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Full text of "El libro rojo del Putumayo, precedido de una introduccion sobre el verdadero escandalo de las atrocidades del Putumayo. Ilustrado con tres mapas .."

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a primera edición inglesa. Abril de 1913 



EL LIBRO ROJO 
DEL PUTUMAYO 



PRECEDIDO DE UNA INTRODUCCIÓN 

SOBRE EL VERDADERO ESCÁNDALO 

DE LAS ATROCIDADES DEL PUTUMAYO 




PUBLICADO EN INGLES POR 
N. THOMSON & Co. 
27, CANNON STREET, LONDON, E. C. 



EDICIÓN ESPAÑOLA DE ARBOLEDA <fi VALENCIA. BOGOl 






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EL LIBRO ROJO 
DEL PUTUMAYO 



PRECEDIDO DE UNA INTRODUCCIÓN 

SOBRE EL VERDADERO ESCÁNDALO 

DE LAS ATROCIDADES DEL PUTUMAYO 



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PUBLICADO EN INGLÉS POR 
N. THOMSON & Co. 
27, CANNON STREET, LONDON, E. C. O 



EDICIÓN ESPAÑOLA DE ARBOLEDA & VALENCIA. BOGOTÁ. 1913 



A 

D. K. 



PREFACIO 

Este pequeño volumen sirve de complemento al 
Libro Azul publicado en el pasado mes de julio: su 
contenido va seriamente encaminado a perseguir los 
fines humanitarios que no logró realizar el Libro Azul. 

Afirma Sir Roger Casement que la única esperan- 
za para los indios que sirven de víctima a los cau- 
cheros peruanos en el Putumayo está en la "clausura," 
o mejor dicho, en la suspensión de la producción de 
caucho en esas regiones por un período no menor 
de dos años. Con esto la industria cauchera podría 
establecerse sobre sólidas bases económicas, y se 
podría dar tiempo suficiente también a los indígenas 
para que emprendieran cultivos que aseguraran su 
subsistencia y para que pudieran ponerse bajo la in- 
fluencia benéfica de la civilización. " 

Llegar a ese fin es el único objeto que se propo- 
ne este pequeño libro. Colombia y el Perú se dis- 
putan las inmensas regiones del Putumayo. Una y 
otra nación han reconocido su neutralidad, mientras 
el arbitraje resuelve, definitivamente, sus cuestiones de 
límites. No hay probabilidad de que ninguno de los 
dos países presente dificultades insuperables para la 
solución arbitral de sus antiguos litigios limítrofes. 
Mientras se espera la decisión de los arbitros, podría 



VI PREFACIO 

hacerse efectiva la propuesta "clausura." Sir Edward 
Grey ha dicho en la Cámara de los Comunes que la 
cuestión de suspender la exportación del caucho de- 
bía tenerse muy en cuenta. 

La lectura de estas páginas demostrará la priori- 
dad de los derechos de Colombia. En ellas se verá 
que el territorio de Colombia ha sido usurpado por 
el Perú por la fuerza de las armas, y que se han lle- 
vado a Iquitos, como prisioneros, muchos de los co- 
lonizadores colombianos del Putumayo. Colombia po- 
dría indudablemente pedir la introducción de reformas 
efectivas como preliminar a una "clausura" de dura- 
ción razonable. 

Digna de atención es la siguiente recomendación 
hecha por Mr. Bryce, Embajador de Inglaterra en 
Washington, en carta dirigida a Sir Edward Grey 
con fecha 12 de enero de 1912: 

"Es mi creencia que este seria el momento de que el Gobierno de S. M. 
sugiriera a los Estados Unidos una línea de acción definida, tomada de 
acuerdo por los dos Gobiernos, con el fin da asegurar, una vez por 
todas, la supresión de las crueldades y de la opresión que por tanto 
tiempo han existido en el Putumayo. 

"La presión de Inglaterra y de los Estados Unidos sobre el Gobierno 
del Perú podría obligarlo no solamente a perfeccionar sus títulos en 
esa región, mediante negociaciones con Colombia o mediante el arbi- 
traje, sino también a establecer una administración correcta sobre esa 
parte de la misma región que pueda declararse peruana." 

Fácil es explicar el origen de este pequeño volu- 
men. La lectura del Libro Azul me convenció de 
que era imposible esperar reformas efectivas del Go- 
bierno peruano. Afirmaban esta convicción las res- 



PREFACIO vil 

puestas dadas a las interpelaciones hechas en la Cá- 
mara de los Comunes, así como las declaraciones 
presentadas en la investigación general. La contro- 
versia que resultó del propósito de enviar una Mi- 
sión protestante al Putumayo dio peso mayor a las 
conclusiones alcanzadas por mí. En una o dos car- 
tas dirigidas por mí, hice ver que el Perú no tenía 
derecho legal para ejercer jurisdicción en esa región, 
y que, por consiguiente, no tein'a porqué intervenir en 
el establecimiento de una Misión protestante. La sim- 
ple aseveración de un hecho, sin comprobación de 
ninguna clase, no convence a nadie. Vi claramente, 
desde el principio, la necesidad de presentar los 
hechos comprobados y en su totalidad. 

Los datos publicados en el presente volumen no 
son, en manera alguna, completos, y han sido reco- 
gidos en las fuentes de información existentes en 
este país. A ese respecto he sido muy afortunado. 
El doctor Vicente Olarte Camacho, autor de un libro 
titulado Las crueldades en el Putumayo y en el Ca- 
gueta, publicado en Bogotá en 1910, vino a Europa 
a fines del aíio pasado. Obtuve de él un ejemplar 
de su obra. El doctor Olarte Camacho es autor tam- 
bién de otro libro importante titulado Los convenios 
con el Perú. En esos libros he encontrado numero- 
sos documentos oficiales. De fuentes innumerables 
he logrado adquirir grande acopio de datos. 

Después de llegar a la decisión de publicar este 
volumen, la Comisión Parlamentaria sobre investi- 
gación de las atrocidades del Putumayo ha ilustra- 



VIII PREFACIO 

do considerablemente al público, con referencia a 
las condiciones reinantes en el Putumayo en los úl- 
timos años. Es cosa probada que los colombianos 
sufrían la misma suerte que los indígenas. El Libro 
Azul hace apenas referencia a asaltos ocasionales de 
los peruanos contra los colombianos: las declara- 
ciones de la Comisión Parlamentaria hacen conocer 
detalles que se explican ampliamente en estas pá- 
ginas, que no tienen, sin embargo, por único objeto 
sino hacer público el daño sufrido por los colom- 
bianos, de manos peruanas. Este punto de vista-no 
puede, en manera alguna, importarme. Mi tesis es 
ésta: suspendida la exportación de caucho, las atro- 
cidades cesarán automáticamente. El objeto de estas 
páginas es el de señalar la manera sencilla, natural 
y práctica de efectuar esa suspensión. Ellas van en- 
caminadas también a desvanecer la idea errónea de 
que el Putumayo es territorio peruano. 

N. T. 



CONTENIDO 

PÁGS. 

Prefacio : . v 

Mapas: Principales secciones caucheras . xi 
Regiones habitadas por las prin- 
cipales TRIBUS indígenas . . XIII 

Regiones productoras de caucho xv 

Introducción . xix 

Capítulo. 

I. La región del Putumayo ... 1 

II. Primera ocupación del Putumayo . 6 

III. El diario de un misionero ... 22 

IV. Tratamiento de los indios en Colom- 

bia 28 

V. Tratamiento de los indios en el Perú 34 

VI. Los INDIOS DEL PUTUMAYO ... 38 

VIL Historia de las atrocidades . . 42 

VIII. El informe del Juez Paredes . . 86 

IX. Las declaraciones DE Mr. Hardenburg 91 

X. Las revelaciones de Mr. Paternóster 97 

XI. Revelaciones hechas en el Parla- 

mento 101 

XII. Derechos de soberanía de Colombia 103 

XIII. Neutralidad del Putumayo . .119 

XIV. El arbitraje como única solución . 125 
Apéndice: Investigaciones de la Comisión 

Selecta 131 




Principales secciones caucheras. 




Regiones habitadas por las principales tribus indígenas. 




Regiones productoras de caucho. 



INTRODUCCIÓN 

Desde la publicación en julio pasado del Libro 
Azul británico, se ha arrojado considerable luz sobre 
la historia de las atrocidades cometidas en el Putu- 
mayo en los últimos años. Débese esto principal- 
mente a la investigación de la Comisión Parlamen- 
taria que, en los interrogatorios que ha hecho a los 
testigos, ha logrado, indirectamente, adquirir nuevos 
informes sobre puntos numerosos e importantes. Es 
uno de ellos la cuestión internacional: es decir, la 
que se refiere a los derechos territoriales de Colom- 
bia y del Perú sobre las regiones yacentes al Norte 
del Amazonas. Esta cuestión, de importancia capi- 
tal, que no puede separarse de investigación com- 
prensiva ninguna que se emprenda sobre las atroci- 
dades cometidas con los indios del Putumayo, no 
ha sido estudiada detalladamente en este país. El 
bienestar futuro de las innumerables tribus que ha- 
bitan las vastas regiones del Putumayo depende del 
arreglo definitivo de los límites entre Colombia y el 
Perú. Es pues de esperarse que estas páginas sean 
suficientemente completas para hacer aparecer con 
claridad los títulos de jurisdicción de una y otra 
república sobre el territorio en cuestión. 2 



XX INTRODUCCIÓN 

Otro punto de grandísima importancia es el que 
se refiere a las medidas adoptadas por las autorida- 
des peruanas para ganar ascendiente sobre las tribus 
que habitan esas regiones y para adquirir soberanía 
sobre el territorio y control de una industria que 
prometía grandes utilidades financieras, no solamente 
para aquellos que actualmente la explotaban, sino 
también para el Gobierno del Perú. Es esa la base 
de un grave escándalo que envuelve el buen nombre 
del Perú y que es tan deshonroso como los que más 
lo hayan sido en la historia de las naciones. En su 
informe al Foreign Office Sir Roger Casement hizo 
definidos cargos criminales contra algunos de los em- 
pleados de la Peruvian Amazon Co. La Comisión 
nombrada por la Cámara de los Comunes para in- 
vestigar las atrocidades del Putumayo averigua si 
cae alguna responsabilidad sobre los Directores de 
dicha Compañía. No se ha pretendido saber si en 
el Gobierno peruano tiene alguna responsabilidad 
el asunto. No pretendemos emitir juicio adverso 
ninguno; pero no es posible, al estudiar la cuestión 
de los límites territoriales de Colombia y el Perú y 
al recopilar los resultados de una investigación so- 
bre la historia comercial del Putumayo, descuidar o 
no tener en cuenta la parte que corresponde, en los 
crímenes del Putumayo, a la Administración perua- 
na. En otras palabras, el papel activo y el papel cu- 
riosamente pasivo representado por el Gobierno pe- 
ruano en los acontecimientos del Putumayo, desde 
los primeros años de este siglo, constituye un es- 



INTRODUCCIÓN xxi 

cándalo infinitamente más grande que aquel que de- 
riva su origen de la explotación comercial de las re- 
giones caucheras por individuos que con ello perse- 
guían ganancias puramente personales. Por una parte 
tenemos un grupo de aventureros sin escrúpulo que no 
vacilaron ante crimen ni brutalidad ninguna, con el fin 
de enriquecerse; por otra parte, una nación que, con 
pleno conocimiento de los terribles crímenes que se 
cometían, se aprovechó deliberadamente de la con- 
ducta criminal de sus ciudadanos y agentes para 
usurpar una gran porción de territorio que estaba 
en litigio, pero que estaba, también, ocupada por ciu- 
dadanos y autoridades de otra nación. 

Estas páginas demuestran que en 1907 el Gobier- 
no peruano tenía conocimiento de que la Casa de 
Arana Hermanos ejercía dominio comercial sobre la 
zona cauchera situada entre los ríos Igaraparaná y 
Caraparaná. En ese año el Ministerio de Relaciones 
Exteriores del Perú pidió a su Representante que 
diera la prueba documentada de la ocupación y po- 
sesión de la Casa Arana, con el fin de discutir los 
derechos de Colombia sobre ese territorio. En otras 
palabras, las Autoridades peruanas, en su exceso de 
celo para adquirir soberanía sobre esa región por 
medio de la decantada empresa patriótica de los ne- 
gociantes peruanos, o por los medios diferentes del 
arbitraje, no solamente han tolerado las matanzas de 
indios, sino que, con el apoyo de sus fuerzas mi- 
litares, han contribuido al despojo de los propietarios 
colombianos. Es evidente que el Gobierno peruano 



XXII INTRODUCCIÓN 

consideraba que la remota soledad de esas vastas 
selvas haría fácil el evadir las quejas que pudieran 
levantarse. Esa distancia podría hacer también inno- 
cua toda acción por parte del Gobierno de Colombia. 
Desde los tiempos de la independencia surameri- 
cana el Perú ha reconocido y admitido repetidas ve- 
ces que las vastas regiones situadas al Sur de Co- 
lombia, al Norte del Perú, al Oeste del Brasil y al 
Este del Ecuador, formaban parte del antiguo Vi- 
rreinato de la Nueva Granada, hoy Colombia. En 
1873, sin embargo, una Comisión peruano-brasileiía 
fijó un lindero situado a noventa y tres millas de la 
boca del río Putumayo: el Perú quiere hoy ejercer 
jurisdicción sobre todo el curso del Putumayo, que 
mide, según datos fidedignos, mil millas. Dos años 
más tarde el General Reyes, ex-Presidente de Co- 
lombia, estableció un servicio de vapores en el río 
Putumayo: hasta fines del siglo pasado Colombia go- 
zó posesión tranquila de las regiones discutidas. La 
ocupación peruana data del año de 1900, época en 
que los <:olomb¡anos fueron atacados y llevados a 
Iquitos, no como prisioneros de guerra sino como 
competidores comerciales de los negociantes perua- 
nos. En el año siguiente la Casa Arana Hermanos 
logró adquirir dominio completo sobre la zona cau- 
chera: los caucheros colombianos que prestaban pro- 
tección a los desventurados indios que escapaban 
de las garras de los capataces de la Peruvian Ama- 
zon Co., fueron encarcelados o asesinados. 



INTRODUCCÍON xxiii 

No puede ser más desagradable la historia de esas 
atrocidades reveladas en el Libro Azul inglés, en el 
Libro Blanco publicado recientemente por el Gobier- 
no de los Estados Unidos, en la revista inglesa Truth, 
en los periódicos de Iquitos La Sanción y La Felpa 
y en las Crueldades en el Putumayo y en el Cagueta, 
publicado en Bogotá en 1910. El Gobierno peruano 
permanece inconmovible ante los hechos relatados 
en esas publicaciones. Las representaciones hechas 
por el Foreign Office no han producido acción efec- 
tiva ninguna. Las protestas del Gobierno de Colom- 
bia han servido para animar el ardor de las auto- 
ridades peruanas en sus conquistas inicuas. La re- 
velación del tratamiento que se da a los trabajado- 
res en el Perú tiene que serle, a la larga, perjudi- 
cial, porque los capitalistas y negociantes extranje- 
ros de quienes depende en gran parte el desarrollo 
económico de las Repúblicas suramericanas se ne- 
garán a prestar apoyo a las empresas de ese país 
rehusando identificarse con una nación que ha per- 
dido todo derecho a la civilización, y que pretende, 
únicamente, aprovecharse de su influencia benéfica. 



EL LIBRO ROJO 
DEL PUTUMAYO 



CAPITULO I 

LA REGIÓN DEL PUTUMAYO 

El Putumayo es el nombre que recibe la región 
bañada por el río Putumayo y sus afluentes, y com- 
prende una extensión más grande que aquella en que 
la Casa Arana Hermanos, y posteriormente la Pem- 
viart Amazon Co., han efectuado sus operaciones 
caucheras. Esta área, comparativamente limitada, se 
confina a la región situada entre el Igaraparaná y 
Caraparaná, los dos principales afluentes del Putu- 
mayo, y se extiende desde este río hasta el Caque- 
ta. Este importante afluente del Amazonas es la lí- 
nea que divide el territorio colombiano no disputa- 
do al Norte y la vasta región del Putumayo, en liti- 
gio entre Colombia y el Perú, que se extiende por 
el Sur hasta el Amazonas y hasta el río Ñapo, su 
afluente. Mientras viene el arbitraje que defina los 
derechos respectivos de ambas Repúblicas para ejer- 
cer soberanía en esa región, su neutralidad ha sido 
declarada en cierto número de convenios firmados 



2 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

por ambas naciones durante los ocho años que ter- 
minan en IQIL La región del Putumayo abraza un 
área calculada aproximadamente en 200,000 millas cua- 
dradas. 

La zona en donde Arana Hermanos llevaron a cabo 
sus infames operaciones comerciales abraza de diez 
a doce mil millas cuadradas. En prospectos de la 
Pemvian Amazon Co. Limited se afirma ambigua- 
mente que la Compaíiía tiene derechos sobre una 
gran región conocida con el nombre del Putumayo, 
que se estima en cerca de doce mil millas cuadra- 
das; más adelante se verá que el Gobierno peruano 
se ha aprovechado hábilmente de que esa zona haya 
estado bajo el control comercial de Arana Herma- 
nos y posteriormente de la Pemvian Amazon Co. 
para reclamar y ejercer jurisdicción sobre toda la 
región del Putumayo que se extiende hasta las ca- 
beceras del río que lleva ese nombre. 

Poco se sabe del vasto territorio bañado por el 
río Putumayo. Los numerosos exploradores colom- 
bianos, misioneros, negociantes y colonos que desde 
el siglo XVI han viajado por esas regiones o en ellas 
se han establecido, no suministran datos geográfi- 
cos de importancia alguna. Gran lástima causa esto, 
porque es evidente, como lo demuestran claramente 
las desconcertantes declaraciones hechas por los tes- 
tigos interrogados por la Comisión del Putumayo 
con respecto a la Administración peruana (o mejor 
dicho a la falta de administración) en las selvas del 
Perú, que los recursos naturales de esas 200,000 mi- 



LA REGIÓN DEL PUTUMAYO 3 

Has cuadradas de territorio no podrán conocerse 
hasta cuando la jurisdicción peruana haya sioo to- 
talmente reemplazada por una administración más ci- 
vilizada y humanitaria. Debe notarse, y esto es muy 
favorable a las actividades colombianas en la ocupa- 
ción y exploración de esta región, que ningún misio- 
nero o comerciante peruano, con excepción de los 
agentes de la Casa Arana, se ha establecido en el Pu- 
tumayo. Afortunadamente para las tribus aborígenes 
esparcidas en ese territorio, los agentes del crimen no 
han traspasado la zona en donde sus patrones han 
iniciado el infame sistema de explotación cauchera. 
No se conoce la población india de la región del 
Putumayo, pero las tribus que habitan las riberas 
del río Putumayo suman, según cálculos hechos hace 
algunos años, cosa de cien mil almas. Teniendo en 
cuenta la disminución considerable efectuada por los 
asesinatos incesantes de los agentes de Arana, la ci- 
fra de población tiene que ser aún más considerable 
si a ella se añaden las tribus que habitan las regio- 
nes interiores y las riberas de los treinta o cuarenta 
pequeños afluentes del río Putumayo. La obvia sig- 
nificación de este hecho hace surgir pensamientos 
siniestros. El conocimiento perfecto de los terribles 
crímenes resultantes de la ocupación peruana de una 
parte, pequeña afortunadamente, de la región del Pu- 
tumayo, está en poder de todo el mundo: en estas 
páginas se revelará la historia de los métodos adop- 
tados por el Perú para adquirir soberanía sobre ese 
territorio. 



4 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

Es hecho reconocido que las atrocidades no han 
cesado en manera alguna y que las "posesiones" 
de Arana en el Putumayo no son un aislado "Pa- 
raíso del diablo" bajo la vigilancia peruana. En apo- 
yo de esta tesis pueden traerse las declaraciones 
presentadas por Sir Roger Casement y por Mr. Mit- 
chell a la Comisión del Putumayo, las cuales repro- 
ducimos más adelante. ¿Nos veremos obligados a 
pedir, en nombre de los derechos de la Humanidad, 
que todas las selvas de la región del Putumayo, 
que cubren una extensión veinte veces mayor que 
la de las llamadas ''posesiones" de los Aranas y 
en donde viven millares de aborígenes indefensos, 
queden por siempre bajo el yugo de los peruanos 
y de su Gobierno que, en toda la extensión de las 
tierras montañosas de esa República, no solamente 
tratan a los indios como animales salvajes sino que 
convierten a sus hijos en esclavos y a sus mujeres 
en concubinas? ¿Se permitirá que el asesinato, la 
rapiña y la tortura se extiendan de la zona central 
ocupada por agentes y empleados que gozan de la 
protección de las autoridades de Iquitos, a las más 
vastas y remotas regiones del Putumayo? Ese es el 
problema: amenos que la civilización y sus fuerzas 
sean un fraude, los hombres y las mujeres pensan- 
tes de este país no pueden dejar de aprovechar la 
oportunidad de impedir la continuación de las atro- 
cidades que se cometen sobre los pocos millares de 
indios que aún quedan en la zona dominada por los 
agentes peruanos: es preciso también impedir que 



LA REGIÓN DEL PUTUMAYO 5 

se cometan estos crímenes con los desgraciados sal- 
vajes que habitan toda la región bañada por el Pu- 
tumayo y sus afluentes. 



CAPITULO II 

PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 

La región del Putumayo atrajo, por primera vez, 
especial atención, como campo de empresas comer- 
ciales, cuando la demanda de caucho hizo que, de- 
bido al agotamiento de fuentes más accesibles, se 
emprendiera su recolección en regiones remotas. El 
Brasil, Colombia y el Perú han sido por muchos 
años los centros principales de producción de cau- 
cho silvestre en Suramérica. Los caucheros de esas 
tres Repúblicas han tenido que penetrar en regiones 
inexploradas o poco conocidas, con el fin de apo- 
derarse de ese valioso producto. Fue esa la mane- 
ra como los caucheros extendieron su esfera de ac- 
ción a regiones de acceso difícil. El transporte del 
caucho desde las lejanas colonias se hizo costoso 
y difícil y a menudo imposible. No es extraño, pues, 
que en estas circunstancias los caucheros peruanos 
y colombianos entraran en contacto directo en esas 
vastas regiones desconocidas, que quedan al Sur de 
Colombia, al Norte del Perú y al Oeste del Brasil. 
Sin embargo, fue muchos años después, cuando, se- 
gún el informe de Sir Roger Casement, "se efectuó 
la primera invasión colombiana (a principios del 80) 
a las regiones del Putumayo. Fue entonces "cuando 



PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 7 

se estableció un gran número de colonias colombia- 
nas en las riberas del Caraparaná y del Igaraparaná, y 
aun en la región situada entre este último río y el 
Caquetá, y en las cabeceras del Cahuinari. Los pri- 
meros caucheros colombianos que bajaban de las 
colonias establecidas en las tierras altas se estable- 
cieron en puntos diferentes sobre las cabeceras del 
Caraparaná y del Igaraparaná y entraron en lo que 
se llamó relaciones de comercio con esas tribus ino- 
centes." 

Durante los primeros años de la ocupación los 
colonos colombianos gozaron de posesión tranqui- 
la, porque los peruanos no entraron a aquellas re- 
giones en número apreciable sino a principios del 
siglo, y no tomaron parte en la explotación comer- 
cial de esa región sino en los últimos años del si- 
glo pasado (1). Durante los doce o catorce años que 
los caucheros colombianos permanecieron en pose- 
sión completa de la región, su administración esta- 
ba directamente en poder del Gobierno de Colom- 
bia. El primer atentado de usurpación por parte del 
Gobierno peruano se efectuó en 1900, año en que 
una lancha peruana armada en guerra subió el Pu- 
tumayo y estableció una Aduana en un punto cer- 
cano a su desembocadura, llamado Cotuhé. Cuatro 
años antes J. C. Arana había entrado en negocios 
con los colonos colombianos. En su informe al Fo- 



(l) Sir Roger Casement asegura en su informe que en 1903 "la re- 
gión estaba principalmente ocupada por caucheros colombianos." 



8 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

reign Office sir Roger Casement hace el siguiente 
relato de las circunstancias en que Arana y las au- 
toridades peruanas entraron por primera vez en con- 
tacto con los colombianos establecidos en el Putu- 
mayo: 

"A fines de 19D4 la Casa de Arana Hermanos no tenía dominio com- 
pleto sobre la región en que efectuaba sus negocios con los indios. La 
mayoría de aquellos que explotaban a los indios y obtenían caucho de 
ellos eran colombianos que habían venido al Putumayo y se habían 
establecido en diferentes lugares sobre las riberas de sus afluentes el 
Caraparaná y el Igaraparaná. Parece que en algunos casos esos colo- 
nos colombianos poseían concesiones otorgadas por su Gobierno. Como 
no era cosa fácil obtener víveres de Colombia, debido a la naturaleza 
montañosa de la región en que nace el Putumayo, y como el mercado 
del caucho quedaba río abajo, sobre el Amazonas, era más conveniente 
entrar en relaciones con los negociantes del Brasil o del Perú y obte- 
ner de ellos lo que se necesitaba que buscar víveres en Colombia, ha- 
ciendo uso de la larguísima y difícil vía de Pasto. La Casa de Arana 
Hermanos en Iquitos entró desde muy temprano en relaciones con los 
colonos colombianos, estableciendo una línea de vapores entre Iquitos 
y los dos tributarios del Putumayo arriba nombrados, proveyó a las 
necesidades de los colombianos y trasportó al mercado de Iquitos todo 
el caucho que producían. Poco a poco tales relaciones cambiaron : Ara- 
na Hermanos, de simples intermediarios se convirtieron en propietarios 
de la mayor parte de las empresas colombianas en esas regiones. El 
traspaso era hecho, en ocasiones, por compraventa, y algunas veces por 
otros medios." 

Más adelante dice el Informe: 

"Los caucheros que se establecían de esa manera tenían que apelar 
a los territorios peruanos y brasileños situados abajo del río para pro- 
veerse de víveres y de todo lo necesario, para una existencia civilizada, 
así como de las mercancías indispensables para sus tratos con los in- 
dios: era imposible dirigirse a las ciudades colombianas de donde vi- 
nieran originalmente. Era cosa comparativamente fácil llevar víveres 
de Iquitos por la vía fluvial; en esa forma, en 1896 abrieron negocios 
Arana Hermanos con los caucheros colombianos. Los tratos recíprcoos 



PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 9 

se hicieron cada dia más grandes y terminaron en la adquisición hecha 
por Arana Hermanos de la mayor parte de las empresas colombia- 
nas" (1). 

El Libro Azul demuestra claramente que la prime- 
ra ocupación del Putumayo fue efectuada por ciuda- 
danos de la República de Colombia, quienes fueron 
los primeros en explotar las riquezas caucheras de 
esa región que, como dice Sir Roger Casement, "no 
pertenecía, prácticamente, a nadie, y estaba situada 
lejos de toda autoridad y de toda influencia civili- 
zadora, figurando en los mapas de Suramérica como 
punto de litigio de tres repúblicas suramericanas." 

El Libro Azul establece además el hecho de que las 
colonias fundadas por estos caucheros colombianos 
"se adquirían unas veces por compraventa y otras 
por medios diferentes," y que un explorador francés 
llamado Eugenio Robuchon "fue contratado en 1903 
por el señor Julio C. Arana, en nombre del Gobier- 
no del Perú, para conducir una misión exploradora 
a las regiones reclamadas por la Casa Arana Her- 
manos," aunque en ese año la región "estaba ocu- 
pada principalmente por caucheros colombianos," y 
en 1904 "la Casa Arana Hermanos no tenía aún do- 



(1) Se verá más adelante que según los informes publicados por Mr. W. 
E. Hardenburg, en su libro titulado El Putumayo, que, no obstante el pre- 
cedente establecido por la Casa Arana con respecto al tratamiento cri- 
minal de los indios, no se pudo hacer cargo ninguno contra los colom- 
bianos que en la época de su visita tenían empresas en esa región. Por 
el contrario, Hardenburg claramente manifiesta que los colonos colom- 
bianos trataban a sus empleados indios caritativa y bondadosamente. El 
hecho es que los colonos colombianos sufrieron de manos peruanas el 
mismo tratamiento que los indígenas. 



10 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

minio completo sobre la región." Afirma Sir Roger 
Casement que 'Mos colombianos que furtivamente ex- 
plotaban las posesiones de la Compañía. . . . cuando 
no eran asesinados eran llevados maniatados de es- 
tación en estación, en donde se les insultaba, gol- 
peaba y abofeteaba." En otras palabras, el Libro Azul 
prueba abundantemente que la Casa de Arana Her- 
manos, y más tarde los agentes de la Pemvian Ama- 
zon Co. Limited, emprendieron expediciones arma- 
das contra los colombianos establecidos tanto en 
esa región como en el territorio de Colombia situa- 
do al Norte del Caquetá y que no está sujeto a dis- 
cusión. Es éste un punto de importancia, pues debe 
recordarse que la Pemvian Amazon Co. Limited 
era una Asociación inglesa y como tal no solamen- 
te perpetuó atrocidades sobre las tribus aboríge- 
nes que habitan territorios no disputados de Colom- 
bia, así como sobre regiones reconocidas como neutra- 
les por el Perú en los convenios por éste firmados con 
Colombia, sino que también envió fuerzas armadas 
contra los ciudadanos de Colombia en esa República 
y a regiones que, como claramente lo manifestaba el 
prospecto de la Compañía, eran punto de litigio en- 
tre Colombia y el Perú. Como el Times lo dijo im- 
placablemente al estudiar el Libro Azul en julio pa- 
sado, la Casa Arana Hermanos "despojó a los colo- 
nos colombianos haciendo uso de los métodos pri- 
mitivos de la exterminación y la conquista." Es digno 
de notarse también que el llamado territorio de la 
Compañía, tal como lo describía el Presidente de 



PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 11 

ella en la reunión anual de la Compañía, efectuada 
en diciembre de 1910, no existía, como se verá más 
adelante. 

NEGOCIANTES QUE PRECEDIERON A LOS CAUCHEROS 

El negocio de caucho en las regiones remotas y 
salvajes de la América del Sur comenzó a princi- 
pios de la penúltima década del siglo pasado; como 
lo explica Sir Roger Casement, fue entonces cuan- 
do entraron al Putumayo los primeros caucheros co- 
lombianos. No fueron ellos, sin embargo, los prime- 
ros explotadores de los recursos comerciales de esa 
región: diez años antes, en la época en que las sel- 
vas de Colombia y el Perú, debido a su riqueza na- 
tural en quina, ofrecían considerable atractivo a los 
negociantes emprendedores, gran número de colom- 
bianos invadieron la región en busca de ese pro- 
ducto que sirve de base a la fabricación de la qui- 
nina. El valor de ese artículo era entonces de diez 
chelines por onza: la explotación de las selvas, ri- 
cas en esos productos, era origen de cuantiosas for- 
tunas. 

La prueba de esa ocupación del Putumayo por 
los negociantes colombianos se encuentra en las no- 
tas escritas por un misionero francés que visitó la 
región en 1895. De ellas extractamos lo siguiente: 

"Hace veinte años, (1875), había más blancos en Mocoa que hoy: era 
la época de la cascarilla (corteza de quina). Los hermanos Reyes for- 
maron una compañía para la explotación y exportación de la quina; 

3 



12 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

durante muchos años efectuaron un activo negocio. Tres vapores su- 
bían regularmente por el Amazonas y el Putumayo hasta San José para 
recoger ese producto natural; las agencias establecidas por la Compa- 
ñía eran numerosas. La prosperidad, sin embargo, no fue larga, y to- 
das las utilidades fueron para los intermediarios. El trabajo manual era 
costoso. La Compañía no pudo sostenerse. Uno de los buques naufra- 
gó y los otros fueron vendidos." 



"Los vapores pequeños pueden entrar por el Atlántico y subir por el 
Amazonas y el Putumayo hasta San José. Era aquí donde el Prefecto 
de la Provincia de Mocoa tenía un pequeño vapor construido especial- 
mente para bajar el Putumayo y subir el Amazonas hasta Iquitos, en 
el limite con el Perú. Cuando llegué a San José (1895) el vapor había 
salido la semana anterior con el fin de recoger carga un poco más 
abajo." 

En SU libro sobre el Putumayo, Mr. W. E. Har- 
denburg, al referirse a las exploraciones del General 
Reyes en esa región, dice: 

"La Sofía era el centro de operaciones del General Reyes en la época 
en que se ocupaba en el negocio de quinas en esta región, hace muchos 
años. Era allí el centro de la navegación de vapor en el Putumayo y 
fue allí donde se perdió el vapor Tundama de propiedad de Reyes. 
Cuando Materón (colombiano) visitó aquel lugar, once meses antes, lo 
encontró todo cubierto de rastrojo y de vegetación tropical; los edifi- 
cios estaban casi completamente destruidos." 

Cuando se formó la Compañía de Reyes Herma- 
nos no había transitado aún ningún vapor el Putu- 
mayo. Esa Casa estableció el primer servicio de va- 
pores en ese río, y es digno de notarse que en nu- 
merosos puntos de su curso se encuentran lugares 
y puertos bautizados por el General Reyes: por ejem- 
plo. Puerto Sofía se llama así en recuerdo de la es- 
posa del General. 



PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 13 

Como en ese entonces no existía tratado de na- 
vegación y comercio entre Colombia y el Brasil, los 
hermanos Reyes tuvieron que obtener permiso del 
Gobierno del Brasil "para explotar un negocio de 
exportación e importación, en buques brasileños en- 
tre los puertos del Amazonas y los puertos situa- 
dos en el interior de la República de Colombia, por 
la vía del río Iza o Putumayo." El permiso fue con- 
cedido en orden firmada el 2 de septiembre de 1875 
por el Ministro'de Hacienda del Brasil. Provistos de 
este permiso o licencia, los hermanos Reyes conti- 
nuaron como dueños de la navegación en el Putu- 
mayo hasta 1884, año en que la Compañía entró en 
liquidación. 

Es digno de notarse que el establecimiento de los 
vapores de Reyes Hermanos en el Putumayo no oca- 
sionó protesta alguna por parte del Gobierno pe- 
ruano durante los nueve años en que esos señores 
tuvieron en su poder la navegación de ese río. Muy 
lejos de eso, el hecho fue que el Tundama (nom- 
brado así por una provincia de Boyacá) salió de 
¡quitos en su primer viaje con patente concedida por 
las autoridodes peruanas. Los papeles del buque in- 
dicaban claramente que se dirigía a puertos sobre 
el Putumayo, situados en territorio colombiano. No 
fue sino hasta fines de 1900 cuando salió de Iqui- 
tos la lancha de guerra Cahuapanos, que fue el pri- 
mer barco peruano que navegó el Putumayo. La 
lancha estaba adaptada para fines comerciales, pero 
llevaba a bordo una escolta militar que desembarcó 



14 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

en Cotuhé, a cosa de noventa y tres millas de la 
desembocadura del Putumayo. El Cahuapanas llevó 
por primera vez el pabellón peruano a esas aguas 
y sirvió para establecer en Cotuhé una aduana y una 
Comisaría fluvial. El Perú no dio notificación oficial 
alguna a Colombia o al Brasil de ese procedimien- 
to extraño e insólito. Circunstancia que hace más 
extraño el hecho de que dos años antes un perua- 
no llamado Raategui, acompañado de un italiano de 
apellido Catta, que se ocupaban en cauchar en las 
vecindades de Coiuhé y que querían extender el cam- 
po de sus operaciones pretendieron subir el Putu- 
mayo en la lancha peruana Tahuaya; pero como las 
autoridades brasileñas no lo permitieran, hubo de 
registrarse la barca bajo pabellón brasileño. El General 
Reyes nos envía la siguiente relación referente a la 
Compañía formada en 1875 con el fin de llevar a 
cabo operaciones de comercio en el Putumayo y sus 
afluentes: 

"En el año de 1874 exploré el Putumayo en compañía de mis herma- 
nos Enrique y Néstor, Durants diez años exploramos el Putumayo, el 
Ñapo, el Caquetá y otros afluentes del Amazonas. En el primero de 
esos rios establecimos un servicio de vapores que se llamaban Tandama, 
Apihi, Larroque y Colombia. Construímos caminos al interior de Co- 
lombia. Abolimos el tráfico d3 esclavos que se efectuaba con los indios 
en la parte inferior del río; en muchas ocasiones combatimos con los 
traficantes de esclavos, y haciéndolos prisioneros, los entregamos a las 
autoridades brasileñas para que se les juzgara y castigara. Civilizamos 
muchas tribus salvajes que en aquella época contaban más de doscien- 
tas mil almas. Mantuvimos la soberanía de Colombia sobre el Putuma- 
yo, que le pertenece hasta la frontera del Brasil, aunque actualmente 
el Perú pretende avanzar hasta la cima de las montañas y hasta las 
mismas puertas de Pasto y Quito. Ef>;ctuámos esas exploraciones con 



PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 15 

nuestro propio dinero; nos costaron más de cuarenta mil libras, sin 
apoyo ni protección de gobierno alguno." 

La obra llevada a cabo por esos negociantes co- 
lombianos en la región del Putumayo mereció elogio 
de los Representantes suramericanos en la Conferen- 
cia Panamericana reunida en Méjico en 1902. El in- 
forme de la Comisión especial nombrada para exa- 
minar la relación de los viajes del General Reyes, y 
en la cual figuraba el Delegado del Perú, manifestó 
que "los hermanos Reyes fueron los primeros en su- 
bir el río en canoas y que más tarde introdujeron 
buques de vapor, abriendo así a la civilización y al 
comercio una inmensa región en la cual se encierran 
todas las riquezas naturales." 

En 1892, algunos años después de que entrara en 
liquidación la Compañía de los hermanos Reyes en 
el Putumayo, un peruano llamado Benavides propu- 
so al Gobierno del Brasil encargarse de la concesión 
otorgada a Reyes en 1875, con el fin de efectuar ope- 
raciones de comercio entre los puertos del Amazonas 
y los del Putumayo en la República de Colombia. La 
propuesta fue aceptada por el Gobierno del Brasil, 
y, según el Decreto número 99, de 17 de octubre de 
1892, el Presidente del Brasil confirmó una resolu- 
ción del Congreso que autorizaba al Ejecutivo bra- 
sileño para contratar con Benavides el transporte de 
mercancías y el establecimiento de vapores en el 
Putumayo por un término de cinco años. El contra- 
to incluía una cláusula que liberaba de derechos de 
importación ''todos los productos naturales que vi- 



16 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

nieran de Colombia'' y que fueran llevados en bu- 
ques brasileños a los puertos de Manaos y Belén. 
A la muerte de Benavides la concesión pasó a ma- 
nos de un colombiano llamado Manuel Vélez Uribe, 
quien hizo dos viajes por vapor en 1890 y tres en 1900. 
Al efectuar su sexto viaje en 1901, Vélez Uribe, que 
estaba a bordo del remolcador Victoria, el cual iba co- 
bijado por el pabellón brasileño y remontaba el Pu- 
tumayo, recibió una descarga de las fuerzas peruanas 
acantonadas en Cotuhé. Esto sucedió el 11 de febre- 
ro de 1901, un año después del establecimiento de la 
aduana peruana en ese puerto. 

Debe recordarse la fecha de ese incidente memo- 
rable que no solamente fue la primera tentativa de- 
liberada por parte de las autoridades peruanas de 
usurpación de territorios que habían estado hasta 
entonces bajo la exclusiva jurisdicción de Colombia, 
sino que también facilitó el que Arana Hermanos 
iniciaran, bajo la administración peruana, las terribles 
atrocidades que todos conocemos. Es fácil compren- 
der que los grandes éxitos alcanzados por Vélez 
Uribe en sus empresas de comercio despertaran la 
codicia y la ambición de los traficantes de Iquitos 
entre los cuales se contaba el célebre Arana, que se 
había establecido en esa ciudad en 1898. Uno o dos 
años antes Arana había entrado en tratos con los co- 
lombianos: en 1903 quedó definitivamente establecida 
en Iquitos la infame Casa de Arana Hermanos. Queda, 
pues, demostrado que la llamada jurisdicción del Perú 
sobre las regiones del Putumayo tiene su origen en 



PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 17 

la codicia despertada en los traficantes peruanos por 
los negocios de caucho establecidos por los colonos 
colombianos. 

Ya desde el año de 1835, y en años posteriores, 
muchos negociantes colombianos de Pasto bajaron 
por el Putumayo y por el Amazonas hasta Manaos 
y Belén, ciudades en donde se entregaban a un trá- 
fico importante de zapatos, cigarros, barnices y otros 
productos manufacturados en Colombia. Esos nego- 
ciantes regresaban llevando sal, hierro, licores y otros 
productos manufacturados en el Brasil o en Europa. 

PROPUESTAS COMERCIALES DE UN INGLES 

En 1899, o sea ocho años antes de la formación 
de la Peravían Amazon Co. Limited, y en la época 
en que la Casa de Arana Hermanos entró por pri- 
mera vez en negociaciones con los caucheros co- 
lombianos, las posibilidades comerciales de esa re- 
mota región, como fuente valiosa de producción de 
caucho, fueron reconocidas por un inglés residente 
entonces en Colombia. Era éste el finado Robert 
Thomson, quien, como Director de los jardines bo- 
tánicos de Jamaica, introdujo en 1876 el caucho Para 
en esa región, y seis años después, en 1882, fundó 
la primera plantación importante de caucho en Sur- 
américa, con 60,000 árboles. Robert Thomson fue, 
pues, uno de los zapadores del cultivo del caucho. 
Fue también autor de dos documentos publicados 
por el Foreign Office en 1894 y 1895, respectiva- 



18 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

mente, sobre los recursos caucheros de Colombia. 
Thomson se proponía establecer un servicio de va- 
pores en el Putumayo, y fue una lamentable pérdi- 
da para los intereses de la humanidad que los fi- 
nancistas de Londres, a quienes se dirigió, no aten- 
dieran sus propuestas. Es digno de notarse también 
que Sir Clements Markham, el conocido explorador 
del Perú, al escribir en I895aMr. Thomson, en nombre 
de la Real Sociedad geográfica, se refería a las ca- 
beceras colombianas del Putumayo. El pasaje en 
cuestión dice así: "¿Podría usted suministrarme una 
nota sobre Colombia, tanto con referencia a las re- 
giones dignas de exploración, como aquellas que ya 
exploradas pudieran visitarse nuevamente, con ven- 
tajas para adquirir importantes datos geográficos? 
Imagino que existen regiones sobre las cabeceras 
del Japurá (o Caquetá) y el Putumayo, apenas co- 
nocidas." Debe añadirse que el Perú reclama ahora 
la soberanía sobre la región del Putumayo que se 
extiende al Norte, más allá de las cabeceras de este 
río. Así lo demuestra un mapa oficial publicado en 
Inglaterra en 1993 por orden del Ministro de Rela- 
ciones Exteriores del Perú. 

PRIMERAS EXPLORACIONES 

A fines del siglo xvi y a principios del xvii al- 
gunos Capitanes españoles y algunos misioneros je- 
suítas y franciscanos, dependientes del Gobierno de 
Popayán, en Colombia, fueron los primeros expío- 



PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 19 

radores de las regiones de Mocoa, Sucumbios y Co- 
fanes, en las cabeceras del Putumayo. Muchos de 
ellos exploraron el río. En esa época lejana los mi- 
sioneros del Virreinato de la Nueva Granada, hoy 
Colombia, establecieron el cristianismo y la instruc- 
ción religiosa en las regiones del Putumayo. 

En 1541 una expedición dirigida por Hernán Pé- 
rez de Quesada, que fue el primero en descubrir las 
regiones bañadas por el Caquetá, salió de Santa Fe 
de Bogotá; poco después Pineda y otros españoles 
de Quito exploraron las regiones bañadas por el 
Amazonas, las cuales en 1548 constituían provincias 
invariablemente dependientes de Quito. Las tierras 
situadas entre el Ñapo y el Putumayo, y entre este 
último y el Caquetá, eran conocidas con el nombre de 
Misiones de Mocoa (1) y Sucumbios, respectivamen- 
te. Esas misiones dependían políticamente de Pasto. 
En 1609 el Capitán Juan de Sosa, a la cabeza de 
unos pocos soldados y aventureros, exploró las ca- 
beceras del Putumayo haciendo de ello un curioso 
relato, que aún se conserva: en él se demuestra 
que el Gobernador de Popayán ejercía jurisdicción 
positiva en las regiones del Putumayo. La descrip- 
ción que hace de las fuentes del Putumayo merece 
citarse. Dice así : 

"El tercer río que nace en la meseta citada es el Caquetá. Corre en 
línea recta hacia el Oriente, como ochenta millas de su fuente, pasando 
cerca a la ciudad de Agreeda, en Mocoa, la cual está situada en una 



(1) En su libro Mr. Hardenburg se refiere a Mocoa como capital de 
todo el territorio del Putumayo, lo cual es indiscutible. 



20 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

zona montoñosa, al Oriente de la cordillera. El suelo de esa región 
contiene mucho oro, aunque de calidad pobre. Agreeda depende de la 
Gobernación de Popayán. Saliendo de allí atravesamos las montañas en 
direción oriental y llegamos a San Juan de Pasto, en la misma Goberna- 
ción. La distancia es como de setenta millas. Diez y seis millas antes de 
llegar a Pasto se encuentra un valle cubierto de praderas sin árboles, 
llamado Sibundoy. Tiene ocho millas de largo por cuatro de ancho, en 
cuyo extremo nacen tres ríos : el San Francisco, el San Pedro y el 
Quinchoa o Santiago. En la extremidad de ese valle, hacia el Oriente, 
se encuentran esos tres ríos, que atravesando la montaña per el orien- 
te, llegan a la llanura y reciben el nombre de Putumayo." 

En 1639 el P. Acuña hizo una interesante relación 
de un viaje por el Amazonas, que fue traducida en 
1859, por Sir Clements Markham, para la Sociedad 
Hakluyt. De ella extractamos el siguiente pasaje: 

" A diez y seis leguas de estas aldeas, por el lado del Norte, queda 
la boca del gran río Putumayo, bien conocido en la Provincia de Po- 
payán, pues antes de llegar al Amazonas recibe las aguas de otros 
treinta grandes ríos. Los habitantes del país lo llaman el Yza. El río 
baja de las cordilleras de Pasto en el Nuevo Reino de Granada, con- 
tiene mucho oro, y sus riberas, según dicen, están pobladas de infieles, 
razón por la cual los españoles que por allí bajaron hace pocos años 
tuvieron que retirarse apresuradamente." 

En nota a esta traducción Sir Clements Markham 
hace la siguiente cita de un informe del señor Vi- 
llavicencio: "El Aguarico nace en las montañas de 
Cayambe y forma el límite de las modernas Repú- 
blicas del Ecuador y Nueva Granada (Colombia). 
Es famoso por la cantidad de oro que allí se lava." 
La importancia de esta afirmación consiste en el 
hecho de que el Aguarico, según las reclamaciones 
del Perú, queda dentro de su jurisdicción, así como 



PRIMERA OCUPACIÓN DEL PUTUMAYO 21 

la zona que está en poder de la Pemvian Amazon 
Company. 

En el siglo xviii los franciscanos de Colombia 
fundaron algunas aldeas en el Putumayo, como San- 
tiago, San Pedro y Mocoa. Otros franciscanos que 
viajaban por el Fragua y el Orteguaza fundaron las 
aldeas de Tunguillo, Descanso y Simón sobre las 
riberas del Caquetá. En compañía de los frailes iban 
Oficiales del Gobierno civil de Colombia. 

En un capítulo posterior se verá que en 1873 el 
Perú puso unos linderos en Cothué, a 93 millas de 
distancia de la desembocadura del Putumayo. 



CAPITULO III 

EL DIARIO DE UN MISIONERO 

En la última parte del capítulo anterior se dice 
que hace uno o dos siglos los franciscanos colom- 
bianos establecieron el cristianismo en las regiones 
del Putumayo. Veremos ahora, en los extractos que 
reproducimos de notas hechas por un misionero fran- 
cés que visitó el Putumayo en 1895, que los colom- 
bianos habían fundado innumerables iglesias en esa 
región y que los negociantes colombianos, lejos de 
maltratar a los aborígenes, los ayudaban en el cum- 
plimiento de los ritos de la iglesia cristiana (1). Las 
notas en cuestión fueron publicadas en 1909 en un 
periódico católico francés: en la época en que fue- 
ron redactadas (1895) los colombianos estaban en 
posesión exclusiva de la región; el autor considera 
frecuentemente el territorio como colombiano. Se 
verá que las tribus aborígenes cumplían con los ri- 
tos del cristianismo. Las notas prueban los grandes 
esfuerzos hechos por Colombia para llevar el cris- 
tianismo a esas regiones. Además, la relación del 



(1) Mr. Hardsnburg confirma plenamente las afirmaciones del misio- 
nero. Como su visita ss verificó doce años después que la del misio- 
nero francés, los hachos por él relatados, y que se leerán más adelan- 
te, tienen importancia y significación. 



EL DIARIO DE UN MISIONERO 23 

sacerdote francés confirma, con abundancia de de- 
talles, la afirmación general hecha por Sir Roger 
Casement al Foreign Office al efecto de que "en 
la parte superior del Putumayo la instrucción reli- 
giosa y las prácticas cristianas aparece que fueron 
establecidas por colonos colombianos." 

Cuando comparamos las prácticas criminales de 
los peruanos con la presencia inofensiva de los ne- 
gociantes colombianos que iban acompañados y pre- 
cedidos por la Cruz, no podemos menos de lamen- 
tar los avances de la jurisdicción peruana en la re- 
gión del Putumayo. 

Publicamos a continuación los extractos de las no- 
tas del misionero francés que vivió cinco meses en 
el Putumayo; en las líneas con que concluye nuestra 
cita se verá que el autor deplora la ausencia de co- 
munidades entre los indios del Putumayo, pensa- 
miento que dice mucho en favor de la fe y confian- 
za que ese misionero tenía, después de una prolon- 
gada excursión en esas regiones, en el pueblo co- 
lombiano: 

"Pasto, cuyos habitantes pasan de 23,000, es una de las ciudades 
más grandes de Colombia. Tiene un Obispado, dos seminarios y un 
Colegio dirigido por los religiosos de San Felipe, quienes tienen también 
un convento. Al Oriente de Pasto, y después de un lago no muy dis- 
tante de allí, vive una importante tribu de indígenas llamados "La- 
gunos." 

"Al día siguiente, por la primera vez, vi a los indios de Santiago, 
que queda situado en la falda de la cordillera; esa misma tarde el Obis- 
po tuvo la bondad de visitarme en el hospital: hablamos largamente de 
los indios de esa inmensa región de su Diócesis que se llama el Orien- 
te o Caquetá y que está completamente abandonada." 



24 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

"Esa región que bañan dos graneles ríos, el Putumayo y el Caqueta, 
tributarios del Amazonas, es tan grande como Francia. Entre los nu- 
merosos indios que habitan la selva virgen hay muchos blancos. Como 
usted quiere visitar a los indios de Santiago— me dijo el Obispo— vaya 
hasta Mocoa. Con unos pocos días que usted permanezca entre esas 
buenas gentes les hará un bien inmenso. Esas palabras confirmaron mi 
resolución de emprender una misión por el Caquetá. 

"El domingo 20 de octubre llegué a Lagunos, en donde celebré la 
misa. Esos buenos indios querían cargarme de regalos: panes, maíz, 
patatas, huevos, etc. Como yo presentara dificultades por temor de au- 
mentar mi equipaje, ofrecieron acompañarme hasta Santiago, la primera 
de las aldeas que pertenece a los indios orientales. Partimos al día si- 
guiente después de la misa. Cosa de sesenta personas, buenas gentes, que 
aman al sacerdote y lo reconocen como su mejor amigo, me acompa- 
ñaron hasta Devisadero. 

"Ese encuentro con los indios en mitad del desierto es uno de mis 
recuerdos más agradables. Conversamos por mucho tiempo alrededor 
del fuego y nos acostamos después de rezar nuestro rosario. Al día si- 
guiente, amontonando mi equipaje, fabriqué un altar a cuyo alrededor 
se reunieron los indios con mucha calma. En las grandes y hermosas 
catedrales las ceremonias religiosas son muy bellas; pero esta misa, di- 
cha a unos pocos salvajes, en la inmensidad del desierto y a más de 
cuatro mil metros de altura, parecióme un espectáculo de la mayor 
majestad. 

"Continuamos nuestro viaje al través de estrechas trochas cubiertas 
de heléchos, que en Colombia suben a la altura de la rodilla. Es mara- 
villosa la vista de las selvas y del alto valle en donde nace el Putuma- 
yo. Ese valle es una inmensa cuenca, húmeda, en la cual nacen innume 
rabies arroyuelos que corren con lentitud indescriptible hasta que, jun- 
tándose, forman el gran río que se precipita al través de la montaña, tan 
pronto como abandona las llanuras. 

"Al día siguiente llegamos a Santiago. En la iglesia estaba reunida 
toda la aldea: de un lado las mujeres, de otro los hombres. Tan pronto 
como entramos, todos se postraron y dijeron en español: 'Bendito y 
alabado sea el Santísimo Sacramento del altar y María concebida sin 
pecado original.' Después de una corta oración, dirigí algunas palabras a 
esos buenos indios que a mi alrededor se agrupaban en la nave. 

" Los indios de Santiago son en su mayoría grandes y fuertes y vi- 
ven en relaciones tranquilas con los blancos, a quienes no permiten, 
sin embargo, vivir con ellos. Reconocen la autoridad de un Goberna- 



EL DIARIO DE UN MISIONERO 25 

dor a quien nombran cada año y a quien asiste un Consejo de muchos 
miembros, elegido también anualmente. 

" Hace cosa de cuarenta años los jesuítas vivían con los indios de 
Santiago ; encontré un indio que había sido compañero del último de 
esos misioneros. Desgraciadamente poco aprovecharon la instrucción 
religiosa que ellos les dieron. Actualmente sólo reciben el Sacramento 
del bautismo y el del matrimonio. Sin embargo, en Santiago, San Andrés, 
Sibundoy y Mocoa conservan los vasos sagrados y los ornamentos de 
los misioneros, así como las capillas rústicas y las pequeñas casas para 
la habitación de los sacerdotes. En el centro de todas las plazas se 
encuentra una cruz. En Santiago sale una procesión, por las calles de 
la aldea, todos los domingos, a cuya cabeza va un indio joven con una 
cruz de madera mientras que los otros cantan el rosario. Una sola co- 
munidad que allí residiera bastaría para que al cabo de dos o tres ge- 
neraciones esos indios estuvieran en posibilidad de recibir todos los 
sacramentos y de ser, como los lagunos, buenos cristianos. 

" La iglesia de Santiago es muy grande ; sus paredes son de barro 
y están rodeadas con una galería fabricada con troncos de árboles. Hay 
allí un hermoso altar y todo lo necesario para el servicio. 

"Durante la semana que estuve en Santiago los indios acudían cons- 
tantemente a la misa por la mañana, y por la tarde a la enseñanza que 
concluía con la bendición del Santísimo. Al caer la noche llegaba el 
Jefe acompañado de todos sus sirvientes. 

"En alguna ocasión bauticé hasta treinta en la sacristía: el mayor 
de esos niños tendría tres años. Que lástima no haber podido regresar 
o permanecer más tiempo! Un mes habría bastado para enseñar a esos 
niños todo lo necesario para la primera comunión. Cosechas más abun- 
dantes obtuve en otro campo: por la tarde efectuaba gran número de 
matrimonios. Era cosa sumamente difícil hacer las investigaciones ne- 
cesarias, puesto que los apellidos de la aldea se reducían a cinco o 
seis. Los cónyuges, sin embargo, no tenían nunca parentesco prohibi- 
tivo: al menos así lo aseguraban. 

"San Andrés del Putumayo queda situado sobre la fuente de ese 
gran río y está a menor distancia que Santiago del primitivo lago de 
Coucha. Hay quienes suponen que esta pequeña tribu es todo lo que 
queda de la desaparecida de los sucumbís, que emigraron o huyeron 
de allí perseguidos por enemigos que les hacían la guerra. La opinión 
común, sin embargo, es la de que los putumayos pertenecen absoluta- 
mente a la misma tribu que el pueblo de Santiago, cuyo lenguaje ha- 



26 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

blan, usando las mismas costumbres y vestidos. Su iglesia es casi igual 
a la de Santiago. Tres días después decidí emprender viaje a Sibundoy. 

"La aldea de Sibundoy contiene una considerable población blanca. 
Hay allí dos escuelas, una para indígenas y otra para blancos. Además 
del Jefe, a quien reconocen los indios, hay un Alcalde para los blancos 
nombrado por el Gobierno de Colombia. En seguida visité a Mocoa. 

"Mocoa consiste en una gran plaza en cuyo centro hay una cruz. 
Las casas son todas de guadua, y de la plaza salen dos calles. En el 
centro está la casa cural, y a la derecha la iglesia, que es espaciosa pero 
menos adornada que la de Santiago. 

"Después de dos días de viaje saliendo de Mocoa, llegamos a Gui- 
neo, En la cumbre de una pequeña colina los indios han edificado su 
capilla, cortando los árboles en una extensión de quinientos o seiscientos 
metros, alrededor. La capilla está en el centro; en uno de los extremos 
el cementerio y en el otro el convento. 

"Después de permanecer tres días en San Vicente, nos embarcamos en 
una canoa en el Putumayo, que es en aquel punto excesivamente rápido. 
Al cabo de un día de viaje llegamos a San Diego. Los indios de San 
Diego y de San José no pertenecen a la misma tribu que los mocoas. 
Los del Putumayo forman una tribu separada: usan el cabello corto, se 
arrancan las cejas y pestañas y llevan generalmente pantalones. Ador- 
nan sus cabezas con gorras formadas de hermosas plumas de loro o de 
guacamayo; llevan también algunas veces tocas de brillantes plumas. 
Atraviesan sus narices y orejas con el fin de poner en ellas varillas pe- 
queñas o plumas y alas de insectos. Juntando cocos pequeños o semillas, 
hacen cinturones. Finalmente, usan collares de jaguar o de mono, etc. 
Sus armas son lanzas con puntas de hierro o de guadua, con las cua- 
les no vacilan en atacar a los jaguares. Intrépidos, valientes, activos 
e inteligentes, son grandes cazadores y pescadores. Las mujeres son 
activas: además del trabajo de la casa y del sembrado, tienen gran ha- 
bilidad en la fabricación da hamacas y de loza, sobre cuyo fondo, de un 
rojo obscuro, se destacan claramente blancos dibujos. El interior de la 
toza es de un negro brillante y permanente. Los indios conocen algu- 
nas palabras españolas dal Padrenuestro y del Avemaria. Los misio- 
neros vivieron entre ellos hace cosa de sesenta años. Desde entonces 
han sido visitados raras veces, y es de admirar que hayan logrado pre- 
servar lo poco que saben. Generalmente hacen bautizar a sus hijos por 
los negociantes y sacerdotes que por allí pasan. Poco después me em- 
barqué para San José. 



EL DIARIO DE UN MISIONERO 27 



"San José, como San Diego, queda sobre la ribera izquierda del Pu- 
tumayo, que es allí ancho y majestuoso. En San José se nos esperaba, 
y los indios hicieron a nuestra llegada grandes manifestaciones de gozo. 
Bauticé niños y bendije muchos matrimonios. Recordé a esos pobres 
indios el Padrenuestro y el Avemaria, que ya habían casi olvidado. En 
la mañana del 12 de diciembre celebré la misa en la vasta ramada que 
servía de capilla. 

"Deseaba viajar aún más por esas encantadoras riberas del Putuma- 
yo, cuyo clima, aunque ardiente, es sano. Esa fértil tierra podría ali- 
mentar poblaciones numerosas. Sus aguas son abundantes y su riqueza 
extraordinaria. Como el Putumayo tiene sobre el Caquetá la ventaja de 
ser navegable, los transportes serían fáciles. La construcción de ferro- 
carriles en aquellas vastas regiones sería juego de niños. Es de lamen- 
tar que no se establezcan con esos benévolos indios comunicaciones que 
faciliten la evangelización de los numerosos infieles que pueblan los va- 
lles del Putumayo. el Caquetá y el Ñapo, regiones más abandonadas 
hoy, desde el punto de vista religioso, que el mismo centro de África!" 



CAPITULO IV 

TRATAMIENTO DE LOS INDIOS EN COLOMBIA 

En las Repúblicas suramericanas las tribus abo- 
rígenes, medianamente civilizadas, así como aquellas 
completamente salvajes, reciben tratamiento muy di- 
verso de manos de las autoridades y de los ciuda- 
danos. Es éste un hecho que no se debe perder de 
vista, porque la ignorancia general que prevalece 
sobre este punto hace que se apliquen las condicio- 
nes conocidas que rigen en una República a las de 
la nación vecina. El Perú está hoy deshonrado ante 
el mundo civilizado. Es, por consiguiente, de la ma- 
yor importancia hacer diferencia entre los métodos 
(o ausencia de métodos) usados por el Perú en sus 
tratos con las tribus y los métodos adoptados por 
otra nación que posee también gran número de abo- 
rígenes. Tanto Colombia como el Perú tienen gran- 
des selvas y tribus innumerables de indios, entre 
los cuales se encuentran salvajes feroces y hombres 
perfectamente civilizados. El autor posee algún co- 
nocimiento personal de Colombia, y tiene también 
medios suficientes para adquirir toda clase de da- 
tos imparciales respecto de las condiciones econó- 
micas de esa República. Con tan ventajosos me- 



TRATO DE LOS INDIOS EN COLOMBIA 29 

dios de información, puede asegurar sin vacilación y 
con el mayor énfasis posible que, en proporción a sus 
recursos financieros, ningún país del mundo ejerce su 
poder con mayor eficacia en el sentido de mejorar las 
condiciones de las tribus aborígenes, dentro de su ju- 
risdicción, que la República de Colombia. Debe recor- 
darse también que, debido a su extensión, a la natu- 
raleza montañosa de su suelo y a la falta completa 
de ferrocarriles, no hay país del mundo en donde 
las comunicaciones sean más difíciles. A pesar de 
tan grandes desventajas naturales, los esfuerzos de 
Colombia para llevar la civilización a sus razas in- 
feriores, han tenido resultados benéficos y prácticos. 
Grandes regiones de Colombia, con el nombre de 
Territorios nacionales, están reservados exclusiva- 
mente para la población india. Se han fundado allí 
muchísimas escuelas para la educación de los abo- 
rígenes. En toda la extensión de la República en- 
cuéntranse misiones y misioneros, y el Gobierno no 
ahorra esfuerzos para ver de llevar las ventajas de 
la civilización a esos seres que por vivir en las pro- 
fundidades de la selva quedan fuera de su influen- 
cia benéfica. Hace pocas semanas supo el autor, por 
un inglés que ha viajado por muchos años en Co- 
lombia y que formó parte como misionero de la 
expedición formada para buscar a Livingston en el 
África central, que, en su. opinión, el Gobierno de 
Colombia llevaba su celo por los aborígenes hasta 
un extremo ridículo. El inglés atribuía esto a que 
en alguna época se había decidido que el Gobierno 



30 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

prestara especial protección a los indios, y que esto 
no solamente formaba parte del sistema constitucio- 
nal de gobierno, sino que se había convertido en 
verdadera pesadilla de la Administración de Bogo- 
tá. Sea de ello lo que fuere, es digno de tener- 
se en cuenta el hecho de que la suma votada an- 
tiguamente por el Congreso para los indios, que era 
de 6,000 libras esterlinas, ha sido aumentada última- 
mente a 20,000 libras. 

Mr. F. A. Simons, subdito inglés que vive en Co- 
lombia desde 1882, nos envía la siguiente relación 
sobre el conocimiento personal que de los indios 
tiene y sobre el tratamiento que les dan las autori- 
dades: 

"Colombia, al contrario de la mayor parte de las Repúblicas sur- 
americanas, ha mostrado invariablemente interés profundo y benévolo 
por los indios que están bajo su jurisdicción. Las leyes del país pres- 
tan mayor protección a los indios que a los mismos blancos. En 1882 
el Gobierno de Colombia me comisionó para que levantara el mapa del 
Estado del Magdalena y para que rindiera un informe sobre el terri- 
torio nacional de la Goajira. Permanecí seis meses en la Goajira, en 
donde habitan veinte o veinticinco mil indios que, en esa época, no 
habían sido completamente subyugados. Vivían sí en relaciones amis- 
tosas con los colombianos, y el Gobierno había gastado grandes su- 
mas con el propósito de civilizarlos. Habíanse enviado innumerables 
Oficiales colombianos con el fin de llevar a los indígenas influencias 
civilizadoras, pero era muy poco lo que se había logrado. La Sierra 
Nevada de Santa Marta está habitada por los indios arhuacos, que es- 
tán civilizados y cuyos hijos aprenden a leer y a escribir. En muchas 
ocasiones se me invitó a los exámenes de las escuelas, y me sorprendió 
notablemente la inteligencia de los jóvenes indios. Cuando visité a San 
Sebastián, el viejo maestro de escuela me invitó a la inspección anual 
de la escuela de indígenas. Permanecí allí durante un día, que fue muy 
agradable. Todos sabían leer muy bien, aunque repetían como loros la 



TRATO DE LOS INDIOS EN COLOMBIA 31 

materia aprendida. Vi un indiecito que leía rápidamente : al mirarlo 
por encima del hombro pude convencerme, sin embargo, de que tenia 
el libro al revés. Evidentemente su memoria era mejor que su lectura. 

"La enseñanza toda se hace en español y comprende escritura, lec- 
tura y rudimentos de aritmética. Los colombianos se jactan de que en 
la nación no hay un solo hombre, mujer o niño que no sepa leer o es- 
cribir. El Gabinete comprende siempre un Ministro de Instrucción pú- 
blica que gasta en escuelas anualmente una suma enorme, la cual, si 
se tienen en cuenta las finanzas del pais, está perfectamente justificada. 

"Existe otro pequeño grupo de indios llamados chimilas que habi- 
tan las faldas inferiores de la Nevada, pero cuyo número no creo pase 
de quinientos. Son casi salvajes y carecen en absoluto de educación, 
pero cuando entran en contacto con los colombianos son benévolos. Se 
les trata siempre muy bien. 

"Los motilones habitan el contrafuerte oriental de los Andes en la 
región del Golfo de Maracaibo: han sido siempre fuente de grandes in- 
quietudes para la nación. Como durante la dominación española se les 
tratara muy mal, no ha sido posible a los colombianos entrar en rela- 
ciones con ellos. Repetidas veces se han enviado comisiones con el fin 
de entablar comunicación con esos indios, pero no se ha logrado éxito 
en ello, debido al antiguo resentimiento. Muchas veces se han captura- 
do niños con el objeto de enseñarles el español y devolverlos a las tri- 
bus. El Gobierno de Colombia tiene grandes deseos de entrar en comu- 
nicación con esas tribus, con el fin de civilizarlas. El fracaso de los co- 
lombianos es tanto más extraordinario cuanto que los venezolanos de 
Maracaibo han tenido a grandes intervalos relaciones de comercio con 
los indios. Por esta razón indiqué al Gobierno de Colombia que en- 
viara comisiones en busca de los indios por el lado de Venezuela. Por 
lo que pude saber, el resentimiento se originó en Villanueva, ciudad si- 
tuada sobre la falda septentrional de la Sierra negra. Los indios fueron 
invitados alli a una fiesta, y se les hizo entrar, por medio de engaños, a 
una granja, a la cual se prendió fuego, haciendo perecer entre las 
llamas trescientos hombres con sus mujeres y sus niños. Esto indica 
claramente que existían relaciones de comercio y que, a causa tal vez 
del asesinato de algunos negociantes, los españoles se vengaron de esa 
manera. Sea como fuere, desde esa época los indios hacen la guerra a 
los colombianos. Las ciudades colombianas en el valle del Cesar, tales 
como Becerrill, Jobo, Palmira y Espiritusanto, están en perpetuo esta- 
do de sitio. Los colombianos que viajan por aquellas regiones tienen 



32 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

que hacerlo en compañía para defenderse de las emboscadas de los 
indios. 

"Hace dos años viajé con el jefe principal de los indios de San Blas, 
quien había ido a Bogotá a ofrecer sus servicios y los de su tribu al 
Gobierno de Colombia con el fin de rescatar a Panamá. Los indios de 
San Blas son muy belicosos y viven en las montañas que separan el 
Atrato del Istmo. Son medianamente civilizados, tienen leyes propias 
y obedecen a sus jefes, pero aman a los colombianos. 

"Los indios de las regiones superiores del Opón y del Sogamoso 
viven en estado absolutamente salvaje: no obstante, los colombianos 
han logrado entrar en tratos con ellos. El Gobierno de Colombia es muy 
estricto, no permite represalias y prohibe allí la venta de bebidas alco- 
hólicas. En el caso de la muerte violenta de un colombiano o de un in- 
dio, se envían invariablemente comisiones que investiguen el asunto. 

"Los indios que habitan la región situada entre el Putumayo y los 
grandes ríos que desembocan en el Orinoco y en el Amazonas, forman 
parte de otro territorio nacional. Se les gobierna directamente desde 
Bogotá. El Territorio Nacional es independiente del Gobierno nacional, 
pero sus empleados son nombrados en Bogotá, y consisten generalmente 
de un Prefecto y su Secretario, quienes nombran los diferentes comi- 
sarios de las aldeas y distritos. La religión es absolutamente libre en 
Colombia." 

La siguiente relación suplementaria de un inglés 
que vivió muchos años en Colombia y que dirigió 
muchas expediciones en diferentes partes de la Re- 
pública, suministra pruebas evidentes sobre las me- 
didas tomadas por el Gobierno de Colombia para 
defender los intereses y promover el bienestar de los 
indios en toda la nación: 

"He vivido dos años en Colombia, y en ese espacio de tiempo he 
viajado extensamente por todo el país, inclusas las regiones de Tierra 
Adentro y del río Meta, y puedo decir que en todas partes encontré a 
los indios salvajes viviendo en paz, felices y contentos. En muchos dis- 
tritos el Gobierno ha establecido escuelas, y en todas partes se encuen- 
tran misiones religiosas sostenidas con fondos del Estado. Los aborí- 
genes se ocupan en agricultura y minería, siendo además grandes ca- 



TRATO DE LOS INDIOS EN COLOMBIA 33 

zadores y pescadores. El Gobierno ejerce sobre ellos autoridad pater- 
nal y hace todo lo que está a su alcance para promover su bienestar. 
Una legislación especial exige que se dé buen trato a los indios. Jamás 
he oído decir que se les trate mal. 

"En las regiones pobladas de la nación existen territorios para los 
indios civilizados, quienes visten lo mismo que los ciudadanos colom- 
bianos, hablan solamente español y gozan de muchas garantías por 
parte del Gobierno. Esos indios son en su mayor parte ciudadanos pa- 
cíficos y trabajadores que gozan de derechos iguales a los de las gen- 
tes de origen español. Ortega y Cozaima son ejemplo de esos territo- 
rios. Colombia se ha manifestado eminentemente bondadosa en la ma- 
nera como trata a los indios." 

En. las mismas páginas se encontrará la prueba de 
que los colombianos tratan con humanidad a los in- 
dios del Putumayo. Sir Roger Casement registra el 
hecho de que los indios huían de los peruanos en 
busca de colombianos que los protegieran. Es cosa 
sabida que un considerable número de aborigénes 
atravesó el Caquetá en dirección a territorio reco- 
nocidamente colombiano. Sir Roger Casement hace 
referencia en su informe a las invasiones efectuadas 
más allá del Caquetá con el fin de apresar a los in- 
felices salvajes que habían huido de la persecución 
peruana. Hoy mismo los periódicos de Lima dan pú- 
blica cuenta de los grandes preparativos hechos por 
los agentes de Arana en el Putumayo para reclutar 
trabajadores en las exhaustas regiones situadas al 
Norte del Caquetá. 



CAPITULO V 

TRATAMIENTO DE LOS INDIOS EN EL PERÚ 

En las páginas anteriores nos hemos preguntado 
si, al agotarse los recursos de la civilización, se 
permitirá en lo porvenir que el Perú maneje los des- 
tinos de las hordas de tribus salvajes esparcidas en 
las vastas regiones bailadas por el Putumayo. Se 
contestará inconscientemente que las naciones ex- 
tranjeras no tienen facultad ni derecho para inter- 
venir en los negocios internos de esa República. 
Puede que esto parezca como argumento final: si 
ese fuera el caso, preciso sería confesar que habían 
llegado a un término fatal los recursos de la diplo- 
macia. Algún conocimiento reflexivo del asunto hace 
ver claramente al autor que la diplomacia tiene aún 
en sus manos armas efectivas. El Perú ha recono- 
cido y declarado que el Putumayo es un territorio 
neutral: como tal, no tiene sobre él derecho esta- 
blecido para ejercer jurisdicción. Colombia está dis- 
puesta a someter al arbitraje la cuestión de sobera- 
nía, y el Perú ha expresado también el deseo de so- 
meter su litigio con Colombia a la decisión de un 
tribunal independiente. Hé ahí la puerta abierta por 
donde puede entrar la diplomacia, en representación 
de la civilización, para que ponga fin al crimen cons- 
tante y a la brutalidad sistemática. 



TRATO DE LOS INDIOS EN EL PERÚ 35 

En nombre de la civilización pretende el Perú que 
ha hecho uso de esa puerta introduciendo reformas 
importantes. En otras palabras, llevadas al último 
extremo, las autoridades han lanzado más de dos- 
cientas órdenes de arresto contra gentes criminales 
de la Peruvian Amazon Co., y, según se asegura, 
contra el mismo Arana. No es esto; naturalmente, 
otra cosa que una maniobra inteligente para enga- 
ñar a la civilización, porque el Perú es absoluta- 
mente incapaz de efectuar reformas en esa región. 
Este hecho evidente lo prueban las declaraciones del 
doctor Paredes, quien, como Comisionado nombra- 
do por el Gobierno peruano para efectuar las refor- 
mas en el Putumayo, dice en su informe rendido 
en julio pasado "que entre la mayoría de los pe- 
ruanos no se considera en el Putumayo el asesi- 
nato como crimen." Sir Roger Casement confirma la 
aceptación general de esa idea en el Perú. Según 
las declaraciones de este testigo ante la Comisión 
Selecta (1), el Putumayo no se diferencia esencial- 
mente de otras regiones en que ejerce jurisdicción 
el Perú ; alH es común, en todas partes, el sistema 
de trabajo forzoso ; dondequiera que se encuentran 
aborígenes en estado salvaje o semicivilizado se efec- 
túa corrientemente la trata de indios ;■ los peruanos 
no consideran como delito punible el asesinato de 
los indios en la selva. En apoyo de sus informacio- 



(I) Las declaraciones de Sir Roger Casement sobre el particular se 
encontrarán en el Apéndice, el cual contiene un extracto de parte de 
las declaraciones presentadas a la Comisión. 



36 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

nes, Sir Roger Casement presentó a la Comisión 
gran número de periódicos peruanos y de declara- 
ciones que demuestran que los métodos usados por 
los peruanos con los indios despoblaban el pais, y 
que en muchas ocasiones los representantes de la 
Iglesia católica han protestado contra esos métodos. 
y han solicitado suscripciones de fondos con el fin 
de suprimir la trata de indios. 

El Gobierno ha prometido emprender reformas 
profundas en el territorio del Putumayo. ¿Se han 
efectuado esas reformas ? ¿ Es posible que se efec- 
túen alguna vez? ¿Las condiciones que rigen en el 
territorio peruano indican que la civilización perua- 
na haya llegado a una altura que permita la reali- 
zación de esas reformas? ¿El hecho de que esa re- 
gión esté en litigio entre el Perú y Colombia per- 
mite suponer que el Perú haga el más pequeño es- 
fuerzo para introducir las reformas necesarias ? La 
respuesta a estas preguntas es vital para el futuro 
bienestar de los indios del Putumayo, y debe darse 
antes de que cese la influencia inquietante que ha 
tenido entre nosotros la publicación del Libro Azul. 
El Gobierno peruano, como lo probaremos, no pue- 
de pretender ignorar los crímenes brutales cometi- 
dos en el Putumayo en su nombre y desde princi- 
pios de este siglo. 

Como nueva prueba de la inutilidad absoluta de 
esperar que el Perú efectúe reformas en el territorio 
del Putumayo, estamos autorizados para reproducir 
los siguientes párrafos de cartas publicadas en el 



TRATO DE LOS INDIOS EN EL PERÚ 37 

Times y en el Manchester Guardian por el Tenien- 
te Coronel Fawcett, R. A., distinguido Oficial inglés 
que ha viajado extensamente por el Perú: 

"Ahora que las atrocidades del Putumayo han llamado la atención 
pública sobre el tráfico cauchero de los peruanos, me atrevo a sugerir 
que la investigación se haga extensiva a todas las selvas del Perú: las 
condiciones que hoy dominan la industria cauchera hacen pensar que 
los escándalos no se confinan solamente a las regiones conocidas y ac- 
cesibles del Amazonas y sus afluentes. Además de las tribus del Putu- 
mayo hay muchas otras sometidas a la esclavitud, y aunque muchos 
peruanos inteligentes miran esos escándalos con horror, la nación, como 
comunidad, estima demasiado la floreciente industria cauchera y no se 
preocupa por los métodos que aseguren el éxito de esa empresa. 

"Es obvio que la inmunidad y las grandes ganancias pueden tentar 
a propietarios o agentes avaros a emprender una explotación barata de 
las riquezas caucheras haciendo uso de los indios salvajes hasta el 
punto de obligarlos a trabajar gratis y a matarlos de hambre. No existe 
allí inspección gubernamental ninguna, ni creo que ella pudiera ser efec- 
tiva. Además, no creo que haya un solo oficial del Perú que no tenga 
la convicción sincera de que los indios sólo sirven para ser esclavos o 
para ser fusilados. Tal ha sido la política tradicional. El conocimiento que 
tengo de muchas tribus me hace opinar que el mejor método de tratar a 
los indios es el de dejarlos en territorios propios en donde puedan gozar 
de protección efectiva. 

"Por qué da el Perú este ejemplo único de barbarie? El Brasil está 
libre de tales horrores. En Bolivia no hay idea de ellos. El reciente e 
interesante relato que Mr. Lange hace de sus expediciones en el Ama- 
zonas superior demuestra que es el peruano quien, a causa de su per- 
petua hostilidad hacia los indios, se ha captado su odio. En la altipla- 
nicie del Perú se venden los indios salvajes como semovientes de las 
haciendas; en el Perú despiertan todavía entusiasmo las corridas de 
toros, en tanto que otras repúblicas las han suprimido por salvajes; en 
el Perú no causa escándalo la industria atroz de desollar las cabras vi- 
vas para fabricar vino. ¿Qué le pasa a ese país? Las clases superiores 
sufren de la inevitable atrofia moral de una raza híbrida nacida y edu- 
cada sobre el nivel del mar, cerca al Ecuador. Las nueve décimas par- 
tes del país son un desierto. Las minas del viejo Perú han sido vencidas 
por las de Bolivia, el Ecuador y Colombia. No es éste el Perú del si- 
glo XVI. 



CAPITULO VI 

LOS INDIOS DEL PUTUMAYO 

Se ha dicho que la región sobre la cual la Re- 
pública del Perú ejerce dominio ilegal se limita a 
un área de tierra comparativamente pequeíia y que 
no es posible pensar sin graves temores y grandes 
inquietudes en la explotación que en lo futuro ha- 
gan los peruanos de las tribus indias que habitan 
las vastas regiones situadas entre el Ñapo y el Ca- 
quetá. Poco se sabe de las tribus que habitan esas 
grandes soledades, adonde rara vez llega el blan- 
co. Conócense, sin embargo, algunos detalles sobre 
los indígenas que habitan las "posesiones" de Arana; 
como lo vimos en un capítulo anterior, un misione- 
ro francés relata hechos interesantes referentes a los 
aborígenes que habitan las regiones superiores del 
Putumayo. 

El relato hecho por Eugenio Robuchon, explora- 
rador francés que visitó las "posesiones" de Arana en 
1904, por cuenta del Gobierno peruano, pero con 
dinero de la Casa Arana, contiene detalles intere- 
santes. Sin embargo, como ese relato fue publicado 
por el Gobierno peruano y editado bajo la direc- 
ción de un empleado del Ministerio de Relaciones 
Exteriores del Perú, no sabemos hasta qué punto 



LOS INDIOS DEL PUTUMAYO 39 

sea correcta la reproducción de las notas de Robu- 
chon. El explorador asegura, por ejemplo, que los 
indios hüitotos son caníbales, en tanto que el doc- 
tor Paredes, Delegado nombrado por el Perú para 
hacer una investigación sobre las atrocidades del 
Putumayo, niega el hecho enfáticamente. A ese res- 
pecto, dice el doctor Paredes en su informe: 

"Esas humildes gentes a quienes se ha prohibido el uso de sus ar- 
mas primitivas son nobles, generosas y desinteresadas, no obstante el 
hecho de que sus verdugos, con el fin de atenuar sus crímenes, los re- 
presentan como depravados y caníbales. Me fue imposible, a pesar de 
una investigación cuidadosísima, descubrir un solo caso de canibalis- 
mo. Los que digan lo contrario son culpables de falsedad voluntaria." 

Esto contradice directamente lo dicho por Robu- 
chon y confirma las notas del misionero francés a 
que arriba se hizo referencia. Robuchon desapare- 
ció misteriosamente en 1905. El primer capítulo de 
su libro, que fue publicado en 1907 por el Gobier- 
no del Perú, y cuyo contenido fue reproducido un año 
más tarde en la colección de documentos oficiales 
referentes a Loreto, se titula Entre los indios caní- 
bales. Refiriéndose a los indios hüitotos, dice Ro- 
buchon : 

" Los hüitotos tienen piel cobriza, y su cabello largo y abundante es 
negro y liso. Se cortan o arrancan las cejas y pestañas. Según la tribu 
a que pertenezcan, los hombres se mutilan los labios o las narices. 
Los del Igaraparaná superior se perforan la nariz, atravesando en ella 
un pequeño tubo de junco que adornan con plumas de colores. En el 
labio inferior insertan un clavo de metal. Casi todos tienen perforado 
el lóbulo de la oreja, que adornan con grandes pedazos de madera in- 
crustados de concha. 



40 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

'\Los huitotos usan como armas cerbatanas de dos metros de largo, 
con las cuales lanzan pequeñas saetas de veinticinco centímetros de 
longitud, inocentes en apariencia pero envenenadas con curare, y cuya 
herida produce la muerte en menos de un minuto. Usan también saetas 
envenenadas llamadas morucos, que tienen una longitud de un metro 
y ochenta centímetros y son llevadas en carcajs de bambú que contie- 
nen a la vez ocho o diez de ellas. Los indios las arrojan a una distan- 
cia de veinte metros, y hacen uso de ellas con gran destreza en la caza 
y en la guerra. Las macanas o mazos de madera durísima que seme- 
jan una grande espada son su arma guerrera. 

" Los huitotos no tienen religión propiamente dicha. Creen, sin em- 
bargo, en un ser superior, a quien llaman Usinamú; en un ser inferior, 
Taifeno, a quien consideran como espíritu del mal. Creen en la inmor- 
talidad del alma y en una vida futura. Rinden homenaje al sol bajo el 
nombre de Itoma, y a la luna bajo el nombre de Fuei. Queman a los 
muertos envolviéndolos en una hamaca nueva con todas sus propieda- 
des. No usan ceremonias nupciales. El futuro novio visita la casa en 
donde vive la mujer de su elección; cava un hoyo; corta leña en el bos- 
que de su futuro suegro, y obsequia al jefe con un saco de cacao o de 
tabaco. Dos semanas después se le entrega la mujer que ha pedido en 
esa forma. Allí no existe la poligamia. Es muy raro el jefe que tiene 
dos esposas. 

"El vestido de los huitotos consiste en un cinturón de fibra de lian- 
chama, la cual, una vez triturada, lavada y secada, forma un material 
semejante al paño. Se le corta y se usa envuelta en la cintura y anu- 
dada por delante. Los hombres acostumbran envolverse los brazos fuerte- 
mente. Lo mismo hacen las mujeres con las piernas. 

"En las danzas y ceremonias que se efectúan anualmente los indios 
se pintan el cuerpo con dibujos complicadísimos. No hay espectáculo 
más pintoresco que el que presentan los hombres y las mujeres ador- 
nados con coronas de plumas vistosas, con collares de dientes huma- 
nos y con campanillas que resuenan en sus cinturas y rodillas. Danzan 
con ritmo uniforme, marcando el compás con el pie derecho y cantan- 
tando a la vez y en coro un himno festivo. Esa música extraña va 
acompañada por golpes acompasados en la mangada. Las danzas ter- 
minan generalmente con una orgía canibalesca acompañada de ritos y 
ceremonias religiosas." 



LOS INDIOS DEL PUTUMAYO 41 

No tratamos en el presente volumen de los terri- 
bles crímenes cometidos con los indios del Putuma- 
yo. Del tráfico de esclavos que se efectúa en esa 
región podemos citar lo que nos comunica un co- 
rresponsal que dice que ha visto los papeles de los 
caucheros, en los cuales se menciona la trata de in- 
dios como un negocio lícito. Los documentos refe- 
rentes a ese negocio son apenas legibles a causa 
de los innumerables traspasos y endosos de propie- 
dad de esclavos transcritos en ellos. A ese respec- 
to merece mencionarse el tratado de amistad, co- 
mercio y navegación celebrado entre la Gran Bre- 
taña y el Perú el 10 de abril de 1850, el cual dice 
en su artículo 14: "La República del Perú se com- 
promete a cooperar con S. M. Británica para la abo- 
lición total del tráfico de esclavos, prohibiendo a 
todas las personas que habitan el territorio de la 
República o que están sujetas a su jurisdicción, ocu- 
parse en ese tráfico o. tomar parte en él de cual- 
quiera manera, bajo penas severísimas". Es por con- 
siguiente muy curioso que en el mercado de Iquitos 
se vendan públicamente niños indios importados del 
Putumayo. 



CAPITULO Vil 

HISTORIA DE LAS ATROCIDADES. 
RESPONSABILIDAD DEL GOBIERNO DEL PERÚ 

Se ha dicho, según testimonio de Sir Roger Ca- 
sement, que la Casa de Arana Hermanos entró en 
negocios con los colonos colombianos en 1896, y 
que en 1904 la Casa habia adquirido dominio com- 
pleto de la región. El Libro Azul informa además 
que en 1903 la región estaba ocupada principalmen- 
te por caucheros colombianos, y que desde la pri- 
mera invasión de los caucheros colombianos, a prin- 
cipios de 1880, hasta la llegada de los agentes de 
la Casa Arana, la explotación de los recursos cau- 
cheros de la región estaba en manos de colonos 
colombianos. En otras palabras, la ocupación colom- 
biana de la región del Putumayo y los derechos 
comerciales allí establecidos por ciudadanos colom- 
bianos han sido violentamente usurpados por el Go- 
bierno del Perú, por ciudadanos peruanos y por la 
Peruvian Amazon Co. Según los peruanos, la pose- 
sión de dominio sobre esa región y la explotación 
fructuosa de las selvas caucheras envolvía no sola- 
mente el asesinato de los indios sino también la 
exterminación de los colonos colombianos. 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 43 

Uno de los primeros documentos oficiales en que 
consta que el Gobierno peruano tenía conocimiento de 
los actos de vandalismo que cometían los peruanos en 
el Putumayo puede encontrarse en la serie de notas 
cruzadas en 1891 entre el Gobierno de Colombia y el 
del Perú. En ese año el Gobierno de Colombia tuvo 
ocasión de presentar una reclamación ante el Gobier- 
no del Perú contra ciertos actos de vandalismo cometi- 
dos por un peruano establecido en territorio colom- 
biano (el Putumayo). En su respuesta al Gobierno 
de Colombia, el Ministro de Relaciones del Perú 
aseguró que se habían hecho investigaciones sobre 
la supuesta venta de indios colombianos en el Putu- 
mayo, pero que "el criminal, al verse perseguido, había 
huido a Aguarico, que queda en territorio colombia- 
no." (1) Un año después el Gobierno de Colombia in- 
vitó a los Gobiernos del Ecuador y del Brasil para 
que protestaran conjuntamente contra los crímenes 
perpetrados en los indios por aventureros peruanos 
sin conciencia. 

En 1889 Julio C. Arana principió sus negocios, y 
en 1898 se abrió la Casa de ¡quitos. Un año más 
tarde, el Gobierno de Colombia, alarmado por los 
actos de vandalismo que con los indios del Putuma- 
yo ejecutaban las autoridades y los ciudadanos pe- 
ruanos, llamó al efecto la atención del Gobierno pe- 



(i) Es digno de tenerse en cuenta el hecho de que en un mapa ofi- 
cial del Perú, publicado en Inglaterra en 1903 por orden del Ministerio 
de Relaciones Exteriores del Perú, se considera ciudad como situada bajo 
jurisdicción del Perú. 



44 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

ruano. En ese mismo año se presentó al Congreso 
de Colombia un denuncio sobre el tráfico vergon- 
zoso de indios, que fue publicado en el Diario Ofi- 
cial La respuesta recibida del Gobierno del Perú no 
contenía negativa ninguna de las afirmaciones explí- 
citas del Ministro de Relaciones Exteriores de Co- 
lombia "sobre el premeditado proyecto de apode- 
rarse gradualmente del Putumayo." 

La fecha de esta correspondencia es tres años pos- 
terior a la primera explotación emprendida por Arana 
en las riquezas caucheras del Putumayo. Es evidente 
que al hacer esta afirmación referente al despojo de 
colombianos, el Gobierno de Colombia se daba cuenta 
perfecta de los designios del Gobierno peruano so- 
bre adquisición de soberanía en el territorio materia 
de litigio entre las dos naciones. En los cuatro años 
siguientes una prolongada revolución en Colombia 
impidió que el Gobierno prestara atención a lo que 
sucedía en ese territorio restante. En 1903 la Casa 
Arana Hermanos estableció su centro de negocios 
en Iquitos. 

En el Libro Azul se encuentran pruebas evidentes 
de los ataques hechos por Arana Hermanos contra 
colombianos establecidos tanto en el Putumayo como 
en el territorio netamente colombiano situado al Norte 
del Caquetá. Esos ataques fueron frecuentemente apo- 
yados por autoridades civiles y militares del Perú. 
Víctimas de los crimeneb hoy conocidos fueron no 
solamente los indios sino también los ciudadanos 
colombianos. Esto lo corroboran las declaraciones 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 45 

de los testigos interrogados por la Comisión Selecta 
del Putumayo y la correspondencia cruzada en 1903 
entre los gobiernos de Colombia y el Perú, en la 
cual se trata detalladamente de los crímenes de que 
habían sido víctimas ciudadanos colombianos. El 18 
de febrero de 1903, por ejemplo, el Ministro de Co- 
lombia en Lima presentó la sígnente Nota al Ministro 
de Relaciones Exteriores del Perú: 

"Mi Gobierno tiene conocimiento de que, desde hace algún tiempo, 
las autoridades del Departamento de Loreto vienen ejerciendo actos de 
dominio y jurisdicción en los territorios situados en la margen septen- 
trional del Amazonas en las hoyas de los rios Ñapo, Putumayo y Ca- 
quetá o Yapurá, territorios que Colombia considera como suyos y cuya 
propiedad definitiva está sujeta a la Convención de Arbitramento, ce- 
lebrada en esta capital el 15 de diciembre de 1894, entre Colombia, 
Perú y Ecuador. 

"La Cancillería colombiana no había querido tomar en seria consi- 
deración dichos procedimientos porque creía que ellos podían obede- 
cer a un excesivo celo de parte del Prefecto de aquel lejano Departa- 
mento para favorecer los intereses comerciales de esa vasta y riquísi- 
ma región, pero hechos recientes han venido a comprobar, de una ma- 
nera evidente, que no se trata en modo alguno de medidas aisladas 
tomadas con el fin indicado, sino de un plan perfectamente preconce- 
bido y combinado con el objeto de ir tomando posesión de esos terri- 
torios, para lo cual se han establecido en distintos puntos avanzados 
de ellos comisarías fluviales, autoridades militares, aduanillas, en fin, 
todo aquello que constituye perfecta y absoluta soberanía, como lo 
comprueban los hechos que paso a enumerar. 

"En septiembre de 1333, el señor Prefecto de Loreto dictó una Re- 
solución respecto a la navegación del río Putumayo e introducción de 
mercaderías en esa región. En septiembre de 1903 establecióse una Co- 
misaría fluvial en el río Ñapo, nombrándose para el desempeño de ella 
al señor don Manuel Carrillo. 

"En noviembre del mismo año zarpó de Iquitos el aviso de guerra 
peruano Cahuapanas con destino al río Putumayo, conduciendo al señor 
don Francisco Zapatero y a otros empleados con el objeto de estable- 



46 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

cer una Aduanilla en dicho río, así como también al Comandante don 
Juan M. González con tropa armada con el fin de fundar allí una Co- 
misaría fluvial. 

"En julio de 1931 llegó a Iquitos la lancha peruana Putumayo tra- 
yendo a su bordo, en calidad de presos, a los colombianos Rafael To- 
bar Cabrera, Cecilio Plata Rojas, Juan de Jesús Cabrera y Aquiles To- 
rres, quienes fueron tomados en Igaraparaná, afluente de! Putumayo, 
en la margen izquierda, en un punto denominado La Chorrera, acu- 
sados de un delito cometido en el Caquetá, región sin disputa alguna 
colombiana, y cuyo juzgamiento, por lo tanto, correspondía a las au- 
toridades de Colombia. Estos individuos fueron puestos en la cárcel 
pública de Iquitos, y sólo por instancias del Cónsul de Colombia en esa 
ciudad se les dio libertad. 

"En septiembre de 1901 fue nombrado jefe de la Comisaría fluvial 
en el río Putumayo el señor don Ildefonso Fonsecas, quien se dirigió 
a tomar posesión de su destino, acompañado de cinco soldados. En 
enero de 1992 zarpó de la ciudad de Iquitos la lancha del Estado ¡qui- 
tos conduciendo en comisión del Gobierno peruano al Ingeniero señor 
G. M. von Hassel con el objeto de levantar planos y ver la mejor ma- 
nera de abrir un camino o vía de comunicación con la parte alta del 
río Putumayo. 

"En marzo del mismo año el señor Prefecto del Departamento de 
Loreto, Coronel don Pedro Portillo, se dirigió personalmente con algu- 
nos oficiales y quince hombres de tropa a los ríos Ñapo, Putumayo y 
Caquetá con el objeto de establecer en ellos nuevas oficinas y autori- 
dades peruanas. 

"En noviembre del mismo año salió de Iquitos en la lancha Putu- 
mayo el Oficial Albarracín con algunos soldados con el objeto de refor- 
zar la guarnición establecida en Igaraparaná, afluente del Putumayo. 

"Podría, señor Ministro, citar muchos otros hechos, pero juzgo su- 
ficientes los que he mencionado para demostrar el empeño con que las 
autoridades peruanas están procediendo con el deliberado fin de tomar 
posesión, no sólo de territorios situados en la zona oriental disputada 
entre Colombia y el Perú, sino aun en regiones de absoluta e indiscu- 
tible propiedad de Colombia. 

"Por lo expuesto se convencerá V. E. de la justicia que asiste a mi 
Gobierno para llamar la atención del del Perú acerca de estos proce- 
dimientos que constituyen una infracción del statu quo derivado de la 
Convención tripartita de límites. 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 47 

"Esta ocupación que viene haciendo el Perú en toda la región en 
litis es hoy, como no se escapa a la penetración de V. E., de conse- 
cuencias tanto más trascendentales para Colombia, cuanto que aquel 
pacto de arbitramento faculta a S. M. el Rey de España para que diri- 
ma las cuestiones de limites entre las tres repúblicas." 

Diez días después el Ministro de Relaciones Ex- 
teriores del Perú contestaba así: 

"Tengo el honor de acusar recibo de la Nota de S. E. de fecha 18 
de los corrientes, en la cual se refiere a ciertos actos cometidos por 
las autoridades del Departamento de Loreto en regiones que S. E. cree 
están sujetas al Convenio de Arbitraje celebrado en Lima el 15 de di- 
ciembre de 1894 entre el Perú, Colombia y el Ecuador. Manifiesta S. E. 
su desaprobación por tales actos que tienden a alterar la amistad leal 
y sincera que existe y debiera siempre existir entre el Perú y Colombia. 

"He pedido detalles referentes a este asunto con el fin de estudiar 
cuidadosamente la protesta presentada por S. E. Puedo, entretanto, ase- 
gurar a S. E. que el Perú no olvida ni traicionará la amistad leal que 
hasta hoy ha existido entre nuestras dos naciones." 

Ocho meses después de cruzada la corresponden- 
cia anterior entre los Gobiernos de Colombia y el 
Perú, el Ministro de Relaciones Exteriores del Perú 
envió la siguiente comunicación a los señores Arana 
Hermanos, de Iquitos, ordenándoles que hicieran uso 
de los servicios del explorador francés Eugenio Ro- 
buchon: 

* "Lima, noviembre 4 de 1903 

"Señores J. C Arana y Hermanos— Iquitos 

"Tiene conocimiento este Ministerio de que el señor E. Robuchon, 
miembro de la Sociedad Geográfica de París, y*antiguo explorador de 
la zona oriental de América, salió del Havre para Iquitos en mayo del 
año pasado. 

"Dirijo, pues, esta carta a ustedes con el objeto de que, si es po- 
sible, empleen, por cuenta del Gobierno del Perú, a dicho señor Robu- 



48 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

chon con el fin de que efectúe, en la zona en que están situadas las 
propiedades de ustedes, las investigaciones de que tratan las adjuntas 
instrucciones. 

"El Gobierno considera que es deseable principiar las investigacio- 
nes en esa zona, y espera que ustedes facilitarán al señor Robuchon 
todo lo necesario para que logre cumplido éxito en su empresa. 

"Tengan la bondad de pagar mensualmente al señor Robuchon la 
suma de 35 libras, además de lo que en concepto de ustedes pueda 
necesitar para su mantención, para el transporte de su equipaje y para 
la compra de los efectos que le sean necesarios. 

"En vista del reconocido patriotismo de ustedes, espera este Minis- 
terio que presten al asunto la atención que requiere." 

Diez meses más tarde Arana Hermanos enviaron 
la siguiente contestación al Ministro de Relaciones 
Exteriores del Perú: 

"Iquitos, septiembre de 1904 

"Tenemos el honor de enviar copia del contrato que por cuenta del 
Gobierno del Perú hemos celebrado con el señor Eugenio Robuchon, de 
acuerdo con la atenta nota de ese Ministerio de 4 de noviembre pasado. 

"Tenemos también mucho gusto en informar a 8. E. que nuestra 
Casa ha resuelto tomar a su cargo todos los gastos que requiera la 
misión del señor Robuchon, pues deseamos ardientemente contribuir, 
aunque sea en pequeña escala, a los patrióticos designios de nuestro 
Gobierno." 

En el contrato se explica que el objeto del viaje de 
Robuchon era la exploración de los ríos en la región 
del Putumayo y de las tierras adyacentes a ellos, si- 
tuadas entre el Ñapo y el Caquetá. Robuchon tenía 
orden de tomar fotografías de los puntos más no- 
tables que visitara, "de los indígenas y de todas las 
estaciones caucheras." Era cosa convenida que indi- 
caría las reformas que le ocurrieran "para mejorar y 
extender la explotación de dicha región, principal- 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 49 

mente en lo que se refiere a sus recursos cauche- 
ros." Su viaje de investigación debía limitarse a cua- 
tro meses. En el contrato figura la cláusula de que 
todos los trabajos de Robuchon, tales como mapas 
y fotografías, así como dos copias de su informe, 
que debería publicarse en español y en inglés, se- 
rían propiedad del Gobierno del Perú. El contrato, 
que fue fechado el 30 de agosto de 1904 en Iquitos, 
lleva las firmas de Robuchon y de Arana Hermanos. 
Robuchon permaneció en el Putumayo hasta 1906, 
aíio en que desapareció misteriosamente. En julio 
de 1906, se firmó en Lima un convenio entre el Go- 
bierno del Perú y el Ministro Plenipotenciario de Co- 
lombia por el cual "todas las guarniciones, autori- 
dades civiles y militares y aduanas" que uno u otro 
país hubieren establecido en el Putumayo serían re- 
tiradas. Al efecto, el Ministro de Relaciones Exterio- 
res de Colombia, en despacho dirigido un año des- 
pués (1907) al Encargado de Negocios de Colombia 
en Lima, daba las siguientes instrucciones: 

"Posteriormente a la aprobación de los tratados dichos, nuestro 
Plenipotenciario en Lima celebró, el 6 de julio del año pasado, un acuer- 
do sobre modas vivendi en el Putumayo y sus afluentes, acuerdo por 
cuya cláusula segunda se comprometieron los dos Gobiernos a retirar 
de ese río y sus afluentes transitoriamente todas las guarniciones, au- 
toridades civiles y militares, aduanas que allí tuvieran establecidas. El 
Gobic^rno de Colombia dio su aprobación al acuerdo dicho y lo ha cum- 
plido religiosamente. 

"Ahora bien : al aprobar ese acuerdo sobre modus vivendi, tuvo el 
Gobierno de Colombia en cuenta la probable próxima aprobación por 
parte del Congreso peruano de los tratados sobre arbitraje que nos 
ponían en camino de llegar a una solución definitiva y amigable de 



50 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

nuestras controversias sobre limites. Pero el lieclio de no haber apro- 
bado aún el Congreso del Perú esos tratados, el continuado avance de 
los peruanos en el territorio disputado al amparo de la falta de guar- 
niciones y autoridades colombianas, la necesidad de proteger de una 
manera eficaz a nuestros compatriotas establecidos en aquellos territo- 
rios, ponen al Gobierno de Colombia en el caso de ordenar a usted, 
como lo hago por la presente, el inmediato denuncio del acuerdo sobre 
modas vivendi existente. Ese denuncio lo hará usted en debida forma, 
dejando constancia de él, en nota oficial al Ministerio de Relaciones 
Exteriores del Perú, y se servirá dar aviso por cable a este Ministerio 
una vez que lo haya hecho. 

"Se servirá usted manifestar al Gobierno del Perú la imposibilidad 
en que se halla el nuestro de convenir en que nuestro territorio orien- 
tal siga convertido, en virtud del modus vivendi, en un asilo de bando- 
leros en que se roba y se asesina impunemente y en donde no ha que- 
dado otra ley que la del más fuerte." 

La nota está fechada el 17 de septiembre de 1907, 
nueve días antes a la fecha en que fue registrada 
en Londres la Peruvian Amazon Co. Limited. Fue du- 
rante el verano de 1907 cuando el intrépido Rocca, 
Director de La Felpa y La Sanción, hizo conocer del 
público los terribles crímenes que se cometían en el 
Putumayo. En la Revista inglesa Truth se publicaron 
hace tres años extractos de esos periódicos. Rocca 
envió números de sus publicaciones a los Presidentes 
de los Tribunales, etc., de Lima. En el número de 
La Felpa correspondiente al 3 de diciembre de 1907, 
encontramos el siguiente párrafo: 

"Los asesinos de la Casa Arana continúan su obra de carniceria, y 
digo asesinos de la Casa Arana, porque aunque su socio principal ha 
vendido sus propiedades a un Sindicato inglés, J. C. Arana y sus pa- 
rientes son todavía los accionistas principales del Sindicato y tienen en 
el Putumayo sus antiguos agentes." 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 51 

Para probar que el convenio firmado al año an- 
terior entre Colombia y el Perú era conocido en 
Iquitos, reproducimos la siguiente página publicada 
en La Sanción correspondiente al 10 de octubre de 
1907: 

"Los asesinos de la Casa Arana Hermanos continúan su obra de cri- 
men y maldad. Nada se ha ganado con las declaraciones que hemos 
hecho sobre los crímenes innumerables que se cometen diariamente. El 
robo, el asesinato, el incendio siguen adelante y nada hacen nuestras 
autoridades judiciales para impedir que el Juez posponga indefinidamen- 
te el castigo de los criminales, e inspirado sabe Dios por qué influencia, 
se dirige a la Corte Suprema con el fin de que ésta decida si, en vista 
del Convenio de modas vivendi existente entre el Perú y Colombia, el 
Putumayo es territorio neutral, y si, por consiguiente, puede o no ejer- 
cer jurisdicción allí. 

"Buena pregunta! 

"¿Olvida el Juez que la Corte principió sus augustas labores mucho 
después de la firma del famoso modas vivendi ? ¿Olvidaba tan pronto 
que el primer acto de la Corte fue el de nombrar todos los Magistra- 
dos que debían obrar dentro de su jurisdicción y que ese nombramien- 
to recayó sobre los agentes asesinos de la Casa Arana o sobre Macedo, 
Loaisa, etc? ¿Dónde está, pues, la jurisdicción? 

"La Corte Suprema no puede contradecirse abiertamente ni dar 
prueba tan palpable de incompetencia. No creemos que los Magistra- 
dos se equivoquen y muchísimo menos en asuntos internacionales que 
presentan tan pequeñas dificultades. Si la Corte decide ahora que ese 
distrito es neutral, semejante decisión puede significar solamente una 
de dos cosas: o parcialidad o error al n mbrar Magistrados en un dis- 
trito sobre el cual el Perú había perdido todo derecho de soberanía. 
Lo repetimos: no creemos que la Corte Suprema llegue a tal decisión." 

Lo dicho por La Sanción demuestra que el Juez 
del crimen ante quien Rocca había presentado un 
denuncio referente a los crímenes del Putumayo, se 
dirigía a la Corte Suprema con el fin de saber si el 
Putumayo caía bajo su jurisdicción. En otras pala- 



52 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

bras, el Juez evitaba, ante todo, llegar a decisión nin- 
guna ^obre los criminales, debido a la neutralidad de 
la región en cuestión. En la declaración rendida por 
Sir Roger Casement ante la Comisión Selecta del 
Putumayo se hace notar el hecho de que en 1910, 
cuando se urgía a las autoridades judiciales de ¡qui- 
tos para que procedieran contra los criminales pe- 
ruanos, aquéllas se refugiaban en el hecho de que 
el Putumayo era territorio neutral y quedaba, por 
consiguiente, fuera de la jurisdicción del Perú. Sobre 
ese punto insiste con énfasis en su informe el doc- 
tor Paredes, Delegado nombrado por el Gobierno 
del Perú para investigar los asuntos del Putumayo. 
El denuncio presentado por Rocca al Juez del cri- 
men de Iquitos es un documento de considerable ex- 
tensión, del cual extractamos lo siguiente: 

"Yo, Benjamín Saldaña Rocca, residente en el número 38 de la calle 
del Próspero, me permito informar a S. E. de que los sentimientos de 
humanidad por los desgraciados indios que habitan el Putumayo y sus 
afluentes me obligan a denunciar ante S. E. a los célebres malhechores 
Víctor Macedo, Miguel Loaisa. . . . Los acuso de haber cometido críme- 
nes de asesinato, incendio, estafa y robo, agravados por la práctica de 
las más crueles torturas y martirios, cometidos con agua, fuego y látigo. 

"Los crímenes de que acuso a estos hombres fueron cometidos en 
los afluentes del río Putumayo, es decir, éntrelos ríos Igaraparaná, Ca- 
raparaná, Cahuinari y otros ríos en los cuales los señores Vega, Arana 
y Compañía y J. C. Arana y Hermanos efectúan la industria cauchera. 
Las propiedades se llaman La Chorrera y El Encanto y están divididas 
en numerosas haciendas que se denominan "secciones" (Oriente, etc.) 
Víctor Macedo es administrador de La Chorrera y Miguel Loaisa de 
El Encanto. Macedo y Loaisa, su rival, se complacen en asesinar y 
en quemar vivos a los pobres indígenas, indefensos e inofensivos que 
habitan esa región. El peor de todos los actos cometidos por esos dos 
criminales ocurrió en 19J3. En ese año llegaron a La Chorrera más de 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 53 

800 indios de Ocaima, que iban allí con el fin de entregar el caucho que 
habían recogido. Después de pesar y de entregar la goma, Fidel Ve- 
larde, Subadministrador de la sección a la cual pertenecían los indios, 
apartó 25 de éstos so pretexto de que eran demasiado perezosos en el 
trabajo. Víctor Macedo y su cómplice Loaisa dieron orden de que cada 
indio fuera envuelto en un saco empapado en petróleo, al cual se pren- 
dió fuego inmediatamente. Pronto se incendiaron las desventuradas víc- 
timas de tan atroz crueldad, y emprendiendo la fuga se arrojaron en el 
cercano río con la esperanza de salvarse, cosa que no lograron, pues 
todos se ahogaron. Esas eran las diversiones habituales de Macedo y 
de sus compañeros infernales. 

"Otra de las hienas del Patumayo se llama Miguel Flórez, el cual 
asesinó tal número de hombres, mujeres, viejos y niños, que Macedo, 
espantado y temeroso de que despoblara totalmente la región, le dio or- 
den expresa de que no matara por diversión sino solamente en el caso 
de que los indios no llevaran caucho. Flórez obedeció las órdenes de 
su superior, y en dos meses no mató más que 43 indios. A pesar de 
todo, las torturas con que los castigaba eran constantes y las mutila- 
ciones terribles, porque les cortaba orejas, narices, manos y pies a un 
número considerable de víctimas. Tales eran las ocupaciones favoritas 
del empleado modelo de la Casa Arana. 

"La sección de Abisinia ha sido también teatro de escenas horribles. 
Abelardo Agüero, en compañía de su segundo Augusto Jiménez, tiene la 
costumbre de practicar el tiro al blanco con los indígenas que mantie- 
ne presos. Tienen también el hábito de hacerlo con los viejos y con los 
niños pequeños. La sección de Matanzas es la peor de todas. Allí se 
ocultan los esqueletos de los millares de victimas del terrible Normand, 
oven que no ha cumplido aún veintidós años." 



El denuncio hace también referencia de dos ne- 
gros de Barbados llamados Stanley y Lewis, quie- 
nes, para cumplir las órdenes del Subdirector de la 
Sección, dieron ciento cincuenta y cinco azotes a una 
india, hasta el punto de despedazarle los muslos. En 
seguida la fusilaron. Rocca describe también los 
viajes periódicos que esa cuadrilla de malhechores 



54 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

hacía en persecución de los indios. Hé aquí el re- 
lato de una de esas correrías: 

Después de ordenar el Jefe de la Sección a sus 
subordinados que se armen, emprenden el viaje en 
busca de las tribus de indios y del caucho que de- 
ben entregar en el término de diez días. Se dirigen 
a la casa en donde los indios deben entregar el 
caucho, y proceden a dictar el número de kilos de 
caucho que cada indio debe entregar. Al pesar las 
cantidades entregadas se nota que algunos no han 
logrado presentar la cantidad entregada: en esas 
circunstancias reciben veinticinco azotes de los ne- 
gros barbadenses que han sido llevados allí con el 
fin único de que sirvan de verdugos. Al décimo 
azote la víctima pierde el sentido. Sucede otras 
veces que tres e cuatro indios dejan de aparecer 
en la correría, porque no han podido recoger la can- 
tidad de caucho exigida. En ese caso el Jefe da 
orden a cuatro civilizados para que interroguen a 
diez indios hostiles a los que hacen falta para que 
digan dónde se ocultan. Verifícase entonces el es- 
pectáculo más horrible. Después de rodear la choza 
en donde se ocultan esos desgraciados se le pren- 
de fuego; los indios que pretenden emprender la 
fuga son fusilados inmediatamente. En las chozas 
se ocultan ancianos, niños y enfermos. Todos pe- 
recen bajo el bárbaro machete del putumayo. 

El denuncio de Rocca está fechado el 9 de agosto 
de 1907. 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 55 

Como lo dice Sir Roger Casement en el Libro 
Azul, el Gobierno peruano publicó en 1907 las notas 
de Eugenio Robuchon. El explorador francés per- 
maneció dos anos en el Putumayo. Como se ha dicho 
antes, desapareció misteriosamente. Sir Roger Case- 
ment reproduce en el Libro Azul uno o dos pasajes 
del relato de la excursión hecha por Robuchon en 
las posesiones de Arana Hermanos. Las circunstan- 
cias en que fue hecha la publicación quedan de ma- 
nifiesto en la correspondencia cruzada entre el señor 
Carlos de Castro, Cónsul General del Perú en Ma- 
naos, y el Ministro de Relaciones Exteriores del Perú. 
Con fecha 4 de abril de 1907 dirigió el Ministro de 
Relaciones Exteriores del Perú, la siguiente carta al 
seíior de Castro : 



"El 30 de agosto de 1934, los señores Arana Hermanos, obrando por 
cuenta del Gobierno del Perú, celebraron un contrato con el señor Euge- 
nio Robuchon, por el cual ese caballero se comprometía a efectuar una 
exploración de carácter geográfico y etnográfico en la región del Pu- 
tumayo y sus afluentes que ocupan los señores Aranas. 

"Sírvase obtener de los señores Aranas todo el trabajo original lle- 
vado a cabo por el señor Robuchon, así como los planos, mapas y 
fotografías referentes a su exploración. 

"Me permito informarle que los señores Aranas, con laudable pa- 
triotismo, se han encargado de cubrir todos los gastos que demande 
la expedición de Robuchon. Usted no tendrá que hacer, pues, gasto 
ninguno. 

"Tan pronto como esté en poder de usted el original de los trabajos 
mencionados, sírvase traerlo a esta ciudad (Lima), tomando todas las 
precauciones necesarias para que llegue a poder del Gobierno." 

La especial significación de este documento con- 
siste en que el Gobierno del Perú daba la mayor 



56 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

importancia a los informes de Robuchon. Eso lo 
prueba la siguiente comunicación, que complementa 
la anterior, y con la misma fecha, lleva como titulo: 
Ampliación de las anteriores instrucciones paro otros 
documentos referentes a los derechos territoriales del 
Perú sobre la región del Patumayo. 

"Tiene conocimiento este Ministerio de que los señores Arana Her- 
manos, de Iquitos, tienen en su poder el alegato escrito presentado 
al Magistrado del Bajo Amazonas, con el fin de establecer sus dere- 
chos sobre las tierras que ellos ocupan en las riberas del río Putu- 
mayo y de sus afluentes. 

"Como el alegato es de la mayor importancia debido a las pruebas 
que contiene con referencia a nuestros litigios de fronteras con Co- 
lombia, sírvase hacer lo posible por conseguirlo, si no original, al 
menos en copia legalizada, que usted entregará aquí en la misma 
forma que los documentos de Robuchon mencionados en mi despacho 
de esta fecha." 

Sería tan instructivo como interesante saber por 
medio de qué sistema de razonamiento inductivo se 
proponía el Gobierno del Perú establecer sus de- 
rechos en el Putumayo basándose en el alegato de 
la Casa Arana Hermanos, referente a sus derechos 
de propiedad en la región del Putumayo por ella 
reclamada. Las "posesiones" de Arana comprendían, 
de acuerdo con el avalúo que figura en el prospec- 
to de la Peruvian Amazon Co. Limiied, 12,000 mi- 
llas cuadradas, en tanto que la región toda del Pu- 
tumayo abraza más de 200,000 millas. Debe recordar- 
se también que el Presidente de la Compañía, en la 
reunión anual verificada en 1910, declaró que la Com- 
pañía no poseía títulos sobre esa región, que cual- 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 57 

quiera otra Compañía que se organizara allí en com- 
petencia gozaría iguales derechos a los de las de- 
más sociedades de comercio que explotaran las re- 
giones caucheras. Sin embargo, los llamados dere- 
chos de propiedad fueron arrebatados por una sola 
Compañía de comercio y adquiridos por una orga- 
nización ilegal compuesta de mil empleados que go- 
zaba del apoyo de la soldadesca peruana y cuyo 
objeto final era despojar a los colombianos de sus 
propiedades. El Gobierno peruano tenía conocimien- 
to de tales hechos. Las comunicaciones arriba cita- 
das prueban abundantemente que la razón que obli- 
gó al Gobierno peruano a usar de los servicios de 
Robuchon fue simplemente la de adelantar, por me- 
dio da una táctica artera, el avance de sus derechos 
en el Putumayo. La siguiente nota del Ministerio de 
Relaciones Exteriores del Perú, fechada en Lima el 
23 de septiembre de 1907, da instrucciones sobre la 
publicación que, a costa del Gobierno, debe hacerse 
del informe de Robuchon: 

"En vista del despacho enviado a este Ministerio por don Carlos 
de Castro, Cónsul General del Perú en Manaos, de acuerdo con las 
instrucciones a él enviadas, y en el cual se incluyen los informes de 
Robuchon sobre el río Putumayo y sus tributarios, junto con el ale- 
gato presentado al Magistrado del Bajo Amazonas presentado por 
J. C. Arana y Hermanos, con el fin de probar su derecho de propiedad 
sobre dicho río y sus afluentes, ordenamos que los informes de Robu- 
chon se publiquen a costa de este Gobierno, bajo la vigilancia de di- 
cho Cónsul General, quien gozará de su sueldo hasta que termine el 
trabajo." 



58 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

El informe fue, pues, editado por de Castro, y con- 
tiene un prólogo suyo, muchas fotografías tomadas 
por Robuchon y un retrato de J. C. Arana. Se im- 
primieron 20,000 ejemplares de la obra. La nota an- 
terior, fechada el 23 de septiembre de 1907, tres días 
antes de efectuarse el registro en Londres de la Pe- 
ruvian Amazon Co., figura en las páginas del libro. 
Debe tenerse en cuenta que el contrato celebrado 
con Robuchon especifica claramente que la obra debe 
publicarse en inglés. Una de las fotografías es es- 
pecialmente significativa: se titula En marcha hacia 
los hüitotos y representa un grupo de veinte blan- 
cos armados con rifles. Según el editorial del im- 
portante diario limeño La Prensa correspondiente al 
8 de julio último, las fotografías inéditas tomadas 
por Robuchon son muy conocidas y representan es- 
cenas verdaderamente espantosas. 

En su prólogo a la obra de Robuchon, el Cónsul 
General del Perú manifiesta su pesar por la muerte 
prematura que alcanzó el explorador francés en mi- 
tad de sus estudios de exploración. Asegura el edi- 
tor que las posesiones de los señores Aranas ocupan 
un área grandísima del Putumayo, y que la Casa ha 
invertido más de trescientas mil libras con el fin de 
civilizar, de alguna manera, "a los salvajes que ha- 
bitan esas regiones, entre los cuales hay muchos ca- 
níbales." Concluye el prefacio diciendo que el informe 
de Robuchon "tendrá indudablemente valor grandí- 
simo, porque probará, en caso de que tal cosa fuere 
necesaria, la aplicación de la actividad peruana a re- 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 59 

giones que ciertas naciones vecinas reclaman hoy de 
nosotros." El prólogo está fechado en Lima en 1907. 

Estamos perfectamente de acuerdo con el señor de 
Castro en la parte final de su prólogo, siempre que 
se cambien las palabras "informe de Robuchon" por 
las de "Libro Azul inglés": así se tendría idea más 
clara y completa de los fines a que se encaminaban 
las actividades peruanas. 

La gravedad de los asuntos del Putumayo en 1906 
y 1907 fue causa de serias inquietudes para el Go- 
bierno de Colombia. Ya se tenía conocimiento en esa 
época en Bogotá de los crímenes cometidos en el 
Putumayo. El 20 de febrero de 1907, por ejemplo, 
el Presidente de la República recibió el siguiente te- 
legrama, referente al asesinato del jefe de los indios 
huitotos: 

"Diariamente tenemos conocimiento de las atrocidades cometidas en 
el Igaraparaná por los peruanos. Obedeciendo órdenes de Arana, hicie- 
ron preso en Barcelona, hace tres meses, a Ifes, jefe principal de los 
huitotos, y después de darle cien azotes lo colgaron boca abajo con 
una cadena al cuello. Las víctimas son muchísimas. Ciudadanos respe- 
tables se apresuran a informar a S. E." 

A principios de 1908 la prensa de Bogotá hacía 
conocer los crímenes de la Casa Arana. El 19 de 
mayo de 1908 el Ministro de Relaciones Exteriores 
de Colombia, en nota dirigida al Ministro de Colom- 
bia en Riojaneiro, deploraba el exterminio de los in- 
dios del Putumayo y le daba instrucciones para que 
protestara ante el Gobierno del Perú contra esos crí- 



60 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

menes y contra los ataques dirigidos por Arana Her- 
manos con apoyo de las fuerzas peruanas contra los 
colonos colombianos. La nota en cuestión dice así: 



*Me refiero al cablegrama de usted del 17 del mes en curso, que 
dice así: 'Informan Manaos verificóse nuevo encuentro Argelia entre pe- 
ruanos y colombianos; tropas peruanas por orden Prefecto Loreto pre- 
pararon emboscada para capturar David Serrano y veinticinco Colombia- 
nos. Prepáranse peruanos invadir Caquetá. Nada sé de Ministro Perú. 
Es inútil reclamar Lima.' En respuesta dirigí a usted, con fecha 14 de 
los corrientes, el siguiente despacho: 'Impuesto. Sírvase dirigir cable- 
grama al Gobierno peruano, protesta contra atentados 12 enero en La 
Unión, contra nuevo ataque colombianos, contra ocupación territorio 
colombiano tropas Perú, destrucción vidas, propiedades colombianos. 
Pida usted evacuación, órdenes autoridades civiles y militares Loreto 
respetar nuestros derechos, castigo responsables, indemnización vícti- 
mas. Diga usted retardo protesta sólo por necesidad informes comple- 
tos y, anuncio hecho por Gobierno peruano de que venía representante 
Perú ésta con encargo discutir bases de un modas vivendi. Esperaba su 
llegada para exponerle toda gravedad agravios. Ofrezca ampliaciones 
correo. Términos protesta a juicio de usted expresen procede expresa 
orden Gobierno.' 

"Como usted sabe, cuando se efectuaron los deplorables aconteci- 
mientos de enero pasado, se encontraba en Lima el Secretario de la 
Legación al digno cargo de usted, el malogrado doctor Ramírez Arbe- 
láez, a quien se dio orden de presentar inmediatamente una protesta 
formal contra los atentados perpetrados por oficiales y tropa peruanos 
en La Unión. El doctor Ramírez preparaba esa protesta cuando le sor- 
prendió la muerte. Al mismo tiempo recibió aviso este Ministerio de que 
en los primeros días de mayo se había embarcado en Buenos Aires para 
Europa, vía para Colombia, el nuevo Plenipotenciario del Perú, señor doc - 
tor Ernesto de Tezanos Pinto, a quien su Gobierno enviaba con el pro- 
pósito de proponer las bases de un nuevo modas vivendi en las regiones 
del Putumayo. Resolvióse entonces aguardar la llegada del Plenipoten- 
ciario peruano para presentarle la documentación lo más completa posible 
sobre los acontecimientos de enero, acompañada de la protesta y de las 
demandas que la gravedad del atentado requería. Pero como nada ha vuel- 
to a saberse aquí del señor de Tezanos Pinto, no obstante haber trans- 
currido más de dos meses desde su salida de Buenos Aires, y como e 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 61 



cablegrama de usted, a que me refiero en el comienzo de este oficio, 
hace comprender que continúan y continuarán los atentados contra nues- 
tra soberanía en las regiones del Putumayo, y que aun se intenta inva. 
dir el Caquetá, no ha creído el Gobierno que pueda deferirse ya por 
más tiempo la formal protesta del caso, protesta que sólo un espíritu 
exagerado de cordialidad había podido suspender hasta ahora. Siendo 
como es usted el órgano natural de comunicación entre este Gobierno 
y el del Perú, se ha creído también que esa protesta debía ser presen- 
tada por usted. Nadie mejor que usted conoce los sucesos de que ha 
sido teatro nuestra región oriental, y nadie como usted podrá apreciar 
su excepcional gravedad ni la forma en que la protesta debe estar con- 
cebida. El Gobierno, con razón, ha creído conveniente dejar a juicio de 
usted los términos en que la protesta referida ha de ser presentada. 

"De las informaciones recibidas en este Ministerio de individuos que 
fueron testigos presenciales y víctimas de las tropelías de los agentes, 
jefes militares y tropas peruanos, he podido deducir lo siguiente, que 
expongo a usted en resumen, a fin de que vea usted hasta dónde es- 
tán de acuerdo esas informaciones con las que había obtenido la Lega- 
ción al digno cargo de usted. 

"El 14 de diciembre del año pasado en Juvineto, a orillas del río Pu- 
tumayo, el señor Gabriel Martínez, Inspector de Policía del Putumayo, 
con unos once soldados de su dependencia fue sorprendido por una 
fuerza peruana que llegó allí en la lancha de guerra Callao, de pro- 
piedad del Gobierno del Perú. La fuerza estaba comandada por el Ca- 
pitán Bartolomé Zumaeta. Los soldados de Martínez, que se encontra- 
ban casi moribundos por efecto de las fiebres y de las privaciones, no 
pudieron defenderse, y, una vez aprisionados, fueron conducidos a bordo 
de la misma lancha Callao al establecimiento de El Encanto, de pro- 
piedad de los señores Arana á Compañía, en donde fueron despojados 
de cuanto tenían, aun de sus papeles enteramente particulares. 

"El 12 de enero del año- en curso fuerzas peruanas en número consL 
derable, al mando de los jefes Benito Lores y Carlos Zubiano, llegaron 
a bordo del vapor Liberal, de propiedad de la Casa J. C. Arana Herma- 
nos, y de la lancha de guerra Iquitos, del Gobierno del Perú, al punto 
denominado La Unión, en la ribera occidental del río Caraparaná: ata- 
caron a los habitantes de establecimientos colombianos existentes allí; 
asesinaron al señor Prieto, colombiano que allí residía, y a varios de 
sus compañeros; incendiaron las casas de los señores Ordóñez y Martí- 
nez, dueños de la agencia comercial del mismo nombre, y, después de 
consumados estos hechos y otros más vergonzosos aún, embarcaron 



62 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

en las embarcaciones nombradas los ganados, máquinas y productos 
almacenados, conduciéndolos a Iquitos. 

"En el punto denominado La Argelia, en la margen oriental del río 
Caraparaná, los mismos jefes ya nombrados aprisionaron al señor Jesús 
Orjuela, Inspector de policía del Putumayo, le despojaron de dinero y 
papeles que tenía, lo pusieron en un infecto calabozo a bordo del va- 
por Liberal, y en éste lo condujeron preso a Iquitos, en donde el Prefecto 
no se dignó recibirlo. 

"El mismo procedimiento se adoptó con otros colombianos. Ham- 
brientos y casi desnudos se pasearon por las calles de la población pe- 
ruana quienes tan iniíumanamente fueron conducidos allí, hasta que al- 
gunos de ellos pudieron, mediante el auxilio privado de generosos com- 
patriotas, venir a dar cuenta a este Gobierno de los crímenes perpetrados ; 
otros han perecido, otros sufren aún en tierra peruana las consecuencias 
de los atroces hechos a que nos referimos. 

"Fuera de los hechos que a grandes rasgos he referido aquí, el Go- 
bierno tiene noticia de otros igualmente crueles perpetrados contra ciu- 
dadanos colombianos en sus personas y bienes, unas veces por las mis- 
mas autoridades civiles y militares del Perú, otras por los empleados 
de la Casa Arana, que goza de la franca e incondicional protección del 
Gobierno y de las autoridades peruanas. 

"Debe también tenerse en cuenta la persecución, por no decir el ex- 
terminio, que se lleva a cabo centra la^ tribus indígenas colombianas, 
persecución y exterminio que recuerdan y superan a las de igual carác- 
ter de épocas pasadas, que anatematiza la historia de la humanidad. 

"Los atentados aquí expuestos constituyen gravísima ofensa a nues- 
tra soberanía nacional en sus más esenciales derechos. La usurpación 
de territorio consumada ya; el ataque a las personas y bienes de los 
colombianos, y la tentativa de llevar esa usurpación y ese ataque cada 
día más adelante, todo aquello efectuado por agentes, autoridades y tropas 
peruanos, agravios son de aquellos que no pueden menos de perturbar 
profundamente el orden internacional y las relaciones entre Colombia 
y el Perú. Ellos han herido el sentimiento nacional del pueblo colom- 
biano en lo más vivo y han sido calificados por la opinión pública como 
el más ultrajante desconocimiento de nuestros derechos de nación so- 
berana. 

"Aun en el supuesto de que hubiera existido un estado de guerra 
entre las dos Repúblicas, los hechos perpetrados por tropas peruanas 
en las regiones del Putumayo son de tal naturaleza que la ley de las 
naciones y las prácticas civilizadas, en solemnes acuerdos consignadas, 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 63 

las condenan unánimemente. Usted se servirá a este propósito recordar 
a la Cancillería peruana los términos de la Convención suscrita en La 
Haya el 29 de julio de 1599 para reglamentar las leyes y costumbres de 
la guerra en tierra, y especialmente los términos del artículo 23, que 
prohibe en absoluto herir o matar a traición a individuos pertenecientes 
al ejército enemigo, herirlos o matarlos cuando se han rendido y no pue- 
den ya defenderse, negarles cuartel, destruir o aprisionar propiedades 
enemigas, salvo el caso de que la guerra lo exija. Ahora bien: si estas 
reglas que el Perú aceptó al adherirse como se adhirió a la Convención 
dicha de La Haya, que prevalecen aun en casos de guerra y protegen 
al enemigo armado, ¿cómo puede concebirse el que se les atropelle al 
amparo de las relaciones de amistad no interrumpidas entre las dos 
Repúblicas y que se las haya atropellado y que se las siga atropellan- 
do, no para destruir a enemigo armado sino a pacíficos habitantes co- 
lombianos de las regiones del Putumayo, a cultivadores indefensos y a 
desgraciados indígenas cuya condición se ha hecho allí inferior a la de 
las bestias? 

"El Gobierno de Colombia cree que la misma gravedad de la situa- 
ción actual en las regiones del Putumayo será un motivo para que se 
trate cuanto antes de ponerle fin. 

"Como la protesta que usted habrá dirigido por cable necesita la 
correspondiente ampliación, he querido exponer a usted las ideas del 
Gobierno acerca de esta delicada cuestión, a fin de que la ampliación 
que usted haga se conforme a dichas ideas, pero dejando siempre al acer- 
tado criterio de usted y a su reconocida discreción los términos de las 
comunicaciones que dirija al señor Ministro de Relaciones Exteriores del 
Perú." 

Esta comunicación no requiere comentarios: de 
ella se desprende claramente que el Gobierno de 
Colombia se anticipó, en tres años, al Foreign Office 
para buscar la manera de poner fin a los crímenes 
diabólicos de los peruanos en el Putumayo. Los 
datos que ella contiene referentes a los ataques he- 
chos a ciudadanos colombianos se estudiarán más 
adelante. 



64 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 



LA PERUVIAN AMAZON COMPANY LIMITED 

Esta Compañía, que fue registrada el 26 de sep- 
tiembre de 1907, inició sus suscripciones públicas en 
diciembre de 1908. Sus primeros Directores fueron 
Sir John Lister Kaye, Baronet; el Barón de Sousa 
Deiró, y los señores Henry M. Read, John Russell 
Gubbins, Henry Bonduel, Julio C. Arana y Abel Alar- 
co. El capital era de 1.000,000 de libras esterlinas, 
del cual recibieron Arana Hermanos 780,000 libras 
esterlinas en acciones. El memorándum de la asocia- 
ción dice que la Compañía se formó "para comprar, 
tomar en arrendamiento o adquirir en cualquier otra 
forma las fincas caucheras que hoy son propiedad de 
la Casa J. C. Arana y Hermanos y que quedan situa- 
das en ¡quitos y Manaos (Suramérica) y son cono- 
cidas con los nombres de Colonia indiana, El En- 
canto, Argelia, Pevas y Nanay, asi como todas las 
propiedades de cualquier otra especie que posea 
dicha Casa." 

En el prospecto de la Compañía se afirmaba que 
ella se formaba para adquirir, además de las hacien- 
das y propiedades, los derechos que la Casa Ara- 
na Hermanos tenía sobre "el gran distrito cono- 
cido con el nombre de Putumayo, situado en la par- 
te que bañan los afluentes superiores del Amazo- 
nas y cuya área se calcula en 12,000 millas cuadra- 
das. Los señores Arana han establecido allí cua- 
renta y cinco centros para la extracción de caucho, 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 65 

rodeándolos de tierras cultivadas. La población pasa 
de cuarenta mil indios, a los cuales se enseña gra- 
dualmente la manera de mejorar los métodos primi- 
tivos usados por ellos para la extracción del caucho, 
logrando así mejorar la calidad y la cantidad de la 
producción. En el distrito se encuentra gran canti- 
dad de empleados europeos y peruanos. Existe ac- 
tualmente entre los Gobiernos del Ecuador, Colom- 
bia y el Perú un litigio de límites cuya resolución, 
aunque afectara políticamente una parte del Putu- 
moyo, no podrá afectar en manera alguna los dere- 
chos legales de los colonos. Por esta razón, sin em- 
bargo, los derechos de la Casa en el territorio del 
Putumayo, aunque son propiedad de la Compañía, 
han sido excluidos del cálculo de utilidades y ga- 
nancias a que se hace referencia. Los señores Ara- 
na y Alarco, dos de los Directores, afirman que so- 
lamente en el distrito del Putumayo se han gastado 
más de 500,000 libras esterlinas, suma que proviene 
exclusivamente de las utilidades obtenidas en esa 
región." 

El año de 1909 recibió la Compañía 887,012 libras 
de caucho. El informe anual publicado en diciembre 
del mismo año dice que "durante la primera parte de 
ese año las operaciones de la Compañía sufrieron 
un grave atraso en el Putumayo, debido a una epi- 
demia de viruela que embargó la atención de la Di- 
rección, obligándola a entrar en mayores gastos en 
forma de trabajo adicional." 

No sabemos si la Compañía fue registrada en 



66 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

Lima, pero debe tenerse en cuenta que el informe 
de Robuchon fue publicado a costa del Gobierno 
peruano en el momento en que efectuaba el regis- 
tro de la Compañía en Londres. Las leyes del Perú 
estipulan un impuesto de cuatro chelines por cada 
cien libras de caucho que se extraigan. El impues- 
to debe pagarse en la Aduana al efectuarse la ex- 
portación del caucho, como lo ha hecho, por ejem- 
plo, la Inambary Rubber Company Limited. Como 
el Perú reclama jurisdicción sobre el Putumayo, es 
curioso que su Gobierno no haga efectivo el im- 
puesto en el caso de la Peruvian Amazon Co. Por 
otra parte, el impuesto habría sido contrario a los 
términos de los convenios con Colombia. Sin em- 
bargo, cuando la" comisión de la Compañía esta- 
ba en Iquitos, se le manifestó que el Congreso del 
Perú tenía facultad para otorgar títulos perfectos 
sobre las tierras de la Compañía. Se presentaron 
documentos que daban la prueba de la explotación 
y la ocupación, y se dijo al Gerente que era urgen- 
tísimo no perder tiempo. Se calculaba que el costo 
para obtener esta concesión no pasaría de cuatro 
mil libras esterlinas. En otras palabras, esta fue otra 
maniobra inteligente de parte del Gobierno peruano 
para que se reconociera como suyo el territorio del 
Putumayo. En 1911 el Perú admitió en un nuevo 
convenio con Colombia que la región era neutral. 
En el caso, pues, de que el territorio se declare co- 
lombiano, es claro que el gasto arriba mencionado 
sería inútil. 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 67 

Como toda libra de caucho exportada en Iquitos 
tiene que pagar un impuesto de dos peniques y cuar- 
to, y como las exportaciones del Putumayo en los 
últimos siete años han pasado de un millón de li- 
bras, esto representa una renta para el Gobierno del 
Perú de 60,000 a 100,000 libras esterlinas desde el 
momento en que los Aranas principiaron sus opera- 
ciones en el Putumayo. En los ocho años y medio 
que terminan el 30 de junio de 1908 las exporta- 
ciones totales del Putumayo subieron a 6.332,932 li- 
bras de caucho. En 1908 el Cónsul General del 
Perú en Londres decía en una Revista inglesa "que 
el caucho era la principal fuente de rentas del rico 
Departamento de Loreto y que el producto de la 
Aduana de Iquitos en 1906 subía a 166,791 libras es- 
terlinas." La imaginación se pasma al pensar en los 
crímenes necesarios para obtener esa suma. No debe 
olvidarse que los derechos de importación pagados 
sobre rifles, carabinas y cartuchos han debido au- 
mentar, en no poca, suma, las rentas del Perú. 

En diciembre de 1908, cuando se pidió al públi- 
co inglés que comprara la empresa de la Casa Ara- 
na, el Cónsul General de Colombia en Londres, por 
conducto del abogado de su Gobierno, llamó la 
atención de los Directores y abogados de la Peru- 
vian Amazon Co. y también del Secretario de Esta- 
do de Relaciones Exteriores sobre el hecho de que 
la región del Putumayo no quedaba bajo jurisdic- 
ción del Perú, y que, por consiguiente, las opera- 
ciones de la Compañía en esa región no podían ser 



68 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

legales. El Cónsul General presentó una protesta 
al efecto, copia de la cual fue enviada a las partes 
indicadas en la declaración jurada de Mr. Edward 
Foss, abogado del Gobierno de Colombia en Lon- 
dres. Hé aquí copias de la protesta y de la declaración: 

"Por medio de este instrumento público de protesta se hace saber a 
todos aquellos a quienes concierna, que en este día 8 de diciembre de 
1903, ante mí, John Heathcote James, de la ciudad de Londres, y No- 
tario público por autoridad real, debidamente admitido y juramentado, 
compareció personalmente Mr. Francisco Becerra, Cónsul General de la 
República de Colombia en Londres, quien me declaró que, habiendo 
anunciado la prensa de Londres una emisión de acciones de la Peruvian 
Amazon Company Limited, abierta a suscripción pública desde el 7 de 
diciembre de 190?, él por eso interpone su protesta declarándome que 
la República de Colombia reserva sus derechos sobre la región del Pu- 
tumayo, por cuanto a que a ella le pertenece, y que en consecuencia 
tal región no puede ser explotada mientras no se cumplan las formali- 
dades respectivas prescritas por la ley de Colombia. 

"El mismo demandante me declaró también como a Notario que la 
Legación de su Gobierno en Londres comunicará esa protesta al Se- 
cretario de Relaciones Exteriores de S. M., y que ha dado instruccio- 
nes a sus abogados, señores Foss, Bilbrough, Plaskitt, Foss & Bryant, 
de esta ciudad, para que envíen una copia de esa protesta a cada uno 
de los Directores de la Peruvian Amazon Company Limited, a la Com- 
pañía y a los abogados de ella. 

"Por tanto, dicho demandante declara que protesta, y yo como No- 
tario protesto a petición suya, contra la mencionada Compañía y tam- 
bién contra cualquier persona o personas que sean responsables por 
cualquier pérdida o perjuicio que su Gobierno haya sufrido o sufra de- 
bido a la contravención de sus defechos en la mencionada región. 

"Así se hizo y protestó en Londres, como queda dicho, en el día, mes 
y año indicados. 

"(Firmado) Fco. BECERRA, Cónsul General de Colombia 

"(Firmado) Jonh H. James, Notario Público 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 69 

"Sea también sabido por todos aquellos a quienes interese, que hoy, 
nueve de diciembre de mil novecientos ocho, ante mí, Jonh Heathcote 
James, Notario público por autoridad real, debidamente admitido y 
juramentado, compareció personalmente Mr. Edward Foss, socio de la 
firma de Foss Bilbrough, Plaskitt, Foss & Bryant, de esta ciudad, como 
abogados del Gobierno de Colombia, quien me declaró que el día ocho 
de diciembre de mil novecientos ocho hizo once copias del instrumen- 
to notarial de protesta adjunto, expedido bajo mi sello oficial, para ser 
ratificadas con el mismo y remitidas por registro postal en el mismo 
día a cada uno de los Directores de la Peruvian Amazon Company 
Limited, como sigue : .... Y a los abogados de la Peruvian Amazon 
Company Limited, así : .... Y al Secretario de dicha Compañía, así :. . . . 
A los Directores de la Peruvian Amazon Company Limited.— Salis- 
bury House, London Wall, E. C. 

"Y el mismo demandante me presentó como a Notario once certifi- 
cados de registro postal de paquetes dirigidos como ya se ha dicho. 

"En fe y testimonio de esto, yo he puesto en ello mi mano y mi 
sello oficial para que sirva y valga donde sea necesario. Londres, el día, 
mes y año escrito antes al principio. 

(Firmado) JONH H. JAMES, Notario Público. 

Hemos recibido un gran número de cartas de los 
accionistas de esta Compañía. Dice uno de ellos: 
"Me horrorizo de pensar que parte de mi dinero 
haya sido utilizado en fines tan horrendos. Me es- 
pantan las crueldades horribles que se han cometido, 
y me llena de cólera ver que los culpables han es- 
capado a su merecido castigo." Otro escribe: "Cuan- 
do invertí mi capital en acciones de la Peruvian Ama- 
zon Co., pensé que las utilidades se obtendrían úni- 
camente en el caucho." Otro accionista firma que 
aceptará gustosamente la pérdida de su dinero si ella 
contribuye a que se haga justicia. 

El señor Juez Swinfen Eady dio orden para que 
se efectuara la liquidación obligatoria de la Peruvian 



70 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

Amazon Co., después de hacer una investigación de- 
talladísima. Esa orden fue dictada el 19 de marzo 
último. 

EL PROTOCOLO DE 1909 

En 1909 se firmó en Lima un Protocolo entre el 
Gobierno del Perú y el Ministro Plenipotenciario de 
Colombia en Lima: en él se hace referencia a los 
acontecimientos sucedidos en el Putumayo en 1908, 
los cuales fueron puestos en conocimiento del Go- 
bierno del Perú en mayo del mismo año por medio 
de una protesta oficial del Gobierno de Colombia. 
Firmóse el Protocolo el 21 de abril de 1909; ya en 
marzo de ese mismo año el Ministro de Colombia 
en Lima protestó nuevamente contra estos actos de 
violencia y crueldad cometidos en el Putumayo por 
agentes y autoridades peruanas. Los artículos pu- 
blicados en Truth hace tres años hacían referencia 
a este Protocolo y daban la mayor importancia al 
hecho de que "los actos efectuados en esa región" 
quedaban sujetos, según convenio entre las dos Re- 
públicas, a una investigación. El pasaje del Proto- 
colo citado por Truth dice así: 



"Los Gobiernos de Colombia y el Perú manifiestan su sentimiento 
de profunda pena por los acontecimientos efectuados durante el año 
pasado en la región del Putumayo, y en prueba de mutuo acuerdo, 
convienen ftn constituir, por medio de una Convención especial, una Co- 
misión Internacional, que investigue y ponga en claro todo lo sucedido 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 71 

en esa región, dando cuenta de sus trabajos por medio de un informe. 
Si los dos Gobiernos no lograran ponerse de acuerdo sobre las respon- 
sabilidades que incumben a dichos actos, el asunto será sometido a 
arbitramento. Tan pronto como los responsables hayan sido determi- 
nados, sufrirán los castigos que la ley prescribe, después de seguírse- 
les el correspondiente proceso. Además, todos aquellos que hayan su- 
frido perjuicio material recibirán una indemnización equitativa, así como 
las familias de las víctimas de los actos punibles." 

El escritor de Truth hacía uso de la cláusula del 
Protocolo arriba citada para probar que el Gobier- 
no del Perú tenía pleno conocimiento de los críme- 
nes cometidos por los peruanos en el Putumayo. En 
respuesta a esa acusación, el Encargado de Nego- 
cios del Perú en Londres envió la siguiente carta al 
Director de Truih: 

"Esta Legación niega categóricamente que los sucesos que usted 
describe y que la ley castiga severamente hayan podido efectuarse sin 
conocimiento de mi Gobierno en el río Putumayo, en donde el Perú 
tiene autoridades nombradas directamente por el supremo Gobierno y 
en donde existe además una respetable guarnición militar. Iquitos está 
unido por telégrafo inalámbrico con Lima, y es imposible suponer que 
pudieran cometerse actos de la naturaleza de los que usted describe 
sin que los criminales fueran pronta y severamente castigados por las 
autoridades." 

El Encargado de Negocios pretendía también des- 
mentir a los periódicos de Iquitos 'la Felpa y La 
Sanción, que eran citados en los artículos de Truth. 
Esto demuestra que la existencia de esos periódicos 
y la naturaleza de su contenido eran bien conocidos 
por el Encargado de Negocios en Londres. En otra 
parte de la misma carta dice con justicia que el exter- 
minio de los indios era una pésima política comer- 



72 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

cial. Al comentar las palabras de ese empleado, el 
autor de los artículos de Truth afirmaba que jamás 
había dicho que los sucesos por él mencionados se 
hubieran efectuado sin conocimiento del Gobierno 
del Perú. "Por el contrario, decía, es absolutamente 
cierto que el Gobierno del Perú tiene conocimiento 
de muchos de esos actos." En respuesta a esto y 
otros comentarios semejantes, decía el Encargado de 
Negocios: 

"Los conflictos en cuestión se efectuaron entre las autoridades de 
ambos países con respecto a límites que aún no han sido fijados : es 
a esos conflictos, y en manera alguna a crímenes de ninguna clase, 
a lo que hacía referencia mi Gobierno en la cláusula del tratado que 
usted cita. 

"No hay absolutamente base alguna para la sugestión de usted al 
efecto de que se nombró una Comisión Internacional que investigara y 
castigara crímenes comunes, tanto más cuanto que los crímenes que 
usted denuncia se supone que fueron cometidos en territorio peruano, 
en donde rigen, naturalmente, leyes peruanas." 

El autor de los artículos de Truth llegaba a sus 
conclusiones sobre la culpabilidad del Gobierno pe- 
ruano basándose en el Protocolo arriba mencionado. 
Los lectores de las páginas anteriores pueden, sin 
embargo, usar de pruebas mayores en la formación 
de sus opiniones sobre la culpabilidad del Gobierno 
peruano en los crímenes cometidos en el Putumayo. 
El Encargado de Negocios del Perú confiesa que 
ocurrieron conflictos en la región en que la Peruvian 
Amazon Co. efectuaba sus operaciones, pero afíade 
que ellos se referían "a cuestiones de límites aún 
no determinadas." La primera de esas afirmaciones 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 73 

no está de acuerdo con los hechos, como lo con- 
fesará indudablemente hoy su autor. Encontrará en 
el Libro Azul las declaraciones sometidas a la Co- 
misión Selecta, así como el relato imparcial de los 
numerosos ultrajes cometidos con los colonos. La 
segunda afirmación es una confesión de que el terri- 
torio está en litigio. El Encargado de Negocios nie- 
ga que una Comisión Internacional pudiera castigar 
crímenes en territorio peruano en donde rigen leyes 
peruanas, pero había admitido previamente que los 
límites no habían sido aún fijados. Sin embargo, en 
el año siguiente se firmó en Bogotá un Convenio en- 
tre las dos Repúblicas, en el cual se especificaba que 
la Comisión debía decidir si los criminales habían 
de someterse a la ley peruana o la ley colombiana. 
El [Encargado de Negocios del Perú parece ig- 
norar que en Inglaterra todos aquellos que hacen 
una afirmación por medio de la prensa están sujetos 
a una responsabilidad. En 1909 negó categóricamen- 
te que hubiera verdad en lo dicho por Mr. Harden- 
burg sobre las atrocidades del Putumayo. En julio 
de 1912, después de publicado el Libro Azul, ma- 
nifestó públicamente que los crímenes habían sido 
cometidos antes de 1907. Enfrentado con las de- 
claraciones de Sir Roger Casement, creyó convenien- 
te hacer poco caso de ellas, relacionándolas con un 
período anterior a la formación de la Peruvian Ama- 
zon Co. Debe tenerse en cuenta que los Directores 
ingleses de la Compañía afirmaron enfáticamente que 
las negativas de ese caballero en 1909 los obligaron 



74 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

a pensar que las acusaciones de Mr. Hardenburg no 
tenían base ninguna y que, por consiguiente, no ha- 
bían tomado medidas activas para iniciar una inves- 
tigación, como lo habrían hecho en el caso contra- 
rio. En tanto que es fácil suponer que el Encargado 
de Negocios del Perú no tenía conocimiento de los 
terribles acontecimientos del Putumayo en la época 
en que se hizo la publicación de los artículos de 
Truth, es evidente, como lo hemos demostrado en 
las páginas anteriores que, desde muchos años atrás 
el Gobierno del Perú tenía pleno conocimiento de los 
crímenes cometidos en el Putumayo, sin que tomara 
medida ninguna para castigar a los criminales o para 
poner fin a las atrocidades. Diez y ocho meses pa- 
saron después de las publicaciones de Truth sin que 
se enviara una comisión investigadora, la cual fue 
nombrada debido a la presión del Foreign Ofiice, 
gracias al informe rendido por su Comisionado so- 
bre la parte tomada en los crímenes por los negros 
de Barbados. 

La responsabilidad del Gobierno del Perú en los 
crímenes del Putumayo será un borrón eterno en su 
historia, porque comprueba que el Gobierno de Co- 
lombia decía la verdad cuando prevenía al Ministro 
de Relaciones del Perú en 1899 que las actividades 
peruanas en las re'giones septentrionales del Amazo- 
nas tenían por objeto "apoderarse gradiiamente del 
Putumayo." 

En 1909, dos años después de la iniciación de los 
negocios de Arana en Iquitos, el caucho sacado por 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 75 

los indios del Putumayo alcanzaba apenas a la can- 
tidad de 33,600 libras. En 1903 subió a 450,000 li- 
bras y en 1906 a 1.400,000. Es decir, hasta el mo- 
mento en que se clavó la bandera peruana en el Pu- 
tumayo, en Cotuhé, en 1900, y hasta cuando Arana 
principió la explotación de esta región, la produc- 
ción de caucho era insignificante. De aquí se de- 
duce que, aunque en esa época había muchos cau- 
cheros colombianos establecidos en esa región, la pro- 
ducción combinada de todos ellos alcanzaba apenas, 
en 1900, a 33,600 libras. Como la producción del 
caucho depende directamente del trabajo, y como 
una pequeña propiedad de cien acres de árboles per- 
fectamente desarrollados produce a lo menos esa 
cantidad anual, es claro que los sesenta u ochenta 
mil indios que habitan la zona que más ocuparon 
los Aranas no hubieron de sufrir nada durante la 
época en que estuvieron los colombianos. Además, 
como los colombianos establecidos en el Putumayo 
poseían grandes plantaciones de caucho, es eviden- 
te que no se proponían obtener ganancias inmediatas 
sino fundar futura prosperidad. 

En 1900 un colombiano llamado Larrañaga, a quien 
menciona el Libro Azul com.o uno de los primeros 
caucheros colombianos que invadieran la región en 
1880, formó una Compañía con J. C. Arana para la 
explotación del negocio de caucho. La Chorrera fue 
una de las agencias establecidas por este colombia- 
no, la cual sirvió de base para los futuros negocios 
de Arana. Larrañaga murió con todos los síntomas 

7 



76 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

del envenenamiento por arsénico; su hijo y herede- 
ro fue puesto en la cárcel en Iquitos, y poco des- 
pués desapareció, según se dijo, entre los indios (1). 
Debe recordarse que durante mucho tiempo la cár- 
cel de Iquitos se llamaba irónicamente Oficina de la 
Casa Arana, pues los colombianos que no eran ase- 
sinados eran llevados allí irremediablemente. Una vez 
en la cárcel, se les proponía negocio en esta forma: 
"O nos venden su tierra por tanto (aquí el precio) o se 
mueren en la cárcel. "Es inútil decir que casi todos pre- 
ferían la primera de estas alternativas. Otros, temero- 
sos de males mayores, vendían voluntariamente (2). 
Por estas razones todos los colombianos perdieron 
sus propiedades en la región dominada por Arana. 
La firma de Larrañaga, Arana y Compañía se disol- 
vió en 1904, ocupando su lugar la firma de Arana, 
Vega y Compañía. 



(1) Es preciso advertir que las propiedades de Larrañaga fueron ven- 
didas a Arana por una fuerte suma que pasaba de 13,000 libras ester- 
linas. No podemos decir si el pago fue hecho al contado o en qué for- 
ma. Se aseguraba que muchas otras propiedades colombianas habían 
sido vendidas a Arana. Esto prueba simplemente que en una región en 
la cual no existían títulos de ninguna clase era preciso que Arana com- 
prara las propiedades de los colombianos para hacerse señor de la re- 
gión. Como hemos visto, Sir Roger Casement afirma que " los traspa- 
sos de propiedades se hacían por compraventa y por otros medios." 

(2) Sir Roger Casement dice en el Libro Azul que hay uno o dos 
colombianos tan culpables como los peruanos. Cita el caso de Aquileo 
Torres, a quien se mantuvo preso durante un año, con una cadena al 
cuello, y de quien se aseguraba que había sido ahogado en diciembre 
de 1910. Los colombianos que no eran asesinados o enviados a Iquitos 
se veían forzosamente obligados a ponerse al servicio de la Casa Ara- 
na, de la cual eran víctimas inocentes. 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 77 

Las autoridades de Iquitos y el Gobierno del Perú 
cerraron los ojos ante todo lo que estaba sucedien- 
do, y muchas veces prestaron su apoyo. En esa épo- 
ca empezaron a aparecer en las selvas del Putuma- 
yo los llamados soldados caucheros, hombres que 
pertenecían al ejército del Perú. El Gobierno los sos- 
tenía y derivaba de ellos grandes utilidades. Eran 
caucheros por su propia cuenta, pero trabajaban tam- 
bién muchas veces por cuenta de la Casa Arana. 

Los últimos negociantes colombianos que perma- 
necieron en el Putumayo fueron Serrano, González, 
Ordóñez y Martínez (1). En enero de 1908 fue ata- 
cada la empresa de La Unión, propiedad de Ordóñez 
y Martínez. Ya en ese año había sido registrada en 
Londres la Peruvian Amazon Co. Limited, y uno de 
los vapores de esa Compañía, El Liberal, así como 
la lancha de guerra peruana Iquitos, que llevaba 85 
hombres de la guarnición militar de Iquitos, seis ca- 
ñones y dos ametralladoras, tomaron parte en el ata- 
que. Parece que los agentes de la Peruvian Amazon 
Co. ofrecieron a esos colombianos doscientos mil so- 
les (20,000 libras esterlinas) por su empresa, con la 
condición de que se retiraran de la región. Al princi- 
pio rehusaron la oferta, pero la prudencia les obli- 
gó a demorar su resolución hasta tanto que la Com- 
pañía hubiera entregado en cambio de caucho algu- 
nas mercancías que necesitaban para los indios. Los 



(1) Mr. Hardenburg, que presenció el asesinato y captura de esos 
colombianos, hace un relato gráfico de esa escena en su libro titulado 
E! Putumayo. 



78 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

colombianos recibieron como respuesta un verdade- 
ro ultimátum: o entregaban todo el caucho o El Li- 
beral se apoderaría de él por la fuerza. Inmediata- 
mente efectuóse el ataque. Ordóñez logró escapar y 
Martínez fue llevado prisionero a Iquitos. 

Haciendo referencia un periódico de Iquitos, El 
Oriente, que era propiedad del Juez Paredes, nom- 
brado por el Gobierno peruano como Comisionado 
para que investigara los crímenes del Putumayo e 
indicara las reformas indispensables, decía que ''el 
único deseo de esos jóvenes patriotas era el de hacer 
avanzar siquiera una pulgada la bandera del Perú en 
la tierra de conquistad El mismo periódico se refe- 
ría a ese asalto llamándolo ''acto patriótico y moral, 
enérgico, varonil y espléndido," y trataba a los otros 
periódicos de Iquitos de traidores porque decían que" 
las fuerzas del ejército peruano hablan tomado parte 
en ese asalto, en el cual habían figurado también la 
cañonera y sus ametralladoras. Refiriéndose a ese 
asalto decía de Castro, Cónsul General del Perú en 
Manaos y Abogado de la Casa Arana: '* que todo 
se reducía a que el Presidente Pardo había resuelto 
enviar una guarnición al Putumayo." La soldadesca 
peruana ocupa hoy La Unión. Allí se colocó una 
guarnición inmediatamente después de verificado el 
asalto contra los colombianos. 

No figura en el informe de Sir Roger Casement el 
hecho de que las víctimas colombianas se contaban 
por centenas, cosa que los peruanos atribuyeron a 
los indios caníbales que tanto figuran en el libro de 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 79 

Robuchon. Tampoco hace notar el Libro Azul que 
el exterminio de los colombianos significaba aumen- 
to de rentas en la aduana de Loreto. 

En las llamadas posesiones de la Casa Arana ha- 
bía dos establecimientos principales: uno en La Cho- 
rrera y otro en El Encanto. La Pemvian Amazon Co. 
estaba dividida, en la época en que se formó, en 
cuarenta secciones, a cargo cada una de diez a vein- 
ticinco empleados civilizados. 

El Encanto estaba dividido en quince secciones, 
con ciento diez empleados civilizados. En Andoques 
había de sesenta a ochenta, y veinticinco en cada 
una de las secciones denominadas Entrerrios, Provi- 
dencia, Boras y Ca/minarí. 

El número total de los empleados civilizados de 
la Peruvian Amazon Co., en 1907, era de mil, poco 
más o menos. No era parte de sus funciones hacer 
cultivos de árboles de caucho (cosa de que no se 
tenía idea) (1) o emplear su tiempo sangrando los 
árboles que a largas distancias se encuentran en el 
fondo de las selvas. Correspondía este trabajo a los 
desventurados indios, cuyo número, en 1906, según 
Robuchon, pasaba de 50,000 y no subía, cinco años 
después, según Sir Roger Casement, de 7,000. Esta 
disminución debe ser mayor aún hoy. Es preciso 
tener en cuenta que la Casa Arana principió sus 



(1) Debe tenerse en cuenta que Mr. Hardenburg asegura que Serrano, 
uno de los últimos propietarios colombianos en el Putumayo, había 
sembrado muchos miles de árboles de caucho que tenían entonces de 
dos a cuatro años de edad v estaban en muy buena condición. 



80 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

operaciones en 1900. La destrucción de los indios, 
quienes debido a su dócil naturaleza presentaban una 
rica presa a Arana y a los peruanos, ha debido ser 
enorme en los doce primeros años de este siglo. Es 
de suponer que las autoridades peruanas tenían ra- 
zones para creer que su dominio sobre la región era 
simplemente transitorio, y que, por consiguiente, era 
necesario obtener los mayores beneficios en el me- 
nor tiempo posible. 

Si queremos saber si las atrocidades han termina- 
do debemos ante todo tener en cuenta los siguien- 
tes hechos: 

(1) Más de dos años han pasado desde la fecha 
en que Sir Edward Grey amonestó al Gobierno del 
Perú; sin embargo, Miguel Loaisa, uno de los peo- 
res criminales del Putumayo, dirige aún la sección 
de El Encanto. Ninguno de los criminales ha sufri- 
do castigo alguno. 

(2) El Juez Paredes, propietario del periódico de 
Iquitos que consideró los asesinatos de colombianos 
como acción patriótica y moral, domina el poder ju- 
dicial y ha sido nombrado por el Gobierno del Perú 
para efectuar las reformas. 

(3) La región está bajo la administración del Go- 
bierno del Perú. 

(4) El actual administrador de La Chorrera fue an- 
teriormente jefe de la policía de Iquitos, en donde, 
según él mismo informó a Sir Roger Casement, "ha- 
bía tenido conocimiento de los crímenes en el Pu- 
tumayo." A pesar de que este señor ha estado al 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 81 

servicio de la Peruvian Amazon Co. desde noviem- 
bre de 1909, tenemos la certeza de que las atroci- 
dades continuaron mucho después de esa fecha. Ade- 
más, en septiembre de 1909 envió a El Comercio de 
Lima una carta que era un simple tejido de falseda- 
des. Según el doctor Paredes, a juicio de dicho ad- 
ministrador el bandido O'Donnell "era una persona 
estimabilísima a quien amaban los indios por su bon- 
dadoso corazón." 

(5) Se nota un considerable aumento en la expor- 
tación de caucho, a pesar de que los árboles han 
tenido que agotarse y que el número de indios ha 
disminuido enormemente. 

(6) Es cosa sabida que en las selvas del Perú se 
esclaviza a los indios y se les trata como a bestias 
feroces. 

(7) El Cónsul inglés, Mr. Mitchell, quien confiesa 
que en su última visita al Putumayo se le ocultaron 
muchas cosas, asegura que no hay probabilidad de 
que hayan cesado las atrocidades. 

(8) Los colombianos son arrestados en el Putu- 
mayo y encarcelados en Iquitos. 

(9) Los peores criminales, en el pasado, fueron 
los soldados caucheros peruanos. 

(10) Nombróse a Arana Liquidador de la Peruvian 
Amazon Co. con el fin de mantener la jurisdicción 
peruana en el Putumayo. . 

(11) Pablo Zumaeta, cuyos servicios, según Sir 
Roger Casement, no debía aceptar en manera algu- 
na la Compañía, dirige aún sus negocios en Iquitos. 



82 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

(12) Sir Roger Casement afirma en el Libro Azul 
que el porvenir comercial del Putumayo depende 
principalísimamente del apoyo extranjero, del inglés 
principalmente, el cual puede obtenerse. 

(13) Con fecha 5 de febrero de 1912 dice Sir Ro- 
ger Casement dirigiéndose a Sir Edward Grey: "Es 
sabido que la obra de plantar árboles de caucho y 
de sustituir con los métodos más humanitarios del 
cultivo la explotación individual de los indios, ha 
sido suspendida por orden de la dirección local de 
la Compañía, volviéndose a establecer la recolección 
como tarea única de las diversas comunidades indí- 
genas del Putumayo, las cuales se consideraban 'des- 
moralizadas' por mis visitas y las del comisionado 
de la Compañía." La nueva iniciación de la recolec- 
ción de caucho, en las antiguas condiciones, se con- 
sideraba como el primer paso administrativo para 
hacer volver al Putumayo a su condición normal de 
explotación sana y provechosa. Era perfectamente 
claro que la Compañía o sus representantes en el 
Putumayo habían resuelto continuar la explotación 
forzosa de los indios como un derecho de conquis- 
ta y como manera de obtener utilidades rápidas. 

(14) Con fecha 27 de junio de 1912 decía Sir 
Edward Grey al Embajador inglés, en Washington : 
"En el pasado abril fueron embarcadas en Iquitos 
más de setenta y cinco toneladas de caucho como 
resultado de una de las consignaciones más gran- 
des hechas del Putumayo en los últimos años. Lo 
exportado desde el 1.° de enero de este año hasta 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 83 

fines de abril iguala a las tres cuartas partes de la 
producción total de 1911 : a esta cifra se puede lle- 
gar solamente siguiendo los antiguos métodos de 
trabajo forzoso." 

Como prueba de que las opiniones expresadas 
por nosotros en las páginas anteriores pertenecen 
también a personas muy importantes de Lima, re- 
producimos los siguientes párrafos de un editorial 
publicado el 8 de julio pasado en La Prensa, pe- 
riódico muy importante de Lima: 

"No se han descrito en este país los crímenes en sus verdaderas 
proporciones porque nos falta el valor moral necesario para arrojárse- 
los a la cara al Gobierno, el cual, aunque tenía pleno conocimiento de 
tan vergonzosos sucesos^ dejó, sin embargo, que siguiera adelante con 
el fin de apoyar los intereses de la Casa Arana o con el de obedecer 
a razones de política internacional vergonzosas e indignas de nosotros. 
Hace más de seis años que el periodista peruano Benjamín Saldaña 
Rocca inició una campaña vigorosa ante el Gobierno, ante la opinión 
pública, ante las autoridades y ante la prensa con el objeto de poner 
fin a esas atrocidades. Sus esfuerzos fueron inútiles porque cuando el 
oro de la Casa Arana no ponía obstáculos invencibles a su acción, el 
hecho de existir un litigio entre Colombia y el Perú respecto a sus 
derechos de soberanía en el Putumayo, obligaba aun a las gentes 
honradas a callar por motivos patrióticos. 

" Todo esto se ha mantenido en la obscuridad porque el Gobierno 
ha cimentado su línea de conducta sobre una falta absoluta de respeto 
por la vida humana. Esa misma obscuridad cubrió las exploraciones, 
los denuncios y la muerte del francés Robuchon en el Putumayo." 

De otro artículo publicado en La Prensa, toma- 
mos lo siguiente: 

" Es preciso poner fin a semejante estado de cosas. Según el De- 
recho Internacional, se ignora aún, de manera definida, cuáles son los 
derechos que el Perú posee en las regiones del Caquetá y del Putu- 
mayo. El Gobierno, en vez de examinar el asunto de manera racional 



84 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

con el fin de tomar posesión de lo que realmente le pertenece, ha 
confiado esa misión delicada y responsable a aventureros criminales. 
Son ellos quienes fijan los limites territoriales y quienes deciden so- 
bre los derechos de jurisdicción que posee el Perú en esas regiones, 
sin consultar, ni por asomo, los intereses de la Nación. ¿Quiénes son 
esos rapaces que pretenden no solamente saber si el Perú posee dere- 
chos legales sobre esa región, sino que pretenden que, sin tenerlos, le 
conviene adquirirlos? El hecho es que ellos obran por cuenta del Perú 
y con consentimiento del Gobierno. Su sistema de colonización con- 
siste en destruir las selvas para sacar el caucho que ellas contienen y 
en despoblar las aldeas indias para satisfacer sus apetitos criminales. 
Esos nuestros novísimos diplomáticos creen que brutalizar a un pue- 
blo de indígenas, y no civilizarlo, constituye pleno derecho de propie- 
dad sobre esas regiones. 

"Esas gentes han mentido demasiado. Nuestras regiones orientales 
serán siempre, para nosotros, un mal y un peligro, no una tierra de 
promisión, mientras no descubramos manera de enviar allí colonos que 
la civilicen, y no aventureros que la devasten. 

"Procedamos a delimitar nuestras fronteras con prontitud y compe- 
tencia, con conocimiento y con justicia. Tomemos posesión solamente 
de lo que nos pertenezca y de lo que pueda convenirnos." 

El Libro Blanco publicado por el Gobierno de los 
Estados Unidos en 7 de febrero último arroja uueva 
luz sobre la "esclavitud en el Perú." Tomamos lo 
siguiente de los informes presentados por Mr. Fuller, 
el Cónsul americano que acompañó a Mr. Mitchell 
en el Putumayo el año pasado: 

"Un empleado de la Compañía es Juez de paz en toda la región del 
Putumayo. Esto prueba claramente que las autoridades locales no tie- 
nen intención verdadera de llevar mejora ninguna a la situación atroz 
que reina en el Putumayo." 

"Lamento que tanto la Compañía como el Gobierno nos hayan im- 
pedido hacer un estudio serio de lo que verdaderamente sucede." 

"La agitación verificada en el Exterior ha causado gran sensación. 
Es más el temor que se tiene de que nazca la soberanía peruana en 



HISTORIA DE LAS ATROCIDADES 85 



esa región que la so'.ic-.tud que se manifiesta por los pobres indios vic- 
timas de los atropellos." 

"El énfasis con que se comenta el hecho de que las personas arres- 
tadas eran colombianas me hace creer que en Lima se conocian las opi- 
niones d3 Sir Roger Casement sobre los buenos métodos usados por 
los colombianos en el gobierno de esa región. . . . Puede que exista la 
idea de que los Estados Unidos piensen intervenir en las cuestiones de 
límites entre el Ecuador, Colombia y el Perú." 



CAPITULO VIII 

EL INFORME DEL JUEZ PAREDES 

Tenemos a la vista un ejemplar del informe pre- 
sentado por el Juez Paredes a su Gobierno con fe- 
cha 14 de junio último. Es un extenso documento 
que contiene millares de palabras cuyo único obje- 
to, contra lo que quería el autor, es el de probar 
que las condiciones que prevalecen en el Putumayo 
son las mismas que allí reinaban antes de la llega- 
da de Sir Roger Casement. Dice el doctor Paredes: 
"Los criminales fueron reemplazados por otra clase 
de hombres, ignorantes y mal remunerados, los cua- 
les, si no continúan ejecutando los actos abomina- 
bles de sus predecesores en el exterminio de los indios, 
no harán, ciertamente, nada en favor de ellos." Más 
adelante aíiade: *'En vista de todo lo que sucedió 
en tiempos pasados, es de justicia declarar que an- 
tes de la actuación iniciada por el actual Gobierno 
nadie pretendió reprimir los crímenes cometidos en 
el Putumayo, ni castigar a los criminales, ni mejorar 
la condición desventurada de los indios, a pesar de 
que se habían hecho repetidas acusaciones y de que 
la opinión pública en el Departamento de Loreto te- 
nía conocimiento de los crímenes horribles que se 
estaban cometiendo." 



EL INFORME DEL JUEZ PAREDES 87 

Las instrucciones dadas al Juez Paredes por su Go- 
bierno antes de que emprendiera viaje al Putumayo 
le ordenaban "proceder con prudencia y discreción 
para no hacer daño a la Compañía Arana ni alterar 
la obra de nuestras guarniciones, que estaban cum- 
pliendo un deber patriótico defendiendo esas remo- 
tas fronteras de nuestro territorio." Esta cláusula re- 
fuerza lo dicho anteriormente sobre existencia de una 
conspiración general basada en motivos ya honrados, 
ya viles, por parte de todos aquellos que quieren man- 
tener la jurisdicción peruana en el Putumayo. Ade- 
más, debe recordarse que las guarniciones en cues- 
tión estaban formadas por hombres a quienes men- 
cionamos con el nombre de soldados caucheros. 

En otra parte de su informe, refiriéndose a los ne- 
gros de Barbados, el doctor Paredes los llama hie- 
nas del Putumayo. Esto no exige comentario, pero 
el pasaje en que figura merece copiarse, pues debe 
recordarse que Sir Roger Casement se comprometió 
a poner a los negros bajo la jurisdicción de los tri- 
bunales de Iquitos (estuviera esto o no de acuerdo 
con la legislación inglesa), con tal que los agentes 
peruanos fueran igualmente procesados. Se contestó 
que, como el territorio estaba en litigio entre Co- 
lombia y el Perú, las autoridades judiciales no po- 
dían obrar en regiones que quedaban fuera de su ju- 
risdicción. El pasaje citado dice así: 

"Una de las razones que hicieron inútiles los esfuerzos del Gobierno 
fue la exportación de los negros barbadenses, ordenada por el Cónsul 
inglés Sir Roger Casement. Con ello perdieron los tribunales peruanos 



88 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

una importante fuente de información, pues no se puede -negar que el 
testimonio de esos hombres habría arrojado muchísima luz en el juicio, 
iluminando puntos oscuros del proceso. El apoyo que se prestó a esos 
negros — hienas verdaderas del Putuniayo — fue el primer paso hacia la 
disolución de esas cuadrillas de asesinos." 

El Juez propietario de un periódico en que se ha- 
blaba de los asesinatos de colombianos como de ac- 
tos "patrióticos y morales," dice también: 

"Había una especie de convenio tácito para negar los hechos, a pe- 
sar de que habla certidumbre sobre ellos. Una especie de falso patrio- 
tismo, estúpido y erróneo, y cierto respeto basado en el servilismo y 
la adulación a la opulencia de la Casa Arana, hicieron que las cosas 
se mantuvieran ocultas durante mucho tiempo y que se llegara hasta 
negar absolutamente la existencia del mal." 

Se hace referencia también a que los jefes de las 
tropas estacionadas castigan a los indios con látigo. 
En muchas partes el informe del Comisionado pe- 
ruano admite que los esfuerzos de su Gobierno han 
fracasado, y lamenta al mismo tiempo que la Comi- 
sión de que hace parte no hubiera llegado aja re- 
gión algunos años antes, pues con ello se habrían 
evitado muchísimos crímenes y se habrían podido 
sacar grandes riquezas. Se asegura que con el lan- 
zamiento de doscientas quince órdenes de arresto, 
de las cuales se han hecho efectivas solamente nue- 
ve, "se llevan a cabo satisfactoriamente los propó- 
sitos laudables del Gobierno." Con el fin de res- 
taurar el orden y de conciliar los sentimientos de 
la humanidad, en tanto que es cosa sabida que por 
lo menos uno de los peores criminales— el famoso 
Loaisa— tiene a su cargo una de las dos empresas 



EL INFORME DEL JUEZ PAREDES 89 

centrales, el Juez Paredes informa que "no hay hoy, 
en servicio, ninguno de los antiguos jefes o admi- 
nistradores de la Compaiiía Arana." Además, el in- 
forme dice claramente que las revelaciones de La 
Felpa y de La Sanción convencieron a todo el mundo. 

Hemos hecho las citas anteriores únicamente con 
el objeto de demostrar la poca fe que merece el 
Comisionado. De nada serviría comentar línea por 
línea el informe, pero nos creemos obligados a decir, 
sin que a ello nos mueva ningún sentimiento de 
animadversión, que el informe del Comisionado del 
Gobierno del Perú, sobre asuntos de tan vital im- 
portancia, es un modelo insuperable de hipocresía. 

El informe del doctor Paredes figura en las pági- 
nas de un periódico publicado en inglés, en Lima, 
con el nombre de Perú To-day. La Legación del Perú 
en Londres distribuye ejemplares de ese periódico ; 
en el mismo número en que figura el Informe apa- 
rece un editorial extraordinario sobre los indios ca- 
níbales del Putumayo. Sin embargo, el doctor Pa- 
redes, en su informe, afirma enfáticamente que quie- 
nes digan que los indios del Putumayo son caníbales, 
''se hacen culpables de falsedad voluntaria," Otro 
número del periódico reproduce una fotografía ho- 
rrible de una india asesinada, según se afirma allí, 
por los colombianos. Es importante anotar, como 
cosa curiosa, el hecho dé que los peruanos han re- 
suelto, últimamente, encarcelar en Iquitos a ciuda- 
danos colombianos por crímenes cometidos en el 
Putumayo. Aparentemente, no ha llenado aún el Perú 



90 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

la copa de la iniquidad. Como arriba dijimos, se han 
hecho efectivas solamente nueve órdenes de prisión. 
Personas bien informadas opinan que es más que 
probable que no se efectúe castigo alguno. Se sabe, 
además, que Pablo Zumaeta, antiguo Administrador 
de la Pemvian Amazon Co. en Iquitos, está en li- 
bertad, toma parte activa en los negocios públicos 
de esa ciudad, y dirige nuevamente las operaciones 
de la Compañía en Iquitos. 



CAPITULO IX 

LAS DECLARACIONES DE MR. HARDENBURG 

Profunda deuda de gratitud debe el público a Mr. 
W. E. Hardenburg, porque, debido a las revelacio- 
nes por él hechas al editor de Truth, el Ministerio 
de Relaciones Exteriores de Inglaterra resolvió en- 
trar en acción, haciendo una investigación indepen- 
diente sobre la verdadera situación del Putumayo. 
En su libro titulado El Putumayo figura un relato 
detallado de sus viajes sensacionales en esa región 
en 1907 y 1908. Aunque recomendamos vivamente a 
nuestros lectores el estudio de ese libro, no nos pro- 
ponemos analizarlo aquí detalladamente. Nos limita- 
remos a indicar los hechos y opiniones que sirvan 
de base a las afirmaciones que hemos hecho en es- 
tas páginas. 

Menciónanse allí especialmente los esfuerzos he- 
chos últimamente por los colombianos para llevar el 
cristianismo a esa región. Allí se describe a Santia- 
go como una aldea de cincuenta chozas alrededor 
de una iglesia construida por los capuchinos para 
la conversión e instrucción de los indios, en la cual 
dirigen el servicio cinco o seis religiosos. En Sibun- 
doy hay un convento de Capuchinos; allí ha esta- 
blecido su residencia el Padre Prefecto, jefe de las 

8 



92 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

misiones capuchinas en los territorios de Caquetá y 
Putumayo. En 1937 se construía otro convento. Los 
indios de Mocoa, ciudad que menciona Mr. Harden- 
burg como capital del territorio del Putumayo, pro- 
fesan el cristianismo y tienen conocimiento limitado 
del castellano. Con el fin de predicar a los indios, 
los religiosos de Mocoa se dirigen frecuentemen- 
te a Guineo, lugar del Alto Putumayo, en donde 
se levantan una iglesia y un convento. Los indios 
de esa región reciben el nombre de dones; como 
prueba de que en esa región se han efectuado 
negocios con blancos, debe mencionarse el hecho 
de que esas tribus llevan machetes y escopetas, in- 
troducidos allí por los colombianos, y adornan sus 
cuerpos con cuentas y baratijas de la misma proce- 
dencia. Añade el viajero: "Esos indios son hoy in- 
dolentes y pacíficos; las guerras intestinas, antes fre- 
cuentes y terribles, han desaparecido hoy, gracias a 
la enseñanza de los religiosos." En la pequeña al- 
dea de San Diego todos los habitantes salieron a 
recibir a Mr. Hardenburg y a su compañero Mate- 
rón, colombiano que había figurado como socio de 
la Casa colombiana Martínez y González, y que era, 
por lo que parece, muy popular entre los indios. 
Mr. Hardenburg describe el establecimiento de Ma- 
terón diciendo que constaba de una casa grande de 
dos pisos donde reinaba la más estricta moralidad. 
González no permitía allí que se cometiera ningún 
abuso con los indígenas. Según el autor, los peones 
vivían allí tranquilos y contentos; "toda la región 



DECLARACIONES DE HARDENBURG 93 

había sido colonizada desde un principio por los 
colombianos, quienes fueron despojados por los pe- 
ruanos" hasta el punto de que en enero de 1908 so- 
lamente quedaban en pie tres empresas colombianas. 

Cuando la noticia de los crímenes llegó por 
primera vez a oídos de Mr. Hardenburg, éste inte- 
rrogó a su guía, que era persona muy inteligente, 
quien le contestó *'que los peruanos trataban malí- 
simamente a los indios, azotándolos, mutilándolos y 
matándolos." El guía aseguraba además, volunta- 
riamente, que los colombianos no hacían uso de tales 
prácticas, y trataban siempre a los indios con la 
mayor benevolencia. 

El viajero hace un relato sensacional del rapto de 
la esposa de Serrano, así como del pésimo trato 
dado a este colombiano por los peruanos y del robo 
que éstos le hicieron de mercancías por valor de 
mil libras esterlinas. "Los indios sabuyanos que Se- 
rrano tenía en La Reserva, dice Mr. Hardenburg, nos 
sirvieron admirablemente, porque eran benévolos, ale- 
gres y honrados. Serrano los trataba con tanta bon- 
dad, que mereció de ellos el título de padre." 

Cuando llegaron al Putumayo los primeros co- 
lombianos, enfermos y sin dinero, fueron cordial- 
mente recibidos por los indios huitotos, quienes les 
suministraron toda clase de víveres. Mr. Hardenburg 
declara que los empleados de Serrano dormían en 
hamacas, en tanto que los desventurados que esta- 
ban en servicio de la Peruvian Amazon Co. se veían 
obligados a dormir en el suelo. Los indios emplea- 



94 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

dos por este colombiano usaban ropa extranjera, 
como lo hacían también los que estaban al servicio 
de Ordóñez y Martínez. Esto debe tenerse muy en 
cuenta, puesto que demuestra que en la misma época 
en que a pocas millas de distancia se cometían los 
más atroces crímenes, los pocos colombianos que 
quedaban en el Putumayo trataban a sus trabaja- 
dores con las mayores consideraciones. Prueba de 
esto es, además, el que Serrano y sus compañeros 
daban a los indios tiempo suficiente para que cul- 
tivaran y cosecharan víveres abundantes, en tanto 
que los indios que esclavizaba la Peruvían Ama- 
zon Co. morían muchas veces de hambre. 

El autor describe detalladamente los métodos em- 
pleados por la Casa Arana Hermanos para depojar 
a los colombianos, asesinándolos, robándoles sus 
esposas y esclavizando sus empleados. 

Allí se da cuenta gráfica del ataque verificado 
contra La Unión en enero de 1908 (1). 

Muchas páginas de El Paiumayo están consagra- 
das a los crímenes terribles cometidos contra los 
indios; es un libro que debe leerse. De los párra- 
fos que a continuación copiamos, el primero apoya 
simplemente nuestro argumento principal; el segun- 
do nos da materia para profundas meditaciones, y 
el tercero, debido a su aplicación personal, impone 
a la humanidad un deber imprescindible: 

(I) Tenemos en nuestro poder gran número de decumentos sobre 
éste y otros puntos, pero como no se refieren directamente al fin que 
nos proponemos, nos abtcnemos de publicarlos. 



DECLARACIONES DE HARDENBURG 95 

"En los tiempos en que los colombianos dominaban en esa región, 
acostumbraban llevar religiosos de Pasto y A'locoa, para que convir- 
tieran a los huitotos y los iniciaran en los caminos y costumbres de la 
civilización cristiana." 

"El número de indios disminuye de manera alarmante, y a menos 
que se haga algo para protegerlos, pronto desaparecerá completamente 
esa noble raza de aborígenes, como ha sucedido con muchas otras en 
las regiones del Alto Amazonas." 

" i Pjeblo de Inglaterra! ¡Pueblo justo y generoso que has sido 
siempre el centinela avanzado del cristianismo y la civilización, consi- 
dera a las pobres víctimas de esos crímenes inenarrables, liberta a los 
indios de la cruel esclavitud en que gimen, y castiga a sus opresores! " 

Mr. Reginald Enock, en su introducción al relato de 
Mr. Hardenburg, hace revelaciones importantes. Dice 
Mr. Enock que el Gobierno del Perü y la prensa de 
esa República han tenido siempre conocimiento del 
tratamiento brutal que se daba a los indios, a quie- 
nes consideraban como animales. Cita un pasaje de 
un volumen que contiene documentos oficiales re- 
ferentes al Departamento de Loreto, publicados en 
1905, que demuestran el exterminio de los indígenas y 
la venta y compra que de éstos se hacía como de 
mercancías ordinarias. Mr. Enock menciona también 
un número de El Comercio de Lima correspondiente 
a febrero de 1905, en que se dice que el asesinato 
y la esclavitud son parte integrante de las costum- 
bres del Perú en otras regiones de su territorio. Se- 
gún el mismo escritor, en la Revista de Revistas 
americana correspondiente a septiembre de 1912, se 
dice que el Juez Paredes tuvo la osadía inconce- 
bible de manifestar públicamente que las peores 
atrocidades se debían a la Compañía inglesa cau- 



96 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

chera. El caso es, como muy inteligentemente lo de- 
clara Mr. Enock, que la tal Compañía fue recibida 
con los brazos abiertos por el Perú, como garantía 
segura del dominio del Perú sobre un territorio en 
litigio. La introducción nos informa, además, que la 
producción de caucho en Iquitos, de 1911 a 1912, 
fue muy superior a la de 1910 a 1911. 



CAPITULO X 

LAS REVELACIONES DE MR. PATERNÓSTER 

Cuando Mr. Hardenburg llegó a Londres en agos- 
to de 1909, se dirigió a las Oficinas de Truth, don- 
de tuvo una entrevista con Mr. Sidney Paternóster, 
Subeditor de esa Revista. Convencido de la verdad 
del relato extraordinario que le hacía su visitante, 
Mr. Paternóster principió a revelar semanalmente an- 
te los cjos del mundo aterrorizados los terribles suce- 
sos verificados en el ''Paraíso del Diablo." Corres- 
ponde, pues, a Mr. Paternóster y a Mr. Hardenburg 
el hon^r de haber hecho esas revelaciones excep- 
cionales, haciéndose acreedores a la gratitud pública. 
Hace poco publicó Mr. Paternóster un libro intere- 
sante sobre las atrocidades del Putumayo. En esa 
obra, cue fue editada por Stanley Paul con el título 
de Los dueños del Paraíso del Diablo, encontramos 
datos Ltilísimos sobre la verdadera situación del Pu- 
tumayo durante muchos años. 

Opina Mr. Paternóster que los colombianos tra- 
taban generalmente a los indígenas con bondad, y 
añade que "con la desaparición de los colonos co- 
lombian)s y con la iniciación de los negocios de la 
Casa peuana principiaron los orgías de crueldad en 
el Putunayo." Allí se confirma el dicho de Mr. Har- 



98 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

denburg, quien asegura que mientras permaneció en 
territorio verdaderamente colombiano fue bien reci- 
bido, notando además que se trataba a los indíge- 
nas bondadosamente. 

Mr. Perkins, ciudadano americano y compañero 
de Mr. Hardenburg en sus viajes por el Putumayo, 
dice que cuando estuvo en El Encanto "fueron captu- 
rados veintinueve colombianos por una fuerza consi- 
derable de peruanos que los obligó, por medio de 
engaños, a que depusieran las armas. Esos prisioneros, 
atados e inermes, fueron asesinados con pistolas y 
machetes. Algunos de los peruanos, más valientes 
que los otros, mutilaban a los muertos cortándoles 
las cabezas y los brazos." Dice también el ameri- 
cano que Rocca, Director de La Felpa y de La San- 
ción, abandonó a Iquitos en 1908 y se dirigió a Li- 
ma, en donde formó parte de la Dirección de Lo Pren- 
sa, periódico importante de esa ciudad y que repro- 
dujo la mayor parte de los artículos publicados en 
los dos periódicos mencionados. 

En el libro de Mr. Paternóster encontrarán nues- 
tros lectores un comentario severo sobre la conduc- 
ta del Encargado de Negocios del Perú en Londres. 
Dice Mr. Paternóster que ''es verdaderamente ver- 
gonzoso que, una nación que se considera civilizada 
se entregue al prevaricato y a la mentira con el fin 
de impedir que se castigue a los criminales." 

Mr. S. Bell, que formó parte de la Comfeión de 
la Compañía, demuestra que la intervencióii ejecu- 
tiva del Gobierno del Perú en la supresión de las 



REVELACIONES DE MR. PATERNÓSTER 99 

atrocidades es tan nula hoy como anteriormente. Ase- 
gura iMr. Bell que la única persona que ha recibido 
castigo alguno de las altas autoridades del Perú ha 
sido el Juez del crimen de Iquitos, a quien se des- 
tituyó por haber lanzado órdenes de arresto contra 
los principales agentes de la Compañía. A ese res- 
pecto dice Sir Roger Casement en el Libro Azul: 
"El Tribunal Superior anuló la orden de prisión con- 
tra Zumaeta y destituyó al Juez, doctor Valcárcel, 
so pretexto de que había abandonado su puesto. Ese 
mismo día tuvo conocimiento el Tribunal de un jui- 
cio iniciado por Zumaeta contra el doctor Valcárcel, 
a quien acusaba de 'revelación de documentos ofi- 
ciales.'" 

Dice Mr. Paternóster: "Podría haber posibilidad 
de poner las vidas de los indígenas empleados en 
la recolección de caucho en manos de individuos 
que tuvieran con ellas las consideraciones y el res- 
peto que exije la civilización." 

El primer capítulo de la obra se titula Acusa- 
ción: en ella nos recuerda el autor que el único re- 
medio que tienen esas abominaciones está en la fuer- 
za de la opinión pública, la cual, aunque irresistible, 
no ha despertado aún. De parte del Perú nada pue- 
de esperarse. Su buena fe es más que dudosa. Sir 
Edward Grey publicó el Libro Azul para apelar ante 
la opinión pública contra los métodos falaces del Go- 
bierno del Perú. Mr. Paternóster, con mucha justi- 
cia, pide a sus lectores que consideren los hechos 
para que juzguen por sí solos de la inacción de ese 



100 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

Gobierno. Acusa al Gobierno peruano de ocultar a los 
criminales, de perdonar sus delitos y de no hacer 
nada para impedir la renovación de las atrocidades. 
"La sangre de los indios asesinados y torturados 
pide justicia— dice Mr. Paternóster— pero es preciso 
mirar al futuro más bien que al pasado." El Gobier- 
no del Perú, añade, tenía conocimiento, en 1907, por 
la prensa peruana, de las atrocidades, las cuales se 
efectuaban todavía en 1909, cuando el público in- 
glés tuvo por prim.era vez conocimiento de ellas. 
No había cesado en 1910, inmediatamente antes de 
la visita de Sir Roger Casement al Putumayo. Mr. 
Paternóster insiste una y otra vez sobre el verda- 
dero estado de la situación, y asegura que en vista 
de las últimas inmensas consignaciones de caucho, 
"se ha vuelto a los antiguos métodos, y que por 
medio del látigo, el machete y el revólver, se obli- 
ga a los indígenas a trabajar por sus patrones hasta 
derramar por ellos la última gota de sangre." Re- 
petimos con Mr. Paternóster que ''en ese hecho debe 
buscarse la justificación final de la publicación de es- 
te libro." 



CAPITULO XI 

REVELACIONES HECHAS EN EL PARLAMENTO 

En la época en que se publicó el Libro Azul, mu- 
chos miembros de la Cámara de los Comunes hicie- 
ron interpelaciones referentes a los crímenes del Pu- 
tumayo. La siguiente servirá para mostrar cuál es el 
sentimiento que prevalece en ese país con respecto 
a la soberanía peruana en el Putumayo: "Se servi- 
rá mi honorable colega, preguntaba Mr. Hall, tomar 
medidas serias para considerar la recomendación que 
hacen los Estados Unidos a fin de saber si el Perú es 
nación que deba tener dominio sobre esa región o 
si se la debe despojar forzosamente de ese domi- 
nio?" 

Sir Edward Grey declaró en la Cámara de los Co- 
munes que el relato hecho por Sir Roger Casement 
de las atrocidades del Putumayo era la lectura más 
horrible que hubiera hecho en su vida, y "que el 
Gobierno haría todo lo que estuviera a su alcance 
y apoyaría todas las indicaciones de las -demás Po- 
tencias para llegar a la certidumbre de que tal esta- 
do de cosas había terminado." El mismo Sir Edward 
Grey hizo la siguiente declaración importante en la 
Cámara de los Comunes el 1.° de agosto pasado: 



102 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 



"Hemos hecho todo lo que a nuestro alcance estaba en la vía di- 
plomática a fin de probar que era esencial para el buen nombre del Perú 
que el Gobierno de esta nación tomara las medidas necesarias para 
castigara los criminales e impedir en lo futaro la renovación de esos 
delitos. Grandísimo placer nos ocasionará el poder promover o apo- 
yar medidas que aseguren un cambio total en la situación del Putumayo. 

"Es muy difícil saber lo que allí sucede hoy. No dudo que la pre- 
sencia de Sir Roger Casement impediría todo abuso, pero, en vista de 
la poca autoridad que allí ejerce el Gobierno del Perú, ¿qué sucederá 
cuando ni nosotros ni los Estados Unidos tengan allí representante? El 
Gobierno del Perú afirma — y creo que lo haga de buena fe — que las 
atrocidades pertenecen definitivamente al pasado. La región, sin embar- 
go, es muy remota, y la acción del Gobierno peruano ha sido allí tenue 
e intermitente. Estoy seguro de que a menos que se castigue a los 
criminales cuyos nombres son conocidos y que fueron responsables de 
esos horrores, no se puede tener la seguridad de que otras gentes se 
abstengan de cometer nuevas atrocidades con la esperanza de quedar 
impunes. Mientras no se castiguen esos criminales conocidos, no me 
atrevería, a menos de tener informes directos, a cargar con la respon- 
sabilidad de dar seguridad alguna o de expresar opiniones sobre la si- 
tuación actual del Putumayo. 

"Se ha llamado mi atención sobre otra medida que consiste en im- 
pedir la exportación de caucho del Putumayo, cosa que sólo puede ha- 
cer el Brasil. Al efecto, he llamado la atención del Gobierno de los Es- 
tados Unidos, pues el asunto merece considerarse, y si el Brasil está 
resuelto a dar algún paso en ese sentido, nada sería más eficaz. Si al- 
go se resolviere en este particular, debería hacerse, una vez que los Es- 
tados Unidos se convencieran de la necesidad de esa medida y se de- 
cidieran a prestarle apoyo." 



CAPITULO XII 

DERECHOS DE SOBERANÍA DE COLOMBIA 

La simple tenencia del suelo no constituye pro- 
piedad territorial. Aunque, como lo hemos visto, los 
derechos de Colombia sobre el Putumayo son, en 
ese sentido, anteriores a los del Perú, Colombia no 
presenta ese argumento como derecho válido para 
ejercer jurisdicción sobre el Putumayo y sus afluen- 
tes: debe hacerlo, empero, puesto que el Perú aban- 
dona el principio del ut¿ possidetis de jwe, sustitu- 
yéndolo con el uti possidetis de fado con el fin de 
legalizar su usurpación. Tomando, pues, esta base 
de argumentación, encontramos que la ocupación 
constante del Putumayo por Colombia hasta 1900, 
fue usurpada en ese año por una Casa de comercio 
peruana que se convirtió, más tarde, en compañía 
inglesa. Esa organización comercial principió sus tra- 
bajos asesinando millares de indígenas colombianos 
y muchos ciudadanos de esa misma nación. En tanto 
que el mundo entero protesta, el usurpador extran- 
jero, es decir, el Perú, sigue adelante su campaña 
criminal con el fin de retener tierras que pertenecen 
a otra nación. Es éste el aspecto general de la cues- 
tión, de cuya consideración debe alejarse el princi- 
pio del üti possidetis de fado, puesto que el Perú 



104 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

reconoce que el territorio en cuestión es neutral. Por 
esta razón es de la mayor importancia estudiar aten- 
tamente el uti possidetis de jure. Con el fin de que 
nuestros lectores se den cuenta clara de los dere- 
chos de soberanía que Colombia posee sobre ese 
territorio, es necesario hacer breve mención de los 
títulos de Colombia que acreditan ese derecho. 

Antes del descubrimiento de América el imperio 
de los incas no se extendió jamás en dirección orien- 
tal y mucho menos por el Norte hacia el Amazonas. 
El reino indígena de Quito no se extendía en direc- 
ción de las llanuras orientales más allá de las mon- 
tañas. Conquistados por los incas hacia mediados 
del siglo XV, ese reino fue subyugado cincuenta años 
después por Belalcázar; y Orellana, partiendo de Qui- 
to y descendiendo por el río Ñapo, descubrió y na- 
vegó el importante río que lleva su nombre. En 1 538 
el Gobierno de Quito incluía cinco grupos de Provin- 
cias, a saber: en el Norte, Pasto, Popayán y An- 
tioquia; en el centro, Quito, Tacunga, Puruhá, Ca- 
ñaris, Calvas y Ayavaca; en el Sur, Huancabamba, 
Jaén y Yaguarsongo; en Occidente, Atacama, Caras, 
Babas, Túmbez, Paita, Piura y Póseos; en el Orien- 
te, Macas, Canelas y Quijos. En 1541, sin embargo, 
cuando Carlos V decretó el establecimiento del Go- 
bierno de Quito, separó las tres Provincias septen- 
trionales (Pasto, Popayán y Antioquia), y las aña- 
dió a Santa Fe de Bogotá. Separó también algunas 
de las Provincias occidentales y meridionales y las 
agregó a Lima, fijándoles como límite los ríos Túm- 



soberanía de COLOMBIA 105 

bez y Macara. En el lejano Oriente se suponía que 
existían regiones " aún no conocidas ni conquista- 
das." En el mismo año salió de Santa Fe la expe- 
dición dirigida por Hernán Pérez de Quesada, quien 
fue el primero en descubrir las regiones bañadas por 
los ríos Caquetá y Putumayo. Al mismo tiempo Pi- 
neda y otros españoles, partiendo de Quito, explo- 
raron las tierras bañadas por el Amazonas, las cua- 
les, en 1548, constituían provincias dependientes exclu- 
sivamente de Quito. 

Las regiones situadas entre los ríos Ñapo y Pu- 
tumayo, y entre éste y el Caquetá, eran conocidas 
con el nombre de Misiones de Mocoa y Sucumbios 
y dependían invariablemente del Cantón de Pasto, 
hecho por nadie discutido ni contradicho. En esa 
época primitiva principiaron a fundarse aldeas en 
esas regiones; en 1635 llegaron religiosos francisca- 
nos de Popayán y Neiva y autoridades civiles que 
formaron colonias en diferentes puntos. 

En 1717 y 1739 se constituyó el Virreinato de la 
Nueva Granada, en el cual quedó incluida la Presi- 
dencia de Quito. Limitaba la Nueva Granada con el 
Virreinato del Perú por el río Túmbez y por el río 
Macara, en su desembocadura en el Amazonas. Un 
siglo antes .De Vaca había partido de Loja acompa- 
ñado de muchos misioneros con el fin de subyugar 
a los indios maynas; después de viajar por los ríos 
Ucayali, Huallaga y Yavarí, puso a la región el nom- 
bre de Maynas, e hizo de ella una Provincia de- 
pendiente de Quito. Entre los años de 1616 y 1760 



106 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

los misioneros jesuítas y los oficiales políticos fun- 
daron veintidós ciudades en las riberas de esos ríos 
y conquistaron cuarenta tribus de indios. 

Debido a la expulsión de los jesuítas en 1767, las 
misiones fueron abandonadas, resultando de ello la 
vuelta de los indios al estado salvaje. 

No existe ley ninguna que emane del Rey de Es- 
paña en la cual, tácita o expresamente, se cancele, re- 
forme o modifique el Real Decreto de 20 de agosto de 
1739 que marcaba la línea territorial de jurisdicción 
entre los Virreinatos de la Nueva Granada y el Perú. 
Ese Decreto establece a Popayán y a Quito como 
Provincias de Nueva Granada, y de acuerdo con él, 
la Corona de España, cuyos títulos a las regiones 
septentrionales del Amazonas quedaban claramente 
definidos en el Tratado de San Ildefonso, hacía que 
las regiones del Putumayo formaran parte integran- 
te del Virreinato de Santa Fe de Bogotá. Hasta el 
momento en que se verificó la independencia sur- 
americana, las autoridades del Virreinato de Santa Fe 
ejercieron jurisdicción pacífica sobre toda la región 
septentrional del Amazonas. 

Después de la emancipación de Suramérica las 
nuevas Repúblicas aceptaron y proclamaron el prin- 
cipio del utí possidetis juris de 1810 como base de 
sus límites territoriales. Es decir, convinieron en ga- 
rantizar la integridad de sus respectivos dominios 
tal como había existido hasta ese año y en la mis- 
ma forma en que había sido establecida por las cé- 
dulas de los Reyes de España que crearon los Vi- 



SOBERANÍA DE COLOMBIA 107 

rreinatos, Capitanías Generales o Presidencias que 
más tarde vinieron a ser Estados Soberanos. Por es- 
ta razón la Constitución del Congreso de Angostu- 
ra de 1818 dice que el territorio de la República de 
Colombia "será el mismo que antiguamente forma- 
ban la Capitanía General de Venezuela y el Virrei- 
nato d2 la Nueva Granada, cuyos límites precisos se 
fijarán posteriormente, en circunstancias más favo- 
rables." La misma cláusula figura en la Constitución 
que dictó en 1821 el Congreso de Cúcuta. Una y otra 
se refieren a la Real Cédula de 1739 que sirve de 
base a los derechos de Colombia en relación con el 
Perú. 

En 1824, en una ley aprobada por el Congreso de 
Colombia sobre fijación de límites territoriales, se 
afirmaba "que el Departamento de Azuay incluye las 
Provincias de Cuenca, Loia, Jaén y Maynas." No te- 
nemos noticia de que el Perú protestara jamás con- 
tra esa ley que definía la soberanía de Colombia so- 
bre Jaén y Maynas. En una ley aprobada por el Con- 
greso de Bogotá en 1830 se repite la misma fórmu- 
la diciendo que "el territorio de Colombia incluye 
las Provincias que antiguamente constituían el Vi- 
rreinato de Nueva Granada y la Capitanía General 
de Venezuela." Nueva prueba de lo dicho se en- 
cuentra en los artículos í y 3 de las Constituciones 
de 1853 y 1863, respectivamente, que dicen: *'E1 an- 
tiguo Virreinato de la Nueva Granada, que formaba 
parte de la antigua República de Colombia y que ha 
venido a formar últimamente la República de la Nue- 

9 



108 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

va Granada, se constituye en República democráti- 
ca, libre y soberana, independiente de toda autori- 
dad, dominación o potencia extranjera. Las fronteras 
del territorio de los Estados Unidos de Colombia son 
las mismas que en 1810 separaban el territorio del Vi- 
rreinato de Nueva Granada de las Capitanías Gene- 
rales de Venezuela y Guatemala y de las posesiones 
portuguesas del Brasil. Por el Sur, los límites serán, 
provisionalmente, los mismos que define el Tratado 
celebrado con el Ecuador el 9 de julio de 1856. Las 
demás fronteras serán las que hoy separan al Ecuador 
y a Colombia del Perú." Ese mismo artículo figura 
en la Constitución de 1886. Los textos que hemos 
citado de las varias Constituciones prueban que Co- 
lombia ha mantenido persistentemente la tradición de 
sus derechos, sin que en ello hayan tenido la menor 
influencia sus muchos cambios políticos. Es, además, 
evidente que cuando las Constituciones arriba men- 
cionadas decretaron que el territorio nacional de Co- 
lombia fuera el mismo del Virreinato de la Nueva 
Granada esto se refería a los límites de fronteras in- 
dicados en la Real Cédula de 1739, con la sola ex- 
cepción de la frontera ecuatoriana. 

Después de la independencia ningún territorio del 
continente suramericano quedó a despota, es decir, 
sin propietario, de manera que ningún Estado podía 
adquirir tal territorio como su descubridor o con- 
quistador. Ese principio particular del Derecho In- 
ternacional americano fue espontáneamente aceptado 
en su origen, siendo corroborado más tarde portra- 



soberanía de COLOMBIA 109 

tados. Fue uno de ellos la alianza firmada en la Asam- 
blea Internacional de Panamá el 15 de julio de 1826 
por los Plenipotenciarios de Colombia, Perú, Méji- 
co y América Central. En 1848 se firmó también un 
tratado de federación por los Plenipotenciarios de la 
Nueva Granada, Perú, Ecuador, Solivia y Chile, en el 
cual se declaraba que las Repúblicas confederadas 
" tenían derecho para mantener los límites de sus te- 
rritorios tal como ellos existían en la época en que 
se libertaron de España y en que existían los mu- 
chos Virreinatos, Capitanías Generales o Presiden- 
cias en que se dividió la América española." En 1853 
el Ministro peruano Tirado declaró que admitía el 
principio del uti possidetis que expresaba el estado 
de cosas que existía con respecto a los límites te- 
rritoriales en 1810 y que está vigente en los asun- 
tos referentes a derechos territoriales entre las na- 
ciones americanas. Puede aducirse prueba mayor al 
mismo efecto para demostrar que el Perú ha reco- 
nocido en sustancia y en hecho el principio del uti 
possidetis de 1810, pero como esas pruebas tienen 
como base el reconocimiento y admisión por parte 
del Perú, es inútil estudiarlas. 

En 1822 el Gobierno del Perú incluyó en un De- 
creto sobre circunscripciones electorales las Provin- 
cias de Jaén, Quijos y Maynas. Esto, naturalmente, 
no indicaba intención alguna de incluirse las tierras 
situadas al Norte del Amazonas, pues aun en el caso 
de que se supusiera que Maynas formaba parte del 
antiguo Virreinato del Perú, su jurisdicción nunca se 



lio EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

extendió más allá de la ribera septentrional de ese 
río. Sin embargo, el Gobierno de Colombia protes- 
tó contra ese procedimiento del Perú, diciendo "que 
si consentía, el Perú se apoyaría en ello más tarde 
para reclamar título de soberanía sobre esa región." 
El Gobierno del Perú desistió de su empeño, y el 
5 de julio de 1822 anuló el Decreto que incluía en 
las circunscripciones electorales a Jaén y Maynas. 
Dando así satisfacción plena a Colombia, el Perú re- 
conocía el derecho de soberanía de esa nación so- 
bre tales Provincias. Un año más tarde se firmó en 
Lima un convenio según el cual ambas Repúblicas 
aceptaban "como límites de sus respectivos territo- 
rios los mismos que primitivamente pertenecieron a 
los Virreinatos de la Nueva Granada y el Perú." 

La situación del Perú en esa época era sumamen- 
te crítica, debido a su guerra de independencia con- 
tra España. A consecuencia de los graves reveses 
sufridos por las tropas peruanas, el Gobierno del 
Perú se vio obligado a pedir ayuda a Colombia. Bo- 
lívar consintió en enviar 6,000 hombres en apoyo del 
Perú; al hacerlo, manifestó así su opinión: "Colom- 
bia cumplirá su deber con el Perú enviando sus tro- 
pas al Potosí. Volverán nuestros soldados a sus ho- 
gares y a su patria trayendo como única recompen- 
sa el recuerdo del apoyo que prestaron a los pe- 
ruanos en la conquista de la libertad. Colombia no 
exige una sola pulgada de suelo peruano, porque su 
seguridad, su gloria y su felicidad consisten en pre- 
servar su propia libertad, dejando que sus hermaiías 



soberanía de COLOMBIA 111 

repúblicas gocen de su independencia." Cumplié- 
ronse tales aspiraciones, y las victoriosas tropas co- 
lombianas regresaron a la patria llevando tan sólo 
los laureles alcanzados por su heroísmo. El Perú se 
negó a pagar los gastos hechos por Colombia, que 
constituyeron sencillamente el precio de su indepen- 
dencia. 

Fue entonces cuando Bolívar, ansioso de evitar una 
guerra con el Perú, envió a Lima una Comisión de 
paz que no fue recibida por el Gobierno peruano. 
El Perú en seguida bloqueó a Guayaquil, y como lo 
dice el Mariscal Sucre, "invadió con 8,000 soldados 
la tierra de sus libertadores, pero fue derrotado por 
4,000 colombianos el 27 de febrero de 1829," en la 
batalla de Tarqui. Posteriormente el Mariscal Sucre, 
como en la época se dijo, "firmó con una pluma de 
paloma un tratado de paz que debiera haber arran- 
cado, como conquistador, con la punta de su espa- 
da." En vez de seguir adelante y de destruir com- 
pletamente a los invasores, planteando en Lima las 
condiciones de paz, que se reducían al reconoci- 
miento de la soberanía de Colombia sobre Jaén y 
Maynas y al pago de las costas de la guerra de la 
Independencia, Sucre se limitó a nombrar delegados 
por cuenta de Colombia para que suscribieran el 
convenio de Jirón, en el cual se estipulaba que "los 
límites de ambas naciones serán arreglados por una 
Comisión que tomará como base de dichos límites 
la demarcación política que existía en agosto de 1809 
entre los Virreinatos de la Nueva Granada y el Perú." 



112 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

Pocos meses después firmóse un nuevo tratado 
definitivo que fue promulgado ese mismo año como 
ley colombiana. Era el tratado de Guayaquil, en cu- 
yos artículos 5, 6 y 7 se estipulaba que los limites 
de los respectivos territorios serían los mismos que 
los de los antiguos Virreinatos antes de verificarse 
la independencia suramericana. Ese tratado constitu- 
ye un título incontrovertible, y fue formado por Co- 
lombia y el Ecuador con el fin de defenderse con- 
tra los actos proditorios de los peruanos. Ese tra- 
tado da fuerza al statu quo que existía antes de la 
batalla de Tarqui. Además, en vista del hecho que 
esa batalla debía decidir, a falta de un arreglo por 
ja vía diplomática, sobre cuál de los beligerantes de- 
bía ser propietario de las dos Provincias de Jaén y 
Maynas, es claro, aun pretendiendo que los títulos 
anteriores no poseyeran suficiente validez, que la 
victoria de Colombia presupone un derecho incues- 
tionable. En ese entonces, naturalmente, nadie po- 
día suponer que años después el Perú reclamara ju- 
risdicción sobre regiones que comprenden una ex- 
tensión de tierra que va desde el Norte del Amazo- 
nas hasta la cima de las montañas vecinas a Pasto. 

Durante mucho tiempo el Perú negó el derecho 
que Colombia tuviera para inmiscuirse en las cues- 
tiones de límites entre el Ecuador y el Perú, dando 
como razón que, como las fronteras del Perú no 
coexistían con las de Colombia, el asunto concernía 
únicamente al Perú y al Ecuador. Convengamos teó- 
ricamente en que Colombia no posee una frontera 



soberanía de COLOMBIA 113 

común con el Perú y que es el Ecuador quien debe 
arreglar teóricamente sus litigios de límites con el 
Perú, cosa que no puede afectar en manera alguna 
el territorio del Putumayo. La Nueva Granada y el 
Ecuador se separaron en 1832, y de esa fecha en 
adelante, desgraciadamente los dos Gobiernos no han 
adoptado una actitud igual con respecto a sus con- 
troversias de límites con el Perú. 

En la primera mitad del siglo xix el Perú no ejer- 
ció acción alguna, de. hecho o palabra, sobre las 
tierras situadas al Norte del Amazonas. La guerra 
de 1829 estableció el derecho de Colombia sobre las 
Provincias meridionales de Jaén y Maynas. Sin em- 
bargo, en 1853, cuando el Gobierno del Perú dictó 
un Decreto para establecer la Gobernación militar y 
política de Loreto, que abrazaba todo el territorio 
que comprendía la antigua Provincia de Maynas, Co- 
lombia protestó inmediatamente, basándose en el de- 
recho del üti possidetis. 

Años más tarde el Perú, sin tener en cuenta el 
Tratado de 1777 entre España y Portugal, celebró 
un tratado con el Brasil para la delimitación de fron- 
teras, que fue cambiado más tarde cuando se fijó 
la línea de demarcación desde un punto cercano a 
la desembocadura del río Apaporis a otro punto si- 
tuado cincuenta millas arriba de la desembocadura 
del Putumayo. Según los términos de ese 'tratado, 
el Perú cedía territorios que no le pertenecían: su se- 
creta intención era, indudablemente, la de que se le 
reconociera como soberano de la región situada al 



114 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

Occidente de la línea indicada. El tratado no fue 
puesto en conocimiento de Colombia, pero posterior- 
mente, tan pronto como fue descubierto, Colombia 
se dirigió a ambos Gobiernos, haciendo mención de 
los derechos que le asistían sobre esos territorios. 
Como resultado de tales gestiones, el Brasil decla- 
ró que no tenía conocimiento de que el territorio 
en cuestión hubiera sido transferido al Perú, y que 
si Colombia lograba hacerlo reconocer como propio 
el Brasil aceptaría esa solución. 

Teniendo conocimiento el Ministro de Relaciones 
Exteriores de Colombia de que no se tenía cuenta 
de las protestas de su Gobierno y de que tanto el 
Brasil como el Perú se preparaban a llevar a cabo 
la delimitación de fronteras sobre el terreno mismo, 
se dirigió nuevamente a esos Gobiernos presentan- 
do una protesta más fuerte aún. No por eso se ob- 
tuvo que los dos Gobiernos no llevaran a efecto la 
delimitación actual de fronteras, porque en 1873 una 
comisión nombrada al efecto plantó un poste o mar- 
ca de lindero en la confluencia de los ríos Cotuhé 
y Putumayo (1). Con el fin de llegar a ese punto, 
la Comisión tuvo que pasar adelante del lugar ocu- 
pado por un oficial del Gobierno de Colombia, cuya 
casa y oficina estaban situadas un poco más abajo, 

(1) El Perú reclama hoy jurisdicción al Norte de las cabeceras del 
Putumay.). Las inscripciones de los postes decían: (1) "Lat. 2« 53, 
12-Long. 6')^ 41 10; (2) Limito do Brazil— 23 de julio de 1873; (3) Li- 
mite del Perú— 26 de julio de 1873— Presidente de la República, don 
Manuel Pardo." 



soberanía de COLOMBIA 115 

en el Putumayo. La jurisdicción que por cuenta de 
su Gobierno ejercía ese empleado se extendía has- 
ta la desembocadura del Putumayo; por esa razón 
el Comisario del Brasil, en nota dirigida a él, decía 
que "había observado que la línea de frontera es- 
taba mucho más arriba del sitio en que habitaba ese 
empleado y desde el cual ejercía jurisdicción por 
cuenta del Gobierno de la Nueva Granada, ya para 
inspeccionar esa parte del río o para cobrar dere- 
chos de exportación sobre los artículos que bajaban 
al Brasil"; en conclusión, advertía solemnemente al 
empleado colombiano "que debía abstenerse de con- 
tinuar en el ejercicio de dichos poderes en la región 
del Putumayo desde el punto en que éste entra al 
Amazonas hasta el punto en que había colocado la 
marca del lindero." En otras palabras, la nota cla- 
ramente establece el hecho de que hasta el año de 
1873 Colombia había gozado pacífica posesión de 
esas regiones hasta la confluencia del Putumayo con 
el Amazonas, ya fuera para la inspección de la parte 
inferior del Putumayo, o para el cobro de derechos 
de exportación sobre los artículos que bajaran al Bra- 
sil." Esto prueba además que el Brasil quedaba si- 
tuado más allá del río Putumayo. 

Posteriormente el Ministro de Relaciones Exterio- 
res de Colombia, en nota dirigida al Gobierno del 
Brasil, protestó contra la demarcación de fronteras 
mencionada y declaró que el Gobierno de Colombia 
no tenía conocimiento de que el Brasil tuviera de- 
recho para proceder de esa manera. El Presidente 



116 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

del Estado del Cauca dirigió también la siguiente 
nota al Prefecto del Caquetá: 

"Proceda inmediatamente a cortar los árboles que he mencionado. 
1. Tome las fuerzas de que tenga necesidad. 2. A la cabeza de dichas 
fuerzas, con banderas desplegadas y a tambor batiente, recorra toda 
la extensión de la tierra que ocupan los colonos extranjeros. 3. Reúna 
a todos los colonos y léales en voz alta el memorándum de nuestro 
Secretario de Relaciones Exteriores. Corte en seguida los árboles, te- 
niendo cuidado de llevar a la capital de la región la parte del árbol 
que contenga la señal de que habia servido para demarcar la frontera. 
4. Levante un acta en que conste que se dio cumplimiento estricto a 
las instrucciones anteriores, y hágala firmar por los prominentes de los 
colonos. 5. Notifique inmediatamente después a los colonos que deben 
abandonar el territorio sin demora, y que si quieren seguir viviendo 
alli deben prestar juramento de que reconocerán y obedecerán nuestra 
autoridad nacional y de que gozan posesión de la tierra en nombre de 
los Estados Unidos de Colombia. Esto debe constar en un documento 
firmado por dichos colonos, a quienes leerá usted en voz alta nuestra 
Constitución Nacional y la del Estado Soberano del Cauca. Si hubiere 
en esas regiones una fuerza o guarnición extranjera, envíe notificación 
escrita a su Jefe para que desocupe el territorio sin demora. En caso 
de que ofrezca resistencia o de que desobedezca la orden, usted debe 
hacer uso de la fuerza armada que lo acompaña. En caso contrario, 
dirija una protesta a! Jefe de las fuerzas hostiles, dando cuenta de ello 
a esta Oficina sin demora. Debe usted también enviar un informe de- 
tallado de cuanto suceda. Debe usted también tomar las precauciones 
más estrictas para impedir que se cometa ningún otro acto de usurpa- 
ción contra nuestro territorio. Informe inmediatamente a esta Secretaría 
de cuanto suceda." 

Después de que fueron cortados los árboles o pos- 
tes que sirvieron para demarcar la línea de fronte- 
ra, las partes de aquellos en que figuraban las se- 
ñales mencionadas iueron llevados a Mocoa, en don- 
de permanecieron muchos aíios, hasta que se pudrie- 
ron. El Gobierno de Colombia, pues, no se limitó a 
protestar por escrito, sino que replicó al acto de la 



soberanía de COLOMBIA 117 

Comisión de fronteras destruyendo las marcas de los 
linderos y restaurando la jurisdicción de Colombia 
que había sido interrumpida, aunque solamente en 
el papel, hasta el río Amazonas. La conducta del 
Perú y del Brasil es tan absurda como el caso ima- 
ginario de Alemania y Austria al fijar límites propios 
dentro de los territorios británicos en el África Cen- 
tral. Además, hoy el Perú pretende poseer sobera- 
nía sobre el Putumayo hasta Pasto. Colombia pue- 
de, con igual razón y justicia, establecer su derecho 
de soberanía hasta Cuzco, y, en verdad, con mayor 
justicia, puesto que el dominio del Perú sobre la 
región que forma parte de la antigua Provincia de 
Maynas está sujeto, como ya lo hemos visto, a un 
litigio. 

Para reforzar los derechos de soberanía que Co- 
lombia ha reclamado siempre sobre el territorio del 
Putumayo, copiamos lo siguiente, tomado de una 
nota dirigida en 1875 por el Ministro de Relaciones 
Exteriores de Colombia con referencia a la coloca- 
ción de marcas de lindero en el río Putumayo. Por 
ella se verá que en ningún tiempo, desde la época 
de la independencia, ha dejado Colombia de mante- 
ner y defender esos derechos: 

"La pretensión para establecer una línea de fronteras en territorio 
de Colombia sin el permiso de esta nación constituye una violación de 
sus derechos soberanos, contra la cual me veo en el deber de protestar. 

"Desde el año de 1855, y especialmente durante la controversia di- 
plomática que se verificó entre el Gobierno de Colombia y los repre- 
sentantes del Imperio del Brasil, en la ciudad de Bogotá, por los años 
de 1S37 y 1839, se demostró que la jurisdicción de Colombia se exten- 



118 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

día hasta la ribera del Amazonas, es decir, hasta el Avatiparaná. Como 
el río Putumayo en toda la extensión de su curso corre por territorio 
colombiano, cualquier alteración en la línea de fronteras es un proce- 
dimiento que no va encaminado ciertamente a promover relaciones cor- 
diales y corteses entre los dos países." 

En los archivos de Lima existen muchos docu- 
mentos oficiales en que se reconoce que Colombia 
ejerce jurisdicción sobre las riberas del Amazonas. 



CAPITULO XIII 

NEUTRALIDAD DEL PUTUMAYO 

Solamente como materia de interés académico y 
como prueba de que el Perú ha reconocido en los 
últimos años la neutralidad de la región del Putu- 
mayo, sobre la cual, sin embargo, pretende hoy ejer- 
cer jurisdicción exclusiva, los varios convenios pro- 
visionales celebrados desde 1904 entre Colombia y 
el Perú son de poca importancia y no merecen es- 
tudiarse detalladamente. La ocupación de territorio 
por una compañía comercial no constituye propie- 
dad territorial. Esa es la base de los derechos pe- 
ruanos en el Putumayo. Si forzáramos un poco el 
argumento podríamos decir que dicho territorio per- 
tenece a la Gran Bretaña, puesto que tales derechos 
fueron propiedad de una compañía inglesa. Los con- 
venios de modas vivendi a que pronto haremos re- 
ferencia no afectan en manera alguna la cuestión de 
propiedad. 

En mayo de 1904 se firmó un convenio en Lima 
entre el Gobierno del Perú y el Ministro de Colom- 
bia, en el cual se especificaba que una y otra na- 
ción mantendrían las autoridades que habían esta- 
blecido en los ríos Caquetá y Ñapo, respectivamente. 

Dicho convenio fue revisado en Bogotá en 1905. 



120 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

Entonces se resolvió que el río Putumayo sirviera 
de línea divisoria entre las zonas que provisional- 
mente debían ocupar las dos Repúblicas, convinién- 
dose además en establecer una doble aduana en la 
desembocadura de Cotuhé, en la cual debería situar- 
se un Inspector colombiano. 

Los impuestos de exportación sobre el caucho y 
los de importación sobre mercancías extranjeras de- 
bían dividirse por partes iguales entre las dos na- 
ciones desde el día en que entrara en vigencia el 
convenio. Cada nación debía cubrir los gastos de 
sus propios empleados en la aduana, y era entendi- 
do que la mercancía importada no pagaría derechos 
al pasar por la aduana de Iquitos. Una y otra nación 
gozarían de iguales facilidades de comercio en la re- 
gión, y sus buques podían navegar libremente en el 
Putumayo. El convenio en cuestión no implicaba re- 
nuncia o reconocimiento de derechos territoriales por 
parte de una nación en favor de la otra; en él se 
estipulaba que los intereses de los negociantes pe- 
ruanos o colombianos serían respetados o protegi- 
dos. 

El 6 de julio de 1906 se firmó un nuevo conve- 
nio en Lima, y en vista del tratado de arbitraje ce- 
lebrado en Bogotá el año anterior, los dos Gobier- 
nos convinieron en mantener el statu quo en el Pu- 
tumayo. Ambas naciones convinieron en retirar du- 
rante la situación temporal así creada todas las guar- 
niciones, autoridades civiles o militares y aduanas 
establecidas en la región. El nuevo convenio no im- 



NEUTRALIDAD DEL PUTUMAYO 121 

plicaba reconocimiento ni abandono de derechos te- 
rritoriales de una nación en favor de la otra. Am- 
bas Repúblicas gozarían de iguales derechos de co- 
mercio y los ríos navegables serían igualmente abier- 
tos a sus buques. 

Como resultado del convenio, Colombia retiró 
sus Oficiales, en tanto que el Perú aumentó el nú- 
mero de los suyos, animándolos más y más en su 
obra de usurpación. Posteriormente, como el Con- 
greso del Perú no aprobara el Tratado de Arbitraje, 
y como los peruanos continuaran avanzando en te- 
rritorio discutido, el Gobierno de Colombia se se- 
paró del convenio de modas vivendi de 1906 e in- 
formó al Gobierno del Perú que no podía permitir 
que en virtud del modas vivendi el territorio orien- 
tal de Colombia fuera convertido en asilo de ban- 
didos. 

En abril de 1909 se firmó en Lima el célebre pro- 
tocolo a que hacen referencia los artículos de Trath. 
Se convenía en nombrar una Comisión internacional 
que investigara sobre los crímenes del Putumayo e 
indemnizara a los damnificados y a las familias de 
las víctimas. Como el protocolo no fuera llevado a 
efecto, se firmó en Bogotá un nuevo convenio en 
abril de 1910, según el cual una Comisión interna- 
cional debería fijar el monto de la indemnización paga- 
dera por uno de los dos países al otro por los daños 
causados a sus ciudadanos, a sus autoridades y a 
sus propiedades hasta la fecha del convenio. De- 
bería también iniciarse una investigación judicial con 



122 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

el objeto de que los criminales fueran juzgados y 
castigados. La Comisión internacional debía reunirse 
cuatro meses después de firmado el convenio y es- 
taba facultada para nombrar y despachar comisiones 
a donde fuera necesario en busca de datos. Con el 
fin de decidir cuál de las dos naciones debería en- 
cargarse del juicio de los criminales, fueran éstos 
oficiales o particulares, se convino en que si los 
delitos ¡labían sido cometidos en territorio *en el cual 
ninguna de las dos partes contratantes tenía autori- 
dades constituidas en la época, los criminales serían 
juzgados de acuerdo con las leyes de la nación a 
que pertenecieran. Este Convenio tampoco fue lle- 
vado a efecto (1). 

El último convenio lleva la fecha de 19 de julio 
de 1911, y fue firmado en Bogotá. Su única impor- 
tancia es la de que en la época en que fue celebra- 
do, el Gobierno peruano despachaba tropas organi- 
zadas en Lima para que atacaran la guarnición co- 
lombiana de La Pedrera. En el convenio se estipu- 
laba que ninguna de las dos naciones admitía los 
derechos de la otra sobre el Putumayo. El Gobierno 
del Perú se comprometía, además, a no cometer en 
La Pedrera acto ninguno de hostilidad contra los co- 
lombianos. 



(1) El convenio contenía las mismas cláusulas, con referencia al 
casti.10 de los criminales, que el protocolo de 1939, que fue firmado en 
vista de las protestas de Colombia ante el Gobierno del Perú en VM^ 
y 1JJ3 contra los crímenes que se cometían en el Putumayo. 



NEUTRALIDAD DEL PUTUMAYO 123 



TRATADO DE ARBITRAJE 

Como se ha dicho anteriormente, se firmó en Bo- 
gotá, en setiembre de 905, un tratado de arbitraje 
para la definición de h'mites, el cual fue sustancial- 
mente confirmado en Lima por el convenio de mo- 
dus vivendi de 6 de julio de 1906. Se convenía en 
nombrar como arbitro que decidiera la cuestión de 
fronteras a Su Santidad el Papa. 

PROPOSICIÓN DEL SENADO DE COLOMBIA 

En setiembre del año pasado el Senado de Co- 
lombia aprobó unánimemente una proposición en que 
decía que, como los Gobiernos de Inglaterra y de los 
Estados Unidos, creyendo erróneamente que el Perú 
tenía títulos soberanos sobre el Putumayo, se ha- 
bían dirigido al Gobierno del Perú con el objeto de 
que pusiera fin a las atrocidades cometidas por los 
peruanos con los indígenas del Putumayo, Colom- 
bia proclamaba una vez más su derecho único de 
jurisdicción sobre el territorio en cuestión, y declara- 
ba que, aunque del año de 1901 en adelante los cau- 
cheros peruanos hubieran despojado y robado a los 
colonos colombianos, no por eso renunciaba a su 
dominio sobre esas regiones. 

Tal vez no esté lejano el día en que, reconocidos 
los derechos de Colombia, el actual conflicto de in- 
tereses entre las dos Repúblicas pueda convertirse 
en rivalidad benéfica que fomente la obra de la ci- 

10 



124 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

vilización en esas lejanas comarcas. A ello contri- 
buiría eficazmente la celebración de un convenio ar- 
mónico con naciones que, como Bolivia, Brasil y el 
Ecuador, tienen intereses en la hoya del río Ama- 
zonas. De esa manera podrían cimentarse la paz y 
la concordia, realizándose así la profecía del gran 
Humboldt, quien previo el día en que las riberas del 
Amazonas serían herencia común de muchas razas 
y centro de ciudades libres, poderosas y ricas. Po- 
dría añadirse que nada sería más hermoso que se- 
guir el ejemplo de la Legión Británica, que tan efi- 
cazmente cooperó a la independencia de Colombia, 
haciendo que los zapadores del progreso completa- 
ran la obra de esa independencia estableciendo jus- 
ticia igual para cuantos habitan las regiones del Pu- 
tumayo. 



CAPITULO XIV 

EL ARBITRAJE COMO ÚNICA SOLUCIÓN 

El Gobierno del Perú asegura que ejerce jurisdic- 
ción sobre el Putumayo, pero el relato de los crí- 
menes cometidos con los indios es prueba evidente 
de la ausencia de ese dominio. "Llevaba conmigo 
— dice Sir Jorge Casement en su informe— una carta 
de autorizaciones dirigida por el Prefecto de la Pro- 
vincia de Loreto a los empleados que, según él, te- 
nía el Gobierno del Perú en el Putumayo. Debo 
confesar que no encontré allí autoridades ningunas 
del Gobierno peruano." 

Es cosa sabida que Sir Edward Grey ordenó la 
publicación del Libro Azul al convencerse definiti- 
vamente de que el Gobierno peruano no tomaba me- 
dida alguna para castigar a los criminales o para 
impedir que se renovaran las atrocidades. Con ese 
fin inició negociaciones diplomáticas con el Perú en 
enero de 1911 el Secretario de Relaciones Exterio- 
res, demorando la publicación del Libro Azul hasta 
julio de 1912. En un telegrama que con fecha 21 de 
abril de 1911 dirigió el Secretario de Relaciones Ex- 
teriores a la Legación inglesa en Lima, encontramos 
las siguientes palabras: 



126 EL LIBRO ROJO DEL PUTUA4AY0 

"El Gobierno de S. M. no duda que el Gobierno del Perú está ani- 
mado por el deseo de investigar plenamente la conducta de aquellos 
criminales a quienes se menciona en el telegrama como culpables de 
los peores delitos, pero querría saber, a la mayor brevedad, qué ac- 
ción piensa iniciar el Gobierno del Perú con el fin de arrestarlos. Tie- 
ne esto por objeto dar al Parlamento la seguridad de que el Gobierno 
del Perú está resueltamente determinado a poner fín a los excesos co- 
metidos contra los indígenas y a impedir su renovación." 

En vista de la ausencia absoluta de pruebas que 
demostraran por parte del Gobierno del Perú inten- 
ción verdadera de castigar a los culpables, se orde- 
nó la publicación del Libro Azul, como primera me- 
dida para introducir las reformas en el Putumayo. 
Termina ese libro con una carta dirigida el 27 de ju- 
nio de 1912 por Sir Edward Grey al Embajador in- 
glés en Washington, y en la cual dice, entre otras 
cosas, lo siguiente, que no puede ser más significa- 
tivo: 

"Más de setenta y cinco toneladas de caucho fueron embarcadas en 
Iquitos, en el abril pasado (1912), como resultado de una de las más 
grandes consignaciones individuales extraídas del Putumayo en los úl- 
timos pocos años. La cantidad exportada del l.o de enero al último 
de abril de este año (lyl2), ¡guala a las tres cuartas partes de la pro- 
ducción total de 1911. Ese resultado puede alcanzarse únicamente con 
la continuación del antiguo sistema de trabajo forzoso." 

Esto no exige comentario, pero sí debemos re- 
cordar que inmediatamente antes de la carta men- 
cionada figura en el Libro Azul un Decreto del Pre- 
sidente del Perú, fechado el 22 de abril de 1912, 
en el cual se hace referencia a los crímenes cometi- 
dos en el Putumayo antes de 1907. Nada se dice de 



EL ARBITRAJE COMO SOLUCIÓN 127 

los crímenes cometidos durante ese año o después 
de él. 

Al rendir declaración ante la Comisión Selecta de la 
Cámara de los Comunes, Mr. Cubbins, antiguo Presi- 
dente de la Peruvian Amazon Co., manifestó que el 
hecho de que el Gobierno de los Estados Unidos 
hiciera una reclamación ante el Gobierno del Perú para 
que se indemnizara a su ciudadano Mr. Hardenburg por 
las pérdidas sufridas por él en el Putumayo, indica- 
ba que el Gobierno de los Estados Unidos recono- 
cía que el Putumayo pertenecía al Perú. Es preci- 
samente la aplicación de ese sistema de lógica lo 
que sirve de base al Perú en sus afirmaciones sobre 
su pretendida soberanía en el Putumayo. Las reve- 
laciones sensacionales hechas en el informe de Sir 
Roger Casement, han hecho patente ante la opinión 
pública, que una Casa peruana organizó y llevó a 
cabo un sistema de crueldades increíbles contra los 
pobres indios que habitaban la región cauchera por 
ellos explotada. Formóse una Compañía inglesa para 
aprovechar ese sistema, pero como los agentes de 
la Compañía eran ciudadanos peruanos, su castigo 
correspondía al Gobierno del Perú. En tales circuns- 
tancias no es sorprendente, en ausencia de decla- 
raciones en contra, que el territorio fuera conside- 
rado y descrito generalmente como peruano, cosa 
que se acentuó aún más con la publicidad dada al 
envío de las dos misiones religiosas enviadas con el fin 
de que se establecieran en el Putumayo. Además, la 
actuación del Foreign Office facilitó al Gobierno del 



128 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

Perú la proclamación de sus pretensiones en el Ex- 
terior. En julio de 1911, cuando se efectuaban las 
negociaciones diplomáticas entre el Foreign Office 
y el Gobierno del Perú, el Ministro del Perú en Bo- 
gotá firmaba un convenio con Colombia en el cual 
se especificaba que la ocupación peruana no signi- 
ficaba en manera alguna un derecho adquirido so- 
bre el Putumayo. En el convenio firmado el año an- 
terior se estipulaba también que ni Colombia ni el 
Perú reconocerían la jurisdicción de una u otra na- 
ción, y que los criminales serían juzgados de acuer- 
do con las leyes del país en que hubieran nacido. 

Un deseo natural de que se hiciera justicia y de 
que se castigara a los criminales peruanos sirvió de 
pretexto al Perú para formular planes de Gobierno 
en el Putumayo, bajo la presión internacional y con 
el propósito aparente de salvar a los indios de ma- 
nos de sus propios nacionales. Nadie puede dudar 
que el Perú ha perdido el derecho de gobernar esa 
región. El hecho de que los criminales estén impu- 
nes es un argumento formidable en favor de un ar- 
bitramento que determine las fronteras del Perú y de 
Colombia, decidiendo a cuál de las dos Repúblicas 
debe corresponder el manejo de los destinos de los 
indios esparcidos en las vastas regiones del Putu- 
mayo. 

Eso precisamente formaba la base del consejo emi- 
tido por Mr. Brys, Embajador inglés en Washing- 
ton, a sir Edward Grey, con fecha 12 de enero de 
1912, en el cual decía: 



EL ARBITRAJE COMO SOLUCIÓN 129 

"Tengo el convencimiento de que ha llegado el momento oportuno 
para que el Gobierno de S. M. sugiera a los Estados Unidos una lí- 
nea de acción común con el fín de acabar, de una vez por todas, con el 
régimen de crueldad y de oprobio existente hace tiempos en el Putu- 
mayo. 

"La presión combinada de Inglaterra y de los Estados Unidos sobre 
el Gobierno del Perú podría obligarlo no solamente a regularizar sus 
títulos de propiedad sjbre esa región, ya por medio de arreglo direc- 
to o de arbitraje con Colombia, sino que también propendería al esta- 
blecimiento de una administración correcta sobre la parte de la re- 
gión que correspondiera al Perú." 

Ese mismo consejo figuraba en una carta dirigi- 
da al Times el 23 de julio último, firmada con el 
seudónimo O. La carta, que ocupaba lugar prefe- 
rente en las columnas del célebre diario inglés, de- 
cía entre otras cosas: 

"Colombia tiene un derecho anterior sobre el Putumayo. Sus ciuda- 
danos establecidos alli antes de la llegada de los agentes del Sindicato 
Arana fueron despojados y asesinados por éstos. 

"Que las pretensiones de Colombia sobre el Putumayo sean some- 
tidas al arbitraje, y que, mientras el Tribunal emite su juicio, el Brasil 
1 os Estados Unidos y nosotros insistamos en que la región sea considerada 
como territorio rf/scuí/cfo, asegurando el bienestar de sus habitantes con 
la vigilancia conjunta de las tres potencias. El Brasil, como representante 
local de la civilización, podría vigilar efectivamente, por medio de sus 
cañoneras, las vías fluviales que dan acceso o salida a esa región, ha- 
ciendo cumplir estrictamente la "clausura" de la extracción de caucho 
por medio de esas desgraciadas tribus, hoy casi exterminadas." 

De las declaraciones presentadas en la Comisión 
Selecta por Sir Roger Casement, se deducía clara- 
mente que el bienestar futuro de los indios en el Pu- 
tumayo dependía directamente de la suspensión for- 
zosa, durante dos aiios, de toda recolección de caucho. 
Es ese el objeto que se propone el presente volumen, 



130 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

porque estamos seguros de que bajo el régimen colom.- 
biano se suspendería la explotación cauchera del Pu- 
tumayo, dando así libertad a los indios. Debe recor- 
darse que el Gobierno de Colombia ha buscado hace 
mucho tiempo manera de poner fin a los crímenes 
del Putumayo, sufriendo en ello un fracaso parecido 
al alcanzado con el mismo objeto por Foreing Office. 



APEÍsTOICE 



INVESTIGACIONES DE LA COMISIÓN SELECTA 

Una Comisión Selecta nombrada por la Cámara de 
los Comunes con el fin de investigar si los Directo- 
res ingleses de la Peruvian Amazon Co. tienen res- 
ponsabilidad en las atrocidades cometidas en el Pu- 
tumayo, se reunió bajo la Presidencia de Mr. Charles 
Roberts, tomando declaraciones a muchos testigos. 

SIR ROGER CASEMENT 

Este testigo dijo que presumía que el Foreign Office, 
basándase en el informe que él le había presentado, 
opinaría que la Casa Arana era culpable del sistema 
cauchero establecido en el Putumayo. Según él, ese 
sistema no era simple efecto de la casualidad o del 
descuido y obedecía a planes deliberadamente con- 
cebidos. Después de formada la Compañía los agen- 
tes de ella efectuaron invasiones contra las propie- 
dades de ciudadanos colombianos, asesinándolos, in- 



132 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

cendiando sus casas y confiscando sus propiedades. 
Veintitrés toneladas de caucho encontradas en una de 
esas empresas colombianas fueron llevadas a Londres 
como propiedad de la Compañía. Sir Roger Casement 
no pudo encontrar la prueba de que los colombianos 
despojaran las propiedades de la Compañía o pre- 
tendieran atacarlas. Por el contrario, tuvo pleno co- 
nocimiento de que las invasiones eran organizadas 
por Arana Hermanos con el fin de despojar a los 
colombianos, quienes no solamente eran competido- 
res sino que también ofrecían refugio a los indios 
que huían de las persecusiones de la Compañía. Mien- 
tras existieron empresas colombianas en el Putumayo, 
los indios pudieron refugiarse en ellas. El testigo 
opinaba que todo lo que se había llevado a cabo en 
esa región constituía actos de perfecto vandalismo. 
Al preguntársele si tenía razón para suponer que 
los Aranas contaran con el apoyo del Gobierno pe- 
ruano para el desarrollo de sus empresas en el Pu- 
tumayo, Sir Roger Casement contestó afirmativamen- 
te, añadiendo que los Aranas iban al Putumayo como 
filibusteros despojando a los colombianos por medio 
de la estafa y del ataque. Arana gozaba del apoyo 
del ejército peruano y de la simpatía de ese Gobierno. 

TRATAMIENTO DE LOS INDIOS EN EL PERÚ 

En posteriores declaraciones, Sir Roger Casement 
llamó la atención de la Comisión acerca de dos pu- 
blicaciones religiosas hechas en Lima, que contenían 
afirmaciones específicas hechas por los misioneros 



APÉNDICE 133 

católicos del territorio oriental del Perú sobre tráfi- 
co de esclavos y trato bárbaro que se daba a los 
indios. Sir Roger Casement decía que aunque tales 
aseveraciones eran de carácter general, ellas arroja- 
ban mucha luz sobre el sistema adoptado por los 
peruanos para la esclavización de los indios y para 
su venta. El testigo tenía seguridad de que el Go- 
bierno peruano tenía conocimiento pleno de esos es- 
cándalos. La Prensa de Lima, en uno de sus núme- 
ros de noviembre pasado, daba cuenta de una co- 
rrería efectuada con el fin de dar caza a los indios 
que se destinaban para la venta. Otro documento 
•presentado por el testigo demostraba claramente 
que los métodos usados en el tratamiento de los 
indios despoblaban la región rápidamente. El testi- 
go aseguró que estaba en posesión de muchos otros 
documentos que probaban lo mismo. Los indios de 
la montaña carecen de derechos humanos y se les 
trata simplemente como a bestias feroces. Sir Roger 
Casement citó las palabras del doctor Paredes, en 
que éste afirmaba que los asesinatos en el Putu- 
mayo no constituían un crimen. Es esa la máxima 
que rige en toda aquella desgraciada región. 

MR. BARNES 

Este testigo, que hizo parte de la Comisión de la 
Compañía como experto en agricultura tropical, con- 
vino con Sir Roger Casement en que Arana era el 
organizador del sistema criminal vigente en el Pu- 
tumayo. 



134 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 



MR. MITCHELL 

Este testigo declaró que actualmente ocupa el 
puesto de Cónsul inglés en Iquitos, y que había he- 
cho un viaje al Putumayo por cuenta del Foreign 
Office en agosto y setiembre pasados. Opinaba que 
se daba pésimo trato a los indios en todo el Perú 
oriental. Afirma Mr. Mitchell que si Arana vuelve al 
Putumayo, sólo Dios podrá salvar a los indios. A 
Arana se le considera en Iquitos como un buen pa- 
triota, que no había economizado salud, fuerzas ni 
dinero con el fin de adquirir para su patria un va- 
lioso territorio. Una vez que se distrajera la opinión 
pública, era evidente que se apelaría a la fuerza en 
el caso de que se llevara adelante la explotación 
cauchera. 

MR. GUBBINS 

La Comisión llamó e interrogó a Mr. Jonhn Russell 
Gubbins, Presidente de la Peruvian Amazon Co., quien 
convino en que su Compañía no tenía título sobre 
la propiedad del Putumayo, aunque esto no consti- 
tuía ausencia de derechos. Arana le había informado 
que el Gobierno del Perú le había prometido la con- 
cesión de esas tierras siempre que pagara un impuesto 
de 5,000 libras esterlinas. Considerábase a Arana como 
una especie de símbolo de la soberanía del Perú en 
la región del Putumayo que está en litigio con Co- 
lombia. Era cosa segura que no se daría posesión 
de la zona cauchera a un liquidador inglés. Si las 



APÉNDICE 135 

propiedades del Puíumayo no eran entregadas a la 
Compañía o a Arana, podrían caer en otras manos 
sobre las cuales la Compañía no ejercería dominio 
La prensa local del Perú decía que el territorio no 
debía entregarse a los ingleses porque éstos podían 
entrar en comunicación con el Gobierno de Colombia 
evadiendo tal vez la soberanía peruana. Afirmaba e 
testigo que Sir Roger Casement le había dicho que 
algunos amigos ricos estaban listos a adelantar 100,000 
libras esterlinas siem.pre que se les garantizara que 
las cosas se arreglarían. No creía el testigo que hu- 
biera continuado en el Putumayo ningún tráfico de 
escfavos puesto que en el interés de Arana estaba 
mantener allí el mayor número posible de indios. 

Añadía el testigo que en el informe presentado por 
él a la Compañía en 1910 decía que el Putumayo 
estaba sujeto al arbitraje, con el fin de determinar 
allí los respectivos territorios colombianos y perua- 
nos, pero que el territorio en cuestión estaba efec- 
tivamente bajo la ocupación del Perú. Mr. Malcolm 
insinuó que el territorio no pertenecerá al Perú hasta 
tanto que no se llegue a un arreglo por arbitraje en- 
tre Colombia y el Perú. El testigo contestó que no 
sabía si el Perú se sometería al arbitraje, y dio, como 
prueba de que el territorio era peruano, la declara- 
ción hecha al efecto por el Encargado de Negocios 
del Perú en Londres. 

Mr. Malcolm dijo que durante siete años termina- 
dos en 1908, las empresas de La Unión y La Re- 
serva habían estado en posesión indiscutible de los 



136 EL LIBRO ROJO DEL PUTUMAYO 

colombianos. El testigo contestó que no creía que 
hubiera prueba ninguna que demostrara que el Pu- 
tumayo pertenecía a Colombia: el hecho de que los 
colombianos vivieran en esa región no probaba que 
ella fuera colombiana. 

En posteriores declaraciones el testigo reveló el 
hecho de que el 22 de setiembre de 1910 Pablo Zu- 
maeta había presentado una reclamación contra los 
colombianos por 898,934.5.7 libras esterlinas por per- 
juicios. De esta suma, 160,000 libras correspondían 
al daiio causado por la fuga de los indios a quie- 
nes favorecían las autoridades colombianas y en gas- 
tos de las comisiones empleadas en perseguir á los 
indios que se fugaban, etc. 

El testigo aiíadió que el Perú no confiaba en que 
Colombia se sometiera a la decisión de los arbitros. 
Era preciso arreglar cuanto antes las cuestiones de 
límites. Refiriéndose al nombramiento de Arana como 
liquidador, dijo que era difícil saber a quién había 
de corresponder la posesión efectiva del Putumayo. 

SIR J. LISTER-KAYE 

Al ser interrogado por la Comisión Sir J. Lister- 
Kaye, quien formaba parte de la Dirección inglesa 
de la Compaíiía, dijo que era para él motivo de pe- 
sar el haber confiado en que el Gobierno del Perú 
obraría rápidamente. Había tenido plena seguridad 
de que el Gobierno del Perú habría acabado con 
los horrores del Putumayo hace tres años. 



APÉNDICE 137 

Al rendir declaración el autor del presente volu- 
men, declaró que consideraba el asunto en un pun- 
to de vista internacional, pero que deseaba presen- 
tar algunos documentos referentes a la investiga- 
ción de la Comisión. La Comisión recibió de manos 
de él copia de los convenios entre Colombia y el 
Perú y otros documentos. En contestación a una 
pregunta de Lord Alexander Thynne, el autor dijo 
que si se declaraba como colombiano el territorio 
del Putumayo, el Gobierno de Colombia acabaría con 
la explotación cauchera, gravándola con derechos 
de exportación prohibitiva. 



El Pütuiíío y la [mím le límites 

eolfe el Peii y [oloiia 

Por Sir Clemens Markham, K. C. B. F. R. S. 

En todos los documentos oficiales sobre los asun- 
tos del Putumayo, se ha dado por sentado que la 
región del Putumayo es territorio peruano, cargán- 
dose al Gobierno peruano la responsabilidad de todo 
lo ocurrido. Sin embargo, el territorio en cuestión 
es motivo de reclamación entre la República de Co- 
lombia y el Perú. Colombia, es cierto, ha protestado 
únicamente contra lo que consideraba como inva- 
sión de sus derechos. 

La cuestión de los límites entre las naciones co- 
rresponde al dominio de la geografía política. En 
el caso presente, tenemos que apelar a las divisio- 
nes hechas desde el siglo xvi con fines adminis- 
trativos. Cuando se organizó el Gobierno de Quito 
en 1548, éste incluía a Macas entre los ríos San- 
tiago y Morona; a Canelos entre los ríos Morona 
y Pastaza; a Quijos entre el Pastaza y el Ñapo; las 



140 APÉNDICE 

Misiones de Mocena y Sucumbios entre el Ñapo, 
el Putumayo y el Caquetá. Esas Misiones dependían 
de Pasto, de donde partían ios religiosos jesuítas y 
franciscanos. Toda la región fue erigida en Provin- 
cia dependiente de Quito en 1616. Llainósele May- 
nas. 

En 1739 convirtióse la Nueva Granada en Virrei- 
nato, que abrazaba la Presidencia de Quito con la 
Provincia de Maynas. El Gobierno de Colombia re- 
clama todo el territorio incluido en el Virreinato de 
Nueva Granada correspondiente a Colombia y al 
Ecuador, de acuerdo con el uii possidetis de 1810, 
que representa el principio que sirve de base a los 
límites actuales de las repúblicas suramericanas. 

Los derechos del Perú tienen como base una Real 
Cédula cuya validez niega Colombia. Parece que 
de 1616 a 1767 los jesuítas fundaron veinte aldeas 
en las márgenes de los ríos. Cuando fueron expulsa- 
dos de allí, los indios convertidos volvieron ai es- 
tado salvaje. Para remediar semejante mal, don Fran- 
cisco Requena, uno de los comisionados para arre- 
glar las cuestiones de límites entre España y Portugal, 
propuso que se fundara una Diócesis en Maynas. 
A raíz de ese consejo lanzó una Real Cédula fe- 
chada el 15 de julio de 1802, por la cual se forma- 
ba una Gobernación que incluía las dos riberas del 
Maraiión y las hoyas de los ríos Morona, Pastaza, 
Uyacali, Yavarí, Huallaga, Ñapo, Putumayo y Ca- 
quetá, hasta donde ellos fueran navegables. La ad- 
ministración civil y militar quedaba a cargo del Vi- 



APÉNDICE 141 

rrey del Perú y el Obispo que era sufragáneo del Ar- 
zobispo de Lima. 

En esa Real Célula basa el Perú sus derechos so- 
bre el Putumayo y los demás ríos que quedan al 
Norte del Marañón. Los peruanos no han espera- 
do una solución amigable del asunto y han tomado 
posesión forzosa con los resultados descritos en el 
Libro Azul y en las declaraciones de Mr. Hardenburg. 

Colombia niega la validez de la Real Cédula de 
1802, so pretexto de que nunca entró en vigencia, 
y por consiguiente carece de existencia. Como prue- 
ba de ello se hace referencia a la Guía de Foraste- 
ros de 1788 del Virreinato de Nueva Granada, en la 
cual Quijos y Maynas quedan incluidas en el terri- 
torios de ese Virreinato. 

Colombia refuerza sus derechos sobre el Putuma- 
yo con las Cédulas Reales de 27 de mayo de 1717 
y de 20 de agosto de 1739, documentos en los cua- 
les se definen los límites del Virreinato de la Nue- 
va Granada. 

Aparte de la cuestión estrictamente legal, Colom- 
bia sostiene que tiene derecho a un libre acceso al 
Amazonas por uno de los ríos que nacen en las 
montañas. No sirve para ello el Caquetá, debido al 
obstáculo que presenta el Salto de Araraucara. El Pu- 
tumayo es el único río que da a Colombia acceso 
al Amazonas. 

Los colombianos se han establecido siempre en 
las cabeceras del Putumayo, en la región habitada 
por los indios cionis. Allí se encuentran haciendas 



142 APÉNDICE 

y empresas perfectamente establecidas, como La So- 
fia. Mr. Hardenburg asegura que los indios viven 
allí felices y contentos, y que no se cometen con 
ellos abusos de ningún género. Los peruanos, por 
su parte, hacían invasiones contra los colonos, los 
despojaban cuando tal cosa era posible y se entre- 
gaban al tráfico de indios, en la forma descrita en 
el Libro Azul. 

Parece que se ha querido ignorar sistemáticamen- 
te el punto de vista de Colombia en la cuestión 
del Putumayo. El Congreso de Colombia acaba de 
presentar una protesta formal contra el mal trato que 
gentes extrañas dan a los indios de territorio co- 
lombiano. 

(Del Geographical Journal correspondiente a febrero de 1913). 



ASUNTOS DEL PUTUMAYO 

LA SOBERANÍA DE COLOMBIA 

En el curso de sus declaraciones ante la Comisión 
Selecta de la Cámara de los Comunes, el señor Arana 
manifestó el 10 del presente, que en el año de 1907 
el Gobierno peruano había requerido su apoyo para 
rechazar una invasión efectuada por colombianos en 
territorio peruano, que tuvo como resultados com- 
bates y asesinatos, después de los cuales fue des- 
truida la avanzada colombiana de La Unión, pere- 
ciendo diez colombianos. Este desagradable inciden- 
te, que es uno entre muchos, arroja abundante luz 
sobre un asunto que, en vista del escándalo suscita- 
do por las revelaciones del Putumayo, no deja de 
tener grande interés. El Gobierno inglés, Sir Roger 
Casement, la prensa y el público en general han que- 
rido suponer, con referencia a las atrocidades come- 
tidas en el Putumayo, que esa región es territorio 
peruano y que por consiguiente el Gobierno perua- 
no es responsable por la buena marcha de su ad- 
ministración. Poco trabajo ha costado a las autori- 
dades de Lima repudiar tal responsabilidad. ¿Por 
qué no? Nada más enojoso que someterse a recibir 
insultos; nada más fastidioso que inquietarse por 



144 APÉNDICE 

asuntos tan triviales como los supuestos maltratos 
de que han sido víctimas caníbales infieles. Los pe- 
ruanos son, sin embargo, diplomáticos por tradición, 
y considerarían todas esas pequeñas incomodidades 
como precio que bien podía pagarse por el recono- 
cimiento implícito de derechos que, al fin y al cabo, 
son, por lo menos, dudosos, y que han sido materia 
de litigios interminables desde mucho antes que se 
efectuara la separación de la Gran Colombia. 

La suposición, que tan agradable es para el Perú, 
es, por esa misma razón, profundamente ofensiva para 
Colombia, la cual, con razón o sin ella, reclama so- 
beranía sobre todo el territorio del Maynas, inclusi- 
ve el Putumayo, el Ñapo con todo su sistema de 
afluentes y la ribera septentrional del Amazonas que 
forma el límite con el Perú. Esos derechos han sido 
proclamados durante las presentes controversias en 
comunicaciones oficiales y en publicaciones hechas 
por colombianos en la prensa y en folletos diversos. 
Se argumentaba, con apariencia perfecta de sinceri- 
dad, aunque con fundamentos difíciles de apreciar, 
que el pacífico desarrollo de la región del Maynas, 
colombiana por derecho de tratados y por coloniza- 
ción anterior, se habría efectuado tranquilamente, si 
no hubiera sido por el espíritu agresivo de los pe- 
ruanos que obligó al gobierno peruano a ponerse a 
órdenes de la Casa Arana, cuyos fines y propósitos 
eran bien conocidos. Con el fin de dar al mundo 
idea clara y bien documentada sobre la actitud de 
Colombia, el Boletín del Ministerio de Relaciones Ex- 



APÉNDICE 145 

tenores de Colombia publica en sus números 8 y 9, 
correspondientes al último trimestre del año pasado, 
un artículo titulado Soberanía d3 Colombia en el Pu- 
tumayo. Los documentos alli publicados son de tal 
importancia, en lo que se refiere a la cuestión toda 
del Putumayo, y de interés tan grande, que bien me- 
recen amplia publicidad. Allí se encuentran, además 
de los decretos que crean las Comisarías colombia- 
nas del Caquetá y del Putumayo, a los cuales ha- 
remos referencia más adelante, el discurso del Se- 
nador Uribe Uribe en el Senado de Colombia, el 26 
de septiembre pasado; la circular del Ministro, señor 
Urrutia, sobre Crímenes del Putumayo; los informes 
del General Valencia, Comisario Judicial del Caque- 
tá, y los informes de la Comisión de Longitudes en- 
viada a levantar los mapas del Huila, Tolima, Cal- 
das y Antioquia. En esos datos se basa el examen 
que en seguida hacemos. 



DERECHOS TERRITORIALES 

Para comprender los derechos de soberanía que 
el Perú o Colombia puedan tener sobre el Maynas 
debe recordarse que las repúblicas latinoamericanas 
son sucesoras de las provincias americanas de la 
Monarquía española, cuyas cédulas, anteriores a la 
declaración de independencia, son aún válidas en ma- 
teria de límites. Ese principio quedó establecido en' 
1810, en que las nuevas repúblicas reunidas en Con 



146 APÉNDICE 

greso convinieron mutuamente en reconocer el uti 
possidetis. Colombia basa, pues, sus derechos en 
las Reales Cédulas de 1717 y 1739, que crean el Vi- 
rreinato de la Nueva Granada y que constituyeron 
a Maynas como cantón de Pasto, en la Gobernación 
de Popayán, que hoy pertenece a la República de 
Colombia. En contra de esa pretensión el Perú aduce 
la Cédula de 1802, cuya historia, como vamos a verlo, 
tiene interés especial. De 1616 a 1760 se ejerció en 
el Maynas, con grande influencia, la actividad de las 
misiones de los padres jesuítas en la región del May- 
nas, pero con la expulsión de esos religiosos en 1767, 
la comarca volvió a su primitivo estado de barbarie. 
A instancias de don Francisco Requena, Comisario 
nombrado para la delimitación de los linderos entre 
las posesiones de España y del Portugal, el Rey de 
España, con el fin de reparar el mal causado, lanzó 
una Cédula en 1802, que constituía el Gobierno y la 
Capitanía del Maynas, la cual abrazaba el Marañón o 
Amazonas y sus afluentes hasta el punto en que los 
saltos y cataratas de los ríos no permitieran su nave- 
gación. 

La administración civil y militar en cuestión 
quedó bajo la dependencia del Perú. El Obispo a 
cuyo cargo quedaban las misiones, era sufragáneo 
de la Diócesis de Lima. Colombia pretende que la 
Cédula es de dudosa autenticidad, puesto que sus ori- 
ginales no se encuentran en los archivos de España; 
que nunca fue confirmada; que los Virreyes de Quito 
ignoraron su existencia; que no hace mención de 



APÉNDICE 147 

ella la Real Ordenanza sobre Intendencias y Dele- 
gaciones de Indias, lanzada en 1803; y finalmente, 
que los peruanos renunciaron formalmente a sus de- 
rechos después de la derrota que sufrieron en Jar- 
qui, como de ello quedó constancia en el tratado de 
Guayaquil. A todos esos arj^umentos replica el Perú 
diciendo que la Cédula es válida, y que Colombia 
no puede, en ningún caso, pretender que representa 
los derechos de la Gran Colombia, dividida hoy en 
tres repúblicas, argumento éste absolutamente sin 
valor ante el Derecho Internacional. A grandes lí- 
neas, tales son los argumentos presentados por el 
spñor Ilrihi' llriht' t-n un (iiscurso lie grande interés. 

ARGUMENTOS GEOGRÁFICOS V ECONÓMICOS 

Si examinamos el gran mapa del Ecuador, publi- 
cado en 1906 por Fray Ezequiel Vacas Galindo, de 
la Orden de Predicadores, veremos que de los gran- 
des afluentes del Amazonas, dos tienen nacimiento 
en las cordilleras colombianas, que son el Yapurá o 
el Caquetá y el Putumayo o Iza. El Caquetá en sus 
aguas superiores recibe al Orteguazaque, que corre 
hacia el Norte hasta cerca a Florencia, en donde se 
encuentra con el antiguo camino indio que atraviesa 
la cordillera colombiana, y que sigue hacia el Norle 
hasta el paso de las Papas, en dirección a Popa- 
yán. Sobre el rio tributario de Mocoa, queda la ciu- 
dad del mismo nombre; de allí parte un camino que 



148 APÉNDICE 

atraviesa la cordillera y que se dirige a Pasto y a 
las demás ciudades del interior. El Putumayo tiene 
origen en las montañas que dominan a Pasto; su 
afluente, el Guames, nace en el lago de San Pablo, que 
está situado un poco más abajo. En sus aguas in- 
feriores el Caquetá recibe las grandes ríos del Yari 
con su tributario el Caguán, y en la frontera del 
Brasil, el Apoporis. Uno y otro río, así como sus 
afluentes numerosos, tienen origen en la cordillera de 
Colombia. 

Desde el punto de vista colombiano, lo esencial 
es que en tanto que el Caquetá y sus afluentes for- 
man importantes vías fluviales para la comunicación 
interna, el acceso al Amazonas es imposible debi- 
do a las grandes cataratas del Araraucara en sus 
aguas inferiores. El acceso al Amazonas, por medio de 
un río colombiano es, según el señor Uribe Uribe, 
el ideal que nunca debieran abandonar los estadis- 
tas colombianos. Como el Caquetá no es navegable 
por buques de vapor, y como entre éste y el Ñapo 
el Putumayo es el único río verdaderamente nave- 
gable, es deber imprescindible de Colombia procla- 
mar sus derechos sobre ese río. Creemos que esas 
son las razones indudables que determinan la acti- 
tud del Gobierno de Colombia. Una leyenda nacida 
en fuentes alemanas y acogida por los diarios pe- 
ruanos El Comercio y Perú To-clay, pretende que Sir 
Roger Casement fue un simple instrumento de un 
poderoso sindicato que quería arrojar a los perua- 
nos del Putumayo apoderándose así de la floreciente 



APBNDICR 149 

mLÍiisiii;i L.uKiRTa ül* L'^ci rc¿;i.)ii. i:s liiiiíii ucv."ir que 
no existe prueba ninguna sobre cosa semejante. En 
cuanto al caucho, los documentos publicados en el 
Bolelin no le dan mayor importancia. Hablando de 
ciertos distritos dice el General Valencia que la exis- 
tencia de caucho está en vía de desaparecer rápi- 
damente gracias a los métodos empleados en la re- 
colección y al interés natural que tienen los indios 

í'ti íli'sfriiír la imu^.t de ^ii-^ tnrtitras 

LA MISIÓN DEL GKNERAL VALENCIA 



Como resultado de la convenció;i firmada el 13 
de abril de 1910 entre Colombia y el Perú, se nom- 
bra una comisión internacional para que investigara 
la verdad sobre los crímenes atroces cometidos en 
el Putumayo. KI Gobierno de Colombia nombró como 
Comisionado especial judicial al General Gabriel Va- 
lencia, quien llevó consigo como guardia a un peque- 
ño cuerpo de la Gendarmería Nacional. Posterior- 
mente lo acompañó una pequeña fuerza destinada a 
manejar las aduanas nacionales de Colombia en La 
Pedrera en el bajo Caquetá. El relato que hace el 
General Valencia de su expedición de la capital de 
la República a sus fronteras meridionales ilustra ad- 
mirablemente los obstáculos que para la comunica- 
ción se encuentran en esa región. Sería imposible 
hacer aquí una relación detallada de tan penoso viaje. 
Baste decir que la única vía práctica es la de Bar- 



150 APÉNDICE 

bados, en donde tocan los buques que hacen el viaje 
entre el Amazonas y Nueva York. La expedición 
salió de Bogotá el 10 de diciembre de 1910; fue 
diezmada por la fiebre amarilla en Manaos y llegó 
a su destino el 10 de marzo de 1911. 

En los informes del General Valencia publicados 
en el número del Boletín arriba mencionado, figura 
una lista de las declaraciones juradas referentes a 
los ultrajes de que fueron víctimas los ciudadanos 
colombianos por parte de los peruanos. Citaremos 
la primera de la segunda serie: 

«la. La del señor Félix Mejía Peláez, sobre el asesinato del colom- 
biano Emilio Gutiérrez, su esposa y todos los habitantes de su em- 
presa, compuesta de más de cuarenta personas (blancos), crimen que se 
asegura fue cometido a insinuaciún de los peruanos.» 

De interés más permanente son las recomendacio- 
nes hechas por el General Valencia sobre coloniza- 
ción de la comarca. La colonización del Caquetá es 
cuestión que se divide en dos secciones: organiza- 
ción de la región superior a las cataratas del Ararau- 
cara y organización de las regiones correspondien- 
tes al bajo Caquetá y sus afluentes. Dice el General 
Valencia que la región abunda en caucho y presen- 
taría campo de acción suficiente para los caucheros 
colombianos que hoy emigran al Brasil. Los colo- 
nos que se establezcan en el Orteguaza y en la re- 
gión situada entre su confluencia con el Caquetá y 
las cataratas del Araraucara, tendrían forzosamente que 
cultivar relaciones de comercio con las Provincias 
cisandinas del Huila y Nariño. La comunicación con 



APÉNDICE 151 

el interior tendría que hacerse por medio de los ca- 
minos que pasando por Florencia y Mocoa se diri- 
gen al centro de la República. El General Valencia 
menciona la construcción y conservación de esos 
caminos como asunto de necesidad primordial. Ase- 
gura que Florencia y Tresesquinas deben ser asien- 
to principal de la administración, y prefiere al últi- 
mo por encontrarse en la confluencia de las tres 
principales arterias de tráfico: el Orteguaza, que es- 
tablece la comunicación con la provincia del Huila; 
el Caquetá con Nariño y el Caguán, con el Amazo- 
nas. En cuanto a la parte del bajo Caquetá separa- 
da por las cataratas de comunicación con el Norte. 
opina el General Valencia que ella debe pertenecer 
comercialmente a Manaos y debe tener organización 
especial. Sugiere también la fundación de una ciu- 
dad en el punto comparativamente sano de Puerto 
Córdoba, construyendo habitaciones a prueba de mos- 
quitos, como en Panamá, en donde puedan vivir los 
caucheros dedicándose a la agricultura durante la 
gran porción del año en la cual las inundaciones 
causadas por el invierno hacen imposible la reco- 
lección del caucho. Con ello la población dispersa 
actualmente encontraría asilo seguro y permanente. 
Los indios numerosos del Caguán, del Apoporis, etc., 
suministrarían brazos suficientes para los trab.ajos, 
bajo la dirección de los blancos. Su civilización que- 
daría a cargo del Gobierno, que no podía encontrar 
colaboración mejor que la de las misiones evangéli- 
cas. Refiriéndose a las atrocidades cometidas por los 



152 APÉNDICE 

peruanos, afirma el General Valencia que no hay 
peores conquistadores de esas tribus de salvajes que 
tales negociantes. Es preciso convenir en eso. 

ACTITUD DEL GOBIERNO DE COLOMBIA 

Como resultado de los informes del General Va- 
lencia, el Gobierno resolvió emprender la organización 
de esas inmensas regiones. El 7 de marzo del año 
pasado se dictó un decreto por el cual se establecía 
una Comisaría permanente del Putumayo con resi- 
dencia en Mocoa. El 17 de junio dictóse otro decreto 
(modificado el 10 de agosto) por el cual se estable- 
cía la Comisaría del Caquetá con residencia en Flo- 
rencia, que era elevada a la categoría de municipio. 
Se resolvió, además, activar la construcción del cami- 
no de Florencia con el fin de hacer más rápidas, en 
lo posible, las comunicaciones con el Gobierno central. 
Las descripciones que de ese camino hace en el Bo- 
letín citado la Comisión de Longitudes, son particular- 
mente interesantes. En ese informe, que está absoluta- 
mente desprovisto de las exageraciones líricas de que 
tanto gustan los latinoamericanos, hay datos de gran- 
dísimo valor. Encontramos allí cuadros que represen- 
tan el país en toda su realidad: campos inmensos 
llenos de ganado que no tiene quien lo cuide; plan- 
taciones de cacao abandonadas y perdidas. Allí ve- 
mos la descripción de Altamira, en donde las mujeres 
se dedican a tejer sombreros, en tanto que sus ma- 



APÉNDICE 153 

ridos pasan el día tendidos y fumando tabaco porque 
"tienen poca afición al trabajo"; de Medellín, la ca- 
pital de Antioquia, con sus grandes factorías y fá- 
bricas de tejidos; de Neiva, antigua ciudad floreciente, 
destruida hoy por las guerras civiles y por las epi- 
demias; de las riberas del Magdalena, cuya miseria 
no se atreve a describir el autor. 

El Gobierno de Colombia merece felicitaciones muy 
grandes por esa publicación. En cuanto a los deta- 
lles de la cuestión principal no se atreve el autor del 
presente escrito a emitir opinión. De una cosa sí está 
seguro, y es de que será una gran cosa, no solamente 
para los indígenas del Amazonas sino para la civi- 
lización latinoamericana, el que los gobiernos del Perú 
y de Colombia dejen la política de amenazas guerre- 
ras y emprendan una rivalidad de buenas obras en 
esas regiones lejanas en los términos arriba indicados. 



(Turnado de The Times South American Supplement, del 29 de Abril 
de 1913). 




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