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ALBUM 



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TOUO 


TERCEROé 






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Barcelona: 1845* 

Imprenta de d. josé devesa y pujadas 

GALXE DE SERRA NÜUERO 6. 



AÏPTTM. 



VÁC. ï/ 



PARTE PRIMERA. 



%.A PAIVTEIIA ^E«KA DE JAVA, 



EL NEGOCIADOR. 

Pocos dias han pasado desde el incen- 
dio de la fábrica de Mr. Hardy. La esce- 
na siguiente pasa en la calle de Clovís,en 
la casa en que Rodin tenia un apeadero 
entonces abandonado, casa también ha- 
bitada por Rosa Pompon, que sin el me- 
nor escrúpulo usaba de la habitación de 
su amigo Füemon. 

Eran las doce poco mas ó menos; Rosa 
Pompon, sola en la habitación del estu- 
diante, siempre ausente, estaba desayu- 
nándose muy alegremente al lado de la 
chimenea; pero ¡qué almuerzo tan sin- 
gular, qué fuego tan estraño y qué habi- 
tación tan rara I 

Figúrese el lector una pieza bastante 
igrande á que daban luz dos ventanas sin 
cortinas, porque como daban á terrenos 
vagos, el dueño de la casa no babia teni- 
do que temer las miradas indiscretas de 
persona alguna. Una de las estremidades 
de la habitación servia de vestuario, vién- 
ilose colgado de una percha el lindo ves- 
tido de máscara de Rosa Pompon, no le- 
jos del sombrero de barquero deFilemon 



y de sus anchos pantalones de tela cruda, 
tan llenos de brea, como si es^e intrépido 
ncarinero hubiera habitado el entrepuen- 
te de una fragata durante un viaje de cir- 
cumnavegacion. Un vestido de Rosa Pom- 
pon estaba colgado con suma gracia sobre 
un pantalón con pies, que parecía salir 
de debajo de la falda. 

Colocada sobre la última tabla de un 
pequeño estante de libros, singularmente 
empolvado y descuidado, se veia al lado 
de tres botas viejas, (¿porqué tres bola.s?) 
y de varias botellas vacias, se veia, repe- 
timos, una calavera, recuerdo osteológico 
y amistoso, dado á Filemon por un ami- 
go suyo, estudiante de medicina. A con- 
secuencia de una broma, muy en vogaen 
el barrio latino, aquella calavera tenia 
entre sus dientes, magníficamente blan- 
cos, una pipa de barro con la chimenea 
ennegrecida ; ademas su cráneo relucien • 
te estaba medio cubierto por un sombre- 
ro viejo, muy resueltamente puesto de. 
un lado y cubierto de flores y cintas aja- 
das: cuando Filemon estaba ebrio, con- 
templaba largo tiempo este osario y hasta 
se entregaba á los monólogos mas dilriáin- 



ALBll. 



bicos acerca de la relación (ilo-iófiea eulre 
la nuiirtf y las locas alogrias de la viJa. 

Dos ('» tres caretas de yeM> con las na- 
rices y las barbas mas ó nienos destroza- 
das, clavadas en la pared, inanifestabari 
la curiosidad pasajera de Filenion acerca 
de la ciencia freiieológica ; estudios pa- 
cientes y reflexivos de los que élhabiasa* 
cado esta rigurosa conclusion: 

* Que teniendo desarrollado de un modo 
ostraordinario el órgano de la deuda, di-- 
bia re^ignar>e á la fatalidad de su orga- 
nización que le imponia los acreedores 
como una necesidad vital u. 

Sobre la chimenea se levantaba ¡nta>- 
ta y vn su majestad gigantesca, la copa 
de pias de fiesta del barquero, al lado de 
una tetera de porcelana sin pico y de un 
tintero de madera negra con la boca nie- 
dioescondida bajo una capa de VegelâCion 
verdosa y oxidada. 

De vez en cuando el silencio de' este 
retiro se interrampia por el arrullo de los 
pichones que Rosa Pompon habia acojido 
con una cordial hospitalidad en el gabine- 
te de estudio de Filemon. 

Friolenta como una codorniz Rosa Pom- 
pon estaba al lado de la chimenea , como 
regocijándose también con el dulce calor 
de un vivo rayo <le sol que derramaba so- 
bre ella una luz dorada. 

Esta cstraordinarin criatura tenia pues 
to un vestido rarísinjo, y (¡ue sin embar- 
go daba un gran realce á la frescura flo- 
rida de sus 17 añosa su picante.'fisonomía 
y sus encinladoras facciones coronadas de 
lindos cal)ellos',rubioscuidadoSlitnenttí pei- 
nados desde por taimailína. 

A manera debafa, Rosa Pompon se 
habla pue^to irigíiiuai/ienleporehcimade 
su camisa la almilla de lana roja de File- 
mon, sustraida á sn vestido oficial de ba- 
telero; el cuello abitUo y chido, dejaba 
ver la blancura de' lienzo del priniér ves- 
tido de la j'Wen, asi como su gargatita,el 



ná'cim!i>nt6'(ío sii" fedón'<hi'sc#yKÍ?8ííW" 
sus hombros, dulces tesoros de su arra- 
sado tan firme y pulido, que la almilla 
ri>ja parecia reílejarse en el cutis de un 
color rosado ; los frescos y redondos bra- 
zos de la jr.'.-Yía salían á medias de las an- 
«has niangas vueltas; viéndose también á 
Inedias, cruzadas una sobre oira, sus lin- 
das piernas, cubiertas desde por la maña- 
na de una media blanca muy estirada, cu- 
ya blancura estaba cortada eu el tobillo 
por una hutita muy pequeña. Una corba- 
ta de soda negra, que ajustaba la almilla 
(le lana á la cintura de avispa de Rosa 
Pon^pcn , por encima de sus caderas, dig- 
nas del relig oso entusiasmo de un Fidiaí 
moderno, daba á este trage, tal vez de- 
iiaasiado voluptuoso, una gracia muy orí- 
gfnal. 
1 Hemos dicho que el fuego áque se ca- 
l<jntaba Rosa Pompon era estraño... Jiíz? 
giiese." la desvergonzada, la pródiga, en--, 
conirándose sin leña, se calentaba econá^- 
micamente con los garfios del botede F¡-. 
lemon , que por lo demás ofrecían á la 
vista un combustibledeuna admirablere- 
gjilaridad. 

Hemos dicho que el desayuno de Kosa 
Pompon era singular. Juzgúese de çllo;, 
sobre ana mesita colocada delante de ella, 
se vcia una palangana donde habia recien- 
temente sumergido su fresco rostro , .eo». 
una agua no menos fresca : del fondo de , 
esta palangana súbitamente trasformada 
en ensaladera, Rosa Pompon sacaba, me- 
nester es confesarlo, con la punta de sus . 
dedos, grandes hojas de ensalada verde' 
como un prado, con suficiente vinaigre pa-' 
ra ahogar á uno, y despues trituraba eW 
tas verduras con todas las fuerzas de Sus" 
blancos dientes, de un esmalte deitiasíadá ^ 
firme para bmpañárse; por bebida lenïa*' 
preparada' fin 'vase dé agua yde jarabefifr" 
grosell», cuya mezcla activaba con láf cft-f" 
charifa de madeí'A de un moslacëto. En 



itficâ. 



â 



fin como entremés , se vcian una noche 
de aceitunas en nno de esos joyeros de 
vidrio azul y opaco á 25 sueldos; sus pos- 
tres se componian de nueces, las (jue «e 
preparaba á asar sobre una paleta'j liecliâ 
ascua. 

Que Rosa Pompon con un alimento tie 
una elección tan increíble y primitiva, 
fílese digna de su nombre por la frescura 
de su tez, es Uno de esos divinos milagros 
ique revelan la omnipotencia de la juven- 
tud y de la salud. 

Rosa Pompon, despues de haber tritu- 
rado su ensalada , iba á hacer igual ope- 
l'acion con sus aceitunas, cuando llama- 
ron con discreción á su puerta , modesta- 
mente cerrada por dentro con un cer- 
rojo. 

.; — ¿Quién es? dijo Rosa Pompon. 

— Un amigo un viejo de la vieja, 

contestó una voz sonora y alegre. ¿Osen 
cerráis? 

— I Bah I ¿sois vo», Nini-Moulin? 

— Si, mi querida pupila.... abridme al 
instante.... es cosa urgente. 

— ¿Abriros? ¡ahí ¡bien!.... ¡con el 
vestido que tengo!.... ¡No seria malo! 

— ¡Ya lo creo,... que vestida como es- 
tais no seria malo, al contrario muy bue- 
no! ¡Oh, Rosa la mas rosa de cuantos 
Pompones han decorado jamás el carcax, 
del amor I 

— Salís á predicar la cuaresma y la 

moral en vuestro periódico ! gran 

apóstol! dijo Rosa Pompon dirigiéndose 
á restituir la almilla roja al vestido deFi- 
lemon. 

— i Hola ! ¿vamos á estar mucho tiem- 
po en conversación á través de la puerta; 
para la mayor edificación de los vecinos? 
dijo Nini-Moulin. Pensad en que tengo 
cosas muy graves que deciros, cosas que 
van á admiraros;. i. 

— Dejadme liempo para ponerme un 
vestido... ¡gran tormeato! 



— Por causa de mi pudor? no os exaje- 
reis su susceptibilidad; no soy íiipócrita, 
os aceptaré perfectamente como estéis. 

— Y decir que un monstruo semejante 
es el querido de todas las sacriblias ! dijo 
Rosa Pompon abriendo la puerta y aca- 
bando de echar los corchetes á su vestido. 

— ¡ Ah! heos al fin de vuelta al palo- 
mar, lindo pájaro viajero! dijo Nini-ÁIou- 
lin cruzando los brazos y mirando á Rosa 

'Pompon con una seriedad cómica. ¿Y de 
dónde salís? hace tres dias que no habéis 
dormido aqui, mala palomita. 

— Es verdad... no he vuelto hasta ayer 
noche.*.. ¿Habeie venido durante mi au- 
sencia? 

— He venido todoslos dias.... y mas bien 
dos veces que una , porque tengo cosaá 
muy graves que deciros. 

— ¿Cosas graves? Entonces vamos á reír- 
nos mucho. 

— Absolutamente; son cosas muy sérias, 
dijo Nini-Moulin sentándose, pero antes, 
¿que es lo que habéis hecho en estos tres 
dias que hftbeis desertado del domicilio 
conyugad y fileraónico?... 

Es menester que lo sepa antes do deci- 
ros mas. 

— ¿Queréis aceitunas? dijo Rosa Pom- 
pon , tomando una de estas frutas aceito- 
sas. 

— ¿Esa es vuestra respuesta?.... com- 
prendo.... desgraciado Filemon !.... 

— No hay nada de desgraciado Filemon 
en esto, mala lengua. Clara ha tenido un 
muerto en su casa , y durante los prime- 
ros dias después del entierro, ha tenido 
Imiedo de pasar la noche sola. 

— Creia que Clara estaba suficienle- 

metite pronta.... contra esos temores 

; — ¡ Eso os hace pensar mal, gran vi- 
vera ! puesto que he ido á casa de esa 
pobre muchacha par hacerla compañía. 

Al oír esta afirmación, el escritor reli- 
jioso talareó entre dientes con un aspecto 
perfectamente iocrédulo y malicioso. 

a** 



ALSfn. 



¡ Es decir que yo hago infideliJaJcs 

i Filemon ! esclamó Kosa l*oinpon par- 
tiendo una nuez, con la indignación do la 
virlud injustamente cdluniniada. 

— No digo infidelidados, sino una sola, 
pequefíila n color de rosa.... Potnpon. 

— Os digo que no me lie !ausenlado de 

aquí por mi gusto al contrario porque 

durante este tiempo.... dtsaparecio la po- 
bre Ctfisa.... 

— Si, la Ueina Bacanal está de tíaje, 
según me ha dicho la madre Arsenia; po- 
ro cuando os digo de Filemon mecofUes- 
tais Censa.... esto no es claro. 

— Que me trague la pantera negra que 
se muestra en el teatro de la puerta de 
San Martin, si no digo verdad.... y á pro- 
pósito de esto, será menester que toméis 
dos lunetas para llevarme á ver esos ani- 
males, mi buen Nini-Aloulin , dicese que 
son unas bestias feroces admirables. 

— ¡ Lh ! ¿estais loca ? 
— ¿ (>)mo Î 

— Que guie vuestra juventud como un 
abuelo del canean en medio de tulipanes 
mas ó meóos borrascosos, enhorabuena, 
no arriesgo encontrarme con mis religio- 
sos protectores; pero conduciros justa- 
mente á un espectáculo de cuaresma , 
puesto que no hay mas que exhibición de 
animales, do tendré mas que hacer para 
encontrar allí mis sacristanes, y estaré 
bien con vos del brazo ! 

— Os pondréis una nariz falsa... y tra- 
billas en los pantalones, Nini; y oo os co- 
uocerán.... 

— >'o te trata de narices falsas, sino de 
lo que tengo que deciros, puesto que me 
aseguráis que no tenéis intriga alguna. 

— Lo juro, dijo solemnemente Rosa 
Pompon estendiendo borizontalmente su 
mano izquierda, mientras que con la de- 
recha llevaba una nuez á sus dientes; des- 
pués anadió sorprendida, considerando el 
ancho gabán de Nmi-Moulin : 



— ;Ah! qué boIsP.los tan grandes te- 
neis... ¿qué liay dentro? 

— Uay cosas que os concierm-n , Rosa 
Pompon, dijo con gravedad Dumoulin, 

—¿A mi? 

— Kosa Pompon, dijo de repente Nini- 
Moulin con aire magestuoso, ¿queréis te- 
ner carruage? ¿Queréis en vez de habitar 
en esta hoiribie boardilla, tener una lin- 
da liabitacion? ¿Queréis en fm, vestiros 
como una duquesa? 

— Vamos.... mas disparate».... vamos 
tomáis ¿tomai.« aceitunas?.... sino, me 
las como todas.... no queda ya roas qutf 
una.... 

Nini-Müuiin metió la mano en un bol- 
sillo sin contestar á esta oferta gastronó- 
mica , y sacó una caja que contenia un 
brazalete bastante lindo, y lo mostró á ia 
joven. 

— ¡Ahí ]qué brazalete tan bonito I cs- 
clamó dando una palmada. Una serpiente 
verde mordiéndose la cola.... el en<b!enia 
de mi amor á Filemon. 

— No me habléis de Filemon, me in- 
comoda, dijo Nini-Moulin, abrochando 
la pulsera en el brazo de Rusa Pompon que 
le dejó hacer riéndose como una locaydi- 
ciéndole: 

— Es una compra que os bao encargado, 
gran apóstol, y queréis ver el efecto que 
hace. ¡ Pues bien ! es muy lindo. 

— Rosa Pompon, añadió Nini-Moulín, 
¿queréis, ó no, tener criados, un palco 
en la ópera , y mil francos al mes para 
vestiros? 

— ¿Siempre con la misma broma ?Buc- 

no adelante, dijo la joven haciendo 

brillar el brazalete al comer sus nueces: 
¿pori|ué hacéis siempre la misma farsa y 
no buscáis otra nueva? 

Nini-MouIin volvió é meter de nuevo 
la mano en el bolsillo y sacó esta vez una 
hermosa cadena de oro, que echó al eue- 
I lio de Rosa Pompon. 



àrsTn». 

— l'Oli I ¡ qnè linJa cadenal tsclarnóla 
joven mirando aîteinalivanienle la bri- 
llante alhaja y al escritor relijioso. 

— Si sois vos también quien lia escoji- 

do esto tenéis muy buen gusto; pero 

confesad que soy muy bondadosa en ser 
•viros asi de mositrador de alhiíjas. 

— ¡Rosa Pompon! añadió Nini Moulin 
con mayor majestuosidad; estas bagatelas 
no son nada en comparación de las que 
-podéis pretender si escucháis los consejos 
de vuestro amigo 

Rosa Pompon empezó á mirar con sor 
presa á Nini-Moulin y le dijo: 

— ¿Qué significa esto, Nini-Moulin? 
^splicaos.... ¿Cítales son e.>os consejos? 

Dumoulin «o contestó : \o1vió á meter 
la mano en su inagotable bolsilJo, y sacó 
»un |>aqnete que abrió con cuidado, (jue 
contenía una magnifica mantilla de blon- 
da negra. 

R isa Pompon <e liabia levantado po- 
seída de una nueva admiración, y Du- 
moulin echó con presteza la rica mantilla 
sobre los hombros de la joven. 

— ¡ Pero es rnagnírica I ¡jamas he visto 
una cosa semejante!.... ¡qué dibujo!.... 
¡qué bordado! dijo Rosa Pompon exami 
nándolo todo con una curiosidad sencilla, 
y, menester es decirlo, perfectamente 
desinteresada. 

Después anadió: 

— ¿ Pero vuestro bulsillo es una tien- 
da? ¿Como teneiii tantas y tan buenas 
cosas ? 

En seguida soltando una carcajada que 
dio un color vivo á su lindo semblantea 
esclamó : 

— ¡ Ya lo sé ya lo sé es el re- 
galo de boda de Mme. de Sainte Colom- 
be! ¡os doy la enhorabuena I jes cosa se- 
lecta ! 

— ¿Y donde diablos queréis que yo pes- 
que duiero para comprar todas estas ma- 
ravilias? dijo Nini Moulin. Todo esto, os 



repito... que es vuosfrj si queréis y .>imt; 
escucháis. 

— jCómo! dijo Rosa P. mp^n con uia 
especie de estupor, ¿lo decís seriamente? 

— Muy seriamente, 

— ¿K'^as proposiciones de vivircomo una 
gran señora... ? 

— Kstas alhajas son wna garantía de la 
realidad de nus ofertas. 

— ¿Y sois yos,.. quien n\e propone es- 
to en favor de otro, pobre Nini-Moulin? 

— Un momento..., esclamó el escritor 
religioso coo un pudor cómico; debéis co- 
nocerme bastante , ó mi querida pupila , 
paTa estar segura de q%te seria i(ica()azde 
impulsaros á una acción mala ó inde- 
cente,., me respeto demasiado.., sin con- 
tar que seria ofensivo á Filernon, que 
me ha confiado el cuidado de vuestra vir- 
tud. 

— Entonces, Nini-Moulin, dijo Rnsa 
Pompon cada vez mas estupefacta , no lo 
comprendo, palabra de hon^r. 

— Sin embargo es muy sencillo 

yo 

— ¡ Ah! ya caigo... esclamó Rosa Pom- 
pon inferí umpier.doá Nini- Moulin; ( s al- 
gún caballero que quiere ofrecerme su 
mano, su corazón y algo mas que le acom- 
pañe ¿No podíais decírmelo al luo- 

mcnto? 

— ¿Un casamiento? jAh! jbien,sí] 
dijo DumouJJn encogiéndose de hombros. 

— ¿No se trata de casamiento? pre- 
guntó Rosa Pompon volviendo à caer en 
su primera sorpresa. 

—No. 

— ¿Y las proposiciones que me hacéis 
son honestas, gran apóstol? 

— No pueden serlo mas. 

— ¿Y no tendré que ser infiel á Pie- 
rnón f 

—No. 

— ¿O fiel á alguien? 

— Tampoco. 



6 



ALdlM. 



en 



Rosa Pompon quedó confundida 
segiiíd.1 auadiú; 

— ;Klil vaines, sin bromear. No soy 
bastante tunta para fitiurarme que s« uto 
hará vivir como una duquesa, úiiicami'ntc 

por mis buenos ojos si me es pi-rnii- 

tido espresarme en estos términos, añd- 
dió la joven con liipórrita modestia. 

— I*odeis perfectamente espresaios asi, 

— I'oro en fin, djjo Hosa Pompon cada 
VC2 mas cur¡o>a, ¿qué tendré yo que dar 
en cambio? 

— Nada absolutamente. 

—¿Nada ? 

— Ni esto; y Nini Moulin se mordió 
una uña. 

— ¿Pero qué será menester entonces que 
yo haf>a? 

— St-rá menester que os pongáis tan bo- 
nita como podáis, que os adornéis, (|ue 
os divirtáis, que os pajeéis en carruaje. 

Ya lo veis, eslû no es muy fdtigos<i 

sin contar que contribuiréis á uiiabuena' 
acción. 

— ¡Viviendo como una duquesa I 

— Sí asi decidios; no me pregun- 
téis mas pormenores no podré con- 
testaros; pur lo demás no os retendrán. á 

pesar vuestro probad la vida que 

08 propongo, si os conviene la continua- 
reis; si no, os Volvereis á vuestra Glemo- 
nica habitación. 

— En verdad 

— Probad, ¿qué arriesgáis? 

— Nada pero no puedo creer que 

todo esto sea cierto. Y luego añadió lilu 
beanflo, no sé si debo 

Nini .Mouün fué á la ventana, la, abrió 
y dijo á Rosa Pompon, que se acercó á 
ella: 

— .Mirad á la puerta de la casa. 

—¡Una lindísima carretela, por mi vida! 
j()ué bien debe una estar en ella! 

— Ese carruaje es el vuestro,, y os es- 
pera. 



— ¡Cómo! ¿me espera? dijo Rosa ÍhjiH- 
pon , será menester qoe m« decida tan 
pronto? 

— ¡01» ! absoUitamentei 

-¿Hoy?... 

— Al memento. 

— ¿Pero á dónde me conducís? 

— ¿I>o sé yo acaso? 

— ¿No sabéis á donde me lleváis? 

— Na,.... (y Dumoulin decia también 
vertiad ) , el cochero ha recibido sus insw 
Irucciones. 

— ¡Sabéis que todo esto es muy raroj 
Nini Moulin ! 

— Ya!ocreo4..si no fuese raro, ¿dónde 
estarla el placer de ello? 

—^Tenéis razón. 

— Así ¿aceptáis? Enhorabuena; me ale- 
gro por vos y por mí. 

—¿Por vos? 

— Sí, porque al aceptar me hacéis un 
favor muy grande. 

— ¿A vos?... ¿y cómo? 

— Poco os importa , con tal que esté 
agradecido. 

— Es verdad 

— ¡Eh !... ¿ROS v-amos? 

— ¡Bah !... después de todo no m« 

comerán, dijo Rosa Pompon con resolu- 
ción. 

Y fué á coger saltando un í>j6í color de 
irosa como su linda cara, y acercándose 
á un espejo roto lo colocó estremadamente 
á la chusca sobre sus trenzas rubias; lo 
que descubriendo su blanca garganta , la 
sedosa raíz de sus cabellos, daba á la vez 
el aspecto mas travieso, no quisiéramos 
decir el mas libertino á su lindo semblante. 

— ¡Mi capa! díjoá Nini Moulin que pa- 
recía haberse librado de una gran inquie' 
tud desde que ella había aceptado. 

— ¡Quiá!... una capa contestó el 

Sisisbeo (jue volviendo á meter por úl- 
linia vcz/ la mano en uno de sus bolsillos^ 
verdaderas alforjas,, safó un hermoso chai 



*».8»jîl. 



die cachemira «)ue echo sobre los hombros 

de Rosa Puní pon. 

— ¡Un chai do cacliciniraül esclamó la 

jiWeii trémnla de placer y de sorpresa. 
ï)espiies añadió con un gesto heroico : 
— ¡Está hecho!... me arriesgo 

Y bajó con presteza segtiida de Nini Mow- 
iin. 

La honrada frutera -carbonera estaba á 
la puerta de su tienda. 

• — Buenos dias, scùtTiîa, liabeis ma- 
drugado hoy, dijo «í la joven. 

— Sí, lia Arseiiia... aqui está mi llave. 

— Gracias, señorita. 

■ — jAlí!... ahora me acuerdo, dijo sú- 
hitamen'.e Rosa Pompon en voz baja, vol- 
viéndose hacia Nini Moulin y alejándose 
d'é portera. ¿Y Filemon? 

— ^^Filetnon? 

— ¡Si vuelve ! 

*— íAh! ¡diabloí..... dijo Ñini Moulin 
rascándose la orej?. 

—Sí, si Fdenion vuelve... ¿qué le di- 
i-ání porque tal vez estaré mucho tiempo 
ausente. 

— Tres ó cuatro meses, supongo. 

— ¿No mas? 

— Pío creo. 

-^—Entonces, bueno, dijo Rosa Pom- 
J)on. Luego acercándose é la carbonera, 
de>pues de un momento de reílecsion, le 
dijo : 

— Tia Arsenia , si viene Filemon, de- 
cidle que.... he salido... para Hegocios... 

— Sí , señorita, 

— Que me espere sin impacientarse. 

— Sí, señorita. 

— Y qwe nó sé olvide de dar de córner 
á mis pichones que están en su gabinete. 

—Si, señorita. 

— Adiós, lia Arsenia. 

—Adiós, señorita. 

Y Rosa Pompon subió en triunfo al 
cairuaje cotí Nini Moulin. 

— Que el diablo me lleve sí sé en lo que 



ha de venir á parar lodo esto, dijo entre 
sí Santiago DumouÜn, mientras que el 
carruaje se alf jaba con rapidez de la calle 
de (^Jovis; he r^'parado mitonleria; aho- 
ra poco me importa lo demás. 
IL 

EL SECRETO. 

A los pocos dias del robo de Rosa Pom- 
pon por Nini Mouiin, pasaba la siguiente 
escena. 

La señorita do Gardoviile estaba senta- 
da y pensativa en su gabinete de labor^ 
alfombrado con una tela de seda verde de 
la China y amueblado entre otras cosas 
con una librería de ébano, adornada con 
grandes cariátides de bronce dorado. 

Por algunos indicios ^gnificativos era 
fácil conocer que la señorita de Cardovi- 
He habla buscado en las artes distracción 
á tristes y graves preocupaciones: cerca 
de un piano abierto habia un arpa colo- 
cada delante de un atril de música; no 
lejos, encin á de una niesa cubierta deca- 
jitas de ninturas se veian muchos pliegos 
de vitela con ensayos de bosquejoí fuerte- 
mente coloreados, de los cuales la mayor 
parte representaban paisagesa>iálicos üu- 
minados vivamente cop. los rayos del sol 
de oriente. 

Constante en su capricho de vestirse de 
una manera singular, la señorita tie Car- 
doviüe se asemejaba en este dia á uno de 
esos soberbios retratos de Velazquez de 

tan noble y tan severa ejecución Su 

vestido era de moaré negro con una an- 
cha guarnición por abí.Jn, con el ta!ío muy 
bajo y las mangas acuchilladas con raso 
de coior de rosa y recamadas con d bujos 
de canutillos. Una valona á la española 
bien almidonada subía hasta su barba y 
estaba sujeta ai rededor del cuello por me- 
dio de una ancha cinta tambicn de color 
de rosa. Este adorno dulcemente sgilado 
se veia escotado graciosamente por las 
elegantes ondas de uü corpino de raso dej 

3" 



mismo color de rosa purmccido con hilos 
de «rabacho que venia á terminar en pun- 
ta por delante en la parle inferior. 

Imposible es pintar iia&ta (juepunfu es- 
te vestido negro Ciw» anchos y lustrosos 
pliegues coronado por un corpino de co- 
lor de rosa guarnecido de brillante azaba 
che armonizaba con la deblumbranle blan- 
cura del cutis de Adriana y con los tira- 
buiones de su cabellera dorada, cuyos 
largos y relucientes anillos caian hasla su 
seno. 

La joven estaba medio tendida en un 
camapé forrado de seda verde, que levan- 
tado á bastante altura pur el lado de la 
chimenea, descendia gradual é insensi- 
blemente hasta el suelo por el estremo 
opuesto, l.'na especie de enrejado fino de 
bronce dorado semicircular, y que levan- 
taba como unos cinco pies, entretejido 
con lianas florecidas (admirables pa&ijhjres 
funt/ra/j^u/aías plantadas en una onda jar- 
dinera de ébano de dondesalian los ramos 
que iban á enredarse por el enrejado de 
bronce), rodeaba este catnapé con una es- 
pecie de biombo vejetal salpicado por an- 
chas y hermosas llores verdes en la parte 
esterior, y purpurinas por dentro con un 
esmalte tan brillante como el de esas llo- 
res de porcelana que nos vienen de laSa- 
jonia. Un suave y lijero perfume como la 
débil mezcla de la violeta y del jazmin se 
exhalaba de las corolasdeesas admirables 
jtnsi flore*. 

Una gran cantidad de libros nuevosque 
Adriana habia hecho comprar dos ó 1res 
dias antes, y cuyas hojas estaban recien- 
temente partidas, se veian esparcidos en 
confusion y desorden , unos sobre el ca- 
mapé", otros sobre un lindo velador, y 
otros finalmente en union de muchos y 
grandes atlas yacían esparramados sobre 
la alfombra que estaba tendida á los pies 
deidivany queera de pieles de martas. Y 
¡cosa singtilari todos estos libros diferen- 



tes en forma y tamaños trataban de uní 
misma cosa. 

La postura de Adriana revelaba una 
especie de melancólico abatimiento: sus 
mejillas estaban pálidas , y una auióola 
aunque lijcra , de color azulido que ro- 
deaba sus grandes y negros ojos medio 
cerrados le daban una espresion de pro- 
funda tristeza.... 

Esta tristeza tenia realmente muchas 
causas, y una de ellas era la desaparición 
de la Gibosa. Sin dar entero crédito á las 
pérfidas insinuaciones de Uodín que en 
su caria daba á entender, que la joven 
habia abandonado rquella casa por el te- 
mor de no verse desenmascarada por él, 
sentia Adriana una opresión tn el cora'- 
zon al pensar en que esta joven, en quien 
tanta confianza habia tenido, huyera asi 
de su hospitalidad casi paternal, sin diri- 
girle ni una s.ila palabra de reconocimien- 
to; porque hablan tenido bastante cuida- 
do de no mostrarle los pocos renglones 
que apresuradamente habia dejado aque- 
lla escritos para su bienhechora , en el 
momento antes de emprender su fuga. 
Habíanle hablado, si, del billete de 500 
francos que se habia hallado sobre su bu- 
ró, y esta circunstancia, tan inesplicable, 
por decirlo asi, habia contribuido nota- 
blemente á despertar en la señorita de 
Cardoville algunas sospechas. Ya comen- 
zaba á sentir los funestos efectos de esa 
desconfidnza universal, de esa descon- 
fianza de todo el mundo que Ho Jin le ha- 
bia recomendado; y ese sentimiento de 
desconfianza y de reserva tendía á hacer- 
so tanto mas grande, cuanto por la pri- 
mera vez de su vida , la señorita de Car- 
doville, tan agena hasta entonces á la men- 
tira, tenia un secreto que ocultar.... un 
secreto que causaba al mismo tiempo su 
felicidad, vergüenza, y su tormento. 

Recostada en su divan, pensativa, abru- 
mada , recorría distraída en muchos mo- 



tnonlos, una de esas obras recientemente 
-compradas, Cuando repentinamente dio un 
ligero grito de sorpresa. La mano en que 
tenia el libro tembló como la hi>ja de un 
árbol agitada por el viento, y desde este 
instante prosiguió leyendo Cv)n una aten- 
ción apasionada, con una curiosidad devo 
radora. A poco brillaron de entusiasmo 
sus ojos-: apareció en sus labios una son- 
risa de inefable dulzura; y parecía orgu- 
llosa, feliz y encantada á la vez... pero en 
«1 momento en que dobló la ultima hoja 
•en que leía, apareció en sus facciones la 
«presión del abatimiento y del dolor. 

Volvió á comenzar aquella lectura que 
le habia causado tan dulce sensación, pe- 
To ya esta vez fué leyendo cada página con 
lentitud calculada, deletreando, por decir- 
lo así, cada línea , cada palabra ; é inter- 
rumpiéndose de cuando en cuando, se que- 
daba pensativa con la frente apoyada en 
su hermosa mano, y parecía meditar con 
profunda reflexión los pasages que iba le- 
yendo con un amor tierno y religioso. Al 
llegar á un período que le causó una sen- 
sación fuerte, se asomó una lágrima á ^us 
ojos, y la j'Wen volvió repentinamente el 
libro para ver en la portada el nombre do 
SD autor. Por espacio de algunos momen 
tos permaneció contenriplando este nom- 
bre con una singular espresionde recono- 
cimiento: y no pudo menos de llegará sus 
humedecidos labios la pagina en que es 
taba impreso. Después de haber releído 
mochas veces aquello que tanto la habia 
afectado, olvidando sin ¡duda la lelra por 
el espíritu se puso á reflexionar tan pro- 
fundaínente, que el libro se le deslizó de 
las manos y fué á caer sobre la alfombra 
de marta. 

En tanto que duró esta meditación, la 
mirada de Adriana se habia fijado maq»ii 
nalmente al principio en un hermoso bajo 
relieve que servia para sostener un caba- 
llete de ébano colocado cerca de una ven- 
tana. 



kruvm 

Esta pieza de bronce recientemente fun- 
dido con arreglo á una de las obras de la 
antigüedad, representaba el triunfo de Buco 
en la india. El arte griego no habia pro- 
ducido una obra mas perfecta. 

El joven conquis! ador medio vestido con 
una piel de Icón que dejaba admirar la 
gallardía juvenil y encantadora de sus for- 
mas, ostentaba una belleza divina y ra- 
diante. Puesto de pié en un carro tirado 
por dos tigres con aspecto dulce y altivo 
á la vez, se apoyaba con una mano sobre 
un tirso y con la otra guiaba con tranqui- 
la magestad las feroces bestias... En esta 
rara mezcla de gracia , de vigor y de se- 
renidad se reconocía desde luego al héroe 
que tan terribles combates habia mante- 
nilo con los hombres y con Jos monstruos 
de las selvas. 

Por efecto del color rojizo que el bajo- 
relieve tenía , la luz que hería de lado á 
esta escultura , hacia resaltar adúiirable- 
mentela figura de! joven Dios que se avan- 
zaba mas desprendiéndose del punto en 
que estaba colocado el bajo-reüeve, y pa- 
recía iluminado por ios rayos de luz una 
magnífica estatua de oro bajo sobre el fon- 
do oscuro del bronce. 

Cuando Adriana fijó su mirada en este 
conjunto de perfecciones divinas, sus fac- 
ciones estaban tranquilas y como absortas 
en la meditación ; pero la contenïplacion 
casi maquinal al principio, fué liariéndose 
mas atenta y reflexiva cada vez, hasta que 
la joven se levantó repentinamente de su 
asiento y fué acercándose con lentitud ha- 
cía el bajo-relieve, como si cediera á la 
invencible atracción de una semejanza es- 

traordinaría. 

Entonces comenzó á colorearen las me- 
gillas de la señorita de Card ville un lige 
ro sonrosado que poco á poco fué apode- 
rándose de lodo su semblante, eslendién- 
dose por su frente y su garganta. 

Acercóse mas todavía al bajo- relieve y 



10 ÀLCl'H 

después de habeÎT dàiÎo ;riitlívímciile iin:t 
inira<l.i à su alrededor cí^ino «le ver^iicn 
za, y ci>mo si temiera (]iU' !a sorprendie- 
ran en alguna acción vituperable, arriiii(> 
por dos veces su rriano trémula de etn >- 
cion para palpar suavemciiie con las ve- 
nías de los dedos la frente de bronce del 
Bâco indio. 

Pero pb^ doS veces la detuvo con iihi 
piídira vaeilári'in. 

La tenfacioncreo'ó por fin. Adri.ni.i ce- 
dió á ella y su deilo de ;il;ü)nslio des- 
pués de liaher arariciadodeüfailameiMe o! 
rostro de oro baj i del joven Dios, se apo- 
yó mas atrevidamente por es()nci» de lín 
momento sobre su frente noble y pura... 

A este contacto, aurtijue ligero, pareció 
sentir Adriana uiH'lio(|ue eléctrico. Se es- 
Iremeció lodo su cuerpo: su^ ojoá^ so en- 
saiicbaron, y después de haber nad.^d'ó ért 
su nácar biíniedo y brillante, se levanta- 
ron hicia el lielo, volvieron á inciitarsc 
lueuo liácia lá tierra, y casi se ccnnroii 
abrimiadw después... Kntonces la cabeza 
de la jóvon se inclinó alpun tanto liácia 
alrís: le naf|uearon las rodillas; enlrea- 
bri^^ronse s«)S rojos labios para dar salida 
á una respiración abrasada, porijiie su se 
no se levantaba con violenta agitación , 
como si la rabia de la juventud y de la 
vida aceleraran b)s latidos de sil corazón, 
é hiciiran bcrvir á b rl>oi.( s la sangrí' (jue 
subiendo de pronto á ejiíemler el rostro 
dte Adriana reveló á su pesar una especie 
de estasis tínjido y apasionado, caslo y 
sensual á la vt z y de una espresion inle- 
resanleé inefalde ha>la el último punto. 

K-peclaculo interesante é inefab e , en 
efecto, es aquel en (|ue la frente púdica 
de la virgen se colorea con el primer fue- 
go de un secreto deseo Pues quó, el 

Creador de todas las cifjiaN, ¿no anima el 
cuerpo lo mismo que el alma con su divi 
no destello? ¿No debe ser religiosamente 
glorificado por la ioleligvncia y por ios 



sentidos deque tan palernalpiente lia do- 
lado á sus líochuras? ¡Qué impíos y blas- 
femos son aqtiellos q»ie pretenden sofocar 
esos sentimientos celestiales, en vez de di- 
rigir, de armonizar su divino tesoro! 

Pe repente la señorita de Cardoville hi- 
zo un cstremeciniiefito, levantó la cabeza, 
abrió losojos como si saliera de un siíeilól 
retrocedió bniscamenle, se aK-jó del bajo 
re'íeve, y dio algunos paseos por la habi- 
tación coii notable agitación, y llevándose 
las manos àlirasadas á la ír»'nle. 

Luego, dejándose caer anonadada , por 
decirlo así, sobre su asiento, comenzaron 
á coTer de sus ojos abundantes lágrimas, 
y el mas amargo dolor se retrató en su 
semblante, revelando las profundas llagas 
que hacia en su corazón la lucha terrible 
que interiormente sentia. 

l*bco á poco fué calman lose su llan- 
to, y á esta situación de abatimiento, s(í- 
cedií) una especie de violentó despecho , 
de Colérica indignación contra sí misma, 
qiíe se dejaba conocer por estás palabras 
qiie se Id escaparon en medio desuat-re- 
bato : 

— Por la primera vez de mi vida má 
siento débil y cobarde.... ¡ Olí ! sf... ¡ co- 
barde!... ¡muy cobarde! 



El ruido de abrir y cerrar una puerta 

sacó (le sus reflexiones á la señorita de 
("urdoville. G'-'orgina apareció enseguida^ 
y preguntó: 

— ^eilorila , el señor conde de Mont- 
bron desea saber si podéis recibirlo. 

Adriana tenia demasiado talento para' 
manifestar delante de sus doncellas la es- 
pecie de impaciencia que lecausaba aque- 
lla venida tan inoportuna entonces, y di- 
jo á (leofgina : 

— Habéis dicho al señor conde que es- 
toy en casa ? 

— Si señora. 

— I'ues decidle que tenga la bondad de 
pasar adelante. 



ALBUM. 

Aunque en rcalitlad la sciïotila deCat- 
doville sentia un disgusto notable tn esta 
ocasión por la vcnicJa del conde deMurit- 
bron , debemos manifestar que lo profe- 
saba un afecto casi filial , una estimación 
profunda, y sin embargo, j singular con- 
traste, aunque ¡)or otra parle muy fre- 
cuente! casi fciemprc se liallaba en opobi- 
cion respecto á su modo de pensar, y re- 
sultaba generalmente que cuando la seño 
rita de Cardoville se íialiaba con toda la 
libertad de su carácter, no solia el señor 
de Monlbron llevar la mejor parte, yaca- 
baba por confesar alegremente su derro- 
ta en las conversaciones mas alegres y 
mas animadas apesar de su escópticaé iró- 
nica verbosidad, apesar de toda su larga 
esperiencia, apesar del conocimiento que 
tenia de los hombres y de las cosas, y lo 
diremos con su verdadera palabra, á pe- 
sar de todas í-us astucias y sutilezas de 
buen tono. Asi es, que para darsolamen- 
te tma ¡dea de las discusiones entre el con- 
de y la señorita de Cardoville, diremos 
que aquel antes de hacerse, corao decía 
alegremente, su cómplice, habia comba- 
tido frecuentemente (aunque por distin- 
tas razones que la princesa de Saint-Di- 
zier) su voluntad de vivir sola y á su al- 
vedrío, en tanto que Kodin babia alenta- 
do este proyecto , dando un objeto de 
grandeza á la resolución de la joven , y 
logrando por este medio adquirir sobre 
ella algún género de influencia. 

El conde de Monlbron que tenia entoo 
ees mas de sesenta afios habia sido uno de 
los hombres mas brillantes del directorio, 
del consulado y del imperio: sus prodiga- 
lidades, su buena conversación, sus de- 
safios, sus impertinencias, sus amores, 
SMS pi'rdidas en el juego habían sido casi 
siempre el objeto de las conversaciones de 
la sociedad de su tiempo. En cuanto á su 
carácter, á ru corazón y á sus relaciones 
debemos decir que siempre habia queda- 



It 



do en los términos de la mejor amistad 
con todas las mugeres con quienes habia 
tenido tratos de amor. En la época en que 
lo presentamos al lector, era todo un ju- 
gador muy fuerte y un jugador muy bue- 
no. Era afable, cortés y algún tanto bur- 
lón: sus facciones eran finas, dedicadas 
y con un si es no es de agresiva inperti- 
nencia cuando se hallaba en presencia de 
personas que no eran de su devoción. Era 
alto, delgado y casi tan gallardocomo un 
joven ; algo calvo , cubriéndole el resto de 
la cabeza sus cabellos canos y cortos: sus 
patillas eran canas y laa usaba en semi- 
círculo; y tenia la cara larga, la nariz 
aguileña, ojos azules muy penetrantes y 
la dentadura muy hermosa todavía. 

— El señor conde de Monlbron, dijo 
Georgina abriendo la puerta. 

El conde entró en seguida y fué á be- 
sar la mano de Adriana con una especie 
de familiaridad casi paternal. 

-^Tratemos de averiguar ia verdad que 
vengo buscando, se dijo á sí miïfmo el se- 
ñor de Monlbron, para evitar tal vez una 
desgracia. 

m. 

LAS CONFESIONES. 

No queriendo la señorita de Cardoville 
dejar penetrar la causa de ios violentos 
sentimientos que la agitaban, acnjióá Mr. 
de Monlbron con una alegría finjida y for. 
zada; este por su parte, á pesar de su 
grande esperiencia del mundo, como se 
veia muy embarazado en abordar el obje- 
to que le hacia deseai tener una conferen- 
cia con Adriana, resolvió, según el dicho 
vulgar, tantear el terreno antes de enta- 
blar seriamente la conversación. 

Después de haber mirado á la joven 
durante algunos inátantes, Mr. de Monl- 
bron movió la cabeza y dijo con un sus- 
piro : 

— Mí querida niña... no estoy üodíoq- 

to... 

4** 



13 



ALBUM. 



— ; Alguna pena del corazón ó del 

juego, mi querido conde? dijo Adriana 
sonriendo. 

— ¡Una pena dvl corazón I.... contestó 
Mr. de Montbron. 

— 1 Cómo ! ¿vos tan buenjugador, ten- 
dríais mas cuidado por una calaverada 
femenina que por los dados? 

— Tengo una pena del corazón... y vos 
sois quien la causa, querida amiga. 

— Mr. de Monlbron , vais á hacerme 
muy orgullosa, dijo Adriana sonriendo. 

— Y haríais muy mal... porque mi pe 
sar proviene jiistaniente, os lo digo bru- 
talmente, de que descuidáis vuestra be- 
lleza Si, tenéis las facciones pálidas, 

abatidas, fatigadas de algunos dias á 

esta parte estais triste... tenéis algún pe- 
sar.... estoy seguro. 

— Mi querido conde, tenéis tanta pe- 
netración, que os es permitido carecer de 
ella alguna vez, y esto os sucede... hoy... 

ni estoy triste, ni tongo ningiin pesar 

y voy á deciros una grande y orgullosa 
impertinencia.... jamas me he encontra- 
do tan bonita. 

— Al contrario, nada hay mas modesto 
que esa pretensión.... ¿Y quián os ha di- 
cho esa mentira? ¿una mujer? 

— No... mi corazón, y ha dicho la ver- 
dad, contestó Adriana con una lijera emo- 
ción, y después añadió: comprendedlo... 
si podéis. 

— ¿Pretendéis decir con esto que tenéis 
, orgullo por la alteración de vuestras lac- 
«iones, porque lo tenéis por los sufrimien- 
tos de vuestro corazón? preguntó Mr. de 
Montbron examu ando á Adriana atenta- 
mente. Enhorabuena, tenia razón, lenei» 
un pesar.... insisto en ello... añadió el 
conde con un tono de verdadero conven- 
cimiento; porque lo siento mucho — 

— Tranquilizaos; soy en estremo feliz, 
porque á cada instante me complazco en 
este pensamiento: que á mi edad soy li- 
bre.... absolutamente libre. 



—Si.... libre... de atormentaros.... li- 
bre.... de ser desgraciada á vuestras aH'- 
churas. 

— Vamos, vamos, querido conde, dijo 
Adriana , he aqui reanimada nuestra an« 
tigiia querella , vuelvo a hallar en vos el 
aliado dernitia... y del abate d'Aígrigny. 

— ¿Yo?>i poco mas ó menos co- 
mo los republicanos son los aliados de 
los legilimi-las; se entiende para de- 
vorarse despues.... A propósito de vues- 
tra abominable tia , se dice que hace al- 
gunos dias, se celebra en su casa una es- 
pecie deconcíliábuloqueseagíla mucho... 

verdadero motin mitrado vuestra tia 

está en el buen camino. 

— ¿Porqué no? Antiguamente la hu- 
bieseis visto ambicionar el papel de la dio- 
sa Uazon.... Hoy la veremos tal vez ca- 
nonizada.... ¿no ha cumplido ya la pri- 
mera parte de la vida de Santa Magda- 
lena ? 

— Jamas podríais decir deella tanto mal 
como hace, querida mía... No obstante, 
aunque por razones muy distintas... pen- 
saba como ella acerca de vuestro capricho 
de vivir sola.... 

—Ya lo só. 

— Si , y por lo mismo que deseaba ve- 
ros mil veces mas libre aun de lo que 
sois.... os aconsejé.... buenamente... 

— Que me casase... 

— Sin duda; de esta manera vuestra 
adorada litiertad... con sus consecuencias, 

en lugar de llamarse Mlle. Cardoville 

se hubiera llamado Mme. de... quien que- 
ráis.... 03 hubiéramos encontrado un ma- 
rido escelente que hubiera sido responsa- 
ble.... de vuestra independencia.... 

— ¿Y quién hubiera sido responsable de 
ese marido ridículo? ¿Y quien se hubiera 
degradado hasta el punto do llevar un 
nombre zaherido y vilipendiado en todas 
partes? Creéis que hubiera sido yo capaz 
de semejante acción? dijo Adriana ani- 



TnSndose lijeramcnte. Na, no, qnoridj 
cunde; tanto para el bien como para el 
mal responderé siempre sola de mis accio- 
nes; á mi nombre se unirá , buena ó ma 
la, una opinion que al menos habré for- 
mado sola, porpue me seria tan imposible 
deshonrar vergonzosamente un nombre 
que no fuese el mió , como llevarlo si no 
estuviese siempre rodeado de la grande 
estimación que necesito. Ahora bien, co- 
mo no puede una responder mas que de 
sí misma.... guardaré mi nombre. 

—-Sois única en el mundo para tener se- 
mejantes ¡deas. 

— ¿Por qué? dijo Adriana riendo; por- 
que me parece.... poco grato ver á una 
pobre joven, por decirlo asi, encarnarse y 
desaparecer e« algún hombre muy feo y 
muy egoísta , y llegar á ser, como dicen 
seriamente... ella, dtilce y linda, llegar á 
ser de repente la mitad de esa cosa tan 
fea.... sí.... asi ella fresca y encantadora 
rosa, supongo, ia mitad de un horrible 
cardo! Vamos, amigo mió, coitfesadlo.... 
hay algo de odioso en esta metempsícusis... 
conyugal, anadió Adriana con una caica- 
jada. 

La alegría ficticia, algo febril de Adria- 
na, contrastaba tanto con la palidez y la 
alteración de sus facciones.... era tan fá- 
cil ver que trataba de ahogar con sus ri- 
sas forzadas un profundo pesar que Mr. 
deVIontbron se c nmovió do'orosamcnte; 
pero disimulando ?u emoción, pareció re 
flecsionar tm momento, y tomó maguina!- 
meiite uno de los libros recien comprados 
de que estaba rodeada Adriana; después 
de iiaber echado una mirada distraída so- 
bre este libro, continuó disimulando el 
sentimiento que le causaba la risa forzada 
de Mlle, de Cardoville: 

— Veamos, mala cabeza.... una locura 
mas... supongamos que tengo '10 añus y 
que hicieseis el honoi de casaros conmi- 
go.... ¿os llamarían, según creo, la con- 
desa de Montbroii ? 



ALBTM. 13 

— Tal vez.... 

— ¿Como tal vez? Aunque casada, ¿no 
llevaríais mi nombre? 

— Querido conde, dijo Adriana sonrien- 
do, no continuemos una hipótesis que no 
puede causarme sino.... sentimiento. 

De repente Mr. de Montbron hizo un 
brusco movimiento y miró á la señorita 
de Gardoville con una espresion de profun- 
da sorpresa.... 

Hacia algunos momentos que al hablar 
con Adriana, el conde había tomado ma- 
quinalmente dos ó 1res libros esparcidos 
aquí y allá sobre el camapé, y maquiíial- 
mente también había echado los ojos sobre 
estas obras. 

La primera tenia por título J7i;>(urta tno* 
derna de la India. 

La segunda: Viaje á la India. 

La tercera: Cartas sobre la India. 

Cada vez mas sorprendido Mr. de Mont- 
bron, había continuado su investigación, 
y había visto completarse aquella nomen- 
clatura india con el cuarto tomo de : Pa- 
seos en la Indi . 

El quinto: Recuerdos del Indoslan. 

F.l sesto : Notas de un viajero á las In- 
dias Orientales. 

De aquí provenia una sorpresa que por 
muchos y graves motivos Mr. de Mont- 
bron no había podido ocultar mas tiem- 
po, y que sus miradas manifestaron á 
Adriana. 

Esta que habla olvidado completamen- 
te la presencia de los libras acusadores 
de que estaba rodeada , cediendo á un 
movimiento de despecho involuntario, se 
sonrojó ligeramente: después recobrando 
su imperio el carácter firme y resuelto de 
la joven, dijo á Mr. de Montbron mirán- 
dole con atención : 

— ¡Bien!... querido conde... ¿de qué 
os admirais? 

En lugar de contestar, Mr. de Mont- 
bront parecía cada vez mas absorto, pen- 



14 

galivo y contemplando á I.i jiWen , tui pu- 
d'> impedirse de decir hablando coiisigu 
iiiioin» : 

— No no es imposible. ..4 y no 

obstante... 

— ¿ï>era lai vez indiscreto de mi parte... 
asi^lii <i vu)>!>tro iiionólúgo, querido con- 
de? dij • Adrijna. 

— tsiiisatJrDe, querida amiga p«'- 

r»» lo que estoy viendo me sorprendí- lüii- 
lo..... 

— ;Y qué veis? os supiicd... 

— Las üiiellis de un.i ülki.)n tan ví>a... 
tan grande... como nueva.... por todo lo 
que tiene relación.... con la India... dijo 
Mr. de Moiilhron priuiunoiiuulo con len- 
titud üus palabras y lijando una mirada 
peni'lr.iiile en la j'iven. 

— ¡V bien! dijo Adriana con deci- 
sión. 

— ¡Y bien!.... busco la causa de esta 
SÚluta nfioion... 

— ¿(j''0iír3Üc.i? dij') Mlle, do C^irdovi- 
Ue interrumpiendo á Mr. de Monlbron; 
tal vez encontráis < sta alicion demasiado 
séria para mí edad.... querido conde... 

pero es menester oiiipar el tiempo 

y lueao adema-;, teniendo un primoiodio, 

y prínoi{»e he tenido deseos de tener 

una idt-a del afortunado pais... de donde 
lia venido r-le pariente selvático. 

lista úllinja palabra fué pronunciada 
C'n una amariiura qu-' cliocó ú JVIr. de 
Mmlbron; que atiadió observando con 
atenci'-.n á Adriana: 

— Me pan-ce qi/e habíais del príncipe... 
con un poco de resentimientii. 

— No.... hablo de 61 con indiferencia. 
— Sin embargo, es acreedor.... á otro 
sentimiento. 

— Üe otra persona tal vez, contesto se- 
camente Adriana. 

— iKs tan desgraciado! dijo ^Ir. de 
Montbron con sinceridad. Hace dos dias 



ALDLH. 

le he visto y me ha partido el corvi- 

ron. 

— ¿Y qué tengo yo... que ver con eso? 
i'sclamó Adriana eon una impaciencia do- 
lorosa , casi enojada. 

— Oesearia que tormentos tan crueles 
os tnoviisen al menos á lástima: respon* 
(lió t;ravemeí)te el conde. 

— ¡ Lastimo !... ¡ á mí ! esclamó Adria- 
na ron un aire de orgullo ofendido. 

Después conteniéndose añadió con frial- 
dad : 

— ¡líh.... Mr. do Monlbron, es una 
clianzi... No me pcdísseri:»menteque me 
inttnse en los tormentos amorosos de 
vtiestro príncipe? 

Hubo un dusden tan glacial en estas lil- 
limas palabras de Adriana; sus facciones 
pálidas y contraidas, manifestaron una 
altivez tan amarga , que Mr. de Montbron 
dijo con tristeza : 

— Asi... es cierto... no n»e liabian en- 
gañ/ido.... yo que por mi antigua y fiel 
ami>tad tenia, según creo, algtio derecho 
á vuestra confianza, nada he sabido.... 
mientras que ¡o habéis dicho todo á otra 
persona.... esto me causa sentimiento.... 
mucho sentimiento. 

— No os comprendo, Mr. de Mont- 
bron. 

— j E'i 1 ya no tengo miramientos que 
guardar... esclamó el conde. Ya no hay, 
bien lo veo, ninguna esperanza para ese 
desgraciado joven... amáis á alguien. 

Y como Adriana hizo un movimiento, 
añadió el conde : 

— ¡01)1 no tenéis que negarlo; vues- 
tra palidez, vuestra tristeza hace algunos 
dias.... vuestra indiferencia hacia el prín- 
cipe, todo me lo dice... todo me loprue* 
b.i... amáis. 

Ofendida Mlle, de Cardovílle de la ma- 
nera con que hablaba el co.ide, del sen- 
timiento que le suponia , contestó con una 
altiva dignidad : 



*» atjM. 



i5 



—bebéis saber, Mr. de Muntbron , 
que un secreto sorprendido.... no es una 
confianza. Y vu.slro lenguaje me admi- 
ra..... 

— |Eh! querida amiga, si hago uso del 
triste privilegio de la esperiencia... si adi- 
vino, si os digo (|ue amáis... si me atrevo 
hasta ecliaros en cara vui'stro amor.... 
es porque se Irata , por decirlo asi , de la 
vida ó la muerte de ese pobre principe, 
que sabéis me interesa ya como si fuera 
mi hijo, porque es imposible conocerle sin 
amarle con ternura. 

— Seria singular, añadió Adriana con 
mayor frialdad é ironia, que mi amor... 
admitiendo que tenga un amor en el co- 
razón... tuviese una influencia estraordi- 
naria sobre el príncipe Djalma... ¿Qué le 
importa que yo ame? anadió con un des- 
den casi doloroso. 

¡ Qué le importa ! ! 1 En verdad, mi que- 
rida amiga, perinitidmequeosdigaque vos 
sois la que os chanceáis cruelmente... Có- 
mo 1... ese pobre joven os ama con el ar- 
dor ciego de un primer amor; dos veces 
ha querido ya pon^r fin con el suicidio al 
horrible tormento que le causa su pasión 
por vos... y encontráis estraordinarioque 
vuestro amor hacia otro... sea una cues- 
tión de vida ó muerte para él» 

— ¡Con(jue me amal esclamó la joven 
con un acento imposible de espresar. 
. — Tanto, que puede morir.... os digo; 
le he visto... 

Adriana hizo un movimiento de estu- 
por : de pálida que estaba se puso color 
de púrpura; después desapareció este co- 
lor, sus labios se quedaron blancos y tré 
mulos: su emocioü fué tan viva, que per- 
maneció algunos momentos sin poder ha 
blar, y puso la mano sobre el corazón 
como para contener sus latidos. 

Mr. de Montbron , casi asustado de la 
súbita variación de la fisonomía de Adfia- 
iw, de la alteración creciente do sus fac- 
ciones, se acercó á ella esclamando: 



— ; Dios mió! pobre amiga mia , ¿que 
tenéis? 

En lugar de contestar, Adriana le hizo 
una seña con la mano, como para tran- 
quilizarle; el conde en efecto se tranquili- 
zó, porque el bello semblante de la jóveo 
poco antes contraído por el dolor, la iro- 
nía y el desdon, parecía renacer en medio 
de las en)ociones mas dulces y mas inefa- 
bles; la ¡mpri'sion que ospcrimentaba era 
tan embelesadora, que parecía compla- 
cerse y temer perder el menor senti- 
miento de ella: en seguida, diciéndole la 
rellecsion que tal vez era víctima de una 
ilusión ó de un engaño, esclamó de repen- 
te con angustia dirigiéndose á Mr. de Mont- 
bron: 

— Pero lo que rae decís.. i. es cierto.... 
al menos? 

— ¡ Lo que os digo ! 

— Si.... que el príncipe Djalnia.... 

— ¿Os ama como un insensato? jAyl... 
es demasiado cierto... 

— No... no... esclamó Adriana con es- 
presión de sencillez encantadora , jamás 
podrá ser eso demasiado cierto. 

— ¿Qué decís? esclamó el conde. 

—¿Pero esa...mujei? pn^guntó Adria- 
na comí) si esta palabra le hubiese quema- 
do los labios. 

— ¿Qué mujer? 

— La que era causa de esos pesares tan 
dujprosos. 

— ¿E^d mujer?.... quien queríais que 
fuese .^ino vos? 

—¡lo!... ¡oh! .-i, era yo; ¿es verdad? 
i nadie mas que yo ! 

— A fó de cabal'ero... Creed en mi es- 
periencia... jamas he visto una pasión mas 
sincera y mas tierna... 

— ¡ Oh I ¿es verdad? ¿jamás ha tenido 
amor mas que el mió? 

-7 ¡ líi !.... jarná*. 

— Sin embargo.... me lo han dicho. 

—¿Quién? 
5** 



ALlV», 



— Mr. Rodin. 
— ¿Que Djalma?... 

— Dos dias despues de haberme visto 
se habia enamorado locamente de otra. 

— Mr. Rodin os ha dicho eso, esclami^ 
Mr. de Montbron ocurriéndole una idea : 
pero también le dijo á Djalma.... qne es- 
tabais enamorada de otro. 
—Yo? 

—Y esa ha sido la causa de la horri- 
ble desesperación de ese desgraciado jó- 
Ten... 

— ¡ Y lo que también ha causado mi 
desespi'racion! 

— ¡ Pero entonces le amáis tanto como 
él á vos! esclamó Mr. de Montbron tras- 
portado de alegría. 

— ¡ Si le amo ! dijo la seilorlta de Car- 
doville. 

.\lgunos golpes dados discretamente á 
1a puerta interrumpieron á Adriana. 

— Vuestras doncellas... sin duda... Re 
poneos, dijo el conde. 

— Adelante, dijo Adriana conmovida. 
Florina apareció. 

— ¿Que hay? dijo Mlle, de Cardoville. 

— Mr. Rodin acaba de llegar, y temiendo 

-ncomodaros no ha querido entrar; pero 

volverá dentro de media hora... ¿queréis 

recibirlo, señorita? 

— Si... si... dijo el conde á Florina; y 
aun cuando esté con la señorita, introdu- 
cidlo.... no es esa vuestra opinion? pre- 
guntó Mr. de Montbron á Adriana. 

— Ese es mi deseo contestó la jo- 
ven. 

Y un rayo de indignación brillo en sus 
ojos al pensar en esta perfidia de Ro- 
din. 

— ¡ Ah, viejo tunautel dijo Mr. de 

Montbron. ¡Siempre habia dtsconfiado de 
aquel cuello torcido 1 

Florina salió dejando al conde con su 
señorita. 



IV. 



AMOR. 

La señorita de Cardoville se habia fr»S>- 
figurado; por primera vez su belleza bri- 
llaba en todo su esplendor: velada hasta 
entonces por la indiferencia, ú oscurecida 
por el dolor , tm rayo resplandeciente del 
sol la iluminó de repente. 

La líjera irritación causada por )a peT^ 
fidia de Rodin habia pasado como una 
sombra imperceptible sobre la frente de 
la joven. ¿Que le importaban ya estas men- 
tiras, estas perfidias? ¿No estaban desea- 
biertas? 

Y en lo sucesivo... ¿que poderhumano 
podia ponerse entre ella y Djalma , tan 
seguros uno de otro? ¿Quien osaría lu- 
char contra estos dos seres resueltos y 
fuertes con el poder irresistible de la ju- 
ventud, del amor y de la libertad? ¿Quien 
se atreverla á intentar seguirles en aque- 
lla esfera abrasada donde iban tan her- 
mosos, tan felices, á confundirse en un 
amor inestinguible , protegido y defen- 
dido por su felicidad, armadura á tod« 
prueba? 

Apenas hubo salido Florina, cuando 
Adriana se acercó á Mr. de Montbron con 
paso rápido; parecía haber crecido: al 
verla adelantarse lijera , triunfante y ra- 
diante , se la hubiese tomado por una di- 
vinidad andando sobre las nubes. 

— ¿Cuando le veré? 

Tal fué la primera palabra que dirigió 
á Mr. de Montbron. 

— Pero... mañana; es menester prepa- 
rarle á tanta felicidad; en un carácter tan 
ardiente.... una alegría tan súbita , tan 
inesperada... puede ser terrible. 

Adriana permaneció un momento pen- 
sativa , y dijo de repente: 

— Mañana sí no antes de ma- 
ñana tengo una superstición del co- 
razón. 

—¿Cuál? 



ALBCM 

■---Ya la sabréis. ... el me ama.... es- 
îla palabra lo dice lodo, lodo lo encierra, 

lodo lo comprende..... es lodo y sin 

■embargo , tengo mil preguntas en los la - 
bios... acerca de él.... no os liaré ningu- 

tia antes de mañana no, porque por 

una fatalidad muy agradable.... mañana 
es para mí.... un aniversario sagrado.... 
Desde ahora basta entonces viviré un si- 
^lo..... afortunadamente.... puedo espe- 
rar.... mirad. 

Después haciendo una seña de Mr. de 
MoDtbron, le condujo junto al Baco In- 
•dio.... 

— ¡Cómo se le parece!..-, dtjoal conde. 

— ¡ Con efecto, escíamó este, es estraor- 
dinario! 

— ^¿Estíaordrnario? añadió Adriana son- 
Tiendo con una dulce altivez; ¿estraordi- 
tiario que un héroe , que un semi-dios, 
que un ideal de belleza se parezca á Djal- 
ma?.,... 

— ¡Cuánto Je amáis !..... dijo Mr. de 
Monlbron profundamente conmovido y 
■casi deslumhrado con la felicidad que res- 
plandecía en la físonomía de Adriana. 

— ^¿Debia sufrir mucho, es verdad? le 
-dijo ella después de un momento de si- 
JeHcio. 

- — PeTo si yo no me hubiera decidido á 
venir hoy, sin ninguna esperanza, ¿qué 
Jiubiera sucedido? 

— No lo sé tal vez hubiese muer- 

-to..^.. porque estoy Iferida aqui de 

una manera incurable (y puso la mano 
sobre el corazón.) Pero lo que hubiera 
«ausado mi muerfe... será mi vida,,. 

— ¡Es horrible! dijj el conde estre- 
meciéndose, una pasión semejante, con- 
centrada en vos misma, tan altiva como 
sois 

— ¡Sí, altiva!.... pero no orguüosa.... 

Así al saber su amor hacia otra al 

saber que la impresión que habia creí- 
do causarle cuando nuestra primera en- 



n 



trovista, se habia borrado tan pronto 

renuncié á toda esperanza, sin poder rt- 
nunciar á mi amor; en lugar de huir de 
su recuerdo , me he rodeado de todo lo 

que podía traérmelo á la imaginación 

á falta de felicidad, hay un amargo pla- 
cer en sufrir por lo qu*i se ama. 

— Ahora comprendo vuestra biblioteca 
india 

Adriana , sin contestar al conde tomó 
del velador uno de los lil)ros recientemen - 
te abierto, y trayéndolo á M. de Moiit- 
bron le dijo sonriendo con una espresion 
de alegría y felicidad celestial: ' 

— No tenia razón en negarlo soy 

orgullosa. Mirad leed esto.,, enalto... 

os suplico os digo que puedo esperar 

á mañana. 

Y con la punta de su lindo dedo indicó 
al conde el pasají*, presentándole el libre. 

Después ftié á cobijarse, por decirlo 
asi, en el fondo de su camapé, y alü en 
una actilijd de profunda atención , reco- 
jida , con el cuerpo inclinado hácij ade- 
lante, con las manos cruzadas sobre los 
cojines, con la barba apoyado en las ma- 
nos, con sus hermosos ojos fijos con una 
especie de adoración en el Baco Indio míe 
estaba enfrente, pareció en estaecontem- 
placion apasionada , prepararse á escu- 
char la lectura de Mr. de Montbron. 

Este, admirado, comenzó, después de 
haber mirado á Adriana que le dijo con 
una voz muy amable: 

— Y muy despatio... os suplico... 

Mr. de Montbron leyó el párrafo si- 
guiente del Diario de un viajero en la 
India: 

« Cuando me hallé en Bombay en 

« 1829 no se hablaba en toda la sociedad 
«inglesa sino de un joven héroe, hijo 
de 

Habiéndose interrumpido el conde por 
un momento á causa de la pronunciación 
barbara del padre de Djalma, Adriana le 
dijo vivamente con voz dulce : 



18 XLtiltt 

— Hijo de Kadja-Sing... 
— ¡ Qué memoria 1 dijo fl conde son- 

ri«'iidi>. 

Y continuó: 

«Un jiUen hémo , el hijo dj Karlja- 
«í-ln^, rvv (II* MiiikIí. Di'sptu'í do udí) 



« Cíípfdirion U'jnna y saiifirii'nla en las 
ctiionlanas contra este rey jodio, el co- 
« ronel Drakc habia vuelto lleno do on- 
n tu^¡a«mn por el hijo do Kidja-SinjJ;, lla- 
í» mado l)j.ilma. Apenas fuera de la ado- 
« lescencia , ote joven príncipe ha dado 
« prueb-v en esta guerra implacable, de 
«una intrepidez tan oaballeresc.i , de un 
o carácter tan ntdde, (|ui' han apellid¿!do 
«á bU pidre el Pa'lrc. del (leneroso, 

— Ivsfa e< una tierna ooilui'nbrc!. .. dijo 
el conde. Hecompensar , por docirlo a^i , 
al padre, dándole un sobrenombre glorio- 
so por causa del hijo, esto es grande 

j pero (|iié raro hallazfio es este libro ! di- 
jo el coi)de sorpretidido ; <;oinpren lo que 
hay con ijiie exaltar la cabeza uia- fria... 

— ¡Oh !... ¡ vaisá ver !... ¡ valsa ver!... 
dijo .-Vdriana. 

PA londe continuó su lecUira. 

« El coronel Drak'- , uno de los niejo 
a res y mas valientes oficiales del ejército 
«inglés, decia ayer delante de mí, que 
« lierido gravemente y hecho prisionero 
« por el prínci|!e Djalma , después de una 
a resistencia enér^it:a, habi.í sid oconduci- 
« do al campainenl) esloldecido en la a!- 
« día de.... 

Acjui hubo la misma tardanza ji.tr par 
te del conilií acerca de un nombre ntucho 
ma< bárbaro iiue el prinuTo; asi n »<iim'- 
Ticndo pronunciarlo á la ventura se inter- 
rumpió, y d'j > á Adriana î 

— Kn cuanto á este... renuncio. 

— ¡ Sin embargo , es tan fácil ! contestó 
Adriana, y prommció con una du'zura 
indescribibid el nombre si^^uienle, muy 
dulce también por sí: 

— lin la aldea de SumsJnbad. 



— Hó aqui un método mnemónico, ín- 
Falible para retener los nombres geogíá- 
ficos , dijo el coide y continuó: 

« Una vez en el campamento, el coro- 
a nel Drüke recibió la hospitalidad mas 
«Cordial, y el príncipe Djalnia tuvo para 
« con él las atenciones de un hijo. A(|UÍ 
n fué tionde el coronel supo al^uoos he- 
« chos (|ue colmaron su entusiasmo por el 
nj)ríncipe, y de los cuales contó delante 
« de mí los dos siguientes : 

« Kn Huo de ios combates el príncipe 
« iba acompañado de un joven indio dé 
« unos doce ailos de edad, á quien amaba 
« tiernamente y (|ue le servia de page si- 
« guiéndoleá caballo con sus armas de re- 
« fresco; este muchacho era idolatrado por 
« su madre : en el momento de la espe- 
« dicion , ella habia confiado su hijo al 
«príncipe Djalma diciéndole con un es- 
« toicismo digno de la antigüedad : Qu^ 
« sea vucMro hermano. Ln será, contestó 
«el príncipe. En una sangrienta derrota 
«el muchacho fué gravemente herido y 
«su Cf.ballo muerto; el príncipe á riesgo 
« de su vida , á pesar de la precipitación 
« de una retirada forzada, lo saca de de- 
« b.ijo del caballo muerto, lo pone á la 
«grupa del suyo, y huye: persíguenli»s; 
« una bala hiere al caballo, que con tra- 
« bnjo llega á un bosque de juncos en me- 
« dio del cual, después de vanos esfuer- 
nzos, cae exhausto. El muchacho estaba 
« intposibililad )de andar, e! príncipe carga 
«con él, y se cicuUa en lo mas espeso del 
« bosipie. Llegan los ingleses , registran 
« los juncos ; pero las dos \íctin)as se es- 
«ciipan. Después de una noche y un dia 
«de rriürchas, eonlramarclias , estrataje- 
rt inns, fnligasy pelijiros inauditos, el prín- 
«cipe siempre cargado con el muchacho, 
« uno (je cuyo>i pies estaba casi ruto, con- 
«sigue llegar al campamento de su padre, 
«y dice sencillamente: /labia prometido 
« á «!< »i-at/rt! qxii: serla su h rinano , obro 
((Como tal. » 



àLbCM 
■ — \% admirable ! 'esclamó el conde. 

— Conlinuad ¡olí! ] continuad!..:. 

dijo Adriana eiJ'i;;ando una ingrima sin 
apartar sus ojos de! bajo relieve, a! (¡uc 
no dejaba do contemplar con mayor ado 
ración. 

El conde prosiguió: 

«Otra vez, el príncipe Djalma seguido 
«de dos esclavos negros, se dirige antes 
«de amanecer á im lugar muy agreste, 
«para apoderarse á la vez de dos tigres 
«nacidos pocos días antes. La caverna ha 
« bia sido descubierta. El tigre y su hem- 
« bra esiaban aun fuera cazando. Uno de 
« los negros se intruduce en la caverna 
« por una abertura estrecha, mientras que 
« el otro ayudado de Djalma echa abajo 
« á hachazos un gran tronco de un árbol, 
« á fin de preparar un lazo para cojer el 
« tigre ó á su hembra. Del lado de iaaber- 
«tura, la caverna estaba casi cortada á 
« pico. El príncipe sube á ella con agilidad 
« á fin de disponer el laz^) con ayuda del 
«Ciro negro; de repente se oyó un ru- 
«gido terrible; la hembra que volvia ya 
« de la caza llega en pocos saltos hasta la 
«entrada de la cueva: con una sola den- 
«tellada le hiende el cráneo ai negro que 
«tendía el lazo con el príncipe, el árbol 
« cae á través de la estreciía abertura é 
«impide al tigre , penetrar en ia ciwva , 
«impidiendo al mismo tiempo e! paso al 
« negro que salia con los tigres recien na 
«cidos. 

« Kncima,áunos 'lointe pjes, sobre una 
« plafafirma de rocas, cl príiu-.ipe tendido 
« boca ab.ij<> consideraba este horrible es- 
wpectáculo. El tigre, furioso con los gri- 
« tos de sus hijos, devoraba las manos del 
« negro que desde el interior de ¡a ma- 
« dnguera trataba de sujetar el tronco del 
« árbol, su único baluarte, y lanzaba gri- 
« tos lastimeros. » 

— ¡lis horrible.! dj ) c! conde. 

— ¡Oh! cotilinuad.... continuad.... es 



10 

clamó Adriana con exalta eion : vais á ver. 
lo que puede el heroismo de la bondad. 

El conde prosiguió: 

« De repente el príncipe pone su puñal 
«entre los dientes, ala su cinturon á un 
« pico de la roca , toma el hacha con una 
«iriano, déjase deslizar con la otra por 
«esle cordaje improvisado, cae á algunos 
« pasos de la bestia feroz, da un salto há- 
« cia ella, y rápido como e! rayo le asosta 
« uno sobre otros dos golpes mortales en 
«el momento en que el negro perdiendo 
«sus fuerzjs abandonaba el tronco del ¿r« 
« bol ó iba á ser hecho pedazos. » 

— ¡Y os sorprendía lU semejanza con 
este semi-Dios, á quien la misma fábula 
no presta una abnegación Inn generosa! 
esclamó la joven con mayor exdltacion. 

— Yo no me sorprendo... admiro, dijo 
el conde con voz coumovid.1, y al leer es- 
tos dos nobles hechos, yv^corazon palpita 
de entusiasmo, comoi^si tuviera 20 aííos. 

— Y el noble corazón de este viajero ha 
palpitado como el vuestro al oir esta re- 
lación , dijo Adriana, vais á verlo. 

« Lo qu • hace adiiiirab!e ia intre- 

« pidez del príncipe, es que según los orin- 
« cipios de las razas indias, la vida de un 
« esclavo no tiene la menor importancia; 
«asi un hijo de un rey, al arriesgar su. 
«vida por salvara una pobre criaiura tan 
« íiifuna , obedecía á un heroico in^tinlo- 
(f de caridad, verdaderamente cristiana, 
«inaudito hasta entotices en aquel pais.. 

« Dos hechos semejante>, decia con ra- 
«zon el coronel Dr.ike, bastan á descri- 
« bir un ¡iombre; así, yo viajero desco- 
« nocido, eïcribo el nombre del pruuipo 
« ))jalma con un sentimiento de respeto 
« profundo y de tierna admiración , esjie- 
« rimentaiido sin embargo una e.»pecie d*,» 
«tristeza al pregimtar cuíI será el iiorve-' 
«nir de esle príncipe, perdido en el fondo 
«de ese pais selvático, MCmpre ik;v.!.»¡aVly 
«por là guerra. Por humi:de que sea cí 
6** 



20 ILBCV. 

«hcHnensgc que tributo á «sle carácter 
« dipBO de loji ti"en>pos heroicos, su rioin- 
« bre, ni menos, será repetido con un en 
« tusia^mo generoso por todos los corazo- 
« Des sinipáticci para cuanto cs generoso 
« y grande. » 

— Y hace poco al leer estas líneas tan 
sencíi'as, tan tíornas, ::riadió Adriana, 
no he podido menos de llevará nr)is labios 
el nombre de este viajero. 

—Sí... hó!o ahí tal corno le habla juz- 
gado , dijo el cr>nde cada vez mas enter- 
necido, Jevii'viendo el iihro á Adriana; la 
cual le eonli'íló levantándose: 

— Helo allí tal como yo (jueria liacé- 
roslo conocer á (in de que comprendáis.,, 
mi adüracion hacia él; porque habia edi- 
"vinadu e>le valor , esta heroica bondad , 
cuando sorprendí á posar mió unaconver- 

racion arit'j de mostrarme á Desde 

aquel «i; sbbia que era tan generoso, tan 
esforzado , tm intrépido, tan tierno, tan 
sensible, como enérgico y resuelto... pero 
cuando le vi tan bello.... y tan diferente 
por el noble carácter de su fisonomía , y 
hasta p.^r «us vestidos, de todo loque lias- 

ta entones habia encotitrado cuando 

YÍ la impresión que le habia causado 

y que esperimer.té tal vez mas violenta 

aun sentí que mi vida estaba ligada 

i este annor. 

— ¿Y cuáles SOD ahora vuestros pro- 
yectes? 

— Divinos, radiantes como rni corazón... 
Ai saber su felicidad , quiero que Djalma 
esperimente el mismo vértigo que he sen 
tiJû, y que no me permita aun mirar... á 
mi sol dü Ircnlc... porque os lo repito.... 
éesde aquí hasta mañana tengo que vivir 
un siglo. Sí, icosa estrafia! hubiera crei 
do 'tespues d" semejante revelación , de- 
ber sentir Id iiccj'íi'lad de permanecer so- 
lí, sumergida e» es»; océano de embelesa- 
dos (; nsamientos. ; Pues bien I no... no; 
4e!Kie ahora habla uaùnna lomo la sole 



dad... esperimento ne sé qué itnptciencíll 
febril... inquieta... ardiente... .¡Oh! ben^ 
dita seria la hechicera que tocándome con 
su varila de virtudes me durmiese ahora 
hasta mañana. 

— Yo seré esa hechicera bienhechora , 
dijo de repente el conde innriendo. 

—¿Vos? 

—Yo. 

— ¿Y cómo? 

— Mirad el poder de mi varita : quierd 
distraeros de una parte de Vuestras ideas, 
haciendo que sean para vos materíalmeo- 
te visibles... 

— Espüráos, por piedad. 

—Y ademas mi proyecto tendrá tam- 
bién otra ventaja para vos. Escuchadme; 
sois tan leiiz, que podéis oirlo todo... vues- 
tra odiosa lia y vuestros odiosos amigos 
esparcen el rumor de que vuestraperma- 
nencia en casa del doctor Baleinier.... 

— Ha sido una necesidad por la debili« 
dad de mi cerebro , dijo Adriana sonrien- 
do. Ya rae lo esperaba. 

— Es una cosa estúpida , pero como 
vuestra resolución de vivir sola os ocasio- 
na enemigos y envidiosos, ya conocéis por 
qué no faltarán algunos perfectamente dis* 
puestos á dar crédito á todos los absurdos 
posibles. 

— Bien lo espero... Pasar por loca á los 
ojos de loi necios es muy lisonjero. 

— Sí, pero probar á los necios que lo 
son, y esto en presencia de todo París, es 
bastante divertido; ahora bien, empiezan 
á inquietarse por vuestra desaparición ; 
habéis interrumpido vuestros acostumbra- 
dos pasaos; mi sobrina se presenta sola 
hace mucho tiempo en nuestro palco de la 
ópera : queréis matar , quemar el tiempo 
hasta mañana... Hé aquí una ocasión es- 
célente: son las dos... i las tres y media 
mi sobrina está aquí en coche : el dia está 
magnífico... habrá muchísima gente en el 
bosque de Boulogne : dais un buen paseo; 



iLtVH. 



âi 



"Y» OS Ten a'llí.... además el aire fresco, el 
movimiento calmarán vuestra fiebre de fe- 
licidad y esta noche, aquí es cuando 

empieza mi poder mágico, os conduzce á 
la ludia. 

—¿A la India? 

— En medio de una de esas agrestes sel- 
vas donde se oye el rugido del león, de la 
pantera y del tigre... Tendremos á la vis- 
ta, real y terrible.... ese combate heroico 
que tanto os ha conmovido hace poco, 

— Francamente, mi querido conde, ¿es 
una broma? 

— Absolutamente; os prometo haceros 
▼er verdaderas bestias feroces, terribles 
huéspedes del pais de nuestro semi-dios... 
tigres y leones que rugen... ¿ Esto no val 
drá tanto como vuestros libros *? 

—Pero repito... 

— Vamos, es menester confiaros el se- 
creto de mi poder sobrenatural; de vuelta 
de vuestro paseo comeréis en casa de mi 
sobrina, y en seguida vamos á un espectá- 
culo muy curioso que hay en el teatro de 

la puerta de San Martin Un domador 

de las fieras mas eÁtraordinarias, muestra 
animales perfectamente feroces en medio 
de una selva (aquí únicamente empieza la 
ilusión ) y finge con los tigres , leones y 
panteras combates terribles. Todo Paris 
va á estas representaciones, y todo Paris 
es verá allí mas bella y mas encantadora 
que nunca. 

— Acepto, acepto, dijo Adriana con una 
alegría infantil. Sí... tenéis razón... espe- 
rimentará un placei estraíío en ver esos 
monstruos feroces, que me recordarán los 
que mi semi-dios ha combatido tan heroi- 
camente. Repito que acepto, porque por 
la primera vez de mi vida tengo un deseo 
ardiente de parecer muy hermosa... hasta 
por todo el mundo.... acepto... ea fin.... 
porque... 

La señorita de Gardoville fué interrum- 
pida primero por un ligero golpe dado á 



la puerta , y Inego por Florina, que entró 
anunciado á Mr. Rodin. 
V. 

EJEClCIOt. 

Rodin entró y con una ojeada rápida 
dirigida á Mile, de Gardoville y á Mr. de 
Montbront, adivinó que iba á encontrarse 
en una posición difícil. En efecto, nada 
presagiaba menos tranquilidad para él que 
el semblante de Adriana y del conde. 

Este, ya hemos dicho que cuando no !e 
gustaban las personas, manifestaba su an* 
tipatía por unos modales de una i^l^)erli- 
nencia agresiva, sostenida ademas por un 
buen oúmeTO de duelos; así al ver á Ro- 
din , sus facciones tomaron súbitamente 
una espresion insolente y dura; apoyado 
con el codo en la chimenea y hablando con 
Adriana , volvió desdeñosamente la cabe- 
za por encima del hombro, sin contestar 
al profundo saludo del jesuíta. 

Ala vista de este hombre, Mlle, de Gar- 
doville se sorprendió de no esperimentar 
ningún sentimiento de irritación ó deodio. 
La brillante llama que ardía en su cora- 
zón la justificaba de todo resentimiento 
vengativo. 

Al contrario se sonrió dirigiendo una 
mirada altiva y dulce al Baco Indio, des- 
pués á sí misma, preguntándose lo qu« 
dos seres tan bellos, tan libres, tan ena- 
morados, podían tener que temer de aquel 
viejecillo grasiento, de fisonomía común y 
baja, que se adelantaba tortuosamente, 
con ios círculos de un reptil. En una pa- 
labra, lejos de esperimentar cólera ó aver- 
sion contra Rodin , lo joven solo sintió un 
acceso de alegría burlona y sus grandes ojos 
resplandecientes ya de felicidad , chispea- 
ron pronto de malicia é ironía. 

No estaba muy desahogado. Las perso- 
nas de su especie prefíf^ren mucho mas los 
enemigos violentos á los burlones; á veces 
esquivan la cólera que provocan, arrodi- 
llándose, llorando, gimiendo y dándose 



22 



ALfiin. 



golpes de pecho; otras la arrostran levan - 
IímhJoío armado» é ¡mpKicables : pero ;m- 
Icla-i Imrl.is picantes se tiesconriertan ciin 
fdCiliil.iiJ ; así sticediú á Uodin : pre>íiiti'í 
tpiL- entre Adriana y -Mr.de Montbron iba 
á toner, como se'dice vulgarmente, u» jJtr- 
Vfrso ruarlo de hura. 

Kl COI. (le íüuipio el fuego, y vulviendo 
6ti cabe/a p ir encima de su lioníbr», dijo 
á Uodin : 

— ¡A II! ¡ali! ¡ Ik^os aqui, sefuir hoin- 

bff «le bien ! 

. — Acercaos, acerrao-;, añadió Adriana 
con sonrisa Siirca>liea ; vds, la perla do 

los anii:;!'», il modi-lo de ¡os íilúst.fiis 

vos, ei enemigo declarado de t"d'i enga- 
llo, de tuda mentira, teiigu mil enhora- 
buenas i|i!C daros.... * 

—Todo lo acepto de vos, ijtierida se- 
ñorita;... hasta las enlxjrabuenas no inei- 
recidas, contestó el jesuíta esforzáiuiose 
en sonreír, mostrando de ese niodo mis 
feos, am-uillos y descarnados dientes. 
Pero puedo saber ¿porqué lie niereciOo 
estas b liiitaciones? 

— l'ur vuestra penetración, que es es- 
traotdiiiaria , contestó Adriana. 

— Yo tributo homenaje, dijo el con- 
de, á vuestra veracidad, no menos es- 
traordinaria, demasiado estraordinario tal 
vez. 

— Mi penetración.... yo.... ¿en qué, 
señorita ? dijo Kuilin eon fiialdad; yo.... 
Verídico.... ¿e^ (¡ué? srñor conde, añadió 
volviéndose a Mr. de Montbron. 

— ¿ i!n ;qué? dijo Adriana. ¿ í'UcS no 
liibeis adivinado ym secreto rodeado de 
(iiíicuitade-) y misterios sin nútneio; en 
una paldbra, nu habéis sabido leí r en la 
|irofuíididad del corazón de uiía ñiu'ger? 

— ¿ Yo, s« ííontá? 

— Vos y ali'gr .» ; ha tenido vues- 
tra penetración los m s felices resulta- 
dos. 

— Y vuestra veracidad ha obrado ma- 
i'avillas, añadió el conde 



— Es prato al coriazon olirar bien aWñ 
Ignorándolo, dijo Rodin , siemj re sobre 
la (lefi nsiva y espiando con miradas obli- 
cuas altt rnati\amente al conde yá Adria- 
na. ¿ l'ero podré saber la causa de estos 
elogios? 

— Fl reconocimiento me obliga á daros 
parte de ella , dijo Adriana con malicia; 
habéis descubierto y dicho al príncipe l^jal- 
m (jiu' yo amaba apasionadamente.... á 

dlgHieii pues bien, glorificad vuestra 

pt I!'. Iraiion.... era verdad. 

— Habéis descubierto y dicho á esta se- 
ñorita, que el príncipe Djalma amaba apa- 
sionadamente... á alguien, añadió el con- 
de, pues bien, gloriíicad vuestra pene- 
traciiui , (|uerido amigo..., era veidad.. . 

Kodin quedó confundiiio, atónito. 

— Ese alguien á (piien amaba tan apa- 
sionadamente, dijo Adriana, era el prín- 
cipe.... 

— Ksa persona á quien el príncipe ama- 
ha tan apasionadamente.... repuso el con- 
de, era esta señorita. 

Kstas revelaciones graves y angustio-^ 
sas, hechas una tras otra, aterraron á 
Kodin: permaneció enmudecido, asustado, 
peuNando en el porvenir. 

— ¿(Comprendéis ahora nuestra grati-» 
lud hacia vos? preguntó Adriana con un 
tono cada vez mas burlón. (íraciasá vues- 
tra sagacidad , al tierno interés que to- 
mabais por nosotros, el principe y yo os 
«Jebemos el estar enterados de nuestros 
mutuos sentimientos. 

El jesuila recobró poco á poco su san- 
gre íiia^, y su c^lma aparente irritó mu- 
cho á Mr. de Monlbron, quien sin la pre- 
sencia de Adriana hubiera dado un giro 
muy distinto á aquella conversación sar- 
castica. 

— ilay un error, dijo Rodin, en )o 
que me híucis el honor de dicirmc, que-r 

' nda señorita; jaTiias !ie hablido, del sen- 
jtimiento, por lo deruas Duiy decoroso y 



•í 



ii&îjii. 



23 



Vespelable , que íiül)reraiS J)odido ¿spcrr- 
nieiilar por el principe Djalma.... 

—lis cierto, contestó Adriana, que por 
Un esct úpnl'j tle discreción esquisita, cuan- 
do me hablabais del profundo amor del 
príncipe Djalhia , llevabais ia reserva , lá 
delicadeza hasta el estremo de decirme 
que no.... no era yo quien lo había ins- 
pirado.... 

^^Y el írtíSnio escrúpulo os hacia decir 
íl príncipe que la señorita de Cardovilie 
amaba apasionadamente á alguien... que 
no (era él. 

^^Señor conde, contestó Rodin con se 
quedad , no poíi'ia escusarme de deciros, 
'que no tengo una gran necesidad de mez- 
clarme en intrigas amorosas. 

— ¡Vaya I ¡vaya! *¿es modestia ó amor 
propio? dijo el cohde con insolencia : por 
Vuestro interés, no cometáis otra torpeza 
Semejante.... si os cojiesen la palabra.... 
Si «e divulgase.... manejad un poco me- 
jor los honraditos oficios que ejercéis sin 
duda.... 

— Hay uno por lo tríenos, dijo Roaíñ 
imosirándose tan agresivo como el conde^ 
buyo duro aprendizaje os deberé, señor 
conde; el pecado oficio de oiros. 

— ¡ Hola i amigo, conlcstóel conde corj 
desprecio, ¿ignorais acaso que hay todij 
especie de niedíos para castigar á los iiii-j 
pertinentes y embaucadores?.... i 

— ¡ Mi querido conde ! dijo Adriana a 
Mr. de Montbron ea tono de feconven-l 
cien. . i 

Rodin añadió con lá mas perfecta tran-j 
quilidad : _ 

— No veo cla'ramehíe, Señor cohde, prí 
ínéio/er valor de amenazar y llamar im- 
t)erlijiehle 4 un pobre' viejo como yo; se- 
cundo.. ^i.¿ . ' _ 

— ^Mf . Ródíín , 'íííjd élconde inlerrùrn-j 
piendo ail jesuíta, primero, un pobre viet 
jb Côfrio Vtis, íjfüe procede con maidaq 
escudándose con su anciaóidad que dè$- 



fionra, es á la tcí malvado y cobarde, 
y merece Un doble castigo; segundo, en 
cuanto á la edad , no >é que cazador de 
lobos ó gendarme se incline con resf eló 
ante la piel blanquizca de los lobos viejos, 
ó ante las canas de los tunantes vujos, 
¿qué pensais de esto, quendn amign? 

Rodil) siempre impasible, levantó sus 
cada\éricos pá>pádí)s, fijando pur un se- 
gundo sus ojillos de reptil en el conde," y 
lanzándole una mirada rápida, fria y pe- 
tíVtr^hle cc)mo Un dardo.... en seguida el 
íívido párpado volvió á cubrir la empana- 
da pupila de esté hotübre de fisonomía ca- 
davérica. 

— No tehietido ériri'cohveniente de sfer 
un lobo viejo y hiénos aun un tunante, 
contestó Rodin pacíücamente, me permi- 
tiréis, señor conde, que no me inquiete 
mudio acerca de las maneras de los ca- 
ladores de lobos, ni die los gendarmes; erí 
cuanto á las reconvenciones que se me 
haceh, tengo una manera muy sencilla 
de responder á ellas.;., no digoyo dejus- 
tilicarríit?, porque jamás lo hago. 

— ¡ De veras I dijo el cdride. 
. — Jamás, repitió Rodin cen frialdad, 
mis acciones se loman este trabajo. Res- 
ponderé, pues, sencillafíiénte'íjüe viendo 
la impresión profunda , violenta , casi es- 
pantosa, que hizo esta señorita én el prin- 
c'ipe...; , 

^— -| CSmo os absuelve detíñat'qüe ha- 
béis querido hritëi-hie , dijo Adriana "con 
üi^a sonrisa encantadora, interrumpiendo 
á Rùdtn , la segutldad q(je tht dais del 
amor del pfíhcipe ! la vista de nuesira 
prócsima dicha será Vuestro ¿olo castigo.' 

-^Tal véí bo tenga necesidad de abso- 
lución ó Castigo, porque cOmo acabó dé 
tener ef honor de 'hácér presente al señor 
Conde,'íhi querida señorita, el porvenir 
justifiéará ibis mis accidíiés; si, he debido' 
decir al príncipe que timabais á otro; a^i 
cuino he débito deciros que él aiñab«r A 
7** 



otra.... y no soy infalible.... pero des- 
pues de la conduela que he observado con 
vos anteriormente, querida 9t?ñorita, ten- 
go derecho de admirarme de que se me 
trate asi; no es esto ona queja por- 
gue si nunca me justiíico, lanipoco me 
qoejo jamás. 

— Por vida mia que eso es cosa muy 
heroica , señor mió, dijo el conde, os dig- 
náis no quejaros ni justificaros del mal que 
liaceis. 

— ¿Del mal que hago?... y Rodin miró 
ajámente al conde. 

— ¿Eátamus acertando charadas? ¿Y 
qué llamáis, esclamó el conde con indig- 
nación, liaber mu vuestras mentiras su- 
mido al príncipe en una desesperación tan 
espantosa, que lia querido dos veces aten 
tar contra su vida; que llamáis, haber 
lambien con vuestros enpanos impulsado 
á esta señorita á un error tan cruel y tan 
completo, que, sin la resolución que he to- 
mado hoy , este error duraría aun y hu- 
biera tenido las consecuencias mas funes- 

l;»s? 

— ;Y podréis hacerme el honor de de 
cirme, qué interés tengo en estJs errores, 
en estas desesperaciones, aun admitiendo 
que yo haya querido causarlos? 

— Un gran interés sin duda, dijo el con- 
de con dureza, y tanto mas peligroso cuan- 
to que es mas oculto, porque sois de aque- 
llos á quienes ei mal del prójimo debecau 
sar placer y provecho. 

— Cs demasiado, señor conde, me bas- 
taría el provecho , contestó Rodin incli- 
nándose. 

— Vuestra impudente sangrej fría no 
roe engañará, dijo el conde; todo esto es 
muy grave, añadió, es imposible que un 
embrollo tan pórfido sea un hecho aisla- 
do... ¿quién sabe si será un efecto del odio 
que la princesa de Saint- Dizier profesa á 
Mlle. deCardoviite? 



precedente con una profanda atenciolK 
L>« repente se estremeció como ilustraba 
por una súbita revelación. 

Después de un momento de silencio, 
dijo ó Rodin sin amargura, sin cólera; 
pero con una calma llena de dulzura y'de 
serenidad. 

— Dícese que el amor feliz hace prodi- 
jios.... estoy por creerlo, porque después 
de alfiunos minutos de rt-flecsion, y re- 
cordando algunas circunstancias, vuestra 
conducta se me preseDta bajo un punto 
de vista enteramente nuevo. 

— ¿Cual es esa nueva perspectiva, mi 
querida señorita? 

— Para que podáis c*.isideraT la cues- 
tión bajo el mismo puhto de vista que yo, 
permitidme queinsista en algunos hectios: 
me estaba generosament'e adicta la Gibo- 
sa ; me había dado pruebas inequívocas 
de afecto; su talento valía tanto como, su 
noble corazón.... pero esperrmentaba por 
vos un despego invencible.... De repente 
desaparece de mi casa... y no ha sido cul- 
pa vuestra si no he tervido odiosas sospe- 
chas de ella. Mr. de Monlbron me profe- 
sa un afecto paternal , pero debo confe- 
sarlo, pocas simpatías hacia vos; también 
habéis tratado de hacerme desconfiar d» 
él.... En fin, el príncipe Djalma esperi- 
menta un profundo sentimiento por mí... 
y vos empleáis «I ei'gaño mas pérfido pa- 
ra destruir este sentimiento; ¿qué objeto 

I evais en obrar de esta manera? Lo 

ignoro; pero seguramente me es hostil. 

— Me parece, señorita , dijo Rodin con 
severidad, que á vuestra ignorancia se une 
el olvido de los servicios prestados, 

— No quiero negar que me habéis sa- 
cado de casa de Mr^ Baleinier; pero al 
fin, algunos dias después hubiera sido io* 
faliblemente puesta en libertad por Mr. 
de Montbron.... 

— Tenéis razón, amiga mia, puede ser 



Adriana hat)ia escuchado la disausioo I muy bien que hayan querido bacera* un 



iLBtiai 

•m'^rito de lo qne debia S4iceder muy pron- 
to, gracias á vuestros verdaderos amigos. 

— Os ahogabais, os salvo, ¿me sois 
agradecida? no, dijo Rodin con amargu- 
ra ; alguno de los que pasaban os hubiera 
calvado mas tarde. 

— La comparación no es -muy exacta, 
dijo Adriana sonriendo : una casa de lo- 
cos no es un rio, y aunque os crea ahora 
muy capar de nadar en re dos aguas, la 
•natación os ha sido inútil en esta circuns 
tancia.... y me habéis únicamente abier- 
to una puerta... que debia abrirse ínevi 
dablemente un poco mas tarde. 

— ¡Muy bien 1 amiga., dijo el conde 
Tiendo á carcajadas al oir la contestación 
^e Adriana. 

— Bien sé que vuestros esceíentes cui- 
'dados no íse han estendido solamente á 
mí... Las hijas del mariscal Siuionie fue- 
ron devueltas por vos.^. pero ee de creer 
que las reclamaciones del mariscal duque 
de Ligny acerca de sus hijas no hubiesen 
sido vanas; habéis llegado hasta á enlre- 
.gar á un antiguo suldado su cruz imperial, 
verdadera reliquia sagrada para él : es 
muy bienhecho.... Habéis en fui quita- 
do la máscara al abate d*Aigri^ny y á 
Mr. Baleinier.... pero yo estaba dtcidida 
á hacerlo.,. Por lo deuias todo esto prue- 
ba que sois un hombre de un gran ta- 
lento. 

•^ I Ah, señorita! dijo humUdemente 
Kodiu. 

— Lleno de recursos y de Inveocion. 

— J Ah, señorita! 

— No es culpa mia si en nuestra larga 
conferencia en casa del doctor Baleinier, 
habéis manifestado esa superioridad que 
me llamó la atención, lo confieso, pro- 

íundameiite y de la que tan embara-* 

zado parecéis ahora.... ¡Qué queréis! es 
muy difícil á un raro talento como el 
vuestro permanecer oculto; sin embargo 
como podía ser queporcamiuos distintos. 



25 

¡oh! muy disHntos, auadió la joven ciui 
malicia, caminásemoü al mismo punto.... 
(Mempre, según nuestra conferencia en 
casa de Mr. Baleinier) quiero por interés 
de nuestra comn'iion venidera, como de- 
cíais, daros un consejo.... y hablaros con 
franqueza. 

Rodin habia escuchado á Mlle. deGar- 
doville cur. una aparente impasibilidad, 
con su sombrero bajo del brazo, con las 
«n<)nos cruzadas sobre el chaleco, y dando 
vueltas á s^us dos pulgares; la sola n»ueí- 
tra esterior de la terrible turbación que 
le causaban las tranquilas palabras de 
Adiiana , fué que los párpados lívidos del 
jesuita^ fiipócritamente bajos, se pudieron 
poco á poco muy colorados, por la mucha 
sangre que á ellos afliiia con violencia. 

No obstante, contestó á Mlle, de Car- 
doville con una voz segura é inclinándose 
profundamente: 

— Un buen consejo y hablar con fran- 
queza son siempre cosas escelenles.... 

— Ya veis añadió Adri<)na con una 

lyera exaltación; el amor correspondido 
da tal penetración, tal energia, tal valor, 
que se bur'a una de los peligros... se des- 
cubren las emt)oscadas...: y se arrostran 
los odios. Creedme, la divina claridad que 
brilla al rededor de los coraaones enamo- 
rados bas'a á disipar todas las tinieblas, á 

descubrir todos los lazos.... Mirad en 

la India, escusad esa debilidad, me gusta 
mucho hablar de la India, añadióla joven 
con una sonrisa indefiniblemente gracio- 
sa: en la India, los viajeros, para asegu* 
rar su tranquilidad durante la noche, en- 
ciendan grandes hogueras e« torno de su 
ajoupa (iperdonad esta pincelada de color 
local) y por todo el espacio en que se es» 
tiende esta auréola iumínosa pone en fu- 
ga, con su claridad, todos los reptiles im- 
puros, venenosos , à los que la luz asusta 
y solo viven en las tinieblas. 

•^No he comprendido hasta ahora el 



26 



ALBIM, 



sentido de la compararion , dijo Rodin 
continuando en dar viielias à sus dodos y 
nu'ilia levantando sus párpados, rada vez 
mas encendidos. 

— Voy á hablar niasdaramontOi dijo 
Adriana sonriendo. SUpi^n-^ainos (pie el 

lillimo servicio que nos habéis beefio 

af príncipe y á mí, porijiiu no procí'dris 

• sino por wrTicios Ik'CIk'Sí.íps niüy nuevo 
y hábil lo rtníunorct». 

— Ufavo, hija ijuerida , dijo l'l co;-.de 
con alcjiria, la cjirtirion s» rá comp'efa. 

— ¡Ali!... ¡esto es Una ej.''i)oi(>n ! dijo 
Rodin siempre impa-tb!»-. 

—No, eonfi'sló.\driaria suitrk'Mdo; oslo 
es una !>in)(>te conversacton entre tuia po- 
bre j ivín y Un Iriejo filósofo auiigo del 
bien. Suponfjnmos. pues, que los frecuen 

les servidoí que tne liabois hecho á 

mí y á los niios, n>e hayan de repente 
abierto los ojos; ó mas bien , añadió la 
joven con gravedad, supon<»íímosqne11ios 
que da á la madre t^l instinto de la con- 
servación do su hij 1 me haya dado el 

de «-sta folioidad, y que no se (jue presen- 
timit'nto, aclarándome niil circunstancias 
hasta ahora oscuras, uie liaya reveládti 
de reponto (jue en tUfíar de sor mi amigo, 
sois tal voz el enemigo ítias peligroso uiio 
y de m> familia. 

— Asi pasamos de las ejecucío'hes á laS 
suposiciones, dijo Tludin siempre imper- 
turbable. 

— Y de la suposición , piicsfo qué és 
meno>ter decirlo, á la certeza, co/itestd 
Adriaua con una firmeza digna y serena: 
sí, ahora creo que he ¿ñdo durante algún 
'tienido víctima de vuestrírs eiígañós..;.. 
y os lo dijio sin ótiio y siir Cólera, pero con 
sentimiento; es muytriote ver á Un lio'ni- 
bre de vuestra intt linoncia , de vuestro 

talento bajarse á tale» maniobras.... 

y de.<pties de liaAVrpm'sio en juego tan 
tos recortes diabi'»licos no coiiso<{UÍr ál fin, 
UDO ser ridículo... porque ¿hay cosa .ñas 



ridíclila qu'è el veráún hombire cómo Vos 
vencido por una j'Wen (jue no tiene mai 

arm:ls, mas defon.^a , mas luces que 

sU amor?... 

Kn lina píitabra, Mt". Rodin ,' os miro 
desdo hoy como un enemigo implacable 
y polii;roso; poripié entreveo vuestro ob- 
jeto sin adivinar por que medios queréis 
alcaníarlo; sih dtida sefráh dignos de lo 
pasad i; pues bien, á pesar de todo, ñtí 
(>s tenii); (losdf mañana mi familia será 
ínstniiila de todo; y una uni )n activa; 
ihloliutnlo; (IOS tendrá alerla ; ponjue se 
trata i'eci'sa ría mente de t-sa enorme he- 
rencia que ya por poro nos roban. Ahora, 
que relación piioi'a llab^^ entre lo que Oá 
echo en cara y este interés pecuniario....; 
lo ignoro abí(iíiitamente... pero vos miá- 
mo me lo habéis dicho, mis enemigos son 
tan peligrosamente hábiles, sus manejos 
sfin siempre tan ocultos, que es menestéf 
temerlo todo, pre\ orlo todo; recordaré 
\á lección... os hahia prometido ser fran- 
ca , me parece qtie lo he sido. 

— Seria pdt lo menos imphiden'le..... 
ser franca, si fuese vuestro enemigo, dijo' 
Hodin siempre impasible; pero también 
me habiais ofrecido uh consejo, querida 
señorita. 

— E>le será breve: río tratéis de luchar 
contra mí, pófqiie ya veis (CUe hay algo' 
(le n>as fuerte que vos y los vuestros; üHst 
mugór (jue dorrofitie su dit'ha. 

Adriana pronunció estas últimas pala- 
bras con una coiiííaiiia tan grande; su 
hermoso mirar respiándecia, por decirlo 
así, con uña felicidad tan intrépida, que 
Kodin á pesar de su nirdacia flemática, se 
asuntó por un inomento. 

Sin embargo no pareció absofutamértíe' 
desconcertado, y después (te un momeiito* 
de silencio, conte>t<í Con un airé dé com'- 
pasion casi díSdeñoSa : 

— Mi qiíerida señorita , jamas nos Vó!- 
veremos á ver, es probable..... recffrdad 



Vínicamente un cosa que os repito : jamás 

tn€ jii-fiíico el porvenir se torna e-ie 

trabajo.... á pesar de esto, querida s'-ño- 
rila,soy vuestro afectísimo servidor — . 

Y saludó. 
— Señor conde á vuestras «ordenes, 

añadió inclinándose ante Mr, de Montbron 
con major fiumildad aun, y salió. 

Apei'BS hubo salido Kodin , cuando 
Adriana se dirigió á su bufete y dijo á Mr. 
de Montbron : 

— No veré al príncipe hasta mañana... 
tanto por superstición de corazón corno 
Iporque es n-oesario para mis proyectus 
que esta entrevista sea rodeada de algu- 
nas solemnidades Todo lo sabréis 

pero quiero escribirle al instante..^,, por 
que con un enemigo tomo ñir. Uodin es 
VRenester preverlo todo 

— Tenéis razón, querida amiga... pron- 
to esa carta. 

Adriana se la entrego. 

— Le digo en ella l<< bastante para cal- 
mar su dolur y no lo suliciínte para 

privarme de la soberana felicidad de la 
sorpresa que le preparo mañana. 

— Todo esto está lleno de razón y amor: 
voy corriendo á casa del príncipe para 

que le entreguen vuestra «squela no 

lo veré porque no puedo responder de 

mí ¡Ali! nuestro paseo de esta tarde, 

y nuestro teatro de esta nocbe se harán 
en todo caso. 

— Ciertamente, tngo /ñas necesidad 
que nunca de aturdirnie hasta mañana... 
ademas conozco qut el aire libre me hará 
bie\D; esta conversacioo ^op Mt, Rodin 
tne ha irritado un poco. 

— ¡Miserable viejo!... pero ya vol- 

veremus á hablar de él voy corriendo 

á cas^ del prmcipe y vuelvo por vos 

con Mme.deMorinval, para ir á Jos Cam- 
pos Elíseos. 

Y el conde de Montbron salió precipi- 
tadamente, tan contento y alegre como 
habia entrado triste y desconsolado. 



m 



VI. 



LOS CAMPOS elíseos. 

Unas dos horas habrían pasado desde 
la conferencia de Uodin y Mlle, de Caf 
doviüe : numerosos paseantes atraídos^ 
los ('ampos K.liseos por la serenidad de 
un hcmoso dia de primavera, (iba ya á 
finalizar el mes de mar^o,) se detenían 
para admirar un elegante carruaje. 

Figi'ireso el lector una carretela azul , 
lirada de cuatro soberbios caballos depu- 
ra sangre, ron los arnescs adornados de 
plata, y conducidos á ia Damonl por dos 
postillones de una estatura perfectamente 
igual, con capa corta de terciopelo negrOj 
chaqueta de casimir azul claro con cuellos 
blancos, calzón de ante y botas de campa- 
na; dos lacayos altos, con polvos en la ca- 
beza, con librea del mismo color azul claro, 
cuellos y galones blancos, estaban senta-» 
dos detrás. 

No puede verse un carrungo mejor con- 
ducido, mejor tirado; los caballos llenos 
de fuego, hábilmente dirigidos por los dos 
postillones andaban á un paso igual, mo- 
viéndose con gracia, mordiendo el freno 
cubierto de espuma,y sacudiéndose de vez 
en cuando sus cucardas de seda azul y 
blanca, con cintas flotantes, y en cuyo 
centro se veía una hermosa rosa. 

Un hombre á caballo, vestido con una 
elegante sencillez que iba por el otro 
lado de la avenida, contemplaba con una 
especie de prgullosa satisfacción este car- 
ruaje y sus caballos, que había, pordecir- 
lo asi, creado; este hombre er,a Mr. de 
Bone-ville , el escudero ó cabaUerizo de 
Adriana, como decía Mr. de Montbron, 
porque el carruaje era el de \fi joven. 

Un cambióse había verificado en elpro- 
grama del dia mágico. 

Mr. de Montbron no habia podido en- 
tregar á Djalma el billete deMlle.deCar- 
doville, porque el príncipe se habia mar- 
chado al campo aquella mañana con el 
8" 



28 



&L6ulí. 



mariscal Simon, según habia dicho Fariii- 
ghea; pero estarla de Mielta á la noclie, 
y le seria entregada la carta. 

Completamente tranquila acerca de 
Djalma, sabiendo que enconlraria algunos 
renglones, que sin hacerle conocer la di- 
clia que le esperaba, se la harían al me- 
nos presentir. Adriana cediendoá los con- 
sejos de Mr. de Montbron, habia ido á 
paseo en su propio carruaje, á fin de nia- 
nifestar á los ojos del mundo que e>taba 
decidida á pesar de los pérfidos rumores 
esparcidos por la princesa de Saint- Dizier, 
á no cambiar en nada su resolución de vi 
vir sola, y mantener su casa. 

Adriana llevaba una capota blanca me- 
dio cubierta con un velo de blonda que 
rodeaba su semblante sonrosado y sus ca- 
bellos de oro; su vestido alto de terciopelo 
color de granate, casi se ocultaba bajo un 
gran mantón de cachemira verde. La jó- 
-ven marquesa de Morinval, también muy 
bonita y elegante, estaba sentada á su de- 
recha , y Mr. de Montbron ocupaba en 
frente de ellas el asiento inferior de la car- 
retela. 

Los que conocen ia sociedad pai isiense, 
ó mas bien c?a imperceptible fracción de 
la sociedad parisiense, (|ue durante una 6 
dos horas va diariamente á tomar el sol á 
los Campos Eliseos para ver y ser vista, 
comprenderán que la presencia de Mlle. 
de Cardoville en este brillante paseo debia 
ser uoacontecímientoestraordinario, algo 
inaudito. 

Lo que se Dama la sociedad no podia 
dar crédito á sus ojos al ver aquella joven 
de 18 años, rica, perteneciente á la clase 
mas elevada deja nobleza, que venia, por 
decirlo asi, á mostrarse á los ojos de todos, 
presentándose en su carruaje, que en efec- 
to vivía enteramente libre 6 independien- 
te, en contra de todos los usos y costum- 
bres. Esta especie de emancipación pare- 
cía algo monstruosa y casi se admiraban 



de que el aspecto de la joven lleno dé 
gracia y dignidad , desmintiese completa- 
mente las calumnias esparcidas por la 
princesa de Saint -Dizier y sus amigos 
acerca de la pretendida locura de su so- 
brina. 

Varios ;)o/íme/r« aprovechándose de co- 
nocer á la marquesa de .Morinval t^ á Mr. 
de Montbron, \inieronuno tras otro á sa- 
ludarla y anduvieron algunos minutos á 
caballo al lado de la carretela á fin de te- 
ner ocasión de ver, admirar, y tal vtz de 
oir á la señorita de Cardoville; esta colmó 
todos sus deseos hablando con su encanto 
y su talento habitual; de marera que la 
sorpresa y el entusiasmo llegaron al últi- 
mo tístremo; lo que al principio se habia 
calificado de rareza casi insensata fuó una 
originalidad encantadora, y solo hubiera 
dependido de la señorita de Cardoville ser 
declarada desde aquel día la reina de la 
elegancia y de la moda. 

La j()ven comprendía perfectamente la 
impresión que causaba, y estaba contenta 
y enorgullecida al pensar en Djalma; y 
cuando le comparaba cotí aquellos hom- 
bres á la moda, su dicha aumentaba aun. 
Y en efecto, aquellos jó>enes, la niayor 
parte de los cuales no habían nunca sali- 
do de París ó á lo mas se habían arriesga- 
do hasta Ñapóles ó Badén, le parecían 7/1 uj/ 
pálidos, al lado de Djalma, que á su edad 
habia tantas veces mandado y combatido 
en guerras sangrientas, y cuya reputación 
de valor y heroica generosidad, citadas con 
admiración por los viajeros, llegaba desde 
el interior de la India hasta Paris. Y úl- 
timamente, los mayores elegantes de Pa- 
ris, con sus sombreritos, sus escasas levi- 
tas y sus grandes corbatas ¿podían acaso 
compararse con el príncipe indio cuya 
graciosa y varonil hermosura estaba aun 
realzada por un traje á la vez tan rico y 
tan pintoresco? 

Todo era pues en aquel día de felicidad. 



l'LCfl'M. 



?ï> 



'^fYiór y alegría para Adriana; el sol po 
niéndose en un cielo de una esplendida 
serenidad, llenaba el paseo con sus rayos 
dorados; el aire estaba tennplado; joscar- 
ruajes se cruzaban en todas direcciones, 
los caballos de los elegantes pasaban y re- 
pasaban con rdpidcz y brio; una brisa ti- 
jera agitaba los chales de las mujeres, las 
plumas de sus sombreros; por ludas par- 
tes en fin, habia ruido, movimiento y luz. 

Adriana en elfondo del carruaje se en- 
tretenía en ver pasar todo este torbellino 
brillante con todo el lujo parisiense; pero 
en medio de aqut:! brillantecaos. veia con 
la imaginación dibujarse la melancólica y 
dulce físonomia de Djalma , cuando cayo 
algo en sus rodillas y se estremeció. 

Era un ramo de violetas algo marchi- 
tas. 

Rh el mismo momento, oyó una voz 
infantil que decia siguiendo la carretela : 

— I*or el amor de Dios mi buena 

señora... una limosna. 

Adriana volvió la cabeza y vio una po 
bre niña pálida y macilenta, de una fiso- 
nomía dulce y triste, apenas vestida de 
liarapos y cjue tendía su niano levantando 
sus ojos suplica riles. 

Atmque este contraste tan grande de 
la miseria estreñía en el seno del lujo mas 
suntuoso era tan común que no era ya 
notable, Adriana se afectó doblemente; 
el recuerdo de la Gibosa, tal vez eiiton 
ees víctinia de la mas honible miseria, le 
vino á la imagioaciin. 

— 1 Ah I al menos, diji» entre sí la jc)- 
ven, que este di a no sea únicamente para 
mí un día de radiante felicidad. 

Ificlifiéndose un puco hacia fuera del 
carruaje dijo á la niña: 

— ¿Tienes madre? 

— No, señora; no tengo padre ni ma- 
dre.... 

— ¿Quién tiene cuidado de tí? 

— Nadie, señora.... me dan ramos de 



flores para vender; y es menes(< i que 
lleve cuartos.... ó áv lo contrario tne pe- 
gan. 

— ¡ Pobre niña ! 

— Un cuarto mi buena seiíora , un 

cuarto por el amor de Dios, dijo la niña 
siguiendo siempre á la carretela (}ue iba 
al paso. 

— Querido conde, drjo .Adriana son- 
riendo y dirigiéndose á Mr. de Montbron, 
desgraciadamente noserá este vuestro pri- 
mer rapto inclínaos hacia fuera de la 

carretela, tended vuestras dos manos á 
esa niña, subidla cotí presteza .. la ocul- 
taremos entre Mme. de .Vlorinval y yo... 
y saldremos del paseo sin que nadie se 
h^aya apercibido de este audaz rapto. 

— ^¿Cómo? dijo el conde Sürprendid<% 

(juereis 

— Sí, os lo suplico. 

— ¡Qué locura ! 

— Ayer hubierais tal vez podido Ira-^ 
tar este capricho de locura, pero hoy, y 
Adriana cargó el acento sobre esta pala- 
bra mirando á Mr. de Montbron con aire 
de inteligencia; pero hog, debéis com- 
prender que es casi un tlel>er. 

—Sí, lo comprendo, bondadoso y no- 
ble corazón, dijo el conde conmovido, 
mientras que Mme. de Morinval (|ue ig- 
noraba comp elanunteelaníordeMlie.de 
Cardoville á Djalma, con tanta sorpresa 
como curiosidad miraba al conde y á la 
joven. 

Mr. de Montbron se inclinó hacia fuera 
del carruaje, y tendiendo sus dus manos 
á la niña , le dijo : 

— Dame tus uianos, chiquita. 

Aunqtie muy adníirada la niña obede- 
ció maiiuinalmenle y alargó sus hracitos; 
entoíices ti conde la cogió por las muñe- 
cas y la subió con suma ligereza con tanta 
mas facilidad, cuanto que el carruaje era 
muy bajo, y como hemos dicho, iba al 
paso. 



30 At.BDB. 

La niila mas adniiraJa ann que asus- ; mer.... ¿Ru esla vireslra opinion, anilgfl 
lada , no aij<) una palüftra. A'Iriana y nki« ? dijo á Adriana. 



Mme. (le Murinval, dejaron un hueco en- 
tre ellas, donde im-tieron á la niùa, la 
«juc desapariTu') a* mninento haJD las pun- 
tas de los diales de las do* j>ven«'s. 

Todo esto se verifioó cnn tr«nta rapidez, 
que apenas al<:iinaÑ personas (|(iepa>alian 
por las avenidas lateraK-s ^e apercibieron 
de este rapio. 

— Aliorrf, mi querido conde, d jo Adria- 
na ale<:rísinia, Vcinonos pronto con nues 
Ira jresa. 

Mr. (le Monlbron se levantó un poco, 
y djo á los postillones : 

— Al pa'acio. 

Y li>s cuatro caballos salieron á la vez 
con un trole rápido é igual. 

— .Me parece (¡ue este dia de placer 
está ahora consagrado, y que mi hijoestá 
ya escusaUo, decia entre si 'Adrián;), mien 
tras que puedo encontrar á esa pobre Gi- 
bo>a di>poniindo desde hoy (pie se hagan 
mil pes(|uisas , su lugar ai menos no es- 
tará vacío. 

Hay á veces coincidencias estraordina- 
rias 

Kn el momento en qtie esta idea favo- 
rable á la GitH)>a, se presentaba ala ima- 
ginación de Adriana , un fijan ^rupn de 
gente se formaba en una avenida lateral, 
muchos pascantes se retwueron y otras 
muchas personas corrieron á aumentar 
este firupo. 

— Mirad, lio, djo Mme. de Morinval, 
¡cuanta íiinte se reúne ail.i abajo I ¿qué 
podrá ser? si hiciéramos di tener el car- 
rnage para enviar á saber la causa dee>a 
reunión de gente?... 

-^(Juerida mía , lo siento mucho, pero 
vuestia curiosidad no será satí>fecha, dijo 
el Cunde sac ndo el reloj : son cerca de 
las seiti ; la representación de las bestias 
feroces empieza á las ocho ; tenemos el 
tiempo preciso para llegar á casa y co- 



— ¿Ks la vuestra, Julia? pregunl(3 Mije, 
de Cardoville a la marquesa. 
— Sin duda . contestó esta. 

— Os agradeceré ademas el que do nos 
rttarJeuiüS, añadió el conde, porque des- 
pués de llevaros al teatro de la puerta de 
San Martin, me veré obligado a ir alc/u& 
por una media hora á lin de votar en fa- 
vor de lord Campbell á quien presento. 

— ¿Nos (juedaremos solas Adiiana y yo 
en el li'atro , tío ? 

— Pito sujvngo q»ie vuestro marido 
vendrá con nosotros. 

— Tenéis razón, lio, pero nonos aban- 
doniis nuicho tiempo por eso. 

— Kslad segura de ello, porque tengo 
á !o uienos tanta curiosidad como vos, do 
ver esos horribles animales y al famoso 
Morok, el incomparable domador de fie- 
ras. 

Algunos minutos después el carrua- 
ge de Mlle de Cardoviile había salido de 
los Campos liliseos llevándose á la niiia y 
con dirección á la calle de Anjou. 

Kn el momento en ijue desaparecía el 
brillante carruage, el grupo de que he- 
mos hablado se había aumentado mas{ 
una multitud compacta rodeaba uno de 
los campos Elíseos, oyéndose en medio 
de aquel grupo esclamacíones de lástima. 

Un paseante, acercándose à un joven 
colocado en la últiuia fila del grupo, le 
lujo : 

— iQné hay ahí? 

— ."se dice que una pobre.... una joven 
jorobada (¡ueacaba de desmayarse de ¡na- 
nícíun 

— ¡Una jorobada.... buena lástima.... 
siempre quedan jorobadas bastantes!.... 
dijo brutalmente el paseante con ima son- 
risa prosera. 

— Jorobaiia o no.... si muere de ham- 
bre.... conlestü el joven conteniendo con 



.lAl.aUH. 



31 



i dificultad su indignación , no es menos 
triste, y no hay en eso nríotivo de risa. 

•—Morir de hambre ¡bahl dijo el pa- 
seante encogiéndose de hombros. Nó hay 
mas que la canalla que no quiere trabajar 

que se muera ád hambre y es bien 

hecho. 

^^Y yo apuesto á que hay una enfef- 
tViedail de la que jamás moriréis vos, es- 
clamó el joven indignado de la cruel insó- 
, iencia del paseante. 

— :¿ Qué queréis decir? preguntó este 
con altanería. 

— Quiero decir que jamás os ahogará 
lo grande de vuestro corazón. 

— ¡Caballero! esclamó el paseante 

^íttojado. 

— >; Y bien ! ¿qué? contestó el joven mi- 
rando fijamente á su interlocutor. 

— Nada... 
• Dijo el paseante, y volviendo súbita*- 
hiente la espalda se dirigió hablando en- 
tre dientes hacia Un cabrioló pintado de 
color de naranja , en el que se veía un 
enorme escudo de armas con corona de 
baron. 

Un lacayo ridiculamente galoneado de 
oro sobre fondo verde , adornado con un 
enorme espadín que le daba en las pan- 
torrítlas, estaba de pié aliado deíi;aballo 
y no vio á su amo. 

— Estas embobado, animal, le dijo el 
■ « paseante dándole con la. punta del bastón. 
El lacayo se volvió. confundido. ; 

-.•,*— -Señor... es que... 
..Î .rfnJamássabrás deciriSeíiox baron, jtu- 
¡níhantfeliesíelamó el paseante. Heno 4e có- 
lera. Vamos, abre. 

. i Es.te individuo era Mr. Tripeaud , ba- 
;.!,ton industrial, jjsurero., egoista; 

La pobre jorobada era Ir- Gibosa que 
acababa en efecto de caer estenuada de 
miseria y, necesidad, en el momento en 
i que se dirigía á casa de Mlle^ de CardO' ¡ 
* ''tille* 



Esta desgraciada joven habla hallado el 
valor de arrostrar la vergüenza y las bur- 
las atroces que temía al volver á aquella 
casa de l;i que se liabia voluntariamente 
desterrado, porque no se trataba tsta vez 

de ella, sino de su hermana Ceíi-,a la 

reina Bacanal, que liabia vuelto á Paris el 
día antes, y á quif'n la Gibosa quería, por 
medio de Adriana, sacar de la situación 
mas horrible. 

Dos horas después de estas diversas es^ 
cenas una vasta multitud se agr(i¡)aba eil 
las inmediaciones de !a puerta de San Mar- 
tin á fin de asistir á la función de Morok 
que debía representar un combate con la 
famosa pantera negra de Java, llamada 
lá Muerte. 

Poco después, Adriana y Mr. y Mmé. 
Morinval bajaron del carruaje delante de 
lia puerta del teatro; donde debía venir á 
reunirse con ellos el conde de Montbron á 
quien habian dejado al paso en el club. 
VII. 

DETRÁS DEL TELÓN. 

El inmenso teatro de la puerta de San 
Martin estaba lleno de una multitud im- 
pacieole. 

Como iiabia dicho Mr. de Montbron á 
Mlle, de Cardoville, todo París se dirigía 
con una viva y ardiente curiosidad á las 
represen taoiones de Morok: jnútil es de- 
cir que e\ domador de (ieras había com- 
pletamente abandonado el pequeilocomer- 
cío de fruslerías de devoción que ejercía 
tan fructuosamente en la posada dei Hal- 
cón Blanco \ún\o à Leipsick ; lo mismo su- 
cedió con las grandes enseñas en que es- 
taban tan estrañamente pintados los efec- 
tos sorprendentes de ia conversion de Mo- 
rok; estasibellaquerías anticuadas no hu- 
bieran tenido efecto en París. 

Morok acababa de vestirse en uno de 

los cuartos de los actores que le habían 

I dado; por encima de su cota de malla y 



^ ALBim 

demás piezas de armadura, llevaba un an- 
cho pantalon rojo sujVto al tobillo con ani- 
llos d* cobre dorado. Su largo caftan de 
tela labrada de negro, púrpura y oro, es- 
taba ajustado á su cintura por otrosgran- 
des anillos de metal también dorado. Ksle 
traje sombrío daba al domador de fieras 
un aspecto mas siniestro aun. Su espesa 
y amarillenta barba caía sobre su pecho, 
y había rodeado gr^ivcmente una larga 
pieza de muselina blanca alrededor de su 
casquete rojo. Profeta devoto en Ali-ina- 
nia, cómico en Paris, Morok sabia, a>í 
como sus protectores, acomodarse á las 
circunstancias. 

Sentadoen un rincón del cuarto, ycon- 
templándole con una especie de admira- 
ción estúpida estaba Santiago Reneponl, 
alias Duerme-en-cueros. Desde el dia en 
que el incendio habia devorado la fabrica 
de Mr. Hardy , Santiago no se habia se- 
parado de Morok , pasando las noches en 
orgías, cuya funesta influencia arrostraba 
la organización de hierro del domador de 

fieras. 

Las faccionesde Santiago empezaban al 
contrario á alterarse profundamente; sus 
megillas enjutas, su color marmóreo, su 
mirada á veces estúpida , y otras brillan- 
te con un fuego sombrío, manifestaban 
los estragos del desorden ; una especie de 
sonrisa amarga y sardónica erraba casi 
continuamente en sus labios descoloridos 
y secos. Su inteligencia antes viva y ale- 
gre, luchaba aun contra la estupidez de 
una embriaguez casi continua. Habiendo 
perdido la costumbre de trabajar, no pu- 
diendo ya dejar de entregarse á placeres 
groseros, tratando de aliogar en el vino 
un resto de honradez (jue se indignaba en 
su pecho, Santiago habia llegado á acep- 
tar sin vergüenza la limosna de sensuali- 
dades embrutecedoras que le baria Mo- 
rok , que pagaba siempre los gastos de las 
orgías, pero sin darle jamás dinero, á Qn 



de tenerle siempre bajo su dependencia. 

Después de haber contemplado á Mo- 
rok durante algún tiempo, Santiago le 
dijo: 

— No importa , es un valiente oficio el 
tuyo (ya se tuteaban): puedes vanaglo- 
riarte de que no hay dos hombres como 
tú en el mundo entero..... eso es lisonje- 
ro... Ks lastima que no te contentes cor 
e>e hermoso oficio. 

— ¿Qué qmeres decir? 

— ¿ Y esa conspiración á costa de la 
cual me regalas todos los días y todas las 
noches? 

— Se presentí bíen^ pero como el mo- 
mento no ha llegad(», quiero siempre te- 
nerte á la mano hasta el gran día.... ¿te 
quejas? 

— ¡Caramba! no ', contestó Santiago, 
¿qué me baria? Quemado con el aguar- 
diente, aunque hubiera querido trabajar 
no hubiera tenido fuerza para «lio..., no 
tengo como tú una cabeza de nármol y 
un cuerpo de hierro.... pero meacomoda 
embriagarme con pólvora en vez de otra 

cosa y no sirvo para otra especie de 

trabajo y ademas me impide «so et 

pensar .. 

— ¿ Kn qué ? 

— Ya sabes.... que cuando pit?nso 

no pienso mas que en una cosa, dijo San- 
tiago con aire sombrío. 

— ¿En la Reina Bacanal? ¿Todavía? 
dijo Morok con desden. 

— Siempre... uo poco : cuando no pien- 
se en eíla absolutamente será porque ha- 
bré muerto... ó estaré enteramente em- 
brutecido... ¡demonio I 

— Jamas has estado mejor... ni ha» te- 
nido tanto talento... ¡ tonto ! contestó Mo- 
rok poniéndose el turbante. 

La conversación fué interrumpida. 

Goliath entró precipitadamente. 

La estatura gigantesca de este Hércu- 
les se habia aumentado; estaba vestido 



'ñe Alcides, sus miembros enormos. surca- 
dos de venas del grueso de un dedo pul 
gar, se hencfíian bajo una almilla color 
de carne sobre la cual llevaba un calzón 



rojo. 

— ¿A (]ué entras aqui como una tem- 
pestad? le dijo Morok. 

— Hay otra tempestad en el teatro; 
empiezan á perder la paciencia y á gritar 
como condenados; ¡ pero si no fuera mas 
^ue eso I 

— ¿Qué mas hay? 

— La Muerle no podrá salir esta no- 
che. 

Morok se volvió bruscamente, casi con 
inquietud. 

— ¿Porque? esclamó. 

— Acabo de verla.,^ está echada en el 
fondo de la jaula.... sus orejas están tan 
pegadas á su cabeza , que parece se las 
lian cortado.... ya sabéis lo que quiero 
decir. 

— ¿ Es eso todo? dijo Morok volvién- 
dose hacia el espejo para terminar su to- 
cado. 

— Es bastante, porque tiene un acceso 
de rabia. Desde aquella nocheqne en Ale- 
mania despedazó aquel caballejo blanco, 
jamas la he visto con un aire tan feroz; 
sus ojos brillan como dos bujías. 

— Entonces se le pondrá su hermoso 
collar, dijo sencillamente Morok. 

— ¿Su hermoso collar? 

— Sí , el de resorte. 

— Y será menester que os ayude como 
doncella, dijo el gigante { ¡ lindo tocador 
por cierto!... 

—Calla... 

— No es eso todo... anadió Goliath con 
embarazo. 

— ¿Qué mas? 

— Lo mismo aie da decíroslo... al mo- 
mento... 

— ¿Hablarás? 
. — ¡ Pues bien !... él está aquí. 



— ¿Oiiiéo? bestia. 

— ¡ Fl inglés! 

Morok se estremeció y dejó caer sus 
brazos. 

Santiago notó la palidez y la contrac- 
ción de las facciones del domador de fie- 
ras. 

—]¥.] inglés!.... ¿le has visto? escla- 
mó Morok dirijiéndose á Goliath; ¿estas 
seguro? 

— Segurísimo. Estaba mirando por los 
agiigeros del telón, cuando le vi en un 
palco pequeiio casi sobre el teatro; quie- 
re ver las cosas de cerca.. . es fácil reco- 
nocerle por su frente puntiaguda , por iU 
larga nariz, y por sus ojos redondos. 

Morok. volvió á estremecerse. 

Este hombre, generalmente de una im- 
posibilidad feroz, pareció cada vez mas 
turbado, y tan asustado, que Santiago 
le dijo : 

— ¿Quién es ese inglés? 

— UnhombrequemeseguiadesdeSlras- 
burgn, donde me había encontrado, con- 
testó Morok sin poder ocultar su abati- 
miento; viajaba á cortas jornadas como 
yó, con sus caballos, deteniéndose donde 
yo me detenia, á fin de no faltar á nin- 
guna de mis representaciones. Pero dos 
diasantes de llegar á París me había aban- 
donado... y me creía libre de él, añadió 
Morok suspirando. 

— {Libre!. . ¡como pronunciaseí^a pa- 
labra !... contestó Santiago sorprendido: 
|un parroquiano tan bueno, un admirador 
semejante ! 

— Si , dijo Morok , cada vez mas triste 
y abatido, ese miserable.... ha apostado 
una cantidad enorme á que yo sería de- 
vorado delante de él en alguna de mis re- 
presentaciones.... espera ganar su apues- 
ta.... hé aqui la causa porque no se separa 
de mi. 

Duerme-en-Cueros halló la idea del in- 
glés de una escentricidad tan alegre, nud 



31 



por la primera >eí; -^spiíes' de mucho 
tiempo, soltó una franca carcajada. 

Morok , Kvido de calera , se precipitó 
sobre él con un ain'tan amenazador, que 
Goliath se vid obligado á interponerse. 

-^Vamos vamos.... dijo Santiago, 

no te enfades; puesto que es cosa s<?ria... 
ya no me rio.... 

"^ «Motok se calmó y dijo i Dnerme eh- 
Cueros ron voz ronca : 

— ;Mo crees cobàrdeî 

— ¡ No , por n>i ^ida ! 

— ¡ Pues bien ! sin embargo, eso Inglés 
de una fi-jura tan grotesca, me asusta mas 
que mi li};re ó mi pantera. 

— Me lo dices.... le creo, contestó San- 
tiajjo; pero no comprendo porque te asus- 
ta la presencia de e<e hombre.... 

— Pero piensa, miserable, esclamó Mo- 
rok, que oHígado á e&pisr sin cesar los 
menores movimientos de la bestia feroz 
que tengo dominada con mi gesto y tní 
mirada, hay para mí algo do terrible en 
saber que hay alli dos ojos... siempre dos 

ojos fijos..... esperando que la menor 

distracción me entregue á los dientes de 
los animales. 

—Ahora comprendo, respondió San- 
tiago , y se estremeció á ^u vez. Causa 
miedo. 

::i'S— Si.;:iporq8eii]na vez alli. ...i por ímás 
que haga para no percibir áese-ingles del 
diablo, siempre me parece que lo vvo de- 
lante de mí con sus dos ojos redondos, fi 
jos y ahierlos.... Poco ha faltado'una vez 
para que mi tigre Cain me devorase un 
brazo.... durante una distracciort que me 
'causó esi» ing'és, á quien el infierno con- 
funda. I Sangre y rayos! esClamÓ .M'OTok, 
ese hombre me será fatal.... 

Y Morok se' puso á piisear en el cuarto 
con agitación. 

— Sin contar que la Muerte tiene' esta 
noche las orejas pegadas al cráneo, añadió 
brutalmente Gotialh. Si us obslioais... yo 



soy quien os ló digo, el inglés ganará su 



apuesta esta noche... 

-^Sal d«> aquí, animal... no me rompas 
la cáhi'za con' tus predicciones dé desgra- 
cia , esclamo Morok , y vé á preparar el 
collar de la Mtierle. 

— Vamos, cada cual tiene su gtisto 

Vos queréis ínie la pantera guste vuestra 
carne, dijo «?l gigante saliendo lentamente 
después de esta broma. 

— Pero, puesto que tienes estos temores, 
lüj • Duerme- en-cueros, ¿porqué n'o dices 
qije la p;uitt'ra e-<tá malaf 

.Morok se encojió de liO'ubros y respon- 
dió con una especie de exaltación feroz: 

— ¿Uas oi<lo hablar del amargo placer 
del jugador que pone su honor, su vidaá 

una carta? Pues bi^jn; yo también. ...¿ 

en esos ejercicios diarios en que juego mi 
vida, encuentro un amargo y bárbaro pla- 
cer en arrostrar la muerte delante de una 
mu!litu(! estremecida, asustada de mi as* 
tucia.... En íin, hasta en el terror queme 
inspira ese inglés, liallo algunas veces á 
pesar mió no sé que cosa terriblemente 
incitativa que aborrezco y que sufro. 

El director que entró en el cuarto in- 
terrumpiéndole, dijo. 

— ¿Se pueden dar los tres golpes, Mr; 
Morok? le dijo ; la sinfonía no pasiará de 
diez minutos. 

— Dadlos, contestó Morok. 

— lil comisario de policía acalva deeia- 
rninar de nuevo la doble cadena destinada 
á la pantera y U argolla sujeta en el sue- 
lo del teatro en eh fondo de la caverna del 
primer término, añadió el director, y to- 
do lo ha encontrado de una solidez que 
inspira tranquilidad. 

— *Si tranquilidad escepto para 

mi.... dijo en vor baja el domador de fie- 
ras. 

— Así, Mr. Morok, ¿se pueden dar los 

tres golpes? 
— Se pueden dar, contestó Morokw 



•îM» 



ALE 



Y el director salió. 
VIII. 

LA SUBIDA DEL TELÓN. 

Oyéronse solemnemente detrás del te- 
lón los tres golpes acostumbrados, la sin- 
fonía empezó, y menester es confesarlo, 
fué escuchada con poca atención. 

El interior del teatro ofrecía una vista 

„ii)|jy animada. A escepcion de dus palcos 

de escenario, uno á la derecha y otro á la 

izquierda del espectador, todas las locali- 

tiades e>laban ocupadas. 

Un gran núniero de señoras, elegantes^ 
atraídas como siempre por la selvática es- 
trañeza del cspeclácjjlq,, llenaban los pal- 
cos., En l?is lunetas ¿e veían la. mayor 
parte de los jóvenes que por la mañana 
habían recorrido los Campos Elíseos á ca- 
ballo. 

Algunas palabras dichas denna luneta 
á otra darán una idea de su conversación. 

— ¿Sabéis, amigo mió, que no habría 
tanta gente ni de tan buen. tono para ver 
la Alalia? 

— Ciertamente. ¿Qué son los pobres 
âhullidos de ün cómico comparados con 
los rujidos de un león? 

— Yo no comprendo como se permite 
á ese Morok que ate la pantera en un 
rincón del teatro con una cadena y una 
argolla de hierro-... ¿Si se rompiese una 
ü otra? ' < , 

— A propósito de cadenas rotas.... allí 
está Mme. de Blimville que no es un ti- 
gre.... ¿no la veis en ios palcos segundos 

.;4Íe eiífrefíte.? 

->n..i — Le siepta bien haber rolo, como de- 
cís, la cadeaa coayugal; esta muy her- 
mosa e*«te año. 

— 1 Al»! alli está la bella duquesa de 
Saint-Prix... Pero toda la gente elegante 
está aquiesta ooche.i. no lo digo por bo 
Sotros. 

; . — Es una verdadera concurrencia del 
teatro italiano.... ¡qué aspecto de alegría 
y de fiesta ! 



üM. 35 

— Después de todo hace uno bien en di- 
vertirse.... ¡no durará tal vez mucho! 
— ¿Por qtié? 

— ¿Y sí el cólera viene á París? 
— ¡Ah! ]bahí 
— ¿Acaso creéis vos en el cólera? 

— ¡ Vaya ! viene del norte paseando con 
un bastun en la mano. 

— ¡Ojalá se lo lleve e! diablo en el ca- 
mino y no veamos aquí su cara verde! 

— Dícese que está en Londres. 

— ¡ Buen viaje ! 

— Yo prefiero hablar de otra cosa ; es 
una debilidad si queréis; pero encuentro 
triste esta conversación. 

— Ya lo creo. 

— ¡ Ah !... señores... iio me engaño.... 
no... ¡ es ella !... 

— ¿Quien? 

— ¡La señorita de Cardoville! entra en 
ese palco con Morínval y su mujer. Es 
una completa resurrección : esta mañana 
en ios campos Elíseos, esta noche aquí. 

— ¡Esciertoá fé mía! Es efectivamente 
la señorita de Cardoville. 

— ¡ Que hermosa es 1 

— Dadme los gemelos. 

— ¿Eh... que decís? 

— ¡ Encantadora... soberbia í 

— Y con esa bellleza , un ingenio como 
un diablillo, 18 años, 300 mil libras de 
renta , un gran nombre y..... libre como 
el aire. 

— Sí , decir en fin que con tal que íe 
agradase podría yo ser mañana.... y aun 
hoy mismo , el hombre mas feliz. 

— ¡ Es cosa de volverse loco ó rabioso ! 

— Asegúrase que su palacio de la calle 
de Anjou tiene algo de mágico, hablase de 
una sala de baño y de una alcoba digna de 
las Mil y una noches. 

— Y libre como el aire... Siempre vuel- 
vo á lo mismo.' sneíe <- 'y • 

— ¡ Ah! si estuviese en su lugar... 
— Sería yo muy lijero de cascos. 

10** 



— ¡ Ali !... seilores... ¡que felii mortal 
el que sea su primer imante I 

— ¿Creéis pues que tonga muchos? 

— Siendo libre como el airo... 

— Ya están todo? los palcos llenos, á es- 
cepcioD del que eslá enfrente del de Mlle. 
de Cardoville: ¡ felices los que lo ocupen I 

— ¿Habéis visto en los palcos bajos á la 
embajadora de Inglaterra? 

— Y la princesa de Alvimar.. | Que ra- 
mo de flores tan enorme ! 

— Quisiera saber el nombre... de aquel 
ramo. 

— ¡ Vaya I ¿es Germiny? 

— ¡ Cuan lisonjero es para los leones y 
los tigres atraer una concurrencia tan lu- 
cida ! 

— Observad, señores, como todos los 
elegantes echan el lente á Mlle, de Cardo- 
ville... 

— Causa un acontecimiento.... 

— Tiene mucha razón; la hacían pasar 
por loca. 

— ¡ Ah ! señores... ¡qué buena... qué 
escelente figura ! 

— ¿Dónde? ¿dónde? 

— En aquel palco debajo del de Mlle. 
de Cardoville. 

— Parece un hombre de madera. 

— ¡Qué ojos tan redondos y fijos liene! 

— I Y aquella narizl 

— ¡ Y aquella frente 1 

— Es un hombre grotesco. 

— ¡ Ah I señores, ] silencio t se levanta 
el telón. 

Kn efecto se alzó el telón. 

Algunas palabras de esplicacion son ne- 
cesarias para entender lo que sigue. 

La platea de escenario à la izquierda 
del espectador eslá dividida en dos pal- 
cos; en uno de ellos se hallaban varias 
personas designadas por los jóvenes de las 
lunetas. 

La otra mitad de la platea mas inme- 
diata al teatro estaba ocupada por el in- 



gles, ese ser escénfrico y siniestro qneitc* 
su estraña apuesta causaba tanto terror á 
Morok. 

Seria menester estar dotado con el ra- 
ro y fantástico genio de Huffman para 
describir dignamente aquella lísonomia á 
la vez grotesca y espantosa , que salia de 
las tinieblas del fondo del patio. 

Rste ingles tendría unos 50 años, y una 
frente completamente calva y prolongada 
en figura de cono^ debajo de aquella fren- 
te, y coronados de unas cejas eo forma de 
acentos circunflejos, brillaban dos gran- 
des ojos verdes, singularmente redondos 
y fijos, muy inmediatos á una nariz muy 
encorvada y saliente; una barba , como 
se dice vulgarnrtente , hablando en toz ba^ 
ja con la nariz, se perdía á medías en una 
ancha corbata de batista blanca , no me- 
nos bien almidonada que el cuello de la 
camisa, con puntas redondas, que llega- 
ban casi á la punta de la oreja. El color 
de aquella cara en estremodetgada y hue- 
sosa, era sin embargo muy encendido, 
casi color de «púrpura lo que ponía masen 
evidencia el brillante verde de sus pupi- 
las y el blanco de sus ojos ; su boca a uy 
grande, tan pronto sílvaba impercepti- 
blemente una canción popular escocesa 
(siempre la misma), como se levantaba 
lijeramente en sus estremidades contraí- 
das por una sonrisa sardónica. 

El ingles estaba ]M)r lo demás vestido 
con mucho gusto : su frac azul con boto- 
nes dorados dejaba ver su chaleco de pi- 
qué tan blanco como su corbata: dosmag- 
níGcos rubíes formaban los botones de su 
camisa , y apoyaba en el borde del palco 
unas manos aristocráticas con guantes 
perfectamente ajustados. 

Cuando se sabia el estraño y cruel de- 
seo que traía á este hombre á todas aque- 
llas representaciones, su grotesca aparien- 
cia, en lugar de escitar una risa burlona, 
era casi terrible ; entonces se comprendía 



la especie de espantosa pesadilla que cau- 
saban á Morok aquellos dos grandes ojos 
Tedondos y fijos, que parecían esperar con 
paciencia la muerte del domador de fie- 
ras (ly qué muerte tan horrible I ) con 
una confianza inexorable. 

Encima del tenebroso palco del ingles, 
y ofreciendo un coirtraste gracioso, se en- 
contra^ban en el palco mas cercano al esce- 
nario Mr. y Mme.de Morinval con Mlle. 
de Cardoville. Esta se habia colocado de 
espaldas á las tablas. Llevaba rizos y tin 
■vestido de crespón de China azul celeste, 
adornado en el pecho con un alfiler ide 
'Colgantes de perlas de Oriente, nada mas; 
y Adriana estaba hermosísima asi. En la 
mano tenia un gran ramo de las flores 
inas Taras de la India ; la Slephmotis y la 
Gardenia mezclaban su blancura su bri- 
'Ho á la púrpura del hibiscus y las amary- 
lis de Java. 

Mme. de Morinval, colocada en el asien- 
to principal del palco,estaba también ves- 
tida con gusto y sencillez; Mr. de Morin- 
val, joven, buen mozo y rubio, muy ele- 
gante, estaba de pié detras de las dus se- 
íioras; y Mr. de Monlbron debía volver 
de un momento á otro. 

Recordemos en fin al lector que á la 
derecha del espectador , el palco bajo de 
escenario que estaba frente aJ de Adria- 
na, habia quedado hasta entonces vacio 

El teatro representaba un gigantesco 
bosque de la India; en el fondo, grandes 
árboles ex'Hicos se dibujaban en figura de 
paraguas ó de flecha sobre moles de pi- 
cos de roca , dejando ver apenas algún 
cielo rojizo. Cada bastidor formaba un 
bosquecillo de árboles mezclados con ro- 
cas; en fin á la izquierda del espectador 
y absolutamente bajo el palco de Adria- 
na, se veia la abertura irregular de una 
caverna negra y profunda que parecía 
medio sepultada bajo uo montón de pe- 
dazos de granito arrojados alli por algu- 
na erupción volcánica. 



Este paisaje de una aspereza y de una 
grandeza selvptiea, estaba maravillosa- 
mente compuesto, y la ilusión era tan 
completa como era posible; la tabla que 
cubre los quinqués estaba bajada, y por 
medio de un reflfjador color de púrpura, 
daba á este siniestro paisaje un colorido 
ardiente y velado que aumentaba aun su 
aspecto lúgubre y agri'Ste. 

Adriana, algo inclinada hacia fuera del 
palco, con las mejillas lijeramente anima- 
das, con los ojos brillantes, palpitándole el 
corazón, trataba de encontrar en aquel 
cuadro el bosque solitario descrito en la 
narración de aquel viajero, al contar la 
generosa intrepidez con que Djalma se ha- 
bia arrojado sobre un tigre furioso para 
salvar la vida de un pobre esclavo negro 
refugiado en una caverna. 

Y en efecto, el azar servia maravillosa- 
mente á la memoria de la joven. Absorta 
en la contemplación de este paisaje, y con 
las ideas que despertaba en su corazón, no 
pensaba absolutamente en lo que sucedía 
en el teatro. 

Sin embargo, ocurría algo sumamente 
curioso en el palco de escenario, que ha- 
bia quedado vacío frente al de Adriana. 

La puerta se habia abierto. 

ün hombre de unos 40 años, de color 
negruzco, habia entrado en él vestido á la 
india con una larga túnica color de naran- 
ja sujeta con un cinlurun verde, y llevando 
en la cabeza un pequeño turbante blanco; 
después de haber dispuesto dos sillas en la 
delantera del palco y mirado un mo- 
mento á uno y otro lado del teatro, se 
estremeció y sus negros ojos brillaron vi- 
vamente. 

Este hombre era Faringhea. 

Esta aparición causaba ya en el ti .itro 
una sorpresa mezclada de curiosidad ; la 
mayoría de los espectadores no tenia, como 
Adriana, mil motivos para estar absorta 
con la sola contemplación de una decora- 
ción pintoresca. 



38 ALBUM 

La atención pública aumentó con ver 
entrar en el palco del que acababa desalir 
Fariiiuliea un joven tU- una rara belleza , 
también vestido á la india, con una túni- 
ca de cachemira blaiu-a con man^a> flotan- 
tes, y cubierta la cabeza con un turbante 
escarlata y rayas de oro, como su cintu 
ron, en el que brillaba un puñal cubierto 
de piedras preciosas... 

Este joven era Djalma. 

Por un momento se dt'invo á la puerta 
echando desde el fondo del palco una mi- 
rada casi indiferente, á aquel teatro tan 

lleno de una multitud inmensa poco 

después danJo altiutios pasos con una es- 
pecie de magestad traiiijiiila y graciosa, el 
principe se sentó con negligencia en una 
de las >illas; en seguida volviendo la cabe- 
za háciá la piierla al cabo de algunos mi- 
nutos, pareció admirado de no ver á una 
persona á quien sin duda esperaba. 

Ksla apareció al fin, habÍL-ndo acabado 
de quitarle la capa la mujer que ^bria los 
palcos... 

Vn esta persona una encantadora jóven 
rubia, vestida con mas brillantez quegus- 
lo, con un traje de seda blanca con an- 
chas listascolor de cereza, indecenti mente 
escotado y con mangas cortas; dos gran- 
des \i>% >< de cinta de color de cereza co- 
locados en ambos lados de sus cabellos ru- 
bios, rodeaban la carita mas linda, mas 
traviesa y mas vivaradia de! rniiiido. 

Ya habrán reconocido los lectores á Ro- 
sa Ptmipon, con guantes blancos, largor, 
ridifulainente cubiertos de brazaletes; los 
que á lo menos no ocuüab^tn í-ino á me- 
dias >us lindos brazos; la joven tenia co 
la m.'uiü un enorme ramo de rosas. 

Lejos de imitar lus tranijuilos modales 
de Djalma, Ho-^a Pompon entró saltando 
en el palco, movió con ruido lasdossillas, 
se volvió un poco en el asiento antes de 
sentarse a fin dem"slrar su hermoso ves- 
tido; luego sin iolímidarse lo mas mínimo 



por aquella brillante asamblea, ^lizp con 
un gesto de agasajo respirar el perfume 
do su ramo de llores al príncipe Djalma, 
y pareció equilibrarse definitivamente en 
la Mlla que ocupaba. 

Faringhea entró, cerró la puerfa del 
palco , y se sentó detras del príncipe. 

Adriana siempre profundamente absor- 
ta en la contemplación del bosi|ue indio, 
y en sus dulces recuerdos, no había pues- 
to la menor atención en los recien llega- 
dos.... 

f.oiiio loiiia vuelta completamente la 
cabeza hacia el foro, y Djalma no podía 
percibirla en a(,uel momento sino de per- 
fil, tampoco iiabia reconocido á la señorita 
de Cardoville. 

JX. 

LA Ml.ERTli. 

La especie de libreto en que se hallaba 
intercalado el combale de Morok y de la 
pantera negra, era tan insignificante que 
la mayoría del público no prestaba la me- 
nor atención, reservando todo su interés 
para la escena en que debía aparecer el 
domador de fieras. 

Esta indiferencia del público esplica la 
curiosidad producida en el teatro por la 
llejzada de Faringhea y de Djalma, curio- 
sidad que se manifestaba (como posterior- 
mente en nuestros días al presentarse los 
arabes en algún lugar público) por un li- 
jero rumor y un movimiento general de 
Id multitud. 

El semblante travieso y gracioso de Ro- 
sa Pompon, siempre encantadora á pesar 
de su reimnhranle traje, y de sus preten- 
siones ridiculas para un teatro seittejante, 
sus modales lijeros y mas que familiares y 
respecto al hermoso indio que la aeom- 
>paùaba , aumentaban aun la sorpresa: 
|)ori|ne en aquel mismo momento Rosa 
l'uni pon ceiliendo, como ya hemos dicho, 
a un movimiento de graciosa coquetepfa , 
había acercado un gran ramo de rosas á 



AtBÍJBi. 



3D 



la cara de Djalma para dárselo á oler. 
Pero el príncipe aJ ver aquel paisaje que 
le recordaba su pais, en lugar de apare- 
cer sensible á esta provocación, perma- 
neció algunos minutos pensativo con los 
ojos fijos en el escenario; entonces Rosa 
Pompon empezó á llevar el compas con 
su ramo en la delantera del palco, mien- 
tras que el movimiento decadencia desús 
lindos hombros anunciaba que aquella 
bailarina endiablada empezaba á poseerse 
de ideas coreográficas mas ó menos bor- 
rascosas, al oír un paso redoblado muy 
animado que estaba tocando la orquesta. 

Colocada precisamenteenfrente del pal 
co en que se hablan sentado Faringhea, 
Djalma y Rosa Pompon, Mme. de Mo 
rinval se apercibió muy pronto de la lle- 
gada de estos nuevos personajes , y sobre 
todo de las coquetas escentri 'idades de 
Rosa Pompon; asi la joven marquesa, in- 
clinándose hacia la seiloritade Cardoville, 
siempre absorta en sus inefables recuer- 
dos , le dijo : 

— Querida , lo que hay mas divertido 
aquinoestáen el escenario.... Mirad fren- 
te á nosotras. 

— ¿linfrente de nosotras? repitió ma- 
quinalmente Adriana. 

y después de haberse vuelto hacia ma- 
dame de Morinval con aire sorprendido, 
dirigió la vista hacia donde le indicaban. 

Miró hacia allá... 

¿Qué vio?... A Djalma sentado al lado 
de una joven que le hacia oler con fami- 
liaridad el perfume de su ramo de Qores. 

Aturdida, herida casi físicamente en el 
corazón con un golpe eléctrico , profundo 
y agudo, Adriana se puso pálida como la 
muerte.... por instinto cerró los ojos du- 
rante un Segundo, á fin de no ver...... así 

como se trata de desviar el puñal que, ha- 
biéndoos ya herido, os amenaza aun... 

Después, repentinamente, á estasensa- 
:feion de dolor por decirlo así material, su- 



cedió 



un pensamiento terrible para su 
amor y para su justo orgullo. — Djalma 
está aquí con esa uiuger.... y ha recibido 
mi carta, so decia á sí misma, mi carta... 
en la que ha podido leer la felicidad que 
esperaba. 

A la idea de este ultraje, el sonrojo de 
la vergüenza, de la indignación, reeiDpla- 
zó la palidez de Adriana, que ani(|uilada 
ante la realidad , se decia también á si 
misma : 

Rodin no me había engañado. 

Menester es renunciará describirla ra- 
pideií de estas emociones que os atormen- 
tan , que os matan en un minuto así 

Adriana habia sido precipitada de la dicha 
mas radiante al fondo de un abismo de do- 
lores atroces, en menos de un segundo... 
porque apenas tardó un segundo en con- 
testar á Mme. de Morinval. 

—¿Qué hay de curioso en frente de no- 
sotros, querida Julia? 

Esta respuesta evasiva permitía á Adria- 
na recobrar su sangre fria. Afortunada- 
mente gracias á sus largos rizos que de per- 
fil ocultaban casi enteramente sus meji- 
llas, su palidez y su sonrojo súbitos no 
fueron percibidos de Mme. de Morinval ^ 
que añadió alegremente. 

— ¿Cómo? No veis á esos indios qué 
acaban de entrar en aquel palco de pros- 
cenio.... mirad... ailá.... precisamente en 
frente del nuestro. 

— ¡ Ah í si... muy bien... les veo, con- 
testó Adriana con voz firme. 

— ¿Y no los encontráis muy estraordi- 
ñarios? Añadió la marquesa. 
■ —Vamos, señoras, dijo Mr. do Morin- 
val riendo, iina poca indulgencia para unos 
pobres estranjeros; ignoran nuestros usos; 
á no ser por eso ¿se presentarían en tan 
mala compañía delante de todo París? 

—En efecto, contestó Adriana, con una 
amarga sonrisa ¡ su sencillez es tan tier- 
na!... que es uienester compadecerles...^ 

ir* 



40 



albüv, 



— Pero desgraciaditmente eslá esa mu- 1 pertinente es esa muchacha ! ¡ pueS t\o e$> 
chacha encantadora, con su vestitlo deseo I tá echándonos el lente I... 



tado y sus brazos desnudos, dijo la mar- 
quesa; eso debe tener diez y seis á diez y 
siete años á lo mas. Miradla, querida Adria- 
na, ¡qué lástima !... 

— Estais hoy muy caritativos vos y vues- 
tro marido, querida Julia, contestó Adria- 
na; es menester compadecer á esos in- 
dios... compadecer á esa criatura... vea- 
mos á quien compadeceremos ahora.... 

— No compadeceremos á ese hermoso 
indio con el turbante rojo y oro, dijo el 
marqués riendo, por^|ue si eso dura.... la 
muchacha de los lazos color de cereza va á 
darle un beso... ¡ por mi vida ! mirad co- 
mo se inclina hacia su sultan... 

— Están muy divertidos, dijo la mar- 
quesa, participando de la hilaridad de su 
marido, y echando el lente á Rosa Pom- 
pon; despues anadió al cabo d - un minu- 
to dirigiéndose á Adriana : 

— Estoy stgura de una cosa... de que 
á pesar de su apariencia frivola , esa mu- 
chacha está loca por ese indio... acabo de 
sorprender una mirada que dice mu- 
chas cosas... 

— ¿Para qué sirve tanta penetración, 
mi buena Julia? dijo Adriana con dulzu- 
ra, ¿qué interés tenemos en leer... en el 
corazón de esa joven? 

— Si ama á su sultan tiene razón, 

contestó el marqués echando el lente á su 
vez, porque en mi vida he visto á nadie 
mas admirablemente hertnosoque ese in- 
dio; no le veo mas que de perfil; pero ese 
perfil es tan puro y tan fino como el de un 
camafeo antiguo.... ¿No lo encontráis asi 
señorita? añadió el marqués inclinándose 
hacia Adriana. Entendamos que es una 
mera pregunta artística... que me permi- 
to dirigiros... 

—¿Cómo objeto de arte? contestó Adria 
na ; en efecto, es muy hermoso. 

— ; Hola ! dijo la marquesa , ¡ qué im- 



— ¡ Rienj! añadió el marqués; miradla 
como pone sin cumplimiento la mano en 
el hombro de su indio para hacerte sin du' 
da participar de la admiración que le ins- 
pirais, señoras... 

En efecto, Djalma, distraído hasta en- 
tonces con la vista de la decoración que le 
recordaba su pais, habia permanecido in- 
sensible á los agasajos de Rosa Pompon , 
y no habia visto aun á Adriana. 

— ¡Ahí i bien ! decía Rosa Pompon 
moviéndose en el palco y continuando 
echando el lente á Mlle, de Cardoville, 
porque era esta y no la marquesa la que 
llamaba entonces su atención, esto sí que 
es raro... una joven bellísima con cabellos 

rojos pero de un rojo muy bonito; es 

menester decirlo mirad, ¡príncipe en- 
cantador ! 

Y como hemos dicho, dio un ligero gol- 
pe en el hombro de Djalma que se estre- 
meció al oir estas palabras; volvió la ca- 
beza, y por primera vei vio á Mlle, de 
Cardoville. 

Aun(|ue lo habían casi preparado á es- 
te encuentro, el príncipe esperimentó una 
sensación tan violenta, que estraviadoiba 
involuntariamente á levantarse; pero sin- 
tió sobre su hombro la mano de hierro de 
Faringliea que, colocado detras de él, es- 
clamó rápidamente eo voz baja y en len- 
gua india: 

— ¡Valor I.... y mañana esa mujer es- 
tará á vuestros pies.... 

Y como Djalma hacía un nuevo esfuer- 
zo, el mestizo añadió para contenerle: 

— Ahora poco palideció, enrojeció de 
celos no seáis débil ó todo está per- 
dido. 

— ¡ Hola ! ya estais otra vez hablando 
vuestra horrible gerigonza, dijo Rosa Pom- 
pon á Faringhea volviéndose. En primer 
lugar es descortesía, y ademas esa lengua 



&Î.8UM. 



41 



ISS lan rara , que se diria que al hablarla 
«slais rompiendo nueces. 

— Hablaba de vos al principe, dijo el 
mestizo. Trátase de una sorpresa que os 
prepara. 

— ¡ Una sorpresa 1... es diferente. En- 
tonces despacliaos; ¿lo ois, príncipe en- 
cantador?... añadió mirando con ternura 
i Djalma. 

— Se me parte el corazón, dijo Djalma 
con voz ahogada á Faringhea, siempre en 
jndio. 

— Y maiíana latirá de alegría y de 
amor, contestó el mestizo. Solo á fuerza 
de desprecio se reduce uoa mujer altiva. 
Maiíana, os digo, trémula y confusa es- 
tará suplicando á vuestros pies. 

— j Mañana me aborrecerá á 

muerte,' contestó el príncipe coo abati- 
miento. 

— Si si ahora os vé débil' y cobar- 
de.... En este momento no hay que vol- 
verse atrás.... miradla á !a cara y des- 
pués tomad el* I amo de esta muchacha y 

llevadlo á los labios Inmediatamente 

rereis á esa mujer tan orgullosa, ponerse 
pálida y roja como ahora poco; ¿enton- 
ces me creeréis? 

Djalma, reducido por la desesperación 
á tentarlo todo, y sufriendo á pesar suyo 
la fascinación de los consejos diabólicos de 
Faringhea, miró á la cara á Mlle, de Car- 
doville durante un segundo: tomó con 
mano trémula el ramo de flores de Rosa 
Pompón, y dirigiendo de nuevo los ojos á 
Adriana, lo tocó cun sus labios. 

A este ultraje, Mlle, de Cardoville no 
pudo reprimir un estremecimiento tan 
brusco y tan doloroso, que el príncipe lo 
noló. 

— Ella es vuestra.... le dijo el mestizo; 
mirad, señor, como se ha estremecido.... 
de celos... ella es vuestra, j valor I y pron- 
to os preferirá á ese hermoso joven que 
está detrás de ella.... porque es él.... á 
quien creia amar hasta ahora. 



Y como si el mestizo hubiese adivinado 
el odio y la rabia que esta revelación debía 
pscitar en el corazón del príncipe, añadió 
con rapidez: 

— Calma.,., desden... ¿no es ese hom- 
bre quien debe aliora aborreceros? 

El príitcipe se contuvo y pasó la mano 
por su frente, que estaba ardiente de có- 
lera. 

— ¿Que le estais contando que le inco- 
moda tanto? dijo Rosa Pompon á Farin- 
ghea como enojada: eneguida dirijiéndo- 
se á Djalma añadió: veamos, príncipe en- 
cantador, como dicen en los cuentos de 
majía, volvedme mi ramo. 

Y lo tomó. 

— Lo habéis llevado á los labios y casi 
tengo deseos de comérmelo,., 

Y añadió en voz baja suspirando y echan- 
do una mirada apasionada á Djalma: 

— Ese monstruo de Nini-Moulinno me 
ha engañado.... todo esto es muy casto; 
no tengo que echarme encara ni tampoco 
esto.... 

Y con sus blancos dientes mordió !a 
punta de la uña rosada de su mano dere- 
cha, de la que habia quitado el guante. 

¿Es necesario decir que la carta de 
Adriana no habia sido entregada al prín- 
cipe, y que no habia ido tampoco á pasar 
el dia en el campo con el mariscal Simon? 
en los tres dias que Mr. de Monlbron no 
habia visto á Djahua, Faringhea le habia 
persuadido que manifeslai\ilo estar ena- 
morado de otra, vencerla á Mlle, de Car- 
doville. En cuanto á la presencia de DjaU 
ma en el teatro, Rodin habia sabido por 
Florina que su señora iba aquella noche 
al de San Martin. 

Antes que Djalma lo hubiese conocido, 
Adriana sintiéndose desfallecer habia es- 
tado á punto de salir del teatro; el hom- 
bre que hasta entonces habia llevado tan 
alto en su corazón ; el que ella habia ad- 
mirado como á un héroe y á un Dios; el 



43 ALBUM; 

que ella había creído sumido on una de- 
sesperación tan horrible, que arrastrada 
por la compasión mas tierna, le había es- 
crito con lealtad , á (in de que una dulce 
esperanza calmase sus dolores... eslc hom- 
bre en fin correspondía á una generosa 
prueba de franqueza y de amor, ponién- 
dose ridiculaníenle en evidocicia con «ina 
criatura indiana de él. ; l'ara la altivez 
de Adriana cuantas heridas incurables! 
Poco leiinpiTlabaqueDjalnia creyeseóno 
hacerla testigo di aquella indigna afrenta. 

Pero cuando vio que el príncipe la ha- 
bía reconocido, pero cuando llevó el ul 
traje hasta mirarla á la cara, hasla desa- 
liarla , llevándose i los iáhios el ramo de 
flores de la criatura que le acompañaba , 
Adriana, llena de una noble indignación, 
se sintió con el valor de quedarse* lejos 
de cerrar los ojos á la evidencia, esperí- 
mentó una especie de placer bárbaro en 
asistir á la agonía, á ta muerte desujus- 
to y divino amor. 

Con la cabeza erguida, con los ojos al- 
tivos y brillantes, con las mejillas encen- 
didas y los labios desdeñosos, miró á su 
\ez al príncipe con una firmeza despre- 
ciativa; una sonrisa sardónica erró en sus 
labios, y dijo á la marquesa que estaba 
ocupada , así como un gran número de 
los espectadores, con lo que pasaba en el 
palco de proscenio. 

— Esta repugnante exhibición de cos- 
tumbres barbaras está á lo menos perfec- 
tamente de acuerdo con el resto del pro- 
grama. 

— Cierlamenle, contestó la marquesa, 
y mi querido tío líabrá perdido lo que se 
rá tal vez mas divertido. 

— ,\Ir. de Monlbron? dijo vivamente 
Adriana, con una amargura apenas re- 
primida, sí... sentira no haberlo visto lo- 
do deseo con ansia que venga.... ¿no 

es á él á quien debo esta agradable no- 
che? 



Tal vez hubiera notado Mme. de Mo* 
rínval la espresion de ironía que Adriana 
no pudo coippletaniente disimular, si de 
repente un rujido ronco, prolongado, so- 
noro , no hubiese llamado su atención y 
la de todos los espectadores , que según 
hemos dicho habían estado hasta entonces 
muy indiferentes á las escenas de>linada5 
á ()rudiicir la aparición de Morok en las 
tablas. 

Todos los OJOS se volvieron instíntiva- 
muiite hacia la caverna situada á la izquier- 
da del foro, debajo del palco de Mlle, dé 
Cardovilfe; un estremecimiento de ardien- 
te curiosidad circuló por todo el teatro. 

Oiro rugido mas sonoro aun y quepa- 
recia mas irritado que el primero, salió 
esta vez del subterráneo, cuya abertura 
se ocultaba casi entre arbustos arlifícia- 
les fáciles de apartar. Al oír este rugido^ 
el inglés se puso de pié en su pequeño 
palco , sacó casi medio cuerpo y se frotó 
las manos; en seguida, sus grandes ojos 
verdes, fijos y redondos, no se separaron 
ni un momento de la entrada de la ca~ 
Ver na. 

A estos feroces rugidos se había estre- 
mecido también Djalma, á pesar de todas 
las escítaciones de amor, odio y celos dó 
que estaba poseído. La vista de aquel bos- 
que, los rugidos de la pantera, le causa- 
ron una eniocion profunda, despertando 
de nuevo en su pecho el recuerdo de su 
país y de aquellas cacerías homicidas, que 
asi como la guerra (raen consigo una em- 
briaguez terrible. Aunque hubiera oído 
los instrumentos guerreros del ejército dé 
su padre tocar ataque, no se hubiese po- 
seído de ur. ardor mas salvaje. Poco des- 
pués , rugidos sordos, seniejantes á un 
trueno lejano, casi ahogaron los ahullidos 
estridentes de la pantera ; el león y el ti- 
gre , Judas y (Aun, le contestaban desde 
el fondo del teatro, donde e^lal)an sus 
jaulas... A este espantoso concierto, cuya 



ALbUltl 

música habia oido tantas veces en medio 
de los desiertos de la India , cuando es- 
taba acampado en ellos, para la guerra ó 
para la caza .Ma sangre de Djalma hirvió 
en sus venas; sus ojos brillaban con un 
ardor feroz; con la cabeza algo inclinada 
hacia afuera, las manos contraidas en la 
delantera del palco, todo su cuerpo se es- 
tremecía con un temblor convulsivo. Los 
espectadores, el teatro y Adriana no exis- 
tían ya para él; estaba en un bosque de 
su pais y sentía al tigre...». 

Se mezclaba entonces á su hermosura 
una espresion tan intrépida, tan feroz, 
qupRosa Pompon-jecontemplaba con una 
especie de terror y de admiración apasio 
nada. Por la primera vez en su vida tal 
vez, sus lindos ojos azules, generalmente 
tan alegres, tan malignos, manifestaban 
una emoción seria; ella no podia espli- 
carse lo que sentía. Su corazón se opri- 
mía y palpitaba con violencia como si pre- 
sintiese alguna desgracia 

Cediendo á un movimiento de temor 
involuntario, cojió el brazo de Djalma y 
le dijo: 

— No miréis asía esa caverna; me asus 
tais..... 

El príncipe no la oy6. 

— ¡Ah! I helo ahíl ¡helo ahí! Dijo la 
multitud casi á una vez. 

Morok apareció en el fondo del teatro. 

Morok, vestido como hemos dicho, lle- 
vaba ademas un arco y un largo carcax 
Heno de flechas, y bajaba con rapidez la 
cuesta de rocas figurada que llegaba en 
descenso hasta en medio del tablado; de 
vez en cuando se detenia fingiendo pres- 
tar el oído y adelantarse con circunspec- 
ción. 

Y al dirigir sus miradas de un lado á 
otro, involuntariamente sin duda, encon- 
tró los grandes ojos del inglés, cuyo palco 
estaba precisamente al lado de la caverna. 
^Inmediatamente las facciones del do- 



43 



mador de fieras se contrajeron de una ma- 
nera tan espantosa, que Mme. do Mo- 
rinval, que lo examinaba con atención 
con un catalejo escelente, dijo vivamente 
á Adriana : 

— Querida, ese hombre tiene miedo... 
le sucederá alguna desgracia 

— ¿Acaso suceden desgracias, contestó 
Adriana con una sonrisa sardónica, des- 
graciasen medio de una multitud tan bri- 
llante, tan adornada, tan animada 

desgracias a(|uí esta nocfie? Va- 
mos, nu querida Julia no penséis en 

ello en la oscuridad , en la soledad es 

donde suceden las desgracias... jamas en 
medio de una multitud alegre, á la cla- 
ridad de las luces 

— ¡ Cielos 1 Adriana... ¡tened cuidadol 
esclamó la marquesa no podiendo repri- 
mir un grito de terror, y eojiendo el bra- 
zo de la joven, como para atraerla hacía 
si , ¿la veis? 

Y la marquesa con la mano trémula 
designaba la abertura de la caverna. 

Adriana sacó vivamente la cat)eza. 

— ¡Tened cuidado!... no avancéis tan- 
to, le dijo Mme. de Mprinval. 

-—Estais loca con vuestros terrores, 
amiga mía, dijo el marqués á su muger. 
La pantera está perfectamente encadena- 
da, y aunque rompiese !a cadena lo que 
es imposible, estaríamos aquí fuera de su 
alcance. 

Un gran rumor de curiosidad palpitante 
salió de los espectadores, y todas las mi- 
radas se fijaron invenciblemente en la en- 
trada de la caverna. 

Entre los arbustos artificiales que apar- 
tó con sus anchos pechos, la pantera ne- 
gra apareció de repenlo; por dos veces 
alargó su cabeza aplastada, iluminada con 
sus ojos amarillos y relucientes.... Des- 
pués abriendo á medias su boca roja... . 
lanzó un nuevo rugido mostrando dos ü' 
liS de colmillos formidables. 
12** 



u 



ALBCl 



Uoa duble cadena de hierro y un collar 
del mismo metal pintado de negro con- 
fundiéndose con su piel color de ébano, y 
con la sombra de la caverna , hacían la 
ilusión completa. 

— Señoras, dijo de repente el marqués 
mirando á los indios, están magníficos con 
la emoción que experimentan. 

En efecto, á la viAta de la pantera, el 
ardor feroz de Djalina había llegado á su 
colmo, sus ojos centelleaban en su órbita 
anacarada, como dos diamantes negros; 
su labio superior se levantaba convulsiva- 
mente con una espresion'de ferocidad ani- 
mal, como si estuviese en un violento pa- 
rasismo de cólera. 

Faringhea, entonces echado de bruces 
en la delantera del palco, era también 
presa de una emoción profunda , causada 
por una estrafia casualidad. Esta paniera 
negra, de una especie tan rara, decía 
«jntre sí mismo, que veo aqui en un tea- 
tro, en Paris, debe ser la que el malayo 
{el thug 6 estrangulador que había punza- 
do los caracteres misteriosos en el brazo 
deíHjalma en Java durante su sueño) ro' 
bó siendo pequeña de su carnada, y ven- 
dió á un capitán europeo El poder de 

Bohwmie se reconoce en todas parles , 
añadió el thug en su sanguinaria supersti- 
ción. 

— ¿No encontráis á esos indios magní- 
ficos? añadió el marqués dirigiéndose á 
Adriana. 

— Tal vez... hayan asistido á unacace- 
rla semejante en su pais), contestó Adriana 
como queriendo evocar y arrostrar toda la 
crueldad de su recuerdos. 

— Adriana dijo de repente la mar- 
quesa con una voz alterada , ahora que 
está el domador de' fieras bastante cerca 
de nosotros ¿su cara no está espanto- 
sa?... os digo que eso hombre tiene mie- 
do 

— Lo cierto es, añadió el marqués muy 



seriamente esta vez, que su palidez eS 
horrible y que parece aumentar por mi- 
nutos.... á medida que se acerca á este 
lado.... dícese que si perdiera su sangre 
fria por un momento , correría el mayor 
peligro. 

— ¡Ahí... seria horrible, esclamó la 
marquesa dirigiéndose á Adriana, si á 
nuestra vista... fuese herido... 

— ¿Se muere acaso de una herida?.... 
contestó Adriana con tal tono de frialdad 
é indiferencia, que la marquesa miró á 
Mlle, de Cardoville con sorpresa y le 
dijo : 

— ¡ .\h querida, lo que decís es muy 
cruel I 

— ¿Qué queréis? La admósfera queme 
rodea obra en mi organización, respondió 
la joven con una sonrisa glacial. 

— ;Mirad, mirad... el domadorde fieras 
va á tirar una flecha á la pantera, esclamó 
el marqués , y sin duda después fingirá ei 
combate cuerpo á cuerpo. 

Morok estaba en este monienfo delante 
del teatro, pero necesitaba atravesar su 
anchura para llegar á la entrada de la ca- 
verna. Detúvose un momento, puso una 
Qccha cu el arco, y colocándose de rodi- 
llas detrás de un pedazo de roca , apuntó 
largo tiempo... el dardo silvó y fué á per- 
derse en la profundidad de la caverna, 
donde se habia retirado la pantera des- 
pués de haber mostrado un momento su 
terrible cabeza. 

Apenas hubo desaparecido la flecha, 
cuando la Muerte irritada á propósito 
por Goliath , entonces invisible, lanzó un 
rugido de cólera como si hubiera sido he- 
rida... 

La pantomima de Morok era tan espre- 
siva, manifestó con tanta naturalidad su 
alegría por haber herido á la fiera , que 
frenéticos aplausos estallaron en todo el 
teatro. Tirando entonces el arco lejos de 
sí , sacó un 'J)uñal del cinturon , lo tomó 



ALBOS. 



43 



«Pfilre los dientes, y empezó á arrasírarse 
á cuatro píes como si hubiera querido sor- 
prender en su cueva á la pantera herida. 
Para hacer la ilusión mas perfecta, la 
Muerte, irritada de nuevo por Goliath que 
la pegaba con una barra de hierro; la Muer- 
te, repetimos, lanzó del fondo del subter- 
ráneo rujidos horribles. 

El sombrío aspecto del bosque apenas 
iluminado con reflejos rojizos, causaba 
un efecto tan imponente, los rujidos de la 
pantera eran tan furiosos, los gestos, la 
actitud y la fisonomía de Morok tan llenos 
de terror... que los espectadores, atentos, 
estremecidos, permanecían en un silencio 
profundo, todas las respiraciones estaban 
suspendidas; hubiérase dicho que un estre- 
mecimiento general los hacia temblar, co 
tno si «sperasen un acontecimiento horri- 
ble. 

Lo que hacia que la pantomima de Mo- 
rok tuviere todo el carácter de una ver- 
dad terrible, era que al aproximarse asi 
paso á paso á la caverna, se acercaba tam- 
bién al palco del inglés... A pesar suyo el 
domador de fieras, fascinado por el miedo, 
no po lia apartar sus ojos de los de tste 
hombre; hubiérase dicho que cada uno de 
los movimientos que hacia al arrastrarse, 
correspomJía á un sacudimiento magnéti- 
co causado por la mirada fija del siniestro 
personaje... asi mientras mas se aproxi- 
maba Morok á éi mas descompuesta y lí- 
vida se ponía su fisonomía. 

Lo repetimos, al ver aquella pantomi- 
ma, que no era ya un juego, sino la es- 
presioD verdadera del terror, el silencio 
profundo, palpitante, que reinaba en el 
teatro , fué interrumpido por aclamaciones 
y transportes, á los que se unieron los ru- 
jidos de la pantera y los ahullidos lejanos 
del león y del tigre. 

El inglés, con el cuerpo casi fuera del 
palco, con los labios contraidos por su ter- 
rible sonrisa sardónica , con sus grandes 



ojos siempre fijos, estaba fallo de respira- 
ción, oprimido. El sudor corría por su 
frente calva y encendida como si hubiese 
verdaderamente gastado una increíble fuer- 
za magnética en atraerá Morok que pron- 
to se vio á la entrada de la caverna. 

El momento era decisivo. 

Encojido, con su puñal en la mano, si- 
guiendo con sus gestos y su vista los me- 
nores nioviniienlos de la Mtierle, que ru- 
jiendo irritada y abriendo su enorme boca, 
parecía querer defender la entrada de su 
cueva, Morok... esperaba el momento de 
arrojarse sobre ella. 

Hay tal fascinación en el peligro, que 
Adriana participó, á pesar suyo, del mo- 
vimiento de viva curiosidad mezclada de 
terror que hacia palpitar á todos los es- 
pectadores; inclinada como la marquesa, 
dirigiendo su vista á esta escena de un 
terrible interés, la joven tenía ma(|uínal- 
mente en la mano un ramo de flores in- 
dias que había conservado. 

De repente Morok lanzó un grito sal- 
vaje, arrojándose sóbrela Af«er/e que con 
testó con un terrible rujido, lanzándose 
sobre su amo con tanta furia, que Adria- 
na asustada, creyendo que este hombre 
era perdido, se echó hacía atrás, ocul- 
tando su cara entre las manos. 

Su ramo de flores se escapó de ellas, 
cayó en el escenario y rodó dentro de la 
caverna, donde luchaban la pantera y 
Morok. 

Pronto como el rayo, ágil como un ti- 
gre, cediendo á la violencia de su amor 
y al ardor feroz escitado en él por los ru- 
gidos de la pantera , Djalma se puso de 
un salto en el teatro, sacó su puñal y se 
precipitó en la caverna para coger el ramo 
de Adriana. Kn este momento un grifo 
penetrante de Morok herido pedía socorre 
La pantera mas furiosa aun a la vista de 
Djalma, hizo un esfuerzo desesperado para 
romper la cadena : no pudicndo conse- 



46 



▲LBDM. 



guirlo se levantó sobre sus pies traseros á 
lin de arrojarse sobre Djalma entonces al 
alcance de su» garras a^uüa:>. Bajar la ca- 
beza , ectiarse de rodillas, y al mispio 
tiçmpo clavarle dos veces su puñal en ^1 
viontre con la rapidez del rayo, así fué 
como Dejalmase libnide una mut-rte cier- 
ta; la pantera ríigió cayendo con todo el 
peso de su cuerpo sobre el príncipe... por 
un segundo que duró su agonía solo se 
vio una masa confusa y convulsa de miem- 
bros negros y vestidos blancos ensañaren 



tados; despues se levantó DJalina al fia 
pálido, cubiiTto de sangre y herido.: en- 
toncesdepij^, coo los ojos centellanda cofi . 
ini orgullo salvaje, con el pié sobre el ca* 
d<i.Vfr de la pantera..... teniendo en ja;, 
mano el ramo de llores de Adriana, lanzó, 
á esta una mirada que espresaba todo su 
amor insensato. 

l'rUonces únicamente sintió Adriana que 
le falt^b^n las fuerzas , porque un yalQjT 
sobrenatural le babia ayudad^ £Í asistir ^ 
las horribles peripecias de aquella lucha. 



li' 



Eli CO^X'lIilO. 

■^aeo— ■" — 



X. 

EL YIAJEBO. 

Es de noche. 

La luna está c'ara , las estrellas brillan 
en medio de un cielo melancólicamente 
sereno: los agudos silvidos de un viento 
Norte , brisa funesta , seca y glacial , se 
cruzan serpentean y estallan en ráfagas 
violentas; con su soplo áspero y estriden 
le barren las alturas de Montmartre. 

En la cumbre mas elevada de esta co- 
lina un hombre está de pié. 

Su sombra se proyecta en el terreno 
pedragoso iluminado por la luna 

Este viajero mira la ciudad inmensa 
que se esliendo á sus pies 

París cuya oscura sombra dibuja 

sus torres, sus cúpulas, sus campanarios, 



en la azulada limpidez del horizonte, mien- 
tras que de en medio de este océano de 
piedras se eleva un vapor luminoso que 
enrojece el estrellado azul del zenit. 

Es el resplandor lejano de mil fuegos 
que de noche, á la hora de los placeres» 
iluminan alegremente la ruidosa capital. 

«No, decia el viajero, no sucederá 

el Señor no querrá. 

«Ks bastante con dos veces. 

aHace cinco siglos que la mano venga- 
dora del Omnipotente me impelió desde 

el fondo del Asia hasta aqui Viajero 

solitario, dejó detras.de mí mas luto, mas 
desesperación, mas desastres, mas muer- 
tes que hubieran dejado los ejércitos, 

innumerables de cien conquistadores de- 
vastadores Entró en esta ciudad.... y 

también fué diezmada 



♦»8UM. 

«Hace dos siglos, esa mano inexorable 
íque me conduce á través del mundo, me 
trajo aqoí de nuevo, ,y esta vez cumo la 
anterior, esa plaga. que desde tan lejos el 
Omnipotente une á mis pasos hizo estra- 
gos en esta ciudad y atacó desde luego á 
mis hermanos ya exliaustos por el trabajo 
y la miseria. 

«Mis liCrinanos el artesano de Je» 

Tesulen , el artesano maldito del Señor, 
que en mi persona ha maldecido la raza 
de los trabajadores, raza siempre entre- 
gada al sufrimiento, siempre desheredada, 
y que, como yo, anda sin tregua ni re- 
poso, sin recompensa, ni esperanza hasta, 
que mugeres, lionribres, rïinoï:, anciano^,, 

mueren bajo un yugo de hierro yugo 

homicida que otros toman á su vez y los 
trabajadores llegan asi de siglo en siglo. 
Bobre sus iiombros dóciles y magullados; 

a Y h»^ aquí, que por la tercera Vez en 
cinco siglos, llego á la cumbre de las co- 
linas que dominan esta ciudad; 

«Y tal VfcZ vuelvo á traer conmigo el 
«espanto, la desolación y la muerte. (1) 

«Y esta ciudad embriagada con el ruido 
de su> placeres, de sus fiestas nocturnas, 
no sabe , i oh I que estoy á sus puertas... 

«l*ero no, no, mi presencia no será una 
nueva calamidad..... 

« El Señor, en sus miras impenetrables, 
me ha conducido hasta aquí á través de 



47 



(1 ) En 1346 la famosa peste negra que 
devastó el globo^ ofrecía los mismos sin to- 
mas que el cólera, y ei mismo fenómeno 
inesphcable déla marcha pp'gresi va ypor 
jornadas, según un camino dado. En 1660, 
otra epidemia análoga diezmó también el 
mundo. - - 

Es sabido que el cólera sé, declaró 9I 
principio en París, interriimpiertdo, si 
ptiede asi decirse, su marcha progresiva 
con un salto enorme é ineaplicabíe;' re- 
cuérdese también que el viento nordeste 
sopló constantemente durante ios mayo- 
res estragos del Cóiera. 



la Francia, haciéndome evitar en, el ca- 
mino hasta la aldea mí»s humilde;-a'>inin- 
gün sonido fúnebre ha marcado mi paso. 

«Y ademas el espectro me ha abando- 
nado 

«Ese espectro lívido.... y verde.... con 
los ojos hundidos y sangrientos... ciir.ndo 

lie pisado el suelo de la Francia su 

mano húrneda y helado dejó la niia 

desapareció. 

«Y sin embargo.... sii-nto... que laad- 
mósfera mortífera me rodea aua. 

«No cesan los agudossi' vid jsdeeso vien- 
to mortífero, que rodeándome en su tor- 
bellino, parece propagar la plaga con su 
soplo emponzoñado.... 

« Sin duda se aplaca La cólera del Se- 
ñor.... 

«Tal Vez mi presencia aqui es una ame- 
naza.... de que dará conocimiento á los 
que debe iatimidár.... 

«Si, porque á no ser asi , querría al 
contrario dar un golpe de un estruendo 
mas espantoso.... lindando desde luego el 
terror y la muerte en el corazón del pais, 
en el seno de la ciudad inmi-nsa. 

« ¡ Oh ! 1 po.... nol el Señor tendrá pie- 
dad... no... no me condenará á este nuevo 
suplicio 

« ¡ Ay i en esta ciudad, mis hermanos. .¿ 
son mas numerosos y mas miserables que 
en otras partes^ 

« Y soy yo quien les trae la muerte. .j. 

«No, el Señor se compadecerá, por- 
que ¡ ay ! los siete descendientes de mi 
hermana estén al fin reunidosen está ciu- 
dad.... 

íY soy yo quien les traefá la muer- 
te?.... 

«¿La muerte... en lugar del poderoso 
'apoyo que reclaman ?■ 

« Porque esa muger, que como yo, va-í 
g? de un esítremo del ntundo'á otro, des- 
pués, de haber ¡una vez destruido Ids tra- 
mas de sus enemigos... esa muger ha con- 
tinuado su marcha eterna^ 
13*» 



48 ALBUB. 

«En vano he presentido que grandes! «Serían su único objeto, sus i'inicofS 
desgracias amenazan de nuevo á los que | medios. 



amo por la sangre de mi hermana.. 

a La mano invisible que me condu- 
ce.... impele delante de mi á la mugir 
errante.... 

«Como siempre arrastrada por ol irre 
sistible torbellino, en vano esclauío, su- 
plicando, en el momento de abandonar á 
los mies : 

— j A lo menos, Señor... que acabe mi 
obra! 

—«¡Marcha !!I 

. — «¡Algunos dias, por piedad, nada 
mas que algunos dias ! 

— «¡ .Marcha !!! 

— « i (Jue dejo á los que protejo en el 
borde del abismo ! 

— «¡ Marcha... Marcha ! 

x( Y el astro errante se lanzó de nuevo 
i su rula eterna. 

« Y su vuz atravesó ol espacio llamán- 
dome en socorro de los mios.... 

« Cuando su voz llegó hasta mi, lo sen- 
tía los descendientes de mi hermana 

estaban aun espuestos á terribles peli- 

grros Fstos peligros se aumentan 

aun 

— «¡Oh! decidme, decidme, Sefior, 
¿los descendientes de mi hermana se li- 
brarán de la fatalidad que hace tantos si- 
glos pesa sobre mi raza? 

«i Me perdonareis en ellos? ¿me casti 
gareis en ellos? 

M I Oh I haced que cumplap la última 
voluntad de su abuelo. 

•«Haced que puedan unirse sus carita- 
tlvos corazones, sus valientes fuerzas, sus 
nobles inteligencias, sus grandes rique- 
zas. 

« Asi trabajarán en provecho de la di- 
cha futura de la humanidad..,. ¡ Asi res- 
catarán tal vez mi castigo eterno I 
« Estas palabras del hijo de Dios : 
«Amaos uüos a otros. 



« Con ayuda de estas palabras otnni* 
potentes , combatirían , vencerían á esos 
falsos sacerdotes que han desmentido los 
preceptos de amor, de paz y de esperan- 
za del Hombre-Dios, con otros llenos dé 
odio , de violencia y de desesperación. 

o Kstos falsos sacerdotes..... que sub- 
vencionados por k)8 poderosos y los dicho- 
sos de este mundo..... sus cómplices en 
todo tiempo..... en lugar de pvdir aquí 
abajo un poco de felicidad para mis her- 
manos que padecen , que gimen hace si- 
glos, se atreven á decir en vuestro nom- 
bre. Señor, que el pobre está condenado 
para siempre á los tormentos en este mun- 
do.... y que el deseo ó la esperanza de 
sufrir menos en la tiera es un crimen á 
vuestros ojos... porque ¡a dicha de tos me- 
nos.. . y la desgracia de casi toda la ftu- 
manidad.... tal es vuestra voluntad , ¡oh 
blasfemia ! ¿no es lo contrario á esas pa- 
labras homicidas lo que es digno de lavo- 
luntad divina? 

« Por piedad , escuchadme, Señor 

Librad de sus enemigos á los descendien- 
tes úé mi hermana, desdeel artesano has- 
ta el príncipe.... No dejéis de destiuir e! 
gormen de ima poderosa y fecunda aso- 
ciación, que gracias á vos, constará tal vez 
eo los fastos de la felicidad de la humani- 
dad. 

«Dejadme, Señor rcunirlos puesto que 
los dividen ; defenderlos , puesto que los 
atacan.... dejadme dar esperanzas á lus 
que ya no esperan , valor á los abatidos , 
levantar á los que están amenazados de 
caer, sosteocr á ios que perseveran en el 
bien.... 

«Y tal vez sus luchas, su sacrificio, su 
virtud, sus dolores, espiarán la falta que 
cometí.... yo, á quien la desgracia ¡oh! 
la desgracia sola había hecho injusto y 
malvado. 



tíSeñor, puosto que vuestra mano om- 
nipotente me conduce aqui con un fin 

que ignoro..... desarmad al fin vuestra 
cólera.... que no sea mas instrumento de 
vuestras venganzas 

«¡Baste de luto en la tierra I Hace dos 
aíios que vuestras criaturas caen por mi- 
llares á mis pies 

«El mundo está diezmado, un velo de 
luto se estiende por todo el globo. 

«Desdo el Asia hasta los hielos del po- 
lo he andado,.... y han muerto 

«^No oís, Señor, ese gemido prolon- 
gado que desde la tierra stibe hasta vos?... 

«Misericordia para todos y para mí 

«Que un dia , que un solo dia... pueda 
.reunir á los descendientes de mi herma- 
na..... y est^n salvados,,..,» 

a1 decir «stas palabras, el viajero cae 
^e rodillas.,, levantando al cielo sus manos. 

De repente el viento rugió con mayor 
violencia; sus agudos silvidos se cambia- 
ron en una tormenta 

El viajero se estremeció. 

Con voz espantada esclamó : 

Señor, el viento de muerte ruge con 

rabia n\f parece que su torbolliiio me 

levanta..,.. ¿Señor, no escucháis mi sú- 
plica? 

El espectro..... ¡oh! el espectro... alií 
está otra vez su semblante ver- 
doso está agitado con movimientos con- 
vulsivos sus rtj'ís oj )S dan vueltas en 

su órbita... ¡vete!... ¡ v^te !... Su mano 
helada ha cojido la mía ¡Señor, pie- 
dad!... 

— ] Marcha ! 

— lOli 1 ¡ Señor... esa plaga, esa plaga 
terrible! j llevarla otra vez á esta ciu- 
dad!... mis hermanos van á perecer de 
los primeros! ¡ellos!... tan miserables... 
i gracia!... 
— iM archa! 

— Y los descendientes de mi hermana... 
¡ gracia ! ¡ gracia ! 



— ¡Marcha! 

— ¡Oh!... ¡Señor, compasión!., ya 

no puedo detenerme en el su»'!o el es 

pectro me arrastra hacia el declive de la 

colina mi paso es tan rápido como el 

viento de muerte que sopla detrás de mf... 
Ya veo I'is muros de la ciudad..... ¡Oh ! 
¡piedad. Señor, piedad para los descen- 
dientes de mi liermanal... Libradlos 

haced que no sea yo su verdugo, que triun- 
fen de sus enemigos, 

— ¡Marcha...., marcha! 

— El suelo huye siempre de mis pies... 
Ya estoy á las puertas <le la ciudad... ¡oh! 

ya..... Señor aun es tiempo.... ¡0\\l 

gracia para esta ciudad dormida, j (Jué 
no se despierte con gritos de espanto , de 
desesperación y de muerte! Señor, toco 

el umbral de la puerta ¿lo queréis 

asi? pues es cosa hecha ¡ Paris 

la plaga está en tu seno!... ¡Ah, mal- 
dito, siempre n»aldito! 

— ¡Marcha... marcha... march^!.., 
XI. 

LA COLACIÓN. 

El dia siguiente á a(iu>;l en que el si- 
niestro viajero, bajando de las alturas de 
Montmartre, entró en Paris, reinaba la 
mayor actividad en el palacio de Sainl- 
Dizier. 

Aunque apenas eran las doce, la prin- 
cesa sin estar adornada , tenia demasiado 
buen gusto para ello; estaba sin embargo 
puesta con mas elegancia que de costua»- 
bre. sus cabellos rubios, en lugar de es- 
tar simplemente alisados en cocas, for- 
maban dos bucles atufados que sentaban 
muy bien á sus mejillas IKnas y floridas. 
Su cofia estaba adornada de cintas color 
de rosa; en fin, al ver que la princesa de 
Saint Dizier tenia un talle casi esbrlto, 
con su vestido de moaré color de lila , se 
adivinaba que Mme. Grivois habia debid » 
requerir la asistencia y los esfuerzos de 
otra doncella de la princesa , para em- 



50 



ILKtJI, 



prender con buen áxito «quella disminu- Scvres> «I uno con crema decafé/jr dotrô 
don de la gniew cintura de su ama. con chocolate con vainilla ambarada, esla- 



Pronto diremos la causa ediiicante de 
aquella lijera reminiscencia de co.|Uc*ter(a 
mundana. 

La princesa, seguida de Mme Grivois, 
su ama de gobierno, daba las ú timas ór- 
deiies relativas á ciertos preparativos tjue 
estaban haciendo en un va^itit sak>^. Kn 
medio de esta pit zí Irabia una fjran mesa 
redonda, cubierta de un tápele de tercio 
pelo carmesí, y rodeada de varias sillas, 
entre las cuales se observaba en el lugar 
preferente un sillon do madera dorada. 

Kn uno de los an<íulos del salon, no le- 
jos de la chimenea , en la que ardia \¡n 
escele ni e fuego, estaba una especie de apa- 
rador improvisado, en el i]Ue se "veian los 
elementos variados de la colación nías 
apetitosa y mas esquísitai 

Asi, en platos de plata, se levantaban 
en ÍQí^ma de pirámide, sancoeclies de le- 
checillas de carpa, 'Con manteca deán- 
chuas, mezcladas con escabeche de atún 
y criadillas de tierra del Perigord (era 
cuaresma); mas lejos, sobre chufetas de 
plata en (|ue ardía espíritu de vino, para 
conservarlos calientes, pastelillas de can- 
grtjos del rio Meusa , con manjar blanco, 
humeaban en su pasta de hoja tierna y 
dorada, qiio p.irecian desaliar en escelen- 
cia y sabor á los pastelillos de ostras de 
Marennes , ibaííados en vino de Madera, 
y realzados con un picadillo de sollo cofi 
especias. 

AI lado de esto» plafosN-mos habla otros 
mas liji ros, cimobizcochitos desopliliode 
pilla, fori'ianie^ de fresas, primerizas en- 
tonces muy raras, jaleas de narairja ser- 
vidas en -ia c^tscara entera de estas frutas 
artísticamente vaciaila al efecto; cual ru- 
bíe- y lopaciiis, los' vinos de Iturdeos, Ma 
dera y Alic;uite brillab.m en prandes fras- 
cos de cristal, mientras que el vino de 
Champaña y dos jarrones de porcelana de 



ban Va «asi «n estado de sorbete, sumer- 
jidos en un gran jarrón de plata cincelada 
lleno de hielo. 

Poro lo r|Ue daba á esta esqiiisita cola- 
ción un carácter singularmente apostólico 
y romatio» eran ciertos producios de la 
repostería relifjlosamente elaborados. Aái 
se veían pequeños calvarios do paSla de 
aH>arico(|nes, mitras sacerdotales de alff>- 
uiinie, emees episcopales de mazapán, á 
las que la princesa habia aíiadido, con una 
delicada atención, un birrete de cardenal, 
de azúcar colorado, adornado de cordones 
de caramelos; la piet* mas impoHanle dé 
estos confites religicii^os , la obi'a maestra 
del gefe de cocina de la princesa deSaint- 
Diírer, era un soberbio Crucifijo de pasta 
con su corona de espiûas de azúcar pie- 
dra. 

K>las profana<;tone3 soneslrafiás^ y Se 
ndi^nan de ellas hasta las personas poco 
devolas: pero desde la impudente truane- 
ria de la túnica de Troves hasta la chanza 
indecorosa del relicario de Argenteuil, tas 
persona.4 piadosas por el estilo de la prin- 
cesa üe Saint-^Dizier parecen tratar de po- 
ner en ridículo á fuerza de celo las tradi- 
ciones roas respetables. 

Después de ech'tr una mirada de satis- 
facción á la colación, la princesa dijo á 
Mme. Grivois utostrándole el sillon dora- 
do que parecía destinado al presidente de 
esta reunión. 

— ¿Han puesto mí folgo bajo la mesa 

para que pueda S. K. poner los pies? Siem- 
pre se (|ueja de frío. 

— Si , señora , contest)^ Mme. Grivois. 

— Decid tanitiien que llenen de agua 
hirviendo una bola de estaño para en ca- 
so de que S. 1^. no tenga bastante con ef 
calentador.... 

— Si, íií'flora. 

— Poned también mas leña en ia chi-' 
menea. 



Al M M, 



51 



■^^Pero, îcnura, y a es un brasero t-orn 
plelo.,.. ¡Miradlo! Y luego si S. K. tiene 
siempre frío, el seilor obispo de Il;iiíagen 
siempre tiene calor, y está conlinuarneiue 
sudando. 

La princesa seencojió de hombros y dijo 
á Mme. Grivois. 

— ¿Aca>o S. II. e! cardenal de Malpie- 
ti no es un superior del obispo de Uaiía- 
geti? 

•^— Si, señora. 
* •^— ¡ Pues bien ! Segnn la gerarquía , el 
obispo debe sufíir el calor y no S. E. el 
frió.... Así, haced loqueos digo, poned 
mas lefia. Por lo demás, nada mas senci- 
llo, S. K, es italiano, y el obispo pertene- 
, ce al norte de la Bélgica ; es muy natural 
que estén acosttuiibrados á distintas tem- 
peraturas. 

— Gomo gustéis; señora, contestó el ama 
de gobierno echando dos enormes pedazos 
de leña á la chimenea ; pero con el calor 
que hace aquí, el señor obispo es capaz de 
sofocarse. 

— ¡ Eh I yo también encuentro que ha- 
ce aquí demasiado calor; ¿pero nuestra 
?anta religion no nos ensena el sacrificio 
y la mortificación? contestó la princesa 
con una tierna espresion de abnegación. 

Ya conocemos la causa del tocador algo 
esmerado de la princesa de Saint Dizi-er. 

Tratábase de recibir dignamente á va- 
rios prelados, que unidos al padre d'Ai- 
grigny y á otros digmtarios de la iglesia , 
habían ya ¡elebrado en casa de la prin- 
cesa lie Saint Dizier una especie de con 
cilio en pequeño. 

Una joven recién casada que dá su pri- 
mer baile, un uienor emancipado que ( ; 
su primera comida de jóvenes solteros, 
una inuger de talento que lee por prime 
ra vez su obra inédita,, no están mas ra- 
diantes , mas orgullosos, y al mismo 
tienfipo tan cuidadosamente ocupados de 



sus huéspedes como la princesa de sus pre- 
lados. 

Ver graves intereses agitarse, debatii- 
se en su casa y delante de sí, oir á pej- 
sonas muy rapaces pedirle su dictamen 
sobre ciertas disposiciones prácticas rela- 
tivas á la iníluencia de las congregación» s 
de mugeres, ora para la princesa retxmtar 
de orgullo-', porque sns eminencias y sui 
grandezas, consagraban asi para siempre 
su preten>ÍMn de ser considerada..,., casi 
como una n a^lre de la igle.sia..,.. ílahia 
desplegado con estos prelados inihgenss à 
exóticos una porción de monauales aga- 
sajos y devotas coqueterías. 

JPor lo demás , ñadí mas lógico que las 
sucesivas transfiguraciones de esta muger 
sin corazón, pero que amaba sincera, apa- 
sionadamente la intriga y la dominación 
de camarilla. Habia , según los progresos 
de su edad , pasado naturalmente de las 
intrigas auiorosas, á las intrigas políticas, 
y de estas á las relijiusas. 

En el momento mismo en que la prin- 
cesa terjTiinaba la inspección de sus pre- 
parativos, ün ruido de carruages que se 
oyó en el patio de palacio le anunció la 
llegada de las pcisonas que esperaba; sin 
duda eran estas del rango mas alto, por- 
que contra todos los usos salió á recibirlos 
á la puerta del primer salon. 

En efecto, era el cardenal Maípieri^ 
que siempre tenia frió, y el obispo belga 
de Haifagen, que siempre tenia calor, 
con el padre d^Aigrigny que les acompa- 
ñaba. 

El cardenaí romano era uu hombre al • 
to , mas huesoso que delgado , y con una 
fisonomía altiva y sagaz á la par ijue ama- 
rillenta é inflada^ era muy vizco y teni.i 
grandes ojeras. El obispo belga era bajo 
de cuerpo, grueso, con uo abdomen muy 
prominente, con aspecto apoplético, mi- 
rada rtsuelta^ y coa n»ai\os regurdelas^ 
suaves y delicadas. 
14** 



5-2 



ALBUa» 



Pronto se reunieron los convidados en 
el salon; el cardenal fuó ininediatamenle 
á colocarse junto á lacliimenea, mientras 
que el obisp» , (jiie onipezi'i á «tidar y á 
Scplar, miraba de tiempo en tiempo al 
café helado, que dehia ayudarle á sopor- 
tar los ardores de a(|uella canícula arliií- 
ciaf. 

El padre d'Aigrigny acercándose á la 
princesa le dijo en voz baja : 

— <, Queréis dar orden de qtie introduz- 
can i)(|uial abate (iabriel deRenepont que 
vendrá á preguntar por mi? 

— ¿l'.se joven sacerdote está aqui? pre- 
gunto la princesa con gran sorpresa. 

— Desde antes de ayer. Le hemos he- 
cho venir á Paris por sus superiores.. To- 
do lo sabréis... Fn cuanto á Mr. Rodin , 
.Mme. (írivoisle hará entrar, como el otro 
día, por la puerta de la escalera escu- 
sada. 

— ¿Vendrá li-.>y? 

— Tiene cosas muy importantes que co- 
municarnos, y ha deseado que el carde- 
nal y el obispo estén presentes á la con- 
ferencia , por haber sido puestos al cor- 
riente de lodo en Roma por el padre ge- 
íieral, como afiliado^.... 

La princesa tiró de la campanilla, dio 
sus órdenes, y volviendo al lado del car- 
denal, le dijo con el acento déla mas tier- 
na solicitud : 

— ¿Empieza V. E á calentarse un po- 
co? ¿Quiere V. E. una vasija de estaño 
con agua caliente para los pies? ¿Desea 
V. E. que se haga mas fuego?... 

A esta proposición el obispo belga, que 
limpiaba el sudor de su frente, lanzó un 
suspiro de desesperación. 

— Mil gracias, señora princesa, respon- 
dió el cardenal en muy buen francos, pero 
con un acento intolerable; verdadera- 
mente estoy confundido con tantas bon- 
dadf5. 



— ¿No aceptareis nada? dijo la princesa 
al obispo indicándole al aparador. 

— Tomaró, si lo permitís, señora prin* 
cesa, un poco de café helado. 

Y el prelado dio un prudente rodeo á 
fu) de acercarse á la colación sin pasar por 
delante de la chimenea. 

— ¿Y V. E. no tomará uno deesos pas- 
telillos de ostras? están quemando, dijo la 
princesa. 

— Ya los conozco, señora princesa, con- 
testó el cardenal en tono de inteligente, 
s n esqiiisitos y no me resisto. 

— ¿Qué vino tendré el honor de ofre» 
cer á V. E.? añadió afablemente la prin- 
cesa. 

— Un poco de Burdeos , señora , si 
gustáis. 

Y como el padre d'Aigrigny se prepa- 
raba á dar de beber al cardenal, la prin- 
cesa le disputó este placer. 

— Tal vez V. E. aprobará lo que he 
hecho, dijo el padre d'Aigrigny al carde- 
nal mientras este probaba gravemente los 
.pastelillos de ostras, no he crei Jo oportu- 
no convocar para hoy al señor obispo de 
Mogador, ni al señor arzobispo de Nan • 
terre, ni tampoco á nuestra santa madre 
Perpetua, superiora del convento de San- 
ta Maria , por ser enteramente privada y 
confidencial la conferencia que debemos 
tener con S. R. el padre Rodin y con el 
abate Gabriel. 

— Nuestro querido padre ha teni Jo mu- 
cha razón, contestó el cadernal, porque 
si bien por sus posibles consecuencias, es- 
te negocio de Renepont interesa á toda 
la Iglesia apostólica romana, hay ciertas 
cosas que es menester tener secretas. 

— También aprovecharé esta ocasión 
para dar gracias á V. E. por haberse dig- 
nado fiacer una escepcion en favor de una 
servidora de la Iglesia, tan humilde y os- 
cura, dijo la princesa haciendo al carden- 
nal una respetuosa y humilde reverencia. 



ALBUM. 



53 



— Ëra tina cosa jusfa y di4)i<U , rontes- 
\6 el cardenal inclinándose después de ha- 
ber colocado sobre la mesa su copa vacía, 
sóbennos lo mucho que c debe la lüilesia 
por la buena dirección que dais a las obras 
religiosas de que s\)is patri na. 

—En Olíanlo á esto, V. E. puede es 
far seguro de que hago nog^r todo socor 
fo al indigente (¡ue no puede justificarse 
con una cédula de confesión. 

— Solamente asi, señora; añadió el car- 
denal dejándose tentar por la vista apeti- 
tosa de «in pasfelil'o de colas de cangrejo, 
solauíente asi puede tener efecto la cari 



contra lo que llaman el despotismo de los 
obispos. 

— Para evitar esto, replicó con dureza el 
cardenal, es menester que los; (it>isp(isseaíi 
mas severos , y que recuerden siempre 
ijue son rumanus antes ipie franceses, 
ponjue en Francia repre-entan al Santo 
Padre y los intereses de la Ig'esia , como 
un enibaj.idor representa en el eslranje- 
ro á su piíis, á su rey y los intereses de 
su ndcioo. 

— Ks evidente, contestó el P. d' N'srig- 
ny; a>i esp<>ramos que, yracias a' impulso 
vigoroso qui* V. E. acah^j de dar al epis • 



dad.... poco me importa que la impiedad copado, obtendremos la libertad de en- 
esté handirienta... la piedad... esdiferen- señniiza. Entonces, en lugar de jóvenes 

' " franceses infectos con la filosofía y c<.n el 
esliípido patrintismo, tendrenios buen-s 
católicos romanf)S, muy obedientes y dis 
cipîinados, y que llegarán é íer subditos 
respetuosos de nuestro Santo Padie. 
— Y de ese m"di, en un tiempo dado. 



te, y el prelado se tr.igó de un bocado el 
pastelillo. Por lo demás, contitiuó, tam- 
bién sabemos el ardiefite celo con que 
perseguís inexorablemente á los impios y 
á los rebeldes contra la autoridad de nues- 
tro Santo Padre. 



— V. E. puede o>tar persuadido de que ai'iadió el obispo belga sonrierdo, si nues 



soy romana de corazón, deaima y porcon- 
vencimiento ; no b;igi> la menor diferen- 
cia entre lio angücano y un turco, dij) 
con valor la princesa. 

— La sefiiira princesa tiene razón , dijo 
el obispo belga ; diré mas, un angücano 
debe ser mas odioso á la Iglesia (¡ue un 
pagano, y sobre esto soy de la opinion de 
Luis XIV ; pedíanle un favur ¡)ara uno 
de sus cortesanos : 

« — Jamas, dijj el rey ; ese es janse 
nista. 

— «¡ El! ¿«^eñor? es ateo. 

— «líntónces es diferente, le concedo lo 
que pide, contestó el rey.» 

Esta chanza episcopal Jiizo roir bas- 
tante. Después el padre de Aigrigny aña- 
dió seriamente ffiriuiéndose al cardenal: 

— Dt>sgraciadamente, comodiré líespiies 
é V. E. acerca del abate (iabriel, sino se 
vigilara mucho el bajo clero se infeclaria 
con clanglitanismo y conideaí derebelion 



tro Santo Padre qtiisiera . por ejeíuplo, 
desatar á los católicos de Francia de su 
obediencia al poder temporal existente, 
piidfia , reconociendo otro poder, asegu- 
rarse asi lili partido católico, considerable 
y organizado. 

Diciendo estoolobi.-p'^ erq'u^ó sii fri nto 
y fué á buscar un poco de S iberia en »■! 
fondo de uno de los jarrones llenodeebo- 
célate ho'ado. 

— Ahora bien: un poder se muestra 
siempre agradecido á sem«janle regalo, 
dijo la princesa sonriendo ¿í su vez; y Cv-n- 
cede entonces grandes inmunidades la 
Iglesia. 

— Y a>i la Iglesia vuelve á tomar pose- 
sión del lugar que debe ocupar y (¡ue des- 
graciadamente no ocupa en Franri;i cu 
estos tiempos de impiedad y anarjuía, ibj.» 
el cardenal. Afortunadamente he visto 1 11 
el camino gran tuímei'o de preladosá quie- 
nes he reprendido su tibieza j reanimadu 



51 AMirM 

su celo, invitándoles en nombre del Santo 
Padre á atacar abierlamenle con inlre- 
piílez la libertad de la prtMisa y de cnltus, 
aiHKjiie esl(!> recitnntida por abominables 
lejes revolucionarias. 

— i'^yl l^' ■ ''^- "i> se ha retraiilo con 

Jos temliies [jelif-ros con los crueles 

martirios á que serán e>piit'stos nuolros 
prelados por obedecerle? dijo ale^renienie 
la princesa. Y esas terribles apehicinneg 
como de ubuxo, por (pii', en íiii , >i V. 1*1. 
residiese en Francia, atacaría á las leyes 

del pais como dice esa raza i\f aboga 

dos y parlamentario^: ¡ptie.s bien! ¡cosa 

terrible el consejo de t'staiio declara 

ria qu«* liay al)ns«> en vuestra pastoral.... 
¡Hay abuso! ¡ coni[)ri'ii'le V. li» !o que 
liay de terrible para un príncipe de la 
Iglesia , que sentado en su trono pontifi- 
cal, rodeado de sus dijíiiatarios y de su 
capítulo, oye á lo lejos algunas docenas 
de oficinistas ateos , con librea negra y 
azu!, gritar en todas voces de^de el falsete 
hasta el bajo: ¡hay abuso! En verdad que 
si hay abuso en alguna parte, es el abuso 
de !a ridiculez en esas gentes. 

Esta salida de la princesa fué acojida 
con una hilaridad general. 

£1 obispo belga añadió : 

•^Yo encuentro que esos bravos defen 
sores de las leyes, al hacer el {tapel de 
fanfarrones, «jbran con tina completa hu- 
mildad cristiana; un prelalo aboít-tea ru- 
damente su impiedad, y ellos contestan 
rudamente haciendo reverencia-; ¡ahí 
Sr. limo., h.iy abuso. 

Nuevas risas coriteslaron á este chisteí 

— lis menester dejar que se diviertan 
en estas inocentes griterías de estudiantes 
incomodados por la ruda férula del maes- 
tro, (lijo sonriendo el cardenal. Siempre 
estaremos entre ellos, á pe.-ar de ellos y 
contra ellos. Primero, porque ntas que 
ellos mismos que remos su salvación, y des- 
pués porque, los poderes tendrán necesi- 



dad de nosotros para consagrarlos y para 
sujetar al populacho. Por lo demás, mien- 
tras que los altoiiados, los parlamentarios 
y los ateos univ< rsilarios laiizan griios de 
odio inipotenie, las almas verdaderamen- 
te cristianas se unen y se ligan contra la 
impiediid.... Al paso por Lyon.... me en'* 

ternecí profundamente esta es uiiaciu- 

tlad veriladeramente romana: hermanda- 
des, penitentes, obras de todas clases.... 
nada falla.... y lo que es mas, cerca de 
trescientos mil escudos de donación al cle- 
ro i-n im año.... ¡Ahí Lyon es la digna 
cíipiialde la Francia católica.... Trescien- 
tos mil e^cu(los.... de donación.... fié aqui 
con que confundir la impiedad.... ¡Tres- 
cientos mil escudos 1 ¿qué contestarán á 
esto ios señores filósofos? 

— Desgraciadamente, respondió el pa- 
dre d .\igrigny, todas las ciudades de Fran- 
cia no se parecen á Lyon, y debo preve- 
nir á V. E. que se manifiesta un hecho 
grave: algunos miembros del bajo clero 
pnlenden hacer causa común con el po- 
pjiiaclivj, de cuya pobreza y privaciones 
participan, y se preparan á reclamar en 
nonil)re de la igualdad evangélica, contra 
lo que llaman el despotismo aristocrático 
de los obispos.... 

— Si tuviesen esa audacia, esclamó eí 
caidcnal, no habria interdicción ni penas 
liaslante severas contra semejante rebe- 

lu)!). 

— ^Se atreven á mas aun; algunos pien- 
san hacer un cisma; pedir la separación 
absoluia de la iglesia de Francia de la de 
Roma, bajo el pretesto de que el ultra- 
muiitanisnío ha desnaturalizado y corrom- 
|)ido la primitiva pureza de los preceptos 
de Je^ucristo. Un joven sacerdote, pri- 
mero misionero y luego cura de aldea, el 
abate Gabriel de Henepont, á tjuien he 
hecho llamar á Paris por sus superiores, 
se ha hecho el centro de una especie de 
propaganda ; ha reunido varios curas do 



Îàs municipalidades cercanas á la suya^ y 
recomendándoles una obediencia absoluta 
á sus obispos, en tanto que nada se cam- 
biase á la gerarquia existente, les ha invi- 
tado á usar de sus derechos de ciudada- 
nos franceses, para lo que llama la liber- 
tad del bajo clero. Porque según él lossa- 
cerdotes de las parroquias están entrega- 
dos á la voluntad de los obispos, que les 
quitan el pan, sin apelación ni interven- 
ción. 

— ] Pero ese Joven es un lulero cató- 
lico 1 dijo el obispo. 

Y andando de puntillas, fué á echarse 
un buen vaso de vino de Madera, en el 
que mojó lentamente un mazapán en foí"- 
ma de cruz episcopal. 
. Invitado con su ejemplo, el cardenal, 
bajo pretesto de ir á calentar á la chime- 
ilea sus pies siempre helados, juzgó con- 
veniente regalarse con un vaso de esce- 
Icnle vino añejo de Málaga, que bebió con 
lentitud y con un aire de meditación pro- 
funda, después de lo cual añadió: 

— De modo que eie abate Gabriel que 
se presenta conio reformador, debe ser 
iln ambicioso; ¿es peligroso? 

— Siguiendo nuestros consejos, por tal 
ohan juzgado sus superiores; hanle man- 
dado que se presente aquí; no tardará en 
venir y diré á V. E. porque lo he llama- 
do; pero antes he aqui una nota que en 
pocos renglones espone las funestas ten- 
dencias del abate Gabriel. Se le han diri 
jido las preguntas siguientes sobre varias 
de sus acciones; ha contestado de ese mo- 
do y en consecuencia sus superiores 'e han 
llamado. 

Diciendo esto, el padre d'Aígrignysacó 
de su cartera un papel que leyó en estos 
términos: 
Pregunta : 

— « ¿ Ks cierto que hayáis dado sepul- 
« tura religiosa á un habitante de vuestra 
« parroquia , muerto en la impenitencia 



« mas detestable, habióndose suicidado ¿» 
Respuesta del abate Gabriel: 

— «Se le ha dado sepultura religiosa, 
«porque mas que otro alguno, á causa 
«de su Un culpable, necesitaba de lasora- 
« cienes de la iglesia ; durante la noche 
« que siguió á su entierro imploré tam- 
« bien en su favor la mi^erícordia divina. 

Pregunta : 

— «¿Es cierto que hayáis rehusado va- 
«sos sagrados de plata sobredorada y va- 
arios adornos con (|ue una de vuestras 
«ovejas, cediendo á un celo piadoso, que- 
« ria dotar vuestra iglesia?» 

Respuesta : 

— - « He rehusado estos vasos de plata 
«sobredorada y estos adornos, porque la 
«casa del Señor debe siempre ser humil- 
«de y no tener fausto, á fin de recordar 
«sin cesar á los Heles que el Divino Sal- 
« vador nació en un establo; he invitado 
«á la persona que queria hacer á mi par- 
« roquia éstos inútiles dones, á que em- 
« please este dinero en limosnas concien- 
« zudas, asegurándole que esto seria mas 
«agradable al Señor». 

— 1 Pero es una amarga y violenta de- 
clamación contra el ornamento délos tem- 
plos I esclamó el cardenal. Este joven sa- 
cerdote es de Jos mas peligrosos..., conti- 
nuad, mi querido padre. 

Y en su indignación , Su Eminencia se 
comió una tras otras varias fondantes dé 
fresas. 

El padie d'Aigrigny continuó : 

Pregunta : 

— «¿Es cierto que hayáis recogido en 
«vuestro presbiterio y cuidado durante 
«muchos dias á un habitante de vuestra 
« parroquia, suizo de nacimiento y miem- 
«bro dé la religion protestante? ¿F> ciet- 
«to que no solamente no li^btis ír.:tado 
« de convertirlo á la fé católiríi , .ipoistóli- 
« ca y romana, sino que habéis llovadotl 
«olvido de vuestros deberes hasta el pun* 

15** 



í* 



56 ALiítJS, 

ir ko de enterrar á este hereje en el ce- 
« menterio consagrado á los de nuestra 
« santa comunión?» 

Respuesta : 

— «Uno de mis hermanos estaba sin 
«asilo. Anciano, las fuerzas le füllaban 
«para el trabajo. Después enfermó; casi 
« moribundo fué echado de su miserable 
« habitación por un hombre inexorable á 
«quien debia un año do aliiuiler ; reco- 
«jí al anciano en mi casa y cotisoló sus 
«últimos dias. Esta pobre criatura ha- 
«foia sufrido y trabajado durante (oda su 
«vida; en el momento de morir no ha 
« pronunciado una palabra de amargura 
«contra la suerte: se ha recomendado 
<i á Dios piadosamente besando el Cru- 
«cifíjo. Su alma sencilla y pura se ha 
« exhalado en el seno del Criador... Cer- 
« ré sus ojos con respeto, le amortajé yo 
« mismo, oré por él, y aunque mtierto en 
«la comunión protestante, le he juzgado 
«digno de entrar en el campo del rcpo- 
« so ». 

— Cada vez mejor, dijo el cardenal : esa 
es una tolerancia monstruosa , un ataque 
horrible contra esta máxima que es el ca- 
tolicismo entero : Fuera de la iglesia no 
hay salvación. 

— Todo esto es tanto mas grave, aña- 
dió el padre d'Aigrigny, cuanto que la 
dulzura, la caridad, la abnegación crístia 
na del abate Gabriel, han ejercido, no so 
lo en su parroquia sino en las inmediatas, 
un verdadero entusiasmo. Los curas de 
estas lian cedido al impulso general , y 
menesteres confesarlo, sin su moderación 
hubiera empezado un cisma. 

— Pero, ¿qué esperáis trayéndole á 
nuestra presencia? dijo el prelado. 

— La posición de Gabriel es complica- 
da : primero como heredero de la familia 
de Ilenepoot. 

— ¿Pero ha hecho cesión de sus dere- 
chos? preguntó el cardenal. 



— Sí, señor eminentísimo, y esta cesiol^, 
al principio tachada de viciosa en sus fot- 
mas, fué hace poco, por su consentimien- 
to, es menester añadir, perfectamente re- 
gularizada, porque habia hecho juramen- 
to, sucediera lo que quisiese, de hacer 
Completo abandono á la cmpañía de J^- 
sus de su parte de bienes. No obstante, el 
reverendo P.Rodin cree(jȒe si V.E., des- 
pués de haber mostrado al abate Gabriel 
que iba á ser rechazado por sus superio- 
res, le propusiera una posición eminente 
en Roma... se podria tal vez hacerle salir 
de Francia y despertar en él sentimientos 
do ambición, que dormitan sin duda, pof-^ 
que como V. E. ha dicho con sumo jui- 
cio: «todo reformador debe ser ambi- 
cioso.» 

— Apruebo esta ¡dea , dijo el cardenal 
después de un momento de silencio; co» 
su mérito, con su poderosa acción sobre 
los hombres , el abate Gabriel puede su* 

bír muy aitu si es dócil.... y si no lo 

es vale mas para el bien de la iglesia 

que esté en Ruma que aquí... porque ert 
Roma... tenemos, bien lo sabéis, mi que- 
rido padre garantías que desgraciada^ 

mente no tenéis en Francia... 

Después de algunos instantes de silen- 
cio, el cardenal dijo de repente al padre 
de Aigrigny : 

— Puesto que hablamos de P. Rodin... 
francamente, ¿qué pensais del él? 

— V. E. conoce su capacidad... contes- 
tó el padre d'Aigrigny con aire contraído 
y desconfiado; nuestro reverendo padre 
general... 

— Le ha dado la comisión de reempla- 
zaros, añadió el cardenal, ya lo sé me lo 

dijo en Roma; ¿pero qué pensáis del 

carácter del P. Rodin? ¿Se puede te- 
ner en él una confianza ciega? 

— Es un carácter tan agudo, tan secre- 
to, tan impenetrable... dijo eljpadred'Ai- 
grigny vacilando, que es difícil formar acer- 
ca de él un juicio exacto. 



*--¿Le creéis ambicioso? preguntó el 
«ardenal después de un momento de si- 
lencio. ¿No le suponéis capaz de tener 

otras miras que U de la mayor gloria 

de su Compañía?.... Sí.... tengo razones 

para hablar así añadió el prelado con 

intención. 

— Pero, contestó el padre d'Aigrigny no 
sin desconfianza , porque entre gentes de 
la misma especie se fins;e hasta el fin, 
¿qué piensa V. E. , bien por sí mismo ó 
por los informes del padre general? 

— Pienso. ..que si su aparente adhesión 
á su orden ocultase algún pensamientose- 
crelo, seria menester penetrarlo á cual- 
quier precio... porque con los influjos que 
se ha procurado en Roma hace mucho 
tiempo... y que he sorprendido.... podría 
ser algún dia y en un tiempo dado... muy 
temible. 

— ¡ Pues bien I eslamó el padre d'Ai- 
grigny arrastrado por sus celos contra Ro- 
<lin,en cuanto á esto soy de la misma opi- 
nion que V. E.; porque algunas veces he 
sorprendido en él relámpagos de una am 
brcion tan terrible como profunda, y pues- 
to que es menester decirlo todo á^..V;E... 

El padre d'Aigrigny no pudo proseguir. 

En este momento Mme. Grivois, des 
pues de haber llamado, entreabrió la puer- 
ta é hizo una señal á su señora. 

La princesa contestó con unnioviraien 
to de cabeza. 

Madame Grivois volvió á salir. 

Un segundo después, Rodiu entró en el 
salon. 

XII. 

EL LIBRO DE CUENTAS CORRIENTES. 

Al ver á Rodin , los dos prelados y el 
padre d'Aigrigny se levantaron espontá- 
neamente, por lo mucho que les imponía 
la superioridad real de este hombre; sus 
semblantes poco antes cojjtraidos por la 
desconfianza y los celos , se dilataron de 
repente, parecienilo sonreír al reverendo 



padre con una afectuosa deferencia, y la 
princesa salió algunos pasos á su encuentro. 

Rodin, siempre sórdidamente vestido, 
dejando sobre la suave alfombra las h»Hí- 
lias enfangadas de sus gruesos zapatos, 
puso su paraguas en un lincon y se ade- 
lantó hacia la mesa, no con su humildad 
acostumbrada, sino con paso firme, la ca- 
beza erguida y un mirar muy seguro; no 
solamente se sentía en medio de los suyos, 
sino que conocía que los dominaba con su 
inteligencia. 

— Ki-tábamos hablando de V. R., mi 
(¡uerido padre, dijo el cardenal con una 
afabilidad encantadora. 

— ¡Ah! contestó Rodin, mirando fija- 
mente al prelado, y¿ qué se decía? 

— Pero... dijo el obispo belga enjugan- 
do el sudor de su frente, todo el bien que 
puede decirse de V. R. 

—¿No aceptaréis alguna cosa, querido 
padre? dijo la princesa á Rodin mostrán- 
dole el espléndido aparador. 

— Gracias, señora, he comido esli ma- 
ñana mis rábanos. 

— Mí secretario el abale Berlini que 
asistió esta mañana á vuestro desayuno, 
me ha edificado en efecto con la frugali- 
dad de V. R., añadió el prelado^: es dig- 
na de un anacoreta. 

— Si hablásemos de negocios... dijo brus- 
camente Rodin como hombre acostumbra- 
do á dominar, á conducir la discusión. 

— Siempre nos alegraremos de oíros, 
contestó el cardenal, V. R. ha fijado este 
dia para conferenciar sobre este gran ne- 
gocio de Renepont..... tan grande, que 
entra por mucho en la causa de mi viaje 
á Francia... porque sostener los intereses 
de la gloriosísima compañía de Jesús en la 
que tengo el honor de estar afiliado , es 
sostener los intereses de Roma, y he pro- 
metido al R. P. general que me pondría 
enteramente á vuestras órdrnes. 

— No puedo menos de repetir lo que 



58 . ÀLBi;iî 

acaba de decir S. E... añadió el obispo. 
HdbieDilosalido junto» óv Rjiiia, nuL'Stra> 
ideas son las mismas. 

— Ciertameíiíc, dijo H idin, dirigiéndo- 
se al cardenal, V. l\. puede servir a nues 
tra causa.... y mucho.... Poco tafdaré en 
decirle cómo... 

En seguida dirigiéndose á la prinsesa 
añadió: 

— He enviado á decir al doctor Balei- 
nier que venga aijuí, scfuira, porque no 
será malo instruirle de ciertas cosas. 

— Le dejarán entrar comusiempre, con 
testó la princesa. 

Desde la llegada de R.i)din , el padre 
d'Aigrigny había guardado silencio; pare 
cia entregado á una amarga meditación, 
y sufría una ludia interior muy violenta; 
al fu) dirigiéndose al prelado dijo coa una 
voz agridulce : 

— Ño trato de suplicar á V. E. que sea 
uez entre el R. P. Kodin y yo: nuestro 
general ha hablado y yo he obedecido. 
Pero V. E. debe volver á ver pronto à 
nuestro superior, y desearla, si V. E. me 
concede esta gracia, que pudiese relatarle 
fielmente las respuestas del K. P. Rodiii 
á algunas de mis preguntas. 

Ki prelado se inclinó. 

Kodin miró al padre d'Aigrigny Con aire 
sorprendido, y le dijo secamente: 

— Siendo una cosa juzgada... ¿á qué 
sirven estas preguntas? 

— No "á manifestar mi inocencia, coi- 
testó el padre d'Aigrigny, sino á manifes- 
tar de una manera precisa á los ojos de 
S. E. el estado de las cosas. 

— Entonces, hablad.... pero sobre todo 
sin palabras inúUles; después sacando Ro- 
din un abultado reloj de plata, lo miró y 
añadió: es menester que esté á las dos en 
San Sulpicío. 

— Seré lo mas breve posible, contestó 
el padre d'Aigrigny con un resentimiento 



Cuando ^'. R. (íreyó deber sustituir su di- 
rección á la mia inculpando... muy seve- 
ramente tal vez, la manera con que habia 
cindiu'ido los intereses que me estaban 

confiados confieso lealmente que estos 

interese^ estaban comprometidos..... 

— ¿Comprometidos? replicó Rodin cotí 
ironía. Decid... perdidos... puesto queme 
or leñasteis i'scribir á Roma que era me- 
nester renunciar a toda esperanza. 

— Es verdad, contestó el padre d'Ai- 
grigny. 

—Ha sido, pues, un enfermo absoluta- 
ineníe desesperado, desahuciado por... los 
mejores niédicos, continuó Kodin con iro- 
nía, al que emprendí hacer vivir. Conti- 
nuad 

Y metiendo sus manos en los bolsillos 
del pantalon , miró cara á cara al padre 
d'Aigrigny. 

— V. R. me inculpó duramente, aña- 
dió el padre d'Aigrigny , no por no haber 
procurado por todos los medios posibles, 
obtener la pose&ion de unos bienes odio* 
sámente su>tiaidosá nuestra Compañía... 

— fodo.- los casuistas us autorizan con ra- 
zón, dijo el cardenal: los testos sondaros^ 
positivos , tenéis un completo derecho á 
recuperar ;)er fas aut nefas, una hacienda 
traidoramenle sustraída. 

— Asi, continuó el padre d'Aigrigny, el 
revcretido padre Kodio me echó única- 
mente en cara la brutalidad militar de mis 
medios, su viulencia , en peligroso desa- 
cuerdo, decia , con las costumbres de la 
época Enhorabuena... Pero desde lue- 
go no podía ser iegalinente objeto de nia- 
gun procedimiento, y en fin, sin una cir- 
cunstancia de una fatalidad inaudita, el 
éxito consagraba la marcha que había se- 
guido, por brutal y grosera que fuese 

Ahora.... puedo preguntar a V. R. lo 
que.... 

— ¿Lo que he hecho mas que vos? di- 



'ontenido, y dirigiéndose ¿ Rodin añadió: jo Kodio al padre d'Aigrigny, cediendo á: 



... . iUBtU. 

SU impertinente costumbre de interrum-r 
pir; ¿lo que he hecho mejor que vos? 
¿quó he hecho para adelantar el negocio 
de llenepónf después de liaberlo recibido 
de vos absolutamente desesperado? ¿Es 
esto lo que queréis saber? 

— Positivamente, dijo con sequedad el 
padre d'^Aigrigny. 

— ¡Pues bienl lo confieso, contestó Ro- 
din con un tono sardónico, lanías cosas 
grandes, groseras, turbulentas como ha- 
béis hecho..,, otras tantas he hecho mez- 
quinas, pueriles, ocultas. ¡ Si ' yo queosa- 
ba presentarme como un hombre de mi- 
ras muy vastas, no podréis imaginaros el 
estúpido oficio que he estado haciendo por 
espacio de seis semanas. 
, — Jamas me hubiera permitido hacei á 
y, R.. semejante feconvercion... porme- 
fc^çida que pareciese, contestó el padre 
d^Aígrijgny con una amarga sonrisa. 

— ¡Una reconvención! esclamó Fiodin 
encojiéndose de hombros, ¡una reconven- 
ción i Ya estais juzgado, i Sabéis lo que 
escribía yo de vos hace seis semanas? He- 
lo aquí : El padre <ff Aigrigny tiene escelen.' 
tes cualidades, me servirá de mucho (y des 
de mañana os emplearé muy activamen- 
te) dijo Rodín á manera de paréntesis); 
pero añadí: no es bastante grande pata sa- 
ber hacerse pequeño en ocasión oportuna.... 
¿comprendéis? 

— No muy bien, dijo el padre d*Aigrigny 
sonrojándose. 

. — Tanto peor para vos, continuó Ro- 
din; eso prueba que tenía razón. Pues 
^ien ; puesto que es menester decíroslo, 
Vo he tenido suficieiite talento para liacer 
el oficio mas estúpido del mundo durante 
seis semanas. Si, tal como me veis he cu 
chicheado con una griseta; ^e hablado di 
progreso, de humaiiidaxl, de libertad, dt- 
emancipación de la mujer.^... con una jo- 
ven de imaginación exaltada; he dicho, 
gran Napoleón , fidelidad bonapartista , á 



59 



un viejo soldado imbécil: gloria imperial» 
humillación de la Francia, esperanza eri 
el rey de Roma, á un honrado mariscal 
de Francia, que sí tiene el corazón lleno 
de adoración por ese ladrón de tronos que 
ha muerto en Santa Elena, tiene la cabe- 
za tan vacía, tan sonora como una trom- 
peta de guerra.... asi, soplad en aquella 
caja sin seso algunas notas guerreras ó 
oatriólicas, y veréis como produce toca- 
tas marciales sin saber por (pnén , para 
qué, ni como. ¡ Hé hecho masa femia!..., 
I¡e hablado de amoríos con un joven tigre 
salvaje, ¡Cuando os decia que era lamen- 
table ver á un hombre de algún talento 
descender, como yo lo he hecho, á hacer 
iiso de estos medios mezquinos para anu- 
dar tan laboriosamente los innumerables 
hilos de esta tramaoscura! Relloespectá- 
culo, ¿es verdad? ver la araña tejer obs- 
tinadamente su lela.... ¡cuan interesante 
es un asqueroso animald o negruzto, ten- 
diendo hilo sobre hüo , anudando estos, 
reforzando aquellos, alargando otros! os 
encojéis de hombros, enhorabuena.... pe- 
ro volved dos horas después.... ¿que ha- 
lláis? el animalillo negruzco bien repleto, 
y en su tela una docena de moscas locas 
tan enlazadas, tan amarradas, que el ani- 
mal, jo no tiene mas que escoger á su co- 
modidad la hora y el momento de alimen- 
tarse... . , _ , ' .; 
Al de^i*esía§ ppíabras, Rodin se sonrio 
de una manera esíraña: sus ojos, ordiiía- 
riamento medio velados por sus lívidos 
párpados, se abrieron y parecieron brillar 
mas que de costumbre: el jesuíta sentía 
liacia algunos momentos una especie de 
escitacion febril, ()ue atribuía á la lucha 
que sostenía ante estos eminentes perso- 
iMJes, los que sentiat) ya la ínilueticia de 
su eoeuei'Cía origínale inci^va. 

hl padre d'Aigrigny empezaba a sen- 
tir haber provocado esta lucha ; pero ud 
obstante, anadió con una ironía mal re- 
primida: 
16** 



w 



aLBI'M. 



— Yo no contesto la tenuidad! de vues- 
tros medios.... Estoy de acuerdo con vos. 

Son pueriles son muy vulgares; pero 

esto no es suficiente para dañina alta idea 

de vuestro mérito me permiliró pues 

preguntaros... 

— ¿Lo que han producido estos medios? 
Interrumpió Rodin con una exaltación que 
no le era habitual : mirad en mi tela de 
araña y veréis á esa hermosa é insolente 
joven, tan orgullosa hace seis meses con 
su belleza, su talento y su audacia.... á 
esta hora pálida y mortalmente herida en 
el corazón. 

— Pero ose arranque caballeresco del 
príncipe indio de que todo Paris habla, 
¿no ha enternecido á Mlle, de Cardo- 
>ille? 

— Si, perú he paralizado el efecto de 
este acto estúpido y feroz, demostrando á 
este joven que no basta matar panteras 
negras para probar que unces un amante 
sensible, delicado y fiel. 

— Enhorabuena , dijo el padre d'Ai- 
grigny. Este es un lu-cho; hé aquí q 
Mlle, de Cardoville herida en el corazón. 

— Pero ¿que resulta de esto en favor del 
negocio de Renepont? preguntó el carde- 
nal con curiosidad, poniéndolos codos so- 
bre la me<;a. 

— Resulta desde luego, dijo Rodin, que 
cuando el enemigo mas peligroso está 
herido gravemente, abandona el campo 
de batalla; ¿ y esto ya es algo , me pa- 
rece? 

— En efecto, dijo la princesa ; el lajen- 
to, la audacia de Mlle, de Cardoville, po- 
dían ser el alma de la coalirion dirigida 
contra nosotros. 

— Enhorabuena, añadió obstinadamen- 
te el padre d'Aigrigny; bajo este punto de 
vista ya no es de temer, es una ventaja; 
pero estar herida del corazón no la impe- 
dirá heredar? 

— ¿Quién os lo ha dicho? preguntó 



Rodin con frialdad y con seguridad. $a«' 
beis porque he trabajado tanto en acer» 
caria al principio, y á pesar suyo, al 
príncipe Djalma; y después para alejarla 
de él? 

— Os pregunto, dijo el padre d' Aigrigny, 
¿en que impedirá esta borrasca de pa- 
siones que el príncipe y Mlle, de Cardovi- 
lle hereden? 

— ¿Es de un cielo sereno ó de entre las 
nubes de una tempestad de donde sale el 
rayo que hiere? dijo Rodin con desden: 
tranquilizaos, ya sabré donde colocar el 
pararayos. En cuanto á Mr. Hardy , ese 
hombre vivia por tres cosas, por sus obre- 
ros, por un amigo y por su querida ; ha 
recibido tres dardos en medio del corazón. 
Yo apunto siempre al corazón ; es legal y 
es seguro. 

— Es legal, es seguro, y es laudable, 
dijo el obispo, porque si no he entendido 
mal, ese fabricante teniauna concubina... 
ahora bien , es muy bueno hacer de una 
mala pasión el castigo del malo... 

— Es conducente, añadió el cardenal; 

tienen malas pasiones se vale uno de 

ellas... esculpa suya. 

— Nuestra Santa Madre Perpetua ha 
coadyuvado con todos sus medios al des- 
cubrimiento de este abominable adulterio, 
dijo la princesa. 

— Ya tenemos á Mr. Hardy herido en 
sus mas queridos afectos, lo admito, dijo 
el padre d'Aigrigry que cedia el terreno 
palmo á palmo; ya lo tenemos herido en 
su fortuna.... pero por eso tendrá mas 
ahin(0 en la posesión de esa inmensa he- 
rencia. 

Este argumento pareció grave á los dos 
prelados; todos miraron á Rodin con su- 
ma curiosidad: en lugar de contestar, este 
se dirijió al aparador y contra su sobrie- 
dad estoica acostumbrada , y á pesar de 
su repugnancia por el vino, examinó los 
frascos y dijo: 



▲lbüh. 



61 



^— ¿Qué hay en eslos? 

^Vioo de Jerez y de Burdeos.... con- 
testó la princesa de Saint- Dizier, adnrii- 
rada de este capricho de Rodin. 

Esle tomó un frasco á la ventura y se 
echó un vaso de vino de Madera que se 
bebió de una vez. Hacia algún tiempo que 
se estremecía de una manera estraña. A 
estosestremecimienlos habia sucedido una 
especie de debilidad , y esperaba que el 
"vino lo reanimase. 

Después de haber enjugado los labios 
con el revés de su mano asquerosa , se 
acercó á la mesa y dijo al padre d'Ai- 
igrigny : 

— ¿Qué me decíais acerca de Mr. Hardy? 

—Que habiendo perdido su fortuna, 
tendrá mayor ahinco en recojer esta in- 
>inensa herencia, repitió el padre d\Vi- 
"grigny , interiormente ofendido del tono 
imperioso de su superior. 

— ¿Mr. Hardy pencar en el dinero? 
dijo Rodin encojiéndose de hombros: ¿aca- 
so piensa? todo está roto en su imagina- 
ción. Indiferente á las cosas de la vida, 
está sumido en un estupor del que solo 
sale para deshacerse en lágrimas; enton- 
ces habla con una bondad maquinal.... á 
los que le rodean de los cuidados mas es- 
quisilos (le he puesto en buenas manos). 
Sin embargo empieza á mostrarse sensi- 
ble á la tierna conmiseración que le ma- 
niñestan sin cesar.... Porque es bueno.... 
estélente, tan escelente como débil, y á 
esta escelencia os dirijiré, padre d'Ai- 
grigny, á fin de que terminéis lo queque- 
da por hacer. 

— ¿Yo? dijo el padre d'Aigrigny sor 
prendido. 

— Si, y entonces conoceréis si el resul 
tado que he obtenido.... no es considera- 
ble.... y.... 

Después interrumpiéndose, Rodin se 
dijo á si mismo pasándose la mano por la 
frente. 



— 1 Esto es muy raro I 

— ¿Qué tenéis? dijo la princesa con in- 
terés. 

— Nada , señora, contestó Rodin estre- 
meciéndose : será sin duda e! vino.... que 
he bebido.... no estoy acostumbrado.... 
Siento Jin poco de dolor de cabeza... ello 
pasará. 

— Tenéis en efecto los ojos muy encen- 
didos, mi querido padre, añadió la prin- 
cesa. 

— Es porque he mirado con demasiada 
atención á mi tela, contestó el jesuíta con 
siniestra íonrisa, para hacer ver al P. d'Ai- 
grigny que hacia el papel de miope.,, mis 
otras moscas las dos lujas del-g<ífleral Si- 
mon, por ejemplo, cada día mas tristes, 
mas abatidas, sintiendo que se levanta 
un^ barrera glacial entre ellas y el ma- 
riscal.... Y este.... desde la muerte desu 
padre, es menester verle, es menester 
oírle; atormentado, desgarrado por dos 
pensamientos contrarios, creyéndose hoy 
deshonrado si hace esto, deshonrado ma- 
ñana ú no lo hace; ese soldado, ese hé- 
roe del imperio, está ahora mas débil, mas 
irresoluto que un niño. Veamos.... ¿quién 
resta de esa familia impía?.... ¿Santiago 
Renepont? Preguntad á Morok en quo 
estado de estupidez y orgía ha puesto á 
ese miserable y hacia que abismo se diri- 
je. Hé aquí mi libro de cuentas corrientes. 
Hé aquí el estado de aislamiento y aba- 
timiento en que se encuentra hoy esa fa- 
milia que reunía hace seis semanas tantos 
elementos poderosos, enérgicos, peligro- 
sos sí se hubiesen concentrado.... mirad, 
pues, á esos Renepont que según la he- 
rética voluntad de su abuelo debían unir 
sus fuerzas para combatirnos y aniquilar- 
nos y eran mny de temer.... ¿Quédí- 

je? Que obraría en sus pasiones. ¿Qué lie 
hecho? He obrado en sus pasiones; a&ien 
vano hacen esfuerzos en mi tela.... que 
los enlaza por todas parles.... son míos... 
os digo.... son míos.... 



61 ALBDÉ. 

Desde algunos momentos antes y á me- 
dida que hablaba , là nsoiiorníá y la voz 
de Rodin ttyfri.an una alteración singular; 
su color siempre cadaNÓrico, se habla son- 
rosado cada vez nia>; poro sin igualüdd y 
como jaspeado; después, ] raro rfiióiiu'no! 
sus ojos ai ponerse cada vez nías brillan- 
tes , parecian liundirse ntas; sü voz vi- 
braba stca y estridente. 

La altt-racion de la fisonomía de Rodin 
de la que él no parecía apercibirse, era 
tan notable, que los d«'nias actores dees- 
cena le miraban con temor. 

Engañándose sobre la causa de esta 
impresión , Rodin indignado, esclanió c>)n 
una vuz interrumpida por profundas y di 
ííciles aspiraciones : 

— ¿ Ks acaso lástima por esa raza impía 
Jo que leo en vuestros semblantes? ]Com 
pasión 1.... ¿por esa joven que jamas po- 
jíe los pies en la iglesia , y que levanta 
en su casa altares paganos?.:. ¿Compasión 
por ese Mr. Hardy , ese blasfemador sen 
ti'iu-ntal, ese ateo filantrópico (jue no te- 
nía capilla en su fábrica, y que osaba unir 
el nombre de Sócrale ¿ de Marc > Aurelio, 
y de Solón al de nuestro S.ilva<lor, á quien 
llamaba Jesús el divino fi ónoful 

¿Compasión por ese indio sectario de 
Bramü?... ¿Compasión para esas dosher 
manas que no han recibido el bautisfno? 
¿Compasión por ese truto Santiago Rehe- 
ponl? Compasión por ese estúpido soldado 
imperial <|ue tiene por Diosa Napoleón, y 
por Evangelios los boletines del grande 

rjércitü? ¿Lástima por esa familia de 

renegados, cuyo abuelo, infame relapso, 
no contento con habernos robado nuestra 
hacienda escita aun desde el fondo del se- 
pulcro, al cabo de siglo y medio, á su ra- 
za maidita á (jiie levante la cabeza contra 
nosotros?.... ¡Gomo! ¡para defendernos 
de estas vívoras no tendríamos el derecho 
de ahogarlas én el veneno (|iie Jestilan! 



Y yo 08 digo, yo, que esto es servirá Dios, 



dar un egemplo saludable en presencia de 
todos, condenando por el mismo desenfre- 
no de sus pasiones à esa familia impia, ai 
dolor, á la desesperación , á la muerte! 
, UoJin estaba espantoso de ferocidad al 
hablar asi; el fuego de sus ojos era cada 
Vez rpas vivo: sus Labios estaban secos j 
áridos; up sudor, frió bañaba sus sienes i 
cuyos precipitados latidos se veían; nue- 
vos estremecimientos helados corrieron por 
t )do,s» cuerpo: at/ huyendo esta énferme- 
cj.td á un dolor de ríñones, porque ha^ia 
pn^áfio esri-ibíendo la mayor parte de la 
noche, y (|Ueriendo poner remedio á i^n 
auevo desfallecimiento, fué al aparador^ 
se vertió liii vaso devino, que bebió deuri 
rago, y volvió á sü lugar en el momento 
en que el cardenal le decía: 

— ^Si la marcha que habéis seguido res- 
pecto á esta fami ía necesita ser justíñca- 
da , mí querido padre, vuestras últiíniis 
palabras lo hubiesen hecho TÍctoriosameu- 
te.... no solamente según los casuistas, 
estais en vuestro derecho, sino que nada 
hay en esto, de contrario á las leyes huma- 
nas; en cuanto á las divinas, es agradar 
al Señor combatir y ecliar por tierra al 
impío con las armas que dá contra si 
mismo. 

Vencido asi como jos demás por la dia- 
bólica segundad deRodiny esperímentañ- 
do una especie de admiración tímida , el 
padre d'Aígrígh^ le dijo: 

— Confieso que he hecho mal en dudar 
del talento de V. U., engañado por )a apa- 
riencia de los medios que habéis emptéado^ 
considerándolos aisladamente, no habia 
pbdido juzgar de su terrible reunion y so- 
bre lodo de los resultados que han produ- 
cido en efecto. Ahora lo veo; su buen éxi- 
to, gracias á vos, no es ya dudoso. 

— Y esto es una exageración , añaiJuS 
Rodin con una impaciencia febril; todas 
estas'pasibn'es están ahora en fernrientacíonf 
pero el momento és crítico.... como él áf- 



'quimísla inclinado sobrlî'su crisol, donde 
Íiiervé una mezcla que puede darle los 
tesoros o la muertí'.... yo solo puedo aho- 
ra.... 

Rodih no acabó, llevando súbilamenfc 
sus dos manos á la frente con Un grito de 
dolor ahogado. 

— ¿Qué teneist le dijo el padre d'Aigrig 

"ny; desde hace algunos momentos os 

ponáis mortájente palídó. 

— No sé lo que tengo .cohlesló Tlodin 
con Una voz alterada^ mi doíor de cabeza 
Se alinierifa, una especie de vértigo mé 
ha aturdido por iin momento. 

— Sentaos, dijo la princesa con interés. 

— Tomad alguna cosa, añadió el obispo. 

— No será nada, añadió Kodin haciendo 
un esfuerzo. Ño soy delicado, á Dioe gra- 
cias....; he dormido poco la última no- 
che estoy fatigado..... nada mas. De- 
cía, pues, que yo únicamente podía ahora 
dirigir este asunto... peroho ejecutarlo... 
es menester que desaparezca... pero qu<r 
Vigile incesantemente en la oscuridad, 
desde la que tendré todos los hilos que yo 

solo puedo.... hacer obrar.... añadió 

Ílodin con voz oprimida. 

— ^Mi querido padre, dijo el cardenal 
con inquietud , estoy seguro de que estais 

gravemente indispuesto vuestra pali- 

"dcz se pone lívida 

—Es posible, contesto Rodin con va- 
lor, pero no me abato por tan poco 

Volvamos á nuestro negocio..... he a-juí, 
padre d'Aigrigny, donde vuestras cualida 
des, y las tenéis muy grandes, jamas las 
he negado... pueden servir de mucho... 
sois seductor.... atnable.... una elocuen- 
cia penetrante..... será menester..... 
Rodih volvió á interrumpirse. 
Su frente fstabá bañada en un sudor 
frió; sintió flaquear sUs piernas, y dijo -^ 
jposar de su obstinada energía í 

— Lo confieso... no me sietílo bueno... 
iiin embargo, esta mafïàna estaba niejor 



¿LBl'M. 63 

que nunca estoy temblando, estoy he- 
lado 

— Acercaos al fuego es una indiÑ- 

pó^¡cion súbifá, dijo el obispo ofricién- 
dole el brazo con una abnegación horóica; 
no tendráUialas consecuencias. 

—Si tomaseis alguna bebida, una taza 
de té, dijo la princesa. Afortunadíunente 
Mr. Baleinier no tardará en venir, y nos 
tranquilizará acerca de Obta indispo- 
sición 

— Kn vert|ád..... es inesplicable, ana- 
dió'el cardenal. 

A' oir estas palabras, Rodin que se iia- 
bía acercado con trabajo á la chimeneai 
volvió la vista hacia el prelado y le miró 
fijamente durante un segundo; despues, 
fortaleciéndose con su energía, á pasar de 
la alteración de sus facciones que se des- 
componían visiblemente, Rodin dijo con 
una voz que á pesar de sus esfuerzos era 
muy débil ': 

— El fue^o me ha calentado, no será 
nada..... á buen tiempo me iba áapoUro- 
nar..... ¡Qué ocurrencia, caer malo en ej 
momentoen que el negocio de Renepont... 
no puede tener bUen éxito sino por mi sclo ! 
Volvamos, pues, á nuestro asunto.... Os 
decia, padre d'Aigrigny, quepodriais ser- 
virme de hiuchb y vos también, se- 
ñora princesa , porque habéis abrazado 
esta causa como si fuera vuestra; y..... 

Roditi se interriímpió de nuevo. 

Esta vez arrojó un grito agudo, cayó 
sobre una silla colocada detrás de él , y 
apoyando las dos manos en el peclio es- 
clamó: 

— ¡Oh I ¡ cuánto sufro ! 
Entonces, j cosa espantosa ! á la|altera- 

cion de las facciones de Rodin suce<lió una 
descomposición cadavérica, casi tan rápi- 
da como el pensamiento..... Sus ojos yá 
tundidos, se inyectaron de sangre y pa- 
recieron retirarsè'âl fondo de su órb¡,ta(V- 
cuya sombra así "aumentada, formó ¿dS 
17** 



Gl 



agujeros negros en el fondo de los cuales 
lucian dos pupilas de fuego; movimientos 
nerviosos estiraron y apegaron á los me- 
nores huesos de su cara el cutis húmedo, 
lívido y helado, que se puso en un mo- 
mento verdoso ; de sus labios contraídos 
por el rictus de un dolor atroz se escapa- 
ba un aliento abrasado, interrumpido de 
vez en cuando por estas palabras: 

— ¡Oh!... estoy sufriendo... ardiendo... 
Después cediendo á un esfuerzo furioso, 
Kodín desgarraba su pecho con las uñas, 
porque habia hecho saltar los botones de 
su chaleco, y medio desgarrado su camisa 
negra y asquerosa , como si la presión de 
estos vestidos hubiese aumentado la vio- 
lencia de los dolores que padecía. 

El obispo, el cardenal y el padre d'Ai- 
grigny se acercaron con ansiedad á Rodin 
,y le rodearon para contenerle; de repen- 
te reuniendo sus fuerzas , se puso de pié , 
tieso como un cadáver; entonces con sus 
cabellos en desorden, con sus raros cabe- 
llos erizados al rededor de su semblante 
verde, fíjaudo sus encendidos y centellean- 
tes ojos en el cardenal, que en este instan- 
te estaba inclinado hacia él , le cogió con 
-tus dos manos convulsivas, y esclamó con 
voa ahogada. 

— Cardenal Malpieri.... esta eníerwe- 

dad es demasiado súbita desconfinao 

de mí en Roma sois de la raza de lo» 

Borgias y vuestro secretario... ha es- 
tado en mi casa esta mañana. 

— ) Desgraciado !..,. ¿qué se atreve á 
decir? esclamó el prelado tan estupefacto 
como indignado de esta acusación. 

Diciendo esto, el cardenal trataba de 
desembarazarse de las manos del jesuíta, 
cuyos dedos contraidos tenían la firmeza 
del hierro. 

— Me bao envenenado... esclamó Ro- 
din. 

Y no pudiéndose sostener cayó en los 
trazos del padre d'Aígrigny. 



A pesar de iu espanto, el cardenal Tq- 
vo tiempo de decir á este en voz baja : 

— Ote que quieren envenenarle.... al- 
go peligroso intenta pues. 

Abrióse la puerta del salon: era el doc- 
tor Baleinier. 

— ¡Allí doctor, esclamó Id princesa pá- 
lida, asustada y saliéndole al encuentro 
corriendo; el padre Rodin acaba de ser 
atacado súbitamente de convulsiones hor- 
ribles... venid... venid... 

— Convulsiones. ..noes nada; calmaos 
señora, dijo el médico arrojando su som- 
brero sobre un sofá , y acercándose apre- 
surado al grupo que rodeaba al mori- 
bundo. 

— ¡ Aquí está el médico !.., esclamó la 
princesa. 

Todos se separaron menos ei padre 
d'Aigrigny que sostenía á Rodin recosta- 
do en una silla. 

— jCielo I... i qué síntoma !... esclamó 
el doctor , examinando con gran terror el 
semblante de Rodin, quede verdoso se 
ponía azulado. 

— ¿Qué hay? pregutHaron todos á una 
voz. 

— ¿Lo qué hay?.... respondió el mé>- 
dico dando un paso atrás, como si hubie- 
ra pisado á una serpiente: El cólera, y es 
contagioso. 

A esta palabra espantosa , mágica , et 
padra d'Aigrigny abandonó á Rodin, que 
rodó en la alfombra. 

— ¡Está perdido! esclamó el doctor 
Baleinier; sin embargo, voy corriendo á 
buscar lo necesario para hacer el último 
esfuerzo. 

Y se preciptió hacia la puerta. 

La princesa de Saint- Dizier, el padre 
d'Aigrigny, el obispo y el cardenal se lan- 
zaron en pos de! médico. 

Todos se apresuraban á salir del apo- 
sento, y tal era su turbación que nadie 
podía abrir la puerta. 



&i.mj!H. 



'ïritretantoabriiise esta por la parti es- 
Ueïior.... y apareció Gabriel. 

Gabriel, el tipo del verdadero sacerdo- 
te, del santo sacerdote, del sacerdote 
evangélico, á quien nunca podrá tributar- 
se suficiente respeto, ardiente simpatía y 
tierna admiración. 

Su semblante de arcángel de una sere- 
nidad tan dulce, ofncia un contraste sin- 
■gular con todos aquellos, contraídos, al- 
terados por el terror.... 

Por poco el joven sacerdote fué echado 
al suelo por los que huían precipitándose 
por la salida que acababa de abrir, y es- 
clamando: 

— ¡No entréis..... está agonizando del 
cólera.. .. idos I 

 estas palabras, empujando dentro del 
salón al obispo qut habiendo <|uedado el 
último trataba de forzar la puerta^ Ga- 
briel se dirigió á Rodin mientras el prela- 
do huía por la puerta que había quedado 
libre. 

Kodin tendido en la alfombra, con los 
miembros contraidos por calambres hor- 
ribles, se revolcaba con dolores atroces: 
la violencia de su caída había sin duda 
despertado sus espíritus vitales , porque 
decía en voz baja y sepulcral : 

— Me dejan... morir... morir... aquí... 
«orno un perro.... ; oh ! cobardes.... ¡so- 
corro 1... nadie... 



Y habiéndose vuelto boca arriba el mo 
ribundo con un movimiento convulsiva, 
dirigiendo al tedio su cara decondenado, 
donde estaba pintada una desesperación 
infernal, repetía aun: 

— Nadie nadie.... 

Sus OJOS centellantes y feroces encon- 
traron de repente lo? grandes ojos azules 
de la angelical físenomia de Gabriel , que 
arrodillándose junto á él, le decía con una 
voz dulce y grave : 

— Aquí estoy, padre mío vengo á 

socorreros, si podéis ser socorrido.... y á 
orar por vos, si el Señor os llama á sí. 

— ¡Gabriel!... dijo Rodin <;on voz apa- 
gada, perdón.... por el mal.... q«e os..... 
he hecho..... .¡Piedad! no me abando- 
néis no..., 

Rodin no pudo concluir: Tiabia conse- 
guido sentarse^ y dando un gran grito, 
cayó sin movimiento. 



El mismo día se leía en los periódicos 
de la tarde lo siguiente: 

f( El cólera está en Paris el primer 

caso se ha manifeslado hoy á las tres y me' 
dia en la calle de Babilonia , en el palacio 
de Saint- Dizier ». 

FIN DE LA PABTE PRIMEBA« 



-<H>«^ 



<^ 



àLkiik, 



S! 



« 



)^AATE SEGUfiflÀi 






I. 

SL ÁTRIQ PEJtlUESTRi SEÜÓRÁ. 

Han pasado oelio días desde aquel en 
iqne sucumbió Rodín al cólera , cuyos es- 
\ra(i;Oj van aumentando de dia en día. 

¡Terrible tiempo , era aquel! 

Estendíá^^e sobre j'acis, poco ánteá tan 
alegre, un velo fiíueb/e» No obstante, ja 
ma^ Ijabia tenido el cielo, un aiulado tan 
puro, l.^n contante; janiás había irradia . 
do el sol con iníi!» vivos resplandores. 

Esta inexorable serenidad de la natura 
leza, mientras. Contiouiba haciendo estra- 
gos el azote rrtortífero, presentaba un es 
Iraño y nusterioso r^ntrasle. 

La insolente luz de un sol deslumbra- 
dor liacia mas visible aun la alteración de 
los semblantes ocasionada por las mil an- 
gustias del terror. Porque todos tembla- 
ban; este pof sí mismo, aquellos por lo-« 
T^res que amaban. Manifestaban tod&s las 
fisonomías al^^o de inquieto, de maravilla 
do, de febrd. Eran mas precipitados los 
pasos como si andando mas aprisa hubie- 
se mayor esperanza de huir del peligro y 
después cada utto se apresuraba en volver 
t su casa. Al salir, dejaba uno en ella sa 
lud, vida y felicidad; al entrar se encon- 



tijaba en ella con mucha frecuencia, agor 
nía , muerte y desesperación. 

A cada instante ofendían á los ojos co- 
sas nuevas y siniestras; pasaban á menu- 
do por ias calles carros ¡leïios de ataúdes 
amontonados con cierta simetría. Se dele- 
nf.in á la puerta de cada casa; en el um- 
bral estaban esperando unos hombres ves- 
tidos de firis y negro; alargaban estos los 
brazos, y recibían unas veces un ataúd ^ 
otras veces dos, tres, y hasta cuatro eri 
la misma casa, de modo que muy á me- 
nudo, habiéndose agotado las provisiones 
de at udes, no eran servidos los muertos 
de la calle, y el carro, que habia venido 
l!jno, se volvía vacío. 

En casi todas las casas, de abajo arriba 
y de arriba ab.ijo.se oía un ruido de mar- 
tillos, que aturdía. Se clavaban cajas, pe- 
ro tantas, tantas, (]ue de tiempo en tiem- 
po se detenían de cansados los que las cla- 
vaban. 

Entonces estallaban toda especie de grí- 
tos de dolor, de gemidos lastimeros, de 
imprecaciones desespcraiias. Eran las gen- 
tes á quienes los hombres del vestido gris 
y negro habían arrancado alguno para po- 
nerlo en la caja. 



• *í bVm. 



Ü7 



Llenábanse pues los ataúdes, y se cla- 
vaban dia y noche, pero de dia antes biea 
quede nocbe; porque así que llegaba el 
crepúsculo, como eran insuficieiiles los 
carros mortuorios, llegaba una lúgubre 
lila de carruajps de toda especie converti- 
dos en carros mortuorios provisionales; 
carros ordinario'*, carretas, carros de la- 
picero, coches simones, carromatos, todo 
servia sucesivamente al fúnebre transporte; 
al contrario de los otros que entraban en 
las calles llenos y salían vacíos, estos úl- 
timos carruajes entraban vacíos y pronto 
sallan llenos. 

Durante ese tiempo se ¡liíminnban los 
cristales de las casas y ardían las luces 
íiasla llegar el dia : era la estación de los 
bailes. Se parecía bastante aquella clari- 
dad á los rayos luminosos de las locas no- 
ches de fiesta: soIan)*ínte que las velas fú- 
nebres reemplazaban las arañas y la psal- 
modia de las oraciones por los difuntos al 
alegre zumbido del baile. Ademas en las 
calles, en lugar de las trasparentes bufo- 
tierías de las muestras de los que alíjuilan 
trajes para los disfraces, se balanceaban 
de trecho en trecho grandes faroles de co- 
lor de sangre de toro con estas palabras 
len letras negras: 

Socorros á los c<déricr>s. 

En donde había fiesta por la noche 

era en los cementerios... se pervertían... 
Ellos, siempre tan taciturnos, tan mudos 
len a(|uellas horas nocturnas, horas en que 
se oye el ligero estremecimiento de las ho- 
jas del ciprés ajitadas por la brisa: 

Ellos, que jamás se alegraban un poco 
sino á los pálidos rayos de la Urna, cuan- 
do juguetea sobre el mármol de los sepul 
cros... 

Ellos, tan solitarios que no se oía du- 
rante la ¡noche m un solo paso humano 
que turbase la tranquilidad de su fúnebre 
-silencio.... se habían animado repentina- 



A la luz ahumada do las hachas que es- 
parcían claridades grandes y rojizas sobre 
los negros pinabetes y sobre las piedras 
blancas de las sepulturas, gran número, 
de enterradores enterraban cantando ale- 
gremente. Se pagaba entonces á peso de 
oro a<juel peligroso y duro oficio: era tal 
la necesidad que había de a(|uel¡a gente 
honrada que con lodo eso era necesario 
tener .^ni rain i en los con ellos: si bebían a 
menudo, también bebian mucho; si es- 
taban siempre cantando, también canta- 
ban en alta voz; y esto solamente por sos- 
tener sus fuerzas y su buen humor, ausi- 
liares poderosos para semejante ocupación. 
Si por casualidad algunos no concluían la 
hoya comentada, no faltaban complacien- 
tes companeros que la concluían ^para 
ellos ( 1 ) (ese era el término que emplea- . 
ban) y los colocaban en ella con muerta 
amistad. 

A los alegres estribillos de los enterra- 
dores respondían otras cantinelas lejanas. 
Habíanse improvisado tabernas en las cer- 
canías de los cementerios, y los cocheros 
de los muertos, asi que habían llevado bus 
parroquianos á sit paradero, como decían 
ingeniosamente, los cocheros de los muer- 
tos enriquecidos con un salario estraordi- 
nario, banqueteaban, parrandeaban como 
señores: muchas veces les sorprendió la 
aurora con el vaso en la mano ty el estri- 
billo colorado en .los labios... ¡ Observa- 
ción estraila 1 Entre esas gentes de fune- 
rales que vivían en las entrañas de la pes- 
te, fué casi nula la mortandad. 

En los barrios sombríos, infectos, en 
donde, en medio de una atmósfera mór- 
bida vivían amontonados una caterva de 
proletarios estenuados por las privaciones 

(I) Hay aquí un juego de voces que re- 
sulla de la ambigüedad de la esoresion 
francesa pour eux que quiere decir en 



mente, estaban ruidosos, estrepitosos é 1 ciertos casos, ?n /uí^a?- suyo, y en otros pa 



inundados de luces brillantes 



ra ellos, 
18*' 



iV. del T. 



C8 



ALBI'M. 



mas duras, y como se decía enírgicamcn- (hd; un arco sombrío y bajo la Icrmms- 
l« entonces, enteramente mns/icai/ospara ba por el otro. 



el cólera, no se trataba ya do individuos 
sino de familias enteras arrebatadas por 
el cólera en pocas líoras : sin embargo, á 
veces, ¡oh clemencia divinal se quedaban 
solos en un cuarto frió y arrtiinado dos 
niños pequeños, después do haber salido 
en sus ataúdes el padre, la n)adre, el her- 
mano y la hermana. 

Hubiéronse también de cerrar con fre- 
cuencia , por falta de habitantes, algunas 
de aquellas casas, pobres coltDenas de la- 
boriosos trabajadores , completamente de- 
siorlas en un solo dia por los estragos del 
azote, desde la bóveda , en donde, según 
su costumbre, dormían sobre la paja al- 
gunos pobres niños deshollinadores, hasta 
las boardillas, en donde, macilento y me- 
dio desnudo, se estiraba sobre los ladri- 
llos helados algún pobre sin pan y sin qué 
kàacer. 

De todos los barrios de Paris , el que 
durante el período ascendente del cólera, 
presentaba el espectáculo mas horroroso 
acaso, fué el barrio de la Ciudad^ y en 
la Ciudad el atrio de Nuestra Señora era 
casi todos los dias teatro de escenas ter- 
ribles, porque afluían á esa plaza la ma- 
yor parle de los enfermos de las calles in- 
mediatas, que llevan al Bótel-Dieu. (1) 

No leoia el cólera una fisonomía; 

tenia mil. Asi es que ocho dias después de 
liaber sido Rodin súbitamente acometido, 
acaecían eo el atrio de Nuestra Señora 
muchos acontecimientos, en los que se 
disputaban la palma lo estraño y lo hor- 
rible. 

Kn lugar de la calle de Arcóle, que en 
el dia va directamente á aquella plaza, se 
iba entonces por un lado, poruña calle 
a-ijuerosa como todas las otras de la ciu~ 



( 1 ) El hospital y al mismo tiempo el 
mayor de l'ari«. ( M, lid T.J 



•\1 enlrar en el atrio, se encontraba á 
la izquierda la portatía do la inmensa ca- 
tedral , y on frente el oilificio del Holel- 
Dieu. Un poco mas allá podiala vista, por 
un hueco, ver el parapeto del muelle de 
Nuestra Sonora. 

En la pared negruzca y hendida dol ar- 
co se podia leer un cartel, puo>to pocf-» 
tiempo hacia, el cual contonia las (Kalabras 
siguientes, trazadas con una l)rütha y le- 
tras de cobre : (I) 

; Venganza I... j venganza !... 

Las gentes del pueblo que mandan que ¡os 
lleven al hospital son envmenado» alli, por- 
que parece demasiado considerable el mime - 
ro de los enfermos: cada noche tajan alShe» 
na barcos llenos de cadáveres. 

¡ Venganza , xj mueran los asesinos del 
pueblo ! 

Dos hombres envueltos en sus capas y 
medio escondidos en la sombra del arco, 
escuchaban con inquieta curiosidad un 
rumor que se iba levantando, cada vik mas 
amenazador de una multitud de gente 
reunida en las cercanías del Rótel-Dieu. 

Pronto llegaron á los oídos de los hom- 
bres que estaban emboscados bajo el arco 
estos gritos : 

"/ Mueran los médicos!... ¡ Venganza ! 

— Producen su efecto los pasquines, 
decía el uno; está el fuego encima de ia 
pólvora.... Póngase una vez el populacho 

(1) Sabido es que eo tiempo del cólera 
<ie pusieron con profusion en Parí > carteles 
de esa especte, los cuales fueron atril ui- 
dos sucesivamente á diversos partidos, y 
entre otros al partido-cura, porque va- 
rios obispos habían pubücado pastorales ó 
habían ordenado que so hiciese saber en 
las iglesias de su dióco>i$ que el Z?ufn Dios 
había enviado el cólera para castigai á la 
Francia, por haber doslerrado á sus legí- 
timos reyes y haber asimilado elcultoca- 
tólico á los otros cultos. 



■«■(îc Tirar,., después se le lanrará cotilra 
<jHiet) se quiera. 

— Pues, di, respondió el olro hombre, 
mira por alia..... aquel Hércules gigan- 
lesctj cuyo taire domina toda esa ranalja. 
¿No es uno de los amofinadores furiosos 
de cuando se destruyó la casa de iMr. 
Hardy? 

— Por vida mia que si.... lo reconozco. 
tn donde quirt-a que se haya de hacer 
alguna maldad, se encuentran esos tunan-, 
■tes. 

— Ahora creóme; no estemos m-is ralo 
bajo esta bóveda , dijo e! otro hombre ; 
hace oqni un viento hjjlado'; yaunqüecs- 
toy por ahora colchado de IVanela... 

— Tienes razón: el calera es brutal co- 
mo un demonio. Ademas todo se prepara 
muy bien por esta parte, y se asegura 
también que el compíót republicano va á 
estallar en el arrabal de 8an Antonio. ¡ \í- 
ma ! ¡ alma ! Nos sirve eso, y la santa cau- 
sa de la religion triunfjrá de la impiedad 
revoiiifionaria... Vamos á reunimos con 
el padre de Aigr¡gr>y. 

— ¿ Kn dónde le hallaremos? 

— Aqui cerca, ven... ven. 

Y desaparecieron los dos hombres pre- 
cipitadamente. 

El sol, comenzando á declinar, arro- 
jaba sus rayos «obre las negras esculturas 
de la portada de Nuestra Señora, y so- 
bre la impotiente masa de sus dos torres 
que se [«^vaníaban en medio do un cielo 
perfectamente a^ul, porque reinaba de 
algunos dias á aquella parte un viento nor- 
deste seco y helado que harria hasta las 
,Tiubes mas lijeras. 

Una multitud bastante numerosa .em- 
barazando como hemos dicho los accesos 
del Hôtel-Dieu, se agrupaba junto á las 
rejas de que está rodeado el peristilo del 
hospital: detras de las rejas se veia for- 
mado un piquete de iiiíanteria, porque 
los gritos de ¡ Mueran loa nicdico'^ ! iban 



69 

haciéndose cada vt-z mas amenazadores. 

Las gentes que vo(:¡f,raban así perlc- 
neeian a! populacho ocioso, vaüaliundo y 

cofrompido á la hez de Paris: asi es 

que, cosa espantosa, los dosgraiiadosque 
alli traian, atravesando por necesidad 
aquellos í:riipos horroro-'os , entraban en 
el Hotel- Dieu en me io de siniestros cla- 
mores y de gritos de muerte. 

A cada instante llegaban en sillas de 
manos y en bayflrles luievas víctimas; las 
sillas de manos, cubiertas de cortinas de 
terliz, ocultaban los enfermos; pero como 
los bayarles no tenian cubierta ningima , 
á veces los movimientos convulsivosde un 
agonizante apartaban la sábana, dt-jando 
ver una faz cadavérica. 

tn lugar de espantar á 'los miserables 
que estaban reunidos delante de! hospital, 
semejantes espectáculos eran para ellos 
ocasión de chanzas de canilaies, ó de atro- 
ces predicciones sobre la suerte de aque- 
llos desgraciados asi que cayesen en las 
manos de los módicos. 

El Cantero y G-6f>//c<a , acompañados de 
un gran nún»ero de sus acólitos, estaban 
mezclados con aijuei populacho^ 

Después del desastre de la fabrica de 
Mr. Hardy, el cantero, solemnemente cs- 
pulsado de la cofradía por los Lobos que 
no hablan querido conservar ninguna so- 
lidaridad con aquel miserable; el cantero, 
decimos, sumergiéndose desde entonces en 
la crápula mas vil, y especulando con su 
fuerza hercúlea, se habia h^cho, fnedian- 
te salario, el defensor oficioso de Cebolleta 
y sus semejantes. 

Rscepto algunos transeúntes que venían 
por casualidad al atrio de Nuestra Señora, 
la andr<yosa turba de que estaba cubierto 
se componía pues de la escoria del pueblo 
de Paris, miserables no menos dignos de 
compasión que de vituperio, porque la 
miseria, !a ignorancia y el abandono en- 
gendran íj'almcnte e! vicio y el crfmer • 



ALkCÉ. 



à esos salvaji'S de la civilización, los vt- 
pantoso<« cuadros de que á cada instante 
se veían rodeados, no les inspiraban ni 
compasión, ni ideas, ni terror j, poco c»ii- 
daiiusos de una vida ijtie cada dia estaban 
defendiendo contra t'l liambre ó las tenta- 
ciones del crimen, arrostraban el cólera 
con una audacia infernal ó sucumbían con 
la bla>femia en la boca. 

Dominaba los grupos la alia estatura del 
cantero; con los ojos sanguinolentos y las 
ficciones inflamadas, vociferaba con todas 
sus fuerzas: 

— Mueran los carabim {I )... Eüos en- 
venenan al pueblo. 

— Es mas fácil que alimentarlo, gritaba 
C^billeta. 

Hablando después á un anciano que 
estaba agonizando, á (|iiien llevaban en 
una silla dos hombres ijue apenas podían 
penetrar la turba, le dijo la Megera: 

— ¡Oh I no entres ahí. moribundo; re 
bienta aqui en campo raso, en lugar de 
rebenlar en esa cavertia en donde te en- 
venenarán como á una rata vieja. 

—Si, añadió el cantero, después te echa 
rán al rio para alimentar los barbos que 
uo podrás tu comer... 

Oyendo esas atroces chanzas, el ancia- 
no giró al rededor suyo los ojos estravia- 
dos y arrojó sordos gemidos: Cebolleta 
quiso detener a los que lo llevaban, y no 
se libertaron de esta Megera sino con mu- 
cha dificultad. EÏ fiúna'ro de los coléricos 
que llegaban al Hôtel- Üieu, iba aumen 
lando de minuto en miniito: habiendo 
faltado los medios ordinarios de transpor- 
te, faltan'l^ las sillas dciuano y losbayar- 
{es. I'evabau los enfermos á brazos. 

Pur acá y por acullá manifestaban al- 
cu'ios episodios espantosos la instantánea 
rapidez del azote. 

( I ) Nombre que se da á vects por 
burla y otras por aírenla á los estudiantes 
en medicina. 



Dos liombres llevaban un bayarle èn- 
bierto con una sábana manchada de san- 
gre, el uno de ellos se siente súbitamente 
acometido con violencia; se detiene inme- 
diatamente, sus brazos desfallecidos dejan 
ciier el bayarte; pierde el color, vacila, 
cae casi patas arriba sobre el enfermo, y 

se pone tan l'vido como (-] el otro que 

llevaba el bajarte, asu-^lado, huye desati- 
nado, dejando á su compañero y al mori- 
bundo en medio de la turba. Aléjanse 
iiiv>s horrorizados; riéndose otros con una 
carcajada sólvaje. 

— Se ha espantado el tiro, dice el can- 
tero, y ha plantado ahi el carrunge... 

— (Socorro! gritababa el moribundo 
con voz doliente, j Por Diosl Llevadme al 
lios|)itali 

— Ya no hay asientos en el patio, res- 
pondió una voz burlona. 

— Y no pueden subir tres piernas al 
gallinero, añadió otro. 

Hizo el enfermo un esfuerzo para le- 
vantarse: pero le abandonaron las fuerzas; 
Ciiyó de nuevo extenuado sobre el colchón: 
de repente vino hncia aquella parte la tur- 
ba, echó por tierra el bayarle; el anciano 
y el qu-- antes lo traía fueron pisoteados j 
y su.s gemidos se perdieron en medio del 
grito : 

— ¡Mueran los carabinsi 

Y comenzaron otra vez los alaridos con 
nueva furia. Aquella banda salvaje que, 
en su delirio ft roz, nada respetaba, se vio 
obligada algunos instanlesdespues á abrir 
sus filas ante varios artesanos que abrían 
vigorosamente paso á dos de sus camara- 
das, los cuales traían entre sus brazos en- 
lazados un artesano, joven aun; su cabeza 
perlada ya y lívida, se apoyaba sobre el 
hombro de uno de suscamaradas: un uífío 
seguía sollozando y asiendo la falda de la 
blu^a de uno de los artesanos. 

H-ícia algún ralo que se oía razonar en 
lias calles tortuosas de la ciudad el ruido 



ktbtm. 

sonoro y C)mp3sado de muchos tambores; 
tocaban llamada porque amenazaba un 
motín en el arrabal de San Antonij: los 
tambores, saliendo por el arco, atravesa- 
ban la plaza del atrio de Nuestra Seiiora; 
uno de a(jiiellos, SDÍdado veterano con bi- 
gotes grises, interrumpió súbitamente los 
redobles soooros de su caja, y sequedóun 
paso atrás: sus companeros sorprendidos, 
vuelven la cabeza... está ya verde, se do- 
blan sus rodillas, dice tartamudeando al- 
gunas palabras ininteligibles y cae muerto 
sobre el empedrado antes que hayan cesa- 
do de tocar los tambores de la primera 
fila. La fulminante instantaneidad de aquel 
golpe espantó por un momento á los mas 
endurecidos. Sorprendidos de la brusca in- 
terrupción de la llamada, una parte de la 
jgente corrió por curiosidad hacia los tam- 
bores. 

Al ver aquel soldado agonizante á quien 
sosteoian dos de sus compañeros entre sus 
brazos, uno de los dos hombres que, bajo 
el arco del atrio, habían asistido al prin- 
cipio de la emoción popular, dijo á los 
otros tambores : 

—^Vuestro compaííero ha bebido pro- 
bablemente porel camino en alguna fuente? 

■ — Sí, señor, respondió el moldado, se 
,moria de sed y ha bebido dos bocanadas 
de agua en la plaza del Chatelet. 
^ — En tal caso está envenenado, dijo el 
hombre. 

— 2 Envenenado! esclamaroa muchas 
Voces. 

— No seria gran maravilla , respondió 
aqtiel hombre cun tono mi>teriosü; echan 
veneno en las fuentes públicas; esta ma- 
ñana han muerto aun hombre en la calle 
Beaubourg: lo hablan sorprendido echando 
una papeleta de arsénico en la colodra de 
un vmatero (I). 



71 



(t) Sabniu es (|ue en aquella desgra 
ciada época mataroná varias personas con 
el falso protesto de enveneDamiento. 



Después de haber pronunciado estas pa- 
labras, desapareció aquel hombre entre 
la multitud. 

Esa voz no menos estúpida que la que 
corría sobre los envenenamientos del ¿¿¡r 
tel-Dieu, fué acogida con una esplusion 
de gritos de indignación: cinco ó seis hom- 
bres cubiertos de andrajos, verdadero* 
bandidos, agarraron el cuerpo del tam- 
bor espirante, lo alzaron sybre sus hom- 
bros á pesar de los esfuerzos de sus cama- 
radas , y llevando aciuel siniestro tr(^feo , 
recorrieron el atrio precedidos del cantero 
y de Cebolleta, quienes gritaban por to- 
das partes al pasar; 

— ¡Dejen pasar el cadáver I jVcan co- 
mo se envenena al pueblol 

La llegada de una berlina de posta con 
cuatro caballos dio otro movimiento á la 
muchedumbre: no habiendo podido pasar 
por el muelle Napoleón , que estaba en- 
tonces desempedrado en parle, se habia 
aventurado aquella berlina á través de la$ 
calles tortuosas de la Ciudad á fin de pa- 
sar á la otra orilla del Sena por el atrl6 
de Nuestra Señora. 

Asi como oíros muchos, aquellos emi- 
grantes huian de Paris para tscaoarse de 
la calamidad que diezmaba sus habitantes 
un criado y una doncella sentados en el 
asiento de airas se miraron recíprocamente 
con espanto al pasar delante del Hôlël- 
Dieu , mientras un joven colocado en la 
parte delantera del interior, abajó el cris- 
tal para recomendar al postiIJun que an- 
dijviese al paso porque no sucediese nin- 
guna desgracia, ptiestslaba entonces muy 
apretada la gente. Aquel joven era Aír.de 
Morinval ; en el fondo del carruaje esta- 
ban Mr. de Muntbron y su sobiínaXIme, 
de IVlurínval. 

La palidez y la alteración de las faccio- 
nes de aquella joven dama indicaban bas* 
tante su espantoi Mr. de Montbron , à 
pesar de la firmeza de su aima , parecía 
19** 



72 ALBl'M. 

bastante inquieto, y aspiraba de tiiMnpo 
en liempû, así como su sobrina, un Tras- 
quito lleno de alcanfor. 

Durante algunos minutos adelantó el 
carruaje lentamente; los postillones guia- 
ban á los caballos con muciía precaución; 
de repente un rumor, primeramente sor 
do y lejano, comenzó a circular en la mul- 
titud y se fut' acercando : aumentó el 
rumor á medida que se pudo distinguir 
mas claramí'nte el rimbombo de cadenas 
y de hierro viojo, ruido generalmente es- 
trepitoso, propio de los carros de ia arti- 
llería : en efecto uno de aquellos carros 
(¡ue venia por el muelle de Nuestra Se- 
ñora opuesto á la berlina , se cruzó junto 
con ella. ¡Cosa estraña! Rstaba compact'1 
la muchedumbre , la marcha de aquel 
carro era rápida; y al acercarse aquel 
carruaje se abrieron por encanto las filas 
apretadas. 

Pronto se esplicó ese prodigio con estas 
palabras que se repetían de boca eo boca. 

—¡El furgón de los muerlo$!... ¡el fur- 
gón de lo$ muertos!... 

Como eran iasuficientes para traspor- 
tar los cadáveres los medios de que dis- 
pone la administración de Pompas fúne- 
bres , habíase echado mano de algunos 
carrosdelaartillerfa, en los que se amon- 
tonaban precipitadamente los ataúdes. 

Mientras un gran número de transeún- 
tes miraban con espanto aquel siniestro 
carruaje, el cantero y su banda repitieron 
sus horribles chanzonetas. 

— ¡Déjese pasar el omnibus de los di- 
funtos! gritó Cebolleta. 

— En ese omnibus no hiya miedo que 
le pisen á uno los pies; dijo el cantero. 

— Son viajeros que dan poco engorro, 
los qae tan ahí dentro. 

— Al menos jamas dÁeen que se detenga 
el carruaje para echar pié á tierra. 

— ¡Toma I jNo hay mas que un sol- 
dado dt^l Ircu por postillon ! 



— Ks verdad; los caballos de delante 
los guia un homhre de tilusa. 

— Es que probab'emcnte se ha^rá can- 
sado el otro soldado. ¡Dciicadu!... Habrá 
subido al omnibus de los muertos; se ha- 
brá puesto entre los otros que no se 

apean ^ino en la grande hoya. 

— Y por cierto que lo verilican de cabe/a. 

— Sí; dan una cabezada en un montón 
de cal. 

— V cíadan boca arriba (I), como se 
puede decir con verdad. 

— ¡Ah! Ahora sí que se podría seguir 
con los ojos cerrados el carruaje de los 

muertos Es peor (jue en .Monljainon 

(2) 

— Es verdad Ilu<^!e á muerto 

ya corrompido, dij > el cantero hacien- 
do alusión al olor infecto y cadavérico que 
dejaba tras sí aquel fúnebre vehículo. 

— ¡Ahí bien, dijo Cebolleta , el om- 
nibus de la muerte va á enganchar aquel 
hermoso carruaje; me alegro... Sentirán 
aquellos ricos el olor de los muertos. 

En efecto se hallaba entonces el furgón 
á poca distancia y precisamente enfrente 
de la berlina con la cual se cruzaba ; un 
hombre con blusa y zapatos de palo guia- 
ba los caballos de delante; un soldado del 
tren, los de la vara. 

Estaban tan apiñados los ataúdes en 
aquel carro, que no se cerraba sínoá me- 
días su tapa 8emícírcular,{de, manera que, 
á cada salto quedaba el carruaje, el cual, 
yendo muy aprisa en un empedrado muy 

(t) Faire la planche, literalmente hacer 
la tabla , es sostenerse en el agua boca 
arriba sm hucer ningún movimiento. 
(N. del T.J 

(2) Es el sitio á donde se llevan todos 
los animales muerto«-. Su hediondez, sus 
horribles emanaciones, y sobre todo el uso 
que se hace de algunas de aquellas carnes 
son cosas mejores para calladas (|ue pa- 
ra dichas. (N. del T.J 



ALBl M 

desigual, vacilaba á cada instante, se veían 
las cajas chocar tinas con otras. 

Por los ojos ardientes He) hombre (ie la 
Musa, por su color inflamado, se adivina 
ba que estaba medio borracho: escitaba á 
los caballos con gritos, con ios talones, y 
con el ¡aligo, á ()esar de las stipeifluas re- 
comendaciones del soldado del tren, quien 
conteniendo apenas sus caballos, seguía á 
pesar suyo el paso desordenado que im- 
primía al tiro el carretero. Por eso , ha- 
biéndose desviado de su drcocion el bor- 
racho, fué directamente hacia la ber'ina 
y la enganchó. 

Volvióse con aquel choque la tapa de! 
furgón, y uno de los ataúdes, arrojado 
afuera por aquel golpe violento, después 
de haber maltratado la porleztjela de la 
berlina, :cayó al suelo produciendo un rui- 
do sordo y wa(e. 

Dislocó aquella caida las labias do pina 
beta clavadas de prisa , y en medio de los 
pedazos de la caja se vio rodar un cadj- 
ver azulado, me^jo cubierto con una mor- 
taja. 

Viendo aquel , espectáculo, Mme, de Mo 
rinval , que se había asomado ma(]uinal- 
mente á la puerta, perdió el sentido dan- 
do un grande alarido. 

Retrocedió la turba con espanto; no 
menos asustados, ios poslilionesde la ber- 
lina , aprovecharon el espacio que quedó 
libre delante de ellos, por la brusca reti- 
rada de la gente cuando pasaba el furgón, 
dieron de latigazos á los caballos, y se fué 
la berlina hacia el muelle. 

Kn el momento en que pasaba ese car- 
ruaje por delante de los úllimos edificios 
del Hotel- Dieu, se oyó á lo íejo> el bulli- 
cioso estrépito de una música alegre, yes 
tos gritos que repetían los unos después 
de íos otros. 

— ¡ La mascarada M có'eru ! 

Anunciaban esas palabras uno de aque- 
llos episudios seini-bufjnes y semi-terrí- 



73 

bles, apenas crtíbles, que se notaron en 
el períudo arCindcnte de aquella cala- 
midal. 

En verdad, si no esluviosen los testi- 
monios de los contornp >r,ineos entera - 
nuMili" conformes con las reldcioni'S de los 
periódicos por lo (¡iie iniraá esa mascara- 
da , se creería que , en vcz de un hecho 
(•ii-rt<',se trata únicanii'nfede la elucubra- 
ción de al^tin cerehru delirante. 

Prcsenióse put-s la mascarada del cóle- 
ra en el atrio de Ntra. Sra. al mismo tiem- 
po que desaparecía el carruaje de Mr. de 
Morinval por el lado del muelle, después 
de haberle enganchado el furgón de los 
muertos. 

II. 

LA MASCARADA DEL CÓLERA. (1) 

Precedía la mascarada un gran tropel 
de gente del pueblo, é hizo súbitamenle 
irrupción por el arco del atrio, dandogran- 
des gritos: soplaban algunos niños en las 
embocaduras de varias trompetas, otros 
ahullaban, otros silvaban. 

El caiítero, Cebolleta y su banda, atraí- 
dos por aquel nuevo espectáculo, se diri- 
gieron en masa hacia el arco. 

En lugar de las dos fondas que se ven 

(1) Léese en el Constitutionnel de\ sá- 
bado 31 de marzo de 1832: 

«Conformándose los parisienses con la 
parte de la instrucción popular sobre el 
có/era, que, entre otras recetas preserva- 
tívas, prescribe el no tener miedo de la 
enfermedad, el distraerse, etc. etc. , las 
diversiones de la mitad de la cuares- 
ma (*) han sido tan ¡briliantes y tan locas 
como las del cartiaval mismo. Mucho tiem- 
po hacia que no se habían visto, en se- 
mejante época del año, tantos bailes. El 
mismo cólera ha sido el objeto de una 
mascarada ambulante.» 

(*) Pedimos perdón á nuestros lectores 
del monstruoso anacronism,o que hemos co- 
metido . poniendo el dia de la mitad de la 
ninrcxma de 1832 antes del mes de abril. 



71 ALBÜH. 

ahora en las dos es<|n¡na!i de la calle de 
Arcóle, no había entonces sino uní, si- 
tuada cerca dol arco, y, muy celebrada de 
la turba alegre de l->> e>uidiantes por su-» 
escelentes vin)S y su-; «guisos provcnzalc*. 

A los primeros sonidnsde las clarinadas 
que dat)an algunos volantes de librea que 
precedían la mascarada , se abrieron re- 
pentinamente las venlitnas del gran »aloií 
de la fonda , y se asomaron varios motos 
con la servilleta on el brazo, impaciente^ 
dever llegar los singulares convidadosque 
estaban esperando. 

Apareció al fin la grotesca comitiva m 
medí» de un clamor inmenso. 

Compi>nia«e la maxarada de un carro 
de cuatro ruedas, esc Itadode hombres y 
de mugeres á caballo: caballeros y anía- 
lonas llevaban trajes de fantasía, ricos á 
la vei y elegantes; la mayor parte de 
aquellos enmascarados pertenecían á la 
cla<e media y ac' modada. 

Hdbia corritlo la voz de que se organi- 
xaba una mascarada para iicfur al cólera, 
y alentar con aquella alegre demostración 
d moral de la p<>b ación asustada: alins 
tante varios arlistas, estudiantes, jóvenes 
(de alta suciedad, criados de couiercio, 
etc., respondieron á aquel llamamiento, 
y aunque desconocidos unos deotros, fra- 
ternizaron inmediatamente; muchos para 
completar la íiesta llevaron sus cortejos; 
lo« ga>los de la fiesta se hacia n con el pro- 
ducto de una suscripción, y á la mañana, 
después de haber hecho un espléndido de- 
sayuno en la otra eslreinidad de París, la 
alegre banda se había puesto valerosamen- 
ie en camino para ir á concluir la joma- 
ba con una comida i.-u el atrio de Nuestra 
Señora. 

Decimos valerngamenle , porque les era 
tiecesario, i aquellas jóvenes mujeres, 
un temple muy singular de corazón, una 
fiereza estraordinaria de carácter para 
atravesar asi aquella gran ciudad sumida 



en la consternación y en el espanto; para 
cruzarse «tsi á cada paso sin perder el co- 
lor, c )n los bayarles cargados de mori- 
bundos y o.-n !(»s carros llenos de cadáve- 
ri'<i ; para arrostrar tan de frente, con la 
befa mas estraordinaria , al azote que 
estaba diezmando á París. 

— Fuera de eso, únicamente en París» 
y únicamente en cierta clase de la pobla- 
ción de París podía nacer y realizarse es- 
la idea. 

I) ts hombres grotescamente disfrazados 
en postillones de las pompas fútif'bres, 
con formidables narices falsas, lloronas de 
crespoii de color de rosa en el sombrero ^ 
grandes ramilletes de rosas y borlíllas de 
i'iespon en los ojales de la casaca , guia- 
ban el carro de cuatro ruedas. 

Kn la plataforma del carro estaban agrii 
pados personajes que representaban: 

EL VINO. — LA LOCURA. — EL AMOR. — EL 
JLEGO. 

La misión de aquellos p 'rsonajes sim- 
bólicos era de darle la pftr vida que pu- 
diesen, á fuerza de chillidos, de chungas 
V de sarcasmos, al bum hombre cólera, 
especio de burlesca y fúnebre Casandra, 
á (juien bufoneaban de mil modos. 

Li moralidad de todo eso era : 

« Para arrostrar con seguridad al có- 
lera , es menester beber , divertirse , ju» 
gár y cortejar.» 

El vino tenia por representante un grue- 
so y panzudo sileno, obeso, rechoncho, 
cornudo, con una corona de hiedra en là 
cabeza , una piel de pantera en lus hom- 
bros, y en la mano una gran copa ador- 
nada de flores. 

Nadie en el mundo podía presentar á 
ios espectadores admirados y contentos 
una oreja mas escarlata, un abdomen mas 
utagestuoso, un narigón mas grueso y mas 
colorado que ISíni-Muulin, el escritor mo- 
ral y religioso. 

A cada instante aparentaba Ninl-MoU- 



'^'h^.ir -^ 



ïin beberse la copa , y despues venia con j 
insolencia á reírse en sus bigotes, del burn 
'hombre cólera. 

El buen hombre cólera, cadav(^r¡co (íe- 
ronte , eslaba riiedioenvueltoen una m.r 
taja : su careta de verdoso carton con los 
ojos encarnados y cóncavos, parecía a ca- 
da instante que hacia el gesto de agonizar 
de un modo inuy divtrlido: bajosii p»'!u- 
ca de (res marlillus bástante empolvada , 
y coronada de un gorro piramidal de al- 
godón blanco^ se Veían salir por encima 
de su mortaja su cuello y sus brüzos pin- 
tados de un bonito color verdoso, su 
descarnada mano casi sienipt-e agitada por 
un calofrío febril, (no íiiigido sino natu- 
ral) se apoyaba cn un ha>ton con puño 
encorbado; en fin, lleVaba como convíe- 
he á todo Gcronte, medias encarnadas, 
ligas con hebilla, y chínelas altas de cas- 
tor negro. 

Ese grotesco representante del cólera 
"era Duerrtie-én-cueros, 

A pesar de una calentura lettta y peli- 
gfosa , ocasionada por el abuso d^l aguar- 
diente y por el libertinaje, calentura que 
Jo minaba sordamente, Santiago sie había 
visto comprometido pot Morok á entrar 
len aquella rtiascarada. 

El domador de fieras, vestido dé rey 
de bastos, representaba el jilegc. (]oro- 
hada la frente de ílna diadema de carton 
dorado; su cara impasible y macilenta, 
rodeada de una barba espesa y larga que 
bajaba ha^^ta la parte delantera de su tú- 
hica , compuesta de cuadros de colores 
inúy vívo>, ¡Vlorok tenía perfectamente 
)a traza del papel quD representaba. De 
tiempo en tiempo agitaba ctín ademan 
burlón á los ojos del buen hombre cólera 
un costal lleno de fichas estrepitosas, con 
naipes Je todas especies pintados por de- 
fuera. Cierta incomodidad en los movi- 
mientos del brazo derecho mostraba que 
el domador de fieras se resentía auo de 



m. 75 

la herida que le habia hecho la pantera 
antes de haberla muerto Djalma. 

La locura, simbDlizaiuiu la risa, iba 
también á su vez á sacudir la clásica mu- 
ñeca , con sus cascabeles sonoros y dora- 
dos á los oídos <iel buen hombre cólera, a 
locura era una pobre joven alerte y ligera, 
que üeVaba sobre sus hermosos caheiks 
un gorro frijiode color de púrpura; reem- 
plnrdba cerca de Duerme-en Cueros á ia 
reina liacannlv que no hubiera dejado de 
Venir á sen>ejatite fiesta, ella tan animosa 
y tan alegre, que poco anles había ligu-^ 
rado en otra mascarada acaso menos (i-^ 
losófica en su objeto , pero no menos di-^ 
vertida. 

Otra hermosa criatura, la señorita Bor- 
níchoux (|ue servía de modelo para pintar 
el cuerpo é un pintor de reputación (tam- 
bién estaba él en la comitiva), represen- 
taba el amor y lo representaba á las mil 
maravillas; no te podían atribuir al amor^ 
On rostro mas delicioso ni formas mas 
graciosas. Cubierta con una túnica azul 
bordada de lentejuelas, con una cinta 
azul y plata 8ol)re sus cabellos castaños j 
y dos pe(|ueñas alas trasparentes tras de 
sus blancas espaldas, el amor cruzando 
el íüdicp de la mano izquierda con el dé 
su derecha , hacia de tiempo en tiempo 
gentiles y lindas muecas al bum hombre 
cólera, 

Al rededor del grupo principal otras 
mr'scaras mas ó menos grotesca», agitaban 
banderas en las cuales se leían las inscrip- 
ciones siguientes ; bastante anacreónticas 
para la circuustancia. 

■ — / Enterróse el cólera / 

— j Corta pero buena ! 

— / Ks menester reírse^.. í reírse y siem- 
pre reírse I 

—¡ Los chuscárradós Quemarán al có- 
lera f 

— / Viva el amor / 

— / Viva el vino I 
20** 



"i G ALBUM 

— ¡Llega, pues, azote infame! 

Habia verdaderamente tanta y tan au- 
daz alegría en aquella mascarada quo la 
mayor parle de los espectadores, cuando 
pasó por el atrio de Nuestra Señora, para 
ir á comer á la fonda , en dundo les esta- 
ban esperando, le dieron repelidos aplau- 
sos: aquella especie de admiración que 
inspiran siempre el valor por loco, por 
ciego que sea , pareció á otros espectado- 
res , poco numerosos á la verdad , una 
especie de desafío que echaban á la cóle- 
ra del cielo, y asi recibieron á la comiti- 
va con murmullos irritados. 

Aijuel espectáculo eslraordinario y las 
diversas impresiones (jiie producia estaban 
demasiado fuera del círculo de los acon- 
tecimientos ordinarios para poderse apre- 
ciar con justicia : no sabe unoá la verdad 
si aquella atrevida baladronada merece 
alabanza ó vituperio. 
, Ademas, la aparición de estas calami- 
dades quede siglos en siglos afligen y des- 
truyen á la especie humana, ha ido casi 
siempre acompañada de una especie de 
escitacion moral, que no podia evitar nin- 
guno de los que se libertaban del conta- 
gio. ¡Vértigo febril y estraño que á veces 
pone en movimiento las preocupaciones 
mas estúpidas, las pasiones mas feroces, 
y á veces inspira, al contrario, los sacri- 
ficios mas sublimes, las acciones mas va- 
lerosas; en fin, ecsalta en los unos el mie- 
do de la muerte hasta los terrores mas 
locos, mientras por parte de otros el des- 
precio de la vida se manifiesta en las ba- 
ladronadas nías atrevidas! 

Pensando muy poco en las alabanza» ó 
el vituperio que podia merecer, la mas- 
carada llegó á la puerta de la fonda, y en- 
tró en ella en medio de aclamaciones uni 
versales. 

Parecía quese habia todo preparado pa- 
ra completar aquella estrañ.i idea con los 
tüiitiastts mas sifigulares. 



A si es qtie, estando la tal)ern3 rn don- 
de se iba á celebrar nqiiella bacanal su- 
prema , preei'íaiiuMile >il(i.i(lii no lejos de 
la antigua catedral y del siniestro hospi- 
tal, los coros rolíjiosos d > la antigua ba- 
sílica , los alaridos de lis agonizantes, y 
los cantos b;í(|uicos de los del |ian(|iielese 
hahian de cubrir y oir á su vez. 

Habiéndose apeado los enmascarados 
del carro y de sus caballos, fueron á to- 
mar asiento al banquete (jue les liabian 
preparadí). 



Sentados están á la mesa los actores de 
la mascarada en una gran sala de la Tm- 
da. Están alegres, ri'unidi'S, estrepitoso*;; 
sin enibargo tiene nn carácter estraño su 
alegría. 

A las veces los mas resnellns recuerdan 
involuntariamente que están jugando su 
vida en aquella lucha loca y audaz conlra 
el azote.... Es a<piel siniestro pensamien- 
to rápido como el herizo febril que le hie- 
la á uno en un instante: asi es (]ue de 
cuando en cuatulo se manifiestan aijuellas 
ideas pasajeras en los bruscos silencios 
que duran apenas un segundo, pero de- 
saparecen pronto en medio de la esplo- 
sion de gritos alegres, porque cada uno 
se dice á si mismo: — Fuera debilidades; 
me están mirai\domi camarada y mi cor- 
tejo, 

Y ríese cada uno y echa cada vez mas 
brindis, trata de tú al que está á su lad;^> 
y bebe con preferencia en el vaso de la 
que está junto á él. 

Habíase quitailo Puermc-en -Cueros la 
careta y la peluca del buen hombre cóle- 
ra; la flaqueza de sus f.icci<in'^s aploma- 
das, su palidez enfermiza, el S'mbrio res- 
plandor de su> ojosliundiíJos ¡ndical)an los 
progresos lento i de la enfermedad que iba 
consumiendo á aquel desgraciado, llegado 
va por MIS csresos ai úílimo firado de la 
esteiiuacion ; antique sentia uii fu''go kii- 



ALBUM, 



77 



to que devoraba 5:us enlraùas, ocultaba 
siii dolores cou uiia risa ficticia y ner- 
viosa. 

A la izquierda de Santiago c?-i<jba Mo- 
rok cuya fatal innuencia iba sirrnpre au- 
mentando, y á su derecha la joven dis- 
frazada en Locura; se llanuiba Maria; al 
lado de esta estendia su niaj.'sluosa gor- 
dura Nini-Moulin y fingia á las veces que 
recogía la servilleta debHJo I;i ttiesa, con 
el objeto de apretar las rodillas de su ve- 
cina por la otra parle, ¡a «icñürita Modes- 
ta que representaba al Amor. 

Se babian colocado la mayor parte de 
los convidados sepuii sus gusfits; cada uno 
al lado de su cada una y y los célibes en 
donde li;ibian podi lo. listaban entonces 
en el segundo servicio; los escelentes vi- 
nos, la comida regalada, las palat)ras ale- 
gres , y aun la eslraiu-z de la situación ha 
bian exaltado muchísimo las cabezas, co- 
mo será fácil de conocer por los inciden- 
tes eslraordinarios de la escena siguiente. 

111. 

EL COMBATE SI>GULAR. 

Dos Ó 1res veces uno de los mozos de 
la fonda había venido, sin que lo advir- 
tiesen los convidados, á hablar á sus ca- 
ntaradas, !nostrandoles con gesto espresi- 
vo el cielo raso de la sala del festín : pero 
sus compañeros no habían hecho caso nin- 
guno de sus observaciones ó de su'» temo- 
res, sin duda porque no querían incomo- 
dar á los convidados cuya loca alegría iba 
aumentando cada vfz mas. 

— ¿Quién dudará ahora de la supe- 
rioridad de nuestro modo de curar ese 
impertinente cólera? ¿Ha tenido el atre- 
vimiento de atacar á nuestro batallón sa- 
grado? le decía un magnífico lurco salíin- 
i;anco, que era uno de los fjue llevaban 
los e?-taf»dartes de la mascarada. 

— Kn eso est i todo p! misterio, dijo 
olro, no hay mas ijue rdr-ele en sus bi- 



gotes al hombre cólera , y al instante vuel- 
ve la espalda. 

— Se hace justicia á sí mismo, porque 
son muy tontas sus ol)ras, dijo una /'út- 
rclle, bebiendo list.uncnle su vaso, 

— Piene razón, Choux choux, es ton- 
t'S arclíitonlo, i espundio ti Pierrot de la 
Piericlle, por(|ue a! lin se está uno tran- 
(|iii!o, giizaiiilo (le la felicidad de la vida, 
y súbitanienie , dtspues de haber hecho 
una mueca atrez se va uno al otro mur- 
do... ¡ Pue> biiii ! ¿(|ue.>í^nirica eso? ¡Oi.é 
agudiza I ¡ Qn(' diver>ion ! Deci Jinesi pu- 
di'is , lo que prueba eso. 

— Es'o prueba, respondió un ilustre pin- 
tor romántico disfrazado de roniano de la 
escuela de Darío, eso prueba que el có- 
lera es un desdichado colorista , puesli» 
(pie no tiene su paleta ^in^ un solo matiz, 
un verdoso malo Sin duda que ha es- 
tudiado ese galafate con aquel fa.slidíoso 
Jacobus el r'-y de los pintores clásicos, 
azoto de otra especie. 

— Sin embargo, maestre, anadio respe- 
tuosamente el discípulo del gran pintor, 
he visto coléricos cuyas convulsiones te- 
nían mucha Immure , cuya agonía no es- 
taba desprovi.-ta de chic. 

— Señores, e-^clamó un escultor no me- 
nos célebre, resuiiiamos la cuestión. El 
cólera es un detetable colorista; pero es 
un dibujante endenioniado... hace la ana- 
tomía del cuerpo humano perfectamente. 
¡Voto á brios ! ¡ Cómo descarna 1 Compa- 
rado con él, Miguel Ángel no seria mas 
que un discípulo. 

— Concedido gritaron todos á una 

vez. El cólera mal colorista pero di- 
bujante endemoniado. 

— Por otra parte, caballeros, replicó 
Nini Moulin ron una gravedad cómica, ha^ 
en ese azote ima pilla lección de la Provi- 
dencia como diría el gran Bossuet. 

— ¡La leci'ion I ¡ La lección ! 

— Sí señore- me parece quo oigo 



78 



ALBtJM. 



una voz He lo alto que nos grita : bebed 
^e\ mejur vino; gastad lo que tenéis; dadle 
biienns besos á la imipiT de vuestro pró- 
jinv»... porque acaso eslán coiitaJas vues- 
tras horas desprai-iados ! 

Dii'ifudoesto, elorl.)dt.x>-ï>ili'nosfapro 
vochó de un momento de distracción de 
la sefu^rita Mode-ta su vecina, para darle 
en su fresca mejilla al .-Imor un beso fuerte 
y eslrepiloso. 

Conta::iosi) fué el ejetnplo, y Á las ale 
gres raroaJHdas se mezcló tiu turbulento 
chis rlias de besos. 

— ¡Por vida del diablo, dil dcnionio y 
del iiifiírn-'! exclamó el uraii pintor an)e 
nazaod.» aU'^rt'in nteá Niiii - Moulin; bue- 



muy incierto por desgracia, de la ioteríá 
de la viudt'dad! Apareces, y les vuelve la 
alejiria ; gracias á ti , ¡ oh , complaciente 
azote I ven cenluplicarse las eventualida- 
des de su libertad. 

— ¡Y los lured. ros! ¡qué reconocimien- 
to! Un frío, un chis un nada y 

crac, en una hora el que antes no era mas 
que lio ó un colateral, se hace un bien- 
hechor vt-norado. 

— Y las mnl<'S (|ue tienen la mania dé 
envidiar siempre les empleos de los oíros, 
I (juó esrelente compadre encuentran ert 
el colora ! 

— ^¡Y cuánfo> juramentos de constancia 
se vnn a realizar pnr ese medio! drjo sen- 



na fortuna tenéis quesea prob.it¡lenienle ; llm.iit.ilmente la señorita Modesta 



mañana el fin del mundo, que sino os ha 
bia de desafiar por el beso que le habéis 
dado al Amor, que es mis amores. 

— E-io mismo os demuestra , ó Rubens 
ó Uafael, pues lo sois, las mil ventajas 
de! cólera a (juien proclamo yo como esen- 
cialmente sociable y cariAoso* 

— ¿Y filantrópico? dij » uno de los con 
\idaiios: gracias ai cólera, los acreedores 
cuidan de la salud de susdeudoresi.. Esta 
mañana un «isurero, ntie toma el mayor 
interés por mi existencia, me ha traido 
toda especie de drogas anli coléricas , su- 
pliciíndume que las emplease. 



¡cu;intos tunantes le han jurado á una 
muger dulce y débil que la amarán mien- 
tras vivan, y no esperaban los beduinos 
ser tan fieles á sh palabra í 

— Señores, esclamó Nini-Moulin. pues- 
to que estamos aqui reunidos, acaso en 
vaporas del fin del mundo, como dice este 
célet're pintor, propongo que juguemos 
al mundo al revés. Pido que estas señoras 
nos exciten, nos provoquen, nos inquic 
len , nos cojan besos, en fin, que tomen 
con nosotros toda especie de libertades, y 
á todo rigor (tanto peor para nosotros), 
que nos insulten ; sí, dec'aro que me de- 



— V á mí, decia el di>cípu!o del gran jaré insultar; invito á que me iiSuten..; 



pintor, mi sastre quiria ponern>e sobre 
ios ríñones una cintura de fr'>nel.»< por()ue 



Por consiguiente, ílnior, me podéis favo- 
recer con el insulto mas grosero que se 



le debo 1res md franco-^; á es<» le he res- p^ede hacer á un célibe virtuoso y pudi 



pondido yo: « ¡Olí . sastre 1 dadme fini 
quito y mt! t-nfranelo al uistant.- por con- 
servaros mi parroquia, ya que tanto apego 
le l« neis. 

— ¡Oh c 'dera ! à ti te echo un brindis, 
dijo Nini Moulin en tono de grotesca in- 
vocación. Noeres lú la (ie>esperacion; an- 
les, al contrario, simbolizas la esperanza; 
sí, la esperanza. jCuántos mandos, r.uan- 
Uü mug res no tenían sino un número, 



bundo, añadió el escritor religioso, incli- 
nándose hacía la señorita Modesta, quien 
lo rectiazó riéndose como una loca. 

Hecibióse a descabeltaila proposición deí 
Nini Moulin con una risotada general, y 
tomó nuevo incremento la orgia. 

En medio de ese tumulto atronador^ 
volvió de nuevo el mozo, (|ue habia entra- 
do ya varias veces para hablarles á sus ca- 
maradas en voz baja, mostrándoles el cíe- 



ll»^' 



Ï9 



\o raso de la sala , tenia el rostro pálid 
descompuesto; se acercó ai que l<aci,a vu.-^ 
«es de metrolel, y le dijo en tony bajo con 
voz conmovida : 

— Aciiban de llegar... 
— ¿Qui('Mie>? 

;— Ya lo sabéis... para allá arriba é 

indicó el techo. 

— ¡ Ahí (lijo el metrotel ponióndoso 

inquieto. ¿Y en dónde esleír) ? 

— Acaban de subir... ya están allí, aña- 
dió el mozo con aire ahusladp.; .aHí.e,sl¡áD. 
—¿Qué dice el amo? 
-^tí>lá desconsolado. .4 con motiyode... 
y el m >2o echó una mirada circular alre- 
dedor de la mesa; no sabe que Ufi-ev 

ine eiwia á que os hab'e... 

—¿Y ({uó diablo ([uiere que baga... yo? 
dijo el otro enjugándose la frente: se de- 
bía contar c>m eso... ya no li^y n^edlpnip- 
^uno de evitarlo. 

— Pues no lue (|uedo yo aquí: va á co 
menzar la gresca. 

-^Bien harás, pirque con tu cara tras- 
tornada estás llamando la atención; vete 
y düe al amo que es menester eí^perar lo 
que venga. 

Pasó inadvertido este incidente ep me- 
dio del tumulto cada vez mayor dí^l alegre 
festin. 

.Mientras tanto entre los convidados uho 
solo no bi-bia ni se reía; era Ouerme-en- 
cuero-; cotí los <ij>s tristes y fijos, miraba 
a! aire: indiferente á cuanto acaecía aljre- 
dedor suyo, el desgraciado pensaba única 
mt'nteen bi reina Bacanal que hubiera es 
tado tan brillante, tan alegre e» semejan 
te salurual. tCl n-cuerdo de aquella cria- 
tura que amaba siempre con un an>or es- 
Iravagaiite, era el úiiio pensamiento que 
de tii'mpo en tiempo venia á distraerle de 
su efnSrule-'imii'ntM. 

¡i'.o>a eslrañd! No liabia consentido 
Santiag) en entrar en esla mascarada !»i- 
no pprqu \lc\recorüdbaeáu luco pa:|iü^t;in- 



po el último dia de fiesta que p^só con 
Ceíisa : aquel receill malin (almuerzo) dtg- 
pues de una noche de baile de miscaras» 
alegre banquete en medio del cual la rei- 
na Bacanal por un est rano presentimiento 
había echadj este brindis con motivo del 
azote que se iba acercando, según decían, 
á Francia: al cólera , había dicho Cefisa. 
Que perdone à los que desean licir y se l't- 
i-ejHiiloê á los que no quieren sepçirarse. 

ii\\ aquel i!)>lante, pensando en esas pa- 
labras, estaba Santiago entregado á tris- 
tes ideas. Advif tiendo Morok supre('CU.;a- 
cion, le dijo en voz baja : 

— ¡Pues que! ¿N>» bebes mas, Santia- 
go? ¿Has bebido bastante vino? ¿Tienes 
gana de aguardiente?... Voy á pedir. 

— No tengo necesidad de vino ni de 
aguardiente... respondió bruscamenteSan- 
tiagp, y volvió á caer en sus trilles pensa- 
mientos. 

: — íin verdad tienes razón, respondió 
Moruk con una risa sardónica y alzando 
cada vez nfias la voz, haces bien en mirar- 
te... loco estaba yo. en hablarte de aguar- 
diente...,, en el tiempo en que nos halla- 
mos... seria tanta temeridad el ponerse en- 
frente de una bjtella de aguardiente como 
á la, boca del canon de una pistola cargada. 

Al oir poaer en duda su animo de be- 
bedor, ütierme-en-cueros miró á Morok 
con sen»b!ante irri^t^d». 

— ¿Cun qué así, es por cobardía el no 
atrevi-nne a beber aunardienle? esclamó 
el desgraciado cuya inteligencia , medio 
muerta, se despertaba para defender lo 
que llamaba él su dignidad: ¿rehii->o be- 
ber por cobardía? ¡eii! .Morok, responde. 

— ^Vamos, hombre honrado, todos cuan- 
tos estamos aquí hemos dado boy pruebas 
de valor, dijo a Santiago uno de los con- 
vidados, Vus sobre todo que, estando en- 
feroíO. habiis |enido ámoK» para hacer el 
papel del bu>-n hoiiifire có'tra. 

— Seaore;í, úijo Moruk, viendo que to- 

2r» 



80 



desfijaban los ojos en ól yon Duerme-en- 
ciieros. Me estaba chaiiceaiidj, porijiie si 
ei camarada (é indicó á Santiago) hubiese 
convelido la imprudencia do aceptar mi 
oferta, hubiera sido, no intrépido, sino lo- 
co... por fortuna tiene la prudencia de re- 
nunciar á esta fanfarronada, tan peligrosa 
en este instante, y yo... 

— ¡Muchacho I dijo [)ucrme-en-cue- 
ros, interrumpiendo á .Morok ccn una im- 
paciencia colérica , dos botellas do aguar- 
diente y dos vasos... 

— ¿Qué vas hacer? dijo Morok, fingien- 
do una sorpresa ini]uieta. ¿Con qué obje- 
to esas dos botellas de aguardiente? 

— Para un desafío dijo Santiago en 

tono frió y resuello. 

— ¿Para un desafío? gritaron de todas 
partes con sorpresa. 

— Sí... respondió Santiago, un desafío... 
á Cognac (1) : pretendes que hay tanto pe- 
hgroen ponerse ante una botella de aguar- 
dienlecomo delante un cañón de pi^tola... 
tomemos cada uno una botella llena, ya 
vcremosquien de los dosechará pié atrás. 

Esta eslraùa proposición de Duerme- 
cn cueros fué recibida por unos con gran- 
des gritos de alegría, por lus otros con 
muestras de una verdadera itujuietud. 

— j Bravo los campeones de la botella 1 
gritaban unos. 

— No, no: seria demasiado peligrosa se- 
mejante lucha, decían otros. 

— Ese desafío eo el tiempo en que esta- 
mos... es tan serio como un desafío á 

ntuerte: aiíadía otro. 

— Ya oyes, dijo Morok con una sonrisa 
diabólica. ¿Oyes, Santiago?.... mira pues 
si quieres retroceder ante el peligro. 

Al oir esas palabras (jue le recordaban 
el peligro que iba á correr, so estremeció 



Santiago, como >i le hubiese venido al 
pensamiento una i lea nueva; levanti) con 
arroga'ii.ia la cobe/J , y se esparció sobre 
sus mejillas un ligero colorido; brillaba en 
sus miradas una especie de sali>faccion si- 
niestra, y esclamó con voz (irme: 

— ] Por vida del demonio! ¿listas sor- 
do murliacho? ¿N) le he pedido dos bo- 
tellas de aguardiente? 

— Ya voy, sefior, respondií) el mozo ca- 
si espantado de lo (|ue iba á suceder du- 
rante aquella lucha báquica. 

Nu obstante, la mayoría, aplaudió la lo- 
ca y peligrosa resolución de Santiago. 

Nini Moulin , revolviéndose en su silia 
y perneando gritaba en al'a voz: 

— ¡ üaco y mi sed! ¡Mi vaso y mi 

pinta!... 1 Abiertos están los gaznates ! .. 
¿ Al ataque Cognac !... ¡ Liberalidad ! ¡Li- 
beralidad! (1). 

Y abrazó á la señorita Modesta como 
verdadero campeón del torneo, diciendo 
paia escusar esta libertad : 

— .4 mor, vos seréis la reina de la bel- 
dad... yo pruebo la felicidad del vencedor. 

— ¡Al ataque Cognac! ¡repitiéronlos 
circunslantesen coro: ¡al ala(|ueCognac! 

— Señores, añadió Nini-Moulin: sere- 
mos indiferentes al noble ejemplo que nos 
dá el buen hombre cólera? {é indicó á San- 
tiago); él ha dicho valerosamente ¡Gognacl 
respondámosle gloriosamente: ¡ ponche ! 

— Si, sí : ponche! 

— ;AI ataque ponche! 

— Muchacho, gritó el escritor moral y 
religioso con voz estentórea : ¿tenéis a!giin 
barreño, alguna caldera, slguna cuba, 
una inmensidad cualquiera (¡ue sea... para 
poder hacer un ponch»* monstruo? 



(1) Ciudad en donde se fahrii-a el aguar- 
diente de mas reputación en Francia, 
(i\ola. (id T.J 



(I) Esasesclamaeíones ylasipie siguen, 
in)posibIes para el traductor y difíciles pi- 
ra el lector, son um ¡¡nr uJía de los anti- 
uijos gritos do guerra de la monarquía 
francesa. (.Wuta dJ T.J 



— iTJn poncho babilónico! 

— lUií ponche lago 1 

— ¡ Un ponche Océano ! 
Tai fué el ambicioso crescendo, (¡tie se 

oyó á continuación déla proposición de Ni 
ui-Moiilin. 

— Señor, respondió el mozo en tono de 
triunfo, tenenuis una oÜa de cubre (pie 
precisamente se estañó li-ice muy poco: 
aun no se ha estrenado, y ha de contener 
Ireinia hutelias á !o menos. 

— Tratd !a olla, dijo magostuosamenle 
Nini-Moulin. 

—¡Viva la olla! gritaron todos en coro. 

— Kchad en ella veinte botellas de kirch 
(í), seis panes de azúcar, doce limones, 
una libra de canjlii.... jy furgo, fueg^!.. 
j fuego por tod.is partes! esclanió el escri- 
tor relijioso, dando gritos desaforados. 

—Si, si, ¡fuego por todas pa^te^¡ re- 
pitió el coro. 

La proposición de Nini-Mouün daba 
nuevo vuelo á la alegría general. Cruzá- 
banse los dichos mas locos, mezclándose 
con el ruido de los besos tomados de sor- 
presa ó concedidos baj.» pretesto que no 
eesistiría acaso el dia de mañana, (¡iieera 
menester resignarse, etc. , ele. 

De repente, en íino de aquellos instan- 
tes de silencio que aconfeceti á voces en 
las reuniones mas tumultuosas, se oye- 
ron encima de la sala del festin varios 
golpes sordos y compasados. 

Callaron todos y escuharon atenta- 
mente. 

IV. 

¡AL ATAQUE COC^^VC I 

Al cabo de algunos n nnientos, el ruido 
que tanto liabia sorprendido á ios del con- 
vite, resonó de nuevo mas ftierte y mas 
continuo. 

— Muchacho, dijo uno de los convida- 
dos, ¿t|in'' diablo de ruido es ese? 

( 1 ) Aguardiente de cerezas. 

(N: del T.) 



ALBVM. 81 

Kl mozo, mirando á sus carneradas con 
inquietud y espa/.lo, rispondió tartamu- 
deando. 

— Señor.... es.... e>.... 

— ; Por vida de (>i.«,to!.... es a'gun in- 
(luiiino malévolo y regañón, algún ene- 
oii^o do la alegría (jue da golpi-s en el 
suelo jiara decirnos (¡ne caí. temos en voz 
mas i)aja.... dijo Nini-Moulin. 

— KnlíMi'.es, regla g neral , respondió 
ron énfasis el discípulo del gran pintor ; 
cuando un ini¡uilino ó propietario, cual- 
(]uiera que sea , pide silencio, manda la 
tradición (¡ue se le dé inmedialamenteuna 
cencerrada infernal, con el objeto de en- 
•íordecer enteramente, si es posible, aire- 
clamante. Ksas son al menos, añadió mo- 
destamente el rapin ( t ) , e.-.as son las re- 
uniones estrunjeras que, según he visto 
siempre, median enlro potencias /ei7¡i- 
trópicas. 

Aquel neologismo aventurado fué reci- 
bido con risas y bravos universales. 

Durante aquel tumulto, Alurok hizo 
una pregunta á uno de los muchachos de 
servicio, y después de haber oido su res- 
puesta, esclamó con voz aguda que do- 
minó todo aquel estrépito: 

— Pido la palabra. 

— Concedida respondieron alegre- 
mente. 

Mientras duraba el silencio que sigufó 
á la esclaniaciondoMorok, oyóse de nue- 
vo el ruido, y era esta vez mas precipi- 
tado. 

— Está enteramente inocente el inqui- 
lino, dijo Moruk con una sonrisa siniestra, 
es incapaz de oponerse de ningún modoá 
la vehemencia de nuestra alegría. 

— Pues entonces, ¿porque está dando 
golpes ahi encinia como un sordo? dijo 
Nini Moulin agotando su vaso. 



(I) Se indican con esta voz los discípu- 
los de los pintores, y á veces los malos 
pintores. (S.dclT.J 



S-2 ALBUM. 

— Como un sordo que ha perdido el 
bastón, dijo el rapin. 

— N'> e^ el inqiiiliiio qnirn da golpe-*. 
dijo Moritk con su voz seca y breve, lo 
están encerrand'í en >u caja. 

Un ¡«üencio súttilo y profundo sucedió a 
estas palabras. 

— L» eiicic*rran.... no... me e(|UÍvoco, 
«ñadii) Moriik, los enciinan hubiera de- 
bido decir. pi>rc|U • cono no e-tá el tiem- 
po de sobra, h^n pii«'>lo a la madre y al 
uino en la misma caja. 

— Si, nuestra ama, una mujer de vein- 
te años, respondió el mozo de servicio ; 
íu pobre niña (|ue crijl»a. lia mui-rlo pu- 
co de>pues lodii eso en uienos de dos 

horas.... H trio siente el aun) incomodar- 
les á esos Caballeros duijíiite la ct)mida... 
Pero no podia prever ayer esta desgrac'a. 
puesto que ayer mañana aquella niuger 
tan joven no estaba aun eníirma : alcon- 
trario canlaba que se las pelaba, y estaba 
Aleare cual nadie. 

Hubiérase diclio t|ue esa-* palabras echa- 
ban un crespón fúnebre sobre ai^iiella es- 
cena, poco antes tan aleare; todas aijue- 
llas caras tan rubicundas y lan dilatadas 
Se cuolrisldron MÍbitamcnte ; na<lie o>ó 
decir una sola chanza >ol>re a(|uella ma- 
dre y su niña que enceiraban en la mis- 
ma caja. 

Fue lan profundo el silencio, que se 
oían algunas re.- pira<iones opiiinidas por 
el terror ; pareciT) que |(»s últimos marti- 
llazos resonaban dol«. rosamente en todo.s 
los corazones : se huÍMera .podido decir 
q«ie todos ios sentimit utos Instes y.petio 
Kos, contenidos hasta entonces, iban á es- 
tallar y r«'ein|»lazar a»|Uel'a al"gria, aqU'' 
lia alfiarara, mas rdcticia'> que sinceras. 

Kra crític(» aquel instante: e.ra menes- 
ter dar un [l'an }¿ol|ie para animar el cu 
ra/.'Mi de os convidado^ que comenzaban 
á desanimarle; ponjue niuolioa rostros 
liúdos ) rosados comenzaban á ptrder el, 



color: muclifls orejas escarlatas comenz;!- 
¡bail á ponerse.blancas : las de Niui 'Mou- 
lin cr^n d<* este númir»i, 

Duerme-en cm tos, al contrario, tenia 
cada vez mas audacia y mas arrojo: eo- 
iltrczando ^u cuerpo (lobl< gado por la es- 
leniiacion, con el rostro lijeramente co- 
lorado, jirilii : 

— ¡ l'ues bien, muchacho! ¿Y las bo- 
telliis de a.i^uardienle? [Voto á mi padrel 
¿V el ponrlit? ¡ l'»»r v.da del denioniol 
¿H 111 de hacer los muertos temblar á los 

VIN. -? 

— llene raziin: p fuera la tristeza ! si, 
si, el lí'-nche, gritaron muchos convida- 
dos >|ue seiilian la necesidad de toniar 
aiiioio. 

— I Adelante el ponche ! 

— I Afuera los p-sares I 

— ¡ Viva la alegría ! 
— Señores, a(|ui está el ponche, dijo i^n 

nutiliacho abriendo la puer'a. 

A la vista de aquel Uamígero Ji.CQr.que 
debía reanimar todos los espíritus, Te^p-^ 
narco bravos frení'licos. 

Atiababa de ponerse el sol: el salon de 
cíen cubiertos en dotide se celebraba aquel 
lestin era prohiiido, pocas las ventanas, 
estrechas y medio cubiertas con cortinas 
de al(¿odon encarnado. Y autujue no ha- 
bía l!e;.ado aun la noche, la parte mas le* 
jana dt.-í saion estaba casi suniergida en la 
oscuridad: dos uio/o» iia]eron.el pofirlie 
monstruo con una barra de hierro que 
atra\esaba pi-r debajo el asa de un [yi- 
meiiso perol de cobre, brillante cual oro, 
y coronado de llaiujis tornasoladas. Colo- 
cóse sobre la mesa la brillante bettida, con 
^uma satisfacción de los convidados, quie- 
nes comenzaban á olvidar las pasadas 
alarmas. 

— Ahora, dijo Duerme-en cueros á 
M<>idk con tono de des.iiii): mientrias ar- 
de el pont he ... comencemos nuestro de- 
salió : loá espectadores serán los jueces. 



ALBt'M. 



Mostrando despues á so rival las dos 
botellas de aguardiente que habia traído 
«1 nDuchaclio, Santiago añadió: 

— Escoje las armas. 

— Kscójelas tú, respondió Moruk. 

— Pues bien.... ahi tienes tu frasco.... 
y tu vaso. Nini Mouün será juez de las 
estocadas. 

— No rehuso ser juez de la lid, respon- 
dió el escritor religioso; p^ro debo adver- 
tiros, caniaradas, que corréis nmclio pe- 
ijgro , y que en tiempos como estns (asi 
como ba dicho uno de esoscaballe^o^) po- 
nerse entre los dientes el cuello de una 
botella de aguardiente, es acaso mas pe- 
ligroso que el meterse en la boca una pis- 
tola cargada, y.... 

— Mandad el fuego, camarada , inter- 
rumpió Santiago, ó lo mandaré yo. 

— Puesto q«ie lo queréis hágase 

vuestra voluntad. 

— El primero que renuncie será el ven- 
cido, dijo Santiago. 

— Estamos de acuerdo, dijo Morok. 

— En ese caso, caballeros, atención..., 
y juzguemos los golpes (que bien merecen 
este nombre), replicó Nini Moulin; pero 
veamos primeramente si son igua'es las 
botellas.... ante todo igualdad üe amias. 

Mientras se hacían esos preparativos 
reinaba en la sala el mas profundo silen- 
cio. 

El moral de loscircunstantes, animado 
por un instante con ¡a llegada del ponctie, 
Vülvia á decaer bajo el pesodt tristes pen 
samientos: presentíase confusamente el 
peligro del desafio entre Santiago y Mo- 
ruk. Aquella impresión unida á las tristes 
ideas que habia escitado el incidente de 
la caJH, entristecía mas ó menos todas las 
fisonomías. Sin embargo, muchos de los 
del banquete ostentaban aun buen bu 
mor; pero se veia que era violenta su 
«Jegria. • 

Supuestas ciertas circunstancias, lasco 



sas mas pequeíias producen efectos bas- 
tante grandes. 

Ya hemos dicho que, después de ha- 
berse puesto el sol, se habia qutdado os- 
cura una gran parte de aquella sala; asi 
es que los convidados que estaban en 
aquella parle aUjada , no se veían poco 
ralo después sino á beneficio de la luz 
que despedía el puncfie que estaba ar- 
diendo. Sabido es que la llama de aquet 
licor derrama sobre las cnras un matiz 
lívi'lo, azuléidii; era por consiguiente un 
espectáculo estraordinario, casi espantoso, 
el ver un gran niunero de convidados á 
la luz de aquellos ri flejes, mas ó menos 
fantásticos, según estaban mas ó menos 
alijados de las ventanas. 

El pintor mas atento que los demás á 
ese efecto de colorido, esclamó: 

— Mirí^monos los que estamos en esta 
parte de la mesa; estamos tan verdosos y 
tan a/ulados, que parecemoscoléricosque 
ban(¡(ietean unos con oíros. 

Poco gustó esa chanza, l^r fortuna la 
voz sonora de Nini Moulin, quien recla- 
maba la atención, distrajo por un instan - 
fe á los circunstantes. 

-^Abierta esta la lid, esclamó el escri- 
tor religioso haciendo esfuerzos para disi- 
mular lasincera inquietud y el espanto que 
tenia. Estais dispuestos, valerosos cam- 
peones? anadió. 

— Dis[)uestos estamos, respondieron 
Santiasjo y MoTok. 

— Apunten.... fuego... dijo Nini Mou- 
lin dando una palmada. 

Los dos bebedttres bebieron de un tra- 
go uo vaso ordinario lleno de aguar- 
<liente. 

Mornk no hizo movimiento ninguno; 
quedóse Impasible su cara de mármol y 
volvió á poner el vaso eo la mesacon ma- 
no segura. 
I'ero santiago, al ponerel vasoenla mesa 

üu pudo disimular un pequeño movioiiento 
22* 



84 ALBUB 

convulsivo causado por un sufrimienlo 
inlerno. 

— Valerosamente bebido, dijo Nini 
Moulin; echarse al coleto de un sulo tra- 
go un cuartillo de aguardiente es mucho 

triunfo Nadie en esta reunión seria 

capaz de semejante proeza, y, si seguís 
mi consejo, no irá mas lejos el desafio. 

— Mandad el fuego, dijo intrépidamen- 
te Duerme-en-cuoros. 

Y con su mano febril y agitada empu- 
iló la botella ; pero de repente en lugar 
de echar el aguardiente al vaso, dijo á 
Morok : 

— i Bah ! ¡fuera vasos! ¡Bebamos 

¿chorro!.... es mas atrevido. ¿Osarás 
tú?.... 

La única respuesta que dio Morok fué 
el echarse la botella á la boca, levantan- 
do los hombros. 

Apresuróse Santiago á imitarle. 

A través del vidrio verdoso y transpa- 
rente de las boiellas se podía observar la 
disminución progresiva del liquido. 

La cara petrificada de Moruk y el fla- 
co y pálido rostro de Santiago, bañado 
ya en gotas gruesas de sudor frío, estaban 
entonces alumbrados, asi como los de 'os 
demás, por la luz azulada del ponche: 
estaban puestos todos los ojos en Morok 
y en Santiago con aquella bárbara curio- 
sidad que inspiran los espectáculos ciue- 
les. 

Santiago al beber tenia la botella con 
la mano izquierda: de repente cerró la 
mano derecha y apretó los dedos con un 
movimiento de crispatura involuntaria; 
apegáronse sus cabellos á la helada fren- 
te» y» por espacio de un segundo, mani- 
festó su fisonomía un dolor agudo : sin 
embargo continuó bebiendo, pero sin 
apartar de sus labios el cuello de la bo- 
tella, la abajó un instante como si hubie 
ra querido tomar aliento. 

Kiicoiilráronse los ojos de Santiago con 



la mirada sardónica de Morok, qu¡ei\ 
continuaba bebiendo con su impa>ibilídaii 
acost'jmbrada. 

Creyendo leer en las miradas de Mo- 
rok la espresion de un triunfo insultantet 
Santiago levantó Mitiit.iini'ule el codo y 
bebió aun cun ansia algunos tragos. 

Kstaban ajiotaiias sus fuerzas; un fue- 
go inestit)jiuible abrasaba su pecho; era 
su sufrimiento demasiado atroz... no pu- 
do resistir.... cayóse hacia airas sii cabe- 
za ; cerráronse convulsivamente sus qui- 
jadas; rompió cen los dientes el cuello de 
la botella; se puso tieso su cuello; retor- 
ciéronse sus miembros en medio de so- 
bresaltos espasmódicos y perdió al fin el 
sentido. 

— Santiago... mtjchacho.... no es nada 
eso, esclamó Morok, cuya feroz mirada 
resplandecía con una alegría diabólica. 

Y después, poniendo la botella en la 
mesa, se levantó para ayudar á Nini 
Moulin, quien hacía vanos esfuerzos para 
contener á Duerme-en-cueros. 

No ofrecía aquella crisis súbita síntoma 
de cólera; sin embargo un tfrror repen- 
tino se apoderó de los circunstantes; una 
de las mugeres tuvo un ataquede nervios 
muy violento, y otra se desmayó dando 
alaridos penetrantes. 

Nini Moulin, dejando á Sanliagoen po- 
der de Morok, corrió á la puerta pa- 
ra pedir socorro : abrióse de repente la 
puerta. 

El escritor religioso retrocedió asom- 
brado á la vista del personaje inesperado 
que se presentaba á sus ojos. 
V. 

RECCEBDOS. 

La persona ante quien se había deteni- 
do Nmi Moulin con tanta sorpresa era la 
reina Bacanal. 

Descolorido y macilento el lostro, los 
cabellos desordenados, 'descarnadas las 
megillas, vestida casi de andrajos, aque- 



íla brillante y alegre reina de tantas y 
tan locas orgias, no era ya mas que la 
sombra de si misma. La miseria y el du- 
lor liabian ajado aquellas facciones, otro 
liempo tan graciosas. 

Apenas entró en la sala, se dcfuvo Ce- 
físa ; sus miradas tristes é intinielas tra- 
taban de penetrar por medio de la semi- 
oscuridad para descubrir al que buscalía... 
Estremecióse de repente y dio un gran 
grito.... 

Acabiba de ver al otro lado de la larga 
mesa, con la luz azulada del ponche, á 
Santiago, cuyos movimientos convulsivos 
podian sostener apenas Morok y los otros 
convidados. 

A semejante vista, Cefisa, f n el primer 
movimiento de su espanto, llevada de su 
afecto, lo que tan á menudo habia hecho 
otras veces en medio de la alegría y del 
placer, lista y ágil , en lugar de perder 
un liempo precioso haciendo un largo ro 
deo, saltó sobre la mesa, atravesó lijera 
p(M" entre los platos y los vasos y de un 
brinco se halló cerca de Duorm* en-cue- 



ros, 

— ¡Santiago! esclamó, sin notar aun 
al domador de fieras, y echándose al cue- 
llo desu amante, I Santiago!... soy yo... 
Cefisa 

Pareció que Duerme en-cueros ola aque 
lia voz tan conmovida , aquel grito tan 
desgarrador salido délo íntimo del alma; 
volvió maquinalmen'e la cabeza hacia el 
lado de la reina Bacanal, abrió los ojos 
y lanzó un profundo suspiro. Pronto co- 
menzaron á ponerse flexibles sus miem- 
bros tan tiesos poco hacia; en lugar de 
las convulsiones se advertía únicamente 
un lijero temblor; y al cabo de algunos 
instantes, abriéndose con dificultad sus 
pesados párpados, dejaron ver sus mira- 
das vagas y apagadas. 

Atónitos y mudos los espectadores de 
aquella escena esperimenlaban una curio- 
sidad inquieta. 



&L6ÜH. 85 

Cefisa, arrodillada delante de su aman- 
te, cubria sus manos de lágrimas y besos, 
y esclamaba en medio de profundos so- 
llozos: 

— ^Santiago! soy yo; Cefisa... te vuel- 
vo á encontrar No es culpa mia si (e 

abandoné..... Perdóname. 

— Infeliz, esclaniü Morok irritado de se- 
mt jante eiicueniro, funesto acaso para sus 
provectos, ¿queréis pues matarlo? En el 
estado en que se halla, le será fatal ese 
sobresalto retiraos. 

Y ccjió duramente por el brazo á Ce- 
fisa, mientras Santiago, como si desper- 
tase de un sueno penoso, comenzaba á 
percibir lo que pasaba alrededor suyo. 

— ¡Vos!... ¡Sois vos!... respondió con 
asombro la reina Bacanal, reconociend.» 
á iMorok, vos que me habéis separado de 
Santiago ! 

Interrumpióse, porque habiendo Duer- 
me-en-cueros fijado en ella sus miradas 
obscurecidas, pareció que se reanimaba 
el infeliz. 

— ¡Cefisa I.... j Eres tú!.... murmuró 
Santiago. 

— Si soy yo, respondió Cefisa con el 
acento de una profunda emoción. Soy yo... 
vengo á voy á decirte 

No le fué posible continuar; unió sus 
manos apretándolas con fuerza, y se pudo 
leer en su rostro pálido, asombrado, la 
desesperada sorpresa que le causaba la 
alteración profunda de las facciones do 
Santiago. 

Comprendió él la causa de aquel asom- 
bro, contemplando á su vez el rostro en- 
flaquecido, macilento de Cefisa y le dijo: 

— ¡Pobre muchacha! {también tu 

has t nido trabajos!... ¡Mucha miseria!... 
tampoco yo te puedo reconocer. 

— Sí, dijo Cefisa, muchas penas, mu- 
cha miseria y peor aun que miseria, 

ai*«ad¡ó estremeciéndose, al mismo tiempo 
que se mostraba sobre sus facciones des- 
carnadas un vivo rubor. 



M ALBtJ» 

— ¡Peor que la miseria! dijo atónito 
Santiago. 

— Pero lu eres tú eres quien ha 

sufrido se apresuró á decir Celina sin 

responder á su amante. 

— Pero hace un instante estaba yo 

para concluir mi carrera; me has venido 
a llamar, y he vuelto por un instante, por 
que lo (]tie siento a(|tií. y puso la njano ai 
pecho, no perdona. I*ero importa poco... 
Ahora te he visto... y niorirécontenlo... 

— No morirás. ..Sanliag.í... estoy a(|uí... 

— Escucha, hija mia... mw cuando tu- 
viese yo... aquí... en el estómago una fa 
nega de carhin ardiendi», n» me (¡uema 
ria mas. ¡Mira! Hace mas de un mes que 
siento (jue me está consumiendo un fuego 
lento. Por otra parte es este caballen), y con 
un ademan de cabeza indicó á Morok, es- 
te querido amigo... quien se ha encarga- 
do siempre de alizar el fuego... Fuera de 
eso... no siento el morirme... He perdido 
la costumbre de trabajar... y he adquiri- 
do... la de hacer orgías... Concluirla sien- 
do al fin un picaro de mala especie... mas 
quiero que se divierta mi amigo encen- 
diéndome un brasero en el pecho. Con lo 
que acabo de beber hace poco, estoy se- 
guro quií hay en mi pecho llamaradas co- 
mo las de este ponche, que está sobre la 
mesa... 

— Kres un loco y un ingrato, dijo Mo- 
nk, l(;vautando l'>s himil)ro>. Has alargó- 
do el va<-o y te lie dad » de ht'bi-r Por 

vida una, que aun hemos de beber juntos 
largo linnipo y a menudo. 

De algunos instantes á a(|uella parte 
Cefisa no apartaba sus ojos de Morok. 

■— Digole t|ue*irtce niuclio tiempo que 
atizas el fmgo en qui; se habrá consumi- 
do mi pelltjo, ílijo Santiago c(m voz débii 
dirigiéndose á .Morok, para que no pien- 
Si-n que me muero ron el cólera... Cree- 
rían que he tenido miedo de mi papel.... 
Tampoco le liago reproche iiinguoo, tier 



no amigo', anadió con una sonrisa sardo* 
nica, has abierto muy alegremente mi se- 
pultura... Ks verdad qiie algunas veces, al 
ver ese agujero negro en (jue iba á raer, 
retrocedía algunos oasos... pero tú, tier- 
no amigo, me empujabas su ivemente ha- 
cia el declive, diciendo; « atida pues, bur- 
lón... and 1...» Y andaba yo... y hé aquf 
que he llegado... 

Diciendo estas palabras, Duerme-en- 
cutTos dio una carc.njada estridente que 
dejó helado á todo el auditurio cada vei 
mas conmovido con atjuella escena. 

— .Muchacho, respondió con frialdad 
Morok, escúchanie; sigue mi consejo y... 

— Gracias... ya conozco tus coíisejos... 

y en lugar de escucharlos mas quiero 

hablar con mi potire Celisa Antes de 

bajar á donde están los topos le diré 

lo que tengo en mi corazón.... 

— Cállate, Santiago, respondió CeGsa, 
DO sabes el mal que me estás haciendo; 
te digo que no morirás. 

— En tal caso, mi querida Gefisa á 

ti es a quien deberé mi salud , dijo San- 
tiago con un tono grave y penetrado que 
conmovió profundamente á todos los es- 
pectadores. Sí, dijo Üuermeen-cueros, 

cuando volviendo en mí te he visto 

tan mal vestida, he sentido algo de bueno 
en lo íntimo de mi corazón, y ¿sabes por 
qué?... por que me he dicho a mí mis- 
mo ; Pobre muchacha 1 Me ha cum- 
plido valerosamente su palabra... ha pre- 
ferido trabajar, sufrir, aguantar priva- 
ciones q»íe tomar íin amante que le 

hubiera dado lo que le di yo... mien- 
tras pude y ese pensamiento... ¿ves, 

Celisa?... me lia refrescado el a ma y 

tenia necesidad.... porque estaba ardien- 
do y ahora también ardo, añadió coo 

los j:uùos conlraiíJos por el dolor en 

iin, he sido feliz, me ha hecho provc- 

clio y asi gracias, mi buena 

mi esceleute Ccíisa... sí, has sido buena. 



ALBUM. 



87 



'êsceli'nle has tenido razón.... porque 

yo no he amado sino á tien esie mundo... 
y si algunas veces, en medio de mi em- 
irutecimienlo... tenia yo un pensamiento 
que me sacase del lodazal.... que escitase 

en n>i petho un sentimiento denoserme 
jor... ese pensamiento me venia siempre 
por relación á tí...... gracias pues, pol)re 

amiga mia, cuyos ardientes y secos ojos 
se pusieron entonces húmedos, gracias 
otra vi'Z , y alatgó á Ceíisa su mano ya 

Tria , si muero..... moriré contetilo si 

vivo... viviré ft-liz también... dame la ma- 
no.... mi buena Cefi.sa ; tu mano..... has 
«brado como leal y honrada criatura... 

En lugar de tomar la mano (pie la alar- 
gaba su amante, Cefi^a siempre arrodi- 
llada bajó la cabeza y no se atrevió á le- 
vantar los ojos 3 Santiago. 

— ¿No nte respondes? dijo este inc'inén- 
•dose hacia aquella joven ; ¿no me tomas 
la mano? ¿pues por (¡ué? 

La infeliz joven no respondió ;sino con 
ísolh Ï0S ahogados: agoviada por la ver 
güenza, estaba en una actitud tan humil- 
de , tan deprecatoria, que [su frente to- 
caba casi á los pies de so amante. 

Atónito Santiago del silencio y de la 
conducta de la reina Bacanal, la estaba 
mirando «on una sorpresa cada vez ma- 
yor. De repente, allerándost de grado en 
grado sus facciones , temblándole los la- 
bios, dijo casi tartamudeando: 

— Cefisa, le conozco... si no tomas mi 
mano... es que... y enseguida, faltándole 
?a voz, añadió con bajos acentos, después 
de una hre^e pausa: cuando hace seisse- 

Tnanas me llevaron preso, me digiste 

Santiago, te lo juro por mi vida... traba- 
jaré... viviré, si es necesario^, en una mi- 
seria horrible..», pero viviré honrada.... 
Eso es, lo que me prometiste... Ahora, c(>- 
mo sé que jamás has mentido... dime (¡ue 
has ciunplido tu palabra... y te creeré. 

Cefisa no respondió sino con ud sollozo 



desgarrador apretando las rodillas de San- 
tiago contra su ahogado pecho. 

Contradicción estraña y mas frecuente 
que lo que se cree... Aquel hombre em- 
brutecido por la borrachera y el ¡liberti- 
nagi'i a'juel hombre que, desde que salió 
de la cárcel,* habla cedido brutalmente, 
de orgia en orgia, á todas las escitaciones 
mortales de Morok; aquel hombr-' recibía 
un golpe horrurt)Sô al conocer, por la mu- 
da confesión Je Cefisa , la infidelidad de 
aquella criatura que había él amado á pe- 
sar de la degradación que , a la verdad, 
jamás habia disimulado Cefisa á San- 
tiago. 

Terrible fué el primer movimiento de 
Santiago; á pesar de su postración y de 
su debilidad, logró ponerse en pié: en- 
tonces con el rostro contraído po."- la ra- 
bia y la desesperación, cogió un cuchillo, 
y antes que nadie hubiese podido impedir- 
lo, lo levantó sobre Cilisa. 

Pero al instante de, darle oí golpe, arre- 
drado por la idea de un homicidio, arrojó 
iejus de sí el cuchillo y volvió á caer des- 
fallecido en su silla, cubriéndose la cara 
con las dos manos. 

Al grito de Nini Mouün, quien se ha- 
bla echado, demasiado tarde, sobre San- 
tiago para arrancarleel cuchillo, alzó Ce- 
fisa la cabeza; el doloroso abatimiento de 
Ouerme-en-cueros le despedazó el cora- 
ion : se levantó de repente, se le echó al 
cuello á pesar de su resistencia y esclamó 
en medio de los sollozos que ahogaban su 
voz: 

— Santiago... si supieses... jDios miu!.. 
si supieses... escucha... no me condenes 
sin oírme... te lo voy á decir todo... telo 
juro... todo... Este hombre (índicóáMo- 
r«ik) no se atreverá á negar... ha venido... 
y me ha dicho... Tened ánimo para... 

— Yo no te,hago reproche ninguno... no 
tengo derecho para ello... Déjame morir 
tranquilo..,, yo.... jpido anas que eso...., 
23** 



fis ALBUM. 

ahora... dijo Santiago con voz mas debi- 
litada , rechazando á Cefisa. Y después 
añadió con una sonrisa lastimosa y amar- 
ga : Felizmente... ya está heclia ídí cuen- 
ta... bien sabia yo... lo queliacia... acep- 
tando... el desafío... á Cognac... 

— No... no morirásy meoirás... escla- 
mó Cefisa desatinada, me oirás... y me 
oirá lodo el mundo...y severr«..si es cul- 
pa mia...N) es verdad. i. señores?., si me 
rezcojcompasion... voso'ros pediréis á San- 
tiago que me perdone... porque en fin... 
si arrastrada por la miseria... no hallando 
qué hacer, me he visto precisada á ven- 
derme... no por tener lujo; ya veis estos 
andrajos... sirio por ganar pan y propor- 
cionar un abrigo á mi pobre hermana , 
que estaba enfern)a... moribunda y aun 

mas miserable que yo habia en todas 

estas circunstancias motivo para tener 

compasión de mí porque se cree que 

cuando se vende una, lo hace porsu {ius- 
to... y al decir esto soltó la infeliz una car- 
cajada espantosa... después añadió en voz 
baja con un estremecimiento de horror: 
jOhl si supieses tú... Santiago... es cosa 
tan infame, tan horrible, escucha, el ven- 
derse así... que mas he querido morir 
que comenzar de nuevo semejante... Iba 
á matarme.... cuaRdo me han dicho que 
estabas aquí. Y después, viendo que San- 
tiago sin responderla sacudía tristemente 
!a cabeza, aplomándose sobre sí mismo, 
aunque lo sostenía Nini Moulin, Cefisa es- 
clamó, presentándole las manos unidas en 
actitud de quien suplica : 

— ) Santiago! ¡una palabra ! luna sola 
palabra I ¡de compasión... de perdón! 

— Señores, por gracia, echad fuera 
á esa muger, esclamó Morok, su vista 
causa una emoción demasiado penosa á 
mí amigo. 

— Vamos, querida muchacha, sed ra- 
zonable, dijeron varios convidados pro- 
fundamente conmoYÍUos, tratando de sa- 



car á Cefisa , de.adle en paz ; venid -con 
nosotros; no corre peligro ninguno. 

— ¡Señores ! ¡ oh , señores ! escíamó la 
infeliz criatura , deshaciéndose en lágri- 
mas y levantando sus manos suplieantes, 
escuchadme, permitidme que os diga...-., 

haré lo que queráis me iré pero 

por Dios enviada buscar quien le socorra, 
no le dejéis morir asi. Pero mirad... ¡Oh 
Dios n)io ! está sufrieiido dolores atroces": 
sus ronvuláiones son horribles. 

— Ti ne razón , dijo uno de los convi- 
dados corriendo hacía la puerta , es nece- 
sario enviar á buscar un médico. 

— No se hallará médico ninguno por 
ahora, dijo otro, están todos demasiado 
ocupados. 

— Lo mejor que podemos hacer, dij > 
otro interlocutor, ya que está enfrente 
el Hótel-Dieu, seria el llevar allí á esto 
pobre muchacho: una añadidura de la 
mesa servirá de bayarle y un mantel de 
sábana. 

— Sí, sí; eso es: dijeron muchas voces, 
llevémoslo y salgamos de esta casa. 

Santiago corroído por el aguardiente, 
trastornado por su conversación con Ce- 
nsa , habia caído de nuevo en otra crisis 
violenta de nervios. 

Era lá agonía de aquel infeliz fué 

neces^ri.') atarlo con los largos cabos del 
mantel, dos de los del banquete se ofre- 
cieron ion muy buena voluntad átraspor* 
larlo. 

Cedieroo á las súplicas de Cefisa quien 
habia solicitado como última gracia que le 
permitiesen acompañar á Santiago hasta 
el hospital. 

Cuando salió aquel siniestro convoy de 
la gran sala de la fonda , hubo entre los 
convidados una escena de deserción gene- 
ral : hombres y mugeres se envolvieron 
apresuradamente con sus capas para cu- 
brir sus trajes. Por fortuna habían llegado 
ya los carruajes qus se habían pedido en 



mntTioro siificií nto para la aïolta de la 
mascarada. Se liabia llevadu hasta el cabo 
•€l desafío. Cuncluida la valentonada se po- 
dían retirar con los honores de la guerra. 
Aun estaba en la sala buena parte de los 
convidados, cuando se oyó un clamor al 
principio lejano, pero que fué poco a poco 
aceicindose y estalló en el alrio de Nues- 
tra Señora con una fuerza increible.. 

Hablan bajado á Santiago hasta la puerta 
esterior de la taberna. Morok y Ninh-Mou 
lin iban delante del bayarte improvisado, 
tratando de abrirse un caminoá través de 
la gente, para poder llegar hasta el Hôtel- 
Dieu. 

Pronto vino un reflujo de gente que les 
forzó á detenerse, y un acrecentamiento 
de clamores salvajes resonó á la utra estre- 
«nidad de la plaza, al ángulo de la iglesia. 
— Pues, ¿qué hay? preguntó Nini-AJou 
lin á un hombre de innoble íigura que 

saltaba detrás de él ¿qué gritos son 

esos? 

— Es otro envenenador que acuchillan 
como al primero cuyo cuerpo acaban de 
arrojar al rio poco hace.... respondió el 
hombre Si queréis divertiros, se- 
guidme, añadió entonces, y dad buen co- 
dazo, sino llegaremos demasiado larde. 

Apenas había pronunciado aquel mise- 
rable estas palabras, un grito horroroso 
resonó por encima del rumor que produ- 
cía toda aquella turba que con tanta di- 
ficultad iban atravesando los que llevaban 
el bayarte de Duerme-en-cueros, prece- 
didos de MoTí.k y de Nini-Moulm. Cefisa 
era quien habia dado aquel grito desgar- 
rador... Santiago, uno de lus siete here- 
deros de la familia Rt-nepont, acababa de 
espirar en sus brazos... 

I Coincidencia fatal! En el instante mis 
mo en que la desesperada esclamacion de 
Cefisa anunciaba la muerte de Santiago.., 
se alzó otro grito en la otra parte del atrio 
de Nuestra Señora, donde daban muerte 
á UD envenenador... 



S9 

Aquel <¿x\[o Iijano, deprecatorio, y He- 
no de un espanto horriljle y palpitante co- 
mo el último alarido de un hombre que 
forcejea para evitar los go'pes que le dan 
sus asesinos, dejó helado á Morck en me- 
dio de su triunfo execrable. 

— j Infierno! esclamó este hábil asesi- 
no, que habia escojido por armas homi- 
cidas, pero legales la embriaguez y la or- 
gía.... I Infierno!.... es la voz del abate 
de Aigrigny que est.ín matando. 
VI. 



ER E>VENE>ADOR. 

Son necesarias algunas líneas retrospec- 
tivas para poder emprender la narración 
de los acaecimientos relativos al padre de 
'^'gi^igny.cuyo desesperado alarido habia 
cajisado tanta impresión á Morok en el 
instante mismo en que acababa de morir 
Santiago Henepont. 

Las escenas que vamos á describir son 
atroces Si nos fuese permitido el es- 
perar que sirvan algún dia de escarmien- 
to, este horroroso cuadro tendría por ob- 
jeto el prevenir, por el horror mismo que 
acaso inspirará, esos escesos de una bar- 
barie mo^truosa á que se deja arrastrar á 
las veces la multitud ignorante y riega, 
cuando imbuida en los errores mas funes- 
tos, consiente en que la guien cabecillas 
estúpidos y feroces. 

Ya lo hemos dicho, circulaban en Pa- 
ris los rumores mas absurdos y alarman- 
tes; no solamente se hablaba delenvene- 
namiento de los enfermos y de las fuentes 
públicas, sino que se anadia también que se 
habían sorprendido algunos miserables que 
echaban arsénico en las colodras que los 
vinateros tienen por lo ordinario prepa- 
radas y llenas sobre sus mostradores. 

Goliath debía ir á reunirse con Morok , 
después de haberle llevado un recado al 
Padre de Aigrigny , quien le oslaba espe- 
rando en una casa de la plaza del palacio 
del arzobispo. 



Tèd ALBIM 

Habia entrado Goliath en la tienda de 
un vinatero de la calle de la Calan Ire, 
para¿)i'ber un Iragi; despues de haber 
bebida dos vasos de vino, los pagó. 

Mientras la (abeniera bus aba en el ca 
jon moneda menuda para volverle, (loliath 
apoyo ruaquinalmeiite yc»n la mayor i(io- 
cencia su mano en el orificio de una colo- 
dra que estaba junto á él. 

La graniie estatura de ese hombre, su 
cara tan desapradable , su fisononiía >al 
vaje, hatiian itispirado recelos á la taber- 
nera, prevenida ya y alarmada p «r lo*; ru- 
mores públicos en cuanto á envenenado- 
res; pero cua ido vio á G liaili poner su 
tnano en la boca de una de las colodras, 
llenóse de espanto y esclamo: 

— i Ay ! ¡ Dios mió! Acabáis de echar 
«Igó en esa vasija. 

Al oir atiuellas palabras, dichas en alta 
voz con el acento del terror, dos ó tres 
bebedores que estaban sentados jimto á 
una mesa de la taberna se levantaron, se 
acercaron al mostrador, y uno de ellos di 
jo aturdidamente : 

— ¡ Ks \\n envenenador ! 

Goliath, ignoran lo los rumores que cir- 
culaban por aquel barrio, no comprendió 
al principio de (|uó le acusaban. Los be- 
bedores levantaron cada vez mas la voz 
interpelándole; él, confiado en sus fuer- 
zas, levanto los hombros con desprecio y 
pidió groseramente los cambios, que la ta- 
bernera, piliila , y amctlrentada^ ni pen- 
saba sii|u¡era en volverle. 

— ¡Bindido! gritó unj de los bebedo- 
res con tanta violencia, que se detuvieron 
los (jije pasaban por la calle... ¡ le se vol- 
verán los cambios cuando íüsas que es lo 
que has échalo en la colodra I 

— ¡Cómo! ¿ha echado algo en la colo- 
d:a? «hjo un trans*'unte. 

— ¡Puede que sea un envenenador! 
anadió otro. 



— En tal caso seria necesario prendeí- 
lo, dijo otro nuevo inlerloiMltor. 

— Si, sí, dijeron lo> bebedores, hom- 
bres de bien acaso, pero dominados por el 
terror pánico general... es nt cesario pren- 
derlo... se le ha sorprendido echando ve- 
neno en una de las va-ija« del mostrador. 

A(iii('ltas palabras ¡'■s un envenenador ! 
circularon rápidamente en nied ode aquel 
uriipo, que, formado al principio de 1res 
ó cuatro personas solamente, iba afreoen- 
tiindose a (¡¡da instante en la puerta del 
vinaUro: comenzáronse á levantar gritos 
Surdos y amenazadores t el bebedor qué 
hall. a acu>ad)a Goliath, viendo sus temo- 
res propagados, y por eso mismo justifi- 
cados, creyó hacer acto de buen ciudada- 
no poniéndole la mano al cuello y dicién- 
dolé : 

— ¡ Ven á esplicarle en el cuerpo de 
guardia, bandido ! 

El gigante, muy irritado ya de todas 
aquellas injurias, cuyo verdadero sentido 
ignoraba, se exasperó con aquella brusca 
arremetida; cediendo á su brutjlidad or- 
dinaria» echó sobre el mostrador á su ad- 
versario y lo escachó á puñetazos. 

Durante aquella coli>ion, algunas bote- 
llas y dos ó 1res cristales se rompieron con 
estrepito', mientras tanto, la tabernera ca- 
da vez mas amedrentada, giitaba con to- 
djs SUN fuerzas ; 

— j Socorro !.... ¡ Qué envenenan }....» 
¡ que asesinan ! ... ¡La guardia... la guar- 
dia ! .. 

Al estrepitoso rui.lo de vidrios rotos, á 
a(|uellos grito-i de apuro , los transeúntes 
reunidos en tropel, muchos de los cuales 
crcian que habia emponzofiadores, sepre* 
cipitaron á la taberna p^ira ayudar á los 
bebedores á apoilerarsedeGoiiath. Gracias 
a nus liierzas lienúleas, éste, despu»s de 
haber lui hado algún rato contra siete ú 
ocho, eclíó á tierra dos de los que le asal- 
laban mas furiosos, apartó á ios otros, se 



¡acercó al mostrador, y lomando un' vigo- 
toso arranque, se precipitó, con la cabeza 
baja como un loro en la plaza coi.tra la 
multitud que obstruía la puerta, y des 
pues, ensanchando con el ausilto de sus 
enormes espaldas y sus brazos de atleta , 
■el hueco que habla producido, se abrió ca- 
mino á través de aquel tropel, y se puso 
á correr cuanto podia hacia el atrio do 
Ntra. Sra. con los vestidos desgarrados, 
la cabeza descubierta y el rostro pálido y 
encolerizado. 

Inmediatamente un gran número de los 
que componían aquel tropel se pusieron á 
correrdelrás de Goliath, y mas de cien 
Voces irritaron: 

— j Üetenedlo..» detened al envenena- 
dor! 

Oyendo aquellos gritos y viendo huir á 
un hombre de mala traza y tan inmutado, 
el criado de un carnicero que pasaba por 
alli llevandoen la cabeza una gran canasta 
vacía , la echó á los pies de Goliath; sor- 
prendido por semejante obstáculo, dio és- 
lé un traspiés y cayó en tierra. El criado 
del carnicero creyendo hacer ima acción 
tan heroica como si se hubiese arrojado 
sobre un perro rabioso, se echó sobre Go 
tiaih, y, dando vueltas coo él por tierra, 
gritaba; 

—¡Socorro I ¡ es un envenenador !....» 
Î Socorro I 

Pasaba esta escena a corta distancia de 
la catedral; pero bastante lejos de la muT • 
titud que se aglomi-raba delante del Hô- 
tel- Üit-u, y de la casa del fondista en don- 
de había entrado ya la mascarada del có- 
lera {porq»?e sucedía esto hacia el fin del 
día.) Al oir losgiitos del carnicero, varios 
grupos al frente de los cuales estaban Ce 
bolleta y el cantero, corrieron ai teatrode: 
la lucha mientras los transeúntes que per- 
seguían á Goliath desde la calle de Cala- 
landre, llegaban por su parte al atrio. 

Al aspecto de aquella turba amenaza- 



dora que venia hacia él, Goliath, quiefï 
continuaba defendiéndose contra el mozo 
carni<^ero que lo combatía con la tena, i* 
dad de un dogo, vio que estaba perdido si 
no se libertaba primeramente de aquel 
adversario. De un terrible puHetazj le 
roiTipió la quij.ída al carnicero, quien por 
en'onces e<>latia encima, logró desa;;r-;pr'e 
sus lazos, se levantó, y aunque sturdido, 
dio algunos pasos hacia adelante. 

Se detuvo súbitamente. 

Se vio cercado. 

Detrás de él se levantaban asaltas pa-- 
redes de la catedral: á su derecha, su iz- 
qinerda y en frente venia una rnucheJum. 
bre hosti'é 

L'»s atroces alaridos que arrancaba 
el dolor al carnicero, á quien acababan de 
levantar lleno de sangre, aumentalnín aun 
mas la cólera de aquel populacho. 

Hubo entonces un instante territHè pa- 
ra Goliath;.... fué a(ju«-l en que salôâun, 
en medio del espacio que se iúa estre- 
chando de seg^undo en segundo, vio pnr 
todas partes enemigos encolerizados que 
se precipitaban sobre él dando gritos de 
muerte. 

Asi como. el jabalí acosado por los per- 
ros dá una ó dos vueltas al rededor suyo 
antes de decidirse á hacer írente á la en- 
carnizada jauría, asi también Goliath, 
atontado por el terror, dio hacia acá y 
hacia acullá algunos pasos bruscos, inde- 
cisos, y después, renunciandoá una huilla 
imposible, y advirtíéndole su instinto qnj 
no tenia que esperar ni gra-ia ni compa- 
sión de una multitud poseiija de un furor 
sordo y ciego, furor tanto mas deS3p;ad=ído 
cuanto se cree legítimo, Goliath quiso al 
menos vender cara su' vida; busco su cu- 
ciiiilo en la faldriquera, y no lialUndo/o, 
arijuecí su pierna' izquierda tomando una 
postura atlética, "echó hacia adeldute 
medio desplegados sus feraz js musculosos' 
duros y triesos eomo dos barras de bierro 
24*. ' 



'"88 ALBl'M 

y, afirmando el pió, esperó valiontomonte 
el choque. 

La primera persona que llegó cerca de 
Goliath fué Cebolleta. 

La megera, sofocada por el sobrealien- 
to, en lugar de arrojarse sobre él, se de- 
tuvo, se abajó, cogió uno de los enormes 
zapatos de palo que llevaba, y lo tiró á la 
cabeza del gigante con tanto vigor, con tan 
to acierto, que le encajó el golpe en medio 
del ojo, sacándoselo casi todo ensangren- 
tado de la órbita. 

Echó Goliath las dos manos á la cara , 
lanzando al mismo tiempo un grito dedo- 
lor atroz. 

— Le he hecho mirar de través, dijo 
Cebolleta riéndose á carcajadas. 

Goliath, enfurecido por el dolor, en lu- 
gar de aguardar los golpes que vacilaban 
en darle-sus enemigos, á quienes causaba 
mucho respeto su apariencia de fuerzas 
hercúleas, (el cantero digno adversario 
suyo habia sido rechazado por un movi- 
miento de aquella turba) Goliath, im- 
pelido por la rabia, se arrojó sobre el gru- 
po que estaba cerca de él. 

Era demasiado desigual semejante lu- 
cha para poder durar mucho tiempo, pero, 
doblando la desesperación la fuerzas del 
gigante, hubo un momento de combate 
terrible. 

El infeliz no ca^ó inmediatamente 

Durante algunos segundos, desaparecien- 
do casi enteramente bajo el enjambre de 
agresores encarnizados , se vio tan pronto 
uno de sus brazos de Hércules levantarse 
y caer machucando cráneos y rostros, tan 
pronto su cabeza enorme, lívida y ensan- 
grentada se caia hacia atrás, arrastrada 
por un combatiente asido á sus cabellos 
crespos. Por acá y por acullá, los bruscos 
apartamientos, las violentas oscilaciones 
de la multitud manifestaban la increíble 
energía de la defensa de Goliath. Llegó al 



fina Goüath el cantero, y cayó aqael tm 
tierra. 

Un largo clamor de alegría anunció 
aquella caida, porque en semejantes cir- 
cunstancias caer... es morir. 

Asi es que mil voces sofucadas y coléri- 
cas repitieron al instante el grito de,.. 

= ¡ Muera el envenenador! 

Entonces comenzó ima de aquellas es- 
cenas de asesinato y de tortura, dignas de 
caníbales, escesos horribles, tanto mas 
increibics cuanto tienen por testigos im- 
pasibles y acaso por cómplices muchas 
veces gentes honradas, humanas, las cua- 
les estraviadas por creencias ó por preo- 
cupaciones estúpidas, se dejan arrastrará 
toda especie de actos bárbaros , creyendo 
que no hacen mas que cumplir un acto do 
inexorable justicia. 

Asi como sucede muchas veces, la vista 
de los arroyos de sangre que salía de las 
heridas de Goliath embriagó á sus agreso- 
res y redobló su rabia. 

Mas de cien brazos cayeron sobre«qeei 
infeliz: le pisotearon, le escacharon la ca- 
ra, le desencajaron el ipecho. De tiempo 
en tiempo, en medio de los gritos furiosos 
de : j Muera el envenenador ! se oían va- 
rios golpes sordos seguidos de gemidos so- 
focados: era una ralea espantosa: cada cual 
cediendo á un vértigo sanguinario, quería 
dar su go.pe, arrancar su pedazo de car- 
ne; se vieron mujeres... sí, mujeres y aun 
madres... que se encarnizaban contra 
aquel cuerpo mutilado. 

Hubo un instante de espantoso ter- 
ror. 

Goliath, con el rostro magullado y Ikno 
de lodo, con los vestidos hechos pedazos, 
con el pecho desnudo... ensangrentado... 
abierto... Goliath, aprovechando un ins- 
tante de cansancio en sus verdugos que lo 
creían muerto, logró con uno de aquellos 
sobresaltos frecuentes en las agonías, po- 
nerse en pié por algunossegundüs;enlon- 



«CPS, ciego ya por sns licridas, y agitando 
stis brazos como para defenderse de gol- 
pes (jue nadie pensaba en darle, mtirmu- 
ró las palabras siguientes, que salieron de 
su boca envueltas en arroyos de sangre. 

— Gracia... no he envenenado... gracia. 

Esa especie de resurrección produje; un 
efecto tan grande sobre aquella multitud, 
que por un instant*», retrocedió con asom- 
bro: cesaron los clamores; dejaron un po 
co de espacio al rededor de la víctima... y 
comenzaban á compadecerse algunos co- 
razones cuando el cantero, viendo á Go- 
liath, cegado por su sangre, estender sus 
manos hacia uno y otro lad'), liizo una 
alusión feroz á un juego conocido y dijo: 

— / Casse- cou J 

Y después, dándole una patada terrible 
en el estómago, echó de nuevo por tierra 
á aquella víctima, cuya cabeza rebotó dos 
veces en el suelo. 

Al instante en que caía el gigante, salió 
una voz de en medio de la multitud , di- 
ciendo: 

l(g^ — Es Goliath... deteneos.,. está inocen 
te ese desgraciado. 

Y el padre d'Aigrigny (porque era él), 
cediendo á un sentimiento generoso, hizo 
violentos esfuerzos para llegar bástala pri- 
mera línea de los actores de aquella esce- 
na; lo logró y entonces, pálido, indignado 
y amenazador esclamó^ 

— jSois unos viles, unos asesinos! Este 
hombre es inocente; le conozco. Respon- 
deréis de su vida. 

Con gran rumor fueron recibidas aque- 
llas vehementes palabras del padre d"'Ai- 
grigny. 

— Tu conoces á ese envenenador, dijo 
el cantero, cojiendo por los cabellos al je- 
saita: puede que seas tu también un en- 
venenador. 

— ¡ Miserable! esclamó el padre d''A¡- 
grigny tratando de libertarse de las manos 
del cantero; ¿tú te atreves á ponerme las 
roanos? 



^f'^ 



— Si... ¡me atrevo á todo, yo! respon- 
dió el cantero. 

— Le conoce.... luego es un envenena- 
dor... como el otro. 

Eso comenzaban á gritar en la muolic- 
dumbre que se acercaba á los dos adver- 
sarios, mientras (it)liaih, quien al caer se 
liabia abierto la cabeza, daba ruidosas re- 
solladas (le agonizante. 

Hizo 1 1 padre d^Aigrigny, liabiéndose 
desprendido del cantero, un movimiento 
brusco y cayó en tierra, rodando hasta 
junto al cuerpo de Goliath, un frasquito 
de cristal, muy grueso, de forma muy sin- 
gular, lleno de un licor verdoso. 

Al ver aquel frasquito, gritaron muchas 
voces: 

— Es veneno... miradlo, lleva frascos en 
el bolsillo. 

Con aquella acusación redoblaron I» s 
gritos, y comenzaron á estrechar tan de 
cerca al abate d'Aigrigny, que esclamó 
este: 

— No me toquéis... no os acerquéis á mí. 

— Si, es un envenenador, dijo una voz; 
no haya mas gracia para él que para el 
otro. 

— Yo i envenenador ! respondió el 

abate lleno de estupor. 

Cebolleta se había arrojado sobie el fras- 
quito: cojiólo el cantero, le quitó el cor- 
cho y presentándoselo al abate d'Aigrigny 
le dijo ; 

— ¿Y esto qué es? 

— Eso no es veneno, respondió el padre 
d'Aigrigny. 

— Entonces bébelo, replicó el cantero. 

— Si. sí; que lo beba, gritó la multitud. 

— ¡Jamás! respondió el padre d'Ai- 
grigny espantado. 

Y retrocedió, rechazando vivamente el 
frasquito con la mano. 

— ¿Lo veis?... Es veneno... no se atre- 
ve á beberlo, gritaron entonces. 

Y estrechado por todas partes, el padre 



i 



J&e ALBCS. 

d^Aigrigny daba traspiés es sobre el cuerpo 
de (loljalh. 

— Amigos m i os, esclamó el josiiita, quien 
sin ser envenenador se hallaba sin embar- 
go en una allernativa muy terrible, por- 
que el fraN(|iiilo cootenia >ali'S presorvati- 
vas tan fuertes y tan peligro<ia<i para (|iiíen 
los bebieNe como una punzitila , ¡amibos 
mios! os equivucais; en nombre del Se- 
ñor os juro que... 

— Si no es veneno, b«'b»^dlo pues, re- 
plicó el cantero presentando su frasquito 
«I jcsiiita. 

— ¡Si' ¡Muera... muera! 
'—Pero, miserables, esr>amó el padre 

dWijirigny con los cabellos erizados de ter- 
ror, ¿<ne queréis asesinar? 

— ¿Y lodos los que habéis envenenado 
tú y lu camarada. bandido? 

— Pero no es verdad... y... 

— Pues entonces bebe... respondía el in- 
flexible cantero; por la última vez... de- 
cídete. 

— Beber... pero eso... es morir (1), es- 
clamó el padre d'.\igrii;ny. 

— ¡ .\h I veo al infaine, respondió la 
multitud apretándose mas; lo conflesa.... 
lo confiesa... 

— j Se ha descubierto ! 

—Ha dicho : b» ber eso... es morir. 

— Pero escucha. ime esclamó el pa- 
dre d'Aigri^ny juntando las manos, ese 
frasco... es... 

Interrumpieron al aba'e gritos furioso-^. 

— ¡ Cebolleta ! concluye con ese, dijo el 
cantero eoipujando con el pié el cuerpo 
del infeliz Goliath, yo voy á comenzar es 
te oír t. 



(1) Ksie heclio es verdadero. Un hom- 
bre ru<^ fierho pedazos porque llt-vaba un 
fra<quilo lleno de sal amoniaco. Habiendo 
rehusado el beber'o, el populacho creyen 

do que era veneno, mató á aquel desgra- es necesario encadenarlos en el bitño, ó 
ciado y lo hizo aùicos. 



Y echó mano al cuello del padre d''Ai* 
grigny. 

Al oiraquellds palabras se formaron dos 
grupos. 

Kl uno, á cuyo frente estaba Cebolleta, 
acabó con (lolíath, a patadas, á zapata- 
zos y á pedradas: poco tiempo después no 
era su cuerposino una cosa horrible, mu- 
tilada, sm nonibre, sin forma, una masa 
iirt rte, amasada cun ludo y carnes moli- 
das. 

Oi<'> Cebolleta >u tartan; !o anudaron á 
uno de los pies dislocados del cadáver, 
y lo arrastraron ha»ta el parapeto del 
muelle. 

Y allí, en medio de los gritos de una 
alegría feroz, echaron al rio aquellos res<- 
tos en>angrentados, 

Y ahora ¿no se estremece uno al pen- 
sar, que, en una época de emoción po- 
pular, basta una palabra, una sola pala- 
bra, dicha por un hombre honrado yaca- 
so sin odio ninguno, para provocar un 
homicidio tan espantoso? 

— Puede que sea un envenenador. 

Eso e» lo que habia dicho aquel bebe- 
dor de la calle de la Calandre nada 

mas y hablan asesinado despiadada-» 

mente á (r)liath. 

¡Cuantas razones imperiosas para que 
se difundan las lú«*es y la instrucción en 
lo mas profundo de las masas jo^iulares, 
y puedan asi n)uclios infelices defenderse 
contra tantas preocu|iaciones estúpidas» 
tantas supersticiones fujiestas, tantos fa- 
nati>mos implac;<bles ! 

¿Cómo se ha de ecsigir la calma, la 
rell'Csion, el imperio sobre sí mismo, el 
sentimiento de la jii^tícia á esos seres aban- 
donados, á quienes embrutécela ignoran- 
cia, á quienes deprava la minería, á quie- 
nes encolerizan los sufiiniienlos, y en 
quienes no piensa la sociedad sino cuando 



«alarlos para enltegarlus al verdugo? 



iLWai. 



flïS 



El grilo terrible que espantó i Uotok 
rr»e\ quelapïo el padre (TAigfJgny, rata 
4o poniéndole el cantero encima su îor- 
midable mano, dijo á Cel>oH«ta indicán- 
dole al agonizante Goliath: 

— Concluye con «se; yo voy á comen- 
tar con «ste olro. 

VII. 

LA CATfiDBAL. 

Ya era enteramente de noche ruando 
echaron al rio ei cadáver mutilado de Go^ 
liath. 

Las oscilaciones de la muchedumbre 
habían rechazado hasta la calle que está 
á lo largo del lado izquierdo de la cate- 
tedral el grupo en cuyo poder estaba el 
padre d^Aigrigny , el cual habia bgrado 
libertarse de las manos del cantero , pero 
estrechado siempre por la turba que to 
«prétaba cada vez mas, gritando ] muera 
<el envenetiadorJ retrocedía paso á paso tra- 
tando de evitar los golpes que le querían 
dar. A fuerza dé serenidad de espfritu, 
tie destreza y de valor, recuperando en 
«q»ei momento crítico su antigua «nerjfa 
militar, habia podido resistir i)«sta enton- 
ces y tenerse de pié, sabiendo por la es- 
pertencta de Goliath, que caer era mO" 
rir. 

Aunque tenia poca esperanza de que le 
oyeren óti 'mente, no dejaba ée pedir con 
todas sus fuerzas ayu((a y socoro.... Ce- 
diendo el terreno pié á pié , maniobraba 
de modo que acercándose á una de las 
paredes laterales de la iglesia, logró al frn 
frrínconarse en un ángulo formado por 
la esquina saliente de una pilastia junto 
al marco de una puerta pequeña. 

Aquella posición era bastante favorable 
al padre d^Aigrigny, quien, apoyándolas 
«spaldas á la pared , estaba asi á cubierto 
de una parte al menos de sus agresores. 
Pero queriendo el cantero quitarle esta 
liitima esperanza de salud , se arrojó á él 



pata agarrarlo y llevarlo al centro delcír- 
.culo donde lo hubieran pisoteado: dando» 
le al padre d'Aigrigny el teirory la muer- 
te una fuerza estraordinaria, pudo rocha- 
zar aun vigorosamente al cantero y que- 
darse como incrustado en el ángulo enuuc 
se liabia refugiado. 

La resistencia de la víctima dohió lará- 
hia de los agresores, y resonaron de nue- 
vo con mayor violencia grilos de n^iortt*. 

Rl cariíero se echó dt nuevo sobre ti 
padre d\\igrigny, diciendo: 

—] Conmigo, amigos!.... esto dura de- 
masiado.... ) concluyámoslo] 

Vióse perdido el padre d'Aigrígny. 

Kstaban agotadas sus fuerzas.... se sen- 
lía desfallecer.... le temblaban las pier- 
nas>... una nube obscurecía sus ojos..., 
los ahullidos de aquellos furiosos no lle- 
gaban ya á sus oidossino medio encubier- 
tos. Comenzaba ya á sentir el dolor de 
varias contusiones violentas que habia re- 
cihido durante la lucha en la cabeza y 
sobre todo en el pecho^ Dos ó tres veces 
llegó á los labios del abate una espuma 
sangrienta; era desesperada su posición. 

— j Morir aporreado por aquellos bru- 
tos después de haberse libertado tantas 
veces en la guerra de peligros mortales! 

Tal era el pensamiento del padre dWí- 
grigny cuando se arrojó sobre él el can- 
tero. 

be repenleen el instante mismo en que 
el abate, ce<fi^do al instinto de ia con- 
servación y pedia por última vez socoi ro 
con una vea penetrante, se abrió la puer- 
ta á la cual estaba apoyado y lo enlró en 
la iglesia un puño lirme. 

Gracias á aquel movimiento tan rápido 
como el relámpago, el cantero que se ha- 
brá 'anzado hacia adelante para coJít al 
V. d^Aigrigny, no pudo contener su Ím- 
petu y se encontró vara á cara con el per- 
sonaje que acaluba de sustituirse por de- 
cirlo asi á la víctima que habia faltado. 
25»* 



96 



ALBOH. 



Detúvose de repente el cantero, y des- 
pués retrocedió dos pasos, atónito como 
la multitud, de esa brusra aparición, y 
conmovido como la multitud por un vago 
sentimiento de admiración y de respeto á 
la vista del que acababa de socorrer tan 
milagrosamente al P. d'Aigrigny. 

£ra el abate Gabriel. 

El joven misionero permanecía de pié 
en el umbral de la puerta. 

Se divisaban las formas de su larga so- 
tana negra en la profundidad semi-luciente 
de la catedral, mientras su adorable ros- 
tro de arcángel, encerrado en el cuadro 
de sus largos cabellos rubios, pálido, con 
movido de compasión y de dolor, «taba 
suavemente iluminado por los úllimosvis- 
lumbres del crepúsculo. 

Resplandecía aquella fisonomía con una 
bondad casi divina; espresaba una com- 
pasión tan conmovenle y tan tierna , que 
se sintió la multitud enternecida cuando 
Gabriel , humedecidos con las lágrimas 
sus grandes ojos azules , reuniendo y ele- 
vando las manos, esclamó con una voz 
sonora y palpitante. 

— Gracia... hermanos mios... sed hu 
roanos spd justos. 

Reponiéndose el cantero de un movi- 
miento involuntario de sorpresa y de eoM) 
cion, dio un paso hacia Gabriel, diciendo: 

— No hay gracia para el envenenador... 
tenemos que cojerlo que nos lo entre- 
guen ó entraremos á buscarlo. 

— ¿Pensais lo que decís, hermanos 
mios?.... respondió Gabriel, en esta igle- 
sia en un lugar sagrado... para cuan- 
tos se ven perseguidos 

— Le hemos de echar mano al envene- 
nador aunque esté en el altar, respondió 
brutalmente el cantero, asi pues entre- 
gádnoslo. 

— Escuchad, hermanos mios dijo 

Gabriel levantando los brazos al cielo. 

— ¡Fuera los solideos I gritó el cantero, 



el envenenador se oculta en la iglesia, en- 
tremos en la iglesia. 

— ¡Sí, sí, gritó de nuevo la turba arras- 
trada por la violencia de aquel miserable, 
fuera los solideos ! 

— Se entienden entre ellos. 

— jFuera los monigotes 1 

— Entremos ahí como al arzobispado, 

— Como á Saint Giírman-el-Auxerrois. 

— ¡Qué nos importa á nosotros que sea 
una iglesia ! 

— Si los monigotes defienden á los en- 
venenadores , al rio los munigites. 

— ¡Sí, si ! 

— Y os voy á ensenar yo el camino. 

Diciendo esto, el cantero seguido de Ce- 
bolleta y de un buen número de hombres 
resueltos, dio un paso hacia Gabriel. 

El misionero , viendo que se iba rea- 
nimando de algunos segundos á aquella 
parte la cólera de la multitud, habia pre- 
visto aquel movimiento; entrando de re- 
pente en la iglesia, logró á pesar de los 
esfuerzos de los agresores, mantener la 
puerta casi cerrada , y barrearla lo mejor 
que pudo con una palanca que apoyó por 
un cabo en las losas y por el otro en el 
ángulo de uno de los travesanos horizon- 
tales: gracias á esa especie de estribo po- 
día la puerta resistir aun durante algunos 
minutos. 

Gabriel sin cesar de mantener así la 
puerta, le gritaba al P. d'Aigrigny. 

— Huid, padre mió huid por la sa- 
cristía... todas las otras salidas están cer- 
radas 

El jesuíta anonado, cubierto de contu- 
siones, inundado de un sudor frió, sin- 
tiendo que le iban á abandonar las fuer- 
zas, y creyéndose al fin en salvo, se ha- 
bia echado medio desmayado encima de 
una silla. 

A la voz de Gabriel se levantó el abatQ 
con mucho trabajo, y con pasos trémulos 
y apresurados trató de llegar al coro que 



«»BTJM. 



97 



estaba Sfparadvj por una nja de lo demai 
de la iglesia. 

— Pronto, padre nnio añadió Ga- 
briel con espanto sosteniendo con todas 
sus fuerzas la puerta vigorosamente ala- 

cada por los agresores, apresuraos 

j Dios mió Î... apresuraos Dentro de 

pocos minutos... será demasiado tarde... 

Después anadió el misiunero cun de- 
sesperación : 

— Y estar solo... solo contra todos esos 
iflsensatoí 

Estaba solo en efecto. 

Cuando comenzó el ruido del primer 
ataque, habla en la iglesia tres ó cuatro 
sacristanes ó empleados de Fábrica (ad- 
ministración de lo material de la iglesia); 
pero recordando el saqueo del arzobis- 
pado y de Saint German-el-Auxorruis, 
huyeron inmediatamente llenos de espan 
to : los unos se refugiaron y ocultaron en 
€\ órgano, al cual subieron con niuclia ra 
pidez; los otros huyeron por la sacristía, 
cerrando las puertas por dentro, privando 
así de todo recurso para escaparse á Ga- 
briel y al P. d'Aigrigny. 

Este último con el cuerpo arqueado por 
el dolor, escuchando las urgentes reco- 
mendaciones del misionero, apoyándose 
«n las sillas que encontraba al paso, hacia 
vanos esfuerzos para llegar hasta la r» jíi 
del coro. 

Al cabo de algunos pasos, vencido por 
la emoción y por el padecimiento, vaci- 
ló.., se agovió sobre sí mismo... cayó so- 
bre las losas.., y perdió el sentido. 

En aquel mismo instante Gabriel, á pe 
sar de la increíble energía que lo inspira- 
ba el deseo de salvar al padre d'Aigrigny, 
sintió que temblaba al fin la puerta bajo 
un terrible sacudimiento y que ¡baá caer. 

Volviendo entonces la cabeza para ase- 
gurarse que al menos había podido el je- 
suíta salir de la iglesia, Gabriel lo vio, con 
el mayor espanto , tendido en tierra sin 



movimientoaíguno.á pocos pasos del coro. 

Abandonar la puerta medio rola, cor- 
rer al padre d'Aígrigny, levantarlo y ar- 
rastrarlo á la parte de alentro dt; !a reja 
del coro...fuó para Gabriel una acción tan 
rápida como el pensamiento, puesto qi¡e' 
volvía á cerrar la reja en el ínstanle mi-- 
mo en que el cantero y sm banda, ha- 
biendo echado por tierra la ¡puerta , se 
precipitaban en la iglesia. 

De pié, fuera del coro, con las manos 
cruzadas sobre el pecho, Gabriel aguardó 
tranquilo é intrépido aijriella turba exas- 
perada entonces por una resistencia ines- 
perada. 

Echada por tierra la puerta , hicieron 
inmediatamente los agresores una violen- 
ta irrupción; pero hubo entonces una es- 
cena muy eslraordiiiaria. 

Era ya de noche. 

Algunas lámparas de plata esparcían, 
solas, una luz pálida en el í>antuario, cu- 
yas naves bajas desaparecían anegadas en 
la sombra. 

Cuando entraron súbitamente en aque- 
lla inmensa cafeúral, oscura, silenciosa y 
desierta, se quedaron atónitos los mas osa- 
dos, temblando casi a/ite la imponente 
grandeza de aquella soledad de piedra. 

Los gritos, las amenazas espiraron en 
los labios de aquellos furiosos. Hubiérase 
podido decirque temían despertar los ecos 
de aquellas bóvedas enormes, de aquellas, 
bóvedas negras, por las cuales rezumaba 
una humedad sepulcral, que heló las fren- 
tes inflaiuadas de cólera y les cayó sobie 
los hombros como unr* capa glacial de 
plomo. 

La tradición reüg'osa, la rutina, los há- 
bitos y los recuerdos de la nifiez tienen 
tanto imperio en ciertos hombres que, así 
que entraron, muchos de los compañeros- 
del cantero se quitaron respetuosamente 
la gorra, inclinaron la cabeza descubierta, 
y anduvieron con precaución á fin de amor- 



98 ALBua, 

tigoar el ruido de sus pasos sobre las lo- 
sáis sonoras. 

Y después se dijeron enire ellos al^^u- 
nas palabras en voz baja y tínoida. 

Oíros poniendo tírNÍdamonte los ojos í* 
una altura inconmensurable en los arcoü df 
aquella nave gigantesca perdidos entonces 
en la oscuridad, se sentían casi arredra- 
dos, viéndose tan pequeños en medio de 
aquella inmensidad llena de tinieblas. 

Pero á la primera chanza d<'l cantero 
que rompió aquel respetuoso silencio, pa- 
só pronto aquella emoción. 

— ¡Vamos pues, mil truenos! esciamó, 
¿lomamos acaso aliento para cantar vis- 
peras? Si liubiese vino en el agua bendi- 
ta enhorabuena. 

Produjeron aquellas palabras algunas 
carcajadas salvajes. 

— Y mientras tanto se nos escapa e| 
bandido, dijo uno. 

— Y nos lo roban , añadió Cebolleta. 

— Diríase que hay aqui cobardes y que 
tienen miedo de ios sacristanes, »oadió el 
cantero. 

— Jamás... respondieron en coro, janois: 
DO se teme é nadie. 

— ¡ Adelante! 

— Si, si... adelante... gritaron por to 
das partes. 

Y la animación, calmada un instante, 
redobló en medio de un nuevo tumulto. 

Poco rato después habiéndose acostum- 
brado los agresores á aquella obscuridad 
percibieron en medio de la pálida auréola 
de luz que despedía una hmpara de plata, 
el imp'-nente rostro de Gabriel, de pie á 
Ja parte de afuera de la reja del coro. 

—El envenenador está aqui escondido 
en un rincón, dijo el canluro, t>s menestei 
forzar a esle cura á que nus entregue el 
bandido. 

— Kl responde por el otro. 

— Kl e« qiiiea k) lia faciüt^^ les^nedios 
de ttwt»vé99$ 9 — !• tghwia. 



— Pagará por ambos si no seeDcuenttht 
i-l otro. 

A medida que se iba borrafldo ta pri- 
•ñera impresión de íespelo involuntario 
que habia sentido la omltitttd , se le- 
vantaban mas las viaces y se ponran loe 
rostros tanto mas adustos, tanto mas ame- 
nazadores, cuanto era mayor la vergikenn 
que tenia cada uno de un instante de be- 
«itacíon y debilidad. 

— j Si, si! esclamaron muchas voces tem- 
bando de cólera, nos es necesaria b Tid« 
del uno ó la del otro. 

— O la de ambos. 

— j Tanto peor para ese monigote I 
¿ iN)r qué n(>s impide el acuchillar al en- 
venenador? 

— ] Muera , muerai 

Al oir aquella esplosíon de gritos fero- 
ces que resonó de un modo espantoso en 
medio de los gigantescos arcos de la cate- 
dral, la multitud, embriagada de rabia, se 
¡precipitó hacia la reja del coro, á la^uer- 
ta del cual estaba de pié Gabriel. 

Kl joven misionero, quien, clavado en 
una cruz por los salvajes de las montañas 
'Roqueñas, rogaba atm al Señor que perdo- 
nase á sus verdugos, tenía demasiado áni- 
ifno en el pecho, demasiada caridad en el 
alma para no arriesgar mil veces su vida 
Icón el objeto de salvar al padre dWigrignjr 
á a<]uel houibre que le habia engañado 
con tan vil y culpable hipocresía. 
VIII. 

LOS nOMICIDAS. 

Kl cantero seguido de su banda, y cor- 
riendo hacia Gat>fiel que l»abia dad(r al- 
gunos pasos delante de la reja del eoro, 
esclamó cuo los ojos eiieendrdof 4e' ra- 
bia: 

— I Donde está d envenenador? Es ne- 
cesario entregárnoslo. 

— ¿Y «fyién os ha disho que cseinrene- 
nador, hermanos mioa? iespundió'6«lMÍel 
c«s su <««( penetrante y sonora. ; Uo en- 



ALBLM. 



99 



vetTonaflor I ¿Y en donde eM,íín las prue- 
bas?... ¿L',)s tpsfigos?... ¿Lasvíctima^?... 

— Uasta... No estanfiosaqui confesándo- 
nos... respondió brulaltnente e' canlero 
avanzando con'aire amenazador, entrenad- 
nos á e>e liomhri'; es menester que perez- 
ca... sino pagaréis por <'•!.. . 

— I Si , si!... grifaron nsuchas voces. 

— Se entienden entre ellos. 

— Nos e» menester e! nno ó el otro. 

— ¡ Pues bien , aiini estoy yo! d-jo G;- 
briel levantando la cabeza y aielantrind )- 
secón un aire iK^no de res gnacion y dt^ 
majestad. Yo ó él, anadió, ¿qoeosiinpor 
ta? Tenéis sed de sangre , tomad la mia. 
y os perdonaré, hermanos míos, porque 
está turbada vuestra razón por un funesto 
delirio. 

Ksas palabras de Gabriel, su ánimo, la 



nobleza de su actitud , la belleza de sus 
facciones hablan impresionado ya á algu- 
nos de los agresores, cuando de repente 
esclamó tma voz: 

— ] Hola ! I amigos !.... ahi está el en- 
venenador... detrás de la reja. 

— ¿En donde está, en donde esta? co- 
menzaron á gritar. 

— Mirad... ahi... lo veis... tendido en 
el suelo. 

Al oir aquellas palabras, las gentes de 
aq ella banda que hasta entonces hablan 
estado siempre reunidos en masa compac- 
ta en la especie de pasadizo que se forma 
bsijo la nave entre las sillas que están a.lM 
colocadas, se dispersaron por todas partes 
para correr á la reja del coro, última' y 
única barrera que de-fendia al padre d'Ai' 
grlgry. 

Eniretlanto el cantero. Cebolleta y algu- 
nos otros se adelantaron directamente ha- 
cia Gabriel, gritando con una alegría fe- 
roz: 

— Por esta vez ya le tenemos... j Mue- 
ra el envenenador 1 

Por salvar al padre d'Aigrigny se hu- 



biera dejado (labriel aclichillíh 4 íü pucr^ 
ta de la reja; pero un poco mas lejis, la 
reja no tenia sino cuatro pies de altura i 
lo mas y podían por consiguiente eí:li3r!a 
por tierra ó saltar por encima c^n la ma- 
yor facilidad. 

Kl misionero perdió toda e peranza dé 
libertar al jesuíta de una muerte horroro- 
sa... Sin embargo, esclamó: 

— Det'^neoí--... ¡ pobres ¡nsérisíítfyá ! 

Y se lanzó á la turba estendiendo hacia 
ella sus m;MKis. 

Su clamor, su aderfiah' y sú fisonomfa 
manifestaron una autoridad tan tierna y 
tan fraternal á la vi'z, que hubo nn instan- 
te de indec'sion entre aquella gente; pero 
á a(¡uclia indecisión sucedieron muy pron- 
to gritos cada vez mas furioíoá. 

— ¡ Muera ! j muera Î 



-— ¡QuerZ-is su miwrfe ! d^jo Gabriel 
perdienda de nuevo el coTór. 

—¡Sil... ¡sí!... 

-^Pues bien, que muera, esclamó r| 
misionero arrebatado por una inspiración 
súbita; sí... que muera al instante. 

Estas palabras de! joven sacerdote lle- 
naron de eslupt>r á aquella gente. 

Durante algunos segundos , aquellos 
hombres, mudos, inmóviles, y por decirlo 
así, paralizados, miraton á Gabriel sor- 
prendidos y atontados. 

— Üecís q«e este fiombre es culpable, 
ailadíó el joven misionero con una voz 
trémula de emoción; lo habeisjuzgadosin 
prut4)as.... sin testigos.... ¿qué importa? 
Morirá.... Le echáis en cara el ser enve- 
nenador.... ¿Y sus víctimas... donde e<.- 
tán?... Lo ignorais... ¿Quéimpi ría? con- 
denado está Su defensa , ese derecno 

sagrado de todo acusado... rehusáis oiría... 
¿Qué importa tampoco? Está pronuncia- 
,da la sentencia... Sois é la vez sus acusa- 
dores, sus jueces y suà verdugos En- 
horabuena... No habéis visto jamás á ese 
infeliz... no os ha hecho mal ninguno, b* 
26** 



100 ALIDV. 

sabéis si el ha hecho fnalá nadie... yante 
]os hombres cargáis con la terrible res- 
ponsabilidad de su muerte... Ya lo o(>... 
desu muerte. ..Hágase vuestra voluntad... 
vuestra conciencia os absuelvi... consien 
to en ello... Morirá el condenado.... va á 
morir... No le salvará la santidad de la ca- 
sa del Señor... 

— No... no... gritaron muchas voces con 
encarnizaniiento. 

— ISo... replicó Gabriel con mayor ca- 
lor cada vez... Queréis derramar sangre y 
la derramareis Run en el templo mismo del 
Señor... Tal es Nuestro derech'','>e}iun de 
CÍs... hacéis acto de te^rib¡ejll^licia... Pe- 
ro entonces, ¿-jué nt-cesidad hay de tan- 
tos brazos robustos, para acabar á este 
hombre que está espir.Todo? ¿lué necesi- 
dad hay de esos grito.»? ¿de es«)S furores? 
¿de esas violencias ? ¿ se ejecutan aüi las 
sentencias del pueblo, del pueblo equita- 
tivo y fuerte ? Nu: e! pueblo equitativo y 
fuerte no castiga como ciego, como furio- 
so, dando gritos de rabia como si se qui- 
siese aturdir para cometer algún vil y hur- 
roso asesinato... No: no se ha de cumplir 
asi el formidable derecho que queréis ejer- 
cer... porque lo queréis ejercer... 

— Sí, lo queremos; 

Esclamaron el cantero, Cebolleta y al- 
gunos de los mas implacables , mientras 
guardaban silencio otros muchos, con- 
movido*; por las palabras de Gabriel, quién 
acababa de pintarles con tan vivos colores 
el horroroso acto que querían cometer. 

— Sí, respondió el cantero, es nuestro 
derecho: queremos matar al envenena- 
dor... 

Diciendo estas palabras, el miserable 
coD los ojos sanguinolentos y las mejillas 
innamadas, se abalanzó al frente de uo 
grupo resuelto, y adelantándose hizo un 
gesto como si hubiese querido rechazar y 
Separar del paso á Gabriel, siempre de pié 
y delante de la reja. 



Pero en lugar de resistir al bandido» el 
misionero dio dos pasos hacia él, lo tomó 
por el brazo y le dijo con vi-z firme : 

— Venid... 

Y arrastrando, I por decirlo asi, con la 
mano al cantero asonibrado, i quien sus 
compañeros, atolondrados por aquel nue- 
vo incidente, no se atrevieron á seguir por 
el pronto... Gabriel, andando rápid«nten> 
te el espacio que había Je al!í al c^ro , 
abrió la puerta de la rej^; llevó al canlero 
teniéndole siempre asido p«>r la mano» 
hasta el cuerpo del P. de Aigí igny , ten- 
dido sol)re las losas y le dijo: 

— Ahí estala victima... ya está conde- 
nada... dadle el golpe. 

— ¡Yol esclamo el cantero vacilando , 
¡yo... sol«»l 

— ¡Olil respondió Gabriel con amargura 
no hay peligro r.inguno... le acabareis con 
suma facilidad... Mirad... lo ha aniquila- 
do el sufrimiento... apenas lequeda un so- 
plo de vida... no hará resistencia ningu- 
na... no tengáis temor ninguno... 

Quedaba inmóvil el cantero mientras la 
turba, estraordinariamente impresionada 
por aquel incidente, se iba acercando po- 
co á poco á la reja sin atreverse a pa- 
sarla. 

— Dadle pues el golpe, replicó Gabríe! 
dirigiéndose al cantero y mostrándole to- 
da aquella gente con un gesto solem- 
ne... Esos son los jueces... y vossoi3...e) 
verdugo... 

— (Not esclamó el cantero retrocedieit- 
do y volviendo \w ojos á otra parte. ¡No 
sey verdugo,., yo! 

Enmudecieron todos.... Durante algn- 
Dos segundos no turbó el silencio de la 

imponente catedral una sola palabra » imi 
solo grito. 

Viéndose en un caso desesperado , ha- 
bla obrado Gabriel con un conocimiento 
profundo del corazón humano. 

Cuando la multitud estraviada por una 



ALBDM. 



101 



püsíon ciega, se lanza sobre una víctima 
con feroces alarulos , y da cada uno su 
golpe, a(|uella esoecie de espantoso lio- 
mi«!Ídio, cometido por todos juntos , les 
parece á cada uno de ellos nienos liorri- 
We, porque se diviiie entre todos ellos fa 
solidaridad... Además, los prit(»s, la vista 
de la sangre, la defensa desesperada del 
hombre (|iie acuchillan, tienen casi siem- 
pre por re-ultado el proUicir una especie 
de embriaguez feroz. Pero cójase á uno 
de esos li>cosfurioso<que han tornado par- 
le en el homicidio: póngasele solo en fren- 
te de unavíclima incapaz de defenderse, 
y dígaseifí «Dale el golpe!» casi nunca se 
atreverá á darlo. 

Asi habia sucedido con el cantero. 
Aquel miserable se estremecía á la vi>ta 
de un homicidio cometido por él solo, á 
sangre fria. 

La escena que se acaba dedescribir ha- 
bia pasado muy rápidamente ; entre los 
compañeros del cantero (]<ie mas se ha- 
blan actrcadu á la reja , algunos no po- 
dían entender una impresión que hubíe 
rao sentido ellos mi^^mos , como aijuei 
hombre indómito, si como á él se les iiu- 
biese diclio: «Haced de verdugo.» 

Por consiguiente, muchos de l<is de su 
banda murmuraban y vituperaban alta- 
mente su debilidad. 

— No se atreve á acabar con el enve- 
Denador, decía uno. 

— jVil! 

— I Poltron ! 

— ¡ Retrocede! 

Oyendo aquellos rumores, corrió el can 
tero á la reja , la abrió de par en par, y 
mostrando con un ademan el cuerpo del 
padre d'Aigrigny, esclamó : 

— Si hay alguno mas atrevido que yo, 

iqué vaya á acabarlo! ¡qué haga de 

verdugo veamos! 

Cesaron los murmullos al oír aquella 
proposición. 



Reinó de nuevo en la catedral un pro- 
fundo silencio: todas ai|U( lias (isonontias, 
irritadas poco antes, se pusieron taciturnas, 
confusas, casi espantada^; a({uella multi- 
tud estraviada comenzaba sobre ludo á 
copí prender la vil ferocidad del acto que 
quería cometer. 

Nadie se atrevía á ir solo y darle el úl- 
timo golpe á aquel hombre que estaba es- 
pirando. 

De repente el padre d'Aigrigny dio una 
especie de alentada de agonizaiiti ; su ca- 
beza y uno de sus brazos se levantaron 
con una especie de movimíenfo convulsi- 
vo, y cayeron de nuevo sobre la losa co- 
mo si hubiese espirado. 

Dio (labríel un grito de angustia y se 
puso de rwdillasjunto al padred'Aigrígny, 
diciendo : 

— ¡(irán Dios I ya e>tá muerto. 

E.>traña movilidad de la muehediimhre, 
tan impreaioiíada para lo malo como para 
lo bueno. 

Al alarido desgarradorde Gabriel, a(|uo- 
l!as gentes que un instante antes pedían 
con grandes gritos q«ie se acuchillase al 
padie d'Aigrifiny, se sintieran súbitamen- 
te llenas de compasión. 

Aqu lias palabras / ya está mu rí<>! cir- 
cularon en voz baja entre la nmltilud, 
acouipaùadas de un pequeño estrenuci- 
mierto, mientras Gabriel levantaba con 
una mano la pesada cabeza del padre 
d'Aigrigny, y con la otra le estaba touian- 
do el pulso á través de su helado culis. 

— Señor cura, dijo el cantero inclinán- 
dose h¿cia Gabriel... ¿de veras? ¿no que- 
da ya recurso ninguno? 

Con mucha ansiedad aguardaron la res- 
puesta de Gabiiel en medio de un silen- 
cio profundo, apenas se atrevían á decir 
en voz baja algunas palabras. 

— ¡ Bendito Seáis, Dios mió! esclamó 
de repente Gabriel ; aun palpita su cora- 
zón.... 



102 ALBIM. 

— Aun palpita su coraziii ... ropitici el 
ranltTo vo'viondo la rab»>za hacia la mul- 
titod para dirle a(]iiclla Imcna nuli«-ia. 

— ¡ Ali I >u ci-ra/ >n pal()iia aiin, res 
pondii) en vdz baja toda acjnella }ienh'. 

— Aun queda alguna esperanza lo 

podremos salvar, anadió G:íl)riel cun una 
espresion de felicidad indecib'e. 

— l'i.dn mos salvar lo: respcn lió maqiii- 
•nalinente e! cantero. 

— Podremos salvarlo: dijo en voz haj i 
la lurb<. 

— ¡ Pn-nto, pronto! dijo Gnbriel diri- 
eiéiidi)se <tI caiiiero , ayudad:ne lurmino 
mi »... IraspTlénio»!.» a .iljinna casa próc- 
^ilna... al'í se lo pooran aplicarlos prirne- 
ro< remedio?. 

Olie leci') el canlt ro con la mayor soli- 
citud : mientras el misionero levantaba el 
cuerpo d«d padre de Aigrigny, asiéndola 
por debajo de los sol>acos, el cantero co- 
jió la-: piernas de aquel cuerpo casi ina- 
nimado, y entre los dos lo sacaron del 
coro. 

Al ver al fjrfnidaMc catilero ayudando 
al j'iven sacerdote a socorrer, á salvar aquel 
nríismo hombre que poco antes perseguía 
con gritos de muerte, esperimentó aque- 
lla multilu I un repentino mov!mi<'nt<) de 
compasión. Ooedeci.in aipudlos hombres 
á la pénétrant»- influencia de las palabras, 
dvd ejemplo de Gabriel; se sintieron en 
terneviilos y entonces comenzaron todos á 
ofrecer á porfía sus serv ciix. 

— Stfi tr cura, mijor e>taraenuna silla 
que se podrá llevar á brazis, dijo Cebo - 
Meta. 

— ¿Queréis (jue vaya á pedir iin ba- 
jarte al Hôtel-Dieu? dijo otro. 

— Señor cura, deadme tjue me ponga 
en lugar vue>lro; es demasiado pesado 
para "OS ese cuerpo. 

— No toméis tanto trabaj >, dijo tin hom 
í>r* vigoroso, acercándose n-^petu-isamen 
te al misionero, ya lo llevan^ yo, y bien. 



— ¡Y si fuese yo á buscar un cocho, 
«^enor cura! dijo un horroroso gamin qui- 
Inndose la gorra griíga. 

— Tienes ra/.>n, dijo el cantero, corre 
pronto , clii(|uillo. 

— Pero antes pregi'intale al señor cura 
si quiere que vayas á buscar un coflie-, 
dijo ('(bóllela deteniendo al impacietile 
mensajero. 

— Ks verdad, dijo uno de los circtins • 
t.intes, estamos aqui en una iglesia, y él 
e^ (¡wirn manila; e>tá en su casa. 

— Si, sí: enrred, hijo mió, dijo Gabriel 
.¡I ob>equiosu muchacho. 

Mit-niras atravesaba este la multitud-, 
se oyó una voz que dijo : 

— Aqui tengo yo un frasco cubierto de 
mitiibres con aguardiente; ¿podrá ser- 
vir de algo? 

— Sin duda , respondió con viveza Ga- 
briel, dádmelo, dádniclo se le frota' 

ráii las sienes al enfernu) con ese licor y 
se le hará respirar. 

— V'itign el franco gritó Cebolleta» 

y S(d)re todo no lo destapéis. 

Pasandi» con precaución de mano en 
mano llegó al fin el frasco intacto hasta 
las de Gal)r¡el. 

Mientras iba á llegar el coche, habian 
pue>to provisionalmente al P. d'Aigrigny 
sentado en una silla, y mientras algunos 
houibres de vuena voluntad sostenían con 
iniiclio cuidado al abale, el misionero le 
l.aíia aspirar un poco de aguardiente;, al 
eatio de algunos m¡iuit()s, piodujo la po- 
leiuia de aquel espíritu sus efectus en 
el jesuíta; hizo algunos movimientos aun 
que pequeños, y se levantó su oprimido 
pecho dando un profundo suspiro. 

— ¡Ya está salvado, ya vivirá I escla* 
mó Gabriel con voz triunfante, ya vivirá, 
hermanos mies. 

— ¡Ah! tanto mejor... dijeron muchas 
voces, 

— ¡Oh! sí; tanto mejor, hermanos 



»»BTJfl!. 



103 



ïiiios, replicó Gabriel, porqiie en lugar 
de veros agoviados por el remordimiciilü 
de un crimen, os acordareis de haber he- 
cho una acción justa y compasiva.... De- 
mos gracias á Dios porque ha cafnbiado 
vuestro ciego furor *^n un sentimiento de 

compasión. Invociiiéniosle para que 

vosotros mismos y cuantos amáis tierna - 
mente no se vean jamas espuestos al ter- 
rible peligro de que acaba de libertarse 
este infeliz. ¡Oh hermanos mios ! anadió 
Gabriel mostrando el Cristo con una emo 
cion conmovente que se iba hacier)do cada 
vez nías comunicativa por la espresion de 
su angélico rostro j oh hermanos mios! 
No olvidemos jamas que el que ha muerto 
en aquella cruz por la defensa de los opri- 
midos, gentes oscuras 4pI pueblo como 
nosotros, ha dicho aquellas tiernas pala- 
bras tan dulces para el corazón; ¡amaos 
los unos á los otros! ¡ No las olvidemos ja- 
mas ! Ámemenos, hermanos mios; socor 
ramones, y asi nosotros que somos po 
bres , nos harenios m-jores y mas juntos. 

Amémonos amémonos, tiermanos 

mios, y posternémonos ante el Cristo, ese 
Dios de todos I03 oprimidos, de todos los 
débiles y de todos los que sufren en este 
mniulo. 

Diciendo esto, se arrodilló Gabriel. 

Todos le imitaron respetuosamente; tal 
había .^ido la influencia desa palabra sim- 
ple y convencida. 

Ya hemos dicho qué pocos momentos 
antes que el cantero y su banda hicieí^en 
la irrupción en la iglesia , habían huido 
Varias personas que estaban en ella. Dos 
se habían refugiado en el órgano y desde 
allí habían asistido invisibles á toda la es 
cena que acabamos de describir; una de 
ellas era un joven que estaba encargado 
de cuidar del órgano y sabia lo bastante 
para poderlo tocar; profundamente con- 
moviilo con el desenlace de aquel acaeci- 
miento tan trágico al principio; cediendo 



entonces á una inspiración de artista, 
aquel ji'ive¡), en el instante mismo en que 
vio á la gente arrodillarse junto á Ga- 
briel, no ptido menos de echaría mano al 
teclado. 

Entonces pareció que se exhalaba del 
sci'O de la vasta catedral una especie de 
suspiro, casi imperceptible al principio, 
como una aparición divina, y después tan 
suave, tan aéreo como el balsámico olor 
del incienso, subiendo y espnrcíéfiflo«e 
hasta las bóvedas sonoras; poco á poco 
aquellos débiles y suaves acordes, sin per- 
der lo que tenían de velado y de misterio- 
so, se cambiaron en una melodía indeíi- 
nib'e, á la vez religiosa, melancólica y 
tierna que se elevaba hasta el cielo como 
un canto inefable de reconocimiento y de 
amor. 

Habían sido al principio aquellos acor- 
des tan débiles, tan atenuados, que la 
multitud arrodillada se había abandunado 
sin sorpresa á la irres slible influencia de 
aquella encantadora armonía. 

Muchos ojos hasta entonces secos v ai- 
rados se llenaron de hígrimas muchos 

corazones endurecidos palpitaron enton- 
ces dulcemente recordando aquellas pala* 
bras que había dicho Gabriel con un acen- 
to tan tierno: amémonos los unos á to$ 
otros. 

En aquel momento fué cuando el pa- 
dre d'Aígrgoy volvió en sí. abrió los 

ojos. 

Creyóse bajo la influencia de un surn >. 

Había perdido el sentido á la vista de 
un populacho furioso, que injuriándole y 
profiriendo blasfemias, le perseguía con 
Mjs gritos de muerte hasta el sanio tem- 
plo.... Abrió los ojos el jesuíta; yá la pá- 
lida luz del santuario, al sonido de los relí 
giosos acordes del órgano, veía aquella 
ntisma turba poco antes tan amenazado- 
ra , tan implacable, arrodillada enton- 
ces, silenciosa, conmovida, y plegando hu- 
27** 



104 

inildemente la cabeza ante la magislad 
del sacrosanto asilo. 

Algunos momentos despues, Gabriel 
llevado eo triunfo en brazos de aquella 
multitud, subia a! coche, en el fondo del 
cual estaba ya tendido el padre d' Aigrigny , 
quien poco á pocohabia recbrado entera- 
mente los sentidos. 

Aquel carruaje, siguiendo las órdenes 
que habia dado el jesuíta , se detuvo de- 
lante de la puerta de una casa de la calle 
Vaugirard: tuvo el padre d'Aigrigny áni- 
mo y fuerza para entrar solo en aquella 
morada , en la cual no recibieron á (ia- 
briel, y á la que sin embargo ilevaremoü 
al lector. 

IX. 

EL PASEO. 

A la eslremidad de la calle de Vaugirard 
se veia entonces una pared muy alta ¡sin 
mas abertura en toda su estension que 
una sola puerta muy pequeña con una re- 
jilla. Por esa puerta se entraba en un pa- 
tio rodeado de rejas, cubiertas por detrás 
con persianas que no permitían ver por 
entre los hierros de la reja; íbase después 
á un vasto y hermoso jardin, plantadocon 
simetría, en cuyo fondo se alzaba un edi- 
Ccio de dos pisos, de aspecto enteramente 
confortable, y construido sin lujo, pero con 
una sencillez rica ( perdóneseme esta voz) 
signo evidente de la opulencia discreta. 

Pocos días habían corrido desde aqijel 
en queGabriel habia salvado con tanto va 
lor al padre d'Aigrigny de las garras de 
los asesinos. Tres eclesiásticos con sus so- 
tanas negras, sus alzacuellos blancos y sus 
bonetes cuadrados se paseaban en el jar- 
din i paso lento y mesurado; el mas joven 
de aquellos tres eclesiásticos podria tener 
algunos treinta años: era su rostro pálido, 
crasiento é impregnado de cierta rudeza 
ascética: sus dos compañeros, de edad en- 
tre cincuenta y sesenta años, tenian, al 



ÁLBUM, 

contrario, fisonomías medio beatas y me* 
dio astuciosas : resplandecían á los rayos 
del sol sus mejillas encarnadas y redon- 
das, con pliegues de gordura, que descen- 
dían muellemente hasta la ñna balista de 
sus alzacuellos. Según las reglas de su ór- 
d>;n (porque pertenecían á la compañía de 
Jesús) que les prohibe el pa>earse de do* 
en dos, no se separaban ni un instante 
aquellos 1res congregantes. 

— Mucho temo, decía uno de ellos, con- 
tinuando una conversación comenzada y 
hablando de una persona ausente; mucho 
temo que la continua agitación á que está 
sugeto el reverendo padre desde el día en 
que le acometió e| cólera, haya destruido 
sus fuerzas... y ocasionado la peligrosa re- 
caída que nos inspira tantos temores por 
sus días. 

— Jamás, según dicen, respondió el otro 
padre, se han visto inquietudes y angui- 
tias semejantes á las suyas. 

— Por eso, dijo con amargura el sacer- 
dote mas joven , es tan penoso el pensar 
que su reverencia, el padre Rodín, ha sido 
un objeto de escándalo por la obstinación 
con que se negó antes de ayerá hacer una 
confesión pública, cuando pareció tan de- 
sesperada su situación y se creyó necesa- 
rio el proponerle, entre dos accesos de de- 
lirio, que recibiese los últimos sacramentos, 

— Pretendió su reverencia que no esta ■ 
ba tan mal como se suponía , replicó uno 
de los padres, y que cumpliría con sus úl- 
timos deberes cuando lo creyese necesario. 

—Lo cierto es que en los diez días que 
hace que lo trajeron aquí casi espirando , 
su vida 00 ha sido mas que una larga y 
dolorosa agonía , y sin embargo aun está 
vivo. 

— Yo pasé cerca de él las 1res primeras 
noches de su enfermedad en compañía de 
Mr. Rousselet, discípulo del doctor Balei- 
nier, dijo el padie mas joven, y no reco- 
bró casi un instante su conocimiento, y 



▲LBDM. 



105 



cnan<ÎJ le conredia el Señor algunos ¡n- 
lérvalos lucidos, los emp'eaba en cóleras 
détestables contra la suerte que lo tenia 
clavado en la cama. 

— Se alirma, añadió el otro reverendo 
padre, que el padre Kodin habla respon- 
didoá monseñor cardenal Malpieri, quien 
habia venido para exhortarle á hacer una 
muerte ejemplar digna de un hijo de San 
Ignacio de Loyola, nuestro funihidor; (in- 
clináronseá estas palabras los tres jésuites 
como si les hubiese dado impulso el mis- 
mo resorte) se afirma, digo, que el padre 
Rodin respondió á su eminencia. — «Yono 
tengo necesidad de confesarme públicamenle; 

QUIERO VIVIR Y VIVIRÉ.» 

— Yo no he sido testigo de semejantes 
palabras, dijo con viveza y con aire indig 
nado el jesuíta joven ; pero si el padre Ro- 
din ha dicho eso, es un... 

Pero viniéndole sin duda á tiempo la 
reflexión , dio una mirada oblicua á sus 
dos compañeros, mudos, impasibles, y 
añadió: 

— Es un grande infortunio para su al- 
ma , pero estoy persuadido que han ca- 
lumniado á su reverencia. 

— Así es que he repetido esas palabras 
únicamente como un rumor calumnioso, 
dijo el otro sacerdote mirando al tercer 
compañero que también lo miraba. 

Siguió á esa conversación un silencio 
bastante largo. 

Así conservando y paseando habian an 
dado las tres congregantes una larga calle 
de árboles que iba á parar á un tresbo- 
lillo. 

En medio de aquel círcuio, del cual sa 
lian como los rayos de una estrella otras 
muchas calles , liabia una gran mesa re- 
donda, de piedra; un hombregveslido tam- 
bién de eclesiástico estaba de rodillas so- 
bre aquella mesa : le hablan atado sobre 
la espalda y encima del pecho dos grandes 
rótulos. 



El uno f€nla estas palabras escritas con 
letras muy gordas : 

INDÓCIL. 

El otro: 

CARNAL. 

El reverendo padreque sufría, según la 
regla, en la hora misma del pasco, aquel 
tonto y humillante castigo, era un hom- 
bre de cuarenta años, con unas espaldas 
de Hércules, un cuello de toro, los cabe- 
llos negros y crespos, el rostro att-zado; 
aunque confirmándose á la costumbre, 
abajaba constante y humildomenfe los ojos, 
fácil era adivinar por la ruda y frecuenfe 
contracción de sus espesas cejis, que su 
resentimiento interior no estaba por cier- 
to de acuerdocon su aparente resignación, 
sobretodo cuando vio á los reverendos pa- 
dres, los cuales bastante numerosos y siem- 
pre de tres en tres ó aislados, se paseaban 
en las callesde árboles que venían á parar 
á la mesa redonda en donde estaba él es- 
puesto. 

Cuando pasaron junto á aquel vigoroso 
penitente, los tres reverendos padres de 
quienes estamos hablando, obedeciendo á 
un movimiento de una regularidad y de 
una simultaneidad admirables, levantaron 
al mismo tiempo los ojos al cielo como pa- 
ra pedirle perdón de la abominaron y de 
la desolación que causaba uno de entre 
ellos, y después con una mirada no menos 
mecánica que la primera , confundieron 
con la misma simultaneidad al pubre dia- 
blo de los rótulos, robusto galafateque pa- 
recía reunir en su persona todos los dere- 
chos posibles para ser indócil y carnal; 
después de eso lanzando como si no hu- 
bieran sido mas que un solo hombre, tres 
suspiros de santa indignación, con una en- 
tonación idéntica, comenzaron de nuevo 
su paseo los reverendos padres con una 
precisión automática. 

Entre los otros reverendos padres que 
se paseaban en el jardin, se veían por acá 



106 



I 



y por aoullá algunos seculares; nacia es 
di'l motivo sigiiicnU' : 

Posoían los reverendos padres \ina cbsh 
inmediatü, separada solamente de la suya 
por un seto de ojaranzos: venian en cier- 
tas épocas del año á ainulla casa gran mí 
miTO de devotos para vivir en ella y hacer 
lo (jiie llaman en su geiigonza ejercicios. 

Kra una cosa cncanl.idora : por ese me- 
dio encontraban reunido v\ placer de una 
comi'la regil.d.i y el de una pcij eña j 
deli.i tsa capilla, combinación nueva y fe- 
liz del C'Mifesoiiario y (le! aioj.imiento allia 
jado, de la mesa redonda y del scimon. 

Preciosa era por cierto la idea de aque- 
lla santa liosteria , en donde los alimentos 
así corporales como espirituales eran no 
menos apetitosos que selectos y servidos 
con delicadeza, en donde se restauraban al 
mismo tiempo el cuerpo y el alma á tanto 
por barba, en donde se podia comer de 
earne con toda seguridad lus dias de vigi- 
lia, gracias á una disp nsa de liorna, pia- 
dosamente comprendida en la cuenta del 
gasto, inmediatamente después, del café y 
del aguardiente. Así es que (forzoso es con- 
fesarlo en elogio de la profunda habilidad 
rentística y de la eminente destreza de los 
reverendos padres), reunían muchísima 
parroquia. 

¿Y lomo hubieran podido dejar de te- 
nerla? K>taba la caza manida tañen ptuí 
to, era el cau)ino d I cielo tan fácil, el 
pescado tan fre»co, el á>.pero camino de la 
salvación tan bien barrido, tan limpio de 
espinas, tan graciosamente arenado con 
una arena de color de lusa , la» frutas y 
legU(nbres primerizas tan abundantes, las 
penitencias tan ligeras, sin contar ni los 
£scelente$ salchichones de llilia,ni las in- 
dulgencias del Santo Piídre que venian di- 
rectamentede Roma, de la mano del pro- 
ductor mi>mo y de primera calidad, que 
no es de despreciar. 

— ¿Qué metías redondas hubieran po 



dido sostener semejante competencfa? ¡Se 
liallaban en aijiiel retrete tranquilo, craso 
y opulento tantos medios de comp(merse 
con el cielo! Para muchas gentes, ricas 
á la vez y devolas, tímidas y delicadas, 
qiienes al mi>.mo tiempo que tienen un 
miedo atroz de los cuernos del diablo, nx» 
pindén sin embargo renunciar á una ca- 
terva de pecados de preferencia muy de- 
leitosos, era inapreciable la complaciente 
ilireccion y la moral elástica de los reve- 
rendos padres. 

Kn efecto, ¡cuan vivo debia ser el re- 
loriocimieiito (K" y\n anciano corrompido» 
egoista y C(»barde para con aquellos revé 
r nd'is padres, (piienes le aseguran con* 
tra las horquilladas de Belzebú, y le garan- 
tizan las eternas bienaventuranzas, y todo 
eso, sin exigir el sacrificio de sus gustos 
viciosos, de sus depravados apetitos, ó de 
los horrorosos sentimientos fe egoísmo que 
son ya para él un dulce hábito! Y por 
eso mismo ¿romo ha de recompensar á 
e<os confesores tan atrevidamente indu!* 
gentes, á esos directores espirituales, tan 
complaciintesy tanespavilados? j Ah, Dios 
miol Kso se paga simple y bend lamente en 
herencias futuras de buenos y bellos bie* 
nes raices, en doblones brillantes y bien 
estampadas; con mucho detrimento, todo 
ello, de herederos legítimos, muchas veces 
polires , honrados y laboriosos, á quitüos 
'le-ip'jan con la mayor piedad por ese me- 
dio los padres jesuítas. 

Uno de los religiosos ancianos de quie- 
nes hemos hablado, haciendo alusión á la 
presencia de los seculaies en el jardin de 
casa, y (jueriendo roniper sin duda un si- 
lencio que cada vez se iba haciendo mas 
embarazoso, dijo al jóven religioso del ros- 
tro oscuro y fanático : 

— ¿Kl penúltimo pensionario que traje- 
ron herido á nuestra casa de recolección 
continua sin duda mostrándose siempre 
tan salvaje, pues que no le vemos cou los 
otros pen-ionario>? 



ÁLBCM. 



107 



--Puede ser , respondió el otro religio- 
so, que pr< fiera pasearse solo en el jar- 
din del edificio nuevo. 

— Yo íio (Teo que aqtie! hombre desde 
que hafíifa nuestra casa haya hajado ni 
tjna Silla vex .il pequeño jarOin de flores. 
conliiíU'» al pabellón aislado que ocupa en p! 
fond'tdel estabtecirnientc: el P. d'Ai;íripi:y, 
que es el línko que comunicabü con él, 
se (|aeJ4ba úHímamenle de la negra apa 
lía de aquel pensionarií...... á quien no 

hemos visto ni una sola vez en la iglesia, 
-añadió severamente el religioso jiWen. 

— Puede ser «|ue no esté aun en estado 
de ir allá , respondió uno de los reveren- 
dos padres. 

— Sin dula, respondió el otro, porqiie 
he oido decir al doctor Baleinier, quefiu 
biera sido el ejercicio muy saludabfe para 
ese pensionario convalecienle, pero que 
rehusaba con obstinación á salir de su 
cuarto. 

En lodo caso, podia dedr qiie lo lleva- 
sen á la capilla, dijo el joven sacerdote 
con voz breve y dura; quedóse después 
de nuevo en silencio y continuó andnndo 
bI lado de sus dos compañeros, los cuale-* 
por su parle continuaron su coloijuio del 
modo siguiente: 

— ¿No sabéis el nombre de ese pensio- 
nario? 

— Quince dias hace que sé que eslá 
aquí, y j-inias le he oido dar otro nom- 
bre que i'l cnb llero ¡tel pfiheUon, 

— Uno de nueNfrus sirvientes que está 
encargado de servirle, y t;inipoco le <ia 
jíunas otro nombre , me ha dicho que e« 
Un houïbre de extremada líjil/iira, y ¿tf.-e- 
tad» á lo (|ue parece , de una pinfiuid-i 
tristeza: no habla casi nunca, y pa>a muy 
á meiiul > horas eutera* api>\anii<i la ca- 
beza entrn las d«>s manos; ailem»s pare 
Ce (jue so halla muy á fc.u>toen t'>ta ea>a: 
pero, ¡co>a eslranal prefiere á lá luz una 
seini -oscuridad, y por otra singularidad, 



le causa la luz del fuego una desazón tan 
insoportable, que á pesar dd Irio de ios 
últimos dias de marzo, no ha querido con • 
sentir en que se encienda fuego en su 
cuarto. 

— Puede que sea un maniaco. 

— No; el sirvierte me decia al contra- 
rio que el caballero del pab llon está muy 
(■abal y es muj juiciosií, pero que ía cla- 
ridad del fuego le representa probable- 
mente a'gun recuerdo penoso. 

— V.n (uantit á lo que toca al cahaUeró 
(id pdbillon , ya que asi se ha de llaoiar, 
nadie puede estar mejor informado que 
el padre d'Aigrigny, pues que pasa casi 
todus los diás en largas conferencias con 
éí. 

— El padre d*Aigrigny ha interrumpi- 
do al menos de tres dias á esta parle sus 
conferencias, pues, no ha salido de su 

cuarto desde que lo trajeron la otra 

nofthe, en tm coche simón, gravemente 
enfermo, según dici-n. 

— Es verdad; pero yo vuelvo á hab'ar 
dé ío'qiíedeéia háie poco tiempo nue.>tro 
hermanó, dijo el otro indicando al jóvm 
sacerdote que'anda ha junto á ellos con los 
fjos bajos, y parecía que contaba Ls gra- 
no», dt arena de la calle: es muy singu- 
ar que ese Convaleciente, ese desconoci- 
do.... no se haya presentado aun en la 
Caf)illa, Nuestfiís otros pensionarios Vie- 
nen sobre lodo aqu! para retirarle y re- 

dwb ar su fervor religio-o ¿(lomo no 

•i' lie, "a Jo que paiece el mi>mu Ceio, c/ 
cubnUeh) del paheHonf 

— ¿ Peio en en* raso por(|Ué ha esc jí- 
do pitra su morada nuestra casa cju p.e- 
fer- nria a otra? 

— Pui-ie ser (|ue sea una conversion; 
|)tii-de ser que haya venido a.|:jí para ins- 
truirse en nuestrit santa r**litjîon. 

Y eontinuaion pascando los tres sacer» 
dotes. 
Al nir aquella conversación sin funda- 
28** 



108 AI.B 

mentó, pueril, y llena de habladuriaj so- 
bre algunas gentes [ personajes, á la ver- 
dad, importantes de esta hi>toria), liu- 
biérase podido creer que eran atiuellos 
tres reverendos padres personas moilunas 
ó vulgares, pero iiutiiera sido gravo t-rrur; 
cada uno según el papel qne tenia iiiuto- 
{>resentar en la trooa devota, tenia algiin 
mérito raro y eminente acornpaùadosiem 
pre con aquel e-^píritu ni¡(!az é insinuanlf, 
terco y astuto, ílt'XibK- y (li>imuladt», par- 
ticular ? la mayor parle de los mitnibro> 
de aquella sorif'Jfl'l. IVro gracias á la dbli- 
gacion impuesta á cada uno de ellos de 
espiar á los otros, gracia» á la enea 
nada desconfianza que de alii resultaba , 
en medio de la cual vivian aquellos reli- 
giosos, jan73s se docian entre ellos sino 
cosas aisladas que no podian ser materia 
de delación, reservando todos los recur- 
sos, todas las facultades de su ingenio pa 
ra ejecutar pasivamente la voluntad del 
gefe, uniendi» entonces, en el cumplimien- 
to de las órdenes que les daba él, la obe- 
diencia mas absoluta y mas ciega en cuan- 
to al fondi), á la destreza mas inventiva y 
mas diabólica en cuanto á la forma. 

Asi es que se contarían con dificultad 
las ricas sucesiones, los opulentos dones 
que ai|uellos dos reverendos padres con 
rostros tan apacibles y tan buenazos ha- 
bían hecho entrar en el talego siempre 
abierto, siempre anchuroso, sii-mpre as- 
pirante de la congregación , empleando, 
para ejecutar aquel juego de manos hecho 
á espensas de espíritus débiles, de enfer- 
mos y do moribundos, unas veces la zala- 
mera seducción, la embelecadora astucia, 
las promesas de muy buenos pue>titos en 
«I paraíso, etc. etc., y otras la calumnia, 
las amenazas y el espanto. 

El mas joven de los tres revereudos pa- 
dres.... preciosamente dotado de una ca- 
ra pálida y descarnada, de una mirada 
sombiia y fanática, de un tono acerbo é 



OM. 

intolerante, era una especie de prospecíd 
ascético, de muestra viviente, que la Com- 
pañia empleaba en ciertas circunstancias, 
cuandii era necesario per>uadir á algunos 
ximph-x que no hay cosa mas ruda, mas 
au>lera que los hijos de Ignacio de Layó- 
la , y que, á fuerza de abstinencia y do 
mortificacione'í,se harían huesosos y diá- 
fanos como anacoretas, creencia que hu- 
bieran propagado con suma jd.ficuliad \<^a 
(ladres que tenían panzas vijluiiiino>aí y 
gruesas mejillas; en una palat)ra, a>i co- 
mo sucede en todas las conipaùias d<.' co- 
mediantes viejos, se trataba en cuanU) 
ora pi»>ible, que cada uno de los repre- 
sentantes tuviese uí) físico en armonía con 
su papel. 

Hablando asi como acabamos de decir- 
lo, habían llegado los reverendos padres 
Curca de un edificio contiguo á la habita- 
ción principal y dispuesto en forma de al- 
macén ; llt'gábdse á aquel sitio por una 
entrada particular que no podía ver>cpor 
hallarse detras de una pared baslantealta: 
por entre los hierros de la reja de una ven- 
tana abierta se oía el retintín metálico de 
un movimiento casi continuo de p ezas de 
moneda; tan pronto parecía que corrían 
como si las hubiesen vaciado de un tale- 
go sobre la mesa; tan pronto produriar> 
aíjuel ruido seco de las colunnas de di- 
nero que se amontonan. 

iin aquel edificio estaba la caja comer- 
cial á donde venían á pagar los libros, las 
láminas , los rosarios, etc. etc. , fabrica- 
das en Paris, y desparramadas con pro- 
fusion en Francia , teniendo á la iglesia 
por cómplice, libros por la mayor parte 
estúpidos, insolentes, licenciosos { 1 ) ó 

( 1 ) Por no citar sino uno solo de esos 
libros indicaremos un opúsculo vendido 
en el mes de María: en él se hallaf> los 
pormenores mas indecentes sobre el par- 
lo de la Virgen. Kstá destinado ese libro 
á Ijs muchachas jóvenes. 



*Th('n>i.-ûsos; uLr^s di-listablcs on las que 
ludo'lo grande, lod» lo bello y lo ilustre 
que hay en la gloriosa liisloria de nuestra 
inmortal revolución se ve (ii>frazad(> o iü- 
í>ullad() con e.-presiones de ganapon. Kn 
cuanto á las láminas que ro[)ie>eiitan I» 
milagros modernos, conteriian notas de 
una desverfiüi liza burlesca que sobreimja 
"v mucho á 'os carteles uias bufones de los 
saltinbanquis de la feria. 

Después de haber escuchado con com- 
placencia el ruido metálico (jue producía 
ta moneda, uno de aquellos reverendos pa 
dres dijo: 

— 1 Y no es hoy dia sino de peijuí na «n 
tradal iMe deciainlimamenteei padre uja 
yordomo (|uelos liendicios del pri>nertri- 
tnestre del año corriente han ascendido á 
ia suma de S3,000 francos. 

— Al menos, dijo con aspereza el pa- 
dre joven, se le habrán quitado á la im- 
piedad todos esos medios de hacer el 
mal. 

— Por mas que hagan los impíos, están 
con nosotros las gentes reüjiosas, auadió 
el tercero de aquellos padres, no hay mas 
que ver con que prisa se van despachan- 
do, á pesar de las inquietudes que oca- 
siona el cólera , los números de nuestra 
piadosa lotería.... Y ademas nos traen ca 
da dia nuevos lotes.... Ayer fué nuiy bue- 
na la cosecha: 1." una co[)Í3 prqueùita 
de la Venus Callipyge, de miirmoi l)lanco 
(mas modosti) hul)U'ra podido >er el dun; 
pero el fin justifica los niedios); 2." un 
pedazo de la cuerda con que ataron á Ro- 
bespierre en el cadalso, en la cual se ve 
aun una gota de aquella sangre maldita; 
3." un colmillo de san Fruclu so, engas- 
tado en un relicario de oro; 4.° una caja 
para arrebol, del tiempo de la Hegenoia 
de laca magnifica de coroman del adornado 
de perlas finas. 



ILBCM. i^ 

ble. Figurao?, mis queridos padres, un 
magnífico puñal con man<:o de plata s»- 
iiredorada; fstá hueca la hoja que es muy 
iinclia, y por medio de U!> niecanismoque 
se puede llamar un veriiadcio milagro, 
al instante (|iie se mete el puñal en el cuer- 
po , la fuerza misuia de aquel golpe liacô 
salir va?ias licjilas transvi-rsules (jue pe- 
netran en las carnes (' iín()idin absoluta- 
mente el sacar la hoja- ir. adre , si se pue- 
de unoespre>ar de ese modo; no ereo que 
se pueda iuia|^itiar una arma mas mortal; 
la vaina ts de terciopelo de seda adoina- 
da soberbiamente con chapas de plata 
sobredorada muy Dien labradas. 

— ¡Oti! i olí I dijo el otro sacerdafe, lo- 
te será ese muy apetecido. 

— Y^a lo creo, le respondió el otro re- 
verendo padre, asi es que lo han puesto 
á una con la Venus- Calhpyge y la C3ja 
para arrebol entre los lotes importantes 
de la eslraccion de la Yirg( o. 

— ¿(Jtíó t|utreis di'cir? respondió el 
otro con sorpre>>a , ¿que es eso de la ts- 
traccinn de la virgen? 

— ¡Corno! ¿oo lo sabéis? 

— No por cierto. 

— Ks una lu cliicera invención de la ma- 
dre Santa Perpetua. Fgurar-s mi (¡ueriilo 
padre , que los lotes iui[)ortantes los hn 
de sacar una pequt na virgen con resur- 
tes; se le d.ira cuerda por dt hajo del ves- 
tido con una llave de rehj^ y tetidr.i per 
ese medio un movimitnto c'reular de mo- 
do que el riúmero en (¡ue se pare \i san- 
ta níadredelSa!vad<;r sern ei quegaoe (2). 



(¿) Esta iiipenio-a parodia del modo 
de jugar á la tnletu y ai biribi, aplicado á 
una lUMgende la Virgen, !»e vio hace mes 
y medio en un convento de niugeres don- 
de se hizo una estraccion de lotería reli- 
jiosa. l'ara los creyentes debe ser eso un 
monstruoso sacrilegio: para lo? indilef en- 



tes , es un deplorable ridíeulo, porque de 

todas las tradiciones cristianas, una de 

-^Esta maûana , dijo el otro sacerdote I las mas tiernas y mas ^e^pelableses la de 



anciano, nos han traído un lote admira j la virgen María. 



i 10 ALBlitt. 

— jAli! es una ¡día vcrda-liTamente 
deliciosa, rcsp indio el otro reverendo pa- 
■dre, y adornas niuy np.irfijna... lan Taha 
«^e po»|iien • iJetall»*... ¿ INto sah»*i«i cuan 
to (-o^la^a la ciislodiü (|ik> st* lia do pj^ar 
con fl prodinti) do e>? Inlt ría? 

— Me liadicli>» el (¡adro procurador (JHO 
la cuslotlia, ¡iifliisas la< piodraÑ proc¡o>ia.s, 
no costtria tnen >s de 35,000 fr...sin on 
tar Id vioj-í ijiie nis han \uello á t miar 
por ol valor hruto del uro... la hjn ev i- 
4uado. si no mo engaño, en 9.000 fr. 

— Gomodehe produi-.ir la I ilona 40,000 
francos, estamos en rp'^la, replicó el otro 
rovcrondo pailro, i'nloncts al monos no se 
verá eclipsada nuestra capilla por el inso- 
leiilf liij t de los seù.)res lazaristas. 

lill.is son al contrario los que lian de 

envidiar ahora, puesto que su custodia de 
oro macizo con jue tan orgullosos esta 
ban, no vale ni la mitad de io que sacare- 
mos de f!ue>tra lotería, porcjue no sola- 
mente será mucho mtyor nuestra C(i>to- 
dia sino (¡ue estará cubiorla de piedras 
preciosas. 

Interrumpii>»e por desgracia aquella in 
teresanle conversación, y fnó mucha lá-»- 
tiina ; ¡era tan horuiosíi ! A'juelios sacer- 
dotes de una ri'li^íion fundrida en la pobre 
za y la hiuniídad, en !a moile>tia y la ca- 
rid id. rpciirnen-lo á ¡os juegos de fortuna 
Iprohihidos por la ley, y pidiemlo limosna 
al púiilico paraailornar sus aliares con un 
lujo irritante, niieiilras mulares de sus 
hermanos nuioren de miseria y de ham- 
bre a la ()U<Mia de sus rapilla>d slumhra- 
dofa»; mi>erables rivaliilades de relii|uias 
^ue no tienen otra cmisa sino un senti - 
Yriieiilo vulgar y b^j > de envidia. N » por- 
lian, no, a quien >()correrá mas pohres, 
sino á qui'-n ositMitará mayores liquezas 
en la mesa rltd atar (I). 



(1) l'.Si rilasostaliaii \a Osla^ iínea>. cuan 
do na llegado a noticia (iue>trü si no un 



Abrióse una de las puertas de la nja del 
jardin, y viendo al personaje que acababa 
de llegar, dij ) uno de los tres reverendos 
padres : 

— ¡ \h! H.^ aquí íí su eminencia el car- 
d<'nal lio Malpieri (]ue viene á visitar al 
pailre Hoilm. * • 

— ¡Quiera Dios, liijo el mas joven de 
aqii.'llos r»'verendos padres con aire muy 
lloro, que esta visita de su eminencia sea 
mas pr.rverho^a para el padre Rodin que 
la l'iliiiiH! 

'mi líe. lo , el cardenal de Malpieri lie»- 
fió al f -n lo (hl jardín , para siihir al apo* 
Millo en que estaba ol padre R 'din. 



Il' i-tio al menos una «■>peranza i|ue nos ha 
llenado de aiegiia, así como á todos los 
hombres de buen corazón. Se trata de la 
lotería que se habia destinado á la recons- 
trucción del órgano de San Ku»taquio, lo- 
tería que Mama en el día la atención de 
l.ido »-aris, y de la cual se ha apoderado 
11(1 vorg'iizoso a<iii»faje. 

Una piMsona muy bi, n inforinada nos 
ha ase-urailo que «I arz.ibi>pado de l'aris 
m VKJ.i por un escrúpulo profunilamente 
cristiano, al cual le pciJimos permiso para 
unirnos sMiceramonte, ha aconsejado aise* 
ñor cura de San Kustaquio que emplee de 
de un modo iiobletnente útil, generoso y 
caritativo la su. na enorme que produce 
aquella lulería , suma que asciende á '250 
mil francos, dotinada primitivamento á la 
eoiistru cion de un órgano nuevo para la 
P'irrK|Uia de San Ku-taqiro. 

S) no son errados nui^tros informes, el 
proyecto il'l M ñ .r arzo|)i>pi) esil si¡¿uienie: 

Los 250.000 fr., mvirliéndoU» en ri'n- 
tas sot)ri' el l'%la :o , proiliiciri n anual- 
mente 10,000 ir. poco mas ó m«*nos, (^)n 
una renta aou il 'le 10,000 fr. ^e pueden 
dar socorros efi'aces cala año á veinte ó 
treinta familias dcsLiraciadas, concediendo 
.1 cada una d''300a 500 fr. : se^un las in- 
toncioíi.'s di'l «oùor ?r/o!nspo, i'i cura de 
San Kn>iaquio >e liabria de enlr-ndcr con 
ol maire y la comisión de candad de s>U 
distrito para la jusla y lijitima distiibu- 
cijü de e^os subsidios inosperadoSé 



EL ENFERMO. 

ïll cardenal Malpieri, á quien ya hornos 
visto cuando asislió á aquella espt'cie de 
concilio que se c^'lebró en casa de la prin- 
cesa de Saiii-Dizier, iba entonces al apo- 
sento que ocupaba Kodin : estaba vestido 
de sejilar y cubierto con una amplia duHe- 
ta de ^etla de color de pulga , la que des- 
pedía un olor muy fuerte de alcanfor, 
por(|ue estaba rodeado el prelado di' cuan- 
tos preservativos anti coléricos se putiden 
imagmar. 

Asi que llegó á uno de los pasos del se- 
•gundo ()is() de la ca^a, el cardenal se de- 
tuvo y llamó á una ptierla gris: no res- 
pondit^nd denadie, la abrió, y, como quien 
conocia perfectamente a(|ael lugar, atra- 
vesó una espacie de antecámara, y llegó á 
un cuarto en que habia una cama de tije- 
ra ; encima de una mesa de madera negra 
con estantis se veian varios frascoií'y re- 
domas en que habia habido medicinas. 

Parecía la fisunomia del prelado inquie- 
ta y morosa: estaba siempre su tez ama- 
rilleüta y biliosa : el cerco oscuro que ro- 

Cuando llegue el dia de la distribución 
de ia lotería, el señor cura de San l'^usta 
qiiio, con aquella elocuencia que nunca le 
abandona y que seguramente jamas habrá 
recibido inspiraciones de uii sentimiento 
mas cristiano, pediría á la reunion una es- 
pecie de bilí de indem-iiad, relativo á esa 
mudanza en cuant(»ií! empleo de los fondos. 

No puede caber duda ninguna en que 
la mayoría de los donadores y de los sus- 
critores consentirá con el mayor gusto, y 
aun podríamos decir con sumo reconoci- 
miento, en esa delerminacion , cuando el 
señor cura con voz conmovida ysobie lo- 
do convencida, les hable de la inefable fe 
licidad que esperimeiilarán al pensar que. 
en lugar dn ¡laber contribuido á la fulíl 
constnn-cion de una supcinuiílad tan cos- 
tosa, y al menos poco dt-contsa en la igle 
sia de un ) de los barrios mas pobres de 
París, düode pululan tantas miserias hor- 



deaba sus negros y vincos ojos parecía 
mas tiznado que de ordinario. 

Deteniéndose un instante, miró con ¡n- 
qiji«tud al redr^Jor suyo; aspiró muchaí 
veces y con mucha fuerza el olor de un 
frasco anti colérico; después viendo (¡ue 
e>taba solo, se acercó á un espejí que es- 
taba encima de la chimenea, y obNervó 
muchas veces y con mucho cuidado el co- 
lor de mi lengua ; después <le haber em- 
pleado algunos iiiinulos en ese ex men 
escrupuloMi, deUual pareció quedaba muy 
satisfecho, tomó de una Cijita de oro al- 
gunas pastillas preservalivas, y las dejó 
deshacerse en la boca cerrando los ojos 
con suma compunción. 

Después de haber tomado todas esas 
precauciones necesarias, apegándose de 
nuevo el frasco á la nariz, iba ja el pre» 
lado á entrar en el cuarto próximo, cuan- 
do oyendo a través del d,elgado tabujue 
que les separaba, un ruido bastante fuer- 
te, se detuvo súbitamente para escuchar, 
porque cuanto se decia en el cuarto in- 



rorosas, habrán asegtirado para en ade- 
lante, para siempre, socorros anuales para 
UQ gran número <¡e infortunios interesan- 
tes; porque Solamente en el trascurso de 
diez años se puedtMi sacar de una miseria 
á veces desesperada trescientas ó cuatro- 
cientas (amilias. 

Aplüudioíos con el mayor {.'ozo esa pru- 
dente y carita'iva determinación del señir 
arzobispo de París; muy digno es de aso- 
ciarse 3 ella el senor cura de fean liiista- 
qiiío: pensamos como ellos que las beiid:- 
cíones de las familias socorridas cun esa 
limosna inteligente se^án para l)i'>s im 
concierto mucho mas agradable ijue i-l so- 
nido de un organillo colosal, aun cuando 
cueste su construcción 250, (too francos. 

' Iiiúli! es sin duda el añadir (|ue se..0t>n- 
cederá probatdtmente una indcniíiizatriün 
p los obraros quedebian trabajar «n el ur- 
gano, lo» cuales ademas no se hutMerau 
vÍNti> sin que hacer sino se hubiese ima^ji- 
oado la lotería. 



Ifi ALBUM. 

mediato llegaba muy fácilmente á sus^ — Enhorabuena 



oidos. 

— Ya que se me han puesto los reme- 
dios... me quiero levantar, decía unn voz 
débil, pero breve é imperiosa. 

— No pensais en lo que decís, mi revé 
rendo padre, respondió una vozmasfíior 
te, ei cosa imposible. 

— Vais á ver s¡ es imposible, replicó la 
otra Toz. 

—Pero, reverendo padre os mata- 
reis... no estais en estado de levantaros... 
es esponeros á una recaída mortal... y yo 
no puedo consentir en ello.... 

Sucedió de nuevo á esas palabras el 
ruido de una lucha débil, interrumpida 
con gemidos mas irritados que lastimosos, 
y al Gn se oyó la voz fuerte que decía : 

— No, no padre mío; y para mayor se- 
guridad, no dejaré á vuestro alcance vues- 
tros vestidos.... Luego va á llegar labora 
de vuestra poción; os la voy á preparar. 

Y casi en el mismo instante se abrió la 
puerta y vio el prelado entrar á un Joven 
como de veinticinco años, quien tiaia ba- 
jo el brazo una levita vieja de color de 
aceituna y un pantalon negro no menos 
raido que arrojó sobre una silla. 

Era aquel personaje Mr. Augusto-Mo- 
desto Rousselet, primer discípulo del doc- 
tor Baleinier: la fisonomía del joven pra 
tícante era humilde, melosa y reservada: 
sus cabellos rasos por la parte delantera , 
flotaban detras del cuello; hizo un peque- 
ño movimiento de sorpresa al ver ai car- 
denal, y lo saludó profundamente dos ve- 
ces sin atreverse á ponerle los ojos. 

—Ante todas cosas, dijo el prelado con 
an acento italiano muy fuerte, teniendo 
siempre bajo la nariz el frasco de alcan- 
for, ¿se han vuelto á manifestar los sín- 
tomas coléricos? 

— No, monseñor; sigue su curso la ca- 
lentura perniciosa que hasucedido al ata- 
que de «olera. 



¿ Pero no quiere t'\ 
reverendo padre ser razonable? ¿cual es 
el ruido que acabo de oír? 

— ¡ Monseñor ! quería su reverencia le- 
vantarse absolutamente y Vestirse; pero 
es tan grande su debilidad que no hubie>> 
ra podido dardos p8S')s fuera déla cama. 
Le devórala impaciencia.... y siempre es'» 
de temer que esa irritación cscesiva causé 
una recaída mortal. 

— ¿Ha venido esta mañana el doctof 
Baleinier? 

— Acaba de salir de aqui , monseñor. 

— ¿Qué piensa del enfermo? 

— Le parece que está en una situación 
muy alarmante, monseñor.... Hasidolan 
mala la noche que el doctor Baleinier te* 
nía esta mañana graves inquietudes. Es- 
tá el padre Rodin en uno de aquellos mo- 
mentos críticos en que la crisis puede de- 
cidir en pocas horas la vida ó la muerte 

del enfermo Mr. Baleinier ha ido á 

buscar todo lo necesario para tina opera- 
ción reactiva muy dolorosa y volverá luego 
para hacérsela al enfermo. 

— ¿Y han ido á advertir al padre d'A.»- 
grigny ? 

— El padred'Aigrigny está también en- 
fermo, como lo sabe su eminencia... Iiace 
ya tres días que no ha podido salir de la 
cama. 

— Ya he preguntado por su salud al 
subir, replicó el prelado* é iré luego¡á ver- 
le. Pero volviendo al padre Rodin, ¿han 
avisado á su confesor, puesto que se ha- 
lla en una situación casi desesperada y se 
le vá á hacer una operación grave? 

-^Mr. Baleinier le ha dicho dos pala^ 
britas tanto acerca de eso como acercado 
los líltímos sacramentos; pero ha escla- 
mado con irritación el padre Rodin que 
no le dejan un instante de reposo, que le 
hostigan sin cesar, que tenía tanto cui^- 
dado de la salvación de su alma como 
cualquiera otro que fuese y que.... 



ithVV, 



iÙ 



=^]Pèr Bacal no se frata de él, dijo 
el cardenal Malpieri, interrumpiendocon 
aquella esclamacion pagana á Mr. Au 
pnsto-Modesto Rousseiet y alzando la voz, 
J»aslante aguda y chillona de por si, nos^e 
Irata de él , sino que se trata del interés 
lie la compafiía. lis iîïdisponsab'le qtie el 
reverendo padre reciba los sacramentos 
con la mayor solemnidad , y qiie tenga no 
solamente una muerte cristiana, sino tam- 
bién una muerte que cause mucho ruido 
y mucho efecto. Es necesario qiie se les 
invite á asistir á este espectáculo á todos 
los habitantes de esta casa y aun á los de 
fuera para qne produzca su muerte tjem- 
plar una escelente sensación. 

— Eso es, monseñor, lo que el reve- 
Vendo padre Grison y el reverendo padre 
lirunet han tratado de hacer entender al 
Tcvetendo padre; pero su eminencia sabe 
ton que impaciencia ha recibido sus con- 
sejos el padre Rudin, y Mr. Baleinier, 
temiendo el provocar una crisis peligrosa, 
no se ha atrevido á insistir. 

— Pues bien, yo me atreveré, porque 
«n esta época de impiedad revolucionaria, 
producirá un efecto muy saludable sobre 
el público una muerte solenmemenle cris- 
tiana. Y aun seria muy bueno, en caso de 
muerteel prepararlo todo paraembalsamar 
al reverendo padre, y de ese modo se le 
podría esponer, durante algunos días en 
una capilla ardiente conforme á lacostum 
bre de Roma. Mi secietariodará (I dibujo 
del catafalco; es cosa muy espléndida^ niiiy 
imponente: por su posición en la orden, 
el padre Rodin tiene derecho á lodo lo mas 
suntuoso que se pueda liacer. Serán ne- 
cesarias á lo menos seiscientas velas y al- 
guna docena de lámparas sepulcrales con 
espíritu de vino, que se colocarán encima 
de SH cuerpo para alumbrarlo de arriba 
abajo, lo cual produce muy buen efecto: 
se podrían también imprimir y distribuir 
al público algunos pequeños escritos sobre 



la vida piadosa y ascética del padre Rodi'rt 



Oyóse en el cuarto inmediato, en el cual 
estal)a el enfermo, un ruido bronco y seco 
como de algún objeto metñlico que se ar- 
roja al suelo con cólera y se interrumpió 
el prelado. 

—Con tal que no os haya oido hablar 
de su embalsamatiiienlo el padre Rodin..; 
monseñor , dijo Augusto Modesto Rousse- 
iet en voz baja, está su cama junto á esté 
labi(]ue y se oye de ella cuanto se dictí 
a(]ui. 

— Si me ha oido hablar el padre Rodin^ 
replicó el cardenal hablando entonces en 
voz baja y retirándose á la otra eslremi- 
dad del cuarto, esa circunstancia servirá 
para entrar en materia..-., en todo caso» 
persisto en la creencia de que el embalsa- 
mamiento y la esposicion serian muy nece- 
sarios para escitar con viveza la atención 
pública. Está ya aterrado el pueblo por 
los estragos del cólera; una pompa fúne- 
bre de esa especie produciría mucho efec- 
to en la imaginación del pueblo. 

—Permítame su eminencia el hacer una 
observación ; no permiten aqui las leyes 
semejantes esposiciones, y... 

— Las leyes.-... siempre las leyes, rcs-^ 
pondió colérico elcardenal. ¿No tiene r»o- 
ma sus leyes? ¿No es todo sacerdote sub- 
dito de Roma? ¿No es al fin tiempo de 
que... 

Pero no queriendo sin duda el prelado 
entrar en una conv':'r>acion mas esplícita 
con el joven médico, continuo: 

—Mas tarde se pensará en eso; pero 
decidme: ¿después de mi última visita ha 
tenido el reverendo padre nueVos accesos 
de delirio? 

— Si, monseñor, esta noclie ha delirado 
á lo menos dos horas y media. 

Diciendo esto Mr. Augusto Modesto 
Rousselet tomó en el estante una nota que 
le entregó al prelado. 



111 ALBl 

Recordamos al ledor, que, como esta 
última parte de la rur.vt rsacion liabia te- 
niiiu lii(¿ar l< jn;» del laliii|iii>, el padre Uu 
din no liabia podidcioT onda, n>i«-iitras que 
la conversarjiM) re!at:vaalemba's)mamíen 
(o Ii»l)ia podido imi) lütiiiiieiiU- U'i^ar á 
su$ oídos. 

Kl cardenal, al recibir la nota de manos 
<ie Mr. Ui'U"iselel, la loifió con una es|irf- 
sinn muy \iva df curiosidad. Después de 
lial'erla leído, eslref¡<'i el papel entre lus 
<Jed.>> ) se d jo con de.-jieolio; 

— Siempre di»lios incolitrentes No 

hay dos palabras de donde se pueda s<icar 
induc'it'ii ninguna razonabU-.... se podría 
creer vi rdaderamente qtje tiene este hom 
bre la faeullad de pos«-erse aun durante el 
delirio y denoderírdt salinos sino en pun- 
to acosas insignificantes. 

Dirigiénduse después á Mr. de Rousse- 

let añadió: 

— ¿ Kstaís bien seguro de haber relacio- 
nado cuanto se le ha escapdu durante el 
delifi"? 

— Ksceptuando las frases que repelía sin 
cesar y que no he esrrítu sino una vez, 
su eminencia puide estar persuadido que 
no he omitido ni una palabra , por eslra- 
vagante que me haja parecido. 
— Vais á introducirme alcuarlo del padre 
Hodin, dijo el prelado después de un si- 
lencio de algunos instantes. 

— INro... monsefior... dijo el discípulo 
-vacilando , no hace mas de una hora que 
ha pasa<lo el a<ceso, y e>lá muy débil en 
este momento el reverendo padn . 

— r^inio uKjor, respondió con bastante 
indí»»rt-tion el preladd. 

Y después, advírlíendo su falta, aña- 
dió: 

— Tanto mejor hará mayor apre- 
cio de l'is consuelos t|ue le traigo... si es- 
tá dormido, despenadle y anunciddie mí 
visita. 

— Mí deber es obfdrcer á las órdenes 
de su eminencia, «lijo Mr. Kousselet ha- 
cíeudü una revt reacia. 



Viéndose solo, comenzó i decirse el car* 
denai en ademan pensativo: 

— Siempre vuelvo á lo mismo.... Cuan- 
do acometió al padie Rodín aijuel golpe 
súbito d« lolera.... se crejó envenenado 
por ordm de la Santa Sede Apostólica; 
por consiguiente debía estar maquinando 
Contra la corte de Koma alguna cosa for- 
midable, puesto que había podido conce- 
bir lan horrible tt-mor. ¿St-iian fundadas 
nuestras sospechas? ¿Obraría él subter- 
rifieainen'e y con mucho efecto, según se 
•ne. sobre una parle notable del sacro 
colegio? ¿ Pero (|ue objeto podría tener? 
K>!a su secreto tan rigurosamente guar- 
dado por sus cómplices, que hasta ahora 
nada hemos podido descubrir acerca de 
eso... Había yo creído que durante su de- 
lirio... se le escaparía alguna palabra que 
me diese algún indicio sobre lo que tanto 
interés tenemos en saber, porque casi 
siempre el delirio, si'bre todo en un espí- 
ritu tan inquieto, tan activo, no es mas 
que la exageracior» de la idea dominante { 
sin enibargo van ya cinco accesos qtie me 
han eslenografindo , por decirlo asi, con ¡a 
mayor fidelidad, y nada... no, nada sino 
fra-es vanas ó sic» relación entre ellas. 

Volvió a entrar Mr. Uousselet y dio fío 
á sus rell xiones el pre'ado. 

— I'stoy df'sronsoliído de tener que de- 
cir á su Kmínencia que el reverendo pa- 
dre Kodín rehusa con ob>linaci'>n el verá 
nadie.... prçlende {|ue tiene necesidad de 
un re|>oso absoluto.... aunque está abati- 
do, tiene un aire sombrío y encoleriza- 
do.... N>) me estrañana (|iic haya oído á 
su Kminencía hablar de embalsamarlo.... 
y que... 

Interrumpiendo el cardenal á Mr. Rous- 
selet, le dij': 

— ¿<À»n t|ue ha tenido el padre Rodin 
su iiMimo acceso de delirio esta noche? 

— Sí, monseñor; de las 1res a las cinco 
y media de la inuñana. 

-^De las trcs...ú las cinco y medía de la 



A»B>JM. 



Ito 



•mañana, repitió el prelado como si fmbie- 
se qtierido lijar en su memoria ai^uel de- 
talle; ¿y no ha ofrecido el acceso cosa nin- 
guna de parlicu'ar? 

— No, monseñor; como lia podido con- 
vencerse su Eminencia con la lectura de 
esa nota, y es imposible reunir mas pala 
bras incoherentes. 

De>pups vit iidu que el prelado iba ha- 
cia la puerta del otro cuaflo, Mr.Kousse 
let añodró. 

— ¡Pero, monseñor! no quiere abso- 
lutamente ver á nadie el reverendo pa- 
dre tiene necesidad de un reposo ab- 
soluto antes de la operacjort. que se le va 
^ hacer al instante acaso seria peli- 
groso el 

Sin responder á psfa observación entró 
el cardenal en el cuarto de Rodirv. 

En aquella pieza bastante vasta y amue- 
blada con mucha sencillez y mucha co- 
modidad, entraba la luz por dos grandes 
ventanas; quemándose lentamente en el 
fuego del hogar dos tizones, y habia ade 
mas una cafcttra, una jarra de loza y un 
cazo en donde se estaba secando una mez 
"cla espesa de harina de mostaza; encima 
<ie la chimenea se Veian esparcidos mu- 
chos pedazos de lienzo y algunas vendas 
de tela. 

Reinaba en dicho cuarto aquel olor far 
macéutico que resulta de lus remedios, 
propios de los sitios donde hay enfermos, 
mezcla de olores tan acres, tan pútridos, 
tan n3u>eabundüs, que se detuvo por un 
instante el cardenal cerca de ta puerta, 
sin dar un paso. 

Asi Como lo habían pretendido los re 
verendos padres durante su pasto, Hodin 
vivia, porque se habia dicho: 

— Es necesario que viva y viviré . 

Porque asi como las imaginaciones dé- 
biles sucumben á veces al solo terror del' 
mal, asi tiímbien, como lo prueban infi- 
nitos acaecimientos, el vigor de carácter 
y la energ/a moral pueden á veces luchar 



con obstinación control el mal y triunfará 
menudo íle situaciones desesperadas. 

Asi habia sucedido con el jesuíta... La 
inmutable lirmeza de su caráíter, y aun 
pudiera decirse, la formidable tenacidad 
de su voluntad (porque la voluntad ad- 
quiere á veces una e.-pecie de omnipoten- 
cia misteriosa (lue asombra) habia ayu- 
dado a las hábiles indicaeioües del di'Ctor 
Bileinier y se habia salvado Koílin riel 
azote, que con tanta rapidez le habia acó» 
metido. 

Pero á aquella repentina perturbaron 
física habia sucedido una calentura de las 
mas perniciosas , que ponia en peligro la 
vida de Kodin, 

Habia causado áqUel acrecentamiento 
de peligro las mayores alarmas al P.d"'Ai- 
grigny , quien á pesar de Su rivalidad y 
de su envidia, sentia que eTi el punto á 
que habiati llegado ya las cosas, como el 
P. Rudin era el único que tenia en sus 
manos todos los hHus de la trama , «^i era 
también el único que podía concluir lo 
comenza<lo. 

Estaban las cortinas del cuarto de' pn- 
férmo medio cerrad»^, y por consiguiente 
no llegaba hasta la cama en que cataba 
pOvttrado Hodií), sino'wna claridad es''asa. 

Habia perdidoíel rostro del jesuíta aquel 
color verdoso propio de los coléricos, pero 
le habia quedado un color cárdeno y ca- 
davérico: estaba tan flaco, que su piel 
seca y arrugada , se pefíal>a a las mas pe- 
queñas protuberancias de sus huesos : loa 
mútgulos y tas venas de su cuello lar^-^ 
pelu Jo y descarnado cumo el de un bui- 
tre, se parecían al centro de un es[i¡)rvvi: 
■'U cabeza cubierta cun un gorro de seda 
negro, rojo y crasicuto, bajo del cual se 
veian algunas mechan de ca! ellos grises 
descoloridos, estaba apoyada encima de 
una almohada sucra'. Kodin no qm-ria ab- 
solutamente que le mudasen la ropa déla 
cama. No habiéndose afeitado mucho tiem- 
po hacia , su barba clara y blanquecina 
30** 



116 AlBTlJl 

saKa por acá y por acullá como las cerdas 
de una escobilla, á través de su piel ter- 
rosa: bajo la camisa tenia un chaleco viejo 
de lana agujereado en varias parle«; habia 
sacado un brazo de la cama , y en la ma- 
no huesosa y peluda con unas unas azu- 
ladas, tenia un píñuelo para tabaco cuyo 
color es imposible describir. 

Hubiérase podido creer un cadáver sin 
las dos ardientes centellas que brillaban 
en la sonibra que formaba la profundidad 
de sus órbitas. Aquella mirada en la que 
parecía que se hablan refugiado y cun 
centrado toda la vida, toda la energía que 
le quedaban aun á aquel hombre, mani- 
festaba una inquietud devoradora : tan 
pronto revelaban sus facciones un dolor 
agudo; tan pronto la crispatura de sus 
manos y los bruscos estremecimientos qtie 
le agitaban , indicaban bastante su deses 
peracion de verse clavado sobre aquella 
cama de dolor, mientras reclamaban toda 
la actividad de su espíritu los grandes in- 
tereses de que se habia encargado: asi es 
que su pensamiento, en medio de aquella 
tension y aquella superescitacion continuas, 
se debilitaba muchas veces y se le esca- 
paban las ideas: entonces esperimenlaba 
momentos de desvario, accesos de delirio, 
de los cuales salia como de un sueño pe- 
noso, cuyo recuerdo le espantaba. 

Según los prudentes consejos del doc- 
tor Baleinier, quien le creia incapaz de 
ocuparse en negocios importantes, había 
evitado hasta entonces el P. d'Aigrigny 
responder á las preguntas de Rodin so 
bre el estado en que se hallaba el negocio 
de la familia de Renepont , tan capital 
para él bajo dos conceptos, y que temía 
ver comprometido ó perdido por efecto de 
la inacción á que le condenaba su enfer- 
medad. Aquel silencio del P. d'Aígrigny 
por lo que tocaba á la trama , cuyos hilos 
estaban todos en la mano de Rodin, la 
ignorancia en que se hallaba de los acae- 



cimientos que habían podido ocurrir des9e 
que cayó enfermo, aumentaban aun su 
exasperación. 

Tal era la situación física y mora^ de 
Rodin, cuando contra su espresa volun- 
tad entró efi su cuarto el cardenal MíA' 
pieri. 

XI. 

LA TRAMPA. 

Para q»ie se comprenda mejor el tor- 
mento de Rodin, reducido á la inacción 
por la enfermedad, y para esplicar la im- 
portancia de la visita del cardenal Malpie- 
ri , recordemos en pocas palabras las au- 
daces miras de la ambición del jesuíta , el 
cual se creía émulo de Sixto V, y esperaba 
el día en que llegase á ser su igual. 

Llegar , logrando lo que quería en el 
negocio de la familia de Renepont, al g«- 
neralate de la Orden dejeaus, y después, 
en caso de una abdicación casi prevista, 
disponer, con el ausilío de una espléndida 
corrupción , de la mayoría del Sacro Co- 
legio para subir al trono pontifical, y en- 
tonces, modificando los estatutos de la 
Compañía de Jesús, enfeudar, por decirlo 
asi, la Santa Sede apostólica á dicha socie- 
dad; en lugar de dejarle su independencia 
Igualar y casi siempre dominar al poder 
pontifical , tales eran los secretos proyec- 
tos del padre Rodin. 

En cuanto á su posibilidad... consagra- 
da estaba por numerosos antocedeotcs, 
puesto que muchos simples frailes ó curas 
habían ascendido de repente al trono pon- 
tifical. 

En CAiaoto á la moralidad... el adveoi- 
mienlo de los Borgías, de Julio II y de 
otros muchos vicarios de Jesucristo no 
menos estraordinarios, comparado con los 
cuales era Rodin un santo venerable, es- 
cusaba y aun autorizaba las pretensiones 
del jesuíta. 

Aunque el objeto de sus intrigas sut- 
I terráneas en Roma habia estado hasta en- 



iionceî scpuUaclo on e'I mas profundo mis- 
îerio, habian llamado la atención sus in- 
teligencias secretas con muclios miembros 
del Sacro Colegio: habiendo espeiimenla- 
do algunas inquietudes una fracción de 
dicho colegio, al frente de \a cual estaba 
«I cardenal Malpieri, se aprovecliaba éste 
de su paso por la Francia, para tratar de 
descubrir los designios secretos del jesuita. 
Si en la escena que acabamos de descri- 
"bír habia mostrado el cardenal tanta obs- 
•tinacion en querer tener una conferencia 
€on el reverendo padre, quien con tanta 
obstinación también se negaba á recibir 
su visita, es porque esperaba el prelado, 
asi como se va á ver, empleando la astu- 
cia, llegar á sorprender el secreto tan bien 
.guardado hasta entonces en punto á las 
intrigas que le suponía en Roma. 

En medio de esas circunstancias tan 
importantes, tan capitales, se veía Hodín 
la presa de una enfermedad que paraliza- 
ba sus fuerzas, cuando mas que nunca 
hubiera tenido necesidad de toda su acti- 
vidad, de todos los recursos de su ingenio. 



117 



Después de haberse quedado por algu- 
nos momentos inmoble en la puerta , el 
■cardenal, teniendo siempre el frasco bajo 
la nariz, se acercó á la cama de Rodin. 

Irritado este de aquella perseverancia, 
y queriendo evitar una conversación que 
por muellísimas razones le era muy odio- 
fia, volvió süt»itamente la cabeza á la par- 
te de la pared, y fingió que dormía. 

Inquietándose muy poco de esa disimu- 
lación y bií'n decidido á aprovecharse del 
estado de debilidad en que sabia que es- 
taba el jesuíta, tomó una silla el prelado, 
y á pesar de su repugnancia, se sentó ala 
cabecera de la cama de Rodin. 

— Reverendo y carísimo padre mió, 
¿como estais? le dijo con una voz muy 
melosa, que su acento italiano hacia mas 
hipócrita aun. 



Hizo Bodin el sordo , respifó ruidosa- 
mente y no respondió. 

El cardenal acercó, no sía hastío aun- 
que tenia guantes, su mano á ladel jesuí- 
ta , le dio un pequeño sacudimiento, re- 
pitiendo en Voz mas alta: 

— Reverendo y carísimo padre mío..., 
responded me, os lo íuplico. 

No pudo Rodin contener un movimiento 
de cólera impaciente; pero continuó ha- 
ciendo el mudo. 

El cardenal no erahombrepara disgus- 
tarse con tai» poco motivo; dio «n sacu- 
dimiento algo mas fuerte al brazo del je- 
suíta, repitiendo con una tenacidad flemá- 
tica que hubiera sacado de (juicios al hom* 
bre mas pacienzudo del mundo. 

— Reverendo y carí>imo padre mío, ya 
que no dormís, escuchadme, os lo su* 
plico. 

Irritado por el dolor, exasperado por la 
terquedad del prelado, el padre Rodin 
volvió bruscamente la cabeza, fijó en el 
prelado romano sus ojos hundidos, que 
brillaban con un fuego sombrío, y con los 
labios contraídos por una sonrisa sardóni- 
ca, dijo amargamente: 

— ¿Tenéis mucho empeño, monseííor, 
en verme enbalsamado, como lo decíais 
hace poco, y espuesto en una capilla ar- 
diente, puesto que venís asi á atormentar- 
me en la agonía yá apresurar mi muerte? 

— jYo, mi querido padre! ¡Gran 

Dio<i|... ¡ que es lo que decís 1... 

Y levantó el cardenal las manos al cie- 
lo, como llamándole por testigo del tierno 
interés que tomaba por el jesuita. 

— Digo lo que acabo de oír, monseñor; 
porque este tabique es muy delgado, re» 
plicó Rodin con un acrecentamiento de 
amargura. 

— Si con esas palabras queréis dei'ir (jue, 
con todas las fuerzas de mi alma os he de- 
seado y os deseo una muerte entera- 
mente cristiana y ejemplar.... loh! en tal 



11B ILBCH, 

-caso no os engañáis, csrísimo padre... me 
liafeis entendido perfir-clamente , porijiie 
me seria muy sati>factorio el Yeros , des- 
pués de una vida tan bien «mpleadji, ser 
rn la muerte un objeto de adoración para 
los fieles. 

— Y yo os digo, monseilor, esclamó Ko- 
din ron voz di'bil y muy sacudida, que es 
cosa ítTuz el manifestar semejantes deseos 
en la cresoncia de un enfermo qiieestáen 
una situación di'sesperada; sí, volvió á decir 
•con una animación creciente (|ue formaha 
contraste con su postración, tengan cuidado 
jin o(>! porque... si me atormentan.... si 

nie líDStiiían sin ccsar si no me deja;i 

dar tranquilamente las últimas alentadas 
de mi a}:»>nía... me forzarán á morir de 
un modo muy poco cristiano... os advier- 
to de>de ahora... y si cuentan con un es* 
pectáculo edificativo para sacar partido de 
él... se engañan... 

Habiendo aquel acceso de cólera fatiga- 
do dolorosamente á Kodin , dejó de nue- 
vo caer la cabeza sobre la almohada , y 
enjugó sus labios hendidos y ensangrenta- 
dos con el pañuelo para tabaco. 

— ; Vamos, vamos! calmaos , mi muy 
querido padre , respondió el cardenal con 
lina voz muy paterna), no tengáis ideas 
tan funestas: sin duda tiene la Providen- 
cia grandes miras puestas en vos, puesto 
que os ha libertado ya de un peligro tan 
grande. E«perem^s queos salvará también 
del que os e>>tá amenazando ahora. 

Rodin respondió con un murmullo ron- 
co y volvió de nuevo la cabeza á la pa- 
red. 

El imperturbable prelado continuó: 

— Nu se litnitan á vuestra salud las mi 
Tas de I» I'r<)\idenci3; también se ha ma- 
nifestado de otro modo su poder... Loqtie 
Voy à deeiros es <ie la mayor importan- 
cia : escuchadme , pues, con suma aten 
don. 

— Qkiieren mi ntuerte.... Tengo el pe- 



cho ardienda... la cabeza despedazada... 

y no tienen compasión ninguna ¡Olit 

» síoy sufrien<lo como im condenado.... 

— ¡Tan pronto! dijo en voz baja el ro- 
mano sonriendo de aquel sarcasmo; y lue- 
go comenzó en voz alta : Permitidure ,ÍD* 

sistir , carísimo padre mió Haced un 

pequeño esfuerzo para escucharme; no lo 
st ntireis después. 

Uodin, siempre estendido en aquelh ca- 
ma , levantó los ojos al cielo sin decir una 
pilabra; pero con un gesto desesperado, 
reunidas y acrispadas las dos manos sobre 
su pañuelo para tabaco, y después vol- 
vieron á caer sus brazos agoviadusá l<) lar- 
go de su cuerpo. 

Levantó lij<'ramente los hombros el car- 
denal, y acentuó lentamente las palabras 
(jue siguen para que no se le escapase ni 
una sola á Hodin. 

— ¡Mi querido padre! ha qtierido la 
Providencia que durante vuestros accesos 
de delirio, hayáis hecho revelaciones muy 
importantes. 

Y aptiardóel cardenal con una curiosi- 
dad inquieta el resultado de la piadosa 
emboscada que acababa de armar sd es'> 
píritu debilitado del pobre jesuita. 

Pero este, vuelta siempre la cara hácit 
la pared, ni paieció siquiera oirte y cod- 
linuó enmudecido. 

— ReQtxionais sin duda en mis pala- 
bras, mi querido padre, continuó el car* 
denal, porque se trata de un negocio muy 
grave; si, ya us lo he dicho; ha permitido 
la Providencia que, durante vuestro deli'^ 
rio, haya manifestado vuestra boca las in- 
tenciones mas secretas de vuestro cora- 
zón, revelándome felizmente á mi solo...» 
cosasque os comprometen n)uy gravemen- 
te. Kn fin, durante vuestro arceso de de- 
lirio de esta noche, que ha durad*» cerca 
de dos horas, me habéis descubierto el 
objeto oiulio de vuestras intrigas en lio- 
rna con varios miembros del Sacro Colegio' 



ALBUM. 



119 



Y el raidenal, levantándose sin fiacer, bles á la vt-nlud on una revelación lieclià 



ruido, iba á inclinarse sobre la cama de 
Kodiíi para examinar la espiesiou de su 

íi^onuiní»... 

Pero no le dio éste tiempo para ello. 

Así, como un cadáver sometido á la ac 
cii-n de la pila de V'olt3,se mueve con so 
brejaltos bruscos y eslraordinarios , así 
taníbien Rodin sa'.tó sobre su cama, se 
volvió, se incorporó y se sentó, ai oir las 
tiitíinas palabras del j)r4>fado. 

— Se tía desi;ubierto dijo el prelado 

en voz baja y en italiano. 

Y después senlán ;ose repentinamente, 
fij ) sobre el jesuíta sus ojos resplandecien- 
tes on una alegría Iriunlante. 

Aunque no habia oido la esclamaoiofide 
Malpieri, aunque no habia notado la es - 
presión gloric^sa de su íisonomía, a pesar 
de su debilidad, comprendió Rodinla gra- 
ve imprudencia de su primer movimiento, 

demasiado significativo Se pasó leuta- 

mente la nianosobie la frexite como si hu 
biese e?perimeniado una especie de vérti- 
go; dio después al rededor de sí algunas 
miradas confusas, estraviadas, acercando 
á sus trémulos labios el viejo pañuelo pa- 
ra tabaco que mordió maquinalmuite du 
rante algunos segundos. 

— Vuestra viva emoción, vueslroespan- 
to, me confirman ¡ ay I el descubrimiento 
q;ie he hecho, continuó el í'ardenal cada 
vez mas triunfante con el éxito de su as 
tucia , y viendo que estaba muy cerca de 
penetrar al fin un secreto tan importante; 
asi es que ahora, mi muy querido padre, 
añadió él , es para vos de la mayor im- 
portancia el entrar en los mas nimios por- 
menores acerca de vuestros proyectos y 
de vuestros cómplices en Roma; de ese 
modo, mi querido padre, podréis esperar 
en la indulgencia de la Santa Sede apos- 
tólica, sobre todo, si es vuestra confesión 
bastante esplícita, bastante circunstaDcia 



durante el ardor de un delirio de calen- 
tura. 

Vuelto en síR')din de su primera nnio- 
cion, advirtió, pero demasiado (arde, que 
se babian burlado de él , y que se había 
comprometido, no por sus palabras sino 
por un movimiento de sorpresa y de es- 
panto muy peligrosamente significativo. 

Kn efecto, habia temido el jefuita por 
algunos momentos el haberse descuhiertti 
durante el delirio puesto que se veía acu- 
sado de intrigas tenebrosas con Roma ; 
pero después de algunos minutos de re- 
flecsion , se dijo á sí mismo el jesuíta con 
mucha razón : 

« Si supiese este astucioso romano mí 
secreto, se guardaría muy bien de adver- 
tírmelo; no tiene por consiguiente sino 
sospechas, agravadas por el movimienlo 
involuntario que no he podido reprimir 
hace pjCd.» 

Y enjugó Rodin el sudor frió que cor- 
ría de su abrasada frente. La eniucion de 
aquella escena aumentaba suspadecinu'en- 
tosy agravaba nías su situación, tan alar- 
madora ya. Agoviado de fatiga , no pudo 
estar mas tiempo sentado, y se dejó caer 
hacia atrás sobre la almohada. 

— ¡ Per Baccol se dijo en voz baja el 
cardenal asustado de la espresion del ros- 
tro del jesuíta. ¡Si viniese á morir sin ha- 
ber dicho nada y se libertase así del lazo 
que con tanta habilidad le he puesto! 

E inclinándose con viveza hacia Roda», 
le dijo el prelado: 

— ¿Qué tenéis pues , querido padre 
mío? 

— Ale siento muy debilitado, monse- 
ñor.... lo que yo siifro no es posible 

decirlo.... 

— Esperemos, mi muy querido padre, 
que no tendrá esta crisis ningún resultado 
faíal pero como puede suceder lo con- 



da, para llenar algunos huecos, inevita- trarjo, está Interesada la salud de vuestra 

ai- 



120 



ALnUM. 



alma en que me hagáis inmediatamente 

]a confesión mas completa mas dola- 

llada aun cuando hubiese de agolar 

esa confesión vuestras fuerzas la vida 

eterna... es d»» mayor precio que esta vida 
perecedera 

— ¿De qué confesión queráis hablar, 
monseñor? dijo Rodin con voz débil y to- 
no sardónico. 

— ¡ Cómo, de qué confesión ! respondió 
el cardenal asombrado; de vuestra confe- 
sión sobre las peligrosas intrigas que te- 
neis trabadas en ilouia. 

— ¿Qué intrigas? respondió Rodin. 

— Las que me habéis descubierto du- 
rante vuestro delirio, respondió el prelado 
con una impaciencia cada vez mas irrita 
da. ¿No es vuestra confesión bastante cs- 
phcita? ¿Por qué pues ahora, esa culpa- 
ble indecisión en completarla? 

— ¿Ha sido mi confesión... esplícita.... 
vos me lo aseguráis?... 

Dijo Rodin interrurnpiéndose casi á ca- 
da palabra, tal era su opresión. Pero no 
le abandonaron aun la energía de su vo- 
luntad ni su presencia de espíritu. 

— Sí, os lo repito, dijo el cardenal; sal- 
vo algunos huecos, vuestra confesión es 
de las mas esplícitas. 

, — Entonces... ¿de qué servirá... el re- 
petírosla? Y apareció una sonrisa iró- 
nica en los labios azulados de Rodin. 

—¿De qué serviría? replicó el prelado 
encolerizado; para merecer el perdón, 
porque si son debidas la indulgencia y la 
remisión al pecador arrepentido que con- 
fiesa sus culpas, no merece el pecador en- 
durecido sino anatema y maldición. 

— lOh!.... jqué tormento I.... esto es 
morir quemado á fuego lento, dijo Rodin 
entre dientes, y después añadió en voz 
alta: Puestoque he dicho todo... nada ten- 
go que añadir... lodo lo sabéis... 

— Sé todo sí, sin duda lo sé todo; 

añadió el prelado con voz aterradora: 



¿pero cómo lo he sabido? Por medio de 
confesiones que hacíais en medio del deli^ 
rio, sin saber lo que hacíais ni tener cono- 
cimiento de vuestra acción; ¿y pensáis que 
íeos tendrá endienta eso? No, no.Creed- 
me; es solemne este instante: os está ame- 
nazando la muerte... si... os está amena* 
zando. . temed pues el hacer una mentira 

sacrilega esclamó el prelado cada vt-E 

mas encolerizado sacudiendo con fuerza 1 1 
brazo de Kodin; ten>ed el fuego eterno si 
negáis lo que sabéis, que es la verdad.... 
¿lo nejjais? 

— Nada negaré, respondió con mucho 
trabajo Rodin; pero dejadme estar. 

— En fin. Dios os inspira, dijo el carde- 
nal dando un suspiro de sati>iaccíon. 

Y creyendo llegar al término empezó de 
nuevo : 

— Escuchad la voz del Señor; ella os 
guiará seguramente, mi (|uerido padre; 
¿así no negáis nada? 

— Estaba delirando... Yo... no... pue- 
do... pues... negar... ( ¡ ay, cuánto padez- 
co ! añadió Rodin á guisa de paréntesis) 
yo no puedo pues.... negar.... las locuras 
que haya dicho... durante... mi delirio... 

— Pero cuando |están esas pretendidas 
locuras conformes con la realidad : escla- 
mó el prelado furioso de ver de nuevo 
burladas sus esperanzas; pero cuando es 

el delirio una revelación involuntaria 

providencial... 

— Cardenal Malpier¡...vuestiaastu(ia... 
no está... ni aun al nivel... de mi agonía, 
respondió Rodin con vozapagada. La prue- 
ba... que no he dicho mi secreto, .si ten- 
go un secreto... es que vos... quisierais... 
hacérmelo decir. 

Y el jesuíta á pesar de sus dolores, á 
pesar de su debilidad creciente, tuvo la 
fuerza para incorporarse un poco en la ca- 
ma y para mirar cara á cara al prelado, 
burlándose de él con una sonrisa diabólic. 

Después de eso volvió á dejarse cera Ro- 



álElM. 



121 



•¿íin soliTe su almoIiaJa, acercando sus dos 
manos crispadas al pecho, y dando un 
gran-suspiro de angustia. 

— I Maldito sea ! Ese infernal jesuíta me 
ha adivit)ado, se dijo el cardenal dando 
una patada de rabia. Ha advertido que le 
había comprometido su primer movimien- 
to, y se ha puesto sobre sí No sacaré 

nada de él... á no aprovechar el estado de 
debilidad en que se halla... y á fuerza de 
obsesiones... de amenazas... de espatito... 

No pudo concluir el prelado: abrióse la 
puerta súbitamotife y entró el pa Iré d"'Ai- 
grigny , eseiamando con una eápre>ion de 
•alegría indecihle: 

— ^Escelente noticia I 

XII. 

lA BUENA NOTICIA. 

A la alteración de las facciones de! pa- 
tlre d'Aígrígny , á su palidez, y á la debi- 
lidad de sus pasos , se veía (|ue la terrible 
«seena del atrio de Nuestra Seùora habia 
producido sobre su salud una reacción vio- 
lenta. Sin embargo se puso su fisonomía 
irradiante y triunfante, cuando entró en 
€l cuarto de Kodin, e^cla^lando: 

— ] Estélenle noticia I 

Estremecióse Rodin al oír aijuellas pa- 
labras; á pesar de su descaeciiriento en- 
derezó súbitamente la cabeza ; brillaron 
sus ojos, inquietos, curiosos, penetrantes; 
y haciendo st ñas con su mano desornada 
para que se acercasen á su cama, le dijo 
con una voz tan interrumpida y tan débil 
que apenas podía oírle : 

—Siento que estoy muy mal.... casi ha 
acabado conmigo el cardenal... pero si esa 

escelente noticia se refiere al negocio 

Renepont cuyo pensamiento me está 

siempre devorando... y del cual nunca me 
hablan... me parece... que me salvaré.... 

— ¡ Salvado seáis puesl esclam« el pa- 
dre d'Aigrigny olvidando las recomenda- 
ciones del ductor Baleinier, quien se ha- 



bia opuesto hasta entonces á que se le lia- 
blase á U odin de intereses graves. 

— Sí, repitió el padre d'Agrigny ; sal- 
vado seáis leed,... y glurilicáos fo- 

m enza á realizarse lo que habíais anun- 
ciado. 

Diciendo esto sacó del l)oIsil!o un rapel 
y lo entregó á Ho lin ijuicn lo tomó ion 
una mano ávida y trémula. 

Atüunos minutos antes se liub era ha- 
llado Rodiíi realmente incapaz de sostener 
una conversación con el cardetjal Mal- 
pieri, aun cuando le hubiese permitido la 
prudencia el continuarla: hubiera sido no 
menos incapaz de leer una sola línea p< r 
lo turbados y velados que estaban sus ()jo>; 
sin embargo, al oir las palabras del padre 
d\\igrigny sintió tal ímpetu y tal e.-pe- 
ran/a, qiie, por un eshjerzo todo pode- 
roso de energía y de voluntad, se incor- 
poró en la cama, y, con un espír'tu suel- 
to y ojos animados é inteligentes, leyó r.;- 
pidamente el pape! que acababa de entre- 
garle el padre d'Aigrigny. 

Atónito el cardenal de aquella lran>fi- 
guracion repentina, se preguntaba á sí 
mismo si eraaijíiel el mismo hombre, (jue 
pocos minutos antes acababa de caer ex- 
hausto encima de su cama. 

Apenas hubo Uido, dio Kodin un grito 
de alegría contenido, diciendo con un 
acento indescriptible: 

— Y va uno.... ya comienza.... ya co- 
mienza el baile. 

Y cerrando los ojos con una especie de 
arrebatamiento estático, apareció sobre 
sus facciones una sonrisa de triunfo or- 
gulloso que las hizo mas feas auu, des- 
cubriendo sus dientes amarillos y descar- 
nados. Fué tan violenta su emoción que 
se cayó de su mano estremecida el ¡'apel 
que acababa de leer. 

— ¡ Se va á desmayar! esclamó el pa- 
dre d'Aigrigny inclinándose con inquietud 
hacia Kodin ; la culpa la tengo yo por ha. 



12Ü 



ALBUl 



tïcr olvidado que v\ doctor Bjlfinior lia 
prohibido que se leliablede negocios gra- 
>es. 

No... no... no os echéis nada en ca- 
ra, dijo Rodin en voz baja, levantándost 
un poco é ini(«rpor;iiidose para tranquili- 
zar al reverendo padre. Esta ale^ria tan 

iresperada.... sera acaso causa de mi 

restablecinuento...si, yonosélo queespe- 
riniei.to.... pero tened, mirad mis carri- 
llos. .. me parece que por la priineía vez 
desde que estoy clavado en esta cama de 
Tniserias se ponen un poco encarna- 
dos... Y aun sienli» ca-i un jioco de calor. 

Trnia razón Rodin. 

Un color húmedo y lij^ro apareció sú- 
bitamente sobre sus carrillos cárdenos y 
helados; aun su voz, aunque siempre dé- 
4)il, estaba menos cascada, y esclamó cun 
acento de convicción tan exaltado que se 
estremecieron el padre d'Aigrigny y el 

card nal. 

— Kste primer óxilo es una garantía de 
lo> otros.... estoy leyendo el porvenir... 
si, si, añadió Uodin en tono cada vez mas 
inspirado; triunfara nuestra causa.... pe- 
r»ccrán todos los individuos de la execra 
ble familia de Renepont.... y esto antes 
de poco... lo \ereis.... lo veréis.... 

Y después interrumpiéndose se echó 
Rodin sobre la almohada, diciendo: 

— ¡ Oh 1 me ahoga la alegría.... pierdo 

la voz. 

— ¿De qué se trata pin's? preguntó el 
card» nal al padre d'Aigrigny. 

Y este le re.-p"ndió con un tono hipó- 
crita V penetrado. 

— L'no de los herederos de la familia 
de Renepont, un miserable artesano gas- 
lado pnr los escesos y el libertinaje, ha 
mu.-rto hace tres dias, al salir de una abo 
minable orgia, en la qtie si habian mofa 
do dtl cólera con una impiedad sacrile- 
ga Uoy solamente, con motivo de la 

indisposición ijue me ha forzado á que- 



darme siempre en nu' cuarto.... lie podi- 
do tener en mi poder la fé de muerto bien 
üi reglada de esta víct ma de la inttinpe- 
raiuia y de la irreligion. Por otra parte, 
lo proclamo en alabanza de su reveren- 
cia, (é indicó á Rodin)(|Uicn habia dicho: 
« Los peores enemigos que pueden tener 
l('S descendientes de ese infame renegado 
>on sus malas pasiones.... sean pues ellas 
nuestros ausiliares contra esa raza un- 
cía... » Eso es lo que acaba de suceder á 
Santiago Renepont. 

— Va lo V(is; replicó Rodin con voz 
tan apagada que pronto fué casi iniíileli- 
gil)le; ha comenzado el castigo.... uno... 

de los Renepont ha muerto y 

pensad bien en eso... esa fé de muerto... 
añcidií) e' jesuita , indicando el papel <|ue 
tenia en la manoel padred'Aigrigny, pro- 
ducirá algún dia á la compañía de Je- 
sús.... cuarenta millones... y eso... por- 
que... os... tie... 

Los labios de Rodin, solos, acabaron 
esa frase. De algunos instantes á aquella 
parle se iba oscuriciendo tanto su \ozt|ue 
al fin llegó á no ser perceptible, y se apan- 
gó completamente: contraida la laringe 
por una emoción violenta no permitió ya 
salir acento ninguno. 

líl jesuita, lejos de turbarse por atjuel 
accidente, acabó su frase, por di cirio asi, 
por medio de una pantomima espresiva, 
alzando con arrogancia la cabtza, allivoy 
orgulloso el rostro, se dio en la frintedos 
ó tres golpes con la punía del índice, ma- 
nifestando asi que, á su inteligencia, á su 
dirección , era a quienes se debia ese pri- 
mer resultado tan feliz. 

I'ero bien pronto Rodin volvió á dejar- 
se caer sobre la cama, abrumado, exhaus- 
to, jadeando y desanimado, acercando el 
pañuelo á sus secos labios: aquella buena 
íio/jnVi , como decia el padre u'Aigri;;n*, 
no habia curado á Rodiu; habia podido, 
por uu momento solamente, olvidar sus 



ir.uiiül. 



123 



'dolores; pero pronto desapareció aquel ¡i 
gero color encarnado que había animado 
Un poco sus mejillas : púsose de nuevo 
cárdeno su rostro, y sus padecimientos, 
suspendidos por un instante , redoblaron 
con tal violencia, que se retorció convul- 
sivanifíite bajo la ropa de la cama, y í-e 
estendió á lo largo con la cara encima d<- 
la alfnohdda , cruzando sobre la cabeza 
sus dos brazos acrispados y tiesos cimho 
dos barras de hierro. 

De>pu<-s de esta crisis tan intin-a como 
rápida durante la cual el P. d'Aigrigny 
y ei prelado prodigaron atenciones á Ho- 
diii , este, con su cara itujndada de un 
sudor fiio, les hizo señas de que sufVi;! 
rnenos , y que «leseaba beber de una po- 
ción (¡ue les indicaba con su ademan; la 
cual estaba encima de la mesa. Fué a co 
jerla el P. d'Aigrigny, y mientras ei car- 
denal, con un hastio evidente, sostenía á 
liodm , daba el P. d'Aigrigny al enfermo 
algunas cucharadas de la poción, y pro- 
dujo esta por lo pronto alguna calma. 

— ¿Queréis que llamea Mr. Kousselel? 
dijo el P. d'Aigrigny á Kodin asi que se 
hubo tendido este de nuevo en la cama. 

Meneó Rodin negativamente la cabtza, 
y después, haciendo otro esfuerzo, levantó 
la mano derecha, la abrió enteramente y 
recorrióla con el dedo índice de la mano 
izquierda: hizo señas al P. d'Aigrigny, n\os 
Irándoie con los ojos un bufelito que es- 
taba en un rincón del cuarto, que no pu 
diendo hablar, quería al menos escribir. 
— Siempre entu'ndo á vuestra reveren- 
cia, dijo el P. d'Aigrigny; pero calmaos 
primeriimente. Al itislante. si es necesa 
rio, os daré cuanto se necesita para es 
cribir. 

Dos golpes violentos que dieron , no á 
la puerta del cuarto de Rodin, sino á la 
puerta esterior del cuarto inmediato, in- 
terrumpieron aquella escena; por pru- 
dencia y porque fuese mas secreta su coa- 



versación con Rodin, el P. d'Aigrigny ha- 
bía rogado á x\lr. Rou>selet (jue es»u viese 
en el primero de aquellos cuartos. 

Kl P. d'.Aigrigny, después de haber 
atravesado el segundo cuarto, abrió la 
puerta de la antecámara, en la que halló 
a Mr. Roussclet, el rual le entregó un 
piiígo cerrado bastante abultado, dicién- 
dolé: 

— Peídonadnie, padre mi), el lu.brros 
incomódalo; pero me han dicho que era 
preciso eritrcgaros al instante ese pliego» 
— Gracias, señor Rousselet, dijo el l'a- 
dre d'Aigrigny; y después añadió: ¿Sa- 
béis á gue hora ha de venir el ductor 
Haleiniei ? 

—No puede tardar mucho, padre mió; 
puesto que quiere hacer antes de la no- 
che la operación tan dolorosa que ha de 
prT)ducir un efecto tan decisivo en la sa- 
lud del P. Rodin, y estoy preparándolo todo 
con e>e objeto, añadí,) Mr. Ronsselet, 
mostrando un apanjo estraño, formida . 
ble, que consideraba con una especie de 
espanto el P. d'Aigrigny. 

— Yonoséf'i es este grave síntoma, dijo 
el je>uita; pero acaba de esperimentar el 
P. Rodin una eslu)CÍon de la voz. 

— Es ya la tercera vez, de ocho días á 
esta parte, que se renueva ese accidente* 
dijo Mr. Rousselet, y la operación del 
señor Baleinier inlluira así sóbrela laringe 
como Síbre los pulmones. 

— ¿Yes muy dolorosa la la! operación? 
dijo el P. d'Aigrigny. 

— No creo que la haya mas cruel en 
toda 'a cirujía , dij > el discípulo : a^i es 
que el doctor Baleinier ha ocultado su im- 
portancia al P. Rodin. 

^— Tened la bondad de continuar aguar- 
dando aqui ai doctor Baleinier, y de de- 
cirle que entre al instante que llegue; re- 
pitió el P. d'Aigrigny, y volvió al cuarto 
del enfermo. Sentándose entonces á su ca* 
becera , le dijo mostrándole ia carta: 
32** 



121 



ALBUM. 



— Hé aqui varios infarmes cûnlr.idio- 
torios relativos á diversos mionibr^s de la 
fafnilia Kenepont, quienes me lian par»'cido 
dignos de una vij^ilancia cjpecial;.... co- 
mo de algunos días áe«l.i parte no mo ha 
permitido mi indisposición el ver nada p.-ir 
mi mismo... porque hoy es el primer dia 
que me levanto... pero no sé, padre mió, 
añadió dirigiendo la pil.i')ra á Hodin, si 
vuestro estado os pennilirá oir 

Hizo Uodin un ademan tan deprecato- 
rid á la vez y tan desesperado, que cono- 
ció el P. d'Aigrigny que habría á lo me- 
nos tanto peligroen rehusará Rodin lo que 
pedia como en conformarse á sus deseos: 
volviéndose pjies al cardenal, quien per 
manecia siempre inconsolabie de no ha- 
ber podido arrancar su secreto al je- 
suíta, le dijo con una respetuosa deferen- 
cia, mostrándole la carta : 

— ¿Permite vuestra eminencia? 

El prelado inclinó la cabeza y respon- 
dió: 

— Vuestros negocios son también los 
nuestros, querido padre mío, y la iglesia 
se debe alegrar siempre de lo que alegra 
á vuestra gloriosa Compañía. 

Rompió el P. d'Aigrigny el nema del 
pliego; habia en él diversas notas de le- 
tras diferentes. 

Después de haber visto la primera , se 
obscurecieron súbitamente sus facciones 
y dijo coD voz grave y penetrada : 

— Esto es una desgracia una gran 

desgracia. 

Volvió Rodin súbitamente la cabeza ha- 
cia él, mirándole coo aire inquieto é in- 
terrogativo. 

— Ha muerto Florina coo el cólera, dijo 
el P. d'Aigrigny continuando , y lo peor, 
añadió el reverendo padre , estregando la 
nota entre sus dedos, es que, antes de 
morir, esta miserable criatura ha confe- 
sado á la señorita de Cardoville, que la 
estaba espiando hacia mucho tiempo, con- 



forme á las órdenes de vuestra reverencia,, 

La niuerte de Florina y la confesión 
que habia hecho á su señora contrariaban 
sin du Id los proyectos del I*. Rodin , por 
que se le oyó una especie de murmullo 
inarticulado, y á pesar desuabatiuíietito, 
manifestaron sus facciones im gran dis- 
gusto. 

Pagando á otra nota, leyóla el p.idre 
d'Aigrigny y dijo: 

— Esta nota relativa al mariscal Simon 
no es absolulanvenle mala, pero no es ab- 
solutami'ute buena, puc-ito -lue anuncia, 
en suma, una mejora on ^u situación. Ve- 
remos despues, por los infornies de otras 
fuentes, si merece i-Tila nota entera fé. 

Rodin con un gesto impaciente y brus- 
co, hizo señas al padre d'.\igrigny que le- 
yese prontaiuento. 

Entonces leyó el reverendo padre lo que 
sigue: 

— «Se asegura que, do algunos días á 
«esta parte, está menos triste, menos in- 
« quieto y menos agitado el espíritu del 
«mariscal: ha pasado últimamente dos 
«horas con sus hijas, lo que no le habia 
« sucedido hace mucho tiempo. Como la 
« dura fi-onomia de su soldado Dagoberlo 

«se va aclarando cada dia mas se 

« puede mirar ese síntoma como una 
« prueba cierta del estado de la salud de( 
« mariscal. 

« Habiéndose conocido la escritura de 
«las últimas cartas anónimas, las ha de- 
« vuelto al factor el soldado Dagoberto sin 
«que las haya abierto el mariscal; se pro- 
te porcionarán medios de que lleguen á sus 
« manos de otro modo. » 

Mirando después á Rodin, el padre 
d'Aigrigny le dijo: 

— ¿Sin duda piensa vuestra reverencia 
como yo, que podría ser mas satisfactoria 
esta nota ? 

Bajó Rodin la cabeza. Mostraba su fiso- 
nomía contraída cuanto sentía el no poder 



ALBUM, 



125 



Îi8])!:ir-; do- vorcs pti^o la mano en lagar- 
f;onta, mirai)(]u con angustia al padre 
(iWifírigny.. 

— ¡ Allí... escliimó el padre d'Aigrigny 
=Cifn cólera y amargtira, dc'S[)ues de haber 
dado una ojeada á otra not>i , ¡ por una 
eventualidad feliz.... hay muchas desgra- 
ciadas hoy I 

Al oir at|uelias palabra'^, vu!vió>e Ilodin 
"hacia el padre d''Aigiig!iy,esU'ndiendL)su> 
ntanos trémulas, interrogáiidolo con los 
ademanes y con los ojos. 

Kspenmen lando también la misma in- 
quietud , el cardennl dijo al padre d'Ai- 
grigny: 

— ¿Que os anuncia pues esanota? que 
íido padre mió. 

— Creíamos que se igfloraba completa- 
mente que vive en nuestra casa e! señor 
llardy , respondió el padre d'Aigrigny, y 
se teme ahora que hayade^cubiorlo Agri- 
col Baudoin la murada de su antiguo amo, 
y que le haya enviado una carta pur me- 
dio d¿ uno de los hombres de esta casa... 

Asi, añadió con cólera el padre d'Ai- 
grigny, durante ^stos tres dias,enloscua 
les me ha sido imposible el ir á ver á Mr. 
Hardy al pabellón en que habita, se habrá 
dejado seducir uno de los sirvientes... Hay 
entre nosotros un tuerto de quien me he 

desconíiadj j miserable 1 Pero no; no 

puedo creer en semejante traición. Serian 
■demasiado deplorables sus consecuencias, 
porque nadie sabe mijor (jue yo en qiie 
puesto están las cosas, y declaro que po- 
dria echarlo á perder todo semejante cor- 
TCspondencia; despertando en la imagina 
cion de Mr. Hardy recuerdos é ideas con 
tanto trabajo adormecidas, se echarla por 
tierra en un solo dia , por decirlo así, 
cuanto l»e hecho desde que está en nues- 
tra casa de recolección.... pero felizmente 
se trata solamente en esta nota de dudas, 
de recelos, y esperoquelosotros informes, 
que á mi parecer son mas seguros, no los 
confirmarán. 



—Mi querido padre, dijo «I cardenal, 

no se debe desesperar Ja buena »;auáa 

tiene siempre el apoyo del Señor. 

Parecía que aquella confianza no le ins- 
piraba muciia seguridad al padre d"Ai- 
grigny, el cual estaba pensativo, agovia- 
do , mientras Uodín , estendido sobre su 
cama de dolor, se estremecía convulsiva- 
mente en un acceso de cólera muia , al 
pensar en aquel nuevo contratiempo. 

— V\>amos lo que dice esta última nota, 
dijo el padre d'Aigrigny , después de ha- 
ber pensado al^un rato. Tengo bastante 
confiatiza en la persona que ii>e la envia 
para no dudar ni un solo instante de la 
exactitud de los informes que contiene.... 
¡Quiera Dios que rae contradigan entera- 
mente los otrosí 

Para no interrumpir el encadenamiento 
de los hechos contenidos en esta última 
nota , que causó i.na impresión tan terri- 
ble á los actores de esta escena , dejamos 
al lector que supla con su imaginación to- 
das las esclamaciones de sorpresa , de ra- 
bia , de odio, de temor del padre d'Aigri- 
gny, así como la espantosa pantomima de 
Uodin , mientras duró la lectura de a(|ue 
documento tan formidable, resultado de 
las investigaciones de un agente secreto y 
fiel de los RR. PP. 

XMI. 

LA NOTA SECRETA. 

Leyó pues el padre d'Aigrigny lo que 
sigue : 

« Hace tres días llegó el abate Gjbríel 
«de Renepont á la una y media de la tar- 
it de á casa de Mlle, de Cardoville, en la 
«que no había estado jamás, y se quedó 
«con esa señorita hasta cerca de las cinco. 

« Casi al instante que salió el abate, sa- 
«lieron también de aquella casa dos cria- 
«dos; el uno fué á casa del mariscal Si- 
»mon, el otro á casa de Agrícol Baudoin , 
«el obrero herrero!, y después á casa del 
« príncipe Djalma. 



Î26 



àlb; ta. 



« Ayer hacia modio dia vinieron á casa 
««le Mlle.de Cardoville el rrn riscal Si ¡non 
«y sus dos lujas: poco tirmpodosptifs Me- 
tí gó también por sü parte el abaU'(i:»briel 
« 'It^ Kcnepont, ai-ompanado de Agricol 
<( B^ud'in. 

« Ha habido una confi'rencia muy larga 
«entre Mlle, de Cardoville y esos pcrso- 
t nnjfS (¡iiienes han permanecido con ella 
« hasta las tres y ini*dia. 

o Kl mariscal Siin"n (|ne habia venido 
«en coche, se ha ido á pié con sus dos hi- 
wjas: parecían los tres muy salisfi-ehos, y 
« atin le lian visto en tina de las calles de 
w árboles apartadas de los (>atnpos Kliseos 
«al mariscal, abrazar con efusión yenler- 
«necimiento á su> dos hijas. 

« El abate dabriel de Renepont yBau- 
doin han salido los últimos. 

« El abate Gabriel ha vuelto á su casa , 
« como se ha sabido mas tarde : el herre- 
« ro, á i|uien habia muchas razones para 
• vijiilar , ha ido á casa de un vinatero de 
« la calle de la Harpa. Le han seguido y 
«han vi>to (jue, habiendo pedido una bo- 
« tella de vino, so ha setitadoen un rincón 
« retirado del gabinete del fon<ío, á mano 
« izijiiierda : no bebia y parecía muy preo- 
«cupado: se ha supuesto por consiguiente 
«que estaba esperando á al-^uno. 

« En efecío, al cabo de med a hora ha 
« Üegado un h inbre de algunos treinta 
H años, moreno, alto de esiaiura , tuerto 
« del «'jo iz'|UÍerdo , vestido con levita de 
«color de casl;ina y pantalon negro, y sin 
n nada en la cabeza. Debia venir de algún 
« sitio próximo, se ha puesto á la mesa 
« con el herrero. 

« Han entablado ambos una conversa- 
«cion nmy animada, de la que, por des- 
« gracia , no se ha podido oir ni una pa- 
«labra. Al cabo de una media hora, Agrí- 
«col Baudoin ha puesto m manos del tuer- 
ff lo un paquete pequeño , que ¡según pa- ' 
«recia .conlenia oro, juzgando por su cor-, 



'( lovo!úm»'n y por las manifestaciones dé 
'< profundo reconocimiento del tuerto, el 
«cual ha recibido después de Agricol Bau- 
«doiii con mucha atención una carta que 
<t parecía recon^endarle aquel con muchas 
« instancia^ : la ha puesto el tuerto en su 
n bolsillo con el mayor cuidado y después 
«^elian depara io, diciendo el herreroal 
« otro: H ista mañana. 

« l)e>piic»* de este abocamiento se ha 
'(jiiz;.'ado p II tuno seguir con el mayor cui- 
« dado al hombre tuerto: saliendo de la 
« calle de la H irpa , ha atravesado el Lu- 
« X'Mnburgo y ha entrado en la casa de 
« recolección de la calle de Vaugirard. 

« Han ido el dia siguiente muy tem- 
« prano á los alrededores déla taberna de 
« la calle de la Harpa, porque se ignoraba 
« la hora de la cita que habia dado la vis 
« pera á Agricol el hombre tuerto: se ha 
desperado hasta 'a una y media, y en- 
« tonces ha llegado el In-rrcro. 

ftdomo, por temor de ser reconocido» 
«se habían tomado precauciones para dis- 
«frazarse entiTamenle , se ha podido, asi 
a como se habia hecho la víspera, entrar 
«en la tal taberna y sentarse á una mesa 
«cerca de la del herrero, sin escitaren 
«este sospecha ninguna: poco tiempo des- 
« pues tía llegado el hombre tuc»rto y le 
« lia dado una carta sellada de negro. 

«Al Ver aquella carta ha parecido Agri- 
« col tan conmovido, que, aun antes de 
«leerla, se ha visfo claramente correr una 
« lágrima subre su>i bigotes. 

«Muy corta era la carta, puesto que 
« no le ha costado al herrero el leerla mas 
«de dos minutos; no obstante, ha pare- 
« cido tan contento de ella, tan feliz, que 
«saltaba de alt-gria en su bancoy ha apre- 
« tado cordialmente la mano del hom- 
«bre tuerto; despui-s parecía (¡ue pedia 
«con iiiílaiicia alguna cosa que rehusaba 
«el tuerto; pero al fin ha parecido que 
«cedía este, y han salido ambos jiintot 
« de la taberna. 



** tren. 



i 21 



« Se les ha seguido Á lo lejos : como 
«ayor el hombre tuerto ha entrado en la 
«casa io licada calle Vaugirard: Agricol, 
«despms de haberlo acompañado hasta la 
« putT'a.ha dado muchas vueltas al tede- 
« dor de las paredes, pareciendo que es- 
a. ludiaba el terreno; de tiempo en tiempo 
«escribía algunas palabras en un carla- 
« pació. 

« En segíiida ha ido m«jy de prisa el 
« herrero á la plaza del O león y ha to- 
«n^ado un cupé: se le ha imitado, se le 
« ha seguido, y se ha visto que ha ido á 
« la calle de Anjou á casa de la señorita 
« de (Jardoville. 

«Poruña casualidad feliz, en el ins- 
« tante en que entraba Agricol en aquel 
« hotel, se ha visto salir un coche con la 
«librea de la señorita de Cardoville-; en 
« él estaba el escudero de dicha señorita 
«con un hombre de muy mala traza, muy 
«pobremente vertido y muy pálido. 

« Merecía alguna atención este inciden 
^( te bastante estraordinario; asi es que 
« no se ha perdido de vista e] cit.-do co^ 
ti che, el cual ha ido directamente á la 
« prefectura de policía. 

« Ha salido del coche el escudero de la 
«señorita de Cardoville, con el hombre 
«de mala traza, y han entrado ambosen 
«el despacho de los agentes de vigilancia; 
«al cabo de media hora ha salido solo el 
«escudero de la señorita de Cardoville, 
« y subiendo al coche, ha dado orden que 
« lo llevasen al palacio de justicia, y ha 
«ido aldtspaeho del procurador del rey; 
« aUi ha pasado como cosa de media hora, 
« y después ha vuelto á la calle de Anjou 
« al liótel de Cardovil'e. Se ha sabido por 
« una via estremadamente segura, que el 
« mismo dia á las ocho de la noche Mrs.i 
«de Ormcsson y Valbelle, abogados de 
« mucha reputación, y el jitez de ÍQstruc<! 
« cien que ha recibido la queja ^ por ie-\ 
v cuestracion de la señorita de CardoViJIe 



«cuando estaba reffntí/a mía casa del doc- 
« tor Baleinier, han teciido con esa seño" 
«rita, en el hotel de Cardoville, una con- 
« ferencia que se ha prolongado hasta casi 
«media noche, i la cual asistían AgnVol 
« Baudoin y otros dos obreros de lafábrí- 
« ca de íMr. Hardy. 

« Hoy ha ido el príncipe Djalma á casa 
« del mariscal Simon y se ha quedado tres 
«horas y media; al cabo de este tiempo 
«han ido el marí>ca! y el príncipe, rmiy 
« probabiemenle, á casa de la señorita de 
«Cardoville, puesto que se han detenido 
« en su puerta , calle de Anjou : un acci- 
« dente imprevisto ha impedido que se 
« pudiese completar este último informe. 

'X Se acaba de saber que se ha despa- 
«chado muy poco hace, orden de poner 
« preso al llamado Leonardo, antiguo /ac- 
((totum del baron Tripeaud. Se supone 
« que ha sido ese Leonardo el autor delin- 
wcendio de la í-ibiica de Mr. Francisco 
«Hardy; porque Agricol Baudoin y dos 
«de sus camarades han indicado unhom- 
« bre qtie tiene con Leonardo una seme- 
«janza eslra^rdinaria. 

« De todo esto resulta , que de pocos 
«días é esta parte el hotel de Cardoville 
«es el foco en donde se reúnen y de don- 
« de parten los pasos mas activos y mas 
« multiplicados^ que se dan siempre, se- 
« gun parece, alrededor del mariscal Si- 
« mon, desús hijas y de Mr. Francisco 
«Hardy; pasos en los que la señorita de 
«Cardoville» el abate (iabriel y Agrírol 
(Soinlos agentes niâs infatigables, y según 
«se teme los ¡mas pdjgroüosi*» 

Comparando «sta nota con los otros rn- 
formes y recordando lo pasado, resnl- 
Laban íie todo esto, descubrimientos que 
abrumaban i aquellos. revereDdos padres. 
Asi t 

Tenia Gabrielifr^cuentes y largas eon- 
iureticiasGoo Adriana,: q.uienlMista entoo- 
ees le había sido descooocida. 
33 •• 



128 ALBIM. 

Había entablado Agn'col Baudoin rota- 
ciones con Mr. Hardy , y lenia ya la jus- 
ticia algunos indicios acorra délos autores 
y de los instigadores del niolin que liabia 
arrninadoé incendiado la fábrica del com 
petidor del baron Tripeaud. 

Parecía casi ciertoque el príncipe Ojal - 
ma había tenido una coiirerencia ccn la 
señorita de Cardoville. 

Ese conjunto de hechos probaba haslí) 
la evidencia , que, fiel á la amena/a que 
había hecho á Kodin , cuando se descu- 
brió la doble perlidia del reverendo padre, 
la sefiorita de Cardoville se ocupaba ac- 
tivamente en reunir al rededor suyo los 
miembros dispersos de su familia con ob- 
jeto de cscitarlús á ligar>e contra el ene- 
migo peligroso, cuyos detestables proyec- 
tos, asi descubiertos y valerosamente com 
batidos, no debian tener en adelante nin- 
guna probabilidad de salir bien. 

Ahora se comprende cual debió ser el 
el terrible efecto que produjo aquella nota 
en el padre d'Aigrígny y en Rodín.... en 
Kodín, agonizante, clavado en una cama 
por el padecimiento y reducido a la im- 
potencia, mientras veía desplomarse trozo 
por trozo su laborioso edificio. 
XIV. 

LA OPERACIÓN. 

Hemos renunciado á pintar la fisono- 
inia, la actitud y e¡ ademan de Rodín du- 
rante la lectura de la nota que arruinaba 
al parecer las esperanzas concebidas tanto 
tiempo hacia: iba á faltarle todo á la vez, 
y al momento mismo en que una confian- 
za casi sobrehumana en el écsito de su 
trama le daba la suficiente enerjía para 
dominar aun su enfermedad. Saliendo 
apenas de una agonía dolorosa, un solo 
pensamiento fijo, devorador, le había aji- 
lado hasta el delirio. iQue progreso enmal 
ó en bien habia hecho durante su enferme- 
djd aquel negocio tan inmenso para éll Se 
le {anunciaba primeramente una noticia 



feliz , la muerto de Santiago; pero inme- 
diatamente las ventajas deesa nuierteijue 
reducía de siete á seis el número de los 
herederos de Renepont , quedaban ano- 
nadadas. ¿De qiióservia esa muerte, pues- 
to que 3()U('lla familia dispersada , ataca- 
da en su aislamiento con una perseverancia 
infernal, se reunía , y conocía en fin los 
enemijjosque tatito tiempo liatia le daban 
golpes secretos? Si todos aipiellos cnr.izü- 
nes hi-ridos, lastimados, de.-pedazados, se 
renoíaii, se consolaban, dándose un apo- 
yo firme y recíproco, ganado estaba su 
pleito y los reverendos padres perdían la 
enorme herencia. 

¿Quó hacer? iQué hacer? 

¡ Estraño poder es el de la voluntad hu- 
mana ! Tiene ya Rodin un pié en la se- 
pultura, está casi agonizando, le falta la 
voz, y sin embargo aquella alma tenas y 
fecunda en rtcursos no desespera aun : 
i|iie le vuelva un milagro !a salud y aque- 
lla impertérrita confianza en el écsito de 
sus proyectos que le ha dado el poder de 
resistir á su enfermedad, á la cual hubie- 
ran sucumbido otros muchos, aquella con- 
fianza le dice que podrá remediarlo todo... 
pero es menester la salud, la vida. 

j La salud... la vida !...é ignora su mé- 
dico si sobrevivirá ó no á tantos sacudi-* 
mientos...si podrá soportar una operación 
terrible... ¡La salud... la vidai... Y poco 
antes oía el mismo Rodin hablar de las 
solemnes exequias que se le harían.... 

¡ Pues bien! La salud, la vida, las ten- 
drá; se lo ha dicho á sí mismo... Sí; ha 
querido vivir hasta ahora... y ha vivido... 
¿Por qué no vivirá aun mas tiempo? 

Vivirá pues... ¡asi lo ha determinado I 

Cuanto acabamos de decir, Rodín lo ha- 
bia pensado en un segundo por decirlo 
así. 

Necesario era que sus facciones, desor- 
denadas por esta especie de tormento rnf - 
ral, revelasen alguna cosa muy eslrafia, 



ALrin 

piK^s le miraban ol padre d'Aigrigny y el 
cordenal silenciosos y atónitos. 

Una vez re>iiclto á vivir con ol obj.'to 
de sostonor una lucha desesperada contra 
]a familia de Renopont, Hodin obró en 
consecuencia de esa delemiinaeion ; así es 
que el prelado y el padre d'A¡¿^ri^ny cre- 
yeron durante aljiunos it^tantes ()ue esta- 
ban bajo la influencia de un sueño. 

Por un esfuerzo de voluntad de una 
energía increíble, y como si se hubiese 
movido por un resorte, se arrojó Hodin 
fuera de la c:una, llrvándose una sabana 
que arrastraba por el suelo como una mor- 
taja tras de su cuerpo cjírdeno y descar- 
nado... El cuarto estaba frió; inunda!)a el 
sudor el rostro del ji'suita, y sus pies hú- 
medos y huesosos dejaban la marca en los 
ladrillos. 

— ¡Infeliz! ¿(jué estáis hai'iendo? Es 
daros la muerte, esclamó el padre d'Ai- 
grigny abalanzíndose á Kovlin para for- 
zarlo á que se volviese á la cama. 

Pero éste, estendiendo uno de sus bra- 
zos de esqueleto, duro como el tiierro, re- 
chazó lejos al padre d'Aigrigny con un vi- 
gor increíble para quien pensase en el es- 
tado de inanición en (]ue se hallaba hacia 
mucho tiempo. 

— Tiene la fuerza de un epiléptico 

mientras está con el accidente. 

Dijo al prelado el padre d'Aigrigny en- 
derezándose. 

Rodu» se dirigió con paso grave hacia 
el bufete en donde se hóillaba todo lo ne- 
cesario para que escribiese cada dia sus 
recelas el doctor Baleinier; sentándose 
después junto á aquella mesa, tomó el je- 
suíta una pluma y papel y comenzó á es- 
cribir con puno firme. 

Sus movimientos calmados, lentos y se- 
guros, tenían algo de la niesura reflexio- 
nada que se advierte en lossonimbuius. 

Mudos, inmóviles, sin saber si estaban 



129 



despiertos ó dormidos, al ver aquel pro-, ble y... 



digio, el cardenal y el padre d'Aigrigny se 
quedaron con la boca abierta ante la in- 
creíble serenidad de Kodin. (piien medio 
desnudo escribía con una perfecta tranrjui- 
liddd. 

Sin embargo el padre d'Aigrigny se acer- 
có á él y le dijo: 

— Padre mío pero es una insensa- 
tez 

Levantó los hombros Rudín, volvió la 
cabeza hacia él, é interrumpiéndolo con 
un ademan , le hizo señis para que se 
acercase y leyese lo que estaba escribiendo. 

Pensaba el reverendo padre que vería 
las elucubraciones de un cerct)ro enfermo^ 
y tomó la hoja que escribía el padre Ro- 
dín mientras se ponía [este á hacer otra 
ñola. 

— Monseñor... esclamó el padre d'Ai- 
grigny, leed esto. 

Leyó el cardenal la hoja, y volviéndola 
al padre d'Aigrigny, no menos asombrado 
que él: 

— Kstá lleno de razón, de habilidad, de 
recursos: así se neutralizará el peligroso 
concierto del abate Gabriel y de la seño- 
rita de Gardoville, que parecen en efecto 
los promotores mas peligrosos de esta coa- 
lición. 

— En verdad es esto n>ílagroso, djo el 
padre d'Aigrigny. 

— i Ah ! querido padre mío I dijo en voz 
baja el cardenal, oyendo aquellas palabras 
del jesuíta y sacudiendo la cabeza con una 
espresion de sentimiento triste. ¡Qué lás- 
tima que seamos los únicos testigos de lo 
que pasa! ¡Qué magnífico milagro se 
hubiera podido hacer con estol... Un hom- 
bre agonizando.... trasportado así súbita- 
mente... Y presentando la cosa bajo cier- 
to aspecto... Casi valdría esto tanto como 
la resurrección de Lázaro... 

— ¡Qué idea, monseñor! dijo el padre 
d'Aigrigny á media voz, es perfecta, y no 
se ha de abandonar es muy acepta- 



130 



iLirD«, 



Es'e inocente y peqoeño complot tan na- 
Túr>:Jcoriié iitterrtiiit))! jo pur Kuilin, qmtMi 
\(>ivu'inJo la cabera, hizo señas al padn- 
d'Aigri^ny para que se arerrase, y le dió 
otra ti'j't aco(iipana<ia di' un papclilo en 
el que se leían las palahras !>i;.uii>nti's : 

« Paraque se haga Jenlrntic una hora. » 

El pailre ü'Aigrigity leyó rapidaiiientt- 
la nota nueva, y esclanió: 

— Es verdad no liabia pei'í'íado en esn: 
de ese nmilo, en lnL.''»r <le >er fufust-i la 
currespi'nd'ütii le Hiuliin yde.Mr.Har 
dy puede tener esieli.-(ites roullados, Kii 
verdad, anadio en viz t),íja y acercándose 
;il cardtMial el pailre d^Ainrii;ny , ni!eulra«¿ 
conluMHua escribiendo Uodin, estoy con- 
fundido.... veo.... leo y apenas puedo 

creer á mis ojos... tiace un instante abru 
mado, moribundo... y ahora con el espí- 
ritu tan claro, tan brillante como cuando 

mas ¿Somos acaso testigos de uno de 

«os fenónirnos de sonambulismo, du- 
rante los curiies el aima obra sola y domi- 
na ai cuerpo? 

Abrióse de repent." la puerta y entró 
con viveza el señor Baleinier. 

Al ver á Kodin sentado en su bufete, 
medio desnudo, con los pies en los laori 
líos, esclamó el doctor en tono de repro- 
che y de espanto: 

— l*ero, monseñor... pero, padre mió... 
es un homicidio el dejarle á ese infeliz en 
ese estsdo. Si tiene un acceso de labardi 
lio, es necesario atarle en la cama y po- 
nerle la caminóle de force (1). 

Diciendo esto, el doctor Baleinier se 
•cercó raoidainenle á Kodin y le asió el 
brazo: pensaba encontrar el cutis seco y 
nielado, y estaba al contrario dixible, casi 
húmedo. 

(1) Así se llama una túnica y á veces 
un sayo (los hay de divrr>as f'">rmas) (jue 
les p'tneri en Francia á los locos y á los 
condenadlos á nuierle para que ni Jta<>an 
ni se hagan daño alguno. {N. del T.) 



Quiso el doclor , lleno de sorpresa , to- 
marle el pulso de la mano izquierda , que 
le abandonó Kodin continuandoescribien» 
do con la derecha. 

— ¡Ooó pro. ligio! esclamó el doctor Ba- 
ie nier, qaien contaba las pulsaciones de 
Kitdín. Ocho días hace que está , y aun 
estaba esta mañana, el pulso brusco, in- 
termitente, casi insensible, y ahora se le 
vanta... se arregla... no sé qué pensar... 
¿Qué hasucedido pue^?... Nopuedocreer 
io (|ue veo. 

K>to deiia volviéndose al padre d'Ai- 
urigiiy y ai cardenal. 

— Kl reverendo padre Ita e-^perimen- 
tado primeramente una eslincion de voz, 
y despijes un acio de desesperación tan 
vinleiito, tan furioso, causado por unas 
noticias deplorables, respondió el padre 
d\\igrigny, que durante un instant- Ive- 

mos temblado por su vida niientras al 

Contrario ha tenido el reverendo padre 
fuerzas para ir á i se bufete, en donde 
está escribiendo hace diez minutos con una 
claridad de razonamiento, una puri'za de 
espre^ion, que nos ha dtjadu confundidos 
á monseñor y á n>l. 

— No hay duda ninguna, esclamó el 
doctor, e' violento acceso de desespera - 
cien que lia esperimenlado, ha proiiucido 
en él una perturbación violenta que pre* 
para adinirablemenle la cri>is reactiva que 
ahora estoy casi seguro de lograr por me- 
dio de la operación. 

— I'ersi>tis pues en hacerla, dijo en voz 
muy baja el p^dre d'Aigrigny al doctor 
Baleinier, mientras C(>ntinuaba Kodin es- 
ciibiendo. 

— Esta mañana liubiera podido titu- 
bear; pero ahora dispuc>to cual está....» 
voy á aprovechar el instante de eata gran- 
de surescitacion , la cual, según preveo, 
será se|¿uida de un grande abatimiento. 

— Asi, dijo el cardenal, sin la opera'- 
ciofl 



ALBUM. 

— Aborta csla crisis tart feliz, Ion Inés 

perada y su reacción puede matarle, 

•monseñor 

— ¿Y le habéis advertido de la grave 
dad dü la operación? 

— Poco mas ó menos monseñor; ' 

dijo el ductor Baleinier. 

y acercándose á Kodin , quien, como 
continuaba escribiendo y pensando, nada 
liabia oidü de esa conversación en voz bsj^: 

— Reverendo padre mió, le díji> el doc- 
tor en voz firme: ¿queréis estar en pié 
dentro de ocho dias? 

Hizo Kodin un ademan lleno de con- 
fianza , que significaba : 

— ¡Pues en pié esto\ ! 

— No os llaméis á engaño, respondió 
e! doctor, esta crisis es escelente; pero 
durará poco, y ^i no la aprovechamos.... 
al instante..... para hacer la operjcion de 

que os he tiablado un poco, á fe mia 

*ôs lo digo brutalniente..... después de se- 
mejante sacudimiento de nada res- 
pondo. 

Aquellas palabras llamaron tanto mas 
la atención de Kodin, cuanto qiie medía 
hora antes habia esperimentado cuan corta, 
habla sido la duración de la mejoria efé- 
mera que te había ocasionado \abnenano- 
licia del padre d'Aigrigny , y cumenzaba 
a sentir de nuevo un acreceritamiento de 
opresión al pecho. 

— En una palabra, mi reverendo pa- 
dre, ¿«juereis vivir ó no? 

Kodin escribió rápidamente estas pala- 
bras qtie le dio al doctor. 

— Por vivir..,., me dejaría corlar los 
•cuatro miembros; estoy dispu stn á lodo. 

É liiztt un movimiento ()ara levatitarse. 

— Debo declararos, reverendo padre 
mió, no para haceros vacilar, sino para 
que no sea sorprendido vuestro coraje , 
añadió el doctor Baleinier, que esta ope 
ración es cruelmente dolorosa. 

Levantó los ojos Kodin, y escribió. 



r¿i 



—Dejadme la cabeza y toread todo Id 
demás. 

El doctor habia leido en alta voz estas 
palabras; el cardenal y el pariré ü'Ai- 
i^rigny se miraron sorprendiduá de aquel 
indómito Valor. 

— Keverendo padre mió, riij) f! doc- 
tor Baleinier, seria neceaariu voivtros á 
acustar. 

Kodin escrüiii'i : 

Preparaos tngo que cscrihir órduiei 

urgentes. Me advertiréis cuando sea nece- 
saria. 

Plegando d.spues un papel , que cerró 
con una oblea, Rodin hizo señas al padre 
d'Aigrigny , que leyese lo que iba á escri- 
bir , y esctibió estas palabras: 

— Enviad al instante esta nota al agente 
que ha dirigido lat cartas unt^imas al ma- 
riscal Siviott. 

— Al in^t3nte mismo, reverendo padre 
mi.t, dij) el padre d'Aigrigny, voy s darle 
este encargo á una persona muy segura. 

— Revefendojpadretiiio, dijo el ductor 
Baleinier, ya que tanto empeño ten-ib en 
escribir, volveos á acostar y escribiréis en 
!a cama , mientras preparamos lo nece- 
sario. 

Hizo Rodin un gesto aprobativo y se 
levantó. 

Pero ya comenzaba á realizarse la pro- 
nosticado por el doctor; apenas pudo el 
jesuíta estarse en pié un sulo segunde, y 

se drjó caer subre la silla Efitonces 

miró angustioso al doctor Baleinier y su 
respiración comenzó á sofocarse cdda >^'2 
mas. 

El doctor, queriendo tranquilizarle, le 
dijo: 

—No tengáis inquietud ninguna... pero 
es necesario apresuraros apoyaos so- 
bre el padre d'Aigrigny y sobre mí. 

Con aquellos dos apoyos pudo al fin Ro- 
din ir á su cama, y habiéndose incorpo- 
rado, mostró coD un ademan el bufelito 
34** 



f32 



ALBLU. 



y el papel para que se los trajerai). Sir- 
viole de atril una cartulina, y continuó 
«scribicndo sobre sus rodillas, interrum- 
piéndose de tiempo en tiempo para aspi- 
rar aire con mucho trabajo como si se hu- 
biera sofocado, pero sin hacer caso nin- 
guno de cuanto pasaba al rededor suyo. 

— Reverendo padre mió, dijo el doctor 
Baleinier al padre d'Aigrigny, ¿sois ca- 
paz de ayudarme y asistirme en la opera 
cion que voy á hacer? ¿tenéis esa especie 
de valor? 

— No, respondió el reverendo padre. 
En el ejército jamas he podido asistir á 
«na amputación: al ver sangre me des- 
mayo. 

— No hay sangre, dijo el doctor Balei- 
nier; pero fuera de eso aun es peor... te- 
ned pues la bondad de enviarme tres de 
nuestros reverendos padres; ellos me ayu- 
darán... tened también la bondad de ad- 
vertir á Mr. Housselet que venga con su 
aparejo. 

Salió el padre d'Aigrigny. 

El cardenal se acercó al doctor Balei- 
nier y le dijo con voz baja, mostrándole 
i Rodin : 

— ¿Está fuera de peligro? 

— Si resiste á la operación, sí, mon- 
señor. 

— Y.... ¿estais seguro que resistiiá? 

— A él le diria, si; à vos, monseñor, 
os digo : es de esperar. 

— ¿Y si sucumbe, habrá tiempo para 
administrarle en público los sacramentos 
con cierta pompa, cosa que ocasiona síem 
pre algunas lentitudes? 

— Es probable que su agonía durará... 
al menos un cuarto de hora. 

— Poco es pero al fin es menester 

contentarse, dijo el prelado. 

Y se retiró junto á una de las venta- 
nas, en cuyos cristales se puso inocente 
mente á tocar el tambor con la punta de 
los dedos, pensando en el efecto que pro- 



duririan las luces del catafalco que tamlo 
deseo tenia de preparar para U »din. 

En aquel instante entró ¡Vlr. IVousselti 
con una gran caja cuadrada bajo del bra- 
zo ; se acercó á una cómoda y comenzó á 
preparar su aparejo encima del mármol 
que la cubría. 

— ¿Cuantos habéis preparado? dijo *l 
doctor Baleinier. 

— Seis, señor. 

— Bastan cuatro.; pero mejor »»s e>taT 
prevenido. ¿No está el algodón demasiado 
apretado? 

— Mirad, señor. 

— Muy bien. 

— ¿Y cómo vá el reverendo padre?..., 
preguntó el discípulo al maestro. 

— Uum.... hum respondió en vot 

baja el doctor. Terrible es el e-mbarazo 

del pecho, y al respirar, sifla la voz 

siempre apagada.... pero en fín hay una 
eventualidad, 

— Todo lo que yo temo , señor , es que 
el reverendo padre no pueda resistir á un 
dolor tan horroroso. 

— Esa es también otra eventualidad.., 
pero en semejante situación es necesario 
arriesgarlo todo.... Vamos querido mió, 
encended ona vela que ya oigo venir á 
nuestros enfermeros. 

En efecto, pronto entraron acompaña- 
dos por el padre d'Aigrigny los 1res con- 
gregantes que por la mañana se estaban 
paseando en el jardin de la calle do Vau- 
girard. 

Los dos ancianos de las caras rubicun- 
das y floridas, y el joven del rostro ascé- 
tico, vestidos los tres, como á lo ordina- 
rio, de negro, con alzacuellos, y en la ca- 
beza bonetes cuadrados; parecían, por 
otra parte, muy bien dispuestos á ayudar 
al doctor Baleinier durante la formidable 
operación. 



EL TORMENTO 

■ — Reverendos padres míos, d^j» gra- 
ciosamerile el doctor Baleinier á los tres 
congregantes, os agradezco vuestra Imena 
cooperación.... lo que habéis de hacer es 
wuy sencillo, y con la ayuda dei Señor, 
salvará esta operación á nuestro querido 
y reverendo padre. 

Las tres sotanas negras levantaron los 
ojos al cieio con compunción y después 
■hicieron una reverencia, como si no hu- 
biese habido mas que un solo hombre. 

Rodin muy indifirente á cuanto pasa- 
í)a a! rededor suyo, no hahia oe-adoniun 
«olo instante, sea de escribir, sea de pen 
sar.... sin cmbarg», de tiempoen tiempo, 
á pesar de aquella tramiuilidad aparente, 
había esperimentado una dificultad tan 
grande para respirar, que el doctor Ba- 
leinier habia vuelto la cabeza con suma 
inquietud al oir la especie de süvido sofo 
cado que salia de la garganta del enfer- 
mo; asi es que, después de haber hecho 
una seña al discípulo, el doctor se acercó 
Á Kodin y le dijo : 

— Vamos, reverendo padre mió.... es- 
te es el gran momento... j valor 1 

No se manifestó en las facciones del je- 
suita indicio ninguno de espanto, y se que- 
dó su rostro impasible corno el de un ca- 
dáver : solamente sus peíjueñuelos ojos 
de reptil resplandecieron aun mas brillan- 
tes en el fondo de su oscura órbita ; estu- 
vo mirando un instante á los testigos de 
•aquella escena; poniéndose después la plu- 
ma entre los dientes, dobló y cerróaun otro 
plieguecito, lo puso encima de «u mesa de 
noche, y en seguida hizo al doctor Balei- 
nier una seña quequeria decir: dispuesto 
€stoy. 

— En primer lugar, es necesario quita 
ros la almilla de lana y la camisa, padre 
mío. 

Por vergüenza ó pudor, Rodin vaciló 



un instante.... solamente tn instante 

porque cuando el doctor dijo de nuevo: 

— Es necesario, reverendo padre mió; 
Rodin, siempre sentado en su cama, obe- 
deció con la ayuda del doctor Baleinier ; 
quien añadió sin duda para consolar su 
pudor ofendido: 

— No tenemos r.ecesidad absolutamen- 
te sino de vuestro pecho, querido podre 
mió, el lado derecho y el izquieido. 

En electo, tetidido llodin boca arriba, 
teniendo siempre en la cabeza aquel gor- 
ro de seda grasienlo, dejó ver la parte 
anterior de un tronco medio macilento y 
amarillento, ó por mejor decir, el arma- 
zón huesoso de un es(¡uekto, puesto que 
las sombras que producian lo elevado de 
las costillas y de las ternillas sellaban su 
cuerpo con surcos negros, profundos s,^ 
circulares. En cuanto á susbrazos, se-ííu^' 
biera podido crecf que eran huesos ro- 
deados de cuerdas gruesas y cubiertas cen 
pergamino atezado, por el gran relieve 
que daba á sus huesos así como á sus ve- 
nas el abatimiento muscular. 

— Vamos, Mr. Rousselet, los aparejos, 
dijo el doctor Baleinier. Y después, ha- 
blando á los tres congregantes. Acercaos, 
señores... lo que habeisde hacer... e? muy 

sencillo ya os lo he dicho, como vais 

á ver. 

Y comenzó el doctor Baleinier á insta- 
lar el negocio. 

Fué cosa muy sencilla en efecto. 

üió el doctor á cada uno de sus enfer- 
meros una especie de trébede de acero, 
de algunas dos pulgadas de diámetro y 
tres de altura : el centro circular de aque- 
lla trébede estaba lleno de algodón apila- 
do y muy espeso; teníase en la mano 
aquel instrumento por medio de un man- 
go de madera. 

En la mano derecha estaba armado ca- 
da uno de los enfermeros de un pequeño 
tubo de hoja de lata de diez y ocho pul- 



134 



ALBUM. 



gadas de largo: en una de <us eslremida- 
(Its hahia una embocadura para que pu- 
<li''se aplicar sus hbios el practicante, y 
en la otia estaba enccrbado el tubo y se 
ensanchaba de modo ipie pudia servir de 
cobertera á la penui ûa Irébedf. 

No ofrecían aqut'ilus pr<'parativos nada 
de espantoso, el padre d'Aigri^ny y elcar 
denal, (|iii' lo miraban lodo de Ujos, no 
comprendían como podia ser lan doloro- 
«a aque'Ia oprraci<'n. 

Pronlo lo cinipr^ndiernn. 

Habiendo e! doclor Baleinier arma<lo 
8si à sus cuatro enfermero-i , se acercó á 
Rudin , cuya cania habiatí heclio rodar 
hasta la n>itad del cuarto. 

— Ahora. señi>re«, dijii el doctor Balei- 
nier, encended el algodón., colocad la par- 
te encendida sobre la piel de su reveren 
cia por medio de la tróbede que contiene 
la mecha... cubrid la tróbede con la parte 
en^a^chada del cano, y soplad por la em- 
bocadura para avivar el fuego..... es cosa 
iiíuy simple como vos veis. 

Én effcto , tiabia en a(|uella operación 
una ingenuidad patriarcal y primitiva. 

Cuatro mechas de als^odon encendido, 
pero preparado de modo que no se que- 
mase sin.) poco á poco se aplicaron á de- 
recha é izquierda del pi-cho del padre Uo- 
din... 

Se llama e-^o vulgarmente inax'is. Asi 
<jue se ha quemado todo el espesor de la 
piel con aquel fuego lento, eslá concluido 

el apunto dura eso como unos ocho 

niinulos. Dicen, que, comparada con 
eso, una ainputaci.ia no es mas que una 
baílatela. 

Uodin habia examinado los preparativos 
de la oprracion con una curiosidad intré- 
pida; pero al primer contacto de aquellos 
cuatro braseros dtvnrü(h>res, se incorporó 
y se retorció como una culebra sin poder 
dar un solo ^ffito, poique estaba mudo; 
le estaba po nbida tiasla U espausion dei 
dolor. 



Como aquel movimiento biu=;co de 
Rodin levantó los aparejos de los cuatro 
eiifei meros, húbose de comenzar de nue- 
vo la o[)('raciün. 

— Animo, mi (juerido padre, ofreced 

vuestros pndrcimientos al Señor los 

aceptará... dij > el doctor Baleiniei con un 
hmo eaihelecador, ya os lo he advertido; 
es muy dolorosa esta operación, pero tan 
saludat.'le como dolorosa. Es cuanto se 
jinede decir.... Vamo-*.... vos <|tie habéis 
manifestado hasla ahora tanta resolución,, 
no la ptidais en este instante tan deci- 

-ÍV'>. 

Ko lin h.'ibia cerrado los ojos, vencido 
p ir aquella primera sorpresa del dolor; 
los Volvió a abrir, y miró al doctor con 
aire casi coiu'uso du haber manifestado tan- 
ta debilidad. 

Y sin embargo, á derecha é izquierda 
de su pecho se veian ya cuatro anclias es- 

carras, rojizas, sanguinolenta^ por lo 

aguJas y profundas que habían sido las 
quemadura-:... 

Al instante en que se iba á estender de 
nuevo en la cama de dolor, hizo señas 
Rodin, indicando con el tintero, que que- 
ría escribir. 

Podia satisfacerse a(|uel capricho. 

Alargóle el doctor la cartulina, y Rodirt 
escTÍbió como por reminiscencia. 

Mas vale no perder tiempo... Haced que 
aivierlan imnedialamcnte al baron Tri- 
peaud de la orden que se ha dado para po- 
tier preso á su factoluin Leonardo; asi po- 
drá lomar medidas. 

Escrito que hubo aijuella noticia, la dio 
elJHSuitaal doctor Baleinier, haciéndole 
señas que la pusiese en mano del padre 
d'Aigrigny ; óste lan admirado como el 
doctor de íem<jante serenidad vn medio 
de tan atroces dolores, se quedó atónito 
por un mon)enlo. Rodin con los oj'>s cK*- 
vadiis'con im|)aciencia en el reverendo pa ■ 
_dre parecía que esperaba inquieto que sa- 



»'8tJM. 



133 



ïifse del cuarlo para ¡r á cumplir sus ór- 
denes. 

Adivinando el doctor el penaámiVnlode 
Rodin, dijo una palabra ai padre d' Aigrigny 
el cual salió al instante. 

— Vamos, reveri'ndo padre mió, dij>fl 
doctor á Rodin, es n»enester comenzar df 
tiut'vo; esta vez no os meneéis; ya sabéis 
lo que es... 

No respondió Rodin: juntó las dos ma- 
uos encima de su cabezu: ofreció sU pecho 
y cerró los ojos. 

Era aquel im espectáculo estraño, lúgu- 
bre y casi fantástico. 

Aquellos tres sacerdotes cubiertos con 
sus largas túnicas negras, inclináutlose bu 
cia aquel cuerpo reducido casi.al estado 
de cadáver, con los labios colados á aque- 
llas trompas que daban en el cuerpo del 
paciente.... parecia que estaban aspiran- 
do su sangre, ó ligándolo con algún en- 
canto nriágico. 

Couienzó á esparcirse en aquel cjiarto 
silencioso un olor decarnequemada, nau- 
seabundo, penetrante, y cada uno de los 
enfermeros oyó baj)su trébede y del hu- 
mo un pequeño chisporroteo ; era el pe- 
llejo de Radin que se tendía bajo la in- 
fluencia del fuego y se abria en cuatro pa- 
rajes de su pecho.... 

Kl sudor que inundaba su rostro maci- 
lento lo hacia brillar al mismo tiempo; á 
sus sienes estaban coladas algunas mechas 
de cabellos grises, tiesos y húmedos. Era 
tan fuerte á veces la violencia de los es- 
pasmos, que se hinchaban las venasdesus 
brazos endurecidos, y se tendían como 
cuerdas que se van á romper. 

Aguantando aquel horroroso tormento 
con tan intrépida resignación como el sal- 
vaje , cuya única gloria consiste en des- 
preciar el dolor, Rudin sacaba su valor y 

su fu('rza de la esperanza y aun casi 

diríamos de la certidumbre de vivir..... 
Era tal el temple de aquel iodómíto ca- 



rácter y la omnipolt'ncia de aquel espíri- 
tu enérgico, que en uiedio de aquellos in- 
decibles tormentos no perdía de vista ni 
un solo instante su idea fija.... Durante 
las cortas ititermitencias que le dij.iba el 
padecimiento, á veces desigual, auiH|ue 
siempre en el mismo grado de intensidad, 
Rodin pensaba en el negocio Rencpont, 
calculaba las tveníua'uiades, combinaba 
las medidas mas pronta*, sintiendo \;uan 
necesario era el no perder ni uuiírstante. 

No le «juitaba ios (ijos el doctor Balei- 
nier, exaininando con la mayor atención 
asi los efectos del dolor como la reacción 
saludable de ese dolor tu el enfermo, 
quien parecia, en electo, que respiraba 
ya cou. mayor libertad. 

iJe repente echó Rodin la mano á Ja 
frente, como incitado por una inspiración 
súbita ; volvió con viveza la cabí*za-hscía 
el doctor Baleinier, y le pidió por seiias 
qjuí suspendiese ia operación por un ins- 
tante. 

— Debo advertiros, reverendo padre 
mío, que ya está hecha mas de la mitad, 
respondió el doctor, y (jue .««í se interrum- 
pe os parecerá n»as .doloroso aun el 

volverla á coiuenzar. 

Respondió por señas Rodin que pecóle 
importaba, pero que quería esciibir. 

— Señores.... su-pended un initaote... 
dijo el doctor Balí-inier.... no levantéis 
las m xas.... pero no avivéis el fuego. 

Es decir que el fuigo continuarla sua- 
vemente quemándole el peí ejo al enfermo 
en lugar de quemárselo vivamente. 

A pesar de aquel dolor, menos atroz 
pero siempre agudo y profundo, se pu>o 
á escribir Rodin boca arriba , viéndose 
forzado por la situación en que estaba á 
tener con la mano izquierda la cartulina 
al nivel de la altura de los ojos y á escrí- 
br con la mano derecha, como quien pin- 
ta lechos, por decirlo as». 

Trazó primeramente en una hoja algu- 
35** 



Vdb AL 

nos signos alfabcticoà üc una clave que 
habia compuesto par» sí solo con el ol»jo- 
lo de notar ciertas cosas seiTi-las. P>)l-os 
momentos antes, m medio de suliombíe 
tormento, le liabia venidounü idea lumi- 
nosa: la creiabih'tia y Ni nntab.i. tcii.itn- 
do olvidarla en medio de sus padeci- 
mientos, aunque ititerrnnipii>i!dose dos ó 
tres Teces, porque si no ardia su pellejo 
con tanta rapidez como ¡mtes, no por eso 
se dejaba de (jucmar: continuó sin em • 
bargo Rodin y escribió en otra hoja las 
palabras siguientes que, conformándose á 
una seña suya, se pusieron en nianos del 
padre dWigrigny : 

Enviad al instante B.... para que vea á 
Faringhca, de quien recibirá la cuenta que 
dé de los acaecimientos dcrsfos últimos dias, 
por lo que toca al príncipe Djalma; volverá 
inmediatamente aquí B con esa relación. 

Apresuróse á salir el padre d'Aigrigny 
para dar aquella nueva orden. 

El cardenal se acercó un poco al teatro 
de la operación, porque, á pesar del mal 
olor de aquel cuarto, se complacia en ver 
asar parcialmente al je$<iita, á quien le 
tenia un rencor de cura italiano. 

— Vamos, reverendo padre mió, dijo el 
doctor á Rodin, continuad siendo tan ad- 
inirablemenle valeroso; ya comienza á 
desembarazarse vuestro pecho..... tenéis 
que pasar aun un rato muy malo, y poco 
después, buena esperanza 

Se volvió á poner como antes el pa- 
ciente, y entró en aquel instante el padre 
d'Aigrigny. Interrogólo con una mirada 
Rodin , y respondió el padre d'Aigrigny 
afírmativamente. 

A una señal que dio el doctor, ios cua- 
tro enfermeros acercaron los labios á los 
caños y comenzaron á activar el fuego so- 
plando precipitadamente. 

Fué tan atroz aquella recrudescencia 
de tormento, que, á pesar del imperio 
que sobre si tenia Rodin, le rechinaron 



DIM. 

los dientes que parecía que se iban á Ci3%- 
car, dio un sobresalto convulsivo, y se 
hinchó con tal fuerza su pecho jadeante 
bajo aquel brasero, que después de tin 
violento espasnm salió al lin de sus pu'- 
mones un alarido terrible de dolor... pero 
libre, sonoro y retumbante. 

— ¡Ya está desembarazado el pecho! 
rsclamóel doctor íídleinier triunf.inle, ¡ya 
eslá salvado 1... hacen sus funciones los 

pulmones. ... vuelve la voz ha vuelto 

la voz Soplad, señores, soplad y 

vos, reverendo paître tnio, dijo alegre- 
mente á Rodin, -i podéis liacerlo, gi'i- 
tad... ahullad... sin embarazo ningurio... 
me alegraré de oiro« y os aliviará eso..... 

Animo, ahora respondo de vos. lis 

una cura maravillosa la publicaré...., 

la pregonaré con cajas y clarines. 

— Permitid, doctor, dijo en voz baja 
el padre d'Aigrigny, acercándose con vi- 
veza al doctor Baleinier, testigo es mon- 
señor que me había yo reservado de an- 
temano la publicación de este aconteci- 
miento, que pasará como puede ,pa> 

sar verdaderamente por un milagro. 

— Pues bien, será una cura milagrosa,, 
respondió el doctor Baleinier, que tenia 
mucho apego á sus obras. 

Cuando oyó Rodin decir que estaba sal^ 
vado, aunque eran sus dolores acaso los 
mas agudos que habia padecido, porque 
llegaba ya el fuego á la última capa de la 
piel, Rodin estaba verdaderamente her- 
moso, con una hermosura infernal. 

A través de la penosa crispatura de sus 
facciones, estallaba el orgullo de un triun- 
fo salvaje : se veia que aquel monstruo 
tenlia que se iba á poner de nuevo fuerte 
y poderoso , y que tenia conciencia de los 
males terribles que iba á causar su funesta 
resurrección; asi es que, auuíjue se es- 
taba retorciendo bajo el fuego de aquel 
horno que le devoraba, pronunció estas 
palabras, las primeras que salieron de su 



ALT ri». 



m 



fpprhr. fa'îa vez mas libre y di-sambara- 
zado. 

— ¡Ya lo decia yo pues..... que vi- 

'virial... 

— Y deiiai» verdad, e«c!amó el doctor 
lomándole el pulso á Rodiii.. .. Y.i esta 
ali ira vuestro pulso pleno, firme, arre- 
glado, y los pulmones libres. La reacción 
es complela : ya estais salvado..... 

Ya se liabian (jueinado en aque\ ins- 
tante hs últimas hebras de algodón: (jun- 
táronse las trébedes, y se vier: n sobre e. 
pecho huesoso y descarnado deRodin cua- 
tro escaras anchas y redondas El pe- 
llejo carbonizado y humeand-) unt) dejaba 
ver ia carne viva y roja. 

Con motivo de uno de los bruscos so- 
bresaltos de Rodin que habia descom- 
puesto una de las trébedes, se h; 'Ma es» 
'tendido una de sus quemaduras mas tpu' 
las otras, y presentaba, por decirlo asi, 
un cerco doble .-ínegruicc) y abrasado. 

Dajií los ojjs Rodin para mirar ai|uella> 
llagas: después de algunos instantes de 
contemplación silenciosa, brilló en sus la- 
bios una sonrisa estraùa; eotonces, sin 
mudar de postura , pero dando á la parte 
del padre d'.xigrigny una mirada de inte- 
ligencia que seria imfosibie describir, le 
díj.) contando lentamente y una á una sus 
llagas con las puntas del dedo, y su uña 
aplastada y sucia : 

— Padred'Aigrigny... Jiué presagio!... 

Ved, pues un Kenepont dos Re- 

nepont 1res Reneponl cuatro Re 

nepont £ interrumpiéndose después: 

¿Dónde está el quinto? ¡Ahí... aqui 

esta llaga cuenta por dos. ..es gemela.. .(1). 



(1) Habiendo muertoSantiagoy nocon 
tando entre los interesados al abate Ga 
briel, en virtud de su donación regulan 
zada , no quedaban sino cmco personas 
de la familia; Rosa y Blanca, Ujalma , 
Adriana, Mr. Hardy. 



Y se oyó su risa , pequeña, seca y 
aguda. 

El padre d'Aigrignv, el cardenal y ti 
doctor Baleinier comprendieron solos el 
mentido de aquellas misterios y siniestras 
palabras, qu pronto completó Rodin es- 
clamando con voz profélica y acento íns- 
()irado: 

— Sí: lo digo; se hará polvos la raza 

del impio , asi como los pedazos de mi 

carneacaban de hacerse cen^zas. Lo digo... 

y será,., porque he querido vivir y vivo, 

X\I. 

VICIO Y VIRTUD. 

Dos dias habi;)n pasado desde aquel en 
que Rodin volvió milagrosamente á la vi- 
da. No ha olvidado acaso el lector la ca.^a 
de la calle Clovis, en donde tenia el reve- 
ren lo padre un apeadero, y en donde es- 
taba también el aposento de Filemon (jue 
habitaba Rosa Pompoiu 

Son poco mas ó menos las seis delatar- 
de: un rayo de viva luz penetra por el 
agujero redondo hecho en una de las ho- 
jas de la puerta de la tienda semi-subter- 
ránea de la lia Aisenia, la frutera-carbo- 
nera, y forma cimlraste con las tinieblas 
de esta especie de bodega. 

Cae ese rayo de luz sobre un objeto si- 
niestro: 

En medio de las gavillas, de las horta- 
lizas marchitas , junto á un gran montón 
de carbón, hay una mala cama, y en él 
se divisa la forma angulosa y tiesa de un 
cadáver bajo la sábana que lo cubre. 

Es el cuerpo de la tia Arsenia , á quien 
acometió el cólera pocos dias antes, oca- 
sionando su muerte desde el antevíspe- 
ra ; pero son tantos los entierros, que no 
se ha podido aun darsepultura á su cadá- 
ver. 

Está por entonces la Clovis casi desier- 
ta : reina en ella un triste silencio apenas 
interrumpido por los agudos silvidos del 



138 áLirn, 

viento nordeste; óyese á veces entre dos 
ráfagas un hormigueo pequeño, seco y 
brusco; son ralas enormes nu»? van y vie- 
nen por aquel montón de rart)on. 

De repente se advierte un lijero ruido, 
y desaparecen a {uellos innitindos anima 
les, ocultándose en sus agujeros. 

Trataban de abrir por fuerza la puerta 
de la tienda que dá al patio: no podia es- 
ta puerta hacer mucha resistencia, y en 
• fecto, ced'ti á breve rato su mala cerra- 
ja: entró entonces und muger y se quedó 
algunos instantes inm(n'il en medio de 
aquella bodega húniei)a y fria. 

üe^p'ies de hal»er vacdddo algunos mi- 
nutos, ad.lantó>e aquella mujer: viérunse 
por medio del rayo de luzque entraba por 
el agujero de la otra puerta las fdcciones 
de la reina Bacanal, quien poco á poco se 
fué acercando al lecho fúnebre. 

Habíase aunienlado después de la muer- 
te de Santiago la alteración del roftro de 
Cefi>a : espantosamente pálida, con sus 
hermosos cabellos desordenados, desnuda 
de pié y piern-J, aponía podia cubrirsecon 
una mala saya llena do remiendos y un 
pañuelo enteramente desgarrado. 

Llegada que fué junto á la cama, echó 
la reina Bacanal sobre la mortaja una mi- 
rada firme y casi salvaje... 

ü-í repente se retiro dando un gritoin- 
volunlario de terror. 

Había notado una ondulación rápida, 
que corrió, agitando la sábana fúoebre, 
desde los pies basta la cabeza de la difun- 
ta. Pronto se esplicó la agitación de la 
mortaja, viendo que se escapaba una rata 
enorme de lai tablas cafcomidas de la ca 
ma. Tranquilizada ('e(i»a, se puso á bus-r 
car y á recoger con preci()itacion diversos 
objetos como si hubiese tenido miedo de 
que la sorprendiesen en aquella miserable 
tienda. 

Apoderóse primero de una cesta y la 



d> por ,nc.í y por alió, á derecha é ¡zi]nier- 
da, descubrió en un lincon una estufilla 
de tierra (jue cojió con un ímpetu 'espan- 
toso de ategria. 

— N ' es esto todo no es esto todo, 

ilecia Cefisa , registrando de nuevo al re- 
dedor suyo con aire inquieto. 

Descubrió al íin junto á la esfufa de 
liierro fiiulido una cajita de hoja de lata 
en (|ueliabia un eslabón, piedra de fuegos 
y pajueLiS. Puso en la ce-ta todo esto, la 
r «jió con una mano y en la otra se llevó 
Irt exlníi'l't. 

— Os rob(», pobre tía Arsenia , pero no 
me aprovechará mucho mi hurto. 

Sa^ió Cefisa de la tienda, volvió á cer- 
rar la puerta lo mejor que pudo, y se fué 
atravesando el patio pequeiío que separa- 
ba el cuerpo principal de la habitaciondel 
otro cuerpo en donde estaba el apeadero 
de Rodin. 

'Kscepto las ventanas del aposento de Pi- 
leoion, en cuyo antepecho llosa P.'mpon, 
ap'ty^á'da como titi ()MJaro, habia goigeado 
taoras veces su Beranger, todas las venta- 
nas de aquella casa estaban abiertas: en 
el primero y segundo piso habia muertos, 
quienes, como otros muchos, estaban es- 
perando (|Ue viniese el carro en que se 
an^inntonabiin los a(au(K-s. 

Subo la reina Bicaual la escalera que 
va á parar al aposento ocupado poco an- 
tes por Rodin; Pega al paso, sube enton- 
ces una pequeila escalera medio arruina- 
da , derectia como una escalera de albañíl 
y por baranda una cuer<ía, y se detiene a! 
lio á la puerta de una boardilla bajo la 
teja vana. 

Estaba tan arruinada aquella casa que 
en nuicbos sitios el tejado, lleno de aguje- 
ros , no impedia cuando llovia (jue entrât»**- 
se el agua en aquel tabiKiiiito de diez piéS 
cnadradoí, sin otra luz (jue la (]ue entra- 
ba por una ventana de granero. No se 



llenó de carbón: después de haber mira- ^ veía otro mueble sino, á lo largo de lade#- 



ÁLBUM. 



139 



troiada pared, sobre los ladrillo?, un ger- y aun cuando Ino falte, tendría í|U'' vivir 



gon viejo, roto, de donde salían a'gunas 
pajas, y al lado de esta cart»a, una peque- 
ña cafetera de loza, desmoronada, con un 
poco de agua. 

La Gibosa, vestida de harapos, estaba 
sentada en la orilla del gergon con los co- 
dos en las rodillas, y la cara cubierta con 
sus dos manos blancas y 'itrasparenles. 
Oj ndo entró Cefisa , levantó la cabeza la 
hermana adoptiva de Agricol; su pálido y 
suave rostro parecia mastMiflaquecidoaun, 
mas estenuado por el padeí'imiputo, el 
pesir y miseria: sus ojos hundidos, enro- 



Ç n cuatro ó cinco francos p-^r semana. 
¡ Vivir 1 Es decir morir poco á pocoá fuer- 
zade privaciones... ya lo conozco yo eso... 

mas quiero morir inmediatamente El 

p.Iro partido es..... continuar, para ganar 
de comer, el infame oficio que ya he pro- 
bado una vez... y no quiero... me es im- 
p S'ble... Francamente, hermana, ¿entre 
una horrorosa miseria , la ignominia ó la 
muerte, puede ser dudosa la elección? 
Re-ponde. 

Y continuando en seguida sin dej ir ha- 
blar á la Gibosa , Cefísa añadió com voz 



jecidos por las lágrimas, se fijaron en su br ve y sacudida 

horrUana con una espresion de ternura 

melancólica. 

— Hermana, tengo lo que necesitamos, 
'tlijo Gefisa con voz breve á la vez; en es- 
ta cesta está el fin d* nuestras miserias. 

y enseñando después á la Gibosa los 
objetos que habia puesto sobre los ladri- 
llos, añadió: 

— Por la prin>era vezdeími vida... he... 
robado. He tenido vergüenza y miedo ... 
Positivamente no me ha hecho Dios para 
ladrona, ni aun para cosa peo^. ¡ Lnsfima 
es! anadió comentando á reirse sardóni- 
camente. 

Hubo algunos momentos de silencio, y 
^ijo después la Gibosa á su hermana con 
acento lastimero. 

— Cefisa... mi buena Cefisa... ¿quieres 
■pues absolutamente morir? 

— ¿Cómo hemos de poder vacilar? res- 
pondió Cefisa con voz firme. Vamos, her- 
mana mia, hagamos, si quieres, otra Vez 
mi cuenta: aun cuando pudiese olvidar 
tui oprobio y los desprecios 'de '^atitiago al 
tiempo de morir, ¿qué me queda? Dos 
par ^os solamente; el primero hacerme 
de i.nevomuger honrada y trabajar: ¡Pues 
bien ! yí« sabes quej, á pesar de mi buena 
Volimtad , nos faltará muy á nienudo el 
tlrabajo como nos falta {^ace algunos dias, 



Por otra parte ¿de qué sirve discu- 
tir? Estoy resuelta, y nada en este 

mundo me impedirá el morir, püesloque 
tú.... tú.... mi querida hermana, solo 
has podido lograr una dilación de algunos 
dias, esperando que nos dispensaría de ese 
trabaji> el cólera.... Por darte gusto, con- 
siento en ello.... llega el cólera..., mata 
á todos en esta casa... y nos dt-ja á noso- 
tras... Ya ves que es mejor hacer uno m¡^- 
mo sus negocios, afiadió sonriendose de 
nuevo sardónicamente, y después conti- 
nuó: Y á mas, hí que hablas, pobre her- 
mana mia... tienes tanta gana como yo.... 
de concluir... la vida. 

— Es verdad, Cefisa. respondió la Gi- 
bosa que parecia agoviada; pero..., sola... 
no rc.-poiide una sino por si misma.... y 
me parece que morir contigo, añadió es- 
tremeciéndose, es ser cómplice de fif 
muerte. 

—¿Te gu«taría mas concluir lií por un 
lado.... y yo por el otro?.... Sería cosa 
mUy alegre.... dijo Cefisa , mostrando ert 
un momento tan terrible aquella especia 
de ironía amarga , desesperada , mas fre- 
cuente délo que se cree en medio de preo- 
cupaciones mortales. 

— ¡Oh no... no! dijo la Gibosa: no so* 
la.... ¡oh ! YO no quiero morir soU. 
30" 



140 ALBim 

— Pues ya lo ves, (¡lUTiJa lnrniana.... 

tenemos razón en no separarnos y sin 

embargo, anadió Ceíisa con voz conmo- 
vida, se n>e despedazj á veces el corazón 
cuando pienso que quier'.'S marir cotno 
yo.... 

— ¡Egoísta! dij) la Gibosa , sonriondo 
con aire lacerado; ;qiié mas motivos ten- 
go yo que tú para amar la vi.la? ¿f|ué 
vacio dejaré después de mi muerte? 

— ¡Pero tú, hermana inia, tú eresuna 
pobre mártir! Hablan los curas de las san- 
tas, ¿poro hay una sola que valiza lo que 
tú vales? y quieres no obstante morir co- 
mo yo.... que lie sido siempre t)cios¿).... 
siempre tan descuidada.... siempre tan 
culpable.... como tú has sido laboriosa y 
afectuosa para cuantcssiifrian. ¿Qu-óquie- 
res que le diga? Hso es la pura verdad... 

tú. un ángel en la tierra vas á norir 

tan desesperada como yo que estoy en 

el grado mas ínfimo de degradación á que 
puede llegar una muger, añadid la des- 
graciada bajando l(<s ojos. 

— Es cosa estraña , dijo la Gibosa pen- 
sativa. Hemos partido del mismo princi- 
pio, hemos seguido vias opuestas y 

llegamos al mismo punto.... al fastidio de 
la vida.... Para tí, pobre hermana rnia , 
tan bella, tan animosa, tan loca de place- 
res y de alegría pocos días hace, la vida 
€S en este momento tan penosa como pa- 
ra mi, triste é infeliz criatura.... Aíiádase 
que he cumplido hasta el cabo lo que con- 
sideraba yo como un deber; añadióla Gi- 
bosa con dulzura. Agrícol está casado 

lio tiene ncsidadde mi, ama, es amado... 

es cierta su ventura A la señorita de 

Cardüvillenada !e queda que desear. Her- 
mosa, rica, ít'liz, he hecho por ella cuan- 
to podía hacec una criatura de mi espe- 
cie...:. Cuantos han tenido bondades para 

conmigo son felices ¿pues qué me 

importa ahora el irme á di^^scansar? 

; r.stoy tan cansada ! 



— 1 Pobre hermana! dijo Cefisa con una 
conmoción tierna, que dilató sus facciones 
contraídas: cuando p'enso (|ue sin adver- 
tirme y á pesar do Id resulucicn de no vol- 
ver jamás é casa de aquella señorita, lii 
protectora, has tenidt» énimo para arras- 
trarte, muricodo de fatiga y de cansancio 

liasta su casa.... si, muriendo piusto 

que te faltaron las fuer¿as en los campos 
tlise<is. 

— Y cuando pude al fin llegar al hotel 
de la señorita de Cardoville, estaba por 
desgracia ausente.... ] i»h ! ; por ^rdndísi- 
ma desgracia! repitió la Gibusa mirando 
3 Ceí¡>a con dolor, por.jue el día siguiente 
viendo (jue nos faltaba el último recurso..... 
pensando aun mas en mi qtie en tí, (jue- 
riendo, de cualijuier modo que fuese, ga- 
nar pan 

No pudo concluir la Gibosa, y se cubrió 
ia cara con las dos manos estremecién- 
dose. 

— ¡Pues bien! Fui á venderme como 
otras muchas desgraciadas cuando le< fal- 
ta el pan ó es insuficiente lo que ganan.., 
y no aprieta demasiado el hambre... aña- 
dió Ceíisa con voz sacudida : solamente en 
lugar de vivir de mi oprobio como ^iven 
tantas, yo muero de él. 

— j Ay ! Ce(¡!ia,ese terrible oprobio, de 
que le estás muriendo porque tienes pun- 
donor... no lo hubieras conocido si hutiití- 
se podido ver yo á la señorita de Cardovi- 
lle ó si hubiese respondido á la carta que 
pedí permiso para escribirle en la garita 
del portero. . pero su silencio me prueba 
que está justamente ofendida de mi brus- 
ca salida de su casa... lo concibo... ha de» 

bido atribuirlo á una negra ingratitud 

>>i... porque para que no me haya respon- 
dido, iw cesario es (|UP esté muy ofendi- 
da... y tiene derecho á estarlo Así es 

que no me he atrevido á escribirle otra 
vez... Hubiera sido inútil, estoy persuadi- 
da... porque buena y equitativa cual es... 



irohtjsa ¡no"xirabIemftit « qi/icn no ciee 
nuTi'fi'dor.,. y ««lemas de ♦•si»... ¿<le qué 
hiilM«;ra servi<l..?...era demasiado tarde,., 
eslahas resm-Ita a coiicluir... 

— ¡Ohl mny resuella... porque me raía 
el corazón mi infamia... y lia mnertuSan 

1ia«»o en mis brazos despreeiámloino y 

le amat)a yo... ¿ent^iendes? añadió Cefisa 
•con una exaltación aiia^^ionmla ; le awaha 
yo conm no se ania sino una sola vez en 
la vida. 

— ¡Cúmplase pues nuestra ¡.uerle' 

•dijo la Gibosa |)ensativa. 

— Y la causa de tu sHiiila de casa de la 
señorita de Cirdoville, no tue la luisdicho 
jamás... repücü Cefisa , después de algu- 
nos mome.'itos de silencio. 

— Kse ser.í el únice secreto que me He 
Taré conmigo mi buena Cefisa, dijo la Gi- 
ibosa bajando los ojos. 

Y pensaba con una alegría amarga que 
■pronto se veria libre de aipiel temor que 
feabia envenenado todos los unimos dias de 
su existencia. 

Hallarse cara á cara con 'Agricot... sa- 
bedor ya del ridículo amor que le tenia. ^. 

Porque, necesario es decirlo, aquel amor 
fatal, dese^perad,) , era una de las causas 

del suicidio de aij'.jeüa infeliz Después 

de la desaparición del diario, creía que el 
lierrero conocía el triste secreto de aque- 
llas doloro^as páginas: aunque no dudaba 
de ¡a generosidad y del buen corazón de 
Agricol, desconfiaba tanto de sí misma , 
tenia tanta vergue n/a de aquella pasión , 
(astiz noble y pura por larito) que en la 
esftremidad á que se hallaban reducidas 
ella y Cefisa , faltándoles el pan y el tra- 
bajo para ganarlo, ningún poder humano 
hubiera 'podido decidirla á arrostrar las 
miradas de Agricol.,. para pedirle ausilio 
y compasión. 

Sin duda hubiera mirado la Gibosa ba- 



jo otro aspecto su situación, si no hubiese 
estado turbada su espíritu por aquella es- 



pecie de vértigo que sietilená menudo los 
caracteres mas firmes, cíiando sale de sus 
límites la desgracia que los persigue: pero 
la miseria, pero el hambre, pero la in- 
fluencia, por decirlo a^i contagiosa en se- 
mejante ocurrencia , de las ideas de mií- 
cidio de Cefisa : pero el cansanoi» de una 
vida sometida tanto tiempo nada a! dolor 
y á las mortificaciones, di< ron el úliimo 
gídpe á la razón de la pobre Gibosa : des- 
pués de haber lucliado largo tiempo con- 
tra el funesto designio de su hermana, la 
pobre criatura, agoviada, anonadada, con- 
siufiü al fin en seguir la suerte de C«fi-a 
esperando al menos con la muerte el fin 
de sus males. 

— ¿ Kn (]ué piensas pues, hermana? di- 
jo Ctfisa, admirada del largo silencio de 
la Gibosa, 

Estremecióse esta y respondió: 

— Pienso en el motivo que me hizo sa- 
lir tan repentinamente <]e casa de la sefio- 
rila de Cardoville y pasar á sus ojos p'-r 
una ingrata.... | En fin, quiera Dios que 
esa fatalidad que me ha espulsado de su 
casa no haya hecho otras víctimas que no- 
sotras dos 1 ] Quiera Dios que mi apasio- 
nada ternuia, por oscura é ínfima que fue- 
se, no le haga falta jamás á la (jue alargó 
su noble mano á la jornalera y I) llamó su 
h(rmana\... ¡Quiera Dios que ella *iea f.-- 
lizl ¡oh! ¡siempre feliz! dijo la Gibosa 
jimtando las manos con el ardor de una 
invocación sincera. 

¡ — Kso es eosa muy hermosa her- 
mana semejante voto en e.ste mo- 
mento , dijo Cefija. 

— ¡Oh! es lo que estás oyendo, dijo 
con viveza la Gibosa; anjaba yo, admi- 
raba aquella maravilla de ingenio, de co- 
razón y de belleza ideal con un piadoso 
respeto, porque jamas se ha revelado el 
poder de Dios en una obra mas adorable 

y mas pura al menos habrá sido para 

eWa uno de mis últimos pensamientos. 



ll'2 ALBUn 

— Sí: habrás amado y reípi'laílo é lu 
'-generosa htenhi'cliora..... hasta el fin 

— Sí, hasta el (íii, (hj'i la Gihosa , des- 
pués de un curto silencio: es verdad 

tienes razón. .^.. pronto dentro de un 

ifislante estará todo concluiílo... Mira 

ton qué tran(|uilidad e>tanios halilando 
de lo (]iie tanto e>pantu chci<i1 á otros. 

— Hermana , estafóos tranquilas, por- 
que eslamn.s dccídi<ias. 

— ¡Unn deddida>! diji>la Oibo«a dando 
de nuevo á Cilisa una mirada ldr¿:a y pe 
tietrante. 

— Olí, sí.... ¡Quiera Dios (jue lo estos 
tanto c^imo yoj 

— Tranquilízate: si do dia en dia retar 
daba yo el instante faTal. respondió la Gi- 
bosa , era porque quería dejarte tiempo 
para refloe.sionar enello^..pero en cuanto 
à mí 

No dijo mas la Gibosa , pero hizo una 
tncluiacion de cabeza con una tristeza de 
«esperada. 

— Put-s bien, hermana abracémo- 
nos dij>> Cefisa , \ aniuio. 

Levantándose la Gibosa, se arrojó á los 
brazos de su hermana. 

Estuvieron largo tiempo abrazadas. 

Hwbo alginios monientos de un silen- 
cio profundo, solemne, interrumpido so- 
ianiente por l<>s Síil!< z<>s de la-> dos her- 
manas, purqiie entonces se pu>ieron am- 
bas á llorar. 

— ¡Oh Dios mió I díj > (]( fia , amarse 

así y separarse para hi<'mpre..t.. es 

cosa cruel sin emhaigo 

— jSepariirset esclainu la Gibosa, y su 
pálido y suave roslro in(uuiado de lágri- 
mas resplandeció >i'ihitameiitecon una es- 
peranza divina. S<*par;jrse, ¡oh no, no! 
Lo que me Irainiuiliza tanto, ¿sabes? e> 
el senlir aqui , en lo j)rorwniio del cora- 
ion una aspiración uroíurula, secura, há- 
■cia aquel mundo mejor, en donde nos 
«guarda una vida también m<'j<^r. Dios... 



tan grande, tan clemente, fan pródigo y 
tant>u<'no, no ha «{uerido que sus cein- 
turas fuesen despraciadas por siempre; 
pero ai^untts hombres egoístas, dando un 
sentido falso á su ubra. reducen á sus her- 
manos á la mist-ria y á la desesperación. 
Cofnpadezranioslos á esos malvndos, v de- 
jémoslos V*n allá arriba, heroíana... 

Aili no son nada los hombres Dios es 

el 'tínico (jiii' reina Ven allá arriba^ 

h'rmana... esti una mejor allí... Vft.nos 
¡«ronfo qui' se fiare larde. 

Dirifiido i'vto, mn.-tr.) la Gibosa las vrs- 
Inmbrí's rojizas drl poniente, qlie comen- 
■/."Unn á purpurar los cristales de a ven- 
tina. 

Ofisa, arrastrada por la exaltación re- 
ligiosa do su hermana, cuyas facciones 
trasfiguradas, por decirlo asi, con la es- 
peranza de una libertad próxima, brilla- 
ban suavemente coloradas por los rayos 
del sol (jutí se ponia; Cefisa cojio jas dos 
manos de su hermana y mirándola con 
un profundo enlernecimiento, esclamó: 

— jOli hermana, (jue hermosa estas asít 

— Un poco larde me llega la beldad: 
dijo la Gibosa sonriendo con tristeza. 

— No, hermana, porque me pareces 

tan feliz que los líllimos escrúpulos 

que me quedaban aun por tí, desapare- 
cieron entiMamenfi'. 

— Vauív's: despachemos: dijo la Gibosa 
á su hermana, moslr.'.ndole la estufilla. 

* — Tranquilízate, heimana.;... no será 
cosa larga : d j > Ci-fi-a. 

Y fué á coji'r la estufilla llena de car- 
bon que hattía dejado en un rincón de la 
boardilla; y la llevó al medio de aquel 
pequcfio cu-irlo. 

— ¿Sabes lií coino se compone....» 

eso? le dijo la Gibosa a(íerc<:nduse. 

— ¡Olí Dios mío!... Es cosa muy sim- 
ple... respondió Ceíisa, se cierra la puer 

ta la ventana y se enciende el 

carbón. 



ALBCH 

—Si, huítmana... jîero creo haher oido 
*iàedr que se han de lapar con stímo cui- 
dado todos las agujeros para que ho pue- 
da entrar aire ninguno. 

— Times razón... y precíisamcnte cier- 
ra tan mal esta puerta.... 

— ¿Y el tejado?.... ¿Ves esas grietas? 

— ¿Cófno haremos.... hermana? 
—Estoy pensando.... dijo la tiibosa, la 

paja de nuestro jergón , bien retorcida , 
nos servirá para eso. 

• — Sin duda, dijo Cefisa* guardaremos 
algo psra encender el carbón y con lo dé- 
nias haremos tapones para las grietas del 
tejado, y rodetes para la puerta y la ven- 
tana.... 

Sonriendo después con una if-onia amar 
ga, frecuente (lo repelimos) en semejantes 
casos, anadió Cefisa ": 

— Pues di, { hermana I.... j rodetes en 
la puerta y en la ventana para intercep- 
tar el aire!... ¡(|ue luju! somos delicadas 
Como la gente rica. 

^'^Rn este momento bien podemos po- 
nernos... un poco holgadamente, dijo la 
Gibosa tratando de ciíancearse como la 
reina Bacanal. 

Y las dos hermanas, con una increíble 
serenidad de espíritu, comenzaron á re- 
torcer la paja haciendo una especie de ro- 
detes bastante delgados para poderlos po' 
ner entre las tablas de la puerta y las del 
entarimado: después hicieron una especie 
de tapones gruesos para cubrir los agu- 
jeros del tejado. 

Mientras duró aquella ocupación sinies- 
tra, no se desmintió ni un solo instante la 
trantiuila y silenciosa resignacioii deaque 
\Us dos infelices. • 

XVII. 

EL SUICIDIO. 

Cefisa y la Gibosa continuaban con cal 
ma los preparativos de su ntuerte. 

j Ay Î I cuántas pobres muchachas, co- 
mo «saa dos hermanas p bao sido y serán 



143 



»uti fatalmente arrastradas á buscar CR el 
suicidio un refugio contra la desespera-* 
cioh, contra la infamia, ó contra una exis- 
tertcia demasiado miserable I 

V no puede menos de suceder eso 

y recaerá sobre la sociedad la responsa- 
bilidad de esas muertes desesperadas, 
niientras tantos miliares de criaturas hu- 
manas, no puíiierido vivir malerialmenU 
con el in>ultanfe y escaso salario <uie se 
les dá, se vean precisadas á optar entre 
estos tres abismos do malt's , de oprobios 
y de dolores. 

Una vida de trabajo servante y de pri- 
vaciones mortales, causas de una muerte 
prematura. 

La prostitución, que mata también^ pera 
lentamente^ con los dcsprecioa, con las bru- 
ta idades, con enfermedades inmundas. 

El suicidio.... que mata al Ínstame. 

Cefisa y la Gibosa personificaban esas- 
dos fracciones de la clase trabajadora entre 
las mugeres. 

Asi como la Gibosa , alguna de entre 
ellas, juiciosas^ perseverantes Juchan encr- 
jicamente con una admirable constan- 
cia contra las malas tentaciones, contra 
las fatigas de un trabajo superior á sus 
fuerzas ,. contra una horrorosa miseria;*.. 
Humildes, dulces, resignadas, andan..... 
esas buenas y animosas criaturas, andan 
mientras pueden andar, aunque son muf 
di^biles, endebles i muy llenas de dolo- 
res.... porque siempre tienen hambre y 
frío, y casi nunca reposo, aire y sol. 

Andan valerosanjente hasta el fin 

hasta que, debilitadas por un frabaj.' ec- 
sajerado, minadas por una pobreza ho- 
micida.... les van á faltar las fuerzas 

Entonces, heridas casi siempre de enfer- 
medades de estenuacion, el mayor nú- 
mero vá á apagarse dolomsamente en el 
hospital y á servir para las esperiencias 
de anatomía en los anfiíealro»!,.,. esplo- 
tadas durante su vida^^... esploladas des- 
37 •• 



1-ii ALItrB 

pues de muertas siomprp útiles à los 

vivos.... 

¡Pobres mngeres.... sanias mñrlires! 

Las otras, menos sufridas, enrienden 
un brasero de carbón; y viuy criisadaf, 
como decia la tiibosa, ¡oh! muy cunsadiis 
de esta vida pálida , sombría , sin alegría 
ni recuerdos, ni esperanzas, de>(-an>an 
al'fin.... se duermen en la eternidad sin 
pensar en maldecir un mundo que no Íes 
deja sino ia obcion de suicidio. 

Si, la obcion del suicidio... porque, de- 
jando aparte los oficios, cuya mortal in- 
salubri<iad diezma periódicamente las cla- 
ses trabajadoras, la miseria mata como 
la asfixia en un tiempo dado. 

Por el contrario, otras mugeres dota- 
das como Cefisa de una organización ar- 
diente y vivaz, de una sangre caliente y 
vigorosa, de apetitos fuertes, no pueden 
resignarse á vivar con un salario que no 
les permite ni aun el comer á medida de 
sa hambre. En cuanto á algunas distrac- 
ciones, por modestas que sean, algunos 
vestidos, no e'egantes, sino limpios, ne- 
cesidades tan imperiosas como el hambre 
en la mayor parte de las mugeres, no hay 
que pensar en ello... 

¿Qué sucede? 

Preséntase un amante y le habla á una 
pobre muchacha de fiestas, de bailes, de 
paseos en el campo; á una muchacha que 
palpita de juventud de los pies á la cabe- 
za, y está clavada en una silla diez y ocho 
horas al dia.... en algún tabuquito som> 
brio é infecto; habla el tentador de ves- 
tidos nuevos y elegantes, cuando el pobre 
vestido que cubre el cuerpo de la desgra- 
ciada jornalera puede apenas defenderla 
del frió.... habla el tentador de manjares 
delicados.... y el pan que devora la infe- 
liz es insuficiente para satisfacer su ape- 
tito de diez y siete aiios.... 

Entonces, cede á esas ofertas irresisti 
bles para ella. 



Y llegan pronto la infidelidad, elaíl).m- 
dono del tmanle; p» ro >e lia coiitraido 
ya el liábilode la ociosidad, y ha ido cre- 
ciendo el licrror de la mi.teria á medida 
que se hacia mas refinada la ecsístencia': 
no ba>>laría ya el trabajo, por incesante 
que fuese, á los g«stos »eo;«tuinbrados.... 
entonces por debilidad, por miedo.... por 

indolencia bajan un escdlon uta> en 

el vicio, y caen al fin en lo mas profundo 
del oprobio, y a^i ct.mo decia C»fi»a , las 
unas viven de la infamia. .. las olrasmue- 
ren de ella. 

¿Mueren como Cefi-a? Mas dignas son 
de compasión que de vituperio. 

¿No pierde la sociedad el derecho de 
vituperar, desde el instante en que toda 
criatura humana, laboriosa en un prin- 
cipio y honrada, no ha podido hallar '(no 
nos cansamos de decirlo) en cambio de su 
asiduo trabajo, un alfjamienlo sano, ves- 
tidos abrigados, alimentos suficíi'ntes, al- 
gunos dias de descanso y algunos medios 
para estudiar, para instruirse, pues que 
se les debe á todos asi el pan del alma 
como el pan del cuerpo , en cambio de su 
trabajo y de su probidad? 

Si ; una sociedad egoisla , una sociedad 
madrastra es responsable de tantos vicios 
y de tantas malas acciones cuya primera 
y única causa ha sido : 

La imposibilidad material de vivir sin 
pecar. 

Si, lo repetimos, hay un número es- 
pantoso de mujeres que no tienen sino la 
elección entre : 

Una miseria homicida.... 

La prostitución.... 

El suicidio.... 

Y eso (digámoslo aun para que al fio 
nos entiendan) porque su salario es insufi* 

cíente, insultante y no porque sean 

generalmente sus amos duros é injustos, 
sino porque, como padecen ellos mismos 
también, por las continuas recciones de 



ALBUai. 



195 



Hína cotTipef encía anárquica; como se ven 
abrunriados bajaelpeso de una feudalidad 
industrial implacable (estado de cosas que 
mantiene, que impone la inercia, el in- 
terés ó la mala voluntad de los que go- 
biernan), se ven forzados á disminuir cada 
día los salarios para evitar una ruina com 
pleta. 

¿Y son algunas veces aliviados tantos 
infortunios deplorables con una esperanza, 
aunque lejana, de un mejor porvenir? 
4Ay I no se atreve uno á creerlo. 

Supongamos que un hombre sincero, 
s\n acrimonia f sin pasión, sin amargura, 
sin violencia , pero con el corazón doloro- 
samente afligido con tantas miserias, vi 
niese sencillamente á ponerles esla cues- 
tión á nuestros legisladoies: 

«Resulta de los hechos palent^'S, com- 
« probados, irrecusables, que millares de 
« mugeres en Paris se ven forzadas á vi 
« vir con CINCO francos á lo mas á la se 

«mana oídlo bien; cinco francos á 

« la semana... para aposentarse, vestirse, 
«calentarse y alimentarse. Y muchas de 
«esas pobres mugeres son viudas y tienen I 
« hijos. No har<^, como se dice ordinaria- 
« mente, frasse, pero os conjuro que pen- 
« seis en vuestras hijas, vuestras herma- 
wnas, vuestras esposas y vuestras ma- 

« dres Como ellas, sin embargo, esos 

« millares de mugeres condenadas á una 
«suerte horrorosa, y por consiguiente des 
« moralizadora, son madres, hijas, her- 
« manas y esposas. Os lo pregunto en nom- 
«bre d- la caridad, en nombre del buen 
«sentido, en nombre del interés de todos, 
«en nombre de la dignidad humana, ¿es 
«tolerante semejante estado de cosas, que 
« por otra parte se va agravando cada día? 
«¿es posible? ¿lo sufriréis sobre todo si 
«pensais en los espantosos males, en los 
««nnumerab'.es vicios que engendra seme 
«jante mist^ria?» 

¿Qué hariao en tal caso nuestros legis- 
ladores? 



Sin duda responderían dolorosamente 
afligidos de su impotencia (como se debe 
creer ) : 

« i Nada podemos hacer nosotros I » 

De todo estose deduce una moral sim- 
ple, una conclusion fácil y al alcance de 
todos... sobre todo de los (|ue p»decen... 
y esto<, sí)mamenle numerosos con- 
cluyen á menudo...... concluyen mucho y 

á su modo y esf)eran. 

Asi llegará acaso un dia en que la so- 
ciediíd «enlirá amargamente el haber ¿ido 
tan indolente: entonces los felices de este 
mundo habrán de pedir cuentas horribles 
á los hombres que en la actualidad nus 
gobiernan, porque hubieran podido sin 
crisis, ni violencias, ni perturbaciones, 
asegurar el bienestar del trabajador y la 
tranquilidad del rico. 

Y mientras no haya una solución , sea 
cual sea, de esas cuestiones tan dolorosas 
que interesan el porvenir de 1^ sociedad... 
del mundo acaso, muchas infelices cria- 
turas Como la Gibosa , como Cefisa, mo- 
rirán de miseria y de desesperación. 



En pocos instantes acabaron las dos her- 
manas de hacer con la paja de su cama 
los rodetes y los tripones destinados a in- 
tercepiar el aire y asegurar mas e! efecto 
de la a'-íixía, asi como su rapidez. 

La Gibosa dijo á su hermana : 

— Tú que eres mas alta , Cefisa , cui- 
darás del lecho; yo de la puerta y de la 
ventana. 

— No tengas cuidado, hermana... con- 
cluiré antes que lú, respondió Cefisa. 

Y comenzaron las dos jóvenes á inter- 
ceptar CoD el mayor cuidado todos los aires 
colados que ha»ta entonces silvaban en la 
boa'dilla medio arruinada. 

Cefisa, gracias á su alta estatura, tapó 
herméticamente todas las grietas del tedio. 

Concluido aquel Inste quehacer, fue 
ron ambas hermanas una junto á otra, 
se miraroD sileociosameote. 



146 



ALBoa; 



A^rercábíse^l momento falal; sas fiso- 
nomías, aunque siempre tranquilas, pa- 
recían lijeraincnte anim;i(ias por aquella 
supérese] I ación estraoniinaria que acum- 
palia sieTiipre los »tiicidios d>/M«s. 

— Ahora... dijo la Gibosa... pronto, la 
-estuñl!a..>. 

Y se arrodilló ante laestufiíla llena de 
carbón; pero Cefi-.a. asiendo á su lierma- 
na por debajo del sobaco, la abligó á le- 
vantarse, diciéndule: 

— Dígame rncender el fuego...,, á mi 
me corresponde eso..». 

—Pero. Cefisa.... 

— Ya sabes, p -bre bermana, cuanto 
dolor de cabeza tv da el olor del carbón 
de piedra. 

A esa sencillez (porque hablaba sería- 
mente la leina Bacanal), no pudieron me- 
nos de sonreírse tristemente las dos her- 
manas. 

— Poco importa, replicó Ofisa ; ¿de 

qi)e sirve el darte un padecimiento 

mas.... y antes? 

Enseñando desptt?<i á su hermana el 
{(prgon que aun tenia alguna paja, te dijo 
Ceíisa. 

— Acuéstate ahí, queridita hermana... 
cuando esté encendida la eslufíila , iré á 
sentarme junto á tí. 

— No tardes mucho.... Cefisa. 

— En cuatro minutos... . e3tará con- 
cluido. 

La parte del ediHcio que daba á la ca- 
lle estaba separada de la parte en que esta 
ba la habitación de las dos hermanas p(»r 
un patio estrecho, y dominaba tanto la 
printera á la segunda , que asi que desa ■ 
pareció el sol detras de lo aito de la casa, 
se puso bastante osaira la boardilla: la 
Juz débil de la ventana con sus cristales 
'Opacos^ á fuerza de estar sucios, alum- 
braba un poco el viejo marre^pn de cua- 
dros acules y blancos en el que e.-«taba 
medio acoalada la Giboi^ , cubierta coa 



un Vé>ti(fo andrajoso: reclinátidose en* 
tonces en el brazo izquierdo, con la bar- 
ba apoyada en la palma de la mano, se 
puso á mirar á su hermana con una es- 
presion desgarradora. 

Cefisa, arrodillada ante la estufilla, con 
el rostro inclinado hacia el negro carbón 
á través del cual comenzaban ya á chis-' 
porrotear por diversas parles algunas lla- 
mas azuladas.... Cefísa soplaba con fuer- 
r^ unas pocas brasas encendidas que lan* 
?iban aJ rustro pálido de aquella iriucha- 
clia reflejos ardientes. 

Kra profundo el silencio ... 

N<» se oía mas ruido que el del soplo 
jadeante de Cefísa..^. y á veces el lijero 
chisporroteo del carbón que, comenzando 
ya á encenderse, despedía un olor nau- 
seabundo y propio á escitar vómitos; se 
levantó, y acercándose á su hermana , la 
dijo: 

— Ya está hecho.... 

— Hermana mia, respondió la Gibosa 
poniéndose de roilillas delante delgergon, 
mientras estaba aun enpiéCefi>a; ¿cómo 
debemos coloi-arno.'»? Yo quisiera estar 
muy cerca de It hasta el fín.... 

—Espera.... dijo Cefisa ejecutando los 
mivioiientos á medida que los iba indi- 
cando: voy á sentarme en la cabecera del 
gergon , apoyando en la pared las espal- 
das; ahora, hermanila, ven.... acuéstate 

aquí ¡bueno! apoya tu cabeza sobre 

mis rodillas.... y dame la mano... ¿Estas 
bien asi? 

— '-^i ; pero no puedo verte.... 

— Mas vale eso...i parece que hay un 
instante... muy corto á la verdad, en (|ue 
se padece mucho, y.... añadió C»fi<a con 
voz conmovida, mejor es no vernos pade- 
cer. 

— Tienes razón, Cefisa. 

— I)éjame besar por a ú'tima vez tus 
hermosos cabellos , dijo Ccíj^a apretando 
SUS labios contra la suave madeja que co- 



roñaba el rostro pálido y melancólico de 
ia Gibosa ; y luego después eslareinos muy 
quietas.... 

— Hermana.... tu mano.... dijo la Gi- 
bosa : por la úllinia vez.... tu mano.... y 
después, como dices.... no nos meneare- 
mos ya... y después no esperaremos mju- 
cho tiempo.... porque, según creo.... co 
mienzo ya á aturdirme ¿y tu herma- 
na?.... 

— ¿Yo?... aun no... dijo Cefi>a ; yo no 
advierto.... sino el olor del carboti. 

— ¿No prevés tú en que cen»eiiterio... 
nos enterrarán? dijo la Gibosa después de 
111) rato de silencio. 

— No; ¿porque me haces esta pregunta? 

— Porque prefeniía el <Jeí i\ Lachai- 
se... Fui allí una vez con Agricol y su 
madre... ¡Qué hermoso golpe de vistal.». 
For todas partes árboles... flores... már- 
moles..... ¿Sabes que los muertos tienen 
mejor habitación.... que los vivos..» y...? 

— ¿Qué tienes, hermana? dijo C< lisa á 
la Gibosa quien se habla interrumpido 
después de haber hablado con mucha len- 
titud. 

— Tengo... como vértigos... me zum- 
ban las sienes... respondió la Gibosa... ¿y 
tú como estás? 

— Yo comienzo solamente á hallarme 
un poco aturdida: es cosa singular que 
en mí.... el efecto es mas lentoque en tí. 

— ¡Oh I es porque yo... respondió la 
Gibo.sa tratíindo de sonreírse, he sido 
Siempre.... tan precoz... ¿te acuerdas?... 
en la escuela de las monjas... decían que 
estaba yo... siempre mas adelantaba que 
las otras.... lo mismo me sucede ahora... 
como ves... 

—■Si pero espero alcanzarte dentro de 
poco, dijo Cefisa. 

Lo que parecía tan estrañoá las dos 
hermanas era muy iqaiural, porqpe ja 
reina Bacanal, aunque debilitada por los 
pesares y la miseria, cQfno era (je uiía 



147 

constitución tan fuerte y tan robusta 
cuafito era débil y delicada la de la Gibo- 
sa, dtbia .senlir mucho mas tarde que su 
hermana los efectos de la asfixia. 

Hubo un instante de silencio, y Cefisa 
lo interrumpió, poniendo la niano en la 
frente de la Gibosa, cuya cabeza sostenían 
siempre las rodillas. 

— No me dices nada... hermana. Pa- 
deces ¿no es verdad? 

—No, dij ) ¡a Gibosa con voz debiüla- 
da, me pesan los párpados como si fueran 
de plomo.... me voy entorpeciendo.... y 

advierto que hablo con mayor lenti- 

lud.... pero no siento aun.... ningún do- 
lor vivo.. . ¿Y tú hermana? 



-- Mientras me estabas hablando he 
sentido un vahído.... ahora me zumban 
con mas fuerza las sienes. 

— Como me zumbaban á mí hace po- 
co.... creería uno que es mas díficil..,. y 
mas doloroso que esto... el morir.... 

Hubo aun otro rato de silencio, y dijo 
de repente la Gibosa á su hermana: 

— ¿Crees que Agricol sentirá mucho 

nii muerte? ¿Y qué pensará mucho 

tiempo en mi?.... 

— ¿Cómo puedes preguntar semejante 
cosa? respondió Cefisa en Iodo de repro- 
che. 

— Tienes raz'jn.... replicó blandamen- 
te la Gibosa, en esa duda hay un malsen- 
limienfo.... pero sí supieses.... 

— ¿Qiié.li^çpqana? 

Vaciló |a (libóla ^por algunos instantes, 
y después dijo agoviada : 

—Nada. 

Pero ailadió de nuevo : 

— Por fortuna muero muy convencida, 
que jamas tendrá necesidad de mí.... se 
ha casado con una joven hechicera.... se 
aman.... estqy persuadida.... que hará 
ella.... su felicK^ad. 

Al pronunciar estas últimas palabrasse 
Ijabia debii^íafjk) cada vez njas.ei aceolc 
38** 



148 



ALBUB. 



de la Gibosa.... Estremecióse de ropcnteUus rfcflejjs rojizos sobre el grupo qneToT- 



y dijo á su hermana con voz trémula, casi 
temblando: 

— Hermana mia.... apriétame bion.... 
en tus brazos.... ] oh !.... tengo miedo... 

veo.... todo.... do azul oscuro y lodos 

los objetos.... se revuelven al rededor de 
mi.... 

Y la infeliz criatura, levantándose, un 
poco, ocultó su rostro en el seno de su 
hermana que estaba siempre sentada , y 
la cojíó con sus débiles brazos. 

— Animo hermana dijo Ccfisa 

apretándola contra su seno y con voz que 
también se iba debilitando.... pronto se 
"vá á concluir.... 

Y añadió después Cefisa con aire me- 
dio envidioso, medio espantado. 

— ¿Porqué pues se ha desfallecido tan 
pronto mi hermana?.... Aun conservo to- 
dos mis sentidos y sufromenos queella... 
i Oh I pero no durará esto.... si creyese 
que ha de morir antes que yo.... irla á 
poner la cara encima de la estufilla.... 
sí.... allá voy.... 

Al hacer Cefísa un movimiento para le- 
vantarse, detúvola un pequeño agarrón 
de su hermana. 

— Padeces, infeliz muchacha dijo 

CeBsa temblando.... 

— I Oh! si.... en este instante.... mu- 
cho.... No te separes de mi.... te lo su- 
plico.... 

— Y yo.... nada.... casi nada aun.... 
se dijo Ceûsa dando una mirada salvaje á 

la estufilla. ¡Ahí si no obstante.... 

añadió con una sonrisa siniestra, comien- 
zo á sofocarme.... y,... me parece.... que 
s« vá á romper.... mi cabeza. 

En efecto el pernicioso gas comenzaba 
á llenar aquel cuarto, del que habia es- 
pulsado ya todo aire respirable.... 

Se iba concluyendo el dia: se habia os- 
curecido la boardilla, y la alumbraba la 
rcverberacioD de la estufilla que despedía 



maban las dos hermanas abrazadas. 

Hizo de repente la Gibosa algunos lije- 
ros movimientos convulsivos y pronunció 
con voz apagada las palabras siguientes: 

— Agrícol Mlle, de Cardoville 

¡Oh! a.lios.... Agrícol.,,. yo.... te.... 

Murmuró después algunas otras pala- 
bras ininteligibles: cesanjn sus movimien- 
tos convulsivos, y sus brazos queenlazaban 
ásu hermana cayeron inertes sobre elger- 
gon. 

— ^Hermana mial esclamó Ofisa asus- 
tada , levantando taire sus manos la ca- 
beza de la Gibosa para mirarla: tú ya.... 
hermana mia..,. ¿pero yo? ¿pero yo? 

No estaba mas pálido que de ordinario 
el suave rostro de la Gibosa; pero no mira- 
ban á ninguna partesus ojos medio abier- 
tos; apareció aun durante un instante una 
semi-sonrisa llena de tristeza y de bondad 
sobre sus labios amoratados, por entre 
los cuales salia un soplo apenas percepti- 
ble.... quedóse después inmóvil su boca , 
conservando su rostro una grande espre- 
sion de serenidad. 

— Pero no debes morir tú antes que 
yo.... esclamó Cefisa con un acento des- 
garrador llenando de besos las mejillas de 
su hermaoa que se iban enfriando b^jo 
sus labios. Hermana mia.... espérame... 
espérame.... 

No respondió la Gibosa. Su cabeza que 
dejó Cefisa un instante, cayó lentameotQ 
en el gergon. 

— I Dios mío! te lo juro, no es por mi 
falta el no morir al mismo tiempo, escla* 
mó Cefisa desesperada y arrodillada anle 
el gergon en que estaba estendida su her- 
mana. 

— I Muerta I.... esclamó Cefisa espan- 
tada : ahi está muerta.... antes que yo... 
puede que sea.... porque soy mas fuer- 
te.... ¡Ahí.... por fortuna.... yacomicn- 



ALBVH. 



1Í9 



¡Eo.... como ella.... poco hace.... á ver... 
un azul oscur. ¡Oh !.... estoy pade- 
ciendo.... ¡qué dicha!.... ¡Oh!.... Me 
falta el aire.... ¡Hermana! anadió echan- 
do sus brazos al cuello de la Gibosa: aquí 
estoy.... ya vengo. 

Oyóse de repente un ruido de pasos y 
de voces en la escalera. 

Conservaba Cefisa bastante presencia 
de espíritu para oir aquel ruido. 

Estendida siempre encima del cuerpo 
de su hermana, levantó la cabeza. 

Acercóse cada vez mas el ruido y pres- 
to se oyó una voz que esclamaba por de- 
fuera junto 3 la puerta : 

— ¡Gran Dios, que olor de carbón! 

Y al mismo tiempo hicieron bambolear 
las tablas de la puerta , mientras escla- 
maba otra voz: 

— ,¡ Abrid.... abridl.... 

— Van á entrar.... á salvarme á 

mi.... y está muerta mi hermana.... ¡Oh! 
no.... no tendré la vileza de sobreviviría. 

Ese fué el último pensamiento de Ce 
físa. 

Empleando cuantas fuerzas le queda- 
ban, corrió á la ventana y la abrió 

al mismo tiempo casi que cedia la puerta 
á un vigorosoempellon... La infelizcria- 
tura se arrojó al patio de lo alto de aquel 
tercer piso. En aquel mismo instante apa- 
recieron en el umbral de la puerta la se- 
ñorita Adriana y Agrícol. 

A pesar del olor sofocante del carbón , 
Mlle.de Cardoville se precipitó en laboar 
dilla , y viendo la estufilla esclamó: 

— La pobre infeliz se ha dado la 

muerte. 

— No se ha arrojado por la ventana 

esclamó Agrlcol, porque habia visto en el 
instante en que se hacia pedazos la puerta, 
desaparecer una forma humana por la ven 
tana, á donde corrió él inmediatamente. 

— jAhl jes cosa horrorosa! volvió á 
escianaar de nuevo, y lanzando un grito 



lastimero, se poso la mano ante los ojos y 
se volvió pálido, aterrado, hacia MÜe. de 
Cardoville. 

Pero equivocándose en cuanto al moti- 
vo de espanto de Agricul, Adriana, que 
acababa de descubrirá la Gibosa en medio 
de la oscuridad, re>pondió: 

— No... ahí está. 

É indicó al herrero e! pálido roslrr» de 
la Gibosa tendida encima del gergon. Ar- 
rodillóse junto á ella Adriana, y tomando 
las manos de la pobre obrera, las ííallo he- 
ladas... Poniéndole después la mano en el 
corazón, no le sintió latir... Sin embargo 
al cabo de un segundo, comoentraba mu- 
chísimo aire por la puerta y la ventana, 
que estaban abiertas, creyó Adriana ad- 
vertir una pulsación casi imperceptible, y 
esclamó: 

— Aun late su corazón. ; Pronto, socor- 
ro! ¡Corred! señor Agricol! Buscad au- 
silios... Felizmente aquí tengo mi frasco. 

— Sí, sí... socorro para ella... y para la 
otra... si aun hay tiempo; dijo el herrero 
desesperado precipitándose á la escalera y 
dejando á Mlle, de Cardoville arrodillada 
junto al gergon en que estaba tendida la 
Gibosa. 

XVIIL 

LA CONFESIÓN. 

Mientras duró la penosa escena que aca- 
bamos de describir, una viva emoción ha- 
bia aniaiado las facciones de .Mlle.de Car- 
doville, pálida y debilitada por la tristeza; 
sus megillas, tan puras y tan redondas po- 
CJ antes, estaban ya ligeramente ahonda- 
das, y un cerco de trasparente y claro azul 
rodeaba sus grandes ojos negros, velados 
tristemente en lugar de ser romo anterior- 
mente, vivos y brillantes: sus hechiceros 
labios, aunque contraidos por una doloro- 
sa inquietud , habían conservado sin em- 
bargo su encarnado .húmedo y suave. 

Para cuidar con mayor facilidad de la 
Gibosa, habia ehado Adriana á lo lejos su 



m 



Sombrero, y la suavr masa de su bella ma- 
deja de cabellos ocu'taba cas» todo su ros- 
tro inclinado h Jcia el ^erjion, jiinlo al cual 
estaba arrodillada, teniemlo e*jlr sus de- 
licadas manos de marfil las manos delga- 
ditas de la pobre obrera , la cual había 
vuelto completamente á ja vida algunos 
minutos hacia, tanto por la saludable fres- 
cura Jel aire, como por la actividad de las 
sales <)e queestaba lleno el frasco de Adria 
na. Por fi>rtiina el desmayo de la Gibosa 
era antes bien producto de s'i emoción y 
de su debilidad que de la acción de la 3'^- 
fntia, p'>r(|ue la acción perniciosa del car- 
bon no habia llegado aun al üitinio grado 
de intensidad cuando cayó desmayada la 
infeliz. 

,\ntes de continuar la narración de esta 
escena entre la jornalera y la patricia , se 
hacen necesarias a'gunas palabras retros- 
pectivas. 

De>de la escena estraordinaria del lea- 
tro de la puerta de San Martin, cuando 
el principe Djalma.cnn peligro de su vida 
se habia arrojado «obre una pantera negra 
á los ojos de Mlle, de Cardoville, esperi- 
mentó esta joven diversas y profundas im 
presiones. 

Olvidando sus celos y su humillación al 

ver á Djalma á Djalma mostrándose á 

los ojos de todos con una muger que pa- 
recía tan poco digna de él , Adriana, des- 
lumbrada por ia acción del príncipe caba- 
llerosa V heroica á la vez , se liabia dicho 
á sí mi'ma : 

«No ob-itante odiosas apariencias, me 
« ama bástanle Djalma para haber arros- 
« Irado la muerte cju el único objeto de 
a recoger mi ramillete. » 

Pero en aquella jWen tan delicada de 
alma, tan generosa de carácter, de un es-: 
píritu tan justo y tan recto, la reflexion,, 
el buen sentiilo habvaii de demostrar muy 
pronto la vanidad de semejantes consue- 
lo*, muy ina potentes, par-a cerrar. las.heri- 



ALBl'M. 

das de su amor y de su dignidad tan cruel' 
mente lastimados. 

— ¡ Cuántas veces, se decia Adriana, el 
prmcipe Djalma ha arrostrado por puro 
capricho y sin motivo un peligro semejan-* 
te al que ha arrostrado para recojer mi 
ramillete! y <iun...¿(|uién measeguraqiie 
no lo ha hecho para ofrecerlo á la mu^^r 
que estaba en su compaiiía? 

E<-traordinariasacaíioá los ojos del mun- 
do, pero ju'las y grandes á los oj"S de 
i^io<i, |.i«; idvHS (|ue tenia Adriana s<dire el 
■itnor, unidas a su ju^to orgullo, eran un 
oi>siaculo insuperable para que pudiese 
pensar jamás en suceder i aquella muger 
(fuese ella quien fuese) de quien «I prínci- 
pe había hecho públicamente alarde como 
de 11(1 cortejo. 

Y sin embargo esperimentaba Adriana, 
sin atreverse casi á confesárselo á ai mis- 
ma, unos celos de su rival tanto mas pe- 
nosos, tanto mas humillantes, cuanto (ne- 
nos digna le parecía aquella de podérsele 
parantionar. 

Otras veces, al contrario, á pesar de ja 
conciencia que tenia do su propio mérito, 
Mlle, «le Cardoville, recordando las hechi- 
ceras facciones de Rosa Pompon , se pre- 
.guntaba si el mal gusto, si los modales 
poco convenienteáde aquella linda criatu- 
ra resultaban de una desvergüenza precoz 
y depravada ó de la ignorancia completa 
de las costumbres: en esta última suposi-' 
cion,e>a misma ignorancia, resultado aca- 
so de un carácter candido, ingenuo, podía 
tener mucho atractivo. Kn íin, si á ese 
encanto y al de una beldad incontestable 
se reunían un anior sincero y una alma 
pura, puco importaba ia bajeza de Ja cu^ 
na , y la mala educación de aquella jo- 
ven ; podía iuspirar á Djalma una pa>Joa 
profunda. 

Si vacilaba á vec(.>s Adriana , en consi-- 
derar, à pesar de apariencias tan fatales, 
i Rosa jPomponconio á tina muger |>er- 



ALBUM. 151 

tjidi, ora porque, recordando lo que con- j abah'do. H ,iina, vencida pot aquella nup* 

va ¡prueba de bondad , no pml.j ocultar 



laban tantos viajeros de la elevacinn de 
alma del príncipe, recordando sotire todo 
la conversación ()ue habiaoido undia en- 
tre él y Rodifi, no podia decidir.>e á creer 
que ua íiombre dotado de un ingruio tan 
elevado, de un corazón tan tierno, de una 
;;lina tan poética, tan imaginativa, tan en- 
tusiasta de lo ideal, fuese capaz di' amar 
á una criatura depravada, vuiyar, y de 
ninslrarse en público osadamente Cun 
eüa... lin eso estaba el misterio que Adria- 
na hacia vanos esfuerzos para penetrar. 

Esas dolorosas dudas, esa curiosidad 
crut'l alimentaba de nuevo ei ainor de 



por mas tien^po la horrible traición deque 
tanto tiempo hacia era ella cómplice. Pues- 
to que la muerte la iba á libertar de la 
ofliosa lirnnía de las gente? bajo cuyo yu- 
g » habia vivido hastaentonces, podia re- 
velar I todoi s¡! temor ninguno, á Adriana. 

Así supo e>ta el incesante espionaje de 
Florina y el motivo de la repentina desa- 
parición de la (iibosa. 

Con a juellas revelaciones sintió Adrir*. 
na aumentarse aun su afecto y su tierna 



compasión para con la pobre jornalera, y 
. , st' dieron pt)r su orden los pasos mas ac- 
Adr.ana, y se concebirá fac.lmonle su m- | ^,,„, j,,,^ descubrir las huellas de la po 
curabledesesperacioureeonooiendoq.iela:|,re Gibosa; y aun tuvo otro resultad 



indil'erencia y aun los desprecios mismos 
de Djaíma no podían apagar aquel amor, 
mas ardiente y mas apasionado (jue nun- 
ca. Unas veces adoptando ciertas ideas de 
fatalidad en amor, se decia que dehia es- 
periinentar aquel amor, que lo merecía 
Djalina, y que algún día, lo quií habia de 
incomprensible en la conducta del prínci- 
pe, se esplicana de un modo ventajoso 
para él: otras veces, al contrario, aver- 
gonzándose de escusar á Djalma , la con- 
ciencia de esta debilidad era para ella un 
remordimiento, un tormento de todos los 
instantes: víclitima en fin de sus inaudi- 
tos pesares, vivió desde entonces en una 
profimda soledad. 

Poco tiempo después estalló el cólera i jos, vio Adriana no solamente el loa bley 
como un rayo. Kra demasiado desgracia^ ! pe,jgro,a deber de quitar la miscara á la 
da Adriana, para tener ningún temor por; j.jj^^.resfa y i la codicia, sino también, 
sí misma, pero se conmovió por los pade-j p„ ^3,^ .^y^ „^ ,g gj^^j^^^ ^^ ^^^^^^,^ 
cimientos del prójimo, y fué una de las y^^a generosa distracción al menos para 
primeras que hicieron aquellas dádivas .g^s },orrorosos pesares, 
cuantiosas, que pronto comenzaron á lie- De.de aquelinstanteisucedió á la triste y 
gar abundantemente por todos lados con dolorosa apatía en que se consumía aque- 
un sentimiento admirable de caridad. n^ joven, una actividad inquieta y febril. 

Habiendo acometido súbitamente laepi- .Convocó al rededor suyo á todos los m iem- 
demia á Florina, su señora, á pesar delí brot» de su familia que podían responder 
peligro, quiso verla y animai su corazón , á su llamamiento, y-, como decia la nota 



do 
mas ifnportante la confesión de Florina, 
porque Adriana, justamente alarmada de 
las malvadas intrigas de Rodin, se acordó 
de los proyectos formados cuando, cre- 
yéndose amada, le descubrió el ¡n-tinlode 
su amor los peligros que corrían Djalina 
y los otros miembros de la familia de Re- 
nepont. Jimtar á todos los de su raza, 
reunirlos contra el enemigo común , tal 
fué el pensamiento de Adriana después de 
las revelaciones de Florina : este pensa- 
miento, consideró ella como un deber el 
llevarlo á efecto: en aquella Incha contra 
enemigos tan peligrosos, tan poderosos co- 
mo el padre Rodin , el padre d'Aígrígny , 
la princesa de Saint Dizier y sus prohija- 



152 



ai.bui. 



secreta entregada al padre d'Aigrigny. 
pronto llegó á ser el hotel de Cardoville 
e\ foco de diligencias activas, incesantes, 
d centro de reuniones frecuentes <ie fa- 
milia, en dunde se discutian con sutna vi- 
veza ios medios de ataípie y de defensa. 

Perfectantente exacta en cuanto decía 
la Dota secreta de (lue ya se ha hablado(y 
aun la indicación siguiente no aparecía en 
ella sino como cosa dudosa ) la nota se- 
creta, decimos, suponía (|ue Mlle, de Car 
doville había tenido un abocamiento con 
Djalma : era falso eso. iMas adelante se 
sabrá cual es el motivo que pudo dar cré- 
dito i semejante suposición; pero lejos 
de eso, apenas hallaba Mlle de Cardovi- 
lle en la preocupación de los grandes in- 
teresesde familia de que ya hemos habla- 
do, una distracción pasagera al funesto 
amor que la minaba sordamente, y que se 
echaba ella en cara con tanta amargura. 
La mailaña misma del diaenque Adria 
na, conociendo al fin la morada de la Gi- 
bosa, venia á libertarla tan milagrosa- 
mente de la muerte, se hallaba en aquel 
momento en el hotel de Cardoville, Agri- 
col Baudoin para tratar del negocio de 
Mr. Hardy, y suplicó á Adriana que le 
permitiese acompañarla á la calle de Cío- 
vis, á la cual se encaminaron ambos en 
efecto con suma prisa. 

Así es que, otra vez aun ( ¡ noble es- 
pectáculo! ¡símbolo tierno!...) Mlle, de 
Cardoville y la Gibosa, estremidades am- 
bas de la cadena social, se tocaban y se 
confundían en una igualdad enternecedo- 
ra... porque la jornalera y la patricia va- 
lían tanto la una como la otra por su en- 
tendimiento, por su alma y por su cora- 
zón valían tanto la una como la otra 

porque era aquella un ideal de gracia, de 

riqueza y de beldad y esta un ideal de 

resignación y de no merecida desgracia. 
I Ay 1 ¿no tiene también su auréola la des 
gracia soportada con aliento y dignidad? 



Tendida en el gergon la Gibosa , pare- 
cía tan débil, que, aim cuando Agricolno 
hubiese estado ocupado en el piso llano 
de la casa con Cefisa que estaba espiran- 
do en una agonía horrorosa, hubiera es- 
perado algún tiempo aun Mlle, de Cardo- 
ville antes de aconsejar á la liibosa que 
se levantase y bajase á ponerse en el co- 
che. 

Gracias á la serenidad de rspíriln y á 
unacompasivamentira de Adiiana, estaba 
persuadida la Gibosa qtie habían podido 
llevar á su hermana á uno de los mas 
próximi'S hospitales provisioiiíles, en don- 
de se le piodigaban todas las aten<*iones 
necesarias, que según parecia, habían de 
tener el mejor écsíto. Como las facultades 
de la Gibosa no iban saliendo de su en- 
torpecimiento , sino poco á poco, por de- 
cirlo asihabía aceptado desde el principio 
esta fábula sin ninguna sospecha, igno- 
rando también que Agrícol hííbiese acom- 
pañado á Mlle, de Cardoville. 

— Y á vos, señorita, esa quien Cefisa y 
yo deberemos la vida, decía la Gibosa vol- 
viendo hacía Mlle, de Cardoville su ros- 
tro melancólico y enternecido; vos arro- 
dillada en esta boardilla.... cerca de este 
lecho de miseria en donde queríamos mo- 
rir mi hermana y yo.... porque Cefisa.... 
¿me lo aseguráis, no es verdad?.... ha 
recibido como yo socorros oportunos. 

— Si, tranquilizaos: poco hace han ve- 
nido á decirme que ya volvia en s:'. 

— Y le han dicho que yo vivía.... ¿no 
es verdad , señorita?.... porque sino sen- 
tiría acaso el sobrevivirme. 

— Estad sin cuidado ninguno, querida 
niña, dijo Adriana apretando entre su» 
manos las de la Gibosa y fijando en ellas 
sus ojos húmedos de lágrimas. Se ha di- 
cho cuanto era necesario decir. No os in- 
quietéis, no penséis sino en volver á la 
vida, y como lo espero... á la felicidad .. 



xfwe tai) poco habéis conocido hasta ahora 
pobre niña. 

— ; Cuantas bondades, setiorila!.,. des- 
pués de haberme escapado de vuestra ca- 
sa.... cuando debJais creer que soy una 
iiígratal 

— Bien pronto.,., cuando estéis menos 
débil..-, os diré muchas cosas.,., queaho 
ra fatigarían demasiado vuestra atención.,, 
¿pero como os halláis? 

— Mejor.., seilurita.... este buen aire.., 
y á mas el pensar que estais \os ahi.... 
no se verá ya reducida á la desesperación 
mi pobre hermana.,,, porque yo también 
os diré todo.... y, estoy segura de ello, 
tendréis compasión de Ofisa,... ¿no es 
verdad, sefiorita 

— ^Contad siempre conmigo, hija mia; 
respondió Adriana disimulando apenas su 
penoso embarazo: Ya lo sabéis; me in- 
tereso en cuanto os interesa; pero decid- 
me, añadió Mlle, de Cardoville con voz 
conmovida; antes de tomar esta resolu- 
ción tan desesperada, me habéis escrito, 
¿no es verdad? 

— Si , señorita, 

— I Ay ! replicó tristemente Adriana, 
«G recibiendo respuesta de mi, ¡ cuan ol- 
vidadiza os he debido parecer.... cruel- 
mente ingrata ! 

— ¡ Oh I jamas os he acusado, señorita; 
mi pobre hermana os lo dirá. Os he esta 
do recouccida hasta el fin, 

— Os creo... conozco vuestro corazón... 
pero en íin,.. mi silencio, ¿como lo ha- 
béis podido espiioar? 

— Os he creido justamente ofendida de 
mi fuga repentina, señorita. 

— Yo... ofendida... ¡ Ayl vuestra car- 
ta... no la he recibido. 

— Y sabéis, por tanto, señorita, que 
os la he escrito. 

—Si, pobre amiga mia, y sé también 
que me la habéis escrito en el cuarto de 
mi portero; por desgracia ie dio la carta 



IS3 



á una de mis sirvientas llamada Florina , 
diciéndole que venia de vuestra parte.... 

—Lo señorita Florina, aquella joven 
tan linda y tan buena para conmiao. 

— Me engañaba indignaniente Florina; 
vendida á mis enemigos, les servia de es- 
pía. 

— ¡Ella! ; Dios mió I... esclamó la Gi- 
bosa . ¿es posible? 

— Ella misma ; respondió Adriana con 
aniargura; peroante todose le debecom- 
padecer tanto como vituperar: se via for- 
zada á obedecer á una necesidad terrible, 
y su confesión y su arrepentimiento le 
han asegurado mi perdón antes de su 
muerte. 

— I Muerta también ella.,. tanjcWen... 
tan hermosa!.., 

— A pesar de sus culpas me conmovió 
muchísimo su muerre; porque confesó sus 
faltas con un sentimiento que despedaza- 
ba el corazón. Entre las otras cosas que 
me confesó, me dijo que me había inter- 
ceptado una carta en la cual me pedíais 
un abocamiento que podia salvar la vida 
de vuestra hermana. 

— Es verdad, señorita: esos eran ios 
términos de mi carta; pero ¿qué interés 
tenia en ocultárosla? 

— Temian el que volvieseis junto á mi, 
pobre ángel custodio mió.... ¡me aniabais 
con tanta ternura!.... Han tenido miedo 
mis enemigos de vuestro fiel afecto secun- 
dado por el admirable instinto de vuestro 
corazón... ¡ Ahí jamas olvidaré cuan me- 
recido era el horror que os inspiraba un 
miserable , al cu il defendía yo contra 
vuestras sospechas. 

— ¿Mr. Rudin?.... dijo la Gibosa es- 
tremeciéndose. 

— Si respondió Adriana; pero no 

hablemosahora deesas gentes.... su odio- 
so recuerdo echaría á perder ladwliciaqüe 
esperimento al veros renacer.... porque 
está meóos débil vuestra voz , poco á po- 



1M &LBW, 

ro van lomando culor vutslras mrjillas. 
i Hendilo sea Dio»! ¿R> para mi tanta fe- 
lifidad l'I volveros a hallar? Si s»jpie»íeis 
lodo lo (¡lie aguardo, todo lo que espero 
de Diiestra reunion, porque no nos sepa- 
raremos ya nías, ¿no es verdad? ¡Olí I 
pron»etcdmelo.... tii noinltre de la amis- 
tad. 

— ¡Yo sonorita. ... vuestra amiga I 

dijo la Gibosa, bajando timidaniente los 
ojos. 

— Hace algunos dias, antes de vuestra 
sa'ida de mi casa, ¿n>> os Hrfmcítni ami-ia, 
mi hermana? ¿Y qué liay ahnra de nue- 
vo? Nd'la nada añadió Mlle, de 

Cardoville con un profundo enterneci- 
mier.lo, se diria , al contrario, que una 
semejanza fatal de niie>lras situaciones me 

hace vuestra amistad aun mas grata 

mas preciosa aun y la he adquirido, 

¿no es verdad?... ¡Oh, no me desechéis... 
tengo tanta necesidad de una amiga 

— ¿Vos señorita vos tendríais 

neceiidad de la amistad de utia criatura 
infeliz como yo? 

— Sí: respondió Adriana nu'rando á la 
Gibosa con una espresion de dolor des- 
consolado y aun hay mas sois 

acaso la tínica persona á quien podría 

á quien osaría confiar penas... muy amar- 
gas. 

Y se cubrieron de un color encendido 
las m«'jillas de MHe. de ('ardoville. 

— ¿Y qué es lo que me acarrea una 
prueba tan grande de confianza , seño- 
rita? dijjla Gibosa cada vez mas sorpren 
dida. 

— La delicadeza de muestro corazón, la 
seguridad de vuestro carácter: respondió 
Adriana titubeando lijeramente : Y ade- 
mas, muger; concebiréis nw'jor que nadie. 



Sois, estoy bien persuadida, cuanto padez- 
co... y me tendréis lástima. 

— ¿Teneros lástima, señorita?.... dijo 
la Gibosa cuya admiración aumentaba aun 



mas, yo, á vos, señora de alto tono, lah 
envidiada ¿yo tan humilde, tan Ínfi- 
ma, podria teneros compasión? 

— Decid, pobre amij;a mia , respondió 
Adriana de pues de algunos instantes de 
silencio. ¿No son los dolores mas agudos 
los que no se atreve una á confesar á na- 
die por temor de que se burlen de una ó 
l«t desprcoit n?... ¿(]úmo se ha de atrever 
una á solicitar que se interés» n en sus pa- 
decimientos ó tengan Ci)mpnnsion de ellos, 
cuando no n^a confesarlos ni nim á sí 
niistna, porijue tiene vergüenza de sí? 

Apenas podia la Gibosa creer lo que 
oia ; aunque hubiera esperimenlado sU 
bienhechora un amor des-iraciado como 
el suyo, no se hubiera espresado de otro 
modo; pero no podia la jornalera admitir 
semejante suposición : asi es que atribu- 
yendo á'otro motivo los pesares de Adria- 
na, respondió pensando con tristeza en su 
fatal amor hacia Agricol. 

— ¡Oh! sí, señorita. Una pena de que 

so averjiüenza uno debe ser cosa muy 

horrorosa ¡ahí muy horrorosa. 

— Pero ai ui¡>ino tiempo ¡qué felicidad 
es el encontrar un corazón no solamente 
bastante noble para inspirarlo á uno en- 
tera cunfidtjza, sino también bastante es- 
perimenlado por mil pesares para poderle 
ofrecer á uno compa^ion, apoyo, y con- 
sejo Decid, hija mia (|uerida ; añadió 

Mlle, de Cardoville, lijando con atención 
sus ojos en la Gibosa , si os vieseis ago- 
viada por uno de a(]uellos padecimientos, 
de que tiene uno vergik-nza , ¿no os len- 
driais por feliz, por muy feliz en encon- 
trar una alma hermana de la vuestra, á 
la cual pi driais confiar vuestras penas ali- 
viándolas muchísimo por medio de esa 
confianza entera y bien merecida? 

Por la primera vez de su vida miró la 
Gibosa á la señorita do Cardoville con un 
sentimiento de dcsconfídiiza y de tri^ileza; 



«t.Bua^ 



155 



îe paTecian sobre tpdo significativas las 
liltimas palabras de aquella joven. 

«Sabe sin duda mi secreto; se decia la 
« Gibosa ,, ha caído en sus manos mi día- 
te rio; conoce mi amor para con Agriœl ó 
«lo supone: lo que me ha dicho hasta 
«ahora tiene puf ül>jeto el tscitarme, á 
«hacerle confidencias, para ver si está 
« bien informada. » 

No producían esas ideas en el alma de 
la Gibosa sentimiento uiuguno amargo ó 
injusto para con su bienhechora; pero te- 
nia el corazón de la infeliz una delicadeza 
tan asombradiza, una susceptibili'tad tan 
tlülorosa en lo que tocaba á su funesto 
amor, que á pesar de su profundo y tier- 
no afecto á Mile, de Cardoville, padeció 
cruelmente, cuando creyó que coñuda su 
secreto. 

Aquella idea tan penosa al principio, 
t)e que estaba Mlle, de Cardoville in>truida 
de su amor para con Agricul , se trans- 
formó pronto en el corazón de la Gibosa, 
gracias á los generosos instintos de aque- 
lla eslraordmaria y escelente criatura , en 
un sentimiento tierno que manifestaba 
toda su adItesion,toda su veneración para 
con Adriana. 

« Puede ser, se decía la Gibosa, que 
« vencida por la adorable bondad que tíe- 
« ne conmigo mi bienhechora, le hubiese 
«hecho yo una cpnfesion que no hubiera 
« hecho á nadie; i\na confesión que hace 
w un inslanSe creía yo llevarme al sepul- 
« ero..... hubiera sido eso á lo menos una 
« prueba de mi reconocimiento á Mlle, de 
«Cardoville; pero por desgracia me veo 
« privada de la triste felicidad de contar 
« á mi bienhechora el secreto de mi vida, 
w Y ademas, por generosa que sea siicom- 
« pasión para conmigo, por inteligente que 
«sea su afecto, no pue.de ser que ella 
«tan hermosa, tan admirada, no puede 
« ser que ella copiprenda tqdo el horror 
.«4e la siluacioD en que se encuentra una 



« persotia tan desgraciada como yo> que 
« oculta en lo mas profundo de sii lace- 
« rado pecho un amor tan desesperado 
« como ridículo. N(»..>.. no: y á pesar de 
« la delicadeza de la amistad que me tiene, 
t( aun tíompadecióndome, me ofender < sin 
« advertirlo mi bienhechora, porque ¡os 
« infortunios hermanos son los únií^os que 

« ^e pueden consolar ¡Ay! ¿Por qué 

« no me ha dejí'lo morir?» 

Se habían presentado e.sras reí!, xiones 
al entendimiento de la Gibosa con la ra- 
pidez del pensamiento. Observábala Adria- 
na con mucha atención , y notó que las 
facciones de la jornalera que hasta enton- 
ces se iban serenando cada vez tnas, se 
habían oscurecido de nuevo, y descubrían 
un sentimiento de dolorosa humillación. 
Asustada de aquella recaída de triste aba- 
límieoto, ctjyas consecueucias podían ser 
fatales, porque la Gibosa , muy débil 
aun , estaba , por decirlo asi, á la orilla 
del sepulcro, Mlle, de Cardovi'lie dijo pron- 
tamente: 

—Amiga mia... ¿no pensais pues como 
yo.... que el dolor mas cruel.... y aun el 
mas humillac.te se alivia .. cuando se pue- 
de confiar á ¡un corazón fiel y .esperimen- 
tado? 

..-r*^S¡,,señor(¡ta, dijo corvamargura la Gí- 
.hQsaV pero el corazón que padece debiera 
ser el único que juzgase la oportunidad 
del uiomento en que haría una C(mfesíon 
tan penosa..., Hasta entonces habría r<c»so 
.humanidad en respetar su doloroso secre- 
to... sí por casualidad se ha descubierto. 

— 'Tenéis razón, hija .mia, dijo l^i^re- 
,meote Adr¡ana;;SÍ ,escoj'> este momeiito 
casi solemne para haceros unaconfideiicia 
muy penosa... es porque, cuando me ha- 
yáis oído, estoy convencida que tendréis 
tanto mayor apego á la *xis!encia cuanto 
mayor sea, como veréis, la necesidad que 

tengo de vuestra ternura de vuestros 

consuelos... de vuestra compasión. 
40** 



156 



ALBUH. 



Al oir aquellas palabras hita la ditiosa 
un esfuerzo para incorporar?e, y apoyán- 
dose en el jergón, miró asombrada a Alilo. 
de Cardoville. No podia creer lo que esta- 
ba oyendo: lejos de pensar en violentar ó 
sorprender su confianza, su bienechora 
venia, según decia, á hacerle una con- 
fesión muy penosa , y á implorar *us con- 
suelos, su compasión... deelia... de la Gi- 
bosa. 

— ¡Como! esclamó balbuciente: vossois, 
-señorita, la que venís... 

— Yo soy la que vengo á deciros... Pa- 
dezco... y tengo vergüenza de lo que pa- 
dezco... Si, añadió la joven con una espre- 
sion desgarradora, si : de todas las confe- 
Mooes vengo á haceros la mas penosa..... 
amo y tengo vergüenza... de mi amor. 

— Como yo... esclamó involuntariamen- 
te la Gibosa, juntando las dos manos. 

— Amo... replicó Adriana con una es- 
plosion de dolor i'ontenido mucho tiempo, 
amo... y no me aman... y es mi amor mi- 
serable, imposible... me devora... me ma- 
la... y no me atrevo á conGar á nadie.... 
ese fatal secreto... 

—Como yo... repitió la Gibosa mirando 
fijamente. Ella... reina por la beldad, por la 
condición , por el talento.... padece como 
yo, continuó diciendo, y como yo, pobre 
desgraciada criatura... ama ella... y oola 
aman... 

— Pues bien... sí... como vos... amo... 
y no me aman... esclamó Mlle, de Cardo 
ville. ¿Me fallaba la razón para deciros 
que en vos sola podia yo confiarme... por- 
que habiendo padecido los mismos males, 
vos sola podríais tener compasión de ios 
míos? 

— Conque asi , señorita , dijo la Gibosa 
bajando los ojos y saliendo de su profunda 
sorpresa, sabíais vos... 

— Todo lo sabía, pobre niña... pero ja 
más os hubiera yo hablado de vuestro se- 
creto, si yo misma.... oo hubiera tenido 



que confiaros otro mas penoso sran. ¥}( 
vuestro es cruel , el mío es humillanlL". 
¡Oh, hermana mía! ya lo veis, añado 
Mlle, de Cardoville con nn acento quese- 
ría imposible de pintar, la desgracia ha'ce 
desaparecer, acerca , cunfunde lo que stj 
llama... distancias... Y con freciiencia esos 
felices del mondo que tanta envidia inspi- 
ran, son, ¡ayl por los horr»;ro.«.üS dolores 
que padecen, tmry inferioresá losmas hu- 
mildes, á los mas miserabits, puesto ijire 
á estos es á q'uieoes piden compasión...,,, 
coiísuelo. 

Enjugando después Iss abundantes lá- 
grimas -que derramaba, Mlle, de Cardoville 
continuó con voz conmovida,* 

— Vamos hermana ¡ánimo, áni- 
mo!.... ámemenos, sostengámonos, y h'- 
guenos para siempre «sle triste y miste- 
rioso lazo. 

— ¡Ah, señorita] perdonadme; pero 
ahora que sabéis el secreto de mi vida, dijo 
la Gibosa bajando los oj'os y sin poder su- 
perar su confusión ; me parece que no os 
podré mirar sin sonrojarme. 

— ¿Por qué? ¿por qué amáis apasiona- 
damente á Mr. Agricol? dijo Adriana: 
ipero en ese caso, será menester que yo 
muera de vergüenza á vuestra vista, porque 
menos esforzada que vos, no he tenido 
va'or para padecer, resignarnr>e, y ocultar 
mi amor en lo mas profundo de mi cora- 
zonl El que yo amo, con un amor impo- 
sible de aquí en adelante, ha conocido este 
amor.., y lo ha desechado... prefiriéndo- 
me á una mujer que el escojerlatan solo 

seria para mí otro ultraje sangriento 

si no me engañan las apariencias en el 
concepto que formo de ella... aei es queá 
veces espero habcrtne equivocado.... De- 
cidme ahora... ¿sois vos la que ha de ba- 
jar los ojos? 

— ¡Vos desechada por una muger 

indigna de seros comparada !... jAh , se- 



'iñ 



înorila'! no pueJo creerlo, esclamó la Gi- 
'bosa . 

— Tampoco yo lo puedo creer á veces, 
y eso no por orgullo, sino porque sé lo 
•que vale mi corazón... Entonces me digo; 
no: la que prefiere tiene mérito para con- 
mover el alma, el espíritu y el corazón 
•del que me desprecia por ella. 

— ^^¡Ay, señorita ! si no es sueño cuanto 
■estoy oyendo si no os estravian apa- 
riencias falsas, grande es vuestro dolor. 
— '.¡Sí, querida amiga mia ! grande..... 
,"j oh ! muy grande... y sin embargo, aho- 
ra, gracias á Dios, tengo la esperanza 
que acaso se debilitará esta pasión funesta; 

acaso hallaré fuerzas para subyugarla 

':porque cuando lo sepáis todo, absoluta- 
mente todo, no quiero avergonzarme de 
>veros..... vos...... la mas noble y \a mas 

digna entre las mugeres..... vos..... cuyo 

■esfuerzo y resignación son y serán siem- 
pre para mí un ejemplo. 

— ¡Ah, señorita!... No habléis tanto 
de mi esfuerzo cuando tengo que aver- 
gonzarme tanto de mi debilidad. 

— ¡Avergonzaros! ^Dios miol ¿Hay al 
contrario cosa mas patética, mas heroica 
y mas rendida que vuestro amor? ¿Vos 
avergonzaros? ¿De qué? ¿Es de haber 
mostrado el afecto mas santo á un arte 
sano que desde niña aprendisteis á amar? 
¿Avergonzaros? ¿E< de haber sido para su 
madre la hija mas tierna? ¿\vergonzaros? 
¿ Es de haber sopoitado sin qutjaros ja- 
mas, 4 pobr€ muchacha! mil padecimien 
tos tanto mas agudos cuanto que las per- 
sonas que os los causaban no tenían con- 
ciencia ninguna del mal que os hacían? 
¿Pensaban acaso en iiijuriaros, cuando 
en lugar de daros vuestro modesto nom- 
bre de Magdalena, os daban siempre, se 
gun deciais, sin pensar jamas en ello, un 
apodo ridículo é injurioso? Y por tanto, 
¡cuantas humillaciones, cuantos pesares 
habéis devorado en secreto ! 



AtllM. 157 

— ¡Ay, señorita! ¿quién os ha podido 
decir?... 

— ¿Lo que no habláis confiado sino á 
vuestro diario? ¿es verdad? Pues bien, sa- 
badlo todo..... Florina , moribunda , me 
confesó todas siis maldades. Habia come- 
tido la indignidad de robaros aquellos pa- 
peles, (es verdad que se \eia forzada a 
hacerlo por las gentes que la dominaban...) 
pero ese diario lo había leido. Y como no 
eí»taban muertos en ella todos los buenos 
sentimientos, aquella lectura, revelándole 
vuestra admirable resignación, vuestro 
amor triste y piadoso, aquella lectura le 
habia causado tal impresión que, e/i el 
punto en que iba á morir , ha podido ci- 
tarme algunos pasajes, esplicándome asi 
la eaMsa de vuestra súbita desaparición, 
porque no dudaba ella que el temor de 
ver divulgado vuestro amor hacia Agricoí 

habia ocasionado vuestra huida 

— jAyl demasiada razón tenia, seño- 
rita. 

— ¡Oh! sí: respondió con amargura 
Adriana, los que hacian obrará aquella 
desgraciada, sabian muy bien á donde iba 
á parar el golpe no eia aquel el pri- 
mero... os reduelan á la desesperación... 

os mataban pero también... ¿porijué 

me estabais adieta con tanta ternura? 
¿Porqué los habláis adivinado? ¡Oh! Esas 
túnicas negras son implacables y su poder 
es grande, dijo Adriana estremeciéndose. 
— Es eso espantoso, señorita. 
— Tranquilizaos, querida niña: las ar- 
mas de los malvados no hieren á menudo 
sino á ellos mismos, porque desde el ins- 
tante mismo en que supe el motivo de 
vue>tra salida de mí casa, os tomé aun 
mayor cariño. Desde entonces he hecho 
cuanto he podido para volveros á encon- 
trar, y, al fin, después de haber dado 
mil pasos, esta mañana solamente, la 
persona á quien habia encargado este oe^ 
godo, ha llegado á saber que vivíais en 



158 \\m9\m 

«áU cà$a. Como esliba con Mr. Agricole 
<iic ha pedido licpiicía de aconipaivarnii . 

— ¡Agricoll (!sclam<s la Gibosa juntan- 
do las manos, ha witido..,. 

— Si, hija mia calmaos. Mientras 

estaba yo dándoos los primeros auoilios... 
estaba él ocupado con vueslra pobre her- 
mana pronto le \ereis. 

— i Ay . señorita!..,, respondió espan- 
tada la Gibosa, sabe sin duda.... 

— ¿Vuestro amor? No, no: tran(|uili- 
zaos y no penséis sino en la feli<-idad de 
volveros a hallar junto a ese hombre tan 
bueno y tan leal. 

— ¡Ay.... señorita Î..,. ¡Quiera Dios 
que ignore siempre.... lo <|ue me causa- 
ba tanta vergüenza (|ue por eso quería 
morir!... ¡ Bendito seáis Dios miol Nada 
sabe.... 

— ¡No! y ssi, vayan afuera los pen- 
samientos tristes, querida niña: pensad 
en el hermano querido para deciros que 
ha llegado á tiempo para evitar que tu- 
viésemos nosotros sentimientos eteçnos ,■. 
y.... y que cometieseis vos.... una falta 
grande.... Y no os hablo yo de las preo- 
cupacÍDnes del mundo por lo que toca al 
derecho que tiene la criatura de volverle 
¿ Díus Ja vida que es para ella una carga 
demasiado pesada — Os digo solamente 
que no debíais morir, porque los que os 
aman y amáis, tienen aun necesidad de 
\os. 

— Os creía feliz, señorita: Agrícol es- 
taba yacasadocon una mujer joven, quien 
hará, estoy segura, su felicidad.... ¿á 
quien podia ser útil? 

— A mi en primer lugar.... ya lo veis. 
¿'Y ademas quien os dice que Agrícol no 
tendrá jamás necesidad de vos? ¿Q.uién 
os asegura que su felicidad ó la de los su- 
yos durará siempre, ó no rewbirá recios 
golp«íS? Y aun cuando los que os ^man 
hubieran debido ser siempre lelices. ¿seria 
«.Completa su felicidad sin vos? Y vuestra 



muerte, que acaso se hubieran eciiad^ 
ellos en cara , ¿no les hubiera dejado pe- 
sare* sin fin? 

— Ks verdad, señorita: cespondió la 
Gibosa, no he tenido razón: se ha apo- 
derado de mi un vértigo de desespera- 
ción.... y ademas nos agoviaba la miseria 
mas horroro.Na.... hacia muchos dias que 
fio podíamos encontrar que hacer.... vi- 
NÍamos con las caridades de una pobre 
niijgrr que nos ha arrebatado el cólera... 
Mauana ó dt-spues de mañana nos hubie- 
ra .^ldo necesario morir de hambre. 

— ¡Morir de tianibre,... sabiendo mi 
vai>a ! 

r— Os habia escrito, señorita : coioo no 
he recibido .respuesta , he creído que os 
habia ofendido mi huida de vuestra casa. 

— ¡ Pobre hija querida ! Estabais como 
lo decís, en aquel horroroso momento ba- 
jo la influencia de una especie de vértigo. 
Asi es qui- no tengo aliento para echaros 
en cara el haber dikiado de mi ni un solo 
instante. ¿Como os podría yo vituperar? 
¿n(j he tenido yo tauíbienla idea <lesuici< 
darme? 

— ¡Vos, señorita I e'sclamó la Gibosa. 

— Si... en ello estaba pensando... cuan- 
do vinieron á decirme que Florina , ago- 
nizante, me quería hablar.... La he oído: 
sus revé aciones han mudado súbitamen- 
te mis proyectos; se lia iluminado de re- 
pente e^ta vida sombría y triste, qu^ me 
era insoportable: se ha despertado en mi 
la conciencia del deber; estabais, sin du- 
da ninguna, en manos de la mas horro- 
rosa miseria , era de mi deber buscaros y 
salvaros: lo confesado por Florina me ma- 
nifestaba las nuevas ti amas de los enemi- 
gos de mi familia aislada, dispersadla por 
dolorosos pesares, por péroidas crueles; 
«;r,a de jni deber el advertir á los mios de 
los peligros que ignoraban acaso^ y eUeu- 
nirlos contra el enemigo «omun. Habia 



ALBUM 

sido víctima de odiosas maniobras, y era 
de mi deber el perseguir á mis autores, 
ten iendo que, animados con la inipuni- 
dad , esos hombres de las túnicas nngra , 

no hiciesen nuevas víctimas líntonces 

Tne dio nuevas fuerzas ia conciencia de mi 
deber, y pmle salir de mi aniíiuilamieiifo : 
con el ayuda del abate Gabriel, sacerdolc 

sublime; ¡ oh I ¡sublime! el ideal del 

verdadeio cristiano el digno hermano 

adi»otivi> de Mr. Agricol, he emprendido 
animisamcnte la lucha. iQué os ,l;ré, hi- 
ja mia? ËI cumplimiento de esos deberes, 
ia incesante espcrania de volveros á en- 
contrar, han suavizado un poco mis pe- 
nas: si no me han consolado, me iisn dís- 
Iraido... vuestra tierna amistad y el <ji=ni- 
plo de vuestra resignación completaran la 
obra... lo creo... estoy segura y olvi- 
daré este fatal amor. 

Al instante en que decía Adriana ostaN 
palabras, se oyó en la escalera im andar 
rápido y una voz jóvtm y fresca. ¡u^' decía i 

— ¡Aii! ¡Diosmio! ¡qué á tiempo llego! 
J Ksa pobre Gibosa !.... Si puedo servirla 
en alguna cosa... 

Y casi al mismo tiempo entró 3on pre- 
cipitación en la boardilla Rosa Pompon. 

Pronto siguió Agricole la griseta, y en 
señándole á Adriana la ventana abierta , 
trató de darle á entender con una ^etia 
que no se le debia hablar á la joven de la 
deplorable muerte de la reina Bacanal. 

Superllwa fué esta pantomima para Mlle, 
de Cardoville. * 

El corazón de Adriana saltaba de dolor, 
de indignación y de orgullo, al reconocer 
á la muchacha que habia visto en el tea 
tro de la Puerta vSan Martin en compañía 
de Djalma, la cual era la única causa do 
los ¡horrorosos males que padecía desde 
aquella terrible noche. 

A mas... ¡espantosa burla del destino'! 
ien ei instante mismo en que acababa 
Adriana de hacer la humillante y cruel 



159 

if 

confesión de su desderlado amrr, aparecía 
ante sus ojos ia muger á quit n so creía 
sacrilioada. 

Si la sorpresa de Mile, de Cardoville 
fiabia sido profunda, no lo f.ié menos ¡a 
de Ilusa Podipitn. 

No solamente reconocía en Adriana la 
muctiaclia jóviM) de loscabellosde oroijue 
estaba enfrente de ella, en un palco del 
teatro de la Puerta de San M;utití, cuan- 
do ocurrió la estrafía aventura de !> pan- 
tera negra : sino que tenia también gra- 
ves motivos para desear este encu'Mitri} 
tJti inopinado^ tan poco pr'>bable: por e^o 
es imposible el pintar la mirada maliciosa 
y triunfante que afectó lanzar á Adriana. 

El primer movimiento de Mile, de Car- 
doville fué el salir inmediatamente de la 
boardilla; pero no solamente h- cosiaba 
muchísimo el abandonar á la Cibasa en 
aquella circunstancia, y el tener que dar, 
delante de Agricol , uf» motivo de aijUei 
repentino marcharse, sino que también, á 
pesar de lo ofendido que estaba su orgu- 
llo, la detenía una curiosidad inesplicable 
y fatal. 

Se quedó, pues. 

Iba á ver, si puede uno esplicarse así, 
de cerca, oir á aquella rival y fjrrnar de 
ella un concepto, habiendo estado ante- 
riormente á pique de morir por su rival, 
á quien en sus angustias de celos, ha- 
bia atribuido tantas fi-onomías diferentes, 
y podría al fin esplicarse el amor que te- 
nía Djalma á semijante criatura. 
XX. 



LA$ RIVALES. 

Rosa Pompon, cuya presencia caucaba 
una emoción tan viva á Mlle, de Cardo- 
ville, estaba vestida con el mal gusto mas 
chocante y mas chillón del mundo. 

Su bibi (sombrerillo) de ra-o de color 
de rosa con videra muy estiecha, puesto 
tan hacia delante y tan á lo perro, qu<í 
41*' 



160 



AI.BIH. 



bajaqa casi hasta la punta Je su pequeña 
nariz], dejaba descubierta en rocompi'nsa 
la mitad de su rubio y suave nioñj; su 
vestido escoces, con cuadros estravaLçan- 
tes por lo grandes, estaba abierto por de- 
lante, y su pañoli'ta trasparente, cerra- 
ba muy poco herméticamente, y muy po- 
co celosa de los deliciosos globos que ma- 
nifestaba con demasiada franqueza , ape- 
nas cohonestaba, como con una gasa muy 
ligera , la descarada escotadura de su 
corpino. 

Como habla subido apresurada la gri- 
stta, teniendo con las dos manos las pun- 
tas de su mantón azul de palmas, habla 
este abandonado sus espaldas, hahia caí- 
do hasta lo bajo de su talle de abíspa , y 
se habia detenido en (in , en donde habia 
encontrado un obstáculo natural. 

ËI insistir en todos estos pormenores es 
porque', al ver ¡aquella gentil criatura, 
vestida de un modo tan impertinente y 
tan desaholonado,^l\ie. de Gardoville, cre- 
yendo encontrar en ella una rival feliz, sin- 
tió redoblar su indignación, su dolor y su 
veroüenza. 

Juzgúese pues cual debió ser la sorpre- 
sa, cual la confusion de Adriana, cuando 
Kosa Pon)¡ion le dijo con la mayor soltu- 
ra y desembarazo : 

— Me alegro infinito de encontraros 
aquí, madama: tengo que deciros cuatro 
palabritas;... solamente quiere abrazar é 
esa pobre Gibosa, si lo permitís ma- 
dama. 

Para imaginar el tono y el acento que 
acompañaron la voz madama, es necesa- 
rio haber presenciado algunas discusiones 
entre dos Rosas Pompones celosas y riva- 
les; entonces se comprenderá todo loque 
esa voz madama, pronunciándola en se- 
mejantes circunstancias, encierra de pro- 
vocaciones y de hostilidades. 

Atónita la señorita de Gardoville al ver 
la impudencia de Rosa Pompon, estaba 



enmudecida , mientras Agricol distraigo 
por el cuidado que tomaba de la (îibosa^ 
cuyos ojos no se apartaban un instante 
de los suyos desde el instante en que ha- 
bía llegado, distraído también por el re- 
cuerdo de la doli»rosa e-sornaípie acababa 
de presenciar, decía ci\ voz baja á Adria* 
na, sin advertir el descaro de la griseta. 

— ¡ Ay señurita ! es asontoconcliiido... 
acaba de dar Ceíisa el último suspiro..... 
sin haber vuelto en sí. 

— ¡Desgraciada joven' dijo Adriana 
con emoción olvidando poi* -un in!>t<if)te á 
Rosa INimpon, 

— Habráse de ocultar esta funesta no- 
ticia á la Gibosa, y hacérsela saber utas 
tarde, tomando para ello las mayores pre- 
cauciones, replicó Agricol, felizmente na- 
da sabe de eso Rosa Pompon. 

Y con una mirada le indicó á la seño- 
rita de Gardoville la griseta, quien se ha- 
bia acurrucado junto á la Gibosa, 

Al oir que Agricol trataba tan familiar- 
mente á Rosa Pompon, redobló el asom- 
bro de Adriana : imposible seria el decir 
lo que ella sintió porque, aunque pa- 
rezca estraordinario, lo cierto es que le 

pareció que sufría m'-nos y i|ue iban 

disminuyendo sus angustias á medida que 
iba notando en que términos se espresaba 
la griseta. 

— j Al), mi querida Gibosa! decia esta 
con tanta volubilidad como emoción, pues 
estaban llenos de lágrimas sus lindos ojos 
azules, ¿es posible hacer semejante .ton- 
tada? ¿No se ayuda también entre sí la 
gente pobre?... Hubiera vendimiado por 
la última vez el |bazar de Filemon , aña- 
dió aquella singular muchacha, redoblan- 
do al mismo tiempo su enternecimiento, 
sincero á la vez, patético y grotesco; hu- 
biera vendido sus tres botas, sus pipas en- 
negrecidas, su traje de barquero de San 
Flambart, su cama y hasta su vaso de 
grandes parrandas y oo os hubicrais^ 



AXlft'M 

*vi>fo rc(Iiici(î<i á tan brutal estremidad... 
îio se hubiera enfadado Filemon , porque 
es escelenlemiicliacho, y si se hubiera en- 
fsdado no se tne hubiera dado un pito.... 

f;racias á Dios no estamos casados es 

solamente todo esto para deciros vjue hu- 
bierais debido pensar <;n Rosa Pompon. 

— Ya sé que sois servicial y buena, se- 
Tlorita ; respondió la Gibosa, porque ha- 
bla sabido por su hermana (jue llosa Pom- 
pon tenia, como otras muchas de sus se- 
^lejanles, corazón grande y generoso. 

— Ademas, replicó liosa Pompon enju- 
gándose con la mano una lágrima que ha 
bia corrido hasta la punta de su pequeña 
nariz de color de rosa , me diréis que no 
cabíais donde habia puesto yo mi nido de 
^Igun tiempo á esta parte... Es una his- 
toria muy chusca , pero no debiera decir 
'cIuK-ca... al contrario: y dio Rosa Pom- 
pon un gran suspiro, en fin se me da muy 
■poco: continuó Rosa Pompon, yo no ten- 
go que hablar de eso: lo cierto es que es- 
tais mpjor. No volveréis á hacer, ni tam- 
poco Cefisa, semejante cosa.... dicen que 
está ella muy débil... y que no se puede 
ver aun... ¿No es verdad señor Agricol? 

— Sí; dijo el herrero embarazado, por- 
que no apartaba un instante ladibosa los 
ojos de los suyos : es menester tener pa- 
ciencia 

— Pero podré verla hoy, ¿no e^ verdad, 
Agricol? dijo la Gibosa. 

— Ya hablaremos de eso; pero cálma- 
te, te lo suplico... 

— Tiene razón Agricol; esnecesario te- 
ner juicio, replico Rosa Pompon, aguar 

daremos yo aguardaré meneando la 

remojada dentro de poco con Madama (y 
dio Rosa Pompon una mirada cazurra de 
gata encolerizada) si, aguardaré, porque 
quiero decirle á esa pobre Ceíisa que pue- 
de contar conmigo asi como vos: y se pu- 
so sopladita con mucha gracia Rosa Pom- 
pon, vivid tranquilas; ¡toma! eso es Iode 



menos, que cuando se encuentra una en 
grande, se aprovechen de ello sus amigas, 
que no son felices. ¡Graciosa cosa seria e\ 
guardar para sí sola la felici.Jad ! Eso es... 
Empajad inmediatamente vu€,tra felid- 
dad; ponedla inmediatamente bnjo una 
campana de cristal ó en un frasco para 

que nadie la toque.... Ademas de eso 

cuando digo mi felicidad .. eso es un mo- 
do de hablar... es verdad que bajo un as- 
pecto... ¡ah! si por cierto: pero bajo ei 
olro, mirad, mi querida Gibosa, en eso 
está el ••uento... pero ¡ bah! me rio yode 
todo eso; no tengo mas que diez y siete 
años.... En fin, poco me importa... y ca- 
llo el pico, porque continuarla hablando 
do ese modo hasta mañana y no sabríais 
mas que ahora... Dejadme pues abrazaros 
otra vez aun con toda mi alma... y fuera 
tristeza... y lo mismo Cefisa... ¿lo entena 
deis? que aqui estoy yo. 

Y sentada encima de sus talones, Ro- 
sa Pompon abrazó cordjahnenle á la Gi- 
bosa. 

Necesario es renunciará espresar loque 
esperimentó la señorita de Cardoville du- 
rante esa conversación... ó por mejor de- 
cir durante el monólogo déla griseta acer- 
ca de la tentativa de suicidio de la Gibosa 
y de tu hermana. La gerigonzaescénirica 
de la griseta, su liberal facilidad en cuanto 
al bazar de Filemon, con quien, según ella 
decia, felizmente no estaba casada, la bon- 
dad de su corazón, que se manifestaba de 
cuando en cuando en las ofertas de servi- 
cios que hacia á la Gibosa, aquellas im- 
pertinencias, aquellas chuscadas; todo eso 
era tan nuevo, tan incomprensible para 
la señorita de Cardoville, que se quedó 
desde el principio muda é inmóvil de sor- 
presa. 

¿Y esa era la criatura, á quien la habia 
sacrificado Djalma ? 

Si habia sido penoso, horroroso, el pri- 
mer movimiento de Adriana al verá Rosa 



162 



4LBnB, 



Pompon, pronto le despertó la reílix^on 
dudas ^\xle poco á poco se fueron cambian- 
do en int-fdbles esperanias: recordábase 
de nuevo la conversacion que habia st«r- 
prendidoenfreel príncipe y Itodin, cuando 
oculta en su invern iculo.ihaá cerciorarse 
de la lidelidad del jfsuita. No se pregun- 
taba ya Adriana si era posible, si era ra- 
zonable el creer i|ue el príficipe, cuyas 
ideas en amor parecían tan poéticas, tan 
elevadas, tan puras, pudiese encontrar el 
mas mínimo atractivo en la impudente y 
descabellada charlatantría de a^juella jó 

ven Ailriana pi>r e^la vez no vacilaba 

ya; miraba la cosa como impnsible, vien 
do, por decirlo asi, de cerca, (juelaestraor- 
dinaria rival, oyéndola como la oía, espre- 
sar.>e en términos tan vulgares dacdoesos 
modales y ese lenguaje á sus lindas faccio- 
nes, sin destruir su gentileza, un carác- 
ter trivial y poco hala<¡üeño. 

Pronto se cambiaron pues en una ¡n- 
cerlidiimbre completa las du'lasque tenia 
Adriana en cuanto al profiin lo amor (|ue 
podia iiispirar al principe Rosa Pompon; 
tenia ella demasiado ingenio, demasiada 
penetración para no presentir (jue esa re- 
lación, tan in"spticab!e p:)r parte del prin- 
cipe, debia encubrir algún misterio, y sen 
tía renacer todas sus esperanzas la señorita 
de Cardoville. 

A medida ijue se iba desplegando esa 
idea consoladora en el aliiia de Adriana, 
se dilat-iba su corazón doloro>ameíile opri- 
mido hista entonce*, y nacian en lo inte- 
rior de su pt'cho vivas a«^piraci mes íiácia 
un porvenir mas feliz: advertida sin em- 
■4)argo por las crueles esperiencias de lo 
;pasado, y temiendo ceder á una ilusión 
demasiado f.icil, se recordaba los hechos 
<Jemasiado comprobados por desgracia, 
del príncipe haciendo alardeen púhlicode 
aquella joven: pero por lo mjsmo que en 
tonces podía la señorita de Cardoville 
.apreciar por s¡,n)i^ma; aquella criatura, 



por eso mismo le parecía cada vez mas 
incomprensible la conducta del príncipe. 
¿Y como se lia de juzgar sanamente, con 
seguridad lo ijue está rodeado de miste- 
rio>? Y se tranquilizaba después, porque 
á pesar de todo, le decia un presentimien- 
to secreto, que acaso en la cabecera de la 
cama de la pobre jornalera (¡ue ai-ababa 
(le arrmcar ile los brazos de la nuierle, 
eiiconlraria por un azar providencial una 
revelación de (jue dependía la felicidad de 
su vida. 

Eran tan vistas las emociones que agi- 
l^ib.sn ti coraz>n de Adriana, que ftié to- 
mando su hermoso rostro un encarnado 
rosado, latía su |)echo con violencia, y sus 
grandes ojos negros, tristemente velados 
habita entonces, brillaban suaves y radian- 
tes á la vez; y aguardaba con una impa- 
ciencia ind'cible en el abt cimiento, con 
que la habia amenazado Rosa Pompen 
durante ia conversación, y que pocos mo- 
iiientos antifs, hubiera rechazado Adriana 
on loda la altivez ilesu legítimo indignado 
orgullo; esperaba encontrar al fin la es- 
plicacion de un misterio que tan iuiportante 
le parecía el penetrar. 

Ko'ía Pompon , despues de haber abra* 
zado de nuevo y con ternura á la Gibosa, 
se levantó y volviéulose hacia Adriana, U 
miró de !os pies ¡i la cabeza c^n aire muy 
descarado , diciéndole Con suina imperti- 
nencia: 

— Ahora las tendremos entre nosotras 
dos, madama: (pronunciando siempre 
la voz madama eon t-l tonillo que ya se 
sabe); tenemos que desenredar cierta ma- 
deja. 

— Kstiiy á vuestras órdenes, señorita; 
respondió Adriana con mucha dulzura y 
sencillez. 

Al ver la facha animosa y resuelta de 
Ro>a Pompon, al oir su provocación á la 
señorita de (^irdoville, el digno Agricol, 
después de al^^uuas [rases cariñosas que se 



M.BtH 

habían dicho recíprocamente él y la Gibo 
sa, abrió cnanto pudo sus oidús y se que- 
dó por un momento pasmado de la des- 
vergüenza de la griseta: dando después 
algunos pasos hacia ella, la dijo en \ozbaja 
tirándola por la manga: 

— ¿Pues, chica, estais loca? ¿sabéis á 
xjuien habláis? 

— Pues bien, ¿y qué?... no vale una 

Tnuger hermosa tanto como otra? Yo 

digo eso por madama... Supongo que no 
me comerá nadie... respondió en vuz alta 
y en tono guapo Rosa Pompon; tengo que 



1£3 



— Kscusadme si os dejo por pocos ins- 
tantes recobrad aun algunas fuer- 
zas.... y volveré á buscaros para llevaros 
á nuestra casa, mi querida y buena her- 
mana. 

Volviéndose después hacia Rosa Pom- 
pon, quien estaba cada vez mas sorpren- 
dida de oir aquella grande dama darle 
el nombre de hermana á la Gibosa, le 
dijo : 

— Cuando queráis, bajaremos, Sf^ùo- 
rita. Perdonad, señora, si paso la prime- 
ra para enseñaros el camino, pues es un 



hablar con madama... estoy persuadida i verdadero desnuca-cristianosesta barraca; 



tjue sabe de qué y porqué... sino yo se b 
diré; no será cosa larga. 

Temiendo Adriana alguna esplosion ri- 
dicula por lo que tocaba al príncipe 
Djalma delante de Agricol, hizo una se- 
ña á éste y respondió ton bondad á la gri- 
seta: 

— Dispuesta estoy á oiros, señorita..... 
pero no aqui...... bien comprendéis por- 
qué.... 

— Tenéis razón, madama.... aqui t«n- 
go mi llave. .... si queréis, vamos á mi 
«uarlo. 

Ese á mi cuarto fué pronunciédoconla 
mayor pompa. 

— Vamos pues á vuestro cuarto, puesto 
tjue estais dispuesta á hacerme el tionor 
de rectbirme en él, respotidió Mlle, de 
Dardovilie con su voz dulce y afectuosa, 
haciendo una reverencia lijera áRosa Pom- 
pon con una cortesía tan esquisita que, á 
pesar de todo su descaro, s^ quedó cortada 
Rosa Pompon. 

— ¿Como, señorita, dijo Agricol á Adria 
na, tenéis bastante bondad par^?... 

— Señor Agricol, dijo Mlle, de Cardo- 
ville interrumpiéndole, tened la bondad de 
quedaros con mi pobre amiga... dentrode 
poco volveré. 



respondió Rosa Pompon apegando los co- 
dos al cuerpo y apretando los labios para 
hacer ver que no le eran desconocidos los 
buenos modales ni el buen lenguaje. 

Y salieron las dos rivales de la boardi- 
lla en donde quedaron solos Agricol y la 
Gibosa. 

Por fortuna habían entrado á la tienda 
subterránea de la tía Arsenia el cadAver 
ensatigrentado de la reina Bacanal; asi es 
que ílos curiosos que siempre atraen los 
acaecimientos desgraciados, se amontona- 
ron en la puerta de la calle, y Rosa Pom- 
pon, no encontrando á nadie enei peque- 
ño patio que atravesó con Adriana, con- 
tinuó ignorando siempre la muerte de Ge- 
fisa su antigua amiga. Poco tiempo des- 
pués llegaron al aposento de Filemon laf 
grisetíi y Mlle^. de Cardoville. 

Estaba aun a^uel 'uarto singular rn el 
pintoresco desorden en que lo habia dxja- 
do Rosa Pompon, ctiando vino á buscarla 
Níni-Moulin píra que fuese la heroína de 
una aventura misteriosa. 

Ignorando complelamente Adriana las 
costumbres de los estudiantes y de las es- 
íudiantas, á pesar de sU preocupación, no 
pudo menos de examinar con ur»à atención 



Y acercándose después á la Gibosa, Ja | curiosa aquel bùârro y grc^tesco caos de 
cual noestaba menos asonnbrada que Agri 



col, ia dijo: 



los objetos mas disparatados; trajes de bai- 
le de niáscaras, calaveras futiiâuJa en pi- 
42** 



16i ALBU)I. 

pa, botas dispersas en los estantes do una 
biblioteca, vasos monstruo'?, vestidos de 
hombre, pipas ennegrecidas etc. 

A la primera impresión de sorpresa que 
esperimentó Adriana, sucedió una impre- 
sión de repugnancia de«agradablt'; sesen- 
tia desazonada acuella joven y fneradesu 
esfera en aquel a.-i!o, node la pobreza sino 
del desorden, siendo asi que no le liabia 
inspirado repulsion ninguna la miserable 
boardilla de la Gibosa. 

A pesar de su aire resuelto, Rosa Pom- 
pon esperimenlaba una emoción muy viva 
desde que se habia quedado á solas son 
Mlle, de Gardoville: en primer lugar la 
estraordinaria beldad de la joven patricia, 
su mucha gallardía , la elevada distinción 
de sus modales, el modo digno y afable á 
la vez con que habia respondido á las im- 
pertinentes provocaciones de la griseta , 
comenzaban á infundir á esta mucho res- 
peto; á mas, como á pesar de todo era 
Rosa Pompon escelente muchacha, la ha- 
bia conmuvido profundamente el oir á 
Ml'e. de Cardoville darle el nombre de 
hermana , de amiga á la Gibosa. 

Aunqiio no sabia Rosa Pompon ningu- 
na pariicularidad en cuanto á Adriana, 
no ignoraba sin embargo que pertenecía á 
¡a clase mas rica y mas elevada de la so- 
ciedad : tenia pues ya algunos remordi- 
mientos de haber obrado tan libremente; 
asi es que sus intenciones, muy hostiles al 
principio para con Mlle, de Cardoville, se 
iban modificando poco á poco. 

Sin embargo como tenia Rosa Pompon 
muy mala cabeza, y no quería dejar que 
se advirtiese que cedía á una influencia 
contra la cual se revelaba su amor propio 
trató de volver á tomar su aplomo, y, 
después de haber echado el cerrojo á la 
puerta, dijo á Adriana: 

— Daos la pena de sentaros, madama. 

Asi se espresó con la intención sobredi- 



Iba á tomar maquinalmente una sifla 
Mlle, do Cardoville, cuando Rosa Pompen 
muy digna por cierto de practicarla anti- 
gua hospitalidad que miraba como un 
huésped sagrado aun al mayor enentigo, 
esclamó: 

— No toméis esa silla, madama, le falla 
un pió. 

Puso la mano Adriana á otra silla. 

— No toméis tampoco esa, que apenas 
se sostiene su respaldo, esclamo de nuevo 
Rosa Pompon. 

Y tenia razón, pues el respaldo de aque- 
lla silla (el cual representaba una lira) se 
le quedó en la mano á Mlle, de Cardoville 
quien lo puso discretamente en la misma 
silla, diciendo: 

— Creo, señorita, que podremos hablar 
con la misma facilidad en pié. 

— Como queráis, madama, repondió 
Rosa Pompon enderezándose con tanto 
mayor garbo cuanto mayor era también 
la turbación que comentaba á esperimen- 
tar. 

Y la conversación de Mlle. deCardovi- 
lle y de la griseta comenzó en los términos 

siguientes: 

XXI. 

LA CONFERENCIA. 

Después de haber vacilado un corto 
instante, Rosa Pompon dijo á Adriana, 
cuyo corazón latía con violencia: 

— Os voy á decir inmediatamente, ma- 
dama , lo que tengo en el corazón : no os 
hubiera buscado, pero ya que es he ha- 
llado, es muy natural que me aproveclie 
de la ocasión. 

— Pero, señorita, dijo nuevamente 
Adriana; ¿no podré yo saber cual es el 
objeto de la conversación que vamos á en- 
tablar? 

— Sí, madama; dijo Rosa Pompon re- 
doblando su osadía con mas afectación 



cha de mostrar que no le era desconocido que naturalidad; en primer lugar no os 
el lenguaje culto. .imaginéis que me tengo por desgraciada 



tTHUM. 



16o 



•y qne vny á haceros tina escena de celosa 

ó dar gritos como iiDa abandonada no 

Û3 lisonjeéis de eso á Dios gracias, no 

tengo por cierto de qué queja rnne de nii 
Principe hechicero, (ese es el nombre fa- 
R)iliar que le doy); al contrario me ha 
hecho muy feliz, y, si me he separado de 
ál, es muy á pesar suyo y porque to he 
querido yo absolutaminfe. 

Al decir e^lo Kosa Pi m¡ on , que á pe 
sar de su continente resuelto, tetiia el co- 
razón opiimido, no pudo contener un sus 
piro. 

— Sí, madama, continuó diciendo Ros^ 
Pompon, por mi guslo me he separado 

de él, pues estaba prendado de mí 

hasta tal punto, que, si huhiera querido 
yo, se hubiera casado conmigo: sí, ma- 
dama, casado tanto peor para vos, si 

os aflige lo que os digo... Ademas, cuan 
do digo tanto peor , es verdad que quería 

mortificaros ¡Oh! eso es cosa muy 

cierta; pero cuando os he visto hace un 
momento tener tanta bondad para con la 
Gibosa; aunque tenia por mi parte la ra- 
zón he sentido aqui alguna cosa 

En fin, lo mas claro es que os detesto y 
que lo merecéis muy bien... añadió Kosa 
Pompon dando una patada. 

Por todo eso, aun para cualquiera per- 
sona menos interesada en conocer la ver- 
dad y menos penetrante que Adriana, era 
evidente, que, á pesar de sus triunfantes 
baladronados con respecto al que estaba 
tan prendado y quería casarse con ella, I h 
sefiorita Rosa Pompon estaba enteramen- 
te abandonada , y cometía una mentira 
enorme; que no la amaban y que un vio 
lento despecho amoroso le habia inspirado 
el deseo de encontrar à Mlle, de Cardo- 
ville, con objeto de vengarse haciéndole 
lo que se llama en términos vulgares una 
escena, puesto que miraba á Adriana, 
(pronto se verá por qué) como una rival 
feliz; pero iba ya dominando á Rosa Pom- 



pon su buen natural , y en corisectiencia 
de estoseveia muy emttarazada para con- 
tinuar su escena, catjsándnie Adriana, por 
las razones que hemos dicho, mucho res- 
peto. 

Aunque ya contaba Mile, de Cardovi- 
llt, sino con la singular salida de la gri- 
seta, al nenos con este resultado, que 
era impasible que tuviere el príncipe por 
aguda muchacha un afielo serio; á pesar 
de lo estraordinario de aquel encuentro, 
se alegró infinito desde un pruicipio, viendo 
á su rÍKal confirmar tan c'aramente una 
ruarte de sus pre>entimientos; pero súbi- 
tamente á sus esperanzas, convertidas casi 
en realidades, sucedió una aprensión cruel. 
Espliquémonos. 

Lo que acababa de oír Adriana hubiera 
debido tranquilizarla completamente. Se- 
gún los usos y costumbres de lo que se 
llama el mundo, segura en adelan;e que 
no habia dejado de pertenecerle el cora- 
zón del príncipe Djalma , poco le impor- 
taba que, en la efervescencia de wna ju- 
ventud ardiente, hubiese ó no cedido aijuel 
'á un capricho efímero inspirado por aque- 
lla criatura, muy bonita de seguro y muy 
apetecible, puesto que, aun suponiendo 
que hubiese cedido á aquel capricho, re- 
conociendo el error de los sentidos, se se- 
paraba de Rosa Pompon. 

A pesar de tan escelentes razones , no 
podia perdonar Adriana aquel error de Jos 
sentidos, ni entendía esa separación abso- 
luta del cuerpo y del alma por la cual las 
manchas del uno no mancillan á la otra. 

No le parecía que pudiese ser cosa in- 
diferente el pensar en esta entregándose 
á aquella: su amor joven, casto y apa- 
sionado, tenia una exigencia absoluta, 
exigencia tan justa á los ojos de Dios y de 
la naturaleza como ridicula y tonta a los 
ojos de los hombres. 

Por lo mismo que tenia ella la religion 
de los sentidos, que los refinaba y los ve- 



166 ALBIM. 

aeraba como tina manifestacion adorable sin duda los liombres á ri'cojer ramille 
y divifia, por eso mismo tenia Adriana 



con respecto á los sentidos, esrrúpulos, 
delicadezas, repugnancias inauditas, in- 
vencibles, completamente ignoradas de 
aquellos austeros espiritualistas, de aque 
líos mojigatos a>céliros que, so pretesto 
de la vileza , de la índi<inidad de la nia^e- 
ria , mirai sus eslravios como absoluta- 
mente insignificantes y se mofan de ellos 
para prubiirle bien á esa infante, á esa 
cenagosa, todo el desprecio que les ins- 
pira. 

No era Mlle, de Cardoville de esas al- 
mas ariscas, pudibundas, que moririan 
de Confusion antes de confesar en térmi- 
nos claros que quieran un marido joven, 
hermoso, ardiente y puro, y por eso se 
casan con hombres muy feos, muy estra- 
gados, muy corrompidos, salvo el recurso 
de toMíar al cabo de seis meses uno ó dos 
amantes: no; Adriana sentia instintiva- 
mente toda la frescura virginal y celestial 
que encuentra un hombre en los recuer- 
dos tiernos é inefables que conserva de un 
primer anior, que fué al mismo tiempo 
su primera posesión. 

Ya lo hemos dicho pues; Adriana no 

estaba tranquilizada sino á medias por 

mas que el despecho de Kosa Pompon la 
confirmase cada vez mas en la idea de 
que jama» le h;ibia inspirado esa mucha- 
cha a Djalma tm afecto serio. 

Habia concluido su epílogo la griseta 
con aquellas palabras que eran una hos 
tilidad n.igranle y significativa: 
— Fn fin, madama, os detesto. 
— ¿Y porqué me detestáis, señorita? 
respondió dulcemente Adriana. 

— lOh, Dios mió! madama, replicó 
Rosa Pompon , olvidando enteramente su 
papel de sultana y cediendo á la s nceri- 
dad natural de su carácter; haced como 
si no supieseis qué y quién son el motivo 
de qUe os deteste )o.... y con e8u.... van 



tes hasta en la b<ca de una pantera por 
mugeres que no son para ellos nada, ab- 
solutamente na<la.... ¡Y si no fuese mas 
que eso! añadió Rosa Pompon que se iba 
animando poro á poco, cuya linda cara , 
crntraiila lijt rameóte hasta entonces pot 
un momo de nial humor, tomó la espre- 
sion de un pesar verdadero, aunque có- 
mico á veces. 

¡ Y si no fuese mas (¡ue la historia 
del raniil'.cte ! continuó diciendo: auníjue 
\'i> hizo mi saiigrn mas que dar una vuel- 
<a entera , al ver al principe hechicero sal- 
tar al teatro cumo un cabrito.... me hu- 
biera dicho yo é mí misma : j bah ! esos 
indios tienen cortesías cumo suyas: aqui... 
si deja caer su ramillete una muger, ua 
hombre de buena educación lo recoje y 
se lo vuelve; pero eo la India no anda asi 
el cuento; el hombre recoje el ramillete, 
no se lo vuelve á la señora, y mata ante 
sus ojos á una pantera; ese es el estilo del 
país.... á lo (|Ue parece; pero lo que no 
esta bien en ningún pais, es el haberme 
tratado como me lian tratado.... Y estoy 
segura que os lo debo á vos.... madama. 

Ksas quejas de Hosa Pompon, amar- 
gas á veces y á veces divertidas, concor* 
daban muy mal con lo (]ue habia dicho 
anteriormente del loco amor que le tenia 
el principe : pero se guardó rnuy bien 
Adriana de hacerle ver esas contradiccio- 
nes y se cun tentó con responderla muy 
suavemente. 

— Señorita, os engañáis, á lo que creo 
suponiendo que tengo yo alguna parte en 
vuestros pesares; pero en todo caso senti- 
fia sinceramente que os hut)iese maltra- 
tado quien quiera que fuese. 

— Si creéis que me han aporreado, os 
engañáis, replicó Rosa Pompon. ¡Pues 
bien! esta si que es buena... Nu, no es eso... 
pero en fin estoy segura que sino por vos 
hubiera concluido al üu, el hechicero prin- 



ALBDli. 



167 



'cipe amándome un poco.... que al cabo, 

al cabo ya meiezco la pena y en 6o 

hay ademas amar.... y amar.... no soy 
tan eesif^ente, pero ni aun esto.... y se 
mordió Rosa Pompon la uña rosada del 
pulgar. jAhl cuando vinoaquiNmi Mou 
lin trajéndome joyas y encajes para de- 
cidirme 4 seguirle, tenia razón en decir- 
me que no me esponia á nada...i.*. que 
no fuese cosa muy honrada.... 

— ¿Nini-Moulin? preguntó la señorila 
de Cardoville interesándose cada vez oías 
^quián es ese Nini-Moulin, señorita? 

— ün escritor relijioso, respondió Rosa 
Pompon haciendo momos, la alma con- 
denada de un atajo de vitj »s monigotes, 
cuyo dinero mete en el bolsillo so pretes- 
to de escribir moral y relijion.... ¡ guapa 
moral, guapa relijion ! 

Al oir aquello de escritor relijioso y de 
■monigoíee, comenzó Adriana á descubrir 
•el hilo de alguna trama de Rudin ú del 
padre d^'Aigrigny, trama de la cual ha- 
bían estado espuestos á ser víctimas ella 
y el príncipe Djalma; comenzó á vislum- 
brar vagamente la verdad y dijo: 

— ¿Pero, señorita con qué pretesto os 
sacó de aqui ese hombre? 

— Vino diciéndome que ningún peligro 
tenia que correr mi virtud, que no len- 
■dria mas que ponerme bien maja; enton- 
■ces dije entre mi; Filemon está en su 
tierra, y yo me estoy fastidiando aquiso- 
íh; me parece que seria eso cosa muy cu- 
riosa ¿qué peligro Curro? ¡Ah! no 

sabia yo el peligro que iba á correr, aña- 
dió Rosa Pompon suspirando. F,n fin Ni- 
ni-Muulin me llevó en un coche muy bo- 
nito, nos detuvimos en la plazi del Pala- 
cio real; llegó un hombre solapado con 
tez amarilla, y se puso en el coche en 
lugar de Nini-Mouün, llevándome des- 
pués á casa del príncipe hchicero en donde 
meestableció. Guando le vi... os tan her- 
moso, ¡diantre! tan hermoso que me 



quedé inmediatamente deslumbradj : pa- 
rece al mismo tiempo tan dulce, tan bue- 
no ast es que me dije desde Im o<>i 

ahora si que baria bien yo en sei pruden- 
te.... no creia decir tanta verdad.... me 
he conservado prudente.... ¡ ay ! masque 
prudente. 

— ¿Como, señorita, tenéis sentir>ii(.'nto 
de habiTos mostrado virtuosa? 

—••Toma.... tengo el sentimiento de no 
haber tinido el gusto de poder reg.'r al- 
go..... pero negad algo cuando no os pi- 
den... pero nada, maldita la cosa... cuan- 
do os desprecian lo bastan-e para no de- 
ciros ni la mas pequeña palabrada amor. 

— Pero permitidme, señorita... el ha- 
ceros observar que la índiferencia que, 
según decís, os han manifestado, no os lia 
impedido hacer una larga mansión en la 
casa de que habíais. 

— ¿Acaso sé yo por qué me ginrdaba 
en su casa el príncipe hechicero? ¿ Pof qué 
me hacia pasear en coche, y me llevaba 
al teatro? ¿Qué queréis que os diga? i'ue- 
de que sea" también de buen tono en su 
pais de salvages el l«ner á su lado una 
jovencita muy bonita con objeto de no te- 
ner con ella la menor atención , la me- 
nor... 

— ¿Pero entonces poT qué continuabais 
viviendo en aquella casa? 

— ¡ Ah, Dios mió! estaba yo alli\ res- 
pondió Rosa Pompon dando una patada 
con despecho, porque sin saber c^mo ha 
sucedido eso, comencé á amar al principe 
'hechicero, y lo estraño es que yo qtie soy 

mas alegre que una gaita le amaba á 

él precisamente porque estaba triste, lo 
cual prueba que era séria mi pasión. En 
fin, un dia no me pude contener... y dije 
entre mí: «tanto peor I sucederá lo que 
«suceda. Filemon me está haciendo mil 
« malas partidas en su tierra , estoy per- 
ce suadida de ello, eso me alienta.» Y me 
vestí una mañana á mi modo, coq tanta 
43** 



1G8 



ALBIM. 



gracia, coq tanta coquetería, que Inbién 
dome mirado al espejo, me dije é mi mis- 
ma: ¡Oh! es cosa segura... no me ri-sis- 

tirá Voy á su cuarto; pierdo el seso; 

le digo cuantas ternuras me vii-nen á la 
raheza; me poiso á toit, á llorar y le 
declaro en fin que le adoro... ¿Qué me 
respondió entonces él con su voz >iiave, 
pero mns (ria que un mármol? « Pobre 
muchacha.» ¡l'obre muchacha! repitió 
Rosa Pompón con indignación, ni mas ni 
menos que si hubiese ido á quejarme de 
uo dolor de muelas, porque me venia ya 
la muría del juicio... Pero lo hurroroso es 
que estoy segura, que, si no fuese, por su 
parle, desgraciado con otro amor, seria 
un verdadero alquitrán; ¡pero está tan 
triste tan abatido! 

Y luego interrumpiéndose por un mo- 
mento prosiguió : 

— Pero no no quiero deciros lo de 

mas por lo mismo que sé que habíais 

de alegraros... 

Y después de otra breve pausa , prosi- 
guió : 

— Pero en fio os lo voy á decir es- 
clamó aquella loquilla mirando con cierto 
cariño y deferencia á la señorita de Car- 
doville. ¿Por qué he de callar? Reco- 
menzado esta conversación, haciéndola 
orguilosa y diciendo que el príncipe habia 
querido casarse conmigo, yá mi pesar he 
acabado manifestando que casi me ha pues- 
to á la puerta de la calle. ¡Caramba! pe- 
ro no es culpa mia. Cuando quiero echar 
una mentira, me sucede siempre que me 
embrollo. Con que escuchad , señorita : 
voy á deciros la pura verdad. Cuando os 
encontré en la habitación de la Gibosa, 
me puse mas soberbia que un pavo con- 
tra vos pero al veros, á pesar de ser 

tan hermosa y tan elevada señora, tratar 
como una hermana á aquella pobre cos- 
turera, se me disipó la cólera.... Cuando 
nos hemos visto ya las dos solas aquí en 



este cuarto , he hecho todo lo posible por 
encolerizarme de nuevo pero imposi- 
ble... Cuanto mas iba conociendo la dife- 
rencia que existe entre las dos. tanto mas 
me convencía de la razón tjue el príncipe 
encantador tenia para no pensar mas que 
en vos... Porque por vos os por quien es- 
tá enteramente perdido... Ioc(í... sí, seño- 
ra... lo que se llama loco... Y no croáis qtíe 
yo «ligo esto fundándome solamente on la 
escena del tigre que mató por vos on el 
teatro de la puerta de San Martin , sino 
que... ¡ Dios mió! ¡Si supiórais las locu- 
ras que él hacia con vuestro ramillete! 
Desde entonces pasaba las noches enteras 
sin acostarse, y muchas llorando en un 
salon en donde según me han dicho os 
vio la primera vez.... ¿Sabéis? Allí cerca 
de la estufa del jardín en donde tiene vues- 
tro retrato que ha trazado el de memoria 
en un espejo á estilo de su pais... Kn fin, 
yo que le amaba y que sabia y veía todo 
esto, empecé por ponerme furiosa; pero 
luego viendo el interés que todas estas co- 
sas le inspiraban, no pude ya contener las 
lágrimas que se me asomaban á los ojos... 
como ahora al acordarme solamente de 
aquel joven encantador. ¡Ah, señora! 
prosiguió diciendo Rosa Pomp ,n con sus 
ojos azules y hermosos arrasados de lá- 
grimas y con una espresioo tan sincera 
de sentimiento, que la señorita de ('ar- 
dovilleno pudo menos de sentirse también 
profundamente coHmovida ; ¡ah, señ>ral 
vos que parecéis tan buena y tan amable, 

no le hagáis infoliz Vmad algún tanto á 

ese pobre príncipe. Decidme, ¿qué de ma- 
jo puede haber en que le améis? 

Y al decir esto Rosa Pompon por un 
movimiento demasiado familiar, pero lle- 
no de ingenuidad, cojió la mano de .\dria- 
na como para dar mayor espresion á su 
súplica. 

Necesario habia sido á la señorita todo 
el dominio que sobre sí misma tenia para 



At.BTJV. 



1C9 



•Soîocar y para conti^ner el impulso de ale- 
gría que desde el corazón quería asomar- 
«e á sus labios, así como para detener el 
torrente de preguntas que ansiaba dirigir 
á Rosa Pompon, y para no dar libre cur 
so á las lágrimas de gozo que se ajilaban 
debajo de sus párpados. Y (fosa singtijar! 
cuando Rosa l'ompon le cjió la mano, 
Adriana en lugar de retirarla había apre- 
tado afectuosamente la de aquellií, llevan 
do luego á la joven cerca de la ventana 
como por un movimiento maquinal, y co- 
mo si hubiera querido examinar con mas 
atención las seductoras facciones de Rosa 
Pompon. 

Esta ai entrar en su cuarto habiaarro- 
jadoencima de una silla su chai y su gor 
ro, de manera que Adriana podia admi- 
rar las pobladas y sedosas fajas de su her- 
moso cabello castaiio claro, que circunda 
ban el fresco y gracioso rostro de aquella 
joven encantadora cuyas redondas y son- 
rosadas mejillas, cuyos labios encendidos 
como una cereza , y cuyos ojos azules le 
daban un conjunto seductor. Adriana pu- 
do así mismo notar, gracias á lo escotado 
del traje de Rosa Pompon, la gentileza y 
las gracias de su talle de ninfa. 

Por estraño que esto parezca, Adriana 
se alegraba inñnito en ver que esta joven 
era aun mas hermosa que lo que ai prin- 
cipio le habid parecido.... La indiferencia 
estoica de Djalma para con esta criatura 
encantadora, revelaba suficientemente la 
sinceridad del amor de que el príncipe es- 
taba dominado. 

Rosa Pompon, después de haber co- 
jido la mano de Adriana , se quedó tan 
confusa como sorprendida de la bondad 
de la señorita de CainJoville, que tan fa- 
miliar acojida le hacia; y animada por es- 
ta indulgencia y por el silencio de Adria- 
na , que hacia algunos instantes la estaba 
mirando atentamente con una espresíon 
casi de gratitud, dijo á esta: 



— ¡ Ah !.,. vos os compadeceréis de ese 
pobre príncipe... ¿No es verdad, señora? 

No sabemos lo (|ue Adriana Iiubiera 
contestado á aquella pregunta indiscreta 
de Rosa Pompon, como se pre()araba á 
hacerlo, cuandode repenteseoyó un graz- 
nido agudo, destemplado y chillón que 
aparentaba querer imitar el canti) delü-i- 
llo,el cual sonaba á la parte de afuera de 
la puerta. 

Adriana se estremeció asustada, así co- 
mo por el contrario la fisonomía de Rosa 
Pompen, tan melancólica no liace mucho, 
lomó una espresionde alegría reconocien- 
do aquella señal, y esclamó dando pal- 
madas : 

— ¡ Es Fileraon !!1- 

— ¿Quién ?...¿Filemon? preguntó pre- 
cipitadamente Adriana. 

— Sí... mi amante... Ese monstruo pue- 
de ser que haya subido callandito... para 
hacer el gallo... Eso es muy propio de él. 

Otro qui-quiri-qui aun mas estrepitoso 
que el primero sonó en aquel momento 
detras de la puerta. 

— ¡Dios mió! ¡Es tan atolondrado y 
tan loco! Siempre gasta las mismas chan- 
zas y siempre me está haciendo reir, dijo 
Rosa Pompon. 

y al acabar estas palabras se enjugólas 
lágrimas con la mano, riéndose cumouna 
loca de la gracia de Filemon (¡uele pare- 
cía nueva y divertida , á pesar de que la 
había oido muchas veces. 

— No abráis, dijo Adriana en voz baja 
y mas turbada cada vez. No respondáis 
tampoco. Os lo suplico encarecidamente. 

— El caso es que la llave está puesta en 
la puerta por la parte de afuera y el cerro- 
jo echado, y Filemon debe conocer cla- 
ramente que hay gente dentro. 

— No importa. 

— Pero, señora, habéis de saber que 
'esta habitación en que nosotros estamos, 
,es la suya, dijo Rosa Pompon. 



no Alfil!». 

Filemon cansándose sin duda del poco 
•efecto de sus dos imitaciones ornitholóji 
cas, dio vuelta á lalldve que estaba puos 
ta en la cerradura; y como no putlieso 
abrirá pesar de esta tentativa, dijo con 
una voz de tenor bajo : 

— ¡Que €S eso, gatlta querida.... demi 



corazón ! ¿E-^tamos encerrados....? 

^Kstainus haciendo oración á San Flam- 
barJ por la vuelta de Mon mon^. (léase 
Filemon). 

Adriatia no queriendo ya aumentar la 
confíisidn de Rosa Pompon y lá ridicula 
situación t-n que se <'nc()n(ral)an prolon- 
ganilola mas, se dirij') ella resueltamente 
hacia la puerta y Id abrió encontrándose 
frente á frente con FilenDon que retroce- 
dió dos pasos. 

La señorita de Cardoville á pesar de 
ese disgusto, no pudo menos de sonreírse 
á la vista del amante de Rosa Pompon y 
de los objetos que Iraia en la mano y de- 
bajo del brazo. 

Filemon era alto, moreno y encarnado 
y traia en la cabeza una boina blanca. Su 
barba negra y espesa caia en grandes me- 
chones sobre su chaleco azul á lo Robes- 
pierre, traia una levita corta de terciope- 
lo de color de aceituna y un anchísimo 
pantalon con cuadras escoceses deun«es- 
tension enorme. Por lo que toca á los 
objetos accesorios que habían provocado 
la risa de Adriana, deben saber nuestro> 
lectores que se redurion , I." á una rtia 
.k'lita de la cual salian la cabi'ZH y las pa- 
tas de un pájaro, la cual traia Filemor) 
debajo del brazo; y 2.* á un gran conejo 



ro el estudiante lejos de Cepatat en verse 
sacrifu-ado a su orejudo compafioro y con 
ojos de rubies, se sonrió alegremente al 
ver la sorpresa que este causaba á suqUB''- 
rida, y «|ue era tan bien recibido. 

Todo esto pasó muy rápidamente. 

Mientras (]ue Rosa Pompon arrodilla'- 
fia delante de la jaula prorrumpía en es- 
clamaciones de admiración por el conejo, 
Filemon sorprendido del aspecto noble y 
elevad) de la señorita de Cardoville ; se 
eih<'> mano á la boina y la saludó respe- 
tuosamente retirándose hacia la pared. 

Adnuia le devolvió su saludo con una 
;^racia ili iia de divinidad, baje precipita-^ 
itairiente la escalera y desapareció. 

Filemon tan deslunibrado de su belle- 
za como admirado de su nobleza y ma- 
íiostad , y particjilarmente ntuy curioso 
de saber como diablos habia adquido Ro- 
sa Pompon semejantes relaciones , pre- 
fíuntó a esta en su amorosa y tierna ge- 
rigonza. 

— Gata querida, dijja á su Mon-inon 
(Fil»'m(in), (piien es esa hermosa señora. 

— Una de mis ami^'as de colcjio... ¡sa- 
lira mayorl, contestó Rosa Pompon pa- 
sando la mano por el lomo al conejo 
blanco. 

Y luego fijando los ojos en una cajitá 
que Filemon habia dejado al lado de la 
jaula y de la maleta añadió: 

— ¡ Apostarla á que ma traes aquí uvas 
conservadas con vino dulce ! 

—•Mon -mon trae «IgUna cosa mejor que 
eso á su gata querida, dijo el estudiante 
alentando dos robustos besos en las fres- 
cas mejillas (le Rusa Pompon que ya se 
liabia levantado; Mon- mon la trae su co- 
razón. 

— ¿De v( ras?.,, dijo la joven poniendo 
"raciosano'iile stdjre >u sonrosada nariz 



blanco, vivo y encerrado en una jaula que h'' «-^Iremo d. I dedo pulgar de la mano 



■aquel tenia en la mano. 

— ¡ Ay qué contjo blanco tan hermo- 
Sül... i Y tiene los oj)s encarnados! 

K* preciso confesar que estas fueron las 
primeras palabras que pronunció Rosa 
Pompon, sin dirijirse á Filemon á pesar 
de que volvia de una larga ausencia. Pe- 



izcluiérdií , estendietido luego lodü la ma- 
no y agilaiiUola suavemente á uno y otro 
lado. 

Filemon contestó á esta monada dépo- 
sa Pompon cogiéndola amorosamente pur 
la cintura, y la afortunada pareja cerró 
la puerta de su cuarto. 

FIN ÜE LA SEGLiNDA PARTE. 



ALBUM. 



171 



JPAftTÈ TERCERA. 

Eli CÓliERA. 



■«a»-oe'ü «^ 



flO^'i'V 



MTentrias duraba la' conversación de 
Àdriànâ y deKosa P^ómpoh, pasaba úria es- 
'Céna' ihlèt-esante eíilre Agrícul y la G¡Í)o- 
sa que liabian qütdaíó sorpreíididos de 
Ver la corvd'Stendèhcià que la primera 
habia mániTestado resipecto â la segunda. 

Tan pfonto como'salieroñ las dos de la 
boardilla , se arrodillo Agn'cbl junto al 
pobre lecho de la Gibosa , y dijo con una 
piofunda conmoción: 

-^Ya estamos solos.... ya pu)édo decir 
le loque está pesando sobre mi corazón... 
Atiende...; ¿ Lo ves?.... ¿Conoces lo que 
acabas de hacer?.... j Morirse de mise- 
ria.... de desesperación.... y no acudir á 
mi....! 

— A^rícol.... escúchame.... 

— No.... tu no tienes disculpa. ..k ¿De 
\\uè sirve cjue nos hayamos llamado her- 
manos?.,.. ¿De qué sirve que por espa- 
cio de quii\ce años hayamos eslado dán- 
donos recíprocamente pruebas de un ver- 
dadero afecto^ si en un dia de desgracia te 
resuelves tii á arrancarte la vida de esa 
manera, sin acordarte siquiera de los que 
quedan en el mundo.... sin reflecsionar 



que qtiitarte la vida es lo noismo que de' 
cirles: ff Vosotros no sois nada para mí? 

—¡Perdón, Agrícol!... Tienes razón..* 
yo rio he jp^en^ado en eso, dijo ta Giboîa 

bajando los oj,os.. Pero.... la miseria la 

•falta de trabajo.... ^ 

-i-¡ La miserilí I.... jLá falla 'de tra- 
bajo!,.,. Pero qué, ¿no estaba yo en el 
mundo9 ' 

— La desesperación.... 

— ¿Y porqué desesperarse?.... Esa ge- 
nerosa señorita te habla acojido en su ca- 
sa; apreciándote el) lo que vales, te tra- 
taba cc»o[)o á su amiga....; y justamente 
cuando encontrabas mas. garantías para 
• u ftli:;idadi... para tu porvenir, justa- 
mente entonces fué cuando tan repenti- 
namente abandqr^aite la casa de la siño- 
rita de Cardovillej..,, dejándonos á todos 
en la mayor ansiedad respecto á tusuertu* 

-~Yü.... yo.;., temia ser una carga^. 

para m¡j)ienlivcíjpr¡*.... 4is|u balbuciente 
ia Gibosa. , ,. , 

— ¡lu una carga.... para la señorita 
deCardoville.^..^^ue^^^t^a|y^^r^i<|8ï^nJ>i^ 
nal:... , ■ ,' _ .-,,..-., j;i 
' -^TeÍila imieoo íe cometer iñÍJiscrecio- 
nes... dijo la Gibosa mas turbada y con- 
tusa cnda vez. 
44-* 



172 ALB\!fl 

ügrícol eo lugar de responder á su her- 
mana adoptiva, guardó silencio, la con- 
templó por espacio de algunos instantes 
coa una espresion indefiniblo, y luego es- 
clamó como si se contestara á una pre- 
gunta que él mismo se hubiese hecho. 

— Ella me perdonará de liaberla deso- 
bedecido.... si : estoy seguro.,. 

Enlunces dinjiéndose á la Gibosa que 
le miraba cada V(z mas sorprendida, dijo 
con una voz conmovida y rápida : 

— Yo no puedo menos de ser franco... 
Esta situación DO es soslenible.... Yo te 
reconvengo..,, yo te reprendo.... y si he 
decir la verdad , yo no estoy en lo que 
digo.... Estoy pensando en otra cosa... 

— ¿En qué, Agríco!? 

' — rengo traspasado el corazón al re 
flecsionar el mal que te he causado.... 

— No te entiendo.... amigo mió.... tu 
no me has causado nunca ningún mal.... 

— ¿Nunca?... j Ah , si !... Hasta en las 
cosas mas insignificantes.... Pues qué ¿no 
te causaba un mal cuando por ejemplo 
cediendo á una costumbre detestable ad- 
quirida en la niñez, yo que te amaba tan- 
to y que te respetaba como á una her- 
mana te injuriaba cieo veces c^da 

dia? 

— ¿Tú me injuriabas? 

— ¿No era injuriarte darte continua- 
mente uu apodo odiosamente ridículo,... 
en lugar de llamarte por tu propio nom- 
bre? 

Al oir la Gibosa estas palabras, miró 
aterrada al herrero temblando que estu- 
viera instruido de su triste secreto, ape- 
gar de las seguridades que para deshacer 
este temor le habia dado la señorita de 
Cardoville; pero se consoló reflecsionan- 
do que Agrícol habia pedido meditar so- 
bre la humillación que á ella debía cau- 
sarle la circunstancia de estarse oyendo 
llamar siempre la Gibosa ; y esforzándose 
para sonreírse , contestó : 



— ¿Y por tan poco le enlristenes? }Lso^ 
como tu dices , era una costumbre de la 
niñez.... tu madre tan tierna y tan bon- 
dadosa que me trataba como si fuera su 
hija... me llamaba también la Gibosa. Ya 
lo sabes. 

— Y mi madre... ¿ha llegado ella por 
ventura hasta consultarte acerca de mi 
matrimonio?,... ¿á hablarle de la belleza 
demi prometida?.... ¿á rogarte que fue- 
ras á estudiar su carácter conliandoen que 
el instinto del afecto que me profesas, te 
^reveieria.... si mi elección era ó no acer- 
tada?.... D¡me¿ha llevado tan adelante 
mi madre su crueldad?.... No, no.... Yo 
soy quien ha <lesgarrado tu corazón. 

Los temores de la Gibosa se renovaron 
otra vez. 

Ya no habia duda: Agrícol sabia su 
secreto. Al penetrar este descubrimiento, 
se sentía desfallecer de confusion; tiero 
sin embargo haciendo todavía un último 
esfuerzo para no creerlo pudo murmurar 
aunque con voz débil : 

— En efecto.... Agrícol.... no ha sido 
tu madre..,, quien me ha hecho esas sú- 
plicas..,, sino que has sido tu.... y yo te 
he agradecido esta prueba de tu confian- 
za.... 

—¡Tu me la has agradecido Î.... ¡ po- 
brecilla ! esclamó el herrero con los ojos 
arrasados de lágrimas, no.... eso no es 

cierto Porque yo te causaba un mal 

4iorrible.... Y yo era contigo estremada- 
mente cruel sin saberlo... ] Dios mió! 

— Pero.... dijo la Gibosa con una voz 
casi ininteligible, ¿porqué te acuerdas 
ahora de esas cosas? 

— ¡ P«rquél.... ¡Porqué tu me ama- 
bas!! esclamó el herrero con una voz pal- 
pitante y sobremanera conmovida, estre- 
chando paternalmente á la Gibosa entre 
sus brazos. 

— ¡Oh!.... I Dios mío! murmuró la 
infeliz, queriendo taparse el rostro con las 
dos manos, j Todo lo sabe I 



1 



*^vfm. 



173 



— Si..„ lodo lo fi6, replicó el herrero 
•con una espresion de loriiura y de inde- 
cible respero. Si, todo lo sé... Y yo no 
quiero que le averguences de un senti- 
iniento (jue me honra en estrenio y que 
íne envanece. Si: lo sé lodo, y yo me 
ícontíplazco y me felicito con orgullo de 
que el corazón mejor que hay en el mun 
do es mió, y será siempre mió.... .¡ Mag- 
dalena I.... dejemos la vergu<M)za paralas 
pasiones malas.... levanla tu frenle, alza 
lus ojos, mírame..^. Tú sahesque mi ros- 
tro no ha mentido jamás; tu sabes que 
nunca se ha reflejado en él un sentimien- 
to falsa.... Pues bien: mírame, le digo.., 
mírame cara á cara.,... y «Minuceras en 
■mis facciones lo orgulloso y lo envanecido 
que estoy: si, óyelo claramente, lo orgu- 
lloso y lo envanecido que estoy con tu 
■amor..,. 

La Gibosa abrumada de dolor y per- 
dida de confusion, no se hat)ia atrevido 
hasta entonces á levantar sus ojos para 
mirar á Agricol; pero las palabras del 
herrero llevaban tal espresion de conven 
cimiento, su vibrante voz tenia un sonido 
áe tao tierna conmoción, que aquella in- 
feliz sentía ír»e desvaneciendo poco apoco 
su vergüenza ; y muy particularmente 
cuando Agricol anadió con mayor exalta- 
ción todavía: 

— Vamos, serénate, mi noble y dulce 
Magdalena... Yoseré digno deeseamor... 

«réeme El te causará tanta felicidad 

como turbación le causa en este momen- 
to. ¿Por qué ha de ser de hay en ade- 
lante ese amor un motivo de tristeza, de 
turbación y de t^mor? ¿Qué es el amor 
tal como tu corazón lo comprende? Un 
manantial continuo de afecto, de ternura: 
«na estimación profunda y correspondida: 
una mutua , una ciega confianza. Pues 
bien, Magdalena: ese afecto, esa ternura, 
esa estimación, esa confíanza las tendre- 
mos aosotros el uno para el otro, aun 



mas que las hemos l^nido antes de ahora. 
Tu secreto te inspiraba en mil ocasión»* 
temor y desconfianza;... desde ahora al 
contrario, tu me verás ansioso y anlje- 
lando siempre salisfacef á tu corazón , 
tanto que tu serás feliz por la felicidad 

misma que me proporcionarás á mí 

Esto qtieteestoy diciendo puede que ten- 
ga algo de egoísmo yo no sé iruMitir. 

Cuanto mas hablaba el herrero, tant» 
nías ánimo cobraba laGibosa,..P-T()iiepor 
lo que mas había temido la revelación de 
su secreto, era por esponerse á recoger la 
burla , el desden ó una iiumillanle com- 
pasión: pero lejos de esto veia retratadas 
en el semblante franco y varonil de Agri- 
col la alegría y la satisfacción. La Gibosa 
sabia que él era incapaz de fingir; y Ssi 
fué, que sin confusion ya, y antes por el 
contrario, con una especie de orgullo es- 
clamó: 

— Toda pasión sincera y pura lleva den- 
tro de sí ¡ Dios mió! el principio bueno, 
hermoso y consolador de inspirar un tier- 
no interés, cuando no se ha podido resis- 
tir en sus primeros impulsos; y no puede 
menos de honrar siempre al corazón que 
la inspira y al corazón que la siente. Gra- 
cias á tí, Agricol, gracias á tus buenas 
palabras, yo me levanto á mis propíos 
ojos, y conozco que en higar de avergon- 
zarme, debo envanecerme de este amor... 
Tiene razón mi bienhechora... tienes ra- 
zón tú también ¿Por qué me he de 

avergonzar? ¿No es puro y casto miauíor? 
Mirarme siempie eu tu vida: amarte: de- 
círtelo: demostrar cunlinuamente mi ca- 
riño, ¿qué mas puedo yo esperar? Y sin 
embargo, ¡la vergüenza y el temor uni- 
dos al vértigo que dá la desgracia estre- 
ma, me han impulsado al suicidio!... ¡Ay 
amigo mío! Ya ves que tienes que per- 
donar algo á las mortales desconfianzas 
de una pobre criatura, condenada al ri- 
dículo desde su infancia... Este secreto... 
debiera haber muerto conmigo, á oo ser 



171 AI.BtS, 

pof la casualidad Casi imjjTísible depreVtr 

q\ie ha venido á rcvrlarlelo Ahora... 

tienes razón: sejítjra de mi misma y se- 
gura también de tí, yo no tengo ya nada 

tjue temer Pefo necesito indulgencia. 

La desconfianta, ta cruel desconfía) nza de 

sí propio hace desgracia<lamente que 

se dude de ios demás..... Olvidemos todo 
esto..^.. K-cucha, Agricol, mi generoso 
hermano|2 yo te diré ahora lo que tú me 

derlas hace un m'imetito Mírame cara 

á cara jamúas, ya lo sabes, ha men- 
tido mi rustro: pues bien, .mira como mis 
oj'is no huyen d<? los tuyos.... Diine si en 
mí vida he tenido yo u^ia espresion de ie- 
iicidad..... como ahora... y ^in embargo 
Qo h ice todavía un momento que yo iba 
í morir. 

La Gibosa decia la terdad 

El mismo Agricol no hubiera esperado 
tan pronto el efecto de sus paUbras. Ape^ 
sar de la^ huellas profundas qtie la mise- 
ria , e| ha^nbre y la enfermedad habifin 
iaipreso en el. sembJanle de aquella j>^ 
yen, apárcela en aquel. momento f adiarte 
de nobleza y de serenidad, al p aboque 
sus «jos azule)!, dulces y puros como su 
alma , s^ ñj iban desembarazadamente en 
Iü9 de .Agricol. 

— ^}0h! ; gracia*.,, w, graclaitl esclaraó 
el herrero fuera de sí. \\ mirarle lan traiv 
quila y tan feliz no puedes compren- 
der la gratitud que >ietit<>. , 

'«■>(..... tranquila. .w... m, feliz, con- 
tentó l« Gibosa, sí: fi liz para Meat^rret.,. 
porv|ue desde ahora sabrás mis mas íiiti 

mos pensamientos Sí, Miz;, porque 

t>te dia que ha empezado de una manera 
tan funesta, acaba como un sueilo di- 
vino Ya lejos de tener miedo de mi- 
rarte, te miro con esperanza, con em- 
briaguez: he encontrado a iid generosa 
bienhechora, y estoy tranquila porel por- 
venir de mi pobre hermana... j^Oli! alio, 
ra mismo aiuy pronto.... ¿no es ver- 



dad? iremos á veV)a pak-a qtie patlicipe dó 
nuestra alegría. 

La Gibosa era tan feliz que el herrero 
no se atrevió ni quiso anunciártela muerte 
de Cefisa^ reservándose noticiársela, pre- 
parándola antes con muchas precauciones; 
y respondió : 

— Por la nusma razón de que Cefisa es 
mas -robusta que ttí, ha padecido mas, f 
según me han dicho seria muy prudente 
dt'jarla por todo el dia de hoy en un so- 
Mego cnmpleío. ■ ' 1- * ' 

— Bien : esperaré. Tengo con que dis- 
traer mi impaciencia ¡Tengu tantas 

co^âs que decirle ! 

— ¡Querida Magdalena I 

— .Vtiende, amigo mío, esclamó la Gi- 
bosa interrumpiendo á Agricol y llorando 
de alegría, no puedo cspresar loque sieríto 
dentro de mí cuando te oigo que irre das 
el nombre de Magdaleha^i. ¡ Es una'sen- 
!>aciun lan dulce, tan suave, tan consola- 
dura , que se inunda de alegría el cora- 
zón! 

— j Pobreciía 1 ¡ Cuanto ha debido 

sufrir. Dios mío! esclamó el herrero con 
una ine-íplicable ternura. ¡Cuanto ha de- 
bido padecer puesto que tanta satisfacción 
le causa ahora el oírse llamar por su mo- 
desto nombre!. ti ' 

— ¿No cotíoces, mi querido amigo, qiiia 
e>ta palabra reasume para mí toda una 
v/da eiikraiiiente nueva? ¡Si supieras las 
esperanza', las delicias que descubro para 
el porvenir! ¡ *^l supieras todas las mas 

caras anibutioncs de mi ternura! Tu 

esposa, oa ericaiiUd()ra Angela con su 
rostro de ángel y su alma de ángel tam- 
bién... ( I oh ! yo también te digo ahora á 
mi vez: mírame, y verás como ese dulc0 
nombre no solamente es dulce en los la- 
bios míos, sino también en e! fondo del 
corazón!. .) ¡»í; lu eticanladora y bon- 
dadosa esposa riie llamar») también Mag- 
dalena su buena Magdalena y tus 



/LBUH 

hijos, Agricol... tus liijüs... tambirn para 
ellos ser(^ Magdalena.... su buena Magda- 
lena.... Y que ¿no me pertenecerán á mí 
también corno á su madre por el amor 
que !yo les profese? Porque yo reclamo 
nu parte en los cuidados maternales. ElhíS 
nos pertenecerán á los tres. ¿No es verdad, 
Agricoi?.... ¡Ohl dójame... déjame llo- 
rar ¡ Sort tan buenas las lágriiira> cuando 
no son amargas y no se ocultan! \ Oios 
sea benditol... Gracias á tí, amigo mío... 
el manantial de las lágrimas de dolor se 
ha secado para sempre. 

Hacia ya algunos inst^.ntes que esta es- 
cena de ternura tema nn testigo que ni 
Agricol ni la Gibosa liabian vi>;to. 

Demasiado afectados los dos no pudieron. 
Teparar en la spfioriía de Cardoviile que 
se hallaba de pié en la puerta. 

Este día, como habia dicho muy bien la 
ijibosa, comenzado bajo tan funesl'vsaus- 
.pícios, había llegado á ser para todos un 
•día de inefable Telicidad. 

Adriana estaba también radiante de a!e- 
:gria : Djalma le habia sido fiel : Ojalma la 
amaba con pasión. Aqtíeltas odiosas apa 
nencias de que ella habia sido el juguete 
y la víctima, eran evidetítementeuna tra- 
ma nueva de Rodin , y ya no (|tiedaba á 
la sefiorita de Cardoviile mas que descu- 
brir el objeto de estas njaquinaciones.^ 
Todavía le estaba reservada una úllírha 
alegría..-. 

Por|ó que toca á felicidad ninguna 

^:osa tiace á una persona mas penetrante 
•que la felicidad misma. Por las tíltimas 
palabras de la Gibosa , adivinó Adriáiía 
i|ue ya no había secreto entre elherreroy 
4a pobre costurera ; y asi no pu lo meros 
de esclamar: 

— 1 A h ! este día es él mas hermoso de 
mt vida; porqué no soy yo solamente quien 
encuentra la felicidad] 

Agricol y Ja Gibosa se volvieron repen- 
tinamente al oír ésta Vbï. 



1^5 



— Serlorita, dijo el herrero, apesar de 
la promesa que os habia hecho, no he po- 
dido ocultar á Magdalena que sabia que 
ella me amaba. 

— Ahora que ya no me avergüenzo de 
mi amor delante de Agricol , como habia 
de avergonzarme deíante de vos, mi que- 
rida señorita, cuando vos mi'-ma me de- 
cíais no hace murho : envaneceos de ese 
amor.... porque esnohle y puro? íiijo la 
Gibosa errcoiifrandoje/i su fe'i^idad fuerza 
suficiente para ponerse en pié apoyándose 
en el brazo de Agricol... 

— ,¡ Bien !... ¡ bien , mi querida amiga I 
le dijo Adriana acercándose á ella y echán- 
dola un brazo por la cintura con el fin de 
sostenerla también. Debo deciros una pa- 
labra para disculpar una indiscreción de 
tjue podría reconvenirme... si yo he dicho 
vuestro secreto á Agricol... 

— ¿Sabes porque ha sido, Magdalena? 
esclamó el herrero interrumpiendo ó Adria- 
tia; por otra muestra mas de esa delicada 
generosidad de corazón qtie no desmiente 
nunca esta señorita. « Re vacilado mucho 
tiempo si os confiaría ó no este secreto, 
me ha dicho esta mañana, pero al fin me 
he decidido. Vamosá volverá ver ávues» 
ira hermana adoptiva; vos sois para ella 
el mejor de los hermanos; pero sin saber- 
lo y sin pensar en ello muchas veces la 
herís cruelmente e.nel^orazon. Ahora que 
sabéis su secreto.... espero que al mismo 
tiempo que lo guardareis fielmente, evi- 
taréis á esa pobre criatura mil dolares 
agudos.... tatito mas amargos para ella 
cuanto que vienen de vos, y qtie la infe- 
liz tiene que sufrirlos en silencio. Asiruan- 
lio la habléis de vuestra esposa, de vues- 
tra felicidad, procurad hacerlo con las de- 
bidas precauciones para ao lastimar aquel 
corazón tan bueno, tan tierno y tan gene- 
roso....» Si, Magdalena, esa ha sido i« 
causa porque la señorita ha cometido eso 
que ella llarñia una indiscrecíoo. 
45* 



17G ALBIM. 

— Soñorita, no encuenlro palábiassufi j — Nada tienen de particular. Mr.ïliif 
cíenles para espresaros nuevam»^nlo niijdyesuno de los individuos de mi raza. 



gratitud... dijo la Gibosa 

— Ya veis, amiiía mi;i, repücó Adriana, 
como las astucias de los malvados so vuel- 
ven contra ellos mismos. Temían el af<'0- 
to que me profesabais: liabian encarando 
á la desgraciada Fiorina que os arrancara 
vuestro manuscrito... 

— Para á fuerza de vergüenza obligar- 
me á dejar vuestra casa , sen<>ritJ , en el 
riiomenlo mismo en que yo supiera que 
mis mas íntimos y secretos pensamientos 
estaban espuestos á la mofa y á 'a burla 
de todos... Ahora lo conozco de una ma- 
nera que no me deja la menor duda , dijo 
la Gibosa. 

— Asi era, bija mía. Pues bien, esa hor- 
rible intriga que ha estado tan cerca de 
ser causa de vuestra muerte, se vuelve 
ahora en confusion para los malvados; su 
trama afortunadamente está ya descubier- 
ta... en este punto y en otros muchos 
también, dijo Adriana acordándose de 
Rosa Pompon. 

Y luego continuó diciendo con una pro 
funda alegría: 

— Knfin, hónos aquí unidos y felices 
como nunca , y nuestra misma felicidad 
nos dá nuevas fuerzascontra nuestrosene- 
nugos; y digo, nuestros enemigos, porque 
todo lo que yo amo es odiado por esos 
miserables... Pero ¡valori La hora ha lle- 
gado y las gentes de corazón van á llenar 
su misión... 

— Dios mediante, serior¡la...dijoelher- 
rero, prometo que no seré yo á quien fal- 
te celo. 1 Que dicha !... Poder arrancarles 
la máscara! 

— Permitidme señor Agricol, que los 
recuerde que mañana debéis tener una 
entrevista con Mr. Hardy. 

— No me he olvidado de eso, señorita, 
como tampoco de vuestros generosos ofre- 
cimientos. 



lU'potidle ciara y esplícitamenle loque yo 
voy por otro lado á escribirle esta noche : 
que tiene á su disposicioi lodos los fondos 
que necesite para restabU-cer su fábrica; 
que no obro de vsU ntanera solan eiile 
por í'l, sino tambicn por cien familias (|uc 
se ven reducidas á una suerle precaria... 
Suplicadle muy parlicularmenle (¡ue abap'- 
done cuanto antes esa cosa á que ha sido 
conducido..... que fs necesario que do!>- 
conlie de todo cu-uito le rodea. 

— Podéis estar tranquila, hcñorita. L« 
carta que me ha escrito en coni. estación á 
la que yo hice que llegara á sus manos, 
escorta y afectuosa, aunque melancóli- 
ca, y nie concede una entrevista... estoy 
seguro de que le decidiré... á salir de esa 
triste casa , y tal vez á llevarlo conmigo, 
porque ha tenido siempre mucha confian- 
za en mí por el afecto que le profesaba. 

— Vamos pues, ánimo, señor Agricol, 
dijo Adriana quitándose de los hombros 
su pañuelo mantón, poniéndoselo á la Gi- 
bosa y envolviéndola con mucho cuidado, 
yámonos, que ya se va t'aciendo tarde. 
En cuanto lleguemos á mí casa, os d.tré 
la carta para Mr. Hardy, y mañana ¿no 
es verdad? mañana volvereis adarme no- 
ticias del resultado de vuestra visita 

Pero reflexionando Adriana un momento 
se la colorearon algún tanto las mogillas, 
y añadió: no... mañana no.... aví^3dnR- 
lo por escrito.... y pasado man ma hacía 
el mediodía venid á verme. 



Algunos instantes después de estas pa- 
labras, bajaba por la escalera la pobre 
Gibosa apoyada por Agricol y Adriana, y 
cuando llegaron á la cale los tres perso- 
nages entraron en d coche de la señoiita 
de Cardoville, á pesar de las vivas instan- 
cias de la Gibosa para ver á Cefisa, á las 
cuales contestó Agricol que era imposible 



íXFtJM. 



rn 



^T^r aqnel momento, y que al diasiguien 
!e la veria. 



Teniendo en cuenta las noticias que le 
Itabia dado Rosa -Pompon, y desconfian- 
do de todo cuanto rodeaba á Dja'ma , la 
svfioriía de Cardoville creyó lial)er encon- 
trado un medio de hacer (]ue II<^gara aqiie- 
t)a misma noche una caria :»uya á manos 
del príncipe. 

II. 

LOS DOS COCHF.S. 

Acababan de dar las once de la noche 
del mismo dia; la señorita de Cardoville 
habia evitado el suicidio de la Gibosa, el 
■viento soplaba reciamente y lanzaba gran- 
des nubarrones negros que interceptaban 
el pálido resplandor de la luna , cuando 
im coche de alquiler subia lenta y peno- 
samente al paso de los caballos que hija- 
deaban, por la calle Blanca, bastante pen- 
diente por cerca de la puerta, no bjos de 
Ja cual estaba situada ia casa del principe 
Djalma. 

Paróse el carruage y el cochero jurando 
y maldiciendo una carrera interminable; 
y al terminar aquella cuesta difícil sevol- 
vió hacia el vidrio del coche, y con aire 
amostazado dijo á la persona que iba den- 
tro: 

— ¡Vamos! ¿ Es aqu¡ por fin? Desde el 
alto de ia calledeVaugirard hasta la puer 
ta Blanca, se puede contar por una bue- 
na jomad?. Ademas la noche está taños 
riua que á cuatro pasos no se distinguen 
los objetos , ¡ porque como no se encien- 
den los faroles por respeto á la luna 

que en verdad no alumbra !.... 

— Buscad una puerta pequeña con un 
sobradillo.... pasad á ella.... unos veinte 
pasos nada mas.... y luego haced alto.... 
junto á la pared, respondió una voz des- 
templada é impaciente, con acento mar- 
cadamente italiano. 

— ¡Quó apostamos á que este picaro 



alemán me vuelve tarumba! dijo entre si 
el cochero. Pero ¡con mil diablos! si os 
digo que no se ve nada, ;cómo queréis 
que encuentre esa puertecita de que me 
habláis? 

— ¿Sois tonto? Caminad al lado de la 
pared... casi tocándola, la luz de vuestros 
faroles os ayudará y encontrareis esa puer- 

ti'cita que está pasado el número 50 

Si después de todo esto no ia encontráis, 
será porque estaréis borracho , respondió 
mas destempladamente ia vu/, de acento 
italiano. 

Kl cochero no di(j otra respuesta que 
jurar terriblemente y comenzó á azotar 
nuevamente á los cansadoscaballos, y ar- 
rimando el carruaje á la pared recogió la 
vi>ta cuanto pudo para leer los mímeros 
de la calle con el ausilio de la luz de sus 
fa rujies. 

Al cabo de algunos minutos se detuvo 
de nuevo el carruaje. 

— Ya hemos pasado el núm. 50, y aqui 
está esa puertecita con su sobradillo, dijo 
el cochero. ¿No es esa? 

— Si, dijo la V z. Ahora dad unos vein- 
te pasos y deteneos, 

— ¡Todavía! Vamos andando 

— Luego os parais, bajiis de vuestro 
asiento, os acercáis á la puerta y dais en 
ella seis golpes, haciendo una pausa después 
délos tres primeros... ¿Os habéis enterado 
bien?... primero tres golpes... luego otros 
tres.... 

— ¿Es eso lo que me vais á dar para 
echarme un trago? eselamo exasperado 
el cochero. 

— Cuando me hayáis vuelto al arrabal 
de S»n Germán que es en donde vivo, 
entonces os daré una buena propina si os 
portais bien. 

— ¡Bueno!... ¡Con que todavía al ar- 
rabal de San Germán!... ¡Pues no tene- 
mos mala tirada aun! dijo el cochero con- 
teniendo su cólera, i Y yo que habia ar- 



Teado ruanto he podido é mi^srahallos pa- 
ra estar ceica del teatro al acabarse la 
íuncion "!.... ¡Por vida de!... Pero liiegt» 
haciendo de las tripas corazón y contando 
con li) buena propina que se le liabia pro- 
metido anadió: Vamos i dar los seis gol- 
pes en la puerta. 

— >i : primero 1res: luego una piusa: 

•y luego otros tres golpes ¿Lo habéis 

comprendidí? 

— ;Y luego? 

— üi'cid a la persona q»ie salgü á abrir: 



Y marchando delante del hombre «n*' 
capad'» que lo contestó con un movimien- 
to de cabeza , lo guió hasta donde estaba 
el coche. Se preparaba yaá abrir la puer- 
ta y á UrtjiT el estribo, cuando la voz del 
iiiteri'ir le dijo: 

— No hay necesidad.... El señor no va 
á subir,.. Hablaré con ó! aquí en la por- 
ti'zuela.^-. Ya os avisaíé cuando hemos de 
eclinr n andar. 

— 1 Cjtm eso tendré tiempo para echar- 



li' iWM^nMntHs maldiciones I murmuró el 



0< e>lân aguardando.... y Iraedta aqui. ! '*' '•"•^'''■^•'" 

al coí'he. 'coolicro, y aprovecharé el tiempo para 

— ¡Qué no <:argír3 contigo el iktmonió! ; '1'" >»!»••'*» cuantos pageos y desenlumecer- 



dijo el cochero volviendo a ponerse dere- 
cho en su asiento, y sacudiendo á los ca- 
ballos atladió: Este tuno de alemán gasta 
mas misterios que un (racmason, y anda 
con mas cautela que un C(Mtrabandista... 
jSi será algo de estol .. No le estaría muy 
mal empleado que le denunciara aunque 
no fuera mas que por itaberme traido 
desde la calle de Vau;<irard hasta aqui. 

El carrnage se 'detuvo otra vez después 
de haber andado como unos veinte pa<«os 
mas allá de la puerta, y el cochero se ba- 
jó entonces de su asiento para ir á cum- 
plir las órdenes qtie li.ibia recibido. 

Cuando llegó a la puerta pequeña dio 
primero tres golpes, hizo en seguida una 
pausa y luego repitió otros trns guipes de 
la misma manera que se le había enco> 
mendado. 

Knuni-es, menos oscuras y menos den 
sas las nubes que ha^ta al. i habían dete- 
nido los rayos de la luna, len dejaban lie 



me las piernas. 

Y en seguid « se puso á pasear á lo an- 
cho de la callo par d'jude estaba la puer- 
ta p>^(jueria. 

Al cabo de pocos momentos sintió el 
ruido It'jano al principio, pero que iba 
acercándose progresivamente, de un car- 
ruií^e que subía muy de prisa la cuesta, 
el cual se detuvo á alguna distancia aotes 
(Je lli'^ar á la puerta del jardín. 

— jCallal... Este debe ser carruaje de 
propiedad partictilar. dijo el cochero. Arro* 
gantes caballos nece>íta tr^r para subir 
tan de prisa esa montana de la calle B!anca.. 

Acababa de hacer esta reílecsioo el co- 
chero, cuando gracias á un re>p^andor 
inonit-ntáneo vio que bajaba del cuche un 
Immbre que se acercó á la puerta peque- 
ña , se detuvo allí un instante, la abrió, 
entró p'>r ella y desapareció, después de 
haberla cfriado otra vez. 

— jVaya (|u«' e*ti> se va complicando!... 



^ar ha>ta el siiel- ; y la puerta i-e abrió ^'"" sal«---- ^^f'' «'''•'» 



■después de hecha a(|uel!a señal, viendo el 
•«•ocheru salir un liombre de mediana es- 
tatura rebocado en una capa y con una 
gorra tíe color. 

Este tiombre cerró la puerta por don- 
de había salido, y dio dos pas'rsen ta calle. 

— Os están aguardando , le dijo el co- 
cWro; voy á conduciros al carrua^^e. 



Al decir esto Se dirigió ai carruaje qtie 
acababa de llegar, y vio que estaba ti- 
rado por «los magníficos y vigorosos caba- 
llos, y el cochero inmóvil en su asiento 
con su librea de diez cuellos que tenia el 
látigo levantado y el bra2o apoyado en la 
rodilla derecha como debe estât*. 

— ¡.Mal el tiempo e$tá para que llagan 



ALBUM. 



179 



"estar mucho tiempo aqúiánnoscaballos tan 

liermosos como los vuestros! dijo el liii- 

milde cochero del carruaje de aiquiler al 

del coche aristocrático que permaneció 

mudo é impasible como si no hablaran 

con él. 

Sin duda no entiende el francés 

Puede que sea algún inglés Sí: oe se 

guro; á la legua se conoce en los caballos, 
dijo el cochero interpretando asi aquel si- 
lencio. Y luego divisando un gigantesco 
volante que estaba cerca de la portezuela 
vestido con una larga levita de librea, de 
color gris oscuro con cuello azul claro y 
bolones áe plata , se dirigió á él como en 
compensación, y sin variar mucho su te 
ma le díjn: 

— ¡Mal el tiempo está para aguardar, 
amijíol 

El lacayo guardó el mismo impertur- 
bable silencio que el cochero. 

— Vamos, son ingleses los dos... , dijo 
filosóficamente el cochero > y aunque no 
d(jaba de estar algún tanto admirado del 
incidente de la pequeña puerta , volvió á 
sus paseos acercándose masa su carruaje. 

En tanto que sucedían los hechos que 
acabamos de referir, el hombre de la capa 
y el del acento italiano continuaban su 
conversación, el uno desde dentro del co- 
che y el otro en pié apoyando la mano en 
el asiento de la portezuela. 

La conversación duraba hacia ya algún 
tiempo, y era en italiano. Se refería á una 
persona ausente como puede conocerse 
por las siguientes palabras: 

— Conque, según eso, decia la voz que 
salía del coche, está convencido? 

— Sí, monseñor, Contestó el de la capa, 
pero solamente en el caio de que el águila 
se vuelva serpiente. 

— Y en caso contrario desde que reci- 
báis la otra mitad del crucifijo de marfil 
que acabo de entregaros..., ^ 

— Ya sabré yo lo que eso significa, mon- 
señor. 



— Continuad procurando merecer y con- 
servar su confianza. 

— Yo la mereceré y la conservaré, mon- 
señor, porque yo admiro y respeto á ese 
hombrt? dotado de un corazón mas (uerte 
y de una voluntad mas enérgica que los 
hombres mas poderosos del mundo... Yo 
me he arrodillado delante de él como de- 
lante de uno de esos 1res ídolos sombríos 
que existen entre Bowhaoie y sms adora- 
'dores.... porque él tiene como yo pnr re- 
ligion el principio de cambiar la vida 

por la nada. 

— Esas... dijo refunfuñando la voz con 
acento cortado, esas son reconvenciones 

inútiles, é inexactas No penséis mas 

que en obedecer sin raciocinar acerca 

de la obediencia 

— Que hable.... que yo obraré: yo es- 
toy entre sus manos como un cadáver, 

como él suele decir El ha visto y está 

viendo todos los días mi fidelidad por los 
servicios que le estoy prestando al lado 
del príncipe Djalma.». El medirá: Mata... 
que e>te es hijo de rey 

— Por amor del cielo no tengáis ¡deas 
semejantes, osclamó la voz de dentro del 
Coche interrumpiendo al hombre de la 
capa. Gracias á Dios no se os pedirán 
nunca semejantes pruebas de sumisión. 

— ^Lo que se me manda lo cum- 
plo Bowhanie me mira. 

— No dudo de vuestro celo sé que 

sois una barrera viva y con entendimiento 
puesta entre el prinfipe y muchos intere- 
ses cu'pables; y bajo este aspecto se me 
ha hablado de vos encareciéndome Nues- 
tro celo y vuestra habilidad para tenor 
siempre rodeado á ese príncipe indio, y 
cobre todo me han hablado muy particu- 
larmente de vuestro ciego fariatismo en 
ej"cutar las órdenes (jue se os dan; por 

eso he querido enteraros de todo Vos 

sois fanático por aquel á quien servís 

Eso es bueno El hambre debe ser es- 

4G- 



180 ALBUM 

clavo sumiso del Dios que haya ^legiJo.,. 
— Si, monseñor... en tanto que Dios... 
sea Dios... 

— Nos comprendemos perfecla.iu'ntc. 
Por lo que toca á vuestra recompensa, ya 
sabéis... mis promesas... 

— Mi recompensa... la tengo ya, mon- 
seoor. 

— ¿ Qué decí-í ? 

— Vo me entiendo. 

— sea enhorabuena... En cuanto al se- 
creto... 

— Vos tenéis garantías, monsoñor. 

— Si... bastantes. 

— Y ademas el interés de la causa que 
yo sirvo os responde de mi celo y de mi 
discreción. 

— Ks verdad, sois un hombre de ardien- 
te y firme convicción. 

— Eso procuro. 

— Y sobre todo muy religioso... á vues- 
tro modo. Es una cosa muy laudable te- 
ner una manera , cualquiera que sea en 
estos asuntos, en medio de la impiedad 
que domina, y es tanto mas laudable cuan 
to que por este motivo podéis asegurarme 
vuestra cooptracion. 

— Os aseguro, monseñor, por esta ra- 
zón que un cazador intrépido prefiere un 
chaca! á diez zorras, un tigre é diez cha- 
cales, un león á diez tigres, y el ouelmis á 
diez leones. 

— ¿Qué es el ouelmist 

— Es lo que el espíritu parala materia, 
lo que la hoja para el cuchillo, lo que el 
perfume para la flor, lo que la cabeza pa 
ra el cuerpo. 

— Comprendo.... comprendo.... Nunca 

he oido comparación mas exacta Sois 

un hombre de mucha discreción. No os 
olvidéis jamás de lo- que me habéis dicho 
hace un momento , y procurad ser cada 
vez mas digno de la confianza de vuestro 
(dolo, de vuestro Dios. 

— ¿Estará pronto en estado de que yo 
pueda verlo, monseñor? 



— Dentro de dos ó tres dias á maslíT- 
dar. Ayer ha pasado por una cri>is provi- 
dencial que lo ha salvado... Kstá dotado 
de una voluntad tan enérgica (|ue su cura 
no podrá menos de ser mas rápida. 

— ¿Le veréis mañana vos, monseñor? 

— Si, debo verlo antes de marcharme 
para despedirme de él. 

— Pues entonces, decidle lo siguiente, 
(|ue es una cosa muy singular, y de <iue 
no he podido infunnarle hasta ahora, por- 
(lue fia pasado ayer. 

— H.íblad. 

— Habia ido al jardin de los muertos... 
por todas partes funerales, arjtorchas que 
liician en medio de ia oscuridad de la no- 
che.... iluminando los sepulcros-.. Bo- 
whanie sonreía desdo su cielo de ébano> 
Censando en esta santa divinidad de ta 
nada, estaba yo mirando con alegria va- 
ciar un carruaje lleno de féretros La 

hoya inmensa tragaba como si fuera ia 
boca del infierno... Se le arrojaban cadá- 
veres y mas cadáveres... y la hoya seguía 
tragando. De repente al resplandor de una 
antorcha vi á mi lado á un anciano... qnc 
lloraba... yo habia visto antes á este an- 
ciano... era un judio... el conserje de esa 
casa... de la calle de San Francisco.... de 
que ya tenéis noticia. 

Y el hombre de la capa se detuvo ha- 
ciendo un estremecimiento. 

— Si ya sé de que casa habláis 

¿Pero que tenéis? ¿Por qué os inter- 
rumpís? 

— Es ipje en osla casa...... existe hace 

ciento cincuenta años.... el retrato de un 

hombre... de un hombre... que encontré 
yo en otro tiempo en el fondo de la India 
en las orillas del (jauges.... 

Y el hombre de la capa se detuvo y se 
estremeció nuevamente. 

— Alguna semejanza singular sin du- 
da.... 



*» BTTM. 



181 



*— Si, monsîMlor... una semejanza singu- 
lar... no puede ser otra cosa... 

— Pero.... ¿y el viijo judío? ¿y el 

jnd;o? 

—Voy ahora, monseñor...... Ese vieja 

judío dijo, sin dtjar de llorar, á uno de ios 
sepultureros: « Decidme, ¿y !a caja? Te 
« niais razón. La he encontrado en la se- 
«gunda fila de la otra fioja, contestó el 
«enterrador. Tenia por señal una cniz 
« formada con siete puntos negros. Pero 
«¿como habéis podido saber el sitio y las 
«señas de esa caja? ¡ A y ! eso os importa 
«muy poco á vos, contfstó el judío con 
«una amarga tristeza. Ya veis que yoes- 
« taba bien uiformado; ¿en donde esta esa 
«caja ahora? Detrás del sepulcro grande 
«de mármol negro que ya conocéis. Allí 
«está oculta á flor de tierra. Pero daos 
« prisa. Pasad al través del tiKnulo y na- 
« die reparará en vos, añadií) el enterra - 
« dor. Me habéis pagado demasiado bien 
«y deseo que salgáis con vuestro em- 
« peño. » 

— ¿Y [que hizo el viejo juiío con esa 
caja señalada con los siete puntos ne- 
gros? 

— Le iban acompañando dos hombres, 
monseñor, que llevaban unas anganillas 
con cortinas. Encendió una linterna y se 
guido de aquellos dos hombres se dirigió 
íiácia el punto designado por el enterra- 
dor... Un convoy de carruages me hizo 
perder la huella d^.'l viejo judío tras de 
quien habia comenzado á andar por en- 
tre los sepulcros, y lu<^go no le volví á ver 
mas... 

— ¡ En efecto es cosa singular I... ¿Que 
quería hacer ese judío con aquella caja? 
— Dicen que eSa gente emplea los cadá- 
veres para formar sus encantos mágicos, 
monseñor. 

— Esos impíos son capaces de todo 

hasta de entablar comercio con el enemigo 
de los hombree... Por lo demás, allá ve- 



remos... Ta! vez este descubrimiento pue- 
da ser importante... 

En aquel instante se oyeron dar las do- 
ce en un reloj lejano. 

— ¡ Las doce ya I... 

— Sí, monseñor. 

— Pues necesito marcharme al mónden- 
lo... Con que adiós... Por última Vfz ¿ino 
jurais que cuando llegue la circunstancia 
convenida en el momento que 'recibáis la 
otra mitad del crucifijo de marfil que aca- 
báis de recibir de mi mano, cumpliréis 
vuestra promesa? 

— Os lo he jurado por Bowhanie, mon- 
señor. 

— No os olvidéis de que para mayor se- 
guridad, la pprsona que venga á eí.trcgarrs 
la otra mitad del crucifijo, os dirá.,. «¿Os 
acordáis?... ¿qué es loque debedeciro>?... 

— Deberá decirme: Desde el plaU> á la 
boca se pierde la sopa. 

— Muy bien... Con que, ádios... secre- 
to y fidelidad. 

— Secreto y fidelidad, monseñor, res- 
pondió el hombre de la capa. 

Algunos minutos después el coche de 
alquiler se ponia en camino conduciendo 
al cardenal Malpieri. 

Este era el interlocutor del hombre de 
la capa. 

Este último (en el cual habrán recono- 
cido sin duia nuestros lectores á Farin- 
ghea ) se dirigió hacia la puerlecita del 
jardin de la casa que ¡labitaba Djalma. 
En el momento de ir á meter la llave en 
la cerradura vio con indecible sorpresa 
abrirse la puerta y presentarse en ella un 
hombre que salia. 

Faringhea se arrojó sobre el descono- 
cido y le agarró violentamente por el cue- 
llo esclamando. 

— ¿Quién sois?... ¿De donde venís? 

El tono en que se le dirigieron estas 
preguntas, no debió parecer al descono- 
cido muy tranquilizador, porque en vez 



182 àLBlM, 

do responderá ellas, hito lodos losesfuer 
Z)s que piulo para (Jo^prcnlerse d<» las 
garras de Faringhea , gritando fuerte- 
mente : 

— Pedro... ven aquí... 

Inmediatamente el coclie qne estaba 
cerca de allí estacionado, llei;ó á trote lar- 
g'i, y Pedro que era el lacayo, de estatu- 
ra de giííante, aí^arró al mestizo por la es- 
palda y !o arr.ijó Incia atr:is á alguna dis- 
tancia, danio de este tn »do lumr al des- 
conocido á (jwe se librara del estado en 
que se encontraba. 

—Ahora, señor mió, dijo este último á 
Faringhea. tranquilizándose al verse pro- 
tejido por el gigante, estoy ya en disposi- 
ción de contestar á vuestras preguntas... 
á pesar de que tratáis muy mal á »in an- 
tiguo conociiio... Sí: yo soy Mr. Dupont, 
administrador del palacio de Cardoville... 
y por Sfiíasque yo fui el(]iie ayudé á sal- 
varos del naufragio del buque en que ve 
niais embarcado. 

Kn efecto, al resplandor de los faroles 
del coche , reconoció el mestizo el franco 
y bondadoso aspecto de Mr. Dupont, ad- 
ministrador en otro tiempo y ahora ma- 
yordomo, como ya hemos dicho, de la 
casa de la señorita de Cardoville. 

Acaso no habrán olvidado nuestros lec- 
tores que Mr. Dupnnt fué el primero que 
escribió 3 la señorita de Cardoville para 
reclamar su compasión á favnr de Dj.ílina, 
detenido en el castillo de Cardc)vi!le por 
una herida que recibió en el naufragio. 

— Pero.... ¿qué es lo que veníais á ha- 
cer aquí? ¿!'or qué habéis entrado de esa 
manera clandestina en esta casa, dijoFa- 
Tinghea coíi un tono brusco y receloso. 

— Debo deciros en primer lugar que no 
hay nada clandestino en mi modo de pro- 
ceder. He Venido aqiii en el carrua'ge de 
la señorita de Cardoville , encargado por 
ella muy ostensiblemente.... muy clara - 
íiicnle á entregar de su parte una carta 



al príncipe Djalma , su primo, conlesló 
.Mr. Dupont con dignidad. 

Al oir estas palabras Faringhea se es* 
trenu'ció de rabia aunque procuró conte-' 
nerla y replicó : 

— ¿Y ponpie vinis tan tarde.... á es- 
tas horas? ¿ l*or(|u»' habéis entrado por 
esta puerta >«'creta ? 
■ — He venido á estas horas porque tales 
han sido las órdenes déla señorita de Car- 
doville; y he entrado por esta puerta, 
piir(|Uc luy fundamento para creer c|ue 
-•i me liiibi<ra dirijido á la puerta prin- 
cipal no hubiera llegado á ver al prínci- 
pe.... 

— Os equivocáis, contestó el mestizo. 

— Puede ser... pero como se sabia que 
el príncipe pasaba una parte de la noche 
en el salon pequeñt que tiene comu- 
nicación con el invernadero de las plan- 
tas cuya puerta es esta, y como la seño- 
rita de Cardoville ha conservado una lla- 
ve de ella cuando amuebló esta casa, he 
creido que tomando este camino podia po- 
ner Con seguridad en manos del piíncipe 
rA carta de su prima. Y esto es lo que 
acabo de tener el honor de hacer, ha- 
biendo quedado completamente satisfecho 
de la benevolencia con que me hd reci- 
bido y tratado, acordándose de mi. 

— ¿Y quien os lia instruido tan porme- 
nor de los u->os dt'l príncipe? dijo Farin- 
ghea , no pudiendo dominar enteramente 
la c*tlera. 

— Si yo he rci'ibido tan verdaderas ins- 
trucciones re>i..clo al príncipe, no me 
puedo decir lo mismo respecto á vos, con- 
testiS Mr. Üuponlcoii acento irónico; por- 
que puedo aseguraros que no contaba en- 
contraros en e>te sitio,... como tampoco 
me parece que me esperaríais vos ámi. 

Y diciendo esto Mr. Dupont, saludó 
con cierta espresion de ironía al mestizo, 
subiendo en el coche que se alejó rápida- 
mente dejando á Faringhea tan asombra- 
do como colérico. 



AI.BtJlM. 



Í83 



m. 

LA CITA. 

Al dia siguiente del encargo desempe 
nado por Dupont para con íjalma, se 
paseaba este con pasos impacientes y pre- 
cipitados en la pequeña sala indiana de la 
calle Blanca: esta sala tenia, como iietnus 
dicho, comunicación con la estufa P' r 
donde Adriana habla aparecido la priaitra 
vez. Había querido el príncipe recordar 
aquel dia, y vestirse de la misma manera 
que estaba cuando medió aquella entre- 
vista. Tenia puesta una túnica da cache- 
mira blanca, con un turbante de color de 
cereza y un ceñidor de lo mismo; y sus 
pantuflas de terciopelo encarfiado, bor- 
dadas de plata, delineaban el elegante 
talle de su pierna, bajando á escotarse 
gracioí>amente sobre unas babuchas de ta- 
filete blanco con tacón encarnado. 

La felicidad ejerce una acción tan ins- 
tantánea y tan material por decirlo asi, 
en las organizaciones juveniles, vivas y 
ardientes, que iíjalma que el dia antes 
estaba silencioso, abatido y desesperado, 
apenas era ya conocido. Un colorido lívi- 
do no empañaba ya el oro bajo, mate y 
trasparente de su semblante: sus vjoi r^ís- 
gado?, qtie no hace mucho estaban medio 
apagados, como lo estarían dos liermosos 
brillantes os(.jrec!dos por el humo, bri- 
llaban ahora en el centro de su órbita na- 
carada: sus labios, pálidos antes, hablan 
vuelto á recobrar su vivo colorido de ter 
ciopelo como las mas hermosas florei de 
^u pais. 

Tan pronto deteniendo sus pasos preci- 
pitados, se paraba repentinamente sa- 
cando del pecho un peqtícño papel cuida- 
dosamente doblado, el cual llevaba á sus 
labios con una especie de loco entusiasmo: 
otras veces no pudiendo contener los im- 
pulsos de su alegría , se escapaba de en- 
tre sus labios un grito de contento varonil 
y sonoro, y de un salto se presentaba de 



lante del espejo que no tenia estaño de- 
trás del azogue, y que separaba á la sala 
de la estufa por donde habia visto entrar 
!a primera vez á la señorita de Cardoville. 

¡Poderosa influencia de los recuerdos 1 
¡Admiración maravillosa de una alma in^ 
vadida y dominada por un pensamiento 
único, fiji) é incesante! ¡Cuantas veces 
Djaima había cruido ver, ó por mejor de- 
cir, cuantas veces habia visto la imagen 
adorada de Adriana que se le aperecia al 
través de aquella mampara de crisla! ¡Y 
cuaiitas veces la ilusión habia sido tan com- 
pleta, que con los ojos ardientemente cla- 
vados en ¡a vision que continuamente evo* 
caba, habia podido con et auailio de un 
pincel empapado en carmin (I) trazar con 
admirable exactitud los contornos de la 
figura ideal que el delirio de su imagina- 
ción presentaba á su vista 1 

Aqui , delante de estas líneas realzadas 
por el mas vivo carmin , era en dt-nde 
Üjalma se estasiabaen una contemplaciun 
profunda , después de haber leido y re- 
leído, después de haber estrechado ar- 
dientemente Cintra sus labios la carta que 
habia recibido en la noche anterior de ma- 
nos de Dupont. 

Djalma no estaba solo. 

Fariogliea observaba todos los movi- 
mientos del príncipe con miradas escudri- 
ñadoras, atentas y sombrías, permane- 
ciendo respetuosamente en pie en un es- 
tremo de la sala , aparentando estar ocu- 
pado en desdoblar y estender el bedej de 
Djalma, que era una especie de capotillo 
de seda de la india , de un tegido ligero y 
lino, pero cuyo fondo oscuro desapaie.'ia 
casi enteramente bajólos bordados de oro 
Y plata que lo adornaban. 

Kstaba elrostro del mestizo preocupa- 



(I) Algunos curiosos poseen objetoíde 
este genero que son producios del arle in-* 
dio de noa primitiva seuciliez. 



184 



AXBDH. 



do, siniestro, pues veia claramente que 
solo la carta de la señorita de Cardoville 
qoe habia traido la víspera el sefior Du- 
pont, podía causarle semejante albnrfzo, 
viéndose amado sin duda. Fn semejantes 
circunstancias el silencio obstinado de! 
príncipe, quien no decia ni una sola pala- 
bra á Faringhea desde que entró en la 
salita , era para el iiltimo causa de mu- 
chas sospechas, y no sabia como inter- 
pretarlo. 

La víspera asi que se separó del seííor 
Dupont, fué apresurado al salon para exa- 
minar el efecto (jue habia producido en 
el príncipe la carta de la señorita de Car- 
doville, pero encontró la salita cerrada. 
Lleno de angustia y de despecho llamó á 
)a puerta, pero nadie respondió. Enton- 
ces aunque estaba muy adelantada la no- 
che, envió á toda prisa una carta á Mr. 
Rodin, haciéndole sabir la visita del se- 
ñor Dupont, y el objeto probable de ella. 
Djalma habia pasado toda la noche 
embriagado de felicidad y de esperanza, 
abrasado de impaciencia y de ardor, y su 
estado era tal qua seria inútil el quererlo 
describir. Solamente al rayar el dia , ha- 
bia ido á su cuarto, habia descansado al- 
gunos momentos y se habia vestido. 

Muchas veces habia ido Faringhea á 
llamar á la puerta, peroinútilmentesiem- 
pre: únicamente á las doce y media déla 
mañana habia llamado Djalma y dado or- 
den que estuviese el coche preparado pa- 
ra las dos y media. Cuando llegó Farin- 
ghea, el príncipe le dio esa orden sin mi- 
rarle, del mismo modo que la hubiera da 
do á cualquiera de sus criados: ¿era eso 
desconfianza, despego ó distracción de 
parle del príncipe? En esoestaba pensan- 
do con \à mayor ansiedad Faringhea, por- 
que los proyectos en que participaba él 
oomo el instrumento mas activo, se podían 
arruinar en un instaute si concebía Djal- 
ma Ja menor sospecha. 



— ¡Oh!.... ¡ijué lentas!.... ¡qué Un- 
tas.... son las horas! esclamó de repente 
el joven indio en voz baja y palpitante. 

— ¡Cuan largas son las horas! de- 
cíais antes de ayer, monseñor. 

Al pronunciar estas palabras acercóse 
Faringhea á Djalma para llamar su aten- 
ción, y viendo que no lograba loque que- 
ría, dio algunos pasos mas, y continuó: 

— Muy grande parece vur>tra alegría, 
monseñor; dadle á conocer á vuestro po- 
bre y leal servidor el motivo que la pro- 
duce para que pueda alegrarse y regoci- 
jarse con vos. 

Si habían resonado en los oidos de 
Djalma las palabras del mestizo, no las 
habia oído ni escuchado, ni respondióco- 
sa ninguna: sus grandes cjos negros es- 
taban mirando al aire, y parecía que son- 
reía alguna vision encantadora, cruzando 
sobre su pecho ambas nianos asi como lo 
hacen en sus oraciones los de su país. 

Salió de aquella contemplación estática 
al cabo de un rato y dijo: 
— ¿Qué hora es? 

Pero parecía que se hacia esta pregun- 
ta á sí mismo y no á otros. 

— Luego van á dar las dos , monseñor: 
dijo Faringhea. 

Oyó esta respuesta Djalma, se sentó y 
se cubrió la cara con las manos para re- 
cojerse y dejarse absorver completamen- 
te en una meditación inefable. 

Apurado Faringhea por sus inquietu- 
des cada vez mayores, y queriendo á to- 
da costa llamar la atención del príncipe, 
se ícercó á Djalma y , casi seguro del efec- 
to que producirían las palabras que iba á 
pronunciar, le dijo con voz lenta y pene- 
trante: 

—Monseñor.... esa felicidad que osar- 
rebata , estoy seguro que se la debéis á la 
señorita de Cardoville. 

Apenas hubo pronunciado este nombre» 
se estremeció Djalma , saltó en su sillón ^ 



XLBUÎH. 



185 



■se Vranti^ , y miraïKÎo cara à oara á Fa- 

THiülioa, eselamó cuino si lo advirtiese en 

tóoces : 

— Faringliea.... ¿«res lú?.... Qué ha- 

c<'s aquí? 

— Vuestro fiel servidor os acompaña en 
\uestra grande alegría, monseilor. 

— ¿Qué alegría? 

— La que os causa la carta de la seño- 
rita de Cardoville, rnonseil >r. 

No respondió Djalina, pero brillaba en 
sus ojos tanta felicidad, tanta serenidad, 
que se quedó completamente tranquiliza- 
do el mestizo; no obscurecía la frente ra- 
diosa del príi cipe ninguna nube, ni aun 
üjera, de desconfianza ó de duda. 

Después de algunos instantes de silen- 
cio, Djalina levantó los ojos empañados 
en lágrimas, de alegría, y respondió á 
Djalma con la espresion de un corrazoii 
lleno de amor y de felicidad. 

— jOli! la felicidad... lafelicidad.... es 
toena y grande cual Dios es el mis- 
rao Dios. 

— Bien merecíais esa felicidad . mon- 
señor, después de tantos padocimienlos. 

— -¿Cuando?.... ¡AhJ sí, padecí en otro 
tiempo; estuve también en otro tiempo 
en Java... hace muchos años ya, 

— Ademas, monseñor, nomesorpren 
de ese acaecimiento feliz. ¿Qué os había 
dicho siempre? No os desconsoléis: fingid 
una pasión violenta á otra... y esa orgu- 
llosa joven... 

Al oir a(|uellas palabras, Djalma dio al 
mestizo una mirada tan penetrante, que 
se quedó parado éste; pero el príncipe le 
-dijo con la bondad mas efectuosa: 
— Continú.i..,. te escucho. 
Puso el codo en la rodilla y en la mano 
la barba, fijando en Faringliea una mi- 
rada tan profunda, pero tan dulce, tan 
inefable y tan penetrante, que el mestizo, 
aquella aitna defiierro, se sintió un ins- 
tante conmovido por un lijero remordi- 
miento. 



— Decía monseñor, continuó él. que, 
siguiendo los consejos de vuestro firl es- 
clavo.... fingiendo un amor apasionado 
para con otra mujer, habéis reducido á la 
SiMlorita de Cardoville tan orgullosa , tan 
altanera, á ven r á buscaros.. ¿No os lo 
habia pronosticado? 

— Sí... lo habías pronosticado; respon- 
dió Djalma, con la mano siempre bajo la 
t);»rba, y examinando siempre al mestiza 
con la misma atención con la misma es- 
presion de bondad suave. 

Aumentábase cada vez mas la sorpresa 
de Faringhea , porque ordifíariamenle el 
príncipe, aunque lo trataba sin dureza, 
conservaba para con él las tradiciones un 
poco altivas é imperiosas de su comim 
pais, pero no le habia hablado jamas coh 
tanta dulzura; sabiendo cuanto mal le ha- 
bia hecho á su amo, y desconfiáiidosecn- 
mo todos los malvados, se persu idió eí 
mestizo que la dulzura d« su amo encu- 
bría alguna trampa , y así continuó con 
menos aplomo.. 

— Creedme, monseñor, este dia, si sa- 
béis aprovecharos devuestra situación, es- 
te dia os censolará de todas vuestras pe- 
nas, quehan sido grandes, pui'stoque aun 
ayer mismo... aunque tenéis la generosi- 
dad de olvidarlo, (en lo cual vais erra- 
do), ayer mismo estabais padeciendo, pe- 
ro no erais el único cjue padecía... tam- 
bién esa orgullosa joven lia padecido. 
— ¿Lo crees? dijo Djalma. 
— ¡Oh I sí por cierto: no finéis mas 
que pensar en lo qjie ha debido padicer 
al veros en e\ teatro con otra mujer... Si 
era débil su amor, ha recibido un golpe 
terrible su amor propio... Si os aínaba 
apasionadamente, ha recibido el golpeen 
el corazón.... y así «s que cansada de pa- 
decer, viene á buscaros. 

— De suerte que, según piensas, de lo- 
dos modos ha tenido que padecer mucho... 
mucho. ¿No la tienes compasión? dijo 



IgR 



Ai.nuM. 



Djílma con voz contonida , poro sienipn' 
•cotí un acento lleno de dulzura. 

— Ante» <le pen^a^ on ronipadi-CiTrnc 
de los otros — pienso, monscñ r, en vtjps- 
tras penas.... y me conmueven esas de- 
masiado para ijue pienseeo las de lusotros.. 
Añadió liipócrítamenle Farii>hea : la in 
fluencia de Rodin habla modíncado ya al 
ph;in<i'Kar. 

— Estran.) es e<o... dij > Dja'ma hablan 
dose á sí mismo . poniendo) en el inestiz < 
sus oj ís penei raiites, pero mirándole siem 
pre con suma bondad. 

— ¿Q II'' es lo que os parece estraño. 
monseñor? 

— Nada. Pero dime, ya que me han 
salid'» tan bien lus consejos en lo pasado... 
.¿qué piensas del porvenir? 

— ¿Del porvenir, monseñor? 

— Si.... dentro de una hora... estaré 
junto á la señorita de Cardoville. 

— Es gr.ive eso, monseñor todo el 

porvenir depende de esa primera entre- 
vista. 

— Fn eso pensaba yo liace poco. 

— Creedme, monseil 'r.... las mujeres 
no se apasionan jamas sino por el hom- 
bre atrevido que las libra del embarazo 
de negar. 

— Esplícate mejor. 

— I'uesbien. señor, di'Sprecian ellas 
al atn Hite limi 'o y I liquido, que con voz 
humilde solicita lo que debiera lomar de 
«salto. 

— Pero voy á ver hoy á la señorita de 
Cardoville por la primera vez... 

— Lihat>ei< visto mil vi'c>'s en vuestros 
su'íuos monseri>)r, y lo mismo lehasucedi 
do áella, puesto que os ama. Todos vues- 
tro-; pensamientos amorosf>s ti»'nen nece- 
sariamente un ecoen el suyo... No tiene ei 
•amor (\'>i ltngU3J<^s , y , sin v.-ros , os ha 
beis dicho.... cuanto leniai'-cpje deciros... 
Ah >ra.... hoy mí.tino... obrad como quien 
fuanda... y es vuf»>trâ. 



— Eso es eslrafio.,.. estraíio, dijo por 
secunda vi z Djalma sin levantar los ojos 
de Faringhea. 

Engañóse el mestizo en cuanto al sen- 
tido que daba el príncipe á aquellas pa- 
labras , y continuó: 

— Creedíoe, monseñor; por estraño 
que of par»'zca eso, es prudente.... Re- 
cordad lo pasado.... Si habéis forzado á 
esa orgullosa joven a venir á echarse á 
vuestros pie*, ¿lo habéis logrado hacien- 
d(> el amnnte tímido?.... No, monseñor: 
-ino al contrario, fingiendo que la dese- 
chabais por oira mujer... Conque asi, fue- 
r.i debilidades.... no ha de suspirar el león 
Corno la débil tórtola : poco le importan 
al orgullos») sultan del desierto algunos rti- 
gidos lastimeros de la leona... menos en- 
colerizada á la verdad que reconocida d« 
sus caricias rudas y salvajes, y asi es que 
■ r(tnto sooietida , feliz y temerosa , se ar- 
rastra, sigtjiendo las huellas del amo. 
i!re>'dme, monseñ -r, osad... osad...yse- 
r 'is hoy el mismo sultán adorado de esa 
orgüllo^a joven , admirada de todo Paíis 
por su beid'id... 

Hubo algunos minutos de silencio, y 
después Djalma, sacudiéndola cabeza con 
una espre.-ion de coniniseracion, dijo al 
(ueslizo con su voz dulce y sonora : 

— ¿Porqué me en-iañas así? ¿Porqué 
Míe aconsejas con maldad el emplear In 
violencia, el lerr<ir, la .sorpresa... con un 
ingel de pureza... (](ie respeto como á tiii 
m;idre? ¿No te basta el sacrificarte á mis 
enemig »s , á l.'S t|ue me -lan perseguido 
aun en la isla de Java? 

Si arretiatado <ie cólera, con los ojos 
encendidos, la frente terrible y el puiíal 
en la mano, «e huíiiese arrojado Djalma 
>obre Faruighea , hubiera sido acaso me- 
nor la sorpresa, menor también acaso el 
espanto del mestizo, (jue al oir al príncipe 
hablarle de su traición y echársela en ca- 
ía cjn un acento tan du!cc. 



Dio prontamente un paso atrás Farin- 
ghea, como si hubiera tratado de defen- 
derse. 

Djalma continuó con la misma manse- 
dumbre: 

— No temas nada..... ayefr te hubiera 

muerto te lo aseguro..... pero hoy^l 

amor feliz me hace equitativo y clemen- 
te: te tengo compasión sin hiél; te com- 
padezco porque has debido ser muy des- 
agraciado... para haberte hecho tan mal- 
eado. 

— ^ Yo, monseñor!..... dijo el mestizo 
xreciendo cada vez mas su asombro. 

— Mucho has debido padecet , macha 
crueldad han debido tener contigo para 
que seas implacable en tu odio , y no te 
desarme el ver una felicidad como la mia. 
ï)n verdad..... al oírte poco hace, sentía 
una conmiseración sincera para contigo, 
"viendo tu triste perseverancia en el odio. 

— Monseñor.. > yo no sé... pero... 

Y el mestizo balbuciente no pudo res- 
ponder una sola palabra. 

— Vamos, ¿qué mal te he hecho? 

— Ninguno monseñor, respondió el 

mestizo. 

— Pues entonces , ¿ por qué me persi- 
gues así? ¿por qué me tienes nn odio tan 
encarnizado? ¿No te bastaba el haber- 
me dado el pérfido consejo de fingir un 
amor vergonzoso á aquella joven que tra- 
jiste aquí... que, cansada del triste papel 
que hacia junto á mi, se ha ido al (in de 
esta casa? 

— El amor que habéis fingido pafa con 
esa joven... es^ tnonseñor, dijo Faritighea 
volviendo en sí poco á poco, el que ha 
vencido la frialdad de... 

— No digas semejaote cosa , replicó el 
príncipe interrumpiéndüle con la misma 
dulzura, si goza de jesta felicidad que me 
in.<íp¡ra compasión para tí, y me hace su- 
perior á mí mismo , es porque la señorita 
de Cardovílie sabe ahora que no he cesa- 



do un solo instante de amarla como sede* , 
be amar... adorándola y respetándola; y 
tú al contrario, aconsejándome como lo 
has hecho... no tenias mas objeto que el 
separarme de ella para siempre, y en po- 
co ha estado que no lo has logrado. 

— Monseñor.... si tal pensais de mí.... 
me debéis mirar como á vuestro mayor 
enemigo. 

—No tengas temor ninguno, ya te lo 
he dicho..... no tengo derecho de vitupe-> ■ 
rarte... Delirando y penando... te he es"fn 
cuchado^ he seguido tus consejos... no me 
he dejado engañar... pero he sido tu cóm- 
plice^... Pero confiésalo ahora, al verme á»>ri 
tu disposición, abatido, desesperado, ¿no r' 
era mucha crueldad de tu parte el acoB-,im 
Sf jarme lo que mas me podía Iperjudicar •:■, 
en este mundo? . ! 

— Me habrá estraviado el ardor de mi 
celo, n^ooseñor. 

—Quisiera creerte... Pero aunhoy mis-, > 
mo... me «stás escitando al mal... no has 
tenido compasión ninguna de mi felicidad, 
como tío la había» tenido tampoco de mi 

-desgracia Las delicias del corazón en 

que ves anegado no te inspiran mas que 
un deseo.... el de convertir este alborozo 
en desesperación. 

— ¿Yo, monseñor? ' ' '•*-'' 

— 5í, tú has creidd (|uéj sPguíendái ' 

tos consejos, me perdería para ^siempre y 
quedaría deshonrado ert el concepto de la 
señorita de Cardovílie... Vamos, di: ¿de 
dónde nace ese odio encarnizado? ¿Por 
qué me aborreces? Dílo ai fin... ¿Qué te 
he hechor ' "-"'^H- r ""s '" ^""^'" 

— Monseñoh.'." twe jflifgafe'rhal, y yo. .. 

— Escúchame , oo t|UTero que seas en 
aderante mala y traidor, quiero volverte 
bueno..; En nuestro país se encantan las 
serpientes mas terribles , se amansan los 
tigres... ; Pues bien I yo quiero domarte 
á fuerza de dulzura, á tí que eres lih hom- 
bre á (( que tienes un entendímitnto 

48' 



198 



Ai.Bra. 



para conducirle y un coraron para amar... 
este día me da una felicidad divina... has 
de bendecir esle dia... ¿Qué puedo hacer 
por tí? ¿Qué quieres, dinero?... tendrás 

dinero ¿Quieres mas que dinero? 

¿Quieres un amigo tierno que te consue- 
le, y, haciéndote olvidar los posares que 

te han hecho malo, le haga bueno? 

Aunque soy hijo de rey, ¿quieres que sea 

yo tu amigo? Lo seré si ¿ pesar del 

mal... no... por el mal mismoque me has 
hecho... seré para tí un amigo sincero, y 
me creeré feliz, pudiéndome decir á mí 
mismo, grande fué mi felicidad el dia que 
medijo el ángel que me amaba : á la ma- 
ñana tenia yo un enemigo implacable, en 
la noche se habia cambiado su odio en 

amistad ¡ Ay! Farínghea, créeme: la 

desgracia hace ios malvados; la felicidad, 
los buenos: sé fí-liz... 
£n aquel instante dieron las dos. 
Estremecióse el príncipe: era t\ mo- 
mento de partir para su cita con Adriana. 
El admirable ro.stro de (tjaima , mas 
hermoseado por la dulce é inefable espre- 
sion que habia tomado hablando al mes- 
tizo, pareció iluminarse con un rayo di- 
vino. 

Acercándose á Farínghea , le alargó la 
mano con un ademan de mansedumbre y 
de gracia, diciéndole: 
— Dame la mano. 

El mestizo, cubierta la frente de un su- 
dor frió, alterado y descolorido el rostro, 
casi de^ngürado, vaciló un instante; pero 
dominado, vencido, fascinado, alargó tem- 
blando la mano al príncipe quien la apre- 
tó, diciendo á estilo de su país: 

— Hooes lealmente tu mano en la ma- 
no de un amigo leal... Esta mano estará 
siempre abierta para tí.... Adiós, Farín- 
ghea... Me encuentro ahora mas digno de 
•rrodillarme i los pies de mi ángel. 
Yifalió Djalma para irá casa de Adriana. 
A pesar de su ferocidad , á pesar del 



odio implacable que le tenía á la especrà 
humana, trastornado por las palabras no- 
bles y clementes de Djalma, el sombrío 
sectario de Buhwanie, se dijo con terror: 

— He tomado su mano.... desde ahora 
es sagrado para mí. 

Después de un instante de silencio, ha- 
biendo hecho sin duda alguna reflexión , 
esclamó: 

— Sí; pero no es sagrado para el que, 
según me han dicho, lo ha de esperar en 
la puerta de esta casa. 

Diciendo esto , corrió el mestizo á un 
cuarto inmediato que daba á la calle, le- 
vantó la cortina y dijo con ansiedad : 

— Ya sale el coche.... y viene el hom- 
bre... ] Idíierno!... Ya se ha ido el coch» 
y no veo nada. 

IV. 

ESPERANDO. 

Por una coincidencia de ideas muy sin- 
gulares Adriana habia querido vestirse en 
aquel dia con el mismo traje que tenia la 
primera vez que vio á Djalma en la casa 
de la calle Blanche. 

Para aquel abocamiento tan solemne y 
tao importante para su felicidad futura , 
Adriana, con su tacto natural, habia es- 
cogido el gran .salon de ceremonia del ho- 
tel de Cardoville, en donde habia varios 
retratos de familia: los que masinanines- 
tos estaban eran los de su padre y »u ma- 
dre. Aquel salon muy espacioso y eleva- 
do estaba amueblado con el gusto impo- 
nente del siglo de Luis XIY. Estaba pin- 
tado en el techo el triunfo do Apolo : en 
esa pintura brillaba Lebrun por la gran- 
deza del dibujo y el vigor del colorido, en 
medio de una magnífica cornisa esculpida 
y dorada, apoyada en los ángulos sobre 
cuatro pechinas, icompuestas de cuatro 
grandes figuras, doradas también, que re- 
presentaban las cuatro estaciones: algu- 
nos cuarterones cubiertos de damasco car- 
mesí rodeados de marcos servían de fon- 



ALBUIH 

•ño á los retratos de familia colocados en 
avjnella pieza. 

Mas fácil es el concebir que el pintar 
las numerosas y diversas emociones que 
afollaban á la señorita de Cardoviile á me- 
■«lida que se iba acercando e! in^lanfe de 
su conversación con Oja'ma. Habia encon- 
trado ha'ila entonces su reunion obstácu- 
los tan dolorosos; sabia A<Jriana que sus 



189 

Pero nada oyó... 

Dieron las tres y media. 

No pudiendo superar el terror que la 
iba ganando, y asiendo la úllima esperan- 
za que !<' quedaba, vino juntoá lacliiini'- 
nea , compuso, por decrlo asi, su rostro 
para que no manifestase ninguna emoción , 
y tiró de la campanilla. 

Al cabo de algunos minutos abrió la 



|_.jj — „. ^ ,,. 
puerta un lacayo con cabellos grises, ves- 



y tan pérfidos, que aun dudaba Adriana 
su felicidad. A cada instante interrogaban 
sus ojos, á pesar suyo, el reloj; fallaban yi 
pocos minutos y pronto iba á sonar labora 
de la cita. 

Dio al fin aquella hora. 
Cada campanillada resonaba largamente 
«n lo profundo del corazón de Adriana. 
Pensó que Djalma, por reserva sin duda, 
no habia tomado la libertad de adelantar 
el instante que habia indicado: lejos de 
\ituperar esa discreción, se la agradeció; 
pero desde aquel instante, al menor ruido 
que oía en los salones inmediatos, suspen- 
día el respirar y escuchaba con tanta ateo 
cíon como esperanza. 

Durante los primeros minutos que si- 
guieron la llora en que debía venir Ojai- 
ma, no tuvo la señorita de Cardoviile nin- 
guna aprensión séria, y calmó su impacien- 
cia un poco ín(|iiieta con un calculo muy 
pueril, muy tonto para las gentes queja- 
más han conocido la agitación febril del 
alma contenta que está esperando; pensa- 
ba Adriana, que podía muy bien discrepar 
«Igo ei reloj de la calle Blanche del reloj de 
la calle de Anjou. 

Pero á medida que la supuesta diferen- 
cia baslantç admisible, no siei.do escesi- 
va, se fué cambiando en un retraso de un 
cuarto de hora... de veinte minutos.... y 
mas Adriana sintió una angustia cre- 
ciente, y dos ó tres veces, levantándose, 
palpitándole el corazón, fué de puntillas á 
escuchar á la puerta del salon... 



tido de negro, y aguardó en un silencio 
respetuoso las órdenes de su señora , la 
cual le dijo con calma: 

— ¡ Andrés! suplicad á Hebé que os dé 
un frasquito que he dejado encima de la 
chimenea y traédmelo. 

Hizo una reverencia Andrés, y al ins- 
tante en (¡ue iba á salir para cump'ir la 
orden de su señora, (la cual no la habia 
dado sino para tener ocasión de hacer una 
pregunta, cuya importancia (jneria ocul- 
tar á los que sabian de antemano que ha- 
l)ia de venir el príncipe Djabna), la seño- 
rita de Cardoviile añadió con un aire in- 
diferente, indicando el reloj: 
— ¿ Anda. bien... este reloj? 
Sacó Andrés el suyo del bolsillo, y dijo: 
— Si, señorita esta mañana he ar- 
reglado nii 4-eloj con el de las Tul'erias, y 
Son también en el mió las tres y media 
dadas. 

— Está bien.... gracias.... dijo Adriana 
con bondad. 

Hizo una nueva reverencia Andrés y 
dijo antes de salir: 

— Se me habia olvidado el advertir ala 
señorita que el mariscal Sitnon ha venido 
hace una hora ; pero como está la puerta 
de la señorita cerrada para todos escepto 
para el señor príticipe, se le ha respondido 
que no recibia la señorita. 
— Rstá bien, dijo Adriana. 
Hizo por la tercera vez' una reverencia 
Andrés, salió del ialon y reinó de Duevu 
un profundo sileocio. 



Por lo mismo que liasia el último mi ' 
vyilo de la hora señalada para su aboca- 
miento con Djalma, no habia turbado la 
mas pequeña duda las esperanxas de Adria- ' 
na, por eso mismo era mas horroroso el 
desengaño que comenzaba ya i padecer ; 
dando entonces una mirada dolorosay'an- 
gustiada á un retrato que estaba enci- 
ma de ella, á ur lado de la chimenea, 
murmuró con un acento lajítlmero y des- 
consolado: 

— ¡ Oh madre miaT 

Ap>>nas había pronunciado aquelhs pa- 
labras, temblaron lijeramente los vidrio." 
por el ruido surdode un coche que entra- 
ba en el patio del hotel-. 

Estremecióse la joven y no pudo conte- 
ner un pequeño grito de alegría ; saltaba 
su corazón hacia Djalma, porque, pores 
ta vez, $entia ella, por decirlo asi^ qaeera 
él. Estaba tan segura como si hubiese vis- 
to al príncipe con sus propios ojos. 

Volvióse á sentar enjugando una lágri- 
ma que pendia de sus largos párpados; 
temblaba su mano como una hoja. 

Pronto jiistincó la exactitud de las pre- 
visiones de la joven un ruido bastante es- 
Irepitoso de diversas puertas (píese abrían 
sucesivamente. Rodaron en sus qiiicios los 
dos tableros dorados du la puerta del sa- 
lon y apareció el príncipe. 

Mit-niras cerrábala puerta otro lacayo, 
Andrés que habia entrado un poco des- 
pués «nif Djalma, niit^ntras se acercaba 
e>teá .\(lriana , puso en una mesa dorada 
junto a la joven un platillo de plata sobre- 
dorada , y en él un frasquito de cristal , y 
despue¿ salió'. 

V. 



ADRIANA Y DJALMA. 

Babiase acercado IciiUniente él prín- 
Wpe á la señorita de Cardoville." ^ 

A pesar de la impefufíiidad d'é \Í9 tfàr- 
siones del joven indio, iü déscUbna'su 



emoción en su andar mal asegurado, en 
su hechicera timidez. No se habia atre- 
vido aun á levantar los ojos á Adriana : se 
habia puesto súbitamente muy descolo- 
rido, y sus manos cruzadas religíosament(| 
encima del pecho según el modo de ado* ^ 
rar de su pais , temblaban muchísimo: se 
quedó á alguna distancia de Adriana con 
la cabfza inclinada. 

Aquel embarazo , ridículo de parte dp 
cualquiera otro era patético de parle de., ^ 
aquel príncipe, joven de veinte años, de^^^ 
una intrepidez casi fabulosa, de un car^c*^ 
ter tan heroico, tan generoso, que no lia>- .. 
biaban los viageros del hijo dei rey Kadja 
Sing dno con admiración. 

(Dulce emoción, t>asta reserva, mas in-,j, 
teresante aun al pensar que las fogosas ./j 
pasiones de aquel joven eran tanto ma^, .. 
inflamables, cuanto que hdsta entonces 
habían, estado contenidas! . j.,. ^^^ 

No menos embarazada , no menos tur- 
baaa la señorita de Cardoville habia per- 
irianecido sentada : asi como Djalma , te- 
nia los ojos bajos; pero el ardiente colo-^ 
rido de sus mejillas, los latidos precipita- 
dos de su seno virginal, revelaban una- 
emoción que no pensaba ella en ocultar^ 

A pesar de la firmeza de su espíritu» 
puro y alegre á la vez, gracioso é incen> 
livo; ,á pesar de la, resolución de su ca^^ 
racler independiente y orgulloso , á pes^r . 
de su htucho mundo, Adriana manifes- 
taba una inhabilidad candida, una turba- 
ción encantadora , aquella especie de ani- 
quilación pa!>ajt'ra é itiefable, que ano- 
nada al parecer dus individuos enamora-' 
dos, ardientes y puros; como si la fuese 
imposible soportar al mismo tiempo los ' 
ardores palpitantes de su» sentidos, y la 
arrebatada exaltación de su corazón. 

Y por tanto no se habían encontrado 
aun sus oíos... Temían ambos aquel prí- 
'mer cho(|ue clt^ctrico dt? (a mirada, aque- 
lla invencible atracción de dos sereâ aman- 



ALBUM 

tes y apasionados uno de otro, fiiogo sa- 
grado., mas rápido que el rayo, que en- 
ciende, abrasa la sangre, y A veces, sin 
saberlo los dos, los arrebata de la tierra 
«y los sube al píelo: porque es acercarse á 
Dios el seguir con un religioso enajena- 
miento la inclinación mas nobie y mas 
irresistible qi»e nos ha dado..... la única 
¡Dclinacion que, en su adorable sabidu- 
ría, el dispensador ne todas las rosas lia 
querido santificar otorgándole, una chispa 
"de su divinidad criadora. 

Djalma fué quien levantó primero los 
ojos: estaban húmedos y encendidos á la 
vez: el ímpetu de un amor apasionado, 
el inflaniaiJo ardor de su edad, tanto tiem- 
po comprimido, la exaltación de una bel 
dad ideal, se léiaa en aquella mirada a! 
mismo tiempo que una timidez, respetuo- 
rf>a , y daban alas facciones de aquel man- 
cebo una espresion inJefínibie..... irresis- 
tible. 

Irresistible porque al encontrarse 

sus ojos con los de Adriana.... se estre- 
meció esta de los pies á la cabeza , y se 
sintió como atraida á un torbellino mag- 
nético. Ya se cerraban sus ojos bajo el 
peso de un cansancio enajenador, cuantío 
^or un esfuerzo supremo de voluntad y 
de dignidad, sopr-ró aquella deliciosa tur- 
baci-n, se levantó del silion, y con voz 
trémula, dijo a Djalma: 

— Celebro intinito , príncipe, el vero> 
aqui, y después indicándole un retrato de 
los que estaban colgados detras de ella, 
hizo Adriana un ademan y añadió, Comí- 
si se tratase de una preseníacion : Prínci- 
pe.... mi madre. 

Por una idea de una delicadeza estraor- 
dinaria Adriana ponia presente á su ma- 
*dre en la conver.^acion con Djalma. 

Era eso defenderse, tanto ella como e! 
príncipe, de lassedu;?ciünes do un primer 
encuentro, tanto mas peligroso cuanto 
sabian ambos que se amaban locamente; 



191 



que eran libres.... y no lenian que dar 
cuenta sino á Dios de los tesoros de feli- 
cidad y de deleite que l.'s había prodiga- 
do con tanta magíiiíicencia. 

Conocí.') el príncipe el pensamiento áp 
Adriana : asi es que cusndo ly hubo in- 
dicado la joven el retrato de su mudre 
Djalma, por un movimiento espoülil.neo 
lleno de gracia y de candor, se ir.ciinó, 
dobló una rodilla antt- aquel retrato, y 
dijo en voz suave y vigorota dirijitndose 
á aquella pintura : 

— Os amaré y os bendeciré como a mi 
madre; y también mi madre esf3r,i en mi 
pensamiento aqui al lado de vuestra hija. 

No era posible responder mejor al sen- 
timiento que había decidido á la señorita 
áe Cardovíüe á ponerse p(;r decirlo asi 
bajo la protección de su madre, y asi es 
que desde entonces tranquüa en cudnto á 
ujalma, tranquila también en cuatitu á si 
misína, estuvo la joven muy desabocada, 
y el delicioso buen huí-iior di? la feiitidad 
reemplazó poco á poco la enjocion y la 
turbación que la había ajitado. 

Volviéndose á sentar entonces, le dijo 
á Djalma mdícándole un asiento enfrente 
del suyo : 

—Tened la bondad de sentaros mi 

qui^rido primo y permilidme llamares 

a.>¡, porque me paiece demasiado de eti- 
quétala voz de príncipe, y en cuanto a vos 
llamadme también vue^tra prima , porijutí 
la palabra señorita me parece muy {/rave. 
Arreglado este asunto hablemos prime - 
rameíKe como buenos amigos. 

—Si, prima mía; respondió Djalma 
que se habiá puesto dé color de fuego al 
oir la palabra primeramente. 

— Como la franqueza es de derecho en- 
tre amigos, dtjo Adriana, os haré un re- 
proche; anadió qiedio sonriendo y miran- 
do al príncipe. 

Este, en lugar de sentarse, estaba en 
pié junto á la chimenea, apoyando en ella 
49** 



192 



▲Xbini. 



loi codos, eo uoa actitud llena do gracia 
y de respeto. 

— Si, primo mío.... continuó Adriana, 
un reproche que me perdonareis sin du- 
da... en una palabra, os estaba esperan- 
do.... un poco antes. 

— Acaso me vituperareis, prima, de no 
haber venido mas tardo. 

— ¿Qué quoróis docir? 

— Al inflante en que salia.... de mi ca- 
sa para venir aqui, un hombre que no co- 
nozco se ha acercado á mi coche.... y me 
ha dicho con tanta sinceridad que lo lie 
creído... podéis salvar la vida de un hom- 
bre que ha sido para vos un padre.... es- 
tá en gran peligro el mariscal Sinton.... 
pero para poderle socorrer es necesario 
seguirme inmediatamente. 

— Era un ardid , esclamó con viveza 
Adriana, hace á lo mas una hora.... que 
estaba aqui el mariscal Simon.... 

— El.... dijd üj^lma con alegría y co- 
mo si se hubiese levantado un gran peso, 
¡ah! no se entristecerá al menos este her- 
moso dia. 

— ¡Pero, primol replicó Adriana, ¿co- 
mo no habéis desconfiado de ese emi- 
sario? 

— Algunas palabras que se le han es- 
capado me han inspirado recelos, dijo 
Djalma; pero al principio le he seguido, 
temiendo que corriese algún peligro el 

mariscal porque sé que tiene ene« 

migos. ^ 

— Ahora que roflecsiono, tenéis razón, 
primo; era verusimil alguna nueva trama 
contra el mariscal..., A la menor duda 
debíais correr á su casa. 

— Lo he heclK).... pero me estabaises- 
perando. 

— Ese es un sacrificio generoso; y se 
aiimpntaría h estimación qtie os tengo sí 

fuese posible dijo Adriana, ¿peroqué 

se ha hecho aquel hombre? 

— Le he hecho entrar en mí coche. In- 



quieto por el mariscal , y desesperándo- 
me al mismo tiempo de ver que corría 'A 
tiempo que debía pasar junto á vos, pri- 
ma , mía le he hecho mil cuestiones á 
aqupl hombre. 

" Y le he visto muchas veces embara- 
zado para responderme. Entonces me vi» 
no la idea que me tendían acaso algún la- 
zo. Recordando todo lo que habían hecho 
para echarme á perd«T en vne>tro con- 
cepto.... mudé inmedíaiamente de cami- 
no. Ha sido entonces tan claro el despecho 
del hombre que me acompañaba que hu- 
biera debido dí-«ipar mis dudas, sin em- 
bargo, pensando en el mariscal Simon, 
sentía un remordimiento vago, que acá» 
bais de calmar, prima. 

— Son implacables esas gentes , dijo 
Adriana , pero nuestra felicidad será mas 
fuerte que su odio. 

Hubo un momento do silencio y des- 
pués dijo ella con su franqueza acostum- 
brada : 

—Querido primo mió; me es imposible 
callar ú ocultar lo que tengo en el cora- 
zón... Hat)lemos algunos instantes, siem- 
pre como amigos, hablemos \in poco de 
un pasado que nos han hecho tan an^argo; 
después lo olvidaremos para siempre como 
uo sueño pesado. 

»0s responderé con franqueza , aun 
cuando me haya de hacer perjuicio , dijo 
el príncipe. 

—¿Cómo os habéis podido decidir ápa> 
recer en público con..... 

— ¿Con aquella joven? dijo Djalma in- 
terrumpiendo á Adriana. 

— Sí, primo mío, dijo Adriana espe- 
rando la respuesta de Djalma con una cu- 
riosidad inquieta. 

— Ignorando las costumbres de este 
país, roí-pondíó Djalma sin embarazo por 
que decía la verdad; debilitado mi espí- 
ritu por la desesperación, estraviado por 
los consejos de un hombre vendido á nue»- 



ALBUM. 



W3 



'%os enemigos, he creído que, asi como 
él me lo deoia, ostentando á vuestros ojos 
otro am*)r, escitaria vuestros celos, y 

— Bssfa, primo; entiendo lo demás, 
dijo Adriana interrumpiendo al príncipe 
para evitarh una conf»'5Íon penosa; nece 
sario ha sido que estuviese yo tauíbien 
muy obcecada por la desesperación, para 
DO t.aber adivinado ese perverso complot, 
sobre lodv dfspues de vuestra arción tan 
intrépida y tan loca : ¡ potierse á peligro 

de muerte para rectjer mi ramdleie! 

añadió Adriana e>lreme<'iéndi)se al recor- 
dar aquello: decidme una sola palabra; 
aunque conozco de antemano vuestra res- 
¡pue>la : ¿no recibisteis una carta mia en 
la mañana del día mismo que os vi en el 
'teatro? 

•Nada respondió Hjalma ; una nube ne 
gra pasó sobre sus facciones, y durante 
un segundo tomaron una espresion tan 
amenazad<^ra , que se espantó Adriana; 
pero pronto se apaciguó como por nflec- 
«ion a(|ueila agitación, y volvieron la cal 
ma y la serenidad á la frente de Dj^lma. 

— He sido mas clemente de lo que creia, 
dijo el príncipe á Adriana , que lo con- 
templaba con sorpresa; he querido venir 
«erca de vos... digno de vos, prima mia. 
He perdonado ai que, por servir á mí> 
efiemigus, me ha dado y me daba aun 
consejos funestos. Estoy seguro que ese 
hombre ha interceptado la carta... Pen- 
sando al instante en tod(»s los males que 
me ha causado, me he arrepentido de mi 
clemencia Pero he pensado en vues- 
tra carta de ayer y se ha desvanecido 

mi cólera. 

— iSea pues concluido ese p3sado fu- 
nesto, esos temores, esas desconfianzas. 
esas sospechas, que nos han atormentado 
tanto tiempo hacinándome du^lar «le vos 
como os hacían dudar de mí! ¡Oh! sí. 
j alejemos ese pasado funesto! e>clauió la 
señorita de Cardoville con una alegría pro 
funda. 



Y como si hubiese libertado á su cora- 
zón de los últimos pensamientos que la 
hubiesen podido entri.stecer, anadió: 

— ¡Nuestro es ahora el porvenir...., 
nuestro enteramente : un pt-rvenir la* 

dioso, sin nubes sin obsiácMlo>: un 

horizonte tan hermoso.... tan puro en su 
Mite'nsidad que no alcanza sus límitus la 
vi»ta I 

Es imposible describir la exaltación ine- 
fable, el acento seductor de esperanza que 
acompañó las palabras de Adriana : de 
repente irKanifcstó su rostro una melaoco- 
lía paiética, y añadió con voz profunda- 
mente Conmovida : 

— ¡Y decir que ahora mismo hay des- 
graciados que están padeciendo! 

Aijuel pensamiento de conmiseración 
cáudiia para con los desgraciados en el 
initante mismo en que llejiaba aijueila jo- 
ven al colmo de una felicidad ideal, le 
hizo tanta impresión á l>jalma , que invo- 
hintariamente se arrodilló á los pies do 
Adriana, junio ambas manos, y volvió 
hacia el a su licch cero ios'ro, en donde 
aparecía una adoración casi divina. 

Y cubriéndose despues la cara con las 
manos, bajó la cabeza sin dec r nada. 

Hubo un silencio profundo durante un 
momento. 

Adriana fué quien lo interrumpió la 
primera , viendo que pasaba una lagrima 
entre los dedos delgados de Djalma. 

— ¿Qué tenéis, amigo mió? le dijo. 

Y por un müviiniínto mas rápido que 
el pensamiento, se inclinó hacia el prín- 
cipe y bajó las manos que tenia él siem- 
pre en la cara. 

Su rostro estaha bañado de lágrimas. 

— ¡Estais llorando!... esclamo la seño- 
rita de Cardoville (an conmovida, (|ue 
guardó entre sus manos las de Djalma, y 
no pudiendo este enju^nrlas, las dejaba 
correr como otras tantas gotas de críttal 
sobre el oro pálido de sus mejillas. 



191 ALfirií 

— No hay en el mimd>) feliridad comí") 
la mia , dijo el príncipe con vor suave y 
"viltrante , con una especie de poslracio!) 
indecible, y siento una {jran triste?». N»' 
puede menos de suceder asi... me dais e! 
cielo... y aun cuandu os diese yo la tier- 
ra... seria ingrato con vos... ¡ Ay ! lí]ue 
puedo el homhrt' por la divinidad? Ht-nde 

cirla , adorarla pero t>o Vdlverie los 

tesoros de que lo ha colma<it>... y por eso 
padHi'c, no en su orgullo... sino en su co- 
faz'n... 

N-» cx^jeraba Djalma; decia loi|uopt»n- 
saba realíuente, y 'a forma hiperbólica de 
las lenguas de Oriente era la única qut- 
podia espresar sus conceptos. 

Fué tan sincero el acento de su senti- 
miento, tan candida su humildad, que 
Adriana, conmovida y llorosa, le respondió 
con una ternura prave: 

— ] Amigo mió! estamos ambos en el 
colmo de nuestra felicidad.... No tiene li- 
mites el porvenir de nuestra dkha , y sin 
embargo nos lianv«^nido á ambos, aunque 
por motivos diferentes, pensamientos tris- 
tes... Mirad: es que hay felicidades que 
asombran por su misma grandeza.... Du- 
rante un momento... ni el corazón... Tiiel 
espiritu... ni el alma... pueden contener- 
las... Se derraman y nos agovian... Tam- 
bién las fl«res se doblan á veces bajo los 
rayos demasiado ardientes del sol, que es 
su vida y su amor... ¡Oii, amiiío mió I 
es grande esta tristeza, pero es suave. 

Al decir aquellas palabras, se fué apa- 
gando la voz de Adriana y se inclinó sua- 
vemente su cabeza, como si en efecto la 
hubie-e agoviado el peso de su felicidad. 

Djalma estaba arr.idillado junto á ella 

con las man'>s entre las suyas... de modo 

^(ue, al inclinarse, la frente de marlilylos 

xa bellos de oro de Adriana rasáronla fren- 

ir de color de ámbar y los cabellos negros 

úc^ Djalma.* ' ' ■ > 

Y calan lentas y sileuciosas las dulces 



lágrimas de aquellos dos jóVeneS, confun- 
dit^ndose sobre sus hermosas manos enla- 
zadas. 



Mientras pasaba esto en el hotel de 
Cardoville. Auricol iba á la calle de Vau- 
üirard á llevar al seùor Hardy una carta 
de Adriana. -, 

VI. 

LA IMITACIÓN. 

Mr. Hiirdy ocupaba un pabellón, como 
\a se ha dicho anteriormente, en la casa 
de recoletos adjunta á la morada que te- 
nían en la calle de Vau'.iirard un buen 
núiiHTo de reverendos padres de la Com- 
pafíia de Jesús. No se puede ver cosa mas 
tranquila, mas silenciosa que aquella ha- 
bitación ; no se hablaba sino en voz baja ; 
hasta los mismos criados tenían algo de 
meloso en el hablar, algo de beato en el 
andar. Asi como en todas las cosas que 
están sometidas á la acción comprensiv<) y 
aniquiladora de a(¡uellos hombres, falta- 
lian también en aquella casa triste y apa- 
gada la animación y la vida. Tenian sus 
habitantes una existencia monótona y pe- 
sada , re^ulsr, glacial, interrumpida de 
cuando en cuando por alguna desús prác- 
ticas de devoción; asi es que, en poco 
tiempo, conforme lo han previsto y lo de- 
sean los reverendos padres, el espíritu, 
sin comercio esterior, sin escilacion , des- 
rnaya pronto en la soledad; parece que 
late mas despacio el coraz>n, se entorpe- 
ce el alma y so debilita poco apoco la mo- 
ra!; se apawfl en lin todo el libre albedrío, 
tijda vo'u itad, y Ins retirados v sometidos 
al mismo método de '>mbriit<'CÍn»iento 
complet.! que los novicios de la Compañía, 
se haidan cadi veres también entre las ma- 
nos de los congregantes. 

Claro y sencillo era el objeto de esas 
maniobras; e'las aseguraban el buen (^Xito 
de la-i captaci<,'nes i|e luda especi*', térmi- 
no perenne ^e la pulílica hábil y delaim- 



placable fcôdîcîa fle àqùéuûrs sorerdótes;; 
con tas sumas enormes de que, por esos 
medios, se hacían dueños ó poseedores, 
aTianzahan y asegíiraba'n el t^xito de siisi 
proyectos, auh cuándo elhomicid o, elin i 
cendio, la nbelion, y en fin todos los lior-, 
rores de la guerra civil escitada y pagada 
por ellos, hubiesen de ensangrentar lo> 
paises en donde querían establecer sil tene- 
broso gobierno. 

Como medio: empleaban el dinero, ad 
quiriéndolo por todos los modos posibles, 
desde los mas bajjos hasta los mas crimi 
líales; como objeto: se proponía ii la do- 
minación despótica de los entendintientos 
y de las conciencias para esplutarlos útil 
fnente en beneficio de la compañía de Je- 
sús: tales han sido en todos tiempo»*, ta- 
les serán siettlpre ios nrediós y el fíh de 
■esos religiosos. ; 

Asi es que entre los medio? que habían; 
empleado los jesuítas para atraer el dine- 
ro á sus cajas siempre abiertas, hijbian 
imaginado esos revereíidos padres, el es- 
tablecer la casa de recoletos en que se; 
hallaba Mr. Hardy. 

, Las personas enfermas de espíritu, con 
el corazón despedazado, con el entendi- 
miento debilitado, ó estraviadns por !a¡ 
falsa devoción, y engañadas ademas por 
ías recomendaciones de los mienibros ma^- 
influyentes del parMdo clerical, eran atrai- 
tJas, festejadas, y después insent^ibietnen- 
te aisladas, secuestradas-, y por último, 
despojadas en aquel antro religioso, todo 
eso lo mas benditamente posible, y sobre 
todo od majorem Dei gloriain , según la 
diviía de la honorable sociedad. 

Kn la gerigonza jesuítica, como se pue 
de ver en los prospectos hipócritas des- 
tinados á las buenas gentes ((^ue engañan 
esos niauias, se ilanaan generalmente esas 
cavernas! 

Asilos santos abiertos á ¡as almas fatiga- 
das de los vanos ruidos del mundo. 



ALBDM. i^$ 

O bien se apellidan : 

Tranquilos retretes, donde el pJ, pía- 
mente libfrtado d- los aféelos perecederas de 
la tierra, y de tos la:^os terrestres de la fa- 
milia, juede al fin, á solas con IHos, tra- 
bajar eficazmente en su salvucío ', etc. 

Estableéido esto, (jiie |)or desgracia sfe 
comprueba con mil ejemplos de Cíiptacio- 
rtes indignas hechas en una multitud de 
casas religiosas, con perjuicio de Ids fami- 
lias de ios retirados; est.iblicido esío, de- 
cimos, admitido y comprobado.,., levan- 
te la voz uh espíritu recto, y échele én 
Cara al g()bierno su negligencia en vigilar 
esos sitios peligrosos; entonces se oirán 
i'os alaridos del partido clerical, sus invo- 
caciones á ^a libertad individual... el des- 
consuelo y las lamentaciones sobre esa ti- 
ranía que quiere oprimir las conciencias. 

¿No se podría ¡espondér que, para ad- 
mitir cón>o legítimas tan singulares pre- 
tensiones, los amos de las casas de juegos 
prohibidos tendrían también derecho pa- 
ra invocar la libertad individual y recla- 
mar contra las decisiones de los que lian 
mandado cerrar sus infames zahúrdas? 
Pues,eó verdad también ha habido aten- 
tado contra la libertad individual de los 
jugadores que veni'an libre y alegremente 
á enterrar su patrimonio en esas caver- 
nas: se ha tiranizado su concieiicia que 
íes permitía perder en Un naipe los re- 
cnirsos de su familia. 

"SI; preguntam'os ï)Osiliva, senciffa y 
sinceráVnénle, ¿qiVé diíérencia hay entre 
un hombre qUe de; poja ó arruina a los 
suvus á fuerza de jugar á la negra ó á la 
encarnada, y el que arruina y despoja á 
los suyos con la esperanza dudosa de ser 
jugador feliz en el juego del cielo y del in- 
fierno que híin tenido ciertos cUVigos la 
'aü'ddéía de íníagTrfar, cou'el i'bjélo"desér 
etfos lós'bahquéróíí? (!) 



(1) La Democracia pacifica y «.! Aacto- 
50** 



196 ALBÜH, 

No hay cosa mas opuesta al vercjadoro 
espíritu divino del cri>l¡anisnio qm- estjs 
espoliaciones osadas: el cristianijmi) con- 
siste en el arrepenliniienfo de luu'^iras 
faltas, en la practica de todas las virtudes, 
en la connniseracion y los servicios á cuan- 
tos padecen, en el amor de^ prójimo : oso 
es lo que merece el cielo y no una canti- 
dad mas ó menos con«iiderab!e de dinero 
que se aventura como vt\ un jue^o con la 
esperanza de ganar el cielo, que desapa- 
receen la mano de falsos sacerdotes, muy 
entendidos en esa especie de juego , los 
cuales explotan los déhilcs de (Spínlu con 
prestidigitaciones estremadameníe lucrati- 
vas. 

Tal era el asilo de paz y de inocencia 
en que ^e hallaba Mr. Hardy. 



nal hablaron poco tiempo ha de una cap- 
tación que hcieron vari )S clérigos , em- 
pleando medios abominables: se trata de 
una herencia de 8 millones de francos, y 
pronto entenderán de este negocio los tri- 
bunales. He aqui una nota que nos han 
comunicado; aseguramos que es auténtica; 
pero pasamos en silencio los nombres pro- 
pios por respetos y miramientos. 

íM.... industrial muy rico, dueño de la 
fábrica de.... cerca de.... acaba do hacer 

donación (ante .M escribano en Paris), 

de un millón para que, cuando muera, se 
establezca una casa de jesuítas: no sead- 
miliráii en ella los niños sino después de 
haber tomado informes en cuanto á la de- 
voción de los padres y de los abuelos; ha 
habido muchas dificultades para legalizar 
este acto; y aun ha habido una oposición 
bastante viva de parte del goSierno; pe- 
ro ha vencido ¡a habilidad de los secuaces 
de Ignacio de Loyola. Por otra parte, los 
reverendos padres han abusado de tal 
modo de la credulidad del donador, que 
afirma este que, á no ser por un milagro 
que les hd proporcionado lo n«?cesario á 
los reverendos padres de ¡a calie de las 
Postas, se hubieran muerto de hambre 
este invierno. M. . tiene algunos parien- 
tes bien acomodados, pero tiene otros su- 
midos en una pobreza honrosa. 



Ocupaba el piso llano de un pabellíjn 
que caia al jardin de la casa; se habia es- 
cojido con mucho acierto aqu».'! aposento, 
porque sabida es la profunda y diabólica 
habilidad con queemplean los reverendos 
padres los aspectos y los medios materia- 
les para producir impresiones vivas en los 
espíritus en que operan. 

Figúrese pues el lector, como la única 
perspectiva de aquel aposento una pared 
enorme negrí y gris cubierta de y«dra, 
la yerba de la ruinas; una calle sonit»ria 
de tejos antiguos, árboles de los sepulcros 
con su fvmesta sombra, la cual vá a parar 
por una parte á la pared ya dicha, á aque- 
lla siniestra pared; y por la otra á un pe- 
queño semicírculo, que estaba delante del 
cuarto que habitaba ordinariamente IV'In. 
Hardy: dos ó tres monficulillos rodeados 
de box cortados simétricamente, comple- 
taban las delicias de aquel jardin , seme- 
jante en todo punt<» á los que están alre- 
dedor de los cenotaíios. 

Eran ya las dos de la larde, y aunque 
hacia un hermoso sol del mes de abril, 
sus rayos, interceptándolos la pared d» 
que se ha' hablado, no penetraban ya en 
aquella partedel jardin, oscura, húmeda, 
fría como una bodega, á la cual caía la 
ventana del cuarto en que estaba ordina- 
riamente Mr. Hardy. 

Estaba amueblado aquel cuarto con un 
conocimiento perfecto del confortable : 
cubría el entarimado un tapiz suave; la 
escelente cama, asi como la puerta ven- 
tana que daba al jardin, tenian cortinas 
de casimir verde oscuro senu jante al pa- 
pel quo cubría las paredes.... Adornaban 
también el cuarto algunos muebles de 
caoba, nmy simples pero brillantes por 
su estremada limpieza. Encima del escri- 
torio, enfrente de la cama, se veía un 
crucifijo de marfil sobre terciopelo negro: 
y encima de la chimenea un leloj deéba- 
.'no con embutidos de marfil represen- 



ALRL'Sï 

indo emblemas siiiioNtroscctmo relij-síie 
-arena, guaJanas del Tiempo, calave- 
ras , ele. 

Échese ahora sobre todo ese cuadre» 
lina triste semi-luz, y recuérdele (jiie es- 
taba aijuella soledad sumergida en el si- 
lencio mas profundo, esccpio á ías hora.', 
de los oficios , que !e interrtimuía el lú- 
gubre relintin de la f'ampaiia de la ca- 
pilla de los reverendos psdies, y se ha- 
brá de reconocer la iiiferfial habilidad 
con que esos peli^^rosus sacerdotes saben 
sacar partido de los oi>j\-tos esteriores, 
según desean impresionar de un modo 
ó de otro el espíritu délos que quieren cap 
tar. 
Y no era eso todo : 

Después de haberse dirijido á lus ojos, 
era menester dinjirse a! entendimiento. 
Hé atjui de que modo hablan procedi- 
do los reverendos padres. 

ün solo libro..... uno solo quedó 

como por descuido á la disposición deAJr. 
Ilardy. 

Ese libro era la Imitación. 
Pero como poiiia suceder que Mr. Har- 
dy no tuviese ánimo ó gana de leerlo, se 
leian en algunos cuadros negros, colga- 
dos tanto en lo interior déla alcoba, como 
en los cuarterones mas espiiestos á sus 
ojos, pensamientos y reflecsiones sacados 
de aquella obra de implacable desolación, 
escritos con letras grande^; de modo que 
involuntaristneiile en medio de la triste 
libertad t¡u<" dejaba su abrumadora ociosi- 
dad , casi p<>r fufTza .>ie habia» do parar 
en ellos sus oj'is. 

Es menester citar algunas de las mác- 
simas con que rodeaban asi los reveren- 
dos padres á su víctima; por ellas se verá 
en (¡ue círculo fatal y desesperado encer- 
raban ei espíritu debilitado de aquel infe 
liz, despedazado desde algnn tiempo á 
aqueüd parte con atroces pesares (1 ). 



197 

He aqui lo que leía cada instante del 
dia y de ia noche, maf|uinalmenle, cuan- 
do iiuia de sus f j is eiiroj..cidos pur las la- 
f^rim.TS, e¡ benéfico sueño: 

— Muy vano es aquel (¡ne pone am exne- 
ranzas en los hombres ó cualquiera crialu- 
ra que sea. 

— Pronto dejan isdeccsislir aqui abajo... 
pensad en que situación e tais. 

— El hombre que vive hoy, no parère yn 
mañana..... y cuando ha d':sapareci 'o ne 
nuestros ojos, pronto se borra de nuestro 
pensamiento. 

— Cuando estais m la mañana , pensad 
que acaso no llegareis á la tarde. 

— Cuando estais en la tarde no os lison- 
ijeeis de ver la mañana. 

— ¿Quien se acordará de vos después de 
vucsíra muerte.? 

— ¿Qíiien rezará por vos? 

— Üs engañáis si buscáis otra cosa que 
padecimientos. 

— Tilda esta vida mortal está llena de 
miserias y rodeada de cruces; llevad esas 
cruces y sujetad vuestro cuerpo ; despreciaos 
á vos mismo y desead que os desprecian los 
otros. 

— Estad persuadido que vuestra vida debe 
ser una muerte continua. 

— Cuanto mas uiuere un hombre para 
sí, tanto mas vive para Üios (1). 



(1) En el ^íVcc/orium, esplicando los 



medios que se han de emplear para atraer 
á la Sociedad de Jesus las personas que 
se quieren esplotar, se dice lo que ^igue: 
Para atraer alguno á la Saciedad , uo 
se debe obrar bruscamente: es necesario cs- 
pcrar alguna ocasión, como por eje7nplo, 

QUE TENGA LA PKRSONA UlNVIULEííTO PR 

SAR, Ó que se arruine en su co'iicrrio: se 
encuentra una escelente cumotidaden losvi- 
cios mismos. 

f^Véanse con esta ocasión los escelentes 
comentarios de Mr. Dezamy sobre las cons- 
tituciones de los jesuítas en su obra del 
Jesuitismo vencido por el socialismo. — Pa- 
ris: 18ÍO.) 

(1) Superfluo es añadir que lodos esos 
pasaji'S son testuales y eslractados de Id 
Imitación: (traducción y prologo del re- 
verendo padre Gonclieu). 



tÍ8 VtifTjíi. 

No b'aVfi'bi ¿1 }íer1r ¥li el «fM! <f¿ la 
■\ictima en una dt-sesperacion incurable 
por medio de esas máxim'as devuradvira:>: 
era necesario al mismo tiempo acostum- 
brarla á la Qbedit*flcia cadavérica de la 
Sociedad de Jesús, Asi es que los reve- 
rendos paires iiaf)ian escogido cun ffiucho 
acierto varios pasajes dé la Irn ilación, por 
que se encitenlrán en aífuel éspanlóso li- 
bro mil terrores para asustar, mil máxi- 
mas de esclavo para encadenar y sujetar 
al hombre pusilánime. 

Leíase pues también: 

— Es mucha ventaja el vivir en la o'k- 
diencia, el tener un superior...... y no ser 

dueño de sus acciones. 

— Mncho «tai seguro -es obedecer que 
mandar. 

— Es uño feliz no defendiendo sino á Dios 

B?C LAS PERSONAS DE SIS SUPERIORES 
QUIEWES SON SUS VICARIOS. 

Y ni atjn eso básía ; después de haber 
desespeiááo y aferrado tá víctima; des- 
pués de haberla privado de luía libertad 
y haberla acostumbrado i una obediencia 
ciega, embrulecedora; después de haberla 
persuadido con ud increible cinismo de 
orgullo clerical, que sonfieierse pasiva- 
mente al primer sacerdote que se pre- 
sente , es someterse á Dios mismo , era ne- 
cesario gttardár á la víctima en casa y 
remachar el clavo dé su C8<íéi»a. 

Leíanse pues táíiiblen 1as rnakrm'k^ si 

guíenles: _ , . . - , . 

—Corred por este lado w por el otro: rio 
hallareis reuoio, sino sometiéndoos Humil 
demente a la dirección de un superior. 

— Murhos se han engañado por la espe 
ranza de estar mejor en otra parte, y por 
et ¡leseo de mudar. 

figúrese ahura uno á M^r. Hardy, tras 
portado con una herida a aquella cásá , y 
con el corazón lastimado, destrozado por 
penas horrorosas, por úíia tr'aicíoñ ésp^n- 
toí>a , en fin , sángranío ni'as qûo íás Ifá 
gas de su cuerpo. 



Gracias al cuidado alentó y esmerado 
que de él tuvieron, y sobre lodo á la co- 
nocida habilidad del doctor Baleinier, p'roo* 
lo se curó Mr. H irdy de las heritíás que 
habia recibido precipílandóse en medió 
del incendio qire dévora1)à is\i fábrica. 

Nó obstante, para favorecer los pro- 
yectos de los reverendos padres se bià'btà 
apíicado á Mr. Hárdy un método cura- 
tivo, bastante inocente á la verdad,, désti* 
liado á influir en el moral, euipíeado muy 
á monuij'), ct'mo >a hemos dicho, por el 
iluclor Baleinier en otras circunstancias 
i np )rlanies; con el cual íiabian íogfa'd'o 
durante algún tiempo adormecer sü éh- 
lendim'ento. 

Para una alma despedazada por airo- 
ees desengaños^ es una apariencia nñ be- 
neficio inestimable; el anegarse en un en- 
torpecimiento que, al menos, le impid« 
á uno el pensar en un pasado desespera- 
do. AbanJonindose á aquella apatía prO'* 
funda, Mr. Hardy llegó prontamente á 
mirar el entorpecimiento del tspírifu co- 
mo un bien supremo..... .\si aceptan con 

reconocimiento !os desgraciados que se 
ven atormentados por enfermedades crue- 
les, el opio que los mata lentamente, pero 
adormece al menos sus padecimientos. 

Al bos ;uojar anteri()rmente el retrato 
de Mr. Hardy , hemos tratado de hacer 
conocer I9 esquisita delicadeza de aquella 
alma tan tierna, su dolorosa susc«.'ptibili- 
dad en punto á cuanto era vil ó malvado, 
su bondad inerible, su rectitud, su ge- 
nerosidad. 

Recordamos esas adorables cualidades, 
porque es necesario comprobar, que tan- 
to en él como en lodos los que las poseen, 
no estaba:) acompañadas ni podían estarlo, 
de un carácter enérgico y determinado. 
Tenia aquel hombre una perseverancia 
admirable en el bien, era su acción pe- 
netrante, irresistible, pero no dominaba: 
XTr. Hardy no habla realizado lo» prodi- 



ALBtM 

^ios ñe su ca^a común con la rivi-i ener- 
gía, la voluntad un poco áspera, peculiar 
de otros hombres de corazón grande y 
bueno, sino á fuerza de persuasion afec- 
tuosa: en aquel hombre la ternura per- 
suasiva tenia lugar de fuerza. A la vista 
de una maldai , de una injusticia , no se 
rávoivia irritado, amenazando, sino que 
palecia. No atacaba al malvado cuerpo á 
cuerpo: volvía á otra parte la cabeza tris- 
te V amargamente, y ademas aqnel cora- 
zón amante, de una delicadeza entera- 
mente femenina, tenia una necesidad ir- 
resistible del benéfico contacto de los afe>o 
tos mas caros al alma; ellos solos le vivi- 
ficaban. Así muere helado de trío un po- 
bre y débil oajarito, cuando no pui^de re- 
cibir de MIS hermanos, así como ellos lo 
recibijn de é!, el dulce calor que los sos- 
tenia á todos en el nido maternal. Yaque- 
lia organización de sensitiva tan estrema 
damente susceptible, esperimenta, uno 
tra> otro, los guipes de varios dcseng.iàos 
y pesares tales, que uno sjIo bastaría, si- 
no para abatir completamente, al me- 
nos para trastornar el carácter de mejor 
temple. 

El amigo mas fiel de Mr. Hardy le hace 
una traición infame. 

Su cortejo adorado le abandona» 

La casa que había fundado para la fe- 
licidad de sus obreros á quienes amaba 
como hermanos, no es ya masque ruinas 
y ceniza. 

¿Qoé sucedifí entonces? 

Se rompieron lodos los resortes de su 
alma. 

Demasiado débil para resistir á .golpes 
tan duros, demasiadoabalído por las trai- 
ciones mas crueles, para buscar otros 
afectos... demasiado desanimado para vol 
ver á poner la primera piedra de una nue 

va Cíisa común aqud pobre corazón, 

aislado ademas de todo contacto saluda- 
ble busca el olvido de todo y aun de sí 



199 

mismo en un entorpecimiento que te ano- 
nada. 

Sí, á veces, algimos instintos de vida y 
de afecto comienzan á dospertarsedeüem- 
po en tiempo; sí, entreabriendo su <>spíri- 
tu los ojos que tiene cerrados por no ver 
ni lo pasado, ni lo presente, ni el porve- 
nir, mira Mr. Hardy al rededor suyo... 
¿Qué encuentra? e.'ítas 'onlenciai, im- 
pregnadas de la desesperación trias horro- 
rosa : 

— No eres mas que polvo y ceniza. 

— Has nacido para el dolor y para las 
'lágrimas. 

— No creas en nada de la ii rra. 

— No hay parientes ni amigos. 

— Todiis los afectos son mentirosos. 

— ,Muere 4sta mañana te olvidarán 

por la tarife. 

— fíum Hale, iespréciate, sé despreciado 
por los otros. 

— No pienses , no discurras , no vivas , 

entrega tu triste destino en manos de un 

director; el discurrirá por tí. 

' — J^^ llora y padece , y piensa en la 

muerte. 

— 5i\ la muerte siempre la muerte; 

ese debe ser el término, el objeto de todos tus 

pensamientos.... si piensas mejor es no 

pensar. 

Ten solamente el sentimiento de un dolor 
incesante: eso es todo lo necesario para ga- 
nar el cielo. 

— No ei uno bien recibido por el Dios 
terrible é implacable que adoramos, sino á 
fuerza de miserias y de tormentos 

Estos eran los consuelos que ofrecían 
á aquel infeliz... Espantado entonces, vol- 
vía á cerrar los ojos y á caer de nuevo eo 
un silencioso letargo. 

Salir de aquella triste casa, no lo podía 

é! ó por mejor decir no lo pensaba le 

faltaba la voluntad, y ademas, necesario 
es decirlo... se había acostumbrado al fin 
á a(|nel!a morada y aun se hallaba bíeneQ 
51** 



200 ALBCH 

ella; ¡ tenían con él atenciones tan discre- 
tas; le dejaban tan solo con su dolor; rei- 
naba en aquella casa un silencio tan con- 
forme al silencio de su corazim , el cual 
no era ya mas que una tumba en que es- 
taban enterrados su último amor y su úl 
tima amistad, sus últimas esperanzas del 
porvenir para sus obreros! 

Uabia muerto en él toda energía. 

Entonces comenzó á esperimentar una 
transformación lenta , pero inevitable y 
prudentemente prevista por Rodin , que 
era quien dirigía con tanta habilidad auue- 
11a combinación en sus detalles mas dimi- 
nutos. 

Mr. Hardy , espantado al principio de 
las máximas siniestras de que se hallaba 
rodeado, se había acostumbrado poco á 
poco á leerlas casi maquinalmente, co- 
mo cuenta el preso durante su triste cau- 
tiverio los clavos de la puerta de su cala- 
bozo ó los ladrillos de su celda... 

Ya era esc un gran resultado para los 
reverendos padres. 

Pronto llamó la atención de su espíritu 
abatido la aparente razón de algunos de 
aquellos afurismos mentirosos y descon- 
solados. 

Así, leía él. 

— No se debe contar con el afecto de nin- 
guna criatura en el mundo. 

Y en efecto, le habían engañado indig- 
namente. 

— El hombre ha nacido para vivir des- 
consolado. 

Asi vivía él. 

— No hay descanso êino en la abnegación 
del pensamiento. 

Y el sueño de su espíritu era el único 
que ponía alguna tregua á 3us dolores. 

Dos grietas preparadas hábilmente bajo 
de las colgaduras y en las tablas de aque- 
lla casa, permitían el ver y oir á todas 
horas á ios retirados y sobre »odo el obser- 
>ar su Osonomia, sus hábitos, cosas que 



tanto descubren al hombre, cuando se 
cree solo. 

Algunas esclamaciones dolorosas que se 
le habían escapado á Mr. Hardy en su 
triste soledad, le fueron referidas al padre 
dWigrigny por un celador misterioso. El 
reverendo padre conformándose rigurosa- 
mente alas instrucciones del padre Rodin, 
no habia visitado sino muy rara vez al 
principio á Mr. Hardy. Y:^ se ha dicho 
que el padre d'Aigrigny, cuando quería, 
tenia en su conversación un hechizo, una 
seducción irresistibles; haciendo sus visi- 
tas con la mayor destreza, con el mayor 
tacto, no se presentó las primeras veces 
sino para pedir noticias de Mr. Hardy. 

Pero pronto vio el reverendo padre in- 
formado por su espía y ayudado por su 
sagacidad natural, t(/do el partido que se 
podia sacar de la postración física y mo- 
ral del pensionista; convencido de ante- 
mano que no cedería este á sus insinua- 
ciones, le habló muchas veces de la tris- 
teza de la casa , escitándole sea á salir de 
ella, si le pesaba la monotonía de la exis- 
tencia que allí tenia; sea á buscar a' me- 
nos fuera de ella algunas distracción! s , 
algunos placeres. 

En el estado en que se hallaba aquel 
infeliz, hablarle de distracciones y de pla- 
ceres era hacer ofertas que necesariamen- 
te habia de rehusar; eso es lo que suce- 
dió. El padre d'Aigrígny no trató de sor- 
prender los secretos de Mr. Hardy , ni le 
habló de sus penas, pero «cada vez (¡ue 
fué á verle, le manifestó un ínteres mas 
tierno con algunas palabras sencillas, lle- 
nas de sentimiento y afecto. 

Poco á poco aquellas conversaciones, 
raras y cortas en un principio, se fueron 
haciendo mas frecuentes y mas largas: 
como estaba dotado de una elocuencia 
melosa, insinuante y persuasiva, el padre 
d'Aigrigiiy lomó por testo las desconsola- 
doras máximas en que se fijaba con pre- 



i 



ALBTTM 

ToTí'nc^a í^l p'^n<:Rmi<nîo do Mr. Hardy. 
Flexible, prudt-nle, hábil, sabiencJoijiie 
hasta enfomces liab/a profesado Mr. Har- 
dy aqdfc'lla generosa religion naliiral que 
predica una adoración reronociria para 
con Dios, el amor de la liiiirisnidad , ei 
culto de lo justo y de lo bueno, y que, 
desdeñando el dogma prof< sa la misma 
veneraiion á Marco Awre io que á Con 
fucio, á Platon que á Cristo, á Moisés que 
á Licurgo, el padre dWigrigny no trató ai 
principio de convertir á Mr. Hürdy ; co- 
menzó recordando á cada instante al pen- 
samiento de aquel infeliz, á quien queria 
privar de toda esperariza, losaboniinable- 
desengaños que había padecido : en lugar 
de mostrarle aquellas traiciones como es 
cepciones de la vida ; en lugar de calmar 
le, alentarle y reanimar aquella alma 
abatida"; en lugar de escitar á Mr.tíardy 
á tratar de olvidar y de consolarse de sus 
penas cumpliendo sus deberes con la hu- 
manidad , con sus hermanos que había 
amado y socorrido tanto ya, avivó el pa 
dre d'Aigrigny las llagas, frescas aun, d^ 
aquel mfeliz, le pintó los hombres con los 
colores mas atroces, se los ponderó mal- 
vados, intrigantes, perversos, y logró ha 
cer incurable su desesperación. 

Conseguido este objeto, dio el jesuíta 
un paso mas. Conociendo la adorable bon- 
dad de corazón de Mr. Hardy, aprove- 
chándose del estado de abatimiento en 
que estaba su espíritu, le habló del con- 
suelo que hallaba un hombre cargado de 
penas desesperadas en creer, (anadia há 
bilmenle el reverendo padre) que sola- 
mente al peí le es concedido ulilizar sh do- 
lor ^ en favor de otros tan desgraciados 
como él, y de hacerlo dulce para el Señor. 

Toda la desesperación y la impiedad, 
todo el atroz maquiavelismo político qu*i 
encubren esas mácsimas, liaciendo de un 
Criador lan magnífico, tan bueno y tan 



20Í 
sediento de las lágrimas de la humanidad, 
lo velaba con esmero á lus ojos de Mr. 
Hardy, cuyos generosos instintos subsis- 
tían siempre. AqueMa alma lie. na y ge- 
nerosa (|uc eso> tacerdotes iudigrios csci- 
íaban á una e>petie de suicidio moral, 
enc<infró al cabo de poco tiempo un amar 
go consuelo en esta fn/ciop : que al nunas 
sus pesares aprovecharían á otros hombrea. 
A! principio -lo le parech» esto s;no una 
(ii'cioii, pero un espíritu dcíbilitado que se 
ciimplace en semtjante ficción, tarde ó 
ti^mprano la admite como realidad y so- 
(lorta todas sus coiiíecuencias. 

K>te era el estado fí~ico y moral de 
Mr. Hardy, cuando recibió por la luter- 
vencicn de un criado ganado por Agrícol 
Baudoin una carta en que le pedia este 
ufia entrevista. 

Había llegado el dia de la entrevista. 

Dos ó lies horas antes del instante fi- 
jado para la vi^ita de Agrícol, el padre 
d'Aigrigny entró en el cuarto de Mr. 
Hardy. 

VH. 

LA VISITA, 

Cuando entró el padre d'Aigrigny en 
el cuarto de Mr. Hardy , estaba este sen- 
tado en un grart sillon: su actitud mani- 
festaba un abatimiento indecible; encima 
de una mesa pequeña junto a él había 
una poción que había recetado el doctor 
Baleinier; porque la constitución débil de 
Mr. Hardy liabia padecido mucho con los 
golpes que había recibido; no parecía ya 
sino la sombra de sí mismo; en su cara 
muy pálida y muy enflaquecida se adver- 
tía al mismo tiempo una especie de triste 
tranquilidad. En poco tiempo se habían 
puesto enteramente grises sus cabellos, 
y sus miradas oscurecidas erraban acá y 
allá, lánguidas, casi apagadas: tenía la 
cabeza apoyada en el respaldo de su alien- 
to, y sus manos delgadas, ñiera de las 
mangas de su bata parda, descansaban ea 



paternal, un Dios implacable, siempre] los brazos del sillon. 



202 ALBIM. 

Al ac»TParse á su peTisionistn , pi padre' 
d'Ai^rifiny le habia dado á su ro>tro la 
^•spresioii mas melosa . mas afectuosa: 
abmi'lrtban en su mirar la dulzura y la 
amenidaa; jamas <e habia oido ioflecsioti 
dtí V07 fan carin<'S.i. 

— ¡Ruónos días, mi (|uerido hij.i!dij)á 
Mr. Hardy, abrazándole con una efusión 
hipócrita (es de suyo muy abrazador el 
jesuil') : ¿cómo estais lu>y? 

— «lomo à lo ordinario, padre mió. 

— ¿K»tais siempre satisfeclio del ser- 
vicio de las gentes que están encargí)(la> 
de ello? 

— ">i , padre miiv. 

— ¿No se ha turbado, querido hijo mió, 
ese silencio que tanto os gusta? Asi loes- 
pero. 

— No.... os agradezco.... 

— ¿Vuestro cuarto es siempre de vues 
tro gusto? 

— Siempre.... 



— ¿No os hace falta nada? 

— No, padre mió. 

— Nos dá tanto gu<(o el ver que estais 
contento en nuestra ca»a, mi querido hi- 
jo, que quisiéramos adivinar vuestros de- 
seos. 

— No deseo nada padre mió 

nada sino dormir ¡ Ks el sueno tan 

benéfico! añadió Mr. Hardy agoviado. 

— El sueño.... es el olvido: y en este 
mundo mas vale olvidar que acordarse, 
porque son todos los honibres tan ingra- 
tos, tan malvados, que casi todos los re- 
•cuerdos son amargos, ¿no es verdad, hijo 
«oio? 

-— ¡Ay! demasiado cierto es, padre 
vmio. 

— Siempre admiro vuestra piadosa re- 
signación , mi querido hijo. ¡Ahí ¡cuan 
agradable es para Dios esa dulzura cons 
tanteen la aflicción! ¡Oeedme, tierno 
íiijo miol Vuestras lágrimas y vuestro 
inagotable dolor son para el Señor una 



ofrenda muy grata que <er.í útil para vos 
y para vuestros hermanos.... Si, porque 
el hombre no ha nacido sino para padecer 
en este mundo... sufrir con reconocimien- 
to para con Dios, que nos envia nu> stras 
pee.as.... es rezar.... y quien reza no re- 
za por SI solo.... sino por toda la humani- 
dad. 

-^Quiera al menos el cielo que no 

sean e?léri'es mis padecimiento^... I'ade- 

cer es K'zar repitió .Mr. Hardy como 

linhUiniíj cunsigQ mismo para meditar so- 
bre aquella idea. I'adecer es rezar... rezalr 
¡)i>r toda la humanidad.... sin euibargo... 
me (larecia en otro tiempo... au.uiió, ha- 
ciemlo un esfuerzo sobre sí mismo, que «| 
destino del hombre... 

— Continuad, mi querido hijo: decid 
vuestro pensamiento... entero, dijo el pa- 
dre d'Aigrigny viendo que se interrumpía 
Mr. Hardy. 

Des¡jues de haber vacilado un momen- 
to, éste, que para hablar se habia ende- 
rezado un poco, se echó de nuevo hacia 
atrás en un sillon y dijo con voz tolalmt'nte 
abatida: 

— ¿De que sirve pensar? Es cosa fati- 
gosa... y yo no tengo aliento. 

— Decís verdad, mi querido hijo... ¿De 
que sirve pensar?... Mas vale creer. 

— Si, padre m:o : mas vale creer, pa- 
decer; pero sobre todo es necesario olvi- 
dar... olvidar... 

Nn acabó su frase Mr. Hardy; apo- 
yó lánguidamenf-e la cabeza en el respal- 
do del sillon y se tapó los ojos con la 

mano. 

— 1 Ay, mi querido hijo! dijo el padre 
d'Aigrigny, llenos de lágrimas los ojos» 
poniéndose al mismo tiempo aquel esce- 
lente cómico de rodillas á los pies de Mr. 
Hardy: ¡ay! ¿como ha podido descono- 
cer vuestro buen corazón aíjuel amigo <jtie 
tan vilmente os ha engañado?... Pero 
siempre sucede eso, cuando va uno en bus* 



▲LPÜU 

ca del afecto de las criaturas en liigir de 
no pensar sino en elCríador... y aquel in- 
digno amigo... 

— ¡Olí I... I í'or compasión !.... no me 
habléis de aquella traición;.. dijo.Mr. Har 
dy interrumpiendo a'i padre d'Aigrigny con 
voz deprecaltiria. 

— ¡ Pues bien 1 No hablaré mas de él, 
mi (juerido hijo. Olvidad á a(]lJ^•l perjir 
vol.. Olvidad á aquel infame, que tarde (5 
lemprano lealcanzütií la venganza de Dios, 
porque se ha burlado muy odiosamente 

de vuestra noble confianza Olvidad 

también á aquella desgraciada mugir, 
-cuytí crimen ha sido muy grande, porque 
por vos ha hollado deberes sagrados, y i|e 
reserva el señor un casttgo terrible. .. un 
■día. 

Interrumpiendo de nuevo Mr. Hardy 
al padre dWigrigny ^ le dijo ct>n acento 
contenido que manifestaba sin embargo 
^ha emoción desgarradora: 

— Es demasiado no sabéis, padre 

mió, tfl mal que me estais haciendo...... 

; óh, no I.... no lo sabéis. 

— ¡Perdonadme! ¡oh! perdonadme, 
hijo mió.... ¡pero ay!.... ya lo veis.... el 
recuerdo solo de esos afectos terrestres os 
causa aun en este mismo instar.fe coumb- 
ciones dolorosas.... ¿No os prueba tudo 
tisb que debéis buscar consuelos ciertos y 
seguros úias arriba de este rnundo corrup- 
tor-^ coi rompido? 

— ¡Oh, Dios mió! ¿Los hallaré jamas? 
tespomiió el infcFi'z con un abalimieoto 
tlesfsperado. 

— ¡ Si los hallareis, carísimo hijo mió! 
esclantó el padre d'Aigrigny, fingiendo 
admirablemente la emoción; ¿podéis dh- 
dardeello? ¡Oh! que dis tan her- 
moso será aquel en que, dando nuevos 
pasos en la \ia- religiosa de la salvación 
que labráis cort vuestras lágrima*, todo lo 
que ahora os parece rodeado de tinieblas 
oscuras, os aparecerá iiuminado con una] de v»^nir hoy á veros. 

i 52* 



iC3 

luz inefable y divina.... ¡Oh! ¡Ouédia 
tansai.to! ¡Qué dia tan feliz I cuando 
destruidos los últimos lazos que os Hgan 
á esta (ieri'a inmunda y cenagosa, streis 
uno do nosotros, y, como nosotros, noas- 
pirareis sino á las felicidades eternas. 

— Si.... á la muerte.... 

— í)ecid á la vida eterna... al paraíso... 
dulce lujo mió, y ocupareis un asiento glo- 
rioso no íéj.Ks del To¿i>potJ,.rov.i,... mi co- 
razón |)aternal lo desea tanto como lu es- 
pera pties cada dia se halla vuestro 

nombre eo mis oraciones y enlasdel <)dos 
nuestros padres^. 

— Hago al menos cuanto puedo para lle- 
gar á esa fó ciega , á ese desprendimiento 
de todas las cosas, en donde me asegu- 
ráis que hallaré el descanso. 

— ¡Pubre hijo mió! Si os permitiese 
vuestra modestia cristiana el comnarar lo 
que sois ya en el dia á lo qtie erais coan- 
do vinisteis á esta casa... y esograciasso- 
lamente á vuestro deseo sincero de adqui- 
rir la fé, osquedaríaisconfundido... ¡Qué 
diíerencia, Dios mió! A vuestra agita- 
ción , á vuestros gemidos desesperados 
ha suce<lido ur.a calma religiosa, ¿no es 
verdad? 

— Si.... es verdad: á veces, cuando he 
padecido mucho, no late ya mi corazón... 
estoy calmado..... taiTibien los muertos 
están calmadbs..... dijo Mr, Hardy de- 
jándose caet* 1& cabeza sobre el peeho. 

— ¡Ah, mi querido hijo.... mi querido 

hijtl Me despedrtzais el corazón cuíin- 

do os oigo á veces hablar de ese modo. 
Siempre temo que no echi-ismén >sí>(¡ue- 
lla vida mimdana tan fértil en abomina- 
bles desengaños.,.. Por otra parto... hoy 
mismo.... habéis de hacer felizmente una 
esperiencia decisiva en esa parte. 

— ¿Cómo, padre mió? 

— Aquel escelente artesano, uno de 
los mejores obreros de vuestra fábrica üa 



201 



— ¡Ah, sí!, dijo Mr. Hardy, des- 
pués de haber reflexionado un minuto, 
porque, asi como su espíritu, se fiabia 
debilitado también su memoria; ha de 
venir Agricol.... V aun croo que tendré 
placer en verle. 

— ¡Pues bien, hijo mió! Vuestra en- 
trevista con él será la esperiencia de que 
yo hablo.... La presencia de ese buen mu 
chacho os recordará la vida tan activa , 
tan ocupada , que poco tiempo íiá teníais; 
puede que esos recuerdos os inspiren des- 
víos hacia la piadosa tranquilidad de que 
estais gozando ahora : acaso desearéis el 
•emprender de nuevo una carrera llena de 
emociones de todas especies , renovar otras 
amistades, buscar nuevos afectos, en fin, 
volver á vivir como en otro tiempo y te- 
ner una existencia bulliciosa y agitada. Si 
se os despiertan semejantes deseos, será 
porque no estais bastante maduro para el 
retiro.... entonces obedecedles, mi que- 
rido hijo; buscad de nuevo los placeres, 
las diversiones, las fiestas, os acompaiía 
rán mis votos en todos los parajes, aun 
en medio del tumulto del mundo; pero 
acordaos siempre, mi dulce hijo, que si 
un dia se vé de nuevo vuestro corazón 
desgarrado por torpes traiciones, os que 
dará abierto este pacífico asilo, y que en 
él nie hallareis siempre dispuesto á llorar 
con vos la dolorosa vanidad de las cosas 
humanas.... 

A medida que hablaba el padre d'Ai- 
grigny, leiba escuchando Mr. Hardy cada 
vez con mayor espanto. A la sola idea de 
arrojarse de nuevo en medio de las bor- 
rascas de una vida que tan dolorosamen- 
te habia esperimentado, se replegaba en 
si misma aquella alma trémula y abatida: 
por eso esclamó el desgraciado coa tono 
ca^i deprecatorio : 

— Yo, padre mió, volver á ese mun- 
do en que tanto he padecido.... en donde 
jje dejado mis últimas ilusiones.... yo.,.. 



ALáCM, 

meterme en sus fiestas, en sus placeres.-.. 
¡ ah ! es una burla cruel.... 

— No es una burla, hijo mió querido... 
Debéis pensar que la vista y las palabra 
de ese honrado artesano despertarán en 
vos ideas y pensamientos que creéis en 
este instante aniquilados para siempre. 
En tal caso, querido hijo mió, probad 
otra vez aun la vida mundana. ¿No os 
quedará siempre abierto este asilo des- 
pués de nuevas penas, después de nuevos 
desengaños? 

— ¿Y de qué me servirá i gran Dios 1 
el ir á esponerme á nuevos padecimien- 
tos?.... esclamó Mr. Hardycon una es- 
presion estremadamente dolorosa: ape- 
nas puedo soportar los que estoy pade- 
ciendo: ¡Oh jamas !.... ¡jamas!.... El 
olvidQ de todo.... de mi mismo.... la na- 
da del sepulcro..... hasta el sepulcro 

eso es todo lo que yo deseo para en ade- 
lante.... 

— Asi os parece, querido hijo mío, por- 
que ninguad^voz esterior ha llegado hasta 
ahora p-afa turbar vuestra tranquila so- 
ledad.... ó á debilitar vuestras santas es- 
peranzas, las cuales os dicen que después 
de la tumba estaréis con elSenor.... pero 
eseüt)rero, pensando menos en vuestra 
salvación que en su interés y en el de los 
suyos.... llegará pronto. 

— ¡ Ay , padre mió ! dijo Mr. Hardy, 
interrumpiendo al jesuíta : he sido bas- 
tante feliz para poder hacer por mis obre- 
ros cuanto puede humanamente liaceruu 
hombre.... no me ha permitido el desfi- 
no continuar por mas tiempo.... he pa- 
irado mi tributo á la humanidad : ahora 
están a.<otadas mis fuerzas.... y no pido 
en el dia sinoolvido, descanso.... ¡Es de- 
masiado ecsigir , Dios mió ! esclamó el 
infeliz con una espresion indecible de fa- 
tiga y de desesperación. 

— Sin duda, hijo mío, ha sido sin igual 
vuestra gf^nerosidad.... pero en nombre 



Àï-ri'Ji. 



205 



*{îe esa tnisma generosidad os querrá im- 
■¡)oner ese artesano nuevos sacrificios: 
si.... porque para los corazones como el 
vuestro, lo pasado orea ublgaciories para 
ío futuro, y será casi imposible el nega- 
ros á las intancias de vuestros obreros.... 
os veréis en lanecesiiad de hallar de nue- 
vo una actividad incesante, para levantar 
de sus ruinas ei edifuio, de comenzar df 
nuevo á fundar hoy lo^nie fundasteis Iia- 
ceveinte años, cuando teniais l(«ia lafuer- 
líH , todo el ardor de la juventud , de re- 
novar aquellas numerosas relaciones de 
comercio en que tan amenudo se vio ofen 
dida vuestra lealtad, de volverá tomar 
aquellas cadenas de toda especie que en 
cadenan á los grandes industriales á una 
vida de inquietudes y de trabaja. 

«Pero también, ¡qué compensacio- 
nes!.... Dentro de pocos años llegareis, 
á fuerza de trabajo, al punto en í)ue es- 
tabais, cuando os sucedió aquella terri- 
ble catástrofe,... Y ademas de'eso lo que 
sobre todo os debe animar, es que du- 
rante ese rudo trabajar, no seréis al me- 
nos, como en otro tiempo, engañado por 
un amigo indigno, euya finjida amistados 
parecía tan dulce, y érala delicia de vues- 
tra ecsistencia... No tendréis ya que echa- 
ros en cara un afecto adúltero, en el que. 
cada día creiais tomar nuevas fuerzas, nue- 
^0 aliento para hacer el bien... ¡ay! (co- 
mo si lo que es culpable pudiese jamás 
tener buen íinl... ¡No, no! Llegado ya 
al punto en que deilina vuestra cairera , 
desengañado de la amistad, reconociendo 
la nada de las pasiones culpables, solo, 
siempre solo, vais á arrostrar de nuevo 
valerosamente la borrasca de la vida. Sin 
duda al salir de este asilo tranquilo y si- 
lencioso , en donde ningún ruido turba 
vuestro recojimiento, vuestro reposo; se- 
rá grande al principio el contraste... pero 
ese contraste mismo,.., 

— Basta.... ¡oh! ¡ de gracia ! 



¡ Basta !.... interrumpió Mr. Hardy con 
voz débil al padre d'Aigrigny , solo ctm 
oiros hablar de las agitaciones de seme- 
jante vida, padre niio, esperimento crue- 
les vértigos.... apenas puedo re>isfir.... 
mi cabeza.,.. ¡ Oh no !... ¡ no !.... la cal- 
ma.... ante todo.... la calma.... aunque 
sea, os lo repito aun, la de la tumba... . 

— Pero entonces, ¿cómo habéis de re- 
sistir á las instancias de ese artesano?... 
Los que han recibido beneficios tienen 
derechos con respecto á sus bienhecho- 
res No podéis negaros á sus súpli- 
cas 

— Pues bien.... padre mió.... si es ne- 
cesario — no le veré... Esperaba una es- 
pecie de placer con ese abocamiento..^, 
ya lo veo ahora, es mas prudente renuo- 
ciar á él.... 

— Pero no renunciará el otro... insisti- 
rá en veros. 

— Tendréis la bondad, padre mió... de 
decirle que estoy indispuesto, que me es 
mposible el ver á nadie.... estoy pade- 
ciendo demasiado. 

— Escuchad , hijo mió.... reinan des- 
graciadamente en nuestra época grandes 
preocupaciones en cuaihto á los pobres 
servidores de Jesucristo.... Por lo mismo 
que, después de haberos traido por casua- 
lidad herido y medio muerto á esta casa, 
habéis querido voluntariamente permane- 
cer enella... si ven que reusais una con- 
versación quehabiaisaceptado en un prin- 
cipio, podian creer que estais sometido á 
una influencia estraña; por absurda que 
sea esta suposición , se puede hacer, y no 
queremos -que se acredita.... con que lo 
mejor es el recibir á ese artesano.... 

— ¡ Padre mió! lo que ecsigis de mi es 
superior á mis fuerzas.... Me siento en 
este instante aniquilado.... me ha este- 
nuado nuestra conversación. 

— Pero, mi querido hijo, luego llegará 
ese obrero : le diré que no le queréis re- 



206 



«*BOB. 



cibir, enhorabuena; pero no lo creerá él... 

— ¡ Ay , padre inio ! ¡ tened compasión 
de raí!... Os aseguro tjue me es iiriposf-' 
ble el ver á nadie... estoy padeciendo de- 
masiado. 

— I'ues bien,., vamos,., busquemos un 
medio... si le escribieseis, se ledaria vuei 
tra carta al instante... le indicaríais otra 
■cita... para mañana... !supo^^(). 

— Ni mañana ni nunca; esclamó »>! in- 
ítíliz fuera de sí: no nuieru yo vlt á na- 
die... <|uií'ro estar solo... siempre solo... 
pues á nadie perjudiC'i eso... ¿pur qué no 
me han de conceder esa libertad? 

— ijalináos, lujo mió. ..seguid mis con- 
sejos; no veáis hoy á ese escelente mu- 
chacho, puesto que os asusta esa conver- 
sación, pero no comprometáis ei porve- 
nir : acaso manaría podréis cambiar de 
modo de pensar; que sea vago vuestro 
modo de rehusar.., 

— Como queráis, padre mió, 

— Pero aunque está lejana la hnra i 
que ha de ve«ur ese artesano, aíiadió el 
padre d'Aigrigny, mai Vale escribirle la 
carta inmedialameikte. 

-^No tendré la fuerza necesaria para 
ello, padre mió. 
— ^Knsayad. 

— Imposible me siento demasiado 

flébil. 

— Veamos... ¡ un poco de ánimo! dijo 
el reverendo padre. 

Y fué á crjjer en el escriti>rio todo lo 
necesario para escribir : puso una cartu- 
lina y ima hoja de papel encima de las ro 
dillas de Mr. Hardy, leniendoen la mano 
el tintero y la pluma que le presentaba. 

— Os asejsuio, padre mió... que no po- 
dré escribir: dijo Mr. Hardy cotí vi^ este- 
nuadii. 

— Algtmas palabras solamente; replici» 
el padrt- d"Ai^rr)ÍMy con tina persistencia 
impfacablc; y puso la ploma entte los de- 
dos uitM-tes de Mr. Uardy. 



— |Ay, padre mío! está tan turbada 
mi vista que no veo nada. 

Y tenia razón el desgraciado porque es- 
i tallan sus ojis llenos de Ligrimas por las 
|do¡orü>as emociones que las palabras del 
i jesuíta habian despertado en él. 

— 'Tranquilizaos, hijo mió yo guia- 

iré vuestra mano querida dictad so a'- 

I nienie... 

I -^Puitre mió: escribid vos mismo, os 
I ) ruet,N«... yo firmaré... 

! — No. mi querido hijo. . por mil razo- 
nes..... es neeesario que todo esté escrito 
de vuestra mano... pocas líneas bastarán, 

— Pero , padre mió... 

— ¡ V^amosl... es necesario, o sino de- 
jaré entrar á ese artesano; dijo con se- 
(¡ue lad el padre d\\igrigny, viendo por 
la debilidad cada vtz mas notable del en- 
tondimienln de Mr. Hardy, que podia, en 
esta drcun<;tancia grave tratar de emplear 
la firniiza. salvo el volver después á em- 
plear medios mas suaves. 

Y (iji con aire severo sus pupilas an- 
chas, i^rises, redondas y brillantes en Mr. 
Hardy: estremecióse ti infi-liz bajo la in- 
fluencia de aquella mirada fascinadora, y 
respondió suspirando: 

— Kscnbiré... padre fH¡o... escribiré*., 
pero os lo suplico... dictadme... tengo la 
cabeza tan débil... dij.i Mr. Hardy enju- 
gando las ldgríma> coa la mano ardiente 
y íebril. 

i)ictó!c el padre d'Aigrigny las líneas 
siguientes : 

« ¡ Mi querido Agritol I he reflexionado 
fíil'je sena mútil una conversación entre 
« nosotros dos, no serviría sinoá despertar 
« dolores agudos, que he llegado á olvidar 
«con la ayuda de Dios y de los dulces 
« consuelos (jue me ofrece 'a religion...» 

Interrumpióse por un instante él revé-' 

reiidj padre: Mr. H>irdy se iha poniendo 

i cada vez (na> pálido y su mano devfalle- 

jcida podía apenas sostener la pluma: ba- 



ALBUM. 



207 



naba su frente un sudor frió. Sac<^ el pa- 
dre d'Aigrigny un pañuelo del bolsillo, y, 
enjugando el rostro á su víctima, le dijo 
lomando de nuevo un tono afectuoso: 

— Vamos, mi querido y dulce hijo: un 
poco de ánimo: yo no os he escitado á 
rehusar esta conversación... ¿no es ver- 
dad? ai contrario... pero ya que por vues 
tra tranquilidad queréis aplazarla, tratad 
ideconcluir esta carta... porque alfin ¿qué 
es lo que yo deseo? veros gozar en ade- 
lante de una calma inoíable y religiosa 
después de tan penosas agitaciones. 

— Sí, padre mió lo sé sois bue- 
no respondió Mr. Hardy con voz re- 
conocida; perdonad mi debilidad. 

— ¿Podréis continuar esta carta mi que- 
rido hijo? 

— Sí padre mió. 

— Escribid pues. 

Y el reverendo padre continuó dic- 
tando: 

«Gozo de una paz profunda, tienen mu 
«clío cuidado de mí, y, gracias á la mise- 
« ricordia divina, espero morir muy cristia- 
« ñámente, lejos del mundo, cuya vani- 
« dad reconozco... No os digo adiós; pero 
•abasta ntas ver, mi querido Agricol..... 
« porque deseo mucho deciros los votos 
« que hago por vos y por todos vuestros 

«escelentes camaradas Sed mi intér- 

« prête para con ellos: al instante que juz- 
«gue oportuno recibiros, os lo escribiré: 
« hasta entonces creedn^e, como siempre, 
*« afecto vuestro etc. » 

Y después dirigiéndose á Mr. Hardy, le 
dijo el padre d'Aigrigny: 

— ¿Os parece conveniente esta carta, 
hijo mió? 
— Sí, padre onio..... 
— Tened pues la bondad de firmarla. 
— Sí, padre mió 

Y el de.^graciado, después de haber fir 
mado, sintió agotadas sus fuerzas y se 

(cl.i '^.ácia atrás estiruado. 



— No basta eso, querido hijj mió; aña- 
dió el padre d'Aigrigny sacaodo Un pa- 
pel del bolsillo; es necesario que firméis 
este nuevo poder que otorgáis á nuestro 
reverendo padre procurador para arreglar 
los negocio* que sabéis. 

— ¡Oh Di"=: mío! ¡Dios mió I... Aun; 
esclainó Mr. Hardy con una especie de 
impaciencia febril y enfermiza. — Pues ya 
lo veis, padre mió, están agotadas mis 
fuerzas. 

— No tenéis mas que firmar después de 
haber leido, mi querido hijo. 

V oresentó empadre d'Aigrigny á Mr, 
Hardy un gran papel sellada cubierto de 
una letra casi ilegible. 

— Padre mió no podré leer eso 

hoy. 

— Pero es menester, querido hijo mío... 
perdonad mi indiscreción; pero estamos 
muy pobres y 

— Voy á firmar pa-Jre mió 

—Pero es necesario leer lo que firmáis, 
hijo mió. 

■i-¿Para qué? ¿Para qué?... Dadme... 

dadme dijo Mr. Hardy, rendido, por 

decirlo así, por la inflexible terquedad del 
reverendo padre. 

-*-Puesto que lo queréis absolutamente, 
mi ¡querido hijo dijo este presentán- 
dole el papel. 

Firmó Mr. Hardy;y eayó de nuevo en 
su abatimiento. , . 

En aquel mismo instante un criado, 
después de haber llamado, entró y dijo, ai 
padre d'Aigrigny : 

—El señor Agricol Baudoin desea ha- 
blar á Mr. Hardj; dice que está citado 
para esta hora. 

-rEsta bien..,,, que espere, dijo el pa- 
dre d'Aigrigny con tanto despecho como 
sorpresa, y con un ademan hizo seña al 
criado que se fuese; disimui.T^f'' de>|.ues 
el vivo disgusto que esperunentaba , dij» 
á Mr. Hardy: 
23- 



208 ALBUM 

«¡Querido hijo mío! ee digno arte- 
sano tiene mucha prisa de veros , puesto 
que ha venido dos horas antes déla seña 
lada Vamos; aun es tiempo... ¿que- 
réis recibirle? 

— Pero, padre mió; dijo Mr. Hardy 
con una especie de irritación dolorosa; ya 
Teis en que estado de debilidad me hallo... 
tened pues compasión demi... ¡Reposo, 
por Dios!... os lo ruego, aun que sea el 
reposo del sepulcro; pero por el amor de 

Dios ¡ reposo! 

— Un día gozaréis de la paz eterna de lo 
escogidos, mi querido hijo: dijo aftcluo- 
samenteel padre d'Aigrigny; porque vues- 
tras lágrimas y vuestras miseriasson agra- 
dables al Señor. 
Diciendo esto, salió. 
Quedóse solo Mr. Hardy, juntó lasipa- 
nos desesperado, y deshaciéndose en lágri- 
mas, dejá.idose caer de su sillon de rodi- 
llas al suelo, esclamó: 

— ¡Oh Dios mió... Dios mió! Sacadme 
de este mundo.... soy demasiado desgra- 
ciado. 

Apoyando después la cabeza en el asien- 
to del sillun , se cubrió la cara con las 
manos , y continuó llorando amarga- 
mente. 

Oyóse de repente un ruido de voces, 
que iba siempre aumentando, y después 
como una especie de lucha; pronto se 
abrió violentamente la puerta, empujada 
por el padre d'Aigrigny, quien entró vaci- 
lando y hacia atrás. 

Acababa de rechazarle Agricol con su 
brazo vigoroso. 

— Señor... ¿tenéis la osadía de emplear 
la fuerza y la violencia? esclamó el padre 
d'Aigrigny despavorido de cólera. 

— Osaré todo por ver á Mr. Hardy, dijo 
el herrero. 

Y se arrojó hacia su antiguo amo que 
vio arrodillado en medio del cuarto. 



VIII. 

AGRICOL BAIDOIN. 

Conteniendo apenas su despecho, sncó» 
lera, el padre d'Aigrigny no solamente 
lanzaba miradas furiosas y amenazadoras 
á Agricol, sino que también daba dectian» 
do en i'uando una ojeada inquieta é irri- 
tada por la parte de la puerta, como si 
hubiese tenido miedo que llegase á cada 
instante otro personaje, cuya l'egada temia 
también. 

El herrero, asi que pudo ver á su anl • 
guo amo , retrocedió espantado y dolo- 
rosamente sorprendido, viendo el ros- 
tro de Mr. Hardy devorado por los pesa- 
res. 

Durante algunos segundos quedaron 
silenciosos los tres actores de esta es- 
cena. 

No imaginaba aun Agricol la debilidad 
moral de Mr. Hardy, estando acostumbra- 
do el buen artesano á encontrar tanta ele- 
vación de espíritu como bondad de cora- 
zón en aquel escelenle hombre. 

El padre d'Aigrigny fué quien rompió 
el silencio el primero, diciendo á su pen- 
sionista lentamente, y apoyándose en ca- 
da una de sus palabras: 

— Comprendo, mi querido hijo, que 
después de haberme manifestado hace pu- 
co tan positiva y (an espontáneamente eí 
deseo de no recibir á.... al señor.... com- 
prendo en verdad que os sea penosa su 
presencia... Espero pues que por deferen- 
cia... ó al menos por reconocimiento para 
con vos.... el señor (é indicó con un ade- 
man á Agricol) pondrá fin, retirándose, 
á esta situación poco conveniente y dema- 
siado prolongada ya. 

No respondió Agricol al padre d'Aigrigny 
volvióle la espalda , dirigiéndose á Mr. 
Hardy á quien contemplaba algunos mo- 
mentos hacia, con una profunda emoción» 
mientras corrían de sus ojos gruesas lágri> 
mas: 



ALBUM. 

— j Ah, señor î... Cuan bueno es elve- 
îos, aunque parecéis aun muy postrado, 
j Gomo se calma, se tranquiliza el cora- 
zón I... iQue felices serian mis compañe- 
ros, si estuviesen donde yo estoy 1.... ¡ Si 
supieseis lodo lo que me han dicho para 



209 



vos!... porque paraq-iererosy para vene- 
raros, no tenemos todos nosotros masque 
una alma. 

Oió el padre d'Aigrigny á Mr. Hardy 
nna ojeada que queria decir: «¿Que os, 
habia dicho yo? Y después dirigiéndose 
con impaciencia á Agricol y acercándose 
áél: 

— Ya os he hecho notar antes que vues- 
tra presencia en este lugar es poco conve- 
niente. 

Pero Agricol sin responderle, y sin vol- 
verse hacia él: 

— jMr. Hardyl tened la bondad de de- 
cirle á ese hombre que se vaya... mi pa- 
dre y yo le conocemos, bien lo sabe él. 

Y después , volviéndose solamente en- 
tonces al reverendo padre, le dijo Agricol 
COR dureza, mirándole de ios pies á la ca 
beza con una indignación mezclada con 
hastio: 

« Si tenéis mucho empeño en oir io 
que tengo que decir á Mr. Hardy en 
cuanto á vos.... podréis venir dentro de 
poco, caballero; ahura tengo que hablar 
á mi antiguo amo de cosas particulares y 
entregarle una carta de la señorita de 
Cardoville, que os conoce también... con 
harta desgracia suya». 

Se quedó impasible el jesuíta , y res- 
pondió: 

— Tomaré el permiso, caballero, de de 
ciros que cambiáis un poco los papeles... 
Yo estoy aqui en mi casa en donde tengo 
el honor de recibir á Mr. Hardy. Yo soy 
pues quien tendría derecho y facultad pa- 
ra haceros salir de aquí inmediatamente, 
y... 

— ¡Padre mío, por favor! dijo con de- 



ferencia Mr. Hardy, escusad á Agricol: 
le lleva demasiado lejos el afecto que me 
tiene; pero ya que está aqui, y me tiene 
que comunicar cosas particulares, permi- 
tidme, padre mió, el tener un rato de 
conversación con él. 

— ¿Qué os lo permita yo? dijo el padre 
d'Aigngny haciendo el sorprendido. ¿Y 
porque pedirme ese permiso? ¿No sois 
enteramente libre de hacer lo que osaco- 
mode? ¿No sois vos quien hace un ins- 
tante, á pesar mió, escitándoos yo á que 
recibieseis al señor, habéis rehusado for- 
malmente esta conversación? 

— Es verdad, padre mió. 

Después de semejante respuesta , hu- 
biera sido inhabilidad del padre d'Áígrig- 
ny el insistir de nuevo: se levantó por 
consiguiente, apretó la mano á Mr. Har- 
dy, y le dijo con un ademan espresivo: 

— Hasta luogo, hijo mió.... pero acor- 
daos.... de vuestra conversación de hace 
poco y de cuanto os he pronosticado. 

— Hasta luego, padre mió Estad 

tranquilo : respondió tristemente Mr. 
Hardy. 

Salió el reverendo padre. 

Aterrado y confundido Agricol, se pre- 
guntaba á sí mismo si era verdaderamen- 
te bU antiguo amo el que con tanta defe- 
rencia y tanta humildad llamaba Padre 
mió al padre d'Aigrigny. Y después á me- 
dida que iba ecsaminando el herrero con 
mayor atención las facciones de Mr. Har- 
dy, notaba en su apagada fisonomía una 
espresion de decaimiento , que le partía 
el corazón y le espantaba al mismo tiem- 
po; y asi le dijo, tratando de ocultar su 
penosa sorpresa : 

— En fin, señor vamos á veros de 

nuevo.... pronto vamos á veros en medio 
de nosotros ] Ah ! ¡ Cuántos dichosos va á 
hacer vuestra vuelta!... ¡Cuantas inquie- 
tudes se van á calmar!.... que, si fuera 
posible, os amaríamos mas aun, ahora que 
hemos temido perderos. 



210 iLBra. 

— í Escelente y dîgno nnichacho ! dijo 
Mr. Hardy , sonriéndose con melancólica 
boodad y alargando ta mano á Agrícol; 
jamás he dudado un solo instante de vos , 
oi de vuestros cimaradas.... su recono- 
cimienlo me l>a recompensado siempre 
cuantos beneficios he podido hacerles. 

— Y los que les haréis aun, señor 

porque vos.... 

Interrun)pió á Agrícol Mr. Hardy y le 
dijo: 

— Kscuihadme; anles deconlinuar e^ta 
converfacion, os debo hablar francamen- 
te, para no daros ni á vos ni á vuestros 
camaradas esperanzas que no se han de 
realizar... Estoy decidido á vivir, de aqui 
en adelante, sino en el claustro al menos 
en el mas profundo reliro, porque estoy 
muy cansado: ya lo veis muy can- 
sado. 

— Pero nosotros, señor, no estamos aun 
cansados de amaros; esclamó A^rícoicada 
vez mas asustado de las palabras y del 
abatimiento de Mr. Hardy. Nosotros so- 



mos ahora los que nos hemos de sacrifi- — ¡ Knemiposl... y se sonrió Mr. Har 



car por vos, y ayudaros á fuerza de tra- 
bajo, de celo y de desprendimiento, á 
Jevantar de nuevo vuestra fábrica , vues- 
tra noble y {generosa obra. 

Sacudió tristemente la cabeza iM. Hardy. 

— Os lo repito, amigo mió, respondió, 
se concluyó para mi la vida activa; en 
poco tiempo he envejecido veinte años, 
como estais viendo; no tengo ya ni la 
fuerza, ni la voluntad, ni el ánimo de 
C( «lenzar de nuevo, como en el tiempo 
pasado: he hecho, y me felicito de ha- 
berlo ht^iho, cuanto he podido por el bien 

• de la humanidad He pagado mi deu- 

^a... pero por ahora no inequeda ya mas 
que un Jeseo.... el descanso.... una espe 
ranza , los consuelos de la paz que pro- 
porciona la religion. 



vivir aqui, en este Wgubre «islamienlo» 
que en medio de nosotros, que os ama- 
mos tanto!.... ¿Creéis que seréis mas fe- 
lif aqui, en medio de esos clérigos, que 
en vtiestra fabrica , que nacerá de sus 
ruinas y se pondrá mas floreciente que 
nunca? 

— No hay en este mundo felicidad posi- 
ble para mi, respondió con amargura Mr» 
Hardy. 

Despues de haber vacilado un mo- 
mento, Ajifcol dijít con viveza y en voz 
alterada : 

— Señor... os engañan... osengañande 
un modo infame. 

— ¿Qué queréis decir, amigo mió? 

— Os digo , Mr. Hardy . que los cléri- 
gos que os rodean tienen siniestros pro- 
yectos.... Pero, ¡por Dios, señor! ¿ig- 
norais acaso en donde estais aqui? 

— Kn casa de los buenos relijiosos de la ' 
Compañía de Jesús. 

— ¡Si, vuestros enenigcs mas encar- 
nizados! 



dy con una indiferencia dolorosa. No ten* 
go ya nada que temer á mis enemigos..., 
¿ Fn donde me darian el golpe? ¡oh. Dios 
iniol no hay ya sitio para recibirlo. 

— Quieren privaros de vuestra porción 
de una inmensa herencia , señor, respon- 
dió el herrero: es un plan hecho con una 
habilidad infernal. Las hijas del mariscal 
Simon, la señorita de Cardoville, vos, el 

abate Gabriel, nii hermano adoptivo 

en fin to'ios cuantos pertenecen á vues- 
tra familia, han estado ya en peligro de 
perecer victimas de sus complots : os 
aseguro que esos clérigos no tienen mas 
objeto que el abusar de vuestra confian- 
za por eso después del incendio de 

vuestra fábrica han consefjiiido traeros 
aqui herido, casi moribundo, á esta casa, 
— ¡(]omo, señor! dijo Agrícol asom- 'y ocultaros á los ojos de todos.... Si, por 
fado en el mayor grado, ¡os ¿usía was eso... han... 



Mr. Hardy interrumpió á Agrícol 



ALBOM. 211 

— ]An»ioo Olio! ¿de qnó sirvo recordar 



— Os equivocáis en lo que mira i esos lo pasado?... respondió con dulzura Mr. 
buenos relijiosos, amigo mió: han tenido , Hardy ; íf he obrado bien á los <ias del 



de mí el mayor cuidado y en cuanto 

á la pretendida herencia... . añadió Mr. 
Hardy con una indolencia triste, ¿qué me 
importan en este momento los bienes de 
este mundo, amigo mió?... Las cosas y 
los afectos de este valle fie miseria y (>»■ 

Mgrimas no son ya nada para mí 

Ofrezco mis padecimientos al Señor, y 
espero que me llame á sí en su miseri- 
cordia 

— No.... no.... señor es imposible 

í|uo hayáis cambiado á tal punto : dijo 
Agricol que no podia resolverse é creer lo 
■que oia : ¡vos, señor! j vos creer esas 
máximas desconsoladoras! ¡vos que nos 
hacíais siempre amar y admirar la bon- 
dad de un Dios paternal y nosotros os 

<'reí«mos portiue os habla enviado él en 
tre nosotros 1.,. 

— Mi deber es el someterme á su volun 



tad , puesto que me ha sacado de entre 
vosotros, amigo mió; sin duda porque, á 
pesar de mis buenas intenciones, no lo 
servia yo como debe ser servido..... Pen- 
saba yo siempre mas en la criatura que 

-en el Criador 

— Pero ¿cómo hubierais podido, señor, 
servir y honrar mejor á Dins? esclamó el 
herrero cada vez mas desconsolado: ¡alen- 
tar y recompensar el trabajo y la probi- 
dad^ hacer mejores á los hombres asegu- 
fando su felicidad; tratará vuestros obre 
ro« como á hermanos; desarrollar su in- 
teligencia , inspirarles el gti-íto de lo bello 
y de lo bueno, aumentar su bieíiostar, 
propagat entre ellos, con vuestro ejem- 
plo, lus sentimientos de igualdad , de fra 
ternidad y de comunidad angelical !..... 
¡Ah, señor! para tranquilizaros, recor- 
dad solamente los beneficios que habéis 



Señor, puede que lo tome en cuenta. 
Lejos de glorificarme... debo humillarme 
en el polvo, porque temo haber andado 

co una via mala, fuera de su iglesia 

acaso me h.sbra eslraviado la soberbia á 
mi que soy ínfimo y obscuro, mientras 
se han sometí lo á esa iglesia tantos gran- 
des g<inios; por eso me propongo espiar 
mis fallas en las lágrimas, en el aisla- 
miento y en la mortificación: sí por- 
que espero que me las perdonará un dia 
el Dios vengador y que mis padeci- 
mientos no serán perdidos, á lo menos 
j)ara!osquesonaunmas culpables que yo. 

No encontraba Agricol una sola pala- 
bra para responderle; contemplaba á Mr. 
Hardy con un espanto mudo y cada vez 
mayor á medida que le iba diciendo todas 
aquellas banalidades desesperadoras oou 
voz casi apagada á medida que exa- 
minaba aquella fisonomía «batida, se pre- 
guntaba con un secreto terror, con que 
fascinaciones aquellos clérigos, esplotando 
los pesares y el abatimientomoral de aquel 
infeliz, habían conseguitib aislarlo dé todo 
y de todos, eslerdizar, aniquilar asi uno 
de los mas generosos entendimientos, uno 
de los espíritus mas benéficos, mas ilus- 
trados que jamas se habían sacrificado á 
la felicidad de la especie humana. 

Kra tan profundo el asombro del her- 
rero , que no tenia ni ánimo ni voluntad 
de <îuRitinuaruna<liïCusion, tanto mas do* 
lorosa para él, cuanto que á cada instante 
penetraban mas sus ojos el abismó de in- 
curable desconsuelo en qué los reverendo» 
padres habían sepultado á Mr. H^rdy. 

Eí»le, por su parte, volviendo á caer 
en su triste apatía, estaba silencioso, mren- 



hecho, las bendiciones diarias de toda una .tras erraban sus ojos acá y zllá en las si- 
pequeña población que os era deudora de i niestras máximas de la imitación, 
la felicidad inesperada que gozaba. j Rompió al fin Agricol el silencio, y sa- 

64** 



cando del bolsillo la carta de la señorita 
de Gardoville, carta en la que ponia ó! sii 
última esperanza, la presentó á Mr. Hardy 
diciéndole: 

—Señor una de vuestras pariente», 

qiie no conocéis sino de nomtire, sin dud;i, 
me ha encargado que os entregue esta 

caria 

— ¿De qué servirá... esa carta... amigo 
mío? 

— 0> lo suplico señor haceos cargo 

de ella. Está esperando vuestra respuesta 
la señorita de Gardoville: se trata de in- 
tereses muy graves! 

— No hay para mí sino un solo in- 
terés muy grave amigo mió dijo 

Mr. Uardy levantando hacia el cielo sus 
ojos enrojeridos por las lágrimas. 

— Mr. Hardy, respondió el herrero 
cada vez mas conmovido, ¡leed esta car- 
ta, leedla en nombre del reconocimiento 
que os tenemos todos nosotros, en el cual 
criaremos también á nuestros hijos... que 
no habrán tenido como nosotros la felici- 
dad de conoceros... Sí... leed esta carta... 

y si después no mudáis de opinion 

¡ Mr. Hardy !... i pues bien ! ¿qué le he- 
mos de hacer?... Estará todo concluido... 

para nosotros pobres trabajadores 

Habremos perdido para siempre á nues- 
tro bienhechor... al que nos trataba como 
hermanos... al que nos amaba como ami 

gos al que predicaba generosamente 

un ejemplo que otros corazones hubieran 

seguiíiü tarde ó temprano de modo 

que poco á poco, y de grado en grado, 
gracias á vos, habria comenzado la eman 
cipacion del pueblo... En fin, no importa; 
para nosotros, lujos del pueblo, vuestra 

memoria será siempre sagrada ¡ah, 

sil... y no pronunciaremos jamas vuestro 
nombre sino con respeto, con enterneci- 
miento porque jamás podremos me- 
nos de tener lástima de vos 

Hacía algunos momentos que no podia 



hablar Agricol sino sollozando, ni pudo 
concluir lo que estaba diciendo , porque 
llegó á lo sumo su emoción; á pesar de la 
vigorosa energía de su carácter, no pudo 
contener sus lágrimas, y csclamó: 

— Perdonad, perdonad si lloro, pero 
no ei por mí solo... no por mí solo, por- 
que se n>e está despedazando el corazón 
al pensar en todas las lágrimas que der- 
raiiinrán p'tr largo tiempo tantos hombres 
de bien dicit-ndo: « ¡ Ya no veremos mas 
a Mr. Hardy... nunca jamás ! » 

Eran tan sinceros el acento y la emo- 
ción de Agricol, tan noble y tan franco sit 
rostro cubierto de lágrimas, tan patética 
la espresion de su ternura afectuosa (|ue, 
por la primera vez desde que habia veni- 
do á habitar en la casa de los HK. PP., 
sentía, por decirlo así, Mr. Hardy, el co- 
razón un poco alentado y reanimado: pa- 
recíale que un rayo vivificador del sdI pe- 
netraba en fin las tinieblas glaciales en 
medio de las cuales vejetaba hacia ya lar- 
go tiempo. 

Mr. Uardy alargó á Agricol la mano y 
le dijo con voz alterada : 

— Amigo mió.... grac as.... esta nueva 

prueba de vuestro apasionado cariño 

esos pesares... todo eso me conmueve.... 
perocon una emoción dulce... y sinamar- 
gtira... me hace mucho bien... 

— ¡ Ah, señor! esclamó el herrero 

con una vislumbre de esperanza, no os 
contengáis, escuchad la \oz de vuestro co- 
razón.... ella os dirá que hagáis la felici- 
dad de todos los (]ue os quieren , y para 
vos.... ver gentes felices.... es ser feliz... 

Mirad leed la carta de esta generosa 

señorita... puede que acabe ella loque yo 
he comenzado... y si no basta eslo... ve- 
remos... 

Diciendo esto , interrumpióse Agricol 
dando una mirada de esperanza hacia la 
puerta, y después añadió, presentando de 
nuevo la carta á Mr. Hardy : 



-Ai.vrm. 

— ^.¡Oh! os lo nip^o sonor.,... leed. La, 
iieñorita de Card'iville me lia encargado 
que os confirme cuanto contiene su carta. 

— No... no debo yo,., no debería leer- 
la, dijo Mr. Hardy vacilando. ¿De qti^ 
sirve... darme pesares?... p)r(jue es cier- 
to, jay!... os amaba mucho á todos... y 
liabia hecho muchos proyectos para vos 
-en el porvenir; anadió Mr. Hardy enter- 
-neciéodose involuntariamente; y después 
•continuó, luchando contra aijuel movi- 
miento de espaníiion : pero, ¿de (]ué sirve 

el pensar en eso? lo pasado no puede 

volver. 

— ¿Quién sabe, Mr. H&rdy? ¿quien 
sabe? respondió Áfrico!, cada vez mas 
■contento al ver la escitacion de sU antiguo 
amo: leed en primer lugar, la carta de la 
•señorita de Cardoville. 

Cediendo Mr.Hirdy á las instancias de 
Agricol , tomó la carta casi á pesar suyo, 
Ja abrió y la leyó: poco á poco manifestó 
su semblante sucesivamente el enterneci- 
miento, el reconocimiento y la admira- 
ción; y se interrumpió muchas veces pa- 
ra decir á Agricol, |con una espansion que 
jjarecia sorprenderle á el : 

— ¡Oh! j Es cosa muy buena !... ¡muy 
hermosa !... 

Concluida de leer la carta, dijo Mr. Har- 
dy á Agricol acompañando sus palabras 
con una sonrisa melancólica. 

— jQué corazón tiene la señorita de 
Cardoville 1 j Cuánta bondad! ¡Cuánta 
agudeza !.,. ¡ Qué pensamiento tan eleva 
do!... jAh!... ¡ Jamás olvidaré la noble 
za de sentimientos que le inspiran el ha- 
cerme ofertas tan generosas... á mí! 

¡Quiera Dios al menos que sea ella feliz... 
al menos en este mundo!... 

— ¡ Ah, creedme, señor ! replicó Agri 
col con impetuosidad. Un mundo que en 
cierra en su seno semejantes almas y otras 
muchas también, que, aunque nc tienen 
el ínaprecíableméritode esa señorita, me- 



recen sin embargo el afecto de las gentes 
honradas, no es únicamente fango, mal- 
dad y corrupción... es al contrario, el me- 
jor elogio de la humanidaJ. Esto mundo 
es el que os está llamando, e! que os e<«tá 
aguardando: ¡vamos, Mr. Hardy! escu- 
chad los consejos de la señorita de Cardo 
ville, aceptad sus ofertas, volved entre 

nosotros volved á la vida.... q^ie esla 

casa es la muerte... 

■ — Volver á un mundo en que he pade- 
cido tanto... abandonar la calma de este 

retiro dijo vacilando Mr. Hardy; no, 

no... no lo podria... ni lo debo liacer... 

— ¡Oiri no he confiado decidiros por 
mi solo, esclamó el herrero, cuyas espe- 
ranzas ibanaumentándosecada vezmas... 
ahí tengo un poderoso ausiliar, é indicó 
la puerta , que he reservado para dar el 
último golpe... y vendrá cuando lo quer- 
ráís. 

— ¿Qué queréis decir, amigo mió? pre- 
guntó Mr. Hardy. 

— ¡Oh! es también otro buen pensa- 
miento de la señorita de Cardoville... ja- 
mas tiene otros. Sabiendo en que peligro- 
sas manos habíais caido, conociendo la 
pérfida astucia de las gentes que os quie- 
ren captar, me ha dictío: «señor Agricol, 
«el carácter de Mr. Hudy es tan leal y 
« tan bueno, que acaso se di'jará engañar 

«fácilmente porque les repugna á los 

« corazones rectos el creer infamias... ade- 
« mas de eso podrá creer que estais inte- 
« resado en decidirle á aceptar las ofertas 
«que le hago... pero hay un hombre, cu- 
ayo carácter sagrado deberá en esta cir- 
«cunstancia inspirar una confianza abso- 
« luta á Mr. Hardy... porque aqueladmi- 
« rabie sacerdote es pariente nuestro, y 
«ha estado en peligro de ser también é' 
« victima de los enemigos implacables dé 
« nuestra familia. » 

— ¿Y quién es ese sacerdotej? pregunta 
Mr. Hardy. 



2U 



ATBfJH. 



— RI abate! (îabriel de Renepont, mi 
hermano adoptivo, esclamó con orgullo 
el herrero. Eíe si que es un nuble sacer- 
dote... ¡ Ah soilor!.... Si lo hubieseis co- 
nocido, antes de desesperar tiubiérais 

«sperado.No hubiera podido resistir vues- 
tro pesar á sus con>uelos. 

— ¿Pero es»* sacerdote... en donde es- 
tá? prt-gnnló Mr. Hirdy cuiitatita curio- 
sidad como sorpresa. 

— Ahí, en la antecámara. Cuando lo 
ha vioto el paJred'Aigri^my, se ha puesto 
furioso: nos ha ordenado que saliéserrios 
jntnelialamenle; pero mi buen Gübriei 
ha respondido que acaso tendria que ha- 
b'ar con vos de intereses graves, y que 
por consiguiente espt-raria... yo, con me- 
nos paciencia que el abate, he dado un 
t-mpiij in al padre d'Aigrigny que me que 
ria estorbar el entrar aquí, porque tenia 

tantos deseos de veros Ahora se- 

« ir vais á ver á Gabriel ¿no es 

verdad? No huliiera (juerido ó\ entrar sin 

recibir orden vuestra Voy á decirle 

que entre Habláis de religion.... j La 

suya si (|ue es verdadera, porque hace 

bien, anima y consuela ya veréis 1... 

en fin. gracias á í^I y á la señorita de Car 
doville vamos á veros entre nosotros, es- 
clamó el herrero, no pudiendo ya coute- 
ntr su alegre esperanza. 

— Amigo mió no yo no sé, te- 
mo dij.) Mr, Huily Imiheando cada 

7ez mas, poro sintiéndose invoiunlaria 
mente reanimado, alentado con las pala 
bras cordiales del h(>rrero. 

Aprovechándose este de la feliz escita - 
cion de su at»liguo amo, corrió á la puer 
ta , U ■abrió y dijo ; 

— Gabriel.;, hermano mió.., mi bu¿>n 

hermano ven, ven; desea verte Mr. 

Hardy 

— ¡ Vmigo mió! replicó titubeanrb de 
nuevo Mr: Hardy, quien sin eiubarg , 



ban p< r fueria su consentimiento: amigo 
mió... ¿(|ué hacéis? 

— Llamo :i vuestro salvador y al nues- 
tro, respondió Agricol embriagado de fe- 
licidad , y Seguro del buen éxito de la in- 
tervención de Gabriel con Mr. Hardy. 

Acudiendo á la voz de su hermano, en- 
tró pronto . I abate Giibriel en el cuarto 
de Mr. Hardy. 

IX. 

EL ESCONDITE. 

Como ya hecnos dicho anteriormente, 
juiili> a los cuartos que ocupaban los pen- 
sionistas en la casa de los reverendos pa- 
dres hal)ia escondites, que facilitaban el 
espionaje incesante que pesaba dia y no- 
che sobre los individuos á quienes que- 
rían observar a juellos religiosos. A esta 
clase perlenecia Mr. Hardy : junto á su 
aposento habían hecho un relíete miste- 
rioso en donde cabian dos personas; una 
especie de cañón de chimenea ancho daba 
luz y aire á «'-e gabinete, al cual venia á 
parar el orificio de un caño acústico dis- 
puesto con tal arte, que todas las pala- 
bras que se decianenel cuarto inmediato 
jle^^ban al gabinete con toda la claridad 
posible: en fin varios agujeros redondos, 
hechos con mucha destreza y encubiertos 
en varios parages, permitían también ver 
cuanto (ia>aba en el cuarto. 

E^taban entonces en el escondite el pa- 
dre d\\igrigiiy y Rodin. 

Al instante (|Ue entro tan bruscamente 
Agricol y decinró con tanta firmeza Ga- 
briel que eiitraria al cuarto de Mr. Hardy, 
si lo llamaba e»te , no queriendo dar un 
escarníalo para evitar la entrevista de Mr. 
Hardy con el herrero y el joven misio» 
ñero, entrevista cuyas consecuencias po- 
dían ser tan funestas á los proyectos de 
la Compañía , el padre d'Aisjrigny fué i 
consultar á Rotlln. 

lí:Nte, (hirante su r.íjiida y feliz conva- 



parccia satisfecho de ver (jue ie airanca- Jecencia hahilaba la casa inmediata reser' 



áLBlll 

Vada á los RÍl. PP. Conoció b estrema 
gravedad de la situación, y aunque reco- 
nocia que el padre d'Aigrigny habla se- 
guido hábilmente sus instrucciones para 
impedir la entrevista de Agrícol con Mr. 
Hardy, lo cual se bubiera llevado á efecto- 
si no hubiese llegado demasiado pronto el 
■herrero, queriendo Rodin ver, oir. jtizgar 
y tomar determinación p<»r sí mismo, fué 
al instante á emboscarse con el padre 
'd'Aigrigny en el consabido escondite, des- 
pués de haber enviado inmediatamente 
un emisario al arzobispo de París con un 
objeto qiie mas tarde se verá. 

Hablan llegado al escondite los dos re- 
verendos padres, cuando estaban en me- 
dio de su conversación Agricol y Mr. 
Hardy. 

Tranquiliïoles desde un principio la tris- 
te apatía en que estaba, sumido el último, 
pero pronto vieron los ÏIR. PP. aumen- 
tar pucoá poco el peligro, y sobre todo se 
alarmaron cada vez mas desde el momen- 
to en que Mr. Hardy, conmovido por las 
generosas escitaciones del artesano, consin- 
tió en tomar conocimiento de la carta de 
ia señorita de Cardoville hasta el instante 
en que Agricol trajo al abale tjabriel pa- 
ra darles el ultimo golpe á las escitaciones 
de Mr. Hardy. 

Hodin, gracias á la indómita energía de 
su carácter, que le hab a dado fuerzas pa 
Ta soportar los terribles remedios del doc- 
tor Baleinier, no corria peligro ningimo, 
pues llegaba su convalecencia al último 
período : sin embargo era espantosa su 
fliqueza. Como venia lá luz de arriba y 
taía sobre su cráneo amarillo y relucien- 
te, sobre sus huesudos juanetes y sobre 
su nariz angulosa, parecían con niUclia 
mayoT claridad todas esas partes salientes, 
mientras se quedaba lo demás del rostro 
sulcddo de sombras duras sin ninguna 
trasparencia. 

Hubiérase podido decir que era e! mo- 



215 



délo vivo île aquellos frailas ascéticos de 
la escuela de pintura española, cuadros 
sombríos en que se ve, bajo alguna capi- 
lla parda medio echada, un cránfo de co- 
lor de marfil viejo, un juanete macilento, 
y unos ojos apagados en elfondodesus ór- 
bitas, mi(^ntra« desaparece lo demás áeÍ 
rostro en una penumbra oscura, á través 
de la cual se distingue aperMs una f rma 
lAimana arrodillada y envuelta en un há- 
bito con un dogal á la cintura. 

Parecía esa semejanza mucho mas com- 
pleta, porque Rodin, bajainlp de prisa.de 
su celda, no se habia quitado su larga ba- 
ta de lana negra : ademas confio le hacia 
aun el frió mucha impresión , se habia 
echado sobre los hombros una mucetacon 
capilla para preservarse del Tiento del 
norte. 

El padre d'Aigrigny no recibía verti- 
calmente la luz que venia de arriba, y se 
hallaba por consiguiente en lo menos cla- 
ro de aquel escondite. 

En el momento de que estamos hablan- 
do, y presentamos al lector los dos jesuí- 
tas, acababa de salir del cuarto Agricol para 
llamar á Gabriel. y traerlo al lado de su 
antísuo amo. 

Mirando el padre d'Aigrigny á Rodin 
con una angustia profunda al mismo tiem- 
po que colérica, fe dijo en voz baja : 

— Si no hubiera sido por la carta de I» 
señorita de CárdoviOe, poco efecto liubie-' 
ran 'producido las instancias del herrero; 
¿Será pues esa maldita joven siempre y 
en todas partes el obstáculo en que se es- 
trellen nuestros proyectos? A pesar, dé 
cuanto se ha hecho, ya está ahora r« nhí- 
da con aíjuel indio; si viene ahora ef aba- 
te Gabriel á colmar la medida; si gracias 
á él se nos escapa Mr. Hardy, ¿ijué ha- 
romos?... ¿qué harém»»s?... ¡Aíil padre 

jnio motiVo hay paia desespeiar del 

porvenir, 

— No, dijo secamente Rodin, si en el 
55" 



ALbUl 



palacio del arzobispo ejeeultfn ionaediata- 
inente mis órdenes. 

— ¿Y en ese caso?... 

— Aun respondo de todo..» pero i>$ ne- 
cesario que tenga yo anles de medís hora 
ios consabidos papeles. 

Deben estar preparados y Grmadoshaee 
tres dias, porque conformándome á vues- 
tras óniones , escribí el día mismo de la;; 
moxas... y... 

Rodiü ea lugar dp rdrHmjar acuella 
converiiacion en voz baja, puso e] ojo en 
uno de l'í J>gujeros que permitiar» ver 
cuanto pasaha en »>l cuarto inmediato, y 
después con la mano hizo señas al padre 
d'Aigrigny que callase. 
X. 

EL SACERDOTE SEGÚN JESUCRISTO. 

En aquel instante veía Kodiná Agricol 
-entrar en el cuarto de Mr. Hardy llevan- 
<)o por la mano al abate Gabriel. 

La presencia de estos dos jóvenes , el 
uno con figura tan varonil, tan abierta, 
el otro tan angelicalmente bello, presen- 
taba un contraste tan fuerte con las fiso- 
nomías hipócritas que rodeaban ordina- 
riamente á Mr. Hardy, que conmovido 
ya por las calurosas palabras del artesa- 
no, le pareció que su corazón, comprimi- 
do tanto tiempo hacia , se dilataba bajo 
una induenria saludable. 

Aunque jamás habia visto Gabriel á 
Mr. Hardy, le llamó la atención la alte- 
ración de su rostro: reconocía en aquella 
cara dolorida y abatida el sello de sumi- 
sión enervante, de anonadamiento moral 
que siempre queda impreso en las vícti- 
mas de la compañía de Jesús, cuando nu 
se libertan á tiempo de su influencia ho- 
micida. 

Rodin con el ojo pegado al agujero, y 
el padre d'Aigrigny con el oido atento á 
escuchar, no perdieron ni una sola pala- 
bra de la conversación siguiente, á la cual 
asistieron invisibles. 



— Aquí está... mi esceletite hermano; 
dijo Agrícola Mr. Hardy, presentándole al 
abate Gabriel; aquí está el mejor, el mas 
dígnode todos los sacerdotes... Escuchad- 
le; volveréis á la esperanza y á la felici- 
dad , y os veremos de nuevo entre noso- 
tros. Escuchadle; veréis como arranca It 
careta á los malvados que os están enga- 
ñando con falsas esperanzas religiosas: sí, 
sí; les arrancará la máscara, porque tam- 
bién él ha sido víctima de es.)s perversos; 
¿no es verdad, Gabriel? 

El joven misionero hizo un ademan con 
la niai'o para moderar la ersaltaciou del 
herrero ; y dijo á Mr. Hardy con su voz 
Miave y vibrante. 

— Caballero, si en las penosas circuns- 
tancias en que os halláis, pueden seros 
útiles los consejos de uno de vuestros her- 
manos en Jesucristo, disponed de mi.... 
Ademas, permitidrae^çl añadirque os ten- 
go ya un cariño muy respetuoso. 

— ¿A mi, señor abate? dijo Mr. Hardy. 

— Conozco, caballero, respondió Ga- 
briel, vuestras bondades con mi herma- 
no adoptivo; conozco vuestra admirable 
generosidad con todos vuestros obreíos: 
os quieren, os veneran, caballero: ;Sean 
vuestra recompensa del bien que les ha- 
béis hecho la conciencia de Su reconoci- 
miento y la consolación de haber sido 
agradable á Dios cuya eterna bondad se 
regocija de todo lo que es bueno, y sir- 
van al mismo tiempo para animaros al 
bien que les habéis de hacer aun!... 

— Os agradezco, señor abale; dijo Mr. 
Hardy conmovido con aquel Icnguage tan 
diferente del del padre d'Aigrigny; para 
un hombre sumido, como lo estoy yo, en 
la tristeza , es la mayor dulzura para su 
corazón el oír hablar de un modo tan con- 
solador; y confieso, añadió Mr. Hardy 
con aire pensativo , que la elevación y la 
gravedad de vuebtro carácter dan mucha 
peso á vuestras palabras. 



ALBtJH. 

— Tîso es 1o que era de temer ; dijo en 
"VOZ baja el padre d'Aigrigr.y à Rodin, 
<quíen estaba siempre con el ojo en el agu 
fero y el oído alerta:; ese Gabriel hará 
-cuanto pueda para sacar á Mr. Hardy de 
«u apatía y volverle á meter en la vida 
activa. 

— No tengo miedo de eso , respondió 
Mr. Rodin con voz breve y resuelta. Pue- 
de que olvide Mr. Hardy su situación por 
un mstante; pero si trata de andar, ya 
verá que tiene las piernas rutas^. 

— ;¿ Pues qué teme en ese caso vuestra 
reverencia? 

— La lentitud de nuestro reverendo pa- 
dre el arzobispo. 

— ¿Pero qué esperáis de....? 

Pero Rodin cuya atención estaba esci- 
lada de nuevo, hizo otro ademan al pa- 
gare d^Aigrigny que se quedó como mudo. 
Habia sucedido un silencio de algunosse- 
gundos al principio de la conversación en- 
tre el abate Gabriel y Mr. Hardy, por- 
que estaba este absorto en las reflecsiones 
que le inspiraban las palabras del abate 
Gabriel. 

Durante aquel momento de silencio, 
habia puesto Agrícol maquinalmente los 
ojos en algunas de aquellas lúgubres sen- 
tencias de que estaban , por decirlo asi , 
entapizadas las paredes del cuarto de Mr. 
Hardy: tomando súbitamente á Gabrii^l 
por el brazo, esclamó con un gesto es- 
presivo: 

— ¡ Ah, hermano mió.... Ue esas mác- 
siroas... y lo comprenderás todo... ¿Qué 
hombre, ó Dios mió, viviendo en esta 
soledad, y á solas con tan desoladores pen- 
samientos, dejaría de caer en la desespe- 
ración mas horrorosa.... que lo conduci- 
rla acaso hasta el suicidio? ¡Ah I jes hor- 
rible esto, es infame! añadió indignado 
el artesano; ¡es un asesinato moral Î 

— Sois jóveo , amigo mió , respondió 
Mr. Hardy sacudiendo tristetneote la ca- 



217 



beza ; habéis sido siempre feliz; tro habéis 
esperimentado ningún desengaño.... esas 
máximas pueden paroceros, engañosas pero 
¡ ty I para mi... y para el mayor númerode 
tiombres, demasiado verdaderas son : »n 
este mundo todo es nada, miseria, dolor, 
porque el hombre ha nacido para pade- 
cer.... ¿no es verdad, señor abate? aña- 
dió dirigiéndose á Gabriel. 

Habia dado también este una ojeada á 
las diversas mácsirr.as que le Itabia indi- 
cado el herrero: el joven sacerdote no 
pudo menos de sonreírse con amargura 
al pensaren el odioso cálculo que habia 
dirijido la elección de aquellassentencias. 
Asi es que respondió á Mr. Hardy con 
acento conmovido: 

— No, no, señor: todo lo de este mun- 
do no es miseria, mentira, engaños vani- 
dades... no, no ha nacido el hombre para 
padecer; no. Dios, cuya suprema esencia 
es una bondad paternal, no secomplace en 
los padecimientos de las criaturas que ha 
hecho para que sean amantes y felices en 
este mundo.... 

— ¡Olí I ¿Lo oís, Mr. Hardy? ¿Lo ois? 
esclamó el herrero: también él es sacer- 
dote.... pero un sacerdote verdadero y 
sublime que no habla como los otros.... 

— Sin embargo, señor abale, dijo Mr. 
Hardy , se han sacado esas mácsimas de 
un libro que comparan casi á los libros 
divinos. 

— De ese libro, señor, dijo el abate, 
se puede abusar como de toda obra hu- 
mana. Escrito con el objeto de tener en- 
cadenados á los pobres frailes en la abne- 
gación, en elaislamiento,|en la obediencia 
ciega de una vida ociosa, estéril; ese li- 
bro, predicando el desprendimiento de 
todas las cosas, el desprecio do si misKios, 
la desconfianza de sus hermanos, y im 
servilismo aniquilador, tenia por objeto 
e¡ persuadir á aquellos desgraciados frai> 
les , que los tormentos que se les iinp<H 



218 



L^1|IT1 



'ni»n en esl« vida , opoestos enterimenlç 
Á la» miras de Dios sobre la humanidad... 
serian ajjradables al Señor. 

— ¡Ahí esplicado de ese modo, mepa 
rece mas espantoso ese libro, dijo Mr. 
Hardy. 

— ¡Blasfemia ! { impiedad ! dijo él aba- 
le Gabriel no piidíendo ya contener su in- 
dignación : ¡atreverse á santificar la ocio- 
sidad , el aislamiento, la desconfianza de 
Hndus, coando la tínica cosa divina que 
hay en el mundo es el santo trabajo, el 
santo amor de sus semejantes, y la santa 
comunión con ellos I ¡ iSaciitejiio I ^\ Atre- 
verse á decir (jue un padre, cuya bondad 
"es inmensa, infinita, se regocija de los do- 
lores de sus hijos I... i Kl ! ¡ Kl, justo cie- 
lo, que no tiene otros padecimietilos que 
los de sus hijos; él, que no tiene masque 
un deseo, su felicidad; él, (|ue los ha do- 
lado magníficamente con todos los teso- 
ros de la creación^ en fin , él que los ha 
Unido á su inmortalidad por la inmortali 
dad del alma I 

— i Olí , cuan liermosas y cuan conso- 
laduras son vuestras palabras! esclamó 
Mr. Hardy cada vez mas conmovido; pe- 
to ¡ay! ¿porqué hay tantos desí^raciados 
en la tierra á pesar de ia bondad provi- 
dencial del señor? 

-^Si oh, si.... Hay en esto mundoi 

horribles mi erias, respondió Gabriel en- 
ternecido y irisle. Si, muctios p.ibres pri- 
vados de toda alegría, ij." toda esperaniaj 
tienen hambre, tienen frió, y les faltan 
Vesliilüs y liabitacioiies, en niedio de iaá 
riquezas inmensas que ha dispensado el 
Criador, no solo p.wa ia felicidad de ál-* 
gunos Mno para la Mk-idad de lodos, por- 
que ha querido que se hiciese la distribu- 
ción con equidad (1)..., pero se han apo- 
derado algunos de la herencia coinun con 



la isíbcia , con la fuerza.... de eiio es de 
loque Dios se afiíge. Si, si se afiige. es 
de ver que , por satisfacer el cruel egoís- 
mo- de algunos, huy masas innumerables 
de criaturas condenadas á una suerte de- 
plorable. Por eso los opresores de lodos 
tiempos y de todos países, osando lomar 
á Dios por cómplice, se han unido paVa 
proclamar en su nombre esta espantosa 
máxima : El hombre ha nucido pnra pidé- 
cer, »us huíiiitlariones , .<«« padecí m ientóls 
jión agradables á Dius. Si, lo lian procla- 
mado^ de' modo que cuanto mas ruda, 
mas dolorora y mas humillante es la suer- 
te de la criatura que esplotan; ensotó 
más sudor', mas lágrimas, y mas sangré 
vierte la criatura , mas satl^fecho y mas 
glorificado esta el Señor, según esos ho- 
micidas...^ 

— ¡ vlii... 05 entiendo... revivo... me 
acuerdo, esclamó Mr. Hardy como si sa- 
liese de un sueño, couio si brillase repert- 
tinamentc la luz en su entendimiento os- 
cnrVcido: ¡Oh arl... eso es lo que siem- 
pre lie creido.... lo que crei...-. antes <fue 
inehtiliiesen debilitado la inteligencia pe- 
sares horrorosos. 



(1) La doclnna , no de la dntrihuóion, 
«ino de la comunidad , no de la division, 
vino de la axociaciori, esfá enlt^ra enel pa- 
isaje Mguienle del Nuevo reslameolo: 



«Todos los qiíe se convier'en á la fé, 
if ponen S«is bienes, sus trabajos y su vida 
« en común ; no iJenen todos sino ün soló 
«cuerpo; una sola alma; no forman lo- 
« dos sino un Solo cuerpo ; nadie posee 
«nada ert particular; sino son combines 
« todas Cosas eiifre elli.s; por exo ño Háij 
« pobres entre ellos. (Actos de los aposto- 
« les Miin. 44, IV, 32). » 

Hemos sacado eslaeita de un escelenle 
artículo de M. F. Vidal; (</f la justicia 
dislributiva , hevii^ta indef-endiente J que 
encierra un anaii-is profundo y notable 
de los diferentes sistemas socialistas, y de 
muchos escritos sobre esas materias de 
los señores Luis lílanc, Villegardelle, Ke- 
quens; inteligencias escogidas, pettsadorëà 
generosos que honran al socialii^mo. (Ci- 
temos también la (\wcordattcia tfe Ion in- 
ierexvx en la asociación, del señor de Vi- 
llegardelle, llena de ideas ingeni^^as so- 
bre las inmortales teorías de Fouriier. 



ALBDH. 



219 



■■^¡Si ; eso PS lo que habéis éh'ido, co - 
ï'azon noble y generoso! esclamó Gabriel, 
y no pensabais entonces que todo era mi- 
seria en vfste mundo', puesto que, gracias 
á Dios, vivian felices vuestros obreros: 
todo no era pues engaño y vanidad, pues- 
to que vuestro corazón gozaba cada día 
del reconocimiento de vuestros hermanoí-; 
no era pues todo lágrimas y desconsuelo, 
puesto qutí os veíais siempre rodeado de 
caras alcgies..^. No estaba pues la cria- 
tura inexorablemente condenada á la des- 
gracia , puesto que la colmabais de felici- 
dad. jAh, creedmel cuando entra uno 
lleno de ardor, de amor, y de fé en las 
verdaderas miras de Dios... del Dios sal- 
vador que ha dicho: amaos los unos á los 
bíros", se ve, se siente que el objeto de la 
humanidad es la felicidad de todos, y que 
el hombre ha nacido para ser feliz..» ¡ Ah, 
hermano mío! añadió Gabriel llorando de 
emoción é indicando las máximas que se 
leían al rededor del cuarto: mucho mal 
nos ha hecho ese libro terrible.... ese li- 
bro que se han atrevido á llamar la Imi- 
tación de Jesucristo^ añadió Gabriel indig- 
nado: ¡ese libro, la imitación de la pala- 
bra de Jesucristo ! ¡ Ese libro desolador 
x\\xe no tiene sino ideas de venganza, de 
desprecio, de muerte, dé desesperación, 
cuando no ha tenido Jesucristo sino pala- 
bras de paz, de perdón, de esperanza y 
de amor I.... 

— ; Oh ! os creo.... esclamó Mr. Har- 
<ly dulcemente alborozado; os creo; me 
es necesario creeros. 

— ¡Si, hermano mió! respondió Ga- 
briel cada vez mas conmovido : liermano 
mió — creed en un Dios siempie bueno, 
siempre misericordioso, siempre amante; 
creed en un Dios que bendice el trabajo, 
que padecería cruelmente por sus hijos, 
si en ugar dé prodigar en provecho de to 
dos los bienes qiíe os ha prodigado per- 
sistieseis en aislaros para siempre en una 



desesperación enervante y estéril...: No, 
no; no lo quiere Dios... arriba, hermano 
mió ... añadió Gabriel tomando cordial- 
mente la mano á Mr. Hardy, quien se le- 
vantó como si hubiese obedecido á un "e- 
neroso magnetismo; arriba, hermano 
mío... todo ese numdo de trabajadores os 
bendice y os ilaniü : uejad esta tumba. .. 
Venid.... venid.. i venid al cielo raso.... á 
la luz del sol, en medio de los corazones 
cilurosi's y simpáticos.... dejad esle aire 
sofocador por el aire .^aludabie y vi\iGca- 
dor de la libertad; dejad este triste retiro 
por el asilo que animan los cantos de los 
trabajadores; venid, venid á encontrar 
aquel pueblo de laboriosos artesanos para 
los cuales sois la Providencia: elevado por 
sus robustos brazos j estrechado entre sus 
generosos pechos, rodeado de mujeres, de 
niños, de ancianos, que lloraran de ale- 
gría al volveros á ver, es sentiréis rege- 
nerado, sentiréis que eglsn en vos ta vo- 
luntad y el poder de Dios puesto que 

podéis tanto por la felicidad de vuestros 
hermanos.... 

— Gabriel.... tienes razón.... á tí.... á 
Dios.... deberá lodo nuestro pequeño pue- 
blo de trabajadores la vuelta de su bien- 
hechor; esclamó Agricol, echándose en 
brazos de su hermano, y apretándole con- 
tra su pecho; ¡ Ah! nada temo ya... vol- 
verá entre nosotros .Mr. Hnrdy.... 

— Si, tenéis rázon ; á él es.... á este 
admirable sacerdote según Jesucristo es á 
quien deberé yo »)i resurrección.... jior- 
qué aquí estaba enterrado vivo en Wn se- 
pulcro: dijo Mr. Hardy, que eslat)a le- 
vantado, derecho, íirme, con los carrillos 
lijeramente encarnados, y los ojos brillan- 
tes; él que estaba antes tan pálido, tan 
abatido, y tan corbado. 

— ¡ En fin... sors nuestro ! esclamó el 
herrero; no me queda ya duda ninguna. 

— Lo espero, amigo mío, dijo Mr, 
Hardy. 
56* 



220 ALBOB, 

— ¿Aceptáis pues )as ofertas de la se- 
ñorita de Cardovíl!e? 

— Pronto le escribiré con este objeto... 
pero antes.... añadió en tono grave y se- 
rio, deseo tener un rato de conversación 
con mi hermano; y ofreció con efusión la 
mano á Gabriel ; me permitirá que le dé 
el nombre de hermano.... puesto que es 
el apóstol generoso de la fraternidad.... 

— jOh!.... tranquilo estoy puesto 

que os dejo con él, dijo Agricol; yo, 
entre tanto voy corriendo á casa de la se- 
ñorita de Cardovillc á darle esta buena 
noticia.... pero ahora que pien?o en ello; 
¿si salis hoy de esta casa, adonde iréis?... 
¿Queréis que busque?.... 

— De todo eso hablaré con vuestro dig- 
no y escelente hermano, respondió Mr. 
Hardy; os ruego que rayais á ver á la se- 
ñorita de Cardoville, y á darle gracias, 
asegurándola que esta tarde tendré el ho- 
nor de responderla. 

— ¡ Ah , señor ! tengo que contener mi 
corazón y mi cabeza para no volverme lo- 
co de alegría; dijo el buen Agricol, po- 
niéndose alternativamente las manos en 
el corazón y en la cabeza, embriagado de 
felicidad, y después volviendo junto á Ga- 
briel, le apretó de nuevo contra su pecho 
y le dijo al oido: Dentro de una hora.... 
vuelvo... pero no solo.... un alzamiento 
en masa.... ya verás.... oo le digas nada 
á Mr. Hardy; tengo una idea. 

Y salió el herrero con una embriaguez 
indeCnihle. 
Quedáronse solos Gabriel y Mr. Hardy. 



Rodin y el padre d'Aigrigny hablan 
asistido, como ya se sabe, inviaiblemente 
á aquella escena. 

— ¡Pues bien I ¿qué piensa vuestra 
reverencia? dijo el padre d'Aigrigny con 
asombro á Rodin. 

— Pienso que han tardado demasiado 
en votver del palacio del arzobispo y que 



este misionero herege va á perderlo lodo; 
respondió Rodin royéndose las uñas has- 
ta derramar sangre. 
XI. 

LÁ CONFESIÓN. 

Cuando salió del cuarto Agricol, Mr. 
Hardy, acercándose á Gabriel, le dijo: 

— Señor abate 

— No, decid hermano mió me ha- 
béis dado ese nombre y le tengo mu- 
cho apego; respondió afectuosamente el 
joven misionero, alargando la mauoáMr. 
Hardy. 

Apretóla este cordialmente, y con- 
tinuó: 

— j Pues bien, hermano miol.. . Me 
han reanimado vuestras palabras, y me 
han recordado deberes que habia olvidado 
en medio de mis penas. ¡Quiera Dios que 
no me falte ahora la fuerza en la nueva 
tentativa que voy á hacer... porque, ¡ayl 
no lo sabéis todo. 

— ¿Qué queréis decir? respondió Ga- 
briel inquieto. 

' — Tengo que haceros penosas confesio- 
nes replicó Mr. Hardy despues de ha- 
ber callado y reflexionado un instante. 
¿Tendréis la bondad de oirme en confe- 
sión? 

— Os ruego hermano mió que 

roe hagáis vuestra confidencia , dijo Ga- 
briel. 

— ¿No podéis acaso oirme como con- 
fesor ? 

— En cuanto puedo, respondió Gabriel, 
evitó la confesión oficial... si asi se puede 
llamar, porque tiene á mi parecer tristes 
inconvenientes; pero soy feliz, ¡oh I muy 
feliz cuando consigo inspirar aquella con« 
fianza que decide á un amigo á abrir su 
corazón á otro amigo y decirle: pa- 
dezco... consoladme dudo... aconse- 
jadme soy feliz.... partid conmigo mi 

alegría... ¡Oh! ¡mirad! para míesacon- 
fesion es la cosa mas santa de todas, y asi 



ALBUM. 



221 



lo quería Jesucristo cuando decía, «con- 
fesaos los unos con los otros: » i Desgra- 
ciado el que no ha haliadoen toda su vida 
un corazón fiel y segtiro para confesarse 
así!... ¿Nu es verdad, hermano mió? Sin 
embargo, como estoy sometido á las leyes 
de la iglesia por consecuencia de votos he- 
chos voluntariamente, dijo el joven sa- 
cerdote sin poder contener un suspiro, 

obedezco á las leyes de la iglesia y si 

lo deseáis, hermano mió os oiré como 

confesor. 

— ¿Con qué obedecéis á las leyes, que 
no aprobáis?... dijo Mr. Hardy maravi- 
llado de aquella sumisión. 

— ¡Hermano miol sea lo que sea lo que 
DOS enseña la esperiencia, lo que nos des- 
cubre..,., respondió tristemente Gabriel, 

«n voto hecho libremente á sabien- 

das es para el sacerdote una promesa 

sagrada para él hombre de honor una 

palabra jurada... Mientras esté en el gre 

fnio de la iglesia obedeceré á su dis 

ciplina , por pesada que sea á veces para 
oosotros esa disciplina. 

— ¿Para vos, hermano mió? 
— Sí, para nosotros curas del campo, 
-ó vicarios de las ciudades, humildes pro- 
letarios del clero, simples obreros de la 
viña del Señor; la aristocracia que poco 
é poco se ha introducido en la iglesia, es 
muy á menudo para nosotros un poco ri 
gurosa, un poco feudal; pero es tal la 
esencia divina del cristianismo que resiste 
á los abusos que podrían mudarlo; en las 
filas oscuras del clero inferior, es donde 
puedo, mejor que en cualquiera otra par- 
te, servir la causa de los desheredados y 
y predicar su santa emancipación con al- 
guna independencia... Por eso, hermano 
mió, permanezco en la iglesia , y perma- 
neciendo en ella, rne someto á su disci- 
plina; digo eso, añadió Gabriel con es- 
pansion, porque vos y yo trabajamos am- 
bos por la misma causa; los artesano» que 



habéis convidado á partir con vos el fruto 
de vuestros trabajos, no están ya deshe- 
redados Y, asi, por consiguiente ser- 
vís á Jesucristo mas eficazmente que yo 
por el bien que hacéis. 

— Y continuaré sirviéndole, os lo re- 
pito con tal que tenga la fuerza nece- 
saria. 

— ¿Porqué os ha de faltar esa fuerza ? 

— ¡Si supieseis cuan desgraciado soy!... 
¡Si conocieseis lodos los golpes que he re- 
cibido!... 

— Es verdad que son deplorables la ruina 
y el incendio que han destruido vuestra 
fábrira 

— ¡Ah, hermano mió! dijo Mr.Hardy 
interrumpiendo á Gabriel; ¡qué es eso, 
gran Dios!... No me desanimaría yo por 
una desgracia que se puede reparar con 
dinero: pero ¡ah! otras desgracias exis- 
ten que con nada se pueden reparar 

No; y sin embargo, hace un instante ce- 
diendo á la persuasion de vuestras gene- 
rosas palabras, el porvenir, tan sombrío 
hasta ahora para mí, se ha aclarado: me 
habéis alentado y reanimado recordán- 
dome la mii^ion que tengo aun que cum* 
plir en este mundo 

— ¡Pues bien, hermano mió! 

— ¡Ay! que me aquejan nuevos temo- 
res cuando pienso en volver á entrar 

en esa vida agitada en ese mundo en 

que tanto he padecido 

— Pero esoS temores ¿quién los pro- 
duce? dijo Gabriel con un interés cada 
vez niayor. 

— Escuchadme, hermano mió, respon- 
dió Mr. Hardy; había concentrado cuanto 
tenia de ternura y de acendrado afecto 

en el corazón, en dos personas en un 

amigo que creia sincero... y en un afecto 

mas tierno el amigo me ha en^^ailado 

de un modo atroz la muger des- 
pues de haberme sacrificado todos sus de- 
beres, ha tenido aliento, y por eso la ve- 



222 



Ar.tta. 



ñero mas aun, para sacrificar nuestro 
amor á la tranquilidad de su madre, y se 
tía alejado para siempre de la Francia.... 
|Ay ! temo que sean incurables esos pe- 
sares, y que me reduzcan á la nada en la 
nueva via que me aconsejáis que em - 
prenda. Coniieso mi debilidad... es gran- 
de y me espanta tanto mas cuanto 

que no len^o dereclio de estar ocioso, ais- 
lado, niienlras puedo hacer algo aun por 
la humanidad. Me habéis ilustrado en 
cuanto á ese deber, hermano mió so- 
lamente temo »)ue, á pesar de mi buena 
resolución... me lleguen á fallar las fuer- 
zas, como os he dicho ya, al volverme á 
hallar de nuevo en ese mundo que jamas 
Sera para mí sino frío y desierto. 

— ¿Pero esos honrados artesanos que 
os bendicen, que os esperan, no poblarán 
ese mundo? 

— Sí... hermano mió, dijo Mr. Hardy 
amargamente; pero en otro tiempo...», á 
ese dulce sentimiento <ie obrar el bien, se 
unían para mí dos afectos que se dividían 
mi vida .. ya no existt;n esos dos afectos, 
y dejan en mi corazón un vacío inmenso. 
Había contado con la religion... para lle- 
narlo; pero, layl para reemplazar loque 
tan amargos pesares me causa, no le han 
dad<» por único alímoiito, á mi alma des- 
consolada, sino una sola desesperación.... 
dif'iéndome que cuanto mas la profundi- 
zase, y mas tormentos descubriese en 
ella, tanto mas merecedor si na á los ojos 
del señor... 

—Os aseguro, hermano mío, que os han 
engañado : la dicha y no el dolor es, à los 
ojo» de Dios, fl (>l)j>to de la lHimanida<l: 
(}uiere que st»a el hombre feliz, porque 
quit-re tiue sea ju>lo y bueito. 

— ¡Ohl I si hubiese oido antes esaupa 
labras (te e-peranza ! djo Mr. Hardy, se 
hubiesen curado mis heridus en lugar de 
hao+Tse incurables". hiibiiTa cornenzaiio 



prender; hubiera hallado et) ella el con* 
suelo y acaso el olvido de mis males. En 
cuanto al presente.... | oh ! ¡mirad.... es 
horroroso el conft'>arlu !... Me han hecho 
el dolor tan familiar, me han encarnado 
tan fuertemente con él.... que] me pare- 
ce que ha de paralizar para siempre mi 
vida... 

Y avergonzándose después de esta re- 
caída en el abatuniento, añadió Mr. Har- 
dy en voz dolorosa, cubriéndose la cara 
con las ntariiís : 

— ¡Olí! ¡ perdonad... perdonad mi de- 
bilidad! ¡Pero si supieseis lo que es 

una pobre criatura que no vivía sino por 
el corazón , á la cual le lia faltado todo á 
la vez! ¿Qué queréis que os diga?... Tra- 
ta entonces la infeliz criatura de aficio- 
narse á cualquiera cosa que sea; sus per- 
plejidades, sus temores , y aun sus iínpo- 
tencias, son mas dignas, creedme, decom- 
f>asion que de desprecio. 

Kn la liumíldad de aquella confesión 
había alguna cosa tan patética , que tia- 
briel se sintió con'iiovido hasta el punto 
de verter lágrimas. "T' •< h i.m • , i^ — 

F)n atpiellos accesos de postración casi 
enfermiza reconocía el joven misionero 
con espanto los lerríblesefectosde las ma- 
niobras de los \{\{. PF. tan habiles para 
envenenar, para hacer mortales las lla- 
gas de las almas tiernas y delicadas, qijtí 
desean ellos aislar y captar, destilando en 
ellas largo tiempo y gota á gota el acre 
V(^neno de las máxiuus mas de»consola- 
diiras. 

Sabiendo que el abismo de la desespe- 
ración produce taüibien atracciones verti- 
ginosas , ahondan esos sacerdotes y pro- 
fundizan ese abismo al rededor de su víc- 
tima, hasta que, perdida... fascinada., .se 
pone á mirar sin cesar, con los ojos íijos 
y ardientes, el fon lo del precipicio que la 
ha de tragar... naiifiagio siniestro, tuyos 



anlcí la buena obra que inecscitais à eiu 'despcjjs los recogen elius... 



ALübM. 



En Vano brillan eh el firmamento el 
azulado éter y el irradiante sol; en vano 
siente e! inffliz que seria salvado , si le- 
vantase los ojos al cielo... y aun en vano 
le da de cuando en cuando una mirada 
furtiva , píirque luego , sucumbi»>ndo á la 
omnipotencia infernal del {hechizo que le 
han ochado aquellos malvados clérigos, 
vuelve á poner los ojos en el fondo de la 
sima profunda que lo atrae... 

Eso es lo que suoedia con Mr. Hardy. 
Conoció el abate Gabriel la situación de 
aquel infeliz, y reuniendo todas sus fuer- 
ieaspara sacarlo de aquella postración, es- 
clamó : 

— ¿Qué habíais, hermano mió, de com- 
pasión, de menosprecio? pues ¿qué cosa 
hay en el mundo mas sagrada y mas san 
ta á los ojos de Dios y de los hombres que 
Una alma que busca la fé para fijarse en 
ella después de la tormenta de las pasio- 
ne^? Tranquilizaos, hermano mió; no son 
incurables vuestras heridas.... asi que sal- 
gáis de esta casa.u. creedme, se curarán 
rápidamente. 
~ 1 Ay 1 1 cómo esperarlo 1 
— Creedme, hermano mió, se curarán 
desde el instante en que Vuestros pesares 
pasados, lejos de despertar en vos esos 
pensamientos de desesperación... despier- 
ten pensamientos consoladores, casi dul- 
«es. 

-r-¿ Pensamientos consoladores.... casi 
dulce.-?... esclamó Mr. Hárdy^ nopudíen- 
<lo creer lo que oia. 

— Si, respondió Gabriel sonriendo con 
una bondad angelical, si, porque hay, te- 
ned'oenlendido, grandesdulzuras y gran- 
des consuelos en la compasión.... en el 
perdón. Decid..... decid , hermano mió: 
¿la vista de los que le hablan perseguido 
escitó jamas en el alma de Jesucristo idea'^ 
de odioj de desesperación ó de venganza? 

No, no halló en su corazón palabra- 

llenas de mansedumbre y de perdón 



223 



sonrió en medio de sus lágrimas cjn una 
indulgencia inefable, y después rogó por 
sus enemigos, i Pues b en ! en lugar de 
padecer con tanta amargura por la trai- 
ción de un amigo.... compadecedle, her- 
mano mió.... rogad tiernamente por él... 
porque de vosotros dos... el mas des^ra- 
ciadonosois voo.;. Decidme: ¿cuan gran- 
de es el tesoro que ha perdido vuestro in- 
fiel amigo perdiendo vuostra amistad?.... 
¿Quién os dice que no eslá arrepentido y 
padeciendo?.... jAyl verdad es que, si 
estais siempre pensando en el mal que os 
hizo su traición... se romperá vuestro co- 
razón en un desconsuelo incurable... pen- 
sad al contrario en el hechizo del perdón, 
en la dulzura de la oración , y se ensan- 
chará vuestro corazón, y será feliz vuestra 
alma , porque será según la voluntad de 
Dios. 

Abrir de repente á aquella naturaleza 
tan generosa , tan delicada, tan amante, 
las vias adorables é infinitas del perdón y 
y de la oración era responder á sus ins- 
tintos, era salvar á aquel infeliz, mientras 
el encadenarlo á una sombría y triste de- 
sesperación, era matarlo asi como lo ha- 
blan esperado los reverendos padres. 

Quedóse por un momento Mr. Hardy 
como deslumhrado á la vista del radiosa 
horizonte que por la segunda vez evoca- 
ba de repente á mis (>jos ía palabra evan- 
gélica del abate Gabriel. 

Entonces, palpitándole el corazón con 
emociones contrarias, esclamó: 

— ¿Cónu) podéis mudar asi casi súbita- 
mente la amargura en dulzura? Va me 
parece que renace la calma en mi pedio, 
pensando como decis, en el perdón.... en 
la oración llena de mansedumbre y de es- 
peranza. 

— lO.'i! ya veréis, respondió Gabriel 
con calor, ¡qué dulces alejirias os espe- 
ran! Rogar por lo que se ama rogar 

por lo que se ha amado; poner á Tíos» 
57- 



32i ALBDM 

por nuestras oraciones, en coinunion con 
los quo queremos... y aquella muger, cu- 
yo amor os era tan precioso.... ¿¡lorqut* 
os ha de hacer asi desgraciado su recuer- 
do? ¿por qué evitarlo? ¡Ah, hermano 
mió! pensad en él, al contrario; pero pa- 
ra purificarlo, para sanlincarlo con la ora- 
ción... haced que suceda á ese airor ter- 
restre un amor divino un amor cris- 
tiano, el amor celesli?! de un ¡lermano 
por su hermano en Jesucristo Y ade- 
mas, si ha sido esa mujer culpable á los 
ojos de Dios, ¡qué dulzura el rogar por 
ella!... j()ué alegría inefable el poder ha- 
blar de el/a cada dia á Dios, á Dios, que 
siempre elemento y bueno, enternecido 
con vuestras súplicas, la perdonará; por- 
que lee en el fondo de los corazones.... y 
sabe ¡ay ! que muchas de las caldas soo 
fatales... No ha intercedido el Cristo con 
su padre en favor de Magdalena la peca- 
dora, y de la muger adúltera? ¡ Pobres 
criaturas! No las rechazó, ni las n^aldijo, 
sino que les tu^'o compasión y rogó por 
ellas... porque habían amado mucho... di- 
jo el Salvador de los hombres. 

— ¡Oh ! al fio os comprendo , esclamó 
Mr. Hardy, orar.... es también amar.... 
orar, es esperar en lugar de desesperar- 
se.... en fin, rogar.... es derramar lágri- 
mas que vuelven á caer sobre el corazón 
como un roció benéfico.... en lugar délas 
lágrimas ardientes que lo abrasan.... Si; 
os comprendo á vos... porque no me de- 
cís.... padecer es orar No, no, lo 

siento; decís verdad cuando decís, espe- 
rar y perdonar es orar: si, gracias á 

vos, ahora volveré á entrar en la vida sin 
temor. 

Y después, con los ojos llenos de lágri- 
mas, alargó los brazos á Gabriel dicién- 
dolé: 

— I Ah, hermano mío! por la segunda 
vez vos me salváis. 

Aquellas dos buenas y valientes criatu- 
ras se echaron en brazos una de otra. 



Ya se sabe que Rodin y el padre d^Ah- 
grigny hablan asistido invisibles á esta es- 
cena: Kodin escuchando con una atención 
devoradora, no habia perdido ni una sola 
palabra de aquella conversación. 

En el instante en que Gabriel y Mr. 
Hardy se echaron «n brazos uno de otro, 
retiró siibitamente Rodin síi ojo de reptil 
del agujero por donde miraba. 

Tenia la fisonomía del jesuíta una es- 
presion diabólica de alegría y de Iriuiir^. 
Kl padre d'Aígrigny que estaba al contra- 
río desconsolado por el desenlace de aque- 
lla escena, consternado y no sabiendo que 
significaba el aire triunfal de su compa- 
ñero, lo contemplaba con una sorpresa 
indecible. 

— /To le he cojidól le dijo bruscamente 
Rodin con su voz breve é imperiosa. 

— ¿O'ié queréis decir? respondió el pa- 
dre d'Aígrigny asombrado. 

— ^¿Hay aquí un coche para viajar? re- 
plicó Rodin sin responder é la pregunta 
del padre d'Aígrigny. 

Aturdido este por aquella pregunta-» 
abrió sus espantados ojos, y repitió ma- 
quinalmente: 

— ¿Un coche para viajar? 

— Sí sí dijo Rodin con impa- 
ciencia; ¿hablo acaso yo en griego? Ün 
coche para viajar. ¿Es bastante claro? 

— Sin duda tenemos el mió.... dijo 

el reverendo padre. 

— En ese caso enviad á que traigan ca- 
ballos de posta al instante mismo. 

— ¿Y para qué? 

— Para llevarse á Mr. Hardy. 

— ¿Llevarse á Mr. Hardy? esclamó el 
padre d'Aigrigny creyendo que deliraba 
Rodin. 

— Sí: replicó este; lo llevareis esta no- 
che á Saint-Herem. 

— ¿A aquella triste y profunda sole- 
dad él Mr. Hardy? 



ÀLnUM. 



^25 



■^ creía soïiar el padre d'Aigrigny. 

— Él, Mr. Hardy; respondió afirma- 
îivarnenle Uodin , encojiéndose de hom- 
bros. 

— Llevar á Mr. Hardy ahora..... 

cuando acaba ese Gabriel de 

— Antes de media hora me ha de su- 
plicar Mr. Hardy de rodillas, que lo sa- 
que de Paris, que lo lleve al cabo del 
mundo, á un desierto, si es posible. 

—¿Y Gabriel? 

— ¿Y la carta que me han traído del 
palacio del arzobispo hace un ¡vístanle? 

— Pero decíais hace poco que era dema- 
siado tarde. 

— Pero hace poco no le había cojido, 
y ahora le tengo, respondió Kodin con 
Voz breve. 

Diciendo esto, salieron con precípíta- 
don los doe reverendos padres del miste- 
rioso escondite. 

XH. 

LA VISITA. 

Supérfluo es notar qoe, por una re- 
serva llena de dignidad, se habia conten- 
tado Gabriel con emplear los medios mas 
generosos para libertar á Mr. Hardy de 
la influencia homicida de los reverendos 
padres: le repugnaba á la grande y her- 
mosa alma del joven misionero el descen- 
der hasta la revelación de las odiosas tra- 
mas de aquellos clérigos. No hubiera re- 
currido á ese espediente estremado sino 
en el caso que hubiese sido impolenle su 
palabra penetrante y simpática para ven- 
■cer la ceguedad de Mr. Hardy. 

— Trabajo, oración y perdón; decia re 
gocijado Mr. Hardy despues de haber es- 
trechado entre sus brazos á Gabriel. Con 
iísas tres palabras me habéis vuelto la vi- 
da, la esperanza. 

Acababa de pronunciar esas palabras, 
cuando se abrió la puerta, entró un cria- 
do, puso silenciosamente en manos del 
joven sacerdote un pliego ancho, y salió. 



Bastante sorprendido, tomó Gabriel p'l 
pliego y lo miró, prijnero maquinaimente, 
después viendo en uno de sus ángulos un 
sello particular, lo abrió precipitadamente, 
sacó de él un papel plegado como los des- 
pachos oficíales, del cual estaba culgando 
un sello encarnado. 

— ¡Oh, Dios mío!... esclamó Gabrii 1, 
y denotaba su voz una emoción dolorosa. 

Dirigiéndose después á Mr. Hardy : 

— Perdonad seíinr. 

— ¿Qué hay pues? ¿Os comunican al- 
guna mala noticia? le dijo con ínlerY'S 
Mr. Hardy. 

— Sí muy triste respondió Ga- 
briel abatido. 

Y después anadió hablándose á sí mismo. 

— Con que así.... para eso me han he- 
cho venir á París no se han dignado 

e>cucharme, me castigan sin perníitirme 
que me justifique. 

Después de un rato de silencio, dijo 
con un suspiro de profunda resignación. 

— No importa debo obedecer y 

obedeceré... á ello me obligan mis voto.-;. 

Mirando Mr. Hardy al joven sacerdote 
con tanta sorpresa como inquietud , le 
dijo afectuosamente: 

— Aun que son muy recientes aun mi 
reconocimiento y mi atnislad... ¿no pue- 
do serviros en algo? Os debo tanto... que 
me tendría por muy feliz en poder paga- 
ros un poco. 

— Mucho habéis hecho por mí, her- 
mano mío, d^jándome un buen recuerdo 

de este día asi me haréis mas fácil la 

resignación á una pena muy cruel. 

— ¿Tenéis una pena? dijo con viveza 
Mr. Hardy. 

— Una pena ó antes bien.... una sor- 
presa penosa , respondió Gabriel. 

Volvió entonces la cabeza á otro lado, 
enjugó una lágrima que corría por su me- 
jilla, y añadió: 

— Pero rae diríjiré al Dios bueno, al 



226 ALBUM. 

Dios ^usto , y no me faltarán los consue- 
los... ya comientan puesto que os dejo con 

buenas y generosas intenciones Adiós 

pues.... hermano mió.... hasta luego... 

— ¿Me dfjais? 

— Es menester. Deseo en primer lugar 
saber como me ha llegado aqui esta carta: 
ademas tengo que obedecer inmediata- 
mente auna orden que acabo de recibir... 
Mi buen-A^iicol va á volver para lomar 
Vuestras órdenes; ól me dirá la resolución 
que toméis y la habitación en que os po- 
dré encontrar... y cuando lo deseéis, nos 
volveremos á ver. 

Por di.screciun no se atrevió Mr. Har- 
dy à in>istir para saber el motivo de la 
pena súbita d»- Gabriel, y le respondió: 

— Me preguntáis cuando nos veremos; 
mañana, porque hoy mismo salgo de esta 
casa. 

— Pues hasta mañana, hermano mió; 
dijo (íabriel apretando la mano á Mr. 
Hardy. 

Esif, por un movimiento involuntario, 
acaso instintivo, al retirar Gabriel la ma- 
no la apretó y la guardó entre las suyas, 
como si, temiendo al verlo partir, hubie- 
se querido guardarlo junto á si. 

Sorprendido el joven sacerdote, miró á 
Mr. Hardy, quien le dijo sonriéndose 
dulcemente y dejando la mano que apre- 
taba. 

— PíTilonad, hermano mi' ; pero mirad . 
gracias á lo (¡ue he padecido aqui.... me 
he puesto como los niños, que tienen mie- 
do.... cuando los dcjaii solos.... 

— Y yo estoy tranqu'lo en cuanto á 
Vos.... os dejo con pensamientos tranqui- 
lizadores, con esperanzas ciertas, que bas- 
tarán para ocupar vuestra soledad hasta 

que llegue mi buen Agricol que no 

puede tardar en venir.... Coii quedenue- 

Vo, adiós y hasta mañana, hermano 

niio. 



vtdor mío, ¡Oh ! no dejéis de venir, poi- 
que me seria muy necesario aun vuestro 
benéfico apoyo para dar los primeros pa- 
sos á la luz del sol.... ya que he e»tado 
tanto tiempo inmóvil en las tinieblas. 

— Hasta mañana pues: dijo Gabriel, y 
hasta entonces, ánimo, esperanza y ora- 
ción. 

— Animo, esperanza y oración; repitió 
Mr. Hardy, con esas palabras es uno muy 
fuerte. 

Y se qued<V solo. 

j Cosa e>lraordinaria ! La especie de te- 
mor involuntario que habia esperimenla- 
do Mr. Hardy al momento en que iba a 
salir el abate Gabriel, se representaba á 
su espíritu bajo otra forma : asi que salió 
el joven sacerdote , el pensionista de los 
reverendos padres se figuró que veia una 
sombra siniestra y creciente que sucediá 
al puro y suave centelleo del abate Ga- 
briel. 

Muy fácil es de concebir esa especie de 
reacción después de las emociones diver- 
sas y profundas de aquel dia , sobre- todo 
pensando en el estado de debilidad física 
y moral en que se hallaba tanto tiempo 
hacia Mr. Hardy. 

Hacia como cosa de un cuarto de hora 
que se habi^i ido el abate Gabriel, cuan- 
do entró el criado que estaba particular- 
mente encargado de. servido del pensio- 
nista de los reverendos padres y puso en 
>us manos una carta. 

— ¿De quién es esa carta? preguntó 
Mr. Hardy. 

— De un pensionista de esta casa í re«- 
poríd ó el eriado haciendo una reverencia. 

Tenia aquel ho»ibr(í una cara socarro- 
na y beata, lís>)S los cabellos; hablaba 
siempre en voz baja, y tenia siempre los 
ojos puestos en tierra ; mientras estaba 
esperando la respuesta , se cruzó las ma- 
nos y-omenzó devotamente á darles vuel- 



à 



'^^Adios, Y Hasta mañana, querido eal- jtas a los pul¿jares alrededor uno de [otro. 



ALBUM. 



2-27 



Abrió ¡Vír, Hardy la carta que le aca- 
baban de entregar, y leyó lo que sigue: 
«Caballero: 

« Acabo de saber hoy mismo solamente, 
«en este instante y por casualidad, que 
V me hallo al mismo tiempo que vos en 
«esla respetable casa: una larga enfer- 
« medad que he tenido, y el profundo re- 
tí tiro en que vivo, os esplicarán bastante 
«como he ignorado esta circunstancia. 
« Aunque no nos hemos visto sino una so- 
»la vez, caballero, la circunstancia que 
wme proporcionó poco tiempo hace el lio 
« Bos de veros fué tan grave para vos. que 
«me parece imposible que la hayáis olvi- 
« dado.» 

Hizo Mr. Hardy un movimiento de sor 
presa, apeló á su memoria, y no recor- 
dánJole esta cosa ninguna que le pudiese 
guiaren aquella circunstancia, continuó 
leyendo: 

« Ademas esa circunstancia esciló en mi 
«una simpatía tan profunda y tan respe- 
«tuosa para con vos, caballero, que no 
« puedo resistir al vivo deseo que tengo 
t( ;le manifestaros mi respeto, sabiendo so- 
mbre lodo que vais á salir de esta casa, 
« como acaba de decírmelo en este mismo 
«instante el escelente y digno abate Gâ- 
te briel,imo de los hombres que mas amo, 
« admiro y venero en este mundo. 

« ¿ Podré esperar, caballero, que al ins- 
te tante en que vais á salir de nuestro co- 
tí mun retiro para entrar de nuevo en el 
« mundo, os dignéis hacer favorable aco- 
« jida á la súplica, acaso indiscreta, de un 
« anciano, consagrado de aquí en adelan- 
w le á una profunda soledad, que no pue- 
«de esperar el hallaros en medio del tor- 
« bellíno de la sociedad , puesto que la ha 
x( abandonado para siempre? 

« Mientras llega vuestra apetecida y fa 
«vorecida resptiesta, recibid, caba'lero, 
« la espiesion de los sentimientos di; pro- 
« fundu estimación del que tiene el honor 
« de ser. 



« Caballero : 

«Con la mas alta consideración. 
«Su muy humilde y obediente ser- 
vidor. — RODIN.» 
Después de haber leido esta carta y el 
nombre del que la firmaba, apeló de nue- 
vo Mr. Hardy á su memoria , pensó mu- 
cho tiempo, y no pudo recordar ni el nom- 
bre de Kodin, ni la grave circunstancia á 
que hacia alusión. 

Después de un largo silencio, dijo al 
criado : 

— ¿Es el seiíor Rodin el qye os ha en- 
tregado esta carta? 

— Sí, señor. 

— ¿Y quién es ese señor Rodin? 

—Señor, es un buen anciano que aca- 
ba de salir de una enfermedad que por 
poco se lo ha llevado al otro mundo. Ha- 
ce apenas algunos dias que está convale- 
ciente, pero está siempre tan débil y tan 
triste que aílige el verlo; y es mucha lás- 
tima porque no hay en toda la casa hom* 
bre mas digno y mas escelente... á no ser 
vos, que el señor Rodin; añadió el criado 
inclinándose con aire respetuosamente li- 
sonjero. 

— ¡ íSI señor Rodin I dijo pensativo Mr. 
Hardy, es cosa muy singular, pero no me 
acuerdo ni de ese nombre ni de ningún 
acaecimiento á que pueda referirse. 

— Si quiere el caballero darme la res- 
puesta , se la llevaré al señor Rodin, está 
en el cuarto del padre d'Aigrigny, de quien 
ha ido á despedirse. 

— ¿A de^ pedir se? 

— Sí, caballero; acaban de Hogar los 
caballos de posta. 

— ¿Para quién? preguntó Mr. Hardy. 

— Para el padre d'Aigrigny, caballero. 

— ¿Va pues de viaje? dijo Mr. Hardy 
bastante sorprendido. 

— ¡Oh I será sin duda para corlo tiem- 
po; dijo el criado tomando un aire medio 
.confidencial; porque el reverendo padre 
58** 



iî28 4L8UM, 

no lleva á nadie consigo y lleva también 
poca ropa. Ademas el reverendo padre 
vendrá á despedirse del caballero... ¿Pero 
qué respuesta le lie de Jar al señor llodin? 

La carta que arababa de recibir de Ko- 
din, Mr. Hardy estaba escrita en térmi- 
nos tan corleses; se hablaba en ella con 
tanto respeto del abate Gabriel, que Mr. 
Hardy, impelido ademas por una curiosi- 
dad natural, y no viendo molivo alguno 
para rehusar aquella entrevista, en el mo 
mentó en que^ba á salir de aquel'a ca<a, 
respondió al criado: 

Decid al señor Rodin, que si quiere 

tomarse la molestia de venir, aquí le es- 
pero. 

Voy á advertirle inmediatamente, 

dijo el criado haciendo una reverencia , y 
salió. 

Habiéndose quedado solo, Mr. Hardy, 
aunque pensaba siempre quien podia ser 
ese señor Uodin , se ocupaba en algunos 
preparativos de viaje; no hubiera querido 
por cosa ninguna del mundo, pasar !a no- 
•che en aquella casa , ly para fortificar su 
ánimo, se recordaba á cada instante el 
evangélico y dulce lenguaje de (iabriel, 
así como para no sucumbir á la tentación 
los creyentes rezan algunas letanías. 

Pronto volvió el criado, y le dijo : 

Ahí está el señor Kodin, caballero. 

— Suplicadle que entre. 

Entró Rodin con su larga bata negra , 
teniendo en la mano su viejo gorro de 

seda. 

Volvió á salir el criado. 

Comenzaba á disminuir la luz del dia. 

Levantóse Mr. Hardy para ir á recibir 
al señor Rodin , cuyas facciones no veía 
bien aun, pero cuando llegó el reverendo 
padre ¿ la zona mas iluminada del cuar- 
to, que estaba cerca de la puerta-venta- 
na', habiendo examinado Mr. Hardy por 
un instante la cara del señor Rodin , no 
pudo contener un grito ligero que le ar- 



rancaron la sorpresa yun recuerdo crael. 

Pasado aquel primer movimiento de 
sorpresa y de dolor , volviendo en sí Mr. 
Hardy, le dijo á Rodin con voz alteradas 

— Vos aquí... caballero... ¡Ahí tenéis 
razón... la circunstancia en que os vi por 
la primera vez, es muy grave. 

— ¡ Ah, querido señor mió! dijo Rodin 
con una voz paternal y sati'>fecha; estaba 
muy seguro que no me habríais olvidado. 
XHI. 

LA ORACrOX. 

Ni) se ha olvidado sin duda que Rodin 
fué á casa de Mr, Hardy (aunque enton- 
ces no le conocía aun), á descubrirle la 
indigna traición de Mr. de Bessac, dándole 
aquel golpe horroroso que precedió algu- 
nos instantes solamente á otro golpe aun 
mas terrible, puesto que apenas estabao 
reunidos Rodin y Mr. Hardy , vinieron á 
decirle á este último que se habia ido la 
mujer que adoraba. De ahí es fácil cole- 
gir cuan cruel hubo de ser para Mr. Har- 
dy la inesperada aparición de Rodin. Sin 
embargo, gracias á la saludable influencia 
de los consejos de Gabriel, se fue serenan- 
do poco á poco, sucediendo á la contrac- 
ción de sus facciones una calma triste. En- 
tonces dijo á Rodin: 

— No esperaba en efecto, caballero, en- 
contraros en esta casa. 

— i Ay, Dios mió! caballero, respondió 
Rodin suspirando; no creía yo tampoc9 
haber de venir aqui á concluir probable- 
mente mis tristes dias, cuando fui sin co- 
noceros, con el único objeto de iiacer un 
servicio á un hombre honiado... á descu- 
briros una grande infamia. 

— En efecto, caballero, me hicisteis en- 
tonces un gran servicio... y acaso me hu- 
biera sido imposible el manifestaros en 
aquel instante mi reconocimiento cual de 
bia... porque en el momento mismo en 
que me acababais de descubrir la traidor» 
de Bessac... 



Ai.mií. 



229 



-.«.'Os agJvió otra noficii , que os fu¿ 
'muy (iulorosa, (Jijo Rodin interrumpiendo 
á Mr. Hardy; jamás olvidaré la brusca 
llegada de aquella pobre sefiora , pálida, 
descompuesta, que sin advertir que esta- 
ba yo alli, vino á decirosqtie una persona, 
en quien habíais puesto todo vuestro afec- 
to, acababa de irse de Paris. 

— Si, señor, y sin pensar en daros las 
gracias, partí precipitadamentr; respondió 
melancólicamente Mr. Hardy. 

— ¿Sabéis, caballero, dijo Rndin des- 
pués de un corto silencio, que haya veces 
semejanzas estraordinarias? 

— ¿Que queréis decir? 

— Mientras iba á advertiros de la trai- 
ción infame que os estaban hacieftdo...... 

;yo... yo mismo... 

Interrumpióse Rodin súbitamente como 
'si hubiese sucumbido á una emoción do- 
lorosa , manifestaba su fisonomía un tor- 
mento tan vivo, que Mr. Hardy le dijo 
con interés: 

— ¿Qué tenéis, caballero? 

— Perdonad, caballero, respondió Ro- 
<Jin sonriendose amargamente, gracias á 
los religiosos consejos del angelical abate 
Gabriel, he llegado á comprender la re 
signacion : sin embargo á veces con cier- 
tos recuerdos esperimento dolores muy 
agudos.... Os decia pues, añadió Rodin 
con voz massegura.quela mañana siguien- 
te al día en que fui á deciros : « os enga- 
ñan, caballero...» era yo también víctima 
de un engaño horroroso..,. Ua hijo adop- 
tivo, un infeliz niño abandonado que yo 

habia recogido é interrumpiéndose de 

nuevo y pasando sobre los ojos su mano 
trémula, dijo: perdonadme, caballero.... 
el hablaros de penas qu- os son indiferen- 
tes... físcusad el indiscreto dolor de un 
pobre anciano muy abatido... 

— Señor, he padecido mucho para que 
me sea indiferente ningún pesar, respon- 
dió Mr. Hardy; ademas no sois para mi 



un estrangero me habéis hecha u» 

verdadero servicio y tenemos ambos 

una veneración iguala unescelentesaccr- 
dofe.... 

— j K\ abate Gabriel ! dijo Rodin inter- 
rumpiendo á Mr. Hardy : i Ah, señor! Ks 
mi salvador... mi bien'iechor I... ¡ Si co- 
nocieseis todas sus atenciones, toda su es- 
merada ternura mientras ha durado la 
larga enfermedad que me causó aqu.l 
horroroso dolor.... si supieseis la dulzura 
inefable de los consejos que nie daba !.... 

— ¡Sí, losé! caballero, e;clamó Mr. 
Hardy; ¡Oh! ¡Síi sé cuan saludable es 
su influencia, 

— ¿No es verdad, caballero, que en su 
boca los preceptos de la religion están llenos 
de mansedumbre? replicó Rodin con er- 
sallacion. ¿No es verdad que consuelan? 
¿No es verdad que hacen amar y esperar 
en lugar de temer y temblar? 

— ] Ay, caballero! en esta misma casa, 
dijo Mr. Hardy, he podido hacer esa com- 
paración. 

— Yo he sido bastante feliz, dijo Rodin, 
para tener desde el principio al abateGa- 
briel por confesor... ó por mejor decir por 
confidente... 

— Si, respondió Mr. Hardy; porque 
prefiere la confianza.... á la confesión 

— jCuan bien le conocéis 1 dijo Rodin 
con un acento de hombría de bien y de 
candor, que no se puede imaginar, y des- 
pués añadió: No es un hombre, es un án- 
gel... Su penetrante pa'abra convertía á los 
mas endurecidos. Mirad... por ejemplo, \o, 
sin ser impío, habia vivido profesando los 
principios de la pretendida religion natu- 
ral, pero el angelical abate Gabriel ha fi- 
jado poco á poco mis creencias vagas, les 
ha dado un cuerpo... una alma... en fin, 
me ha dado la íé. 

— ¡Ahí esclamó Mr. Hardy; esees 
un verdadero sacerdote según Jesucri>^ 
to, un sacerdote todo amor, todo per- 
don. 



230 



kts^U. 



— Es tan cierto cuanto estais diciendo, 
replicó Rodin, que habla venido yo aquí 
casi furioso de pt^êr , pensando anas ve- 
ces en aquel infeliz qnehabia correspondi- 
do á todas mis bondades paternales con la 
ingratitud mas monstruosa, me entregaba á 
todos los transportes de la desesperación; 
otra^ veres caia en un abatimiento silen- 
cioso, g'acial como el de un septiicro 

pero aparece de repente el abate Ga- 
briel y se disipan las tinieblas, y luce 

el día para mi. 

— Tenéis razón, caballero; liay seme 
janzas estraordlnarias, dijo Mr. Hardy, 
dejándose llevar cadu vez mas de la sim- 
patía y de la confianza, que forzosamente 
habían de escitar tantas relaciones entre 
su Situación y la pretendida situación de 
R')din. Mirad pues; francamente me ale 
gro ahora de haberos visto antes de salir 
de esta casa. Sí hubiese sido capazde vol- 
ver á caer de nuevo en los accesos de una 
vil debilidad, vuestro ejemplo bastaría pa- 
ra Sostenerme Desde que habéis co- 
menzado a hablarme, me siento cada vez 
mas firme en la noble carrera que me ha 
abierto el angelical abate, como cun tanta 
razón decís.... 

— No tendrá pues que arrepentirse el 
pobre anciano de haber seguido el primer 
movimiento de su corazón , que le impe- 
lía liaría vos, dijo Rodin con expresión pa 
lética ; ¿ Me conservareis un recuerdo en 
ese mundo al cual vais á volver? 

— Tcnedlo por muy sij^uro, caballero; 
peíoperinílidme una pregunta: ¿ Ks ver- 
dad, caballero, que os quedáis como me 
lo han dicho en esta casa 7 

— 1 Q'íé querei-í, cabalero 1 ¡ Se goza 
en ella una calma tan perfecta 1 ¡ Le dis- 
traen á uno (an puco de sus oraciones ! 
Porque mirad, añadió Kodín en tono lle- 
no de mansedumbre; ¡me han h-cho 

tanto mal! ¡me han hevho padecer 

tanto!..,, la conducta del iuíciiz que me 



ha engañado ha sido tan horrorosa, se ha 
dejado arrastrar á tan graves desórdenes, 
que debe estar Dios muy irritado... con- 
tra él. Soy tan viejo, que apenas puedo 
esperar, pasando lo que me queda de vi- 
da en oraciones ardientes, aplacar la ira 
del Señor. ¡Oh ! ¡ La oración ! ¡ La ora- 
cionl Kl abate (îabriel es quien me ha re- 
velado todo su poder, tuda su dulzura.... 
y al mismo tiempo los tremendos deberes 
que impone. 

— Kn i'ficto, son esos deberes... gran- 
des y sagrados, dijo Mr. Uardy con aire 
pen>alivo. 

— ¿Conocéis la vida de Rancey? dijo 
súbitamente Kodín dando a Mr. Hardy 
una mirada de una espresíon estraordi- 
naria. 

— ¿'Il fundador de la abadía de la Tra- 
pa? dijo Mr. Hardy sorprendidode la pre- 
gunta de Rodin. Hace mucho tiempo que 
he oído hablar muy vagamente de los mo- 
tivos de su conversion. 

— lis que no hay ejemplo mas grande, 
según creo, de la omnipotencia de la ora- 
ción.... y del estado de estasis casi divino 
á que puede llevar las almas religiosas... 
Kn pocas palabras, he aqui !a instructiva 
y Ir gica historia. El señor de R»ncey.... 
I'ero perdonad, señor... Temo abusar de 
vuestra conJescendencia.... 

— No... no.... replicó con viveza Mr. 
Hardy. Al contrario, no podríais creer 
cuanto me inttresa todo loque m*e decís... 
Se ha inlerrunipíd>< hrusomente mi con- 
versación con el abate Gabriel, y se me 
fifiura , mientras os escuiho, que estais 
desarrollando sus p<nsamientos... Conti- 
nuad pues, os lo sup'i'.'u. 

— Con el mayor gusto, porque quisie- 
ra que la lección que, gracias á nuestro 
angelical abate, he sacado de la conver- 
sion del señor Uancey, os aprovechase 
tanto como á mí. 

— ¿Es también el abate Gübriel?.... 



áLfcüH 

— Quien , para apoyar sus exhortacio- 
nes, me citó esa especie de parábola, res- 
pondió Rodin. ¡Ah, Dios mío I caballe- 
ro, todo lo que me ha dado nuevo tem- 
ple, ha asegurado y tranquilizado mi po- 
bre corazón medio destrozado.... ¿no se 
io debo á la palabra consoladora de ese 
joven sacerdote? 

— Entonces os escucharé con mayoi in- 
terés. 

— Era Mr. de Rancey muy hombre de 
mundo , dijo Mr. Rodin observando con 
mucha atención la ñsonomía de Mr. Har- 
dy, un militar joven, ardiente, hermoso; 
amaba á una joven de noble prosapia. 
¿Cuales fueron los obstáculos que se opu- 
sieron á sU enlace? Lo ignoro; pero lo 
cierto es que el amor hasta entonces ha~ 
bia sido oculto y feliz: cada noche Mr. 
de Rancey iba por una escalera secreta a! 
cuarto de su amante. Era uno de aque- 
llos amores apasionados que no se espe- 
rimentan sino una vez á la vida. Hasta el 
misterio, hasta el sacrificio mismo que 
hacia la desgraciada señorita olvidando 
todjs sus deberes , parecia que daban á 
aquella pasión culpable un hechizo mas. 
Cubiertos asi en la sombra y en el silen- 
cio del secreto los dos amantes pasaron 
dos años en un delirio del corazón, en una 
«mbríaguez de deleite que se asemejaban 
al estasis. 

Al oir aquellas palabras, enternecióse 
Mr. Hardy.... por la primera vez de mu- 
cho tiempo á aquella parte, se cubrió su 
frente de un color encarnado y ardiente; 
latió su corazón con fuerza , porque re- 
bordaba que poco antes tahia gozado él 
también de la abrasadora embriaguez de 
X\n amor misterioso y culpable. 

Áunijue iba disminuyendo cada vez mas 
la luz, di«S Rodin una mirada oblicua y 
penetrante á Mr. Hardy, y viendo la im- 
presión que le producia, continuó ; 

— No obstaute, Â veces, pensando en 



231 

el peligro que corria su querida , si llega- 
ban á descubrir sus relaciones, queriaMr. 
de Rancey romper aquellos nudos tan que- 
ridos; pero la joven embriagada de amor, 
echaba los brazos al cuello de su amante 
y le amenazaba con el leoguage masapa- 
sionado, que lo revelarla todo, que lo ar- 
rostraría todo, si pensaba aun en aban- 
donarla.... era demasiado débil y estaba 
demasiado enamorado para resistir á las 

súplicas de su querida cedía Mr. de 

Rancey, y abandonándose ambos al tur- 
rente de delicias que los arrastraba, em- 
briagados de amor, olvidaban al mundo 
entero y aun á Dios mismo. 

Mr. Hardy escuchaba con ansia febril 
y devoradora á Rodin. El empeño que 
ponia el jesuíta en pintar en todos sus 
pormenores y de un modo casi sensual, 
aquel amor ardiente y oculto^ avivaba ca- 
da vez mas los ardientes recuerdos del alma 
de Mr. Hardy, anegados hasta entonces 
en las lágrimas: á la calma benéfica en 
que hablan dejado á Mr. Hardy las sua- 
ves palabras del abate Gabriel, sucedía 
una reacción sorda , profunda , que com^ 
binada con la reacción de los acoDteci- 
mientos de aquel dia , comenzaba á pro- 
ducir en su espíritu una perturbación es- 
traordinaria. 

Habiendo conseguido Rodin lo que se 
propoma , continuó del modo siguiente : 

— Llegó al tin el dia fatal: obligado Mr* 
de Rancey, á incorporarse en el ejército 
que iba á entrar en campaña, se separó 
de la joven; perocoacluyóse pronto la cam- 
paña y volvió el caballero mas enamora- 
do que nunca. Habia escrito secretamente 
que llegaría casi al mismo tiempo que su 
carta. Llega en efecto; era de norlu': su- 
be según costumbre por la'escalera secre- 
ta que vá al cuarto de su qoirida, entra 
palpitándole el corazón de deseo y de es- 
poranra.t.. su querida.... haba muerto 
la inafuna misma de aquel día. 
50" 



232 ALBLH 

— ¡ Ail ! esclamó Mr. Hardy , cubrién- 
dose la cara coq las dos niaiius, lleno do 
terrer. 

— Estaba muerta, continuó Uodio, ar- 
dían dos velas junto á su lecho fúiiLbre. 
No cree iMr. de Kaneey , ni quiere creer 
que está oiuerta: se pone de rodillas jun- 
to á It cama : en su delirio toma aquella 
cabeza joven tan hermosa , tan querida, 
tan adorada para cabrilla de besos... se- 
párase la cabeza del cuirpo y se le 

queda en las manos.... Si. añadió Rodio, 
■viendo que retrocedía Mr. Hardy desco- 
lorido y mudo de terror.... si; liabia su- 
cumbido la joven á una enfermedad tan 
rápida, tan eslraordinaria que no habia 
podido recibir los últimos sacramentos. 
Después de muerta, los midióos, para 
tratar de descubrir la causa de aquel mal 
desconocido, habían despedazado aquel 
hermoso cuerpo.... 

Cuando llegaba á aquel punto la nar- 
ración de Rodin , comenzaba á concluir 
el día; no había en aquel cuarto silencio 
so mas que una débil luz crepuscular, en 
medio de la cual aparecía vagamente la 
siniestra y pálida Ggura de Rodin , ve^t¡- 
do con su larga bata negra; parecía que 
centelleaban sus ojos con un fuego diabó- 
lico. 

Conmovido Mr. Hardy por las violen- 
tas emociones que le causaba aqueHk nar 
ración, aquella mezcla estraña de muerte, 
de delirio, de amor y de horror, se que- 
daba aterrado, inmóvil, escuchando las 
palabras de Rodin con una curiosidad in- 
decible á la que se agregaban una grande 
angustia y un gran terror. 

— ¿Qué liizü entonces Mr. de Rancey? 
preguntó al fin ion voz alterada, enju- 
gando su frente innundada de un sudor 
frío. 

— ¿Pasó dos días enteros en un delirio 
insensato, dijo continuando Rodin; des- 
pués renunció al mundo y se encerró en 



una soledad impenetrable... Fueron "hor- 
rorosos los primeros tiempos de su re- 
tiro en su desesperación daba gritos 

de dolor y de rabia que se oian de lejos. .> 
dos veces se quiso matar por libertarse de 
visíoius espantos.is 

— ¿Tenia visiones? dijo Mr. Hardy re- 
doblando su curiosidad y su angustia. 

— Sí, respondió Rodin con voz solem- 
ne; tenia vl^iones espantosa»... ^Aquella 
joven que liabia muerto por él en estado 
cié pecado mortal, la veia sumergida ♦'n 
las llamas eternas! En su hermoso rostro 
de^figuradopor los tormentos del infierno, 

se notaba la risa de los condenados 

Rechinábanle de rabia los dientes, y se 

retorcía los brazos de desesperación 

Lloraba gotas de sangre, y con voz ago- 
nizante y vengadora , gritaba á su seduc- 
tor ¡Maldito seas tú que me has per- 
dido!... n)aldito!... maldito!... 

Al pronunciar estas tres palabras, dio 
tres pasos Rodin hacia Mr. Hardy acom- 
pañando cada paso con u(\ gesto amena- 
zador. 

Si no se ha olvidado el estado de debí 
lídad, de turbación y de espanto, en que 
estaba el espíritu de Mr. Hardy ; >i se ad- 
vierte que el jesuíta acababa de mover y 
agitar en c! fondo del alma de aquel in 
feliz todos los fermentos sensuales y espi- 
rituales de un amor entibiado por las lá- 
grimas, pero no apagado; si se piensa en 
fin que Mr. Hardy se echaba también en 
cara el haber seducido á una muger, á 
quien el olvido de sus deberé» podía, se- 
gún la religion de los católicos, llevar á 
las llamas del fuego eterno, se compren- 
derá el efecto aterrador de aquella fantas- 
magoría evocada en a(]uella soledad silen- 
ciosa, al caer del día, por aquel sacer- 
dote con su cara siniestra. 

Así es que produjo en Mr. Hardy un 
efecto inmediato, profundo y tanto mas 
peligroso , cuanto el jesuíta no hacia mas 



<qnp dpsarrolíar, pprn baji ofro punto de 
«vista, las ideas del abate Gabriel. 

¿No habla convencido el jjven sacor- 
dote á Mr. H^rdy que no hay cosa mas 
suave, mas inefable que el pedir á Dios 
perdón para los que nos han hecho mal, 
ó los que liemos extraviado?... Pues quien 
dice perdón , dice castigo , y ese castigo 
es el que Rodin so esforzaba en pintar á 
s-u víctima con tnn terribles colores. 

Mr. Hardy con las manos unidas, y los 
ojos fijos y dilatados por el espanto, es- 
tremeciéndose de los pies á la cabeza, pa- 
recía que e'^cuchaba aun á Rodin, aun- 
que habia cesado este de hablar y re- 
petía magni almenle; ¡Maldito !... ¡Mal- 
dito I... ¡Maldito!... 

Y después esclamó de repente como si 
hubiese desvariado ; 

— Yo tgnibien..... seré maldito. Esa 
muger á quien he hecho olvidar deberes 
sagradosálos ojos de los hombres, á quien 
he hecho mortalmente culpable á los ojos 
de Dios..... esa muger, sumida también 
un dia en medio délas llamas eternas... . 
con los brazus retorcidos por la desespe- 
ración llorando gotas de ¿angre 

me gritará del fondo del abism(>.... ¡Mal- 
dito!... ¡Maldito!... ¡Maldito!... Algún 
dia, anadió redoblando cada vez su ter- 
^'^^ y ¿y quién sabe? acaso en esta misma 

hora me está maldiciendo porque 

ese viage á üilramar si le ha sido fa- 
tal si un naufragio ¡Oh Dios mió! 

también ella ha muerto muerto 

en pecado mortal... condenada para siem- 
pre ¡Oh, misericordia. Dios mió!... 

misericordia para ella agoviadnie con 

vuestra cólera pero tened misericor- 
dia de ella yo solo soy culpable. 

Y el infeliz casi delirando, cayó de ro- 
dillas con las mano^ juntas. 

— Caballero, dijo Rodin con voz afec- 
tuosa y penetrada, apresurándose á le- 
vantarle; mi querido caballero, mi que- 
rido amigo calmaos, tranquilizaos.... 



233 

no me podría consolar de fiaberos desps- 
perad<J I-^yl es muy diferente mi in- 
tención. 

— ¡Maldito!.... ¡Maldito!..., siempre 
me maldecirá ¡Ella que tanto he que- 
rido!... ¡consumida porel fuegoetcrno!... 
murmuraba Mr. Hardy, sin oir según pa- 
recía á Rodin. 

— Pero, mi querido caballero, tened 
la bondad de escucharme; os lo suplico, 
decía este; dejadme concluir esta pará- 
bola , y entonces os parecerá tan consola- 
dora como ahora os parece espantosa 

Kn nombre del cielo recordad las adora- 
bles palabras de nuestro angelical abale 
Gabriel sobre la dulzura de la oración.... 

Al dulce nombre de Gabriel Mr. Hardy 
volvió en sí, y dijo con'^ternado : 

— ¡Ah ! sus palabras eran dulces y be- 
néficas... ¿dónde están ahora? ¡Oh! por 
piedad repetídmelas, aquellas santas pa- 
labras. 

— Nuestro angelical abate Gabriel, con- 
tinuó diciendo Rodin, hablaba de la dul- 
zura de la oración 

— Sí, sí la oración 

— ¡Pues bien, querido señor mió! es- 
cuchadme y veréis que la oración es la 

que salvó á Mr. de RanC'y la que ha 

hecho de él un santo. Sí, aíjiiellos tor- 
mentos horrorosos (jue os acabt) de 

pintar aquellas visiones amenazado- 

r.is la oración es la que las ha con- 
jurado ia que las iia cambiado en de- 
licias celestiales. 

— Por Dios, caballiro, dijo Mr. Early 
con voz abatida: habladme de Gabriel.... 
habladme del cielo... ¡oh! perojam.ísde 
esas llamas... de ese infierno en donde las 
m ugeres culpables lloran gotas de sangre... 

— No, no: dijo Rodin, y así como an- 
tes en la pintura del infierno habia sido 
su acento duro y amenrzador, así mismo 
se hizo tierno y caluroso al pronunciarlas 
palabras siguientes : No : fuera esas imá- 



ÁLBUM. 



genes de desesperación... porque, ya os lo 
ht' dicho, después de haber padecido tor- 
mentos infernales, gracias á la oración, 
como os decia el abate Gabriel, Mr. de 
Hancey gozó de la« delicias del para so. 

— ¿Lasdeliciasdel paraíso? repitió Mr. 
Hardy escuchando con ansia. 

— Un día en lo mas fuerte de su dolor, 
un sacerdote... un buen sacerdote... un 
abate (Gabriel... llegó á donde estaba Mr. 
de Rancey. ¡Oh dicha!... ¡Oh providen- 
cia I... En pocos dias inició á aquel infeliz 
en los sacrosantos misterios de la ora- 
ción de esa piadosa intercesión de la 

criatura para con el Criador en favor de 
un alma espuesta á la cólera celestial. 
Entonces parece que se transforma Mr. 

de Rancey se apaciguan sus dolores: 

hace oración, y cuanto mas ora, mas au- 
mentan su fervor y su esperanza. ..Siente 
que le escucha Dios.... En lugar de olvi- 
dar á aquella rouger tan querida.... pasa 

las horas en pensar en ella rogando 

por su salvación. Sí; encerrado y feliz en 
el fondo de su oscura celda , á solas con 
aquel recuerdo adorado , pasa los dias y 
las noches orando por ella.... en un esta- 
sis inefable, ardiente, casi diria... aífio- 
roso. 

Es imposible pintar el acento de aque- 
lla energía casi sensual con que pronun- 
ció Rjdin la palabra amoroso. 

Estremecióse Mr. Hardy y sintió de los 
pies á la cabeza un movimiento ardiente 
á la vez y glacial: su debilitado espíritu 
se dejó atraer por la idea ¡de ios funestos 
«deleites del ascetismo, del estasis de aque- 
lla catalépsis, muchas veces erótica, de las 
âaut^s Teresas y otros santos y santas de 
la misma especie. 

Penetrando Kodin el pensamiento de 
Mr. Hardy, continuó: 

— ¡Oh I No se hubitíra coçtenlado Mr. 
de Rancey cao esa or^cio/i vaga, distraí- 
da, hecha por acá y por acullá en n^e- 



dio de las agitaciones mundanas que la 
absorven é impiden que llegue á los oídos 
del Señor.... No... no.... ¡aun en lo mas 
profundo de su soledad, busca medios pa- 
ra que sefl su oración aun mas eficaz, 
por(|Utí desea ardientemente la salvación de 
aquella querida de la otra vida ! 

— ¿Pues qué hizo?... jOhl ¿Pues qué 
hizo en la soledad? esclamó Mr. Hardy , 
entregado desde entonces siii defensa á las 
obsesiones del jesuíta. 

— Kn primer lugar, dijo Rodin acen- 
tuando lentamente las palabras, se hizo».. 
fraile. 

— 1 Fraile! repitió Mr. Hardy cou 

aire pensativo. 

— Sí, replicó Rodin; se hizo fraile, por- 
que de ese modo seria su oración mejor 
acogida en el cielo... y á mas... como en 
medio de la soledad mas profunda está su 
alma muy á menudo distraída por la ma- 
teria, ayuna, se mortifica, se doma, ma- 
cera cuanto tiene de carnal, para hacerse 
lodo espíritu y para que salga de su pecho 
la oración brillante, pura como una lla- 
ma , y suba hacia el Señor como el aro- 
ma del incienso. 

— ¡Oh, que sueiïo tan embriagador !... 
esclamó Mr. Hardyj, cada vez mas sub- 
yugado: para orar con mas eficacia por 
una muger adorada... hacerse espíritu... 
aromas... luz... 

— Sí, espíritu, aromn, luz: dijo Rodin 
apoyando el acento en ;cada una de es- 
tas tres palabras : pero no es un sueño. 
¿Cuántos frailes hay, cuantos enclaustra» 
dos, que como Mr. de Rancey, llegan á 
fuerza de oraciones , de austeridades y 
de maceracionesá un óstasis divino 1 ¡Ah! 
¡ Sí conocieseis los celestiales deleites de 

esos estasis! Así, pues, á las visiones 

terribles de iMr. de Rancey sucedieron vi- 
siones encantadoras ¡Cuádtas veces 

después de un dia de ayuno y una nocbe 
empleada en orar y macerarse, caia este* 



ALBDn. 



235 



miado, desmayado en las piedras de su | como la gloria, inmenso coreo la eterui- 



celda !.... Entonces ;ai anonadamiento dt 
la materia sucedía la exaltación de los es- 
píritus Un bienestar indecible se a[)n. 

deraba de todos sus sentidos... llegaban á 
sus oídos divinos conciertos que Iüs delei- 
taban... una luz dulce y deslumbradora á 
ía vez, luz que no es de este mundo, pe- 
netraba por entre sus parpados medio 
abiertos, y después a las vibraciones ar- 
moniosas de las harpas de oro de los se- 
rafines, en medio de¡ una auréola de luz, 
mil veces jnas brillante que el sol, veía 
aparecer la imagen de aquella muger ado- 
rada... 

— ¡ A'iuella muger, á quien con sus 
oraciones liabia sacado al fin de las llamas 
eternas! dijo Mr. Hardy, palpitándole ei 
corazón y la voz. 

— Sí, elia misma: respondió Rodincon 
una elocuencia verdadera y suave, porque 
aquel monstruo habhíba todos los lengua- 
jes: .y entonces, gracias á las oraciones 
del amante, que habia escuchado el Se- 
ñor, aquella muger no lloraba ya gotas 
de sangre... no se retorcía ya los brazos 
en medio de las contorsiones infernales. 

No, no siempre hermosa... ¡Oh ! mil 

veces mas hermosa que cuando'éstaba en 
la tierra... hermosa con la bpiieza eterna 
de los ángeles... sonreía con 'ifn,ar,dor ine- 
fable, y despidiendo sus ojos rayos de una 
llama húmeda, le decia con voz tierna y 
apasionada : 

«Gloria al Señor, gloria á tí, ó aman- 
te rpio querido... tus inefables oraciones, 
tus austeridades me han salvado.... el se 
ñor mo ha colocado entre -sus escogidos... 
gloria á tí, amanta mió querido ... Krn- 
briagada de felicidad se iticlinaha enton 
ees, y l'H'sba con sus labios perfun'ados 
de inmortalidad los labios del religioso.... 
y pronto se exhalaba su alma en un be^o 



dad. (1). 

— ¡Ohl esclamó Mr. Hardy, completa- 
mente estravisdo ya, ¡oh! ven^a una vida 
entera de oraciones, de ayunos, de tor- 
mentos... por un solo momento como ese 

con la que estoy llorando con la que 

acaso he condenado... 

— Qué decís de U7i so!o momento como 
ese, esclamó Kodin, cubierto el cráneo 
amarillo de sudor como el de un magne- 
tizador, tomándole la mano á Mr. Hardy 
para hablarle de cerca, como si liutiiese 
querido soplarle el delirio ardiente en que 
trataba de sumirle: no una sola vez en su 
vida religiosa... sino cada día Mr. deRan- 
cey arrebatado del estasis de un divino as- 
cetismo, gozaba esos deleites profundos, 
inefables, inauditos, sobrehumanos, que 
son, comparados con los deleites terres- 
tres... lo que es la eternidad á la vida hu- 
mana. 

Viendo á Mr. Hardy en elpuotoenque 
le quería poner, y como habia cerrado ya 
la noche, tosió dos ó tres veces el reveren- 
do padre de un modo significativo, miran- 
do hacia la puerta. En aquel mismo ins- 
tante Mr. Hardy, delirando completamen- 
te, esclamó con voz deprecatoria, iosen- 
sata. 

— Una celda... una tumba... y el esta- 
sis en eila... 

Abrióse la puerta del cuarto y entró el 
padre d'Aigrigny con una maleta bajo del 



brazo. 

Seguíale 
mano. 



un criado con una luz eo la 



(1) ln)po^il)ie nos seria el ciiar para 
jiiviilicar ht que aquí decimos, aM«(»6r/en- 
ií/i>i'a.< con u» ¡JOCO de gasa , 'as elactibracio' 
(/!?>• lie sor Tire>a Con ocasinn de s'm amor 
'■esidlico ]>or Crí^iO. fesas eníeinn tildes no 
e piiedei) desi ribir snio en el diccionario 



de deleite, ardiente como el amor, ca^lo tle ci.i.r.as médicas ó eo.el c^Mí-endw:». 

60 



236 



4LBCH, 



Unos diez (nínutc^ después de aquella 
escena una docena de hombres robustos, 
de fisonomía franca y sencilla, guiados por 
Agricol, entraron en la calle de Vaugirard, 
y se dirigieron alegremente hacia la casa 
de los reverendos padres jesuítas. 

Era una diputación de los antiguos 
obreros de Mr. Hardy quoiban á buscarle 
y ¿ darle gracias de la determinación que 
habia tomado de volver á vivir en medio 
de ellos. 

Agricol iba i su frente. De repente vio 
de lejos salir un coche de la casa de reti- 
ro: ios caballos puestos ya en movimiento 
y vivamente escitados con el látigo, llega- 
ban á trote apresurado. 

Sea casualidad ó instinto, cuanto mas 
se acercaba afjuel coche al grupo en que 
estaba Agricol, tanto mas se le comprimía 
á éste el corozon... 

Fué tan viva aquella impresión que 
pronto se mudó en una previsión terrible 
y al instante en que iba á pasar aquel co- 
che, cuyas corlinasestaban todas cerradas, 
obedeciendo á un presentimiento insupe- 
rable, se arrojó á la rienda de loscaballos, 
gritando: 

— j Amigos... ayuda ! 

— Poslillon... diez doblones.... á galo- 
pe... escáchalo bajo las ruedas, gritó de- 
trás de las cortinas ia voz militar del padre 
d'Aigrigny. 

Estaba entonces el cólera en todo su vi- 
gor; el postil'on habia oido hablar de ase- 
sinatos de envenenadores, y muy asusta- 
do de la brusca agresión de Agricol le dio 
en la cabeza un golpazo con el mango del 
látigo, y cayó á tierra aturdido el herrero; 
metiéndole entonces la espuela hasta el 
talon á su caballo, y dando vigorosos lati- 
gazos á los otros, partieron los tres caba- 
llos á carrera tendida; desapareció rápida- 
mente el coche, mientras los compaíloros 
de Agricol que no habían compiendido ni 
su acción ni lo que les decia , se esmera 



ban al rededor suyo y trataban de haceríe 
volver en sí. 

XIV. 

LOS RECIERDOS. 

Sucedieron varios acontecimientos al- 
gunos días después de aquella tarde fu- 
nesta, en que Mr. Uardy, fascinado, es- 
traviado hasta la locura por la deplorable 
exaltación mí>tica que habia conseguido 
inspirarle Hodin, habia suplicado, cruzan- 
do los brazos, al padre d\-\igrigny que le 
llevase lejos de París, á alguna soledad 
profunda para poder entregarse en ella 
lejos dfl mundo á una vida de oraciones y 
de austeridades ascéticas. 

Desde que vino á París, vivia el rr.aris- 
cal Simon con sus dos hijas en una casa si- 
tuada en la calle de Trois- frères. 

Antes de introducir al lector en aquella 
modesta habitación, es necesario recordar 
sumariamente á su memoria algunos he- 
chos anteriores. 

£1 dia mismo del incendio de la fábrica 
de Mr. Uardy habia ido el mariscal Simon 
á consultará su padre en un asunto de mu- 
cha importancia y gravedad, y á confiarle 
las tristes aprensiones que le causaba la 
tristeza, cada día mayor, de sus hijas, 
tristeza cuya causa le era imposible pene 
trar. 

No se ha olvidado que el mariscal Si- 
mon profesaba un culto religioso á la me- 
moria del emperador; no tenia límites su 
reconocimiento para con aquel héroe; era 
ciego su acendrado cariño; pero estribaba 
su entusiasmo en la razón, y era su afec- 
to tan profundo como la amistad mas sin- 
cera y mas apnsionada. 

No es eso todo. 

Uo dia el emperador, en una «fusion de 
regocijo y de ternura paternal, llevando 
al mariscal junto á la cuna del rey de Ro- 
ma que estaba durmiendo, le dijo, mos- 
trando orgullosamente á su admiración la 
dulce beldad de aquel Diño : 



ALBVII. 

-—1 Amigo miol ¡ Amigo vîtjo,! júrame 
«que te saüriíicará» al hijo como le has sa 
crificado al padre. 

El mariscal Simon hizo aquel juramen- 
to y lo cumplió. 

Mientras duró la restauración, al fren- 
te de una conspiración militar que se tra- 
maba en nombre de Napoleón II, habia 
tratado, pero en vano, de apoderarse de 
un regimiento de caballería que mandaba 
«ntonces el marqués dWigrigny: vendido, 
denunciado), el mariscal , después de ha- 
berse batido en un desafio encarnizada- 
mente con el futuro jesuila, consiguió re- 
fugiarse en Polonia y libertarse por «se 
medio de la pena capital á que le conde- 
naron. 

Inútil es recordar los acontecimientos 
■que llevaron al mariscal desde la Polonia 
ó la India, y el trajeron después á Paris 
cuando estalló la revolución de julio , en 
cuya época varios de sus amigos solicita- 
ron, sin que lo supiese é) , y consiguieron 
la confirmación del título y del grado que 
le habia concedido el emperador en el 
campo de batalla de Waterloo. 

Cuando volvió á Paris el mariscal Si- 
mon, á pesar del placer que disfrutaba en 
abrazar al fin á sus hijas después de un 
destierro tan largo, recibió un golpe pro- 
fundo al saber la muerte de s¡i muger 
que adoraba , porque conservó hasta el 
último instante la esperanza de verla en 
Paris; fué horroroso su desengaño, y su 
dolor muy cruel, aimque le ofrecía muy 
dulce consuelo la ternura de sus hijas. 

Pronto se vio aíligida su existencia con 
el fermento de turbación , de discordia y 
de agitación que introdujeron eo ella las 
intrigas de Rodin. 

Gracias á las secretas maniobras del 
reverendo padre en las cortes de Viena y 
de Roma, un emisario capaz de inspirar 
toda confianza á causa de sus anteceden- 
tes, apoyándose ademas sus palabras y 



S37 

sus protestas con testimonios, con prue- 
bas, con hechos irrecusables, se presentó 
al mariscal Simon, y le dijo: 

« El hijo del emperador se muere, víc- 
« tima deJ terror que inspira á la Europa 
« el nombre de Napoleón. 

« Vos, mariscal Simon; vos, uno de 
« los amigos mas fieles del emperador, 
K VOS podéis sacar á aquel desgraciadi 
« príncipe de la lenta agonía que le de- 
« vora, 

« La correspondencia que os presento 
«prueba que se podrán entablaren Viena 
« segura y secretamente inteligencias con 
« una de las personas mas influyentes 
« que están junto al rey de Roma , y es- 
« ta persona está dispuesta á facilitar la 
« evasión del príncipe. 

« Es por consiguiente posible, si se ha- 
c; una tentativa injprevista , atrevida, ar- 
« rebatarle Napoleón II á la Austria , que 
«le está dt'JMido perecer en una atmós- 
« fera mortal para él. 

« Es temeraria la empresa , pero prê- 
te senta probabilidades de salir bien, que 
«nadie puede afianzar como vos, maris- 
«cal Simon, porque vuestro rendido afec- 
« to al emperador es conocido, y se sabe 
«también con qué audacia aventurosa 
«conspirasteis en 1815, en nombre de 
« Napoleón II. 

Era entonces público y notorio en Fran- 
cia el estado de languidez y de menoscabo 
en que se hallaba la salud del rey de Ro- 
ma : y aun se aseguraba (]ue el hijo de 
Napoleón recibía su educación de algunos 
sacerdotes qne le ocultaban con el mayor 
esmero la gloría y la reputación de su 
padre, y hacían diariamente esfuerzos 
para comprimir y apagar los instintos va- 
lientes y generosos que manifestaba aquel 
niño: las almas mas frías se conmovían 
entonces y se enternecían oyendo la his- 
toria de aquella existencia patética y fa- 
Ual. 



288 



*'.8Ü1I. 



Recordando el carácter heroico y la 
lealtad cab-illeresca del mari!>cal Simon, 
admitiendo el culto apasionado que tenia 
al emperador, fácilmente so concibe que 
se debia interesar el padrode llosa y Blan- 
ca con mayor ardor que nadie en la suer- 
te del príncipe, y que, si se presentase la 
ocasión, se habria de creer el mariscal 
obligado á no limitarse ¿ sentimientos es- 
tériles. 

En cuanto á la realidad de la corres- 
pondencia que presentaba al mariscal el 
emisario de Uodin, habiéndola sometido 
indirectamente á una prueba contradic- 
toria, gracias á uno de sus antiguos com- 
pañeros dde armas, que habia estado mu- 
cho tiempo de misión en Viena, resultó 
de la investigación que se hizo con tanta 
prudencia como destreza para que no pu- 
diese traslucirse cosa ninguna , que podia 
el mariscal dar oidos seriamente alas pro- 
puestas que se le harian. 

Desde entonces puso aquella propuesta 
al padre de Rosa y Blanca en una per- 
plejidad cruel, porque para hacer una ten- 
tativa tan atrevida, tan peligrosa, le era 
necesario abandonar de nuevoásus hijas; 
si, al contrario, espantado de esa separa- 
ción , renunciaba á hacer una tentativa 
para salvar al rey de Roma, cuyadoloro- 
sa agonia era real y conocida de lodos, se 
consideraba el mariscal como perjuro á 
la promesa que había hecho al empera- 
dor. 

Para poner un término á aquellas pe- 
nosas dudas, el mariscal Simon lleno de 
confianza en la ínflexijjle rectitud del jui- 
cio de su padre, fué á pedirle consejo: 
desgraciadamente el antiguo artesano re- 
publicano, herido mortalmente mientras 
atacaban la fabrica de Mr. Hardy, pero 
preocupado aun en sus últimos momen- 
tos de las graves cotifidencias que le ha- 
bia hecho su hijo, espiro dicióndole: 

«Hijo mió: tienes que cumplir una 



« grande obligación , so pena de no obrar 
«como hombre de honor, so pena de de- 
«sobedecerámi última voluntad, debes... 
« sin titubear.... » 

Poro por una deplorable fatalidad, las 
últimas palabras que pronuniio el ancia- 
no artt;>ano para completar su pensa- 
miento, las pronunció con voz tan apaga- 
da y tan débil, que fueron completamen- 
te iniíileiígibles, y murió dejando al ma- 
riscal en una ansiedad tanto ma>runeÑta, 
cuanto que uno de los únicos partidos 
que podía tomar , lo condenaba foruial- 
mente su padre, en cuyo juicio tenia él 
la confianza mas absoluta y mas merecida. 

Kn una palabra, se martirizaba el pen- 
samiento eníndagarsi su padre habia que- 
rido aconsejarle en nombre del honor y 
del deber el no abandonar á sus hijas y el 
renunciar á una empresa demasiado pe- 
ligrosa; ó sí, al contrario, le habia que- 
rido aconsejar que no vacilase un momen- 
to en abandonar á sus hijas por algún 
tiempo para cumplir con el juramento que 
habia liecho al emperador, y que tratase 
al menos de arrancar á Napoleón II de 
una cautividad mortal. 

Aquella perplegidad que hacian mas 
cruel aun ciertas circunstancias que se co- 
nocerán mas tarde: el profundo dolor que 
habia causado al mariscal el fin trágico 
de su padre, muerto en sus- brazos; el 
recuerdo incesante y doloroso de su mu- 
ger, que habia muerto eYi la tierra del 
destierro;- el pesar que le cati-oba cada 
dia la tristeza siempre creciente de sus 
hijas, le habían dado golpes dolorosos y 
repetidos al mariscal biinun : en fin, es 
de añadir que, á pesar de su in,trep¡dez 
natural , desplegada con tanto valor en 
veinte afios de guerra , los estragos del 
cólera , de aquella enfermedad terrible 
que habia dado la muerte á su rauger en 
la Siberia, causaban al mariscal un terror 
involuntario: sí, aouel hombre de hierro 



âMiLU 

^ne en tantas batallas había arrostrado la 
muerte con la mayor serenidad, sentiar á 
veces debilitarse la firmeza ordinaria de 
su carácter al ver las escenas de desola- 
ción y de loto que presentaba París á cada 
paso. 

hin embargo, cuando reunió ila seño- 
rita de Carduville al rededor suyo á todos 
los miembros de su familia, para adver- 
tirlos de las tramas de sus enemigos, la 
afectuosa ternura que manifestó Adriana 
á Rosa y á Blanca tuvo al parecer una 
míluenda tan grande en su misteriosa 
tristeza^ que el mariscal, olvidando por 
un instante sus funestos pcnsamiento^í, no 
pensó sino en gozar de aquella mudanza 
feliz, pero desgraciadamente poco dura- 
dera. 

Alïora que se l'an recordado y espli- 
ca^io al lector esos hechos, va el autor á 
cotitinuar ia narra'cion suspendida. 
XV. 

JOCRISO(l). 

Ya se ha dicho que vivía el mariscal 
Simon en una casa modesta de la calle de 
Ttoü frères; acababan de dar las dos de 
la tarde en el reloj del cuarto particular 
del mariscal, el cual cuartoestaba amue« 
blado con una sencillez enteramente mi- 
litar: veíase en lo interior de su alcoba 
una panoplia compuesta de armas que 
había usado el mariscal en sus campañas; 
encima del escritorio enfrente de la alco- 
ba an busto pequeño de Napoleón, único 
■adorno dt» aquel cuarto. 

El aire esterior estaba muy lejos de sor 
templado, y como el mariscal, durante 
su larga permanencia en Iâ6 iodías, se 
habia hecho muy sensible al frió, ardía 
■en la chimenea un fuego bastante consi- 
<ierable. Abrióse una puerta encubierta 
por la colgadura, la cual caía al paso de 
«na escalera escusada , y entró un hom- 



239 



(!) Personaje grotesco y ridículo muy 
popular en Francia. 



bre que llevaba una canasta de leña, el 
cual se acercó lentamente hasta cerca de 
la chim-^nea y sepu>o de rodillas comen- 
zando á poner simétricamente los leñazos 
en una caja colocada junto al ho^ar: des- 
pués de haber empleado en eso algunos 
minutos, el dicho criado, siempre arro- 
dillado, se acercó insensiblemente á otra 
puerta que estaba junto á la chimenea, y 
pareció que aplicaba eloido con una aten- 
ción profunda, como si hubiese querido 
tratar de oír si hablaban en el cuarto inme- 
diato. 

Ese hombre, empleado como criado 
subalterno de aquella casa , tenia la traza 
mas ridicula que se puede imagmar: con- 
sistían sus ocupaciones eo llevar leña, ha- 
cer recados, etc., etc.; por otra parte , 
servía de mofa y de escarnio á todos los 
otros criados : eo un momento de buen 
humor, Dagoberto, quien tenía poco mas 
ó menos el empleo de mayordomo, leba- 
bia dado á aquel tonta el sobrenombre de 
Jocríso; do se le cayó el gpodo, que te- 
nía muy bieo merecido, pítocicrto, y bien 
aplicado por su desaliiío, ppr su majade- 
ría y por suancba cara, coola nariz aplas- 
tada grotescamente, la barba puntiaguda 
y los ojos tontos y muy abiertos; añádase á 
esas señas su vestido, qu« era una chaqueta 
de sarjeta encarnada en la que brillaba el 
triángulo de un delantal, y será menes- 
ter convenir que le caia muy bien, al bo- 
balote, el sobrenombre que le habían da- 
do. Sin embargo , en el momento en que 
Jocríso escuchaba con tanta atención lo 
que podían. decir en el cuarto inmediato, 
se animaron sus ojjs, ordinariamente va' 
gos y estúpidos, cun una chispa de viva 
inteligencia. 

Después de haber eschuchado de aquel 
modo por un momento en la puerta, vol- 
vió Jucriso junto á la chimene.-), andando 
siempre de rodillas; levantándose des- 
pués, cojió la canasta en la cual quedaba 
62 



340 ALBiJia 

aun la. mitad pocü mas ó meDOS do !<i le- 
ña, volvió de nuevo á la puerta, y dio un 
golpecíto discreto para llamar. 

No respondió nadie. • 

Dio otro golpe un poco mas fuerte que 
el primero. 

Igual silencio. 

Entonces, con voz roerá, acre, clii- 
llona y grotesca en esceso, gritó : 

— ¡Señoritas! ¿tencii necesidad de le- 
ña en vuestro cuarto? tened la bondad de 
decírmelo. 

Como no recibía respuejta ninguna , 
puso Jocri>o en tierra su canasta, al)riú 
con tiento la puerta y entró en el cuarta 
inmediato, después de haber dado una 
ojeada rápida , y salió al cabo de algunos 
sesuodos, mirando á un lado y después á 
otro con mur;ha ansiedad, como si acaba- 
se de cumplir algún encargo importante 
y misterioso. 

Volviendo entonces á cojer la canasta, 
iba á salir del luarto del mariscal Simon, 
cuando se abrió de nuevo y con precau- 
ción la puerta de la escalera escusada y 
entró Dagoberto. 

Sorprendió indudablemente al soldado 
la presencia de Jocriso, arqueó las cejas, 
y le dijo bruscamente : 

— iQué haces aqui? 

A esta súbita interpelación, acompa- 
ñada de un gruñido de malhumor deQui 
tasolaces, que venia siguiendo los pasos 
de su amo, dio Jocriso un grito de espan 
to verdadero ó Hngido; suponiendo este 
último caso, para dar mayor verosimili- 
tud á su emoción, el supuesto tonto dejó 
caer en el entarimado su canasta medio 
llena de leña , como si se le hubiesen ar- 
rancado de las maoos la admiración y el 
miedo. 

— ¿Qué haces aqui.... imbécil? replicó 
Dagoberto, cuya Gsonomía estaba enton- 
ces muy triste y él muy poco dispuesto, 
según parecía, á reírse de la poltronería 
4e Jocriso. 



— ¡Ahí ¡señor Dagoberto T.... ¡q«6 
miedo!.... ¡Dios mió!.... ¡Qué lástima 
({ue no haya tenido en las manos algunas 
docenas de platos, cuando habéis entrado, 
para probar que no era por culpa mía si 
rompia ... 

— Te pregunto que es lo •que haces 
aquí.... replicó Dagoberto. 

— l*(!?s ya lo estais viendo,, señor Da- 
goberto, respondió Jocriso «nseñando la 
canasta, acabo de traer leña al cuarto del 
Señor duque, p-.ra que la queme si tiene 
frío.... pofíjue haí-e frío.,.. 

— Está bien; recoje la canasta y saltle 
aqui. 

— ¡.\h, señor Dagoberto! aun tengo 
las piernas trastornadas. ¡Que miedo!... 
¡que miedo!... ¡que miedo!.,. 

— ¿Saldrás de aquí? replicó el vete- 
rano. 

Y cojiendo por el brazo á Jocriso, lo 
empujó hacia la puerta, mientras Quila- 
solaces, abatiendo sus orejas puntiagudas 
y herizándose como un puerco espjn, pa- 
recía dispuesta á acelerar la retirada de 
Jocriso. 

— Ya voy, señor Dagoberto, ya voy, 
dijo el tonto, recogiendo la leña y la ca- 
nasta ; decid solamente à Quítasoiaces 
que... 

— ¡Ojalá te lleve el demonio, hablador 
imbécil! dijo Dagoberto echándole fuera 
del cuarto. 

Entonces Dagoberto pasó el cerrojo á 
la puerta de la escalera escusadf, fue des- 
pués á la que comunicaba con el cuarto de 
las dos hermanas, y dio vuelta á la llave 
en la cerraja. 

Hecho esto, el soldado pasó rápidamen- 
te á lo interior de la alcuba , desenganchó 
un par de pistolas caigadas, pero no pre- 
paradas, quitó con mucho cuidado lascáp»- 
sulas del piston , y sin poder contener urt 
profundo suspiro, volvió aponer las armas^ 
en el sitio eo que estaban antes : iba ya á 



•salir de ta álooba , rnaiido por rtflecsion 
tomó tambifn en la panoplia un cangiar 
indiano, con hoja muy puntiaguda, la sa- 
có de la vaina de piata sobredorada y des- 
puntó aquella arma mortal, introducién- 
dola bajo una de las ruedas de hierro que 
sostenian la cama. 

Fué en seguida Dagoberto á abrrr las 
dos puertas, y volvió después^ la cliime- 
ves, en cuyo mármol apoyó los codos con 
aire triste y pensativo. Quifasolaces, aga- 
zapado junto al hogar, seguia con susmi- 
Tadas hasta los mas pequeños movimien 
los de su amo: y aun dio Síiuel digno perro 
una prueba de su perspicacia rara y aten- 
ta, pues, habiendo el ¡soldado sacado el 
pañuelo del bolsillo, y habiendo dejado 
caer sin advertirlo un papel con un peque 
ño r«llo de tabaco para mascar, Quitaso 
Uces, que lo recojia'todo como un rttriver 
'deRulland,cojió el papel entre losdientes, 
y poniéndose en pió, sosteniéndose con las 
patas posteriores, lo presentó respetuosa- 
mente á Dagoberto; pero éste recibió ma- 
quinalmente el papel, y pareció iudilerente 
á la destreza de su perro, 

Manifestaba la fisonomía del antiguo 
granadero de á caballo tanta tristeza co- 
mo ansiedad. Después de haber estado du 
raote algunos minutos de pié junto á la 
chimenea, con los ojos fijos y meditabun- 
dos, comenzó á pasearse con agitación alo 
largo y á lo ancho del cuarto, teniendo 
una mano en el pecho entre las solapas de 
au larga levita azul abotonada hasta el 
cuello, y la otra meti(ja en unodelosboU 
sillos traseros. 

De tiempo en tiempo se detenia brus- 
camente Dagoberto, y respondiendo en 
Vüi alta á sus pensamientos tiernos , se 
dejaba escapar por acá y por acullá algu- 
nas esclamaciones de duda y de inquietud; 
volviéndose después hacia el trofeo de ar- 
mas meneaba tristemente la cabeza, y de- 
cía: 



211 



— Si , será menesler gae me lo diga.,., 
me inquieta demasiado.... ¡y esas pobres 
niñas! ¡ Ah I Se le parte á uno ti cora- 
zón. 

Y frotaba con viveza Dagoberto su bi- 
gote con el dedo ííidice y el pulgar, mo- 
vimiento casi convulsivo y síntoma evi- 
dente en él de una grande agitación. 

Algunos mimitos después comenzó de 
nuevo á hablar el soldado, respondiendo 
siempre á sus pensamientos internos. 

— ¿Qué puede ser eso?... No son osas 

cartas ] Es cosa demasiado infame..., 

las desprecia... y sin embargo... pero no, 
no... es superior á todo eso. 

Y comenzaba de nuevo á pasearse Da- 
goberto precipitando el paso. 

De repente Quitasolaces levantó las ore- 
jas, volvió la cabeza liácia la puerta do 
la escalera escusada y dio un gruñido 
sordo. 

Pocos instantes después llamaron á aque- 
lia puerta. 

— ¿Quién eftá ahí? dijo Dagoberto. 

No respondieron, pero llamaron otra 
vez. 

Impacientóse el soldado y fué rápida- 
mente á abrir, encontrándoseentonces con 
la cara estúpida de Jocriso. 

— ¿Porqué no me respondes cuando 
pregunto quién llama? dijo el soldado irri- 
tado. 

— Señor Dagoberto, como hace poco me 
habéis hecho salir de aquí, no decia quien 
era por medio de enfadaros diciendo que 
era yo. 

— ¿Qué quieres pues? habla. Pt^ro en- 
tra animal, esclamó Dagoberto eias- 

pcrado, entrando en el cuarto á Jocriso 
que se quedaba siempre en el umbral de 
la puerta. 

— ¡Señor Dagoberto I aqui estoy 

aqui estoy al instante.... no os enfadéis... 
os voy á decir es un joven 

— ¿Y qué mas? 



212 ALBrn 

— Dice que quiere hablaros inmediata- 
mente, 8<»ru)r Dagobertu. 
— ¿(]ómo se llania? 

— ¿Cómo se llama? repitió Jocriso ba- 
Idnceandose y burlándose con aire tonto. 

— Sí; cómo se llama, majadero. ^Ha- 
blarás? 

— ¡Ali! Bnetio está eso señor Da- 

goberto. Es de chanza el preguntarme 
como se llama. 

— ¡Miserable! ¿has hecho juramento 
de hacerme salir de mis casillas? esclamó 
el soldado agarrando á Jocriso por el eue 
ilo: dime c< mo se llama ese joven. 

— iícñor Dapoberto, no os enfadéis, y 
tened la bondad de escucharme, pero es 
inútil el deciros como se llama ese jóveo. 
puesto que lo sabéis. 

— ¡Oiil i Bruto! i Bruto aforrado de 
bruto! dijo Ddgoberto apretando los puños. 

— Pues sí; lo sabéis, señor Üagoberto, 

puesto que ese ji>ven es vuestro hijo 

vsli ah'íjo y quiere hablaros inmediata- 
mecite inmediatamente. 

Kepre^entaba Jocriso la estupidez con 
tanta perfección, que se dejó engañar Da- 
goberto; compadecido mas bien que irri- 
tado de tanta imbecilidad, miró fijamente 
al criado, encogió después los hombros, 
y se fué hacia la escalera, diciéndole: 

— Sigúeme 

Obedeció Jocriso; pero antes de cerrar 
la puerta, echó la mano al bolsillo, sacó 
misteriosamente una carta, que arrojó 
hacía atrás sin volver la cabeza, y di- 
ciendo al contrarioá Dagoberto, sin duda 
para traer ocupada su imaginación: 

— Vue>tro hijo está en el patio, señor 
Dagoberto.... N » ha querido subir... por 
eso ^e lia quedado abajo 

Diciendo eso cerró la puerta Jocriso, 
bien persuadido que estaba la carta muy 
manifiesta encima del entarimado del cuar 
to del mariscal Simon. 

Pero Jocriso hacia sus cuentas sin Qui- 
jasolaces. 



Sea que mirase como mas prudente el 
formar la retaguardia, sea por deferencia 
re«>petuosa para con un bipède, el digno 
perro no salió del cuarto sino el último» 
y como traía muy bien á la mano (como 
acababa do probarlo), viendo la carta que 
acababa de dejar caer Jocriso, la dejó de- 
licadamente entre los dientes y salió del 
cuarto sin que hubiese advertido este la 
prueba de habilidad y de entendimiento 
que daba Quitasolaces. 
XVI. 

LOS A>ÓNIMOS. 

Luego diremos en que vino á parar la 
carta que tenia entre dientes Quitasolaces, 
y por que se separó éste de su amo cuan- 
do corrió Dagoberto a ver á Agricol. 

Algunos días hacia que no habia visto 
Dagoberto á su hijo; le abrazó cordial- 
mente y le llevó á una de las piezas del 
piso llano que componían su aposento. 

— ¿Y cómo está tu muger? dijo el sol- 
dado á su hijo. 

— Gracias, padre mió: está muy bien. 

Notando entonces la alteración de las 
facciones de Agricol, le dijo Dagoberto. 

— ¡Parece que estás triste! ¿Te ha su- 
cedido algo desde la última vez que nos 
hemos visto? 

— Padre mío todo está concluido... 

todo está perdido para nosotros dijo 

el herrero desesperado. 

— ¿De (ju én habláis? 

— De iVlr. Hardy. 

— ¿De Mr. Hardy? ¡Pues hace fres 
dias me decías que habías de ir a verle I 

— Sí, padre mío, le he visto, y mi 
digno hermano (iabriel le ha visto tam- 
bién.... y le ha habUdocoiuo habla él.... 
Con la voz del corazón ; asi es que le ha- 
bia dado tanto aliento, tanto animo que 
se habia decidido Mr. Hardy á venir i 
vivir en atedio de nosotros; entonces yo, 
loco de alegría , corrí á darles esa buena 
noticia á algimus de mis camaradas que 



iiLBCJH 

me estaban esperando para saber ti re- 
siiIta(^o de nuestra entrevista: volvimos 
todos juntos para darle las gracias, y es- 
tábamos apenas á cien pasos de la casa 
de las túnicas negras 

— ¿Las túnicas negras? dijo Dago- 

berto tomando «n aire muy triste. Kn 
ese caso ha debido haber alguna des- 
gracia los conozco yo á esos vestidos 

negros. 

— No te equivocas, padre mió; respon- 
dió Agricül suspirando; corria pues con 
mis camaradas, cuando vi de lejos acer^ 
carse ifȒ coche: no se (|ue presentinuetito 
me dijo que en él llevaban á Mr. Hardy. 

— ¿Por fuerza? dijo con viveza Dago- 
berto. 

— No : respondió con amargura Agri- 
col; no: son esos clérigos demasiado as- 
tutos para eso saben siempre hacerle 

á uno cómplice del mal que le hacen..... 
¿no sabes cómo se condujeron con mi 
buena madre? 

— Si... digna muger... Otra pobre mos 
ca que han cojido en sus telas de araña,. . 
¿Pero ese coche de que me estás hablando? 

— Viéndolo salir de la casa de los ves- 
tidos negros, dijo Agricol continuando, se 
comprimió mi corazón, y por un movi 
miento que me dominó , me arrojé á la 
brida de los caballos, llamando á mis ca- 
maraiids á que me ayudasen; pero me dio 
el postillón un porrazo con el mango del 
látigo en la cabeza y me aturdí, me caí en 
lierra... Guando volví en mi ya estaba lé 
jos el coche. 

— ¿Has recibido alguna herida? di 

jo vivamente Dagoberto examinando con 
mucho cuidado á su hijo. 

— No. padre mió.,, un arañazo. 

— ¿Y (|ue hicistes después, muchacho? 

— (jorri inme.iiatamente á" casa del buen 
ángel, á casa de la señorita de Cardoville 
y se lo conté todo. « Es necesario, me dijo 
«ella, seguir al instante las huellas de Mr. 



24* 



«Hardy : cojeréis uno de mis coches y lo- 
« maréis caballos de posta. Os acompaña - 
«rá Mr. Dupont, y seguiréis á Mr. Har- 
«dy de posta en posta, y m llegáis á al- 
«canzarlo, puede que vuestra presencia 
« y vuestras súplicas consigan vencer la ' 
« funesta iníluencia que esos clérigos mal- 
« vados han sabido imponerle. » 

— Eso era lo mejor que se podia ha- 
Ci'r tenia mucha razun esa digna se- 
ñorita. 

— Una hora después ya estábainos si- 
guiendo las huellas de Mr. Hardy, porque 
habíamos sabido por los postillones, cuan- 
do volvían, que iba por el camino de Or- 
léans; le seguimos hasta Etampes: allinos 
dijeron que habia tomado un camino tras- 
versal para ir á una casa aislada en un va- 
lle á cuatro leguas de todo camino real; 
que aquella casa, llamada el valle de 
Saint- Heren, pertenece á los sacerdotes: 
anadian que estaba la noche tan oscura y 
los caminos tan malos que haríamos muy 
bien en quedarnos aquella noche en la 
posada y partir á la mañana siguiente. 
Seguimos ese consejo y nos pusimos en 
coche al amanecer el dia, dejando un cuar- 
to de hora después el camino real y to- 
mando un camino montuoso y desierto: 
no se veian por todas partes sino rocas de 
asperones y algunos álamos blancos. Cuan- 
to mas íbamos adelantando, tanto mas 
salvaje era el sitio: hubiéramos podido 
creernos á cien leguas de distancia de Pa- 
rís. Nos detenemos al íin delante de una 
casa grande, vieja, negruíca, con «nuy po- 
cas ventanas; construida al pié de una 
montaña toda cubieria de esos asperones. 
Jamas he visto cosa mas desierta ni mas 
triste. Bajamos del coche, tiramos de la 
campanilla v vino á abrirnos la puerta un 
hoint)re. ¿Ha llegado esta nitche el abate 
d'Aigrigny con un caballero? ilije á aquel 
hombre liai-ienJo cotno que tenia conoci- 
miento de todo eso: advertid al instante i 
62** 



244 



ALBUl 



ese caballero que vengo aqui por un ne- 
gocio de mucha importancia y ien'^o que 
hablarle inmedialamenlo. Creyendo aquel 
hombre que estaba de acuerdocon el ala- 
te d'Aigrigny, nos hizo entrar inmediata- 
mente: al cabo ile un instante alire la 
puerta el abate d'Aigri^ny, me ve , re- 
trocede y desaparece; pero cinco minu- 
tos después estaba en mi presertcia Mr. 
Uardy. 

— ¿Pues bien? dijo Dagoberto con inte- 
rés. 

Agricol sacudió tristemente la cabeza y 
continuó: 

— Asi que vi la fisonomía de Mr. Har- 
dy, conocí que estaba todo concluido. Di- 
rigiéndose á mi con voz dulce, pero firme 
Mr. Hardy me dijo: 

« Concibo y aun escuso el motivo que 
«os trae aqui; pero estoy decidido á vivir 
a de aqui en adelante en el retiro y en la 
«oración; tomo esta resolución libre y es- 
« ponláneameute porque p'enso en la sal- 
« vaclon de mi alma: ademasdecidá vues- 
« tros camaradas que, según las disposi- 
« ciones que he do tomar, conservarán un 
'.( buen recuerdo demi. 

Iba yo entonces á hablar: pero me in- 
terrumpió Mr. Hardy diciéndome: «Es 
«inútil, amigo mió; es irrevocable mide- 
^ terminación: no me escribáis, porque se 
«quedarian vuestras cartas sin costesta- 
«cion. En adelante la oración me absor- 
« verá enteramente... perdonadme, si os 
« dejo, pero me ha cansado el viaje : 
«adiós... '^''■J '=' 

Y decía veVdad, porque estaba pálido 
como un espectro, y aun tenia los ejo», si 
DO me engaño, un poco estraviados, y 
comparándolo con la víspera, apenas se le 
podia conocer: la mano que nos dio al se- 
pararnos estaba seca y ardiente. El padre 
d'Aigrigny volvió á entrai. Padre mió, le 
dijo Mr. Hardy , tendréis la bondad de 
acompañar al sefior Agricol Baudoin. Di- 



ciendo estas palabres, me despidió denn^ 
vo con un movimiento déla mano y entró 
en el cuarto próximo. Estaba todo con- 
cluido y le perdíamos nosotros parasiem^ 
pre. 

— Si, dijo Dagoberto; esas túnicas ne- 
gras le han embrujado como á otros mu* 
cho'^. 

— Entonces, continuó Agricol desespe* 
rado, he vuelto aqui con Mr, Dupont» 
EíO es lo que los clérigos han ci.n.-eguido 
hacer de Mr. Hardy... de aquel honibfe 
generoso que daba de comtr á cerca de 
trescientos artesanos laboriosos, en f I or- 
den y la felicidad, desarrollando su enten- 
dimiento, mejorando su corazón, gran- 
jeándose las bendiciones de todo aquel 
pueblo para el cual era una Providencia. >. 
En lugar de eso, Mr. Uardy está ahora 
condenado á un vida contemplativa, sinies' 
tra y estéril... 

— ¡Malditas túnicas negras!... dijo Da- 
goberto estremeciéndose sin poder o¿ul^ 
tar un espanto indefinible; cuanto mas 
vivo... mas miedo tengo.... Ya has visto 
lo que han hecho esas gentes con tu po- 
bre madre Ya ves lo que acaban de 

hacer con Mr. Hardy sabes sus intri- 
gas contra mis dos pobres huérfanitas, 
contra esa generosa señorita... j Oh ! son 
muy poderosas esas gentes .Mas qui- 
siera arrostrar un escuadrón de granade- 
ros rusos que Una docena de esas sotanas. 
Pero no hablemos mas de eso; otros mO' 
tivos de tristeza y de temor. 

Viendo después cuan sorprendido que- 
daba Agricol, y no pudiendo contener su 
emoción , el soldado se echó á los bra- 
zos de su hijo, esclamando con voz opri- 
mida : 

— No puedo mas se me está reven- 
tando el cora^pn : es necesario que ha- 
b'e...y¿áquien me he de confiar sinoáií? 

— Padre mió me espantáis; diji> 

Agricol; que es lo que te sucede? 



JÍI/BUM. 



245 



^^IWira, mira..... sino por lí, y por 
•«sas dos pobres criaturas, veinte veces 
me hubiera levantado ya la tapa do los 
sesos antes de ver lo que estoy vien- 
do y sobre todo de temer..... lo que 

estoy temiendo 

-^Pues que temes, padre mioí 

— No sé lo que tiene el general hace 
algunos dias; pero me espanta. 

— Sin embargo las últimas conversa- 
ciones con la señorita de Cardoville 

^---Sí, estaba algo mejor..... con sus 
buenas palabras aquella señorita habia 
derramado como un balsamo en sus he- 
ridas; la presencia del joven indio le ha- 
bla distraido también..... No parecía ya 
casi receloso, y comenzaban también sus 

hijas á advertirlo Pero de pocos dias 

á esta 4>arte.... No sé que demonio se ha 
desencadenado contraía familia. Perdería 
uno la cabeza..... En primer lugar estoy 
seguro que las cartas anónimas que ha- 
bian cesado han comenzado denutívo (1). 

— ¿Qué carias, padre mió? 

•^Las cartas anónimas. 

''—Y esas cartas ¿con qué objeto? 

—Ya sabes el odio que tenia anterior- 
mente el mariical contra ese renegado> 
«i padre d'Aigrigny, cuando supo que es- 
taba aquí y que habia perseguido á las 
dos líuerfonitas, como habia perseguido 

(1) Sabido es cuan familares son á los 
reverendos padres y á otros cingregantes 
las denunciaciones, las amenazas y las ca 
lumnias anónimas. El venerable cardenal 
deLatourd'Auhergne se ha quijado poco 
liá en ima carta que han publicado los 
diarios de las maniobras indignas, de las 
amenazas anónimas que se le han hecho 
porque rehusaba el adherir sin examen á 
la pastoral de Mr. de Bonald contra el 
manual de Mr. Dupin, cuyo libfo, á pe- 
sar de los esfuerzos del partioo clerical, 
se conservará como un manual de razón, 
de derecho y de independencia. Hemos 
tenido á la vista las piezas de un pleito 



á la madre hasta la muerte pero 

que se habia hecho sacerdote: creí en- 
tonces que el mariscal se volverla loco de 

indignación y de furor Queria ir á 

buscar á ese renegado Le calmé con 

una sola palabra: «Es sacerdote; lo dij;^; 
« por mas que hagáis, aunque lo injuriéis, 
«aunque lo maltratéis, no se batirá. Ha 
«comenzado sirviendo contra su pais, y 
«concluirá siendo mal sacerdote; eso es 
« muy sencillo, y no merece la pena ese 
« hombre que se le escupa á la cara. Pero 
« seria necesario que lo castigase yo del 
« mal que ha hecho á mis hijas; que ven- 
« gase la muerte de mi muger; esclamó 
« el mariscal exasperado. Bien sabéis que, 
«según dicen, hay tribunales que os pue- 
«den vengar; le dije; la señorita de Car- 
adoville ha presentado una queja contra 
«el renegado por haber querido secues- 
« trar á vuestras hijas en un convento. ..w 

«Es necesario tascar el freno espe- 

« rar » 

— Sí, dijo tristemente Agricol; pero 
faltan por desgracia las pruebas contra el 
abate d'Aigrigoy..... El otro dia, cuando 
me interrogó el abogado de la señorita do 
Cardoville en punto á nuestro escala-* 
miento del convento, me dijo que se ha- 
llarianácada paso obstáculos por falta de 
pruebas materiales, y que esos sacerdotes 
liabian tomado medidas tan acertadas, que 

por captación, pendiente actualmente ante 
el consejo de Estado, entre las cuales se 
hallan muchas cartas anónimas, escritas 
al ancianoque querian captar los clérigos, 
llenas sea de amenazas contra él, si no 
desheredaba á sus sobrinos, sea de denun- 
ciaciones abominables contra su honrada 
familia. De los hechos mismos consignado^ 
en el proceso, resulta que esas cartas son 
de dos frailes y una monja que no aban- 
donaban al anciano en sus últimos mo- 
mentos , los cuales han conseguido al Tin 
despojar á la fa milia de mas de quinien- 
tos mil francos. 



2i6 



4I.BÜB. 



acaso no tendría éxito ninguno la qiioja. 

— Eso es lo que piensa también el nía- 
riscal, hijo mío; y por eso mismo se au- 
menta mas su irritación. 

— Deberla despreciará osos miserables. 

— ¿Y las cartas anónima.s? 

— ¿(Jué quieres decir con eso, padre 
mió? 

— Es necesario (|iie lo sepas todu.Sien 
do el mariscal ¡¿allardo y leal cual es, asi 
que pasó el primer movimiento de indifj- 
nacion, reconoció que insultar al renega- 
do ahora que ese vil se ha disfrazado de 
sacerdote, seria lo mismo que ii)SuUar á 
una muger ó á un anciano: le ha despre- 
ciado por consiguiente cuanto ha podido; 
pero le han comenzado á llegar todos los 
dias cartas anónimas, y en esas cartas 
tratan de despertar, de escitar por todos 
los medios la cólera del mariscal contra el 
renegado, recordándole todo el mal que 
ha hecho el abate d'Aigrigny, á él ó los 
suyos. En fín se le echa en cara al ma- 
riscal el ser bastante cobarde para no atre- 
verse á tomar venganza de ese sacerdote 
perseguidor de su mujer y de sus hijas , 
que cada dia se está mofando do él con 
insolencia. 

— ¿Y esas cartas.... á quien las atribu- 
yes tú, padre mió? 

— No lo sé.... Es cosa de volverse uno 
loco.... Vienen sin duda de los enemigos 
del mariscal, y no tiene otros enemigos 
que esas sotanas negras. 

— Pero, padre mió, pue>to que esas 
cartas escitan la cólera del mariscal con- 
tra el padre d^Aigrigny, no' pueden escri- 
birlas esos sacerdotes. 

*— Eso es lo que me he dicho. 
—¿Pero cual puede ser el objeto de esas 
cartas anónimas? 

— ; El objeto? demasiado claro está: 
respondió Uagoberto. El mariscal es vivo, 
ardiente, y tiene mil rarones para que- 



rerse vengar del renegado. Pero no quie- y tiene Cicesos de cólera tales... que. 



re tomarse la justicia por sí mismo y le 
falta la otra justicia.... entonces hace es'' 
fuerzos, trata de olvidar y olvida. Pero 
llegan cada dia nuevas cartas insolentes, 
provocativas, (jiic reaniman y ecsasperan 
ese odio tan lejitimo con mofas, con inju- 
rias.... Por vida de doscientos mil demo- 
nios.... No tengo yo ¡a cabeza mas débil 
(|ue otros.... pero con semejante barullo 
me volvería loco. 

— ¡Ali, padre mió! Seria esa combi- 
nación horrorosa, digna del infierno. 

— Y no es eso todo. 

— ¿Qué decís? 

— También ha recibidoel mariscalotras 
cartas..., pero e»as no me las ha enseña- 
do: solamente cuando leyó la primera, se 
quedó como aterrado del golpe, y dijo en 
voz baja: «Ni aun eso respetan... ¡Oh!... 
Es demasiado.... Es demasiado.... y cu- 
briéndose la cara coalas manos... se puso 
á llorar. 

— ¡El!... ¡el mariscal llorar! dijoAgri- 
col , no pudiendo creer lo que oía. 

— Si, respondió Dagoberto; él... ha llo- 
rado... como un niño. 

— ¿Y qué podian contener esas cartas, 
padre mío? 

— No me he atrevido á preguntárse- 
lo.... por lo adijido y agoviado que me 
parecía. 

— Pues el pobre mariscal, asi hostiga- 
do y atormentado »'\i\ cesar, ita de llevar 
una vida alri'Z. 

— ¡Y sus pobres niíias, que están ca- 
da dia mas tristes sin poder adivinar el 
motivo de sti tri>fezn ! ¡ Y la muerte de 
su padre.... que espiró en sus brazos! A 
ti te se figura sin duda que debiera bas- 
tar eso, ¿no es verdad?.... Pues bien, 
no.... Estoy seguro.. . el mariscal esperi- 
menla alguna co>a mas penosa: hace mu- 
cho tiempo que no es ya el mismo: aho- 
ra por una bagatela se irrita se ecsaspera, 



AJ.PtJM. 



247 



Titnbpó Un momento el soldado y dijo: 

— Fn fin, ya te puedo decir eso.... po- 
bre hijo mío. ; Pues bien ! hace poco he 
subido al cuarLo del mariscal.... y he qui 
tado e! cebo de sus pistolas... 

— 1 Ah! j padre mió!.... esclamó Agrí- 
col; temeríais... 

— En el estado de ecsasperacion en que 
estaba ayer el mariscal, todo se puede 
temer, 

— ¿Pues que ha habido? 
— Bace algún tiempo que tiene conver- 
saciones secretas con un caballero que 
parece tin militar antiguo, hombre digno 
y respetable; he untado que la agitncion 
y la tristeza del mariscal aumentar, siem- 
pre después de sus visitas: dos ó tres ve- 
ces le he hablado de eso y he visto, por su 
fisonomía, que no le agradaba, por con- 
siguiente no he insistido. 

Ayer noche vino ese caballero; estuvo 
aqui hasta cerca de las once: su mujer 
vino después á hnsciírle y lo a2U3rdó en 
un coche simón; cuando se fué, subí á 
Ver si tenia el mariscal necesidad de algo, 
estaba muy pálido pero tranquilo, me di- 
jo que no me necesiba y bajé. Ya sabes 
que mi cmrto, que está aqui al lado, es- 
tá precisamente debajo del suyo; a<i que 
entré en él , oí al mariscal que iba y vp- 
tiia, andando á lo que parecía con mucha 
agitación, y pronto me pareció que em- 
pt)j:iba y echaba por tierra los muebles con 
estrépito. ANtisfado subo inmediatamente 
y mn pregunta irritado ¿qué es lo que 
quiero ?diciéndomeqtie me vaya. Fn topees 
viéndole en Semejante e'^tado me quedo ; se 
encoleriza , pero me qutdo, y advirtien- 
do una silla y una mesa en tierra , se las 
indico con tristeza y me entiende, y co- 
mo es tan bueno como lo mejor que hay 
en el mundo, me alárgala mano y me 
dice: Perdóname el inqiTOtarte asi, que- 
rido Üagoberto; pero he tenido poco ha- 
ce un momento de cólera tan absurdo; 



habia perdido la caíicza: creo que me hu- 
biera echado por la ventana, si hubiese 
estado abierta, añadió yendo de puolillas 
á abrir la pueita (jue comunica al cuarto 
en donde se acuestan sus hijas: después 
de haber escuchado por algunos momen- 
tos con angustia en aquella puerta, como 
nada oía, volvió cerca de mi: feüzmenle 
están durmiendo, me dijo. Entonces le 
pregunté cual habia sido la causa de su 
agitaciun, si habia recibido á pesar de 
niis precauciones alguna carta anónima. 
¡ No 1 me respondió con aire inquieto ; 
pero déjam.e, amigo mió, siento que es- 
toy mejor; me ha liecho provecho el ver- 
te; buenas noches, mi antiguo carnera- 
da; baja á tu cuarto y vete á descansar. 
Pero buen cuidado he tenido de i, o bajar; 
he hecho como que bajnba la escalera, y 
he í-ubido de puntillas á sentarme en el 
líUimo escalón con el oido atento. Para 
calmarse completamente íin duda ha ido 
el oiariscai á abrazar á sus hijis, porqtie 
he oido abrir y volver á cerrar la puerta 
que dá á su cuarto. Después ha vuelto, 
se ha paseado de nuevo largo tiempo en 
el cuarto, pero con paso mas tranquilo; 
en fin he oido que se metia en la cama y 
no he bajado á mi cuarto liasta el ama- 
necer : felizmente lo demás de la Docho 
lo ha pasado tranquilamente. 

— ¿ Pero qué puedo tener, padre mío? 

— iNo sé, cuando he subido, me ha lla- 
mad) la íitencion la alteración de su ros- 
tro, el resplandor de sus ojos.... aunque 
hubiera tenido un acceso de delirio ó de 
locura no hubiera estado de otro modo... 
y por eso oyéndole d(C¡r, que si hubiese 
estado abierta la ventana, se hubiera ar- 
rojndo por ella, me ha parecido prudente 
quitarles el cebo á las pistolas. 

— Estoy atónito... dijo A^rícol; el ma- 
riscal... un hombre tan funje, tan intré- 
pido, tan calmado... dejarse llevar de la 
.cólera.... 
03*^ 



248 ALBUV. 

— Te digo qae está pasando con él al- 
guna cosa estraordinaria : dos días hace 
que DO ha visto una sola vez á sus hijas, 
lo cuales, de su parte, mala señal, amas 
de que las pobres ninas están desespera- 
das, porque se figuran esos dos ángeles 
que han dado á su padre alguo mulivo 
de disgusto, y redobla entonces su triste- 
za. Dcscontentarlor... ellas... si supieses 
su vida.... pobres ninüs... Uo paseo á pió 
ó en coche conmigo y su aya , porque 
jamas las dejo ir solas, y asi que vuelven, 
se ponen á estudiar, á leer ó á l'ordar, 
siempre juntas.... y después se acuestan: 
su aya , quien según creo, es una mu- 
ger respetable, roe ha dicho que algunas 
veces á la noche las habia visto llorar 
-durmiendo, j Pobres ninas I Hasta ahora 
poco han conocido la felicidad, dijo el sol- 
idado suspirando. 

En aquel instante oyendo andar en el 
palio á pasos precipitados, levantólos ojos 
2)agoberto y vio al general Simon pálido 
-el semblante, estraviados sus ojos, te- 
niendo en las manos una carta que leia , 
que meditaba con ansia. 
XVII. 

LA CIUDAD DB ORO. 

Mientras el mariscal Simon atravesaba 
ei patio, agitado con la lectura de la car- 
ta anónima que habia recibido por la via 
estraordinaria de Quitasolaces, Rosa y 
Blanca estaban solas en la salas que ocu- 
paban ordinariamente, en la cual habia 
entrado Jocriso un instante mientras es- 
taban ellas fuera. 

Las pobres niñas parecian condenadas 
á vestirse de luto eternamente; en el ins- 
tante mismo en que se iba á concluir el 
luto de su madre , la muerte trágica del 
abuelo las habia cubierto de nuevo de 
crespones fúnebres. 

Ambas estaban vestidas de negro de 
pies á cabeza y sentadas en un camapé 
junto á la mesa de labor. 



La tristeza produce i veces el eTe<;t» 
de los años, envejece: asi es que Rosa y 
Blanca se habian hecho en pocos meses 
mozas viejas. A la gracia infantil de sus 
rostros, tan redondos y tan rosados en otr«» 
tiempo, pálidos y descarnados entonces, 
habia sucedido una espresion de tristeza pa- 
tética ; sus grandes ojos azules, limpios y 
dulces, pero siempre pensativos; no se 
veían ya jamás bañados de aquellas lá- 
grimas de regocijo que una risa franca é 
ingenua suspendía á sus párpados do se- 
da, cuando la serenidad cómica de Dago- 
berto ó alguna burla muda de Quitasola- 
ces les daban un poco de distracción en m 
penosa peregrinación. 

En una palabra, aquellas hechiceras ca- 
ras, que solo la paleta florida de Greuze 
hubiera podidocopiar con su frescura sua- 
ve, eran entonces dignas de inspirar el pin 
cel tan melancólicamente del ideal pin'or 
de Mignon echando menos el cielo, y de 
Margarita echando menoi á Fausto. (1) 

Rosa, apoyada en el respaldo del cama- 
pé tenia la cabeza un poco inclinada ha- 
cia el pecho, cubierto con un pañuelo de 
crespón negro: la luz que venia de una 
ventana de enfrente brillaba suavemente 
en su frente pura y blanca , coronada de 
dos bandas de cabellos castaños; miraba 
fijamente , y el arco delicado de sus cejas 
contraidas indicaba una preocupación pe- 
nosa ; sus pequeñas manos blancas, (lacas 
también, habian caido sobre las rodillas 
sin dejar por eso la tapicería en que esta- 
ba trabajando. 

Blanca, estaba de perfil , con la cabeza 
un poco vuelta hacia su hermana, mirán- 
dola con una espresion de tierna é inquie- 
ta solicitud, teniendo aun maquinalmente 
en la mano la aguja que habia pasado por 

(1) No es ne^sario nombrar al señor 
ScheíTer , tino d^os mayores pintores de 
la escuela moderna , y el mayor poeta de 
nuestros grandes pintores. 



ALBUM. 

'eîl cafiamaro, como si estuviese traba- 
jando. 

— Hermana, dijo Blanca con voz suave 
»l cabo de algunos instantes, durante los 
cuales se hubiera podido ver, por decirlo 
así, subirle las lágrimas á los ojos, herma- 
na... ¿En qué estás pensando? Pareces 
tan triste. 

— Pienso en la ciudad de oro.... de 

nuestros sueiios, dijo Rosa con voz lenta 
baja, después de un corto silencio. 

Comprendió Blanca la amargura de 
aquellas palabras, y sin dar respuesta nin- 
guna se levantó y se echó al cuello de su 
hermana, vertiendo abundantes lágrimas. 

4 Pobres jóvenes!... la ciudad de oro de 
sus sueños.... era Paris.... y su padre..., 
Parts, la ciudad de la alegría, de las fíes- 
tas, por encima de las cuales les aparecía 
â las huérfanitasel rostro placentero y ra- 
diante de su padre. 

I Pero ay I La hermosa ciudad de oro 
se ha transformado para ellas en ciudad 
de lagrimas, de muerte y de luto: el ter- 
rible azote que le dio el golpea su madre, 
en sus propios brazos , en el fondo de la 
Siberia , parece haberles seguido por to- 
das partes como una nube sombría y fu- 
nesta, que siempre estendida enL:ima de 
«lias, les ha ocultado el dulce azulado del 
cielo, y el resplandor alegre del sol. 

La ciudad de oro de sus sueños era 
también la ciudad en donde acaso un dia 
Sü padre, presentándoles sus pretendien- 
tes tan buenos, tan hermosos como ellas, 
les diría : «Os aman... sus almas son dig- 
« ñas de las vuestras: haced que cada una 

«de vosotras tenga un hermano y yo 

« dos hijos, » ¡Cómo se hubiera turbado 
entonces casta y hechiceramente el cora- 
ron de las huerfanitas, puro como el cris- 
tal , que no había reflpjado j^ás sino la 
imagen celestial de Gabriel, Mángel en- 
viado del cielo por su madre para prote- 
gerlas ! 



249 

Fácilmente se concebirá la penosa emo* 
cion de Blanca , cuando oyó decir á sa 
hermana, con una tristeza amarga, aque- 
llas pocas palabras que resumían su co- 
mún tristeza : 

— Pienso.. .en la ciudad de orodenues» 
tros sueños... 

— ¿Quién sabe? respondió Blanca, en- 
jugando las lágrimas de su hermana, aca- 
so nos vendrá mas tarde la felicidad. 

— ] Ay I Puesto que no nos ha hecho 
felices la presencia de nuestro padre, ¿lo 
seremos jamás? 

— Sí: cuando nos hayamos reunido con 
nuestra madre: dijo Blanca Jevantando 
los ojos al cie'o. 

— Entonces, hermana mía... eso es una 
advertencia que el sueño. ... aquel sueño 
que tuvimos en otro tiempo... en Alema- 
nia 

— La diferencia que hay, es que enton- 
ces el ángel Gabriel bajaba del cielo para 
venir á vernos , y que esta vez nos aleja- 
ba de esta tierra para llevarnos allá arri- 
ba... á nuestra madre. 

Puede que se cumpla ese sueño como 
el otro, hermana mía... soñamos que nos 
protegería el ángel Gabriel... y nos salvó 
del naufragio. 

—Esta vez hemos soñado que nos 

llevaría al cíelo... ¿por qué no ha de su- 
ceder también así'* 

— Pero para eso... hermana mía... ¿se- 
rá necesario que muera nuestro Gabriel 
que nos salvó del naufragio? Entonces 
no; no sucederá eso: hagamos oraciones 
para que no le llegue la muerte. 

— No, mira: no llegará; porque es el 
ángel custodio de Gabriel, paree do á ese, 
el que hemos visto en sueños. 

— Hermana mia... ¡ Qué cosa tan par- 
ticular ! Esta vez también , así como en 
Alemania, hemos tenido ambas el mismo 
sueño... tres veces el mismo sueño. 

— Es verdad. El ángel Gabriel se ba 



250 ALBUM. 

inclinado hacia nosotras, mirándonos sua- 
ve y tristemente y nos ha dicho ; venid, 

hijas mías venid, hermanas mias 

vuestra madre os está esperando. Pobres 
niñas, venidas de tan lejos, anadió con su 
voz Jlena de ternura ; habéis atravesado 
este mundo inocentes y dulces cual dos 
palomas, para ir á reposar eternamente 
en el seno maternal.... 

— Si esas son en efecto las palabras 

del arcángel, dijo la otra Imerfanita con 
aire pensativo: no hemos hecho mal á 
nadie: hemos amado á los que nos han 
amado.... ¿porqué nos ha de espantar e! 
morir? 

— Por eso mismo nos liemos sonreído 
en lugar de llorar, cuando cojiéndonos 
por la mano, ha desplegado sus hermosas 
alas blancas y nos ha llevado al azul del 
cielo. 

— .\ I cielo, en donde nuestra buena ma- 
dre nos alargaba los brazos... con el ros- 
tro enteramente cubiirto de lágrimas. 

— ¡ 01» I mira, hermana.... los sueños 
de esa especie no son vanos como los 

otros Y ademas, añadió mirando á 

Rosa con una sonrisa dolor^sa y un aire 
de inteligencia; acaso esa circunstancia 
haría cesar una pena cruel, de queson^os 
causa... va sabes... 

— ¡Ay, Dios mió I No es por culpa 
nuestra; le queremos tanto.... Pero esta- 
mos en su presencia tan tímidas y tan 
tristes que puede que crea qoe no le que- 
remos... 

Al decir aquellas palabras, queriendo 
enjugar sus lágrimas, cojió llosa su pa- 
ñuelo en un canastillo de labor, y cayó 
de él un papel plegado en forma de carta, 

Al verlo se estremecieron las dos her- 
manas, se apretaron una contra otra, y 
Kosa dijo á Blanca con voz trémula : 

— Otra de esas cartas.... ¡ühl teago 
miedo es como las otras segura- 
mente.... 



— Es necesario recojerla inmediatamen- 
te.... (|ue no la vean; ya sabes.... dijo 
Blanca inclinándose y recojiendo la carta 
precipitadamente; sino las personas que 
toman tanto ínteres por nosotras, corre- 
rían acaso grandes peligros. 

— ¿Pero cómo está ahí esa carta? 

— ¿Cómo hemos encontrado siempre 
las otras también á la mano, mientras no 
e?taba con nirs.Jras nuestra aya? 

— Hs verdad.... ¿De qué nos servirla 
el buscar la •'splícacion de ese misterio?... 
No la podríamos hallar... V^eamos la car- 
ta; puede que sea mejor para nosotras 
que las anteriores. 

Y las dos hermanas leyeron lo que si- 
gue : 

« Continuad adorando á vuestro padre, 
«queridas niñas, porque es muy de^gra- 
,« ciado, y vosotras sois ()iiienes involun- 
«taríamente causais todas sus penas: ja- 
« mas sabréis los terribles sacrificios que 
«le impone vuestra presencia; pero ¡ayl 
« es víctima de sus deberes de padre, sus 
« penas son mas crueles que nunca; evi- 
« tad sobre todo hs demostraciones de 
«afecto, las cuales le causan n^as dolor 
« (|ue satisfacción : cada una de vuestras 
« caricias e> para él una pañalada , por- 
«qne ve en vosotras la causa inocente de 
« sus pena? ». 

« No desesperéis sin ernb.irgo, queridas 
«niñas; si os dominais lo bastante para 
« no esponerlo á la dolorosa esperiencia 
«de una ternura derna>iiado ispansiva, 
«sed reservadas aunque afectuosas, y asi 
«aliviareis muclio mis padecimientos. 
'( Guardad siempre el secreto, aun para 
«con el escelente Dagolierto que os (|uie- 
« re tanto: sino, él, vuestro pa Iré, voso- 
« tras, y el amigo desconocido íjue os es* 
«cribe, cí^jtríaís grande?, ■«"l'jíros, por- 
« i|ue tenei^erribles enemigo.*. 

« Animo y esperanza , que se desea pu* 
« riûcar de toda la tristeza la ternura de 



ALB 

« vuestro padre para con vosotras : ¡ qué 
«dia tan hermoso será aquel!... Y acaso 
«no está lejos ». 

Estaba, escrita aquella carta con tai des- 
treza que, aun suponiendo que la mos- 
trasen á Dagoberto ó á su padre, hubie 
ran considerado esas líneas á lo mas co- 
mo una indiscreción estraordinaria , de- 
sagradable, pero casi escusable, por el 
modo con que estaba redactada. En una 
palabra, no se puede imaginar combina- 
ción mas pérfida, si se recuerda la terri- 
ble perplejidad en que se habia hallado el 
mariscal Simon , luchando sin cesar con- 
tra el dolor de tener que abandunar de 
nuevo sus hijas, y el oprobio de faltar á 
lo que miraba como un deber sagrado, 
(^^omo esos avisos diabólicos escitaban la 
ternura y la susceptibilidad de corazón de 
las huerfanitas, las dos hermanas advir- 
tieron muy pronto que su presencia era 
un efecto dulce y cruel al mismo tiempo 
para su padre: con solo verlas, algunas 
veces, se sentia incapaz de abandonarlas, 
y entonces, invohintariamente la idea de 
un df-ber no satisfecho oscurecía su frente. 

Asi es que las pobres niñas daban ale- 
das esas mudanzas la esplicacion que cua- 
draba con el sentido funesto de las cartas 
anónimas. Se habían persuadido que, por 
un motivo misterioso que no podían pe- 
netrar > su presencia era muy á menudo 
imporluna y aun penosa para su padre. 

De ahí nacía la tristeza creciente de 
Rosa y Blanca; de ahí nacía también 
cierta tristeza, cierta reserva que comprí- 
niia, a pesar suyo, laespsnsion de su ter- 
nura fiüal; embarazos dolorosos que el 
mariscal engañado también por las apa- 
riencias inesplicables para él. alribuia á 
]a tib ùel afecto; entonces se despe- 
dazaba n corazón, y su franca figura des 
cubría una .vt-na amarga, y^^eces, para 
ocultar sus Ligrimas, se separaba brubca- 
mente de sus hijas.... 



UBI. 25 1 

— Somos causa de la tristeza de nues- 
tro padre: nuestra presencia es la que le 
hace tan infeliz. 

Juzgúese ahora de los estragos que se- 
mejante idea, permanente, incesante, ha- 
bia de causar en aquellos dos corazones 
amantes, tímidos y sencillos. ¿Cómo hu- 
bieran podido desconfiarse las huerfanitas 
de aquellos avisos anónimos, puesto que 
hablaban con veneración de cuanto ellas 
amaban, y que, ademas, se justificaban 
diariamente con la conducta de su padre 
para con ellas? Víctimas ya de muchas 
tramas, habiendo oído decir que estaban 
cercadas de numerosos enemigos, se con- 
cibe que, dóciles á las recomendaciones 
de su amigo desconocido, no hubieran 
descubierto jamas á Dagoberto esas car- 
tas, en que lo apreciaban con tanta jus- 
ticia. 

En cuanto al objeto de todas aquellas 
maniobras, es cosa muy sencilla : hosti- 
gando continuamente al mariscal por to- 
das partes, persuadiéndole que era muy 
libio el afecto dé sus hijas, esperaban na- 
turalmente superar la indecisión que aun 
esperimentaba y determinarle á acometer 
la aventurada empresa, y derramar tan- 
ta amargura en la existencia del maris- 
cal, que mirase como una circunstan- 
cia feliz el hallar el olvido de sus tor- 
mentos en las violentas emociones de 
un proyecto temerario, generoso y caba- 
lleresco; ese era el objeto deRodin ; y no 
le faltaba á su proyecto, ni lógica, ni po- 
sibilidad.... 

Después de haber leído aquella carta, 
se quedaron las dos jóvenes silenciosas 
durante un rato, y agoviadas; después 
Rosa, que tenia la carta en la mano, se 
levantó con viveza, se acercó á la chime- 
;nea, la echó al fuego, y dijo con aire te- 
niert)so : 

— F.s necesario quemar pr<intsmente 

esta carta jnque sino liauria acaso 

grandes desgracias. 



SS2 



ALIOB, 



— Ninguna mayor que la qne tenemos, 
dijo Blanca abatida. ¡Causar tales pesa- 
res á nuestro padre! ¿Qué motivo puede 
haber para eso? 

— Mira Blanca , acaso , dijo Rosa der- 
ramando algunas lágrimas, no nos en- 
cuentre tales cuales hubiera querido que 
fuésemos: nos ama mucho como las hijas 

de nuestra pobre madre que adoraba 

pero para él... no sumos las hijas que ha- 
bía soñado. ¿Me entiendt\<;,!'ermana mia? 

— Si.... si.... puede que sea eso lo que 
tanta tristeza le causa. Somos tan poco 
instruidas,' tan salvajes, tan torpes, que 
se avergüenza probablemente de nosotras, 
y como nos ama á pesar de eso.... pade- 
ce.... 

— ¡Ay! no es por falta nuestra... Nues- 
tra pobre madre nos ha criado en aquel 
desierto de la Siberia como ha podido.... 

— ¡Ayl en lo interior de su corazón no 
nos lo echa en cara nuestro padre, sin du- 
da ninguna, pero como tu dices, padece. 

— Sobre todo si tiene amigos con hijas 
muy hermosas, muy llenas de habilidades 
y de agudeza; entonces siente que no sea- 
mos nosotras asi. 

— ¿Te acuerdas cuando nos llevó á ca- 
sa de nuestra prima, la señorita Adriana, 
que estuvo tan tierna y tan afectuosa con 
nosotras, como nos decia él admirándose: 
«¿Habéis visto, hijas mias? ¡Qué her- 
mosa es la seiíorita Adriana ! ] qué agu- 
deza ! ¡ qué noble corazón 1 y con todo eso, 
i qué gi icia 1 j qué atractivo I 

— ¡Oh! tenia razón.... la señorita de 
Cardoville estaba tan hermosa, era tan 
suave su voz que, solo con mirarla y es 
cucharla dos parecía que no teníamos mas 
penas. 

— Y mira, Rosa, por eso misnio, com- 
paráiKlonos con nuestra prima y con otras 
iDUchas señoritas , no puede nuestro pa* 

dre estar muy orgulloso de nosotras 

)Y él tan estimado, tan amado, hubiera 



tenido tanto gusto en poderse envanecer 
de sus hijas I 

De repente Rosa, poniendo la mano en 
el brazo de su hermana , le dijo con ao- 
itiedad : 

— Escucha escucha Hablan en 

voz muy alta en el cuarto de nuestro pa> 
dre. 

— Sí dijo Blanca escuchando tam* 

bien; y andan.... es su modo de andar... 

— ¡Ay, Dios mío!.... ¡Cómo levanta 
la voz! parece que está muy encoleriza- 
do... Puede que >enga aquí.... 

Y al pensar que podría llegar su pa- 
dre.... su padre que las adoraba, las dus 
niñas se miraban con temor. 

Como cada vez se oian mas claros y 
mas estrepitosos los gritos , Rosa , tem- 
blando de pies i cabeza, dijo á su her- 
mana : 

— No estemos aqui.... veo á nuestro 
cuarto... 

— ¿Porque? 

— Porque oiríamos involuntariamente 
las palabras de nuestro padre, y tal vez 
ignora que estamos aquí.... 

— Tienes razón... vamos, vamos: res- 
pondió Blanca levantándose con precipi- 
tación. 

— ¡ Oh I Me estoy temblando... Jamás 
lo he oído hablar en tono tan irritado. 

— ! Ay, Dios mío!.... dijo Blanca per- 
diendo el color y deteniéndose involunta- 
riamente; con Dagoberto es con quieo 
habla así... 

— ¿Qué sucede pues en tal caso?.... 
¿Por qné habla de ese modo?... 

— ¡ Ay ! alguna desgracia. 

— ¡ Oh I... ¡ Hermana mía!... ¡No nos 

quedemos aquí! ¡ Es tan triste el oir 

tratar asía Dagoberto I 

El ruidos^strépito de alguna cosa que 
se había arreado !ó roto con furor en eK 
cuarto inmediato, espantó tantoi lashuér- 
fanas, que pálidfs, temblando de emo- 



ALBtn. 



SS3 



tíon , se precipitaron en sa coarto y cer 
raron iomediatamente la puerta. 

Ëspliquemos ahora la causa de la cóle- 
ra vioteota del mariscal Simoo. 

xvin. 

EL LEON HERIDO. 

La ruidosa escena que tanto habia es- 
pantado á Rosa y á Blanca era la siguiente: 

Primeramente el mariscal Simon , solo 
en su cuarto, y en un estado de exaspe- 
ración difícil de pintar, se habia puesto á 
andar con mucha precipitación , inflama- 
do de cólera su hermoso y varonil rostro, 
resplandecientes de indignación los ojos, 
mientras en su ancha frente coronada de 
cabellos grises, cortados casi rasos, se ad- 
vertían algunas venas tan hinchadas que 
«e hubieran podido contar sus latidos y 
parecía que se iban á r*;beotar. A veces 
sus bigotes negros y espesos se agitaban 
con un movimiento convulsivo, bastante 
semejante al que producen las contorsio- 
nes en la cara de un león enfurecido. Y 
así como un león herido, hostigado, ator- 
mentado de mil picadas invisibles, va y 
viene con una cólera salvaje en la jaula 
en que lo tienen encerrado , así también 
el genera] Simon, jadeando, furioso, iba 
y venia por su cuarto, dando saltos por de- 
cirlo así: tan pronto andaba encorbándose 
un poco como si lo hubiese agoviado el 
peso de su propia cólera : tan pronto al 
contrario deteniéndose súbitamente , en- 
derezándose con firmeza, cruzando los 
brazos en el robusto pecho, alta y ame- 
nazadora la frente, terribles las miradas , 
parecía que desafiaba á un enemigo invi- 
sible, murmurando algunas esclamacíones 
confusas: entonces era el hombre de las 
guerras y de las batallas en todo su fuego 
é intrepidez. 

Pronto se detuvo el mariscal , dio una 
patada con cólera , se acercó ^ la chime- 
nea y tiró de la campanilla con tanta vio- 
lencia que se le quedó en las manos el 
cordoo. 



Acudió un criado i aquel retintín pre- 
cipitado. 

—¿No habéis dicho á Dagoberlo que te- 
nia que hablarle? esclamó «I mariscal. 

— He cumplido las órdenes del seiíor 
duque; pero el señor Dagoberlo acompa- 
ñaba á su hijo hasta la puerta del pa- 
tio y... 

— Está muy bien : dijo el mariscal ha- 
ciendo con la mano un ademan imperioso 
y brusco. 

Salió el criado y c ontinuó su amo el 
paseo dando grandes pasos, estregando 
con rabia una caria que tenia en la mano 
izquierda. Esta carta se la habia entrega- 
do inocentemente Quitasolaces , quien al 
verle entrar, habia ido hacia él para aca- 
riciarle. 

Abrióse en ñn la puerta, y se presentó 
Dagoberlo. 

— Hace ya mucho tiempo que os he 
enviado á llamar, caballero; esclamó el 
mariscal en tono irritado. 

Dagoberlo, mas afligido que sorprendí- 
do de ese nuevo acceso de cólera , que 
atribuía con razón al estado de superesci- 
tacion continúa en que estaba el maris- 
cal, respondió con dulzura : 

— Perdonad, mi general, pero acom* 
pañaba á mi hijo... y... 

— Leed eso, caballero; dijo el mariscal 
interrumpiéndole bruscamente y alargán- 
dole la carta. 

Y mientras leía Dagoberlo, comenzó 
de nuevo á pasearse el mariscal con una 
cólera que iba aumentando cada vez mas, 
y echó á tierra de una patada una síUtt, 
que halló á mano. 

— Con que así, aun aquí, aun emmi 
propia casa hay miserables vendido» sin 
duda á los que me hostigan con tasla en< 
carnizamiento. ¡ Pues bien t ¿Habéis leí- 
do, caballero? 

— Es una nueva infamia..... para rea- 
nirla á tantas otras; respondió con fria^* 
dad Dagoberlo. 



251 



4T.BCH. 



Y arrojó la carta é la chimenea. 

— Es infame esa carta... pero dice la 
verdad; replico el mariscal. 

Dagoberto le miró sin comprenderle. 

El mariscal continuó: 

— ¿Y esa carta infame sabéis quién la 
ha puesto en mis manos? Porque parece 
que lo está enredando el demonio. Es 
vuestro perro. 

— ¿Quilasulaccs? dijo Dagoberto lleno 
de asombro. 

— Sí, respondió amargamente el ma- 
riscal: ¿Es pues una chanza de vuestra 
invención? 

— No tengo el corazón para chanza?, 
mi general: respondió Pagoberto cada vez 
mas entristecido del estado de irritación 
en que se hallaba el mariscal, no puedo 
concebir como ha acaecido eso... Quita- 
solaces trae muy bien á la mano; habrá 
encontrado sin duda la carta en casa y 
entonces. 

— ¿Y esta carta quién la habia traido 
aquí? ¿Estoy pues rodeado de traidores? 
¿No vigiláis nada vos, en quien he pues- 
to toda mi confianza? 

— Mi general... escuchadme... 

Pero el mariscal continuó sin querer- 
le oir. 

— 1 Por vida deldemoniol yo que he es- 
tado guerreando durante veinticinco años, 
que he hecho frente á muchos ejércitos, 
que he luchado victoriosamente contra los 
tiempos mas malos del destierro y de la 
proscripción, que he resistido á los golpes 
de maza... sucumbiría á puntadasdealiiler. 
¿Cómo? ¡me perseguirán en mi propia 
casa, me hostigarán impunemente, me 
irritarán, me atormentarán á cada ins- 
tante por consecuencia de yo nu sé queodio! 
Cuando digo que no sé... me equivoco... 
el renegado d'Aigrigoy es la base de todo 
eso. No tengo sino un enemigo en elmu/i- 
do.... y ese hombre.... Es menester que 
concluya con él; estoy cansado.... es de- 
masiado esto. 



— Pero, mi general , pensad que es sa- 
cerdote, y.... 

— ¿Y tjué me importa que sea sacer^^ 
dote? Ya le he visto manejar la espada, 
y sabré obrar de modo que suba á la ca- 
ra de ese renegado su sangre de soldado. 
— Pero, mi general.... 
— Os digo de nuevo que es necesario 
que las tome con alguno, esclamó el ma- 
riscal poseído de una violenta ecsaspera- 
cion; os digo que es necesario que les dé 
yo un nombre y una figura á esas vilezas 
tenebrosas, para poder concluirlas... me 
están apretando por todas partes, y traj- 
forman mí vida en un infierno.... Ya lo 
sabéis... y nadie hace nada para dispen- 
sarme de esa cólera que me quema á fue- 
go lento. Yo no puedo contar con nadie. 
— Mi general, yo no puedo dejar pasar 
esas palabras, dijo Dagoberto con voz tran- 
quila, pero firme y penetrada. 
— ¿Qué quiere decir eso? 
— No puedo permitir, general, que di- 
gáis que no podéis contar con nadie; pue- 
de que al fin lo creyeseis vos mismo, y 
seria eso mas triste aun para vis que para 
los que saben á que atenerse en punto á 
su acendrado rendimiento, que se arro- 
jarían al fuego por vos y.... de esos soy 
yo... bien lo sabéis.... 

fCsas palabras sencillas, dichas por Da-» 
goberto con un acento prufundament*) 
conmovido, hicieron entrar en sí al ma- 
riscal; porque aijuel carácter generoso y 
leal podía de cuando en cuando agriarse 
por la iriitacion, pero pronto volvía á su 
rectitud primera; asi es que, hablando 
siempre á Dagoberto, continuó con unto- 
no menos brusco, en el cual se manifes- 
taba sin embargo una agitación muy viva: 
— Tienes razón; no debo dudar de ti... 
la irritación me hace salir de tino.... esa 
carta infame me ha puerto fuera de mí .. 
es cosa de volverse uno loco... Soy injusto, 
regañón ,' ingrato Sí, ingrato ¿Y 



ALEta 

para con quien?.... Para conligo.i.. Da- 

goberto.... 

— No hablemos de mi, oem-ral : con 
semejantes palabras y eun el tono (|iie las 
decis podriaii maltratarme todo el año sin 



255 



oir una «jiieja d.; mi parte — ¿ l'ero que 
-os ha s(ícedido?. ... 

Púsose de nuevo sombría la fisonomía 
del mariscal, y dijo con voz breve y rá- 
pida : 

— Lo que me lia sucedido..... es que 
me desprecian, que me desdeñan. 
.— jí\ vos!... jA vosl... 

— ^Sí, á mí; y al fin, dijo con amar- 
gura el mariscal, ¿porqué ocultarte es- 
ta nueva llaga? He dudado de tí; por 
consiguiente te debo uf)a indtMTinizdcion; 
sábelo pues todo: hace aigun tiempo que 
cuando encuentro á mis queridas cama- 
radas de armas > se alejan poco á poco 
de mí. 

— ¿Cómo... esa carta anónima de hace 
xin rato..... á eso era?... 

— ^A lo que hacia alusión sí.... dijo 

«1 mariscal con un suspiro de rabia y de 
indigna2Íon. 

— Perúes imposible, mi general; vos 
tan amado, tan respetado..... 

— Todo eso son palabras, nada mas, y 
yo te liablo de hechos; al instante que 
llego, se corta inmediatomeiite la conver 
sacion comenzada ; en lugar de tratarme 
como un camarada de campañaS; afectan 
conmigo un cortesía rigurosa y fria ; en 
fin, son mil bagatelas, mil nadas que ofeo 
den el corazón sin que pueda uno forma- 
lizarse 

-—Lo qlie me estais diciendo.... mi ge- 
neral, me confunde, respondió Dagoberto 
atorrado. Me lo decís , y yo no puedo 
menos de creerlo 

— Es intolerable. He querida saber lo 
que hay en el particular, y con ese objeto 
lie ido esta mañana á casa del general 
d'Harvincourt : era coronel, al mismo 



tiempo que yo, de la guardia Im perial; e 
el honor y la lealtad en persona. He ido 
á él con el coraion en la mano, y le he 
dicho: « advii-rlo hace algún tiempo que 
«me tratan con frialdad; preciso es que 
«circule alguna calumnia contra mí: de- 
«ciJnie cuanto sepáis, conociendo los ata- 
« qui'S me defenderé alta y lealmenle. » 

— ¿Y qu'? ha respondido? 

— ü'Harvincourt se ha quedado impa- 
sible, ceremonioso, y ha respondido coa 
frialdad á mis preguntas: «no ha llegado 
«á mis oidos, caballero mariscal, ningún 
« rumor calumnioso que corra contra vos. » 
No se trata en esta circunstancia de lla- 
marme caballero mariscal, mi querido 
d^Harvincourt; nosotros somos soldados 
viejos, au^igos viejos; se inquieta mi pun- 
donor, lo conñeso, porque se me figura 
que ni vos ni los otros camaradas no me 
recibís cordialmente como por lo pasado. 

Eso no se puede negar lo veo, lo sé, 

lo siento Entonces ó'Harvincourt me 

ha respondido siempre con la misma frial- 
dad : «Jamas he notado que nadie haya 
« dejado detener con vos los miramientos 
«debidos*» No os hablo yo de miramien- 
tos, he esclamado apretando afectuosa- 
mente su mano, la cpal he notado que 
correspondía débilmente á mi apretón, os 
hablo de cordialidad^ de la confianza que 
se me manifestaba , mientras ahora pa- 
rezco cada vez mas desconocido. ¿De dón- 
de viene eso? ¿De dónde tal mudanza? 
Siempre frió y reservado, me respondió: 
« Son matices tan delicados, caballero ma- 
« riscal , que es imposible el daros un con- 
« sejo en esa materia.» Saltaba mi cora- 
zón de cólera y de dolor. ¿Qué hacer? 
Provocar á d'Harvincourt , era una lo- 
cura; por mi propia dignidad, he dado 
fin á nuestra conversación, la cual no ba 
hecho mas que confirmar mis temores... 
Por consiguiente, continuó el mariscal, 
por consiguiente, he decaído de la e$ti- 
65'^ 



251) A L^ 

tnacion que merezco, y me desprocian 
acaso sin saber siquiera el motivo. ¿No es 
eso odioso? Si se circulase al luetMs un 
hecho, tin rumor cual(|uiera que fuese, 
encontraria entonces medios para defen- 
derme, para venparnie o para responJor. 
Pero nada; ni una palabra: sulamenic 
una cortesía tan ofensiva como un insul- 
to ¡Oh! te üifio que es demasiado 

es demasiado porque se reúne esto á 

otros cuidados. ¿Óué vida es la que llevo 
desde que murió m¡ padre? ;Ho hallado 
almenes algún reposo, alguna satisfac- 
ción en mi propia casa? No. Cuando en- 
4ro en ella, es para leer cartas infames, 
y amas, añadió el mariscal con tono do- 
•loroso después de haber vacilado un mo 
mentó, y ademas cada dia son mis hijas 
mas indiferentes para conmigo... Sí, aña 
dio el mariscal viendo el asombro de Da- 
-goberto, y no sabeo sin embargo cuanto 
las quiero. 

— ¡Indiferentes vuestras olnasl... ¿Les 
hacéis ese reproche? 

— ¡Ah, Dios mió! No las vitupero: 
apenas han tenido tiempo para conocerme. 

— ¡No han tenido tiempo para conoce- 
ros ! respondió el soldado en tono de re- 
proche y animándose á su vez. ¡Ahí ¿De 
qué les hablaba pues su madre sino de 
vos? ¿Y yo? ¿No estabais á cada instante 
presente en nuestras conversaciones? ¿Y 
qué hubiéramos podido enseñarles á vues 
tras hijas sino á conoceros y á amaros? 

— Las defendéis es de justicia 

os quieren mas que á mí, dijo el maris- 
cal, aumentándose su amargura. 

Dagoberto se sintió tan penosamente 
conmovido que miró al mariscal sin res- 
ponderle. 

— (Pues bien, sí! esclamó el mariscal 
con una espansion dolorosa; si es eso vi- 
leza é ingratitud, lo confieso, pero no im- 
porta.... Veinte veces he estado celoso... 
ii, celoso de la coDÛanza sencilla que os 



t'M. 

manifestaban mis hijas, mientras al lado 
mió siempre parecen intimidadas. Si sus 
rostros melancólicosse animan alguna vez 
con una espresion un poco mas alegre 
que á lo ordinario, es al veros, al habla- 
ros, mientras para mi no hay sino res- 
pelo, embarazo y frialdad..... y eso me 
mala.... Si hubiese estado seguro del ca- 
riño de mis tí'jas, hubiera arrostra'lo to- 
do hubiera superado toda.r... 

Y después viendo que Dagoberto 9« 
abalanzaba á la puerta que comunicaba 
al cuarto de sus iiijas, le dijo el maris- 
cal : 

— ¿A donde vas? 

— A buscar á vuestras hijas. 

— ¿Para qué? 

— Para ponéroslas cara á cara y decir- 
los: « hijas Duas, vuestro padre cree que 
no le amáis...» ^o los di^rémas q»eeso.., 
y verei*.., 

— ¡ Dagoberto, os lo prohibo ! respon- 
pondiü el padre de Rosa y Blanca. 

— No hay Dagoberto que valga.... Na 
tenéis derecho de ser injusto para con esas 
pobres niñas. 

Y dio el soldado de nuevo un paso ha- 
cia la puerta. 

— ¡Dagoberto! gritó el mariscal; os 
mando que no salteáis de aqui. 

— Escuchad, mi general; soy vuestro 
soldado, vuestro inferior, vuestro servi- 
dor también si os place; dijo con dureca 
ei ex -granadero de á caballo; pero no hay 
rango ni grado que valga cuando se trata 
de defender á vuestras hija.*.... Todo se 
esplieará... Poner las gentes cara acara... 
No hay cosa mejor.... 

Y si no le hubiese cojido por el brazo 
el mari«ical, ya iba Dagoberto á entraren 
el aposento de las huérfanas. 

— ¡Quieto ahi! dijo el mariscal tan im- 
periosamente, j:]ue ei soldado acostumbra- 
do á la obediencia , no <^e moneó. 

— ¿Qué ibais á hacer? dijo el mariseaf. 



4 decirles á mis híjis que creo que no me 
antan? ¿Provocar asi manifestaciones de 
la ternura que no sienten en su corazón 
esas pobrecitas?.... No tienen ellas la cul- 
pa... sino yo sin duda. 

— j Ali, general! respondió Dagoberto 
con un acento muy doloroso, ya nosiento 
cólera ninguna aloiros hablarasi de vues 
tras hijas.... sino dolor... me de&pedazais 
el corazón.... 

Conmovido el mariscal de la espresion 
-de la fisonomía del soldado, replicó menos 
'bruscamente: 

— Vamos: sea enhorabuena; no tengo 
razón, y sin embargo.... vamos, os lopre- 
igunlo sin amargura.... sin celos.... ¿No 
soomis hijas mas confiadas y mas fami- 
liares con vos que conmigo? 

— Por vida del demonio, general, res- 
pondió Dagoberto, si por ahi vais...Tam- 
bieD son uias familiares con Quitasolaces 
que conmigo.... sois su padre.... y por 
•bueno que sea un padre , siempre impo- 
ne. ¿Son familiares conmigo? ¡ Escelente 
maula, por vida mia! ¿Qué diablo de respe- 
to queréis que me tengan á mí, que, escepto 
mis bigotes y mis seis pies de altura, soy 
poco mas ó menos como una vieja chocha 
que las ha mecido en la cuna?.... Yade- 
inas, es menester decíroslo, ya estabais 
triste antes de la muerte de vuestro pa- 
dre.... y preocupado.... lo han notado las 
ninas.... y lo que os parece frialdad des» 
parle.... estoy seguro -que es inquietud 
para tos.... Mirad, mi genera), no sois 
justo... os quejáis de que os aman dema* 
siado vuestras hijas. 

—Me quejo, dijo -el mariscal con una 
impaciencia dolorosa; de lo que padezco; 
yo solo.... conozco mis padecimientos. 

— Muy vivos tienen que ser.... mi ge- 
neral, dijo Dagoberto, yendo mucho mas 
lejos probablemente de lo que quería, por 
afecto á sus huérfanas. Si , necesario es 
que sean muy vivos, puesto que alcanzan 
aun á los que os aman. 



—¿De nuevo reprodies, caballero? 

— ¡Pues bien! sí, nrii genere!. Repro- 
ches.... esclamó Dagoberto; vijestras hijas 
si que podrían enojarse do vos, acus^ir-.-j 
de frialdad, pue'-to que las desconocéis 
tanto. 

— i Caballero !,„ dij i el mariscal con - 
teniéndose apenas, señor.... Basta.... Y 
aun sobra.... 

— ¡ Gh ! si, basta.... respondió Dago- 
berto aumentando sienrpre su emoción, 
en efecto, ¿de qué sirve el defenderá unas 
desgraciadas niñas, que no saben sino re- 
.*ignar*e y amaros?... ¿De qué sirve de- 
fenderlas contra vuestra desgraciada ce- 
guedad? 

El mariscal hizo un movimiento de im- 
paciencia y de cólera , y después dijo coa 
una serenidad foríMda: 

Tengo nece.Mdad de recordar todo lo 
que os debo.. ^ y no lo olvidaré... por mas 
que hagáis. 

— Pero, mí general, esclamó Dagoberto 
¿porqué no queréis que vaya á buscar á 
vuestras hijas? 

— ¿Pues no veis qne me está despezan- 
do, matando esta escena? esclamó el ma- 
riscal ecsasperadü. ¿No conocéis p\iesque 
no quiero que sean mis hijas testigos de 
lo que padezco?... Los pesares de un pa- 
dre tienen su dignidad, caballero; lo de- 
bierais sentir y respetarlos. 

— ¿Respetarlos?... No; porque es «toa 
injusticia la que los causa. 

— Basta... caballero... Basta... 

— Y no contento con atormentaros asi, 
dijo Dagoberto oo pudiéndose contener , 
¿sabéis lo que haréis? Haréis morir de 
dolor á vuestras hijas: ¿lo oís?... Y no os 
las he traído para eso del fondo de la Si- 
bería. 

— ¿Reproches? 

— Sí, porque la verdadera ingratitud 
para conmigo, es el hacer desgraciadas á 
, vuestras hijas. 



258 ALBUM. 

— Salid al instante de aqu(, caballero, on dnhde se hablan refugiado Rosa y 
dijo el mariscal completamente fuera <)•> Blanca. 



sí, y tan espantuso de cólera y de di>lor , 
que Oagoberto, sintiendo el haber ido tan 
l^jos, dijo: 

— Mi general, confieso mi error... Pue 
de tpie os haya faltado al respeto... per- 
donadme... pero... 

— Enhorabuena, os perdono, y os su- 
plico qtie me drj-'is solo, dijo el mariscal 
conteniondo.se con dificu'lad. 

— Mi ¿¡enera!, tina sola palabra... 

— Os pido el favor de (jue me dejéis 

solo os lo pido Como un servicio 

¿Rasta eso? dijo el mariscal redoblando 
sus esfuerzos para contenerse. 

Y sucedió una gran palidez al color vivo 
que durante aquella escena penosa habia 
inflamado e! rostro del mariscal. Asustado 
Oagoberto de aquel síntoma, dobló sus 
instancias. 

— Os suplico, mi general, dijo con voz 
aterrada, permitidme un solo momento... 
el... 

— Ya que lo exigís, yo soy quien sal- 
dré, caballero, dijo el mariscal dando un 
pa-o hacia la puerta. 

Esas palabras fueron dichas en tal to- 
no, que no se atrevió á insistir Dagober- 
to, bajó la cabeza agoviado, desesperado, 
y miró aun un instante al mariscal, silen- 
cioso y suplicando; pero viendo otro mo 
vimiento de cólera (|ue no pudo contener 
el padre de Hosa y Blanca, salió el solda- 
do á paso lento. 



Apenas habían pasado algunos minutos 
después de la salida de Dagoberto cuando 
el mariscal, el cual, después de un largo 
y triste silencio, se habia acercado mu- 
chas veces á la puerta del aposento de sus 
hijas con una indecÍMon llena de angustia, 
hizo un esfuerzo violento, enjugó el sudor 
frió que bailaba su frente, trató de disi- 
mular su agitación, y entró en el cuirto ¡ nias contra el mariscal, difundida* con 



XIX. 

LA ESI'ERlliNCIA. 

Tenia razón Dagoberto en defender á 
sus lujas, como llamaba paternalmente á 
Uüsa y IJ.'atica; no obstante eso, las es- 
presiimes del mariscal en cuanto á la ti- 
bieza de afecto que echaba en «ara á sus 
lujas se fundaba en las apariencias. Así 
como habia dicho á su padre , no pudien- 
do concet)ir el »'mbarazo y la tristeza casi 
temerosa de sus hijas, cuando estaban de- 
lante de é\, trataba en vano de indagar el 
motivo de lo ijue llamaba su indiferencia. 
Unas Veces echuidose en cara amarga- 
mente el no haber podido ocultar un poco 
el dolor que le habia causado la muerte 
de su madre, teniia el haberles persuadi- 
do por ese medio que eran incapaces de 
consolarle, otras veces tenia aprensiones 
de no haberse mostrado bastante tierno, 
bastante espansivo para con ellas, de ha-^ 
herías helado con su dureza militar; y en 
fin otras veces se decia con un sentimien- 
to de dolor agudo, tjue habiendo vivido 
siempre lejos de sus hijas, dehia ser para 
ellas como un estraño. Kn una palabra, 
se presentaban á su espíritu una caterva 
de suposiciones á cual menos fundadas, y 
cuando hay en un afecto semejantes géne- 
ros de duda, de desconfianza ó de temor, 
tarde ó temprano se desarrollan con una 
tenacidad funesta. 

Sin embargo, a pesar de aquella frial- 
dad que tanto le hacia padecer, era tan 
profundo el afecto del mariscal para con 
sus hijas, que el sentimiento de separarse 
de ellas de nuevo era el único que causa- 
ba las perplejidades que desconsolaban su 
existencia, lucha incesante entre el amor 
paternal y un deber que consideraba co- 
mo sagrado. 

En cuanto al hecho fatal de las calum- 



ILE m. 



539 



basta ate habilidad píira que pudiesen dar- jinglante tan espresiva , qne cuando pasiS 
les a'gUD créJilo gentes de honor, «li* an i e! primer movimiento de temor, Vas dos 
tigijos or-mpafieros de amias, 'as habían | huérfanas esfu'-i.Ton por arrrjar^e á los 
propa^jado los amigos de la píincesa de j brazos di.' su padre; pero recordando las 
Saint- Dizier cen una destreza esp»rít.>sa; ! recamen Jaciooes del escrito anónimo que 



mas ta^de se salwá el sentido y d objeto 
de es'is cooíores odiosos, qne, unidos á 
tantas y tan diversas tlagas vivas hechas 
á su corawn , coUnaiban la exasperación 
del mariscal. 

Domina<lo por la cólera, por \a$u^'res- 
cita («n que le causaban aquellas picidu- 
ras de alfi'ere? incesantes, comn p| tas lla- 
maba. chi>cado de alminaspa'abrasde &a 



les decía cuan penosas eran para sup»dca 
las manifestaciones de su ternura. >e die- 
ron rápidamente una mirada reciproca y 
se contuvieron. 

Por una fatalidad cruel, en aquel raism© 
instante el mariscal estaba ardi^-nio ea 
deseos de abrir los brazos á sus hjas, las 
miraba con id>latría, y aun hizo no n»o- 
vimiento íisiero como para Ikmarlas hacia 



goberlo, lo habta tratado con dureza; pero*', no atreviéodjse á hacer mas te ir.endo 
cuando saÜó t- 1 so!da(ío, cuando llegó eíjque ¡o comprendiesen, Pero laspotresni- 
monrx^nto de la rcQecsion. el marise-l, re i ñas paralizadas por los pérfilos avisos 
cordando la espresion convencila y ca'u-; l^e reeibian, se quedaron inmóvi.ei, tem- 
rosa del defensor de sus hijas, habia sen- blando. 

tido nacer en su pecho algtma duda enj -^1 ^f" aqaeüa aparente inseosibíüdad , 
cuanto á la frialdad que les achacaba, y "^7^ el mariscal (jue.seiba á desmayar; 



Va no podía dudar, sus hijas no coni pren- 
dían ni su terrible dolor, ni sudesespiera- 
da ternura. 

— ¡Siempre la misma frialdad! pensó, 
00 me había engañado. 

S'n embargo , tratando de OMUar sus 
sentimientos, se adelantó hacia e; d» y 
Íes dijo dando á su vo^ toda la cala.a qu« 



después de haber tooiado una resolución 
terrible para el caso de confirniarse sus 
sospechas desconsoladoras, entró, como se 
ha dicho, en el aposento de sus hijas. 

Habta sido tanto el ruido de la discusión 
con Dasoberto, que el sonido de las vo 
ees, atravesando el saion habia Hegadoen 
parte á los oídos de las dos hermanas ijiie 
se hablan refugiado ea el cuarto en que P"'-^*^* 
dormían. Asi es que cuando 'legó su padre — í^uenos dias, hijas mías... 
manifestaban sus rostros pálidos el temor' —Buenos dias, padre ralo, respondió 
y la ansiedad. Al v.r al mariscal, cuvas j ^""^*^ ' '"'^"O* intimidada quesu hern-ana. 
facciones estaban tnmbien alteradas, se le | " ^' P"^^ ^eros... ajer. dij . tl.na.is- 
vanlaron respetuosamente las dos mucha- ! '^' <^^" ^^^ a lerada, poriue. mirad, es- 
citas, pero se quedaron apretadas una con [ tuve muy ocupado; se trataba dent-gocios 
tra ntra y temblando de pies á cabeza. | graves.... de cosas.... relativas al servi- 

Y sin embargo no era la dureza ni lajcio---- En fm ¿no estais erfadadas de mi 
cólera lo que espresaba el semblante pa- neg'igenda? y trato de soi.reir^e, noatre- 
terno, sino un dolor profundo, casi depre- j viéndose á decirles que durarste la noche 
catorio. que parecía decir: ú'tima, después de un acceso de e:ler» 

— Hijas mías..:, estoy padeciendo.... y terrible, para calmar sus aogu tras, habia 
vengo á vosotras: tranquilrtadme, amad-: ido á contemplarlas dormidas, ¿N- e^ ver- 
me... ó sino muero... '. d^d. replicó, que me perdooai» «;i ba¿tr09 

L« espresion del mariscal era en equel oiridado^... 

66- 



260 4LBU9Í, 

— Si, padre mió... dijo Blanca bajando 
íbs ojos. 

— ¿Y si me viese forzado á ausentarme 
durante alguo tiempo... dijo lent^menle 
el ntariscal, me lo perdonáis también... y 
os consoiariais de mi ausencia, no eà ver- 
dad? 

— Tendríamos mucho sentimiento... si 
por nosotras os hicienis violtUíCia i>inj;u- 
na... dijo Rosa recordando el escrito anó- 
nimo que les hablaba de los sacrificiosque 
su presencia imponía á su padre. 

Al oir esta respuesta hecha con tanto 
embarazo como timidez, en la cual creyó 
el mariscal una indiferencia candida, no 
dudó ya del poco afecto que le tenían sus 
hijaí. 

— ¡Se acabó! pensó el desgraciado pa- 
dre mirando á sus h'jas; no hay cosa nin 
guna que vibre en ellas... que me vaya... 
ó que me quede... poco lesimporta. No... 

no no soy yo nada para ellas, puesto 

que en el instante supremo en que acaso 

me ven por la última vez no les dice 

el instinto filial que me salvaría su ternu- 
ra.... 

Durante aquella reflecsíoo que le ago- 
viaba, el mariscal no había cesado demi- 
rar á sus hijas con enternecimiento, y su 
varonil rostro tomó una espresion tan pa- 
tética y tao desgarradora á la vez, sus 
miradas manifestaban tan dolorosameute 
los tormentos de su alma desesperada, que 
Rosa y Blanca, trastornadas, cediendo á 
un movimiento espontáneo é irreflecsívo, 
se echaron al cuello de su padre y lo cu- 
brieron de lágrimas y de caricias. 

El mariscal Simon no había dicho ni una 
palabra: tampoco habían dicho ninguna sus 
hijas, y se habían entendido los tres... Un 
choque simpático había electrizado de re- 
pente y confundido en uno aquellos tres 
corazones. 

Temores vanos, dudas falsas, avisos mis» 
tcriosos, todo había cedido ante aquel ím- 



petu terrible que arroja las hijas á los bt^ 
zos de su padre: una revelación súbita les 
daba la fé en el instante fatal en que una 
desconfianza incurable iba á separarlos 
para siempre. 

Todo eso lo sintió el mariscal en un se- 
gundo; pero le faltaron las espresiones 
para manifestarlo. Palpitando, estraviado. 
t'esando la frente, los cabellos y las ma- 
nos de sus hijas, llorando, suspirandu -y 
sonriéndose todo junto, estaba loco, de- 
liraba, estaba embriagado de felicidad; al 
fin esclamó : 

—Ya las he hallado..... 6 por mejor 
decir... no, no las había perdido jamas... 

Me amaban ¡Oh! No dudo de ello 

ahora Me amaban no se atrevían 

á decírmelo...,, Lts imponía yo Y yo 

que creía pero la culpa la tengo yo... 

¡Ah: Dios mío! ¡Cuanto bien me hace 
esto, cuanta fuerza me da, cuanto aliento 
y cuanta esperanza! ¡Ahí ¡Ah! esclamó 
riendo y llorando á la vez, y cubriendo á 
sus hijas de caricias: ¡qué vengan ahora 
á desdeñarme, á hostigarme! desafío aho- 
ra todo. Vamos, herniosos ojos azules 
míos, miradme bien , ¡ oh ! muy cara á 
cara asi renaceré de nuevo. 

— ¡Oh, padre mío I... ¿nos amáis tan^a 
como os amamos? dijo Rosa con un can- 
dor hecliicero. 

— ¿Podremos pues, á menudo, muy á 
menudo todos los días, echarnos á vues- 
tro cuello, abrazaros y deciros cuan feli- 
ces somos de estar jimto á vos? 

— ¿Manifestaros, padre mío, los teso- 
ros ne ternura y de amor, que amonto- 
nábamos para vos en el fondo de nuestro 
corazón , con tanta tristeza de no poder- 
los espeoderí 

— ¿l*odremos decir en voz alta lo que 
pensábamos en voz baja? 

— Sí, lo podréis lo podréis dijo 

el mariscal Sínion, balbuciente de alegría; 
i¿y qué es lo que os lo estorbaba hijas. 



i 



ALBUM. 



261 



iniaí? Pf ro no, no me rcsponJais... basta 'de Quitasolaces.que apuntaba á la altura 



de lo pasado sé todo, comprendo to- 
do mis inquietudes las habéis in- 
terpretado de un modo eso os ha en- 
tristecido yo, por mi parte vues- 
tra tristeza, bien lo concebís la he in 

terpretado... pero mirad, no hagáis aten- 
ción á nada de cuanto os digo. No pienso 

sino en miraros, eso me aturde me 

deslumhra..... es el vértigo de la alegría. 

— ¡Oh ! ¡ miradnos, padre nuol... mi- 
rad bien el fondo de nuestros ojos, el fon- 
do de nuestro corazón I dijo Rosa arre- 
batada. 

— Y leeréis felicidad para nosotras; 

amor para vos, padre mió, añadió 

Blanca, 

— Vos..... vos ^iji el mariscal en 

'tono de afectuoso reproche, ¿qué signi 
fica eso? ¿Queréis tener la bondad de de 
cirme /«?... yo os digo vos, porque sois dos. 

— Padre mió dame la mano, dijo 

Blanca tomando la mano de su padre y 
poniéndosela encima del corazón. 

— Dame tu mano, padre, dijo Rosa 
tomando la otra mano del mariscal. 

— ¿Crees ahora en nuestro amor y en 
nuestra felicidad? dijo Blanca. 

Es imposible el pintar todo el orgullo 
delicioso y filial que había en la divina fi- 
sonomía de aquellas dos jóvenes, mien- 
tras su padre, apoyando lijeramente sus 
valientes manos encima del pecho de sus 
hijas, contemplaba enajenado suf latidos 
alegres y precipitados. 

— ¡Ah, sí!... la felicidad y la ternura 
tan solamente pueden hacer latir asi los 
corazones* 

Una especie de suspiro ronco, opri- 
mido, que se oyó á la puerta del cuarto, 
Ja cual estaba entreabierta, hizo volver 
súbitamente las dos cabezas de los cabe- 
llos negros y la de los cabellos grises , y 
advirtieron entonces la grande figura de 



de las rodillas de su amo. 

El soldado, enjugándose las lágrimas y 
los bigotes con su peíiocuo pañuelo de 
cuadros azules, estaba inmóvil como el 
dios Término: cuando al fin pudo hablar, 
se dirigió al mariscal, y pronunció en voz 
ronca, porque el buen hombre se tragaba 
las lágrimas: 

— ¿No os lo doria yo?... 

— Silencio le dijo el mariscal ha- 
ciéndole un signo de inteligencia ; eras 
mejor padre que yo, amigo viejo mió; 
ven pronto á abrazarlas; no estoy ya ce- 
loso. 

Y alargó el mariscal la mano al sol- 
dado, quien la apretó cordiahnente, mien- 
tras las dos huérfanas se le echaban al 
cuello; y Quitasolaces , queriendo, según 
su costumbre, tomar parte en aquella 
fiesta , poniéndose derecho ¿obre los pies 
traseros, apoyaba familiarmente las patas 
en las espaldas de su amo. 

Hubo un instante de profundo silencio. 
La felicidad, celestial de que gozaban 
el mariscal, sus hijas y el soldado en aquel 
momento de espansion inefiíble, fué in- 
terrumpida por un ladrido de Quitasolaces, 
que acababa de tomar su postura ordina- 
ria de cuadrúpedo. 

Desunióse el grupo dichoso; miró y vio 
la estúpida cara de Jocriso. Tenia la facha 
mas tonta , mas imbécil aun que á lo er- 
dinario, y se quedaba tieso en el umbral 
de la puerta abierta , abriendo espanto- 
samente los ojos, teniendo en una mano 
su eterna canasta de leña y en la otra una 
escobilla. 

No hay cosa que inspire mas alegría 
que la felicidad; asi que, aunque llegó 
con tan poca oportunidad, los labios pur- 
purinos de Rosa y de Blanca saludaron 
aquella aparición grotesca con una car- 
cajada fresca y deliciosa. 



Da^oberto, y á su lado el hocico negro) Gomo Jocriso hacia reír á las hijas del 



362 «•B'ja 

mariscal , entristecidas t^nto tiempo ba- 
cía , logró inmediatamente la indulgencia 
del mariscal, quien le dijo con buen liii 
mor: 

— ¿Qué quieres, miicliachot 
— Señor duque, no soy yo, respondió 
J.ocriso poniendo la mano en el pecho co 
mo si líubiese lioclio un juramento; de 
modo que se le cayó la escubillaque tenia 
en la nuu<o. 

— ¿('.cmo, no eres tú? dijo el mariscal. 

— ¡ Quit'lo allí , Quilasolaecs! esciamó 
Dagoberto, porque el buen perro parece 
que tenia un prest-nlimiento secreto poco 
favorable "al pretendido tonto, y se acer- 
caba á él de un modo sospecl^oso. 

— iNo , señor duque , no soy yo, repe- 
tió Jocriso, sino el lacayo, el cual me ha 
ílicho qu»*, al subir la leña, dijese al se- 
ñor Da^obtrto que dijese a! señor duque, 
pueblo que la «ubia yo en una canasta, 
que deseaba verlo el señor Roberto. 

Al oir aquella nueva sandez dçJocriso, 
redoblaror^ Us carcajadas dç las ()o$ jó- 
venes. 

\í\ mariscalse cstremecióaj oír. elnom- 
bre del señor Roberto. 

El s»-ñor Robertij era el emisario secre- 
to de Rodin en la pi^oyeclada empresa, 
posible pero arrie^^3da, que se habia de 
hacer para arrebatar á Napoleón II. 

Hubo uu »n>tanle de Mlencio, y des- 
pués el mariscal, cuyo rostroestaba siem- 
pre ralliante de fi-licidad , dijo á Jocriso : 

— Dile al señor Roberto que espere un 
poco abajo... en mi gabinete. 

— Si, señor duíjue, respondió Jocriso 
inclinándose hasta el suelo. 

Asi que salió el tonto, el mariscal dijo 
á sus hijas en tono muy alegre: 

— Rien sentiréis que en un dia como 
este, no se separa uno de sus hijas.... ni 
aun por el señor Roberto. ■ 

— ¡Oh! ¡me alegro mucho, padre mió! 
esclamó alegremente Blani'a , porque el 



señor Roberto me desagradaba ya mu- 
cho. 

— ¿Tenéis lo necesario para escribir? 
preguntó el mariscal. 

— Si, padre mió... ahi... encima de la 
mes<i dijo Rosa con viveza, indicando al 
mariscal un escritorio pequeño, cojocado 
al lado de una de las ventanas de su apo- 
sento, hacia el cual fué el niaiiscal rápi- 
damente. 

Por discreción las dos hermanas se que- 
daron junto á la chimenea en que estaban 
y se alirazaron tiernamente, como para 
alegrarse entre iierminas, ei.tre sí solas, 
de aquel dia tan inesperado. 

El mariscal se sentó al escritt>riodesus 
hijas é hizo seña á Dagoberto que so acer- 
case. 

Sin dejar de escribir rápidameate y con 
mano firme algunas palabras, dijo son- 
riéndose ai soldado, y en voz bastante ba- 
ja para que les fuese imposible á sus hi- 
jas el oiilo : 

— ¿Sa besa qué estaba casi decidido ha- 
ce poco, antes de entrar aquí? 

— ¿A qué estabais decidido, mi gene- 
ral? 

— A levantarme la tapa ae:los sesos... 
A mis li'jais es á quien dtbo la vida... 

Y continuó el mariscal esíyibiendo con 
puño firme. 

Al oir aquella confidencia, liizo D?go- 
berlo un movimiento, y después respon- 
dió sien)pre en voz baja : 

— En todo caso, no lo hubierais hecho 
.non vuestras pistolas.... les habin quitado 
yo el cebo... 

Volvió'vc súbitamente hacia éf el ma^ 
lisral, y lo miró muy sorprendido. 

El soldado bjjó la cabeza afirmativa- 
mente, y añíidió : 

i — Gracias á Dios.... se acabaron ya se- 
mejantes ideas. 

No dio el mariscal otra respuesta sino 
enseñarle á sus ti'jas, mirándolas coa ojos 



llenos de ternura , brillantes de f «licidad : 
cerrando después el billete de pocas líneas 
qne acababa de escribir, lo dio amoldado, 
dicióndole : 

— Entrégal? esto al seilor Uoberto.,.. 
le veré mañana. 

Tomó la carta Dagoberto y sali-'l. 

Volviendo el mariscal á sus bijas , les 
alargó los brazos alegremente y les dijo: 

— Abora, señoritas, vengan dos buenos 
besos por haberos sacrificado al pobre se 
ñor Roberto. ¿Los he ganado bastante? 

Rosa y Rlanca se echaron al cuello de 
su padre. 



263 



En el instai\te poco mas ó menos en 
que sucedían estas cosas en Paris, dos via - 
geros estraordinarios, aunque separados 
uno de otro, se comunicaban á través del 
espacio pensamientos misteriosos. 
XX. 

Ï,AS RUINAS DE LA ABADÍA DE SAN JUAN 
EL DEGOLLADO. 

Se iba á poner el sol. 

En lo mas profundo de uni espeso pinar, 
en medio de la soledad mas profunda , se 
alzan las ruinas de una abadia coneagra- 
da anfigoamenle á San Juan el Degollado. 

La ytdra, las yerbas parásitas, el mus 
go, cubriaH las piedras ennegrecidas ya 
por la »ejez; solamente quedaban aun en 
pié alg<mos arcos desinoronados, algunas 
ventanas ojivales, cuya silueta se notaba 
en medio de la oscura sábana.que forma el 
bosíjue. 

Una estatua colosal de piedra mutilada 
■en mucbos parajes, colocada en un pe- 
destal descantillado, tíif dio encubierto por 
las lianas, domina todo ese montón de 
escombros. 

Es ai|uélla estatua eslraordinaria , si- 
niestra. 

Representa á un hombre degollado. 
Vestido con la toga antigua , tiene en 
sus manos una fuente; en la fuente hay 
una cabeza... esa cabeza es ia suya. 



Es la estatua de San Juan mártir, 
muerto por orden de Herodias. 

Reina un silencio profundo. 

Únicamente se oye de cuando en cuan- 
do el mido sordo de las ramas de los 
enormes pinos que agita el viento. 

Algunas ntibes de color de cobre enro- 
jecidas por el sol que se está poniendo, 
vagan lentamente por encima de In selva 
y se reflt^jan en el limpio cristal de unar- 
royutílo de agua viva que atraviesa las 
ruinas de la abadia, y tiene su origen un 
poco nías lejos en medio de una masa 
confusa de rocas. 

Curre el agua , pasan las nubes, se es- 
tremecen los árboles seculares , murmu- 
ra la bri.^a. 

De repente á través de la penumbra 
que forma la cumbre espesa de aquella 
arboleda, cuyos innumerables troncos se 

pierden en profundidades infinitas 

aparece una forma humana.... 

Es una muger. 

Adelántase hacia las ruinas.... las exa- 

nuna pisa aquel suelo en otro tiempo 

bendito.... 

Está pálida aquella muger; son tristes 
sus miradas; su largo vestido, flotante; 
sus pies cubiertos de polvo; anda c-jn di- 
ficultad y con pasos vacilantes. 

Fn la orilla de ia fuente hay una gran 
piedra , casi debajo dé la estatua de Sao 
Juan el Degollado. 

La muger se drja caer jadeando , es- 
tenuada de fatiga, encima de aquella pie- 
dra. 

Y sin embargo hace muchos dias 

muchos meses, muchos años que an- 
da.... anda.... siempre infatigable. 

Pero por la primera vez... espetimen- 
ta un cansancio insuperable. 

Por la primera vez están sus pies 

llenos de dolores. 

Por 'a primera vez, la que atravesaba 
,'coa paso igual, indiferente y seguro^ la 
67*' 



964 ALBUn 

lava movediza d.- los desitTlos lórri.Ios. 
mientras aquellas olas de arena candente 
tra.^aban caravanas enteras 

Li que .pisaba con paso firn;e y a livo 
las nieves eternas de las conian-as hórra- 
les, en donde no puede vivir iii(i}í«u» ser 
humano.... 

La que respetaban la>' llamas devora- 
doras del incendio y las aguas impetuosas 
de los torrentes 

En fin, la que, tantos siglos hace, no 

tenia nada común con !>> Iiumaiudad 

esperimenta por la primera vez los dolo- 
■tfs. 

Le sangran los pies, le ha rolo los 
miembros la fatiga, y la devora una sed 
ardiente.... 

Siente esas enfermedades... se aflige... 
y apenas se atreve á creerlo. 

Seria insensata su alegría.... 

Pero su garganta , cada vez mas seca, 
se contrae, su pecho está ardiendo... Ad- 
vierte la fuente y se arrodilla precipitada- 
mente, para apagar su sed en aquel espe- 
jo cristalino y trasparente. 

¿Pero qué es lo que sucede? 

Apenas han tocado aíjiieMa agua fres- 
ca y pura sus labios inílímados, arrodi- 
llada siempre en la orilla del arroyuelo, y 
apoyándose con las manos, cesa súbita- 
mente de beber aquella muger, y se mira 
con estrema curio^iidad eo el espejo líquí 
do.... 

De repente, olvidando la sedqueaunla 
devora, lanza un gran grito.... de alegría 
profiini'a , inmensa , rt-ligiosa , como una 
acción de í¿ra>:iao MifiD taSdingida al S'ñor. 

En aquel espijo profundo.... acaba de 
advertir que lia envejecido.... 

En pocos dias, en pocas horas, en po- 
cos minutos, acaso en aquel mismo ins- 
tante.... acaba de llegar á la eddd madu- 
ra.... 

Ella que, diez y ocho siglos hacia, tenía 
siempre veinte aùos, y anaslraba á tra- 



vés de los mtmdos y de las generaciones 
aquella juventud inmarcesible.... 

Habia envejecido.... podía en fin aspi- 
rar á la muerte. 

Cada minuto de su vida la aproximaba 
al sepulcro. 

Kn.íjenada con aquella esperanza ine- ' 
fable, se enderezó, levantó los ojos al cie- 
lo, y juntó sus dos manos en actitud de 
una oración fervorosa... 

Entonces advirtieron sus ojos la esta- 
tua de San Juan el Degolladn... 

La cabeza que tenia el santo en las ma- 
nos parecía que abria sus párpados de 
granito, cerrados ya por la muerte, y da- 
ba a la judía errante una mirada de com- 
pasión y de misericordia... 

¡ .\que!la muger es precisamente Hero- 
diasque en medio de la cruel embriaguez 
de una fiesta pagana , pidió el suplicio de 
aquel santo !... 

Y al pié de la imagen de aquel mártir 
es donde por la primera vez... después de 
tantos siglos parece suavizarse la in- 
mortalidad que agoviaba á Herodías... 

« ¡ Oh misterio impenetrable I ¡ Oh di- 
« vina esperanza 1 esclamó, se aplaca al 
« fin la cólera celestial... la mano del St - 
« ñor me trae á los pies de este santo 
o mártir... á sus pies es donde comienzj 
«á ser una criatura humana... Y fui^ por 
« vengar su muerte el haberme condena - 
«do el Señor á aolar eternamente I... 

«I Oh Dios mió! ¡Haced que no sea 

« yo la única perdonada ! Aquel tam- 

« bien , el artesano que como yo, hija de 

n rey .. anda tiaee tantos siglo» aquel 

«¿puede esperar como yo llegar al lér- 
« niino de su eterno andar?... 

«¿En donde está, Señor?... ¿En don- 
ar de esta?... ¿.\quel poder que me ha- 
o biais dado, de verle y de oirle á travé* 
«de los espacios, me lo habéis arrebata- 
«do? ¡Oh! en este instante supremo, vof- 
(Tvediue aquel don divino... Señor... por- 



ALBUM 

f(^np á mciliiîa qtie voy sintienrJo estas 
« enffrmi'datles hu'nanas, las cuales ben- 
wdigo como el fin <le mis eternos ma'es, 
« pierde mi vista el poder de atravesar la 
))ifimensida i, y mi oido la facultad de oír 
« al hnmtíre errante de un cabo del mun- 
it do al otro.» 

Híbia llegado la noche obscura 

tempestuosa... 

Se liabia levantado el viento de enme- 
dio de los altos pinos. 

Detrás de su negra cima comenzaba á 
subir á través de pardas nubes el discu 
argentado df la luna. 

Puede que fuese oida la invocación de 
la judia errante... 

De repente se cerraron sus ojos, rejun- 
taron sus manos... y se quedó arroddla- 
da en medio de las rumas... inmóvil co- 
mo una estatua de ¡os sepulcros... 

¡ Kntónces tuvo una -vision eatraordi- 
nariaü! 

XXI. 

EL CALVARIO. 

Esta fué la visiun de Htrodías. 

En la cumbre de una montana alta , 
desierta, pedreg':)sa y escarpada, se levan- 
taba un calvario. 

Iba^e á poner el sol, así como se iba á 
poner cuando se arrastró la judía, este- 
nudda de cansancio, á las ruinas de San 
Juan e¡ Dtgoliado. 

El grao Cristo cru ificado que domina 
al Calvario, á la montaña y a la llanura 
árida, solítari.t , iofinita; el gran Cristo 
crucificado aparecía p^ilrdo y blanco en las 
nubes de color negro azulado que cubrían 
el cielo por todas partes, y se ponían de 
color de violeta cerrado, degradándose los 
colores en el horizonte... 

En el horizonte donde hí dejado el 

sol al ponerse largos rastros de una luz 
siniestra... de un color de sangre... 

En cuanto puede alcanzar la vista, no 
se divisa vegetación ningunaena juel tris- 



265 

te desierto, cubierto de arena y de casra- 
jos, como el áheo de algún Océano que 
se ha secado. 

Boina en aquella comarca desolada un 
silencio de muerte. 

A veces algunos gigantescos buitres ni'- 
<;ros, con cuello encarnado y pehdo, con 
•jos amarillos y ardientes, deteniendo su 
largo vuido en medio de aquellas soleda- 
des, se ponen á ilevorar la ensangrentada 
r;ilea que han cojido en otro país menos 
salvage. 

¿Como hanedifiado aquel calvari^^, en 
inodio de aquella soledad de piedras, tan 
l<^jos...tan léjjs de las habilacionis de los 
hombres? 

Aquel calvario, lo ha edificado á costa 
de muchos gastos un pescador arrepenti- 
do H.bia hecho mucho mala los otros 

hombres, y para lograr el perdón de sus 
crímenes, ha subido de rodillas aquella 
montaíía, se ha hecho cenobita, y ha vi- 
vido ha>ta la muerte al pié de aquella 
cruz, apenas defendida entoncesde las in- 
clemencias por un tejado de paja , que 
mucho tiempo hace se llevaron los vientos. 

Continúa siempre declinando el sol... 

Se pone el cielo cada vez mas sotii- 
brio... las rayas luminosas del horizonte, 
rojas poco antes, comienzan á oscurecer- 
se lentamente, como barras de lÚL-rro.... 
que salen cand( ntes del fuego y van des- 
pués enfriándose poco á pi»co. 

Oyese de reptante en la bnjada del cal- 
vario opuesta al uccideiite ei ruido de al- 
gunas piedras que se desprenden y van 
rodando y saltando hasta el pié de la 
montaña. 

El pié de un viajero, quien, después de 
haber atravesado la llanuia, estaba su- 
biendo hacia una hora 8(|uella cuesta es- 
carpada, ha hecho rodar aquellos casci» jos 
hasta lo lejos. 

No se ve aun el viajero, pero se oyen 
sus pasos lentos, iguales y firmes... Al 6n 



2G6 ALBUH. 

'lega á la cumbre de li montana, y su 
sombra dibuja en el cielo tempestuoso su 
alto talle. 

Kstá aquel viagero tan pálido como el 
Cristo crucificado; cruza su ancha frente 
de la una á la otra sien una raya negra. 
Ese <'s el artesano de Jcrusalen. 

El artesano que se liabia hecho malo 
por la miseria, la injusticia y la opresión, 
el que sin compasión por los padecimien- 
tos del hombre divino (¡ue llevaba la cruz, 
le habia rechazado de su morada dicién- 
dole : Marcha marcha.... marcha 

Desde aquel dia, un Dios vengador ha 
dicho á su vez al artesano de Jerusalen : 

Marclia.... marcha.... marcha.... 

Y ha marchado ha marchado eter- 
namente. 

Y no limitando á eso su venganza, ha 
querido à veces el Señor unir la muerte 
á los pasos del hombre errarle, y que 
marcasen las leguas de su marcha homi- 
cida á través del mundoiniiumerables se- 
pulcros. 

Y para el hombre errante eran dias de 
reposo los que pasaba, cuando la invisible 
man" de Dios le enviaba á soledades pro- 
fundas, semejantes a los desiertos en que 
estaba entonces dando pasos: al menos, 
al atravesar aquella llanura desolada, al 
íubir aquel Calvario montuoso, no o>a ya 
•el ruido fúnebre de las campanas tocando 
á muertos , que siempre resonaban tras 
de él.... en las comarcas pobladas. 

Todo el dia , y aun entonces mismo, 
sumido en el negro abismo de sus pensa- 
mientos, siguiendo su camino fatal... yen- 
do á doiMe le l'evaba la mano invisible, 
con la cabeza inclmada hacia el pecho, los 
ojos puestos en tierra, el hombre errante 
había atravesado la llanura y subido la 
montaña sin levantar los ojos al cielo, sin 
advertir el Calvario, sin ver al Cristo 
frucilicado. 

)*eñsaba el hombre en los últimos des- 



cendientes de su raza, y sentia , por lo 
despedazado que estaba su corazón, que 
les amenazaban aun grandes peligros 

Y sunúd ) en una desesperación amar- 
ga, profun<la como el Ooéano, el hombre 
errante se ser»tó al pié del calvario. 

En a(|uel instante, el último rayo del 
sol, atravesando las nubes oscuras que 
estaban amontonadas en el horizonte, es- 
parció sobre la cumbre de la montana, 
sobre el calvario, una luz ardiente como 
el reflejo d-" un incendio 

Apoyaba entonces el judio en la mano 
la frente pensativa : sus largos cabellos, 
agitados por la brisa crepuscular, acaba- 
ban de cubrir su pálido rostro, cuando 
apartando los cabellos de su cara, se es- 
tremeció de sorpresa él que de nada 

podia maravillarse ya 

Miraba ansioso , contemplaba asom- 
brado la larga mecha de cabellos que te- 
nia en la mano sus cabellos, negros, 

poco hacía, como el ébano se habían 

^juesto grises. 

Habia envejecido como Uerodías. 

Ki curso de sus años, detenido hacia 

diez y ocho siglos comenz-tba de nute- 

vo Asi como la pobre judia errante, 

también él podia por consiguiente aspirar 
desde entonces la tumba 

Poniéndose de rodillas, alargó las ma- 
nos, levantó los ojos al cielo para pe- 
dirle á Dios la espücacion de aquel mis- 
terio que le arrebataba de esperanza 

Entonces por la primera vez puso los 
ojos en el Cristo crucificado que dominaba 
el calvario, asi como la judía errante ha- 
bia fijado los suyos en los párpados de 
granito del santo mártir. 

El Cristo con la cabeza inclinada bajo 
el peso de la corona de espinas, parecía 
que conti^nplaba desde lo alto de la cruz 
con dulzura y misericordia ai artesanoque 

lo habia maldecido tantos siglos har-ia 

y que do rodillas, inclinada hacia atrás 



ALbüiU 

la cabcïa, en una actitud de espanto y de 
plegaria, alargaba sus manos suplicando: 
«¡Oh. Cristo!... esciamó el judio: el 
« brazo del Seíior me trae al pie de esa 
«cruz pesada que ¡levabas agoviado por 
«el cansancio..... ¡Oh, Cristo! cuandc» 
«(|uisis(e detenerte para descansar en el 
«umbral de mi pobre morada, y te re- 
« chacé con implacable dureza , diciéndote: 
«Marcha.... marcha.... y ahora después 
«de mi vida errante me vuelvo á hnílar 

«delante do esta cruz y comienzan á 

«ponerse blancos mis cabellos iOh, 

«Cristo! ¿Me ha perdonado acaso tu bon 
«dad divina? ¿He llegado al fin al tór- 
« mino de mi carrera eterna? ¿Me con- 
« cede al fin tu celestial clemencia el re- 
« poso del sepulcro, que hasta ahora, ¡ay! 
« nunca habia podido alcanzar?... ¡Olí! 
«Si desciende hasta mí tu clemencia..... 
«Que descienda también hasta aquella 
« muger... cuyo suplicioes igual al mió... 
« Protege también á los descendientes de 
«mi raza. ¿Cual será su suerte? Señor, 
« ya ha desaparecido de este mundo uno 
«de ellos, el único que la nfíiseria habla 
'« pervertido, ¿üan tlinqiiedo por eso mis 



« rabellos? ¿No estará espiado mi crimen 
« hasta que no quede en este muíido ni 
« uno solo de los retoùos de nn^slra raza 
« maldita? ¿O acaso esta prueba de vues- 
« tra bondad , joh, Sefior! que se somete 
a á la ley de la humanidad, anuncia vties- 
« tra clemencia y la felicidad de los mios? 
«¿Saldrán al fin triunfantes d-* los peli- 
« gros que les amenazan? ¿Podri.in llevar 
« á efecto todo el bien que su abuelo quc- 
« ria hacer á lá humanidad, y merece asi 
«su gracia y 'a mia? ¿O acaso condena- 
ce dos inexorablemente, por vo«; ¡olí! Se- 
rt ñor! como los vastagos malditos de mi 
«raza n>aldita, habrán de espiar su pe- 
« cado original y mi crimen? 

« ¡Oh! Decid , decid , Señor. ¿Me per- 
« donareis á una con ellos, ó los castiga- 
« reis á una conmigo?... 



Habia desaparecido el crepúsculo bajo 
el manto de una noche negra, tempestuo- 
sa..... pero el judio oraba siempre arro- 
dillado al pié del calvario. 

riN DE Lk TERCERA PARTE. 



PARTE CUARTA. 



»^0> BT I 



I. 

EL CONSEJO. 

Lá escena que sigue pasaba el dia si- 
guiente al de la reconciliación áel maris- 
cal Simon con sus dos hijas en el hotel de 
la princesa de Saiul-Dizier. 



La princesa escuchaba con la mas pro- 
funda atención las palabras que le decia 
Hodin. ÊI reverendo pailre estaba, seguo 
su costumbre, de pié y apoyando la es- 
palda á la chimenea , con las manos me- 
lisas en los bolsüíos traseros de su vieja 



20)8 



ALBUH. 



levita parda: sti> zapatos citlodadoN lian 
dejado vestigios »n la alfombra df armi- 
niü, estendida delante iJe la cliimenca del 
salon. Se notaba una sal¡>f<)ciiüt» profun- 
da en el rostro csd^vérico del josnita. 

La señora de íainl-Dizier , puesta con 
aquella especie de roqneteria que le está 
bien á una madre de la ifjlesia, y de hu 
esperie, no separaba los ij >s <le Kodin, 
porque este habia suplanlado enteramen- 
te al padre d'Aigripny en el espíritu de 
la devota. Lb (lema, la audHci;», la alta 
iolelipencia, el earacíor rudo y dominador 
del e:;-S()n'i<s , impotíiao á aquella mujer 
altiva, la dominaban y le inspiraban una 
admiración sincera, y aun atractiva; has 
ta la suciedad cínica, l)asta las réplicas mu- 
chas veces brutales de aquel sacerdote le 
agradaban y eran para ella como una es- 
pecie de guisado estragado que prefería 
entonces, y con mucho, á las formas es- 
quisitas y á la elegancia perfumada del 
hermoso padre d'Aigrigny. 

— Si señora , decia Uodin con un tono 
convencido y penetrado, porque esas gen- 
tes no se quitan la máscara ni aun entre 
cómplices, las noticias de nuestra casa de 
retiro de Saint-Herem son esrelentcs. 

Mr. Hardy el espíritu fuerte el 

pensador libre ha entrado en fin en el 
gremio de nuestra santa madre la ig'esia 
católica, apostólica y romana. 

Habiendo gangueado hipócritamente 
Uodin estas últimas palabras... la devota 
inclinó respetuosamente la cabeza. 

— La gracia ha llegado al impío... aña 
dio Uodin, y con tanta fuerza , que en su 
entusiasmo ascético , ha querido ya pro- 
nunciar los votos que le ligan á la com- 
pañía. 

— |Tan pronto padre mioldijo la prin- 
cesa maravillada. 

— Nuestra regla se opone á semejante 
precipitación.... á no ser sin embargo un 
pL'Ditkfite convertido que, encontrándose 



in articulo mords (en ti artículo de lí 
muerte) considere como soberanamente 
eficaz para la salvación de su a!ma el mo- 
rir con nuestro hábito y dejarnos tf»dos 

sus bienes ad majorem Dei gloriam 

(para la mayor gloria de Dios). 

— ¿Está acaso Mr. ííardy en una si- 
tuación tan desesperad.», padre mió"* 

— Le está devorando b rü!<iiluri» : des- 
pués de tantos golpes sucesivos ipK'lehan 
impelido milagrosamente al camino ile la 
salvación, respondió Uo-lin muy c.-mpun 
pido, a(|uel hombre tan déliil y tan deli- 
cado dtí complíxiun eslá en este momen- 
to casi enteramente aniquilado fisica y 
moralmente. Asi es que las austeridades 
las maceraciones, los goces divinos del 
estasis le abrirán dentro de muy poco 
tiempo el camino de la vida eterna, y es 
muy probable que antes de pocos días... 
y meneó la cabeza el sacerdote con aire 
siniestro. 

— ¿Tan pronto, padre mió? 

— Es casi seguro; por consiguiente he 
podido, usando de mis dispensas, man- 
dar que se recibiese en el senode nuestra 
compañía ese querido penitente in articu- 
lo inortis, abandonando, según lo manda 
nuestra regla, á la sociedad todos sus bie- 
nes habidos y por haber.... es otra vícti- 
ma del filosofismo que se escapa de las 
garras de Satanás. 

— ¡ Ah , padre mío ! esclamó la devota 
admirada: es una conversion milagrosa... 
El padre d'Aigrigny me ha dicho cuanto 
habíais tenidoquelucharconlra la influen- 
cia del abate (jabriel. 

— El abate (jabriel, respondió Rodin, 
ha recibido el castigo que merecía por !ia- 
berse metido en lo que nada tenia que 
ver, y por otras cosas también... He exi- 
gido que le interdijesen... y le ha ijuita- 
do su obispo las licencias, al mismo tiem- 
po que el curato.... Se dice que para pa- 
sar el tiempo anda corriendo los huspi- 



afiles anihiilanlcs (1<= rulencos, y distribu- 
yendo consuilu» cristianos nüdie se 

ptitde oponer á es ». Pero ese consolaJor 
ambulante huele á herege de una legua. 

— Ese es un espíritu peiijíroso, dijo la 
princesa, porque tiene roncha itifluencia 
en los hombres; asi es que ha sido nece- 
saria toda vue.-lra tli»cu<n(i;i admirable ó 
irresistible para echar por tierra los de- 
fHítab'es consejos de ese abate Gabriel, 
quien habia imaginado qu" podría de nue- 
vo arraslrar á Mr. Hardy á la vida mun 
daña.... En verdad, padre niio, sois un 
San Cris(5>tomo. 

— ¡Bueno! ¡Bueno, seriara! dijo brus- 
camente Rodin muy poco sensible á las 
lisonjas, guardad esos cumplimientos para 
otros. 

— -Oí digo que sois un San Crisóslomo, 
repitió la princesa con calor, porque co- 
'rnoél, padre mió, merecéis el sobrenom- 
bre de San Juan pico de oro. 

— ¡Veamos, seíiiora ! dijo bruscamente 
Rodin, encojieodo los hombros. ¡ Yo un 
pico de oro! tengo los labios demasiado 
cárdenos y los dientes demasiado negros... 
Os chanceáis con vuestro pico de oro. 

— Pero, padre mió.... 

— ¡ Pero, señora I Nadie me coje á mí 
con semejante liga, replicó duramente Ro- 
din; aborrezco las lisonjas, nunca lison- 
jeo á nadie. 

— Perdóneme vuestra modestia , padre 
mió, dijo humildemente la devota: no he 
podido renunciar á la dicha de manifesta 
ros mi admiración, porque, así como lo 
habéis adivinado... ó previsto, ya hay dos 
miembros de la familia Renepont desin- 
teresados en la cuestión de la herencia. 

Rodin miró a la princesa de Saint- Oi- 
zier con fisonomía suavizada y aprobativa 
al oir como forntulaba !a situación de los 
dos difuntos herederos: porque según pen- 
saba Rodin, Mr. Hardy, por su donación 
y su ascetismo homicida, no pertenecia ya 
á este mundo. 



lí.BftJM. 269 

La devota continaó : 

Al uno de los dos, miserable artesano, 
lo ha llevado á su pérdida la exaltación de 
sus vicios... y vos habéis llevado al otro 
al camino de la salvación exaltando sin 
calidades de amor y de ternura. Sed pues 
glorificado en vuestras previsiones , p<.r- 
(jtie lo liabeis dicho: '( Me serviré de as 
pasiones para conseguir mi olijeto.w 

— No me glorilit|ueis tan pronto, os lo 
rueijo: dijo llodin impaciente, ¿y vuestra 
sobrina ? ¿Y el ipdin? ¿Y las dos li'jjs del 
mariscal .^imon? Han tenido también esas 
personas un fin cristiano, ó están desinte- 
resadas en la cuestión de la liercncia para 
glorificarnos tan pronto? 

— No, sin duda. 

— Pues bien, ya lo veis señora. No per- 
damos el tiempo en congratularnos de lo 

pasado; pensemos en lo venidero El 

primero de junio no está lejos... ¡quiera 
el cieloque no veamos á los cuatro miem- 
bros de esta familia que aun existen, con- 
tinuar viviendo siempre en la impeniten- 
cia hasta aquella época y apoderarse de 
esa enorme herencia... motivo de nuevas 
perdiciones en sus manos, y motivo de 
gloria para el Señor y su santa iglesia er< 
las manos de la compañía. 

— Es verdad, padre mió. 

— Ya que hablafnos de eso debierais 
ver á los encargados de vuestros negocios 
y hablarles de vuestra sobrina. 

— Los he visto padre rnio, y por in- 
cierto qup sea el medio de que os he ha- 
blado, se debe proceder. Espero saber 
hoy mismo si legalmente es posible... 

— Puede ser que entonces, en la situa- 
ción en que la pondría esa noticia S'.í 

hallase... medio de... conseguir... su con- 
version; dijo Rodin con una sonrisa es- 
traordinaria é irónica: porque hasta aho- 
ra, desde que por fatalidad se reconcilió 
con aquel indio, la felicidad de esos dos pa- 
ganos parece inalterable y esplendente co- 



270 



roo el diamante. No hay cosa que les pue- 
da hacer mella ni aun los dientes de 

Faringhea Pero esperemos «pie el Se- 

fior hará justicia de isos vanos y culpa- 
bles df k'ites. 

interrumpió esta C()nvl'r^acion el padre 
d'Aigri^ny , entrando en el salon con una 
fisonomía radiante, y gritando desde la 
puerta : 

— ¡ Victoria ! 

— ¿OuiÓM dice esa?... dijo la princesa. 
— Se ha ido... esta noeh*;: dijo el padre 

d'Aisrigny. 

— ¿Pero quién?... preguntó Rodin. 

— Kl mariscal Simon; respondió el pa- 
dre d'Aigrigny. 

— En fin...,, dijo Rodin sin ocultar su 
alegría profunda. 

—Su conversación con el general d'Ha- 
vriiicourt habrá hecho rebosar el vaso sin 
duda, esclarnó la devota, porque sé que 
ha tenido una entrevista con el general, 
el cual ha creido,como otros nujchos, los 
rumores mas ó menos fundados que he 
difundido yo... todos los ipedios son bue- 
nos para abatir al iinpio: añadió la prin- 
cesa en guisa de correctivo. 

— ¿Sabéis algunos pormenores? dijo 
Rodin. 

— Acabo de ver al sefior Robert, dijo 
el padre d'Aigrigny ; sus spuas y su edad 
?e pueden atribuir á las señas y á la edad 
del mariscal : este se ha i<lo con el pasa- 
porte del otro. Solamente una cosa ha 
sorprendido y mucho à vuestro emisario. 

— ¿Cuál? dijo Rodin. 

■ — ()ue hasta ahora habia tenido que 
combatir las escítarJones del mariscal: 
habia notado también su fisonomía som- 
bría, desesperada Ayer, al contrario, 

lo encontró con una fisonomía tan feliz y 
lan irradiante, que no pudo menos de 
preguntarle el motivo de esa mudanza. 

— ¡Pues bien! dijeron á un mismo 
tiempo Rodin y la princesa muy sorpren- 
didos ambos. 



ALBUM. 

— En efecto, soy e\ hombre mas feliz 
del mundo, respondió el mariscal, porque 
voy á cumplir con un deber sagrado. 

Los tres actores de aquella escena se 
miraron en silencio. 

— ¿Y qué es lo que ha podido ocasio- 
nar esa mudanza tan repentina del espí- 
ritu del mariscal? preguntó la princesa de 
Saint Dizior: habian contado al contrario 
Cutí los pesares y las irritaciones de toda 
especie para lanzarlo en esa ehipresa aven- 
turada. 

— No sé (jiié pensar; decía Rodin re- 
fit xionando; pero poco importa, se ha 
ido.^o se ha de perder ni un solo ¡n'étan- 
te para atacar á sus hijas... ¿Se ha lleva- 
do aquel maldito soldado? 

— No; respondió el padre d'Aigrigny : 
por desgracia no. Gomo es desconfiado y 
está instruido por lo pasado, va á redo- 
blar las precauciones, y un hombre qué 
en caso desesperado hubiera podido ser- 
virnos contra él, acaba de entrarle el có- 
lera. 

— ¿Y quién es? preguntó la princesa. 

— Morok.... P:dia contar con él en lo- 
do, por lodo y para lodo,... y está perdi- 
do, porque si sale del cólera, es de temet" 
que sucumba á una enfermedad horroro- 
sa é incurable. 

— ¿Qué decis? 

— Hace pocos dias le mordió lino de loa 
dogos de su colección de fieras y el dia si- 
guiente murió de rabia el perro. 

— ¡Ah! es eso horroroso: esclamó la 
princesa; ¿y en donde está ese infeliz? 

— Lo han llevado á uno de los hospita-' 
les ambulantes de Paris, porque hasta 
ahora no se han manifestado mas sínto- 
mas (jue los del cólera.... y repito que es 
doble desgracia , porque era un hombre 
enteramente decidido, adicto y resuelto á 
todo.... Sera muy difioil el acercarse al 
soldado, guardián de las niñas, y solamen- 
te por él es posible el llegar hasta las hijas 
del mariscal Simon. 



▲LBUU. 



271 



— Es evidente.... dijo Rodio con aire 
pensativo. 

—Sobre lodo desde que han desperta- 
do de niievo sns sospechas las cartas aííó- 
nimas; añadió el padre d'Aigrf^ny... y... 

— A propósito de cartas anónimas, dijo 
de repente Rodin interrumpiendo al pa- 
dre d'Aigrigny; es bueno que conoicais 
un heclíu; ya os diré por qué. 

— ¿ De qué se trata? 

— Ademas de las cartas que sabéis, el 
mariscal lia recibido otras muchas queig 
norais, en las cuales se trataba, por to- 
dos los medios posibles, de ecsasperar su 
irritación contra vos recordándole todas 
las razones que tenia para aborreceros, 
y motejándolo, porque vuestro carácter 
sagrado os ponia al abrigo de su venganza. 

El padre d'Aigrigny miró á Rodin con 
estupor, y esclamó ruborizándose invo- 
luntariamente. 

— ¿Pero con qué objeto.... ha obrado 
asi... vuestra reverencia? 

— En primer lugar con objeto de alejar 
de mi las sospechas que hubiieran podido 
producir esas cartais; en segundo lugar, 
para ecsaltar hasta el delirio la rabia del 
marisca, record'indole sin cesar los justos 
motivos que tiene para aborreceros, y h 
imposibilidad en que se halla de alcanza- 
roscón su venganza. Esto junto á los otro* 
fermentos de pesar, de cólera y de iirita- 
cion que bullen con tanta facilidad en aque! 
hombre de batallas, gracias á sus pasio- 
nes brutales, debian impelerlo á esa loca 
empresa, que es la consecuencia y el cas- 
tigo á ta vez de su idolatría hacia un mi- 
siEfrable usurpador. 

— i Enhorabuena ! dijo el padre d'Ai- 
grigny un poco embarazado; pero per- 
mítame vuestra reverencia hacerle notar 
que era muy peligroso el escitar contra 
mi la irritación del mariscal Simon. 

— ¿Por(]ué? preguntó Kodin fijando una 
mirada escrutadora en el padre f^.'Al- 
grigny. 



— Porque el mariscal, no acordándose 
mas que de nuestros odios mutuos, y fue- 
ra de sí..,, podia buscarme, encontrar- 
me 

— ¿Y qué mas? preguntó Rodín. 

— Pues bíen.... podria olvidar.... que 
«oy sacerdote... y... 

— ¡ Ali! Habéis tenido miedo: dijo con 
desden Rodin interrumpiendo al padre 
d' Aigrigny. 

Al oir aquellas pafabras de Rodin, ha- 
béis tenido miedo, sa-ltó el reverendo nadre 
en la silla, pero recobrando al instante 
su serenidnd, añadió: 

— No se equivoca vuestra reveíencia; 
sí, hubiera tenido miedo.... sí.... en se- 
mejante circunstancia.... hubiera tenido 
miedo de olvidar que soy sacerdote... y de 
acordarme que he sido soldado. 

— ¿ De veras? dijo Rodin con úo des- 
precio soberbio; ¿aun estais en eso... en 
ese tonto y salvaje punto de honor? ¿No 
ha apagado vuestra solana esa hermosa 
llama? Con que así ese acuchillador, cuyo 
cerebro vacío y sonoro como un tambor 
estaba yo seguro de desarreglar con solo 
pronunciar algunas palabras mágicas pa- 
ra esos bataüadoreseslúfjidos: Honor mi- 
litar... Juramento... ,Napoleoo II... ¿con- 
que si ese acuchillador hubiera cometido 
alguna violencia contra vos, os hubiera 
sido necesario hacer un esfuerzo muy grao- 
de p^ra permanecer tranquilo? 

Y fijó de nuevo Rndin en el reverendo 
padre sus ojos penetrantes. 

— Es inútil á lo que pienso, para vues- 
tra reverencia, el hacer semejantes supo- 
>iciones, dijo el padre de Aigrigny conte- 
niendo con dificutad su agitación. 

— Como vuestro superior, replicó se- 
veramente Rodin, tengo derecho para 
preguntaros, que hubierais hecho si el 
mariscal gimon os hubiese levantado la 
mano.... 

— ■¡Señor! esclainó el reverendo 

'padre. 
69*» 



Ü72 ALBIJI. 

— No hay aqui ¡•ehore!^; no hay aqui d'Aigrigiiy, si viniese sabríais, no me 

sino sacerdotes; re<poriilii.'ii'()nílurr2,i Uo (¡ueda duda ninguna, hacer ver á ese sol- 
din, idüd», á pesar de sus violencias, toda la 
Kl padre de Aiíírigny bajó la cabi'za, : lesi^nacion y toda la'humildad que se en- 
cuentra en una alma verdaderamente cris- 
tiana. 

Üt>s golpecilos que dieron discretamen- 
te á la puerta del cuarto, interrumpieron 



conteniendo con dificultad su cólera. 

— Os preguntó, añaili(') conob^tin-írion 
Kodio , qué hubierais hecho si os hubu'se 
dado un golpe el mariscal. ¿Es claro? 



•¡ Basta... de graii-» ! dijo ei padre de un instante la conversación. 



Aigri^ny ; ¡ basta ! 



Entró un lacayo que traia en un aza- 



—O si mas os aromoda , ¿qué hiibié- i fate una carta ancha y sellada , i|Up en- 
rais hecho si os fiubiese dailo im bof.tun itreiióáU princesa y saiió inmediatamente. 



en cada mejilla? re^püfó Rndin con una 
flema obstinada. 

El padre d'Aigrigny, macilento, apre- 
tando los dientes, crispados los puños, es 
taba poseído de una especie de vértigo 
solo con pensar en semejante ultraje, mien- 
tras Rodin , quien sin duda no habia he- 
cho sin motivo aquella pregunta, levan- 
tando sus párpados desmazalados, parecía 
sumamente atento á los síntomas que se 
manifestaban en la Gsonomia trastornada 
del antiguo coronel. 

La devota cada vez mas dominada por 
el cjc-socius, pareciéndole la situación del 
padre d'Aigrigny tan penosa como falsa, 
sentia crecer su admiración por el padre 
Hodin. 

En íin , recobrando poco á poco el pa- 
dre d'Aigrigny su serenidad, respondió á 
Rodin en tono calmado y contenido: 

— Si tuviese jamas que soportar seme- 
jante ultraje, le rogaría á Dios queme 
diese la resignación y la humildad. 

— Y seguramente escucharía el Señor 
vuestra súplica; dijo con frialdad Rodin, 
satisfecho del ensayo que acababa de ha- 
cer en el padre d'Aigrigny. Ademas ahora 
tfslais prevenido y es muy poco probable, 
añadió con una sonrisa horrorosa, que 
vuelva el mariscal con objeto de poner 

vuestra humildad á tan ruda prueba 

pero si viniese, y Rodio 6jó de nuevo sus 
miradas largas y peoetranles en el padre 



La señora de Saint- Dizicr, antes de 
abrirla, pidió con una mirada peí miso á 
Rondín; la leyó y pronto apareció en su 
rostro una satisfacción cruel. 

— ¡Hay esperanza! esclamó dirigién- 
dose á Rodin, la demanda es rigorosa- 
mente legal, se concreta á la instancia de 
interdicción; sus consecuencias pueden ser 
las que deseamos. En una'palabra, mi so- 
brina se puede ver amenazada, de la no- 
che á la mañana , de la miseria mas hor- 
rorosa... ¡Ella tan pródiga!... ¡Quétras- 
torno en su existencia !... 

— Puede que entonces se pudiese Jo- 
minar ese carácter indómito dijo Ro- 
din con aire meditabundo, porque hasta 
ahora nada ha salido bien ; ce podría de- 
cir que ciertas felicidades nos hacen irt- 
vulnerables, murmuró el jesuíta royendo 
sus uñas anchas y sucias. 

— Pero para lograr el resultado que de- 
seo, es necesario exasperar el orgullo de 

mi sobrina por consiguiente es ebso- 

liitamente indispensable que la vea y ha- 
ble con ella ; dijo la princesa de Saint- 
Dizier reflexionando. 

— La señorita de Cardoville rehusará 
esa entrevista; dijo el padre d'Aigrigny. 

— Puede que no: dijo la princesa; es 
tan feliz que ha de haber llegado al colmo 

su audacia. Sí, sí la conozco le 

escribiré de modo que venga. 

— ¿Lo creéis? preguntó Rodin en tonor 
dubitativo. 



ALBUM. 

— -Tío la (1ii(îi-is, padro inio, replicó la 
^princesa , vendrá , y si se legra escitar su 
prgullo se podra esperar mucho. 

— En ese caso, señora, es necesario 
^b^ar; dijo Rodin , obrar prontamente: 
se acerca el instante; se van despertando 
los odios y las descunfianza'-... No se pue- 
de perd<r ni un solo instante. 

— En cuanto á los odios, dijola prin- 
cesa, la señorita de Gardoville ha podido 
ver en que viene á parar el pleito qire me 
ha puesto por lo que ilatna su detención 
en una casa de salud y la secuestración 
de las dos hermanasSimonenel convento 
tie Santa Maria. Gracias á Dios, tenemos 
amigos en todas partes, y sé por buen 
conducto que no se tendrá cuenta nin- 
guna de todas esas griterías, por faltar 
¡pruebas suficientes, á pesar de! encarni- 
zamiento de algunos magistrados parla- 
mentarios, que serán notados, y muy bien 
notados 

— En estas circunstancias, dijo Rodin, 
la partida del marisca! da toda latitud: es 
necesario obrar inmediatamente con res- 
pecto á sus hijas. 

— ¿Pero C'Amo? dijo la princesa. 

— Primeramente es necesario verlas, 
dijo Rodin, hablar con ellas, estudiar- 
las después se tomarán las medidas 

según lo que resulte. 

— Pero el soldado no las dejará ni un 
segundo, dijo el padre d'Aigrigny. 

— En ese caso será necesario, dijo Ro- 
<lin, hablar con ellas delante del soldado, 
y atraerlo á nuestro bando. 

— ¡.\ él I... Es insensata semejante es- 
peraoza: esclamó el padre d'Aigrigny : 
00 conocéis esa probidad militar; no co- 
nocéis á ese hombre. 

— ¿No lo conozco? dijo Rodin encogién 
do los hombros. ¿No me ha presentado á 
él la señorita de Cardoville como á su li- 
bertador, cuando os denuncié como el 
alma de esta intriga? ¿No soy yo quien 



273 
le he vuelto su ridicula reliquia imperial.., 
su cruz de honor en casa del doctor Ba- 
leinier?... En fin, ¿ no soy yo (juien se 
ha llevado del convento las niñas y (juien 
las ha puesto en brazos de su padre? 

— Si, respondió la princesa; pero des- 
pués mi maldita sobrina ha adivinado tw 
do, ha descubierto todo. Os ha dicho á 
vos mismo, padre mio.„. 

— Que me consideraba como su ene- 
migo mas irreconciliable; dijo Rodin. En- 
horabuena. ¿Pero le ha dicho eso a! ma- 
riscal? ¿Me ha nombrado delante de él? 
Y si lo ha hecho, ¿le ha dicho el maris- 
cal esta circunstancia al soldado? Puede 
ser, pero no es cosa segura; en todo caso 
es necesario cercior3r^e de ello. Si me 
trata el soldado como enemigo descu- 
bierto.... veremos.... pero yo trataré en 
primer lugar que me reciban como amigo. 

— ¿Y cuándo? preguntó la devota. 
— Mañana por la mañana, respomlió 

Rodin. 

— ¡Gran Dios! ¡Querido padre mió Î 
esclamó la princesa de Saint-Dizíer con 
temor ; si ve ese soldado en vos un ene- 
migo.... tened cuidado. 

—Siempre tengo yo cuida Jo señora... 
he domado camaradas mas terribles que 
él... y se sonrió el jesuíta ensenando sus 
dientes negros; por ejemplo, el cólera. 

— Pero si os trata como enemigo.... se 
negará á recibiros. ¿De que niodo os acer- 
careis entonces á las hijas del mariscal 
Simon? dijo el padre d'Aigrigny. 

— No lo sé por cierto, dijo Rodin , pe- 
ro como quiero llegar hasta ellas lle- 
garé. 

— Padre mió; dijo de repente la prin- 
cesa reflexionando; esas muchachas no 
me han visto jamas... si pudiesesin non»- 
brarme introducirme cerca de ellas.... 

— Seria muy inútil, señora; porque es 
necesario primeramente que sepa yo que 
resolución he de tomar con respecto á 



274 



ALBCI 



esas huérfanas.... Por consiguiente quie- 
ro verlas á toda costa y hablar mucho 

tiempo con ellas entonces solamente, 

cuando a&iente bien mi plan... podr.i ser 
útil vuestra cooperación En todo ca- 
so.... tened la bondad de estar dispuesta 
mañana por la mañana para acompa- 
ñarme. 

— ¿A dónde, padre mió? 

— A casa dtl mariscal Simon. 

— ¿A su c»<a? 

— No prec'amente a su casa : vos iréis 
en vue-tro ctiche , y yo tomare un coíhe 
simún; tratara' de conseguir poder hablar 
â las niñas; mientras tanto me estaréis 
esperando á pocos pasos de la casa del 
marÍMal: si logro mi intento, si tengo ne- 
cesidad de vuestra ayuda, iré á buscar 
vuestro coche; recibiréis mis instrucciones 
y no se advertirá que nus hayamos con- 
certado. 

— Hágase vuestra voluntad, reverendo 
padre mió; pero tiemblo en verdad al 
al pensar en vuestra entrevista con aquel 
soldado brutal, dijo la princesa. 

— El Señor tendrá cuidado de su ser- 
vidor, señora; dijo Rodin. En cuanto á 
vos, padre mió, anadió liablando al padre 
d'Aiprifiny , haced (|ije parla al instante 
para Vicoa la nota que estaba dispuesta, 
para anunciar á quien sabéis, la partida 
yMa prócsima llegada del mariscal. Todo 
está previsto: esta noche escribiré yo mas 
estensaniente. 

El dia siguiente, á las ocho de la ma- 
fiana, la princesa de Saint Dizier en su 
carriia^ie; y Hodin en un coche simón se 
dirigieron hacia la casa del mariscal Si- 
mon, 

II. 

LAFliLlCIDAD. 

Dos días hacia (¡ue se habia ¡do el ma- 
riscal Simon. Eran los ocho de la maña- 
na, y Dagoberlo aodando de puntillas con 



la mayor precaución para que no crnjiese 
el entarimado, atravesó la sala que caía 
al cuarto en ()ue dormían Rosa y Manca, 
\ fué diredamenle á pegar el oido á la 
fuirta del aposento de las dos niñas. Qui- 
lüsolaccs siguió ecsactamente á su amo, 
y pareció que andaba con no menos pre- 
caución que él. 

Estabj» el rostro del soldado inquieto, 
preocupado; y al acercarse á la puerta, 
decia á media voz : 

' — ¡ (^on tal que no hayan oido nadáos- 
la noche est s pobres niñas!.... Las es- 
pantarla eso, y es mejor que no sepan es- 
te acontecimiento sino lo mas tarde posible. 
I'odria entristecerlas muchísimo: ¡pobres 
niñas! ¡Son tan felices desde el dia en que 
conocieron el amor que les tiene su padrel 
¡ Han soportado con tanto ánimo su par- 
tida!... ¡ í'ero que no sepan el aconteci- 
miento de esta noche! Las alhgiría de- 
masiado.... 

Y aplicando despue« el oido, el soldado 
dijo : 

— No oigo nada.... nada.... ¡Ellas qoe 
se despiertan ordinariamente tan tempra- 
no!... Fu'^de que sea el pesar 

Dos grandes carcajadas frescas y deli- 
ciosas que sallan del interior del cuarto 
que habitaban las dos hermanas, inter- 
rum[)ieron los reílecsiones del soldado. 

— ] Vamos! no están tan tristes como 
yo creía; dijo Dagoberto respirando coa 
mas libertad; probablemente no saben 
nada de lo <jiit; ha ocurrido esla noche. 

Proííto aunienlaron las carcaj idas has- 
ta tal punto que Dagoberto encantado de 
aquel acceso de alegría tan cslraordinaria 
por parle de sus hijas se sintió desde hie- 
go enternecido: un instante se le arrasa- 
ron de lágrimas los ojos, pensando que 
sus pupilas hablan recobrado al fin la se- 
renidad dichosa de su edad; después pa- 
sando del enrernecimiento á la alegría, 
cun el oido atento y siempre pegado á la 



fihfV». 



273 



ptierta, el cuerpo me4¡í> ip{vKíi?dQ y Ips 
manos puestas ífn U$ rp,4iJli9?. JD3gaber.to, 
dilatándosele el c.or^zo.o , ,r jadi^sp levan- 
tados los labios con una esprejipfi de jo- 
vialid^dipuda, meneando Ja.cabe^a, acon»- 
pañó con una risa sord.a las carcajadas de 
alearía cada vez m8yo,rt;sd,e sus pupilas... 
AI fin como no hay cosa mas contajiosa 
que la aiegria, y el digno soldado se en- 
sanchaba de regocijo , se puso á reir en 
alia voz y con todas sus fuerzas sin saber 
de (jué, únicamente porque Rosa y Blan- 
ca se reian como unas Jocas. 

Jamás habia visto Quitasolacesá su amo 
■en tal acceso de jovialidad; le miró pri- 
meramente con una sorpresa süeticiosa y 
profunda, y se puso después áah-ullarcon 
aire ¡nferrogativo. 

Al oir aquel acento tan conocido, cesa- 
ron de repente las risas de las muchachas, 
y una voz fiesca , un poco inmutada aun 
<ie la reciente y alegre emoción, esclamó: 

— ¿ Eres tú , Qaítasolaces que vienes á 
dispertarnos? 

Entendió Quitasolaces, meneó la cola, 
bajó las orejas , y poniéndose en tierra 
junio ala puerta como un perro de mues- 
tra, respondió con un gruñido lijero á la 
voz de su joven señf/ra. 

— Señor Quitasolaces, dijo la vo? de 
Rosa cjnteniendo apenas otro acceso de 
risa , muy madrugadqr estais. 

— En ese caso, gritó Blanca, ¿tendríais 
la bondad y la complacencia de decirnos 
qué hora es? 

— Sí, señoritas: son las ocho dadas, 
respondió de repente la voz de bajo de 
Dagoberto, el cual acompasó ese chiste 
con una inmensa carcajada. 

Oyóse un grito ligero de sorpresa agra- 
dable, y después dijo Rosa: 

—Huenostlias, Dagoberto. 

— Buenos dias, bijas mías muy pe- 
rezosas estais hoy ; sea dicho sin injuria. 

—No es por culpa nuestra; respondió^ 



Rosa, nuestra querida Agustina no Ita en- 
trado aun en nuestro cuarto; la e: tamos 
esperando. 

— lín eso está el apuro; dijo í)a;;nberto 
poniófidüse de nuevo muy pensativo' v 
en seguida respondió en l-tno muy emba- 
razado, porque el buen hombre no -àbia 
muy bien mentir. 

— Hijas mías, vuestra aya ha saliooosta 

mañana muy temprano ha iJo al 

campo por por ciertos negocios y 

no volverá sino dentro de algunos días... 
,con que por hoy haréis bien en vestiros 
solas, 

— ^Esa .buena señora Agustina res- 
pondió Blanca manifestando interés: ¿No 
ps por ningún motivo desagradable ef ha- 
berle ido asi tan de repente, no es ver- 
dad, Dagoberto? 

— No, no, de ningún modo; es por oe* 

gocios, respondió el soldado, por ver 

á uno de sus parientes. 

— jAh! me alegro mucho; dijo Rosa. 
Pues bieo, Dagoberto, cuando te llame- 
mos podrás entrar. 

— Dentro de un cuarto de hora vol- 
vere, y después añadió, pensando: es 
necesario que le dé una lección á ese Jo- 
çriso, porque es tan tonto y tan hablador 
que lo puede d.eícubrir todo. 

El nombre del supuesto tonto servirá 
da transición para dar á conocer el mo- 
tivo de la alegría, loca de las dos herma- 
nas, las cuales se reian de las numerosas 
patochadas de Jocriso. 

Ya se habían levantado las dos nmcha- 
cbas y se habjan vestido, àirvi«?ndose mu- 
tuamente de doocellas. Uüsa peinó y arre- 
gló el pelo de Blanca, la cual hacia el 
mismo servicio á,Uosa : agrupadas asi las 
dps hermanas, p,reseflíabaQ un cuadro gra* 
oio>Í!jimo. 

E^taba Rosa sentada junto al tocador, 
B'auca en pié tras ide ella le alisaba sus 
hermosos cabellos negros. 
70** 



276 ALBCM, 

¡ Dichosa y hechicera edad, fan cercana 
auD de la infancia que la alegría presente 
hace olvidar inmediatamente los males 
pasados ! Es verdad que no solo esperi 
mentaban iasdos jóvenes alegría sino tam- 
bién felicidad; m', felicidad profunda é 
inalterable en adelante. Las adoraba su 
padre, y su presencia, lejos de serie im- 
portuna, le encantaba. En fin, tranqui- 
lizado en punto al cariño de sus hijas, no 
tenia que temer ya, gracias á t-llas, nin- 
gún pesar. ¿Qué importancia po<lia tener 
para aquellos tres seres tan seguros de su 
tnútuo é inefable afoctu una separación 
momentánea? 

Dicho y entendido esto, fácilmente se 
concibirá la inocente alegría de las dus 
muchachas á pesar de la partida de su pa- 
dre y la espresion de regocijo, de felici- 
dad que animaba sus rostros encantado- 
res, en que comenzaban ya á aparecer los 
colores muertos poco tiempo antes: su 
confianza eo el porvenir comunicaba é so 
físonomia cierta resolución, cierta deci- 
sión que anadia un atractivo gustoso á sus 
deliciosas facciones. 

Alisando los cabellos de su hermana, 
dejó caer el peine Blanca: cuando se ba- 
jaba para cojerlo , se adelantó Rosa y se 
lo dio diciendo : 

— Si se hubiese roto, lo hubieras puesto 
ea la canasta de las asas. 

Y se pu.^ieron i reir como locas las dos 
hermanas aloir aquellas dos palabras que 
les recordaban una de las mayores pato- 
chadas de Jocriso. 

El fingido tonto había roto el asa de 
una taza, y riñéndole la aya , respondió: 
• Perded cuidado, he puesto la asa en la 
canasta de las asas, o 

— En la canasta de tas o$as? mSi, se- 
ñora , ahí es donde pongo todas las asas 
que rompo y pondré todas las que rompa.» 
-«¡Vayal dijo Rosa enjugándose las lá 
grioaas qut la risa había hecho asomar á 



sus ojos: ¡qué necedad es reírse de se- 
mejantes simplezas ! 

— Pero si es una cosa tan chistosa, re> 
plicó Blanca , ¿cómo se ha de poder con- 
tener la risa? 

— Lo que yo siento que nuestro padre 
no nos vea reir con tantas ganas. 

— ¡Es tan feliz cuando ve que estamos 
alegres!... 

— Es preci'Oque le escribamos hoy mis- 
mo la historia del canastillo de las asas. 

— Y la del plumero también, para que 
vea que cumplimos nuestra promesa , j 
que no estamos tristes durante su au<- 
sencia. 

— Escribámosle, hermana mia... Pero 

no ya sabes que él ha de ser quien 

nos ha de escribir..... pero nosotras no 
podemos contestarle 

— Es verdad pues entonces.... una 

idea se me ocurre... Escribámosle todo lo 
que nos suceda con el sobre para aquí. 
Cuando vuelva, echará Dagoberto las car- 
tas en el correo , y nuestro padre leerá 
nuestra correspondencia, 

— Tienes razón; es una idea magnífica; 
¡ cuántas locuras le hemos de contar su- 
puesto que él nos ama ! 

— Y nosotras también. .►preciso es con- 
fesarlo, lo que deseamos es estar alegres. 

— ¡Ohl seguramente que f-í ¡Las 

últimas palabras de nuestro padre nos han 
dado tanto valor 1... ¿No es verdad, her- 
mana? 

— Yo puedo decirte que al oírle hablar 
me sentía intrépida respectóla su marcha. 

— ¡Y cuando nos dijo: «Hijas mías, 
« voy á confiaros... todo loque me es po- 
« sible confiar... Yo tenia que cumplir un 
«deber sagrado... para ello me era abso- 
«lutamente indispensable separarme de vo- 
«sotraspor algún tiempo; yá pesar de que 
«estaba bastantemente ciego para dudar 
a de vuestra ternura, no podía resolverme 
K à abandonaros. Pero mi Goocicncia es- 



ALBTJIB 

«taba inquieta y agitada. Las penas aba- 1 
«ten de 'tal manera que yo no tenia la, 
«fuerza necesaria para adoptar una reso 
«lucion. y entre tanto se pasaban J.s dias 
« en medio de indecisiones y de angustias. 
«Pero ya que estoy seguro de vuestro ca- 
prino, ha cesado repentinamente mi ir- 
« resolución; he comprendido que no te- 
«nia ya que sacrificar un deber á otro, 
«preparándome así los remordimientos, 
«sino .que ipoôia y era preciso cumplir dos 
«deberes á la vez: deberes sagrados am- 
« bos, y esto es lo que yo hago con la ma- 
«yor alegría, de toda voluntad, y conií- 
«derándome feliz en poderlo hacer así.» 

—I Olí! ¡Sigue, sigue, hermana mía I 
esclamó Blanca acercándose mas á Rosa. 
Me parece que estoy oyendo á nuestro pa- 
dre. Recordemos á menudo sus palabras, 
y «lias TÍOS sostendrán si nos vemos aco- 
metidas en su ausencia por la tristeza. 

—Así es, hermana mia. ¿No nos iode- 
cia así mismo nuestro padre? « En vez de 
« estai tristes durante mi ausencia , hijas 
«mias, estad alegres: no os dfjéis abatir. 
« Yo os dejo para un objeto bueno y ge- 
«neroso. Atended. Suponeos que liay en 
«otro punto un pobre huérfano enfer- 
«mo, oprimido, abandonado por lodos; 
«que el padre de este huérfano ha sido 
«mi bienhechor; que yo le he jurado sa- 
«crrficarme por su hijo... y que ahora se 
« ven amenazados los dias de este hijo.... 
« Decidme, hijas mias, ¿os entristeceríais 
« al ver que me separaba oe vosotras pa- 
« ra ir á socorrer á ese pobre huérfano?» 

¡Oh! no, no: nuestro querido y ge- 
neroso padre, le "respondimos. Entonces 
no mereceríamos ser fus hijas, esclamó 
Rosa con exaltación. Vete y está segu- 
ro de nosotras. Nos creeríanws dema- 
siado infelicfs en pensar que nuestra tris- 
teza podía debilitar tu valor. Vé, parte, y 
4iosotras repetiremos todos los dias con 
orgullo: Nuestro padre se ha_separadode 



nosotras para cumplir tin deber nobfe y 
generoso; por eso mismo es dulce para 
nosotras el esperarlo. 

— iQué hermoso es ese pensamiento! 
I Cómo anima la ¡dea del deber y del 
cumplimiento de una obligación afectuo- 
sa, hermana mia ! replicó Rosa con exal- 
tación. Ya lo ves. EíO dio á nuestro pa- 
dre el valor necesario para separarse de 
nosotras sin pesar, y á nosotras el ánimo 
suficiente para aguardar su vuelta con 

alegría. 

¡ Y qué tranquilas estamos en este 

nfiomentol Ya no nos atormentan aquellos 
sueños que nos presagiabas tristes acon- 
lecimiontos. 

— Sí, hermana mia, desde ahora nos 
hallamos en ua estado de completa feli- 
cidad... 

—¿Te sucede á tí loque á mí? Me pa- 
rece que me siento ahora mas fuerte, mas 
animosa, y que desafiaría todas las des- 
gracias posibles. 

—Yo por mí parte lo creo también. Ya 
ves si nos hallamos fuertes ahora... Nues- 
tro padre en medio, tu á un lado, yo al 

otro, y,.. 

— üagoberto delante de vanguardia 
Quitasolacesde retaguardia.... un ejército 
completo. Con que así, que vengan á ata- 
carle. 

— Aunque sean mil escuadrones, ana- 
dió repentinamente una voz gruesa y ale- 
gre interrumpiendo á la joven; y en se- 
guida apareció Dagoberto á la puerta del 
salon que entreabrió {satisfecho, radiante 
de alegría ! Era preciso verlo para cono- 
cer hasta que punto llegaba su contento, 
porque el viejo , algún tanto curioso', ha- 
bía estado escuchando á las jóvenes un 
poco de tiempo antes de presentarse. 

¡Ola, curioso' ¿Con quó nos estabas 

escuchando? dijo alegremente Rosa sa- 
liendo con su hermana desde la pieza de 
dormir al salon, en donde las dos abraza- 
ron afectuosamente al soldado. 



S78 *#.io«. 

— ¡ Ya \o creo qwe os estaba escnrhan- ||l)C3síoti traída oporlnnamcnte 



do ! y lo que siento es no teuer las ortja^ 
tao grandes como laspde Qitilasolacespura 



haber oido mas. ¡Buenas mucliachH>! notue miitier 

j As( es como yo osi|ii»ero !... Uo poco U>- — Nuestro pa 



quillas, ¡ par dú'Z ! y diciendo a la tri>to- 
za : vamos... ¡media viit^ta á la izquier- 
da !... Bastante hemos hablado... ] A ota 
porte con la iTiúsira ! 

— ¡ Bien ! Ya verás como á ese -las 
nos va á decir que jmenios, d jo Rosa á 
su hermana riéndose como una loca. 

— ¡Qué! n\\ià\ ¡ \ fé mia que de tiem- 
po en tiempo no viene eso mal! contesto 
el Soldado. Eso con>uela.... eso caima.... 
porque si para soportar los percances de la 
miseria no >e ptidiera jurar délos qui- 
nienlos mil nomUres de..,, 

— ¿Quieres callar? dijo Rosa poniendo 
alegremente su mano sobre el bigote gris 
de Dagoberto para cortarle la p#lai)ra. 
¡Si le oyera la señora Agustina!,.. 

— j Pohre aya , tan dulce , ta« tímida ! 
anadio iíianca. ¡Qué oiieito le dartas ! 

— Si, dijo Dagoberto esforzándose para 
ocultar su naciente turbación, pero no nos 
oye supuesto que.... lia salido fuera de 
Paris. 

^iQué buena y que amable es! aña- 
dió Blanca con el mayor interés, tila nos 
dijo respecto a ti una espresion bien sen- 
cilla que retrata la esceiencia de su cora- 
zón. 

— Es vrdad, replicd Uo'^a. Hablándo- 
fios de t( 1106 decía : ¡ Ah señoritas ! al ver 
el cariño (]Ue Oí> profesa el señor t)a^o- 
berto, conozco que mi recieríje afecto no 
debe tener para vosotras grande impor- 
tancia , conozco también que no tenéis 
grande necesidad de mi y sin emt^argo sien- 
to que tengo el derecho de dedicarme 
también pur vosotras. 

— ¡Sin duda era... un corazón de oro ! 
esclaiuó Dagoberlo, y luego añadió hn- 
blaodo coosígo mi&niu. tsto parece una 



He aq^ii 

i]iie ellas ntismas me ponen en el caso de 
f'n tablar la conversación acerca de esta 



dre ha tenido acierto en 
ía eleocion , csclamó Ro*a. Ks viuda de 
un aiHigiio multar que lia heciio la gue/- 
ra con é\. 

— Kn el tiempo en que hemos estado 
tristes, añadió Blanca, era preciso ver la. 
inquietud con (|'ie vivia , su p»'na y todo 
(o i)ue tan íntimamente mtentai)a parA 
hacernos reir. 

— Nfas de veinte veces he visto desli- 
zarse griie«;as lágrimas de sus ojos que 
noSHiuaban furtivamente, dijo Rosa. ¡Ohl 
ella nos ama tiernamente y nosotros la 
corespondemos con justicia.... Y en ver? 
dad que tenemos sobre este partícula» y 
para cuando venga nuestro padre, un pro- 
yecto que no sabes lú cual es, Uagobeclo. 

— Calla, hermana, no se lo digas. ...r.e» 
piicó Blanca sotiriándose. Miraquenoj)05 
ha de guardar el secreto. 

—¿Quién? ¿Dagoberto? 

— ¿No es verdad, Dagoberto? ¿TÚ, 009 
guardarás el secreto? ¿ Kh»? 

— .Mirad , dijo el soldado mas turbada 
cada vtz, me haríais un bien mpy gran* 
i)e en no decirp^e nada.... 

— >Hues qMÓ ¿po pqedgs opultar nfd^i 
\^ señora AnM^M'^^-- 

— ¡ .\h señor bagoh^rlo, señor Uj^q- 
h'^rto! dijo alegremente Blanca, ame^ia- 
z^lido con la punta del dedo al soldadp. 
Sospecho que liabeis andado en. e&tremi) 
galanteador con nuestra qui rida aya. 

— ¡Yol... ¡galanteador! esclamó el üol* 
dado. 

El tuno y la espresion con que Dago- 
Ijerto pronunció estai' palabras, fueron 
t^n graves y tan naturales, que lasaos 
l/ernidiia!> no puilieron conteni^r una eA- 
trepU>i^u carcajada. 

La alegiia y la lisa de las jóvenes esta- 



ALBUM. 

ba en so colmo cuando se «bflo là frtier- 
1a del fi3\on. 

Apareció eh elfe el hthúó tdnto, elcual 
datirjo àlgtinb's pasos dérílro dé la sala, di- 
jo eh alta voz rtniíncíatídO: 

-^Kl señor Koditu 

En eftíct'» , en segtiidá se deslizó preci- 
pitadarriíefrle eh la habitación el jesuíta 
«orno para tomar posesión de áu terreno. 
Cuando se vio ya dentro, creyó que tenia 
y» ganada la partida , y sus ojos de reptil 
trillaron de alegría. 

Difícil ^eria pintar la sorpresa de las 
dos hermanas y la tiólei'a del soldado al 
Ver aíiuelia inesperada visita. 

Latízáíidusé Dagoberto liácia el cViado 
y abarrándole por el cutllo, esclaaió: 

—¿Quién (e ha permitido introducir 
aqui a nadie.,., sin avisármelo antes? 

— jPor Dios, señor Dagoberto! gritó 
e\ criado poniéndose de rodillas y juntan- 
do las manos con adeiïiân de simpleza y 
de súplica, 

— Vete... sal de aqui. Yvostambicn... 
y \os mas particularmente, añadió el sol- 
dado con tono amenazador volviéndose ha- 
cia Rodin que iba acercándose á las jóve- 
nes sonriéndose y con aire afectuoso. 

— Estuy á vuestras órdenes, u)i queri- 
do señor, dijo coa Irtjmildad el sacerdote 
haciendo uua ÍDCÜnacion pero sin retro* 
ceder. 

— ¿Te largarás de aqui?.... esclamó el 
soldado al criado, el cual seguia puesto de 
rodillas p irque sabia que en esta postura 
podía proferir algunas palabras antes que 
Dágober!ij le hiciera tomar la puerta. 

— ) Señor Dagoberto! decia el cria- 
do con voz doliente, perdonadme que 
haya introducido aqui al señor sin habe- 
ros avisado antes. Pero ¡ ay I tengo per- 
dida la icabezii con la desgracia que ha 
oiMirridó á la señora Auuslioa. 

— ¿(Jiié desgracia I esciamaron al \-\o- 



f¡9 

—¿No te vas? volvió á decirle Dago- 
berto conduciéndolo por el pescuezo y 
obhgándole á que se levantara. 

— Hablad, hablad, repuso lilanca io- 
terponiénduse entre Daguberto y el cria- 
do. ¿Qué es lo que hasucedidu a la seño- 
ra Agustina? 

— Señorita, dijo precipitadamerde el 
criado apesar de los golpes que le daba el 
soldado; la señora Agu.-lina ha sido ata- 
cada del cólera; y se le ha... 

No pudo el criado acabar la frase, por- 
que Dagoberto le asentó en la cara el pu- 
ñetazo mas glorioso que había dado de 
alguo tiempo a esta parte; y luego usan- 
do de su fuerza estraordinaria todavía para 
su edad el antiguo granadero de caballe- 
ría alzó con su vigoroso puño al criado 
(jue permanecía arfodiüado, lo envió a 
rodar por la pieza inmediata, ¡habiéndo- 
le dado Un puntapié debajo de los ríño- 
nes. 

En seguida se volvió á Rodin , y con 
las facciones alteradas, las mejilias encen- 
didas y los ojos SHitaodo de cóiera , n)^s- 
trandole la puerta con un gesto espresivo, 
le dj'» con un tono irritado: 

— Ahora vos.... ¡si no os largáis pron- 
to... y sin replicar !... 

— S«toy á vuestra disposición, mi que- 
rido señor, dijo Rodin dirijiéndose de es- 
paldas hacia la puert*', y saludando á las 
jóvenes. 

Verificando ïlodin lentamente su reti- 



rida bajo el fuego de liscoléricastniradas 
de Dagoberto, ganó l« puerta marchando 
de espaldas y dirijienuo oblicuaniente sus 
penetrantes ojos hacia las dos jóvenes no- 
tablemente conmovidas por la calculada 
indiscreción del criado, á quien Dagober- 
to había prevenido que no hablara delan> 
fe de las niñas acerca de la enfermedad 
<ip su ay:i ; pero el supuesto tnnti s'n re- 
porsr en nada había hoclio enferamente 



mentó Rosa y Blanca, acercándose con ! |o contrario de lo que se le había u)a:i- 
Dot&ble inquietud al criado. i dado. 

71* 



280 



aLBCH. 



Uosa acercándose precipiladanu nte al 
s Idado le dijo : 

— ¡ Dios mió... ! ¿ Fs verdad ijiie la po- 
bre señora Agu>lina ha sido ataiaila del 
cólera ? 

— No... Yo no sé nada... No lo creo... 
conlestóel soldado des|>»ies de uiimumen- 
lo de vacilación. Y adi-nias ¿i|iJé us im- 
porta eso? 

— ¡ Dagoberto!. .. la quieres ocultar- 
nos alguna (ltsi;raciii , diji> Bianca. 

Ahora me acuerdo dv tu tuibiicion cuan- 
do hace un niiiriiento nos hablabas de 
nuestra aya. 

— Si está enferma... no deLemosaban- 
dooarla. Ella se lia compadecido de nues- 
tras penas, y nosotros debemos compade- 
cernos de sus sufrimientos. 

— Sigúeme, hermana mia.... Vamos á 
su cuarto, dijo Blanca dando un paso ha- 
cia la puerta en donde se veia Rodin de- 
tenido y prestando una cstremada aten- 
ción á esta imprevista escena que parecía 
sugerirle profundas reflecsiones. 

— No saldréis de aquí, dijo con tono 
severo el soldado dirigiéndose á las dos 
hermanas. 

— Dagoberto, replicó Rosa cor. cnerjía, 
se traía de un deber sagrado, y seria una 
cobardía faltar á él. 

— ¡ Os digo que no saldréis de aqui... I 
repuso el soldado dando una patada en el 
suelo con muestras de impaciencia. 

— Querido Dagoberto, añadió Blanca 
con un tono no menos resuelto que el de 
su hermana, y con cierta ecsaltacion que 
coloreó vivamente su hermoso rostro. 
Nuestro padre a! separarse de nosotras 
nos ha dado un ejemplo admirable de fi- 
delidad á sus deberes y no nos per- 

donaria que dos olvidáramos de su lec- 
ción. 

— ¡Cómol esclamó Dagoberto fuera de 
íí y adelantándose hacia las deshermanas 
como para impedirlas que saliesen de la 



habitación. ¿Creéis que si vuestra aya lo» 
viera el cólera consentiría yo que bajo él 
pretesto del deber fueseis á verla? Vues- 
tro deber es el vivir, y vivir felices y con- 
tentas para vuestro padre.... y para mi 
también.... Con que j ea ! no hablemos 
mas sobre este particular. 

— Nosotras no corremos ningún riesgo 
en ir á ver á nuestra aya en su cuarto, 
dijo Rosa. 

— Y aunque lo hubiera, añadió Blan- 
ca, no deberíamos titubear un solo ins- 
tanle. Asi, Dagoberto, sé condescendien- 
te.... déjanos pasar. 

Rodin que había estado escuchando con 
estremada atención la escena precedente, 
concibió alguna esperanza repentina y 
apareció en sus ojos y en su fisonomía un 
rayo de siniestra alegría. 

— Dagoberto, no te opongas á nuestro 
deseo, añadió Blanca, porque en ese caso 
tu harías respecto á nosotras lo que tií 
mismo nos reconvendrías si quisiéramos 
hacerlo con otra persona. 

Hasta entonces Dagoberto habia cerra- 
do , por decirlo asi , el paso al jesuíta y á 
las diis hermanas, poniéndose delante de 
la piuría; pero después de un momento 
de reflecsion , encojiéndose de hombros y 
separándose á un lado dijo con calma : 

— Hasta ahora he sido un viejo loco. 
Id, señoritas... id...; si encontráis á lase- 
ñora Agustina dentro de casa.... os per- 
mito que permanezcáis á su lado. 

Sorprendidas por el tono de seguridad 
con que Dagoberto habia pronunciado es- 
tas palabras, quedaron inmóviles y sus- 
pendas las dos jóvenes. 

— Si no está aqui nuestra aya.... ¿eo 
donde está? preguntó Rosa. 

— ¿Y creéis que yo os lo he de decir, 
en el estado de agitación en que os en- 
cuentro? 

— ¡Ha muerto!... esclaraó Rosa, po- 
oiéndosc pálida. 



ALBUM 

^ — "No: no. Tranquilizios, contestó con 
viveza el soldado. No... Oí juro por vues- 
tro padre que no Sitio ijue al primer 

síntoma que ella ha sentido del mal, ha 
pedido (]ue se la trasladara fuera do casa 
temiendo que contagiara á los que habi- 
tan en ella. 

—¡Qué muger tan buena!... esclamó 

Rosa con acento de ternura ¿Y no 

quieres tú?... 

— No, yo no quiero que salgiisde aquí, 
y no saldréis aunque para conseguirlo tu 
viera que encerraros en este cuarto, es- 
clamó el soldado dando una patada de co- 
lera. Y acordándose luego de que la des- 
graciada indiscreción del criado liabia da- 
do margen á este desagradable incidente, 
añadió con una violenta irritación. 

— ¡0!il tengo que romper mi bastón 
en las costillas de ese picaro... 

Y al dt:cir esto se volvió hacia la puer- 
ta en donde estaba todavía Rodm silen- 
cioso y atento, disimulando con su habi- 
tual impasibilidad las funestas esperanzas 
que acaba de concebir. 

Las dos jóvenes convencidas de la mar- 
cha de su aya y de que Oagobertu no les 
diría á donde había sido tra»ladada, se 
quedaron tristes y pensativas. 

Al ver alsacerdolede quien por un mo 
mentó se habia olvidndo, sintió Dagober- 
to aumentársele la cólera , y con un tono 
brusco le dijo: 

— ¿Todavía estáis aquí? 

— I^ermilidtne que os haga presente, 
mi querido señor, dijo Rodin con toda la 
espresiondel jovial alecto que sabia tomar 
cuando le era necesariaj, que como esta- 
bais delante de la puerta', no me permi- 
tíais salir. 

— jBuenol..... Pues ahora nada os lo 
impide... con que así, desfilad... 

— Yo me apresuraré a... úe^ filar... se- 
ñor mió, á pesar de |que me parece que 



281 

— No se trata de recibimiento sino de 
marchar. Idos cuanto antes. 

— Habia venido para hablaros... 

— No es ahora ocasión de hablar... 

— Se trata d^ negocios muy graves. 

— Yo no tengo ningún negocio mas gra- 
ve que el de permanecer aquí al la !o de 
estas niñas... 

— I En hora buena I dijo Rodin pisando 
ya el dintel de la puerta; no os importu- 
naré por mas tiempo. Perdonad mi indis- 
creción... 0-i traía noticias... muy buenas, 
noticias dul mariscal Simon... Venia á... 

— i Noticias de mi padre! esclamó con 
viveza Rosa acercándose á Rodin. 

— i Oh I I hablad , hablad ! añadió 
Blanca. 

— ¿Tenéis noticias del mariscal? ¿Vos?... 
dijo üagoberto lanzando una mirada de 
desconfianza á Rodin. ¿Y que noticias son 
esas? 

Pero Rodin sin contestar desde luego á 
esta pregunta se volvió desde la puerta, 
entró otra vez en el salon, y contemplan- 
do á su vez á Rosa y á Blanca con aire 
admirado, dijo : 

— ¡Qué felicidad siento al venir otra 
vez á traer algún motivo de alegría á e>- 
tas queridas señoritas ! ¡ Helas aquí como 
yo las dejé! ¡ Sirmpre tan graciosas y tan 
encantadoras aunque menos tristes que 
aquel dia en que ynfuí á buscarlas al con- 
vento en donde las tenían prisioneras I... 
¡Con cuánta satisfacción las vi yo enton 
ees lanzarse en los brazos de su glorioso 
padre I 

— Kste es su sitio; y el vuestro no es 
aquí... d jo rudamente Dagoberto tenien- 
do abierta la hoja de la puerta detrás de 
Rodin. 

— Confesad al menos qtie estaba en mi 
sitio en casa del doctor Baleinier... dijo el 
jesuíta mirando al soldado con aire mali- 
tengo derecho para admirarme del reci- 'cioso. Ya os acordaréis de aquella casa de 
bimiento que me hacéis. ^ curación aquel dia en que os devolví 



282 



ALttlH. 



esa orne imperial qile tanto echabais de 
mellos... aquel dia en que la buena séflo- 
rita de Carduvil^ dJL'iéndoos que yo era 
su libertadur us inapidió ipie me apri>la< 
seis el pescueío un poco mas... mi queri- 
do señor... ] Al) ! pasó, señoritas, lo nns- 
mo que tengo e¡ lionur de deciro^lo, auH- 
dió hodin sonriéndose. Este valiente sol- 
dado conienró por querer altogarme, por- 
que, y sea dicho sin animo de ofenderle, 
a pesar de su edad tiene una mano de 
hierro... Y me parece que los prusianos y 
los cosacos deben saberlo todavía roejur 
que yo... 

Estas pocas palabras recordaron á Da- 
goberto y á las jóvenes los servicios que 
Kodin les habia hecho real y verdadeffi- 
mente. Y aunque el mariscal había oido 
hablar de Kodin á la señorita de Cardovi- 
lle como de un hombre en estreñio peli- 
groso y d« quien ella habia sido jugiiete, 
el padre de Rosa y Blanca atoraientado 
constantemente no h8t>ia participado esta 
circunstancia á Ba^oherto; pero este, ins- 
truido por la espenencia, ya pesar de to- 
das las apariencias favorables al jesuíta, 
sentía una invencible antipatía respecto á 
él, y así fué que le contestó bruscaniente : 

— Aquí no se trata de saber si yo ten-! 
go la mano fuerte o oo; pero.... 

— Si yo he aludido á esta inocente pron- 
titud de vuestro carácter, mi querido se- 
ñfir, dijo Rodin con tono meloso inter- 
rumpiendo á Dai^oberlo y acercándose ca- 
da vez mas á las dos hermanas por me- 
dio de una especie de circunvolución de 
reptil que le era propia ; si yo ík hecho 
alu^i '11 , lia sido acordándome involunta- 
riamente de los ÍAsignificanlés servicios 
que he tenido la fortuna de poder pires'- 
ta ros. 

Dagoberto miró fijamente á Rodin que 
al momei to dejó caer sus débiles pár^ía- 
dus subre sus awiariHentaH mejillas. 

*— Bn cua«t9 á lo primero, dijo el sol- 



dado después de ud momento de silencio, 
el hombre que tiene un corazón generoso 
no habla nunca de los servicios que ha 
presiado..,. y vos los habéis repetido na- 
da iiienos que tres veces. 

— Señor Dagoberto, dijo Rosa eo vor 
baja, ¿y si trae noticias de mi padre...? 

Kl S'ilJado hizo una sc-ial con la mano 
como para ru^ar á la joven que le dejase 
continuar; y luego sin separar sus ojos de 
Rodin añüdió: 

— Vos sois ladino pero yo no soy 

recluta... 

— ¡Yo ladino! dijo Rodin con aire com- 
pu n ¿i do. 

— Y mucho ¿Seos figura que me 

vais á engatusar con esas bellas frases...? 
Pues amigo.... no cuelan.... Escuchadme 
con atención: alguno de vuestra banda de 
ropa negra me había robado la cruz... vos 
me la reslituisteís. Corriente... unode vues- 
tra banda habia robado á estas niñas... vos 
fuisteis á buscarlas. Corriente vos ha- 
béis denunciado al renegado Aigrigny... 
es verdad... pero todo esto no prueba mas 
que dos cosas: la primera es que vos ha- 
béis sido suficientemente malvado para 
llegar a ser cómiplice de esos bribones; y 
la secunda que habéis sido suficientemen- 
te malvado para delatarlos.... Lasdosson 
cosas demasiado innobles.... Yo sospecho 
de vos.... Concjue ¡ ea 1 desfilad, de^filad 
pronto de aquí... Vuestra preSemíia no es 
sana para estas ninas. 

-— ¡ l'ero ini (|iierrdo señor... I 

— No hay pero que valga, replicó Da- 
goberto interrumpiendo á Rodin coii vók 
irritada : cuando un hombre de Vuestra 
calaña hace algiui bien, es sin duda para 
ocultar algún mal que proyecta... Es pre- 
ciso desconfiarse de é\...y yo descüjifió 
de voí. 

*^Y(>tf)néib<t... contestó Rodin é'in frial- 
dad ocultand»»-! disgustó i]ue sentid por()ue 
lióbia creído alucinar fácilmeute al sóida- 



áLfitoa. 

lio. No siempre es uno dueño... «fn em- 
bargo... si reflexionaseis... ¿Qué interés 
puedo yo tener en engañaros...? ¿Y so- 
bre qué os habia de engañar? 

— Lo (|ue veo es que leñéis algún inleres 
en permanecer aquí contra mi voluntad... 
cuando os estoy diciendo terminantemen- 
te que os marcheisi 

— Ya he tenido el honor de deciros cual 
era el objeto de mi visita , mi querido 
iseñof. 

— Las noticias del mariscal Simon 

¿No es verdad? 

— Justamente. He tenido el gusto de 
t-ecibir noticias del señor mariscal i con- 
testó Kodin acercándose mas. y mas á las; 
dos jóvenes, como si quisiera ganar eï 
terreno que habia perdido: Sí, mis que-í 
ridas señoritas ^ tengo noticias de vuestro 
glorioso padre. 

— Pues en ese caso, venios inmediata- 
mente conmigo á mi habitación. Álli me 
las diréis. 

— j Y qué!. ..4 ¿Tendríais la crueldad 
de privar á estas queridas señoritas^, de 
oir... las noticias que... 

— ^¡ Voto á... I esclamó Dagoberto con 
■voz de trueno. ¿No conocéis que me re- 
pugna arrojar por la puerta á un hombre 
de vuestra edad....? ¿Acabaremos alguna 
Vez? 

-^VamdSj vamos; dijo Redin ron dul- 
jEura. No os incomodéis contra un pobre 
viejo como yo....} eso no merece la pera; 
tengo que contaros.... y vos os arrepen- 
tiréis de no haberme dejado hablar de- 
lante de estas queridas señoritas.,., y eso 
servirá de castigo á vuestra terquedad. 

Y después de decir estoRodin y de ha- 
ber hecho un nuevo saludo ocultando sa- 
gazmente la cólera y el despecho que sen 
iia , pasó por dolante de Dagoberto que 
estaba junto á la puerta é hizo una seña 
como de inteligencia á las dos hermanas 
íjue quedaron solas. 



>83 



— Dagobetto, ¿qu6 noticias hay de nues- 
tro padre? preguntó Rosa con viveza vien- 
do entrar al soldado como un cuarto de 
hora después de haber salidoacompañan- 
do á Rodin. 

—¡Qué 1 ese viejo brujo s:.be en 

efecto que el mariscal ha mai diado 

que se ha marchado contenta, y según 
me ha dicho, también conoce a! señor 
Roberto. ¿Cómo sera que él c<tfí entera- 
do de lodo eso? No lo ?é, añadió el solda- 
do con aire pensativo. Pero esta es una 
razón mas para que yo me descoiiGe 
de 61. 

— ¿Y cuales son las noticias de nuestro 
padre? preguntó Rosa. 

— Un amigo de ese viejo miserable (por- 
que yo estoy firmemente convencido dd 
que no es otra cosa) conoce á vuestro pa- 
dre, lo ba encontrado á veinte y cinco le- 
guas de aqui, y sabiendo el mariscal que 
volvia á Paris, le ha encargado que os di- 
ga ó que envíe á deciros que iba bueno, 
y que esperaba volver á veros muy pron- 
to.... 

— 1 Ah, qué dicha! esclamó Rosa. 

— ^Ya lo ves. No hscias bien en sospe- 
char tan mal de ese pobre anciano, Da- 
goberto, añadió Blanca. Lo has tratado 
con demasiada dureza. 

— Puede que sea asi;.. i pero lo que es 
yo, no me arrepiento de ello,.,. 

— ¿Pues porqué? 

— Yo tengo mis razones y una de 

tas principales es, que desde que le ví 
entrar y mirar y girar á vuestro alrede- 
dor , sentí un frío tan desagradable que 
me penetró hasta la médula de los hue- 
sos....; y SHi saber por que, os aseguro 
que no hubiera temblado tanto aunque 
hubiera visto circular al rededor de voso- 
tras una culebra.... Yo ya sé que delante 
do mi nú puede haceros ningún mal: pe- 
ro, hijas mias, ¿qué queréis que os diga? 
Apesar de iodos los servicios que rea! y 
72"* 



284 



ALBUM. 

tenido 



verdaderamente nos ha hecho, ht' 
que contenerme mucho para no arrtjiírle 
por la ventana esta manera do pro- 
barle mi agradecimiento no hubiera sido 
muy natural.... y yo llevo la micsima de 
desconfiar siempre de las personas que 
inspiran semejantes ideas. 

— Mi buen Dagoberlo, el efecto que 
nos profesas es lo que hace qiie seas tan 
suspicaz, dijo Rosa con tono de caricia. 
Eso prueba lo muclio (|ue nos onias. 

— ¡Cómo quieres á tus niù.ts! añadió 
Blanca acercundose á Dagnlerto y diri- 
giendo á su hermana una mirada como 
de inteligencia , y como si las dos trata- 
ran de realiiaralgim complot formado du- 
rante la ausencia del soldado... 

Este que se hallaba en uno de los días 
en que se habia sentido mas predispuesto 
para la desconGanza, miró alternativa- 
mente á las huérfanas, y luego meneando 

la cabeza dijo : 

— ¡Vaya! ¡vaya!... Muchos halagos me 
hacéis Algo tenéis que pedirme.... 

_S¡ es verdad Ya sabes que 

nosotras no mentimos nunca dijo 

Rosa. 

—Vamos, Dagoberto.... es necesario 
que seas justo.... No queremos mas, aña 
dio Blanca. 

Y acercándose las dos hermanas al sol- 
dado que permanecía en pié, apoyó cada 
una sus dos manos en uno de los hombros 
de aquel y le miraron ambas sonriendose 
con una espresion seductora. 

—Vamos.... hablad.... veamos lo que 
es, dijo Dagoberto mirándolas alternati- 
vamente. Ya me figuro que se tratará de 
alguna cosa dificil,y que tendré que man- 
tenerme firme... ¡ Apostaría 1... 

— Mira.... tú que eres tan valiente, 
tan bueno, tan justo que algunas veces 
nos has alabado porque nos hemos mos- 
trado animosas como deben serlo las hijas 
üe un soldado.... 



— .VI grano.... al grano..., dijo Daga- 
berto que comenzaba á intjuietarhe por 
aquellas precauciones oratorias. 

Iba ya á continuar hablando la joven, 
cuando sonaron dosgolpecitos en la puer- 
ta como en actitud de llamar. (La lección 
que Dagoberto habia dado al criado habia 
sido de un saludable ejemplo. Lo habia 
despedido inmediatamente de la casa.) 

— ¿Quien llama? preguntó Dagoberto. 

— Soy yo: Justino, señor Dagoberto, 
cünte>tó una voz desde fuera. 

— Pues entrad. 

Inmediatamente un criado de la casa, 
hombre honrado y fiel apareció abriendo 
la puerta. 

— ¿Qué hay? le dijo el soldado. 

— Señor Dagoberto, contestó Justino, 
á la puerta y en un carruage hay una se- 
ñora que ha enviado á su íacayo á pre- 
guntar si podia hablar al señor duque ó 
á las señoritas. Se le ha contestado queeí 
señor duque no estaba , pero (jue las se- 
ñoritas sí; y al saber esta noticia ha so- 
licitado verlas... diciendo que era con ob- 
jeto de una limosna. 

— ¿Y habéis visto vos á esa señora?... 
¿Ha dado su nombre? 

— No, señor Dagoberlo, no lo ha di- 
cho... pero tiene trazas de ser una señora 
muy elevada.... Trae un coche magnífi- 
co.... Los criados están vestidos de rica 
librea... 

— Si esa señora viene á obtener alguna 
limosna, dijo Rosa á Dagoberto, será sin 

(luda para los pobres Ya veis que le 

han dicho que nosotras estamos encasa... 
y ya no podemos menos de recibirla... Me 
parece.... 

— ¿Qué te parece á tí, Dagoberto? 

— j Una señora!... Que suba enhora- 
buena Esto ya no es lo mismo queese 

picaro viejo hechicero que acaba de mar- 
charse, dijo el soldado. Y ademas yo no 
me he de separar de vuestro lado. 



ALBUM 

Y hiego V (Iviéndose á Justino, aiiadio: 

— Haced subir á esa SL'fiora. 

El criado salió de la sali. 

— Con que, Dagoberto... ¿ también dt- s- 
«onfias de esa seùora á quien no cono 
«es? 

— Atended, hijas mias.,.. Yo no tenia 
motivo ninguno para desconfiar de mi 
buena y honrada muger. ¿No es verdad? 
Pero sin embargo, esta confianza no pu- 
do impedir que vosotras os vierais entre- 
gadas á Iris manos de esas ropas negras... 
Y esto sucedió sin que ella quisiera 



285 



haceros ningún mal... y solamente por 
obedecer al bribón de î>u confesor. 

— ^ Pobre muger I... Tienes razón... Y 
ella nos queria tanto, dijo Rosa ponién- 
dose pensativa. 

— ¿Cuando has tenido noticias de ella? 
preguntó Blanca. 

— Antes de ay;r. He sabido que está 
mucho mejor, porque el aire sano del 
pueblecitü eo donde está de párroco Ga- 
briel le es muy saludable; y se ha que- 
dado en la casa parroquial aguardándo- 
le.. .«. 

En este momento se abrieron de pron- 
to las hojas de la puerta del salon, y en- 
tró la princesa de Sainl-Í)izier después de 
haber hecho una respetuosa reverencia , 
trayendo en la mano una de esas bolsas 
de terciopelo encarnado destinadas en las 
iglesias para recoger las cuestaciones. 

CAPITULO IV. 

LA LIMOSNA. 

Ya hemos dicho que la princesa de 
Saint-Dizier sabia tomar cuando le con- 
venia el esterior mas halagüeSo y la más- 
cara mas afectuosa , porque habiendo con- 
servado los recuerdos de los modales ga- 
lantes de su juventud, losempleaba opor- 
tunamente para poner en juego siempre 
que ie era necesaria una coquetcria ne- 
gligente y en estremo insinuante, que em- 
pleaba ahora para el buen éxito de sus 



intrigas devotas, como antes la habia em- 
pleado para sus intrigas amorosas. El ai- 
re elegante y de gran señura; templado y 
dulcificado por tal cual rasgo deafeclnosa 
y sencilla naturalidad, con cuyo ausilio 
representaba perfectamente el ^japel de 
una buena señora, venia á dar mavor real- 
ce á todas aquellas apariencias s^uctu- 
ras. 

Tal era la princesa cuando apareció á 
las hijas del mariscal Simon y á Dagober- 
to. Traia perfectamente ajustado «u traje 
de moaré oscuro que disimulaba algún 
tanto la demasiada gordura de su talle, y 
una capota de terciopelo negro, por de- 
bajo de la cual salian numerosos rizos de 
cabellos rubios, servia df adorno á su ros- 
tro Heno, íon tres barbillas formadas por 
la gordura, no del todo maltratado por 
los aíios todavía , brillanflo en sus ojos una 
mirada afectuosa y espresiva y en los ■'- 
bios una sonrisa graciosa que dejaba ver 
sus b'anquísimos dientes, y daba á la fi- 
sonomía una espresion de amabilidad y de 
benevolencia. 

Dagoberto á pesar de todo su mal hu- 
mor , y Rosa y Blanca á pesar de su na- 
tural limid^/, sintieron apnderarfe de el!<>s 
una prevención favorable a la íenora do 
Saint Dizier. Psta se adelantó hacia l^s 
dos jóvenes, y después de haber hecho un 
saludo elegante, preguntó con voz pene- 
trante y cariñosa : 

— ¿Son las señorita? de Ligny á quien 
tengo el honor de hablar? 

Rosa y Blanca poco ac )sturnhradas á 
que las diesen el título honorífico de su 
padre, se ruborizaron algún tdnto y su 
mirarou recíprocamente con cierta tur- 
bación. 

Dagoberto queriendo acudir en su au- 
silio, dijo entonces á la princesa: 

— Sí, señora. Estas señoritas son las 

hijas del mariscal Simon Y no se las 

llama generalmente mas que con el nom- 
bre de las señoritas Simon. 



286 



iLica, 



— No me admiro, contesló la princesa, 
de qne la mas amable modestia sea una 
de las cualidades naturales de las hijas del 
tnariscal; y yo espero que dispensarán «le 
que las haya llamado con el honorífico 
nombre que renueva la memoria inmor- 
tal dejina de las victorias mas brillantes 
de su padre. 

Al oir tan lisongeras palabrasarrojaron 
Rosa y Blanca una miraJa de gratitud á 
la señora de Saint-Üizier , mientras que 
Dagoberto orgulloso y envanecido por el 
elogio dirigido á la vez al mariscal yá sus 
hijas, sintió aumentarse la conflanza que 
desde luego habia concebido por la prin- 
cesa. 

Esta continuó luego diciendo con tono 
afectuoso y de convencimiento '. 

— Señoritas, yo he venido á vuestra ca- 
sa llena de confianza en los ejemplos de 
noble generosidad que os ha dado elseñor 
mariscal, i implorar vuestra caridad en 
favor de las víctimas del cólera. Yo soy 
una de las señoras encargadas de una em- 
presa de socorros, por la cual serán aco- 
gidos con un vivo reconocimiento vues- 
tros dones, cualquiera que ellos sean... 

— Sen >ra , nosotras somos quienes de- 
bemos daros las gracias por haberos acor- 
dado de nosotras para tan buena obra, 
dijo Blanca con mucha gracia. 

— Permitidme, señora, añadió Rosa, 
que me separe un momento para ir á 
traeros todo lo que de nosotras podemos 

disponer... 

Y habiendo dirigido una mirada á su 
hermana, salió del salon y entró en la pie- 
za de dormir que estaba inmediata. 

— Señora, dijo respetuosamente Dago- 
berto mas seducido cada vez por las pala- 
bras y los modales de la princesa, tened 
la bondad de sentaros en tanto que I\osa 
vut'lve á traeros su limosna... 

Y en seguida añadió con viveM des- 
pues de haber presentado una silla á la 
princesa que se sentó: 



— Perdonad, seíiora, si he dicho settci* 
llámente: Rosa... hablando de una de las 
hijas del mariscal Simon... pero yo las hé 
visto nacer... 

— V ademas» después de nuestro padre 
no tenemos un amigo mejor, ni mas lier- 
noque Dagoberto, añadió Blanca dirigién- 
dose á la princesa. 

— 'Lo creo, señorita, contestó la devo- 
ta, porque tanto vos como vuestra encan- 
tadora hermana me parecéis muy dignas 
de esa amistad y de ese cariño. .< cariño « 
añadió la princesa volviéndose hacia Da- 
goberto que honra tanto á las que lo ins-> 
piran como al que lo profesa... 

— A fé mia , señora , dijo Dagoberto, 
que yo me honro y me envanezco en pro- 
fesarlo... pero ya está aquí Rosa con su 
bolsillo. 

En efecto, la joven salia de su habita- 
ción de dormir, trayendo en la mano una 
bolsa de seda verde bastante llena, la cual 
entregó á la princesa que había vuelto ya 
dos ó tres veces la cabeza hacia la puerta 
con una secreta impaciencia como si estu- 
viera aguardando por momentos la veni- 
da de alguna persona que no llegara. Pe- 
ro este movimiento no habia sido notado 
por Dagoberto. 

—Nosotras quisiéramos, señora, dijo 
Rosa á la princesa, ofreceros mas canti- 
dad... pero aquí tenéis todo loque posee- 
mos. 

— j Cómo!... loro también ( dijo la de- 
vota viendo brillar este metal por entre 
las mallas del bolsillo; señoritas, vuestra 
modeila ofrenda es de una escesiva gene- 
rosidad. 

Y luego mirando con ternura á las dos 
jóvenes, anadió: Sin duda estaría desti- 
nada esta suma para vuestros placeres y 
para vuestros adornos de tocador... Esta 
dádiva es digna del mayor aprecio... ¡Ahí 
no habia calculado yo mal la generosidad 
de vuestros corazones!... ¡Imponeros vo* 



ALBUM. 



287 



sotras mismas estas prívaciotip* tin peno- 
sas por lo cbmun para personas de vues- 
tra edad 1... 

—Señora, dijo Rosa algo turbada, creed 
que e-ta ofrenda i,ue hacemos no es nin- 
guna privación para nosotras. 

— ^'¡Oii! lo oreo, replicó af.'cliinsamen- 
te la princesa, sois demasiado bellas para 
necesitar esos sup'^rflijos adornos de tuca- 
dor... y vuestra alma es demasiado lier- 
m'isa para no preferir los goces de la ca- 
ridad á todos los demás placeres... 

— 1 Señora Î... 

—Vamos, señoritas', dijo la señora de 
Saint-Díiier sonriéndose y tomando un 
"tono de graciosa afabilidad; no os turbéis 
con mis alaban/.asr. Ya veis que á mi edad 
no es muy común el adular... Yo os ha- 
blo como una madre... ¿Qué digo, como 
una madre? como una abuela..,., porque 
yo tengo suficiente edad paraipoderlo ser. 

— Nosotras nos daremos por mtiy satis- 
Techas si nuestra limosna puede aliviar en 
algo á algunos de esos desgraciados para 
qu'enes la recojáis, dijo Rosa; porque esos 
padeciniientos deben ser muy terribles sin 
duda. 

—Sí, muy terribles, contestó tristemen 
te la devota; pero ioíjue coftsuela un po- 
co ? esos desgraciados es ver el interí's y 
la compasi-)n que in-^piran en todas las 
tlases de la sociedad... Yo por nii comi- 
sión de recoger las limosnas, me hallo en 
disposición de apreciar mejor que nadie 
la nobleza de tantos sentimientos genero- 
sos que, por decirlo así, tienen también 
su contagio... porque... 

— ¿Lo oís, señoritas? esclamó Dagoher 
to con aire triunfante, interrumpiendo a 
la princesa á fio de interpretar las pala- 
bras de esta en un sentid» favorable á !a 
oposición que había hecho a! deseo ma ni 
ft'<l-ïdo por Î.1S huiVf:H-.as, de ir á vi-.itíir 
á su aya enft-rma. ¿Oís lo que dice e.U3 
señora? En ciertos casos los sentimientos 



generosos llegan á ser una especie de con- 
tagio no hay cosa peor que el conta- 
gio... y... 

Kl so'dado no pudo concluir el período 
porque en a(iut^l momento entró iin pria- 
do á decirle que 'e istaSsn aguardando 
para hat)hr!e con urgencia. 

La prin e.-a ocultó perfectamente la 
aleona interior que sentía por este inci- 
dente, que no Era inesperado para elía, 
y que alijaba momentáneamente á Da- 
goberto del lado de las dos jóvi-ncs. 

Dagoberto algún tanto disgustado por 
verse obligado á salir, se levantó y dijo á 
la princesa mirándola con cierto aire de 
inteligencia : 

— Señora, os doy las gracias por vues- 
tros buenos consejos relativos al contagio; 
y os suplico que antes de marcharos di- 
gáis algunas palabras sobre eso n¡ismo ;í 
estas dos niñas. En ello haréis un "rao 
servicio á ellas mismas, á su padre v á 
mí.... Señora, vuelvo al instante, porque 
es justo que os dé otra vez las gracias. 

Y en seguida p^^ando por el lado de 
las dos hermanas, las dijo Dag-jberto en 
voz baja. 

— Escuchad con ctonoion á esía buena 
señora, hijas mias... Es lo mtjor que po- 
déis hacer, y salió saFudando rt.'-pttuosa- 
mente á la princesa. 

Cuándo se marchó Dagoberto, la de- 
vota con una voz tranquila y uo tono s! 
parecer completamente desinltresado á 
pesar de que inleriorineníe ardiera en e! 
deseo de aprovechar la momontínea au- 
sencia del soldado p^tra íjecuffir las ins- 
trucciones que a. obaba de recibir de Ko- 
din, dijo á las dos lierioanas. 

— N ) he comprendido bien las il]fimg¡í 
( a'abrasrde vúeitroanciftno amigo... ó por 
mrj r decir, yo creo t¡iie él hn ínti>r/,re- 
tado mal las ii)ias... ('liando hace un ins- 
tant»? os hahínha yo d<>! uí^neroso contagio 
que tíeoeti los sentimieu'.us generosos, c.- 



288 



«L«UB. 



taba muy lejos de confienar es« gt'tuTo.-i 
dad por la que yo iienlt» la mas prolunda 
admiración. 

— ¡Oh ! tenéis raton, sonora, djo con 
vivera U.>sa. Y asi ha sido coiiin nosoiras 
hemos cnmprondidt» vuestras es[TfSÍoin's. 

— ;Y si .«upirrai-i, siùora, nian opor- 
tunantente vienen esas e>^)resiorifS para 
nosotras! añadió IViincí niir.uido á su 
horman.i con aire de in(elij;eniia. 

— Ya e-'tdha yo st';ii:ra do (jne unos 
corazones couu» lo-: vuolrus lèiu hahian 
de comprenocr píTfectamrfite, repüró la 
devola. La generosidad y los buenos sen 
timienlos liinen sin dud.i también su con- 
tagio.... ¡í'i supierais cuantos rasgos ado- 
rables de filantropia pre>encio yo cada 
dia, y cuantos actosde valor me han con- 
movido de entu>iasmoÍ Si, si, ¡bt-ndito y 
glorificado sea el Seuür! añadió la prin- 
cesa con aire compungido. Todas las con- 
diciones, todas las clases de la sociedad 
rivalizan en celo y en caridad cristiana. 
¡ Ah! ¡si viés is en esos hospitales provi- 
sionales establecidos para tributar los pri- 
meros socorros á las personas acometidas 
por el mal, ¡qué emulación se ve en asis- 
tirlas! Pobres y ricos, jóvenes y ancianos, 
mugeres de ludas edides se apresuran á 
venir á socorrer á los enfermos, y miran 
como un favor señalado el ser admitidas 
al caritativo honor de cuidar de ani- 
mar y consolar á tantos infelices. 

— Y son sin duda personas estrañas á 
quienes esas gentes animosas manifiestan 
tan vivo interés! esclamó Rosa dirigién- 
dose á su hermana con tono de profimda 
admiración. 

— Asi es, replicó la devota. Fscuchad. 
Ayer mismo me he visto conmovida ha«- 
ta el estremo de saltárseme las Ingrimas. 
Visitaba yo uno de esos hospitales provi- 
iicnales, establecido justamente á muy 

corta distancia de esta casa á pocos 

pasoj de aqui, y me hallaba en una sala 



casi enteramente llena de mugeres des- 
gratiadas, pertenecientes á las clases deí 
pueblo, cuando de repente vi entrar áima 
^míga mia acompañada oe sus dos hijas 
j'Wenes, encantadoras y caritativas como 
vosotras; y las tres, la madre y las dos 
iiijas se pusieron como humildes siervas 
del Si-ñor á las órdenes de los médicos 
pora cuidar á aquellos desgraciados en- 
fermos. 

Las dos hermanas se dirigieron una 
mirada impos ble de definir al oir estas 
palabras de la princesa, pa'abras pérfida- 
mente calculadas para exaltar hasta el 
heroismo las generosas incünarionts de 
las jóvenes, porque Kodin no híbia olvi- 
dado la sensación profunda que les habia 
causado el saber la enferni«dad repentina 
de su aya. La comprensión rápida y pe- 
netrante del jesuita habia sacado inme- 
diatamente partido de este incidenleí y 
liabia impelido á la princesa de Saint- 
Dizicr á obrar en consecuencia de este 
descubrimiento. 

La devota fijando una mirada atenta 
en las dos huérfanas para juzgar mejor el 
efecto de sus palabras, continuó diciendo: 

— Fácilmente conoceréis que los minis- 
tros del señor son los que figuran en pri- 
mer término en el cumplimiento de esta 
misión de caridad. Ksta misma mañana 
en ese mismo establecimiento de que aca- 
bo de hablaros tan inmediato á vuestra 
casa, me he visto agradablemente admi- 
rada, asi como otras muchas personas ai 
ver á un sacerdote joven.... ¡(¡né digo I 
á un ángel... que parecia descendido del 
cielo para traer á todas aquellas desgra- 
ciadas criaturas los inefables consuelos de 
la religion.... jOli! si, este sacerdote jo- 
ven es un ser angelical Estoy segura 

de que si hubierais visto como yo en 
aquellas tristes circunstancias al sacerdo- 
te Gabriel.... 

— ¡Rl Sicerdoíe Gabriel!... esclamaroa 



ALBl/H. 

las jó-venes miríndose mi'i lúa mente con 
'Una esprcíion de sorpresa y de alo^ria. 

— ¡Quel... ¿Le conocois? preguntó la 
princesa aparentando también alguna sor- 
presa. 

— ¡Qué si le conocemos!... Señora, é\ 
nos ha salvado la vida 

— En un naufragio en que indudable- 
mente hubiératnoi perecido sin su so 
corro 

— ¿El sacerdote Gabriel ns ba salvado 
la vida? dijo la princesa de Saint- Dizier 
aparentando mayor sorpresa cada voz. 
I Cómo no sea que os equivoquéis 1... 

— ¡Olí! no, no señora. Puesto que ha 
biais de animosa abnegación y de senti- 
mientos generosos debe ser él 

— Ademas, añadió Rosa con la mayor 
ingenuidad, Gabriel es fácil de ser reco- 
nocido... Es hermoso como un arcángel... 

— Tiene los cabellos largos y rubios, 
anadió Blanca. 

— Los ojos azules y tan dulces y tan 
hermosos que no se le puede mirar sin 
enternecimiento, añadió Rosa. 

— Ya no cabe duda Es él, replicó 

la princesa, y en seguida añadió: ahora 
veo que comprendereis perfectamente la 
adoración que se le muestra y elincreible 
ardor de caridad que á todos inspira su 
ejemplo.... ¡ Ah! si !e hubierais oido esta 
mañana con que tierna admiración ha- 
blaba de esas mugeres generosas que te- 
nian eí nuble valor, decia él, de venir á 
cuidar y á consolar á otras mugeres, sus 
hermanas, en e>te asilo de dolores. ¡Ay 1 
lo confieso, el Señor nos manda que sea- 
mos humildes y modestas y sin em- 
bargo, lo confieso, al oir esta mañana al 
sacerdote Gabriel no podia librarme de 

una especie de orgullo Sí: aunque á 

pesar mió, yo lomaba una pequeña parte 
de las alabanzas que tributaba á esas mu- 
geres, que según sus espresivas palabras, 
parecía que encontraban una hermanaque- 



rida en cada una de hs pobres enít-rmas 
á cuyo lado se arrodillaban para prodi- 
garla todos sus cuidados. 

— ¿Lo oyes, hermana mia? dijo Blanra 
á Rosa con exaltación. ¡Qué orguilo debe 
dar merecer semejantes alabanzas! 

— Sí, sí, esolanió la princesa en tm ar- 
rebato calculado, esas alabanzas d«-btn 
eausar orgul'oporq'ie se tributaban á nom- 
bre de la humanidad, 5 nnnibre del Se- 
ñor Cualquiera al oirle hubiera crei.lo 

que üios era quien hablaba por su boca 
inspirada. 

— Señora, esclamú Rosa, cuyo corazón 
latia violentamente de entusiasmo al oir 
las palabras de la devota, nosotras no fe 
nemos ya madre, nuestra padre e^tá au- 
sente... vos tenéis un alma tan generosa, 
un corazón tan noble que á nadie podría - 
in >s dirigirnos m-^jor que á vos para pe- 
dir un consejo 

—iQué consejo, hija? dij i la señora de 
Saint- Dizier, con una voz insinuante; sí. 
hija mia, permitidme que os dé este nom- 
bre mas proporcionado á vuestra edad 
respecto á la mia 

— Nos será muy dulce recibir de vos 
este nombre, sen ira, replicó Blanca, y 
luego añadió: Nosotras teníamos un aya 
que nos ha manifestado constantemente 
el afecto mas tierno. Esta aya ha sido 
acometida del cólera en la noche última... 

— Dios mío, esrlainó li devola fingien- 
do el mas vivo interés. ¿Y cómo está? 

— ¡Ay señora! lo ignoramis. 

— ¡Cómo! ¿No la habéis visto todavía? 

— Señora, no nos acuséis de indiferen- 
cia ó d'' ingratitud, dijo Blanca con tris- 
teza. No es culpa nuestra si nosotras no 
hemos ido ya á verla y á cuidarla. 

— ¿Pues quién os lo impide? 

— üagoberto nuestro anciano ami- 
go, á quien acabáis de ver aquí hace un 
momenio. 

— ¡Él!... y ¿por qué se opone á que 
cumpláis con un deber de gratitud? 



^0 



• ».BÜJI. 



— ¿No es verdad , ^efiora , que niíeslro 
ideber era ir á estar al lado de nuestra 
aya? 

La señora de Saiiit-Dizier miró alfer- 
nativamente i las dos jóVt»nes . como si 
se hallara en el colmó de la admfraciun, 
y luf'go dijo: 

— ¡.Me preguntáis que si es ese vuestro 
del)er ! ¡Vosotras!... Vosotras rnyas al- 
mas son tan generosas, ¿me dirigís esa 
pregunta?... 

' — Nuestro primer pensamiento ha sido 
el de ir corriendo al lado de nuestra aya. 
Creednos , seùora; pero Uagnberto nos 
ama tanto qtie teme srempre por noso- 
tras 

— Y ademas, añadió Rosa; tni padre 
nos ha ronfiado á él; y asi es que en su 
tierna S'iliciuid por nosotras, se exagera 
á sí mismo el peligro que podríamos cor- 
rer si fuéramos á ver a nuestra aya. 

— Los escrúpulos de ese tiombre esce- 
lente son escusables segtirauíenle, dijo la 
devota; pero esos temores son, como vos 
misma decís, ex^gí'rados. Haire ya mu- 
chos duis que yo no ceso de visitar eso» 
hospitales provisionales; muchas amigas 
mias hacen lo mismo que yo, y hasta aho- 
ra no heuiossentiilo ni el toas ligero ama* 
go del mal... que por otra parte es de ad- 
vertir que no es contagioso... Esto es una 
cosa yacompletamente,deinostrada...Cün 
que a>í, tranquilizaos... 

— Haya ó no üiiya peiigro, señora» dijo 
Rosa , nuestro deber nos llama al lado de 
nuestra aya. 

— Yi» así lo creo, hija^ mias sino, 

ella Os acusarla tal vez de ingratitud, y 
aun de cobardía : y ademas; añadió la se- 
ñora de Saint -Dirier con aire beato, no 
se trata soianienle do merecer la estima- 
ción del mundo, sino (¡ne es preciso pro- 
curar merecer también la gracia del Se- 
ñor... habéis tenido la desgracia de haber 
perdido a vuestra madre, ¿no es vt'rdid? 

— ¡ Ay ! sí, señora. 



— Pi^es bien, hijas mías, aunqtie es íe 
Suponer que ella se halle en el paraíso... 
entre los justos, porque habrá muerto co- 
mo buena cristiana... ¿no es verdad? ¿Ha- 
brá recibido los sacramentos de nuestra 
santa madre iglesia? añadió la princesa 
como haciend ) un paréntesis. 

—Nosotras hemos vivido en el fondo de 
Ift Siberia. en un desierto... señora, ron- 
testo tristemente Rosa. Nuestra madre 
murió del cólera..... en las inmediaciones 
nó había Tiíngun sacerdote para asis- 
tirla... 

— ¡Seria posible! esclamó la princesa 
con una espresinn alarmada. Vuestra po- 
bre madre murió sin que la asistiera nin- 
gún ministro del Señor? 

— Mi hermana y yo estuvimos velando 
á su lado antes dí> que la enterraran, y 
rogando á Dios por ella..... de la manera 
qiie sabíamos rogar, dijo Rosa con los ojos 
bañadosde lágrimas. Y riespues Dagobet- 
10 al ri ' una hoya y allí reposa. 

— ¡ .Mi i mis queridas lujas! dijo la de- 
vota aparentando un profundo dolor. 

— ¿0"^ terteiSi señora? csclamaron las 
huérfdiias asustadas. 

— I Ay ! vuestra digna maire á pesar 
de todas sus virtudes no ha .>ubido toda- 
vía al paraíso, que es el lugar destinado á 
los justos. 

— ¿Qué decís? 

— Desgraciad.imf nle murió sin recibir 
los sacramentos, de manera que su alma 
ha quedado vaciando entre las almas del 
pilrgalorio. esperando en este estado á 
hora de la clemencia del Señor... Y esta 
libertad puede apresurarse, gracias á la 
intercesión de las oraciones que diaria- 
mente se pronuncian en las ig'esias para 
rescatar las aliñan que e>-fán píideciemla. 

La señora de Saint- Diz'er tomó un aire 
desconsiilido y de tan profundo ci nvenci* 
miento al pronunciar «-sias p ¡labras y laá 
jóvenes tenían un sitiliinicnto ülial tan 



, . . . ' A|.BUai. 

arraigado, que su candidez misma tas hi- 
zo creer los temores que la princesa ma- 
nifestaba aeerca de sti madre, y se recon- 
vinieron á SI mismas en medio de su sen- 
cillez por ital)er ignorado hasta entonces 
la particularidad del purgatorio. 

Entonces la devota viendo la esprcsion 
de dolorosa tristeza que se refl(»jaba en 
los semblantes do las dos jóvenes y que 
su sagaz hípoeresia había producido eí 
efecto que ella esperaba, dijo. 

— No debemos desesperar, hijas mías. 
Tarde ó temprano el Señor llamará á 
vuestra madre al santo paraíso. ¿Y no 
podéis vosotras mismas apresurar el mo- 
tnento de la libertad de esa madre que- 
rida? ; 

— ¿Nosotras, seiíora? ¡Oh! Hablad, 
hablad, porque vuestras palabras nos asus- 
tan por nuestra madre. 

— ¡Pobres niñas! ¡Qué interesantes 
sois ! dijo )a princisi , estrechando con 
ternura las manosde las huérfanas. Tran- 
quilizaos: si. añadió. Podéis hacer mucho 
por vuestra madre; si, vosotras mejor 
que nadie podéis obtener del Señor que 
saque del purgatorio á esa pobre alma, y 
que la haga subir á su santo paraíso. 

— ¿Nosotras, señora? ¡Dios mío!.... 
'¿Y (Je qué manera? 

—Mereciendo las bondades del Señor 
por una conducta edificante. Asi, por 
ejemplo, no podéis serle mas agradables 
de ningún modo que cumpliendo ese acto