
do un paso para que Adriana pudiese ver 
á su defensor; esta maùana ha venidu el 
seíior, provisto de pruebas suficientes, 
á rcclam.ar mi intei vención en favor de 
Mlie. de Cardoville. 

El nombre de Uodinno había sidopro 
nunciado hasta entonces en esta escena. 
Mlle, do Cardoville habia oido hablar 



muchas veces y bajo malos auspicios ùA 
secretario del abate d'Aigrigny ; [.«to C(j- 
mo jamas le habia visto ignoraba que su 
libertadorera nada menos que este je^ui- 
ta ; asi es que en el acto !e miró con cii- 
riosidad, interés, si-rpiesa y reconoci- 
mienlo. 

La cadavérica figura de Hodin , su as- 
querosa fealdad, sus sórdidos ve>lidos, hu- 
bieran causado á Adriana pocos dias antes, 
un asco tal voz invencible; pero la joven 
se acordaba que la GiDosa , pjbre. enfer- 
miza, deforme y casi vestida deguinaptís, 
estaba dolada , á pesar de su desgraciado 
esterior, del mas noble corazón que sea 
posible admirar: estf recueido fué sin- 
gularm-Mite favorable ai jesuiía. Mlio. ña 
Cardoville olvidí) que era feo y sucio pa- 
ra pensar que era viejo, (|ue parecía po- 
bre y <|ue venia á socorrerla. 

El doctor, á pesar de su astucia , de sU 
audaz hipocresia y de su presencia de es- 
píritu, no podia ocriltar lusta (¡ue punta 
le habia alterado la denuncia de Itodin • 
perdía la cabeza, pensando que a! día si- 
guiente del encierro de Adriana en esta 
casa, era el implacable giiío que dio Ho^ 
din al través del postigo de la puerta del' 
cuarto el que le habia impedido ceder í 
la compa-íion que le in>piró el desespera- 
do dolur de esla desgraciada joven, redií-^ 
cida á dudar ca»¡ de su razón... Y el ine- 
xorable Ilodin, el celoso subalterno def 
abate (PAigrigny era quien denunciaba at- 
doctor y quien habia llamado á un jiiez 

para obtetier la libertad de Adriana 

al paso que la víspera el P. d'Aigrigny le 
habia mandado redoblase su severidad 
hacia ella. 

El joMiita de balandrán corto se per- 
suadió que Piodin vendía al P. d'Aigrigny, 
y quü los amigos de ¡Mlle, de Cardoville 
babian corrompido y pagado á este mise- 
rable secretaiio; asi es que el doctor exas- 
perado de lo que él consideraba como una 



X»Lt'M. 



IF^ 



fn^nslriiosa Iraicion , csclaiini do luievo 
iiu1i^na<]o y con voz cortada por la ira : 

— ¿ Y suis vos, Vos qnicii li»'ne valor 
para atiisartnc? ¡vos (iiiii-ii todavía no 
lia-e miiclios di.is ! 

Ui'lli'xionandi) rnlonrcs que acusar á 
Hodin de complicidad era acusar>e á sí 
niisniü, pareció cederá una vi\í>inia emo- 
ción. 

— ¡Allí caballero, caballee», vos sois la 
última persona á (im'en yo bub'era crei- 
do capaz de tan odiosa deluciji!... jes co- 
sa verfionzosa ! ... 

— ¿Y (|uii'n mejor que yo puliera de 
nunciar esla ind¡;iriida'l ? respomlió U «din 

cufi tono ru !o y decidido ¿No e.>tala 

yo en posición de l.acer conocer.... y por 
desgracia ileme^iado tarde, de que. iníri|:a 
Mlle, de Cardoville y oirás varias perso- 
nas eran víctimas? ¿(^uái es el deber en- 
tonces de un liüuibre de bien? advertir 

al magistrado probarle lo que le de- 

cia y acompañarle liso es to que lie 

bcclio. 

— Asi señor maíjislrado, re|)uso el 

doctor, no soy solamente el acu-ado, sino 
es que aun se atreve á acusar 

— Acaso al abale de Ai¡;rij:ny, respon- 
»iió Rodin levantando la voz é inlt-rrum- 
piendo al doctor, acaso á Mme. fie Saint 
Üizier y á vos de habfr encerrado á esta 
señorita en esta ca*a , y las hijas del ma- 
riscal Simon en el coiiveiito inmediato, 
por un vil inleré». ¿ Ks claro? 

— Por desgiaca.es mucba verdad, le- 
pnso con viviza Adriana; be visto á es- 
tas desconsoladas y desesperadas criatu- 
ras hacerme seña>;. 

La denuncia de U.)din relativamente á 
las huérfanas fué un nuevo y furmidoble 
golpe para el doctor Haleinier. 

Entonces fué cuando se convenció ple- 
namente que el traidor babia desertado 
al campo enemigo. Deseando poner cuanto 
antes un término á esta escena tan em- 



itarazosa , dijo al magistrado, procitiaiuiu 
manifestarse contento á pesar de mi viva 
emoción. 

— l'odria limilarnie^ oponer el^il«'n(¡0 
y el despri'i'io á semcjanleN acusaciones , 
hasta que una decisión judiri»! !i>s hubiese 
dado algún valor.... Pero, coníiido en mi 
co!i( icncia.... me dirijo á Mlle, de (]aid >• 
ville.... y le ruego (jue<lec!are si e>ta min- 
ina mañana no le he anunciado (pie su 
salud estarla pronto en un estado tan sa- 
tixf.ietorio que pudiese salir de esta casa... 
Pido á la señuvila , 1 1) nouibre de .--u luen 
ciiO'icida lealtad, que me responda si ha 
^ido este mi lenguaje si , al di;<^irl.i tod.) 
esto, yo no estaba solo con ella , y si... . 

-*-¡ Vamos ! dijo Kodiii ir)lerrum|)iendor 
con insolencia al doctor.»., suponed (|iio 
esta buena señorita conTifse eso por pura 
generosidaii ¿y c|ue prol)ará en vuestro 
favor? nada absolutamente. 

— ;(^ómo! csclamó el doctor : ¡comoc^s 
permitís !..». 

— Me permito desrnmnscararos sin vu»M. 
tro permiso: es verdad ipie esto eá un jr>- 
coirvenienle. ¿pero f|iie(jU(reis probarnos? 
¿que estaiidi) sola Mile, de (^ardi>vil!e le 
habéis hablado comí> sí realmente esluv.e- 
se loca?.... ¡Pardiei! la cosa es conclu- 
yente! 

— Pero, caballero dijo eldoclof. 

— Pero, caballero.. . ri'[)Us o Piidm sin 
dejarle continuar.... esevidente, previen- 
do lo que hoy sucede, y cim t\ objeto de 
tener una escapatoria , habéis Qn^ido que 
estais persuadido de vuestra r^celellle 
mentira auna los mismos ojos d«*^ est a 
pobre joven, con el objeto de invocar des- 
pués el beneficio de vuestra pretendida 

convicción ¡ Vaya, vaya! ¡á gentes de 

sentido común y de corazón leal, no seles 
viene con esos cuentos! 

— i Que significa eso !... esclamó el doc- 
tor Con eólcra. 



484 KLBVfi 

— ¿Qiié significa eso? repu oRodin, l-Ií»- 
vando mas la voz y doniiiiando la de! doc- 
tor; ¿es ó no es verdad (pie os reservais 
e! protesto de achacar este odioso encierro 
á un error científica? Yo dij^o que si, y 
añado que os creéis libre Jiciendo ahora; 
gracias á mis cuidados, Mlle, de Cardo- 
vilie lia recobrado la rezón ¿qué tnas se. 
pretende? 

— No solo lo digo, sino que lo sos- 
tenso. 



probado que la razón de Mlle, de Gardo - 
ville ha estado siempre cabal. 

— Y yo sostengo que no. 

— Yo probaré lo contrario, dijo Rodin. 

— ¡Vos! ¿de qué modo? saltó el doc- 
tor. 

— Me guardaré muy bien de dof íroslo ! 



tante salisfactuiia para que pueda volver 
al seno de su familia desde este mismo 
momento. 

— A lo menos no veo en ello un grave 
inconveni(>n!e, respondió el doctor: lo 
que sos'engo es que la cura no es tan 
completa como hubiera podido serlo; ba- 
jo e<te particular declino toda especie de 
rc^ponsabilidMil pnra lo futuro. 

— Podéis hacerlo tanto mas, cuanto que 
es dudoso que la señorita apele en lo su- 



Sosfoneis una f;ilso.l;id, porque está resívo 3 vucslr?,'? luces, respondió Rodin. 



— .V*i , es inúli! valerme de mi inicia- 
tiva para pediros que se abran al instante 
á M Pe, di; Cirdoville las [;uerlas de esta 
ca>;a, dijo el mngistrado al director. 

— La señorita es libre, enteramente Ti- 
I bre, repuso el doctor. 

— Kn cuanto á 'a cuestión de si habéis 



ahon... bien podéis imaginarlo... r.'spon- s'doencerrada preteslajido una suposición 
dio Rodin con sonrisa irónica, y en ,e- M*^ '<'^.""'''-- ^^ Justicia entenderá en €ste 
guida añadió con indignación: Oiga us- |f^'\"''^'í> Y seréis < ida. 



ted, caballero, deberíais caeros muerto de 
vergüenza antes que atreveros á suscitar 
una cuestión semejante en presencia déla 
señorita; evitadla á lo menos esta discu- 
sión. 

— ¡ Caballero! 

' — ¡Yuya! ¡vaya! deje usted eso... de- 
je usted eso.., es odioso sostenerlo delan- 
te de esta señorita ; odioso si decís la ver- 
dad, odioso si mentís, repuso Kodin con 
despreeio. 

— ¡ Se puede dar un encarnizamiento 
mas incon'ebible ! ¡me parece que el 
señor lllngi^lrado dá una ¡«ruc-ba de par- 
cialidad dejando acumular sobre mi gro- 
seras catuHiiujs ! 

— Caballero, repujo severamente 5Ir. 
Gerande , no solo tengo derecho para oír 
sino de probar todo género de conversa- 
c on contradictoria, si esto puede ilustrar- 
me; resulta pues.de todo e>to, que, aun 



— Ivsloy lran(]uilo sobre el particular, 
repuso el doctor n)anifeslándose contento: 
nada me remuerde la conciencia. 

— Asi lo deseo, responííió Mr. Gerande. 
Por graves que sean las apariencias, prin- 
cipalmente IratándO'C de personas dç vues- 
tra posición, siempre deseamos hallarino- 
centes... üirigiéndose en seguida á Adria- 
na, la dijo: comprendo lo sensible é inju- 
rioso de esta escena para vuestra delica- 
deza y generosidaij solo depende de 

vos, mas tardi*, ó acusar al doctor Balei- 
nier, ó dejar á la juslicia su rurso... Aña- 
diré una so'a palabra El hombre ge- 
neroso y b'al (e! magistrado señaló á Ro- 
din) (]ue ha lomadí) Mieslra defensa de un 
modo tan firme y desinteresado, me ha 
dicho (]ue creia saber que tal vez(]uerríais 
veros momentáneamente con las hijas del 
•nariscal Simon... voy al instante á recla- 
marlas al convento donde han sido encer- 



á vuestro modo de pensar, señor doctor, ! radas también por sorpresa. 

la salud de Mlle, de Gardoville es bas-) — Efectivamente, respondió Adriana; 



"on el ini>rnetito que siip»* la lU'g;iila á Vn- 
ris «If las liij.is (K'I in.ni-.c';il Siiiinn , fin'ini 
siiiino ufreiri-rlfs udj liithilaiiuh «Dinica- 
'6a. Kitas señoritas son parieiitds inias rniiy 
cercanas; y es un deber y una satisfacción 
para mí Iralarl.is c 'niohcrinina*. Si ([Uf- 
Tei.s c iMllirnielas os c-laré doMonn-nte 
at;ra(i«c-i(l.i. 

— Crt'i) (|iie por su iiitcrt's es !o mejor 
que piii'ii.i li;ic(*r... re()ns > Mr. (î. ranJc. 

Y diri^ii^.niüsc iMi seguida al ductor, le 
dijo: 

— ¿Consentiréis en que traiga aijui al 
instante a las señoritas de Simon? Mien- 
tra> rpie Muo. de Cardovilie hace sus pre- 
parativos, iré á buscarlas, y asi podrán 
salir de e.>tícasa con su |)arienla. 

— Kuego á Mile, de Cardoville que dis- 
ponga de esta casa como si fuese suya 
mientras llega el momento de salir, res- 
potidi ) el doctor. Mi coche está á sus ór- 
denes para conducirla. 

— Señorita, diji» el magistrado acer- 
cánd.>-.e a Adriana ; ^in perjuicio de la 
cneslioii (pit* antes de mucho quedará co- 
metida á la justicia , piudo á lo oienos 
sentir no haber llegado antes á esta casa : 
de este mnd» os huhiera evitado alj;unos 
días de crueles tormei. tos... porque vues- 
tra posición debe haber sido tniiy terri- 
ble . 

— Kn medio de la tristeza de estos lílti- 
mos dia-í me ipiedará á lo menos el dulce 
reciierili) del interés que me habéis mani- 
festad'», y <'spero que vos mismo n»e pre 
sentareis la ocasión de daros las gracias 
en n»i casa.... no de la justicia que me 
habéis hecho.... sino del modü benévolo, 
y me atreveré á decir, paternal con (pie 
os habéis parlado, respondió Adriana con 
graciiwa dignidad — Y en fm , caballero, 
añadió, tengo interés en probares que lo 
que llaman mi cura, es ana cosa bien rea!. 

Mr. (ierande hizo á Adriana un pro- 
ftitido saludo. 

Daranle la conversación del magistra- 



185 



do '-on Adriana, uno y otro linbian vuelt« 
la espalda al doctcr y á llodin. Aprove- 
chándose el último de este momento, pu- 
so en manos dcd doctor un billete que aca- 
baba de escribir en el fondo de su som- 
brero. 

Raleitiier min') á Rodin atónito y ahiT- 
did... 

lisie hizo utia seña particular llevando 
su pí'dice á la frente y pasáíidct<e'e (los ve- 
ces \erlica!m«-nle; en seguida se quedó 
impasible. 

listos mov¡:íii<'nfos fueron tan repenti- 
nos que cuando el juez se volvió, Itodin, 
que se liabia alejado algunos pasos del doc- 
tor, eslaba mirando á Adriana con respe- 
tuoso interés. 

— Permitidme que os acompañe, ca- 
ballero, dijo el doctor precediendo al ma- 
gistrado á (jiiien Mlle, de Cardoville sa- 
ludó con la mayor afabilidad. 

Ambos salieron, y Kodin se quedó sola 
con Adriana. 

Mr. Ha'einier, después de haber acom- 
pañado al juez hasta la puerta esteriorde 
su casa , se apresuró á l<'er el billete que 
llodin babia escrito con lápiz y él cual es- 
taba concebido en estos términos: 

« Kl magistrado va al convento por la 
«cal'e; apresurac'S á ir allí por el jardin y 
«decid á la siiperi.ira que obedezca la ór- 
« den que le be dado relativamente á las 
«dos niñas: esto es sumamente impor- 
« tante*». 

La si'ña particular que R -din le habia 
hecho y el rontenido de este billete pro- 
baron al doctor que el secretario del re- 
verendo padre, l<.j)S de venderle, nbraba 
sien» pre por la umijnr i/lorii del Señor. 

-Mr. IJaleiiiier, al mismo tiempo que se 
disponía á obedecer procuraba inútilmen- 
te comprender el motivo de la inesplica- 
b!e conducta de Hodin (¡ue acababa de in- 
formar á la justicia de un asunto, al que 
antes de todo se debia echar (ierra y que 
podia fener'los mas tristes resultados pa<- 
47* 



186 ALB 

ra &1 P. d'Aigrigny, para Mme. de Saint- f 
Dizier y para 61 mismo. 

Puro volvamos á Rodin que se habia 
quedado solo con Mlle, de Cardovillc. 
XXXIV. 

EL SECRETARIO DEL P. DE AIGRIGNY. 

Apenas desaparecieron el magistrado y 
el ductor cuando Müo, de Cardoville en 
cuyo rostro resplan.leeia su dic!)a , escla- 
nio mirando á Rodin con una mezcla de 
respeto y gratitud. 

— En fin, gracias áV,, caballero, n)even 
libre... libre... ¡ Oh I ¡nunca habia y.) co- 
nocido todo el encanto, ospresion y dosa- 
hogoque encierra esta palalra... libertad! 
y el seno de Adriana palpitaba: sus 
sonrosadas narices se dilataban , y sus la- 
bios de vermellon se entreabrían como si 
hubiese aspirado con deÜoia un aire puro 
y vivificante. 

— Hace pocos dias que estoy en esta 
horrible casa, repuso, pero he sufrido tan- 
to en &sta cautividad que he hecho fa pro- 
mesa de hacer poner en libertad anual- 
mente algunos presos por deudas. Esta 
promesa os parecerá un poco de la edad 
media, aflidió Adriana sonriéndose, pero 
no debemos contentarnos con tomar de 
aquella época sus muebles y vidrieras. Os 
doy doblemente gracias, caballero, porque 
os creo cómplice en la ideado Ubcrtad que 
acaba de manifestarse, según veis, en me- 
dio de la dicha tpie oí debo y de a cual 
parecéis conmovido. ¡ Ah I permitidme que 
esiadiclia esprese ir.i reconocimiento y que 
ser. el premio de v óe"tros generosos ausi- 
¡io^. diio la joven con. exaltación. 

Kl'eciivíímpiite, Mlle, do Cardoville ob- 
servaba un corr.píelo eambio en la fiso- 
nomía de Rodin. Eilc hombre, antes tan 
duro, lan severo y tan infiexiLíe con el 
doclor Baleinier, pareció estar sometido á 
los mas dulces y afocluosos ^enlimicntos. 
Sus pequeños ojos -de ví!)ora , nicdio cer- 
rados, se fijaron en Adriana con una es- 
pjcsion de nefando interés.,. En seguida , 



vm. 

como si hubiese querido de: echar cníera^ 
mente estas impresiones, dijo hablando 
consigo mismo: 

— Vamos, vamos, no hay que enterne- 
cerse. 

El tiempo es muy precioso... mi misión 
no está tef (iiinaihi, no, no lo est:í... Que- 
rida señorita, añadió (iespues dirigiéndole 
á Adriana, así, creedme, después liabla- 
rémosíle agradecimiento. Hablaremos pt-r 
el pronto de un piesente lan ittt{">rtaíite 
parados y para vue.'>tra familia. ¿Sabéis 
lo que está pasando? 

Adriana miró al jesuita con sorpresa, y 
le preguntó : 

— ¿Qué es lo que pasa? 

— ¿Sabéis el verdadero motivo de ha- 
beros encerrado en esta casa? ¿Sabéis cí 
móvil de las accioms de Mme. de Sainï 
Dizier y del P. d'Aigrigny? 

Al oir pronunciar estos nombres abor- 
recidos, la fisonomía de Adriana, poco an- 
tes lan felizmente esplayada, se entriste- 
ció y respondió con an»argura: 

— Sin duda es el odio el que ha anima- 
do contra mí á Mme. de Sanit Dizier..., 

— Sí, el odio, y ademas el deseo de des- 
pojaros inipunem nte de tma inmensa for- 
tuna. 

— ¿A mí? ¿y cómo? 

— ¿Sin duda ignorais, 'querida señorita, 
el interés que teníais en hallaros el 13 df* 
febrero en la cal'e de San Francisco para 
recoger una herencia? 

— Ignoraba esta fecha y esos detalles; 
pero por algunos papeles de familia, gra- 
cias á una circunstancia estraordinaría, h^ 
sabidoque uno de nuestros antepasados... 

— Habia dfjado una suma enorme para 
que fuese di.-ítr¡i)uida entre sus descen- 
dientes ¿no es verdad? 

— Sí , señor. 

— ^^Lo que desgraciadamente ignorabais 
es que los herederos debían estar necesa- 
riamente reuiu'düs el dia 13 de febrer > á 
una hora fija : y (jue pasado este dio y ho- 



»»lVIi. 



'18^ 



Va quedaban dospiijados !i)s»|iie no se liii- 
biescnprt'sentadt). ¿(^onipreiidi'is ah^ra la 
razun de hdbcroà encerrado aqui, ijiitrida 
siiuiríta ? 

— ¡Olí! sí, lo comprendo, esclainó 
Adriaoj; al odio que me pr(di>.ilta mi lia 
debe aùadirse la avaricia... con esto todn 
(]ueda explicado. Las hijas del mariscal Si 
mon, herederas como yo de e^los bienes, 
han sido encerradas como yi». 

— Y sin embargo, repujo llodin, ella> 
y Vos no sois las únicas Mclimas. 
— ¿Qiiiéne> son las oUa>? 

— L'n joven indio. 

— ¿Kl príncipe J)jalma?pregii¡iló Alria 
na con viveza. 

— Ha e4ado á punto de ser í'nvonena- 
do con un nafc 'tico.... con el mismo ob- 
jeta. 

— ^^¡ Dios mió! esdamó ia joven juntan- 
do las ninnos con lorror. ¡ Rso es ima co- 
sa horrible ! ¡él ! ¡ él ! ese joven príncipe 
cuyo carácter diceruiue es tan noble y tan 
generoso. Yo habia enviado al palacio de 
Cardoville... 

— .\ un hombre de confianza con el en 
cargo de conducir al principe á Paris: lo- 
■do lo sé, querida señorita ; ¡tero gracias á 
ima astucia, ese hombre ha sido abjado. 
y el ji')ven indio entrrgadoá siisenemigos. 

— ¿Y dónde se halla en este momento? 

— Solo tenga nolicias vagas: únicamen 
te sé que esta en Paris: pero nó pierdo la 
esperanza de liallarle: haré cuantas dili- 
gi'ncias me sean posibles con ardor pater- 
nal : porque nunca serán bien apreciadas 
las cualidades de ese p(jbre hijo de ley. 
¡O'ié corazón I ¡oh ! es un corazón de í)ro, 
brülanle y puro como el oro de su p.iis. 

— Es mene->ter luilar al principe, ca- 
ballero, dijo Adriana con emoción Ks 

menester no omitir para e>to las mayores 
diligencias, os lo [)id(»; es mi pariente, se 
encuentra solo aquí, sin apoyo, sin re- 
cursos. 

— Cieitamenl'.' , repii-o H 'din compa- 



'lecitlo, ¡ pobre j<')ven ! es casi tm niño de 
diez y oclio ó de diez nueve años ijUe liafi 
echado en medio de este infierno de I'a- 
ri>; , con sus pasiones mu-vas, ardientes f 
>alvages; con su sencillez y ctnlianzj ¡á 
qué peligros no está espiie>tu ! 

— I.o primero que debe procurarse, eí 
liall.ule, repuso Adriana con viveza: do- 
piie-i le sustraeremos á esos riesgos. An- 
tes de haber sido encerrada aquí, sabien- 
do su llegada á Francia, envié un hnmtire 
de confianza para que en nombre de un 
atn'go desconocido le proporci >na>e loqiie 
pudiera necesitar, ahora Cun-íeo que es- 
la idea, cuya locura tanto nio icliiif' n » n 
cara , era muy sensata... así ahuía teijjo 
mas inferes (pie nunca : el principe per'ii 
n ce á mi familia , y le soy deud- ra d ; 
una generosa hospitalidad... le destinaba 
el pabellón qJie yo ocupaba encaba de n.i 
lia. 

— Pero, ¿vos, querida «rñorifa? 

— H(.y n isnio voy á habitar una co*a 
í|iie hite preparar desde mucho lii lujio 
antes, estando bien decidida á dejar áni.i- 
dame de Saint- Dizier y á vivir so'a á mi 
gusto. Asi, caballero, puesto (jue vuotra 
misión es constituiros en genio consol.idnr 
de nu familia, tened con el principe Djil- 
nia la misma generosiilad que lialteis de- 
mostrado por mí y por las liijas del ma- 
ri>cal Sinjon: os ruego (pie procure s des- 
cubrir el paradeTi) de ese pobre hijo dt» 
rey, como vos le llamáis: guardadme el 
secreto y hacedle conducir al p!il)ellon(jiie 
le ofrece un amigo desconocido.... que no 
se ocupe de nada.... se proveerá á todas 
sus necesidades y vivirá como debe vi- 
vir como un príncipe.... 

— Si, Como un príncipe, gracias á vues- 
tra regia munificencia. Jam»s puede que- 
dar mejor justificado un interés tierno. 
Basta ver, como yo he visto, su liertnosa 
y melancólica fisonomía, para 

-^¿(ion que le fiaf)eÍN visto? dijo Adria- 
na iiilcrrutnpiendo á ll^Jin. 



iBâ ALBUÍff. 

— Si, querida andiga mía, le lie visto 
cerca d- dos lioras, y esto lia sido stificien- 
te para que le ju/gase: sii'í deliciosas fac- 
ciones son el espejo de su alma. 

— ¿Y donde le habéis visto? 

— Kn vuestro antiguo palacio deCardo- 
ville, querida señorita, no lejos del sitio en 
que le arrojó la tempesta<J-.... y donde yo 
liabia ido para.... 

Kn seguida y si cabo de un níomento 
de duda, Kodin continuó como arra>tradi» 
involuntariamente por su frani]ueza: 

— Si, donde yo liabia ido para cometer 
una niaia, vergonzosa y.miserab'.e acción... 
es preciso cetifesarlo. 

— ¿Vos, caballero? ¿al palacio de Car- 
dovilie? ¡para tina mala acción! csclamó 
Adriana profundamente sorprendida. 

—Desgraciadamente si, mi querida sc- 
iloriía. respondió scnciüamenteUodin. Rn 
una palabra, ti^nia orden del padre d'Ai- 
grigny de poner á vuestro antiguo adnji • 
nistrador en la alternativa de ser despe- 
dido ó de (jue cunietiese una indignidad... 
si.»., una acción que tiene muciía seme 

janza con el espionaje y la calumnia 

pero este digno y honrado hombre se negó 
á elloi 

— Pero, ¿(piien sois, caballero? dijo 
Adriana cada vez mas sorprendiíJa. 

— Soy.... Rodin < x-secretario del 

padre dWigrigny.... poca cosa.... como 
veis.... 

Es preciso renunciará describir el acen- 
to huniiide é ingenuo del jesuíta, al pro- 
nunciar estas palabras (|ue él acompañó 
con un sa'ud.) respetuoso. 

Mlle. deCardovilie retrocedió de pronto 
al oir c-sta declaración. 

Ya hemos diclimiie Adriana liabia oido 
liablar algiuia>s 'veces de Uodin , del hu- 
milde secretario del abate d'Aigrigny. co- 
mo de una especie de má. juina pa-^iva y 
obediente: no es esto solo: el admini^lr.í- 
dür de la posesión de Cardoville, al escri- 



bir á Adriana relativamente al prfnctpè 
Djalma, se habia quejado de las innobles 
y pérfidas proposiciones de Uodin. Desde 
este mome7»Io sintió la joven una vaga 
desconfianza al saber que su libertador era 
el inism^ que habia hecho tan odioso pa- 
pel. Ademas, este sentimiento desfavora- 
ble estaba neutralizado por lo que ella 
fiebia ii Uodin y por la terminante denun- 
cia que acal)at)a de hacer contra el abate 
d'Aigrigny en presencia del magistrado; y 
en fin por la confesión misma del jesuíta, 
(juien ficu>átidose á si mismo, evitaba tas 
reconvenciunes que podian hacórse'e. 

Sin embargo Adriana continuó con una 
»>spccie defria reserva esta conversación 
tjue ella misma proVucó con tanta fran- 
queza .sencillez y simpatía. 

Uodin conoció la iulpresion que habià 
causado y no se desconcertó cuando Adria- 
na le dijo mirindoie cílraá caray conejos 
penefranfe>: 

— ¡.\l>! ¿sois Mr. Uudin.... secretario 
del abate d'Aigrigiiy ? 

— Decid ex-secretario, mi querida se- 
ñorita, respondió Uodin; porque debéis 
conocer que janiás volveré á poner los 

pies en casa del padre d'Aigrigny á 

quien he convertido en un implacable enë- 
mi;:o mi); asi es que me encuentro en la 

Ciilie. Pí^ro no imptria.... ¿que es lo 

que digo? ¡Tiinto mcjiír, pues á este pre- 
cio (¡uedan desenmascarados los bribonea, 
y las uentes honradas socorri<la>! 

Kslas palabias. proiuinciadas con la 
mayor sencilltz y dignidad, hicieron re- 
nacer la compasión en el coraznn de Adria- 
na. Pensó que este pobre viejo decia la 
verdad. ILl odio del padre dWigrigny, pú- 
t)licado de este modo, debia ser inexora- 
ble, y adeinas Uodin lo habia arrostrado 
para liacer una genorosa reVflacion. 

A pesar de esto, Adriana repuso con 
frialdad: 

— ¿Gomo os posible que hayáis consen- 



AL» 

\U]o t'n encargaros doliacer alaJmiiiislra- 
ilor íJu ('arJo\i'lc' prupo iciuiics la» pótii 
das y \frg()iizii>as'.' 

— ¿l*or (|!ió? ¿por (jtie? npi^o Uodiii 
C'»o una «'jpi'cie. du imp;iiieii(ia pi-iiuï^a. 
Puri|Uo i'iiluiiccs cslaba yo aun somi-Udo 
á Ij ¡iinii4'iicia dtl |)iilrt.' d'Aigrigoy , (jt;e 
i'S uno *lv liiS Itoiiibros mas liabiierí (|(ie\o 
conozco ;:ysi.'gnn lie sabido dt•^dl.• ayer, 
uno (lo ios utas peligrosos i|ue iTái'sten en 
el nr.indo: logró vencer mis escnipulos, 
perMiadicndoine (Hie el fin jiislifií-aba o> 

medios Debo confesar (jue el tin (jue 

se proponía era e>ce lente y grandv*.... pe- 
ro antes de ayer me lie desengajlado 

cruelnit lite.... un rayo de luz me ha des- 
pertado.... Ksciictiad , señorita, añadió 
lloilin con una especie de embarazo y de 
Confusion.... no liablemo^de mi funebto 
>¡aje á Gardoville.... Aunque yo «olo he 
«ido un instrumento cieg>> é i:Miorante, 
siento tanto di^unstn y vergüonza como 

si líubie>e obrado por mi misino Ksto 

es para mi un pisu que me oprime cl co- 
razón. Oj niego que hablemos mas bien 
de vos y de lo ijue puede interesaros, por 
que el alma se dilata con generosas ideas 
del mi>mo m:>do que el pecho con la in- 
(luencia de un aue puro y saludable. 

Koilin acababa de hacer tan esponlá- 
reaineiile la confesión de su falta; la es- 
pücaba con tanta naturalidad y parecía 
lan sinceramente arrepentido, que Adria 
na, cujas sospeclias no tenian p'ir otra 
parte mis elementos (jue estos, conoció 
que su dekconliaiiza se amiiuiraba mu- 
cho. 

— Ü'inque, repuso ecsaminando siem- 
pre á Uodin, ¿habéis vi^to en Cardoviile 
al príncipe Djalma'' 

— Si, señoriti, y desde esta rápida en- 
trcviíta data mi afecto por ('I; por esta 
razón cumpüró mi empeño hasta el fin; 
tranquilizaos, mi querida señorita, ni 
vos, ni las hijas del mariscal Simon, ni 



iM 189 

el príncipe, seieis ja víctiinns fie esc de- 
t.-stable complot, (¡ue desgraciadamente 
no se ha reduciilo s<iIo á eso. 

— ¿Y (|ué otra cosa pucdi; amenazar- 
les? 

— Mr. Hardy , hombre de honor y do 
probidad, que tanibieu es viuslro parien- 
te 6 inleresadt» como vos en esta herencia 
ha sillo alejado de Paris mediante unaiii' 
fame liaicion.... Va\ fin otro heredero, 
que es un desgraciado trabajador y (¡ue 
ha caido en un l.izo hábilmente combina- 
do, ha sido ciiiducido por deudas á una 
|iri>i in. 

— Pero decidme, saltó Adriana de pron- 
to , ¿en beneficio de quien ha sido tra- 
mado ese complot que tanto me horro- 
riza"? 

— Fn el del padre d'Aigrigny , respon- 
dió U. din. 

— ¡ íín beneficio suyo ! ¿y como es eso? 
¿con qué derecho? ¡él no es heredero! 

— Señ'uita, esto sería muy largo de 
contar; ya llegará el dia en que todo lo 
Si pais; por el pronto estad persuadida 
que el padre d'A¡uri;:ny es cl mayor ene- 
migo de vuestra f.imilia. 

— Caballero, re|: u>o Adriana cediendo 
á una sospecha; voy a hablaros con fran- 
queza, ¿cómo es que he podido á he me- 
recido inspiraros el vivo interés que me 
manilotais y (|U(í estendeis á todos lus 
individuos de no familia? 

— Señorita , respondi(') Rodin sonrién- 
dose; si os lo di^o ... vais á burlaros do 
mi.... ó tal vez no me creerei»... 

— lísplicaos , caballero; no dudéis de 
mi , ni de vos. 

— Pues bien. Me he interesado por vos, 
porque tenéis un corazón generoso, un 
espíritu elevado, un carácter noble é in- 
dependiente. Y seguramente , habiéndo- 
me consagrado á vos, vuestros parientes, 
(jue Son tanibien dignos de interés, no me 
han sido indiferentes. Int eresrndcme por 
ellos, "«i servia. 

4S* 



190 



áLBüSI, 



— Pero, caballero; aun suponiendo que 
me creáis digna de las lisongeras alaban- 
zas que me prodigáis, ¿como liabeis po- 
dido juzgar de mi corazón, de mi espíritu 
y de mi carácter? 

— Voy á decíroslo, mi querida señori- 
ta , pero antes debo confesaros una cosa 
que me causa mucho rubor. Aun cuando 
no estuvieseis dotada tan ventajosamente 
por la naturaleza, los sufrimientos dejde 
que entrasteis en esta casa , deberían ser 
motivo suficiente para m»;recer el in- 
terés de todo hombre sensible ¿no es ver- 
dad? 
— Yo lo creo. 

— Asi es como yo podia esplicaros mi 
interés. Pero no obstante , debo confesar 
que esto no sería suficiente y aun cuando 
solo fuéseisMIIe. de Gardoville, y no muy 
rica, noble, joven y bella, vuestra des- 
gracia me hubiera cau'íádo compasión y 
diria; esta pobre señorita es bien digna 
de interés, pero ¿qué puedo hacer por 
ella, yo que soy un pobre hombre? mi 
único recurso es ser secretario del padre 
d'Aigrigny; á este es á quien debo consa- 
grarme. Es un hombre poderoso y yo no 
soy nada; luchar contra él sería perder- 
me sin tenerla esperanza de salvará esta 
señorita ; pues bien , á pesar de esto me 
he declarado contra él. No, no, dije. Un 
entendimiento como el suyo, un corazón 
tan grande no deben sucumbir á un com- 
plot tan abominable Tal vez yo que- 
daré arruinado en esta lucha , pero á lo 
menos he procurado combatir. 

Es imposible pintar la mezcla de astu- 
cia, energía y sensibilidad con queRodin 
acentuaba estas palabras. 

— Caballero, repuso Adriana, perdo- 
nadme mi indiscreta y porfiada curiosidad ; 
desaria saber.... 

— Gomo he conocido vuestra moral ¿no 
es verdad? Esto es muy sencillo, señori- 
ta. Os lo diré en dos palabras. El abate 



d'Aigrigny solo veia en mi u!i arfiañáeTs- 
se, un instrumento obtuso, mudo y ciego. 

— Yo creí que el padre d'Aigrigny te- 
nía mas perspicacia. 

— Y teníais razón, señorita; es hombre 
de mediana sagacidad... yo leengañaba..-. 
afectando algo mas (jue sencillez. No creáis 
por esto que soy un hombre falso. No... 
yo soy orgulloso, sí, orgulloso á mi mo- 
do.... y este orgullo consiste en no mani- 
festarme jamás superior á mi p isicion, por 
subalterna que esta sea. ¿Sabéis porqué? 
Porque en ese caso, por altaneros que 
sean mis superiores... me digo á mi mis- 
mo... Ignoran loque valgo... y noesámí 
á quien humillan, sino á la inferioridad 
de mi condición. Con esto consigo dos co- 
sas , es decir, que mi amor propio qtiedá 
á cubierto, y no me veo precisado á abor- 
recer á nadie. 

— Comprendo esa especie de orgullo -, 
dijo Adrina cada vez mas admirada do la 
originalidad del talento de Rodin. 

— Pero volvamos á lo que os interesa < 
mi querida señorita. La víspera del 13 áe 
febrero el abate de Aigrigny me dio un 
escrito cifrado, diciéndome : descifrad es- 
te iníerrogatorio y añadiréis que es docu- 
mento comprobante de la decisión de un 
consejo de familia que atesta , según él in- 
forme del doctor Raleinier , que la razón 
de Mlle, de Cardoville esta en un estado 
sumamente alarmante y que es pfeciso 
proceder á su reclusión en una casa de 
sanidad... 

— Sí, dijo Adriana con tristeza; íratá- 
hasü de una larga conversación que tuve 
con mi tía Mme. de Saint- Dizier, y que 
copiaron al mismo tiempo sin que yo lo 
supiese. 

— Empecé á descifrar la memoria que 
tenia delante, y al cabo de diez minutos 
me (juedé pasmado sin saber si estaba des^ 
pierto ó soñando. ¡Cómo! jloca! escla- 
mé, ¡Mlle, de Gardoville loca! ¡los que 



ALEilM. 



lOi 



yrpleiitîon sostom-r semejante monstruo- dirme tlol motivo do vuestro encierro ha- 



sitiad son los verdaderos insensatos I Pro- 
seguí mi lectura cada vfz mas intere- 
sado.. .. y la concluí. ¿Que podré deci- 
ros? Lo «jue entonces sentí, mi cjuerida 
señorita, es inespiicabU,*; enternecimien- 
lo , alegría , entiiviasmo. 

— ¡Caballeril! dijo .Xdrian.i. 

—Sí. n)i (¡uiTida señorita , ¡entusias- 
mo! No qui>iera ofender viioslra modes- 
tia con esta palabra; sabed pues que las 
-ideas tan nuevas, tan independientes, tan 
animosas, (pie espu>isteis en presencia di- 
vuestra tía con lat»lo Iticicnieiilo , >on sin 
«]ue lo sepáis, comunes con las de una per- 
sona por la cual sentiréis algún dia él mas 
lierno y religioso respeto. 

— ¿ Üe quién habláis? csclamó Adriana 
•cada veí mas iniero<ada. 

Al cabo de un nïomenlo de aparente 
incertidumbre , repuso Rodin : 

•'-^N<», no, alura es inútil manifestá- 
roslo. Lo que únicamente puedo deciros 
es que al acabar mi lectura, f(u' al ins- 
tante á casa del abate de Aigrigny con el 
objeto de convencerle del error en que es- 
taba sobre vus... Md fué imposible hallar- 
te... y ayer mañana le uíanifeslé con al- 
guna viveza mi modo de pensar : solo me 
pareció eslrañar una cosa, es decir el que 
yu raciocinase. Un desdeñoso silencio fué 
la sola respuesta que dio á mis instancias. 
Por mi parle creí (|ue le habían sorpren- 
dido y aunque insiití, fué inútil, y me 
mandó que le siguiese á la casa domJe de- 
bía abrirse el testamento de vuestro abue- 
lo. Yo estal)3 tan sumamente ciego pí)rlo 
que respecta al padre de Aigrigny, que 
para abrir los ojos, íuf necesario que lle- 
gase sucesivamente el soldad'*, su hijo y 
después el padre del mariscal Simon. Su 
indignación me hizo comprender la estén- 
sion de un complot tramado desde mucho 
tiempo antes con tan terrible habilidad. 

Entonces fué cuando acabé de persua- 



ciéndoos pasar por loca, y el por qué ha - 
bian metido en un convento it las hij.isdil 
mariscal Simon. Oeurríéronme mil recuer- 
dos ; refazns de cartas, memorias qtjo r> o 
habían encargado copiar ó cifrar» y cu\ a 
signiHcacion no había ciVmpr.Midido hasta 
entonces, me dieron la llave de esta odio- 
sa trama. Manifestar en el acto todo ti 
horror ijuesenlí por estas indignidades hu- 
biera sido perderlo todoj me contuve. 
0j)use mi astucia á la del P. de Aigrigny 
y manifesié mas avaricia (|iie él. Aun cuan- 
do esa cuantiosa lirrencía hubíoe debido 
ser mia, no me hubiera manifestado m;is 
acre ni mas implacable. Gracias áista es- 
tratagema, el abale de Aigrigny nada sos- 
pechó. Una casualidad providencial salvó 
e-tos bienes de sus manos, y salió de la 
casa con la mayor consternación. Yo, lle- 
no de júbilo porque veia el medio de sal-» 
varos y de vengaros, fui ayer noche á mi 
oficina, según costumbre. Durante la au- 
sencia del abale, me fué fácil recorreí to- 
da la correspondencia rel'tiva á la heren- 
cia , de modo (pie pude anudar los hilos 
de esta inmensa trama. líntónces, señori- 
ta , quedé consternado y coníu-^o con es- 
tos descubrimientos que, sin las circuns- 
tancias antedichas, no hubiese nunca sos- 
pechado. 

— ¿Qué descubrimientos? 

— Hay secretos terribles para el<¡ue I,>s 
posee; asi no insiítais mas, mi querida 
señorita; no obstante d» bo deciros que en 
este examen, la liga formada contra vos 
y contra vuestros parientes por una insa- 
ciable avaricia me convenció de la auda- 
cia misteriosa de los que la formaron. 
Desde este instante, el vivo y profundo 
interés que me inspirasteis se estendió á 
las demás víctimas de este infernal com- 
plot. A pesar de mi impotencia hice áni- 
mo de arriesgarlo lodo para desenmasca- 
rar al padre de Aigrigny Reuní las 



192 ALlíL'M. 

priiol>3S necesarias par.T dar á tiii decla- 
ración áhtc la justicia lodo el peso de la 
autoridad.... Y esta misuia manaiia... sa- 
lí de casa del abate... íiiii liabiarle la me- 
nor cosa de mis proyectos, pues podía va- 
lerse de un medio violento para contener- 
me; sin embargo yohnbiera cometido lina 
baji^za alac Índole sin prevenirle antes. En 
el instante en (pie me m' fuera de sm caisa 
le escribí manifrstiíndi»!e <]ue tenia er» mi 
poder pruebas sufieienlis de sus in(ii¿ni- 
dadcs para atacarle cara á rara... le acu 
sé... él se defenderá. Fui á casa de un 
juez.... y ya sabéis... 

En este instaiite se aí)rió la puerta, y 
una de las criadas se presentó, y dijo á 
Rodin. 

— Caballero, el mnzo (]ue Vd. y el se- 
íior juez lipn en\iado á la caüe de Bii>e- 
Miciie está de vuelta. 

— ¿Ha dtjado la carta? 

— Si, señor; la subió al instante. 

— Está bien dejad mos. 

La criada salió. 

XXXV. 

LA simpatía. 

Si M 'le. de Cardoville hubiese podido 
conservar algunas «O'perhas sobre !a sin- 
ceridad del ce o de Unlin hacia ella , este 
razonamiento, desiiraciadamente muy na- 
tural é irrcfiagable, la» huldera desvar.e- 
cido en el acto. En efeolp, como liubiera 
sido posib'e suponer la menor inteligencia 
entre el abate y su seorotarit», cuando 
este, diSMibrieniltilasintrii;as de su amo, 
le entregaba á los tribunales? ¿ruando, 
(inalmente, j<odin líacia mucbo mas de 
lo que tal vez hubiera hecho Adriana? 
¿Cómo era posible suponer otras riiiras 
en el jesuíta que las de atraerse con su 
proced^'r la pu.di'rQsa protección de la jo- 
ven? ¿>deaí^s ¿ntt aiP^bflb''^ ^'« protestar 
contra esta suposición, (|eplarímdú que no 
se interesaba por la bella , noble y rica 
Adriana , sino por una joven generosa y 



de buenos sentimientos? Y en fin, como 
decia el si rrdario ¿qué hombre, á me- 
nos (¡e ser un miserable, no se habria in- 
teresado en la suerte de Adriana? 

A la ¡gratitud de Mlle, de Cardoville se 
reunía un sentimiento singular, estraiía 
mezcla de curiosidad, de sorpresa y de 
interés. Sin tinbir¡Jo al descubrir uí\ es- 
píritu superior l);ijo aquella ivn"serable ro- 
pa , le ocurrió ;-e prunlo una grave sos- 
pecha. 

— Caballero, dijo á Uodin: yo tengo la 
cosluinbre de ¡naiiifestar siempre á las 
personas que estimo las dudas que me ins- 
piran para (pie se justificjuen y me escu- 
sen si me encaño. 

Iludin mirt» á Adriana con sorpresa, y 
pareciendo cali .u!ar inenlalmenle ¡as sor- 
pnsas (pie liabia podnio inspirarle:, al 
cjbo de un instante de silencio le dijo: 

— Tal vez 11 icéis alusión á nu viaje á 
Cardoville y á las vitufierables proposi- 
ciones (¡ue íiiceá vuestro esceienle y digno 
administrador yo 

— No, no, señor, saltó Adriana inter- 
rumpiéndole; me habéis hecho una vo- 
luntaria confesión y comprendo que ihl- 
sionado por el P. doAijirigny, hayáis po- 
dido poner en ijeiíuoion pasivamente las 
instrucciones (jne vuestra delicadeza re- 

piiiinaba ¿Pero conio es (|ue teniendo 

un inconte^t.lble mérito hayáis podiilo per- 
manecer tanto tiempo á su lado y en una 
posición tan .subaJterna? 

— Tenéis raz «n , dijo Rolin sonríen-, 
dose, esto debe sorprenderos do un modo 
poco favorable para utí, uji querida se- 
ñorita; porque un hombre de mediana 
capacidad que continúa mucho tiempo en 
una condición infame, debe necesaria- 
mente tener un vicio radical ü una mala 

ó baja inclinación, 

— líeneralmeiite, eso es verdad. 

— V personalmente una verdad... con 
respecto á mí. 



— ¿('i)ri qiití coiifi-^ais?... 

— I'ur di'si^racia , t.í; confioso qiio lio 
tc'iúdi) iinu mata iiicliiiaciotiá la cual haco 
cuari'nta an^s (Iucí Ik* saoriíiratlo toilas 
las ocasiones de obteiior una posiciuri pa- 
sable. 

—¿V i-^a idea?... 

— l'iK'ilo ipic; L'>lüy tMi i'l caso de ha- 

foros la coiirf>ii)ii de oste deftcto os 

tJiró que US la pt?roza sí la pertza 

(ji\.* tiene liurror á todo lo que es activi- 
dad de espíritu y lespíinsabilidad moral. 
Con las 4,800 rs. que me daba el abate 
dií .Miirigiiy, era el hombre mas feliz del 
mundo, cuiiliaba en la nobleza de sus mi 
ras: sus pensamientos eran los míos y su 
voUmtad u)i propia voluntad. Cuando aca- 
baba mi obligación volvía á mi humilde 
cuarto, encendia mi estufa y comia rai- 
ces; en seguida tomando un libro de des- 
conocida filosofía , y cavilando sobre su 
con'.inido, dtjahi taiupo vasto á mi ima- 
ginación, la cual contenida todo el dia, 
me arrastraba con sus teorías y sus delei- 
tables utopías. Entonces, con todo el ca- 
iur de n i imaginación trasportada Dios 
sabe di.:t>dt%cíin la audacia de mis pensa- 
mictitos, parí oíante dominar á mi supe- 
rior y ;i lus i;raniles ing<'nios de la ticrrs. 
lista liebre me duraba IrcS ó cuatro ho- 
ras, y despues echaba mi buen sueño: 
todas la-; minanas iba jovialmente á mi 
obligación, s;*guro de haber ganado mi 
pan para el dia si;^uiet'te, y sin pensar en 
<'l porvenir, contentándome con poco, es- 
perando con impaciencia las delicias de 
mi solitaria noche y dicic^ndonie al mi»:mo 
tUMnpo ipic garrapateaba como una má- 
quina estúpida: jeh! -A yo (pusiera 

— 'Ciertamente, hubierais podido llegar 

á una alta pt'isicion como otro y aun 

mi'jiT tal vez (pie otro cualquiera; dij(» 
Adriana singularmente conmovida con la 
lilo.-iüfíj pr.lctica de Kodiu. 

— Si, yo lo creo que hubiera podido lle- 



193 



g ir... pero en i-l momejito en que estonio 
era posible, ¿di- (¡\U' me serviría? Seño- 
rita, lo que muih.i.s veces hace inesplica- 
b!es para el vulgo á tas personas de algún 
valor... es que se contentan con decir; /n' 
i/o qttisicra ! 

— Pero en fin , caballero, sin eslarmuy 
apegadi» ñ los goces de la vida, liay cier- 
tas comodidades (pie la edad hace casi in- 
dispensables y á las cuales renui)<'iüis ab- 
solutamente. 

— DesengafiO'i , mi (pierida señorita, di- 
jo Uodin sonrii'ndose maliciosamente, yo 
soy inuy sibarita: necesito indispensable- 
mente un buen vestido, una buena estu- 
fa, un buen colchón, un buen pedazo de 
pan, un buin rábano nuiy picante y sa- 
zonado con sal común, buena agua clara; 
y sit» embargo, á pesardi' lacíMuplicacion 
de mis gustos, mis 4,800 reales me bas- 
tan y aun me sobran puesto que puedo 
hacer algunis economias. 

— ¿Y ahora que estáis sin empleo C(5mo 
vais á nianejaros para vivir? dijo Adria- 
na cada vez mas interesada con la singu- 
laridad de este hombre y pensando poner 
á prueba su desinterés. 

— \!e (jueda un bolsilüto, y este me 
b.jstárá para permanei;er aqui hasta (jue 
desenrede el i'iltimo hilo de la negra tra- 
ma del I*. d'Aigri«;ny, debo hacerlo asi 
por haber sido engañado; crPO(|ue basta- 
rán tros ó cuatro dias. Después estoy se- 
gíiro de hallar una modesta colocación en 
casa (ití un recibidor de contribuciones; 
todavía no hace mucho tiempo que un 
amigo mío me hizoesta proposición, pero 
yo no quise abandonar alábale de Aigiig- 
ny á [)e>ar de las ventajas (pie me propo- 
liian... Figuraos, tres mil y ochocientos 
reales, <d\,idj y cíi-a... ('orno yo soyalgo 
insocial, hubiera preferí lo vivir aparte... 
pero ya veis, me ofrecen lai.io (pie yo no 
repararía en este jicipieño iiicon\eniente. 

Es imposible pintac la ingenuidad do 
49* 



194 ALBUM, 

Rodin al hacer estas confianzas domósti- 
cas, tan atrozmente engafiosas, á Mlle, de 
Cardoville cuyas última^ sospechas empe- 
zaron á desvanecerse... 

— ¡Cómo I dijo al jestiita con interés, 
saldréis de Paris dentro do 1res ó cuatro 
días? 

— Asi lo espero, mi querida señorita, y 
por muchas razones, añadió Uodin con 
tono misterioso; pero lo mas interesante 
para mí, añadió con tono grave y pene- 
trado mirando á Adriana con ternura, se- 
ria llevar á lo menos la convicción deque 
me agradeceréis el haberos reconocido, con 
solo leer la conversación que tuvisteis con 
/a princesa de Saint Dizier, un valor tal 



ahora comprendo el noMe orgullocon qHë 
contemplais esa multitud de hombres Aí- 
tiles y ridículos para quienes la muger es 
una criatura destinada solo á ellos , y por 
las leyes que han hecho á su imagen que 
está muy lejos de seT hella. Según la opi- 
nion de estos tiranuelos, la muger, espe- 
cie inferior á la que un concilio de carde- 
nales se ha dignado reconocer una alma 
por dos votos de m.iynría, ¿no debo creer- 
se infinitamente mas feliz de ser la liutnil- 
de servidora de esos peipieños bajas, vie^ 
jos de 39 años, qQe cansados y hartos de 
todo género de escesos quieren descansar 
en su aniquilamiento, y piensan, como 
vulgarmente se dice, en procurarse imHu^ 
vez sin igualen esta época, á vuestra edad | lo cual ponen en práctica casándose coi» 
y eu vuestras circunstancias. 

— ¡Ah! caballero, dijo Adriana son- 
riéndose, no os creáis precisado á corres- 
ponder tan pronto á las sinceras alaban- 
zas quehehechode vuestro talento... Pre- 
feriría la ingratitud. 

— Yo no os adulo, señorita ¿de que ser- 
viría esto? Nosotros no nos veremos mas.,, 
No, no os adulo, lo único que he hecho, 
es compadeceros; pero lo que va á pare- 
ceros singU(3r,es que vuestro aspecto 
completa la idea que he formado de vos 
al leer la conversación (pie tuvisteis con 
vuestra tía ; así es que algunos rasgos de 
vuestro carácter, que entonces eran para 
mi algo inesplícables, eitán ahora cono- 
cidos. 

— Verdaderamente, caballero, cada vez 
me admirais mas. 

— ¿Qué queréis? os manifiesto inge- 
nuamente mis impresiones; y en este mo- 
mento, por ejemplo, comprendo perfecta- 
mente vuestra pasión por lo bello, vuestro 
culto religioso por las sensualidades esqui- 
sitas, vuestros ardientes deseos de un mun 
do mejor, vuestro valeroso desprecio por 
muchos de los usos degradantes y serviles 
á que están condenadas las mugeres; sí, 



una pobre joven , quien por su parle de- 
sea, por el contrario, procurarse wn prin- 
cipio ? 

Seguramente, las sátiras de Rodin liU- 
bieran causado algún placer á Mlle, de 
Cardoville, á no haberla chocado el modo 
con que aquel se esplicaba en términos 

tan conformes á sus ideas mucho mas 

hiendoesta la vezprimeraque veía á a(piel 
hombro peligroso. Adriana olvidaba, ó 
mas bien ignoraba que Kodin era un je- 
suíta de rara inteligencia y que estR clase 
de gentes reúnen á [los conocimientos y á 
los misteriosos recuerdos de un espía de 
la policía , la profunda pruilencia de im 
confesor; sacerdotes diabólicos, los cuales, 
mediante algunos indicios, algunas confe- 
siones y algunas cartas, forman un carác- 
ter, del mi'ímo modo que Ctivier formaba 
un cuerpo con algunos fragmentos zooló- 
gicos». 

Adriana, lejos de interrumpir á Rodin, 
le escuchaba siempre con mayor curio- 
sidad. 

Este , seguro del efecto que producía', 
continuó con tono indignado: 

— Vuestra tía y el abate de Aigrígny os 
trataban como loca porque os pronuncia- 



I 



ALBt'l 

1)ais contra el yugo futuro do psíos lira- 
imelos : puríiiie oiliaiiilo los MTgotiZosos 
Aicios de la esclavitud, tnu'riaís ser imle- 
p.'iidii'nte y libre profesandi» las hciiruSas 
virtudes dt> h liluTlad. 

— Pero, ¿fóino es posible i|iio mis ideas 
os sean tan fjfriíliares? preguntó Adiiatiii 
cada vez mas sorprendida. 

— PrimeranH'Dte, os conozco bien,pra 
CÍ3S á vuestra coovtTsaciuii ron .Mtne. de 
Saiiit-Dizier , y ademas, si ca<^ualii)enl(' 
tuviésemos los dos el mismo objeto, por 
vias diversas, cotitinuó Hudin mirando à 
Adriana con aire de inteligencia , ¿(jue se 
opone á (jue nuestras coiiviciionts ican 
las misnias? 

— No os co;nprendo, caballero..... ¿de 
que objeto lia biais? 

— ^Del objeto cjue anima siempre á todo 
espíritu elevado, generoso é indepenJien- 
Ic.... unos obran como vos, mi querida 
señoril;), por pación, por instmto, sin 
compíi'nder la elevada nu'sion á que están 
destinados. Por egemplo, cuando os com- 
placéis en las mas esqui>itas delicias, 
cuando os veis rodi-ada de lodo lo que 
puede encantar los sentidos, ¿creéis que 
solo cedi'is al atractivo de lo belloy auna 
necesidad de goí'e.»! No, no, porque en 
ese caso solo seriáis una criatura incom- 
pleta.... odiosamente personal, una con- 
íumada egoísta de buen gusto... y nada 
mas.... á vuestra edad esto seria horrible, 
mi querida señorita, borrib'e. 

—■L'n juicio semejante es muy severo... 
¿le formasteis asi de mi? tlijo Adrian.i con 
inquietud: tanto le imponia este hombre 



a pesar suyo. 

— Ciertamente, lo formaria si ama>eis 
el lujo por él : pero no, no, (>tro >enlimiento 
es el que Os anima, repuso el jesuila... asi 



Efectivamente, dijo Adriana vivamenfo 
interesada. 

— ¿Os sentís reconorida é inter«'iad.i 
por aquellas personas (pie siendo pidifes 
y laboriosps os procur.in la> mara\ illas di' 
ese lujo del que no podéis presrindir? 

— lí>to s. nlimieiito de jiralilud están 
P'dero.oo en mí, repuso Adriana cada vez 
iii.is contenta de liiiber sido C( mprendid;) 
y adivinada, que un did hice poner m 
una obra maestra de platería, no el nom- 
l)re del vended(jr , sino el del autor que 
era un pobre artesano desconocido hasta 
entiitiLes, el cual di sde aipiella época ha 
Conquistado su verd.)d< ro lugar, 

— Ya veis (|ue no n\e engañado, re- 
puso Rodin; el amor de estos goces os 
inspira reconocimiento iiácia lus que os 
los proporcionnan : y no es esto solo; y<>, 
por ejemplo, que ni S"y ni mejor ni peor 
que o'ro cualquiera, sino un hombre ha- 
bituado á vivir de privaciones que njila 
me cueslan. ¡Y bien! las privaciones de 
mi prójimo me inli'resan menos que á vos. 
mi querida señorita, portjue vuestros lij' 
bitos de bienestar.... os hacen necesaria- 
mente mas compasi>a hicia los desgra- 
ciados que otro cuabjuiera La mi>eriii 

os baria sufrir denia.siadu ()ara no compa- 
dtc r y socorrer á los que padecen. 

— ¡Dio-i mió! dijo Adriana (|ue empo- 
zaba á (piedar sometii]a á la funesta in- 
fluencia de Uodin; cuanto mas os oigo, 
tanto mas convencida (piedo de que viis 
defendéis mil veces m<j ir estas ideas (jue 
tan duramente me han sido ecliadas en 
cara por Mme. de Sainl-Dizier y por el 
abate dWigrigny | Continuad I ¡con- 
tinuad! no puedo esplicaros toda la dicha 
y placer que siento en oiros. 

Y Adriana, conmovida y con los ojos 



razonemos un poco: al sentir la necesidad ! íijos en el jesuíta cim tanto interés como 



de lodos estos goces, conocéis su valor ó 
su ausencia con mas viveza (|ue nadie, 
¿ no es verdad? 



simpatía y curiosidad , haciendo un mo- 
vimiento de cabeza que le era familiar, 
echó) hacia airas .««us largos y rubios rizos 



196 ALBUM. 

como para mirar nii-jor á Rodiii, el cual 
repuso : 

— ¿Y os admirais , mi querida seño- 
rita, de no haber sido comprendida por 
vuestra lia ni por el abale d'Aigrigny? 
¿Qué punto de contacto tenéis con esos 
espíritu hipócritas , envidiosos y astutos 
como esas gentes á quienes ahora conoz- 
co? ¿Queréis una nueva prueba de un 
rencoroso alucinamiento? entre las cosas 
queeüos llaman monstruosas locuras ¿cuál 
era para ellos la peor y la mas vitupera- 
ble? vuistra resolución de Nivir en lo su- 
cesivo sola y á vuestro gusto, de disponer 
libremente de vuestra posición presente 
y futura: todo esto era para ellos odioso, 
detestable 6 inmoral. Y sin embargo ¿vues 
tra resolución nacía de un amor insensato 
por la libertad? no; ¿de una escesiva 
aversion á toda especie de yugo y de vio- 
lencia? no: ¿por solo deseo de singulari- 
zaros? no; porque en ese caso yo os hu- 
biera vituperado aceibamente. 

— Efectivamente, puedo asegurarosque 
me movieron otras razones diferentes , 
repuso Adriana con viveza , que ambi- 
cionaba ya el aprecio que su carácter po- 
día inspirar á Rodin, 

— Losé; los motivos que teníais ernh 
escelentcs, repuso el jei.uíta. ¿Porqué to- 
masteis esU resolución que fué tan con"i- 
batida? ¿por ojjOiicros á los usos recibi- 
dos? no; Ins íiabeis respetado tanto (¡ue 
el odio (Je Mme. dcSaint-Dizíi-r no os lia 
obligado á sustraeros á su implacable tu- 
tela ¿Queríais vivir S"Ia para libraros 

de los i'jos del mundo? tío; porque en- 
tonces estaríais mil veces mas en eviden- 
cia en esa vida escepciuiial (¡ue en cual- 
quiera otra condición. ¿Queríais acaso 
hacer mal uío de vuestra libertad? no; 
poríjiie para obrar mal se prelierc !a os- 
curidad y el aislamiento; c< locada en l;i 
posición (¡ue deseabais, |os ojos de los eii- 



¿í'or(]ué pues tomabais esta determi- 
naci;)ii tan animosa y tan rara como sin- 
gular en una persona de vuestra edad? 
¿Queréis (¡ue yo os lo diga, mi querida 
seùorila? ¡Pues bien! Queríais probar 
con vuestro ejemplo que toda muger do- 
tada (le un corazón puro, de un espíritu 
ilustrado, de un carácter firme é inde- 
pendiente, puede salir con nobleza de la 
bumíilaiite tutela (¡ueeluso la impusiera. 
Sí, en vez de aceptar una vida de escla - 
vituiien opiisiciv.'íi cc>n vuestros sentimiea- 
fos, vida Id tal consagrada á la hipocresía' 
ó al v'ioio , (joeriais p^T el contrario vivir 
á la faz de todo d mundo, independiente, 
leal y respetada... Queríais en fin, como 
el hoüibre , el libre arbitrio , la entera 
responsabilidad de todos los actos de vues- 
tra vida, para prol»ar evidentemente que 
una tíiuger entregasla enteramente á sí 
nu'sma puede igualar al hombre en ra- 
zón, en piudencia, en integridad, y so- 

!)repujar¡e eii delicadeza y dignidad 

lié aquí vuestro designio, mi querida se- 
ñorita, designio n:d)!e y grande... ¿vues- 
tro ejeíuplo será imitado? lo espido; pero 
aun cuándo no lo fu se, vuestra gene- 
rosa tciitaliva os colocará en puesto bien 
elevado creedme. 

Los ojos de Adriana brillaban noble y 
dulcemente , sus mejillas se habían son- 
r)seado üjerameute, su seno palpitaba: 
.M.le. de Cardoville levantaba la cabeza 
con orgullo involiMilario; en fin, someti- 
da cnterairente á la influencia de este hom- 
bre diabólico, esclauíó: 

— ¿Quien S)ii |)ues, caballero, para 
conocer y para analizar de ese modo mis 
mas secretos pensamientos , para leer en 
nú ahna con mucha UTas clatidail que yo, 
para dar una nueva \ida y un níievo im- 
pulso "á estas ideas de in(!ej)endenciá que 
tanto tiempo hace fecundizan mi ahna? 



vídíosos estarían constantemente fij-"S en ¿quién sois, en fu», para elevarme tanto 
Yos. . {á mis propios ojos y para liacerqueenes- 



AI 

\c momonlo me tÙMile la fuerza de cum- 
plir una misi<wi tan honrosa para mi y 
acaso lilil para mis hermanos que siifu'ti 

bojo ima dura esclavitud quién sois, 

en lin? 

— ¿Quién soy yo, scùorita? respondió 
J^KÜn con una sofirisa do adorable hou- 
dad ; ya os !o lie di'"lio, un pobre y bucfi 
vicj . iju" al cabo de cuarenta afioxpielia 
servido como una má(juina para escribir 
as i deas de los demás, se vuelve todas las 
noches A su triste recinto donde puedees- 
playar sus ideas peculiares: nn hombre 
de bien que desde su desván asiste y aun 
toma algii.na parte en el movimiento de 
los espíritus generosos que se encaminan 
h ícia un objeto t-al vez mas cercano de lo 
que coínunmente se piensa... F'oresta ra- 
zón , mi querida señorita, os acabo de decir 
que vo* y yo nos dirigimos á los mismos 
fines; vos sin pensar en ello y siguiendo 
el impulso de vuestros rarosy divinos ins- 
tintos. Oeedme, vivir siempre animada 
de esos bellos pensamientos, siempre li- 
bre y feliz, esta es vuestra misión; misión 
mas providencial délo que pensais; si; 
seguid siempre rodeada de todas las ma 
ravillas del lujo y de las artes; perfeccio- 
nad vuestros sentidos y vuestros gustos 
con la esquisita elección de vuestros go- 
ces; dominad con el espíritu, con la gra- 
cia y pureza ese horroroso 6 imbécil reba- 
ño de hombres que al veros sola y libre 
mañana arudirán á vuestra) rededor cre- 
yéndoos fácil presa debida á su avaricia, á 
su egoismo y á su necia fatuidad. Burlaos 
deesas tontas y estúpidas pretensiones, 
sed la reina de este mundo y digna de ser 

respetada como una reina Amad 

brillad.... gozad... esta es vuestra misión 
en el mundo, no lo dudéis. Todas estas 
flores que Dios o-* dá con profusion pro- 
ducirán algu;i dia un fruto «'scelenle. Ha- 
bí is creído vivir solamente para los placeres 
para obtener el noble objeto á que puede 



Bti«. 197 

pretender una alma grande y generosa 
Tal vez, dentro de algunos anos nos vol- 
veremos á ver ; vos cada vez mas bella y 
mas festejada , y yo c.ida vez mas viejo y 
mas o«curo; pero no importa; estoy per- 
suadido que una voz secreta os dice en 
este momento (¡ue entre nosotros d<s que 
^omos tan diferentes uno <le otro, existe 
una relación oculta, una imión n ibleriosa 
(jue en lo sucesivo nada podrá destruir. 

Kodiii al pronunciar estás últimas pa- 
labras con un ac. uto tan profundamente 
conmovido (jue Adriana se enterneció, 
se liabíá acercado á ésta sin que ella lo 
advirtiese y por decirlo asi, sin andar ar- 
rastrando sus pies , resbalándose sobre el 
pavimento por un lento movimiento rep- 
til : habia hablado con tanto impulso y 
calor q>je su descolorido rostro se habia 
sonroseado un poco y su horrible fealdad 
habia casi desaparecido mediante el brillo 
de sus pequeños ojos salvajes, tan abier- 
tos en aqtiel instante, tan redondos y fi- 
jos como los tenia en Adriana; esta que 
estaba inclinada, con los labios entrea- 
biertos y la respiración oprimida , no po- 
día tampoco separar su vista de la del 
jes'.jila : no hablaba sino que todavía es- 
taba escuchando. Lo que estabella y ele- 
gante joven esperimentaba al aspecto de 
este viejo enfermizo era inesplicable. La 
vulgar y la verdadera coriiparacion de la 
terrible fascinación cjue ejerce la serpien- 
te sobre un pnjaro, podría dar una idea 
de esta singular impresión. 

La táctica de Ilodin era liáhW y segura. 
Mlle, de Cardoville no habia razonado 
hasta entonces sus gustos ni sus instintos 
sino que se había entregado á ellos por- 
que eran inofensivos y gratos. Ciiah or- 
gullosa y feliz debía creerse al oír i un 
hombre dolado de un espíritu superior, 
no solamente alabarla por esta tendencia 
que tan duramente le habían vituperado 



tôS 



ALBUM. 



antes , sino aun felicitarla como si se tra- 
tase de una cosa grande, noble y divina! 

Si Rodin se hubiese dirijido solamente 
al amor propio de Adriana, no fmbiera 
conseguido el objeto de sus pérfidas in- 
trigas, porque Adriana no tenia el menor 
vestijio de vanidad; habló al corazón ec- 
saltado y generoso de esta joven ; lo que 
parecía fomentar y admirar en ella era 
realmente digno de admiración. ¿Cómo 
era posible que no quedase subyugada con 
este lenguage que ocultaba tan tenebrosos 
y funestos proyectos? 

Admirada de la rara inteligencia del 
jesuíta, sintiendo su curiosidad.vivamente 
escitada con algunas misteriosas palabras 
que esta habia dejado escapar á proposito, 
no pudiendo comprender la acción singu 
lar que este hombre pernicioso ejercía so- 
bre su espíritu, incitando una respetuosa 
compasión al pensar que una peisona de 
esta edad y de tan grande entendimiento 
se hallaba en la mas precaria posición , 
Adriana le dijo con su bondad natural : 

— Un hombre de vuestra mente y de 
vuestros sentimicmtos no debe quedar es- 
puesto al capricho de las circunstancias: 
algunas de las palabras que habéis pro- 
nunciado me han hecho ver cosas nuevas, 
conozco que en muchos puntos vuestros 
consejos podrían serme útiles en adelante, 
finalmente, al sacarme de esta casa y al 
consagraros á las demás personas de mi 
familia, me habéis dado pruebas de inte- 
rés que yo no podría olvidar sin ingrati- 
tud. Habéis perdido una modesta aunque 
segura^posicion.... permitidme 

— No prosigáis, mí queiída sefioríta, 
saltó Rodin interrumpiendo á Adriana 
con aire triste: siento por vos una profun- 
da simpatía: me honro en tener ideas 
iguales á las vuestras; en fin, creo firme- 
mente que algún dia os veréis en la pre- 
cisión de pedir consejo á un pobre y viejo 



filósofo; en razón á todo esto debo*^' âfe- 
seo conservar la mayor indt'pcndeiicià 
relativamente á vuestra persona. 

— Al contrario, caballero, yo soy quien 
debo estaros agradecida sí aceptáis lo que 
tanto deseo ofreceros. 

— ¡ Oti I mi querida stñorita , dijo Ro- 
din sonriéndose, sé que vuestra genero- 
sidad sabrá aligerar y endulzar el reco- 
nocimiento pero, os repito que nada pue- 
do aceptar de vos. Tal vez ll'-gará un dia 
en que sepáis la razón. 

— lUn dia 1 

— Me es imposible deciros mas. Supo- 
ned que yo os deba alguna obligación. 
¿Cómo es posible que en ese caso pueda 
yo manifestaros todo cuanto tenéis do 
grande y generosa? Si mas tarde me de- 
béis alguna cosa en razón á los consejos 
que yo pueda daros, tanto mejor, ten- 
dré mas libertad para vitu, e iros si hay 
motivo. 

— Quiere decir que no podré manifes- 
tarme reconocida con vos. 

— No, no.... dijo Rodin con aparente 
emoción. Creedme; ya llegará el momen- 
to solemne en que podréis desquitaros do 
un modo digno de vos y de mí. 

Esta conversación fué interrumpida por 
la criada que al entrar dijo á Adriana : 

— Señorita , abajo está una costurera 
jorobada que quiere hablaros: como se- 
gún las órdenes del doctor podéis recibir 
á quien queráis.... vengo á preguntaros 
si debo dejarla subir.... está tan mal ves- 
tida que no me atrevo.... 

— Que suba , dijo Adriana con viveza 
rec(>nociendoá la Gibosa portas señas que 
dio la criada.... que suba. 

— El señor doctor ha dado también la 
orden de poner el coche á vuestra dispo- 
sición.... ¿pueden enganchar? 

— Si.... dentro de un cuarto de hora, 
respondió Adriana á la criada que se mar- 



\X9VM 

clj(j qI ¡netanle y en sogtiida dirigii'nJosp 
a Uoilin, le dijo: el n>aj;islrado no [luo.i»' 
tardar, sogun pienso, en Iraer aqiii á la> 
señoritas del .Mariscal Siniofi. 

— No lo creo, mi ipieriild amij;a, ¿pero 
quien es esa jóveii costurera jorobada? 
prejiunló Rodin con aire indiferente. 

— La hermana adoptiva <le unescelente 
artesano que se lia espuosto miidio para 

sacarme de esta casa caballero.... dijo 

Adriana con emoción. Ksta costurera es 
una cscelente criatura; es imposible hallar 
nunca ima imaginación mas elivadaniun 
corazón mas generoso, bajo la apariencia 
menos.... 

Pero deteniéndaseá la idea ({ue Uodin 
reunía iguales contrastes físicos y mora 



les que la (iibosa, Adriana auadio mi- 
r.indo con infinita gracia al ji-uila (|ii'? 
se (|uedii admirado de i'>tu repentina reti- 
cencia. 

— No; esa noble j(')Vi'n no es la única 
<jue prueba la suma in(hfcrencia con que 
la nobleza de alma y la superioridad de 
espirilu hacen considerar las vanas venta- 
jas debidas solamente a la casualidad ó á 
la riijiieza. 

lín el momentoí;n(|uc Adriana pronun- 
ció estas últimas palabras entró la (iibosa 
en el cuarto. 

FIN ÜE LA 1>IUMI<:RA PARTE, 



PAIVTE SEGUNDA. 



Eli PUOTECTOK. 



►-e-©0€-o 



1. 



% LAS SOSPECHAS. 

Mlle, de Cardovilie salió apresurada- 
mente á recil)ir á la Gibosa, y alargándola 
los brazos, la dijo conmovida: 

■—Venid, venid, ya no nos separa una 
\erja. 

A esta alusión, que la recordaba que su 
pobre y laboriosa mano había sido en otro 
tiempo besada por aquella l;ella y rita pa- 
tricia , la joven c>isluiera esprriínentó un 
sentimiento de inefable y noble gratitud 
Como la Ciibo'ía dudaba corresponder á la 
cordial recepción de Adriana, esta la abra- 
zó con tierna efusión. 

Cuando la Gibosa se vio en los delicio- 
sos brazos de Mlle, de Cardo\¡lle, cuando 



sintió los frescos y lloridos labios de ía jtU 
ven en sus enfermizos y pálidos carrillos, 
prorumpiü en un llanto y no pudo pro- 
nunciar una sola palabra. 

Uodin, que se habia retirado á un rin- 
cón del cuarto, cofi>id*?raba esta escena 
Con un secreto disgusto : instruido de la 
digna negativa de la Gibosa á las péilidas 
proposiciones de lasuperiora del convento 
de Santa Maria; sabiendo ti profundu in- 
terós que esta generosa criatura profesaba 
á Agricol, interés que se habia estendido 
desde algunos días antes á .Mlle, de Car- 
dovilie, el jt'suita no quedó muy contento 
de ver á esta empeñada en aumentar mas 
este afecto. Pensaba prudentemente (|iie 
no se debe jamás despreciar á un amigo ó 



200 



ALBUM. 



enemigo por pequeños que sean. Su enemi- 
go era toda persona que manifestaba celo 
, en favor de Mi! e. de Cardoville: ademas es 
sabido que Rodin reunía á una rara firmeza 
de carácter ciertas debilidades supersticio- 
sas y se inquietó de la singular impresión 
de temor que le inspiraba la Gibosa, ha- 
ciendo ánimo de tener presente esta pre- 
visión ó presentimiento. 

Los corazones sensibles tienen algimas 
veces ciertos instintos de gracia y de bon- 
dad aun en las cosas mas pequcíias. Asi 
es que después que la Gibosa hubo derra- 
mado un copioso y dulce llanto de grati- 
tud, Adriana, sacando i n pañuelo rica- 
mente guarnecido, enjugó las lágrimas que 
inundaban el melancólico rostro de la jo- 
ven costurera. 

Esta acción tan sencilla y espontánea 
libertó á la Gibosa de una humillación; 
porque desgraciadamente, humillaci n y 
sufrimiento son dos abismos al lado délos 
cuales marcha el infortunio; asi es que en 
la desgracia la menor acción delicada es 
casi siempre un doble beneficio.... 

Tal vez nuestros lectores vana sonreír- 
se de desprecio al leer el pueril detalle que 
vamos á poner por egemplo: la pobreGi- 
bosano atreviéndose á sacar de la faltri- 
quera su vifjo y loto pañuelo, hubiera 
permanecido mucho tiempo cegada con 
las lágrimas, si Mlle, de Cardoville no las 
hubiese enjugado. 

— ¡ Que buena sois !... ¡ Oh ! ¡ que no- 
ble caridad tenéis... señorita!... 

Esto es lo único que pudo decir la cos- 
turera con voz profunda y conmovida , y 
mucho mas agradecida á la alencion de 
Adriana de lo que tal vez hubiera podido 
manifestarse por cualquier otro servicio. 

— Miradla, dijo Adriana á Kodin, el 
cual se acercó al instante.... Si, añadióla 
joven patricia con orgullo.... este es un 



caballero, y queredla como yo la quiero^ 

honradla como yo la honro Tiene un 

corazón.... como el que nosotros busca- 
mos. 

; — Y gracias á Dios, como los hallamos, 
mi querida señorita, dijo Rodin á Adria- 
na, inclinándose liácia la joven costurera. 
Esta levantó con lentitud los ojos sobre el 
jesuíta; al aspecto de aquella cadavérica 
fisonomía que la miraba con bondad, la 
joven se sobresaltó; ¡ cosa estraña ! jamás 
habia vistoáeste hombre, y casi en el mis- 
mo momento sintió por él el mismo temor 
y repulsión que él acababa de tener por 
ella. La Gibosa, naturalmente tímida y 
confusa , no podía separar su vista de 'a 
de Rodin : su corazón latía con violencia 
como si la amenazasr- un peligro ; pero 
como esta escelenle criatura solo temía 
por los que ella estimaba,. se acercó invo- 
luntariauíente á Adriana , teniendo siem- 
pre los ojos fijos en Rodin.' 

Este, que era buen fisonomista, cono- 
ció la" impresión que había causado y sin- 
tió aumentarse su aversion instintiva con- 
tra la costurera. 

En vez de*baj3r los ojos, pareció exa- 
minarla con una atención tan sostenida, 
que Mlle, de Cardoville quedó admirada. 

— Perdonad, amiga mía, dijo Rodin con 
aire de reunir sus recuerdos, y dirigién- 
dose á la Gibosa, perdonad, me parece 
i|ui; no me engaño... ¿No hace pocos-días 
que habéis estado en el convento de San- 
ta María... cerca de aquí? 

— Si señor. 

— No hay duda, sois la misma, ¿dónde 
tenia yo la cabeza? esclamó Rodin... Sois 
vos, hubiera debido caer antes, 

— ¿Qué es eso? preguntó Adriana. 

— Tenéis razón , mi querida señorita , 
dijo Rodin señalando con un gesto ala Gi- 
bosa. Este si <¡ue es un corazón noble y co- 
lesoro que yo he descubierto.... Miradla,, mo nosotros le buscamos. Si supieseis con 



ALHIM. 

que dignidad y valor esta pobre jóvcnqiio 
necesitaba trabaji); y la faltado Irabiijo 
equivale á carecer de lodo; si supieseis, 
digo, con que dignidad ha dosicliado e! 
vtTg nzoso jornal (jiie la superiora del Cttn- 
vento tuvo la indíi;r)idaJ de ofrecerle para 
que espionase a la familia donde la [iiu- 
|juMeron culucarla... 

— ; Ahí ¡ eso e> infame! csclamó Adria 
na con desprecio... ¡hacer semejante pro 
posición á esta desgraciada joven ! ¡á ella! 

— ¡Señorita dijo la Gibosa con amar- 
gura... yo no tenia trabajo^... era pobre... 

no me conocían y creyeron poderme 

fiacer cuaKjuier oferta !... 

— Y yo digo, repuso Uodin , que era 
doble iniquidad de parte de la superiora 
tentar la miseria], y que es doblemente 
noble de vuestra parte el haber rehusado'. 

— Caballero dijo la Gibosa con mo- 
desto embarazo. 

— ¡ Oh ! a nu' no se me intimida, repu 
so Rodin; alabanza ó vituperio, digo fran 
Tcameiite lo que pieiiso.... Preguntad a es 
ta señorita (y Rodin señalaba á .\dríana). 
Os dirá con la misma libertad (jue pienso 
tan bien de vos como Mlle, de Cardo- 
vrlle. 

— Creadme, hija mia , dijo Adriana; 
liay alabanza:) que honran, recompensan 
y animan... tales son >as de Mr. Kodin... 
Demasiado lo sé ; ] oh , si, lo $é I 

— .Mi querida señorita, no soy yo solo 
el que debe honrarse de este juicio 

— lOné significa eso, caballero? 

— ¿ Ksta joven no es hermana adopti- 
va del laborioso jornalero y poeta popu- 
lar Agn'col Baudoin? Pues bien, el afecto 
de un hombre semejante ¿no es la mejor 
gaiantia y la que, por decirlo asi, permi 
te juzgar por el rótulo? añadió Rudin son 
riéndose. 

— Tenéis razón, caballero, repuso 
Adriana!, porque sin coi.ocer á esta bue- 
na joven me interesé vivamente en su 



aÜl 



suerte desde el dia en que su ht-rmano 
adoptivo me habló de ella. Se esplicaba 
con tanto calor, con tanta confianza, que 
inmediatamente la cn-í capat de inspirar 
una ami>tad tan noble. 

Estas palabt'as de .\driana, juntas á 
otra circunstiancia, turbaron tanto ala Gi- 
liosa íjin' íU' pálido rostro (pitMló morado. 

Es sabido (¡ue la desgraciada tonia por 
Agiicul Un amor tan apa>ionado como 
oculto y doloroso; cualquier alusión, aun 
indirecta, á este fatal sentimiento, causa- 
ba á la joven un embarazo cruel. 

En el momento en que Mlle, de Car- 
doville habló del afecto de Agricol por la 
Gibosa, esta se encontró con los escruta- 
dores ojOs de Rodin que estaban fijos en 
ella.... sí hubiera estado sola con Adria- 
na , solo hubiera tenido una conmoción 
pasaficra al oir hablar del herrero; pero 
le pareció que desgraciadamente el jesuí- 
ta que le inspiraba ya un temor involun- 
tario, acababa de leer y de sorprenderen 
>u corazón el secreto del funesto amor de 
que era víctima... De atjui provino el vi- 
vo sonroseado de la desgraciada, y un em- 
barazo tan visible, que Adriana no pudo 
menos de estrañarlo. 

Una imaginación sutil y pronta como 
la de Rodin busca al menor efecto en pro- 
pia causa. Por una parte, el jesuíta veía 
una joven contrahecha , pero sumamente 
entendida y capaz de un afecto apasiona- 
do; por otra, un jóvcrr jornalero, buen 
mozo, emprendedor, vivo y frtfnco. «Ha- 
* hiendo sido criados jiintos, y simpáticos 
« el uno al otro en muchos puntos, deben 
«amarse fraternalmente, dijo para sí: 
« pero un amor de esta especie no causa 
«rubor; la Gibosa se ha ruborizado y 
« turbado á mi vista; ¿estará enamorada 
« de Agricol? » 

Rodin quiso apurar esto hasta el cabo, 
y notando la sorpresa que la visrbie tur- 
bación (le la Gibosa causaba á Adriana, 
51' 



202 



ALBUK. 



dijo á esta sonriéndose y denotan Jo á la 
Gibosa con una señal de inteligencia. 

— ¡ Hola I ¿ veis como se ruboi iza esta 
pobre joven cuando se habla del vivo in- 
terés que le profesa ese buen jornalero? 

La Gibosa bajó la cabeza llena de con- 
fusion. Al cabo de un segundo, durante 
el cual Rodin se quedó silencioso para dar 
tiempo á que el tiro cruel penetrase en 
el corazón de la desgraciada , el verdugo 
prosiguió : 

— ] Ya veis como se turba esta buena 
joven I 

En seguida, y después de otro instante 
de silencio, notando que la Gibosa cam- 
bió sus vivos colores en una palidez mor- 
tal y que estaba temblando, el jesuíta cre- 
yó haber arriesgado demasiado, porque 
Adriana dijo á la Gibosa con interés: 

— Querida mia, ¿porqué os turbáis de 
ese modo? 

— Eso es muy sencillo, repuso líodin 
con la mayor naturalidad; porque sabien 
do ya lo que quería saber tenia interés en 
disimularlo*.... eso es muy sencillo, esta 
escelente joven tiene la modestia de una 
tierna y buena hermana por su hermano. 
A fuerza de quererh.... á fuerza de ase- 
mejarse á él, cuando se le alaba, le pare- 
ce que la alaban también. 

— Y como es tan modesta y escelente, 
añadió Adriana cogiendo las manos á la 
Gibosa, la menor alabanza hecha á su 
hermano adoptivo ó á ella, la turba hasta 
el estremo que vemos... esta es una ver- 
dadera niñería por la que quiero reñirla 
mucho. 

Adriana hablaba de muy buena fé, pues 
la esplicacion que dio Kodin la pareció y 
era efectivamente muy plausible. 

Del mismo modo que todas las perso- 
nas que temiendo á cada instante verdes 
cubierto un doloroso secreto, se tranqui- 
lizan con tanta facilidad como se asustan, 
la Gibosa quedó persuadida.... tuvo ne- 



cesidad de persuadirse, para no caet 
muerta de vergüenza, que las últimas 
palabras de Rodin eran sinceras y que no 
sospechaba el amor que ella tenia á Agrí- 
col. Desde este momento disminuyeron 
sus angustias y halló algunas palabras pa- 
ra responder á Mlle, de Cardoville. 

— Perdonadme, señorita, dijo con ti- 
midez, estoy tan poco acostumbrada á una 
benevoier.cia semejante á la que me pro- 
digáis, que no sé correspondir á vuestras 
bondades. 

— ¿Mis bondades? ¡ pobre joven I res- 
pondió Adriana, hasta ahora no he hecho 
nada para vos. Pero, gracias á Dio?, iles- 
de hoy podré cumplir mi promesa , re- 
compensar vuestro celo, vuestra valerosa 
resignación, vuestro santo amor al traba- 
jo y la dignidad de que tantas pruebas 
habéis dado en medio de crueles perse- 
cuciones: en una palabra, desde hoy no 
nos separaremos mas, dado caso que esto 
pueda conveniros. 

— Señorita , eso es demasiída bondad , 
dijo la Gibosa con voz balbuciente... per > 
yo..... 

— Tranquilizaos, repuso Adriana, inter- 
rumpiéndola y adivinándola: si aceptáis, 
yosabré conciliarcon mi deseo, algo egoís- 
ta , de teneros á mi lado, la independen- 
cia de vuestro carácter, vuestro gu-to al 
retiro, y vuestra necesidad de sacrilicaros 
por todo lo que merece compasión : y aun 
no os ocultaré (jue cuento seduciros y íija- 
rosá mi lado proporcionándoos los medios 
de satisfacer vuestra generosa tendencia. 

— ¿Pero qué he hecho yo para merecer 
este reconocinu'entü? dijo sencillamente la 
Gibosa. ¿No sois vos quien ha empezado 
á mostrarse tan generosa para mi herma- 
no adoptivo? 

— Yo no os hablo de reconocimiento, 
dijo Adiiana; estamos pagados; os I;dblo 
del afecto y de la sincera amistad que os 
ofrezco. 



«VBIJII. 



?03 



i^¿A mí, señorita? ¡amistad! 

— ¡ Vamos, vamos ! I.i dijo Adriiuia con 
generosa soiui.sa ; no os valj^ais de la veti 
taja de vuestra posición para ser or¿;uilo- 
.sa: ademas, se me lia puesto en la cabe- 
Zi (|ue seréis mi amiga... y así será, ya lo 
veréis... y aiii)(|iie ya es altj;o tarde os pre 
guillaré ¿qué buena foiUina os íia traidt» 
aijiií? 

— Mr. Üagoberto ha recibido esta ma- 
ñana una carta en la (]iie le decían que 
viniese aquí , y donde según parece, ba- 
ilaría buiíias noticias rclativauíenle á lo 
que mas le interesa en el imindo. Cre- 
yendo que se trataba de las señoritas Si- 
mon , me dijo: (jibosilla, habéis tomado 
tanto interés por todo lo que concierne 
á estas pobres niñas, que es preciso que 
vengáis conmigo: ya veréis mi alegría 
cuando las vuelva á ver: es-ta será vues- 
tra recompensa. 

Adriana miró á Rodin que hizo con la 
cabeza una seña afirmativa y dij-»: 

— Sí, si, querida sen irita, yo soy el que 

ha escrito á ese valiente soldado pero 

sin lirmanne y sin dar masesplicaciones... 
y sabréis por (jué. 

— Entonces, ¿en qué consiste (jue ha- 
béis venido sola? preguntó .\driana. 

— Señojíla, me he sentido tan c<mmo- 
vida al lligar a(]uí (|ue no he podido ma- 
nifestaros mis temores. 

— ¿Qué temore>? preguntó Kodin. 

— Señorita, sabiendo que habitais aquí, 
lie supuesto(iue hubierais escrito vo, mis- 
ma á Dagolurto: así me lo ha dicho, y 
así lo ha creído como yo.... Cuand» llegó 
aquí era (al su impaciencia que preguntó 
á la puerta si estaban las huérfanas tn es 
ta casa; dando al mismo tiempo sus se- 
ñas. Le respondieron que im, y entonces, 
á pesar de mis sú|)licas, quiso ir al con- 
vento á informarse de ellas. 

— ¡Hué imprudencia! esclamó Adriana. 

— Después de lo sucedido, anadió Ko- 
din encogiéndose de hombros. 



— Por mas que lo he dicho, repuso l.i 
Tiibi^sa, (|uc la caria no anunciaba de ui 
modo positivo que le iban á rntregar I s 

huéifanas sino que sin duda <|iieritf.T 

darle alguna noticia de ellas, no ha (|ii< - 

rido hacerme caso, y me re>pof)dió si 

no piitMlo saber nad^iré á buscroN: ¡m- 
tésile ayer estaban en el convento, y.-»lió- 
ra que todo está ya descubierli» , no po- 
drán negármela*. 

— Con una cabeza semejante no es po- 
sible discutir, dijo Rodin. 

— Con tal que no le reconozcan le- 

puso Adriana pensando en las amenez is 
del doctor. 

— No es de presumii*, salló Rodin... n > 
querrán abrirle... este es, á mi modo de 
ver, el solo desengaño que tendr?: por lo 
demás e! magistrado no puede tardar ja 
en volver con las niñas... Mi presencia no 

es ya necesaria ai|uí oíros deberes me 

llaman. Ks preciso que vaya á informar- 
me del príncipe Djalma. Así, tened i.i 
bondad de decirme cuando y dónde podié 
veros, mí querida señorita , con el fin de 
liaros parte de mis descubrimientos.... y 
de convenir en todo lo (¡ue pueda intere- 
sar al joven príncipe, si, como lo espero, 
mis pasos tiene un buen resultado. 

— En mi casa, en mi nueva casa á d^n- 
de voy desde aquí, calle de Anjou, anti- 
guo palacio de Heaiilipu Pero, ahora 

(jue me acuerdo|, dijo de pronto Adriana 
al cabo de algunos minutosde reflexión... 
no creo conveniente, ni aun prudente, 
por varias razoi.es, a'ojar al príncipe Djal- 
ma en el pabellón que yo ocupaba en ( ' 
palacio de Saint- Dizier. Hace poco tiem- 
po (¡ue he visto una deliciosa casita amue- 
blada: en 24 horas podrá ponerse en di - 
posición de habitarla... Si, esto será mu- 
cho mejor, añadió Adriana al cabo de un 
instante de silencio... y ademas, de este 
modo podrá guardar con mayor seguri- 
dad el mas estríelo inc<)gnilo. 



â04 



ALBUM, 



— ¡Cómo! esclamó Rodin,que veía pe 
ligrosamenle trastornados sus proyectos 

con esta nueva resolución de la joven 

queréis que ignore... 

— Deseo que, el príncipe ignore absolu- 
tamente quien es U persona desconocida 
que le ha socorrido: quiero que no se prp- 
nuncie mi nombre y aun que ignore que 
yo existo. ..|á lo menos en cuanto ahora... 
ya veré... las circunstancias me guiarán. 

— ¿Pero no ^erá difícil guardar este in- 
cógnito? dijo Rodin ocultando su viva con- 
trariedad. 

— Si el príncipe hubiese habitado mipa 
bellon , convengo con vos. la inmediación, 
de mi tia hubiera podido iluminarle... es- 
te temor es una de las razones que me 
hacen renunciar á mi primer proyecto. 
El príncipe vivirá en un barrio muy leja- 
no... en la calle Blanca ¿Quién podrá 

decirle allí lo que debe ignorar? M. Ñor- 
val, uno de mis antiguos amigos, vos y 
es'.a digna joven (señalando á la Gibosa) 
conocéis únicamente mi secreto, y cuento 
con vuestra discreción... así, no será des- 
cubierto. Ademas , mañana hablaremos 
mas largamente sobre todo esto : lo que 
interesa es que consigáis hallar á ese des- 
graciado joven príncipe. 

Rodin, aunque profundamente enfada- 
do con la repentiiia¡deterntinacion de Adria- 
na respecto á Djalma, n^da manifestó y 
respondió : 

—Vuestras intenciones serán esctupu- 
losamente ejecutadas , mi querida señori- 
ta , y n»aùana iré á daros cuenta, sí lo 
permitís, de misión provid<;nci,al, seguq la 
habéis caliiicado hace poco. 

Con que, hasta mañapa.... os espe- 
ro cou impaciencia , dyo afectuosamente 
Adriana á Rodin.... Permitidmequecuen- 
te siempre con vos del mismo modo que 
desde ahora podéis contar conmigo. Será 
preciso queseáis indulgente conmigo, por- 
que preveo que todavía teudré que pedi- 



ros muchos consejos y servicios... ya qiie 
tanto os debo. 

—Jamas i-erá lo bastante, mi querida 
sçùorita , jamas ; dijo Rodin dirijiéndose 
discretamente hacia la puerta después dé 
haber hecho una cortesía á Adriana. 

Efi el momento en que iba á salir se 
encontró cara á cara con Dagoberto. 

— 1 Ali ! ¡ ya tengo Unol esclamó el sol- 
dado cojiendo al jesuíta por el cuello con 
mayo vigorosai 

u. 

LAS DISC0LJP4.S. 

Mlle, de CardovillCj al ver la ruda ac- 
ción de Dagoberto, esclamó asustada dan- 
do algunos pasos hacia el soldado: 

— ¡En nombre del cielo 1 ¿qué ha- 
céis? 

— ¡Qué hago! respondió bruscamente 
el soldado sin soltar á Rodin y volviendo 
la cabeza hrcia Adriana que él noconocía. 
Me aprovecho de la ocasión para apretar 
el pescuezo de uno de los miserables de la 
bapda del renegado , hasta que me diga 
donde están mis pobres niñas.... 

— ]i}ue me ahogáis! dijo el jesuíta con 
voz apagada y tratando de desasirse del 
soldado. 

— ¿ Uonde están las huérfanas , puesto 
que no están aquí y que me han cerrado 
la puerta dol convento sin querer res- 
ponderme? gritó Dagoberto ton voz lo- 
uante. 

— ¡Sjccrro ! miirmiir.) Rodin; 

— I Ah ! ¡eso es horrible! Uijo Adriana. 

Y pálida y trémula se dirijró á Dago- 
berto con las manos juntas. 

— ¡Gracia! ¡escuchadme.... escuchad-» 
me 1 

— Señor Dagoberto, saltó la Gibosa 
corriendo hacia éste y cojiéodole el brazo 
y señalando á Adriana. Aquí está j^ílie^ 
de Cardoville, ¡qué viuleiicia es esta de- 
lante de ella! ademas, os engañáis.... sin 
duda. 



kLHVy 

Al oir cl n(aiil)ri' de Mlle, de (]ard,ovî- 
Ije , la bii'iiluihora de su hiji.» , o' soldadu 
se vühic^ de proiilo y soll(') a K,<J<liii, »itiii'n 
todo amoratado de cólera y de M)fucaci<»i) 
s« apri'ííiiró à coiiipuner su cuello y cor 
batiii. 

— Perdonadme, señorila, dijo Dojio- 
berlo arerr.íiidosc a Adriana que lodaví;i 
estaba pálida del Misto; yo v.o sabia (^iiit ti 
oraí>; el primer moviuiiento me ha liedju 
salir de mí involtiiitariamentp. 

— ¡ Dios mió! ¿(JuL' leñéis rontra el 
señor? dijo Adriana , si me hubierais es- 
cuchado sabríais.... 

— Perdonadme si os interrumpo, seño- 
rita, dijo el soldado á Adriana contenien- 
do la yuz. En seguida dirigiéndose á Ko- 
din que liabia recobrado su serenidad, le 
dijo : Dad gracias á la señorita y mar- 
chaos.... pues si permanecéis nvas tiempo 
aqui , yo no respondo de mi. 

— Kscuchad una sola palabra , querido 
señor, dijo llodin.... yo.... 

— Os repilo que no respondo de mis 
acciones si permanecéis mas aqui.... es- 
clamó Dagoberlo dando una patada en el 
suelo. 

— Pero ¡ por Dios! decidme qué moti- 
vo Içneis para poneros de este modo, re- 
puso Adriana.... y sobre todo no os de- 
jéis llevar de apariencias.... calmaos yes- 
cuchadnos.... 

— ¡ Que me calme! csclamó Dagobcrto 
desesperado.... señorita, solo pienso en 
una cosa.... en la llegada del mariscal Si- 
mon que debe estar en Paris hoy ó ma- 
ñana 

— 1 Es ppsible! dijo Adriana. 

Rodu) lii^Q uo movimiento de sorpresa 
y de alegría. 

— Ayer noche, repuso Dagoberlp, he 
recibiílo una ca,rla del mariscal que ha 
(leseinitaicado en el Havre: hace lre<dias 
que no ceso de dar pasos para bMscar á 
las huérfanas puerto que se ba deshará - 



íes 



•ad.. la iiilrina de estos nuAtfraLlvs (spi;.!»- 
lando á Kuilm cvu un gesto dv telera.) 
Apesar de eso.... ¡ nmU ! Tuda\ia medi- 
tan otra infamia.,.. Nada e.vtrañar<'.... 

— Pero, caltallero, sajló Uodin acer- 
cándose, permitiílme que os.... 

— Salid de aqui, esdanió Dagoberlo 
cuya irriiaciíMi y ansiedad redoblaban al 
|H loar (jiie de un moment^ a oirg podía 
llegar a Paris el marisca' Simon.... Salid 
de aqui.... á no ser por la señorita vauíe 
hubiera vengado de uno..., 

Rolin hizo un gesto de inteligencia á 
Adriana á quien se acercó con prydencia , 
señaló á Pagobcrtocon im gesto de com- 
pasión , y dijo á este último: 

— Me marcharé con tanto mayor gusto 
cuanto que ya iba á salir á,e ^s^e cuarto 
cuando entrabais. 

En .seguida acercándo.se enteramente á 
Adriana, la dijo en voz baja : 

— ¡Pobre soldado! el dolor le saca fuera 

de sí y no podría escucharme Espli- 

cadle todo lo ocurrido, señorita; y caerá, 
añadió con aire taimado; pero entretanto, 
repu>o Rodin metiéndose la mano ep la 
faltriquera de su levilay sacapdç un rollo: 
entregádmelo, mi querida señorita, esta 
es mi venganza y buena. 

Y como Adriana miraba al jesuíta te- 
niendo ya en sus manos el rollo de pape- 
les, este puso el dedo índice en su I^bio 
cpmo para encargar el>ilencio á la j^ven, 
se fué hacia la puerta dando pasos airas 
de puntillas, y salió haciendo un gesto de 
compasión á Dagoberto, ti cual, suplido 
en un triste abali,íniento, çp/i 1^ cabeza 
baja y los brazos cruzac^os sobre eJ pedio, 
permareck^ mud con la iníluencia dç los 
con^utlos que le dio la Gibosa. 

Cuando Hodin salió del 'uarto, Adria- 
na , acercándose al soldado le dijo con su 
dulce voz y con la espresion de un pro- 
fundo interés : 

—Vuestra brusca entrada me ha im- 
52* 



206 ALBUM 

pedido haceros una pregunta muy inle- 

resante para mí ¿Y vuestra herida? 

— Gracias, señorita, dijoDagoherto sa- 
liendo de su penosa preocupación , gra- 
cias, no es nada... pero no tengo tiempo 
de pensar en esto. Siento mucho haber 
sido tan brutal con ese hombre en vues- 
tra presencia y haberle echado de aquí: 
pero no he podido dominarme; ai ver á 
esas genios, la lengua se me sube á la 
cabeza. 

— Sin embargo, habéis procedido con 
arrebato, creedme: la persona que estaba 

aqui ahora 

— ¡Con arrebato!... seiiorita no es 

hoy cuando le he conocido... Estaba con 

el renegado abate d'A'grigny 

•^Sin duda... pero esto no impide que 
sea un hombre honrado y escelente. 
— jEse! esclamó Dagoberto. 
— Sí, y en este momento solo está pen- 
sando en una cosa... en devolveros vues- 
tras queridas niñas 

— ¡Él I repuso Dagoberto mirando á 
Adriana como si no creyese lo que oia; 
¡él! ¡devolverme las niñas! 
— Sí, y tal vez mas pronto de lo que 

pensais 

— Señorita, saltó de pronto Dagoberto, 

os engaña sois víctima de ese bribón. 

— Os equivocáis, dijo Adriana menean- 
do la cabeza y sonriéndose... tengo prue- 
bas de su buena fé... ante todo á él debo 
el salir de esta casa. 

— ¿Será posible? dijo Dagoberto con- 
fundido. 

— Muy posible, y lo que es mas, hé 
aqui una cosa que tal vez os reconciliará 
con él, dijo Adriana entregándole el ro'lo 
que Rodin acababa de darla en el mo- 
mento de salir; no queriendo exasperaros 
mas con su presencia, me lia dicho: se- 
ñorita , entregad estregad esto á ese buen 
soldado: esto será mi sola venganza. 
' Dagoberto miraba atónito á Adriana y 



abriendo maquinalmente el rollo. L^ègô 
que le desenvolvió y que reconoció su cnií 
de plata, tomada por el tiempo, y la vifja 
cinta encarnada y arrugada (|ue le liebiin 
robado en la posada del Halcón Blanco 
con sus papeles, esclamó con voz cortada 
y palpitando. 

— ¡Mi cruz, mi cruz, es mi cruz! 

Y en la exallacirn de su alegría estre- 
chaba !a estrella de plata conlra su cano 
bigote. 

Adriana y la Gibosa se enternecieron 
profundamente con la emoción del solda- 
do que esclamó corriendo hacia la puiría 
por donde acababa de salir Rodin. 

— Después de un servicio hecho al ma 
riscal Simon , á mi niuger ó á mi hijo no 
podia haberse portado mejor conmigo...., 
¿Señorita, respondéis de ese buen fiom- 
bre?... Y yo le he insultado..... y mal- 
tratado en vuestra presencia le debo 

una satisfacción y se la daré, sí, se 

la daré. 

Y al decir esto salió precipitadamente 
del cuarto, atravesó corriendo las dos pie- 
zas, tomó la escalera, la bajó precipita- 
damente y alcanzó á Rodin en el último 
escalüo, 

— Caballero, le dijo con voz sentida co- 
giéndole del brazo : es menester que vol- 
váis á subir al instante. 

— ^0 seria malo que os decidieseis á 
una sola cosa, mi querido señor, nijo Ro- 
din deteniéndose con bondad : hace un 
instante que me mandasteis salir y ahora 
se trata de volver. ¿En qué quedamos? 

— Acabo de pi rder la razón, y cuando 
esto me sucaie trato de reparar lo hecho: 
os he injuriado y maltratado en público 
y delante del público quiero daros una 
satisfacción. 

— Caballero estoy de prisa os 

lo agradezco. 

— ¡Qué me importa que estéis de pri- 
sa! os repito que vais á subir al instan- 



\û ó si no... si no, repuso Dagoberfo 

cügi<^iidi»Ic la mano y apretándosela cuii 
lanfa cordialidad como ternura... ó si nu 
la diclia que me causais devolviéndome 
mi cniz no será complela. 

— No quedará por eso, anii^o mío, su 
hamos suttamos 

— Y no solo me habii-; devuelto mi 
cruz, que lie llorado, si llorado sin (pic 
nadie lo sepa, eselanjó I)a;:ol»i'r!ocon cfu 
sion , sino que esta señorita acaba de de- 
cirme que gracias á vos.... las pobres ni- 
nas.... vonjos... no os burléis... -¿es ver- 
dad? ¿es verdad? 

- — ¡ Quó curioso sois ! dija Rodin son 
riéndose con nialicia ; en seguida añadió : 
vamos, vamos, tranquilizaos; se os devol- 
verán vuestros d''s angelitos, diablo. 

Y el jesiiila subió la escalera. 

— ¿Hoy misnio? esc'amó Dagoberto. 
En el momento en que Rodin subia los 

escaloiH's le detuvo de pronto por la 
manga. 

— ¿ Kn qué quedamos, buen amigo? 
¿nos detenemos? ¿subimos? ¿bajamos? 
Me baceis volver tarumba. 

— Tenéis razón; arriba nos entendere- 
mos mejor; venid, venid pronto, dijo Da 
goberto. 

En seguida echando el brazo á Rodin 
le hizo apresurar el paso y le llevó triun 
fante al cuarto donde se habían quedado 
Adriana y la Gibosa, las cuales habían 
tjuedadosorprendidas con la repentina sa- 
lida del soldado. 

— Aqui o>t3, aqni está, esclamó Dago- 
berto al entrar: felizmente 'e he alcanza- 
do al pié de la escalera. 

— .Miora, caballero, dijo Dagoberto con 
voz grave, declaro delante de la señorita 
que no he tenido razón en obrar brutal- 
mente con vos : y que os debo... si... si... 
mucho.... mucho.... os juro (jue cuando 
debo pago. 



207 

din que la npr»tó con afabilidad, ana»- 
diendo : 

— ¿De (jué se trata? ¿qué gran servi- 
cio es ese ? 

— ¿Y e^to? repuso DagotK'rto hacien- 
do lirillar la cruz á los ojos do Uodiii, ¡no 
sabéis lo (pie es esto para mi ! 

— Suponierulo (pie debe interesaros nüi- 
eho, contaba tener el gu<to de eiilirgá- 
rosla yo mismo. Este fué mi objeto al 
traerla... I'ero sea dielio entre nosotros... 
me habtis recibido tan familianucnle que 
lio he tenido tiempo p;ua 

-^Caballero, repuso Dagoberto confun- 
dido, os aseguro que me arrepiento de 
corazón de lo que acabo de h^rer. 

— Lo sé, mi bin n amigo, no liabUmos 
mas de ello.... ¿Con que tanto os inteíe- 
saba la cruz? 

— ¿Si me interesaba? esclamó Dago- 
berto.... esta cruz (besándola) es para mí 
una reliquia , y la persona que me la dio 
era e' santo de nii devoción.... la habla 
tocado.... 

— ¡Cómo! fingiendo mir-ir la cruz con 
curiosidad y re>peluosa admiración. ¡Có- 
mo ! ¡Napoleón.... el gran Nipoleon ha 
tocado con su propia mano, con su victo- 
rosa mano... esa noble y honrosa estre- 
lla! 

—■Si, señor, con su niano; aquí, aquí 
me la puso, en mi ensangrentado peclu», 
como queriendo vendar mi (piinta heri- 
da... Asi, si estuviese mu(rto de hambre 
y hubiesedeoptarentreel pan y la cruz... 
no dudaría un cnomento.... con el objeto 
de llevarla conmigo al sepulcro. Pero bas- 
ta, basta de esto hablemos de otra cosa... 
I (jué tontería ! ¡ un soldado viejo I ¿no e» 
verdad? añadió Dagoberto pasándose la 
mano por los ojos; y en seguida como si 
scavergonzase de confesar lo (jue senfia... 
¡y bien, si! repuso levantando vivamente 
la cabeza y no tratando de ocultar una lá- 



Y Dagoberto alargó su leal manoáRo- grima que le corría por el carrílo; si, lio- 



208 ÀLBLM 

ro de alegría por haber Iiallaiiom] cruz... 
mi cruz que el mismo emperador medió... 
con su Miaño McíoriofiocomodiGe este buen 
hombre. 

— ¡Dios bendiga esla pobre y viejaíma- 
no que os ha devuelto vuestro precioso 
tesoro! dijo Rodin con emoción : y en se- 
guida añadió: ; Como soy que el dia será 
bueno para todo el mjjuido I ¡ asi os lo 
anunciaba esta mailana eo mi. carta! 

— ¿Esta carta sin firma viene de vos? 
preguntó el soldado que estaba cada vez 
mas sorprendido. 

— Yo mismo la he escrito. Solaaiente 
que temiendo una nueva asechanza del 
abale de Aigrigny no he querido espJicar- 
me mas claro ¿lo entendéis? 

— ¿Con qué voy á volver á ver á mis 
huérfanas? 

Rodin hizo u a gesto afirmativo y bon- 
dadoso. 

— Sí, al momento, repuso i^dríana son 
riéndose... ¿Tenia yo razón eo decir que 
habíais juzgado mal al señor? 

— ¿Y por qué no me lo dijo al entrar? 
esclamó Dagoberto loco de alegría. 

— Porque habia un inconveniente, uai 
buen amigo, saltó Rodin , y es que desde 
el momento de vuestra entrada habéis tra- 
tado de ahogarme... 

— Tenéis razón... me he arrebatado.... 
os repito que me perdonéis.... ¿qué que- 
réis que os diga? Siempre os he visto con 
Ira nosotros en compañía del P. de Ai- 
grigny y en el primei momento... 

— Señorita, repuso Rodin hacit;i>4P un» 
cortesía á Adriana; esta buena señorita os 
dirá que yo era cómplice, de muctias per 
fidias sin saberlo; pero d^sde pl instan.te 
en que empecé á ver claro en estas tinie- 
blas he salido dt^l mal camino en que 

esta,ba iuyohinitariamente y me he dirigi- 
dlo h,4çia el buepo, justo y recto. 

Adriana hizo un gesto afirmativo á Da- 
goberto, (|ue parecía interrogarle con la 
vista. 



—-Amigo mío, si no he firmado tacarte 
que os ho escriío ha sido por temor de 
que mi nombre no in>ipirase sospeclias; 
sí, fit)a!mente, os he rogado que vinieseis 
aquí y no al convento, la razón es que te- 
mía, como esta buena señorita, que el por- 
tero ó el jardinero os reconociese, y qtje 
el suceso de la otra noche hiciese peligro- 
so esto reconocimiento. 

— Per), ahora me acuerdo que el doc- 
tor está instruido de todo, saltó Adriana 
con inquietud; me tía amenazado, que de- 
nunciaría á Dagoberto y á su hijo si yo 
me quejaba. 

— Tranquilizaos, mi querida señorita; 
desde ahora daréis la ley, repuso Rodin. 
Fiaos en mí; en cuanto á vos, mi buen 
amigo, ya han acabado vuestras penas. 

— Sí, dijo Adriana; un magistrado rec- 
to y benévolo ha ido al convento á buscar 
las hijas del mariscal Simon para traerlas 
aquí; pero ha creído, como yo, que seria 
mas cofiducnte que fuesen á vivir en mi 
casa. Sin embargo, yo no puedo decidir- 
me á esto sin v(jestro conocimiento... por- 
que la niadre de las huérfanas es las cob- 
fió á vos solo. 

— ¿Y vos queréis reemplazarla, seao- 
rila? repuso Dagoberto; no puedo meDQS 
de agradecéroslo con todo mi eo.razan, no 
solo por mí, sino por las señoritas. Sola- 
mente que, cunio la lección ha sido ruda, 
os suplicaré que me permitáis no sepa/íy- 
me de la puoi ta de su cuarto ni d^í d.iíi ^ 
de noche. 

Si salen en vuestra compañía, me per- 
m-itireis también que os siga algunos pa- 
sos sin perderos de visda, del naismo mo- 
do que haría Quitasolaces, el cual ha sido 
mejor centinela que yo. Después que lle- 
gue el mariscal, lo que sucederá de un dia 
á otro, será otra cosa... i Dios (juiera que 
llegue pronto! 

— Sí, repuso Rodin con voz firme, Dios 
quiera que llegue pronto, para pedir una 



Ai.niM. 



209 



VUrnta terrible al P. il'Aigrignyae la ptr- 
SL'Ciicion de sus liijas y e«o que el ma- 
riscal no sabi" aun todo lo sucmlido. Los 
tobantes y los traidores no me inspiran 
compasión, respondió Ilodin; y cuando 
Testé aipií el mariscal Simon... 

En Sf^tiida , y al cabo de \\'n instante 
de sileitci'S continuó : 

— Si el sen»>r mariscal me hace el ho- 
nor de escucharme, sabrá todo lo concer 
Tiienic á la conducía del P. d'Aiqrigny, y 
que sus mejores amiíjos han sido, como 
él, perseguidos por hombres peli<^rosos. 

— ¿Cómo es eso? dijo Dagoberto. 

— Vos mismo, salló Rodin, vos mismo 
sois un njVmplo de Ib que acabo de decir. 

— : Yo ! 

— La escena que pasó cerca de Lrip- 
5ick. en la posada del Halcón Blanco, 
¿creéis que se debe solo á la casualidad? 

— ¿Quién os ha hablado de eso? pre- 
guntó Dagoberto conJTuhdido. 

— Si aceptabais la provocación de Mo- 
rok , continuó el jesuíta sin responder á 
la pregunta de Dagoberto, hubieseis caido 

pi) un lazo y si por el contrario no la 

aceptab.iis, hubierais sido preso, á falla 
de papeles, como en efecto lo habéis sido 
iCon esas pobres niñas, como un vagabun- 
do ¿Sabéis cuál era el objeto de esta 

violencia? impediros llegar aquí para el 13 
de febrero. 

— Cuanto mas os escucho, dijo Adria- 
na, tanto mas espantada estoy de la au- 
dacia del P. d'Aigrigny y de la estension 
de los medios de que puede disponer. 
Verdaderamente , continuó con profun- 
da sorpresa , si no merecieseis tanto cré- 
dito.... 

— Dudaríais, ¿no es verdad, señorita? 
dijo Dagoberto; lo mismo me sucede ámi; 
no pued) persuadirme (jue por malo (jue 
si'a , haya podido Iimut reíariones en el 
fi)i»do de Sajonia con un cn>eùador délie- 
ras : y ademas ¿como podia saber que jo 



y mis itiilas debiamos paiar por Leipsik^ 
Eso es impusi[)|p. buen hombre. 

— Efectivamente, repuso Adriana, te- 
mo que vuestra animadversión, que en 
riuiy legítima, contra el abale d'Aigrig- 
ny, no os descarrie, y qtie le atribu- 
yáis un podel" y unas reLíciunescasi f.ibii- 
losas. 

A! cabo de lui instante de süencio du- 
rante el cual Uodin miraba alternaliva- 
mente á Adriana y á Dagoberto con una 
especie de compasión, continuó; 

— ¿Y Como eS posible que «I padre 
d\\igrígny haya podido tener en su poder 
Vuestra cruz, si no hubiese estado en re- 
laciones con Morok? preguntó Uodin al 
soldado. 

— KI hecho es , dijo Dagoberto , que el 
gozo no me ha permitido reflecsionar 
¿como es que mi cruz se halla en vuestro 
poder? 

— Precisamente, porque el abale d'Ai- 
grigny tenia en Leipsick las relaciones que 
portéis en duda, del mismo modo que esta 
señorita. 

— Pero ¿como es que mi cruz ha llega- 
do hasta Paris? 

— Decidtne: ¿no es verdad que habéis 
sido preso co Leipsich por no tener pape- 
les? 

— Si; pero nunca he podido compren- 
der como mis papeles y mi dinero han de- 
saparecido de mi mochila Ci'eí haber 

tenido la desgracia de perderlos. 

Ilodín ge encogió de hotiibros , y re- 
puso: 

—Todo eso os fué robado bn U posada 
del Halcón blanco por un tal Cíoliath, sir- 
viente de Morok, quien envió estos papa- 
les con la cruz al abate d'Aigrigny para 
probarle que había conseguido ejecutar 
las órdenes relativas á las huérfanas y á 
vos mismo: antes de ayer he descubierto 
la clave de esa tenebrosa intriga : la cruz 
y los papeles estaban en el archivodel p«« 
53* 



210 



ALBUlM. 



tire d'Aigrigny ; los papeles formaban un 
volumen muy considerable y Iiubieran 
notado su falla; pero por los términos de 
mi carta, esperando veros hoyó mañana, 
y sabiendo cuanto interesa á un soldado 
del emperador su cruz, que como decís, 
es una reliquia sagrada, mi buen amigo, 
no he dudado un momento en poner la 
reliquia eo mi faltriquera. Bien mirado, 
dije, esto no es mas que una restitución y 
mi delicadeza ecsagera tal vez las conse- 
cuencias de este abuso de confianza. 

— No podíais haber hecho una acción 
mejor , dijo Adriana ; por mi parte , y en 
consecuencia del interés que tomo por el 
señor Dagoberk», os doy personalmente 
las gracias. 

Después de un corto silencio, repuso 
con ansiedad: pero ¿como puede disponer 
el abate d'Aigrigny de una influencia tan 
grande.... para tener relaciones clandes- 
tinas tan estensas y temibles en un pais 
estrangero? 

—Silencio, esclamó Rodin en voz baja 
y mirando al rededor con espanto.... si- 
lencio.... silenciol... ¡por Dios no me ha 
gais mas preguntas sobre ese asuntol 
III. 

REVELACIONES. 

Mlle, de Cardoville sumamente admi- 
rada del espanto de Rodin al pedirlo algu- 
nas esplicaciones sobre el eslenso y for- 
midable poder del padre d'Aigrigny , le 
dijo: 

— Caballero, ¿que tiene de particular 
la pregunta que acabo de haceros? 

Rodin, al cabo de un corto silencio, 
miró al rededor de sí con una inquietud 
bastante disimulada y respondió en voz 
baja: 

— Señorita , os repito que no me pre- 
guntéis nada sobre una cuestión tan peli- 
grosa; las paredes de esta casa tienen oídos, 
como vulgarmente se dioi. 

Adriana y Dagiberto se miraron llenos 
de admiración. 



La Gibosa por un irisíinto de incfeíhlc 
persistencia , no habia cesado de esperi- 
mentar una invencible desconfianza hacía 
Rodin. Algunas veces se le quedaba mi- 
rando con disimulo procurando desen- 
mascarar á este hombre que tatito la asus- 
taba. 

El jesuíta habiendo encontrado una vei 
los inquietos ojos dé la Gibosa que le fij.i- 
ban con obslinacion, la hizo con la cabeza 
una seña bondadosa , y la joven asustada 
de esta sorpresa, miró á Otra parte sobre- 
saltada. 

— No, no, mi querida señorita , repulid 
Rodin dando un'suspiro al ver que Adria- 
na estrañaba su silenció; no me hagáis 
mas preguntas sobre el poder del P. dé 
Aigrigny. 

— Pero decidme, repuso Adriana, ¿por 
qué dudáis tanto en responderme? (|ué 
teméis? 

— ] Ah, mi querida señorita! dijo Ro- 
din temblando, ¡esas gentes son tan po- 
derosas I ¡su animosidades tan terrible I 

^^Tranquilizaos, os debo demasiado pa* 
ra que llegue á faltaros jamás mi apoyo. 

— ¡th, mi querida señorita! esclamó 
Rodil! casi ofendido, hacedme el favor de 
juzgarme mejor. ¿Temo yo acaso por mí? 
no, no ; soy un hombre demasiado oscuro 
é inofeiisivoí; vos, el mariscal Simon y las 
demás personas de vuestra familia son los 
que deben temer. .¿.* Señorita, os repilo 
que no me liagais^mas preguntas . hay se- 
cretos funestos para quienes los poseen. 

— Pero al fin, ¿no es mejor saber los 
peligros que nos amenazan? 

— Cuando se sabe el modo de manejar- 
se de un enemigo , puede uno á lo menos 
defenderse, saltó Dagoberto; un ataque 
descubierto vale mas que unaemboscada^ 

-^Ademas, repuso Adriana, os aseguro 
que las pocas palabras que habéis dicho 
me inspiran una inquietud vaga. 

— Vaya, puesto que os empeñáis, mi 



AI b\ M. 



211 



'ijuerija señorita, repuso Ilodin aparen- [ciacion es el (|iic hace al abate d'Ainrijiny 
îando hacer un gran esfuer/o: puesto que nn hombre tan peligroso: á favor de ella 



ho habéis comprendido mis palabras, serí' 
mas esplícilo... pero tened presi-nte, aña- 
tl\ó el jesijila cotí tono i^rave, (jue \uestra 
insistencia me ohlij;a á deciros lo que val 
dri.i mas (]iie ignoraseis. 

•^-Hablad, hablad, por Dios, dijo 
Adriana. 

Uodin , reuniendo alrededor de st á 
Adriana, á Da^oberlo y á la Gibosa, les 
dijo en voz baja y con aire misterioso: 

— ¿No hab«''is oido hablar de una aso- 
ciación poderosa cuyas relaciones se es- 
Uenden por todo el nuindo, que cuenta 
con numerosos hermanos y seides y faná- 
ticos en todas las clases de la sociedad?... 
¿qué ha tetiido y tiene todavíajpor la ore 
ja á ios royes y á los grandes... asociación 
sumamente poderosa que con una solapa 
labra eleva á sus criaturas á posiciones ele- 
vadas y que con otra las precipita á la na 
6a de donde ella sola puede sacarla-.? 

— ¡ Dios mió! salto Adriana, ¡ <j>ié cla- 
se de asociación formidable es 0>a 1 Jamás 
he oido liablar de ella hasta aht>ra. 

— Lo creo, y sin embargo vuestra ig- 
norancia sobre esttí pinito me sorprende 
mucho, mi querida señorita. 

— ¿Y por (|ué os sorprende? 

'— Por(jue habéis vivido mucho tiempo 
con vuestra señora tia, y habéis visto con 
freeui ncia al I'. d'Aigrigny. 

— He vivido en !>u casa , pero no con 
ella, porque me inspiraba, por mil ntoti 
\os una lejttima aver>iun. 

— Hn resumidas cuentas, senorila, mi 
observación era justa; alli mas bien tjue 
vn otra parle, principalmente en vui-slra 
presencia, era donde debian guardar si 
lencio Sobre esta asociación; y t.in em- 
hargo gracias á ella. .Mn>e. de SaintDi- 
zier ha tenido una terrible influencia en 
el mundo bajo el último reinado Sa- 



ha podido vigilar, p»'r>('i:uir y aun caer 
Sobre diferentes niieiniiros de vuislra lu'- 
mili» , á tinos en Srberia , á otros en el 
fondo de la Itidia , á quit^ncs en medio de 
las ntonlañas de la América; porijue ya 
os lie tlicho i|UH la casiialiilad me ha he- 
ctio empujar ?yer los papeles del abate 
d'A;j;rigny ; e>tüs s«ui los que me han re- 
velado ludo y los que me lian convencido 
de su participacron con esa compañía de 
!a cua* es el itias cap;iz y mas at'livogcfc. 
^-^IV-ro decidme el nomino, el nombre 
de esa compañía. 

— Y bien.... se llama.... Uodip. se dr- 
tiivo. 

— Se llama repuso Adriana tan in- 
teresada como Dagoberto y latlibosa... se 
llama.... 

Rodin miró á todas parles, alraj» rnr.s 
á sí á los actores de esta escena y les dijo 
en voz baja y acentuando lentameiiti- sus 
palabras : 

— Se llama la Compulia de Jlmí»-. 

Y en esto se estreirieció. 

— Los jesuítas esclamó Mlle, de 

Cardoville no pudíendo cunleiier uno car- 
cajada, tanto mas natural cuanto (¡uo su- 
gun las misteriosas precaticioms oratorias 
de Kodin esperaba la revelación de un se- 
creto mucho mas terrible.... ¡los jt^uilas! 
repuso sin dejar de reír : sulo ccsisten en 
los libros y no son mas qttepersonnjfs bj«- 
toiicos muy temibles, \o lo creo, ¿pero 
á qué disfrazar de ese modo á Mme. de 
Saint-Dizitr y al abale d'Aigrigny? lales 
Como son, no justifican bastante mi aver- 
sion y mi desprecid? 

Rodin después de haber e.^cueliado si- 
lenciosamente á Adriana, repuso con aire 
grave y penetrado : 

— (Juerida senorila , vuestra ceguedad 
me atemoriza; lo que ha pasado pudiera 
bedlo de una vez. ll\ favor de esta aso- j haceros temer por el porvenir, portiiie 



212 



AL6üif. 



mas qtie nadie, habéis esprrimentado yaf puso Rodin. ¡ Si supieseis, mi qnerioasé» 



la funesta acción de esta Compañía cuya 
existencia parece un sueño. 

— ¿Yo? dijo Adriana sonriendo aunque 
algo sorprendida. 

— Vos 

— ¿Y qué cit-cunstancia? 

— *-¿Me lo preguntáis á mi, mi querida 
señorita, á mi? ¿después de haber sido 
encerrada en esta casa como lora? ¿No 
es deciros con esto que el dueño de esta 
casa es uno de los miembros laicos mai 
celosos de esa Compafiía, y como tal, ciego 
instrumento del padre d'Aigrigny? 

— ¿Con que según eso, dijo Adriana 
sin reír esta vez.... Mr. Baleinier?.... 

— Obedi-'ciaal padre d'Aigrigny, el mas 
temible gefe de esta espantosa Sociedad... 
emplea su ingem'o para el mal; pero al 
mismo tiempo es menester confosar que 
es un hombre de ingenio.... por esta ra- 
zón en saliendo de aqui, deberéis vigilar y 
sospechar mucho de él; crecdme, le co- 
nozco, y no considera perdidoel negocio... 
debéis esperar nuevos ataques.... de otro 
género , sin duda , pero por esta misma 
razón tal vez mas peligrosos. 

— Felizmente... nos prevenís á tiempo, 
buen hombre, y estaréis con nosotros, sal- 
tó Dagolierto. 

— Yo puedo muy poco, mi buen ami- 
go , pero este poco está á la disposición 
de^ las personas honradas , dijo Rodin. 

— Ahora , dijo Adriana con aire pensa- 
tivo y en'eraiiiente conviMicida ccn el aire 
de convicción de Rodin; ahora compren- 
do la inconcebible innuincia que tenia 
Mme. de Saint Dizier; yo lo alribuia úni- 
camente á sus relaciones con personas po- 
derosas : creía que estaba asociada, como 
el padre d'Aigrifiny, á tenebrosas intrigas 
bajo el v.elo de la reÜjion, pero os confie- 
so que estaba muy lejos de creer lo que 
decis. 

— ¡Cuantas cosas ignorais todavía ! re- 



ñorita , con que arle os rodean, sin que l(^ 
cono.zcais, de agentes suyos! Cuando tie- 
nen interés en saber algo, nada se les es- 
capa. Después obran poco á poco, con 
lontiind y prudencia: hacen valer con laS 
personas todos los medios posibles, empe- 
zando por la adulación y concluyendo por 
el terror.... asi es como seduoen y asustan 
para rio-ninar después sin que nadie se 
aperciba de su autoridad: tal essu objeto, 
y es preciso convenir en qtte muchas ve- 
ces lo consiguen con detestable habilidad. 

Rodin hablaba con tanta sinceridad, que 
Adriana se estremeció; en seg'iida arre- 
pintiéndose de este temor, repuso: 

-^Y sin embargo... no, no, jamás da- 
ré crédito á tan infernal poder; os repito 
que la induencia de esas gentes tan am- 
biciosas es de otro tiempo. ¡Bendito sea 
Dios! ya han desaparecido para siempre. 
— S'j ciertamente, han desaparecido, poi- 
que saben dispersarse y desaparecer en 
ciertas circunstancias; pero entonces es 
cuando son mas temibles; porque la des- 
conílanza que inspiraban desapareció tam- 
bién , al paso que ellos están siempre aler- 
ta. ¡ Ah, mi querida señorita, si conocie- 
seis su lerible habilidad I Odiando la opre- 
sión , las bajezas y la hipocresía, estudié 
ía historia de esta asociación antes de sa- 
ber que el abate de Aigrigny era miembro 
de ella. ¡Ah! ¡es espantoso! j Si supie- 
seis de qiie medios se valen ! ¡Con deci- 
ros (¡lio, graciosa 'íus diabólicas astu- 
cias, sus mas puras apariencias ocultan 
siem¡)re laz^s horribles! Y los ojos de Ro- 
din se fijaron por casualidad en la Gibosa; 
pero viendo que Adriana no notó esta in- 
sinuación, el jesuita prosiguió. En una 
palabra, desde el mon»ento quesoiselob- 
jeto de sus persecuciones ó que tienen in- 
terés en captarse vuestra voluntad , desde 
este mismo instante, desconfiad de todos 
los que os rodean , sospechad de los mas 



»« II» M. 



213 



tidLles auiij^os, de lus mas lii'riu'>afeclo>, 
porque estas genios coii>ij;(ieii á veces ga 
nar á vueslrjs mejores amigits y valerse 
ée ellos contra vos, como otros tantos an- 
sitiares tanto mas lomiMos cuauto mas 
crecen en vue>tra confiairtía. 

— ¡ Aii , esiit h iinposilde! esclamó A'iria 
na... ex.igfrais... no, no, en el infierno 
no se son.irian seniej,in(e> traiciones. ' 

— l)e>jirjcia(lamenle , sen irita , uno de 
vuestros parientes, M. Hardy... el hom- 
bre mas leal y generoso, lia sido víctima 
de una infame traición.... It)n (in ¿sabéis 
lo (jue nos ha revelído la lectura del tes- 
tamento de vuestro abiielo?nueha Uiuer- 
to víctima del odio de esas gentes, y (|ue 
á esta hora, al cabo de 150 aííos de in- 
tervalo, sus deseen Jienles están aim per- 
bogiiidos por el odio de esta indestructible 
compañía. 

— ¡Ah, eso es espanloso! dijo Adria- 
na sintiendo oprimido el corazón ¿Y 

no liay armas contra semejantes ataques.? 

— Señorita, la prudencia, la mas dis- 
creta reserva, y el mas desconíiado es- 
tudio de ludas las personas que se os acer- 
can. 

— ¡ Semejante vida es temible! ¡ ejt8r 
espiiestos de este modo á sospechas, á 
duilHs y á temores conlíiiuos es un ver- 
dadero martirio! 

— Sin duda , ya lo saben ellos... y esto 
es lo que precisann-nte constituye su fuer- 
za... muchas veces triunfan por el esceso 
mismo de las precauciones (jue se toman 
contra ellos... Asi, mi (juerida señorita, 
y vos valiente soldado, por todo lo mas 
caro que leiieis en el mundo , desconfiad, 
i'o acordéis lijeramente vuestra confianza: 
tened cuidado, liabeis estado á punto de 

sor víctima de esas gentes que serán 

xiempre vuestros implacables enemigos... 
Y también vos, interesante jiWen, PÑadió 
el jeMiita dirigiéndose á la Gibosa.... se- 
guid ntis consejos.... temedlos.... y estad 
siempre alerta. 



— ¡Yo! dijo la Gibosa ¿qué he hecho 
yo para teim r? 

— ¡Qué lia!)eis hecho! ¿No amabais 
licrnametile á esta buena señorita que es 
vuestra protectora? ¿no habéis quei id t acu- 
dir á su socorro? ¿no sois hermana adop- 
tiva del hijo do este valiente v<,|(lado, del 
buen Agrie I? ¡ Pebre joven! ¿no son estos 
bastantes inolivos para atraerse su odio á 
pesar de vuestra oscuridad? ¡ Ah ! mi que- 
rida señjrita, no creáis (jue exajero. Re- 
flexionad.... rt flcxinnad.... Pensad en lo 
que acabo (Je recordar al liel compañero 
de armas del general Sinjon relativamen- 
te á su prisión en Leipsik.... recordad lo 
(jue os lia sucedido y que se han atrevido 
á ooiidiiciros aqui despreciando las leyes y 
las justicia. Kntonces conoceréis que no 
hay exij'^racion en los colores de este cua- 
dr-^. listad siempre alerta, y principal- 
mente en los casos dudosos, no temáis en 
dirigiros á mí. Fn tres dias he sabi.Io por 
esperencia propia sus medios de acci n y 
podré advertiros do una astucia , de una 
asechanza, do un riesgo, y defenderos de 
ellos. 

— Kn circunstancias semejantes, res- 
pondió Adriana, y á falta de recon 'cimien- 
to , mi interés os designará como elm<j «r 
de mis consejeriis. 

Según la táctica habitual do los miem- 
bros de esta asociación, negando unas vis- 
ees su propia existencia con el objeto de 
evadirse de sus adversarios, y oirás, por 
el contrario, proclamando audaciosamen- 
le el vivo puiler de su organizari.io , cuu 
el de iniioiidar á los débiles, I'vjdin se 
burló úvl aduiinistrador de la posesión do 
(^ardoviile, cuando habió de la exi>lencia 
do los jesuítas, al paso (|ue en e>te mo- 
mento trataba y liabia l.igrado, trazando 
el plan de >us medios de acción, intimi- 
dar á .\driana, cuyos temores d(d»ian des- 
vanecerse poco a (H'Co Con la reflexión, y 
coopt rar (h'>pues á los siniestros proyec- 
tos que é! nteditaba. 
54 • 



214 ALBUM 

La Gibosa tenia siempre un gran míc- 
da á llodin: sin embargo, desdo que le 
oyó descubrir á Adriana el siniesiro poder 
de la Orden cuya inlluencia tanto exage- 
raba, la joven costurera, lejos de sospe- 
char al jesuita de tener la au(laci;i jde ha- 
blar de este modo de una asociación de 
que era miembro, le habia agradecido in 
voluntariamente los importantes consejos 
'que acababa de dar á Müe.deCardoville. 

La nueva mirada que !e echó (y que 
Rodin sorprendió porque observaba con 
suma atención á la joven), estaba litína 
de gratitud y de admiración. 

Adivinando esta impresión , querienílo 
mejorarla mas y destruir las prevenciones 
de la Gibosa, y sobre lodo anticipándose 
á hacer una reveiacit)n que pronto ó tar- 
de debia hacerse, el jesuita aparentó. ha- 
ber olvidado alguna co?a importante, y 
esclamó dando una palmada en su frente : 

— ¿|En qué estaba yo pensando? En se-! 
guida dirigiéndose á la Gibosa, le dijo: 

¿Sabéis dónde está vuestra hermana? 

La joven costurera admirada y enter- 
necida al Oír esta pregunta ,' respondió 
muy avergonzada, porque se acordó de su 
última entrevista con ia brillante reina Ba- 
canal : 

— Ya hace algunos dias que no ia he 
visto. 

— Y bien, mi querida amiga, no es fe- 
liz, repuso Rodin: he prometido á una de 
sus amigas que la enviarla un pequeño so- 
corro: me he dirigido á una persona com- 
pasiva, y hé aquí lo (jue me ha dado para 
ella. Y en seguida sacó de su faltriquera 
un rollo cerrado, entregándolo en seguida 
á la Gibosa , que estaba sorprendida y 
conmovida. 

— ¡Cómo! I tenéis una hermana en des- 
gracia y yo lo ignoraba I salló Adriana.... 
¡ ah ! 1 amiga mia , eso no está bien ! 

— No la condenéis, dijo Rodin. Prime- 
ramente, esta joven ignoraba nuc su lior- 



¡mana fuese desgraciada; y deSptücs no p1í- 
dia pciiros que os interesaseis por ella. 

Y C'imo Adriana miraba á Rodin con 
admiración, anadió dirigiéndose á la Gi- 
bosa . 

— ¿No es verdad, amiga mia? 

— ::?i, señor, respondió la costurera ba- 
jando los ojos y avergonzándose otra vez: 
en seguida repuso con ansiedad. 

— ¿Dónde habéis visto á mi hermana? 
¿dónde está? ¿porqué es desgraciada? 

— Eao seria muy largo de contar, ami- 
ga mis; id lo mas pronto posible á la c- 
lle de (2lovis, en casa de la frutera y de- 
cidla de parte de Mr. Cariomagno ó de 
Mr. Rodin, como queráis, porque soy 
igualmente conocido por estos dos nom- 
bres, que queréis hablar con vuestra her- 
mana ; entonceis sabréis el resto. Decidle 
únicamente que si se conduce bien y per- 
siste en sus buenas disposiciones, éste so- 
corro no será el último. 

La Gibosa sorprendida cada vez más; 
iba á responder á Rv>din, cuando se abrió 
Ij puerta y entró Mr. de Gerande. 

La fisonomía del magistrado manifes- 
taba gravedad y tristeza. 

— ¿Y las hijas del mariscal Simon? es- 
olamó Adriana. 

— í>ess;raciadamenle no vienen conmi- 
go, reipoiulió el juez. 

— ¿Dónde están? ¿qué han hecho dé 
ellas? Anteayer estaban en el convento, 
esclamó el soldado aterrado de ver desva- 
necidas sus esperanzas. 

Apenas Dagoberto hubo pronunciado 
estas palabra s cuando Rodin, aprovechan- 
do el movimiento que hicieron loscircuos'í 
tante» para acercarse al magistrado, re- 
trocedió algunos pasos, se acercó discre- 
tamente á la puerta y desapareció sin que 
nadie notase su au'^encia. 

Mientras qti? Dagoberto, desespicrado 
de nuevo, miraba á Mr. de Gernande es- 
perando con angustia su respuesta, Adria- 
(lí-í (lijo al magisfiado : 



ái.ru!h. 



Í15 



~.i-Cbando os pre^oiitóslfis en el ron- 
vento n\yn'' os lia rc'spoiiiliili» la sniH-riora? 

— No ha (iiierido entrar vn i'>()lii:a(io- 
ni'S, señorila. Protonih-is , nio <ltjo , i,in' 
esas niñas es'án iMicorradas aipii cunlrii 

su volunlad puesto (¡iie la ley os auto 

riza, entrad y r<j:i>lrad la casa.... Seño- 
ra, tened la bondad de responderme ca 

lepitricanienle , dije yo á l.i si;periora 

¿afirmáis ()iie no tenéis parte en el en- 
cierro de las niñas (]ne veiiiio á reclamar? 
Nada tenjio (|ot* decir sidue e>to: decís 
que estais autorizado á liacer pes(|uísas, 
liacedlas.... No pudic-ndo obtener niases- 
plicacioties, añadió el magistrado, rejíistré 
el conveiito por todas partes é hice abrir 
todos los cuart >s... pero desgia'iadami n 
t^ fío !se frailado el menor vestigio de lo 
que buscaba. 

— Las habrán llevado á otra parle, sal 
tó Dagoberto, ¿y (juién sabí? tal vez en- 
fermas. I Acabaran con ellas, acabarán 
con ella> ! esclamó con tono doloroso. 

— Üe>piies desemejante iicgaliva, ¿quá 
partido tomaremos? Macedme el favor de 
darnos alguna luz, vo6 (jue sois nuestro 
consejero y nuestra Providencia, dijo 
Adriana volviéndose para hablar á Kodiii 
creyendo que estaba dtlrás... ¿cual seria 
vuestra ? 

Notando al mismo liemp.) que el je>ui- 
ta habia desaparecido de prunlo, dijo á la 
tjibosa con in(|uii'lud : 

— ¿Dónde eslá Mr. Ko in? 

'^No lo sé, señorita, respondió la cos- 
turera mirando á todas parios; no eslá 
a(|ui. 

— ¡Cosa singular! dijo Adriana, desa- 
parecer tan repenlinament('. 

— ¿No os decia yo que era un traidor? 
lodos ellos se entienden , esclamó Dago- 
berto dando una patada en el suelo con 
rabia. 

— No, no, no lo rreai^, repuso Adriana; 
la ausencia de .Mr. Kodin no es menos 



sensible; ponjue en esta difícil circuil-;- 
tancia , y gracias á la posición que él ha 
ocupado al lado did P. dWifirii^ny hiibií- 
ra podido darnos noticias útiles. 

— Os confesaré , si'ñorila , que casi lo 
creí así, dijo Mr. de íícrande; yo he 
vuelto tanto para daros parle del trille 
resuMado de mis pasos ctiUio para pedir á 
ese honrado y buen honibre.qiie con tan- 
to ánimo lia descubierto tramas tan odio- 
sas, qiie nos ayudase en esta circunstan- 
cia con «US consiJi'S. 

¡Cosa bastante e traña ! líacia ya a!- 
giinos instantes que Dajioberto , profnn- 
dametite absorto, no ponia atención á las 
[lalabrás del ma^iistrado, aunque tanto !o 
interesaban. Tampoco noto la ausencia de 
Mr. (íerande que se habia retirado des- 
pués de haber prometii'o á Adriana qui- 
no perdería oca>¡on aljamia para di'scwhrir 
la verdad sobre la desaparición de I;is 
huérfanas. 

Mile, de Cardoville, inquieta de este si- 
lencio, queriendo salir al instante de 
aquella casa y decir á I)a;^.d)erto que la 
acompañase, y después de haber echado 
una ojeada de inteligencia á la (îibosa, se 
acercó al soldado, cuando se oy<'» fuera del 
cuarto el ruido de pavOs precipitados y 
una viril y sonora voz que decía con im- 
paciencia : 

— I Dónde está? ¿dónde está? 

Al oír esta voz, ])y gober lo pareció des- 
pertarse con sobresalto, dio lin brinico, 
exhaló un grito y se precipitó hacia la 
puerta que se abrió. 

El mariscal Simon se presentó en ella. 
IV. 

PEDRO SIMON. 

El mariscal Pedro Simon , dmjue di 
Ligny, era un liombre de elevada esta 
lura y venia sencillamente vestido con una 
levita abrochada hasta el último botón, 
en cuyo ojal habia una cinta encarnada. 

No se puede concebir una fisonoinía 



216 A^LSÜfi, 

mas franca y comuriicativa, ni un carác- 
ter mas caballeresco que el del marisca!: 
su frente era espaciosa, la nariz aguileña, 
la barba fuertemente pronunciada y elcutis 
tomado por el sol de la India. Sus cabe- 
llos sumamente cortos, empezaban ya á 
blanquear por las sienes, pero sus cejas 
estaban todavía tan negras como su largo 
bigote: su aire y movimientos, libres y 
decididos, revehiban una impetuosidad mi 
litar; liombre del pueblo, de guerra y de 
arrojo, la ardiente cordiaiidrid de su voz 
inspiraba benevolencia y simpatía : ilus- 
trado é intrépido, generoso y sincero, des 
cubiíase en él un varonil y plebeyo or- 
gullo: del mismo modo que otras perso- 
nas se envanecen desu nacimiento el ma- 
riscal fundaba su vanidad en su origen 
oscuro, porque se hallaba ennoblecido por 
el gran carácter de su padre, rígido re- 
publicano , jornalero inteligíiite y labo- 
riojo, honor, ejemplo y gloria de los de 
su clase cuarenta anos hacia. 

Al aceptai* con reconociniiento el aris- 
tocrático título con que le habiii honrado 
el emperador, Pedro Simon habia obrado 
como las personas delicadas que admi^ 
tiendo de una amistad afectuosa un don 
enteramente inútil , se manifiestan reco- 
nocidas en favor de la mano que lo ofrece. 

El culto religiüNO de l\'dro Simon hacia 
el emperador no habia sido nunca mas 
ciego: tan instintivo 'y por decirlo asi fa- 
tal era el amor, como grave y razonada 
su admiración por el objeto de su culto. 
Ltjos de asemejarse á los (jue arrastrando 
un sable, solo gustan de las batallas por 
ellas mismas, no solo el mariscal admi- 
raba á su héroe como el mas grande ca- 
pitán dtl íiiimdo, 5inú (¡iiic lo admiraba 
principalmente porque sabia que el em- 
p<erador no hacia ni aceptaba la guerra 
sino con la esperanza deiimponer un día la 
paz al mundo enteró: pok-quesi la paí con- 



cosa grande, fecunda y magnífica , la pat 
fundada en la cobardía y en la debilidad 
es estéril, desastrosa é infamante. 

Hijo de artesano, admiraba mucho mas 
al emperador porque este imperial adve- 
nedizo habia sabido siempre hacer vibrar 
noblemente la fibra popular, y porque 
acord.iiidose dt? su pueblo, del que habia 
salida, le habia convidado fraternalmente 
á gozar de todas las pompas de la aristo- 
cracia y de la monarquía. 



Cuando el mariscal entró en el cuarto, 
sus facciones estaban alteradas; al ver á 
DagoLerto un ravo de alegría iluminó su 
rostro; precipitóse al soldado alargándole 
lus brazos y diciéndole: 

— ¡Amigo mío! {mi antiguo amigo! 

Dagoberto correspondió á este afectuoso 
abrazo con muda efusión; el mariscal, 
íolláí.dose después de sus brazos y mi- 
rándide con los ojos inundados de lágri- 
mas le dijo con voz balbuciente y conmo- 
vid.í : 

— ¡Y bien I ¿lias llegado á tiempo para 
el 13 de fobroro? 

— Si serlor , mi general ; pero todo se 
ha aplazado hasta dentrode cuatro meses. 

— ¿Y mi muger y mi hijo? 

A est;¡ pregunta Dagoberto se estreme- 
ció, bajó la cabeza y quedó mudo. 

— ¿No están aquí? pr» gimió Pedro Si- 
mon con mas sorpresa ()ue inquietud. Me 
han dicho en tu casa (jue no estaban allí 

ni mi muger ni mi hijo pero que te 

hallaría en esta casa aquí me lle- 
nes ¿dóndi- están ? 

— ili general respondió Dagoberto 

demudándose, mi general 

Kiijugándose en seguida el frió sudor 
que corria por su frente, no pudo articu- 
lar luia sola palabra mas , y sú voz se 
apagó en la gargarita. 

— ¡Me asustas! esclamó Pedro Si- 
mon , demudándose también como el sol- 



sentida por la gloria y pbr la fuerza es 1 dado á quien cogió por el brazo. 



ALB\1M 

En este momento, Adriana so adi-laiitó 
llena do tristeza y de lorniira : viondn o! 
rriiei otnharazo de Dafínhorto (¡iiisi) ajii 
darle y dijo al mariscal con voz diilc»' y 
conmovida : 

— Sonor marisral yo soy Mlle, de 

Cardovijlc... pariorilo... de vuestras qi;»'- 
ridas litj.Ts. 

Pedro Simon se volvió do pronto y sor 
prendido de la belleza de Adriana y de la 
diii/iira de las palabras que acababa de 
proferir le dijo con voz trémula : 

— ¡Vos, seilürila pariente de mis 

hijas I 

y recalcó esta palabra mirando á Da- 
goberto cun admiración. 

— Sí, señor mariscal, vuesir s lujas.... 
se apresuró á decir Adriana... y el ansor 
de estas dos ceie.'-tiak'S bcrmanas geme- 
las 

•í— ¡Hermanas gemelas 1 esclamó Pedro 
Simen, inferrumfiiendo á Mlle, de Car-, 
doville con una espresion de gozo imposi- 
ble de describir. I>os hijas en vez de una 
¡ ah ! ¡qu(^ deh' ser su madre !... Ense- 
guida añadió dirigiéndose á Adriana : 

— Perdonadme, seùorila, mi pocaalen- 
c on y la íalta de agradecimiento por lo 
Tjiie me anunciáis; poro concebis (jiie des- 
pties de 17 añosque no he visto á mi mu- 
gen y en vi'Z de hallar dos seres que 

Vidos, encuentro tres. ¡Por Dios! señorita, 
descarta satier la ostensión del reconoci- 
miento de que les soy deudor.... sois pa- 
tienta nuestra , sin duda me hallo en 
vuestra casa donde oslan mi mujer y mis 
liijas, ¿no es verdad? ¿Creéis que mi re 
pentina aparición os sea funesta?... Kspe 
raré.... poro, oid, señorita, estoy per- 
suadido de loque digo; vos que sois buena 
y bella, tened compasión de mi impa- 
. ciencia.... Preparad pronto á las 1res. 

Dügobcrto, cada vez mas ontornocido, 
evitábalas miradas do! mariscal y tembla- 
ba como la hoja en el árbol. 



217 



Adriana bajó los ojos sin responder; su 
corazón se do- hacia con la ¡dea de dar un 
íiinosto goI|)e al mariscal, (piien no tarde'» 
en notar su si'oncio: miramlo alternativa- 
mente & Adriana y al soldado con aire al 
[)rincipío inquieto, y después alarmado, 
e>clnun'i : 

— D.igoberto, algima cosa me ocul- 
tas.... 

— Mi general, respondió con balbuciente 
voz.... os aseguro qoe yo.... yo.... 

— Señorita , ¡opuso Pedro Simon , por 
piedad, os ruego que me habléis franca- 
mente; mi angustia es iiorrible... Vuelvo 
a mis primeros icmores. ¿<Jué hay?.... 
¿Mi muger ó mis hijas están enfermas? 
¿corren algún riesgo? ¡Oh! ¡hablad! 
¡ hablad ! 

— Vuestras hijas, señor mariscal, di'o 
Adriana , han estado algo indispuestas á 
consecuencia de su largo viage.... pero su 
estado no es alarmante. 

— ¡Dios mió! ¡entonces es mi muger 
la que está en peligro ! 

— Animo, caballero, repuso tristemen- 
te Mlle, de Cardoville: desgraciadamente 
necesitáis consolaros con la ternura dedos 
-mgeles que os han quedado. 

— .Mi general, dijo Dagoberto con voz 
firme y gravo.... he venido de Siberia.... 
solo con vuestras dos hijas. 

— ¡Y su madre I ¡su madre! esclamó 
Pedro Simon con voz dolorida. 

— Aldia siguiente de su muerte me pu- 
se en camino con las dos huérfanas, re* 
puso el soldado. 

— ¡Ha muerto! esclamó Pedro Siuíun 
abatido, ¡con que ha muerto! 

Un triste silencio fué la respuesta que 
tuvo á esta esclamacion. A este inespera- 
do golpe, el mariscal vaciló, se apoyó al 
respaldo de una silla donde se dejó«iiaer 
cubriéndose el rostro con las manos. 

Durante algtmt'S minutos solo se oye 
ron ahn(rado< y profundos sollozos, por 
55* 



èlS ALBUM, 

que no solamente Pedro Simon idolatraba 
á su miiger por todas las razones que lie 
mos dado al principio de esta historia , 
sino es que, por uno de aquellos singu- 
lares ccmproinisos que el hombre espe- 
rimentado por la adversidad contrae, di- 
gámoslo asi, con el destino, el mariscal, 
fatalista como todas las almas lit-rnas, 
creyéndose con derecho á ser feliz después 
de tantos años de padecimientos, no ha- 
bia dudado un momento en hallar á su 
Tnujer y á su hijo ; doble corisíielo que le 
debia el destino al cabo do tantos traba- 



jos. 

Al contrario respecto á ciertas gentes 
que el hábito del infortunio hace menos 
ecsigentes, Pedro Simon creia lograr una 
dicha tanto mas completa cuanto mayor 
liabia sido su desgracia. Su muger y su 
liijo : tales eran las condiciones únicas é 
indispensables de la felicidad que espera- 
ba; si su muger hubiese sobrevivido ásus 
liijas, esta no las hubiese reemplazado, 
del mismo modo que estas no hubiesen 
reemplazado á aquella : llámese debilidad 
ó avaricia de corazón , este es un hecho. 
Insistimos en esta singularidad porque las 
consecuencias de este continuo y doloroso 
pesar ejercieron mucha influencia en el 
porvenir del general Simon. 

Adriana y Dagobcrto hablan respetado 
el profundo dolor de este hombre desgra- 
ciado. Cuando el mariscal dio libre curso 
á sus lagrima?, levantó su viril rostro cu- 
bierto entonces de una palidez mortal, 
paÉü su mano por sus encendidos ojos, se 
levantó y dijo á Adriana : 

— iVrdonadme, señorita, no he podido 
reprimir mi primera emoción permi- 
tidme que me relirf» Deseo informar- 
me de los tristes detalles de los últimos 
maaientos de mi muger. Tened la bondad 
de introducirme en el cuarto de mis hi- 
jas... de mis pobres huérfanas.... 

Y la voz del mariscal se enterneció otra 
yez. 



— Señor mariscal, dijo Mlle, de Car- 
doville, estábamos esperando á vuestras 
hijas de un momento á otro.... desgra- 
ciadamente nuestro deseo ha quedado fa- 
llido. 

Pedro Sfmon míró á Adriana sin res- 
ponderle y como si no hubiese oído ó en- 
tendido. 

— Pero tranquilizaos.... continuó là jo- 
ven , no hay «jue descperar. 

— ¿ Desesperar? rc'pitió maquinalmenle 
el mariscal mií-ando alternativamente à 
Adriana y á Dagoberto, ¿desesperar? ¿y 
de qué? ¡ Dios mió I 

— ¡Devolver á verá vuestras hijas, pro- 
siguió Mlle, de Caríloville: la presenciado 
su padre hará que las pesquisas sean mas 
eficaces. 

— ¡ Las pesijuisas ! cscíarfió Pedro Si- 
men, ¡ con que no estiin aqui mis hijas! 

— No seitoT, respondió por fin Adriana;" 
han sido robadas al cariño del hombre es- 
celente que las condujo aqui desde Sibe- 
ria , y las han metido en un convento. 

— i Desgraciado! esclamó Pedro Simoiï 
dirijiéndose á Daigoberto con cspresioit 
terrible y amenazadora , ¡ tú me respon • 
derás de todo ! 

— i Ah, señor! no le condenéis, saltó' 
Adriana. 

— Mi general, dijo Dagoberto con voz 
breve y dolorosamente resignada.... me- 
rezco Vuestra cólera..... es culpa mia 

Obligado á ausentarme de Paris, confié 
las niñas á mi muger : su confesor le ha 
trastornado la cabeza perstiadiéndola qué 
las n ñas estarían mejor en un convento 
que en nuestra casa: ella ha tenido la de- 
bilidad de creerle y las ha dejado condu- 
cir, según dicen, á un convento; pero el 
hecho es que no se sabe donde están; esfâ 
es la verdad.... haced de mi lo que que- 
ráis.... yo debo callar y sufrir. 

— ¡ Eso es infame! esclamó Pedro Si- 
mon designando á Dagoberto con gesto ife 



At.RDM. 



í\l 



fliscs'pt'rada intlipfiacion ¡Dios mii» ! 

■¡ t'ii quien se dt-be ooiiiiar, cuatiilo l'Ste 
Iiofîibre me engaña! 

— ¡Ah, si'Mitr marisral, tio l«' condeni'isi 
esclamó Adriana, no le iroais; lia «rries- 
^Ȗo sn vida y srt honor para sacar vues- 
tras hijas «leí convento.... y no es t'>l solo 
cuyos osfucrros li;in sido iiu'ilücs. .. ahora 
hiismo un masisiiadi» , á pesar de su ca- 
rácter y dignidad , acaha de fiacer otro 
tanto y no ha sido mas feliz. La firnieza 
í]ue ha mostrado con la superiora,susmi 
nuciosas pesijiiisíis en id (•'nvcnlo. todo ha 
sido iniild, in)p'isiLle li.illar lia>ta ahora á 
esas desgraciadas ninas. 

-i-"ert», ¿donde está ese convento? re- 
puso el man-i-íl levantando su rostro pá- 
lido (fe rtolor y de cólera j =¿no saben esas 
gfcnles que han r(iba<lu á un padre sus hi- 
jas? 

En el momento en que el niariscal Si- 
mon pronunciaba estas palabras, se pre 
Sentó llodin trayendo de la mano á Rosa 
y á Blanca en la puerta que habia queda- 
do abierta. Al oir la esclainacion del ma- 
riscal se estremecit» de sorpresa: un brillo 
de diabólica alegría iluminó su siniestro 
rostro, porque no esperaba encontrar lan 
pronto á Pedro Simon. 

Adriana fué la primera que notó la 
presencia de KoJin y esclamó corriendo 
hacia él: 

- — ¡Ali! no me engaàaba.... nuestra 
providencia.... si»'mpre siempre 

— ¡ Pobres ninas mias ! dijo en voz baja 
ttodin á las huérfanas señalando al maris- 
cal.... aqui tenéis á vuestro padre. 

— ¡Caballero! esclamó Adriana salien- 
do á recibir á Rosa y á Blanca...... ¡aqui 

tenéis á vuestras bija>! 

En el momento en que Pedro Simon se 
volvió de pronto, sus dos liijas cayeron en 
sus brazos: á esta escena sucedió un pro- 
fundo silencio, y sólo se oyeron suspiros y 
sollozos mezclados con besos yesclamaciô- 
ncs de alegria. 



— ; Venid á lo menos Á gozar <hI,bion 
(|ue habi'i«< hecho t dijo Adriana enjugán- 
dose las lágrimas y ncereáiidose á Uddin, 
(|ui< n parado en el lunbial de la puerl.1 
parecía cofitemplar esta e>L'enà con uu vi- 
vo enternecimtenlo. 

Dàgoberto admirado al ver á Kodin con 
las niñas, no pudo hacer, por el pronto el 
menor movimiento; pero al oir las palabraS 
de Aiiriaua y cediendo á un impulso de 
graliiud, p r decirlo asi, insensata, se pu- 
so de rodillas delante del jesuita y juntan- 
do las Míanos couio si rezase, le dijo cofi 
voz Corlada: 

— Me habéis salvado Irajendir las lii- 
ñas.... 

— i Ah! 1 Dios os bendiga ! dijo a (li- 
bosa cediendo al iiíspulso general. 

— A misos mios, eslo es demasiado, 
repuso Kodin, ciuno uo podiendo resistir 
tantas eniociones: verdaderamente e^toes 
dema-iiado para mí: esctisadme con eí 
mariscal, y decidle (jue estoy suíicienle- 
menle recompensado siendo testigo de su 
dicha. 

—^Caballero, hacedme el favor rfe Ifacc» 
ros conocer del mariscal, á lo menos qtie 
os vea, dijo Ariana.... 

— ; Oh ! quedaos aqui ya que nos haléis 
salvado á todos, esclain-i Dagoberto pro- 
curando (|etener á Hodio. 

— La ProKidencia, mi ipiTÍda señorita , 
no piensa en el bien que ha hecho, sino en 
el que(]ueda por iiac r, salNÍ U MÜn con un 
acento lleno de astucia. ¿Y ahora tío de- 
bemos pensar en el príncipe Djahna? To- 
davía no he concluido mi empresa, y los 
momentos son preciosos 

Vamos, continuó, deshaciéndose len- 
tamente de los brazos de Dagobeflo : va- 
mos, el día ha sido lan bueno coffio jy) lo 
esperaba: el abate d'Aigrigny ha jidode- 
senmascarado: vos, nu' querida señorita, 
ya estais libre, este valiente soldado ha 
vueltj á encontrar su crut; laTiibosa pu»* 



\ 



â20 
de estar segura de una buena protección, 

y el seíior mariscal abraza á sus hijas 

Ea todo esto tengo una pequeña parte..,. 
p<^ro esta es bella.... mi corazón está con- 
tento.... Hasta la vista, amigos mios. Iias- 
ta la vista , y al decir esto Hodin saludó 
afectuosamente con la mano á Adriana, á 
la Gibosa y á Dagoberto, y desapareció 
dí'spues de liaber mirado con alegría al 
mariscal Simon, quien sentado y cubrien- 
do de besos y de lágrimas á sus dos hi- 
jas, las tenia estrechamente abrazadas 
sin reparar en lo que estaba pasando en 
el cuarto. 



Una hora despues, Mlle, de Cardoville, 
la Gibosa, e! mariscal Simon, sus dos hi- 
jas y Dagoberto salieron de la casa del 
doctor Baleinier, 



Ai terminar este episodio, añadiremos 
dos palabras de moralidad sobre las casas 
de locos y sobre los conventos. 

Ya hemos dicho y repetimos ahora que 
la legislación relativa á la vigilancia de las 
casas de locos nos parece insuficiente. 

Hechos sometidos recientemente á los 
tribunales, otros de la mayor gravedad 
que nos han sido revelados, prueban con- 
ducentemente á nuestro parecer esta aser- 
ción. Sin duda alguna los magistrados tie- 
nen la mayor latitud para visitarlas casas 
de locos y aun estas visitas les están re- 
comendadas : pero sabemos de buena tinta 
que las numerosas y continuas ocupacio- 
nes de los magistrados, cuyo personal es- 
tá lejos de estar en proporción con los tra- 
bajos de su instituto, hacen que estas ins- 
pecciones sean sumamente raras, y por de- 
cirlo asi, ilusorias. 

Creemos pues úlil que se creasen ins- 
pecciones, á lo menos cada quince dias, 
destinadas e&pecialnnente á la vigilancia de 
estas casas y que fuesen compuestas de un 
médico y dt uo magistrado con el objeto 



deque las reclamaciones fuesen sometida 
á un ex:ímen contradictorio. 

Sin duda alguna la justicia no ha falta- 
do jaaiás cuando está suficientemente ins- 
truida; pero ¡ cuantas dificultades y for- 
malidades se necesitan para que efectiva- 
mente lo esté, principalmente cuando un 
desgraciado que tiene necesidad de implo- 
rar su apoyo, hallándose en un estado de 
sospecha, de soledad, y de encierro forza- 
do, no tiette un auiigoque tome la defen- 
sa y reclame el apoyo de la autoridad en 
su propio nombre ! 

¿No es pues el tribunal civil el que de- 
be preveer estas reclamaciones mediante 
una vigilancia periódica y debidamente 
or^janizada "? 

Esto que decimos de las casas de lo- 
cos, tal vez debe aplicarse masimperiosa- 
n:enle aun á los conventos de mugeres, á 
los seminarios y á las casas habitadas por 
las congregaciones. 

Hechos Igualmente recientes, de suma 
evidencia, contra los que ha reclamado la 
Francia entera, prueban que la violencia^ 
los encierros, los bárbaros tratamientos, 
las ocultaciones de menores y las prisio- 
nes ilegales, eran hechos sino frecuentes» 
á lo menos posiblesenlas casas religiosas. 

Ha sido preciso que casualidades singu- 
lares, audaces y cínicas brutalidades ha- 
yan revelado semejantes hechos para que 
llegasen al conocimiento del público. ¡Cuán- 
tas víctimas han sido y están tal vez atro- 
pelladas atm en esas grandes y silenciosas 
casas, donde ningunos ojos profanos pent- 
tran, y fjtie gracias á la inmunidad dtl 
clero, se han escapado de la vigilancia de 
la autoridad civil ! 

¿No es cosa deplorable que esas habi- 
taciones no estén también sometidas á una 
inspección periódica, compuesta, si se quie- 
re, de un capellán, de un magistrado y 
de un delegado de la autoridad municipal? 

Si lo que pasa*en estos eslablccimkutos 



ALÜtM. 



221 



^s lícito, hutnnno y caritativo ¿porfun'' 
razón se alarma 6 indigna cl pnrlidoi-rle- 
siástico cnaiulo so trata de tucar á lu (¡ne 
il llama sus frantuiirias? 

Sobro la'í i;oiislilii(Í ines dídibi-radas y 
pronuilgndas rii Uoina hay ulra cosa su- 
perior; la ley franc»'sa, la ley común ato 
dos, jutí á todos proteje y (pie en retri- 
bución impone á todos respeto y obedien- 
cia. 

V. 

feL INDIO EN PARIâ. 

Tres dias hacia que Mlle, de Cardyvi- 
ile había salido de la casa del doctor Ba- 
leinier, cuando ocurrió la escena siguien- 
te f n otra casita de la calle Blanca don<le 
Djalma había sido conducido en nutnbre 
<Je im desconocido prolector. 

Figúrense los lectores una sala redonda 
colgada de tela de la India, fondo color de 
perla con dibujos rojos algo recamados de 
liilo de oro. El centro del techo forn»aba 
un pabellón adornado y sostenido con cor- 
dones de seda, de cuyos dos estremospen- 
dia en forma de borla una pequeña lám- 
para india de filigrana de oro perfecta- 
nuiíle trabajada. Mediante una ingeniosa 
combinación, muy común en los paiscs 
hárbarog, estas lámparas servían también 
de perfumadores; en medio de los cl.irus 
formados por los arabescos habia aljiunas 
plaquitas de cristal perfectamente embu- 
tidas é iluminadas por una luz interior 
que arrojaban un color azul tan claro, 
que estas lámparas parecían sembradas 
de záfir"S transpareoles: lijeras nubes de 
vapor blairpiizeo se cevdban continua- 
nn-nle y e>[)arcian en el espacio sus eui- 
balsamados perfumes. 

La luz del día penetraba en esta sala 
(eran las dos de la tarde) atravesando un 
pet|iieño invernáculo que se distinguía al 
través de íjtia luna de cristal sin estan.ir 
que formaba la puerta de una ventana y 
que podía penetrar en la pared medíanle 



una corredera : un transparente de (".bina 
podia reemplazar tí ocultar osle cristal. 
Algunos palmeros enanos, nuisas y otros 
vegetales de la India, de gruesas hojas y 
de un verde mtlálico, formando bo^üjues 
en este invernáculo, sirven de perspectiva, 
y por decirlo a>.i, de fondo, á dos grupos 
de plantas matizadas de llores e.xiUicas, 
separadi.s por tin sendero enlazado de por- 
celana del Japon, azul y amarilla, el cual 
V ene á parar al fondo del cristal. 

La claridad, consíderablemcnle ofusca- 
da con las hojas de estas plantas, toma 
un color singularmente dulce combinán- 
dose con el azulado reflejo de los perfu- 
madores y la roja claridad que despide una 
elevada cliinu'iiea de p<ñfido oriental. 

lin este cuarto, algo oscuro y entera- 
mente impregnado de olores aromáticos 
de tabaco persa, un hombre de cabellos 
negros y largos, vestido de una espaciosa 
túnica de verde sombrío, sujeta á la cin- 
tura con im teñidor de varios colores , 
yace arrodillado sobre una alfombra turca 
y aliza con precaución la cazoleta de un 
lioulia: el flexible y largo tubo de esta pip.i, 
de>pues de haberse desplegado sobre la 
alfotiibra, como ima serpiente roja con 
escamas de plata , viene á parar á los re- 
dondos y aguzados dedos de la mano de 
Djalma, sensualmente tendido sobre un 
divan. 

El joven principo liine la cabeza des- 
cubierta ; sus cabellos de azabache torna- 
solados de azul, separados en medio de 
la frente, flotan, ondeando dulcemente al 
rededor de su cara y de su cuello, de l)e- 
lleza antigua y de color ardiente, trans- 
parente y dorado como el del ámbar ó t.1 
topacio: descansando su codo en un al- 
mohadón , apoya su barba çd la palrna 
de la mano derecha : la espaciosa manga 
de su túnica, cayendo hasta la sangría, 
deja desculiierto sobre su brazo, tornea- 
do ciMno el de una muger, los míster¡oso¡j 
5ü- 



222 



ALBDM. 



signos que en otro tiempo grabó en la In- 
dia la aguja del estrangulador. 

El hijo deKahdja-Sing lícae en su ma- 
no izquierda la embocadura de ámbar de 
su pipa. Su túnica de itiagniTica cachemi- 
ra blanca, y cuya guarnición de mil co- 
lores llega hasta sus rodillas , está sujeta 
á su delicada cintura de donde penden los 
espaciosos pliegues de un chai color de na- 
ranja ; el elegante y puro corte de una de 
las piernas de este Antinoo asiático, me- 
dio cubierto con un pliegue de su túnica, 
ostenta sus formas bajo una especie de 
botin muy ajustado, de terciopelo carmesí 
bordado de plata, abierto por el tobillo; 
sus pies están calzados con unas chinelas 
de tafilete blanco con talones encarnados. 

La dulce y viril fisonomía de Djalma 
manifiesta la contemplativa y melancólica 
tranquilidad habitual de los indios y ára- 
bes, felices privilejiados que, mediante 
una rara mezcla, unen la meditativa in- 
dolencia del pensador á la fogosa enerjíá 
de un hombre de acción ; unas veces de- 
licados, nerviosos é impresionables como 
una mujer; otras determinados, feroces 
y sanguinarios como un bandido. 

Y esta comparación semi-femenina, apli- 
cada al moral de los árabes y de los in- 
dios, siempre que no se dejan arrastrar 
por el impulso de las batallas o el ardor 
de la carnicería , puede igualmente apli- 
cárseles casi físicamente, porque si, del 
mismo modo que las mugeres de pura 
raza , tienen los estreñios pequeños , las 
coyunturas finas y las formas sueltas y 
flecsibles; este aspecto delicado y muchas 
veces delicioso oculta siempre músculos 
de acero de un resorte y de un vigor 
viril. 

Los lasgados ojos de Djalma, parecidos 
á diamantes negros, engarzados en un 
color nácar azulado, sedirijianmaquinal- 
mente de las flores ecsóticas ai techo; de 
cuando en cuando acercaba á sus labios 



la embocadura de ámbar de su houka "^^ 
y después de una lenta aspiración, en- 
trealrieiido sus encarnados labios~, fuerte- 
mente pronunciados sobre el deslumbran- 
te esmalte de sus dientes, exhalaba una 
pequeña espiral de humo frescamente aro- 
mátioo con el agua de rosa que acababa 
de atravesar. 

— ¿Añado tabaco en el hu'dka? Dijo el 
hombre que estaba arrodiPado, volvién- 
dose á Djalma, y enseñando las pronun- 
ciadas y siniestras facciones del estrangu- 
lador Faringhea. 

El joven príncipe permaneció níudó, 
ya sea qué en su desprecio oriental por 
ciertas razas, desdeñase responder al mes- 
tizo, ó ya que absorto en sus meditacio- 
nes no le hubie.»e oído. 

El estrangidador no volvió á hablar mas 
y se acurrucó sobre la alfombra ; en se- 
guida, cruzando las piernas y apoyando 
los codos en las rodillas, la barba en láá 
manos, y con los ojos fijos en Djalma, es- 
peró la respuesta ó las órdenes de aqueí 
cuyo padre había sido llamado el Padre 
del Gcnerosn. 

¿Como es que Faringlicá, sectario de 
la divinidad del asesinato, liabia acepla'ío' 
ó buscado tan humildes funciones? 

¿Cómo es que este hombre, cuyo talento 
poco vufgar, cuya apasionada elocuencia 
y feroz energía hablan reclutado tantos 
íeides á la Buena Obra, se había re.>igna- 
do 3 tan subalterna condición? 

En fin ¿como eá que este hombre qffe, 
abusando de la ceguedad del joven prín- 
cipe para con él, podía ofrecer tan buena 
presa á Bohwanie, respetó los días del hijo 
de Khadja-Sing? 

¿Cómo es que se esponía tan frcicuen- 
temente á encontrar á Uodin , de quien 
era conocido bajo tan malos anteceden- 
tes? 

La continuación de esta historia res- 
ponderá á estas preguntas. 



bV'sIi. 



93.^ 



Solámcnie podremos decir ahora , q(U' 
■í]<'S()iios di' iKia larf^a ooiiferciiri.i (|iii' ha- 
bía (eiiído la aiitovíspera c>.>ii Itodin, fl 
Pstraiigiilador sehal)ia separado dt* ól con 
los ojos haj')S y con aire (hx-relo. 

Djalma, después de l>aber ipiedado si- 
lencioso durante àlpim tiempo, sifjiiíendo 
'ton la vista la lilaiiiiiizia Ixicaiiada úv 
humo qu» acahaha de laitzar en el espa 
tio , j dirigiéndose áVariii^hea sin volver 
los ojos hacia é\ , le dijo en un lenguaje 
hiperbólico y conciso, muy familiar á lo> 
orientales : 

— 1**1 tiempo pasa , el viejo de buen cr- 
^azon no viene;... pero no dej.irá de te- 
ní'r su palabra es palabra. 

— Su palabra es palabra, monseñor, 
répífíó rarin^líea con tono ülirmátivo; 
cuando ru6 á bu-^raros, liace 1res dias, en 
la casa donde a(pielIos miserables os con- 
dujeron Traidorauíenle d<jrmido,como hi- 
cieron conmigo, qie soy vue>lro criado 
vigilante v celoso, os dijo: 

« Kl amigo desconocido ipie os envió á 
«buscar al palacio de Cardovillo, me en- 
« via á vos, príncipe; tened ctTnfijnza , 
«seguidme a unahabilacion digna de vos 
« (jue os ha sido preparada. 

Y añadió: « Decidios á no salir de esta 
« casa líasta mi vuelta ; asi lo exige vues- 
« tro ¡nleré>; dentro de 1res diás volveré, 
« y entonces recobrareis enteramente vues- 
« Ira hbertad. » Asi lo liirisleis, monseñor, 
y ya hace 1res días que no habéis salido 
de esta casa 

— V espero al viejo con impaciencia, 
dijo Djalma, porque esta soledad nte pesa 
sobre el corazón. ¡ Debe liaber <n Paris 
tantas cosas dignas de admiración ! y so 
bre todo 

Djalma no concluyó y volvió á sus re- 
flexiones. 

Al cabo de algunos instantes de silen- 
tio, el liijodeKadja-Sing repuso con tono 
de sultán impaciente y (»ciosn : 



— ¡Habíame ! 

— ¿De (jué (juereis (|ue os hable, mon- 
señor ? 

— De lo que quieras, respondió Djalma 
con indiferente desprctiio y fijando en M 
tedio sus ojos medio ciiliiertos de langui- 
dez; una idea me persigue y «juiero 

diNlraerme H á Id.) me 

Faringliea echó una ojeada penetrante 
al joven indio, cuyas facciones estaban 
tijera mente siihroseadas. 

— .Monseñor, repuso el mestizo... adi- 
vino vuestra idea 

Djalma meneó la catir/a sin mirar hl 
Estrangiilador , que continuó: 

— Pensais en las mugeres de Paris..... 

— ¡Cállate, esclavo! saltó Djalma. 

V se volvió de pronto sobie el Sofa co- 
mo si hubieran tocado á lo viVo su dolo- 
rosa herida. 

Faringliea ca'ló. 

Al cabo de a'gunos momento'' , Djd'nia 
repuso con impaciencia, dejando a su lado 
el tobo del liouka y ocultando sus oj^s en 
las manos : 

— Tus palabras valen mas que este si- 
lencio.... ¡ Ma!d t s sean mis ¡icn- 

samientos y malJito mi espinlu que evo- 
can estos fanta-ion^ ! 

— ¿Y para qué desechar semejantes 
ideas, monseñor? Tenéis diez y nueve ano», 
habéis pa»ado vuestra adolescencia vn la 
guerra ó en las prisiones, y hasta hoy 
permanecéis tan cn-to como Gabriel, el 
joven cristiano compañero nuestro de viaje. 

Atmque Faringliea no se liabia sepa- 
rado un níomento de la respetuosa defe- 
rencia (|ue debia al príncipe, este conoció 
en el acento del ineslizo una lijera ironía 
al pronunciar la palabra ca^^to. 

Djalma repuso con cierta mezcla de al- 
tivez y severidad. 

— Yo no quiero pasar entre esas gen- 
tea civilizadas por un bárbaro, según ellas 

nos llaman y por esa razón me glorío 

de st-r casto. 



224 



ALBUMk 



— No OS entiendo, monseñor. 

— Tal vez amaria mejor i una muger 
pura como mí madre cuando se casó con 
m¡ padre.... y en este pais es preciso ser 
casto para exigir igual calidad de una 
muger. 

Faringliea no pudo disimular una risa 
irónica al oir este disparate. 

— ¿De qué le ries, esclavo? dijo impe- 
riosamente el joven príncipe. 

— En paises cm7isat/os , según los lla- 
máis , un hombre que se casa en la flor 
de su inocencia se cubrirla de ridi- 
culez. 

— Mientes, esclavo, lo ridículo seria 
que se casase con una muger que no fuese 
tan pura como él. 

— En ese caso la ridiculez le mataría, 
porque se burlarían de él doblemente. 

— Mientes mientes y si dices la 

verdad, ¿quién te ha instruido de ese 
modo? 

— En la isla de Francia y en Pondi- 
cheri he visto mugeres parisienses : des- 
pués he sabido muchas cosas en nuestra 
travesía; pues mientras que hablabais con 
el joven eclesiástico, yo me entretenía con 
un oficial. 

— Con que, según eso, los civilizados 
exigen de tas mugeres del n%ismo modo 
que los sultanes en nuestros harenes, una 
inocencia que ellos no tienen. 

— Cuanto menos tienen esas gentes, 
tanto mas exigen. 

— Exigir lo que no se concede, es obrar 
como un amo respecto á su esclavo; ¿y 
fon qué derecho se obraaquidecsemodu? 

— Con el que se toma el que crea este 
derecho... aquí sucede lo misnío que en 
nue>tro país. 

— ¿Y que hacen las mujeres? 

— Evitar que sus novios parezcan de- 
masiado ridiculos á los pjüs del mundo, 
cuando se casan. 



que engalla? dij') Djalma íncolrporándose 
de pronto y echando á Faringliea una mi- 
rada feroz y sombría. 

— La matan, como en nuestra tierral 
mujt-r sorprendida , mujer muerta. 

-^Si estos civilizados son tan déspotas 
como nosotros, ¿por qué no las encierran 
igualmente, para obligarlas á tener una 
fidelidad que ellos no observan? 

-^Porque son civilizados como bárba- 
ros, y bárbaros como civilizados. 

—-Todo eso es triste, si dices la verdad, 
repuso üjaltna con aire pensativo. En se- 
guida anadió con cierta exaltación, y va- 
liéndose, según su costumbre, del len- 
guaje casi místico y figurado , familiar á 
los de su paisk 

— Sí, la que estás diciendo me aflige, 
esclavo; porque dos gotas de rocío que se 
confunden en el cáliz de una flor..... son 
dos corazones confundidos en un puro y 
virginal amor... dos rayos de luz que for- 
man una llama ineslinguible, son dos ar^- 
dientes y eternos amantes convertidos en 
esposos. 

Si D/BÎma habló con un encanto ines'- 
plicable de los púdicos goces del alma, al 
pintar una dicha menos ideal, sus ojos bri- 
llaron como dos estrellas; se estremeció 
lijeramente, sus narices se dilataron, el 
dorado mate de su cutis se enrojeció, y 
el joven príncipe volvió á caer en un pro- 
fundo letargo. 

Faringliea que notó esta última emo- 
ción , repuso : 

Y si, á la manera del Rey pájaro ( I ) de 
nuestro pais, sultan de nuestros bosques, 
preferís á un amor único y solitario, nu- 
merosos y variados placeres, siendo buen 
mozo, joven y rico, si buscáis las seducto- 
ras parisienses, como sabi-is.... las volup- 
tuosas fantasmas de vuestras noches, de- 



( 1 ) Especie de pájaro del Paraíso , ga- 
— ¿Y en este país se mata á una mujer llináceo muy enamorado. 



ALBÍ)M 

líciosos atormentadores de vuestros sueños 
"si las niirais con ojos atrcvidus como (¡iie- 
riendo provocarlas, ¿oreéis que no habrá 
muchas cuyos corazones se inllamcn con 
el fuej:o (fue despiden vueslras pupilas? luí 
este caso no serian ya las níonotuna» d*'lic¡a> 
de vuestro único amor... pesada cadena Je 
Vuestra Vida , sino las mil voluptuosidades 

del harén de un harén poblado de 

tnuj^eres lilires y orgullosas «jue un amor 
correspondido constituye en esclavas vues- 
tras: puro y contenido hasta aqui, no in- 
ciirr s en los escesos.... creedme, ardiente 
y magiiilico, vos, hijo de vuestro pais, vos 
seréis el amor, el orgullo y el ídolo dees- 
tas mujeres, las mas seductoras del mun 
do.... os admirarán con ojos lánj-uidos y 
"apasionados. 

Djalma escuchaba á Faringhea con cu- 
rioso silencio. La espresion de la fisono- 
tnia del joven indio se habia cambi^do 
enteramente; no era ya un adolescente y 
melancólico pensador que invocaba el san- 
to recuerdo de su madre, ni el que halla- 
ba en el santo rocío del cielo y el cáliz. de 
I9S llores las puras imágenes con que pin- 
taba la cast liad y el amor: tampoco era 
ya aquel joven que se ruborizaba de Un 
ardor púdico con la ¡dea de las delicias 
permitidas á una legítima union. ]^o, no, 
las incitaciones de Faringhea hablan pro- 
ducido repentinamente en él Un fuego 
subterráneo^ la fisonomía inflamada de 
Pjaln»a, sus ojos alternativamente brillan- 
tes y cubiertos, la viril ^ sonora aspiración 
de su pecho,, anunciaban el inceíidio de 
SU sangre, el ardor de sus pasiones, tanto 
«ñas eiiérgioas cuanto mas contenidas ha- 
blan estado hasta entonces. Asi es que 

levaiitánlose de pronto del divan, flexible, 
vigoroso y ligero como un tigre jóveu, 
Ojalma cogió 9 Faringhea por la gargan- 
ta, esclamando ; 

— Tus palabras son un veneno abra- 
sador. 



225 



— Monsejlor, dijo Farin^^iie? sin ;-esi||- 
t'rse vuestro esclavo es vuestro es- 
clavo , 

Esta sumisión desatmó,^! príncipe. 

— Sois dueño de mi vida continuó 

el mestizo. 

— ¡Tú eres el duefJQ de mi j^er^ona, 
esclavo! esclauíó Djalm.a empujándole.,.. 
En este momento me hpllaba suspendido 
á tus lattios devorando tus peligrosas 

mentiras.... 

^ . , , .1.1 1 

— ¿Mentiras? Presentaos s^9lamente á 
.la vista de e&as rnugeres.... sus miradas 
justificarán mis palabra:;. ^ , ^^ 

— Esas ^nuge^es me amará^, si^ arn^- 
,rán á un hombre (jue solo ha vivido para 
la guurra y para los bosques. 
^ , — P.ensando que joven qomo sois , jia- 
beis /u'cho ya una sangrienta^^çaza de 
hombres yde tigres.... os adorarán. 
— Mientes. .. , ^ 
— Os lo repito, al ver vuestra níano, 
que tan delicada como la suya» se ha em- 
papado tantas veces ,en sangre ^neipjga, 
querrán besarla.... si, besar\a . pensando 
que en vuestros bosques, qon vuestra ,ça- 
rabii.a armada ,,con vuestro puna) en Jos 
dientes os habei^j sonreído, al oír l^os rugi- 
dos del león y de la pantera que espera- 
)ba¡s. , , 

, , —Pero yo soy un salvaje un bár- 
baro.... j . . . . (>>•<« > y- »-tt.;< 

— Por esa ^a^Pn las veréis á vuestro^ 
pies, y se sentirán asustadas y encantadas 
al mismo tiempo, pencando en vuestras 
violencias, en todo el fu»"'?'" Y ar/^^bato de 
vuestros celos, de ;ju<jslraji, pasiones y de 
vuestro amor..,. Hoy seréis dulce y, tier- 
no, rpañana feroz y desconfiado , otro día 

ardiente y apasionado asi seréis..... y 

asi debéis ;>er f^ara arrastrarlas.... Si , sí; 
¡que un grito de rábi^ sc escape de vues- 
Irqslabios entre dos besos, (jueuti^jjuñal 
brille f,n rnedip tlv,,.*'".':*^'^'!'^ <^.ficias,, y en 
lin que caigsn palpitando de placer, d- 

5ü' 



220 



ALBt'M. 



amor y de miedo... y no seréis para elias 
un hombre sino un Dios.... 

— ¿Lo crees? esclamó Djalma llevado 
invoiunlariamente de la feroz elocuencia 
del estrangulador. 

— Ya sabéis.... ya conocéis que digo la 
■verdad... esclamó éste alargando los bra- 
zos hacia el joven indio. 

— ¡Y bien! ¡sil repuso Djalma con los 
ojos inflamados, las narices dilatadas y 
andando por decirlo así, á saltos por la 
^ sala.... No só si estoy en mí ó embriaga- 
do pero me parece que dices la ver- 
dad.... Si, lo conozco, me amarán con 
delirio, con furia... porque yo amaré con 
furia y con delirio, se estremecerán á fuer- 
za de placer y de temor... porque yo niis- 
mo.... al pensar en esto me estremez- 
co de dicha y de espanto.... Esclavo, tú 
dices bien.... este amor será deleitoso y 
terrible. 

Djalma , al pronunciar estas palabras, 
estaba lleno de impetuosa sensualidad: ¡es 
cosa bella y rara ver á un hombre que lia 
llegado puro y contenido á la edad en que 
deben desarrollarse en todo su enérgico 
poder los admirables instintos de amor 
íjue Dios ha infundido en la criatura, ins- 
tintos que, comprimidos, viciados ó per- 
vertidos, pueden alterar la razón y preci- 
pitarse á crímenes espantosos, pero que 
dirigidos hacia unagrandey noble pasión, 
pueden y deben por su violencia misma , 
elevar á un hombre por su ternura hasta 
los límites de lo ideal. 

— ¡Oh! ¿dónde esrá esa muger... esa 
muger... ante la cual yo temblaría y que 
temblaría en mi presencia? esclamó Djal- 
ni' embriagado.... ¿Llegaré á encontrar 
¡1 guna vez? 

— Una es mucho, monseñor, repuso 
Faringhea con su sardónica frialdad : ijuien 
busca una muger, raras veces la encuen- 



En el momento en (¡ue el mestizo daba 
esta impertinente respuesta á Djalma, pu- 
do verse á la puertecita dei jardín de esta 
casa, que daba á una calle solitaria , una 
elegante berlina que se habia parado; es- 
te coche tenia i-in Iroiico de dos hermosos 
caballos bayos dorados cun crines nogras: 
los adornos de los a meses eran de pbta 
como igualmente los botones de las líbreos 
de los lacayos; librea azul claro con cue- 
llo blanco: sobre la mantilla, que era 
igualmente galoneada de biaiico , y sobro 
las puerteciilas , se veian los escudos de 
armas en furma de rombo, sin cimera r)í 
corona, según el uso entre Us jóvenessol- 
teras. 

En este coche se hallaban dos nuigerçs, 
Mlle, de Cardovüle y Floriná. 
VL 
Para esplicar la venida de Mlle, de Car- 
doville á la puerta del jardín de la casa 
que Djalma ocupaba , es r)ecesario echar 
una ojeada sobre los sucesos anteriores. 

Al salir Adriana de la casa del doctor 
Baleinier, habia ido ¿ establecerse á su 
palacio de la calle d'Anjou. 

Durante los últimos meses de su per- 
manencia en casa de su tia habia hecho 
restaurar y amueblar secretamente esla 
hermosa habitación cuyo lujo y eltgancia 
acababan de ser aunientados contodaslas 
maravillas del palacio de Saint-Dízíer. 

El mundo hallaba sumamente estraor- 
dinario que ima joven de la edad y con- 
dición de Adriana hubiese tomado la re- 
solución de vivir entoramerrte sola, libre, 
y de tener una casa ni mas ni menos co- 
mo un soltero mayor de edad ó como una 
viuda ó menor emancipa/Jo. 

El mundo aparentaba ignorar , ([ue la 



•rw en este país.... pero quien busca mu- senorita de Cardoville po>eia lo que no 
: ros, se bolla prrplojo en la elección. paseen lodos los hombres mayores y atn 



*«B^J«. 



2Í7 



dublenioiile mâyùrcs do edad : uii carác- 
ter liiine, uti fspiritu elt-vado, un co- 
razón generoso y un ^('ulido recto y muy 
ju^lo. 

Juz(;ando que para la direcrÎDn subal- 
terna y para el cuidado inlirior de la casa 
necesitaba tener pt rst^na.s iieles, liabiu es- 
crito al adniini>tradi)rdeCardoville y á su 
niu^er, criados antiguos de su iauiiliu , 
para tjue inniediatanx nie viniesen á l*a 
ris; asi Mr. Dupont debia (jereer las fun- 
cioncs de nïayordomo, y su e.-posa las de 
uiuger de gobierno. Un antiguo atui^o del 
p;idro de Adriana, el conde deMonlbroii, 
anciano de mucho laN'ulo, en otro tiempo 
lion)bre muy de moda, pero rtiiiy enten- 
dido en toda especie de elegancia, acon- 
sejó á Adriana qtíc se portara como una 
princesa y (|ue un caballerizo, indicán- 
Gole para esto à un hombre muy bien 
criado, de edad nías que madura, el cual 
siendo n>uy aficionado á caballos, después 
de haberse arruinado en Inglaterra, t*n 
New market , en Derby y en casa do Ta- 
tersall (1), se habia visto reducido, como 
sucede muchas veces á los caballeros de 
este pais, á conducir los caballos de la di- 
ligünria , hallando en este ofício un modo 
de vivir honrado y de sa!i>facer su gusto 
por los caballos. Tal era Mr. de Donne- 
ville, el protegido del conde do. Montbron. 
l*or su edad y por sus hábitos de saber 
\ivir podria acompañar á Mlle, de Car- 
doville á caballo, y mejor que nadie cui- 
dar de la cuadra y de los coches. Kste se 
apresuró á aceptar con gratitud este em- 
pleo, y gracias á sus estudiados cuidados, 
los trenes de Mlle, de CardoYÜIe |)odian 
rivalizar con lo mas elegante que encierra 
Paris en este género. 

Adriana liabia vuelto á tomar sus don- 
cellas Hebé, Georgette y Florina. 

( 1 ) Célebre chalud y tratante cd caballos , 
perros, ele. en LúoJre?. 



Ksla habia drbido entrar al servicio de 
la princesa de Saint- Dizior para continuar 
viijHandn por encargo y en beneficio de ta 
superiora del conv»'iito de Santa Maris; 
pero en consecuencia de la nueva direc- 
ción dada por Uudin á los asuntos de l.l 
her» lu'ia de Uene|)( iit,i|u« do decidido que 
si tía po>ible, Florina volverla á entrar 
en ca^a de Adriana. K>le empleo de con- 
íianza, poniendo á esta desjiiuiiada cr.'a- 
lura en disposición de hacer importantvs 
y lí'tubrosos ser\ icios á las personas de '^' 
quienes dependía su suerte, la obbgó á 
una infame traioicin. 

Desgiaciódamenfc todo habia íaVorr- 
<ido esta intriga. Ya sabemos <jue Fi. - 
rina, en una entrevista que tuvo con a 
Gibosa pocos dias después del encierro (lo 
Adriana en < a>a del doctor Kaleiniír, ce 
diendo á un instinto de arrepentimiento 
hal)ia dado á la costurera consejos muy 
útiles á los intereses de Adiiana, envian- 
do á decir á Agricol que oo entregase á 
Mme. de Saint- Dizier los papeles que h¿- 
bia encontrado en el escondite del pabe- 
llón, y que solo los confiase á Mlte.de 
Cardo\i ie en persona. Fsla, instruida des- 
pués por la G;b 'sa de estos pormefnns, 
redobló su confianza é interés por Florina, 
la volvió á tomar á su servicio, casi cou 
reconocimiento, y la encargó de una mi- 
sión de confianza, es decir, ()ue cuidase de 
los arreglos de la casa (|ue seabjuijó para 
Djalma. En cuanto á la Gibosa, cediendo 
á las instancias de Adriana y no creyendo 
ya ser útil á la njuger do Dagoberlo, de 
quien hablaremos después, se decidió á 
vivir en casa de Adriana, quien con aque- 
lla sagacidad de imaginación que le era 
característica, confió á la joven costurera 
que la servia también de secretaria, el 
despacho de los socorros y limosnas. 

Mlle, de Cardoville fiabia pensado en 
un principio tener á su lado á la Gibosa 
como amiga , queriendo lionrar de ttte 



mÈ 



àiWà, 



modo la probidad en cl trabajo, la resig- 
nación en las penas y la inteligencia de la 
■pobreza; pero conociendo la dignidad na- 
tural de la joven, temió con razón que, 
á pesar de la delicada circunspección con 
que la hacian estas fraternales ofertas, tdl 
Vez la Gibosa no Veia en ésto mas que 
una liniosna disfrazada. Adriana prefirió, 
traiéndola siempre como amiga, darla un 
emplo íntimo. De este modo la justa sus- 
ceptibilidad de la costurera no podia alar- 
marse, puesto que ganaría su vida ejer- 
ciendo las funciones qué pbd'rian salisfa- 
cer sus caritativos instintos. 

Efectivamente , la Gibosa podía rnejor 
que nadie aceptar la santa misión que 
Adriannr'le confiaba; su cruel espérieñcia 
de la desgracia, la bondad de su alma ah 
geliíal, la elevación de sÍj espíritu^ su 
rara actividad, su penetración en los do- 
lorosos secretos del infortunio, y su per- 
fecto conocinuento de las clases laboriosas 
y pobres , ér'in* una garantía deíl' tacld'y 
de la inteligencia con que !a generosa cria' 
tura securidaria las generosas ilitencibhes 
de Mile, de Cardoville. 



Hablemos ahora de los diferentes acon- 
tecimionlos que han precedido , este dia, 
á la llegada de Adriana á la puerta del 
jardin, en la casa de la calle Blanca. 

A las diez de la mañana , poco mas ó 
menos, las ventanasdela alcoba dé Adria- 
ha, herVnóticamente cerradas; no dejabah 
penetrar iiingim rajo de burén esta pieza 
alumbrada sota menté por' el reflejo de una 
jámparo esférica, de atablavtro orienta!, 
fiíiípendida eñ d tcchofíor' tres lat-gftS ca- 
denas de' platal 

Kste' cuarto qué" ternriíVat^ eh cüpufa 
tehia la forWíá' de uh^tléñda dieoctiolieii- 
zos cortados: desdé lá^'b'óveHa hasta 'el 
suelo estaba' cotgada dé seda bfanCa con 



cof tinaja de rivuselina del misrño color for- 
mando pabellones y cogidos en lasniisnràâ 
paredes, sujetos con clavos romanos dé 
marfil. 

Dos puertas iguatmente de márfif con 
embutidos de nácar conducían «fná á là 
pieza de baño, otra al cuarto dé tocador, 
qué era tina especie de teiinpleté erigido 
al culto de la bellera, y amueblado del 
mismo modo que el pátiellón del palacio de 
Saint- Dizier. 

En otros dos lien¿ós estaban praclicad'a? 
dos venlanascubicrtas de cortinas: enfre'n- 
te de la cama se veia la chimenea con sUs 
morillos de plata cincelada: esta chimenea 
era de mármol pentálico, especie de nieve 
cristalizada, en la cual habia embutidas 
dos cariatides y un friso que representaba 
pájaros y flores: encima de este friso, veíase 
una e-pecie de cesta cincelada en el mármol 
con suma delicadeza, de figura ovalada y 
de un corte gracioso. Itera de camelias ro- 
sas, la cual' reemplazaba la mesa de la 
^chimenea: laS hojas de estas flores eranVë 
un verde subido, y las flores dé un color 
bajo de carmin', los únicos que formaban 
contraste con la armohiosa blancura de 
¡este retiro virginal. Finalmente, sobre uhà 
alfombra de armiño se veia una cama 
muy baja con pies de |marfil ricamente 
esculpidas y medio cubierta de pabellones 
xle muselina blanca que desde la b.Weda 
ibajaban formando lijeras nubes. Escepto 
un plinto, ignaimenle de marfil admita - 
btemenle trabajado y recamado de nácar, 
esta cama estaba enter tnente forrada da 
raso bhuuHt acolchado y pespunteado como 
im inmenso cu^in. , 

' Como las sábanas uV batista' glíár'necí- 
dás de valencianas esíábah algo' d*eS3rrc- 
gladas, descubriari eTárigtilóde uñ cbícíion 
•tle tafetaïi blanco , y' eíesíréinó' d6 una 
lijera colchaMe moaré, porqué' en csle 
cuarto reiiial)a una teinperatura igual y 
lemp^ada como la de un hermoso üia de 
primavera. 



t^or lin oscr>'ipn!o singular «le Ailiiana 
iiaciilti (loi inisMu) >( iilitiiii-iito (juc le ha- 
bía cniisado el liaciT ^;rabar M»brv iitia 
obra maestra de plata el mimbre de s" 
xiulor en bi^^ar del rerilvdor, qiiiso (jiie 
todos estos siinliiosos objetos fuesen lie 
dios por arlisl.is i(ilrli;iiMilcs, Iabor¡o>osé 
íiilvuTos á i|i2ieiirs ella había s(inuiii>tra- 
do las primeras materias: del mismo mo- 
do, se hubiese podido añadir al precio de 
ia mano de obra el proveniente de las 
personas que habían especulado en este 
Irabiijo: este aumento ron>;itlerabIe de sa- 
lario había producido algunas ventajas e:i 
ríen familias necesitadas qiie bendiciendo 
la magnificencia de Adiiana , le daban, 
según decia olla el derecho de gozar de su 
iujo como de una acción justa y buengi. Na- 
da era mas fresco ni fuas delicioso á lavis 
ta que el interior de esta alcoba. 

Mlle, de Cardovüle acababa de disper- 
tarse y descansaba en medio de inmensa-; 
muselinas, de encajes de batista y de sctla 
blanca , en una actitud llena de molicie y 
de pracia. Durante la noche no cubrió ja- 
más sus admirables y dorados cabellos 
( fnedio ciertode conservarlos siempre con 
toda su magnificencia , scs'in dicen los 
griegos): antes (ie acostarse sus doncellas 
arreglal)an sus largos y sedosos ritos fur- 
tnando trenzas que bajaban lo suficiente 
para cubrir su petiueña oreja, de la que 
solo se veía el rosado lóbulo, é iban des- 
pués á quedar sujetos en el inmenso ro- 
dete formado en la parle posterior de su 
cabeza. 

E-te peinado tomado de la antigüedad 
griega, sentaba deliciosamente á las puras 
y finas facciones de Adriana, y parecia re 
juvenecerla de tal mod que en vez de 
diez y ocho años que tenía, ap^'nas se bu 
biera podido suponérsela quince: sus ca- 
bellos arreglados y cubriendo de este mo- 
do las sienes, hubieran parecido ca^i os- 
curos sin el reflejo dorado que producía 
la ondulación de las trenzas. 



^29 



Sumiila en este sopor matutino y cuya 
templada molicie es tan favorable á los 
dulces pensamientos, Adriana apoyaba su 
codo en la almohada, teniendo la cabeza 
;algo inclinada, lo cual hacia resaltar mas 
el ideal contorno de su cuello y de sus 
hombres: su<-' labios aniiii3(ti)S de sonrisa, 
húmedos y colorados, eran como sus car- 
rillos tan frescos como si acabasen de ba- 
ñarlos en agua helada : sus blancos pár- 
pados medio cubrían sus rasgados y ne- 
gros ojos que unas veces se dirigían lán- 
guidamente al e-pacio...y otras se fijaban 
con complaceficia en las ílores color de 
rosa y en las hojas verdes de la cesta de 
camelias. 

¡ Quién podrá pintar la inefable sereni- 
dad de Adriana en el momento que sedis- 
periaba.en una actitud tan bella, tan cass 
ta , en un cuerpo tan casto y tan bello! 
acto de un corazón tan puro como la fres- 
ca eiiibalsamada^ y juvenil respirscion que 
levantaba dulcemente su pedio virginal... 
virgifial y blanco como la nieve inmacu- 
lada. 

¡ Qué creencia, qué do{íma,qué fórma- 
la, qué símbolo re!igíoso,ó divino Criador, 
dará jamás una idea mas adorable de tu 
armonioso é inefable poder, sino una don- 
cella que al dispertarse busca en sus ¡no- 
centes pensamientos el secreto del celes- 
tial instinto de amor que has infundído en 
su corazón como en todas las criaturas ! 
; tú, que eres amur eterno y bondad infi- 
nita ! 

Las confusas ideas que parecían agitar 
á Adriana desde el momento en que se 
dispertó, la tenían cada vez mas absorta: 
su herntoso brazo cayó sobre el ¡echo, sus 
facciones tomaron, sin entristecerse, una 
espresion de dulce melancolía. 

Veía cumplido su mas vivo deseo , iba 
á vivir sola é ind pendiente. Piro esta de- 
licada , afectuosa y espresiva naturaleza, 
conocía que Dios no la había colmado de 
38 



230 ALBUM 

estos raros tesoros para sepultarlos en una 
fría y egoísta soledad. Conocía todo lo que 
el amor puede inspirar de grande y bello 
á ella misma y al ser que fuese digno de 
ella. 

Confiando en la energía y en la nobleza 
desu carácter, ufana del ejemplo(¡uo que- 
ría dar á las demás mugeres, sabiendo que 
las miradasde todo el mundo ibaná fijar- 
se en ella con envidia, se sentía segura, 
por decirlo así, de sí misma, lejos de te- 
mer hacer una mala elección , lemia al 
contrario no hallar en que escoger; tan 
fino era su gusto: adeudas, antique baila- 
se este ser ideal , tenia un modo de ver 
tan singular, y á pesar de esto tan justo, 
tan estraordinario, y sensato sobre la in- 
dependencia y dignidad que la muger de- 
bía conservar, según ella, con e! hombre, 
que se preguntaba sí el que eligiría podriíí 
aceptar los mandatos y ^condiciones que 
pensaba imponerle. 

Recordándose de los prelendienies posi- 
bles que había visto en la sociedad, no ol- 
vidaba el cuadro, desgraciadamente real, 
trazado por Rodiu con una elocuencia tan 
cáustica respecto á los maridos. Se acor- 
daba también no sin cierto orgullo, de los 
consejos que este hombre le había dado , 
no lisonjeándola, sino animándola á contí 
nuar siempre en la realización de su de- 
signio verdaderamente grande, generoso 
y bello. 

El torrente ó.el capricho de las ideas de 
Adriana la condujo á pensar en Djalma. 
Al mismo tiempo que se felicitaba de ejer- 
cer con este pariente de estírpf? real los 
deberes de una regía hospitalidad , estaba 
muy lejos de hacer del príncipe el h^roe 
de su porvenir. 

Pensaba, no sin razón, que este niño 
medio salvaje, de pasiones sino ind«ma- 
bles á lo menos indomadas todavía , esta • 
l)a inevitablemente destinado á violentas 
pruebas, y á fogosas transformaciono'-. 



Mlle.de Cardoville cuyo ca.ácler nada 'te- 
nia de varonil ni dominante, no tenia áni- 
mo de tomar á 5U cargo el civilizar á este 
joven salvaje. Así es, que á pesar ó tnas 
bien á causa del interés (|ue tenia por el 
joven indio, estaba íinnemente resuelta á 
no hacerse conocer de el ha-;! a dentro do 
dos ó tres meses, y no recibirle dado caso 
que Djalma llegase á saber que era pa- 
riente suyo. Deseaba pues , si no espeii- 
mentarle, á lo nienos dejar libres sus ac- 
ciones y su voluntad para que fuese ('\±'\ 
primero en alizar el fuego de sus buervas 
ó malas pasiones. 

No queriendo, sin embargo, abandonar- 
le sin defensa en medie de los peligros ús 
la vida parisiense, hab¡a rogado confiden- 
cialmente al conde de Montbron que pre- 
sentase Djalma en las niejores sociedades 
de París y que le dirigiese con ios conse- 
jos de su larga espericncia. 

Mr. de Montbron tsabia aceptado la co- 
misión de Adriana con el mayor placer, 
teniendo, según decía, el mayor placer en 
lanzar á un joven y regio tigre en los sa- 
lones y en medio de la llor de los elegan- 
tes y de los bellos de París, ofreciendo 
apo>tar todo cuanto se quisiese en favor 
de su salvaje pupilo. 

« Por lo que á mi toca, mi querido con- 
cede, decía Adriana á Mr. de Monlbron 
«con su franqueza habitual, mi resolución 
«es invariable; vos misuio me habéis 
« anunciado el efecto que va á producir la 
«aparición del príncipe Djalma, indio de 
« diez y nueve años de una belleza sor- 
« préndente, orgulloso y salvage como un 
«jtWen león (|ue sa!o de la selva : esto es 
« nuevo y estraordinario , añadís; asi las 
«coqueterías civilizadoras van á perse- 
«guirle con un celo (|ue me alarma por 
«él: seriamente, mi querido conde, no 
« me conviene rivalizaren celo con tantas 
« bellas señoras que tan intrépidamente 
« van á esponerse á las garras de vuestro 



AI.BVM. 



rM 



•«■jiíven tigri'. M»' ¡iilori-so niuchi) por t'I, 
«pori|iio es ini primo , ponini' t-s Iutiik»- 
n Si» y valiente, pero sobre tujo ponpie 
« no está vestido á lu lu>rrit)le modaeiiro- 
n pea. Sin diida a'guna , estas son laras 
« ("iiaiidaiies, piro en mi conci-plo no bas 
« tan hasta alinra para l:.i(*eri)i)> miidjr 
«de parecer. Adein:is, mi nuevo amigo, 
«el buen viijo íilósufo n^o ha dado, rela- 
« tivantenle al indio, un consejo (|ue vos 
« ()iie no sois íiló>ofo, habéis aprobado; 
«este es, recibir á todo el niiMido en mi 
« casa por ai^un tiempo, y no ir á casa de 
«nadie; lo cual seguramente me évitai á 
«el iiiconvem'ente de encontiar á nii re- 
« gio primo y ad"más me pi'rn)ilirá hacer 
« una rigorosa elección aun enlre una so- 
« ciedad habitual; como mi casa será es- 
« célente, mi posición muy origiinl, y (|ue 
« lodo el mundo tratará de penetrar mis 
« secretos, no me fallarán curiosas ni cu- 
« riosos, lo cual os aseguro queme diver- 
« tira mucho. 

Y como Mr. de Mo.ntbron la progiin- 
Laba sí el dett ierro' áv\ joven tigre indio 
duraría mucho liempo, Ád iana le res- 
pondió: 

•« Gomo recibiré casi todas las personas 
« á (jiiienes le liabeis prcsenlado, será pa 
« ra mí una cosa original saber las opi- 
« niones de todos. Sí cierta clase de hom- 
« bres hablan n)uy bien de el, y ciertas 
« mugeres muy mal.... tendré una buena 
«esperanza. lui una palabra, la opinion 
«que formaré entresacando de lo falso lo 
« cierto, y fiaos en esto de mi sagacidad, 
« abreviará ó prolongará el destierro de 
« lui regio primo. 

Tales eran las intencionas formales de 
Adriana respecto á Djaima, el mismo día 
en que debía ir con Flurina á la casa que 
el indio habitaba; en una palabra, esta- 
ba absolutamente decidida á no darse á 
conocer antes de algunos meses. 



Adriana despues de haber rede^iii'^nado 
largo liempo a(piella mafuna en las pro- 
babilidades (pie el liempo podía ofreciT á 
las necesidades de su corazón, cayo en un 
luievo letargo. 

lilla seductora criatiir:i, llena de viil?, 
d.' fuerza y juv<nlud. dio mt prnhuidn 
suspiro, esleiidió sus brazos sobre su ca - 
beza que estaba vuelta de perfil tn la a- 
mohada, y permaneció algun"smomerit( s 
como nsop>rada. P«recia una udmírab e 
e>lalu.i erUre los b^ancos tt-üdos que la ro- 
deaf)an tendida sobre una capa ríe nie\«^ 

Kepentinamente se incorpí^ró, puso su 
mano sobre la frente y llamó á sus dut- 
cellas. 

Al primer sonido de la campanilla, se 
abrieron las dos puertas de marfil, 

Georgctte se presentó en umbral de la 
pieza del tocador de donde salió Lutina, 
la pequeña porra negra y color de fm - 
go, con su collar do oro y largas l.mas do 
seda. 

Kn el umbral de la pieza de baño a,;a- 
reció Bebé. 

En el fondo de esle cuarto que reciMa 
la luz por el teclu) , veí.tse sobre una al- 
fombra de cuero verde de l^ónlova adui- 
nada de rosas doradas, un vasto baùo do 
cristal ovalado en figura do concha. Las 
tres únicas soldaduras d'^ esta obra maes- 
tra de cristalería estaban encubiertas con 
variedad de rosas de piala que sa'ian del 
espacioso zócalo del bauo, igualmente de 
plata cincelada, (pie representaban niños 
y delfines jugando en medio de ramas dt 
coral natural y de conchas azuladas. Na- 
da producía mas risueño efecto que el em- 
butido de estas ramas purpúreas y de es- 
tos corales de Ultramar^scibre el ondo ma- 
te con cinceladuras de plata, bl embalsa- 
mado vapor que se elevaba del agua libia, 
límpida y perfumada (jue llenaba la con- 
cha de CMstal , se esparcía en la pieza de 



^n 



baño y entraba como una lijera niebla en 
la alcoba de Adriana. 

Viendo á Hebé eleganlemenle vestida 
que Iraia sobre su rollizo y fresco brazo 
un largo poinedor, le dijo: 

-^¿ Dónde esta Florina , hija mia? 

— Señorita , hace dos horas que bají); 
la llamaron para un asunto urgente. 

— ¿Quién la ha llamado? 

— La joven <|uc sirve de secretaria. Sa 
lió esta mañana muy temprano y á su 
vuelta ha llamado á Florina. 

— Esta ausencia es sin duda relativa á 
a'gun asunto importante de mi angi'lico 
minis'roàe socorros y limosnas, dijo Adria» 
na sonriíí'ndose y pensando en la Gibosa. 

En seguida hizo una seña á Hebé para 
que se aproximase á la cama. 



toda especie de vanidad liumana>e) dueM 



Cerca de dos horas después de haberse 
levantado Adriana, se hahia vestido, co- 
mo acostumbraba, con una rara elegan- 
cia; despidió á sus doncellas é hizo llamar 
á la Gibosa á quien trataba con muciía 
deferencia recibiéndola siempre sola. 

La joven costurera entró precipitada- 
mente, con el semhlanle alterado, páli- 
da, y dijoá Adriana con voz balbuciente: 

— ¡A ti, señorita ! mis pensamientos eran 
fiHidados: os venden. 

— ¿De qué pensamientos habíais, hija 
mia'' dijo Adriana sorprendida ¿quién me 
vende? 

— Mr. Rodin respondió la Gibosa. 

Vil. 

LAS DUDAS. 

Al oir la acusación que la Gibosa hacia 
de Uodin, Mlle, de Cardoville miró á la 
joven nuevamente admirada. 

Antes de proseguir la narración de esta 
escena, diremos que la Gibosa habia de- 
jado su mejor ropa , y estaba vestida do 
negro con gusto y sencillez. Este triste 
Color parecía anuociap que renunciaba á 



eterno de su corazón y los austeros debe- 
res (|Utí le imponía su celo á todo género 
de infortunios. Con este vestido negro la 
Gibosa llevaba un espacioso cuello vuelto, 
tan blanco y tan aseado como su gorra dé 
gasa con lazos grises, que dejaban descu- 
biertas dos trenzas de cabellos oscuros y 
rodeaban su pálido y melancólico rostro, 
en el que resaltaban sus ojos azules: sus 
largas y afiladas manos, preservadas del 
frió por los guantes, no estaban como an- 
tes color de violeta y moradas, sino casi 
blancas y diáfanas. 

Su alterada fisonomía manifestaba una 
viva inquietud. Mlle, de Cardoville, su- 
mamente sorprendida, esciamó: 

—¿Qué decís ? 

— Mr. Rodin os vende, señoritai 

— jMr. Rodin! ¡es imposible !... 

— ¡Ah, señorita ! mis presentimientos" 
no me han engañado. 

— ¿Vuestros presentimientos? 

— La primera vez queme hallé en pre- 
sencia de Rodin me asustó involuntaria-^ 
mente: mi corazón se contrajo;.... y he 
empezado á temer por vos, señoritfli 

— ¿Por mí? dijo Adriana, ¿y por qué 
razón ? 

— No lo sé, señorita, pero tal fué mi 
primer movimiento, y esle temor tan in- 
variable, á pesar de la bene\olencia que 
Mr. Rodin me manifestaba por mi her- 
mana, me ha alarmado siempre. 

— Eso es cosa estraña. Mejor que na- 
die comprendo la inlluencia casi irresisti- 
ble de la simpatía ó de la aversion... pero 

en esta circunstancia En fin, repuso 

Adriana al cabo de un momento de re- 

flecsion, no importa ¿cómo es que 

vuestras so<pechas se han cambiado hoy 
en certidumbres? 

— Ayer fui á llevar á mi hermana Ce- 
fisa el socorro que Mr. Rodin me habia 
dado para ella en nombre de una persona 



ÀIHU». 



m 



'carilativa, y no ln!)i(^n(îala onrorilrado cti 
t»s» <te la ani>;^3 (]ti(> la fiahia r<>co(;iilo, 
roguó á la portera (jiie dijtsf á fiiiluTina 
n.i t|iie yo volvfria lioy... asi ha sucedida. 
Pero perdonadme.... al^Mii'S poniiciiurt !« 
necesa riiis. . . si-fioi 1 1 a . . . 

— Hablad, liaMad, aiiti^;) mia. 
■ — La jt')ven que recujió á nii hermana en 

su casa repuso la pobre Gibosa muy 

emb «razida bajacido I )S ojos y sbiirn 
jdndose.... no tiene una conducta muy 

regular Una persona que la ha acon)- 

piiñido á nuichas divtrsiones, llamada 
^\r. Dumoulin, la dijo el verdadero nom- 
bre de .Mr. Ilodin t|Ue i cupatift un cuar- 
to en esta casa y se hacia llamar Mr. Car- 
TOiiiagno. 

— Eso mismo me ha dicho en la casa 
del doctor Baleinier: y antes de ayer ha- 
blando de esta circunstancia, mehaeípli- 
cado la necesidad en que se veía por cier- 
tas razones dtí vivir en este cuarto y en 
un sitio tan reí rado.... por mi parte no 
puedo menos de aprobarlo. 

■ — ¡ Y bien ! señorita . ayer Mr. Rodin 
iia recibido al abate dWigrigny. 

— ¡ Al abate d'Aigrijjny Î csciamó Mlle. 
de Cardbville. 

— Si, seiloriti , y ha estado encerrad > 
con Mr. Kodin dos horas, 

—Os han engañado, !)ija mia. 

— lié aquí lo que he sabido, señorita. 
E abate habia venido aquella mañana á 
á ver á .Mr. Rodin, y no habiéndole en- 
contrado, d»'jó en el cuarto de la portera 
un papel en el que habia escrito estas pa 
labras: Volveré dentro de dos horan. La 
joven de quien os he hablado lia visto es- 
te papel, señorita, y como lodo lo (pie tie- 
ne relación con Mr. Rodin parece bastan - 
te misterijso, ha Imido la curiosidad -íe 
esperar al abale en el cuarto de la por- 
tara para verle 'entrar; efectivamente, 
do^ horas después volvió y encontró á.>ír. 
Rodin...; ■ ; 



— No... no ..dijo Adriana lobresaltada, 
es imposible... se han en^a^ado. 

— No lo creo, s<?."ioril», por(|ue cono- 
ciendo la gravedad <le esta revelación, lie 
pedido á la jiWeii quo me dieáe las señas 
del abale. 

— ¿Y «|U • resultó? 

— Kl abate, me dijo, tiene como unoí 
cuarenta años; es d(> tdevada estatura, 
derecho, vestido seiuillamenle , pero con 
aseo; las cejas pobladas, los cabellos cas- 
taños: barba muy bien afeitada, y un aire 
iniiy decidido. 

— lis verdad dijo Adriana no pudien- 

do dar cr^ito á lo que oía.... estas señas 
>on ecsactas. 

— Conío ine interesaba saber lodos los 
ponii" ñores posibles, repuso ta Gibosa'^ 
piegiinté á la portera si Mr. Rodin y él 
abale parecían enfadados cuando los vio 
salir de la casa , me respondió que no, y 
que únicamente el abale habia dicho á 
Rodin al separarse de él á la pdérta de la 
casa.... Mañana... os escribiré.... es cosa 
convenida.... 

— ¿ Estoy soñando? ¡Dios mió! dijo 
'Adriina pasándose las manos pof la fren- 
te con u/ia especie de estupor.... yo no 
puedo dudar de vue.xtras palabras , y ^in 
embargo el miímo Mr. Rodin es quien o»; 
ha enviado á esa casa cod ud socorro para 

vuestra htírmaná rto creo que sé hay» 

espueslo de este modo á qUe penetraseis 
síjs citas secretas con el abate.... para un 
traidor — esto sejía una imprevisión 

—Es verdad , ótfo tanto me há ocur- 
rido á mi.... y .sin embargo la reunion 
da estos dos hombres nie lia paie i lo tan 
lemiLíe para vos, que he venido suma- 
mente asustada. 

I Los caractt-res muy leales difícilmente 
se resignan á creer en las traiciones, y 
cXianlu mas infanu-s son tanto mas dudan 
de ella>: asi era el de A<íriana, y aüeiuas, 
una de las cualidades de su espiritu era 
5ü* 



234 ]kLBuk. 

]a rectitud, así es que aunque la relación 
de la Gibosa produjo en ella mucho cficto, 
respond'ó : 

— Veamos, amiga mia, no nos asus- 
temos sin razón, ni nos apresuremos á 
lífeér lo malo.... Tratemos de convencer- 
nos razonando : recordemos hechos. Mr. 
Rodin me ha abierto las puertas de la ca- 
sa del doctor Baleinier; delante de mi ha 
dado una queja contra el abate d'Aigrig- 
ny, y con sus amenazas ha obligado á la 
superiora del convento á entregar las hi- 
jas del mariscal Simon ; ha logrado des- 
cubrir el sitio donde se hallaba el príncipe 
Djalma; ha cumplido ocsactamenle mis 
instrucciones relativas á mi jó#n parien- 
te, y aun ayer inismo me ha dado útiles 
consejos.... todo esto es muy positivo..... 
¿no es verdad? 

— Sin duda, señorita. 

— Suponiendo lo peor, repuso Adi la- 
na, que Rodin esté aniínado ahora de una 
segunda intención , y que espere ona ge- 
nerosa reiñuneracion , lo cierto es que 
iiasta este momento su desinterés ha sido 
completo.... 

— Tenéis razón , señorita, respondióla 
pobre Gibosa , forzada como Adriana á 
conocer la evidencia de los liechos consu- 
mados. 

— Ecsaminemos ahora la posibilidad de 
una traición. ¿Reunirse al abate para ven- 
derme? ¿donde y cómo? ¿sobre qué? ¿qué 
tengo yo que temer? Al contrario, ¿ciába- 
te y la princesa de Saint- Dizier no son 
|.)S únicos que van á verse en la precisión 
de dar una cuenta terrible á la justicia 
del mal que me han hecho? 

— Y en ese caso , señorita , ¿cómo he- 
mos de esplicar la reunion de esloa dos 
hombres que tantos motivos de aversion 
los obligan á estar separados? Ademas se- 
ñorita , no soy yo sola la que piensa de 
este modo — 



— ¿Cómo es eso? 



— Esta mañana cuando volví me halla- 
ba tan conmovida que Florina me pre- 
guntó el motivo : sé, señorita cuan fiel eS 
esta joven. 

— Es imposible serlo mas: hace poc6 
que vos misma me informasteis del seña- 
lado servicio que me hizo durante mVen- 
cierro en casa de Mr. Haleinier. 

— ¡Y bien, señorita! esta mañana á 
mi vuelta, creyendo necesario informaro'S 
al instante, he contado todo esto á Flo- 
rina , y como yo , tal vez más que yo , sé 
ha asustado de esta reunión de Rodin y 
del abale. Al cabo de uh momento de re- 
flecsion me dijo^ creo que es inútil dis- 
pertar á la señorita : que sepa dos horaâ 
antes ó después esta traición , poco im- 
porta, tal veï-pneda y^dorante estastre^ 
horas descubrir alguna cosa. Me ocurre 
una idea que me parece buena : discul- 
padme con la señorita; vuelvo al ¡nstao- 
le.... 

En seguida Florina pidió un coche y 
salió. 

— 'Florina es una escelente jóveíi , dijo 
Adriana sonriéndose, porque 1» réííecsioft 
la tranquilizaba completamente; pero eíi 
esta circunstancia creo que su celo y su 
buen corazón la han descarriado , como 
á vos. amiga mia: ¿sabéis que somos dos' 
aturdidas no pensando en una cosa que 
nos hubiera tranquilizado á las dos? 
— ¿Y cual, señorita? 
— El abate teme ahora mucho á Rodin- 
tal vez habrá ido á buscarle para desar- 
marle. ¿No os parece que esta es una ra- 
zón no solamente satisfactoria sino la úni- 
ca razonable? 

— Puede ser, señorita, respendió lá 
Gibosa al caèo de un momento de reflec- 
sioB.... Si, eso es probabie. En seguida 
de otra breve pausa y como cediendo á 
una convicción superior á lodos los razo- 
namientos posibles esclamó: á pesar de 
toilo eso, no, no, creedme, señorita, os 



ÁLBIM 

*cngafian, lo conozco todas las aphrien- 

ciasestán en contra mia... pero cn-etlfue, 
esos presenlimienlos son (k-masiado vivos 
para «¡ue dejen de ser verdaderos. Ade- 
mas ¿no adivináis los secretos instintos de 
mi corazón para que yo deje de avisar á 
mi vez los peligros que os amenazan? 

— ¿Qué decis? ¿Qué es lo t\úb yo he 
adivinado? repuso Adriana involuntaria- 
mente conmovida y admirada del acento 
de convicción y alarmado de la Gibosa la 
cual repuso : 

— ¿Qué es lo que habéis adivinado?... 
¡ ay ! todas las tristes susceptibilidades de 
una desgraciada criatura á qtiien la suerte 
ha constituido en una vida á parte; y es 
^preciso que sepáis <]ue la he callado hasta 
^aqui, porque al tin , señorita , -¿qiuén us 
'ha dicho que el solo rnedio de (¡ue yo acep- 
tase, sin avergonzarme, vuestros benefi- 
cios, seria el darme un encargó útil y pro- 
■vechoso á los desgraciados? ¿Quián os ha 
dicho, cuando habéis querido sentarme á 
Vuestra mesa, como una amiga, á mi que 
soy una pobre costurera en (jüien queríais 
glorificar ti Urabajo; la resignación y im- 
probidad? ¿Quién os ha dicho, cuando yo 
os respondía con lágrimas de gratitud, (|ue 
esto no era una falsa molestia, sino la 
convicción de mi ridicula deformidad lo 
que níe hacia rehusar vuestros beneficios? 
¿Quién os ha dicho que á no ser por es- 
ta circunstancia yo hubiera aceptado con 
Orgullo y en nombre de mis hermanos del 
pueblo? 

Porque me respondisteis estas tiernas 
palabras: 

Comprendo vuestra negativa, atñiga mia, 
ho es una falsa moiiv^tia la que la ha<Jicla 
do sino un sentimiento de diíjuitlád que a/ire- 
Cio yrM/?e/o.¿ YquiénoshadicliM también, 
repuso la Gibosa mas animada , que yo 
seria feliz si encontrase un retiro solitario 
fen esta magnífica casa cuya esplendidez 
me ofusca? ¿Quién os ha dicho esto para 



que os hayáis dignado elegir, como lo ha- 
béis hecho, la liübilaeion demasiado lujo- 
sa que me habéis destinado? ¿Quién os 
ha dicho que sin envidiar la elegancia 
de laS bellas jfWenes que os rodean y <|ue 
yo estimo ya porque os quieren , yo n\^ 
sentirla siempre, medíante una compara- 
ción íhvuluntdria , emi>arazada y aver- 
gonzada delante de ellas? ¿Quién os ha 
dicho todo eSlo para que las alejáis siem- 
pre que me llatnais?... Sí... ¿quién oshí 
revelado, en fin, todas las penosas y se- 
cretas susceplibil¡(la<les de una posici(Wi 
escepcional cotr»o la mia? ¿Quién -os loba 
revelado? Dios, sin (fiida, l>ióS quien ert 
su ffifinita grandez.1 vigila sobre su cn-íi* 
cion y que sabe también ocuparse pafer- 
hahnente del miserable insecto oculto «-ii 
la yerba... ¿Y no queréis (|ue la gratitud 
de un corazón que conocéis td'rtibien sé 
eleve hasta adivinar lo que puede si roa 
perjudicial? No, no, señorita; unos tie- 
nen el instinto de su propia conservación, 
otros, mas felices, tienen el déla con>ef- 
vacion de las personas que quieren... Dios 
me ha dado este instinto... yosrepitoque 
os venden... sí, que os venden. 

Y la Gibosa, con los ojos animados, ios 
carrdloslijeramente sonrosados á causa dé 
SQ emoción , acentuó tan enérgicamente 
estas últimas palabras haciendo un gesto 
tan afirmativo, que Mlle de Cardoville, 
medio convencida con las vivas palabras 
de la joven , llegó á participar de mis te- 
mores, y aunque estaba en disposición de 
apreciar el notable talento y la superior 
inteligencia de esta pobre hija del pueblo, 
jamás la habia oído esplicarse con tanta y 
tan sublime elocuencia , elocuencia funda- 
da en la nobleza de sus sentimientos. Es- 
ta circunstancia contribuyó á hacer mas 
vemente la impresión de Adriana. En el 
momento en que iba á responder á la Gi- 
bosa , llamaron á la puerta del salon t n 
que pasaba ebta c:)Cena, y entró Florina. 



âa6 



ALBUI 



Adriana , al ver el alarmado sombldfite 
de sti doncella , I» dijo con viveza : 

— ¡Y bien, Florina I ¿ Qué hay de nue- 
vo ? ¿ De dónde viones, bija mia? 

— Del palacio de Saiut-Dizier , seno- 
rita. 

— ¿Qué has ¡do á hacer alli? preguntó 
Adriana con sorpresa. 

—íísta mañana, esta jó>en (Florina sc: 
ñaió á la Gibosa) me ha confiado sus sSs- 
pecbas y sus inquietudes qiíe yo par- 
ticipo. La visita del abate d'Aigritjny á 
Mr. Rodin me parecía ya una cosa gra\e: 
be pensado que si Rodin ha ¡do pocos dias 
hace a] palacio de Saint-Dizier , no debe 
quedar duda de su traición. 

— Efectivamente, dijaAdrianacada vez 
mas inquifía ; ¿y bien? 

— Como la señorita me encargó que 
cuidase de la mudanza en él. pabellón , y 
habiendo quedado aun alli diferentes ob- 
jetos, me be valido de este pretesto para 
hacer que abriesen el pabellón y para, esto 
he tenido (]ue dirigirme á Mme. Grivois. 

— ¿Y (jué mas? Florin-a,¿qué qias,? 

— He tratado de sacar algo de Mmç., 
Grivois, para todo ha sido inútil. 

— Desconfiaba de vos; esto era natu- 
ral , repuso la Gibosa. 

— Le pregunté, continuó Florina, si 
hacia mucbo lií'nipo que no hablan vista 
en el palacio .i Mr. Rodin. A este me. res 
pouilió e\asiv mente. Desesperando en- 
tonce* de poder saber algo, me despedí 
de ella, y para que mi visifa no dírseque 
Sospechar me fui al pabellón , cUando. al 

■* volver una calle dt-l jardin ¿que vi? á 
Mr. lUnlin á pocos pasos de m» que se di- 
rigía halla, la pueita del jardin cre- 
yendo sin duda salir con mas sigilo. 

-7-Ya lo oís, señorita, esclamó la Gi- 
bosa juntando sus manos en tono de sú- 
plica. 

— ¡Rodin! ¿en casa de la princesa de 
^aint-Dizier? esclamó Adriana, cuyos ojos 



habituahnente táii dulces , se animaï-ol^ 
de pronto con suma vehemencia ; en se- 
guida añadió con voz algo alterada: 

— Continúa, Florina. 

Al ver á Mr. Rodin, me paré; y re- 
trotvdiendo al instante, p-ude llegar al pá- 
bell>n y entrar sin que me viesen en el 
pe(]ueño vestíbulo que da á la calle. Las 
veni-ínas estáu jimto á la puerta del jar- 
din; y abriendo las persianas, Vi un co- 
che de alquiler (¡ue estaba esperando á 
Rodin, pirque pocos minutos después su- 
bió y dijo al cocliero: á la calle Blanca, 
núftiero 39. - 

— j En casa del príncipe 1 esciám\5 
Adriana. 

— Sí , señorita. 

— Efectivamente, Rodin debia verle 
boy , repuso Adriana reflecsionando. 

— No hay duda, señorita, que si os 
vende, vende también al príncipe.... qué 
llegará á ser, su víctima con mucha mas 
faciliílad que vos. 

— ¡Infamia..... infamia infamia !.;; 

esciaiiió de pronto Mile, de Gardoville le- 
va^ltándtí^e, con el semblante contraído 
(le dolorosa cólera..... ¡Una traición se- 
uu'jante! ¡Ab! ¡eso seria dudar de todol 
¡ y aun de .sí mismo! 

—¡Oh, señorita! ¡eso es terrible! ¿no 
es verdad, saltó la Gibosa temblando. 

— Pero ¿por qué nie había salvado y, 
lainbion á los mios?¿a (|ué viene denun- 
ciar al abale d'Aigrigny? re|)USo Adriana; 
verdiuler;M!UMite , esto es capaz de hac^r 
per.d'.T, la cabeza...., ¡ Esto es una confxi- 
tsion!... ¡Olí! ¡ las dudas son terribles! 

—Al volver, cont¡mw> Florin» echando 
una mirada enternecida á, su ama, he 
pensado un n)edio que podrá convencer 

<ie la verdad á la señorita pfro, para 

esto no hay que perder uti uiinuto. 

— ¿Qué quieres decir? preguntó Adria- 
na, mirando á Florina con sorpresa. 

—Mr. Rodin vaáestar pronto solo con 
el príncipe, dijo Florinai 



' tiU «b 

«^^ duda , saltó Adriana. 

— Kl piíncipe l■^(á »ii-iiiprt' vu la salila 
<]iie da á la estufa , a!li retibiri á Küdin. 

— ¡Y bi*-!) ! .¿(|ui'? ri'puso Atlriada. 

— L* eslafftd (¡iio helioclio arrvj^lar se 
^nii vuestras órdt'tu'S , tifïte mu sola sa- 
lida por «ma put rlicita tjiit' da :i una ca- 
lli'juela; y pur ella ttítra el jardiut-ru lo- 
tlus los dias> para nu pasar por las hal>i- 
tacioiu'«; luoj^o que concluye sus ijuoha- 
reres , no vut-lve mas. 

— ¿Quó quií-res decrr? ¿cuál es tu pf*- 
^'ectt*? dijo Adriana, mirando cada vez 
cun mns sorpresa á Florina, 

^^ — Los grupos de plantas «stán dispues-, 
tos de tal «nodo, que me parece que aun 
cuando el transparente que puede ocultar 
"el cristal que separa el salón de la estufa 
no estuviese echado, creo que podriaacer- 
-carse sin ser visto, para oir lo que se ha 
b\» en el cuarto...., Vo siempre entr*b« 
'estos últimos dias por esa puerta , para 
cuidar de los arreglos..... El jardinero te 
nia una llave... y yo otra..... Feliernente, 
Do la he entregado todavia. Antes ëe una 
hora la señorita puede saber á que ate- 
tíerse sobre .Mr. Rodin , porque si vende 
al príneipe.... también os vende. 

— ¿O'ié dices? saltó Adriana. 

— La señorita vendrá al mstínte con- 
migo ... y llegaremos á la puerta de la 
callejuela.... Para mayor precaución, yo 
entraré sola, y si la ocasión me parece fa- 
vorable.... volvere 

— ¡ Espionaje ! dijo Adriana con «rgu- 
llo, interrnmpiendoá Flin^ina, ¿qué dices? 

— Perdonadme, señorita, repuso la jó 
\en bajando los ojos cor aire confuso y 
«fligido.... teníais algimas dudas.... y es^ 
te me«Ho es el único ^ue, á mi parecer, 
puede destruirlas ú ct^iifirmarlas. 

— ¡Unitiillarse hasta el e>tremo de po- 
nerse a escuchar una conversación! ¡ja- 
mis I repnso Adriana. 

— Señorita, saltó de pronto la Gibosa 



*^»»ja. 



237 



(|ue hacia algun tiempo que estaba pen- 
sativa , pernutidiiie que os diga que Flo- 
rina tiene razón.... ese medio es penoío, 
pero es al mismo tiempo el único que 
(Htcda lijaros en lo sucesivo sobre Mr. Hf 
(linl además, á pesar de la evidencia de 
l(» lierhos y <le la ca>i certiduinbredcmis 
presentimieotof, las mejores apariencias 
pueden inducir á error. Yo soy la prime- 
ra que he acusado á Mr. Uodin.... Jamás 
me perdtKiaré de haberle acusado sin ra- 
ron.... Sin duda, señorita, que tenéis ra- 
zón en decir (ftie espar y sorprender 

una conversación es cosa triste..,. 

1¿n\ seguida haciendo nn violento y óo- 
ioro>o esfuerzo sobre sí misma, añadi^S 
procurando contener las lágrimas de ver- 
güenza que cubrían sus ojos: 

— Sin embargo, como se trata de sal- 
varos tal vez porqye si es una trai- 
ción. >.. el porvenir es espantoso.... yo iró 
en lugar vuestro.... para.... 

— j No se hable mas de esto !.. escla- 
mó Adriana ínterrurnpiendo ala Gibosa... 
¿Yo os dt^aria hacer sela y en favor d« 
mi propio interés una cosa que me pa- 
rece degradante?.... Jamas.... 

Después, dirigiéndose á Florina, le 
dijo: 

— Vas á decir i Mr. Bonneville que 
ponga el coclte ai ¡ftstante. 

—Con que os decidís, esclamó Florina 
juntando las manos >iu tratar de reprimir 
su alegría, y con los ojos arrasados de lá- 
grimas. 

— Si, consiento, respondió Adriana con 
voz conmovida... Si quieren hacerme una 
guerra encarnizada , será pr» ci>o prepa- 
rarse, pues de lo contrario seria una de- 
bilidad. Sin duda, este paso me repugna 
y me cuesta mucho; pero es el único me- 
dio de saber á «|ue atenerie sobre ua 
asunto que seria un torniento continuo 
para mí y aun Idl \ez de evitar gran- 
des ma! -s. Ademas, tengo mol. Vos muy 



^ 238 

poderosos para creer q 'o la conversación 
de Rodin con el príncipe Djalma pueda 
ser para mí de doble imp) tancia en cuan- 
to á la confianza ó al odio inexorable que 

tendré por Mr. Rodin Asi, Florinií, 

pronto.... una capa.... un sombrero... y 
un coche.... Tu me acompañarás..... Kn 
cuanto á vos, amiga mía, hacedme el fa- 
vor de esperarme aí]ui , añadió Adriana 
(lirigiéodose á la Gibosa. 



Media hora después de esta conversa- 
ción, d coclie de Adriana se paró, según 
hemos dicho, en la puertccita del jardin 
de la calle Blanca. 

Florioa entró en la estufa y vulvió al 
instante diciendo á su ama : 

— Ya está ecliado el transparente, se- 
ñorita, y Mr. Rodin acaba de entrar en 
el salort donde se halla el príncipe. 

Mlle, de Cardüviile asistió, sin ser vis- 
ta , á la escena siguiente que tuvo lugar 
«ntre Rodin y Djalma, 
Viil. 

LA CARTA. 

Algunos instantes antes de la entrada 
de la señorita de Cardoville en el inver- 
náculo, Rodin babia sido introducido por 
Faringhea en la habitación del príncipe, 
quien hallándose aun bajo el imperio de 
la ecsaltacion apasionada en que le ba- 
rbián sumergido las palabras del mestizo, 
no parecía haber notado la llegada delje- 
síiita. 

Sorprendido tste al ver la animación 
de las facciones do Djalma y de su aire 
distraído , hizo una señal interrogativa á 
Fharinghea, que respondió también por 
medio de la pantomima siguiente Î dti- 
pues de haber colocado el indiee sobre su 
corazón y sobre su frente, señaló con el 
dedo la ardiente llam;» de la chimenea ; 
esta pantomima significaba (jue la cabeza 
V el corazón de Djalma estaban inflama- 
dos en aqtiel momento. 



4LBÙSr, 

Rodin comprendió sin duda , porqHe 
una imperceptible sonrisa satisfactoria 
brilló en sus descoloridos labios; en se- 
guida dijo en voz alta á Faringhea : 

■ — Deseo estar solo con el príncipe.:., 
bajad la cortina , y cuidad de que nosea- 
mos interrumpido? 

El mestizo se inclinó, tocó á un resor- 
te colocado al lado de! cristal, el cual fué 
entrando en la pared á medida que la cor- 
tina bajaba; inclinándose de nuevo el 
mestizo sajió del salon. Poco tiempo des- 
pués de su salida fué cuando la señorita 
de Cardoville y Florina llegaron al inver- 
náculo (|ue no estaba separado del salón 
donde se hallaba Djalma itias que por la 
trasparente cortiria de seda blanca bor- 
dada de grandes pájaros de diversos co- 
lores. 

El ruido de la ptterla qne Farrhgheh 
cerró al salir, pareció sacar al joven indio 
de su letargo; sus facciones, ligeramente 
animadas, hablan recobrado su espresioii 
habitual de tranquilidad y de dulzura^ so 
estremeció, pasó la mano por su frenle¿ 
miró á su derredor como si saliese de urt 
sueño profundo, adelantándose en spgui- 
da hacia Rodin con aire reípéliioso y con- 
fuso, le dijo empleando el nombre que 
acostumbraban á dar á los ancianos: 

— ^^Perdonad, padre mió...;. 

Y según el hábito lleno àe deferen- 
cia de los jóvenes respecto á los ancianos, 
quiso tomar una mano de Rodin para lle- 
varla á sus labios, homenaje al que et 
jesuíta se negó retrocediendo un paso. 

— ¿Y de qué n)e pedis perdón, caro 
príncipe? dijo á Djalma. 

— Cuando entrasteis, meditaba : y por 
eso no correspondí á vuestro saludo....; 
perdohadme, padre mió 

— Si, os perdono, querido príncipe.*; 
pero hablemos de otra cosa; sentaos....; 
y recojed vuestra pipa. 

Pero Djalma , en lugar de acceder á la 



ALBLU. 

invitación de Roclin y de recostarse sobre 
el divan segun su co.stu(i)l»re, se sentó su- 
bre un sillon, ó pesar de las inNtaiicias del 
anciano de buen corazun, conio él liauiaba 
al jesuíta. 

— En verdad que n»e afligen vuestros 
CDinpIirnientos, le dijo Uodin, estais U(|ui 
en vuestra casa , en el fiiniJi.1 de la India, 
ó á lo menos deseamos (jue creáis estar 
alli. 

— Muchas cosas me recuerdan aquí mi 
pais, dijo Djalma con voz dulce y grave; 
vuestras botídades me hacen acordarme 
de mi padre y del que le reemplazó, aña 
dio el indio pensando en el ínariscal Si- 
mon, cuya lU-^ada le habia dejado igno- 
rar liaita et)lünce$. 

Después de un momento de silencio re- 
plicó cbn un tono lleno de abandono pre 
sentando la mano á Uodin: 

— Ya Cïtais aqui, ahora soy feliz. 

— Comprendo vuestra alegria , caro 
príncipe, porque vengo á daros la liber- 
tad á abriros vuestra jaula pues 

os habia suplicado (jue os sometieseis á 
esta pequeña reclui'ion voluntaria, abso- 
lütantente por vuestro intentas 



2lJ9 



— ¿V mañana pudre salir? 

— Hoy mismo, (juerido príncipe. 

El joven indio reflexionó un instante y 
replicó: 

— ¡Tengo amigo?, puesto que estoy en 
este palacio (|ue no me pertiMiece! 

• — En efecto... tenéis amigos... escelen - 
les amigos, respondió Rodin. 

A estas palabras , el rostro de Djahna 
pareció embellecerse mae. Lossentimien 
tos mas nobles se pintaron en aquella mó- 
vil y encantadora íisonomía; mis líenno- 
sos ojos negros se humedecieron algún tan- 
to-; después de un nuevo silencio, se le- 
vantó diciendo á Uodin con voZ conmovida; 

— Venid... 

•í—¿ Donde , querido príncipe?... dijo el 
otro sorprendido. 



— A <l,)r praciafi a mi» amigos... he es- 
perado Ircs (lias... nw parece bastante. 

— Permitid, (|uerido príncipe [ler- 

mitíd.... respecto á eso tenemos que ha- 
blar largamente, sefiláos. 

Djalma se sentó dócilmente sobre el 
ijívan. 

Uodin continuó : 

— Es verdad.... tenéis amigos, ó ma< 
bien tenéis un amigo; pues los amigos son 
muy raros. 

-¿Y vos? 

—^Tenéis razón.... tenéis pues dos ami- 
gos, querido príncipe; yo.... á quien yii 

conocéis y otro á quií-n no conocéis... 

y que desea permanecer desconocido pa- 
ra vo--... 

— ^¿Porquó? 

— '¿Porqué? respondi(') Rodin embara- 
zado, porque la ft-ücidid que esperiritenía 
en daros pruebas de su amistad , poripi*^ 

su tranquilidad son la cansa de esto 

inislerio. 

— ¿ Porqué ocultarse cuando se hace una 
buena acción? 

—Algunas veces para oCuítar ta buena 
acción que se tía heclio , querido prín- 
cipe. 

— Me aproveclio de esta amistad; ¿por- 
qué ocultarse de mí mismo? 

Los reiterados por qué del jóvcn indio 
parecían desorientar á Rodin , que replicó 
no obstante; 

— Ya os lo he dicho, quorido príncipe, 
vuestro secreto amigo vería tal vez com- 
promeliJa su tranquilidad si fuese cono- 
cido. 

—Si fuese conocido por amigo mió? 

— Justamente, querido príncipe. 

Las facciones de r;jalma cobraron una 
espresion de triste dignidad; levantóla 
cabeza con orgullo, y dijo con severidad 
y altanería: 

— Puesto que ese amigo se oculta, será 
tal vez porque se sonroja de mi ó por- 



2i0 .^ 

que yo debo sonrojarme de él>.. asi pues 
no acepto hospitalidad ninguna mas que 
de personas que me consideren digno de 
ellas ó que seand¡¿nas de mí... Pur consi- 
guiente abandono esta casa. 

V al decir esto, Dja'ma se levantó tan 
resueltamente, que liodin esclamó: 

— Kscuchadme, querido príncipe..... 
tenéis, y permitidme que os lo diga, una 
susceptibilidad y una petulancia Inorei- 
bles aunque hayamos procurado re- 
cordaros vuestro hermoso pais, ahora es- 
tamos en Europa , en Francia , en P^ris, 
esta consideración debe modificar algún 
tanto vuestra manera de ver; os ruego 
que me escuchéis. 

A pesar de la completa ignorancia de 
ciertas costumbres sociales, Djalraa estaba 
dotado de un sentido demasiadoclaro para 

no conocer la razón cuando esta le 

parecía fundada ; las palabras de Rodin 
le calmaron. Con esta modestia ingenua 
de que están dotadas las naturalezas lle- 
nas de fuerza y de generosidad , respon- 
dió dulcemente: 

— Padre mío, tenéis razón, ahora no 
estoy en mi pais; aquí las costumbres son 
diferentes; voy á rellexiouar. 

A pesar de su astucia y de su trave- 
sura, Rodin se hallaba casi desconcertado 
por la conducta salvaje y por las ideas d'd 
joven indio. Oe modo que, con grají sor 
prosa , le vio qu<'darse pensativo durante 
algunos minutos; después de lo cual Djal- 
ma replicó con tono tranquilo, pero íir- 
memenfe convencido : 

— Os he obedecido, padre mi^; he re- 
flexionado. 

— ¡ Y bien! querido príncipe. 

— En ningún país del mundo, y bajo 
ninsun pn-toto, un hombre de honor que 
priia'sa an-istad por otro hombre de lïo- 
nor, debe ocultarla. 

— Pero si peligra al confesar esta amis- 
tad... dijo Kodin muy inquieto del giro 
que iba tomando esta conversación. 



Djalma miró al jesuíta con desdeñoso 
asombro, y no respondió. 

— Comprendo vuestro silencio, querh 
do príncipe; un hombre valiente debe 
desafiar ei peligro , convengo , pero si fue»- 
se á: vos á quien amenazase ese peligro, 
en caso que esta aniistad fuese descübier"- 
ta , no seria disculpable y aun laudable la 
con.lucta de ese desconocido? 

— 'No acepto nada de un amigo quetne 
cree capaz de rehusar su amistad por co- 
bardía... 

— 'Querido príncipe... escuchadme» 

—Adiós, padre mió. 

— Rellexitmad.... 

— Mi resolución es invariable. * 

Replicó Djalma con tono breve y casi 

soberano adelatitándose hacia la puerta. 

— ll'.hl ¡ eh ! Dios mió! y si se tratase 
de una miiger... esclamó Rodin haciendo 
el último esfuerzo y corriendo hacia él, 
porque en efecto temia verle abandonar 
la casa y destruir de este modo sus pro- 
yectos. 

Al oir las últimas palabras de Rodin , 
el indio se detuvo repentinamente. 

— ¿Una muger? dijo estremeciéndose y 
ruborizándose: ¿se trata de una muger? 

— ¡ Y bien 1 ¡ si ! si se tratase de una 

muger replicó Rodin, comprenderíais 

su reserva, y el secreto con que se ve obli- 
gada á cubrir las pruebas de afecto que 
desea daros. 

— jUnaiiiuger! repitió Djalma con tré- 
nuila voz y cruzando las manos con ado- 
ración. ,j _ 

Y su rostro encantador espresd un sen- 
timiento profundo é inefable. 

— ¡Una muger!... dijo de nuevo: ¡ una 
parisiense ! 

— Sí, querido príncipej, puesto que me 
obligáis á esta indiscreción, es preciso con- 
fesarlo ; se trata de una venerable parí- 
jsiense-.' de una digna matrona llena 



Ai.nt'M. 



241 



«íc virliiilo- y nijn... cuya avauzada t'da<I 
iniTt'ce toijo viiesiro respeto. 

— ¿Ks mu/ anciana? c>('Iun)ú el pol)U! 
Dja ma, cuya «inlct» y cnciiuladora ¡lii>ÍL)n 
dc«.i|iarrci(i <)(' rrpcnlf, 

— ('asi me pi>iJ(ij Ili-var aI¿;imos años, 
respoiwliú R'iiliii con una s(inrí>a iróníra. 
«•spiTiindo ver al joven príncipe espresar 
una especie de (le>;picliü cómico ó de co- 
li^rico rrsíiilimientu. 

N.ida de esfo pasó. 

Ai etitiisia«imo anioroso, apasionado, 
que Ijaliia brillado por un momento en 'as 
facciones d»-! príncipe, sucedió una espre- 
sion rc'pe!u'.»sa y tierna , miró á Rudin 
fofí ternura, y le dijo con voz conmovjd.i: 

— ¡Luego esa muger es para mí... una 
madre I 

imposible es describir el acento piado- 
so, tierno y melancólico con que pronun- 
<;ió Djílma la palabra ¡madre! 

— Vos lo habéis dicho, príncipe , osa 
respetable seùora quiere st-r una madre 
para con vos.... pero no puedo revelaros 

fa causa ilel afecto que os tiene sola- 

nicnlo, creedme, ese afecto es siticero; la 
causa es honrosa; si no os dij;o el secreto, 
es porque entre nosotros los secretos de 
las mugeres, jóvenes ó ancianas, son sa- 
grados. 

— Es muy justo, y su secreto será sa- 
grado para mí; sin verla la amaré con 
respeto... como se amaá Dios sin verle... 

— Ahora, príncipe, dejadme deciros 
cuales son las inlencior)es de vuestra ma- 
ternal amiga Esta casa permanecerá 

sicnipre á vuestra disposición, si gustáis; 
criados frariceses, un carruaje y caballos 
estarán á vuestras óidenes; se encargará 
además de las cuentas de vuestra ca^a. 
Además como »m hijo de rey debe vivir 
con una pompa real , lia dejado en esta 
próxima habitación una cnja (|ue contie- 
ne quinientos luises: cada mes os será 
entregada una suma igual ; si uo os basta 



para lo (jue nosotros llamamos vuestros 
placeres, me lo diréis, y se aumentará. 

A un movimiento de Djalma, Hodin se 
apresuró á decir : 

— Debo advertiros, queri<lo príncipe, 
que \U'>.>lra delicadeza d'.-be eslar perfec- 
lameiile Iraiujuila. \in pritner lugar... de 

una madre se acepta todo además, 

como dentro de tres meses poseeréis una 
enorme lierencia , os será fácil , si esta 
obligaciones pesa, reembolsar estos adc- 
larjto"*; no descuidéis nada, satisfaced to- 
dos vuestros caprichos .se desea que 

os presentéis en el mundo comodebepre- 
setil;ir.-e,cl hij t de un rey, apellidado el 
podre (¡el genernío. Por consiguiente, os lo 
repilo, os lo ruego, no os detenga s por 
una falsa delicadeza.... si esa suma no os 
basta 

— Pediré mas..... tiene razón mi ma- 
dre un hijo de rey debe vivir como 

rey. 

Tal fué la respuesta que dio el indio 
con una se«iciilez perfecta , sin parecer 
asombrado do estas ofertas fastuosas; y 
esto debia suceder : Djalma hubiera he- 
cho por otro lo que hacian por él, porque 
ya se sabe cuales son las tradiciones de 
pródiga magninceiicia y de espléndida 
ho>pilalidad de los príncipes indios. l)jal- 
ma se habia quedado tan conmovido co- 
mo reconocido al saber que una muger le 
amaba con un afecto maternal... En cuan- 
to al lujo de que querían rodearle, lo acep- 
taba sin asonibro y sin escnípulo. 

Esta re»i;;nacion fué otro nuevo chasco 
para Uodin, que había preparado mil ar- 
gumenlus para inducir «1 indio á que acep- 
tase. 

— Ved ahí una cosa bien convenida, 
replicó el jesuita: ahora, como es preciso 
que veáis el munilo, y que entréis en él 
por la mejor puerta... uno de los amigos 
de vueslra materufll protectora, el señor 
conde (le .Moiilbron, ai «idiio lleno de es- 
perieiicia . y ptrleDocienlc u la mas «lia 

or 



242 



ALBUM. 



sociedad , os presentará en las reuniones' su sillon temiendo ceder á |un acceso és* 



mas escogidas de París 

— ¿Porquo no me presentáis vos mis- 
mo? 

— ¡Ah, mi querido príncipe, mirad- 
me.... y juzgad si yo haria buen papel en 
ellas.... No, no, \ivo solo y retirado. Y 
ademas, añadió Rodin después de un cor- 
to silencio fijando sobre el joven príncipe 
una mirada penetrante, atenta y curiosa, 
como si hubiera querido someterle á una 
especie de esperimento por las palabras si- 
guientes; y ademas, iMr. de Montbron 
podrá mojor que yo instruiros en ese mun- 
do á donde asiste, d<3 los lazos que pudie- 
ran tenderos. Porque si tenéis amigos.... 
también tenéis eneríiigos... bien lo sabéis; 
cobardes enemigos que han abusado de 
lína manera infame de vuestra confianza, 
que se han burlado de vó§; y como des- 
graciadamente ^U poder iga-^la su maldad, 
tal vez seria prudente el procurar que los 
evitaseis... y que huyeseis de ellos — en 
lugar de resistirlos frente á frente. 

Al recuerdo de sus enemigos, y á la 
idea de huir de ellos, Djalma se estreme- 
ció, sus facciones se cubrieron de una lí- 
vida palidez; sus ojos desmesuradamente 
abiertos, y cuyas órbitas se rodearon de 
un círculo blanco, brillaron con un fuego 
sombrío: jamás sobre faz humana estalla- 
ron con mas fuerza el desprecio, el odio, 
la sed de venganza.... Su labio superior, 
de un rojo vermellon , dejando ver sus 
dientes blancos y apr«^tad()S, temblaba con 
un movimiento convulsivo, y daba á su 
fisonomía, antes tan encantadora, una es- 
presion de ferocidad tan animal que Ro- 
din se levantó sobre su asiento y esclamó: 

i— ¿Qué tenéis.... príncipe? me espan- 
táis. 

Djalma no respondió; medio inclinado 
sobre su asiento, sus dos manos crispadas 



panteso de furor.... en este momento, ta 
casualidad quiso que la boquilla de ámbar 
del tubo del houka rodase á sus piós; la 
violenta tension que contraía todos los 
nervios del indio era tan poderosa; á pe- 
sar de su juventud y de su esbelta apa- 
riencia, era de tal vigor, que con un brus- 
ca movimiento pulverizó la boquilla de 
ámbar á pesar de su estremada dureza. 

— Pero en nombre del cielo, ¿qué te- 
néis, príncipe? esclamó Rodin. 

— De este modo aniquilaré á mis ene- 
migos, esclamó Djalma con ojos amena- 
zadores é inflamados. 

Después, como si estas palabras hubie- 
sen exaltado su rabia hasta el estremo, 
dio un salto sobre su asiento, y con ojos 
inquietos recorrió todo el salon durante 
algunos segundos, yendo y viniendo érr 
todos sentidos, como si buscase un arma, 
arrojando de vez en cuando una especié' 
de grito ronco que procuraba ahogar lle- 
vando á su boca sus dos puños crispados... 
al mismo tiempo que sus mandíbulas se 
estremecían convulsivamente... era la im- 
ponente rabia de la bestia feroz embria- 
gada en el cncarnizamieito. 

El joven indio estaba entonces hermo- 
so, mas con una hermosura grande y sal- 
vaje: sentia que estos instintos, de un ar- 
dor sanguinario y de una intrépida cegue- 
dad, exaltados entonces hasta aquel pun- 
to por la traición y por la vileza, en cuan- 
to se aplicaban á la guerra ó á aquellas 
cacerías gigantescas de la India, mas mor- 
tíferas aun que la batalla, debían hacer de" 
Djalma lo que era; un héroe. 

Rodin admiraba con siniestra y profürt- 
da alegría la impetuosidad de las pasiones 
de aquel joven indio, que en ciertas cir- 
cunstancias debían hacer terribles esplo- 
siones. De repente, con gran sorpresa def 



por la rabia , apoyadas una contra otra , I jesuíta, se calmó esta tempestad. Kl furor 
parecían agarrarse á uno de lo$ hrazos de| de Djalma se apacigtió casi súb'^^menle. 



aLdum 
•'porque la reflexion le mostró pronto su 
Vanidad. Entonces, avcrgonza 'o de aipiel 
arrebato tan pueril, b.ijó los ojiís.Su íi'<i» 
noniía perniantció píliila y S(tml)ría; (!<■>- 
pues con una tran ¡iiilidad fria , mas ter- 
rible aun ijue la viuloncia á que acababa 
de dejarse arrastrar, dijo á Itodín: 

— Padre mió, boy me conduciréis ante 
mis enemigos. 

■^— ¿Y con qué fin, (¡ueiido príncipe?... 
-¿qué queréis hacer?... 

— ¡ Matar á esos infames! 
•í—¡ .Matarlos ! ¿.estáis loro?... 

— ¡ Faringliea me ayudará ! 

— O» lo repito, pi'ns.ui que a(pn' no es- 
tais en las oriliasdeKianges, donde se nía 
ta á un enemigo como á un tigre en la 
caza< 

■ — Así como uno se bate con un enemi 
go leal, se mata á un traidor como á un' 
perro maldito, replicó Pjalma con tanta 
convicción como tranipiilidad. 

— ¡ Ali! príiici[)e.... vus cuyo padre lia 
sido llamado el padre del generoso, dijo 
Kodincan voz grave, ¿qtió goce bailaríais 
en de>itruir á seres tan cobardes como in- 
fames?... 

— Destruir lo que es peligroso es un 
deber. 

• — Luego... la venganza... 

— Yo me vengo de una serpiente... di- 
jo el indio con amarga altanería; la piso- 
teo y la aniquilo. 

— Pero querido príncipe, a(]ui no •íf li- 
berta nadie de sus enemigos de esa ma- 
nera : si tienen que quejarse.... 

— Las mujeres y los niiíos se quejan, 
dijo Djalma interrumpiendo á Rodin, los 
hombres hieren. 

— Siempre á orillas del Ganges , querido 
príncipe, pero no aqui... aqui la sociedad 
toma á su cargo vuestra causa, la juzga 
y, si tal decreta, castiga... 

— En mi ofensa yo soy juez y verdugo. 

— Por favor, escuchadme; os habéis li- 



£4à 

brado de los odioso» jaíos que os tendie- 
ran vuestros enemigos, ¿no es asi? ¡ Pues 
bien! siiponeii que eso li;iya sid(» , gracias 
al interés de la ven.'r;ib!e muger que os 
profesa la ternura de una madre; ahor<t, 
si ella os pidie-íe su p,Td.>n, ella (jueosha 
salvado... ¿«jué harías? 

El indio inclinó la cabeza y permaneció 
algunos m :)met)fos sin responder. 

Aprovecli.índose de este momento do 
vacilación, Uodin continuó; 

— Yo podría deciros: príncipe, oonnzro 
vneslros en<'migos; poro femiendo veroí 
cometer alguna terrible imprudencia. »)S 
ocultaré sus nombres para siempre. Pues 
bien, no: os juro que si la respetable per- 
sona (}uc os ama como á un hijo.ejicuen- 
Ira justo y lítil qiieosdiga «6'ov- nom!)res;.. 
os los diré, pero permaneceré mudü has- 
ta que lo ordene. 

Djalma miró á Rodin con aire sombrío 
y colérico. 

En esíc momento Faringhea ehfró y 
dijo á Rodin : 

— Un hombre que Iraia una carta, Fia 
ido á vuestra casa... le han dicho quee.'^- 
fa^ais aquí... y lia venido... /.debo reci- 
bir esa carta?.... dice que viene de parlo 
del señor abate de Aii.'r¡gny... 

— Seguramente, dijo Rodin; enseguida 
anadió, si el príncipe lo permite... 

Djalma hizo ima seùal deasentinu'eulo. 
Earínghea sali('). 

— Perdonadme, querido príncipe; e>ta 
maííana esperaba una carta muy impor- 
tante; como tardaba en venir, y noque- 
riendo dejar de veros, recomendé en mi 
casa que me la enviasen aijuí. 

Algunos instantes después Faringhea 
volvió con una carta que entregó á Ro- 
din, después de lo cual el mestizo siüó. 
IX. 



ADRIANA V DJALMA. 

Cuando Faringhea hubo salido del sa- 



âl4 



ALBUM. 



Ion , Rodin tomó la caria de! abate de Al- 
grigny con una nriano, y con la otra pa- 
reció f)uscar alguna cosa, primero en el 
bolsillo del costado de sti levita , después 
en el de los faldones, y luego en el de mi 
pantalon; en fin; no iiallando naila , co- 
loió la caria S'd)re la roiiüla raida d • sti 
pantalon negro, y se tentó por todas por 
tes con ambas manos y lleno de inqtiie- 
iud. Kn sogiiidrt esclamó: 

— ¡Allí ¡Diosmio! ¡ qtiédesconsiielo! 
— ¿Qué leñéis? le preguntó Djulma, 

inlernimpiendo ei profundo silenc4o en 
que estaba sumergido hacia algMttos ins- 
tantes. 

— ¡ Ah ! (]nerido principo, replii ó lio- 
din, me acaba de suceder la cosa masvdl 
gar, mas pueril, lo cual no impide que 
para mi sea infinitametíte enojosa.... hé 
olvidado ó perdido mis anteojos; ahora, 
pues, á causa de la delestatde vista que 
me han dejado el trabajo y los arios, mi' 
es absolutamente ¡njposible leer e»la carta 
tan importante, puesto que esperan una 
respuesta pronta, sencilla; categórica.... 
un si ó no... el tiempo urge; si algimo... 
añadió Rudin apoyando estas palabras sin 
mirar á Djalma; si alguno pudiese hacer- 
me el servjcio de leer por mí... pero no... 
nadie... nadie... 

— Padre mió, le dijo Djalma, ¿queréis 
que la lea yu? Concluida la lectura, olvi- 
daré su corfiMiido, 

— ¿Vos? esclamó Rodin como si la pro- 
posición del indio le hubiese parecido es- 
traña y peligrosa, es imposible prín- 
cipe leer vos esta carta. 

— Ksousad entonces mi demanda, dijo 
Djalma dulcemente. 

— t'ero al fin , replicó Rodin hablando 
consigo mismo, ydespues de un monieiilo 
de rrlleC'iim , ¿por qué no? 

y añadió dirigiéndose á Djalma : 

— ¿Te.ndriais esa bondad, queridtj prín- 
cipe? Nunca habría osado .pdiros tal ser- 
vicio. 



Rodin al decir esto entregó á PjaTma 
la carta , que leyó en voz alta. 

La carta estaba concebida en estos lér- 
n)ini>s : 

«Vuestra visita de esta mañana al pa- 
laciíi de Saint- Dizier, según lo que me 
han p-articipado, debe ser considerada co- 
mo nna mieva agresión de parte vuestra. 

«Hé aqiii la última proposición que se 
os ha anunciado; tal vez será tan infruc- 
tuosa como el paso de que intenté dar 
ayer al dirigirme á la calle de Clovis. 

«Do^puesde aquella larga y penosa es- 
pri.:a<ion os dije que os escribiria; cum- 
plo mi promesa; hé aqui mi ullimntum. 

«Desde lufgo una adveílencia: 

Ti'iied cuidado Si os empeñáis en 

sostener una lucha desigual, os veréis es- 
puosto aim al odio de aquellos que lan 
locamente queréis proteger. Poseemos rail 
niedu>s de perde ros revelándoles vuestros 
p' yertos. Se les probará que habéis te- 
nido parte en el complot que ahora pre- 
tendris descubrir, y no por generosidad, 
sino por codicia. » 

Aunque Djdima conociese que la me- 
nor |)ttgunla á Rodin acerca de aquella 
cartí ^eria una grave indiscreción, no 
pudo dejar de volver vivamente la cabeza 
hacia e! jesuíta al leer esta última línea. 

— ¡Dios mió I sí; se trata de mi de 

mi mismo. Tal como me veis, querido 
prnuipe, añadió, aludiendo á su pobre 
traje, me acusan de codiciar. 

— ^^¿V cuales son esas personas que pro- 
tegéis? 

— ;¿Mis protegidos!... dijo Rodin fin- 
giendo vacilar , y couio si esta pregunta 
le embarazase: ¿quiénes son mis prote- 
gidos?... Uum hum voyá.deci- 

ro": son son unos pobres diablos 

sin ningún recurso, personas honradas 
que no teniendo mas que el buen derecho 
que les asiste en un proceso que sos- 
tienen , se Yen amenazados de ser derri- 



ALBl-«. 



245 



\têtUi por personas podoruaBS... «üUs ntt^ 
s«)ii Ita^tuiite coducidas {)ara 4|ue piivila. 
qMUrleà la iiiéitCdra eit Uvor Je iniii.prur 

tejidos ¿tiuó i|ti< Ti'is?... pobre y U- 

iiii«li> me poii^o.rialiirdliiii'iiteile parle de 

las p'>t>res y de lus (uitidoi l'cru u» 

rue^<t i|iie coiilinuuis. 

J>j.iliua i'uiiliiiuú: 

«'l^iMifs , mucho que lonwr si segui» 
sk'iiiio iiuestru eiimiiso, y ftada (|ue ga- 
oar abrazando el parlido de a(|iielli)s )jiie 
ilamais vuestros amibas; >eríaii llaiiiado> 
ii>as ju>iaiiieiite V'(i«slros, Juguetes, por- 
que si fuese üíucuru., ,VAU!>tru de^iuleres 
M;ria inexplicable... a>i , pues, dcbc ocul- 
tar, y ouiUd , lu repito , seiitiuiieutos de 
codicia. 

<( ¡ lUies bien ! bajo este punto de vis- 
ta se o6 puede ofrecer un ánipliu des 

^uite CiHi la diferencia de que vuestras 
^peranzas serán únícanieute fundadas en 
el reconociniienlü de vuestros ainigos, y 
en actualidad nuiy e>piieslas, al paso que 
nuestras ofertas serán realizadas inmedia- 
tauíenle: para hablar con ma^ claridad, 
h('> aqui lo que se exige de vos. Esta mí.o-< 
tiia uuclie antes de las doce habréis salido 
de Paris, y no volvereis hasta dentro de: 
seis meses.» 

Iijalma no pudo contener un niovi-. 
4nieiito de sorpresa y miró á Hodin. i 

— Nada mas sencdlo , replicó esté; el; 
procesodemis pobres. protegidos serájuz; 
^a^io antes de esa época , .y tratando dei 
«lejarme, impide que vigilen sobre él; yaj 
roriiprendeis, -querido. principe, dijo Ko-; 
din cun una indignación amarga. Dignaos 
roniinuar y escusarnie de haberos inter- 
rumpido pero tanta inipudcncia me 

afecta sobremanera.... 

DJaima prosiguió: 

« Para que tengamos la certeza de qUe 
■ os alejáis de París durante sei» me^es, 
a iréis á parar à ca>a de uno de nuestros 
aamíjjos de AUmania; recibiréis eu aüa 



«una ge^{ro^a hospitalidad, pero perma- 
<i neceióís vigilado liscilu que espire dicho 
« plaz ). 

— >i una prisión voluntaría, dijo 

Kodíi). 

« B<ijo estas condiciones recibiréis una 
« pen.tion de iOOO francos al mes desde 
a. vuestra partida de Paris, diez mil fran- 
« eos contantes y 20,000 francos después 
rt de terminar l(. s seis meses. Todo os se- 
a rá garantizado suficientemente, Kn fin , 
« al cabo de seis meses, se os asepiirará 
«una pd.sieion tan honrosa como indepen- 
« duMile « 

llabiéudose detenido Djalma por un 
movimiento involuntario de indignación, 
Rodil! te dijo: 

— Continuad, os lo suplico, querido 
príncipe: es preciso leer hasta el fin; esto 
os dará una idea de lo que pasa eu medio 
de nuestra civilización. 

Dialma prosiguió: 

« G jnoceis la marcha de las cosas y 
« lo que somos para saber que alejándoos 
« queremos solamente deshacernos de un 
« enemigo, poco peligroso, pero muy im- 
« purluno; ,no os alucinéis con vuestro 
« primer triunfo. Las consecuencias de 
a vueâtra denuncia son nulas, porque es 
« calumniosa , el juez que la tta acogido se 
« arrepentirá cruelmente de su odiosapar- 
«cialidad. Podéis hacer de esta carta el 
« uso que queráis. Sabemos lo que es- 
«cribimos, á quien escribimos y como 
« esoribimos. Recibiréis esta carta á las 
« tres, si á las cuatro no tenemos una res- 
apuesta escrita de pufio propio almárjen 
«de esta carta.... la guerra empelará no 
a mañaiía, sino esta noche. » 

Concluida e>ta lectura , Rodin miró á 
Djalma y le dijo: 

—Permitidme llamar a Faringhea. 

\ al decir esto focó la campannte. 

TCI niestizo sk* presentó. 

Kodih recibió la carta de manos de 
02- 



246 



ALVTM, 



Djalma, la rasgó en dos pedazos, la arru- 
gó entre sus manos formando una especie 
de bola, y dijo dándosela al mestizo: 

— Entregaréis este papel á la persona 
que espera , y le diréis que tal es mi res- 
puesta á esta indigna é insolente carta. 

— Entiendo, dijo el mestizo, y salió. 

— Tal vez sea una guerra peligrosa 
para vos, padre mió, dijo el indio con in- 
terés. 

— Si, querido príncipe, peligrosa tal 
vez.... Pero yo no obro como vos.... no; 
yo no quiero matar á mis enemigos por- 
que son cobardes y malos.... los comba- 
to.... bajo el escudo de la ley; imitadme... 
Mas viendo que las facciones de Djalma se 
obscurecían, Rodin añadió: 

Hago mal... No quiero aconsejaros mas 
sobre ese punto.... únicamente, conven- 
gamos en poner esta cuestión bajo el úni- 
co fallo de vuestra digna y maternal pro- 
tectora. Mañana la veré: si consiente, os 

diré el nombre de vuestros enemigos 

sino.... no. 

— ¿Y esa mujer... esa segunda madre... 
dijo Djalma, es de un carácer tal que yo 
pueda someterme á su juicio? 

— ¡Ella!.... esclamó Rodin cruzando 
las manos y prosiguiendo con mas ecsal- 
tacion: ¡ ella !.... si es lo mas noble, lo mas 
generoso que ecsiste en la tierra... ¡ ella ! 
vuestra protectora; pero aunque fueseis 
en realidad su hijo.... os amarla con toda 
la violencia de un amor maternal, y si se 
tratase de elegir entre una cobardía ó la 
muerte, os diria: ¡ Muere! con tal que yo 
muera al mismo tiempo. 

— ¡Oh, noble mujer! ¡mi madre era 
asi ! esclamó Djalma con entusiasmo. 

— Ella.... continuó Rodin con mayor 
animación, y acercándose á la ventana 
oculta eon la cortina sobre la cual arrojó 
una mirada oblicua é in(]uieta. ¡ Vuestra 
protectora...! pero figuraos el valor, la 
rectitud, la lealtad personificada. ¡Oh, 



leal sobre todo t.... Si, es la "franqneza 
caballeresca del hombre de gran corazón 
unida á la altanera dignidad de una mu- 
jer; que en su vida.... lo oís, no ha men- 
tido.... no solamente nunca ha ocultado 
ninguno de sus pensamientos.... sino que 
mas bien morirla antes que ceder al me- 
nor de esos pequeños sentimientos de as- 
tucia, de disimulo, casi forzados en las 
mujeres ordinarias por su misma situa- 
ción. 

Difícil es espresar la admiración que se 
demostraba en el rostro de Djalma al oir 
la pintura trazada porr RoMn;sus ojos 
brillaban, sus mejillas se animaban y su 
corazón palpitaba de entusiasnrvo. 

— Bien, bien, noble corazón, le d'jo Ro- 
din dando un nuevo paso hacia la cortina , 
me place el ver resplandecer vuestra alma 
y vuestras hermosas facciones... al oirme 
hablar asi de vuestra protectora descono- 
cida. ¡ Ah! digna es en verdad de esa ado- 
ración santa que inspiran los corazones 
nobles, los grandes caracteres. 

— j Oh ! os creo , esclamó Djalma ; mi 
corazun está penetrado de admiración y 
de asombro; porque mi madre no ecsiste 
pero ees ste otra muger que la reem- 
plaza. 

— ¡Oh I si, existe para consuelo de los 
afligidos; existe, sí, para el orgullo de sn 
secso; sí, existe para hacer adorar la ver- 
dad, execrar la mentira la mentira, 

el fingimiento sobre todo, no han empa- 
ñado nunca Csa lealtad brillante y heroica 
como la espada de un caballero... Mirad, 

hace pocos dias esa noble muger me 

dijo palabras tan admirables que en la 
vida las olvidaré: caballero, en cuanto 
tengo una sospecha acerca de alguno é 
quien amo y eslimo 

Rodin no pudo acabar. 

La cortina , sacudida con tanta violen- 
cia por la parte de afuera, que se rompió 
el resorte, se enroscó repenlinaraentc con 



•■ïBTM. 



^V7 



ígran estupor de Djalma, que vio aiUesus 
ojus á la señorita de (^ardoville. 

La capa de Adriana se liabia caido de 
sus hombros, y al violento inoviniieiito 
que liizo al acercarse á la cortina, su som 
brero, cuyas cintas estaban desaladas, se 
liabia desprendido de su cabeza. 

Habiendo salido precipit.idainenle, nu 
tuvo tiempo mas que para echarte una 
pellica sobre su traje pintore>^co y encan- 
tador con que se veslia de costumbre en 
su casa; parecía tan radíente de belNza a 
los deslumhrados ojos de Djalma entre 
aquellas hojas y aquellas ílores, que el iu 
dio se creia bajo el imperio de un sueño... 

Con jas manos cnizudas, los ojos abier 
los, el cuerpo lijt-rauienle indinado liát i.i 
adelante como si fuese á orar, permane- 
cia petrificado de admiración. 

La señorita de Cardoville, conmovida, 
el rostro ligeramente colorado por la emo- 
ción , se mantenía en pié en el dintel de 
la puerta del invernáculo sin entrar en el 
salon. 

Todo esto habia pasado en menos liem 
po que el que hemos tardado en descri- 
birlo; asi, pues, apenas estuvo levanladií 
la cortina , cuando Rodin , fingiendo sor- 
prenderse mucho, esclamó: 

— ¿Vos aqui señorita? 

— Sí, señor, dij'^ Adriana con voz al- 
terada; Vengo á terminar la frase que 
habéis comenzado ; os habia dicho (jtic 
cuando tenia una sospecha la confesaba 
á la persona que la inspiraba. Puos bien, 
lo confieso, esta vez me ha faltado esa 
franqueza; habia venido á espiaros, en 
el mismo momento en que vuestra res- 
puesta al abate d'.\igrif;ny me daba i nn 
nueva prueba de vuestro afecto y de 
>uestra sinceridad ; dudaba de vm-Ntra 
rectitud en «I momento tnismo en que 
atestiguabais nú franqueza.... Pur la |.ri 
mera vez de mí vida me lie humillado 
ha^ta la astucia esta debilidad nie- 



ece un castigo, lo sufro; una repara- 
ción, os la hago de todo corazón; escu- 
sas os las ofrezco. Dirigióndose en se- 
guida á Dj.ilma, añjdi<": Ahora, pnn- 

ci|)e, ya no se puede guardar st-cri-to 

soy vue^t^a parieiita, Adriana de (>ardt>- 
ville, y espero que aceptéis de una her- 
mana la liospitulidad (jue ac<.-plat)jís de 
una madre. 

bj.iliiia no respomüií. 

Sumergid en una contemplai ion está- 
lica ante a(|uella reoeiilina apiricioii. (|ur« 
sobrepujaba á Us mas locas, á las mas 
brülaiites visiones de sus dueños, espen- 
u»entü[)a una esp<'CÍedeeiiilM-ía^<Jiz, (iiif, 
paralizando la refi- x¡on , concenlritbd (ti 
sus ojos lodo su poder.^... y lo mísiiio 
que se procura en vano apagar una s» d 

ineslinguible la mirada iidl.imada del 

j iven aspiraba, por ticcirlo asi, con una 
avidez devoradora todas las raras peí fic- 
ciones de esta joven. 

En efecto, nunca ^e li.ibian rei:n do d s 
tipos mas divinos, Adriana y l^jalina ofu- 
cian el ideal de la belleza del hoiiifire y 
de la muger. Parecía haber algo de fatal, 
de providencial en la union de aqueü.is 
dos naturalezas tan j'ivenes y tan vivas.., 
tan generosas y tan apasionadas , tan he- 
ri'icas y tan lleras, (pie, cosa singular, 
antes de verse conocian ya tcdo su valor 
moral; porqtie si Djalma, al iiir la» pala- 
bras de Koílin , habia sentido dispertarse 
en su corazón una admiración tan .súoiIh 
como viva y penetran'»- hacia las esti- 
mables y generosas cualidades de aque- 
lla bienhechora desconocida , la señoiíla 
de Cardoviile ; esta se habia quedado 
conmovida, enternecida y espantada á 
su vez de la conferencia <|ue acababa de 
sorprender entre K'din y Djalma , se- 
gún que este habia manifestado nobleza 
en su alma, delicada boncJad en su co- 
razón ó rectitud en su caráctir; ademas 
no habia podido contener un movjmivnlo 



24S ÀLBIM. 

de asombro, casi de admiiacioTi » á 'hi nos cr ireadas , I<ï dijo con Voz adorât)^* 
viisfa de la sorprendoote belleza del prín-l nnnte dulce, suplivante y tímida: 



cipe , y pronto , después de un seiili 
miento estraño, doloroso, una espt'i'ie rie 
conmoción eléctrica habiaestremeri.lo to- 
do su cin'rpo, ciianio sin ojos se li^ibiun 
encontrado con los de Djalrna. 

Cruelmente conmovida de aíjuella tur- 
bación que ella maldecia , procuró disi 
mular su profunda impresión dirigiéndose 
á Ilodin para disculp-arse de haber sospe- 
chado de i>l. í'ero el obstinado silencio 
que guardaba el indio aumentaba la mor- 
tal turbación de la joven. 

Levantando de nuevo los ojos hacia el 
príncipe á fin de inducirle á responder á 
su fraternal oferta, Adriana encontró de 
nuevo su salvaje y ardiente uíirada ; bajó 
los ojos con una mezcla de espanto, de 
tristeza y de orgullo hi-rido; entonces se 
felicitó de haber adivinado la inexorable 
necesidad en que se veia de tener á Djal- 
ma alejado de ella; tantos eran los temo 
res que le causaba aquella naturaleza ar- 
diente y fogosa. Querien lo en fin poner 
término á su penosa posición, dijo á llo«' 
din en voz baja y trémula: 

— Pur favor, caballero no puedoí 

permanecer aqui por ,mas tiempo 

Al decir esto, Adriana dio un pasoparaí 
reunirse con Fiorina. ¡ 

Djalma se adelantó híeja Adriana al; 
vef el movimiento de esta, con la ini^ma; 
violencia (|ue un tigre se lanza á hi presa 
que crue segura. La joven ,eypai)lad« de 
la espresion de ardor ft-roz que iniltxna'ba 
las facciones del indio, retrocedió <ia»<lo 
un grito. 

Ujalma, al oirlo, parecií) volver en sí, 
y se acordó de todo lo que acababa de pa 
sar ; entonct-s, pálido y tenibiando, con 
los ojos anegados en lágrimas , lasifaceio- 
nes duscontpu'.'slas y marcadas de la mas 
tierna desespi ración, cayó de rodillas an- 
te Adriana, y elcYando hacia ella sus ma- 



— ¡Oh! quedaos tío me abando- 
néis... hace mucho tiempo que os estoy 
es pe rail du...» 

A esta súplica hecha con la temerosa 
candidez de un niílo, con una resignaciotí 
que contrastaba de una manera estraila 
con el arret)alo feroz de que tanto se h'a-' 
bia fspaiitado Adriana, respondió hacien- 
do st ñas ? Flurina de que se dispusiese "á 
pai tir. 

— ^j*rííicipe.... n)e es Imposible perma- 
necer aquí por mas tiempo. 

— Pero... ¿Volvereis? dijo Pjalma con- 
teniendo las lágrimas, ¿os volveré á ver? 

— ¡Oh no, jamás, jamás !.... dijo Mlle, 
de Cardoville con voz apagada; aprove- 
chándose en seguida de la admiración que 
habia causado a Djalma su respuesta, 
Adriana desapareció rápidamente detrás 
de uno de los árboles del invernáculo. 

Kn el momento en que Fhirina , apre- 
surándose á reunirse con su señora, pa- 
saba por delante de Kodin , este la dijo 
con v iz rápida y baja : 

— Maùaria es preciso acabar el asunto 
respecto á la Gibosü. 

Flurina se estremeció, y sin responder 
á Rodin, desapareció coaij Adriana de- 
trás do los árboles. 

üjálma, anonadado, se hábia quedado 
de rodillas con la cabeza inclinada sobre 
el pecho; su encantadora fisonomía no es- 
presaba ni cólera ni arrebato, sino un es- 
tupor profundo; lloralía ^ilenciosamen'te. 
Ai ver á Kodin (¡»ie se 'le acercrfba , em- 
pezó a temblar lanluque apenas pudo lle- 
gar con paso vacilante hasta eldrvandoo- 
de cayó, ocultando su rostro tnlresius 
manos. 

lùilonces Rodin . adelantándose <h¿ria 
él, le dijo con lor.o d^ilce y coniuoido: 

— ¡ Ay !.... bien tenvia loque Aa í «u- 
oedcr; no quería daros á conocer va<.«tva 



At.BUa. 



249 



fcienlirrhnra , y os había diclio qtio er« 
Viija : ¿sabéis ponjiu*, (jucridt» principe? 

Djaliiia, sin n-spomlor, dejó caer sus 
manos sobre sus rodelas, y volvió hacia 
Rodin su rustro inundado do lágrimas. 

— Ya sabia (jiie la señorita do Cardovi 
lie era encantadora: sabia que á vuestra 
,.. edad cs niiiy fdcil enamorarse, prosiguió 
Rodin , y queria evitaros ese dt-sgraciaíJo 
inconveniente, querido príncipe, porijue 
\uestra protectora ama desesperadamen- 
te á un bello joven de esta ciudad. 

Al oir estas palabras, Djalma llevó vi- 
vamente sus dos manos á su corazón, co* 
mo si acabase de recibir una herida agtt- 
da , arrojó un grito de dolor feroz , d('já 
caer lánguidamente su cabeza hacia otras, 
y se desmayó, 

Kodin le examinó fríamente durante bK< 
gunos segundos, y dijo al tiempo de mar- 
charse limpiando con el codo su grasicnto 
sombrero : 

— Vamos... bien... esto le hiere... es- 
to le hiere.... 

X. 

L09 CONSEJOS. 

Eran las nueve en punto de la noche 
del dia en que Mlle, de Cardoville se ha- 
bía hallado por la primera vez en presen- 
' cía de Djalma. Florina acababa de entrar, 
' ' pálida, Irótnuía y con una palmatoria en 
la mano, en la alcoba que estaba sencilla 
pero cómodamente «mueblada. 

Ksta pieza correspondía á la habitación 
que ocupaba la Gibosa en casa de Adria- 
na, y la cual estaba situada en el piso ba- 
jo y tenía dos entradas î la una daba al 
jardin, la otra al patio: por este lado en- 
^ trabarl las perdonas que Tenían á ver á la 
Gibosa para obtener algún socorro:' un 
recibidor donde esperaban y an* sala 
donde redbia las peticiones; estas eran 
las piezas habitadas por la <iibosa k las 
que servia de complementóla alcoba don- 
de Florioa acababa de entrar con aire in- 



quieto, casi alarmada, casi sin tocar la 
allombra con la punta de los pies y {»pli- 
cand<> el oido al menor ruido. 

Habiendo puesto la doncella sobre la 
chimenea la palmatoria que traía en la 
mano, se dirijió fiaría un bufete de caoba 
coronado de un estante bien pertrechado; 
los cajones de este n)ueb!e tenían la llave 
en la cerradura: y Florina los abrió lodos. 
Contenían todos diferentes peticiones de 
socorros con algunas notas escritas por la 
Gibosa. Lo (|ue Florina buscaba no se ha- 
llaba allí. Un mueble con tres cajas de 
carton para papeles separaba la mesa del 
estante: estas cajas fueron inútilmente 
registradas por Florina , la cual hizo un 
gesto de desd» nosod¡5gu>;lo, miró después 
à todas parti-s, se puso otra vez á escu- 
char Con ansia y divisando una cómoda 
hizo én ella nuevas é inútiles pesquisas. 

Al pié de la cama había una puertecita 
quv daba paso á un gran gabinete de to- 
eador."Florina entró en él y registró sin 
écsilof un gran armario dondee.»taban col- 
gados varios vestidos negros acabttdos de 
hacer para la Gibosa de orden de Adria- 
na. Notando en la labia baja una ina!ota 
vieja medio escondida en el fondo debajo 
de una capa, la abrió con precaución.... 
y halló cuidadosamente doblados los hu- 
mildes y viejos vestidos que llevaba laGí-' 
bosa cuando entró á vivir en estâopulea* 
ta casa. 

Florina se sobresaltó; una emoción in- 
voluntaria contrajo sus facciones, y pen- 
sando (|ue no era tíenjpo de estremecerse 
Sino de obedecer las superiores órdenes 
de Kodin, volvió á cerrar de pronto la 
maleta y el armario, salió del tocador y 
se volvió á la alcoba. 

Dtspues de hnlter ecsaminado otra vez 
el bufete le ocurrió repentinamente una 
idea. No contenía Con haber registrado de 
nuevo los cartones, sacó enteramente el 
primero, esperando tal vez hallar lo que 
63* 



250 



ALBDM. 



buscaba entre el carton y el|mueble; pero 
nada vio. Su segunda tentativa fué mas fe- 
liz, pues encontró escondido donde espe- 
raba un cuaderno de papel bastante abul- 
tado. Hizo un movimiento de sorpresa, 
pues esperaba otra Côsa; sin embargo to- 
mó el manuscrito, lo abrió y hojeó pre- 
cipitadamente. Después de haber recono 
cido algunas páginas se manifestó satisfe 
«ha é hizo un movimiento para meter el 
cuaderno en su faitriíiuera ; pero al cabo 
de un momento de reflecsion, lo volvió á 
poner en su sitio, púsolo todo en orden, 
tomó su palenatoria y salió del cuarto sin 
haber sidosorprendida, según ella conta- 
ba, pues sabia qije la Gibosa estaría al- 
gunas huras con Mlle, de Carduville. 



Al dia siguiente de esta operación , la 
Gibosa estaba sola en su cuarto sentada 
«D un sillon al lado de la chimenea donde 
habia un fuego escelente; una espesa al- 
fon^bra cubria el suelo: al través de las 
cortinas de las ventanas se veia el prado 
de un gran jardin : el profundo silencio 
que reinaba era solo interrumpido por el 
compasado ruido de la péndola de un re 
loj y por el chisporroteo del fuego de la 
chimenea. 

La Gibosa, que tenia sus codos apoya* 
dos en los brazos del sillon, estaba entre- 
gada á UD sentimiento de dicha que ja- 
mas habia esperimentado tan completa- 
mente desde que habitaba en aquella casa. 
Habituada después de tanto tiempo á crue- 
les privaciones, sentía un encanto ines- 
plicable en el silencio de aquel retiro,, en 
la alegre perspectiva del jardín y princi- 
palmente en la persudcion de deber el 
bienestar de que gozaba á la resignación 
y enerjía que habia manifestado en medio 
de tantas angustias, tan felizmente ter- 
minadas. 

Una muger de edad, de áulce y bon 



al servicio de la Gibosa mediante la no- 
luntad espresa de Adriana , entró y le 
dijo: 

— Señorita, aqui está un joven que 
desea hablaros al instante sobre un ne« 
gocio urgente.... se llama Agrícoi Bau- 
doin. 

Al oir este nombre, la Gibosa dio un 
ligero grito de alegría y de sorpresa , se 
sonrojó un poco, se levantó y echó á cor- 
rer á la puerta que conducía al salon don- 
de Agrícoi estaba esperando. 

— Buenos días, mi buena Gibosa , dijo 
el herrero besando cordialmente á la jo- 
ven cuyas mejillas se enardecieron y son- 
rosaron con estos besos fraternales. 

— ¡Ah, Dios mió! esclamó de pronto 
la costurera mirando á Agrícoi con ansian 
que significa esa venda negra que tienes 
en la frente? ¿estas herido? 

— No es nada, respondió el herrero , 
nada absolutamente.... no te ocupes de 
eso... ahora lediré... como me ha sucedi- 
do.... pero antes tengo que confiarte co- 
sas de mucha importancia, 

— Ven á mi cuarto; allí estaremos 
solos: dijo la Gibosa precediendo á Agrí- 
coi. 

A pesar de la muchísima inquietud que 
demostraba la físonomia de Agricol , no 
pudo menos de sonreírse de contento al 
entraren el cuarto de la joven y al mirar 
al rededor de sí. 

— Vaya, me alegro, mi buena Gibosa; 
asi hubiera yo querido verte alojada siem- 
pre.... reconozco á Mlle, de Cardoville... 
I Qué cora/ou! ¡Qué almaj.... Tu no 
Aabes.... que me ha escrito antes de ayer 
para darme gracias por lo que había he- 
cho por ella... y envíándome un aitiler 
de oro muy sencillo que yo podía aceptar, 
me decia ei) su carta, porque no tenía mas 
valor que el haber sido usado por su ma- 
dre. ¡ Si supieses cuanto me ha enterne- 



dadosa fisonomía, que había sido colocada cido la delicadeza de este regalo! 



— ^Nada debe eslraùarse de un corazrii 

•como el suyo respondió la íiibosa 

pero lu herida.... tu horiiia. 

— Voy á decírtelo, tni buena (iibosa ; 
,j tengo tantas cosas que contarte aiileb! 
Empecemos por lo mas urgente... piies 
se trata de darme nn buen con>ejo sobre 

un caso muy ^rave ya sabes cuanta 

conlianza tt'n^o en tu e>Cilenle corazón j 
en tu razón ... Üespuc* te pediré un fa- 
vor..r. ¡Oh! si, un gran favor, añadió 
«I herrero con voz tan pt-tietrada y casi 
solemne, que admiró á la Gibosa; en se- 
guida repuso.... pero empecemos por lo 
que no n)e es personal. 

— Despáchale. 
— Ya sabes que de^üe que tiA madre 

fué á vivir con (iabriel al curato de cam- 
paña que este obtuvo y desde que mi pa- 
dre habita con el mariscal Simon y con 
sus hijas, me fui á ab>jar á la fabrica de 
Mr. Hardy, con mis compañeros en la 
casa común, lista mañana.... ¡ah!.... es 
menester que sepas que Mr. Hardy , es- 
tando de vuelta de un largo viage que 
hizo últimamente, se ha ausentado ulra 
vez hace algunos dias á causa de sus ne- 
gocios. Eíta mañana, á la hora del al- 
míierzo, yo me habia quedado trabajando 
un poco nías después de la última cam- 
panada : salí de la fabrica para ir á nues- 
tro refectorio y vi entrar en el patio una 
mujer que acababa de apearse de un co- 
che: esta muger se me acercó, y á pesar 
de que tenia niedio echado el velo noté 
que era rubia , bonita y dulce y estaba 
vestida como una persona de mucha con 
sideración. Admirado de su palidez v de 
su inquietud le pregunté (jiié queria : 

— Decidme, me pregiint»'» con voz tré- 
mula y pareciendo esforzarse un poio: 
¿sois trabajador de esta fabrica? 

■—Si , señora. 

— ¿Con que Mr. Hardy corre algún ries- 
go? esclamó. 



— ¿Mr. Hardy? ¡si no está en la fá- 
brica! 

— i Cómo ! repuso. ¿Mr. Hardy tío lia 
vuelto anoche? ¿No ha !>¡do peligrosa- 
mente herido por una mái|uína al recor- 
rer la fábrica? 

Al pronunciar estas palabras, Inslaliios 
de la |)obieji'iven teniblal)an ('sce>iviirnente 
y noté (|ue se le escaparon algunas lágf i- 



— (^iracias á Dios no hay nada de eso , 
Ih respoii'll; Mr. Hardy no ha vuelto t<»- 
davia y segiin dicen solo debe Tei^ar mih- 
ñaiía ó pasado. 

— ¿ Kstais seguro de loquedecis? ¿.Mr. 
Hardy no ha llegado aun? ¿no está heri- 
do? repuso la bella joven enjugándose las 
lágrimas. 

— Señora, os digo la pura verdad, si 
Mr. Hardy estuviese herido no os habla- 
ría ile él -con tanta serení Jad. 

— Tíracias, gracias, repuso la joven. 

En seguida me manifestó su recunoi^i- 
miento con aire tan cof.lenlo y tan sensi- 
ble que me interesó. Pero, repentina- 
mente y como si en aquel momento se 
avergonzase del paso que acababa de dar, 
acabóde bajar su veloy se marchó, atra- 
vesó el patio y tomó el coche. Yo siipue 
que era una señorita que se interesaba 
por Mr. Hardy y que se habia alarmado 
de alguna voz infundada. 

— Sin duda le ama , dijo la Gibosa en- 
ternecida, y estando tan inqmeta , tal vez 
haya cometido una imprudencia viniendo 
a preguntar por él. 

— Demasiado verdad es. La vi entrar 
en sucothe, cun interés, por que su emo- 
ción me l);jbia enternecido. I)e,-pues que 
se marcho ¿qué es lo (jue vi á pocos ins- 
lantes? uii birlocho de al(|ui er que la jó- 
Nen no pudo apeicibir ocuito en un án« 
guio de la pared; en el mumenlo quedió 
la vuelta distinguí perfectamente à un 
hombre sentado al lado del cocliero ha. 



252 



ALita. 



cicndo soíias á éste para que siguiesq 'el 
mismo camino, que cl coclie. ' 

— Sin duda seguían á esa pobre scùqi^, 
dijo la Gibosa coi) inquietud. , _ , 

— Si, no hay duda: asi es que ephé 
á correr para alcanzar el coche : llegue , 
y al través de las cortinillas que estaban 
echadas, dije á la joven al mismo tiempo 
que yo corria al lado de la puerleciila. 

«Señora, tened (tuidado, un birlocho os 
sigue. » 

«¡Bien bien Agrícol me 

respondió. 

La oí esclamar con acento doloroso: 
♦Gran Diosl el coche continuó su cami- 
no. A poco pasó á mi lado el birlocho , y 
noté que al lado del cochero iba un hom 
bre alto gordo y colorado que, habién- 
dome visto correr detrás del coche, ma- 
lició tal vez alguna cosa, f orque me mi- 
ró con aire inquieto, 

— ¿Y cuándo llega Mr. Hardy? pre- 
guntó la Gibosa. 

— Mañana ó pasado : ahora , mi bueña 
Gibosa, aconséjame. Es evidente que esta 
joven ama á Mr. Hardy; sin duda es ca- 
sada ; pues al hablarme estaba muy cor- 
tada , é hizo una esclamacion de espanto 
al saber (jue la seguiai . ¿Qué debo ha- 
cer? tenia ánirno de pedir const^jo al tio 
Simon; pero, ¡es tan rígido! Y ademas... 
á su edad... ¡ asuntos amorosos ! En vez 
que tú, mi buena Gibosa, que eres tan 

delicada y tan sensible comprenderás 

todo es-to... . ^ 

La joven se sobresaltó y se sonrió con 
.tristeza : Agricol no lo notó y prosiguió : 

— Así, dije para mí: solo la Gibosa pue 
de aconsejarme. Suponiendo que Mr. Har 
dy venga mañana ¿debo decirle lo que ha 
pasado, ó?,.., , 

—.Espera, saltó la Gibosa interrumpien 
do- á Agricol y pareciendo acordarse de 
aíguna cosa... Cuando fui á pedir trabajo 
al contento de Santa María, la superiora 



me propuso entrar como costui'erá en tind 
casa en la cual yo debia vigilar... en una 
palabra... espiar... 

— ¡Miserables I 

— ¿Sabes, dijo la Gibosa, s^abes^n que 
casa me proponían entrar para ejercer es- 
te indigno oficio? en la de la señora de... 
Fermont ó de Brcmont, no me acuerdo 
bien , muger sumamente religiosa , pero 
cuya hija, que se casó muy joven debia 
yo vigilar principalmente, según añadió 
la superiora, porque recitiacontinuamcn" 
te las visitas de un manufacturero. 

— ¿Qué dices? esclamó Agricol ¿se- 
ria''.,. 

— Mr. Haidy.,, yo tengo motivos para 
no olvidar este nombre que la superiora 
pronunció. 

Desde ese dia han pasado tantas cosas 
que olvidé esta circunstancia. Así, es pro- 
bable que esta es la misma joven de quien 
me hablaron en el convento. 

— ¿Y qué interés podia tener en esto la 
superiora? preguntó el herrero. 

— Lo ignoro; pero yaves, e\ motivo 
subsiste siempre puesto que esta joven si- 
gue vigilada y tal vez á esta hora, ia 

han denunciado y deshonrado... ¡ Ah ¡es 
co.>;a terrible ! 

La Gibosa viendo á Agricol sobresalta- 
do continuó : 

— ¿Qué tienes? 

— ¿Y por qué no? dijo el herrero ha- 
blando cun-igo mismo,.. Si todo esto vie- 
ne de una misma persona... La superiora 
de un convento puede entenderse muy 
,bien con un abate Pero ¿con qué ob- 
jeto? 

— Esplícate. Agricol, salló la Gibosa... 
Y además, tu herida ¿cómo la has reci- 
bido? le ruego que me Irartquilices. 

— Precisamente voy á hablarte de eso, 
porque, á la verdad, fcuanto mas pienso 
en ello, tanto mas me parece que esta 
aventura se refiere á ciertos hechos. 



▲LlllM 

-^¿Úiió dices? 

— ^Figúrate que liace algunos días que 
suceden cjsas sin^iilürcs on las inmedia- 
ciones de nueslra f<<bri»'a Anle lodo, 

como es'amos en cuaresma , un ahate df 
Paris, homhre alto y Imeii mozo, lia ve- 
nido sogiin dicen, á predicar al piiehiecilo 
\le N lliers, q«ie esta á un cuarto de legín 
del taller. Kste abate lia hallado ocasión 
de atacar y de calumniar en sus sermones 
á Mr. Ilardy. 

« — ¿(^Wno es oso? 

— Mr. Hardy ha hecho imprimir una 
especie de reglamento relativo á nuestro 
trabajo y á los derechos en las ganancias 
que nos concede: este reglamento está se 
guido de varias máximas nobles y senci- 
llas , de algunos preceptos de fraternidad 
que están al alcance de todo el mundo y 
sacados de las obras de diferentes filósofos 
y religiones. Porque Mr. Hardy ha es- 
tractadolo mas puro que habiaen los pre- 
ceptos religiosos, el abate ha sacado la 
conclusion que no tiene religion ninguna, 
y se ha fundado en este tema no solo pa- 
ra atacarlo en el pulpito sitio para desig- 
nar nuestra fábrica como un foco de per- 
dición y de corrupcit)n , pues en vez de ir 
los domingos á oir sus sermones ó á la ta- 
berna, nuestros compañeros, sus mugeres 
é hijos, pasan el día cultivando sus peque 
íiosjardmes, leyendo, ó cantando en co- 
ro, ó bailando en familia en nuestra casa 
común : el abate ha IK'gado hasta decir 
que la inmediación de un puñado de ateos, 
así es como nos llama, podrá atraer al 
pais la cóle^-a del cielo.... que se hablaba 
mucho del cólera que iba ganando terre- 
no, y que gracias á esta impia vecindad, 
seria muy posible que todas las inmedia- 
ciones fuesen castigadas con esa plaga ven 
gadora. 

— Pero decir tales cosas á gentes igno- 
rantes, esclamó la Gibosa, seria arriesgar 
el escitarlos á funestas acciones. 



253 



— liso era jii>tamehle lo tjue quería el 
abate. 

— ¿0"<-^ dices? 

— Los habitantes de los alrededores, es- 
citados sin duda por algunos alborotado- 
res , se muestran hostiles con los obreros 
(le la fábrica; han escilado también, si no 
>u odio.á lo monos su envidia... en efecto, 
viéndotios vímf en común, bien tratados, 
bien alimentados, bien vestidos, acliviw, 
alegres y laboriosos, su celo se ha irritado 
por los sermon, -s del abate y por los sor- 
dos ardides de algunos pillos á quienes he 
reconocido por los mas infames obreros 
de Mr. IVipeaud.... nuestro competidor. 
Todas esas oscilaciones empiezan á tener 
MIS resultados; ya ha habido tres ó cua- 
tro pendencias entre nosotros y los habi- 
tantes de los alrededores... en una de ellas 
fué donde recibí una pedrada 'en la ca- 
beza... 

— ¿Y n) es cosa grave, Agricol? dijo 
la Gibosa con inquietud. 

— Nada absoluiamente, te digo... pero 
it>s enemigos de .Mr. Hardy no se han con- 
tentado cnn los sermones, han puesto en 
obra aliiuna cosa mas peligrosa. 

— .-.Oué? 

— Yo y casi todos mis camaradas toma- 
mos parte en la revolución do julio; pero 
por ahora no nos conviene el tomar las 
armas ; no es e>la la opinion de lodo el 
inundo, pues ya, sea como quieran; no- 
sotros no insultamos á nadie, pero teñe- 
linos nuestro plan; y el padre Simon, que 
oslan valiente como su hijo, y tan patrio- 
ta como nailie, ncs aprueba y nos dirige, 
I Pues bien ! hace algunos diasque encon- 
tramos por toda la fabrica, en el jardín, 
i'n los palios, papeles impresos donde se 

nos dice « Sois unos cobardes, unos 

egoístas; porque la casualidad os ha dado 
un buen amo, permanecéis indiferentes á 
la desgraoia de vuestras hermanos y á Jos 
medios de emanciparlos; el bienestar ina- 
teríal os debilita.» 
64* 



254 ALBtriií, 

-^¡ Dios mió; Agricol, que persisten- 
cia tan espantosa en h maldad!... 

— SÚ... y desgraciadamcplí} esos insul- 
tos han empezado á tener alguna inlluen- 
ciaen muchos de nuestros ma* jóvenes ca- 
maradas; y como después de todo, se di- 
TÍgian á sentimientos generosos y eleva- 
dos, han tenido eco y se han desarro- 
llado algunos gérmenes de division en nues 
•tros talleres hasta ahora tan fraternalmen- 
te unidos; se advierte que reina una sorda 

fermentación una fria desconfianza 

reemplaza en algunos á la cordialidad acos 
lumbrada... Ahora, si yo dijera que estoy 
casi seguro de (|ue esos papeles impresos, 
colocados en las paredes de la fábrica, y 
que han hecho estallar entre nosotros al- 
gunos motivos de discordia , han sido es- 
parcidos por el emisario de ese abate pre- 
dicador 

¿no crees tú que la coin- 
cidencia que hay en lodo esto con lo que 
ha sucedido esta mañana á esa joven, prue- 
ba que Mr. Hardy tiene desde hace algu- 
nos dias muchos enenwgos? 

— A mi también me parece en estremo 
terrible todo lo que me acabas de contar, 
dijo la Gibosa , y es todo ello tan grave 
que solo Mr. Hardy podrá tomar una re- 
solución respecto 8 ese asunto... En cuan- 
to á lo que ha sucedido esta mañana á esa 
joven, rae parece que tan pronto como 
vuelva Mr. Hardy d«bes pedirle una en- 
trevista , y por delicada que te parecza 
una revelación semejante, contarle todo 
lo que ha pasado. 

— Eso es precisamente lo que me de- 
tiene.... ¿No temes tú que yo aparezca á 
sus ojos como indiscreto y que crea quie- 
ro penetrar sus secretos? 

— Si s:3 júven no hubiese sido seguida, 
participarla de tus escrúpulos Poro la 



dy... Supon, como es muy probable, q^re 
esa j<5ven sea casada ¿no será conve- 
niente por mas de mil razones que Mr. 
Hardy sea instruido de todo? 

— En efecto, así es, mi buena Gibosa.,, 
seguiré tu consejo, todo lo sabrá Mr. Har- 
dy... y supuesto que ya hemos convenido 
respecto á este punto, hablemos de otra 
cosa... de mi precisamente... sí, de mí.^. 
porque has de saber que se trata de una 
cosa de la que depende la felicidad de mi 
vida , añadió el herrero con un tono de 
voz tan grave que no pudo menos de cho- 
car á la Gibosa. Tu sabes bien, continuó 
Agricol después de un momento de sil"n- 
ció, que nada te he ocultado desde mi in- 
fancia, que todo te lo he dicho... todo ab- 
solutamente... 

— Lo sé , Agricol , sí , lo sé, dijo la Gi- 
bosa presentando su mano blanca al her- 
rero, quien después de haberla estrecha- 
do cordialmente, continuó: 

— Cuando digo que nada te he oculta- 
do. ..;he mentido, mi buena Gibosa... por- 
quenunca tehe habladode misaníoríos..^ 
pues aunque todo puede decirse á una 
hermana, hay sin embargo ciertasjcosas de 
las quo no debe hablarse á una honrada 
muchaciía cüOío tú. 

— Y te doy las gracias por ello, Agri- 
col: habia notado esa reserva de tu par- 
te... respondió la Gibosa bajando los ojos 
y disimulando heroicamente el dolor que 

sentía en aquel momento te doy las 

gracias... 

— Pero por la misma razón que no ha- 
bia querida hablarte nunca de nn's amo- 
ríos, me habia yo dicho á mí mismo... Si 
líesase alguna vez á pensar en estas cosas 
con formalidad... en fin, si me enamora- 
se hasta el ptmto de pensar encasarme... 
¡Oh! entonces, como se hace con una 
hermana... la buena Gibosa seria la pri- 



espian; es indudable que la amenaza al- 
gún peligro... y á mi modo de ver tu de- j mera que lo supiese, 
bes prevenir oportunamente á Mr. Har-| — Eres muy bueno, Agricol. 



*' trr;M. 



i:..ô 



— Tues Wwn ya lia lle^ndo aipioW lamliit-n (J.- mi corazón. Kn iina ¡lalal 



l 



caso estoy, eiiainnradü c»)ini> un loco 

y pienso casarme. 

Al oír estas palabras do bocn de Afjri- 
col , se sintió la pobre Gibosa paralizad» 
enteramente durante al¿;iinos instantes-; 
pareoia que su sanare se iiahia brlaiio en 

sus venas su corazón d'jó i)e latir 

Tero en seguida , pasada que fué a(|U(>lla 
primera emoción , á la ntaiu-rn que una 
mártir que en la excitación del dolor mis- 
mo baila una especie de poder terrible 
que la bace sonreír en medio de los tor- 
n»entos, la desgraciada joven bailó en el 
temor do dejar penetrar el secreto de su 
ridículo y fatal amor una fuerza invenci- 
ble, levantó la cabeza, miró al tierrero 
con tran(|ijilidad, y le dijo con voz íiruir: 

— ^^¡Ab ! con que tu amas á algufia 

'Con forrualidad 

— Es decir, mi buena Gibosa, que desde 

hace cuatro dias no pictiso ó mas 

bien, no vivo sino de este amor 

— ¿Y solu bsce cuatro dias que 

estás enamorado?... 

— Precisamente pero el tiempo no 

hace el caso 

— ¿Y es muy bonita tu qucriila? 

— Murena,., ojos azules... y tan gran- 
des, tan dulces, tan hermosos como los 
tuyos. 

— Tu me lisonjeas, Agricnl, 

— No, no lo creas, asi es la verdad... 
y se llama Angola ¡«jné bonito nom- 
bre!... ¿,noesverdad. mi buena Gibosa?... 

— Sí, es un nombre encantador.... dijo 
la pobre miicbaclia comparatidocon amar- 
gura el contraste de este gracioso nombre 
con el apodo do Gibosa que Agricol la 
daba sencillamente. 

— Kn efecto, continuó con terrib'etran 
quilidad, ¡Angela!... sí, es un nombre 
precioso. 

— Pues figúrate que ese nombre no so 
lamente es la imñgen de la figura, sino 



tiene un corazi>n tan bello ctuno el luy< . 

— ¡('on que olla tiene niis ojos... tiei f 
mi corazón... dijo la tíibosa sonriendo.. . 
es «;ingu!ar como nos parecemos 1 

Agric<il no notó la desesperada iroiii,i 
(]Uo ociiltabafi las pal.ibras de la Gibosa, 
y conliiuii) hablando con una ternura tau 
sincera como inocsorable: 

— l*uos (|ué ¿crees tu. mi htiena Gi- 
bosa, que me babria yo dejado doniin'r 
por un amor formal, sino hubiese li i - 
Tado en la que amo el mismo carái'<í, 
el mismo talento y el mismo corazón que 
reconozcft y admiro en tí? 

— VaiiHS, hermano mió,., dijo la Gi- 
bosa sonrier.do y la inrrtuiudií lii\o 

el valor y la fuerza de roir ^'alllos. 

estás mu. galante conmigo ¿Y di'inde 

has conocido esa interesante mugor? 

— Es ju.stamente la hermana de uno de 
mis camaradas: su madre, que es la di- 
rectora de las labores de cosliira y lavatlo, 
nece.-ito de una operaría mas, y como se- 
gún Costumbre establecida en la íibnca 
son preferidos siempre los parientes de los 
(jiie trabitjan »'n ella, hizo venir á .<u luja 
de Lila, en donde estaba con i\i\a de sus 
lias, y hace cuatro ó cinco dias ijue se 

halla en la fabrica la primera noche 

que la vi pasé 1res horas en la vela ha • 
blando con ella, su madre y su herma- 
na ¡ jy ! al (lia siguiente me sentí he- 
rido en el cor.íz..n; al otro se aumentó 

mas mi inquietud, y ahora estoy loco 

loco enteramente y resuelto á casar- 
me si tu me lo aconsejas... Porque á pe- 
sar de todo has de saber que nada din'' á 
mi padre ni á mi mailre basta d. .-pues de 
haber oido tu ííiodo de pensar. 

— No te comprendo, .Agrieu!. 

— Ya sabes la confianza absoluta ijue 
tengo en el increíble instinto de (u cora- 
zón.. Muchas veces me has dicln»; Agricol, 
desconfia de eso, prefiere esto otro y 



^6 



AttelM. 



nunca te has equivocado. Tues lion, es 
preciso que me hagas el mismo favor..... 
Pídele á la señorita de Cardoville permiso 
para salir un corto rato y te llevaré á la 
fabrica. Ya he hablado de ti cgmo tie una 
hermana querida a Mme> Rertin y á su 
hija , y según la impresión que tu sientas 

al ver á mi Angela la declararé nú 

amor, ó no la diré nada Esto te pa- 
recerá tal vez una niñada, una supersli- 

cion de mi parte pero ¿qué quieren? 

yo soy asi'. 

— Está bien, respondió la Gibo-a con 
heroica resulucion. Veré á esa Angela , y 
te diré lo que pienso de ella con toda sin- 
ceridad, ¿entiendes? 

— ¡Oiil eso ya lo sé.... y ¿cuando ven- 
drás? 

— No lo sé, es preciso antes preguntar 
á la señorita de Cardoville qué dia no me 
necesitará.... yo te lo 3vi-.aré.... 

— Gracias, mi btiena Gibosa, dijoAgrí 
col con efusión: después añadió sonrien 
do: y cuidado que hagas bien tus obser- 
vaciones.... 

— Ni» te chancees, hermano... dijo la 
Gibosa con voz dulce y triste á la vez, esto 
es mtiy grave.... se trata de la felicidad 
de toda tu vida — 

En este níomcnto llamaron suavemente 

á la puerta. 

— Adelante, dijo la Gibosa. 

Florina entró. 

— La señorita os ruega que paséis á su 
cuarto si no estais ocupada , dijo Florina 
á la Gibosa. 

Esta se levantó, y diiijiéndose al her- 
rero : 

— ¿Quieres esperarte un momento , 
Agrícol? Preguntaré a la señorita de qué 
dia puedo disponer y le lo vendré á decir 
en seguida. 

La joven salió dejando á Agrícol con 
Florina,. 



gracias á Mlle» de Cardoville, dijo el heï"- 
rero , pero he temido ser indiscreto. 

— La señorita está un poco indispuesta^ 
dijii Florina, y no ha recibido á nadie ^ 
pero estoy segura de que asi que se en- 
cuentre mejor tendrá un placer en ve* 
ros. 

La Gibosa volvió y dijo á Agrícol: 

-^Si quieres venir á buscarme mañana 
á !as tres, á fin de no perder el dia en- 
tero, iremos á la fabrica y me volverás á 
traer á la noche. 

— Corriente, hasta mañana á las treSj 
mi buena Gibosa. 

— Hasta mañana á las 1res, Agrícol* 



A las diez de la noche de aquel mismo 
dia , cuando todo estaba en silencio en el 
palacio de Mlle, de Cardoville, entró en 
su dormitorio la Gibosa , cerró la puerta 
<on llave, y asi que se halló sola se dejó 
'dcr (le rodillas inundada en lágrimas dc' 
¡ante de un sillon. 

Mucho tiempo lloró la joven mu- 
cho tiempo.... y cuando las lágrimas ce- 
baron de correr, enjujjó sus ojos, se acer- 
co á su bufete , tomó de uno de los lega- 
jos el manuscrito que Florina habia re-* 
gistrado el dia anterior, y escribió en él 
una gran parte de la noche. 
XL 

EL DIARIO DE LA GIBOSA. 

Ya lo hemos dicho: la Gibosa habia es- 
crito una gran parte de la noche en el 
cuaderno descubierto y registrado el dia 
anterior pi)r Florina, qne no se habia aire*' 
vido á apoderarse de él antes de haber 
instruido de su contenido á las personas 
que la hacian obrar, y sin haber tomado 
sus órdenes respecto á aquel asunto. 

rspliquemos la existencia de este ma- 
nuscrito antes de abrirle al lector. 

Desde el dia en que la Gibosa se hizo 



—Hubiera deseado dar hoy mismo las I cargo de su amor hacia Agrícol, fué se 



ÜBOM. 

Vrlta la primara palabra de eslc manus- 
crit'». 

Dutiidn de un carát-fcr esi'.'ioialinciile 
"pspaiisivo, y sin eml»Hrj;o'«ii)lii''iul>>s«'Cun- 
tcuida por el terror ridíiiilo, terror cuya 
dolon».! exrtiieracion era la única d«*bili 
dad de la (lihosa , ¿á (luit^n Imbiese C(>ii- 
ü.id't esta desgraciada el secreto de su fu- 
Tienta pa>ion , sino al pipcl... a ese mudo 
ron'ideiile de las alma^ sombrías ó heri- 
das, á ese amigo paciente, silencioso y 
frió, que si no responde á (piijas laïticno- 
sas á lo menos siempre escucha, siempie 
se acuerda ? 

Cuando su coraz/m esperirhent(5 emo- 
riones, ora tristes y dulces, ora amargas 
y lerriWes, la pobre obrera, hallando un 
encanto melancólico en estas espansio- 
Ties mudas y solitarias, unas veces reves- 
tirlas de una forma poética , al par que 
sencilla y tierna , otras escritas en prosa 
fespresiva , se habia acostufnbrado pi>co a 
poco á no limitar estas confianzas á loque 
foncornia á Agrícol; aunijue hubiese en 
el fomlo «le todos estos pensamientos cier- 
tas rt'flexiones que hacia nacer en ella la 
vi)ta de las bellezas del amor Feliz, de la 
maternidad, de la riquen y del inlorlu- 
nio , tenian , por decirlo asi, un carácter 
de per>ona'idad tan desgraciadamente es- 
cepcional que no se atrevía siquiera á co- 
municarlos á Agrícol. 

Tal era el diario de una pobre joven, 
hija del pueblo, tímida, deftrme y mise- 
table, empero dotada de una alma ange- 
lical y de una bella inteligencia desarro- 
llada por la ledura , por la rueditaciotí, 
por la soledad; pá^iinas ignoradas eonte- 
nian na obstante cálculos acerca de tosie- 
res y de las cosas , tomado* del punt'O de 
vista particular en que la fatalidad haSia 
colocado á a(|nella di-sgraíiada. 

L<^)S rengl'M»t»s sijioimles , inferrttm- 



267 

que la Ciibosa babia srnÜílo la víspera a 
saber el profundo am^r de Agricol hacia 
Angela, formaban las últimas páginas de 
este diario. 

«Viernes 3 de marzo de 1832, 

o La noche (jue he pasado no habia 

sido agitada por nií)gun stieñoponoso; es- 
ta mañana uie levantó sin ningún presen- 
timiento. 

«Me hallaba tranquila, si, muy tran- 
quila, cuando entró Agricol. 

« No me pareció que estaba conmovido; 
ha estado . omo siempre, sencillo , afectuo- 
so. Primer j iTie habló de un acontecimien- 
to rel.ilíVo á Mr, Hardy, y de>pues... sin 
vacilar, me dijo: 

— a Hace cuatro dias que esíoy perdido , 
enamorado.... este sentimiento es tan for- 
mal, qne pienso casarme.... y vengo á con- 
sul lar os. 

c lié aqui como me ha sido hecha está 
revelación.... e:»n naturalidad, con cordia- 
lidad, yo á on lado de la chimenea, Agri- 
col al otro, como si estuviésemos hablan- 
do de co>as indiferentes. 

« Sin embargo aquello era bastante pa- 
ra desgarrarme el corazón.... entra una 

persona me abraza Iraternalmenle, se 

sienta.... me habla.... y después.... 

«¡Oh! Dios mío... Dios mío... mi cá- 
bela se eslravia.... 



«Ya me siento mas tranquila... vautos, 
valor, pobre corazón.... valor; si algún 
dia me abate la desgracia de nuevo, vol- 
veré a leer estos renglones, escritos bajo 
la impresión del dolor mas cruel (]ue ja- 
más deba senlrr, y diré para mí: ¿qué 
comparación cabe entre el pesar presente 
y el pasado? 

« jOue dolor tan cruel es el mió!..., 
flegíliino, ridícul'i, vergonzoso; dolor que 
no osaría confesar , ni a la mas lieriia , á 



pidos acá y allá ó borrados por las ii»grí 
mas, secan el curso de las emociofies I •«»»»»« 'odulgente de las madres.... 

62* 



258 



AlBUM. 



—1 Ay ! es que hay penas muy espan- 1 p¡iar mi corazón violentamenh» mís 

losas, y que sin embargo solo merecen manos ardían una dulce languidez se 

piedad y desprecio. | Ay].... es que hay 
dolores proliibidos, y... 

« Agricol me pidió que fuese á ver ma 



nana á la joven de quien t-stá etiamorado 
apasionadamente, y con quien se casará , 
si el instinto de mi corazón se lo aconse- 
ja.... ese casamiento ese pensamien- 
to os el mas doloroso de todos cuantos 
han atormentado mi pobre corazón desde 
que tan desapiadadamente me aíiunció 
este amor.... 

«Desapiadadamente... no, Agricol, no, 
no, hermano, perdona, perdóname este 
injusto grito de mi sufrimiento 1.... Aca- 
so tú sabes.... puedes sospechar que le 
amo mas apasionada y mas violentamen- 
te que nunca podrá amarle esa encanta- 
dora criatura ! 

«Morena... talle, de ninfayojostazules... 

tan gratules, tan hertnosoj y tan dulces 

como los tuyost. 

«Esto es lo que me ha dicho al hacer- 
me su retrato. 

« ¡ Pobre Agri.ol ! ¡ cuanto hubiera su- 
frido. Dios mió, si hubiese sabido que ca- 
da uno de sus palabras me desgarraba el 
corazón! 

«Jamás he sentido mejor que en aquel 
moatento la profunda conmiseración , la 
tierna piedad que nos inspira un ser afec- 
tuoso y bueno, que en su sincera ignoran- 
cia hiere á muerte sonriendo... 

«Asi, pies, so le debe compadecer el 
dolor que csperimentaria al descubrir el 
mal que os causa. 

« ¡ Cosa estrana ! nunca me habia pa- 
recido Agricol tan hermoso como esta ma- 
ñana... ¡ cuan dulcemente conmovido esta- 
ba su rostro varonil al hablarme de las in- 
quietudes de aquella joven !.. Al escuchar- 
le contándome aquellas angustias de una 
muj^r que se espone á su perdición por el 
hombre queama...yo también sentía pal- 



apoderó de mí, y..,. 

f( ¡ Ridiculez é jrrision!.,.. ¿Tengo yo 
acaso derecho para conmoverme de ese 

modo? 



« Me acuerdo de que mientras me h«- 
blaba eché una mirada rápida sobre el es- 
pejo: estaba orgullosa de hallarme tan bien 
vestida; él no lo ha notado; mas no im- 
porta ; á mí me ha parecido q»ie mi cofia 
me sentaba perfoct4menfe,|i|ue mis cabe- 
llos eran brillantes, que mi mirada era 
dulce.... 

« Encontraba á Agricol tan hermoso... 
que también conseguí hallarme menos íea 
que de costumbre... sin duda para escu- 
sarme á mis propios ojos para atreverme 
á amarle 

« Después de lodo.... lo quesucedehuv 
debía suceder im día tí otro 

«Si... jcuanto consuela este pensamien- 
to á los que aman la vida que la 

muerte no es nada!... porque debe llegar 
un dia ú oíro 

« Lo (juc siempre me ha preservado 
del suicidio.... última palabra del desgra- 
ciado que prefiere reunirse á Dios, á per- 
manecer entre sus semejantes es el 

sentimiento del deber... no debe uno pen- 
sar en si solo — 

«Y también decía para mí: Dios es bue- 
no... puesto que' los seres abandonados.... 
pueden atin amar.... ¿como es qiieá mij, 
tandébil, me ha sido siefnpre dado el so- 
correr ó ser útil á alguno? 

«Asi, pues.... hoy estuve tentada de 
acabar con mi ecsistencia.... ni Agricol ni 
su madre tenían necesidad de mí.... si..., 
pero esos desgraciados, de quienes Mlle, de 
Cardoville me ha hpcho la Providencia... 
¿pero mi misma bienhechora.... aunque 
me haya regaííado afectuosamente de la 
tenacidad de mis sospechas acerca de ese 



•«■TJI 



259 



hombre? temo por ella mas que nunca... 
mas que nunca...- U siento amenazada .. 
mas que nimca tengo fé en la utilidad de 
mi presencia al lado suyo.... 

« Es preciso vivir.... 

«¿Vivir para ir i ver mañana á esa jó. 
ven...(|ue Agricol ama apasionadamente? 

« I Dios mió! i[n)T qué he conocido 

siempre el dolor y nunca el odio? debe 
liaber en el odio un gncp amargo,,, ¡tan- 
tas personas hay que aborrecen ! tal vei 
\oy yo á aborrecer.... á esa joven... An- 
gela... como ól ha diclio... al pronunciar 
sencillamente estas palabras: 

« Un nombre encantador... Angela... ¿no 
n verdad?» 

« ¡ Comparar este nombre que recuerda 
ana idea llena de gracia , con ese apodo 
irónico símbolo de mi di'formidad !.... 

« ¡ Pobre Agricol... pobre hermanol... 
4 la bondad es algunas veces tan ciega co- 
mo la maldad !... 

«¿Aborrecer yo á esa joven?... ¿y por 
qué? ¿acaso me ha arrebatado la belleza 
que seduce á Agricol?.... ¿Puedo tal vez 
impedir que sea hermosa? 

« Cuando yo no estaba aun acostumbra- 
da á las consecuencias de mí fealdad , me 
preguntaba á mi mi>ma con amarga cu- 
riosidad , porqué el Criador habla dotado 
á las criaturas con tanta desigualdad. 

« La costumbre de ciertos dolores me 
ha permitido reflexionar con calma : he 
concluido por persuadirme... y creo que 
á la fealdad y 4 la belleza van unidas las 
dos emociones mas nobles del alma... j la 
admiración y la compa^ion! 

« Los que como yo... admiran á los que 
son hermosos... como Angela, cunio Agri- 
col... y los que esperimentaná su vez una 
conmiseración tierna hacia aquellos que 
se me asemejan... 

« A veces tiene uno á su pesar esperan- 
zas muy insensatas... algunas veces al ver 
que Agricol nunca me hablaba de sus amo 



res, me píTsuadía de que no los tenia 

que me amaba.... pero para él el ridiculo 
era como para mi un obstáculo para lodn 
declaración. Sí, y aun tie compuesto algu- 
nos versos respecto i ese punto. Según 
creo, estos soa los mrn(»s malos. 

— «¡Singular posición es, en verdad, 

la mía ! si aiin) soy ridicula si me 

aman... también se esponen al ridículo... 

«¿('ómo he podido olvidar esto, para 
haber sufrido... para sufrir aun como su 
fro hoy? Pero bendito sea este sufri- 
miento, puesto que no engendra odio al- 
guno... no... porque yo no puedo odiar á 

esa joven; cumpliré con mi dt-ber de 

hermana hasta el fm.... escucharé bien á 
mi corazón : tengo el instinto de la con- 
servación de los demás; el me guiará , él 
ute iluMíinarií... 

« Mi único temor es que no pueda con- 
tener mis lágrimas á la vista de esa j'Wen, 
que no pueda vencer mi emoción. Pero 
entonces, ¡ Dios miol i q«ié revelación se- 
ria para Agricol mis lágrimas I ¡descubrir 

él el loco amor que me inspira! ¡oh, 

jamás!... ;el día en que io supiera seria 
el último de mi vida!.... Entonces habría 
para mí alguna cosa superior al deb^r, la 
voluntad de evitar la¡vergiienza, una ver- 
•¿üenza incurable que sentiría abrasarme 
como un hierro candente... 

« No, no, estaré tranquila Por otra 

parte, ¿no he sufrido delante de él e.sta 

mañana una terrible prueba? estaré 

tranquila es preciso que mi personali- 
dad no vaya á obscurecer esa segunda vis- 
ta, tan resplandeciente para aquel á quien 
amo. 

« ¡ Oh ! ¡ penoso... penoso deber... por- 
(jue también es preciso que el temor de 
ceder involuntariainenle á un sentimiento 
malo, no me haga ser demasiado indul- 
gente para con esa joven! Ademas, yopo- 
dría comprometer el porvenir de Agricol, 
puesto que mi decisiones la única que de- 
be guiarle. 



^0 Atl^blÉ 

« Pobre criatura... ¡cómo abuso de mí 
misma ! Agricol me pide consejos, porque 
cree que yo no he tener el triste valor de 
contrariar su pasión; ó bien me dirá : no 
importa... artio... y desafio el porvenir... 

« Tero entonces , si mis consejos , si el 
instinto de mi corazón no deben guiarle, 
si su resolución está lomada de antemano, 
¿á quó encardarme de tal misión? ¿para 
qt;ó? ¿para obedecerle? no me ha dioho: 
¡ venl 

«Al pensar en mi interés hacia él, ¿«Mián- 
tas veces, en el mas secreto, en el mas 
prufimdo abismo de mi corazón, me lie 
pregimtado si alguna vez habrá tenido el 
pensamiento de amarme de otra maiiera 
que como á una hermana? ¿Si ha dicho 
él para sí, alguna vez, que en mi tendría 
una miiger que se interesase por él? 

«¿Y por qué habría de decir esto? 
mientras lo ha querido, mientras lo quer- 
rá» siempre he estado afectuosa con él co- 
mo lo hubiera estado sti muaer , síí her- 
ma.na , su madre. ¿Por qué había de te- 
ner ese pensamiento? ¿se piensa alguna 
vez en lu que se posee? 

« ¡ Yo casada con él ! j Dios mío 1 ... ese 
suefio tan insensato como inefable... esos 
pensamientos de una dulzura celestial^ que 
abrazan todos los sentimientos desde el 
amor hasta la maternidad.... esos pensa- 
mientos Y esos Sentimientos ¿lo me están 
prohibidos bíijo la pena de ún ridículo, lo 
mismo que si llevase k>3 VestWos 'ó lOS 
adornnSVjue iñe proh'ilíen trti fealrfad y mi 
der^rmiilad? 

ir Qiiis era saber sí cuando citaba suniCr 
gí'ia en la fuíseiia mas cruel, habría su- 
frido mas que sufro h«>y ál saber el casa- 
miento de Agricol? til hambre, el frío la 
nií-ena me hubiesen dislraídi» de este do- 
lor tan agudo, ó bien esté drdor tan agii 
dome íiubiese distraido del frió, del h;im- 
bre y de la miseria. 

«No, DO, esa ironía es amarga; á mí 



no me toca hablar de este modo. Kirt^lié 
es tan profundo este dolor! Por qué han 
cambiado para mí el afecto, la estimacíonj 
el respeto de Agricol! Me compadezco.... 
y (¡Uc sucedería, gran Dios? Si yo fuese 
bella, amante > afectuosa, y nfte hubiese 
preferido á tma muger menos bella , me- 
nos amante, menos afectuosa que yo!.. . 
no seria mil veces aun mas desgraciada? 
Porque yo podría, debería 'quejarme de 
él^ ai paso qite ahora no puedo quejarme, 
por no haber pon-^ado en una union un- 
posib'e á causa del ridiculo..» 

«Y aunque lo hubiese querido... acaso 
lenilria yo egoistno de consentir?... 

«He empezado á escribir muchas pági- 
nas de este diario, asi como he empezado 
esta... el corazón lleno de amargura, y 
casi siempre á medida que decía al papel 
lo que ño hubiera osado decir â nadie. .»; 
mí alma se tranquili/aba y la resignación 
llegaba.... la re«-ignacíon.... mí santa, tá 
que soniiendo con los ojos llenos dé lá- 
grimas, cubre, anlá y jamasespera !!!...»> 



F>tas palabras eran las állimas de aquél 
diario. Se veía en la abundancia de lágiri- 
nia>, que là desgraciada hàbià debido pa- 
decer mucho... 

Kn efecto anonadada por tantas emo- 
ciones, la Gibosa, a fm de la noche, ha-' 
bía vuelto á colocar el cuaderno detras del 
legajo, creVéridoie alli, no seguro, (pues 
no podía í^ospechVr e1 ri^enor abuso de 
cotil¡a'nz;i) sino ínas oculto que en uno de 
los ciij >nés que abría á cada pasoá los ojos 
de todos. 

Asi como esta vaíerosa crta'lura se lo 
había prometido, (jueriendo cumplir dig- 
namente su deber ha>ta el fin, al dia si- 
guiente había esperado á Agricol, y bien 
nfirmada en su heroica resolución, se ha- 
bía dirigido con el herrero á la fábrica de 
ÎM. liarriy. 

ï'Iorina, instruida de la partida de la 



k\MVik 
ÍGil>osa. pero d(4cri(]a una parte del <Jia 
pi»r üu servicio al lado de la seùoiita d<' 
Otrdoville, y prrliiitMuKi por ulna parte 
e$4)('rar á la n'X'lit* para niiii()ltr las nue- 
vas <'ir«K'iK'S qii«' híihia pi^dido y rrci i<lo, 
dfsd»» ijiK» pur niiMJu) dt* una ciirla haiua 
herlio com'Ccr el cüi\lenido del diario de 
la (¡ibüsa , Flnrina , secura de no ser sor- 
prendida , a^i que hubo cerratlo la nociu» 
comploLmieiile, entró en el cuarto de la 
jiiven t»br«'ra... 

Conociendo el lugar donde se hallaba 
el n^anu^crll<1, se dirÍKÍóre(-.taine4)teaJ bu- 
fete, levanló el l« g-<jo, lomaiidode su bul- 
sillo una carta cerrada , Se dispuso á po- 
nerla en el lugar del niauui>crito que de- 
bía Sustraer. 

En este momento en^pezó á temblar 
tan fuertemente, q^ie se vio obligada á 
apoyaf;^ sobre la mesa. 

Ya se ha di.-ho : el corazón de Fiorioa 
no rarecia aun completamente de algunos 
buenos seutunientus, obedecía fatalmente 
á las órdenes que recibía; pero sentía do- 
^oJo^aJnente ludo lo que habia de horrible 
y de infame en su conducta. ... Si no se 
butüi'^e I rd ta lio absolutamintesinode eliri, 
sin duda líabria tenido el valor de sufrif- 
fo todo mas bien que una odiosa domina- 
ción ; pero desfiraciadamente no su- 
cedía esto, y su pérdida hubiera cansado 
Hna dese>peraciün mortal á quien amaba 
mas que á su vida... asi puesseresi<>naba 
no sm crueles angustias é «bominables 
Iraicíones. 

Aunque ignorase casi siempre con que 
objeto la hacían obrar, respecto á la sus- 
tracción del <iJario de la Gd>üsa , presen- 
tía vagamente qUe la substitución de aqiifc- 
tla carta cerrada á aquel maiujscríto, df- 
bir t- ner para la Gibosa funestas cuum'- 
cuencias^, porque se acordaba de estas pa- 
tahrris siniestras prenunciadas la vÍ!>j>era 
por Uodij) : 

— Maiíaua le loca i la Gil^>sa. 



564 

¿Oiié daban á entender estas pala- 
bras? con)o era (jue la carta que le habían 
niatnbdn colo«*ar en liifiar del diario, con- 
curría à este resultado? 

Lo ignoraba , jicro compn*ndía qtie el 
afecto de la (jibosa causaba una Ju>ta in- 
quietud a los enemigos de la setlorita de 
Cardoville,y t|ue ella nu-m3 , Klotina, 
arríes'piabd el ver descubiertas de un dia á 
otro sus períi'lí;is por la obrera. 

l'Me último temor hizo cesar las vaci- 
laciones; de Fíorina; colocó la carta deba- 
jo del le;:ajo , volvió á poner este en su 
IUi.ar, y ocultando el manuscrito debajo 
de su delantal, salió furtivamente de la 
habitación de la tlibosa. 
XII. 

EL DIARIO DE LA GIBOSA. 

Habiendo vuelto Fiorina á sti cuarto 
alfítinas horas después de haber ociiltado 
en él el manuscrito sustraído do la habí- 
tai ion de la Gibosa, cediendo á su curio- 
sidad , quiso 4eer!e. 

Pronto sintió un intcr¿^ creciente, una 
emoción ínvolunturía al leer aijuellas ín- 
timas couíian^as de la joven otíera. 

lintre muchos versos que re>píraban 
un amor apasiotiado iiacia Agrícul, amor 
tan profundo, tau sencillo , tan sincero, 
que Fiorina se conmovió y olvidó la ridí- 
c4ila deformidad de la Gibosa; entre mti* 
olios \ersos, re^xlímos se hailal)un dife- 
rentes fiagnu'íitos, pensamientos ó p,irra- 
fos , relalivusá diversos heihos.Cilarí''(i)os 
algunos á un dejustificar la profunda im> 
presiunque causaba aqueja lectura a Fio- 
rina. 



Fragmeníox del diario de la G ¡bota. 

« tl>^>y era fl dia de mí santo. Hasta 
esta noche conservé una loca ei^peraiiza. 

« Ayer bítji' á casa de iMa«e. Baudoin 
fiara curarla una Ilaira fjiie tenía en una 
pierna. Cuainlo ent^^ A;;rí(<j| «stabaalli, 
his í\íh\» ItaMaba do lui con su madre ^ 
66* 



262 àLiva, 

porque al punto se callaron cambiando 
una sonrisa de intclijencia ; y ademas he 
notado, al pasar por junto á la cómoda , 
una preciosa caja de carton con una al- 
mohadilla sobre la cubierta.... me sonro- 
jé de felicidad.... creí que aquel regalo 
me estaba destinado , pero afecté no ver 
nada. 

«Mientras que estaba de rodillas de- 
lante de su madre, Agrícol salió; noté que 
se llevaba la caja. Nunca ha estado Mme. 
Baudoin mas tierna, mas maternal con- 
migo que aquella noche.... 

«Me pareció que se acostaba mas tem- 
prano que de costumbre, será para hacer 
que me vaya mas pronto , pensé , á ñn 
de que goce de la sorpresa que Agrícol 
me ha preparado. 

a Asi , pues , como me latía el corazón 
al subir á mi gabinete permanecí un mo- 
mento sin abrir la puerta para hacer du- 
rar por mas tiempo mi felicidad. 

« En fin, entré con los ojos cubiertos 
de lágrimas de alegría ; miré sobre mi 

mesa, sobre mi silla sobre mi cama, 

pero, nada.... la cajita no estaba allí. Mi 
corazón se me oprimió.... pero no obs- 
tante dije para mi: será para mañana, 
porque hoy no es mas que la víspera de 
mi santo. 

«El día pasó... la noche vino.... y na 
da... La preciosa cajita no era para mi... 
sobre la cubierta había una almohadilla... 
de consiguiente no podía ser mas que para 
una muger.... ¿A quien se la habría dado 
Agrícol?.... 

«En este momento sufro mucho — 
« La idea que yo tenia de que Agrícol 
celebraba mis días es pueril.... casi me 
avergüenzo de confesármelo.... pero esto 
me hubiera pmbado que no había olvida- 
do que tenia otro nombre, ademas del 
de la Gibosa, que es el que siempre me 
dan.... ■^ 

« Mi susceptibilidad respecto á este asun- 



to es tan desgraciada , tan porfiada , tjôè 
me es imposible no sentir un momento 
de vergüenza y de pesar siempre que me 
llaman la Gibosa.... y sin embargo, des- 
de mi infancia no he tenido otro nom- 
bre.... 

« Por eso sería muy feliz , si Agrícoí 
aprovechase la ocasión del día demi san- 
to para llamarme una sola vez por mo* 
desto nombre de Magdalena. 



«Felizmente siempre ignorará este vo- 
to y este sentimiento. 

Florina cada vez mas conmovida de 1a 
lectura de esta página llena de una seti- 
cíllez tan dolorosa, volvió algunas hojas ^ 
y continuó í 

« Acabo de asistir al entierro de 

esa pobre Victoria Herbin, nuestra veci- 
na... su padre obrero lapicero, fué á traba- 
jar un mes lejos de París... murió á los diez 
y nueve anos, sin parientes á su alrede- 
dor.... su agonía no ha sido dolorosa : la 
valerosa muger que la ha cuidado hasta 
el último momento, nos Isa dicho que nu 
había pronunciado otras palabras masque 
estas : 

c En fin.... en fin 

«¿Y esto como? con alegría. 

« I Pobre muchacha I estaba bastante 
enfermiza: pero á los quince afíosera una 
rosa.... y tan linda.... tan fresca.... ca- 
bellos rubios, suaves como la seda; pero 
poco á poco ha ido enfermando; su oficio 
de escardadora de colchones la ha mala- 
do.... Ha sido por decirlo asi, envenena- 
da por las emanaciones de las lanas (1)... 
su olicio era tanto mas mal sano y peli- 
groso cuanto que trabajaba para gentes 
pobres y por consiguiente empleaba lana 
churra. 



(1) Lóense los siguientes pormenores tn 



ALB1TM 

«Tenia un valor de Icón y la resigna - 
*cion de un ángel ; siempre me deria cun 
su vocecita dulce, entrecortmla por una 
tos seca y frecuente. No durará nuiclio 
tiempo el aspirar el polvo de vitriolo y de 
cal, todo el dia vomito sangre y algunas 
veces tengo unos dolores de estómago que 
me hacen perder el sentido. 

— «Pero camt)ia de ofnio, la decia yo. 

— «¿Y el tiempo para hacer otro apren- 
dizaje? me respondia : ademas ya es tar- 
de, estoy afectada, lo siento bien No 

es mia la culpa, añadió la buena criatura, 
porqjie no he elrgido mi oficio; mi padre 
lo )ia querido as»; felizmente no tiene no 

cesidad de mí y ademas cuando una 

«stá muerta ya no hay por qué \x\- 

>quietarâe, y no se teme el descanso. 

ttVicloria decia esa triste vulgaridad 
muy sinceramente, y con uaa especie de 
satisfacción. Asi pues murió pronunciando 
«stas palabras: en fin en fin 

«Es sin embargo muy doloroso el pen- 
sar que el trabiijo que sirve al pobre para 
ganar su pan llega á ser á menudo un 
largo suicidio. 

«Esto le decia yo á Agricol el otro dia; 
me respondia que también habia otros mu- 



la Hache P pulaire, escclenle colección 
redactada por artesanos, de la que ya he 
mos hablado : 

Cardadoras de colchones: El polvo qna 
sale de ¡as lanas hace e>le oficio nocivo á 
la salud , cuyo peligro aumenta ton las 
falsificacioufs. Cuando matan un carnero, 
la lana del cuello está llena de sangre; es 
menester lavarla para poder venderla; 
para esto la meten en cal, la que después 
de haberla blaiiijueado, no >e desprende 
del todo; la arttsatia es la (jue lo paga, 
porcjue cuando hace su oficio, la cal se 
desprende en firma de polvo, se icitro 
duce en elpechocon la aspiración, y muy 
frecuentemente le ocasiona calambres en 
el estómago y vómitos que la ponen en 
un estado dt^plorable; la mayor parte de 



chos oficios mortales : los obreros en las 
aguas fuertes, en el albayalde y el ver- 



mellon entre otros , coi. traen enferme- 
dades previstas é incurables, de las (jiie 
mueren. 

— «¿Sabes tú, anadia Apricol , sabes tú 
lo que dicen cuando parten para e<«o.s ta- 
lleres mortíferos? ¡Vamoit al matadero! 

«Esta palabra llena de una verdad es- 
pantosa, m" hace estremecer. 

— «¡Y esto pasa en nuestros dias!... le 
dije con amargura, ¿y se sabe eso? ¿Y 
entre tanta y tan poderosa gente nadie 
sueña en esa mortandad que diezma á sus 
hermanos, obligados á tou\er también uu 
pati homicida? 

— "¿O'i^ quieres, mi pobre Gibosa? me 
respondia Agricol; mientras se trata de 
regimentar al pueblo para hacerle morir 
en la guerra, todos se ocupan de él; se 
trata de organizarle para hacerle vivir... 
nadie piensa en ello, escepto Mr. Hardy, 
mi amo, y dicen: ¡Bahl... El hambre, 
ft miseria ó el sufrimiento de los traba- 
jadores, ¿qué injporta? Eso no pertenece 

á la política pero se engallan, añadía 

Agricol : ¡es mucho mas que la p ilíticaf 

« Como Victoria-no habia dejado co« 



ellas renuncian á esta profesión; las que 
continúan, adquieren a lo menos un ca- 
tarro ó i>D asma que no las deja hasta su 
muerte. 

En seguida tenemos la crin , la mas 
cara de la cr.i\, llamada de lnue^tra, no 
es pura tampoco, l'or esto puede juzgarse 
lo. que debería ser la c«>mim que los 
artesanos llaman crin de vitriolo y que se 
compone del desecho de pelos de cabras, 
de machos cabrios y de jabalíes que se 
pasan primero por el vitriolo, después en 
el tinte para quemar y ocultar loscuerpos 
estraños, como paja, espinas y liasla pe- 
dazos de piel (|ue no se toman el trabajo 
de quitar y que frecuentemente se ven 
cuando se trabaja en tote crin , de la que 
sale un polvo tan nocivo como el de la ca'. 



â6i AttUJÍl 

qué pagar la misa del tequien, no hicie- 
ron mas (]ue ponerla de cuerpo présenle 
en el parche; porcjiíe para el polire «o 
hay ni siquiera una triste niisa de difun- 
tos y como no «e han podido dar 1.8 

francos al cura, ningim sacerdote ha acom- 
panado el carro de los pobres ala fosa co 
inun 

«Si los íunerales reducidos de este mo- 
do, bastan bajo el punto de vista r^eli- 
gioso, ¿por qué inventar otros? ¿es acaso 
por inlen's?... si al contrario son ínisufi- 
oienfes, ¿por qué hacer del indigente la 
úoica víciima de esta insunciencia? 

«Pero ¿á (jiié inquietarse de esas pom- 
pas, de esos inciensos, de esos cantos, de 
los que se muestran mas ó menos pródi- 
gos ó avaros?... ¿á qué? esas son cosas 
vanas y terrestres, y de las cuales no ne^ 
eesifa el alma para elevarse radiante á su 
divino Creador. 



«Ayer me hizo Uer Agricol un artículo 
de un periódico en el que se quejaban con 
nna ironía amarga y desdeñosa para ata- 
car lo que llaman la funesta tendencia de 
alguna gente del puelilo á instruirse, á 
escribir, á leer las poesías y aun 9 hacer 
versos. 

«Los poces materiales nos son prahibi 
dos por la pobnza, ¿es acaso justo el (|ue , 
jarse de (pie tiusquejiios los goces ideales? 

«¿Oné mal puede resultar de que cada 
noche, <ie>pties de un día de un trabajo 
incesantt?, (alta de placer y de distrac- 
ción, me complazca en íiacer unos ver- 
sos ó en escribir en este diario las im- 
presiones buenas ó malas que he sentido?' 

« ¿ Es acaso Agricol itie/ios buen obrero, ' 
porque, de vuelta á.casido su madre, em- 
plee eldiaídel domingMen cí)mponer algu- 
nos cantos ptjpulares que gloriliqíien hs 
labores alimenticias del arlesan',>, que di 
cen á todos: lízperaiiza y fraterniiJa()?¿no 
hace de este modo mejor uso de su tiem- 
po que si lo pasase en la taberna? 



« ¡ Ah! ¡esos que eclian en cara estai 
inocentes y nobles diversiones á nuestros 
penosos trabajos y á nue'tros males, se en- 
gar-an cuando freen que á medida que la 
inteligencia se e'eva y se instruye, se su- 
f e con mas impaciencia las privaciones 
la miseria, y que la irri tacion crececori- 
Ira 'os que son felices en el mundo!... 

«Suponiendo que asi sea , ¿no qiierrá 
mejor tener un enemigo inteligente, á cu- 
ya razón y á cuyo corazón Se pueda tfi- 
,rigir , (jiie un enemigo estúpido, feroz ê 
implacable? 

(( Tefo no, ai contrarió, las encmisiá- 
(des s «borran á medida que la imaginaciori 
se desarrolla, el horizoijte, la compasiptí 
:Se ensancha ', asi es como se llegan á com- 
prender los dolores mortales; entonces sé 
reconoce que á menudo los ricos tienen 
¡penas, y la fraternidad de infortunip es 
-ya iit a comunión simpática. 

«¡Ay! ellos también pierden y lloran 
¡amarizamenfe hijos idolatrados, mujeres 
<fí)efidas, rnaJres adoradas 5 entre ellos 
íambidl, entre las mujeres sobre todo, 
Jiay en medio del lujo y de la grandeza 
irnUrnos Corazones despedazados, muchas 
almas que sufren , muchaslágrimas devo- 
radas en secreto... 

«Que no se asombren pues... 

« Al instruirse... al llegar á ser su igual 
en inteligencia , el pueblo aprende tam- 
ibien á coínpadecer á los ricos si estos sOiO 
desgraciados y buenos y á compa- 
decerlos doblemente si son felices y ma- 
los. 

« ¡ Qué felicidad!... ¡quéhermoso 

dial no puedo contener mi alegría. ¡Ohf 
sí, el hombre es bueno, humano, carita- 
tivo. ¡Oh! sí, el Creador ha depositado 
en él todos los instintos generosos.... y á 
,inenos qiie no sea ,una escepcion n*'M>s- 
íruosa, nunca oiíra mal voluntaria meiite. 

« Hé aqui lo que acabo de presenciar 



ÁI.BCM. 



2G5 



hací* poco; no i'sporo á esta noclie para 
o.-rribirli>; pues e>to enfriaría , por decir 
!u asi, mi corazón. 

« Hiifíia ido a llovar «.nn costura (pif 
corría iiiiirlia prisa, pasnba por la plaza 
tlol Templi), á algiiKos pasos delante de 
iTii . nn niño de doce años, todo lo mas. 
lOn la calu'za v los pies desnudos á pesar 
del frió, vestido de un paiit.ilon y de iitia 
mala chaqueta hecha pedazos, comlucia 
por la hrida de un caballo de tiro desun- 
cido , pero con su arnés.... de cuando en 
cuando el caballo se p.ir;iba y rehusaba el 
seguir adelante... el nino, (|ue no tenia 
lálrgo para obli¿;arlo á andar, le tiraba 
en vano por la brida , y el caballo se <i(ie- 
daba inmóvil.... ¡Oh, Dios mió !.. ¡ Dios 
mió! y se deshacia en lágritna... mirando 
á su alrededor para implorar el socorro 
de los transeúnte.^. 

(( Su fítonomía estaba marcada de un 
dolor tan profundo, que sin reflexionar, 
e^nprendí una cosa de la cual ahora no 
puedo menos de sonreirme, porque de- 
bia ofrecer un espectáculo bastante gro- 
tesco. 

«Tengo (in miedo iiorrible á los caba- 
llos, y tengo aun mucho mas miedo apo- 
nerme en evidencia. No importa, me ar- 
mé de \a\ur , tenia un paraguasen ¡a ma- 
no me acerqué a! caballo, y con la 

impetuosidad de una hormiga que<|uisie- 
ra mover una gruesa piedra con una pa- 
ja, descargué con toda ini fuerza un gran 
golpe con el paraguas sobre la grupa del 
rebelde animal. 

« — ¡ \b! gracias, mi buena señora , 
esclamó el niño enjugando sus lágrima-;, 
ppgadle denuevo siquereis, talvezhechará 
levantará. 

«Redoblé mis golpes heroicamente; 
pero ¡ay! el caballo, ya fuese por mal- 
dad ó por pereza , dobló las rodillas y se 
tendió sobre el empedrado; viéndoseeuí- 
barazado con el arnés , rompió éste y su 



gran collar de madera; me habia alejado 

con el temor de recibir algunas cxjces 

el nu'io no pudo bncer con entre este nue- 
vo desasiré ijue hincarse de rodillas en 
medio de la calle, cruzando en seguida 
las manos sollozando, esclamó con voz de- 
sesperada : ¡socorro!... ¡socorro! 

« Kste titilo iiiói. ido : niuclios transeún- 
tes se agruparon, administraron al caba- 
llo una buena correcci(;n mas eficaz que 
lamia, y se levantó... pero ¡ Dios mió!... 
¡en qué estado estaba su arnés! 

« Mi amo me va á pegar, i»sclamó el 
pobre iiiuchacho deshecho en llanto, ya 
hept-rdido dos horas porque el caballo no 
t]ueria andar, y ahora se rompe el ar- 
nés!.... mi amo me pegará, me pondiá 
iMi la calle, ¡qué va á ser de mí, Dios 
mió!.... no tengo padre ni madre.... 

(( A estas palabras pronunciadas con una 
esclamacion dognrradora , una valerosa 
prendtra del Temple que se hallaba en- 
tre los curiosos, esclamó con aire enter- 
necido: 

— « ¡ Ni padre ni madre !.... Vaya, no 
te desconsueles , chiquito, en el Temple 
hay recursos; ahora te compondrán tu 
arnés, y si mis companeras son como yo, 
no te iiás con la cabeza y los pies desnu- 
dos con un tiempo semejante. 

« Ksta proposición fué acojida con es- 
clamaiiones de alegria; condujeron al ni- 
ño y al caballo; 1< s unos se ocuparon de 
componer el arnés; una prendera le ar- 
regló una gorra; otra un par de medias; 
esta los zapatos; aquella un buen traje; 
y en un cuarto de hora el niño estuvo 
perfectamente vestido, el arnés repara- 
do; y un muchacho de diez y ocho años, 
blandiendo un látigo, el cual chasqueó 
junto á las orejas del caballo á manera 
de advertencia, dijo al niño, que mirando 
á la vez sus buenas prendas y a las muje- 
res que se las habían suministrado, se' 
creia el héroe de un cuento de hadas } 
67* 



266 



ALBün. 



— «¿Dónde vive Ui amo, aniiguito? 
^«Kn el muelle de! canal de Saint- 

Marlin , respondió este oon voz conniovi- 
da y temblorosa de alegría. 

— « ¡Bueno! dijo el joven : voy á ayu- 
darte á conducir tu caballo, el cual mar- 
chará conmigo sin dificultad , y le diré á 
tu amo que tu tardanza ha provenido de 
esto. No debe confiarse un caballo resa- 
biado á un muchacho de tu edad. 

« En el momento de partir, dijo el po- 
bre chiquillo tímidamente á la mujer qui- 
tándose su gorra : 

— « Señora ¿me permitís que os abrace? 
«Y sus ojos se bañaron en lágrimas 

Ae reconocimiento, lenia corazón y sen- 
timiento aquel chico. 

«Esta escena popular de caridad me 
habia conmovido agradablemente: seguí 
con mi vista todo el tiempo que me fué 
posible al joven y al muchacho, que ape- 
cas podía dar alcance al caballo metido 
en paso, y dócil en estremo ya por miedo 
al castigo. 

« Pues bien , si , lo repito con orgullo, 
la criatura es naturalmente buena y com- 
pasiva : nada pnede haber mas espontá- 
neo que aquel movimiento de piedad y 
de ternura que manifestó toda aquella 
multitud cuando el pobre muchacho es- 
clamó: ¡Qué será de mil.... ¡ no tengo 
padre ni nradre 1... 

— « I Desgraciado niño! es cierto, 

ni padre ni padre.... decía yo para mí.... 
Entregado á un amo brutal, que cubre 
apenas sus carnes con algunos andrajos y 
lo maltrata.... durmiendo sin duda en el 
rincón de una cuadra.... j pobre mucha- 
cho ! y todavía es bueno á pesar de la mi- 
seria y de la desgracia... Lo he compren- 
dido perfectamente; liabia en él mas re- 
conocimiento que alegría por el bien que 
le habían hecho.... Pero acaso esa cria- 
tura tan buena, abandonada , sin apoyo, 
sin consejos , sin socorros, y exasperado 



por los malos tratamientos, se ladeará y 

se pervertirá vendrá después la edad 

de las pasiones..., y con ella las perver- 
sas escítaciones.... 

«¡Ahí... en el pobre abandonado de 
todos, la virtud es doblemente santa y 
respetable. 

« Esta mañana después de haber- 
me regañado dulcemente como siempre 
la madre de Agricol porque no habia ido 
á misa, me dijo estas palabras que reve- 
lan toda la candorosa ingenuidad de su 
fé: «Felizmente pido al cielo por tí y pnr 
mí, pobre Gibosa ; Dios me oirá , y espe- 
ro que no irás sino al purgaíorio. 

« .Madre llena de bondad... alma ange- 
lical me dijo estas palabras con una 

dulzura tan grave, con tanto convenci- 
miento, con tanta fé en el rebultado de 
su piadosa intercesión que sentí humede- 
cerse mis ojos, y me arrojé á su cuello 
llena de reconocimiento. 

« Este dia ha sido feliz para mí: tongo 
fundadas esperanzas de hallar trabajo y 
deberé esta fortuna á una joven compa- 
siva y bondadosa ; mañana debe acumpa- 
ñarme al convento de Santa María en el 
cual creo que me emplearán.... » 

Ya profundamente conmovida Florína 
por la lectura de este diario, se estreme- 
ció al llegar á este pasaje en que hablaba 
de ella la Gibosa, y continuó: 

«Jamás olvidaré el espresivo interés y 
la amable delicadeza con que me acojió 
esta hermosa joven.... á mi , tan pobre y 
tan desgraciada. Pero esto no me admi- 
ra, se halla al lado de la señoi'ita de Car- 
doville, y debia ser digna de estar cerca 
de la bienhechora de Agricol. Me acor- 
daré siempre con gusto de su precioso 
nombre : es tan bonito como su rostro ; 
se llama Florína.... Nada soy, nada po- 
seo, pero si los fervientes votos de un co- 
razón penetrado del mas profundo rece- 



ALBV 

«ocimionlo son escuolia ■ios, la interesante 
Flürina será dichosa mtiy dichona. 

« I Ay ! solo puedo consagrarla mis vo 
los.... volos solan\cnte.... ponjiie na<la 
puedo hacer mas (¡in'... acordarme de fila 
y amarla. » 

Estas líneas, (jiio espresnhan con tanla 
sencillez la sincera {¿ralihid de la (liho>a, 
llevaron al últimu estreino las escilacio- 
nesdc Florina.y no pudo resistir por mas 
tiempo á la generosa tentación que e>pe- 
riinentaba. 

Al paso que había ido leyendo los di- 
versos fragmentos de este diario, se ha- 
blan aumentado progresivamente su afec- 
to y su respeto hacia la Gibosa, siutiemJo 
y conociendo mas que nunca lodo lo in- 
fame que era entregar tal vez á los s.ir- 
casinos y al desprecio los mas secretos 
pensamientos de aquella desgraciada. 

Lo bueno por lorttuia es tan contajioso 
como lo n)alo. Asi pues, electrizada por 
todo lo que había de ariÜente, de noble 
y de elevado en las páginas que acababa 
de leer, fortalecida, por decirlo asi, su 
debilitada virtud por aquel puro y vivifi- 
cante manantial, y cediendo á uno de 
de a(|uel!os buenos impulsos que la asal- 
taban algunas veces, salió de su cuarto 
llevando consigo el manusciito, muy de- 
cidida, si la Gibosa no habia \uello aun, 
á dejarlo en el sitio donde lo habia lo- 
mado, y resuella también á decir á Ro- 
din que sus |tes(|uisas en esta segunda vez 
respecto al diario, habían sido infructuo 
sas á causa sin duda de haber notado la 
Gibosa su primera tentativa de sustrac- 
ción. 

XIII. 



cf)7 



EL DESCUBniMIE?(TO. 

Poco tiempo antes de que Florina so 
hubiese resuelto á reparar su indignidad, 
habia vuelto á casa la Gibosa después de 



mo punto su doloroso deber. Después de 
una larga ccnversacinn con Angela, ad- 
mirada como Agríctd de la graciosa in;¿e- 
nuidad y de la bondad y disrrt'cion ci ii 
(|ue parecía adt)rf)ada esta jiiven , habia 
tenidí) lii (¡ibosa la valeros;i fi anqueza de 
.uiiinar ;il herrero á que contrajera aquel 
nutrirnonío. 

La escena siguiente pasaba por lo tanto 
mientras (|ue Florina acababa de recor- 
rer el diario de la costurera y antes (iiic 
liubií ra lomado la laudable resolución de 
devoUi rio. 

Serian como las diez de la noclie cuan- 
do la Gibosa que acababa de entrar en>u 
habitación de vue. ta al palacio de Cardn- 
ville, se había dejado caer en un sillon 
i|iiebrantada por tantas y tan fuertes -sen- 
saciones. 

FJ mas profundo silencio reinaba enlo- 
da la casa y solamente venia de ciiamlo 
en cuando á interrjjmpirlo el ruido del 
recio viento qtie por fuera agitaba los ár- 
boles del jardín. Una sola bujía alumbra- 
ba aquella pieza alfombrada con una le.'a 
verde y sombría. Estos colores oscuros y 
los negros vestidos déla Gibo.sa hacían re- 
sallar mas y mas su terrible palidez. 

Sentada en un sillon al lado de la chi- 
menea con la cabeza caída sobre el pecho, 
las manos cruzadas sobre sus rodillas y 
con el semblanli- melancólico y resignado, 
anunciaba la austera satisfacción qiie pro- 
duce el convencimiento de haber cumpli- 
do con su deber. 

La Gibosa, asi como todas aquellas per- 
sonas educadas en la implacable escuela 
de la desgracia, que no manifiestan ecsa- 
geracion en el sentimiento de su pena, 
huésped demasiado famíhar y demasiado 
asiduo para que se le trate con lujo, la 
Gibosa, repelimos, era incapaz de entre- 
garse por largo tiempo á dolores inútiles 
y desesperados respecto á un hecho con- 



habcr cumplido fielmente y hasta el últi- 1 sumado. No hny duda, el golpe había ;i- 



2Ô8 ÀLitLSÏ. 

do repentino y terrible: no hay duda que 
debía dejar un doloroso y largo s<=n- 
timiento on el alma de la Gibosa; piro 
este dolor debía pa?ar bien pronto, si pue- 
de decirse así, al estado de esossufriniien 
los cri^nicosque casi llegan á hacerse parle 
integrante de la vida. 

Y ademas, esta noble criatura, tan in- 
dulgente con la suerte, hallaba todavía 
consuelos á su amarga pena ; sentíase vi- 
vamente afectada por las muestras de be- 
nevolencia y de aprecio que liabia reci- 
bido de Angela, la amada de Agi/ool, 
y aun había sentido cierta espíele de or 
güilo de corazón al ver con qué ciega con 
fianza, con que inelable alegría había 
acojido el herrero los favorables presenti- 
mientos que parecían venir á consagrar 
su felicidad. 

La Gibosa se decía todavía á sí misma. 

«A lo menos, ya no me veré agitada 
á mi pesar, no por esperanza sino por 
suposiciones tan ridiculas corrió insensatas. 
El matrimonio de Agrícol pone un térmi- 
no fínal á todas las miserables ilusiones de 
n»í pobre imaginación.» 

Y sobre todo la Gibosa hallaba uncoii- 
suelo verdadero y profundo en la seguri- 
dad en que se encontraba de haber podi 
do resistir á aquella prueba terrible y 
ocultar á Agrícol el amor que le profesa- 
ba ; porque ya saben nuestros lectores 
cuan terribles y espantosas se presenta 
ban á la pobie joven las ideas de burla y 
de vergüenza que creía enlazadas con el 
descubrimiento de su loca pasión. 

Después de haber pernianecido largo 
tiempo absorta en sus rillecsiones, la Gi- 
bosa se levantó del sillon y se dirijió len- 
tamente hacía su buró. 

— Mí sola recompensa, decia ella al 
preparar lo necesario para escribir, será 
la de confiar al triste y mudo testigo de 
mis penas este nuevo dolor. Al menos ha- 
bré cumplido la promesa que á mi misma 



me he hecho, creyendo en el fondo de mj 
alma que esa joven puede asegurar la fé'- 
liridad de Agrícol,... Yo se lo he dicho 
a-i á él con.sinceridad... Alguadia, ctian- 
do haya pasado mucho tiempo, al volver 
í It't-r estas páginas hallaré tal vez una 
compensación á lo que en este momento 
SI i Ir o i 

(Cuando esto decia la Gibosa tiraba dql 
CHJ n y abría el secreto. 

Noencontrando en él su manusciito lan- 
zó tMi grito de sorpresa. 

¡ i'iTo cual fué su espanto cuando en 
Vez de su diario, y en el lugar que este 
octipába, halló solamente una carta con 
el '^ohre para ella! 

La joven se puso pálida como una muer- 
ta , las piernas le temblaban, y se halló 
próesima á desmayarse; pero el mismo 
terror que crecía por momentos, le dio 
una íidícia enerjía y la fuerza suficiente 
par.] tomar la carta y abrirla rompiendo 
el sello. 

Al abrirla cayó de ella sobre !a mesa 
un billete de quinientos francos. 

La Gibosa lejó la carta que decia asi: 
« Señorita ; 

« La lectura de vuestras memorias , y 
« la historia de vuestro amor hacia Agrí- 
« col , tiene un no se qué de original y de 
«gracioso, que no se puede resistir al 
« placer de publicar vuestra ardiente pa- 
rt sion , á la cual sin duda no puede élde- 
«jar de mostrarse sensible. 

« Ademas se procurará aprovechar la 
«ocasión de proporcionar á otras muchas 
« personas quehabrian de verse desgracia 
« damente privadas de este placer, laeo- 
'( tretenida lectura de vuestro diario. Sí 
«no bastan las copias y los estrados, se 
« impíimirá , porque no puede haber es- 
« cesiva publicidad para tan lindas cosas. 
«Unos llorarán, otros se reirán; lo que 
«á estos parezca soberbio y magnifico, 
« hará soltar á otros la carcajada. Asi vá 



»»BfJMi 

« el HVondo ; pt^ro dp lo que podeU oiUr 
Q üo^iira fS (Iti ({Ui* vi>(>slr«> diiirio niftet'i 
«.inticlio ruido. De c^la nlluiia cinuns 
o laiu-ia se os respondí' soK'miicmi'nle. 

« (^>mo jiois capsr de qm-ier ^^J^l^ac^«'^ 
« á vueslro tritiiifu y oonin nu t('iii><ís lll<l^ 
« i|Up aiidiajus por vestidos Ciíandi) eii- 
« irasleis por candad en esta casa, en (joc 
a queréis niBudar y Itaceros la Snwra, 
« co>a que por cierto no corresponde á 
<i vuei»lro jarfto, por muchas razones so 
a os reniilen esos quinientos francos por 
« medio de e.sta caria para resarciros de 
« vuestro papel, y para que no os hajlei» 
« >in recursos en el caso en que seias de- 
« masiado modesta para huir de lasfelici- 
« (aciones que desde mañana lloverán su 
« tiru vos, porque á la hora de estavues- 
«r tro diario se halla ya puesto en oiroula- 
a cion . 

o Uno de vuestros hermanos 
« L'n verdadero tiiBOSO." 
El tono groseramente desvergonzado é 
ihsultaotf de esta carta, (]ue á propósito 
se había querido hacer parecer e>critapor 
algún lacayo envidioso de la venida á la 
ca-<a ;le esta desgraciada criatura, estaba 
calculada con una h:ibiiídad infernaJ y 
y did)ia indefeclibleinente producir el re- 
sultado que se esperaba. 
— i Oh !... ¡ Dios nuo !... 
Ehtas fueron las únicas palabras que la 
joven pudo pronunciar enmedio de su es- 
tupor y de su espanto. Sin embargo, si se 
r»*cUerdan bien las e»))re»iones apa^Nioita^ 
daficon (jue esta desgraciada liabia de>cri- 
tt) MI ainui hacia su hermaiio adoptivo; ¡.i 
se conservan en la memoria muchos pe- 
ríodos de este manuscrito enipie la (jil)o- 
sa revelaba las profundas heridas que Ayri- 
col le había hecho frecuenfenienle sin sa 
berlo; y si se tiene preseüte eníin su ter- 
ror por la burla, se comprenderá fáoll 
Miente la terrible desesperaciun que >ii»iiii 
cuD la lectura de et4d carta infame. La, 



'm 



(libosa no (u-iisí» ni un solo instante eh 
tantas pslabrus nobles, en tantas relacio- 
no.s inleresunlrs como su diario enoerro- 
ha. l.a sola y horrible Idea que trastorna- 
ba la imaBÍnaci(tn acalorada de esta des- 
iíiraciada fu»'' (|ue al dia í«i^uicnte Ayricol, 
la señorita de (^ardovilie y una milltitud 
insolente y mofadora tendrían ya conoci- 
miento y se verían enterados muy por nie* 
ñor de esa pa>ion atrozmente ridicula que 
debía á su parecer abrumarla de confu' 
sion y de vergüenza. 

K>te nuevo ^olpe fué tan tremtípdoque 
Id Gibosa no pudo resistirlo y se desvane- 
ció por su imprevi^to choque. 
¡ Por espacio de algunos minutos per- 
uiancció completamente inerte y anona- 
dada ; pero con la reflexión le sobrevi- 
jno de pronto el convencimiento de una 

necesidad terrible Veíase precisada k 

abandonar esta casa tan hospitalaria en 
donde había encontrado un refugio segu- 
ro después de tantas desgracias. La co- 
barde timidez, la escesiva delicadeza de 
esta pobre criatura fo le permitían per- 
manecer ni un minuto mas en esta mora- 
da en dniide \o> secretos mas íntimos de 
su alma acababan de ser profanados y en- 
tre¡:adossiii duda á lossarcasmos y al des- 
precio. 

No pensó en pedir justicia y vongonza 
á la Señorita de Cardoville. Arrojar \\n 
gi'rmen de desconfianza y de irritoirion on 
esta cosa en el momento en qtie iba á 
abandonarla, lo hubiera parecido una in- 
gratitud para con su bienhechora. Tam- 
poco procuró adivinar quien fiodria sor el 
autor ni cual el motivó de una carta tan 
insultante y de una su>traccion tan odio- 
sa. ¿Pura qm''... cuando estaba decidida á 
huir de las humillaciones Con que se la 
antenazaba? 

Creyó vagamente (como t>n efecto se 
esperaba) que e^»a acción indigna debía 
sur obra de algunos sub0Íl(.Tuos envidie - 
C8* 



2f0 àLltH, 

i08 de la afectuosa deferencia que la se- 
ñorita de Cardoville le manifestaba... Así 
pensaba te Gibosa en medio de su terrr- 
ble desesperación. Estas páginas tan do- 
lorosamente intimas que no se hubiera 
atrevido á confiar á ia madre mas cariño 
sa y mas indulgente , porque escritas por 
decirlo así con la sangre de sus heridas re- 
flejaban con una severidad demasiado cruel 
las mil llagas secretas d« su dolorida al- 
ma... estas páginas iban á servir ser- 
vían tal vez ya de juguete y de risa á los 
criados del palacio. 



El dinero que acompañaba á esta carta 
y la firma insultante con que se le ofrecía, 
confirmaban mas y mas estas sospechas. 
Se quería por este medio que el temor de 
la miseria no fuera un obstáculo para su 
salida de la casa. 

La Gibosa lomó su partido con esa re- 
solución tranquila y decidida que le era 

fanvíliar. 

Se levantó : sus ojos estaban brillantes 
aunque un poco vagos, y no vertían ni 
una lágrima; habían llorado tanto desde 
el día anterior!... Con una mano trému- 
la y helada escribió las siguientes palabras 
en un papel que dejó al lado del billete de 
quinientos francos. 

« Que la señorita de Cardoville $ea bm- 
« dita por tantos beneficios como me ha he- 
« c/to, y que me perdone por haber abando- 
« nado su casa en donde yo no puedo per- 
« manecer ni un soto instante mas.» 

Escrito esto , la Gibosa arrojó al fuego 
la infame carta que parecía abrasarle las 

manos En seguida dando una rápida 

y última mirada por aquella habitación 
amueblada casi con lujo, se estremeció in- 



voluntariamente al pensar en la miseria corda))a á cada instante las finezas y las 



que le aguardaba, miseria mucho master- 
ríble ahora, que aquella de que antes ha- 
bla sido victima, porque lamadrede Agri- 
Cül se había marchada con (rabriel^ y la 



desgraciada joven no pedia ya verse con* 
solada en su desgracia como otras veces 
por el afecto casi maternal de Id mugerde 
Dagoberto. 

Vivir sola... absolutamente sola... con 
la idea de que su fatal pasión hacia Agri- 
col era objeto de burla para todos, y tal 
vez también para él mismo... Hé aqu' el 
porvenir que á los ojos de la Gibosa se 
presentaba. 

Este porvenir... este abismo la espan- 
tó... Un pensamiento siniestro se presen- 
tó entonces en su imaginación... se estre- 
meció, y la espresion de una amarga ale- 
gría contrajo sus facciones. 

Resuelta á salir de aquella casa, dio al- 
gunos pasos hacía la puerta , cuando al 
pasar por delante de la chimenea fijó in- 
voluntariamente sus ojos en el espejo, y 
se vio pálida como una muerta, y vestida 
de negro... Recordó entonces que llevaba 
un trage que no la pertenecía y teníenlo 
presente la espresion {de la carta en que 
se le reconvenía por los andrajos con que 
había entrado vestida en esta casa , dijo 
con una sonrisa sardónica y mirando su 
traje negro : 

— Es verdad, me llamarían ladrona. 

Y en seguida tomando la bujía entró en 
la pieza de tocador donde |enia los pobres 
viejos vestidos que había querido conser 
var como una especie de religioso recuer- 
do de su infortunio. 

Solamente en este instante corrieron 
con abundancia las lágrimas de la Gibo- 
sa... Lloraba, nodfrdesesperacion déver- 
se nuevamente vestida con la librea de la 
miseria, sino qué lloraba de reconocimien- 
to, porque todo aquel mueblaje de como- 
didad al eual daba un eterno á dios, le re- 



bondades que había debido á la señorita 
de Cardoville. Asi fué que cediendo á un 
movimiento casi involuntario después de 
haberse vestido c<N) su pobre y andrajoso 



ALBVM 

traje, se postró du rodillas en mctlio delà 
habitación y dirigiéndole con el pensa- 
miento à la señorita de Cardoville, escla- 
nió con una voz medio sofocada por los 
sollo/os convulsivos: 

— A dios... y para siempre á dios... vos 
qie me llamabais vuestra amiga... vues- 
tra hermana... 

De repente se levantó la Gibosa ater- 
rada; habia oido andar suavemente pore! 
corredor que bajaba al jardin y al cual da- 
ba una de las puertas de su habitación 
yendo á parar la otra al salon de que he- 
mos liablado anteriormente. 

Era Florinaipie ¡ay! llegaba demasia- 
do tarde á devolver el manuscrito. 

Turbada y asombrada por el ruido de 
los pasos, la Gibosa creyéndose ya el ob- 
jeto de la burla de toda la casa, salió pre- 
cipitadamente desde sit cuarto al salon, lo 
atravesó en un momento, salió á la ante- 
cámara, llegó al patio y llamó á la venta- 
nilla del portero. La puerta de la calle se 
abrió y volvió á cerrarse inmediatamente. 

La Gibosa habia abandonado ya el pa 
lacia de Cardoville. 



Adriana habia quedado privada pores- 
4e medio dt^ una centinela cuidadosa y leal, 
que velaba en su favor. 

Rodín se habia desembarazado de una 
antagonista activa y perspicaz, que siem- 
pre y con razón habia temido. 

Habiendo adiviuado como hemos dicho 
el amor que la Gibosa profesaba á Agri* 
col, y sabiendo que cotnponia versos, el 
jesuíta dedujo lógicamente que ella debia 
haber escrito secretamente algunas com- 
posiciones en que hubiera exhalado osla 
pasión fatal y oculta. Este fué el motivo 
porque mandó á Florina que procurase 
descubrir algunas pruebas es ritas de este 
amor; y este fué el nootivo también deesa 
carta tan horriblemente bien calculada on 
su descaro, y de la que es preciso confe- 



i71 

sar que Florina if;noraba el contenido, 
habiéndola recibido después de haber datlo 
siunariamenle noticia de loi|U«'ei)Cirratia 
el manuscrito que se habia contenlado la 
piimera vez con recorrerlo vol viendo á cu - 
locarlo en su lugar. 



Ya hemcs dicho que Florina cediendo , 
nimque demasiado tarde, al impulso de un 
generoso arrepentimiento, habia llegado á 
la habitación de la Gibosa en el momento 
mismo en que ésta aterrada abandonaba 
el palacio. 

La camarista habiendo notado que ha- 
bia una luz en la pieza de tocador, se acer- 
có alli y vio sobre una silla el vestidu ne- 
gro que acababa de quitarse la Gibosa , y 
á pocos pasos abierta y vacía la pequeña 
y vieja maleta en donde aquella habia te- 
nido guardados hasta entonces sus pobres 
vestidos. 

El corazón de Florina se quebrantó al 
hacer este descubrimiento. Corrió hacia el 
buró, y el des(>rden de los cajones, el bi- 
llete de los quinientos francos que estaba 
al lado de los dos renglones escritos para 
la señorita de Cardoville, todo le probaba 
que su obediencia á las órdenes de Uodin 
habia producido funestos resultados, y que 
la Gibosa habia abandonado parasicfnpru 
aquella casa. 

Florina reconociendo la inutilidad do su 
tardía resolución, se resignó, suspirando, 
á remitir el manuscrito á Rodin , y obli- 
gada por la fatalidad de su miserable po- 
sición á consolarse del mal por el mal mis- 
Tno, se dijo á si misma , que al menos su 
traición iba i sor meóos perjudicial por la 
ausencia de la Gibosa. 



Dos dias después de estos aconteci- 
mientos recibió Adriana la siguiente con- 
testación de Kodin , en respuesta é una 
carta que le habia escrito, para partici- 
parle la inesplicable desaparición de la 
(i ¡bota. 



2^2 



« Mi querida señorita: 

«Viéndome precisado á pariiresla ma- 
juana misma para la fábrica dellionr:4do 
«Mr. Ilardy, á donde nie llama un acon- 
« tecimiento muy grave, me es imposible 
«ir á presentaros mis humildes servicio». 
« Me preguntáis que es. lo que del)e peo- 
« sarse respecto á la desaparición de esta 
« pobre muchacha y en verdad que no sé 
«que deciros.... El tiempo lo espllcará 
« todo sin perju'licarlá á ella... Kstoy se- 

Ik guro de (|ue asi será solamente de- 

« bo haceros recordar !o que os dije en 
«casa del doctor Baleinier, respecto á 
«cierta sociedad y á los emisarios secretos 
« de que peí fijamente sabe rodeará todas 
« aquellas personas á quienes tiene algún 
« interés en espiar. 

« Yo no inculpo á nadie; pero recordemos 
« simplemente los hechos. Está pobre jó- 
* ven me ha acusado... y vos sabéis que 
« no tenéis un servidor mas leal.... Klla 
«no poseía nada..... y sin embargo se le 
« han encontrado en su l<uró quinientos 
«francos. 

« Vos la habéis colmado de beneficios... 
«y ella ha abandonado vuestra casa sin 
« atreverse á esplicar la causa de su inca- 
« lifioable fuga. 

«Yo no tallo, mi querida señorita i.. 
« Me repugna siempre acusar sin prue- 
« bas... pero reflexionad sobre estesuceso 
« y vivid alerta. Acaso acabáis de salir por 
« este medio de un grave peligro. Kedo- 
« blad vuestra circunspección y vuestra 
« desconfianza. Esta es á lo menos la opi- 
« nion y este es el consejo que os da vues- 
k i.ro humilde y sumiso servidor; » 

lio DIN. 

CAPÍTÍJLOXIV. 

LA CITA DE LOS LOBOS. 

En el miimno día, que era domingo, 
en que la seiiorita de Cardeville habia re- 
cibido la carta de ]lodin relativa á la fuga 
de la Gibosa , habia en una de las taber- 



inas ó figones del pueblec ito de Villiew!, ph)- 
iximo á la fábrica del MV. lïardy óoi 
■hombres que sentados á una mesa con- 
;ver-;aban y bubian. 

■ Este pueblecito estaba generalmente ha^ 
Ibitado por canteros y por picapedreros 
empleados- en la esplotaíion de las cante- 
ras que habia por aquellos alrededores; 
El trabajo de éstas gentes era diiro y pe- 
noso y de los que menosjornalpi^f)oi"cftíi 
naban entre lodos los de los artesanos. Àst' 
lo liabia manifestado Agricol á la Gibosa; 
estshlt'cicnda una comparación rlesfavora- 
ihle pafa estos; entre su suerte siempre 
rhiserable, y la comodidad y rriediania ca- 
si increinles de qiie gozaban los trabaja- 
dores del Mr. Hardy j gracias á SU inte- 
ligente y generosa dif-eccion, asi como á 
los principios de asociación y mancomuni- 
dad que el mismo fabricante había esta- 
blecido entre sus dependientes. 

La desgracia y la ignorancia son catira 
siempre de gravísimos males: la desgra- 
cia p irgue se irrita con facilidad; y la ig- 
norancia, porque cede frecueriíeméute á 
los consejos perfil! )S. Por espacio de mu- 
cho {iemjjo lá fülitidad de los obreros dé 
Mr. Hardy habia sido naturalmente en- 
vidiada; pero no mirada con rencor; sin 
fembargo, desde que los ocultos enemigoá 



del fabricante, in«il¡gad.^s por el señor 
Tripeaud, que era su rival, tuvieron in- 
terés en que este pacífico estado de co&aS 
cambiara..., cajnbio en é/fíctp. 

Con una sagacidad y una conslancíá 
diabólica se logró encender las malas pa- 
siones; por utedio de emisarios elegidas 
se instigó á algunos canteros y picapedre- 
ros de las cercanías cuya mala conducta 
habia agravaJj su miseria. Nolabjemenlé 
conocidos por su espíritu turbulento, enér- 
gico y atrevido, estos hombres podiaií 
ejercer una influencia peligrosa sobre fa 
mayoría de sus compañeros pacíficos ^ \à-> 



Ait lai 

liorîosos y iionraitus, pero fácüos do inti- 
iiiítiar por la violonria. 

A fstos inslrijiiu'iil'ts «le discordia ir- 
titad-'S ya p-tr la dt'-i;raria . ?e les cXiíj^c- 
r*^ la ffliridiíil <ft' ipn' ^nirahaii los Iraba- 
j nlort'S df la fáhrica drl Mt. Ilárdy , y 
se logró escitar eii tilos una rabiosa en 
vidia. 

Todavía se pasó mas adelante: los iii- 
reiidiarins sermones del clórigo, individuo 
de la congregarion y venido cspresamen- 
le de París para predicar, durante la ciia- 
reSiTia contra el !\fr. Hardy, obraron con 
mucha actividad en los ánimos delasmu- 
gcres de estos Irahajadon-s , (|ne en tanto 
que sus maridos concurrían á \ù taberna 
Bsístian ellas al sermon. Aprovechando el 
crecido temor que la aprocsimacion del 
cólera inspiraba, entonces se procuró ater- 
rar aquellas imaginaciones débiles y cré- 
dulas mostríndoles la fábrica deMr.Har 
dy como un centro de vicios y de conde- 
nación capaz de atraer la venganza del 
cielo, y por consiguiente la plaga venga- 
d'ra sobre el canton. Los hombres pro- 
fundamente irritados ya por la envidia. 
Se Veían incesantemente escitados por sus 
mugeres que ecsaltadas por las predica- 
ciones del clérigo maldecían áipjtl mon- 
tón de ateos que podían atraer tantas 
desgracias sobre el país. Algunos sugetos 
perversos (|ue pertenecían á los talleres 
de Mr. Trípeaud , y pagados á prepósito 
por él (ya hemos dicho el interés que el 
honrado fabricante tenia en la ruina de 
Mr. Hdrdy) contribuyeron á aumentar la 
irritación general y á colmar la medida , 
promoviendo una de esas terribles dispu- 
las de companerísmo icompmjnonage) que 
en nuestra época han hecho correr la san- 
gre tantas veces. 

Un número considerable de obreros de 
Mr. Hardy antes de entrar en su fábVica 
habían pertenecido á uiu de estas socie- 
dades conocida con el nombre de los De- 



'M 



voraihrei, mimlras que muchos canteros 
y picapedreros de las cercanías perfene- 
cian á la sociedad llamada de los ImIios. 
V.i\ loduS tiempos han ecsístido frecuen- 
temente rivalidades iiiqjlacables entre los 
Lf'büs y los Devoradores, rivalidades que 
lian produciilo luchas terribles y sangrien- 
tas tanto mas tieplorables cuanto (jue la 
ínslilucíon do riimpañerismoes bajo otros 
puntos de vista ima institución escelente 
estando basada sobre el principio tan fe- 
cundo y tan poderoso de la asociación. 
Pero en lugar de abrazar todos los cuer- 
poí del estado en (uia union fraternal, el 
cumpañerisíiio se fracciuna en sociedades 
colectivas y ílislinlas cuyas rivalidades pro- 
ducen encarnizadas colisiones. 

Desde ocho días antes los Lobos escita- 
dos por tantas y tan diferentes intrigas 
ardían ya en el deseo de encontrar una 
ocasión y un pretesto para venir á las ma- 
nos con los Devoradores; pero como estos 
no frecuentaban las tal>ernas ni salían eil 
toda la semana de la fábrica, había que- 
dado burlado a(|uel deseo, y los Lobos 
se vieron obligados á esperar al domingo 
con una impaciencia terrible. 

Preciso es confesar que un número con- 
siderable de canteros ó picapedreros, gen- 
tes pacíficas y buenos trabajadores, aun- 
que también pertenecian á la sociidad de 
los Lobos, se habían negado á tomar par- 
te en aquella manifestación hostil contra 
los Devoradores de lafábríea de Mr. Har- 
dy... y los agentes secretos habían tenido 
que recluter muchos vagos y holgazanes 
de los arrabales que á la noticia de tu- 
multo y de desorden se habían alistadocon 
gusto bajo la bandera de los Lobos bata- 
lladores. 

Tal era la sorda fermentación que aji- 
taba el puebletito de Víllíers, en tanto 
que Ids dos hombres dé que hemos ha- 
blado, se hallaban sentados mano á mano 
en la taberna. 
69* 



S7l ALBUM. 

Estos hombres habían pedido un cuar- 
to para estar solos. 

El uno de ellos era jóvon y estaba bien 
vestido: pero su desabotonamiento , su 
corbata arrugada y desanudada, su cami* 
sa manchada de \¡no, el desorden de sus 
cabellos, sus facciones decaídas, la pali- 
dez de su rostro y lo ensangrentado de 
sus ojos, anunciaban claramente que la 
noche que había precedido á esta maña- 
na, había sido una noche de orgía; mien- 
tras que su ceño brusco y torpe , su voz 
ronca y su mirada brillante unas veces y 
estúpida otras, demostraban que á los úl- 
timos vapores de la embriaguez déla vís- 
pera, se juntaban los primeros síntomas 
de una nueva borrachera. 

El compañero de este joven le dijo to- 
cando su vaso con el que aquel tenia en 
la mano: 

— A vuestra salud, amigo mío. 

— A la vuestra, respondió el joven, á 
pesar de que me causais el mismo efecto 
que si fuerais el diablo.... 

— Î Yo.... el diablo.... 1 

—Sí. 

— ¿Y porqué? 

— ¿De qué me conocéis á mí? 

— ¿Os pesa haberme conocido? 

— ¿Quién os había dicho que yo estaba 
preso en la cárcel de Santa Pelagía? 

— Os he sacado yo de la prisión. 

— ¿Pero por qué me habéis sacado?^ 

— Porque tengo buen corazón. 

— Vos me amáis tal vez.... como el 
carnicero ama á la res que trae al mata- 
dero para degollarla. 

— ¿Estais loco? 

—No se pagan diez mil francos sin 
Ihvar en ello algún objeto. 
— Y yo tengo un objeto. 



sado la última. Buen vino, buena cena, 
muchachas hermosas y cancionesalegres,,. 
¿es mal oficio este? 

Después de haber guardado silencio por 
un momento el joven y sin responder á 
esta pregunta y dijo tomando un aire som- 
brío: 

— ¿Porqué el dia antes de mi salida de 
la cárcel, pusisteis por condición de mi 
libertad, que había yo de escribir á mi 
querida, diciéndula que noqueriar volver á 
verla? ¿Por qué me exigisteis que os en- 
tregase á vos mismo esta carta? 

— ¡Suspiraisl.... ¿Pensais todavía en 
ella? 

— Sí siempre. 

— Hacéis mal vuestra querida está 

ya lejos de Paris á la hora de esta Yo 

la vi subir en la diligencia antes de ir á 
buscaros á Santa Pelagia. 

— Sí... yo me ahogaba en aquella pri- 
sión, y á trueque de salir de ella, hubiera 
vendido mi alma al demonio. Sin duda 
vos lo habéis sabido y os habéis prcsesj- 
tado á recoger el fruto, sino que en lugar 
de mí alma me habéis arrancado á Ce- 

físa jPobre reina Bacanal!... ¿Y con 

qué objeto?... ¡Con mil diablos! ¿me lo 
diréis al fin? 

— Un hombre que tíet.e una querida 
tan dentro del corazón como vos teníais 
la vuestra, no es un hombre... y cuando 
llega el caso, le falta el valor. 
— ¿Qué caso? 
— Bebamos. 

— Me vais haciendo beber ya dema- 
siado aguardiente. 

— iBahl... De poco os quejáis mi- 
radme á mí como bebo. 

— Eso es lo que me aterra... y me pa- 
rece diabólico Una botella entera de 



— Un compañero de buen humor que 
gaste alegremente el dinero sin trabajar 
y que pase todas las noches como ha pa- 



¿Cuál? ¿Qué queréis hacer de mi? aguardiente ni siquiera osjhace pestañear. 



Tenéis un estómago de hierro y una ca- 
beza de mármol. 
— Es que yo he viajado mucho tiempo 



for la Rusia , y afli se bebe para calen - 
larse. 

— Aqui se bobo para abrasarse... Bue- 
no Bobamos pero que »ea vino. 

— jOué vino!..- Kslamos biienos, el 
vino es bueno para los niños: el aguar- 
diente para los hi>ml)res ooino nosotros. 

— Pues bebamos aguardiente Esto 

abraca la calieza se me arJe Me 

quema tanto, que me hace ver las llama» 
del infierno. 

— jViveDiosJ que asi es connoyo quie 
To veros. 

— Hace poco.,, me decíais qtie estando 
yo tan enamorado de mi q^ierida, «lande 
alegara el caso me faltaría el valor; ¿de 
<]ué caso nve qui riais hablar? 

— Btíbamos 

— Aguardad un momento ¿sabéis, 

«amarada, que yo no soy tan tonto, y 
que en vuestras medias palabras creo ha- 
ber adivinado alguna cosa? 

— Vamos á ver- 

— Vos sabiais (jue yo he sido obrero, 
<|iie conocía á muchos comparleros, que 
soy un buen muchacho, y que me «pre- 
cian por lo mismo; y habéis querido sin 
duda serviros de uú como de un reclamo 
para cazar á otros. 

— ¿Y qué maa? 

— Vos debéis ser algún agente de mo- 
tiles algún comisionado para las re- 
beliones. 

— Adelante. 

— V viajáis de una partea otra con ins- 
trucciones de alguna sociedad anónima que 
se ocupa de alguna rebelión. 

— ¿Sois por ventura cobarde? 

— ¡Yo!... también he tirado algunos 
balazos en Julio y de firme. 

— ¿Y os batiríais alguna vez todavía? 

—Tanto da un fuego de artificio como 

otro por ejemplo, hay algo mas de 

agradable que de útil en las revolu- 
ciones, porque todo lo que yo he sacado 



S75 

de las barricadas de Ion tres dias , ha sido 
quemarme los pantalones y perder la cha- 
queta... . ^Kf feneiü lo que el pueblo ha 

ganado en mi persona cantando el En 

avant marchom. 

— ¿Conocéis muchos trabajadores de la 
fábrica de Mr. Hardy? 

— jOia ! i Es para esto para lo que me 
habéis traído aquí? 

— Sí y pronto os encontrareis aqui 

con muchos de estos obreros. 

— ¡Qué !... 1 los camaradas que traba- 
jas en la fábrica de Mr. Hardy volverán 
á morder el cartucho!... Son demasiado 

afortunados para esv Me pare oe que 

os equivocáis 

— Pronto deben venir aqui. 

— jEllosl... jY siendo tan afortuna- 
dos!... iQué tienen que reclamar para si? 

— ¿Y sus hermanos? ¿Y todos esos que 
no teniendo un amo tan bueno se mue- 
ren de hambre y de miseria, y ios llaman 
para que vengan á reunirse con ellos?... 
¿Creéis que los obreros de Mr. Hardy se 
mostrarán sordos á este llamamiento? 
Mr. Hardy es una escepcion de su das»-; 
que el pueblo se decida y dó una embes- 
tida vigorosa, y la escepcion se convertirá 
en regla general , y todo el mundo que- 
dará contento. 

— ¿Sabéis que me parece que hay »'(to 
de verdad en vuestras palabras? Sola- 
mente que es necesario que la embestida 
que dé el pueblo sea vigorosa y acertada 
para convertir en hombre de bien á ese 
avaro baron Tripeaud que es la causa d« 

que yo me halle en este estado Estoy 

por decir que esto no puede conseguirse 
sin acabar con ese títere 

— Los obreros de Mr. Hardy van á ve- 
nir : vos sois sti camarada y como no te- 
neis ningún interés en engañarlos, os cree- 
rá.... pues bien , unios á mí para acabar 
de decidir — 

— ¿ A qué? 



2?6 



A .Bélt) 



— A salir de esa fábrica en donde se van 
afeminando y donde el egoismo los encier- 
ra sin di'jarles pensar en sus hermanos... 

— Prro si abandonan la fábrica, ¿deque 
Van á vivir? 

— Ya se proveerá á esa necesidad....*, 
hasta que llegue el dia grande. 

— Y hasta entonces ¿que se handelia- 
cer? 

— Lo que vos habéis hecho esta noche. 
Beber, gozar y cantar, y después por único 
trabajo ac jstuinbrarse al manejo de las ar- 
mas. 

— ¿Y quien va á hacer venir aqui áesos 
obreros? 

— Ya se les ha hablado y se ha hecho 
que lleguen á sus manos escritos en que 
se les reconviene por la indiferencia que 
muestran hacia la suerte de sus ramara- 
da«.... Vamos ¿me apoyartMs vos? 

— Yo os apoyaré.... tanto mas cuanto 
que empiezo á poder sostenerme con difi- 
cultad.... Yo no tenia en el mundo mas 
que á Cefisa.,.. Conozco que estoy en una 

pendiente peligrosa Vos me empujáis 

por ella... Rodemos pues.... Ir al infierno 
<le un modo ú otro, se me da lo mismo*.. 
Bebamos.... 

— Bebamos, pensando en la orgía de 
la noche prócsima.... la de la anterior no 
ha sido mas que una orgía de novicio. 

— ¿De (]ue materia sois vo»? porque yo 
os miraba y ni un instante os he visto ni 
colorearos, ni sonreír, ni recibir la mas 
pequeña impresión.... Estabais a!Ii plan- 
tado como un hombre de hierro. 

— Es que no tengo ya quince años y se 
necesitan otras cosas para baeer me reír... 
p«ro esta noche.... yo me reiré. 

*— No sé si consiste en el aguardien- 
te,... pero el diablo me lleve si no me 
aterráis al oíros decir que esta noche os 
reiréis. 

Y al decir estoelJÓTetí, «e levantin tam- 
baleándose porque comenzaba ya á estar 
nuevamente borracho. 



En aquel momento Ilanlal-oh á ia ptiertá; 

— Adentro, dijo el compañero del jóvert 
al oír que llamaban á la puerta. 

El dueño de la casa entró. 

— ¿Que se os ofrece? 

— Abajo hay un joven que dice lla- 
marse Olivier , y pregunta por el señor' 
Morok. 

— Yo soy, decid á ese jóVen que suba» 

El dueño do la casa se retit-d; 

— Es uno de los nuestros; pero vieílé'" 
soloi dijo Morck, ccjyo severo aspecto 
aiiiiiiciaba disgusto. Solo!... Es cosa que 
me admira, esperaba á otros nïuchos cort 
él*... ¿Le conocéis vos? 

—¿A Olivier?..*. Sí, uno rubio se 

me parece*... 

-^Ahora lo veremos.... ya está aquí. 

En efecto, un ¡oven con iina fisonomía 
franca, atrevida é inteligente, entró en el 
gabinete en aquel momento* 

— ¡Ca!l,i!*.. ¡Duerme-en-Cueros! esclà- 
mó iil ver al convidado de Morok. 

-«Sí, mírame, yo soy.... hace ya un si- 
glo que no nos vemos. 

— ¡Cosa muy sencilla I amigo mío 

;Coii)0 no trabajamos ya en el mismo ta- 
ller í 

— Pero, venís solo? le preguntó Mo- 
rok. Y luego señalando hacia Duerme-en- 
Cueros, añadió: 

— Se puede hablar libremente delante 
de él...v es (Je ¡os nuestros. ¿Pero comoes 
que venís solo? 

— Vengo solo , pero vengo en nombre 
de mis camaradas. 

— ^¡ Ola 1 dijo Morok con una esclama- 
cion de alegría , ¿con que consienten?...; 

— Se niegan redondafnente.... y yo con 
ellos. 

— [Como es eso, vive Dios!... Se nie- 
gan Tan poca cabeza tienen que quie- 
ren parecer m ugeres! ésclarrió Morok apre- 
tando los dientes de rabia. 

— Escuchadme, dijo íriamenle Oliviery 



»»B>?K, 



2^ 



Hornos rec'il»i(li> viií^>lr8s cartiis, fiemos 
viílo á vuestro agente, pos hemos rerrio- 
udo (ie i]ue e>tá afilisíli> en sorie(1a>les >"e 
rt'ot.is en que nnsolrts r<>nLH"enK>s nituliON 
miembros. 

— Y Itien, en tse caso ¿por (jMé íllii- 
b("ai>?... 

— Kn prinuT lugar no leñemos niiipu- 
tia pnicba de qne esas soricdndt'S estén 
tli<¡Mie>las y preparadas para un movi- 
miento. 

— Yo os lo a'^egnro. 

' — El... loasegdra... si señor, dijo Drjer- 

iiie-cn-CueriiS, y yo lo afirníO.... En 

uvanl marchons 

— liion, pero no basta eso, replicó O'i- 
vier; y ademas herros reflexionado.... Kl 
taller f)a estado dividido por espacio de 
ocho dias, ia discusión fué todavía ayer 
acalorada; pero esta mañana el s^-ñor Si- 
mon nos lia llamado y reunido, lumos 
hablado delante de ól y lia acabad<3 por 
convi-ncernos.... Kslamos dispuestos á es- 
perar... Si el mov¡mientoeslalIa...enlon- 
i;es veremos. 

— ¿ Ks esa vuestra última resolución? 

— tsta es nuestra contestación defini- 
tiva. 

— Silencio , esclamó repentinamente 
Duerme-en-ctieros , aplicando el oido y 
balanceándose subresus trémulas rodillas. 
Se me ligura que oigo, asía lo lejos, gritos 
de mucha gente. 

Kn efecto, entonce* comenzó á sentirse 
un rumor sordo y K-jano al principo, qUe 
fué creciendo poco á poco hasta llegar á 
hacerse formidable. 

— ¿Qué es eso? dijo Olivier sorpri n 
dido. 

— Ahora me acuerdo, dijo Morok.son- 
riéndo^e con aire siniestro, de (jue el ta- 
htrnero me ha dicho al entrar, que ha- 
bía en la población una fermentación 1er 
rible contra la fábrica. Si vos y vuestros 
camaradas os hubierais separado de los 



demás Iralüijadores de la fábrica como yo 
In esperaba . eos que comierízun á gritar 
hiihierftn estado en \ue>lro favor... mlu- 
g.ir de e^tar en contra. 

-^(^oíujiie evlo cita era un lazo armado 
á los trabajadores de Mi. Hardy para lan- 
zar á lo» unos cmlra los otros! esclámó 
Olivier; y espera|)ais (jiie nosotros hubié- 
rauíiis hi (lio c;¡us.i coniun con esa gente 
á (jue se ha isciiiido cunira la fábrica y 
que.... 

F.|j;»ven n-í pudo continuar. Una es- 
plosion ti-rribíf de veces, de gritos, y de 
«lívidos e>treme(i(^ la pieza. 

Fn el misn:) instante se al)rió repenti- 
namente la puerta, y se pn-ripito dentro 
el tabernero pálido y temblando. 

— Señores.... ¿Hay entre vosotros al- 
guno qne pertenezca á la fábrica de Mr. 
Hnrdy? 

— Yo dijo Olivier. 

— Pues en ese caso estais perdido 

Ahi están los Lobos que lleiian en masa, 
gritando que aípii hay Devoradores de la 
fabrica de Mr. Hardy, y que ellos los pro*- 
voean á l>atallar.... á menos que renie- 
guen de la fábrica y pasen á colocarse en 
sus filas. 

•^No hay duda.... esto era un lato.... 
esclamó Olivier mirando á MlTi k y á 
Duerme- en-Cutros con aire amenazador; 
se esperaba comprometernos i'e esta ma- 
nera, si nosotros nos hubiéramos presen- 
tado aqui. 

— ¡Un lazol ¡yo! Olivier, 

dijo l)uerme-cn-Cueros tartamuileaiido. 
Nunca. 

— (íuerra á los DevoraJorca , 6 que se 
vengan con los Lobos, gritó á una voz la 
irritada multitud que parecía invadir ya 
la casa. 

— N'enid... K>clamó el tabernero. Ysin 
dar á OIívÍít tiem[)o para que le respondie- 
se, locojiódel brazo y abriendo una vcnfana 
que caía al tejado du uii cobertizo no mu 

70* 



278 ILBVM 

alto le dijo: Salvaos por alií, ganando el 
campo libre.... No hay que perder un 
momento.... 

Y como si el joven titubease, el taber- 
nero añadió aterrado: 

— Solo, contra doscientos ¿(¡«ló queréis 
hacer? Aguardad un momento mas y sois 
perdido.... ¿No los ois?... Ya están en- 
trando por el portal.... Ya suben la es- 
calera. 

En efecto , las voces , los gritos y los 
silvidos crecían con terrible violencia ; la 
escalera de madera que conduela al piso 
principal del ediGcio , se conmovía bajo 
los pasos precipitados de muchas personas , 
y se ola prócsimo y furioso el siguiente 
grito : 

— Guerra á los Devoradores, 
— Sálvate, Olivier, esclamó Duerme- 
en-Cueros, casi vuelto en su razón por 
la inminencia del peligro. 

No bien acababa de pronunciar estas 
palabras, cuando la puerta de la gran sala 
que precedía al gabinete en que se halla- 
ban los personajes de la escena anterior, 
se abrió con estrépito espantoso. 

— ¡Ahí están!.... dijo el tabernerojim- 
tando las manos con una terrible espresion 
de pavor. 

En seguida , corriendo hacia donde es- 
taba Olivier, lanzó, por decirlo asi, por 
la ventana á éste, que apoyando sobre 
ella una pierna titubeaba aun, acerca de 
si debía escaparse. 

Cerrada ya la ventana , el tabernero 
volvió hacia donde estaba Morok, en el 
instante mismo en que éste se salía del 
gabinete á la gran sala en donde los gefes 
de los Lobos acababan de hacer su irrup- 
ción, mientras que sus compañeros vocife- 
raban desaforadamente en la escalera y 
en el portal. 

Ocho ó diez de estos insensatos que, 
sin saberlo ellos mismos , se les lanzaba á 
semejantes escenas de desorden, se ha- 



blan precipitado los primeros «n la sala, 
con las facciones animadas por el vino y 
por la cólera, y trayendo la mayor parte 
de ellos largos y gruesos bastones. * 

Un cantero de una talla y de unas fuer- 
zas hercúleas, que traía atado á la cabeza 
un pañuelo encarnado, cuyas puntas flo- 
taban sobre sus espaldas, vestido mise- 
rablemente con calzones bastante usados, 
blandía una enorme y pecada barra de 
hierro, y parecía dirigir é! el movimiento, 
con losojosencendidusy la lisonomía ame- 
nazadora y feroz, se dirigía resueltamente 
hacia el gabinete como queriendo recha- 
zar á Moruk , y csclamando con una voz 
de trueno: 

— ¿En dónde están los Devoradores?... 
Los Lobos quieren comérselos. 

El tabernero se apresuró á abrir de par 
en par la puerta del gabinete, diciendo: 

— No hay nadie amigos míos 

no hay nadie ya lo veis. 

— Es verdad, dijo el cantero sorpren- 
dido, después de haber dado una ojeada 
por la habitación. ¿En dónde están '^... 
Nos habían dicho que aquí debía haber 
una quincena de ellos?... y si los hubié- 
ramos encontrado, ó hubieran ido con no- 
sotros contra la fábrica, ó hubiéramos te- 
nido batalla.... y \os Lobos hubieran mor- 
dido. 

— Si no han venido, añadió otro, ellos 
vendrán. Es preciso aguardarlos. 

— Sí sí esperémoslos. 

— Los veremos de cerca. 

— Supuesto que los Lotos quieren verá 
los Devoradores, dijo Morok, ¿por qué no 
van á ahullar á los alrededores de la fá- 
brica de esos impíos y de esos ateos? A 
los primeros ahullidos délos ¿otos saldrán 
los Devoradores y habrá batalla. 

— Y habrá batalla, repitió maqui- 

nalmente Duerme en-Cueros. 

— A no ser que los Lobos tengan miedo 
á los Devoradores f añadió Moruk. 



ALBUM. 



.79 



— Pues tú que hablas de miedo Uí 

mismo vas a venir con nosotros, y con 
eso verás como nos portamos on el lance; 
esclamó el formidable cantero adelantán- 
dose hacia Morrk. 

Y un número considerable de voces, se 
juntaron á la del cantero diriendo: 

— ¿Los Lobos, tener miedo de los üe 
voradores ? 

— Esa seria la primera vez. 

— Ala batalla, á la batalla y acabemos 
pronto 

— Esto no se puede sufrir.... ¿Por qm^ 
hemos de vivir nosotros en tanta miseria, 
y ellos en tanta fortuna? 

— Ellos han dichoque los canteros eran 
unos bárbaros muy a propr>silo para dar 
TUeltas á esos asadores de rel(íj cuyo oíi 
ció desempt-ñiin los perros, djo uno df 
los agentes del baron Tripeaud. 

— Y que habían de hacer casquetes con 
la piel de los Lobos, añadió otro. 

— Ni ellos ni sus familias van nunca á 
misa. Son paganos... son vi-rdaderos per- 
ros paganos, griU) un emisario del predi- 
cador. 

— Por lo que toca -i ellos enhorabuena 
que hagan loque quieran los domingos;... 
prro sus mugeres, y por qué no lian di- 
ir á misa?... Esto pide venganza. 

— Por eso el señor cura ha dicho que 
esta fábrica seria capaz por sus abomina- 
ciones de atraer el cólera sobre el pais... 

— Es verdad asi lo ha diclio el pre- 
dicador. 

— Nuestras mugeres lo han oído. 

— Sí sí: abajo los Decoradoren que 

quieren atraer el colera sobre el pais. 

— ¡Guerra, guerra! gritaron todos en 
coro. 

— A la fabrica pues, mis valientes Lo- 
boK, esclamó Moruk con una \oz estentó- 
rea , ¡ á la fábrica 1 

— Sí á la fábrica, á la fábrica. 

Repitió la multitud pateando violenta- 



mente en el suelo, por(iue poro á poco 
habían ido subiendo y apiñándose en la 
sala grande ó en la escalera cuantos ha- 
bían podido. 

Estos gritos furiosos hicieron volver en 
sí momentáneamente á I)uerme-en-Cue- 
ros, el cual dijo por lo bajo á Morok. 

— F'ero ¿(juerí'is (|ije liaya una carni- 
cería?... En ese caso no contéis conmigo. 

— Nosotros tendremos tiempo para avi- 
sar á la fabrica.... los dejaremos en el ca- 
mino, le contestó Morok; y luego din- 
giómlose al tabernero que estaba sobre- 
saltailo por aquella escena, le dijo: 

— Traíd aguardiente para (¡iie poda- 
mos beber á la salud de los valientts Lo- 
bos.... Traed aguardiente.... yo pago. 

Y al decir esto arrojó algunas monedas 
al t.ibcrnero que desapareció y volviiunuy 
pronto á entrar en la sala con muchas 
botellas de aguardiente y algunos vasos. 

— ¡Qué!.... ¡ .\ fuera vasos! esclann» 
Morok. Estos camaradas y yo no necesi- 
tamos vasos para beber y en seguida 

arrancó el tapón de una botella, se pu>o 
la boca de esta en sus labios, y la pasó al 
gigantesco cantero, después de haber be- 
bido él. 

— Corriente, dijo el cantero, j buen pro- 
vecho! ¡Capón se vea el que atrás se vuel- 
va ! Esto va á aguzar perfectamente los 
dientes de los Lulos. 

— Vosotros, cantaradas; dijo Morok 
distribuyendo las botellas entre la multi- 
tud. 

— Al fin vendrá á haber sangre, mur- 
muró Duerme-en-t^ueros, (|ue á pesar de 
su estado de embriaguez comprendía muy 
bien todo el peligro de aquellas funestas 

escilaciones. 

En efecto, bien pronto aquella nume- 
rosa reunion salió de la taberna para cor- 
rer en masa hacia la fábrica de Mr. Hardy. 

Los trabajadores y vecinos del pueblo 
que no habían querido tomar parte en 



280 ALRV» 

aqtiel movimsento de hostilidad ( y ora el 
número mayor) no se presentaron cuando 
la amenazadora tropa atravesó la calN- 
principal; pero si se dejaron ver muclia> 
miJgeres que fanatizadas por los sermones 
del predicador, animaban y escilaltan con 
sus gritos á la tropa militante. 

A la cabeza de esta oatninaba el gigan- 
tesco cantero blandiendo su formniable 
barra y detrás de él mezclados confusa- 
mente Ijs unos con los otros; y armados 
e.>tos de ba-tones, y aquellos de piedras, 
seguía el grueso de la tropa cuyos cere- 
l)ros exaltados por las recientes litiacionrs 
de aguardiente babian llegado á un esta- 
do de efervescencia espantosa. Las fis)- 
notnías se mostraban eoc.irnizadas, infla 
madas y amenazadoras. Este desencade- 
namiento de las peores pasiones hacia pre- 
sentir deplorables consecuencias. 

Agarrados del brazo y de cuatro ó de 
cinco en cinco de frente se escitaban mu- 
tuamente los Lobos con sus canci<jnL'S df 



íiuerra repetidas con una exalíacion íri- 

deíinible cuya última copla era la siguiente^ 

\delanfe, adelante. Avancemos, 

Nuestros brazos robustos girando. 

La paciencia nos van ya acabando. 

¡ Ka pues! á su vista lleguemos, f^ vecen.) 

Hijo- s(mi()S de un rey de alta gloria (1): 

■^i sil brillo (jueremos guardar. 

Hoy sepamos morir ó triunfar 

¡ La muertel.... la muerte ó la victoria 

De Salonioíi e>tirpe generosa 

Un noble esfuerzo hagamos 
Ha¡^¿nios!o y triunfamos. 



Morok y Duerme en Cueros desapa- 
recieron, en tanto que la tropa en tumulto 
saiui (Je la taberna para dirigirse á la fá- 
btjcii. 



(1) Los Lo/jo.í, entre otros, harén re- 
montar la in>!ituc¡on de su compañerismo 
ha<¡aelrey Salomón. (Ví'ase para ot)fener 
ma- dt^tailes, la curiosa obra de Mr» Agri- 
«•■oi í\'rdiguier,dela otial hemos estraclado 
esla canción guerrera). 



Sz^aiBHB 



li\ FAUKiCA. 



-«»*»-«-®©€-o- 



XV. 

LA CASA COMÚN. 

F,n tanto que los Lobos se preparaban 
como acabamos de decir para una agresión 
salvage contra los Devorartores,Ti'\nabai en 
la fábrica de Mr. Hirdy en este dií una 
alegre fiesta muy en arm )nía con la seré 
nidad del cielo. 

Las nueve de la mañana acababan de 
dar en el reloj déla ca^a común dolos tra- 
bajadores, separada de los talleres por un 
espacioso paseo plantado de árboles, lí! 
soi tpie salia, inundaba ccm sus rayos es- 
ta masa imponente de ediíicios situados á 
una legua de Paris, en una posición tan 
risueña como saludable, desde la cual se 



desrubrian los ,colhdoíi pintorescos y lle- 
nos de arboles que por esta parte domi- 
nan á la grín ciudad. 

Ks impositile enc(»ntrar un aspecto nías 
sencillo y mas alegre que la casa común 
de lo-í obreros, su tejado cubierto con te-' 
jas encarnadas , se avanzaba mas allá de 
las paredes blancas y cortadas en diferen- 
tes puntos por anchas hileras de piedra 
que contrastaban agradablemente con el 
ctdor verde de las per.>ianas de los dos pi- 
sos principal y segundo. Estas dos habila- 
cioni's que daban al Mediodía y al Levan- 
te , estaban rodeadas de un va>to jardin 
como de diez yugadas {arpensj , con d fe- 
reiites separaciones, formadas por hileras 
de árboles y distribuidas para diferentes 



\)^ànlacii>iu'S. Aillo»; iIh prosoyuir osla des 
Cfipcioo, que parocrrá lai v»-/ alj;iiii laiil. 
propia de* iMi nieiito d • liadas, drbojnns- 
decir et) f)riint'r lii::;ir, que la;. inaravillaM 
>ÍH que vanms á lidltlar, iki dibfii mt c >ii 
Mdcradas C'iiiiü iil.qiias ni coin) sUciVis. 
Njda de esii, al cuulrjriii: luda liay iiia^ 
positivo, y diiniius coinpiacemus eu aprv 
turarnos á decirlo y á probarlo ( i'n o."«lo> 
tiempos una aririiiaoinii de esta es[)ecir 
dar.i sin;;i|lar(iuhle peso ó inleró> á la re- 
lacir>n). Kslas iiiaravill.fs erai» el rcsiilladi. 
de uuacsctlctile e^pecuiuion, y en resúineii 
representaba un pruJurlu I «h lucrativu ro- 
ui a seguro. 

líiiipreii'ler una cosa útil, provechosa y 
eraiide. dotar á un míiiuTo Cünsiderab e 
lie criaturas hunianas, do un bieiusiar 
dea!, si se compara su suerte c »n la ter- 
rible y casi homicida á la que otras mu- 
chas se ven condenadas; instruirlas, en- 
nob'eoorlas á sus propios ojos , hacerlas 
[»ri'fi nr á los gro^eros placeres de la ta 
berna, ó por mejor decir, á esa< fiifie>ta> 
I iiihriiiüueces que estos desgraciados b.is- 
ean allí falalnieiite diiHO para librarse de 
la co:i\iceion que sobie ellos pesa de su 
deplorable destino; hacerles preferir los 
placeres intelectuales y el descanso de las 
artes; moralizir.eii una palabra, al honi 
brepor la friicidad, y en fin. graciada ima 
gi'nerosa iniciativa , á un ejemplo de una 
práctica fácil, tomar uo lugar entre los 
bienhechures de la humanidad, y íiacer al 
mismo tiempo , pt^r de cilio a>í, un buen 
negocio y inuij seguro... esto parece labii 
Iojo, y Mil embargo, e>te era el secreto de 
las maravillas de que hablamos 



281 



Kntremos ahora en el interior de la fá- 
brica. , • , 

Agricol ignorando tia cruel desaparición 
de la Gibosa, se entregaba á las mas dul- 
ces ilu>iones, pensando en Angela, y a-a- 
baba su Tocador con cierta coquetería pa- 
ra ir á ver á su novia. 



Digamos do-i palaliran acerca de la ha- 
bitación que el herrero ocupaba en la ra- 
sa cmiun, á razón del precio increible- 
• neiite pe(|ueño de xtteiiía y cinco francos 
(I año romo los otros célibiS. 

Ksla habitación situada en el segundo 
jiiso, se cumponia de una buena sala y un 
'.;abinetesituados al Mediodía, y cuyas vis- 
la> daban al jirdin. El entarimado era de 
una niagnirica blaneura; !a cama de hier- 
ro con un geri^oii de paja de maiz y un 
liiien colchón cotí buenas ropas; un quin- 
qué de gas y la copa de un calorífero, da- 
ban según la iiece.>idad lo rejiueria , la luz 
nece^aria y un calor templado á esta pie- 
za, adornada con un vistoso papel de Ter- 
cia y su correspondiente cortinage: una 
cómoda y una mesa de nogal con algunas 
sillas y una peijueila librería, componian 
el mueblaje de la habitación de Agricol; 
y en lin, en el gabinete ijue era espacioso 
) claro, ^e hallaba un almario para en- 
cerrar los Vestidos, una mesa en donde es- 
taban los chismes propios para la limpie- 
za , y una ancha cubeta de zin con una 
canilla , por la cual se sacaba el agua que 
se necesitaba. 

Si se compara esta habitación holgada, 
saludable y cómoda , con la boardilla os- 
cura, fria y mal acotHicionada, por la que 
e>te honrado trabajador pagaba noventa 
francos al año en la casa de su madre y 
desde la cual tenia que andar legua y me- 
dia ó mas cada dia para ir á trabajar, se 
comprend.-rá fácilmente el gran sacrificio 
ijue le costaba su afecto hacia aquella es- 
celeiile miiger. 

Agricol, de pues de haber dado una mi- 
rada de satisfacción sobre su espejo, atu- 
sándole su bigote y su ancha perilla, sa- 
lió de su cuarto para ir á buscar a Ange- 
la en la lencería. Kl corredor que atrave- 
só era anclin, e-talia iluminado por ol te- 
cho y entablado con mucha propiedad. 

A p 'sar de algiiiiosgérmencsde discor-* 
71* 



28-2 AXBUM. 

d¡a, sembrados desde poco tiempo ha por 
los enemigos del Mr. Hardy en la *s>- 
ciacion de los obreros, basta entonces tan 
íntima y tan fraternaimente unidos, se 
oían alegres canciones en casi todos los 
cuartos que daban a! corredor, y Agricol 
al pasar por delante de muciías puerias 
que estaban abiertas dio y recibió los bue- 
nos dias de varios de sus camaradas. El 
herrero bajó ligoramonte la escalera, atra- 
vesó el patio cubierto de yerba y en cuyo 
centro se veían algtinos árboles, del me- 
dio de los cuales saüa una fuente, y Agri- 
col liego mtiy pronto á la otra ala del edi- 
ficio. Allí estaban los talleres, en donde 
una parte de las mugeres y de las hijas 
de los trabajadores asociados que no esta- 
ban empleadas en la fábrica, trabajaban 
en lencería. Esta manufactura unida á la 
enorme economía que resultaba de com- 
prar las telas en grandes partidas, hecha 
directamente en las fábricas por la asocia- 
ción, reduela considerablemente el precio 
de cada artículo. 

Después de haber atravesado el taHer 
de lencería, vasta sala que daba al jar- 
din, tan perfectamente ventilada en el es- 
fío (1) como templada en el invierno, 
Agricol llamó á la puerta de la maii/e de 
Angela. 



(1) Mr. Adolfo Bovierre, en ün Hbro' 
pequeño recientemente publicado (Dd ai- 
re considerado en su relación con la salubri- 
dad. — Former 7 Rue Sainl-Bérwii) entra 
en detalles estreinadamente curiosos y po- 
sitivos sobre la indispensable necesidad de 
la renovación del aire para la conserva- 
ción de la salud. De los esperimentos de 
la ciencia resulta el hecho incontestable, 
de que para que el hombre esté en su 
condición normal nece^itadc seis á diezme- 
iros cúbicos de aire fresco y renovado por 
hora. A reflexionar sobre eiíta consecuen- 
cia-, no puede uno menos de horrorizarse 
cuando se acuerda de esos talleres oscu- 
ros y sin comunicación , en q«e frecuen- 



S¡ decimos algunas palabras acerca fle 
esta habitación situada en el piso princi- 
pal, es porque ofrecía, por decirlo así, una 
especialidad en la asociación, pero siem- 
pre con un precio increíblemente mínimo 
cual era el de cietito veinte y cinco francos 
por año. 

Una especie de ante-cámara ó recibi- 
miento pequeño que daba al corredor, 
conducía por otra parte á una gran sala, 
á cuyos dos estremes había otra pieza al- 
go mas pequeña , destinadas ambas á la 
familia cuando las niñas ó tos niños co- 
menzaban á ser demasiado crecidos para 
continuar durnuendo en uno de los dos 
dormitorios destinados á Iss niños de me- 
nor edad. Cada noche quedaba encarga- 
do de la vigilancia de estos dormitorios 
un padre ó una madre de familias que 
pertenecían á la asociación. La habita- 
ción de que hablamos, se hallaba, como 
todas las demás completamente desemba- 
razada del menaje de cocina á cuyo obje- 
to había destinada en grande y en común 
otra buena parte del edificio: asi es que 
estas habitaciones podían estar y estaban 
en efecto cuidadas con la mayor lirnpiozi 
y con estremado aseo. Una alfombra, un 
sillon, algunas lindas figuras de porcelana 
colocadas sobre una gradería pequei\a de 



tementese encuentran apiñados uha mul- 
titud de obreros. En m«ídio'^e las esce- 
lentes consecuencias' esp^uestas en el folíe- 
lo de Mr. Bovierre, citamos ésta y uni- 
mos nuestra voz 3 la suya para llpmar so- 
bre este hecho la atención del consejo do 
sanidad, que fan eminentes servicios pres- 
ta cada dia. 

Todo taller que contenga wi número de 
obrerox que pase de diez, deberá estar some- 
tido á la inspección de los delegados del con- 
sejo de sanidad, que examinarán y darán 
su informe acerca de si la disposición (/el lo- 
cal es ó no capaz de alterar ia salud de lo» 
obreroa qw hayan de estar encerrados allí 
y trabajando. 



AI-BTÎ!. 



283 



Tnaáera blanca y piilítnonlada , miirlio's 
coadrus colgailos cu la par«>(), una pi'-iiilo 
la (ie bronce dorado, una cómoda y una 
mtfsa de escritorio, aiuinciaban (|iie los 
■«fue vivían en esta iiabitacion g<*tat)an de 
al<¡unas comodidades. 

Angela á qnion desde osle momento se 
puede ya llamar la novia de Agrlcol, jus- 
tificaba el retrato allaf^üeno que el Ikt- 
niano habla hecho de ella en su conver- 
sación con la pobre (îibnsa. Ksta ji'iveii 
encantadora podía tener como unos diez 
y siete anos á lo mas; y vestida con lan- 
ía sencillez como giiÑto estaba setitada al 
lado de sti madre. Cuando eritró Agrícol 
se ruborizó ligeramente al verle. 

— Señorila, dijo el herrero, vengo á 
cumplir mí promesa si viiestra madre lo 
•consien t-e, 

— Si, señor Agricol, tío tengo incotive- 
nienle, dijo afectuosamente la madre de la 
joven: ella no ha querido visitar la casa co 
mun y sus dependencias, ni con su padre, 
ni con su hermano, ni conmigo, por te- 
ner el gusto de visitarla con vos hoy do 
mingo..,, por consiguiente, yoesperoquc 
vos que habláis tan bien, haréis digna- 
mente los honores de la casa para con es- 
ta recien llegada. Hace ya una hora que 
os está aguardando, y no sin alguna im- 
pacieocia. 

— Señorita, perdonadtne , dijo alegre 
mente Agricol, pensando en el placer de 
veros me he olvidado de la hora,... eslii 
es la única di>culpa que puedo alegar. 

— ¡ Ay! man^á.... dijo la jóvt násu ma 
dre con un tono de dulce reconvención j 
poniéndose tan encarnada como una ce 
reza.... ¡ Porqué decís eso! 

— ¿Es verdad? ¿Si ó no? Y'o no le he 
reconvenido; antes a! contrario, hija mía. 
Vé con el señor Agricol, y él te esplicará 
mejor que yo misma cuanto deben todos 
les trabajadores de la fábrica á .Mr. Hardy. 

— Señor Agrico', dijo Angela anudán- 



dose las cintas de su gracioso gorro; ¡<|iié 
lástima (|uc vuestra hermana adoptiva n'> 
venga con nuSíitro.sf 

— ¿La (Î i liosa 7 

— Tenéis raz(m , señorita, pero otr* 
vez será, y no ha de ser la última la vi- 
sita que wos hizo ayer.,. 

La joven después de haber abrazado á 
su madre, ^lió con .Agricol agarrándo>e 
del brazv) de éste. 

— Si supierais, señor Agricol, dijo Ai- 
gela, la admir.'.oit'n (¡ue me ha cau>ado en- 
trar en esta casa, cuando estaba aco>lum- 
brada á ver tanta miseria entre k>s pi- 
t)res obreros de nuestra provincia mi- 
seria (le que he participado yo también... 
al paso (jue aquí todo el nitiiido tiene un 
aire tan afortunado y tan contento!... Kn 
verdad que esto mas bien parece una con- 
seja, y se me figura que sueño,., y cuan- 
do pregunto á mi manre la es|)lícacioní!e 
esta maravilla, la única respue>la queuiC 
da, es*: el señor Agricol te lo esplicará. 

— ¿Y sabéis por qué tengo yo la forlu- 
na de cumplir esta dulce misión? dijo 
Agricol con acento grave y tierno á la 
vez. Pues es sin duda alguna porijue nin- 
guna cosa puede venir mas á propósito. 

— ¿Cómo? señor Agricol. 

— I'inseñaros la ca>i, haceros conocer 
todas las ventajas de nuestra a>ociaci<in, 
es pódelos decir: acjui , señorita , el tra- 
bajador trantjuilo por lo presente y oin 
inquietud por el porvenir, no se ve como 
tantos otros trabajadores, obligado á re- 
nunciar continuamente á la necesidad mas 
dulce del corazón. ... el deseo de elegir 

una compañera para toda su vida por 

el temor de unir su nu'seria á otra mis - 
ría. 

Aiigela bají'i lii vi<la y se ruborizó. 

— Aquí el ti abajador puede entiegarse 
sin recelo á la esperanza de los dulces go« 
ees de la fanu'lia, seguro de no verse des- 
pedazado de dolor en adelante á la vista 



284 



ALBt'Û. 



de horribles privaciones sufridas por aque- 
llos MTes que le son mas queridos; aqu", 
gracias al orden, al traliajo y alsütito eiïi 
|)!eo (le las fuerzas década uno.'lniinlires, 
mugeres y niños viven felices y contc-n- 
tos. En una palabra, espücaros todo esto, 
añadió Agricol soniiéndose con una e>- 
presion mas tierna tod-ivia, es probnros 
(|ue aqui no Se puede hacer nada que >ea 
mas juílo y mas razonable.... (jue amar=^ 
se.... y nada mas sabio... q\ie casar«e. 

^— Señor.... Agricol, respondió Angela 
ron una voz dulcemente conmovida y ru- 
l)ori2Óndose mas cada vez. ¿No e'mprZa- 
mos nne>tro paseo? 

^— Al instante, señorita, responilió el 
herrero contenió en estrenio de la turba- 
ción que liabia hecho nacer éti aquella al- 
n)a ingenua* í*ero ja que estamos cerca 
del dormitorio de las niñas, podeiiios ir 
á verlo si gustáis. Estos pajarilíos jugue- 
tones hará ya tiempo qué se han volado 
del nido. 

-^Con mucho gusto , señor Agricol. 

El btTTero y Angela entraron éh una 
pieza esten-^a en donde estaban fos dor- 
mitorios por el mismo orden que m un 
colejio , fscelentemente dispuesto. Las pe- 
queñas camas de hierro estaban simétri- 
eamente colocadas; y en cada una de la^ 
estreníidades de aquella gran sala habia 
un lecho para (ma madre de faniüias que 
riesempL-ñaba por turno el cargo de ifis- 
pccloia. 

— ¡Diosmio, nué bien distribuida se 
halla esta habitación! ¡Y qué aáeo hay j 
ícñor AgnVol ! ¿quien cuida lán esmera- 
damente de todo isto? 

— Las niñas mismas: aqui no hay cria- 
dos. Filtre estas niñas hay unaemulaciun 
incieibiié, y ¿'¿Úá uhá procura liaoef sii 
caina nriejor que lá^ aemds, y esto las en- 
tretiene tanto como el hacer la cama de 
su propia muñeca : ya sabéis que es pro- 
pio de su secso y de su ed¡<d la afición á 



jiigir á las muñecas y á las obligaciones 
de la casa ; pues bieh , aqui juegan ellas 
S( ri.imenle á eso nusmo, y las cosas se 
éíKUi-ntran niaravillosamente hechas. 

— 5 Ahí ya comprendo... se utiliza has- 
a sus gustos naturales hacia esta clase dé 
énhetenimientos. 

— En eso ccnsi>;te todo el secreto: en 
U'das partes en donde las veáis ^ las en- 
conliareis siempre muy útilmente ocu- 
padas, y no poco envanecidas con la int- 
pi tiancia que estas ocupaciones iesdah..; 

^— ¡Ali, señor Agricol! dijo límidamen- 
te Angela, ¡cuando se comparan estas 
li'abitHcioncs tan sanas, tan templadas, 
con e.>os liofribles y helados camaraclio- 
n'es en donde los niños se ven confusa- 
tnetile apiñados i sobre un mal gergon, 
teniblandode frió, como sucede casisient- 
pre en las casas de todos los obreros dtí 
niii-Iro pajs !.... 

— y en l'aris también, señorita.... que 
tùdavia es peor (¡uizá. , 

-^ ¡ Ah ! I qué bueno debe ser l^Ir. Har- 
ily, y (¡ué geiier'osp, y qué rico sobre todo 
para ^^iislar tanto dinero en hacer bii n i 

— Voy 3 admit-ar')s y á sorprenderos, 
señorita, dijo Agricol sonrióndose, voy 
é a dio i raros de tal manera que acaso no 
(jíjcrais creerme. 

—¿Por qu.'-? ... 

■—Con diliciiitad hal¡rá en el m'nr^'doún 
hombre de fnejor corazón ni mas genero- 
so que Mr. Hdrdy. El hace el bien, por 
<l bien mismo, sin euidarsede su interés: 
pues bien; habéis de saber, señorita An- 
gela, que átiti cuáridofti. rá elhortibrem'as 
egoísta, nfiasintet-ejado, mas avaro... éh- 
(•(inlraria todaviá un enornie beneficio en 
ha er que nosotros viviéramos tan felices 
como vivimos. 

— I lis posible, señor Agrícol ! Lo Creo 
porque nie lo decis; pero si el l)ien es tan 
lácil y aun tan ventajoso de hacer... ¿por 
(]ué no se hace mas frecuentemente e) 
bien? 



Aï.afjai. 



285 



— ¡ Ah.... si'ùorila ! Cunsisle sin duíl.! 
on que es m-ci-saiiü tjííe se retinan en 
una misma pi>r>una para ellu lr<-s rir- 
Cllll^tanl•ia•. poto coiiiuiioa: saber... poder 
) (|ii»'r»T. 

— ; Ah! es verdad, lus que saben... no 
pueden. 

— Y lus (¡ue pueden , ó nu saben ú no 
quieren. 

— ¿Pero como es que .Mr. Hardy saca 
tanto provecho del bien mismo que osha- 
te gozar? 

— No lanlaró nr.nlio en esplicároslo. 

— ¡ Qué olor tan dulce y lau hermoso 
como de frutas....! dij) Angela repenti- 
namente. 

— lis que ia dispensa común no está 
muy lt!Jos: todavia hemos de encontrar, a 
muchos de esos pajarillos que han volado 
ya de su nido n(K:lurno, y estarán por 
aqui ocupados, no en robar la fruta sino 
en trabajar. 

Y .\grieol abriendo en seguida una 
puerta hizo (D rar á Angela en una sala 
bastante espaciosa, guarnecida de mesas 
y estantes en doude estaban simétrica- 
mente colocados los frutos de invierno, y 
vu i'ila sala habia muchas niñas como de 
siete á ocho años , vc-itiias con nuicho 
aseo, y enlretenióndose alegremente bajo 
la vigilancia de una muger en separar las 
frutas que comenzat)an á podrirse. 

— Ya lo wis , dijo Agricol, como en 
todas partes y en cuünto es posible utili- 
zamos á las niñas. i<l&la» ocupaciones las 
divierten , y enlrelienen esa necesidad de 
movimiento continuo y de actividad pro- 
pia de sus pucos años, y asi es que las 
niñas y las mugeres no pueden emplear 
mejor su tiempo. 

— Tenéis razón, señor Agricol. ; Qué 
sabiamente está dispuesto todo ello ! 

— ¡Y si supierais (jué servicios prestan 
estas criaturas en la cocina! Dirigida^ por 
una ó dos inspectoras hacen las obligacio- 
nes de ocho ó diez criadasi 



— Es verdad , dijo Angela sonriéndose. 
\ esta edad gii>>ta mucho jugar á las co- 
iiiKJitas, y ^in duda d. ben desempeñar 
con gran placer estas funciones. 

— ¡vxaclamente; y asi mismo bajo el 
prctisto de ju^ar á los jardines, ellas son 
las (|ue ocardan y limpian la tierra, re- 
cogen las frutas y las legumbres, riegan 
las flores, pasan la rastra por los cami- 
nos etc., en una palabra, este ejército de 
niñas que por It» general no empiezan eii 
otras partes á [ire-.tar ningún serucio hasta 
la i'dad Je diez ó doce años, son a(|u¡ en 
estremo úlile.>, porque áescepcion de 1res 
ht>ras de escuela que es muy suíiciente 
desde la edad de seis ó siete años , sus 
juegos y sus entretenimientos son bien y 
útilmente empleados para la economía de 
los grandes brazos quo proporcionan sus 
trabiíjos , ganan mucho mas de lo que 
cuentan, y tn fin, señorita, ¿no notais 
(pie en la presencia de la infancia asi mez- 
clada en todas las labores, hay un no sé 
qué de dulzura , de pureza , y casi de sa- 
grado, qiie impone á las palabras y á las 
acciones una saludable reserva? El honi- 
lire mas grosero respeta siempre la in- 
fancia 

— A medida que se reflexiona sobre lo 
(jue acjwí pasa, se admira uno mas de lo 
bien calculado que está todo para ia feli- 
cidad general, dijo Angela con admira- 
ción. 

— Para conseguirlo ha sido necesario 
superar algunos obstáculos; ha sido pre- 
ciso vencer las preocupaciones, la rutina: 

pero atpii tenéis, señorita Angela ya 

estantos delante de la cocina común, aña- 
dió el herrero sonriéndose, mirad, mi- 
rad y decidme luego si esta cocina no es 
tan imponente como la de un cuartel 6 
vomo la de un gr^n colegio. 

I Kn efecto, estd dcpedencia de la casa 
común era iumensa , todos sus utensilios 
72* 



286 4LBÜM, 

estaban estremaJamoiilo limpios y brilla- 
ban, y gracias á los procedimientos tan 
maravillosos como económicos de la cien- 
cia moderna (inútiles para las clases po- 
bres, á las cuales podrian servir con mas 
propiedad: inútiles porque no pueden apli- 
carse sino en grande escala) no solamente 
el fogón y ias hornillas estaban bastante 
surtidas de combu^^fible con una tercera 
parte de aquella que hubiera sido necesa- 
rio gastar individualnit-iite, sino que el 
escedente del calórico bastaba por medio 
de un calorífero perfectamente organizado 
para esparcir un calor igual en lodas las 
habitaciones de la casa oomnn. 

También allí las niñas bajo la dirección 
de dos mugeres, hacían importantes ser- 
vicios, y era una escena muy cómica la 
que allí se representaba por la seriedad 
misma coa que las niñas desempeñaban 
sus funciones de cocina. 

Otro lanlosucediaenlaayuda que pres- 
taban en la panadería, en donde se con- 
feccionaba con estraordinaria rebaja (se 
compraba la harina en grandes partidas) 
ese escelenfe pan de la casa saludable y 
nutritivo, formado de trigo puro y con 
centeno < tan preferible á ese pan blanco 
y poco alimenticio que solamente obtiene 
esas cualidades por la parte que entra en 
el de sustancias particulares. 

— Buenos dias , señora Beltrand , dijo 
Agrícola una respetable matrona que con 
ta mayor gravedad estaba contemplando 
las evoluciones de muchos asadores dignos 
de haber figurado en las famosas bodas 
deCamacho, tan cargados estaban de pe- 
«jazos de vaca y de carnero que comenza- 
ban ya á tomar un hermoso color dorado 
capaz de despertar por sí solo el apetito. 
Buenos días, señora Beltrand, volvió á 
decir Agricol , según el reglamento me 
abstengo de pisar el suelo do la cocina, 
dolamente quiero hacer admirar el buen 
orden á esta señorita que ha llegado aquí 
hace pocos dias. 



— Enhorabuena , hijo mió ; pero solire 
todo lo que hay que contemplar aqui , es 
el acierto y esmero con que Ira baja esa 
manada de criaturas; y al decir esto la 
matrona señaló con el estrento de un cu- 
charon que le servia de cetro, una quin- 
cena de niños de amt )S secsos, que sen- 
tados al rededor de una mesa , estaban 
profundamente embebidos en el ejercicio 
de sus funciones que consistían en mon- 
dar patatas. 

— ¿Con qué según eso tendremos ur 
feí.l¡n que pueda competir con la cena dtí 
rey Baltasar? preguntó Agricol sonrién- 
dose. 

— Ya se vé que sí... Un verdadero fes- 
tín, liijo mío, como siempre. Aquí está la 
lista de la comida de hoy; buena sopa co- 
cida, carne asada con patatas al rededor, 
ensalada, fruta, queso, y como por es- 
traordinario , por ser dennngo , esas tor- 
tas con vino que tan esquisitamente hace 
á la panadera la señora Denis en el horno, 

— Vuestras palabras, señora Beltrand, 
me escitan terriblemente el apetito, dijo 
alegremente Agricol; en cuanto á lo de- 
más debo deciros, que ^ase conoce ctian- 
do os toca á vos estar al cuidado de 1j co- 
cina , añadió con aire halagüeño, 

— Gallad , callad , embustero , contestó 
la cocinera accidental. 

— Lo que me admira mas, señor Agri- 
col, dijo Angela á éste, habiendo vuelto á 
emprender su paseo á su lado, es compa- 
rar el alimento tan insuficiente y tan mal 
sano de los obreros de nuestro pais con el 
que aquí se come. 

■—Y sin embargo nosotros no gastamos 
mas que unos cinco reales (25 sous), para 
estar jnucho mejor alimentados que en 
París podríamos estarlo por tres francos. 

— Casi no se puede creer, señor Agri- 
col. ¿Cómo es posible?... 

— Eso consiste, como todo lo que aquí 
sucede, en la varita maravillosa de Mr. 



liLirra. 



îïartly, que como os lie dicho antes, os 
esplicaró despues. 

— 4 Ali ! no os podéis figurar el deseo 
<|ue tengo por ver á Mr. Ilardy. 

— No tardareis mucho en verlo, tal v«'Z 
lo consfguireis hoy mismo, porcjue se le 
espera de un momento á otro. Fero ya 
estamos en *l comedor que no conocéis, 
porijue vuestra familia, como algunas otras 
ha preferido que se le lleve la comida á 
9U habitación Mirad (|ué sala tan her- 
mosa y tan alegre'; por un lado dá al 

jardín y tiene en frente la fuente. 

En efecto aquella sa'a era muy grande 
y estaba con>(rui(la en forma de galería, 
recibiendo luz por diez ventanas que se 
abrian hacia el jardin.. Las mesas cubier- 
tas de hule reluciente, estaban situadas á 
los lados de la pared, de manera que en 
•envierno esta sala servia por la noche, 
despU''S del trabajo diario, de sala de reu- 
nion y de tertulia á los obreros que que- 
rían pasar el tiempo en común, en lugar 
de encerrarse en sus habitaciones solos ó 
en familia. Kntonces en esta inmensa sala 
templada por el calorífero, y brillante- 
mente iluminada por medio de! gas, los 
■unos leían, los otros jugaban á la baraja, 
estos se ocupaban en trabajos menudos, 
aquellos conversaban familiarmente. 

— Pero toda ía tengo que deciros mas, 
dijo Agricol á la joven. Creo (|ue todavía 
os parecerá meji»r esta sala cuando sepáis 
que los jueves y Io'í domingo»; se transfor- 
ma en salon de baile, y los martes y los 
sábados en sata de concierto. 

— ¡ De veras I 

— Sí, de veras, respondió con orgullo 
el herrero. No fallan entre nosotros mú- 
sicos que saben tocar para hacer bailar. 
Y ademas, dos veces á la semana canta- 
mos casi todos en coro, hi»mbres, muge 
res y niños (1 ). Por desgracia esta sema- 

( 1 ) Nos comprenderán perfectamente 
ios que hayan oído los admirables concier- 



na se han visto interrumpidos nuestros 
conciertos por algunas dis*'nsit)fies ocurri- 
das en la f.ibriea. 

— ¡Tantas voce»! Debe de ser cosa 

soberbia. 

— Ks muy hermoso, os lo aseguro 

Mr. Hardy ha estado siempre esritando 
entre nosotros esta distracctim, (|ue tan 
poderoso efecto ejerce , como él dice , so- 
bre el alma y sobre las costtimbres. Kh 
un invierno ha hecho venir aquí á espet»- 
sas suyas, dos |discípulos del célebre Mr, 
Wilbem , y nu»«!lra academia ha hecho 
graf'des progresos. Sí, señorita Angel.i, 
podéis estar segura, sin ()ue esto sea ala- 
barnos á nosotros, que hay a^eo îjik» ron- 
mueve al oir á ntiesifo alredeilor doscien- 
tas voces diferentes cantar en coro algún 
fiimno al trabajo ó á la libertad... V«)S U 
oiréis y no dudo que encontrareis algo de 
grandioso, y por decirlo a^í, de sublime 
para el corazón, en la fraternal armonía 
de todas estas voces que se confunden ew 
un solo sonido, grave, sonoro é impo- 
nente. 

— ¡Oh ! yo lo creo. ¡ Pero quó fortuna 
es vivir aqui I A(|ui no hay mas que pla- 
ceres; porque el trabajo mismo mezclada 
con los placeres no puede menos de con- 
vertirse en felicidad. 

— I Ah I íiqui como en todas partes hay 
lágrimas y dolores, dijo Agricol tristemen- 
te, nurad este establecimiento aislado y 
silencioso. 

—¿Cuál? 

— Eso que veis ahí, que es nuestra en- 
fermería.... por fortuna, gracias á nuestro 
régimen saludable y robusto , hace que 
nunca esté completo el número que pui- 
de recibir. Un descuento anual nos per- 
mite tener un buen médico, y ademas hay 
organizada una caja de socorros mutuos 

los del Orphéon, en donde mas de 1,000 
trabajadores, hombres, mugeres y niños, 
cantan con maravillosa consonancia. 



288 aV 

de tal manera, que en caso de ciiferiíH'- 
dad cada uno de nosotros recibe las dos 
terceras partes de lo que ganaba cuando 
estaba sano. 

— ¡Qué bien- entendido está todo! Y 
allá abajo, señor Agricol, al otro lado de 
ese patio (|ue tiene tanta yerba, ¿<|iióhiiy? 

— Alli está la pieza destinada á la co- 
lada y al lavado, en donde liay agua cor- 
riente, caliente y fria ; y debajo de aquel 
tejadillo que veis alli eitá el tendedero; 
mas adelante se bailan las cuadras y los 
graneros y pajares para encerrar el forra 
je de las caba'lerias que se necesitan para 
el servicio de la fábrica. 

— Pero en fin, seíior Agricol, ¿nje di- 
réis el secreto de todas e.>tas niaravillas? 

— Antes de diez minutos lo habéis de 
coinprendt-r todo, seùorita. 

Por desgracia la curiosidad de Angela 
quedó burlada en este momento. La jo- 
ven se liallaba entonces cotí Agricol jtin 
to á una verja que servia de puerta a 
jardin por el lado del paseo que separaba 
los talleres de la casa común. De repente 
una oleada del viento atrajo él ruido leja- 
no de gritos guerreros y de una música 
militar. Luego se sintió el galope de dos 
caballos que corrían acercándose, y no 
tardó fnucho en llegar montado en un her- 
moso biidon negro, ae poblada y ílotanle 
cola, con la mantilla de culor carmesí, un 
general. Lo mismo que en tiempo del im- 
perio llevaba bolas de uíontar y calzón 
blanco. Su uniforme azul brillaba con los 
bordados de oro, el gran cordon encarna- 
do d«; la legión de honor atravesaba por 
fettcima de su charretera di recha que te- 
nia cuatro estrellas de plata, y su som- 
brero con anchos galones de oro, p»taba 
guirnecido de una pluma blanca, distin- 
ción reservada esclusivamente á los ma- 
riscales de Francia. 

Era imposibleenconlrar un soldadocon 
un aire mas marcial, mas caballeresco,