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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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^¡VERSITY F N.C. AT CHAPEL HILL 




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THE UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

LIBRARY 



PRESENTED BY THE 

WILLIAM A. WHITAKER 

FOUNDATION 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/elorodemoscOOalar 



EL ORO DE MOSCÚ 






Agustín Alarcón 



EL ORO DE MOSCÚ 



NOVELA SOCIAL, CUYO ARGUMENTO SE DESARROLLA EN LA 
ISLA DE CUBA ENTRE TRABAJADORES DE LOS INGENIOS AZU- 
CAREROS, BAJO LA TIRANÍA DE MACHADO 




RSVEWCDBY 

f^SHHVATiON 
MICROFíM^iq 



COLECCIÓN CLARIDAD 

"Grandes Novelas Sociales" 
buenos aires 



Edición de la Editorial CLARIDAD. 
Todos los derechos reservados. Queda 
hecho el depósito que establece ia ley. 



CAPITULO PRIMERO 



Cuba" Central azucarero "Liberty". Boattie Sugar 
Company: Imperialismo yanki. 

Un hombre de unos 25 años, 5 pies y pico de alto y 
130 libras de peso, avanzaba sobre el compás de sus 
piernas hacia el batey del ingenio. 

Traía un traje de unos $ 20, salario de dos meses de 
un cortador de caña. 

¿Sería un burgués? ¿Sería un burócrata? Por la ro- 
pa no parecía un obrero. 

Sin embargo, mirándolo de cerca, en la biografía de 
su cara, como en el rostro de todos los pobres, se po- 
dría leer la estadística exacta de sus hambres, luchas y 
privaciones. Tenía la cara angulosa y simétrica de un 
poliedro y un semblante intelectual. 

Traía un maletín. 

— Monstruo, presidio industrial del imperialismo, 
ogro, antropófago mecánico del capitalismo, ¡pronto ar- 
derás! . . . Tal vez caigan muchos. . . ¡Pero arderás!... 
Tal vez caiga yo . . . ¡pero arderás! — pensaba mien- 
tras se acercaba a la mole gigante del central, 

— ¿Este tipo está loco o qué? — hubiera dicho cual- 
quiera que lo hubiera oído. Pero él se entendía. 

Un soldado le salió al enuentro. 

— ¿Quién es usted y a qué viene aquí?. . . ¿Y qué 
lleva ahí? 

— Vengo a trabajar, no a buscar trabajo. Aquí llevo 
mi ropa. Indíqueme "La Casa de los Solteros", que allá 
me dirijo. 

El buen traje del civil, el tono de su voz y la casaj 
a que se dirijía convencieron al militar. No exíjíó ver el 
contenido del maletín. 

— La compañía prohibe a los extraños andar por 



6 Agustín Alarcón 

sus terrenos; pero veo que usted es una persona decen- 
te; así que perdone. . . a mí me pagan para esto. Mire: 
aquélla es "La Casa de los Solteros"; coja por allí. . . 

— ¡Gracias! 

No tenía ni que dar las gracias. ''La buena presencia 
es la varita mágica que abre todas las puertas". ¡Hasta 
las del cielo! Con su facha podía no sólo entrar en feu- 
dos imperialistas, sino también le estaba permitido fre- 
cuentar todos los paseos e iglesias de todas las ciudades, 
entrar en los espectáculos públicos gratis, comer en los 
restaurantes quedándolo a deber, fascinar Julietas y otras 
ventajas que señala al detalle un Marden cualquiera, in- 
geniero mental de la juventud, para la extracción sin 
dolor, propio, de las muelas ajenas de la plusvalía. 



"La Casa de los Solteros" no era un club de célibes 
capitalistas yanquis, sino el dormitorio de los emplea- 
dos sin bogar de la feudo-factoría. De tabla, con reci- 
bidor, ducha, inodoro, lavabo y alguna ventilación, era 
el orgullo de sus moradores, que le decían "el palacio". 
Era un palacio comparado con los barracones de los 
braceros; era un barracón para empleados comparado 
con el verdadero palacio de los amos del central. 

El que llegaba tocó. 

— ¡Hola, Pedro! — gritóle, abriendo la puerta y los 
brazos un joven de unos 27 años, casi 6 pies de alto, 
arrogante, cara satisfecha, robusta y grande; mirar sen- 
sual, de sibarita. Por su indumentaria de $ 40 y sus 
siete arrobas de peso se sabía su sueldo. Por el vaho de 
la boca y la pigmentación de la nariz se sabía que bebía 
bastante, y no agua. Era la suya una personalidad tea- 
tral, histrióníca, con un gran don de poses y de frases. 

— Salud, Cristóbal. Aquí me tienes. 

— ¡Bergante, Mamarracho, Carepalo, Esperpento, Pe- 
pinillo, Cabeza de Perro, todos, corran acá para que vean 
un bicho extraño! — vociferó vigorosamente le primero. 



El Oro de Moscú 7 

Una puerta se abrió y por ella salió un tropel de on- 
ce jóvenes en cuero, con el traje que Adán traía — según 
la gran novela bíblica. — Por el arco de la barriga y el 
olor de la boca se conocía que acababan de comer y de 
beber. 

— ¡Jauría: aquí les presento al gran Pedro Solís, pe- 
riodista de fuste y figa, que al que pica mata, escritor 
candela, amigo mío, y desde hoy, como ustedes saben, 
compañero de palacio nuestro. 

La crisis había arrojado a casi todos estos ex-"hijos 
de familia" de los planteles de segunda enseñanza y de 
la Universidad al trajín de la producción, pero conser- 
vaban aún el alegre y bromista espíritu del estudianta- 
do y aunque querían hacerse "hombres de bien". Cris- 
tóbal, que era el cabecilla, por derecho de capacidad, los 
había preparado para la llegada del nuevo camarada, di- 
ciéndoles: "Ese tipo se hace muy filósofo y formal y hay 
que hacerle pagar la "novatada", dándole una chotea- 
dura padre y maleándolo por añadidudra", así que to- 
dos lo "fajaron" a la mano extendida de Pedro, apre- 
tándosela tan simultánea y brutalmente que por poco 
se la descoyuntan, pronunciando cada uno, solemne y 
descaradamente, su saludo de burla: 

—He tenido el disgusto de conocerlo . . . 

— Le doy mi más cordial despedida . . . 

— Nos ha jodido usted la siesta 

— Nunca desgracia mía fué más grande . . . 

— No tenga pena, puede usted retirarse . . . 

- — La puerta de la calle está abierta . . . 

— ¡Adiós, señor! 

— ¡Que le vaya bien! 

Y así por el estilo, cada cual le dio su rara bienve- 
nida, inclinándose reverentemente a la manera cortesana. 

Pedro no se alteró o gritó; al contrario, las contestó 
sonriente: 

— ¿Cómo están sus mamas? 

Toda la escala musical de la risa, desde donde elsolfeo 
del ¡ji! ¡ji! hasta el trombón de la carcajada resonó al 
unísono en "La Casa de los Soltero". Cualquiera diría 



8 Agustín Alarcón 

que era el jazz-band de la jocosidad ejecutando a toda 
orquesta el charleston de la hilaridad. 

Había reconocido que el recién llegado "comía azú- 
car", como decían ellas para caracterizar el buen humor. 

— j A babor! ¡Que viva el recién nacido cámara! — - 
gritó uno del grupo. 

Y lo arrastraron, introduciéndolo en el dormitorio 
comunal, donde había una doble hilera de camas y me- 
sitas iguales, que daban la impresión de una sala de hos- 
pital. A la entrada había dos grandes armarios y al 
fondo una mesa de comer con un regimiento de botellas 
de ron, anís y cervezas vacías, empezadas y llenas. 

Pedro tuvo que entablar una verdadera lucha para 
que no lo emborracharan y sólo lo dejaron en paz cuan- 
do les juró que ya era mayor de edad. 

— Bueno, ya que te he deshonrado con la amistad de 
estos sujetos, ven, que te voy a hacer la honra inmereci- 
da de presentarte a mi prima, literata como tú y como 
yo — dijo Cristóbal, llevándoselo por un brazo. 

— ¡Carolata como tú y como los dos, querrás decir, 
Krisnamurti! — voceó uno del grupo. 

Los dos salieron riéndose y caminaban hacia una ar- 
boleada avenida de chalets de madera, uniformes, simé- 
tricos, equidistantes, iguales, con ese inconfundible sello 
standard del estilo americano. 

Eran los hogares de la empleomanía con familia. 

Cristóbal sacó unas pastillas de chicle y bridándose- 
las a Pedro, le dijo: 

— Toma; para que no sepan que hemos bebido. 

Y en seguida se puso a rumiar chicle como un yanqui, 
— Ya sabes — dijo, parando de masticar y con gran 

seriedad y misterio — eres el "Conjurado Número 13". 

— ¿Conjurado número qué y para qué? — dijo Pe- 
dro mirándolo en la cara. 

— Ya lo sabrás — volvió a decir Cristóbal en el mis- 
mo tono. 

— Lo sabrás no; ¡lo sabré ahora mismo! 

Cristóbal soltó una risotada. 

— i Qué, ya te creías que era cuestión de revelíco? Ya 



El Oro de Moscú 9 

dejé la política. Cerrada la Universidad, dejé para siem- 
pre los estudios y dejé, pues, las tánganas estudiantiles, 
A Machado que lo tumbe el viento. Pienso casarme, 
tener hijos, nietos, biznietos, tataranietos. . 
— Para y vuelve al punto de partida. 
— ¡Ahí, sí, tienes razón... "Los Conjurados*' so- 
mos nosotros, los que vivimos en el palacio que acabas 
de dejar. Eramos doce, ahora contigo, trece; te corres- 
ponde, pues, el número trágico. 

— Bueno, ¿a qué viene, entonces, el mote de conju- 
rados? 

— Verás: nosotros, los chicos del palacio, somos los 
"Conjurados Contra el Buen Orden", los Asesinos de 
la Neurastenia y de la Hipocondría, los Caballeros del 
Relajo. . . En nuestro alcázar sólo reinan la Juerga, 
la Trompetilla, la Charanga, la Mogiganga y el Reman- 
dingo. Y cada cual tiene su apodo, es decir, su nombre 
de guerra. Tú tendrás el tuyo. Yo tengo el mío: Colón; 
aunque "familiarmente" me llaman también Colombo, 
Colombina, Crístóbolo, Cristo, Crísnamurti, etcétera. 
Cuando regresemos te presentaré ante el Consejo de los 
Doce y recibirás el espaldarazo de la Orden. 
— Será del Desorden . . . 
— jEso es, eso es, del Desorden! 
— ¿Luego, ese recibimiento nudista es un anticipo 
de la ceremonia? 
—i Yes! 

— A otra cosa. Dime, ¿por qué no me conseguiste el 
trabajo en la misma Casa de Máquinas? 

— Porque entendí que un intelectual como tú, y ami^ 
go mío, no se merecía ese trabajo brutal, entre la sucie- 
dad, la grasa y el calor. 

— Te escribí subrayándote que quería ese trabajo bru- 
tal, entre la suciedad, la grasa y el calor, 

— ¿Sí? Pues no me dio la gana sino de conseguirte 
el de listero, más decente y mejor pagado. Si es por ob- 
servar mecánica en grande, como me decías en tu carta, 
podrás hacerlo a tus anchas, la mayor parte del tiempo 
te sobrará y ganarás mucho más. Pero un talento como 



10 Agustín Alarcón 

tú, "Conjurado Número 13" y habitante de nuestro 
palacio, no debe trabajar en overoles, en medio del chu- 
rre, del ruido... ¡del infierno!... como un vulgar 
jornalero. Aunque no creo que porque vivas entre má- 
quinas logres, como pretendes, hacerte de un estilo lite- 
rario que transcriba el "mormor" de los motores, el correr 
de las correas, el i pin! ¡pan! de los martillos y el rodar 
de las ruedas . . . 

— ¡Ya veremos. . . ya veremos!. . . 

Dos años empeñados juntos en editar un semanario 
liberal-democrático de combate contra la sanguinaria 
tiranía machadista, juntos en los disturbios, juntos en 
la prisión, juntos en el ataque y en la defensa juntos, se 
habían unido en fuerte amistad Pedro y Cristóbal. Es- 
tudiante pequeño-burgués éste, albañil e intelectual aquél, 
habían quebrantado la débil frontera social que los se- 
paraba. 

Hacía un año que no se veían. Pedro se había hecho 
comunista. Cristóbal aunque pensaba casarse, heredar 
dos casas y no seguir estudiando, vacilaba — como puro 
pequeño-burgués — sobre el derrotero definitivo de su 
vida. 

El ignoraba el viraje de táctica de Pedro. De táctica, 
porque su ideología fué siempre la defensa abnegada de 
los oprimidos y el comunismo es, sobre todo, mjrxile- 
ninismo, tácticas supremas de reivindicación social de los 
oprimidos. E ignorando Cristóbal ese su viraje y las 
tácticas en sí, ignoraba su verdadera intención al querer 
trabajar en la Casa de Máquinas. 

— Bueno, digas lo que digas, serás listero. 

■ — Bien, seré listero. 

En esto llegaron a uno de los chalets. Cristóbal pasó 
a la sala, haciendo que Pedro lo imitara y se sentara, 
yéndose él hacia el interior. 

A poco emergió del fondo azul de la casa, trayendo 
de gancho a una hermosa joven, como si del fondo del 
mar trajese a Venus, que diría un poemaniático cual- 
quiera. 

— ¡Mira, admírate, prívate, desmáyate, que esto se 



El Oro de Moscú 1 1 

ve una sola vez en la vida! La prima más linda, ange- 
lical e inteligente que existe, la mujer más bella y dul- 
ce del mundo!. . . ¡Te brindo la gloria de conocerla! 
¡Arrodíllate y santigúate! 

Pedro se irguió sonriendo y, articulando su nombre, 
estrechó la diestra carnosa y suave de la muchacha. 

— Aurora Aguirre ■ — dijo ella, y añadió insincera- 
mente: — - tenga en cuenta que Cristóbal se practica para 
orador político y siempre está haciendo uso de la pala- 
bra, quiero decir, de exageraciones de anunciador de 
feria . . . 

— Que usted es bella, sin que él me lo diga, lo veo; que 
es inteligente ... lo veré. Así que no tema. Sé de viejo 
que la lengua de Cristóbal es una emisora sin receso ni 
estática. 

Un relámpago brilló en los ojos de la joven, su fri- 
volidad de fetiche femenino se sintió herida por la here- 
jía cortesana de Pedro. "¿Por qué no diría que sabía 
que era inteligente?" 

— ¡Oye! — exclamó Cristóbal — ¡si yo te digo que 
Aurora es bachiller en ciencias y letras, taquimecanó- 
grafa, poemista primorosa, recitadora grandilocuente, 
erudita, etcétera, y mil etcéteras más, si yo te lo digo, 
y en presencia de esa frente de Minerva, no me lo crees, 
mereces que coja una estaca y te abra la mollera en dos! 

Aurora se puso punzó. El lenguaje grosero y agre- 
sivo de su primo la sublevaba. No obstante bachiller y 
taquimeca, y de ideas más o menos democráticas, era 
una "niña de su casa", infectada de gravedad de roman- 
ticismo. ¡Pobrecita, padecer esa peste en pleno central 
azucarero, bajo el signo de esta era de crudo materia- 
lismo! 

Aunque sin dejar" de soñar con el Príncipe Azul e 
idilios eternos bajo la Luna, las modernas enfermas de 
romanticismo feudal reducen su mal a un morboso cul- 
to de la cortesía caballeresca. 

Por eso Aurora esperaba que Pedro alabase su regio 
gusto en el arreglo de la sala. Que ponderase la elegan- 
cia aristocrática de su traje. Que le preguntase si era 



12 Agustín Alarcón 

ella o una princesa la que estaba en un retrato suyo que 
había en la pared. Que le dijese, como un barómetro, 
el estado del tiempo, que ella bien veía o sentía: "Va a 
llover, señorita", "hace calor, señorita". Que elegíase 
la simpatía y gracia de las mujeres de allí. Pero, desgra- 
ciadamente, él ni era romántico ni dominaba los temas 
y el trato de la gente "chic". 

Ella estaba apenadísima. Y la culpa de todo se la 
achacaba a la charlatanería de su primo. 

Pedro quiso romper el hielo con una anécdota, y dijo: 

— Óyeme, Cristóbal. Óigame, señorita: fui una vez 
a un cine a ver la película "El Botero del Volga" y me 
senté en una luneta de una fila que había vacía en me- 
dio de la platea. Al poco rato llegó un individuo, miró 
todos los asientos que quedaban aún desiertos y como si 
me buscara, se sentó junto a mí. Al instante empezó el 
film, y con ella el hombre, como un segundo vitafón, 
a decirme en alta voz: 

— Mire, ahora viene esto: ahora viene aquéllo: aho- 
ra éste se mete por allí, ahora por allá: usted verá. Fí- 
jese, ahora, cuando ella entre, él la abraza. 

Mientras el vecino me atormentaba con su gratuito 
"Ahora viene esto, ahora va lo otro", como si me cre- 
yera ciego o miope, yo sólo le respondía: 

— ¡Ju. . . Ju. . . Ju . . . ! 

Es decir, emitía ese pujido guturonasal que uno emi- 
te cuando aprueba de mala gana: lo único que lo mío 
no se parecía a un pujido, sino a un quejido. 

El público que nos rodeaba estaba indignadísimo, tan- 
to o más que yo: sobre todo las mujeres, que hasta lle- 
garon a coger la rabieta conmigo, creyéndome amigo de 
aquel Enemigo Público N 9 1. 

— Cuándo se callará el maldito hombre — gemía una 
vieja. 

— ¡Mal rayo lo parta! — gritaba una rubita. — Aho- 
rita llamo al empresario o a la policía para que lo arro- 
je de aquí! 

— ¡Y el otro idiota no le da un tapaboca! — decía 
otra. 



El Oro de Moscú 13 

— I Qué le va a dar, si el "nene" necesita que el "pa- 
pá" le indique lo que va y viene en la película! 

El siempre rebelde populacho de las galerías hizo 
suya tan justa demanda: 

— j i Que se calle!!. . . ¡¡i Que se calle!!!. . . ¡¡¡Que 
se calle!!! — gritaba, pateando y palmoteando, de golpe 
y a compás, como si fuera un "choer". 

Pero el dichoso hombre, sordo al sufrimiento ajeno, 
seguía con su matraca: 

— ¡Ahora va esto!. . . 

Y mi quejido, que se iba convirtíendo en un rugido, 
lo acompañaba: . . 

— ¡Ju!... 

— Ahora va lo otro. 

— ¡Ju!... 

—Ahora viene lo de más allá, 

— iiJuü 

Mas, ya yo estaba harto, más harto que las mujeres, 
pues estaba harto de ambos: de él y de las mujeres, y 
desesperadamente buscaba un remedio al mal, hasta que 
cuando él dijo: 

—Ahora el príncipe le da con la fusta en la cara al 
botero. . . 

Yo dije: 

— ¿Quién? . . . 

No me dejó acabar, 

— ¿Quién va a ser? ¡El príncipe! 

— ¡Que quién se lo preguntó!? 

— ¿Preguntó? ¡Qué preguntó ni preguntó!. . . ¡Mire, 
mire! ... ¿no se lo decía? Que le iba a pegar y le pegó, 
— Y continuó: Ahora, cuando ellos suban al carruaje, 
el botero pisotea el guante de la princesa . . . 

— ¿Quién. . . ? 

—¡Quien va a ser: el botero! 

— I Que quién se lo preguntó a usted! — le rugí yo. 

Entonces fué cuando el hombre se calló. Deduce la 
moraleja, Cristóbal, deduce si es o no enojoso que le 
describan a uno las cosas que va a ver o tiene ya ante los 
ojos» 



14 Agustín Alarcón 

Aurora y Cristóbal rieron de buena gana, y éste re- 
cuperando su desparpajo, dijo a su prima: 

— ¡Qué dice Miss Película! — Y siguió impertérrito: 
— Fíjate, ingrato cuentacuentos, si Aurora es inteligen- 
te que es una ferviente admiradora de tus escritos. 

— ¿Pero vuelves?, adulador impertinente — dijo pla- 
ñideramente al primo la prima, que empezaba a mirar 
con aprehensivo y femenil desasosiego las inesperadas 
salidas de Pedro. Este tomó la palabra: 

— Lo lamento . . . Mi pasado literario ha muerto. Yo 
lo maté. Lo enterré yo. Confusionismo anarquista, es- 
plritualismo obtuso y liberalismo burgués, sólo había 
en él. Democracia-Demagogia-Dolo, he aquí la Diosa 
sin velo, Divinidad de los Derechos del Hombre, Tri- 
nidad monstruosa de mi fe muerta. He quemado el puen- 
te que me une al cadáver de mi pasado literario. Dije que 
lo maté yo y en verdad lo mató la Realidad. Yo dormía 
un sueño espantoso en brazos del extravío, pero cuando 
penetré en los centros obreros avanzados de la Capi- 
tal, desperté. Vi el movimiento formidable, organizado 
y combativo del proletariado mundial, su fuerza y jus- 
teza revolucionarias; absorbí su luminosa teoría: el ma- 
terialismo histórico: reconocí su valiente vanguardia: la 
Internacional Comunista, suprema conductora de las 
masas explotadas en marcha incontenible hacia la rei- 
vindicación final de todos los oprimidos, hacia el exter- 
minio total de todos los opresores! Y descubrí que mi 
puesto de combate estaba allí, al lado de los hambrien- 
tos y haraposos de la tierra! ¡Por eso desprecio mi pa- 
sada demagogia literaria y por eso soy comunista, por- 
que he encontrado el camino teórico y práctico que mi 
instinto revolucionario tanto tiempo buscó y que un 
día creyó no hallar! 

— ¿Entonces retiras tú las justas acusaciones que en 
la prensa has hecho contra el Calígula Cubano? — dijo 
Cristóbal. 

—No, no las retiro, les doy la interpretación his- 
tórica justa. Machado sólo personifica al títere de turno 
en Cuba, de la emergencia colonial imperialista, del ca- 



El Oro de Moscú 15 

pítalísmo en derrumbe. Asómate a todos los países del 
mundo capitalista y verás sanguinarias dictaduras. Mira 
para todas las testas gobernantes y verás la cabeza lom- 
brosiana de Mussolini. Porque la pudrición de la so- 
ciedad burguesa fomenta sus tiranos, lo mismo que la 
consecuente radicalización de las masas fermenta sus, 
líderes. Y estos dos fenómenos de reacción y revolu- 
ción, hijos de la crisis capitalista, están hoy en verti- 
ginoso desarrollo. En la América Latina, como en to- 
dos ios países semicoloniales, los déspotas son tan fero- 
ces, no sólo por la estructura semifeudal del medio, sino 
porque estas bestias están trotando a dos espuelas en 
la pista de la Historia: a la derecha los acicatea la espue- 
la del imperialismo, a la izquierda la espuela de su pro- 
pia burguesía y terratenientes. 

— No creo que los postulados democráticos de la 
Gran Revolución Francesa puedan morir tan fácilmen- 
te —apuntó Cristóbal. 

— Precisamente el Capitalismo entró oficialmente en 
la Historia a los sones de "La Marsellesa", desplegadas 
las banderas de la libre producción, libre cambio, ubre 
contratación, pensamiento libre, prensa libre, libre re- 
unión y mil y mil veces más la palabra libre, o Libertad 
- — amén de las de Igualdad y Fraternidad — pero ha lle- 
gado a su etapa monopolista y financiera, en que la pa- 
labra "libre" sólo reza para la pandilla burocrática de 
los Rockfeller, Morgan, Ford, Roschild, Zaharoff, 
Krupp y compañía. A los sones de "La Marsellesa" en- 
tró el Capitalismo oficialmente en la Historia, pronto 
saldrá a los sones de "La Internacional". Y entonces 
empezarán de veras en todo el mundo la Libertad, la 
Igualdad y la Fraternidad. 

Aurora asistía con manifiesto disgusto a la discusión. 
La consideraba una falta de educación. Una grosería 
imperdonable para con ella. Un crimen contra la etique- 
ta. "¡Mire que hablar de política, de economía, hasta 
de sangre, en presencia de una dama, cuando hay tantas 
cosas bellas, finas, espirituales de que hablar! ¡Ni una 
palabra para las flores del jardín, ni una frase para la 



16 Agustín Alarcón 

brisa que las besaba! {Nada de poesía! ¿Cabe ultraje 
mayor?" 

Por supuesto que de los dos el que más repugnante 
se le hacía no era su primo, sino el recién llegado, el tal 
Pedro, que no se cansaba de desahogar su odio plebeyo 
contra los ricos. 

Cristóbal continuó: 

— Me. iré derecho a la raíz, porque no me gusta an- 
dar por las ramas: el comunismo es un postulado polí- 
tico falso porque se apoya en fundamentos falsos, y es 
de lógica infantil que de primicias falsas sólo pueden 
desprenderse conclusiones falsas! 

— ¡Ya acabaste! — exclamó Pedro. — ¿Ahí finaliza 
tu catedrática peroración? ¿De qué clase de raíz hablas 
tú? ¿De la raíz de una muela o de un árbol? Sólo has 
hecho relucir un bonito collar de palabras sin sentido. 

— Pues no y no ; mi razonamiento es claro, contun- 
dente y categórico como la luz meridiana. Eso del repar- 
to igualitario de la propiedad es del fundamento falso 
a que me refería, reparto que — digámoslo de paso- 
no se ha hecho en Rusia. 

— Eso es un absurdo anarquista, no comunista; por 
eso no se ha hecho en la Unión Soviética ni se hará. El 
marxismo propende a la socialización completa de la 
sociedad: todo de todos y nada de nadie. 

— Eso es el aniquilamiento de la civilización que ra- 
dica en la propiedad privada. 

— Querrás decir al aniquilamiento de la explotación 
que radica en la propiedad privada. . . a los trabajado- 
res. 

— Te digo que la propiedad ajena es producto. . . 

— Del trabajo ajeno. 

— Del esfuerzo personal. 

— Del esfuerzo personal de los que no la disfrutan, 
por lo menos. Mira, Cristóbal, después de la prehis- 
tórica propiedad comunal del suelo, sólo existen tres 
formas de propiedad: la propiedad primitiva o artesana, 
basada en el trabajo personal; la propiedad capitalista, 
basada en el trabajo ajeno o proletario, y la propiedad 



El Oro de Moscú 17 

social, basada en el trabajo de todos. La primera empezó 
con el Hombre Histórico, la segunda con la Revolución 
Francesa, la tercera con la Revolución Bolchevique. 

— Aceptando como fenómenos naturales esos tres as- 
pectos de la propiedad, conven conmigo, Pedro, en que 
deben pasar sin precipitación anacrónica, por su com- 
pleta evolución histórica: conven conmigo también en 
que la propiedad capitalista debe subsistir por largo tiem- 
po, hasta que la Humanidad haya evolucionado lo su- 
ficiente. De lo contrario, si se suprime, se suprimiría 
con ella el estímulo para el trabajo; el factor motor del 
Progreso; el Esfuerzo perecería junto con la Ambición 
y hasta el Deseo, y la vagancia universal plantaría sus 
reales ocios en la tierra, porque todo holgazán, conside- 
rándose dueño del mundo, creería que no debe trabajar 
y no trabajaría. 

■ — En primer lugar, ignoras las leyes de Aceleración; 
lo que hoy llamamos revolución es pura evolución his- 
tórica, determinísmo económico; lo que pasa sencilla- 
mente es que tú confundes los cañonazos con la revo- 
lución o los rápidos con el río. La revolución social es- 
tá andando, creciendo, evolucionando desde que la con- 
centración del capital empezó. La pequeña bola de nie- 
ve se convierte por evolución en arrollador alud. Antaño 
la distancia entre Cuba y Moscú era de años, ahora es 
de días. Antiguamente la evolución se llamaba libro de 
piedra, barquichuela de vela, ariete, catapulta, la In- 
quisición, Maquíavelo; ahora se nombra radio, televi- 
sión, dirigible, submarino proyectil eléctrico, la Checa, 
Lenin. Partiendo de tu razonamiento, dirías que el 
lando, el cupé y la carretela son la evolución, porque 
andan más despacio que el automóvil, la locomotora y 
el aeroplano, que serían la revolución, porque andan 
más aprisa. La revolución es la evolución bajo la ley de 
Aceleración Histórica. El Feudalismo pudo durar lo que 
Tutankamón, porque su vida fué, sino completamente 
idílica, sí de mínimos esfuerzos; el Capitalismo ha vivi- 
do más intensamente, ya que está viejo y enclenque y debe 
morir, dándole paso al Socialismo, joven y vigoroso. 



18 Agustín Alarcón 

— ¡Filósofo — exclamó triunfal Cristóbal — te ma- 
taré con tu propia arma! Por la Ley de Aceleración His- 
tórica el Comunismo durará menos que el Feudalismo y 
menos que el Capitalismo. 

— Te equivocas. No porque la divisa del Comunis- 
mo sea "¡Siempre adelante! ¡Siempre hacia el porvenir!", 
sino porque en el Feudalismo y el Capitalismo lo obje- 
tivo y lo subjetivo se desconocen entre sí y se contradicen 
y lo primero tiraniza a lo segundo, las cosas al hombre, 
a través del caos social, de la anarquía de los fuertes, 
y en el Comunismo forman un todo armónico: los pro- 
ductores, únicos seres humanos sobre la tierra, dirigen, 
creen, estudian y comen. Y como es imposible una for- 
ma superior de propiedad que la de Todos, se refinarán 
constantemente las relaciones sociales, pero el Comu- 
nismo, la gigantesca colmena sin zánganos ni reinas, la 
sociedad sin clases, persistirá por los siglos de los si- 
glos . . . 

— ¡Amén! ¡Ya decía yo que eso era un nuevo cato- 
licismo! — dijo Cristóbal; y continuó Pedro. 

— Eso en lo general, en lo particular, es una calum- 
nia y un desatino decir que el proletariado, que some- 
tido por cientos de años a la carcelaria disciplina de 
fábrica y que a través de ese calvario secular, concentra 
todas sus fuerzas, se capacita, organiza el bloque revolu- 
cionario con los campesinos pobres v y si nescatimar sudor, 
sangre ni sacrificios quiebra y destroza el férreo frente 
burgués imperialista y toma el Poder, es incapaz de or- 
ganizar la economía socialista; sería cerrar los ojos ante 
las gloriosas brigadas obreras de emulación que en la 
Unión Soviética realizaron el primer plan quinquenal 
de producción y realizan el segundo, convirtiendo un 
enorme país, atrasado y asolado por guerras, revolucio- 
nes e inundaciones en el primero del orbe. Y si esto 
se logra hoy, contra la formidable maquinaria del mun- 
do burgués, ¿qué no se hará mañana, en la época del co- 
munismo integral, cuando las masas posean una verda- 
dera conciencia socialista, cuando cada trabajador, sólo 
tenga que laborar dos o tres horas y disfrute de todos 



El Oro de Moscú 19 

los beneficios materiales e intelectuales existentes, cuan- 
do todas las resistencias parasitarias y oscurantistas ha- 
yan sido totalmente liquidadas? 

— ¡Está bien, profeta! — exclamó Cristóbal, no atre- 
viéndose a seguir adelante la discusión. 

— Lo que no acierto a comprender — se aventuró a 
decir Aurora — , es ese odio y ese desprecio contra quie- 
nes ninguna culpa tienen en haber nacido ricos o haber 
llegado honradamente a serlo. 

— Trataré de explicárselo. Escuche: la sustancia del 
valor, lo único que crea valor, es el trabajo y por tanto 
el valor se mide por el tiempo de trabajo invertido en él. 
Trabajo necesario se llama al tiempo de labor que toda 
persona necesita para ganar su subsistencia, de lo que se 
infiere que toda persona debe trabajar para vivir. Con- 
siderando lo dicho como premisas, concluiré: desde el 
feudalismo para acá una clase de hombres, los más fuer- 
tes, los más astutos o los más picaros, gracias a la vio- 
lencia o el engaño, buscaron la manera de gozar y de- 
rrochar a expensas del trabajo ajeno y empezaron a aca- 
parar para sí todos los medios de producción: tierra, ape- 
ros de labranza, utensilios artesanales, etcéteras, con el 
consiguiente despojo y perjuicio de los más y más débi- 
les, ignorantes o sin malicia: de aquí nacieron dos clases 
principales: una desposeedora y ociosa y otra desposeída 
y laboriosa. Actualmente estas clases son la burguesía 
y el proletariado, y como aquélla, la menos numerosa, 
no podría reinar parasitaria e impunemente sobre la 
otra sin perfeccionar sus armas: violencia y engaño, ha 
aumentado paralelamente con su poderío económico su 
poderío político: gobierno, ejército, prensa, iglesia: y 
con él su opresión, tiranía y crímenes sin fin ni nombre 
para que la clase esclavizada y famélica, la clase produc- 
tora, la única que crea valor y progreso, no menoscabe en 
lo más mínimo su expoliador dominio, y para poderla 
lanzar a la vez a las carnicerías obreras de sus guerras de 
conquistas. 

Claro está que en la una han nacido niños inocentes, 
que han heredado el sangriento botín, la educación y 



20 Agustín Alarcón 

la técnica extorsíonadora y en la otra niños inocentes 
también que han sufrido en la matriz y en la cuna los 
latigazos de la esclavitud y del hambre, Claro está que 
ha habido audaces y ambiciosos obreros que han logra- 
do ser de los de arriba; pero ni lo uno ni lo otro justi- 
fica la opresión, fuente única, exclusiva del odio de las 
masas sufrientes a todos cuantos sean burgueses, a to- 
dos cuantos sean ricos. Los comunistas conscientes, los 
bolcheviques, no odiamos al capitalista, conbatimos al 
Capitalismo, no odiamos al explotador (elemento casi 
inconsciente del sistema) , sino que luchamos por des- 
truir su clase y su sistema inicuo e instaurar una socie- 
dad mejor — mejor hasta para el mismo capitalista co- 
mo hombre — pero necesitamos y alentamos ese odio de 
las masas para poder arrasar la fortaleza capitalista en el 
más breve plazo. 

— Pero tú no podrás negar — dijo Cristóbal, yendo 
en auxilio de Aurora — que ' 'comunistas conscientes" 
como el mismo Lenin, dirigieron personalmente matan- 
zas en masa de ricos, lo cual evidencia el desahogo san- 
guinario del más cavernario odio. 

— La Muerte no es el Odio, ni siquiera el Mal. Sería 
ilógico decir que el agricultor le tiene odio cavernario a 
la ortiga y a la yedra que arranca o la rama que poda; 
o el cirujano a la carne podrida que corta; y todo bol- 
chevique, como todo buen revolucionario, es sólo un 
cirujano político que debe cortar por lo sano para evitar 
la gangrena completa del cuerpo social. Y así en la paz 
la burguesía es un mal microbio, en la revolución es la 
más terrible gangrena. 

Silencio. Vacío. Pedro había vencido, aunque ha- 
bía perdido de ganarse la simpatía de Aurora con su in- 
tempestiva conferencia de doctrina roja. Está reñido 
con la etiqueta social llegar por primera vez a una casa 
y dar un mitin comunista como si fuera una fábrica. 

Notando el malestar de Aurora, Cristóbal dijo; 
— Prima, enséñale tus producciones literarias al terro- 
rista éste, que ésa es su debilidad. 



El Oro de Moscú 21 

— En seguida las traigo — dijo ella reanimada y con- 
tenta, y entró a la habitación contigua. 

— Le has caído como un pedrada — dijo Cristóbal a 
Pedro; — ella es muy espiritual. . . 

Este iba a contestar, pero ella venía ya, con un ál- 
bum, y se calló. 

— Le leeré yo misma mis poemas — dijo sentándose. 
Empezó: 

— "El lago dormía. La Luna velaba. El lago soñaba. 
La Luna reía. La rosa lloraba; lloraba rocío. Y el lago 
soñaba, la Luna reía y la rosa lloraba porque yo te 
besaba, con el alma, bien mío." 

— Por supuesto que ese Bien Mío soy yo — interrum- 
pió Cristóbal. 

— No, —dijo ella suspirando y poniendo los ojos en 
blanco — es mi Novio Ideal, galante y bizarro; bello 
como un dios, valiente como un héroe, caballero como 
nadie. 

— Te perdono esa infidelidad porque no lo besabas 
con los labios, sino con el alma. 

— Déme usted su opinión, aunque sólo sea de lo po- 
co que he leído — dijo ella a Pedro. 

— No está malo en cuanto a estilo. Por lo demás es 
un tema, una literatura caduca. Ahora se impone lo 
nuevo, la vida misma, con sus grandiosos adelantos y 
sus grandiosas luchas. ¡Cántela usted! ¡Cante a la locó- 
motora y al obrero esclavo que se juega la vida en ella! 
Cuando la ha visto, hecha luminosa serpiente de hierro, 
con sus vétebras de carros, guiada veloz entre la niebla 
y el frío por la mente y el músculo del hombre trabaja- 
dor, ¿no ha sentido usted su formidable poesía? 

Aurora oyó las vehementes palabras de Pedro con 
concentrada y mal disimulada indignación. Trémula, 
dijo: 

— I Qué de atrocidades dice usted en la aberración 
morbosa de meter su comunismo en todo! ¡No sólo tie- 
ne la osadía de llamar literatura caduca a la que canta 
las cosas bellas y espirituales y de llamar poesía a la 
peste estruendosa de una locomotora, sino que hasta 



22 Agustín Alarcóh 

mete de contrabando la política en el artel ¡En el arte 
que es una cuestión del alma! 

— ¡Ja! ¡Ja! ¿De contrabando? ¡Nada de eso! El 
arte, como todas las manifestaciones sociales tiene su se- 
llo de clase. Hay arte feudal, arte capitalista, arte obre- 
ro. No hay arte por el arte, aunque se diga y se predi- 
que. Su arte es feudal; el mío es proletario. Yo lo con- 
fieso; usted lo ignora. . . 

— ¡Basta, caballero; no siga, no nos entenderemos ja- 
más! ¡Usted, con su fanatismo rojo, ofende a una, 
ofende al arte y ofende a Dios! 

Y con la faz enrojecida se fué a guardar su álbum. 

- — ¡Aurora! — gritó, llamándola, Cristóbal. 

— ¡Oiga, señorita! . . . — exclamó Pedro. 

No respondió. Y se internó en la habitación. Los dos 
amigos se miraron sin saber qué decir. 

— No quise ofenderla — dijo Pedro. 

— Es mi prima, pero reconozco que es más suscepti- 
ble que una sensitiva. Y tú que no sabes ser político . . . 

Ella volvió. Traía los ojos como de haber llorado. 

— Perdone — dijo a Pedro, — he sido una grosera y 
una tonta. No sé discutir como los hombres, y con 
hombres de mundo . . . como usted . . . 

— La culpa ha sido mía, por no haberlo comprendi- 
do. . . 

— Con el permiso de ustedes — agregó ella, y se fué 
rumbo al patio. 

— Algún día me casaré con ella; aunque ahora me 
rechaza porque dice que soy muy materialista. ¡Tene- 
mos cada fajaceras! — dijo el primo. 

Pedro rió. Y quedó pensando en esa juventud reza- 
gada mentalmente. 

— Sinceramente, ¿qué te parece mi prima como mu- 
jer? — agregó el otro, satisfecho. 

— Una mujer. 

— Déjate de bobería y habla como un caballero. ¿Qué 
te parece? 

— Un cuerpo bien hecho, que no ha pasado hambre, 
no trabaja y que se puede adornar. 



El Oro de Moscú 23 

Cristóbal se quedó mirando a su amigo, lo hallaba 
completamente extraño (aunque recordaba que él nun- 
ca fué muy católico) , hasta en las más mínimas cosas 
tenía apreciaciones desconcertantes; antes las opiniones 
de ambos coincidían con alguna frecuencia. Claro, Pe- 
dro había cambiado la manera de ver romántica-liberal 
por la manera de ver materialista. Este enfoque le daba 
tal peso y solidez a sus palabras, que Cristóbal interior- 
mente tenía que reconocerles cierta brutal certeza, aun- 
que no diera su brazo a torcer. Que Aurora era "un 
cuerpo bien hecho", cierto; que "no ha pasado ham- 
bre", cierto también; "que no trabaja", sólo hacía dos 
meses que trabajaba como taquimeca en la oficina; que 
"se puede adornar", la ropa bonita, los bellos aretes y 
los perfumes y polvos fragantes cuentan, y ella los traía. 
Las palabras de Pedro resistían, pues, el análisis; él no 
las refutaría, pero no le satisfacían. Mas, Cristóbal no 
era hombre que se aplanara tan fácilmente. 

— Tú no crees que esa muchacha de 1 6 años, blanco- 
trigueña, esbelta, ágil, de sin igual donaire; curvas, car- 
nes y armonía su cuerpo todo; de cutis sonrosado; me- 
lena en bucles, que le caen como negras sierpes sobre la 
tersura mórbida, rósea y tentadora de los hombros; de 
ojos que revelan por su fuerza expresiva una potencial 
dominadora de multitudes, que puede decirse de ella 
que tiene música en las carnes, música en la voz y música 
de sol en la mirada. Tú no crees, que ese encanto de 
mujer sería un tipo ideal para tu primera novela? 

— Mi primera novela será marxista, materialista; en 
ella los personajes serán reales, no ideales; trabajarán o 
no trabajarán, comerán o no comerán, olerán bien u 
olerán mal, en fin, harán todo lo humano, por hedion- 
do y sucio que sea, incluso lo que tu "ideal" Aurora es- 
tá haciendo ahora . . . 

— ¿Qué está haciendo? , 

— Ensuciando. 

— ¡Oh! ¡Ah! . . . ¿Cómo lo sabes y lo dices, cochino? 

— Tenía los intestinos ocupados, almorzó hará dos 
horas, oyó de susto en susto mi roja perorata, nos pidió 



24 Agustín Alarcón 

permiso, cogió un pedazo de periódico de aquel apa- 
rador y se introdujo en aquel cuartíco que se divisa des- 
de aquí. 

Cristóbal se quedó como atónito, mirando el cuartíco. 
¿Reflexionaba? Parece que le asombraba que la Prince- 
sa ideal de sus ensueños" se ocupara de tan bajo menes- 
ter. Y lo más insólito, que hubiera alguien que lo su- 
piera. Luego volvió bruscamente el rostro y encarándose 
con Pedro le endilgó: 

— De veras que tú te vuelves cada vez más asquero- 
so; en todo buscas el lado flaco y sucio y cierras los ojos 
tercamente al lado hermoso y brillante, miras el sol para 
ver sus manchas, aunque su esplendor te esté comiendo 
las pupilas. Dime, responde, ¿dónde está el Pedro aquél 
de buen gusto, enamorado en todo de las más refinadas 
bellezas? 

— En primer lugar, ensuciar o defecar es una función 
fisiológica, que todos los obreros quisieran tener la di- 
cha burguesa de poder realizar regular, normalmente... 
En segundo lugar, mientras haya gente — toda una cla- 
se y sus secuaces intelectuales "made ín" — que le im- 
porte y cante sólo al lado dorado del mundo, su propio 
lado, los comunistas debemos ser intrasigentes en senti- 
do inverso. En último lugar, la "belleza refinada" y el 
"buen gusto" para los amos de la actual sociedad está 
en el azúcar refinada y en la caña que siembran sus 
esclavos, que cortan sus esclavos y que muelen sus escla- 
vos. Magnate y machetero, como dos símbolos, están 
parados en medio del cañaveral cubano; el gordo tiene 
el "buen gusto" de que la caña se corte para que se 
convierta en oro y en orgía; el flaco, mecha en mano, le 
está entrando el "buen gusto" de cortar sólo la caña del 
cogote del gordo, para que se transforme en sangre y 
en revolución. ¿Con cuál de los dos "buenos gustos'" te 
quedarías? . . . Yo estoy con el del flaco. 

En esto llegó una mujer de unos 45 años, con dos 
servicios de café. 

— Te presento a mi tía, madre de Aurora. 

— Pedro Solís. 



El Oro de Moscú 25 

— Mercedes García, viuda de Aguirre; he tenido mu- 
cho gusto en conocerlo; aquí tiene usted su casa y una 
servidora; (etc., etc.) — dijo la mujer. 

— ¡Gracias! 

Aurora de vuelta. 

— ¿Qué te pasa primo, que estás tan rubicundo? 

— Será el calor — dijo éste, y le hizo seña al otro de 
que se callara; queriendo evitar otro choque. 

— -Sí, se "acaloró" discutiendo conmigo de fisiología 
animal . . . — repuso Pedro desobedeciendo. 

— ¿Qué discutían? — dijo ella, con el ánimo de hacer 
una concesión a los "vulgares y groseros temas" del vi- 
sitante. 

— Tonterías, prima, que yo le decía que todos los 
animales comían y él me sostenía que no, porque gran 
parte de los obreros no comían . . . Vamonos — añadió 
parándose y mirando a Pedro y luego a su reloj de 
muñeca — , que son las dos y mientras no llegue el co- 
munismo te tienes que bañar . . . 

— -Supongo que el nuevo "conjurado" nos acompa- 
ñará al paseo* en yate — dijo Aurora, con hipocresía, con 
la sola finalidad de informarse. 

— Sí, vendrás con nosotros, Pedro. Hemos logrado 
que Mr. Richard nos preste el yate de paseo para salir 
de fiesta al atardecer; pues, aunque sólo trabajamos me- 
dio día, debemos gozar los dos meses que falta para el 
comienzo de la zafra. 

Pedro asintió. 

El y las mujeres volvieron a cumplimentarse. Y se 
fué con Cristóbal hacia "La Casa de los Solteros". 

Dejó en Aurora una impresión confusa de gran anti- 
patía y honda curiosidad. "No se había topado nunca a 
un sujeto tan indelicado y con un aire tal de sabiduría 
y suficiencia." 

A pesar de las sandeces sentimentaloides de ella, su 
magnetismo animal, plétora vital, poderoso sex-appeal 
o, simplemente, hermosura de hembra joven y fresca 
no había pasado inadvertida para sus fibras de hombre, 
para el macho que vive y palpita en el más abnegado re- 



26 Agustín Alarcón 

volucíonario. "Creo que me he conducido como un ata- 
cado de sarampión rojo, como un sectario: debí conver- 
sar algunas necedades de salón, al menos para empezar" 
— -pensaba él, por su parte. 

— Que no se te ocurra hablar "esas cosas" entre los 
trabajadores, porque no durarías aquí ni dos días y has- 
ta yo pagaría los platos rotos por haberte gestionado 
el empleo — -díjole Cristóbal. 

— Pierde cuidado, que no soy tan ingenuo. . . 

Cuando se bañaba (ciertos lectores no querrán creer- 
lo, pero los comunistas se bañan), fué investido — o 
embestido — con la orden de "Caballero del Relajo" o 
"Conjurado contra la Seriedad". El Consejo de los 
Doce le propinó doce huevazos de pato o pata. Ese fué 
el espaldarazo; aunque la espalda no intervino en nada, 
pues se los tiraron por la cabeza. Y gracias a que los 
huevos no estaban hueros! Y en atención a su número 
lo apodaron "Siniestro". Pedro acogió la nueva pesa- 
dez con resignación de payaso pobre ... y rió . . . 

Los revolucionarios tienen que tener muchas veces en 
su vida resignación de payaso pobre, 



CAPITULO SEGUNDO 



4 p. m. 

El yate "Elisabeth" se dirigía mar afuera. Iba lleno 
de gente bien vestida y bien comida. Dejaba en la pun- 
ta del muelle una multitud de muchachos harapientos, 
macilentos, hambrientos — ¡cómo rima la miseria!, "des- 
nudos y desnutridos" es exacto, pero no suena tan bien. 
Eran los hijos de los braceros del ingenio. ¿Los futu- 
ros esclavos? ¡No! Los futuros constructores de una 
sociedad mejor. 

Mientras, la mar estaba azul y serena. El cielo azul y 
sereno. Como siempre. 

Mientras, la alegría y la algarabía de aquella juven- 
tud enfiestada iba a la par con la marcha del vaporci- 
to. Se hablaba muchísima basura. Empezaron a salir 
botellas. Dulces. Un radio empezó a chillar. Baile. 
Siguieron saliendo botellas. Juerga. Pronto se vio que 
había también "conjuradas". Orgía. 

Demás está decir que Pedro no "hizo época" entre las 
"conjuradas"; conversaba algo, danzaba un poco y be- 
bía un poco. Sabiendo que había hecho una pésima im- 
presión en Aurora, apenas la trataba. A ella le seguían 
desagradando sus "barbaridades" y su cara trágica, de 
Lon Chaney; pero de pronto se sintió atraída hacia él, 
quería oírlo; y más porque "su alma de vals y flores 
no comulgaba del todo con aquella juventud con alma 
de íazz, whisky y Camell". 

El, en la primera oportunidad que tuvo se deslizó 
hasta la puerta que daba al cuarto de máquinas del 
yate. Abajo ésta y el fogonero resollaban sincrónica- 
mente como compañeros de la misma fatiga; y se veía 
una barra de articulación realizando rítmicamente su 
gimnástica de mecánica gigante. 



28 Agustín Alarcón 

Aurora se le acercó. Una fuerza que no era su vo- 
luntad, sino una poderosa curiosidad subconsciente, la 
llevaba allí. 

— Parece que le gusta más el trabajo que la diversión 
— le dijo. 

— Se equivoca. Me gusta más la diversión que el tra- 
bajo; esa es la tendencia de la naturaleza humana; pero 
mientras existan esclavos, como esos que usted ve ahí 
abajo, debo estar con ellos, hasta que sean libres y pue- 
dan divertirse, y yo con ellos. 

— Lo admiro ... y lo compadezco. 

— Y yo la compadezco ... y no la admiro . . . 

Rubor. Vergüenza. Aurora bajó la cabeza con la 
faz purpúrea. 

Pedro sintió remordimiento. 

— Ahora sí la admiro; tiene usted la cara comunista, 
roja. 

— ¡Oh, es usted implacable! ¡Y ahora viene con ga- 
lanterías revolucionarias! 

— Qué quiere usted; la cortesía reinante, como la pe- 
na, no es ni siquiera burguesa, sino feudal. No es que 
seamos groseros y fascinerosos en el trato, sino que en 
vez de la hipocresía cortesana brindamos afectuosa y 
franca fraternidad. Nadie es cortés con un hermano, ni 
tiene que serlo con un enemigo. Hágase comunista; es 
usted pobre, obrera, su clase, la clase oprimida está en 
guerra a muerte con la clase opresora; no la abandone, 
no la traicione, ocupe su puesto, forme en las filas revo- 
lucionarias. 

— ¡Qué horror! ¿Yo un marimacho, yo que sólo 
siento la sutil sugestión del arte y lo bello? - — y volvió 
la faz al paisaje multicolor, al sol crepuscular. 

Pedro dijo, recalcando las palabras; 

— A mí también me encanta la poesía, pero no la 
poesía retardataria y hueca, sino la poesía humana, hu- 
mana como ésta que dice; 



El Oro de Moscú 29 

"Navega a veinte millas el paquebote inmenso, 
dictador de los mares, que ve morir el sol 
todos los días, mientras columnas de humo denso 
va lanzando más alta que el último peñol. 

Arriba, en la cubierta y en los puentes lujosos, 
que goza de la vida sin azares penosos, 
fuma, bebe o descansa esa legión feliz 
alzando con orgullo de amo la cerviz. 

Abajo, en las entrañas ardientes del gigante, 
desnudos y espectrales pululan sin cesar 
los rudos fogoneros, sintiendo a cada instante 
la angustia en los pulmones, sin aire que aspirar. 

En el tremendo infierno de los hornos flamean 
llamas que alimentan al nuevo Leviatán, 
y en medio de este abismo asfixiante jadean 
los mansos Prometeos que luchan por el pan. 

Hirvientes las calderas condensan el vapor 
que impulsa al paquebote del mar; por 
su tajamar parece una lira que al viento 
partiendo las espumas rimase una canción. 

Van alegres arriba los hartos y felices 
sin compasión de aquéllos que en humano granel, 
el espinazo encorvan e inclinan las cervices 
por mantener el fuego sagrado del bajel. 

Ríen los poderosos, los fuertes, los que gozan 
con holganza de Cresos, buen aire y buen mantel, 
los que pensar no quieren que si ellos reposan 
es porque abajo calla el sórdido tropel. 

Y sigue el paquebote, titán del infinito, 
y seguirá su rumbo por el ancho confín, 
hasta que un día salten las calderas, y un grito 
de los de abajo anuncie que todo tiene fin!" 

Aurora se conmovió. Sintió miedo de que los fogo- 
neros volaran el barco. 

— Un segundo, regreso en seguida — dijo, y se fué 
hacia la popa, donde se bailaba y se bebía. 



30 Agustín Alarcón 

Alguien tocó a Pedro por la espalda. Este se volvió 
y vio la figura joven y desastrosa de un marinero. 

— He oído — dijo — todo lo que ustedes hablaban y 
quisiera que me consiguiese libros de comunismo. 

— Con mucho gusto, compañero. Me llamo Pedro 
Solís. 

— Mi nombre es Juan Díaz, y vivo enfrente al char- 
co que hay cerca de la Valia de Gallos, 

— ¿Qué tiempo trabajan y cuánto ganan? 

— Los días laborables trabajamos 14 y 15 horas; 
empezamos a las 4 de la mañana y soltamos de 6 a 7 
de la noche. Y los domingos tenemos que sacar de pa- 
seo en este yate a los dueños de la Compañía o hacer* 
limpieza extra a él y al otro vapor de pasaje. Ganamos 
— menos el capitán que gana 120 pesos, el primer ma- 
quinista y el sobrecargo sesenta pesos — los que más 
quince pesos y los que menos ocho, con comida. 

— ¿No están ustedes organizados, es decir, no per- 
tenecen a ningún sindicato? 

—No. 

— Yo vendré mañana por el muelle y hablaremos. 

Pedro cortó la conversación porque llegaba Aurora 
con una bandeja llena de merengues y gaseosas. 

— Esto es para los tripulantes — dijo ella, sonriente 
y mirando significativamente a Solís. 

— ¿Eso es para que no hundan el yate? — exclamó él 
riéndose. 

— ¡Oh, no, Pedro! Es que usted ha hecho nacer mi 
compasión hacia ellos. 

— Pero ¿cómo se le ocurre a usted traerle a estos hom- 
bres curtidos merengues y gaseosas, como si fueran ni- 
ños? Vaya, llévese eso y tráigales ron. 

— ¡Usted está loco! Va a darle ron para que. . . 

— Sí, ya sé . . . para que hundan el barco — dijo 
Pedro, sin poder aguantar la risa. 

Aurora estaba perpleja y abochornada. 

- — No se preocupe, señorita; no hay marinero en el 
mundo que no tome el ron como si fuera agua — dijo 
el tripulante. 



El Oro de Moscú 31 

- : ~Sí, siempre los sufridos han necesitado un licor, 
una religión, alguna droga con qué aturdir y engañar 
el dolor de su vida miserable. Vaya pronto, tráigales 
ron, mucho ron — dijo Pedro a Aurora. 

Sin poder resistirse, aunque lastimada en su prurito 
de dama, obedeció. Trajo ron, aunque poquito. 

— Toma, compañero — dijo aquél, cogiendo la ban- 
deja y dándosela al marinero — dile a los demás cama- 
radas que es un brindis de su compañera Aurora Aguí- 
rre, oficinista, explotada también por la imperialista 
Baettie Sugar Company. 

Ella y él volvieron a popa, donde se bailaba, se bebía 
y se besaba. 

Cristóbal estaba acostado en un banco más beodo que 
vivo. 

Anochecía, y el yate puso proa al muelle. 

Del muelle, "conjurados" y "conjuradas" pusieron 
proa a la cama. (A la cama de cada uno, entiéndase) . 
Tenían que pasar la juerga durmiendo, y soñando con 
enjuergarse de nuevo. 

— ¡Hasta mañana, que el sueño le refresque la cabe- 
za! . . . — dijo Aurora a Pedro. 

— ¡Salud; que no sueñe. . . que despierte! — dijo él. 

— ¡Good by, corazón! — tartajeó Cristóbal con su 
lengua beoda, echándole el brazo a su prima. 



CAPITULO TERCERO 



Al siguiente día de su llegada, Pedro pudo recorrer 
solo, a sus anchas e intenciones, el batey, la aldea y los 
cañaverales más cercanos y obtener un cuadro de con- 
junto de la miserable y trágica situación de los traba- 
jadores. Se hacían las reparaciones, es decir, se prepara- 
ban las maquinarias, molinos, esteras, calderas, hornos, 
locomotoras, líneas, carros y toda suerte de piezas y apa- 
ratos para la próxima molienda. 

Por fin algunos obreros azucareros, no todos, empe- 
zaban a trabajar y casi a comer, después de ocho meses 
de tiempo muerto; lo que quiere decir en todos los cen- 
trales de Cuba, tiempo de muerte lenta por hambre para 
los esclavos proletarios, que sin trabajo ni auxilio eco- 
nómico viven desesperadamente, y viven gracias a la ca- 
ña que logran sustraer a la fiera vigilancia de los guar- 
das-campos y a las limosnas en viandas de los campe- 
sinos; viven muriendo, que es el vivir de los hambrien- 
tos, porque en verdad, no es vivir, sino morir, agoni- 
zar. Mientras, en las grandes ciudades, imperialistas 
yanquis o capitalistas criollos derrochan su sudor y su 
sangre en cabarets, chalets, carreras de caballos o mau- 
soleos para perros y gatos. 

Se trabaja intensamente en los talleres de mecánica y 
carpintería y a todo lo largo de las vías férreas se veían 
cuadrillas de escuálidos obreros encorvados bajo el rigor 
del sol y la fatiga. 

Dentro del ingenio se desmontaban mazas, dispositi- 
vos y artefactos mil, y se limpiaban, pulimentaban, en- 
sebaban y aceitaban por el esfuerzo desesperado de los 
tísicos parias proletarios. 

Trabajaban éstos de sol a sombra, doce horas de bru- 



El Oro de Moscú 33 

tal y febril trajín, bajo el maltrato de los esclavos me- 
nos maltratados: los incapacitados capataces. 

El salario medio nominal era de 50 centavos. Estos 
50 centavos no eran en efectivo, sino en vales, que re- 
sultaban en realidad 25 centavos en víveres podridos, 
de los que imponía el Departamento Comercial de la 
Company. En esta única expendeduría el obrero — o 
su familiar — debía estar de pie y en ayunas desde que 
amanecía hasta que anochecía para que lo despacharan. 
¡Cuántas y cuántas veces tuvo el machetero o el carre- 
tero que volverse para su bohío, a diez leguas campo 
adentro, después de todo un día de penitencia y de tra- 
bajo perdido, sin el arroz viejísimo, los frijoles picados 
o la rancia manteca, que debía llevar a sus hijos y a su 
estómago a cambio de jornadas extenuadoras y bárba- 
ras! ¡Cuántas y cuántas veces sentía el vahído de la de- 
bilidad o la fiebre roedora del hambre y tenía que callar 
o soportar porque el guarda jurado, el policía munici- 
pal y el guardia rural lo acechaban siempre como tres 
símbolos siniestros de la expulsión, de la prisión y de 
la persecución feroz en "su" Cuba "independiente"! 

En tiempo muerto, sobre todo, el nivel de vida y las 
condiciones de trabajo del obrero industrial eran el "pa- 
raíso burgués", comparado con la situación espantosa 
del proletariado agrícola, del machetero y del carretero, 
que vivían en el verdadero "infierno burgués". Los 
obreros agrícolas sudaban y sangraban de oscuro a os- 
curo en la limpia, siembra, resiembra y orilleo de ca- 
ña. Trabajaban por contrata, por roza, 360 metros 
cuadrados, extensión aproximada de una manzana de 
casas; pero los mayorales de campo — esclavos criollos 
creídos mayorales de esclavos — , confabulados o no con 
la Company, las dilataban a su capricho y conveniencia, 
imponiéndoles las rozas "preñadas", según gráfica ex- 
presión de ios propios víctimas. Estos, si la roza era 
"buena" la podían acondicionar, con la ayuda de sus 
mujeres e hijos, en unos 7 días; si era "rebelde", llena 
de hirsutos maniguales, tendrían que emplear unos 14 
días. En los dos casos, la fuerza de trabajo colectiva, 



34 Agustín Alarcón 

la suya y la de sus familiares, devengaba lo mismo: 70 
centavos la roza; mejor dicho, si lo primero, 10 cen- 
tavos diarios, si lo segundo, 5. ¿En dinero efectivo? 
No. ¿En vales, siquiera, es decir, siquiera en víveres 
podridos? Tampoco. Recibían carne, azúcar y sal por 
valor de los 70 centavos. Pero en realidad sólo les en- 
tregaban la mitad, 35, cuando más, en carne de reses de 
trabajo, viejas o tuberculosas; azúcar cruda de tres y 
cuatro años, agriada o con gusanos; y sal . por suer- 
te para ellos, la sal era lo mejor que le daban . . . pues, 
por lo regular, la sal, aunque estuviera sucia, no estaba 
corrompida del todo. 

Los explotados no podían sembrar ni criar animales 
para independizarse, porque apenas les concedían terre- 
no para dormir. Si reclamaban eran perseguidos y ex- 
pulsados de la "finca". Los lacayos gobiernos de Cu- 
ba, Haití y Jamaica, les facilitaban a las compañías 
imperialistas la trata de esclavos braceros, que eran lle- 
vados engañados, bajo promesas de "buenos" salarios, 
y luego obligados a culatazos y planazos a dejarse ase- 
sinar poco a poco en el infierno de los cañaverales, y que 
si huían sufrían el horror de una cacería humana más 
sistemática y carnicera que las cacerías de fieras en el 
África salvaje. 

Otra fase de la explotación burgués-imperialista en 
los centrales de Cuba que no faltaba allí, era el trabajo 
de niños y mujeres, no sólo ayudándole a sus padres y 
maridos, sino trabajando por su propia cuenta en la 
limpia, siembra, corte y tiro de la caña. 

Las viviendas de los obreros, tanto industriales como 
agrícolas, eran en su mayoría estrechas y antihigiénicas 
chozas de guano, enclavadas en terreno de la Compa- 
ñía, pero construidas con sus miserables salarios. Si el 
obrero era despedido le arrancaban el tugurio y lo arro- 
jaban junto con un montón de tabla, yagua y guano 
fuera de la frontera de la finca. 

En los barracones, verdaderas porquerizas, eran amon- 
tonados los jamaiquinos, haitianos, isleños y demás bra- 
ceros sin familia. En el campo tenían que ensuciar por 



El Oro de Moscú 35 

los alrededores, orinar de la parte afuera del barracón 
e irse a bañar y lavar la ropa al rio, arroyo o lagunato, 
aunque éste quedara al fin del mundo. Como descanso, 
debían hacerse la comida, sino peregrinar hasta el dis- 
tante fonducho de la colonia, donde le daban un escaso 
e indigesto comistrajo por el valor del salario. Tendidos 
en el camastro o hamaca, debian sufrir y morir si se 
enfermaban, sin medicinas, sin atención médica, sin ali- 
mentos, sin auxilio alguno de la "sagrada y filantró- 
pica" Civilización a quien daban su sangre y su vida 
en el dulce producto. 

Muchos obreros del central recibían forzosamente en 
tiempo muerto agua, luz y leche adulterada de la Com- 
pañía a precios exorbitantes y se las descontaban casi de 
golpe en los primeros meses de trabajo. Esto era una 
forma de mantenerlos empeñados, prisioneros toda la 
vida en aquel feudo horroroso. 

En tiempo muerto, a algunos les daban matorrales 
o tierras estériles para estancias y cuando ya las tenían 
en cultivo y llegaba la zafra se las quitaban para hacer- 
las potreros y obligarlos a trabajar por el salario que 
les dieran. 

Para realizar tanta bestial ignominia los místeres im- 
perialistas contaban con una "camarilla" de nativos, en 
la cual el Administrador, el Subadministrador, el Juez 
Municipal, y Jefe de Campos a la vez, y el Teniente del 
Ejército de la República "libre e independiente" eran 
los primeros perros de presa prestos a clavar sus colmi- 
llos en las visceras de los infelices. El administrador, 
doctor Delio Núñez Mesa, era todo un señor Represen- 
tante ("del pueblo") a la Cámara de la Nación, todo 
un señor congresista, pero como se pasaba la mayor par- 
te del tiempo jugándose el dinero en los garitos de la 
capital, Mr. Richard Beattie, Presidente de la Compañía, 
administraba ... los golpes a los trabajadores. 

A fuerza de sagacidad, sutileza y habilidad, Pedro 
captó, recogió, este cuadro no dantesco ni nada noveles- 
co, sino simplemente capitalista, muy real y muy Siglo 
Veinte, de los trabajadores del central "Liberty". Con- 



36 Agustín Alarcón 

versó con peones u obreros descalificados, con mecánicos, 
carpinteros, macheteros, carreteros y toda suerte de opri- 
midos, y con tacto e indiferencia — siempre que igno- 
raba psicológicamente con qué clase de explotado habla- 
ba — interrogó se informó, insinuó y hasta señaló el ca- 
mino de la liberación: el de la organización y el de la 
lucha. 

Sólo el que conozca el cerco de terror y la red de es- 
pionaje de los feudos imperialistas en Cuba — y en to- 
dos los países coloniales — sabrá qué cuidado tiene que 
tener el osado que salve su frontera para predicar a sus 
sojuzgados la doctrina de su emancipación. ¡Qué proe- 
za realiza! Jugándose la vida mientras tenga un pie en 
el dominio de la plutocracia extranjera. 

Pero Pedro era un verdadero revolucionario y un ver- 
dadero revolucionario sabe que está en guerra, en gue- 
rra con un mundo que no perdona. Y empezó, pues, por 
reconocer que su paso inmediato era hacer sistemática- 
mente amistad con todos los obreros, estrechar relacio- 
nes con el mayor número posible de ellos, poder entrar 
y salir a sus casas con entera libertad y confianza y, en 
definitiva, saber quién era allí. Seguidamente vendría 
la formación de la célula matriz del Partido Comunis- 
ta y los cimientos orgánicos del Sindicato. En los dos 
meses que faltaban para la zafra, debía lograr fuertes 
organizaciones política, sindical y campesina, profundas 
y extendidas. 

Al anochecer regresó a "La Casa de los Solteros". La 
comida, que era suministrada por la fonda del batey, ya 
estaba allí. Se bañó. Comía. 

— No viniste a almorzar. ¿Qué has hecho del día? 
— dijo Cristóbal. 

— Nada; caminando, mirando, viendo, conociendo, 
preguntando . . . día de turista. 

— jY caminaste, miraste, viste, conociste, preguntas- 
te, fastidiaste, oíste, escuchaste, te sentaste y te paras- 
te y tienes el descaro de decir que nos hecho nada! — 
dijo rápidamente, de carretilla, Carepalo, sacándose la 
cuchara de la boca y metiéndola en la conversación. 



El Oro de Moscú 37 

Los demás "conjurados" se pusieron a reír "de rela- 
jo", no en serio, así que no se sabía si burlaban a Pedro 
o a Carepalo. El primero añadió: 

— Como no conozco a nadie ni nadie me conoce a mí, 
lo más que he hecho es andar perdido o a tientas como 
un ciego por todos los callejones, fangales y encrucija- 
das del poblado. Por eso digo que no he hecho nada. 

— ¡Pues di siquiera que hiciste el papel de idiota! 
— exclamó Mamarracho. 

— Este pobre ciego lo que necesita es un lazarillo co- 
mo yo que le vaya diciendo: ahora vamos por una ca- 
lle, a la derecha hay un pantano, a la izquierda hay una 
laguna, delante un río, nade duro, entre por esta puer- 
ta, dele una peseta, coja un beso, ahora un abrazo, én- 
trela al cuarto acuéstela, acuéstese . . . bueno, lo demás 
hasta un ciego lo ve y si no lo ve, lo tienta — dijo 
Bergante. 

— Te acompañaré y relacionaré yo, Siniestro; ningu- 
no de estos tipos me iguala en don de gente ni en popu- 
laridad — dijo el pequeñín Pepillito. 

— Sí, este "niño" es un cocuyo . . . pero ciego como 
tú — dijo Cabeza de Perro. 

— ¡Marcha! — respondióle Pepillito. 

Cristóbal se puso en pie, levantó el brazo en gesto 
mussolíniano, y exclamó: 

— ¡Conjurados, caballeros andantes, digo, caballeros 
estantes, que el relajo sea con orden! ¿O habéis creído 
acaso que el nuevo cámara, Pedro Solís, es poca porque- 
ría? Pues no, lo digo yo. Quien como él tiene por pa- 
tria el mundo y hermano los vagabundos, no puede ser 
poca, sino mucha! 

— ¡¡¡Bravo!!! — vociferaron varios. 

— ¡Espiritista? — dijeron alarmados Santón y Cule- 
bro, fieles corderillos de la grey católica apostólica ro- 
mana. 

— No; comunista — dijo Cristóbal. 

Hubo una explosión de significativas interjecciones: 

— ¡Ah! ¡Eh! ¡Oh! ¡Bah! 



38 Agustín Alarcón 

Pepillito dijo: 

— Yo tengo mucho patriotismo para ser comunista. 

— Será que tienes muy poco — dijo Pedro. 

— ¿Cómo? 

— ¿Qué es patriotismo, Pepi? 

— El amor a la tierra donde nacimos. 

— ¿Dónde naciste, Pepi? 

— En Cuba, dónde va a ser? ¿Acaso tengo yo cara de 
cafre? 

— La "tierra" donde naciste, ¿no fué el planeta Tie- 
rra, Pepi? 

— Claro, pero patria se dice del lugar donde uno na- 
ce en el planeta. 

— Aceptado: el lugar donde uno nace no es el mun- 
do, ni la nación, ni la provincia, ni el municipio, ni el 
barrio, ni la calle, ni la casa, ni el cuarto; ni la cama: 
es el pedazo de colchón donde se nace . . . 

— ¡Por poco llevas al pobre muchacho hasta la misma 
barriga de su madre! . . . — dijo Carepalo a Pedro. Este 
continuó: 

- — En pura lógica, Pepi: amemos la patria pedazo de 
colchón; o de lo contrario: el mundo. Por otra parte, 
eres siquiera enemigo del imperialismo yanqui, que con 
sus truts y embajadores desangra a Cuba, a "tu patria". 

— ¡Dios me libre, si yo vivo de una compañía ameri- 
cana! 

■ — Ese es tu patriotismo: pancismo a tu propia costa. 

— Está bien, Siniestro, yo tengo razón, pero tú me ga- 
naste. Y estos cobardones, viéndome tan chiquito, y me 
dejan solo. 

Catedrático se envalentonó y dijo: 

— Con lo que no estoy de acuerdo es que se rebaje 
o liquide el respeto que se le debe a nuestra bandera, tra- 
tándola como un trapo sucio. 

— Con lo que no está de acuerdo la lavandera es res- 
pecto a que le rebajes o no le liquides lo que le debes, en 
trato a tus sucios trapos — parodió Carepalo. 

— ¡Caramba, Catedrático! — exclamó Esperpento. — 



El Oro de Moscú 39 

Con qué bravura defiendes la bandera; haz como yo, que 
se la dejo al enemigo, haciéndome de cuenta que: 

"Si deshecha en menudos pedazos 
llega a ser mi bandera algún día 
nuestros muertos, alzando los brazos, 
la sabrán defender todavía!" 

—¡¡Conjurados: estáis violando los estatutos de la 
Orden, manchando nuestro palacio con las cosas babosas 
de la vida: patria, bandera, pueblo y demás sandeces que 
sólo merecen nuestra más ruidosa trompetilla! — gritó 
Cristóbal. 

Sonó un coro de trompetillas y empezaron a hablar 
de toda clase de sandeces. 



CAPITULO CUARTO 



Pasan los días. 

La organización de los obreros del ingenio lleva un 
ritmo acelerado. Pedro era acogido en todo el caserío 
con ese sano y sencillo afecto que la gente pobre prodi- 
ga a los que le demuestran cariño. Se había ganado ya 
el aprecio y la confianza de su clase y trabajaba con te- 
són y habilidad. Pero ya no estaba solo, había encon- 
trado algunos de los elementos de vanguardia, conscien- 
tes y activos, que hay siempre, en potencia o presencia, 
ocultos o manifiestos, en toda masa, por gregaria y embo- 
tada que parezca. 

Donde quiera que hay masa explotada hay malestar y 
terreno, pues, para la propaganda y acción revoluciona- 
rias. Lo demás es oportunismo. La "masa es una, como 
el hambre es una, en todas las latitudes. Axioma socio- 
lógico que Solís aprovechó. 

Por su actividad la atmósfera local estaba ya cargada 
de consignas de reivindicación, de ansias de lucha y bien- 
estar. 

Los magnates yanquis y su camarilla criolla presen* 
tían ya la tempestad. Notaban otra mirada y otro to- 
no de voz en los obreros, y cierta conmovida alegría que 
nunca habían tenido. Y más concretamente, supieron 
que estaban circulando unos manifiestos dirigidos a los 
trabajadores que, desgraciadamente, no hablaban bien de 
la Compañía. 

Iba y venía tanta gente a la ciudad vecina, foco na- 
ciente de sindicalismo revolucionario y comunismo, y 
tantos obreros de ella buscaban trabajo en el central — 
y que a pesar del acoso lograban penetrar en él o acer- 
cársele — que no podían precisar quién o quiénes intro- 
ducían las "malditas hojitas". 



El Oro de Moscú 41 

La organización que se estaba realizando ni remota- 
mente la sospechaban. Esto favorecía una enormidad el 
movimiento. 

Agitar, propagar, organizar, ligar, luchar. 

He ahí la síntesis táctica de lo que debe desarrollar 
todo verdadero revolucionario entre las masas. Debe agi- 
tar, que es despertarlas e inflamarlas; propagar, que es 
enseñarlas y orientarlas; organizar, que es fortalecerlas; 
ligar, que es unir y extender sus fuerzas; luchar, que es 
darle el ejemplo revolucionario y conducirlas adelante, 
hacia el objetivo. 

Pedro conocía bien esta política de masas y ponía to- 
das sus energías en desenvolverla lo mejor posible. 

La agitación y propaganda eran cada vez más inten- 
sos. De la ciudad próxima llegaban continuamente, por 
distintos conductos, manifiestos sobre manifiestos, ma- 
chacando incesantemente las reivindicaciones, consignas 
y tácticas de lucha para los obreros azucareros en gene- 
ral y para los del central "Liberty" en particular. Li- 
bros y folletos andaban ya de mano en mano cumplien- 
do la máxima leninista que- dice que "sin teoría revolu- 
cionaria no puede haber movimiento revolucionario." 

A la zaga de la agitación y la propaganda marchaba la 
organización. Se organizaban obreros de la casa de má- 
quinas, de la casa de calderas, del taller de mecánica, de 
la cuadrilla del batey, del basculador, de la casa de lo- 
comotoras, del taller de carpintería, del tráfico, etc. Del 
campo se organizaban macheteros, carreteros, grueros y 
colonos pobres. 

Llegó otro delegado del Comité Distrital del Partido 
— que Pedro hizo pasar cerno su primo — , el cual iba a 
asistir a la constitución del Comité Seccional local, que 
se encargaría de minar políticamente aquel antro de ex- 
plotación imperialista. 

Era domingo de fines de noviembre y — después de 
constituido dicho organismo — el delegado y Pedro sa- 
lieron a recorrer la villa y sus alrededores. 

Cuando regresaban, en el batey, cerca de la pesa del in- 



42 Agustín Alarcón 

genio, un yanqui y un criollo, el presidente de la com- 
pañía y el subadministrador del central, sostenían esta 
conversación: 

— ¡El es, Mr. Richard, él es; Ventura, el carpintero, 
me lo dijo. Me confesó que su hijo está también metido 
en el complot, que ese bribón de Solís lo había seduci- 
do a tal punto que, a pesar de las palizas que le da, lo 
sigue como un perro, diciendo que prefiere morir antes 
que abandonar "el movimiento", como ellos llaman se- 
mejante canallada. Ventura me juró que su hijo dejaba 
"el movímíento , ' o lo mataba a palos. Yo le exijí que su 
hijo dejara "el movimiento" o iría toda su familia a la 
cárcel. 

Esto dijo el criollo y sonrió sumiso como un can, es- 
perando que el yanqui le sonriera satisfecho; pero éste 
siguió impasible, con su flemática cara de máscara y la 
pipa entre los dientes. Hecha una pausa, dijo: 

— ¿Qué le dar usted a ese Ventura? 

— ¿Dar. . . ? No, Mr. Richard no le di . . . Debí darle 
una buena paliza; fui díbil, lo comprendo. . . 

— ¡Yo no decir eso! ¡Usted ser obtuso! ¿Cómo dar 
paliza? ¡Dar dinero, dar una gratificación! 

— ¡Ah, no, digo, sí . . le di un peso; se lo merecía. 
¿Se lo merecía, Mr. Richard? 

— Hacer usted un vale a la Caja a su favor por un 
dólar; la Compañía pagarlo; no usted. 

— ¡Oh, no se ocupe Mr. Richard, yo pago ese dólar 
y todos los que hagan falta por la Compañía! 

— Yo no ser la Compañía; la Compañía no ser su 
mujer; usted ganar su salario a la Compañía, nada más. 

— Mire, Mr. Richard, ahora va para casa de la viuda 
de Aguirre. 

— ¿Y quién ser ese otro bajito? 

— Un primo de él, que llegó ayer y se va mañana. 

— ¡Primo! ¡Otro rojo! ¡Otro bandido! Y ¿qué hacer 
usted? ¡Nada!... ¡Primo! ¡Usted ser idiota, idiota, 
idiota! ¡Usted sí ser un primo! 

El míster estaba frenético. 



El Oro de Moscú 43 

— Pero Mr. Richard. . . 

— ¡Caylarse! ¡Usted tener la culpa de todo, de todo, 
yo decir de todo! ¡Usted dejarlo minar la Compañía, 
usted dejarlo repartir papeles a los trabajadores, usted 
dejarlo contagiar a todo el mundo y usted no hacer na- 
da, yo decir, nada! 

— Pero Mr. Richard, usted fué quien lo colocó. . . 

— ¡Callarse! ¡No discutirme! ¡Ahora pensar en re- 
medio! . . . — el yanqui se quedó reflexionando, frunció 
el entrecejo, chupó la pipa y añadió: — . . .remedio me- 
jor, enseñanza para todos, ser "limpiarlo" . . . matarlo, 
antes que llegar molienda. . . yo decir matarlo! 

— Sí, sí, es lo mejor; si usted quiere yo mismo me en- 
cargo de eso . . . 

— ¡Usted callar otra vez, Randolfo! Teniente estar 
para eso. Ahora usted ir al cuartel y decirle que yo es- 
perarlo en la oficina. Y usted también decirle a Mata- 
moros y al Dr. Pérez lo mismo: que yo esperarlos en la 
oficina. 

— Pero Mr. Richard, ¿para qué va a enterar al Juez 
y al médico? 

— Usted ser bruto: el médico tener que hacer certifi- 
cado, el Juez tener que levantar acta. Ir pronto que yo 
tener que dormir siesta. 



CAPITULO CINCO 



Nochebuena. 

Un cañaveral. Una choza. Un camastro. Una piltra- 
fa de hombre en el camastro. Un vómito de sangre baña 
a este hombre, que está solo en la noche tenebrosa, fría 
y llena por los mil rumores lúgubres del viento. 

Una caña, por fuera, golpea la pared junto al camas- 
tro, como un duende que se burlara del enfermo, paro- 
diando su tos de sangre. 

El tísico no puede moverse y siente su tibia sangre co- 
rrerle viscosa por su pecho esquelético. 

— ¡Cinco años enterrado aquí, y cómo muero, peor 
que un perro! — pensó. 

Un fantasma de mujer y otro de niño se aparecieron. 

— ¡Nicasio, Nicasio, ya estamos aquí! Me he tardado; 
pero caminar cuatro leguas en ida y vuelta y además to- 
do el central de arriba a abajo lleva tiempo, y con este 
chiquillo a cuestas, pues no puede caminar solo ni dos 
cordeles; y después de todo, válgame él, lo ven tan fia- 
quito, que siempre alguien me da una limosna; aunque 
esa pobre gente del ingenio está tan mal y son tantos los 
que piden, que aunque quisieran no pueden dar nada, 
ni hoy que es día de Nochebuena; y con los americanos 
y los jefes no hay que contar, los guarda-jurados no de- 
jan acercarse a ningún pordiosero a sus casas. He conse- 
guido un poco de luz brillante y unos fideos; te voy a 
hacer una sopa. La escuálida y astrosa mujer, que acababa 
de llegar con un niño cadavérico, mientras hablaba pre- 
paraba un candil que encontró a tientas, esforzándose 
por hacer servir la mecha casi gastada. 

— ¡Papá, papá, levántate para que tomes guarapo! — 
gritó el chiquillo, moviendo el camastro, cuando oyó 



El Oro de Moscú 45 

a su mamá decir que los fideos eran para hacerle una 
sopa a su progenitor. 

— ¡Caramba, Nicasio, no respondes ni a tu hijito que 
te llama? ¿Tan malo estás? Comprendo que la enfer- 
medad y la debilidad te quitan las fuerzas hasta para 
hablar — y seguía luchando por encender el residuo de 
mecha, hasta que lo encendió. Se acercó al camastro. — 
¿Has tenido vómitos de sangre y no has podido ni lim- 
piarte? 

El enfermo afirmó con la cabeza. 

— ¡Pobre! No te preocupes; yo te limpiaré. 

Lo limpió. El hijito permanecía junto al camastro, 
mirando la operación. El padre arrastró penosamente 
una mano y lo acarició en la cabeza. Hubiera querido 
decirle algo, alguna palabra cariñosa; pero no podía. 

— Te voy a hacer la sopa —dijo la mujer, yéndose 
hacia un techito anexo a la choza y tres pedruzcos, todo 
lo cual fungía de cocina. 

El chico se quitó de la cabeza la mano del padre y co- 
rrió tras de la madre, mejor dicho, tras de la sopa. 

De los ojos del hombre brotaron dos lágrimas. 

Los fideos venían envueltos en una hoja de una revis- 
ta de lujo. Al desocuparla, la madre dijo al hijo: 

— Toma, mira los monos. 

Pepito cogió la hoja y se puso a mirar unos hermosos 
chicos que en vivos y bellos colores ilustraban la "Sec- 
ción del Niño" y la cual recomendaba que a los peque- 
ños se le suministrara bastante vitamina D, "luz del sol", 
pues era indispensable para vigorizar los huesos. Daba 
otros bonitos consejos contra la infra-alimentación de 
los niños y el raquitismo. Felizmente, para los padres de 
Pepito, la publicación tenía un epígrafe que decía: "Re- 
vista elegante para la gente elegante". 

— ¡Mamá, yo quiero ser gordito como estos nenes! — ■ 
exclamó el harapiento. 

— Lo serás . . . cuando Dios quiera . . . 

— Y ¿cuándo va a querer? 

— La Nochebuena que viene ... Y no me preguntes 
más, que no tengo fuerzas para hablar tanto. 



46 Agustín Alarcón 

A poco estuvieron cocidos los fideos. La madre le dio 
un poco al chico y el resto al enfermo. Se la estaba dan- 
do, porque él no podía valerse, cuando apareció el hijo: 

— ¡Mamá: yo quiero más! 

— Ya te di; la otra es para tu papá, que está enfermo. 

— ¡Me diste poquita y a él mucha! La señora me dio 
los fideos a mí y dijo que era para que me hicieras una 
sopita, que yo estaba muy débil, y casi toda se la das a él. 

— El está enfermo y tú no. 

— Yo sí estoy enfermo, tú se lo dices a la gente cuando 
le pides. Y yo tengo hambre; dame más sopa. 

El padre hizo un gesto empujando la cuchara — que 
la mujer le acercaba — para que se la diera al hijo. 

— Ya no le puedo dar, Nicasio, se contagiaría . . . 

El hombre siguió tomando la sopa, mezclada con el 
llanto que le corría. Pensaba que el hijo se moriría co- 
mo se murieron los otros. 

— ¡Sí, sí, llora para que se la des a él! — chilló el 
chico y empezó a chillar. 

— ¡Pepito, me vas a volver loca! ¡Ahora te hartaré 
de guarapo! 

— ¡Yo no quiero guarapo! ¡Yo quiero sopa! 

La mujer acabó de darle los fideos al tuberculoso, co- 
gió una mocha y salió al cañaveral a coger unas cañas 
para hacer guarapo para ella y el pequeño. Esta operación 
la hacía a brazos, pues no tenía trapiche; golpeaba los 
trozos de la gramínea con un mazo y luego los retor- 
cía sobre una vasija como si esprimiera ropa. Cuando es- 
taba en la casa hacía guarapo a cada momento; y cada 
vez que el chiquillo decía: 

— ¡Mamá, tengo hambre! 

— Espera, te daré guarapo — le respondía ella. 

Pepito llegó a cogerle repugnancia mortal al dulce 
jugo, le sabía a hiél. Toda su "alimentación" de niño 
había sido ésa: guarapo. Era su flaco cuerpecillo de un 
verde amarillo tan transparente que se hubiera confun- 
dido con un retoño de caña: ¡maravilla del mimetismo! 
Con una angustia terrible vio a su madre alejarse en 
busca de los trozos de la odiosa planta. 



El Oro de Moscú 47 

Sentía un hambre atroz, biológica. 

Se apoyó en el taburete lloriqueando. Miró a su padre 
y vio que estaba boquiabierto y con los ojos cerrados. 
Dormitaba. Un hipo sordo le agitaba el pecho. El chi- 
quillo lo miró con adversión, con un odio adulto. Pen- 
saba que su padre, con la boca abierta y el hipo, soñaba 
con la sopa. (Pasó un ratón persiguiendo a otro) . Sus 
ojos se fijaron en una botella que estaba entre dos ya- 
guas y tenía una etiqueta con una calavera y dos tibias en 
X y la palabra "Veneno", y recordó que su madre le ha- 
bía dicho una vez que no la tocara, pues era para quemar- 
le la boca a los ratones, que todo se lo comían, y que- 
mándoles la boca no lo hacían más. 

— Papá es como los ratones; todo se lo come — pensó. 
— Le voy a quemar la boca. 

Sigilosamente llegó hasta la botella, forcejeó hasta 
sacarla de entre las yaguas, le quitó la tapa de papel, y 
en puntillas de pie, como un consumado malhechor, se 
fué acercando al camastro. 

El enfermo, con los ojos entrecerrados, se empezó a 
dar cuenta de los movimientos de su hijo desde que éste 
destapó la botella ; primero se alarmó, pero cuando lo vio 
dirigirse a su lecho, todo lo comprendió. Y en vez de 
evitarlo, abrió más la boca y cerró más los ojos, esperan- 
do tranquila la filial inmolación. De todas maneras, 
él iba a morir y no debía disputarle los "alimentos a un 
inocente". A medida que el hijo se aproximaba a él, 
se esforzaba porque el llanto no le saliera. 

El chico temblaba del temor de que su padre desper- 
tara, pero llegó hasta la cabecera. Cogió la botella por 
el fondo con las dos manos, se empinó, y haciendo un 
esfuerzo, vació el tósigo en las fauces del enfermo; éste 
se contrajo violentamente y el chico dio un alarido de es- 
panto, dejándole caer la botella encima. Corrió gri- 
tando: 

— ¡Mamá! ¡Mamááá! . . . 

—¡Qué, hijo, qué! — exclamó la madre arrojando un 
enorme haz de caña que ya traía. 

— ¡Papá!. . . ¡Papá! — gimió el niño. 



48 Agustín Alarcón 

La mujer corrió al camastro y vio al compañero de su 
vida en su última convulsión. 

— ¡Envenenado! — gritó. — ¡Cómo pudo levantarse 
y coger la botella! 

— ¡Le quemé la boca como a los ratones! — exclamó 
el chico. 

En ese instante, el candil, sin mecha ni gas, se apagó. 

La madre cayó al suelo sin sentido. 

El niño lloraba desgarradoramente sobre la madre iner- 
te, sacudiéndola. 

Fuera silbaba el viento. Tinieblas. Frío. Lloviznaba; 
"llovizna de Navidad". A lo lejos rezongaba una guita- 
rra y una voz gangosa plañía: 

"Noche Buena para ricos; 
Noche Mala para el pobre, 
pues ni lo que a ricos sobre 
hoy comerán sus chicos". 

El niño quedó rendido sobre la madre inerte. 

Allá en el batey, en el palacio de los gordos magna- 
tes, había luz a giorno, risas, corría el champán y se 
bailaba fox. 

¡Nochebuena! 

En zafra, la madre cortaba caña y el chico le ayudaba. 
En tiempo muerto, pedían limosnas. Pepito ya tenía seis 
años y muchas veces iba solo al central. Un día fué y se 
quedó sin madre. La colonia donde estaba enclavada su 
choza era de unos colonos a quienes la Compañía que- 
ría despojar del terreno, arruinándolos; mandó pegar 
fuego a los cañaverales por los cuatro costado y acusó 
del incendio a unos haitianos macheteros que no les con- 
venían por su rebeldía. Cuando la mujer se dio cuenta 
de la candela corrió en la dirección por donde debía ve- 
nir su hijo, pero el espantoso círculo de fuego, braman- 
do y crepitando, como una catástrofe sobrenatural, la en- 
volvió en su oleaje de llamas. Murió achicharrada. Un 
anciano carretero, por salvar sus bueyes, murió con ellos. 



El Oro de Moscú 49 

como otras tantas bestias que también perecieron achi- 
charradas como ratas. Los colonos tuvieron que vender- 
le su tierra a la Compañía. Ocho trabajadores haitianos 
fueron a cumplir diez años de presidio mayor por in- 
cendiarios. El huérfano se quedó de mendigo. Vivía 
de deshechos. Dormía por ahí; como todos los sin casa. 

Acostumbraba a burlar la vigilancia de los guarda-ju- 
rados, metiéndose en el batey, en la zona prohibida de 
las casas señoriales. Los criados y algunas de las mujeres 
e hijas de los "altos empleados" siempre le daban algún 
sobrado mendrugo. 

Un día osó acercarse al parque infantil de la Casa de 
Vivienda, palacio de los místeres del central. Dos chi- 
cos rubicundos, dos americanitos, el mayor de unos 8 
años y el menor de unos 6, se divertían manejando un 
Roll-Royce en miniatura. Detrás de unas matas de ro- 
sas, Pepito los observaba; no sentía envidia, sentía asom- 
bro y satisfacción. Le alegraba ver en tan bonito au- ■ 
to, que "brillaba como un espejo negro", a los her- 
mosos chiquillos, rubios, rozagantes y sonrosados co- 
mo querubes. Los ángeles son así: rubios, rozagantes y 
sonrosados como americanitos millonarios. Dios no creó 
ángeles escuálidos, andrajosos, negros ni amarillos. Los 
ángeles son arios o sajones. Dios es una persona de 
"buen gusto". Pepito sospechaba este sabio designio de 
la Bondad Divina y él, haraposo mendiguillo, se com- 
placía en ver el recreo de aquellos niños que parecían 
ángeles. 

— ¡Fuera! ¡Fuera de aquí, churroso! — le gritó tan 
pronto lo descubrió, el mayorcito, en un español con 
marcado acento inglés. 

— Déjame ver tu máquina caminar, que este parque 
no es tuyo. 

— ¿Que no es mío? Todo: los jardines, los chalets, el 
central, las colonias y el ferrocarril, todo, es de papá y 
lo que es de papá es mío y de éste — dijo señalando al 
hermanito. 

— ¿Y el azúcar también? 

— También. 



50 Agustín Alarcón 

— -¿Y los vapores? 

— También» 

— ¿Y la ropa y la comida del Departamento? 

— También. 

- — ¿Y las casas? 

— También. 

— ¿Y la gent^e que vive en las casas? 

— También. 

— ¿También? ¿Mentira, la gente no! 

— ¡La gente también es de papá, mía y de éste! 

— Pero los guardias no. 

— Los guardias y los trabajadores; tú qué sabes, a 
que no sabes ni leer. 

— ¿Tú sabes leer? 

— ¡Qué idiota eres!; yo sé inglés, francés y alemán, 
de los que ni tu papá no sabrá ni una palabra. Miss Ma- 
ry me enseña inglés y madame Ivette francés y alemán. 
Mira, te voy a decir que "eres un muchacho sucio" en 
inglés: 

— You are a foul boy. 

Pepito se reía. 

— Ahora en francés: Allovs, va tu est bien sale, 

— ¡Hablas como un haitiano! — exclamó alegremen- 
te Pepito. 

— ¡Haitiano eres tú, apestoso! ¡Vete de aquí! — e hi- 
zo un gesto amenazador como de bajarse del pequeño 
auto. 

El otro americanito se reía; conservaba aún casi toda 
la inocencia de la cuna, el sencillo candor de la niñez; 
mientras que el mayorcito ya estaba siendo moldeado en 
el carácter juguetón y despótico de los prototipos de su 
clase. 

— ¡Oh, qué haces cochino indigente ahí! ¡Esperar 
que te coja! — vociferó a Pepito, Mr. Richard, padre de 
los otros, que irrumpió en el parquecito. 

"¿Esperar que te coja"?. . . Pepito huyó despavorido. 

Se puso a merodear por los chalets de los altos em- 
pleados. Se iba ya de retirada pero vio venir a Mr. Ri- 
chard y a Randolfo, el segundo administrador, y se es- 



El Oro de Moscú 51 

condió detrás de la pesa del ingenio. Allí oyó perfecta- 
mente la conversación en la que el yanqui decide mandar 
matar a Pedro Solís, antes de la molienda, como "ense- 
ñanza para todos". 

El niño que no tenía a nadie ni nada presintió que al 
que iban a asesinar era algo suyo. El niño que envenenó 
a su padre quería salvar a un extraño. 

Cuando los hombres se fueron, trató de acercarse a la 
casa de Aurora, que era donde había entrado Pedro y el 
Delegado, pero un guarda- jurado lo vio, lo cogió y lo 
expulsó del batey a pescozones, 

Pepito montó guardia cerca de la zona prohibida, es- 
perando que Pedro apareciera para avisarle que lo iban 
a matar. 

"Vivirá en el poblado o vendrá a él" — pensaba. Se 
sentó en el suelo, recostado a la pared de un almacén de 
azúcar, fija la mirada en el camino que venía del batey. 

Las horas pasaban. Nada. Pedro no aparecía. Cayó 
la noche. Sus ojillos parpadeaban en lucha con el sueño; 
se untó saliva en ellos, los restregó hasta enrojecerlos. 

Vencido. Hambriento y fatigado centinela, se durmió. 

Las 12. 



CAPITULO VI 



Las 5 de la mañana. 

Pedro acompaña al Delegado al vapor. Salen del ba- 
tey, 

— Mira a ese muchachito durmiendo a la intemperie 
— dice el último, señalándole a Pepito que yacía aún 
rendido junto al almacén de azúcar. 

— ¡Infeliz, con el frío que hace! ¡Y después hablan de 
piedad y humanidad estos beatos bribones! 

Los dos se detuvieron cerca del chiquillo y lo contem- 
plaron un instante. 

— V ámanos pronto, que te deja el vapor — dijo Pe- 
dro. 

Llegaron al barco. Sonaron tres pitazos. 

— Si no te ahogas, manda el "maní" caliente — habló 
Pedro, refiriéndose a un manifiesto que debía repartirse 
al estallar la huelga. 

— No me ahogaré y lo mandaré; pero cuídate tú la 
caña del cuello, que te la pueden cortar. Acuérdate que 
el azúcar se hace con sangre y se refina con huesos. 

— La Flaca me ha rozado mucho con su guadaña, me 
ha cortado el cuello, pero no la caña. 

— Bueno, ¡salud! 

—¡Salud! 

Como los cañaverales lo invadían todo, llegando con 
su verdor hasta el azul del mar, Pedro salió del muelle 
y cogió una guardarraya o camino entre las plantaciones 
rumbo a una distante colonia, donde que tenía que re- 
unirse con el Comité de Lucha de dicho lugar. 

Dos soldados vestidos de paisano lo venían siguiendo 
desde que salió del batey. Si los hubiera visto, los hubie- 
ra creído trabajadores agrícolas, pues andaban vestidos 



El Oro de Moscú 53 

como tales. Eran dos hombres de confianza del Tenien- 
te y traían sus revólveres 45 envueltos en papeles sucios. 

— ¡Magnífico, va para el campo, así lo podremos 
atrapar hoy mismo y lejos del central! — dijo el jefe de 
la pareja, que era un cabo. 

— ¿Atrapar? "Limpiar", querrás decir. 

— Para "limpiarlo" debemos atraparlo. Tengo órde- 
nes de que se haga un buen trabajo, porque la gente está 
agitada por este tipo. Mira — y abriendo un poco la ca- 
misa, le enseñó al otro una cuerda que traía enrollada al 
cuerpo. 

— Comprendo, hay que izarlo . . . como a la bandera. 

— Como a la bandera no, como a un estandarte, con 
letrero y todo . . . mira : — y mostró al otro esta vez un 
cartelito en cartulina que decía, en letras de molde: 

A los agentes del oro de Moscú, sa- 
boteadores de la zafra, enemigos 
de la compañía y del bienestar de 
Cuba, les pasa esto. 

— Aligeremos el paso, que se nos pierde de vista! 

— Sí, ha cogido el camino de la colonia, Siboney; te- 
nemos que alcanzarlo cerca del río, que es uji lugar soli- 
tario y hay buenos árboles. 

— Cojamos por entre los cañaverales, adelantaremos, 
podremos hasta correr y darle alcance sin que se dé 
cuenta. 

—i Vamos! — y los dos asesinos emprendieron un 
veloz seguimiento por entre los cañaverales. 

"Dentro de pocos días habrá aquí más de 3.000 escla- 
vos en pie de lucha por su derecho a la vida, por un poco 
más de pan y un poco menos de explotación" — iba pen- 
sando Pedro. 

— -j Buenos días, amigo! — le gritó el jefe de la pare- 
ja, surgiendo entre las cañas. 

— Buenos días, amigos —repuso él, deteniéndose. 

— ¿Va usted para Siboney? 

— Un poco más allá. 



54 Agustín Alarcón 

— Nosotros vamos para Síboney; iremos juntos, si no 
le es molestia. 

— Al contrario. 

Los dos se le aparearon y los tres echaron a andar. 

— Usted que es del central sabrá si es verdad que no 
habrá molienda este año, como se corre por ahí . . . 

— No crean nada ; esa es una treta de la Compañía para 
que los obreros estemos dispuestos a trabajar por lo que 
ella quiera darnos. 

— La Compañía abusa demasiado de nosotros y va- 
mos a tener que pegarle fuego a toda la caña . . . 

Pedro sintió desconfianza de los dos sujetos al notar 
que la voz que hacía tal terrorista sugestión no era la voz 
de un explotado; tenía un tono, una modulación que su 
instinto o su experiencia le indicaba que era voz de enemi- 
go, pero, sin perder la ecuanimidad, repuso: 

— Con destruir no se conseguiría nada, sino es más 
hambre y más atropellos, lo que hay es que exigir a la 
Compañía lo que en justicia debe dar . . . 

Llegaban a un sitio que los asesinos creyeron bueno, 
ambos se miraron y a una señal cayeron sobre Pedro, pro- 
pinándole varios culatazos de revólver en la cabeza. El 
sólo pudo hacer un movimiento y perdió las fuerzas y el 
sentido, manando sangre. Los atacantes no lo dejaron 
caer. 

— ¡Para aquel árbol! — dijo el cabo, y lo arrastraron 
hasta allí. 

En un momento ajustaron la soga al cuello y le pren- 
dieron en el pecho el cartelíto. Se veía que eran diestros 
en el oficio. 

—¡Pronto, tira la soga por encima de esa rama! — 
volvió a decir el cabo. 

— Así no sirve; tendríamos que halar hasta izarlo y 
luego esperar a que muriera . . . Me voy a subir a la mata 
y. . . 

— ¡Eso es un disparate! En verdad nunca hemos hecho 
esto sin caballos, y el cabrón éste nos va a dar trabajo! 

— Démosle un tiro en el corazón . . . sólo uno, y nos 
vamos. 



El Oro de Moscú 55 

— No ; se oiría ... y el calibre ... 

— ¿Oíste? 

— No. ¿Qué? 

— Crujido de caña, como de pasos . . . 

El otro levantó la cabeza y aguzó el oído; en seguida 
dijo: 

— No oigo nada. Si fueran pasos seguirían . . . 

— Te digo que oí . . . 

— ]Bah, estás oyendo fantasmas! . . . Yo tengo el oí- 
do muy fino; sí tienes miedo, dilo y no hagas perder el 
tiempo. 

—¿Miedo, yo? ¡Ja!, ¡ja! Bien sabes que nunca lo he 
tenido; pero si hubiéramos traído los machetines ya hu- 
biéramos acabado y sin ruido. 

— Vamos a tratar de izarlo y si no podemos lo rema- 
taremos a golpe, machacándole la cabeza con aquellos pe- 
druzcos que hay allí. ¡Tira la soga, pronto! 

Así lo hizo el otro y empezó a halar por el extremo 
libre de la cuerda, mientras el cabo levantaba al incons- 
ciente y ensangrentado Pedro, por las piernas, lo abando- 
naba en el vacío y corría a ayudar a izarlo. 

En los umbrales de la muerte, la víctima se convul- 
sionó y abrió los ojos lleno de espanto. Al mismo tiempo 
crujía el cañaveral, y entre las plantas surgían, cual fie- 
ros salvajes de la selva africana, tres negros haitianos, 
con sendos machetes de reluciente acero en sus crispadas 
manos. Una ira de tigre que defiende sus cachorros había 
en el rostro de los tres, y sobre la noche eterna de su tez 
fulgían como luces sus pupilas. 

Bruscamente los dos asesinos se volvieron en su direc- 
ción y soltaron la soga, dejando caer el cuerpo inánime de 
Pedro, y empuñaron sus revólveres con gestos enfebre- 
cidos. 

En alto sus aceros, los haitianos se les avalanzaron 
como panteras. Los revólveres empezaron a detonar y 
uno rodó baleado. Los otros cayeron a machetazos sobre 
los asesinos. La cabeza del cabo voló de un solo tajo y 
el otro, después de disparar el último tiro sobre su ata- 



56 Agustín Alarcón 

cante, echó a correr, pero el haitiano herido le lanzó el 
machete encajándoselo en la columna vertebral. 

El haitiano tenía un balazo en el vientre y con una 
mano sobre la perforación, se acercó al compañero que 
había salido ileso y que estaba ya quitándole la soga a 
Pedro, diciéndole en francés patoi, dialecto de su país: 

— ¿Está vivo Piedra? — que era el seudónimo o nombre 
revolucionario de Pedro. 

— Está vivo. Está herido en la cabeza: tiene golpes. . . 
Te corre sangre, ¿estás herido? 

— Sí. . . muero, como el hermano Luis Fish — dijo 
señalando al haitiano muerto — . Salva a Piedra y sálvate. 

Cayó muerto. 

El otro cogió tres de los sombreros, que eran de yarey, 
los puso uno dentro del otro y corrió al río, que estaba 
cerca, trayendo agua en ellos. 

No notó que, desde el río, un hombre, pistola en ma- 
no, lo siguió: Era Cristóbal. Pepito se había colado has- 
ta la casa de Aurora y, no encontrando a Pedro, la ente- 
ró de lo que había oído, en seguida ella informó a su pri- 
mo, quien se lanzó a la búsqueda del amigo, sabiendo 
por un obrero del rumbo que éste había cogido. 

Cuando Cristóbal divisó el campo de sangre, donde 
yacían los cuatro cadáveres — el del cabo sin cabeza — y 
Pedro herido, se horrorizó. Vio al haitiano doblarse so- 
bre aquél y lavarle las heridas y se le hizo un enorme va- 
cío en el cerebro. No podía comprender. Maquinalmen- 
te avanzó hacia allí. El haitiano sintió sus pasos y se 
volvió como una fiera, machete en mano. 

— i Ese es mi amigo; yo lo buscaba! — exclamó Cris- 
tóbal, deteniéndose a prudencial distancia. 

— ¿Tu amigo? Guarda el arma para creerte. El es un 
amigo de los trabajadores; por salvarlo matamos a esos 
dos asesinos y murieron esos dos, mis paisanos, y mori- 
ré yo. . . 

Cristóbal se apresuró en guardar la pistola y se acercó 
al haitiano, estrechándole efusivamente y en silencio su 
ruda mano negra con las dos blancas suyas. 

Ajmbos se inclinaron sobre el herido, le esponjearon 



El Oro de Moscú 57 

la cara con agua y lo sentaron. Pedro abrió los ojos: 

— ¿Cómo te sientes? — preguntó Cristóbal. 

— Mal ... me duele horriblemente la cabeza ... el 
cuello ... el pecho . . . todo. 

— Es peligroso estar aquí; lo esconderemos en una casa 
de "La Bibijagua" — dijo el haitiano. 

— Bibijagua . . . está lejos . . . — musitó el herido. 

— Mejor. . . 

A Pedro le dio un vahido. 

— Si es una casa de confianza, llevémoslo allá — dijo 
Cristóbal — , que yo lo sacaré de la finca esta noche. 

— Es de confianza — repuso el haitiano y acto segui- 
do se echó a Pedro a cuestas, encaminándose por entre 
los cañaverales hacia dicha colonia, que distaba seis ki- 
lómetros. 

Solícitamente atendido por una familia haitiana, el 
herido se puso en pie aunque aquejado por fuertes dolo- 
res en el cuello, el pecho y la cabeza. 

Supo la historia de su salvación y se le saltaron las lá- 
grimas de gratitud, abrazando a Bartolo, el haitiano su- 
perviviente de la tragedia. 

Al anochecer Cristóbal se apareció con un robusto y 
ágil caballo. Pedro lo montó y salió de la finca, de la 
feudofactoría imperialista, donde gobernaba la democra- 
cia del dólar, bajo el signo de la horca y el gatillo. 



CAPITULO VII 



Al día siguiente, por la mañana, Mr. Richar le dio 24 
horas de plazo a Cristóbal para que abandonara su te- 
rritorio. 

Era lo menos que podía hacer este rey del azúcar, te- 
niendo derecho sobre la vida y hacienda de sus forzados 
subditos. 

Luego llamó a Aurora a su despacho. Le imputó ser 
prima de Cristóbal y amiga de Pedro. Le recordó que 
aún no había ejercido sobre ella el derecho de pernada, 
ese viejo derecho del Amo y Señor de desflorar a las don- 
cellas. Pero le aclaró que él no era tan bárbaro como 
los caballeros feudales, porque él era todo un caballero ca- 
pitalista y le daría una buena gratificación por su vir- 
ginidad, además del arriendo de su cuerpo. La gratifica- 
ción consistiría en no desterrar a Cristóbal ni a ella de su 
reino industrial ni privarlos de su empleo. 

La pobre muchacha, llena el alma de romanticismos, 
pensando aún que "El lago soñaba, la luna reía y la rosa 
lloraba", se espantó de la cínica y venal proposición del 
míster. Se insultó. No lo insultó. 

Le dolía que hubiese desaparecido con la marcha del 
mundo la gesta gentil de los caballeros andantes, defen- 
sores de damas en desgracias. Pero el feudalismo ha muer- 
to con sus quijotadas y el capitalismo sólo brinda sus 
caballeros andantes — los cowboys Tom Mix — en la 
ficción cinesca, aunque sí prodiga sus villanos, los Mr. Ri- 
chard, en la dura realidad de la vida. 

Aurora, romántica muchacha, ignoraba que las muje- 
res de hoy no deben esperar en su defensa héroes de a pie 
ni a caballo, melenudos ni rapados, con espada ni pistola, 
sino que tienen que defenderse a sí mismas con sus pro- 
pias uñas. 



El Oro de Moscú 59 

Ella seguía llorando; prorrumpió en sollozos. 

— Business are business. Esto querer decir en mí 
práctico idioma, que negocios ser negocios — dijo el 
magnate. 

Ella se puso de pie para marcharse. Le entraron ga- 
nas de gritarle que era an asesino; pero Cristóbal, ella, 
su mamá y Pepito se habían puesto de acuerdo para guar- 
dar el más absoluto silencio de cuanto sabían, haciéndose 
que ignoraban la suerte de Pedro. 

— ¿Resistirse usted atenuar delito alta traición a la 
Compañía? Bueno. . . Usted y su mamá también te- 
ner 24 horas abandonar nuestras tierras. 

Aurora se marchó. El yanqui cogió la prensa; lo pri- 
mero que leyó fué un cintillo que decía; 

Por la libertad de Cuba el gobierno inicia una 
enérgica cruzada contra los agitadores al ser- 
vicio del oro de Moscú". 

El yanqui sonrió satisfecho. Pensó con cariño en el 
Embajador de su país en Cuba. Pensó enternecido en la 
Prensa. 

La Compañía y sus autoridades hicieron publicar la 
muerte de sus dos sicarios y de los defensores de Pedro 
como una lucha entre haitianos y cubanos, una lucha de 
nacionalidad, de raza, casi. 

Así decía la Prensa. Así dijo la Compañía. 

Encender el odio entre cubanos y haitianos, dividir- 
los, ponerlos frente a frente, así no podrían marchar 
juntos a la huelga. 

Una parte de los explotados eran haitianos, otra cu- 
banos, otra jamaiquinos, otra españoles. 

Se formarían dos bandos; cubanos y españoles con- 
tra haitianos y jamaiquinos. 

"Los fuertes no conocen la palabra fracaso" — -'Mar- 
den. 

"Dividir para reinar" — Maquiavelo. 

Mr. Richard conocía a los dos, al ideólogo de los 



60 Agustín Alarcón 

explotadores y al ideólogo de los opresores, al hijo de 
las águilas americanas y al de las águilas romanas. 

Una horda de haitianos amachetea 

a dos padres de familia cubanos, los 

que mueren matando a dos. 

Así decía la Prensa. En parte la estratagema empezó 
a dar resultado. Nacieron la confusión y los recelos de 
razas y nacionalidades en el campo de los explotados. 

— ¡Terror! ¡Terror! ¡Terror! —había ordenado el 
americano. 

— ¡Terror! ¡Terror! ¡Terror! — había repetido a los 
soldados cubanos el teniente cubano. 

Nueve trabajadores aparecieron ' 'misteriosamente" 
muertos: 5 haitianos, 3 cubanos y un español. 

El juez levantó el acta: asesinato. El medito certifi- 
có: muertos. El teniente y Mr. Richard declararon so- 
lemnemente que "darían con los asesinos": ambos se tro- 
pezaron a la salida de la oficina. Demás está decir que 
ellos le achacaban la muerte de los cubanos a los haitia- 
nos y viceversa. 

Numerosos obreros y familias enteras fueron expulsa- 
dos de la feudofactoría. 

El resto de los "conjurados" se conjuraron para po- 
nerse seriamente de rodillas ante Mr. Richard, jurándole 
su inocencia . . . Esto los salvó de la expulsión ; pero les 
rebajaron un 40 por ciento los sueldos. 

Desde entonces se les olvidó tirar trompetillas. 



CAPITULO VIII 



Empezó el corte y tiro de la caña. 

Empezó la molienda. La zafra empezó. 

La gigante maquinaria empezó a moler cañas. La ma- 
quinaria capitalista de la Company empezó a moler hom- 
bres. . . y mujeres y niños. 

Zafra de oro y zafra de hambre. 

1 p. m. En muelle sillón, desde la terraza de su regio 
alcázar y saboreando un rico helado, Mr. Richard con- 
templa con flemático gozo la chirriante caravana de las 
carretas surcando las guardarrayas, arrastradas por man- 
sos bueyes y conducidas por mansos hombres. 

Desde la fresca terraza, en la sombra y en la brisa, so- 
bre cojines de plumas, tomando el exquisito "ice~cream" 
— como diría él — con deliciosos bizcochos, Mr. Richard 
contemplaba en el infierno achicharrado de los cañave- 
rales, entre el fuego vegetal de la pica-pica, y el fuego 
solar, la gleba sudorosa de sus esclavos, cortando con rit- 
mos de desesperados la "dulce caña", que será azúcar y 
será alcázar, y será cojines, y será bizcochos y helados, y 
será dólares y militares, champán y molicie, placer y po- 
der. 

— Los he dominado. ¡Huelga a mí! — pensaba con 
flemático gozo. 

Ignoraba que en ese mismo instante un infeliz caballo 
— llevando a cuesta a un hombre con traje campesino y 
cara de infeliz — con dos alforjas, se introducía jadean- 
do de fatiga en su dominio, por uno de los lados menos 
vigilados de su frontera. Bestia y hombre venían llenos 
de sol y polvo. Llegaron con la noche a un bohio per- 
dido en la espesura. El ladrido de un perro los recibió. 
El hombre se desmontó con trabajo, pues estaba estro- 



62 Agustín Alarcón 

peado y traía dos revólveres entre la ropa y los bolsillos 
llenos de balas. Le quitó la carga al caballo y se la echó 
encima. 

— i Es Piedra! ¡Es Piedra! — exclamó una voz, la de 
Bartolo, el haitiano, reconociendo al recién llegado. 

Detrás de Bartolo salieron otro haitiano, .una haitiana 
y un isleño canario. 

Se abrazaron. 

— Compañeros, aquí estoy de nuevo, como prometí 
— dijo Pedro. 

— Creíamos que le había pasado algo — dijo la mu- 
jer. 

— ¿Qué traes ahí, compañero? — dijo el isleño, seña- 
lando las alforjas. 

— Ábrelas y verás. 

Eran 5000 manifiestos en tres idiomas: castellano, 
francés e inglés, exponiendo la verdad de la tragedia en 
que cayeron los dos sicarios y los dos haitianos, así co- 
mo los posteriores crímenes de la Compañía y su cuadri- 
lla militar y llamando a. los trabajadores a formar un 
solo bloque y levantarse en pie de lucha por sus reivindi- 
caciones y el castigo de los culpables. A los tres días 
este manifiesto produjo efectos prodigiosos. La masa su- 
po toda la verdad y tomó resueltamente su justo camino. 

¡Huelga! 

La caña la tumbaba el viento, pero no la mano escla- 
va del hombre. 

4.000 trabajadores a pie y a caballo marchaban, de 
madrugada y por todos los caminos, sobre el central. 

Portaban mochas, machetes, revólveres, escopetas y 
palos. Banderas rojas y el pliego de demandas. 

El Teniente, jefe del puesto de la guardia rural, dejó 
en su lugar un sargento y corrió a la capitanía del distri- 
to militar a pedir refuerzos ... y a poner a distancia su 
piel culpable. 

Vinieron los refuerzos: 25 soldados de caballería; 
más los 14 del puesto, más los 40 guarda- jurados de la 
Compañía, más los 23 policías municipales, en total: 



El Oro de Moscú 63 

102; pero no pudieron con los miles de trabajadores, 
que se posesionaron del central, dispuestos a no abando- 
narlo hasta que se les concedieran sus demandas. Ade- 
más, una parte de los 102 guardias simpatizaba con el 
movimiento y no se hallaba dispuesta a disparar contra 
los obreros. 

Mr. Richard se negaba a recibir al Comité de Huelga. 

De Caimanera, base naval del imperialismo yanqui en 
Cuba, partió un crucero de guerra llegando al anochecer 
frente al central, enfilando sus cañones monstruos sobre 
el destartalado caserío de los trabajadores y avisando su 
Comandante que tenía 200 marinos listos para desem- 
barcar, 

Pero los obreros, ni sus mujeres y niños, estaban en 
él caserío, sino concentrados en el batey, atrincherados 
en el propio ingenio. 

Correría la sangre. Habría una espantosa masacre. Y 
el ingenio sería destruido. 

Mr. Richard vio esto claramente y tuvo que recibir al 
Comité de Huelga. Discutieron. Con pequeñas variacio- 
nes, el míster tuvo que firmar el pliego de condiciones. 
Una de las variaciones fué la no concesión del "20 por 
ciento de aumento a los empleados sobre el sueldo de la 
zafra anterior", que se pedía en el pliego. Por otro lado, 
los empleados, al parecer, no querían que se les aumen- 
tara el sueldo. Estaban en sus casas, solidariamente con 
la Compañía. 

Se logró la reposición de los despedidos; pero Cristó- 
bal y Aurora, ya en la Capital, no quisieron volver, 

Triunfadoras ya, las fuerzas trabajadoras durmieron 
en sus posiciones. Al anochecer emprendieron la marcha 
hacia sus casas, cantando el himno de la victoria. De la 
primera victoria, que otras debían venir en la ruta san- 
grienta de su liberación. 



CAPITULO IX 



Han pasado dos años. 

Hagamos un cuadro de cuatro líneas de la situación 
social del país. 

Al fin, la tiranía machadista, fiel y fiero instrumen- 
to de Wall Street, fué barrida por el empuje prepotente 
de una grandiosa huelga general. 

Cayó el déspota con su infame casta de militarotes y 
burócratas. 

La Embajada Americana instaló en el Poder al ABC 
fascista. A los pocos días la pequeña burguesía liberal, 
apoyada en la tropa y clases del ejército, lo derrotó. Y 
la Embajada Americana, a los tres meses y sirviéndose 
de la sargentería militar — erigida en nueva y poderosa 
casta — derribó a su vez a la pequeña burguesía liberal, 
colocando un gobierno de abierta reacción imperialista- 
burgués-terrateniente. 

Un sargento, Fulgencio Batista, fué hecho jefe supre- 
mo del Ejército. La pequeña burguesía liberal, que le 
ayudó a subir, y ayudó a bajar, le había dado las tres 
estrellas de coronel. Era un pobre hombre, un pobre 
siervo, un infeliz verdugo, pero de aquí en adelante se 
creyó un dios, Marte tonante, quizás; posaba para la 
Historia como un Napoleón de manicomio. Las 46 estre- 
llas de la bandera del imperialismo yanqui, en engrana- 
je con sus tres estrellas de Coronel, movían a su antojo 
la "estrella solitaria" de la bandera cubana. 

¡No hay dudas que estos americanos son unos genios 
de la mecánica! 

Cayó una tiranía. Subió otra tiranía. La primera ca- 
yó con las garras melladas; la nueva llegaba con las ga- 
rras afiladas y las fauces sedientas de sangre fresca. 



El Oro de Moscú 65 

Siguieron las caravanas del Hambre. Siguieron las cor- 
dilleras de prisioneros. Siguió la procesión de asesinatos. 

El pueblo oprimido seguía gimiendo bajo la bota del 
Colono extranjero. 

Los Mrs. Richard seguían de fiesta. 

Las masas, con su roja vanguardia, retrocedían ante 
la fuerza mayor coaligada del lacayismo criollo y del fí- 
libuterismo yanqui; pero no abandonaban sus posicio- 
nes sin combate, sino dejando sangre de su sangre en el 
camino. 

La Reacción aplastaba con sádica crueldad a los revo- 
lucionarios, tanto comunistas como de los partidos anti- 
imperialistas pequeños-burgueses. 

Mas, en honor a la verdad, por lo regular, los nue- 
vos perros de presa del imperialismo — grandes de Cuba 
— exprimían y degollaban al pueblo pero legalmente, a 
nombre de la Revolución. 

"Por la libertad de Cuba" fué la frase que inventa- 
ron para rubricar todas sus ignominias. 

"Se decreta la pena de muerte para los alteradores del 
orden y saboteadores de la zafra al servicio del oro de 
Moscú, etc. Por la libertad de Cuba". Salía un úkase 
militar prohibiendo a la población respirar después de 
las ocho de la noche y al final, antes de la firma de un 
mandarín con barras y estrellas, venía la frase consabida: 
"Por la libertad de Cuba". "Acusado Juan Sin Pan, por 
promover huelga en la Telephone Company, el Tribu- 
nal tiene a bien condenaros a 10 años de presidio mayor. 
Por la libertad de Cuba". 

En fin: la camarilla criolla asesinaba a los cubanos 
para dar su carne al dogo imperialista "por la libertad de 
Cuba". 

No obstante, en la Capital, aún quedaban al pueblo 
dos reductos abiertos: el local de la Confederación Na- 
cional y la Universidad. 

En aquél, en el centro proletario, la víspera del l 9 de 
Mayo, entraba Pedro Solís, el cual venía de librar infi- 
nidad de luchas y sufrir infinidad de persecuciones, visi- 



66 Agustín Alarcón 

citudes y encarcelamientos en latifundios, factorías y ciu- 
dades del interior. 

El centro obrero, amplia casa dividida en salones pa- 
ra asambleas y cuartos para comités, bullía y rebullía de 
gente. Miembros de mil distintas organizaciones habla- 
ban y discutían en todos los tonos. Hombres. Mujeres. 
Muchachos. Blancos. Negros. Chinos. Españoles. Pola- 
cos. Overoles, Uniformes obreros. Sedas. Harapos. Mu- 
gre. Perfumes. Todo estaba mezclado en perfecta her- 
mandad, en la gran hermandad de los de abajo. 

Pedro entró en aquella casa donde había tantos rostros 
extraños y al mismo tiempo familiares, como si volviera, 
después de larga ausencia, al hogar paterno. 

De los grupos que había aquí v allá se iban despren- 
diendo camaradas. soldados también de la Revolución 
Social, que venían alborozados a saludarle o él se lle- 
gaba a ellos. 

— í Salud, Hierro! — dijo a Pedro un mozuelo, 17 
años, militante de la Liga Juvenil Comunista. 

— ¡Salud, Piedra! ¿Cuándo llegaste? 

— Ahora mismo. ¿Has visto a Julián por aquí? 

— Se acaba de ir. Se teme que la policía asalte el local 
y a él lo quieren atrapar. 

— Necesito localizarlo. En primer lugar me tiene que 
movilizar comida y cama. 

— Yo te movilizaré la comida provisionalmente y pue- 
des dormir en mi cuarto; la colombina de Antolín está 
vacía; lo mudaron para el Castillo del Príncipe. 

— ¿Desde cuándo está preso? 
. Sólo hace dos días; lo cogieron con 500 "Banderas 
Rojas", lo golpearon brutalmente; pero se reviró y le 
rompió el hocico a un policía de un puñetazo. Le hicie- 
ron echar la sangre. 

— Bueno, gajes del oficio. Pero de todas maneras ne- 
cesito ponerme en contacto con Julián. 

— Lo comprendo, pero yo no sé dónde verlo. Espera 
aquí a Villa, que él te dará el contacto. 



El Oro de Moscú 67 

— Está bien. ¿Cómo andan los preparativos para 
mañana? 

— Magníficos. Fíjate en el entusiasmo que hay entre 
los obreros. El gobierno pretende impedir los actos de 
mañana, especialmente la huelga general y la demostra- 
ción, pero las masas están dispuestas a salir a la calle cues- 
te lo que cueste. Llevaremos buenas brigadas armadas de 
autodefensa. 

— ¿Y cuál es la actitud de los sindicatos reformistas? 

— Sus dirigentes quieren fiesta bajo techo, por la no- 
che, para lucirse con sus discursos merdieros; pero la masa 
está por el paro general y la demostración. 

— Bueno; déjame recorrer esto, a ver cómo anda y si 
encuentro más caras conocidas. 

— No te pierdas. Búscame por aquí para ir a almorzar 
y llevarte al cuarto. 

Pedro empezó a observar todo lo que había y se de- 
cía en aquel abigarrado colmenar proletario. 

Las paredes eran galerías de pasquines, fotografías, fo- 
tograbados nacionales o internaciones, emblemas y ban- 
derines. Aquello parecía un museo de agitación y pro- 
paganda revolucionaria. Pedro iba viendo y leyendo al- 
gunos. Luego se metió por entre los cuartos, los cuales 
se comunicaban entre sí y en los que Jiabía un constan- 
te entra y sale de gente. 

En uno de ellos, grupos de compañeros y compañeras, 
agachados en el suelo y apoyados en las paredes, pintaban 
a toda prisa lemas revolucionarios sobre banderolas ro- 
jas y blancas y gruesos cartones. Algunos estaban emba- 
rrados de pintura hasta las narices. A cada momento lle- 
gaban elementos de distintas organizaciones con más te- 
las y cartones, queriendo apoderarse "revolucionariamen- 
te" de los pocos pinceles que había y surgían acaloradas 
disputas por los turnos. Pero los más consecuentes y de 
carácter se hacían oír y las discusiones terminaban en ri- 
sas, ayudándose todos mutuamente en pintar las subver- 
sivas letras. 

Los fines de la Liga de Pioneros eran los más írre- 



68 Agustín Alarcón 

ductibles: no se cansaban de pintar: "¡Exijamos desayu- 
no y material escolar gratis para los niños pobres !", y de 
dibujar redondas barrigas de burgueses con un gran sig- 
no de $ y a chicos jugando al football con ellas. 

— No, no les -prestamos nuestros pinceles, los van a 
gastar; compren como nosotros — decía una pionera co- 
loradita a un obrero cigarrero. 

— Tenemos que prestárselos, compañera; tenemos que 
ayudar a los adultos y los adultos a nosotros — repuso un 
pionero, con voz de un hombrecito, y cogiendo uno de 
los pinceles se lo alargó al cigarrero que lo pedía, dicién- 
dole : 

— Toma, que es de la Revolución. Cuídalo y devuél- 
velo. 

Pedro presenció esta escena y se quedó entusiasmado 
observando la precoz personalidad revolucionaria del 
chiquillo. Luego siguió a otro cuarto donde estaba re- 
unido el Comité Central del Sindicato de Lavanderos y 
Planchadores. Una mulatica de 18 años tenía la pala- 
bra y le hacía una dura crítica a un compañero de edad 
madura. Decía: 

— Propongo que el Comité haga una severa crítica al 
compañero, porque se le señaló la tarea de preparar las 
secciones de Sitios y Cayo Hueso para la demostración 
de mañana y no ha hecho nada. 

Una de los tres compañeros chinos que había, pidió la 
palabra seguidamente. Dijo; 

— Yo estal de acueldo con el ploposición del compa- 
nela. La companelo Ricaldo no quelel tlabajá. Compa- 
nelo Ricaldo: ¿no quelel demostlación de la Plimela de 
Mayo? 

— Companelo Ricaldo sí quelel demostlación de la 
Plimela de Mayo — dijo burlándose el criticado. 

— ¡Compañero Ricardo: respeta al compañero Chong 
o te vas de la junta! ¡Y pido la palabra para hablar! — 
exclamó colérico un español que presidía. 

Pedro se asomó al cuarto inmediato de donde salía 
un ruido de olla de grillos: eran los dirigentes y activistas 



El Oro de Moscú 69 

del sindicato textil, entre los cuales predominaban las 
mujeres, que, en hallándose agrupadas, son las que más 
alborotan con sus voces agudas, sus chillidos y sus ale- 
gres risotadas. 

— Amelia, yo insisto en que tú debes dar la pistola 
también. Tú no vas a hacer nada con ella; estoy seguro 
de que no sabes manejarla. Uno de nosotros, un hombre, 
sabría utilizarla mañana — dijo un joven que estaba sen- 
tado en una silla delante de un buró a una joven que es- 
taba sentada sobre dicho último mueble, dándole la es- 
palda a la puerta en que estaba asomado Pedro. 

— ¡No la doy! — respondió ella enérgicamente, dando 
un puñetazo sobre el buró. — Sé usarla tal vez mejor que 
tú, Señor Hombre. ¡Amo del Universo! Además, ¿a qué 
viene eso de "uno de nosotros, un hombre?" ¡Estás ca- 
careando diariamente la "igualdad de la mujer" y ahora 
venís con el caballeresco remilgo de que yo, una mujer, 
que tengo manos con cinco dedos igual que tú, use una 
pistola en una demostración! ¡Se rifármela como el que 
más! ¡Soy una revolucionaria, no una niña bien! ¡Mejor 
dicho, somos, valemos, tanto como ustedes; somos tan 
útiles al movimiento como podáis ser los hombres! 

- — ¡Bien! ¡Bravo! ¡Viva Amelia! — gritaron casi to- 
das las otras muchachas que allí había. Estas, con algu- 
nos compañeros, formaron un bando feminista, y la ma- 
yoría de los hombres, con algunas mujeres, formaron el 
contrarío. Uno bizco, dijo; 

— Sí, sí, la camarada Amelia tiene razón, las mujeres 
son muy útiles para el "movimiento" . . . — y movió pi- 
caramente los ojos. 

— ¡Qué gracioso. . . bolchevizco! — dijo una. 

— ¡Estoy de acuerdo! — dijo otro — pero el "movi- 
miento" se demuestra andando . . . andando, bella Ame- 
lia. 

—¡Basta! — gritó uno furiosamente y con gran apa- 
rató. — ¡Es una directiva de nuestros organismos revolu- 
cionarios trabajar sin descanso en el "seno" de las mu- 
jeres ! . . . 



70 Agustín Alarcón 

Hubo una asamblea de carcajadas. 

Una trigueña, de senos bellísimos, que no podía pasar 
tan gruesa broma, exclamó: 

— Empieza por las de tu casa, camarada. 

Pero el otro, que era un descarado, dijo muy com- 
pungido: 

— Perdona, compañera; me equivoqué. La directiva 
no es así, sino de que debemos formar el frente único 
"por abajo" con las mujeres. . . 

Otro, implacable, exclamó: 

— ¡Así no es, imbécil; sino que debemos conquistar 
"sus órganos de lucha"! 

— Empieza por tu mamacíta, querido — dijo fuera de 
sí la trigueña. 

— No seas tonta, Mirta; ¿te vas a poner brava por tan 
poca cosa? Estos son buenos muchachos y nos aprecian; 
pero pretenden hacernos rabiar para demostrar su supe- 
rioridad masculina y nuestros débiles nervios . . . — ha- 
bló Amelia, la líder indiscutible, y se ganó un aplauso. 

Pedro seguía de espectador y hubiera querido verla de 
frente. El joven que estaba sentado delante de ella, le re- 
puso: 

— Más débiles de nervios tal vez no, pero de músculo 
sí; te lo voy a demostrar quitándote la pistola por la 
fuerza — y se avalanzó sobre su cartera; mas, como ella 
estaba sentada en el buró, a un nivel más alto que la si- 
lla donde él estaba, le puso una zapatilla en el pecho y 
lo empujó, haciéndolo caer al suelo con el asiento. Y 
de un salto se bajó del buró y corrió para ponerse a dis- 
tancia, divisando entonces a Solís. 

— ¡Pedro! — exclamó, con la sangre agolpada a las 
mejillas. 

-—¡Aurora!... ¿¡Us... ted!?... ¿Tú? 

— Yo — y se acercó a él y lo abrazó rebosante de ale- 
gría. 

— ¿Pero es posible? — Pedro estaba aturdido. % 

— Vamos para el fondo y conversaremos a solas — 
Y dirigiéndose a los sorprendidos compañeros: — ¡Hasta 
luego, muchachos! — Y se llevó a Pedro por un brazo. 



El Oro de Moscú 71 

— ¡Cuidado, vayan por la sombrita! — gritó uno del 
grupo. 

Pedro y Aurora se instalaron en unas sillas que ha- 
bía en el fondo. 

— Si me lo cuentan lo hubiera dudado — exclamó Pe- 
dro, contemplando insistentemente a Aurora, aún asom- 
brado. 

— Pero si uno se vuelve comunista de un día para 
otro ... 

— Sí... tal vez; pero no me asombra eso, sino que tú 
Aurora Aguirre, que hace poco tiempo eras una niña ro- 
mántica, sentimental, soñadora, el verdadero prototipo 
de la calamidad femenina, que vivía con los pies en la 
tierra y los ojos en el cielo, tú, tengas hoy ese carácter, 
esa entereza despierta de la mujer revolucionaria. Hace 
un rato que estaba viéndolos discutir por la pistola, ¡y 
cómo iba a pensar que la que hablaba dando puñetazos 
en el buró fueras tú! 

El tenía razón. Aurora (Amelia por nombre de gue- 
rra), la prima de Cristóbal, la mogigata, meticulosa y 
remilgada joven de ayer era hoy una mujer distinta. Una 
mujer. Digna, capaz de ser compañera del hombre y 
juntos romper sus cadenas, y juntos emanciparse. 

La transformación de la ideología y del ser le había 
llegado ya hasta la fisonomía, se había embellecido más 
aún con la soberana belleza que dan la claridad ideoló- 
gica, la confianza en la vida y la lucha por la Justicia. 

Mientras Pedro hablaba ella lo contemplaba sonrien- 
do, recordando cuánta repugnancia y odio le tuvo por 
sus brusquedades materialistas y su rudeza bolchevique. 

— Compañero — dijo al fin ella, conmovida; — son 
tres años de prueba y de lucha contra la miseria y la 
vida. Después que me echaron de aquel infierno donde 
el infame Mr. Richard me ofreció "perdonarme" a cam- 
bio de que le diera mi cuerpo, perdí a mi madre. Sola, 
tuve que ganarme la vida. De taquimecanógrafa no pu- 
de trabajar, porque debía también pagar el derecho de 
pernada a los señorones de Buró, capitanes de industria; 
entonces me metí, o caí, de lleno, en la producción: fui 



72 Agustín Alarcón 

costurera, luego cigarrera, ahora soy textil, hacedora de 
medias, pantaloncitos y ajustadores lucientes para la 
carne de trata blanca. Creamos el sindicato para defen- 
dernos, y atacar, ingresé en la Liga Juvenil y aquí me 
tienes hecha otra: roja, ruda, recia. 

Aurora se había ido emocionando y elevando el tono 
de la voz y puntualizó dando un puñetazo sobre una 
rodilla de Pedro. 

Este sonrió admirado, explicándose el rencor que de- 
bía sentir contra todo lo viejo y reaccionario, y contra 
sí misma, por tanto engaño y dolor sufridos. 

— Dime, ¿y Cristóbal? 

— Cristóbal es un bribón, pertenece al ABC fascis- 
ta imperialista. Ahora está sin trabajo y gestiona un 
empleo en el gobierno. Estamos en plena, guerra políti- 
ca; aunque vivimos juntos, nos queremos y tenemos un 
hijo. . . 

— ¿Ustedes un hijo? 

— Ven y lo verás; lo tengo aquí — dijo Aurora, con 
un gran gozo en la cara y caminando hacia los primeros 
cuartos. Llegaron al de la pintura. 

— ¡Pepito, ven acá! — exclamó ella y acudió el pre- 
coz pionero que Pedro había admirado momentos antes. 

— No, ése no es hijo de ustedes; tiene como ocho años. 

— ¿Qué hay? — dijo el chico, llegando. 

— ¿Conoces a este compañero? 

Pepito se puso a observar a Pedro detenidamente; lue- 
go respondió: 

— No. no lo conozco, ¿en qué organización lucha? 

— Es Pedro Solís. 

— ¡Pedro Solís! ¡Qué ganas tenía de verte! ¡Cómo 
te velé para que Mr. Richard no te matara; hasta me 
quedé dormido junto al almacén número 2; y por po- 
co. . . 

Pedro le echó los brazos emocionado, exclamando: 

— ¡Con que tú! . . ¡Y ya eres un luchador! ¡Y qué 
grande y fuerte estás! ¡Qué sorpresas he tenido con us- 
tedes! 



El Oro de Moscú 73 

— Era huérfano de padre y madre, lo hicimos nues- 
tro hijo. . . ¡La pobre mamá lo quiso tanto! 

— ¡Pepito! ¡Pepito! — empezaron a llamarlo los otros 
pioneros, 

— Anda si quieres — le dijo Aurora; — ya lo verás 
bastante; él va a parar a casa. 

— ¡Esto se complica! — exclamó sonriente Pedro. — 
Ya tenía dónde comer y dormir. 

— Cristóbal, aunque es abecedario, sigue siendo tu 
amigo y se disgustaría si no vas y Pepito y yo, como 
camaradas, te lo exigimos. 

■ — Bueno, déjame avisarle al compañero que me ofre- 
ció su cuarto. Además, tengo que ver a otro. 

— Ve. Haz todo lo que tengas que hacer y búscame 
luego en el cuarto donde nos encontramos. 

Ambos se separaron. Pasó un cuarto de hora. Llegó 
la noticia de que el Gobierno iba a decretar la suspensión 
de garantías y la Ley Marcial. En vista de eso se ordenó, 
por la dirección obrera, desalojar el local, vaciándolo de 
banderas, estandartes, manifiestos y demás materiales 
de agitación, propaganda y organización. 

Pedro y Aurora se fueron juntos. Pepito, cargado de 
banderas y cartelones envueltos, se fué por otro camino. 
Aquéllos llegaron a una casa de doble planta, tipo cla- 
se media. En la planta baja vivían Cristóbal, su madre, 
Aurora y Pepito. 

Ella entró la primera y divisó a su primo, gritándole; 

— ¡Mira qué huésped te traje! 

— ¡Pedro! — exlamó Cristóbal abrazándolo. — ¡Cuán- 
to me alegro de verte! 

A pesar de esta efusión dejaba traslucir cierto disgusto, 
como si la llegada de Solís le fuera grata y dolorosa a la 
vez. 

— ¡Igualmente yo! — dijo Pedro. 

— Te hacía ya en el Más Allá. 

— Pues sigo en el Más Acá. Digamos algo de la ex- 
pulsión del central y de los consiguientes trabajos que 
sufrieron por mi culpa; aunque le arrancamos la repo- 



74 Agustín Alarcón 

sición a la Compañía y ustedes se negaron a volver. La 
cordial bienvenida que me han dado demuestra que no 
me guardan rencor . . . 

— Yo estoy cada día más orgullosa de ello — exclamó 
Aurora. 

— Lo sé. 

— Yo — dijo Cristóbal— lo sufrí todo por tu amis- 
tad, y haría mucho más aún; aunque según tengo enten- 
dido, para ustedes, los comunistas, la amistad es un pre- 
juicio burgués. 

Pedro se echó a reír del tono dolido con que su ami- 
go decía esto, y repuso: 

— La amistad, el amor — sexual y familiar — la gra- 
titud, el odio, la simpatía, todo ese mundo moral de los 
afectos, existe por sí mismo y existirá siempre; no es 
patrimonio de ninguna clase, aunque sí es condicionado 
por el desarrollo económico y la lucha de las clases. 

— Me alegro que creas en la amistad; aunque cuando 
llegaste al central tu "determinismo económico" hacía 
tabla rasa con todo. 

— Entonces empezaba, tenía esa enfermedad infantil 
de los comunistas que nosotros llamamos pintorescamen- 
te "sarampión rojo". 

— ¿Has visto cómo se ha "contagiado" también es- 
ta muchacha? — dijo el otro señalando a su prima. 

— Nunca gozó de mejor "salud". 

— Prefiero que sea una romántica, como antes, a una 
Marimacho, como pretende. 

— Ni Marimacho ni Mariquita. Lo que le pasa aho- 
ra es que expulsa el cúmulo de energías que tenía pri- 
sioneras. Ella sabe bien que si es grotesco y repugnante 
un hombre afeminado, también lo es una mujer mascu- 
linizada. 

— Es que éste no comprende que una pueda ser enérgi- 
ca y femenina a la vez — dijo Aurora. — Me critica que 
tenga carácter, que haya avanzado . . . 

— ¡Bah, el que ha avanzado soy yo, soy miembro des- 
tacado del ABC, la esperanza de Cuba. 



El Oro de Moscú 75 

— Aurora me lo dijo y me ha extrañado sobremanera 
que milites en esa organización fascista-imperialista, en 
la Porra Verde, como la apoda el pueblo. 

— ¿El pueblo? Los agentes de Moscú y los tontos co- 
mo tú y Aurora que de buena fe los siguen. El ABC 
hará una Cuba Nueva, con un gobierno corporativo to- 
talitario de mano fuerte-fascista, si queréis, pero no im- 
perialista, sino nacionalista. 

— ¿No es imperialista y sus dirigentes no salen de ir 
a buscar órdenes a la Embajada Americana? En cuanto 
al fascismo éste es sólo una transfusión de sangre popu- 
lar al capitalismo caduco y por tanto sólo es posible, en 
sus totalitarios, horror, barbarie y saqueo público, en 
los países coloniales y semicoloniales, como Cuba, sin 
economía propia, sojuzgados por la economía y la po- 
lítica del imperialismo, no puede haber fascismo en el 
sentido económico-nacionalista recalcitrante de Italia y 
Alemania; puede, sí, haber partidos fascistas, como pue- 
de haber partidos utopistas y reaccionarios donde quie- 
ra que encuentre una base social, por pequeña que sea. El 
ABC es sólo una agencia fascista voluntaria del imperia- 
lismo yanqui en Cuba. La oprimida América Latina es- 
tá sembrada de estas agencias, nutridas con todos los 
elementos que andan ideológicamente atrás. Pero los ca- 
misas negras de Italia, camisas pardas de Alemania, azu- 
les de Inglaterra, verdes de Cuba y Brasil, doradas de 
Méjico, todas las camisas fascistas serán rotas muy pron- 
to por todos los descamisados de todo el mundo; y cuan- 
do esa hora llegue aquí, queremos Aurora y yo, que tú es- 
tés con los descamisados, ¡con nosotros! 

— ¿Con los descamisados yo? ¡Nunca, jamás! Quiero 
vivir plenamente la vida, embriagarme de ella. Jamás 
profesaré ese neocristianismo humanitario de los llama- 
dos materialistas marxistas. ¿Tuberculizarme, morirme 
de hambre y de sed, y de horror, en las prisiones por el 
bien de la humanidad? ¡Quiá! Me importa la posteridad 
lo que yo le importo a ella. ¡Nada! No creo en el Más 
Allá. Antes de ser Cristo, seré Pilatos o Judas. Cada 



76 Agustín Alarcón 

uno que se defienda por sí mismo, como pueda, sí no 
que sufra o se mate. No basta cargar con la propia des- 
gracia de haber nacido, sino que tiene uno que cargar 
con las desgracias de todos los mendigos, de todos los 
derrotados en la vida. Los sacrificios ajenos no se han 
hecho para mí. El darwinismo ha demostrado que en la 
naturaleza, en la vida, sólo triunfan los más fuertes; los 
débiles padecen o perecen. ¡Yo seré de los fuertes! 

— Acabas de exponerme el credo individual de los fas- 
cistas, plagiando al paranoico Nietzche. Y, por otra par- 
te, aliado al poderoso y atacando al débil, al inválido, 
no serás el más fuerte, sino el más cobarde. Nosotros 
que peleamos contra el Coloso, o contra el Capital, sí 
somos los más fuertes y lo demostraremos con la victo- 
ria. Marx, pues, no está, en lo fundamental, contra 
Darwin, sino que eleva su teoría al plano social donde 
luchan por la existencia, no los individuos, sino las 
clases, y triunfa la más poderosa, la más fuerte. Eso no 
es cristianismo, esa no es filantropía, eso es cumplir e 
impulsar a cumplirse las leyes inmutables de la Historia. 

— No trates de convencerlo, Pedro, que no lo logra- 
rás; yo lo he intentado en balde — dijo Aurora. 

— Como mujer, sí me convences — respondió Cris- 
tóbal sonriente — porque tú eres todo para mí, como la 
Mujer es todo para el Hombre y viceversa. Que mueran 
todas las mujeres o todos los hombres, y, aunque abun- 
de la comida y el confort para todos, la vida no tendría 
objeto y todos se suicidarían en masa, comunistas, fas- 
cistas, pobres y ricos. No es lucha social sino lucha se- 
xual lo que existe desde el principio del mundo. 

— Basta, fauno hitleriano, que Pedro querrá almorzar 
y descansar. 

— Primero quiero bañarme, 

— Vamos a la cocina, que allá está la vieja; ella te 
acomodará. 

- — ¡Qué ingrato soy, Cristóbal, no haberte pregunta- 
do por ella, tan bien como me trató siempre! Hace como 
cinco años que no la veo. 



El Oro de Moscú 77 

— Muchas veces me ha dicho que si sabía de la suerte 
de "ese muchacho loco", de ti. Te está agradecida por 
haber provocado mi expulsión del central; siempre ha 
querido tenerme a su lado. 

Los tres se fueron rumbo a la cocina. A la media hora 
Pedro estaba instalado como en su propia casa. Una 
habitación para él solo y una cómoda cama. Le quita- 
ron el paquete de ropa que traía para arreglársela. Era 
otro hijo allí. Se bañó. Almorzaron. Aurora se fué pa- 
ra la calle. Cristóbal y Pedro se sentaron en la sala. Des- 
pués de tratar algunos tópicos sin importancia, el pri- 
mero puso una cara patética, como del que va a dar un 
pésame, y con voz conmovida, habló: 

— Pedro, quiero que me jures una cosa. . . ¿Lo ha- 
rás? 

— Sí no va contra el movimiento, si está en mis ma- 
nos, si puedo. . . 

— Tú sabes cuál ha sido la debilidad de mi vida... — 

Cristóbal hablaba con manifiesta dificultad. 

— ¿Tu debilidad? . . . ¿El dinero? . . . ¿La bebida?... 
No sé . . . ¿Cuál es? 

— Mi prima, Aurora. 

— ¡Ahí ¿Y qué? 

— Tú sabes, antes, cuando ella era como era, no me 
quería porque decía que yo era un materialista; ahora 
no me quiere porque no lo soy verdadero. . . 

— ¿Pero ustedes no viven juntos? — una ansiosa cu- 
riosidad salía al semblante de Pedro al hacer esta pre- 
gunta. 

— Sí. . . —-dijo Cristóbal, amargamente — vivimos 
juntos, en la misma casa . . . Me quiere come a un her- 
mano; pero no ha querido ser mi esposa, no ha queri- 
do ni vivir de nuestras rentas de la planta alta y de la 
otra casa; contra mi voluntad y la de mamá se fué a tra- 
bajar por su cuenta cuando murió su madre. Esta le 
aconsejó al morir que se casara conmigo, pero ella no 
cree ya en deseos de muerte. Sin embargo, espero que re- 



78 Agustín Alarcón 

capacite, no he perdido la esperanza de hacerla mi espo- 
sa. . . 

Pedro quiso solidarizarse con la angustia ajena, pero 
la propia satisfacción de saber a Aurora libre le salió 
a la cara. Embarazosamente, dijo: 

— ¿Y qué quieres tú que yo haga? 

— ¡Que no me la quites! — exclamó Cristóbal con 
patética y suplicante voz. 

— ¡Has perdido el juicio! ¡Acabo de llegar, me dais 
albergue y . . . ! 

— ¡No te enfades, por favor! — lo interrumpió Cris- 
tóbal, agarrándole las manos. — ¡Yo sé que ya te quie- 
re, me tenía loco preguntándome si sabía de tí. Yo sé 
también que ya la quieres ... en los ojos te lo he visto. 
No te culpo, no, ¿quién no la quiere? ¡Pero yo la quie- 
ro más que nadie! 

— Divagas. La quiero como una buena camarada y 
amiga, que antes de serlo sufrió por mí. Así me quiere 
ella. 

Pedro habló con tanto énfasis y seriedad que Cristó- 
bal lo creyó; no obstante, insistió. 

— Júrame que no la enamorarás. 

— Te aseguro, si así lo quieres, en nombre de nues- 
tra amistad, que no la enamoraré. 

—"Si así lo quieres", "en nombre de nuestra amis- 
tad" . . ¡Entonces la quieres! 

— ¿No te basta? ¡Tú estás loco! ¡Eres un caso freu- 
diano! ¡Me voy de tu casa ahora mismo! 

Pedro se paró e hizo un ademán de ir a buscar sus 
cosas. 

— Perdóname — dijo el otro, deteniéndolo; — sí, es- 
toy loco por ella, pero te aprecio y te creo. Y. . . si al 
fin la perdiera yo, antes que sea otro, que la ganes tú; 

Ambos se abrazaron. 



CAPITULO X 

— ¡ Jum! . . ¡Jo! ... ¡ Jei! . . . j Jau! . . . 

— ¡De frente, march! 

— ¡ Jum! ... ¡Jo! . . . ¡Jei! . . . ¡Jau! . . . 

— ¡Derecha, deré! 

— ¡De dos en fondo! 

— ¡Alineación izquierda! 

—¡Alto! 

— ¡Posición correcta, imbécil! 

— ¡En su lugar, descanso, brutos! 

Todas las fuerzas de la Ciudad Militar de Colum- 
bia se movían en tren de guerra al despuntar el día. 

Día l 9 de Mayo. 

Recuento mundial de las fuerzas activas de la clase 
obrera. Día de armas para los explotados y alarma para 
los explotadores. Día de lucha y terror. Día Rojo. 

¡¡Ppiasü ¡¡Pplasü ¡¡Pplasü ¡¡Pplasü 

¡¡Pplasü ¡¡Pplasü ¡¡Pplasü ¡¡Pplasü 

Extraño tambor de mil pies, en las barracas, el pasi- 
llo y el polígono retumban al compás los pasos de las 
compañías y escuadrones en marcha. 

Pasos . . . Pasos . . . Pasos . . Pasos . . . 

Pasos de hombres. Pasos de caballos. 

Paso de marcha. Paso doble. 

¡La humanidad guerrera en marcha contra la humani- 
dad trabajadora! 

Voces . . . Voces . . . Más voces. 

Voces de mando, Vejámenes del mando. 

Sólo la gente de estrellas, barras y galones grita, im- 
preca y chilla; los más, la mayoría, calla y corre como 
tropel de mudos. Como ganado, mudo. 

Grita "a formación" una garganta de cobre. A su 



80 Agustín Alarcón 

conjuro hay un ritmo febril en los uniformes y los per- 
trechos. Un ritmo fabril. 

Hijo predilecto del Capitalismo, el cuartel, ¿qué ha de 
ser, sino una fábrica también? 

El Capitalismo, caduco, industrializa; engalana y 
condena al crimen. Racionaliza la jerarquía de la barba- 
rie armada. Y a esto le llama Civilización. La suya. 
Toma su materia prima de la dócil cantera campesina y 
del subsuelo social urbano, sedimento donde viven a cíe- 
gas, topetándose, los elementos desclasados, el lumpen 
proletariado y todos los detritus vomitados por las cloa- 
cas carcelarias. 

De ese barro humano, fundido en el molde de un co- 
saco blanco e inflados por el "divino aliento" de la 
Propiedad, la Patria y la Autoridad, saca por series esas 
odiosas víctimas que son los soldados. En otras fábri- 
cas echa cerdos por un lado y saca por otro latas de cho- 
rizos. En ésta echa por la esclusa que es la Escuela de Re- 
clutas piaras de pobres diablos y saca por la puerta del 
Servicio Secreto asesinos en pelotones. 

El polígono de la Ciudad Militar de Columbia se 
transformó en un viviente tablero de ajedrez. Cada pie- 
za buscó su puesto en alineación de juego, que en el 
ajedrez militar es alineación de fuego. 

Un millar de uniformes se cuadraron en larga for- 
mación para saludar en silencio la iza de la bandera, a 
los sones del himno nacional. 

Hasta los caballos saludaban cuadrados y en silencio 
la iza de la bandera . . . Para algo les daba el pienso, 
como a los otros . . . 

A lo alto del asta la bandera topó. El himno cesó. Y 
un capitán expectoró esta arenga, que al parecer se la 
había aprendido de memoria: 

— ¡Soldados del Escuadrón Dos: Salid los primeros 
a patrullar las calles. Por la patria y la disciplina, sed 
severos. No permitáis grupos de más de dos. Ni reparto 
ni lectura de maniestos. Ni huelgas. No permitáis ban- 
deras ni estandartes rojos. Detened a los agitadores y 



El Oro de Moscú 81 

malhechores conocidos. Disolved con mano dura reunio- 
nes bajo y fuera de techo. Disparad contra los disturbios. 
Proteged hasta con vuestras propias vidas la Propiedad 
y el Orden. Obedeced sin replicar a vuestros superiores 
jerárquicos. ¡Responderéis ante el Consejo de Guerra por 
cualquier desobediencia o traición a la Patria en peligro! 
¡Por la Libertad de Cuba!" 

Y con aire de autómata, giró militarmente sobre sus 
talones y se fué con humos de nuevo Napoleón. 

Un coro de comunistas, que contemplaban las manio- 
bras tras los hierros de un calabozo, rompió a cantar 
desafiadora y desaforadamente: 

¡Arriba los pobres del mundo, 
en pie los esclavos sin pan . . 

"La Internacional". 

Un oficial, lleno de pomada, polvos y perfumes, y ar- 
mado de fusta y espuelas, salió a lucirse en la doma de 
un potro cerrero y salió como un tiro disparado de la 
silla. Perseguido ele cerca por los dientes y cascos del 
rebelde animal, corría con el espanto de un rompehuelga 
delante de una comisión de estaca. Con la ventaja de 
que su fuga era amenizada por las carcajadas de los sol- 
dados y de los comunistas presos. Válgale un fornido y 
valiente recluta que se avalanzó sobre la bestia salvaje y 
le detuvo. Con los ojos y el olfato el potro indómito 
reconoció en el recluta a uno de su misma tierra montu- 
na y se tranquilizó. No obstante, fué aplaneado y en- 
carcelado este "agitador profesional" de las yeguas, po- 
tros y potricos y se le siguió un caso de corte por falta 
de respeto a un superior. 

Una compañía de infantería salió a hacer artísticos 
ejercicios calisténicos coreográficos con los rifles, al com- 
pás de alegre música gimnástica. El arte y lo bello tam- 
bién sirven a la barbarie y la opresión. 

Con pasos isocrónicos, dando traspieses, como si en- 
sayaran bailar la rumba, el charleston o la carioca en una 
sola loceta, salieron al polígono los reclutas. A su flan- 



82 Agustín Alarcón 

co dere, un cabo, con voz de timbal, se apuraba en ayu- 
dar sus movimientos con el estribillo del ¡Jum! ¡Jol 
¡Jei! ¡Jau! Se los enfrentó para revistarlos un tenientillo 
que no daba la talla, pero que era teniente por no impor- 
ta qué detalles . . . Vaya, era rico, y tenía una hermana 
mayor que estaba muy buena y era muy buena con el 
Estado Mayor, a quien si él no daba la talla, ella daba el 
talle ... 

Traía el tenientillo el paso y el humor de una noche 
de juerga enfrente de un batallón de botellas de las más 
altas graduaciones y condecoraciones y entre un indis- 
ciplinado pelotón de prostitutas en pelota. En fin, traía 
un paso de recluta y un hnmor de general. Por su genio 
y figura la tropa lo apod¿ba "Polvorita". Se acercó a 
un recluta que tenía la corpulencia y reciedumbre de un 
campeón mundial de corpulencia y reciedumbre y un 
semblante de niño sorprendido. 

— ¡Póngase en atención — le chilló, y sacó un pañuelo 
para limpiarse las lagañas. 

El gigante se inclinó en posición de quien no oye bien 
y aguza el oído. 

— Será sordo este bruto — rumió el teniente, y le dis- 
paró a boca de jarro: — ¡Firme! 

El recluta repuso, mirando de reojo el pañuelo: 

— Si no sé firmar . . . 

Hubo una descarga general de carcajadas. 

— ¡Silencio, cara jo! — gritó el oficial rojo de ira 
como la nariz de un borrachín. 

— ¿Me permite explicarle, mi teniente? — se apresuró 
a decir el cabo. 

— ¡Vamos, hable o estrangulo a este gorila! 

Los soldados de línea que pasaban se paraban a mirar, 
porque siempre, sin quererlo, al ver la figura y actitudes 
de "Polvorita" invocaban saboreándose las caderas rum- 
bosas de su hermana. 

— Mi teniente — dijo el cabo — lo que pasa es que 
este muchacho tiene un raro defecto (así explicó su pa- 
dre cuando lo trajo y he comprobado yo), toma siempre 
las palabras en su más simple sentido. Por ejemplo, si 



El Oro de Moscú 83 

le pregunto: ¿qué es un pelotón?, responderá: "Una 
pelota grande"; ¿qué es una escuadra?: "Una herramien- 
ta de carpintero"; ¿qué es un batallón?: "Una batalla 
grande", y así por el estilo. Le cuesta mucho trabajo co- 
ger y retener el segundo sentido de una palabra o frase. 
Tan es así que en la instrucción no me atrevo a dar ,1a 
voz de ¡Marchen!, porque de seguro que se marcha. 

— Si es así, no vendría mal que la diera — dijo "Pol- 
vorita" y añadió: — ¡De seguro que usted es para él un 
cabo de tabaco! 

En efecto: el recluta en cuestión era quizá un comple- 
jo fenómeno de sicopatía freudiana e idiotez campesi- 
na, quizá su trato sexual y social con las bestias . . . 
quizá. Sólo entendía el sentido más trivial y literal de 
las frases y vocablos, su parte más correlativa, la más 
recta. Alguien dijo que tenía el cerebro cubista, cua- 
driculado, sin circunvoluciones ni recovecos, algo así 
como un dado legal . . . Era la antítesis real de los teó- 
logos, filósofos, legisladores y jueces, antípoda mental 
de los Santos Tomás, Hegel, Dracón y Pilatos. Rever- 
so en bruto del discernimiento idealista, en su caja pen- 
sante no había trastiendas, trapecios ni trampolines. 
Era la suya una cabeza sin metáfora ni hipérbole. El 
pan era pan y el vino vino. El sí que veía "la cosa en 
sí", pero no con el translúcido cristal del filósofo ale- 
mán. Y ahora venía a ser un diente más de la maqui- 
naria estatal de represión de la burguesía, del gobierno 
de la clase que más habla de toda suerte de cosas (Jus- 
ticia, Libertad, Igualdad, Fraternidad) , en sentido fi- 
gurado. ¡Cómo iba a sufrir el pobre muchacho con 
estos poetas capitalistas, empeñados en idealizar su mun- 
do, su tiranía, con cantos, entes y alegorías! 

— ¿Por qué lo ingresaron en la Escuela de Reclutas 
y no lo metieron en la cuadra y le echaron hierba? 

- — Por la talla, mi teniente, por la talla — dijo el 
cabo — ; fíjese, es un toro por el tamaño y por la fuer- 
za. Acaba de salvar al teniente García de que el potro 
TNT lo matara a patadas. 

"Polvorita", que vio que se estaba apuntando a su 



84 Agustín Alarcón 

punto flaco, la talla, desvió la puntería hacia el recluta, 
gritándole: 

— ¡Vamos a ver!: ¿cuáles son sus generales? 

— Mis generales . . . mis generales, pues, el general 
Maceo, el general . . . 

Otra explosión de carcajadas. Hasta el cabo se orina- 
ba de la risa. El teniente iba a estallar en una descarga 
de improperios, pero tuvo que izar bandera blanca y 
reírse. 

— ¿Cómo se llama usted? — le dijo. 

— Jesús Colombia. 

— Vamos a ver, usted es un recluta aquí, ¿qué cosa 
soy yo? 

El cabo y los soldados temblaban temiendo que fuera 
a contestarle que era "Polvorita". 

— Usted es el teniente del cabo. 

— ¡Teniente del cabo! ¿De qué cabo? 

— De ése. 

— ¿Y por qué soy teniente del cabo? 

— No sé, pero como cada vez que él le habla le dice 
"mi teniente". 

Los otros apretaban los labios para no reírse. Estaba 
por salírle al oficial el tiro por la culata. Desde niño su- 
fría esa su tragedia, que era comedia para los demás, y 
a la cual se acostumbraba como los gagos, los sordos y 
los doblefeos se acostumbran a la suya. 

El teniente sacó su reloj y, mirando al cabo, dijo: 

— Dentro de veinte minutos saldrá la Primera Com- 
pañía en camiones a copar y cercar la casa de la Confe- 
deración Obrera. Mándelo a él, y a otro recluta, como 
ayudantes de los choferes. A ver si cree que las balas de 
los comunistas son balas de algodón. 

— A la orden, mi teniente. 

— Mande el resto de los reclutas a ayudar al equipo 
de emergencia del hospital de sangre. Póngalos a la or- 
den del capitán médico. 

— A la orden, mí teniente. 

— Retírese y cumpla mis instrucciones. 

— A la orden, mi teniente. 



El Oro de Moscú 85 

Este se fué con su figura de boy-scout y el pelotón de 
novatos, maniobrando torpemente, empezó a ponerse en 
orden de marcha perseguido por los gritos de mando del 
cabo. 

A poco, de la Ciudad Militar empezaron a partir ha- 
cia la ciudad civil tropas tras tropas, que* al llegar a la 
puerta principal divergían en distintas direcciones como 
rayos de una rueda. 

Los cauchos macizos, los motores y los claxons de 
los camiones pedían vía libre con el ruido unísono de 
su rodante estruendo. Arriba, los soldados se apretuja- 
ban como bestias en vagones. A retaguardia de cada ca- 
mión amenazaba la pose asesina de una ametralladora trí- 
pode. A la vanguardia, sobre la cabina del chauffeur, seis 
Spríngfields alineados asomaban sus cañones en dispo- 
sición de fuego. 

Desde las azoteas algunos camisas verdes tiroteaban los 
camiones, hiriendo en una ocasión a un cabo, con el pro- 
pósito de que los soldados creyeran que eran los comu- 
nistas o los obreros y tomaran sangrientas represalias 
contra ellos. 

El recluta Colombia iba junto a un chauffeur que se 
tragaba las cuadras con el vértigo del carro y del espanto 
de sus ojos. Temía morir abaleado sobre el timón. En 
cada bocacalle esperaba la metralla mortal de una embos- 
cada. Sentía miedo. Y sentía remordimiento. El fué 
chauffeur de potentados. El ojo miope de su conciencia de 
clase parpadeaba al resplandor de los acontecimientos, al 
resplandor de las antorchas de las huestes que venían a li- 
diar por un nuevo y mejor mundo. Veía que con las an- 
torchas venían harapos y rostros lívidos, flacos, férvidos. 
Todo lo que desde la cuna le fué familiar: indigencia ex- 
trema y extrema desesperación. 



CAPITULO XI 



El horizonte se cubría de puños. 

Era que subía inmensa y tumultuosa la marejada roja 
de la Revolución. 

Sobre la tierra, sobre los mares, de polo a polo, los 
brazos del trabajo el trabajo abandonaban. 

Paros de minutos. Paros de horas. Paros de días. Pa- 
ros indefinidos. Paros parciales y paros generales. 

Era un ensayo mundial escalonado de los esclavos del 
Capital, una gimnasia sueca de su combatividad. 

Los motores y máquinas dejaban de rugir y resollar 
por intervalos. 

Los plantíos desfallecían. 

Los ganados decaían. 

¡Solidaridad fatal de la Naturaleza encadenada con 
el Hombre! ¡Solidaridad del Todo con la parte! 

Los ricos, igual que los pobres, hacían cola en las 
puertas de los establecimientos. Como en tiempos de gue- 
rra. Las huelgas son actos de guerra. 

Sobre la Historia venía, con su paso de reloj, la Hora 
que precede al "salto del reino de la Necesidad al reino 
de la Felicidad". 

Hora en que se podía decir: ¡Toda la Vida está en 
huelga! Y pedir: ¡Llega, suena, estalla redentora Hora 
de la Revolución! 

"Un fantasma recorre a Europa, el fantasma del Co- 
munismo", dijo una sola voz de dos colosos en el siglo 
pasado. 

Ahora aquel fantasma había crecido y tomaba cuer- 
po. Sus pies de gigante cubrían ya más de una sexta parte 
del mundo. 

Ya no tenía que ser un vagabundo, con los pies san- 



El Oro de Moscú 87 

grantes siempre en marcha y "el dolor de sentirse ex- 
tranjero en todos los mares y en todas las tierras". 

Desde todos los puntos del globo se veía y su voz 
llegaba a todos los puntos del globo. 

Era la emisora mundial de una Vida nueva y un 
nuevo Pensamiento. 

Del oscuro fondo de las ruinas del Rhur, de Lodz, 
Ohio, el África e Inglaterra, del vértice de los rascacielos 
neoyorquinos, de los arrozales de China, de los trigales 
de La Pampa y del Canadá, de los balleneros de los ma- 
res árticos y antarticos, de los cañaverales de Cuba, de 
los cafetales del Brasil y Puerto Rico, de los viñedos de 
España y Francia, de las mismas nieves eternas y de la 
Tierra del Fuego, de las usinas yanquis, de los frigorí- 
ficos de la Argentina, de los yerbales del Paraguay, de 
las jugueterías del Japón, de los pozos petrolíferos de 
Méjico y Java, de los grandes clubs de pelotas, de las 
oficinas bancarias, de los sets de Hollywood y hasta de 
las caravanas cafres del Congo, de todos los sitios de 
trabajo y explotación surgían militantes comunistas, que, 
como electrones se protoplasmaban en átomos, molécu- 
las y materia palpitante en el rojo periespiritu del gran 
fantasma de la Revolución. 

Sus lenguas eran distintas, pero su voz era la misma. 
Su gesto igual. Eran toda una Babel al revés volcada a 
la cabeza de todos los esclavos sin pan". Su voz era la 
misma: 

¡Huelga! j Calle! ¡Masa y combate! 

í Revolución social mundial! 

Decrépito, epiléptico, el Capitalismo se desintegraba 
de convulsión en convulsión, de zarpazo en zarpazo, ba- 
jo las plantas del cíclope fantasma que se materializaba. 

En Cuba, semicolonia, reserva retrasada del Capitalis- 
mo, la lucha por ser precoz no era menos feroz. 

Contra la poderosa maffia al por mayor del imperia- 
lismo yanqui y sus pandillas de patriotas gangsters crio- 
líos, el proletariado, el campesinado y el estudiantado, 
consonantes los tres del gran poema de la Revolución, 
hacían derroche de abnegación y bravura. 



88 Agustín Alarcón 

Este l 9 de Mayo llegaba cuando en el histérico pano- 
rama del país se terminaba a toda prisa la barricada po- 
pular. Y ante la movilización revolucionaria del pue- 
blo trabajador y oprimido, el gobierno de los señores 
de la banca, las fábricas y la tierra hacía aprestos de fie- 
ra acorralada. Atacaba y se defendía con la ferocidad 
y la agilidad de un pulpo. Pero el pueblo, valiente co- 
mo león herido, avanzaba al combate con la sonrisa sar- 
cástica del que "no tiene nada que perder y sí un mundo 
que ganar". 

El gobierno decía: ¡Quietos, canallas, que he suspen- 
dido las garantías constitucionales! Y el pueblo labo- 
rioso, respondía: jBah, para los trabajadores siempre han 
estado suspendidas! 

El gobierno gritaba: i Bocabajo, bandidos, acabo de 
declarar la Ley Marcial! Y los obreros a una voz respon- 
dían: ¡No joda más, que para nosotros siempre ha esta- 
do en vigor! 

Estaba visto que los explotados celebrarían su día, con 
sangre si era preciso. La víspera, a pleno día, los opreso- 
res habían mandado a pegar en todas las esquinas un 
pasquín amarillo que decía: 

"República de Cuba, — Comandancia Militar de la 
Provincia de La Habana. — Bando número 100. — 
Considerando: que una turba de perturbadores de oficio, 
al servicio del oro de Moscú, pretende el próximo l 9 de 
Mayo, contra toda justicia y dignidad, acabar con la es- 
tabilidad, independencia y libertad de la Patria, entro- 
nizando el bandidaje, saqueos de los establecimientos, in- 
cendios de las iglesias, conventos y asilos, violación de 
las mujeres de nuestra mejor sociedad y toda suerte de 
bandolerismo rojo; 

Considerando: que con esos actos de vandalismo bol- 
chevique pretenden apoderarse del poder en dicho día, 
matando inocentes niños, ancianos y mujeres e implan- 
tando una dictadura tan sangrienta como la de Rusia, 
donde los obreros trabajan sin parar 24 horas diarias y 
reciben yerba como comida y látigo como descanso; 



El Oro de Moscú 89 

Considerando: que esos malhechores se proponen uti- 
lizar a los obreros y estudiantes como escalón y carne 
de cañón de sus horripilantes propósitos y que está en 
nuestro deber velar porque esto no suceda, salvaguardar 
el bienestar, la grandeza y la libertad de la Patria que 
nos legaron nuestros heroicos antepasados e impedir la 
matanza criminal de inocentes niños, ancianos y muje- 
res: 

Ordeno y mando: que no se formen grupos de más de 
uno en las calles, que después de las 8 de la noche sólo 
podrán transitar por la vía pública las personas que por- 
ten pase de esta Comandancia; que el l 9 de Mayo los 
obreros deben ir al trabajo como de costumbre, sin ca- 
minar en grupos, ni despacio, ni hablar en voz alta, lle- 
var bultos ni las manos en los bolsillos; que ninguna 
persona, mujer, hombre o menor use prenda de vestir ro- 
ja, o de color parecido al rojo. 

Y por tanto y cuanto: el que no obedeciere este Ban- 
do, recibirá el rigor de la Ley Marcial en vigor. 

Por la libertad de Cuba. 

Arsenio Cranero y Perraza 

Comandante de la Plaza." 

Al unísono el "Diario de la Marina", y como los de- 
más periódicos de la reacción, gritaba en cintillos y gran- 
des titulares: 

¡La Confederación comunista decreta para ma- 
ñana el terror rojo! 

Intentan cocerse el poder pasando a cuchillo a 
medio pueblo, sólo como comienzo. 

Empezarán por los que se bañan y se visten 

bien y acabarán por los obreros partidarios 

de la libertad. 

También todas las personas gruesas, excepto 
los líderes del Comunismo, están ya condena- 
das a muerte. 



90 Agustín Alarcón 

El Bando, esta propaganda de prensa y la propaganda 
de infundios o "bolas" echadas a rodar por el gobierno, 
estaban encaminadas a confundir a las masas y a justi- 
ficar la represión de los mítines, demostraciones y demás 
actos obreros del l 9 de Mayo; pero los reaccionarios ob- 
tusos y pusilánimes — o que no estaban en el secreto — 
y las calambucas histéricas y pecadoras, corrían de acá 
para allá con un pánico de ratas perseguidas. Como hor- 
migas locas se encontraban en las calles, y con espanto y 
misterio se confiaban: ¡Mañana! 

Era para morirse de risa. Había quienes hasta se ma- 
quillaban de churre para que los feroces rojos vieran 
que ellos no se bañaban ni la cara. 

Al sonar las 12 de la noche, principio del 1° de Ma- 
yo, una vieja rica se empeñaba en esconder su nietecita 
recién nacida debajo de su cama. Acaso temía que las 
"brujas coloras" le chuparan el ombligo. 

Había algunos declarados en huelga de hambre o que 
se daban furibundos masajes en el vientre balón como 
si fuera un puching-ball. Adelgazar a toda prisa era 
su delirio. Su pobre vida dependía de eso; quizás la 
San Bartolomé roja dejase en pie los esqueletos. 

Un dueño de funeraria gordinflón, que leyó en un 
puesto de periódicos que todos los gordos estaban con- 
denados a muerte por los rojos, salió tan espantado, que 
por poco es exprimido por dos tranvías. 

Claro, todo este miedo y precauciones eran por si la 
fuerza pública no sofocaba la sublevación comunista. 

El obispo, el arzobispo y demás avispas de las cue- 
vas eclesiásticas hacían zafra con todo este aspaviento y 
por tanto lo aumentaban socarronamente . . . "para glo- 
ria del Señor". 

El 3 1 de abril, a presencia y paciencia de toda la grey 
creyente, hicieron, en latín, un "secreto" pacto de gue- 
rra con Dios. 

Dios se comprometía a desatar contra los rojos la 
cólera del cielo. La cólera del cielo debía ser pagada 
por adelantado. El adelanto lo daría la grey creyente en 



El Oro de Moscú 91 

dinero. El dinero se le daría a los curas. Los curas se lo 
darían a Dios. Busínum are businum. ¡Amén! 

Heraldo y centinela de las masas, la agitación y pro- 
paganda proletarias no cesaban, cual gritos de alertas 
en perenne vibración. 

La burguesía tenía el monopolio de las imprentas, de 
la radío y la libertad legal para esparcir sus infamias y 
calumnias, pero los obreros tenían más, tenían el abso- 
luto monopolio de la Razón y el Coraje. Asaltaban 
imprentas y emisoras. Hablaban a punta de pistola. Por 
la misma estación llegaban al radio-oyente la arenga 
de los comunistas y sus disparos, en duelo a tiros con 
la policía. ¡Qué bien interpretaban los Derechos del 
Hombre! 

El l 9 de Mayo, en todas las esquinas, pegado encima 
del Bando Militar, amaneció un Bando Rojo, que decía: 

"Bando Obrero Número 1. — Constatando: que el 

1° de Mayo, aniversario del martirologio de los ocho 
bravos de Chicago, es una jornada mundial de lucha y 
recuento de las fuerzas de la clase obrera. 

Constatando: que desde que empezó la concentración 
y centralización de la producción y el capital empezó 
la guerra de clases actual, la guerra civil entre los explo- 
tados, por el pan, y los explotadores por la Plusvalía; 
la guerra que sólo tendrá fin con la revolución victorio- 
sa de los oprimidos, la cual terminará con la explotación 
del hombre por el hombre. 

Constatando: que los explotadores están bien orga- 
nizados y armados hasta los dientes y los explotados 
sólo contamos, por ahora, con inermes batallones sindi- 
cales y su vanguardia comunista, y que nuestras actuales 
principales acciones clasistas de guerra son la huelga, la 
demostración, la estaca, el boicot y el sabotaje, y que el 
obrero que no esté con ellas es un traidor a su clase, a los 
suyos y a sí mismo. 

Constatando: que el sistema capitalista, moribundo a 
causa de sus propias contradicciones, pretende sobrevivir 



92 Agustín Alarcón 

a costa de la sangre y la vida de miles de millones de 
trabajadores de todo el mundo. 

Constatando: que en los países sojuzgados del impe- 
rialismo, como Cuba, el monstruo en agonía descarga 
sus más fuertes y fieros zarpazos, hiriendo y desangran- 
do a toda la población laboriosa sin excepción. 

Llamamos al pueblo trabajador en general, a todos 
nuestros hermanos en el hambre, la miseria y el dolor, 
a desobedecer el Bando Amarillo de la Opresión, a ha- 
cer la huelga general y salir en masa a la calle, por el 
rompimiento de la Dictadura Militar y del yugo del im- 
perialismo yanqui, a hacer de este 1° de Mayo un día 
de combate por nuestras reivindicaciones, un día de lu- 
cha por nuestro bienestar, un positivo día de guerra en 
la trinchera histórica de nuestra liberación. 

¡Por la verdadera emancipación de Cuba! ¡Por la 
emancipación de la clase obrera! 

Comité Distrital de La Habana del Partido 
Comunista de Cuba. — (Sección de la Inter- 
nacional Comunista)" 

Además de este llamamiento y constatandos materia- 
listas contra el ordeno y mando y considerandos efec- 
tistas del úkase militar, el Partido Comunista había lan- 
zado un número extraordinario de su órgano central 
"Bandera Roja". Sus cintillos gritaban en grandes ca- 
racteres: 

¡A la huelga general el 1 Q de Mayo! 

¡A la calle el l 9 de Mayo! 

¡A la lucha el l 9 de Mayo! 

¡Asistid en masa a la demostración que partirá del 
Centro Obrero! 

¡Organizad brigadas de autodefensa! 

¡Defended con las armas vuestros actos! 



CAPITULO XII 



Los soldados mandados a impedir los actos obreros 
del l 9 de Mayo tenían, pues, razones para temer y tem- 
blar. 

La caravana de camiones se detuvo en la Jefatura de 
Policía. Había ron. Todos los l 9 de Mayo había ron 
en la Jefatura de Policía. Es que la policía, como los 
reformistas, con ron celebran todos los l 9 de Mayo. 
"Emborrachar la tropa" es una táctica clásica de las ti- 
ranías. La borrachera de licor trae la borrachera de 
sangre. 

Un oficial levantó su copa. Dijo: 

— ¡Por el exterminio de los mercenarios de Moscú! 
jPor la libertad de Cuba! 

Una multitud de brazos se levantó con vasos, copas 
y botellas al sincrón con cien voces que corearon el 
brindis. 

La caravana de camiones se puso en marcha de nue- 
vo. Seis "perseguidoras" erizadas de rifles y ametralla- 
doras de mano y llenas de bombas lacrimógenas, se le in- 
corporaron. Y la procesión en tren de guerra siguió has- 
ta la esquina donde estaba el centro obrero. Las fuerzas 
del gobierno, con aparatosa maniobra, se desplegaron en 
la esquina y bloquearon las bocacalles antes de marchar 
al asalto. 

El asalto a Verdún no tuvo tantos honores. 

— ¡Arriba con ellos, muchachos, por la libertad de 
Cuba! — gritó un oficial. 

Hubo un elocuente repiqueteo de las palancas de los 
Spríngfields y las Thompsons y cual tropas al asalto 
de una fortaleza enemiga, treparon por la escalera del 
centro obrero. 



94 Agustín Alarcón 

i El chasco fué padre: allí no había nadie! 

Mentí: estaba la Edad, la Ancianidad en persona, un 
viejo conserje que apenas podía ya con la escoba. Y ha- 
bía alguien más, con más vida que el viejo: estaban la 
Inmortalidad y la Palabra. ¿La Inmortalidad? Veras 
efigies, las de Marx, Engels, Lenin, Mella, Maceo y 
Martí. ¿La Palabra? Un lema que decía: "¡Luchemos 
contra el Hambre! ¡Luchemos contra el imperialismo 
yanqui y por la liberación nacional y social de Cuba! 
¡Luchemos contra la guerra y el fascismo!" 

Al viejo lo zarandearon y golpearon hasta hacerlo 
sangrar. Desahogaron con él su rabia elevada al cubo 
por el chasco de haber perdido el festín de una masacre 
a puertas cerradas; pues toda la propaganda anunciaba 
que la manifestación saldría del centro obrero. Pero al- 
gunos sabuesos sabían que la táctica de los revolucionarios 
era señalar y popularizar un punto de concentración y 
luego dar en los últimos momentos la contraseña de sub- 
punto para burlar la embestida policíaca. 

— ¡Habla o te estrípamos, viejo miserable! ¿Dónde 
está la gente? ¿Dónde fueron a reunirse? ¿Dónde fueron 
los dirigentes, Villa y su pandilla? ¡Habla o te ahorco! 
— rugía un teniente, mientras le oprimía al viejo la gar- 
ganta con la izquierda y lo abofeteaba con la derecha y 
otros le apretaban los flácídos brazos o lo amenazaban 
con las culatas levantadas. 

— ¡Ya les dije que no sé, porque ellos vienen y se van 
sin pedirme permiso! — balbuceó el anciano acogotado 
por aquella garra humana e indignado hasta enrojecer 
como un recién nacido. 

— ¡Vegestorio indecente! ¡Toma! — exclamó el ofi- 
cial, y le propinó un puñetazo en plena cara que lo arro- 
jó sobre el coro de culatas. Y se encaminó a un buró 
que estaba delante de la galería de retratos. 

El anciano quedó en el suelo manando sangre. En esos 
instantes subió el recluta Colombié, y lo vio, exclamando 
indignado y dolido: 

— ¿Quién hirió a este viejito? ¿Fueron los comunis- 
tas? 



El Oro de Moscú 95 

- — ¡ Shíss, cállate, so bruto, que ese viejo es el "pa- 
dre" de los comunistas, y fuimos nosotros . . . mejor di- 
cho, fué el teniente! — le dijo un soldado. 

— ¡El teniente! ¡No puede ser, él sabe bien que el 
Bando Militar nos exige que defendamos a los ancianos 
contra los comunistas. 

— -Pero el Bando se refiere a los ancianos que no son 
obreros; eso lo sabemos nosotros por experiencia. ... 

El recluta se quedó confuso. Pero levantó al viejo, lo 
sentó en una silla y le limpio la sangre del rostro con 
su propio pañuelo. 

— ¿Para qué le das explicaciones a ese caballo? Le 
hubieras dicho que sí, que fueron los comunistas — dijo 
un cabo al soldado. 

El oficial fiera y su patulea se enfrentaron con los 
retratos. Apartaron el de Maceo y el de Marx, creyendo 
iconoclasta contra el resto, incluso contra el de Martí, 
que éste era un general mambí, e iniciaron una ofensiva 
al que confundieron con un "agente del oro de Moscú", 
siendo, por tanto, linchado en efigie. 

Luego el cartelón con los lemas contra la guerra, el 
hambre, el imperialismo y el fascismo sufrió los embates 
de aquella turbafuría; fué aculateado, pateado e injuria- 
do como si hubiera sido una persona. 

En fin: aquello fué más que una tempestad en un 
vaso de agua. Los burós, los anaqueles, todo el local 
fué vuelto al revés como una tripa. 

Por el balcón llovieron todos los muebles, l ; bros y 
demás papeles y se les prendió fuego en plena vía para 
castigo y escarmiento. Las llamas se levantaron. ¡Adiós, 
bienes obreros! ¡Good morning, democracia! 

Así hizo Ornar con la biblioteca de Alejandría. Así hi- 
cieron Mussolini en Italia e Hitler en Alemania. Así hizo 
la Inquisición. Cualquiera diría que era su aniversario. 

Lo único que se salvó de aquella neroneada fué el vie- 
jo conserje y los retratos de Maceo y del "general mam- 
bí" Carlos Marx, todos los cuales fueron enviados a la 
Comandancia. 

Cuando aquella horda bárbara bajaba en torrente la 



96 Agustín Alarcón 

escalera, y la pira saludaba e iluminaba con sus llamas 
la "santa" civilización capitalista, una perseguidora de 
la policía con sus estridentes alaridos de sirena llegó a 
120 por hora. Entre un kepis y unos kaiserunos bigotes 
salió un gruñido: 

— ¡La manifestación con mucha gente, va por el Pra- 
do! ¡Intentamos disolverla, pero no pudimos; van ar- 
mados casi todos! ¡Se dirigen al Parque de la Fraterni- 
dad! 

— ¡A desbaratarlos! ¡Duro con ellos! — gritó el oficial 
jefe. 

Eso fué un toque a zafarrancho de combate. Saltaron 
y los carros corrían como saltan y corren los bandidos y 
caballos de una película de cow-boys, cuando el "héroe" 
se ha escapado volando a su corcel por una ventana de la 
taberna. 

En realidad, los obreros revolucionarios le habían he- 
cho una vez más una buena coartada a la trailla de sa- 
buesos de la burguesía. Una demostración formidable, 
cubierta .de punta a punta de banderas, cartelones y es- 
tandartes rojos, recorría imponente el Paseo del Prado, el 
principal paseo de los bien vestidos y bien comidos. El 
proletariado, hambriento y haraposo, paseaba revolucio- 
nariamente su fuerza, lemas, emblemas y demandas por 
allí. 

Eran una Babel espontánea de cantos y gritos: 

— ¡Avante pueblo, 
ser comunista! 

¡Bandera roja, bandera roja! 

¡Bandera roja la que triunfará! 

¡¡Bandera roja la que triunfará!! 

¡¡¡Bandera roja la que triunfará!!! 

¡Que viva el comunismo y la libertad! 

— ¡Viva el Partido Comunista! 
— ¡Viva la Revolución! 

— ¡Abajo el imperialismo yanqui y el gobierno laca- 
yo burgués-latifundista! 



El Oro de Moscú 97 

— ¡Viva la Liga Juvenil Comunista! ¡Mueran los pa- 
rásitos! 

— ¡Viva la Cheka! 

— ¡Agrupémonos todos 

en la lucha final, 

y se alcen los pueblos con valor 

por la Internacional! 

— ¡Abajo la restricción azucarera y el Tratado im- 
puestos por Wall Street! 

— ¡Guerra a la guerra y al fascismo! ¡Defendamos la 
Unión Soviética y los soviets chinos! 

— ¡Abajo la Dictadura Militar y los tribunales fascis- 
tas! 

— ¡Viva la Confederación Nacional! ¡Fuera el Emba- 
jador yanqui! 

— ¡Viva la Defensa Obrera Internacional! 
— ¡Viva yo! 

— ¡Luchemos por pan, tierra y libertad! 
— ¡Luchemos por un gobierno soviético de obreros y 
campesinos! 

— ¡Las masas, las masas, las masas a la calle! 

¡obreros a la calle, mujeres a la calle, 

los niños a la calle y los viejos a la calle! 

Y aunque el terror estalle 

que nadie se "vaye'\ 

que nadie se calle 

aunque el terror estalle! 

¡Las masas, las masas, las masas a la calle! 

Jóvenes, mujeres y niños, al par que los hombres fo- 
gueados con voces enronquecidas gritaban a la faz de las 
ricas mansiones su hambre vieja y su mozo coraje. 

— ¡Las masas, las masas, las masas a la calle! 

¡Cantemos compañeros 

y que tiemblen los burgueses, 

que tiemblen los burgueses, opresores salvajes, 

que vamos a templarnos en la lucha de calle, 

que tiemblen, que tiemblen, que tiemblen ios burgueses, 



98 Agustín Alarcón 

que vamos a templarnos en las luchas de calle! 
¡Las masas, las masas, las masas a la calle! 

Había un alegre acento de fuerza y desafío en esta pa- 
rranda revolucionaria, cantada a todo diapasón por mi- 
llares de gargantas. 

La manifestación llegaba a la plaza de la Fraternidad. 

Un orador se encaramó en el borde de una fuente, hi- 
zo un gesto de silencio con las manos y dio un jShiss! 
que se repitió en casi todas las bocas como una emisión 
radiofónica. 

Empezaba el cuadro declamatorio de la función y el 
auditorio fijó sus miradas en el primer y único orador de 
aquel acto popular que terminaría en tragedia. Del pros- 
cenio brotó el trueno: 

— ¡Camaradas: El 1 Q de Mayo no es para nosotros 
un ¡Alto! en nuestra victoriosa marcha, es un ¡Alto, 
quién va! a los bandidos imperialistas y sus agentes na- 
tivos, abiertos o encubiertos, un ¡Alerta! a todos los opri- 
midos y un ¡Alerta está!, de la roja vanguardia de la cla- 
se obrera. El l 9 de Mayo es para los anarquistas un día 
de duelo, para los reformistas: un día de fiesta, para los 
comunistas y para todos los obreros revolucionarios: un 
día de combate, un día de batalla, un día más de lucha 
fiera por nuestro pan y nuestra emancipación del yugo 
capitalista-imperialista ! 

Al trueno sucedió una tempestad de bravos, vivas y 
aplausos. 

Ahora venía el rayo: por distintas bocacalles surgie- 
ron los camiones y autos de la policía, convergiendo al 
mitin monstruo. 

Un empleado derrotista dijo en son de sátira el verso 
de Mayakoski: "¡Tiene la palabra el camarada Máuser!" 
E inició un paso doble en dirección contraria al camarada 
Máuser, con el firme propósito de no oírlo. Pero hecha 
esta excepción, la masa se mantuvo en pie y de frente al 
enemigo como una mole, inmóvil. 

La tropa se tiró de sus vehículos y avanzaba como una 
horda enloquecida de cosacos. 



El Oro de Moscú 99 

Hubo un instante sin tiempo, un segundo y un si- 
glo. La tensión eléctrica de lo trágico irremediable reinó 
en la muchedumbre. El sagrado y cacareado prójimo ve- 
nía implacable y feroz contra su vida y era preciso matar- 
lo y morir, era preciso pelear como fieras, con colmillos 
y uñas, con todo el instinto. La mayoría apretó los pu- 
ños y los dientes. Otros apretaron los palos de las ban- 
deras, y unos cuantos apretaron entre la ropa y la piel 
la empuñadura de un arma. 

Los "guardadores del orden" cayeron en tropel sobre 
la masa, a planazos, garrotazos, tiros y culatazos y el 
choque fué tremendo. Una parte de los trabajadores se 
defendía como podía y con lo que tenía: pistola, palo, 
piedra, o puño. Otra parte se defendía con los pies; se 
mandó a correr a lo "¡sálvese el que pueda!".. La menor 
se tiró al suelo, huyendo de los tiros, pero recibía en 
cambio cientos de pisotones. Como en casi todas las ma- 
sacres callejeras, la parte del pueblo que corría produ- 
cía más daño a la parte que peleaba, a la que se tiró al 
suelo y a sí misma que los propios guardias, envalento- 
nados a la vez con el corre-corre. Además de desmorali- 
zar con su pánico, la masa en fuga, con la fuerza del 
agua que rompe el dique, atropellaba a su paso a los que 
se aprestaban a luchar, a los menores y mujeres, a los 
atolondrados, a los que caían y a los que se acostaban 
o hacían los muertos. 

La fracción que peleaba, encabezada por la brigada de 
autodefensa Frente Rojo, mantenía en alto la bravura 
de los obreros. 

Un rojo, rojo también por la sangre de su cabeza rota, 
tenía aún ánimos para decir, en medio de tantos golpes, 
gritos y detonaciones: 

— ¡Viva el Partido Comunista! 

— ¡jjVivaaaü! — le respondió una docena de valientes. 

A otro le quedaba humor para exclamar sincronizada- 
mente al romperle la cabeza a un policía con el asta de 
su bandera: 

— ¡Arriba ios pobres del mundo! 



100 Agustín Alarcón 

Como los toros, como las bestias, las bestias unifor- 
madas de la reacción embestían sin bramar. Los perros 
cuando muerden no pueden ladrar. 

De parte y parte había varios heridos de balas. 

Un corpulento obrero negro le quitó el rifle a un sol- 
dado y cogiéndolo por el cañón empezó a hacer una 
masacre chiquita -de azules y amarillos. Un loco furio- 
so no lo hubiera hecho mejor. Hubo policía cogido en la 
órbita de aquel torbellino de culatazos que para que no 
lo tuvieran en cuenta se dio de baja tirándose al suelo. 

El teniente del ejército que mandaba la compañía, co- 
locado a varios pasos a la espalda de aquel combatiente 
obrero, levantó su pistola 45 y le apuntó a la cabeza . . . 

¡Tac! . . . ¡Tac! . . . ¡Tac! . . . Tres tiros. 

El teniente cayó de bruces con el pecho agujereado. 
No era la realización einsteniana del hombre que se ma- 
ta a sí mismo con las balas que dan la vuelta al mun- 
do, era que Aurora, con su pistola, le había cortado la 
acción y la vida. 

— ¡A ella, a la asesina! — bramó un sargento de po- 
licía. 

Aurora echó a correr, pistola en mano. Los manifes- 
tantes que quedaban en el campo de combate, incluso 
algunos de los que yacían en tierra, se empeñaron en 
guardarle la retirada con una bravura que pasmaba. En 
un frente cerrado, retrocedían como espartanos, palmo a 
palmo, en la dirección que ella huía. 

En esto vino en su ayuda una estupidez del adversa- 
rio: los policías de las perseguidoras habían acabado de 
ponerse sus caretas contra gases y empezaron a arrojar 
bombas lacrimógenas a diestro y siniestro, y hasta los 
enfurecidos militares tuvieron que echar a correr lloran- 
do a lágrima viva. 

Aquello no fué Troya, Waterloo ni Agramante; aque- 
llo fué un combate callejero que terminó en lacrimoso 
maratón. Los guardias corrían llorando delante de los 
obreros y los obreros llorando se los pasaban. Aurora 
logró coger una calle, pero era perseguida de cerca por un 



El Oro de Moscú 101 

soldado, que cada vez se le aproximaba más. De pronto, 
Pepito, gritando: "Huye, Aurora!", se le tiró delante 
al militar, haciéndolo caer; pero éste se paró rápidamente 
y la emprendió a puntapiés con el chiquillo. Lo hubiera 
muerto a patadas si un empellón fenomenal, acompañado 
del rugido: "¡Canalla! ¡Cobarde!" no lo lanzara al sue- 
lo otra vez. Aturdido se incorporó y vio al recluta Co- 
lombié cargando a Pepito y echó a correr de nuevo tras 
Aurora que había doblado ya la esquina. 

En los precisos momentos que él llegaba a la misma 
la vio meterse en una casa. Quiso tumbar la puerta a pu- 
ñetazos, aldabazos y patadas, pero la casa permaneció 
hermética y muda como una tumba. Entonces montó 
guardia, esperando refuerzos. 



CAPITULO XIII 

La casa donde Aurora se había introducido era una 
mansión cuya sala hacía gala de un fausto oriental. Un 
raro y suave perfume saturaba el ambiente, cual incienso 
sutil que emanase de ocultos pebeteros. Muebles, cuadros, 
cortinas y tapices anunciaban al amo opulento, pom- 
poso y extrambótico. 

Aurora quedó deslumbrada por lujo tanto. Acostum- 
brada a la sórdida presencia de la pocilga hermana, a 
la coja mesa, al manco sillón y a la lámpara sin ojos, 
los ojos suyos sufrieron las quemaduras de luz de tal 
revelación. La sorprendió en su asombro y soledad una 
voz meliflua: 

— ¡Bienvenida! 

Como el príncipe azul de ios cuentos y cantos feu- 
dales, surgía, con ojos de sueño, entre una cortina de 
exóticos brocados, un hermoso joven en pijama azul 
turquí. 

— ¡No se mueva! — exclamó Aurora, después de un 
instante de estupor. — ¡He matado a un oficial y me per- 
siguen. No me dejaré atrapar viva! — y miró significa- 
tivamente su pistola. 

El hombre, sorprendido, no se movió. 

Pasó un rato de hielo, de silencio. Ella lo rompió: 

— ¡Necesito escapar por el fondo, por la azotea, por 
donde pueda! ¡Ayúdeme, por favor! — su voz era ahora 
de paz, trémula, encarecedora, suave. 

— Le ayudaré; aunque esta desgraciada casa no tiene 
salida al fondo ni escalera a la azotea. Yo tengo influen- 
cia en el gobierno, pero su caso es grave y debe escapar 
si puede. 

— ¡Gracias! ¿Pero cómo? ¡Pronto! 

De la puerta partió un estruendo de terremoto. Ha- 



El Oro de Moscú 103 

bían llegado varios policías de refuerzo. Lo que el sol- 
dado esperaba para hacer abrir o derribar la puerta. 

— Trate de esconderse en el fondo; yo hablaré a la 
policía. 

Aurora huyó al fondo. 

La puerta seguía bajo el estrépito de puñetazos, im- 
precaciones, toletazos y patadas. El joven esperó que Au- 
rora desapareciera. Luego se desabotonó el pijama, gri- 
tó "¡Vaaa!", y avanzó muy despacio hacia la puerta, la 
abrió y se abotonaba el pijama, fingiendo que se lo po- 
nía. 

Abrir la puerta fué como destapar una cloaca: un cho- 
rro de uniformes y caras congestionadas cayó sobre la 
sala. 

— ¡Alto! ¡El coronel Batista se quita el quepis y me 
saluda al entrar a mi casa! — dijo el joven con tono de 
gente grande. 

— Perdone, señor Valdés — dijo con voz gorda como 
él un sargento de la policía, quitándose la gorra de en- 
cima de su cara de luna llena. Los otros lo imitaron, y 
él continuó-— es que una comunista acaba de asesinar al 
teniente del Ejército Manuel Prusalde y un soldado la 
vio meterse aquí. 

— ¡Sí, señor, yo fui quien la vi! 

—¡¿Qué dicen ustedes?! ¿El teniente Prusalde asesina- 
do, mi querido amigo asesinado y la asesina escondida 
aquí, en mi propia casa? — exclamó Valdés con trágico 
acento y acentuado dolor en el semblante. 

— Así es, señor — dijo el sargento, condolido como un 
lacayo y con ganas de darle el pésame. 

Hasta el soldado estaba conmovido. Los otros poli- 
cías, con un respetuoso silencio, parecían asociarse a la 
pena del "señor Valdés". Este dijo con el mismo tono 
doliente: 

— La muerte de mi amigo la lloro, como dicen vues- 
tros ojos que la han llorado ustedes; pero la asesina no 
se ha refugiado en mi casa. Mis criados no están hoy, 
me abandonaron para celebrar "su día", mas yo estoy 



104 Agustín Alarcón 

levantado desde que empezó el tiroteo y la puerta estaba 
cerrada; y de no estarlo, la hubiera visto entrar y uste- 
des comprenderán que no vacilaría en entregar a la ase- 
sina de mi querido amigo . . . 

Los guardias se pusieron en guardia, reaccionaron, 
aunque tímidamente. 

— Lo comprendemos, señor Valdés, pero usted sabe, 
es un oficial muerto, asesinado vil y cobardamente, ¡un 
oficial!, y nuestro deber es registrar, aunque sólo sea 
para llenar las formas . . . — dijo penosamente el sar- 
gento. 

Un policía dijo al oído de otro: 

— Este Valdés es un tenorio y es capaz de esconder a 
la asesina para . . . 

El soldado tampoco creía en lo que dijo Valdés ni 
en lo que dijo el sargento de "llenar la forma" y se man- 
tenía rabioso como perro de presa presto a romper el 
bozal. 

Valdés comprendió que no era buena la táctica de 
resistirse, y dijo: , 

— Bien, podría llamar por teléfono al Coronel para 
evitarme esta deshonra, pero no quiero. ¡Registren, es su 
deber! 

La mayoría se lanzó a recorrer la casa como sabuesos 
de pur-sang. Cada cual sentía el espejismo de un ascen- 
so o un premio si echaba el primero la garra sobre la 
joven. 

Aurora había corrido a lo último de la casa con el 
corazón trepidante, con el susto mortal de la liebre que 
siente cerca el aliento de los galgos. Pero al llegar al 
fondo sufrió otro susto, que la dejó estupefacta. Como 
Aladino, se encontró de improviso en un regio y vasto 
salón lleno de gente, extraña gente de mármol y pin- 
tura. De momento creyó que eran gente de carne y 
hueso en muda y rara orgía, tal era la gran vivacidad de 
sus expresiones y posturas. A cámara veloz pasaron 
ante su mente, como una rememoración caleidoscópica 
de sus lecturas de niñas, las visiones fantásticas de "Las 
Mil y Una Noches", 



El Oro de Moscú 105 

Hasta el techo y las paredes estaban grabados y pin- 
tados. Había en ella faunos, centauros y bacanales, co- 
mo en la Mitología; hadas y palacios, como en los cuen- 
tos de viejas; palacios y hombres, como en la Vida. 

En una rica galería de granito, ribeteada de jaspes, 
posaban su grandilocuencia muda muchos hijos inmor- 
tales del Cincel y el Pincel, Prosapia siempreviva que el 
genio humano creó. 

Allí estaban en asamblea de arquetipos de su mundo; 
La sublime Venus de Milo, blanca como la espuma su 
carne de Carrara, indefensa y desnuda al espíritu sátiro 
del género humano. 

El Pensador de Rodín, luchando aún por descifrar el 
complejo enigma que la Vida es. 

La hechicera Gioconda de Vinci, con su eterna sonrisa 
de esfinge femenina. 

En aquella exposición del arte, algunas estatuas esta- 
ban maquilladas al natural. Pelo, cejas, ojos, mejillas, 
labios y vellos vestían, con ajustado traje de pinturas, la 
blanca y monótona desnudez del mármol. Esto le daba 
una viva expresión de seres vivos; sus muertos ojos no 
veían, pero sí miraban. 

Era tanta y tan pintoresca la varia belleza de aquel 
mundo inmóvil que Aurora pasó rápidamente del estu- 
por a la admiración y de la admiración a la inspiración. 
Escaló hasta el más alto estadio de la gradería de grani- 
to. Pensó: "Los bárbaros que me siguen se aturdirán 
de asombro cuando lleguen aquí". Y buscó, moderna 
Prometeo, la protección de un Hércules de mayúsculos 
músculos de piedra. En seguida se arrepintió, diciéndose; 
"Esos animales no tienen alma y rastrearán y rastrearán 
aquí sin detenerse a contemplar tanta belleza. ¿Por qué 
no serán los guardias místicos del arte, aunque sea del 
arte por el arte?" 

Pronto desalojó esta ráfaga de fantasía, — elucubra- 
ción de los acosados — y prendió en su mente una idea 
práctica, audaz y genial; miró su cuerpo bien hecho y 
en lo alto de un ángulo un hermoso conjunto escultóri- 



106 Agustín Alarcón 

co de hombres y mujeres que representaba el nudismo y, 
rápida como una extra de la escena se quitó toda la ropa, 
se empolvó, guardó la pistola en la cartera, ésta en la 
ropa y la ropa en la entrepierna de Hércules y saltó des- 
nuda y ágil cual acróbata al pedestal de los nudistas. 

Desnuda y bella, púdica y sublime, cual hoja de pa- 
rra puso su diestra sobre su sexo, a lo Venus la de Pra- 
xiteles, le echó su brazo izquierdo a un mozo frío — -al 
fin de piedra — y así, en esa pose, pasional y pudorosa, 
esperó ecuánime su suerte. 

A poco la horda de guardias irrumpió en el salón, co- 
mo una horda de guardias. De momento no pudieron 
evitar cierto deslumbramiento. No" era la suya una emo- 
ción estética, sino de sorpresa, de esa sorpresa que en los 
pequeños de alma produce lo grande imprevisto. 

Pero se repusieron en el acto, soltando de nuevo el 
olfato. 

Aturdido, como extraviado en su propia casa, los se- 
guía Valdés. Venía de susto en susto. En cada rincón, 
detrás de cada puerta, en cada escaparate, debajo de cada 
cama, esperaba que descubrieran a la joven fugitiva. 
Cuando abrían un armario sentía como si le abrieran el 
pecho. Ahora iba a pasar por la prueba final de la bús- 
queda y el corazón le golpeaba el tórax como el badajo 
a la campana. "¡La encontrarán! ¡La encontrarán:" 

Aurora puso todas sus energías latentes, toda su re- 
cóndita potencia en su quietud de aquel instante. Se 
hacía cargo que para seguir viviendo tenía que dejar de 
vivir aquel momento. Morirse de mentira como un fa- 
kir o una marmota. Anestesiarse con su propia voluntad. 

Con su pose de Eva hiptonizada, en realidad era la 
belleza modelo del heroísmo posando su cuerpo para el 
acaso de su salvación . . . - 

Como todos los escondidos obligados a la más absolu- 
ta inercia, le entraron unas terribles ganas ya de toser, ora 
de estornudar. Sin embargo, no dejaba ni moverse un 
músculo ni una vena. Sus propios ojos pardos de leo- 
parda estaban abiertos y fijos como los de una muñeca 



El Oro de Moscú 107 

de biscuit. Sus senos exquisitos — con los botones rubí 
de sus pezones — primorosos y tiernos como capullos 
de rosas, estaban erectos y quietos. Sus caderas, su pu- 
bis, sus muslos, sus carnes todas de beldad joven, de vir- 
gen vigorosa, sólo tenían el eurítmico movimiento de 
sus curvas tentadoras. 

Por su belleza real, viva y palpitante, por esa fuerza 
de gracia y amor que irradia la mujer hermosa, corría el 
peligro de destacarse entre las beldades de piedra. Nun- 
ca los genios glorias del Pincel y el Cincel lograrán igua- 
lar la belleza viva de las lindas criaturas forjadas al mis- 
terio por los dulces delirios de las horas de amor. Nunca. 

Y Aurora era una de esas lindas criaturas. Había en 
su cuerpo desnudo una inefable poesía, algo tan sublime 
que no parecía humano. 

La cristiana jauría que la buscaba hocicaba en todos los 
huecos y recovecos sin alzar la vista a ella —¡qué le 
importaba a ellos la Belleza! — Nada le importaba a 
los bellacos la Belleza. Sin embargo, algunos, de vez en 
cuando, como pilluelos que miran de reojo y con sonro- 
jos la sensual desnudez de sus hermanas, llevaban sus 
ojos turbios de lujuria hasta aquellas hembras sin ropa, 
pero avergonzados como eunucos, los retiraban en se- 
guida, ensañados de nuevo, como eunucos, en capturar 
a la rebelde bailadera. ¡Lástima de hombres! ¡Lástima 
de hermanos de clase, carne de nuestra carne oprimida, 
bestializados por la Propiedad sagrada y la sagrada Au- 
toridad. 

Ante el creciente fracaso de la búsqueda, el mismo 
Valdés, perplejo, bajo su máscara de serenidad, se pre- 
guntaba que a dónde se habría escondido. De pronto, 
conocedor experto de aquel abigarrado conjunto de es- 
culturas y pinturas, se fijó con extrañeza en el grupo 
nudista. Y vio que había otra iniciada en el -sistema na- 
tural de vida que fundó Adán. La reconoció. La brava 
y bella Aurora casi ni se ruborizó. Su reacción sanguí- 
nea podía acarrearle ser víctima de la sanguinaria reac- 
ción. Tuvo la impúdica serenidad de una verdadera nu- 
dista. 



108 Agustín Alarcón 

Valdés sufrió una extraña sensación, mitad placer, 
mitad temor. No la suponía tan cerca ni tan bella. Pero 
el desconfiado soldado, que lo vigilaba constantemente, 
no perdiéndole pies ni pisadas, siguió su vista, como al 
hilo la araña, y miró para las estatuas . . . mas, el in- 
feliz, sólo vio estatuas. Valdés quitó su vista rápida- 
mente. 

— El hecho es que no está aquí — dijo el sargento al 
soldado. 

— Pues aquí la vi meterse; tiene que estar escondida 
aquí. 

— ¡Usted ha sufrido una alucinación, se lo dije y se 
lo repito: aquí no se metió, no está aquí; soy un caba- 
llero y no un rufián! Los dejé registrar para que se 
convencieran por sí mismos de mi honorabilidad, pero 
de todas maneras me quejaré al Coronel — dijo Valdés 
con aire altanero. 

El sargento se quedó mohíno, "quejarse al Coronel", 
era una frase que no le sonaba melodiosa: el soldado se 
quedó cavilando, en seguida dijo: 

— Mire, como última prueba, déjenos tirarles unos 
cuantos tiros a todos esos monos que usted tiene aquí, 
para ver si está escondido por ahí. 

Y diciendo y haciendo sacó su revólver 45. 

— i ¡ Está loco!! ¡Esas obras me cuestan una fortuna y 
no se les puede tocar! ¡Usted es más testarudo que un 
fiscal í 

— Sí, sí, esos son monumentos y la Ley prohibe que se 
les haga daño. Además, ya hemos buscado más que gato 
a guayabíta y nada. Antes de que sea tarde, lo que debe- 
mos hacer es registrar toda la manzana, empezando por 
esta cuadra — dijo el sargento. 

— ¡Eso, eso! — exclamaron los otros policías, y salie- 
ron disparados hacia afuera. 

El soldado era el último del desfile y miraba a cada 
momento para atrás. No estaba convencido y tenía ganas 
de empezar el registro de nuevo. 

Valdés los siguió hasta la puerta. Cuando salían, un 



El Oro de Moscú 109 

subteniente, con tres soldados y un policía, acertaba a pa- 
sar y llegó: 

— ¡Jaló, Jorge! — exclamó saludando a Valdés. — 
¿Qué te sucede? 

— ¡Jaló, Roberts! — dijo éste echándole el brazo y 
pasando a informarle de todo lo ocurrido. 

El oficial miró a los policías y al soldado y dijo: 

— Si yo estoy aquí no se registra esta casa, es como si 
fuera la mía. Jorge es todo un caballero, honorable como 
un militar, y su palabra es veraz como una ordenanza. 
Cuando el Coronel y el Comandante se enteren se indig- 
narán. 

Esto le puso a los subalternos la carne de gallina. 

—Pensamos que la asesina se había escondido aquí, 
estando él dormido — borbotó el sargento. 

— ¡Eso, eso decía yo! — tartamudeó el soldado. 

— -Nada, fué un error y ya pasó, — dijo Valdés, sin 
poder ocultar su satisfacción. 

— Ahora íbamos a registrar las otras casas de la man- 
zana — añadió el sargento, como esperando la aquiescen- 
cia del oficial. 

— Eso es lo que debieron haber hecho desde el princi- 
pio. Vamos a ver, — dirigiéndose a dos policías — uno 
para cada esquina, no dejen salir ninguna muchacha de 
esta cuadra. Usted, sargento, con el resto de los policías, 
empiece por registrar esa casa de la derecha; yo, con los 
alistados, me ocuparé de las de la izquierda y nos encon- 
traremos al otro lado de la manzana. Y tú, Jorge, déjate 
ver por casa. 

— Sí, iré. ¿Está el comandante aquí? 

— No, papá anda en una misión especial por los Es- 
tados Unidos. Cuando lo sepa, se va a reír del mal rato 
que has pasado. 

— ¡Bah!, ya hasta me olvidaba el incidente; mas ello 
me recuerda mis deberes de amigo con el pobre Prusalde 
y con sus deudos. ¿Dónde se le velará? 

— Ahora se le montará guardia en el Club de Oficiales. 
Luego se le llevará a su chalet del Vedado. 

— ¿En casa de su esposa? 



110 Agustín Alarcón 

— Sí, ¡el pobre! — y añadió al oído de Jorge para 
que no lo oyeran los soldados: — ¡Deja una mujer que 
echa candela! . . . 

Valdés se echó a reír y dijo: 

• — Allá te veré, Baco. 

— Nos veremos allá, Don Juan. 

Y se fué riendo a empezar el registro. Estaba conten- 
to, pues la muerte del teniente Prusalde le traía la ansia- 
da promoción, librándolo del odioso "sub", y hubiera 
abrazado a la asesina, aunque también la hubiera entre- 
gado para ser premiado con alguna medalla. 

Valdés cerró con mano impaciente la puerta y se pre- 
cipitó al fondo. Se encontró a Aurora vestida, pero en 
lo alto aún, junto al mayúsculo Hércules. 

— ¡Baje, baje ya, que se ha salvado usted! — dijo con- 
movido. 

— ¿Se fueron? — fué lo primero que dijo su emoción, 
como una persona que vuelve en sí. 

— Se fueron y no volverán. Registran ahora la man- 
zana. 

— ¿Le dijeron si está muerto? — dijo con temor su 
voz. 

— Sí, muerto. Pero ¿por qué hizo usted eso, siendo 
tan joven y hermosa? 

— El iba a matar a un compañero por la espalda y 
no pude contenerme . . . 

— ¿Y no se arrepiente? 

— Tenía que elegir entre la vida de un camarada y la 
de un enemigo . . . 

— No caben dudas, usted es "une rouge enragé", co- 
mo diría uno de Francia; sin embargo, el papel estatua- 
rio que acaba de hacer ha borrado su homicidio, ha es- 
capado usted por la vía de lo sublime. 

Aurora se ruborizó y trémula, dijo: 

— Perdone, me ha salvado usted, a pesar de su posi- 
ción, y no le he dado las gracias. Estoy aturdida. 

— La salvaron sus propias audacia y belleza. En cuan- 
to a mi posición nunca ha mandado en mi corazón. 



El Oro de Moscú 111 

Aurora ensayó una sonrisa. Miraba también su casi 
femenil belleza, su esbeltez y su cara bonita; pero si su 
boca sonreía y sus ojos estaban en él, su pensamiento iba 
por el rumbo de su hazaña de sangre y el de su propia 
seguridad. "Registran ahora la manzana" era una frase 
que la hacía sentirse aun en peligro. No obstante, la fi- 
gura, los modales, el proceder y el boato asiático del 
hombre que tenía delante provocaba la curiosidad de su 
mente, trabando su voluntad. 

En esto sonó el teléfono. Ella se estremeció. El acudió 
al aparato y a poco regresó, diciendo: 

— Nada, una amiga que me pregunta que si los co- 
munistas me han asesinado. Le dije que no. 

Ella volvió a preguntarse: 

— ¿Quién diablos será este extraño burgués? 



En realidad, si Jorge Valdés, tenía presencia y posi- 
ción de gran capitalista, era un individuo que, en gran 
parte, vivía de su propio cuerpo. Lo alquilaba como una 
gran meretriz. Pero no vaya a creerse que como un ma- 
riquita, como un hombre que alquila su cuerpo a los 
hombres, sino como un hombre que lo alquila a las 
mujeres, al revés de las mujeres que lo alquilan a los 
hombres. 

Tampoco era un gígoló, un sosteneur o un sultán. Era 
un hombre nacido con cuerpo esbelto y elegante, hermo- 
sa cara, ojos acariciadores y grandes ademanes de ama- 
dor, y que fascinaba a las sirenas femeninas, a lo Va- 
lentino o Mujica, aun careciendo de los favores de la 
farsa cinemática. Si cabe, era un gran cortesano, un 
Don Juan mercantilizado. No se daba de gratis. Entre 
las evas de la "high-life", del dorado o adolarado Olim- 
po de la alta sociedad, había una continua porfía de 
harén por sus caricias de macho; pero él sólo se daba a 
las "bien" que le pagaban bien. 

En el sobre concurrido mercado de prostitución fe- 
menil, las obreras del lecho, las mercancías del placer, se 



112 Agustín Alarcón 

tasan hasta por centavos, como una vulgar golosina, y 
él no se daba sino desde cien pesos en adelante. El no 
tenía hambre. 

"La crema y la nata, todo lo que vale y brilla feme- 
nilmente en nuestra más alta y mejor sociedad" — como 
dicen los cronistas de la burguesía — había dejado to- 
da su crema, nata, valor y brillo en su lecho de prosti- 
tuto. 

Había nacido pobre, pero bello, afortunado y sin es- 
crúpulos. Una vieja yanqui, verde y fea, viuda alegre y 
decana del Bando de Piedad, al morir, como ¡gracias! 
a sus gracias y caricias, había compartido su capital con 
él y con su propio perro, lamedor de porquerías como 
los perros de San Lázaro. Por algo era decana del Ban- 
do de Piedad, sociedad protectora de animales (aunque 
la piadosa protección consistía en matarlos con gases) . 

"Dejo mi ingenio "Filadelfia", su ferrocarril, plan- 
taciones y demás pertenencias, más cincuenta mil pesos 
($ 50.000) en efectivo para compartir en partes igua- 
les entre mí inolvidable protegido Jorge Valdés y mi 
también inolvidable perro "Puchunguito", el cual reci- 
birá los beneficios de esa mitad de mi capital que le co- 
rresponde en forma del mejor cuido y a su muerte se le 
hará un mausoleo con su estatua. Nombro tutor de 
"Puchunguito" al Padre Pío Valera". Así rezaba el 
testamento de la vieja rezadora. 

A pesar de las risas y chismorreos de la "élite" social, 
Valdés aceptó el obsequio postumo, vendiendo la mitad 
que le correspondía en el central, y pidió al cielo por 
primera vez en su vida, que la vieja beata y pecadora 
fuera derechito a las calderas de aceite del Infierno. 

Para poner tiempo mediante, viajó por muchos paí- 
ses, perseguido por las cartas y cablegramas de su fiel 
femenil clientela. De China y la India trajo negocio 
de drogas estupefacientes; de París y Roma el de las 
estatuas y cuadros. Este último le facilitaba un medio 
magnífico de disimular ante los honorables esposos las 
crecidas sumas que le abonaban sus distinguidas amantes. 

— Queridito — decía una, entre besuqueos a su marido 



El. Oro de Moscú 113 

"ante Dios y la Ley" — tenemos que comprar la esta- 
tua de Apolo, que acaba de traer el coleccionador Val- 
des. 

— ¿Estatua? ¡Un monumento en mi casa, como si 
fuera una plaza pública! ¡No te basta con toda esa gale- 
ría de cuadros carísimos que te he comprado con el su- 
dor de mi frente! — respondía el católico y legal mari- 
do, obeso y poderoso explotador de obreros. 

- — No seas tacaño y ridículo, casi todas las familias de 
alta categoría han comprado a Valdés varios bustos o 
estatuas célebres, que él ha traído del mismo París. No 
vamos a ser menos. 

— Sí, ya sabes que no me gusta que me lleven un pie 
alante, no es "de buen tono", como dices tú; pero hue- 
lo que el tal Apolo es algún patriota extranjero, que se 
querrá vender caro, y con los del país basta y sobra, y 
se venden baratos. 

— No seas bruto, Apolo, según me explicó Valdés, 
es el dios de la Poesía, el Sol y la Belleza y su estatua es 
de mármol de Carrera. 

—Entonces será barata . . . 

— Sí, no es cara, diez mil pesos. 

— ¿Qué dices? 

— -¿Qué, te parece mucho? 

— ¿Mucho? ¡Demasiado! ¡Un robo! 

— ¿Vas a comprar la Poesía, el Sol y la Belleza en per- 
sona y te parece caro? Date cuenta que es un dios; no 
un obrero de esos que te trabajan por una piltrafa. 

— No te enfades, querida, como me dijiste que era 
hecha con mármol a la carrera, pensé que no sería tan 
cara. 

— No seas burro, querido; te dije "mármol de Carre- 
ra", que es el más duro que hay. 

— Está bien; pero tal vez a mí me la rebaje; a ti 
como eres mujer, te dará pena regatearle; no a mí, que 
soy hombre y hombre de negocios. 

— Regatear es cuestión de criados. Y ¡qué dirán los 
entendidos en arte!; que somos unos ricos ignorantes, 
unos asnos cargados de oro. Y ¡qué dirán mis amigas y 



114 Agustín Alarcón 

enemigas!, que yo no tengo gusto ni talento para com- 
prar una estatua de Carrera y tienes que hacerlo tú — y 
hacía un hábil mohín de aflicción. 

— Te daré el gusto, amorcito (en verdad los negocios 
no andan mal), pero con la condición que me des el gus- 
to que tú sabes darme cuando quieres. Empieza por la len- 
güita, ¡cielo santo! — - acababa rendido y con voz de 
bajo afónico el obeso y poderoso explotador de obreros. 

Ella cerraba los ojos, erguía los senos y, cerebralmen- 
te lasciva, lo acariciaba y poseía como si fuera Valdés, 
y Valdés se embolsillaba el dinero, menos por la escultura 
de Apolo, que por su escultura propia y sus caricias de 
Apolo vivo. 



Después de una pausa de mutua observación entre 
Valdés y Aurora, ésta dijo impaciente: 

— ¡Recuerde que he matado a un oficial y debo es- 
capar! 

— Pero sí más peligro corre saliendo que quedándose. 
Afuera hay vigilancia para rato. 

— ¡Por favor, comprenda que debo irme, volverán a 
registrar, me cogerán! 

— No, no volverán a registrar. Pero el que no la de- 
jará escapar ahora soy yo. 

— ¡¿Qué dice usted?! 

— No se alarme ... no la dejaré escapar si no . . . me 
da su nombre y dirección. 

Aurora respiró, y pensó: "Un verdadero revoluciona- 
río, y perseguido, no debe dar nunca su nombre y direc- 
ción verdaderos". En seguida dijo, aunque sintiendo en- 
gañar así al que la salvaba: 

— Mi nombre es Luisa Ginarte; mi casa: Obispo 17. 

— Mi nombre, que no lo. sabe aun, Jorge Valdés. Su 
casa: ésta. 

Se estrecharon la mano. Aurora dijo: 

— Ahora termine su obra, asómese a la puerta a ver 
sí hay vigilancia todavía. 



El Oro de Moscú 115 

—Con mil amores — dijo él, caminando hacia la 
puerta, seguido a distancia por ella, que luchaba con la 
indecisión de salir o no salir. 

Sonó el teléfono y él acudió a atenderlo. 

— Sí, chica, estoy bien, ¡gracias! Tengo prisa. "¡Good 
by!" 

— Hay un vigilante en cada esquina — díjole a Auro- 
ra después de asomarse. — A la noche la ocultaré en mi 
auto y pasaré como una exhalación por delante de cual- 
quiera de ellos; no me pararán, porque me conocen. Espe- 
re hasta la noche. 

Aurora se quedó perpleja. Estaba cogida por esa sen- 
sación que debe sentir la mosca cogida por el panal. Salir, 
soltarse, librarse por fin era todo su empeño. En su cere- 
bro revolucionario, experimentado ya en evadir persecu- 
ciones, brotó una idea que le hizo relampaguear los ojos 
de entusiasmo. 

— ¡Venga acá! — exclamó, llevando por un brazo al 
atónito Valdés hacia un espejo. 

— ¿Qué le pasa? —balbuceó éste. 

— ¡Nos parecemos! 

— Sí . . nos parecemos. 

— ¿No ha caído? — le preguntó mirándolo a los ojos. 

—No. 

— ¿Dónde tiene el auto? 

— En la nave de al lado. 

— ¿Se comunica con la casa? 

—Sí. 

— Pues bien, usted me presta un traje y su auto y yo 
me convierto en Jorge Valdés y escapo. 

— ¡Magnífico! ¿Pero usted maneja? 

— Por supuesto. 

— Usted es maravillosa y su plan es O. K. ; sin em- 
bargo temo que se arriesgue sin necesidad. 

— La suerte está echada. Pueden volver a registrar la 
casa ; me vieron entrar aquí . . . 

— Usted lo quiere. Venga, le daré el traje. 

Ella sonrió agradecida y conmovida. A veces había 
desconfiado de las intenciones de él. 



116 Agustín Alarcón 

El teléfono otra vez. Ella lo miró con rabia. El acudió 
de mala gana. 

— ¿Quién? ¡Ah! Sí, no me ha sucedido nada. ¡Gra- 
cias! No, no. Salgo ahora mismo. Es un apuro. Sí, iré. 
Sí, ya sé, en el Vedado, en casa de la viuda. No, ¿estás 
loca?. . . Yo te avisaré. Bueno, hasta luego, tengo pri- 
sa. . . Igualmente. 

Y colgó. 

— Su dichoso teléfono o sus numerosas amistades van 
a hacer que me cojan — dijo Aurora, y sin pedirle per- 
miso fué hacia el aparato y descolgó el receptor. — ■ ¡Así 
será mejor! — añadió. 

— Usted lo ha hecho. Ahora sígame. 

Entraron en el cuarto guardarropía. Parecía una tien- 
da de ropa de hombre. Los trajes "made in London" y 
"made in New York" y a la medida, anatómicos, de to- 
das las estaciones del año, de todos los colores y tejidos 
masculinos, y de todos los estilos del arte sastreríl, pasa- 
ban de doscientos. Los zapatos iban a la zaga, pero por 
ser pares, parecían más. Departamento de camisas. De- 
partamento de camisetas. Departamento de calzoncillos. 
Departamento de medías. Departamento de sombreros. 
Departamento de corbatas. Departamento de pañuelos. 
Departamento de pijamas. Una verdadera tienda. 

Aurora abrió los ojos asombrados. Le asaltó la idea 
de preguntarle que si su establecimiento se llamaba "La 
Abundancia" o "La Opulencia". Pensó en los compañe- 
ros con los dedos asomados a los zapatos, con un solo 
pantalón y una sola camisa. En su ropa rota, raída, lle- 
na de vendas y parches — como su cuerpo cuando era gol- 
peado por la policía — y lavada por ellos mismos de ma- 
drugada en el centro obrero. Pensó en todos los desarra- 
pados y haraposos de la tierra y se alegró de haber ma- 
tado al teniente. Pero calló. Tanto rico derroche puso 
hielo en su gratitud. "El era un burgués y si la ayudaba 
algún motivo burgués tendría ..." 

— Este traje le sentará bien — -dijo él, extendiéndole 
un traje de crash claro. Y en seguida le trajo una camisa 



El Oro de Moscú 117 

de seda color crema, una corbata avellanada, unos zapa- 
tos de gamuza y un sombrero de jipijapa. 

— ¡Completa! — añadió. — Un ensemble de prima- 
vera perfecto. Será usted el arbitro de la elegancia. Val- 
des embellecido. Petronio femenino. 

— ¡Gracias! — dijo ella, saliendo de sus pensamientos. 

— Se las acepto porque a usted le sobran. Ahora vís- 
tase. Voy a preparar la máquina. 

El le echó gasolina al tanque. Ella se vistió, se bus- 
có un papel e hizo un paquetito de su ropa. 

— ¡Luce estupenda! — exclamó al verla. 

Y' era verdad. Aunque con pequeños defectos anató- 
micos, el traje le sentaba. 

— Parece usted una copa de mantecado en un día de 
calor — agregó él. 

— Usted es un galanteador impertinente. No com- 
prende . . . — dijo ella mecánicamente, pues su pensa- 
miento, excitado aún, recorría en torbellino el teatro de 
la lucha y la hacía oír como en una pesadilla las deto- 
naciones de su pistola. El caos bullía en su cerebro. 

— Soy galanteador únicamente con usted. ¡Con usted 
me desquito de los galanteos que recibo de las otras! Pe- 
ro reconozco — añadió notando su angustia — que soy 
culpable de olvidar su dolor por mi placer. Usted debe 
ser confortada ahora; no galanteada. 

Llegaron donde estaba el auto. 

— ¡Qué grande! ¡Qué lujoso! ¡Es un palacio con rue- 
das! —dijo ella con vehemencia. 

— Es un Limousín, el último modelo. 

— ¿Y cómo se lo devuelvo? ¿Y la ropa? 

— El traje consérvelo como recuerdo; el auto, díga- 
me dónde lo va a dejar y yo llamo ahora mismo por te- 
léfono al garagista que guarda mi cuña para que mande 
a un chofer a esperarlo allí. 

— Muy bien, en el Parque Fínlay. 

— Ahora tiene usted que sacarlo con el motor andan- 
do para que pueda bajarse rápidamente, cerrar el portón 
y emprender la marcha sin perder un segundo. Yo no 
debo cerrar. 



118 Agustín Alarcón 

— Perfectamente, como último favor, tráigame un ta- 
baco encendido. 

— ¡Un tabaco! ¿Para usted! 

— Para mí . . . 

— ¿Las comunistas fuman tabacos? Si fueran ciga- 
rros. . . ¿Quiere un cigarrillo americano? 

— Yo no soy ninguna comunista; yo soy Jorge Val- 
des. 

— ¡Ah, sí, no me acordaba! Buena idea, como todas 
las suyas. En el acto se lo traigo. 

Y se fué aprisa para volver a poco con un habano 
encendido y dos copitas de rico vino o vino de rico. 

— Tome esta copita de ánimos — dijo ofreciéndole 
una. — Con la otra brindo yo porque salga bien en la 
aventura que va a correr. 

— ¡Salud! —brindó y bebió ella. 

— ¡Éxito! — brindó y bebió él. Y añadió: — Tome el 
tabaco. Yo abro y miraré. Antes déme su mano para 
despedirla. 

Cogió la mano y la besó. Ella se estremeció y la retiró. 

— ¡Hasta pronto y buena suerte, Luisa! 

— Hasta pronto, Valdés. 

Los dos estaban pálidos y un tremor de emoción los 
recorría. El se dirigió a abrir el portón con los pasos sin 
compás del que vacila. Ella arrancó el motor, que empe- 
zó a latir como un corazón. 

El se asomó con cautela a la calle. 

— ¡Adelante! — exclamó, accionando con un brazo 
como un policía de tráfico, y abriendo con el otro. 

El auto resbaló hasta afuera y paró en seco. Aurora 
con el tabaco en la boca, la faz ensombrecida, contraí- 
da en un grave y grotesco gesto varonil, salió con aplo- 
mo a cerrar el portón. 

— ¡Éxito, Luisa! — dijo adentro una voz estremecida. 

— Ella volvió al auto sin responder y sin precipita- 
ción, con afirmado continente masculino. 

Contados transeúntes andaban por la calle. Los dos 
vigilantes estaban en sus respectivas esquinas con los ojos 
clavados en la cuadra. Aurora pisó el carro calle abajo 



El Oro de Moscú 119 

y, sin soltar de la boca el tabaco que la emborrachaba, 
saludó con un caballeroso movimiento de mano y cabe- 
za a una mujer que se asomó a la puerta de una casa 
de enfrente. 

El auto llegaba a la esquina. Era el instante decisivo. 
El policía bajó de la acera y vino en su dirección. Ella 
pensó: "Tendré que atropellar a este hombre, suceda lo 
que suceda". Su cara se cubrió de una palidez de cera, 
sus brazos se pusieron tensos, su pie sobre el acelerador 
vibraba como un nervio. Pero el vigilante se paró en el 
contentón de la calle y anticipó una inclinación de servil 
adulador, exclamando: 

— ¡Buen viaje, señor Valdés! 

Aurora respondió apresurada con un saludo de mano 
y el tabaco le bailó en la boca, al mismo tiempo que es- 
tiraba el pie sobre el acelerador, pasando como una exha- 
lación. 

El corazón se le quiso salir a saltos, pero cuando de- 
jó atrás la bocacalle el alma le vino al cuerpo: ¡Estaba 
salvada! ¡Salvada de veras! 

Sintió la violenta sensación de los condenados a muer- 
te que se salvan en el último minuto. Botó el tabaco y 
respiró profundamente, como un ser que resucita. 

Dobló una esquina; otra, otra. Había que perderse. 
Las calles estaban desiertas. Ni tranvías, ni guaguas, ni 
automóviles; a excepción de los del gobierno y algún 
que otro de rompehuelga. Cogió una calle y vio dos cua- 
dras delante un auto volcado y maltrecho por los pique- 
tes de huelguistas y dobló en la esquina inmediata. 

La gente del pueblo miraba con ostensible odio su lu- 
joso auto. Los esbirros con ostensible alegría, porque 
rompía la huelga. Los hubo que se quitaron la gorra a 
su paso. 

Resbalaba por una calle y de pronto de la próxima es- 
quina, a media cuadra de distancia, salió un grupo de 
hombres bien vestido y revólveres en mano gesticulan- 
do para que se parara. 

Ella comprendió que no eran obreros y que no debía 



120 Agustín Alarcón 

detenerse, sino seguir adelante, arrostrando con arrojo 
y arrollando el nuevo obstáculo. 

Aferrada al volante, hundió el acelerador y les echó 
el auto encima, que pasó como un proyectil, abriendo 
en dos al aterrado grupo. 

— ¡Bandido! ¡Esquirol! ¡Perro! — llovió sobre el au- 
to junto con un frenético tiroteo. Aurora se agazapó sin 
soltar el volante y el acelerador y las balas silbaron so- 
bre su cabeza destrozando al parabrisas. 

— ¡Salvada otra vez! — se dijo en la próxima cuadra 
con lágrimas en los ojos. Le parecía que no podría so- 
portar otra prueba. 

En realidad, el grupo era de estudiante que, solidari- 
zados con los obreros, andaban atacando a los rompe- 
huelgas. .¡Si ella lo hubiera sabido! 

En el Parque Finlay se encontró al que debía entre- 
gar la máquina, que era el propio presidente del gremio 
amarillo de choferes. Se la entregó. 

— ¡Está fracasando la huelga! — díjole él, con im- 
púdica sonrisa de lacayo. 

— Si hubiera más obreros con vergüenza y coraje no 
fracasaría ésta ni ninguna! — respondió ella, dándole la 
espalda y alejándose rápidamente, hacia su casa. 

El traidor se quedó boquiabierto, atontado. Por otra 
parte, no le extrañaba verla vestida de hombre, porque 
las ricachas gustaban de exhibir ese excentricismo y que 
él hallaba muy simpático; pero se quedó tratando de re- 
cordar dónde había visto antes esa cara y oído esa voz. 



CAPITULO XIV 



— ¡Soldado Narváez! 

— ¡Aquí! 

— De orden del Comandante, que se presente. 

— ¡A la orden! — y siguió al ordenanza a través del 
campamento hasta la oficina de la Comandancia. 

En la puerta un alistado, con medalla de Tirador Dis- 
tinguido, montaba la guardia. Hasta en sus propias for- 
talezas los militarotes se encuentran poco fuertes. ¡Bien 
saben ellos que las tropas se componen de oprimidos! 

El centinela se apartó y el ordenanza empujó una 
hoja del paraván para que pasara Narváez. 

Este avanzó enhiesto y rígido como un autómata has- 
ta donde estaba el Comandante y casi no tuvo que cua- 
drarse porque iba ya casi cuadrado. 

El Comandante estaba respantigado en un sillón gira- 
torio detrás de un gran buró. A su lado estaba su Ca- 
pitán Ayudante tecleteando una flamante Wanderwood. 

El Comandante era un hombre delgado, alto, de unos 
35 años, de un semblante perennemente adusto y de mi- 
rada dura, que lo envejecía. 

Uno tiene que reírse o sentir cierta lástima filosófica 
por estos hombres que pasan por la vida con la cara en- 
furecida. 

— Comandante, el soldado Narváez! — cantó el or- 
denanza, gastándose la confianza de no cuadrarse. 

El oficial clavó las saetas de su mirada en el presen- 
tado. 

— ¿Usted fué el que persiguió a la asesina del tenien- 
te Prusalde? — dijo con acritud. 

— Sí, señor, mi Comandante — respondió ufano y tí- 
mido Narváez. 

— ¡¿Y por qué la dejó escapar?! 

— No la dejé escapar, la perseguía corriendo cuando el 



122 Agustín Alarcón 

muchacho que está en el hospital se me tiró en los pies 
gritándole: "¡Huye, Aurora!" y me hizo caer. . . 

— ¿Y por qué no le dio un balazo a ese mocoso? 

— Lo iba a hacer, mi comandante, pero el recluta 
Colombia me empujó en ese momento, haciéndome caer 
de nuevo. 

— ¿Y por qué no le dio un balazo a ese recluta? 

— Por seguir a la asesina. ... 

— ¡Un recluta! — bramó ef Comandante, enderezán- 
dose como un fleje y dando un trompón sobre el buró. 

— ¡Un recluta! ¡Usted, ordenanza, traiga en el acto 
a ese recluta! 

— ¡A la orden! — dijo el ordenanza y se fué. 

— Bueno — gruñó menos áspero el Comandante — us^ 
ted siguió tras la asesina, ¿y qué más? . . . 

— Ella había doblado la esquina, pero llegué a verla . . . 
o me pareció que . . . 

— ¡Alto! En el Ejército no hay "me pareció" ni "y° 
creí"! ¿La vio o no la vio? 

El soldado se estremeció; no sabía cómo salir del paso. 
Gagueó: 

— La vi . . . la vi meterse en casa del señor Valdés . . . 
Golpeé la puerta y no se abrió, llamé refuerzos, vinieron 
siete policías y entonces abrió el señor Valdés y dijo que 
no la había visto entrar . . . , registramos y no apareció... 
Parece . . . 

— ¡¿Vuelve con el parece?! — rugió el Comandante. 

El soldado estaba desconcertado. Resolló sin pedir 
permiso. Continuó: 

— Iba ... iba a decir, mi Comandante, que se iría por 
la azotea con una escalera . . . 

— ¿Usted vio la escalera? 

— No, señor . . . 

— ¡¿Entonces?! ¿Se ha vuelto periodista? 

— No, señor. 

— ¡Y vuélvase, que lo mando a fusilar! 

— No, señor . . . digo ... sí, señor . . . 

— ¡Basta de "no señor" y "sí señor". . . ¿Acaso me 
quiere usted tomar el pelo? 



El Oro de Moscú 123 

El soldado aturdido iba a apresurarse a decir "No, se- 
ñor", pero se le paralizó la lengua. 

— Usted ultrajó al dueño de la casa. 

— Fué la policía . . . — repuso asustado ante el tono 
de la pregunta y acordándose de lo que había dicho el 
subteniente amigo de Valdés sobre la cólera del Coman- 
dante y hasta del Coronel, por el registro. 

"¡Cómo se va a poner mi mujer cuando lo sepa!" — 
pensaba por su parte y con atribulado cinismo el temido 
Comandante. 

— ¡Recluta Colombié! — cantó el ordenanza. 

El coloso entró desplazando una buena porción del ai- 
re y la luz que había en la oficina. 

— ¡Ah, con que es este gran 'idiota, el que todo lo 
entiende al revés! — exclamó el Comandante — y le dijo: 
— ¡Responda, dice este alistado que usted lo atropello 
para que se escapara la asesina del teniente Pruselde! 

El recluta miró a Narváez con una mirada asombrada 
y tremenda como él. 

— ¡Es mentira de ése! El pateaba como un potro cerre- 
ro al chiquito, que está en el hospital y yo lo empujé 
para que no siguiera. 

—¿Y quién se lo mandó? 

— El Bando Militar. 

— ¿Cuántos Bandos hay? ¿Cuáles sjii? 

— El Militar y el Obrero. 

—¡Imbécil! ¡estúpido! ¡pollino!, ¡ese Bando de la 
banda de bandidos comunistas no es bando sino una ho- 
ja asquerosa que pagarán caro esos canallas! Además, 
¿por qué dices que el Bando Militar te lo mandó? 

— Sí, señor, yo oí leer el Bando Militar y decía que 
teníamos que defender a los niños de los comunistas, si- 
no seríamos castigados por traición a la patria en peligro. 

El Comandante quiso sonreír, pero no sabía, es decir, 
se le había olvidado y, en vez de sonreír, dijo: 

— El Bando Militar decía "niños", niños de verdad, 
no muchachos mocosos y perdularios: sépalo bien, en 
buen lenguaje, niños son los chiquitos dientes, vestidi- 
tos y educados, que salen a la calle con sus niñeras, ínsti- 



124 Agustín Alarcón 

tutrices o mamas. Fíjese — añadió enseñándole un mu- 
chachote de unos doce años que venía retratado y alaba- 
do en una revista de lujo — eso sí es un niño, es hijo 
mío. 

El recluta se quedó turulato, mirando al grandulón 
que el Comandante le enseñaba; él no sabía, pues, lo 
que eran niños — ¡claro, si su tormento eran las maldi- 
tas palabras! Ahora comprendía que sólo eran niños los 
que tenían niñeras, etcétera, sin tener nada que ver con 
el tamaño. Pero eso de "institutrices" lo atolondraba; él 
había oído hablar que las "mujeres malas" eran algo pa- 
recido, algo que sonaba a "trices", mas dudaba que fue- 
ran institutrices porque ¿qué iban a tener que ver las 
"mujeres malas" con los "chicos decentes vestiditos y 
educados"? Si fuera con los "muchachos mocosos y per- 
dularios". 

Pudo pensar todo eso porque el Comandante besaba el 
fotograbado de su hijo y después botó el tabaco casi en- 
tero, que se le había apagado, y cogió otro de una caja 
que tenía sobre el buró y dijo con tono reglamentario; 

— Bueno, usted, soldado Ñarváez, tendrá un mes fran- 
co y una mención honorífica en la Memoria del 1° de 
Mayo de este año. Si hubiera capturado a la asesina, viva 
o muerta, ahora sería cabo y tendría una medalla de plata. 

— Agradecido, mi Comandante — respondió Narváez, 
entre satisfecho y apenado, mirando de reojo con rencor 
al recluta. 

— Retírese. 

— ¡A la orden, mi Comandante! — y se fué como vi- 
no, enhiesto y rígido como un lacayo de gran hotel. 

— Usted, recluta, por burro se ha salvado de un Con- 
sejo de Guerra, y por burro va a estar cuarenta y ocho 
horas seguidas rondando la cuadra vigilada . . . 

-*-De allá vengo — repuso con simpleza Colombié. 

— ¿De dónde, de la cuadra? 

— Sí, señor. 

— ¿Y qué ha visto? 

— Que el potro TNT y la yegua mora están inso- 
portables . . . 



El Oro de Moscú 125 

El Capitán Ayudante lanzó una ruidosa carcajada. El 
ordenanza se rió en una escala poco reglamentaria. El 
Comandante también quiso reírse, pero no pudo acor- 
darse y rugió: 

— ¡Sal, sal pronto de aquí antes de que te abra la cabe- 
za en dos, ¡asno, yegua mora! — y le tiró el tabaco encen- 
dido, sin hacer blanco. 

El recluta, asustadísimo, salió reculando tan veloz- 
mente que chocó con el centinela de la puerta, arroján- 
dolo contra el teniente "Polvorita", que pasaba por 
allí. 

La gente que no sabe reirse — o que no sabe ya, como 
cuando eran niños — enseña los dientes como los lobos, 
tal hizo el Comandante en gesto fiero, y, para quitarse 
al Ayudante, que no podía aguantarse la risa, le dijo: 

— Capitán, vaya en el acto al hospital y haga "can- 
tar" al muchacho ese. 

— A la orden, Comandante —y, dejando la máquina 
y la risa, se fué hacia el hospital. 

Allí estaban los manifestantes heridos y capturados 
el l 9 de Mayo: 7 obreros, un estudiante y el chico. Dos 
obreros y el estudiante heridos graves de bala, y el resto 
menos grave; aunque el capitán médico había certifica- 
do "heridos leves" a los últimos" y "menos graves" a los 
primeros. 

Uno de los graves — el líder comunista Juan Ruiz — , 
con dos balazos en el vientre, de exprofeso mal asistido 
(" a la orden"), se quejaba quedamente, con la postrer 
soberbia de que no lo oyeran los enemigos. 

— ¡Oh, qué dolor! . . . ¡Me muero! — mascullaba con 
rostro de sumo sufrimiento. 

Pepito, que tenía la cama a su lado, lo confortaba 
apurado: 

— No morirás, Juan; te pondrás bueno y nos tendrán 
que soltar. . . ¡y nos la pagarán! . . . ¡Ya verás! 

Algunos de los heridos rodeaban la cama del compa- 
ñero moribundo, con rostros sombríos y taciturnos de 
futuros vengadores. 

— ¡Se les dijo que no salieran de sus camas ni habla- 



126 Agustín Alarcón 

rán! — gritó iracundo un cabo enfermero que venía con 
el Capitán Ayudante. 

— ¡Si ustedes dejan morir a este compañero, nosotros 
no lo dejaremos morir solo, aunque nos emplacen las ame- 
tralladoras - — respondió por todos y con fiereza un obre- 
ro herido en un brazo. 

— ¡Así mismo! — exclamó desafiador Pepito, sentán- 
dose resueltamente en la cama. 

El cabo se encaró con aquél, diciéndole: 

— ¡Bah, no venga a echar discurso ni guaperías aquí, 
que no está en la calle ni ése está tan grave .orno se hace! 

— Dejen eso ahora, el médico está por llegar — terció 
el Capitán. — Vengo a interrogar al muchacho. Retíren- 
se a sus camas mientras le pregunto. 

Se retiraron, alerta los ojos y los oídos. El capitán se 
sentó en una silla de espalda al moribundo y frente al 
chiquillo. Empezó en voz baja: 

— Oye, si dices toda la verdad, te entregaremos a tus 
papas, que ya han venido a verte y están muy tristes; si 
no quedarás preso muchos años. 

Pepito recordó que otra vez que lo detuvieron un 
compañero y una compañera lo reclamaron a la policía, 
haciéndose pasar por sus padres. Así que, después de pen- 
sarlo, respondió: 

— ¿Por qué no los dejaron pasar? 

— Hasta que no digas la verdad no podrán verte, 

— Yo digo siempre la verdad, para eso soy revolucio- 
nario. 

— Así me gusta. . . ¿Cómo te llamas? 

— ¿Le gusta que sea revolucionario? ¿Es usted un ca- 
marada? 

— ¡No! Me gusta que digas siempre la verdad. Y que 
cómo te llamas, te dije. 

— ¡Ah! ... Me llamo Pepito Lastre. 

— Vamos a ver, tú tumbaste al soldado que iba a co- 
ger a Aurora . . . 

— Lo tumbé porque la iba a matar ... ¿La cogie- 
ron a ella? 

— Sí, está presa. 



El Oro de Moscú 127 

— Suéltenla, que ella no hizo nada. 

— ¿Tú la conoces? 

—Sí. . . 

— ¿La conoces bien? Ella se llama Aurora. . . Au- 
rora qué?, que ya se me olvidó t-j apellido. 

El moribundo se movió, iba a gritarle a Pepito, con 
los últimos alientos de su vida, que se callara, pero su mi- 
rada expresiva se encontró con la mirada inteligente del 
precoz chiquillo y se lo ordenó con un movimiento nega- 
tivo de cabeza, donde brillaban aun sus ojos lúgubres 
de luchador agonizante. 

Pepito miró al capitán y volvió a mirar al compañe- 
ro que se moría y se quedó reflexionando como una per- 
sona mayor. 

— ¡Vamos, contesta, ¿Aurora qué, se llama? — bramó 
con sordina el oficial, apretándole una manito, después 
de "ceidorarse" que el moribundo no le hacía señas. 

— Pregúnteselo a ella, que yo no sé. 

— Pero sabrás dónde vive, ¡dilo! —y lo apretó más 
fuertemente. 

— ¡Tampoco sé! ¡Y no me apriete más, abusador! 

Los obreros heridos se agitaban como leones prestos a 
saltar en defensa del cachorro. El cabo, con un termóme- 
tro en la mano izquierda y la diestra en el revólver que 
traía debajo de la blusa de enfermero, los vigilaba de 
reojo mientras oía el interrogatorio. 

— Tú sí sabes, bribonzuelo; tú sabes su apellido y 
su casa. Dilo, porque te conviene. Te lo mando yo, que 
soy capitán. 

— No sé. Y yo también soy capitán de la Liga de Pio- 
neros. 

— ¡Tú eres un canallita y tendrás que hablar! — y le- 
vantándose colérico, añadió, dirigiéndose al cabo: 

— ¡A éste no le dé comida hasta que "vomite"! — Y 
se fué seguido por el subalterno. 

Pepito se quedó confuso; luego dijo: 

— ¡Vomitivo a mí! ¡Ni el Papa! 

Los obreros heridos acudieron de nuevo. Pepito saltó 
de su cama, pegándose a la del moribundo y le confió: 



128 Agustín Alarcón 

— Juan, yo no le iba a decir nada. Aunque me den vo- 
mitivo, no hablaré. 

El agonizante, haciendo un supremo esfuerzo, puso 
una mano en su manito y, como si le hablara a un hom- 
bre, le dijo: 

— Compañero ... la . . . Revolución . . . 

Fueron sus últimas palabras. Los otros lo movieron. 
"¡Muerto!", repitieron. 

— ¡Juan, compañero Juan! — gritó Pepito sacudién- 
dolo, y se puso a sollozar como si fuera su padre el 
muerto. 

— Vamos, Pepito, los revolucionarios no lloran — 
dijo uno de los otros, echándole un brazo; pero él y los 
demás tenían los ojos llenos de lágrimas. 

Pepito dejó de llorar, quería ser un verdadero revolu- 
cionario. \ 

El cabo y el capitán volvían con el Comandante. Este 
venía violento, con los ojos sangrientos de ira. Parecía 
una serpiente caminando enhiesta, erecta, para atacar. 

Llegaron al mudo y sombrío grupo hostil de los heri- 
dos y el cadáver. Hubo un duelo de miradas fulminantes 
de odio. Un silencio y una frialdad amenazantes. 

— ¿Vuelve? ¡Pregúntele a él! — rompió Pepito en to- 
no doloroso, encarándose con el capitán y señalándole el 
cadáver. 

— Ha muerto — dijo el oficial. 

— ¡No, lo han rematado! — respondió con acento de 
mandarria un obrero. 

—¡El teniente Prusalde valía más que él! — dijo con 
cólera el Comandante. — ¡Y basta! — Y añadió, giran- 
do sobre sus talones y marchándose enfurecido. El ca- 
pitán y el cabo lo siguieron. 

Hasta que desaparecieron los persiguió el haz de mi- 
radas de los heridos. 

¡Algún día! . . . 



CAPITUO XV 

Cuando Aurora llegó a su casa confesó a su tía y a 
Cristóbal todo lo ocurrido. Se horrorizaron. "El maldi- 
to comunismo la había convertido en una asesina", "Te- 
nía que dejar el comunismo". 

Tuvieron una discusión que llegó a ser violenta. Ella 
recogió todo lo suyo para marcharse; pero le suplicaron 
que se quedara; profesara y practicara las ideas que quie- 
siera, que se quedara. 

- — ¡Fso nada más faltaba! — decía ía vieja llorando — 
que te abandonáramos en la desgracia, cuando eres perse- 
guida y el pobre Pepito está preso y estropeado! No te 
quito tus ideas, tú sabes que no me disgustan, pero lo 
bueno es lo bueno. En un hombre, pasa lo que has hecho, 
pero en una señorita, casi una niña, es un sacrilegio más 
que un crimen, ¡matar a un semejante! ¡No puedo decirte 
nada que no sea por tu propio bien, pues para mí eres 
como una hija! 

Cristóbal se halaba los pelos. Decía: 

— -Tú sabes cómo te quiero; aunque mates a un millón 
no permitiré que te vayas. Pero mientras los cabecillas 
comunistas te empujan al peligro, ellos se esconden. 

— No hables lo que no sabes; ellos y yo nos jugamos 
la vida hoy y nos la seguiremos jugando por lo Revo- 
lución todos los días. 

Pedro llegó mucho después. Traía la cabeza vendada; 
había recibido en la refriega un toletazo maestro "Por 
la libertad de Cuba". Nuevos lamentos de la vieja. Nue- 
vas censuras de Cristóbal. Pedro felicitó a Aurora a es- 
paldas de ellos. 

Pasan tres días. 

Pedro fué designado Secretario de Organización del 
Partido y Aurora su auxiliar, con cinco pesos semanales 
cada uno para sus gastos de manutención. Era lo más 
y lo menos que se les podía dar: habían bajado las coti- 
zaciones del Partido con el notable aumento de la des- 
ocupación. 



130 Agustín Alarcón 

Como era peligroso que Aurora saliera a la calle, y me- 
jor para las actividades de ambos, se convino que la ofi- 
, ciña de dicho departamento se radicara en su propia casa. 
Para la vieja y Cristóbal era lo preferible, el mal menor. 
Les dieron un cuarto inmediato a la sala para la oficina. 
Así empezaron a trabajar juntos gran parte del día y de 
la noche. Al principio Cristóbal tuvo celos; pero luego 
se tranquilizó observando la atmósfera exclusivamente 
camaraderil en que trabajaban su prima y su amigo. 

No obstante, cada día crecía la intimidad de ambos. 
Sentían una profunda alegría en trabajar juntos. Pedro, 
que Aurora creía un carácter duro adusto, se le manifes- 
tó cumo en realidad era, afable, amable y íestivo. Este 
optimisrro temperamental estaba estimulado por la pla- 
centera presencia de ella. 

Aunque él no era bonito, ni mucho menos de faccio- 
nes griegas como Valdés, Aurora perdía la noción del 
físico y lo hallaba cada vez más bello por su modo de ser, 
pensar y proceder. Y la chispa de su simpatía crecía y se 
transformaba en llama del amor. Consciente o subcons- 
cientemente, ella se le insinuaba. Hay tiernas miradas que 
hablan como jamás podrá hacerlo la más dulce voz. Pe- 
ro le extrañaba y dolía la melancólica indiferencia de él. 
"¿Acaso sería residuo de aquella que mostraba cuando 
ella era una niña romántica, una equivocada? ¿Acaso 
no sería aun digna de él? ¿O, acaso, su mismo amor no 
sería una despreciable debilidad impropia de verdade- 
ro v bolchevique?" 

Mientras ella tecleteaba a diez dedos en la maquini- 
11a, colocada en una mesita ad hoc, lo veía tras el buró, 
tan cerca, y a la vez tan lejos, absorbido en un mundo 
de esquemas, estadísticas, tarjeteros, carpetas, artículos, 
cartas, circulares, prensa, manifiestos, folletos, libros en 
un mundo de papeles, letras y números que pasaban y 
repasaban y eran acondicionados por aquella inagotable 
máquina humana. 

Entonces se decía: "Seré como Pedro, una luchadora 
implacable, abnegada, sin piedad conmigo misma. Una 
Rosa Luxemburgo, una Clara Zekin. Saldré de esta cri- 



El Oro de Moscú 131 

sis que me trastorna, resultante quizás de los prejuicios 
burgueses, enraizados en mí que se resienten y resisten 
a morir. . . ¡Me haré digna de él!". . . 

Cristóbal se había empleado en el gobierno y cuando 
llegaba a la casa entraba sin hacer ruido y las veces que 
los encontraba juntos los encontraba trabajando o ha- 
blando en una actitud que lo tranquilizaba y hasta ale- 
graba, pues prefería que Aurora estuviera allí, con Pe- 
dro, que le había prometido no enamorarla, a que andu- 
viera todo el día fuera de la casa, a menudo entre los 
"cabecillas comunistas", como él decía. 

— ¡Hola, los locos siameses! — gritaba irrumpiendo 
en el cuarto que servía de oficina y les daba palmota- 
das en las espaldas a ambos. 

— ¿Quieres ayudarnos? — le decían. 

— No soy tan bobo como ustedes ... Si los cabecillas 
me dieran una buena parte del oro que reciben de Moscú 
y no se quedaran con la parte del león . . . 

— ¿Y los cabecillas del ABC no te dan una buena 
parte del oro que reciben de Roma y Berlín? 

— ¿Tienes cambio para un billete de mil rublos? 

Más o menos así era siempre que se encontraban jun- 
tos, como hermanos que se quieren, aunque de ideolo- 
gías que se odian. A veces Cristóbal entraba haciendo con 
la mano el saludo fascista y los otros replicaban con el 
saludo proletario, los puños en alto. 

La madre de Cristóbal, tía Lola, como la llamaba 
Aurora, Pepito y hasta el mismo Pedro, contribuía muy 
mucho a hacer agradable aquella convivencia. Adoraba 
a su hijo, amaba a su sobrina, quería a Pepito y le te- 
nía cariño a Pedro. Este trabajaba, comía y dormía allí, 
contribuyendo a los gastos de la casa como un hijo y 
siendo atendido como un hijo. 

El le procuraba a tía Lola novelas policíacas, que ella 
devoraba entusiasmada como un chiquillo, hasta tal 
punto que muchas veces caminaba de una olla a otra 
leyendo ávidamente estratagemas y mentiras detectives- 
cas, mientras con la mano que le quedaba libre adere- 
zaba la comida. Una vez echó azúcar en la sopa en vez 



132 Agustín Alarcón 

de sal, otras veces se le olvidaba ésta o echaba doble. 

Cuando esto pasaba había risas y bromas para rato 
en la mesa a la hora de comer, no hallando ella como 
excusarse. Entonces decía, dirigiéndose a su sobrina. 

— Cásate con Cristóbal, hijita; deja esos peligros en 
que andas y encárgate de la casa y la cocina, que yo me 
merezco ya el retiro. 

— Lo siento, tía Lola, pero Cristóbal y yo nunca 
ligaríamos como marido y mujer, él tiene una mentali- 
dad, y yo otra; además, yo no seré jamás una mujer de 
la cocina, la cocina familiar es una cosa anticuada, ca- 
duca, que tiende a desaparecer, y yo seré cada vez más 
una mujer moderna . . . 

— ¡No se puede hablar de nada— exclamaba Cris- 
tóbal — , ni de los astros, que ustedes no saquen a re- 
lucir un versículo de su dichoso catecismo rojo! 

— Todo lo que ha dicho Aurora es exacto, excepto lo 
de que nunca ligarían como marido y mujer porque tie- 
nen mentalidades distintas, pues ella misma es el mejor 
ejemplo de que se puede cambiar de mentalidad —decía 
Pedro. 

— No estoy de acuerdo contigo, camarada; hay seres 
de no importa qué clase, capaces de avanzar, tarde o tem- 
prano, al compás del desarrollo histórico de la sociedad, y 
otros no, como mi muy querido primo, que es y será 
siempre un cangrejo ideológico . . . 

— Cada uno tiene "su" razón — decía el aludido — 
pero la fuerza es y será siempre la que manda . . . 

— ¡Corten ya, coman un día juntos sin discutir polí- 
tica! — exclamaba tía Lola. 

Y así pasaban los días, de día. Y cuando nuestro he- 
misferio le daba la espalda al sol y colchones de sombra, 
como nieve de la noche, caían y caían sobre la ciudad, tía 
Lola se acostaba, Cristóbal andaba de fiesta de barra en 
cabaret y de cabaret en barra, con los otros apóstoles de 
un régimen "puro y de mano fuerte" y Aurora y Pedro 
quedaban solos y cerca. 

El se absorbía en el trabajo con más vigor que por el 
día y con mejor ritmo, pues no se interrumpía con sus 



El Oro de Moscú 133 

salidas y con las tratívas de los contados compañeros que 
tenían acceso allí. Pero con esta redoblada aplicación al 
trabajo se veía que perseguía aislarse, no sentir a Aurora. 
En estos momentos se mostraba frío, sólo le hablaba lo 
indispensable, parca y sobriamente. 

Ella acababa algunas copias al carbón sobre la veloz 
y silenciosa maquinita o se ponía a leer, a capacitarse. Con 
"Er Capital" delante se esforzaba en comprender el aje- 
drez o "fuego ciencia'* de la economía política marxis- 
ta. A veces pedía explicaciones al Capablanca Pedro, en 
muchas ocasiones sólo con el fin de ponerse junto a él, ase- 
diándolo, atacando su frialdad con su cálido aliento y con 
el roce de su carne tentadora. Hacía café para ambos. O 
rendida por la "mercancía, valores de uso, valores de 
cambio, moneda, trabajo, sobretrabajo o plusvalía", de- 
jaba la biblia roja y se acostaba. 

Entonces, bocarriba, en la cama, sueltas las exuberantes 
carnes, henchidas las venas de voluptuosidad, se entre- 
gaba a soñar despierta con su felicidad, que era soñar con- 
sigo misma. Hermosa, joven, fresca, fuerte, deliciosa, ella 
misma se saboraba sin saberlo, embriagándose en un éx- 
tasis de ansias y de dicha. Y por sus pupilas enternecidas 
venía a filtrarse la imagen de Pedro. 

Este quedaba tras el buró, impasible como una mole... 
Al parecer. Por dentro esta mole se iba quebrando. 

El, el de carácter acerado, indiferente a todo aquello 
que no fueran las bregas bravas de la Revolución, sintió 
asombrado despertársele cada vez más extrañas fibras de 
su corazón, las sublimes "locas" fibras del amor. 

Su conciencia provecta y experimentada conocía dé 
sobra los espasmos genitales de la carne, ora con amantes 
de ocasión, ya con amantes al destajo. Mas, la larga y 
deliciosa demencia del amor amor, no, no la conocía de 
veras. A veces, se había reído de él, del amor. A veces 
también, en su duro camino de luchador, se había deteni- 
do para evocar en el mundo de la fantasía a la mujer 
deseada, a la compañera ideal. 

Eran unos instantes de melancolía, honda apetencia 



134 Agustín Alarcón 

de ser feliz, fugaz y sublime debilidad en las entrañas del 
roble humano. 

Añoraba entonces tantas oportunidades de amor per- 
didas por la fiebre de la ruta, por el frenesí fanático de 
avanzar y avanzar siempre sin saber vivir sobre la marcha 
la vida. 

Sentía la larga orfandad de unos brazos sedeños y ca- 
riñosos enroscados en su nuca calcinada. El elixir de 
unos labios. Las suaves punzadas de dos pechos en flor. 
Suyos. 

Y ahora sentía todo esto, lo encontraba encontrándose 
a sí mismo. Objetivo, atento al mundo, volvía los ojos 
a sí, miraba corazón adentro y veía que el yo existía y 
sufría, corazón adentro, "que en el fondo de todo eso es- 
taba el sexo, bien, el sexo no era sólo el órgano carnal del 
erotismo, sino un centro natural de egoísmo biológico, 
de apetencia, necesidad fisiosíquica, de todo el ser, órgano 
que busca al órgano para dar y recibir la vida". 

Se había apasionado de Aurora. 

¿Y Cristóbal? 

¡Oh, odioso fantasma! 

¿Por qué le prometería no quitársela, no enamorarla? 

Por amistad. Por gratitud. Porque hay compromisos 
inevitables. ¡Cosas de la vida! Ahora no podría quedar 
mal. Le iba en ello su honradez de comunista, la honra- 
dez de los comunistas, que tienen también su moral. "Es- 
to o aquello es o no político", he aquí la clave lógica de 
esa moral. No era político que él enamorara a Aurora. 

La resistiría y no se le declararía jamás. Ahogaría 
una vez más su corazón. 

Aunque supiera que no encontraría en su camino otra 
Aurora, seguiría adelante. Con la cara indolente. Rei- 
ría muchas veces. Y cuando le llegara la hora de caer, 
la muerte lo encontraría de pie, firme, duro, rojo, sin 
un quejido, sobre la roca de su dolor. En su puesto. 

{ Y ayudaría a conquistar una sociedad feliz, una so- 
ciedad de felices, con su propia sangre y su propia fe- 
licidad! 

¡El era un rojo! 



CAPITULO XVI 



Días de tormenta. 

Los recientes choques del l 9 de Mayo había enarde- 
cido a las masas. Crecía la marea revolucionaria en to- 
do el país. Huelgas y protestas por todas partes. 

El hambre, con abonos de opresión, daba sus frutos. 
Frutos emponzoñados. 

El imperialismo yanqui y sus sheriffs nativos querían 
acabarlos, pero, pésimos agricultores, aumentaban a la 
par la semilla y el abono, el hambre y la opresión. 

La prensa y la radio," bajo su monopolio, servían di- 
vinamente esta gran obra de civilización . . . 

"El oro de Moscú era el culpable de todo". El que 
intranquilizaba al país y lo arruinaba. Era el Coco y 
d Caco. 

Había huelgas, desórdenes y protestas contra la res- 
tricción de la zafra azucarera y el tratado comercial 
leonino impuesto por el imperialismo yanqui, por el 
oro de Moscú. 

Los obreros pedían más humano salario y 8 horas de 
trabajo, por el oro de Moscú. 

Los explotados de los feudos azucareros pedían jor- 
nal en efectivo, no en víveres podridos, por el oro de 
Moscú. 

Las madres de familia protestaban del alza de los co- 
mestibles, por el oro de Moscú. 

Por el oro de Moscú los campesinos defendían su 
pedazo de tierra y sus productos de los geófagos y agio- 
tistas extranjeros y patriotas. 

Había miles de desocupados inconformes, inconse- 
cuentes, resistentes a morirse de hambre, por el oro de 
Moscú. 



136 Agustín Alarcón 

Hasta por el dicho oro de Moscú los niños de las es- 
cuelas públicas se negaban a hacer ejercicios militares si 
el gobierno no les daba desayuno y material escolar 
gratis. 

Desde los pulpitos se decía que el oro de Moscú era 
obra del Diablo. Los curas para demostrar al rebaño 
de sus feligreses que el mismo Dios, que habla latín — 
lo decía por su santa boca, les aflojaba un (no responso 
de la corrección gramatical porque yo sí que no sé la- 
tín: ¡Orum Moscúm Diablus!) 

En fin, el grito de "¿Oro en California!" no agitó 
y desveló tanto las almas burguesas y yancófilas como 
el grito policíaco dé "¡El oro de Moscú!" 

Se afirmaba que los "cabecillas comunistas" lo reci- 
bían por toneladas para vivir como sultanes y promo- 
ver toda clase de desórdenes para derrocar al régimen es- 
tablecido "por el pueblo soberano" e imponer en Cuba 
la "sangrienta tiranía Moscovita". 

Las clases "vivas" ("vivas", i qué bien dicho!), sus 
sabuesos y los curas y las monjas estaban indignados. 
Maldecían y rezaban. Y hacían cosas peores. 

Aventureros había que intentaban introducirse en el 
Partido Comunista "para ver si les tocaba algo". 

Como la frase patriótica de "Por la libertad de Cu- 
,ba" y la otra de "Tiros al aire", de la prensa oficiosa, 
a los tiros que tira la policía para disolver las mani- 
festaciones populares, el "oro de Moscú" se iba toman- 
do a burla por la gente de la calle. Cuando un limosne- 
ro extendía su flaca mano, le decían extrañados: 

— ¿No recibe usted oro de Moscú? 

El infeliz abría los ojos estupefacto: 

— ¡De Moscú, señor, ni falso le dan a uno! 

Pero el gobierno se burlaba de estas burlas. Lo que 
él necesitaba era el pretexto para atacar a fuego y san- 
gre a los verdaderos paladines de la libertad de Cuba y 
lo tenía magnífico en el oro de Moscú. 

Si el terror afuera era grande, en las prisiones no te- 
nía ponderación. 



El Oro de Moscú 137 

A Pepito lo privaron durante diez días de los ali- 
mentos, lo amenazaron sin cesar y lo golpearon a me- 
nudo; pero no cedió; no salió de su boca una palabra 
delatora. 

Pasados los cinco primeros días descubrieron que, a 
pesar de su tremenda vigilancia, los otros heridos le da- 
ban a escondidas, de madrugada, de sus alimentos. En- 
tonces se los suspendieron a ellos por cinco días, como 
castigo, no obstante estar algunos en un estado grave, 
y a Pepito lo metieron en un calabozo incomunicado, 
oscuro y mal oliente. Querían rendirlo por hambre y 
terror. 

Pasó dos días allí sin probar bocado ni tomar alimen- 
to alguno, pero desde el tercer día, exponiendo la vida, 
el recluta Colombia le llevaba un litro de leche. Y ¡:5- 
mo se la llevaba!; El tenía que fregar y echarles agaa 
con creolina a todas las escupideras del campamento y 
sus calabozos y como el agua con creolina parece leche 
y él se podía sólo acercar a la celda de Pepito con el 
Cabo de Prisiones le pasaba al chico su medio litro de 
leche reglamentario y otro de otro recluta en una escu- 
pidera limpiada por él hasta lo indecible. Fué su pri- 
mer picardía. Claro que no pudo concebirla él. El que- 
ría ir a decirle al Comandante que estaba mal hecho 
matar de hambre a una persona, aunque no fuera un 
niño, ya que según él Pepito no lo era. El otro recluta 
que daba su medio litro de leche suministró la idea y 
lo forzó casi a que lo hiciera así. 

Pepito seguía firme a pesar de la dieta, la soledad y 
las golpeaduras que más que a diario recibía. A una 
compañera de treinta y pico de años que el Partido de- 
signó para que lo reclamara haciéndose pasar por su 
mamá, la detuvieron, la maltrataron y le pusieron una 
soga en el pescuezo como para ahorcarla, delante del 
pionero, pero lo que éste hizo fué insultar a los ver- 
dugos. 

No podían con el chico y estaban convencidos de que 
sabía el apellido y dirección de Aurora. 



138 Agustín Alarcón 

Una noche, a las doce, lo despertaron bruscamente. 

— ¡Arriba, cabrón, que vas a morir si no hablas! 

Lo arrastraron desnudo hasta un cuarterón semios- 
curo y de prietas paredes. Lo pusieron contra una de 
ellas con las manos amarradas a la espalda. 

— ¡Dices el apellido y dónde vive o serás fusilado en 
el acto! — le gritó el mismo Comandante. 

— ¡Yo no sé, Comandante! — exclamó Pepito espan- 
tado. 

El Comandante le dio una bofetada que lo lanzó al 
suelo; en seguida lo paró de un tirón y lo empujó de 
nuevo contra la pared. 

— ¡Que venga el piquete de fusilamiento y el cura! 
— ordenó al Capitán Ayudante. 

— ¡A la orden, Comandante! 

Vinieron cuatro soldados con malas caras y sendos 
fustes y un cura con la cara hipócrita de todos los cu- 
ras y el consiguiente crucifijo. 

Los cuatro soldados se pusieron en fila a diez pasos 
y en su lugar descanso frente al chico. El cura se le 
acercó. 

— ¡Responde al padre! — le dijo el Comandante. 

— Confiésate, hijo mío; dime tus pecados, todo lo 
malo que has hecho o todo lo malo que sepas. Dios te... 

Pepito le escupió en la cara al "padre". 

— ¡Usted es otro asesino! — le gritó. 

— ¡Hereje! ¡Que el XZielo te castigue! — exclamó el 
santo padre, limpiándose el salivazo con una manga y 
retirándose. 

El Comandante se hizo a un lado y gritó al piquete 
de fusilamiento: 

— ¡Atención! 

Luego se dirigió al pequeño y le dijo: 

— ¿Hablas o no? 

— ¡No sé nada! 

— ¡Apunten! 

Apuntaron los cuatro soldados sus cuatro fusiles so- 



El Oro de Moscú 139 

bre el pionero. Este lloraba y se mordía los labios. El 
Comandante le dijo enfurecido: 

— j Habla, muchacho de los demonios! ¡No ves que 
ahora, cuando yo diga ¡fuego! esos soldados te van a 
matar! 

Esta vez Pepito no respondió. No podía responder. 
El Comandante se viró hacia el piquete de fusilamiento. 
Va a dar el grito de ¡Fuego!, pero un ruido de donde 
estaba el niño le hizo volverse de nuevo. Pepito se ha- 
bía desmayado. 

— Basta. Llévenlo al hospital — dijo el Comandan- 
te y añadió: — Vámosno, Capitán. 

Todo había sido horrible comedia. Los rifles estaban 
cargados con casquillos sin plomos, sólo con pólvora. 
El cura era el de la capilla de la Ciudad Militar, que 
se prestó a esa trágica jugarreta como se prestaba a otras 
cosas . . . 

El Partido Comunista se enteró de todo, lo popula- 
rizó y llamó a la lucha por la libertad de Pepito y su 
"mamá". El pueblo se indignó. Los niños de las escue- 
las fueron los primeros en lanzarse al combate por el 
camaradita prisionero y torturado. El pueblo se indignó 
de veras y la dictadura sabía que cuando el pueblo se 
indignaba de veras había que ceder a toda prisa. Liber- 
tó no sólo a Pepito y a su falsa mamá, sino que tam- 
bién a todos los otros heridos el l 9 de Mayo. 



CAPITULO XVII 



Con la vuelta de Pepito se había restablecido la ale- 
gría en casa de tía Lola. 

Un día tocaron a la puerta y Aurora cometió la im- 
prudencia de ir a abrir ella misma. Grande fué su sor- 
presa, aunque la disimuló, cuando se encontró frente a 
un imponente soldado. 

— ¡Buenas! — dijo el mismo. 

— ¡Buenas! ¿Qué desea? 

— Acaba de entrar aquí un chiquito que se llama Pe- 
pito y quiero verlo. 

Aurora respiró, aunque no le gustaba la mirada in- 
quisidora, fija en ella, del militar. 

— ¿Qué hizo? . . . ¿Para qué lo quiere? 

— No se apure, es que él es amigo mío. Llámelo. 

— Pase y siéntese — dijo ella, y yendo hacia el centro 
de la sala y sin dejar de mirar de reojo y con recelo al 
soldado que se sentó de espaldas al interior de la casa, 
gíitó: — ¡Pepito, te buscan! 

Pepito apareció masticando un pedazo de tocino que 
le había quitado con zalemas a tía Lola. De pronto se 
impresionó por el uniforme, mas en seguida exclamó: 

— ¡Hola, Colombíé! — y se lanzó hacia el ex recluta, 
convertido ya en soldado de línea, y el cual lo levantó 
en sus brazos de gigante y luego lo sentó en una pierna, 
diciéndole: 

— ¿Ya te sientes bien? 

— Sí, válgame tu . . . 

— ¡Ah, él fué. . .! — dijo Aurora. 

— Sí, él fué Auro . . . ra — se le escapó a Pepito. 

— ¡Aurora! ¡Ya la quería conocer! ¡Usted fué quien 
mató al teniente Prusaldeí — exclamó Colombié con 



El Oro de Moscú 141 

brusquedad, abandonando a Pepito, que se bajó de su 
pierna y se colocó junto a Aurora. 

— ¿Yo? ¡Usted está loco! — dijo Aurora con azoro. 

— -Usted misma, yo ía vi cuando huía perseguida por 
el soldado que atrapó a Pepito. ¿No es verdad, Pepito? 

— j Ella huía, pero no mató al teniente! — respondió 
el chiquillo con vehemencia, agresivamente, mirándolo 
atravesado, como a un enemigo. 

— Así es — dijo ella. 

— Bueno, no se pongan bravos, usted va conmigo y se 
lo dice al Comandante y no la perseguirán más — habla- 
ba ahora con toda su insólita candidez. 

— -¡Me dejarán presa! — dijo Aurora desconcertada. 
■ — ¡No me creerán! . . . 

— ¡Qué va, señorita, el Reglamento del Ejército exije 
que los militares seamos siempre justos! ¡Usted no fué! 

Pedro, que venía del cuarto-oficina y se dio cuenta de 
la situación de Aurora, corrió a su habitación, cogió un 
revólver y vino hacia la sala dispuesto a que se escapara 
a todo trance, pasara lo que pasara. 

Camauflageada el arma con un periódico, avanzó re- 
suelto. 

— ¡Soldado, arriba las manos! ... y lo encañoneó . . . 
— ¡Jesús! ¿tú? — añadió seguidamente, metiendo el ar- 
ma entre el cinto y abrazando a Colombié, que sor- 
prendido primero y contento después, exclamó corres- 
pondiendo al abrazo: 

— ¡Pedro! . . . ¡Qué de tiempo sin verte! 

— ¿Amigos? — dijo al fin ella, con la voz quebrada 
de emoción 

— ¿Amigos? ¡como de la familia! — repuso Pedro. — 
Figúrate que fui hace años a trabajar como albañil en 
un palacete para su expoliador terrateniente y casi todas 
las noches y domingos me los pasaba en su choza, que 
estaba cerca, y todos, grandes y chicos, me querían como 
a un pariente . . . 

— Así mismo — dijo Colombié — pero después de 
aquella Nochebuena, no has vuelto, y le preguntábamos 



142 Agustín Alarcón 

a tu familia, en el pueblo, y la razón que nos daba era 
que estabas acá . . . 

— Sí, acá; dejé la albañilería para ser periodista, y de- 
jé de ser periodista para ser comunista, revolucionario 
profesional. 

— ¿Tú, comunista? ¿Y recibes oro de Moscú? 

Pedro soltó la carcajada. En el acto se acordó del sin- 
gular defecto de Colombié y se puso apenadamente serio. 

— Después que tomemos café, saldremos a dar unas 
vueltas para que conversemos y enseñarte el oro de Mos- 
cú . . . 

— ¡Pero Pedro — dijo Aurora — si él me iba . . . ! 

— ¡Ab, sí, se me olvidaba ya que eras un soldado y 
que viniste a prender a mi hermana Aurora . . . 

— No, no vine a eso, sino a ver a Pepito . . . 

— ¡Ah, sí, sí, tu apellido es Colombié. . . jCómo iba 
yo a imaginarme que fueras tú el "soldado bueno" de 
que tanto nos hablaba Pepito! 

— Yo vine a verlo a él, como te iba diciendo, pero me 
encontré a esta joven que no sabía que fuera tu hermana, 
y a la que tengo orden de detener por la muerte del te- 
niente Prusalde. 

— Ya le dijimos que yo no fui — dijo Aurora. 

—Sí, ella no fué la culpable; mató al teniente en de- 
fensa de la vida de un compañero que valía más que él. 

— ¡Pedro! — exclamó Aurora. Pepito se quedó boqui- 
abierto. 

— No seas boba, que a él se le puede decir, él no te 
detendrá y te defenderá como si fuera ... o tú fueras Pe- 
pito. 

— Pero, chico, ¿qué hago yo ahora? — dijo angustia- 
do Colombié. — El Reglamento del Ejército es muy se- 
vero . . . Mi deber. . . 

- — ¡Bah, tu deber como un pobre honrado es amparar 
a otra pobre honrada que mató, casi en defensa propia, 
a un bribón. Y tu deber, como amigo mío, es defenderla, 
porque es una persona a quien quiero. 



El Oro de Moscú 143 

El gigante asintió como un escolar. A Aurora se le 
iluminó el rostro de alegría, y dijo: 
— Sí, nos vamos a casar. 

Habló con tal naturalidad, que el sorprendido Pedro 
quedó atónito. Pepito abrió tamaños ojos y miró a uno 
y a otro interrogativamente. Colombia dijo, dirigiéndo- 
se a Pedro : 

— ¿Se van a casar? Creía que me habías dicho que era 
tu hermana. 

— Te lo dije, porque nos queremos tanto que ella me 
dice hermano y yo le digo hermana . . . 

Pepito, perpicaz, sonrió con picardía. 

— Si es así, que me caiga una maldición sí yo le hago 
daño. 

— ¡Dame esa mano! — exclamó Pedro. — ¡Ya sabía 
yo que tú eras mi amigo y un hombre honrado! 

— Yo también he creído siempre que tú eres una 
persona buena y leída, que sólo dice la verdad. 

— Ahora dale la mano a ella. 

Aurora lo abrazó y le dijo: 

— Usted es bueno como el pan; desde hoy será mí 
mejor amigo. 

El se ruborizó. Pepito le alargó la mano, exclamando: 

— ¡Más amigos que antes! 

— Vamos a la cocina — dijo Pedro, — te presentaré 
a una tía que vale un millón, tomaremos café y saldre- 
mos. Anda diciéndome cómo está la vieja, el viejo y los 
muchachos. 

— Los viejos están todos los días más viejos. Los mu- 
chachos ya no lo son, Nicanor, el más chiquito, ya está 
para el ejército . . . 

— ¿También se va a meter al ejército? 

— El y los otros dos, pues, como dice papá, en el cam- 
po se muere uno de hambre y de bruto y en el ejército 
no se pagan rentas y se despierta uno. 

— ¡El campo! ... ¡El ejército! . . . 

En esto se abocaron a la cocina y tía Lola, que vio 



144 Agustín Alarcón 

al soldadote del susto se le cayó de las manos una histo- 
rieta que leía sobre Al Capone, y gritó: 

— ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí? 

— Serénese, tía Lola, que le traemos otro sobrino, p;i- 
ra presentárselo y que le haga café. 

— ¡Bienvenido, bienvenido!. . . ¡Menudo sofocón me 
ha dado! . . . 

Hubo una amena conversación entre todos. El ca- 
fé. Colombié y Pedro se fueron juntos a la calle. 

Se dirigieron a la casa de un obrero que estaba con 
su mujer y sus dos hijitas postrados en cama, víctimas 
del paludismo, pues en el suburbio donde vivían colin- 
daba con unos terrenos pantanosos de las afueras de la 
ciudad. ¿Pero, en realidad, era una casa, aquéllo? Celdi- 
lla sí, de una colmena de trabajadores, cajón de cemento 
de una cuartería de parias modernos, que en las capitales 
cierran a las 11 de la noche, y a veces antes, y con rejas y 
a doble llave como sí fuera una penitenciaría. En reali- 
dad, el que ha estado preso y castigado le parece que 
entra en una bartolina cuando entra en una de estas 
viviendas, que debían llamarse (con perdón de las doc- 
tas Academias de la Lengua) : muriendas, no viviendas. 
A todo el edificio, "solar" le dicen en la Habana, no 
por el sol, que jamás entra allí, sino porque en cada 
cuartucho "debía" vivir una sola persona. Debía. . . 

— ¡Salud! — dijo Pedro penetrando en el cajón del 
obrero. 

Este, sentado en el borde de un camastro, la mujer 
acostada en el mismo y las dos hijitas en una desvensi- 
jada colombina. 

— ¡Salud! — respondieron él y su compañera con vo- 
ces débiles y medios alarmados. 

Pedro le puso una mano en un hombro a Colombié 
y le dijo, señalando con el índice de la otra: 

— ¡Mira este cuadro de familia: un matrimonio joven 
y dos niñitas muríéndose de hambre y enfermedad, de 
miseria y abandono, sin un trozo de pan, sin una taza 
de leche, sin un trago de medicina! Mira, ahora aque- 



El Oro de Moscú 145 

líos libros, son libros comunistas, libros de Marx y Le- 
nin, libros que enseñan cómo se emanciparán los que 
trabajan, cómo comerán los que hacen la comida y no 
comen, cómo serán saludables, libres y felices los que 
son enfermos, esclavos y desgraciados. ¿Los ves? ¿Ves 
este cuadro de familia? ¿Ves aquellos libros? 

El soldado Colombia dijo que sí con la cabeza y mi- 
raba perplejo ora a los enfermos, ora a los libros, ya a 
Pedro. Este continuó: 

— ¡Pues bien: como este cuadro de familia hay cien- 
tos de miles en toda Cuba — en este mismo solar hay 
varios — y cientos de millones en todo el mundo, y co- 
mo esos libros hay miles en Cuba y millones en el mun- 
do; y juntos, esos cuadros de miseria y dolor y esos li- 
bros de luz y liberación son el "oro de Moscú", de que 
tanto habla la prensa burguesa! . . . ¿Te asombras? Es 
la pura verdad, tú sabes que yo he dicho siempre la ver- 
dad. ¡El hambre de los pobres y la doctrina comunista 
es el "oro de Moscú". ¡Oro rojo, como la sangre, que 
dará la libertad y la felicidad a toda la humanidad ex- 
plotada y oprimida ! . . . 

— ¡Ya verá el teniente de la compañía, que todos 
los días nos mete mentiras sobre el oro de Moscú, lo que 
le voy a decir . . . toda esta enseñanza que tú me has 
dado! . . . 

— A los oficiales y clases, ni loco le digas nada; te 
castigarían, te formarían un Consejo de Guerra y hasta 
te matarían; dícelo sólo a los soldados amigos tuyos y 
buenas personas que tú veas que son incapaces de denun- 
ciarte a los jefes. Además, sabrás de mi boca muchas co- 
sas que debes saber. 

En el ejército blanco de Cuba hubo desde entonces 
un soldado rojo más. 

Esto está pasando en todos los ejércitos blancos del 
mundo. 

¡Temblad, burgueses! 



CAPITULO XVIII 

La situación de Pedro con respecto a Aurora se le ha- 
cía cada vez más embarazosa. 

Forzado a estar junto a ella la mayor parte del tiem- 
po, eludía con visible angustia las diarias insinuaciones 
de amor de la bella y amable compañera. 

Empujada por la violencia de su pasión, que hallaba 
el camino de su corazón libre de prejuicios, era el pro- 
ceder de ella un cerco, un verdadero asedio, un sitio en 
regla sobre una fortaleza naturalmente presta a entre- 
garse en brazos del "enemigo". Un día le decía: 

— Pedro, ¿qué opinas tú del amor entre camaradas? 

— Que no conviene — respondía él, mintiendo. 

— ¿Que no conviene? ¿Entonces tú crees que una de- 
be unirse con un mentecato reaccionario. 

— Entre la masa no comunista existen millones que 
no son mentecatos reaccionarios y que serían consortes 
ideales. Además, a un reaccionario se le hace revolucio- 
nario mezclando frases de amor con frases de lucha . . . 

— Pero no negarás que dos que sean camaradas, y 
luchen juntos, serán más felices . . . 

— No; toda luchadora necesita de "un hombre pacífi- 
co** y todo luchador una "mujercita de su casa", un re- 
gazo tranquilo en que descansar, como la cabeza bata- 
lladora necesita la muelle almohada . . . 

— ¡Mientes, adrede! 

— Pedro, ¿tú crees que la mujer deba declararse al 
hombre que ama? 

— Que deba, no sé; yo sé que puede. . . . 

— Contesta categóricamente. Date cuenta que estás 
dando tu posición frente a la cuestión de la igualdad de 
la mujer. . . ¿Debe o no debe? 

— Poder, derecho y deber son las facetas sociales del 
triángulo dialéctico: tesis, antítesis y síntesis. — Pedro 
procuraba huirle al bulto. 

—No me vengas con casuísticas de filisteo. Te fal- 



El Oro de Moscú 147 

ta entereza para contestar llana y claramente. . . ¿Debe 
o no debe? 

—Es que tú has planteado mal la cuestión y quieres 
que conteste "si debe" o "no debe". Contestaré así: 
uno debe lo que puede. 

— ¡Qué bien! Yo puedo freír niños, luego debo f reír- 
los, 

— Me rindo, mujer. Sí debe declararse... ¡y allá ella! 

— ¿Y sí el hombre no le corresponde? 

— ¿Qué se va a hacer? Lo mismo que cuando una 
mujer no corresponde al amor de un hombre. 

— ¡Qué vergüenza sufriría una! 

— La mismita que sufriría uno. La igualdad, como 
todos los bienes, os costará sus amarguras . . . 

Otra vez Aurora le quitaba la corbata, díciéndole: 

— Te la voy a planchar, no me gusta verte con la 
corbata ajada. 

Una noche que lo veía preocupado, meditabundo, le 
echaba un brazo y le decía: 

— Tienes que distraerte más a menudo. Vamos al 
cine . . . 

— No tengo dinero ni ganas. 

— Yo tengo dinero. Vamos, hazlo por mí, acompá- 
ñame. 

— Espera a Cristóbal y ve con él. 

— No quiero ir con él, sino contigo. 

Y así por el estilo. Y lo peor de todo esto no eran 
las palabras de Aurora, sino su tono y la cara cariñosa, 
cariciosa, que ponía. 

Pedro tenía que hacer tremendos esfuerzos para resis- 
tir. La mole moral del compromiso y amistad con Cris- 
tóbal era lo único que lo defendía de ella y de sí mismo, 
que gravitaba hacia ella. Muchas veces pensaba: "Des- 
pués de todo, ¿qué razón materialista existe para que yo 
me sacrifique y la sacrifique a ella por él? Ninguna. 
Ella no lo quiere, me quiere y la quiero. Y él hasta mili- 
ta en las filas de la reacción. ¡Al diablo con el comple- 



148 Agustín Alarcón 

jo moral, con la necia sensiblería! ¡Nos uniremos ella y 
yo!. . . ¡No, no debo hacerlo! Se ha portado siempre 
conmigo como un buen hermano y por una mujer — « 
¡cuando hay tantas! — ¿le voy a pagar tan mal? Me ayu- 
dó cuando llegué a la Habana por primera vez, por él 
organicé el movimiento revolucionario en el central "Li- 
berty", por mí lo arrojaron de allí, casi por él me salvé, 
por él, por su consentimiento, funciona en su propia ca- 
sa el Departamento más importante de nuestro partido. 
Su madre me trata como si fuera mi madre. No, no es 
humano ni político que yo le quite a la que ama. La 
senda en que estoy, exige abnegación; yo la tendré." 

Acostumbraba, antes de bañarse, hacer gimnasia en 
su cuarto con unos pantaloncitos de playa, y una tarde 
se le apareció Aurora vestida con una trusa, gritándole: 

— ¡Lo que te tenías escondido, que eras todo un at- 
leta! ¡Qué cuerpo, qué músculos tienes! Pero no debes 
ser individualista, la gimnasia colectiva es más efectiva... 
¿Me enseñas? 

Pedro se había quedado paralizado, pasmado. Si Au- 
rora con ropa corriente era fascinadora, con trusa era 
la tentación carnal en persona. Eva y la serpiente juntas. 

— ¡Responde!, ¿te has vuelto mudo? ... ¿me enseñas? 
— añadió ella con picara sonrisa. 

El se repuso y respondió: 

— Eres una loca. ¿No ves que no es propio que vengas 
a mi cuarto en esa facha, y más cuando yo estoy en 
ésta? 

— Señor extraño, no veo ningún "pecado" en ello, 
en la playa se anda así, los nudistas andan peor y yo soy 
una revolucionaria y tú otro. 

— Pero tía Lola y Cristóbal no lo son. Ellos no acep- 
tarían tus razones y sí soy un extraño aquí, aunque lo 
hayan dicho con ironía . . . Compréndelo . . . 

— ¡Eres maravilloso, siempre tienes razón! ... Sí, sus 
prejuicios hallarían muy mal que hiciéramos cultura 
física en tu cuarto o en el mío, hagámosla en el cuarto 
que nos sirve de oficina y no dirán ni ¡pío! 



El Oro dh Moscú 149 

- — Bueno. . . 

Empezó entonces el más terrible tormento para él. To- 
das las evoluciones de la gimnasia descubrían y realza- 
ban las bellezas esculturales de Aurora y la gracia fe- 
lina de sus movimientos. Cuando se acostaba en el suelo, 
cruzaba los brazos bajo la nuca dejando al descubierto 
las perturbadoras axilas, de relieve los pechos punzantes 
— índices y polos magnéticos de la sensualidad femenina 
— y empezaba a mover rítmicamente las torneadas pier- 
nas, y la sonrisa fina y los ojos embrujados fijos en él, 
él no podía mantenerse en píe mirándola y disimulaba 
haciendo un ejercicio cualquiera. 

Aurora era una muchacha graciosa, simpática e inte- 
ligente, pero ahora, a los veintiún años, su más saliente 
característica era su poderoso sex-appeal, su poderosa 
atracción sexual. 

Un día que empezaron a hacer gimnasia, Pedro ¿intió 
que de continuar un minuto más no podría contenerse. 
Paró en seco, 

— No hago más ejercicio — dijo. — Me voy a bañar. 

— ¡Si no hemos ni empezado; ni has sudado todavía! 
—exclamó Aurora, comprendiendo. . . 

— Estoy indispuesto . . . 

Ella, con esa perspicacia, que en las mujeres es como 
un instinto o un sentido, percibía ya que él la amaba con 
todas sus fibras. Y creyó que una insuperable timidez, 
rara en él, lo dominaba. "Pues soy una mujer moder- 
na, de vanguardia, me declararé yo/' 

Como una gata, con un paso suave, silente y rítmico, 
y los ojos turbios, avanzó hacía él, que, lleno de estupor, 
la veía acercársele previendo su intención . . . Llegó, le 
puso sus manos suaves en sus duros bíceps y con una 
voz dulce y emocionada que le salía del corazón, le dijo, 
mirándolo en los ojos: 

— Pedro, ¡te quiero! No puedo callarlo más: ¡con to- 
do mi ser, te quiero! No importa que sea yo . . . 

—¡Calla! — El quiso coger resuello, fuerza y tino pa- 
ra decidirse . . . ¿A qué? 



150 Agustín Alarcón 

— ¿No me quieres? — dijo ella con la más suprema 
angustia. 

— No puedo, Aurora, y no puedo explicártelo. . . 
¡Perdóname, por favor! — Hablaba quedo, penosamente, 
con una voz sin vida. — No puedo. . . 

— ¡Qué cruel y falso que una. . . ! — el llanto le que- 
bró la frase y corrió hacia su habitación con los ojos 
desbordando lágrimas. 

— ¡Aurora, espera, oye, por favor!. . . 

Fué inútil, no volvió la cabeza y se encerró en su 
cuarto a llorar inconsolable. Nada podía entonces toda 
la teoría materialista contra los ayes de su corazón. 

Cabizbajo y dolido, Pedro se fué a bañar. Había 
vencido; pero ¡menguada victoria!, era preferible la de- 
rrota: el odio de Cristóbal, el desalojo de la oficina, lo 
peor del mundo. 

Salió del baño. Pasó un buen rato. Se aproximó a la 
habitación de Aurora. La puerta se hallaba ya abierta 
y ella no estaba. La buscó por toda la casa. Había des- 
aparecido. 

Le preguntó a tía Lola. 

— No sé, hijo; ¿no estaba haciendo cabriolas contigo? 
— respondió la vieja. 

Pedro salió a ver sí la encontraba. 

Aurora vagó sin rumbo hasta cerrada la noche. Fué 
al Prado, cogió el malecón, volvió al Prado y de nuevo al 
malecón; quería escapar de sí misma. Bajo las estrella?, 
junto al muro que contiene al mar, el suicidio empezó a 
trabajar su mente. Le dolía enormemente el corazón y 
todo el orgullo de que es capaz el amor propio; le do- 
lía, pues, toda la vida. Simple, humana, sentimental. 

Sacó de su cartera papel y lápiz, pues, cortés aún, como 
casi todos los suicidas, quería despedirse. 

"Camaradas: 

Le salió del lápiz. 

Se fijó en esas cuatro sílabas consonantes como un co- 
ro, como una música en cuatro tiempos, como algo 
igual y distinto y unísono y social. 



El Oro de Moscú 151 

Ca-ma-ra-das. 

Pensó que esas cuatro sílabas eran un consejo de com- 
pañeros que le pedía cuenta de su deserción. Pensó que 
eran obreros en fila, disciplinados, camino de la insu- 
rrección. Pensó en las cordilleras de hermanos prisioneros 
bajo la barbarie del régimen de represión burgués. Pen- 
só en todos "los pobres del mundo" y en los bravos y 
buenos que luchaban con todos los sacrificios por una 
sociedad mejor. De amor. Sin dolor. 

Y se dijo: "¡Debo vivir! ¿Qué importo yo? ¿Qué 
importa él? Existen más camaradas y existe oprimida la 
heroica clase obrera. ¡Viviré y seré estoica, sufrida y ab- 
negada como buena bolchevique"! 

Con paso lento y pesado, volvió a la casa. 

No quiso, no pudo comer. 

Pedro fué a hablarle. Estaban en el cuarto oficina. 

— Aurora. . . 

— ¡Calla! ¡calla tú ahora! ¡No ha pasado nada! 

— Escúchame . . . 

— ¡Me niego a escucharte. Soy una revolucionaria y no 
necesito satisfacción. Seré tu hermana. . . si quieres; pe- 
ro de lo pasado no te oiré ni una palabra, ni en pro ni 
en contra! 

Llegó Cristóbal, asomándose a la puerta. No sospechó 
nada. Dijo: 

— ¡Hola, locos moscovitas! . . . Me voy a la cama. . . 

— Haces bien — dijo Aurora, sonriendo con excelente 
disimulo. 

- — ¿Ya? — exclamó Pedro. — ¿Y ese milagro? 

— Me he jurado triunfar a toda costa. . . Así que 
¡adiós! juergas y malas noches. . . y ¡buenas noches!, 
que empiezo a cumplir mi palabra — y giró sobre sus ta- 
lones y se marchó a dormir. 

Aurora hizo lo mismo, dándole a Pedro un "¡Hasta 
mañana!" que lo dejó más abatido aún. 

En los sucesivos días, ni él ni ella volvieron a tocar 
la cuestión. Un discreto silencio cubrió la llaga. Se trata- 
ban, en presencia de los demás, como antes. A solas, se 



152 Agustín Alarcón 

trataban con diplomática deferencia y se miraban con 
ojos inexpresivos. El intentó muchas veces romper el frío 
glacial que los dividía y estrujarla entre sus brazos, di- 
ciéndole todo; pero muchas veces no pudo. 

Ella, que antes gozaba a plenos sentidos la alegría de 
vivir, sentía ahora filtrársele por todos los poros el mor- 
bo sutil del pesimismo; un esplín, un terrible aplana- 
miento invadía lo que era su ardiente y sonriente ju- 
ventud. 

Luchaba con toda las energías que le quedaban con- 
tra este surmenage físico y mental. Su fresca juventud 
era una flor que necesitaba abrirse a las caricias del sol, 
al cálido viento de la vida. 

¡Oh, si pudiera volver a la acción de los sindicatos, al 
bullicio de las asambleas, al fuego del combate entre las 
masas! Allí estaría en su elemento, en los brazos emocio- 
nales de la Revolución, y se habría curado. 

Se acostaba temprano. Como una obsesión, seguía 
viendo a Pedro. Luchaba contra esta imagen. La boico- 
teaba. Practicaba el método de la autocrítica en frente 
único con el de la autosugestión. "No pensaré más en él. 
Arrancaré de raíz todo el romanticismo y prejuicios bur- 
gueses que hay en mí. Yo no debo pensar en él, yo no 
pensaré más en él, yo no pienso ya en él" Y seguía 
pensando en él, hasta que se dormía, para soñar con él. 
Ni la autocrítica ni la autosugestión, ni Marx ni Mar- 
den aliados podían entonces con el filtro del amor meti- 
do en su fisiología de veintiún años. 

"¿Por qué no me quiere? ¿Por qué no me quiere?" — 
Se decía a veces. Prendió en su mente una horrible idea: 
muchos revolucionarios habían sido inutilizados sexual- 
mente y hasta castrados en claro por la tiranía gobernan- 
te: "¿No será el pobre Pedro una de esas víctimas? ¡Oja- 
lá que así no sea, aunque no me quiera nunca, aunque 
siempre me desprecie! ¡Lo amo tanto, no sólo con mi 
sexo, sino con todo mi ser, con esa fuerza honda que 
se llama afecto, cariño, amor!" 



CAPITULO XIX 



Aurora se había empeñado en que "debía curarse del 
amor". Debía desplazar de sí el cúmulo de energías que 
la ahogaban. Con una distracción cualquiera. Apeló a 
los libros, fracasó. Al cine, fracasó. A flirtear con Cris- 
tóbal, y fracasó también. "Debía curarse de su mal ro- 
mántico con un materialismo cualquiera. No sería la sa- 
lud, pero sería un remedio." 

Un día, tranquilamente, se encaminó a casa de Jorge 
Valdés, el bello ricacho que un día la salvó. 

— ¡Ingrata, creí ya haberte perdido! — exclamó él al 
verla. — Recibí tu carta de cumplimiento dicíéndome 
que te habías mudado y sentí no poder contestarla por- 
que no me dabas en ella tu nueva dirección. 

— Estaba escondida. Hoy es el segundo día que sal- 
go a la calle. 

— Festejémoslo con cocteles. . . ¿quieres? 

— Acepto. 

Valdés oprimió un botón y apareció al instante un 
criado. 

Como si estuviera cometiendo un delito de leso com- 
pañerismo, Aurora se ruborizó al ver al obrero do- 
méstico. 

— Julio, dos cocteles "Pasión" — ordenó el amo. 
— -Y no estoy para nadie. Atienda usted el teléfono. 

— Está bien, señor. 

Aurora se sentía mal en este ambiente. Se arrepen- 
tía de haber venido. Se puso a analizar a Valdés. Cier- 
to, era muy bien parecido. También estaba bien ma- 
quillado. Crema, pomada, perfumes, uñas manicura- 
das, buena ropa, buena vida, realzaban su natural bue- 
na presencia. 

El posó en ella sus ojos de fascinador de hembras. 



154 Agustín Alarcón 

— He soñado muchas veces contigo — le dijo. — Nun- 
ca otra mujer se hizo dueña así de mi imaginación y de 
mi corazón ... Te veía estatua ... "y te veía mía. 

— Yo sé que usted es un sultán, una especie de Va- 
lentino II y no me extrañan sus palabras. 

— ¿Quién te ha contado eso? 

— Un primo que lo conoce de referencia. 

— Es una calumnia . . . por exageración . Cierto que 
soy solicitado por algunas mujeres, pero no un sultán 
ni un Valentino. 

— ¿Solicitado? 

— Perdón, es una pajabra de mal tono, quise decir 
que les caigo bien, y como soy un hombre de carne y 
hueso . . . 

— Sí, ya sé . . . 

El le cogió una mano y le dijo con efusión: 

— Pero te juro que a ti sí te amo, con toda el alma. 

— Vamos, señor Valdés — dijo Aurora retirándole 
la mano — no vine para que me enamorara: vine por- 
que tengo sentimientos y no olvido lo que hizo por mí... 

— /Tienes sentimientos y me tratas aún de "señor 
Valdés" y de "usted", como si yo fuera un jefe de po- 
licía o un "enemigo"? 

— Es que usted. . . tú, si quieres, coges las cosas de- 
masiado aprisa, ¡hábito de tenorio! Esta es la segunda 
vez que nos vemos. Además, su . . . tu vida es una y 
la mía otra, de rico y con los ricos la tuya, de comunista 
y con los pobres, la mía . . . 

— ¿No has leído tú historias de ricos y pobres. . . ? 

— ¡Sí, sí, no sigas, ya sé: la vieja historia de la Ceni- 
cienta y el Príncipe Azul, el cuento mendaz de los lite- 
ratos feudales para entretener la creciente rebeldía de los 
ciervos y ofrecer pobres y engatuzadas doncellas a la lu- 
juria cerval de sus señores. La Cenicienta y el Príncipe 
Azul son tretas de los Celestinos de la literatura feudal 
para dorar el oprobioso derecho de pernada! ¡Los celesti- 
nas de la literatura burguesa han vestido al Príncipe Azul 
con chaleco de magnate, de capitán de industria, y a la 



El Oro de Moscú 155 

Cenicienta con el humilde traje sastre de la modesta me- 
canógrafa. Ya ves que me sé de memoria todos esos 
cuentos de eunucos! . . . 

Aurora se había excitado. No pudo sustraerse a su 
conciencia revolucionaria. 

Valdés se quedó mirándola admirado y sonriente. Se 
dio cuenta que no podía conquistarla así como así. 

— No discutamos. Tú tienes razón. Por ahora, si no 
puedo tener tu amor, me conformo con tu amistad. Me 
conocerás mejor, como soy en el fondo (¡que yo tam- 
bién fui pobre!) y no como aparento con este aparato 
de nabah caprichoso. 

— ¡Así se habla! Seamos buenos amigos. 

Desde entonces Aurora lo visitó varias veces. De ve- 
ras, Valdés estaba enamorado de ella, y cada vez más. 
Acostumbrado a ser conquistado, suplicado, por las más 
hermosas y cuidadas mujeres, no se explicaba la sugestión 
que sobre él ejercía la bella y altiva comunista. 

Muñeco bonito relleno de paja, como casi todos los 
muñecos, ella no podía quererlo. Lo visitaba para olvi- 
dar a Pedro; pero se lo recordaba vivamente por contraste. 

A Pedro, por su parte, empezaron a intrigarle sus ex- 
trañas salidas. Ella no quería que la acompañara ni Pe- 
pito, y el Partido había recomendado que saliera lo me- 
nos posible sola. Un día le preguntó: 

— ¿Dónde vas? 

— ¿Hay algún trabajo que hacer? — repuso ella. 

— No . . . No es por eso. 

— Quiero salir sola; aunque me atrape la policía. . . 

— No puedes seguir haciéndolo . . . 

—Puedo disponer de mis cuestiones particulares . . 
El Partido no me lo impedirá. 

— Lo hacemos por ti. 

— Tengo prisa. ¡Hasta la vuelta! 

Pedro la siguió a distancia, sin que ella se diera cuenta. 
La vio entrar en casa de Valdés. Sabía lo que había 
hecho por ella; pero conocía también su mala fama. Es- 
peró en la esquina largo rato. Aurora no salía. Llegó 



156 Agustín Alarcón 

hasta la casa, levantó el gancho de la puerta y entró. La 
sala estaba desierta y de la pieza inmediata, un recibidor 
íntimo, salían rumores de voces. Miró a través de la cor- 
tina y vio a Valdés y Aurora sorbiendo bebidas y en ani- 
mada charla. No pudo contenerse, franqueó la cortina 
y apareció ante ellos. 

— ¡Qué significa esto? — le dijo Valdés indignado. 

— ¡Pedro! ... ¿tú? — exclamó Aurora. 

— ¡Ah!, ¿es éste tu primo?. . . 

— No ... un compañero. 

Pedro no había dicho una palabra. Permanecía de píe, 
la cabeza alta, los brazos cruzados. Al fin, habló, diri- 
rigiéndose a Aurora. 

— Camarada, acompáñame. 

— Hablas como si fueras un policía, mi guardián . . . 
— dijo ella indecisa. 

— Acompáñame —«su tono era persuasivo, aunque 
enérgico, 

— ¡Me niego! — dijo resuelta. 

Hubo una pausa. Pedro los miraba con fijeza desafia- 
dora. Valdés oprimió un botón y a poco apareció un 
criado. El amo le mandó: 

— Julio, ponga en la puerta a ese señor; ¡y ciérrela! 

El criado miró a Pedro y respondió vivamente a Val- 
dés: 

— i Imposible, ése es de los míos, somos comunistas los 
dos! 

Valdés abrió rápidamente una gavetica de la mesa de 
las bebidas y sacó una pistola. 

— ¡Los dos a la calle, pues! — gritó, apuntando a 
Pedro, que no se movió. 

Aurora saltó junto a éste, cubriéndolo con su cuerpo. 

— ¡Nos iremos los tres! — exclamó. 

Valdés dejó caer los brazos^ 

— Perdonen — dijo. — No soy de los vuestros y se me 
ha ido el licor a la cabeza. Quédate, Julio, eres mi "va- 
let" de confianza . . . mientras no me meta con tus ca- 
maradas. Y tú, Luisa, que seas feliz' te deseo ... Y si al- 



El Oro de Moscú 157 

gún día te decides a dejar la vida azarosa que llevas me 
hallarás dispuesto a casarme contigo. . . 

— Discúlpame — dijo ella — toda mi sangre está con 
los míos, j Adiós! 

— ¡Hasta la vista, compañero! — dijo Pedro al criado. 

Después, él y Aurora marcharon por la calle largo 
trecho sin decirse una palabra. Ella se enjugó los ojos 
con un pañuelo. 

— ¿Lloras? — dijo él.- — ¿Por qué? 

— Soy una de tantas; no soy una revolucionaria. 

—No seas tonta, ser revolucionario es una continua 
batalla consigo mismo, con derrotas y victorias. Al fi- 
nal te has portado muy bien; estoy orgulloso de ti. 

—Al principio no hice nada malo . . . 

— Lo sé; pero así se empieza, con licores y aromas. 
Y tú trabajas en un departamento del Partido de mu- 
cha responsabilidad y él es algo menos que un bribón, 
aunque te salvara de la policía ... tal vez a un compa- 
ñero, por ser macho, lo hubiera entregado. Y eso de ca- 
sarse contigo muy bien puede ser un camelo, su estri- 
billo . . . ! 

Ella lo cogió de gancho y le dijo tímida y mimosa: 

— Lo hacía para olvidarte. Para olvidar tu despre-, 
ció. . . ¿Por qué no me quieres, Pedro? Y, si de veras 
no me quieres ¿por que me seguiste y peleaste con tanto 
"celo"? ¡Confiesa que sí me quieres!, lo leo en tus ojos, 
o dime, como a una buena hermana, qué cosa te impi- 
de quererme . . . 

— Mañana — prometió él. 

— ¿Mañana me dirás que sí me quieres? • 

— Mañana . . . 

— ¿Qué me dirás mañana? ¡Habla! — ella se le pe- 
gaba al cuerpo. 

— Lo que te diga, te lo diré mañana . . . 

— No podré dormir esta noche . . . 

— Ni yo tampoco . . . 

— ¿Y eso es marxismo? 

— Sí, porque es la vida. 



CAPITULO XX 



Al día siguiente, Pedro y Aurora tuvieron un doloroso 
despertar. Vino bien de mañana a verlos Julián, Secre- 
tario General del Partido. 

Era Julián de unos 30 años. Ni alto ni bajo, ni grue- 
so ni delgado. Simétrico de dimensiones y simétrico de 
carácter. Su paso, seguro, firme, equilibrado, insinuaba 
su personalidad serena, entera y monolítica. Su ritmo al 
andar era de gran self -control sobre sí mismo. Así era 
al hablar. Así al pensar. Como se camina se es. El estilo 
es el hombre. 

Con ese su tranquilo aplomo Julián dijo: 

— Han caído todas las direcciones del interior. Hay 
cientos de compañeros arrestados en todo el país, y a 
muchos se les tortura para que hablen. 

Para cualquiera otros esto sería el anuncio de una gran 
desgracia, de un rudo descalabro para el Partido, pero 
nada más. Para Pedro y Aurora tenía un terrible sig- 
nificado: eran ellos dos los únicos poseedores y guardia- 
nes de esas direcciones. Por eso el camarada dijo lo que 
dijo y se quedó como esperando una respuesta de ambos 
y los cuales se miraron perplejos. 

— ¡Imposible, las direcciones están a buen seguro! - — 
casi le gritó Pedro. 

— Nuestra célula del Estado Mayor nos dio ese infor- 
me. Dice que no pudieron hacer nada porque el propio 
Coronel, anoche, dirigió la radiotelegrafía a los cuarteles 
del interior de las direcciones e instrucciones. 

Aurora y Pedro se quedaron desconcertados. Estaban 
en la sala, de pie los tres. Pedro tomó una resolución. 

— ¡Vengan! — dijo. 

Aurora y Julián lo siguieron hasta el cuarto oficina. 



El Oro de Moscú 159 

El cogió una silla, la colocó debajo de una lámpara eléc- 
trica trifocal, se subió en el asiento y quitó un bombillo, 
sacando del fondo del zócalo un papel finísimo cuida- 
dosamente doblado en siete partes. Parecía un papel 
blanco salpicado de hormigas negras. 

Aurora le dio una lupa de gran tamaño, que extrajo 
de una gaveta del buró, y sobre esto él desdobló el papel, 
mirándolo los tres a través del cristal de aumento, que 
reveló una clara y aun diminuta escritura: eran las di- 
recciones. 

Parecía una obra de espías. Era una obra de revolucio- 
narios que saben lo que es la "libertad de organización", 
^ajo la democracia burguesa. 

— ¡Aquí están! A menos que hayan sido copiadas. . . 
y lo dudo . . ¿Y por quién? — dijo Pedro. 

— ¿Tu primo sabía dónde estaban? — preguntó Ju- 
lián a Aurora. 

— No lo sabía. Nos quiere. Y, a pesar de sus ideas, es 
un hombre — respondió ella interiormente lastimada. 

— Barba Azul también — recalcó Julián. 

— Sólo nosotros dos lo sabíamos. Además, ya nos la 
sabíamos casi todas de memoria, sacándola, pues, raras 
veces, y siemphe con muchas precauciones — dijo Pedro. 

— Creo que uno de ustedes ha cometido una impru- 
dencia en presencia de algún canalla . . . Ahora bien, re- 
uniremos al Buró Político esta noche y él resolverá en 
consecuencia. Será a las 8 en punto, en la casa. Que vaya 
Aurora también. 

Pedro le dijo: 

— Haré una circular a todo el Partido, comunicándole 
que se castigará severamente a los culpables y que man- 
den nuevas direcciones. La enviaré a través de la Liga 
Juvenil. 

— Está bien, hazla. Yo voy en seguida al CD para 
que movilicen el mayor número de teléfonos y telegra- 
mas exigiendo al gobierno que cesen las torturas. 

Se fué. Aurora y Pedro se quedaron largo rato espe- 



160 Agustín Alarcón 

rando que uno de los dos dijera algo del grave proble- 
ma, Al fin habló ella: 

— ¿Tú crees que él haya sido capaz?. . . 

Pedro no respondió. Meditaba. Ella añadió: 

— Cuando venga, sólo con mirarlo lo sabré . . . 

— El. . . capaz. . . ¿Quién si no? Estaba muy extra- 
ño en estos últimos días . . . Auque siempre fué mi 
amigo. Eres su prima y te amó siempre. Tenía que ver 
que nos hería. ¡Pero un revolucionario no debe confiar 
de nadie! 

— Entonces dudarás hasta de mí, por lo de ayer — 
dijo Aurora presa de la mayor angustia. 

— Ya te dijo que "lo de ayer" fué una prueba tuya 
de buena bolchevique. 

— Perdona. Hagamos pronto la circular. Díctala. 

Y las diez uñas de sus manos empezaron a relam- 
paguear sobre el teclado de la maquinilla, mientras Pe- 
dro dictaba. 



Cristóbal no fué a almorzar. Esto era sintomático. 

Los periódicos de mediodía traían la relación de los 
detenidos, aunque no la de los torturados. Los cintillos 
gritaban: 

"Doscientos rojos arrestados en todo el país/' 

"El gobierno asesta un golpe de gracia a los rojos/' 

El último balazo con que se remata a un fusilado, o 
asesinado, le llaman "tiro de gracia". Un "golpe de gra- 
cia" debe ser un golpe de acabar. Es una frase feliz para 
los periodicantes vendidos a la Dictadura y al Imperia- 
lismo, puesto que expresa la "desgracia" de los revo- 
lucionarios y la "gracia" que a ellos les hace. No obs- 
tante, es una frase inexacta. Perdonad, ilustres publicis- 
tas que tanto la usáis; perdonad, ilustres magnavoces 
del Imperialismo y de los explotadores nativos: la 
frase es inexacta. Prender a un revolucionario y tor- 



El Oro de Moscú 161 

cerle los testículos hasta reventárselos para que delate a 
sus camaradas, no es "asestarle un golpe de gracia", 
aunque sea una "graciosa'' manera de obligarlo a usar 
la "libertad de palabra", preconizda por la Constitución. 

Cuando los periódicos prohijados o cobijados por la 
Dictadura y Embajada Americana cantaban esa derro- 
ta de los comunistas, hacía ya diez horas que tres de 
ellos, de la ciudad de Matanzas, habían sido traídos a la 
Capital, internados en el tétrico Castillo de Atares y 
torturados horriblemente para que dijeran qué "centros 
rojos" de la Habana recibían las instrucciones y el oro 
de Moscú. 

Era en un calabozo de la Edad Media con luces de la 
Edad Moderna. Desnudos, argollados sobre un potro de 
tormento en forma de cruz, con dos médicos militares 
a la cabecera — y que medían sus sufrimientos y sus des- 
mayos — , con un sargento borracho de torturador y to- 
do un señor Comandante dirigiendo la operación, los 
tres empezaron, desde las siete de la mañana, a sufrir 
toltor por turno. 

El primero fué el más viejo, un obrero de unos 38 
años. Aguantó dos horas de toltor. Sólo pudieron arran- 
carle a su boca interjecciones de dolor y cólera, dos des- 
mayos y los testículos destrozados. 

Lo tiraron y empezaron con otro, un obrero de unos 
25 años. Durante tres horas se ensañaron con él, se des- 
mayo tres veces, hicieron sangriento guiñapo de sus órga- 
nos sexuales; pero no pudieron arrancarle ni un quejido. 

Quedaba el menor, un joven de unos 18 años, que 
amordazado y atado a la pared, se revolvió furibundo 
durante el suplicio de sus dos compañeros. 

El Comandante miró el reloj. 

— Son las doce — dijo. — Vamos a almorzar. Deje- 
mos a ese torito para la una, que entonces estaremos ali- 
mentados y descansados . . . 

La manada de verdugos rió la gracia y miró terrible- 
mente al muchacho. 

El quedó con los ojos clavados en el reloj de pared. 



162 Agustín Alarcón 

"¡A la una!" ¡60 miserables minutos que el minutero 
implacable iba contando! 

Miró con envidia a los dos compañeros torturados, que 
tirados en el suelo se quejaban y desangraban. 

"¡Oh, madre mía, para qué me hiciste V — musitó. 

El, que no creía en Dios, invocó a un dios. Al dios de 
los terremotos, para que se tragara la tierra y aquel mal- 
dito castillo. Pero le pasó lo que pasa siempre con Dios, 
llámese Júpiter, Jehová, Alá, el Santísimo o Plutón: 
que ese dios no respondió. 

Y el reloj dio la una. 

La una dio el reloj. El comandante y su cuadrilla fue- 
ron puntuales como buenos militares. Aquél entró el pri- 
mero, panzudo y arrogante, con un palillo en la boca y 
un tabaco en la garra derecha. 

— ¡Manos a la obra! — dijo. . . ¿Dijo?, aulló. 

Y empezaron de nuevo la función, ¡oh, civilización! 
¡Pero aquel niño era hombre! Las lágrimas le corrían 

a la vez que la sangre de los testículos, pero permanecía 
callado, hermético como un héroe. 

— ¡Habla, bandido!, ¿dónde viven los que les daban 
las órdenes y el oro de Muscú? — rugía el Comandante. 

— ¡Aprieta, aprieta más! —le gritaba al verdugo. 

La víctima se desmayó. 

— ¡Dale en seguida el reactivo! — le dijo a uno de los 
médicos, que tenía un frasco en una mano. 

En el Castillo de Atares, vetusta fortaleza colonial, 
bajo la tiranía de Machado había tropas "escogidas" y 
fueron torturados y asesinados infinidad de luchadores, 
entre ellos los líderes obreros Alfredo López y Margari- 
to Iglesias, el líder estudiantil Félix Alpízar y el sargen- 
to Hernández, del Ejército. Bajo el nuevo gobierno, que 
cada gesto lo rubricaba con un "Por la libertad de Cu- 
ba", los alistados eran también "escogidos". No obs- 
tante — como castigo, "por idiota" — el mando de Co- 
lumbia había trasladado para el castillo al soldado Co- 
lombié. 

Este, en continuo contacto con Pedro y Aurora y con 



El Oro de Moscú 163 

camaradas soldados, era ya un comunista acabado, aun- 
que no se acababa de durar de su defecto de entender las 
cosas en su más literal sentido. 

— Oye, "Grandazo por Gusto", no vayas al sótano, 
que el Comandante le está apretando los tornillos a tres 
comunistas — le aconsejó otro soldado. 

— ¿Qué tornillos? 

— I ¿Qué tornillos van a ser?! ¡Los güebos! 

— ¡Mentira, el Comandante no puede hacer eso! — 
bramó con tamaños ojos el gigante. 

— ¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡Y lo está haciendo! Y te conviene 
callar . . . — dijo el otro y se alejó rápidamente. 

Colombié se quedó alelado, con una cara de estúpido. 
De pronto su faz se iluminó con una alegría de loco. 
Corrió a su barraca, cogió de un estante dos libritos y, 
siempre corriendo, se dirigió al sótano. 

— ¡"Grandazo por Gusto"! ¿y ese zafarrancho? — le 
gritaban los soldados; pero él seguía su carrera. . . 

Llegó a abajo en los momentos en que el Comandan- 
te le decía a la víctima: 

— ¡Si no hablas, no serás más hombre, te castraremos! 
Y supongo que tendrás novia . . . 

En los ojos del joven brilló el espanto. Pero no res- 
pondió. Lloraba. 

— ¡Coge el bisturí! — ordenó el Comandante al otro 
de los médicos, que no tenía frasco. 

El mismo obedeció y, cuchilla en alto, se colocó jun- 
to a los muslos de la víctima. 

— ¡¿Hablarás o no?! — volvió a decir el comandante. 

El muchacho dijo que no con la cabeza. 

— ¡Corta! — rugió aquél. 

— ¡Alto! ¡Alto! — gritó llegando Colombié. 

Los verdugos se miraron unos a otros. 

— ¡¿Qué pasa?! — le dijo el Comandante, mirando 
intrigado los libritos que traía en cada mano. 

~ — ¡Ustedes no pueden hacer esa atrocidad: torturar a 
un ciudadano! ¡Vean, lean, la Constitución y el Re- 



164 Agustín Alarcón 

glamento no los autorizan! — y mostró al Comandante 
los dos libritos. 

— ¡A uno no, pero a tres sí, imbécil! ¡Toma Consti- 
tución! — bramó el comandante y a boca de jarro le dio 
un tiro en plena cara. 

Instintivamente Colombia, dejando caer el librito de 
la Constitución, llevó las manos a su revólver. Pero ya 
era tarde, se tambaleaba para caer. . . 

— ü Toma, Reglamento!! — Y recibió otro balazo en 
el corazón. 

Cayó para siempre el gran ingenuo. Aprendió dema- 
siado tarde la gran falacia de las palabras y los libritos. 
Pero por el gesto que le costó la vida, el estoico camarada 
de 18 años no fué capado. ¡Al morir, detuvo la cuchilla 
que iba a extirpar a un hombre, con la horrible paradoja 
de dejarlo vivo: ¡joven, amando y castrado! 

j Colombia, campesino ingenuo, soldado bueno, tu 
muerte de inocente no fué en vano! 



CAPITULO XXI 



Cristóbal no fué tampoco a comer. 

Tía Lola plañía, sirviendo la mesa: 

— ¡Aurora. . . Pedro, a mi pobre hijo le ha pasado 
alguna desgracia. ¡Coman y vayan a averiguar! 

Aurora no comía y se le saltaron las lágrimas. Dijo: 

— ¡Ojalá que no, Pedro! 

— ¿Que no qué, hija? — preguntó lagrimeando la vieja. 

— Que ... no le haya sucedido nada, tía. 

— ¿Y por qué lloras? ¡Ah, es que lo quieres! Sí, quié- 
relo siempre, hijita, como lo quiero yo, que él es bueno 
corno el pan. 

— -¡No sé qué le va a pasar — dijo Pepito — si él es 
del gobierno! A compañeros nuestros sí que han aprehen- 
dido como a mil. Y torturados. . . 

Pedro y Aurora le toparon por debajo de la mesa con 
los pies, haciéndole señas de que se callara. Aunque no 
comprendía, el chico calló. 

— ¿Torturados? ¡Pobrecitos! ¡Cuídense, hijos míos, 
de que los prendan a ustedes! 

Aurora y Pedro no podían comer y se levantaron de 
la mesa. 

— ¡Si no han probado bocado! — exclamó tía Lola. 
— ¿Está mala la comida? 

_ — No, tía, es que vamos a saber de Cristóbal ahora 
mismo — dijo Aurora. 

— ¡Qué buenos sois! Les guardaré la comida. 

Sin poder decir palabra y los ojos húmedos, Pedro y 
Aurora entraron en el cuarto oficina. 

El hizo un esfuerzo y habló con voz enronquecida aun 
por la emoción: 



166 Agustín Alarcón 

— Recojamos todos los papeles del Departamento y lle- 
vémoslo al Secretariado. 
— ¿Qué vas a hacer? 

— Merecemos la separación del Partido y como tene- 
mos que ir a la reunión del Buró Político que lo determi- 
nará, ahorremos camino. Además, de cualquier manera, 
la oficina no debe estar aquí ni un día más. 

— Tienes razón. 

Y en puntillas de pie, para que tía Lola no los viera, 
salieron con dos sendos paquetes de los documentos y 
efectos de escritorio. 

A las siete y media llegaron a la casa del Secretariado. 

Dan las ocho y va a comenzar la sesión del Buró Po- 
lítico. 

Entre miembros e invitados hay en total nueve cama- 
radas. Nueve fisonomías de forjadores, bajo la sangre y 
el fuego, de una nueva era para la Humanidad. Ni en su 
anatomía ni en indumentaria se nota que reciban y dis- 
fruten esas toneladas de oro de Moscú de que habla la 
reacción: traen una ropa cualquiera y las carnes flacas, 
algunos tienen el físico de tuberculosos de primer grado. 
Aurora y Pedro eran los más saludables. "iBah, es que 
esos agitadores se disfrazan de mendigos! Y esa hermosa 
doncella es la víctima de turno de su lúbrico aquelarre 
rojo"! dirán los bien enterados reaccionarios. 

Están sentados alrededor de una mesa con un servicio 
corriente de nueve cubiertos y fuentes y platos con resi- 
duos de comida. Fingían perfectamente un grupo de po- 
bres e inocentes comensales. Bajo ese simulacro de comida, 
pues, iba a comenzar la junta. Pedro y Aurora quedaban 
sentados uno frente al otro. 

— Compañeros, empecemos ya — dijo Julián. 

— Propongo a Herrera para presidir — dijo otro. 

Herrera fué electo. 

Era Herrera un hombre de 19 años. Dirigente de la 
Liga Juvenil Comunista, precoz personalidad de la ju- 
ventud revolucionaría. Inteligente, de carácter y gran fa- 



El Oro de Moscú 167 

cílídad de palabra, sería un procer del Porvenir; si no 
caía. Dijo: 

— Queda abierta la sesión. Los compañeros conocen 
ya el motivo de esta junta urgente. Informará Julián. 

— Camaradas — empezó diciendo éste, — por primera 
vez en largos años de lucha y clandestinaje han caído 
nuestras direcciones del interior. Los compañeros Piedra 
y Amelia, responsables de Organización, eran los únicos 
poseedores de las mismas. Ellos las tenían escondidas en 
el zócalo de un bombillo eléctrico. Por nuestra célula del 
Estado Mayor del Ejército — que desde el primer mo- 
mento nos informó del descalabro — hemos sabido pos- 
teriormente que quien entregó al gobierno las direcciones 
fué un sujeto, cuyas señas todas convienen con las de 
Cristóbal, primo de Amelia y dueño de la casa donde 
estaba el Departamento. No obstante que se portara bien 
cuando quisieron asesinar a Piedra en el central "Liberty'' 

Al llegar aquí el informante, los ojos de todos se di- 
rigieron a Aurora y Pedro, que ya habían sido enterados 
de esto y permanecían impasibles, muerta la mirada, 
agobiados por indecible pesadumbre. Tensa las facciones, 
las manos crispadas sobre su cartera, ella hacía esfuerzos 
por no llorar. 

Siempre con su acompasado y pesado modo, Julián 
continuó : 

- — Talla alta, pelo muy negro y lacio, una cicatriz so- 
bre la ceja derecha, corbata verde, pantalón de franela 
a rayas y saco punto azul, son las señas; las mismas de 
Cristóbal. La mayoría de ustedes lo conocen; además, 
esa es la ropa que trae, según Piedra y Amelia. Por otra 
parte, éstos me informaron que él salió muy de mañana 
para su empleo en la Secretaría de Hacienda y no ha 
vuelto ni a almorzar ni a comer, cosa que no acostumbra. 
Dicha célula del Estado Mayor informó también que el 
delator recibió hoy mil pesos por las direcciones y la 
promesa de un alto empleo en el gobierno y que al apre- 
miarlo el Coronel para que dijera cómo las había con- 
seguido, explicó que se las había dado un comunista, 



168 Agustín Alarcón 

a quien tenía que dar participación en las "ganancias", 
sin descubrir su identidad. Siendo Cristóbal, es cla- 
ro que esto último fué un postrer escrúpulo suyo 
para poner a cubierto a Amelia y a Piedra de las ga- 
rras del Coronel. A estos dos compañeros los sigo consi- 
derando como de los mejores, pero culpables de una in- 
calificable imprudencia o descuido conspirativo, y más 
cuando conocían la mentalidad reaccionaria y más que 
reaccionaria, mercantilizada del tal Cristóbal. 

Los resultados de todo esto ustedes los saben: más de 
doscientos camaradas presos, golpeados y torturados en 
todo el país; uno de ellos, el soldado Colombia, asesina- 
do en Atares por protestar del toltor de varios; otros dos- 
cientos escondidos o huyendo; un desconcierto general en 
toda la base del Partido, un brusco descenso de la campa- 
ña contra el Tratado Comercial, la restricción azucarera 
y el empréstito impuesto al pueblo por el imperialismo y 
sus lacayos nacionales, en fin, un rudo golpe, aunque pa- 
sajero, de las fuerzas de la reacción al movimiento revo- 
lucionario. 

No obstante, hemos podido paralizar la tortura de 
compañeros con miles llamadas telefónicas y telegramas 
al Jefe del Ejército y al Presidente. Bien de mañana cur- 
samos la directiva urgente de que cada comunista hicie- 
ra en el día por lo menos cinco llamadas telefónicas y le 
pidiera a cada simpatizante, familiar y amigo que hicie- 
ra por lo menos una; y que cada organización pasara un 
telegrama. Esta directiva fué cumplida. Cesaron las tor- 
turas. 

Piedra hizo una circular pidiendo nuevas direcciones y 
diciendo que serán castigados severamente los culpables 
de la caída de las otras. Y como estimo que ello es nues- 
tro justo deber: castigar severamente a los culpables, 
concluyo proponiendo la pena de muerte para el delator 
Cristóbal y para Piedra y Amelia la separación del Par- 
tido por tiempo indefinido. Para éstos será una dolorosa 
resolución, pero así, doloroso es el camino de la Revo- 
lución." 



El Oro de Moscú 169 

Amelia, que escuchaba con los codos en la mesa y las 
sienes entre las manos, levantó la cabeza y miró con ojos 
de sonámbula a Julián, cuando propuso, como si pidiera 
un vaso de agua, la pena de muerte para su primo y cuan- 
do terminó, dos lágrimas rodaron por sus mejillas, vol- 
viendo a la posición anterior. 

Pedro ni pestañó. 

Hablaron después distintos compañeros y apoyaron 
las proposiciones de Julián. Uno recalcó que la muerte de 
Qistóbal era justa y urgente para que no continuara su 
espionaje y delaciones, — ya que conocía a muchos com- 
pañeros y hasta algunos puntos de contacto — y para 
que sirviera de escarmiento; y que, aunque era evidente 
la inculpabilidad de Pedro y Aurora, su castigo sería 
una lección a todos los camaradas para que supieran guar- 
dar los secretos conspirativos. 

No tenían más que decir. El que presidía, Herrera, 
preguntó a Pedro y Aurora si tenían algo que exponer. 

El dijo que "Nada". Ella que no, con la cabeza. Am- 
bos estaban tan atribulados que no podían hablar. ¿Y 
qué iban a decir? 

— Compañeros — dijo Herrera — , se ha agotado la 
discusión. Pasemos a la votación de las dos únicas pro- 
posiciones que hay: una, la eliminación del delator; la 
otra, la separación por tiempo indefinido de Piedra y 
Amelia. Los compañeros que estén de acuerdo con que se 
le dé muerte al delator que lo manifiesten levantando el 
brazo . . . 

Aurora, bruscamente, se irguió en la silla. Parecía sa- 
lir de una pesadilla o entrar en ella. Recorrió con ojos 
sobresaltados todas aquellas figuras severas que levanta- 
ban los brazos en ademán solemne. Su mirada se detu- 
vo en Pedro. Este, grave, transfigurado, como jamás lo 
viera, levantaba lentamente su mano crispada. Ella no 
pudo resistir a la sugestión del gesto. Levantó su mano. 
Votó por la muerte de su primo. 

Por el tétrico rostro de Pedro pasó una honda sensa- 
ción de orgullo. Orgullo de ella. ¡Había dado su última 



170 Agustín Alarcón 

muñeca de niña sentimental para alimentar la hoguera 
de la Revolución! El, con los ojos humedecidos, le hi- 
zo la más grande ofrenda que puede una mirada. El, 
que se conocía y la conocía, él, que quiso a Cristóbal y 
sentía desgarrársele el pecho, sabía lo que ella había hecho. 

Los otros camaradas también la miraron satisfechos. 

— Pido la palabra — dijo uno, nombrado León. 

— La tienes — respondió el que presidía. 

— Compañeros: teniendo en cuenta la enorme res- 
ponsabilidad en este asunto de los camaradas Amelia y 
Piedra, propongo que sean ellos mismos los que ejecu- 
ten al delator. . . 

— ¡No! ¡No podría! — gritó Aurora. 

Pedro se puso de pie de un salto. 

— ¡Orden, compañeros, orden! — exigió Herrera, 

— No he terminado aún — continuó León. — Hago 
y mantengo esa proposición y estimo que la negativa de 
los compañeros Amelia y Piedra demostrará una de dos 
cosas: o que son unos sentimentaloides pequeños burgue- 
ses, indignos de figurar jamás en la vanguardia de la 
clase obrera, indignos de llamarse bolcheviques, o que 
son cómplices del canalla Cristóbal! 

— ¡Eso es una vil suposición! — exclamó Aurora so- 
llozando y enrojecida. 

Pedro permanecía de pie. Sin alterarse, impasible, pa- 
seó su mirada por todos los otros camaradas como es- 
crutando su actitud mental. Todos conocían su larga 
abnegación de comunista y la corta, pero brillante his- 
toria revolucionaria de Aurora. Todos, especiantes, lo 
miraban. Le querían y respetaban y esperaban su res- 
puesta. Hizo una seña a Herrera para que le concediera la 
palabra y Herrera asintió con otra seña. 

— Compañeros — empezó diciendo — , sé que la ma- 
yoría no participáis de ese extremismo destripador del 
camarada León y mucho menos de que sospechéis de 
nosotros dos, porque si hubierais sospechado os sobran 
entereza de carácter y dureza bolchevique para haber- 



El Oro de Moscú 171 

nos acusado y condenado desde el primer instante y no 
acusar y condenar solamente a uno de los culpables, 
al que ni miembro del Partido es. Considero al compa- 
ñero León como a uno de nuestros más activos y va- 
lientes cantaradas, pero atacado de gravedad de la "en- 
fermedad infantil del comunismo Y*, del extremismo. Pa- 
so ahora a analizar concretamente sus palabras: Arguye 
el camarada que nuestra negativa a matar personalmen- 
te al delator sería una actitud de sentimentaloides pe- 
queños burgueses, indignos de llamarnos comunistas. El 
camarada León, a causa de su enfermedad, cree que los 
comunistas debemos, en no importa qué sujeto,^ lugar 
y tiempo, hacer tabla rasa de todos los sentimientos hu- 
manos en holocausto del Moloch de la Revolución; ig- 
nora que el arma, y alma, teórico-fílosófica del comu- 
nismo es un materialismo que no es sólo materialismo, 
sino que también es dialéctico, que no es un materialismo 
grosero, árido y brutal, pelado y cortante como un cor- 
tafrío, ciego y cruel como un cataclismo, sino un mate- 
rialismo que es la Historia misma de la Humanidad, 
con todas sus debilidades y grandezas, que es un mate- 
rialismo que aprecia no sólo los valores objetivos que 
fundamentan y dan contenido a la vida, sino también 
los valores subjetivos que la conforman y embellecen; 
que es un materialismo que no pretende arrancar el co- 
razón a la gente y echarla a andar como autómatas me- 
cánicos! . . . ¡No, no pretendemos romper los vínculos 
de amor y protección que agrupa a los humanos por fa- 
milias sobre la tierra sin haberle podido dar otros víncu- 
los mejores! ¡No pretendemos que las madres fusilen por 
sí mismas a sus hijos traidores ni viceversa, los herma- 
nos a sus hermanos, los novios a sus novias, las primas 
a sus primos. . . pudiendo hacerlo nosotros! Nos con- 
formamos con que ellos sean de los nuestros y nos duele 
su dolor y su vergüenza por el infame ser querido. Y 
cuando en el colmo de la abnegación, sofocando los gri- 
tos biológicos de la sangre y las indulgencias del cariño 
convivido, levantan su puño de militantes para votar 



172 Agustín Alarcón 

por la muerte de ese infame ser querido, como lo acaba 
de de hacer Amelia, entonces tenemos que tributarle el 
parabién de nuestra admiración revolucionaria! 

En vista de todo eso, camaradas, considero absurda 
e inconsecuente la proposición del compañero León, en 
lo que respecta a que Amelia contribuya a ejecutar a 
Cristóbal, y aunque justa en lo que respecta a mí. Por 
tanto hago las dos siguientes proposiciones: 

Primera: que sea yo solo el que elimine al delator. 

Segunda: que conste en acta que el voto de la compa- 
ñera Amelia en esta pena de muerte es un. "Voto de Ho- 
nor", que la honra y honra a nuestro Partido como fiel 
vanguardia revolucionaria de las masas oprimidas de 
Cuba." 

Pedro terminó y se sentó. Un conmovido silencio aco- 
gió sus conmovidas palabras. Aurora lo miraba con cara 
de cadáver. Hasta León estaba afectado. Fué el primero 
en hablar: 

— Retiro mi proposición ... y argumentos. Confieso 
que me equivoqué. 

— Compañeros — dijo Herrera — ¿algún otro quiere 
hablar? 

— Yo — dijo uno. — Me opongo a la primera propo- 
sición de Piedra. La alienta su amor propio lastimado 
por León. El era íntimo amigo de Cristóbal, que le hi- 
zo grandes favores. Propongo que sea la brigada de au- 
todefensa la que elimine al delator. 

— Camaradas — dijo Piedra — yo era el principal res- 
ponsable de las direcciones, yo respondí de la honradez 
de Cristóbal cuando se trató de poner la oficina en su 
casa, yo debo responder de su castigo. Si se acordara lo 
contrarío podría quedar todo lo mío como un alarde y 
no quedaría en claro mi reputación. ¡Sí, os encarezco, 
os exijo que aprobéis mi proposición, ayudándome a 
salvar para siempre mi amor propio de comunista! 

— Compañeros — dijo Herrera — al retirar León la 
suya, quedan dos proposiciones en cuanto a la ejecución 



El Oro de Moscú 173 

del delator. Someteré a votación la primera, que es la de 
Piedra. Los que estén de acuerdo con ella que levanten el 
brazo . . . Siete, y mi voto, ocho . . . Mayoría. Ahora 
corresponde el turno a la otra proposición del mismo 
Piedra, pidiendo que conste en acta el voto de Amelia, 
en la condena de su primo, como un "Voto de Honor". 
Los que estén de acuerdo que levanten el brazo . . . Una- 
nimidad, excepto el voto de ella. 

Seguidamente se debatió y acordó la proposición de 
Julián de que Pedro y Aurora fueran excluidos del Par- 
tido por tiempo indefinido. 

Y se terminó la junta. Once de la noche. 

Aurora y Pedro, embargados por constricción enor- 
me, tomaron el camino de su casa ... de la casa de Cris- 
tóbal. 

Sin mirarse, sin hablarse, marcharon, uno junto al 
otro, cuadra sobre cuadra. Llevaban ese no sé qué som- 
brío y ese paso calculado, mecánico, ni lento ni rápido, 
de los presidiarios cuando van al trabajo forzado. ¿Quién 
iba a consolar a quién? Ambos necesitaban confortarse. 

Iban a cruzar una bocacalle en el instante preciso de 
pasar veloz un auto e instintivamente los dos se sujeta- 
ron. Siguieron caminando, como antes. 

— ¿Cómo te sientes? — dijo él, agarrándola por un 
brazo. 

— Destrozada. . . La cabeza me va a estallar. . . ¿Y 
tú ... ? ¿Tendrás valor para . . . ? 

— Lo tendré. 

— No debiste haberte propuesto ni haberme defendido. 
Con él demuestras la mayor crueldad, conmigo sentimen- 
talismo, y tú no sabes si soy su cómplice . . . Podría él 
ser inocente . . . Podría yo haberle dado las direcciones a 
uno ... a Valdés, por ejemplo . . . 

— Sé que no. Sé que sufres horriblemente y en el de- 
lirio de tu dolor te hieres y me hieres . . . , sin darte cuen- 
ta que yo también sufro, por todo lo pasado y todo lo 
que tiene que pasar . . . 



174 Agustín Alarcón 

Ella dijo llorando: 

— -Perdóname, Pedro. Podría olvidar su infamia y su 
muerte, pero no puedo olvidar a tía Lola, que tanto lo 
quiere, y que es como sí fuera mí madre . . . 

— Nuestra madre ... yo también la recuerdo ... Y 
procedo con él como procedería con un hermano, con un 
hermano que por unos cuantos pesos nos expone a que 
aparezcamos como traidores, y condenando a la prisión, 
la tortura y la muerte a cientos de nobles compañeros que 
luchan por la justicia social. La muerte de "mi hermano" 
Cristóbal sólo pagaría la del noble y bueno Colombíé y 
quedaría debiendo el resto . . . 

— No sigas, por favor. Dime, ¿cómo lo vas? . . . ¡No, 
no me lo digas! . . . ¡No lo hagas tú! . . . 

— Tengo un buen plan indoloro. . . Seré yo y no se- 
ré yo .. . Pero no te lo diré. 

Siguieron caminando silenciosos. Ella enjugándose las 
lágrimas que no podía contener y pasando las manos por 
la frente dolorida. El sumido en un caos de pensamien- 
tos. Así llegaron a la puerta de la casa. Se sorprendieron. 
Ambos se preguntaron con la mirada: ¿Estará? ¿Habrá 
venido? 

El abrió la puerta con su llavín y entraron. Tía Lola 
estaba de centinela en la sala, esperando al hijo y exclamó 
sobresaltada al verlos solos: 

— ¿Lo encontraron? ¿Supieron de él? 

De momento no acertaron qué decir. Aurora la abrazó 
para disimular su estado de ánimo. 

— Tranquilícese, tía — le dijo. 

— Sí, supimos —añadió Pedro. — Nos dijeron que an- 
daba de fiesta con unos amigos. 

— Ustedes saben que él nunca ha hecho eso sin avisar- 
me de que no lo espere a comer o llegándose acá en el auto 
que acostumbraban a traer . . . 

— Lo que no se ha hecho nunca se hace una vez . 
Tranquilícese. Ya sabe de él. Vaya a descansar, que yo 
lo esperaré aquí para echarle un buen regaño — díjole 
Pedro. 



El Oro de Moscú 175 

— Bueno, hijíto. Les calentaré la comida antes. 

— No, tía — exclamó Aurora. — Ya comimos. Me voy 
a acostar, que me duele la cabeza . . . — y se fué apresu- 
radamente para su cuarto a desahogarse en sollozos y lá- 
grimas. 

Pedro se quedó solo en la sala, sentado en un sillón, 
fumando cigarro tras cigarro y la mirada fija en la puer- 
ta, esperando que se abriera y entrara Cristóbal. 

Las 12. Las 12 y media. La una. 

Sonó un llavín en la cerradura y apareció Cristóbal, 
Miró sorprendido a Pedro. 

- — ¿Qué pasa? — dijo con un extraño tono. 

— Ve a la vieja, que te espera, y ven. 

La severa actitud de Pedro y su también extraña voz 
vibrante le dominó y obedeció sin preguntar más. 

A los diez minutos estaba de vuelta. 

— Vamos al cuarto oficina — dijo Pedro y caminó 
hacia allí seguido de él. 

— Siéntate — le dijo. 

Ambos estaban palidísimos. Pedro sin color. Este mi- 
ró a aquél con una mirada tan penetrante, tan elocuente, 
que le hizo bajar la vista. No obstante, Pedro no hallaba 
cómo empezar, no se sentía la lengua. 

— ¡No me preguntes nada!. . . ¡Sí, fui yo, y no lo 
volveré a hacer más! — exclamó Cristóbal con aire de 
demente, mirando a Pedro cara a cara. 

— ¡Ah, fuiste tú! . . . ¡Sí, tú fuiste! ... ¿Y cómo su- 
piste dónde estaban? 

Pedro masticaba con rabia sus palabras. 

— Quise saber un día qué hacían tú y Aurora aquí 
solos y encerrados, y me asomé por la cerradura y vi guar- 
darlas. . . 

— ¡Y no te bastaron tus celos bestiales, no te bastó 
que, sacrificando mi corazón y el de ella, te cumpliera 
el juramento de no enamorarla, sino que nos traicionaste 
y vendiste a los dos, sino que . . . 

— ¡Calla! — gritó Cristóbal. — ¡Conozco el tamaño de 
mí crimen. Mas no lo cometí sólo por amor o despecho, 



176 Agustín Alarcón 

pues sé que has cumplido lo que te hice jurar, sino y más 
que nada por mi maldito delirio de grandeza, por mi lo- 
cura de vivir a toda costa la vida como la viven los po- 
derosos, por gastar y gozar! ... Y después de cometerlo, 
sin el estímulo ya del alcohol y de la falta de dinero, lo 
medí, medí mi crimen . . . Leí los periódicos y el Coronel 
me enteró del resto . . . Pensé en Aurora, en ti, en mi vie- 
ja y descubrí que soy un asqueroso reptil, indigno de 
los tres. En todo el día no tuve vergüenza para venir a 
casa. Esperé la noche, tomé unas copas y, pensando que 
dormían, vine. . . 

Se calló. Había terminado sus palabras con insólita 
tranquilidad, como si se tratase de un cuento. 

— ¡Viniste y te irás conmigo! ¡Mereces que te asesine, 
pero nos mataremos! Tengo mi revólver, busca tu pisto- 
la, esa con la cual una vez trataste de salvarme la vida. 

— ¿Al principio no te confesé que fui yo y no te dije 
que no lo volvería a hacer más? 

Ante el tono indiferente, casi cínico de Cristóbal, Pe- 
dro no hallaba cómo controlarse. Hirviendo en ira, dijo: 

— ¡¿Qué me dices con eso?! ¡Sal a morir, que no quie- 
ro matarte aquí mismo! 

— Te digo con eso que antes que tú lo pensaras, pensé 
yo matarme . . . Pero tengo un buen plan, no será un 
suicidio para la gente, sino una muerte casual, a causa 
de la bebida. Saldré ahora mismo y ya esta madrugada 
estaré muerto. Sólo te pido un último favor, la última 
gracia de un condenado a morir: que mi vieja no sepa 
nunca lo que hice, ¡me quiere tanto! ¡me cree un santo! 
Dejaré unas palabras para Aurora. . . 

Y con extraordinaria sangre fría, sacó de su saco una 
libretita, arrancó una hoja y con su pluma fuente, apo- 
yado en el buró escribió unas líneas. 

Con estupor, sin respirar apenas, Pedro le oyó y ahora 
lo veía actuar. A pesar de su recio temple, fuerza era 
que se conmoviera. ¡Apenas ayer eran amigos, casi her- 
manos ! 



El Oro de Moscú 177 

— Toma; cuando yo esté muerto, entrégaselo a ella; 
explícale tú lo demás . . . 

Pedro tomó el papelito que le alargaba Cristóbal. 
Este añadió, con voz de dolor: 

— Diíe que me perdone. Perdóname tú — y extendió 
su mano. . . 

A Pedro le ardía su diestra, pero dejó la de Cristóbal 
extendida. Dijo; 

— ¡Mientras vivas, no, no te daré mi mano! 

— Comprendo. . . Suplico, ahora, que cuando vuel- 
va muerto, tú y ella me den la mano como prueba del 
perdón. . . ¿Le negarás también tu mano a mi cadá- 
ver? 

— No, se la daré con gusto. 

— ¿Gracias! . . . ¡Adiós! 

Cristóbal se fué. Pedro no contestó. Lo vio alejarse. 
Le oyó alejarse. Lo sintió abrir y cerrar la puerta de la 
calle. Pensó; "Si yo no hubiera ido al central "Liberty" 
ahora él no fuera a morir". Quiso confortarse a sí mis- 
mo y añadió: "¡Bah, si no hubiera explotación o no 
hubiéramos nacido tampoco hubiera pasado nada!" 

Con congeladas manos desdobló el papelito. Decía: 

"Aurora: Siempre fui indigno de ti, siempre; aunque 
siempre te amé. Sé que me querías como a un hermano. 
Agrega ese cariño al que le tienes a mi pobre vieja. Ablan- 
da tu duro corazón de comunista y perdona mi cadáver. 
Trata de que Pedro no odie mí memoria. Sé fuerte. 

Cristóbal." 

Pedro, el roble rojo, lloró. 

Puso los codos sobre el buró y la cara entre los puños. 

Las 2. Las 2 y media. Las 3. 

Seguía los codos sobre el buró y la cara entre los 
puños. 

Las 3 y media. En el silencio de la madrugada se oyó 
el ruido de un auto que se detenía ante la casa. Un vio- 
lento escalofrío sacudió a Pedro. Tres toques sonaron a la 
puerta. Caminando como un beodo, fué a abrirla. 



178 Agustín Alarcón 

Era la Ambulancia Municipal con el cadáver de Cris- 
tóbal. 

— Bebido, se puso a andar con una pistola en el bar 
"Capitolio" y se le fué un tiro al corazón ... Le damos 
el pésame — dijo uno de los conductores, uniformados de 
blanco y con la clásica cruz roja sobre el brazo izquierdo. 

Tendido en la cama el cadáver, Pedro y Aurora, mu- 
dos, sin una lágrima, acudieron al mismo tiempo a estre- 
charle la mano. Pedro se asombró. ¿Cómo supo ella ese 
su postrer deseo? 

— Lo oí todo — díjole Aurora, acertando sus pensa- 
mientos. 

Pedro calló. No quiso turbar con la miseria de las pa- 
labras aquella hora solemne, plena de heroico sacrificio. 



CAPITULO XXII 



Días después de la muerte de Cristóbal, Pedro se fué 
a su pueblo a ver a su familia. 

Tan pronto llegó, las autoridades — -esa sombra ne- 
fasta de los revolucionarios — le dieron 24 horas de pla- 
zo para que abandonara la "tierra natal" o el "querido 
terruño", como escriben los patriotas. 

Así que al día siguiente de llegar, le hicieron irse de 
su casa. ¡Y después dicen que los comunistas no aman el 
hogar ni la familia! 

Quince camaradas y sus familiares presos, entre ellos 
dos mujeres y un niño, era el balance de arrestos en el 
pueblo, a causa de la caída de las direcciones. El culpa- 
ble, Cristóbal, estaba ya bajo la tierra, pero la sucursal 
local de la Dictadura seguía cosechando sus frutos a ente- 
ra satisfacción. 

Dando fe de su proverbial cortesía, la policía, a pie, a 
caballo y en autos, acudió a la estación de ómnibus a des- 
pedir a Pedro. 

Su madre también acudió, repitiéndole entre lágrimas 
la eterna frase: 

— ¡Cuídate, hijo mío! 

Engañando una vez más a la policía y a su madre, Pe- 
dro se bajó en el paradero inmediato, que estaba bien cer- 
ca del pueblo, y se encaminó al bohío de los padres de 
Colombié para darles el pésame, descansar y organizar 
una Liga Campesina. 

La organizó. Pero a los tres meses tuvo que salir hu- 
yendo de la guardia rural, que quería "echarle el lazo". 

Se fué a un central azucarero. A los dos meses tuvo 
que huir también, prendido en un tren de caña que cogió 
a toda marcha en plena noche. 

Volvió a la Capital. Fué para su antigua casa. En ella 
había dejado a Aurora consolando a tía Lola. Aunque 
imbas necesitaban consuelo. 



180 Agustín Alarcón 

Llegó a primera tarde. Encontró la puerta abierta y 
fué derechito para la cocina. 

Sentada, la vieja leía y al verlo llegar se le echó en los 
brazos llorando. 

— ] Vamos, tía Lola, ya es tiempo de que se resigne! 
— dijo él, soltando dos lágrimas. 

— Ya estoy resignada, Pedro; pero es que al verte me 
lo recordaste vivo. 

— ¿Estaba leyendo alguna buena aventura? 

— No, son oraciones; desde que se murió él, ya no leo 
aventuras, rezo. . . Yo fui la culpable de todo, no supe 
educarlo. . . 

— No crea eso . . . son fatalidades de la vida . . . Tiene 
que volver a ser la de antes ; morir no es ningún mal para 
el que muere. . . 

— Así lo creo: pero una cosa dice uno y otra siente. 

— ¿Y Aurora y Pepito? 

— Aurora debe estar en el cuarto que ustedes tenían 
de oficina. ¡Pobre muchacha! ¡Desde que murió mi hijo 
y tú te fuiste se pasa las horas allí, pensando! Tienes que 
reanimarla, que vuelva a ser la de antes . . . Estoy can- 
sada de decírselo; aunque ella — como tú ahora — me 
dice a mí lo mismo. Díselo tú, .que a ti te obedece. 

— ¿Y Pepito? 

- — Lo mandé a comprar café hace rato; de seguro que 
se ha encontrado algunos chicos y les está dando un mi- 
tin... Dame ese maletín, yo lo llevaré a tu cuarto. Anda 
a ver a Aurora que se alegrará de verte. 

Emocionado aun por el maternal recibimiento de tía 
Lola, y por los dolorosos recuerdos que le traía, Pedro 
fué hacia el cuarto donde debía estar Aurora. Se acercó 
sin hacer ruido. Efectivamente, allí estaba ella; de es- 
palda, abstraída, contemplando el cielo azul a través de 
la ventana. Se le aproximó en puntillas de pie y le aca- 
rició las mejillas con ambas manos. Ella se volvió rá- 
pidamente y le vibró la cara de alegría al reconocerlo. 
La emoción les humedeció los ojos a los dos. 

— ¡Pedro! — dijo ella y le alargó la mano. 



El Oro de Moscú 181 

— ¿Soñabas? — le preguntó él, estrechándosela. 

—Sí ... 

— Todo este tiempo yo también he soñado, he tenido 
la pesadilla de que te había perdido. . . ¿Me quieres to- 
davía? 

Aurora quedó un rato sin responder, como pensan- 
do; luego dijo: 

—Ya no. 

— ¿Qué dices? —exclamó él con la desolación en el 
semblante. — ¿Por qué no me quieres? ¡Dilo pronto! 

— No puedo, Pedro, y no puedo explicártelo. ¡Per- 
dóname, por favor! 

— Está bien . . . Siempre cumplí con mi deber . . . 
i Adiós! 

Se iba, como un cadáver que camina; nunca había 
sentido tal dolor de parálisis en la viscera que propulsa 
la sangre, ¡en ese inevitable corazón humano! 

■ — ¡Oye! — Lo llamó ella, muy seria. 

—¡Habla! 

—Acércate. No puedo gritarlo. 

— Vaya, ya estoy cerca, habla. 

— ¿Te acuerdas cuando yo me declaré a ti? Me dijis- 
te: "No puedo, Aurora, y no puedo explicártelo. ¡Per- 
dóname, por favor!" ¿Te acuerdas? ¡Esas palabras se me 
quedaron grabadas en el alma! 

— Me acuerdo . . . pero np sabía que fueras tan ren- 
corosa . . . Aquella vez no estaba en mi conocimiento . . . 

— Pues esta vez yo tampoco estaba en mí conocimien- 
to ... , lo que dije fué tonta parodia, para desquitar- 
me. ¿Y cómo pudiste pensar que no te quisiera? 

Ambos se oprimieron en un abrazo y beso vehemen- 
tes. 

— ¡Yá era hora! — gritó Pepito, metiendo la cabeza 
por la puerta. 

Aurora y Pedro se separaron ruborizados. El excla- 
mó: 

— ¡Hola, Pepito! Pasa. 

El chico pasó y Pedro lo abrazó, diciéndole: 



182 Agustín Alarcón 

— No digas nada a tía Lola todavía. Ya lo sabrá: 
ahora no conviene . . . 

— Palabra de camarada — prometió Pepito. — Los de- 
jo solos, aunque sé que se pondrán bravos . . . — e hizo 
un guiño y se fué. 

Pedro y Aurora se sentaron sobre el buró con el bra- 
zo echado, cambiándose besos a menudo y hablando de 
todas esas dulces tonterías de que hablan los enamorados. 

Al principio, esquivaban con gran cuidado todo lo que 
trajese la memoria de Cristóbal. 

— Hablemos de él, de Cristóbal — exclamó Pedro. — - 
No debe ser una sombra para nosotros. Lo pasado nos 
honra. El, si no procedió dignamente, supo morir, casti- 
garse, dignamente. Nuestro amor tiene que ser tan despe- 
jado y grande como fué nuestra abnegación. 

— Eso también creo yo. Detrás de esa puerta oí todo 
lo que tú y él hablaron. Lo vi partir a la muerte. Te 
vi sufrir, llorar. Y estuve orgullosa de ambos. ¡Lo esta- 
ré siempre! 

— Y yo de tí, querida. 

Hablaron mucho del amor y la felicidad: Fueron a la 
cocina a tomar café y regresaron a sentarse sobre el buró 
para seguir hablando del amor y de la felicidad. 

Pepito volvió de nuevo y dijo: 

— Acabo de ver a Julián. Le dije que habías venido. Y 
dice que vayamos los tres en seguida a casa de Pérez. 

— ¿Los tres? ¿Tú también? — dijo Pedro. 

— Sí, yo también. 

— ¿Para qué será? ¡Vamos! — exclamó Aurora. 

— Vamos. Despidámonos de tía Lola — -añadió Pe- 
dro. 

A la media hora estaban los tres en casa de Pérez. Se 
encontraron con una reunión ampliada del Comité Cen- 
tral del Partido: unos 12 compañeros en total. 

Poniéndose de pie, Julián tomó la palabra, dirigién- 
dose a Pedro y Aurora: 

— ¡Camaradas, nosotros, el Comité Central del Parti- 
do, constatando toda vuestra abnegación y disciplina bol- 



El Oro de Moscú 183 

cheviques en los hechos que son de todos conocidos y no 
es necesario recordar, hemos acordado llamaros de nuevo 
a nuestras filas, proclamando que el Partido, vanguardia 
de la Revolución, se siente orgulloso de soldados como 
vosotros. Vuestro proceder ha evidenciado una vez más 
que la humanidad trabajadora cuenta con conductores 
capaces de vencer, capaces de, con su propio dolor, ba- 
rrer la esclavitud capitalista! 

Estas palabras, pronunciadas con el aplomo de Julián 
y en tono patético, conmovieron a Aurora y Pedro y a 
los demás luchadores allí presentes. Todos abrazaron o 
estrecharon la mano de ella y de él, en emotiva demos- 
tración de fraternal afecto y reconciliación. 

Julián volvió a hablar: 

— Piedra y Amelia —-dijo; — coloqúense aquí, de pie 
junto a mí. 

Ellos obedecieron perplejos, sin saber para qué era. Los 
demás sonrieron sabedores. 

— Ahora vamos a celebrar una boda revolucionaría. 
Yo oficiaré de cura rojo, juez, director o lo que queráis. 
Todos vosotros sois testigos — anunció Julián. 

— ¡Qué chismoso eres! — dijo Aurora toda sonrojada 
a Pepito. 

Pedro reía como el pionero y los demás. 

Como — de acuerdo con los postulados del amor li- 
bre — los comunistas desprecian la venia de curas y jue- 
ces para unirse maritalmente, muchos adoptan la diver- 
tida ceremonia de casarse por el Partido. Con ese motivo 
se reúnen grandes grupos de camaradas, haciendo un i al- 
to! de alegría en su borrascoso camino. 

Pero, aunque en guasa, esta es sólo una de las tantas 
expresiones de ese mundo subterráneo que está en guerra 
a muerte con la civilización burguesa, en lucha implaca- 
ble contra todos sus frentes: económico, político, cultu- 
ral, ideológico. Es la Revolución Social que avanza por 
todos los caminos. Y hasta cuando se ríe. 

Intercalaré una anécdota que revela con vivo relieve 
esta lucha sin cuartel de los militantes comunistas: 



184 Agustín Alarcón 

Es una de sus tácticas transformar los duelos fúnebres 
o entierros de los pobres en roja tribuna de combate, en 
cátedra de agitación y propaganda. 

En un pueblo del interior a un pescador lo mató un 
rayo. Camino del cementerio, en la procesión mortuoria, 
los criticones reaccionarios comentaban gozosos: 

— El Cielo le ha hecho hoy una jugarreta a los co- 
munistas. Si despiden el duelo no podrán decir que el 
muerto "es una víctima más de la burguesía", como gri- 
tan en todos los entierros de pobres. No podrán echarle 
la culpa a la burguesía. 

La manifestación fúnebre llegó a la puerta del cemen- 
terio y se detuvo. Un comunista, líder del Sindicato de 
Pescadores, se paró junto a la portezuela de la carroza 
mortuoria. Iba a despedir el duelo. Los criticones reaccio- 
narios sonreían. Dijo, indicando al cadáver: 

— ¡Compañeros: Aquí tenéis, carbonizada, otra víc- 
tima de la burguesía. Lo mató un rayo, pero lo mató 
un rayo porque tuvo que lanzarse al mar en plena noche 
y con amagos de tempestad a ganarse el pan para sus 
hijos: lo mató un rayo mientras pescaba peces de oro 
para los "místeres" de la Compañía Pesquera, que ron- 
caban a pierna suelta a buen abrigo! ¡Lo mató un rayo, 
compañeros, porque hasta los rayos sólo matan a los 
pobres, por la sencilla razón de que los pobres no pode- 
mos tener, ni estar bajo tormenta, en viviendas confor- 
tables donde abrigarnos y, muchísimo menos, con para- 
rrayos! . . . ¡Pero no debemos llorar por el camarada caí- 
do, sino apretar los dientes, cerrar los puños y marchar 
con él como una bandera más, hacia la destrucción de es- 
te matadero de trabajadores que es el régimen burgués! 

Hasta aquí la anécdota que ilumina el famoso "espíri- 
tu de contradicción" de los comunistas, "debido a las 
órdenes y el oro de Moscú". 

Por ese "espíritu" Aurora y Pedro aceptaron la guasa 
revolucionaria de casarse por el Partido, en vez de per la 
Iglesia o la Ley. 



El Oro de Moscú 185 

Julián iba a empezar la ceremonia matrimonial Pug- 
nando por no reír dijo, con solemne voz: 

— Camarada Amelia, camarada Piedra: En nombre 
del Partido Comunista, en nombre de su lucha contra 
la opresión del imperialismo yanqui y por la liberación 
nacional y social de Cuba, os caso. Y en nombre del mar- 
xismo y leninismo os declaro que el hombre y la mujer 
son dos personas y por tanto en vuestra unión con- 
yugal ambos tendréis iguales derechos e iguales deberes. 
Esta unión os debe hacer más fuertes y felices, pero no 
menos libres. Así seréis más capaces de seguir luchando 
por Ja felicidad y libertad sociales. 

Julián terminó y todos acudieron riendo a dar la en- 
horabuena a los "esposos". 

■ — ¡A bautizar a Pepito! — gritó uno. 

— No estoy hereje — repuso el chico. — Ya recibí mí 
bautismo. . de sangre el l 9 de Maye! 

Está visto que esta gente, hasta los chiquillos, los 
pioneros, reciben y. se alimentan con el "oro de Mos- 
cú" Lo tienen ya en la sangre. Lo reproducen como 
glóbulos. Ellos mismos son ya una mina. Mina, ¡qué 
palabra más justa! 

Ese "oro" es diabólico: produjo la Revolución de 
Ocíubre, barriendo al divino Zar, al santo Pope y al 
mesías Kerensky. 

Por acá, por estos países "no dejados aún por la ma- 
no de Dios", ese "oro" satánico amenaza barrer al om- 
nipotente Imperialismo y a sus ángeles guardianes: sus 
lacayos nacionales. 

¡Señales de los tiempos! 

El cielo capitalista se empieza a cubrir de "negros 
nubarrones", empiezan a soplar todos los vientos, el 
espacio se llenará de fuego, sonará el trueno y al régimen 
burgués, como al pobre pescador, lo matará un rayo. 

El rojo rayo de la Revolución. 



FIN DE EL ORO DE MOSCÚ 



NOVELAS SOCIALES 

LISTA DE OBRAS PUBLICADAS 

LA VORÁGINE, por Eustasio Rivera» — Novela de la selva 
americana donde se describe la vida de los caucheros del Amazo- 
na. Un tomo de 23 págs.: 0.50 cts. 

SOY UN FUGITIVO, por Roberto E. Burns. — Relato de 
un fugitivo de la cadena de presidiarios de Georgia, dantesca des- 
cripción de la vida de los condenados a trabajos forzados en Nor- 
teamérica, sorprendente biografía de un hombre que fué sentencia- 
do dos veces a los terrores de una cadena de presidiarios, bajo el 
peso de los grillos y la brutalidad del azote. Descripción de sus 
dos fugas espectaculares y la vida fuera de los muros del presidio. 
Un tomo de 200 págs.: 0.50 cts. 

MADRE AMERICA, por Max Dickmann. — Novela de la vida 
de los trabajadores de los ríos y los deltas de la América del Sud, 
obra que mereció el premio, municipal por sus bellas condiciones 
literarias. Un tomo de 3 60 págs,: $ 1.— 

EL PRESIDENTE NEGRO, por Monteiro Lobato. — Novela 
norteamericana del año 2228 en la que se hace el proceso de la 
lucha de razas y la descripción del gobierno de un presidente negro 
en la gran república del norte. Un tomo de 200 págs.: 0.60 cts. 

EN MARCHA, por Jorge Newton. — Novela de la vida de los 
"linyeras" y trabajadores de los frigoríficos de Berisso. Un tomo 
de 180 págs.: 0.50 cts. 

CLAMORES, por- Calixto Whitmarsh. — Novela de la vida 
diplomática, en cuyas páginas se describen las hipocresías y enredos 
de ese mundo de intrigas y prejuicios, y la lucha de un joven 
ministro que corre la cortina y lanza ideas nuevas para la convi- 
vencia de los pueblos en la armonía de la paz y la libertad. 
Un tomo de 160 págs.: 0.50 cts. 

CAMARADA, por Humberto Salvador. — Novela cosmopolita 
de la vida de los trabajadores en el Ecuador, en la que con la 
divisa de: Compañero, tuya es la tierra, incitación a la lucha y la 
conquista de un mundo mejor se alientan las reivindicaciones 
humanas. Un tomo de 160 págs.: 0.50 cts. 

AVANZADA, por Jorge Newton. — Novela de luchas sociales 
en la que se describe la sumisión de un pueblo, la duda entre la 
esclavitud y la lucha por la conquista que abre un rumbo hacia 
nuevos horizontes. Un tomo de 200 págs.: 0.50 cts. 

EDITORIAL CLARIDAD 

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EDICIÓN ECONÓMICA DE LAS OBRAS 
COMPLETAS DE 

AGUSTÍN ALVAREZ 

Ordenadas y anotadas por Pedro C. Corvetto 

La EDITORIAL CLARIDAD publicará en su 
colección de "CIENCIAS POLÍTICAS Y SO- 
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ALVAREZ. 

Por primera vez se tendrá en una colección y en 
ediciones económicas todas las obras del gran pen- 
sador argentino. 

Como introducción al estudio de las obras y de la 
personalidad de Agustín Alvarez, se publica este 
trabajo de Pedro C. Corvetto, que abarca, sinté- 
ticamente, una visión de conjunto sobre el pensa- 
miento y las obras que del maestro aparecerán 
posteriormente. 

El primer volumen de las Obras Completas de 
Agustín Alvarez estará compuesto por 

EDUCACIÓN MORAL 

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III. — La honestidad y la cultura. 

Palabras iniciales, por Ernesto Nelson. 
Nota preliminar, por Pedro C. Corvetto. 
Notas marginales, por Maximio S. Victoria. 

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