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Full text of "El maravilloso Viage de Nils Holgerssons a través de Suecia"

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Editorial 
Cer\í3ntes 



Barcelona 



GniTT OIP 





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EL MAÍiAVlLLOSO VIAJE 
ÜE NILS HOLOERSSONS 
A TRAVÉS DE SUECIA 



i- 



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J 



ImprenU ISditorial LA POLÍQRAPA : Balmet? 54 * Barcelona 



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SELMA LAOERLOF 

PREMIO NOBEL DE LITERATURA 



EL MARAVILLOSO VIAJE DE 

NILS HOLGERSSONS 

A TRAVÉS DE SUECIA 



THADUCCIÓN DIRISCTA DEL SüECO 
POR • 

CARLOS. ANTONIO TALAYERA 

Intérprete oficial 
de los idiomas sueco, noruega, dinamariqués, inglés, alemán, francés e Italiano 

CORRECCIÓN LITERARIA D£ V. C. 



EDITORIAL CERVANTE:S 

RAMBUk DE CAtALUfiA, 72 : BARCELONA 
1921 



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Es PROPIEDAD 

Copyright by 
EDITORIAL CERVANTES 
1921 



ti. G. GebátÉü 



APODERADO OENFRAL EN SUD-AMÉRICA 

JOSÉ BLAYA 
FORMOSA, 463 : BUENOS AIRES 



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PROLOGO 



AL emprender la abrumadora labor de verter al espa- 
/* ñol el magnifico libro de Selma Lagerlóf, que en 
sueco lleva por titulo Nils Hoigerssons Underbara resa 
genom Sverige, una de las más notables producciones 
de la literatura sueca contemporánea, prescindimos de 
una sentida y fiermosa oración en verso, inspirada en la 
contemplación de los cielos, para/ortalecimiento del alma 
y buena disposición en las luchas cotidianas, y de una 
descripción, también en verso, que lleva por epígrafe E> 
mapa de Suecia, descripción que podría substituirse de un 
modo gráfico con un mapa de aquel hermoso pais, para 
la más exacta guia geográfica de los lectores. 

La traducción de este bello libro ha sido hecha con el 
propósito de dar a conocer una obra ejemplar y rendir un 
tributo de admiración y de amistad a la insigne escritora, 
y también por el placer de avivar en nosotros el recuerdo 
de aquel pais, sencillo en su sentir y de gran cultura moral 
e intelectual, donde el traductor vivió largos años de su 
vida y cuyo idioma fué la lengua natal de su idolatrada 
madre. 

Sel na Lagerlóf es tal vez la figura literaria más po- 
pular en toda la Escandinavia. Nadie la supera en talen- 
to, en sensibilidad artística ni en el amor a su patria. 



493517 

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Nacida en 1858 de una familia humilde, sus padres vela- 
ron por su educación y procuraron darle una instrucción 
lo más depurada y amplia que permitían sus modestos \ 
bienes de fortuna. Sin otros recursos de vida que los que 
le proporcionaba su despierta inteligencia y sin otra pro- 
tección que su virtud, dedicóse a la enseñanza como insti- 
tutriz. Su juventud fué un ejemplo de decoro y su vida 
un espejo de honestidad. Retirada en su cenobio, casi 
aislada del mundo, fué formando su inteligencia, que más 
tarde había de plasmar en úbras geniales que aportaban 
un nuevo espíritu, una floración espontánea y maravi- 
llosa, segán frase del profesor Hammar, de Upsala, a la 
literatura sueca. 

En 1891 publicaba su primer libro, La leyenda de Qosta 
Beriing, en el que resumía el temple de su alma, toda su 
aspiración superior en esta pregunta: *¿Qué hay más 
indomable que la resignación, más seguro del triunfo que 
la paciencia?* 

La leyenda de Costa Beriing la sacó de la obscuridad 
en que vivía, haciéndole conocer la celebridad de un modo 
brusco. Todos reconocieron que aquel libro representaba 
el renacimiento de la exuberante fantasía sueca. Era una 
evocación magnífica de la provincia de Vermland con sus 
cuentos y leyendas, antiguos relatos en los que reviven los 
caballeros aventureros y poetas, herreros, pastores y bo- 
hemios, seres^fantásticos que desfilan por las páginas del 
libro animados de un poderoso aliento romántico. Publi 
caba después Jerusaleni, cuya primera parte se desarrolla 
en la Dalecarlia y la segunda en Tierra Santa, Esta obra, 
ya conocida entre nosotros, es un canto admirable a los 
rudos amores y a las exaltaciones religiosas de los cam- 
pesinos suecos, y en ella Selma LagerlOf revelóse como 
una observadora sagaz, en posesión de una maravillosa 
esponíaneidad de invención y un instinto poético insu- 
perable. 

En 1894 ofrecía a sus ya numerosos admiradores. Los 



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lazos invisibles; en 1898, Los milagros del AnticristOi y 
un año después, Las reinas de Kunghálla. 

Tras estas obras, que fueron la definitiva consagración 
de su genio, dio al mundo El maravilloso viaje de Nils 
Holgerssons a través de SuecijB, que escribió llevada de su 
gran amor a su país y ala Infancia, deseosa de ofrecer un 
buen libro de lectura a los niños de las escuelas primarias. 

No vacilamos en llamar a este libro el Quijote de los 
niños suecos. Constituye una epopeya familiar, pinto- 
resca, instructiva y conmovedora. Está escrito con tal 
gracia de colorido y tan noble finalidad, que Justifica que 
tras su publicación fuera elegida Selma LagerlOf miembro 
de la Academia y se la designara para el premio Nobel 
de Literatura, que se le concedió en 1909. 

Para nosotros constituye un motivo de legitimo orgu- 
llo dar a conocer este libro incomparable a la masa de 
lectores hispano -americanos, seguros de que lo han de 
agradecer. 

Carlos Ant.** Talayera Bjórnbero 



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EL DUENDE 

Domingo, 20 de marzo 

Érase un muchacho que no pasaría de ios catorce años, 
alto, desmadejado, de cabellos rubios como el cáñamo. El 
pobre no servía para maldita la cosa. Dormir y comer eran 
sus ocupaciones favoritas; era también muy dado a juegos, 
en los que demostraba sus instintos perversos. 

\Jr\ domingo por la mañana disponíanse sus padres a 
marctaar a la iglesia; el muchacho, en mangas de camisa y 
sentado sobre un ángulo de la mesa, regocijábase al verles 
a punto de partir, pensando en que iba a ser dueño de sí 
durante un par de horas. 

— Cuando se vayan — pensaba para sus adentros — 
podré descolgar la escopeta de mi padre y hacer un disparo 
sin que nadie se meta conmigo. 

Se hubiera dicho que el padre adivinaba las intenciones 
del muchacho, por cuanto en el momento de salir detúvose 
a la puerta y dijo : 

•- Ya que no quieres venir al templo conmigo y con tu 
madre, podrías muy bien leer en casa los sermones del 
domingo. ¿Me prometes hacerlo? 

— Lo haré, si usted quiere — dijo, pensando, como era 
de suponer, que no leería más que lo que le viniese en gana. 

Jamás había visto el muchacho que su madre procediera 
con tanta prisa. En un abrir y cerrar de ojos fuese hasta el 
armarito colgado de la pared, sacó el sermonario de Lutero 
y lo dejó en la mesa, ante la luz de la ventana y abierto 



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10' SELMA I AOERLÓP 

por la página del sermón del dia. Presurosamente buscó 
también ei evangelio de tal domingo y lo puso junto al ser- 
monario. Por último, aproximó junto a la mesa el gran 
sillón que habían comprado el año precedente en la subasta 
de la casa del cura de Vemmenhog, y en el que, de ordina- 
rio, sólo el padre tenía derecho a sentarse. Sentóse el rapaz 
pensando que la madre procurát>ase hartas molestias para 
prepararle la escena, ya que apenas si llegaría a leer una o 
doSu páginas. Pero el padre pareció adivinarle nuevamente 
las intenciones qne abrigaba, al decirle con voz severa: 

— Conviene que leas detenidamente, porque cuando 
regresemos te preguntaré página por página; ¡y ay de tí 
si has saltado alguna! 

— El ^rmón tiene catorce páginas y media — añadió 
la madre como para colmar la medida. -^ Debes comenzar 
en seguida si quieres tener tiempo para leerlo. 

Por ñn, partieron. Desde la puerta vio. el muchacho 
como se alejaban; hallábase como cogido en un lazo. 

— Estarán muy contentos— murmuraba — con creer 
que han hallado el medio de tenerme sujeto al libro durante 
9u ausencia. 

Mas el padre y la madre no lo estaban; muy al con- 
trario, aBigidos. Eran unos modestos terratenientes; su 
posesión no era más grande que el rincón de un jardín. 
Cuando se instalaron en ella apenas si bastaba para el 
sustento de un cerdo y un par de gallinas. Quros para la 
faena, trabajadores y activos, habían logrado reunir algunas 
vacas y patos. Se habían desenvuelto bien y en esta her- 
mosa mañana hubieran partido muy contentos camino de 
la iglesia, de no haber pensado en su hijo. Al padre le 
afligía verle tan perezoso y falto de voluntad; no liabía 
querido aprender nada en la escuela; sólo era capaz de' 
cuidar los patos. Su madre no negaba que esto fuese ver- 
dad, pero lo que más le entristecía era verle tan perverso 



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NILS HOLOCRSSONS 11 

e insensible, cruel con los animales y hostil al trato con los 
hombres. 

— ¡Dios mío, acaba con su maldad y cambia su modo 
de sentir! — suspiraba — sino, hará su desgracia y la 
nuestra. 

El muchacho reflexionó largo rato acerca de si leería 
o no el sermón, y, por último, comprendió que está vez lo 
mejor era obedecer a sus padres. Se arrellenó en el sillón 
y estuvo un rato leyendo a media voz, hasta que le adorme- 
ció su mismo sonsonete, comenzando a dar cabezadas. 

Hada un magnífico tiempo de primavera. Estábamos 
en 20 de marzo, y como el muchacho vivía en la parte 
oeste del distrito de Vemmenhóg y hacia el sur de la 
provincia de Cscania, la primavera se había iniciado ya 
francamente. Los árboles no estaban reverdecidos todavía, 
pero apuntaban los primeros brotes y los vastagos comen- 
zaban a desarrollarse. Corría el agua por todos los regatos 
y el tusílago florecía en los bordes de los caminos. El musgo 
y los liqúenes que exornaban las paredes de la casa pare- 
cían bruñidos y brillaban al sol. El bosque de hayas, que 
cubría el fondo, se hinchaba a ojos vistas y parecía espe- 
sarse a cada instante. El cielo veíase muy alto y su color 
era de un azul purísimo. Por la puerta de la casita, entre- 
abierta, penetraba el canto de la alondra* En el corral 
picoteaban las gallinas y los patos; las vacas, que sentían 
hi fragancia primaveral, aun encerradas en su establo, 
hacían oír de tiempo en tiempo un largo mugido. 

El muchacho leía, se amodorraba y daba cabezadas, en 
su lucha contra el sueño. 

— No quiero dormirme, porque entonces no acabaría 
de leer en toda la mañana. 

Pero, a despecho de esta resolución, acabó por dor- 
mirse. 

—¿He dormido mucho tiempo o sólo unos instantes? — 



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12 SBLMA LAOERLÓr 

preguntóse al despertarle un ligero ruido que oyó a sus 
espaldas. 

En el realce de la ventana, frente a él, descubrió un 
pequeño espejo, en el cual se reflejaba casi toda la habita* 
ción. Al levantar la cabeza descubrió el espejito, y quedó 
atónito al ver, por él, que la tapa del cofre de su madre 
había sido levantada. La madre poseía un gran cofre de 
roble, pesado y macizo, con guarniciones de herraje, que 
nunca dejó abrir a nadie. Alh' conservaba todas las cosas 
que heredara de su madre y que tenía en mucha estima. 
Eran trajes de aldeana a la antigua usanza, de paño rojo, 
con corpino corto y falda plisada y plastrones bordados 
en perlas. Eran cofias blancas, tiesas por el almidón, y 
broches y cadenas de plata. Las gentes no querían llevar 
estas cosas pasadas de moda y la madre habíase propuesto 
repetidas veces deshacerse de ellas, pero nunca acabó por 
decidirse: las tenía muy grabadas en el corazón. 

El muchacho vio por el espejo que el cofre estaba abierto. 
No comprendía como había sido esto posible, porque es- 
taba seguro de que su madre cerró el cofre antes de partir; 
jamás lo hubiera dejado abierto dejando a su hijo solo en 
casa. 

Al punto sintió que se apoderaba de él un gran mal- 
estar. Temía que un ladrón se hubiera deslizado en la casa. 
No se atrevía ni a respirar: inmóvil, miraba fijamente al 
espejo. Sentíase atemorizado en espera de que el ladrón 
se presentara, cuando le extrañó ver cierta sombra negra 
sobre el borde del cofre. Miraba y remiraba, sin creer 
lo que sus ojos veían. Poco a poco fué precisándose lo que 
al principio no era más que una sombra y tardó poco en 
darse cuenta de que la sombra era una realidad. No era ni 
más ni menos que un pequeño duende que, sentado a hor- 
cajadas, cabalgaba en el canto del cofre. 

El muchacho había oído cieitamente hablar de los 



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NILS HOLQERSSONS 13 

duendes; pero jamás pudo imaginar que fuesen tan peque- 
ños. No tendría mayor altuí^ que el ancho de la mano, 
sentado como se hallaba en el borde del cofre. Su cara 
avejentada era rugosa e imberbe y vestía larga levita con 
calzón corto y sombrero negro de anchas alas. Su aspecto 
era elegante y distinguido: llevaba blondas blancas en las 
mangas y en el cuello, zapatos con hebilla y ligas con gran- 
des lazos. Del fondo del cofre había sacado un plastrón 
bordado y examinábalo tan detenidamente que no pudo 
advertir que el muchacho habíase despertado. 

Este no salía de su asombro; pero, en verdad, no asus- 
tóse de tal duende; no creía del caso tener miedo de cosa 
tan pequeña, y como quiera que el duende hallábase 
absorbido en su contemplación, hasta el punto de no ver 
ni oír nada, pensó el muchacho que sería muy divertido 
hacerle blanco de una jugarreta: meterle, por ejemplo, 
dentro del cofre, y echar sobre él la tapa o algo por el estilo. 

Su valor no llegaba hasta el extremo de atreverse a 
coger al duende con sus manos, por lo que se dedicó 
a buscar con la vista un objeto que le permitiera propi- 
narle un golpe. Sus miradas iban de la cama a la mesa 
y de la mesa a la cocina, donde vio las cacerolas, cucharas, 
cuchillos y tenedores que se descubrían por la puerta entre- 
abierta de la alacena. Al desviar la vista dio con la esco- 
peta de su padre que colgaba de la pared entre los retratos 
de la familia real de Dinamarca, y un poco más allá las 
plantas que florecían ante la ventana. Por último, clavó 
sus ojos en un viejo cazamariposas que había en lo alto de 
la ventana. 

Distinguirlo y cogerlo fué todo uno, y enarbolándolo 
corrió hacia el cofre, y su satisfacción no tuvo límites al ver 
lo felizmente que había llevado a cabo su hazaña. El duende 
quedó preso en la red, bajo la cual yacía el pobrecito im- 
posibilitado para trepar. 



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14 SBLMA laoerlop 

En el primer momento el muchacho no supo qué hacer 
de su presa. Sólo se preocupaba de agitar el cazaraariposas 
hacia uno y otro lado para que el duende no estuviera 
tranquilo y evitar que trepase. 

Cansado el duende de tanta danza, le habló para suplit 
charle que le devolviera la libertad, alegando que le había 
hecho bien durante muchos años y que por ello debía dis- 
pensarle mejor trato. Si le dejaba en Kbertad regalaríale 
una antigua moneda de plata, una cuchara del mismo metal 
y una tiioneda de oro tan grande como la tapa del reloj de 
pkta de su padre. 

El muchachp no encontró muy geneíoso el ofreci- 
mietito; pero le tomó miedo al duende después de ttaerie 
en su poder. Dábase cuenta de que ocurríale algo ^extraño 
y terrible, que no pertenecía a su mundo, y no deseaba 
otra cosa que salir de la aventura. 

Así es que iro tardó en acceder a la proposición del 
duende y levantó el cazamariposas para que pudiera salir 
de él. Pero en el momento en que su prisionero estaba 
a punto de recobrar su libertad ocurriósele que debía ase- 
^gurarse la obtención de grandes extensiones de terreno 
y de todo género de cosas. Como anticipo, debía exigirle, 
por lo menos, t)ue el sermón se le grabara sin esfuerzo en 
la cabeza. 

— ¡Qué tonto hubiera sido dejarle escaparl— se dijo.— Y 
^e puso de nuevo a agitar la red. 

Pero en este mismo instante recibió una bofetada tan 
formidable que su cabeza parecíale que iba a estallar. Pri- 
mero fué a dar contra una pared, después contra la otra y, 
por último, rodó por los suelos, donde quedó exánime. 

Cuando recobró el conocimiento estaba solo en la estan- 
cia; no quedaba ni rastro del duende. La tapa del cofre 
estaba cerrada; el cazamariposas pendía como de costum- 
bre junto a la venta.na. De no sentir el dolor de la bofetada 



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NIL8 nOLOEKSSONS 15 

en la mejilla, hubiera creído que todo era un sueño. 

— Sea lo que sea — murmuraba — , mis padres serán 
los primeros en afirmar que todo ha sido un suefto. Segu- 
ramente no me han de perdonar lo del sermón a causa de 
lo sucedido. Por lo tanto, lo mejor es que me ponga a leer 
de nuevo. 

Dirigíase hacia la mesa haciéndose estas reflexionesi 
cuando de repente observó algo extraño. No era posible 
que la casa se hubiera hecho más grande. ¿Pero cómo 
lo era explicarse de otro modo la gran distancia que tenía 
que recorrer para llegar a la mesa? ¿Y qué le pasaba a la 
silla? A la vista era la misma; pero para sentarse debió 
subir hasta el primer travesano y ascender así hasta el 
asiento. Lo mismo ocurría con la mesa, cuya superficie no 
podía ver sino escalando el brazo del sillón. 

— ¿Qué significa esto? Yo creo que el duende ha 
encantado el sillón, la mesa y la casa toda. 

El sermonario continuaba abierio sobre la mesa, y, al 
pareber, sin cambiar en lo más mí limo; pero algo extraor- 
dinario ocurría allí cuando para leer una sola palabra tenía 
que ponerse de pie sobre el mismo libro. 

Después de leer algunas líneas, levantó la cabeza. Sus 
ojos fijáronse de nuevo en el espejo y no pudo menos que 
exclamar en alta voz: 

— lOtroI 

En el interior del espejo veía claramente un hombre- 
cito, muy pequeño, con su gorro puntiagudo y sus calzones 
de piel. 

— Viste exactamente como yo — gritaba, juntando las 
manos con la mayor sorpresa. Entonces el hombrecito del 
espejo hizo el mismo ademán. 

El muchacho se tiraba de los cabellos, se pellizcaba, se 
mordía, hacíg piruetas, y el hombre del espejo reproducía 
al punto sus movimientos. 



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16 SELMA LAOERLÓF 

Rápidamente le dio una vuelta al espejo para ver si 
había alguien oculto tras él; pero no vio a nadie. Púsose 
entonces a temblar porque, de repente, comprendió que el 
duende le había encantado y que la imagen que reflejaba 
el espejo no era otra que la suya propia. 



LOS PATOS SILVESTRES 

Sin embargo, el muchacho no podía imaginarse que 
hubiera sido transformado en duende. 

— Esto no puede ser más que un sueño o una ilusión — 
pensaba. — No hay más que esperar un poco y volveré a 
ser humano. 

Se puso ante el espejo y cerró los ojos. Transcurridos 
algunos minutos volvió a abrirlos, creyendo que habría 
cesado el encantamiento. Pero, no: continuaba siendo tan 
pequeño como antes. Exceptuando la estatura, era el mismo 
de siempre. Los cabellos claros como el cáñamo, y las 
manchas rojizas sobre la nariz, y los remiendos en los cal- 
zones de cuero, y las composturas de las medias, todo igual, 
pero minúsculo. 

Era inútil esperar. Se imponía hacer algo y lo mejor 
para que resultara provechoso consistía en buscar al duende 
para ver el modo de hacer las paces con él. 

Saltó a tierra y se puso a buscarle. Miró por detrás de 
las sillas y los armarios, bajo la cama y en el horno. Se 
agachó incluso para mirar un par de agujeros donde se 
metían los ratones; pero todo fué en vano. 

Todas estas pesquisas iban acompañadas de llantos, sú- 
plicas y promesas de todo género: nunca más faltaría a sus 
palabras, jamás se entregaría al mal, jamás se dormiría du- 
rante el sermón. Si volvía a recobrar su cualidad de ser 
humano sería el niño más obediente, el más dócil, el más 



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El liliputiense 



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NILS HOLOERSSONS 17 

solícito a todo ruego. Pero era inútil prometer; de nada le 
servía. 

En esto recordó de pronto haber oído decir a su madre 
que los duendes tienen la costumbre de esconderse en el 
establo; y hacia allí se dirigió. Afortunadamente, la puerta 
de la casa había quedado abierta; por sí solo no hubiera 
podido alcanzar el picaporte. Y salió sin el menor tro- 
piezo. 

Al llegar al dintel de la puerta buscó con la mirada sus 
zapatones, porque él no los usaba para andar por casa. 
¿Cómo podría utilizar ahora tan grandes y pesados zapa- 
tones? Pero al punto observó que en el suelo había un par 
de zapatitos. Este descubrimiento no hizo más que aumen- 
tar su miedo. Si el duende había tenido el cuidado de cam- 
biar hasta sus botas ¿no era lógico suponer que iba a pro- 
longarse tan desgraciada aventura? 

Sobre la vieja grada de roble que había ante la puerta, 
saltaba un pajariilo que comenzó a piar y gritar apenas 
descubrió al muchacho: 

— ¡Tuit-tuit!. Mirad a Nils, el guardador de patos, más 
pequeño que un liliputiense! ¡Mirad al pequeño Pulgar- 
cito! ¡Mirad a Nils Holgerssons Pulgarcito! 

Los patos y las gallinas volviéronse rápidamente hacia 
Nils, promoviendo un alboroto con sus cloqueos y ca- 
careos verdaderamente formidables: ¡Ki-ki-ri-ki! — cantó el 
gallo. — ¡Bien merecido lo tiene por haberme tirado de la 
cresta! ¡Cra, era, era, bien está! — contestaban las gallinas, 
repitiendo infinitamente la misma exclamación. 

Los patos se reunieron, apretándose los unos contra los 
otros, alargando sus cabezas al mismo tiempo y pregun- 
tando: 

— ¿Quién habrá podido hacer esto? ¿Quién lo habrá 
podido hacer? 

Lo más maravilloso era que el muchacho podía com- 



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18 SELMA LAOCRLÓr 

prender el lenguaje de estos animales. SorprendidOi per- 
maneció un momento en la escalinata para escucharles. 

— Comprendo el lenguaje de las aves y los pájaros 
— se decía — , porque he sido transforntado ert duende. 

Parecíale insoportable que las gallinas no cesaran de 
repetir a grito pelado que estaba bien hecho. Desesperado 
les tiró una piedra para imponerles silencio. 

— ¿Queréis callar, granujas? 

Desgraciadamente había olvidado que su talla no era 
ya para infundir miedo a las gallinas. Todas ellas corrieron 
hacia él y rodeándole, se pusieron a cacarear: 

— |Cra, era, era, bien hecho está! |Cra, era, era, lo te- 
riías merecido! 

El muchacho intentó escapar, pero las gallinas le per- 
siguieron gritando hasta volverle sordo. No hubiera podido 
desprenderse de ellas fácilmente de no presentarse en tal 
momento el gato de la casa. Al verle callaron las gallinas 
y fingieron dedicarse únicamente a escarbar la tierra, to- 
mando el sol, y a pícqtear algún gusanillo. 

El chico corrió hacia el gato. 

— Mi pequeño Minet — le dijo — , tú que conoces tan 
perfectamente todos los agujeros, rincones y escondrijos 
de la granja, ¿por qué no tienes la bondad de decirme 
dónde podré encontrar al duende? 

El gato no respondió en seguida. Sentóse, dispuso ele- 
gantemente el rabo en torno suyo y ñjó su mirada en el 
muchacho. Era un gran gato negro con el pecho blanco. 
Sus pelos alisados brillaban al sol. Sus uñas estaban reco- 
gidas. Sus ojos eran completamente grises, con una pe- 
queña ranura en el centro. Su aire era de mansedumbre. 

— Yo sé muy bien donde está el duende — dijg con 
una voz muy dulce — ; ¿pero crees que te lo voy a decir? 

— Mi querido Minet, es preciso que tú me ayudes. ¿No 
ves que me ha encantado? 



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NILS HOLOERSSONS 19 

El gato entreabrió sus pupilas y un reflejo verde dio 
idea de su maldad. Antes de dar una respuesta mauHó de 
placer. 

— ¿Quieres que te ayude para agradecerte las muchas 
veces que me has tirado del rabo? — dijo finalmente. 

El muchacho se enfadói y olvidándose de su pequenez 
y de su total impotencia, dfjole muy enojado: 

— Y podría tirarte todavía de él — y diciendo esto di- 
rigióse hacia el gato. 

Este se transformó de tai manera, como por arte de en- 
cantamiento, que nadie hubiera dicho que era el mismo 
animal. Sus pelos estaban erizados, su lomo curvado, sus 
uñas hundíanse en la tierra, el rabo habíasele acortado, 
las orejas parecían metérsele en la cabeza, la boca echá- 
bale espuma y los ojos, muy abiertos y grandes, brillaban 
como ascuas. 

El muchacho, que no se avenía a dejarse acobardar por 
un gato, dio un paso hacia adelante. Entonces ei gato, 
dando un salto, cayó sobre el muchacho, lo arrojó al suelo 
y quedó sobre él con las patas delanteras sobre su pecho 
y la boca abierta, a punto de morderle en la garganta. 

El muchacho sintió como las uñas, atravesándole el 
chaleco y la camisa, se hundían en sus carnes; los dientes 
puntiagudos le cosquilleaban la garganta. Pidió socorro 
con toda la fuerza de sus pulmones; pero nadie <:orrió en 
su favor. El muchacho creyó llegada su últiipa hora. 
Transcurrido un momento sintió que el gato hundíale sus 
uñas en la carne viva y vio como le abandonaba sin ha- 
cerle nada más. 

— Esto me basta — dijo entonces el animal. — Te per- 
dono por esta vez. Sólo quería hacerte comprender cuál 
de los dos es el más fuerte. 

Seguidamente separóse de él tan pacífico y bonachón 
como en un principio. El muchacho estaba tan corrido 



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20 SELMA LAOERLÓF 

y avergonzado que, sin pronunciar palabra, optó por mar- 
charse hacia el establo en busca del duende. 

En el establo sólo había tres vacas, pero cuando llegó 
el muchacho se desencadenó tal estruendo que cualquiera 
hubiera creído que eran lo menos treinta. 

— ¡Mu, mu, mu! — mugía Rosa de Mayo. — Es una 
dicha que haya una justicia en este mundo. 

— Le haré danzar sobre mis cuernos — mugía otra. 

— ¡Mu, mu, mu! — mugían todas a la vez, sin que el 
muchacho pudiera entender lo que decían, porque los mu- 
gidos de una apagaban y hacían incomprensibles los de 
las otras. 

Intentó hablarles del duende; pero no lograba hacerse 
oír. Las vacas estaban en plena agitación. Las tres parecían 
desmandarse como cuando entraba en el establo un perro 
extraño. Lanzaban coces furiosas, agitaban sus rabos y mo- 
vían sus cabezas amenazando con cornearle. 

— Acércate un poco — gritaba Rosa de Mayo — y te 
daré una patada que no olvidarás en mucho tiempo. 

— Acércate — decía Lis de Oro — y te haré bailar so- 
bre mis cuernos. 

— Ven aquí, aproxímate un poco y sabrás lo que yo 
sentía cuando en el verano último me tirabas tus zuecos 
— rugía Estrella. 

— Ven y te haré pagar lo de la avispa que me metiste 
en la oreja — - bramaba Lis de Oro. 

Rosa de Mayo, la mayor y más prudente de las tres, era 
la más furiosa. 

— Ven — decíale — a recibir la recompensa que mere- 
ces por haber tirado tan frecuentemente del escabel en el 
momento en que tu madre nos ordeñaba, por todas las 
zancadillas que le hiciste cuando pasaba llevando los botes 
de leche, por todas las lágrimas que derramó por tu culpa 
en este mismo sitio. 



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NILS HOLQERSSONS 21 

El muchacho hubiera querido decirles que deploraba 
el haber sido tan malvado con ellas, que se arrepentía para 
siempre y que no volvería a hacerles nada si accedían 
a decirle donde estaba el duende; pero las vacas armaban 
tal alboroto y se agitaban tan violentamente que tuvo miedo 
de que llegaran a soltarse, y juzgó que lo más prudente 
era salir del establo. 

Ya en el corral se sintió muy descorazonado al darse 
cuenta de que nadie se mostraba dispuesto a ayudarle a en- 
contrar al duende. Además, pensaba que aun el encontrarle 
no le podría servir para maldita la cosa. 

Después de trepar por la pared que cercaba la granja, 
y que desaparecía a trechos .entre zarzales y espinas, se 
sentó para reflexionar mejor sobre lo que pudiera aconte- 
cerle si no volvía a recobrar su condición de hombre. 
Primero pensó en el asombro que su padre y su madre 
experimentarían al volver de la iglesia. Sí, habría un gran 
aturdimiento en todo el país al conocer lo sucedido y las 
gentes vendrían de Vemmenhog-Este, y de Torp y de 
Skurrup; vendrían a verle de toda la región, y tal vez le 
condujeran sus padres a la feria de Kivik para exponerle 
al público. 

Esto le aterraba. Prefería que nadie volviera a verle 
nunca más. ¡Qué desgracia la suya! Nadie era tan digno de 
lástima como él. Ya no sería un hombre, sino un monstruo. 

Poco a poco comenzaba a darse cuenta de lo que re- 
presentaba el no volver a ser un hombre. En adelante vi- 
viría separado de todo: ya no podría jugar con los otros 
niños, ya no podría hacerse cargo de las propiedades de 
sus padres, y, más ciertamente, ya no podría encontrar 
ninguna joven que quisiera ser su esposa. 

Ahora contemplaba su casita. Era una pequeña cabana 
de atobón que parecía hundirse en la tierra bajo el peso de 
bU techumbre de paja alta y escarpada. Las dependencias 



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22 SELMA LAOERLÓr 

eran también muy pequeñas y los cuadros de cultivo tan 
reducldoSi que un caballo apenas si tendría espacio para 
dar la vuelta; pero por muy pequeña y pobre que fuese, 
aún era demasiado buena para éK No tenía derecho a pe- 
dir otra vivienda que un agujero en la cuadra. 

Hacía un tiempo maravillosamente hermoso. Oíase el 
murmurio del agua en los regatos, las ramas echaban sus 
hojas, los pájaros piaban alegres en derredor. Sólo él yacía 
bajo una pena infinita y nada podría alegrarle ya. 

Jamás había visto un cielo tan azul. Los pájaros emi- 
grantes pasaban a bandadas. Volvían del extranjero; habían 
volado a través del Báltico hacia el Cabo de Smygehuk 
y ahora iban hacia el Norte. Los había de diferentes espe- 
cies, pero él sólo reconocía a los patos silvestres, que vo- 
laban en dos grandes líneas formando un ángulo. 

Habían pasado ya varias bandadas de pájaros. Volaban 
a gran altura y, sin embargo, percibía sus gritos: 

— Volamos hacia las montañas. Volamos hacia las 
montañas. 

Cuando los patos silvestres percibieron desde lo alto 
a los patos domésticos que jugueteaban en el eorral, des- 
cendieron, gritando: 

— Venid con nosotros, venid; vamos hacia las mon- 
tañas. 

Los patos domésticos no podían sustraerse a levantar 
la cabeza y escuchar lo que se les decía; pero respondían 
con muy buen sentido: 

— Nosotros estamos bien aquí. Nosotros estamos bien 
aquí. 

Como ya hemos dicho era aquél un día muy hermoso, 
y se percibía un airecíllo tan fresco, tan ligero y sutil que 
invitaba a volar. A medida que pasaban nuevas bandadas, 
los patos domésticos sentíanse más inquietas. Hubo mo- 
mento en que batían sus alas como dispuestos a seguir el 



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NILS HOLOERSSONS 23 

vuelo de los patos silvestres. Pero cada vez que lo intenta- 
ban oíase la voz de un pato anciano, que les advertía: 

— No hagáis locuras. Esos patos tienen que sufrir los 
rigores del hambre y del frío. 

Un pato joven, a quien la invitación de los patos 
silvestres habíale infundido los más vivos deseos de par- 
tir, dijo: 

— Si pasa otra bandada me iré con ella. 

Pasó otra bandada, repitiendo lo que decían las prece- 
dentes, y el pato joven respondió : 

— Esperad, esperad; voy con vosotros. 

Despkgó sus alas y se elevó en el aire; pero tenía tan 
poca costumbre de volar que cayó desde lo alto. 

Los palos parecieron comprender lo que les había di- 
cho, y volvieron atrás lentamente para ver si el pato joven 
se reunía con ellos. 

— {Esperad, esperad! — decía, intentando un nuevo es- 
fuerzo. 

El muchacho lo oyó todo desde el sitio en que se ha- 
llaba oculto. 

— ¡Qué dolor si el pato joven llegara a escaparse! Mis 
padres tendrían una gran pena al volver de la iglesia. 

Olvidando otra vez que era pequeño y carecía de fuer- 
za, saltó en medio de los patos y echó sus brazos al cuello 
del volátil para sujetarle. 

— Tú te quedarás aquí, ¿me oyes? — gritaba. 

Pero en aquel preciso momento el pato hendió los 
aires como si una fuerza extraña le impulsara al vuelo. 
No pudo detenerse ni sacudir al muchacho y se lo llevó 
por los aires. 

La ascensión fué tan rápida que el vértigo se apoderó 
del chiquillo, quien pensó en desprenderse de lo que 
creía su presa; pero llegó tan alto que se hubiera matado 
de dejarse caer. 



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24 SELMA LAOERLOP 

No le quedaba otro remedio que montar sobre el pato, 
lo que logró a costa de no poco riesgo. Tampoco era fácil 
sostenerse sobre las espaldas lisas y resbaladizas, entre las 
alas batientes. Tuvo que hundir sus manos en las plumas 
y plumones para no rodar por el espacio. 



LA TELA A CUADROS 

Durante mucho rato el muchacho experimentó vértigos 
que le impidieron darse cuenta de nada. El aire silbaba y le 
abofeteaba, las alas le golpeaban, las plumas vibraban con 
un rumor de tempestad. Trece patos volaban en torno de él. 
Todos cacareaban y batían sus alas. Los ojos deslumhrados 
y los oídos ensordecidos, imposibilitábanle para saber si 
volaba a mucha o poca altura y para comprender la causa 
de aquel viaje por los aires. Cuando pudo reponerse com- 
prendió que debía intentar saber a dónde se le conducía. 
Pero ¿cómo atreverse a mirar hacia abajo? 

Los patos silvestres no volaban muy alto porque el 
nuevo compañero de excursión no hubiera podido resistir 
un aire demasiado ligero. Por esto tenían que volar con 
menor celeridad que de ordinario. 

El muchacho tuvo, por fin, suficiente valor para lanzar 
una mirada hacia tierra. Quedó sorprendido al ver exten- 
dido allá abajo un lienzo parecido a un gran mantel, divi- 
dido en sinnúmero de grandes y pequeños cuadros. 

— ¿Dónde podemos encontrarnos? — se preguntó. 
Continuó mirando, sin ver nada más que cuadros. Había 

unos estrechos y otros anchos; algunos eran oblicuos, pero 
por todas partes descubría planos, ángulos y rectas. Nada 
redondo, ninguna curva. 

— ¿Qué es lo que será esa gran pieza de tela a cuadros? 
— decía para sí el muchacho, sin esperar respuesta. 



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NILS HOLOERSSONS 25 

Pero los patos silvestres que volaban a su alrededor, 
respondiéronle: 

— Campos y prados. Campos y prados. 

Entonces comprendió que la tela a cuadros era la llanu- 
ra de Escania que atravesaba a vuelo. Y comprendió tam* 
bien por qué se le aparecía tan pintarrajeada. Al punto 
reconoció los cuadros de un verde pálido : eran los campos 
de centeno, sembrados durante el otoño anterior y que 
permanecían verdes bajo la nieve. Los cuadrados de un 
gris amarillo eran ios rastrojos donde en el verano había 
habido trigo; los cuadrados un poco más obscuros eran 
viejos c^Qipos de tréboles; los negros, campos de pastoreo 
esquilmados, o tierras baldías. Los cuadrados de un tono 
moreno bordeados de amarillo serían bosques de hayas, 
porque en estos bosques los grandes árboles del centro 
quedan desnudos en invierno, mientras que los jóvenes 
arbustos de las orillas conservan sus hojas amarillentas y 
desecadas, hasta la primavera. También había cuadrados 
que sobresalían con alguna cosa de color gris; eran las 
grandes granjas con techos de paja ennegrecida, rodeadas 
de esplanadas empedradas. Otros cuadrados estaban todavía 
verdes, en el centro, orlados de amarillo: eran jardines 
donde el césped verdeaba ya, aunque los zarzales y setos 
se mostraran desnudos todavía. 

El muchacho no pudo menos que reír al contemplar 
todos estos cuadros, pero al oírle los patos silvestres, gritá- 
ronle en tono de reproche: 

— País bueno y fértil. País bueno y fértil. 

— ¿Cómo te atreves tú a reír — se decía — después de la 
más terrible desgracia que puede sobrevenirle a un ser 
humano? 

Permaneció grave un momento, pero no tardó en sen- 
tirse alegre y reír de nuevo. 

Ibase acostumbrando a este modo de viajar y a la velo- 



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26 StlMA LAOERIÓF 

cidady sin pensar en otra cosa que en mantenerse sobre las 
espaldas del pato; comenzaba a observar las innumerables 
bandadas de pájaros que poblaban el espacio, todos en 
marcha hacia el Norte, escuchando los gritos y llamamien- 
tos que se dirigían unos a otros. 

— ¡Eh! ¿Os habéis decidido ya a hacer la travesía?— 
gritaban unos. 

— Sí, sí — respondían los aludidos. — Pero ¿dónde está 
aquí la primavera? 

— No hay una hoja en los árboles y el agua está helada 
en los lagos— respondían otros. 

Cuando los patos atravesaban un lugar o caserío donde 
hubiera patos domésticos, les preguntaban: 

— ¿Cómo se llama esta granja? ¿Cómo se llama esta 
granja? 

Entonces el galio extendía el cuello y cantaba: 
^Se llama de Campo Pequeño; este año como el pasa- 
do, este año como el anterior. 

La mayor parte de las granjas llevaban el nombre de su 
propietario, como se acostumbra en la Escania, pero en 
vez de responder que era la granja del tío Matson o de Ola 
Bosson, los gallos decían los nombres que se les ocurrían. 
En las cabanas pobres o en las pequeñas alquerías, ca- 
careaban: 

— Esta granja se llama del Oran Molino. 
Y en las más «liserables, decían: 

— Esta granja se llama la Pequeña. 

Las grandes granjas de los campesinos ricos recibían 
herniosos nombres, contó Campo de la Fortuna, Colina de 
los Huevos, Barrio de Plata. 

Los gallos de los castillos señoriales y de las grandes 
posesiones eran demasiado orgullosos para emplear esta 
clase de bromas. Uno de ellos cantó a grito pelado, como 
si quisiera hacerse oír hasta el sol. 



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NiLS HOLOERSSONS 27 

— - Este es el castillo de Dybeck; este año como el pasa- 
do, este año como el anterior. 

Y un poco más lejos cantaba otro: 

— Estoes Svaneholm, el Islote del Cisne. Todo el mundo 
lo sabe. 

El muchacho fijóse en que los pájaros no volaban en 
línea recta. Volaban y se deslizaban sobre la gran llanura 
de la Escanta como si, felices por su regreso, quisieran 
saludar cada casa. 

Por fin llegaron a un punto donde se levantaban varios 
edificios de pesada construcción, rodeados de casitas, sobre 
los que sobresalían muy altas chimeneas. 

— ¡Es la azucarera de Jordberga! — gritaron los ga- 
llos. 

Éi muchacho se estremeció. ¿Cómo no la había recono- 
cido? Estaba cerca de su casa, y el verano último había 
estado empleado allí como pastor. Mas, visto desde tan alto, 
todo tenía otro aspecto. 

¡jordberga! ¡Jordbergal ¡Y Asa, la guardadora de patos, 
y el pequeño Mats, que habían sido sus compañeros! ¡Cuánto 
deseaba saber si estaban todavía allí! ¿Qué dirían si supie- 
ran que NUs volaba en tal momento por encima de sus 
cabezas? 

Pero pronto perdió de vista a Jordberga; volaban con 
dirección a Svedala y Skabersjo, para volver hacía el con- 
vento de Borringe Háckeberga. 

El muchacho vio más de la Escania en este día que 
durante todos los años de su vida. 

Cuando los patos silvestres encontraban patos domésti- 
cos, es cuando mejor lo pasaban. Deteniendo mucho su 
vuelo, gritaban: 

— Vamos camino de las montañas. ¿Queréis venir? 
¿Queréis venir? 

Pero los patos domésticos respondían: 



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28 SEIMA LAOERLÓF 

— Todavía es invierno en el país. Habéis venido dema- 
siado pronto. ¡Volveos, volveos! 

Los patos silvestres descendían muy bajo para dejarse 
oír mejor, y gritaban: 

— Venid y os enseñaremos a volar y a nadar; 

Los patos domésticos, irritados, ni se dignaban res- 
ponder. 

Los patos silvestres descendían más aún, hasta tocar el 
suelo, y después se remontaban como flechas, asustados. 

— ¡Ea, ea, ea! — gritaban. — No eran patos; eran corde- 
ros, eran corderos. 

Entonces, los patos domésticos respondían furiosos: 
— Debieran cazaros y abatiros a perdigonadas a todos, 
a todos. 

Y escuchando estas gracias reía el muchacho. Después 
lloraba al asaltarle la idea de su desgracia, para reír de 
nuevo un poco más tarde. Nunca había viajado con la ver- 
tiginosa rapidez que entonces; siempre había tenido la 
ilusión de montar a caballo para correr, correr desenfrena* 
damente; pero jamás imaginó, naturalmente, que el aire 
fuese al!á en lo alto de tan deliciosa frescura ni que se aspi- 
raran tan olorosas fragancias, emanadas de la tierra hume- 
decida y de los pinares resinosos. Esto era como volar por 
encima de las penas. 



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NILS HOLQERSSONS 29 

11 

OKKA DE KEBNEKASE 
LA TARDE 

El pato joven que habíase lanzado tras los patos silves- 
tres, se sentía muy orgulloso de recorrer el país en su com- 
pañía y de impacientar y burlarse de los patos domésticos; 
pero la satisfacción que experimentaba no impidió que al 
sobrevenir la noche comenzara a sentirse fatigado, inten- 
taba respirar con más fuerza e infundir a sus alas movi- 
mientos más rápidos; pero a pesar de sus esfuerzos quedóse 
a gran distancia de sus acompañantes. 

Cuando los patos que volaban en último término aper- 
cibiéronse de que no podía seguirles, dijeron a gritos al 
guía de la bandada, que volaba en el vértice del ángulo 
que los patos formaban: 

— ¡Okka!¡Okka! 
— ¿Qué ocurre? 

— El pato se ha quedado atrás. 

— Decidle que es más fácil volar rápida que lentamente 
— gritó Okka sin dejar de volar como antes. 

El pato procuró seguir el consejo y aumentar la rapidez 
de su vuelo; pero pronto extinguiéronse sus fuerzas y des- 
cendió casi al nivel de los sauces que bordeaban los cami- 
nos y los campos. 

— ¡Okka, Okka, Okka! — gritaron nuevamente los que 
iban a retaguardia y que no dejaban de ver los penosos 
esfuerzos del pato blanco. 

— ¿Qué sucede ahora? — preguntó el conductor de la 
bandada, en tono colérico. 

— ¡Que se cae, se cae! 



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30 SELMA LAQERLÓP 

— Decidle que es más fácil volar alto que bajo — res- 
pondió Okka. Y continuó volando como antes, sin dismi- 
nuir su velocidad. 

El pato aún trató de seguir este consejo, y ai querer 
elevarse un poco más, hinchóse hasta el punto de creer 
que su pecho iba a estallar. 

-^ |Okka, Okka! — gritaron los patos que iban en últi- 
mo término. 

— ¿Es que no podéis dejarme volar tranquilo? — res- 
pondió más irritado que antes. 

— El pato blanco va a morir; el pato blanco va a 
morir. 

— ■ Decidle — contestó el guía de la bandada — que el 
que no pueda seguirnos que se vuelva a su casa. 
Y todos siguieron volando sin moderar la marcha. 

— Ah, muy bien — díjose el pato. Acababa de com- 
prender que los patos silvestres no habían pensado nunca 
en llevarle a la Laponia. Habían querido burlarse de él 
simplemente, haciéndole abandonar su casa. 

Estaba furioso al verse traicionado por sus fuerzas y 
por no poder mostrar a esos vagabundos lo que era capaz 
de hacer un pato doméstico. Lo que más le disgustaba era 
haberse reunido con Okka. Aunque no era má^^ que un 
ave de corral, había oído hablar repetidas veces de una 
pata llamada Okka que era jefe de una bandada y que tenía 
más de cien años. Su reputación era tan grande que los mejo* 
res patos silvestres querían formar parte de su tropa. Ahora, 
al convencerse de que nadie trataba con más menosprecio 
a los patos domésticos que G6ta Okka y su bandada, hu- 
biera querido demostrarles que era su igual. 

El pato blanco volaba lentamente, un poco más atrás 
que los otros, sin dejar de pensar en la decisión que adopta- 
ría. De repente, la partícuja de hombre que llevaba sobre 
sus espaldas, le dijo: 



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NILS HOI.QERSSONS 31 

— Mi querido pato Martín, comprende que ha de serte 
imposible, ya que no has volado nunca, seguir a los patos 
silvestres hasta la Laponia. ¿No seria mejor que volvieras 
a casa antes de sufrir algún daño? 

Et pato tenía horror al hijo de la casa, a este mal bicho 
que I)evaba a cuestas. Así es, que apenas oyó que el mu- 
chacho creíale incapaz de llegar al término del viaje, optó 
por decirle : 

— Si añades una palabra más te arrojo en la primera 
laguna que encontremos. 

Y la cólera dióie energías para volar casi tan bien como 
los otros. 

Es probable que no hubiera podido continuar hacién- 
dolo, a pesar de todo; por fortuna, no fué necesario. El sol 
descendía rápidamente y los patos volaban veloces hacia 
abajo. Antes de que hubieran podido darse cuenta, el mu- 
chacho y t\ pato encontráronse en las orillas del lago 
Vombsjó. 

— Es aquí donde probablemente pasaremos la noche 
— díjose el muchacho; y sallando dv'I lomo del pato, pisó 
tierra. 

Estaba sobre una estrecha faja de arena; ante él se ex- 
tendía un lago bastante grande y de un aspecto poco tran- 
quilizador. Cubríalo casi por completo una capa de hielo 
ennegrecido, rugoso, desigual, agrietado y lleno de aguje- 
ros, como suele estar en la primavera. Se veía que estaba 
próximo a fundirse. Ya habíase separado un buen trecho 
de la orilla y rodeábale una gran franja de agua negra 
y gelatinosa; pero aún estaba allí, y mientras estuviese no 
dejaría de difundir un frío penetrante y dar un aspecto de 
tristeza invernal al paisaje. 

En la otra orilla del lago parecía haber un país alegre 
y claro, aunque en el lu^ar donde habían descendido los 
pájaros, extendíase una gran plantación de pinos. Se hu- 



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32 SELMA LAOERLÓF 

biora dicho que la selva resinosa tenía el poder de perpe- 
tuar el invierno. La tierra se hallaba al descubierto por 
todas partes; pero bajo el ramaje entrecruzado había nieve 
que al derretirse y helarse de nuevo habíase endurecido. 

El muchacho pensó que no podía hallarse más que en 
medio de tierras incultas y en pleno invierno, y tal era la 
angustia que le dominaba que estuvo tentado de prorrum- 
pir en gritos. 

Tenía hambre. Como no había comido en toda la 
jornada, cayó en la cuenta de que era preciso hacerlo. 
Pero ¿dónde encontrar algo con que aplacar el hambre? 
En el mes de marzo ni la tierra ni los árboles ofrecen nada 
que comer, 

¿Dónde encontrar algo nutritivo? ¿Quién le daría al- 
bergue? ¿Quién le prepararía el lecho? ¿Quién le calenta- 
ría en su refugio? ¿Quién le protegería contra las bestias 
salvajes? 

El sol habíase extinguido en la lejanía. El lago esparcía 
un frío terrible. Las tinieblas caían del cielo sobre la 
tierra, la noche iba dejando al pasar sus huellas espan- 
tables y en el bosque percibíanse ruidos y susurros que 
ponían espanto en el alma. ¡Qué se había hecho del 
alegre valor que experimentara en lo alto! En su angus- 
tia volvióse hacia los compañeros de viaje, únicos que 
allí había. 

Advirtió entonces que el pato estaba aún mucho peor. 
No se había movido del sitio donde cayera y parecía pró- 
ximo a morir. Su cuello alargábase inerte sobre el suelo; 
sus ojos permanecían cerrados y su respiración era un leve 
silbido. 

— Querido Martín, procura beber un poco de agua; el 
lago está a dos pasos. 

Pero el pato no hizo el menor movimiento. 

El muchacho había maltratado siempre a todos los ani- 



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NILS HOLOERSSONS SÍ 

males; mas ahora comprendía que el pato era su único 
apoyo y tenia mucho miedo de perderle. Sacando fuerzas 
de flaqueza pretendió arrastrarle al lago. Martín era grande 
y pesado y el muchacho vióse negro para conseguirlo. 
Al fin salió con la suya. 

Martín cayó en el lago, de cabeza. Durante un instante 
permaneció inmóvil, sumergido en el limo; pero pronto 
irguió su cabeza, sacudió el agua que le cegaba y respiró. 
Seguidamente se puso a nadar entre los juncos y los caña- 
verales. 

Los patos silvestres habíanse metido en el agua antes 
que él. No sentían la menor inquietud por Martín y su 
caballero, y se arrojaron al lago. Tras de bañarse y acica- 
larse procuraron atender a su alimentación con plantas 
medio podridas y trébol acuático. 

£1 pato blanco tuvo la suerte de descubrir una pequeña 
trucha. La cogió rápidamente, nadó con ella hacia la orilla 
y ofrectósela al muchacho. 

— Te agradezco que me hayas arrojado al agúa- 
le dijo. 

Era la primera palabra amistosa que le decían en todo 
aquel día, y se puso tan contento que hubiera querido sal- 
tar al cuello del pato; pero no se atrevió. Estaba contento 
del regalo. En un principio juzgó imposible comer un 
pescado crudo, pero acabó haciéndose este propósito. 

Se tentó para ver si llevaba el cuchillo todavía. Feliz- 
mente lo llevaba prendido de la cintura de su pantalón, si 
bien era tan pequeño que apenas excedía del tamaño tle 
una cerilla. Con todo lo consideró suficiente para quitarle 
la escama, vaciar el pescado y comerlo después. 

Cuando ya estaba harto se avergonzó el muchacho de 
haber comido algo crudo. 

— Se ve que no soy un ser humano, sino un verdade- 
ro duende. 



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34 SCLMA LAOERLÓr 

Mientras comía el muchacho, permanecía el pato silen- 
cioso y sin apartarse de su lado. Después del último boca- 
dO| le dijo^en voz baja: 

— Hemos caído en medio de una bandada de patos 
silvestres que desprecian a I6s patos domésticos. 

— Sí, ya lo he notado. 

•— Sería un motivo de orgullo para mí poderles seguir 
hasta la Laponia y demostrarles que un pato doméstico 
sirve para algo. 

— Sí — contestó el muchacho en tono vacilante, que 
daba a entender que, aun no haciéndole capaz de tal hazaña, 
consideraba inoportuno contradecirle. 

— Pero no creo poder realizar yo solo tal viaje — aña- 
dió el pato — . Te pido por favor que me acompañes para 
ayudarme. 

El muchacho, naturalmente, no tenía otra idea que 
volver pronto a su casa, por lo que, sorprendido, no sabía 
qué contestar. 

— Yo creí que éramos enemigos — exclamó por fin. 
Pero Martín no se acordaba de ello; sólo recordaba que el 
muchacho acababa de salvarle la vida. 

— Será preciso que yo vuelva cuanto antes a casa de 
mis padres. 

— Yo te llevaré allí más adelante, en otoño — contestó 
el pato. — No te abandonaré hasta el momento en que te 
deje a la puerta de tu casa. 

El muchacho pensó que lo mejor sería no aparecer por 
su casa en algún tiempo. El proyecto no le disgustaba en 
absoluto,^e iba a responder que aceptaba, cuando oyó a sus 
espaldas un gran ruido. Los pato$ silvestres habían salido 
del agua agitando sus Ñiflas. Seguidamente formaron una 
larga hilera, y, precedidos de su guía, $e dirigieron hacia 
el mar. 

Cuando vio aproximarse a los patos silvestres, sintió un 



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NILS HOLOERSSONS 35 

gran malestar. Siempre creyó Martfn que se parecían a los 
patos domésticos y esperaba encontrarles más familiares. 
Eran menores que ¿I; ninguno era blanco; todos eran gri- 
ses, con rayas obscuras, y sus ojos le infundían miedo. Eran 
amarillos y sus pupilas brillaban como si hubiese fuego 
tras ellas. Martin consideró que lo mejor era ir despa- 
cio, contoneándose; pero ellos no andaban, sino que co- 
rrían. Lo que más le inquietó fueron sus pies. Eran largos, 
cubiertos de una piel gastada y llena de cortaduras. Echá- 
base de ver en seguida que no miraban donde ponían los 
pies. Jamás daban rodeos al andar. Cuidábanse jnucho de 
conservar su plumaje y acicalarse; pero al ver sus pies des- 
cubríase que eran pobres habitantes de los desiertos. 

Martin apenas si tuvo Uempo para insinuarle al mu- 
chacho: 

— Ten ánimo para contestar, pero no digas quién eres. 
Habían llegado ya. Los patos silvestres saludáronles 

doblando el cuello varias veces, y el pato hizo otro tanto, 
aunque más lentamente. Terminados los saludos, preguntó 
el guía: 

— Quisiéramos saber quién sois. 

— No puedo decir muchas cosas de mí — respondió el 
pato. — He nacido en Skanór durante la última prima- 
vera. Al llegar el otoño fui vendido a Hoiger Nilsson de 
Venimenhóg, donde he permanecido hasta ahora. 

— Entonces no tendrás familia de la que puedas jactarte 
— dijo el guía. — ¿Qué es lo que te impulsa a volar con los 
patos silvestres? 

— Tal vez el deseo de demostrarles que los patos 
domésticos son buenos para algo. 

— Nos alegraríamos que pudieses demostrarlo — con- 
testó Okka. — Ya sabemos de lo que ^es capaz en lo 
tocante a volar; pero tal vez seas riiás diestro en otros ejer- 
cicios. ¿Quieres rivalizar, nadando, con nosotros? 



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36 8ELMA LAOBRLÓP 

— No me las doy de nadador — replicó el pato, que 
había creído comprender que el otro estaba decidido a que 
volviese a su casa y con este convencimiento no se cuidó 
de la forma en que contestaba—; nunca he nadado mis 
que en las balsas. 

— Entonces, supongo que serás muy hábil para correr 
—añadió el pato silvestre. 

— Nunca he visto que un pato deméstico corriera ni 
yo lo he intentado siquiera — respondió el pato con aire 
decidido. 

Estaba seguro de que Okka le contestaría que no se lo 
llevaba consigo. Así es que se mostró muy sorprendido 
cuando le oyó decir: 

—Tu respondes valerosamente a las preguntas y el que 
es bravo puede llegar a ser un buen compañero, aunque 
esté torpe al principio. ¿Qué contestarías si te invitásemos 
a permanecer unos días entre nosotros, hasta ver de lo que 
eres capaz? 

— Acepto muy gustoso — respondió el pato con satis- 
facción. 

Okka descubrió en esto al muchacho. 

— ¿A quién llevas contigo? Jamás he visto un ser 
como ése. 

— Es mi compañero de viaje — dijo Martín.— Ha 
sido guardián de patos toda su vida. Creo que podría ser- 
nos útil. 

— A un pato doméstico, tal vez sí — respondió Okka. — 
¿Cómo le llaman? 

—Tiene varios nombres — respondió el pato con alguna 
vacilación (no quería traicionar al muchacho y revelar que 
tenía un nombre de persona). Se llama Pulgarcito —dijo 
por último. 

— ¿Pertenece acaso a la familia de los duendes? — pre- 
guntó todavía Okka. 



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NILS HOLOERSSONS 37 

— ¿A qué hora os vais a dormir, patos silvestres?— in- 
terrogó el pato con el propósito de variar de conversa- 
ción.— Mis ojos se rinden de sueño. 

Veíase al punto que el pato que hablaba con Martin era 
muy viejo. Su plumaje era completamente gris, de un gris 
lustroso sin estrías obscuras. Tenía la cabeza mis grande, 
las patas más fuertes y los pies más deteriorados que los 
otros. Sus plumas estaban rígidas» sus espaldas eran sa- 
tientes, su cuello flaco. Efectos del tiempo; pero los ojos 
no los habían podido vencer los años. Brillaban con mayor 
limpidez y se conservaban más vivos que los de los demás. 

Volviéndose hacia el pato dijo con voz imperiosa: 

— Sabed que soy Okka. El pato que vuela a mi derecha 
es Vksi y el que vuela a mi izquierda es Kaksi. El segundo 
de la derecha se llama Kolme y el de la izquierda es Neijá. 
Tras ellos vuelan Viisi de los Montes de Ovik y Kunsi de 
Sjangeli. Sabedlo: todos ellos, lo mismo que los seis que 
le siguen, tres a la derecha y tres a la izquierda, somos 
patos de las altas montañas y de la mejor familia. No se 
nos vaya a tomar por vagabundos que aceptan cualquier 
compañía, y convenceos de que no compartiremos nues- 
tro lecho con aquel que no quiera decirnos de qué familia 
desciende. 

Al oír estas palabras de Okka el muchacho adelantó un 
paso resueltamente. Le había enojado que el pato, hablando 
por su propia cuenta, contestara con evasivas al tratarse de 
él, de Nils. 

— No oculto quien soy. Me llamo Nils Holgerssons y 
soy hijo de un terrateniente. Hasta hoy he sido un hombre, 
pero esta mañana... 

No pudo continuar. Apenas hubo dicho que era un 
hombre retrocedió el guía tres pasos, y los otros patos 
más aún. V todos ellos extendieron el cuello y silbaron 
furiosos. 



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38 SCLMA LAOERLdr 

— Eso es lo que sospeché desde que te vi en la ribera 
— dijo Okka. — Vete ya. No toleramos la presencia de un 
hombre entre nosotros. 

Pero Martín se interpuso a su favor: 

— No es posible que vosotros^ patos silvestres, tengáis 
miedo de un ser tan pequeño. El volverá mañana a su casa 
seguramente, pero por esta noche podéis permitir que se 
quede entre nosotros. ¿Cómo vamos a consentir que este 
pobrecito se defienda solo con ra las zorras y las coma- 
drejas? 

Y el pato silvestre se aproximó entonces, pero con visi- 
ble desconfianza. 

-—Yo he aprendido a temer todo cuanto sea hombre, 
grande o pequeño. Si tú respondes por él de que no nos 
hará daño alguno, puede quedarse. De todos modos es 
muy probable que no os convenga nuestro lecho, pues 
vamos a dormir sobre el hielo flotante de este lago. 

Esperaba, sin duda, que el pato rehusara seguirles; pero 
Martin contestó: 

— Sois muy prudentes al escoger un sitio tan seguro. 

— ¿Prometes, no obstante, que mañana regresará a su 
casa? — añadió Okka. 

— - En este caso será preciso que yo os abandone tam- 
bién, pues he prometido no abandonarle. 

— Eres libre de ir donde te plazca— respondió el pato 
silvestre. 

Después de pronunciar estas palabras voló hacia el 
hielo, seguido de los otros patos silvestres, uno tras otro. 

El muchacho quedó desolado al ver como se desvane- 
cía su sueño de realizar un viaje a la Laponia, y, además, 
tomó miedo al frío albergue nocturno. 

-—Esto va de mal en peor, pato. Vamos a morir de 
frío sobre el hielo. 

Pero Martín era valeroso. 



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NILS HOLOCRSSONS 39 

—No hay ningún peligro. Te ruego que recojas toda 
la hierba y ta paja que puedas. 

Cuando el muchacho hubo recogido una buena canti- 
dad de hierba seca, le cogió el pato por el cuello de la 
camisa y voló con él hacia el hielo, donde los patos silves- 
tres, puestos de pie, dormían ya con la cabeza bajo el ala. 

— Ahora extiende la hierba sobre el hielo para que 
baya algo debajo de los pies que nos impida que se hielen. 
Ayúdame y te ayudaré— dijo el pato. 

El muchacho obedeció, y cuando hubo terminado 
le tomó por el cuello de la camisa y le guareció bajo una 
de sus alas. 

— Creo que así estarás caliente — dijo apretando el ala. 

El muchacho hallábase tan tapado que no pudo contes- 
tar; en efecto, estaba muy calentito, y como su fatiga era 
grande se durmió en un momento. 

LA NOCHE 

Es una verdad reconocida que el hielo es pérfido y que 
constituye un error fiarse de él. Ya mediada la noche, la 
capa de hielo flotante del Vombsjó cambió de sitia y fué a 
estrellarse contra la orilla. Sucedió entonces, que Esmirra, 
la zorra, que se haHaba en tal momento al este del lago, en 
el parque de Ovedskioster, dióse cuenta de ello durante su 
caza nocturna. Esmirra, que había descubierto desde la 
tarde del día anterior la presencia de los patos silvestres, 
no abrigaba la esperanza de poder atrapar ninguno. Al 
verles ahora al alcance de sus garras, corrió hacia ellos, 
pero habiendo dado un tropezón, sus uñas hicieron ruido 
sobre el hielo y los patos despertaron y batieron sus alas 
dispuesto^ a emprender el vuelo; pero Esmirra fué más 
rápida. Dando un salto logró coger uno de los patos de un 
ala y huyó con él hacia tierra. 



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40 SELMA LAOERLÓP 

Pero los patos silvestres no estaban solos aquella noche; 
entre ellos había un hombre, aunque pequeño. El mucha- 
cho despertó cuando Martín abrió sus alas. Al caer encon- 
tróse de repente sobre el hielo, aturdido por tan brusco 
despertar, no llegando a comprender los motivos de esta 
alarma hasta que vio un animalillo de lateas patas parecido 
al perro, que, arrastrándose sobre el hielo, procuraba huir 
con un pato entre sus dientes. 

El muchacho se precipitó tras él dispuesto a libertar ai 
pato, y oyó como Martín le gritaba: «¡Cuidado, Pulgarcito! 
¡Mucho cuidadoii Pero como Nils no tenía por qué sentir 
miedo ante aquel animalillo parecido al perro, continuó 
su persecución. 

El pato silvestre que Esmirra llevaba percibió el ruido 
de los zuecos de madera al chocar sobre el hielo, sin deci* 
dirse a dar crédito a sus oídos: 

— ¿Podrá ese Pulgarcito arrancarme de las garras de 
este bicho? — preguntóse. 

Y aunque su estado no era nada halagüeño, no pudo 
retener un leve cloqueo en el fondo de su garganta, muy 
parecido a la risa. 

— Va a caer en alguna grieta — pensaba. 

Pero a pesar de la obscuridad de la noche, distinguía 
muy bien el muchacho las hendiduras y los hoyos, que iba 
sorteando. Ahora tenía ojos de duende que le permitían 
ver en las tinieblas y distinguir perfectamente, como si fuera 
pleno día, las aguas del lago y las orillas. 

Esmirra, la zorra, salió del hielo por la parte que co- 
municaba con la tierra, dispuesta a escalar la pendiente de 
la orilla, cuando oyó que le decían: «¡Deja el pato, canallaii 
Esmirra, que ignoraba quién pudiera hablarle de tal modo» 
corrió más presurosa, sin atreverse a volver la cabeza, aden- 
trándose por un bosque poblado de grandes bayas, seguida 
del muchacho, que no se daba cuenta del peligro. Nils 



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NILS H0L0ERS8ONS 41 

pensaba en el desdeñoso recibimiento que los patos le 
habían dispensado la tarde anterior y ardía en deseos de 
mostrarles que el hombre es siempre algo más que los otros 
seres de la creación. 

El muchacho ordenó repetidas veces a la zorra que 
dejara al pato: «¡Se ha visto jamás a un perro tan desver- 
gonzado que se atreva a robar un gran pato! Ya puedes 
dejarlo si no quieres recibir una tremenda zurra. Déjalo, si 
no quieres que le diga a tu amo lo que has hecho.» 

Cuando Esmirra vio que la confundían con un perro 
que tiene miedo de los golpes, le pareció tan chocante que 
pensó en todo menos en soltar el pato. Esmirra era la astu- 
cia misma y no contenta con cazar ratas y topos en los 
campos, se aventuraba a penetrar en las granjas para atra- 
par cuantas gallinas y patos pudiese. Era el terror de aque- 
llos contornos. En toda su vida no había oído nada más 
gracioso. 

El muchacho corría tan ligero que los magníficos tron- 
cos de las grandes hayas parecían deslizarse tras él; le 
ganaba terreno a la zorra y ai poco rato llegó tan cerca de 
ella que la pudo atrapar por el rabo. 

— Yo te quitaré el pato — gritaba, tirando con todas 
sus fuerzas. 

Pero no le bastaban para detener a Esmirra, que le 
arrastraba con tanto rapidez que las hojas secas volaban en 
torno de ellos como agitadas por el huracán. 

Esmirra, que se dio cuenta de que su agresor era un 
ser inofensivo, se detuvo, dejó el pato en tierra, sujetándole 
con las dos patas delanteras, y se preparó a cortarle el pes- 
cuezo; pero no resistió a la tentación de asustar un poco al 
muchacho. 

— Ve con tus lamentaciones ante tu amo, porque voy a 
matar ai pato — le dijo. 

¡Cuál no fué la estupefacción de Nils al ver el hocico 



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42 SELMA LAOERLÓr 

puntiagudo y oír la voz sorda y rabiosa del que habfa 
tomado por un perro! Al mismo tiempo le enfureció tanto 
el tono con que le hablaba la zorra, que abandonó todo 
temor. El muchacho se agarró más fuertemente a la cola 
de su enemigo, apoyándose en una raíz de haya, y en el 
momento en que la zorra abría sus fauces para hundir los 
dientes en la garganta del pato, tiró bruscamente con todas 
sus fuerzas. La sorpresa de Esmirra fué tan grande, que no 
pudo evitar retroceder un par de pasos, por lo que el pato 
silvestre recobró su libertad, emprendiendo el vuelo con 
alguna pesadez, por'tener herida uaa de sus alas, de la que 
apenas sí podía servirse. Además no veía nada en medio 
de las tinieblas del bosque. Por lo tanto, no le era posible 
prestar la menor ayuda al muchacho. El pato buscó una aber- 
tura en la espesa techumbre de ramas y voló hacia el lago. 
Esmirra dio un salto para atrapar al muchacho: 

— Si uno ha logrado escapar, todavía me queda otro 
— dijo con voz que la rabia bacía temblorosa. 

— ¿Lo crees tú? Pues te equivocas — contestó el mu- 
chacho, envalentonado por su triunfo y sin soltar el rabo 
de la zorra. 

Y comenzó una danza loca en medio del bosque y en- 
tre torbellinos de hojas secas. Esmirra daba vueltas en re- 
dondo, su rabo agitábase con violencia y el muchacho no 
se soltaba por nada del mundo. 

En un principio Nils no hizo más que reír y burlarse 
de la zorra; pero Esmirra persistía en su propósito con la 
tenacidad de un viejo cazador, y el muchacho comenzó a 
temer que la aventura acabase de mala manera. 

Dé repente advirtió una haya joven que había crecido 
recta y fina como una vara, hasta llegar al aire libre por 
encima del ramaje de los viejos árboles. Súbitamente soltó 
el rabo de la zorra y comenzó a trepar por el tronco de la 
pequefta haya. 



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NILS HOLOERSSONS 43 

Tal era su ardor que Estnirra no se dio cuenta de pronto 
de lo sucedido y continuó buen rato dando vueltas. 

— No bailes más — gritó el muchacho. 

Esmirra, que no podía soportar la vergüenza de haber 
sido chasqueada por un pequeñín despreciable, se echó al 
pie del arbolillo dispuesta a darle guardia todo el tiempo 
necesario. 

El muchacho estaba incómodamente, encaramado sobre 
una pequeña rama. La joven haya no llegaba a la altura 
del frondoso ramaje de las grandes. Nils no podía, por lo 
tanto, saltar sobre otro árbol ni descender a tierra. Pronto 
quedó transido de frío y sin fuerzas casi para mantenerse 
en su puesto; también tuvo que luchar contra el sueño, 
resistiéndose a dormir por temor a caer. 

El bosque presentaba un aspecto siniestro en esta hora 
de la noche. Jamás hasta entonces había sabido lo que 
era la noche. El mundo entero parecía adormecido (^ara 
siempre. 

Por fin, amaneció. El muchacho se sintió feliz al ver 
que todo adquiría su aspecto ordinario, si bien el frío ha- 
cíase más sensible que durante la noche. 

Cuando apareció el sol, no era amarillo, sino rojo. 
Se hubiera dicho que rojo de coleta, y el muchacho pre- 
guntábase la razón de esta cólera. ¿Era porqué durante su 
ausencia había hecho la noche que la tierra fuese tan 
sombría y helada? 

Los rayos del sol brotaban en grandes haces y se ex- 
tendían por todas partes como para descubrir los daños 
causados por la noche, y todas las cosas se sonrosaban 
como si tuviesen conciencia de su vuelta al estado natural. 

Las nubes, el cielo, los troncos sedosos de las hayas, el 
fino ramaje entrecruzado del bosque, la escarcha que hu- 
medecía el lecho de hojas que cubría la tierra, todo adqui- 
ría una viva coloración. 



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44 SELMA LAOCRLdr 

Los haces de rayos, cada vez más numerosos, recorrían 
el espacio y bien pronto se desvaneció el terror de la no- 
che. Había cesado el sueño de la tierra, y era asombroso 
el número de seres vivos que brotaban por doquier. El 
negro buitre con cuello rojo golpeaba con su pico el tronco 
de un árbol; la ardilla salía de su refugio llevando una 
avellana, instalándose en una rama para descortezarla. 
El estornino llegó volando con una raíz en su pico y el 
pinzón cantaba en la copa de un árbol. 

El muchacho creyó que el sol había dicho a todos estos 
pequeños pobladores del bosque: « ¡Despertad y salid de 
vuestros escondrijos! Yo estoy aquí. ¡Nada debéis temer! i 

De la parte del lago llegaron los gritos de los patos que 
se preparaban a volar. Un momento después pasaban los 
catorce patos por encima del bosque. Nils comenzó a lla- 
marles, pero volaban a demasiado altura; su voz no llegaba 
hasta los patos que, convencidos de que la zorra lo habría 
devorado, no pensaban ya ni en buscarle. 

El muchacho hubiera llorado de angustia; pero el sol 
brillaba en el cielo como un ascua de oro y su esplendor 
parecía infundir energía a toda la creación. 

— Comprende, Nils Holgerssons— parecía decirle— 
que no tienes por qué afligirte ni inquietarte mientras yo 
esté aquí. 

EL JUEOO DE LOS PATOS 

Lune9, 21 de marzo 

En el bosque no pasó nada durante el tiempo que los 
patos necesitaron para el desayuno; pero ya al finalizar la 
mañana pasó bajo la espesa techumbre del ramaje un pato 
silvestre, solitario. Parecía buscar lentamente su camino 
entre los troncos y la enramada, y avanzaba despacio. Ape- 
nas le vio Esmirra abandonó el puesto que ocupaba junto 



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NIL8 HOLOEKS80HS 45 

a la joven haya y se deslizó en su persecución. El pato no 
se alarmó ante su pres6licía y continuó volando lo más 
cerca posible de ella. Esmirra dio un salto para alcanzarle, 
pero no pudo, y el pato prosiguió su vuelo hacia el lago. 

Un momento después apareció otro pato. Seguía el 
mismo camino que el primero y volaba todavía más bajo 
y más despacio. Pasó también casi rozando a la zorra, y 
ésta dio un gran salto cuando le creyó al alcance de sus 
dientes, sin otro resultado que sentir como rozaban una de 
sus orejas las patas del perseguido, que continuó su vuelo 
hacia el lago, silencioso como una sombra. 

Transcurrido un instante pasó otro pato silvestre, que 
volaba más bajo y más lentamente y al que parecía serle 
muy difícil encontrar su camino entre los troncos de las 
hayas. Esmirra dio un salto: un dedo más y le hubiese 
atrapado. Esta vez también se salvó el pato, que voló hacia 
el lago. 

Apenas hubo desaparecido se presentó el cuarto pato, 
que volaba tan a ras del suelo y despaciosamente que 
Esmirra pensó que era cosa fácil el darle caza; sin embargo, 
temió fracasar de nuevo y resolvió dejarle pasar para 
asegurar el golpe. Siguiendo el mismo camino que los 
otros, llegó junto a Esmirra, que al verle tan bajo no resis- 
tió a la tentación de saltar sobre él. Le rozó una de las 
patas, pero el pájaro esquivó el cuerpo tan oportunamente 
que pudo salvarse. 

Cuando aun no había tenido tiempo ni para respirar, 
vio que se aproximaban en línea otros tres patos. Estos 
hicieron lo mismo que los demás, y Esmirra saltó sobre 
ellos, vanamente también. Después fueron cinco los que 
aparecieron. Volaban mejor que los otros y aunque tenta- 
ron a Esmirra con su proximidad, les dejó pasar sin pre- 
tender atraparles. 

Transcurrió un momento bastante largo y apareció un 



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46 SCLMA laobrlOf 

pato solo, el decimotercero. Era muy viejo, de plumaje 
gris, sin la menor estría. Parecía no poderse valer de una 
de sus alas y volaba penosamente de lado. A veces casi 
llegaba a tocar el suelo. Csmirra no quiso saltar sobre él 
cuando le tuvo cerca; prefirió correr y saltar hasta llegar 
junto al lago, mas tampoco pudo esta vez salirse con 
la suya. 

El pato que hacía catorce ofreció un bonito espectáculo. 
Era todo blanco; se hubiera dicho que un rayo de luz atra- 
vesaba el sombrío bosque cuando agitaba sus grandes alas. 
Al verle, Esmirra hizo un llamamiento a todas sus fuerzas 
y dio un salto; pero el pato blanco escapó sano y salvo 
como los otros. 

Hubo un momento de tranquilidad bajo las hayas. 

Esmirra recordó de súbito a su prisionero y elevó sus 
ojos hacia el árbol. El pequeño Pulgarcito ya no estaba allí, 
como era de suponer. 

Esmirra no pudo lamentarse mucho tiempo de su pér- 
dida, porque el primer pato volvía del lago, volando lenta- 
mente bajo el ramaje. A pesar de su reciente mala suerte, 
Esmirra sintió gran contento al verle venir y lanzóse en su 
persecución; pero fracasó al dar el salto de gracia^ por no 
haber calculado la distancia. 

Después de este pato regresaron el segundo, el tercero, 
el cuarto, el quinto, basta que acabó la serie con el desfile 
del viejo pato de un gris de acero y el gran pato blanco. 
Todos llegaron muy lentamente y a poca altura y en el 
instante en que se hallaban encima de Esmirra aun descen- 
dían más, como para invitarla a saltar. Y Esmirra saltaba 
y daba brincos y se lanzaba en su persecución, pero sin 
tocar uno solo. 

Fué la peor jornada que Esmirra pudo tener en todos 
los días de su vida. Los patos silvestres volaban siempre 
por encima de ella e iban y venían y volvían a pasar. Una 



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NILS HOLOCRSSONS 47 

bandada de hermosos pájaros que se habían criado y 
cebado en los campos y juncales de Alemania, atravesó el 
bosque, volando por debajo de la bóveda de ramas y rozán- 
dole a veces con las alas, sin poder dar caza a uno solo 
para aplacar el hambre que sentía. 

Finalizaba ya el invierno y Esmirra recordaba los días 
y las noches en que había rodado ociosa sin descubrir el 
más insignificante animalito que llevarse a la boca, por 
haber marchado las aves de paso, haberse escondido las 
ratas bajo la tierra cubierta de nieve y estar encerradas las 
gallinas. Pero el hambre terrible del invierno había sido 
nada, comparada con las decepciones de aquel día. 

Esmirra no era una zorra joven. Había burlado re- 
petidas veces la persecución de las jaurías y oído el sil- 
bido de las balas. Permanecía oculta en el fondo de su ma- 
driguera, mientras los podencos rastreaban los hoyos sub- 
terráneos, próximos a darle caza. Pero >a angustia que 
experimentara durante la persecución encarnizada, no era 
comparable a la que sentía ahora, cada vez que fracasaba 
en sus intentos. 

Al comenzar el juego, a primera hora de la mañana, 
apareció tan hermosa la zorra Esmirra que los mismos 
patos maravilláronse al verla. Esmirra am^ba el esplendor: 
su piel era de un rojo subido, con el pecho blanco,^era 
negro su hocico y su cola como una pluma de avestruz. 
Pero en la tarde de aquel día, la piel de Esmirra colgaba 
en mechones revueltos, bañada en .sudor; sus ojos habían 
perdido toda brillantez y su lengua, anhelante, asomaba por 
fuera de la boca llena de espumarajos. 

Por la tarde Esmirra fué víctima de una especie de 
delirio provocado por el cansancio. Por todas partes veía 
patos volando, faltaba sobre las manchas de sol que había 
ep el sudo y sobre una pobr$ mariposa recién salida de su 
crisálida. 



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48 SBUAk laoerlSf 

A todo esto ios patos silvestres no dejaban de volar por 
el bosque y de atormentar a Esmirra, que no les inspiraba 
ninguna piedad, a pesar de que aparecía aniquilada, tem- 
blorosa, loca. Y allí continuaban aún comprendiendo que 
Esmirra casi no podía verles, pues saltaba sobre las som- 
bras que los patos proyectaban en tierra. 

Sólo cuando Esmirra cayó desvanecida sobre un mon- 
tón de hojas secas, impotente e inerte, a punto de expirar, 
decidiéronse los patos a abandonar su juego. 

—Zorra: de hoy en adelante sabrás lo que cuesta atacar 
a Okka — gritaron a su oreja, dejándola al fin. 



III 
COMO VIVEN LOS PATOS SILVESTRES 

EN LA GRANJA 

Jueves, 24 de marzo 

Precisamente por aquellos días registróse en la Escania 
un acontecimiento que fué objeto de grandes discusiones, 
que se comentó en los periódicos y que muchas personas 
reputaron de cuento, a falta de una lógica explicación. 

Lo sucedido fué que en una rama de avellano, a orillas 
del Vombsjó, había sido cogida una ardilla, a la que se 
llevó a una granja próxima. Todos los moradores de la 
granja, jóvenes y viejos, alegrábanse infinito al ver el 
pequeño animal, tan hermoso con su bonita cola, sus ojos 
inteligentes y curiosos y sus patitas delicadas. Imaginaban ya 
un bello espectáculo para todo el verano, al contemplar los 
movimientos de la ágil ardilla, su manera de descortezar 
rápidamente las avellanas y sus ojos despiertos y alegres. 



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NILS HOLOeR960NS 49 

La ardilla fué instalada en una vieja jaula -de las que se 
construyen para ellas, a modo de una casita pintada de 
verde y una rueda de alambre. La casita, que tenfa puertas 
y ventanas, serviría para comedor y dormitorio, y allí se le 
preparó un lecho de hojas y se le puso un poco de leche y 
un puñado de avellanas. La rueda sería el lugar de esparci- 
miento , donde el animalito podría correr y trepar. 

Las gentes de la granja encontraron admirable cuanto 
habían hecho para la mayor comodidad de la ardilla; 
por eso fué tan grande su asombro al descubrir que 
ésta no encontraba agradable su habitación. Permanecía 
triste e inmóvil en un rincón de la jaula y de tiempo en 
tiempo exhalaba un suspiro quejumbroso. Al ver que no 
probaba alimento, decían las gentes: «Es que tiene miedos 
mañana^ cuando no extrañe su encierro, comerá y jugará.» 

Las mujeres de la casa sinteron de súbito la necesidad 
de comer. En seguida comenzaron a amasar pan, y bien sea 
porque un hechizo retrasara el trabajo impidiendo la leva- 
dura de la pasta, o bien porque la pereza se apoderara de 
todos, el caso es que hubo que trabajar hasta muy entrada 
la noche. 

En la cocina reinaba una actividad febril, y no había 
tiempo para pensar en la ardilla. En la casa había una 
anciana harto cargada de años para que pudiese ayudar a 
hacer el pan, y aunque se daba perfecta cuenta de ello, no 
se resignaba a que los demás prescindieran de sus ser- 
vicios. 

Como su tristeza no la dejaba dormir, optó por sentarse 
junto a una vefitana y mirar hacia afuera. A causa del calor 
habíase dejado abierta la puerta dé la cocina, y la luz que 
en ella había, iluminaba todo el corraL Estaba éste rodeado 
de una cerca tan baja que permitía ver la casa de enfrente, 
tan bien alumbrada entonces, que la anciana podía distin- 
guir los agujeros y hendiduras de las paredes* Veía también 



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50 5ELMA LAOERLÓF 

la jaula de la ardilla, puesta en el lugar más iluminado, pu- 
diendo observar que durante la noche la ardilla no cesó de 
ir de la casita a la rueda y de ésta a la casita. Pensó que del 
animal se había apoderado una extraña inquietud, sin 
dejar de suponer que la causa de la misma podía ser la 
fuerte luz que le imposibilitaba dormir. 

Entre el establo y la cuadra había un largo corredor 
cubierto que conducía a la puerta de entrada. Este corredor 
estaba situado de tal modo que la luz llegaba hasta él. Ya 
bastante adelantada la noche la anciana vio entrar de re- 
pente por el hueco de la puerta a un hombrecito que no 
mediría un palmo y que andaba a pasitos. Calzaba zapatos 
y llevaba pantalones de cuero como los de los obreros. La 
vieja comprendió al punto que no podía ser otra cosa que 
el duende y tuvo miedo. Siempre había oído decir que el 
duende habitaba por allí y que llevaba la felicidad a todas 
partes. 

Apenas llegó al corral dirigióse hacia la jaula donde 
estaba encerrada la ardilla. No pudiendo alcanzarla, buscó 
una caña que colocó contra la jaula y por la cual trepó con 
la misma rapidez y maestría que un marino a lo largo de 
un mástil. Golpeó la puerta de la casita verde, pero la vieja 
quedóse tranquila al recordar que los niños habíanla suje- 
tado con una cadena por temor a que los hijos del vecino 
vinieran a robarles su ardilla. 

El duende no podía abrir la puerta y la vieja vio como 
la ardilla salió para subirse a la rueda. Allí mantuvieron los 
dos un largo conciliábulo, terminado el cual descendió el 
duende a lo largo de la caña y desapareció por la puerta. 

La vieja creyó que ya no le volvería a ver aquella 
noche, y como permaneciera en su sitio junto a la ventana, 
advirtióle un instante después. Llevaba tal prisa que sus 
pies parecían no tocar el suelo; corría en dirección a la 
¡aula. La anciana pudo verle perfectamente con sus ojos de 



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NILS HOLQERSSONS 51 

présbita. Vio también que llevaba algo en sus manos, mas 
sin distinguir lo que era. Dejó en tierra lo que llevaba en 
su mano izquierda y subió a la jaula lo que llevaba en 
la derecha. De un puntapié hizo saltar una de las ventanas, 
que destrozó, y entregó a la ardilla lo que le llevaba. Vol- 
vió a bajar, recogió lo que dejara en el suelo y subió de 
nuevo. Hecho esto desapareció tan rápidamente que la 
anciana apenas si pudo seguirle con la mirada. 

Entonces fué la vieja la que no pudo permanecer tran- 
quila en la casa; lentamente ganó U puerta y fué a ocul- 
tarse tras de la bomba del agua para espiar al duende. En 
la casa había otro ser que descubrió lo sucedido y se mos- 
traba también intranquilo: era el gato. Este se deslizó silen- 
ciosamente hasta la pared y se detuvo un poco antes de 
llegar a la raya que dibujaba la luz. Allf esperaron largo 
tiempo, soportando el frfo de aquella noche de marzo. Ya 
estaba la vieja dispuesta a retirarse, cuando oyó pasos; era 
el duende que se aproximaba corriendo. Como antes, 
llevaba algo en las manos; pero lo de ahora chillaba y se 
agitaba. La vieja comprendió que había ido a buscar al 
bosque de avellanos los hijos de la ardilla, que le llevaba 
para que no murieran de hambre. 

La vieja permanecía inmóvil para no asustarle con el 
menor ruido, y el duende mostrábase tranquilo. Iba a dejar 
uno de los animalitos en el suelo para subir con el otro 
hasta la jaula, cuando vio brillar muy cerca de donde estaba 
los ojos del gato. El duende quedó sin movimiento, des- 
concertado, con un pequeñuelo en cada mano; repúsose 
luego, miró a todos lados y al descubrir a la anciana no va- 
ciló en correr hacia ella para entregarle uno de los bichitos. 

La vieja no quería mostrarse indigna de esta confianza. 
Inclinóse, tomó la pequeña ardilla y la guardó hasta que el 
duende hubo llevado el otro a la jaula y volvió a coger el 
que dejara. 



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52 8BLMA UOERLÓr 

Cuando a la mañana siguiente reuniéronse las gentes 
de la granja a ia hora del desayuno, la vieja no pudo dejar 
de referir lo que había presenciado aquella noche. Todos 
se burlaron, naturalmente, dlciéndole que era un sueño. 
Las ardillas no criaban en tal época del año. 

Pero ella estaba cierta de lo que les decía y sólo les 
rogaba que vieran la jaula. Así lo hicieron. Sobre el lecho 
de hojas había cuatro pequeñuelos todavía sin pelo y me- 
dio ciegos, que apenas si contarían tres días de existencia. 

Y al verle^ dijo el dueño de la granja: «Sea lo que sea, 
lo único cierto es que debiéramos estar avergonzados». Se- 
guidamente sacó de la jaula la ardilla y sus pequeñuelos, y 
poniéndoselos a la vieja en el delantal, le dijo: cLIevadlos 
al bosque de nogales y dejadles en libertad.» 

Tal es el acontecimiento del que hablaron hasta los pe- 
riódicos y que muchos se resistieron a creer porque no 
acertaban a explicárselo. 

EN FL PARQUE 

Durante el día que los patos destinaron a jugar con la 
zorra, estuvo durmiendo Nils en un nido de ardillas aban- 
donado. Cuando despertó, ya casi de noche, estaba muy 
inquieto. cMe llevarán a casa de noche y no podré evitar 
la presencia de mi padre y mi madre», pensaba. Pero 
cuando llegó al lago de Vombsjó, donde los patos se baña- 
ban, ninguno le habló del regreso a su casa. iTal vez esté 
muy cansado el pato blanco para llevarme esta tarde» —se 
dijo para sus adentros. 

Los patos despertaron al apuntar la claridad del nuevo 
día, mucho antes de salir el sol. 

Nils creyó que se le llevaría a su casa; pero, cosa extraña, 
tanto él como Martín pudieron seguir a los patos silvestres 
en el vuelo de la mañana. 



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NIL8 nOLOERSSONS 53 

No sabiendo a qué atribuir la causa de este retraso, 
pensó que ios patos tolerarían su presencia hasta que estu- 
viese harto. Pero no por eso dejaba de alegrarse por cada 
instante que pasaba lejos de su familia. 

Los patos silvestres pasaron por encima del dominio de 
CEvedskIoster, situado, con su parque magnífico, al este del 
lago. Era una hermosa propiedad con un gran castillo, 
un patio de honor, empedrado, rodeado de murallas y pa^ 
bellones, un viejo jardín con mirtos recortados, avenidas 
cubiertas por las ramas, arroyos de agua corriente, fonta- 
nas, árboles copudos, extensiones rectilíneas de césped, 
bordeadas de macizos de flores que la primavera colo- 
reaba. 

Cuando a la hora matinal pasaron los patos por encima 
del dominio, no se había levantado ninguno de sus mora- 
dores. Cuando estuvieron bien seggros de eHo, descendie- 
ron hasta la garita del perro, y gritaron: 

— ¿Cómo se llama esta pequefta cabafla? ¿Cómo se 
llama esta pequeña cabafla? 

El perro guardián se precipitó fuera de su refugio, 
ladrando hacia el cielo: c¿Llamáts a esto una pequefla 
cabafla, miserables vagabundos? ¿No veis que esto es un 
gran castillo de piedra? ¿No veis esas altas murallas, todas 
esas ventanas y esas grandes puertas y esa terraza esplén- 
dida, uá, uá, uá? ¡Llamar a esto cabafla! ¿No veis el jardín, 
los invernaderos, las estatuas de mármol? ¿Llamáis cabafla a 
esto? ¿Desde cuándo tienen las cabaflas un parque con gru- 
pos de hayas, y cuadros de manzanos, y de robles, y prados 
verdes, y arenales cubiertos de pinos donde pululan los 
corzos, uá, uá, uá? ¿Sois vosotros, vosotros, los que llamáis 
a esto una cabafla? ¿Hánse visto cabaflas como ésta, rodeada 
de tantas constr^icciones que se diría un pueblo? Habéis 
visto cabaflas que tengan su iglesia y su rectoría^ con 
inmensos dominios, y granjas, y alquerías, y casas de joma- 



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54 seuiA LAOERLdr 

leros, uá, uá, uá? ¡Llamar a esto una cabana! Esta cabana 
posee la mayor parte de las tierras de la Escania. ¡Miserables 
mendigos! ¡Desde donde estáis no podéis ver un solo 
pedazo de tierra que no pertenezca a esta cabana, uát 
uá, uá!» 

El perro ladró todo esto sin detenerse ni tomar aliento, 
y los patos iban dando vueltas al patio, esperando el mo- 
mento en que la fatiga le hiciera callar. Entonces dijeron: 
c¿Por qué te enfadas? Nosotros no hablamos del castillo, 
sino de tu garita.» 

Al oír esta graciosa respuesta rió el muchacho muy 
satisfecho, aunque al momento se apoderó de él un pensa- 
miento que le puso triste. «Piensa cuántas gracias como 
ésta oirías si te dejaran llegar hasta la Laponia. En el estado 
en que estás no puedes desear nada mejor que este viaje.» 

Los patos silvestres prosiguieron su vuelo, no tardando 
en descender sobre uno de los grandes campos situados al 
este del castillo para picotear los granos caídos entre las 
hierbas, lo que les ocupó algunas horas. Durante este 
tiempo, el muchacho, que se había adentrado por el parque 
lindante con el campo, dedicóse a buscar entre los avella- 
líos algún fruto. Pero la idea del viaje continuaba obsesio 
nándole. Entreveía siempre los placeres de un viaje con 
los patos. Tal vez tuviera que sufrir hambre y frío; pero, 
en compensación, no tendría que trabajar ni estudiar. 

Mientras erraba por el parque, el viejo pato que guiaba 
a la bandada, se aproximó al muchacho para preguntarle si 
había encontrado qué comer. No, no había encontrado 
nada. Entonces se puso el pájaro a buscar comida para él, 
y no pudiendo tampoco encontrar avellana alguna, deci- 
dióse a cortar con su pico otros frutos que el muchacho 
comió con deleite, sin dejar de preguntarse qué diría su 
madre si supiera que su alimentación era pescado crudo y 
castañas. 



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NILS HOLOER8SON8 55 

Cuando los patos hubieron comido bastante, aproxi- 
máronse de nuevo al lago y dedicáronse a jugar hasta el 
mediodía. Los patos silvestres invitaron a Martín a luchar 
con ellos: fué un concurso de vuelo, de nado y de carreras 
a pie. Martín llegaba al límite de resistencia, pero los patos 
le vencían siempre. A todo esto el muchacho iba sentado 
en las espaldas de Martín y le enardecía con sus voces, 
divirtiéndose tanto como Jos demás. Allí sólo se oían gritos, 
risas y exclamaciones tan ruidosas, que era extraño no 
fuesen oídos de los moradores del castillo. 

Cuando los patos silvestres habían jugado bastante, 
marcháronse a descansar sobre el hielo que cubría el lago. 
La tarde pasó como la mañana. Después de dos o tres 
horas de reposo, bañáronse y jugaron en el agua junto 
a un banco de hielo hasta la puesta del/soi; por último, 
quedaron dormidos. 

— Me va a costar la vida — balbuceó Nils en el mo- 
mento de acurrucarse bajo el ala del pato; pero de seguro, 
mañana me envían a casa. 

Antes de dormirse enumeró mentalmente todas las ven- 
tajas que le reportaría seguir a los patos. No le regañarían 
por perezoso; podría gandulear y pasar la jornada sin 
hacer nada; su único cuidado estribaría en encontrar qué 
comer; pero como ahora necesitaba tan poquita cosa, no 
sería muy difícil. 

Al día siguiente, miércoles, estuvo con el alma en un 
hilo esperando el momento de la despedida; pero los patos 
no le hicieron ninguna indicación en este sentido. La jor- 
nada pasó como la víspera; la vida silvestre le gustaba 
cada vez más. El gran bosque de (Evedskioster parecíale 
suyo y n^ tenía el menor deseo de volver a su vivienda tan 
estrecha ni a los pequeños campos de su país. 

Comenzaba a tener confianza en que los patos le reten- 
drían a su lado; pero el jueves perdió sus esperanzas. 



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56 SELMA LAQERL&P 

Este día amaneció cómo todos. Los patos se solazaban 
recorriendo la extensión de los campos y é muchacho 
cruzaba el bosque para encontrar qué comer. A poco fué 
en su busca Okka para informarse d^ si había comido 
algo, y al decirle que no, ofrecióle una espiga que conser- 
vaba todos sus granos. 

Cuando los hubo comido Okka, le aconsejó que andu- 
viese con mucho cuidado por el bosque. Seguramente no 
sabía los muchos enemigos con que contaba, a pesar de su 
insignificancia. Y Okka se puso a enumerarlos. 

Guando se paseara por el parque debía precaverse con- 
tra la zorra y la marta; en la orilla del mar debía precaverse 
de las nutrías; si se sentaba sobre alguna pared no debía 
olvidar a la comadreja, que se oculta en tos agujeros 
e intersticios más pequefios; antes de acostarse sobre algún 
montón de hierba haría bien observando si ocultaba alguna 
víbora que pasara allí su sueño de invierno. Una vez 
en campo descubierto debería espiar la presencia de los 
gavilanes y los buitres, de las águilas y los halcones 
que cruzan los aires. Al hallarse al abrigo de un avellano 
corría el riesgo de ser apresado por un gavilán; las urracas 
y los cuervos saltaban a cada paso, y la más elemental pru- 
dencia ordenábale no fiarse de ellos, y una vez anocheciera 
debía ser todo oídos para adivinar la aparición de los gran^ 
des buhos y U>s mochuelos que vuelan tan silenciosamente 
que aum estando a su lado no se les percibe. 

Oyendo hablar de tantos seres que constituían un peli- 
gro para su vida, pensaba Nils cuan imposible le sería 
escapar a sus asechanzas. No \t aterrorizaba la idea de 
morir, sino la de ser devorado, por lo que le preguntó a 
Okka lo que debía hacer para protegerse. 

Okka le aconsejó que se congraciara con los pequeftos 
animales de los bosques y los campos, con el mundo de 
las ardillas y de las liebres, con los gorriones, y los abe- 



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N1L8 HOLOERSSON8 57 

jucos, y los picoverdes, y las alondras. Sí llegaba a ser amigo 
de ellos podrían advertirle de los peligros, procurarle 
escondrijos y aun, en caso de necesidad, unirse para su 
defensa. 

Pero cuando aquella misma tarde, siguiendo este con- 
sejo, se dirigió a Sirle, la ardilla, en demanda de protec- 
ción, ésta se negó a concedérsela. 

— No esperes nada de mí ni de los otros pequeftos ani- 
males—le dijo Sirle. — ¿Crees que no sé que tú eres Ntls, 
el guardador de patos? El afto último destruíste los nidos 
de las golondrinas, reventaste los huevos de los estorni- 
nos, dejaste en libertad a los pequeftos cuervos y los lie* 
vaste a la balsa, ca/aste mirlos con cepo y encerraste ardi- 
llas en las jaulas. Cuídate tú solo y procura que no nos 
unamos todos contra ti para echarte de estos parajes y ha- 
certe volver al lado de tu familia. 

T9I respuesta no )a hubiera dejado pasar impunemente 
en otro tiempo, cuando todavía era Nils, el guardador de 
patos; pero ahora era grande su temor a que Iqs patos 
silvestres averiguaran lo malo que había sido siempre para 
los animales. El miedo a ser enviado a casa no le había 
dejado cometer la más pequeña travesura desde que iba 
con ellos. Es verdad que siendo tan pequeflito no estaba 
en condiciones de cometer muchos males; pero también 
era cierto que hubiera podido aplastar algunos huevos de 
pájaros si tal hubiese deseado. No, él había sido bueno, no 
había arrancado ni una sola pluma de las alas de los patos, 
ni había dado a nadie una respuesta inconveniente; y cada 
mañana, al darte los buenos^ días a Okka, había saludado 
descubriéndose. 

Todo el jueves lo pasó imaginando qué cosa podría ha- 
cer para que los patos se lo llevaran hasta la Laponia. Por 
la tarde, al saber que lá compañera de Sirle había sido 
cazada y que sus pequeñuelos estaban a punto de morir de 



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58 SELMA LAOERLÓF 

hambre, resolvióse a correr en su ayuda. Y ya hemos 
dicho de qué manera lo consiguió. 

El vierneSi al llegar al parque, oyó cantar por todas 
partes a los pinzones que saltaban de rama en rama y refe- 
rir con sus piídos como había sido cazada la mujer de 
Sirle por unas gentes crueles, y como Nils, el guardador 
de patos, había desafiado los peligros de los hombres y 
habíale llevado los pequeñuelos. 

€¿ Quién es mis festejado en el parque de (Eveds- 
kloster— cantaban los pinzones — que el pequeño Pulgar- 
cito, al que todos temían en otro tiempo cuando era Nils, 
el guardador de patos? Sirle, la ardilla, le dará avellanas, 
las pobres liebres jugarán con él, los corzos montarán 
a sus espaldas y huirán con él cuando Esmirra, la zorra, se 
aproxime, los abejorros le anunciarán la venida del gavi- 
lán, los gorriones y las alondras cantarán en su loor.» 

El muchacho estaba seguro de que todo aquello lo 
oían Okka y los patos; pero, no obstante, pasó todo el día 
del viernes sin que nadie le hablase de continuar a su 
lado. 

Los patos pudieron solazarse hasta el sábado por los 
campos que circundan el castillo de OEvedskloster sin ser 
hostilizados por la zorra Esmirra; pero este día, apenas 
volvieron a los campos, les descubrió la zorra y persiguió- 
les de campo en campo, sin darles tiempo para comer ni 
punto de reposo. Cuando Okka comprendió que no les 
dejaría tranquilos adoptó una decisión rápida y elevóse 
por los aires con toda su bandada, que condujo a varias 
leguas más allá, volando sobre las llanuras de Fárs y las 
desnudas colinas que hay en la región de Linderód. Los 
patos no se detuvieron hasta llegar a los alrededores de 
Víttskdvle, cerca del Báltico. 



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NILS HOLQERSSONS 59 

NILS QUIERE SER DUENDE 

Y llegó el domíiigo. Habfa transcurrido una semana 
desde que Niis fué transformado en duende, y ni por aso- 
mo salía de su inopinada pequenez. 

No por esto experimentaba inquietud. A mediodía ins- 
talóse en lo alto de un sauce crecido, junto al agua, y se 
divirtió tocando la flauta. En torno suyo habían ido 
reuniéndose abejorros, pinzones y estorninos, tantos como 
las ramas podían soportar, y los pájaros cantaban y silba- 
ban aires que él trataba de imitar con su flauta. Pero no 
estaba muy fuerte en este arte. Tocaba tan mal, que a sus 
maestros erízábanseles las plumas y gritaban y agitaban sus 
alas desesperadamente. El muchacho se divertía mucho 
con todo esto y la risa le hizo interrumpir su sonata. 

Después volvió a tocar tan mal como antes y todos los 
pajaritos se lamentaron: iHoy tocas peor que nunca, Pul- 
garcito. Desafinas de un modo terrible. ¿Adonde van tus 
pensamientos, Pulgarcito?» 

—A otro sitio — respondió el muchacho. — Y era ver- 
dad. Estaba preguntándose siempre hasta cuándo le reten- 
drían los patos. 

De súbito tiró su flauta y saltó a tierra. Acababa de 
descubrir a Okka y a los otros patos que se acercaban 
volando en una larga fila. Avanzaban lenta y solemnemente 
y creyó adivinar que, por fin, iban a decirle lo que habían 
decidido respecto a él. 

Cuando se detuvieron, dijo Okka: cMi conducta debe 
de haberte asombrado, Pulgarcito: yo no te he dado las 
gracias todavía por haberme salvado de las garras de 
Esmirra; pero soy de los que prefieren agradecer las cosas 
con actos que con palabras. Y he aquí que yo creo 
haberte prestado, en cambio, un servicio. He enviado un 
mensaje al duende que te ha encantado. En un principio 



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60 SELMA LAQERLOF 

no quería oír hablar de volverte a tu primitiva forma; pero 
le he enviado mensaje tras mensaje para decirle lo bien 
que te has portado entre nosotros. Y me ha dicho, por 
último, que permitirá que vuelvas a ser hombre cuando 
regreses a tu casa.» 

Si grande fué la alegría que experimentara al oír las 
primeras palabras de Okka, grande también fué la tristeza 
que se apoderó de su ánimo cuando la pata hubo callado. 
Ño pudo decir una palabra, y volviendo la espalda rom- 
pió a llorar. 

— ¿Qué significan esas lágrimas?— preguntó Okka.— 
Dtríase que de mí esperabas más de lo que te ofrezco. 

Nils, que pensaba en los días de indolencia y diversión, 
en las aventuras y en la libertad, en los viajes por los aires a 
los cuales tenia que renunciar, se lamentaba amargamente. 

— No quiero volver a ser hombre — exclamaba. — Yo 
quiero ir con vosotros a la Laponia. 

— Escúchame — contestó Okka—: voy a decirte una 
cosa. El duende es tan irascible que temo que si no aceptas 
ahora lo que te ha concedido, resulte imposible inclinarle 
de nuevo en tu favor. 

Cosa extraña: aquel muchacho no había sentido nunca 
amor por nada ni por nadie; no había querido jamás a su 
padre ni a su madre, al maestro de escuela ni a sus cama- 
radas de clase ni a los chicos de las granjas vecinas. Todo 
lo que habían querido que hiciera, parecióle enojoso. Así 
es que no pensaba en nadie ni a nadie echaba de menos. 

Los únicos seres con los cuales había podido enten- 
derse un poco eran Asa, la guardadora de patos, y el pe- 
queño Mats, dos criaturas que, como él, llevaban sus patos 
al campo; pero no les estimaba verdaderamente. 

— No quiero volver a ser hombre — gritó el mucha- 
cho—; quiero seguiros a la Laponia. Sólo por esto he 
estado portándome bien durante toda la semana. 



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NILS HOLQfcRSSONS 61 

— No me opondré a que nos sigas tan lejos como quie- 
ras—dijo Okka— ; pero antes reflexiona sobre si prefieres 
regresar a tu casa. Algún día puedes lamentar tu reso* 
lución. 

— No, no la lamentaré— contestó el muchacho.— 
Nunca me be encontrado tan bien como entre vosotros. 

— Como quieras. 

— Gracias — respondió Nils. 

Era tan feliz que no pudo menos que llorar de alegría, 
así como antes había llorado de pena. 



IV 
LA VIEJA CASA DE QLIMMiNQE 

LAS RATAS NEGRAS Y LAS RATAS GRISES 

Al sudeste de la Escania, no lejos del mar, se eleva un 
viejo castillo que lleva el nombre de Olimminge. Se com- 
pone de un solo cuerpo de edificio de piedra, alto, grande 
y sólido. Se le ve desde varías millas de distancia. No tiene 
más altura que la de cuatro pisos, pero es tan enorme, que 
una casa como las que se construyen ordinariamente, 
puesta en el patio, tendría todo el aspecto de una casa de 
muñecas. 

Son tan gruesas las paredes exteriores e interiores y las 
bóvedas, que apenas si queda sitio dentro para otra cosa. 
Las escaleras son estrechas, ios vestíbulos pequeños y las 
salas poco numerosas. Para que los muros tengan la mayor 
solidez, sólo hay un reducido número de ventanas en los 
pisos superiores; a ras del suelo, solamente había estrechos 
orificios para dar paso a la luz. En lo9 üempoa antiguos^ 



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62 SELMA LAOBRLÓF 

cuando se viv(t en perpetua guerra, se mostraban los hom- 
bres tan contentos de encerrarse en el interior de esta cons- 
trucción tan sólida e imponente, como se muestran en 
nuestros días al enfundarse una pelliza en pleno invierno; 
pero cuando llegaron las dulces horas de la paz, no qui- 
sieron permanecer encerrados en las salas de piedra, lúgu- 
bres y frías, del viejo castillo. Y hace mucho tiempo que 
abandonaron el vasto castillo de Qiimmiiíge para estable- 
cerse en habitaciones confortables y abiertas a la luz y al 
aire. 

En los días que Nils Holgerssons iba de aquí para allá 
con los patos silvestres, no había ningún ser humano en 
Qlimminge, que, sin embargo, no estaba falto de habitantes. 
En el tejado había un gran nido que en verano habitaban 
muchas cigüeñas; en el granero vivían buen número de 
mochuelos; en los corredores secretos de los muros refu- 
giábanse infinidad de murciélagos; un gato viejo habíase 
establecido en la chimenea de la cocina; y por la bodega 
corrían algunos centenares de ratas de la vieja especie 
negra. 

Las ratas no son muy apreciadas de los otros anímales; 
pero las ratas negras de Qlimminge constituyen una excep- 
ción. Siempre se las nombraba con respeto, porque habían 
dado pruebas de mucha bravura en las luchas con sus 
enemigos, y de una gran fuerza de resistencia, después de 
las desgracias que se habían cebado en su pueblo. Perte- 
necían a un pueblo de ratones que en otros tiempos fué 
muy numeroso y fuerte y que se extinguía ya. Durante mu- 
chos años las ratas negras habían poseído todo el país de 
la Escania. Se las encontraba en las bodegas, en los grane- 
ros, en los trojes y en los caminos, en los almacenes de 
víveres y en las carnicerías, en los establos y en las cua- 
dras, en las iglesias y en los castillos, en los molinos y en 
las destilerías, en todos los lugares construidos por loa 



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NILS HOLOCRSSONS 63 

hombres; pero ahora hablan sido cazadas de todas partes 
y casi exterminadas. 

Apenas por acá y acullá, en sitios aislados y desiertos, 
encontrábanse algunas; en Qlimminge las habfa aún en 
número bastante crecido. 

Por lo general, cuando desaparece alguna raza de ani- 
males, son los hombres la causa de ello; pero no en este 
caso. Los hombres habían declarado la guerra, ciertamente, 
a las ratas negras; pero no lograron conseguir gran cosa. 
Los que las vencieron pertenecían a otro pueblo de hi 
misma especie: a las ratas grises. 

Estas ratas grises no habitaban el país desde tiempo 
inmemorial, como his ratas negras. Descendían de algunos 
pobres colonos que cien años antes, a lo sumo, desembar- 
carón en Malmó, de un navio procedente de Lübeck. Eran 
unas pobres ratas miserables, famélicas y sin hogar, que 
vegetaban en el mismo puerto, nadando entre las estacas, 
bajo los puentes, y alimentándose de los detritus que los 
hombres arrojaban al agua. Jamás se aventuraban a entrar 
en la ciudad, ocupada por las ratas negras. 

No obstante, su número fué creciendo poco a poco y 
su atrevimiento haciéndose mayor. Comenzaron por insta- 
larse en algunas viejas casas abandonadas que las ratas ne- 
gras desalojaron. Buscaban su sustento en los arroyos y 
albañales y recogían todos los residuos que las ratas negras 
dejaban. Eran fuertes e intrépidas y se contentaban con 
poco; en pocos años llegaron a sumar bastante número 
para echar a las ratas negras de Malmd. Poco a poco iban 
tomándoles los graneros, las cuevas y los almacenes, obli- 
gándolas a rendirse por hambre o matándolas, porque no 
temían la lucha. 

Una vez tomado MalmO partieron en grandes y peque- 
ños grupos a la conquista del país entero. No es fácil com- 
prender por qué las ratas negras se abstuvieron de reunirse 



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64 SELMA LAOERlOf 

con el fin de exterminar en una guerra encarnizada a las 
ratas grises antes de que Hegai-an a ser muy numerosas. 
Esto debióse, probablemente, a que las ratas negras se sen- 
tían tan superiores en poder que no concebían la posibili- 
dad de destruirlas. Permanecieron tranquilas en sus domi- 
nios y durante este tiempo las grises arrebatáronles granja 
tras granja, aldea tras aldea, ciudad tras ciudad. Y debieron 
ceder paso a paso, rendidas.por el hambre, cazadas, exter- 
minadas. En la Escanía sólo pudieron retener una sola 
plaza, Qlimminge. 

El viejo castillo tenía unas paredes tan seguras y un tan 
pequeño número de entradas que las natas negras habían 
logrado defenderse de la invasión. La lucha entre defenso- 
res y asaltantes se había prolongado noches y noches du- 
rante años; las ratas negfas defendían bien sus posiciones 
^ y se batían con el más grande desprecio a la muerte; y gra- 
cias a la disposición del viejo castillo habían salido siem- 
pre victoriosas. 

Hay que añadir que la$ ratas negras se habían hecho 
tan odiosas durante el tiempo de su dominación, de todas 
las otras criaturas vivientes, que las ratas grises lo eran 
también ahora, y con razón. Habían atacado a pobres pri- 
sioneros encadenados en sus calabozos; habían devorado 
con fruición los cadáveres; habían robado el último men- 
drugo de pan de la cueva habitada por el pobre; mordido 
los pies de los patos dormidos; saqueado los gallineros, 
apoderándose de los huevos y ios polluelos; en resumen, 
habían cometido mil fechorías; pero desde que cayeron en 
el infortunio, todo parecía haberse olvidado, y no se podía 
menos que admirar a los supervivientes de la raza que tan 
briosamente se defendió contra sus enemigos. 

Las ratas grises que habitaban el castillo de Qiimminge 
y sus alrededores, proseguían la guerra sin descanso, ace- 
chando la ocasión de apoderarse de éL Cabía suponer que 



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NILS HOLOCRS80NS 65 

dejasen tranquila en Qlimminge a la pequeña tribu de 
las ratas negras, ya que poseían el resto del país; pero no 
era éste su propósito. Decían que era una cuestión de 
honor vencer a las ratas negras; los que las conocían no 
ignoraban que esto era simplemente porque los hombres 
empleaban el castillo para almacén de cereales, de los que 
tas ratas grises querían apoderarse a toda costa. 

LA CIGÜEÑA 

Sábado, 26 de marzo 

A primera hora de la mañana los patos silvestres que 
dormían de pie sobre el hielo del lago de Vombsjd, fueron 
despertados por unos gritos agudos que venían del cielo. 
«{Triropí trirop!»! se escuchaba. Tríanuta, la grulla, saludó 
a Okka y a su bandada. Seguidamente le hizo saber que al 
día siguiente se celebraba el gran baile de las grullas en 
Kullaberg. 

Okka extendió al punto su cueHo y contestó: «(Salud 
y graciasl ¡Salud y graciasl^». 

Las grullas prosiguieron su vuelo y los patos silvestres 
continuaron oyendo, durante un buen espacio de tiempo, 
como anunciaban por encima de los campos y los bosques, 
lo siguiente: cTríanuta. envía a decir que mañana es et gri^i 
baile de las grullas, en Kullaberg». 

Los patos silvestres quedaron muy contentos ante este 
mensaje. 

— Tendrás la suerte de ver el hermoso baile de las 
grullas — - le dijerQn al gran pato blanco. 

— ¿Pero tan maravillosa es ver bailar a las grullas? — 
preguntó. 

— Es algo que tu no has podido ni soñar — le res- 
pondieron. 

— Hay que pensar en lo que debemos hacer mañana 



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66 SELMA LAQERLÓP 

con Pulgarcito» para que no le ocurra nada malo mientras 
nosotros permanezcamos en Kultaberg — dijo Okka. 

— Pulgarcito no se quedará solo — respondió el pato. 
— Si las grullas no permiten que vea su baile» tampoco 
iré yo. 

— Ningún ser humano ha presenciado todavía la reu- 
nión de los animales en Kullaberg — dijo Okka — y no 
seré yo quien se atreva a llevar a Pulgarcito. Pero ya ha- 
blaremos de esto más tarde. Ahora hay que ver si encon- 
tramos algo con qué alimentarnos. 

Okka dio la señal de partida. Esta vez también con- 
dujo muy lejos a su gente» a causa de haber advertido la 
presencia de Esmirra, la zorra, abatiendo su vuelo cerca 
de los prados inundados al Sur de Olimminge. 

Nils pasó el día sentado a la orilla de un estanque» to- 
cando la flauta. Estaba de un humor de mil diablos» por 
que no le querían llevar a ver el baile de las grullas» y no 
pensaba dirigir la palabra a Martín ni a los patos. 

Le lastimaba que Okka no tuviera confianza en él. 
Desde el momento que renunciaba a su condición de 
hombre para viajar con unos pobres patos silvestres, de- 
bían comprender que no abrigaba la menor intención de 
traicionarles; cuando él lo había sacrificado todo por se- 
guirles, su deber consistía en mostrarle tantas cosas como 
fuese posible. «Es preciso que les diga lo que pienso», 
murmuraba. Pero las horas pasaban sin que se decidiera 
a ello. Puede parecer algo extraño» pero la presencia de la 
vieja pata-guía le infundía un gran respeto. No podía re- 
belarse contra su voluntad. 

El prado pantanoso por donde cruzaban los patos» es- 
taba bordeado de un muro de piedra. Cuando al llegar la 
tarde levantó la cabeza el muchacho para hablar a Okka» 
sus ojos se fijaron en este muro. Lanzó un débil grito de 
asombro y todos los patos elevaron sus ojos para mirar en 



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NILS HOLQCRSSONS 67 

la misma dirección. En d primer momento se hubiera di- 
cho que las piedras obscuras de que estaba construida la 
pared, tenían patas y corrían; pero pronto echaron de ver 
que eran ratas que pasaban a bandadas. Corrían presuro- 
sas y sus filas eran tan compactas y numerosas que cubrie- 
ron el muro durante un buen rato. 

Cuando Nils era alto y robusto, ya les tenia miedo a las 
ratas. Y ahora, con mayor motivo: era tan pequeño que 
dos o h^es ratas podían dar buena cuenta de él. Nils se ex- 
tremeció, y, cosa rara, los patos parecían profesar el mismo 
horror a las ratas. No les dirigieron la palabra para nada, 
y cuando hubieron pasado, agitaron sus alas, tal como si 
sus plumas hubiesen sido salpicadas de barro. 

— ¡Cuantas ratas grises!-~di)o Yksi.— No es buena señal. 

Nils creyó llegado el instante favorable para decirle 
a Okka que le llevase a ver el baile de Kullaberg; pero se 
lo impidió la aparición de un pájaro muy grande. 

Al verle se hubiera dicho que había imitado el cuerpo, 
el cuello y la cabeza de un pequeño pato blanco. Pero, 
además, habíase procurado grandes alas negras, altas patas 
coloradas y un pico largo y fuerte, excesivamente grande 
para su cabecita; este pico tan pesado hacíale doblar la ca- 
beza, dándole un aspecto tristón y melancólico. 

Okka extendió rJpi lamente sus alas, saludó un gran 
número de veces con la cabeza y avanzó hacia la cigüeña. 
No se asombró mucho de verla ya en la Escania, porque 
sabía que en la primavera los machos se adelantaban con 
el fin de asegurarse de si los nidos han desaparecido durante 
el invierno, antes de que las hembras se tomaran el trabajo 
de atravesar el Báltico; pero le sorprendía que la cigüeña 
compareciera ante ella, porque generalmente no visitan a 
nadie más que a las gentes de su raza. 

-^ Espero que no encuentres tu nido en mal estado, 
señor Ermenric — dijo Okka. 



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68 SELMA LAOERLÓr 

Una vez más pudo comprobarse que no se miente al 
afirmar que una cigQeña no puede abrir el pico sin lanzar 
un gemido. Esta parecía tanto más digna de lástima por 
cuanto experimentaba una gran dificultad para articular las 
palabras; su pico castafieteó un buen momento anteé de 
hacer oír su voz cascada y débil. Se lamentaba de todo: el 
nido, construido en la techumbre de Qlimminge, había 
sido destrozado por las tormentas invernales y en la Esca- 
ma era difícil encontrar algo que comer. Los escámanos 
se apoderaban cada día más de lo que necesitaban. Agos- 
taban los prados y cultivaban los aguazales. Acabaría por 
abandonar aquél país, al que nunca más volverían. 

Mientras la cigüeña iba exponiendo sus lamentaciones, 
Okka, la pata silvestre, que en ninguna parte encontraba 
protección ni abrigo, pensó: «Si yo fuera tan feliz como 
tú, seftor Ermenric, tendría vergüenza de condolerme de 
ese modo. Tú has logrado ser un pájaro salvaje y libre, 
y, además, tan respetado por los hombres que nadie ha de 
dispararos su escopeta ni hurtar un huevo de vuestro 
nido». Pero se reservó su pensamiento. 

La cigüeña preguntó al instante si los patos habían visto 
desfilar las ratas grises que se dirigían hacia Qlimminge; 
y al oir la respuesta afirmativa de Okka, el señor Ermenric 
le refirió la historia de las valientes ratas negras, que tantos 
altos habían defendido el castillo. «Pero esta noche, Qlim- 
minge caerá en poder de las ratas grises», terminó diciendo 
con un suspiro. 

— ¿Por qué esta noche, señor Ermenric? — preguntó 
Okka. 

— Todas las ratas negras marcharon ayer a Kullaberg 
porque saben que los otros animales irán también; pero 
las ratas grises se han abstenido de ir y ahora se reúnen 
para penetrar este noche en el castillo, sólo defendidor 
por algunos ratones viejos, sin fuerzas para llegar hasta 



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NILS HOLÜERSSONS 60 

KuUaberg. Las ratas grises saldrán con la suya; pero yo he 
vivido tantos años en buena armonía con las ratas negras, 
que no me seduce habitar ahora en el mismo sitio que sus 
enemigos, 

Okka comprendía muy- bien que la cigüefia, irritada 
contra el proceder de las ratas grises, había venido a bus- 
carla para expansionarse con etla. Mas, según costumbre 
en las cigüeflas, nada había hecho para evitar aquel de- 
sastre. 

— ¿Has enviado algún mensaje a las ratas negras, señor 
Ermenric? — interrogó Okka. 

— ¿Para qué? Les faltará tiempo para regresar antes de 
la toma del castillo. 

— No es esto tan seguro como os parece, señor Ermen- 
ric — contestó Okka. — Conozco una vieja pata silvestre 
que no quiere otra cosa que impedir tan gran atrocidad. 

Al oír la cigüeña estas palabras, levantó la cabeza y miró 
a Okka con ojos muy abiertos. 

En efecto, la vieja Okka no tenía garras ni pico propios 
para combatir. Además era un pájaro de día; apenas llega- 
da la noche se rendía al sueño, quisiera o no quisiera, 
mientras que las ratas podían luchar aun en medio de la 
obscuridad. 

Pero Okka estaba resuelta a prestar su ayuda a las ratas 
negras. Llamó a Yksi y le ordenó que condujera los patos 
a Vombsjó, y a las objecciones que el otro le opuso, res- 
pondió con autoridad: cLo mejor para todos nosotros es 
que me obedezcáis. Es preciso que yo vuele hasta aquella 
gran casa de piedra y si tú me acompañas será fácil que 
los habitantes de la granja nos descubran y disparen con- 
tra nosotros. El único que vendrá conmigo es Pulgarcito, 
que podrá serme útil por que tiene muy buena vista y pue- 
de estar despierto durante la noche. 

El muchacho estaba aquel día de un humor de perros; 



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70 SELMA LAOERLÓF 

al escuchar las palabras de Okka irguióse para fingirse 
mayor y avanzó con las manos cruzadas detrás y la mirada 
retadora para decirle que no le era muy agradable luchar 
con los ratones. Okka haría mejor escogiendo a uno de 
sus compañeros. 

Apenas compareció el muchacho, comenzó a excitarse 
la cigüeña. Hasta entonces había permanecido con la ca- 
beza baja y el pico apoyado en su cuello, como es costum* 
bre en las cigüeñas; mas he aquí que, de pronto, prorrum- 
pió en un gorgojeo como si riera. Extendió el pico, cogió 
al muchacho bruscamente y lo lanzó a dos o tres metros de 
altura. Y repitió la acción siete veces más sin prestar oído 
a los ayes del muchacho ni a los quejidos de los patos, 
que gritaban: «¿Qué es lo que os ha dado, señor Ermenric? 
¡Eso no es una rana, es un hombre, señor Ermenric! 

La cigüeña acabó por recoger al muchacho y ponerle 
en tierra sano y salvo. Después, díjole a Okka: 

— Yo me vuelvo a Olimminge, señora Okka. Todos 
sus moradores estaban muy inquietos cuando les he de- 
jado. Se pondrán muy contentos cuando sepan que Okka, 
la pata silvestre, y Pulgarcito, el chiquitín, correrán a sal- 
varles. 

Dicho esto alargó el cuello, extendió las alas y voló 
rápida como una flecha disparada con un arco muy tirante. 
Okka comprendió que el señor Ermenric se le burlaba, 
pero fingió ignorarlo. Esperó a que el muchacho recogiera 
los zapatos que la cigüeña le habia hecho perder, lo puso 
sobre sus espaldas y emprendió el vuelo tras la cigüeña. El 
muchacho no opuso resistencia y procuró ocultar su inten- 
ción. Estaba tan furioso contra la cigüeña que rugia de có- 
lera. Ese zancudo de patas coloradas se imaginaba, sin 
duda, que Nils no servia para nada al verle tan pequeño; 
pero ya le demostraría de qué era capaz Nils Holgerssons, 
de Vestra Vemmenhóg. 



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NILS HOLOEKSSONS 71 

Un instante después Okka posábase sobre el nido de 
cigüeñas en la techumbre de Olimminge. Era un nido 
magnífico. HabCa allí una especie de alfombrilla formada 
por varías capas de ramaje y hierba. Estaba allí desde tan- 
tos aftos que habían arraigado varias plantas y zarzas, y 
cuando la madre cigüeña incubaba sus huevos en la suave 
hendidura del centro del mullido lecho, podía gozar del 
panorama de una buena parte de la Escania, rodeada de 
plantas y flores. 

Desde el primer momento Okka y el muchacho pudie- 
ron darse cuenta de que todo andaba revuelto en la casa. 
Allí anidaban dos mochuelos, un viejo gato gris y una 
docena de ratones decrépitos, de dientes prominentes y 
ojos pitañosos. No eran estos los anímales que habitual- 
mente se encuentran en reuniones pacíficas. 

Ninguno de ellos volvióse para mirar a Okka y darle la 
bienvenida. Entregados por entero a sus preocupaciones 
seguían con la mirada las largas filas grises que entreveíanse 
en los campos, pelados por el rigor del invierno. Las ratas 
negras, enmudecidas, sentíanse cada vez mas desconsola- 
das; no había esperanza; se daban perfecta cuenta de que 
no podrían defender el castillo ni su propia vida. Los dos 
mochuelos movían sus ojos redondos, haciendo virar sus 
anteojos de plumas, y hablaban con voz siniestra y áspera 
de la gran crueldad de las ratas grises. No tendrían más 
remedio que abandonar su nido, porque habían oído decir 
que no respetaban los huevos ni los pajarillos. El viejo gato 
atigrado estaba seguro de que las ratas grises le matarían, 
y llegaban en tan gran número que no hacía más que decir 
a las ratas negras: «¿Cómo habéis podido cometer la ton- 
tería de dejar partir a vuestros mejores guerreros? ¿Cómo 
habéis confiado tanto en las ratas grises ? Eso es imper- 
donable.» 

Las doce ratas negras no se atrevían a chistar; pero la 



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72 SELMA LAOERLÓr 

cigüeña, a pesar de su enojo, no dejaba de impacientar un 
poco al gato, diciendo con sorna: €¡No temas nada, infeliz! 
¿No ves que la señora Okka y Pulgarcito han venido a sal- 
var el castillo? Ten por seguro que triunfarán* Ahora voy 
a echarme a dormir, cosa que haré con la mayor tranquili- 
dad. Mañana, cuando me despierte, no quedará ni un solo 
ratón gris en Olimminge.» 

El muchacho guiñó el ojo a Okka, advirtiéndole que 
quería empujar y hacer rodar por tierra a la cigüeña 
cuando ésta se hallase dormida, apoyada sobre una sola 
pata, en uno de los extremos del nido; pero Okka le retuvo. 

En su aspecto no demostraba mucho enfado. cSeria de 
muy mala condición — dijo — si a mi edad no pudiera ven- 
cer mayores dificultades que ésta. Sólo con que esta pareja 
de mochuelos, que pueden pasar la noche sin dormir, 
quisieran llevar algunos avisos de mi parte, todo podría 
salir a medida de nuestros deseos.» 

Los dos mochuelos se mostraron dispuestos a ejecutar 
sus órdenes. Okka encargó al marido que fuese a buscar a 
los ratones negros que habían partido para ordenarles que 
volvieran a su refugio. La madre mochuelo fué enviada 
en busca de Flama, el mochuelo que habitaba en la torre 
de la catedral de Lund. Debía llevar un mensaje tan secreto 
que Okka apenas si se atrevió a comunicárselo al oído, en 
voz casi imperceptible. 

EL ENCANTADOR DE RATONES 

Casi era medta noche cuando los ratones grises descu- 
brieron un ventanuco abierto. Se hallaba en el muro, a 
bastante altura del sudo, pero lograron acertar el camino y 
no pasó mucho tiempo sin que el más audaz de Iqs ratones 
escalara la abertura, pronto a introducirse en el castilío, 
ante cuyas paredes habían muerto tantos de sus antecesores. 



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N1L8 HOLOERSSONS 73 

El ratón gris permaneció un momento inmóvil en el 
ventanuco, esperando ser atacado. El cuerpo principal del 
ejército de los defensores estaba ausente; pero el ratón gris 
suponía que las ratas negras que quedasen en el castillo no 
se entregarían sin oponer resistencia. Con el corazón opri- 
mido trataba de percibir los más insignificantes ruidos, 
pero todo permanecía en silencio. Esto dio nuevos ánimos 
al jefe de los ratones grises, que saltó al interior de la cueva 
obscura. 

Los otros siguieron a su jefe, uno tras otro. Se desliza- 
ban hacia el interior del castillo con mucha prudencia, 
esperando ser sorprendidos. No siguieron adelante hasta 
que faltó sitio para nuevos invasores. 

Aunque no habían entrado nunca en el castillo, no en- 
contraron ninguna dificultad para continuar su camino. 
Poco después descubrían entre las paredes los orificios por 
donde los ratones negros ascendían a ios pisos superiores. 
Pero antes de decidirse, prestaron oído. Esta ausencia de 
enemigos les inquietaba mucho más que los riesgos de una 
lucha abierta. No se atrevieron a creer en su felicidad hasta 
qu& llegaron al prioier piso. 

Una vez allí, les dio en las narices el olor del trigo 
amontonado. Pero aun era prematuro todo canto de victo- 
ria. Primero husmearon detenidamente en las vastas piezas 
desnudas. Escalaron la chimenea que ocupaba el centro de 
la ancha cocina y estuvieron a punto de caer en el pozo 
situado en una de las piezas del fondo. Atalayaron todos 
los caminos desde las pequeñas ventanas, pero no descu- 
brían las ratas negras. Entonces creyéronse dueños de este 
piso. Y con la misma prudencia comenzaron a escalar el 
seinindo. Fué una nueva ascensión, penosa y arriesgada, a 
través de las viejas paredes; esperaban ser atacados de 
manera ruda e imprevista. Y aunque se sentían atraídos por 
el grato perfume que exhalaba el trigo, creíanse en el caso 



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74 SELMA LAOERL6r 

de examinar con el mayor orden la sala de las columnas 
donde montaban la guardia los soldados de otros tiempos, 
con su mesa de piedra, el fogón, los profundos huecos de 
las ventanas y los orificios del suelo, por los que en la anti- 
güedad echábase plomo fundido sobre el enemigo. 

Los ratones negros continuaban invisibles. La gran 
sala del dueño del castillo estaba tan fr{a y desnuda como 
las demás. Llegaron, por último, al piso superior, que cons- 
taba de una vasta sala vacia. El único sitio que no 
pensaron en reconocer fué el gran nido de cigüeñas que 
habfa en el tejado, y donde precisamente en aquel instante 
despertaba a Okka el mochuelo hembra para anunciarle 
que Flama, el mochuelo de la torre, había accedido a su 
requerimiento, enviándole lo que necesitaba. 

Después de haber recorrido detenidamente todo el cas- 
tillo, se consideraron tranquilos los ratones grises. Com- 
prendiendo que los ratones negros habían huido, renun- 
ciando a presentar combate, precipitáronse radiantes de 
satisfacción sobre los montones de trigo. Apenas si habrían 
devorado algunos granos cuando oyeron en el patio el 
agudo sonido de un pito. Levantaron la cabeza, escucharon 
con inquietud y dieron algunas vueltas como disponiéndose 
a abandonar los montones codiciados; pero no tardaron en 
reanudar el opíparo banquete, mordisqueando en el trigo. 

El pito resonó de nuevo, agudo y penetrante; entonces 
ocurrió algo extraordinario. Un ratón, dos ratones, un 
ejército de ellos abandonaron el trigo y se lanzaron por el 
camino más corto dispuestos a salir de la casa. Otros mu- 
chos quedaron inmóviles. Pensaban en los trabajos que les 
había costado la toma de Olimminge y no querían eva- 
cuarlo. Pero al oír por tercera vez el sonido del pito 
siguieron el camino de los demás. Se atropellaban loca- 
mente, corrían por los estrechos orificios de las paredes y 
se pisoteaban por salir antes. 



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N1L8 HOLOERSSONS 75 

En medio del patío había un hombrecito que tocaba el 
pito y en su torno un círculo de ratones le escuchaban sor- 
prendidos y encantados. A cada minuto llegaban nuevos 
ratones. Sólo un instante quitóse el pito de la 'boca para 
hacerles un palmo de narices a los ratones; hubo un mo- 
mento en que parecían dispuestos a arrojarse sobre él para 
devorarle; pero su cólera quedaba desarmada apenas el 
hombrecito volvía a tocar el pito. 

Cuando el buen pequeñín hizo que todos los ratones 
salieran de Olimminge, marchó hacia la carretera andando 
lentamente, seguido de todos sus oyentes. Las notas del 
pito sonaban tan dulcemente en sus oídos que no podían 
resistir a su encanto. 

El hombrecito les llevó hacia la parte de Vallby. Con- 
ducíales por mil senderos a través de vallados y barrancos; 
y le seguían por todas partes. No dejaba de tocar su pito, 
que parecía hecho con un cuerno de animal, pero tan 
pequeño que no ostenta iguales ningún animal de nuestros 
días. Nadie hubiera podido decir que lo había fabricado 
él. Flama, el mochuelo de la torre, se lo había encon- 
trado en uno de los tragaluces de la catedral de Lund. Lo 
enseñó a Bataki, el cuervo, y ambos convinieron en que 
era uno de esos cuernos de que se servían los antiguos 
para encantar a las ratas y a los ratones. El cuervo era 
amigo de Okka y fué él quien le comunicó que Fiama 
tenía aqnel tesoro. 

Y era cierto que las ratas no podían resistir el encanto 
del pito. El muchacho anduvo [tanto tiempo como duró el 
resplandor de las estrellas, y no dejaron de seguirle, de 
seguirle siempre. Tocaba a la hora del alba, tocaba a la 
salida del sol y la multitud de ratas le acompañaba, distan- 
ciándose cada vez más de los vastos graneros de Qlim- 
mínge. 



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76 8ELMA LAOERLOr 

V 
EL GRAN BAILE DE GRULLAS EN KULLABERQ 

Domingo, 27 de marzo 

Kullaberg es una montaña no muy alta y ancha; su 
vista no impone y sobrecoge como tantas otras. En su espa- 
ciosa cumbre hay campos, bosques y pequeftas laudas. De 
trecho en trecho surgen algunos pequeños montículos cu- 
biertos de matorrales y rocas peladas. El alto paisaje no es 
particularmente pintoresco; parécese a la mayor parte de 
los parajes elevados de la Escanla. 

El que siga el camino de la cumbre sufrirá un desen- 
canto; pero el que se aparte de este camino, se asome a los 
flancos de la montafta y lance una mirada a las pendientes 
abruptas, descubrirá multitud de cosas curiosas y se pre- 
guntará cómo ha de poder examinarlas en su totalidad 
siendo tantas. Bueno es que digamos que Kullaberg no 
descansa como muchas otras montañas sobre la tierra, 
rodeada de llanuras y valles; Kullaberg se ha adentrado en 
el mar tan lejos como ha podido. No hay faja de tierra que 
que se extiemda a sus pies y la proteja contra las olas. Estes 
se extinguen ai chocar en sus murallas y vuelven a for- 
marse a su capricho. Las murallas se yerguen abiertamente, 
esculpidas por el mar y su auxiliar el viento. Hay precipi- 
cios que se hunden en la costa brava y pieos negros puli- 
mentados por el incesante ramalazo del viento. Hay colum- 
nas de piedra aisladas que surgen del agua y cavernas som- 
brías de estrecha y difícil entrada. Hay escarpaduras verti- 
cales y desnudas y suaves pjendientes invadidas por la ve- 
getación. Hay pequeños promontorios y pequeñas bahías 
y pequeños cantos rodados que el agua Meva y trae a cada 



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NIL8 HOLOCRSSONS 77 

movimiento de las olas. Hay soberbia^, fantasías arquitectó- 
nicas que abren sus volutas sobre el mar; hay arrecifes 
puntiagudos que sepulta a cada instante la blanca espuma, 
y otros que se miran en un agua verdinegra, eternamente 
tranquila. Hay excavaciones profundas labradas en la roca 
viva; enormes hendiduras incitan al paseante a arriesgarse en 
ei interior de la montafta hasta la cueva del gnomo Kullen. 

Zarzas y plantas trepan, escalan y descienden por estas 
escarpaduras, rocas y hendiduras. Los árboles han bro- 
tado por doquier; pero la fuerza del viento les ha obli- 
gado a transformarse en arbustos para poderse mante- 
ner en ios flancos de la montaña. Los robles se hunden 
en el suelo y las hayas de troncos achaparrados forman, en 
los repliegues y recodos, grandes umbráculos de verdura. 

Estas maravillosas murallas, con la mar inmensa y azu> 
iada abajo y el aire acre y cortante arriba, han hecho de 
Kullaberg un tan delicioso paraje para los hombres, que 
son muchos los que allí acuden durante el verano. Es más 
difícil de explicar lo que atrae a los animales hacia aquel 
sitio; pero lo cierto es que allí se reúnen todos los años 
multitud de ellos para entregarse a sus juegos. Es una cosp 
tumbre que data de tiempos inmemoriales; habría que ha- 
ber estado en tal lugar desde el momento en que la pri- 
mera ola del mar cubrió de espuma la costa, para explicar 
la razón de esta preferencia. 

Cuando va a reunirse la asamblea, los ciervos, los 
corzos, las liebres, las zorras y los otros cuadrúpedos se 
ponen en camino durante la noche para evitar ser vistos 
por los hombrea. Un poco antes de despuntar el sol com- 
parecen en ei lugar de los juegos, una landa a la izquierda 
del camino, no lejos de la punta extrema de la isla. 

El sitio destinado para el juego está rodeado por todas 
partes de alturas que impiden que se les descubra, si no 
es llegando muy cerca. Durante el mes de marzo es muy 



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78 SELMA LAOERLÓF 

exlraio qne alguien se aventure por allí. Los extranjeros 
que en este tiempo ae han decidido a recorrer aquellas 
colinas y escalar la montaña, han tenido que desistir de 
sus propósitos por las tempestades de otoAo. El torrero del 
faro que se yergue en lo alto del promontorio, la vie|a 
que habita Kullagftrd, el granjero de Kulien y su famíKaf 
siguen el camino acostumbrado y no atraviesan las llanuras 
desiertas. 

Llegados al punto de los juegos los cuadrúpedos se 
instalan en las colinas, cada especie de animales por sepa- 
rado, aunque en días tan sonados la paz es general y no 
hay agresión alguna que temer. En tal día podría un galgo 
atravesar por la colina por donde estal>an las zorras sin 
miedo a perder el menor trozo de sus largas orejas. Los 
animales reuníanse en grupos, como de costumbre. Cuando 
todos han ocupado su sitio se disponen a esperar la llegada 
de los pájaros. Casi siempre suele hacer buen tiempo du- 
rante la celebración de esta clase de fiestas. Las grullas son 
muy hábiles para conocer el tiempo; si está metido en 
lluvia, no convocan jamás a los animales. 

Aunque el espacio aparecía límpido y nada era obs- 
táculo para que la mirada pudiese vagar libremente por la 
altura, los cuadrúpedos no veían llegar a los pájaros, lo 
cual era extraño, porque el sol estaba alto y los pájaros 
debían hallarse ya en camino. Sobre la llanura sólo pasa- 
ban de tarde en tarde nubéculas negras. Pero ¡ahí Una de 
estas nubéculas venía hacia Kullaberg siguiendo la costa 
de Sund. Al llegar a la altura del punto destinado para la 
fiesta, la nube prorrumpió súbitamente en cantos, trinos y 
música. Sube, baja, vuelve a ascender, desciende nueva- 
mente, y todo son cantos, trinos y música. La nube aba- 
tióse, por último, sobre la colina, en un vuelo, y la colina 
desaparece instantáneamente bajo la multitud de alondras 
grisáceas, bonitos pinzones colorados, grises y blancos, 



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NILS HOLOERSSONS 79 

estorninos salpicados de manchas y abejorros de un verde 
amarillo. 

Sobre la llanura no tardó en pasar una nueva nubécula 
ligera, que detenía su marcha encima de cada grupo de 
casas, encima de las cabanas y de los castillos, de las aldeas 
y las ciudades: y cada vez que se detenía parecía aspirar 
del suelo una pequeña columna revuelta de granos de 
polvo gris. Fué aumentando, aumentando, y cuando al fin 
emprendió el camino de Kullaberg no era ya una nubécula 
inconsistente, sino una nube compacta tan grande, que 
extendía su sombra desde Hóganás a MOll. Al detenerse 
sobre el punto de los juegos, ocultaban el sol; durante un 
largo rato estuvieron cayendo gorriones, y los que volaban 
en el centro tardaron bastante tiempo en ver la clara luz 
del día. 

He aquí que llega la mayor nube de pájaros. Está for- 
mada de bandadas de pájaros llegados de todas partes. Es 
de un gris azul muy cargado y no hay rayo de sol que la 
pueda atravesar. Presentábase sombría y amenazadora, 
como nube tormentosa. Llegaban desde allí ruidos inferna* 
les, gritos terribles, risas burlonas y los graznidos más 
siniestros. Resultaba hermoso ver como se disgregaba en 
una lluvia mariposeante y entre graznidos de cornejas y 
mochuelos, de cuervos y gavilanes. 

Seguidamente, entre las nubes, aparecieron en el cielo 
multitiid de figuras y de signos. Líneas rectas y punteadas 
surgían al este y al nordeste: son los pájaros de los bos- 
ques venidos del Smaland; las gallináceas y los gallos sil- 
vestres volaban en fila, a dos o tres metros de distancia 
unos de otros. Los pájaros acuáticos que viven en la isla de 
Makláppon, delante de Falsterbo, remontaban el Sund 
agrupados en figuras extrañas: triángulos, rectas, círculos 
y semicírculos. 

Los últimos en llegar a Kullaberg, porque habían 



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80 SELMA LAOr^RLÓr 

tenido que cruzar la Cscania en toda su extensión, fueron 
el pato sobre el que Nils viajaba y Okka con su bandada 
de patos silvestres. Además, antes de ponerse en camino, 
habían tenido que buscar al muchacho, que desde hacia 
varias horas iba tocando delante de las ratas grises, a las. 
que llevaba lejos de Qlimmínge. El mocfauelo^ había anun- 
ciado al regresar que las ratas negras estarían de vuelta 
tan pronto como apuntara el sol, apenas pudiera dejar de 
sonar el pito de Flama sin peligro. 

Hay que hacer constar que no fué Okka la primera en 
descubrir a Nils, caminando lentamente, seguido del largo 
cortejo de los ratones grises; tampoco fué Okka la que 
descendió rápida como una flecha, y lo remontó en los 
aires, sino que fué el señor Ermenric, la cigúefia. Era el 
mistno señor Ermenric en persona el que se había dedi- 
cado a la busca del pequeño Pulgarcito; y después de lle- 
varle hasta el nido le pidió perdón al muchacho, por 
haberle tratado con cierto menosprecio la tarde anterior. 

Nils tuvo una gran alegría y qutdú muy amigo de la 
cigüeña. Okka sa mostró también muy amable para con él, 
y después de rozar su venerable cabeza contra su brazo, 
elogióle calurosamente por haber prestado su auxifío a los 
que se hallaban en trance tan diñcil. 

Entonces volvióse Okka hacia la cigüeña y le preguntó 
si creía prudente llevar a Pulgarcito a KuHaberg. cMi opi- 
nión—añadió — es que podemos fiarnos de él como de 
nosotros mismos.» 

El señor Ermenric se mostré partidario entusiasta de 
llevarlo hasta allí: cCíertamente, señora Okka, hay que 
llevar a Pulgarcito a Kullaberg — dijo. — Es una gran satis- 
facción para nosotros poderle recompensar de los peligros 
que ha afrontado esta noche por nosotros. Y como fui yo 
el que tan mal se portó con él ayer tarde, quiero llevarle 
ahora sobre mis espaldas para que asista a la reunión.» 



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NILS HOLOERSSONS 81 

Las alabanzas qqe más complacen son las que profieren 
las gentes inteligentes y poderosas; así es que Nils no 
habla estado nunca tan contento. Hizo el viaje montado a 
horcajadas sobre el cuello del señor Ermenric, la cigfieña. 
Aunque esto era un gran honor para él, no dejó de cau- 
sarle gran inquietud en muchos momentos, porque el señor 
Ermenric era un maestro en el arte del vuelo y cruzaba 
los aires de manera distinta a los patos silvestres. Mientras 
Okka seguía su canlino rectamente, moviendo sus alas 
acompasadamente, el señor Ermenric gozábase en dar 
vueltas que revelaban cuan ágil era y cuánta su habilidad. 
Tan pronto permanecía inmóvil a una altura que daba vér- 
tigo, sosteniéndose en el aire sin desplegar Us alas, como 
se precipitaba con la velocidad de una piedra lanzada con- 
tra el suelo. También se divertía de scribiendo en torno de 
Okka círculos que se iban estrechando poco a poco, como 
los de un torbellino. El muchacho no había visto jamás 
nada semejante, y aunque experimentaba mucho miedo, 
debió confesar que hasta entonces no había sabido lo que 
era volar. 

Durante el camino sólo se hizo una parada, en 
VombsjOf donde se les unió la bandada de Okka. Después 
marcharon a Kullaberg directamente. 

Descendieron en lo alto de la colina reservada a los 
patos silvestres. Al pasear sus miradas por las alturas pró- 
ximas, vio el muchacho, en una, los bosques de cuernos de 
los ciervos, en otra, los plumeros grises de las garzas 
reales. Una colina estaba cubierta del rojo de las zorras; 
otra, negra y blanca de los colores de las gaviotas, una ter- 
cera, gris por las ratas y los ratones que la ocupaban. Una 
cQüna estaba ocupada por cuervos negros que no cesaban 
de graznar, otras por alondras que no podían estar quietas 
en su sitio y que de cuando en cuando se lanzaban por los 
airea cantando alegremente. 

• 



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82 SELMA LAOCRLÓF 

Era una costumbre establecida de antiguo que las cor- 
nejas comenzaran los juegos y ejercicios del día con una 
danza aérea. Y se dividieron en dos grupos, a los que se 
vio volar uno hacia el otro, confundirse y separarse para 
volver a comenzar. La danza consistía en repetir lo mismo 
varias veces, y a los espectadores que no estaban al co- 
rriente de las reglas, les resultaba monótona. Las cornejas 
mostrábanse muy orgullosas, pero los otros animales se 
alegraron cuando acabó espectáculo tan aburrido. Esta 
danza parecíales tan antipática y desprovista de gracia, 
como el juego de los huracanes del invierno con los copos 
de nieve. Entristecía a los reunidos y todos esperaban con 
impaciencia algo que fuese más divertido. 

No hubo que esperar mucho tiempo. Apenas termina- 
ron las cornejas, saltaron las liebres. Lanzáronse en una 
fila desordenada, tan pronto aisladamente como yendo tres 
o cuatro de frente. Unas veces erguíanse sobre sus patas 
traseras, otras corrían tan furiosamente que sus orejas 
daban vueltas vertiginosas. Sin dejar de correr, formaban 
verdaderos torbellinos, saltaban y golpeábanse el pecho 
con las patas delanteras, haciendo oír los golpes. Algunas 
daban infinitas volteretas, otras dos se abrazaban estrecha- 
mente y rodaban como si fueran un aro; también las había 
que daban vueltas y más vueltas sosteniéndose sobre una 
pata y que marchaban con las patas de delante. Aunque 
en medio del mayor desorden, resultaba muy alegre la 
danza de las liebres, y los animales que la presenciaban 
comenzaron a sentirse más satisfechos. Iniciábase la prima- 
vera; se aproximaban ya los días jubilosos y los placeres. 
El invierno había llegado a su fin. El verano estaba cerca. 
Pronto se experimentaría la alegría del vivir. 

Cuando las liebres dejaron de actuar, fueron los gran- 
des pájaros de los bosques los que se dispusieron a hacer 
gala de sus habilidades. Ún centenar de gallos silvestres de 



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NILS HOLOERSSON8 83 

negro plumaje muy brillante y de cejas color escarlata, 
colocáronse sobre un gran roble situado en medio del 
campo de juego. El que estaba sobre la rama más alta, des- 
plegó sus plumas bajando las alas y levantó su cola en 
forma de abanico, mostrando la blancura de sus plumas 
interiores. Después alargó el cuello y lanzó algunas notas 
agudas, de su hinchada garganta: cTioc, tioc, tioc.» Fué 
todo lo que pudo articular; tras esto sólo se oyeron algunos 
ronquidos escapados del fondo de su gaznate. Por último, 
cerró los ojos y cuchicheó: «¡Sis, sis, sis! ¡Oíd qué her- 
moso es! ¡Sis, sis, sis! Y sobrecogióle tal arrobamiento que 
perdió toda noción de lo que pasaba en torno de él. 

Cuando el primer gallo silvestre estaba todavía en con- 
diciones de silbar, cantaron los tres gallos que se hallaban 
debajo de él; y antes de que hubiesen terminado su can- 
ción, otros diez que se encontraban en las ramas, un poco 
más abajo, comenzaron a hacer lo mismo, y asi fueron can- 
tando poco a poco todos los del árbol; los cien gallos sil- 
vestres cantaban, cloqueaban y silbaban. De todos se apo- 
deró el mismo extremecimiento y esto influía sobre el resto 
de los animales como una embriaguez contagiosa. La san- 
gre, que en un principio había corrido alegre y ligera, de- 
rramábue ahora pesada e hirviente: «Es la primavera, sí — 
decían los animales.^ Ha desaparecido el frío del invierno. 
El fuego renovador quema la tierra.» 

Cuando las gallináceas vieron el triunfo de los gallos 
silvestres, no pudieron permanecer tranquilas. Como no 
había árboles sobre los que pudieran instalarse, lanzá- 
ronse hacia el campo de los juegos donde ios matorrales 
llegaban a tal altura que sólo sobresalían las plumas de sus 
colas, graciosamente levantadas, y sus largos picos, y 
comenzaron a cantar: «Orrr, orr, or. » 

En el mismo momento en que las gallináceas entabla- 
ban su competencia con los gallos silvestíes, ocurrió algo 



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84 SELMA LAOCRLÓF 

inaudito. Una zorra aprovechó el momento en que la 
atención de todos los animales estaba fija en el juego de 
los gallos para deslizarse hacia la colina donde estaban los 
patos silvestres. Trepaba muy prudentemente y estaba ya 
cerca de la cima cuando fué advertida por un pato que, 
sospechando que una zorra no podía ir hacia ellos 
con buenas intencíonev comenzó a gritan c|Cuidado, 
patos silvestres, cuidado!» La zorra se abalanzó sobre él y 
le mordió en el cuello, tal vez con el propósito de hacerle 
callar; pero los otros patos que habían oído el grito de 
alarma, eleváronse rápidamente. Los otros animales corrie- 
ron entonces hasta la colina abandonada por los patos. 
Esmirra, la zorra, tenía un pato muerto entre sus dientes. 

Había roto la tr^ua del día de los juegos y fué conde- 
nada a un castigo tan severo, que toda su vida tenía que 
lamentar no haber dominado su deseo de venganza con- 
tra Okka y su bandada. Sin pérdida de tiempo fué rodeada 
de multitud de zorras que la condenaron, según la antigua 
costumbre, al destierro. Ni una sola zorra intentó abogar 
por la disminución de la pena, porque hubieran sido 
expulsadas del campo de los juegos y ya no se les hubiera 
permitido volver. En consecuencia, la pena de destierro 
contra Esmirra, la zorra, fué unánimemente aprobada. Se le 
prohibía permanecer en la Escania. Se la obligaba a dej»* 
a su mujer y sus parientes, sus distritos de caza, vivien- 
das, refugios y escondrijos conocidos, para que buscara 
fortuna en otra parte. Y para que todas las zorras.supiesen 
que Esmirra estaba proscripta, el decano de las zorras le 
mordió la punta de la oreja izquierda. Acto seguido 
comenzaron a chillar las zorras jóvenes, sedientas de san- 
gre, y se abalanzaron sobre Esmirra. No le quedaba otro 
camino que el de la huida, y así lo hizo por las pendientes 
del monte Kullaberg, perseguida por las zorras jóvenes. 

Durante este tiempo las gallináceas y los gallos (ilves- 



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NILS HOLOCRSSONS 85 

tres habíanse entregado a sus juegos. Estos pájaros estaban 
absorbidos de tal modo en sus cantos que no veian ni escu- 
chaban nada. 

Apenas hubo terminado su concurso a la fiestai avanza- 
ron los ciervos de Háckeberga. Varios grupos de grandes 
ciervos luchaban a la vez. Avanzaba uno contra otro con 
formidable impulso, entrechocaban sus defensas con estré- 
pito y enredábanse sus cuernos, tratando cada uno de 
hacer retroceder a su contrincante. Sus pezuñas destro- 
zábanse entre las zarzas; su aliento formaba como una hu- 
mareda en torno de ellos, gritos roncos salían de sus gar- 
gantas y el sudor corría a lo largo de sus espaldas. 

En las colinas reinaba un silencio expectante; los ani- 
males estaban poseídos de sentimientos desconocidos. To- 
dos se sentían valerosos y fuertes, animados de un vigor 
naciente, reavivados por la primavera, atentos y preparados 
para hacer frente a toda clase de aventuras. No les animaba 
la cólera a los unos contra los otros; sin embargo, las alas 
se movían nerviosamente, se les erizaban las plumas del 
cuello y afilaban sus garras. De haber continuado los cier- 
vos la encarnizada lucha que sostenían, se hubiera enta- 
blado igualmente en todas las colinas, porque todos los 
animales deseaban demostrar que estaban llenos de vida, 
que la impotencia del invierno quedaba vencida, que la 
fuerza se desbordaba de sus cuerpos. 

Pero los ciervos abandonaron la lucha y un murmullo 
extendióse de colina en colina: € Las grullas, llegan.» 

Llegaban, en efecto, los pájaros grises, coloreados por 
el resplandor del crepúsculo, con las alas adornadas de 
largas plumas flotantes y una cresta roja sobre la nuca. Los 
grandes pájaros de largas patas, de cuellos finos y sutiles 
y de cabeza pequeña, descendieron como si resbalaran en 
el aire, poseídos de un vértigo misterioso. Deslizábanse 
hacia adelante y volvían hacia atrás, mitad volando y mitad 



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86 SeUHA LAOCRLÓF 

bailando. Con las alas elegantemente desplegadas, movíanse 
con una rapidez incomprensible. Su danza tenía algo de 
singular y de extraño. Se hubiera dicho que eran sombras 
grises entregadas a un ju^o que la vista no podía seguir, 
juego que parecían haberlo tomado de las brumas que 
flotan sobre las marismas desiertas. Aquello tenía algo de 
sortilegio. Todos los que concurrían por primera vez al 
monte Kullaberg comprendieron al fin por qué se llamaba 
a la reunión el baile de las grullas. Había algo de salvaje 
en estas danzas; pero no por eso dejaba de infundir en el 
espectador una dulce languidez. Nadie pensaba ya en 
luchar. Todos los allí presentes, tuvieran alas o no, aspira- 
ban a elevarse por encima de las nubes, a buscar lo que 
había tras ellas, abandonando el pesado cuerpo que las 
arrastraba hacia la tierra para volar hacia el cielo. 

Esta nostalgia de lo inaccesible, de lo que permanece 
oculto en el más allá de la vida, sólo la sentían los animales 
una vez cada año, viendo el gran baile de las grullas. 

LA QUINTA DE VITTSKORLC 

Martes, 29 de marzo 

Un par de días después registróse otro extraño aconte- 
cimiento. Una bandada de patos silvestres se dejó caer 
una mañana sobre los campos, allá en la Escania del este, 
no lejos de la gran quinta de Vittskórle. 

Había en la bandada trece patos grises, y un pato 
blanco que llevaba sobre su lomo un diminuto lilipu- 
tiense que vestía pantalón amarillo de piel, chaleco verde 
y gorro blanco. 

Se hallaban muy próximos al Báltico, y en los campos 
donde los patos se habían dejado caer, se hallaba la tierra 
mezclada con arena, como suele encontrarse en las orillas 
del mar. No parecía sino que en aquellos terrenos hubiese 



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NILS HOLOERSSONS 87 

habido antes arenas movibles que fué necesario retener con 
ia plantación de abetos, de los que se veían grandes ;ejem- 
plares en varios sitios. 

Cuando los patos tiubieron picoteado un rato, vieron 
venir unos muchachos a campo traviesa, y apenas divisóles 
el pato que se hallaba de guardia, se lanzó al aire batiendo 
fuertemente sus alas, para que toda ia bandada pudiera 
darse cuenta de que había peligro a la vista. Todos los patos 
levantaron su vuelo menos el pato blanco, que al ver volar 
a los otros, dfjoles tranquilo: 

— No tenéis necesidad de huir; no son más que un par 
de niños. 

El diminuto liliputiense que había cabalgado a sus es- 
paldas, se hallaba sentado en tierra, en los linderos del bos- 
que, y rompía una pina para gulusmear la semilla. 

Los pequeños se hallaban tan próximos a él que no se 
atrevió a correr hacia el pato blanco, y presuroso se escon- 
dió bajo una gran hoja seca, dando al mismo tiempo un 
grito de alerta. 

El pato blanco había determinado no dejarse amedren- 
tar y continuó su camino por el campo, sin preocuparse 
de la dirección que pudieran seguir hs pequeños. 

Separáronse, no obstante, del camino, y a través del 
campo se dirigieron hacia el pato, y cuando éste, por fin, 
vino a darse cuenta, se hallaban los pequeños tan cerca, 
que del sobresalto olvidó que podía volar y echó a correr. 
Persiguiéronle los pequeños hasta hacerle caer en un hoyo, 
y allí se apoderaron de él. El mayor de los muchachos se 
lo llevó debajo del brazo. 

Cuando el diminuto liliputiense vio esto, salió corrien- 
do de su escondrijo dispuesto a arrebatarles la presa, pero 
como recordase lo pequeñín que era, arrojóse al suelo y 
lleno de desesperación lo golpeó con sus puños. 

El pato gritaba con todas sus fuerzas, pidiendo auxilio: 



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88 SELMA LAdBRLÓr 

— ¡Pulgarcito, ven a salvarme, ven a salvarme! 
Pulgarcito, angustiado, le contestó: 

— Bueno estoy yo para ayudar a nadie — ; pero guiado 
de su cariño al pato se levantó y dijo para si: «Si no puedo 
auxiliarle, podré al menos saber lo que Hkctn con él y a 
dónde se lo llevan». 

Llevaban ios muchachos una delantera que Pulgarcito 
podia salvar sin ninguna dificultad, hasta que llegaron 
a una hendidura del terreno por la que corrían las aguas 
de un pequeño arroyo de los que se forman en primavera. 
No era ancho ni llevaba gran corriente, pero tuvo que 
correr a lo largo de la orilla hasta encontrar sitio por 
donde vadearlo. Cuando lo hubo logrado, los muchachos 
hablan desaparecido, aunque vio sus huellas sobre una 
estrecha senda que conducía hacía el interior del bosque. 

Siguió esta senda y pronto llegó a una bifurcación de 
la misma en la que debieron haberse separado los mucha- 
chos, porque por ambos caminos se veía la huella de sus 
pasos. Hallábase ya desesperado cuando acertó a ver sobre 
un pequeño arbusto una pluma blanca. Comprendió al 
punto que su amigo la habia tirado allí para señalarle el 
camino por donde se lo habían llevado. Lo siguió sin titu- 
beos y pudo observar que en todos aquellos casos en que 
pudiese hallarse perplejo en cuanto a la ruta, encontra- 
ba siempre una pluma blanca que le marcaba el ca- 
mino. 

Salió del bosque y pasó a unos campos que le condu- 
jeron a la alameda de una finca señorial. A la terminación 
de la alameda destacábanse techumbres y torres de roja 
teja, adornadas con estrías blancas. 

Cuando vio este sitio magnífico, se extremeció al pensar 
en la suerte del pato: cNo hay duda de que los chiquillos 
lo han vendido aquí y tal vez lo hayan matado.» 

Pero Pulgarcito quiso tener el pleno convencimiento 



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NIL8 HOLOERSS0N8 89 

y corrió hacia adentro, sin encontrar a nadie a lo largo de 
la alameda. 

El edificio ante el que se encontraba era de construcción 
antigua, formado por un cuadrilátero, con dos torres en 
diagonal a sus extremos y un gran patio en el centro, al 
que daiM acceso un portalón situado a poniente. Cuando 
Pulgarcito hubo llegado allí, no pudo menos que detenerse 
y meditar acerca de lo que pudiera hacer. Hallábase toda- 
vía meditabundo, con el dedo sobre la nariz, cuando oyó 
pasos y a) volverse vio mucha gente que a lo largo de la 
alameda se dirigía hacia él. Presuroso se escondió tras un 
barril de agua colocado junto a la puerta de entrada. 

Los que se aproximaban eran una veintena de jóvenes 
pertenecientes a una escuela superior, que iban de ex- 
cursión. 

Les acompañaba un profesor y al llegar a la puerta de 
entrada díjoles éste que esperasen allí un rato mientras él 
entraba a pedir permiso para visitar aquel antiguo edificio. 

Los excursionistas se encontraban sudorosos y fatiga- 
dos como si hubiesen realizado larga marcha. Uno de 
ellos tenía tanta sed que se aproximó al barril de agua y se 
inclinó para beber. Al hacerlo encontróse con que le mo- 
lestaba una cajita de metal que pendía de su cuello y qui- 
tándosela la dejó sobre el suelo: al golpe, abrióse la tapa 
y en el interior pudieron verse algunas flores primave- 
rales. 

Cayó la cajita delante de Pulgarcito y entonces pensó 
que se le ofrecía una magnífica oportunidad para poder 
entrar y saber lo que allí pudiera haberle ocurrido al pato; 
y metiéndose en la cajita de metal rápidamente, ocultóse 
como mejor pudo entre las flores que en ella había. 

El estudiante cerró la cajita y se la echó al cuello 
cuando el profesor estaba de vuelta con el permiso para 
poder entrar. Primero les llevó al patio central y allí em- 



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90 SELMA LAOÜRLÓF 

pezó SUS explicaciones acerca de las edificaciones antiguas. 
Les recordó que ios primeros habitantes que ocuparon 
aquellas tierras tuvieron necesidad de vivir en las cavernas 
y cuevas; que pasó largo tiempo antes de que pudieran 
construir casas con troncos de árbol, y el hermoso castillo 
con las cien habitaciones que tenía Vittskórle. Sólo desde 
tres siglos y medio antes habían comenzado ios ricos y po- 
derosos a construir edificios de esta naturaleza. Veíase cla- 
ramente que Vittskórle era de aquella ¿poca en que la 
guerra y el robo no ofrecían seguridad en Escania. Rodea- 
ba ai edificio un foso lleno de agua, sobre el que, en tiem- 
pos antiguos, caía un puente levadizo. Junto a la puerta de 
entrada existía un torreón y a lo largo de las paredes del 
castillo había todavía garitas, y en los extremos torres con 
paredes de un metro de espesor; pero este castillo no da- 
taba de la época guerrera más encarnizada, sino de la de 
Jens Brahe, que lo construyó procurando darle condiciones 
de rica y bien decorada vivienda. cSi vieseis— decía el pro- 
fesor— los grandes edificios hechos de piedra en Qlimmin- 
ge, construidos unos 50 años antes, podríais fácilmente ob- 
servar que Jens Holgersen Ulfstand, que fué su constructor, 
se había preocupado sólo de que la construcción fuese 
fuerte y grande, sin pensar en la comodidad nijen la 
estética; y al ver, en cambio, mansiones como la de 
Marsvinsholm y Henstorp y la de Kvdskioster, que se cons- 
truyeron uno o dos siglos después que Vittskórle, podríais 
comprender que estos últimos tiempos fueron más pacífi- 
cos. Los señores que hicieron estas edificaciones no las 
dotaron de almenas y se esforzaron sólo en proporcionarse 
grandes y cómodas viviendas. 

El profesor habló largo tiempo, tanto, que el pobre lili- 
putiense que se encontraba encerrado en la caja, empezó 
a hallarse muy inquieto; pero calló para que no se le des- 
cubriera. 



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NILS HOLOERSSONS 91 

Por último penetraron en el castillo, y si el liliputiense 
pudo haberse forjado la esperanza d^ escapar de una vez de 
la cajai llevóse chasco porque el estudiante no la sepa- 
raba de su cuello, y tuvo que seguir con él a través de 
todas las habitaciones. 

La excursión resultó pesada. El profesor se paraba 
a cada momento para dar sus explicaciones. 

En una habitación había un viejo hogar y ante éste se 
detuvo el profesor, para referir las distintas clases de los 
que el hombre había hecho uso, en el transcurso de los 
tiempos, para proporcionarse fuego. 

En la habitación siguiente se detuvo ante una vieja 
cama con alto dosel y ricas colgaduras, y al momento em- 
pezó a hablar de estos lechos antiguos. 

No se daba el profesor gran prisa y con ello aumentaba 
la impaciencia del pobrecillo liliputiense, que, encerrado 
en la caja, esperaba tan sólo poder salir de allí. 

Cuando llegó a otra habitación que tenía cubiertas sus 
paredes con colgaduras doradas, habló de como las gentes 
habían adornado sus viviendas, y al hallarse frente a un 
antiguo retrato de familia, habló de la variedad en el traje, 
y al entrar en los salones de fiestas relató como se verifi- 
caban las bodas y los entierros en la antigüedad. 

Siguió el profesor su relato, haciendo sucinta mención 
de los muchos notables personajes que habían habitado 
aquel castillo y de los viejos Brahearna y Barnekowarna 
y de Kristian Barnekow, que había dado al rey su caballo 
en medio de la huida. También habló de Margarita Asche< 
berg, casada con Kjeli Barnekow, y que, ya viuda, había 
dirigido aquella posesión y el distrito durante cincuenta 
y tres aflos. 

Por fin salió el profesor al patio del castillo y allí re- 
cordó ios grandes esfuerzos del hombre para proporcio- 
narse herramientas, armas, ropas y viviendas, muebles 



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92 SELMA LAOERLÓF 

y adornos. En aquel viejo castillo podía verse lo que había 
sido la humanidad tres siglos atrás y lo que desde enton- 
ces había adelantado. 

Esta última peroración ya no fué oída por el liliputien- 
se, por cuanto el alumno que lo conducía tuvo de nuevo 
sed y dirigióse hacia la cocina. Al llegar aquí, Pulgarcito 
hizo esfuerzos para ver si encontraba el pato, logrando 
levantar la tapa. Y como es frecuente que estas cajas se 
abran por sí solas, el alumno la cerró de nuevo, sin que 
nada le llamase la atención; pero la cocinera, no obstante, 
hubo de preguntarle si no contenía la tal caja alguna cu- 
lebra, a lo que contestó el alumno que sólo algunas plantas. 

"-Algo hay en ella que se mueve ^ replicó la co- 
ciñera. 

Y abriéndola entonces el alumno, se la mostró, di- 
ciéndple: 

— Mírala por tí misma para convencerte. 

No pudo Pulgarcito permanecer encerrado por más 
tiempo y dando un salto echó a correr. Las criadas no 
pudieron percatarse de lo que huía; pero fueron en su 
persecución. 

Hallábase perorando el buen profesor cuando fué in- 
terrumpido por las voces que decían : cCogedle, coged- 
le> ; gritos que venían de la cocina y que motivaron que 
la gente joven empezase a perseguir al liliputiense, que 
se escurría como un ratón. Pulgarcito no se atrevió a 
correr hacia la alameda. Atravesó el jardín y se fué en 
busca de las dependencias accesorias que había al otro 
lado. Las gentes, a todo esto, corrían tras él, gritando y 
riendo, y por más que el diminuto liliputiense huía a más 
no poder, sus perseguidores estaban a punto de darle 
alcance. 

Al pasar corriendo por junto a una dependencia de tra- 
bajo, oyó que un pato gritaba y vio sobre la escalera un 



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NILS HOLOERSSONS 93 

vellón de pluma blanca: «Ahfi ahi está el pato»; y sin pen- 
sar en los que le perseguían, lanzóse escalera arriba 
y se metió en el vestíbulo de la habitación. Una vez 
dentrOi oyó como gritaba y se quejaba el pato, sin que lo- 
grase abrir la puerta. Aproximábanse sus perseguidores 
y el patOi desde dentro, dejaba oir sus lamentos cada vez 
más angustiosos. Apremiado por estas circunstancias, re- 
hfzose el liliputiense y empezó a golpear la puerta con toda 
su fuerza. Abrió entonces un niño y vio a una mujer que 
sentada en medio del suelo, tenía cogido al pato para cor- 
tarle las alas. Era el mismo niño que lo había cogido. No 
quería hacerle daño alguno. Proponíase sólo reti^nerle en- 
tre sus patos y por esto quería cortarle las alas para que 
no" pudiese volar y marcharse; pero como no podía ocu- 
rrirle mayor desgracia, quejábase el pato amargamente. 
Por fortuna, aun no había realizado su intento la mujer, 
pues sólo habíale cortado dos plumas ai pobre pato cuando 
se presentó el liliputiense. Como nunca había visto cosa 
tan pequeña, no pudo menos que creer que se trataba 
del mismísimo duende y llena de asombro dejó caer las 
tijefas y soltó el pato. Este, al verse libre corrió hacia la 
puerta y sin detenerse cogió al liliputiense por el cuello 
del chaquetón, lo llevó consigo y abriendo sus alas al llegar 
a la escalera se elevó por los airesr Luego, doblando su 
cuello con grada, púsose a Pulgarcito sobre el lomo y voló 
con presteza, dejando a las gentes del castillo admiradas 
de lo que habían visto. 



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94 SCLMA LAOERLÓF 

VI 
LLUVIA 

Miércoles, 30 de marzo 

Era el primer día de lluvia durante el viaje. Mientras 
los patos habían permanecido en los alrededores de 
Vombsjo había reinado un tiempo espléndido; pero co- 
menzó a llover el día en que emprendieron el vuelo hacia el 
norte. El muchacho tuvo que estar algunas horas sobre las 
espaldas del pato^ empapado por la lluvia y tiritando de 
frío. 

Por la mañana, al partir, el cielo estaba claro y sereno. 
Los patos habíanse elevado mucho, sin precipitaciones y 
con orden perfecto, Okka a la cabeza, los otros en dos filas, 
formando triángulo. No habían perdido el tiempo gastando 
bromas a los animales de tierra, pero como eran incapaces 
de permanecer callados mucho rato, lanzaban coaatante* 
mente, al ritmo de su batir de alas, su llamamiento:* ¿Dón- 
de estás? ¡Aquí estoy! ¿Dónde estás? ¡Aquí estoy!». 

El viaje resultaba monótono. Cuando aparecieron las 
primeras nubes creyó Nils que aquello iba a ser muy dis- 
traído. Al caer el primer aguacero primaveral, los peque- 
ños pájaros prorrumpieron en gritos de alegría en los 
bosquecillos y en los montes. En lo alto repercutían sus 
piídos, y Nils se extremecía al oirles. 

— Ya llueve. La lluvia da la primavera, la primavera da 
las flores y las hojas verdes, las flores y las hojas verdes 
dan larvas e insectos, larvas e insectos nos alimentan, un 
alimento bueno y abundante es lo mejor que hay en el 
mundo — cantaban los pájaros. 



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NILS HOLOERSSONS 95 

Los patos silvestres también celebraban la lluvia, que 
fecundaría las plantas y desharía el hielo de los lagos. No 
pudiendo permanecer taciturnos, comenzaron a gastar 
bromas a cuantos veían por aquellos contornos. Cuando 
pasaron por encima de los campos de patatas, tan nume- 
rosos en la región de Kristianstad y que estaban todavía 
pelados y negros, gritaron: «Brotad y sed útiles. Ya llega 
quien os hará brotar. No seáis ya más tiempo pere- 
zosas. » 

Viendo a los hombres que se apresuraban a guarecerse 
de la lluvia, les decían: c¿Por qué corréis tanto? ¿No veis 
que llueven panes y pasteles, panes y pasteles?». 

Una nube grande y espesa deslizábase hacia el norte 
con rapidez, siguiendo a los patos muy de cerca. Creían 
que eran ellos los que la arrastraban consigo. Y al des- 
cubrir muy vastos jardines, gritaron jubilosamente: 
« Nosotros traemos anémonas, nosotros traemos rosas, 
nosotros traemos flores de almendro y de cerezo, nos- 
otros traemos guisantes y habichuelas, rábanos y coles. 
¡Tomad lo que queráis, tomad lo que queráis!». 

Así hablaron al caer las primeras oleadas de lluvia, que 
alegraban a todos; pero como continuara lloviendo toda 
la tarde, acabaron por impacientarse y gritaron a los se- 
dientos bosques de los alrededores del lago de Ivosjo: «¿No 
tenéis ya bastante? ¿No tenéis ya bastante?». 

El cielo adquiría a cada momento tintes más sombríos 
y el sol habíase ocultado de tal modo que nadie hubiera 
podido adivinar donde estaba. La lluvia era más copiosa, 
chocaba fuertemente contra las alas y atravesando las gra- 
sicntas plumas exteriores, llegábales al cuerpo. La tierra 
desaparecía bajo la capa de lluvia. Lagos, montañas y bos- 
ques confundíanse en un caos informe; no be distinguían 
los puntos que iban señalando el camino. El vuelo hacíase 
más lento, los gritos alegres no se oían ya. Nils sentía más 



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96 SELMA LAOCKLdr 

el frfo; pero, con todo, conservó todo su valor mientras 
cabalgó a través de los aires. Cuando ya tarde aterrizaron 
bajo un pino achaparrado, en medio de una marisma, 
donde todo era húmedo y frío y donde veíanse algunos 
arbustos cubiertos de nieve y otros que surgían pelados de 
hojas de una charca con hielo medio disuelto, no había 
llegado todavía a descorazonarse. Nils corrió de aquí para 
allá en busca de bayas silvestres y heledos arándanos. Mas 
sobrevino la noche y las sombras eran tan impenetrables 
que ni aún los ojos de Nils podían atravesarlas. El desierto 
adquirió un aspecto terrible y siniestro. Nils cubríase bajo 
el ala del pato; pero no le era posible dormir porque es* 
taba mojado y t^nía frío. Sentía tantos refregones y roza- 
mientos, pasos misteriosos y voces amenazadoras que, po- 
seído de un gran terror, no sabía donde refugiarse. Érale 
preciso ir adonde brillan el fuego y la tuz para no morir 
de espanto. 

— ¡Si pudiese llegarme a cualquier casa sólo para pasar 
la noche! -* pensaba. — ¡Sólo para sentarme un instante 
cerca del fuego y comer algo! Antes del amanecer podría 
estar de regreso, junto a los patos. 

Desenvolvióse de su lecho de plumas y deslizóse a tierra. 
Nadie estaba despierto y con mucho sigilo y precaución 
atravesó la marisma. Ignoraba en absoluto si se encontraba 
en la Escania, en la Esmalandia o en Blekinge. Al salir de 
la marisma vislumbró a lo lejos un gran pueblo, hacia el 
que dirigió sus pasos. Había llegado a uno de esos pueblos 
quesurgenen torno de, una iglesia y que siendo tan fre* 
cuentes en la parte norte apenas si se encuentran en la 
parte sur. 

Pronto encontró un camino por el que llegó a una calle 
bordeada de árboles y en la que las casas eran de madera, 
construidas con mucho gusto. La mayor parte tenían los 
patios y las fachadas adornados con estatuas y ventanM 



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La cascada del arco iris, en Huskvarnaán 



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NILS H0L0ERS80NS 97 

con cristales de color. Las paredes, de tonos ciaros, estaban 
pintadas al aceite, y las puertas, tanto las de la calle como 
las de los balcones, eran azules, verdes y rojas. Al atrave- 
sar las calles y contemplar las casas, oía Nils las conversa- 
ciones y las risas de los hombres reunidos en habitaciones 
muy calientes. No distinguía las palabras; pero pensó que 
era bueno oír voces humanas. «Me imagino lo que dirían 
si llamara a la puerta y les rogara que me dejasen entrar». 

Esto es lo que tenía intención de hacer, si bien su terror 
a las tinieblas se había disipado al ver las ventanas ilumi- 
nadas. Ahora experimentaba la misma timidez que sentía 
siempre que se hallaba en la vecindad de los hombres, y se 
contentó con pensar que haría bien en pasearse un poco 
por la ciudad antes de pedir acceda en algún sitio. 

Un momento después abrióse el balcón de una casa 
y un haz de luz amarilla atravesó las cortinas finas y lige- 
ras. Una hermosa joven asomábase al punto: «Ya llueve, 
pronto vendrá la primavera», dijo. Al verla, experimentó 
Nils una angustia extraña; tenía ganas de llorar. Afligíale 
por primera vez, el haber sido eliminado de la sociedad 
de las personas. 

Seguidamente pasó frente a un comercio. A la puerta 
había una sembradora mecánica roja. Detúvose a mirarla 
y saltando sobre el asiento del cochero, se sentó. Una vez 
instalado allí dio voces como las que suelen dar los arrie- 
ros e hizo ademán de empuñar las riendas. Pensó cuan 
divertido sería conducir una máquina tan hermosa entre 
un campo de trigo. Por un instante olvidóse de su condi- 
ción presente, pero pronto lo recordó; entonces saltó brus- 
camente a tierra. Estaba cada vez más inquieto. ¿A cuántas 
cosas tenía que renunciar por vivir entre animales? Los 
hombres eran realmente asombrosos y hábiles. 

Al pasar frente a la casa de correos pensó en los perió- 
dicos que cotidianamente traen noticias de todos los rinco- 



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98 SCLMA LAOERLÓr 

nes del mundo. Vio la casa del farmacéutico, del médico y 
pensó que los hombres eran bastante fuertes para luchar 
contra la enfermedad y la muerte. Llegó a la iglesia y dijo 
que los hombres la habían construido para oír hablar de 
otro mundo, de Dios, de resurrección y de una vida 
eterna. 

Cuanto más iba viendo más grande era su amor a los 
hombres, lo que les sucede siempt^ a los seres pequeños, 
los que no distinguen nada que esté más allá de sus nari- 
ces. Lo que tienen más próximo es lo que desean coii ma- 
yor ardor, sin reflexionar sobre \ó que esto pudiera costar- 
les en el porvenir. Nils no comprendió hasta este momento 
lo que había perdido al transformarse en duende, y apode- 
rábase de él un miedo atroz ante el temor de no recobrar 
su primitiva condición. ¿Qué haría para convertirse nueva- 
mente en hombre? Sentado en una gradería que escaló con 
esfuerzo, entregóse a profundas reflexiones mientras caían 
torrentes de lluvia. Y así pasó una hora, dos horas, tan pen- 
sativo que su frente acabó por arrugarse. Y lo peor era que 
no encontraba ninguna solución a su problema; las ideas 
le rodaban por la cabeza vacía. Cuanto más pensaba y más 
tiempo trascurría, más insoluble lo encontraba todo. 

— Este asunto — se decía— es harto difícil para quien 
como yo, no ha estudiado nada ni sabe nada. Será 
cuestión de preguntar al cura, al médico, al maestro y a 
otras personas de estudio, para ver si entre todos encon- 
tramos un medio para que yo pueda volver a la condición 
de hombre. 

Lo determinó así y, levantándose, se sacudió el agua 
como lo hubiera podido hacer cualquier perro al salir de 
un charco. 

De repente vio aparecer un gran buho en lo alto de un 
árbol de la calle. Un mochuelo oculto bajo una canal, se 
agitó al gritar: «¡Kivitt, Kivitl! Por fin, te vuelvo a ver. 



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NILS HOLOERSSONS 99 

buho. ¿Cómo lo has pasado* por el extranjero? — Muy bien, 
mochuelo, muy bien. ¿Ha sucedido algo de particular 
durante raí ausencia? 

— En Blikinge nada> buho; pero en la Escania ha suce- 
dido que un niño ha sido metamorfoseado por un duende 
y le ha hecho tan pequeño como una ardilla. Después ha 
marchado a la Laponia con un pato doméstico. 

— Es una cosa muy extraña; es una cosa muy extraña. 
¿Y podrá transformarse en hombre alguna vez, mochuelo? 
¿Podrá transformarse en hombre alguna vez? 

— Esto es un secreto, buho; pero, no obstante, voy a 
revelártelo. El duende ha declarado que si el muchacho 
cuida del pato y lo conduce a casa sano y salvo y... 

— ¿Qué dices, mochuelo, qué dices? 

— Ven conmigo hasta t\ campanario, buho, y telo con* 
taré todo. Tengo miedo >a que alguien nos oiga desde la 
calle. 

Los pájaros de la noche volaron entonces. Nils «chó su 
gorra al aire: «Si yo cuido del palo y le llevo a casa sano y 
salvo, volveré a ser hombre. ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Yo volveré a 
ser hombre!» 

Qritó tanto que fué raro no se le oyera desde las casas 
próximas. Y corrió velozmente hacia la marisma donde 
reposaban los patos. 



VII 
LOS TRES ESCALONES 

Al día siguiente pensaron los patos silvestres dirigirse 
hacia el norte, a través del señorío de Alíbo y Esmaland. 
Para averiguar si era esto conveniente enviaron en aquella 
dirección a los patos Yksi y Kaksi, los cuales volvieron 



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100 SCLMA LAOERLÓF 

diciendo que toda el agua estaba helada y el suelo cubierto 
de nieve. 

— Mejor será quedarnos donde estamos. Nosotros no 
podemos ir a una tierra donde no hay agua ni comida. 

— Si nos quedamos donde estamos tendremos que 
esperar más de un mes— replicó Okka.— Mejor será diri- 
girnos hacia el este, a través de Blekinge, y volar hacia 
Esmaland, que se encuentra junto a la costa, y donde la 
primavera empieza antes. 

Al día siguiente, cuando ya había recobrado su buen 
humor y olvidado lo que le aconteciera la noche antes, 
pasó volando sobre Blekinge. 

Una espesa niebla cubría a Blekinge, de modo que Pul- 
garcito no pudo percatarse del aspecto del paisaje. « No 
sé— pensaba — si esta tierra es buena o mala.» Y trató de 
recordar lo que sobre ella había leído en la escuela; pero 
como tenía ¡a costumbre de no aprender las lecciones, 
pronto se convenció de que no le era posible. Se le repre- 
sentó la escuela. 

Los pequeños, sentados junto a los pupitres, levantaban 
las manos; el maestro, colocado en su sitial, tenía un ceño 
de disgusto, y él, de pie junto al mapa, debía de contestar 
algunas preguntas referentes a Blekinge. No podía articular 
una sola palabra. 

El maestro revelaba cada vez más su disgusto, dando a 
entender que tenía más interés por la geografía que por 
ninguna otra asignatura. 

. Algo airado, dejó su sitio y dirigiéndose a él le quitó 
el puntero y le mandó a su puesto. Marchó seguida- 
mente hacia una ventana y después de permanecer en ella 
algún rato mirando hacia fuera, volvió a su sitial y les dijo 
que quería contarles algo con referencia a Blekinge. Y lo 
que el maestro dijo entonces fué tan divertido que con poco 
esfuerzo pudo recordar cada una de sus palabras. 



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NiLS HOLocRSSONs * /., : •?:';'.•;: :-.: : -101 

Ei maestro les dijo: Esmaland es una casa alta con abe- 
tos sobre el tejado; delante de ella hay una ancha escalera 
llamada Blekinge, que tiene tres escalones. Se extiende 
ocho millas a lo largo de Esmaland, y aquel que quiera 
bajarla con dirección al Báltico tiene que andar cuatro millas. 
Hace mucho, muchísimo tiempo que fué construida esta 
escalera. Han transcurrido muchos días y años desde que 
se formó ei primer escalón en la piedra dura. Como es tan 
vieja, puede comprenderse fácilmente que no tiene ahpra 
el mismo aspecto que de nueva. No puedo decir si en aquella 
época se cuidaban mucho de limpiarla, pero si puedo afir- 
mar que, como era tan grande, no había escoba alguna capaz 
de barrerla. 

Algunos afios después empezó a crecer allí el musgo y 
la hierba, y hojas y ramaje seco caían sobre ella en los 
otoños, mientras que en la primavera quedaba cubierta de 
tierra y piedras que rodaban. Y andando el tiempo, al que- 
dar esto en forma compacta, acumulóse tanta tierra sobre 
ella, que no sólo crecieron raíces y hierbas, sino arbustos 
enormes. 

A pesar de tener igual origen, se ha producido una 
diferencia grande en estos tres escalones. 

El primero, o más alto, se halla cubierto, en su mayor 
parte, de tierra poco|productiva y grava, no desarrollándose 
en ella más que abetos y algunas que otras especies de 
álamos que pueden resistir el frío de aquellas alturas. Puede 
uno percatarse de la pobreza que allí reina con sólo obser- 
var lo muy reducido del terreno cultivado, el corto número 
de las viviendas y la gran distancia que medía entre las 
iglesias. 

En el segundo escalón la tierra es mejor y el frío es 
menos intenso. Allí crece ei roble y el tilo; la tierra fué 
cultivada en mucha mayor extensión y las gentes constru- 
yeron grandes y bonitas viviendas. Hay allí muchas igle- 



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102 ::.'/.' SELMA LAOERLdr 

sias, y en su derredor surgieron pueblecitos que testhno- 
ntan que aquí, en este segundo escalóni se pasa mejor que 
en el de arriba. Pero el mejor de todos es el tercero. 
Se halla todo él cubierto de tierra laborable y como linda 
con el mar, no se siente allí el frío de Esmaland. Allí crecen 
el nogal y el castaño, que alcanzan tanta altura como las 
iglesias, y los lerrenos cultivados comprenden extensiones 
que no se pueden abarcar con la vista. 

Las gentes no viven sólo de la explotación forestal y de 
la agricultura, sino también de la pesca, del comercio y de 
la navegación. Por este motivo tienen las mejores vi- 
viendas, las más bonitas iglesias, y la más pequeña aldea 
conviértese pronto en pueblo grande o en ciudad. 

Con lo expuesto, no se ha dicho todo con relación 
a estos tres escalones. 

Cuando llueve arriba, en lo que hemos llamado tajado 
de Esmaland, o la nieve se derrite, el agua, que por algún 
sitio ha de buscar su salida, jcorre escalones abajo. £n un 
comienzo corría cubriendo los escalones en toda su an- 
chura; luego se fueron formando ranuras en las que el agua 
encontraba su cauce, y, por último, canales bien construi- 
dos. El agua siempre es agua, no se da nunca reposo. En 
algunos sitios penetra, socava y quita lo que a otros sitios 
lleva y añade. Con el curso de aquellas aguas formáronse 
hermosas cañadas en cuyas vertientes, cubiertas de fértil 
tierra, crecieron arbustos, plantas trepadoras y arraigaron 
grandes árboles de un modo tan compacto y frondoso, que 
cubren en muchos sitios, con su ramaje, el agua que por 
bajo de ellos se desliza en la hondonada; y cuando estas 
aguas, en su correr, encontraron obstáculos a su paso« lan- 
záronse con ímpetu sobre ellos, formando cascadas, con 
cuya fuerza vinieron a moverse ruedas y^fábricas, convir- 
tiéndose así también, estas aguas en fuerza motriz. 

Aun no se ha dicho todo acerca del país de- ios escalo- 



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NILS HOLOCRSSONS 103 

nes. Hay que añadir que allá arriba, en Esmaiand, en la 
casa grande, habitó en cierta época lejana un gigante que 
había llegfido a viejo, por lo que le molestaba mucho 
bajar estos escalones para ir a la pesca de) salmón. 
Y creyó más conveniente, para su comodidad, que los 
salmones subieran hasta donde él vivía. Para lograrlo se 
le ocurrió tirar desde su casa grandes piedras al Báltico, 
y las arrojó con tanta fuerza que, cruzando toda ia región 
de Blekinge, cayeron en dicho mar. 

Cuando las piedras cayeron en el agua, los salmones, 
asustados, se metieron en las rfas.de Blekinge, nadaron 
contra la corriente y saltando sobre las cascadas, no para- 
ron hasta encontrarse muy adentro de Esmaland, en los 
dominios del viejo gigante. 

La certidumbre de esta historia se deduce de las mu- 
chas isla$ e islotes que encontramos frente a la costa de 
Blekinge y que no son otra cosa que las piedras que el 
gigante arrojó. Y a este gigante deben los habitantes de 
Blekinge la pesca del salmón en sus ríos y las canteras de 
piedra en la costa, que hoy en día .dan ocupación a tanta 
gente. 



VIH 
JUNTO AL RÍO RONNEBY 

Viernes, 1 de abril 

hfi Esmirra, la zorra, ni los patos silvestres, esperaban 
encontrarse de nuevo después de haber abandonado la 
Eacania. Ya hemos visto por qué habían tenida que esco-- 
ger los patos el camino de Blekinge, donde la zorra se 
había refugiado precisamente. Había recorrido todo el 



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104 SELMA LAOCRLÓr 

norte de la provincia sin encontrar los graneles parques 
señoriales con sus corzos y sus crías. 

No podia encontrarse más descontenta de su suerte. 

Una tarde en que Esmirra vagaba por un punto de- 
sierto y pobre, no lejos del río Ronneby, vio una bandada 
de palos que cruzaba los aires. Descubrió al punto que uno 
de ellos era blanco y con ello supo quienes eran estos 
patos. Les vio volar hacia el este, hasta el río; después 
cambiaron de dirección y siguieron el río hacia el sur. 
Comprendió que buscaban un sitio donde pasar la noche 
junto al agua, y creyó que aquella noche podría apoderarse 
de uno o dos sin mucho esfuerzo. 

Cuando Esmirra llegó cerca de donde estaban los patos, 
se dio cuenta de que habían encontrado un sitio a donde 
no podría llegar. 

El río Ronneby no tiene una corriente de agua 
grande y caudalosa, y debe su fama a la belleza de sus 
alrededores. En diversos puntos se desliza entre montes 
abruptos que se desploman sobre el agua y desapareye 
bajo las madreselvas, la oxiacanta, los sauces y otros árboles 
de gran variedad. Nada más agradable que bogar sobre e| 
manso río sombreado, en un hermoso día de verano y con- 
templar la alfombra de verdura que cubre las laderas mon- 
tañosas. 

Pero era todavía invierno o apenas si apuntaba la pri- 
mavera, fría y gris; los árboles estaban sin hojas y nadie 
pensaba en observar si el paisaje era hermoso o feo. Los 
patos silvestres mostrábanse contentos por haber encon* 
trado bajo la montaña una pequeña franja de terreno 
arenoso, bastante larga para poder descansar. Ante ellos 
deslizábase la corriente impetuosa por efecto del des- 
hielo; tras ellos elevábanse las rocas infranqueables, y los 
arbustos que crecían en lo alto, abrigábanles y les oculta- 
ban. Difícilmente hubieran encontrado un sitio mejor. 



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NILS HOLOCRSSONS 105 

Los patos durmiéronse en seguida, pero Niis no pudo 
cerrar los ojos. Desde que el sol se puso habíale asaltado 
el horror a las tinieblas y el espanto a la naturaleza salvaje. 
Sentía la nostalgia de los seres humanos. Oculto bajo una 
de las alas de Martín, nada podía ver ni oír y tenía miedo 
de que les sobreviniera algún peligro sin que él pudiera 
advertirlo. De todas partes llegaban rumores misteriosos y 
ruidos alarmantes; por último, la inquietud le hizo salir de 
su refugio y se sentó en tierra, junto a los patos. 

Esmirra, desde la alta cima, alargaba el hocico y miraba 
a los patos con cara de disgusto. «Sería tonto continuar la 
persecución y vale más que desista — se dijo. — No he de 
poder bajar una montaña tan escarpada, ni atravesar una 
corriente tan impetuosa, ni llegar hasta donde están los 
patos, por falta de camino. Vale más que abandone la 
caza.» 

Pero como a todas las zorras, a Esmirra le costaba mu- 
cho abandonar una empresa comenzada. Así es que se 
tendió en lo alto de la cima, sin apartar la mirada de los 
patos silvestres. Viéndoles, recordaba todo el mal que le 
habían causado. Por su culpa había sido desterrada de la 
Esctnia y obligada a vivir en el pobre Blefcinge. A cada 
momento estaba más excitada. Se contentaría con ver morir 
a los patos aunque no pudiera comerse uno solo. 

La rabia de Esmirra aumentó al oír de improviso un 
crugido que venía de un pino próximo y ver una ardilla 
que descendía del árbol perseguida por una marta. Ni una 
ni otra repararon en la zorra, que permanecía inmóvil 
viendo la caza que continuaba a través de los árboles. 
Observaba cómo la ardilla saltaba de rama en rama, tan 
lijera que parecía volar. Observaba que la marta, aun sin 
dar muestras de tal habilidad, descendía y subía por los 
troncos de los árboles con la misma seguridad que si reco- 
rriera los llanos caminos del bosque. «Si yo pudiera 



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106 SELMA LAOERLÓP 

trepar de esa manera -- pensaba la zorra — no dormirían 
los patos tranquilamente mucho tiempo.» 

Cuando la ardilla cayó en las garras de su enemigo, 
avanzó Esmirra hacia la marta, deteniéndose unos pasos 
antes de llegar para demostrarle que no abrigaba el propó- 
sito de arrebatarle su presa. Esmirra sabía decir muy bellas 
palabras, como todas l^s zorras. La marta, que con su 
cuerpo alargado y flexible, su cabeza fina, su piel sedosa y 
su cuello de un moreno claro, parecía una maravilla de 
hermosura, no era, en- realidad, más que un habitante sal- 
vaje de los bosques, apenas si respondió a su interlocutor. 
cMe asombra — dijo la zorra prosiguiendo su conversa- 
ción — que un tan buen cazador como tú se contente con 
echar el diente a las ardillas, cuando tienes a tu alcance una 
caza mejor.» Hizo una pausa; mas como la marta se riera 
insolentemente en sus narices, añadió: c¿Será posible que 
no hayas visto los patos silvestres que están ahí bajo, al pie 
de la montaña? Creo que tú eres un trepador bastante 
hábil para descender hasta ellos,» 

Esta vez no hubo necesidad de esperar h respuesta. La 
marta se precipitó hacia la zorra, con el lomo curvado y 
los pelos erizados: «¿Has visto los patos silvestres? — rugió. 
— ¿Dónde están? Habla o te parto la garganta.» 

— Vé despacio, vé despacio; recuerda que soy doble 
grande que tú y procura ser más educada. Yo no pretendo 
otra cosa que mostrarte los patos. 

Un instante después estaban ya en camino. Esmirra se- 
guía con su mirada el cuerpo de serpiente de la marta, que 
saltaba de rama en rama, mientras pensaba: «Este admira- 
ble cazador de los bosques tiene el corazón más cruel que 
todos. Creo que los patos tendrán un despertar sangriento.» 

Pero en el momento en que Esmirra esperaba oír los 
gritos de agonía de los patos, vio que la marta rodaba de 
lo alto de una rama y caía en el rio. Después oyóse el fuerte 



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NILS H0L0BRS80NS 107 

batir de alas de los patos, que emprendieron tma fuga pre- 
cipitada. 

Lo primero que pensó Esmirra fué correr tras los patos, 
pero como estaba deseosa de saber qué es lo que les había 
salvado, decidid esperar el regreso de la marta. La pobre 
estaba toda mojada y de cuando en cuando deteníase para 
frotarse la cabeza con sus patas delanteras. cYa he visto 
que tu falta de habilidad te ha hecho caer en el fondo del 
rio» ^ dijo la zorra con menosprecio. 

— No ha sido por falta de habilidad, como dices. Ya 
estaba sobre una de las últimas ramas y buscaba la manera 
de saltar mejor para apoderarme de varios patos, cuando 
un pequeñín, no mayor que una ardilla, me dio una pe- 
drada en la cabeza con tal fuerza, que he caído al agua, 
y antes de tener tiempo para salir... 

La marta no pudo continuar por no tener oyente. 
Esmirra estaba ya lejos, tras los patos. 

Okka volaba entretanto con dirección al sur, al frente 
de toda st^ bandada, eii busca de otro refugio. Quedaba 
todavía una leve claridad y la luna, en cuarto creciente, 
despedía desde lo alto del cielo un resplandor que permi- 
tía ver las cosas. Afortunadamente, Okka conocía bien el 
país por haber sido empujada, más de una vez, por el viento, 
hacia la costa de Blekinge, cuando en la primavera atrave- 
saba el mar Báltico. 

Siguió el río mientras veíale serpentear a través del 
paisaje, iluminado por la luna y semejante a una culebra 
negra y reluciente. Asi llegarcfn a Djupafors, donde el río 
desaparece en una hondonada subterránea, de la que sale 
límpido y transparente como sí fuera de cristal, para preci- 
pitarse en una angostura rocosa^ deshaciéndose en gotas 
centelleantes y en espumas flotantes. El agua desplpuiábase 
como un mar de blancura sobre algunas grandes rocas, 
entre las que se deslizaba en un torrente tumultuoso.. Okka 



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108 SCLMA LAQERLÓP 

descendió por fin. El lugar era excelente, sobre todo a una 
hora tan tardía, cuando los hombres permanecen ya en sus 
casas. A la puesta del sol no hubieran podido detenerse 
allí los patos, porque Djupafors no está en un desierto. Aun 
lado de la cascada elevábase una fábrica de pasta de papel 
y en la otra ribera, bien cultivada y poblada de árboles, se 
encuentra el parque de Djupadal, donde se pasean las gen- 
tes a través de los senderos escarpados y enarenados, para 
gozar de la belleza del torrente que se desploma en el fondo 
de la hondonada. 

Aquí, como en el otro sitio, no pensaban los patos en 
la belleza del espectáculo. Lo que encontraban un poco . 
peligroso era verse obligados a dormir de pie sobre las 
piedras resbaladizas en medio de un torrente; pero aun 
daban por ello las gracias, por estar al abrigo de los ani- 
males de presa. 

Los patos durmiéronse en seguida y el muchacho, de- 
masiado intranquilo, se sentó junto a ellos con el fin de 
velar el sueño del pato. 

Esmirra no tardó en llegar corriendo a la orilla del río, 
y al ver que los patos dormían rodeados de torbellinos 
espumeantes, comprendió que esta vez tampoco le sería 
posible atraparles. Se sentó en la orilla y así estuvo mucho 
tiempo esperando una ocasión propicia. Sentíase humillada 
en su orgullo de cazadora. 

De repente surgió del agua una nutría con un pescado 
en la boca. Esmirra adelantóse y se detuvo a dos pasos de 
ella para demostrarle que no entraba en sus cálculos arre- 
batarte la presa. «Eres digna de lástima porque te conten- 
tas con un pescado, cuando aquellas rocas están llenas de 
patos»— comenzó diciendo Esmirra. Estaba tan excitada 
que no se preocupó de escoger las palabras tan bien como 
tenía por costumbre. La nutría no se dignó volver la cabeza 
para mirar al torrente. Era un vagabundo, como todas las 



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NILS HOLOERSSONS 109 

nutrias. Como había pescado más de una vez en el lago 
Vombsjó, conocía bien a Esmirra. «Ya se de qué astucias 
eres capaz para apoderarte de una trucha, Esmirra» le 
contestó. € ¡Ah! Eres tú, Qripa » añadió Esmirra muy con- 
tenta de encontrarse con ella, porque sabía qus esta nutria 
era una formidable nadadora. tNo me extraña que no 
quieras reparar en los patos, porque sé que eres incapaz de 
llegar hasta ellos.» La nutria tenia las patas planas, su cola 
era aplastada y dura, fuerte como un remo, y su piel im- 
permeable. No podía oír que existiera un torrente que no 
pudiera remontar. Volvióse hacia el río, descubrió a los 
patos, tiró la trucha y desde un ribazo se arrojó al agua 
de cabeza. 

Si la primavera hubiese estado más adelantada y si hu- 
bieran vuelto ya los ruiseñores al parque de Djupadal, 
hubieran celebrado durante muchas noches, con sus trinos, 
la lucha de Qripa con el torrente. La nutria fué arrastrada 
por las olas y llevada al impulso de la corriente repetidas 
veces, pero, al ñn, remontó el río valerosamente. Aprove- 
chándose de los remolinos del agua, trepó por las piedras 
y se aproximó poco a poco hacia los patos silvestres. Era 
esta, verdaderamente, una expedición peligrosa que mere' 
cía ser cantada por los ruiseñores. 

Esmirra seguía con la mirada los avances de la nutria* 
La vio después de varios incidentes, muy cerca de los patos 
silvestres; pero en este momento oyóse un grito agudo y 
terrible. I^ nutria cayó en el agua de espaldas y se la llevó 
la corriente cual si fuese un gatito. Después vibraron las 
alas de los patos y eleváronse en busca dé otro nido más 
seguro. 

La nutría volvió pronto a la orilla. No decía nada y 
limitábase a lamerse una de las patas de delante. Cuando 
Esmirra se permitió dirigirle algunas censuras, contestó: 
tNo ha sido por falta de saber nadar. Ya estaba cerca de 



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lio SCLMA LAOERLÓF 

los patos y a punto de escalar las rocas, cuando ua hom- 
brecito lanzóse sobre mt y pinchóme una pata can un 
hierro puntiagudo. Fué tan grande el dolor que no pude 
evitar caer en el torrente, dejando la presa.» 

No tuvo necesidad de insistir en sus excusas; Esmirra 
había echado a correr. 

Okka y su bandada volaron una vez más a través de la 
obscuridad de la noche. Felizmente para ellos no se había 
ocultado aún la luna y gracias a su luz pudieron encontrar 
en el país un tercer refugio ya conocido. Okka siguió el 
cufso del rio con dirección al sur. Pasó volando por 
encima de los dominios de Djupadal, los tejados que se 
destacaban en la sombra y la espléndida cascada de Ron- 
neby. Un poco al sur de esta pequeRa ciudad, no lejos dd 
mar, se encuentra la estación de Ronneby con su estableci- 
miento de baños, sus fuentes, sus grandes hoteles y las 
villas de los veraneantes. Durante el invierno está todo 
cerrado, cosa que saben bien los pájaros, porque son nume- 
rosos los que por una lacga temporada buscan un abrigo 
bajo los balcones y los aleros de las casas desiertas. 

Los patos silvestres instaláronse en un balcón y dur- 
miéronse al punto, como acostumbraban. Nils, que no 
había querido guarecerse bajo una de las alas del pato, no 
podía conciliar el sueño. 

El balcón estaba orientado a mediodía y desde allí 
contemplaba el muchacho la belleza del mar. Siéndole 
imposible dormir, admiraba el soberbio espectáculo que en 
Blekinge ofrece la unión de la tierra con el mar. 

En efecto, la tierra y el mar pueden unirse de muchas 
maneras. A veces la tierra va al encuentro del mar con sus 
prados en declive y llanos donde la hierba crece abundosa, 
y la mar la acoge con sus arenas movedizas que amontona 
en bancos y en dunas. Diriase que por amarse tan poco 
quieren mostrarse lo que tienen de menos hermoso. Otras 



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Nll^ HOLOERSSONS 111 

veces, al aproximarse ai mar, eleva la tierra una muralla de 
montañas como para detener a un enemigo; entonces lanza 
el mar sus ^las furiosas, que azotan las rocas; ruge y sacude 
sus espumas como si quisiera desgarrar la costa. 

Pero en Blekinge sucede de otra manera. La tierra se 
desparrama en islas, islotes y promontorios, entre los cua- 
las se recorta el mar en golfos, en bahías y en estrechos; 
parecen encontrarse con placer y alegría. 

Cosa es ésta que no suele verse durante el invierno, por 
lo que Nils dióse cuenta de lo dulce y sonriente que era 
allí la naturaleza, lo que le tranquilizó mucho. De pronto 
oyó un aullido siniestro y agudo que venia del parque. Le- 
vantándose un poco y en medio de un claro de luna, vio 
una zorra debajo del balcón: era Esmirra, que había 
seguido una vez más el vuelo de los patos. Al comprender 
que esta vez tampoco había medio de atraparles, no pudo 
reprimir un prolongado grito de despecho. 

Este grito despertó a Okka que, aunque no podía ver 
nada, reconoció la voz. 

— ¿Eres iú, Esmirra, que corres en medio de la noche? 
— preguntó. 

— Sí — respondió Esmirra —soy la zorra. Quisiera saber 
lo que piensas de la noche que os he dado. 

~ ¿Acaso eres tú la que has enviado a la marta y a la 
nutria? 

—¿Cómo negar tan bella hazaña? Vosotros me habéis 
hecho blanco una vez, del juego de los pato^; ahora he co- 
menzado yo con vosotros el juego de las zorras, que no 
interrumpiré mientras quede con vida uno de vosotros, 
auhque tenga que perseguiros a través de todo el país. 

— Escucha Esmh-ra: ¿Te parece digno que tú, arn^ada 
de dientes y garras, persigas de esa manera a seres inde- 
fensos?— dijo Okka. 

Esmirra creyó que era el miedo lo que le bacía hablar 



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112 8ELMA LAOERLÓF 

de esta manerai por lo que se apresuró a proponer: tOkka, 
si prometes entregarme ese Pulgarcito que ha hecho fra- 
casar tantas veces mis tretas, haré las paces contigo. No 
perseguiría ya a nadie de tu bandada.» 

—¿Entregarte a Pulgarcito? No lo pienses. Desde ei 
más joven hasta el más viejo de nosotros daríamos la vida 
por él de muy buen grado. 

—¿Tanto le queréis?— preguntó Esmirra. — Entonces 
será el primero en sentir mi venganza. 

Okka no quiso responder. Esmirra dejó oír todavía 
algunos aullidos; después, el silencio. Nils continuaba sin 
poder dormir. Esta vez era la respuesta que Okka le había 
dado a la zorra lo que le desvelaba. Jamás hubiera esperado 
oír una respuesta semejante; le conmovía pensar que había 
alguien dispuesto a jugarse la vida por él. A partir de este 
momento ya no podría decirse de Nils Hoigerssons que 
no quería a nadie. 



IX 

CALSKRONA 

Sábado, 2 de abril 

Estábamos en Calskrona una noche de luna clara. Hacía 
un tiempo hermoso y encalmado, «unque durante el día se 
desencadenó una tempestad acompañada de fuerte lluvia. 
Los habitantes de la ciudad esperaban, sin duda, que el 
mal tiempo continuaría, a juzgar por las escasas personas 
que transitaban por las calles. 

Cuando llegaron Okka y su bandada, la ciudad parecía 
desierta. Era ya tarde y los patos volaban en busca de un 
refugio seguro en las islas, no atreviéndose a permanecer 
en tierra firme por miedo a la zorra Esmirra. 



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N1L8 H0L0ERS80NS 1 13 

Los patos volaban a gran altura, y Nils, que contem- 
pteba el mar y las islas, observaba desde lo alto que todo 
tenia un aspecto irreal y fantástico. El cielo no era azul, 
sino verde, y lo cubrta todo como una inmensa bóveda de 
vidrio. El mar era blanco como la leche y en toda la exten- 
sión que alcanzaba la mirada de Pulgarcito sucedíanse las 
pequeñas olas blancas con sus rizos de plata. En medio 
de tanta blancura aparecían negras las islas que en gran 
número se destacan frente a la costa, lo que le causaba al 
pequeño la impresión de haber sido transportado al otro 
mundo. 

Aquella noche se había propuesto Nils ser valiente; 
pero repentinamente se le apareció algo que le asustó en 
gran manera. Era una gran isla rocosa, cubierta de enor- 
mes bloques cuadrados, entre los cuales había un semillero 
de pequeños granos de oro. Ai punto le asaltó la memoria 
la piedra de Magle en Trolle-Ljungby, que los duendes 
levantaban algunas veces durante la noche sobre altas 
columnas de oro. Esto debía ser algo parecido^ según ima- 
ginaba. Pero lo que le sobresaltó todavía más fué el ver 
multitud de cosas inquietantes en el agua que rodeaba la 
isla. Se hubiera dicho que eran ballenas, o tiburones, 
u otros monstruos marinos; pero el muchacho comprendió 
que debían ser los duendes del mar, reunidos para ir al 
asalto de la isla y luchar con el duende de la tierra. Efecti* 
vamente, en lo más alto de la isla, un gigante, de pie, ex- 
tendía desmesuradamg^ sus dos brazos al cielo. 

Nils quedó nítxr/' .zado al darse cuenta de que los 
patos iban a descender. €|No, no, eso no! ¡No descenda- 
mos!»— gritaba. 

Los patos no prestaron atención a sus gritos y pronto 
quedó el muchacho sorprendido y avergonzado por ha- 
berse equivocado de aquella manera. Los grandes bloques 
de piedra no eran sino casas; los puntos de oro brillantes 



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114 SELMA LAQERLdF 

eran los reverberos de la luz y las ventanas iluminadas. El 
gigante que extendía los brazos era una iglesia de torres 
cuadradas y los monstruos y los duendes del mar eran 
pequeñas embarcaciones y grandes buques anclados y ama- 
rrados en torno de la isla. Hacia la parte de tierra había, 
sobre todo, muchos botes de remo, otros a vela y pequeñas 
embarcaciones a vapor para la navegación costera; pero al 
otro lado eran ya grandes barcos de guerra: acorazados, 
unos anchurosos, con sus enormes chimeneas inclinadas 
hacia atrás, otros largos, finos, construidos de modo que 
podían cruzar el agua como los peces. 

¿Qué ciudad era aquélla? Nils encontró la respuesta al 
descubrir los barcos de guerra. Siempre había pensado 
con amor en los barcos, aunque el pobre no conoció hasta 
entonces otras embarcaciones que las barquitas de corcho 
que hizo navegar en las charcas que encontrara junto a los 
caminos; pero al punto comprendió que un puerto en 
donde hallábanse anclados tantos buques de guerra, no 
podía ser otro que el de la ciudad de Caiskrona. 

El abuelo materno de Nils fué un antiguo marinero de 
la flota de guerra; mientras vivió no hubo día en que 
dejase de hablar de Caiskrona, del gran astillero de la 
marina y de todo lo que tuviera relación con ello. 

Nils tuvo el tiempo preciso para echar una ojeada 
sobre las torres y las fortificaciones que forman la entrada 
del puerto. Okka descendió con su bandada sobre la plana 
techumbre de una iglesia. 

Ciertamente era aquél un buen punto para librarse de 
las acechanzas de la zorra, y el muchacho confiaba en que 
aqueUa noche podría descansar bajo las alas del pato. Le 
convendría dormir. Después, cuando se hiciera de día, 
contemplaría a sus anchas el astillero y los buques. 

Nils no se explicaba las causas de que no pudiera per- 
manecer tranquilo ni le fuera posible esperar a que 



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NILS HOLOERSSONS 115 

amaneciera para ver los barcos. Apenas habría dormido 
cinco minutos, se desprendió del ala del pato y deslizóse 
a lo largo del pararrayos y de las canales. 

Al hallarse en la gran plaza y contemplar la iglesia ale- 
mana, el ediñcio del Ayuntamiento y la gran iglesia de 
donde acababa de bajar, sintió un vivo deseo de volver 
cuanto antes a lo alto de la torre, donde los patos se encon- 
traban. 

Los que están acostumbrados a vivir en lugares desier- 
tos o alejados de los grandes centros de población, experi- 
mentan viva inquietud al atravesar una ciudad, donde las 
casas alineadas forman calles en las que pueden verse 
cuantos las atraviesan. Felizmente no había nadie en la 
plaza; sólo un hombre de bronce erguíase majestuoso sobre 
un zócalo elevado. Era un hombre vigoroso, con la cabeza 
cubierta con un tricornio y revestido de un levitón, panta- 
lón corto y grandes zapatos. Tenía en la mano un bastón 
que debió manejar a su antojo, porque en su cara marcaba 
un gesto terriblemente severo, severidad que acentuaba la 
nariz encorvada y la boca contraída. 

— ¿Qué hace aquí ese tío, con su gran labio colgante? 
— dijo el muchacho. Nunca se había sentido tan pequeño 
y tan miserable como aquella noche. Trató de infundirse 
valor a sí mismo haciéndose el valentón y, ñnalmente, ha- 
biendo perdido el miedo, comenzó a recorrer una calle 
muy larga que descendía hacia el mar. 

No había hecho más que comenzar a andar cuando oyó 
que alguien marchaba tras él. Unos pies muy pesados des- 
cargaban sobre el pavimento y un bastón golpeaba el suelo. 
Se hubiera dicho que era el mismo hombre de bronce el 
que se había puesto en marcha. 

Nils buscó una ocasión propicia para salvarse corriendo, 
y bien pronto pudo adquirir la certeza de que su perse- 
guidor era el hombre de bronce. La tierra temblaba y las 



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116 SEUIA LAOBRlj5f> 

casas sufrían grandes sacudidas. Sólo él podía promover 
con sus pasos aquel fenómeno sísmico. Niis tuvo miedo 
por las palabras que pronunciara poco antes y no se atre- 
vía a volver la cabe/ a, por si, efectivamente, era el hombre 
de bronce. 

•— Tal vez se pasea por puro filacer — pensaba. — Segu- 
ramente no querrá hacerme nada por lo que he dicho. Ha 
sido sin mala intención. 

En lugar de seguir rectamente, torció Nils por una calle 
transversal. De este modo creía escapar de su perseguidor. 

Pero al punto oyó como el hombre de bronce torcía 
también por la misma calle; y Nils tuvo mucho miedo. 
¿Cómo encontrar un refugio en una ciudad donde están 
cerradas todas las puertas? Andando hacia la derecha des- 
cubrió una iglesia de madera, rodeada de un vasto jardín. 
Y se dirigió hacia ella sin la menor vacilación. 

— Solamente si llego hasta allí me consideraré seguro. 

De súbito se le apareció en medio de la avenida que 
conducía a la iglesia, un hombre que le llamaba por señas. 
Se consideró feliz y corrió hacia él. Su corazón palpitaba 
con violencia. 

Al llegar cerca del hombre, que estaba de pie sobre un 
pequeño taburete, al final de la avenida, se detuvo algo 
mohino. «No puede ser éste el que me llamaba, porque es 
de madera». 

Le observó durante un momento. Era un buen hombre, 
corto de piernas, de cara amplia, colorada y fresca, de ca- 
bellos negros y lisos y con una barba negra muy poblada. 
En su cabeza llevaba un sombrero negro de madera y 
sobre su cuerpo un traje obscuro, también de madera, y 
apretaba su talle con un cíuturón de madera negro; las 
piernas cubríalas con unos pantalones grises de madera, 
bajo los cuales, veíanse los calcetines de madera^ y sus pies 
enfundábanse en unas botas de madera negra también. 



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HILS HOLOCRSSONS 117 

Echábase de ver que 1e hablan pintado recientemente; 
el barniz estaba tierno y brillaba a la luz de la luna, lo que 
realzaba más su aspecto bondadoso e infundía mayor con- 
fianza al muchacho. 

De su mano izquierda pendía una inscripción en ma- 
dera» que Nils leyó: cOs suplico humildemente con mi 
d^bil voz: depositad vuestro óbolo; pero antes levantad mi 
sombrero». 

Nils comprendió entonces que aquel hombre no era 
más que un anuncio en favor de los pobres. Su decepción 
fué {grande, porque esperaba encontrar algo mejor. Recor- 
daba que su abuelo le había hablado de este buen hombre, 
diciéndole que los niños de Caiskrona le querían mucho. 
Nils comprendió que así debía ser, por que él también 
sentía deseo de no separarse de allí. Tenía aquella figura 
un aspecto tan venerable, que se hubiera dicho que su exis- 
tencia databa de siglos. Al mismo tiempo parecía fuerte, 
atolondrado y alegre, como se imagina a los que vivieron 
en pasados tiempos. 

Contemplando al hombre de madera, Nils se olvidó 
casi por completo de su perseguidor. Pero he aquí que de 
repente volvieron a sonar sus pasos. Dejó la calle y se diri- 
gió hacia el sitio en que estaba; ¿cómo escapar ahora? 
¿Cómo ocultarse? 

En este momento Nils vio que el hombre de madera le 
extendía su grande y larga mano. Imposible no confiarse a 
él. Nils saltó a la mano que lé ofrecía. Y el hombre de ma- 
dera le levantó hasta su cabeza y lo ocultó debajo de su 
sombrero. 

Apenas se refugiara Nils en su escondite, cuando casi 
no había tenido el hombíb de madera el tiempo nece- 
sario para recobrar su actitud, apareció el hombre de 
bronce que, golpeando la tierra con su bastón, gritó con 
voz fuerte y sonora: 



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118 SBLMA LAOCRLÓr 

— ¿Quién eres tú? 

El brazo del hombre de madera elevóse con una pesa- 
dez que hizo crugir su vieja armadura, tocó con sus dedos 
el ala de su sombrero, y respondió: 

— Rosenbom, con el debido respeto. Majestad. En mi 
tiempo, segundo contramaestre a bordo del t)uque de gue- 
rra Dristighelen^ y retirado, después de cumplir mi servi- 
cio de guerra, entré como guardián en la iglesia del Almi- 
rantazgo; finalmente, esculpido en madera, he sido erigido 
aquí para implorar en favor de ios pobres. 

El muchacho se extremeció al oír la palabra Majestad 
en labios del hombre de madera. Reflexionando sobre esto 
pensó que la estatua de la gran plaza bien podría repre- 
sentar al fundador de la ciudad. Fué sencillamente con el 
rey Carlos XI con el que había chocado. 

— Te explicas bien — dijo el hombre de bronce. — ¿Po- 
drías decirme si has visto pasar por aquí un pequeñín que 
recorre la ciudad esta noche? Es un picaro y un imperti- 
nente; si le cojo le enseñaré a tener buenos modales. 

— Dicho sea con el debido respeto, le he visto pasar. 
Majestad — contestó el hombre de madera. 

Al oír esta respuesta, el muchacho, que se habta 
erguido debajo del sombrero y contemplaba al Rey por una 
grieta abierta en la madera, comenzó a temblar de susto. 
Pero se tranquilizó al oír que el hombre de madera conti- 
nuaba, diciendo : 

— Vuestra Majestad sigue una mala pista. El muchacho 
parecía tener la intención de refugiarse en el astillero para 
esconderse mejor. 

— ¿Crees eso, Rosenbom? Pues bien, deja de permane- 
cer inmóvil sobre tu taburete y sigúeme para ayudarme a 
dar con él. Cuatro ojos ven más que dos, Rosenbom. 

<) Intrépido. 



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NILS HOLOERSSONS 119 

Pero el hombre de madera, respondió: «Yo le suplico 
a V. M. que me deje donde estoy. Tengo todo el aspecto 
de una persona fuerte a causa del reciente barnizado; 
pero estoy viejo y podrido y no podría soportar un es- 
fuerzo. » 

El hombre de bronce no pareda ser de los que toleran 
que se les contradiga. 

— Déjate de historias y ven en seguida» Rosenbom.— 
Y levantando el bastón le dio un terrible golpe en las espal- 
das. «Ya ves que aun te sostienes, Rosenbom.» 

Al punto pusiéronse en camino y atravesando majestuo- 
samente las calles de la ciudad, llegaron a una pesada 
puerta que daba acceso al astillero. Estaba de guardia un 
marinero de la escuadra, del que el hombre de bronce no 
hizo el menor caso. Empujó la puerta con el pie y entraron 
el Rey y su acompañante. Ante ellos extendíase un puerto 
muy grande, dividido en compartimientos por medio de 
puentes sostenidos sobre pilares. Los diques estaban ocu- 
pados por barcos de guerra en reparación. 

— ¿Por dónde comenzaremos mejor nuestras pesquisas, 
Rosenbom? — preguntó el hombre de bronce. 

— Un ser tan diminuto como él se habrá ocultado, 
probablemente, en la sala de los modelos. 

Sobre una estrecha franja de terreno que se extendía 
a lo largo del puerto, hacia la derecha, se elevaban algunos 
edificios antiguos. El hombre de bronce se aproximó a una 
casa de pequeñas ventanas y muy alta. Abrió la puerta 
golpeándola con su bastón y ascendió en seguida con 
retumbantes pasos por la vie^a escalera de gastados pelda- 
ños. Los dos hombres entraron en una gran sala llena de 
pequeños barcos. El muchacho comprendió que eran los 
modelos de los navios construidos para la flota sueca. 

Había barcos de todas clases: viejos barcos de línea con 
los costados erizados de cañones, con altas construcciones 



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120 SELMA LAOERLÓF 

a proa y popa y cuyos mástiles soportaban un confuso 
cruzamiento de cuerdas y velas; pequeños guardacostas 
con bancos a todo lo largo para los remeros; cañoneros 
sin puente y fragatas suntuosamente doradas, modelos de 
las que se sirvieron los reyes para sus viajes. Había tam- 
bién, por último, grandes y pesados acorazados, con torres 
y cañones sobre el puente, tales como los que se emplean 
hoy, y finos 7 prolongados torpederos semejantes a largos 
y ágiles peces. 

Niís no salla de su asombro: «¡Parece mentira que estos 
barcos tan grandes y tan bonitos hayan sido construidos 
en Suecia!» 

Tuvo tiempo para contemplarlos a sus anchas, porque 
el hombre de bronce, admirando k>s modelos, se olvidó 
de todo lo demás. Pasó revista a todos. Y Rosenbom, 
antiguo contramaestre del Intrépido, tuvo que referir 
cuanto s^bía referente a los constructores de navios y los 
que los habían encargado, asi como de la suerte que corrie- 
ron los buques. Habló de Cbapman, y de Puke, y de TroUe; 
de las batallas de Hogland y de Svensksund, hasta 1809, 
época de su muerte. El y su acompañante podían decir 
muchas cosas respecto a los antiguos barcos de madera 
tan adornados; pero no parecían comprender los nuevos 
acorazados. 

Veo» Rosenbom, que no sabes nada de estos barcos 
modernos — dijo el Rey. ~ Vamos a ver otras cosas, porque 
todo esto me interesa, Rosenbom. 

Habían dejado de pensar en el muchacho y éste se sen- 
tía tranquilo y a sus anchas debáis del sombrero de ma- 
dera. Seguidamente recorrieron los grandes establecimien- 
tos del astillero, los talleres donde se cosen las velas, la 
fundición, los talleres de maquinaria y carpintería. Visita- 
ron las grúas y los docks, los grandes almacenes de per- 
trechos, el parque de artillería, el arsenal, las dependencias 



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N1LS HOLOBItSSONS 121 

donde se acondicionaban las cuerdas, la vasta cala aban- 
donada, abierta en la roca. Salieron a los muelles donde 
estaban anclados ios barcos de guerra, subieron a bordo, 
y contemplándolo todo como dos viejos lobos de mar, du- 
daron, censuraron, aprobaron y se enfadaron. 

Niis, ai abrigo del sombrero de madera, les escuchaba. 
Asi pudo saber lo mucho que se había luchado y trabajado 
en tal sitio para armar todas las flotas de guerra salidas de 
aquel puerto. Supo quien había arriesgado su sangre y su 
vida, quien había sacrificado hasta su último ochavo para 
construir estos barcos de guerra, qué hombres de talento 
habían consagrado todos sus esfuerzos por mejorar y per- 
feccionar estos navios, que habían sido la salvaguardia de 
la patria. Al muchacho le saltaron las lágrimas oyendo ha- 
blar de todo esto y se consideraba dichoso por los infor- 
mes que oía sobre tales cosas. 

Acabaron por entrar en un patio abierto donde, bajo 
una galería, se hallaban alineados los mascarones de proa de 
los antiguos barcos de línea. Nils no vio nunca cosa más 
extraña; todas aquellas figuras tenían un aspecto imponente 
y terrible. Eran grandes, monstruosas, salvajes, inspiradas 
en el mismo espíritu de fiereza que había presidido el 
armamento de los grandes navios. Y se sintió más pequeño 
que nunca. 

Ante aquellas concepciones de la más monstruosa esta- 
tuaria, dijo el hombre de bronce : 

•—¡Quítate el sombrero, Rosenbom! ¡Todas presencia- 
ron4as luchas por la patria! 

Roaenbom, como el hombre de bronce, había olvidado 
por completo el motivo que les llevara hasta allí. Y sin 
psnsar en nada, descubrióse gritando: «Me descubro en 
honor del que escogió el sitio para fundar este puerto, 
del que construyó el astillero e impulsó la marina, y por el 
Rey que dio su vida para crear todo esto.» 



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122 SELMA LAOERLÓr 

•— Oracias, Rosenbom. Has dicho la verdad; eres un 
buen hombre... Pero, ¿qué es eso, Rosenbom? 

Y señalaba a Nils Holgerssons, de pie, sobre el pelado 
cráneo de Rosenbom; pero Nils ya no tenía miedo, y agh- 
tando su gorra, gritó: 

— jHurra, burra, gran Rey! 

El hombre de bronce golpeó la tierra con su gran bas- 
tón; pero el muchacho no supo jamás lo que se proponía 
con ello, porque en aquel instante apareció el sol y el hom- 
bre de bronce y el hombre de madera desaparecieron por 
ensalmo, como si fuesen hijos de la niebla. Cuando aun 
estaba buscando con los ojos a los interlocutores, los patos 
silvestres escaparon del tejado de la iglesia para volar so- 
sobre la ciudad. Súbitamente descubrieron a Nils Hol- 
gerssons y el gran pato blanco hendió los aires y descen- 
dió para recogerle. 



VIAJE A OLAND 

Domingo, 3 de abril 

Los patos silvestres habían ido a un islote próximo a la 
costa. Allí encentráronse con unas patas grises que se que- 
daron muy sorprendidas al verles, sabiendo que sus pa- 
rientes no suelen aproximarse a la costa. Como eran curio- 
sas e indiscretas, no cesaron de preguntar hasta que obli- 
garon a los recién llegados a que refirieran la aventura de 
la zorra. Una vez referida la historia^ una pata gris que 
parecía igualarse con Okka en edad y experiencia, les ad- 
virtió: 

— Es una gran desgracia para vosotros que la zorra 
haya sido desterrada de su país. Ya veréis como mantiene 



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NILS flOLOERSSONS 123 

SU palabra y os persigue hasta la Laponia. De estar yo en 
vuestra piel no volaría sobre Esmaland; atravesando e| 
camino exterior pasaría sobre la isla de Oland. De este 
modo perdería la pista. Y para despistarla todavía más, tal 
vez os conviniera deteneros dos o tres días en la parte sur 
de la isla. La comida es allí abundante y la compañía nu- 
merosa. Creo que no sentiríais hacer este viaje. 

El consejo era prudente y los patos silvestres resolvie- 
ron seguirlo. 

Una vez llenado el buche, volaron hacia Oland. Nadie 
de ellos había estado allí, pero la pata gris les había indi- 
cado los medios para orientarse. No tenían más que ir 
tectamente hacia el sur hasta que encontrasen el camino 
de las aves de paso, de donde debían seguir a lo largo de 
la costa de Blekinge. Todos los pájaros que tienen su nido 
de invierno en el mar del oeste y que al llegar la prima- 
vera van a Finlandia o Rusia, siguen la misma ruta; y al 
pasar hacen escala en Oland para reponerse de la fatiga. 
Los patos silvestres no carecerían de guías. 

Era un día propio de verano, encalmado y caluroso, 
un tiempo ideal para un viaje por mar, exceptuando que 
el cielo no estaba totalmente claro, sino más pronto gris 
y un poco velado. Aquí y allá algunas nubes descendían 
hasta la superficie del agua y detenían la vista. 

Cuando las aves viajeras dejaron atrás el archipiélago, 
apareció el mar tan hermoso y cristalino que al mirar 
abajo creyó Nils que la tierra había desaparecido. En de- 
rredor no veía más que las nubes y el cielo. Y como le en- 
trara el vértigo, se agarró fuertemente a las espaldas del 
pato, más desesperado que el primer día. 

Todavía fué peor cuando llegaron al camino que la 
pata gris les indicara. Sucedíanse las bandadas de pájaros, 
volando todos en la misma dirección. Las demás aves pa- 
recían seguir un camino trazado. Eran ánades y patos 



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124 SELMA LAOERLdr 

grises, fulgas, fúlicas y otras variedades de aves marinas. 
Sacando un poco la cabeza, Nils pudo ver toda aquella 
multitud de pájaros reflejada en el agua. La cal>eza le daba 
vueltas; se hubiera dicho que todas estas bandadas de pá- 
jaros volaban al revés. Ahora, ¿qué es lo que está arriba 
y qué abajo? No lo sabía. 

Los patos estaban fatigados e impacientes por llegar. 
Nadie cantaba ni bromeaba y tan gran silencio contribuía 
a hacer todo aquello más extraño e irreal. €¡Es que tal vez 
hayamos abandonado la tierra!» pensó Nils. €¡Tal vez es- 
temos ya en el cielo!». 

En aquel momento oyó dos disparos de fusil y vio dos 
pequeñas humaredas que subían. 

Los patos extremeciéronse y hubo entre ellos mucha 
agitación. cjCazadores! ¡Cazadores!» gritaron. «¡Volad más 
alto! ¡Volad más alto!». 

Nils cayó entonces en la cuenta de que estaban sobre 
el mar y no en el cielo, como había creído. En el agua 
veíanse multitud de pequeñas embarcaciones llenas de 
cazadores que disparaban tiro tras tiro. Las primeras ban- 
dadas de patos, como no les habían descubierto, volaban 
a poca altura. Varios fueron abatidos por los disparos y 
cada vez que caía uno, los supervivientes lanzaban agudos 
gritos. 

Nada tan extraño para quien por un instante creyóse 
transportado al cielo, como despertar entre las exclamacio- 
nes que la sorpresa arrancara a los patos. Okka se elevó 
rápidamente y su bandada siguióla con toda la velocidad 
posible. Los patos silvestres escaparon del peligro; pero 
Nils no abandonó por esto la indignación de que estaba 
poseído. 

— ¿Cómo había gentes capaces de disparar contra 
Okka, Vksi y Kaksí y contra el pato y su compañero? Los 
hombres no saben lo que se hacen. 



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NILS.HOLOCRSSONS 125 

Las filas se babían estrechado y continuaba el viaje a 
través del espacio inalterable. Reinaba nuevamente el si- 
lencio y sólo de tarde en tarde oíase la voz de algún pato, 
abrumado por la fatiga, que preguntaba: €¿Cuándo llegare- 
mos? ¿Estáis ciertos de que vamos bien?». Y los patos que 
volaban en primer término, contestaban: c Volamos rectos a 
Oland, rectos a Oland». 

Los patos estaban cansados y otros pájaros más ligeros 
se les adelantaron. 

— ¡No os apresuréis tanto! — gritaban los patos. -* Os 
lo vais a comer todo. 

— Habrá suficiente comida para todos — respondían 
ios más ligeros. 

No estaban todavía a la vista de la isla cuando comenzó 
a soplar una brisa ligera que arrastraba masas compactas 
de humo blanquecino, como si hubiera un incendio en 
alguna parte. Las espirales de humo fueron espesándose 
y acabaron por envolverles. No se percibía ningún olor 
y la humareda no era negra ni seca, sino blanca y húme- 
da. Nils acabó por comprender que aquello no era más 
que niebla. 

Los patos enloquecieron de terror cuando la niebla fué 
haciéndose tan espesa que no podían dstinguir nada, más 
allá de su pico. Hasta allí habían volado con el mayor or- 
den; pero ahora comenzaban a distanciarse unos de otros, 
separados por la niebla. Volaban en todas direcciones, ex- 
traviados. fjMucho cuidado! No déi$ tantas vueltas. ¡Des- 
andad el camino! ¡Nunca llegaréis a Oland!». 

Todos los patos sabían muy bien donde se encontraba 
la isla; pero hacían lo posible para confundirse unos con 
otros. €¡Mirad esas fuliculas!», gritaba una voz perdida en 
la niebla. Se vuelven hacia el mar del Norte. •«¡Cuidado, 
patos grises!», decía otra voz. cSi continuáis por ese ca- 
mino, llegaréis a la isla de Rugen». 



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126 SELMA LAOERLOF 

Para los que conocen más o menos un camino no es 
cosa grave el desorientarse un momento; pero para los 
patos silvestres era esto un gran contratiempo, por no ha- 
ber hecho nunca aquella travesía. 

— ¿A dónde vias, buenas gentes? — gritó un cisne que 
se dirigió hacia Okka con aire compasivo y grave. 

— Vamos a Oland, pero no conocemos el camino 
— contestó Okka. — No hemos estado nunca. 

Okka creyó que podía confiarse a aquel pájaro. 

— Es lamentable — dijo entonces el cisne. — Vais ex- 
traviados. Por aquí voláis hacia Blekinge. Venid conmigo 
y os enseñaré el camino. 

El cisne dio una vuelta y los patos le siguieron. Cuando 
ya les había llevado tan lejos del camino de paso, que no 
les era posible oír los gritos de los pájaros viajeros, el cisne 
desapareció entre la niebla. 

Los patos volaron un instante a la ventura. Al encontrar 
nuevamente a los otros pájaros, les dijo un pato: 

— Haríais mucho mejor si permanecierais en el agua 
hasta que se desvaneciera la bruma. Va se ve que no tenéis 
la costumbre de viajar. 

Los miserables casi acabaron haciéndole perder la ca- 
beza a Okka. Nils pudo ver que los patos volaron largo 
rato indecisos, describiendo un círculo. 

— ¡Cuidado! ¿No os dais cuenta de que no hacéis más 
que subir y bajar? — gritó otro pájaro que pasó volando 
rápidamente muy cerca de los patos. 

Nils se agarró con fuerza al cuello del pato, revelando 
el temor que abrigaba desde hacía rato. 

De no haberse oído en este momento una detonación 
que se extendía por los aires como un sordo rumor, nadie 
hubiera podido saber donde se hallaban. 

Okka extendió el cuello, batió sus alas y se lanzó en el 
espacio coa toda velocidad. Por fin encontraba algo en que 



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NILS HOLUERS80NS ' 127 

guiarse. La pata gris habíale aconsejado que no descen- 
diera en la parte extrema de Olandi porque allí tenían los 
hombres un cañón con el que tiraban contra la niebla. 
Por fin sabía donde se hallaba y en adelante nadie conse- 
guiría desviarla en su marcha. 



XI 
LA PARTE MERIDIONAL DE OLAND 

4-6 de abril 

En la parte oriental de Oland se eleva una antigua 
mansión real a la que se designa con el nombre de Ottenby. 
Es un vasto dominio que se extiende de una a otra parte 
de la isla y ha sido en todo tiempo el refugio preferido 
por multitud de animales. En el siglo xvn, cuando los reyes 
iban a cazar a Oland, estos dominios no eran más que un 
gran parque de ciervos. En el siglo xvi hubo allí una 
yeguada, donde se criaba a nobles caballos de raza, y un 
aprisco donde se alimentaba a centenares de corderos. En 
nuestros días no hay en Ottenby caballos de raza ni ovejas. 
Sólo hay un gran número de potros destinados a los regi- 
mientos de caballería. 

Difícilmente se encontraría en todo el país un lugar más 
a propósito para los animales. A lo largo de la costa se 
extiende, en unos tres kilómetros, el lugar que antigua- 
mente se dedicaba al pastoreo de los corderos; es el mayor 
prado de toda la isla; los animales pueden pacer, correr y 
divertirse a sus anchas. Allí está también el célebre bosque 
de Ottenby, con sus robles centenarios, bajo los cuales se 
descansa al abrigo del sol y del terrible viento de Oland. 



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128 8ELMA LAOBRL5f 

Tampoco hay que^lvidar la larga tapia de Ottenby, que 
va de una a otra orilla del mar, separando el dominio del 
resto de la isla; esta tapia indica a los animales hasta dónde 
se extiende el antiguo dominio del rey, y les advierte que 
no deben aventurarse a través de otras tierras, donde no 
encontrarían una muy segura protección. 

Y no son sólo los animales domésticos los que se en- 
cuentran bien en Ottenby. Se diría que los mismos anima- 
les salvajes abrigan el convencimiento de. que en un viejo 
dominio real, todos, sin distinción, pueden encontrar pro- 
tección y abrigo; por esto es por lo que se reúnen allí en 
tan gran número. Además de los ciervos del antiguo coto, 
que han logrado sobrevivir, y las liebres, y los ánades y 
las perdices que aman esta tierra, encuéntranse durante 
la primavera y el otoño millares de aves de paso. En la 
costa del esjte, principalmente, baja y pantanosa, ante el sitio 
donde pacían los corderos, es donde descienden tales aves 
a picotear y descansar de los grandes vuelos. 

Cuando los patos silvestres y Nils Holgerssons llegaron, 
por fin, a Oland, descendieron a la playa, como todos los 
pájaros. La niebla que cubría la isla era tan espesa como 
la que flotaba sobre el mar, lo cual no impidió que Mils 
quedase estupefacto al ver tan gran número de pájaros en 
el reducido espacio que sus ojos alcanzaban. 

Era una costa baja, sembrada de piedras y qfaarcos de 
agua y medio cubierta por las algas que arrojaba el mar* 
Si Nils hubiera tenido que escoger el terreno, no hubiesen 
descendido allí de ningún modo; pero los patos parecían 
estar en el paraíso. Muchosánades y patas grises correteaban 
por el prado; en los arenales veíanse chochas y algunos 
otros pájaros que viven en las costas. Las gaviotas se baña- 
ban en el mar y pescaban. Pero la animación mayor distin* 
guíase sobre los bancos de alga, que recortaban la costa. 
Los pájaros se agrupaban estrechamente y todos picotea- 



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NILS HOLOCRSSONS 129 

ban larvas y gusanos hasta hartarse, pues nadie se quejaba 
por falta de alimentación. 

La mayor parte de las aves alli congregadas tenía que 
continuar su viaje, ya que sólo se habían detenido para 
descansar. Cuando el jefe dé una banda consideraba que 
sus compañeros habían restaurado suficientemente sus 
fuerzas, les decía: 

—Si estáis preparados, volemos. 

— }No, no, esperad! Estamos lejos de encontrarnos 
satisfechos — gritaban los aludidos. 

— ¿Cfeéis acaso que vais a hartaros hasta no poder 
voiar?— decía el jefe. 

Tras esto desplegaba sus alas y emprendía el vuelo; 
pero muchas veces tenía que volver al punto de partida 
porque los demás se negaban a seguirle. 

Más allá, tras los últimos bancos de algas, nadaba una 
bandada de cisnes. Como no tenían prisa por aterrizar, 
descansaban balanceándose sobre las olas. De tiempo en 
tiempo hundían su cuello en el agua y se lanzaban al fondo 
del mar en busca de su presa. Cuando encontraban algo 
particularmente agradable, lanzaban gritos semejantes a los 
sonidos de las trompetas. 

Cuando Nils supo que allí había cisnes, corrió presu- 
roso hacia los bancos de algas. Janfiás había visto cisnes 
silvestres y ahora ofrecíasele la ocasión de verles muy de 
cerca. 

Además, no era él el único que contemplaba los cisnes. 
En torno de ellos congregábanse patos silvestres y patas 
grises, ánades y gaviotas. Los cisnes desplegaban sus plu- 
mas, levantaban sus alas a guisa de velas y erguían sus 
cuellos. A veces uno de ellos nadaba hada una pata o una 
gaviota y le decía algunas palabras; el aludido apenas si se 
dignaba levantar el pico para responderle. 

Pero había allí un pequefto gato marino, un pequeño 



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130 SCLMA LAQERLÓF 

diablo negro, a quien le enojaba tanta solemnidad. Nadó un 
poco y se escabulló en el agua. Momentos después lanzaba 
un grito uno de los cisnes, y corría con tanta velocidad, que 
el agua no era más que espuma a su alrededor. Cuando 
hubo salvado una buena distancia se detuvo, recobrando 
su aire majestuoso. Tras un instante de calma gritó un 
segundo cisne como el primero y tras él un tercero. 

Desgraciadamente el gato marino no podía permanecer 
ya más tiempo bajo el agua y reapareció a flote, pequeño, 
negro, rebosando malicia. Los cisnes se precipitaron contra 
él, pero viendo la insignificancia del enemigo detuviéronse 
prontamente, considerándole indignode merecer su atención. 
Entonces se escabulló nuevamente el gato marino y púsose 
a morderles las patas. Esto era harto desagradable, pero lo 
peor para los cisnes era el no poder conservar su dignidad. 
De repente tomaron una resolución. Pusiéronse con gran 
ruido a golpear el aire con sus alas, lanzáronse hacia ade* 
lante como si corrieran sobre el agua y cuando ya habían 
adquirido bastantes fuerzas, se echaron a volar. 

Se sintió mucho la ausencia de los cisnes; los que ha- 
bían gozado con las travesuras del gato marino le reprendían 
ahora por su mal comportamiento. 

El muchacho volvió hacia tierra y se puso a observar 
el juego de las chochas, que tenían el aspecto de grullas 
minúsculas. Su cuerpo era pequeño, sus patas largas, sus 
cuellos prolongados y sus movimientos eran ligeros y 
flotantes, como los de las grullas; pero no eran grises, sino 
obscuras. Formaban una larga hilera en el límite de la 
playa que las olas lamían y lavaban. Cuando se desbordaba 
una ola, las chochas retirábanse corriendo. Cuando la ola 
retirábase absorbida por el mar, la seguían dando chillidos. 
Y así continuaban durante horas. 

Los pájaros más hermosos eran los ánades reales. Pare- 
cíanse mucho a los ánades ordinarios; como ellos tenían 



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NILS HOLOERSSONS 131 

el cuerpo pesado y rechoncho, el pico largo y las patas 
membranosas; pero estaban más soberbiamente vestidos. Su 
plumaje era blanco; circundábales el cuello una ancha 
banda amarilla; sus alas tenían adornos donde brillaban el 
verdCi el rojo y el negro, y negras también eran sus puntas; 
su cabeza, de un verde obscuro, brillaba como la seda. 

Cuando alguno de ellos aparecía por la playa, gritaban 
los otros pájaros: 

— ¡Miradle qué emperifollado va! 

— Si no fueran tan bellos, no tendrían necesidad de 
abrir sus nidos en la tierra y podrían incubar sus huevos a 
plena luz del día, como nosotros— dijo un ánade obscuro. 

—Ya pueden adornarse como quieran; con esa nariz 
jamás han de estar presentables — añadió una pata. 

La observación era cierta. Los ánades reales tenían una 
gran bolsa en el nacimiento del pico, que afeaba su figura. 

A lo largo de la costa gaviotas y golondrinas de mar 
revoloteaban y pescaban. 

—¿Qué es lo que tomáis? — preguntó una pata sil- 
vestre. 

— Pececillos de Oland. No los hay mejores en todo el 
mundo— contestó una gaviota. — ¿Quieres probarlos? 

Y voló hacia la pata con el pico lleno de pececillos. 

— ¡Horror! ¿Crees que comería yo cosa tan repug- 
nante? — le replicó la pata. 

Al día siguiente era también muy espesa la niebla. Los 
patos silvestres holgábanse en el prado. Nils había ido 
junto al agua a recoger almejas. Había muchas, y como 
pensara que al otro día estuvieran en otro punto donde no 
hubiera nada que comer, resolvió construir un saquito 
para llenarlo de almejas. Encontró en el prado unos jun- 
quillos secos y resistentes, y comenzó ru trabajo, que le 
ocupó durante varías horas. Cuando lo hubo terminado se 
puso muy contento. 



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132 SELMA LAOERlOP 

A mediodía todos los patos de la bandada corrieron a él 
para preguntarle si había visto al pato blanco. 

— No, no ha estado conmigo — dijo Nils. 

— Hace un momento estaba con nosotros — observó 
Okka— «peto ha desaparecido sin saber cómo. 

Nils se puso de pie de un salto, muy asustado. Preguntó 
si por allí habían visto alguna raposa, algún águila u hom- 
bres. Nada sospechoso habían visto. El pato debía haberse 
extraviado a causa de la niebla. 

Nils stfitió profundamente la desaparición del pato. Y 
dedicóse a buscarle. La bruma parecía ser su protectora» 
ya que le permitía recorrer aquellos lugares sin qíie nadie 
le apercibiera; pero, al mismo tiempo, impedíale ver. Lle- 
góse hasta la parte sur de la isla donde se encuentran el 
faro y el cañón que se dispara cuando hay niebla. Por 
todas partes el mismo pulular de pájaros, pero ni el menor 
rastro del pato blanco. Se aventuró hasta el patio del domi- 
nio de Ottenby, inspeccionando todos los robles plantados 
en el parque, y el pato sin parecer. 

Anduvo en su busca hasta que se hizo de noche. En- 
tonces tuvo que regresar hacia la costa del este. Marchaba 
lentamente, descorazonado. ¿Qué sería de él sin el pato? 
Al llegar ai centro del gran parque surgió de la bruma una 
cosa blanca* Era el p lo. Estaba sano y salvo y mostrábase 
muy contento de haber encontrado la bandada. Se había 
extraviado de' tal modo por la niebla, que había pasado el 
día dando vueltas al parque. Nils arrojóse sobre su cuello 
para abrazarle y le suplicó que fuera más prudente» procu- 
rando no separarse de los otros. El pato prometió que no 
lo volvería a hacer nunca más. 

Pero a la mañana siguiente, halláadose Nils paseándose 
junto al mar, los patos corrieron en su busca nuevamente 
para preguntarle por el paradero de su amigo. 

Nils no lo había visto. Había desaparecido otra 



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NILS HOLOCRSSONS 133 

vez. Como ia víspera, hablase extraviado entre la niebla. 

Nils, muy afligido, dedicóse a buscarle de nuevo. 
Llegó a un punto en que la tapia de Ottenby estaba de- 
rruida, y esto le permitió franquearla. La isla extendíase 
más allá del cercado, donde había campos, prados y gran- 
jas. Y subió a una altura que ocupa el centro de la isla, 
sobre la que no hay otras construcciones que molinos de 
viento. La hierba crece allí tan clara que apenas si cubre 
algún trozo de tierra blanca calcárea. 

No se descubría el menor rastro del pato. Como la 
noche iba cayendo, tuvo que emprender el regreso en 
busca de los patos silvestres, convencido de que no le sería 
posible dar con su amigo. Estaba tan desesperado que le 
ahogaba la pena. 

Había escalado el muro cuando oyó que a sus espaldas 
rodaba ana piedra. Al volver la cabeza creyó distinguir 
algo que se movía entre un montón de piedras, junto al 
muro. Acercóse con toda prudencia y descubrió al pato 
que trepaba penosamente entre las piedras, llevando en el 
pico algunas raíces. El pato no se dio cuenta de la presen- 
cia del muchacho, y éste prefirió callar para expiarle, con 
objeto de saber a qué obedecían sus frecuentes desapari- 
ciones. 

Pronto supo loa motivos. En lo alto de un montón de 
piedras descansaba una pata gris, que lanzó un grito de 
alegría al ver al pato. Nils se deslizó lo más cerca positrie 
para oír lo que se decían, enterándose entonces de que la 
pata no podía volar por tener herida un ala. Su bandada 
habíala abandonado, y sin el pato blanco, que la víspera 
había oído sus lamentaciones, hubiérase muerto de hambre. 
El pato continuaba llevándole comida. Los dos tenían la 
esperanza de que curaría antes de que partiera el pato, pero 
la pata aun no podía volar ni caminar. Estaba desolada y 
el pato consolábala diciendo que no se marchaba todavía. 



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134 SELMA LAOERLdF 

Por Último le dio ias buenas noches y se marchó prome- 
tiéndole volver a la mañana siguiente. 

Nils de]ó que el pato se marchara y cuando desapare- 
ció en la lejanía, trepó hasta lo alto del montón de piedras. 
Estaba furioso por haber sido engañado y se disponía 
a decirk a esta patita gris que el pato le pertenecía a él, 
a él solo, y que debía conducirle a la Laponia, y que 
no era cuestión de quedarse allí por su causa. Pero al ver 
de cerca a la pata gris comprendió los motivos que había 
tenido Martín para llevarle comida y cuidarla durante los 
dos días últimos, y también por qué no había querido él 
decirle nada. Tenia una cabecita preciosa; su traje de plu- 
mas era como la seda más suave y sus ojos eran dulces y 
suplicantes. 

Cuando advirtió al muchacho, quiso salvarse volando, 
pero su ala izquierda, dolorida, no se elevó del suelo, impi- 
diéndola todo movimiento. 

— No tengas miedo — dijo Nils enternecido. — Soy 
Pulgarcito, el compañero de viaje del pato Martín. 

Y calló, no sabiendo ya que decir. 

Hay a veces en los animales algo que nos obliga a pre- 
guntarnos ante qué seres nos hallamos. Se llega a pensar 
incluso en la posibilidad de que sean seres humanos meta- 
tiiorfoseados. De esta clase era la patita gris. Cuando Pul- 
garcito le hubo dicho quien era, inclinó la cabeza marcando 
una reverencia con infinita gracia, y después, con una voz 
tan delicada que no parecía de una pata, dijo: 

— Estoy muy contenta de que hayas venido en mi socorro. 
El pato blanco me ha dicho que no hay en el mundo nadie 
tan bueno e inteligente como tú. 

Hablaba con tanta dignidad que Nils quedó impresio- 
nado. 

— No puede ser un pájaro — pensó. — Es una prin- 
cesita encantada. 



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NILS HOLOERSSONS 135 

Se apoderó de él un gran deseo de socorrerla. Después 
de rozar con sus manos el rico plumaje, tentóle el hueso 
del ala lastimada. El hueso no estaba roto; el mal estaba 
en la articulación solamente. El muchacho hundió un dedo 
en una cavidad vacía. 

— ¡Un poco de valor! — dijo. 

Y apretando vigorosamente hizo que el hueso volviera 
a su sitio. Hizo muy pronto y muy bien esta operación, no 
obstante ser la primera; pero, sin duda, debió hacerle mu- 
cho daño, por cuanto la pobre patita gris dio un grito y se 
desvaneció entre las piedras, sin señales de vida. 

Nils tuvo miedo. Había querido socorrerla y la había 
matado. Y saltando del montón de piedras echó a correr. 
Parecíale haber matado a un ser humano, 

Al amanecer el nuevo día, era magnífico el tiempo. La 
niebla había desaparecido. Okka dio orden de proseguir 
el viaje. El único que puso objeciones fué el pato. Nils 
comprendió muy bien que no quería abandonar a la patita 
gris; pero Okka se puso en camino sin prestarle la menor 
atención. 

Nils saltó sobre la espalda del pato, que siguió tras la 
bandada, aunque lentamente y a disgusto. Nils se mostraba 
muy feliz por haber abandonado la isla. Tenía sobre su 
conciencia la muerte de la patita gris y no se atrevía a 
comunicar al pato el resultado de su desgraciada ínter* 
vención. Lo mejor era callar para que el pato no lo supiera 
nunca. Al mismo tiempo asombrábale que el pato blanco 
hubiera podido abandonar a la patita gris. 

De súbito, volvióse el pato y voló hacia la isla. Le ator- 
mentaba el recuerdo de la patita gris. Tanto peor para el 
viaje a la Laponia. 

En un momento llegó al montón de piedras; pero la 
patita había desaparecido. 

— Finduvet, Finduvet, ¿dónde estás?— gritó el pato. 



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136 SELMA LAOCRLÓF 

— La habrá cazado la raposa— -pensó Nils; pero ai 
punto se oyó una vocecita que decía: 

—Estoy aquí, pato; estoy aquí. He venido a tomar el 
bafio matinal. 

Y la patita gris salió del agua sana y salva, refiriéndole 
alegremente que Pulgarcito le había vuelto el hueso a su 
sitio y que estaba curada y pronta a seguir a los otros. 

Las gotas de agua parecían perlas desgranadas sobre su 
plumaje tornasolado y de nuevo pensó Nils que era una 
verdadera princesita. 



XII 



LA MARIPOSA GRANDE 

^ 

Miércoles, 6 de abril 

Los patos volaron desde un extremo a otro de la isla 
que de arriba contemplaban a su sabor. El muchacho sen- 
tía el corazón aliviado de penas. Su alegría sólo era com- 
parable a la pena que le atenazó la víspera cuando no acer- 
taba a dar con el pato. La isla parecíale una elevada llanura 
desnuda y rodeada de una anchurosa faja de tierra, rica 
y fértil, a lo largo de ambas cosías. Nils comenzó a com- 
prender el sentido de algo que había oído referir la noche 
antes. 

Descansaba al pie de uno de los numerosos molinos 
de viento que se levantan en la llanura, cuando se aproxi- 
maron dos pastores escoltados por sus perros y precedidos 
de un rebaño de corderos. El muchacho no se inmutó por 
eso, pues se hallaba bien oculto en las gradas del molino. 
La casualidad hizo que los dos pastores se sentaran en la 



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NJLS HOLOERSSONS 137 

misma escalera y Nils tuvo que permanecer en su sitio 
hasta que se marcharan. 

Uno de los pastores era un joven, cu^o aspecto no 
ofrecía nada de particular; el otro era un viejo extrafio. La 
pequefiez de su cabeza contrastaba con la grandeza de su 
desmedrado cuerpo; los rasgos de su cara eran dulces y 
reflejaban la dulzura de su corazón. Hubiérase dicho que 
aquella cabecita no pertenecía a tal corpachón. 

El viejo permaneció un instante silencioso, fijando en 
la lejanía su mirada infinitamente cansada. Después se puso 
a conversar con su camarada. Este había extraído de su 
saco pan y queso para cenar. Nada respondía a las pala- 
bras del otro, al que escuchaba pacientemente. 

— Quiero decirte algunas cosas, Erik — dijo el viejo. 
— He reflexionado y creo que antiguamente, en los 
tiempos en que hombres y bestias eran más grandes que 
ahora, las mariposas debieron ser inmensamente grandes. 
Una vez hubo una mariposa que medía varias millas; sus 
alas eran anchas como lagos, azules con reflejos de plata, 
y tan bellas, que los otros animales se detenían a contem- 
plarla cuando volaba. 

La desgracia quiso que llegara a ser demasiado grande. 
Sus alas sosteníanla difícilmente. Mas todo hubiera suce- 
dido bien si hubiese tenido la prudencia de no volar más 
que sobre la tierra; pero un día se aventuró sobre el Báltico 
y a poco, el aire de la tempestad azotaba sus alas. Ya adi- 
vinarás, Erik, lo que debía ocurrir, estando expuestas las 
frágiles alas de la mariposa al furor de una tempestad en 
el Báltico. Las ráfagas de viento le arrancaron las^ftlas 
arrastrándolas lejos, y la pobre mariposa cayó al mar. Y lle- 
vada y traída por las olas, fué a morir sobre algunos esco- 
llos de la costa de Esmaland, donde yace, tendida a lo 
largo. 

Yo supongo, Erik, que si el cuerpo de la mariposi^ hu- 



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138 SELMA LAOCRLÓF 

biera reposado sobre la tierra, hubiérase podrido pronto 
y convertídose en polvo; pero como cayó en ei mar se ha 
impregnado de cal y sus restos son duros cual la piedra. 
Recuerda las piedras que hemos encontrado en la ribera 
y que no son más que gusanos petrificados. Creo que esto 
mismo es lo que le ha pasado al cuerpo de la mariposa 
grande y hasta pienso que se ha transformado en una roca 
larga y estrecha que hay en medio del Báltico. ¿Qué te pa- 
rece todo esto? 

Callóse en espera de una respuesta, pero su camarada 
sólo dijo, tras un movimiento de cabeza: 

— Continúa y dime adonde quieres ir a parar. 

— Observa, Erik, que Oland, donde vivimos los dos, 
no puede ser otra cosa que el cuerpo de aquella mariposa. 
No hay más que fijarse un poco para ver que la isla es una 
maríposa« En el norte se descubre el cuello estrecho y la 
cabeza redonda; el sur es el abdomen, que primero se en- 
sancha, después disminuye y acaba en punta. 

Se detuvo un momento y miró inquietamente a su ca- 
marada deseoso de adivinar el efecto que hubiérale causa- 
do tal aseveración; pero el joven continuó comiendo 
pan y queso y sólo le hizo un signo invitándole a prose- 
guir su relato. 

-* Cuando la mariposa convirtióse en roca calcárea, 
multitud de granos, de hierbas y árboles llevados por el 
viento, trataron de arraigarse; pero apenas si pudieron ger- 
minar sobre la roca pelada y resbaladiza. En mucho tiem- 
po no pudieron germinar allí más que los esparganios. 
Después brotaron ios heliantemos. Todavía hoy no hay 
bastantes plantas en esta llanura para ocultar la roca, que 
aparece por todas partes. La capa de tierra es tan superfi- 
cial que nadie ha de laborar ni sembrar sobre estos te- 
rrenos. 

— Si tú admites que la llanura y las alturas están for- 



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NILS HOLOERSSONS 13Q 

madas por el cuerpo de la mariposa, debes pensar también 
de donde ha venido la tierra que se extiende debajo, en 
torno de ella. 

— Eso mismo iba a preguntarte. 

^ Pues bien: piensa que la isla permanece en el mar 
desde hace muchísimos años y que durante este tiempo todas 
las cosas que arrastra el mar, las algas, la arena y las con- 
chas han sido depositadas por las aguas, amasándose poco a 
poco. Posteriormente, ha habido desprendimientos de pie- 
dras y tierra desde lo alto a la llanura. Y asi han podido 
crecer a lo largo de ambas orillas el trigo, las flores y los 
árboles. 

Aquí, en lo alto, sobre las espaldas de la mariposa, sólo 
se encuentran ovejas y vacas y caballitos; aquí no resisten 
más que las avefrías y sus congéneres; aquí no hay otras 
construcciones que los molinos de viento y las pobres edi- 
ficaciones de piedra donde nosotros, los pastores, nos abri- 
gamos. Pero en las riberas hay grandes poblaciones de 
campesinos, iglesias y presbiterios, cabanas de pescadores 
y toda una ciudad. 

Y se detuvo para mirar al otro. Este había terminado 
de comer y se ocupaba en cerrar su saco de provisiones. 

— Yo quisiera saber — dijo finalmente — a dónde me 
quieres llevar. 

-*¡Ay! — exclamó bajando la voz. Y cuchicheando 
casi, mientras sus ojuelos cansados a fuerza de espiar lo 
que no existe, se perdían en la brumosa lejanía, añadió: 
— Lo que yo quisiera saber es si los campesinos que ha- 
bitan allá, en la llanura, y los pescadores del arenque, y los 
comerciantes de Borgholm, y los bañistas que vienen todos 
los veranos, y los viajeros que recorren las ruinas del cas- 
tillo de Borgholm, y los cazadores que en otoño vienen 
a cazar perdices, y los pintores que se instalan en esta 
cumbre y pintan los corderos y los molinos de viento, yo 



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140 SCLMA LAOBKlj&r 

quisiera stber, repito, sí alguno de éstos ha comprendido 
alguna vez que esta isla fué una mariposa que voló por los 
aires con sus grandes alas brillantes. 

— Oh| sí — contestó el pastor — ; cualquiera entre ellos 
que se haya sentado una tarde al borde del acantilado, que 
haya oido a los ruiseñores cantar en el boscaje bajo sus 
pies y contemplado el estrecho de Kalmar» habrá com- 
prendido que esta isla no fué creada como las demás. 

— Yo quisiera saber -* prosiguió el viejo — si se le 
habrá ocurrido a alguien proveer a los molinos de alas tan 
grandes que pudieran llegar al cielo, tan grandes que tu« 
viesen bastante fuerza para arrancar a la isla del mar y ha- 
cerla volar como una mariposa entre las mariposas. 

— Algo de cierto debe haber en tus palabras — repuso 
el joven — porque en las noches de estío, cuando el cielo 
forma una inmensa bóveda azul sobre la isla, me ha pare- 
cido, a veces, que quería escapar de las aguas y voUr. 

Pero el viejo, que había instigado al joven a hablar, ya 
no le escuchaba: 

— Yo quisiera saber — continuaba diciendo en voz 
muy baja, voz de misterio — si hay alguien capaz de ex- 
plicarme por qué se experimenta aquí, en este sitio, esta 
nostalgia, nostalgia que he sentido todos los días de mi 
vida y creo se insinúa en el pecho de todos los moradores 
de la isla. Yo quisiera saber si alguno ha comprendido 
que esta languidez proviene, simplemente, de que la isla 
entera es una mariposa, que suspira por sus alas... 



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NILS HOLOERSSONS 141 

Xill 
LA PEQUEÑA ISLA DE KARL 

LA TEMPESTAD 

Viernes, 8 de abril 

Los patos silvestres hablan pasado la noche en la punta 
norte de la isla y se disponían a emprender el vuelo hacia 
la tierra firme. Un viento del sur bastante fuerte, nfxt so- 
plaba en el estrecho de Kalmar, les había arrastrado hacia 
el norte. Volaban a gran velocidad hacia la tierra; aproxi- 
bánse ya a los primeros islotes de la costa; de repente 
oyeron un fuerte rumor, como si tras ellos corriera una 
multitud de pájaros de alas poderosas; el agua se Jiizo ne- 
gra súbitamente. Okka detuvo de golpe el movimiento de 
sus alas y se dejó caer sobre el mar. Pero la tempestad 
que venía del oeste les sorprendió antes de que los patos 
tocasen el agua. Ante ellos surgían torbellinos de polvo» de 
espuma salada y pájaros pequeños. El huracán se los llevó 
mar adentro, de tumbo en tumbo. 

Fué una tempestad espantosa. Los patos trataron de 
volver atrás, no lográndolo y siendo arrastrados a la deriva 
en pleno Báltico. Pronto les llevó la borrasca más allá de 
la ista de Oiand. El mar se extendía ante ellos, vacío y de- 
sierto. No tenían más remedio que ceder a la violencia del 
viento. 

Okka, dándose cuenta deque no había medio alguno ca- 
paz devolverles hacia atrás, resolvió, para no verse obligada 
a atravesar todo el Báltico, arrojarse al agua con el fin de no 
fatigarse tanto. La marejada era ya fuerte y crecía por ins- 
tantes. Lasólas, de un verde 'obscuro, corrían furiosas, cu- 
biertas de espuma. La de delante era pronto alcanzada por 



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142 SCLMA LAOCRLdr 

la de detrás. Se hubiera dicho que luchaban por llegar 
cada una a mayor altura y por lanzar espumarajos más 
grandes. Pero los patos silvestres no tenían miedo al golpe 
y caída de las olas; hasta parecía divertirles. El nadar no 
les fatigaba. Se dejaban balancear en lo alto de las olas 
y se divertían como niños montados en un columpio. Su 
única inquietud obedecía al temor de que se dispersara la 
bandada. Los infelices pájaros de tierra que pasaban a gran 
altura arrastrados por la tempestad» gritaban, poseídos de 
envidia: «Vosotros no sois tan desgraciados por que sabéis 
nadar». 

Los patos silvestres no estaban» sin embargo, fuera de 
peligro. Primeramente, el balanceo de las olas infundíales 
sueño. A cada instante volvían la cabeza hacia atrás para 
meter el pico bajo el ala y echarse a dormir. Y como nada 
era tan peligroso como ceder al sueño, Okka no cesaba de 
gritar a los patos silvestres: cNo os durmáis, patos silves- 
tres; el que se duerma se alejará de la bandada; el que se 
aleje de la bandada está perdido>. 

Uno tras otro fueron durmiéndose y la misma Okka 
cabeceaba ya, cuando de improviso vio que una cosa re- 
donda y negra surgía de lo alto de una ola: c¡Las focas, 
las focas, las focas!» gritó con voz aguda, elevándose rápi- 
damente entre el rumor de su batir de alas. Y por aprisa 
que emprendieron el vuelo, aun fué alcanzado el último 
pato, que por milagro pudo escapar de las fauces de 
una foca. 

De nuevo quedaron expuestos a ser arrastrados a través 
del mar por la tempestad. No había tierra a la vista; sólo 
el mar por todas partes, vasto y desierto. 

Por fin decidiéronse a dejarse caer al agua otra vez; 
pero a poco de experimentar el balanceo, sentíanse domi- 
nados por el sueño. Y así como se iban durmiendo, apro- 
ximábanse las focas. Si la vieja Okka no hubiera velado 



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NILS H0L0ERS80NS 143 

por todos, ni un solo pato hubiera escapado a la voracidad 
del enemigo. 

La tempestad continuó durante todo el día» haciendo 
terribles estragos entre la multitud de pájaros que en esta 
época del año realizan sus viajes anuales. Qran número de 
aves fueron apartadas lejos de su ruta y murieron de ham- 
bre; otras, agotadas por la fatiga, se desplomaron sobre el 
mar, ahogándose. Muchas fueron aplastadas contra las 
peñas y otras fueron pasto de las focas. 

A la caída de la tarde, como la tempestad no amainaba, 
pensó Okka en la posibilidad de que ella y su bandada pe- 
recieran. Sentíanse en el límite de sus fuerzas y no descu- 
brían ningún refugio. Además, no les era posible flotar un 
momento sobre el agua, porque el mar estaba cubierto de 
grandes témpanos de hielo, que entrechocaban, y corrían 
el peligro de morir aplastados. Intentaron mantenerse sobre 
el hielo, pero el viento se los llevaba. Las focas, las terri- 
bles focas, trepaban por los bancos de hído, persiguién- 
doles. 

Al ponerse el sol, los patos volaban todavía, angustia- 
dos ante la proximidad de la noche. Las tinieblas se exten- 
dieron por doquier en aquella tarde tan llena de peligros, 
mucho antes que de ordinario. 

Y siempre lejos de tierra. El cielo estaba cubierto por 
las nubes, la luna permanecía oculta y la obscuridad era 
más densa cada vez. La noche infundía espanto y hacía tem- 
blar a los corazones más valientes. Los gritos de los pájaros 
en retirada habían repercutido sobre el mar durante la 
jornada, sin que nadie les prestara atención; pero ahora, 
que no se sabía de donde partían, sonaban más siniestros 
y espantables. Allá lejos, sobre el mar, entrechocaban los 
bloques de hielo con gran estrépito. Las focas hacían oír 
sus feroces cantos de caza. El cielo y la tierra parecían 
hundirse. 



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144 SeLMA LAoeRLdr 

LOS CARNEROS 

Hacía unos instantes que Nils tenia los ojos fijos en el 
mar, cuando de repente comenzó a bramar más fuerte. Ante 
él, a algUnos metros de distancia solamente, se levantaba 
un mdro rocoso y pelado; las olas chocaban contra él» en- 
tre montanas de espuma. Los patos silvestres lanzáronse 
hacia allí con tanta prisa, que Nils creyó que iban a morir 
aplastados fatalmente contra Indura muralla. 

No tuvo tiempo ni para asombrarse de que Okka no se 
diera cuenta del riesgo; ya llegaban a la montaña y sólo 
entonces pudo ver que snte ellos se abría la cavidad semi- 
cireular de una gruta. Los patos penetraron sin vacilar; 
estaban salvados. 

1^0 primero que hicieron los viajeros, aun antes de-ale- 
gr^rse por su buena suerte, fué contarse. Okka, Yksi, 
Kolme, Neija, Viisi, Kiinsi, los seis patos jóvenes, el pato 
blanco, Finduver y Pulgarcito, estaban allí; sólo faltaba 
Kaksi de Nulia, la primera pata de la derecha. Nadie sabía 
lo que había sido de ella. , 

Sin embargo, no se inquietaron mucho, porque lOkksi 
era vieja y experimentada; conocía la ruta que llevaban y 
sus costumbres, y no tardaría en encontrarles. 

Seguidamente comenzaron a examinar lo que a sus 
miradas ofrecía la caverna. 0e fuera entraba todavía bas- 
tante luz para que pudiesen ver cuan i^rofunda y vasta era. 
Alegrábanse ya de haber encontrado tan excelente nido, 
cuando uno de los patos advirtió algunos puntos lucien- 
tes y verdes que brillaban en el fondo obscuro. 

— ¡Eso son ojos! — exclamó Okka. — Aquí hay anima- 
les grandes. 

Precipitáronse hacia la puerta; pero Pulgarcito, qiie 
veta mejor en la obscuridad^ les llamó. 

— Nada temáis; son corderos que se han ocultado allá 
dentro. 



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álLS HOLÜERSSONS 145 

Cuando los patos fuéronse habituando a la penumbra, 
distinguieron muy bien a los corderos. Los grandes eran 
aproximadamente tan numerosos como los patos; también 
había algunos corderinos. El jefe del rebaño parecía ser un 
gran cordero de largos cuernos retorcidos. Los patos sil- 
vestres avanzaron hacia él con solemnes reverencias. 

— Recibid nuestro más cariñoso saludo ^ dijeron; pero 
el cordero continuó inmóvil, silencioso, sin contestar ni 
aun con la metior inclinación de cabeza. 

Los^ patos sacaron la convicción de que los corderos 
estaban descontentos por ver invadida su gruta. 

— ¿Estáis acaso enfadados por vernos en vuestra oasa? 
— preguntó Okka. — Pero esto ha sido contra nuestra vo- 
luntad, porque hemos sido empujados a la deriva por el 
viento. Hemos pasado la jornada luchando con la tempes- 
tad y para nosotros sería un gran descanso pasar aquí la 
noche. 

Pasó un buen rato antes de que los corderos se deci- 
dieran a responder; oíanse {os hondos suspiros que lanza- 
ban algunos de ellos. Okka sabía muy bien que los cor- 
deros son animales tímidos y raros, y, además, los allí 
congregados desconocían en absoluto las buenas formas, 
a juzgar por su comportamiento. Finalmente, una vieja bo- 
rrega de cara larga y mirada triste, respondió con voz 
quejumbrosa: 

— Nadie de nosotros ha de oponerse a que permanez- 
cáis aquí; pero sabed que ésta es una lúgubre mansión y 
no podemos recibiros como teníamos costumbre de recibir 
a los huéspedes. 

— No os inquietéis por esto — dijo Okka. — Si voso- 
tros supierais todo lo que hemos sufrido hoy, compren- 
deríais cuan satisfechos quedaríamos si pudiésemos encon- 
trar aquí un rincón seguro donde dormir. 



10 



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146 SBUIA LAOCRLÓP 

A estas palabras repuso la borrega: 

>- Creo que valdría más para vosotros volar en medio 
de la más deshecha tempestad que permanecer aquí. Pero 
no partiréis sin tomar al menos el pequeño refrigerio que 
podemos ofreceros. 

Y los condujo hasta un hoyo lleno de agua. Junto al 
hoyo había un montón de paja desmenuzada, y a su vista 
les hizo ios honores de la casa. 

— Nosotros hemos tenido este afto un invierno muy 
riguroso de nieve — dijo. — Los campesinos que habitan 
la isla y que son nuestros dueños, nos han traído heno 
y paja de avena para que no. muriésemos de hambre. 
Y ese montón es todo lo que nos resta. 

Los patos se precipitaron sobre la comida. Mientras 
comían pensaban en lo bien que se encontraban allí y se 
manifestaban con el mejor humor. Observaban que los 
corderos andaban agitados, pero sabiendo lo asustadizos 
que son tales animales, no creían en la proximidad de nin- 
gún verdadero peligro. Cuando hubieron comido bastante 
dispusiéronse para dormir. Pero el viejo carnero se apro* 
ximó hacia ellos. Nils no había visto jamás un carnero de 
cuernos tan largos ni tan retorcidos. Era notable por diversos 
conceptos. Tenía una gran frente curvada, ojos inteligentes 
y un aspecto arrogante que indicaba su valerosa estirpe 
y fiereza, 

— Ui conciencia no me permite que os deje dormir 
aquí sin advertiros que este lugar no es seguro — dijo. 
— Nosotros no podemos recibir huéspedes de noche. 

Okka comenzó a comprender que se trataba de algo 
serio. 

— Entonces, partiremos al punto; pero ¿por qué no nos 
decís antes el peligro que os amenaza? Nada sabemos, ni 
aun en qué sitio nos hallamos. 

— Os encontráis en la pequeña isla de Kai I — dijo el 



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NILS H0L0ERS80NS 147 

carnero — ante la costa de Qottiand; la isla sólo está habi- 
tada por corderos y aves marinas. 

— ¿Sois vosotros, tal vez, corderos silvestres? — pre- 
guntó Okka. 

— Casi, casi — dijo el carnero. — Nosotros apenas si 
tenemos el menor trato con los hombres. Existe un anti- 
guo convenio entre nosotros y los moradores de una 
granja de Qottiand, por la que deben aprovisionarnos de 
forraje en tiempo de nieve; en pago de esto pueden 
disponer de algunos de nosotros cuando llegamos a ser 
muy numerosos. La isla es tan pequeña que sólo puede 
alimentar un reducido número de animales. Por lo demás, 
nos bastamos, y jamás permanecemos encerrados en el in- 
terior de las casas, sino en las grutas. 

— ¿Y también permanecéis aquí durante el invierno? 
— preguntó Okka, no sin asombro. 

— Claro está — respondió el carnero — ; no nos faltan 
buenos pastos durante el invierno en estos parajes. 

— Parece que lo pasáis mejor que los otros corderos 
^ dijo Okka. — ^Qué desgracia se ha cebado en vosotros? 

— £1 último invierno ha sido muy frío. Se heló el mar 
y a través del hielo vinieron tres raposas que se han que- 
dado aquí. Exceptuando estos, no hay animales peligrosos 
en la isla. 

— ¿Y se atreven las raposas a atacar animales como 
vosotros? 

— Durante el día no, porque tenemos defensa — dijo 
el carnero moviendo sus cuernos.— Pero durante la noche 
se deslizan entre nosotros mientras dormimos. Por esto 
tratamos de estar siempre despiertos; pero como alguna 
vez hay necesidad de dormir, nos atacan apenas cerra- 
mos los ojos. En las otras grutas han matado ya hasta 
el último cordero, y eso que había rebaños tan numerosos 
como el mío. 



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148 SELMA LAOERLOP 

— No es nada agradable confesar nuestra impotencia 
— interrumpió la vieja oveja. Nosotros no somos capaces 
de defendernos mejor que los corderos domésticos. 

— ¿Creéis que vendrán a atacaros esta noche? — pre- 
guntó Okka. 

— E3 probable. En la noche de ayer ya vinieron y nos 
robaron un corderito. Nos perseguirán hasta que no quede 
uno de nosotros. Lo mismo han hecho en las otras grutas. 

— Si continúan asi van a exterminaros — afiadió Okka. 

— Sí; no vivirán mucho tiempo ios pequeños corderos 
de la isla Karl. 

Okka quedó un poco pensativa. Lanzarse a través de la 
tempestad no era nada agradable; pero» por otra parte, 
¿cómo continuar en un sitio donde eran esperados seme- 
jantes huéspedes? Después de reflexionar un momento, 
preguntóle a Nils: 

— ¿Querrías ayudarnos como otras veces? 
Nils respondió que no aspiraba a otra cosa. 

-^ Es algo molesto para ti, por que te impedirá dormir; 
pero yo te rogaría que permanecieras despierto y que nos 
avisaras la llegada de las raposas para que podamos es- 
capar. 

El muchacho recibió con cierto agrado este encargo, 
por cuanto era esto preferible a volar en medio de la tor- 
menta. Nils se comprometió, pues, a permanecer en vela 
y fqé a esconderse tras una piedra que había a la enürada 
de la gruta. A medida que la noche avanzaba parecía cal- 
marse el viento. Aclarábase el cielo y reflejábase la luna en 
las olas juguetonas. La gruta estaba a bastante altura entre 
las escarpaduras de la montaña. Un estrecho y abrupto 
sendero conducía hasta allí. Por esta senda llegarían segu- 
ramente las raposas. 

No se veía todavía ninguna de ellas, pero Nils descu- 
brió algo que le alarmó extraordinariamente en el primer 



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N1L8 HOLOCRSSONS 14Q 

momento: en la estrecha playa, al pie de la montaña, habia 
algo parecido a gigantes, unas moles de piedra que tam* 
bien podrían ser hombres de talla colosa!. 

Al pronto ^eyó soñar, por más que estaba conven- 
cido de no haber dormido; pero veíales tan claramente que 
no podía atribuir su vista a una ilusión de sus sentidos. 
Algunos se hallaban en el agua y los otros parecían estar 
dispuestos a escalar la montaña. Unos tenían grandes 
cabezas redondas, otros apenas si parecían tenerlasl Algu- 
nos eran mancos y otros tenían jorobas detfás y delante. 
Ntls no había visto nunca nada tan extraño. Les observaba 
con tal e^anto que llegó incluso a olvidarse de las raposas. 
De repente oyó el ruido de unas patas arrastrándose entre 
las piedras. Y descubrió tres raposas que se aproximaban 
furtivamente. Apenas se dio cuenta de que estaba ante un 
peligro real recobró la calma y se disipó su terror. Pensó 
que era muy sensible despertar tan sólo a los patos y aban- 
donar a los corderos a su mala suerte, y que era necesario 
arregUr las cosas de otro modo. ¿Qué debía hacer? 

Se dirigió corriendo al interior de la gruta, sacudió al 
camero por los cuernos para despertarle y de un salto se 
puso sobre sus espaldas. 

--Levántate, viejo carnero; vamos a hacerles un poco 
de miedo a las raposas — le dijo. 

Aunque trataron de hacer el menor ruido posible, las 
raposas oyéronles, sin duda, por cuanto al llegar a la en- 
trada de la gruta detuviéronse como para celebrar consejo. 
. — Alguien se ha> movido aquí — dijo una. — Tal vez se 
hayan despertado. 

— jBah, bahl— dijo otra.— ¿Qué mal pueden causarnos? 
Entraron prudentemente, y a poco hacían alto para 

indagar mejor lo que pudiera ocurrir. 

— ¿A quién nos llevaremos esta noche?— preguntó la 
que iba a la cabeza. 



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150 SELMA LAOERLdr 

— Esta noche nos llevaremos al carnero grande — dijo 
la última. — De esta manera no podremos esperar ningún 
mal de los que queden. 

El muchacho, cabalgando sobre el carnero grande, vio 
como se aproximaban. 

— Da una cornada rectamente hacia delante — le dijo 
al oído. 

El carnero obedeció y la primera raposa fué corneada 
y arrojada hacía la salida de la gruta. 

—-Ahora cornea hacia la izquierda — añadió el mucha- 
cho, volviéndole la cabeza en la dirección indicada. 

El carnero dio una terrible cornada que recibió de cos- 
tado ia segunda raposa. Esta tuvo que dar varías volteretas 
antes de tocar tierra y poder huir. Nils hubiera querido 
dar buena cuenta de la tercera, pero hab(a huido ya. 

— Creo que no tendrán ganas de volver por esta no- 
che — dijo Nils. 

— Lo mismo creo — contestó el carnero.— Acuéstate, 
pues, en mi espalda, y te cubriré con mi lana. Mereces 
disfrutar del calor de un buen abrigo después de !a tem- 
pestad que has arrostrado. 

LA BOCA DFL INFIERNO 

Sábado, 9 de abril 

Al día siguiente el carnero hizo subir a Nils sobre sus 
espaldas y le llevó a dar la vuelta a la isla, que no era más 
que un peñasco enorme. Parecíase a una gran casa de 
paredes rectas y techo bajo. El carnero subió primero a lo 
más alto para mostrar a Nils los ricos parajes donde 
solían pastar. Nils tuvo que reconocer que la isla parecíp 
creada expresamente para los corderos. Allí no crecían más 
que el tomillo y algunas otras de esas hierbecitas aromáti- 
cas que tanto gustan a ios corderos. 



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NILS H0L0ERS50NS 151 

Pero alH había otras muchas cosas que admirar. Ante 
todo, veíase el mar azulino y soleado, cuyas olas se desliza- 
ban rumorosa y suavemente hacia la isla. Sólo en contados 
puntos se encrespaban y reventaban en espuma al chocar 
contra algún promontorio. Hacia el este distinguíase la isla 
de Qottiand con una franja de costa y al sudoeste la gran 
isla de Karl, de aspecto parecido a la de Lil. El carnero 
llegóse hasta lo último de la llanura para que Nils pudiese 
ver los parajes montañosos cubiertos de nidos habitados 
por multitud de pájaros, cuervos marinos, ánades, urías, 
fulgas y pingííinos, que en excelente armonía dedicábanse 
a la pesca de sardinas. 

— Esto es la tierra de promisión — exclamó el mucha- 
cho. — Vosotros, los corderos, disfrutáis de un magnífico 
alojamiento. 

— Sí, estamos muy bien. Sólo que al pasear por aquí 
has de ir con mucho cuidado para no caer en uno de estos 
hoyos profundos — dijo el carnero suspirando. Parecía 
deseoso de añadir algo más, pero se calló. La advertencia 
no dejaba de ser útil, porque los hoyos eran muchos y pe- 
ligrosos. Al más grande se le denominaba Boca del Infierno. 
Su profundidad era tremenda y su anchura medía algunos 
metros de diámetro. 

•—Si alguien cayera ahí se mataría — dijo el carnero. 

El tono con que fueron dichas estas palabras parecía 
envolver una intención particular. Esto llamó la atención 
de Nils. 

El carnero llevóle después hasta la playa donde el mu- 
chacho pudo ver de cerca los gigantes que tanto le habían 
alarmado la noche anterior. No eran otra cosa que rocas ais- 
ladas. El carnero las llamaba traukar». 

Nils no dejaba de mirarlas. Si alguna vez hubo gigan- 
tes y duendes que se convirtieron en piedras, no pudieron 
tener otro aspecto que el de aquellos peñascos. 



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152 SELMA LAOERL6p 

Aunque resultaba- agradable pasear por la playa, Nils 
prefería volver hacía io alto. Por alU encontrábanse los 
restos de muchos corderos muertos. Era el sitio donde las 
raposas acostumbraban celebrar sus festines. Había esque- 
letos bien pelados, pero también corderos medio devora- 
dos y otros en los que las raposas apenas si habían hin- 
cado el diente. El corazón oprimíase ante esta carnicería 
que las raposas habían realizado por el placer de cazar 
y matar. 

El carnero ascendió con Nils a cuestas a lo más alto de 
la isla, y dijo deteniendo el paso: 

— Si viera este crimen algún ser capaz e inteligente, no 
pararía hasta castigar a las raposas. 

— Pero las raposas tienen que vivir también — contestó 
Nils. 

— Sí — replicó el carnero — , tiene derecho a vivir el que 
mata por necesidad, por atender a su subsistencia; pero 
éstas son unas criminales; matan por el placer de matar. 

— Los campesinos propietarios de la isla debieron haber 
venido en vuestra ayuda— dijo Nils. 

— Varias veces vinieron a remo hasta aquí, pero las 
raposas se escondieron en grietas y agujeros tan profundos 
que fué imposible darles caza ni aun a tiros. 

— ¡Oh! ¿Crees que un pequeñin como yo podría matar 
a las raposas cuando no habéis podido vosotros ni los 
campesinos tampoco? 

— Con astucia se pueden hacer muchas cosas, aun 
siendo pequeño — respondió el carnero. 

Y no hablaron más. Nils fué a sentarse cerca de los 
patos silvestres, que picoteaban alegremente por los luga- 
res más elevados de la isla. Aunque no lo había dado 
a entender, lamentaba muy de veras e) desastroso fin de 
los corderos y deseaba correr en ayuda de los supervi- 
vientes. 



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NILS HOLOBK880N8 153 

— Es preciso que pida consejo a Okka y a Martin. 

Poco después dirigíase Nils hacia la Boca del Infierno, 
montado sobre el pato blanco. 

Marchaba este tranquilamente sobre la llanura descu- 
bierta, sin darse cuenta de que su bhincura y su elevada talla 
le hacían visible desde muy lejos. Lo extraño era verle tan 
arrogante, siendo así que la tempestad de la víspera había 
hecho estragos en su cuerpo. Cojeaba de la pata derecha y 
su ala izquierda arrastrábase por tierra. Caminaba como si 
no le amenazara el menor peligro, mordisqueando aquí y 
allá las hierbas que le placían, sin tomarse la molestia de 
mirar a su alrededor. Pulgarcito, recostado sobre las 
espaldas del pato blanco, fijaba sus miradas en el cielo 
azul. Era tal su costumbre de ir sobre el pato, que lo mismo 
se mantenía de pie, como tendido a la larga o como le diera 
la gana. 

Como iban tan descuidados, ni el pequeflfn ni el pato 
se percataron de que las tres raposas habían trepado hasta 
la llanura. Lüs raposas sabían muy bien que es impiosible 
atacar a un pato a campo descubierto: su propósito no era 
realmente el de cazar al pato de buenas a primeras, por lo 
que optaron por esconderse en una hondonada y llegarse 
hasta ¿1 rastreando con la mayor prudencia. Así pudieron 
aproximarse hasta el pato, quien al verles intentó elevarse; 
batió las alas, pero no pudo volar. Esto excitó todavía más 
a las raposas. Una vez en la llanura corrieron hacia él, 
procurando ocultarse entre los pedruscos y los zarzales, 
llegando tan cerca del pato que no tenían más que dar un 
gran salto para atraparle. 

Las raposas fracasaron en su primer intento porque el 
pato pudo apartarse a tiempo; pero este fracaso importaba 
poco porque la distancia que les separaba era muy corta y 
el pato cojeaba. 

El pequefio, encaramado sobre el rabo del pato, burlá- 



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154 SCLMA LAOCRLOr 

base de las raposas, gritando: «Estáis tan hartas de carne 
de carnero, que no podéis atrapar a un pato que corre 
ante vosotros.» 

Las burlas del muchacho hicieron que las raposas se 
volvieran locas de rabia y se lanzaran como furias en per- 
secución del pato. 

El pato corrió hasta la gran hondonada, y una vez allí 
saltó el boyo de un vuelo. Las raposas casi le dieron caza 
en este momento. 

Llegados t la otra orilla, aun continuó el pato en su 
carrera; pero Nils le dijo, acariciándole el cuello: 

— Ya puedes detenerle, pato. 

Al punto oyeron tras ellos gritos feroces, el roce de 
unas patas contra los muros de piedra y el golpe de unos 
cuerpos que caen pesadamente. Las raposas hablan des- 
aparecido. 

Al día siguiente, el torrero del faro de la gran isla 
de Karl, encontró a su puerta una cortecita con la si- 
guiente inscripción, grabada en -letras inclinadas y angu- 
losas: 

«Las raposas de la pequeña isla han caído en la Boca 
del Infierno. Id a recogerlas.» 



XIV 
LA CIUDAD SUBMARINA 

La noche siguiente fué tranquila y serena. Los patos 
silvestres no se tomaron la molestia de buscar un abrigo en 
el interior de los grutas, sino que durmieron en lo alto 
de la esplanada. Nils durmióse sobre la hierba, junto a 
ellos. 



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N1LS HOLOERSSONS 155 

La luna brillaba de tal manera que Ntls no podía cerrar 
los ojos, y dedicóse a pensar en el tiempo que faltaba de su 
casa. Habían transcurrido tres semanas desde que abando- 
nara a sus padres. Este recuerdo le hizo caer en la cuenta 
de que aquel dfa era la vfspera de Pascua. 

— En esta noche vienen las brujas de Blakulla — excla- 
mó sonriente, porque si bien temía algo a los duendes, no 
tenía miedo a las brujas. 

De no encontrarse con los patos las hubiera podido ver. 
El cielo estaba tan resplandeciente y limpio de nubes, que 
hubiera podido distinguir d menor punto negro que cru- 
zara por el espacio. 

Hallábase entregado a estas reflexiones, tendido boca 
arriba, cuando apareció ante su vista algo muy bonito. El 
disco de la luna, redonda y llena, recorría la altura llevando 
delante un enorme pájaro. Este no atravesaba la luna en su 
raudo vuelo; se hubiera dicho que el pájaro salía de ella. 
Parecía todo negro en el fondo claro y sus alas exten- 
díanse de un extremo a otro del disco. Volaba de tal 
manera que creyérasele dibujado en medio del círculo 
luminoso. Su cuerpo era pequeño y su cuello largo y fino; 
las patas, colgantes, eran igualmente muy largas y muy 
finas. No podía ser más que una cigüeña. 

Era el señor Ermenric. Descendió junto a Nils y le 
rozó con el pico para despertarle. Nils se irguió inmedia- 
tamente. 

— No dormía, señor Ermenric. ¿Cómo os encontráis 
por ahí a altas horas de la noche? ¿Cómo lo pasáis en 
Qlimminge? ¿Queréis hablar con la señora Okka? 

— Hay demasiada claridad para dormir esta noche — 
respondió la cigüeña — y por esto he empiendido el vuelo 
para venir a verte, amigo Pulgarcito. Una gaviota me ha 
dicho donde estabas. Yo no me he instalado todavía en 
Qlimminge; aun estamos en la Pomerania. 



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156 SELMA LAOERLÓP 

Nils se alegró infinito de ver al seAor Ermenric. 
Hablaban como dos viejos amigos. El seftor Ermenric 
acabó por proponer a Nils hacer un vuelo juntos en 
aquella noche tan hermosa. 

Nils no deseaba otra cosa ni nada mejor, con tal de 
hallarse de regreso al apuntar el día. La cigüefia le prome- 
tió que estarían de vuelta a la hora deseada. Y pusiéronse 
en camino. El seftor Ermenric voló recto a la luna. Subían 
y subían mientras el mar bajaba cada vez más; y el vuelo 
era tan extraordinariamente ligero, que Nils recibía la 
impresión de flotar inmovilizado en el espacio. 

No habfaa volado más que un leve momento, ai parecer, 
cuando la cigüefta descendió en tierra. Arribaron a una 
playa desierta, cubierta de fina arena. A lo largo de la 
costa extendíase una serie de colinas de moviente arena 
coronadas de plantas gramíneas en profusión extraordina- 
ria. No eran muy altas, pero sí lo suficiente para impedir 
a Nils ver lo que tras ellas se ocultaba. 

El seftor Ermenric situóse en una de his dunas, levanta 
una de sus patas, dobló el cuello hacia atrás para hurgarse 
con el pico una de sus alas y dijo a Pulgarcito: 

— Tú puedes pasearte un poco por aquí mientras yo 
descanso; pero no te vayas muy lejos, no sea que te 
pierdas. 

Nils resolvió ai punto deslizarse sobre una de las coli- 
nas para ver el paisaje. Al dar el primer paso su zapato 
tropezó con un objeto duro. Agachóse y vio entre la arena 
una moneda tan corroída por el óxido que era casi transpa- 
rente. Estaba en tan mal estado que no quiso tomarse el 
trabajo de recogerla; y le dio un puntapié. Al erguirse de 
nuevo quedóse estupefacto al ver a dos pasos de distancia 
un alto muro de aspecto sombrío, coronado por una torre. 

En el mismo sitio donde momentos antes extendíase el 
mar vasto y brillante, elevábase un muro almenado, ador- 



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N1L8 HOLOERSSONS 157 

nado de torres y troneras. Y ante sus pasos, en el lugar en 
que hacía un instante sólo existían las arenas con sus gra- 
míneas, abríase ahora la gran puerta de entrada. 

Nils comprendió que aquella repentina transformación 
era cosa de brujería, pero no tuvo miedo. Ofrecían tan 
soberbio aspecto tanto la puerta como el muro, que resul- 
taba difícil sustraerse a contemplar lo que pudiera haber 
en el interior. 

Bajo la inmensa bóveda, un grupo de guardias, vestidos 
de trajes muhícoiores, jugaban a los dados, teniendo al 
lado sus grandes lanzas. Tan enfrascados estaban en el 
juego que no repararon en el muchacho que se deslizó 
hacia el fondo con la mayor rapidez. 

Atravesó-otra puerta y hallóse en una gran plaza, pavi- 
mentada con anchas losas. En torno suyo elevábanse uiías 
casas muy altas, entre las cuales abríanse varias calles muy 
largas y estrechas. 

La plaza rebosaba de gente. Los hombres llevaban lar- 
gos mantos con forro de pieles sobre sus vestidos de seda; 
unos birretes adornados con plumas cubrían, ladeados, sus 
cabezas; sobre sus pechos pendían pesadas, cadenas de oro. 
Todos eran hermosos como reyes. Las mujeres tocábanse 
con unos sombreros altos y puntiagudos y ostentaban lar- 
gos vestidos de mangas estrechas. Iban magníñcamente 
vestidas, pero lucían menos que los hombres. Cuanto pre- 
senciaba parecía surgir del viejo libro de cuentos que su 
madre sacaba a veces del cofre para mostrárselo. No podía 
creer lo que se representaba ante sus ojos atónitos. 

La ciudad er^ todavía más maravillosa que los habitan- 
tes. Todos los edificios lucían magníficas fachadas, con tan 
bellos adornos que todas rivalizaban en esplendor. Cuando 
se contemplan de golpe cosas tan asombrosas, no es posible 
recordarlo todo; pero Nils acordábase después de haber 
visto fachadas en las que había escalinataSi en cuyos 



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158 SELMA LAOeRL&F 

peldaños agrupábanse los Apóstoles en torno de la imagen 
de Cristo; otras cubiertas de estatuas colocadas en sus co- 
rrespondientes hornacinas y no pocas ornadas de cristales 
de infinitos colores o cubiertas de rayas y cuadritos hechos 
de mármol blanco y negro. 

Aun atraído por cosas tan bellas, no dejaba de experi- 
mentar Nils cierta inquietud, fjamás contemplaron mis ojos 
nada semejante ni han de volver a contemplarlo — se 
decía. 

Y echó a correr hacia el interior de la ciudad subiendo 
y bajando a través de calles y calles. Eran éstas estrechas» 
muy estrechas, pero no estaban tan desiertas ni eran tan 
tristes como las de las otras ciudades que hubo conocido. 
La gente se aglomeraba por todas partes. Algunas viejas 
hilaban su copo a la puerta de su casa. Trabajaban sin 
ayuda del torno, utilizando simplemente la rueca. Los 
puestos y las tiendas de los comerciantes estaban en medio 
de la calle, como las barracas de las ferias. Los obreros 
trabajaban al aire libre. Aquí se preparaba el aceite, allá se 
adobaban las pieles, acullá veíase una cordelería. De ha- 
berlo querido, hubiera podido aprender Nils todos los ofi- 
cios. Los armeros martilleaban los metales para construir 
finas armaduras y corazas; los joyeros montaban piedras 
preciosas en sortijas y brazaletes; los zapateros ponían sue- 
las a botas rojas muy flexibles; los que tejían hilo de oro 
lo trenzaban con suma habilidad y los tejedores bordaban 
los vestidos señoriales con oro y seda. Pero Nils no tenía 
tiempo para detenerse. Corría con la mayor rapidez posible 
a lo largo de las calles, para ver cuanto pudiera antes de 
que todo desapareciese. 

Las altas murallas rodeaban a la ciudad por todas par- 
tes, encerrándola como una valla encierra un campo; véta- 
selas siempre que se terminaba una calle, coronadas de 
torres y troiteras. (:u lo aito del mur;.*, soldados con ricos 



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NILS HOLORRSSONS 15Q 

arneses montaban la guardia. Después de haber atravesado 
toda la ciudad llegó Nils ante una segunda puerta. Al otro 
lado extendíase el mar con el puerto. Navios de viejo 
aspecto con bancos para los remeros y altas construccio- 
nes a proa y popa, cargaban o descargaban variadas mer- 
caderías. Trabajadores y comerciantes corrían en todas 
direcciones. Por todas partes reinaban una actividad y una 
animación verdaderamente extraordinarias. 

Pero Nils no se paraba en ningún sitio. Volvió hacia 
atrás y pronto encontróse en la gran plaza. Ail{ elevábase 
la Catedral, con sus tres torres altísimas y sus portadas 
profundas y adornadas de estatuas. Los tallistas habían 
esculpido los muros de tal manera que apenas si se veía 
una piedra que no estuviese trabajada. Frente a la Catedral 
destacábase un edificio con una torre muy alta que se 
remontaba hacia el cielo. Debía ser el Ayuntamiento. Al 
rededor de la plaza elevábanse magnificos ediñcios con 
fachadas maravillosamente decoradas. 

Nils comenzaba a fatigarse y a sentir calor a fuerza de 
correr. Juzgaba haber visto las cosas más bellas del mundo. 
En esto llegó, marchando lentamente, a una calle donde 
había mucha gente parada frente a los escaparates de las 
tiendas; los comerciantes desplegaban ante sus clientes las 
rígidas sedas rameadas, los pesados tejidos de oro, los 
velos transparentes, las gasas ligeras y los encajes, finos 
como telas de araña. 

Mientras el muchacho corrió a través de la ciudad, na- 
die reparó en él; se le hubiera podido tomar por un raton- 
cito negro; pero ahora, que andaba lentamente, fué adver- 
tido por un comerciante, que se puso a hacerle señales 
para que se acercara. 

En el primer momento, el muchacho no tuvo otra idea 
que la de escapar para ponerse en salvo; pero el comer- 
ciante nu ctsaba de llamarle y sonreirle, mostrándole 



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160 SELMA LAOERLÓr 

una pieza de damasco rí<|uístnio» como para atraerle. 

Ntls movió la cabeza, diciendo para s(: «Jamás seré 
bastante rico para comprar un solo metro de esa tela». 

Le miraban ya todos y le hacían señas desde la puerta 
de todos los comercios de la calle. Allá donde dirigiera 
sus miradas encontraba un comerciante haciéndole adema- 
nes afectuosos. Todos abandonaban a sus clientes más ricos 
para no preocuparse más que de él. Veíales precipitarse 
hacia los rincones más ocultos de sus tiendas para sacar 
$u& mercaderías más preciadas, temblando sus manos de 
emoción al colocarlas nuevamente en los estantes. 

Como Nils parecía dispuesto a proseguir su camino, 
saltó por sobre el mostrador uno de los comerciantes y 
corrió hacia él presentándole una pieza de tejido de plata 
y tapices, en los que brillaban los coloresanás deslumbran- 
tes. Nils no pudo contener su risa ¿Cómo podía creer el 
comerciante que un pobre diablo como él adquiriese cosas 
semejantes? Detuvo el paso y extendió sus manos vacías 
para hacerle comprender que no poseía nada y que debía 
dejarle tranquilo. 

El comerciante no quería saber nada: levantó un dedo, 
movió la cabeza y aproximó hacia Nils todo sutnontón de 
riquezas. 

— ¿Sería posible que vendiese iodo esto por una sola 
moneda de oro? — se preguntaba Nils. 

El comerciante sacó de su bolsa una pequeña moneda, 
lo más pequeña posible, muy gastada, y la mostró a Nils. 
Y en su afán por vender, aun añadió al montón de mer- 
cadería dos grandes y pesados cubiletes de plata. 

Nils comenzó a escarbarse los bolsillos, atraído por 
todo aquello. Sabía muy bien que no llevaba un céntimo, 
pero quería convencerse de ello. 

Los demás comerciantes miraban intrigados para ver 
como acababa aquella operación; pero apenas vieron que 



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NILS HOLOERSSON8 161 

el pequeñfti tentaba sus bolsillos, lanzáronse hacia la calle 
saltando sobre los mostradores con las manos llenas de 
alhajas de oro y plata, que le ofrecieron también. Y todos 
le aseguraban que no querían más que una pequeña c in- 
significante moneda a cambio de sus géneros. 

Pero el muchacho tuvo que sacar el forro de sus bol- 
sillos para demostrarles que no tenía un ochavo. Entonces 
todos aquellos ricos comerciantes derramaron una lágrima, 
muy decepcionados. Ntls se impresionó tanlo al ver su de- 
solación, que, angustiado, se llevó las manos a la cabeza 
para discurrir el medio de ayudarles. De repente se acordó 
de la pequeña moneda enmohecida que había encontrado 
entre la arena. 

Y echó a correr y la suerte le fué propicia* Pronto en- 
contró la puerta por donde había entrado, y al salir de la 
ciudad dirigióse por el arenal en busca de la pequeña mo- 
neda de cobre. 

La encontró en efecto, pero cuando trató de volver ha- 
cia la ciudad, no vio más que la mar inmensa, extendida 
ante él. Ningún muro, ninguna puerta; nada de guardianes, 
ni calles, ni casas; nada más que el mar. 

El muchacho no pudo retener sus lágrimas. 

En este momento se despertó el señor Ermenric y se 
aproximó hacia él. Como Nils no reparara en su presen- 
cia, tuvo que tocarle con el pico para llamar su atención. 

— Creo que dormías, como yo — le dijo. 

— ¡Ah, señor Ermenric! — gritó Nils. — ¿Qué ciudad 
era esa que estaba aquí hace un instante? 

— ¿Has visto una ciudad? — preguntóle la cigíleña. 
— Te dormiste y has soñado, seguramente. 

— No, no he soñado — añrmó Nils. Y para convencerle 
le refirió cuanto había visto. 

Después de oirle, dijo el señor Ermenric: 

— No obstante lo que me dices, creo que te has dor- 

II 



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162 SCLMA LAOBRLÓr 

mido aquf sobre la arena y que has soñado; pero no por 
esto te ocultaré que Bataki» el cuervo, que es el pájaro más 
sabio del mundo, me dijo una vez que aquf, junto al i^ua, 
hubo antiguamente una ciudad llama()a Viñeta. Era tan 
opulenta y tan dichosa, que jamás conocióse ciudad tan 
magnífica; pero, desgraciadamente, sus habitantes se dieron 
al lujo y a la molicie, en castigo de lo cual la ciudad de 
Viñeta fué tragada por el mar durante una violenta marea, 
según cuenta Bataki. Los habitantes ¡de aquella población 
no pueden morir, ni la ciudad desaparecer por completo, 
por lo que una noche cada cien años surge de las olas del 
mar con todo su esplendor y permanece en la superficie 
de la tierra durante una hora. 

-<- Si, eso debe ser verdad, porque yo la he visto — 
añadió Nils. 

— Transcurrida esa hora la ciudad vuelve a hundirse 
en las aguas profundas, y así sucederá hasta que alguno 
de los comerciantes de Viñeta |>utda vender cualquier 
cosa a un ser viviente. Si tú hubieras tenido la moneda 
más ínfima para pagar a los comerciantes, Viñeta perma- 
necería ya para siempre sobre la superficie de la tierra 
y sus habitantes, Pulgarcito, hubieran podido vivir y mo- 
rir como los demás mortales. 

— Señor Ermenríc — objetó Nils — , ahora comprendo 
por qué ha venido usted a buscarme en medio de la noche. 
Ha sido porque, sin duda, creyó que yo podría salvar la 
ciudad. Me entristece mucho que vuestro plan haya fraca- 
sado, señor Ermenríc. 

Y llevándose las manos a los ojos, prorrumpió en so- 
llozos. Tanto del muchacho como del señor Ermenríc, 
se hubiera podido decir que estaban dominados por la 
congoja más terrible. 



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NIL8 HOLOERSSONS 163 

LA CIUDAD VIVIENTE 

Lunes, 11 de abril 

El lunes de Pascua los patos silvestres y Pulgarcito vo- 
laban, a la caída de la tarde, por enciraa de Oottiand. 

La gran isla se extendía bajo ellos, maciza y plana. La 
tierra estaba dividida en cuadros y se veían muchas iglesias 
y granjas. Pero aquí, los pequeños bosques bordeando los 
campos entn más numerosos, aunque no se descubría 
ni un solo castillo con torres y vastos parques, como en la 
Escania. 

Los patos silvestres hablan escogido el camino de 
Qottland por Pulgarcito. Hacía dos días que ya no parecía 
el mismo y no había pronunciado ni una palabra alegre; 
pensaba siempre en la ciudad que se le había aparecido de 
una manera tan misteriosa. Jamás había visto nada más 
hermoso y le desesperaba no haberla podido salvar. 

Okka y el pato blanco esforzábanse por hacerle com- 
prender que había sido víctima de un sueño o de un espe- 
jismo, pero Nils no quería oír nada. ¡Estaba tan seguro de 
haber visto cuanto decía! Y nadie pudo convencerle de lo 
contrario, persistiendo de tal modo en su tristeza, que sus 
compañeros de viaje comenzaron a preocuparse muy de 
veras. 

En el momento en que Nils estaba más acongojado, 
llegó, por fin, la vieja Kaksi a reunirse con la bandada. 
Arrastrada por la tempestad hacia Qottland, había atrave- 
sado la isla en .toda su extensión; algunas cornejas le ha- 
bían hecho saber, finalmentcrque sus compañeros encon- 
trábanse en la pequeña isla de Karl. Todos la recibieron 
con muestras de satisfacción, y al enterarse Kaksi de los 
motivos de la tristeza de Nils, le dijo a éste: 

— Sí tú, Pulgarcito, lloras por una vieja Ciudad, nos- 
otros sabremos consolarte. Ven conmigo y te conduciré a 



y 



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164 SELMA LAOCRLÓr 

un sitio que vi ayer y te aseguro que después de verlo 
no ha de durarte mucho ia tristeza. 

Los patos habíanse despedido ya de los corderos y 
puéstose nuevamente en camino. 

Era una tarde bella y apacible. La temperatura era tibia 
y primaveral, los árboles echaban sus grandes vastagos 
y las flores cubrían la tierra en los bosques y los prados; 
el amplio ramaje de los álamos flotaba al viento y en los 
pequeños jardines cultivados, frente a las casitas, florecían 
los groselleros. 

El calor y la eclosión primaveral de los árboles y plan- 
tas habían hecho salir a los hombres por caminos y 
paseos, y por todas partes reinaba la algazara. No sólo 
eran los niños los entregados a los juegos, sino tam- 
bién las personas mayores. Muchos se ejercitaban tirando 
piedras, lanzando proyectiles con tal fuerza, que casi alean* 
zaban a los patos. Daba gusto ver como se entregaban al 
juego las personas mayores, y Níls hubiera encontrado en 
ello un gran placer si le hubiese sido posible olvidar la 
pena que le embargaba, por no haber salvado ia ciudad de 
Vineto. 

No obstante, no podía menos que reconocer que era 
este un viaje encantador. El aire estaba lleno de cantos 
y sonoridades. Los niños bailaban en corro, acompañán- 
dose de sus cantos. El Ejército de la Salud había salido al 
campo. Nils vio multitud de gentes, vestidas de rojo y ne- 
gro, sentadas en un bosque y tocando la guitarra e instru- 
mentos de metal. Por un camino avanzaban grupos nume- 
rosos. Eran los Buenos Templarios * que regresaban de 
una excursión. Les reconoció por sus estandartes con ins- 
cripciones de oro. Entonaban canción tras canción, y así 
caminaron largo rato sin que dejara de oírles. 

*) Miembro! de nna tociedad de (enpluM. 



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NILS HOLOCRSSONS 165 

Desde este día no pudo Nils acordarse de la isla de 
Qottland sin pensar en estos juegos y cantos. 

Nils, que durante mucho tiempo había estado mirando 
hacia tierra, tuvo que levantar de repente ia mirada. [Quién 
podría describir su asombro! Sin que él lo hubiera notado, 
ios patos habían abandonado el interior de la isla y volaban 
hacia ia costa del oeste. El mar azul aparecía ante su vista 
en toda su inmensidad. Sin embargo, no era el mar la 
causa de su asombro, sino una ciudad que se elevaba junto 
al agua. 

Nils venia del este y el sol comenzaba a declinar hacia 
el oeste. Así como se iba aproximando hacia la ciudad, 
surgían las murallas, las torres, los altos edificios y las igle- 
sias, que dibujaban su negra silueta en el fondo del cielo 
iluminado. Aunque no podíase distinguir ningún detalle, 
parecióle a Nils, en el primer momento, que se trataba de 
una ciudad muy parecida en esplendor a ia que se le había 
aparecido la noche de Pascua. 

Cuando estuvo cerca pudo observar que aun siendo 
aquella ciudad semejante a la que había surgido del mar, 
era, a la vez, muy diferente. Había entre ambas la misma 
diferencia que entre un hombre, a quien se ha visto un 
día cubierto de púrpura y resplandeciente de joyas, y a quien 
se encontrara al día siguiente cubierto de harapos. 

Ciertamente, esta ciudad debió parecerse a la que él 
evocaba. Como la otra, estaba circundada de murallas con 
torres y puertas; pero las torres de esta ciudad no tenían 
cubiertas y estaban vacías y abandonadas. Las puertas no 
tenían hojas de madera para cerrar; los guardianes y sol- 
dados habían desaparecido. Todo «1 antiguo esplendor ha- 
bíase desvanecido y no quedaba más que el esqueleto de 
piedra, silencioso y gris. 

Cuando Nils hubo llegado a la ciudad, vio que estaba 
formada en gran parte de peqnefias casas bajas, entre 



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166 SELMA f^XOBRLÓP 

las cuales subsistían todavía algunos edificios elevados 
e iglesias. Las fachadas estaban enjalbegadas, pero Nils, 
que acababa de ver la ciudad hundida en el fondo 
del mar, imaginaba como estarían exornadas en otro 
tiempo. Lo mismo pensaba respecto a las iglesias. La ma- 
yor parte de ellas no tenían techumbre. Las ventanas care- 
cían de vitrales, la hierba crecía entre las losas y la yedra 
trepaba por los muros. Mas Nils adivinaba como habían 
sido en otra época: cubiertas de imágenes y de pinturas, 
el coro ornado de altares y de cruces doradas ante las 
cuales oficiarían ios sacerdotes revestidos de mantos de oro. 

El pequeflín veía también las calles estrechas y desani- 
madas en aquel día de fiesta. Sabia muy bien qué bulli- 
cio reinara en ellas antiguamente. Sabía también que ha- 
bían sido como vastos talleres invadidos de obreros. 

Pero lo que Nils no veía era que la ciudad continuaba 
siendo bella y magnífica. No veía ni el encanto de las ca- 
sitas confortables en las calles retiradas, con sus rojos ge- 
ranios tras los encuadrados brillantes de las ventanas, ni 
los numerosos jardines con sus veredas bien cuidadas, ni 
la hermosura de las ruinas con guirnaldas de plantas tre- 
padoras. Sus ojos, deslumhrados por el pasado esplendo- 
roso, nada bueno podían descubrir en el presente. 

Los patos revolotearon dos o tres veces sobre la ciudad, 
con el fin de que Pulgarcito pudiera verla a sus anchas, 
pero acabaron por descender, instalándose, para pasar la 
noche, sobre las losas cubiertas de hierba de una iglesia 
en ruinas. 

Dormían ya cuando Pulgarcito continuaba mirando 
a través de las bóvedas desplomadas, el cielo rosa pálido 
del crepúsculo. Y, después de hondas reflexiones, acabó 
por convencerse de que no debía afligirse tanto por no 
haber podido salvar la ciudad sumergida. 

No, ya no viviría afligido después de haber visto esta 



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NILS HOLOER8SONS 167 

ciudad. Si ia otra no hubiese desaparecido bajo el agua, 
hubiera acabado en ruinas como ésta. No hubiera resisti- 
do, seguramente, al espíritu destructor del tiempo; pronto 
también hubiera presentado iglesias sin techumbre, casas 
sm adornos y calles vacías e inanimadas. Era mejor que 
permaneciese, con todo su esplendor intacto, en ei fondo 
misterioso. 

Hay muchos que, aun siendo jóvenes, piensan como 
Nils, porque cuando el hombre envejece y tiene que con- 
tentarse con poco, le satisface más la pobre realidad que 
la rica fantasía que, como la ciudad de Viñeta, se halla su- 
mergida en el mar. 



XV 
LA LEYENDA DE ESMALAND 

Martes, 12 de abril 

Los patos silvestres, después de atravesar felizmente el 
mar, descendieron en el cantón de Tjust, en el norte de 
Esmaland. El cantón de Tjust parece, por su aspecto, que 
no ha podido decidirse a ser mar o tierra. Por todas partes 
se hunden los fiordos hacia ^1 interior, cortando la tierra 
en islas y penínsulas, en cabos y en istmos. El mar es un 
intruso al cual sólo han podido resistir las colinas y las 
montañas: las tierras bajas han desaparecido bajo el agua. 

Caía la tarde cuando uno tras otro fueron descendiendo 
los patos. El paisaje era bellísin^o con sus pequeñas coli- 
nas rodeadas de brillantas brazos de mar. Nils pensó in- 
voluntariamente en Blekinge, la piovincia donde tierra 
y mar se confunden de una manera suave y tranquila, 
mostrando una y otra sus más atrayentes aspectos. 



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168 SetMA LAOERLdP 

Los patos fueron reuniéndose sobre un isiofe pelado 
de toda vegetación, en el fondo de una babia profunda. 
Al primer golpe de vista pudieron comprobar en la ribera 
que la primavera habia hecho ya notables progresos. Los 
altos y magn{f¡cos árboles no estaban todavia vestidos de 
hojas, pero la tierra que se extendía a sus pies aparecía 
sembrada de anémonas, de musgo y de hepáticas. 

Al ver este tapiz de flores, los patos temieron haberse 
retrasado demasiado en el mediodía. Okka decidió ai punto 
no detenerse en Esroaiund. Al dfa siguiente, al amanecer, con- 
tinuarían el viaje hacia el norte, a través de la Ostrogocia. 

Por lo tanto, Nils comprendió que no le seria posible 
ver nada en Esmaland, lo que no dejaba de causarle algún 
disgusto. Nunca había oído hablar de ninguna provincia 
tanto como de la de Esmaland, por lo que era grande su 
deseo de verla con sus propios ojos. 

El verano anterior, siendo guardador de patos en casa 
de un campesino de los alrededores de Jordberg, encon- 
trábase diariamente con dos pobres muchachos de Esma* 
land, también guardadores de patos, que despertaron en 
extremo su curiosidad, con tanto hablar de Esmaland. 

Cualquiera hubiese dicho que Asa, la guardadora, le hu- 
biese hecho rabiar con esta conversación, pero no había 
tal. La muchacha era demasiado discreta para ello. El que 
solfa soliviantarlo era el hermano de aquélla, el pequeño 
Mats, muy burión y revoltoso. 

-* ¿Has oído hablar, guardador de patos, de como fue- 
ron fundados el Esmaland y la Escania? — preguntábale. 
Y si le contestaba negativamente, referíale al punto esta 
divertida historia: 

f Érase en el tiempo en que el Seflor creaba el mundo. 
Cuando más enfrascado se hallaba en su trabajo, acertó 
a pasar San Pedro por allí y se detuvo para mirar y pre- 
guntar si era aquél un trabajo muy difícil. 



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NILS HOLOERSSONS 169 

— No es muy fácil — respondió el Seftor. 

San Pedro estuvo mirándole un buen momento, y des* 
pues, viendo con qué facilidad disponía las tierras el Señor, 
cayó en la tentación de hacer él lo mismo. 

— Tal vez te convenga descansar un momento — díjole 
al cabo. — Yo podría continuar el trabajo durante ese 
tiempo. 

Pero el Seftor no aprobó esta proposición. 

— Creo — le replicó — que no estás al tanto de esta 
clase de trabajo. 

Enfadóse San Pedro, y un tanto amoscado, le contestó 
que se creía tan capaz como el mismo Señor de fundar 
un pafs. 

Ei Señor iiabía comenzado ya la obra de fundar el Es- 
maland. Todavía no estaba ni a la mitad, pero lo hecho 
bastaba para darse cuenta de lo bello y extraordinariamente 
fértil que llegaría a ser aquel país. Nuestro Señor creyóse 
obligado a acceder a la petición de San Pedro, pensando, 
además, que nadie podría estropear aquella obra tan bien 
comenzada. Y dijo: 

— Muy bien: ya que lo quieres, vamos a ver cuál de los 
dos revela mayor habilidad. Tú, que eres novicio, conti'- 
niias trabajando aquí; yo crearé, mientras tanto, otra pro- 
vincia. 

San Pedro aceptó la proposición y se separaron para 
trabajar cada uno por un lado. 

El Señor dirigióse un poco más hacia el sur y puso 
manos a la fundación de la Escania. No duró mucho el 
trabajo, y una vez terminado fuese San Pedro en busca del 
Señor para rogarle que se llegase a ver las nuevas tierras. 

— Hace mucho que yo terminé mi cometido — díjole 
San Pedro, revelando en el tono de su voz lo satisfecho 
que estaba de su obra. 

Cuando San Pedro contempló la Escania, confesó que 



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170 SCLMA LAQERLdr 

no podía hacer la menor objeción. Era un pais fértil, fácil 
para el cultivo con sus grandes llanuras y casi desprovisto 
de montaAas. Evidentemente, el Seftor habfa querido que 
aquel país fuese sumamente agradable a los hombres. 

— Sí, es un buen país — dijo San Pedro — ; pero creo 
que el mío también vale la pena. 

— Vamos a verlo — afiadió el Señor. 

Cuando San Pedro puso manos a la obra, la provincia 
estaba ya acabada al norte y al este. Las partes meridional 
y occidental eran, pues, obra de San Pedro. Apenas hubo 
dado unos pasos, Nuestro Seftor se detuvo asombrado. 

— ¡Cómo! ¿Qué has hecho, Pedro? 

San Pedro miraba y remiraba, demudado. Sabiendo 
que nada vale para la tierra tanto como el calor, había 
amasado y amontonado piedra sobre piedra y roca sobre 
roca y construido una altiplanicie para acercarse al sol todo 
lo posible. Sobre esta elevación rocosa había extendido 
una fina capa de humus, y abandonó su obra creyéndola 
perfecta. 

En el intervalo empleado para ir a la Escania habían 
caído fuertes aguaceros, y apenas si lo que restaba podía 
dar una idea del trabajo realizado. Cuando el Seftor fué 
a ver el país de San Pedro, toda la tierra había sido arras- 
trada por la lluvia, y el fondo de granito aparecía por do* 
quier. En los puntos mejor librados- cubría las rocas una 
capa de hielo y de gruesa arena; pero veíase en seguida 
que aquella tierra no podía dar más que abetos, musgo 
y matorrales. No escaseaba el agua, que llenaba las hendi* 
duras; por todas partes veíanse lagos, ríos y arroyos, sin 
contar las marismas y los estanques, que cubrían vastas 
extensiones. Lo peor era que el agua estaba mal repartida: 
algunos sitios la poseían superabundante y en otros faltaba 
en absoluto, hasta el punto de que campos inmensos no 
eran otra cosa que áridas llanuras, donde el polvo y 



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NILS HOLOCRSSONS 171 

la arena formaban remolinos al menor soplo de viento. 

— ¿Cuál fué íu intención al crear un país semejante? 
— preguntó el Señor. 

San Pedro se excusó como pudo; él había querido cons- 
truir un país tan elevado como fuese posible para que re- 
cibiese mucho sol. 

— Pero tendrá que sufrir los rigores del frío y las he- 
ladas nocturnas — replicó el Señor — porque el frío tam- 
bién viene del cielo. Temo mucho que lo poco que pueda 
crecer aquí se hiele. 

San Pedro no había pensado en esto. 

— Sí, éste será un país pobre y expuesto a las heladas 
terminó diciendo el Señor — ; habrá que dejarlo como 
está. 

Al llegar Mats a este punto de su relato, le interrumpió 
su hermana, diciéndole: 

— No puedo tolerar que sigas diciendo que todo es tan 
malo en Esmaland, por cuanto olvidas que hay mucha y 
buena tierra, como la de los campos de More, junto al es- 
trecho de Kalmar; creo que no los hay mejores para ce- 
reales. Pueden compararse a los de la Escania, tan buenos 
que es posible que no haya nada que no pueda crecer aquí; 
a varios he oído decir que no hay costa más hermosa 
que la de Tjust. 

— No es cuestión mía el averiguarlo— replicó Mats — ; 
cuento las cosas como me las han dicho. Lo cierto es que 
todas las cosas bellas de fsmaland, fueron hechas por el 
Señor antes de que a San Pedro se le ocurriera trabajar 
en ello. 

El Señor mostrábase acongojado; pero San Pedro no se 
acobardó por esto y trató de consolar al Señor. 

— No lo tomes tan a pecho — le dijo. — Espera al 
menos que tenga tiempo para crear un pueblo capaz de 
cultivar las marismas y de arreglar los campos. 



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172 SCLMA laoerij5f 

El Seftor, ya a! cabo de su paciencia, le gritó: 

— No, no; vete a la Escania, donde he creado un país 
bueno y fácil de cultivar, y crea los escanianos; quiero 
crear yo mismo los esmalandeses. 

Nuestro Señor hizo el esmaiandés vivo, despierto, ale- 
gre, trabajador y paciente; que se contentara con poco, con 
el fin de que pudiera ganarse el sustento en su misera- 
ble país. > 

Así acabó su relato el pequeño Mats; y si Nils Hol- 
gerssons hubiera podido callar y contenerse, nada hubiese 
pasado; pero Nils no podía menos que preguntarle cómo 
consiguió San Pedro crear los escanianos. 

— ¿Qué es lo que tú piensas?— respondíate el pequeño 
Mats con aire burlón. 

Nils, irritado, se arrojó sobre él; pero Mats no era más 
que un pequeñuelo y Asa, su hermana, que contaba un 
año más, corría en su auxilio. Tenía un carácter muy dulce, 
pero en cuanto tocaban a su hermano, se convertía en una 
leona. Y como Nils Holgerssons no quería pelearse con 
una muchacha, les dio la espalda y no volvió a mirarles 
en toda aquella jornada. 



XVI 
LAS CORNEJAS 

LA VASIJA DE BARRO 

En la parte sudoeste del Esmaland se extiende un can- 
tón llamado Sunnerbo. El país es bastante llano y despeja- 
do; cualquiera que lo vea en invierno, cubierto de nieve, 
se imagina que bajo la nieve existen campos labrados, cen* 



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NILS HOLOCRSSONS 173 

teño verde y tréboles floridos. Pero cuando comienza abril 
y la nieve se funde, aparece cuanto había enterrado la 
la nevada: arenales áridos, rocas peladas y vastas marismas. 
Aparecen también algunos campos, pero tan desnudos de 
vegetación y faltos de cultivo, que apenas si se les adivina. 
Se descubren entonces, igualmente, algunas pequeñas ca- 
banas grises o rojas, si bien disimuladas tras los grupos de 
álamos, como si temieran mostrarse. 

En los límites del cantón y del Haland hay una llanura 
de arena tan vasta, que de un extremo no se llega a ver el 
otro; los matorrales crecen profusamente, excepto en una 
baja colina pétrea que atraviesa la región y donde se en- 
cuentran enebros, serbales y hasta algunos grandes y fron- 
dosos abedules. En la época en que Nils Holgerssons 
acompañaba a los patos silvestres, veíase también una pe- 
queña cabana rodeada de un pedazo de tierra labrada, 
pero abandonada por las gentes que habían habitado aquel 
lugar. La casita estaba vacía y el campo inculto. 

Al abandonar la cabana sus moradores habían cerrado 
la chimenea, las ventanas y las puertas; pero olvidaron que 
una de las ventanas tenía un cristal sólo substituido con 
una tela, que fueron carcomiendo los años y pudriéndola 
las lluvias hasta que un día cedió bajo el pico de una 
corneja. 

En efecto, la colina pétrea, que se elevaba en el centro 
de la llanura, no estaba tan desierta como se hubiera po- 
dido creer: la habitaba un numeroso pueblo de cornejas. 
Claro está que las cornejas no vivían allí todo el año. En 
invierno se iban al extranjero; en otoño visitaban ios cam- 
pos de Gotaland, uno tras otro, para comer trigo; en 
verano se dispersaban y vivían en las proximidades de las 
granjas de Sunnerbo, alimentándose de castañas, de huevos 
y de pajariilos; pero a la primavera volvían siempre al 
arenal desierto a poblar sus nidos y cuidar sus crías. 



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174 SELMA laoerl5f 

La corneja que había arrancado el pedazo de tela era 
un macho viejo conocido por Pluma-Blanca, aunque siem- 
pre se le llamaba Fumla o Drumla o Fumla-Drumla, porque 
era torpe, cometía tonterías y se prestaba al ridículo. Pum- 
hi-Drumla era más grande y más fuerte que todas las otras 
cornejas, pero su fuerza no le servía para nada: era un 
eterno sujeto de risa. Ni aun el hecho de pertenecer a una 
familia aristocrática le granjeaba el respeto de los demás. 
En buenr justicia él debía ser el jefe de la banda, porque 
desde largos años pertenecía esta dignidad al mayor de los 
Pluma-Blanca. Pero desde antes de nacer Fumla-Drumla, 
había sido desposeída su familia de tal poder, asumido al 
presente por una corneja cruel y salvaje. Se llamaba la 
Ráfaga. 

El cambio de reinado debíase a que las cornejas habían 
abandonado su antigua manera de vivir. Tal vez se crea 
que todas las cornejas viven de la misma manera; pero esto 
es un error. Hay pueblos de cornejas que llevan una vida 
honrada, es decir, que no comen más que granos, gusanos, 
orugas y otros animales ya muertos, pero otros llevan una 
vida de picaros, atacando a los jóvenes lebratillos y a los 
pajaritos y devorando cuantos nidos se les presentan 
al paso. 

Los antiguos jefes de la familia de los Pluma Blanca 
habían sido severos y moderados; mientras ellos capitanea- 
ron la banda impusieron a las cornejas tan excelente con- 
ducta, que jamás incurrieron en las censuras de los otros 
pájaros. Pero las cornejas llegaron a ser muy numerosas y 
la miseria reinaba entre ellas, por lo que acabaron rebelán- 
dose contra los Pluma-Blanca y confiriendo el poder a la 
Ráfaga, que era el más terrible perseguidor d^ los nidos que 
formaban los pajaritos y el mayor bribón que se pudiera 
dar, a no ser su mujer, conocida por la Borrasca, que era 
aún más terrible. Bajo su reinado las cornejas inaugu* 



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N1L8 H0LQERS80NS 175 

raron un género de existencia que las hacia más temibles 
y odiosas que los gavilanes y Tialcones. 

Pumia^DrtiQila no significaba nada en la banda. Tod«LS 
las cornejas convenían en que no tenia nada de sus antece- 
sores y que jamás podría ser su jefe. Nadie se hubiera ocu- 
pado de él de no cometer tantas tonterías. Algunos decían 
que tal vez fuera una suerte para él ser tan torpe y estú- 
pido; de otro modo la Ráfaga y su mujer no hubieran rete- 
nido en la banda un miembro de la familia de los antiguos 
jefes. 

Al presente todos se mostraban muy considerados con 
él y le llevaban frecuentemente a sus cacarías. Todo el 
mundo podía convencerse de que no había nadie menos 
hábil e intrépido que él. 

Ninguna de las cornejas sabía que hubiese sido Fum- 
la-Drumla la que había quitado la tela o trapo de la ven- 
tana, y de haberlo sabido hubiérales causado gran extrafteza. 
Nadie podía atribuirle la audacia de aproximarse tanto a 
una vivienda humana. El mismo lo había ocultado, para lo 
que no le faltaban razones. La Ráfaga y la Borrasca te tra* 
taban bien siempre durante el día y en presencia de las 
otras cornejas; pero una noche sombría, cuando todas las 
cornejas habíanse entregado al sueño, fué atacada artera- 
mente por laá dos cornejas que en poco más la^ matan. 

Después de éste atentado había tomado la costumbre, 
apenas llegada la obscuridad, de abandonar su antiguo 
puesto para refugiarse en la cabana vacía. 

Una tarde de primavera, cuando las cornejas habían 
instalado sus respectivos nidos, hicieron un extraño descu- 
brimiento. La Ráfaga y la Borrasca habían descendido con 
otras dos cornejas al fondo de un gran hoyo situado en un 
rincón de la landa. Este no era más que una cantera de 
arena y las cornejas no llegaban a comprender por qué 
habían hecho los hombres aquella excavación. Poseídas de 



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176 acLMA LAoeRL&r 

viva curiosidad todo eran idas y venidas, vueltas y revuel- 
tas y un constante remover de ios granos de arena. De im- 
proviso desprendióse sobre ellas una avalancha de grava. 
Entre las piedras y el ramaje de los matorrales desprendí- 
dos descubrieron una vasija de barro, bastante grande, cu- 
bierta con una tapa de madera. Trataron de averiguar lo 
que la vasija contenía; pero fué inútil su intento de arrancar 
la tapa y de romperla a golpes de pico. 

Contemplaban la vasija algo inmutadas, cuando oyeron 
una voz que les decía: 

— ¿Queréis que os ayude, cornejas? 

Levantaron la cabeza sorprendidas y vieron una raposa 
junto al hoyo abierto. Era una raposa de las más hermosas 
de color y de aspecto que pudieran ver. Su único defecto 
consistía en la falta de una oreja. 

— Si deseas prestarnos tu ayuda, no la rechazaremos— 
dijo la Ráfaga echando a volar rápidamente con todos sus 
compañeros. 

La raposa saltó al fondo del hoyo y se puso a morder 
la vasija y a tirar de la tapa para arrancarla; mas no consi- 
guió abrirla. 

—¿Acertarías lo que tiene dentro? — preguntó la Ráfaga. 

La raposa hizo rodar la vasija, aplicando su oído. 

— No puede contener más que monedas de plata— dijo. 
Esto era infinitamente superior a lo que las cornejas 

habían podido pensar. 

— ¿Crees verdaderamente que es dinero lo que encie- 
rra?— preguntaron con los ojos desmesuradamente abier- 
tos por la codicia, por cuanto, aun que parezca extrafto, 
nadie ama más el dinero en el mundo que las cornejas. 

— Escuchad y oiréis cómo suenan las monedas— afia- 
dió la raposa haciendo rodar nuevamente la vasija. — Des- 
graciadamente, no sé de qué medio valerme para hacerme 
con ellas. 



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NILS HOLOERSSONS 177 

—No, no hay ningún medio a nuestro alcance — suspi- 
raron las cornejas. 

La r^pQsa se rascaba la cabeza con su pata izquierdaí 
mientra3 reflexionaba. Y pensaba que, con la ayuda de. las 
cQfP^jas, tal vez pudiera apoderarse de aquel pequeñuelo 
que volaba con los patos silvestres y al que no lograba 
atrapar nunca. 

— ¿Sabéis quién es el que podría abriros la vasija?— 
dijo al fin. 

—¿Quién? Decid el nombre — gritaron las cornejas, 
que en su ardor volaron hasta el fondo del hoyo. 

— No os lo (¡liré mientras no aceptéis mis condiciones 
— respondi(J. 

yi raposa 1^3 h^bló de Pulgs^rcito, afirmando que serí^ 
C9paz de abrir la yasjjd, ppr lo que debían obligarle a ve- 
nir. A cambio de este buen consejo la raposa exigía que 
las cornejas le entregasen ^ Pulgarcito, después que les 
prestase el deseado s^rvigio. Las cornejas, que no tenían 
por qué pr^pciiparse d^ Pulgarcito, aceptaron la propo- 
sición. 

P^ro faltaba lo tn4í 4iKci1; faltahí saber dónde estarían 
lof patps silvestres y Pulgarcito. La Ráfaga se puso en 
camino acompañada de cincuenta cornejas. Prometió vol- 
ver pronto; pero pas|ij:Qn los días sin que la? cornejas 
la vieran de regreso. 



RAPTADO POR LAS CORNEJAS 

Miércoles, 13 de abril 

Los p^tps silvestres se despertaron con la aurora y dis- 
pusiéronse a comer un poco antes de emprender la travesía 
de la Ostrogocia. El islote donde habían dormido era estre- 
cho y pelado, pero en las aguas que le baftaban había bas- 
ta 



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178 SCLMA LAOERLÓP 

Untes plantas para alimentarse bien. El pequeño, j^or el 
contrario, no encontraba nada que comer. 

Hambriento y transido por el frío de la mañana, entre» 
teníase mirando en torno suyo, cuando descubrieron sus 
ojos dos ardillas que trepaban en sus juegos de ano a otro 
árbol, en una punta de terreno que se destacaba frente a la 
isla. Imaginando que las ardillas no habrían consumido, 
seguramente, sus provisiones de invierno, Nils rogó al 
pato que le llevara allí para poder pedir a las ardillas un 
par de nueces. 

El pato blanco accedió a ello, nadando inmediatamente 
a través de las aguas y llevando consigo a Pulgarcito, pero, 
por desgracia, tan entregadas a su juego estaban las ardi- 
llas, que no oyeron las súplicas del muchacho. Saltando de 
árbol en árbol internáronse cada ver más en el bosque. 
Nils, que quiso seguirlas, no tardó ery perder de vista al 
pato, que se había quedado junto al agua. 

Pulgarcitosavanzaba penosamente entre algunas plantas 
de anémonas blancas que le - cubrían hasta la cabeza, 
cuando, súbitamente, se sintió cogido por detrás; alguien 
trataba de detenerle. Volvióse rápidamente y vio una cor- 
neja que le había agarrado por el cuello de la camisa. Nils 
debatíase con toda su energía; pero una segunda corneja 
que llegaba en auxilio de la primera, atrapábale por las 
piernas, haciéndole caer. 

Si Nils Holgerssons hubiese llamado inmediatamente 
en su ayuda ai pato blanco, éste hubiera logrado desemba- 
razarle de las cornejas; pero el mtichacho pensó que él de 
por sí bastábase para desprenderse de las dos cornejas. 
Por muchos puntapiés y puñetazos que diera, no consiguió 
deshacerse de sus enemigos, que acabaron elevándose por 
los aires con éi a cuestas. Emprendieron el vuelo de un 
modo tan imprudente, que la cabeza át Nils chocó con 
violencia contra una rama* El choque fué tan fuerte, 



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NILS HOtUERSSONS i 79 

que a Nils se le nubló la vista y perdió el conocimiento. 

Cuando pudo abrir los ojos hallábase ya muy lejos de 
tierra. Al volver en sí no se dio cuenta de donde estaba ni 
de lo que habia pasado. Bajo sus pies extendíase algo así 
como un tapiz de lana, de trazos negruzcos y verdes, que 
parecía roto y sumetgido en el agua; entre sus roturas y 
orificios brillaba un cristal muy luciente: hubiérase dicho 
que el tapiz estaba extendido sobre un espejo. 

[>espués vio como ascendía el sol hacia el cielo. En- 
tonces fué cuando el cristal) sin las desgarraduras dd tapiz, 
comenzó a despedir destellos rojos y dorado^. Era magní- 
fico. En este momento bajaron las cornejas y Nils pudo ver 
que ei gran tapiz era la tierra, cubierta de bosques, y que 
las roturas y orificios eran los lagos y marismas. 

A su mente acudían un tropel de preguntas. ¿Cómo no 
se hallaba sobré las espaldas del pato blanco? ¿Por qué 
volaban en torno de él todo un enjambre de cornejas? 
¿Por qué, en fin, sentiase dolorido como si le hubieran 
sacudido con un palo, con todos los miembros dislocados? 

De repente lo comprendió todo: le habían raptado las 
cornejas. El pato blanco le esperaba en la ribera y los patos 
preparábanse para partir aquel mismo día hacia la Ostro* 
gocia. Eti cuanto a él, conducíanle hacia el sudoeste; el sol 
quedaba a sus espaldas. 

—¿Cómo lo pasará el pato blanco sin mí?— Y entre 
lamentos pidió a las cornejas que le llevasen a donde estaban 
los patos silvestres; pero las corneja» no hacían el menor 
caso de sus súplicas. 

Volaban en línea recta y a toda velocidad. Inopinada- 
mente una de ellas aleteó con fuerza indicando un peligro; 
rápidamente descendieron sobre un bosque de abetos, 
hundiéronse a través de las ramas entrecruzadas y, por 
último, dejaron a Nils en tierra, bajo un árbol tan copudo 
que no le hubiera descubierto un halcón. 



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180 SBLMA LAOCRLÓP 

Qncucnta cornejas rodearon ai muchacho, dir^endo 
hacia él sus picos amenazadores. 

—Ahora, señoras cornejas, espero me digiis loa moti- 
vos que habéis tenido para raptarme — dijo él. 

Apenas si tuvo tiempo para acabar su pregunta. Una 
corneja silabeó: 

— Cállate si no quieres que te saque los ojos. 

Nils tuvo que callar porque la corneja mostrábase dis- 
puesta a poner en práctica su amenaza. Permanecía sen- 
tado, contemplando las cornejas mientras éstas le contem- 
plalMn a él« 

Cuanto más las miraba menos simpáticas las e«con- 
traba. Su plumaje aparecía asquerosamente polvoriento y 
mal cuidado. Su terrible aspecto daba a entender que no 
conocían el baño ni el aceite que abrillanta las plumas. Sus 
patas y garras estaban recubiertas de barro endurecido; en 
las comisuras de sus picos había restos de comida. Erai) 
pájaros muy distintos de los patos silvestres. Nils creía ver 
en ellos un aire de crueldad, de avidez, de ferocidad y de 
atrevimiento, propio de malhechores o vagabundos. 

— He caído en poder de una banda de ladrones — pen- 
saba. 

En este momento oyó sobre su cabeza el grito de lla- 
mada de los patos silvestres. 

—¿Donde estás? Yo estoy aquí. ¿Donde estás? Yo estoy 
aquí. 

Comprendió al punto que le iban buscando sus compa- 
ñeros de viaje; pero no pudo responder. La ceneja grande, 
que actuaba de jefe de la banda, le silabeó al oído: c Piensa 
en tus ojos. > — Y Nils no tuvo más remedio que ca* 
liarse. 

Los patos silvestres no podían saber que estaba tan 
cerca de ellos; después de emitir dos o tres nuevos gritos 
de llamada, sus voces perdiéronse a lo lejos. 



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NILS HOLOERSSONS 181 

— Ahora, Nils Holgerssons — se dijo el muchacho para 
sí — tendrás que componértelas tú sólito. Se trata de de- 
mostrar si has aprendido algo durante estas semanas de 
vida salvaje. 

Al cabo de un instante las cornejas adoptaron una acti- 
tud propicia a emprender el vuelo, pero como parecían 
tener el propósito de llevarle entre dos de ellas, pues una 
le tenía por el cuello de la camisa mientras otra sujetábale 
por las medias, gritó el muchacho: 

— ¿Pero es que entre vosotras no hay una sola capaz 
de llevarme sobre su espalda? Me habéis maltratado ya de 
tal manera que me siento dolorido. Tomadme a horcajadas; 
no me tiraré a tierra, os lo prometo. 

— Si tú crees que nos vamos a preocupar de tu como- 
didad, estás equivocado — dijo el jefe. 

Pero surgió entonces un pajarraco erizado, que tenía 
una pluma blanca en una de sus alas, que, saliendo del 
grupo, dijo: 

— Oye, Ráfaga: ¿No es preferible que Pulgarcito llegue 
entero, en una sola pieza, que no partido por nuestros tiro- 
nes? Yo trataré de llevarlo sobre mis espaldas. 

— Sí tú puedes, Pumla Drumla, tanto mejor — dijo el 
jefe. — Pero cuidado con dejarle caer. 

Nils experimentó gran contento, porque aquello repre* 
sentaba una partida ganada. 

— No porque haya sido robado por las cornejas voy a 
acobardarme — pensó.— Yo sabré dar buena cuenta de 
estos miserables. 

Las cornejas continuaban siempre en la misma direc- 
ción, hacia el sudoeste. Era una bella mañana de calma y 
de sol; por doquiera cantaban los pájaros sus lindas can- 
clones de amor. En lo alto de un sombrío bosque, un 
mirlo, con sus alas colgantes y el cuello hinchado, puesto 
sobre la copa de un abeto, decía. «¡Qué hermosa, qué her- 



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182 8ELMA LAOBRLÓr 

mosa, qué hermosa! iNingima tan hermosa, tan hermosa!» 
Y acabada su estrofa volvía a comenzarla de nuevo. 
Nils, que pasaba por allí en tal momento, oyó la can- 
ción, y juntando sus manos en forma de bocina, gritó: 

— Ya te hemos oído, ya te hemos ofdo. 

— ¿Quién es? ¿Quién es? ¿Quién es? ¿Quién se burla de 
mí? — gritó el mirlo. 

— De tí se burla el que ha sido raptado por las corne- 
jas y a quien no le gusta tu canción — respondió el mu- 
chacho. 

El jefe de las cornejas volvióse hacia él, colérico: 

-^ ¡Cuidado con tus ojos, Pulgarcito! 

Pero, Nils, pensó: 

- Ya verás; ya te demostraré que no te tengo miedo. 

Caan vez avanzaban más hacia el interior del país; por 
todas partes surgían forestas y lagos. En un pequeño bos- 
que de álamos blancod, un palomo silvestre se había 
posado sobre una rama desnuda; ante él erguíase una 
paloma torcaz: El palomo hinchaba sus plumas, pavoneán- 
dose, haciendo ondular su cola, moviendo su cuerpo de 
aquí para allá; las plumas de su cuello suavizábanse al 
rozar las de la paloma, a la que arrullaba con su pico. 

— Eres tú, t¿, tú, la más bella de la foresta. Ninguna 
tan bella como tú, tú, tú... 

El muchacho, que entonces pasaba, gritó desde lo alto 
no pudiendo callar: 

— ¡No lo creas! ¡No lo creas! 

— ¿Quién, quién, quién me calumnia? -^ decía la pa- 
loma. 

— Es el apresado por las cornejas el que te calumnia — 
respondía el muchacho. '^ 

De nuevo miróle la Ráfaga con ojos amenazadores, or- 
denándole el silencio; pero Fumla-Drumla intervino: 
—Dejadle. Los pájaros pequeftos van a creer que nos- 



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NIL8 HOLOERSSONS 183 

Otras, las cornejas, nos hemos hecho traviesas e ingeniosas. 

— No son tan tontos— dijo el jefe, a quien esta idea le 
había complacido tanto^ que ya no dirigió nuevas repri- 
mendas al muchacho. 

Volaban casi siempre por encima de forestas y de pe- 
queños bosques; pero a veces cruzaban también sobre 
aldeas, iglesias y casitas construidas en los alrededores de 
los bosques. Al ñn descubrióse una bonita y antigua pose- 
sión. La casa, adosada a la for'^sta y precedida de un lago, 
estaba pintada de rojo; su tejado estaba hecho de tejas pla- 
nas; enormes arbustos rodeaban el patio, y el jardín estaba 
lleno de groselleros copudos. Un estornino, desde la veleta 
del edificio, cantaba con todas sus fuerzas para que la hem- 
bra, que incubaba sus huevos en un peral, pudiera oír 
cada una de sus notas: 

— Nosotros tenemos cuatrohermososhuevecillos— can- 
taba el estornino.— Nosotros tenemos cuatro hermosos 
huevecillos. Nosotros tenemos el nido lleno de huevos 
soberbios. 

El estornino repetía su canción por milésima vez, 
cuando acertaron a pasar las cornejas. Nils llevóse sus ma- 
nos a la boca en forma de bocina, y gritó: 

-— La urraca os los tomará; la urraca os los tomará. 

— ¿Quién es el que quiere asustarme? — preguntó el 
estornino, batiendo sus alas poseído de gran inquietud. 

•—Es el arrebatado por las cornejas quien te asusta 
— gritó el muchacho. 

Esta vez el jefe de las cornejas no intentó hacerle callar. 
Por el contrario, él y toda la banda, sin excepción, seextre- 
mecían de placer y no ocultaban 9u divertimiento. 

Cuanto más penetraban en el interior del país, mayor era 
el número de lagos extensos y abundantes en islas y cabos. 
En un arenal un ánade macho acariciaba tiernamente a un 
ánade hembra: 



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184 SELMA LAQERLÓP 

—Yo te seré fiel toda mi vida; yo te seré fiel toda tni 
vida. 

— Por lo menos hasta e! fin del veranó— dijo el mu- 
chacho al pasar. 

—¿Quién eres tú?— preguntó el ánade. 

— Soy el prisionero de las cornejas — gritó Nils. 
Hacia el mediodía las cornejas descendieron eil un 

prado, dispuestas a comer. Ninguna de ellas pensaba darle 
la menor cosa al muchachito. Al poco rato Fumla-Dnimla 
se aproximó al jefe para ofrecerle una tama de rosal silves- 
tre en la que quedaban algunas semillas encarnadas. 

— Esto es para tí, Ráfaga— le dijo. 

La Ráfaga hizo un mohín de menosprecio. 

— ¿Tú crees que quiero comer semillas secas? 
—Sólo aspiraba a serte agradable — exclamó Furnia- 

Drumla con visible desencanto, arrojando la rama al suelo. 

La rama fué a caer a los píes de Mils, que se abalanzó 
sobre ella dispuesto a darse un hartazgo. 

Cuando hubieron comido suficientemente, las cornejas 
entregáronse a la conversación. 

— Ráfaga, ¿en qué piensas? ¿Te has vuelto muda hoy 
— le preguntó una. 

— Pienso en una gallina que vivió hace tiempo én este 
lugar; amaba mucho a su compahera y para causarte placer 
puso un cesto de huevos, que ocultó én la granja, bajo 
tierra. La compañera se asombró, naturalmente, de la 
ausencia de la gallina, y por mucho que la buscó fué en 
vano. ¿Adivinarías tú, Pico-Largo, quién fué el que encon- 
tró la gallina y los huevos? 

— Creo que sí, Ráfaga. Yo también puedo neferirte una 
historia semejante a ésa. ¿Te acuerdas de la gran gata negra 
del presbiterio de Hinneryd? Estaba muy descontenta de 
sus dueños, que a cada cría le arrebataban sus gatitos y los 
ahogaban. Una vez logró dejarlos en sitio donde nadie 



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NltS HOLOCR8SONS 185 

podría descubrirlos; bajo un haz de heno, en pleno campo. 
La gata mostrábase encantada ante la seguridad de sus ga- 
titos> t>ci'0 yo estaba tanto o más encantada que ella. 

Todas las cornejas tenfan historias que contar. Se exci- 
taban al escuchar los relatos y habtabah todas a la vez. 

^ Robar huevos 6 gatitos no es hazafia por la que pu^da 
uno Vanagloriarse. Eso no es nada. Yo di caza una ve¿ a 
un tebratillo que era casi una liebre. Le perseguí de mato- 
rral en matorral hasta que le eché é\ diente. 

Otra corneja le cortó la palabra. 

—Es divertido dar buena cuenta de huevos y gatitos; 
pero es mucho más admirable que una corneja pueda 
darle que hacer a un hombre. Yo robé una vez una cu* 
chara de plata. 

Nils les interrumpo Súbitamente, mtiy indignado. Ya 
había oído bastante. 

— Callaos, cornejas-^ gritó.— ¿No sentís vergílcnza de 
lo qué estáis diciendo? He vivido durante tres semanas 
entre los patos silvestres y no he visto hacer ni he oído 
contar cosas tales. Entre ellos sólo presencié buenos ejem- 
plos. Vosotras débéii tener por jefe a un ser malvado 
cuando os deja robar y matar de esa manera. Sería mucho 
mejor que comenzarais una nueva vida, porque tal vez los 
hombres, cansados de vuestros desafueros, s^ decidan a 
exterminaros por todos los medios. 

Al oír esto, fué tal la rabia de que se sintieron poseídas 
la Ráfaga y suS compañeras, que estuvieron a punto de 
abalanzarse sobre el muchacho para hacerle trizas; Fum- 
la-Drumla, asustada, pero queriendo contener a sus compa- 
ñeras con su sonrisa, se puso ante él: 

— ¡No, no, nol— gritaba, poseída de espanto. — ¿Qué 
diría la Borrasca si matareis a Pulgarcito antles de prestar- 
nos el servicio que deseamos? 

— Sólo tú, Fumlá-Drumla,'ereí capa %ner líiiédo a 



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186 SELMA LAOERLdr 

las hembras —exclamó la Ráfaga; pero, no obstante, dejó 
tranquilo a Pulgarcito. 

Poco después poníanse las cornejas en camino. Hasta 
entonces había creído Nils que la Csmalandia no era el 
país pobre y deshabitado que había oído decir. Había, 
ciertamente, muchas forestas y montaftas, pero junto a los 
ríos y los lagos se extendían campos cultivados. El país no 
le babía. parecido desierto hasta allí; pero los pueblos, y 
aun las casas, comenzaban a echarse de menos y ya no vela 
mis que marismas, arenales y colinas cubiertas de ene- 
bros. 

Cuando llegaron a la gran landa, el sol ya se había 
puesto! pero aun quedaba resplandor del día. La Ráfaga 
expidió primero una corneja para anunciar el éxito com- 
pleto del rapto, y apenas fué conocida la nueva, la Borrasca 
y centenares de cornejas acadieron volando para ver a 
Pulgarcito. En medio de los gritos ensordecedores que ha- 
cían oír los dos grupos, Fumla-Drumla susurró a Nils al 
oído: 

— Te has mostrado tan digno y valeroso durante este 
viaje, que te he tomado mucho carifio^Por lo tanto, voy a 
darte un consejo: apenas lleguemos te pedirán que ejecutes 
cierto trabajo que tal vez te sea fácil llevjsrlo a cabo; pero 
pon cuidado. 

Algunos minutos después Fumla-Drumla dejaba a Nils 
en el fondo de un gran agujero. El pequeftín se dejó caer 
por tierra como agotado por la fatiga. Sobre siTcabeza 
revoloteaban tan gran número de cornejas, que el -aire 
vibraba como en una tempestad; pero Nils no levantaba la 
cabeza. 

^Pulgarcito— dijo la Ráfaga—, levántate. Vas a ha- 
cernos una cosa que te será muy fácil. 

Pero Nils no se movió. Parecía dormir profundamente. 
Entonces la Ráfaga le cogió de un brazo y le arrastró sobre 



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NOS HOLOEKSSONS 187 

la arena hasta el sitio donde había una vasija de tierra, de 
modelo antiguo» colocada en medio de un orificio. 

^ Levántate, Pulgarcito, y abre esta vasija — le ordenó. 

— Débame dormir — respondió el muchacho. — Estoy 
muy fatigado y no puedo hacer nada esta tarde. Espérate 
a mañana. 

— ¡Abre la vasija! — gritó la Ráfaga, sacudiéndole con 
el pico. 

El pequeño se levantó de mala gana y se puso a exa- 
minar la vasija. 

— ¿Crees posible que un niño como yo pueda abrir 
vasija semejante? — dijo. — Es más grande que yo. 

— ¡Ábrela! — ordenó nuevamente la Ráfaga con voz 
imperiosa. — Ábrela si estimas en algo tu vida. 

El muchacho levantóse, aproximóse hacia la vasija tam** 
baleándose y tras intentar abrirla dejó caer los brazos en 
señal de vencimiento e impotencia. 

— Nunca me he sentido tan cansado como hoy. Si me 
dejaras descansar hasta mañana, creo que podría conseguir 
to que deseas. 

Pero la Ráfaga estaba impaciente y lanzándose hacia él 
le dio un picotazo en una pierna. Sufrir tal trato de una 
corneja era ya demasiado. El muchacho se irguió brusca- 
mente, saltó algunos pasos atrás, sacó de la vaina su cu- 
chillo y dispúsose a defenderse. 

— |Ten cuidado! -- gritó a la Ráfaga. 

Pero le cegaba de tal modo la cólera que no se fijó en 
el cuchillito de su rival, y al abalanzarse sobre el mu* 
chacho le entró por un ojo, penetrándole hasta el cerebro. 
Nils retiró rápidamente el arma; pero no pudo evitar que 
!a Ráfaga cayera a sus pies entre los estertores de la 
agonía. 

— |La Ráfaga ha muerto! ¡El extranjero ha matado a 
nuestro jefe! — exclamaron las cornejas. 



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188 SCLMA LAOERLÓF 

La terrible confusión que siguió no es para descrita. 
Muchas gemían desoladas; otras pedían venganza. Todas 
las cornejas corrieron y volaron hacia el muchacho, pre- 
cedidas de Fumla-Drumia. Esta se condujo torpe y mala- 
mente» como siempre. Revoloteaba por encima del mu- 
chacho, batiendo sus alas e impidiendo a todo trance que 
las cornejas le mataran a picotazos. 

Nils comprendía el peligro en que se hallaba, mirando 
desesperadamente en torno suyo en busca de un lugar 
donde refugiarse. Parecíale imposible V^der estapar a la 
venganza de las cornejas, cuando de repente descubrió la 
vasija. De un golpe logró arrancar la tapadera y saltó den* 
tro para ocultarse. La vasija no le ofrecía un buen refugio 
por hallarse llena hasta el borde de pequefkas monedas de 
plata. No había manera de esconderse allí. Nils comenzó 
a tirar monedas para hacerse un hueco. 

Las cornejas le rodeaban formando un enjambre espe- 
so; pero cuando vieron rodar las monedas ante sus ojos 
atónitos, olvidaron su sed de venganza para recoger las 
pequeñas piezas. El muchacho arrojaba el dinero a manos 
llenas y las cornejas, sin excluir a la Borrasta, luchaban 
por atraparlo. Y apenas una corneja se apoderaba de algu- 
na moneda volaba presurosa a esconder su tesoro. 

Nils no se atrevió a levantar la cabeza hasta que hubo 
arrojado al suelo todas las monedas de plata; en el hoyo 
qué formaba el terreno sólo quedaba una corneja. Era 
Fumla-Drumla, con su pluma blanca en el ala, la que había 
llevado a Pulgarcito. 

— Tú me has prestado un servicio más grande de io 
que te puedes imaginar, Pulgarcito — díjoie con un tono 
de voz muy distinto — yo te salvaré la vida. Salta 8M)re 
mis espaldas y te conduciré a un sitio donde pasarás la 
noche con absoluta seguridad. Mañana ya procuraré que 
te reúnas con tus patos silvesttes. 



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N1L8 HOLOCRSSONS 189 

LA CABANA 

Jueves, 14 de abril 

Cuándo el muchacho despertóse con el alba al siguiente 
día, vio cdn sorpresa que se hallaba entre cuatro paredes, 
bajo techado, y creyó al momento que había vuelto a su 
casa. Y pensó: 

— - Dentro de un r$tito vendrá mi madre a traerme el 
café. 

Pero al punto de hacerse esta reflexión cayó en la 
cuenta de que se encontraba en una casita abandonada, 
a donde Fumla-Drumla, la de la pluma blanca, It habia 
transportado la tarde antes. Como se sentía dolorido, en« 
contró delicioso reposar un poco mis, mientras esperaba 
a Fumia-Drumla, que habia prometido volver a reunirse 
con él. Ante el lecho había cortinas de algodón a cuadros, 
e incorporándose las separó para contemplar la pieza, inme- 
diatamente pudo ocinvercerse de que jamás había visto una 
casa construida como aquélla. Las paredes no eran más 
que unas cuantas traviesas de msdera, coronadas por 
una mala cubierta. No había cielorraso y podía verse hasta 
la techumbre. La casita era tan pequeña que antes parecía 
haber sido construida para seres como él, que para hom- 
bres. Sólo el hogar y el horno eran grandes, los más gran- 
des que había visto. No había casi muebles en la cabana: 
un banco en uno de los largos costados de la casa y la 
mesa colocada junto a la ventana y pef^ada al muro, lo 
mismo que la cama donde había dormido, y la alacena 
pintada de colorines. 

Nils se preguntaba quién podía ser el ser propietario 
de la casa y por qué se hallaba deshabitada. Observando 
las cosas echábase de ver que las gentes que la abandona- 
ron pensaban volver. La cafetera y el puchero habían que- 
dado en el hogar y en un rincón veíase la leña coruda. 



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190 SELMA LAOBRL6P 

Ei hurguillo y la pala para meter el pan en el horno se 
arrinconaban al otro lado; la rueca estaba sobre un banco; 
encima de la ventana, sobre la pequeña estanteriar veíanse 
paquetes de lino y estopa» algunas madejas de lana, una 
candela y un paquete de cerillas. 

Ciertamente, los habitantes de la casita pensaban volver. 
Habían dejado las sábanas sobre la cama y sobre las pare- 
des extendíanse unos lienzos en los que había pintados tres 
hombres a caballo, llamados Qaspar, Melchor y Baltasar. 
El grupo de los tres hombres repetíase en todo lo largo 
del lienzo. Cabalgaban en torno de toda la pieza y sii Ca- 
balgada contmuaba hasta llegar a las traviesas de la te- 
chumbre. 

Pero allá en lo alto descubrió el muchacho algo que le 
hizo saltar de la cama. Eran un par de panes secos, que 
colgaban de un palo colocado al efecto entre las traviesas* 
Tenían todo el aspecto de unos panes duros y enmohecí' 
dos, pero el pan siempre es pan. EmpufM el hurguiito y 
consiguió hacercaer unos cuantos pedacitos. Comió y llenó 
su saco de repuesto. ¡No se puede imaginar lo bueno que 
es el panl 

Buscó todavía más, por si encontraba aún algo que 
pudiera serle átrl. 

— Voy a apoderarme de todo lo que pueda necesitar, 
porque nadie parece quererlo — se dijo. 

Pero no había muchas cosas que escoger; la mayor 
parte de los objetos que allí había eran demasiado pesados 
o demasiado grandes para poder cargar con ellos. No pudo 
llevarse más que unas cuantas cerillas. 

Saltó sobre la mesa y con ayuda de la cortina ascendió 
al estante que había encima de la ventana. Cuando estaba 
guardando las cerillas en su saco, la corneja de la pluma 
btanca entró por la ventana. 

— ¡Ya estoy aquíl — dijo, colocándose sobre la mesa. 



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NltS HOLOCRSSONS 191 

— No he podido venir antes porque hoy hemos tenido 
que elegir el jefe que ha de substituir a la Ráfaga. 

— ¿Quién ha sido elegido? — preguntó Nils. 

— Ha sido etegido un jefe que no permitirá el pillaje 
ni el robo. Ha sido elegido jefe Pluma Blanca, llamado 
hasta aquí Fumla-Drumla — respondió la corneja, adop- 
tando un aire majestuoso. 

— Es una buena elección ^ dijo Nils, felicitándola por 
ello. 

En este momento el muchacho oyó una voz en la ven- 
tana que creyó reconocer. 

— ¿Es aquí donde se encuentra? — preguntó Esmirra, 
la raposa. 

— Sí, aqui es donde está — respondió una voz de cor- 
neja. 

— Cuidado, Pulgarcito ^ advirtió Pluma Blanca. — La 
Borrasca está en la ventana con la raposa, que quiere de- 
vorarte. 

En efecto, Esmirra comenzaba a jgolpéar la ventana. 
La vieja madera podrida cedió al punto y apareció Esmirra. 
Pluma Blanca no tuvo tiempo de ponerse a salvo y Esmi- 
rra la mató de un golpe. Seguidamente saltó a tierra y co- 
menzó a husmear buscando al muchacho. Este trató de 
ocultarse detrás de un paquete de estopa; pero Esmirra le 
habfa descubierto ya y se preparal» "para darle caza. La 
casita era tan baja y estrecha que Nils comprendió que la 
raposa no tendMa que esforzarse mucho para alcanzarle. 
Pero él no estaba del todo indefenso; rápidamente frotó 
una cerilla, la aplicó a la estopa, que instantáneamente se 
inflamó, y arrojóla sobre la raposa. Loca de terror, huyó 
ésta fuera de la cabana. 

Desgraciadamente, Nils, para escapar de un peligro 
habfa caído en otro. La estopa inflamada había prendido 
en las cortinas de la cama. Nila saltó a tierra y trató de 



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192 S!f^u ugmtOr 

apagar el fi«<«[0» pero ^rf tarde. Las corUn^ itrdiim y^ La 
cabana se lienM»4 de humo y Esmirra. If rappsf, que per- 
manecía aaoipada detrás de la veotanat ^ d|^ perfecta 
cuenta de lo que estaba sucediendo. 

— Muy bien, Pulgarcito — r gritaba. — ¿Q^é es lo que 
prefieres? ¿Dejarte asar o salir de ahi? Yo hul^iera preferí* 
do devorarte, pero de cualquier m^nefi qi^ mueras pp 
dejaré de sentirme menps contenta. 

Nils estaba convencido de que la raposa sentiría viva 
satisfacción al ver la espantosa rapidez con qift^ e| in^ndio 
se propagaba. La cama ardía ya y el fu^Q e^en4iase 4c 
un extremo a otro de las cortinas. NUf saltó M^ fl bogar 
cuando oyó rechinar una llave en la cerradura. A pesir 
del peligro en que se bailaba desechó el o^i^o y llegó a 
alegrarse. Se precipitó hacia la puerta y cuando llegó a 
ella se atviá como por encanto. Ant^ 4 aparecieron dos 
niiko3 y sin fijarse en ellos, si: lanzó fuera. 

No se atrevió a separarse mucho de la casa. Esmirra 
debía estar vigilándole y era necesario permanecer cerca 
de los niñps. Volvióse hacia la casa, y apenas vio a los 
niños» corrió hacia ellos sin poder reprimir un gr|^: 

-^¡Buenos días, A^, gi^grdaclQra de patos! ¡Buenos 
día^, pequeño Mat$! 

Al ver a loa niños, Nils olvidó completamente donde 
se hallaba. Las cornejas, la casa incendiada» los animales 
parlantes» todo se había borrado de su memoria. Estaba en 
un campo de rastrojos de Vemmenhóg y guardaba un re- 
baño de patos; en el campo vecino los dos pequeños es- 
malandeses cuidaban de sus patos. En seguida saltaba 
sobre un montón de piedras, gritándoles: 

— ¡Buenos días, Asa, guardadora de patos! ¡Buenos 
días, pequeño Matsl 

Ante aquella miniatura de hombre que corría hacia 
ellos con los brazos abiertos, los dos niños se cogieron de 



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M.r.PQíí^Ns 193 

y retrocedieron algunos pasos, como aterrorizados. 

Al ver su espanto, Níls despertó de su sueño y recordó 
donde estaba; nada le podía acontecer más terrible, que 
'i«-?ar a ser visto por estos niños bajo el aspecto de un 
uuende. La vergüenza y el dolor de no volver a ser hom- 
bre se apoderaron de su ánimo. Volvió la espalda y escapó 
sin saber a dónde dirigirse. 

Al llegar a la llanura, el muchacho tuvo un buen en- 
cuentro: entre la bruma entrevio algo de color blanco; el 
pato, acompañado de Finduvet, iba hacia él. Al verle co- 
rrer con tanta precipitación, el pato creyó que Nils era 
perseguido. Volando rápidamente pudo alcanzarle, y sobre 
^tis espaldas se lo llevó velozmente por los aires. 



XVII 
LA VIEJA CAMPESINA 

Viernes, 15 de abril 

Tres viajeros, fatigados, caminaban bajo la luz del cre- 
púsculo de la tarde, buscando un refugio donde pasar la 
noche. Atravesaban una parte pobre y desierta de la Esma- 
landta septentrional. Después de lo mucho que hablan 
andado debían haber hallado un lugar de reposo, porque 
no se trataba de gentes reñnadas que exigen lechos confor- 
tables y habitaciones dotadas de todo género de como- 
didades. 

—Si entre esas altas crestas de las montañas hubiera 
algún pico lo suBcientemente escarpado para que no 
pudiera ser escalado por una raposa, podríamos pasar la 
noche tranquilamente — dijo uno. 

13 



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194 SBLMA LAOERLdr 

— Si una de ésas grandes marismas se hubiera deshe- 
lado lo bastante para que una raposa no se arriesgara a en- 
trar en ella, serta un buen refugio — añadió el segundo. 

— Si el hielo de uno tie esos lagos que atravesamos se 
hubiera desprendido de la orilla, de manera que una ra- 
posa no pudiera alcanzarlo, tendríamos lo que nos falta — 
dijo el tercero. 

Para colmo de desgracia, apenas comenzara a ponerse 
el sol, dos de ios viajeros se sintieron de tal modo domina- 
dos por el suefto, que a cada instante temían caer rendidos 
sobre el frío suelo. El tercero, que podía mantenerse des- 
pierto, se inquietaba más y más a medida que avanzaba la 
noche. 

— ¡Qué desgracia — pensaba — que hayamos llegado a 
un país donde las marismas y tos lagos permanecen todavía 
helados y donde la raposa puede correr por todas partes! 
En otros sitios los hielos se han fundido ya; pero en la alta 
Esmalandia aun no ha comenzado la primavera. ¿Cómo 
encontrar nn buen refugio? De no encontrarlo, Esmlrra 
nos hará blanco de sus iras antes de amanecer. 

El que había hablado miraba a través de la obscuridad, 
pero no encontraba un cobijo seguro. La noche era som- 
bría y triste, noche de viento y de frfo^ en que la fina 
llovizna se calaba hasta los huesos. Los viajeros sentían 
crecer á cada instante la angustia y el terror que tes do- 
minaba. 

Cualquiera que les hubiese observado, hubiérase extra- 
ñado al ver que los viajeros no parecían dispuestos a bus- 
car albergue en alguna casa, de las que encontraban al paso. 
Habían atravesado las calles de varios pueblecitos sin 
llamar a una sola puerta. Tampoco les llamaban la atención 
las pequeñas cho/ss que se levantan en el lindero de los 
bosques y cuya vista alegra tanto al pobre viandante. 
Alguien hubiera dicho que merecían sufrir los rigores del 



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NILS HOLOCRSSONS 195 

tiempo inclemente por negarse a solicitar los auxilios que 
se tes brindaban. 

Por último, cuando la noche era impenetrable y no 
brillaba en el firmamento el más leve resplandor» cuando 
Tos soñolientos viajeros proseguían su camino, más, necesi- 
tados de descanso, llegaron a una granja soKtarta, muy 
alejada de todas las demás granjas. No sólo estaba aislada, 
sino que, además, parecía deshabitada: no salía humo por Hl 
chimenea, ni se veía una sola ventana iluminada, ni se nota- 
ba el menor movimiento en el corral. Cuando el único que 
de los tres podía tenerse despierto, descubrió la casa, gritó; 

—'Vamos, compañeros. Es preciso que nos refugiemos 
aquí; seguramente no encontraremos nada mejor. 

Pronto se hallaron én el corral. Dos de los viajeros se 
durmieron apenas llegados; pero el tercero se desojaba 
buscando ún refugio. No se trataba de una pequeña granja. 
Además del cuerpo de edificio, la cuadra y el establo, 
había extensos cobertizos, eras, hangares y almacenes; pero 
tenía un aspecto pobre y ruinoso. Las paredes de los diver- 
sos edificios, ennegrecidas, cuajadas de liqúenes, parecían 
próximas a derrumbarse. Los techos mostraban grandes 
agujeros y las puertas pendian ladeadas, sostenidas mila- 
grosamente por los goznes destrozados. Era evidente que 
hacía muchos aftos que allí no se había hecho la menor 
cosa por salvar aquella construcción de la ruina. 

A pesar dé todo, el viajero que permanecía despierto, 
había imaginado dondeestaba el establo, hacia donde con- 
dujo a sus compañeras después de despertarles. La puerta 
estaba cerrada con un picaporte y logró abrirla con ayuda 
de una pértiga. Ya podía respirar tranquilo; pero he aquí 
que de pronto, apenas cedió la puerta con un chirrido 
agudo, mugió una vaca desde el fondo del establo: 

—¿Por fin, has vuelto, mi ama? Creí que tenías ya el 
propósito de no darme qué comer esta noche. 



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196 SCLMA LAOCRLÓr 

Los tres viajeros paráronse en seco al ver que el establo 
no estaba vacío; pero al darse cuenta de que allí no había 
más que una vaca y tres o cuatro gallinas, se tranquilizaron. 

-* Somos tres pobres viajeros que sólo deseamos en- 
contrar un abrigo donde pasar la noche para que la raposa 
no pueda atacarnos y para que los hombres no puedan 
atraparnos — dijo uno. — ¿No estaríamos bien aquí? - 

— Me parece que sí — respondió la vaca. — Las paredes 
están en mal estado, pero, aun así, no podrá entrar por 
ellas la raposa, y la granja sólo está habitada por una vie- 
jecita, incapaz de hacer mal a nadie. Pero ¿quiénes sois? — 
añadió, volviéndose un poco para ver a los recién llegados. 

— Yo soy Nils Holgerssons de Vestra Vemmenhóg, 
que he sido transformado en duende— respondió el pri- 
mero de los visitantes — y conmigo vienen un pato domés- 
tico, que me sirve de cabalgadura, y una pata gris. 

— Es la primera vez que recibo visitas tan ilustres 
— respondióla vaca. — Os doy mi bienvenida, aunque os 
confieso que más hubiera deseado la llegada de mi ama con 
la cena, que estoy esperando todavía. 

El muchacho hizo entrar a los patos en el establo y les 
instaló en un pesebre vacío, donde al punto quedaron dor- 
midos. Seguidamente preparóse un montoncito de paja y 
y se dispuso a seguir el ejemplo de sus camaradas; pero 
era inútil tratar de dormirse, porque la pobre vaca, que no 
había cenado, no estaba tranquila un solo instante. Agitaba 
el rabo, pateaba y se lamentaba de tener hambre. Nils, que 
no podía pegar un ojo, se dio a pensar en lo que le había 
sucedido durante los últimos días pasados. 

Pensó en Asa, la pequeña guardadora de patos, y en el 
pequeño Mats, que tan inopinadamente había encontrado; 
imaginaba que la cabana a la cual había prendido fuego, 
debía ser su vieja casita de Esmalandia. Recordaba haber- 
les oído hablar de una pequeña casita situada al borde de 



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NILS HOLOCRSSONS 197 

una landa. Asa y Mats habían ido hacia su antiguo refugio 
y habían encontrado la casita ardiendo. Nils les había cau- 
sado, seguramente, una gran pena. Estaba desolado y 
resuelto, si alguna vez volvía a ser hombre, a reparar en lo 
posible el daño que les había hecho. 

Después dedicó sus pensamientos a las cornejas y a 
Fumla-Drumla, que le había salvado y que había encon- 
trado la muerte apenas elegido jefe de la banda; las lágrimas 
se asomaron a sus ojos. 

Sí; había sufrido mucho durante los últimos días y 
para él era una suerte que el pato y Finduvet le hubieran 
encontrado. Martín le había referido que los patos silves- 
tres, apenas notaron la desaparición de Pulgarcito» dedicá- 
ronse a interrogar a los animalitos de la foresta sobre su 
suerte. Por ellos habían sabido que una bandada de corne- 
jas de la Esmalandia lo habían^aptado; pero nadie sabía 
hacia qué sitio se habían dirigido la& cornejas. Okka había 
ordenado entonces que todos los patos se dispersaran en 
su busca, de dos en dos. Despu¿ de un par de días de 
pesquisas, le encontraran o no, debían reunirse todos en la 
parte noroeste de Esmalandia, en la cumbre de un monte 
que parecía una fortaleza desmantelada, el Taberg. Des- 
pués de darles indicaciones precisas sobre el modo de 
encontrar esta montaña, Okka les deseó buena suerte y 
todos partieron. 

El pato había escogido a Finduvet como compañero de 
viaje y se pusieron en camino, muy inquietos. Errando a la 
ventura oyeron a un mirlo, puesto sobre la copa de un 
árbol, gritar y decir pestes contra alguien que había dicho 
llamarse «rapüido-por-las-cornejas», y que le había insul- 
tado. El pato y Finduvet trabaron conversación con el 
mirlo, por quien supieron la dirección tomada por lar cor- 
nejas. Más allá habían encontrado una paloma torcaz, un 
estornino y, por último, un ánade silvestre, que se lamen- 



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198 SCLMA LAOERLdP 

taban de que un malvado había interrumpido su canto y 
esparcido el terror entre ellos y que se llamaba «raptado* 
por-las-cornejas, apresado-por-ias-cornejas, prisionero-de 
ias-cornejas». De este modo habían logrado seguir las hue- 
llas de Pulgarcito hasta la landa del cantón de Sunnerbo. 

Desde que el pato y Finduvet habían encontrado a Pul- 
garcito, encamináronse hacia el Taberg para reunirse con 
lo» patos silvestres. Era largo el vuelo y la noche les había 
sorprendido. 

^Pero mañana, cuando nos hallemos entre los patos, 
nuestros apuros habrán terminado— suspiró Nils, hundién- 
dose en la paja para buscar calor. 

La vaca no había cesado de moverse. De improviso 
dirigió la palabra al muchacho. 

— Recuerdo que uno de vosotros me dijo al entrar, que 
era un duende. De ser verdad sabría cuidar una vaca. 

— ¿Qué es lo que te falta? -^ preguntó Nils. 

—Me falta todo — dijo la vaca. — No se me ha ordeña- 
do. Mi lecho de heno no ha sido arreglado y no se me ha 
traído el pienso de la tarde. Mi dueña ha venido esta tarde 
para cuidarme» pero se ha sentido enferma y se ha mar- 
chado; y no ha vuelto todavía. 

— Yo siento ser tan pequeño y tan débil — dijo el mu- 
chacho.^ No creo que te pueda ayudar. 

— No me convencerás de que eres débil, aunque seas 
pequeño — replicó la vac^.— Todos los duendes de que yo 
he oído hablar eran tan tuertes que arrastraban solos una 
carreta de heno y mataban un toro de un puñetazo. 

Nils no pudo reprimir una carcajada. 

— Esos son duendes de otra especie — dijo. — Todo lo 
que yo puedo hacer es desprenderte de tu cadena y abrirte 
la puerta del establo. Así podrás salir a beber ai corral. 
Mientras tanto, yo podría subir hasta el henar y tratar de 
echarte un poco de comida en el pesebre. 



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NILS HOLOERSSONS 199 

— Eso me parece muy bien *- dijo la vaca. 

Nils hizo cuanto habia dicho y cuando la vaca quedó 
reinstalada ante su pesebre Heno, creyó que le sería posible 
dormir. Pero apenas volvió a hundirse en la paja, la vaca 
comenzó a hablarle nuevamente. 

-*¿Te molestarás si te pido todavía otra cosa? 

— No, si puedo satisfacerte. 

— Te ruego que vayas a la casa de enfrente a ver como 
está mi ama. Tengo miedo de que le ocurra alguna des- 
gracia. 

— Eso es imposible -— respondió el muchacho.— No 
me atrevo a comparecer delante de los seres humanos. 

—¿Tienes miedo de una pobre vieja enferma? — dijo 
la vaca. — Para eso no tienes necesidad de entrar; bas- 
tará sólo con que te acerques a la puerta y mires por la 
rendija. 

-^ Si es sólo eso, no puedo negarme. 

Levantóse y salió al corral. La noche era imponente, 
sin luna y sin estrellas, con el viento que parecía rugir y la 
lluvia que cahí implacable. Lo más terrible era que bajo el 
alero de la casa se alineaban siete buhos. Su ulular y sus 
lamentaciones por el mal tiempo eran algo siniestro, y Nils 
se preguntaba qué sería de él si alguno de aquellos buhos 
llegaba a descubrirle. 

—¡Perra suerte la de los pequeAos! — musitó el mucha- 
cho, lanzándose fuera* 

No se engaflabá. El viento le derribó dos veces al 
suelo 4mtes de que pudiera llegar a la casa de enfrente; y 
cayó en un charco de agua tan profundo que estuvo a 
punto de ahogarse. Por fin logró llegar al término de 
su viaje. 

Trepó por la escalera, escaló penosamente el umbral 

y entró en el vestíbulo. La puerta de la cocina estaba 

errada, pero en uno de sus ángulos inferiores había un 



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200 seiüA LAOERLdr 

agujero para dar paso al gato de la casa. Nils no tuvo que 
hacer grandes esfuerzos para mirar al interior de la pieza. 

Pero al primer golpe de vista recibió tal susto que retiró 
bruscamente la cabeza. Una vieja de cabellos grises yacía 
tendida en tierra, sin dar la menor seflal de vida. Ni un 
movimiento, ni un gemido; su rostro, singularmente pálido, 
brillaba de un modg extraño; parecía iluminado por la 
mortecina claridad de una luna invisible. 

Nils recordó que al morir su abuelo reflejaba en la 
cara esta blancura extraña y comprendió que la vieja mu- 
jer tendida sobre el suelo estaba muerta. La muerte debió 
sorprenderla antes de que pudiera llegar a la cama. 

Sentfa un miedo terrible ante la idea de encontrarse 
solo en medio de la noche con una muerta. Descendió 
precipitadamente la escalinata y regresó a la granja, co* 
rriendo de una manera desenfrenada. 

Y le refirió a la vaca cuanto había visto. La vaca dejó 
de comer. 

— ¡Ah! |Mi ama ha muerto!— suspiró. — Pronto me 
tocará a mí. 

— No te apures; siempre habrá alguien en el mundo 
que velará por tí— decíale Nils, tratando de consolarla. 

— Tú no sabes •* replicó la vaca ^ que yo tengo dos 
veces la edad de las vacas a las que se lleva al matadero. 
Ya no puedo esperar nada de la vida, una vez muerta mi 
pobre ama que tanto me cuidada. 

Y calló un instante. Nils observaba que no dormía ni 
comía. A poco reanudó la conversación: 

— ¿Dices que está tendida sobre el duro suelo? 

— Sí — respondió Nils. 

— Tenía la costumbre de venir aqui a contarme sus 
penas; yo comprendía muy bien lo que decía, aunque no 
fuese capaz de responderle. Estos días me hablaba del 
miedo que tenía a morir abandonada y sola. Lamentábase 



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NILS HOLÜERSSONS 201 

de que no hubiese aquí ninguna persona que le cerrara los 
ojos y le cruzara las manos sobre el pecho cuando le sobre* 
viniera la muerte. ¿Serías tú capaz de hacerlo? 

Nils vacilaba. Recordó que, al morir su abuelo, su madre 
había tenido gran cuidado de que todo se hiciera conve- 
nientemente. Sabia que esto es una cosa que hay que hacer, 
y, no obstante, faltábanle las fuerzas para llegar de qucvo 
adonde estaba la muerta. No dijo sí ni no; pero no daba un 
solo paso hacia la puerta. 

La vaca permaneció un momento silenciosa, como espe- 
rando una respuesta. Viendo que no le contestaba, se abs- 
tuvo de repetir su pregunta; pero comenzó a hablar de 
su ama» 

Podía contar muchas cosas de ella. Primeramente ha- 
bló de los hijos que había criado. Venían al establo todos . 
los días y en verano llevaban a pacer el ganado a las ma« 
rismas y tierras de pastoreo, por lo que la vieja vaca les 
conocía bien. Eran todos muy buenos, alegres y laborio- 
sos. Una vaca sabe lo que valen estos guardianes. 

También tenia que contar multitud de cosas referentes 
a la granja. Aquella posesión no había sido nunca tan po- 
bre como al presente. Comprendía vastas extensiones de 
terreno; la mayor parte eran marismas, bosques y prados 
pedregosos. No había muchos campos donde poder culti- 
var el trigo, pero abundaban los pastos excelentes. Había 
conocido un tiempo en que ningún pesebre estaba vacío y 
en que el establo destinado a las vacas, ahora abandonado, 
rebosaba de ejemplares magníficos. La alegría y la activi- 
dad reinaban en todas partes. Cuando la dueña venia al 
establo reía y cantaba, y todas las vacas mugían gozosas al 
verla venir. 

El dueño murió cuando los hijos eran todavía peque- 
ños y no podían servir para nada, y la buena mujer tuvo 
que encargarse de la granja, de todo el trabajo de la casa y 



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202 8ELMA LAOERL6f 

de los cuidados que se debían dispensar a los paqueñuelos. 
Habfa sido fuerte como un hombre y había laborado las 
tierras y recogido las cosechas. Por la tarde, cuando venia 
a ordeñar las vacas, sentíase tan fatigada, que lloraba. Pero 
bastábale pensar en sus hijos, para recobrar el valor nece- 
sario. Con un movimiento brusco e indiferente al mal, en- 
jugaba sus lágrimas, vencía al sueflo e infundíase nuevas 
energías, diciendo: 

— iQué más da! Ya me desquitaré cuando mis hijos 
sean mayores. lAh, cuando mis hijos sean mayores! 

Pero cuando los hijos crecieron se apoderó de elk>s 
una extraña nostalgia: no querían permanecer en casa; so 
ilusión era marchar al extranjero. Su madre no recibió de 
ellos ninguna ayuda. Algunos de los hijos casáronse antes 
de partir y al hacerlo dejaban a sus hijos en la casa. Últi- 
mamente eran estos pequefiuelos los que seguían al ama 
por el establo, como en otros tiempos lo hicieron sus pro- 
pios hijos. Llevaban las vacas al pastoreo y se convirtieron 
también en muchachos buenos y capaces para el trabajo. Y 
llegada la noche, durmiéndose abrumada por la fatiga 
mientras ordeñaba las vacas, nuestra ama recobraba fuerzas 
para la labor al pensar en ellos. 

— Ya llegará el buen tiempo para mí — decíase, sacu- 
diendo la cabeza— cuando sean mayores. 

Pero he aquí que estos niños, una vez hechos hombres, 
siguieron la huella de sus padres hacia el extranjero. Nadie 
volvió del país lejano ni nadie quedó aquí. La vieja y buena 
ama permanecía sola en la granja. 

Jamás rogó a ninguno de los suyos que se quedara en 
casa. 

— ¿Piensas tú. Rubia, que he de pedirles que se queden 
a mi lado cuando pueden hacer su camino allá abajo? — 
decíame. — Aquí, en Esmalandia, no pueden esperar más 
que la pobreza. 



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HILS HOLOERS80N8 203 

Cuando partió el último de sus nietos, el ama disgustóse 
mucho. En poco tiempo se encorvó su cuerpo y blanquea- 
ron sus cabellos; su paso vacilaba como si ya no pudiese 
caminar. Tuvo que abandonar todo trabajo. Ya no cuidaba 
de la granja, las paredes se iban desmoronando, fué ven- 
diendo el ganado y soto guardó esta vieja vaca amiga. SI 
me dejó con vida fué porque todos sus hijos y sus nietos 
me habían llevado a pacer. 

Hubiera podido tomar a su servicio criados y campesi- 
nas; pero no toleraba la presencia en su casa de gente 
extraña cuando todos los suyos la habían abandonado* 
Nada importaba que la granja se deshiciera en ruinas, por- 
que ninguno de sus descendientes había de cuidarla. 

Los hijos y los nietos le escribían frecuentemente, rogán- 
dole que fuese a reunirse con ellos; pero no accedía a tales 
súplicas. No quería ver el país lejano que le había arreba- 
tado su cariño. 

Sólo pensaba en que sus hijos y sus nietos habían 
debido partir en busca de mayor bienestar. Cuando llega- 
ba el verano, llevábame el ama a pacer junto a la gran 
marisma. Permanecía la jornada entera sentada a la orilla 
de la marisma, con las manos cruzadas sobre sus rodillas, 
y reconcentrando sus pensamientos, los resumía ^sU 

— Mira, Rubia, si hubiera habido aquí campos fértiles 
en lugar de esta gran marisma que no se puede cultivar, no 
hubiesen tenido necesidad de marchar. 

Se encolerizaba contra la marisma, que se extendía tan 
lejos y que no servia para nada. Murmuraba contra ella, 
acusándola de ser la causa de que sus hijos la hubieran 
abandonado. 

Esta última tarde se había presentado en el establo más 
temblorosa y débil que nunca. No había podido acabar de 
ordeñarla. Apoyada un momento sobre el pesebre, le había 
hablado de dos campesinos que habíanla visitado para pe- 



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204 setMA laoerij5p 

dírle precio con objeto de comprarle la marisma. Pensaban 
cubrirla de tierra, laborarla y recoger allí buenas cosechas. 

— ¿Comprendes, Rubia» comprendes? Me han dicho 
que pueden convertir la marisma en un campo de cen- 
teno. Voy a escribir en -seguida a mis hijos para que 
vuelvan. No tienen necesidad de permanecer en el extran- 
jero; pueden encontrar el pan aquí. 

Y para escribir esa carta es por lo que ha ido a la 
casa... 

El muchacho no escuchó lo que la vaca seguía rela- 
tando. Abrió la puerta del establo y volvióse a la casa 
donde estaba la muerta. 

Permaneció un momento pensativo en el vestíbulo. 

La casa no era tan pobre como él había creído. Había 
gran número de objetos de esos que se encuentran gene- 
ralmente en la casa de los que tienen parientes en América. 
En un rincón había una mecedora americana; la mesa, 
colocada frente a la ventana, estaba cubierta de un tapiz de 
peluche; cubría el lecho una bonita colcha; de las paredes 
pendían los retratos de los hijos y los nietos, encerrados en 
hermosos cuadros dorados; sobre el cofre había grandes 
jarros de cristal y un par de candelabros con gruesas 
bujías estriadas. 

Nils buscó una cerilla y encendió las bujías, no porque 
no viese en la obscuridad, sino porque creyó con ello hon- 
rar a la muerta. 

Después se aproximó a ella, la cerró los párpados, le 
cruzó los brazos sobre el pecho y apartó de su frente los 
lacios mechones de cabellos blancos. 

No le inspiraba temor alguno. La idea de que había 
vivido una vejez solitaria y triste le apenaba profundamente. 
Velaría su cadáver aquella noche por lo menos. 

Halló el libro de los Salmos, sentóse y se puso a leer 
a media voz. Mediaba su lectura cuando se detuvo al sobre- 



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NILS HOLOERSSONS 205 

venirle de repente el recuerdo de su padre y de su madre. 

Todos los padres suspirarían por sus hijas como aque- 
lla mujer. La vida puede darse por terminada cuando par- 
ten los hijos. En su casa su padre y su madre lamentarían 
su marcha tanto como aquella anciana había lamentado la 
de sus hijos. Estos pensamientos dábanle un gran consuelo, 
pero no se atrevía a retrasar lo que consideraba un deber. 
No quería conducirse de manera que se le pudiera repro- 
char. 

Lo que no había sido nunca, podía serlo en el porvenir. 

A su alrededor veía los retratos de los ausentes. Eran 
hombres altos y vigorosos y mujeres de caras graves; eran 
esposas cubiertas de largos velos y señores en traje de ciu- 
dad y también niños de cabellos rizados, con elegantes 
trajes blancos. Nils creyó que todos le miraban fijamente 
con un aire en ios ojos ciegos como si no quisieran ver. 

— ¡Pobres gentes! — dijo Nils a los retratos. — Vuestra 
madre ha muerto. Nunca se os podrá perdonar haber mar- 
chado tan lejos de ella. ¡Pero mi madre vive! 

Interrumpiéndose» movió la cabeza y sonrió: 

— ¡Mi madre vive! — repitió. — ¡Mi padre y mi madre 
viven! ¡Los dos viven! 



xvm 

DEL TABERQ A HUSKVARNA 

Sábado, 16 de abril 

El muchacho permaneció despierto toda la noche; pero 
ya próximo el amanecer, durmióse y soñó en sus padres. 
Apenas si podía reconocerles. Los dos hablan encanecido 
y tenían las caras arrugadas. Le dijeron que habían enve- 



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206 SELMA LAOBRLOr 

jecído tanto por lo mucho que hablan sufrido. Se mostra- 
ba conmovido al par que sorprendido, porque siempre 
había creído que estarían contentos por halarse desemba- 
razado de él. 

Cuando Nils despertó» la mañana estaba hermosa y 
clara* Se comió un pedazo de pan, que encontró en la co- 
cina, dio en seguida forraje a la vaca y comida a ios palos 
y abrió por último la puerta del establo para que la vaca 
pudiera ir a la granja de al lado. Al verla comprendieron 
los vecinos que algo había ocurrido a $u ama, Corrieoon 
en su busca y al encontrar su cadáver se dispusieron a darle 
sepultura. 

Los patos y el muchacho se elevaron por los aires; 
pronto advirtieron una montaña muy alta con los flancos 
casi verticales y la cumbre como truncada; comprendieron 
que debía ser el Taberg. En lo más alto, Okka con Yksi y 
Kaksi, Kolme y Neija, Viisi y Künsi, y los seis patos jóve* 
nes, les esperaban. Cuando vieron que el pato y Finduvet 
conducían a Pulgarcito, se desbordó el júbilo entre clo- 
queos, gritos y un batir de alas indescriptible. 

El bosque ascendía a bastante altura por los flancos del 
Taberg, pero la cumbre estaba desnuda de vqgetación. 
Desde lo alto descubríase un vasto panorama. Al este, al 
sud y al oeste, no se veía más que una llanura bastante 
pobre, sonibreada por extensiones de abetos y hornague- 
ras negruzcas, los lagos todavía helados y las crestas de 
las montañas de un tono azulado. Este horizonte revelaba 
un trabajo apresurado en el que el Creador no se había 
preocupado gran cosa. Pero si se miraba hacia el sur, el 
espectáculo era otra cosa. El paisaje aparecía ordenado 
con gran cariño y esmerd. Por todas partes bellas monta- 
ñas, valles soñadores y ríos serpeantes que se deslizaban 
hasta el gran taga de Vettern, que. libre de los hielos, brillan- 
te de claridad, parecía, no lleno de agua, sino de luz azulina. 



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NIL8 HOLOERSSONS 207 

El lago de Vettern embellecte todo el norte; se hubiera 
dicho que un reflejo azul surgfa y se esparcía sobre la 
tierra. Los grupos de árboles, las alturas, las techumbres, 
las veletas, la ciudad de Jónkópíng, bañábanse en una cla- 
ridad azulada que era una caricia para los ojos. 

Al día siguiente, prosiguiendo su viaje, los patos re- 
montaron el valle azul. Estaban del mejor humor y grita- 
ban tanto, que nadie que tuviera orejas ^odía dejar de 
oirles. 

Era en aquella región el primer día hermoso de prima- 
vera. Hasta entonces la primavera había avanzado entre 
lluvias y tempestades; por este espléndido tiempo, la nos- 
talgia del verano, del calor y de las verdes forestas, se apo- 
dera de los hombres y les hace muy penoso el trabajo 
cotidiano. Cuando los patos silvestres pasaban, libres y 
alegres, altos, muy altos, por encima de la tierra, no había 
nadie que no interrumpiera el trabajo para seguirles con 
la mirada. 

Los primeros que descubrieron los patos aquel día, 
fueron los mineros de Taberg, ocupados en arrancar el 
mineral a flor de tierra. Al oír los gritos de los patos, ce- 
saron de excavar los hoyos de las minas y uno de los 
obreros gritó: 

— ¿A dónde vaiH? ¿A dónde vais? 

Los patos no comprendían estas palabras, pero el mu- 
chacho contestó, inciinando su cuerpo: 

— Donde no hay azadones ni martillos. 

A estas palabras, los mineros creyeron que era su pro- 
pia nostalgia la que les hacía oír los gritos de los%patos 
como una voz humana: 

— ¡Dejadnos ir con vosotros! ¡Dejadnos ir con voso- 
tros! — decían. 

— ¡No este t ño! — gritaba Nils. — ¡No este año! 

Los patos silvestres, siempre en medio de la algaza- 



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208 SBLMA LAOBRLdr 

ra que promovían, seguian por el rfo Taberg hacia el 
Munksjó. Sobre la estrecha lengua de tierra entre el Munksjo 
y el Vettern, se eleva la ciudad de Jónkóping, con sus 
grandes fábricas. Los patos pasaron primeramente sobre 
la fábrica de papel de Munksjó. Era precisamente la hora 
de entrada al trabajo después de la comida, y grupos de 
obreros se dirigían hacia la puerta de la iátHÍca. A los gri- 
tos de los patos silvestres se detuvieron un momento para 
escucharles. 

— ¿A dónde vais? ¿A dónde vais? — preguntó un 
obrero. 

Los patos silvestres no comprendieron lo que decían, 
pero el muchacho contestó: 

— Donde no hay máquinas ni calderas. 

Los obreros creyeron oír la voz de su propia nostalgia. 

— ¡Dejad que vayamos con vosotros! — gritaron algu- 
nos. — ¡Dejad que vayamos con vosotros! 

— ¡No este aflo! — gritó Nils. — ¡No este afiol 

Los patos pasaron por encima de la célebre fábrica de 
cerillas situada a las orillas del Vettem y que, grande como 
una fortaleza, eleva hacia el cielo sus altas chimeneas. En 
el patio no había nadie, pero en una gran sala muchas jó- 
venes obreras se ocupaban en llenar las cajas de cerillas. 
Dado el buen tiempo, habían abierto una ventana y por 
ella llegaron los rumores de la bandada de patos. Una jo- 
vencita se asomó con una caja en la mano, y gritó: 

— ik dónde vais? ¿A dónde vais? 

— ¡Al país donde no hay necesidad de luz ni de ceri- 
llas! — gritó Nils. 

La jovencita estaba segura de haber oído el grito de los 
patos, pero como había creído percibir el eco de algunas 
palabras, respondió: 

~ ¡Dejadnos ir con vosotros! ¡Dejadnos ir con vos- 
otros! 



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NILS HOLOEftSSONS 209 

— ¡No este año! ¡No este año! — gritST^ils. 

Al éste de las fábricas se eleva Jdnkdping, en el sitio 
más bello que pueda desear una dudad. El estrecfho lago 
de Vettern tiene unas riberas altas y escarpadas, tanto al 
este cómo al oeste, pero en la parte sur ks pendientes de 
arena parecen haber sido quitadas para ofrecer una gran 
puerta por la que se llega al mar. En medio de esta puerta, 
entre montañas ai este y montañas al oeste, con el lago de 
Muhksjó detrás y el Vettern ddante, se extiende la ciuda^. 
Al pasar sobre JónkOping, los patos iban promoviendo el 
mismo ruido de siempre; pero nadie reparó en ellos en la 
ciudad. No cabe esperar que ios hijos de las ciudades se 
detengan en plena calle para lanzar gritos al paso de los 
patos silvestres. 

E) viaje continuó a lo largo de la orilla del Vettern; los 
patos llegaron a la altura del sanatorio de Sanna, Algunos 
enfermos, que para gozar del aire primaveral habían salido 
a una galería, oyeron a ios patos. 

— ¿A dónde vais? ¿A dóade vais? — preguntó uno de 
los enfermos con una voz tan débil que apenas si se 
le ota: 

— Al país donde no h^V penas ni dolor — respondió 
t\ mitchacho. 

— ¡Dejadnos ir con vosotros! 

— ¡No este año! — replicó Nils. — ¡No este aSpI 

Un poco mis alia y los pájaros llegaron a Huskv^na. 

Huskvjtrna.está situada en el fondo de un valle. La ro- 
dean unas hermosas montañas escalpadas. Un curso de 
agua se precipita en una serie de largas y estrechas casca- 
das. Grandes talleres y fábricas surgen en los flancos de 
las montañas; en d valle se elevan las viviendas de los tra- 
bajadores, rodeadas de jardincitos, y en el centro se levan- 
tan los grupos escolares. En el momento en que llegaban 
toa patos silvestres se oyó una campana; multitud de niños 

M 



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21t) «BUHA «.MElMf 

salieron de la cscimAb, fomiafido rutas. Emm iuáos que lle- 
naron el paÉo ét recreo. 

— ¿A Mude vawP ¿A dóntk wís? ^ preguntaron tos 
n4íl<»6, al darae coenla de tos patos silvestres. 

^ Donde no hay Utaroa «i tecctoncs -- respondió el 
mudiaciía 

-- {Llevadnos con 9oootio9i {Ltovadnos con «oiotMis! 

-^fi^ eale alio! {Otro «fiol — respondió MMs. — {No 
esle «fio! fOlro «lio! 



XIX 
LA ORAN LAGUNA DE LOS PAPOS 

La tagunt-stliHida «I oeste de Dagsmosa j que fué tn 
la «ntigOedod mucho mayor 'que %oy, se ttama Takem. 
Hace algunos siglos creyeron las gentes qfne poArfaa ckAí- 
var la gran «túlensión de 4enreiio que ctftñ-fa j se dedica- 
ron « desecarla pana ivacer plantactone«. No comígmeron 
secarla toda, pero consiguieron que bajase tanto el nwA 
de Sffs figuaSf^oe en ti iwgán punto alcama umpmfondi- 
dad mayor de dos metros y de trecho en tredio«»m|;en 
gran número de verdes isloles j ms orillas son tan fértiles 
para el crecMento de jtffieos y oafias, que forman «ahvde* 
dor de fa l ag fwa espeso f latto taaro, oMo frenqiioable 
cuando, a costa de penosos esfuerEos, «e «on«ígae«tmr un 
paso o camino. 

Si estos jimcos cerraron el íago a las gentes, ofre- 
cieron, e» 42mnbio, «n gran atM-igo « toda ciase de pa- 
tos que allí anidan, encuentran su «Kmento y crfon asus 
hijuelos. 

La laguna de Takem «, sin d«da, la ftayor y mtfOT 
que en ei pafs e»«te para abrigar, amiliareSi diversas «spe- 



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NILS HOLOCRSSi^S 2tl 

des de palmipedos, los cuales pueden darse por dichosos 
con habitar esüt hermoso robigio, del que no se sabe m 
podrán disfrutar mucho lierapo, por cuanto el hombre no 
olvida que estas aguas cubren una tierra lat)orable de ks 
mejores, y que cuando él llegue^ tendrán ^ue abandonar 
SM stüo bs anres que allí se encuentran. 

Por el tiempo en que Nils Hdgerasons andaba rodando 
con ios palos silvesh-^es, faabfa en la laguna de Tahern uno 
al que Hanahan Jarro. Era un pato f óveazuelo^ qut no ha- 
Ua vivido atas qoc wk verano, un otoño y un teviemo. 
Era éala^u prineim iprinavera, habia j^resado del norte 
de África y «e haHaba tiaa tarde fugando en la lagima con 
otros cocnpaAeros suyos, cuando un cacador'dwpaFÓ un 
par de tiros y J«rro fué alcanzado y terido en d pecho. 
Cmyó aorir, pero para no caer en manos de quien le 
hirió, hi0o un esfueixo y siguió volando sin ruoiho, con 
el solo objeto de alejarse lo más posible de aquel «tío; 
pero las luerzas le faltaron y hié.a caer junio a la enh'ada 
de una gran alquería. 

SaUó de ella pooo despnés un criado, ^tte 4o recogió 
del suelo; pero como qsiiera que Jarro ya no deseaba otra 
cosa que morir tranquilo, hadeado un esfuerzo, le dio im 
fuerte picotazo en el dedo pana que le dejase allL Entonces 
vio el criado que el pájaro vivía y tomándolo con cuidado 
se lo llevó a las habitaciones donde se hallaba ia duefta de 
aquella quinta, que era una mujer joven, de sembiante afa- 
ble, da cua! tomó el pato de his manos del criado y des- 
pués de acariciar al pobre animal, le enjugó la sangre que 
corría por sus plumas. Lo ot)servó «linudosanieate y al 
ver lo bonito que era con su plumaje tornasolado y cuello 
azMl, parecióle una lástima dejarle morir y dispuso que 
se le arreglase uu canasto, donde le acomodó al punto. 

Jamo, <en un comienzo, se esforaó por escapar; pero al 
comprender que no querían matarle, se instaló iranquila- 



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212 SELMA LAOEftLÓr 

mente en su canasto, instalado por la dueña de la casa 
en un rincón de la cocina. Quedó dormido, pero algún 
tiempo después notó que algo suave le rozaba, y al abrir 
los ojos fué tal su terror, que estuvo a punto de desvane- 
cerse. Se hallaba en presencia de algo mucho más temible 
que el hombre y que las aves de rapiña. Ahora at que po- 
día darse por perdido. Allfi se hallaba el mismo perro 
César, un perro de caza de pelo largo, que, lleno de 
curtoeidad, le olisqueaba rozándole con su hocico. El po- 
bre Jarro recordó que, siendo muy pequeño, oía gritar 
entre los )uncos: «|Que viene Césarl {Que viene César!», y 
su presencia era considerada como un presagio de muerte. 

— ¿Qué clase de bicho eres? — preguntábale César, 
con el sonido gutural que en los perros corresponde al 
ladrido. — ¿Cómo te lo has arreglado para llegar hasta 
aquí? ¿No tienes tu sitio allá, entre los juncos y cañaverales 
de la laguna? 

Difícil le fué al pobre Jarro reunir fuerzas para poder 
contestar: 

— No te incomodes conmigo porque yo haya entrado 
en esta casa. No es culpa mía, ful herido y fueron los hom- 
bres los que me colocaron eir este cesto. 

— ¿Con que ha sido el hombre el que te trajo aquí? 
— replicó César. — Entonces no hay duda, que llevan 
la intención de curarte, por más que yo entiendo que ha- 
rían mejor en comerte. En todo caso, no necesitas poner 
una caca tan asustada; aquí disfrutas de hospitalidad, 
puesto que ya no estamos en la laguna. 

Y esto dicho, fuese César y se acostó junto a las brasas 
del hogar. 

Uira vez pasado el terror sufrido, cayó Jarro en pro- 
fundo sueño y al despertar vio a su alcance un plato de 
avena cocida y agua. Aunque se hallaba muy débil, sen- 
tíase hambriento y al empezar a comeri aceccósele el ama 



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NILS HOLOERSSONS 213 

de la casa, que le acarició con complacencia. Durmióse 
Jarro tranquilo ante estas manifestaciones de afecto y du- 
rante varios días no hizo más que comer y dormir. 

Una mañana sintióse el pato Jarro tan fuerte, que salien- 
do del canasto dio algunos pasos; pero no bien había coi^ 
seguido andar algún trecho cayó debilitado, quedando ten- 
dido en el suelo. El perro César, que se hallaba próximo, 
le recogió entre sus dientes. El pobre Jarro creyó gue Cé- 
sar iba a matarle y con gran extrañeza observó que sin 
hacerle ningún daño le condujo de nuevo al cesto. 

Después de esto quedaron buenos amigos, se buscaban 
uno a otro y a diario pasaba Jarro algunas horas tendido 
entre las patas de César. 

El mayor agradecimiento y confianza sentíalo el pato 
para con la dueña de la casa, a la que alargaba el cuello 
para acariciarla cuando ésta le extendía la mano con el 
alimento. 

Jarro llegó a olvidar por completo el miedo sufrido 
y a cambiar el concepto en que antes había tenido a los 
perros y a las personas. Parecíale que eran buenos y cari- 
ñosos y llegó a amarles. Deseaba hallarse completamente 
bueno para poder volar a la laguna y referir a sus jóvenes 
compañeros que sus antiguos enemigos no er^n peligro- 
sos y que no debían tener miedo alguno. 

Había, sin embargo, en la casa un gato que, si bien no 
le causaba ningún daño, no podía trabar con él una buena 
amistad, porque se burlaba de él con frecuencia acusándole 
de estimar al hombre. 

— ¿Crees tú — le decía — que te cuidan por que te 
quieren? Ya verás como cuando engordes te retuercen el 
pescuezo; yo conozco a esas gentes. 

Jarro tenía, como todas las aves, un corazón sensi- 
ble y sentimental y se entristecía en extremo cuando oía 
estas palabras. No podía concebir que el ama de la casa 



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214 SELMA LAOCRLár 

le matera, y muclto menos que pudiera hacerlo su hijo, un 
pequeftuelo que pasaba horas y horas junto a su cesto y 
con el que tenía la charla propia de un nifto de su edad. 
Qerto día en que Jarro y César se haHabatt reuiridoSp 
empezó d galOi que ae hMñ colocado sobre el banco de 
la cociaa, a hacer rabiar a Jarro, dicténdole: 

— ¿Qué haréis vosotros, patos» cuando la h^funa se 
convierta en tierra de labor? 

— ¿Qtié es lo que dices? — replicó Jarro, lleno de ex- 
trafleza. 

— Si tú entendieses -— siguió diciendo el gato — e! 
lenguaje de los hombres, como César y yo, hubieses po- 
dido enterarte de que los que anoche estuvieron en casa 
hablaron de que la laguna Talcem será desecada el año 
próximo, a fin de poder hacer plantaciones en su fondo. 

— - Eso no es verdad — dijo indignado el palo. — ¿Qué 
sería de nosotros al encontrarnos sin hogar y sin los me- 
dios de vitia que allí tenemos? Que lo diga César, que 
nunca mienk. — Y mirando al perro, le dijo: 

— Di que no ea verdad cuanto af msa el gato. — Pero 
César calló. 

A este perro le sucedía lo mismo que a todos los de 
su especie. Nunca quieren reconocer que el hombre pueda 
hacer nada que no sea justo. 

Ya en varias ocasiones se habla tratado de desecar la 
laguna, sin que se llegase a hacerlo^ y César, que conocía 
esto, peasó para sus adentros que se dqaría como estaba. 

EL RECLAMO 

Domingo, 17 de abril 

Un par de días después se hallaba el pato Jarro tan 
completamente repuesto, que podía volar por toda la casa. 
Era oiqeto de muchas atenciones por parte de I» dueña y 



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WLft HOLOUlSaONS 215 

de su bijo, que oi sefukta corrió al patio en busca de las 
primeras hierbas que alH creeicrcMi. Por más que se haU»- 
ba k> sufidentemeicte fuerte para votar en busca de la la- 
guoa, m dtacaba separarse de las personas y no Irobieae 
tando inconventente algmro en vivir siempre alU. 

Pero um maftaiia tempram> ordenó la dueña de la 
casa que se le pnsíese un bao qoe le impicktesc volar. 
El criado que lo recogiera se lo llevó baieia la lagumi 
de Takern. 

El Weio había desaparecido durante los dias ex que 
jarro habla estado enfermo y sobre las aguas cristaUaas 
del lago desÉBcábanse los islotes y hi orilla cubierta por los 
broies de juncoa y cañas. Las aves acuáticas bailábanse, en 
911 nsayorfa^ de regreso. 

El criado se embarcó en un pequeño bote y puso en su 
fondo ai palo^ dirigiéndose lacia el ccnlr» de la laguna, 
jarro, que ya se habáa acostumbrado a vivir fumto a los 
hombres, dijo ai perro César,, que tamhíéii les acomfMfiaba, 
que estaba agradecido ai criado por babcrk Hevado a 
la laguna, pero que no había necesidad de que le tuviese 
tan fuertemente atado, por cuanto no tenia el ánimo de esca- 
par. El perro no contestó; haHábase meditabundo aquella 
mañana. 

Lo que si llamó la atenciótt del pato fué que ei criado 
llevase consigo te escopeta, por cuanto nunca pudo pen- 
sar que las buenas gentes de aquella finca disparasen con- 
tra los patos y mucho meaos en aqueUa época, en que, 
según César, era tiempo de veda, por más que aquélla no 
rezaba con él. 

Pronto ll^ó el criado a nao de los pequeftos islotes 
que las plantas del lago cutnrian; desembarcó, hizo un gran 
montón de juncos y colocóse tras del mismo, mientras 
dejaba nadar a Jarro, siempre con las alas ligadas y sujeto 
a( bote por medio de una larga cuerda. 



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216 SELMA LAOeRL5r 

Jarro no tardó en ver a algunos de sus jóvenes compa- 
ñeros con los que había nadado, y aunque se hallaban lejos, 
llaniólos con sus gritos. Contestaron éstos y una hermosa 
bandada de pájaros dirigióse hacia el sitio donde Jarro es^ 
taba. HabÍ9 comenzado a referir de qué modo tan raro fué 
salvado y a contar las bondades de los hombres, cuando 
un par de disparos hechos de cerca, derribaron a tres pa- 
tos entre los juncos, lanzándose tras ellos César para reco- 
gerlos y llevárselos al criado. 

Entonces comprendió el pobre Jarro que los hombres 
le habían salvado con el objeto de emplearlo como ave de 
reclamo. Tres compañeros suyos habían muerto por su 
culpa y hallábase tan afligido que creyó morir de vergüen- 
za y dolor. Parecíale que hasta el mismo perro César le 
miraba con desprecio, y tanto era así, que ya de regreso 
en casa, no se acostó junto a él como otras veces. 

A la mañana siguiente fué Jarro llevado nuevamente a 
la laguna y tratado como tí día anterior; pero al observar 
que algunos compañercis dirigían su vuelo hacia él, em- 
pezó a gritar, diciéndoles: 

— No os acerquéis, yo no soy más que un pájaro de re< 
clamo; el cazador se encuentra escondido entre los juncos. 

Y asi consiguió que los patos no se pusiesen a tiro. 

Aquel día el criado regresó sin haber cazado nada. El 
perro, no obstante, no parecía tan malhumorado como el 
día anterior y cuando hubo llegado la noche hizo como 
de costumbre, que el pato se durmiera entre sus patas de- 
lanteras. 

Jarro, a pesar de ello, ya no se encontraba a gusto en 
aquella alquería. Le agobiaba la idea de que los hombres 
no le hubieran querido, y cuando la dueña de la casa o su 
pequeño se acercaban para acariciarle, metía el pico de- 
bajo del ala y parecía dormir. 

Durante varios días más lleváronlo a la laguna, donde 



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NIL$ HOLOEI^SSONS 217 

apenas llegado, comenzaba a gritar advirtiendo a sus com- 
pafleros del peligro que corrían. Una de estas veces, cuan- 
do con más fuerza gritaba, vio venir hacia él uno de esos 
nidos que sobre juncos flotantes construyen los cazadores, 
viendo con sorpresa que una leve figura de hombre, la 
más pequeña que hubía visto, se hallaba sobre el nido y 
le guiaba. Al aproximarse, le dijo: 

— Estáte listo para volar; pronto serás redimido. 

Un momento después llegaron los juncos a su lado y 
al propio tiempo que una bandada de pájaros, volando a 
gran altura, llamaba la atención del criado, que, aun te- 
miendo no alcanzarles, disparó dos veces contra ellos, 
saltó el peqii^ñíri sobre el pato y rápidamente cortóle con 
su pequeño cuchillo la ligadura de las al&s, y tras esto, la 
cuerda que le sujetaba al bote. Saltó presto a su escondite 
y una V9Z seguro, díjole al pato: 

— Escapa, echa a volar antes de que pueda cargar de 
nuevo y disparar contra ti. 

El perro César, que habfa estado aleda, saltó rápido y 
consiguió atrapar a Jarro por el cuello, pera Pulgarcito le 
reconvino, diciendo: 

— Si eres tan pundonoroso como pareces, no preten- 
das que un pato de buenos sentimientos sirva de reclamo 
para que maten a sus compañeros. 

El perro gruñó al o(r esto; pero pronto dejó su presa, 
diciéndole: 

— Vuela y vete; eres demasiado bueno para servir de 
reclamo. 

DESECACIÓN DE LA LAGUNA 

Miércoles, 20 de abfü 

El vacío que al huir dejó el pato en aquella casa fué 
muy sensible para todos y, en particular, para el hijo de la 



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218 WkMh LAGeRJudr 

dttcAA, Per OI«^ Era éste iin peguriMa de oátáto aftos c 
hi^o únicor qoe Aunca baata e^toaccs habte ttniíio ptri^ sus 
)4iegos nacU que le bubicee díveitkk^ tMito como el pa&o 
Jarro* Cuaoda supo que ésle küám vuelto i^ reuanc 
con loa suyos, na pudo resignarse y pensó cóao se las 
arreglarta para que ci pato volviese. Pidió s sui nadce ^le 
le acompañase para ir en Uisca de Jarro^ s ín de oonveo- 
cerle de ^He volvMse a su caaa» pero la madre, cono puede 
suponerse, no accedió a lo peticiótt. Sio emhaigo» noskan- 
donó el pequefto su íds& y doo dfas después de haber des- 
aparecido iarro» saUá acompañado de an madre ai patí«^ 
donde soUa quedar solo jugando. 

Al pasar la madre d umbral de la puerta» dijo dirigién- 
dose al perro César que alU estaba tendido: «Cuida dd 
pequeño Per Ola mieniraa esü solo aqui.» 

César se encontraba de mal bumor. Sabk q^e los 
labradores que tenian sus tierras junto a la laguna trataban 
seriamente de desaguarla, con lo que los pájaros se mar- 
charían y ya no podría disfrutas del entretenimiento de la 
caza. Encontrábase tan preocupado con estas ideas que oe 
pensó en el chiquillo, el cual cayó en la cuenta de que. de 
no presentarse nadie que le detuviera^ era ésta ta ocasión 
propicia para ir en busca de jarro,. V aa( lo bizo, dirigié»- 
.dose a la laguna. Apenas Llegado comenzó a gritar desde ta 
oriUa llamando al pato repetidas veces, y eomo éste no 
compareciera tomó la determinación de ir en su buscSi. Con 
tal in saltó a una barquicbueU alit abandonada de puro 
vieja y cuyo fondo llenábalo el agua; pero no reparó en 
esto el pequefto. Como no podfa utilizar los remos, se con- 
tentó con hacerta dar bandazos, con lo que la embarcación 
se separó de la orilla y fué arrastrada por el viento hacia el 
interior de la laguna. El chiquillo, sentado sobre la proa, 
aeguta Uamando a Jarro a grandes voces El pájaro se per- 
eatóv poc último, de qna le llamabaní y al oír ei nombre 



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N1L8 IIOLOeRSSONS 219 

qae tuvo entre las personas, comprendió al punto que era 
el cbiqulllo de la casa que había salido en su busca. 

Se dirigió a él y, alegrándose de haberle encontrado, 
pú9ose a su lado y se dejó acariciar, quedando ambos muy 
satisfechos de haberse vuelto a ver. 

Apenas baUan transcurrido unos momentos descubrió 
el pato que la embarcación estaba casi llena de i^ua y 
corría peligro de hundirse. 

El pato dio a entender al pequefio Per Ola que como 
no podía vohir ni nadar, era necesario ponerse a salvo de 
algún modo. Y echando a volar volvió al poco rato nevando 
solne su lomo a Pulgarcito» que resultaba tan nmúseulo 
que, de no haber sido por sus movimientos y palabra», 
liubiera podido creerse que era un muftequito. El pequeflin 
ordenó a Per Ola que empleara como percha una larga 
rama que en el interior del bote haUa, hasta ganar tos jun- 
cales de un islote próximo. Apenas hubo llegado saltó el 
muchacho a tierra y hundióse ei bote sin otras conaecuen- 
ciaSb 

Asaltóle al punto el temor de que sos padres le castiga- 
ran, y ya estaba próximo a romper en amargo llanto, cuando 
le distrajo la presencia de una gran bandada de patosy que 
le fueron presentados por Pulgarcito, el cual fué tradu- 
ciendo cuanto decian y revelando sus nombres, con lo que 
Per Ola se distrajo y olvidó todo lo demás. 

Entretanto, las gentes de la alquería, que habían echado 
de menos al pequeñín de -la casa, empezaron a buscarlo 
por todas partes, aunque en vano, llegando hasta la misma 
laguna. 

El perro César comprendió muy bien la que pasaba, 
pero, malhumorado, no se cuidó de poner a la gente 
sobre la pista. Algunos de los que llegaron a la orítta del 
lago, descubrieron la huella de hs pisadas del pequefiin y 
la desaparición del bote, y tomando otras embarcaciones 



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220 8ELMA LAOERLdF 

recorrieron U laguna en todas direcciones, sin encontrar 
vestigios del peqfuefto. Todos supusieron entonces que Per 
Ola tiabíase ahogado al hundirse el bote. 

La angustiada madre vagó basta bien entrada la noche 
por la orilla del lago, pudiendo oír como los patos y milla- 
res de aves se llamaban, se reunían y entendían sus lamen- 
tos y exclamaciones de alegría, tales como pudieran expre- 
sar las mismas personas. Y su pena la indujo a pensar en 
la que aquellas aves manifestaban por la próxima dese- 
cación de la laguna, que las obligaría a dejar el sitio predi- 
lecto de sus hijuelos, a perder su rico sustento y aun la vida. 

La madre, que no había perdido la esperanza de encon- 
trar a su hijo, dióse a pensar que lo sucedido fuese un 
aviso del cielo, por cuanto al siguiente día debía resolverse 
el a3unto de la desecación del lago. Impresionada por esta 
creencia corrió en busca de su esposo, y al referirle sus 
ideas tuvo el consuelo de ver que también Us compartía. 
Y por m4s que el solo hecho de cubrir la laguna represen- 
tase aumentar en un doble la extensión de su finca, convi* 
nieron en hablar con los interesados para manifestarles que 
la laguna quedaría como estaba, porque renunciaban a en- 
mendar la plana &vla sabia naturaleza. 

El perro César, que, tendido en la habitación y con la 
cabeza levantada había escuchado atentamente la conversa- 
ción que sus amos sostuvieran, levantóse de repente y aga- 
rrando con sus dientes la falda de la señora, comenzó a 
tirar hacia la puerta. El ama quiso en un principio desa- 
sirse del perro; pero al ver que éste insistía en su propó- 
sito, exclamó: 

•—César, ¿sabes acaso dónde está mi hijo? 

Y abriendo la puertacorrió tras del perro, y llegados que 
fueron a la orilla del lago experimentaron gran contento y 
sobresalto al oír que et niño lloraba, aguas adentro. 

El pequeño Per 01a« que había pasado un gran día con 



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NILS HOLOCRSSONS 22t 

Pulgarcito, [arro y los demás pájaros, empezó a tlorar uA 
sentir los retortijones del hambre y el miedo a la obscuri- 
dad. Y por esto fué tanta su alegría al ver que sus padres, 
acompañados del perro César, llegaban en su busca. 



XX 

LA PREDICCIÓN \ 

Viernes, 22 de abril 

Nils dormía una noche sobre un islote del lago de Ta- 
kern cuando fué despertado por el. golpe de los remos 
sobre el agua. Apenas hubo abierta los ojos vio una luz tan 
deslumbrante que le hizo parpadear. De momento no com- 
prendió de dónde se reflejaba sobre el lago tan inmensa 
claridad, mas pronto vio una barquilla junto a los cañave- 
rales. Detrás de la embarcación veíase una antorcha em- 
breada, sujeta a un pico de hierro. La llama rojiza déla 
antorcha se reflejaba en las negras aguas del lago y este 
hernioso resplandor atraía, sin duda, a los pieces, porque 
en torno de la embarcación movíanse y se agitaban multi* 
tud de raicitas negras. 

Dos viejos estaban en la barquilla. Uno sentado, soste- 
niendo los remos* y el otro, de pie sobre el banco de atrás, 
tenía en la tnano un arpón, con redes burdamente tejidas. 
El remero tenía el aspecto de un pobre pescador. Era pe- 
queño, seco y de tez, curtida por el viento, y llevaba un 
traje delgado y raído pac el uso. Echábase de ver al puntó 
que salía a p^car en todo tiem|M> y que no temía el frío. 
El otro, bien portado, y bien vestido, tenía el aire autorita- 
rio dn un acomodado aldeano. 



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222 SeUlA LAOERL&F 



— Para— ordenó el aldeano, cuando Hawnn ianto al 
islote donde estaba durmiendo el muciíacha Coa M mo* 
vtmicirto rápido echó el arpón al agua. Cuando hubo jici- 
cado una gruesa anguila, dijo : 

— He aquí una que no es pequefta. Creo que ya hay 
bastante para esta noche y que podemos regresar. 

Su compañero no movfa los remos; miraba como en- 
cantado en torno de él: 

—¡Qué bien se está esta noche en el lago! — dijo. 

En verdad que era asi. Todo estaba en calma; el agua 
se extendía inmóvil, a excepción de Ja estela que el bote 
dejaba al marchar; los resplandores de la antorcha la hacían 
relucir como un camino de oro, y en el cielo, de azulada 
obscuridad, brítlaban las estrellas a tníNares. Las riberas 
desaparecían bajo tai frondosidad de ios caAaverales, excep* 
tuando la parte oeste. En e^ lado se elevaba la monlalla 
de Omberg, "sombria y alta, que, mis imponente 4|tie du- 
rante el día, ocultaba en forma de tríángido una parte del 
cido. 

El otro volvió la carbeza para no quedar de^hmibndo 
por la antorcha, y miró en torno de él. 

— Sí, es un hermoso país — dijo al fin-*; pero h beUez« 
no es lo principal de nuestra OstergOtland. 

— ¿Qué otra cosa es mejor? — preguntó d remero. 

— Ha sido siempre esta una provinda rica y «stimada. 
—Eso puede ser verdad— asintió d oh*o. 

— Así es y así será siempre. 

— ¿Qué sabemos?— replicó el remero. 

El ddeano se irgutó, y apoyándose sobre el arpón, dijo: 
— Sé una vieja historia que en nuestra familia se trans- 
mite de padres a hijos. Nosotros no se la contamos a catl- 
qniera; pero a un viejo camarada como tú se le puede 
confiar. 

En Ulvása, aquí, en 0;»(ergÓtland— comenzó diciendo 



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NflS <lDt XMHgWIW& 223 

0M1 iHi loflo qnc revehiba haberlo oído de otros y saberto 
de memoría^vivía hace mucho tiempo tina dama qoc 
tenia el don de leer el porvenir y animciar a las gentes \o 
que les iba « acontecer, con la nirama seftirídad y t:erteza 
que ti se trátese de hedios constnnados. Era lamosa en 
todas partes y de muy tejos venfan a consuKarla. 

Un día ta dama de Ülvtsa hilatia en su fran sala romo 
se «costtrmfirafba "en otros tiempos; tm aideaito eifM im>p^ 
naáafnente y se sentó en un banco, en 'd fondo áe la estén* 
cw, jtmto a 4a pnefta. 

— Quisiera wber en qifé estáis pensando, estmaéti se- 
ñora— dijo, después de un instante de silencio. 

— Pienso^n cosas «Has y isantas — respondió efla. 

--¿Sería indiscreto preguntaros ima cosa que me pre- 
ocupa mucho? 

---Shi^uda qtneres saber ^ tu csrmpo te dará mucho 
trigo... pero has de saber que yo he recibido requerhnien- 
tos *fl emperador, inquieto por la ^suerte de su corona, y 
áe\ l^arpa, temeroso éel ponrenir de sus llares. 

— Ya sé tfue son «cosas sobre hs -coaies es dfffdl tcb- 
potider— coit tc stó tS rfdeano— ; pero no be de ocultarte 
qne fie oMo decir que de aqni se sale siempre disgustado 
portequedccfs. 

Al oír esto la dama de Ulvása se mordió tos latnosy se 
a timó fli su Miento: 

— ¡AW ¿Cotí que tú bas oído decir eso? Muy bien; 
entonces interrógame, a ver si no sé tesponder de tma 
manera ciefta y satisfactoria para qtre tú quedes coiftento. 

d akleano declaró qút babía venido con la esperanza 
de conocer «el ponrenir de OstergMand. ifada amaba en «1 
mtmdo trnito cono su pafe y se consideraría feliz hasta su 
úMmo momeffio con ofr «na buena respuesta. 

— SíiK) q ni c res salier «tra cosa— respondió ia pru- 
defitedanm de Uivlsa — cveo que quedarás conteifto, por- 



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224 SELMA LAOeRLÓr 

que yo puedo decirte ahora, sin iemor a equivocarme, que 
OsCergótIand poseerá aiempre algo de lo que podrá enor- 
gullecerse por encima de las otras provincia. 

— Es una buena respuestai mi querida s^ora— dijo 
el aldeano — y quedaría totalmente satisfecho si supiera, 
al menos, cómo ha de ser eso posible. 

—¿Por qué no ha de ser posible?— contestó la dama 
de Ulvása.— ¿No sabes que Ostergótland es ya una pro- 
vincia célebre? ¿Crees tú que hay en Suecía otra que 
pueda envanecerse de poseer dos monasterios como, ios 
de Alvastra y Vreta y una catedral como la de Linkó- 
ping? 

— Es verdad — afirmó el aldeano — ; pero yo soy 
viejo y sé que él espíritu de los hombres es tornadizo. 
Temo que llegue un tiempo en que no se nos conceda 
honor ni gloría por Alvastra, ni por Vreta, ni aun por nues- 
tra misma catedral. 

— Hay algo de verdad en lo que dices r- confesó la 
dama de Ulvása — ; pero no tienes necesrcHid por eso de 
poner en dudfL mi predicción. Yo vqy a construir w nuevo 
monasterio en Vadstena» que será el más renombrado del 
norte. Nobles y villanos vendrán en peregriiuiaón y todos 
alabarán esta provincia por poseer entre sus fronteras un 
Ixigar tan santo. 

El aldeano se consideró feliz sA conocer la buena 
nueva. Pero como todo es pasajero en este mundo, aspjiaba 
a saber cómo se mantendría el reiiombre de la provincia 
si ei monasterio de Vadstena caía en decadencia. 

^ Tú no eres fácil de contentar — respondió la dama 
de Ulvása—, pero yo puedo misteriosamente ver bastante 
lejos en la noche de ios tiempos para asegurarte que a^tes 
de que el monasterio de Vadstena haya perdido su presti- 
gio, se elevará un- castillo en sus proximidades; este castillo, 
que será el más hermoso de la época, lo visitarán reyes y 



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NILS HOLOERSSONS 225 

príncipes y constituirá un gran motivo de orgullo para la 
provincia poseer un tesoro semejante. 

— Creo ñrmemente cuanto decís — repitió una vez más 
el aldeano—; pero yo soy viejo y sé de la vanidad de las 
cosas de est^ mundo. Y si llegara un día en que el castillo 
se desmoronas^;, ¿qué podría entonces atraer la mirada de 
los hombres sobfe esta provincia? 

— Eres muy curioso — dijo la dama de Ulvása — ; pero 
yo veo bastante lejos para descubrir upa maravillosa anima- 
ción en los bosques en torno de Fispáng. Veo coi^struir 
grandes hornos y herrerías y cre^;^ que la provincia será 
muy considerada por su arte en trabajar el hierro. 

Cl aldeano confesó que esto le satisfacía mucho. Pero 
aun no decayeiylo nfjnca Iqs talleres de Finspáng ¿habría 
todavía algo más de que la provinpia pudiera enorgu- 
llecerse? 

— Es muy difíc^ que se te pueda satisfacer — dijo nue- 
vamente la dama de Ulvása — ; pero veo aún bastante 
lejos para decirte que vastas construcciones como castillos 
surgirán en las orillas, dq estos^ ^fSP^i erigidas por grandes 
señores después de haber guerreado en el extranjero. Creo 
que estos castillos adornarán grandemente la prpvincia, 

— ^sq es hermoso y bueno; pero ¿y si llega un tiempo 
en que los. castillos caen ea ruinas? — objetó el aldeano 

— No s^ent^ la menor zozobra — dijo la dama de 
Ulvls^ — Y/:o surgir fuentes de ^ua. mineral en los 
praflos d^ Medeví, no lejos de. Vettern. Creo que estas 
fuetes reportarán a nuestra provincia toda la celebridad 
que puedas, desear. 

— Bueno es saberlo; pero — prosiguió el aldeano con 
terca insistencia— ¿y si llega un tiempo en que las gentes 
busquen la curación de sus dolencias en otras aguas? 

— No te inquietes — respondió la dama. — Yo veo un 
hormiguero de hombres entre Mótala y Mem. Construyen 

15 



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226 SELMA LAQERLÓP 

un canal de comunicación a través del país y, cuando quede 
terminado, vendrán las alabanzas de todas partes. 

El aldeano manifestaba siempre su aire intranquilo e 
incrédulo. 

—Veo que las caídas de agua de Mótala hacen girar 
ruedas— continuó la dama de Uivftsa, pintándose en sus 
mejillas dos grandes rosetas que denotaban que iba per- 
diendo la paciencia.— Oigo resonar los martillos en Mótala 
y oigo los telares de Norkóping. 

— Es una feliz nueva — dijo el aldeano—; pero pienso 
en que todo pasa y temo que eso llegue a olvidarse al- 
gún día. 

La paciencia de la dama de Ulvisa llegó á su término. 

— Tú dices que todo pasa. Muy bien. Yo te revelaré 
algo que no cambiará. En este país habrá hasta el fin del 
mundo aldeanos tan testarudos y orgullosos como tú. 

Entonces se levantó el aldeano radiante y satisfecho y le 
dio las gracias calurosamente. 

— Al fin me voy contento — dijo. 

— En verdad, no comprendo tu pensamiento — dijo la 
dama de Ul vasa. 

— Pues bien; pienso, mi estimada señora — explicó en- 
tonces el aldeano— en que todo lo que los reyes y las gen- 
tes de los monasterios y los señores y los hombres de las 
ciudades puedan fundar y construir, no durará más que 
algunos años; pero me habéis dicho que en Ostergótiand 
habrá siempre aldeanos honrados y tenaces. Así es que 
ya sé que el país conservará siempre su antiguo honor. Sólo 
los que doblen su cuerpo en el constante trabajo de la 
tierra podrán mantener de siglo en siglo la prosperidad y 
la gloría de mi provincia. 



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NILS HOLOERSSONS 227 

XXI 

LA LLANURA Df: OSTEROÓTLAND 

Sábado, 23 de abril 

Nils volaba muy alto; bajo >us pies se extendía la gran 
llanura de Ostergótland. Gozaba en contar las iglesias 
blancas, cuyos campaniles surgían entre los grupos de ár- 
boles. Pronto llegó a contar cincuenta; pero al equivo- 
carse, no quiso continuar. 

La mayor parte de la€ granjas eran grandes casas blan- 
cas de dos pisos, de aspecto tan soberbio, que Nils no salía 
de su asombro. 

— Habrá que creer que no hay aldeanos en este país 
— pensaba — porque aquí no hay granjas de labradores. 

De repente, los patos silvestres pusiéronse a gritar: 

— ¡Aquí los aldeanos viven como señoresl Aquí los al- 
deanos viven como señoresl 

En la llanura, la nieve y el hielo habían desaparecido; 
los trabajos de la primavera habían comenzado. 

— ¿Qué son esa especie de cangrejos que se arrastran 
por el suelo? — preguntaba Nils. 

— ¡Arados y bueyes! ¡Arados y bueyes! — respondieron, 
los patos al unísono. 

Los bueyes avanzaban taii lentamente, que apenas si se 
veía en ellos movimiento alguno; los patos les gritaron: 

— No llegaréis hasta el año próximo. No llegaréis hasta 
el año próximo. 

Los bueyes no anduvieron remisos en la respuesta, y 
levantando el testuz, dijeron: 

— En una hora hacemos nosotros más trabajo útil que 
vosotros en toda la vida. 

Aquí y allá veíanse caballos que tiraban del arado. 



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228 SCLMA LAOERL&F 

Caminaban con mayor rapidez que ios bueyes, pero los 
patos no pudieron resistir el deseo de meterse con ellos: 

— ¿No os da vergüenza hacer un trabajo de bueyes? 
Y los caballos relincharon: 

—¿No sentís vergüenza de ser tan holgazanes? 

Mientras los caballos y los bueyes se dedicaban al la- 
boreo de los campos, el carnero permanecía en casa, 
paseándose por el corral. Recién esquilado y» ágil, diver- 
tíase embistiendo a los muchachos, obligando al perro 
guardián a guarecerse en su garita y pavoneándose- con el 
orgullo que le daba el creerse el amo del lugar. 

*- Carnero, carnero, ¿qué has hecho de tu lana? ^ gri- 
taban los palos silvestres al pasar. 

— La he enviado a las fábricas de Drag, ea Norkdping 
— respondía el carnero con un largo balido. 

— Carnero, carnero, ¿qué has- hecho de tus cuernos? 

El carnero, muy a pesar suyo, no los había tenido ja- 
más y no se le podía inferir mayox airenta, que preguntarle 
por ellos. Se puso tan furioso, que durante un rato, corrió 
enloquecido en torno del corral, dando embestidas contra 
el aire. 

Un hombre caminaba por la carretera; le preoedía un 
pequeño ganado de lechoncitos de Escaria, que no conta- 
ban más que algunas semanas y que esperaba vendtr en el 
norte. Los lechoncitos trotaban vivamente, a pesar de lo 
pequeños que eran, y se apretujaban ujtos contra, otros 
para protegerse: 

-^ ¡Ufl ¡un ¡Uf! ¡Qué pronto nos han separado cta nues- 
tro padre y nuestra madre! ¡Uf! ¡Uf! ¡Uf. ¿Qué va a ser* de 
nosotrosi tan pequeños? -* gritaban con su gruñido agudo. 

Los mismos patos silvestres no pudieron menos que 
compadecerse de los lechoncitos. 

— Ya veréis como todo os irá bien -^ les dijeron, para 
cQASolarles. 



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^tS H0L0ERS50NS 229 

Cuando atravesaban esta inmensa llanura, Nils pensó 
de repente en un relato que había leído hacía tiempo y que 
recordaba vagamente. Tratábase de una prenda de vestir 
parecida a una falda, cuya mitad era de terciopelo bordado 
en oro y la otra mitad de paño burdo de color gris. Al- 
guien había cubierto el paño burdo con tantas perlas y 
piedras preciosas que brillaba con mayor belleza y sun- 
tuosidad que el terciopelo bordado en oro. 

Y recondó lo del paño burdo, viendo Ostergdtland des- 
de su aitura,:porque esta provincia fórmala una inmensa 
llanura, rodeada de regiones montañosas llenas de bos- 
ques que se extienden al norte y al sur. Estas alturas, de 
un azul magnífico, resplandecen en laclaridad de la ma- 
ñana bajo ligeros velos de oro; la Uanura, que extendía 
hasta el infinito sus campos desnudos, no presentaba me- 
nos atractivo a la mcrada qtreerpaio burdo. 

Era por esto por loxpie los hombres,' evidentemente, se 
encontraban bien en la llmu», que era generosa y buena, 
y a ]a que habían > adornado del mejor modo posible. 
A NHs, que votaba muy alto, parecíale que las villas y las 
granjas, las iglesias y las fábrícaSy^os castillos y la&«sta- 
ciones ferroviarias que se destacaban en la llanura, «eran 
joyas, ^rillabam las techumbres de azulejos, y las vidrieras 
de las ventanas relucían como piedras preciosas. Carreteras 
amarillentas, raüs lucientes y canales azulado^rorrían como 
una red de seda. Linkdping ostentaba su catedral como un 
diamante rodeado de perlas, y en la campiña las casitas 
paredan pequeños broches o botones preciosos. El trazado 
no era muy regular, pero era tal su esplendor que no cau- 
saba fatiga contemplarlo. 

Los patos hablan abandonado el rincón xlel Ombeig/y 
remontaban su vuelo por el canal de Qota haciael este. 
Ehcanal comenzaba a revestirse también de sus galas vera- 
niegas. Muchos obreros reparaban ios escarpados de las 



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230 SELMA LAOERLÓr 

riberas y embreaban las grandes puertas de las esclusas. 
Por doquier se trabajaba de firme para recibir dignamente 
a la primavera; aun en las mismas poblaciones. Los 
pintores y los albañiles» subidos a los andamios, se ocupa- 
ban en revocar las fachadas; las criadas, montadas sobre 
el alféizar de las ventanas abiertas, lavaban los marcos de 
madera. En los puertos se reparaban los veleros y vapores. 
Al llegar a Nork6ping, los ^tos silvestres abandonaron 
la llanura y dirigieron su vuelo hacia las forestas de Kol- 
marden. Un instante después seguían un viejo camino ve- 
cinal abandonado, que serpenteaba a lo largo de las res- 
quebrajaduras, al pie de las pendientes abruptas, cuando 
Niis lanzó inopinadamente una exclamación. Se había en- 
tregado durante este vuelo a la distracción de balancear 
los pies y acababa de caérsele uno de sus zuecos. 

— Pato, pato: he perdido mi zueco — gritó. 

El pato volvió hacia atrás y descendió hasta el suelo; 
pero Níls se había percatado de que dos muchachos que 
caminaban por la carretera habían recogido el zueco. 

^ Pato, pato — gritó de nuevo. — Remóntate pronto; 
es demasiado tarde. Alguien ha recogido mi zueco. 

Abajo, parados en medio del camino. Asa, la guarda- 
dora de patos, y su hermano, el pequeño Mats, contempla- 
ban curiosamente un zueco que había caído del cielo. 

— Lo han perdido los patos silvestres — dijo el peque- 
ño Mats. 

Asa, la guardadora de patos, permaneció un momento 
contemplándolo silenciosamente. Al fin dijo lentamente y 
con acento reflexivo: 

— ¿Te acuerdas, pequeño Mats, de que al pasar por 
CEvedskIoster, junto a una granja, oímos relatar que había 
sido visto un duende vestido con pantalones de cuero 
y que llevaba zuecos como un simple obrero? Más 
tarde encontramos a una muchachita que había visto a un 



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N1L8 HOLOERSSONS 231 

duende con zuecos, que cabalgaba sobre un pato. Y cuando 
llegamos a nuestra casa, pequeño Mats, vimos muy bien a 
un hombrecito vestido de este modo y que escapó volando 
a caballo de un pato. Tai vez sea el mismo, que al pasar 
ha perdido el zueco. 

— Debe ser el mismo — contestó Mats. 

Los dos niños daban vueltas y más vueltas al zueco, 
examinándolo atentamente, porque, en verdad, no siempre 
se encuentra el zueco de un duende en medio del camino. 

— Espera un poco, Mats — gritó apresuradamente Asa, 
la guardadora de patos. --< Hay algo escrito en este lado. 

-* S{, es cierto; pero las letras son tan pequeñitas... 

— Déjamelas ver. Aquí dice... dice... Níls Holgerssons 
de Vestra Vemmenhóg. 

— Nunca he visto nada más extraordinario — dijo el 
pequeño Mats. 



XXII 
LA LEYENDA DE KARR Y PELO-ORIS 

EL KOLMARDEN 

Al norte del golfo de Braviken, en la frontera de Os- 
trogocia y de Sudermania, se yergue una montaña de 
varias millas de anchura. De elevarse en la misma propor- 
ción, seria una de las montañas más imponentes que pu- 
dieran verse; pero no es así. 

Vese allí un edificio comenzado a base de tan vasta ex- 
tensión, que el constructor no hubiera podido acabarlo 
jamás: se ven fundamentos sólidos y fuertes bóvedas, pero 
no paredes ni tejados; esta construcción sólo se eleva al- 
gunos metros del suelo. Nada daría una id.ea mejor de esta 



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232 SELMA ÜiOERLÓr 

montaña fronteriza; dirfaseque era aquello el fundamento de 
una montaña antes que una montaña acabada. Surge de la lla- 
nura en forma de pendientes escarpadaís; por toda's partes 
se acumulan grandes masas rocosas, que parecen destinadas 
a soportar salones inmensos. Todo es fuerte y de grandio- 
sas proporciones, pero falto de altura. El constructor se ha 
cansado y ha abandonado su trabajo antes de edificar esas 
largas pendientes, esas puntas y crestas que forman fas 
murallas y las cumbres de las montañas ordinariamente. 

En compensación, eáta gran montaña ¿stá revestida de 
árboles gigantes. En todo tiempo han crecido los robles y 
los tilos en los vallecitos que allí existen; los áfaimos y los 
alisos a orillas cíe los lagos, los pinos en las escarpaduras 
y los abetos allí donde hubiera un [soco de tierra vegetal. 

Todos estos árboles forman el gran bosque de Kolmar- 
den, en otro tiempo tan temido, que quien tuviera necesi- 
dad de atravesarlo recomendábase a Dios y se preparaba 
para su última hora. 

Era una magnífica guarida para los anímales silvestres 
y los pilluelos que saben trepar, arrastrarse y deslizarse 
a través de la maleza. Para la gente seria ofrecía pocos 
atractivos. Era sombrío y siniestro, inexplorado y engaña- 
dor, espinoso e inextricable, y abundaba en árboles cente- 
narios, que semejaban trojes con sus troncos musgosos 
y sus ramas cubiertas de largas rebabas de liqúenes... 

Los hombres lanzaban miradas sombrías sobre -el bos- 
que que, con su vegetación desbordante, parecía burlarse 
de su pobreza y debilidad; no obstante, acabaron por 
creer en la posibilidad de sacar de allí algún provecho. 

Pusiéronse a explotarlo, a extraer triaderás, tablásy vi« 
gas, que vendían a los habitantes de la llanura que,''pbr su 
parte, habían abatido ya sus árboles. Y descubrieron que 
el bosque podía dáries el alimentoso mismo que Ids cam- 
pos. De este modo 'acabaron í>or mirario de otro modo. 



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NlLS HOLOCRSSONS 233 

aprendiendo a cuidarlo y amarlo y llegando a olvidar por 
completo su vte}a hostilidad, al compi'ender que tenían que 
considerar al bosque como su me^or amigo. 

KARR 

Unos doce áfios antes de qUe N<}s Holgefssons reali- 
zara su gra^ vMfe, ocurrió qtííe un propietario del Kol- 
mardén pensó éh deshacerse de uhb de sus perros de caza. 
Envió a bus(?Br a uno de sus jgtfardas y le dfjo que no po- 
dfafcffer aqüéPjserro, ^ue ho (Tesaba dte ttar daza-a ios cor- 
deh^ y gallinas; (>or lo tántb, SelotfAfá HéVar albosque 
y urta vez alif p>garfe un tírb. 

El gifarda ató el perro y'se ib fleVó 'al' punto en qtfe efa 
coátumbíematar y'eritel'far alba perrbs fiidlfli^s. A pfesar 
de <\\k no *fc Ifátaba *lle ñn hothbfe perverso, el-guarSa 
expcffihéfttalía-cfeffb-^heeráWfelaiji^xímíaad de ^éíha- 
cefíeíSe'aquelperrorpVniífc'SáMi^ttc el a^itmil, ádémát^Vfe 
tfiir ata a los corderos *y his*ganttíás/ée%^apaba eón ffe- 
cüetftta ai bosqnépara^at^Bpár'a^lUna ffebfe O'glilfo'Silyestfe. 

ÍH *pierro, ¡fttíttéRb 'y iWgfo, féñla'él jpJééhoy Ws patas 
de tréMnfo'añMrílIbs.'Sé llalMaba'Káfr'y era -tan ihteitgente 
que'libmpréMna 'fWfo fcr qñe iBééláti f6sli(fth1)res. Cuando 
e»ip<ardafecÓhdtícla*a' Iranís del l)0sqtfe,4dftWc Surénta 
■dcFfiíial qiie le ésp'erabarpcro nd díó»a»^énieniteniada. No 
doblábala cabera "tii ié ie ítíétla^l ttVó VMre piernas; 
mbstñiHa fa misiHa fesoliidóh quetle-ordiifario. ¿Nb'atra 
vesaba el Vóicpit tfdhde kSbía^sido'él <eíirór<ie tos peque- 
ños anlMiifiís que fo UablfiRíbárt? 

•^ iQfié'alegHa séi'tirfán^nru^rhos de tos que están 'entre 
fta malc2a*8í' stiptertrt la qiíe itte espera! — se détíta. 

Y se puso a ihetieár el rabo y 'a dar ladHdos-dOfOntAi- 
to para que no ie* sospechara nada. 

PlerOf'de pronto, cambiósu estado de ánimo: extendió 
el cuello y levantó la cabeza como para auHar. Y' en vez de 



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234 SELiiA LAoeRij5r 

ir al paso át\ guarda, fuese quedando atrás; echábase de 
ver que le dominaba una idea desagradable. 

El verano apenas si había apuntado. Los ciervos aca- 
baban de dar al mundo sus pequeños y la víspera por la 
noche había conseguido Karr arrebatar a su madre un 
cervatillo que no tendría más allá de ciAco días y que 
arrastró hacia una marisma. Allí le había perseguido de 
otero en otero, no para darle caza, sino simplemente, por 
el placer de ver el terror que le infundía. La madre, que 
sabía que en esta época del año, poco tiempo después del 
deshielo, no tiene fondo la marisma y, por lo tanto, apenas 
si puede sostener un gran animal como ella, permaneció 
cuanto le fué posible sobre la tierra firme; pero como su 
pequeño se alejaba más y qpás, se lanzó de golpe en la 
marisma y poniendo en fuga al perro recogió a su hijo y 
volvió hacia la orilla. Los ciervos son más hábiles que los 
otros animales para avanzar a través de las marismas j evi- 
tar el hundirse en el fango; los dos animales no revelabvi 
temor por hallarse aún distantes de la tier/a; pero, llegados 
cerca de la orilla, se hundió un otero sobre el cual acababa 
de poner el pie la cierva madre, y ésta se hundió también 
en el limo. Fué en vano todo su esfuerzo, pues se hundía 
más y más. Karr miraba lo que estaba sucediendo sin atre- 
verse a respirar; viendo que la cierva no aparecía se alejó 
de allí lo más aprisa que pudo. No ignoraba que le es- 
peraba una palisa terrible si se llegaba a descubrir que 
había sido la causa de la muerte de una cierva. Y le entró 
tal miedo, que sólo dejó de correr al llegar a su casa. 

Tal es la aventura cuyo recuerdo acababa de asaltar a 
Karr; ninguna de sus antiguas hazañas le había afligido de 
tal manera. Sin querer causar el menor mal a la cierva 
ni a su pequeño, habíales causado la muerte. 

— Tal vez no hayan muerto — pensó al cabo. — Puede 
que se hayan salvado. 



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NILS HOLOERSSONS 235 

Sintió un deseo violento de saberlo. El guarda no su- 
jetaba -el lazo muy fuerte; Kjkrr dio un salto brusco y esca- 
pó, corriendo libremente a través de la marisma; estaba ya 
lejos cuando el guarda se repuso de su sorpresa. Corrió 
tras él y logró alcanzarle en la marisma, de píe sobre un 
otero, a algunos metros de la tierra firme, aullando con 
todas sus fuerzas. Deseoso de saber lo que ocurría, avanzó 
arrastrándose sobre el hielo a cuatro patas. No tardó en 
descubrir una cierva ahogada en el limo. Junto a ella esta- 
ba tu pequeñuelo, aun con vida, pero agotado, sin fuerzas 
para seguir lanzando su gemido. Karr se acercó al cerva* 
tillo y tan pronto lanzaba un aullido en demanda de soco- 
rro como le lamía. 

El guarda llevó a tierra al pobrecito animal. El perro 
estaba loco de contento. Saltaba en torno del guarda, dan- 
do ladridos y lamiéndole las manos. 

El guarda llevóse el cervatillo y lo encerró en su esta- 
blo. Inmediatamente requirió el auxilio de otros hombres 
para sacar a la cierva grande de la marisma; pasó bastante 
tiempo sin acordarse de que tenia que dar un tiro a Karr. 
Por fin llamó al perro y se lo llevó nuevamente al bosque 
Una vez en camino debió cambiar de propósito, porque 
desandando lo andado se encaminó hacia el castillo. 

Karr le habfa seguido tranquilamente; pero viendo que 
le conducían de nuevo a casa de su amo, se alarmó. Sin 
duda había comprendido el guarda que él, Karr, era la 
causa de la muerte de la cierva, y ahora le aplicarían una 
buena porción de azotes antes de matarle. 

Ser azotado parecíale a Karr la peor de las cosas. Le 
hitó el valor; llevaba la cabeza colgando y parecía no re- 
conocer a nadie. 

El amo estaba sobrQ la escalinata. Karr se encogió 
cuanto pudo y se ocultó tras las piernas del guarda, cuan- 
do éste comenzó a hablar de los ciervos. P¿ro el guarda no 



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236 SCLMA LAQERLÓP 

relató la historia de la manera que temía el perro. Htto el 
elogio de Karr. Este hat)ía sabido que los ciervos esttftian 
en peKgro y había querida salvarlos. 

— Que el señor me perdone — acabó diciendo — impero 
yo no puedo matar este perro. 

Karr levantó las orejas. ¿Habría oMo bien? Aunque no 
hubiera querido revelar su inquietud, ifo pudo retener un 
débil ladrido lastimero. ¿Era posible que el simple hecho 
de haber querido salvar los ciervos le valiera el salvar la 
vida? 

El duefio contestó que Mo podía menos que reconocer 
que Karr se había portado bien; pero como estaba decidi- 
do a no tenerlo un día más, pensó un poco acerca del par- 
tido que debía tomar. 

— Si tú tcencargüs de él y megarantizas que no vol- 
verá a cometer ninguna" fechoría, te dejaré con vida ^ dijo 
al Un. 

El guarda aceptó, y he aquí erporqifé4Carr1ifé< a ha- 
bitar la casa forestal. 

LA HUtiM I>e PELO-ORIS 

Desde entonces dejó Karr de cazar furtivamente, no 
por miedo, sino por no disgustar al guarda que le había 
salvado la vida 7 al que le había tomado un gran cariño. 
Seguíale por todas partes* y 'CQando'ePguarda cumplía su 
misión, precedíale para vf^filar el eamlno; cuando'se batía* 
ba descansando en Su casa,'Karr'permffnecía tendido a la 
puerta, inspeccionando' a todos los que iban y venían. 

Cuando todo estaba en caima y ningún paso resonaba 
en la carretera, cuandoel guarda cuidaba sus plantas y sus 
legumbres, Karr íbase a jugar con el cervatillo. 

En un prindpio,^Karr no babía tenido el menor deseo 
de ocuparse de él, perocomo seguía a su dneño por todas 
partes, acompañábale también al establo en las horas en 



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NIL8 HOLOERSSONS 237 

que correspondía dar la leche al pequeñuelo. Karr sentá* 
base delante del abrevadero y se entr^otenfa viendo beber al 
cervatillo. El guarda había bautizado a éste con el nombre 
de Peto-Oris, porque no creía que el cervatillo mereciera.un 
nombre más bonita. Karr era en absoluto de la misma opi- 
nión. Siempre qu^. le- veía pensaba que nunca hab(a« visto 
nada m^ feo ni peor hecho. Eloervatillo tenía unaa largii^ 
patas desgarmilladas y tan mal puostas, que hubiera, podi- 
do decirse que iba mooiado sobre zancos. La cabeza era 
enorme, vieja y arrugada, y caminaba siempre ladeado ha- 
cia uno u otro costado. La piel, demasiado floja, formaba 
pliegues y bolsas como una. pelliza harto holgada. Tenía 
un aspecto triste y desolado, pero, cosa extrafia, apenas 
veía a Karr se levantaba rápidamente, comp cgiitento de 
e$tar con él. 

El animalitO! pc^recía enfermo, np crecía y su estado em« 
peoraba cada vez más; por último, acabó no levantándose 
del suelo ni aun al ver a Karr. El perro saltaba entopf:es 
sobre el abrevadero; una.d^il lujcecilla ilumin^Jbatlos ojoa 
de iai pobre bestia. Desd^ entonces. Kftrr hacíale todos los 
días una visita; pasaba a su l^o hora^. enteráis, lamiéndole, 
jugando y saltando con él, al par que [>!& eqaei|aba lo que 
necesitasaber un animal del bosque. 

Poco a poco se fué registrando un hec.ho notfible: el 
cervatillo comenzó a mejorar y a crecer. §u crecida Jué 
taa rápida, que a^las dos semanf^ no Rpdfa^ entrar doncje 
estaban los becerritos y hubO; necesidad, li^ trasladarla a 
un pequeño lugar; de pastoreo c^rcado^con una vall^ Dos 
meses más tarde tenía unas pata^ tan largas que podía sal- 
tar la cerca sin dificiiltad. El guarda rebabó entonces, auto- 
ri2;ación para construirle, una a)ta empalizada junto a un 
pequeño bosque donde el ciervo vivió algunos añps, Uer 
gando a ser un ejemplar soberbio. Karr iba alguno^, ratos 
a hacerle compañía, no ya. por piedad sino por afecto. El 



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238 SELMA LAGERLÓr 

ciervo continuaba siendo melancólico y parecía indolente 
y desmayado; sólo Karr conseguía divertirle y hacerle 
jugar. 

Pelo Qris llevaba ya cinco años en casa del guarda 
foral, cuando el propietario de aquel terreno recibió una 
carta del director de un jardín zoológico del extranjero 
proponiéndole la venta del animal. El guarda quedó deso- 
lado, pero nada podía hacer. La venta del ciervo quedó 
resuelta. Karr supo pronto lo que se tramaba y corrió 
a instruir á su amigo. Ei perro estaba afligido ante la idea 
de perderlo; pero el ciervo aceptó su suerte con calma y no 
parecía contento ni descontento. 

— ¿Es que piensas dejarte llevar sin resistencia? — le 
preguntó Karr. 

—¿Para qué resistir?— replicó el ciervo. Ciertamente, 
prefiero continuar aquí; pero como me han comprado 
no tardarán en llevárseme. 

Karr miró largo rato al ciervo, midiéndole con los ojos. 
Veíase que no había alcanzado todavía el límite de su talla: 
no tenía los retoños muy desarrollados, la jiba muy alta ni 
la crin tan espesa como los ciervos adultos, aunque no eta 
menos fuerte que ellos para defender su libertad. 

— Ya se vé que ha estado siempre cautivo — pensó 
Karr. — Pero nada le dijo. 

Karr no volvió a ver al ciervo hasta después de media 
noche, a la hora en que sabía que Pelo-Qris, luego de un 
sueño, hacía su primera .comida. 

—Tienes razón Pelo-Qris, al dejarte llevar — le dijo. — 
Serás guardado en un jardín grande y gozarás de una vida 
sin sobresaltos. Lo único triste es que tengas que abando- 
nar el país sin conocer el bosque. Ya conoces la divisa de 
los tuyos: «Los ciervos y el bosque son una misma cosa», 
y tú no has visto el bosque. 

El ciervo apartó la cabeza del trébol que comía: 



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NILS HOLOERSSONS 239 

-^De haber querido hubiese visto el bosque; pero yo 
no puedo salir del encierro— contestó con su acostumbrada 
indolencia. 

-*-En efecto, es imposible cuando se tienen las patas tan 
cortas — dijo Karr. 

El ciervo le miró con el rabillo del ojo. Karr, siendo 
tan pequeño, saltaba la empalizada varias veces al día. 
Pelo-Qris se aproximó a la cerca, dio un salto y, sin saber 
cómo, se vio libre. 

Karr y Pelo-Qris se encaminaron hacia el bosque. Era 
una hermosa noche, iluminada por la luna; finalizaba el 
verano; los árboles proyectaban sus grandes sombras. El 
ciervo caminaba lentamente. 

— Tal vez sea mejor volvemos— di ja Karr. — Tú no 
tienes la costumbre de correr por el bosque y puedes rom- 
perte las patas. 

El ciervo pareció no comprenderle; pero apresuró su 
marcha e irguió la cabeza. 

Karr le llevó a la parte del bosque donde crecían enor- 
mes abetos, tan juntos que el viento casi no podía pe- 
rtetrar. 

— Aquí es donde los miembros de tu familia se ponen 
al abrigo de la tempestad y del frío — dijo Karr. — Pasan 
el invierno a pleno aire. Tú te alojarás mejor. Durante el 
invierno te meterán en un establo, como si fueras un 
buey. 

Pelo-Qris no respondió; había detenido el paso y aspi- 
raba con delicia el fuerte aroma resinoso que se desprendía 
de los pinos. 

— ¿Tienes algo más que enseñarme — dijo al fin —o me 
lo has mostrado todo? 

Karr le condujo a una gran marisma, donde le mostró 
las isletas y las laderas abruptas. 

— Cuando los ciervos son perseguidos se salvan a tra^ 



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240 SCLMA LAOCRLÓf 

vés de esta marisma — dijo Karr. — No sé cómo lo. consi- 
guen siendo tan grandes y pesados; pero no se hunden en 
el limo. Tú no podrías marchar por un terreno tan peli- 
groso; pero, felizmente, no tendrás necesidad de intentarlo, 
porque a tf no te perseguirán jamás los cazadores, 

Pelo-Qris. no respondió; pero de un salto se \%az6 a la 
marisma. Sentíase feliz al percibir el temblor de las isletas 
bajo sus pies y corrió en todos sentido^ por las. Meras; 
después volvió al lado de Karr. 

— ¿Hemos visto ya todo el bosque?— preguntó. 
—• Todavía, no — respondió Kívr. 

Y condujo al ciervo hacia el arena}, donde credan her- 
mosos árboles llenos de hojas: robles, álamos^ y ti|os, 

— Es aquí donde los de tu raza vifiii*n a com^r ly>jas y 
cortezas — dijo Karr. — Consideran eso como un regalo, 
pero tú tendrás en el extranjero mejor alimento. 

El ciervo contempló con admiración los árboles que 
extendían sobre su cabeza sus copa$ verdes^ Y S|Jbor^ las 
hojas d^ los robles y la corteza de. ios álamoSi 

— ^sto es bueno y amargo — dijo? — Es racjpr, que 
el trébol. 

~AI menos lo habrás, probado una, vez— dijo el 
perro* 

íAi& arriba qondujo.aj ciervQ j^into a un pequeño l^o, 
cuyas i^ufis dormidas reflqjaban las riberas, envuelta^ 4^ 
ligeras brumas vaporosas. Pelo-Qris se detuvo de prooto. 

— ¿Qué es esto? — gritó. 

El no había visto nunca un lago. 

-^Es el agua — respondió Karr.— Tu gente tieo/^. la 
costumbre de atravesarla nadi^ndo de una a otr^ orilla. Tú 
no sabrás hacerlo, pero podrías darte un bago. 

Apenas dijo esto, Kai;r se echó aj agua y s^: D4iso 
a nadar. Pelo-Qris permaneció en tierra, uji buen momqito; 
pero acabó por seguir al. perro. Cuandoel agM^ fi:^ca en- 



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La cascada del arco iris, en Huskvarnaán 

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NILS HOLOER8SONS 241 

volvió blandamente su cuerpo, experimentó una voluptuo- 
sidad que le hizo jadear; quería hundir su espalda bajo el 
agua y se alejó de la orilla; al observar que el agua le sos- 
tenía se puso a nadar. Nadaba cerca de Karr y parecía en 
su elemento. Cuando salieron a la otra orilla Karr le pro- 
puso arrojarse al agua nuevamente. 

—- Aun está lejos la mañana --objetó el ciervo.-^ De- 
mos otra vuelta por él bosque. 

Penetraron otra vez en el bosque. Pronto llegaron a un 
pequeño claro iluminado por la luna; la hierba y las flores 
brillaban bajo el rocío; allí pastoreaban grandes animales. 
Había un ciervo y varias ciervas, algunos más jóvenes y 
otros más pequeños. Al verlos se detuvo Pelo-Oris. Ape- 
nas si fijó su mirada en las ciervas y los cervatillos; 
parecía fascinado ante un ciervo viejo, jefe de la tribu, que 
ostentaba un bosque dé cuernos y una alta jiba en sus 
espaldas; unn barba recubierta de largos pelos pendía de 
su cuello. 

—¿Quién es aquél? — preguntó Pelo-Oris. Su voz tem- 
blaba de emoción. 

—Se llama el Coronado— contestó Karr— y es pa- 
riente tuyo. Tú también, también tendrás un día, como él, 
un bosque de ctiernos y una crin, y si te quedaras en el 
bosque conducirías un rebaño como ése dentro de algún 
tiempo. 

—Puesto que es de mi familia — añadió Pelo-Oris— 
voy a verle más de cerca. Yo no había imaginado ver un 
animal tan soberbio. 

Aproximóse hacia el rebaño; pero al punto volvió co- 
rriendo hacia Karr, que se había quedado esperándole bajo 
un árbol. 

— ¿Acaso no te ha querido recibir ?— preguntóle 
Karr. 

r-Le he dicho que era la primera vez que veía 



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242 SCLMA LAOERLÓP 

a mis parientes; él me ha amenazado con los cuernos. 

— Has hecho dicn retirándote — dijo Karr. — Un joven 
como tú, que apenas si tiene ios primeros cuernos, no 
puede medir sus fuerzas con los viejos ciervos. Hubiera 
sido otra la canción del bosque si él hubiera cedido sin 
resistencia. ¿Y esto que puede importarte a ti, que no te has 
de quedar en él, porque tienes que vivir en el extranjero? 

No había acabado Karr cuando Pelo-Oris le volvió la 
espalda para marchar ai lugar de donde venía. El viejo 
ciervo se puso ante él y comenzó la lucha. Cruzaban sus 
cuernos y embestíanse con todas sus fuerzas. Pelo*Qrís re- 
trocedía a lo largo del claro del bosque, sin que al parecer 
supiera valerse de su fuerza; pero al llegar a los linderos 
del bosque hundió más firmemente sus pies en el suelo y 
arqueándose hizo un esfuerzo vigoroso y consiguió recha* 
zar a su adversario. Luchaba en silencio, mientras su viejo 
rival soplaba y rechinaba sus dientes. De pronto se oyó el 
ruido de algo que se resquebrajaba. Era un retoño que 
saltaba del bosque de madera del viejo ciervo. Retrocedió 
bruscamente y huyó hacia el bosque. 

Karr esperaba a su amigo bajo los árboles. 

—Ahora ya has visto lo que hay en el bosque — díjoie 
a PeloOris al regresar. — ¿Quieres que volvamos a casa? 

— Sí, ya es hora — respondió el ciervo. 
Caminaron en silencio. Karr suspiró varias veces, como 

víctima de una decepción; Pelo-Qris marchaba con la 
cabeza alta, contento de su aventura. Avanzó hacia su 
encierro sin vacilación; pero al llegar, se detuvo. Recorría 
con su mirada el estrecho lugar donde había vivido, fijá- 
base en el suelo tantas veces pisado, en el heno pasado, en 
el pequeño abrevadero y en el sombrío rincón donde había 
dormido. «Los ciervos y el bosque son una misma cosa» — 
gritó. —Y tras esto echó atrás su cabeza y huyó precipita- 
damente hacia el bosque. 



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NILS HOLOERSSON8 243 



LA MUERTE DE PELO ORIS 

Una tarde Okka y su bandada descendieron a la orilla 
de un lago del bosque. Estaban todavía en Kolmarden, 
pero en Sudermania. 

La primavera se habfa retrasado, como ocurre siempre 
en las montañas. El hielo cubría el lago en toda su exten- 
sión, excepto una pequeña franja de agua en todo el largo 
de la tierra. Los patos se precipitaron sobre el agua para 
lavarse y buscar alimento. Nils Holgerssons, que había per- 
dido un zueco por la mañana, corría entre los alisos y los 
álamos de la orilla, buscando algo con que resguardar 
su pie. 

Debió ir bastante lejos para encontrar lo que buscaba. 
Había encontrado un pedazo de corteza de álamo que se 
ajustaba bien a su pie, cuando escuchó a sus espaldas un 
rumor de hojas secas. Volvióse y advirtió una serpiente 
que avanzaba hacia él. Era muy larga y muy gruesa, pero 
Nils vio que tenía una mancha clara en cada mejilla, y per. 
maneció qufeto. 

— No es más que una culebra — pensó — y no llegará a 
hacerme daño. 

Pero la culebra se abalanzó sobre él y le dio tal golpe 
en el pecho que le echó de espaldas. Nils dio un salto y 
echó a correr, mas la culebra lanzóse en su persecución. 
El suelo era pedregoso y abundaba en maleza y no le era 
posible avanzar gran cosa. Y al descubrir una roca escar- 
pada se dispuso a escalarla. Ya en lo alto vio que el animal 
trataba de seguirle. 

Junto al muchacho, en la cumbre de la roca, había una 
piedra casi redonda, gruesa como una cabeza ,de hombre, 
situada junto a la pendiente y que parecía suelta. Viendo 
que se aproximaba la culebra, corrió Nils a ponerse tras la 
piedra y la empujó con toda Sii fuerza. La piedra rodó 



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244 SCLMA LAQERLÓr 

recta hacia la culebra, tropezó con ella y le aplastó la 
cabeza. 

—Ya estoy salvado — dijo Nils exhalando un suspiro, 
mientras la serpiente hacía algunos movimientos bruscos 
hasta quedar inmóvil. — Creo que no he corrido tanto ries- 
go como ahora en todo el viaje. 

Apenas se había repuesto del susto oyó un batir de alas 
y vio un pájaro que descendía cerca de la culebra. Este 
pájaro tenía la altura y el aspecto de una corneja, pero su 
plumaje era negro completamente y con reflejos metálicos. 
El muchacho se ocultó prudentemente en un hoyo. Guar- 
daba muy vivo recuerdo de su aventura coa las cornejas. 

El pájaro negro describió algunas vueltas en torno del 
cadáver y, por último, le empujó con el pico. Tras esto 
batió dos o tres veces las alas y gritó con voz sobreaguda- 

— Cs Indefensa, la culebra; la he encontrado muerta 
aquí. 

Todavía dio otra vuelta al rededor del cadáver y se 
entregó, al parecer, a profundas reflexiones mientras se 
rascaba la nuca con una pata. 

•— No es posible que en el bosque haya dos serpientes 
tan grandes — dijo al fin. — No puede ser más que ella. 

Y se dispuso a hundir su píco^n el cuerpo de la ser- 
piente; pero se contuvo de pronto : 

— No hagas el bestia, Bataki — murmuró.— ¿Cómo es 
posible que pienses en comerte la culebra antes de haber 
llamado a Karr? No querrá creer que Indefensa, su ene- 
miga, ha muerto, si no lo vé con sus propios ojos. 

Nils trataba de sostener su seriedad; pero el pájaro 
estaba tan solemnemente ridículo, yendo y viniendo y ha- 
blando consigo mismo, que el muchacho no pudo repri- 
mir la carcajada estrepitosa que se le escapó por la boca. 

El pájaro le oyó y de un vuelo se plantó sobre la roca. 
Nils se levantó y fuese hacia él. 



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NIL8 HOLOCRSSONS 245 

— ¿No eres tú el llamado Batakf, el cuervo amigo de 
Okka?— le preguntó. 

El pájaro se le quedó mirando y agitó tres veces su 
cabeza. 

—¿Serás tú, acaso, el que vuela en compañía de los 
patos silvestres y al que llaman Pulgarcito? 

— Soy el mismo— contestó Nils. 

— ¡Qué suerte haberte encontrado! ¿Podrías decirme 
quién ha matado esta culebra? 

— I.a ha aplastado una piedra que he hecho rodar 
desde lo alto de la roca — dijo Nils. Y acto seguido le refi- 
rió cuanto había acontecido. 

— Eso está muy bien para un hombrecito como tú — 
dijo el cuervo. — Yo tengo por aquí un amigo que se pon- 
drá muy contento cuando sepa la muerte de la culebra y, 
por mi parte, me consideraría muy feliz si pudiera pres- 
tarte algún servicio. 

Bataki había vuelto la cabeza y aguzaba el oído. 
— jEscucha! — prorrumpió de pronto. — Karr no está 
lejos. ¡Qué contento se pondrá! 
Nils escuchaba también. 

— Habla con los patos silvestres. 

— Habrá venido a la orilla del lago para enterarse del 
paradero de Pelo-Qris. 

El muchacho y el cuervo se dirigieron rápidamente 
hacia la orilla. Todos los patos habían salido del agua y 
habían entablado conversación con un perro viejo, tan 
cansado y tan débil, que se esperaba verle caer de un mo- 
mento a otro. 

— Mira a Karr — dijo Bataki a Nils. — Dejémosle que 
oiga lo que le cuenten los patos y después le diremos que 
la culebra ha muerto. 

Okka decía: 

— Fué, como ie digo, cuando hicimos nuestro último 



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246 SEUIA LAOERLÓr 

viaje de primavera. Habíamos partido una mañana Iksii 
Kaksi y yo del lago Stljan, en Dalecarlia, y atravesábamos 
los grandes bosques de la frontera entre la Dalecardta y el 
Halsingland. A nuestros pies no veíamos más que los árbo- 
les, de un verde sombrío. La nieve estaba todavía dura y los 
ríos helados, con algunos agujeros negros aquí y allá; a lo 
largo de las riberas la nieve se había fundido ya. De pronto 
distinguimos tres cazadores. Se deslizaban sobre skis y 
llevaban perros de caza, pero no escopetas. La superficie de 
la nieve era muy dura y firme, y como no tenían por qué 
sq^uir los caminos tortuosos, corrían rectamente delante 
de ellos. Parecían saber muy bien hacia donde iban. 

Nosotros volábamos muy alto y vislumbrábamos todo el 
bosque. Habiendo visto los cazadores sentíamos grandes 
deseos de ver la caza. Dimos algunas vueltas sobre el bos. 
que para ver mejor entre los árboles. De súbito, en una 
espesura descubrimos algo parecido a gruesas piedras 
enmohecidas. Aquello no podían ser piedras porque no 
estaban cubiertas de nieve. Nos dejamos caer en medio de 
la espesura. Los tres bloques de piedra se movieron. Eran 
un macho y dos hembras. El macho se puso en pie ante 
nuestra proximidad. No he visto jamás animal más grande 
ni más hermoso. Al ver que sólo eran tres pobres pa- 
tos silvestres los que le habían despertado, se volvió a 
acostar. 

— No, no, abuelo, no vuelvas a dormirte — le dije. -— 
Salvaos lo antes posible, porque tres cazadores se dirigen 
hacia aqu^. 

— Os doy las gracias, madre pata; pero habéis de saber 
que la caza del ciervo está prohibida en esta época. Esos 
cazadores habrán salido a cazar zorras. 

— Por todas partes hay huellas de zorras, pero los 
cazadores no se fijan en eso. Creedme. Saben donde estáis 
y vienen a mataros. No llevan escopetas y van armados de 



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NILS HOLOEKSSONS 247 

cuchillos y venablos porque no se atreven a disparar una 
escopeta en esta época del año. 

El ciervo permanecfa en calma, pero las dos hembras 
comenzaban a impacientarse. 

— Los patos pueden tener razón— dijeron, incorporán- 
dose a medias. 

— Estad tranquilas— dijo el ciervo — ; no vendrán 
cazadores por aquí; podiis estar seguras. 

No podíamos conseguir nada y nos elevamos sin 
alejarnos mucho de aquel lugar. Cuando estaríamos a la 
altura a que acostumbramos volar, vimos salir al ciervo de 
la espesura. Husmeó en torno suyo y fuese hacia los 
cazadores. Al marchar pisaba las ramas secas, que se rom- 
pían con estrépito. Una gran marisma descubierta surgió 
ante su paso. Y fué a apostarse en sitio muy visible, en el 
centro precisamente. 

Permaneció allí hasta que los cazadores desembocaron 
en el bosque. Entonces echó a correr para ponerse a salvo, 
pero no hacia el lugar de donde había salido. Los cazado- 
res achucharon los perros y corrieron rápidamente tras 
ellos, montados en sus skis. 

El ciervo, con la cabeza tendida sobre su espalda, corría 
a toda velocidad; la nieve volaba en grandes copos a su al 
rededor. Perros y cazadores se quedaron muy atrás. En* 
tonces se detuvo como para escucharles y cuando les vio 
venir escapó nuevamente. Comprendimos que trataba de 
llevar a los cazadores lejos del sitio donde estaban las 
ciervas. 

La caza duró dos o tres horas. Nosotros nos asombrá- 
bamos de ver tan obstinadamente a los cazadores tras se- 
mejante corredor, siendo así que no llevaban escopetas. 
¿Cómo podían esperar cogerle? 

Mas pronto observamos que el ciervo no corría ya con 
tanta rapidez. Ponía los pies sobre la nieve con mayor 



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248 SCLMA LAOERLÓF 

prudencia y cuando los sacaba dejaba huellas de sangre. 

Entonces comprendimos por qué le perseguían tanto los 
cazadores y por qué no $e descorazonaban. Contaban con 
la nieve. El ciervo era pesado y a cada paso se hundfa más 
y la superficie endurecida de la nieve le rascaba las piernas, 
arrancándole los pelos y la piel. 

Los cazadores sobre sus skis y los perros que corrían 
con bastante ligereza sobre la helada superficie, le seguían 
siempre. El ciervo huía, huía; pero sus pasos eran cada 
vez más inciertos, tropezaba y soplaba violentamente. 
Sufría mucho y se agotaba de fatiga en la nieve endu- 
recida. 

AI fin perdió la paciencia y se detuvo paraqueseapro* 
ximaran los perros y los cazadores y luchar con ellos. 
Mientras les esperaba lanzó una mirada hacia elídelo y nos 
descubrió: 

-^ I Vais a ver mi fin, pájaros silvestres! — gritó.— 
Cuando atraveséis el bosque de Kolmarden, buscad a Karr, 
el perro, y decidle que su viejo amigo Pelo-Oris ha muerto 
bellamente .» 

Al llegar el relato a este punto se levantó el perro y se 
dirigió hacia Okka: 

— Pelo-Oris ha llevado una buena vida— dijo. — Me 
conocía mucho. No ignoraba que soy un perro valiente 
y que me satisfaría saber que ha tenido- una muerte-dtgna. 
Cuéntame ahora... 

Levantó el rabo e irguió la cabeza para recobrar su 
aspecto fiero y valeroso, pero decayó pronto su ánimo 
esforzado. 

— {Kárr, Karr! — gritó en este momento una voz humana 
desde el bosque. 

El viejo perro se irguió de nuevo. 

— Es mi amo que me llama — dijo— y no puedo retar- 
dar mi vuelta. Hace un momento le he visto cafgar su 



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NILS HOLOER8SONS 249 

escopeta. Hemos venido al bosque por última vez. Te doy 
las gracias, pato silvestre. Ahora sé cuanto necesitaba para 
marchar contento hacia la muerte. 



XXIll 
KL BELLO PARQUE 

Domingo, 24 de abril 

AI día siguiente dirigiéronse los patos silvestres hacia 
el norte, atravesando la Sudermania. El pequeño dirigía su 
miraka hacia tierra y contemplaba el paisaje pensando que 
éste no era igual a los que anteriormente había conocido. 
No había grandes llanuras como en la Escania y en la Os- 
tergótiandia, ni tampoco existían grandes agrupaciones 
forestales como en Esmaiand; no parecía sino que todo 
anduviese revuelto y mezclado, como si se hubiese tomado 
un gran lago, un gran río, un gran bosque y una gran 
montaña y, ya en pedazos, extendido sia orden ninguno 
sobre la superficie del suelo. No veía el muchacho por 
parte alguna otra cosa que pequeños valles, pequeflas 
lagunas, pequeños montes y pequeños bosques. Nada 
llegaba a desarrollarse allí. Tan pronto comenzaba a exten- 
derse una llanura, venía un montículo que le cerraba el 
camino, y si el monte quería extenderse en cordillera, opo- 
níase a ello el llano. Y lo mismo sucedía con las llanuras 
y los lagos. 

Como quiera que los patos Volaran tan cerca de la 
costa que el muchacho podía ver el mar, observó que tam- 
poco ^te podía extender su superficie sin que le dividiesen 
una porción de pequeñas islas que, a su vez, tampoco po- 
dían desarrollarse, porque las oprimía el mar. 



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250 SeUMA LAOCRLÓF 

Había cambios constantes: el tupido bosque con el 
bosque claro; los sembrados con las praderas; las grandes 
casas señoriales con la cabana humilde. 

Allf no había gentes que trabajasea los campos; pero, 
en cambio, las había en buen número a lo largo de los 
caminos y veredas. Las gentes salían de las pequeñas 
viviendas esparcidas sobre la ladera de la montaña, vesti- 
das de negro, con un libro y un pañuelo en la mano. 

— Hoy es domingo — pensaba para sí el chicueio. Y 
dirigió sus miradas hacia las iglesias. Vio en un par de 
sitios cortejos nupciales que, seguidos de gran acompaña- 
miento, iban en carruaje hacia la iglesia, mientras que en 
otro marchaba con paso lento un entierro. Vio también 
coches de grandes señores, asi como modestos vehículos 
campesinos, e igualmente pequeñas embarcaciones en el 
mar, todos en marcha hacia la iglesia. 

El chiquillo pasó sobre Bjórkviks, Bettna, Blacksta, 
Vadsbro, SkOIdinge y Floda, y por todas partes oyó los 
sones de las campanas. Sonaban de un modo hermoso allá 
en la altura; parecía que el aire no fuese más que vibracio- 
nes y sonidos. 

— En todo caso puedo asegurar — decía el chiquillo — 
que a cualquier parte de esta tierra que me dirija, he de oír 
siempre el toque de las campanas. 

Y estaba seguro de que no podría extraviarse, porque 
el sonido de las campanas había de guiar siempre sus pasos. 

Habíase adentrado bastante en Sdrmland, cuando pudo 
observar un punto negro que se movía por debajo de 
ellos. Pensó primero si sería algún perro; pero al ver que 
saltaba atravesando zanjas, brincando por encima de los 
arbustos, sin que nada fuese un obtáculo a su paso, cayó en 
la cuenta de que podría ser la zorra, y los patos hiciéronse 
entonces el propósito de alejarse de ella desviando el vuelo, 
aumentando su velocidad hasta perderla de vista. 



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MILS HOLOERSSONS 251 

Al anochecer de aquel día volaron hacia los terrenos 
de Sdrmland y sitio llamado Stora Djuld. Allí estaba la 
gran casa blanca con su parque de álamos detrás del ediñ- 
cio y delante un lago de forma irregular y accidentadas 
riberas. Aquello presentaba un aspecto de cosa antigua 
y atrayente, por lo que al cruzar por encima suspiró el 
chicuelo, diciendo : 

— ¡Qué bien me encontraría yo en un sitio asi para 
descansar después de la caminata del dia, en vez de ir a 
a parar sobre una húmeda piedra o un frío pedazo de 
hielo! Pero no había que pensar en ello. 

Los patos aterrizaron a bastante distancia de la parte norte 
del lindero del bosque, que se hallaba tan inundado, que 
sólo algunos terruños asomaban de trecho en trecho sobre- 
saliendo de las aguas. No tenía duda de que la noche que 
le esperaba era la peor de todas las que había pasado 
durante el viaje. 

Permaneció un buen rato sobre las espaldas del pato 
sin saber como arreglárselas; pero saltando por fin a tierra, 
empezó a brincar de terruño en terruño, rápidamente, con 
dirección a la vieja casona. 

Aconteció que justamente aquella noche algunos hom- 
bres hallábanse sentados en torno del fuego, en una cabana 
perteneciente a Stora Djuld, hablando acerca del sermón, 
de los trabajos del campo durante la primavera y del 
tiempo. Y conforme el tema de la conversación se fué ago- 
tando pidieron a una vieja, que era madre del dueño de la 
cabana, que les relatara alguna historia de duendes. 

Ya es sabido que en ningún sitio de Suecia hay tantos 
dominios señoriales ni se refieren tantas historias de duen- 
des como en Sdrmlandia. 

La vieja, en su juventud, había servido a grandes seño- 
res y conocía tantas cosas extraordinarias, que podía pasar 
día y noche contando historias. Explicábase de un modo 



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252 SBLMA LAOFRLdP 

tan claro y firme que cuantos la oían sentíanse inclinados a 
dar por cierto cuanto refería. 

Después de haber hecho varios relatos, preguntáronle 
si Stora Djuid no tenía también su leyenda, y como contes* 
tase afirmativamente, quisieron todos saber lo que se decía 
de aquel (iominfo. 

Y la vieja comenzó diciendo que hubo un tiempo en 
que existía un castillo con un bello parque sobre un mon- 
tículo, en cuyo sitio sólo veíase hoy el bosque. 

Y sucedió que un señor, que se llamaba Carlos y que 
en su tiempo dominaba toda la Sórmlandia, había llegado 
de viaje al castillo. Después de bien comer y beber marchó 
a dar un paseo por el parque, donde permaneció largo 
rato contemplando el hermoso paisaje que desde allí se di- 
visaba. Pero cuando más tranquilo se hallaba en la con* 
templación del mismo, pensando en que no había tierra 
más hermosa que aquélla, se percató de que alguien sus* 
piraba a sus espaldas. Volvióse y pudo ver que un viejo 
jornalero hallábase trabajando la tierra. 

— ¿Eres tú el que suspira.de ese modo? — le preguntó. 
— ¿Qué te obliga a suspirar? 

— ¿No te parece que tengo motivo para ello cuando día 
tras día véome obligado a trabajar la tierra? — contestó el 
interpelado. 

Pero el c¿[balle/b Carlos, que era brusco de tempera- 
mento y no gustaba de oír lamentos, le dijo: 

— ¿No tienes ninguna otra cosa de qué quejarte? Yo te 
puedo dedr que me daría por muy satisfecho si pudiese 
siempre venir a cavar esta nuestra tierra de Sórmland. 

— Dios quiera que suceda como deseáis — contestó el 
jornalero. 

Pero contaban las gentes que el caballero Carlos, sola- 
mente por estas palabras no tuvo sosiego en su sepultura 
después de muerto y que todas las noches acQstum- 



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NILS HOLOERSSON8 253 

braba a ir a Stora-DjulO para trabajar la tierra de su 
parque. 

Bien es verdad que ahora no hay allf castillo ni par- 
que. Donde estuvieron éstos sólo existe un bosque; p^ro si 
alguien quisiera atravesarlo durante la noche obscura, 
pudiera muy bien darse el caso de que llegara a ver el 
parque. 

Aquí suspendió la vieja su relato y miró en direepión a 
un obscuro rincón, diciendo : 

— ¿No hay ahí algo que se mueve? 

—No, madre — contestó la nuera. — Prosiga su relato; 
no es nada. Ayer vi que los ratones hicieron un agujero; 
pero como tuve tantas otras cosas de que ocuparme, no 
hubo tiempo de taparlo. Díganos si ha visto alguien el tal 
parque alguna vez. 

— S( — contestó la vieja. — Mi mismo padre lo vio en 
cierta ocasión. Atravesaba el bosque una noche de verano, 
cuando de modo inesperado hallóse frente a una tapia, por 
encima de la que sobresalían los árboles más raros, tan 
cargados de frutas y flores, que sus ramas se inclinaban 
sobre el muro. El padre continuó con gran cuidado su 
marcha, pensando cómo había podido surgir aquei parque. 
Abrióse entonces rápidamente un portón y apareció el jar- 
dinero, que le preguntó si quería ver el parque. Tenía el 
jardinero su legón en* la mano y cubríase de una blusa 
como las que usan los jardineros. Disponíase el padre a 
seguirlo cuando se fijó en su cara, viendo con asombro 
que aquella cara era la misma, con su misma frente inva- 
dida por los cabellos y la misma barba, que había visto en 
los retratos del caballero Carlos que existían en todas las 
casas señoriales que poseyera. 

Nuevamente suspendió la vieja el relato. Una chispa 
había saltado de la chimenea iluminando la estancia por 
un momento, y entonces creyó ver junto al agujero de loa 



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254 SELMA LAOERLÓP 

ratones, algo minúsculo que se movfa y que se apresuró 
a desaparecer. 

-> Continúa, madre — dijo la nuera. 

Pero la vieja no quiso. 

— Ya hay bastante por hoy. 

Dijo esto con una voz tan extraña que, si bien los pre- 
sentes querían continuar oyendo el relato, fué entonces la 
misma nuera la que se opuso, porque la veía palidecer y 
porque veía también como temblaban sus manos. 

— No, madre, ya hay bastante por esta noche; debes 
estar cansada y te conviene dormir. 

Un rato después, volvía el pequeño Nils al bosque 
donde se hallaban los patos. Daba mordiscos a una za- 
nahoria que había encontrado y que saboreaba como 
una espléndida cena, después de haber pasado algunas ho- 
ras en el templado ambiente de la cabana. 

— |Si yo pudiese encontrar ahora donde pasar la no- 
che! — pensó para sí. 

Con ello se le ocurrió que quizá fuese lo mejor buscar 
refugio en las tupidas ramas de un abeto que se hallaba 
junto al camino. Trepó hacia lo alto, unió dos ramas y allí 
dispuso su cama para dormir. Durante un rato permaneció 
despierto, reflexionando sobre lo que había oído respecto 
al caballero Carlos, durmiéndose después. Y hubiese dor- 
mido tranquilamente hasta bien entrada la mañana, si a 
poco no le despertara el ruido de una verja que se abría 
a sus pies. "^ 

Se incorporó al momento, restregóse los ojos y miró en 
derredor. Junto a él vio una gran tapia, por encima de la 
cual sobresalían unos árboles tan cargados de frutas y flo- 
res, que sus ramas se inclinaban a su peso. 

Aquello parecióle muy raro, porque recordaba que al 
llegar no vio allí ninguna clase de árboles frutales; pero 
pronto cayó en la cuenta, por los recuerdos que acudían 



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NILS HOLOERSSONS 255 

a SU memorial de lo que debía ser aquel huerto. Lo más 
extraño fué que, en vez de sentir miedo, experimentaba un 
vivísimo deseo de entrar en él. 

Allá, en las altas ramas del abeto en que se había refu- 
giado, era grande la obscuridad y se sentía frío; pero en el 
huerto había luz y parecíale ver brillar las flores y los fru- 
tos bajo los vivos reflejos solares. ¡Qué bien, disfrutar de 
este calor veraniego cuando tanto tiempo había sentido el 
frío y sufrido las inclemencias del tiempo! 

Para llegar hasta el parque no había obstáculo al- 
guno. El portón del muro estaba al pie del mismo árbol 
y un viejo jardinero acababa de abrir, asomándose como 
si esperara a alguien. En un breve instante bajó del árbol 
y gorro en mano, saludó al jardinero, preguntándole si po- 
dría ver el parque. 

— Sí, señor — contestó el jardinero con voz algo bron- 
ca. — Puede usted pasar. 

Cerró luego el portón con llave y guardó ésta en su 
cinturón^ mientras le contemplaba el muchacho. 

El jardinero internóse en el parque a largos pasos y 
esto obligó al muchacho a correr para seguirle. 

Conforme iban llegando a unas y otras veredas del jar- 
dín, que era en verdad maravilloso, el bueno del jardinero 
iba dando explicaciones al muchacho, dicténdole: 

— Este jardín se llama Sórmlandía. 

Y tan contento se hallaba el chicuelo, que de buena 
gana hubiérase quedado en cuantos sitios visitaba. 

Llegaron -a un sitio denominado el palacio de Eriks- 
berg, preguntándole el jardinero si quería penetrar en él, 
sin dejar de advertirle que de hacerlo debía llevar cuidado 
con la mujer del casero. 

Contemplaba atónito el muchacho las riquezas que en 
cuadros, tapices, libros y otros ornatos ostentaba aquel cas- 
tillo, cuando oyó la voz del jardinero invitándole a salir, lo 



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256 SCLMA LAQERLÓF 

que se apresuró a hacer süt ver más que una mitad del 
castillo. 

—¿Cómo te ha ¡do? — preguntóle el jardinero? — ¿Has 
visto a la mujer del casero? 

— No he visto a ningún ser viviente ^contestó el pe- 
queño. 

La contrariedad reflejóse en el semblante del jat-dinero, 
que dijo: 

— La mujer del casero encontró descanso y yo no. 

La.misma escena se repitió en otro edificio donde el jar- 
dinero le encargó que buscara a la dama blanca, a la que 
tampoco pudó encontrar, lo que motivó que fuese en 
aumento la contrariedad del jardinero, exclamando como 
antes. 

— La dama blanca encontró descansa y yo no. 
Llegaron también ante una iglesia y penetró en ella, no 

sin haberle encargado el jardinero que tratase de ver al 
obispo Rogge. Tampoco le encontró y el jardinero dijo: 

— El obispo Rogge descansa y yo no. 

Y llegaron a un bello islote y le dijo: 

— Entra en él si te place; pero lleva cuidado de no enr*^ 
'Cootrarte con el rey Erik. 

Y Nits tampoco vio al rey Erik. Y el jardinero dijo: 

— El rey Erik encontró descanso y yo no. 

Y así fueron pasando por unos y otros, sitios, basta que 
advirtió el muchacho que se iban acercando hacia el sitio 
de salida. 

Quiso darle el muchacho las gracias al jardinero cuando 
se hallaban junto a k piierta; pero el jardinero no sé cuidó 
de oírle; pedíale sólo que le sostuviera el legón mientras él 
abría la puerta; pero el muchacho, llevado del deseo de no 
molestarle, le dijo que no era necesario, pues era tan 
pequeño que podía pasar cómodamente >entre los barrotes 
s in necesidad de que la puerta se abriese. Y así lo hizo. 



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NIL8 HOLOBR860NS 257 

Esto llevó al jardinero a la mayor desetperación, que 
se tradujo en un violento pataleo y fuertes sacudidas, 
cogido a los hierros de la puerta. 

— ¿Qué es esOp qué es eso? ¿Por qué os disgustáis tanto? 
— preguntó el chiquilto.-^Yo sólo quise evitaros mO" 
lestias. 

~*¿No crees que tengo motivos para ello? **^ replicó el 
viejo jardinero.^ Si tú hubieses tomado el legón, hubieras 
quedado aquf guardando el parque y yo me v^ría libre del 
encantamiento. Ahora ya no sé cuánto tiempo más tendré 
que permanecer aqui. 

— No tenéis por qué disgustaros por ello, caballero 
Carlos de Sodermarlandia— contestóle— porque no habrá 
nadie que venga a cuidar de vue^o parque como vos 
lo hacéis. 

Apenas hubo conduído Nils de expresarse así, quedó 
como silencioso y quieto el jardinero, y poco a poco se fué 
desvaneciendo el parque hasta (desaparecer con sus flores, 
sus frutos y su 1mz¿ cual sí luibiese sido una neblina, que- 
dando todo sumido en la más completa obscuridad. 



XXIV 
EL NARKE 

Así se llama en realidad una gran extensión de terreno 
que por todos sitias se halla rodeada de montabas con 
espesos bosques. Tienen éstos tan sólo una salida al nord- 
este. 

Cuando el viento matinal procedente del Báltico pencf 
tra en esta región, va poco a poco aumentando su violencia, 

17 



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258 SeUliA LAQERLÓF 

y arremolinándose en forma de torbellino, suele producir 
algunos destrozos. 

Atribúyense éstos a la duende Kaisa, que tenia allí su 
sitio predilecto. Muchas mañanas, cuando se hallaba sobre 
alguno de los altos montes, en invierno, y sí el tiempo era 
bueno y veía gentes que se dedicaban a hacer excursiones 
en trineo, divertíale levantar fuertes rachas de viento que 
arrastraban la nieve, cubriendo los caminos de modo tal, 
que nadie podía después fácilmente volver a su casa. 

Si era verano, cuando lucen los hermoso^ días de la 
recolección, mostrábase tranquila hasta el punto y hora 
en qne los primeros carros, ya cargados de paja, dispo- 
nfanse a pmpreiider la marcha. Y entonces, con sus artes 
mágicas, hacía caer grandes chubascos que interrumpían 
el trabajo durante aquel día. 

Acostumbraba también a molestar a los carboneros de 
Kilsberg, avivando el fuego de las lefieras apenas se des- 
cuidaban; y a los mineros que se retrasaban transportando 
ios minerales de Laxa y Svarta, hacíales igualmente vícti- 
mas de sus maquinaciones, produciendo por la noche tan 
densas nieblas que ni hombres ni caballerías acertaban a 
saber por donde iban. 

Si en un domingo ocurríasele al ama del cura servir 
el café en el jardín, allá iba una racha de viento que se 
llevaba el mantel, haciendo rodar por los suelos la vajilla. 

Si volaba el sombrero del alcalde obligándole a correr 
para darle picanee; si los boteros de la isla de Vindd emba- 
rrancaban en Hjeltnar con sus barquitas llenas de verdu- 
ras; si las ropas puestas a secar volaban llevadas por el 
viento y se cubrían de polvo; si el humo no encontraba 
su salida por la chimenea algunas Qoches y Uenaba la casa, 
ya se sabía qi|e todo esto era debido a que la duende iba 
haciendo de las suyas. 

Aunque la duende Kaisa cometía todas estas travesuras. 



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NILS HOLOER8SON8 259 

no era mala en el fondo y se observaba que siempre hacia 
blanco de sus ataques a los avaros y a los perversos, am- 
parando, por el contrarío, a los buenos y a los niftos po- 
bres, y contaban los viejos que en cierta ocasión en que la 
iglesia de Asker estaba ardiendo fué Katsa la que vino vo- 
lando y echándose sobre el tejado, en medio del htego y 
del humo, apagó el incendio. 

Las gentes de aquellos lugares hallábanse muy cansadas 
de todas estas travesuras; pero ella no lo estaba. 

Cuando sentada sobre el borde de una nube con- 
templaba el Narke rebosante de bienestar con sus her- 
mosos campos en la llanura, con sus ricas minas y fábricas 
en la región montañosa, con las aguas del Svarta, con 
lagunas rebosantes de peces y la hermosa población de 
drebro con su antiguo y hermoso castillo almenado, pen- 
saba que las gentes pasarían el mayor aburrimiento si ella 
no estuviese allí, pues vivirían de una manera monótona e 
indolente. cEs preciso que haya alguien que, como yo, 
los reanime y vivifique». 

Se dice que la duende Kaisa debe haber muerto como 
todos los de su raza; pero esto apenas puede creerse, pues 
a tanto equivaldría que el viento no soplase alK, que el 
ábrego no fuese de uno a otro sitio con sus rumores y sus 
chubascos. 

Aquellos que crean que Kaisa ha desaparecido, pueden 
enterarse de lo que le oc^urrió a Nils en eV Narke el afio en 
que pasó por aquella comarca y formar juicio después. 



LA víspera del mercado 

Miércoles, 27 de abril 

Era la víspera del mercado de ganado en Orebro y 
llovía tanto que parecían haberse abierto las nubes* Cafa 



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260 8BUU LAOERLdr 

uoft lluvia nunca vista y eran muchos los que pensaban: 

^-Parece que estamos en los tiempos de la duende 
Kaisa, a la que tanto divertía causar estos trastornos en la 
época de mercado. 

Cuanto más se aproximaba la noche, más aumentaba la 
lluvia. Los caminos estaban intransitables y aquellas gen- 
tes que salieron de Orebro temprano para llegar a tiempo 
al mercado, quedaron malparadas. 

Las vacas resistíanse a caminar, habiendo algunas que 
se arrojaban al suelo porque ya no podían más. Todos los 
que vivían a lo largo del camino tuvieron necesidad de 
abrir sus puedas para albergar a los que dirigíanse ai mer- 
cado y que invadían, no sólo las habitaciones, sino también 
los establos y los pajares. Cuantos pudieron hacerlo llegaron 
hasta las ventas, si bien se lamentaron después porque ya 
no podían dar albergue a nadie, tal era la aglomeración. 
Tanto loa toros como los caballos quedaron a la intempe- 
rie, y gracias que sus dueños pudieron refugiarse bajo 
techado. 

En los corrales había tanto fango y suciedad que los 
pobres animales no podían tenderse en el suelo. Hubo 
campesino que consiguió alguna paja para eltos, mientras 
no faltaban los que entregábanse al juego y a la bebida, sin 
cuidarse de su ganado. 

El pequeño Nils había llegado aquella misma noche 
con los patos silvestres a un islote próximo a aquel lugar, 
al que se llegat» fácilmente durante las aguas bajas. 

Nils no podía dormir a causa de la fuerte lluvia y por 
esto determinó dar vueltas al islote, creyendo que así se 
mojaría menos. Apenas hubo dado la primera vuelta oyó 
chapotear en el agua y observó que un caballo caminaba 
entre los arbustos, dirigiéndose hacia donde él estaba. Era 
tan viejo y esquelético que el chico no había visto nunca 
cosa igual. Podían contarse sus huesos y no llevaba riendas 



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NILS HOLOERSSONS 261 

ni silla; sólo un pedazo de viejo y podrido ramal, que de 
seguro no le costó ningún trabajo romper* Temiendo que 
pudiese pisar a ios patos, le preguntó: 
— ¿Adonde vas? Vé con cuidado, 

— ¡Ah! ¿Eres tú?— contestó el caballo. — He andado 
muchas millas para dar contigo. 

— ¿Es quL has oído hablar de m(? — interrogóle Nils 
con extrafieza. 

—Yo, aunque wL] —contestó el cabalk) -- tengo ore- 
jas y son muchos los q :e ahora hablan de ti. Quisiera 
saber si podrías ayudarme en cierta empresa. 

Resultábale algo violento seguir a un cabaHo de tan 
miserable aspecto en una noche como aquélla* 

— No te iri peor cabalgando sobre mi lomo qfte pa- 
sando la nocbe en este sitio; pero lo que quizá suceda es 
que no te atrevas a acompaftar a un caballo tan desvenci- 
jado como yo. 

—Pues me atrevo a ello a pesar de lo que dices— re»» 
pondió el chiquillo. 

—Despierta, entonces, a los patos para que yo pueda 
decirles donde te pueden recoger mafiana. 

Momentos después hallábase el peqoeftuelo a lomos del 
caballejo, que trotó durante largo rato Hasta llegar junto a 
una venta* 

Presentabaéata triste aspecto. El camino tenía baches 
tan hondos que el chicuelo temió ahogarse si se apeaba del 
caballo y caía en ellos. A la empalizada que rodeaba ii 
venta había sujetos unos treinta o cuarenta otballos y bue- 
yes, sin nada que les resguardara de la lluvia^ Detrás de la 
empalizada había bastantes carros y debajo de éstos rdth 
giábanse corderos» terneras, cerdos y gallinas^ Paróse el 
caballo junto a la empalizada y Nils, con la buena vista que 
tenía por la noche, pudo ver cuan malamente lo pasaban 
todos por allí: 



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262 SELMA LAOERLOf 

Aumentaba la incleitiencia de la noche, la nieve mez- 
clada con la lluvia que el viento arrastraba. 

Entonces explicóse Nils la causa de haberle llevado 
allí el caballo. 

—¿No ves allá enfrente — díjole éste — una hermpsa 
casa de campo? 

-^S(y la veo— contestó el chiquillo— y no me explico 
que no se os haya ofrecido allí albergue. ¿Será, sin duda, 
por que también estará llena? 

—No— replicó el caballo— allf no hay nadie más que 
los que pertenecen a la casa. Los que viven allí son tan ava- 
ros y tan poco amigos de ayudar a nadie, que no debe- 
mos pedir auxilio. 

— Ah, ¿con que eso es lo que ocurre? Pues en este caso 
no tendremos más remedio que continuar aquí. 

—Pero es que yo he nacido y me he criado en ese 
sitio y sé que allí hay grandes establos y grandes pajares y 
quisiera saber de qué modo podrías arreglarlo para que 
nos fuera posible pernoctaren aquella casa. 

— No sé como arreglarlo — dijo el chiquillo. 

Pero dióle tanta lástima aquel pobre caballo, que no 
quiso dejar de intentarlo. 

El duefio era un hombre de unos treinta afios. Su 
madre había concluido de quitar la mesa después de ce- 
nar, y viendo que su hijo tardaba en acostarse, permane- 
ciendo pensativo junto al fuego, le preguntó si le ocurría 
algo. 

—Sólo pienso en cosas que ya pasaron— contestó. 

Lo que le preocupaba era que un marchante le había 
ofrecido un caballo tan deplorable y maltrecho, que hubo 
de contestarle que debía estar loco para proponerle la com- 
pra de tal desecho. 

— No hay tal — dijo el marehante. — Es que como este 
caballo ha sido de su propiedad, le he hecho la oferta por 



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NIL8 HOLOER8SON8 263 

si quería proporcionarle una vejez tranquila, porque el po- 
bre animal bien lo merece. 

Efectivamente, aquel caballo era el que él había 'criado 
y del que se había servido; pero no era de aquellos que 
tiraban en vano su dinero. Mas como se despertaron en él 
algunos recuerdos, éstos le quitaban el suefto y no tenia 
ganas de acostarse. Recordaba que estuvo tan ufano de su 
caballo que quiso que su padre le comprase nuevos asreos 
y mejor carruaje, para evitar lo cual, el padre, inesperada- 
mente, vendió el caballo. La determinación de su padre fué 
muy dólorosa paro él, tanto, que formó el propósito de 
que cuando su padre muriese y heredara la casa y el 
campo, compraría, antes que nada, el caballo. 

'Dos años después de la muerte de su padre no sólo ha* 
bíase olvidado del caballo, sino que estaba convencido de 
que su padre había procedido muy bien. No ignoraba que 
la gente hablaba de él tachándole de avaro; pero prefería 
encontrarse dueño de una hacienda libre de toda deuda 
que no contraerlas para que se le considerara amigo de la 
típlendidez, como sucedía con otros terratenientes. 

El pequeñín se hallaba junto a la verja pensando como 
se las arreglaría para entrar en la casa, cuando vio avanzar 
por el camino dos pequefiuelas que se detuvieron ante la 
posada. Comprendió muy pronto que éstas se hallaban 
necesitadas y al acercarse a ellas, por si en algo podía 
olvidárselas, oyó como una decía: «Britta, no llores más; 
ya hemos llegado a la posada y aquí no hay duda que 
nos dejarán entrar.» 

Apenas el chicuelo hubo oído esto, les dijo: 

•^No podréis entraren la posada, porque está comple- 
tamente llena; pero en la casa de enfrente no hay ningún 
huésped y allí podréis recogeros. 

Ijas pequeñas entendieron claramente las palabras, pero 
no acertalÑín a ver, dada la obscuridad de la noche, quién 



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264 SELMA LAOERLdF 

las proferia. La mayor de ellas contestó al momento: «Nos- 
otras no podemos entrar en esa casa, porque los que allí 
viven son egoístas y malos; justamente por su causa tene- 
mos necesidad de ir mendigando por los eaminos.» 

— Podr4 muy bien ser lo qUe decís -«dijo el pequeño 
Niis— ; pero llamad y ya veréis como os va bien, 

— Probaremos, aunque no nos adlltitirárt-^ dijeron las 
dos pequeñas subiendo los escalones que conducían a la 
puerta de la casa. Y llamaron. 

El dueño continuaba ante el fttego de la chimenea pen- 
sando en su caballo, cuando oyó los aldabonazos. Levan- 
tóse para enterarse de quien pudiera ser, a la vez que se 
afirmaba en su propósito de no dejar entrar a nadie. Tenía 
putsta la mano sobre la llave y, al darle la vuelta, una 
fuerte racha de viento abrió la puerta de par en par y las 
pequeñas se apresuraron a entrar. 

Cuando hubo conseguido cerrar la puerta dirigióse a 
las pequeñas mendigas que, demacradas y sucias, íncKaa- 
ban sus espaldas bajo un zurrón tan grande como ellas, y 
les dijo: 

^¿Quiénes sois vosotras que a esta hora de la noche 
andáis por ahí vagando? 

—Somos Anna y Britta Maja, de Engarda— dijo la 
mayorcita — y quisiéramos que nos dejase pasar aquí la 
noche. 

Púsose fosco el dueño de la casa y se disponía a echar- 
las a la calle cuando un nuevo recuerdo asaltó su memoria. 
¿No fué en una pequeña choza de Engarda donde una 
viuda pobre había vivido con sus cinco hijos? 

Esta viuda, según recordaba, debía a su padre algunos 
centenares de coronas y para cobrarse había hecho que la 
choza se vendiese, motivando que la pobre viuda, con los 
hijos mayores, emigrara hacia el norte para buscar trabajo, 
mientras que las dos menores quedaban en el lugar. 



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NILS HOLOERSSONS 263 

Eate recuerdo malhumoró al dueftOi fM)r cuánto Mbía 
que su padre baUa aido muy censurado por esto. 

— ¿Qué hacéis ahora? -^ dijo dirigiéndose en tOffd seve - 
ro a las pequeñas. — ¿Por qué vais mendigando? ¿Acaso 
no se ha preocupado de vosotras la benefléertcia pública? 

— No es nuestra la culpa— contestó la mayor dé las 
niñas ^; las gentes que nos recogieron dijérontfOs que 
saliéramos a pedir. 

--No podéis tener queja. Vuestros sacos están llenos 
— dijo el campesino.^ Ahora lo que podéis hacer es eo« 
mer de lo que lleváis; aqui no hay ahora mujeres que OS 
den de comer, y luego os acostáis en un ríncóti, junto a la 
chimenea, y así no pasaréis frfo. 

Y al decir esto adquiría su mirada cierta expresión de 
satisfacción, por la que parecía expresar la idea de ha* 
llarst contento de qut su padre hubiese sido avaro de 
su propiedad, porque, tn caso contrario, quita hubiese 
tenido necesidad de pedir limosna también. 

Se tendieron las pequeñas, la una junto a la otra. Sobre 
el duro suelo en el rincón que se les indicó, y como las 
oyera murmurar díjoles el campesino enfadado, dispuesto 
hasta pegarles: «¿Queréis callaros?» 

— Es que — dijo entonces ia más pequeña con voz 
suave -^cuando nuestra madre nos dejóle prometimos que 
todas las noches le rezaríamos una oración; pero le aseguro 
que apenas hayamos rezado» nos dormiremos. 

Quedó quieto el campesino hasta que terminó el rezo; 
después dio muestras de gran inquietud y empezó a ir de 
un lado a otro a grandes pasos, frotándose las manos mien* 
tras meditaba acerca del mal procedtr de su padre, culpa- 
ble de que aquellas dos pequeñas anduviesen mendigando 
y su preciado caballo decrépito y abandonado. 

Se sentó en su sillón, apoyó la cabeza entre sus manoá 
y las lágrimas empezaron a correr sobre sus mejillas. 



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266 SeLMA LAOERLdr 

Su madre, que desde una habitación próxima había 
observado lo que pasaba, se acercó a su hijo y le dijo: 

— Déjame cuidar de esas niñas y conservarlas en mi 
poder. 

— Pero madre, ¿qué es lo que dices? — le replicó, que- 
riendo contener el llanto. 

— He sufrido por ellas muchos años— dijo la madre — 
desde que tu padre desposeyó a la madre de éstas de su 
hogar, y quiero ahora hacer de ellas dos buenas personas. 
Son demasiado buenas estas niñas para que sigan mendi- 
gando. 

El campesino no pudo ni supo qué contestar. Estalló en 
sollozos y acabó acariciando la rugosa mano de la anciana. 

Cuando se hubo tranquilizado, díjole la madre: «Has 
tratado en parecerte a tu padre, dejando de ^er el que tú 
eres en realidad. Tu padre tuvo que luchar con tiempos 
diffciies que le amedrentaron, y ante el temor de caer en la 
pobreza no vaciló en sacrificarlo todo al bien de sí mismo; 
pero tú no has tenido nnnca dificultades con qué luchar y 
que hubieraa podido endurecer tu corazón; tienes más de 
lo que necesitas y debes pensar en los que sufren. 

Seguidamente le habló de la conveniencia de acostarse, 
a lo que se opuso el hijo, diciendo: 

— No, tengo todavía algo que hacer; hay otro huésped 
digno de este albergue. Y cogiendo las llaves se dirigió 
hacia donde se hallaban los pajares. 

Nils, que se había metido en la habitación cuando lo 
hicieron las pequeñas, enteróse de todo lo sucedido y al 
salir el dueño siguió tras él y entonces pudo ver que otra 
racha de fuerte viento había abierto la puerta de un pajar, 
en el que se hallaban tendidos los animales que poco anles 
habían sufrido las inclemencias del tiempo. 

Muy incomodado por ello prorrumpió el campesino en 
denuestos contra ellos, sin que nadie le hiciese caso. Sólo 



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mis HOLOCRSSONS 267 

un viejo caballo dirigióse hacia él y al reconocerle a la luz 
de un farol dejó caer la cabeza sobre uno de sus hombros. 
El campesino reconoció también a su antiguo caballo y no 
pudo menos que acariciarle^ diciendo: «¡Querido caballo 
mío! ¡Querido caballo mío! Yo te compraré de nuevo y no 
saldrás ya de esta casa; tendrás lo que quieras y los demás 
animales que te han seguido podrán quedarse aquí; pero a 
ti te llevaré al mismo sitio en que estuvo tü cuadra. Te daré 
tanta ccl>ada como puedas comer y cuando te repongas 
volverás a ser el caballo más hermoso de esta comarca. 



XXV 
EL DESHIELO 

Jueves, 28 de abril 

Era a primera hora de la mañana. Los dos pequeños 
esmalandeses, Asa, la guardadora de patos, y el pequeño 
Mats, caminaban por la carretera que de Sudermania con- 
duce al Narke. Esta carretera se extiende a lo largo de la 
ribera sud del lago Hjelmar, y los niños contemplaban el 
hielo que aun cubría la mayor parte del lago. El sol de la 
mañana esparcía su claro resplandor y el hielo no tenía el 
aspecto sombrío y engañador que tan frecuentemente ofre- 
ce durante la primavera; lucía blanco y atrayente. En toda 
la extensión que dominaba la mirada parecía firme y seco. 
La lluvia que cayera hi víspera abundantemente, habíase 
derramado por las hendiduras y los hoyos del camino, 
siendo absorbida por los hielos. Los niños no veían más 
que una espléndida superficie de hielo. 

Asa, la guardadora de patos, y el pequeño Mats, cami- 
naban hacía el norte pensando en los muchos pasos que 



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206 SELMA LAOERLOr 

st ahorrarían si pudieran atravesar el gran lago en vez de 
darle la vuelta. No ignoraban los peligros qae ofrece con- 
fiarse al hielo de la primavera, pero el que estaban viendo 
parecía completamente sólido. Fijábanse también en que 
había trazado un camino y qut la otra orilla del lago pare- 
cía tan próxima que bastaría una hora de caminata para 
alcanzarla^ 

-- Intentémoslo -** propuso e) pequefto Mats. ^Sólo 
con que procuremos no caer en ningún agujero creo que 
podremos llegar muy bien. 

Se aventuraron a través del lago. El hielo no estaba 
muy resbaladizo y se mantenía firme bajo los pies. Sin em- 
bargo, había un poco más de agua de lo que imaginaban; 
a trozos presentábase el hielo poroso y dejaba pasar el 
agua con cierto glogloteo. Estos eran los escollos que ha- 
bía que evitar, pero nada más fácil en pleno día y bajo tan 
hermoso sol. 

Los nifios avanzaban rápidamente, sin experimentar 
fatiga, felicitándose de la buena ocurrencia de atravesar 
el lago, lo que les permitía evitar un gran rodeo por ca- 
minos reblandecidos por la reciente lluvia. 

Habían llegado cerca de la isla de Vindd« Una vieja 
mujer que les vio desde su ventana salió a toda prisa, ha- 
ciéndoles sefiales desesperadas con los brazos y diciendo 
algo que no entendían. Sin embargo, comprendieron que 
la mujer les indicaba la conveniencia de no continuar su 
camino. Pero ellos, que estaban sobre el hielo, veían mejor 
que nadie que no corrían ningún peligro. Hubiera aido 
una cosa estúpida abandonar tan buen camino. 

Al paiar la isla apareció ante ellos una vasta extensión 
de dos o tres leguas por lo menos; por allí había ya lagu- 
nas tan grandes que era preciso bordearlas; y encontraron 
una diversión en ver cuál de los dos daba mejores pasos. 
No sentían hambre ni fatiga. A veces, mirando a la otra 



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NiL8 HOLOER880NS 269 

orilla, asombrábanse de verla toda¥la tan lejos a pesar de 
que llevaban caminando una hora larga. 

^ Creo que la orilla se aleja de nosotros *- dijo el pe- 
queño Mats. 

En medio de esta gran llanura de hielo, nada haUa que 
pudiera protegerles contra el viento oeste que a cada mi- 
nuto aumentaba su violencia y Íes plegaba los vestidos 
contra su cuefpo, de tal manera, que hacíales bastante pe* 
nosa la marcha. Este viento frío y penetrante eia el primer 
motivo de disgusto que encontraron. 

Lo que les causaba un gran asombro era que el viento 
llegara con mucho ruido, como si trajera hasta allí el es- 
truendo de un gran molino o de una fábrica. ¿De dónde 
podía llegar tal batahola? 

Habían pasado a la parte izquierda de la gran isla de 
Valen y les parecía ya próxima la costa septentrional; pero 
al mismo tiempo iba haciéndose el viento más molesto y 
aumentaba el ruido casi ensordecedor que le acompañaba. 

Hubo un momento en que creyeron que este ruido na- 
cía de las olas que se estrellaban contra la ribera entre es- 
pumarajos de espuma. Pero ¿cómo había de ser esto posi- 
ble si el lago permanecía helado? 

Detuvieron el paso y miraron en torno de ellos. Enton- 
ces descubrieron a lo lejos, hacia el oeste, una blanca mu- 
ralla de escasa altura que cortaba ei lago de parte a parte. 
En el primer momento la tomaron como un montículo de 
nieve que bordeara un camino; pero no tardaron en com- 
prender que aquello no era otra cosa que la espuma de las 
olas que se lanzaban contra el hielo. 

Al ver esto cogiéronse de la mano y echaron a correr 
sin pronunciar palabra. El lago se había abierto allá abajo, 
en el oeste, y habíanse dado cuenta de que la línea blanca 
avanzaba rápidamente hacia el este. ¿Iría a deshelarse el 
lago por todas partes? Presentían la magnitud del peligro. 



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270 SELMA LAOBRLÓP 

Ante su paso leviirtábase el hielo de improviso: se hin- 
chaba y después se hundía, como si alguien lo empujara 
desde abajo. Al mismo tiempo oíase un golpe seco que 
partía del hii\o y abríanse muchas grietas en todas direc- 
ciones. Las veían extenderse por la superficie. 

Siguió un momento de calma y luego otra vez la hin- 
chazón y el lento hundimiento de la capa de hielo. Las 
grietas convertíanse en hendiduras y el agua borbollaba 
a través de las mismas. Después, las hendiduras conver- 
tíanse en hoyos y el hielo iba reduciéndose a grandes 
bancos flotantes. 

-— Asa — dijo el pequeño Mats — esto es el deshielo. 

— Sí, es el deshielo, pero aun podremos llegar a tierra. 
Corre, corre. 

En efecto, al oleaje y al viento aun les quedaba mucho 
que hacer para desembarazar el lago de hido. Lo más cos- 
toso había quedado hecho al abrirse la capa de hielo, pero 
los grandes bancos habían de quedar reducidos a pedazos 
y kos pedazos desmenuzados, pulverizados, fundidos. Que- 
daban todavía grandes extensiones de hielo resistente y 
endurecido. 

Lo que aumentaba et peligro para los niños era el no 
ver un vasto horizonfe; les* era imposible atber donde les 
cortarían el paso las ranuras recién abiertas. Corrían al 
azar y en vez de aproximarse se alejaban de la tierra. Ex- 
traviados, espantados ante el hielo que crugía y se fundía, 
detuviéronse al fin y echáronse a llorar. 

En este momento pasó sobre sus cabezas una bandada 
de patos silvestres cortando el aire en vuelo rápido. Qrita- 
ban hasta ensordecer. Los niños creyeron oír en medio 
de este griterío unas palabras que decían : 

— Id hacia la derecha, hacia la derecha, hacia la derecha. 
Siguieron este consejo, pero pronto detuviéronse de 

nuevo ante una gran laguna, indecisos. 



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NILS HOLOERSSONS 271 

Los patos gritaron nuevamente y los niños creyeron oír 
estas palabras: 

— Esperad donde estáis; esperad donde estáis. 

Los niños no contestaron, pero obedecieron* Los ban- 
cos de hielo no tardaron en unirse, facilitándoles el paso 
de este modo. Otra vez se dieron la mano para correr jun- 
tos El e^raño socorro que les prestaban tos patos les in- 
fundía tanto temor como el peligro. 

Cuando vacilaron de nuevo ante el camino a seguir, 
dijo la misma voz: 

— Seguid adelante, seguid adelante. 

Así continuaron durante media hora. Por último llega- 
ron a la punta de Sunger y pudieron abandonar el hielo 
y ganar la orilla a través del agua poco profunda. Era tan 
grande el miedo que se había apoderado de ellos, que al 
llegar a tierra firme no se detuvieron a contemplar el lago 
donde las olas comenzaban a golpear los bloques de hielo. 
Pasó un momento antes de que Asa se detuviera. 

— Espera un poco aquí, pequeño Mat3 — le dijo. — Yo 
he olvidado una cosa. 

Y al llegar corriendo a la orilla se puso a buscar en su 
zurrón y sacó un pequeño zueco, que colocó bien visible 
sobre una piedra. Tras esto corrió hacia su hermano. 

Apenas hubo vuelto la espalda, un gran pato blanco 
descendió hasta la piedra y tras apoderarse del zueco se re* 
montó rápidamente. 



XXVI 
LA HERENaA 

Cuando los patos silvestres dieron por terminada la 
ayuda que podían prestar a Asa y Mats, emprendieron su 
vuelo hacia el norte hasta llegar a Vastmanlandia, donde 



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272 8EUIA LAOCRLdr 

dcscendia'on tñ medio de un gran prado para comer y 
descansar. El pequeño Nils también sentía hambre; pero 
no acertaba a ver eómo podría saciarla. Dirígia au mirada 
a todoa lados haata que deacubrió dos hombres que araban 
un poco más allá. De pronto terminaron su trabajo y se 
sentaron para almorzar. El ehicuelo dirigióse hacia ellos 
esperanzado de recoger algunas migajas o de que le die- 
ran algún pedazo de pan cuando ya hubiesen terminado. 
Junto al campo pasaba un camino por d que avanzaba 
un viejo, el cual, al ver a los dos labradoreSi les dijo: 

— Yo también iba a alanonear. 

Y sacando de su saco un pedazo de pan con manteca, 
se sentó próximo a ellos, añadiendo: 

— Es más grato comer en compañía que hacerlo uno 
solo, sentado al borde de un camino. 

Al punto entraron en conversación, refiriendo el ancia- 
no que había trabajado en las minas de Norberga; pero 
que ahora» ya en plena veje^, no podía dedicarse a aque- 
llos trabajos pesados y que tenía una hija casada en aque- 
lla comarca, a la que había visitado, rogándole ésta que se 
quedase con ella, si bien no pudo conseguirlo porque él 
quería volver a su tierra. 

— ^Es que no crees que podrías encontrarte aquí tan 
bien como pudieras estar en Norberga? -^ le preguntó uug 
de sus oyentes. 

— ¿Crees que yo podría vivir en un llano como éste? 

Y en buena amistad comenzaron a alabar unos y otros 
las excelencias de la tierra que habitaban. No quiso el viejo 
dejarse convencer y para evidenciarles la razón que le 
asistía les refirió un cuento que él había oído a los viejos 
siendo niño. 

Hace muchos años, muchos, vivía aquí, en Esmalandia, 
una señora de familia de gigantes^ que era propietaria de 
todos estos terrenos. Uo pasaba, claro está, perfectamente 



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KlLS HOLQCKSSiWS 273 

bien; pero tente sus preocupaciones, por no saber de que 
modo podrte repartir la hacienda entre sus tres hijos, c^e 
un m0do equitativo. Y repartió sus tierras efi tres partes. 

La primera era de cultivo y abundante en cereales; la 
otra era propia para pastoreo con sus llanuras, los lagos 
y h>^ ríos qué desembocaban en el mar después de fonnar 
grandes islotes. 

A los hermanos parecióles bien esta división. 

— He procurado — decía la madre ^ hacerla lo mejor 
posible; pero ahora llegamos a un punto que me preocu- 
pa, porque habiendo repartido la parte mis provechosa de 
la herencia, sólo me restan para formar la tercera, bosques 
y montafias, y temo que aquel a quien pneda corresponder 
esta última parte, pueda conocer la pobreza y mirar con dis- 
gusto a sus otros hermanos. Sé — continuó diciendo la 
madre — que este tercer lote no puede compararse con 
los otros, y si yo no fuese tan vieja me esforzaría en modi- 
ficar este reparto; pero a mi edad esto es imposible, y aho« 
ra que mi vida se acaba me encuentro intranquila y malhu- 
morada porque no sé a quién dar esta parte tan tnferion 
Los tres habéis sido buenot hijos paxa mí y no quiero ser 
injusta con ninguno de vosotros. 

Viendo las grandes preocupaciones de la madre, el 
hijo menor, que eni quien más la quería, díjole un día: 

— No te apures, madre: yo me quedo con la peor parte. 
Yo me conformo con lo que sea, porque lo primero que 
deseo es verte contenta. 

Y como los otros dos lotes eran igualmente buenos, 
que4ó la pobre viefa tranquil^ y dispuesta a bien morir, si 
bien pudo apreciar que el hijo menor era quieu más la 
(juería y le prometió tener siempre presente ia prueba de 
carijío que le había dado. 

Muerta la madre tomó cada cual pose^ón de su terre^ 
no. El hijo menor se eneontró con tierras incultas, coa 

is 



c 

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274 SeUAA LAOERLOP 

montañas rocoMS, si bien no tardó en comprender que su 
madre no le habla olvidado, porque en aquellos montes 
desolados encontró minerales de hierro y hasta de plata y 
cobre, coa lo cual liegos después de ponerlo todo en ex- 
plotación, a ser más rico que 8us hermanos. 

Y como aquellos montes, con sus rincones abruptos y 
sus hondas cañadas, eran también muy hermosos, vivió 
feliz bendiciendo a su madre. 



XXVII 
EN LAS LADERAS DE LA MONTAÑA 

Los patos tuvieron una traveW pesada. Después de 
haber almorzado en los prados de Felitngsbro, dirigieron* 
se baeia el norie, atravesando Vatsmanlandia; pero oomo 
el fuerte viento del oeste fuese en auiaentoi sintiéroiise 
arrastrados hacia el este en díreocióa a Uppland. 

Los patos volaban a gran altura y el viento, co« su fuer* 
za, hacíales adelantar más rápidamente. El ptquefio Nils, 
sobre su palo, alargaba d cuello cnanto podia para ver 
mejor el aspecto de la región de Vatsmanlandia, pero no 
le era posible distinguir nada. Pudo observar, sin embar- 
go, que los terrenos de la parte este eran uniformes, más 
no acertaba a comprender lo que eran ciertos surcos que 
iban de norte a sur, atravesando el llano. Lo que más le 
extrañaba era que los surcos fuesen casi redos y marcha- 
sen en línea paralela. 

— Esta tierra -— decía Nils — tiene rayas como el de- 
lantal de mi madre. Quisiera saber qué clase de rayas son 
esas de ahí abajo. 



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NILS HOLOBRSSONS 275 

— Riachueiofi y arroyos, camiflos y vfas férreas *- con- 
testaron los patos. 

— Nunca vi tantos caminos que partieran de nn mismo 
sitio ^ continuó diciendo. — Habrá muchas mercancías 
procedentes del norte para llevar a través de esta tierra. 

Al mismo tiempo consideraba esto muy extrafto por- 
que creía que al norte de Vastmanlandia finalizaba el terri- 
torio de Suecía o que más allá sólo habría bosques y luga- 
res desiertos. 

Al ser arrastrados los patos por el viento hasta Sagan, 
comprendió Okka que habían llegado a sitio muy distinto 
del que se proponían visitar, y con la bandada volvióse 
hacia el oeste, luchando pesadamente contra el viento, pa- 
sando de nuevo sobre los mismos terrenos a rayas que 
acababan de atravesar y continuando su camino más al 
oeste hasta llegar a terrenos montañosos cubiertos de bos- 
ques. 

Mientras volaron sobre los llanos fijóse mucho Nils, 
sacando la cabecita por junto al cuello del pato, en cuanto 
veía; pero ahora que ante su vista sólo aparecían montes 
cubiertos de bosques, echóse hacia atrás para volar más 
cómodamente, ya que el aspecto de aquel paisaje no le 
ofrecía interés. 

Volaban ya áin buen rato cuando a oídos de Nils lle- 
garon rumores que parecían quejidos y que subían de 
tierra. Instigado por la curiosidad sacó la cabeza y miró 
hacia abajo. Ahora volaban lentamente por las dificultades 
del viento contrario que acentuaba su violencia y pudo 
ver muy bien lo que había bajo sus pies. 

Lo primero que observó fué un gran agujero que pro- 
fundizaba rectamente en la tierra. En el agujero había un 
gran ascensor que descansaba sobre grandes troncos. Este 
ascensor, con agudos chirridos y estrépitos, llevaba en 
aquel mismo momento un barril cargado de piedras. 



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276 SEtMA LAOEKLdr 

Al rededor de aquel agujtro había grandes montones de 
piedras y una máquina de vapor que resoplaba en un co* 
bertízQ, Mujeres y nifios se encontraban esparcidos sobre 
el terreno escogiendo las piedras y por una estrecha vía 
eran arrastrados por caballerías algunos vagones cargados 
de pec|ru8cos rojizos. Junto a los linderos del bosque exis- 
tían modestas viviendas obreras. 

Nils no adivinaba lo que aquello pudiese ser y a voz 
en grito, preguntó: 

— ¿Qué sitio es éste del cual se sacan tantas piedras de 
la tierra? 

— iMirael tontol |Mira el tonto! — exclamaron unos 
gorriones nacidos en aquellos lugares y que estaban al 
tanto de lo que ocurría por allí. — ¡Ese no sabe distinguir 
la piedra mineral de la piedra ordinaria. 

Entonces comprendió el chicuelo que lo que tenía de- 
lante era una mina, y en verdad que se extrañó porque 
creía que las minas sólo existían en las altas montañas y 
no en terreno llano^ entre dos riachuelos que descendían 
de los montes. 

Pronto dejaron tras sí estos terrenos llenos de abedules 
y abetos, y el pequeño sintió un gran calor que emanaba 
de la tierra y que le indujo a asomarse de nuevo para cer- 
ciorarse de lo que aquello pudiem ser. Allá abajo vio gran- 
des montones de carbón y minerales y en medio de éstos 
elevábase una construcción octogonal pintada de rojo que 
lanzaba hacia el cielo un gran penacho de llamas. 

En un principio no pudo creer que fuese otra cosa 
que un incendio; pero al fijarse en que las gentes paseaban 
tranquilamente por las cercanías, sin preocuparse para 
nada del fu^o, no acertaba a explicarse lo que estaba 
viendo, 

— ¿Qué sitio es éste — gritaba el chiquillo — en donde 
a nadie le llama la atención que arda una casa? 



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N1L8 HOLOCRSSONS 277 

— Mirad, ahí tenéis a uno que tiene miedo al fuego — 
dijeron unos pajaritos que se encontraban junto al bosque 
y conocían cuanto ocurría por la comarca. Ese no sabe 
como se convierte en hierro el mineral; no sabe distinguir 
unos altos hornos de un incendio. 

Pronto quedaron estos hornos a lo lejos y el chiquillo 
volvió a mirar otra vez hacia delante creyendo que no 
habría nada más que observar entre aquellos terrenos fo- 
restales; pero apenas se habían separado un poco oyeron 
un estrépito formidable que provenia de tierra. Al mirar 
hacia abajo pudo observar un pequefto torrente que en 
forma de cascada salía con fuerza de la ladera de una 
montaña. Junto a la cascada había un gran edificio de obs- 
cura techumbre y alta chimenea que lanzaba humo espeso 
salpicado de chispas y contiguo al edificio hierro en barras 
y planchas y montículos de carbón. Todo el terreno pare- 
ch ennegrecido y lo atravesaba una red de vías. Del edi- 
•4kHo "salía un ruido ensordecedor. No parecía sino que 
algún gigante trataba de defenderse contra los ataques de 
un rugiente animal salvaje. Pero lo más extrafio era que 
allí nadie se preocupase de lo que pasaba. 

No muy lejos de aquel sitio y bajo frondosos pinos te- 
nían su vivienda los trabajadores y un poco más allá se 
elevaba una casa señorial. 

— ¡Qué sitio es éste — gritaba el chiquillo — en que 
nadie se cuida de que dentro de esa casa se estén matando 
unos a otrosí 

— iJa, ja, ja! — rió una paloma blanca. — ¡Ahí va uno 
que no sabe que aquí no hay nadie que se mate ni se haga 
pedazos, sino que es el hierro que hace ese ruido cuando 
se le golpea con el martillo. 

Pronto se alejaron también de la fundición y el chiqui- 
llo cabalgaba sobre el pato convencido de que nada más 
quedaba por ver en el bosque. 



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278 SBLMk LAOCRL&r 

Habían volado ya un buen rato después de esto cuan- 
do oyó el sonido de una campana y miró bacía abajo para 
ver de donde procedía. Entonces vio una casa de labor 
como no había vi^to nanea. La casa*vivienda era larga, 
con tejado rojo, y aunque no muy grande llamó en extre- 
mo su atención el gran número de dependencias bien cons- 
truidas que contenía. 

El chicuelo sabia cuantas dependencias puede haber en 
una casa de campo; pero no acertaba a saber por qué apa- 
recían allí en número doble o triple que en otros sitios. 
Tal exceso nunca pudo imaginárselo y no adivinaba a qué 
pudieran estar destinadas, porque en las cercanías no ha- 
bía campos de labor. 

Sobre la techumbre de la dependencia destinada a cua- 
dra y bajo un pequeño cobertizo estaba la campana que le 
había llamado la atención. El amo, seguido de un gran nú* 
mero de criados, dirigíase hacia la cocina. Y movido de la 
curiosidad que sentía, gritó: 

— ¿Qué clase de gente es esta que construye tan gtin- 
des casas de labor en medio del bosque, no habiendo tie- 
rras de labradío en derredor? 

Un gallo que se hallaba sobre un montón de basuras, 
le contestó: 

— Esto es la antigua vivienda de un minero; las tierras 
de labor están en el subsuelo. 

Y entonces comprendió el chicuelo que aquellos bos- 
ques que había atravesado no eran como muchos otros 
sobre los que había volado ya. En todas partes existen ver- 
daderamente bosques y montañas; pero no todos ofrecían 
cosas tan notables ni riquezas tan grandes como aquéllos. 
Allí había extensos cotos mineros atravesados por túneles 
que llevaban a distintas direcciones para efectuar los tra- 
bajos; allí había viejas herrerías abandonadas, cuyas de- 
rruidas techumbres dejaban ver las herramientas tbando- 



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NtL8 HOLOCKSSONS 27Q 

nadas; allí había grandes talleres de nueva Gonstrucción 
donde se trabajaba dando tan fuertes martillazos que la 
tierra retemblaba; allí había albergues silenciosos que pa- 
recían no saber nada del movimiento que cerca de ellos se 
desarrollaba; allí había cables aéreos cuyas vagonetas llenas 
de mineral se deslizaban suavemente. En todos los torren- 
tes oíase el ruido de las ruedas; conductores eléctricos cru- 
zaban los bosques por todas partes y grandes convoyes 
que arrastraban sesenta o setenta vagonetas cargadas de 
mineral, de carbón, railes, planchas o alambre de acero, 
circulaban en distintas direcciones. 

Cuando ya llevaba un buen rato contemplando todo 
aquello, no pudo reprimir su silencio y prorrumpió di- 
ciendo, por más que presumiese que los pájaros pudiesen 
burlarse de él: 

— ¿Qué tierra es ésta en la que solamente crece el hierro? 
Entonces despertó de su suefto una vieja lechuza que 

dormía en una casucha abandonada, y sacando su redon- 
da cabeza, le contestó: 

— Esta tierra se llama Bergslagerna, y si aquí no cre- 
ciera el hierro no habría más, aun en estos tiempos, que 
buhos y osos. 



XXVIII 
LA FUNDICIÓN 

Durante el día en que los patos silvestres atravesaron 
las montañas de Bergslagerna, sopló un fuerte viento oeste 
que llegó a tal extremo de violencia que, cuando aquéllos 
trataron de dirigirse hacia el norte, sintiéronse arrastrados 
hacia el este. 



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280 SEUIA LAOCRL&F 

Como Okka temía que la zorra anduviese por la parte 
este de aquellas tierras, resistíase a seguir tal dirección y 
obstinábase en orientar su vuelo hacia el norte. En su 
lucha contra* el viento no pudieron los patos adelantar 
gran cosa, por lo que al sobrevenir la tarde hallábanse a 
escasa distancia del lugar de partida. 

Declinaba el sol cuando el viento cesó de soplar, y ios 
patos, abrumados de fatiga, creyeron que su vuelo hartase 
mást fácil y que podrían hacer un buen recorrido antes de 
que desapareciera por completo la luz solar. Mas de 
repente desencadenóse un irresistible huracán que arrastró 
a los patos, lanzándoles por los aires como si fuesen pom- 
pas de Jabón. El chícuelo, que ya creíase seguro y que ha- 
bíase aposentado tranquilamente sobre el lomo del palo 
predilecto, fué arrebatado pDr el viento y su cuerpecito, 
dado su poco peso, fué llevado a impulsos del viento, por 
lo que en vez de caer al suelo verticalmente, quedó largo 
rato a merced del aire que soplaba con furia, cayendo final- 
mente a tierra como si fuese débil hoja desprendida de un 
árbol. 

Pulgarcito cayó de espaldas y como tuvo la suerte de 
que el descenso fuese lento, no se hizo ningún daño. Re- 
puesto del susto consiguiente, levantóse del duro suelo, 
recogió su gorro y empezó a hacer señales con el mismo 
para llamar la atención de sus compañeros de viaje, sin 
dejar de repetir a voz en cuello: 

— Estoy .aquí. ¿Dónde estáis vosotros? Estoy aquí. 

Como transcurriera el tiempo y Okka no apareciese, 
trató de consolarse haciéndose algunas reflexiones. Pensó 
que el viento debió llevarse los patos muy lejos y decidióse 
a marchar en su busca apenas amaínase. 

Ya más tranquilo y sin abandonar esta idea, comenzó 
a mirar «en derredor suyo, pudiendo observar entonce^ que 
no había caído en terreno llano, sino en lo más profundo 



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NIL8 HOLUCRSSONS 281 

de la hendidura de unas excavaciones que allí se practica- 
ban, cubiertas en su mayor parte de pinos y arbustos, y 
qtte en uno de sus extremo^ presentaba un orificio que 
conducía al interior de la tierra. 

Por k) que vio anteriormente pudo comprender que 
aquello era una mina que debió estar en explotación añbs 
antes, y disponíase a trepar hacia lo alto para salir del 
hoyo en que había caído, cuando oyó un sprdo bramido 
al par que 1< sujetaban por la espalda: 

—Ya puedes decirme quién eres — le preguntaron! 

Volvióse y en el primer momento de su asombro creyó 
ver ante él una gran piedra gris; pero pronto pudo obser- 
var que lo que tomó por una piedra era un ser vivirte que 
tenia cuatro patas, unos ojos brillantes y una boca enorme. 
Pulgarcito recibió tal impresión que no pudo articular 
palabra. Era un oso. 

Este parecía dispuesto a devorarlo, a engullirlo sin más 
averiguaciones; pero así como fué contemplándole cambió 
de opinión y acabó llamando a gritos a dos oseznos que 
tenía, diciéndoles: 

— Venid, venid, que tengo algo bueno para*vosotros. 

No tardaron en aparecer, con paso incierto, los cacho- 
rrítos» que tenían una piel suave como si fueran perritos, y 
dirigiéndose a su madre, le preguntaron: 

—¿Qué es lo que has encontrado para nosotros. Ensé- 
ñanoslo. 

— Ahí lo tenéis— contestó.— V dándole una patada a 
Pulgarcito lo lanzó hacia sus hijos. 

Uno de los cachorros le cogió con su boca por el pes- 
cuezo y se lo llevó corriendo, aunque sin apretar demasia- 
do los dientes, porque quería divertirse cen aquel monigo- 
tito antes de matarle. 

El otro cachorro, que no quería verse desposeído, 
corrió tras ss uermanito para arrebatarle la presa, enta- 



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282 SBLMA LAOERLÓr 

blándose entre los dos una lucha que le devolvió a Niis la 
libertad. Y mientras los oseznos enconábanse en su lucha, 
el pequeño comenzó a trepar con gran ansia por entre los 
arbustos, buscando en éstos su salvación; pero los osez- 
nos, que adivinaron sus intenciones, abalanzáronse hacia 
él, consiguiendo hacerle caer de nuevo en el fondo de la 
hendidura donde se hallaban. Por su actitud hiciéronle 
comprender al pequeño Nils como debe ser tratado un 
pobre ratón cuando cae en las garras de un gato. 

Y los osos jugaron con el infeliz Nils como los gatos 
con los ratoncillos. 

— Corre otra vez — le decían cuando tras correr mucho 
caía el pobrecito muerto de cansancio, sin poder moverse. 
—Como no corras más, te comemos. 

—Ya podéis hacerlo— contestaba Nils. — No tengo 
fuerzas para continuar corriendo. 

Ante esta contestación y viendo que Niis apenas si daba 
señales de vida, fueron a contárselo a su madre, diciéndole: 

—Ya no quiere jugar más. 

A lo que les contestó la madre: 

— Entonces os lo podéis comer, haciendo dos partes 
iguales. 

Pero la orden de la madre no fué cumplimentada. Los 
cachorros habíanse divertido tanto con el pequeño, que 
prefirieron guardarlo para el día siguiente, y para que no 
pudiese escapar lleváronselo con ellos con objeto de que 
Se durmiera junto a la madre y los dos pusiéronle una pata 
encima para que no se moviese. 

Pronto quedaron todos dormidos. El cansancio y el 
agotamiento de Nils eran mayor que lo angustioso de su 
situación. Pasó algún tiempo hasta que el rodar de unos 
pedruscos les despertó a todos, viendo entonces Nils con 
verdadero espanto que junto a ellos hallábase un gran oso, 
que muy irritado decía: 



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PUL» nOLOERSSONS 283 

— Olor de carne humana siento. 

— ¿Cómo puedes suponer tal cosa?— contestó la madre. 

— He andado buscando nuevo albergue para nosotros. 
El hombre parece que quiera quedar sólo en la tierra. 
Hasta ahora nos hemos alimentado de bayas y plantas; no 
hemos molestado a ganados ni a personas, y a pesar de 
ello, no se nos deja tranquilos en e) bosque. 

En las abandonadas galerías de estas minas lo hemos 
pasado bastante bien durante muchos años— añadió el 
oso—; pero ahora que se han hecho en estas cercanías 
instalaciones tan ruidosas, no nos dejan vivir las gentes y 
en estos días estuve dando vueltas por las montañas de 
Oarpenberg, donde hay también buenos escondrijos y po- 
dríamos evitar el encuentro del hombre. 

Apenas el oso hubo dicho esto, se levantó dando seña* 
les de inquietud, diciendo: cEs extraño; cuando hablo del 
hombre percibo de nuevo el mismo olor de antes.» 

—Vé y busca por ti mismo si es que no te fías de lo que 
yo digo — replicó la osa. El oso salió y regresó después de 
olfatear por todos los rincones. 

La casualidad quiso que uno de los cachorros se mo- 
viese y colocase una de sus patitas sobre las narices de 
Nils, con lo que el chicueio no pudo menos qae estor- 
nudar. 

Apenas lo hubo hecho, el oso, fuera de sí, separó a los 
hijuelos del regazo de su madre y descubrió al pobre Nils 
antes que éste pudiese moverse, y de seguro lo hubiera 
devorado si la osa no se hubiese interpuesto, gritando: «No 
lo toques; es propiedad de nuestros hijuelos. Han estado 
jugando con él toda, la tarde y no lo han comido por guar* 
darlo para mañana.» 

— No te mezcles en asuntos que no conoces — dijo el 
oso.— ¿No ves que esto es un hombre y si nos descuida* 
mos nos hará alguna mala pasada? Y ya había abierto la 



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284 SCLMA LAOCRLOr 

boca para dar el primer bocado, cuando recurriendo Nils 
a ios fósforos de azufre que siempre llevaba consigo, en- 
cendió uno raptdísimamente, frotándolo sobre ej pantalón, 
y. se lo aproximó al oso. 

Este, molestado por el olor y extrañado por aquella 
luz, retrocedió y lleno de curiosidad le preguntó al chi- 
cuelo: €¿Tienes otras muchas lucecitas como ésa para poder 
encender? 

— Tantas— dijo él chiquillo para amedrentar al oso— 
que con ellas podría poner fuego a todo el bosque. 

— Entonces — le replicó e! oso — «ipodrías poner tam- 
bién fuego a casas y fábricas? 

—Eso sería para mí fácil en extremo — contestó con 
petulancia el chicuelo. 

— Me alegro, porque entonces podrás hacerme un favor 
y me alegraré de no haberte comido. 

Puestos de acuerdo cogió el oso entre sus dientes con 
gran cuidado al chicuelo y rápidamente lo llevó a ujia 
altura próxima, desde la que se dominaban las fábricas y 
fundiciones, y preguntóle: c¿Podrfas incendiar unos talleres 
tan grandes como éstos?» 

—Que sean grandes o pequeños, oso, no tiene para mí 
importancia alguna — manifestó el pequeño Nils jactándose 
de su poderío. 

— Óyeme, pues— dijo el oso — ; hace años no había 
aquí más que un^par de herrerías que trabajaban sólo algu- 
nas horas al día; pero hoy se han hecho tan graades estas 
fábricas que se trabaja sm parar de noche y día y es ya 
tanta la gente que hay en ellas que no nos es posible vivir 
aquí como no destruyamos esto. Y cogiendo de nuevo con 
la boca al chiquillo lo llevó con sigilo hasta tas tapias de 
las fábricas^ las que le mostró, diciéndole: cSi las haces 
arder te perdono la vida; pero, si no, acabo contigo.» 

El chiquillo comprendió que aquello no era fácil. La 



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NILS HOLOCR8SON8 285 

techumbre era de teja y pidió ai oso un poco de tiempo 
para reflexionar. Quería con ello ver de ingeniarse un me- 
dia para salir del atolladero; pero por más que pensaba 
nada se le ocurría. 

El oso, que en ün comienzo accedió a su petición, se 
inquietabaí exigiéndole unr pronta resolución. — ¿Quieres 
o no quieres? — le preguntaba. 

El chicuelo, pensativo, llevóse la mano a la frente; estaba 
convencido de que no debía intentar nada que redundase 
en perjuicio del hierro, que tan buen auxiliar ha sido siem- 
pre del hombre, tanto rico como pobre, y que proporcio- 
miba el pan a muchísimos obreros de aquella comarca. 

—No quiero — contestó Nilscon decisión. 

El oso se abalanzó sobre él, oprimiéndole entre sus 
patas. 

— No conseguirás— continuó diciendo el muchacho — 
que yo destruya fábricas en las que se trabaja el hierro, que 
tan grandes beneficios proporciona a la humanidad. 

— Entonces no habrá stfivactón para ti — le replic<} 
el oso. 

— Ni la espero— exclamó Nils, dirigiendo una mirada 
de rabia al formidable oso que le sujetaba. 

Tan entregados estaban ambos a su disputa, que. nin- 
guno de los dos advirtió la presencia de uñ hombre que 
se había aproximado al lugar donde estaban, hasta que 
el bruñido caflón de una escopeta brilló muy cerca de 
ellos. Al darse cuenta de la proximidad del arma salvadora, 
le gritó al oso: 

— Huye, de lo contrarío morirás. 

El oso salió escapado, pero no srn nevar entre sus dien- 
tes al chícuelo. 

En este instante sonaron dos disparos. Las b^las pasa- 
ron rozándole las orejas al oso, sin hacer blanco. 

— Nunca he sido tan tonto como ahora — pensaba Nilt 



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286 teuiA laocrlAt 

mieatras corría el oao.-^Si no le hubiese dieho nada, el 
oso hubiera sido muerto y yo recobrado ]a libertad. 

Tan acostumbrado estaba a hacer el biea a loa animalea, 
que aun sin proponérselo había salvado al oso. 

Cuando el fiero animal hubo recorrido un buen trecho 
dentro del bosque» detuvo su marcha y dejó a Nüs sobre 
el suelo con todo cuidado. Y le dijo: 

— Muchas gracias, peque&ío; esas balas me hubiesen 
alcanzado de no haberme advertido a tiempo. 

Tras esto dijo unas palabru al oído del chicudo y salió 
de estampía como si le persiguiese un grupo de cazadores 
o una jauría. Y Nils quedó completamente solo, sin poder 
darse cuenta de lo que le había sucedido. 

Los patos silvestres volaron toda aquella noche en bus- 
ca de Nils, hasta que el cansancio les rindió, aterrizando 
profundamente entristecidos. Poco después hallábanse en- 
tregados al sueSo* Ninguno de los patos dejaba de creer 
que su compañero habíase estrellado en la caída, por lo 
que temían no encontrarle ya nunca« 

Así es que a la mañana siguiente, al despertarse con el 
amanecer, fué extraordinario el júbilo de la bandada de 
patos al ver que Nils dormía entre ellos. 

Sentían tales ansias por saber lo que le había acontecido 
a Nils, que nadie pensó en levantar el vuelo para ir en 
busca de alimento. Y allí permanecieron todos hasta que 
Nils terminó de referirles lo que le había sucedido con el 
oso. 

— Y ya sabéis como he llegado hasta vosotros — ter- 
minó diciendo. 

— No, no lo sabemos; te equivocas. Nosotros no sabe- 
mos nada. Creíamos que te habías estrellado al caer. 

-- Oídme, pues, y os lo contaré. — Y tras una pansa, 
añadió: 

— Al dejarme el oso, subíme a lo alto de un al>eto y 



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NIL8 HOLOER8SONS 287 

me dormí. A los primeros albores del día observé que 
aproximábase hacía mí una gran águila, que, cogiéndome 
entre sus garras me llevó consigo. |Y entonces sí que creí 
llegado mi último momento! Pero no fué así, porque el 
águila no hizo más que traerme directamente, en rápido 
vuelo, hasta donde estabais, y entre vosotros me dejó. 
— ¿Y no te dijo el águila quien era? — le preguntó Okka. 

— No — contestó Nils. — Marchó tan ligera que no me 
dio tiempo ni para darle las gracias. 

Okka miró a sus compaf^eros como interrogándoles 
acerca de lo que pudiera pensarse del suceso; pero todos 
miraban hacia el espacio como si no les importase lo que 
acababan de oir. 

— No debemos olvidar que todavía no hemos almor- 
zado esta mañana — dijo Okka. 

Y abriendo sus alas emprendieron los patos el vuelo. 



XXIX 

EL RÍO DEL VALLE 

Viernes, 29 de abril 

En este día vio Nils el sur de la Dalecarlía. Los patos 
silvestres pasaron sobre las grandes minas de Qránges- 
berg, de los grandes establecimientos de Ludvika y conti- 
nuaron hasta las llanuras de Stora Tuna y el Dalelf. De 
pronto, al ver Nils tantas chimeneas de tas fát>ricas desta- 
cándose tras cada cresta de montafta, creyóse todavía en 
Vestmanland; pero apenas hubo llegado cerca del gran 
río se le apareció un espectáculo completamente nuevo. 
Era, en realidad, el primer gran río que Nils había visto 



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288 SeUAA LAOERLÓF 

hasta entonces. Quedó estupefacto al ver esta extensión 
de agua deslizarse suavemente a través de todo el país. 

Cuando los patos llegaron al puente flotante de Tor- 
sang» volviéronse hacía el noroeste a lo largo del río, que 
parecí^ servirles de guía. Nils tuvo el placer de contem- 
plar sus ríl)eras cubiertas en muchos trechos por largas 
hileras de edificios. Vio los grandes saltos de agiia de 
Domnarvet y de Kvarnsveden y las grandes ttbricas que 
hacen funcionar. Vio los puentes flotantes que descansan 
sobre el agua del rio, las barcas de pasaje, las grandes 
cantidades de troncos que la corriente arrastra, los caminos 
de hierro que le siguen y atraviesan, y comprendió que 
era aquél un grande y maravilloso curso de agua. 

El río se curvaba hacia el norte. En la parte de la curva 
el terreno estaba desierto y poco habitado; y los patos se 
posaron sobre un prado para alimentarse. El chicuelo co- 
rrió hacia el río y púsose junto a la orilla para contemplar 
la corriente que se deslizaba formando allí un amplio re- 
manso. Muy cerca había un camino que conducía al río. 
Lo» viajeros que neceMtaban atravesarlo hacíanlo por me- 
dio de una barca sujeta a una cuerda. Esto resultaba algo 
nuevo para el chicuelo, y por más que le interesara, 
encontróse pronto invadido por un gran cansancio. Y dí- 
jose para sí: 

— Tendré necesidad de dormir un rato; apenas si he 
cerrado los ojos la pasada noche. 

Y metiendo su cu^rpocillo en un matorral, quedó dor- 
mido entre la hierba y los juncos. Le despertaron unos 
hombres que hablaban junto a él. Eran viandantes que no 
podían atravesar el río en el bote por impedirlo grandes 
témpanos de hielo que flotaban sobre el agua. Mientras 
esperaban habíanse sentado en un ribazo próximo a donde 
estaba Nils y conversaban acerca de los daños que el río 
suele causar. 



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NILS HOLOBRSSONS 28$ 

Uno de los viajeros, que era campeslnoi refirió que una 
vez, durante una gran avenida, cubrió ei agua los postes 
telefónicos. 

— En la primavera última no fué tanta la crecida ni causó 
tantos daftos, si bien el año anterior llevóse un pajar de mí 
propiedad — objetó otro. 

— Yo no olvidaré nunca la noche que cubrió el puente 
grande de Domnarvet — añadió un obrero ferroviario. — 
Ninguno pudo dormir aquella noche. 

— Sí, tenéis razón — dijo un hombre alto y fornido. 
— Cai\^sa muchos daños el río; pero al oíros hablar mal de 
él, no puedo menos que recordar lo que le oí decir al cura 
de mi puebIo,'^n ocasión en que todos nos quejábamos 
de lo mismo. 

Requiriéronle sus compañeros a que refiriese el hecho, 
y entonces dijo: 

— Junto a nuestros límites con Noruega había un lago 
entre unos montes, del que nacía un riachuelo, que ya desde 
su origen corría|de una manera impetuosa. Aunque pequeño, 
se le llamaba el río Grande, por cuanto podía esperarse 
que alcanzaría gran importancia. Al formarse, y ape- 
nas salió del lago, descubrió que aquel terreno, lleno de 
colinas que abundaban en árboles y que después se trans- 
formaban en desnudas crestas, era poco propicio para su 
desarrollo. Al tropezar con tantos obstáculos pensó que lo 
mejor tal vez fuese volverse a la laguna; y miró a todos 
lados y viendo las dificultades insuperables que había para 
ello, determinó lanzarse en busca del mar, abriéndose un 
camino. Buscó en la primavera la ocasión, por cuanto en 
esta época del año sobrevienen los deshielos, y el agua baja 
a torrentes desde las altas cumbres. 

Cierta vez en que este curso de agua dedicábase, como 
de costumbre, a abrirse paso, oyó unos fuertes ruidos 
en la lejanía del bosque, y como interrogara a éste acerca 

19 



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290 8BLMA LKoesaAr 

de ellos, contestóle el bosque que aquel estrépito debíase 
a otro curso de agua que acababa de conseguir el libre 
acceso a través de un hermoso valle y que, sin duda, llega- 
ría al mar antes que el que le interrogaba. 

--No lo creo de ese pequeflín — contestó con cierto 
desdén. — vPregúntale si quiere que le ayude. 

No atrevíase el bosque a cumplir el encargo, dadas 
las ínfulas con que se mostraba el curso de agua aludido, 
que se consideraba superior al otro; pero el caso fué que 
ambos pequeños ríos habían llegado al siguiente día a un 
punto en el que confluían sus corrientes y habían unido 
sus fuerzas para continuar su marcha hiciaelmar, for- 
mando a su paso remansos y lagunas en los sitios bajos, 
de donde salían con más ímpetu, unas veces por las aguas 
que a ellos afluían y otras porque a la corriente de ambos 
uníanse otras, no sin entablar previamente largas polémi- 
cas acerca de la importoncia de los unos y las otras y del 
nombre común que para designarlas debía elegirse, polé- 
micas en las que siempre mediaba el bosque, animado de 
un propósito conciliador. 

Así llegaron estas corrientes hasta muy cerca del Mjal- 
gen, con el «nombre de río Storan. 

— Bonito río*- exclamó éste al contemplar la corriente 
del Fulu. 

— Bonito río «exclamó también a su vez el Pulu al ver 
como se deslizaba^raciosamente el Storan. 

En esto intervino el bosque para proponerles que se 
unieran, y ellos accedieron con agrado, a condición de que 
cada uno de los dos conservara el nombre que les era 
propio. 

Esto motivó una viva pelea, que estuvo a punto de ma- 
lograr el trato convenido en principio, lo que hubiera suce- 
dido de no intervenir el bosque que, finalmente, les con- 
venció de que debían renunciar al nombre, como lo bicie- 



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NIL8 HOLOER8SONS 291 

ron, en efecto, llamándose desde entonces uno el del Valle 
del Oeste y el otro el del Este y juntos el. río del Valle, 
bajo cuya designación desembocaron en el mar. 



XXX 

LA MEJORA DE LA HERENCIA 

LA VIEJA POBLACIÓN MINERA 

Entre las poblaciones de Suecia ninguna le gustaba 
tanto a la corneja Bataki como la ciudad de Falún, y apenas 
llegada la primavera, en que quedaba libre la tierra de los 
hielos, hacia ella volaba con objeto de permanecer unas 
semanas en la cercanías de la vieja mina. 

Levantábase la población a ambas orillas defi río, pero 
de tal modo, que mientras por un lado vense edificios tan 
grandes y bonitos como las dos iglesias, el Ayuntamiento, 
el de la dirección de las minas, el del banco, el hospital, 
numerosos chalets y viviendas particulares, no tiene el otro 
más que calles en pendiente con pequeñas casas de un solo 
piso pintadas de rojo, y allá, en el fondo, la mina de Falu, 
con su maquinaría, sus ascensores y sus bombas. 

Atraía a la corneja todo cuanto aparecía como extrafto 
y misterioso, y en vez de fijarse en la hermosura del pai- 
saje próximo, prefería meter la cabeza por Ui boca de las 
minas y por las hendiduras del terreno, procurando averi- 
guar como se las arreglaban los hombres por allá abajo a 
través de las galerías invadidas por un hormiguero huma- 
no, dedicados a la extracción del mineral, y tratando de 



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292 8BLMA LAOCRL^P 

saber a qué se debía que en aquel paraje tan pedregoso no 
creciese planta alguna ni flor, cuando aparecían extraordi- 
nariamente frondosos otros sitios. 

En uno de éstos llamáronle mucho la atención algunas 
viviendas en estado ruinoso, cerca de una casa vieja llamada 
de Svavelkoket, porque en ella se preparaba el azufre du- 
rante un par de meses cada año. ^ 

Esta casa viejaf que no tenia ventana alguna, a las que 
substituían una especie de grandes ranuras con puertas 
pintadas de negro, aumentó la curiosidad de la corneja 
que, deseosa de saber lo que habría dentro, comenzó a 
dar vueltas y brincos por todas partes, llegando hasta el 
tejado, donde más de una vez encaramóse sobre la alta 
chimenea para mirar por el agujero. 

Cuando esto sucedía, Níls, con la bandada de patos, 
hallábase en la orilla de un lago próximo. 

Quiso la casualidad que una fuerte racha de viento 
abriese una de las puertas de las ranuras y la corneja se 
precipitó por ella, con tan maUi fortuna, que apenas hubo 
entrado cerró el viento la puerta, quedando dentro, con la 
esperanza, mantenida durante horas y horas, de que el 
viento volviese a abrir la puerta, lo que no sucedió. 

La curiosidad de la corneja quedó pronto satisfecha al 
ver que allí dentro no había más que un gran hogar con 
un par de calderas empotradas en la pared, y tan prolon- 
gada y triste soledad hizo que la corneja comenzara a dar 
gritos y a graznar en demanda de auxilio, consiguiendo lla- 
mar la atención de unos pajaríilosque volaban por los alre- 
dedores de la casa y que llevaron la noticia de lo que suce- 
día a otras aves, que vinieron en tropel dispuestas a hacer 
todo lo posible para libertar a la acongojada corneja. 

—Callad y oíd lo que os digo — gritábales ésta desde 
dentro. — De la ánica manera que lograríais salvarme es 
enviando a buscar a la vieja Okka, de la bandada de patos 



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NIL8 HOLOCR880NS 293 

silvestres, que no debe estar lejos, refiriéndole lo que 
pasa. Okka lleva consigo a quien puede salvarme de 
apuros. 

Pronto l\pv6 el aviso una paloma y no tardó en presen- 
tarse Okka llevando sobre sus espaldas a Nils, los que 
después de consultar con la corneja salieron en dirección 
a un caserfo cercano, dond# recogieron hilo, un martillo y 
un punzón, objetos que, olvidados junto a la casa, habían 
servido de juego a unos niftos, y en un vuelo volviéronse 
hacia la casa del azufre. 

Una vez allí, ató Nils el hilo en !o alto de la chimenea 
y se deslizó hacia el interior, llevando consigo los otros 
adminículos enumerados. 

Aunque tas paredes no eran muy gruesas, costóle mu- 
cho abrir un boquete. La corqeja, que no concedía a Nils 
ni un momento de reposo, daba muestras de la impaciencia 
que sentía con sus gritos, y como observase que el mucha- 
cho diera sefiales de fatiga, díjole con el propósito de 
hacerle más llevadero el trabajo: 

---* ¿Quieres que te cuente un cuento? 

— Sí-* contestó el muchacho, que merced a esto había 
logrado vencer la fatiga^ que apenas si le permitía sostener 
la herramienta en la mano. 

EL CUENTO DE LA MINA DE fOLU 

— Yo he pasado en esta vida horas buenas y horas 
malas— comenzó diciendo la corneja— y como más de 
una vez he sido prisionera del hombre, de ahí que baya 
logrado conocer su lenguaje y aprender este cuento. 

Hace muchos, muchísimos afios, que en este sitio vivía 
un gigante que tenía dos hijas, y como era viejo y se sentía 
morir, llamólas y les dijo : «Mi principal riqueza consiste 
en unas montaftas llenas de mineral de cobre'; pero antes 
de dejaros esta herencia tenéis que prometerme que si 



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294 SELMA LAOERLÓr 

tlgúti extrafio llegtse a descubrirlas, le mataríais antes de 
que pudiese dar cuenta a nadie del hallazgo.» 

La mayor de las bijas, dt corazón duro y sentimientos 
perversos, prometió cumplirlo así sin vacilar. La otra, de 
condición más humana y sensible, reflexionó antes de for- 
mular promesa alguna, cuyo hecho bastó paraxjue el padre 
redujera su herencia a un tercio^ mejorando en un doble la 
de la mayor. 

Ya muerto el gigante, acaeció que algún que otro leña- 
dor o cazador llegase a descubrir el mineral de cobre; pero 
cuando, vuelto^ a sus casas, hablaban de ello, no tardaban 
en morir de desgracia. 

Por entonces descubrió un campesino que al volver por 
la noche el ganado a los corrales, un macho cabrio traía 
los cuernos colorados y que, por más que se los lavaron, 
volvieron a aparecer igualmente colorados al dia siguiente. 

A la otra salida del ganado tuvo el campesino especial 
cuidado en vigilar al macho cabrío, logrando descubrir 
que, apenas llegado al bosque, resh-egaba el animal sus 
cuernos sobre unas piedras rojizas. Tomó el campesino 
algunas de ellas, las mordisqueó y olió y, por último, de- 
dujo que había dado con alguna dase de mineral. 

Meditaba acerca de esto al pie de la colina donde había 
hecho el hallazgo, cuando, inesperadamente, vio que desde 
la cumbre desprendíase una gran piedra que, rodando, 
rodando, fué a caer sobre el macho cabrío, que quedó 
aplastado. 

Como viese en lo alto a la hija del gigante, preguntóle 
el campesino: 

—¿He hecho algo contra alguno de los tuyos para que 
quieras matarme? 

-* Ya seque nada me has hecho— contestó la gigante—; 
pero he de matarte porque has descubierto esa mina de 
cobre, que es mía. 



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NILS HQLOBnnOilS 296 

Dijo estas palabras en tono tan lastimero, que el cam- 
pesino llegó a creer que, de matarlo, lo haría contra su vo- 
luntad. Esto movióle a razonar con ella, consiguiendo que 
la gigante le refiriese lo relacionado con la herencia. 

— Me contristaba tanto el tener que matar a cuantos 
inocentes descubrieran la mina, que de buena gana hubiese 
renunciado a la herencia. Pero lo que se promete hay que 
cumplirlo. 

Y dicho esto trató de hacer rodar el pedrusco nuevamente. 

— No tengas tanta prisa en matarme — replicó el cam- 
pesino. — Además, para cumplir tu promesa no debes ma- 
tarme a mi, puesto que fué el macho cabrío el que descu- 
brió la mina, y a éste ya le mataste. 

Y se mostró tan razonable el campesino, que acabó 
convencietido a la gigante. Y al salir con vida de aquel 
trance dedicóse a trabajar la mina y, una vez rico, cons- 
intyé aUi um hermosa finca, a la que puso el nombre del 
macho cabrío muerto. 

Pasó mucho tiempo sin que nadie pensase en descubrir 
el más rico filón que comprendía la mejora con la que 
había sido favorecida la hija mayor del gigante. Tal era el 
temor que entre aquellos naturales se había esparcido con 
motivo de la leyenda. Sólo algunos aventureros que tenian 
en poca estima la vida, anduvieron buscando por aquellos 
montes, sin que después se llegase a saber nada de ellos. 
Sólo se dice que dos criados refirieron una noche a su 
amo que habían encontrafdo en el bosque un gran filón y 
que habían marcado el camino para llegar a él. Como el 
siguiente día era domingo, prefirió el amo ir a la iglesia, 
atravesando para ello uno de los pequeños lagos cubiertos 
por el hielo. Le seguían sus criados a cierta distancia. A la 
ida les fué bien; pero no así al regrcsOrdurarite el cual pe- 
recieron ahogados los criados, al romperse el hielo en las 
lagunas. 



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296 SeLMA LAOCRLÓF 

La gente atribuyó entonces tal desgracia al iiecho de 
haber podido encontrar la riqueza que mejoraba la beren- 
cia de la gigante. 

En otra ocasión, un capataz minerOi que era alemán, 
mostróse muy contento al creer que había encontrado el 
filón codiciado, y festejando el hallazgo embriagóse tanto^ 
que tuvo una cuestión con sus compañeros, que le causa- 
ron la muerte de una puñalada. 

El último del cual se tenía noticia de que hubiera 
podido ver el filón que mejoraba la herencia, era un joven 
minero, natural de Falún, de rica familia, que poseía casa 
en el campo y casa en la ciudad. Quería casarse con 
una joven campesina muy bella, de Leteand, y allá marchó 
a hacerle el amor; pero fué rechazado por el único motivo 
de no querer ella vivir en Falún, donde el humo de las 
chimeneas daba un aspecto tan triste a la población, que 
sólo pensar en ello entristecía a la campesina. 

El joven quería tanto a su prometida que regresó pro- 
fundamente preocupado. Había pasado toda su vida en 
Falún y nunca imaginó que dejase de ser grato» vivir en su 
ciudad; pero ya cerca de ella observó que, efectivamente» 
el humo escapado de las numerosas chimeneas envolvíanla 
como si fuese espesa niebla y que la vegetación no pros- 
peraba allí, por lo que las tierras que la rodaeban estaban 
desprovistas de verdor, llegando a la conclusión de que 
aquella muchacha, que había vivido siempre en la luminosa 
y alegre Leksand, no podía avenirse a la otra población. 

Le entristeció tanto el aspecto de su ciudad, que no 
tuvo interés en marchar a su casa, y desviándose del camino 
que a ella conducía vagó inconscientemente hasta el ano- 
checer, en cuya hora, al último resplandor del crepúsculo» 
vio algo extraño que atraía su mirada y hacía lo cual se 
aproximó, descubriendo entonces que era un hermoso filón 
de cobre. 



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NILS HOLOER8SONS 297 

— ¡Hoy me persigue la desgracia! El haber descubierto 
esta riqueza me costará la vida. 

Y pensando en ello dirigióse hacia su casa. Cuando 
apenas habia echado a andar, se le presentó la mayor de 
las hijas del gigante. 

—Me llama la atención lo que tú puedas hacer f)or acá 
— le dijo — porque he observado que durante todo el 
día has rondado por estos lugares. 

— Lo he hecho contestó el joven minero — buscando un 
sitio ameno donde vivir, porque la muchacha a quien amo 
no quiere vivir en Falún. 

—¿Es que no piensas venir a explotar el filón que aca- 
bas de descubrir? 

— No; quiero acabar con mis trabajos mineros* porque, 
de no hacerlo, no podría conseguir la mujer que amo. 

— Atente a tu propósito y yo te aseguro que no te so- 
brevendrá daño alguno. 

Con esto terminó la corneja su relato» y si bien Nils se 
mantuvo en vela, no adelantó mucho su trabajo. 

— ¿Y qué sucedió luego? — preguntó Nils con interés. 

—Ya te lo dirécuando termines el agujero y pueda yo salir. 

Nils continuó su tarea. La corneja le dijo, al fin, que el 
joven minero cumplió su palabra y se casó con la joven 
de Leksand; pero que aun podría contarle más cosas si ter- 
minaba pronto el agujerOi porque como era corneja, cono- 
da todo lo de aquellos alrededores, incluso el punto donde 
estaba el filón. 

Arreció Nils en su trabajo y el agujero pronto fué sufi* 
cíente para que saliese la cornej» y escapase en un vuelo, 
dejando a Nils entristecido, no sin decirle antes que re- 
nunciaba a revelar el lugar del filón para evitarle la des- 
gracia que a otros había acontecido. 

Y momentos después referíale Nils todo esto a la vieja 
Okka, que había estado esperándole. 



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298 SBLMA laobrlOf 

XXXI 
LA NOCHE DE LA SANTA VALBORO 

Sábado, 30 de abril 

Hay un día que los niños esperan casi con la misma 
impaciencia que la Nochebuena: es la noche de la Santa 
Valborg[, durante la cual suelen encender grandes hogueras 
al aire libre. 

Varias semanas antes los chicos y chicas no piensan 
más que en almacenar madera para las hogueras de la 
Santa Valborg. Van al bosque a recoger haces de lefia y 
pinas, a buscar virutas al taller del carpintero y trozos de 
corteza y troncos nudosos donde trabajan los lefiadores. 
liodos los días asedian al tendero pidiéndole los cajones 
viejos; si alguien ha podido hacerse con un tonel de alqui- 
trán vado, lo guarda como un tesoro y no lo muestra hasta 
el momento efi que va a ser arrojado a la fogata. Las esta- 
cas en las que se apoyan y trepan los guisantes y habichue- 
las, se ven en peligro, así como las vallas derribadas por el 
viento, las herramientas rotas y los secaderos de heno olvi- 
dados en los campos. 

Llegada la ansiada noche, los nifios de cada lugar reco- 
gen ramas, troncoa y cuantos objetos combustibles hallan 
a mano, y forman grandes montones, que después hacen 
arder sobre las colinas o Junto a algún lago. En algunos 
lugares se encienden dos, tres o más hogueras, lo que 
suele obedecer, ya a queios chicos y chicuelas no llegaron 
a un acuerdo en cuanto a la aportación del combustible o 
ya también a que los niños que habitaban en la parte 
sur de un pueblo, querían la hoguera hacia su lado, míen- 
tras que los def norte la querían hacia el suyo. 

El montón de madera está dispuesto, generalmente. 



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NILS HOLOEK8SONS 299 

• 

desde las primeras horas de la tarde, y los nifios se pasean 
a su al rededor, provistos sus bolsillos de cajas de cerillas, 
en espera de que sobrevenga la obscuridad de la noche. 
La claridad del día se prolonga terriblemente en esta época 
del afio en la Dalecariia. A las ocho de la tarde apenas si 
ha comenzado el crepúsculo. Queda uno transido de frío 
y se siente molesto cuando se pasea por las afueras en 
estas frías primeras jornadas de primavera. Como la nieve 
se ha fundido en los campos y las tierras quedan al descu- 
bierto, casi hace calor cuando el sol cae de lleno a medio- 
día; pero la .foresta está nevada aun, los lagos están cu- 
biertos de hielo y por la noche desciende la temperatura a 
varios grados bajo cero. Por esto ocurre que allá y acullá 
surja alguna hoguera antes de tiempo. Pero sólo proceden 
así los niños más pequefios o los más impacientes. Los 
otros esperan a que cierre la noche para que las fogatas 
luzcan. 

Al cabo llega el deseado instante. Está allí hasta el que 
ha aportado el más leve ramaje, y el muchacho de más 
edad enciende un hachón de paja que sepulta bajo la ma- 
dera. Surgen las llamaradas; se oye crepitar el ramaje; las 
ramas más finas enrojecen y se hacen transparentes, el 
humo se eleva en espirales negruzcas e imponentes. Al fin 
se eleva la llama hasta la cumbre, alta y clara, y se agita a 
varios metros en pleno aire; se la distingue en todo el con- 
torno. 

Entonces los nifios sólo tienen tiempo de mirar a su 
alrededor. |He allí una hoguera! ¡Mira allá otra! Brilla 
una sobre la colina, allá abajo, y otra en la cima de la mon- 
taña. Todos esperan que su hoguera sea la más grande y 
más bella; tienen miedo de que la suya no sobrepase a las 
otfas y a última hora corren aun hacia sus casas a implorar 
de sus padres alj[ún trasto viejo o unas tablas de madera 
que quemar. 



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300 8KLIÍA U(»lllj&r 

Cuando el fuego está en todo su apogeo, las personas 
mayores, sin faltar los viejos, acuden a contemplarlas. La 
fogata no sólo es buena para ser vista, sino que, además, es- 
parce un calor muy agradable en la noche fresca, y por esto 
se van colocando lodos sentados sobre las piedras próximas. 
Permanecen allí con los ojos fijos en la fogata hasta que 
alguien tiene la idea de hacer un poco de café, puesto que 
se tiene tan buen fuego. Y a veces, mientras el agua del 
café hierve, no falta quien refiera una historia, y cuando 
acaba uno otro comienza. 

Las personas mayores sólo piensan en el café y las his- 
torias, mientras que los niftos no tienen otra idea que la 
de hacer llegar muy alto el resplandor de su hoguera y 
hacer durar el fuego todo lo posible. |Ha tardado tanto en 
llegar la primavera con el deshielo y la fusión de las nie- 
ves! Los niftos creen contribuir a ello con sus hogueras, 
porque de lo contrario tal vez se retrasaran los brotes y no 
se abrieran las hojas. 



Los patos silvestres habían descendido sobre el hielo 
del lago de Siljan para dormir y como el viento que venia 
del norte a lo largo del lago era glacial, Nils se había refu- 
giado bajo el ala del pato. Apenas cerró los ojos despertóle 
el estampido de un tiro de escopeta. Se asomó por debajo 
del ala y miró en torno suyo, muy asustado. 

Sobre el hielo todo estaba en calma. Era buen ojea- 
dor y no veía nada que le indicara la presencia de los ca- 
zadores. Pero, al mirar hacía las riberas del lago, quedó 
desvanecido y creyó en una visión fantástica como la de 
Viñeta o la del jardín encantado de la isla de DjulO. 

Por la tarde íiabfan atravesado el lago, volando varias 
veces antes da decidirse los patos a pasar allí b noche. 
Mientras volaban le habían mostrado varias iglesias y aldeas 



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NILS HOLOCRSSONS 301 

situadas en las proximidades del lago» Había visto Leksand, 
Rattvik, Mora y la isla de Sollerd. Toda aquella región le 
babia parecido dulce y sonriente, en mayor grado de lo 
que hubiera podido creer. No habla nada siniestro ni ate- 
rrador. 

Mas de pronto, he aquí que en medio de la noche, y en 
la misma orilla, surge una corona de hogueras. Las vela 
alumbrar en Mora, al norte del lago, en las orillas de la 
isla Solleró, en Vikarbyn, en las alturas, sobre la aldea de 
Sjurberg, en la punta de tierra sobre la que se eleva la 
Iglesia de Rattvik, sobre la montaña de Lerdalen, sobre 
todas las colinas y salientes de Leksand. Contó más de cien 
hogueras, sin adivinar el significado que aquello pudiera 
tener, si bien lo atribuía a arte de magia. 

Los patos silvestres fueron también despertados por la 
detonación; pero Okka, viendo al punto lo que pasaba, 
dijo: 

— Son los hijos de los hombres que se divierten. 

Y los patos no tardaron en dormirse con la cabeza bajo 
el ala. 

Nils permaneció largo rato contemplando las hogueras 
que ornaban la ribera como una larga cadena de eslabones 
de oro. Sentíase atraído por la luz y el calor como un mos- 
quito, y de buena gana se hubiera aproximado a las foga- 
tas. Oía una detonación tras otra, y comprendiendo que 
esto no constituía ningún peligro, sentíase sugestionado 
por todo aquello más y más. Las gentes de allá abajo que 
se movían en torno de las hogueras mostrábanse tan con- 
tentas, que no bastándoles con gritar y llamarse unos a 
otros, recurrían a sus escopetas. Y lo más bonito era 
que al rededor de una hoguera que resplandecía en lo 
alto de una montaña, lanzábanse al aire cohetes, voladores. 
La hoguera era ya grande y hermosa y sus llamas subían a 
gran altura; pero la querían todavía mayor; la alegría de 



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302 8EUAA laoerlOp 

aquellas gentes hubiera sido que la hoguera llagara hasta 
el cielo. 

Nils se aproximó poco a poco a la orilla y de súbito 
llegaron a sus oídos las notas de un canto. Entonces echó 
a correr. 

En el fondo del golfo de Rattvik hay un largo embar- 
cadero que avanza hada el agua; en su parte extrema había 
un grupo de cantores; sus voces repercutían en la paz noc- 
turna del lago. Se hubiera dicho que la primavera dormía, 
como los patos silvestres, sobre el hielo del lago Siljans y 
querían despertarla. 

Cpmenzaron cantando: «Conozco un lejano país del 
norte»; y acabaron por «En Dalecarlia vive, en Dalecarlia 
vive todavía» y «Cuando el hermoso verano...» Como en 
el embarcadero no brillaba hoguera alguna, los cantores 
no podían ver a cierta distancia. Pero, al conjuro de aque- 
llas notas, surgía ante ellos y ante todos la imagjen de su 
país, más luminosa y dulce que la luz del día. Parecían 
querer encantar a la primavera. 

¡Mira la tierra que te espera! 
¡Mira qué hermosa! ¿Y no vendrás 
en nuestra ayuda? ¿Dejarás 
que otra invernada traicionera 
hiera a la tierra que te espera? 

Mientras duró el canto, Nils Holgersons prestó oído 
atento; al terminar, siguió corriendo hacia tierra. Una ho- 
guera resplandecía sobre la arena de la orilla. Se aproximó 
tanto, que pudo ver a su antojo a los hombres que estaban, 
sentfidos o de pie, c^rca de la pira. Pensó de nuevo si 
aquello no sería un milagro. Jamás había visto gentes ves- 
tidas de tal modo. Las mujeres llevaban cofias negras y 
puntiagudas como cucuruchos, chaquetillas cortas de cuero 
blanco, pañoletas rameadas al cuello, corsés de seda verde 



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NILS HOLOER880NS 303 

y jupas negraSf cuya pechera estaba adornada con Vayas 
blanca^ rojas, verdes y negras. Los hombres cubríanse cou 
sombreros bajos^^ y redondos y vestían blusas azules muy 
largas, cuyas costuras estaban ribeteadas de rojo y pantalo- 
nes de cuero amarillo sujetos a las rodillas por cintas 
encarnadas» de las que pendían unas bolas de lana. Por su 
manera de vestiri vio Nils que aquellas gentes no se pare- 
cían a los habitantes de las otras provincias; tenían un 
aspecto más atrayente y noble. Nils recordaba los trajes que 
su madre guardaba en el fondo del cofre grande y que no 
llevaba iiadie en Escania desde hacía mucho tiempo. ¿Le 
era dado, acaso, el don de ver a las gentes de otros tiempos, 
a las que habían vivido cien años antes? 

Esto no fué inás que una idea que le pasó por la mente; 
Los hombres y mujeres que había ante él, estaban vivos y 
muy vivos; pero los habitantes de la Dalecarlia han guar- 
dado tanto de su pasado en el lenguaje, en sus costumbres 
y en sus trajes, que no tenía por qué asombrarse de su 
breve ilusión. 

Relataban los viejos cosas de su juventud y recordaban 
las grandes caminatas que tuvieron que hacer en busca del 
pan de la familia. De todos estos relatos, el que más impre- 
sión le causó fué el que refirió una vieja y que es como sigue: 

«Mis padres tenían un pequeño campo en Osterbjdnka; 
pero éramos tantos hermanos y los tiempos eran tan malos, 
que cuándo cumplí diez y seis años tuve que abandonar mi 
casa. Eramos unas veinte» chicueias las que salimos de 
Rattvik, dispuestas a buscar en Estocohno donde servir. 
Fué el 14 de abril de 1845; tomo provisiones llevaba en 
un sacó'^algunos panes, un pedazo de ternera y u(i poco 
de queso. Unas cuantas monedas de cobre eran todo mi ca- 
pital para el viaje. Entregué a un ordinario una muda de 
ropa y otras provisiones que me habían dado y a pie sali- 
mos de Falún y emprendimos el camino. 



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304 SELMA IXilíRLdr 

Solíamos andar tres o cuatro millas cida jornada y tar- 
damos siete días en llegar a Estocolmo. No era como en ios 
tiempos actuales, en los que nuestras chtcuelas toman có- 
modamente asiento en el tren y llegan a Estocolmo en 
nueve horas. 

Cuando llegamos oímos que las gentes se decían unas 
a otras, a nuestro paso: cAbi va un regimiento», tal era el 
ruido que armábamos con nuestros zapatos de tacón ancho, 
en los que el zapatero había clavado más de quince clavos, 
clavos que nos hacían resbalar y caer, por no estar acos- 
tumbradas al empedrado de la capital. 

Nos instalamos en la posada del Caballo Blanco, y era 
natural que sintiese deseos de ganar pronto algo, por ha- 
ber disminuido en un tercio las monedas que tenía. Una 
de mis compafieras me dijo que fuese a ver a un profesor 
de equitación para ver si me admitía a su servicio. Me ad- 
mitió por cuatro días para cavar y plantar su huerto, asig- 
nándome diariamente una corona, sin manutención. Poco 
podía hacer con esta cantidad; pero las pequefiuelas de los 
seflores de la casa, que se fijaron en lo demacrada que 
yo estaba, cuidábanse de proporcionarme comida, que 
sacaban de la cocina, con lo que llegaba a saciarme. Luego 
estuve en casa de una seflora que vivía en la c^lle de 
Norrland, donde encontré tan mal alojamiento que los ra- 
tones comiéronse mi corpifio y el paftuelo que me anuda- 
ba al cuello. Allí trabajé catorce días tan sólo, teniendo que 
volver a casa con un capital que no pasaba de dos co- 
ronas. En mi camino atravesé Leksand y dormí un par 
de días en un caserío llamado Ronnas, donde la gente 
era tan pobre que no comía más que gachas de harina de 
avena, mezcladas con cortezas de árboles molidas. 

Aquel año fué malo en realidad, pero aun fué peor el 
siguiente. Tuve necesidad de salir de nuevo, porque, de no 
haberlo hecho, mis padres no hubiesen tenido de qué vivir. 



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NILS HOLÜERSSONS 305 

Marché luego a Hudiksvall, con un morral a la espalda, 
en el que llevaba mi comida. Crei poder encontrar trabajo 
en las faenas del campo, lo que me costó mucho de conse- 
guir porque aun no había sobrevenido el deshielo, y puedo 
aseguraros que experimenté hambre y fatiga. Hasta el mes 
de julio no pude trabajar en los huertos de la ciudad. Sen- 
tía un vivo deseo de volver a casa; pensaba siempre en mis 
hermanitos; si me daban para el café dos terrones de azú- 
car, guardaba uno pai a ellos, y asi mismo algún bollo 
que otro. Mis zapatos se habían roto y para no invertir di- 
nero en otros y conservar mis ahorros, anduve descalza 
hasta llegar a casa. 

Las chicas de ahora lo pasan mejor, y hay que dar gra- 
cias a Dios que os depara ese bien.. Las jovenzuelas de Da- 
larna tenían necesidad, en aquellos tiempos, de marchar a 
la capital para ganarse el sustento, y allí trabajaban, ya en 
los huertos, ya también como remeras de las embarcacio- 
nes que navegan entré los islotes, con lo que conseguíamos 
llevar algún dinero a nuestros queridos padres, que sin 
esto no hubiesen podido vivir, por ser muy reducido el 
terreno que cultivat}an. En ocasiones comíamos pan hecho 
de cebada y paja muy triturada, tan difícil de engullir, que 
se hacía preciso beber agua a cada bocado. En la capital 
coQtraje relaciones con un hombre, en cuyo corazón 
no hubo nunca falsía, y cuando hubo hecho suficientes 
ahorros nos casamos. A nuestro matrimonio siguió la ale- 
gría algunos años, pero, desgraciadamente, no fueron 
muchos. En 1873 murió mi esposo y quedé con cinco pe- 
queños hijos; pero no lo pasé tan mal, por cuanto los tiem- 
pos en Dalarna comenzaban a ser mejores y había patata 
y granos en abundancia. La diferencia entre estos y aque- 
llos tiempos es grande. Compré unos pedazos de tierra 
y tuve mi casita propia. Así pasaron los años y los peque- 
fluelot hiciéronse mayores, y hoy, a Dios gracias, lo pasan 



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306 SCLMA laoürlOf 

bien, sin sost>echar cuan escaso anduvo el pan cuando su 
madre era joven. » 

La abuela calló al decir esto. El fuego habiase casi ex- 
tinguido y todos se levantaron» dando por terminada la ve- 
lada. 

El pequeño Nils volvió ai hielo en busca de sus com- 
pañeros, alegre de ofr los cantos de aquellas gentes que 
ensalzaban el honor y la fidelidad de los moradores de 
aquellas tierras, a pesar de su pobreza; cantos que termina- 
ban COR una estrofa que decía que los hombres poderosos 
encontraron el mejor apoyo en los hombres que con fre- 
cuencia comían el pan mezclado con la corteza del pino. 

Y con esto recordó Nils algo que había oído referente 
a la historia del rey Qustavo Vasa. 



XXXII 
EN TORNO DE LAS IGLESIAS 

Domingo, I de mayo 

Cuando despert5 a la mañana siguiente y se deslizó so- 
bre el hielo, no pudo Nils contener la risa. Durante la no- 
che había caído una gran cantidad de nieve y kun conti- 
nuaba nevando; el viento arrastraba grandes copos de 
nieve; dijérase que eran las alas de las palomas muertas de 
frío, que caían. Sobre el lago Siljan la nieve formaba una 
capa de varios centímetros de espesor; las riberas también 
estaban nevadas; los patos silvestres tenían tanta sobre 
sus espaldas que presentaban el aspecto de montoncitos 
de nieve. 

De tiempo en tiempo, ükka, Yksi y Kak^í despertaban 



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NILS HOLOERSSONS 307 

un poco; pero viendo que ia nieve no cesaba de caer, hun- 
dían de nuevo su cabeza bajo el ata. Estaban convencidas 
de que ante un tiempo semejante no había nada mejor que 
dormir» y Nils no opinaba de otro modo. 

Algunas horas más tarde se despertó de nuevo; las 
campanas de Rattvik llamaban a los fieles a los oficios di- 
vinos. La nieve había dejado de caer, pero el viento del 
norte soplaba muy fuerte, y en el lago hacía un frío terri- 
ble. Nils experimentó mucha alegría ai ver que los patos 
se sacudían la nieve y volaban hacia tierra en busca de ali- 



Era el dia de la primera comunión en la iglesia de 
Rattvik, y los coaittlgantes, llegados al alba conversaban 
en pequeños grupos ante ta iglesia. Todos ostentaban el 
traje del país y su» vestidos eran de colores tan vivos y 
variados que se veían desde lejos. 

— Querida madre Okka, vuela un poco más lentamen- 
te para que pueda yo ver a esos jovenzuelos — suplicó 
Nils cuando se aproximaban a la iglesia. 

El pato-guía juzgó razonable la petición, y descendien- 
do cuanto pudo, describió tres vueltas sobre la iglesia. Nada 
más fácil que decir como eran de haberles visto de cerca; 
pero vistos de lo alto, tanto los niftos como las niftas pare- 
cieron a Nils, los más hermosos que había visto. 

— No creo que haya príncipes más bellos ni más her- 
mosas princesas en el palacio del rey — gritó Nila. 

En Rattvik la nieve cubría los Campos y Okka no en- 
contraba un sitio donde reposar. Después de vacilar un 
momento dirigióse hacia el sur, a la parte de Leksand. 

Los jóvenes de Leksand habían partido en busca de 
trabajo, como era costumbre al llegar la primavera. No que- 
daban allí más que ios viejos al cuidado de sus casas. 
Cuando loa patod pasaron volando, encaminábase por la 
aoberbia avenida de álamos, hacia la Iglesia, tma larga fila 



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306 8KLIÍA LAOeRLdr 

de viejas. Avanzaban sobre el blanco suelo, vestidas con 
sus chaquetillas de piel de carnero, deslumbrantes de trian- 
cura, faldas de piel blanca y delantales blancos con rayas 
amarillas y negras, y tocadas de cofias blancas que en- 
cuadraban sus cat>elleras encanecidas. 

^ Querida madre Okka, vuela lentamente para que 
pueda ver a esas viejecitas — suplicó Níis. 

El pato-guia juzgó este deseo razonable, y descendiendo 
cuanto le fué posible dio tres vueltas sobre la avenida de 
álamos. Nada más fácil que decir como eran, de haber- 
las visto de cerca; pero vistas desde lo alto parecióle a Nils 
no habtr visto nunca mujeres ancianas de aspecto tan inte- 
ligente y respetable. 

— Se diria que tienen por hijos e hijas, reyes y reinas 
— pensó Nils. 

En Leksand habia tanta nieve como en Rattvik. Okka 
resolvió ir más hacia el sur, al lado de Qagnef. 

En Oagnef hablase verificado un entierro aqud día, an- 
tes del oficio divino. La comitiva fúnebre haUa llegado 
tarde y se retrasó el acto del sepelio. Cuando llegaron los 
patos silvestres aun no había tenido tiempo toda la gente 
de entrar en la iglesia y eran muchos los que se encontra- 
ban fuera, en el cementerio, contemplando la sepultura de 
los suyos. Iban vestidas las mujeres con sus corpinos ver- 
des de mangas encamadas, cubriendo sus cabezas con pa- 
ñuelos de color con franjas multicolores. 

— Querida Okka, no vueles tan deprísa. Quiero ver a 
estas buenas gentes. 

Y a ello accedió Okka pasando tres veces sobre el ce- 
menterio. Desde las alturas parecíanle a Nils las mujeres, 
delicadas flores entre los árboles del cementerio, cual si 
fuesen macizos floridos de los jardines del rey. 

Como en Qagnef no encontraban sitio para aterrizari 
dirigieron su vuelo hacia el sur» hada Ploda. 



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NILS H0L0ERS80NS 30Q 

En ñoda las gentes estaban en la iglesia cuando los 
patos llegaron; pero como debía celebrarse una boda des- 
pués del oficio divino, el cortejo nupcial estaba reunido 
ante la iglesia. La novia llevaba una corona de oro sobre 
su suelta cabellera; iba ataviada con alhajas, flores y cintas 
de colores, y su conjunto era tan deslumbrador que hería 
la vista. El novio llevaba una larga levita azul, pantalones 
cortos y una gorra roja. Distinguíanse las damitas de honor 
por las guirnaldas de rosas y tulipas bordadas en torno de 
su talle y en los bordes de sus faldas. Parientes y vecinos 
formaban la cola del cortejo y todos vestían los trajes mul- 
ticolores que se acostumbraban en la parroquia. 

— Querida madre Okka, vuela lentamente para que yo 
pueda ver los jóvenes maridos — dijo Nils. 

El pato-guía descendió cuanto pudo y dio tres vueltas 
al rededor del templo. Vistos de cerca hubiera sido difícil 
decir como eran, pero vistos de lo alto jamás novia alguna 
fué más bella, esposo más ufano ni cortejo de boda más 
magnifícente. 

— ¿Llevarán el rey y la reina trajes tan suntuosos en 
palacio? —- preguntóse Nils. 

En Ploda encontraron, por fin, los patos, campos sin 
nieve y pudieron hacer alto para comer. 



XXXIII 

LA INUNDACIÓN 

I y 4 d€ mayo 

Durante varios días había hecho un tiempo espantoso 
al norte del lago de Málaren. El cielo estaba uniforme- 
mente gris, el viento silbaba y la lluvia azotaba el suelo. 



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310 SeulA LAOERÜ^ 

Hombres y mujeres sabían que no se tiene por menos la 
primavera; pero tal tiempo no dejaba de agotar su pa* 
ciencia, jf 

La nieve acumulada en los bosques de abetos comenza- 
ba a fundirse rápidamente; los arroyueioa que la primave- 
ra forma, precipitaron su curso. Por todas partes el agua 
estancada en los aguazales de ios caminos, el agua lenta de 
los barrancos, el agua oculta en las isletas de las marismas 
y en las barrancas, poníase en movimiento y buscaba los 
arroyos para ser llevada hacia el mar. 

Los arroyueios corrían llevando sus aguas a cauces ma- 
yores, que a su vez los conducían hasta el lago Málaren. 
Mas de golpe, en un mismo día, los numefbsos y peque- 
fios lagos del Uppland y las laderas de las montañas, se 
desprendieron de sus capas de hielo y llenando de éstas 
los ríos, aumentaban el caudal del agua hasta cubrir por 
completo los cauces. Bajo esta afluencia de aguas, tos co- 
rrientes se precipitaron en el Mtlaren, que no tardó en re- 
cibir tanta agua como buenamente podía contener. El 
Norrstrom, en el que vierte sus aguas, es un pasaje esta-e- 
cho y en semejante caso no puede asegurar una corriente 
bastante rápida. 

Para colmo de desdichas soplaba un fuerte viento este, 
que arrastraba el agua del mar hacia la prilla, oponiendo 
un dique a la corriente, al conducir ésta las aguas dulces 
al mar Báltico. El gran lago se desbordó. 

Su caudal subió lentamente, como si se resistiera a per- 
judicar sus bellas riberas; como éstas son bajas en general, 
el agua no tardó en ganar terreno. No era preciso más 
para causar el mayor desorden. Con el Málaren sucede 
algo especial. 

Está formado de extensiones de agua rodeadas de tierra, 
de golfos y de estrechos* No tiene grandes extensiones ex- 
puestas a los vientos. Parece creado para las excursio* 



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NILS HO|X>eRS90N8 311 

nes, paseos en barcas de vela y alegres partidas de pesca. 

Posee muchas isias e islotes cubiertos de árboles que 
ofrecen sinnúmero de lugares amenos. Carece de riberas 
rocosas y desnudas de vegetación, como destinado sola- 
mente para castillos, villas de verano, residencias señoria- 
les y lugares de recreo. Seguramente por este su atrayente 
y dulce aspecto es por lo que causa tanta extrañeza cuan- 
do en algunas primaveras se despoja de estos atractivos 
para presentarse verdaderamente amenazador. 

Cuando parece inminente la inundación, las embarca- 
ciones y las barcas que han estado al abrigo de tierra du- 
rante el invierno, se preparan a toda prisa, calafateándolas 
y alquitranándolas para lanzarlas al agua lo antes posible. 
Al mismo tiempo se retiran los embarcaderos de la orilla 
y se refuerzan los puentes. Los guardabarreras encargados 
de vigilar la v(a del tren a lo largo de la orilla, van y vie- 
nen noche y día, sin atreverse a descansar. Los campesinos 
que guardan el heno en las pequeñas granjas de los islotes 
bajos, se apresuran a llevárselo a tierra. Los pescadores 
salvan sus redes y aparejos. Lss barcas se llenan de viaje- 
ros deseosos de volver a sus casas o de partir antes que la 
inundación sobrevenga. 

No sólo se alarmaban los hombres porque el Málaren 
pudiera desbordarse. También los ánades qae guardan sus 
huevos entre'lbs'juncos de la orilla, los topos que viven a 
lo largo de la ribera y que tenían pequeñuelos que no se 
podían valer, sentíanse dominados por una gran angustia. 
Todos, hasta los grandes y altivos cisnes, comenzaban a 
temer la desaparición de sus nidos y sus huevos. 

Sus temores estaban fundados; la crecida del agua duró 
varios días. Los prados bajos de Oripholm quedaron inun- 
dados de tal modo, que el gran castillo no se separaba de 
tierra por ningún estrecho canal, sino por una «mplia ex- 
tensión de agua. 



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312 SELMA LAOERLOp 

El bello paseo de It ribera que existe en Stráognas 
quedó transformado en un torrente; en Vesterás prepará- 
banse a cruzar las calles en barca. Dos ciervos que habian 
pasado el invierno en una isla del Málaren tuvieron que 
ganar la tierra a nado, al ver su refugio inundado por el 
agua. Depósitos enteros de madera, gran cantidad de ta- 
blas, tinas y cubos flotaban a la deriva, y por todas partes 
dedicábanse los hombres al salvamento de sus bienes. 

Por esta época, Esmirra, la zorra, andaba husmeando 
por un pequeño bosque de álamos, al norte del Málaren. 
Pensaba siempre en los patos y en Pulgarcito; habiendo 
perdido sus huellas, preguntábase constantemente de qué 
manera lograría atraparles. 

Hallábase en un momento de aluitimiento cuando per- 
cibió a Agar, la paloma mensajera, sobre una rama. 

— Estoy encantada de verte, Agar — dfjole Esmirra. — 
Tal vez tú puedas decirme donde se encuentran en este 
momento Okka y su bandada. 

^ Es posible que I9 sepa — respondió Agar — ; pero 
ten la seguridad de que no te lo diré nunca. 

— No me importa gran cosa — respondió Esmirra con 
indiferencia — con tal de que accedas a transmitirle un 
mensaje que se me ha confiado. Ya sabes en qué deplora- 
ble estado se encuentran las riberas del Málaren. La inun- 
dación es tan grande, que el numeroso pjeblo de los cis- 
nes, que habita en la bahía de Hjelsta, está a punto de 
perder sus nidos y sus huevos. Luz-del-Día, el rey de los 
cisnes, ha oído hablar de un hombrecito que acompafia a 
los patos y que conoce el remedio para toda clase de ma- 
les; me ha encargado que rogara a Okka que vaya con 
Pulgarcito a la bahía de Hjelsta. 

— Puedo transmitirle el mensaje — dijo Agar — ; pero 
no veo el modo de que ese hombrecito pueda socorrer a 
los cisnes. 



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NILS HOLOCRSSONS 313 

— Ni yo tampoco — anadió Esmirra — ; pero se asegu- 
ra que sabe vencer todo género de dificultades. 

— Lo que me causa también gran asombro es que el 
rey de los cisnes «nvíe sus mensajes por medio de una 
zorra — objetó Agar. 

-— Efectivamente, nosotros somos enemigos en tiempo 
ordinario — confesó Esmirra con una voz muy dulce — ; 
pero en los grandes desastres es preciso apoyarnos mutua- 
mente. En todo caso, tal vez convenga que no le digas a 
Okka que este mensaje te lo ha transmitido una zorra, por- 
que de lo contrario abrigaría sospechas. 

LOS CISNES DE LA BAHÍA DE HJELSTA 

El refugio más seguro para todas las aves acuáticas en 
el Vitaren, es la bahía de Hjelsta; se llama así a la parte 
más profunda del golfo de Ekolsund, prolongación del 
manto de agua de Bjdrko, que es la segunda de las largas 
sinuosidades por las cuales se hunde el Málaren en el 
Uppland. 

La bahía de Hjelsta tiene unas riberas muy bajas; el 
agua poco profunda se ve invadida por los cañaverales. 
Esta bahía ofrece una excelente residencia a los pájaros 
que allí viven en paz. Hay un pueblo numeroso de cis- 
nes; el propietario del antiguo dominio real de Ekolsund, 
situado a corta distancia, ha prohibido la caza en la bahía 
con el fin de no inquietarles. 

Apenas le fué transmitido el mensaje, Okka voló hacía 
la bahía de Hjelsta. Al llegar con su banda, una tarde, se 
dio cuenta de la magnitud del desastre. Los grandes nidos 
de ios cisnes, arrancados por las aguas, flotaban a merced 
del viento. Algunos se habían deshecho ya, dos o tres ha- 
bíanse volcado y los huevos que contenían brillaban en el 
fondo del agua. 

Los cisnes habíanse reunido en un rincón del este, donde 



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314 SELMA LAOCRLOT 

estaban más al abrigo del viento. Aunque habían sufrido 
mucho con la inundación, su excesivo orgullo no les per- 
mitía demostrar su pena. 

^ ¿Para qu¿ lanzar gemidos? — se decían. — Las fibras 
y las briznas de hierba no nos faltan. Reharemos nuestros 
nidoSf y en paz. 

Como ninguno de ellos había tenido la idea de pedir 
socorro, no sospechaban ni remotamente que Eamirra hu- 
biese enviado un mensaje a los patos silvestres por media- 
ción de Agar. 

Ascendían a varios centenares y se hallaban formados 
respetando el raiigo que concede la edad: los jóvenes en 
la periferia, los mayores y los más sabidos en el centro, 
al rededor de Luz-ddDÍa, el rey, y de Nieve-Serena, la 
reina, que, además del privilegio de los afios, consideraban 
a la mayoría de los cisnes como descendientes suyos. 

Luz-del-Día y Nieve-Serena casi podían recordarlos 
días en que los cisnes de su raza no vivían silvestres en 
ninguna parte de Suecia y sí tan sólo domesticados en los 
lagos de los castillos. Pero un día se evadió una pareja de 
cisnes que fué a instalarse en la bahía de Hjelsta. Y de és- 
tos fueron naciendo todos los que habían llegado a reunir- 
se allí. Ahora había cisnes de su familia en varios de los 
golfos del Mllaren, así como en Tákern y en el lago de 
Hornborg. Los cisnes de la bahía de Hjelsta estaban muy 
orgullosos de ver a su familia propagándose de lago en lago. 

Los patos silvestres habían descendido al oeste de la 
bahía, 7 Okka inició seguidaní^ente su nado hacia los cisnes. 
El mensaje habíale causado mucha sorpresa, pero tenién- 
dolo como un gran honor no podía dejar de prestarles su 
ayuda por nada del mundo. 

Ya cerca de los cisnes miró hacia atrás para ver si los 
patos que la seguían nadaban a distancias iguales y en lí- 
nea recta. 



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N1L8 HOLOERSSOIfS 315 

— Ahora na4ad vivamente y bien — dijo a todos.— 
No miréis a los cisnes como si no hubierais visto jamás 
nada bello y no os preocupéis de lo que os puedan 
decir. 

No era la primera vez que hacía una visita al v¡e|o rey 
y a la reina de los cisnes. La habian recibido siempre con 
la distinción a que tenia derecho un pato tan notorio y 
que habfa viajado tanto. No obstante, resistíase a cruzar 
entre todos lob cisnes que formaban su acompaftamiento^ 
Jamás considerábase tan pequeña, gris y humilde como 
cuando estatuí con ellos, y a su paso les había oído más de 
una vez llamarle raro. y pobre anhnal; pero, prudentemen- 
te, nunca se habfía dado por aludida. 

Esta vez todo parecía marchar conforme a su deseo. 
Los cisnes se apartaban deferentemente y los patos silves- 
tres nadaban como en una avenida en la que los grandes 
43ájaros, blancos y sedosos, abrían calle. Estaban verdade- 
ramente hermosos cuando extendían sus alas como velas 
para presentarse más bellos ante los visitantes. No hicieron 
ninguna manifestación de desagrado y Okka no salía de 
su asombro ante su comportamiento. 

*- El rey ha debido darse cuenta de sus modos inco- 
rrectos y les habrá llamado la atención para que sean cor- 
teses — pensó para sí Okka. 

Mas, de repente, descubrieron los cisnes al pato blanco 
que nadaba el úHimo de la larga fila. Un murmullo de sor- 
presa y de despecho se escapó de los cisnes, que, con su 
delicadeza de modales, comenzaron a agitarse. 

— ¿Cómo es eso? r- S^ító uno. — ¿Es que los patos sil- 
vestres tratan de llevar también plumas blancas? 

— |No vayan- a imaginar que con eso van a ser cis- 
nesl — añadió otro. 

Y todos grital>an más y mejor, haciendo gala de sus 
voces fuertes y sonoras. Imposible resultaba convencerles 



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316 SELMA LAOCRLÓr 

de que era un pato doméstico el que les acompañaba. 

— Ese debe ser el rey de los patos, en persona. 

— {Qué insolencia! 

— Eso no es un pato, es un ánade doméstico. 

Los gritos se cruzaban; el gran pato blanco, recordando 
la orden de Okka, se bacía el sordo y nadaba todo lo 
rápidamente que podía. Los cisnes, cada vez más exaspe- 
rados, volvíanse agresivos. 

— ¿Qué es esa rana que lleva a la espalda? — preguntó 
uno. — Los patos creían, sin duda, que no reconoceríamos 
que esto es una rana vestida de hombre. 

Los cisnes, tan bien alineados al principio para dejar 
paso a los patos, agitábanse y nadaban en todas direccio- 
nes, empujándose para ver mejor al pato blanco. 

Okka había llegado justamente frente al rey de ¡os cis^ 
nes y se disponía a informarse sobre la ayuda que se había 
solicitado de ellos, cuando el rey observó la agitación que 
dominaba entre los suyos. 

—¿Qué ocurre? ¿No he ordenado que os mostréis 
amables con los patos? --dijo con voz desabrida. 

La reina partió para apaciguar a su pueblo y Luz-del- 
Día volvióse de nuevo hada Okka. Pero la reina volvió al 
punto, poseída de verdadero enojo. 

^Hay un pato blanco allá ^ gritó. — Esto es vergon- 
zoso. No me asombra que se revuelvan los nuestros. 

— |Un pato silvestre blanco!— exclamó el rey. — ¡Qué 
locura! No hay ninguno. Tú has debido equivocarte. 

En torno del pato los empujones habían llegado al 
límite. Okka y los otros patos trataban en vano de nadar 
hacia él. Entonces el viejo rey, que era más fuerte que 
todos, se lanzó adelante, apartando ios cisnes y abriéndose 
camino hacia el pato. Pero cuando vio al gran pato 
blanco, montó en cólera como los demás cisnes. Furioso, 
se precipitó sobre el pato y le arrancó dos plumas. 



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NILS HOLOBRSSONS 317 

— Esto te enseftará, pato, lo que cuesta venir adonde 
están los cisnes, ataviado de esa manera — gritó. 

— ¡Echa a volar, pato^ echa a volar! — ordenóle Okka. 
comprendiendo que los cisnes le arrancarían hasta su 
última pluma. 

— |Echa a volar, pato, echa a volar! — gritó también 
Pulgarcito. 

Pero el pato, cercado por los cisnes, no tenía bastante 
sitio para extender las alas. Por todas partes le tendían los 
cisnes sus vigorosos picos para desplumarle. 

El pato defendíase como podía, dando picotazos a dies- 
tro y siniestro. Los patos atacaron también a los cisnes, 
pero el resultado del combate no hubiera sido dudoso, de 
no recibir los patos un refuerzo inesperado. 

Una curruca, que veía lo que estaba sucediendo, lanzó 
un agudo piído como el que sirve a los pajaritos para ad- 
vertir la presencia de un gavilán o un halcón. Apenas hubo 
lanzado el mismo pudo por tercera vez, todos los pequeños 
que volaban por allí lanzáronse como flechas, en forma de 
un enjambre ruidoso, hacia la bahía de Hjelsta. 

Los débiles pajarillos lanzáronse sobre los cisnes. Les 
picoteaban los oídos, les cegaban con sus alitas y les ha- 
cían perder la cabeza, gritándoles: 

— ¡Tened vergüenza, cisnesl ¡Tened vergíienza, cisnes! 
El ataque de los pajarillos fué de corta duración; pero 

cuando ya habían escapado y los cisnes pudieron repo- 
nerse de la sorpresa, los patos silvestres habíanse echado a 
volar hacia la otra ribera. 

EL NUEVO PERRO QUARDIAN 

Afortunadamente para los patos, los cisnes eran dema- 
siado soberbios para perseguirles. Así es que pudieron 
dormir con toda tranquilidad en un campo convertido 
en cañaveral. 



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318 SeUlA LAOERLOr 

En cuanto a Nils Holgerssons, era tan grande el ham- 
bre que sentía, que no podía cerrar los ojos. 

— Es preciso que yo encuentre algo que comer— se 
decía. 

En este tiempo de inundación no era difícil encontrar 
un barquichuelo para ganar la orilla próxima. El mucha- 
cho saltó aolwe nnm tabla qne tas oüa habían empujado 
hacia los cañaverales, y provisto de un peqnctopaloloeíó 
navegar perchando hacia tierra. 

La alcanzaba ya, cuando oyó cierto chapoteo a su lado. 
Mantúvose quieto un momento, ojo avizor, y no tardó en 
descubrir un cisne hembra que dormía en su gran nido, a 
escasos metros de distancia. Vio también una zorra que se 
adentraba por el agua con el propósito de sorprenderle. 

-^¡Ea, ea! ¡Todos de pieF— gritó Nils. Y con la percha 
dio varios golpes sobre el agua. El cisne dio un salto, pero 
la zorra hubiera tenido tiempo, de atraparle, de no haber 
preferido lanzarse sobre el muchacho. 

Nils vio venir la zorra y echó a correr a la desesperada. 
Ante él extendíanse extensos y continuados campos. Nin- 
gún árbol al que poder subir, ningún boquete donde gua- 
recerse; no tenía más remedio que escapar como pudiera 
de la persecución. El chicuelo corría bien, pero compren- 
dió que no podía habérselas con ía ¡sorra. 

FelizmeiUe, era corta la distancia que le separaba de 
dos pequeñas cabanas cuyas ventanas estaban iluminadas. 
Nils corrió hacia la luz, convencido de que la zorra podría 
alcanzarle por el camino. La zorra iba a echarle la pata 
encima; pero Nils se escabulló con un brusco ademán. La 
zorra perdió con esto un poco de tiempo y en este instante 
tuvo Nils I9 suerte de tropezar con dos hombres que vol* 
vían del trabajo. 

Los dos hombres parecían fatigados. No hubieran visto 
a la zorra ni al muchacho, aunque ambos hubtiSea pasado 



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NIL8 HOLOER880N8 319 

ante sus narices. Níls no se creyó obligado a pedirles soco- 
rro. Contentábase con seguirles muy de cerca, creyendo 
que la zorra no se atrevería a aproximarse a loa hom- 
bres. 

Estos caminaron hasta llegar a una de las cabanas, 
donde entraron. Nils proyecteba seguir tras sus pasos, 
pero ya a la puerta vio un grande y temible perro guar- 
diáfi» muy peludo, que avanzó al encuentro de su amo. 
Esto le hizo cambiar de idea, quedando a la parte de 
afuera. 

— ¡Escucha, perro guardiánl —dijo en voz baja, una vez 
hubieron cerrado la puerta los hombres.— ¿Quieres ayu- 
darme a atrapar una zorra? '^ 

El perro guardián tenia la viste cansada; habíase hecho 
muy arisco y perverso a fuerza de permanecer atedo. A las 
palabras de Nils respondió con un ladrido furioso: 

— ¿Atrapar una zorra? ¿Quién eres tú para a burlarte 
de mi? Acércate mis y te enseñaré a no burlarte de mí. 

— No tengo miedo de acercarme— respondió Nils, co- 
loriendo hacia él. Al verle, quedóse el perro tan estupefacto 
que no pudo decirle palabra. — Yo soy el que llaman Pul- 
garcito y que acompaña siempre a los patos silvestres. ¿No 
has oído hablar de mi? 

—Creo, en efecto, que los gorriones han gorjeado algo 
referente a ti— dijo el perro.— Parece que has hecho 
grandes cosas. 

—He tenido, realmente, mucha suerte haste aquí— 
respondió el muchacho—; pero este vez soy mi^rto si tü 
no me salvas. Me persigue una zorra, que se ha ocultado 
detrás de este casa. 

— Yk la oMáteo— respondió el perro. — Pronto sal- 
drás de éste peligro. 

El peno comenzó a gruñir y ladrar» llegando todo lo 
kjoi que le permitte la cadena. 



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320 SCLMA LAOERLÓr 

—Ya no aparecerá por aquí en toda la noche— dijo 
contento de sí mismo y volviendo al lado de Nils. 

— Cs preciso hacer algo más que ladrar para comerse 
esa zorra — respondió Nils. — Va a volver y yo me he pro- 
metido que tú la cogerás. 

— Te burlas de mí — dijo el perro. 

— Vamos a tu garita y te expondré mi plan. 

El muchacho y el perro entraron en la garita. Pasó un 
momento, durante el cual se les oyó cuchichear. 

Algunos minutos después^ la zorra avanzaba el hodco 
tras una de las esquinas de la casa. Como todo estaba 
en calma, se deslizó al corral. En busca del muchacho 
husmeó hasta cerca de la garita, y sentándose sobre sus 
patas, a una distancia prudente, se dio a reflexionar sobre 
el modo de hacer salir a Nils de su escondite. De repente 
sacó el perro su cabeza y grufió: 

— iVete, si no te muerdo! 

— Estaré aquí hasta que quiera. No serás tú el que me 
haga levantar el campo— respondió la zorra. 

— ¡Vete! — gruftó el perro otra vez. -—Si no será esta la 
última noche en que trates de cazar. 

Pero la zorra no hizo más que reír con sorna y perma- 
neció quieta. 

—Yo sé muy bien hasta donde llega tu cadena — dijo. 

-* Ya te he advertido tres veces— aulló el perro saliendo 
de la garita. — ¡Tanto peor para ti! 

Dichas estas palabras dio un saKo y alcanzó la zorra 
sin ninguna dificultad, pues estaba suelto. El muchacho le 
había desprendido de su cadena. 

Hubo algunos instantes de lucha; pero la victoria fué 
del perro; la zorra yacía en tierra, sin movimiento. 

— Quieta, que si no te mato— grufió el perro. Y co- 
giendo a la zorra con sus dientes por el cuello, la arrastró 
hacia su garita. El muchacho se aproximó con la cadena. 



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NILS HOLOERSSCmS 321 

la puso al cuetk) de la zorra y la sujdó bien. La zorra no 
se atrevía a hacer ei menor movimiento. 

— Creo, Esmirra, que serás un buen perro guardián 
—dijo Nils a guisa de despedida. 



XXXIV 
LA LEYENDA DEL UPPLAND 



La lluvia cesó al dto siguiente; pero la tempestad conti- 
nuó sin tregua y la inundación iba en aumento. Poco des- 
pués de medio d(a hubo un brusco cambio y el tiempo se 
presentó soberbio: hacfa calor y la calma era completa. 

Cómodamente echado de espaldas sobre un blando 
campo de sauces acuáticos en plena floración, Nils con* 
templaba el cielo; dos pequeños escolares cargados con sus 
libros y sus saquitos de provisiones pasaron por un estre- 
cho sendero a lo largo de la ribera. Caminaban lentamente 
y revelaban un aire de tristeza e inquietud. Al llegar muy 
cerca de donde estaba Nils, sentáronse sobre las piedras y 
comenzaron a hablar de su desgracia. 

—La madre se enfadará mucho cuando sepa que tam- 
poco hemos sabido hoy la lección — dijo uno de los 
niños. 

—¿Y el padre?— añadió el otro tristemente. 

Y comenzaron a llorar al mismo tiempo. 

Nils pensaba de qué manera podría consolarles, cuando 
vio una viejecita que marchaba muy encorvada y que tenía 
una cara bondadosa y dulce, que avanzando por el sen- 
dero se detuvo frente a los muchachos. 

21 



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322 SBLilA LAOERLdr 

— ¿Por qué lloráis, pequefios? — le$ preguntó. . 
Los niños le refirieron que no habian sabido su lección 
y que tenían vergüenza de regresar a su casa. 

— ¿Qué lección ha sido ésa tan difícil? 

Y los nifios le contestaron que la lección había sido la 
del Uppiand. 

— Eso tal vez no sea fácil aprenderlo en los libros — 
dijo la andana—; pero yo voy a contaros todo lo que 
me enseñó mi madre acerca de este país. Yo no he ido 
nunca a la escuela y no he tenido instrucción, por lo tanto; 
pero he recordado siempre lo que mi madre me enseñó. 

< Pues bien — comenzó la viejecita, sentándose sobre 
una piedra — ; decía mi madre que hace mucho tiempo era 
el Uppiand el país más pobre y más humilde de toda Sue- 
cia. Estaba formado solamente de unos pobres campos 
arcillosos y de unas pequeñas colinas pedr^osas y luijas, 
como quedan todavía algunas en ciertos sitios, si bien nos- 
otros, que habitamos cerca del Mftlaren, no las hemos visto. 
En fin, siempre había sido éste un país pobre y miserable. 
El Uppiand sentíase despreciado por las otras provincias; 
pero esto llegó uti día a su térniino. El Uppiand se echó 
unas alforjas a la espalda y, empuñando un bastón en la 
mano, partió para implorar una limosna de lo^ que eran 
más ricos. 

El Uppiand marchó primero hacia la Escania« af sur. 
Se lamentó de su pobreza y pidió un pequeño pedazo de 
tierra. 

—No se sabe verdaderamente qué dar a todos estos 
mendicantes— respondió la Escania. — Pero esperad. Yo 
acabo de excavar algunas marjales y tu puedes llevarte la 
tierra que he sacado, si has de poder emplearla. 

El Uppiand aceptó, dio las gracias y reanudó su mar- 
cha. Subió hasta la Vestrogocia. Allí proclamó de nuevo 
su miseria. 



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N1L9 HOLOERSSONS 323 

—No puedo darte tierra— respondió la Vestrogocia. 
No hago el regalo de mis ubérrimas campiñas a los men- 
dicantes; pero si quieres uno de esos pequeños rios que 
serpentean en mi gran llanura, puedes tomarlo. 

El Uppland aceptó, dio las gratias y marchó hacia el 
Halland. 

—No soy mucho más rico que tú en tierras— dijo 
el Halland — ; pero si estimas que pueden serte de alguna 
utilidad, desprende del suelo algunos montículos pedrego- 
sos y te los llevas. 

El Uppland, doblegándose bajo su alforja, fué a ver al 
Bohuslán. AHÍ obtuvo permiso para recoger cuantos islotes 
pelados quisiera. 

— Eso no restycive gran cosa— dijo el Bohuslán-; 
pero son buenos para abrigarse contra el viento. Podrán 
serte útiles porque tú vives como yo, en la costa. 

El Uppland se mostraba reconocido a todas estas limos- 
nas; no rechazaba nada, si bien lo que todos le daban 
eran cosas de las que no tenían necesidad. El Vermland le 
dio un poco de su suelo montañoso; el VestmaiUnd una 
parte de las largas montañas que lo atraviesan. La Ostro- 
goda le hizo él regalo de un rincón de su salvaje foresta 
de KMmarden, y el Esmaland casi le llenó la alforja de 
marísmaSi de p«daioa de tierra y de matorrales. 

La Sudermania no quiso deshacerse más que de algunas 
bahías del Málaren; la Dalecarlia quería demasiado a sus 
tierras para darias; en cambio, le creció una parte del 
río Dah 

Finalmente, eWppland recibió del Nerke algunas de 
sus tierras de secano de las riberas del Hjalmár. Sus alfor- 
jas estaban ya tan llenas que decidió no seguir vagabundo; 
y volvióse hacia su casa. 

Después de vaciar sus alforjas hizo eljnventario de 
cuanto había recogido. Al verlo todo pensó que era una 



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324 SCLMA laoerlOf 

grin colección de barreduras las que había recibido, y 
se preguntaba suspirando qué destino iba a dar a todo 
aquello. 

Pasó tiempo. El Uppland no abandonaba su casa, ocu- 
pado en arreglar sus asuntos. 

Por entonces comenzóse a discutir dónde debia habitar 
el rey y dónde habría de establecerse la capital de Suecta. 
Todas las provincias se reunieron para deliberar y, como 
era de esperar, todas pretendían acaparar ai rey, lo que 
motivó la más viva discusión. 

— Mi opinión es que el rey debe elegir, entre todas, la 
provincia más capaz y la más sabia— dijo el Uppland. 

Todo el mundo se mostró conforme con esta proposi- 
ción y decidióse al punto que la provincia que manifestara 
la mayor inteligencia y aptitud alojara al rey y tuviera la 
capital. 

Apenas volvieron a sus casas, las provincias recibieron 
una invitación del Uppland para asistir a un banquete. 

— ¿Qué es lo que esa pobre tierra puede ofrecernos? — 
dijeron dcadeñosamente. 

No obstante, aceptaron la invitación. 

Llegadas al Uppland, no salían de su asombro al ver lo 
que se les iba mostrando. Encontraron la provivcia trans- 
formada: en el interior elevábanse granjas soberbias, las 
costas estaban adornadas de villas y chalets y las aguas 
repletas de navios. 

— Es una vergüenza mendigar cuando se vive de este 
modo — murmuraban. 

— Os he invitado para agradeceros vuestros regalos — 
dijo el Uppland—; porque, gracias a vosotros, conozco la 
prosperidad que actualmente disfruto. A mi regreso 
comencé a trabajar para encauzar el río Dal hacia mis 
dominios. Me las arreglé de modo que me proporcio- 
nase dos saltos de agua magníficos: uno en Soderfórs y el 



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NILS HOLOERSSONS 325 

otro en Elfkarleby. AI sur del rfo, en Danemora, he colo- 
cado el suelo rocoso que me habfa dado Vermland, Su- 
pongo que el mismo Vermland no se fijó bien en lo que 
me regalaba, porque estas rocas no son más que excelente 
mineral de hierro. All{ también he plantado el bosque que 
me dio la Ostrogocia. De esta manera yo tengo en el mismo 
punto, mineral, saltos de agua y un bosque que me abaste- 
cerá de carbón vegetal, lo que evidentemente hará que sea 
este un rico distrito minero. 

Después de haber arreglado igualmente el norte, he 
extendido las montañas del Vestmanland hasta el Malaren, 
formando promontorios, cabos e islas, que se han cubierto 
de verdura y se han hecho bellas como jardines. Las ba- 
hías que me concediera la Sudermania las he hecho entrar 
muy profundamente, como si fueran fiordos, en el país que, 
merced a esto, ha quedado abierto a la navegación y al co- 
mercio del mundo. 

Ya el norte y el sur acabados, me he dedicado a la costa 
del este, de donde he sacado gran provecho de los escollos, 
de los pedregales, de los matorrales y los arenales que me 
habíais dado, y que he lanzado al mar. De ahí todas mis 
islas y mis islotes que tan útiles me han sido para la pesca 
y la navegación y que cuento entre mis bienes más pre- 
ciados. 

Hecho esto no me quedaba de vuestros regalos más 
que las tierras pantanosas que había recibido de la Escania. 
Las be extendido en medio de los campos y ahora forman 
la fértil llanura de Vaksala. Ai perezoso riachuelo que me 
dio la Ostrogocia, le be trazado un camino a través de esta 
llanura para establecer una comunicación cómoda con el 
Malaren. 

Las otras provincias comprendieron entonces lo que 
haMa pasado; no sin despecho reconocieron que el Uppland 
había sabido atender sus asuntos. 



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326 SELMA LAOERLdP 

— Has hecho grandes cosis con pocos medios — dije- 
ron. — De todas nosotras eres ia que ha sabido demostrar 
mayor capacidad y mayor aptitud. 

'Acepto vuestras palabras— dijo el Uppland. — Yya 
que habláis así seré yo la que aloje al rey y ostente la capi- 
talidad. 

Las otras provincias mostráronse furiosas, pero no pu- 
dieron desdecirse de sus palabras y de lo que entre ellas 
habían decidido. 

Y el Uppland tuvo el rey y la capital y se convirtió en 
la primera de las provincias. Y con esto no se hizo más 
que justicia, porque la inteligencia y la aptitud son las cua- 
lidades que todavia hoy hacen un príncipe de un mendigo. 



XXXV 

EN UPSALA 

LOS ESTUDIANTES 

Jueves, 5 de mayo 

En la época en que Nils Holgerssons recorría el país en 
compañía de los patos sílvestreSi vivía en Upsala un joven 
y ejemplar estudiante. Habitaba en una pequeña buhardilla 
y era tan frugal en su alimentación qucí al decir de la gente, 
apenas si probaba bocado. Ponía todo su entusiasmo en el 
estudio, con lo cual lograba aprender sus lecciones antes 
que los demás, sin que su aplicación le impidiera pasar 
buenos ratos al lado de sus camaradas. Era lo que debe ser 
un estudiante. No tenia defectos graves, pues no puede 
contarse como tal ser mimado por la suerte, a lo cual es 
difícil substraerse, al menos en la primera edad. 



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NILS H0L0ERS80NS 327 

Cierta mañana, al despertarse, comenzó a reflexionar 
sobre lo bien que lo pasaba. Todos le querían, lo mismo 
sus compañeros que sus profesores y, además, ¡le iba tan 
bien en sus estudiosL.. «Hby — se decía — es mi último 
examen; pronto habré terminado y, en seguida, obtendré 
una colocación y con ella un buen sueldo. ¡Pero qué suerte 
tengo! 

Los estudiantes de Upsala no estudian reunidos, como 
los chicos en la escuela, sino cada uno en su casa y en su 
habitación. Unja vez sabida la asignatura acuden al profe* 
sor para que les examine. A este examen le llaman «tén- 
tame> y era precisamente el último y el más difícil el que 
aquel día iba a sufrir nuestro estudiante. 

En cuanto se hubo vestido y tomado el desayuno, se 
sentó a su mesa de estudio para echar una postrera ojeada 
a sus libros. Es innecesario — pensaba *- porque estoy bien 
preparado, pero no quiero dejar de seguir estudiando 
hasta el último momento, para no tener nada que repro- 
charme. 

Poco después oyó llamar a su puerta y vio entrar a un 
compañero suyo con un paquete bajo el brazo. Este mu- 
chacho era de muy distinta condición que la del que 
estaba estudiando. Era retraído y vergonzoso y de mí- 
sero aspecto. Se había dado por completo a )qs libros, que 
eran su linica afición. Se decía de él que era muy inteli- 
gente, pero tan medroso y apocado que jamás se atrevió 
a sufrir un examen. La opinión general era que no haría 
camino. 

Su visita tenía por objeto invitar a su compañero a leer 
un libro que había escrito y acerca del cual deseaba que le 
indicara su parecer. 

El que podía llamarse afortunado, prometió a su cama- 
rada leer las cuartillas tan pronto le fuera posible, y el 
paquete quedó sobre la mesa. Quárdalo bien — decía el in- 



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328 SCLMA LAOeRL6P 

tcresado -- ; me lia costado ciaco años de trabajo y si des- 
apareciera no podria escrtbirto de nuevo. 

•--No temas --replicó su compañero — ; no saldrá de 
casa. •*- CoQ esto el visitante se despidió contento. 

Al quedar solo nuestro estudiante» abrió el legajo, atraído 
por la curtoskiadi y vio que dichas páginas tenían por 
epígrafe cHistoria de la ciudad de Upsala», cosa que le 
fué muy grata. Como quiera que el consultado amaba 
muy especialmente esa ciudad, púsose acto continuo a la 
lectura, diciéndose: t No importa que dedique un rato a 
estas páginas, ya que insistir en mis estudios no me sefá 
provechoso.» 

Con tanta avidez leyó, que no levantó la vista de las 
cuartillas en varias horas. Al concluir se bailaba muy aatis- 
fecho y se decía: «¡Vaya un muchacho de talento! Cuando 
el libro se publique, su porvenir quedará asegurado. |Con 
qué placer le diré cuánto me ha gustado su libro!» 

Ileunía las cuartillas para dejarlas sobre la mesa, cuando 
sonó el reloj. 

^ iCaramba, es la hora de acudir al examenl— y se dis- 
puso a recoger de otra habitación de la buhardilla su traie 
negro. Como sucede a menudo cuando se lleva prisa, hubo 
de perder un buen rato, pues la cerradura no funcionaba 
bien. 

Cuando reapareció dio un grito de sorpresa* Al salir 
había dejado abiertas la puerta y la ventana que estaba 
junto a la mesa, y la corriente se haibía ido llevando las 
cuartillas del manuscrito. Se apresuró a poner la mano so- 
bre las cuartillas» pero sólo quedaban ya sobre la mesa cosa 
de una docena» Las restantes biailaban por el patio y los 
tejados. 

Vio que en ellos yacían aun algunos papeles que acaso 
hubiese podido salvar de no depender de los exámenes, 
pero considerando que ante todo debía ocuparse de lo 



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NIL8 HOLOERSSONS 329 

suyo, por tratarse de su porvenir, cambió de traje y fué en 
busca de su profesor. 

Comenzó el examen sin que el estudiante pudiese olvi- 
dar lo ocurrido con las cuartillas. «¿Qué dirá ahora mi po- 
bre compañero, que ha estado trabajando en ellas cinco 
afios y no se halla con fuerzas para escribirlas de nuevo? 
No sé como darle esa triste noticia.» 

Era tanta su preocupación, estaba tan apesadumbrado, 
que no se enteraba de las preguntas del profesor ni sabia 
lo que se decia. El profesor quedó extrañado y no pudo 
por menos que suspenderlo. 

Al pisar de nuevo la calk se sintió muy desdichado. 
«Ahora voy a perder mi colocación y de ello tiene la culpa 
.ai compañero. ¿Por qué diantre se k ocurriría venir con 
i roant»crito precisamente hoy? Hete ahí lo que tiene ser 
.- rvfcial.» « 

Mientras calo pensaba dio con su compañero. No se 
¡ revfia a declararle hi desaparición de las cuartillas, e in* 
t «tó pasar por su lado sin dirigirle la palabra; pero como 
» íiera que el otro se hallaba a su vez inquieto por el con- 
< pto que hubiera podido merecerle el libro, le cogió por 
ti brazo y le preguntó st habfa comenzado a leerlo. «He 
estado de exámenes», contestó el interrogado, intentando 
continuar so camino; pero como el otro imaginara que su 
compañero esquivaba hablarle porque el libro no le habfa 
gustado, dijo a su amigo y compañero, on poco triste: «Fí- 
jale en lo que te digo: si el libro no sirve, no quiero volver 
a verlo. Léelo cuanto antes y dame tu opinión y, si es des- 
fsfevorable, quémalo». Y dicho esto alejóse de su compañero. 

Al quedar éste solo quiso llamar al que partía, pero se 
contuvo. Fuese a casa y poniéndose en traje de diario se 
lanzó por calles, plazas, parques y patios en busca de las 
cuartillas perdidas, sin poder dar ni siquiera con una de 
ellas. 



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330 SELliA LAOERLÓr 

Después de dos horas de buscar en vatio» sintió tanta 
hambre que hubo de marcharse a comer, y en el comedor 
donde solía hacerlo volvió a encontrar a su amigo. Este 
fué en seguida a preguntarle por el libro. cPrometo bus- 
carte ésta noche y hablarte de éU díjole para terminar 
cuanto antes. El otro, demudado, pues seguía creyendo 
que el libro le había hecho mala impresión, le dijo: « Ten 
presente que si no te gusta es preciso que lo quemes», 
y se fué. 

El estudiante que perdiera las cuartillas siguió buscin- 
dolas por la ciudad hasta bien obscurecido, y cuando diri- 
gíase desalentado a su casa, se encontró con un par de 
camaradas que iban a la fiesta de la primavera, c ¿Dónde 
te has metido— le preguntaron— que no has e^ado con 
nosotros en la fiesta?» c ]Ah, maldito de mí si me acordaba 
de ello!» Y mientras hablaba acertó a pasar junto a ellos una 
linda muchacha que siempre le había gustado. No le miró 
siquiera; pero se puso a hablar muy afablemente con otro 
estudiante y entonces nuestro protagonista recordó que 
había convenido en encontrarse con esa muchacha en la 
fiesta de la primavera y había faltado a la cita. « ¿Qué 
pensará— se decía— esa muchacha de mí?» 

Quiso seguirla para darle explicaciones, cuando oyó a 
uno de sus compafleroSi que Stemberg, el muchacho escri- 
tor, había enfermado de repente aquella tarde. «No es cosa 
grave«-dt]o el otro-^es algo relacionado con el corazón: un 
ataque que puede reproducirse. El médico cree que algún 
disgusto ha de haberlo motivado, y que su curación ppdria 
alcanzarse con hacer desaparecer hi causa.» Poco después 
nuestro estudiante se reunía con su compañero, el joven 
escritor, el cual se hallaba postrado en el lecho, pálido y 
desencajado. « He venido a hablarte de tu libro; es una gran 
obra; no conozco otra mejor. » 

El escritor al oír esto, con un supremo esfuerzo se in- 



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NIU HOLOCR880N8 331 

corporó, y dijo con asombro a su compañero: « Siendo 
así, ¿cómo has podido expresarte esta tarde del modo que 
lo has hecho?» 

^ Es que me encontraba de malhumor porque me han 
suspendido en los exámenes. Por lo demás, no crefa que 
dieras tanta importancia a mi opinión. 

El enfermo fijó en él una mirada interrogativa. «Esto lo 
dices porque sabes que he enfermado y quieres conso- 
larme.» 

— No tal» tu obra es una gran obra; puedes creerlo. 

— ¿Entonces no la has destruido como te pedí? 

— Ni que estuviera loco. 

— Tráemela, pues, y te creeré. 

Y diciendo esto reclinó la cabeza en la almohada con 
tal abatimiento, que nuestro estudiante temió que a su com- 
pañero le repitiera el ataque. 

Acongojado, tomó las manos del enfermo entre las 
suyas y le relató el suceso de las cuartillas, lamentando el 
gran' perjuicio que le proporcionaba. 

— Eres demasiado bueno — contestaba el enfermo.— 
No me vengas con historias. Comprendo bien que hayas 
cumplido mis instrucciones, destruyendo mi manuscrito 
por carecer de valor, y que ahora no quieras confesarlo, 
ante el temor de que yo no pudiese soportar la noticia. 

El estudiante insistía en que le decía la verdad y el 
enfermo en no creerle, a menos que le preseníara el ma- 
nuscrito; y viendo que éste empeoraba, nuestro estudiante 
se marchó por miedo a perjudicarle. 

Cuando llegó a su casa estaba rendido; casi no podía 
sostenerse en pie. Tomó una taza de te y se fué a acostar, 
sin esperanzas de conciliar el sueño. Mucho había sufrido, 
pero esto no le atormentaba tanto como pensar que había 
causado la desgracia de otro. 

A pesar de su estado de ánimo se durmió en seguida 



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332 seuwA LAOERLdr 

sin haber llegado a apagar la buj{a que ardia sobre la mesa 
de noche. 

FIESTA DE LA PRIMAVERA 

Qracias a la corneja Bataki, el liliputiense Nils Holgers- 
sons se hallaba en Upsala. Cierta noche en que el peque- 
ñuelo se hallaba contemplando los cielos, vio venir volando 
entre las nubes a la referida corneja, la cual entabló con- 
versación con él, como si fueran los mejores amigos. 

EMjole la corneja que tenfa una deuda con él por no 
haberle dicho donde se hallaban los filones de la herencia 
que constituyeron la mejora de la hermana, y que venía 
ahora para revelarle, en compensación, otro secreto que 
le permttirfa volver a ser hombre. 

La corneja creyó que el chiquillo pronta mordería el 
anzuelo, en lo cual se equivocó de medio a medio, porque 
éste le contestó que no tenfa interés en saberlo, ya que 
conocía muy bien que, después de viajar con el pato Manco 
hasta la Laponia y de regresar con él a la Escania, volvería 
a convertirse en hombre. 

La corneja le dijo que era conveniente conocer algún 
otro medio para conseguir lo que deseaba, y asintiendo a 
ello el liliputiense, aquélla le invitó a montar sobre su 
espalda y a seguirle en su vuelo. 

El chiquillo se halló isn poco perplejo por no inspi- 
rarle la corneja una completa confianza, pero ésta le dijo: 

— ¿Acaso no te atreves a venir conmigo?— Y é), por 
mostrarse valiente, montó al punto. 

Le llevó a Upsala y le colocó sobre un tejado dtciéndole 
que mírase bien en derredor, y preguntándole quién podría 
dirigir aquella dudad. 

Era grande y hermosa y ocupaba el centro de una lla- 
nura muy bien cultivada. Tenia muy hermosos edificios y, 
en un pequeño montículo, un castillocon dos grandes torres. 



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NILS HOLOCRSSONS 333 

— ¿Vivirá aquí algún monarca con su corte? 

— Así fué en la antigüedad — dijo la corneja— pero 
aquéllo ha concluido. 

Se fijó en la iglesia, cuyas elevadas torres brillaban a la 
luz de la tarde, y dijo: 

— ¿Reside aquí aJgún obispo? 

— Existieron, sí, arzobispos tan poderosos como los 
reyes y, aunque hoy sigue siendo sede arzobispal, no es ya 
el arzobispo quien manda. 

— Entonces no sé quien pueda ser^. 

— Aquí manda la sabiduría, y todos esos grandes edi- 
ficios que estás viendo han sido erigidos en honor de 
aquélla y de los hombres — ; y Bataki le mostró por las 
ventanas abiertas la gran bibitoteca colmada de libros, la 
suntuosa universidad con sus hermosas aulas, el llamado 
Qustavianum, con su gran colección de animales diseca- 
dos, su jardín botánico y su observatorio astronómico. 

La corneja hizo observar a NUs Holgerssons cuan her- 
moso era aprender a curar las enfermedades, saber lo que 
había sucedido en el mundo, hablar todos los idiomas, 
conocer la ruta del sol, la luna y las estrellas en los espa- 
cios celestes, distinguir el bien del mal y la verdad del 
error. Luego le hizo ver la fiesta anual de la primavera 
que celebraban los estudiantes. 

Iban en procesión hacia el jardín botánico, donde debía 
verificarse la fiesta. Sus gorras blancas lucían como flores 
de igual color en la penumbra de la calle. Un blanco 
estandarte, recamado de oro, les servía de guia y ellos iban 
detrás, entonando cantos a la primavera. Era esto de un 
efecto tan sorprendente, que Nils Holgerssons llegó a creer 
que no eran ellos los que cantaban, sino algo que sobre 
ellos vagaba; que no eran los estudiantes los que cantaban 
a la primavera, sino la primavera la que cantaba a los estu- 
diantes. Nunca hubiese creído que la voz humana fuera 



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334 8ELMA LAOERLÓr 

capaz de producir sonidos que tuviesen tal encanto. Traían 
el recuerdo del susurro del viento en las copas de los árbo- 
les y el murmullo de las olas del mar. 

Cuando los estudiantes entraron en el jardín, donde 
los verdes macizos servían de base ai alumbrado, y los bro- 
tes de los árboles estaban a punto de abrirse, detuviéronse 
ante una tribuna, donde subió un joven muy apuesto para 
pronunciar un discurso. 

Esta tribuna se alzaba junto ai invernadero y en su te- 
cliumbre colocó la corneja a NHs HolgerSsons para que 
pudiera ofr mejor los discursos. 

Después del primero hablaron otros varios oradores» 
y ocupó la tribuna un caballero ya anciano, que dijo que 
la mayor felicidad de la vida consistía en ser joven y pasar 
en üpsala la juventud. Dijo también que entre camaradas 
de nobles sentimientos, lo denso se hacía ligero, lo triste 
se olvidaba fácilmente y las esperanzas se cimentaban. 

Tras ios discursos reprodujéronse los cantos y después 
de éstos pronunciáronse nuevos discursos. El pequefto 
nunca basta entonces había podido imaginar que unas pa- 
labras engarzadas con otnsí piiákraii teaer la virtud de 
causar tanta alegría y tan estimulante entusiastna 

N9 todos los que pululaban por el jardín eran estu- 
diantes. Había también lindas jóvenes con trajes claros y 
sombreros propios de la temporada, y muchos hombres, 
que habían acudido deseosos de presenciar la fiesta estu- 
diantil. 

A veces había pausas entre los cantos y los discursos, y 
entonces diseminábanse las gentes por el Botánico, hasta 
que un orador congregaba en tomo suyo a los paseantes. 
Y así discurrió la fiesta hasta anochecer. 

Entonces dijo la corneja a Pulgarcito: 

— Voy a decirte ahora cómo podrás ser hombre de 
nuevo. Bastará con que encuentres a alguien que te diga 



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NILS HOLOERSSONS 335 

que quisiera hallarse en tu lugar y hacer un viaje con ios 
patos silvestres. 

— No puedo creer que sea posible encontrar a alguien 
que se ofrezca a ocupar mi sitio — dijo el cbicuelo como 
resumen de aquella conversación. 

— No es tan imposible como crees — replicó la corne- 
ja. Y tomándole sobre sus espaldas, llevóle hacia la ciudad 
y detúvose en un tejado, frente a la ventana de una habita- 
ción iluminada por una lamparilla. La ventana estaba en- 
treabierta y en ella estuvo un buen rato nuestro liliputiense, 
pensando en la felicidad que aparentaba aquel estudiante 
que dormía allí. 

LA PRUEBA 

En esto despertóse el estudiante y cual no serfa su ex^ 
trañeza al ver que la lamparilla que dejara encima de la 
mesita de noche, y que creyó apagar, continuaba ardiendo. 
Al incorporarse para apagarla, vio que en la mesa de es- 
critorio, junto a la ventana, había algo que se movía. 

La habitación era pequeña, y como de la cama a la 
mesa había poca distancia^ podía ver el estudiante los li- 
bros, papeles, retratos, la lamparilla de alcohol y la bande- 
ja de té, con sus adminículos; pero lo más extraño era que 
con la misma claridad distinguía también un duendecillo 
que, inclinado sobre la mantequera, preparábase un trocito 
de pan con manteca. 

Lo que le había acontecido el día anterior habíale lle- 
vado a tal extremo, que no sintió miedo alguno, y hasta 
encontraba muy natural que el tal duendecillo hubiese en- 
trado en su aposento a satisfacer el hambre que pudiese 
sentir. Acostóse de nuevo sin apagar la luz y como en es- 
tado de somnolencia continuó observando al liliputiense. 
Este habíase sentado sobre una máquina de copiar y sabo- 
reaba tranquilo los residuos o migajas de la cena del estu- 



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336 seuiA LAOtiRL5r 

diante, espedalmcnte las cortezas de queso, que debían pa* 
reccrle un manjar suculento por lo que se relamia al mor- 
derlas. 

Mientras comió no quiso molestarle el estudiante; pero 
una vez hubo terminado» entabló con ¿I la signlente con- 
versadóo. 

— Oye, ¿tú quién eres? 

El liliputiense, sobresaltado, corrió taicia la ventana; 
pero al observar que el estudiante continuaba tranquilo en 
la cama sin tratar de perseguirle, se detuvo para responder: 

— Soy Nib Holgerssons, de Vestra Vemmenh<^; soy 
una persona como tú, pero fui transformado en diminuto 
liliputiense, y desde entonces ruedo de un lado para otro 
con los patos silvestres. 

~ Es muy raro lo que me cuentas — contestó el estu- 
diante. 

Y empezó a preguntarle basta saber cuanto le había 
acontecido. 

— Lo debes pasar muy bien — comentó el estudiante. 
— ¿Quién pudiera hallarse eo tu lugar, libre de toda ciase 
de preocupaciones? 

La corneja Batski, que había permanecido junto a la 
ventana, dio un picotazo sobre el cristal al oír esto. Nils 
comprendió muy bien lo que esto significaba y que no de- 
bía perder la ocasión. 

— iOh!-— exclamó el liliputiense. — Tú no querrás cam- 
biarte por mí. El que sea estudiante no debe querer cam- 
biarse por nada ni con n«lie. 

— Lo mismo pensaba yo ayer al levantarme; pero si 
supieras todo lo que me ha pasado luego, comprenderías 
que todo ha cambiado para mi y que lo mejor sería mar- 
charme con los patos silvestres. 

Bataki volvió a golpear el cristal de la ventana y Nils 
esperó con emoción que el estudiante pronunciara la pa- 



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1^ 






es 

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NIL8 H0L0£RS80NS 337 

labra precisa para la transformación, que ya conocía por 
habérsela dicho la corneja. 

— Ya te he dicho cuanto se relaciona conmigo; ahora 
dime tú (o que te ha pasado. 

El estudiante, contento al ver que había alguien a quien 
interesaba Jo que le había sucedido, refirióle sus motivos 
de angustia, diciéndole, finalmente, que a lo que no podía 
avenirse era a haber causado la desgracia de un compañe- 
ro, por lo que preferiría encontrarse en el lugar de su in- 
terlocutor y volar con los patos. 

La corneja picoteó por tercera yez en la ventana y el 
chicuelo quedó quieto y silencioso largo rato, con la mi- 
rada extraviada. 

— Espera un poco--dfjole con voz queda al estudiante. 
— Pronto sabrás de mi* 

Y a pasos lentos, como cuadra al que medita, cruzó 
por encima-de la mesa y desapareció por la ventana. Cuando 
llegó al tejado, los primeros destellos solares de aquel anm« 
necer envolvían la ciudad de Upsala con resplandores re- 
sáceos. 

— ¿Qué te pasa? — le preguntó la corneja. — Ahora ya 
has perdido la oportunidad de convertirte en hombr(p. 

— Poco me importa. No tengo interés en ocupar el si- 
tio del estudiante, porque a causa de las cuartilla^ que el 
viento se llevó, sólo me sobrevendrían disgustos. 

— Si es por esto no debes preocuparte — respondió 
Bataki — ; yo te las proporcionaré. 

— Ya sé que puedes hacerlo; pero aquí sólo se trata de 
que lo quieras hacer. 

La corneja, sin contestar, salió volando y poco después 
volvía con dos cuartillas. Y con la presteza de la golon- 
drina cuando aporta materiales para su nido, voló otras 
veces y cuartilla tras cuartilla fué trayéndolas todas, hasta 
quedar completa la obra soore la misma mesa del estudiante. 

n 



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338 88IJIAA Lionudr 

<- Qrtci&s— dijo Nils a la corneja -- alM)ra hablaré al 
estudiante. 

Este« al par que se dcMyunaba» iba ordenaado las cuar- 
tillas recuperadas. 

— Erea un tonto ^ le dijo a Nila la corneja.— ¿De qué 
le va a servir una nueva cooversadáA con éi, si ya tiene 
sus cuartillas? No esperes que nunca mis vuelva a decirle 
que quisiera hallarse en tu lugar. 

Nils conlemplaba al estudiante» que en mangas de ca* 
misa saltaba y corría alegreoMnle en su pequeña babilar 
cián» y de súUia exclama, dirigiéndose a la corneja: 

— Comprendo que hayas querido poserne a prueba. 
Creíste que yo hubiera podido dejar que el pato blanco 
bicteae aoio su difícil camino, nsíentras yo^ convertida en 
persona, disfrutara la ventaja de pasarlo bien; pero cunndo 
el estudiante me refirió su historia» me di cuenta de lo bo- 
chornoso que resulta abandonar a un camarada en laa ho- 
ras de apuro^ y esto no lo haré yo nunca. 

Balaki rascóae el cuello con su pata, en actitud pensati* 
va; sintió cierto rubor por lo que había hecho y tomando 
sobre s( al liliputiense, le llevó volando hacia donde estaban 
los patos silvestres. 



XXXVl 

FINDUVET 

LA CIUDAD QUE FLOTA SOBRE EL AQUA 

Viernes, 6 de mavo 

No hay nadie más dulce en el trato ni dotado de mejor 
corazón que la patita cenicienta Finduvet. 

Todos los palos silvestres la amaban mucho y el pato 



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miM HOLOE9S60NS 339 

bianco era de los que se «rroiarfan al fuego por ella. Cuafi- 
do Finduvet pedía alguna cosa, ni la misma Okka se atre- 
vía a negársela* 

Apenas llegada al lago Malaren, reconoció el paisaje. 
Más allá del lago se extendía el mar, donde sus padres y 
sus hermanos habitaban un pequeño islote. Y sottcitó de 
k» patos silvestres dar una vuelta por alK, antes de em* 
prender el vuelo hacía el norte. (Se alegrarte tanto su fami- 
lia al verla! Fué tan insistente su ruego; que todos acabaron 
por ceder, aunque los patos silvestres llevasen gran retnn 
so, ai bien la vuelta que iban a dar no alargaría el viaje 
más de un día. 

Pusiéronse en eamino por la mañana, después de una 
bnena comida, volando hacia el este por eneima del Ma* 
hvcn. h4ils iba observando que, a medida que avanzaban, 
se vete más gente en tes riberas y era mayor la animación 
en el lago. Chalupas y veteros, goletas y barcas de pesca- 
dores, navegaban en la misma. dirección; multitud de t>o- 
«los vapores blancos cruzaban ante ellos y les dejaban 
alfas. En tes riberas vétense caminos de hierro y carrete^ 
rM que llevaban haete el mismo sitio. Evidentemente, alü 
abajo había a^n punto adonde lodos tenían prisa por 
Ikgar. 

Sobre una de tes islas distinguió un gran castillo blan- 
co; tt» poco más lejos las riberas cubríanse de vilhs, prí* 
mero se|»radas a grandes trechos, después estrechándose 
más y más y, por áltimo, se tocaban unas a otras alineán- 
dose en fites no interrumpidas. Las había de todos los es- 
tilos. Algunas tenten ti aspecto de castHlos y otras parecían 
humildes granjas. Muchas estaban rodeadas de jardín; pero 
tes más esteban construidas en el bosque que bordeaba el 
tego. Por desemqariles qne fuesen estas viltes, no defaban 
de tener un rasgo común; no eran casas grandes y de cons- 
trucción severa; todas estaban pintedas en colores vivos 



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340 SCLMA LAOCRLÓr 

de verdei azul» blanco y roío, como si fueran casas de mu- 
ñecas. 

De repente, Finduvet lanzó un grito: c |Miradl ¡Esa es 
la ciudad que flota sobre el agua! > 

Nils fijó su atención, sin ver otra cosa que brumas y li- 
geras neblinas que flotaban sobre el lago. Después entre- 
vio veletas puntiagudas y algunas casas con lai^gas hite ras 
de ventanas. Estas casas surgían y desaparecían a cada ins- 
tante entre la bruma. No se veía ninguna franja de tierra. 
Todo parecía reposar sobre el agua. 

Ahora iban desapareciendo las villas de las riberas; no 
se percibían más que las moles sombrías de las fábricas. 
Depósitos de madera y de carbones ocultábanse tras altos 
paredones; grandes vapores estaban amarrados ante los 
embarcaderos negros y polvorientos. Lm ligera bruma 
transparente que bañaba todo esto, transformaba, alargaba 
extrañamente el paisaje y no dejaba de revestirle de cierto 
esplendor. 

Los patos silvestres dejaron tras ellos las fábricas y los 
transportes y se aproximaron a los círculos brumosos. De 
golpe desvanecióse la niebla^; por sobre sus cabezas flota* 
ban todavía algunos ligeros fragmentos neblinosos, delica- 
damente coloreados de rosa y azul pálido; la masa princi- 
pal apelotonábase sobre la tierra y las aguas, ocultando la 
parie baja de las casáis, de las que no se veía nada más que 
los tejados, las torres, los aleros y las fachadas más altas. 

Nils comprendió que volaban sobre una gran ciudad. 
A veces, abríase un intersticio en la masa brumosa y des- 
cubríase un río de corriente rápida y rumorosa, pero no 
la tierra. 

Más allá de la ciudad descubrió Nils nuevamente, a tra- 
vés de la bruma menos densa^ riberas, agua e islas. Volvió 
la cabeza, esperando ver mejor la ciudad; pero fué en vano; 
el espectáculo era todavía más fantástico» La neblina vagaba 



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NILS HOLOERSSONS 341 

vivamente coloreada por el sol, rosácea, azulina, anaranja- 
da. Las casas eran blancas y tan intensamente iluminadas 
por el sol, que se hubiera dicho que eran de luz. Los vi- 
drios y las flechas brillaban como en un incendio. Y la 
ciudad seguía flotando sobre el agua. 

Los patos silvestres volaban rectamente hacia el este. 
A la primera impresión, el paisaje era parecido al del Ma- 
laren, pero pronto echóse de ver que los mantos de agua 
eran más extensos y las islas más grandes. La vegehrción 
era más pobre y los árboles con hojas, más raros cada vez, 
cedían el sitio a los pinos. Las villas habían desaparecido; 
no se veían otros edificios que granjas y cabanas de pes- 
cad ^res. 

Más allá todavía no se descubría ninguna gran isla ha- 
bitada; el agua estaba sembrada de infinidad de pequeños 
islotes y escollos; el mar extendíase ante los viajeros, vasto 
e ilimitado. 

Los patos descendieron sobre un paraje rocoso, y Nils 
preguntó a Pinduvet: 

— ¿Qué ciudad es ésa que hemos atravesado? 

•^ No sé el nombre que le hayan podido dar los hom- 
bres — respondió la patita cenicienta — ; pero nosotros la 
llamamos: la ciudad que flota sobre el agua. 

LAS DOS HERMANAS 

Pinduvet tenía dos hermanas llamadas Ala Bonita y Ojo 
de Oro. Aunque muy inteligentes y de gran resistencia en 
el vuelo, no tenían el bonito plumaje ni las buenas inclina- 
ciones de Pinduvet. 

Siendo utas rapazuelas de color amarillento, ya empe- 
zaron los pescadores a demostrar sus preferencias por 
Pinduvet, por lo que las hermanas la miraron con en- 
vidia. 

Cuando los patos silvestres se detuvieron en los islotes, 



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342 SELMA LAOCSLdr 

Ala Bonita y Ojo de Oro picoteabao las hkrbeciUtt de la 
orilla. 

^ Mira que pájaros más bermosos — di)o una berma* 
M — ; parecen cisnes. ¡Qué apuestos sonl 

— Pero, calla — exclamó la otra, llena de asombro ; — 
aU está Findavet, que dejamos abandonada es Oland para 
que muriese de hambre, después de kaberia obligado a tal 
vuelo que se descoyustaroa sus alas. Ya verás como eslo 
acabará maL Como se enteren nuestros padres, nos echarán 
de los islotes. 

Mientras hablaban las dos hermanas, ios patos sihes* 
tres arreglaban un poco su plumaje para marchar seguida* 
mente en busca de los padres de Ftnduvet, que soHan ha- 
llarse siempre por aquellos lugares. 

Los padres de Finduvet eran buena gente y acostum* 
braban a prodigar consejos y auxilios a los quealK llegaban. 

Cuando la pata Okka levantó el vuelo al frente de sn 
bandada, que volaba de un modo admirable, saliéroole al 
encuentro los padres de Finduvet para darles la bienve- 
nida, y antes de que cruzaran el saludo^ aparecióseles la 
propia Finduvet, que, con gran júbilo, les dijo: 

— Aquí estoy. ¿Me conocéis? 

Comenzó entonces una alegre charls, y cuando los pa- 
tos silvestres referían cómo habían salvado a Finduvet, lle- 
garon a todo correr, dsndo la bienvenida desde lejos, las 
hermanas, que se mostraban muy contentas de la llegada 
de Finduvet 

Pero ya se sabia que los celos habfaa aumentado el 
odio de las dos hermanas co.itra Finduvet, por cuanto la 
suponían en amores con el pato blanco, siendo así que 
ellas no los tenían más que con el ordinario pato gris. Esta 
fué la causa de que emplearan toda clase de ardides para 
que desapareciera Finduvet y corriera peligro de muerte 
el palo Manco. 



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NILS HOLOeUSSONS 343 

El último que pusieron en juego para lograr su intento, 
fué el siguiente: Como se hiciese hora de marchar, las dos 
hermanas dijeron a Finduvet que no debia ausentarse 
sin ir antes a cierta cabana a despedirse del pescador que 
la habitaba. Como Finduvet temiera ir sola a aquel lugar, 
rogó a Pulgarcito y ai pato blanco que la acompañasen, 
j una vez aiif entró Pmdiivet en la caballa, mientras sus 
compateros la esperaban en m sitio cercano. Como a 
poco oyesen la señal de partida dt OUn y vteseii salir de 
la cabana a tma patita pis, emprendieron el vuelo para 
uníise rápidamente a la bandada. Hablan vohdo hrgo ralo, 
cuando Pulgarcito observó que el pato que les seguta no 
tenía el doloe batir de alas de Pindnvd; y al percatarse 
del engaño de que habfan sido victimas, el pato blanco y 
Pulgarcito se dirigieron conh^ él. Este, en vez de huir, se 
aprestó a la defensa, y lanzándose sobre el pato blanco, 
cogió a Pulgarcito con su pico y siguió volando. Era la 
mtsnia Ala Bonita, la que, a pesar de la persecución de que 
fué objeto por parte de la bandada, quizás hubiera podido 
saciar su sed de venganza en Pulgarcito, si la casualidad 
no hubiera hecho que desde una barquilla se le disparara 
con tal acierto, que la carga le pasó muy cerca. Y el tiro le 
causó tal impresión de miedo, que abrió el pico y Nils 
cayó al agua, junto a la barquilla, logrando salvarse. 

Los padres, enfurecidos, desterraron a las dos patitas 
para siempre de los islotes. 



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344 SELMA LAOERL6r 

XXXVII 
ESTOCOLMO 

Sábado, 7 de maj^ 

Hace algunos años vivía ea Skansen» este gran jardín 
de EstocolmOi donde se han reunido tantas cosas antiguas 
y curiosas, un pequeño buen hombre llamado Kiement 
Larsson. Era del Haisingland y bahía venido al Skansen 
para tocar viejos aires populares con su víoUn. Acostum- 
braba a ejercer el oficio de músico ambulante, por la tarde 
particularmente. Durante la mafiana custodiaba una de 
esas sugestivas y viejas casas de aldea que han sido trao»- 
portadas al Skansen, desde todas los rincones de Suecía. 

, En sus primeros tiempos, Kiement se consideraba muy 
feliz de poder pasar su vejez de tal modo; pero no tardó 
en sentir un enojo terrible contra cuanto le rodeaba.^ so- 
bre todo durante las horas en que actuaba de guardián. Lo 
{Mmba menos mal cuando acudía la gente a visitar la ca- 
sxm%^ pero a veces Kiement permanecía solo durante horas 
enteras. Entonces sufría tanto y añoraba de tal modo su 
país, que pensaba en abandonar el puesto y renunciar al 
empleo. Kiement era muy pobre; sabía que de volver a su 
país tendría que implorar la caridad pública. Por lo tanto, 
esforzábase en conservar su ocupación, pero cada vez con- 
siderábase más desgraciado. 

Una hermosa tarde de primeros de may^, habiendo al* 
canzado unas horas de libertad, descendió Kiement por la 
inclinada pendiente del Skansen. Allí tropezó con un- pes- 
cador que regresaba a casa con su red al hombro. Era 
un joven vigorosp que iba frecuentemenle al Skansen 
a ofrecer los pájaros de mar que había capturado vivos. 
Kiement le había visto muchas veces. 



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NIIS H0L0ERS80NS 345 

El pescador detuvo a Klement para preguntarle si el 
director del jardín es&ría alH, y Klement a su vez le inte- 
rrogó acerca de lo que llevaba para vender. 

— Yo te mostraré lo que llevo — dijo el pescador — ; 
perOi en cambio, aconséjame sobre el precio que puedo 
pedir. 

Y extendió su red. Klement retrocedió despavorido al 
verlo. 

— ¿Qué es eso, Asbjórn? — balbuceó. — ¿Has hecho tú 
eso? 

Recordaba que, siendo niño, habla oido hablar a su 
madree de los duendes, que vivían bajo tierra y se enrula- 
ban cuando los niños gritaban demasiado o no eran bue- 
nos. Ya mayor, creyó que su madre había inventado esta 
historia de los duendes para obligarle a estar quieto. \Y 
ahora be aquí que en el capazo de Absjóm vela unol 

Klement no había desterrado por completo sus temores 
infantiles; un leve estremecimiento le corrió por la espalda. 
Asbjórn se dio cuenta de ello y se echó a reír. 

— Yo no le he acechado — dijo — ; es él el que ha ve- 
nido a mí. Yo he ido al mar esta mañana muy temprano. 
C2»i no había dejado la tierra cuando pasó volando una 
bandada de patos silvestres. He disparado mi escopeta y 
he errado el tiro, pero ha caído de lo alto este hombrecito; 
ha caído en el tigúñ, tan cerca de mi barca, que yo no he 
tenido más que alargar la mano para cogerlo. 

— ¿No habrá sido herido, verdad? — preguntó Kle- 
ment. 

— Ño, no; está sano y salvo. Al caer no sabía donde 
estaba y le he atado de pies y manos con un bramante 
para que no se escapara. Y he pensado en seguida en que 
esto era algo bueno para el Skansen. 

Klement se sintió con el alma oprimida. Todo lo qujs 
había oído contar en su infancia sobre los duendes, de su 



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346 SBLMA LAOfiRLÓr 

espirita vengithro y de su prontitud en socorrer a k>s ami- 
gos, le vino a la menoría, jamás habían tando bueaa suer- 
te los que habían tratado de coger a no duende. 
^ ¿No ha dicho nadií ^ pregnntó KleoKnt 

— Si, en el primer momento ha tralwio de llamar a los 
patos, pero yo le he amordazado para impedirlo. 

*«-Pero, Asbjóm ¿en qué pensabas?— gríló Klenent 
aterrorizado. — ¿No comprendes que se trata de un ser 
•obrenaturaiP 

— Yo no lo sé que es esto — replicó Asbj6rn impasible. 
^ Que lo decidan oíros. Yo me daré por satisfecho sólc 
con que me lo comfn-ea. Dime lo que tú crees que me 
pnede dar d diredoc . 

Klement guardó siicndo un momento. Una angustia in- 
Inita le apretaba el corazón. Parecíale que su madre estaba 
a su lado sapKcándoie que hiese bueno con «h gente me- 
nuda». 

-* Yo no sé lo que el director te dará, Aslqórn — le 
dijo — ; pero te otrczco veinte coronas si quieres dejár- 
melo. 

Al oír que se le ofrecía tan grande suma, el pescador 
miró a Klement casi desvanecido. Imaginó que Klement 
creía sin duda que el duende estaba dotado de un poder 
secreto que le podría ser útil, y como tenia la vaga inpre- 
sfón de que el director seria menos generoso, aceptó. 

El músico callejero metió el duende en uno de sus lar- 
gos bolsillos, regresó al Skaasen y penetró en una de las 
cabanas donde no había visitantes ni guardián. Después 
de cerrar' cuidadosamente la puerta, sacó al prisionero, que 
todavía tenía los pies y las manos ligadas y la boca amor- 
dazada, y le puso sobre una mesa. 

— Y ahora escucha bien lo que voy a proponerte — 
dijo Klement. — Yo sé que los seres de tu especie no quie- 
ren ser vistos de los hombres y que aman entregarse solos 



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NIL8 HOLÜCKSSONS 347 

a sus quehaceres. He decidido ponerte en libertad; pero 
con la condición expresa de que permanezcas aquf en el 
{ardin hasta que te permita salir. Si aceptas, mueve la 
cabeza tres veces. 

Kiement miraba con esta esperanza al duende; pero 
éste contiiMÓ inmóvil. 

— No estarás mal aquí — continuó Kiement. — Te pre- 
pararé todos ios días una pildora con comida suficiente 
y tendrás tantas cosas que hacer, que el tiempo no te 
parecerá largo. Pero no saldrás de aquí hasta que yo te 
lo permita. La seflal será la siguiente: mientras yo te ponga 
la comida cada mañana en un tazdn blanco, permanece- 
rás aqui. Cuando te dé la comida en uno azul, será la se- 
ftal para que puedas irte. 

Kiement se calló de nuevo, esperando que el hombre- 
cito hiciera los movimientos de cabeza; pero no se movía. 

— Entonces — dijo Kiement — no me queda más que 
entregarte al director del jardín. Te encerrará en una 
jaula y toda la gente de la gran ciudad de Estocolmo ven- 
drá a verle. 

Esta perspectiva debió desagradar mucho al duende, 
por que éste se apresuró a mover tres veces la cabeza. 

— Muy bien — dijo Kiement, tomando su cuchillo para 
cortar el bramante que sujetaba las manos del pequeño. 
Después dirigióse hacia la puerta. 

El pequeño se desató los pies y se quitó la mordaza. 
Cuando se volvió para darle las gracias a Kiement Larsson, 
éste había desaparecido. 



Al llegar Kiement a la parte de fuera, cruzó ante él un 
caballero de edad, alto y erguido, que parecía dirigirse a 
un lugar próximo de donde se divisaba un espléndido pa- 
norama. Kiement no recordaba haberle visto nunca, pero 



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348 SELMA LAOtíLLÓr 

el caballero deUa conocerlCí porque deteniendo el paso le 
dirigió la palabra. 

— Buenos dias, Kiement ¿Cómo te va? ¿Te encuentras 
acaso enfermo? Parece que has enflaquecido. 

Las maneras del anciano eran tan amables y atrayen* 
tes, que Kiement le demostró la mayor confianza, refi- 
riéndole lo mucho que le atormentaba la afioranza de su 
país. 

— ¿Cómo? ¿Te disgusta vivir en Estocolmo? — le pre- 
guntó el viejo. — ¿Cómo es posible? 

El caballero había adoptado una actitud casi de enojo. 
Después, con aire maravillado, dijo que aquellas palabras 
sólo las podía pronunciar un pobre campesino del Hal- 
singland. Y comenzó a hablar con el tono de bondad que 
había mostrado al principio. 

— ¿No has oído referir nunca cómo fué fundada la 
ciudad de Estocolmo? De no ser así comprenderías que tu 
nostalgia no es mis que una quimera. Vamos a sentamos 
en aquel banco y te hablaré de Estocolmo. 

El caballero tomó asiento y contempló durante un ins- 
tante I& ciudad de Estocolmo, que se extendía espléndida 
a sus pies. Tras esto, respiró profudamente como para aspi- 
rar la fragancia que se exhalaba del paisaje. Por último 
volvióse hacia el músico ambulante. 

— ¡Mira, Kiement! — dijo dibujando un pequeño mapa 
en la arena. — Esto es el Uppland, que extiende hacia el 
sur una lengua de tierra recortada de bahías. Mira la Su- 
dermania que va a su encuentro con otra punta de tierra 
igualmente bordeada; al oeste hay un lago, cuajado de is- 
las: es el Malarert; al este hay más agua, que sólo a grandes 
penas consigue abrirse camino entre tas islas y los escollos: 
es el Báltico. Aquí mismo, Kiement, en el lugar en que el 
Uppland encuentra a la Sudermania y el Mataren al Báltico, 
hay un riachuelo muy corto que recibe las dos corrientes, 



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NILS HOLOeRSSONS 349 

en cuyo río habia en otro tiempo cuatro islas que lo di- 
vidían en varios brazos. Uno de esos brazos se llama aho- 
ra el Norrstróm. 

Esas islas no eran en un principio más que islotes po- 
blados de árboles, tales como los que tanto abundan en el 
Mataren, y estuvieron deshabitadas durante muchísimo 
tiempo. Nadie descubría su situación favorable entre dos 
provincias y dos grandes extensiones de agua. Pasaron 
años. Vinieron diversas gentes a poblar las islas del Mala- 
ren y las del Báltico, pero las islas del río no tenían habi- 
tante alguno. Todo Lo más, ocurría que a veces llegaba allí 
algún navegante que, al desembarcar, plantase su tienda 
por una sola noche. Esto era todo. 

Pero un día, un pescador habíase retardado pescando 
en el Mataren. Al volver a su casa le sorprendió la obscu- 
ridad en el Báltico. Y resolvió abordar una de las cuati j 
islas, para esperar que saliera la luna. 

Era a fines de verano; hacía todavfa calor y buen tiem- 
po, aunque las tardes fuesen ya sombrías. El pescador se 
tendió sobre la hierba, reclinó la cabeza sobre una piedra 
y se durmió. Cuando despertó bacía mucho que la luna 
brillaba en lo alio. Iluminaba la tierra tan magníficamente» 
que se hubiera podido creer que era de día. 

Se puso en pie y preparóse a aparejar su barca; de re- 
pente, divisó a lo lejos unos puntos negros que se movían. 
Era una bandada de focas que se dirigían rectas a la isla. 
En el momento en que las focas iban a ganar tierra, incli- 
nóse el pescador para buscar el arpón que solía llevar 
siempre en la barca. Al levantar la cabeza, las focas habían 
desaparecido : en su lugar había en la orilla las más her- 
mosas jóvenes que sé pudiera soñar, vestidas con largos 
trajes de seda verde y coronadas de perlas. El pescador 
comprendió que eran ondinas que vivían en lo más hondo 
del mar, y que habían tomado la apariencia de focu para 



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350 SQJftA LAGeRLÓr 

venir a tierra a divertirse» al claro de luna, aobie las islas 
verdea. 

Después de haberlas visto danzar un moaento bqo los 
árboles se deslizó hacia la orilla» apoderóse de ims de las 
pieles de foca que las ondinas habiao d^ado y la oailló 
debajo de una piedra. Después volvió a su barca y acos- 
tose, fingiendo dormir* 

Las vírgenes no tardaron en descender a la ribera para 
revertirse nuevamente las pieka de foca. Veslfanse en wut- 
dio de alegres risas y juegos mil; pero pronto surgieron 
las lamentaciones y loa gritos: una éc las ondinas no podía 
dar con su vestido. Corrían todas por la ribera boscándolo, 
pero en vano, Al cabo vieron que el cielo paüdccia y que 
el amanecer se aproximaba. No atreviéndose a continuar 
en tierra salváronse todas nadando» todas menos nna: laque 
no babia podido encontrar so piel de foca. Y se pnao a 
llorar junto al agua. 

El pescador sentia verdaderamente cierta piedad ante 
aquellas lágrimas; pero dominándose permaneció oculto 
hasta qne se hizo de día. Entonces éesperló; dispúsose a 
navegar y» como si la descubriera de pronto, di}o a la 
ondina» luego que había soltado la barca: 

—¿Quién eres? ¿Acaso un náufrago? 

Al verle corrió la ondina hada él y oHiy aponNia pre- 
guntóle si había visto su píd de foca. El pescador Uzose 
el distraído» como si no comprendiera lo que qnerfa de- 
cirie» y entonces sentóse ella sobre una piedra y prorrum- 
pió en llanto. El pescador le propuso llevársela a su casa, 
donde su madre la cuidaría. 

-—Tú no pnedes quedarte toda la noche aquí» donde 
no tienes cama donde reposar ni nada que comer. 

Hablóle dulcemente y acabó convenciéndola de que 
debía acompasarle. 

El pescador y su madre fueron muy buenos con hi po> 



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NILS HOUOBKSSONS 351 

bre ondina y ella acabó tcMnándoles caríikx Cada día mos- 
trábase más ^tgtt y ayudaba a ia viejecita en las faenas 
de la casa. Parcciaae mueho a laa jóveiMS de la isla, 
salvo que era más bella que todas las demás. Un dia pre- 
guntóle el pescador si querk ser su mujer y ella le con- 
testó que si sin vacilar. 

Se preparó la boda; en este ado la novia presentóse con 
el traje de seda verde vaporoso y flotante y la deslum* 
brante corona de perlas que llevaba» cuando el pescador la 
vio por vez primenL Los novios y su cort^ se acomoda- 
ron en barcas para ir a la iglesia del Mataren. 

El pescador llevaba a su prometida y a su madre y con* 
ducia 8» barca con tanta lubilidad que pronto quitaron 
atrás las otras. Llegados ante la isla donde él babU encon- 
trado a la ondina» que ahora orgullosa y compuesta estaba 
sentada a su lado» no pudo reprimir una sonrisa. 

-—¿De qué te rie¿? — le preguntó elUu 

-*- Pienso en la noche en que yo oculté tu piel de foca 
--resfuindió el pescador. Sentíase tan seguro de ella, que 
creyó no tener necesidad de seguir ocultándole lo sucedido. 

--¿Qué es lo que dices?— exclamó la novia. --Mí piel 
de foca? 

Pareda haberlo oWtdádo todo. 

-^ ¿No rectaerdas cuando danzabas CO0 las ondinas? — 
añadió él. 

•-No sé lo que quieres decir. Creo que esta noche has 
debido tener un sueño extraño. 

— Y si yo te mostrara la piel ¿me creerías? — di)o el 
pescador dirigiendo ta barca hacia la isla. 

Desembarcaron. El pescador boscó la piel, que estaba 
ba}o la piedra donde la había ocultado. 

Apenas la vio, ta novia se ta arrancó de las manos, la 
echó sobre sus espaldas, a las que se adaptaba muy bien, y 
como una foca viviente se arrojó al agua. 



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352 I SCUIA LAOERlÓr 

El novio ia vio aie}arse rápidamente y en vano trató de 
lanzarse en su persecución. Deseiperado, cogió entonces 
su arpón y lo lanzó con todas sus fuerzas. Esta vez acertó el 
golpe mucho mejor de lo que hubiera deseado. La pobre 
ondina lanzó un grito desgarrador y desapareció en las 
profundidades del mar. 

El pescador permaneció a la orilla» esperando a que 
volviera a aparecer; de repente vio brillar et agua con tin 
suave resplandor y animarse como si fuera una beldad 
nueva. Brillaba, reluda y esparda un reflejo rosado y 
blanco como el que despiden el interior de las conchas. 

Cuando esta agua espejeante llegó a las riberas, éstas 
parecieron metamorfosearse también. Exhalaban un per- 
fume penetrante. 

Un leve resplandor las iluminó y le^ dio una dulzun.no 
sospechada. El pescador comprendió la que pasaba: las 
ondinas tienen algo que las hace aparecer más bellas que 
las otras mujeres. Cuando la sangre de una de ellas se 
mezcla con las olas, su belleza ilumina el paisaje; desde tal 
momento las riberas adquieren el poder de inspirar ei 
amor a todos los que las contemplen y de infundir una es- 
pecie de nostalgia. 

El anciano volvióse hacia Klement, que asintió con 
un grave movimiento de cabeza; sin atreverse a pronunciar 
palabra para no interrumpir ei relato. 

^Cuando ocurre esto, Klement --prosiguió el viejo 
con los ojos levemente iluminados --se ha observado que 
las gentes comienzan a instalarse en las islas. Primero sólo 
acudieron aquí pescadores y campesinos; pero un buen día 
ei rey y su chambelán remontaron la corriente y observaron 
que estas islas estaban situadas de tal manera, que oingúti 
navio que entrase en el Mataren podría evitarlas. Y el 
chambelán propuso que se cerrara con llave este pasaje 
para abrirlo o cerrarlo a voluntad, dejando el paso libre 



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NIL8 HOLOBRSSONS 353 

a los navios mercantes o cerrándolo a la sola presencia de 
las escuadras piratas. 

— Así se hizo — continuó el caballero. — Y aquí — aña- 
dió poniéndose de pie para dibujar sobre la arena — en la 
mayor de las islas, bizo construir el chambelán un fuerte 
torreón. En torno de la isla construyeron sus habitantes 
resistentes muros y unieron las cuatro islas por medio de 
puentes, en cuyos extremos construyeron torres. Y en el 
agua, rodeando las islas, clavaron un circulo de estacas con 
barreras, por donde los navios estaban obligados a pasar. 

— Ya has visto, pues, Klement, cómo las cuatro islas 
tanto tiempo inhabitadas, se transformaron en verdaderas 
fortalezas. Estas riberas y estos estrechos atrajeron luego 
a los hombres de tal modo, que de todas partes vinieron a 
establecerse aquí. Pronto comenzaron los moradores de la 
isla a construir una iglesia que llamaron la Oran Iglesia. 
Estaba situada junto al torreón. Bajo la protección de los 
muros, comenzaron los habitantes a edificarse pequeñas 
cabanas. Eran bien poca cosa; pero en aquella época no 
era menester mucho más para que el poblado mereciera el 
nombre de la ciudad. Y la ciudad fué llamada Estocolmo, 
y así se llama todavía. 

Pasado algún tiempo, el chambelán, que había puesto 
manos a la obra de construir la ciudad, cerró los ojos para 
siempre; pero no faltaron nuevos constructores. Unos mon- 
jes, llamados los Hermanos Qrises, vinieron a establecerse 
en Suecia y pidieron autorización al rey para construir 
aquí un convento. El rey les dio un pequeño islote. Des- 
pués vinieron otros monjes, denominados los Hermanos 
Negros, y construyeron su convento cerca de la puerta 
meridional de la isla de la ciudad. En otro islote, al norte, 
elevóse un hospital. Por entonces los hombres industrio- 
sos establecieron un molino y los monjes entregábanse 
a la pesca en las aguas próximas. Las islas pequeñas 

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354 SCLMA LAOERLdr 

se vieron pronto cubiertas de casas. Cuando las piadoaas 
mujeres de ia orden de Santa Clara vinieron a pedir terre- 
nos» sólo se les pudo ofrecer ia ribera al norte de las islas. 
No quedaron muy satisfechas potlque había allí una altura 
donde los ciudadanos habían instalado el patíbulo. No por 
eso dejaron de construir al pie de la colina un convento y 
una iglesia y esto atrajo otras gentes. Pronto se levantó en 
lo más alto un hospital, y también una iglesiai puesta bajo 
la invocación de San Jorge. 

Tras los religiosos y las religiosas estableciéronse nue- 
vos pobladores, entre los que figuraban multitud de comer- 
ciantes y artistas alemanes. Más hábiles que sus compañe- 
ros suecos, fueron muy bien recibidos. Se establecieron eo 
la misma ciudad, dentro de los muros, y derribando las 
pequeñas cabaftas, construyeron soberbios edificios de pie- 
dra. Como el sitio era muy reducido, hubieron de pegar las 
casas unas a otras y separar las fachadas por medio de 
calles estrechas. 

— Ya has visto, Klement, el poder que tenía Estocolmo 
para atraer a los hombres. 

En este momento avanzó por la avenida otro caballero; 
pero se detuvo a distancia, ante una señal que le hizo con 
la mano el que estaba hablando con Klement. 

—Y ahora, Klement, vas a hacerme un favor— prosi- 
guió el viejo.— No dispongo de tiempo para hablar con- 
tigo; pero yo te enviaré un libro sobre Estocolmo que tú 
leerás. Puede decirse que te he hecho presenciar la funda- 
ción de Estocolmo. Tú mismo estudiarás como se ha des- 
arrollado la ciudad; como ia pequeña población rodeada 
de murallas, se ha transformado en este vastp mar de casas 
que vemos a nuestros pies. Lee en el libro como el pesado 
torreón ha cedido el puesto a ese hermoso y claro castillo 
que hay frente a nosotros, como la iglesia de los Hermanos 
Qrises se ha convertido en el panteón de los reyes de Sue- 



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NILS HOLOERSSONS 355 

cía. Lee en ei libro como ios jardines de tiortensias, al sur 
y norte de la ciqdad se han transformado en espléndidos 
jardines y en barrios habitados, como han sido cubiertos 
ios estrechos y allanajdas las colinas. Lee en ese libro como 
ha sido transformado el parque de los reyes en un lugar de 
esparcimiento, amado del pueblo. Tú debes familiarizarte 
con la ciudad, Klement, porque esta ciudad no sólo perte- 
nece a los hijos de Estocolmo: te pertenece también a ti, lo 
lo mismo que a toda Suecia. 

Recuerda, Klement, al leer la historia de Estocolmo^ lo 
que te he dicho: Estocolmo tiene el poder de atraer a todp 
el mundo. Primero se instaló aquí el rey, después constru- 
yeron sus palacios los grandes señores. Y ahpra Estocolmo 
no sólo pettenece a sí misma y a la región circundante: 
pertenece a todo el reino. Y cuando leas en tu libro todas 
las cosas que se han reunido en Estocolmo, piensa también, 
Klement, en lo que desde Skansen se ha traido aquí. Mira 
eus viejas casonas. En ellas se bailan las danzas antiguas; 
mira esos trajes antiguos, esos viejos utensilios caseros. 
Aqui viven músicos ambulantes y recitadores de leyendas 
y de cuentos de hadas. Todas las cosas buenas y antiguas 
del Skansen las ha traído aquí Estocolmo para glorificarlas 
y transmitirlas con honor al pueblo. 

Pero para leer tu libro precisa, Klement, que te sientes 
en esta altura. Es necesario que veas la alegría de las olas 
espumeantes y la hermosura de esas riberas deslumbra- 
doras. Es preciso que estés como encantado, Klement. 

El anciano habia elevado el tono de la voz; ahora 
resonaba fuerte e imperiosa y sus ojos despedían destellos 
de luz. Levantóse y se despidió de Klement con un leve 
ademán de la mano. Y comprendiendo Klement que el que 
le había hablado era un gran señor, se inclinó profunda- 
mente. 



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356 seuu laoerlóf 

Al dia siguiente un lacayo del palacio real llevó a 
Klement un libro voluminoso y una carta. Esta decía que 
el libro era regalo del rey. 

Después de este acontecimiento el pequeño Klement 
Larsson estuvo durante varios días con la cabeza trastor- 
nada. Al cabo de una semana fué a presentar la dimisión 
ai director. Sentíase obUgado a regresar a su país. 

—¿Y por qué? le preguntó el director. —¿No estás con- 
tento aquí? 

—Ahora estoy más contento que nunca; pero es pre- 
ciso que me vaya. 

En realidad Klement estaba ante la mayor perplejidad 
de su vida; el rey le haUa ordenado que estudiara la histo- 
ria de Estocolmo y que aprendiera a divertirse; pero ¿cómo 
había de renunciar él a la felicidad que le reportaría el refe- 
rir en su país que el rey en persona le había dado tai 
orden? Tenía necesidad de reunir gente a su alrededor, 
un domingo a la salida de misa, para contar a todos lo 
amable que había estado el rey, sentado a su lado, en 
un banco, hablándole largo rato, a él, pobre y viejo músico 
de aldea, sin otro propósito que curarle de su nostalgia. 
¡Qué bonito sería referir esto a los viejos lapones y a los 
pequeños dalecardianos del Skansen! ¿Qué opinarían de 
esto en su país? 

Aun teniendo que parar en el asilo de los pobres, Kle- 
ment no sería ya un hombre desgraciado. Era otro e iba a 
gozar desde entonces de una consideración nueva. 

Y este deseo era invencible en él. El director tuvo que 
dejarle partir. 



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NILS HOLOEKSS0N8 357 

XXXVIII 
EL ÁGUILA 

EL VALLE 

Entre las montañas de la Laponia, muy lejos, al norte, 
había un viejo nido de águilas colgado del saliente de una 
abrupta pendiente rocosa. El nido de las aves de rapiña 
estaba construido con ramas de pino. En el trancurso de 
los años había sido aumentado y reforzado. Al presente 
medía casi dos metros de ancho y tenía próximamente la 
misma altura que las tiendas de los lapones. 

La muralla de piedra dominaba un valle bastante gran- 
de, habitado en verano por una bandada de patos silves- 
tres. Disimulado entre las montañas y casi ignorado de los 
hombres, aun de los mismos lapones, el valle constituía 
un refugio excelente. En el centro había un pequeño lago, 
donde abundaba la comida para los patos, y las orillas, 
cubiertas de altas matas de mimbres enanos y de peque- 
ños abedules, ofrecían a los patos rincones excelentes para 
cubrir sus huevos. 

Las águilas habían habitado las altas cimas rocosas y 
los patos silvestres el fondo del valle. Todos los años so- 
lían aquéllas raptar algunos, teniendo siempre el cuidado 
de no arrebatarles tantos que los patos acabaran por no 
volver más. Los patos silvestres, a pesar de esto, sacaban 
provecho de la presencia de las águilas. Estas eran unos 
bandoleros, pero mantenían a distancia los otros bando* 
leros. 

Tres años antes de que Nils Holgerssons viajara con 
los patos silvestres, la vieja pata-guía Okka contemplaba 
una mañana el nido de las águilas desde el fondo del valle. 
Las águilas marchaban de caza poco después de salir el 



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358 SELMA laoerij6f 

sol. Los veranos precedentes había vtgibdo Okka su par- 
tida (odas las maflanasi con el fin de as^[urarse de que no 
escogían nunca el valle como terreno de caza. 

Y no tuvo que esperar mucho tiempo. Hermosos, aun- 
que temibles, los dos pájaros se lanzaron pronto a través 
de los aires, dirigiéndose hacia la llanura cultivada. Okka 
lanzó un suspiro de satisfacción. 

La vieja pata había cesado de poner sus huevos y de 
criar a sus pequeñuelos; el verano lo pasaba yendo de uno 
a otro nido y dando consejos sobre el modo de incubar 
ios huevos y de cuidar a ios pequeños. Además, vigilaba 
no sólo a las águilas, sino a las zorras alpinas, a los buhos 
y a los otros animales enemigos, que constituían una ame- 
naza para los patos y sus crías. 

Cerca de mediodía, se puso Okka a espiar la vuelta de 
las águilas, como acostumbraba desde años antes. Por su 
vuelo conocía si habían hecho buena caza, en cuyo caso 
sentíase tranquila por la suerte de los suyos; pero este d{a 
no las vio regresar. 

— Decididamente, me hago vieja — pensó después de 
haber esperado largo rato. — Las águilas deben de estar 
en su nido hace tiempo. 

Durante el transcurso de la tarde no cesó de vigilar la 
montaña, esperando ver a las águilas sobre la cima, donde 
ordinariamente reposaban hasta la hora del crepúsculo; no 
viéndolas, fué al lago donde acostumbraban a bañarse. 
Y de nuevo se lamentó de hacerse vieja. No podía creer 
que las águilas hubiesen dejado de regresar. 

Al día siguiente se levantó muy temprano con ánimo de 
ver las águilas; pero fué en vano. En cambio, oyó en me- 
dio de la calma del amanecer, un grito a la vez furioso y 
lastimero y que parecía venir del nido. Rápidamente se 
remontó a bastante altura para lanzar una mirada al nido 
de las águilas. 



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NIL8 HOLOERSSONS 359 

Y no descubrió al águila macho ni ai águila hembra. 
En el gran nido sólo había un aguilucho medio despluma- 
do que gritaba de hambre. 

Lentamente, como si vacilara» descendió hasta el nido. 
Era un rincón lúgubre. Al punto podiase ver que era el re- 
fugio de las aves de rapiña. El nido y la cima del monte es- 
taban cubiertos de huesos calcinados, de plumas y de pe- 
dazos de piel ensangrentada, de cabezas de liebre, de pi- 
cos de pájaros y ^ patas de lagópedos cubiertas de pluma. 
El mismo aguilucho, que yacía en medio de todo este de- 
tritus, ofrecía un aspecto repulsivo^ con su grueso pico 
abierto, su pesado cuerpo apenas recubierto de vello y sus 
alas rudimentarias, cuyas nacientes plumas pinchaban 
como espinas. 

Okka acabó por vencer su repugnancia y se puso al 
borde del nido, mirando con inquietud a su alrededor, te- 
merosa de que a cada instante se presentaran las águilas. 

— ¡Por fio se acude a socorrermel — gritó el aguilu- 
cho. — Tráeme en sq^uida qué comer. 

— Espera un poco -- dijo Okka. c— Dime primero don- 
de están tu padre y tu madre. 

— {Lo sé yo acaso! Al marchar ayer maftana me dejaron 
un mal pajaríllo por toda comida. Como comprenderás, 
hace ya mucho que me lo he comido. Es odioso dejarme 
ntorir de hambre de esta manera. 

Okka comenzó a creer que, decididamente, habían sido 
muertas las águilas y pensaba en que si dejaba morir de 
hambre al aguilucho, se desharía de toda esta familia de 
pillos en el porvenir. Sin embargo, su conciencia no le 
permitía dejar abandonado a un pequeño sin defensa. 

—¿Qué es lo que esperas? — gritó el aguilucho con 
impaciencia.— ¿No has oído que quiero algo que co- 
mer? 

Okka abrió las alas y se dirigió al pequeño lago que 



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360 seuiA LAoeiu.dF 

babfa en el fondo del valle, y no lardó en volver a subir al 
nido con una trucha en el pico. 

El aguilucho estalló en cólera al ver el pescado. 

— ¿Pero crees que voy a comerme eso?— silbó, recha- 
zando la trucha con la pata. — A mí me has de traer lagó- 
pedos y cabritillos, ya lo sabes. 

Okka alargó el pico y descargó un fuerte golpe en la 
nuca al aguilucho. 

— Escucha bien lo que voy. a decirte— dijo la vieja 
pata-^: Si tú quieres que te traiga que comer, has de con- 
formarte con lo que te dé. Tu padre y tu madre han muerto 
y, por lo tanto, no han de poder hacer nada por ti. Si 
aspiras a morir de hambre mientras te traigo lagópedos y 
cabritillos, no creas que he de oponerme. 

Dicho esto emprendió el vuelo para no aparecer por 
alK hasta una hora después. El aguilucho había devorado 
el pescado, y cuando la pata púsole otro delante, lo aceptó 
sin decir palabra, aunque dando a comprender que lo en- 
contraba poco apetitoso. 

Okka comenzó a tener un trabajo abrumador. Las viejas 
¿güilas ya no volvieron y tuvo que cuidar ella sola del 
aguilucho. Le llevaba pescado y ranas, y el aguilucho no 
daba muestras de que le sentara mal este régimen. Cada 
día era mayor y más fuerte. Como no tardó en olvidar a 
sus progenitores, las águilas, consideró a Okka como su 
verdadera madre. Okka, por su parte, le adoraba como a 
su propio hijo y se esforzaba en darle una buena educa- 
ción y en desarraigar su natural ferocidad y su arro- 
gancia. 

Dos o tres semanas más tarde Okka se dio cuenta de 
que se aproximaba el tiempo de la muda y que, por lo 
tanto, no estaría en condiciones de emprender ningún 
vuelo. Hasta lia otra luna no podría llevar comida a| 
aguilucho. 



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N1LS IIOLOER980NS 361 

— Oorgo — ledijo Okka— -: no te podré traer pesca- 
dos dentro de poco. Es preciso que intentes bajar al llano. 
Tienes que escoger entre morirte de hambre aquí o deci- 
dirte a descender allá, lo que también te puede costar la 
vida. 

Sin replicar lo más mínimo y sin ia menor vacilación, 
ei aguilucho llegóse al borde del nido, y sin medir la dis- 
tancia con los OJOS, extendió sus incipientes alas y se lanzó 
al espacio. Cayó dando vueltas por el aire, pero ya cerca 
del suelo supo sacar bastante partido de sus alas para llegar 
a tierra casi indemne. 

Ya en el valle, Qorgo pasó el verano en compañía de 
los patos. Considerábase como uno de ellos y trató de 
seguir su método de vida. Cuando se echaba a nadar 
intentaba seguirles, lo que le ponía en el trance de morir 
ahogado. El no serle posible aprender a nadar humillábale 
mucho, y exponía sus lamentaciones a Okka. 

— ¿Por qué no he de poder nadar como los otros? 

— Tus garras se hicieron demasiado ganchudas mien- 
tras estuviste en lo alto de la montaña — dijo Okka. — Pero 
no te desesperes por ello. Serás un pájaro valiente por 
lo menos. 

Las alas del aguilucho crecían con rapidez; pero él no 
tuvo el propósito de emprender el vuelo antes del otoño, 
época en que los patitos aprendieron a volar. Esto le dio un 
motivo de orgullo, pues fué el primero en conseguirlo. Sus 
compañeros apenas si podían sostenerse algún rato en los 
aires, mientras que él volaba sin fatiga. No se había dado 
cuenta de que él no era de la misma especie que los patos; 
pero sí observó una serie de cosas sorprendentes sobre 
las que interrogó a Okka. 

—¿Por qué huyen los lagópedos y los cabritiljos 
cuando ven que mi sombra se refleja en el monte? 
¿Cómo es que no revelan este terror ante los patitos? 



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362 SCLMA LAOCRLte 

^ Porque tus alas crecieron demasiado mientras per- 
maneciste en la cima del monte — contestó Okka.— Eso 
les asusta; pero no te desesperes. Tú oo dqaris de ser por 
eso un pájaro valiente. 

Cuando al llegar el otoño emprendieron los patos sil- 
vestres el vuelo hacia otros parajes, les siguió Qorgo. Con- 
tinuaba creyendo que era uno de ellos. Como el espacio 
estaba lleno de pájaros que volaban hacía los países cálidos, 
fué grande el escándalo que se produjo al ver que entre 
ellos y tras Okka volaba nada menos que un águila. Un 
enjambre de papanatas rodeaba siempre el triángulo que 
los patos describían. Okka les suplicaba que callaran; pero 
¿cómo conseguirlo de tanto charlatán? 

—¿Por qué me llaman águila?— preguntaba constante- 
mente Oorgo, más confuso cada vez.— ¿No ven que soy 
de los vuestros? No soy como esos pájaros que devoran a 
sus semejantes. 

Un día pasaron sobre una granja donde las gallinas 
picoteaban en el corral. 

— iUnágutlal |Un águila! — gritaban las gallinaSi hu- 
yendo a la desbandada. 

Pero Oorgo, que había oído hablar siempre de las 
águilas como terribles malhechores, no pudo contener su 
cólera. Recogió sus alas, lanzóse rectamente sobre una 
gallina y le hundió sus garras en el cuerpo. 

—De este modo te enseftaré que yó no soy un ^ila 
—gritó con rabia, dándole unos cuantos picotazos. 

En este momento oyó la voz de Okka que le llamaba. 
Sumiso y obediente se remontó en el espado. La pata sil- 
vestre voló hacia él para castigarle. 

—¿Qué es lo que has hecho?— díjole, al mismo tiempo 
que le propinaba un golpe con su pico.— ¿Acaso tenías 
intención de matar la gallina? ¿No te da vergílenza? 

Como el águila se dejaba castigar sin oponer resisten- 



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NILS HOLOCRSSONS 363 

cía por ta pata silvestre, se desencadenó una tempestad de 
gritos y risas entre la multitud de pájaros. Al oír estas risas 
burlonas el águila revolvióse contra Okka, mirándola con 
ojos irritados, como si quisiera atacarla. Tras esto, viró en 
redondo bruscamente, lanzóse hacia tV cielo con aletazos 
vigorosos, subió tan alto que no podía llegar ningún grito 
a sus oídos y no cesó de volar hasta que los patos no pu- 
dieron divisarle. 

Tres días después volvió a aparecer de nuevo entre los 
patos silvestres. 

— Ahora ya se quien soy— df jóle a Okka.— Puesto que 
soy un águila es preciso que viva como viven las i^ui* 
las; pero creo que no por eso debemos dejar de ser 
amigos. Jamás te atacaré a ti, ni a nadie de tu raza. 

Okka, que había hecho cuestión de honor criar un 
águila haciendo de ella un pájaro dulce e inofensivo, no 
quiso pasar por que Oorgo viviera a su antojo. 

— ¿Crees que voy a ser amiga de quien se come los 
pájaros? — contestóle Okka. — Vive como yo te he enseñado 
a vivir y te permitiré que sigas con nosotros. 

Los dos eran fieros e indomables; los dos eran incapa- 
ces de ceder. Okka acabó por prohibirle que volviera a 
presentarse ante ella, y su cólera fué tan grande que desde 
entonces nadie se atrevió a pronunciar el nombre de Qorgo 
en su presencia. 

Desde tai día Oorgo voló errante por el país, solo y 
odiado de todos, por sus temibles actos de rapiña. Con 
frecuencia se mostraba de un humor sombrío, y a veces 
4amentaba, sin duda, el tiempo en que se creía un pato sil- 
vestre y jugaba con los patos. 

Entre los animales tenía fama de tener un atrevimiento 
inaudito. Decíase que en el mundo sólo temía a Okka, 
su madre adoptiva. T&.nbién se aseguraba que no atacaría 
nunca a ningún pato silvestre. 



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364 SELMA LAOBRLÓr 

EL CAUTIVERIO 

Oorgo sólo tenía tres años; no babia pensado nunca en 
buscarse una compañera y formar su nido, cuando fué 
apresado por un cazador y vendido al Skansen. Aüf había 
ya otras águilas. Estaban encerradas en una pajarera de 
gruesos barrotes y alambres entrecruzados, construida 
sobre una altura y bastante vasta para contener un gran 
montón de piedras y dos árboles. Sin embargo, languide- 
cían allí. Pasaban casi todo el día inmóviles en el mismo 
sitio. Su hermoso plumaje perdía la brillantez y se erizaba, 
y sus ojos clavábanse en el espacio con una fijeza deses- 
perada. 

Durante la primera semana de cautiverio Qorgo man- 
túvose vivo y despierto; pero poco a poco fué quedándose 
como abotargado. 

Comenzó a permanecer inmóvil durante horas y aun 
días, como sus compañeros. 

Una maftana en que, como de costumbre, se hallaba 
adormecido, oyó que \t llamaban en voz baja, y apenas si 
tuvo fuerzas para vencer su pesadez y bajar los ojos hacia 
el suelo. 

—¿Quién me llama? 

— Pero, Oorgo, ¿no me reconoces ya? Soy Pulgarcito, 
el que iba con los patos silvestres. 

— ¿También Okka se encuentra prisionera?— preguntó 
Qorgo haciendo un esfuerzo para reunir sus pensamientos, 
como si saliera de un largo sueño. 

— No: Okka, Martin y los patos estarán, sin duda, en 
la Laponia — contestó el muchacho.— El único prisionero 
soy yo. 

No había acabado de hablar cuando Nils vio que la 
mirada del águila se extendía al par que iba adquiriendo 
mayor fijeza. 



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NIL8 HOLOERS80NS 365 

— ¡Águila real! — gritó el muchacho. — Dime si puedo 
serte útil en algo. 

Qorgo apenas si le miró. 

— Déjame ahora, Pulgarcito —-le dijo. — Estoy so&ando. 
Vuelo muy alto, por los aires. No quiero que me des- 
pierte nadie. 

— Es preciso que te agites y te intereses por lo que 
sucede en torno de ti — exclamó Níls— porque de lo con- 
trarío, no tardarás en tener el mismo aspecto lastimoso que 
las otras águilas. 

— Ya quisiera ser yo como ellas son. Viven tan felices 
con sus sueños, que nada puede conmoverles — respondió 
Qorgo. 

Al llegar la noche se oyó un ligero ruido sobre el techo, 
de la pajarera, sin que las águilas se despertaran. Las dos 
viejas águilas continuaron durmiendo pesadamente; pero 
Qorgo se despertó. 

— ¿Quién está sobre el techo?— preguntó. 

— Soy Pulgarcito. Estoy limando algunos alambres para 
que te puedas escapar. 

El águila levantó la cabeza y advirtió al muchacho en 
la claridad de la noche. Tuvo un movimiento de esperanza, 
al que sucedió pronto el abatimiento. 

— Soy un pájaro grande, Pulgarcito — le dijo. — ¿Cómo 
vas a limar bastantes hilos para que yo pueda pasar? 
Vale más que no te fatigues y que me dejes donde estoy. 

— ¡Duerme, y no te preocupes de mí! — contestó el mu- 
chacho sin descorazonarse.— Te he de libertar antes de lo 
que te figuras. 

Qorgo se sumió nuevamente en el sueño; al despertar 
observó que varios hilos estaban cortados. Este día lo pasó 
menos abatido que los precedentes. Encerrado en la paja- 
rera ejercitaba un poco sus alas revoloteando entre los ba- 
rrotes para vencer la rigidez de sus miembros entumecidos. 



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366 SeUlA LAOERLÓP 

Una tnaftaiUi en el momento en que apuntaban los pri- 
meros resplandores de la aurora iluminando el cielo, le 
despertó Pulgarcito. 

— ¡Escápate ahora, Oorgo! 

El águila levantó la cabeza. El muchacho habia hecho 
un orificio bastante grande en la tela metálica. Qorgo agitó 
sus alas y se remontó un poco. Fracasó en sus dos o tres 
primeros intentos de fuga, cayendo desde lo alto de la pa- 
jarera; pero, finalmente, metió el cuerpo en el agujero y 
escapó. 

Al primer impulso elevóse volando hasta las nubes. El 
pequefio Pulgarcito le miraba con melancoHa, deseando 
que alguien le concediera también la libertad. 

—Si no fuera por la promesa que he hecho — pensaba 
— ya hubiera encontrado un pájaro que me llevara adonde 
están los patos. 

Tal vez parezca a muchos extraño que Klement Larsson 
no hubiese puesto en libertad al duende; pero hay que 
tener en cuenta lo muy aturdido que el' pequefto músico de 
aldea estaba al abandonar el Skansen. La mañana de su 
partida habia pensado en el duende; pero, desgraciada- 
mente, no había encontrado ningún tazón azul. Y todos 
los que vivían en el Skansen, tapones y dalecarlianos, jar- 
dineros y obreros, habían venido a despedirse de él. En el 
momento de marchar, no habiéndole sido posible hallar a 
mano un tazón azul, recurrió a un viejo tapón, a quien 
confió lo siguiente: 

— Aquí, en el Skansen, hay un duende. Yo le doy de 
comer todas las mañanas. Toma este dinero y con él 
cómprale un tazón azul, que deberás poner mañana, con 
el alimento junto a la cabana de Bolinas. 

El lapón quedóse atónito al oírle, pero Klement no dis* 
ponía de tiempo para largas explicaciones porque se le 
hacía tarde para el tren. 



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NILS HOLOER880NS 367 

£1 lapdn descendió a la dudad para dar cumplimiento 
a su promesa; pero no encontrando ningún tazón azul 
como el que buscaba, adquirió uno blanca, que llenó regu- 
larmente cada mañana y que eolocó en el sitio indicado. 

He aquí explicado el por qué continuó Nils en el Skan- 
sen a pesar de haberse marchado Klement. Todo por ser 
fiel a su promesa. 

En esta noche de nuestro relato el pequeño suspiraba 
más que nunca por su libertad, porque la primavera y el 
verano brindaban ya a todos sus delicias. Los campos esta- 
ban verdes, de los álamos y los abedules brotaban las hojas 
sedosas, los cerezos y otros muchos árboles estaban en 
flor, los robles desplegaban prudentemente sus hojas pe- 
queñas, los guisantes, las habichuelas y las coles se ofrecían 
ya en los trozos cultivados del Skansen. 

— ¡Qué bonito debe ser atravesar el tibio ambiente so- 
bre la espalda del pato en una hermosa tarde,^ contemplar 
la tierra cultivada y adornada de verde hierba y bellas 
flores! 

Hallábase sentado sobre la cubierta de la pajarera pen- 
sando en tstás cosas, cuando el águila descendió súbita- 
mente, recta como una flecha, y se pusa a su lado. 

—Yo sólo he tratado de probar si mis alas tenían fuerza 
todavía para resistir un largo vuelo— le explicó. — Supongo 
que no habrás creído ni un momento que te abandonaba 
en tu cautiverio. Sube sobre mí espalda y te conduciré 
donde están tus compañeros de viaje. 

— Imposible— suspiró Nils.— Yo he dado palabra de 
permanecer aquí hasta que se me conceda la libertad. 

—¿Qué «es lo que dices? — exclamó Oorgo.— ¿Se te 
condujo aquí a viva fuerza y aun te obligaron a hacer 
semejante promesa? ¿Es que tú crees que se debe cumplir 
una promesa que arrancaron de tus labios contra tu vo- 
luntad? 



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368 SBLMA LAGERLÓF 

— Te agradezco tu bondad para conmigo; pero es pre- 
ciso que yo cumpla esta palabra. Tú no puedes hacer nada 
por mí. 

—¿Que no puedo hacer nada? Ya lo veremos— añadió 
Oorgo. 

En este momento agarró a Nils Holgerssons entre sus 
fuertes garras, y volando con él hasta las nubes, desapare- 
ció en dirección al norte. 



XXXIX 

A TRAVÉS DEL QASTRIKLAND 

Miércoles, 15 de Junio 

El águila no se detuvo hasta que llegó lejos, al norte de 
Estocolmo. Al descender sobre una colina abrió sus garras 
y al verse libre Nils reunió todas sus fuerzas para regresar 
al punto al Skansen. 

El águila dio un salto, le atrapó de nuevo y le puso la 
pata encima. 

— ¿Aun no has comprendido, Pulgarcito, por qué 
quiero llevarte adonde están los patos silvestres? He oído 
decir que cuentas con todo el afecto de Okka y quisiera 
que intercedieras por mí* 

— Quisiera serte útil en esta ocasión; pero estoy impo- 
sibilitado por la palabra empeñada. 

Y dicho esto le explicó como le había arrancado Kle- 
ment de las manos del pescador y como había marchado 
del Skansen sin relevarle de la promesa que le hiciera. 

Pero el águila no renunciaba a sus propósitos. 

— Escáchame, Pulgarcito — le dijo. — Mis alas pueden 



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La pesquería de Fjailbúckü 



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NILS HOLOfiRSSONS 36Q 

transportarte adonde sea y mis ojos lo ven todo. Yo sabré 
encontrar a Kiement; tu te aproximarás a él y arreglaréis 
vuestro asunto. 

Nils aceptó gustoso esta proposición. 

— Ya veo, Qorgo, que has tenido una madre adop* 
tiva tan sabia como la vieja Okka. 

A esto adadió que había oído decir que Klement era 
del Halsingland. 

— Entonces le buscaremos en todo el Halsingland, desde 
Lingbo hasta Mellansjd. Y creo que mañana por la tarde te 
será posible entrevistarte con ese hombre — contestó Qorgo. 

Pusiéronse en camino y esta vez como buenos amigos. 
Nils iba sentado sobre la espalda del águila, que le con- 
dujo rápidamente a través de todo el Qastríkland. 

Después de haber alcanzado el bosque del norte de la 
provincia, descendió Qorgo, púsose sobre la cima de una 
montaña desnuda de vegetación, y cuando el muchachito 
puso el pie en tierra, le dijo: 

— Como aquí es magnífica la ocasión, te confieso que 
yo no me consideraré verdaderamente libre hasta que haya 
hecho UM buena caza. Ocúpate en lo que quieras durante 
este tiempo; pero a la puesta del sol encuéntrate aquí. 

Solo, allá en lo alto, el muchacho se consideraba bas- 
tante desamparado. Sentóse sobre una piedra y se puso a 
contemplar la montaña pelada y los grandes bosques de 
abajo. Al poco rato oyó cantar en el bosque y vio una cosa 
clara que se movía entre los árboles. Pronto reconoció una 
bandera azul y amarilla y por el canto y el rumor que lle- 
^ba hasta sus oídos comprendió que la bandera precedía 
un cortejo que aun no le era posible distinguir. La bandera 
ascendía a través de los largos senderos que serpenteaban 
por las laderas del monte. ¿A dónde iba? ¿Subiría acaso 
a la traidora cima donde Nila estaba sentado? 

La bandera desembocó en el bosque, seguida de un 

91 



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370 8EUAA moERu&r 

numeroso cortejo. Y al punto surgió tal hormigueo de ca- 
beciUs y tanta animación, que Nils no se aburrió lo más 
mínimo un solo instante. 

LA FIESTA DEL BOSQUE 

Sobre la ancha cima donde Ooiigo había dejado a Pul- 
garcito, registróse un incendio doce aflos antes. Los árbo- 
les, carbonizados, desaparecieron de allí. La cumbre apa- 
recía pelada y terriblemente desierta. Las raigambres enne- 
grecidas asomando entre las piedras, testimoniaban que en 
otro tiempo hubo allí abundancia de árboles; pero no por 
esto veíanse surgir de la tierra brotes nuevos en parte 
alguna. 

Las gentes se asombraban de que las montanas no hu- 
bieran vuelto a llenarse de árboles, sin duda porque olvi- 
daban que a raíz del gran incendio la tierra había sufrido 
una prolongada y árida sequedad. No sólo se incendiaron 
los árboles sino también los matorrales, el musgo, el mir- 
to bastardo, el jacinto y toda la vegetación; el mismo man- 
tillo, poco profundo en la rocosa superficie, habíase trans- 
formado en algo seco y muerto como la ceniza. Al menor 
soplo de viento formaba verdaderos torbellinos, y la cima, 
castigada por todos los vientos, mostraba pronto su esque- 
lética rocosidad. El agua de las lluvias también contribuía 
a llevarse la tierra y después de diez afios en que el agua y 
el viento se conjuraron para limpiar la montaña de todo ele- 
mento fecundante, habíase quedado ésta tan desnuda y cal- 
va que bien podía creerse que continuaría así hasta el fin 
del mundo. 

Pero he aquí que un día fueron convocados todos los 
nifios de la parroquia ante una escuela, llevando cada uno 
de ellos un azadón o una pala sobre la espalda y en la 
mano un cestíto con provisiones* El pequeño ejército se 
puso en camino hacia la montaña, precedidos de una ban« 



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NIL8 HOLOERS80N9 371 

dera y escoltado por ios maestros y maestras, tras los que 
iban dos guardas forestales y un caballo ^ua tiraba de una 
carreta cargada de planteles de piqp y semilla de abeto. 

Esta larga comitiva recorrió los viejos caminitos orilla- 
dos de casitas veraniegas; las zorras, asombradas, sacaban 
el hocico por entre los hierros de sus guaridas y se pre* 
guntaban quiénes eran aquellos guardadores de ganado 
sin ganado. La proc^tón atravesó los claros donde estu- 
vieron las antiguas muelas de carl)ón y los picos cruzados 
se decían entre ellos : 

— ¿Quiénes son estos nuevos carboneros? 

El eottejo llegó por último sobre la altura incendiada. 
Las piedras ofrecíanse desnudas, sin ese revestimiento de 
finas guirnaldas de madreselvas que tenían antiguamente; 
las rocas estaban desprovistas del hermoso musgo argenta- 
do y de las plantas que mordisqueaban los renos. . 

El agua negra estancada en los huecos de las rocas no 
estaba bordeada de musgo ni de acederas. Los montond- 
tos de tierra que quedaban en los hoyos no mostraban he- 
lechos ni pirólas blancas ni ninguna de todas esas cosas 
verdes, encarnadas, ligeras, deliciosas y graciosas que de 
ordinario tapizan el fondo de los bosques. 

Al esparcirse los niños de la parroquia se hubiera di- 
cho que un rayo de sol iluminaba la montaña gris. Algo 
alegre, fresco y rosáceo, algo joven y viviente, alegraba los 
ojos. 

Cuando los niños se repusieron de la fatiga y las pro- 
visiones de las cestitos les dieron nuevas fuerzas, empuña- 
ron sus palas y azadones. Los guardas forestales ensefli* 
ronles cuanto había que hacer para plantar los pequeños 
pinos allí donde encontraran un poco de mantillo. 

Entreteniéndose los niños en remover la tierra, daban 
a entender con su aspecto grave, que estaban capacitados de 
la importancia de su trabajo. Los pequeños planteles de 



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372 SELMA LAOERLdP 

pinos sujetaron el mantillo e impidieron que el viento se 
lo llevase. Tras esto se formaría nuevo mantillo debajo de 
los árboles, caerían las semillas j dentro de algunos afios 
se cogerían frambuesas y mirtos allí donde no habfa más 
que rocas peladas. Y los pequeños planteles llegarían a ser 
árboles copudos, con los que se construirían tal vez algún 
día casas y barcos. 

— Es una suerte que hayamos venido ahora, cuando 
todavía queda un poco de tierra en tos hoyos — decían los 
niños. — Un poco más y hubiera sido tarde. 

Comprendían toda la importancia de su misión. 

Mientras los niños trabajaban los padres se pregunta- 
ban con gran curiosidad si obtendrían algún resultado. 
Evidentemente era un motivo de risa el hacer plantar bos- 
ques a semejantes monicacos; sería cosa divertida verles 
trabajar. Y tras decir esto, el padre y la madre poníanse en 
camino hacia la montaña. Ya en el bosque se encontraban 
unos padres con otros. 

— ¿Vais allá arriba? 
-Sí. 

— ¿A ver a los chicos? 

— Seguramente no harán más que jugar. 

— |Ya lo creo! Se sentirán cansados antes de haber 
plantado un árbol. 

Y el padre y la madre llegaban a la montaña. Primera- 
mente gozaban con mirar las caritas coloradas entre las 
piedras grises. Después se interesaban en su trabajo: mien- 
tras unos plantaban arbolillos, otros trazaban surcos y sem- 
braban la semilla y no faltaban los dedicados a arrancar 
los matorrales, que dificultarían el desarrollo de los plan- 
teles. Los niños se entregaban al trabajo con todo su co- 
razón. 

Después de haber mirado un ratoi el padre les daba 
una mano para ayudartci a arrancar la aalata* Y las ptr* 



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NILS HOLOER8SONS 373 

sonas mayores que habían sido atraídas allí por la curio* 
sidad, tardaban también poco en imitaries. Los niños goza- 
ban entonces doblemente. Pronto se encontraron allá arriba 
todos los habitantes de la parroquia, trabajando de firme. 
Qertamente, era un placer la siembra en los campos du- 
rante la primavera, pensando en las magníficas gavillas de 
trigo que brotarían de la tierra; pero, ¡cuánto mayor en- 
canto tenía este trabajo! 

No saldrían de esta siembra débiles troncos verdes, 
sino árboles de troncos vigorosos y amplios ramajes. Estas 
siembras no producirían la cosecha de un afto, sino la ve- 
getación de muchos años, haciendo resonar de nuevo en la 
montaña la vibración de los insectos, el canto de los mir- 
los, el juego de los gallos silvestres, toda la animación de 
la vida en la cumbre desierta. Estas siembras serían como 
monumento elevado en honor y provecho de las genera- 
ciones futuras: se hubiera podido dejarles una altura des- 
nuda e inhóspita y he aquí que heredarían un bello bos- 
que de soberbio aspecto. 

Por poco que reflexionaran los descendientes, no deja- 
rían de comprender que sus antepasados habían sido gen- 
tes previsoras y buenas y pensarían en ellos, animados de 
un sentimiento de respeto y gratitud. 



XL 
UN DÍA EN HALSINOLAND 

¡üeves, 16 de Junio 

Al día siguiente atravesaba Nils el Halsingland. El pai- 
saje de primavera se extendía ante sus ojos; los pinos y los 
abetos mostraban sus brotes de verde claro, los abedules 



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374 8BLMA LAOERLÓP 

SUS bosquecillos de hojas tiernas, los prados sa hierba de 
un nuevo verdor y los campos un tapiz de jóvenes triga- 
les. Era un país accidentado y lleno de l>osque8; io atrave- 
saba un valle que dibujaba una clara mancha y del cual 
surgían otros valles estrechos y cortos, y también largos y 
anchos. 

— Este país— pensó Nils -—es verde como una hoja y los 
valles se ramifican como si fueran los nervios de esa hoja. 

En medio del valle central discurría un río que en di- 
versos puntos se ensanchaba, formando lagos. En las ori- 
llas del río había prados a los cuales sucedían, un poco 
más allá, los campos; y, por último, en los linderos del 
bosque, se elevaban las granjas, grandes, bien construidas, 
que sucedíanse sin interrupción. Las iglesias erguíanse al 
lado del río y en torno de ellas se agrupaban las aldeas. 

&a un hermoso país. El muchachito pudo verlo todo 
a su gusto, porque el águila remontaba los valles uno tras 
otro en busca del pequeño músico ambulante Klement 
Larsson. 

Al avanzar la mañana había una animación extraor- 
dinaria en muchas granjas. Las puertas de los establos 
se abrían de par en par y daban suelta al ganado. Eran 
hermosas vacas blancas, de corta estatura, ágiles, de pa^o 
firme, alegres y saltadoras. Tras ellas iban los becerros 
y los corderos, y su júbilo por salir, después del invierno 
larguísimo, se manifestaba en saltos y patadas. 

Dos muchachas, con su saco al hombro, corrían entre 
los animales. Un muchacho, provisto de una larga vara, se 
esforzaba por impedir que los corderos se desbandaran. 
Un perro se deslizaba entre las vacas aullando y ladrando. 
El granjero enganchaba un caballo a la carreta cargada de 
botes de manteca vacíos, de cajitas de queso y de provisio- 
nes. Todo el mundo reía y cantaba; las gentes se mostra- 
ban tan felices como los animales. 



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NILS H0L0ERS90NS 375 

Por último, el ganado se puso en marcha hacia el bos« 
que. Una joven que iba a la cabeza, lanzaba de vez en cuan- 
do gritos sonoros. El ganado la seguía. El pastor y el perro 
corrían en todas direcciones para cerciorarse de que no se 
rezagaba ningún animal. Bl campesino y su criado cerra- 
ban el cortejo, reteniendo cada uno de un lado la carreta, 
que saltaba sobre el estrecho sendero pedregoso. 

Era aquél, decididamente^ el día en que, según la cos- 
tumbre, los granjeros del Halstngland envían sus rebaños 
a pasar el verano eü el bosque, porque de cada valle veían- 
se salir y penetrar en los bosques alegres cortejos. Del fon- 
do sombrío del bosque salieron durante toda la jornada los 
gritos de las pastoras y el tintineo de las esquilas. 

Hacia la tarde llegábase a lugares donde se elevaba un 
pequeik) establo y dos o tres cabanas grises. Al entrar en 
el estrecho encerradero mugían alegremente las vacas al 
reconocer su pasto veraniego; y se ponían a saborear en 
seguida la hierba tierna y olorosa. Las gentes transporta^ 
ban a una de las cabanas los objetos que llevaba la carreta, 
agua y leña. El humo no tardaba en salir por la chimenea 
y las jóvenes, el pastorcito y los hombres se instalaban al 
poco rato en torno de una piedra plana que servía de mesa, 
dispuestos a devorar la comida. 

Qorgo, el águila, estaba seguro de encontrar al peque- 
ño músico ambulante entre las gentes que subían hacia los 
chalets; pero las horas pasaban sin que se le descubriera. 
Después de haber volado sobre el país en todas direccio- 
nes, el águila decidióse a bajar a la caída de la tarde sobre 
un chalet aislado en la cumbre de la montaña. Las gentes 
y el ganado acababan de llegar. Los hombres cortaban 
la iefla mientras las hijas de la granja se ocupaban en or- 
deñar las vacaa 

— ¡Mira allá abajo!— dijo Qorgo.— Creo que es aquél. 

Y al descender muy bajo, Nils reconoció, no sin asom- 



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376 SeUlA LAOERLdP 

bro, que el águila tenia razón. En efecto, el pequeño Kle- 
ment Larsson cortaba lefia en el cercado del chalet. 

Oorgo descendió sobre un árbol algo alejado de tas 
casas. 

— Yo lie cumplido lo que te prometí — le di)o. — Aliora 
trata de quedar bien con ese liombre. Te espero en lo alto 
de este pino copudo. 

En el chalet había acallado el trabajo del día y las gen- 
es conversaban después de haber cenado. Hacía mucho 
tiempo que no se había pasado una noche de verano en el 
bosque y ello quitaba a- todos el sueño. Además, era aún 
de día. Las jóvenes it>an dqando ya el trabajo y miraban 
hacia ios bosques, sonríéndose unas a otras. 

— ¡Henos otra vez aquíl -* decíanse suspirando satis- 
fechas. La agitación del pueblo se borraba de sus espíritus 
y el bosque las iba envolviendo en su paz profunda. Cuan- 
do estaban en casa y pensaban que pasarían todo el verano 
solas en el bosque, creían que apenas si podrían soporta* 
tal soledad; pero recién llegadas a las cabanas compren- 
dían que el tiempo pasado allí era el más feliz de su vida. 

De súbito, la mayor de las muchachas» levantando la 
vista de la labor« dijo alpemente: 

— No debemos permanecer esta noclie en silencio, 
cuando tenemos entre nosotros a dos cuentistas. Uno es 
Kiement Larsson, que está junto a mí, y el otro es Ban- 
hard de Sunnansjo, que está ahí, con la mirada fija en la 
colina Black. Creo que podríamos pedirles que refiriesen 
un cuento y yo prometo entregar este pañuelo que estoy 
terminando al que diga el cuento que nos resulte más agra- 
dable. 

Esta proposición mereció una entusiasta acogida, y aun- 
que los llamados a tomar parte en esta contienda, hicieron 
algunas observaciones, acabaron por cumplir la voluntad 
de los demás. 



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N1L8 HOLOEKSSONS 377 

Ktement requirió a Bamhard^iue comenzara, y éste ac- 
cedió. Conocía poco a Klement Larsson, y suponiendo que 
refiriese un cuento de brujas y duendes, lo que de ordina- 
rio gustaba a las gentes, creyó prudente referir algo de este 
estilo, y comenzó diciendo: 

*- Hace varios siglos regresaba montado a caballo, a 
través de un espeso bosque y en la noche de año nuevo, 
un cura párroco de Delsbo, que venia de dar los auxilios 
espirituales a un enfermo que habitaba en una pobre ca« 
baña en la que habfa paudo mucho tiempo sin darse 
cuenta de ello. Vestía capotón de pieles, tocaba su cabeza 
con gorra de pid y llevaba sujeta a su silla de montar una 
bolsa en la que llevaba el copón, el breviario y la capa 
con la que se revestía para aplicar los santos óleos y dar la 
comunión. El párroco iba contento porque la noche era 
buena. El frío no era intenso; no soplaba viento y a través 
de las nubes que cubrían el cielo veíase lucir el hermoso 
disco de la tuna, alguna que otra vez. El caballo que mon- 
taba, y al que tenía en gran estima, era fuerte, inteligente 
como una persona y tan conocedor de aquellos sitios que 
desde cualquier punto iría rectamente a la abadía. De ahí 
que el cura, enh-egado a sus cavilaciones, dejase que el 
catMÜto siguiese el camino sin preocuparse de his riendas. 
De pronto el caballo se paró en seco y no logrando el 
cura que arrancara, se apeó, cogiéndole de la rienda para 
hacerle marchar. Todo fué inútil. Por fin consiguió que an- 
duviese y como viera que se adentraba en la espesura, em- 
puñó las riendas para guiarle. El caballo se paró, sin en- 
contrar el medio de hacerle marchar. Todo fué inútil. Por 
fin el caballo dijo, dirigiéndose al cura : 

— ¿No te parece que después de haberte servido de mi 
y hecho tu voluntad año tras año, debías acceder por esta 
noche a mi capricho? 

Presumió el cura que el caballo necesitaba de su auxi- 



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378 SELMA LAQERLdr 

lio por una u otra causa, y para que nunca se dijera que el 
cura de Dcisbo haUa dejado de ayudar a quien se lo pi- 
diera, condujo el caballo junto a una piedra para montar 
mejor y se dejó llevan 

El caballo comenzó a subir por una escarpadura que el 
bosque cubría, hasta llegar a una alta píamete desprovista 
de arboleda. Allfi junto a una gran piedra que había en el 
centro, vio a buen número de animales feroces: osos, iolx)6, 
etcétera, que parecían celebrar una reunión,' que presidia 
un genio del bosque, alto como los más grandes árboles y 
que vestía capa de ramaje de abeto, tachonada de piftas, y 
en cuya mano derecha ostentalm una antorcha de lefias que 
ardía en altas y rojiza^ llamaradas. Del bosque que bor- 
deaba la planicie vio salir a los animales domésticos en 
gruposy que procedían de sus masías y cabaftas y por más 
que tratase de impedir que llegasen hasta las bestias fero* 
ees, no pudo conseguirlo. Los animales domésticos desfila- 
ron ordenadamente ante los feroces, sin que éstos les hicie- 
ran dafio, y sólo rugían cuando el genio setlalaba con la 
antorcha a los que serían sacrificados aquel Año entre los 
colmillos de las fieras hambrientas. También tuvo el caballo 
que tomar parte en el desfile y al ver el cura, que el genio 
iba a sefialarle con la antorcha, presentó el breviario y 
cuando la luz reSejó en la cruz que adomat» hi cubierta 
del libro, apagóse la antorcha y todo se desvaneció comp 
por encanto. Cuando el cura llegó a su casa no pudo de- 
cir si aquello era un suefio o una visión, si bien le sirvió 
para recomendar a sus feligreses, en cada sermón, la defensa 
y amparo de los animales domésticos, y cuéntase que fue- 
ron tan eficaces estos sermones que de la parroquia des- 
aparecieron los lobos y los osos, aunque, dado el tiempo 
que ha pasado, han vuelto otra vez. 

Cuando Barnhard hubo terminado su relato, por el que 



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NILS HOLOERSSONS 379 

fué muy felicitado» comenzó el suyo Kiement, sin hacerse 
de rogar. 

— En Estocolmo, cuándo yo estaba en el Skanseni afío- 
rat>a un día mi país..., y refirió la liistoria del duende que 
compró para iil^rarle del cautiverio y evitarle la vergüenza 
de ser expuesta a los papanatas, encerrado en una jaula. 

Después contó ¿odio había sido inmediatamente recom* 
pensada su buena acción. 

El auditorio seguía el relato con estupor st<mpre cre- 
ciente y cuando llegó al momento en que el lacayo real le 
llevó el hermoso libro de parte del rey, las jóvenes dejaron 
caer la labor de sus manos y le miraron inmóviles, aturdí* 
das, como si les hubieran sobrevenido las cosas más extra- 
ordinarias. Todo el mundo comenzó a considerar a Kle- 
ment de otra manera. ¡Había hablado con el rey! De im- 
proviso alguien le preguntó lo que había hecho del 
duende. 

—Me faltó tiempo para comprarle un tazón azul — 
respondió -* ; pero yo le encargué esto al viejo lapón. No 
sé lo que habrá pasado después. 

Apenas Klement hubo dicho estas palabras, fué a darle 
en la punta de la nariz una pequeña pina. Nadie se la había 
arrojado. 

— lAy, ay! Me parece que nos está oyendo el duende, 
Klement-^ dijo la muchacha. — De Iodos modos creo que 
el pañuelo debe corresponderte a ti, porque Bamard ha 
contado lo que pudo suceder a otros, mientras que tú has 
referido algo que te ha sucedido a tí. 

Y como todos asintieron, fué Klement el que se llevó el 
pañuelo. 



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380 seuiA LAoeRLór 

XLI 
EL DISTRITO DE MEDELPAD 

Viernes, 17 de junio 

Qorgo y Nils despertaron con el alba. El águila espe- 
raba llegar aquel día a la región de Vásterbotten. 

Se encontraban en Medelpad del Sur, donde no había 
otra cosa que bosques tan solitarios que el chicuelo pensó 
que en ellos no viviría gente alguna. Viendo tales parajes 
recordaba las finas cañas amarillentas del centeno, que 
crecían en el sur en un verano, que comparaba ahora con 
los gruesos troncos que necesitaban aftos y afios para ren- 
dir su cosecha. 

—Ya ha de tener paciencia — exclamó — quien espere 
sus medios de vida de tal cosecha. 

En este mismo momento llegaron a un sitio en que el 
bosque había sido talado. 

— ¡Qué feo es esto!— dijo Nils al ver todo aquello des- 
provisto de árboles y el suelo cubierto de ramaje. 

— Es un campo cuya cosecha se recogió el pasado in- 
vierno—contestó el águila. 

Y esta respuesta recordóle a Nils que allá en el sur, los 
campesinos recogían la mies en las luminosas mañanas del 
verano, con las máquinas segadoras, mientras que las talas 
del bosque hacíanlas los leñadores en medio de los rigores 
del crudo invierno, cuando la nieve cae a grandes copos y 
el frío es intenso. Allí trabajaba la máquina; aquí precisaba 
un penoso trabajo para derribar un solo árbol y semanas 
enteras para dejar desierta una extensión no muy grande 
del bosque. 

El águila batió sus alas y pronto descubrieron una pe- 
queña cabana, situada en los linderos del bosque talado 



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NILS HOLOfiRSSONS 381 

Hecha de gruesos troncos sobrepnestos, no tenía ventanas 
y la puerta formábanla un par de tablas sueltas. La te- 
chumbre, formada de ramas y cortezas de árboles, había 
desaparecido, y en el interior sólo pudo ver Nils unas 
cuantas piedras de gran tamaño, que habían servido para el 
fogón y un par de bancos de media tabla, extrañándose de 
que alK hubiesen podido habitar los hombres dedicados a 
la recolección forestal. Y a su memoria acudió el recuerdo 
de que allá, en el sur, los segadores volvían alegres a sus 
casas, después del trabajo y en ellas encontraban a sus mu- 
jeres que les alimentaban lo mejor que podían, mientras 
que aquí, después de una ruda faena, apenas si el trabaja- 
dor podía descansar, tras la jornada pasada en el bosque, 
en un duro banco. También observó Nils que los produc- 
tos forestales transportábanse por sendas estrechas y pedre- 
gosas, cortadas a veces por riachuelos, a través de las cua- 
les tiraban las caballerías con gran esfuerzo, de ios troncos, 
mientras que allá, en el sur, no faltaban un par de buenos 
caballos uncidos a un carro cargado de mies hasta una 
altura inconcebible y que rodaba suavemente por los 
caminos anchurosos y bien cuidados. 

El águila siguió su vuelo hasta que llegaron al río Ljun- 
gan, que se deslizaba por un amplio valle. Aquello parecía 
ser otra tierra. Junto al río había campos, huertos y una 
ciudad con bonitos edificios. 

— Ahí habitan los que viven de la cosecha del bosque 
— díjole el águila. Y Nils pensó que debía ser remunerador 
el trabajo de los bosques. 

El águila, durante el vuelo, mostraba a Nils como 
eran conducidos los troncos río abajo, hasta las grandes 
serrerías situadas en la desembocadura del río. 

— Ahí tienes el gran molino de la serrería de Svartrik. 
Y Nils pensó al punto en los molinos de viento de su 
región que, asentados en verdes praderaSi movían lenta* 



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382 SEUIA LAOERLÓP 

mente tus grandes aspas. Esios otros molinos, dedicados a 
aserrar los troncos, carteen de aspas y se hallan emplaza- 
dos en la costa, porque sólo el agua puede moverlos. Y ios 
troncos que iban río abajo eran arrastrados con grandes 
cadenas por un puente indinado, liasta el interior de un 
edificio con aspecto de almacén. Nils no pudo ver lo que 
se hacia allí dentro, donde era grande el estrépito que rei- 
naba; pero sí pudo ver como por un extremo salían vago- 
netas, que se deslizaban sobre los rails y que iban descar- 
gando los blancos tablones que luego formaban calles, 
como si se tratase de construir las grandes casas de una 
población. Después vio que estas pilas se desmontaban 
para llevar los tablones a bordo de dos vapores que se 
hallaban a la carga. El número de obreroa qat pbr allí 
pululaban era tan elevado que, segAn Ntb, pronto acaba- 
rían con los bosques de Medeipad. 

Oorgo siguió volando y pronto aparecieron otras serre- 
rías, entre ellas la de Kubikenborg, y mis tarde una impor- 
tante ciudad. 

— ¿Qué población es ésta? ~ preguntó Nils asombrado. 

— Sundsvall, la capital de este distrito exportador. 

Metida en una ensenada limpia y alegre, ofrecía, vista 
desde la altura, un aspecto bien raro por cierto. En el cen- 
tro había un gran grupo de casas de mampostería, tan 
bellas como pudieran serlo las mejores de Estocolmo, y 
circundando a éstas, a buen trecho, veíanse otras edifica- 
ciones de madera, tal como si convencidas de su inferiori- 
dad y por respeto a las primeras, hubiesen querido colo- 
carse a prudente distancia. 

— He aquí una rica y hermosa ciudad — observó Nils. 
— Parece mentira que el estéril suelo del bosque pueda 
producir tanta riqueza. 

Avanzando un poco mis en su vuelo pudieron saber 
que era AlnOn y vieron con asombro que las serrerías se 



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NILS HOLOERSSONS 383 

tocaban unas con otras, contando Nils mis de cuarenta. 
Tal vida y movimiento no los habia visto Nils en todo su 
viaje. 

— iQué extraña es esta tierra mfal— prorrumpió el pe- 
queñuelo . — Adondequiera que vaya, siempre encuentra 
en ella el hombre de qué vivir. 



XLII 
UNA MAÑANA EN AUQERMANLAND 

EL ALIMENTO 

Sábado, 18 de Junio 

A la mañana siguiente, después de haber volado un 
buen trecho sobre esta tierra de Augermanland, dijo el 
águila: 

-^ Ahora soy yo el que tiene hambre y necesita buscar 
qué comer. Y dejando al chicuelo en una colina sobre un 
hermoso abeto, se alejó volando. 

La mañana era hermosa. La luz solar doraba las copas 
de los árboles y soplaba una suave brisa. El bosque exha- 
laba un penetrante aroma y, desde el sitio que ocupaba» 
descubría Nils una hermosa y extensa campiña. Tranquilo 
y feliz contempló el bello panorama»^ aflojó la correa del 
saquillo que |lev»baA la esptlda y sacando uq pedazo de 
buen pan, empezó a comer. «No creo haber comido ounca 
un pan que me baya sabido tan bien. Quizá sea por la 
forma en que to he adqurridot — dijo pan si el chicuelo. 
Fué un caso curioso. Cuando en la noche anterior abando- 
naron el distrito de Medelpad y entraron en el en que ahora 
se ballabati, creyó Ntls que por allí habia discurrido en 



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384 8ELMA LAOBRL&r 

tiempos prehistóricos un anchuroso caudal de agua, que 
niveló y arregló aquellos terrenos hasta Weg^r a la roca 
dura que le sirvió de dique. A través de los terrenos así 
nivelados, deslizábase ahora un rio. 

Desde la altura parecióle que estos terrenos formaban 
tres mundos distintos: en uno, el de la desembocadura del 
río, en donde flotaban los troncos, se oía el estrépito de las 
serrerías, cruzaban los vapores de uno a otro lado, cargá- 
banse los buques, se pescaba el salmón, volaban las gavio- 
tas en grandes bandadas y se hacían excursignes con los 
botes a la vela. 

El otro mundo lo formaban las montañas, los grandes 
campos con sus aldeas y sus iglesias, los extensos prados 
que atravesaban el ferrocarril y los caminos vecinales, y 
más allá, sobre las montañas que cubría el bosque, se 
hallaba lo que pudiéramos llamar el tercer mundo, donde 
ponía sus huevos la gallina, se escondía el ciervo, acechaba 
la fiera, saltaba la ardilla y crecían gran variedad de bayas 
silvestres. 

Contemplaba este hermoso panorama cuando NUs, que 
no había comido en dos días, dijo tener hambre. 

^¿Por qué no lo dijiste antes? — di jóle el águila.— 
Cuando se tiene por compañero de viaje a un águila, se 
puede obtener lo que se quiera. 

A poco vieron un campesino que sembraba trigo, 
sacándolo de un canasto que pendía de su cuello. Creyó 
que era un alimento muy adecuado para Nils, y trató de 
bajan pero antes de que pudiese llegar al suelo, his corne* 
jas, los gorriones, las golondrinas y otros pequeños pájaros, 
justamente alarmados, se dirigieron hacia él, al grito de 
ffuera el ladrón, fuera el ladrónt , hasta perseguirle en su 
huida. Asi se defendieron del peligro, y al volver, tras la 
persecución del águila, fueron objeto de una ovación por 
parte de cuantos presenciaron el espectáculo. 



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2 

I- 



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NILS HOL0BR8SONS 385 

Ei águila fracasó en otras intentonas» y hubiera ido en 
aumento el hambre de Nils de no haber llegado a una gran 
alquería, cuya dueña acababa de sacar el pan del horno. 
Llevóle al huerto, lo dejó sobre una tabla para que se en- 
friara y allí quedó de guardia para evitar las asechanzas de 
algún gato o de los perros. Apenas descubrió el águila 
aquellos hermosos panes descendió hacía la alquería, no 
atreviéndose a acercarse por temor a la mujer, si bien 
comenzó a dar vueltas y vueltas, con lo que llamó su aten- 
ción. Y suponiendo que el águila acechase ocasión para 
arrojarse sobre los panes, díjole la mujer: 

— Si quieres algún pan, tómalo; yo te lo doy.— -Y co- 
giendo uno se lo puso en la cabeza, de donde lo tomó el 
águila en un rápido vuelo, elevándose después. 

Cuando el chicuelo se vio con el pan lloró, conmovido, 
no porque con él pudiese mitigar el hambre, sino por el 
espontáneo rasgo de generosidad de aquella mujer. Era 
alta, rubia y hermosa, y Nils se la imaginaba tal como la 
había visto, extendiendo el brazo para llevarse a la cabeza 
el pan que le ofreciera a Qorgo. 

FUEGO EN EL BOSQUE 

Terminaba su desayuno cuando vio hacia el norte una 
pequeña columna de humo blanco, como si fuese niebla. 
Parecióle muy extraño ver aquel humo, que en un princi- 
pio creyó pudiera ser de alguna cabana, hasta que al ver 
que iba en aumento no dudó ya de que aquello sólo podía 
ser un incendio. El humo extendióse a lo largo de la colina 
que coronaba el bosque y multitud de pájaros volaron ha- 
cia otra colina próxima. Finalmente, llegó a adquirir tales 
proporciones, que por encima del bosque se extendió hasta 
el llano, viéndose ya las llamas rojizas y las brillantes chis- 
pas. Nils no podía comprender como había podido incen- 
diarse el verde bosque y temía que el fuego llegase hasta 

25 



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386 SELMA LAOERLÓP 

él si continuaba ardiendo. Era sorprendente ver como 
ardían los abetos. Primero les envolvía el humo y luego 
ardían todas sus ramas de repente. Gracias a los árboles 
q^ie crecían en las márgenes de un riachuelo que atravesaba 
el bosque y que no ardían con la misma facilidad que el 
pinOi los hombres que acudieron allí pudieron abrir una 
brecha y aislar el incendio; pero no por esto dejó de asus- 
tarse Nils, que vio correr toda clase de reptiles y aves que, 
al tropezar con él, le obligaron a abandonar el árbol y 
correr hacia una roca lejana, adonde fué a recogerle Qorgo 
que, con él a cuestas, se elevó por los aires. 



XLIII 
VESTERBOTTEN Y LA LAPONIA 

LOS CINCO EMISARIOS 

Un día en que Nils hallábase sentado en los escalones 
de la cabana de Bolinas, oyó que Klement Larssop conver- 
saba con un lapón acerca de las provincias del norte, con 
el que convino que la Laponia comprendía la mayor parte 
del territorio de Suecia, si bien la región lapona situada al 
sur del río Augerman era mejor que la del norte. Como 
no opinara así el lapón, entablóse una disputa, que dio por 
resultado que Larsson no había tenido ocasión de conocer 
el país, porque nunca había pasado de Hárnósand. Rió el 
lapón la ocurrencia de Larsson de discutir sobre cosas 
que no conocía, y para ilustrarle le refirió lo siguiente: 

— Una vez los pájaros que habitaban el sur de Suecia 
cayeron en la cuenta de que no tenían suficiente sitio para 
sus esparcimientos y entonces pensaron en que tal vez en- 



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NILS HOLOERSSONS 387 

coiitraran en el norte alimentos^ lugares donde anidar y 
parajes en que ocultarse, determinando enviar allá cinco 
pájaros encargados de tal misión, siendo elegidos por lo& 
del bosque un gallo silvestre; una alondra por los cfue ha- 
bitaban en el llano; por los del mar, una gaviota; por lo» 
de los lagos, una foja o pájaro diablo, y un gorrión monta- 
nus por los de las montañas. Ya elegidos, el gallo, que se 
consideraba con autoridad sobre los demás, propuso que 
cada cual marchara solo, a explorar lo que le correspondía, 
por cuanto de ir juntos tardarían mucho más tiempo en 
cumplir su cometido. 

Comprendiéronlo a$i los demás pájaros y acordaron 
que el gallo reconociese las tierras del interior, que la alon- 
dra llegara hacia el este, y todavía más ai este, donde la 
tierra penetra en el mar, la gaviota. La foja debÍ4 ir al 
oeste y el gorrión hasta ios confines de la Laponia. 

La primera en regresar fué la gaviota, y dijo : 

— Allá es hermosa la tierra, la costa está sembrada de 
islas, de ensenadas y lugares angostos donde abunda el 
pescado, y tanto la costa como las islas están cubiertas de 
bosques. La mayor parte de las islas están sin habitar y en 
ellas podrán hacer si^s nidos las gaviotas. La pesca y la 
navegación se practican en pequeña escala, y en ello no 
sufren perjuicio alguno las aves. Debemos ir allá cuanto 
antes. 

La segunda en llegar fué la alondra, y dijo : 

— No sé por qué pondera tanto la gaviota las islas y 
ensenadas. He atravesado los más hermosos prados y no he 
visto jamás tierra alguna con más ríos, que se deslizan tran- 
quilos sobre el extenso llano. A lo largo de los ríos se 
levantan las casas de campo, alineadas como si se tratara 
de una calle y en su desembocadura se erigen bellas ciuda* 
des. Si los pájaros del sur quieren seguir mi consejo, 
deben trasladarse al norte inmediatamente. 



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388 SELMA LAOBRLOP 

Llegó después el gallo, que se expresó así: 

— No entiendo lo que quieren decir, la gaviota con sus 
islas y ensenadas y la alondra con sus prados. Sólo sé que 
durante el viaje he visto espesos bosques de pinos y 
abetos y ríos que forman cascadas, y no he visto vivien- 
das. Si los míos quieren seguir mi consejo, márchense 
acto seguido al norte. 

Luego regresó la foja, y dijo: 

— No comprendo lo que el gallo dice de los bosques, 
ni puedo comprender a la gaviota y a la alondra. Allá 
arriba apenas si hay tierras y sí sólo profundos lagos, al 
pie de montañas que se reflejan en ellos, y hermosas cas- 
cadas. Vi iglesias y poblaciones construidas alrededor de 
ellas, junto a ciertos lagos, y otrq^ muchos en lugares 
desiertos. Si las aves de las lagunas quieren seguir mi 
consejo, trasládense al norte sin pérdida de tiempo. 

Por úhimo habió el gorrión, que había volado a lo 
largo de la frontera: 

— No concibo lo que la foja dice de los lagos, ni lo 
que el gallo de las montañas, ni tampoco lo de la alondra 
y la gaviota. Sólo he visto una gran extensión de montañas; 
nada de prados y campos; nada de grandes bosques y sí 
sólo crestas rocosas, separadas por desfiladeros y valles. 
En cambio, he visto grandes extensiones de hielo y nieve, 
con riachuelos de agua tan blanca que más parecía leche, 
y arbustos, y monte abajo, ni un soto campesino, ni un 
solo corral para los animales. Sólo algunos lapones 
con sus renos y sus típicas cabanas. Si los pájaros mon- 
taraces quieren seguir mis consejos, deben ir allá segui- 
damente. 

Cuando terminaron de hablar los cinco emisarios, 
promovióse tal escándalo entre ellos por negar unos lo 
que los otros afirmaban, que los demás pájaros tuvieron 
que imponerles silencio, diciendo: 



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N1L8 HOLOERSSONS 389 

-- No discutáis; por lo que referís podemos apreciar 
lo que existe alia en el norte: extensas montañas, grandes 
lagos, bosques anchurosos, lagunas dilatadas, y, junto a la 
costa, centenares de islas e islotes; más de lo que podía- 
mos esperar. No todos los países pueden vanagloriarse de 
tener dentro de sus límites terrenos tan variados. 

LA POBLACIÓN ERRANTE 

El águila había dicho a Nils que la ancha faja de costa 
que se extendía ante sus ojos era Vesterbotten, y que las 
crestas de las montañas que azuleaban muy lejos, al oeste^ 
se encontraban en la Laponia. 

El viaje a espaldas del águila era tan ligero que a ve- 
ces le daba la impresión de estar inmóvil, sobre todo des- 
pués que el viento norte que soplara por la mañana había 
cambiado de dirección. Por el contrarío, la tierra parecía 
retroceder hacia el sur. Los bosques, las casas, los prados, 
los cercados, las islas, los numerosos aserraderos de la 
costa, todo estaba en marcha. Hubiérase dicho que can- 
sadas de la parte extrema del norte, se trasladaban hacia 
el sur. 

Esta idea divertía a Nils. ¡Imaginad si este campo de 
trigo que parecía recién sembrado llegaba a la Escania, 
donde en esta época del año el centeno ha echado es. 
pigas! 

¡Y aquel jardín que descubría en tal momento! Tenía 
hermosos árboles; pero no árboles frutales, ni nobles 
tilos, ni castaños; nada más que serbales y álamos. Había 
bonitos zarzales, pero no saúcos ni cítisos; sólo cerezos y 
lilas. Había una huerta, pero no estaba labrada ni sem- 
brada. Si semejante jardincito apareciera al lado del jardín 
de un gran dominio de Sudermania, daría la impresión 
de un desierto. 

Lo que constituía la gloría del país eran los sombríos y 



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390 SELMA LAOERLÓr 

caudak>sos ríos rodeados de valles habitados, Henos de 
maderas flotantes, con sus serrerías, sus pueblos, sus des- 
embocaduras rebosantes de embarcaciones. Si alguno de 
estos ríos apareciera al sur del Dalef, los ríos y los ria- 
chuelos de allá sé hundirían bajo tierra, de vergüenza. 

¡Pues pensad lo que ocurriría si una llanura tan in- 
mensa, tan fácil de cultivar y tan bien situada, apareciera 
ante los ojos de los campesinos del Esmaland! Se apresu- 
rarian a dejar el laboreo de sus pedazos de tierra infe- 
cunda y de sus campos, que son verdaderos pedregales. 

Lo que este país poseía en abundancia era luz. En las 
marismas las grullas dormían de pie. La noche debía ha- 
ber llegado ya; pero la claridad continuaba. El sol no des- 
cendía hacia el sur, sino que, al contrario, subía muy alto 
hacia el norte, y sus rayos herían ahora los ojos de Niis, 
quien aun no experimentaba la menor necesidad de dor- 
mir. ¡Pensad si esta luz, si este sol, iluminaran Vemmen- 
hog! Esto haría la suerte de Holger Nilsson y de su mujer: 
¡Un día de trabajo de veinticuatro horas! 

EL SUEÑO 

Nils levantó la cabeza y miró en torno suyo, cuando 
apenas si estaba despierto. Se había acostado en un lugar 
que no reconocía. Jamás había visto aquet valle ni las 
montañas que lo circundaban. No había visto tampoco 
aquel lago redondo que ocupaba el centro del valle ni 
había visto nunca álamos tan miserables, tan achaparra- 
dos como aquellos sobre los cuales aparecía jendido. 

¿Y el águila? No se veía por ninguna parte. ¿Qué aven- 
tura era aquélla? 

Nils se recostó y cerró los ojos; después trató de re- 
cordar lo que había ocurrido en el momento de dor- 
mirse. 

Recordaba que Qorgo había cambiado de dirección y 



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NILS HOLOERSSONS 391 

que el viento les daba de lado. Recordaba que el águila 
le llevaba en uno de sus vuelos poderosos. 

— ¡Ya entramos en la Laponia! — había dicho Gorgo 
de repente— -y se sintió muy decepcionado al no ver más 
que marismas infinitas y bosques ininterrumpidos. La mo- 
notonía del paisaje había acabado por cansarle. Entonces 
dijo a Qorgo que no podía más, que tenía necesidad de 
dormir. 

Qorgo bajó a tierra y Nils arrojóse sobre el musgo; 
pero el águila le recogió con sus garras y remontóse nue- 
vamente. 

— ¡Duerme, Pulgarcito! — le había gritado,— El sol 
me tiene desvelado y quiero continuar el viaje. 

Y, a despecho de su incómoda posición, durmióse, en 
efecto, y soñó. 

Marchaba por un largo camino, al sur de Suecia, tan 
deprísa como se lo permitían sus piernecitas. No iba solo; 
a su lado marchaban tallos de centeno de largas espigas, 
acianos y crisantemos jóvenes; caminaban los manzanos, 
doblegándose bajo el peso de sus gruesas manzanas, se- 
guidos de habichuelas trepadoras llenas de vainilla y de 
verdaderos montes de groselleros. Arboles soberbios, 
hayas, robles y tilos, avanzaban lentamente: ocupaban el 
centro del camino, .no se apartaban ante nada ni ante 
nadie y hacían sonar fieramenée su ramaje. Entre los pies 
de Nils corrían flores y frutattrfresales, anémonas, tréboles 
y myosotises. Mirando con más detención descubrió Nils 
que hombres y animales formaban también parte de 
aquel cortejo. Los insectos volaban entre las plantas; los 
peces nadaban en las lagunas del camino; los pájaros 
cantaban en los árboles en marcha; los animales domésti- 
cos y los silvestres rivalizaban en velocidad, y en medio 
de este hormiguero de bichos y de plantas marchaban los 
hombre!, algunos provistos de azadas y guadañas, otros 



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392 8BLMA LAOERLÓr 

de hachas, algunos de escopetas y los últimos con redes 
de pescar. 

Cl cortejo avanzaba alegremente y Nils no se asom- 
braba de nada desde que había visto que él iba a la ca- 
beza. Aquello no era ni más ni menos que el sol. Andaba 
sobre el camino como una gran cabeza resplandeciente 
de alegría y bondad, con una cabellera formada de rayos 
multicolores. 

— ¡Adelante! — gritaba a cada momento. — Nadie debe 
sentirse inquieto mientras yo esté aquí. ¡Adelante! ¡Adelante! 

— Yo me pregunto: ¿Adonde quiere llevarnos el sol? 

— murmuró Nils. 

Un tallo de centeno que marchaba a su lado, le res- 
pondió al oír sus palabras: 

— Quiere llevarnos a la Laponia para hacer la guerra 
al rey del frío y de la noche. 

Nils percatóse al cabo de un momento de que algu- 
nos expedicionarios vacilaban, detenían el paso y se para- 
ban al fin. Vio como quedaba atrás la soberbia haya; 
como suspendían su marcha el corzo y el trigo, así como 
las zarzas de la morera silvestre, los castaños y las per- 
dices. 

Sorprendido, miró Nils a su al rededor y descubrió 
entonces que no estaba en el mediodía de Suecia; la mar- 
cha había sido tan rápida que se encontraba ya en Esvea- 
land. 

En este momento comenzó el roble a sentir cierta zo- 
zobra. Se detenía, daba algunos pasos y se paraba defini- 
tivamente. 

-—¿Por qué no nos acompaña el roble hasta más lejos? 

— preguntó Nils. 

—Tiene miedo al rey del frío y de la noche — res- 
pondióle un joven y dorado álamo, que avanzaba alegre y ' 
decidido. 



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NIi3 HOLOERSSONS 393 

Aunque se había rezagado mucha gente, no por esto 
disminuía la rapidez de la marcha. El sol rodaba siempre 
allá arriba, y repetía con una gran sonrisa alentadora: 

— ¡Adelante! ¡Adelante! Nadie debe mostrarse inquieto 
mientras yo esté aquí. 

Pronto se encontraron en Norrland y el sol tuvo que 
apelar de nuevo a su sonrisa: el manzano se detuvo, el 
cerezo y la avena lo mismo. El muchacho se volvió hacia 
ellos: 

— ¿Por qué no venís? ¿Por qué traicionáis al sol? 

— No nos atrevemos. Tememos al rey del frío y de la 
noche que permanece allá lejos, en la Laponia — respon- 
dieron. 

Pronto conoció Nils que habían entrado en la Lapo- 
nía. Las filas se habían dispersado extraordinariamente. El 
centeno, la cebada, el fresal, el mirto, el guisante y el gro- 
sellero permanecían fieles hasta allí. El ciervo y la vaca 
habían marchado juntos; pero todos se detenían ahora. 
Los hombres continuaron todavía un trecho del camino, 
pero la mayor parte habíanse detenido. El sol hubiera 
quedado casi solo si no se hubiesen unido otros compa- 
ñeros al cortejo: zarzales de mimbre y una multitud de 
pequeñas plantas montañesas; después lapones y ren- 
gíferos, mochuelos blancos, lagópedos alpinos y lobos 
azules. 

El muchacho oyó de golpe algo que marchaba delante 
con gran estruendo. Eran ríos y riachuelos que corrían 
bulliciosos. 

— ¿Por qué corren de una manera tan precipitada? — 
preguntó. 

— Huyen ante el duende del Polo, que habita en las 
montañas— le explicó un lagópedo hembra. 

De súbito vio Nils aparecer ante ellos una sombría 
pared, muy alta, con la cumbre almenada. A la vista de 



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394 SELMA LAOERLÓF 

aquella fqrtaleza retrocedieron todos aterrorizados. Pero el 
sol volvió hacia el muro su cara radiante. Y se vio entonses 
que no era una fortaleza que les cerraba el camino, sino 
una montaña magníñcamente bella, cuyos picos se elevaban 
unos tras otros, enrojecidos al sol, mientras que las pen- 
dientes eran de un azul pálido con reflejos de oro. El sol 
les exhortaba, rodando hada la cumbre: 

— ¡Adelante! jAdelante! Mientras esté yo aquí no habrá 
peligro — les decía. 

Pero durante la ascensión fué abandonado por el joven 
y atrevido álamo, el pino vigoroso y el abeto cabezudo. 
Después le abandonaron también el rengífero, el hombre 
de la Laponia y el mimbre. Por último, cuando llegaron a 
lo alto de la montaña, el único que acompañaba al sol era 
Nils Holgerssons. 

El sol rodó hacia una hondonoda cuyas paredes estaban 
tapizadas de escarcha. Nils hubiera querido proseguirtoda- 
vfa, pero un espectáculo terrible le dejó clavado en el 
sitio. En el fondo de la hondonada estaba sentado el viejo 
duende del Polo. Su cuerpo era de hielo, sus cabellos de 
témpanos y su manto de nieve. A sus píes había tendidos 
tres lobos negros que se levantaron y abrieron sus fauces 
al aparecer el sol. De las fauces de uno de ellos se exhalaba 
un frío penetrante; de las del segtindo un viento norte que 
se calaba hasta los huesos, y él tercero vomitaba por las 
suyas impenetrables tinieblas. 

— Ese es el duende del Polo v su corte --pensó Nils. 
— Deseando saber cómo acabaría el encuentro del duende 
y el sol, Nils permaneció al borde de la caverna. 

El duende no se movió. Su cara siniestra estaba fija en 
el sol. Este, igualmente inmóvil, no hacía más que sonreír 
y brillar. Así pasaron un gran rato. Después creyó ver Nils 
que el duende comenzaba a agitarse y a suspirar; prir^ero 
dejó que se deslizara su manto de nieve, y los tres lobos 



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NJLS HOLOEK6SONS 395 

terribles comenzaron a ulular con menos violencia; pero 
de repente ^\ sol lanzó un grito: 

— Mi tiempo ha terminado. 

Y retrocedió fuera de la caverna. El duende soltó sus 
perros; el cierzo, el frío y las tinieblas se lanzaron en per- 
secución del sol. 

— ¡Dadle caza! ¡Echadle de aquí! — gritaba el duende. 
— ¡Perseguidle para que no vuelva jamás! ¡Macedle ver que 
la Laponia me pertenece! 

Nils Holgerssons sintió tal estremecimiento ante la idea 
de que el sol no volviera más a la Laponia, que se desper- 
tó dando un grito. 

Cuando reaccionó de tan fuerte impresión, vio que se 
hallaba en el fondo de un valle de montañas. Pero ¿dónde 
estaba Oorgo? 

Levantóse nuevamente y miró a su alrededor. Sus mi- 
radas descubrieron un curioso edificio de ramas de pino, 
construido en una grada de la mont^'ña. 

— Eso debe ser un nido de av.s de rapiña, como los 
que Gorgo me ba descrito. 

No acabó su pensamiento. Se quitó la gorra y la agitó 
al aire alegremente. Acababa de comprender adonde le ha- 
bía llevado Qorgo: era aqi^l el mismo paraje donde las 
águilas habitaban en lo alto de la montaña y los patos en el 
fondo del valle. ¡Había llegado! Dentro de algunos instan- 
tes volvería a ver al pato blanco, a Okka y a todos sus com- 
pañeros de viaje. 

LA LLEGADA 

Nils marchó lentamente en busca de slrs amigos. Todo 
dormía en el valle. El sol no había salido aún y Nils pensó 
que era demasiado pronto para que los patos hubiesen 
despertado. Apenas dio unos pasos fijóse en algo muy 
bonito: era un pato silvestre que dormía en un nido abierto 



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396 SELMA LAOCRLdP 

en tierra; a su lado estaba el pato blanco, que dormía igual- 
mente, pero que se había colocado de tal manera que pu- 
diera hacer frente en seguida al menor peligro. 

Nils no les despertó y continuó explorando los mon- 
toncitos de mimbre que cubrían el suelo. Pronto descubrió 
una nueva pareja. No pertenecía a su banda; pero Nils no 
dejó de alegrarse por eso. Eran dos patos silvestres y esto 
le bastaba para extremecerse de placer. 

Continuó observando lo que había por allí y bajo otro 
refugio de mimbres vio a Neijá que incubaba sus huevos; 
el pato que había a su lado no podía ser otro que Kolme; 
no era posible equivocarse. Nils tuvo la tentación de des- 
pertarles; pero se contuvo. 

Más allá encontró a Vtisi y Küsi y un poco más lejos 
a Iksi y Kaksi. Los cuatro dormían. 

— Pero ¿qué era aquello blanco que había allá? Nils 
sintió agitarse su corazón de alegría y corrió. En medio de 
un minúsculo nido de mimbre, Pinduvet, pequeña y bonita, 
incubaba sus huevos y a su lado estaba el pato blanco que, 
aun sumido en profundo sueño, parecía muy orgulloso de 
guardar a su mujer en las montañas de la Laponia. 

Nils resistió al deseo de^acarle de su sueño y continuó 
su caminata. 

Pasó bastante tiempo antes de tropezar con otros patos. 
De pronto, sobre una ligera eminencia, distinguió algo se- 
mejante a un pequeño cerro gris. Llegado al pie del mon- 
tículo reconoció a Okka que, muy despierta, contemplaba 
el valle como si fuera la encargada de su vigilancia. 

—¡Buenos días, madre Okka! — gritó Nils. — ¡Qué ale- 
gría de encontrarte despierta! No llames a nadie y así 
podré hablar a solas contigo un momento. 

La vieja pata^guía corrió hacia Nils. Primeramente le 
cogió y le sacudió con sus alas; después le acarició con el 
pico de arriba a abajo y, por último, volvió a sacudirle 



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NItS HOLOeR8S(»<S 397 

otra vez, sin pronunciar una sola palabra, porque Nils le 
habfa pedido que no despertara a los demás. 

Pulgarcito abrazó a la vieja pata y la besó en las meji- 
llas. Tras esto comenzó a relatarle sus aventuras. 

— ¿Sabes a quién he encontrado cautiva? A Esmirra, ia 
zorra de la oreja cortada. Aunque haya sido mala para nos- 
otros, no he podido menos que compadecerla. Ijingui- 
decfa allá, privada de libertad. Yo tenia alK muchos amigos 
y un día supe por el perro lapón, que había venido un 
hombre al Skansen para comprar zorras. Era de una lejana 
isla del archipiélago de Estocolmo. En su isla habían sido 
exterminadas las zorras, y las ratas se multiplicaron de tal 
manera, que todos llegaron a lamentar la falta de las zorras. 
Al saber yo la nueva corrí a decir a Esmirra: 

--Esmirra, mañana vendrá un hombre a comprar una 
pareja de zorras. Procura que se te lleve, porque así reco- 
brarás tu libertad. 

Como obedeció mi consejo, en este momento debe 
estar libre de nuevo y correr por la isla. ¿Qué dices a esto, 
madre Okka? ¿He procedido bien? 

— Es lo mismo que hubiera hecho yo — contestó. 

— Me satisface que apruebes mi conducta — continuó 
Nils. — Ahora quisiera pedirte otra cosa. Un día vi que 
llevaban al Skansen a Qorgo, el águila. Tenía un aspecto 
lastimoso y pensé en limar algunos alambres de su paja- 
rera para facilitarle la fuga. Después reflexioné que era un 
ser peligroso, enemigo de los pájaros. Yo no sabía si tenia 
derecho a darle la libertad y creí que tal vez fuera mejor 
dejarle donde estaba. ¿Qué piensas de esto, madre Okka? 
¿Verdad que no estaba en un error al razonar así? 

— Silo estabas — replicó Okka sin vacilar. Dígaselo 
que se quiera, las águilas son unas aves valerosas y puesto 
que aman la libertad más que todos los otros animales, no 
se las debe tener cautivas. ¿Sabes lo que te propondría? Que 



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3Q8 seuMA LAOERLdr 

apenas descanses un poco nos marchemos a aquella graa 
prisión de pájaros para que pongas a Qorgo en libertad. 
— Esperaba de ti esas palabras, madre Okka — dijoel 
muchacho. — Se decfa que tú no sentías ya ningún afec- 
to por aquel que habías criado con tantos trabajos desde 
que comenzó a vivir como a ello están obligadas las 
águilas. Veo que se equivocan. Iré ahora a ver al pato blan- 
co, si es que se ha despertado; y si durante este tiempo 
quieres dar las gradas ai que me ha traído aquí, sube allá 
arriba, al nido de aves de rapiña, donde una vez encontraste 
a un pobre aguilucho abandonado. 



XLIV 

ASA, LA GUARDADORA DE PATOS, 
Y EL PEQUEÑO MATS 

LA ENFERMEDAD 

El mismo año del viaje de Nils Holgerssons se hablaba 
mucho de dos niños, un muchacho y una jovencita, que 
atravesaban el país en busca de su padre. Eran de Esma- 
land, del cantón de Sunnerbo; habitaban, con sus padres y 
cuatro hermanos y hermanas, una pequeña cabana en los 
linderos de una landa inmensa. Cuando los dos niños eran 
pequeños todavía, una vagabunda llamó una tarde a la 
puerta e imploró un rincón donde pasar la noche. Aunque 
la cabana era muy pequeña y estaba ya llena, la madre le 
arregló un lecho sobre el suelo. Durante la noche había 
estado a punto de morir y al amanecer continuaba dema- 
siado enferma para continuar su camino. 

Los padres de los niños habían sido con ella suma* 



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NÍ1.S HOLOERSSONS 3Q9 

mente buenos. Le habían cedido su propia cama y el 
padre había ido a la farmacia en busca de una medicina. 
La enfefhía mostróse en los primeros días exigente e in- 
grata; pero, poco a poco, se fué suavizando y trocando su 
carácter, aunque no dejaba de suplicar que la llevaran fuera 
y la dejaran morir sobre la hierba. Según decía, había reco- 
rrido el mundo con unos t2iganes. No era originaría de 
tziganes; hija de campesinos, se escapó un día de su casa 
para seguir al pueblo nómada. En la banda figuraba una 
vieja que por odio le había inoculado ,1a enfermedad que 
la postraba en la cama. Y la misma vieja le había predkho 
que quien fuese bueno con ella y le albergara bajo su techo, 
tendría la misma suerte que ella. La pobre vieja creía 
en el maleficio de la tzigana y temía llevar la desgracia a 
a los que la habían hospedado. Estos quedaron muy im- 
presionados por este relato, pero no eran gentes que se 
decidieran a dejar en la puerta a una mor ibunda« 

Poco después moría \^ enferma y comenzaban las des- 
gracias. Hasta entonces se había vivido alegremente en la 
casa. Eran pobres, pero no habían conocido la miseria. El 
padre fabricaba peines para los tejedores y la madre y los 
hijos le ayudaban en su trabajo. El padre preparaba los 
cuadros de los peines y losnifíos cortaban lo^ dientes y los 
limaban, mientras la madre y la hermana mayor los termi- 
naban de pulir. Se trabajaba desde la mañana basta la no- 
che riendo y gozando, sobre todo cuando el padre contaba 
historias del tiempo en que los forasteros recorrían el 
país dedicados a la venta de peines. El padre tenía muy 
buen humor y todos reían hasta reventar, oyéndole contar 
historietas. 

La época que siguió a la muerte de la pobre vagabunda 
fué para los niños como un mal sueño. No recordaban el 
tiempo exacto que había pasado, pero tenían la impresión 
de haber asistido a una serie ininterrumpida de entierros. 



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400 SEUIA LAOÜRLÓF 

Sus hermanitos y hermanitas murieron unos tras otros. No 
tenían más que cuatro hermanitos y hermanitas y, por lo 
tanto, no podían haber concurrido a mis de cuatro entie* 
rros; pero a los niños que quedaban les parecía mayor el 
número de éstos« En la cabana reinaba un silencio de 
muerte. 

EX dolor no había abatido a la madre; pero el padre 
había cambiado mucho. Ya no bromeaba ni trabajal». 
Desde la mañana basta la noche permanecía con la cabeza 
entre las manos, entregado a amargas reflexiones. 

Una vez, después del tercer entierro, prorrumpió en 
exclamaciones desvariadas que asustaron a los niños. No 
comprendía por qué se cebaba en él la desgracia. ¿No ha- 
bían realizado una buena acción al recoger a la enferma? 
¿Es que el mal puede más qne el bien? ¿Cómo permitía 
Dios que una mujer malvada causara tantos males? La ma- 
dre trató de consolarle, sin que él la escuchara. 

Dos días después los niños perdieron a su padre, no 
por haber muerto, sino por haberse marchado, abandonán- 
dolo todo. Por entonces fué cuando cayó enferma la her- 
mana mayor. El padre la quería más que a los otros hijos 
y al verla morir perdió la cabeza y se fué. La madre : ^ 
se lamentó ante el abandono, pues temía verle loco. 

Con la marcha del padre cayeron en la más completa 
pobreza. Al principio les enviaba algún dinero; pero estos 
envíos cesaron pronto. Y el mismo día en que enterraron 
a la hermana mayor, la madre cerró la casa y partió con los 
dos niños que le quedaban. Al llegar a la Escania, dis- 
puesta a trabajar en los campos de remolacha, encontró 
ocupación en la refínería de Jordberga. Era una buena ope- 
rarla y se comportaba de un modo franco y alegre. Todos 
la querían, aunque se extrañaban de verla tan tranquila 
después de tantas desgracias; pero la madre era una mujer 
muy resignada, fuerte y resistente. Si le hablaban de los 



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« 






J3 



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N1LS HOLXICKSSONS 401 

dos niños que llevaba consigo, contestaba invariablemente: 

—Tampoco vivirán mucho. 

Se había acostumbrado a no esperar nada y lo confe- 
saba así, sin una lágrima. 

Sin embargo, se equivocaba. Fué ella la que murió pri- 
mero, y su enfermedad duró menos que las de sus hijos. 
Llegada a Escania en la primavera, quedaban sus hijos en 
la mayor orfandad al comienzo del otoño. 

Durante su enfermedad repitió varias veces a sus hijos 
que recordaran siempre que ella no había lamentado jamás 
haber acogido a la pobre enferma. cNada tiene de extraor- 
dinario—decía — morir después de haber cumplido con 
su deber; todos han de morir tarde o temprano; nadie 
escapa a la muerte, y que cada cuál escoja entre morir con 
la conciencia limpia o cargada de remordimientos.» 

Antes de morir se preocupó del porvenir de sus hijos, 
logrando que se les dejara en la habitación que ocupaban. 
Los niños no podían ser una carga para nadie; segura- 
mente se ganarían la comida. 

Quedó convenido, en efecto, que a cambio de la habí* 
tación, se dedicaran los dos hermanitos durante el verano 
aguardar los patos. La conducta y laboriosidad de los 
niños demostraron que la madre no se equivocaba. La pe- 
queña Asa hacía bombones y su hermano fabricaba obje- 
tos de madera que vendían en seguida en las granjas. Tam- 
bién se dedicaban a cumplir encargos y se les podía con- 
fiar cualquier cosa que fuese. La niña era mayor; a los 
trece años se mostraba razonable como una mujer. Era 
grave y silenciosa y su hermanito alegre y hablador en tal 
grado, que su hermana decíale que él y los pájaros eran 
los que más charlaban en los cainpos. 

Hacía dos años que los niños estaban en Jordberga. 
Una tarde hubo una conferencia popular en la sala de la 
escuela. Aunque se trataba de una conferencia para las 

?i 



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402 SELMA LAOERLÓP 

personas mayores, los dos niños figuraban entre el audito- 
rio, pues acostumbraban a no contarse entre los niños. El 
conferenciante habló de la tuberculosis, esa terrible enfer- 
medad que tantos estragos causa todos ios años en Suecia. 
Habló en términos sencillos y los dos hermanttos lo com- 
prendieron todo. 

Cuando hubo acabado el acto esperaron al conferen- 
ciante a la salida. Al aparecer le tomaron de las manos y le 
dijeron, muy gravemente, que tenían que hablarle. A pesar 
de sv<3 caritas redondas y sonrosadas, hablaroi) con una 
seriedad propia de personas mayores. Le refirieron éuanto 
había acontecido en su casa y le preguntaron si la madre, 
los hermanos y las hermanas murieron de la enfermedad 
que acababa de describir. Esto no parecía improbable y, 
según ellos, no podía ser de otra cosa. 

Creían que si el padre y la madre hubiesen sabido lo 
que sus hijos habían aprendido aquella tarde, tal vez vivie- 
sen todos juntos todavía; si hubiesen quemado los vestidos 
de la pobre vagabunda, si hubiesen hecho una gran lim- 
pieza en la cabana y no hubieran empleado después la 
ropa de la cama, ¿no vivirían todos los que ellos lloraban 
ahora? El conferenciante les respondió que nadie podría 
afirmarlo con certeza; pero tal vez no hubieran cogido la 
enfermedad de haberse preservado del contagio. 

Los niños parecían deseosos de preguntarle otra cosa; 
pero era evidente que vacilaban antes de formularle esta 
nueva pregunta. Al fin se decidieron. ¿Sería verdad que la 
vieja tzigana les había enviado la desgracia para vengarse 
de los que habían socorrido a la que ella odiaba? ¿Tenía 
algo de extraordinario lo que les había pasado? 

— No, ciertamente. Podía asegurarles que no había per- 
sona en el mundo con suficiente poder para esparcir de 
tal modo las enfermedades. 

Los friftos dieron las gracias al conferenciante y vol- 



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N1LS HOLOERSSONS 403 

vieron a su casa. Aquella tarde hablaron largamente. 

Al día siguiente fueron a despedirse. Aquel verano no 
podrían guardar los patos porque estaban obligados a mar- 
char. 

¿Adonde iban? 

Iban en busca de su padre. Querían decirle que la 
madre, los hermanos y hs hermanas habían muerto de una 
enfermedad natural y no por los maleficios de una mala 
mujer. El padre continuaría devanándose los sesos, segura- 
mente, por desentrañar este enigma. 

Los niños marcharon primero a su casita de la landa y, 
con gran terror, vieron al llegar que estaba ardiendo. De 
aHí marcharon inmediatamente al presbiterio, donde se les 
dijo que un empleado del ferrocarril había visto a su padre 
en la Laponia, trabajando en las minas de MaLmberg; tai 
vez continuara allí. Al saber que los niños querían reunirse 
con su padre, el pastor les enseñó un atlas para advertirles 
cuan largo era aquel viaje; pero los niños no se intimida- 
ron por eso. 

Aunque habían hecho algunos ahorrillos gracias a su 
comercio, no querían gastarlos en trenes, por lo que re- 
solvieron recorrer a pie el largo trayecto. Y no tuvieron 
que arrepentirse de ellO| porque hicieron un viaje maravi- 
lloso. He aquí cómo. 

Antes de abandonar el Esmaland entraron un día en 
una granja para comprar algo de comer. La granjera era 
alegre y habladora. Les preguntó adonde iban y quiénes 
eran y le refirieron su historia. La buena campesina no 
salía de su asombro» Sin querer cobrarles hada les dio mu- 
chas y buenas cosas, y cuando se levantaron para em- 
prender el viaje les dio las señas de su hermano, que 
habitaba en la región próxima. 

— i éis a verle para darle noticias mías y al mismo 
tiempo podréis contarle vuestra historia. 



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404 8ELMA LAOERLÓr 

Los niños siguieron fielmente este consejo y fueron tan 
bien acogidos en casa del hermano como lo habían sido en 
la de la hermana. Hasta les condujo en un carricoche a 
una granja del distrito contiguo, donde tenía buenos ami- 
gos. Y desde entonces, cada vez que abandonaban alguna 
casa se les hacía la misma exhortación : 

— Si pasáis por allá, entrad en tal o cual casa y referid 
lo que os ha sucedido. 

En casi todas las granjas que habían visitado de este 
modo habían encontrado un tubercul ^so. Y sin saberlo, 
les dos niños recorrían el país, poniendo en guardia a 
las gentes contra la terrible enfermedad y enseñando el 
medio de combatirla. 

Hacía mucho, mucho tiempo, siglos, que una terri- 
ble peste, llamada la peste negra, devastaba el país; contá- 
base que un muchacho y una jovencíta iban de granja en 
granja, de casa en casa. El muchacho llevaba un rastrillo y 
si rastreaba con él delante de una casa, era signo de que 
iban a morir allí buen número de personas, pero no todas, 
porque el rastrillo tiene los dientes espaciados y no lo 
arrastra todo. La jovencita llevaba una escoba, y si barría 
delante de una puerta era signo de que todos los de la 
casa iban a morir, porque la escoba deja completamente 
limpia una casa. 

Los dos niños que recorrían el país en nuestros días, 
todavía azotado por otra terrible enfermedad, no asustaban 
a las gentes con su rastrillo y su escoba, sino que, por el 
contrario, decían: 

— Nosotros no nos contentaremos con rastrear el corral 
y barrer los entarimados; nosotros nos llevaremos el agua, 
la lejía, los cepillos, ei jabón. Nosotros tendremos limpia 
la puerta de nuestra casa, porque limpia la casa, limpio 
nuestro cuerpo. De esta manera acabaremos por dominar 
la enfermedad. 



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NILS HOLOERSSONS 405 

EL ENTIERRO DEL PEQUEÑO MATS 

El pequeño Mats había muerto. Esto parecía impo- 
sible a cuantos le habían visto unas horas antes alegre y 
con buen aspecto. Sin embargo, era verdad. El pequeño 
Mats había muerto e iba a ser enterrado. 

El pequeño Mats murió una mañana ai amanecer; sólo 
le vio morir su hermana Asa. 

— ¡No vayas a buscar a nadie! — le dijo el pequeño, ya 
próximo a expirar. 

Y su hermana obedeció. 

— Soy feliz porque no muero de la cenfermedad», Asa 
— prosiguió. — Y tú también ¿verdad? 

Como Asa no contestara, continuó: 

— Creo que importa poco morir desde el momento en 
que no muero como mi madre, mis hermanos y mis herma- 
nas, porque estoy seguro de que tú no hubieras podido 
convencer a nuestro padre de que todos murieron de una 
enfermedad ordinaria; pero ahora lo conseguirás. 

Cuando todo hubo acabado, Asa reflexionó largamente 
sobre lo mucho que el pequeño Mats había sufrido en la 
vida. Pensaba que había soportado todas las desgracias 
con el mismo valor que un hombre. Pensaba también en 
sus últimas palabras, que revelaban el mismo valor de siem- 
pre. A su juicio, era imprescindible enterrar al pequeño 
Mats con los mismos honores que a una persona mayor. 

Asa, la pequeña guardadora de patos, se encontraba 
entonces lejos, al norte, en las grandes minas de Malmberg. 
Era éste un lugar extraño; pero para alcanzar lo que quería 
tal vez fuese el mejor. 

Ef pequeño Mats y ella habían atravesado bosques sin 
fin. Durante muchos días no habían visto campos ni gran- 
jas y sí sólo pobres casetas de peones camineros. Ai cabo 
se encontraron frente a ia gran población de Oeilivarai que. 



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406 SeUlA LAOERLÓP 

con su iglesia, su estación, su tribunal, su banco, su farma- 
cia y su hotel, se elevaba al pie de una montaña cubierta 
de nieve, a pesar de estar en San Juan. Casi todas las casas 
de Oellivara eran nuevas y estaban bien construidas. De 
no haber visto los flancos de la montaña cubiertos de nie- 
ve y los álamos sin hojas, no se creyera la Laponia. Por 
otra parte, no era en Oellivara donde los niños debían bus- 
car a su padre, sino en Malmberg, al norte de la población, 
y Malmberg no tenía el mismo aspecto de ciudad bien or- 
ganizada. 

La razón de esto es la siguiente: Aunque los hombres 
sabían desde mucho tiempo antes que había grandes minas 
de hierro cerca de Oellivara, no habían comenzado la ex- 
plotación de las mismas hasta pocos años atrás, cuando 
quedó terminado el ferrocarril. Entonces afluyeron allí mi- 
llares de hombres. Había trabajo para todos; pero escasea- 
ban las casas. Hubo necesidad de que cada cual se insta- 
lara como pudiera. Algunos habíanse construido cabanas 
de troncos; otros habíanse hecho una especie de chozas 
amontonando los cajones de dinamita vacíos, como si fue- 
ran atot>ones. Ahora había ya algunos grupos de casitas de 
aspecto simpático; pero por todas partes tropezaba uno 
con troncos y piedras. Los hermosos chalets del director 
y de los ingenieros contrastaban con las chozas de los pri- 
meros tiempos. Había ferrocarril, abundante alumbrado 
de luz eléctrica, grandes fiibricas y tranvfas que conducen 
muy lejos, a la montaña, a través de un túnel iluminado 
con profusión de bombillas eléctricas. Por todas partes rei- 
naba una animación extraordinaria. Y alrededor de la po- 
blación extendíase el desierto salvaje, sin campos labrados 
ni casas, donde los lapones viven sin otra compañía que 
los renos. 

Cuando los niños llegaron a Malmberg, preguntaron 
por todas partes si conocían a un obrero llamado Juan 



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NILS HOLQCRSSONS 407 

Assarsson. Tenia unas cejas que se unían en la frente. Esto 
de las cejas era un dato que saltaba a la vista. No tardaron 
los niños en saber que su padre había trabajado en Malm- 
berg algunos años; pero se había marchado. Estaban acos- 
tumbrados a verle desaparecer de tiempo en tiempo cuan- 
do le dominaba la inquietud. Nadie sabía donde estaba; 
pero todos estaban seguros de volverle a ver algún día. 
Puesto qtie eran tos hijos de Juan Assarsson, podían espe- 
rarle en la Casita que él habitaba. Una mujer sacó la llave 
de debajo de la puerta y les hizo entrar. Nadie se mostraba 
sorprendido de haberles visto llegar ni de las frecuentes 
ausencias de su padre. Todo el mundo parecía preocuparse 
por lo suyo exclusivamente. 

Asa sabía muy bien como quería los funerales de su 
hermano. El domingo anterior había sido enterrado un 
contramaestre. El coche fúnebre del que tiraban les caba- 
llos del propio director, había llegado hasta la iglesia se- 
guido de un largo cortejo de obreros. En torno de la tum- 
ba tocó una banda de música y cantó un orfeón. Después 
de la inhumación fueron invitados a una taza de café en el 
local de la escuela cuantos habían asistido al servicio fú- 
nebre. Algo así quería Asa para su hermano, el pequeño 
Mats. 

Pero ¿cómo? No eran los gastos lo que la horrorizaban. 
Entre los dos habían ahorrado lo sudciente para hacerle 
un entierro magnífico. La dificultad era otra. ¿Cómo im- 
poner su voluntad tratándose de una niña? Sólo tenía un 
año más que el pequeño Mats, tendido ante ella, tan pe- 
queño y delicado. Tal vez las personas mayores se opusie- 
ran a su deseo. 

Primero expuso sus deseos a la enfermera. Sor Hu- 
ma había llegado a la cabana un momento antes de la 
muerte del pequeño Mats. Esperaba no encontrarle con 
vida, porque la víspera había sabido que, habiéndose apro- 



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408 SELMA LAQERtOF 

ximado el pequeño Mats al pozo de una mina, en el mo- 
mento de hacer explosión un cartucho de dinamita, habían- 
le alcanzado varias piedras. Quedó laiigo rato desvanecido 
en tierra; finalmente le habían recogido, curado y llevado 
a su casa; pero había derramado mucha sangre para poder 
seguir con vida. 

Al llegar la enfermera pensó más en la hernana que 
en el pequeño Mats. La monja quedóse muy sorprendida 
al ver que la pequeña Asa no lloraba ni gemía y la ayuda- 
ba tranquilamente en todo. Al hablarle después Asa, com- 
prendió esto. 

— Cuando se ha de cumplir un deber como el mío 
para con el pequeño Mats — comenzó diciendo sólenme- 
mente, porque tenía el hábito de hablar escogiendo las ^- 
labras como una mujer de razón — lo primero en que hay 
que pensar es en honrarle mientras sea tiempo. Después, 
no faltarán días para entregarse al llanto. 

Seguidamente solicitó de la hermana que la ayudase a 
procurar un buen entierro al pequeño Mats. 

La enfermera se esforzó por facilitar a la muchacha 
un buen entierro, cuya sola idea tanto bien le hacía, cum- 
pliendo la promesa de ayudarla a realizar sus proyectos. 
Desde el punto y hora en que Sor Hilma le ofreció su 
apoyo, creyó Asa cumplidos sus deseos, porque la monja 
era muy influyente. En este país minero, donde la dinami- 
ta estalla a diario, los obreros corren siempre el peligro 
de ser alcanzados por una piedra perdida o aplastados bajo 
una mole desprendida de la montaña; asi es, que todos se 
conducían bien con la enfermera. 

Debido a esto, cuando al día siguiente acompañó Sor 
Hilma a la muchacha para rogar a los obreros que asis- 
tieran el domingo al entierro del pequeño Mats, fueron 
muy pocos los que se negaron. La hermana consiguió 
igualmente que tocara la música y cantara el orfeón ante 



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NILS HOLOER8SONS 409 

la tumbs. Como el buen tiempo parecía continuar, quedó 
acordado que después del entierro serían todos invitados 
a tomar café al aire libre. Se pedirían ios bancos y las me- 
sas a la Sociedad de la Templanza; algunos comerciantes 
ofrecieron las tazas y varias mujeres de mineros los man- 
teles blancos. 

Todos estos preparativos alcanzaron gran resonancia. 
En todo Malmberg no se hablaba más que del entierro del 
pequeño Mats. Al fin llegaron estas noticias a oídos del di- 
rector de la mina. 

Al saber que más de cincuenta obreros se disponían a 
acompañar el cadáver de un niño de doce años que, al 
cabo y al fin, no era más que un vagabundo, consideró la 
idea descabellada. ¡Conque canto, música y café para des- 
pués del entierro y aun dulces encargados a Luleá! Y en- 
vió a buscar a la enfermera para disuadirla de tales pro- 



— Seria un error dejar que esa muchacha malgastara su 
dinero en tal forma — le dijo. No hay que someterse a los 
caprichos de una niña. 

El director hablaba muy reposadamente y la enfermera 
no se atrevió a replicar, por respeto y porque no podía de- 
jar de reconocer que estaba asistido de razón. Y oyén- 
dole hablar acabó por reconocer que había accedido a todo 
movida de la piedad que le inspiraba la pobre niña. 

Al despedirse del director marchó en busca de Asa para 
decirle que tenía que renunciar a toda idea de hacer unos 
funerales grandiosos. Experimentaba alguna contrariedad 
al indicarle esto, porque sabía mejor que nadie lo que este 
entierro representaba para ella. Ya en la calle se cruzó con 
algunas mujeres de obreros, a las que puso al corriente de 
lo que sucedía. Y todas convinieron en ue el director tenía 
razón. Dedicar tan solemne tributo a un niño de doce años, 
era una locura. 



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410 SELMA LAOERL5f 

Estas mujeres llevaron la noticia a otras y no tardó en 
saberse desde la población de las casuchas hasta la de las 
minas, que ya no se dedicaría tan solemne entierro al 
pequeño Mats. Todo el mundo, de común acuerdo, apro- 
baba la conducta del director. 

En todo Malmberg sólo había una persona de otra opi- 
nión: Asa, la guardadora de patos. 

— - Es preciso que vaya a hablar con el director — se 
dijo. — Se conoce que no sabe nada del pequeño Mals. 

Sin la menor vacilación dirigióse al despacho del di- 
redor, el hombre más poderoso de Malmberg. Seguíanla 
la enfermera y ¿«Igunas otras mujeres tleseosas de saber si 
se atrevería a realizar hasta el fin su audaz propósito. 

Marchaba por en medio de la calle, grave y recogida 
como una muchacha que se encaminara a la iglesia a lo Jiar 
la primera comunión. En la cabeza llevaba un velo negro, 
heredado di su madre; en una mano llevaba un pañuelo 
bien picado y en la otr^ un cestito lleno de pequeños 
objetos de madera fabricados por el pequeño Mats. 

Cuando descubrieron su presencia los niños que juga- 
ban en la calle, siguieron tras ella, preguntándole: 

— ¿Adonde vas, Asa; adonde vas? 

Asa no les hizo caso y tas mujeres hicieron callar a los 
chicos, al decirles: 

— Dejadla; va a pedirle al director que le deje hacer 
un buen entierro a su hermano, el pequeño Mats. 

Impresionados ante la decisión de Asa, echaron tras 
ella muchos niños. 

Eran las seis de la tarde, aproximadamente. Centenares 
de obreros regresaban del trabajo de las minas. Ordinaria- 
mente caminaban deprisa, sin mirar a ningún lado; pero al 
ver a Asa seguida de tanta gente, detuvieron el paso, com- 
prendiendo que pasaba algo extraordinario. Al saberlo 
que ocurría, consideraron tan valerosa la conducta de la 



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NILS HOLOCRSSONS 411 

jovencita, que echaron tras ella confundidos entre las mu- 
jeres para ver en qué quedaba aquello. 

Asa subió hasta el despacho donde el director se ence- 
rraba durante las horas de trabajo. En el preciso momento 
en que llegaba al vestíbulo se abrió la puerta; el director, 
con su sombrero puesto y el bastáfi en la mano, se dispo- 
nía a marchar a su casa a comer. 

— ¿A quién buscas.*' — le preguntó al verla poseída de 
un aire tan solemne. 

— Al señor director — respondió Asa. 

— Pues, bien, soy yo. Pasa — dijo el director, vol- 
viendo hacia su despacho. 

Asa le siguió. Al llegar al despacho se irguió, echó el 
velo hacia atrás y levantando sus ojos redondos de niña, 
miró al director de una manera grav. e impresionante. 

— El pequeño Mats ha muerto -^ comenzó diciendo 
con voz temblorosa y entrecortada. 

El director comprendió en seguida de qué se trataba. 

— ¡Ahí ¿Eres tú esa niña que tan gran entierro quería 
organizar? — díjole en tono bondadoso. — Hay que de- 
sistir, porque eso te costaría mucho dinero. De haber co* 
nocido antes tus proy ctos, hubiera procurado aconsejarte 
en contra. 

Las facciones de 1?. muchacha se contrajeron y el direc- 
tor esperaba verla prorrumpir «n llanto; pero ella se repu- 
so, y dijo: 

— Quisiera contar al señor director algunas cosas del 
pequeño Mats. 

— Conozco vuestra historia — atajó el director dulce- 
mente. — No creas que no siento tu desgracia; lo que hago 
es por tu bien. 

Asa, la guardadora de patos, se irguió todavía más y 
dijo en voz clara y acento rotundo: 

— El pequeño Mats se quedó sin padre ni madre a los 



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412 SCLMA LAOERLOr 

nueve años; desde entonces ha tenido que ganarse la vida. 
Jamás hubiera mendigado una sola comida. Siempre decía 
que es indigno de un hombre pedir limosna. Recorrió el 
país comprando a ios campesinos huevos y manteca, que 
volvía a vender como si fuera un viejo comerciante. En 
verano guardaba pato* y se dedicaba a los trabajos del 
campo. Los campesinos de Escania le confiaban importan- 
tes cantidades cuando iba de granja en granja, porque te- 
nían en él una confianza ilimitada; no cabe decir que el 
pequeño Mats sea un niño, porque hay muchos hombres 
que... 

El director tenía los ojos fijos en el jardín y no se atre- 
vía a pestañear. Asa, la guardadora de patos, creyó inútil 
continuar. Como última protesta, añadió: 

— Y como yo he de pagar todos los gastos del entierro, 
esperaba... 

Se interrumpió de nuevo. 

El director levantó entonces la cabeza y miró a Asa, la 
pequeña guardadora de patos, hasta e! fondo de sus ojos. 
La observó de pies a cabeza con la mirada ca i profesio- 
nal de un hombre que tiene mucha gente a sus órdenes. 
Y pensó que aun habiendo perdido hogar, padres, berma- 
nos y hermanas, no se mostraba con ánimo apocado y de- 
caído. ¡Qué excelente mujer sería! Pero ¿resistiría un nuevo 
peso sobre sns espaldas? ¿No sería el entierro la brizna de 
paja que la haría caer bajo una carga demasiado pesada? 
Comprendió lo mucho que habría costado a Asa ir a 
verle para hablarle de su hermanito. Indudal>iemente, era 
a quien más había querido en el mundo. ¿Cómo oponer 
una negativa a este amor? 

— Haz lo que quieras, muchacha — dijo el director 
al fin. 



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tmS ffOLÜERSSONS 413 

XLV 
ENTRE LOS LAPONES 

En la orilla occidental del Luossajaure, pequeño lago 
situado a varías millas al norte de Malmberg, había un 
campo Japón. En la parte sur del lago se eleva una mon- 
taña aislada, de redondez perfecta, llamada Kirunavara en 
lenguaje lapón y que parece formada casi exclusivamente 
de mineral de hierro. Al noroeste se encuentra otra mon- 
taña denominada Luossavara, rica también en mineral de 
hierro. Había comenzado la construcción de un ferrocarril 
entre Qellivara y estas montañas, y al pie del Kirunavara 
destacábanse una estación, un hotel de viajeros y algunas 
habitaciones para los obreros y los ingenieros; un pueble- 
cilio formado de casitas coquetonas y alegres surgía en aquel 
rincón tan septentrional que los pequeños álamos achapa- 
rrados que cubren el suelo, no echan sus vastagos hasta 
después de San Juan. 

El oeste del lago estaba casi deshabitado; sólo se ha- 
bían instalado allí algunas familias laponas. Estas habíanse 
trasladado allí uno o dos meses antes y no habían necesi- 
tado de mucho tiempo para disponer su instalación. No 
habían abierto zanjas en la tierra, ni hecho saltar las pie- 
dras, ni establecido sus viviendas sobre sólidas bases; des- 
pués de escoger un emplazamiento seco y agradable en las 
proximidades del lago, habíanse limitado a cortar algunos 
arbustos de mimbre y a igualar un poco el terreno. No ha* 
bían trabajado la madera, ni pasado los días para levantar 
muros resistentes, ni tomádose la fatiga de tender vigas, 
establecer cubiertas, revestir paredes, abrir ventanas y po- 
ner puertas ni cerraduras. Habían hundido fuertemente en 
tierra los palos de sus tiendas, habían extendido las lonas, 



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414 SBLMA LAOCKLOF 

y he ahí la casa construida. Nada de gastos de instalación 
y amuebiamiento; un montón de ramas de abeto y de pie- 
les de reno en tierra y un caldero sostenido con cuerdas, 
pendiente de la techumbre de la tienda, para cocer la carne 
de reno. 

Los colonos de la orilla orientad del lago, que se apre- 
suraban a acabar sus casas antes de la llegada del rudo in- 
vierno, se asombraban de las costumbres de los lapones 
que, habitando desde siglos en el alto norte, no han tenido 
la idea de construir contra el frío y las tempestades un 
abrigo más sólido que las tiendas de campaña. Y los lapo- 
nes no comprendían la existencia de los colonos que se 
afanaban en tan pesados trabajos, cuando para vivir basta 
con algunas pieles de reno y una tienda. 

Una tarde de julio en que llovía a torrentes, los lapo- 
nes, que de ordinario no permanecían en esta temporada, 
se reunieron casi todos en torno del fuego en una de las 
tiendas, para tomar café. 

Mientras saboreaban el brebaje sin dejar de conversar, 
ocurrió que se aproximara hacia el campamento una em- 
barcación que venía del lado de Kiruna. Dt la embarca- 
ción descendieron un obrero y una jovencita de trece o 
catorce años. Los perros se lanzaron hacia ellos aullando 
con rabia, y uno de los lapones sacó la cabeza por la aber- 
tura de la tienda para ver lo que pasaba. Al reconocer al 
obrero experimentó mucha alegría. Era un amigo de lod 
lapones, un hombre afable y alegre que hablaba su lengua. 

— Llegas a punto, Sóderberg. La cafetera está al fuego. 
No se puede hacer otra cosa con este fuego. Ven a damos 
las nuevas que sepas. 

Todos se apretaron para dejar sitio a los recién llega- 
dos. El hombre comenzó a hablar en tono vivo con los la- 
pones en su lengua. La jovencita, que no comprendía nada 
de lo que decían, miraba presa de gran curiosidad la mar- 



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NILS HOLQERSSONS 415 

mita y la cafetera, el fuego y t\ humo, a los Fapones y a sus 
mujeres, a los niños y a los perros, la tela de las paredes y 
las pieles que cubrían el suelo, las pipas de los hombres, 
los trajes pintorescos y ios utensilios esculpidos. Todo 
era nuevo para ella. 

De golpe, tuvo que bajar los ojos porque todas las mi- 
radas estaban fijas en ella. Soderberg debía hablar de ella, 
porque los hombres y las mujeres, retirando la corta pipa 
de los labios, observábanla con atención. Un lapón que es- 
taba a su lado, le dio un goipecito caritloso en la espalda, 
dicíéndole en sueco: fBien, bien». 

Una lapona le puso una taza llena de café, que le pasa- 
ron de mano en mano, y un muchacho, casi de su edad, se 
deslizó hacia ella rastreando entre los que había sentados, 
y al llegar cerca, tendióse sobre el suelo sin dejar de mi- 
rarla. 

Lajovencita comprendió que Sdderberg refería su his- 
toria y el solemne entierro que había hecho a su pequeño 
Mats. Hubiera querido que hablase menos de ella y más de 
su padre. Había oído decir que vivía entre los lapones, al 
oeste de Luossajaure, y había venido en tren desde Oelli- 
vara a Kirunavara., Allí se portaron todos muy bien con 
ella. Un ingeniero había enviado a Sdderberg, que hablaba 
lapón, para que la acompañara a buscar a su padre al otro 
lado del lago. Esperaba encontrarle apenas llegada .y el co- 
razón le palpitaba cuando al entrar en la tienda miró a to- 
dos los reunidos. Su padre no estaba allí. 

Vio que Soderberg poníase cada vez más grdve n^i^- 
tras hablaba con los lapones. Estos movían la cabeza y de 
vez en cuando llevábanse el índice a la frente como para 
referirse a un hombre qne había perdido la razón. Por 
último, ya inquieta y no queriendo esperar más, preguntó a 
Soderberg lo que decían los lapon/ss. 

— Dicen que se ha ido a pescar. No saben si volverá 



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416 SELMA LAOERLÓP 

aqu( esta noche; pero apenas mejore el tiempo irán a busp 
carie. 

Dicho esto, S6derberg volvió vivamente la cabeza y re- 
anudó su conversación con los iapones. Era evidente que 
hablaba de Juan Assarsson. 



A la mañana siguiente amaneció un buen día. El mis- 
mo Ola Serka, el más influyente de ios Iapones, había pro- 
metido ir en busca de Jon Assarsson; pero no demostraba 
prisa. Acurrucado ante su choza, reflexionaba sobre d me- 
jor modo de decir al padre que su hija había llegado en 
su busca. Ante todo no tenía que inquietarle lo más míni- 
mo, porque era un hombre muy extraño que huía^nte los 
niños. Al verles le asaltaban pensamientos sombríos, según 
decía. 

Mientras Ola reflexionaba, Asa, la guardadora de patos, 
y Aslak, el joven lapón que tanto la había mirado la víspe- 
ra, hablaban tranquilamente. Aslak, que había frecuentado 
la escuela, hablaba el sueco. Refería a Asa los rasgos carac- 
terísticos del pueblo iapón, de los samos, asegurándole que 
ningún otro pueblo gozaba de una existencia más feliz. 
Asa le declaró con toda franqueza, que encontraba terrible 
la manera de vivir de los tapones. 

— ¡Si yo permaneciera una semana aquí — le decía — 
moriría ahogada por el humo. 

— No digas eso — respondió Aslak. — Tú no sabes 
nada de nosotros. Voy a contarte una historia y ya verás 
que cuanto más se está entre nosotros, más placer se ex- 
perimenta. 

Y Aslak, dijo: 

— Era en una época en que una enfermedad llamada la 
peste negra devastaba Suecia. No sé si se extendió hasta 
el país de Sama, propiamente dicho, donde ahora nos en- 



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N1L8 HOLOER8SONS 4l7 

coiitramos; pero en Jemtiand hizo estragos tan enormes y 
terribles, que de todo el pueblo samo que vivía en las mon- 
tañas y los bosques, sólo quedó un muchacho de quince 
años; y de los suecos que habitaban los valles de las ribe- 
ras, sólo se salvó una jovencita, también de quince años 
de edad. 

Durante casi todo el invierno estuvieron recorriendo el 
país el muchacho y la muchacha, cada uno por su lado, 
buscando a alguien con quien vivir, cuando, próxima la 
primavera, se encontraron; la muchacha suplicó al lapón 
que la acompañara hacia el sur, donde esperaba encontrar 
a gentes de su raza. 

— Yo te llevaré donde quieras — respondió el lapón 
— ; pero no antes del invierno. Ahora estamos en prima- 
vera, nuestros renos corren hacia las montañas del oeste 
y ya sabes que nosotros, gentes del pueblo samo, estamos 
obligados a seguir a nuestros renos. 

La jovencita sueca era hija de padres ricos. Tenía la 
costumbre de vivir en una casa, dormir en su cama y co- 
mer a la mesa. Siempre había menospreciado las gentes de 
las montañas; pero tenía miedo de volver a su casa, a la 
granja donde sólo la esperaban los muertos. 

— Entonces iré a las montañas contigo, si tú quieres. 

El muchacho accedió gustoso y por esto pudo la jo- 
vencita seguir a los renos en sus peregrinaciones. El reba- 
ño tenía prisa por gozar del excelente pasto de las altas 
montañas y emprendía diariamente largas caminatas. No 
daba tiempo a clavar la tienda y había que acostarse sobre 
el hielo y dormir cuando los renos se detenían a pacer. 
Los animales sentían que el viento sur erizaba su pelo y 
adivinaban que antes de poco comenzaría el deshielo de 
las pendientes. La jovencita y el muchacho debieron 
correr tras ellos a través de la nieve fundente y entre los 
hielos que se resquebrajaban. Llegados a la altura donde 



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418 SELMA LAOCRLdr 

terminan los bosques de pino y comienza el reino de los 
álamos achaparrados, pudieron acampar y detenerse algu- 
nas semanas en espera de que la nieve desapareciera de las 
cumbres. Después escalaron las cimas. La muchacha se 
lamentaba con frecuenciai y no pudiendo permanecer allí 
sola, sin encontrar un ser viviente, se decidió a seguir a 
los renos y al lapón. 

En la cumbre más alta plantó el muchacho una tienda 
para su joven compañera, en el flanco de una pequeña 
pendiente llena de verdor, que descendía dulcemente hacia 
un riachuelo. Al llegar la tarde atrapaba a un reno hembra 
con un lazo, la ordeñaba y daba a beber la leche a su 
amigutta. Buscaba también la carne desecada y el queso 
hecho con leche de los renos, que his gentes de Su raza 
habían ocultado el verano precedente. La muchacha se 
lamentaba siempre; pero el hijo del pueblo de las monta- 
ñas se limitaba a sonreír y a tratarla con bondad. 

Poco a poco fué ayudándole a ordeñar los renos y a 
encender el fuego para calentar la marmita, a traer agua y 
hacer queso. Disfrutaban de un tiempo espléndido. Hacía 
calor y no faltaban los alimentos. Juntos instalaban lazos 
para cazar pájaros, pescaban truchas en el torrente y co- 
gían moras en las marismas. 

Al acabar el verano descendieron con los renos hasta el 
límite de los; abetos y los álamos, donde acamparon algún 
tiempo. Había llegado el momento de cercenar los cuer- 
nos de los renos. Cuando cayeron las primeras nevadas 
y los lagos comenzaron a helarse, descendieron más al 
este, al espeso bosque de abetos. El muchacho le enseñó 
los trabajos propios del invierno: torcer hilo con los ten- 
dones de los renos, preparar las pieles, hacer vestidos f 
calzado, fabricar peines y otros útiles con los cuernos, co- 
rrer en skis y viajar en un trineo lapón arrastrado por re- 
nos. Cuando hubo pasado el negro invierno y volvió a 



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NiLS HOLOEKSSONS 41Q 

lucir el sol, el muchacho anunció a la ]ovencita que po- 
día acompañarla ya, hacia el sur, en busca de las gentes de 
su raza. Ella le miró con sus grandes ojos abiertos: 

— ¿Por qué quieres que me vaya? — le dijo. — ¿Acaso 
tienes prisa por quedarte solo con tus animales? 

^ Creí que tendrías ansias de reunirte con los tuyos. 

^ He vivido cerca de un año la vida del pueblo samo 
y no me sería posible volver adonde están los míos para 
vivir en casas estrechas y cerradas, después de haber reco- 
rrido libremente durante tanto tiempo las montañas y los 
bosques. No me eches; déjame aquí. Tu manera de vivir 
es mejor que la mía. 

La jovencita permaneció siempre al lado del lapón, sin 
sentir jamás la nostalgia de sus valles. — Si tú. Asa — ter- 
minó diciendo el muchacho — te quedaras un mes aquí, 
un mes solamente, ya no podrías marcharte. Calió Aslak. 
Su padre Ola Serka, retiró la pipa de su boca y se levantó. 
El viejo Ola comprendía el sueco más de lo que le hubiera 
convenido confesar y comprendió cuanto había dicho su 
hijo. Ahora sabía ya como hablar a Jon Assarsson para 
comunicarle que su hija había venido a buscarle. 

Ola Serka descendió hasta el lago y siguió las riberas 
hasta encontrar un hombre sentado sobre una piedra y con 
una caña de pescar en las manos. El pescador tenía los ca- 
bellos grises y el cuerpo encorvado. Sus ojos refle}aban 
cansancio y toda su persona daba la impresión de un ser 
desamparado e inerte. Tenia el aspecto de una persona que 
hubiera hecho un grande y excesivo esfuerzo para sopor- 
tar una carga muy pesada o que hubiese tenido que resol- 
ver un problema harto difícil, y quedado maltrecho y ago- 
tado. ' 

— Buena debe ser hoy la pesca, jon, cuando no has 



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420 SELMA laocrl6p 

abandonado la caña en toda ia noche — díjoie el lapón al 
saludarle. 

Jon Assarsson se extremeció y levantó la cabeza. Sobre 
la hierba no había ni un pescado y el anzuelo no tenía el 
menor cebo. Al oirle se apresuró a retirar la caña y cebar 
el anzuelo. El lapón sentóse sobre la hierba, a su lado. 

— Quisiera pedirte un consejo — comenzó diciendo 
Ola.— Tú sabes que yo tenía una hija que se me murió el 
año pasado y que me hace mucha falta. 

— Ya lo sé — le interrumpió el pescador, cuyo rostro 
nublóse un instante, porque no gustaba oír hablar de niños 
muertos. Hablaba lapón muy corrientemente. 

— Como no es cosa de que yo muera de pena, he pen- 
sado adoptar una jovencita. ¿Qué opinas tú? 

—¿Y a mí qué me cuentas?— contestó Jon, evasivamente. 

— Voy a contarte lo que sé de la jovencita que he pen- 
sado adoptar — respondió Ola. 

Y refirió a Jon que dos niños, un muchacho y una 
muchacha, habían venido a Malmberg para buscar a su 
padre; que el muchacho había perdido la vida en un acci- 
dente y que la hermana le había querido enterrar con los 
mismos honores que si fuera una persona mayor. Ola con- 
tóle también de qué manera habló al director. 

— ¿Y es esa jovgicita la que quieres adoptar? — pre- 
guntó el pescador. 

— Sí — dijo el lapón. — Todos hemos llorado al oír 
contar su histoiia y hemos pensado que una niña seme- 
jante sería una hija muy buena para con sus padres. 

Jon Assarsson no respondió; pero, transcurrido un mo- 
mento y por no enojar a su amigo con su indiferencia, le 
preguntó: 

— Pero ¿esa niña pertenece a tu pueblo? 

■ No — respondió el lapón — ; no pertenece al pueblo 
samo. 



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NILS HOLÜERSSONS 421 

— Será, sin duda, la hija de uno de esos colonos que 
tienen la costumbre de vivir aquí, en el norte. 

— No, viene de lejos, del sur — respondió Ola viva- 
mente. 

El pescador pareció interesarse más. 

— En este caso no creo prudente que la adoptéis — le 
dijo. — No soportaría la vida en una tienda de campaña 
durante el invierno, si no ha sido criada para ello. 

~ Pero aquí encontraría buenos padres, hermanos y 
hermanas •— contestó Ola obstinadamente. — Peor que te- 
ner frío es vivir abandonado en el mundo. 

El pescador se resistía a la idea de que una niña sueca 
fuese recogida por los lapones. 

— ¿No has dicho — objetó — que tenía sus padres en 
Malmberg? 

— El padre ha muerto — añadió el lapón con firme 
acento. 

— ¿Estás seguro, Ola? 

— Naturalmente que sí — respondió el lapón con aire 
de gran convencimiento. — ¿Hubiera tenido necesidad de 
recoi rer el país con su hermano, de haber vivido su pa- 
dre? ¿Hubiéranse visto obligados a trabajar para ganarse 
el sustento, de haber tenido un padre capaz de trabajar 
para ellos? ¿Hubiera tenido necesidad la muchacha de ir 
a hablar con el director, si su padre hubiera vivido? ¿Estaría 
aquí sola, de tener padre, ahora que todo el pueblo samo 
habla de ella con admiración? La misma muchacha cree 
que su padre vive; pero yo estoy convencido de que ha 
muerto. 

El hombre de los ojos fatigados se volvió hacia Ola. 

— ¿Cómo se llama? — preguntó. 
El lapón reflexionó un instante. 

— No me acuerdo. Ya se lo preguntaré; ahora está allá 
abajo, en mi choza. 



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422 SELMA I^OERLÓr 

— ¡Cómo! ¿La has llevado a tu casa antes de saber si 
sn padre, que no ha muerto, lo permite? 

— ¿Y a mí qué me importa su padre? De no haber 
muerto no se interesa por su hija, y esto debiera alegrarle, 
porque hay otro hombre que se preocupa por ella. 

Él pescador arrojó su caña y se levantó. 
El lapón continuó diciendo: 

— Creo que el padre debe ser uno de esos hombres 
perseguidos por la fatalidad y que no sirven para nada ni 
quieren trabajar. ¿Qué bien podría reportarle tal padre? 

El pescador Comenzó a subir el ribazo. 

— ¿Adonde vas? — le preguntó el lapón. 

— Quisiera ver a tu hija adoptiva. Ola. 

— Muy bien; ven conmigo. Tengo la seguridad de que 
te parecerá buena la muchacha que he adoptado. 

El sueco marchaba muy deprisa; poco después de ha- 
ber echado a andar, le dijo Ola: 

— Ya me acuerdo de su nombre: se llama Asa. 

Jon apresuró el paso sin decir palabra. Ola Serka reía 
de satisfacción. Cuando estaban cerca del grupo de chozas, 
Ola añadió: 

— Ha venido hasta estas tierras en busca de su padre; 
pero si no lo e icuentra yo tendré mucho placer en adop- 
tarla. 

El sueco ya no andaba, corría. 

— Ya sabía que le infundiría miedo la amenaza de 
adoptar a su hija — pensó el viejo Ola. 

Cuando el hombre deKírunara que la víspeí a condujera 
a Asa a través del lago hasta el campamento lapón, regresó 
por la tarde a su punto de partida, llevóse en su barca a 
dos personas sentadas en el mismo banco y con las manos 
cogidas como para no separarse más: eran Jon Assarsson 
y su hija. Los dos parecían haber cambiado: Jon Assarsson 
se mostraba más erguido y parecía menos fatigado; sus 



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NILS tlOLOERSSONS 423 

ojos despedían un destello luminoso y miraban con aire 
de bondad, como si tras infinitos esfuerzos hubiera encon- 
trado al fin la solución de un problema angustioso; y Asa, 
la guardadora de patos, no miraba ya en torno de ella con 
aquella aiención y aquella prudencia que le eran peculiares 
y que la hacían aparecer como una vieja. Tenía en quien 
apoyarse y esto hacíala volver a la niñez. 



XLVI 
IHAQA EL sur! ¡HACIA EL SUr! 

PRIMER DÍA DC VIAJE 

Sábado, 1 de octubre 

Nils, sobre las espaldas del pato blanco, viajaba por 
encima de las nubes. Volaban hacia el sur, formando un 
triángulo regular^ treinta y un patos silvestres. Las plumas 
zumbaban y las alas se agitaban en el espacio haciendo vi- 
brar el aire; no se podía oír ni una voz. Okka volaba a la 
cabeza y tras ella, a derecha e izquierda, seguían Yksi 
y Kaksi, Kolme y Nelja^ Viisi y Kitsi¿ el pato bl«aco y Fin- 
duvet. Los seis patos jóvenes que formaban parte de la 
bandada, ya no figuraban en la expedición. En cambio, 
iban con los patos viejos veintidós patitos que habían na* 
cido en el valle de la Laponia. A la derecha iban once y 
otros once a la izquierda, y hacían cuanto podían por 
guardar las mismas distancias que los patos viejos. 

Los pobres pájaros, que no habían hecho nunca ningún 
viaje, tenían que hacer grandes esfuerzos por seguir el 
vuelo rápido de los patos. 

— ¡Okka! iOkka! — gritaban en tono lastimero. 



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424 SCLJMA LAOERLÓF 

— ¿Qué os pasa? — preguntábales el pájaro-g-ufa. 

— ¡Nuestras alas se cansan de tanto volar! ; JNÍuestras 
alas se cansan de tanto volar! 

— Ya se os irá el cansancio volando — respondíales 
Okka sin detener el vuelo lo más mínimo. Y se hubiera 
dicho que tenía razón, porque a las dos horas de volar ya 
no alegaban la menor fatiga. Pero comenzaron a lamentar- 
se de otra cosa. Como en el valle pasaban el día comiendo, 
no tardaron en decir que tenían hambre. 

— |Okka, Okka, Okka! --gritaban los patos tristemente. 

— ¿Qué os pasa ahora? 

— Tenemos tanta hambre que no podemos continuar 
volando. ¡Tenemos mucha hambre! 

— Un pato silvestre debe saber nutrirse de aire y beber 
los vientos — respondióles la implacable Okka continuando 
su vuelo. 

Pronto debieron aprender a nutrirse de aire y viento, 
porque dejaron de exhalar sus lamentos. La bandada de 
patos estaba todavía sobre las montañas y las patas viejas 
indicaban a gritos el nombre de todas las cimas que iban 
dejando atrás para que los aprendieran. Y como no cesa- 
ran de anunciar: cEste es el Porsotjokko, y ese el Sar- 
jektjokko y aquél el Sulitelma», los jóvenes comenzaron a 
impacientarse. 

— ¡Okka, Okka, Okkal ^ gritaban con voz desgarra- 
dora. 

— ¿Qué ocurre? 

— En nuestras cabezas no hay sitio para tantos nom- 
bres — gritaban. — No hay sitio para tantos nombres. 

^ Cuantas más cosas entran eo la cabeza más sitio hay 
para las otras — contestó Okka sin conmoverse. 

Nils pensaba que ya debía ser tiempo de ponerse en 
camino hacia el sur porque nevaba mucho y la tierra esta- 
ba blanca en toda su extensión visible. Últimamente lo ha- 



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NILS HOLOERSSONS 425 

bían pasado bastante mal allá arriba, en el valle de las 
montafias. La lluvia, la tempestad y la niebla se sucedían 
sin interrupción y si alguna vez se aclaraba un poco el 
tiempo, no tardaba en sobrevenir alguna helada. Las bayas 
y las setas con las que Nils se alimentara, heláronse o echá- 
ronse a perder, y al cabo había tenido que comer pescado 
crudo, que no le gustaba. Los días acortaban ya mucho, 
las noches eran largas y los amaneceres eran terriblemente 
lentos para cualquiera que no pudiera dormir mucho des- 
pués de la puesta del sol. Finalmente, fortaleciéronse las 
alas de los patos y pudieron comenzar el viaje hacia el sur. 
Nils cantaba y reía al mismo tiempo, de contento. No de- 
seaba abandonar la Laponia sólo porque allí no alumbrara 
el sol, hiciera frío y escaseara la comida: había otra cosa 
que le arrastraba hacia la Escania. 

Las primeras semanas habíalas pasado bastante bien en 
el país. ¡Experimentaba tanto placer viendo la Laponia! Lo 
único que le molestaba eran los enjambres de mosquitos 
que amenazaban devorarle. ^ 

Emprendía largos paseos con Okka y Qoi^. Desde lo 
más alto del Kebnekajse nevado, había contemplado los 
glaciares que rodeaban la base del cono blanco y escarpado. 
Okka habíale llevado a visitar los valles más ocultos y hé- 
chole ver las cavernas, donde las lobas amamantaban a sus 
pequeños. Había trabado conocimiento con los renos, que 
pacían en grandes i ébanos a orillas del hermoso lago de 
Torne y llegado hasta las grandes cascadas de Sjófallet, 
para saludar a los osos que permanecen allí. El país apa- 
recíasele como algo soberbio, y aun sintiendo la satisfac- 
ción de verlo no deseaba habitarlo. Okka tenía razón al 
decir que los colonos obrarían cuerdamente si lo abando- 
naran a los osos, lobos, renos, patos silvestres, mochuelos 
blancos, y a los lapones, que parecen nacidos para vivir 
allí. 



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426 SELMA LAQBRLdr 

¡Ah, qué fdiz era ai ver que seguía el camino de la Es- 
cania! Al divisar el primer bosque de abetos, agitó su gorra 
alegremente y saludó con un ¡burra! las primeras casitas 
grises de los campesinos, las primeras cabras, el primer 
gato, las primeras gallinas. Pasaba por encima de las so* 
berbias cascadas y veía a su derecha los altos picos de las 
montañas; pero apenas si los miraba. Cuando descubrió la 
capilla de Kvickjock, con su pequeño presbiterio y la aldea 
que la rodea, ya fué otra cosa. Le pareció tan bello este 
rincón que las l^rimas saltaron de sus ojos. 

A cada instante se cruzaba con los patos emigrantes 
que volaban en grupos más numerosos que en la prima- 
vera. 

— ¿Adonde vais, patos silvestres? ¿Adonde vais? — pre- 
guntaban los pájaros. 

— ¡Vamos al extranjero, como vosotros! ¡Vamos al ex- 
tranjero! -- respondían los patos. 

— Vuestros pequen uelos no son bastante fuertes — 
gritaban los otros. — No franquearán el mar mientras 
tengan las alas tan débiles. 

Los renos y los lapones se disponían a abandonar las 
montañas. Descendían en medio del mayor arden: abrfa 
marcha un tapón al que seguía un rebaño presidido por 
grandes toros, un grupo de renos con las tiendas y bagajes 
a cuestas y, por último, cerrando el cortejo, siete u ocho 
personas. Al ver a los renos, descendieron un poco los 
patos silvestres, para gritarles: «¡Hasta la vista! ¡Hasta el 
verano próximo! ¡Hasta el verano próximo! 

— Buen viaje y que regreséis bien — respondieron los 
renos. 

Los osos, viendo partir a los patos, los mostraban a los 
oseznos, gruñendo: c¡Mirad a esos miedosos que temen el 
frío y no quieren pasar el invierno en sus casasl» Pero las 
patas viejas, no cortas de lengua, contestaban: «Mirad a 



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NILS HOLOER8SONS 427 

esos holgazanes que prefieren dormir la mitad del año, an« 
tes que tomarse la molestia de emigrar». 

En los bosques de abetos veíase a los gallos silvestres 
frotándose unos contra otros, erizados y transidos de frío, 
mientras miraban envidiosos a todas las bandadas, de pája- 
ros que se dirigían hacia el sur entre exclamaciones de 
alegría: €¿Cuándo nos llegará la vez? ¿Cuándo nos Hegará 
la vez? *, preguntaban a sus madres. 

— Vosotros permaneceréis con vuestros padre y madre 
-— respondía la gallina. — Vosotros permaneceréis aquí 
con vuestros padre y madre. 

EL MONTE OESTBERQ 

Mientras los patos volaron por la Laponia disfrutaron 
de buen tiempo; pero apenas e;itraron en el Jemtiand que- 
daron envueltos en nieblas impenetrableSi y descendieron 
sobr^^ cumbre de una colina. Nils creyó hallarse en un 
país habitado, porque se imaginaba percibir la voz de los 
hombres y el chirrido de los vehículos. Hubiera preferido 
refugiarse en una granja; pero temía perderse ent(e la nie- 
bla. Todo destilaba agua y despedía humedad. De la punta 
de cada brizna de hierba cafan gotas constantemente y ob- 
servaba que al menor movimiento descargaban sobre él 
verdaderas duchas. 

Al cabo dio algunos pasos en busca de un refugio y 
advirtió ante él un edificio muy alto, pero no muy grande. 
La puerta estaba cerrada y el ediñcio .deshabitado. Nils 
comprendió que aquello sólo podía ser una torre erigida 
en aquel punto para contemplar mejor el paisaje. Y volvió 
adonde estaban los patos. 

— Mi buen pato, ponme sobre tus lomos y llévame a lo 
alto de aquella torre que hay allá. Tal vez encuentre un 
rincón seco donde dormir. 

El pato obedeció y dejóle en lo alto de la torre, donde 



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428 SELMA LAOERLÓr 

el muchacho quedóse dormido hasta que el sol de la ma- 
ñana le dio en pleno rostro. Al abrir los ojos no pudo darse 
cuenta en un principio del lugar en que se hallaba. Habi- 
tuado a los desiertos de la Laponia, creyó que era un cua- 
dro aquella extensión de tierra tan cultivada y habitada. 
Además, el sol naciente revestía las cosas de coloraciones 
extraordinarias. 

La torre estaba construida sobre una montaña, en medio 
de una isla situada cerca de la ribera oriental de un gran 
lago. Este lago ofrecía en tal momento un matiz tan rosado 
como el cielo. Las riberas amarilleaban por los bosqueci-* 
líos que el otoño había dorado y por el rastrojo de los 
campos. Tras esta franja amarillenta destacábase el cintu- 
rón sombrío del bosque de abetos, sobre el cual dibujábase 
ai este la línea azulada que trazaban las colinas; a lo largo 
del horizonte occidental corría en forma de arco una cade- 
na de montañas deslumbrantes, puntiagudas, dentelladas, 
de un color tan dulce y suave, que no puede determinarse, 
y acerca del cual no hubiera podido decir Nils si era rojo, 
blanco o azul; no hay nombre que pueda designar seme- 
jante color. En la parte amarilla que por uno de sus lados 
rodea al lago, se elevaban, aquí y allá, iglesias blancas y ca- 
seríos colorados, y hacia el este, a la otra parte del estre- 
cho que separa la isla de la tierra ñrme, adosada a una 
montaña protectora, se extendía en la ribera una ciudad 
en medio de un terreno fértil y cultivado. 

— He aquí una ciudad que ha sabido procurarse una 
buena situación — pensó Nils. — Quisiera saber cuál es su 
nombre. 

En este momento experimentó gran sobresalto. Sumido 
en la contemplación del país, no se había dado cuenta hasta 
entonces de que algunos visitantes subían por la torre. As- 
cendían con tal rapidez por la escalera que apenas si tuvo 
tiempo para meterse en un agujero. 



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NILS HOLOEKSSONS 429 

Tratábase de un grupo de muchachas y muchachos que 
hacían una excursión a pie a través del Jemtland. Al llegar 
a lo alto felicitáronse de haber llegado a la ciudad de Oes- 
tersund la víspera por la tarde, para gozar al amanecer del 
bello espectáculo que ofrece la vista del Frósd, donde se 
distinguen más de veinte poblaciones. Señalábanse unos 
a otros las iglesias y las montañas. Todos estaban de acuer- 
do en que las más próximas eran las montañas de Ovik; 
pero ¿cuál de aquellas cumbres era la del Areskutan? 

Una jovencita sacó de su bolsa un mapa que desplegó 
sobre sus rodillas y todos se sentaron para examinarlo. 
Nils mostrábase inquieto porque su presencia allí se iba 
prolongando demasiado. El pato no vendría en su busca 
mientras estuviesen aquellos jóvenes en la torre, y no igno- 
raba que los patos tenían prisa de continuar su viaje. En 
medio de la conversación de los turistas; creyó oír por <m 
momento el chillido de los patos y el batir de sus alas; 
pero no se atrevió a salir de su escondite. 



XLVII 
LEYENDAS DE HERJEDALEN 

Cuando al partir los turistas pudo Nils mirar en todas 
direcciones, no vio el menor rastro de los patos silvestres. 
No venía a buscarle ningún pato. Llamó repetidas veces; 
pero en vano. No concebía que los patos hubieran podido 
abandonarle; si acaso, temía que hubiera podido ocurrirles 
alguna desgracia. Devanábase los sesos para imaginar un 
medio que le permitiera unirse a ellos, cuando, de repente, 
Bataki, el cuervo, abatió el vuelo junto a él. 



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430 SELMA LAOeRLOr 

Jamás pudo imaginar Níls que pudiese saludar a Báta- 
la con tanto cariño. 

— Mi querido Bataki — \t dijx) — ; ¡qué suerte que ha- 
yas venido] ¿Podrías darme noticias del pato blanco y de 
los patos silvestres? 

— Precisamente vengo de su parte — contestó Bataki. 
-— Okka había descubierto la presencia de íin cazador y no 
se ha atrevido a venir en tu busca. Me ha encargado que 
te conduzca adonde están los amigos. Sube sobre mis es- 
paldas y dentro de un instante estaremos con ellos. 

Nils saltó sobre las espaldas del cuervo, que le llevó 
hacia el sur. Descendieron en un espacioso valle. El paisa- 
je era espléndido; las montañas eran altas como las de Jemt- 
land, pero había pocas tierras cultivadas y pocos pueblos. 
Bataki descendió sobre una cabana e hizo bajar a Niis 

— Este verano ha habido aquí maíz — le dijo. — Mira 
si puedes encontrar algunos granos para comer. 

Mientras Nils buscaba algunas espigas, de las que saca- 
ba los granos que luego comía, Bataki se entretenía con- 
versando con él. 

^ ¿Ves aquella grande y hermosa montaña que se eleva 
allá lejos, al sur? •— comenzó diciendo. 

— Sí, la veo. 

— Pues, bien: se llama Sonfjell — continuó el cuervo 
— y allí hubo en otros tiempos muchísimos lobos. Las gen- 
tes que habitaban el valle de este río tuvieron muchas ve- 
ces que afrontar las más terribles situaciones. 

— ¿No podrías referirme alguno de esos bellos cuentos 
de lobos?.— preguntó Nils. 

— He oído decir que hace mucho tiempo atacaron los 
lobos a un hombre que vendía cubetas y toneles de toda 
clase,— dijo Bataki. — Era de Hede, pueblecito situado a 
algunas millas de este valle. Hacía el peor tiempo del in- 
vierno y los lobos le persiguieron corriendo por encima de 



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NIL8 HOLOERSSONS 431 

las aguas heladas del río Ljusnan, sobre las cuales viajaba 
nuestro hombre. Los lobos eran doce y el caballo que con* 
ducía al hombre de Hede era mal eprredor. El peligro era 
inminente. 

üís riberas estaban desiertas y no había una distancia 
tnenor de dos millas hasta la granja más próxima. El hom- 
bre quedó, al fín paralizado por el terror. En este momen- 
to vio que algo se movía entre los abetos plantados en el 
hielo para marcar el camino. Cuando descubrió lo que era 
su terror se acrecentó aun más. No era un lobo precisa- 
mente, sino una pobre mujer que recorría el país mendi- 
gando y que se llamaba Malina. Comp era jibosa y coja 
de una pierna, la reconoció de lejos. 

. La anciana iba derechamente al encuentro de los lobos. 
No les había descubierto todavía, sin duda, y el habi- 
tante de Hede pudo darse cuenta en seguida de que si pa- 
saba por delante de ella sin advertirla podría él escapar, 
porque entonces caería ella eolr^ las garras de los lobos. 
Además, de detener el caballo y hacerla montar con él, 
tampoco podía considerarse cierta su salvación. Estaba se- 
guro de que en este caso perecerían Jos tres, él^ ella y 
el caballo. ¿No era más justo sacrificar una vida para sal- 
var otras dos? 

En este momento los lobos lanzaron un aullido sinies- 
tro. El caballo se excitó, apretó el freno entre sus dientes 
y cruzó velocísimo ante la mujer. Ella también había oído 
el aullido de los lobos y comprendía su situación. 

El hombre vio como levantaba los brazos al aire y abría 
la boca para gritar. Ella estaba perdida; pero él quedaba 
a salvo. 

Tuvo un primer movimiento de alivio, de tranquilidad, 
pero pronto sintió un dolor agudo en el pecho. Hasta aquel 
momento no había hecho nada deshonroso en el mundo. 
Desde este momento su vida quedaría destruida. 



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432 SBLMA LAOERLOP 

Con un esfuerzo brusco dominó el caballo y le hizo 
detener. 

— Ven pronto, Malina — le gritó •- ; sube aprisa a mi 
trineo. 

Hablaba duramente porque estaba indignado contra sí 
mismo, al ver que no podía dejar a la mujer abandonada 
a su suerte. 

— - Mejor estarías en tu casa que recorriendo los cami- 
nos, vieja bruja — gruñó. — Por tu culpa vamos a perder 
la vida el Negro y yo. 

La vieja mujer callaba a todo. 

El hombre volvió a decir: 

— El N^ro ha recorrido hoy más de cinco millas y la 
carga no será mis ligera cuando subas tú al trineo. 

Los patines del trineo chirriaban al deslizarse veloz- 
mente sobre el hielo, pero no por eso oíase menos el aliento 
de los lobos. 

— ¡Qué va a ser de nosotros! — dijo el hombre. — Ni 
a ti ni a mi va a servirnos gran cosa el haberte recogido, 
Malina. 

La vieja mujer que hasta entonces había callado, habi- 
tuada como estaba a oír palabras desagradableSi abrió, por 
fin, la boca: 

— No comprendo por qué no te desembarazas de las 
cubetas y los toneles para aligerar la marcha del trineo. Tú 
podrías venir mañana a recogerlos. 

El hombre comprendió que era un buen consejo y se 
asombró de no haber pensado ya en ello. Entregó las rien- 
das a la mujer, desató las cuerdas que sujetuban los toneles 
y las cubetas y los dejó rodar por tierra. Los lobos, aterrori. 
zados primero, curiosos después, detuviéronse para ver 
que era aquello, lo que permitió que el trineo tomara bas- 
tante delantera. 

— Si eso no bastara, yo misma me arrojaría a los lobos 



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NILS HOLOERSSONS 433 

— añadió la vieja mujer. -«Entonces tal vez pudieras tú 
escapar. 

Mientras ella hablaba^ dedicábase éi a desatar un tonel 
enorme. De repente paralizó su trabajo. 

— ¿Cómo es posible — exclamó — que un hombre y un 
caballo en buen estado, puedan permitir, por salvarse, que 
una vieja mujer sea devorada por los lobos? CiertamentCi 
debe haber un medio de salvarse. Pero ¿cuti es? 

Y reanudó su trabajo. Trataba ahora de arrojar por en- 
cima de las bardas del trineo el pesado tonel. 

De repente se detuvo de nuevo y comenzó a re(r. 

La vieja mujer le miró, creyendo que habrfase vuelto 
loco. El hombre se reía porque había encontrado el medio 
de salvar a todos. ¿Cómo no habiaVpensado en ello antes? 

— Escucha, Malina, lo que voy a decirte. Tú conduci- 
rás el trineo con la mayor raprüez posible hasta el pueblo 
de Linsáll, y cuando llegues, comunicarás a todos que yo 
he quedado solo sobre la nieve y en medio de los lobos» 
por lo que de^en venir a socorrerme. 

El hombre esperó hastaque los lobos estuvieron nue- 
vamente muy Cerca del trineo. Entonces arrojó el enor- 
me tonel y saltando tras ^1 al suelo se ocultó debajo del 
mismo« 

Este, construido para contener la cerveza que había de 
consumirse en una gran granja durante la Navidad, le cu- 
bría fácilmente. Los lobos aullaron en torno del tonel, tra- 
tando en vano de volcarlo y mor(Jjendo el saliente de las 
dueias« Como el tonel era pesado y sólido, el hombre es- 
taba fuera de todo peligro. 

— De hoy en adelante — decíase gravemente, después 
de haberse burlado un. momento de los esfuerzos de los 
lobos — - de hoy en adelante, siempre que me encuentre en 
lo que parezca un csillejón sin salida, pensaré en esite tonel. 
No olvidaré que puede evitarse el daflo propio sin necesi* 

91 



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434 SCLMA LAOCRLdr 

dttd de perjudica!^ a otro. Nunca falta una tareera salida; lo 
bueno es encontrarla. 

Bataki acabó su MstorÜ con ostaa |kiiabra9) pronutitia- 
das sentenciosamentt» como dichas con iiiia inteMtióii par- 
tieular. Nila había observado ya qac siempre qué refería 
el euervo algutta co^a adoptaba el misnio tofioi. 

— iO^é es le que habrá querido dtcirtne á< narrar este 
historia? ^ preguntaban. 

Después de haber eoniido, fttaM y el mucbaeho con- 
tinuaron su caminoi síg uiettdo e) aurio étl Ljuaitail. U^ 
gados ctfrea M pueblo de Kolsa(t| e« loa límites de Hál. 
sinf land, tí cuervo sb echó de nuevo a tierra iunlo a bna 
pequefia cabaflat en la que no haUa ventanas y 3i sólo un 
tragaluz casi invisible. De la chimenea escapábase una hu-^ 
mareda metcladá tfoa efatspa% y en el MteriOr oíanse los 
goHMB de marüHoi 

— Al ver eeta herrería recuerdo que antiguameAtt hUbo 
en este ptiebh) herreros hin habites que no tenfan par. Ye 
he oído contar algunas historias de esto allá en lo aito. 

— Cuéntame una -- solicitó Ntli. 

— Puesy seitor — ailadió BaMti Mh hacerse ée rcfur — 
hubo una vea un barrero qUe Hivitó a dtros dos l i we atro a 
herreros, uno de la Dalecarlia y el otro de Vermlané» a 
medirse con él en le fabrioacién de ckvoai Cl reto fué acep- 
tado y lc6 «rea htrreroa se reunieron aqui^ en Kolsatti Pri- 
mero tontenaó el dalocarhano. Y forjó una dooenade davoa 
tan iguatea» tan agudos y tan bonitos^ ^ue nadk los hubieta 
hecho itiajor. Después vino ei vermiaUtléa« Y foijó lamMéu 
una docena de clavos perfectos, si bien con la veniajh de 
que empleó la mitad de tiempo que Bu contríncaule. Los 
que actuaban dt jueces aconaejaron ai herrero de Horjeda- 
len que no lo inkntara siquiera, porque no lo podría hacer 
mejor que d primero ni más pronto que el seguudo. 

-- Bso me importa poco y no me cnirego — respondió 



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NILS HOLOCRSSONS 435 

d tercer coacursanle. — Debe haber una tercera manera 
de distinguirse. 

Y puso ei hierro sobre el yunque sin pasarlo por el 
fuego, calentándolo a martillazos, y forjó clavo tras clavo 
sin emplear carbón ni fuelle. Nadie de los allí reunidos ha- 
bía visto manejar el martillo con más habilidad, y el he- 
rrero de Herjerdalen fué proclamado el más hábil del 
país. 

Bi^ki se calló una vez dicho esto. Nils reflexionó un 
instante. 

-— Dime cual ha sido tu intención al referirme esta his- 
toria — preguntó al fin. 

— La he recordado al ver esta vieja herrerfai — respon- 
dió Bataki evasivamente. 

Los dos viajeros reanudaron el vuelo. El cuervo llevó 
a Nils a través de la parte de Herjedalen vecina a la Dale- 
carlia. Y descendió sobre una colina que dominaba la 
Itamnra. 

— ¿Sabes lo que es este montículo que está bajo tus 
pies? — preguntó Bataki. 

Nils contestó que lo ignoraba. 

— Pues, bien; es una tumba, un túmulo antiguo — afia- 
dfcS el cuervo. — Fué elevado en honor de im hombre lla- 
mado Herjulf, el primero que se instaló en Herjfedatea y 
cultivó el país. 

— ¿Taflid)íén tendías que referirme alguna historia so- 
bre este señor? — preguntó Nils. 

— No he oído decir grandes cosas reapeclo a él. Creo 
que era noruego. Primeramente estuvo al servicio del rey 
de Noruega; pero creo que acabó rifiendo oon él. Y pre- 
sentándose ante el rey sueco que vivía en Upsala, entró a 
su servicio. Transcurrido algán tiempo pidió en matrimo- 
nio a la hermana del rey, y como éste se la negara, la raptó. 
Y se vio en el trance de no poder habitar en Noruega ni 



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436 SBLMA LAOERLdr 

en Suecia; y a todo esto, no quería marcharse al extranjero 
ni abandonar el país a ningún precio. 

— Debe haber una tercera alternativa — pensó. — Y con 
sus criados y sus tesoros se puso en marcha hacia el norte, 
a través de la Dalecarlia, hasta que llegó a los grandes de- 
siertos que existen en los confines de esta provincia. De- 
tuvo su marcha, construyó una casa, removió la tierra y se 
convirtió en el primer habitante de este país. 

Al oír esta última historia, quedó Nils más intrigado 
que nunca. 

— ¿Por qué no me dices cuál ha sido tu intención al 
referirme esto? — preguntóle. 

En un principio no contestó nada Bataki, limitándose 
a mover y remover la cabeza, entornando los ojos. 

— Bueno; puesto que estamos solos — dijo finalmente 
— quiero preguntarte una cosa. ¿Te has dado bien cuenta 
de la condición impuesta por el duende que te ha transfor- 
mado, para que puedas volver a convertirte en hombre? 

— La única de la que he oído hablar, consiste en que 
yo debo conducir al pato blanco a la Laponia y llevarle 
sano y salvo a la Escania. 

— Precisamente es lo que yo pensaba — dijo Bataki — , 
porque la última vez que nos vimos, decías tú con 
orgullo que no está bien traicionar a un amigo cuya con- 
fianza se tiene. Tú procederías cuerdamente si le pregun- 
taras a Okka cuál es esa condición. No debes ignorar que 
ella misma ha ¡do a tu casa para hablarle al duende. 

— Okka nada me ha dicho. 

— Sin duda pensaba que era mejor para ti que no su- 
pieses el alcance de las palabras del duende. Te estima más 
a ti que al pato blanco. 

— Es curioso, Bataki — dijo Nils — el modo que tienes 
de ponerme sismpre triste y de inquietarme. 

— Tal vez pueda, en efecto, parecertc así -^ aftadió el 



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NILS HOLQERSSONS 



437 



cuervo — ; pero esta vez creo que me agradecerás el que 
te repita las palabras del duende. Ha dicho que volverás 
a ser hombre cuando conduzcas el pato blanco a tu casa 
para que pueda matarlo tu madre. 

Nils se levantó de un salto. 

— ¡Es una mala invención tuya, Bataki! — gritó. 

'-- Ahora mismo puedes preguntárselo a Okka, porque 
creo que se aproxima con su bandada; pero te ruego que 
no olvides las historias que hoy te he referido. Hay un 
medio de salir de todas las dificultades que se presenten, 
con tal de que se encuentre. Me gustaría saber como lo 
conseguirás tú. 



XLVIII 
VARMLAND 

Miércoles, 5 de octubre 

Al día siguiente, durante un alto en el camino y apro- 
vechando un momento en que Okka se había alejado un 
poco de los otros patos, le preguntó Nils si era verdad lo 
que le había dicho Bataki. Okka no pudo negarlo. El i^u- 
chacho hizo entonces que la vieja pata le prometiera que 
por nada del mundo daría motivos para que el pato blanco 
sospechara lo más mínimo referente a este secreto. Bravo y 
generoso como era, podría obrar por su cuenta sin pedir 
consejo a nadie. 

Después de esta conversación, Nils permaneció silen- 
cioso, recostado sobre las espaldas del pato y sin intere- 
sarse por nada. Sólo le sacaron de su abstracción los gritos 
de los patos que llamaban a sus crías y anunciaban que ya 



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438 SeLMA LAQERLOr 

se podfaver el Stádjan, por haber entrado en la Dale* 
cariia. 

—Como es probable que tenga que viajar toda mí vida 
con ios patoSf ya tendré tiempo de ver este pais más de lo 
que deseo— refunfuñó Nils. 

Tampoco mostró majror interés cuando loa patos grita- 
ron que ya estaban en Varmland y que el rio que seguía 
hacia el sur era el Klar. 

— He visto tantos r(os, que ya tengo bastante — anadié. 

Aunque Ntls hubiese tenido curiosidad por conocer d 
pa(s, no hubiera encontrado muchas cosas que ver, porque 
el norte de Varmland abunda en grandes bosques de abru* 
madora monotonía, a través de los cuales serpentea el Klar, 
estrecho y dibujando curvas rápidas. Aquí y allá, cascadas, 
una muela de carbóUi tierra sin cultivo o algunas casitas 
bajas habitadas por finlandeses. La extensión de los bos- 
ques hacía creer que aquél no podía ser otro país que la 
Laponia. 

Los patos descendieron en la orilla del río y, mientras 
picoteaban la yerba buscando alimento, oyó Nils risas y 
algazara por la parte del bosque. Las voces dábanlas siete 
hombres corpulentos que caminaban con sendos petates 
sobre la espalda y el hacha al hombro. 

Aquel día experimentaba el chicueio un deseo indes- 
criptible de tropezar con gentes que le recordasen su anti- 
gua condición, y por eso fué tan grande su alegría cuando 
vio que aquellos hombres se despojaban de sus petates y 
se echaban a descansar. Hablaban sin descanso, y el pe- 
qoeAo Nils, que disfrutaba con oír la voz humana, se 
colocó cerca de ellos sin ser visto. Pronto supo que eran 
oriundos de Varmland y que se dirigían a Norrland en 
busca de trabajo. Era gente alegre y tenían mucho que 
contar, por haber trabajado en distintos sitios. En el curso 
de la conversación uno de dios, que conocía toda Suecia, 



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NILS HOLOeUSSONS 43Q 

afirmaba que la región más bonita era U del Norte, el 
Varmland del oeste, donde fatbta nacido. 

— Tendrías razón — replicóle otro --sí hablases de 
Fryksdalen, de donde yo soy. 

— Si esto se dijese de |ósseharád, que es donde yo he 
naddo — dijo un tercero -- podría dsH-os la razón, por 
cuanto este sitio es más hermoso que las otros dos de que 
me habláis. 

Surgió con esto una disputa y entonces S2 supo iqjue 
cada uno era de un punto distinto del Varmland; y cada 
cual creía que et sitie en que habia nacido era más bonito 
y mejor que el de los demás. Y como no podían conven - 
cerse se hubiera suscitado una cuestión entre ellos si no 
hubiese acertado a pasar un anciano de larga barba y mi- 
rada penetrante, que les interrogó: 

— ¿Por qué disputáis? Dais unos gritos que se oyen en 
todo el bosque. 

Uno de los varmlandeses se volvió hacia el anciano, 
diciéndole: 

— Tú debes ser, sin duda, finlandés, puesto que andas 
por estos bosques, tan al norte. 

— Sí, lo soy, efectivamente. 
A lo que replicó el otro: 

— Está bien; yo siempre he oído decir que ios finlande- 
ses suelen tener más conocimiento que otras gentes. 

— Gracias par ello; la buena fama vale más que el oro 
— replicó el finlandés. 

Luego le refirieron que discutían acerca de cuál parte 
de Varmland era la mejor, invitándole a que solventase la 
contienda, para evitar que por un asunto de esta naturaleza 
pudiesen enemistarse. 

— Lo haré como mejor pueda — dijo el finlandés — 
pero antes os pido un poco de paciencia para que escu- 
chéis un cuento. 



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440 SCLMA LAOKRLÓP 

€ Había allá en el sur un hombre que tenia siete hijos. 
Todos eran fuertes y robustos y como hallábanse engreídos 
y cada cual quería ser más que el otro, disputaban con fre- 
cuencia. Dispuesto el padre a acabar con tantas cuestiones» 
llamó un día a sus hijos y les preguntó si querían some- 
terse a prueba para conocer cuál de ellos pudiera valer más. 
Todos contestaron que sí; no deseaban otra cosa. 

— Ya sabéis— continuó el padre — que al norte de esta 
pequeña laguna de Vanern, tenemos un terreno inculto, tan 
lleno de piedrecitas, que no puede obtenerse de él benefi- 
cio alguno. Así es que mañana tomaréis cada uno de vos- 
otros vuestro arado y lo labraréis durante el día tanto como 
podáis. Cuando llegue la noche yo iré a ver cuál de vos- 
otros ha hecho el trabajo mejor. 

Apenas amaneció el siguiente día los siete hermanos se 
hallaron dispuestos con sus caballos y sus arados, y daba 
gusto ver el brioso aspecto de los caballos y la bruñida 
reja con sus afiladas cuchillas. Al marchar desviáronse para 
dar la vuelta a la laguna dos de los hermanos; pero al ver 
que el mayor se dirigía rectamente al Vanern diciendo que 
una charca como aquella no le arredraba, tomaron todos 
la misma determinación para que no se creyese que les 
faltaba valor; de pie sobre los varales, guiaron los caballos 
a través del agua. Como éstos eran grandes, anduvieron 
largo trecho, hasta que perdieron pie y les fué necesario 
continuar a nado. También tuvieron que nadar los siete 
hermanos y, por más que un par de ellos lo hiciesen cogi- 
dos al arado, todos llegaron, por fin, a la otra orilla de la 
laguna, que hoy se llama Varmland y Dal 

El hermano mayor empezó un surco y a cada uno de 
sus lados se fueron colocando los hermanos, según la edad, 
para trazar paralelamente los surcos suyos. Cual más cual 
menos, todos encontraron sus dificultades en las piedras, 
teniendo necesidad en algunas ocasiones de levantar el arado. 



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NItS HOLQERSSONS 441 

Cuando llegó la noche, los siete hermanos, en extremo 
fatigados, esperaban al Bnal de sus respectivos surcos. Por 
fin llegó el padre, y después de las t)uenas noches, pre- 
guntó cómo les había ido el trabajo. 

— Bastante mal ^ contestó uno de los hijos. — Es un 
terreno muy difícil el que se nos ha dado a labrar. 

— Paréceme— dijo el padre— que estás de espaldas al 
terreno que has labrado; vuélvete y verás el resultado de 
tu trabajo, que no es tan pequeño como crees. 

Cuando el hijo volvió la cabeza vio con asombro que 
en el sitio que había recorrido su arado había ahora her- 
mosos valles con lagunas y espesos bosques en las ca- 
ñadas. 

-—Ahora veremos lo que han hecho tus otros her- 
manos. 

El quinto de ellos había producido el Jósseharád y el 
lago Qlafsjorden y a todos los demás se les debía las pre- 
ciosidades que en pequeños lagos y riqueza forestal exis- 
ten en Vastmanland actualmente. 

Cuando el padre hubo inspeccionado todo el terreno 
labrado dióse por muy satisfecho, diciendo que lo habían 
hecho muy bierv. Aquel erial podía ya utilizarse y ser ha- 
bitado. Allí había lagos ricos en peces y cascadas que 
producían fuerza para mover serrerías y otras industrias. 

Los hijos, si bien se mostraban muy alegres, deseaban 
que se les dijese cuál de los surcos resultaba m'ejor. 

— En una tierra de labradío como ésta — replicó el pa- 
dre—es de mucha más importancia que unos surcos 
correspondan a los otros, que determinar cuál de ellos es 
el mejor. Y lo que digo de la tierra, aplícaoslo vosotros, 
hijos míos, porque ninguno debe vanagloriarse de ser más 
que el otro y sólo debéis alegraros de poder cruzar serena- 
mente vuestra mirada y que al trataros haya en vuestro 
ánimo esa placidez que es el contento de la vida, i 



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442 SEI.MA LAOERLÓP 

XLIX 
LA PEQUEÑA QUINTA SEÑORIAL 

Los patos silvestres siguieron el curso del Klar hasta la 
gran fábrica ét Munkorf ; después oblicuaron hacia el oeste. 
La tarde cayó cuando todavía no hatrfan alcanzado el lago 
Fryken; los patos descendieron en medio de una gran ma- 
risma, sobre una aHura. Como hallándose en el aire viera 
que al pie de la altura había algunas casas, resolvió Nils 
aproximarse a eHas. 

El camino era mucho más largo de lo que había ima- 
ginado; al fin se hizo más clara la foresta y llegó a un 
camino. Un poco más lejos surgía una bella avenida de 
álamos que conducía a una quinta; y Nils se encaminó 
por día. 

Primero entró en un patio, grande como el mercado de 
un pueblo y rodeado de casitas rojas bajas, y prolongadas. 
Después de haberlo atravesado se encontró con un segundo 
fMtio donde se elevatM el cuerpo del edificio, precedido de 
un terreno cubierto de césped y flanqueado de una nave, 
tras la cual veíase un jardín frondoso. El edificio era pe- 
queAo y modesto, pero el patio estaba bordeado de un 
circulo de serbales gigantescos, tan juntos que formaban 
como un muro casi impenetrable. El cíelo parecía un pla- 
fón azul pálido; los serbales eran amarillos, con bellos 
racimos rojos. El césped debía estar verde todavía; pero 
como aquella noche brillaba una luna llena de magnífica 
ciarídad, adquiría un tono blanco y plateado. 

No se veía a ningún ser viviente y Nils pudo recorrer 
tranquilamente aquella posesión. Al penetrar en el jardín 
vio algo que casi le puso de buen humor. Habíase subido 
a un serbal para comer algunos frutos, cuando advirtió 



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NILS HOLOEH880NS 443 

los racimos encendidos de un g[rosellero. Y se desliasó a lo 
largo del tronco. Al mirar en tomo suyo observó que el 
jardfn estaba lleno de groselleros rojos y negros y de 
frambiiems. Habit nabos y rábanos en la huerta, granos 
en las plantas, espigas lozanas entre It hierba. Y aNá, en 
medio de la avefnida; una hermosa y gruesa mancant bri- 
llaba bajo los rayos de la luna. 

Sentóse Nils sobre un mullido lecho de césped, y co^ 
gíendo la manzana, comenzó a cortarla en pedacüos con su 
cuchillo. 

— No serta tan duro ser duende-^ se decía — si en 
todas partes pudiera uno alimentarse tan fácilmente. 

De repente oyó un ligero rumiado encima de su cabeza 
y al punto descubrió ante él algo que le llamó la atencíóii 
y que tenfa la forma de una bola. Esta se deshizo y dos 
puntos luminosos t>riHaron como dos carbones encendi- 
dos en lo alto. Nils vio entonces que la bofai tenta tamtrfén 
un pico ganchudo y dos ojos ardientes, envueltos en un 
círculo de plumas. Esto le teanquilzó. 

— ¡Qué alegría encotitrar al fin algún ser vivientel — 
pensó.— ¿Podría decirme la señora lechuza cómo se llama 
esta posesión y quién la habita? 

La lechuza había permanecido aquella tarde, como 
acostumbraba siempre, apostada en un peldafio de la gran 
escalera que se apoyaba cu el techo de la casa, desde donde 
avizoraba las veredas y el terreno cubierto de musgo, en 
espera de que apareciera alguna rata. Y vela con gran 
asombro que no se presentara ninguna pid gris, cuando 
distinguió un punto que se movía y que al pareeer qo era 
más que un hombre en miniatura. 

— Eso és — se dijo — lo que asusta a las ratas. ¿Qué 
podrá ser eso? Eso no es una ardilla, ni un gatito ni una 
comadreja; un pájaro que habüa desde hace tanto tiempo 
cfl una casa de señores, deberla conocer todo lo que en d 



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444 SELMA LAOERLÓr 

mundo existe; pero esto es superior a mi entendimiento. 
Y fijó tal mirada en la extraña criatura que se ag[itaba 
a ras del suelo, que sus ojos acabaron por despedir llamas. 
La curiosidad hízole perder al fin toda prudencia y acabó 
por descender para cerciorarse de lo que ae trataba. 

— No tiene uñas ni púas— pensó — ; pero ¿quién dirá 
que no posea un dardo envenenado ú otra arma más peli- 
grosa todavfa? Yo haré bien guardando mucho cuidado. 

— Este dominio se llama Marbacka— respondió —y ha 
sido habitado por señores. Pero ¿quién eres tú? 

— He decidido instalarme aquí — exclamó el muchacho 
sin responder a la pregunta de la lechuza. 

— Esta posesión no es ya gran cosa si la comparamos 
con lo que era en otro tiempo— añadió la lechuza—; pero 
todavía se puede vivir en ella. Esto dependerá, sobre todo, 
del género de vida que tú quieras llevar y de lo que comas. 
¿Piensas dedicarte a la caza de ratones? 

— {Dios me libre! — prorrumpió el muchacho. -- Lo 
que he de hacer es procurar que los ratones no me devo- 
ren. Yo, en cambio, les podría hacer poco daño. 

— No es posible que sea tan inofensivo como quiere 
hacerme creer — díjose la lechuza para su coleto. — No 
obstante, ya veremos. 

Seguidamente se elevó un poco volando y abalanzándose 
sobre Nils Holgerssons, le cir.vó las uñas en sus espaldas, 
al mismo tiempo que con el pico apuntaba a sus ojos para 
sacárselos. El muchacho se cubrió la cara con un brazo y 
con el otro trató de desprenderse del animal, pidiendo so- 
corro con todas sus fuarzas, Y entonces se dio cuenta de 
que estaba en peligro de muerte. 



El mismo año en que Nils viajaba con los patos silves- 
tres, había, precisamente, una persona que no dejaba de 



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NILS liOLOCRSSONS 445 

acariciar ia idea de escribir un libro sobre Suecia, un libro 
que sirviera de lectura a los niños de las escuelas. Estuvo 
pensando en ello desde Navidad hasta el otoño; pero no 
llegó a escribir una sola linea. Finalmente, ya cansada, se dijo: 

—Tú no eres capaz de escribir ese libro. Siéntate a tu 
mesa y escribe cuentos e historias como hasta ahora, y deja 
a otro el cuidado de escribir un libro que sea instructivo y 
moral y en el que no haya, sobre todo, una palabra que no 
sea verdad. 

Ya estaba dispuesta a abandonar su proyecto, aunqUe 
con pena, porque encontraba un gran placer al escribir de 
Suecia, cuando tuvo la idea de que su incapacidad prove* 
nía, sin duda, de vivir en una ciudad y no ver otra cosa 
que calles y casas. De instalarse en la campiña, donde vería 
bosques y campos, tai vez no le faltara inspiración. 

Había nacido en el Varmland y tenía la idea muy arrai- 
gada de comenzar su libro por esta provincia, para descri- 
bir primeramente el rincón que la había visto nacer. Era 
éste una pequeña propiedad, bastante aislada del resto del 
mundo, donde se conservaban muchos usos y costumbres 
de otros tiempos ya lejanos. Puede que los niños gustaran 
de que se les reñrieran los múltiples trabajos que en su 
infancia se sucedían desde comienzos hasta fines de año. 
Quería describir la celebración de las fiestas mis sonadas: 
Navidad, el primero de año, las Pascuas, la noche de San 
Juan; cómo se establecían la cocina, la despensa, el establo 
y la cuadra, la era en los días de trilla y la caseta de baños. 
Pero su pluma se resistía a obedecer. Sin embargo, recor- 
daba todas estas cosas como si continuara viviendo en su 
propiedad. Mas si pensaba instalarse en la campiña ¿por 
qué no visitar la casita donde discurrió su infancia antes de 
disponerse a escribir? Hacía años que no la visitaba y no 
le disgustaba tener un pretexto para ir a verla. Siempre, en 
cualquier lugar donde se encontrase, sentía la nostalgia de 



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446 SeUlA LAOBRLÓF 

SU tierra. Habta viato otras tierras más beUas; pero en un* 
gán sitio encontraba aquella seguridad y bíeoeslar que 
habia gozado en su casita natal. 

A pesar de todo no era cosa fádt volver a etla, porque 
habia sido vendida a gentes que no conocía. Seguramente, 
no sería, mal recibida; pero le repugnaba la idea de presen- 
tarse allí como una extraña y entablar tratos con personas 
desconocidas. Y decidió preaentarse a la caída de la tarde, 
cuando todo el mundo hubiera terminado su traiMJo y es- 
tuviera de vuelta en la casa. 

Jamás hubiera creido que aquello pudiera causarle una 
impresión tan extraña. Mientras el ooche la conducía a la 
vieja casa, sentíase rejuvenecer por instantes; ya no era una 
señora de cabeUos grisáceos, sino una muchacha en traje 
corto y una mata de cabellos color de lino sobre la espalda. 
Al reconocer cada casa a lo largo del camiao, no podía 
dejar de creer en que allá abajo continuaría lodo lo mismo 
que en el pasado. Padre, madre, hermanos y hermanas la 
esperarían en el dintel, la vieja criada acudiría a la ventana 
de la cocina para verla llegar; Nerón y Freya y otros dos 
o tres perros se precipilarian a su paso y saitariao en torno 
de ella. 

Cuanto más se aproximaba más feliz se sentía. Eslábase 
en el otoño e iba a comenzar un período de ocupaciones 
diversas, y el mismo número de estas ocupaciones bastaba 
para que nadie sintkra aburrimiento ni enejo. Al atravesar 
el camino había visto a las gentes dedicadas a la cosecha 
de la patata; sin duda, estarían haciendo lo mismo los habi- 
tantes de su casa. El primer Irabijo que la esperaría, sin 
duda, em el de mondar las patatas para fabricar k fécula. 
El otoño había sido muy dulce. Preguntábase si se habría 
recolectado lodo en el jardín. Las coles no habrían sido 
cortadas 4odavía. Y el lúpulo ¿habría sido recogido ya? 
¿Habrían sido arrancadas del árbol las manzanas? 



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NILS HOLOE9SSONS 447 

Tal vez se hubiese hecho ya la gran limpieza de It casa 
antes de la feria de otoña, limpieza que conatituia unt fiesta» 
sobre todo para las domésticas. ¡Qué placer, la vispem de 
la ferial visitar la cocina y ver el suelo cubierto de ene- 
bro cortado en pcdacitos, loa muros Manqueados y los 
objetos de cobre resplandecientes sobre la cornisa que se 
extendía de una pared a otra! 

No por esto era largo el descanso después da la feria. 
HabU que dedicarse a las faenas de espadillar el cánamo. 
Durante la canícula había permanecido el cáñamo en la 
balsa. Después habría que metarlo en la vieja astufa y ha* 
briase encendido el horno grande para secarlo; y cuando ya 
estuviera lo suficientemente secO)reuliiríanse un día todas ías 
mu|eres de la vecindad» E instaladas ante la estufa, dedica* 
ríanse a espadillarlo, golpeándolo con las agramaderas para 
ir separando las fibras finas y blancas de los troncos. Las 
mujeres quedarían cubiertas de polvo; pero esto no sería 
un obstáculo para la alegría y la conversación animada y 
confusa que repercutía como una tempestad en torno de la 
estufa. 

Una vez termiirada la preparación del cáiam6^ había 
que pensar en la hornada de pan duro para al invierno^ an 
el esquileo de los corderos y en el cambio da domésticos. 
En noviembre vendrían ios días fatigosos en que se sacri- 
ficaba el ganado y se hacían las provisiones de salchichas 
y salchichones, el frito, etc., y» por último, el reHano da las 
pajitas de azufre para encender al fuego. Vandria también 
la costurera que cosía las ropas con k tela tejida en casa, y 
se pasarían dos semanas deliciosas en que todo al mundo 
estaría ocupado en la costura. El zapatero qua hacía al cal- 
zado para todos los de la casa, trabajaría al mismo tiempo 
en el cuarto de los criados, sin que se cansara nadie de 
verle cortar el cuero, clavar las suelas y enhebrar la aguja. 

Pero las grandes ocupaciones vendrían hacia Navidad; 



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448 SELMA LAOERLÓF 

por Santa Lucía, la camarera, vestida de blanco, coronada 
de verdura y con velas encendidas, despertaba a todo el 
mundo a las cinco de la mañana, sirviendo el caféalTnísmo 
tiempo; de esta manera inaugurábanse dos semanas de pre- 
parativos, durante los cuales nadie estaba seguro de poder 
dormir lo necesario. Era cuestión entonces de hacer las 
mezclas precisas para fabricar la cerveza de Navidad, de 
cocer el pan y los pasteles de Navidad, de llevar a efecto la 
gran limpieza a que se acostumbraba por Navidad. 

Cuando el cochero detuvo los caballos a la entrada -de 
la avenida de álamos, como le había indicado la viajera, se 
vio rodeada de pequeños hornos a punto de ser encendi- 
dos y de corderitos de Navidad hechos de pasta. Extreme- 
cida, despertó bruscamente de su sueño. Era algo siniestro 
encontrarse sola casi ai anochecer, después de haberse 
creído rodeada de todos los suyos. Y descendiendo del 
coche para llegar a pie hasta su antigua casa, fué tal la an- 
gustia que se apoderó de la viajera al ver la diferencia en- 
tre el presente y el pasado, que hubiera querido retroceder 
sobre sus pasos. 

—¿Por qué he venido a este lugar? No puedo encon- 
trar las cosas como fueron— se decía. 

Pero ya que estaba allí, podría, por lo menos, ver de 
nuevo la vieja casita. Y prosiguió su camino, aunque más 
triste a cada paso. ' 

Había oído decir que la casita estaba muy arruinada; 
pero a la hora del crepúsculo no le era posible ver nada: 
todo le parecía lo mismo que en tiempos pasados. Veía el 
estanque que cuando era niña estaba lleno de peces de río, 
que nadie se atrevía a pescar porque su padre deseaba que 
se les dejara tranquilos; ante el ^uerpo del edificio estaba 
el patio, siempre parecido a un lugar cerrado, sin vistas al 
exterior, como en tiempos de su padre, que no había po- 
dido decidirse a cortar el menor arbusto. 



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A 







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NIL8 HOLOERSSONS 449 

Dio unos pasos y se detuvQ ante el gran olmo que ha- 
bía cerca del enrejado de la entrada, contemplándolo todo. 
Y| cosa extraña, un enjambre de gorriones vino a abatir su 
vuelo junto a ell^. 

Apenas si podía creer que aquellos fuesen verdaderos 
pájaros, por cuánto los gorriones dejan de volar, una vez 
puesto el sol. Sin duda, les había- despertado una hermosa 
claridad de luna, y creyendo que era la luz del día, aban- 
donaron su nido y al volar aturdidos vieron un ser fauma-^ 
no y volaron hacia él, como si desearan salir a su en- 
cuentro. 

Porque allí habrían continuado viviendo multitud de 
pajaritos del tiempo de sus padres; los gorriones figuraban 
entre los anímales que su padre había puesto bajo su pro- 
tección particular. Poníase de mal humor apenas oía hablar 
de la muerte de un gorrión. Y por esto sentíase tan feliz al 
verse recibida de aquel modo por estos hermosos pajariios^ 
al volver a su antigua casa, ¿(juién no le diría que los go- 
rriones habían abandonado el nido por su causa, para de- 
mostrarle que no se olvidaban de haber encontrado allí 
en otro tiempo un buen refugio? ¿Mo pudiera ser también 
que su padre le enviara con los pajaritos uit buen recuer- 
do para que no se sintiera tan triste f angustiada al volver 
a su antigua residencia? 

Este pensamiento despertó en su alma una pena nos- 
tálgica de los tiempos pasados, que ie^hízo asomar unas 
lágrimas a los ojos. íQué bella había transcurrido su vida 
en esta vieja casita! Pasó allí semanas de labor» pero tam« 
bien había pasado muchos días de fiesta; trabajaba y penaba 
durante el día, pero llegada la noche instalábase bajo 
la luz de la lámpara para leer a Tegner y Runeberg, a la 
señora Lenngren y a Federica Bremer. Allí habíase plan- 
tado trigo; pero también rosas y jazmines; hablase hilado 
el lino; pero las canciones populares (labíau acompañado 

29 



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450 aiLMA LAQBRLOr 

el trabajo de )a rueca. Hablase buceado en el estudio de la 
gramática y de la historia; pero también habianse repre- 
sentado piezas de teatro y compuesto versos; hablase que- 
nado alguna vez en el hornillo al cocinar; pero también 
había aprendido a tocar el clavecín, la flauta, el violón y el 
piano. Habíanse plantado coles, rábanos, guisantes y na- 
bos en la huerta'situada detrás de la casa; pero no por eso 
faltó un jardín lleno de manzanas, peras y de todo género 
de frutos. Había vivido allí aislada; pero gracias a eso ha- 
bía podido guardar en su memoria muchos cuentos y re- 
latos. Había llevado vestidos tejidos en casa, pero había 
podido vivir sin sobresaltos e independiente. 

— En ninguna parte del mundo he podido llevar una 
existencia tan dulce como en estos pequeños dominios se- 
ñoriales de mi infancia — pensaba. — Había una justa me- 
dida de trabajo y de placer y todos los días discurrían ale- 
gres. ¡Cómo me gustaría volver a aquellos tiempos! Desde 
que he visto mi antiguo hogar siento que me será penoso 
abandonarlo! 

Tras estas reflexiones, dijo, dirigiéndose al enjambre de 
gorriones: 

— ¿Por qué no vais a decirte a mi padre que siento la 
nostalgia de la casa? Ya estoy cansada de ir de un lugar a 
otro. Preguntadle si no podría hacer que yo volviese pron- 
to a la casita donde transcurrió mi infoncia. 

Apenas hubo pronunciado estas palabras, elevóse en el 
aire todo aquel enjambre de gorriones. Trató de seguirles 
con la mirada; pero no tardaron en desaparecer. Hubiérase 
dicho que toda aquePa claridad habíase evaporado en el 
aire centelleante. 

En el preciso momento en que acababan de huir los 
gorriones, llegaron a sus oídos, desde el jardín, unos gritos 
dolorosos. Corrió hacia el lugar de donde partían y vio 
algo extraordinario: un pequeñín, un buen hombrecito no 



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NILS HOLOERSSONS 451 

más alto que la palma de la mano, que se debatía entre las 
garras de una lechuza. En el primer momento, el estupor 
la dejó clavada en su sitio; pero como los gritos de Pulgar- 
cito hacíanse más angustiosos cada vez, intervino para se- 
parar a los combatientes. La lechuza voló hacia un árbol, 
y el pequeftin quedó ante su salvadora. 

— Le doy las gracias por haberme socorrido — le dijo — ; 
pero ha hecho mal en dejar escapar a la lechuza, porque 
me está acechando desde lo alto de aquella rama7 eso im* 
pide que me marche. 

— Ciertamente, he cometido una torpeza al dejarla mar- 
char — confesó la seftora. — Pero ¿no podría yo, en cam- 
bio, acompañarte hasta tu casa? 

Por muy habituada que estuviera a escribir cuentos de 
hadas, no por eso le asombraba menos el conversar con 
üfl duende. Sin embargo estaba mucho menos sorprendida 
de lo que hubiera podido imaginar; no en balde había es- 
perado, mientras recorría los alrededores de su antigua 
casa a la luz de la luna, alguna aventura extraordinaria. 

— Es que yo tenía la intención de pasar aquí toda la 
noche — contestó el hombrecito. — Si usted pudiera pro- 
porcionarme abrigo seguro donde pasar la noche, yo 
no volvería al bosque hasta que apunte el día. 

— ¿Proporcionarte abrigo? Pero ¿acaso no habitas 
aquí? 

— • Ya me doy cuenta de que usted me ha tomado por 
un duende — dijo el hombrecito — ; pero soy un ser hu- 
mano como usted, sólo que he sido transformado en 
duende. 

— ¡Esto es lo más extraordinario que he oído en mis 
días! ¿Por qué no me cuentas todo lo que te ha suce- 
dido? 

Al muchacho no le disgustaba referir a alguien sus 
aventuras; y observaba que a medida que avanzaba en su 



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452 seuiA LAOERLdr 

relato, mostrábase su interlocutora más admirada, maravi- 
llada y contenta. 

— ¡Qué suerte haber encontrado a alguien que ha reco- 
rrido toda Suecia montado en un pato! — exclamaba la se- 
ñora. — No tengo mis que escribir tu historia para poder 
hacer ese libro que tanto me ha preocupado. ¡Qué bien be 
hecho al volver a la casal Me siento en disposición de lle- 
var a cabo mi empeño desde que he llegado aquL 

En este momento cruzó por su mente una idea que 
apenas se atrevió a formular. Había enviado a su padre nn 
mensaje por medio de los gorriones para decirle que sen- 
tía la nostalgia de la casa, y un instante después había sido 
favorecida con una aventura que le había causado mucha 
zozobra, al par que satisfacción. ¿Seria ésta la respuesta de 
su padre a lo que le había pedido? 



L 
EL TESORO DE LA PLAYA 

EN RUTA HACIA EL MAR 

Viernes, 7 de octubre 

Desde el comienzo del viaje, los patos habían volado 
con dirección al sur; pero al cruzar el valle de Fryken to- 
maron otra direcc*ón y por el Vermland occidental y el 
Dalsland, dirigiéronse hacia el Bohuslftn. 

El viaje fué largo. Los pájaros habíanse ejercitado bas- 
tante para lamentarse de ¡a fatiga, y Níls recobró un poco 
de su antiguo buen humor. Sentíase muy contento de ha- 
ber hablado con un ser humano. La dama habíale dicho 



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NILS HOLOERSSONS 453 

que mientras procurase hacer bien a cuantos encontrase, 
podía estar seguro de que su aventura tendría un desenlace 
feliz. Sin pred'ecirle como podría recobrar su talla normal, 
habíale dicho cosas que te infundieron un poco de con- 
fianza y de valor. Sólo pensaba ahora en el medio de di- 
suadir al pato blanco de la idea de regresar a Vemmenhóg. 

— CreOí pato — le dijo una vez mientras iban por los 
aires — que será muy monótono y pesado para nosotros 
permanecer en casa todo el invierno. Estoy tentado de de* 
cirte que no haríamos mal si acompañásemos a los patos 
en su viaje al extranjero. 

— No debes hablar formalmente — exclamó el pato 
muy alarmado, porque desde que había demostrado que 
era capaz de seguir a los patos silvestres hasta la Laponia, 
no deseaba -otra cosa que reintegrarse al establo del gran- 
jero Holger Nilsson. 

El muchacho permanecía silencioso viendo el paisaje. 
Todos los bosques de álamos, los grupos de árboles y los 
jardines, habíanse engalanado con los colores rojos y ama- 
rillos del otofio; los lagos extendían su superficie de un 
azul claro entre las riberas amarillentas. 

— Nunca vi la tierra tan bonita como hoy — prorrum* 
pió después de un moipento de silencio, -r ¿No piensas tú 
que sería una desgracia encerrarse en Vemmenhóg y no 
ver ya nada más del mundo? 

— Creí que tenías prisa por encontrar a tu padre y a tu 
madre, para hacerles ver lo bueno que te has hecho -—con- 
testó el pato. 

Durante todo el verano había estado soñando en el de* 
iicioso momento en que abatiría su vuelo en el pequeño 
patio de la casa de Holger Nilsson, donde mostraría a Fin- 
duvet y a los seis patos silvestres a los patos domésticos, a 
las gallinas, a las vacas, al-gato y a la señora Nilsson. Así 
es que la proposición de Nils apenas si le seducía. 



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454 8BLIIA LAOERLdr 

Los patos silvestres detuviéronse varías veces en el ca- 
mino. Por todas partes encontraban excelentes campos cu* 
bíertos de rastrojo, que no abandonaban sin pena. Hasta 
la caída de la tarde no llegaron a Dalsland. Era aquí el pa- 
norama más bello, si cabe, que en Varmland. Los lagos 
eran tan numerosos que la tierra tormaba como bandas es- 
trechas y elevadas entre ellos. No había sitio para los cam- 
pos, pero los árboles crecían allí como en un paraíso y las 
riberas parecían hermosos parques. Aunque ya el astro rey 
había descendido tras las colinas, resplandecía aquel am- 
biente de gloria, como si el aire y el agua hubiesen rete- 
nido la luz del sol. Franjas de oro reflejábanse sobre las 
aguas sombrías y pulidas, y sobre la tierra flotaba un claro 
resplandor rosa pálido, del cual emergían abedules con un 
tono ligeramente dorado, álamos de un rojo vivo y serba- 
les de un rojo amarillento. 

— ¿Pero no encuentras que sería algo triste, pato Mar- 
tín, no ver más tan bellas cosas? — preguntó Nils. 

— Yo prefiero en mucho los campos ubérrimos de 
nuestra llanura escaniana a estas peladas colinas pedrego- 
sas — respondió el pato — ; pero ya sabes que si tú te deci- 
des a proseguir el viaje, no he de abandonarte. 

— Esperaba de ti esta buena respuesta— dijo Wiil Y el 
totK) con que dijo estas palabras demostraba que se había 
quitado un gran peso de encima. 

Los patos silvestres pasaron sobre el Bohuslin con la 
mayor rapidez posible; el pato blanco les seguía jadeante. 
El sol señalaba su raya de fuego en el horizonte y desapa- 
recía por momentos detrás de una colina. 

De repente, vieron hacia la parte oeste una raya lumino- 
sa que se extendía a cada batir de alas. Era el mar que ofre- 
cíase ante ellos, lechoso, irisado a trechos por reflejos rosa 
y reflejos azur, y cuando hubieron doblado las rocosida- 
des de la costa aun les fué posible ver nuevamente al sol 



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NILS HOLOESISSONS 455 

suspendido, enorme y encendido, encima de las olas donde 
iba a abismarse. 

AI ver el mar libre e infinito y el sol de la tarde, pur- 
púreo, de un resplandor tan dulce que podía fijar en él la 
mirada, Nils sintió que entraban en su alma una gran paz y 
una gran seguridad. 

— ¿Por qué afligirse, Nils Holgerssons? — decíale el 
sol. — Es bueno vivir en este mundo, así para los grandes 
como para los pequeños. Es una bella cosa ser libre y vivir 
sin inquietudes y tener el espacio abierto ante sí. 

EL DONATIVO DE LOS PATOS 

Los patos instaláronse para dormir sobre un pequeño 
escollo, ante la ciudad de Fjellbaclsa. Como se aproxi- 
maba la media noche y la luna había ascendido muy alto 
en el cielo, la vieja Okka fué a despertar a Yksi y Kaksi, a 
Kolme y Neija, a Viisi y Kiisi. Y acabó por tocar con el 
pico a Pulgarcito. 

— ¿Qué hay, madre Okka — gritó éste poniéndose de 
píe de un salto. Nils vio a su lado algo que tomó en un 
principio por una alta piedra puntiaguda; pero pronto se 
dio cuenta de su error al j)ercatarse de que era una gran 
ave de presa. Y reconoció a Qorgo, el águila. 

Evidentemente, él y Okka habíanse citado allí, porque 
nadie mostraba la menor sorpresa. 

— Eso se llama ser exacto — dijo Okka al saludarle. 

— He venido — respondió Qorgo — ; pero temo que 
además de mi exactitud haya algo que no merezca vuestros 
elogios. He cumplido muy mal la comisión que me con* 
fiaste. 

— Estoy segura — díjole Okka — de que has hecho 
más de lo que aparentas, y antes de que refieras como te 
fué en el viaje, he de pedir al liliputiense que me ayude 
a buscar algo que debe estar escondido entre las peñas e 



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456 SeUAA LAOERLOr 

islotes de esUs playas. Hace una porción de años ~ conti- 
nuó diciendo — que yo y un par de los que se han hecho 
viejos en la bandada, sorprendidos por una tormenta, fui- 
mos arrastrados hasta estos lugares entre cuyas piedras hu- 
bimos de buscar refugio durante varios días. Sufrimos mu- 
cha hambre y anduvimos buscando algo con que alimen- 
tarnos. No encontramos nada que comer y sólo vimos unos 
sacos medio enterrados en la arena, «obre los que nos lan- 
zamos hasta romper sus telas a picotazos en la creencia de 
que pudieran contener trigo; pero no fué así. Aquellos sa- 
cos no contenían otra cosa que brillantes monedas de oro, 
que no tenían para nosotros aplicación alguna y las deja- 
mos donde estaban. En todos estos años no hemos pensar 
do en tal hallazgo; pero por sucesos acontecidos en el 
pasado otoño, tenemos deseo de poseer dinero. No es pro- 
bable que el tesoro se encuentre allí todavía; pero de todos 
modos, como hemos venido para buscarlo, vamos a ver 
si lo hallamos. 

El chicuelo se metió entre las rendijas, y con un par 
de conchas empezó a quitar arena en varios sitios. No 
encontró los sacos, pero sí un par de monedas que le pu- 
sieron sobre la pista, y haciendo un gran hoyo encontró el 
caudal derramado por allí, pues los sacos habían desapa- 
recido con -la acción del tiempo. Inmediatamente dio cuen- 
ta del descubrimiento a la pata Okka, que al frente de la 
bandada vino a felicitarle con gran ceremonia y repetidas 
inclinaciones de cabeza. 

— Tenemos que comunicarte — dijo Okka al pequeño 
Nils — que nosotros, que ya somos viejos, hemos pensado 
que si hubieses servido a los hombres y les hubieses he- 
cho tanto bien como a nosotros, no se hubieran separado 
de ti sin darte una buena retribución. 

— Soy yo el que debo estaros agradecido por la ayuda 
que me habéis prestado; no me debéis agradecimiento al- 



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NILS HOLOCRSSONS « 457 

guno, porque las enseñanzas que de vosotros be obtenido 
valen'más que el oro y toda clase de riquezas — contestó 
t\ cbicuélo -* ; pero no teníais necesidad de esta riqueza, 
que de seguro ya no tiene dueño, por los muchos años 
en que aquí se encuentra abandonada; no la necesitáis para 
nada. 

— Sf; la necesitábamos para dártela a ti como remune- 
ración, para que v^an tu padre y tu madre que has servido 
a señores de distinción. 

El pequeño Nils volvióse entonces rápidamente y muy 
ofendido se dirigió a Okka, diciéndole: 

— Es muy extraño que me separéis de vuestro servicio 
y me paguéis, sin que yo haya dicho nada de marcharme. 

— Sólo queríamos que supieses donde se hallaba el te- 
soro; por lo demás, puedes continuar con nosotros mien- 
tras permanezcamos en Suecia. 

— Justamente es eso lo que yo digo; queréis que me se- 
pare de vosotros antes de tener yo gana de ello. Puesto 
que tanto tiempo y tan a gusto hemos estado juntos, ¿no 
podría acompañaros también al extranjero? 

Todos los patos, deseosos de demostrar su satisfacción, 
extendieron y elevaron su cuello, quedando un rato con 
sus picos entreabiertos hasta que Okka, repuesta de la im- 
presión, le dijo: 

— Es verdad, no habíamos pensado en ello, pero antes 
de resolver sobre el particular, oigamos lo que Qorgo tie- 
ne que referir. Tú sabes que cuando salimos de la Lapo- 
nia, Qorgo y yo convinimos en que iría a tu casa, en la 
Escania, para ver de conseguir para ti mejores condiciones 
de vida. 

— Es cierto ^ replicó Qorgo — pero no he tenido mu- 
cha suerte. Pronto tuve la certeza de haber encontrado la 
granja de Holger Niisson, y después de haber volado al- 
gunas horas por encima de la casa, descubrí al duende. 



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458 SfiLMA LAOÜRLOr 

Me dirigí a él y le conduje entre mis garras hasta un campo 
para hablar mejor con él. Le dije que iba de parte de OUka 
para suplicarle que aminorara las duras condiciones que 
le había impuesto a Nils Hoigerssons. 

— Así lo quisiera — respondió — porque sé lo bien 
que se ha portado durante el viaje; pero eso no está en mi 
poder. 

Me enfadé entonces, amenazándole con arrancarle los 
ojos a picotazos si no accedía. 

— Haz de mi lo que quieras — respondió --- ; pero no 
por ello le sucederá a Nils Hoigerasons otra cosa que lo 
que digo. Lo que tú debes decirle es que vuelva con su 
pato blanco, porque las cosas de su casa marchan mal. Hol- 
ger Nilsson salió gi rantía de su hermano y ha tenido que 
pagar una gruesa suma. Después ha comprado un caballo 
con dinero prestado, y el caballo quedó cojo el primer díai 
sin que haya podido obtener ningún provecho de él. Díle 
a Nils Hoigerssons que sus padres han tenido ya que ven- 
der las vacas y que no tardarán en verse obligados a aban- 
donar la granja si no viene alguien en su ayuda. 

Al oír este relato, Nils frunció el ceño y cerró los puños 
con fuerza. 

— El duende ha procedido de una manera cruel — se 
dijo — al imponerme una condición tan terrible que no 
me permite acudir en socorro de mis padres. Pero no hará 
de mí un traidor que engañe a su amigo. Mí padre y mi 
madre son gentes honradas, y sé muy bien que preferirán 
pasar sin mi auxilio antes que verme a su lado con una 
falta sobre mi conciencia. 



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NILS HOLOER380NS 459 

LI 
LA RIQUEZA DEL MAR 

Sábado, 8 de octubre 

En la parte sur de Suecia, la más combatida por las 
olas y cuyas costas baña el mar del Norte, existe un arre- 
cife que se extiende desde Iddefforden ai río Ootaáio y que 
es conocido con el nombre de Bohuslin. Este arrecife que 
cuenta millares de años, está cortado en un sinnúmero de 
sitios en forma de centenares de islotes y varios grandes 
fiordos que ofrecen un refugio en aquellas costas. 

Tal vez se crea que una comarca donde no hay más 
que islas rocosas, sea totalmente improductiva y que en 
ella no pueda encontrar el hombre lo que necesita para 
el sustento; pero no es así. En las grietas de las rocas 
no falta tierra laborable y aunque los campos no son 
extensos no dejan de ser cultivados; aunque éste no cons- 
tituye el medio de vida de aquellas gentes» que se de- 
dican, principalmente, a la navegación y a la pesca. El mar 
les brinda sus riquezas, si bien para obtenerlas precisa cier- 
to riesgo y conocer sus ensenadas y sus calas, las condi- 
ciones de su fondo y de sus corrientes. El que tenga que 
habérselas con él ha de saber conducir su nave a través de 
las nieblas y las tormentas, y no errar el camino en la obs- 
cura noehe. Ha de saber donde se esconden las langostas 
y manejar las pesadas redes y calar sus palangres sobre el 
movedizo mar, y, ante todo, ha de tener un corazón vale- 
roso, por cuanto en su lucha contra el mar ha de exponer 
su vida con frecuencia. 

La mañana en que los patos silvestres se dirigieron a 
Bohuslán era clara y tranquila. Desde lo alto vieron insta- 
laciones para la pesca y caseríos por cuyas estrechas calles 



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460 SELMA LAOeRL<yP 

no transitaba nadie* Las embarcaciones permanecían quie- 
tas, amarradas junto a la orilla, con sus velas aferradas y 
en los bancos donde usualmente se limpia el pescado, no 
se veta ninguna mujer. 

Los patos volaron también por encima de varias case- 
tas de piicticoSi pintadas de blanco y negro, con su asta 
de bandera y su bote atracado al muelle. Todo daba una 
sensación de tranquilidad; ningún vapor a la vista que de- 
mandase auxilio para fondear en aquellos angostos parajes. 

Las pequeñas poblaciones de ta costa tentan cerrados 
sus grandes balnearios, arriadas sus banderas y cerradas 
también las puertas de los chalets veraniegos. Los únicos 
que por alH transitaban eran unos cuantos viejos capitanes 
de la marina mercante que iban y ventan por los muelles, 
con la mirada anhelante fija en el mar. Sólo se trat>ajaba en 
los astilleros de embarcaciones pequeñas, donde los obre- 
ros manejaban las hachas con gran maestría y que de cuan- 
do en cuando volvtan su mirada al mar, como si esperaran 
algo. 

La misma tranquilidad que las gentes demostraban las 
gaviotas y otras aves acuáticas que paseaban plácidamente 
por la orilla del mar. Pero de repente cambió el cuadro 
de aspecto. Una bandada de gaviotas saltó de un plantío 
y dirigióse hacia el sur de modo tan rápido, que los patos 
silvestres sólo tuvieron tiempo para preguntarles hacia 
dónde iban. Otras aves dejaron el agua para seguir a las 
primeras en su vuelo, y en el mar veíase una linea negra 
formada por los delfines, que uno tras otro seguían la mis- 
ma dirección. 

— ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? — preguntabaR los patos sil- 
vestres, hasta que por fin, les contestó un pingüino, di- 
ciendo: 

— Son ios arenques, son los arenques que han llegado 
a Marstrand. 



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NILS HOLQERSSONS 461 

Pero no solamente las aves y cetáceos se pusieron en 
movimiento; hiciéronlo también las gentes apenas tuvieron 
noticias de la llegada del primer banco de arenques a aque- 
llas islas. 

Las embarcaciones se prepararon al momento, las mu- 
jeres colocaban en ellas vituallas e impermeables y algunos 
marineros dábanse tanta prisa en salir de sus viviendas, 
que acabaron de vestirse en la calle. 

Pronto flotaron sobre aquellas aguas pardas velas, y se 
oyeron citarlas, preguntas y llamadas entre la tripulación 
de las embarcaciones, mientras que jóvenes muchachas 
desde la orilla, decían adiós a los navegantes. 

Los prácticos se aprestaban a salir, y estaban tan segu- 
ros de ser llamados, qtie hasta calzaron las botas de agua. 

Vinieron de las ensenadas pequeños vapores cargados 
con toneles y cajas, y los viejos capitanes que no se ave- 
nían a permanenecer tranquilos en casa, dirigieron sus va- 
pores hacia el sur, para tener el gusto de ver el pescado. 

No tardaron mucho los patos silvestres en encontrarse 
en Marstrand. Los bancos de arenques venían del oeste y 
pasando por el faro^e Hamneskftrs se dirigían hacia tierra. 
En la gran extensión de agua que recortan aquellas islas 
y costas, navegaban las embarcaciones en grupos de tres. 

Donde el agua tomaba un tinte obscuro y se formaban 
pequeñas ondulaciones, allí acudían los pescadores. Y con 
sus redes circundaban los arenques, estrechando el cerco 
poco a poco, y aprisionándoles con el copo, de modo 
que los peces quedat>an cual si estuviesen metidos en gran- 
dísimos sacos. 

Las embarcaciones cargaban el pescado hasta la borda 
y a los marineros se les veía hundidos en pescado basta 
más arriba de la rodilla. 

Algunas embarcaciones descargaban el pescado en la 
orilla; otras lo entregaban a los vapores que se hallaban 



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462 SCLMA LAOBRLdF 

próximos, y Nils se fijaba en todo con gran atención para 
corresponder al deseo de los patos de darle a conocer 
como se obtiene la riqueza del mar. 



LII 
LA ORAN QUINTA SEÑORIAL 

LOS DOS SEÑORES : EL JOVEN Y EL ANOANO 

Hace algunos años había en el distrito de Vástergótiand, 
una joven maestra extremadamente buena e inteligente, al 
frente de'la escuela nacional. Sabía enseñar y era habilido- 
sa para establecer el orden. 

Los pequeños la querían tanto, que por no disgustarla 
no querían nunca ir a la escuela sin saber la lección. Los 
padres también se hallaban muy contentos. La única que 
no sabía apreciar lo que valía la maestra, era ella misma. 
Le parecía que todos eran más inteligentes y buenos y 
sentía mucho no llegar a parecérseles. 

Cuando la maestra llevaba algunos años de servicio, 
propúsole la Junta escolar que asistiese, como otras maes- 
tras, a la escuela de talla en madera, establecida en Náás, 
población cercana. 

Maestros y maestras, no solamente de Suecia, sino del 
extranjero, iban a aquella escuela para iniciar a los peque- 
ños en los trabajos manuales. 

El sitio en que la escuela estaba instalada era precioso. 
El gran señor que la sostenía habitaba en ella con su espo- 
sa y a diario introducía mejoras. Al morir su esposa, como 
no tenía hijos y se encontraba solitario en aquella su her- 
mosa quinta, invitó a un sobrino suyo que tenía en gran 



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N1L8 HOLOER880NS 463 

estima, a que fuese allí a vivir con él. Al principio se pensó 
tan sólo en que el joven ayudase a su tío en la dirección 
de aquella finca y al visitar ambos las dependencias que ha- 
bitataban colonos y trabajadores, pudieron observar que en 
las largas noches de invierno los hombres, niños y mujeres 
alli acogidos, carecían de trabajo con que entretenerse. An* 
tiguamente, las gentes tenían que tejer en casa sus telas, 
coser sus vestidos y hacer sus muebles; pero como ahora 
todo esto se compra hecho, esta clase de trabajo manual 
casero ya no ce conoce. 

Alguna que otra vez encontró familia en la que el pa- 
dre, haciendo de carpintero, construía sus sillas y mesas, y 
la esposa tejía sus telas, y era de notar que las familias que 
esto hacían parecían llevarse mejor y eran más felices que 
las otras. 

Habló el sobrino al tío sobre estas observaciones y con- 
sideraron que sería muy conveniente que las gentes pudie- 
sen dedicarse, en las horas de ocio, a algún trabajo manual, 
pero para esto era preciso que recibiesen una enseñanza 
conveniente y que ésta se obtuviese en los primeros años, 
y que el único modo de conseguirlo era estableciendo una 
escuela al efecto. 

Tenían la seguridad de que los que se habían habituado 
a manejar la gubia, haciendo trabajos fáciles en madera al 
alcance de todos, podrían con facilidad manejar el martillo 
del zapatero, y las tenazas de la fragua, mientras que los 
que en su juventud no se habían acostumbrado a ningún 
trabajo manual, no podían comprender que en sus manos 
pudiera ser útil una herramienta 

La joven profesora se sometió a la enseñanza, con gran 
contento suyo, porque así podría esparcir las ventajas del 
trabajo manual, por cuanto no era dable admitir que todos 
los niños que de él pudieran beneficiarse, pudiesen asistir 
a la acreditada escuela de Náás. 



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464 snUüh LAQBRLÓr 

La joven lloró de agradecimiento ajite el bien que re- 
cibía, por cuanto en aquella institución no sólo se daba ia 
enseftanza del tallado en madera; allí se pronunciaban con- 
ferencias de carácter científico, se hacía gimnasia, se ento- 
naban cantos corales y casi todas las noches había música 
y lectora. Allí había libros, estanques que surcaban ligeras 
barcas, baños y piano. 

Terminado que hubo el cursillo de verano con todas 
las ventajas que el mismo ofreció, volvióse la maestra a su 
lugar. 

Un día recibió la noticia de que el sefior de «dad ha- 
bía muerto, y ai cecordar lo que había disfrutado en su 
quieta, apenóse mucho jpor creer que no hubía agradecido 
suficientemente los beneficios recibidos. 

En Náás continuóse la enseñanza como en tiempos del 
fundador, el cual hizo donación a la escuela de aquella 
fincar quedando su sobrino como director de la misma. 

AlguQOS años después de la muerte del viejo propieta- 
rio, oyó decir la profesora, un domingo en la iglesia, que 
el director se hallaba enfermo, y temerosa de que éste pu- 
diese morir sin haber hecho, ella demostración de su agra- 
decimiento, fué a visitarle aquella misma tarde y pidió 
permiso a los vecinos para que los pequeños pudiesen 
acon^pañarla hasta Náás, por cuanto creía que los cantos 
infantiles, le proporcionaban múcha alegría. El día hallába- 
se avanzado; pero aprovecharían la hermosa luna para re- 
gresar aquella misma noche. No quería dejar la visita para 
el día siguiente, por el temor de llegar tarde. 

LA LEYENDA DE VASTEROOTLAND 

Domingo, 9 de octubre 

Los palos silvestres salieron de Bohnslánd y se deci- 
dieron a dormir en unas charcas al oeste de Vástergótiand. 



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5 
§ 



s 



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NIL8 HOLOCRSSONS . 465 

Para evitar la humedad, se había colocado Nils sobre una 
'pequeña cuesUi junto al camina Iba ya a cerrar los ojos, 
cuando vio que venia por el camino un pequeño pelotón 
formado por una joven maestra y doce o trece pequeños. 
H^'lablan de modo tan alegre y animado, que el pequeño 
les siguió, procurando no ser visto. 

Ul maestra, para distraerles, les contó un cuento, y ape- 
nas hubo terminado, le pidieron que contase otro. 

— ¿Conocéis — les dijo — la leyenda del gigante del 
Vástergotland, que se fué a vivir a una isla lejana, en el mar 
del Norte? 

Y como los pequeñuelos contestasen que no, empezó 
la profesora, diciendo: 

fSucedió una vez que en una obscura y tempestuosa 
noche, se estrelló un buque contra un islote lejano, del mar 
del Norte. El buque quedó hecho astillas y de toda su trí<* 
pulación sólo dos hombres se salvaron. Mojados y ateridos 
por el frío se hallaban sobre las piedras del islote, cuando 
observaron que una gran hoguera ardía junto a la orilla 
cercana. Y se fueron en busca del calor, sin pensar si po- 
dría haber en ello algún peligra. Cuando se hallaron pró- 
ximos a la hoguera, vieron que junto a la misma se hallaba 
un viejo gigante, tan grande y tan grueso que les causó 
miedo. 

Se detuvieron temerosos; pero pronto se decidieron a 
avanzar, porque temían más morir dé frío. 

— ' Buenas noches, señor — dijo el más viejo de los náu- 
fragos, dirigiéndose al gigante — ; ¿permitiréis que dos ma- 
rineros de los que han naufragado, se calienten juntó a este 
fuego? 

— ¿Quiénes sois? — les preguntó. 

El gigante era viejo y no veía bien a aquellos que le 
hablaban. 

-' Somos ios dos de Vftstergdtland. Nuestro barco se 

10 



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400 SCLMA LAOCRLOF 

ha estrellado contra este islote y nosotros nos hallamos 
medio desnudos, ateridos de fr(o. 

— No acostumbro a admitir gentes en mf isla, pero si 
SOIS de VástergOtiand podéis sentaros y calentaros, porque 
yo también soy de alH. 

Los marineros se sentaron sobre dos piedras y sin decir 
palabra no hacían más que mirar al gigante, el cual parecía 
crecer cuando más le miraban. 

— Mi vista — df]oles el gigante — ya no me sirve; ape- 
nas si veo vuestras sombras; pero dadme vuestra matio, 
para que por ella pueda apreciar si en Suecia hay todavía 
calor en la sangre. 

Los pobres marineros compararon las manazas del gi- 
gante con las suyas tan pequeñas, y no se atrevieron a su- 
frir su apretón; pero viendo una barra de hierro que había 
quedado en el fuego y con la que el gigante solía remo- 
verlo, agarráronla por la punta fría y la ofrecieron canden- 
te al gigante. 

— Bien se conoce — dijo éste con asombro de los ma- 
rineros, al oprimirla entre sus manos — que todavía queda 
en Suecia sangre que arde. 

Siguió a esto un rato de pausa, pero animado el gigan- 
te por encontrarse entre p:isanos, hizo a éstos On sinnú- 
mero de preguntas acerca de los cambios y progresos ha- 
bidos en la región de donde procedían. 

Los marineros le hablaron de Qóteborgs, de su gran 
puerto, de su comercio, de sus edificios y del canal de 
Qóta, por el que los vapores ascendían y descendían, ante 
cuyos relatos el gigante frunció el entrecejo por desagra- 
darle que el hombre hubiese llegado a dominar la Natu- 
raleza. 

Calló de nuevo el gigante, pero pronto se dirigió nue- 
vamente a los marineros, diciéndoles: - 

— Podéis dormir tranquilos junto a) fuego. Mañana 



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NIL8 HOLOERSSONS 467 

temprano lo arreglaré de modo que os lleve un barco a 
vuestra casa; pero en pago del servicio que os presto, os 
pido un favor, que consiste en que entreguéis esta sortija 
al hombre mis bueno que encontréis en Vástergótiand, al 
que saludaréis de mi parte, diciéndole que si se pone esta 
sortija se hará mayor de lo que ahora pueda sen 

Cuando los marineros llegaron a su tierra, fueron en 
busca del mejor hombre que en ella habfa y le entr^aron 
la sortija; pero éste fué sagaz y en vez de ponérsela la co- 
locó sobre la rama de un roble que tenia en su huerto. 
Acto continuo el roble empezó a crecer y a echar nuevas 
ramas y hojas; pero poco después, con la misma facilidad 
que habia crecido, se encogió, se carcomió su tronco y 
murió. 

El hombre más bueno de Vistergótiand lanzó la sorti- 
ja al mar para que nadie pudiera encontrarla; aunque pare- 
ce que hayan podido encontrarla aquellos que esforzándo- 
se en el trabajo cometen excesos que les desgastan de un 
modo prematuro y acaban por morir, dejando su obra in- 
acabada.» 

LOS CANTOS 

La profesora andaba con paso ligero mientras referia 
sus cuentos, y entretenidos con éstos, llegaron sin darse 
cuenta a los frondosos árboles que rodeaban la hermosa 
quinta. Parecíale bien su propósito y estaba dispuesta a rea- 
lizarlo,- pero llegada al sitio, le asaltaron las dudas. Consi- 
deraba indiscreto y hasta disparatado lo que iba a hacer. 
Quizá se riesen al verla llegar a aquella hora de la noche 
de modo tan inesperado, rodeada de sus d¡scipulo& Ade- 
más, ni el canto de ella ni el de los niños tendrían mérito 
bastante para que nadie se fijase en ellos. Imprimió más 
lentitud a su paso y cuando llegó a la escalera que condu- 
cía a la terraza del edificio, que se destacaba hermosísimo 



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468 SBLMA laoerlSp 

a la clara luz de la luna, con su suntuosa balaustrada 
adornada con profusión de plantas, parecióle que todo le 
dijese: cNo te acerques. ¿Cómo puedes creer que tú o tus 
pequeños podáis proporcionar alguna alegría al que está 
acostumbrado a disfrutar de todo esto? 

Para disimular y disipar sus incertidumbres, empezó a 
contar a sus pequeños escolares lo que aquellos señores, 
tanto el primitivo dueño como su sobrino, habían hecho 
en pro de la enseñanza; y esto la reanimó. Aquel sitio había 
sido cedido para instalar una escuela, y esto evidenciaba 
de un modo claro, que el donante consideraba de mayor 
interés la enseñanza de la juventud de Suecia que ninguna 
otra cosa. 

Esta consideración le dio nuevos bríos para continuar 
en su propósito. Y separándose de la escalera marchó ha- 
cia el parque que circundaba aquella mansión y que en la 
placidez y silencio de la noche, tan gratos recuerdos le ofre- 
cía y del que no dejó de hablar a sus pequeños, refiriendo 
las enseñanzas y los festejos que allí había celebrado. 

En una de las alas del edificio se hallaban las habitacio- 
nes del director, y se dirigía a la explanada que da acceso 
a las mismas, cuando vio que en la puerta de entrada había 
parado un coche. 

Sintió la profesora un nuevo temor y llegó a presumir 
que el estado del enfermo fuese tan grave, que no estuviese 
para cantos. 

El pequeño Nils, que como hemos dicho se unió a la 
¿omitiva, creyó poder prestar un buen servicio con averi- 
guarlo, y corrió hacia la puerta en el preciso momento en 
que ésta se abría para dar paso a una doncella que, con 
una bandeja en la mano, dirigióse al cochero, diciéndole: 

— Como tendrá que esperar todavía un buen rato, la 
•efiora me ha pedido que le sirva algún alimento. 

~ ¿Cómo está el •efior?--preguntó entonces el cochero* 



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NIL8 H0L0ERS90NS 469 

— Parece qtie su corazón ha dejado de latir. El señor 
se halla inmóvil desde hace una hora, y apenas sabemos 
si vive. El doctor cree que ha llegado su última hora. 

El pequeño Níls corrió en busca de la profesora y de 
los escolares, recordando lo que. pasó al morir el bueno de 
su abuelo. Este había sido marinero y cuando se hallaba 
en sus últinus, pidió que se abriese la ventana de su apo- 
sento para oír por última vez el zumbido del viento. ¿No 
podría suceder que al enfermo, que tanto había querido a 
los niños y que tanto se alegraba de sus cantos y de sus 
juegos, le fuese ahora grato oír los cantos infantiles? 

La profesora, pensativa, separóse de aquel sitio, extra- 
fiada de poderse separar de un sitio que tanto había anhe- 
lado. Quedó agobiada e indecisa. Ya no hablaba con los 
pequeños, y silenciosa se internó en lo más obscuro del 
parque. Una vez allí, parecióle oir sinnúmero de voces, 
que le decían: «Nosotros nos hallamos muy lejos, tú te ha- 
llas más cerca. Vé y canta lo que todos conocemos». Y la 
buena profesara recordaba lo mucho y bueno que el di- 
rector había hecho para auxiliar a todos cuantos se halla- 
ron necesitados. «Vé y canta — parecía que le decían al 
oído. — No le dejes morir sin el saludo de los chicos de 
tu escuela. No pienses en tu insignificancia o pequenez; 
piensa sólo en los que van tras de ti y hazle comprender 
al enfermo, antes de que se separe de nosotros, cuan grande 
es el cariño que le tenemos. 

La profesora marchaba cada vez más despacio, cuando 
oyó algo que no procedía de su conciencia; una voz mis- 
teriosa, una voz que si bien era humana, parecíase al tenue 
piído de los pájaros, y que le decía de un modo muy claro 
que volviese. 

No necesitó más. Recobró el ánimo perdido y entonó 
con los escolares dos cantos, junto a la ventana del di- 
rector. 



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470 seuu laoeslAf 

Nunca le parecieron sus cantos tan bellos como en 
aquella hermosa noche; hasta ei mismo ambiente se halla- 
ba lleno de armonías que recogían el eco de sus canciones. 

Cuando terminaron, se abrió de modo rápido ia puerta 
de la casa y alguien, con paso rápido, marchó hacia ella. 

— * No hay duda; vienen a pedirme que no cante más. 
Debo de haber causado alguna desgracia. 

Pero no fué así; la señora pedíale que entrara a des- 
cansar para que cantase luego un par de cantos más. 

Al subir la eScalera salió a su encuentro el doctor, que 
le dijo: 

— El peligro ha pasado. El enfermo había salido del 
síncope; el corazón le latía con lentitud, pero sus cantos 
parecieron, sin duda, al enfermo, como un llamamiento de 
todos aquellos que todavía le necesitaban. Y se reanimó, 
como si el tiempo del descanso no le hubiese llegado todavía. 

Cantad de nuevo, cantad de nuevo y estad alegres, por 
cuanto creo que vuestro canto le ha vuelto a la vida. Creo 
que podremos conservarle un par de años más entre nos- 
otros. 



Lili 

LA VUELTA A VEMMENHOO 

Okka condujo a los patos silvestres hacia la llanura esca- 
niana, donde perdíanse de vista los vastos campos de trigo 
y remolacha, las granjas de poca elevación rodeadas de co- 
rrales espaciosos, las innumerables y pequeñas iglesias 
blancas, las azucareras que trazaban sobre el suelo una 
mancha gris, las barriadas semejantes a pequeñas ciudades 
que se extendían en torno de las estaciones. Había horna- 
gueras, minas de hulla con altos montones de carbón, 



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Hits HOtOCASSONS 471 

caminos que se deslizaban entre dos filas de sauces desmo** 
cbados, caminos de hierro que se cruzaban y formaban un 
tejido de mallas espesas, pequeños lagoi rodeados de gru- 
pos de hayas, que brillaban por doquier flanqueados de 
castillos. 

— ¡Mirad ahora! ¡Fijaos bien!— exclamó el pato guía.— 
Esto es lo que veréis en el extranjero, desde la costa del 
Báltico hasta los Alpes, que yo no he franqueado nunca. 

Cuando los pájaros hubieron visto la llanura, Okka les 
condujo a la costa del Sund. Bajas praderas descendían 
suavemente hasta el agua; largas bandas de fuco ennegre- 
cido, arrastradas por las olas, formaban un bordado zig-za- 
gueante. En algunos puntos había colinas y campos de 
arena movediza. Los caseríos, habitados por pescadores, 
alineaban en la costa sus casitas de ladrillo, todas iguales, 
con un pequeño faro al final de una escollera» viéndose por 
todas partes las redes puestas a secar. 

— ¡Mirad hacia abajo!— gritó Okka. -* Ved como son 
las costas, en el extranjero. 

Finalmente, los patos pasaron sobre algunas ciudades, 
contemplando una masa de chimeneas de fábricas, calles 
encajonadas entre altas casas ennegrecidas por el humo, 
grandes y bellos jardines públicos, puertos rebos|ntes de 
navios, a veces fortificaciones antiguas, castillos e iglesias 
antiguas. 

— ¡Mirad como son las ciudades del extranjero, aunque 
mucho más grandes!— dijo Okka.— Pero éstas también 
podrán llegar a ser grandes algún día. 

Después de dar varías vueltas sobre la llanura, Okka 
descendió con su bandada sobre una marisma del cantón 
de Vemmenhog. Nils acabó por preguntarse si todos los 
rodeos y círculos descritos en el aire aquel día sobre la Es- 
cania, no tendrían por finalidad el mostrarle que su país 
podía ser comparado a cualquier otro del extranjero. Y 



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472 SELBIA LAOERLdF 

pensó que habían hecho este trabajo en balde, porque no 
trataba de saber si su país bra rico o pobre. BastábáTe saber 
que desde que divisara los primeros sauces que bordeaban 
los caminos, la primera casita, había sentido la nostalgia de 
su país. 



LIV 
EN CASA DE HOLGER NILSSON 

Martes, 8 de noviembre 

El tiempo era gris y brumoso. Los patos silvestres ba- 
ilábanse entregados a la siesta, cuando Okka se aproximó 
rápidamente a NilS| diciéndole: 

— El tiempo parece encalmado y he decidido que ma- 
ñana atravesemos el Báltico. 

— Bueno — dijo Nils. Y su garganta se anudó de tal 
modo, que no pudo añadir palabra. Esperaba, a pe$ar de 
todo, ser desencantado mientras permaneciese todavía en 
la Escania. 

— Ahora estamos bastante cerca de Vemmenhdg — 
prosiguió Okka. — - He pensado que tal w)(z quisieras hacer 
una visita a tu casa, al pasar. Así podrás ver a tu familia. 

— Será mejor que no vaya — respondió Nils; pero 
el tono de su*^oz indicaba lo mucho que le complacía esta 
proposición. 

Okka respondió: 

—Tú debes ir a informarte de la marcha de tn casa 
y de la salud de tus padres. ¡Quién sabe si les podrás pres- 
tar ayuda por pequeño que seas! 

— Tienes razón, madre Okka. Debí pensar en ello 
antes — respondió Nils muy excitado. 



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N1L8 HOLOERSSONS 473 

Un instante después estaban los dos en marcha hacia la 
granja de Holger Niisson. Descendieron al abrigo de un 
muro de -piedra que rodeaba k granja. 

— Es extraño que todo esté igual — exclamó Nils, tre- 
pando por la cerca. — Parece que fué ayer cuando os vi 
venir, sentado en este mismo sitio. 

—¿Sabes si tu padre tiene una escopeta?— preguntó 
Okka de repente. 

— Sf — dijo Nils. — Precisamente por esa escopeta 
quise yo permanecer en casa aquel domingo. 

—Entonces no me atrevo a esperarte aquí. Será me- 
jor que vengas a reunirte con nosotros ai cabo de Smyge- 
huk, mañana a primera hora. Podrás pasar aquí la noche. 

— ¡Oh, no! |No te vayas, madre Okka! *~ prorrumpió 
Nils saltando del muro. No sabia por qué; pero tenía el 
presentimiento de que les sucedería algo, tanto a él como 
a los patos, y que ya no volverían a verse. — Ya sa- 
bes como me entristece no haber recobrado mi esta- 
tura normal — prosiguió— ; pero quiero que sepas que 
no lamento haberos seguido durante la última primavera. 
Antes que volverá ser hombre, preferiría de nuevo ese viaje. 

Okka aspiró el aire fuertemente antes de responder. 

— Hay una cosa de la que he querido hablarte repeti- 
das veces— comenzó diciendo.— No es preciso que te la 
diga en este momento, porque tú no vienes en busca de 
los tuyos para quedarte; no obstante, tendré el gusto 
de comunicártela ahora. Es lo siguiente: Sí verdaderamente 
crees que has aprendido alguna cosa de bueno entre nos- 
otros, ¿verdad que opinarás qué sólo los hombres deben 
vivir en la tierra? Piensa en el hermoso país que tienes. 
¿No podrías conseguir que se nos reservaran algunas 
rocas peladas en la costa, algunos lagos, que no sean nave- 
gables y algunas marismas, algunas montañas desiertas y 
algunas forestas apartadas, donde nosotros, pobres anima- 



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474 seuu LAOBtLOr 

les, podamos esUr tranquilos? Durante toda mi vida me 
be visto perseguida. ¡Qué bueno seria saber que en cual- 
quier parte existe un refugio para un ser como yo! 

— iCiertamentCi yo quedaría muy contento y satisfecho 
de poder prestaros mi ayuda-^contestód muchacho-^; 
pero yo no podré decir nunca gran cosa a los tiombres. 

— Pero nosotros estamos hablando aquí como si no 
debiéramos vernos ya más— interrumpió Okka.-— A todo 
esto nos hemos de ver mañana. Hasta la visáa. 

Y después de abrir sus alas volvió de nuevo, y acarí* 
dándole dulcemente con el pico, partió al fin. 

Era ya mediodía y aun no habíase dado señal de vida 
en la granja. Nils pudo ir y venir a su antojo. Corrió rápi- 
damente al establo, creyendo que las vacas le informarían 
mejor que nadie de todo. El establo presentaba un triste 
aspecto: en vez de los tres hermosos animales que lo habi- 
taban en la primavera, no había más que uno. Era Rosa de 
Mayo. Añorando a sus compañeras, permanecía con la ca- 
beza doblada por la pena y sin probar el forraje. 

— Buenos días, Rosa de Mayo — gritó Nils— corrien- 
do hacia ella sin temor alguno.— ¿Cómo están el padre y 
la madre? ¿Cómo están los patos y las gallinas y el gato? 
¿Dónde están tus compañeras. Lis de Oro y Estrella? 

Al reconocer la voz del muchacho la vaca se extreme- 
ció; después bajó la cabe/ a como dispuesta a embestirle; 
pero como la edad había hecho que sus movimientos fue- 
sen más lentos, tuvo tiempo para fijarse en Nils Hol- 
gerssons. Continuaba siendo tan pequeño como al partir, 
y aunque iba vestido del mismo modo, parecía otro. El 
Nils Holgersson que partiera en la pasada primavera, tenia 
un aire torpe y lánguido y los ojos semidormidos; el qiie 
volvía mostrábase vivaracho y ágil y hablaba animada- 
mente. Andaba tan erguido y con un paso tan firme, que 
inspiraba respeto a pesar de su pequenez. 



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NIU HOLUCftSSONS 475 

— ¡Mu!— mugió Rosa de Mayo. — Me habían dicho 
que habías cambiado, pero no lo creí. Sé bienvenido, 
Nils Holgerssons, sé bienvenido a esta casa. Este es el 
primer momento de alegría que tengo desde no sé cuánto 
tiempo. 

— Te agradezco mucho tsit recibí miento, Rosa de 
Mayo — contestó Nils con el corazón conmovido por tan 
buena acogida. — Comunícame noticias de mis padres. 

— No han tenido más que penas desde que te mar- 
chaste. Lo peor ha sido lo ocurrido con el caballo, que les 
costó mucho dinero, sin que durante todo el verano haya 
podido hacer otra cosa que comer. Tu padre no quiere 
matarlo; pero nadie lo quiere comprar. Por su culpa ha 
tenido que vender tu padre mis dos compañeras, Estrella 
y Lis de Oro. 

Había otra cosa de la que tenía grandes deseos de ha- 
blar; pero estaba harto embarazado para iniciar esta con- 
versación directamente, Y preguntó luego: 

— ¿Verdad que mi madre sufrió un gran disgusto al 
ver que el pato blanco habíase escapado? 

— Creo que no hubiera llegado a experimentar tanta 
pena de haber sabido como escapó el pato. Sólo se lamen- 
taba de que su propio hijo, al marchar de su casa, se 
llevara el pato consigo. 

— ¡Ah! ¿Pero cree que lo he robado yo? — preguntó 
Nils. 

— ¿Pues qué quieres que crea? 

— Eso indica que mis padres creen que yo he recorrido 
el país, este verano, como un mendigo. 

— Han llorado tu ausencia con todo el dolor que se 
sie.ite cuando se pierde al ser más querido del mundo. 

Nils salió corriendo del establo. Lo primero que hizo 
fué eotrar en la cuadra, pequería, pero en perfecto estado 
de limpieza. Echábase de ver en seguida que Holger Nilsson 



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476 SCLMA LAOERL&r 

habfala dispuesto de modo que complaciere al nuevo hués* 
ped que iba a albergar. Había en ella un hermoso caballo 
reluciente que reventaba literalmente de salud. 

— Buenos días — dijo Nils saludando. — He oído de- 
cir que había un caballo enfermo por aquí. ¿Cómo es po- 
sible que seas tú| teniendo tan buen aspecto? 

El caballo volvió la cabeza hacia el muchacho y le miró 
largamente. 

— ¿Eres tü el hijo de la casa? — le preguntó. — He oído 
muchas cosas malas de tí; pero tienes un aspecto tan sim- 
pático que jamás te hubiera tomado por Nils de no saber 
que has sido transformado en duende. 

— Sé que he dejado un mal recuerdo tras de mí— aña- 
dió Nils Holgerssons. — Hasta mi propia madre cree que 
yo desaparecí de esta casa como un ladrón. No espero es- 
tar mucho tiempo aquí; pero antes de partir he querido 
saber qué es lo que tienes. 

— ¡Qué dolor que no te quedes entre nosotros! — ex- 
clamó el caballo. — Tengo la seguridad de que llegaríamos 
a ser muy buenos amigos. Yo sufro por una tontería, por 
una punta de cuchillo u otro objeto puntiagudo que me ha 
penetrado en un pie. Esta punta está tan bien disimulada 
que el mismo veterinario no ha podido descubrirla; pero 
me hace mucho daño y me impide marchar. Si tú pudieras 
advertir a Holger Nilsson de lo que me pasa, creo que po- 
dría curarme. Yo estaría muy contento si pudiera serte 
útil. Me da vergüenza permanecer ocioso. 

— ¡Cuánto tat alegro de que no tengas una verdadera 
enfermedad! — respondió Nils. — Ya procuraremos curar- 
te; permíteme que de momento haga algunas señales con 
mi cuchillo en tu pata. 

Acababa de rascar la pata al caballo, cuando oyó 
voces en el corral. Eran stis padres que regresaban. Veíase 
que estaban agobiados por la pena. La madre tenía el ros* 



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NILS HOLOER8SONS 477 

tro lleno de arrugas y los cabellos del padre habían enca- 
necido. La madre trataba de convencer a su marido de que 
no había otro remedio que pedir dinero prestado a su 
cuñado. 

— No, no; yo no pido ya dinero prestado — decía el 
padre, ante la puerta entreabierta de la cuadra. — Nada más 
terrible q4ie contraer deudas. Será mejor vender la casa. 

— Nada tendría que decir contra esto — respondió la 
madre — sí no existiera nuestro hijo. ¿Qué haría él si vol- 
viera algún día, pobre y miserable, y no nos encontrase 
aquí? 

— Es triste, ciertamente — respondió el padre — ; pero 
habrá que pedir a los que compren la granja que lo aco- 
lan con dulzura y que le digan que será siempre bien aten- 
dido y bienvenido a nuestra casa. Nosotros no le dirigire- 
mos ni una sola palabra de reproche. Estamos de acuerdo 
¿verdad? 

— Ciertamente. ¡Ah! ¡Si al menos anduviese por ahí, sa- 
biendo yo que no pasa hambre ni frío por los caminos! 

Nils no pudo oír nada más de esta conversación porque 
sus padres penetraron seguidamente en la casa. Hubiera 
querido correr hacia ellos; pero ¿no les hubiera causado 
mayor pena verle tal como era en la actualidad? 

Mientras estaba entregado a estas vacilaciones, llegó 
un carruaje que se detuvo ante la verja. Nils estuvo a punto 
de lanzar un grito de asombro al ver descender dos per- 
sonas que no podían ser otras que Asa y su padre. Los re- 
cién llegados se dirigieron hacia la casa cogidos de la mano, 
graves y recogidos, con un inefable, destello de feli- 
cidad en los ojos. Ya cerca de la puerta. Asa detuvo a su 
padre: 

— Quedamos enteiídidoSpL padre ¿verdad? Nada dire- 
mos de ese duende que tanto se parece a Nils, del pequeño 
xuecOi ni de los patos. 



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478 8ELMA LAOERLOP 

— Eso es — respondió Jon Assarsson. — Sólo diré que 
su hijo te ha ayudado varias veces mientras tú me buscabas 
a través del país, y que hemos venido a preguntarles si 
nosotros podemos, en pago de tal favor, presterles algún 
servicio, ya que he llegado a crearme una posición y aun 
a ser rico, gracias a la mina que he descubierto allá. 

Entraron en la casa, y Nils hubiera dado mucho por 
oír la conversación; pero no se atrevió a entrar en el co- 
rral. Al salir Asa y su padre, acompañábanles sus padres. 
Parecían como animados por una nueva vida. 

Cuando partieron los visitantes, el padre y la madre de 
Nils quedaron junto a la verja un momento, viendo como 
se alejaba el carruaje. 

-— Ya no quiero estar triste, Holger, después de haber 
oído tantas cosas buenas de Nils — exclamó la madre. 

^ No han dicho muchas cosas, en último término — 
contestó el padre. 

— ¿No te basta con que hayan venido aquí expresa- 
mente para ofrecemos sus servicios como prueba de agra- 
decimiento por los favores que les prestó Nils? Creo que 
hubieras podido aceptar su ofrecimiento. 

— No, no he querido. Nosotros no aceptaremos dinero 
de nadie, prestado ni regalado. Quiero antes que nada des- 
embarazarme de mis deudas; creo que lo conseguiremos, 
y lo espero así porque todavía no somos unos viejos decré- 
pitos. 

El padre rió al pronunciar estas palabras. 

— Diriase que gozas ante la idea de deshacerte de esla 
tierra en la que has puesto tanto trabqo -— dijo la madre 
con un tono de reproche. 

— Pero ¿es que no comprendes por qué me estoy ríen- 
do? — preguntó el padre. — Lo que me quitaba las fuerzas 
era el sentimiento que me causaba la creencia de haber 
perdido a mi hijo; mas ahora que eé que mi hijo vive y 



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NILS H0L0ERS80NS 479 

promete ser siempre un hombre honrado, ya verás que 
Holger Nilsson es capaz todavía de trabajan 

La madre entró en la casa y Nils debió ocultarse rápi- 
damente en un rincón^ porque el padre encaminóse hacía 
la cuadra. Y llegándose al caballo, levantóle el pié enfermo 
para buscar una vez más donde estaba el mal. 

— ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que hay aquí? — gritó 
viendo algunas letras grabadas en la pata del animal. 

— «Retira el hierro del pie» — leyó con estupor. Y se 
puso a examinar la pata con toda atención. 

— Creo que tiene clavado algo puntiagudo ^ murmuró. 
Mientras el padre ocupábase del caballo y Nils perma* 

necia inmóvil en un rincón, llegó a la casa una nueva visi- 
ta. El pato blanco, sabiendo que hallábanse muy cerca de 
su antigua residencia, no había podido resistir al deseo de 
mostrar su mujer y sus hijos a sus compañeros, invi- 
tando a ello a Finduvet y a los seis patos. 

Cuando llegaron a la casa de Holger Nilsson, no había 
nadie en el corral. El pato blanco descendió tranquilamen- 
te hasta donde estaba su familia y mostró a Finduvet los 
esplendores de que gozan los patos domésticos. Después 
de haber hecho los honores del corral, advirtió que la 
puerta del establo estaba entreabierta. 

— ¡Venid y veréis! — gritó. — Venid y veréis donde yo 
vivía en otro tiempo. Esto es muy distinto a tener que pa- 
sar las noches en las marismas y en las hornagueras, como 
nosotros hacemos ahora. 

El pato permanecía en el dintel del establo. 

— Aquí no hay nadie — exclamó. — Ven, Finduvet, y 
verás el sitio de los patos. No tengas miedo; no hay ningún 
peligro. 

Finduvet y los seis patos entraron en el sitio indicado 
para contemplar el lujo en medio del cual había vivido el 
gran pato blanco, antes de reunirse con los patos silvestres 



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480 SELMA LAOfiRLÓF 

— Ved como era. Allí estaba mi sitio y allá el cubillo 
siempre lleno de avena y la pileta con agua. Esperad; creo 
que todavía debe quedar algo de comida. 

El pato blanco dio un salto hacia el cubillo y se puso 
a comer con avidez. 

De finduvet iba apoderándose una gfan intranqui- 
lidad. 

— Salgamos pronto — suplicó. 

— Espera un poco; aun quedan unos granos — contes- 
tó el pato. 

En este mismo momento lanzó un grito y se precipitó 
liacia la salida. Era ya demasiado tarde. La puerta quedó 
cerrada, y el ama de la casa hecho eí pasador. ¡Estaban co- 
gidos! 

El padre de Nils acababa de extraer un pedazo de hie- 
rro puntiagudo del pie de su caballo y acariciaba al animal 
con toda solicitud, cuando llegó la madre muy sofocada* 

— • {Ven, ven y verás la hermosa presa que acalx> de 
hacer! — gritó. 

— Aguarda un momento y mira un poco aquí. He des- 
cubierto lo que motivaba el malestar del caballo. 

— Creo que comienza otra vez la suerte para nosotros 
— dijo la madre. — Figúrate que el gran pato blanco que 
desapareció durante la última primavera, ha vuelto a casa 
con siete patos silvestres. Ha debido seguir a alguna ban- 
dada de ellos. Han ido directamente a su puesto y yo he 
conseguido encerrarles. 

— jEs extraño! — dijo Holger Nilsson. — Lo que más 
me alegra es saber que ya no tenemos motivos para sospe- 
char que Nils se llevara el pato al partir. 

— En efecto. Pero creo que no debemos matarlos esta 
misma tarde. Dentro de unos días se celebrará la fiesta de 
San Martín y será preciso que vayamos cuanto atites a la 
ciudad para venderlos. 



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ÑtLS HOLOeRSSONS 481 

^ Sería muy desagradable matar al pato,< ya que ha 
vuelto con tan buena compañfa — objetó Holger Nilsson. 

— Si los tiempos fueran menos dqros, les dejaríamos 
vivir tranquilamente; pero como nosotros no continuare- 
mos aquí, probablemente ¿qué vamos a hacer de los patos? 

— Es verdad. 

— Ven, pues; ayúdame a llevarlos a la cocina ^ dijo 
la madre. 

Y partieron. Algunos instantes después, Nils vio salir 
a su padre dei establo llevando al pato bajo un brazo y a 
Finduvet bajo el otro. El pato gritaba como siempre qtie 
se encontraba en peligro: 

— ¡Spcorro, socorra, Pulgarcito! 

Nils le oyó perfectamente; pero no vaciló en que no 
debía abandonar la puerta de la cuadra, y no porque 
pensara ni un solo momento en que sería muy con- 
veniente para él que se diera muerte ai pato blanco — 
porque no se acordaba para nada de la condición impuesta, 
por ei duende — ; lo que le retenía en su puesto era ia 
idea de que por salvar al pato tenia que mostrarse a sus 
padres; y es\o le repugnaba mucho. 

— Siendo ya felices — se decía — ¿por qué he de pro- 
porcionarles yo esa pena? 

Pero cuando la puerta se cerró tras el pato,. Nils aban- 
donó sus vacilaciones. Y atravesando el corral todo lo apri- 
sa que pudo, entró en el vestíbulo. Se quitó los zuecos se- 
gún su vieja costumbre, y se aproximó a la puerta; pero se 
detuvo de nuevo. 

— Es el pato blanco el que está en peligro — decíase 
— ; el que ha sido tu mejor amigo desde que abandonaste 
esta casa. 

En este instante recordó bruscamente todos los peligros 
que él y el pato habían corrido juntos sobre los lagos he- 
lácfos y la mar tempestuosa, yentre los feroces anims^e^ de 

31 



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482 SELMA LAOERLÓP 

presa. Su corazón llenóse de reconocimiento y de afecto, 
y dio unos golpes en la pueru. 

— ¿Quién és? — preguntó el padre antes de abrir. 

— ¡Madre, madre, no hagas mal al pato! — gritó Nils> 
entrando como una tromba. 

El pato y Finduvet, que reposaban sobre un banco con 
las patas atadas, lanzaron un grito de alegría al reconocer 
su voz. 

Pero la que lanzó el mayor gtito de alegría fué la madre. 

— ¡Oh, Nils, Nils! ¡Qué grande y hermoso vuelves! — 
prorrumpió entre transportes de alegria. 

El muchacho se detuvo en el umbral, como dudando 
del recibimiento que le dispensaban sus padres. 

— Loado sea Dios, que te trae a mi lado — gritaba la 
madre. — ¡Ven, ven! 

— ¡Te doy la bienvenida, hijo! — dijo el padre, sin po- 
der proferir ni una palabra más. 

Nils vacilaba todavia, inmóvil, en el umbral. No com- 
prendía la alegría de sus padres; pero la madre se había 
precipitado hacia él, echándole los brazos alrededor de su 
cuello. Entonces comprendió Nils lo que le ocurría. 

— ¡Padre, madre, vuelvo a ser alto! ¡He vuelto a ser 
hombre — gritó fuera de sí, de contento. 



LV 
EL ADIÓS DE NiLS A LOS PATOS SILVESTRES 

Miércoles, 9 de noviembre 

Al día siguiente se levantó Nils antes del alba y se di- 
ligió hacia la costa. 

Cuando comenzaba a apuntar el día, encontrábase ya 



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NILS HOLOCRSSONS 483 

en el sitio fijado por Okka, un poco al este del caserío de 
Smyge. Estaba solo. Antes de partir había entrado en el 
establo donde hallábase el pato blanco, con el fin de des- 
pertarle; pero éste no dijo palabra y volvió a cerrar los 
ojos, hundiendo la cabeza bajo el ala para dormirse de 
nuevo. 

El día prometía ser muy hermoso» casi tan hermoso 
como aquel domingo de primavera en que los patos silves- 
tres llegaron hasta allí. El mar extendíase vasto e inmóvil. 
El aire estaba en calma y Nils pensaba en el magnífico viaje 
que harían sus amigos. 

Hallábase todavía sometido a una especie de semi-en- 
cantamiento. Tan pronto se creía duende como se creía 
ser el verdadero Nils Hoigerssons« Ai ver un hoyo en 
el camino, tuvo miedo de continuar adelante antes de con- 
vencerse de que no había ningún animal peligroso oculto 
en él. Después lanzó una carcajada, feliz de saber que 
era grande y fuerte y que no tenía necesidad de tener 
miedo. 

Llegado a la orilla del mar, esperó en la playa para que 
los patos pudieran verle en seguida. Era un día de emigra- 
ción. A cada instante oíanse gritos de llamada para reunir- 
se. Sonreíase al pensar que nadie sabía como él lo que los 
pájaros se comunicaban unos a otros. 

Pasaban bandadas de patos áilvestres. 

— Creo que no serán los míos los que partan sin de- 
cirme adiós — pensó. — ¡Tengo tantos deseos de referirles 
cómo he vuelto a ser hombre! 

Aproximábase una bandada de patos, que volaban más 
rápidamente y gritaban más que las otras. Algo le decía 
que aquella era la suya; pero no la reconocía con la segu- 
ridad que lo hubiera hecho la víspera. 

Los patos disminuyeron lá rapidez de su vuelo y revo- 
lotearon por encima de la playa. Nils comprendió que eran 



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484 8BLMA LAOeRL6P 

SUS compañeros de viaje. Pero ¿por qué no descendían 
hasta él? No podían dejar de haberle visto. 

Intentó lanzar un silbido, pero su lengua no obedeció 
a su deseo. No pudo articular la nota justa. 

Oyó la vaz de Okka que cruzaba los aires, mas sin 
comprender lo que decía. 

— Es extraño. ¿Habrán cambiado de lenguaje los patos 
silvestres? — se interrogó. 

— ¡Aquí estoy! ¿Dónde estás tú? 

Esto no produjo otro efecto que asustar a los patos, que 
elevando el vuelo alejáronse de la costa. Por último, com- 
prendió lo que ocurría: los patos ignoraban que había 
vuelto a ser hombre. Y ya no pudieron reconocerle. 

Níls no pudo tampoco llamarles, porque los hombres 
no saben el lenguaje de los pájaros. En adelante ya no po- 
dría hablarles ni comprenderles. 

Aunque Nils considerábase dichoso de haber escapado 
al encantamiento, encontraba doloroso separarse así de sus 
amigos, los patos. Y sentándose sobre la arena, cubrióse 
el rostro con sus manos. ¡Qué triste era verles partir! 

De repente oyó una vibración de alas: la vieja madte 
Okka no había podido resignarse a abandonar a su amigo 
Pulgarcito, y había vuelto atrás. Ahora que Nils permane- 
cía inmóvil, habíase decidido aproximarse a él. Sin duda 
había comprendido de un modo instintivo y súbito que 
era aquél. Y descendió sobre el promontorio, cerca de 
Nils. 

Este lanzó un grito de alegría y la estrechó entre sus 
brazos. Los otros patos aproximáronse entonces y le aca- 
riciaron con el pico. Cantaban, hablaban animadamente 
y le felicitaban. Nils habló también, para agradecerles el 
buen viaje que había hecho con ellos. 

Bruscamente callaron los patos, le contemplaron con 
miradas de extrañeza y se separaron de él. Parecían haber- 



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NILS HOLOERSSONS 485 

se dado cuenta de golpe del cambio que se había operado 
en él, y exclamaron: 

— ¡Vuelve a ser hombre! ¡Ya no nos comprende ni nos- 
otros le comprendemos tampocol 

Entonces se levantó Niis y fué hacia Okka. La abrazó 
y la llenó de caricias. Después fué hacia Yksi y Kaksi, Kol- 
me y Nelja, Viisi y Küsi, las viejas patas de la bandada, y 
las abrazó también. Seguidamente, se separó con paso rá- 
pido, en dirección a su casa. Sabía que la pena de los pa- 
tos no dura mucho y quería separarse de sus amigos an- 
tes de que se extinguiera la que pudieran experimentar al 
perderle. 

Cuando llegó a lo alto de la duna, volvióse para mirar 
los grupos de pájaros que se preparaban a atravesar el mar. 
Todos lanzaban al aire sus llamadas; de todas, sólo una 
bandada de patos silvestres voló en silencio mientras él 
pudo seguirla con los ojos. 

Mas el triángulo que formaba era de un orden perfecto, 
los intervalos tales como correspondían, la velocidad del 
vuelo la indicada y el golpe de las alas vigoroso y rítmico. 
Nils sintió una sensación tan dolorosa, que casi hubiera 
preferido continuar siendo Pulgarcito, para poder viajar 
por encima de la tierra y del mar con una bandada de 
patos silvestres. 



FIN 



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EDITORIAL CERVANTES 

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nistro de Inglaterra Epílogo de Gabriel Hannotaux.— 
2.* edición con un autógrafo del autor 2>50 

Nuestro porvenir, por el general von Bernhardi ... 3 

Grecia ante la guerra europea, por £. Venizelos, pri- 
mer ministro de Grecia. Versión española y estudio 
biográfico de V. Clavel 3 

Espafia ante el conflicto europeo. Iberismo y germa- 
nismo, por E. González-Blanco 3 

El deber de América ante la nueva Europa, por 
T. Roosevelt, ex presidente de los Estados Unidos. . 3 

América por la libertad, por el Presidente Wilson. 

Prólogo de Edwafd Grey. Epílogo de Lloyd George . 1,25 

La sociedad de las naciones, por O. K Maclagan. 

Prólogo de Albert Thomas 2,50 

Europa en escombros, por el Dr. Guillermo Muehlon, 

ex director de la casa Krupp 2,50 

El bolcheviquismo ante la guerra y la paz del mun- 
do, por León Trotzky, Presidente de la República de 
los Soviets. Prólogo y traducción de Vicente Gay.— 
3.* edición 3 



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PescUt 

La paz mundial, por Woodrow Wilson, con un autó- 

S:rafo del autor 3 

Qiiillermo II.— Sos discursos durante la guerra . . 1 

Historia de la Revolución Rusa, por León Trotzky. 

-3* edición 3 

La Revolución y el Estado, por Lenin 3 

Obras de Femando Maristany 

Las cien mejores poesias líricas de la lengua fran- 
cesa.— 3.* edición 2,50 

Las cien mejores poesias líricas de la lengua in- 
glesa, 2.* edición, prólogo de £. Diez Cañedo . . . 2,50 

Las cien m^ores poesias líricas de la lengua por- 
tuguesa, prólogo de I. Ribera y Revira 2,50 

Las cien mejores poesías líricas de la lengua ale- 
mana, prólogo de Manuel de Montoliu 2,50 

Las cien mejores poesias Úricas de la lengua ita- 
liana, prólogo de C. Boselli 2,50 

Poesias excelsas 2 

En el azul. (Rimas). Prefacio de Tetxeira de Pascoats . 2 

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lianas, portuguesas, francesas, inglesas y alemanas. 
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5 ptaa.— En tela. • 
El Mirador de Próspero, por J. Enrique Rodó. 

5 ptas.--En tela. • 
El camino de Paros, por J. Enrique Rodó.-^2.* tdidón, 

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Ariel, por J. Enrique Rodó ... 2 ptas«--en tela. S 
Hombres de América, por J. Enrique Rodó .... 4 

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PoeUs 

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laverri 3 

Teatro del uruguayo Florencio Sánchez. Prólogo de 
Vicente A. Salaverri. Tomo I: Ni* hijo ti doton—Los 
muertos.—Nuestros hijos. 2.* edición.— Tomo II: ¿os 
derechos de la salud,— En familia,'- Moneda falsa. 
Prólogo de Juan José de Soiza Reilly— Tomo III: Ba* 
franca abajo.— La Gringa, -^El desalojo. Cada tomo. 2 

Tabaré.— La leyenda patria» por Juan Zorrilla de San 
Martín 3 



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Arte de amar» por Ovidio . . 1,25 ptas.— En tela. 1,75 

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Hermán y Dorotea» por J. W. Ooéthe, 

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beres, Lieja, Malinas, Lovaina, Oante, Brujas, Osten* 
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Espartaco» por Rafael Qiovagnoli. Traducción del ita- 
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Animales amigos» por Alfonso Lopes Vieira, I. Ribera* 
Rovira y Fernando Marístany. Ilustraciones de Raúl 



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