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Full text of "El sol de mayo, memorias de la intervención, novela história"

THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



PQ7297 

.M3 

S6 

1900 



|Bte^ 



1 000071 079i 



This book ¡s due at the WALTER R. DAVIS LIBRARY on 
the last date stamped under "Date Due." If not on hold it 
may be renewed by bringing it to the library. 


DATE RET 
DUE RET - 


DATE RET 
DUE 


UULl 4 


1994 






• 










































































































































Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/elsoldemayomemorOOmate 



EL SOL DE MAYO 




Juan A. Mateos. 



JUAN A. [MATEOS / 

L EL SOL 

DE MAYO 



MEMORIñS DE Lñ INTERVENCIÓN 

■ Novela histórica - 



/ 



Al Sr. D Mariano Riva Palacio, 
como una ofrenda deZamislad y res- 
peto, dedica las desaliñadas páginas 
de este libro 

EL AUTOR. 

Móxice, 15 de Julio 1S68. 



NOVÍSIMA edición 

adornada, de numerosos fotograbados 
intercalados erx el texto 



CASAS EDITORIALES 
MAUCCI HERMANOS y MAUCCI HERM. og é HIJOS 

MÉXICO i BUENOS-AIRES 

Primera del Relox. I * Calle Rivadavla. 1435 



Se 
/9¿>ó 



PROPIEDAD LITERARIA RESERVADA 

Á las Casas Editoriales 

DE 

MAUCCI HERMANOS México (ciudad) 
MAUCCI Hos é HIJOS Buenos Aires 




ü o O o D o d ) 



A Juan Antonio Mateos 



Para la primera hoja oe « sl Sül de May» » 



Hace dias tuvo V. la bondad de -pedirme cuatro palabras con que 
abrir el primer capítulo de su elegante novela intitulada El sol de 
mayo. 

Yo, Juan, no soy un genio para poder pronunciar ese mágico 
Sésamo (ábrete) del cuento árabe. 

Como la heroína de Víctor Hugo escribió un nombre sobre la 
nieve, apenas podré estampar en la blanca página que V. me ofrece 
esa eterna palabra que le ha servido para condensar la epopeya 
que forma el argumento de su magnífico romance ¡el sol de mayo! 

El sol de mayo, he aquí el verbo adonde se ha encarnado nues- 
tra patria: verbo que significa una historia completa de dolores, de 
sacrificios, de sangre, de heroísmo, de victorias, de traiciones y de 
un mrtirio sin peso y sin medida. 

El sol de mayo con sus rayos chispeantes de triunfo bañando el 
pabellón tricolor de la república, besando con su luz dorada, la frente 
de Zaragoza tostada por el fuego del combate; el sol de Mayo eclip- 
sado por ias nubes de la traición, de la derrota y del desaliento na- 
cional, debía hacer fecundar en todo corazón patriota un germen de 
inspiración y de entusiasmo que se tradujera por la obra mas ar- 

8146- 412 



6 PRÓLOGO 

diente de la imaginación, y pasara en ella á las generaciones futu- 
ras como la mas tierna de las tradiciones patrias. 

Usted, Juan, fué el primero que recibió la acción generadora de 
ese recuerdo. Y con su rica inventivo, y su pluma fácil ha produci- 
do la novela que pasará de mano en mano hasta las de los nietos de 
nuestros nietos, como el monumento de nuestras glorias nacionales 
adornado con las joyas mas ricas del talento y las flores mas perfu- 
madas del corazón. 

De suerte, amigo, que con la invitación de V. yo soy el único fa- 
vorecido, puesto que, escrito en el prólogo de su obra, con ella pasará 
á la posteridad un nombre tan oscuro como el mió, condenado á pe- 
recer en las sombras. 

Usted, por el contrario, ha alcanzado un título á la eterna grati- 
tud de México, porque al enriquecer su literatura con una, producción 
mas, consigna en ella uno de los episodios mas épicos de nuestra 
historia. 

Feliz usted, Juan, que supo ligar su nombre de una manera in- 
deleble á ese recuerdo de México que se llama El sol de mayo. 

México Diciembre 29 de 1868. 

Hilarión Frías y Soto. 



LIBRO PRIMERO 



LA CABEZA PEL BAUTISTA 



CAPITULO I. 
De cómo apareció en el cielo ei primer aviso de la intervención extrangera. 



El Palacio nacional de México, alcázar del conquistador Her- 
nando de Cortes y antigua estancia de los vireyes, es hoy la resi- 
dencia del presidente de la República y en uno de sus departamen- 
tos celebra sus sesiones el Congreso de la Union. 

El Palacio, desconocido por el genio de las artes, es un monu- 
mento histórico. 

A mediados del siglo XVI fué vendido por la familia de Cortes 
al gobierno de España, y reedificado" á fines del siglo XVII, 

Las variaciones que ha sufrido no han alterado su estructura, 
y aun permanece con las insignias heráldicas de la edad media. 

Sobre la cornisa hay una serie de almenas, que significaban en 
aquellos tiempos la casa fuerte en que habitaba un señor de vasa- 
llos y de horca y cuchillo. 

En medio se levanta la torre de reloj sobre la cual se enarbo- 
laba el pendón de Castilla y hoy la bandera de los tres colores con 
el águila mexicana. 

El Palacio ocupa todo el costado de la Plaza de Armas, en 
donde á principios del siglo se veia la estatua ecuestre de S. M. 
Carlos IV. 

Ei edificio mira al ocaso, y las vías principales de la ciudad des- 
embocan á su frente y costados. 

En el piso alto y principal se ven mochetas de cantería y ba- 
laustrados de hierro. 

En los entresuelos hay ventanas colocadas con poca simetría. 

El patio principal y las tres puertas de la fachada, son mag- 
níficas. 



JUAN A. MATEOS 



El jardín es raquítico y mal dispuesto. 

Al proclamarse la indípendencia pasó el edificio al poder de 
la nación y siguió su destino. 

En 1821 fué la residencia imperial de Agustín de Iturbide. 

II. 

El primer Congreso se instaló en el templo de San Pedro y 
San Pablo. 

En aquel lugar, desierto hoy al culto del cristianismo y de la 
política, se dio el primer Golpe de Estado cuyo epílogo terminó 
en Padilla el 19 de Mayo de 1824. 

¡Bajo Jas bóvedas del templo de los Santos Apóstoles resonó 
el acento terrible de Zavala y la voz conmovedora del padre Mier 
y de Quintana Roo! 

La Cámara de diputados se trasladó al Palacio nacional en el 
año de 1829. 

El salón es de un gusto arquitectónico esquisito: tiene la fU 
gura de un semicírculo, en cuyo centro se alza un solio sobre una 
elegante gradería. 

Bajo el dosel está colocada la acta original de la Indepen- 
dencia Mexicana. 

La mesa presidencial, que tiene en sus tallados la muerte de 
Sócrates, es obra de nuestro estatuario Miranda. 

Los asientos de los diputados están colocados en la curva del 
semicírculo teniendo delante una barandilla de caoba. 

En la parte alta hay dos galerías destinadas al público, soste- 
nidas por columnas de estuco acanaladas, y entre el espacio que 
miden» sobre lápidas de mármol negro, se hallan escritos con Je- 
tras de oro los nombres de los héroes. 

En lo alto de aquel salón y abrazando la circunferencia y el 
diámetro, hay una sucesión de ventanas con vidrios de colores que 
dan paso á una luz blanda y azulada que tiñe el blanco mate de 
las pilastras. 

Aquel saJon es un pensamiento nuevo, una idea lúcida en el 
cráneo viejo de aquel edificio, monumento de la edad de hierro. 

III. 

Contigua al palacio y en la línea norte del cuadrilátero de la 
Plaza, se levanta magnífica la Catedral de México, el primero y 
mas suntuoso de los templos de América. 

S. M. D. Felipe II mandó edificarla en 1552, pero su cédula no 
se obedeció sino hasta veintiún años después. 

Si el fundador de San Lorenzo del Escorial hubiera podido ver 
su obra grandiosa, hubiera quedado también satisfecha su piedad 
cristiana. 

El atrio de la basílica está cerrado por pilastras de cantería 
enlazadas por fuertes cadenas de hierro que se estienden á lo largo 
del cementerio. 



EL SOL DE MAYO . 9 



Frente á las pilastras hay asientos de cantería y una hilera de 
snos hermosísimos, que convidan con su sombra en los dias 
urosos del estío y en las tibias y perfumadas noches del verano. 

En la época en que comienza nuestra novela, no existían los 
¡ciosos jardines de la Plaza, ni esas fuentes de agua purísima 
entáñdose con elegancia en los juegos hidráulicos. 

La Plaza estaba escueta: solo en su centro se veía el zócalo de 

proyectado monumento, parecido según las tradiciones azte- 

á la piedra de los sacrificios. 

IV. 

Cerraba la noche del 15 de Julio de 1861 con una fuerte lluvia. 

Los paseantes del atrio se habían refugiado en los portales, 
ierando á que se calmase el aguacero para continuar en esa 
tulia que se establece en cada uno de los banquillos y en torno 
cada fresno. 

Entre- aquella multitud alojada en el portal de Mercaderes 
)ia un grupo de estudiantes apoderados de una alacena, sobre 
ro mostrador habían asentado sus reales. 

— Felipe Cuevas, — decia un pihuelo delgado y macilento, — 
¡ntanos alguna de tus historias mientras pasa esa maldita 
ida. 

— Aguardémonos, — respondió un estudiante moreno de ojos vi- 
ky de semblante serio; — la luna va á salir y yo solo á su luz me 
\do inspirado. 

—Es que en las noches oscuras nos has contado algunas cosas 

aces de aterrorizar á un difunto. 

— Es que Cuevas se amilana con el agua, — dijo otro estudiante. . 

— ¿Yo amilanarme? — respondió el apostrofado, — ustedes no sa- 
lo que se pesca; yo he sufrido naufragios espantosos en mi 
je á Nueva-York; el buque quedó encallado en la isla de las Tor- 
as, y ahí permanecimos ocho dias. 

— ¿Y qué tal sopa de tortuga tomaste? 

— Este Mondoñedo todo lo echa á la broma; precisamente lle- 
á los Estados-Unidos cuando Arrangoiz se tomaba la gota de 
la de los millones de la Mesilla, y vean ustedes, si yo he queri- 
ime soplo algo de ese dinerito. 

■ — Este Cuevas no es de principios fijos, puesto que no aprove- 

-una ocasión tan magnífica. 

— Es que no me lo ofrecieron seriamente. 

— Eso es otra cosa, — repuso Mondoñedo, que era el estudiante 
3 endiablado de la escuela de medicina. 

— ¿Y cómo fuiste á dar á la tierra anglo-sajona? 

— Estaba enamorado de una muchacha mas linda que los mi- 
es de la Mesilla, hermana de un infernal jesuíta, y para arran- 
cie de esa pasión me enviaron fuera de la República, porque 
i, donde ustedes me ven, he sido expatriado -por amores. 

— Cada dia me felicito de que Rosa no tenga mas parientes 
su padre y la estufa de la parroquia de San Miguel. 
. 



10 



JUAN A. MATEOS 



-Es que tu novia -dijo Cuevas -pertenece á las manos muer- 

tas. , ,. 

—Por esa razón la quiero desamortizar. - 

—¿Aguardas á recibirte de médico para practicar la desvín 

'^-Precisamente; cuando llegue á la altura de Jiménez ó dj 
Lucio, la pido en matrimonio al sacristán, a quien le haré el| 
honor de hacerlo mi suegro. g . 

-Amigo Mondoñedo, el mayordomo de Regina oye mucha* 
misas en San Miguel, y es de temerse que no quiera sacar otra 
alma del purgatorio, sino á tu novia. 

-Mientras' que tú te la pasas destrozando muertos en el an 
flteatro, pueden soplarte á la dama. Qin+AY , QÍ o 

^-Ese mayordomo corre riesgo de que le haga yo la autopsia 
como siga oyendo misas en mi parroquia. 

—El agua ha terminado y tendremos una luna hermosísima: 
marchemos al cementerio á tomar el aire, este portal es abomi 

El grupo de estudiantes se dirigió al atrio tomando por asal> 
to las gradas de la cruz que está en el ángulo del cementerio. 

V. 

Los balcones del Palacio, que se alcanzan á ver desde la pía 
za estaban cerrados, excepto los del departamento de la Guerra 
de donde se desprendia una luz opaca y se veian algunas sombra 
que cruzaban por el gabinete del ministro. _ . ^¡i 

A pesar del silencio que se notaba en el palacio, multitud a 
carruajes se detenian á su puerta, y se notaba una afluencia d 
personas extraña á tales horas en ese recinto. 

—¡Qué demonio!— decia Mondoñedo,— algo pasa en las regic 
nes oficiales; la gente de política acude al nido de los enredo^ 
tenemos novedad. _ 

—No lo creo— dijo Cuevas,— la República esta tranquila, e* 
cepto esa chusma de ladrones acaudillada por Cinco de Oros, ne 
da inquieta al gobierno de Juárez. 

— J Quién es Cinco de Oros ?— preguntó un estudiante. 

—Es un general que de tahúr pasó á presidente de la reaí 

° n l_Ya caigo, el que traicionó á Santa-Anna y á Comoiifort. 

—El mismo; pertenece á la camarilla de los del Golpe d 
Estado. 

—No hablemos mas. 

—Insisto— gritó Mondoñedo— en que andan revueltas ese, 
gentes Yo \oy á tomar lengua; tengo amistad con los porteros, 
he de averiguar este negocio hasta dejarlo como un cabello. 

—Compañero Cuevas, si quieren ustedes quédense á pastore 
á las chicas, mientras nosotros vamos á adquirir noticias. 

Levantáronse los dos estudiantes, atravesaron el tramo de j 
plaza, y penetraron al interior del palacio. 



EL SOL DE MAYO 11 



— Todos estos señores se dirigen á la Cámara, deben ser di- 
utados; nos mezclaremos entre ellos para tener libre la entrada 
1 salón. 

Mondoñedo tenia amistad con el portero, como se lo habia 
nunciado á sus colegas. 

—¿Qué hace por aquí la estudiantina?— dijo el portero. 

— Nada, amigo, nos trae la curiosidad. 

— Pues yo no puedo satisfacerla,— dijo el portero,— la cosa es 
(íuy delicada. 

— Está bien; no pretendemos arrancar el secreto. 

— Es que no lo diré ni por todo el oro del mundo. 

■ — Nosotros no insistiremos. 

— Ademas, que si Jlega á saberse antes de... ¡no! ¡imposible! 
¡9 les ruego á ustedes que no me obliguen. 

— No lo pretendemos, — decia Mondoñedo conociendo que al 
ortero se le salia el alma por contar el misterio de la sesión. 

— A ustedes, que son mis amigos, puedo resolverme á hablar- 
es con franqueza, pero á otro ni por las minas del Potosí. 

— No oiremos á usted, esto seria un abuso, — insistía el estu- 
diante dándole un bromazo al hablador del portero. 

— Vengan ustedes por aquí, vengan, es una imprudencia tratar 
¡stas cuestiones delante de gentes. 

— Vamos, — dijeron los estudiantes, y se internaron con el por- 
ero en la curva del pasillo. 

— Señor Mondoñedo, — dijo misteriosamente el portero, — hay un 
isunto esta noche que según he oido decir á los diputados, puede 
raer una guerra, extrangera. 

— ¡Cascaras! — dijo Mondoñedo sacudiendo los dedos. 

— Se trata de suspender los pagos de las convenciones. 

— Malo, malo, estos demonios de ingleses van á poner el grito 
¡n el cielo y son capaces de traer escuadras y sacarnos el dinero 
a. cañonazos. 

— Yo, — dijo Cuevas con una imperturbable sangre fria, — he 
|cisto á los chinos fumar el opio en son de guerra, obligados por 
a Gran Bretaña. 

— Esto lo, sabrás de oídas, amigo mió, porque dificulto que 
layas estado en el Celeste Imperio. 

— Estuve unas cuantas horas, fué por invitación de un capitán 
ie buque, y me regresé en el acto. 

— Vamos al caso, — prosiguió el portero dejando á un lado el 
yiaje á China del señor Cuevas; — si se vota, esta noche la ley so- 
mos gente perdida. 

— ¿Y no podremos colarnos á la galería? 

— Eso sí que no; equivaldría á vender la soberanía nacional ó 
burlar la fé depositada en mi persona. 

— Le ofrecemos á usted escondernos en el fondo de un palco y 
Üi chistar, ni respirar. 

— Pídanme ustedes lo que quieran, menos eso. 

— Yo quiero oir para contarle á usted cuanto pase, porque 
usted no puede entrar en el salón. 



Í2 JUAN A. MATEOS 



— Eso es otra cosa; entren ustedes con mucho cuidado y es- 
cóndanse lo mejor que puedan, porque donde sean descubiertos 
van á la cárcel y yo pierdo el destino. 

Mondoñedo y Cuevas subieron recatadamente por la escalera 
que conduce á la galería alta; se colocaron en el fondo de un palco 
y esperaron á que comenzase la sesión. 

— Yo he asistido, — decia Cuevas en voz baja á su compañero, — 
á las sesiones del congreso de Washington: aquellos hombres son 
atroces, varias veces acabó la discusión á puñetazos. 

— Ese es buen modo de resolver las cuestiones. 

— En Paris todo se vuelve dicterios y gritos, interrupciones y 
campanillazos. 

— ¿Y también has estado en Paris? 

— No llegué á la ciudad imperial, estuve en Liverpool. 

— Me parece que puedes escribir las memorias del Viagero 
universal. 

— Es cierto. 

— ¿Y desde Liverpool asististe á las sesiones? 

—No, pero da lo mismo; un amigo mió las presenció todas: 
figúrate que es francés. 

— ¡Ah! ¡sí! siendo francés, se da por sentado que debe haber 
asistido al parlamento. 

— Esto es lógico. 

— ¿Y cuándo es el jurado de Payno? 

— El dia veinte. 

— Nos vamos á divertir mucho, es en sesión pública. 

— Me parece que lo absuelven. 

— Seria injusticia no hacerlo, cuando todos los héroes de ese 
mamotreto ya están libres de culpa y pena. 

—Este Payno tiene el Fistol del Diablo, siempre sale bien de 
todas sus empresas. 

—¡Demonio! ya pasan lista, creo que hay número suficiente 
para comenzar la sesión. 

— Aquel señor de la barba entrecana es el ministro. 

— Somos perdidos, — dijo Mondoñedo en voz muy baja á su 
compañero,— oigo pasos en la galería; esta noche dormimos en la 
Diputación. 

Efectivamente, dos embozados se detuvieron á la puerta del 
palco. 

Mondoñedo entreabrió la puerta con suma precaución y se 
puso á escuchar. 

VI. 

Los embozados seguían acalorados una conversación comen- 
zada. 

— El ministro, — decia uno de ellos,— espera de usted que haya 
visto á su amigo para que sostenga la discusión; va en ello todo el 
interés de Ja empresa. 

— Han conocido toda la gravedad de este negocio, y hay em- 
peño en evitar un rompimiento con las naciones extrangeras. 



EL SOL DE MAYO 13 

— En eso consiste el golpe de audacia que se necesita; los mi- 
llones de Jecker deben hacernos muy ricos. 

— Yo haré cuanto esté de mi parte; hablaré del derecho en que 
se encuentra toda nación de suspender sus pagos, y orillaremos 
el conflicto. 

— La fortuna es que el negocio halaga el orgullo nacional sin 
presentir el abismo en que va á caer. 

— Sé que ha habido una conferencia con el ministro de Rela- 
ciones. 

— Es cierto; se le ha hecho creer que las naciones extrangeras 
pasarán por la suspensión. 

— ¿Y nada consta por escrito? 

— Eso fuera una imprudencia. 

— Yo cumpliré con mi compromiso. 

— No nos hemos aventurado á ver á ningún otro diputado por 
temor de ser descubiertos; ademas, que ninguna de las personas 
que se sientan en los escaños de este Congreso se prestaría á la 
combinación, creerían ver un atentado de lesa nacionalidad. 

— La idea está lanzada, veremos como se dispone el campo; el 
ministro no halla otro modo de arreglar la hacienda que la sus- 
pensión, y ni hay otro en el terreno de lo posible. 

— Vamos en pos del pretesto, y la oportunidad no puede ser 
mas favorable. 

— Diga usted á esos señores que concluida la sesión estaré 
con ellos. 

— Está bien. 

— Nos veremos. 

Los dos embozados se alejaron tomando la puerta de salida. 

Mondoñedo abrió la puerta del palco y se fué de puntillas tras 
ellos. 

Bajaron la escalera, y á la luz de la lámpara que estaba en 
la mesa del portero, reconoció á los dos individuos que pactaban 
impíamente la ruina de la nación. 

VII, 

— ¡Bribones! ya los conozco, — dijo el estudiante volviendo al 
sitio donde lo esperaba con ansia su compañero. 

— ¿Qué pasa? 

— Nada, nada. 

— Te veo amostazado. 

— I Estoy que me llevan los diablos ! pero no hay enemigo pe- 
queño, ya les tocará su turno. 

La sesión habia comenzado. 

La Cámara estaba alumbrada por luz de esperma, y el salón 
parecia envuelto en tinieblas. 

El ministro de Relaciones concurría á la citación hecha por 
la Asamblea. 

El secretario subió á la tribuna y leyó el fatal artículo de la 
ley que debia enturbiar el sereno cielo de la política. 



JUAN A. MATEOS 



14 

«Art 1 ° Desde la fecha de esta ley el gobierno de la UnioiJ 
percibirá todo el producto líquido de las rentas federales dedu-j 
ciéndose tan solo los gastos de administración do las oficinas rej 
cuidadoras, y quedando suspensos por el término de dos anos 
todos los pagos, inclusos los de las asignaciones destinadas para 
la deuda contraída en Londres y para las convenciones extran-J 

^^Interpelaron algunos diputados al ministro para que dijeraj 
si la suspensión no traería un conflicto internacional. | 

El ministro, con esa facilidad admirable que tiene para la tri-, 
buna, manifestó que el único medio de salvar la crisis era el pro-j 
puesto en la ley que estaba á discusión; que había tenido algunas 
conferencias con los ministros extrangeros y recibido seguridades 
de que los gobiernos europeos no llevarían á mal la medida pro-1 
nuesta por el gabinete. . 

El diputado á quien habían aludido en la conversación los 
desconocidos, tomó la palabra, y con ardor patriótico sostuvo con 
arranques verdaderamente oratorios, lo alta que se pondría la 
nación con un golpe de Estado á las naciones europeas en el aplaj 
zamiento de la deuda. 1 

Mondoñedo sentía retortijones de tripas al escuchar al mó- 
cente cómplice de Saligny, y juraba por todos los santos que i<J 
había de descubrir en la primera oportunidad. 

Bajo la fé de la palabra del ministro y no sin mostrar recelo, 
se aprobó la memorable ley que vio la luz pública el 16 de Jul 

lio de 1861. , . J 

En uno de los escaños de la Cámara y con una tenaz atención 

á las menores palabras de los oradores, estaba un hombre de fisol 

nomía adusta, frente despejada, rostro lleno, labios delgados ca-j 

bello negro, el cutis moreno y sus pupilas veladas por los cnstalesj 

de los anteojos que llevaba con varillas de oro. 

Parecía un busto, según su inmovilidad. 

Aquel hombre era el general Zaragoza. 

VIII. 

—Han hecho un pan como unas hostias— decía Mondoñedo á 
su colega;— no saben que han caido en un lazo infernal; este sui- 
zo de Jecker es el móvil; sus millones son la manzana de la día, 
cordia: este señor Saligny, con todo y su coñac, es mas picarí 
que Garatuza. " 

Los estudiantes llegaron al atrio de la Catedral, donde los eá 
peraban impacientes sus compañeros. 

—Nada entre dos platos, amigos mios; chismes de Congreso j 

nada mas. ,J 

Mondoñedo permanecía cabizbajo, pensando en todo aquén» 
que habia visto y oido; le parecía sueño aquella horrible cábald 
y no comprendía, sin embargo, toda la espantosa verdad de aque 
desastre que amenazaba de muerte la nacionalidad mexicana. ¡ 
Un murmullo que se levantó instantáneamente en todos lo 
ángulos de la plaza lo sacó de su prolongada abstracción. 



EL SOL DE MAYO xu 



"preguntó qué pasaba, y por respuesta le señalaron el espacio. 

¡Era un espectáculo magnífico! 

El aire de la noche habia arrollado las nubes tempestuosas 
dejando ver un cielo azul tachonado de estrellas pálidas con el 
fulgor deslumbrante de la luna en su cuarto para la llena. 

En el fondo de aquel cielo purísimo se destacaba como el 
soberano de aquellas regiones un cometa gigante sacudiendo su 
cabellera de plata y abarcando la mitad del horizonte con su cauda 

^Caminaba sereno en aquel océano de luceros asombrando á la 
tierra con su magestad. 

Aquel viajero misterioso anunciaba, según las tradiciones po- 
pulares, una época de infortunios y de vicisitudes. 

No podia ser mas casual la coincidencia. 

— ¡Demonio!— dijo Mondoñedo — puede tocarnos un colazo. 



CAPITULO II. 

En donde se dá cuenta de quien era Mondonego y dejos hábitos y costumbres 
de este histórico personage. 



El dia primero de Enero del año del Señor 1838, se pre- 
sentó á las oraciones de la noche en la parroquia de San José 
un español natural de Galicia á pedir las aguas bautismales para 
un niño recien nacido. 

Púsose á la mesa el señor notario; abrió un gran libro gra- 
siento y lleno de borrones; calóse los anteojos y le dijo al gallego: 

—¿Cómo se llama el párvulo? 

—¿Qué cosa es párvulo?— preguntó el gallego. 
' —Este hombre es muy bruto, —mormuró el notario,— párvulo, 
—añadió en voz alta,— es una criatura. 

— ¡Ah!— dijo el español,— pues el párvulo no se llama de nin- 
guna manera. 

—Bien, pero diga usted cómo se ha de llamar. 

—Como le dé la gana al cura. 

— ¿ Qué dia nació ? 

— No sé. 

—¿Pues qué no es usted el padrino? 

— ¡ Sí, pero no soy su madre ! 

—Lo dicho,— pensaba el notario,— es un bruto este hombre. 

—¿No tiene usted algún santo de su devoción? 

—Sí, Santa Clotilde. 

—Pues no puede llamarse Clotüdo. 

— Qué mas dá. 

—¿Le parece á usted que le pongamos el santo del dia? 

—Me parece. ■» 



16 JUAN A. MATEOS 



— Diga usted cómo se llaman sus padres. 

— ¿Qué diablos, sé yo como se llaman? no me acuerdo ni del 
los mios y quiere el buen hombre que sepa el de personas que 
conozco. 

— ¿Cómo está eso?— preguntó el notario quitándose las g&íi 

— La cosa es clara, hace una hora que introdujeron á eí 
chico en mi casa puesto en un canasto y enviándomelo de rega 
me avisaban en un papel que no estaba bautizado, yo no pod 
decirle que se marchara y no hay mas que bautizarle. 

— Traigan á ese niño, — dijo el notario. 

La mujer que le servia de ama de cria lo presentó. 

— Trae camisa y pañales de cambray, este inocente debe s 
de padres de alto kirio, deben haberle á usted acompañado algui 
cantidad de dinero. 

El gallego se rascó una oreja y dijo: 

— Pongan pronto el escrito y échenle el agua. 

— ¿Y cuánto ofrece usted á la Santa Madre Iglesia? — dijo 
remoniosamente el notario. 

— Cuatro duros. 

— Bien, estenderé el acta de bautismo y le pondremos al 
ño Manuel, ¿y de apellido? 

— Le prestaré el mió mientras aparece el suyo : apunte ustí 
Mondoñedo, natural de Galicia, hijo de padres gallegos. 

— Basta, basta. 

Al cuarto de hora el infeliz expósito recibia las aguas d 
Jordán dando unos gritos capaces de azorar la feligresía. 

El gallego tornó á su casa con el hijo adoptivo. 

II. 

Manuel Mondoñedo, alimentado por un regimiento de amí 
de leche, llegó á los tres años, y como era natural, á los seis añc 
mas que trascurrieron contaba nueve de edad. 

El padre adoptivo dedicó á su hijo á la carrera de artista; i 
efecto lo entregó como aprendiz en una zapatería. 

Como el desgraciado hijo de Luis XVI, tenia un maestro bn 
tal, que lo vapulaba cuantas veces Manuel equivocaba una medid 
ó no majaba bien una suela. 

Aburrido de ser artista y no encontrando apoyo en la autor 
dad paterna, abandonó al gallego y desapareció sin que nadie 1 
echase de menos. 

Mondoñedo desesperado contra Galicia se refugió en la Mor 
taña, buscó á un tal don Justo Rodríguez natural de Argoños 
comerciante en México, pidióle protección y la encontró franca 
leal. 

Siguió la carrera de las letras, y ya había comenzado á esttj 
diar medicina cuando Rodríguez su protector quebró y tuvo qu 
marcharse para su tierra. 

Manuel quedó entonces abandonado y en la miseria. 

Entonces comenzó á vivir sobre el país sin abandonar sus si 
tudios. 



EL SOL DE MAYO 17 



Comerciaba en libros, les despachaba sus negocios á los alum- 
nos internos, y acabó por contratarse con el cocinero del colegio 
cambiando comida por instrucción á los hijos de éste. 

Manuel les enseñaba á leer y escribir, vivia con unos com- 
pañeros en una vivienda de casa de vecindad que habia pertenecido 
al clero, y Mondoñedo tocaba la guitarra y armaba tertulias en 
la vecindad. 

Habia juegos de prendas y charadas, y hablar mal del próji- 
mo que era una gloria. 

En la época en que lo encontramos, se ocupaba en preparar los 
cadáveres para la cátedra de anatomía. 

Llegaba al anfiteatro antes que sus compañeros, se quitaba 
la levita, se arremangaba la camisa y comenzaba á platicar con el 
muerto mientras lo colocaba en la plataforma. 

Si el cadáver era de mujer, Mondoñedo le ponia un papel (si 
acaso era una horrible vieja) con un gran letrero: :Soy la novia 
del maestro Miguel Jiménez» ú otra chuscada por el estilo. 

Llegaba el maestro, veia el anónimo y lanzaba una mirada 
oblicua al estudiante. 

Mondoñedo tenia aburrida, fastidiada á la vecindad con sus 
bromas. 

No habia noche que no llevara una calavera, un pedazo de 
costilla, un fragmento de tripa en una botellita con aguardiente, 
ú otra curiosidad de esas que revolvían la bilis á los vecinos. 

Comenzó por hacerse odioso y acabó por simpatizar; porque 
el buen estudiante curaba gratis á los de la casa : cierto es que el 
vecino del número 8 habia muerto en sus manos; pero eso nada 
tenia de particular, el pobre hombre se untó las cucharadas y se 
bebió la friega. 

Hipócrates no habla de ese caso en sus aforismos. 

El vecino del número 3 perdió la pierna; pero eso fué porque 
Mondoñedo sé la cortó por si le entraba la gangrena. 

Es verdad también que la señora del número 1 se murió de 
apoplegía; Manuel no tuva la culpa, sino la mujer que se dejó dar 
un baño de vapor en aquellos momentos en que le subia la sangre. 

El casero llegó un dia á cobrar la renta, el pobre hombre tenia 
un dolor de muelas espantoso 

El estudiante le sentó en una silla y en dos por tres le sacó 
precisamente la muela que no le dolia, insistió en la operación, el 
casero bufaba como un tigre hasta que el estudiante le estrajo á 
pedazos la muela cariada con un buen trozo de quijada. 

Esta operación por ser muy difícil subió al precio de la renta, 
y por ese mes quedó libre de la paga. 

El casero se fué muy adolorido y agraviado, y Mondoñedo se 
quedó rogando á todos los santos del cielo que al siguiente dia pri- 
mero, volviese el dolor á las muelas del propietario. 

El aprendiz de médico tomó la costumbre de llevarse á su cuar- 
to la vela del farol de la escalera para estudiar. 

Los novios de las vecinas estaban sumamente agradecidos por 
este servicio. 

2 — EL SOL DE MAYO. 



18 JUAN A. MATEOS 



Mondoñedo no habia enamorado á ninguna de las muchachas 
de la vecindad, porque decía que era muy malo tener al enemigo 
en casa. 

El estudiante, sin embargo, estaba profundamente apasionado. 

En sus escursiones habia dado con una joven hermosísima 
asistente á la misa conventual de Regina. 

Mondoñedo sintió por primera vez verse tan pobre y en un 
estado de ropa lamentable. 

Los compañeros de cuarto contemplaron con asombro que el 
colega acepillaba su levita raida, daba betún á los zapatos y recor- 
taba los cuellos de la camisa. 

Felipe Cuevas contó con ese motivo varias historias aducentes 
al hecho, poniendo testigos como él decia, á personas vivas, cierto 
que todas estaban radicadas en Nueva-York. 

La muchacha vivía en un costado de la iglesia como el ángel 
custodio del templo. 

Rosa, que así se llamaba la joven, tenia un rostro pálido é 
interesante, unos ojos negros resplandecientes, velados por unas 
pestañas caídas' bajo los arcos bien delineados de las cejas; una 
boca con una eterna y apacible sonrisa dejando ver un hilera de 
perlas de un oriente admirable, un pequeño bozo como una leve 
sombra se estendia sobre el labio nacarado, su frente era ovalada, 
y 'su cabello finísimo daba un fondo á aquel busto donde aparecían 
las líneas mas correctas de la escultura griega. 

Como el tallo del almendro era aquel cuerpo soberano, mo- 
viéndose con una elegancia esquisita; aquel conjunto descansaba 
sobre unos pies pequeños como los de la Venus de la Concha. 

El acento de aquella mujer tenia un timbre particular de al- 
tivez dominadora. 

Tal era la novia, es decir, la pretendida de Mondoñedo el es- 
tudiante. 

El desgraciado neófito se ocultaba tras un confes onario á ver 
de hito en hito aquella imagen, á contemplar tanta hermosura, á 
admirar tanta belleza. 

Así pasaba una hora todos los días en aquel éxtasis amoroso, 
en aquel sueño de los cielos. 

A fuerza de ver á aquella mujer, de bebería con el aliento, 
de absorberla con las miradas, acabó de apasionarse como un 
loco. 

El estudiante no osaba preguntar nada acerca de ella, temia 
que le dijesen algo que le desgarrara el corazón. 

Vivia así mas tranquilo con el misterio de su amor desgra- 
ciado. 

Un dia al salir de la iglesia, la joven se encontró con una 
amiga que le dio un beso en la megilla. 

El estudiante sintió el dardo de los celos. 

— Adiós, Rosa, — dijo al despedirse. 

Mondoñedo no pronunciaba otro nombre que el de Rosa. 

— No podía llamarse de otra manera, — pensaba el estudiante. 

Desde aquel dia en los libros de la clínica, en los de la bota- 



EL SOL DE MAYO 19 



nica, en las paredes del colegio, en las puertas de los zaguanes, en 
el portal de las escaleras, en todas partes donde se detenia un ins- 
tante, ponía el nombre de Rosa; y es que aquellas cuatro letras las 
tenia grabadas en el corazón. 

El estudiante se permitió detenerse frente al balcón de su 
adorada tres horas. 

Rosa ni se apercibió de su presencia. 

Otra ocasión la joven arrojó un ramo marchito por sus bal- 
cones, y el estudiante lo recojió en el acto, y guardaba las flores 
con mas cuidado que las culebras que tenia en frasquitos con a- 
guardiente. 

Llevaba ya mucho tiempo de abstinencia, cuando se le an- 
tojó comenzar sus indagaciones sobre la joven. 

Encontró por única y sola explicación, que era huérfana ó 
pasaba por tai, y estaba á cargo del sacristán de Regina, quien la 
tenía con tales consideraciones como de un servidor á su señora. 

El estudiante se embrollaba en cálculos y se sentía alejar mas 
y mas del objeto de su cariño. 

Si Mondoñedo hubiera estado haciendo la ronda á los balcones 
de su amada, en vez de estar haciendo calendarios sobre el origen 
de aquella aparición, hubiera visto que en punto de las doce de la 
noche, se abria el balcón y un embozado se deslizaba bajo la cor- 
nisa, y entablaba una plática apasionada de amores con la joven. 

Hubiera visto que se cambiaban algunas flores y obsequios, y 
después agitando un pañuelo se alejaba el embozado y el balcón 
se cerraba hasta la noche siguiente. 

Rosa estaba pálida como las flores del crepúsculo, invadida de 
un amor intenso, y esto hacia aparecer mas interesante aquel ros- 
tro encantador que tenia loco á Mondoñedo. 

El estudiante se resolvió á escribir una esquela, se aventuró 
á dejársela á su adorada junto á la banca donde oia misa. 

Mondoñedo se apostó en una de las columnas de la iglesia y 
esperó á que llegase el momento crítico en que aquella mano deli- 
cada tomase el papel. 

Desgraciadamente una vieja tomó el lugar y ie echó garra al 
billetito. 

Mondoñedo se tiró de los cabellos y tornó á escribir buscando 
mejor fortuna. 

Esta vez, Rosa, llevada por la curiosidad abrió la carta, la leyó, 
se sonrió y la guardó en su horario. 

Mondoñedo se hincó á darle gracias á Dios, se dio golpes de 
pecho y creyó firmemente que el cielo le protejia viéndole con ojos 
de piedad. 

Rosa, con esa perspicacia con que Dios ha dotado el genio de la 
mujer, paseó una mirada por el templo y la detuvo en la figura 
exótica del estudiante. 

Aquella mirada penetró hasta el fondo del alma de Mondo- 
ñedo. 

A la mañana siguiente la joven dejó deslizar un papel de su 
libro de misa. 



26 JUAN A. MATEOS 



El colegial se lanzó como una raposa y tomó el billete, que 
estaba concebido en estos términos: — ((Mañana á las diez lo espe- 
ro á usted en casa.» 

Mondoñedo se fué en pos de un amigo en solicitud de un traje, 
toda la noche se estuvo acicalando, estudiando las palabras, las 
caravanas, los modales mas elegantes, las frases mas pomposas é 
inventando discursos floridos y declaraciones cómico-trágicas. 

Se rasuró á las dos de la mañana, se puso hecho un dandy, y 
esperó desde esa hora á que diesen las diez, hora feliz en que debia 
presentarse en la casa de su amada. 

— Me ama, ha comprendido mi pasión, ha leido en mis ojos 
todo el fuego latente que hay dentro de mí; soy un bruto, yo de- 
bia haberme declarado, ¡ qué hermosa es! ¡ es el ídolo de mi alma! 
¡ Rosa! ¡ Rosa! 

A fuerza de pensar en la joven, el estudiante fué vencido por 
el sueño, su cabeza se inclinó y con la barba estrujó los cuellos 
almidonados de la camisa, descargó el brazo sobre la mesa que 
tenia un cabo de sebo, que se imprimió en el frac ajeno, y á las 
seis de la mañana se despertó sobresaltado creyendo oir las diez 
en todos los relojes de la ciudad. 



CAPITULO III. 

De cómo es una verdad de á folio el refrán antiguo de que la soga se revienta 

por lo mas delgado. 



El 21 de Julio de 1861 la Cámara de representantes se erigia 
en Gran Jurado para determinar sobre la causa formada contra 
Payno, ministro del presidente Comonfort. 

El héroe de Ayutla á quien el voto de la nación habia eleva- 
do á la suprema magistratura, paró el movimiento progresivo de 
la revolución reformista y su torrente lo arrastró como una hoja 
en el ímpetu del océano. 

El ministro Payno, con esa capacidad que ha hecho de su ce- 
rebro un faro de luz perenne, cedió á la condición humana y 
aceptó el mas funesto de los errores; quiso como Josué detener la 
marcha del sol y se encontró perdido en las tinieblas de una densa 
noche. 

Estar en el esplendor de la grandeza, contar con la voluntad 
de un pueblo, con un ejército leal y con el espíritu del siglo pa- 
ra llevar adelante las ideas iniciadas por la revolución, ese pen- 
samiento que ha atravesado medio siglo de sangre y de vicisi- 
tudes para entronizarse, y quererlo ahogar la misma mano á quien 
se habia confiado, era una demencia del espíritu humano. 

Comonfort y los que le acompañaban abdicaron de esa fuer- 
za de voluntad salvadora de la revolución, y dieron el Golpe de 



EL SOL DE MAYO 21 



Estado que se registra en la página sombría del 17 de Diciembre 
de 1857. 

II. 

Tres años de luto y de sangre responden á ese acto injusti- 
ficable. 

La reacción conservadora caia otra vez á ios pies de la re- 
forma, y los hombres de 1857 comparecían ante el jurado nacional á 
responder los cargos formulados por los hombres de la revolución. 

Comonfort, que habia permanecido en el extrangero, llegaba 
á las fronteras en aquellos mismos momentos en que se juzga- 
ba á su ministro de Estado y venia á pedir una tumba á su patria; 
estaba en su derecho. 

Dos de los acusados habian sido absueltos y Payno debia con- 
tar con este antecedente para su porvenir en la Cámara; porque 
todos los fautores del golpe de Estado estaban en un mismo grado 
de culpabilidad. 

III. 

El lector conoce ya la Cámara de diputados. 

Desde las diez de la mañana la gente se habia agolpado á las 
galerías, porque el negocio metia bulla en las regiones populares. 

La misma hilaridad que domina en los teatros antes de comen- 
zar el espectáculo, discurría en el público asistente al gran jurado. 

Mondoñedo, con su inseparable amigo Felipe Cuevas y otros 
estudiantes, se habia apoderado de un palco donde estaba un mi- 
litar inválido; último resto de los veteranos de 1810. 

Los estudiantes la tomaron con el viejo, que era nervioso y 
exaltado como un demonio. 

Llamábase el veterano don Fernando Torre-Mellada, y era co- 
ronel jubilado. 

Felipe Cuevas, que era amigo de contar historias, recordaba 
á propósito del Jurado de Payno, el golpe de Estado de Iturbide, 
y estaba ya á punto de decir que habia sido testigo presencial, á 
pesar de no tener mas que veintiocho años, cuando Torre-Mellada 
pegó un muletazo contra la barandilla. 

— ¡ Cuerno de Lucifer ! — gritó con voz aguardentusa, — no hay 
que tocarme al emperador, porque echo uno á uno de estos estu- 
diantes al salón de los diputados. 

— No se exalte usted, caballero, — dijo Cuevas creyendo á puño 
cerrado las amenazas del soldadon,- se trata de un punto histó- 
rico. 

— ¡Pues para historias estamos! — repuso el inválido,— digan 
cuanto les diere la gana, menos que Iturbide hizo mal en echar á 
ese Congreso de habladores como Roca-Fuerte y Fagoaga; lo digo 
y lo sostengo donde quieran, aquellos diputadillos no valian un 
comino donde estaba la espada cortante del emperador. 

— No me parece muy exacto lo que usted dice, señor coronel, — 
dijo Mondoñedo. — S. M. tenia un hijo punto menos que fenómeno. 



22 JUAN A. MATEOS 



— ¡ Qué salida! 

— Déjeme usted concluir. 

— Siga usted. 

— Como los golpes de Estado son una especie de fenómenos, 
ahí tiene usted la razón por qué Iturbide dio á luz al segundo 
monstruo. 

— ¿Si se querrá usted burlar? sepa usted, amiguito, que no to- 
lero bromitas y le abro la fé del bautismo con la muleta. 

— Orden, señores, — dijo Felipe Cuevas, — no demos un escán- 
dalo. 

— Que mas escándalo, — gritaba el veterano, — que juzgar al señor 
Payno; cuando era ministro de hacienda los pensionistas está- 
bamos pagados, y ahora con ese señor poeta que han embaulado 
al ministerio, estamos á ración de hambre. 

— ¿Por qué no dijo usted eso antes? — dijo muy serio Mondo- 
ñedo; — vamos, estreche usted estos cinco. 

— Bien, hagamos las paces, pero al que hable una palabra lo 
estrangulo. 

— Puede ser que este viejo tenga alguna hija bonita, es nece- 
sario respetarlo, — dijo por lo bajo uno de los estudiantes. 

— Pues señor Torre-Mellada, en la calle de la Merced número 24 
tiene usted su casa. 

— Me alegro,— contestó el veterano, — en la mia nadie pone íos 
pies, yo tengo niñas á quienes cuidar. 

— Lo dicho, tiene niñas, — murmuró Felipe. 

— Luego que salga nos pondremos en acecho, el viejo tien« 
buena cara, puede que las chicas sean regularcillas. 

IV. 

En otro de los palcos habia dos viudas, pensionistas del erario. 

— Niña,— decia una de ellas, — el señor Payno es muy joven. 

— Sí, es muy niño para dar esos golpes tan fuertes. 

— Yo, — insistía la primera, — quiero que lo absuelvan, porque 
hace unos versos muy bonitos. 

— Sobre todo, su Fistol del Diablo. 

— Yo no quiero que castiguen á los literatos, nos quedamos sin 
distracción. 

— ¿Y qué tenemos de nuevo? 

— ¡ Nada! ese maldito gallego me da una vida infernal, no me 
he causado por no perder la pensión. 

— Ese señor Mondoñedo me parece un infernal dragón. 

— Hace muchos años que se le ha extraviado un hijo y todos 
los dias lo recuerda con desesperación, ha dado en tomar coñac, 
y cuando se ataranta, ha llegado hasta ponerme encima la mano. 
Y la tiene muy fuerte. 

— Pues ha tenido usted desgracia, porque su primer marido 
observaba la misma conducta. 

— El gallego tiene mucho dinero, recibe mensualmente de Es- 
paña una cantidad. 



EL SOL DE MAYO 23 



— ¿Y no sabe usted quién se la envía? 

— Es un secreto que no ha querido revelarme, quema las cartas 
en acabando de leerlas, y no he podido husmear nada. 

— Pues yo paso una vida muy tranquila: de mi casa á la te- 
sorería el dia de quincena hago fiestas reales, doy un convite y bai- 
lamos, tengo visitas muy particulares; entre ellas un joven ele- 
gante, fino, caballeroso, que se llama don Fernando Moneada, es 
uno de los hijos del conde del Jaral. 

— Será muy rico. 

— Riquísimo y disipado como él solo. 

— ¿Y cómo hizo usted las amistades? 

— Vivo enfrente de la casa de una joven novia de don Fer- 
nando, pasaba todos los dias, me saludaba, una vez se puso á 
platicarme, le ofrecí la casa, y desde entonces somos buenos 
amigos. 

— -¿Todavía vive usted en Regina? 

— Sí, allí estoy para servir á usted. 

— Mil gracias. 



En uno de los palcos adyacentes al de las pensionistas habia 
tres jóvenes elegantes de esa sociedad calavera y disipada de 
México. 

— Se ocupaban en hablar de todos los diputados y de las perso- 
nas conocidas de las galerías. 

. — Allí está Mondoñedo en gran conversación,- — decia uno de 
los jóvenes. 

— ¿Y no te ha contado la aventura á que asistió con el frac 
que le prestaste? 

— Ha guardado una reserva profunda. 

— Algo guarda ese diablillo. 

— ¡ Demonio! y el viejo Torre-Mellada está en el mismo palco. 

— No es malo que se divierta el veterano, ya que va á llevar un 
susto de primer orden. 

— Siempre esta noche, seguramente, todo lo tenemos dispuesto, 
el plan no puede ser mas bien combinado. 

— La chica merece la pena, Fernando es un hombre irresistible. 

— Como que acompaña á su figura la piedra filosofal. 

— Tiene mucho dinero. 

— Lo podemos decir nosotros que somos sus inseparables. 

— Es necesario reservar algo para la seca. 

— ¡ Hola! doña Juliana y su amiga la comandanta. 

— Son abonadas á la galería. 

— Parece que Fernando proteje mucho. á la doña Juliana. 

— Como que en su casa ha dispuesto las baterías para tomar 
la casa del sacristán de Regina. 

— ¡ Qué muchacha tan linda ! 

— ¿Quién, el sacristán? 

— No, hombre, su hija. 



M ÍUAN A. MATEOS 



—Ya. 

— Parece que está completo el número de los diputados, va 
á comenzar el gran jurado. 

— Me parece que Payno va á salir mal. 

— Ese hombre siempre está bien. 

— Mientras que Comonfort llega á la frontera, como dicen los 
periódicos, sin meter ruido con los acicates, su infeliz ministro 
carga con la responsabilidad del. golpe de Estado. 

— ¿Y los otros comprometidos? 

— Todos han tomado las aguas del bautismo revolucionario. 

— No está mal pensado. 

— Comienza, el relato de la causa, oigamos. 

VI. 

El Congreso se erigió en gran jurado y los secretarios dieron 
lectura á la acusación y descargos del reo. 

Terminados los documentos, entre los que figuraban una carta 
de Payno á los gobernadores invitándoles á un movimiento que 
diera por resultado la muerte del pacto constitucional, y la con- 
fesión explícita y terminante del ministro de Comonfort, su defen- 
sor, el licenciado Parada, pronunció un discurso terminando con 
las palabras del orador romano : « Conservad para la república 
al hombre. » 

Payno subió á la tribuna. 

Un silencio profundo y solemne remaba en la asamblea y en 
las galerías. 

Aquel hombre ,se presentaba con valor y respeto ante sus 
jueces. 

Iba á pedir olvido y absolución para un error. 

No era el político que va lleno de subterfugios ante los tri- 
bunales, á declinar la responsabilidad en sus cómplices ni á lla- 
marse á engaño. 

Payno es hombre de capacidad y aceptó Ja situación en aque- 
llos terribles momentos. 

Irguióse en la tribuna, tomó una entonación solemne y con- 
movedora y explicó su conducta en estas palabras que la mano del 
destino habia escrito en su conciencia la memorable noche del 16 
al 17 de Diciembre de 1857. 

ce El golpe de Estado es, en resumen, el miedo á la sangre y la 
duda que los hombres de 1857 tuvieron de la obra atrevida de la 
juventud indomable, que realizó el partido puro de 1860. 

« Los hombres de 1857 quedamos atrás espantados del camino 
de muerte y de combates que iban á recorrer los hombres de 1861. 

(( Entre estos dos períodos cortos hay sin embargo una distan- 
cia infinita. Son dos generaciones distintas, la una vencida, ó 
confundida en el olvido por su vacilación, y la otra triunfante y 
con el porvenir y los destinos de la patria en sus manos. » 

Concluyó su defensa encomendando su porvenir y el de sus 
hijos á la clemencia del gran jurado. 



EL SOL DE MAYO 25 



VII. 

Se abrió el debate. 

Altamirano tomó la palabra .y comenzó á lanzar rayos terri- 
bles sobre el acusado, formuló cargos, hizo una reseña de los acon- 
tecimientos y dijo con voz atronadora, que el cráneo del ministro 
hacia tiempo que 'debia estarse emblanqueciendo en una picota. 

La tormenta estaba iniciada. 

Diputados y auditorio se dividieron en bandos y los aplausos 
y las interrupciones se pusieron á la orden del dia. 

Suarez Navarro dice que no está clasificado el delito, que no 
hay pruebas suficientes. 

Otro diputado habla del golpe de Estado de Napoleón, trae 
á cuento la muerte de Pelegrino Rossi, en 1848, cuenta pasajes 
históricos y acaba pidiendo que se cumpla con las promesas que 
trae la revolución en sus estandartes. 

Murmuran los partidarios de Payno, aplauden los contrarios 
y apenas se escucha la voz de Montellano que insiste en la idea de 
que no está clasificado el delito. 

En medio de aquel huracán, Gamboa con gritos desaforados 
,se hace oir de la Cámara, dice que la chicaría no debe permitirse, 
que basta la confesión de Payno para sentenciarle; que solo re- 
cuerda que el gabinete de 1857 puso las bayonetas en el pecho á 
la representación nacional. 

Montes, ministro de Comonfort, clama con voz sonora porque 
el señor Gamboa pruebe que todo el gabinete era cómplice, que 
rde no hacerlo se le tendria por un vil calumniador. 

Aplausos y silbidos prolongados se oyen en las galerías. 

El inválido Torre-Mellada es partidario de Payno y la estu- 
diantina está en contra metiendo una bulla horrible. 

El diputado Arredondo desafia en plena Cámara á los diputa- 
dos de la derecha. 

El orador concluye en medio de una tempestad de gritos. 

El presidente manda leer el artículo del reglamento para con- 
servar el orden. 

Altamirano se opone diciendo que alguna vez se le permita al 
pueblo algo de libertad. 

Los aplausos se redoblan. 

Se declara por la asamblea el dictamen suficientemente dis- 
cutido. 

• Mateos y Riva Palacio formulan proposiciones para la conce- 
sión de la palabra. 

Las proposiciones son desechadas en medio de aquel huracán 
atronador. 

Repentinamente, aquel mar irritado entró en calma, y el si- 
lencio discurrió en todo el recinto. 

El dictamen se habia sometido á votación. 

Por 83 votos contra 22, fué declarado culpable don Manuel 



26 JUAN A. MATEOS 



Payno ministro del presidente Comonfort, por su participación en el 
(jolpe de Estado. 

—¡Lo dicho,— gritó el inválido,— la soga se revienta por lo mas 

delgado! 



CAPITULO IV. 



De cómo los ojos negros de una muchacha pueden ocasionar mas estrago 
que dos bombas de á catorce pulgadas. 



No habiar. dado las nueve de la mañana, cuando el estudiante 
Mondoñedo ya rondaba las cuatro calles que encierran el templo 

de Regina. . 

No pasaba un solo transeúnte con reloj, a quien el galán ena- 
morado no le preguntase la hora. 

Estaba, como suele decirse, dándole dos cuartos al pregonero. 

El tiempo caminaba con pies de plomo, y la péndola de los re- 
lojes se mecía con una indolencia desesperante. 

Mondoñedo se entró en la iglesia, leyó todos los retablos, los 
convites religiosos, oyó misa, platicó con el monaguillo, y sin em- 
bargo las diez no parecian. 

El estudiante sintió un calosfrió terrible : sonaba en el campa- 
nario el primer toque de las diez. 

Mondoñedo se sacudió los botines, arregló los cuellos de la ca- 
misa, se repuso de la emoción y entró decidido en la casa de la se r 
ñora de sus pensamientos. 

Subió temblando la escalera, puso la mano sobre la tosca 
puerta del corredor y dio un toquito tan suave que no fué escu- 
chado. 

Aventuró después de un minuto un segundo golpe. 

La puerta giró sobre sus goznes y apareció en el dintel lo que 
menos aguardaba al galán. 

El sacristán con su cara de vinagre. 

El estudiante se quitó instintivamente el sombrero, hizo unaf 
caravana, balbutió algunas palabras y se quedó hecho un es^ 

—Pase usted— dijo el sacristán— si es acaso Manuel Mondo- 
ñedo. 

— Servidor de usted. 

El sacristán dio la vuelta y el enamorado joven echo a andaí 

ti*fis él * 

Entraron en una sala adornada con muebles antiguos de cedro 

con asientos de baqueta. 

—Aguarde á que lo llamen— dijo el sacristán con voz de cata 
rro, y dejó plantado á Mondoñedo. 

El estudiante no sabia qué pensar de aquella aventura, estaba 
profundamente inquieto. 



EL SOL DE MAYO 27 

No oia nada, ni una voz, ni un rechinido de puerta; parecia que 
la casa estaba abandonada. 

De repente la puerta vidriera que daba á las piezas que tenían 
balcones á K calle, se abrió. 

—Pase usted,— dijo una voz que hizo estremecer al estudiante. 

Levantóse como tocado de un resorte y adelantó al aposento 
de donde habia salido aquel acento del cielo. 

Unas cortinas de encaje con goteras de seda carmesí velaban 
la luz que entraba por los cristales del balcón. 

A la pared del fondo estaban dos estantes de nogal primoro- 
samente tallados, el uno contenia libros de historia, el otro las 
novelas mas distinguidas de Walter Scott, Víctor Hugo, Dumas 
y Fernandez y González. 

Un bufete también de nogal, mediaba entre los libreros. 

Habia algunos papeles esparcidos en la carpeta, y periódicos 
europeos. 

En lo alto de la pared y á igual distancia de los estantes es- 
taba colgado un cuadro de ébano con una pintura al óleo mag- 
nífica. 

Representaba á Herodías con su semblante hermoso y terrible, 
llevando en una fuente de plata la cabeza lívida y ensangrentada dé 
San Juan Bautista. 

Aquel cuadro se destacaba sombrío en el fondo nácar y oro 
de los tapices. 

El infeliz novio permanecía con la mirada vaga, en busca de 
la joven. 

—Por aquí,— dijo Rosa señalando una silla al estudiante. 

Los muebles todos del aposento eran á la Luis XV, con asien- 
tos carmesíes 

II. 

Rosa llevaba una bata de cachemira atada á la cintura con 
un cordón de seda, que después de ceñir el talle se descolgaba por 
pl frente hasta el borde del vestido, rematando en dos borlas ele- 
gantísimas. 

Una camisola de batista con un cuello encarrujado dejaba ver 
¡ia torneada garganta de la joven. 

Sus manos pálidas y surcadas de venas azuladas, jugaban con 
as borlas del peinador. 

Mondón edo que habia pasado la noche estudiando discursos, 
ao encontró una palabra ni un monosílabo que decir á su ado- 
rada. 

Magnetizado ante aquella mujer, como el pájaro delante de la 
serpiente, solo se diferenciaba de una estatua en la respiración agi- 
nada de su pecho. 

La joven le había puesto encima la mirada, y el desgraciado 
¡studiante dudaba hasta de su existencia. 

— Caballero, — dijo al fin la hada de aquel retrete,— espero me 
'•pita usted las frases que ha estampado en este papel. 



28 JUAN A. MATE03 



Mondoñedo sintió helársele la sangre y paralizarse los latidc 
de su corazón. 

—Hable usted, caballero, abandone ese retraimiento, que está 
usted en presencia de una persona que desea ser la mejor de sus 
amigas. 

Un zumbido de oidos llevó el vértigo al cerebro del estudiante. 

— ¡Hum!— murmuró,— he sido muy atrevido en dirigirme á usl 
ted, pero... en fin... yo estaba... yo soy... Manuel Mondoñedo, ui 
servidor de usted. 

La joven se sonrió al ver la turbación del adolescente. 

— Acerqúese usted,— le dijo con una voz argentina. 

El infeliz colegial acercó media pulgada su asiento al de I 
joven. 

— Todavia mas cerca, caballero. 

Mondoñedo no se movió. 

—Puesto que usted no quiere hablar... — dijo Rosa 

— No, no, ya voy, me estoy reponiendo porque la impresión e: 
tan fuerte, tan irresistible que me siento morir ante usted. 

— Serénese usted, que ya lo escucho. 

—Yo he visto á usted en la iglesia,— dijo haciéndose una grai 
violencia el estudiante,— hace un mes que no sueño mas que coi 
usted, que la veo en todas partes, en la cátedra, en el anfiteatro, ei 
el hospital... 

Rosa no pudo contener una sonrisa. 

— Tal vez digo barbaridades; pero todo es cierto, absolutament 
cierto. Muchas veces me he dicho : es tan hermosa y yo tan horrible; 
mente feo que no podrá amarme nunca, ademas soy tan pobre, poi 
que usted ignora que yo soy huérfano, que no conozco á mis padre 
aunque sospecho que viven, que me mantiene la Providencia, y n« 
me explico como se pasan los dias, estadio sin cesar y me faltan dój 
años, dos años mortales para ser médico, yo no quiero engañar 
usted, entonces seré rico; porque dicen que tengo capacidad par 
la medicina; vea usted, yo trabajaré mucho desde hoy, yo no quier 
mentir, esta ropa que traigo no es mia, me la ha prestado un amig 
íntimo de un señor don Fernando Moneada, nieto del conde di 
Jaral. 

Rosa se puso densamente lívida. 

— ¿Le sucede á usted algo, señorita? 

—No, nada, esa franqueza con que usted me habla me ha coi 
movido hondamente, prosiga usted, me intereso en sus desgracia) 

—No tengo mas que añadir; señorita, mi presente es malo, per 
mi porvenir es brillante. 

—¿Y esos señores amigos de Fernando no lo protejen á usted 

— Yo no he buscado nunca mas protección que la del trabají 

solo el amor á usted me ha obligado hasta á pedir este frac, cp¡ 

desgraciadamente* lo he manchado. 

— Tiene un buen corazón, — pensó la joven. 

—Si yo fuera de esos parásitos que viven á costa de esos s 

ñores despilfarrados, sería otra mi suerte: sin ir mas lejos, ei 

señor conde me distingue en su aprecio, con una sola de las sumí 



EL SOL DE MAYO 29 

[ue gasta en sus locuras, tendría para vivir un año descansada- 
nente. 

—No había oido mentar al nieto del conde. 

—Es muy conocido,— dijo con inocencia Mondoñedo,— sus aven- 
aras son ruidosas, tiene un gran partido entre las damas, es due- 
ista de profesión y siempre está de conquista. 

El semblante de la joven se cubrió con una nube sombría. 

— ¿Cómo dice usted que se llama? 

— Fernando Moneada. 

— Bien, hablemos de nuestros asuntos. 

—Sí, yo espero de usted una sola palabra de esperanza, eso 
íie basta para ser feliz. 

—Caballero,— dijo Rosa,— por ocurrencias que yo no puedo 
evelar á usted y le ruego no me pregunte jamás, me encuentro en 
sta casa al abrigo de este buen hombre que me guarda, pero mi 
amilia es rica y distinguida: para que usted pueda alguna vez 
éner acceso en ella es necesario que usted brille en el gran mundo 
" frise en la alta aristocracia. 

— Señora, me pide usted un imposible. 

— No lo es toda vez que usted cuente conmigo. 

Levantóse Mondoñedo con el rostro enrojecido por la ver- 
üenza. 

—Acaso,— dijo con voz entrecortada,— con mi franqueza he da- 
.0 lugar á esta humillación. 

Siéntese usted, caballero, y escuche. 

El estudiante obedeció. 

—El misterio de mi posición me obliga á contar con una per- 
ona que me auxilie, es necesario que no me sea sospechosa, por- 
[ue yo necesito saber cosas, que nadie puede decirme en este re- 
iro; usted me ama... 

—Y estoy pronto á sacrificarme por usted. 

—Bien, las noticias que me son del todo necesarias, solamente 
sted podrá adquirirlas. Dios dirá del porvenir, si usted me sirve 
íalmente. 

—Señora, la palabra de usted es irresistible, me constituyo 
ésde hoy en esclavo de este cariño. 

—Bien, Mondoñedo, desde hoy podrá usted rivalizar, y yo le 
lando que lo haga, con lo mas grande y lujoso de la aristocracia, 
streche usted su amistad con ese conde de quien habla con tanto 
ntusiasmo, acompáñele siempre, sea usted su inseparable, y déme 
sted cuenta de todo lo que pase en ese mundo del brillo y del in- 
tenso. 

Levantóse la joven, acercóse al bufete, abrió uno de los se- 
retos y sacó una cartera que entr*egó al estudiante á quien le pa- 
pcia todo aquello un sueño de felicidad. 

—Señora, dijo Mondoñedo con el alborozo de una profunda 
íajadería,— vea usted qué casualidad, la cabeza del San Juan Bau- 
sta es ni mas ni menos la del nieto del conde del Jaral. 

—Bien, bien,— dijo la joven, y tendió la mano al estudiante que 
t besó con respeto y salió medio loco del aposento de aquella mu- 
ir irresistible. 



30 JUAN A. MATEOS 



III. 



Luego que el eolegial hubo desaparecido, la joven se encaró al 
cuadro de la Herodías y fijando una mirada de despecho en la ca- 
beza del Bautista tan parecida á la de su amante, dijo con acento 
terrible : 

— ¡Tengo celos!... ¡tengo celos!... 



CAPITULO V. 

De cómo ana equivocación elevada á la cuarta potencia puede costarle 
á un prójimo la fractura de una costilla. 



Cerca de la garita del Niño Perdido hay una casita marcada 
con el número 17. 

Este edificio por estar en los suburbios de la ciudad no tiene: 
el mérito que realzaría en una de las calles del centro. 

Un zaguán amplio da entrada á un patio dividido por rejas de, 
palo, de un modesto jardin donde hay árboles seculares y flores 
hermosísimas. 

De ahí se pasa á un llano que se estiende con algunas interrup- 
ciones hasta el triste y abandonado cementerio del Campo Florido. 

La pared que cierra dos costados del jardin sostiene un corre- 
dor que da paso á las entradas principales de las piezas interiores. 

En uno de los aposentos hay un escudo de armas, que no es un 
adorno sino el descanso de aquellos útiles de guerra cubiertos coi^ 
el orin de los años y cuyas armas brillaron en los campos revuel-j 
tos de la insurgencia. 

Una montura vieja con adornos de metal amarillo está puesta 
sobre un caballete, y en lo alto de un ropero se adivina tras una 
caja de madera blanca, la figura exigua de un gorro montado de 
la época de los brigadieres. 

Un catre de campaña, pero de campaña en 1819, está en un rinn 
con del aposento. 

Todos los muebles y su colocación denuncian al viejo inválido, 
y eso sin haber reparado en un retrato al óleo detestablemente 
ejecutado. 

La pintura representaba á un joven teniente coronel vestido 
de riguroso uniforme. 

Casaca azul sumamente ajustada, solapa verde, botón dorado¡ 
charreteras con canelones esponjados formando la figura de uní 
tarántula, y multitud de condecoraciones. 

En cuanto á la figura del militar, diremos que el artista nc| 
habia hecho jugar sombra alguna, pero sí recargado de ocre loS 
cabellos y de rojo las megillas y lagrimales de la víctima, es decirj 
del retratado. 



EL SOL DE MAYO 31 

Al frente de ese cuadro estaba otro aun mas detestablemente 
pintado. 

Era la imagen de una señora sonriendo con pretensión y con 
lina miíada oblicua. 

Una peineta de carey á la altura de un metro (como hoy se 
lice según el sistema decimal) se elevaba como un muro sobre la 
¡abeza de la señora, y sus aretes de diamantes montados en estaño, 
:aian hasta una especie de gola que el pintor habia llenado de 
idornos y que hacia aparecer á la infeliz señora como metida en 
ma funda de almohada. 

Abajo de la pintura se leian estos renglones: 

«La señora Brigadiera doña Tomasa Riva de Neyra y Ximenez 
le Torre-Mellada, á su esposo en su compleaños, 1823.» 

El retrato del teniente coronel tenia también su inscripción: 

«El comandante don Fernando Torre-Mellada servidor que fué 
leí rey y después de S. M. I. Agustín I. 1821.» 

Aquello equivalía á una historia. 

II. 

No tenemos necesidad de avisar al lector que se encuentra en 
a casa del veterano Torre-Mellada. 

El viejo soldado está arrellanado en un sillón de baqueta y 
tuesta su pierna de palo sobre un banquillo. 

Fuma an puro costeño de á diez reales el ciento, que arroja un 
tumo denso y un aroma de yerba seca. 

En una mesa cuadrada de madera blanca está una vela de 
ebo sobre palmatoria de metal. 

Una joven alegre y bulliciosa cose á la luz de aquella abomina- 
rte vela, que espabila cada medio minuto. 

Un viejo también retirado, hace la tertulia, y los dos amigos 
te complacen en referir sus chuscadas de cadetes y sus campañas 
e veteranos, mientras la joven finje coser y no despega los ojos 
.el reloj de madera, cuya péndola suena como la del reloj de San 
)iego. 

—Tenia yo un coronel,— decia Torre-Mellada,— que consentía 
la tropa de una manera horrible: una vez salía un soldado de 
:na casuca con un gallo robado, el ladrón le ocultaba bajo el fal- 
lón de la levita; pero el animal era muy grande y dejaba ver sus 
atas con todo y espolones. 

—¿Qué ilevas ahí ?— preguntó el coronel al soldado. 

— Señor, es una guitarra. 

—Pues tápale las clavijas,— respondió el coronel con la mayor 
briedad del mundo. 

—Ese hombre era de mi cuerda, mis soldados eran los niños 
fmsentidos, eso sí, en tratándose de pelear, entraban como unos 
üdiablados. 

Las nueve sonaron pausadamente en el reloj de la sala. 

— Me voy, señor Torre-Mellada. 

—Va usted á tomar una taza de té y una copita de catalán, 
sabel, sírvenos algo. 



32 JUAN A. MATEOS 



La joven dejó la costura y fué á disponer el té y el catalán. 

Luego que la joven hubo desaparecido, el amigo del inválid 
acercó su sillón, y dando una mirada recelosa en torno suyo dijo 
al soldado : 

— Amigo Torre-Mellada, el negocio anda mal. 

—Como que es dia tres y aun no han dado la quincena. 

— No es eso. 

—¿Van á cambiar ministro de la guerra? 

— Eso importaría muy poco. 

— ¿ Entonces qué, con mil diablos ? 

— Es un negocio que atañe á su familia. 

— -¡ Con doscientos de á caballo hable usted pronto ¡—gritó <M 
veterano dando un muletazo contra la mesa. 

— Si mete usted ruido no hablo. 

—Ya estoy callado ¡con una carretada de satanases ! 

— Pues he visto rondar dos embozados por la calle, no hace 
mucho asomaron la cara por los cristales de la ventana, estoy se- 
guro que acechan. 

—Voy á traer mis pistolas y al primero que asome las nari- 
ces, se las vuelo de un balazo. 

— Eso es violento, amigo mió. 

—Pues señor de López, que lo sea, yo no me dejo manosear 
los bigotes por nadie. 

— Deben ser enamorados de Isabel. 

—Razón de mas, á mi hija nadie le hace cucamonas, porque 
lo descuartizo como esta luz que nos está alumbrando. 

—Vea usted, vea usted,— dijo en voz baja López,— ya... ya. 

—¿Ya qué? 

— Ya no. 

—Vea usted, amigo López, está usted esta noche insoporta-' 
ble, tome el té y largúese antes de que arme una de Dios es 
Cristo. 

—He visto hace un momento al joven de la ronda. 
—Todo esto se quita con llamar á mi hija y no separarme de 
ella un momento: ¡Isabel... Isabel! 

III. 

Daban el toque de ánimas las campanas "del Campo-Florido, 
cuando llegaba un coche cerca de las bardas del cementerio. 

El lugar no podia estar mas en silencio. 

Detúvose el carruaje á un costado del atrio. 

Dos jóvenes bajaron después de media hora y se echaron á 
andar atravesando el llano y en dirección á la garita del Niñc 
Perdido. 

— Está la noche oscurísima. 

—Sí, muy á propósito para el negocio. 

— Donde el viejo husmee la trampa fracasamos. 

—Se le han caido los dientes al viejo lobo, no hay cuidado) 
¡Demonio de tierra, toda está empapada! 




General Leandro Valle. 



SOL DE MAYO - 3. 



EL SOL DE MAYO 33 



— Eso importaría muy poco, si no tuviésemos encima la tor- 
menta. 

Efectivamente, las nubes se iban condensando, y los relámpa- 
gos comenzaban. 

— Por aquí, Carlos, por aquí. 

— Ya iba yo en dirección á esa maldita zanja. 

— Ya estamos cerca. 

— Mira, Luis, como tú no me dirijas, vamos á perder la pista. 

— Esta es la puerta, si no me engaño. 
— Si, ella es. 

— Esperemos las nueve. 

— Dan en este momento.. 

Hemos dicho que sonaba esa hora cuando Isabel dejó la sala 
pretestando disponer el té para el compañero de su padre. 

Dirigióse con precipitación á su aposento, sacó alguna ropa, 
se la puso al brazo, envolvióse en un albornoz rojo, echóse la 
capucha y salió resuelta por la puerta del jardín. 

Sin volver la cara y decidida á cualesquier lance, abrió la 
' : puerta que conducía al llano, y dio una señal particular. 

Dos embozados se aproximaron, y sin hablar una palabra le 
ofrecieron el brazo y se adelantaron violentamente hasta donde 
estaba el carruaje. 

—Hemos llegado con felicidad, — dijo Isabel. 

— i Así parece, — respondió Carlos. 

— ¿No se ofrece algo? 

— No, — dijo la joven, — sino que partamos lo mas pronto posible. 

El coche llevado por la velocidad de los caballos desapareció 
entre la oscura sombra de la noche. J 

IV, 

Felipe Cuevas, historiógrafo de la estudiantina, había seguido 
ai señor Torre-Mellada, luego que terminó el gran jurado. 

El viejo comenzó á andar calles y el estudiante á seguirlo 
dándole caza. 

— Este zorro tiene la guarida muy lejos, — decia Cuevas á uno 
[de sus acompañantes llamado González. 

— Me parece que vive en el Pedregal. 

— Pues entonces que enamore á su hija el guarda-caminos. 

— Dicen que es hermosísima. 

—Eso vamos á ver, una ocasión me puse á seguir... 

— Por supuesto, — dijo González, — que toda la aventura va á 
pasar en los Estados Unidos. 

— Cabalmente, — respondió Cuevas sin desconcertarse, — todo 
aconteció en la Quinta Avenida. 

— Adelante. 

— Pues como decia... 

— Pero el señor Torre-Mellada la lleva larga, 
aconteció en la Quinta Avenida. 

3 — EL SOL DE MAYO. 



34 JUAN A. MATEOS 



—Ya hemos atravesado las calles de San Juan y ahora nos 
embaula en la plazuela ¡ demonio con este diablo cojudo! 

—Decía pues, que iba en seguimiento de una tapada, andan- 
do como un desesperado, cuando... 

—Se ha detenido un poco el viejo junto al acueducto; descan- 
semos también nosotros, que ya sacamos la lengua de cansancio. 

— Pues continúo. . 

—Querido Cuevas, yo quiero algo de historia mexicana, ya la 
de los Estados Unidos me tiene reventado. 

—Está bien, te has perdido de una cosa buena. 

El inválido continuó calle adelante. 

—Debemos estar cerca de la casa, y la razón es clara : si este 
hombre vive en un edificio tiene que detenerse en la calle siguiente, 
porque lo demás es llano y camino real. 

Efectivamente el veterano recorrió la calle del Niño Perdido, 
y ya cerca de la garita se entró en la casa que ya conocen núes- 

t"PO*"¡ lpf*tol*6S 

Acercáronse los estudiantes y vieron asomada á una de las 
rejas, una muchacha simpática, de ojos de fuego, labios encar- 
nados y frescas mejillas. 

Tenia una bata de muselina azul perfectamente entallada, ¡ 
una cruz de azabache ai cuello con una cinta del color del vestido 

Felipe Cuevas y González se situaron en el zaguán del frente 
y comenzaron á hacerle señas y telégrafos. 

La muchacha se reia á dos carrillos. 

—Adelanto que es una gloria,— decia Cuevas. 

—Estás de conquista, amigo mió, la chica se rie de los dos 

que es un gusto. . . 

—Caballero, distingamos, se rie conmigo y al mismo tiemp, 

se burla de tí 

—¿Y por qué no la tomas por el contrario ? 

—Se amplía lo favorable y se restringe lo odioso. 

—Eso será en la cátedra, aquí la verdad es que estamos en n 

dículo. , ., 

—No lo creo, te voy á contar una historia muy parecida « 

GStG lctllCG. 

—Mira, Cuevas, es mejor que no me la cuentes. 

—Está bien, pero entre paréntesis te prohibo acompañaran 
á esta aventurilla; temo que se truequen los papeles y la hija d< 
Torre-Mellada se enamore de tí. 

—Me basta esa confesión, te dejo el campo. 

Desde entonces el estudiante rondaba dia y noche las venj 
tanas de Isabel, sabia como se llamaba, le escribía cartas y versa 
copiados de Espronceda, llenos de fuego y entusiasmo. 

Le arrojaba flores por la ventana, y á veces se permitía el luu 
de pagar una peseta al italiano del organüo para dar una seré 
nata á la jovencilla. r 

Andaba Cuevas tan poco atinado que escojio el órgano qu< 
tenia entre su repertorio «Los Cangrejos». 

Luego que el viejo reaccionario escuchó la sonata salió a 1 



EL SOL DE MAYO 35 



ventana y dijo tantos horrores y blasfemias, que el italiano se fué 
con la música á otra parte. 

Hemos dicho que Cuevas rondaba la calle; pero dejaba des- 
cubierto el flanco que daba á los llanos del Campo Florido, por 
donde Isabel daba citas á su novio. 

¡ Pobre estudiante ! mientras él dirijía con una entonación 
trágica estos versos que habia robado de un álbum: 

<( Felice tú que en el -paterno nido 
Yaces tranquila en apacible sueño, » 

la muchacha saltaba del nido y se pasaba las horas en sabrosa 
plática de amores. 

Va 

A la hora precisamente en que Isabel abandonaba aquel pa- 
terno nido, que tan dulcemente cantaba Felipe Cuevas, éste se 
hallaba gastando las piedras del embanquetado con sus paseos. 

El viejo Torre-Mellada gritaba desesperadamente á su hija, 
que ya no podia oirle. 

Alarmado con -la tardanza de Isabel, paróse el veterano, re- 
corrió las piezas todas de la casa, asomóse al corredor, gritó con 
mas fuerza aun, llamando á su hija hasta convencerse de su des- 
aparición. 

— ¡ Todita á su madre ! — dijo el veterano, y tomando su sombre- 
ro y envolviéndose en su capa salió á la calle hecho una centella. 

Lo primero con que dio fué con el estudiante que estaba en- 
caramado en la reja de la ventana. 

— Aquí está el bribón, — dijo, y le plantó un muletazo tan fuerte 
que le fracturó una costilla. 

— ¡ Muerto soy ! — exclamó Felipe Cuevas, y cayó el desgracia- 
do sobre las losas. 

— Señor Torre-Mellada, — dijo López, — si este hombre se hubie- 
ra robado á Isabel no estaria acechándola desde la calle. 

— Tiene usted razón, — y luego volviéndose á Cuevas que se que- 
jaba espantosamente, le dijo: — Usted dispense, me he equivocado. 

— ¡Maldito seas tú y toda tu casta, viejo estúpido! — exclamó 
Felipe que habia escuchado lo del rapto; — uno se sopla la dama y 
yo recibo Ja paliza. 

— Esta historia sí que no ha pasado en Nueva-York, — dijo Gon- 
zález, cargando con su desgraciado amigo á su zaquizamí de la 
calle de la Merced. 



36 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO VI. 

Donde verá el lector por sus propios ojos cómo se confeccionan los pasteles 

diplomáticos. 



I. 

' En la calle de Vergara, y á corta distancia del Teatro Nacio- 
nal, en un edificio de todo lujo, estaba la legación francesa. 

Dos piezas tenia la casa, que encerraban lo mas interesante 
de la oficina diplomática. 

En una estaban los espedientes de las reclamaciones contra 
México, y en la otra los caldos que servían al uso y costumbre 
de S. E. Dubois de Saligny, conde y ministro plenipotenciario de 
S. M. Napoleón III. 

Paseábase el hombre.de Estado con una satisfacción salvaje 
y una agitación febril. 

La agitación se explicaba fácilmente: el señor conde acababa 
de dejar la mesa. 

La campana anunció que llegaba alguna persona. 

Saligny se entró en la antesala á recibir al personaje, que se 
dejó ver haciendo genuflexiones y caravanas. 

— Pasad, Borel, tenemos mucho que. arreglar. 

— Según eso, S. E. ha recibido ya la correspondencia. 

— Precisamente. 

En aquellos momentos se presentó el emisario que el lector ha 
visto en la galería de la Cámara la noche del 15 de Julio. 

Saligny dio orden á su servidumbre de que no se le interrum- 
piese bajo ningún pretesto y se encerró en la sala con sus dos 
amigos. 

Los tres personajes aceptaron para su conversación la lengua 
francesa. 

— Caballeros, — dijo el ministro, — el golpe está dado: la ley de 
suspensión de pagos ha hecho su efecto; la intervención es cosa 
decidida. 

Los interlocutores de Saligny se sorprendieron con la noticia. 

— Los gobiernos de España é Inglaterra han tomado cartas 
en el 'negocio. La España, con su viveza de carácter, ha llevado 
hasta un extremo increíble este asunto; ha llegado á ofrecer la 
monarquía mexicana á D. Juan de Borbon. 

■ — Ese hombre es la pesadilla del trono. 

— No importa, — repuso Saligny, — ya está en la liga lo mismo 
que la sesuda Inglaterra, donde la ley ha conmovido los libros 
de caja. 

— ¿ Qué dicen nuestros enviados ? 

— Han pagado á la prensa, que ya se desata terrible contra 
México.^ 



EL SOL DE MAYO 



El francés Borel observó que los escritores se hacían pagar 
muy alto. 

--No importa, — dijo el emisario, — los millones de Jecker y los 
de otras reclamaciones, dan para comprar cuantas plumas se ne- 
cesiten. 

— La fiebre, — dijo el ministro, — ha invadido á la prensa, ya no 
es negocio nuestro, se ha vuelto de interés público. 

— ¿Qué hay de España? 

— En la casa de la Montijo se ha introducido nuestro agente 
mexicano y trabaja con un éxito admirable. 

— Ahí está el hilo que va á dar hasta las Tullerías. ¿Y la 
Francia ? 

— Hay personas que están cerca de las gradas del trono, que 
ven acercarse el momento de recibir cantidades inmensas. 

— ¿ Y la Inglaterra ? 
' — A esa le basta con los intereses que ya tenia de antemano, y 
no perderá un chelín en la cuestión; se abonará hasta las notas 
diplomáticas. 

— Temo, — dijo el emisario, — que tratándose de esa cuestión in- 
significante, la Francia ajuste algún convenio con México. 

— Caballero, — repuso picado Saligny, — quitémonos la careta de 
hoy para siempre; la Francia no aprecia en nada la deuda mise- 
rable de las convenciones, va mas allá en su pensamiento; quiere 
dar el golpe de muerte al coloso americano que se destroza en su 
gigante guerra- civil; necesita apoderarse de México como punto de 
apoyo, y arrastrar en su empresa á la Europa entera. 

El emisario se refugió en un silencio terrible; comenzaba á 
ver claro, y le remordía la conciencia al servir por dinero al ex- 
trangero para la venta de su patria. 

El ministro continuó con mas entusiasmo : 

— Gabriac, Almonte y Mon han sido recibidos por el emperador; 
una convención se ajustará en Inglaterra y las escuadras aliadas 
emprenderán bien pronto su marcha para México. 

— En mi correspondencia, — dijo Borel, — me avisan que la Es- 
paña ha enviado ya instrucciones á Serrano, capitán general de 
la Isla de Cuba, para el arreglo de su contingente; temo que 
abarque la empresa como suya y nos deje fuera del cuadro. 

— Oiga usted, — dijo Saligny, — lo que dice un periódico oficial de 
Madrid después de consignar la noticia de que la escuadra espa- 
ñola se ha detenido hasta el completo acuerdo de la convención. 

Saligny tomó un periódico de su bufete, y leyó en voz alta el 
siguiente párrafo de un diario publicado en la Península: 

«No es esta cuestión de partido, sino de honra nacional; y la 
prensa entera aplaudirá sin duda cuando sepa que los leones de 
Castilla se unen á las águilas francesas y á los leopardos británi- 
cos, para la hermosa misión de llevar á nuestros hermanos de Amé- 
rica la calma, la tranquilidad, el orden, la buena y honrada admi- 
nistración de que por tanto tiempo se han visto desposeídos. » 

— La España sola, — dijo el emisario, — se estrellaría en Amé- 



33 JUAN A. MATEOS 

rica; necesita el apoyo europeo, y creo que el arrojar candidatu- 
ras y hablar de monarquía es una imprudencia. 

—En Francia, — dijo Saligny, — se habla de Petterson para la 
monarquía mexicana. 

— ¿ Y quién es ese Petterson ? 

— Un hijo de Gerónimo Bonaparte. 

— Quiera Dios, — dijo el emisario, — que no sigan las postulacio- 
nes, porque la lista va siendo larga y desprestigiada. 

— Dejemos delirar á la prensa, que ni las naciones signatarias 
podrán asegurar el fin de la espedicion según los acontecimientos 
que deben irse desarrollando. 

— Concretémonos, — dij 3 Borel, — á nuestros trabajos; yo desea- 
ría que algún acontecimiento viniese á poner de peor condición 
este negocio para México. 

— Las notas que he dirigido al gobierno son duras, y su len- 
guaje es ageno á la diplomacia; el ministro ingles ha seguido la 
misma conducta: hemos provocado una ruptura violenta suspen- 
diendo las relaciones y exigiendo la pronta derogación de esa ley. 

— El gobierno mexicano, — dijo el agente, — insistirá en ello, lo 
ha vuelto punto de honor nacional. 

— El ministro de Reiaciones cayó en el garlito cuando nos 
habló sobre el proyecto de hacernos creer en que era un asunto 
arreglado, y hoy se encuentra en una situación excepcional. 

— Insisto, — dijo Borel, — en que se necesita un escándalo, algo 
que lleve mas y mas á un buen terreno este asunto. Hace pocos 
dias inventé el pretendido asesinato, y la noticia ha causado pro- 
funda sensación en Europa; esto ha dado lugar á que se crea que 
México es un país de asesinos, y se considere como urgente Ja 
necesidad de establecer un nuevo orden de cosas. 

— Ya tengo pensado otro Golpe de Estado, amigo mió, y no 
pasa de esta noche; entretanto, demos instrucciones á Vaneneli 
que se halla en Madrid, para que agite sin cesar al partido inter- 
vencionista. 

Levantáronse Borel y su compañero para retirarse. 

— Os necesito, — dijo Saligny á Borel, y tendió la mano al emi- 
sario que abandonó la casa de la legación, 

— Acompañadme, — dijo, — esta es noche del paseo de Todos 
Santos en la Plaza; — y tomando su sombrero, dio el brazo á Borel, 
y se dirigieron al Zócalo después de refrescar las fauces con un 
excelente vino de Jamaica. 

II. 

En la Plaza Mayor se levanta una gigante tienda de campa- 
ña sobre el zócalo del centro, formando un salón hermosísimo 
que sirve de punto de reunión á una elegante sociedad las noches 
de Todos Santos y Muertos. 

En las vigas que sirven de apoyo á la tienda, colocan lámpa- 
ras, y de la cúspide cuelga otra lámpara de luces resplandecien- 
tes, alumbrando las mil flores de la pirámide que se alza en el 
centro del zócalo. 



EL SOL DE MAYO 39 



En todo el perímetro se colocan multitud de asientos que se 
llenan instantáneamente. 

Media entre la circunferencia y la piránude una zona amplia 
para el paseo. 

Jóvenes elegantes y hermosas comienzan á girar en torno de 
las flores y de las luces, como las huríes al atravesar uno de los 
siete cielos del profeta. 

En las vías de la Plaza, que afluyen al zócalo como los radios 
de una estrella, se improvisan tiendas de dulces, y allí se hace 
una venta considerable. 

Todo paseante está en obligación de obsequiar á su pareja, y 
los regalos están á la orden de la noche. 

La entrada al salón es de paga, así es que las otras calles 
donde el paseo es gratis, las ocupan las familias pobres, los ena- 
morados en quiebra, y los colegiales cuyos fondos no están á Ja 
altura de los precios fijados á los billetes de entrada. 

III. 

En uno de los banquillos de la Plaza, había un grupo de se- 
ñoras acompañadas de dos estudiantes de medicina, 

— Crea usted, señorita, — decia la voz conocida de Felipe Cue- 
vas, — que á usted le debo tener fracturada la cuarta costilla del 
lado izquierdo. 

— Yo lo siento mucho, pero no he tenido la culpa. 

— Ya, quien la tiene soy yo que me dejé dar el palo. 

— Lo casual fué, — observó González, — que cayese tan bien la 
muleta que... 

— Que me hizo ver el cometa, — respondió vivamente Felipe 
Cuevas. 

— Isabelita, — dijo González, — la observo á usted de buen hu- 
mor esta noche. 

— Ya tenia gana de reírme; he pasado un mes tan atroz, que 
si no hubiera sido por su hermana de usted, mi buena amiga 
Loreto, me estaría muriendo de tristeza. 

— Te agradezco la galantería, — respondió la joven que acom- 
pañaba á Isabel. 

— Con tu amistad he olvidado mis recuerdos, que son bien 
amargos. 

~¡ Sopla ! — murmuró Felipe. 

Acercóse un dulcero al banquillo ofreciendo unos alcartaces á 
las muchachas. 

Felipe Cuevas, que no tenia un centavo, sintió que le daban un 
golpe eléctrico. 

— No tomamos nada, — dijo Isabel. 

Felipe Cuevas respiró. 

— Algo me han de tomar las señoritas, — insistió el dulcero. 

Felipe comenzó á sudar como si estuviera en Yucatán. 

El dulcero no se retiraba. 

Loreto, conociendo lo crítico del lance, dijo con enfado: • 



40 JUAN A. MATEOS 

— Retírese usted, ya le hemos dicho que nada deseamos. 

El dulcero se alejó y Felipe Cuevas sintió un fresco tan agra- 
dable como si lo sumergieran en la alberca de Chapuitepec. 

Después dijo con el mayor descaro del mundo: 

— Me han desairado, está bien; no lo esperaba de usted. 

— No sea usted susceptible, — respondió Isabel; — ademas, que 
sobran dulces y tiempo para^ comprarlos. 

Felipe Cuevas se rascó una oreja. 

De repente la joven lanzó un grito de sorpresa. 

Acababa de ver á D. Fernando con una señorita resplande- 
ciente de belleza y elegancia, que tomaba rumbo al salón. 

— ¿ Qué pasa ? — preguntó Felipe. 

— Nada, que estoy indispuesta. 

— ¿ Quiere usted que la lleve á su casa ? 

— Precisamente se lo iba á suplicar. 

— Vamonos, — dijo Loreto. 

Y tomando el brazo de su amiga, , tiraron á andar rumbo á las 
calles del Carmen. 

— ¡ Me lié salvado en una tabla ! — dijo el estudiante sacudiendo 
los dedos; y siguió á las jóvenes en su camino. 



IV* 

Don Fernando llevaba del brazo á la señorita Eloísa Mons, su 
prometida. 

Eloísa er.j, una de aquellas hermosuras veladas siempre por una. 
nube de e f piritualismc encantador. 

Un c.ttis trasparente como las hojas de la azucena; una mira- 
da inte ¡sa, apacible, de sensación; la frente de marfil purísima, 
la nar,z recta y los labios entreabiertos, dejando ver la blancura 
trasparente de unos dientes diminutos como uno de esos juguetes 
esquisitos de la manufactura china. 

Eloísa llevaba una kabila que envolvía aquel cuerpo mages- 
tuoso, que undulaba como el arbusto al soplo de las brisas prima- 
verales. 

Penetró en el salón aquella magnífica pareja. 

Levantóse en toda aquella concurrencia un murmullo. 

Eloísa no tenia rival en el mundo elegante. 

La luz artificial levantaba su belleza á un grado extraordi- 
nario. 

La conquista de don Fernando tenia tanto mérito como la de 
Granada. 

Los hombres todos le envidiaban rindiendo un justo homenaje 
á la hermosura de Eloísa, y las señoras confesaban que los atrac- 
tivos de la joven eran punto menos que irresistibles. 

Mondoñedo, que se hallaba en un grupo de jóvenes de la aris- 
tocracia, no pudo contener un arranque cómico, y dijo casi en voz 
alta aquel verso de Bermudez de Castro: 



EL SOL DE MAYO 41 



Como la luna en el coro 
De las pálidas estrellas, 
En la patria de las bellas 
Te llamaban reina á tí ! 



— ¡ Es encantadora ! — exclamó don Luis; — es necesario convenir 
en que el conde es hombre de mucho gusto. 

—Sí, — repuso Carlos; — ademas, que la señorita Mons tiene un 
dote del medio millón de pesos, con cuyo apéndice es un buen par- 
tido para matrimonio. 

— ¿ Se casará el conde ? — interrogó Mondoñedo. 

— Como que está apasionado profundamente de Eloisa. 

—Ella por su parte, — dijo Carlos, — ama con delirio á Fernando. 

— Ya tengo,— dijo para sí el estudiante,— algo que contarle á 
Rosa, ávida de cuanto pasa en el gran mundo. 

— Vea usted, algo pasa, — dijo don Luis, — allí se forma un cír- 
culo de gente; acerquémonos. 

— Si, veamos, — repuso con ansiedad Mondoñedo. 

Acercáronse los tres amigos al grupo de curiosos, y presen- 
ciaron el espectáculo grotesco dado esa noche por el ministro fran- 
cés. 

S. E. habia tomado rom de Jamaica para darse valor. 

Se trataba de provocar un lance que pasase como un atentado 
al ministro de Napoleón III. 

Saligny, atarantado por los espíritus del alcohol, y excitato 
por su intención perversa, comenzó en voz alta á injuriar á Mé- 
xico y á los mexicanos. 

Era ya mucho el descaro del ministro en sus ultrajes. 

Un joven se acercó á Saligny haciéndole una reconvención por 
su falta de sociedad. 

El ministro redobló sus insultos hasta enardecer al joven, que 
lo tomó por la solapa de la casaca y lo arrojó á dos varas de dis- 
tancia. 

—He aquí mi negocio,— murmuró Saligny; y levantando la 
voz dijo que se habia atentado contra su persona é inmunidad di- 
plomática. 

La policía intervino, y M. de Saligny abandonó el paseo, agra- 
vando con su conducta ruin el conflicto que existia entre México 
y las naciones europeas. 

La sociedad toda levantó un grito de indignación contra aquel 
miserable, comprendiendo que habia algo tras aquella conducta 
inesplicable. 

El agente de la intervención, que iba del brazo de Saligny, ie 
dijo cuando estuvieron fuera del recinto de la Plaza: 

—No en vano S. M. Napoleón III os ha enviado á la legación 
de México, sois todo un diplomático. 

—Yo le cobraré á la casa de Jecker el estrujón que he llevado, 
—respondió el ministro: y se marchó á la legación á dormir el 
sueño del... justo. 



42 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO VII. 
De lo que el vulgo y los peritos en la materia llaman "Crónica escandalosa,,. 



Allá en los tiempos de la dominación española, cuando cada 
. propietario era un señor feudal que disponía de las vidas y hacien- 
das de sus vasallos, queremos decir, sus jornaleros, uno de los pri- 
mitivos condes del Jaral habia establecido su bajalato en las her- 
mosas haciendas que desde entonces llevan el nombre de familia. 

El susodicho bajaiato, en honor de la verdad, no estaba mon- 
tado á la usanza de aquellos tiempos en materia de tiranía, y los 
trabajadores gozaban de amplia libertad, los mayordomos del de- 
recho de hacerse solos las^ cuentas, y las aldeanas del de ser re- 
quebradas por el señor de aquellos dominios. 

Aconteció una vez, que el señor conde venia de recorrer uno 
de sus campos, cuando acosado por los calores se detuvo á la puer- 
ta de una casuca que todavía se conserva en la hacienda del Jaral. 

— ¡Muchacha, un vaso de refresco! — gritó la voz sonora del 
conde. 

Como por aquellos terrenos la hospitalidad es la virtud mas 
dominante, una preciosa aldeana fresca como una rosa de Castilla, 
salió de las piezas interiores con un vaso de colonche. 

El colonche es un licor sacado de la tuna car dona, tiene un co- 
lor de granate hermosísimo, y solo á su vista se despierta un deseo 
inmenso de apurarle. 

Cierto es que á los que no están acostumbrados á aquella be- 
bida fermentada les produce un dolor espantoso de cabeza, pero 
aquello es el noviciado, por el que han pasado los que hoy se jactan 
de ser los mas ardientes adoradores del colonche. 

Decíamos que la muchacha, que era linda como una perla, sa- 
lió apresuradamente á dar de beber al cristiano. 

— Venga el vaso, — dijo el conde fijándose demasiado en aquella 
samaritana. 

La muchacha levantó la vista, reconoció al señor feudal y 
trastornóse de tal manera, que el cristal se deslizó de su mano y 
cayó al suelo haciéndose pedazos y derramando en la tierra el 
puro y fresquísimo colonche. 

No cuenta la historia si el señor conde insistió en refrescarse; 
lo cierto es que en el testamentó apareció un legado de tierras y 
numerario á don Juan de Moneada, que á su vez lo dejó á su úni- 
co hijo don Fernando. 



II: 

er 
ta y dos años, alto, bien formado 



El nieto del conde del Jaral era un arrogante mancebo de trein- 



EL SOL DE MAYO 43 



Llevaba toda la barba, negra como el ébano, y su cabello ti- 
rado hacia atrás dejaba ver una frente despejada. 

La mirada era audaz y sus movimientos todos revelaban al 
elegante sin pretensión. 

En la fisonomía de don Fernando se marcaba de una manera 
precisa al hombre que habia atravesado por las borrascas de la 
vida y perdido el corazón en las aventuras. 

Don Fernando se habia educado en Europa, no habia recibido 
de los labios de una madre esas palabras santas de ternura que 
determinan los sentimientos del alma. 

Entregado á la ruda existencia del educando, habia aprendido 
mucho, todo lo que se pude saber en las aulas, pero le faltaba á 
su capacidad ese rayo dulcísimo que alumbra al corazón en las 
vicisitudes y que encamina el saber del hombre al bien y á la filo- 
sofía; le faltaba el sentimiento religioso. 

El nieto del conde poseía en alto grado la ciencia militar, ha- 
bia servido en el ejército francés. 

Comenzó á batirse contra los republicanos en 848, y tornó á 
Sus banderas el dia del golpe de Estado, metamorfosis del presi- 
dente de una república en tercer vastago de la familia de un usur- 
pador. 

Fastidiado de la carrera militar y ya con la cruz de la Legión 
de Honor y las condecoraciones de Sebastopol, se retiró á vivir 
á París, llevando una existencia sumergida en el mar muerto de 
las pasiones. 

I El nieto del conde sabia que la intervención se preparaba en 
Europa, y queriendo volver á la casa solariega, para gozar del 
brillo de una monarquía, con sus antecedentes de nobleza, regresó 
á su patria para asistir á la restauración monárquica y vestirse 
leí esplendor que ambicionaba en su profundo hastío de la exis- 
tencia. 

Estaba en contacto con los principales agentes de la interven- 
ion en Europa, y venia como emisario á ponerse de acuerdo con 
a reacción en América. 

Don Fernando fué aceptado en la buena sociedad, aunque mal 
feto en el fondo; porque la sociedad mexicana, sean cuales fueren 
os principios políticos y creencias religiosas mas ó menos exaje- 
'adas, conserva un fondo de moralidad y hasta cierto punto de pu- 
eza en las costumbres, quizá porque la ilustración no ha echado 
michas raices en nuestro suelo. 

III. 

Don Fernando, como todos los hombres ricos y despilfarrados, 
tenia un gran círculo de amigos inseparables. 

Los mas predilectos eran Carlos y Luis, que le servían como 
acayos en sus calaveradas. 

La misma noche en que la hija de Torre-Mellada habia sido 
Xtraida por su voluntad de la casa paterna, Mondoñedo daba una 
ena á don Fernando y á sus colegas. 



44 3UAN A. MATEOS 



La invitación se habia reservado para después del teatro, y ya 
los cuatro amigos estaban á la mesa cuando apenas habían dado 
las doce de la noche. . . 

El estudiante habia sufrido una completa variación. 

Los harapos del sopista se habían trocado por magníficos tra- 
jes hechos por el acreditado español Rafael Salin, rey de los sastres 
habidos y por haber. 

Cierto es aue el estudiante habia pasado su momento de morti- 
ficación; porque al presentarse en la famosa sastrería con su raido 
traje, le preguntaron si conservaba sus medidas. 

—Creo no haber aumentado de volumen,— dijo con inocencia 
Mondoñedo. 

El infeliz no habia estrenado jamas una pieza de ropa. 

Salin procedió á levantar el plano del individuo y le arreglo 
trajes del mejor gusto y elegancia. 

El estudiante pasó á rejuvenecerse á la peluquería. 

Al verlo entrar madame Escabasse hizo un jesto de disgusto 
muy pronunciado. 

Mondoñedo esperimentó la tijera francesa y quedo hecho un 
dandy á vuelta de pocos días. 

IV-a 

El banquete estaba admirablemente servido. 

—Cuéntanos, amigo Mondoñedo— decía don Fernando:— cuen-' 
tauos la historia de esa fortuna improvisada. 

—Es muy sencilla, tenia un pariente en España que ha muer- 
to sin sucesión, dejándome en el pleno goce de una gran fortuna. 

—No hagas lo que los ricos improvisados; gasta hasta arrui- 
narte, el dinero va y viene, es el reflujo de la fortuna. 

Así lo haré, señores,— decía . Mondoñedo entusiasmado, no 

sin encomendarse á todos los santos por que no se acabase la pro- 
tección de la hermosísima Rosa. 

—¿ Y ya tienes novia ? 

—No, pero pienso buscar media docena por el' tiempo que he 
estado vacante. . A 

—A propósito de amoríos, ya habíamos olvidado el negocio de 

T o o \\ ¿i 1 

— ¡Ahí— dijo con indolencia don Fernando,— no habia vuelto á 

recordarla. 

—Pues ya la sacamos del poder de ese cafre de invalido,— dijo 

Carlos. 

— ¡Psch! ¿y dónde la han coocado? 

—En una magnífica habitación del hotel Iturbide. 

—Les confieso con entera franqueza, que esa mujer me tiene 
fastidiado. 

—Yo creía,— dijo Luis,— que te prestábamos un servicio con 
robarla para tus amores. 

—Eres un imprudente, en estos momentos me hace un mal 
horrible, es necesario que vuelva á su casa. 



EL SOL DE MAYO 45 



—¿Y de qué manera? 

—Volviendo. 

— Piénsalo bien. 

— Díganle que estoy fuera de la capital y que no volveré has- 
ta dentro de un año. 

— ¿De quién se trata, señores? 

— De Isabel, la hija del viejo estúpido Torre-Mellada. 

— ¡ Voto al diablo ! — gritó Mondoñedo, — esa muchacha es la 
pasión de Felipe Cuevas, y va á morir de pesadumbre. 

— Entonces, — dijo don Fernando, — le daremos aviso al colegial 
y una libranza de cien duros para que cargue con la prenda. 

— Eso ya es mas pasadero, — dijo Luis. 

— En cuanto á nosotros, no la volveremos á ver. 

— Es una muchacha original, — dijo don Fernando, — la enamo- 
ré por broma en un bailecito de candil, y solo con un recado aban- 
dona su casa. 

— Pensaba casarse contigo. 

— No hablemos mas del negocio, arréglenlo como queda dicho. 

Siguieron los ponches y el champaña destapado y bebido en 
honor del supuesto heredero, y al amanecer se separaron los con- 
currentes á la invitación y Mondoñedo quedó bajo la mesa ataran- 
tado, por la falta de costumbre en el uso de los licores. 

— Se conoce que es novicio en el arte, — dijo don Fernando, y 
salió riéndose del estudiante. 

V, 

Despertóse Mondoñedo á las once del dia, todo adolorido por 
haber dormido en las tablas del suelo. 

Acicalóse lo mejor que pudo, y se fué en busca de sus antiguos 
compañeros, á quienes había abandonado sin darles cuenta de su 
singular aventura y cambio de suerte. 

Felipe Cuevas ya estaba restablecido de la contusión causada 
por el viejo inválido, y González le hacia los honores de la enfer- 
medad, ya en un estado de desnudez lamentable. 

Luego que Mondoñedo se presentó en su antigua habitación, 
fué saludado ceremoniosamente por sus concolegas, que al prin- 
cipio lo desconocieron. 

Levantóse Felipe como Lázaro, todo asustado de ver la me- 
tamorfosis de su camarada. 

— ¿ Eres tú ? 

— ¿ Estoy soñando ? 

— No, queridos, — dijo Mondoñedo tomando su antiguo carác- 
ter, — soy yo, el mismo de Siempre con algo mas, que es el dinero. 

— ¿Te ha caido la lotería? 

— Punto menos: he heredado una g T an fortuna. Han de saber 
que tenia un tio en España, á quien se le ha dado la gana de mo- 
rirse, y conforme á las sabias leyas de la Península ibérica, me ha 
hecho dueño de un inmenso capital. 

— ¿Luego estás en aptitud de prestarnos cuatro reales para 
desayunarnos ? 



46 , JUAN A. MATEOS 



Mondoñedo sacó el portamoneda y de él una moneda de oro. 

Felipe Cuevas y González se lanzaron como dos gavilanes so- 
bre la onza. 

—¡ Alto ahí ! es necesario que se reparta entre ambos. 

—De todas maneras lo hubiéramos hecho, amigo mió. 

—Vamos, que el señor de Mondoñedo es todo un Creso,— dijo 
González quitándose lo que el llamaba sombrero. 

— Traigo un negocio de mucho interés con Felipe. 

—¿En qué puedo servir á S. E. ?— se apresuró á contestar 
Cuevas. 

— Vamos al grano. 

— Vamos. 

— ¿ Estás enamorado ? 

—Como un pichón, amigo mió; pero has de saber que se han 
robado á mi novia. 

—Ya lo sabia, y este negocio me trae punto menos que ata- 
rantado. 

— ¡ Habla, por Dios ! 

—Has de saber que la muchacha recibió un recado de tu parte 
para abandonar su casa; la chica se ha enamorado perdidamente 

de tí. : 

—¿Esas tenemos?... pues mira, yo renuncio a ese amor de! 

quid pro quo. 

—Los infames que tomaron tu nombre, han recibido de ella 

un desaire espantoso, no se atreverán á volverla á ver. 

— Prosigue. i 

—Si tú quieres recuperar á tu novia, te proporcionaré fondos 

y cuanto necesites. 

—Bien; necesito de pronto cien duros : me parece que una mu-j 
chacha y cien pesos no son de desperdiciarse. 

Mondoñedo sacó una libranza y la entregó al estudiante. 

—¿No hay por esos mundos,— dijo González,— otra chica ro-¡ 
bada que pueda yo recuperar de la misma manera? 

—Puede que se ofrezca mas adelante. 

—Ya estoy en ascuas. 

—Hablemos francamente; te juro, bajo mi palabra de honor, 
y te digo en nombre de nuestra amistad, que esa muchacha aur 
no ha visto al hombre por quien cree haber sido robada. 

— No te comprendo. 

—Los aduladores del conde del Jaral sabían que tenia amores 
pasageros con Isabel, y la han robado con un recado supuesto. 

— ¡ Ya pareció aquello ! 

—Es necesario no engañar á los amigos. 

—Siempre es bueno saber á qué atenerse. 

—Isabel está en el hotel Iturbide, y probablemente desespe^ 
rada de no ver parecer al conde, que ni aun la recuerda . 

—Me presentaré como su salvador, hago un paso trágico, 3 
cargo con ella, ¿no es esto ? 

— Precisamente. 

—¿Y cuando se acaban los dineros? 



EL SOL DE MAYO 47 



— Entonces mi bolsa estará siempre abierta para tí. 

— Punto final, amigo mió. 

— En cuanto á tí, querido González, cuenta desde hoy con mi 
protección. 

—Siempra esperé de Mondoñedo una conducta tan... tan... 

— Tan etcétera; nos veremos, y mañana pasaré á ver el resul- 
tado del negocio. 

Salióse Mondoñedo muy ufano de su comisión., y Felipe Cue- 
vas, tomando su sombrero, se dirigió al hotel Iturbide repitiendo 
entre dientes : 

— ¡Cien duros y una muchacha!... cien duros y una mucha- 
cha!... 



CAPITULO VIII. 
De la manera sencilla con que vuela una muchacha y cien patacones. 

I. 

El hotel Iturbide es uno de los mejores edificios de la capital 

La antigua casa del emperador, cuyo nombre conserva, no ha 
perdido el aspecto de munificencia primitiva. 

La puerta de fachada es bellísima, así como el primer patio, 
cercado por arcos elegantes. 

El segundo piso conserva el mismo orden que el primero, y sus 
estancias son magníficas. 

En aquel palacio fué proclamado el general Iturbide empera- 
dor de México. 

En aquellos balcones se exhibió cien veces cuando el pueblo 
lo aclamaba como la primera piedra de la dinastía nacional. 

Mas ¡ ay ! ¡también de aquel regio edificio salió para no volver! 

El palacio imperial se ha trasformado en hotel, conservando 
la supremacía sobre los establecimientos de su género. 

La preocupación que tiene el público acerca de los hoteles, 
no comprende al de Iturbide, donde reina el mejor orden y cir- 
cunspección, á pesar del gran flujo y reflujo de pasageros. 

En una de sus magníficas habitaciones permanecía la desgra- 
ciada hija de Torre-Mellada en la mas completa desolación. 

Habia pasado la noche en vela esperando á don Fernando, y 
ya comenzaba á alarmarse por su situación, cuando dos toquidos 
, dados con reserva, le anunciaron la llegada de alguna persona. 

El estudiante Felipe Cuevas se encontró frente á frente con 
I su novia. 

— Pase usted, caballero. 

— Señora, si le es permitido á un buen amigo de usted ha- 
blarle una palabra, le suplico no me lo niegue. 

Felipe Cuevas quedó ufano de su exordio. 



48 JUAN - 

— Pase usted, señor... 

—Felipe Cuevas, servidor de usted. . 

Entróse el estudiante y tomó .el asiento que Isabel le indico 
visibilmente inquieta. 

Permanecieron un momento en silencio. 

—Ya escucho, caballero. 

— Seré franco con usted. 

—Sí pero suplico á usted encarecidamente que sea pronto. 

-Seré breve. ¿Usted es la hija del señor don Fernando Torre- 
Mellada? . , ' '"' 

—¿Eso es todo lo que tiene usted que decirme? 

—Continúo : el conde del Jaral ha requerido á usted de amores. 

— Bien; adelante. 

—Usted incautamente ha caido en la red. 

—No comprendo bien, caballero. 

—Ya irá usted comprendiendo. Los amigos del conde le han 
hecho á usted creer que necesitaba de un escándalo como el de 
un rapto para poder contraer un matrimonio, imposible de otra 

manera. ..; ,.„ ,, , 

—Es cierto, señor Cuevas; yo que comprendía esa dificultad, 
no la he tenido para prestarme, como usted ha dicho, incauta- 
mente, á un plan que hoy veo irrealizable. 
—Esa es la palabra, señorita. 

—Espero que usted me explique el participio que ha tomado 
en este negocio, y el objeto de su visita. 

—Usted notará, señorita, que voy sobre ascuas; pero es nece- 
sario terminar este enojoso asunto. El conde no ha tenido partici- 
pio en nada de lo que ha pasado; ha reprendido hecho tan im- 
prudente, y me envía á decir á usted que debe volver á la casa de 
su padre, á quien le hará una franca, explicación. 

— • Esto es horroroso!— exclamó Isabel;— he sido víctima de una- 
burla espantosa. 

—¡Sí, horrible! —murmuró Cuevas. 

—¿Y ese hombre me propone semejante absurdo? 

—Usted no sabe el cinismo de estos señores. 

— ¡ Estoy perdida! 

—Señora —dijo el estudiante tomando un aire cómico— yo Lie 
amado á usted con vehemencia, he recibido un desengaño de usted. 
y una paliza del señor su padre; sin embargo, yo le ofrezco a usted 
desinteresadamente mi protección. 

—Caballero, yo la acepto, no tengo otro remedio; estoy al borde 
de un abismo 

—No la dejaré á usted rodar por él, señorita. 

—Salgamos de aquí, creo que este lugar me es fatal. 

—Salgamos. 

—No tengo con que pagar. 

—Yo tengo, señora, para todo lo que usted necesite. 



EL SOI, DE MAYO 49 



II. 

Felipe Cuevas y ía desgraciada Isabel dejaron el hotel Itur- 
bide. 

— ¿Dónde llevaré á usted, señorita? — decia el estudiante; — yo 
vivo en un cuarto donde duermen tres de mis compañeros. 

— Usted hará lo que guste, yo no tengo mas apoyo que usted. 

— Me ocurre una idea; mi amigo González tiene una hermana; 
si usted quiere pasar algunos dias en su sompañía... 

— Estoy en el caso de aceptarlo todo. 

— Pues andando, — dijo Felipe Cuevas; y se dirigió á la calle 
del Carmen, donde tenia una pequeña vivienda Santiago Gonzá- 
lez el concolega. 

Llamó á la puerta y apareció el estudiante. 

— Querido, tú sabes ya la desgraciada historia de la señorita, 
y como su honra está comprometida, la pongo bajo la salvaguar- 
dia de tu hogar. 

'— ¡Loreto! — gritó González, — ya tienes antecedentes de lo que 
ha pasado; recibe á la señorita. 

La hermana de González, que tenia una alma de ángel, aco- 
gió con cariño á la desventurada joven, que adolecia de una tris- 
teza mortal. 

— La dejo á usted en la casa de un buen amigo, mientras ve- 
mos lo que Dios dice. 

— Caballero, yo no tengo con que pagar tanta solicitud. 

— No hablemos mas, — dijo Cuevas, y llamando á Loreto le 
entregó los cien pesos para los gastos de Isabel. 

— En otras circunstancias rehusaría este dinero; pero hoy me 
veo obligada á pasar por esta humillación. 

— Vamos, que son ustedes susceptibles. 

González se lamía los bigotes de gusto al ver á la muchacha en 
su casa, y se disponia á emprender la conquista. 

III. 

Cuevas salió á la calle, y con el aire libre comenzó á reflexio- 
nar que habia hecho un pan como unas hostias. 

— Soy un bruto de profesión, esa muchacha me hubiera segui- 
í do al fin del mundo... tan buenos discursos que he pronunciado, 
y todo ¿para qué?... para entregarla tal vez á mi concolega Gon- 
zález, porque ese maldito es mas enamorado que el diablo; al 
fin hubiera concluido, por amarme, y sobre todo, ¿para cuándo se 
hicieron los abusos?... no, eso es inmoral; pero con todo y morali- 
dad clebia yo tener esa muchacha conmigo, yo he contraído cierta 
obligación con mi conciencia y no debia abandonar á Isabel... 
estoy por volverme... sucede otra desgracia... no, yo soy una espe- 
cie de tutor de esa niña, el muletazo es otrc motivo mas para inte- 
resarme. 

4.— EL SOL DE MAYO. 



50 JUAN A. MATEOS 

Iba entregado al laberinto de sus ideas cuando lo sacó de su 
absorción la alegre voz de Mondoñedo. 

— ¿Qué pasa, querido? 

— Nada y mucho, — dijo el estudiante. 

— ¿Ya está el pájaro en el nido? 

— Yo sí que soy un pájaro maltratado. 

— Estás hoy con todo lo colegial en la cabeza. 

— ¡ Esa es la palabra, colegial ! 

— Estoy inquieto por saber tu aventura 

— Pues dala por sabida, llegué como César, vi y vencí. 

— ¡ Bravo ! 

— No muy bravo, porque me amansé como un carnero y he 
llevado á la chica á una casa respetable en vez de... vamos, hazme 
favor de confesar que hoy merezco mas la paliza de ese viejo la- 
garto, que la pasada noche. 

— Culpa tuya es y nada mas, yo te la entregué y tú has malver- 
sado la negociación. 

— He aquí una mujer por quien recibo muletazos, desaires, 
desengaños, y á quien tengo que servir como un lacayo. 

— ¿ Y tu amor ? 

— Si vuelves á pronunciar esa palabra reñimos seriamente. 

■ — No veo el motivo. 

— Hablar de amor á un hombre en mis circunstancias, es lo 
mismo que enseñarle la cruz al diablo. 

— Vamos, ten un momento de sentido común, y podremos 
hablar. < 

— Yo no tengo mas negocio que ahorcarme. 

— Es de fácil arreglo. 

—Estoy tan arrancado que no puedo ni aun suicidarme. 

—Déjate caer de lo alto de la torre de la Catedral. 

— Si no tuviera que pagarse algo al campanero, ya hubiera 
llevado á su término ese pensamiento. . - 

— Pues entonces déjate morir de hambre. 

— Ya la suerte se ha encargado de ese negocio. 

Felipe Cuevas tenia hidrofobia. 

— Yo puedo calmar tus padecimientos, — dijo seriamente Mon- 
doñedo, — si quieres dividir tu suerte, con la mia. 

— Hombre, no te estés burlando, porque cometo una barra- 
basada. 

— Hablo con formalidad. 

— Lárgate con mil diablos y no te burles de un desgraciado 
en son de tu riqueza. 

— Tendré que reñirte si no dejas ese tono. 

— ¿ En qué puedo servirte ? 

— No puedo decirte nada aquí. 

— Lleguémonos á tu alojamiento. 

—Andando. 



EL SOL DE MAYO 51 



IV. 



Los dos amigos se dirijieron al hotel Iturbide y entraron en 
el cuarto de Mondoñedo. 

El estudiante cerró la puerta y dijo á su compañero con aque- 
lla ruda franqueza de un antiguo camarada: 

— Felipe Cuevas, estoy envuelto en una trama espantosa. 

— No te comprendo. 

— Esta riqueza, este boato que me has visto desplegar de una 
manera tan repentina, es un misterio que acabará por volverme 
loco. 

— Me dejas confuso, abismado. 

— Comenzaré por decirte que lo de la herencia es una ruin 
mentira, que soy solo un instrumento que debe obedecer ciega- 
mente, sin preguntar, sin inquirir... sin pensar... 

— Me parece un sueño cuanto estoy escuchando. 

— Hay una mujer á quien amo apasionadamente, por quien 
cometería hasta un crimen, pera esta mujer no la percibo á pesar 
de estar á su lado; sus palabras son enigmas, sus mandatos son 
leyes, su voluntad el aliento del destino. 

— ¿ Y bien ? 

— Yo la decia amores, ella me ha llamado, ha puesto á mi dis- 
posición su oro, sus riquezas que deben ser muy grandes, me ha 
hecho comprender la distancia que media entre ios dos. 

—No comprendo todavía. 

— Felipe Cuevas, soy el instrumento de algo muy grave. 

— Sí, el misterio es grande. 

— La misión que me ha dado esa mujer, es la de espía. 

— ¿Y la has aceptado? 

— Sí, porque no ejerzo espionaje con persona determinada, soy 
el espía de la sociedad; hombres y mujeres le interesan á esa mujer, 
está en los menores detalles, conoce á todo el mundo, las personas 
mas insignificantes le son familiares y no es agena á la política; 
acaso es su pasión dominante. 

— ¿ Y puedes permanecer al lado de ese misterio ? 

— Sí, porque mi vida está pendiente de sus ojos... si yo supiera 
que no la habia de volver á ver me pegaría un tiro ! ¡ Sí, Felipe, no 
preveo el fin que tenga esta aventura, mi corazón me avisa que voy 
á ser muy desgraciado, sí, muy desgraciado ! 

Dos gruesas lágrimas asomaron á las pupilas del estudiante. 

— No me atrevo, — dijo Felipe, — á aventurar una palabra, yo 
haria lo mismo que tú. 

— ¡Mi carrera, mi porvenir, todo está perdido, tengo un velo 
delante de la existencia ! 

— Es necesaria una reacción violenta, atrevida : huyamos, Mon- 
doñedo. 

— No, eso seria anticipar el destino. 

— Entonces cierra los ojos y camina sin preguntar á donde vas. 

Mondoñedo inclinó la cabeza sumerjido en el mar inquieto df» 
sus pensamientos. 



52 JUAN A. MATEOS 

— Es original, — pensaba Felipe, — todo lo que acontece á mi ami- 
go; yo ya hubiera... no, no hubiera hecho nada, ya me tengo espe- 
rimentado... abandonar á Isabel, y perder cien duros, vamos que 
es estupidez mas estúpida que he hecho en mi vida, y que ya cuen- 
to algunas en mi repertorio. 

—Yo tengo á veces miedo, — dijo Mondoñedo, — me encuentro 
solo en una situación excepcional. 

— Si necesitas de los oficios de un buen amigo, ya sabes, Mon- 
doñedo, que siempre te he visto como a un hermano. 

— Sí, Felipe, es necesario que no te separes de mí, pues algo 
terrible debe sucederme. 

— Al menos seremos dos. 

— Sí, desde hoy seguiremos, como hace tantos años, nuestro 
destino. 

— Bien, Mondoñedo, yo velaré por tí. 

— Y yo te confiaré cuanto me pase. 

Los dos amigos se estrecharon con efusión. 



Dos toquitos dados á la puerta, con intención, interrumpieron 
aquella fraternal escena. 

— Veamos quien es, — dijo Felipe Cuevas; pero su compañero 
le detuvo por el brazo violentamente. 

— ¿ Qué pasa ? — preguntó Cuevas con extrañeza. 

— Me llaman. 

— Sí, pero veamos quien te llama. 

— Es inútil, — repuso Mondoñedo. 

Felipe abrió la puerta. 

El corredor estaba desierto. 

— ¡Demonio ! en esto hay algo de brujería. 

—Esa mujer tiene el talismán del oro. 

— Entonces no hay remedio, es necesario estar alerta. 

— Si revelas este secreto me pierdes. 

—¡Eso nunca! — dijo Felipe, — ya tienes una muestra en este 
asunto de Isabel, aunque es cierto que nu tenia á quien contárselo 
sino á González y ya lo sabe, estoy arrepentito hasta los tuétanos. 

— Me voy, nos veremos esta noche, te contaré lo que haya pa- 
sado; cuando esa mujer me llama es siempre para algo intere- 
sante. Adiós, ahí te dejo dinero, deseo que no vuelvas á tener apu- 
raciones ni compromisos. 

— Gracias. 

Mondoñedo salió precipitadamente de su alojamiento. 

Después de un rato, Felipe bajaba las escaleras del hotel, 
mientras un individuo tomaba nota de sus señas y del tiempo que 
habia permanecido en el cuarto de Mondoñedo. 

— Escabullirse la dama y volar los cien morlacos, he aquí una 
fatal combinación, — pensaba el estudiante; — peor sería que la mu- 
chacha se hubiera quedado y la libranza desaparecido... estoy se- 
guro de que ya Santiago González le plantó la primera declaración. 



EL SOL DE MATO 53 



CAPITULO IX. 
De la operación química por la que un hombre se petrifica y una mujer se exhala. 

I, 

Nuestros lectores conocen ya la habitación de Rosa, en la es- 
palda del templo de Regina. 

Aquella casa ignorada, desapercibida para el público, contenia 
nada menos que á la heroína de una novela. 

Habian dado ya las nueve de la noche, cuando dos embozados 
llegaron al zaguán del edificio. 

El sacristán salió á abrir previa una seña convenida, y aquellos 
hombres penetraron en el interior de los aposentos, hasta detener- 
se en el de los estantes de nogal donde Rosa había recibido al estu- 
diante Mondón edo. 

Descubriéronse los embozados. 

El uno era rubio, de ojos azules, llevaba bigote y pera, y en 
sus ademanes se conocia al político aventurero. 

El otro era moreno, de patillas, frente mezquina, los ojos en- 
contrados y los labios sumamente delgados, que revelaban el mas 
alto grado de susceptibilidad. 

— Esoy terriblemente inquieto, — dijo el rubio; — necesitamos sa- 
ber cuanto ha pasado porque la empresa está en un hilo. 

— No hay que desconfiar; es negocio enteramente arreglado. 

— Es que la España no debia haberse detenido ante la inicia- 
ción del pacto tripartito, sino haber avanzado sola, enteramente 
sola. 

— Esa es cuestión de poco momento: la España ha iniciado el 
pensamiento y será la dueña de la empresa; desde luego se ha pro- 
puesto al candidato para la monarquía, que no es otro que don 
Juan de Borbori". 

— He aquí el punto de nuestras aspiraciones, este cambio de 
tronos. 

— Isabel IT no entregará el de San Fernando á su primo; pero 
en cambio sostendrá su candidatura en el solio do México. 

— Así se acabarán sus inquietudes. 

— Y sobre todo las nuestras, amigo mió. 



II. 

La puerta vidriera crugió sobre sus goznes, y Rosa se presento 
á ios desconocidos. 

Levantáronse los caballeros, y adelantándose á la joven la sa- 
ludaron con profundo respete. 



54 JUAN A. MATEOS 

— ¿Manzanéelo, — dijo Bosa, — has recibido tu correspondencia? 

— Una sola carta, en que se me anuncia que la señora condesa 
me participaría lo que creyese conveniente en este importante ne- 
gocio. 

—Bien; ¿y tú, Wask? 

— He recibido — dijo el joven rubio — un ejemplar en la del señor 
Manzanedo. 

— Paes bien; mi padre se encuentra satisfecho de la marcha po- 
lítica; la Inglaterra y la Francia han entrado en la convención que 
se ha firmado en Londres. 

— ¿Está firmada? — interrogó Wask sin poder contener su ale- 
gría. 

— En el mes pasado. 

— ¿Y la señora condesa podrá decirnos los términos de la con- 
vención ? . 

— Ya los sabréis mas tarde. 

— He visto á M. de Saligny, — dijo Manzanedo, — y no sabia aún 
de cierto lo que hemos tenido la satisfacción de oir de labios de V. E. 

— Ese señor Saligny es un imbécil — dijo la joven con despre- 
cio; — se ha hecho abofetear en público para darse mas importancia 
en el momento de la ocupación. 

— ¿ Luego vendrán pronto las escuadras ? 

— A estas fechas .deben haber salido de los puertos europeos. 

— Por supuesto — dijo Wask — que las reclamaciones se harán 
efectivas, y percibiremos las cantidades asignadas. 

— Ese es asunto vuestro, caballeros; los mios aun son de mas 
alta estima. 

— Perdone S. E., señora condesa; pero nuestro porvenir está 
interesado. 

— Lo comprendo; cada uno trabaja por su cuenta. 

— ¿ Y no sabe V. E. algo de candidaturas ? 

— Sé lo que ya no es un secreto; que don Juan de Borbon es el 
postulado. 

— ¿ Y aceptará ? 

— ¿Creen por ventara los hombres débiles y los ilusos que don 
Juan dejará pasar esta oportunidad que lo hace de elementos para 
sus futuros planes? ¿Ignoran que un país con entrañas de oro pue- 
de abrirle cc-mino para sentarse en el trono de su padre usurpado 
por Isabel de Borbon?... Caballeros, la hora ha llegado para los 
enemigos de clon Carlos : ese vastago proscrito, errante en las cor- 
tes extrangeras, se levanta poderoso, y sitúa el punto de apoyo en 
América para la reparación en el porvenir. 

— La Francia y la Inglaterra tendrán también sus aspiraciones. 

— ¿Y qué importa? Napoleón III ha entrado en el delirio polí- 
tico, sueña con la división de los Estados-Unidos, sueño insensato, 
irrealizable, quimérico... la. Inglaterra va en. pos del oro; dejad 
esas ambiciones de mala ley y sigamos el principio político, él nos 
dará cuanto deseamos, ¡nombre, gloria, riqueza, porvenir! 

— Mis aspiraciones son conocidas — dijo Wask. 

— Tú, siguiendo el carácter de tu raza, no te habla al corazón 



EL SOL DE MAYO 55 



mas que el dinero; lo tendrás hasta ahogarte en él; y tú, Manzano- 
do, que has acompañado tantos años á mi padre adoptivo, llegas á 
la cúspide de tus ambiciones; ¡ tienes sed de mando, yo la calma- 
ré!... el conde de Morella, el sostenedor de la lucha Carlista, te 
tiene en un alto -concepto, eres su secretario particular; pero no te 
satisface la intimidad ni el silencio, quieres ostentarte y tienes ra- 
zón; un hombre de talento para la política como tú, debe brillar; 
don Juan de Borbon te llevará á su lado, has vivido en el olvido en 
la Gran Bretaña, tu nombre sonará en México, he aquí el campo 
todo nuestro, nuestro hasta regresar á España, cuando la revolu- 
ción llame al trono á sus legítimos señores ! 

La joven plegó el ceño, como quien recuerda algo enojoso, y 
continuó : 

— Manzanedo, tú has nacido en América, no te espante esa pa- 
labra traición; tu conciencia busca la felicidad de tu patria; no te 
detengas en esa vía por la que has comenzado á dar pasos agi- 
gantados. 

Manzanedo se estremeció; habia algo en su corazón que le de- 
cía: — Vender la patria es un crimen. 

Manzanedo y Wask se sentían desaparecer delante de aquel 
espíritu superior, que se exhalaba en un arranque terrible de am- 
bición. 

— Nada han sido ios peligros, — continuaba la joven — nada la 
inmensidad de los mares; todo lo he arrostrado por sacar á Don 
Juan de esa inerte postración en que yace; sus amigos le abando- 
nan, la revolución en España se sofoca y sus fondos languidecen; 
la herencia do mi padre no es suficiente paro la empresa; se nece- 
sita algo mas grande, por eso yo le he aconsejado la aceptación. 
Don Juan vacila empeñado en no salir de Inglaterra sino para la 
España, ignorando que las líneas rectas son desconocidas en la 
ciencia política. Cuando desde la vieja Europa se le vea en el pe- 
destal de un trono, su figura proyectará una sombra sobre el suelo 
patrio, cuando hoy no se le percibe entre las nieblas del Támesis. 
Sobre ese pedestal podrá acaso leerse en letras de oro : Hispaniarum 
el Indiarum Rex. 

Los ojos de aquella muger brillaban con una irradiación ma- 
ravillosa. 

— Segu¡d, señores, en pos da los proyectos del enviado de Na- 
poleón; recoged la menor palabra que pueda alumbrarnos en esta 
crisis, y cuidad de no ser descubiertos. 

— ¿Teme algo la señora condesa? 

— Un pueblo que ve en peligro su indepeíidencia, puede á la 
menor sospecha hacer un ejemplar terrible, y está en su derecho; 
es necesario no olvidar que son de nuestra raza, de aquellos hom- 
bres de 808, de los que prodigaron su sangre en el 2 de Mayo sin re- 
troceder ante la espada de Murat. 

Levantáronse los dos caballeros, besaron con respeto la mano 
á la condesa, é influenciados por la voz de aquella muger, bajaron 
en silencio las escaleras y desaparecieron entre las pesadas som- 
bras de la noche. 



56 JUAN A. MATEOS 



III. 

Luego que los confidentes de la condesa se alejaron del aposen- 
to, el semblante de la joven tomó un aspcto de melancolía y tris- 
teza. 

El relámpago había desaparecido de sus ojos; sus labios des- 
deñosos tomaron el tinte apacible de la sonrisa. 

Sentóse en uno de los sillones, apoyó su brazo en el bufete, y 
quedó hundida en una dulce contemplación. 

Las once daban en el reloj del aposento. 

— ¡Es la hora ! — murmuró la joven; — no debe. dilatar, saldré de 
esta terrible ansiedad que me devora. 

De repente se dejó oir un ruido de espadas, y voces en la calle. 

Rosa apagó la luz y se asomó á los cristales del balcón. 

Dos hombres cruzaban sus aceros con furia horrible. 

— No importa, — decia uno de ellos jadeante de cansancio, — la 
herida no vale la pena. 

— Sigamos — decia el otro procurando apagar el timbre de su 
voz. 

— ¡Adelante! — continuaba el herido, y la lucha se hacia mas 
empeñada. 

— ¿En qué terminará este duelo? — se preguntaba Rosa, llena 
de ansiedad, — ¿ qué le habrá motivado ? 

No pudiendo calmar su impaciencia, llegóse entre las tinie- 
blas del aposento y tiró del cordón de la campanilla. 

La puerta se abrió instantáneamente. 

— Ved lo que pasa en la calle, y evitad, si es posible, una des- 
gracia. 

El criado salió y poco después se oyó redoblar la algazara de 
gritos y estocadas. 

Después todo quedó en silencio. 

—Creo que lo he matado — dijo uno de los contendientes al ver 
trastabillar á su enemigo; — veremos si la sangre rae dice en la 
hoja de la espada hasta donde ha penetrado; — y con el acero des- 
cubierto se alejó, entrándose por los suburbios de la ciudad. 

IV. 

El sacristán penetró en el aposento llevando luces, y entregó á 
Rosa una targeta. 

— ¡ Ya estaba impaciente por su llegada ! que pase este caba- 
llero. 

Pocos momentos después entró un hombre como de cuarenta 
y seis años, robusto, apuesto, elegante, de color moreno, bigote y 
perilla cuidadosamente acicalados, frente despejada, mirada in- 
teligente y exquisitos modales. 

— La señora, condesa me tiene á sus órdenes. 

— Caballero, — dijo la dama, y le tendió la mano con predilec- 
ción, — antes de vuestra partida he querido deciros algunas pala- 
bras. 



EL SOL DE MAYO 57 



— Supongo que por el paquete recibiríais cartas del rey don 
Juan. 

— Sí, me habla de la candidatura; pero noto en sus expresiones 
algo de vacilación. 

Quedóse pensativo el caballero. 

— Qué os parece de esta conducta? — insistió la dama. 

— Que veo muy oscuro el porvenir, y creo ademas que la liga 
europea trae otro pensamiento que aun no se revela claramente. 

— Es que hay compromisos... 

— Que acaso no se cumplirán. 

— Caballero, no me hagáis dudar de mi propia existencia. 

— Es muy joven aún la señora Condesa para poder apreciar 
á los hombres en el juego siempre desleal de la política. 

— Pero vos sabéis tanio como yo, el empeño que hay en Es- 
paña para que don Juan acepte el trono de México. 

— ¿Sabéis lo que se le exije? 

— No os comprendo bien, tened la bondad de ser mas explícito. 

— La España, es decir, doña Isabel II se ve amenazada de 
uña constante rebelión, por los derechos que los hijos de don Car- 
los creen tener al trono español. 

— Y que tienen, caballero. 

— No es esto una cuestión mia. 

— Proseguid. 

— Luego que don Juan abdique de sus derechos la revolución 
quedará decapitada. 

— Don Juan de Borbon no renunciará jamas á la herencia de 
sus abuelos, él es el único rey de España, aunque doña Isabel se 
siente en el escaño de la usurpación. 

— Insisto en que soy ageno á esa cuestión. 

— Concluid, caballero. 

— Pues bien, se Je exije á don Juan la renuncia absoluta de 
sus derechos en su nombre y en el de sus descendientes. 

— ¡Villanía, infamia! 

— Esa es la política, señora. 

— Si la liga sostiene la candidatura, ia España no podará opo- 
nerse ni tenor esas exigencias bastardas. 

—Es que la España no se prestaría á dar su contingente de 
sangre para levar á su mas terrible enemigo, ni ayudaría á levan- 
tarlo á esa altura para volver de un hombre un jigante. 

— Nada dicen las correspondencias europeas. 

— Acaso las vuestras no lo consignen, pero en las mías se ex- 
plica perfectamente este asunto. 

— Yo creo, señor general, que los mexicanos que trabajan por 
Ha intervención, no encontrarán inconveniente en aceptar al prín- 
■ cipe don Juan como rey de México. 

— Al convocarme á esta cita, fiando á mi honor el secreto de 
(vuestra permanencia en este país, debo responder con entera fran- 
¡queza y caballerosidad. 

Inquietóse vivamente la dama con este preámbulo que nada 
bueno le auguraba. 



58 JUAN A. MATEOS 

— Ya tengo el honor de escucharos. 

—El gobierno actual de la república con sus tendencias y sus/ 
hombres, están fuera de mi sentir político; creo que el país se des- 
borda en ese huracán en que lo envuelve la reforma, sin que esto 
quiera decir que mis ideas se inclinen al régimen del retroceso. 

La fisonomía de la joven se enturbiaba por momentos. 

— Creo, señora, que mi patria no puede llegar á. la altura de 
mis deseos ni al de sus destinos, sino variando completamente de 
rumbo. 

— Esa es la creencia y la convicción de los hombres de Estado 
europeos. 

■ — Las naciones aliadas, — continuó el general, — han pactado que 
no intervendrán en los asuntos interiores del país. 

— Ya sabéis, caballero, que hay mucho tras esa carátula que 
se llama convención de Londres. 

— Señora, estoy al tanto de todo, pero hay estipulaciones que 
comprometen y tienen al fin que llevarse al cabo. 

— No comprendo bien, señor general. 

— Decia, señora, que la liga sostendrá el gobierno que la na- 
ción quiera darse. 

— Ahí está todo el juego diplomático. 

—Precisamente es la razón por la que todo mexicano está en 
obligación de concurrir, para que no se extravíe el juicio nacional. 

— ¿ Y bien ? 

— Yo nnrcho á Veracruz para apersonarme con los aliados, 
y dispongo mis trabajos para el establecimiento de un orden en el 
cual no se comprometa la independencia de México. 

—¿Y creías, señor general, que podéis ser una entidad? 

— Creo, señora, en todo lo que mi deber me impone; creo que 
México no prdrá resistir el empuje de las tres naciones mas pode- 
rosas del viejo continente, y que es necesario aprovecharse de esa 
libre elección para la forma de gobierno y las personas que deben 
regir los destinos del país. 

— Luego pensáis en alguna candidatura mexicana. 

— Precisamente; la convención nos ofrece apoyar al gobierno 
que la nació a se designe, veamos si podemos establecerlo según 
nuestras urgentes necesidades en el estado actual del siglo y de laj 
civilización. 

--Señor general, esas ideas y sentimientos no os librarán ante 
el partido 'Je la República de esa fea nota de.,, no me quiero per- 
mitir el decir la palabra. 

— Señora, no hay temor de pronunciarla; puedo estar en un 
error, acaso la pasión política haya llegado á poner una venda 
sobre mis ojos, y las apariencias todas me acusen; pero yo os juro 
por mi honor, que no busco sino la felicidad de mi patria. 

— ¿Ignoráis las leyes todas que condenan como antipatrióti- 
cos, una acción, una palabra, un pensamiento, que tienda á apern 
sonarse con el extrangero? 

— Todo lo sé y lo comprendo, juego en esta lucha hasta mú 
nombre allende la tumba. 



EL SOL DE MAYO 59 



— Veo por la explicación franca que hemos tenido, que el prín- 
cipe don Juan no contará con vuestra influencia en el partido in- 
tervencionista. 

— Ya he tenido el honor de manifestar mis convicciones. 

— ¿Y si don Juan de Borbon os ofreciese el mas brillante por- 
venir de nombre y honra que se pueda alcanzar después del mo- 
narca, qué diríais ? 

— Diria que la liga con el extrangero... 

— ¿Y no vais á entrar acaso en un pacto con las naciones de 
la liga ? 

— Siento deciros, señora, que no apreciamos de la misma ma- 
nera los hechos ni las situaciones. 

— ¡De pié, señor general ! — dijo la joven con altanería; — el prín- 
cipe don Juan no necesita de vuestra alianza, estáis en libertad 
para descubrir nuestros planes, el secreto está en vuestra mano. 

Aquel hombre caballeroso se quedó confuso ante ofensa tan 
palpitante, sus ojos se fijaron en los de la joven y sus labios no pu- 
dieron pronunciar por mucho tiempo una sola palabra. 

— ¡ Hemos concluido, señor general, sigo sola en la lucha, no 
me amedrentan las contrariedades, y de hoy mas os tendré como 
al mayor de los enemigos de mi causa. Yo no acepto términos me- 
dios, el todo por el todo, ó conmigo ó contra mí! 

— Dios os guarde, señora. 

El general salió de aquel recinto espantado de tanta audacia. 

Aquel personaje, lleno de caballerosidad y adornado con las 
prominentes dotes del saber y del valor, impulsado por la fatali- 
dad humana en uno de sus errores mas espantosos, iba en pos de 
las naciones aliadas, á pactar con el extrangero para la consecu- 
ción de sus fines políticos, sin sospechar que la mano de su destino 
irrevocable lo conducía á las gradas de un cadalso. 

Aquel hombre era el general don Manuel Robles Pezuela. 

La condesa quedó largo tiempo con la mirada fija en la puerta 
por la que acababa de salir aquel personaje, y después, con la 
mano trémula por la emoción, agitó la campanilla. 



CAPITULO X. 

. Donde se ve que la herida cuando viene de mano de estudiante no trae 
aparejada amputación. 



Felipe Cuevas tenia dos pensamientos, el uno era conseguir 
á todo trance el amor de Isabel, y el otro desenmarañar la tela que 
envolvía á su buen amigo Mondoñedo. 

Dirigióse el estudiante á la casa de Santiago González, que era 
una pequeña viviendita de casa de vecindad. 

González vivia con su hermana Loreto, que se mantenía, y 



60 • JUAN A. MATEOS 



de paso mantenía á su hermano, con el trabajo ingratísimo de la 
aguja. 

Habia dos razones para que Loreto no se hubiera casado; la 
primera, que era fea de primo cartelo; y la segunda, que era 
pobre. 

He aquí dos razones mas que suficientes para alejar al sexo feo. 

Loreto era una buena muchacha, honrada por supuesto; eran 
tan pocas las tentaciones, que el diablo debia estar desesperado 
de aquella virtud sin acechanzas ni enemigos. 

Felipe Cuevas era medio literato; ya sabemos por esperiencia 
lo que valen las cosas á inedias. 

El estudiante sabia versos de memoria y trozos de comedias; 
ponia cartas de amores con perfección, y sabia galantear á una 
dama á las mil maravillas. 

Santiago González estaba, en la época á que se refiere esta ve¿ 
rídica historia, en un estado tan triste, que solo visitaba por las 
noches, y eso pretestando enfermedad de la vista, para estar en 
la penumbra y no poner de manifiesto sus desbrozados vestidos. 

González tenia buen cuerpo, sabia llevar perfectamente la le- 
vita, cuando la tenia, y cuando no, no la llevaba de ninguna 
manera. 

Loreto le compraba todos los dias los cigarros, y cada año 
los libros. 

Santiago concurría con puntualidad á sus cátedras de clínica, 
y al hospital; se chanceaba con las Hermanas de la Caridad, se 
hacia obsequiar de ellas y hasta les perdía prestados algunos reales 
á la superiora. 

Sor Dolores se reia de las ocurrencias de González, y lo te- 
nia por un gran calavera, y no permitía mucha intimidad con las 
muchachuelas. « 

Cuando el estudiante comprendía que Loreto no contaba con 
un centavo, empeñaba el libro en la esquina del Colegio de Niñas, 
donde un español le prestaba cuatro reales sobre cuatro volúmenes. 

A los pocos dias el estudiante sacaba sus autores hasta mejor 
oportunidad. 

La llegada de Felipe Cuevas con Isabel, lo hizo saltar de go- 
zo; le llevaban á su casa, á su propia casa, á- una muchacha; 
aquello era entrar un ángel por la chimenea. . 

El primer dia, Santiago González estuvo retirado, no puso 
los pies en la casa hasta muy de noche, en que fingiendo que tenia 
mucho que estudiar se retiró á su cuarto. 

A la mañana siguiente se ofreció á la orden de Isabel; el ter¡-j 
cer dia estuvo toda la tarde con ella, y ya desde el cuarto tomó' 1 
tal confianza que solo salía á las horas de cátedra. 

II. 

Felipe Cuevas llegó con aire de tutor á la casa de depósito. 

Isabel le preguntó noticias de don Fernando. 

—¡Bonito papel estoy haciendo!— dijo para sí el estudiante. 



EL SOL DE MAYO 61 



— No puede prolongarse esta situación, señor Cuevas, — decia la 
joven abandonada. 

— Ya lo creo; pero no encuentro como variarla, á menos que 
usted no quiera volver á la casa paterna. 

—Me mataria mi padre. 

— Y tendría razón. 

— No está malo el consuelo. 

— Yo tenia algo mas que proponer á usted. 

— Deseo oir cualquier cosa por extraña que sea. 

— Pues bien, yo... me... la... 

— Siga usted. 

— En fin, yo quiero casarme con usted. 

A pesar del estado de impaciencia que guardaba la joven, co- 
menzó á reirse de una manera tan tenaz y estrepitosa, que el 
estudiante quedó desconcertado. 

— No veo, dijo, — motivo para una alegría tan inusitada. 

Isabel se reia con mas gana. 

— No creo que sea esto una burla; la propuesta de matrimo- 
nio es un negocio muy serio para echarlo á risitas. 

— Hable usted con formalidad, amigo mió, no estamos para 
broma. 

— ¿ Le parece á usted bromita un sacramento ? 

— No el sacramento, sino el sacramentado. 

— Señorita Isabel, espero que usted reflexione y se resuelva 
en el término de tres dias. 

— Usted se chancea, señor Cuevas, y tenemos mucho de que 
tratar. 

— Yo de nada entiendo; elija usted: la casa del señor Torre- 
j Mellada, y en ese caso va usted sola, porque yo no sano aún del 
jmuletazo, ó se casa usted conmigo y yax christi. 

— Vea usted, hablando con franqueza, no acepto ninguna de 
(las dos propuestas por inconvenientes; yo me encargo de resolver 
I sobre mi porvenir. 

— Me mataré. 

— Lo sentiré mucho. 

— Dejaré un papel declarando que usted ha sido la causa de 
la catástrofe. 

— Y yo lo negaré, caballero. 

— Y yo le afirmaré. 

— ¿Después de muerto? 

— No importa. 

— Señor Cuevas, V. que yo siento hacia usted es gratitud por 
sus atenciones, reconocimiento profundo por una conducta tan no- 
ble aunque no tan desinteresada. 

— Hablemos claro, lo que yo sospecho va con fundamento es que 
Santiago Gor.zalez le está haciendo á usted el amor. 

— ¿Y que tiene de particular? 

— Para usted nada. 

— El señor González lo que hace es entretenerme con el relato 
de versos y la representación de dramas. 



JUAN A. MATEOS 



— Vea usted, Isabel, es mejor que no la entretenga á usted, 
en eso hay un peligro que usted no percibe, ese hombre se arrastra 
como una serpiente boa en pos del cariño de usted y acabará por 
conseguirlo. 

— Se engaña usted, yo tengo un amor desgraciado pero inol- 
vidable. 

— Ríase usted de ello, ese Santiago González es un fenómeno en 
materia de amores. 

— Confieso que es simpático. ■ 

— Lo dicbo, ya está enyerbada, ese hombre me la roba, á mí, 
á mí que he sufrido un muletazo paterno que me fracturó una cos- 
tilla, á mí quo la he respetado como á una imagen! 

— Señor Cuevas, sosiegúese usted, vea que pueden oirlo y po- 
nerme en una situación horrible. 

— Es verdad, soy un bruto; ¿á cómo estamos hoy? 

— A veintidós. 

— Bien. 

Felipe Cuevas sacó una cartera y apuntó la fecha. 

— ¿ Qué apunta usted ? 

— Nada, es una antigua costumbre, yo conservo en esta cartera 
la memoria de lo que me sucede mas espantoso, y lo que veo de 
mas raro. Pase usted la vista, hágame usted el favor. 

Isabel tomó la cartera y leyó : 

(( Dia 1, 2 y 3 no tuve que comer.» 

«Dia primero de Octobre de 1854 vi mil monos en la casa de 
fieras de Nueva-York, entre ellos uno verde esmeralda.» 

Isabel volvió á reírse. 

— ¡ Así se ríe usted de la desgracia! 

— No, hombre, de los mil monos americanos. 

— Es cierto, ciertísimo, y un cocodrilo mas carnívoro que mi 
casero. 

— Es usted un hombre célebre. 

— Sí, mucho, sobre todo cuando se me desaira; vea usted, me- 
jor estaría entre los horrores del museo que en esta situación. 

— No desespere tan pronto. 

— Es decir que hay alguna esperanza. 

— No digo tanto. 

— Bien, esperaré hasta que usted se decida á aceptar mi mano. 

III. 

Entró en ese momento Santiago González con una botella de 
anisete y unos pasteles. 

— ¡ Loreto ! ¡ Isabelita ! — llegó diciendo el muy socarrón. 

— ¡Hola! ¿tú por aquí, compañero? 

— Sí, — dijo Cuevas con solemnidad, — tengo el cargo mas difícil, 
el cuidado de esta joven infeliz. 

— Déjate de trajedias y vamos á hacer la colación de la noche. 

— Este bribón, — pensó Cuevas, — está gastando los cien duros 
de la libranza. 



EL SOL DE MAYO 63 



Loreto llegó á completar la tertulia. 

Isabel, que por ser muy joven olvidaba con frecuencia el 
hasco que le habían dado los parásitos de Don Fernando, tenia 
n omentos alegres. 

— El primer brindis por Isabelita, — dijo González. 

— Lo estimo mucho, — respondió la muchacha. 

— ¿Con que usted se alegra? — dijo intencionalmente Cuevas. 

— No hay motivo para entristecerse. 

Las copas se vaciaron. 

— Brindemos por tu hermana Loreto que es un ángel, un án- 
Jel sacrificado por tus barbaridades. 

La segunda edición del vino se consumió. 

Siguieron los pasteles, que también terminaron. 

Las jóvenes suspendieron las libaciones, pero Felipe Cuevas 
ontinuó impávido, diciendo que el cuatro de Julio, aniversario 
le la independencia de los Estados-Unidos, habia tomado todo el 
.lia patriótico, con interrupción de algunos minutos, botellas de 
oñac en memoria de Washington sin atarantarse. 

Santiago se perturbó algo y comenzó á requebrar descarada- 
mente á Isabel. 

Alteróse Felipe Cuevas, mas no teniendo derecho para retar 
i su amigo, se salió rechinando los dientes como un condenado. 

Apoderóse de su cerebro exaltado una idea verdaderamente 
sxtraña. 

Fué á su casa, sacó un florete perteneciente á Mondoñedo y se 
iirijió lleno de brio en busca del estudiante, á quien hacía en la 
pasa del templo de Regina. 

Larga es la distancia que media entre la apartada calle don- 
de vivía Santiago González y 3a plazuela de Regina. 

Felipe Cuevas llevado entre los vapores del vino, atravesaba 
las calles sin estar seguro del terreno que pisaba, porque los edi- 
ficios parecían bambolear á su paso y las banquetas hundirse. 

Algo lo refrescó el aire frió que soplaba, pero una circuns- 
tancia acabó de dar al traste con la cabeza del estudiante. 

Al pasar por el café Fulcheri, lo detuvieron varios compañe- 
ros de escuela, á quienes Cuevas ni habia conocido entregado á 
bus proyectos y reflexiones. - 

— ¿Dónde irá ese pájaro? 

— Al infierno, — contestó Felipe, sin saber quien le hablaba. 

— Pues deténgase el embozado. 

— ¡No me dá la gana! 

— Es que hay algo que beber. 

— Esa es otra cosa, acepto. 

Reunióse Felipe con los estudiantes y entraron a uno de los 
■gabinetes elegantísimos de Fulcheri. 

— No me gustan estos establecimientos, — dijo Cuevas; — mucha 
luz, mucho oro en los tapices y mármol y terciopelo; pero nada 
de sustancia. 

— El coñac es famoso, — observó uno de la estudiantina. 

— En todas partes es lo mismo, con la diferencia que aquí vale 
un real la copa, y en la vinatería una cuartilla. 



64 JUAN A. MATEOS 

— Es que no lo has probado. 

— Pues probémoslo si hay quien lo pague, y si no que se que- 
dé á deber; pero siempre que lo traigan. 

Diciendo esto dio furibundas palmadas sobre la mesa. 

— Poca repercusión tiene la piedra; ¡ canario ! en el café de la 
calle de las Ratas el primer goJpe se oye en la Plaza de Armas. 

—Como que las mesas son de madera. 

Presentóse inmediatamente un criado y le ordenaron trajese 
seis copas de coñac. 

Luego que las trajeron, Felipe despachó la suya con aire cam- 
pechano. 

— Por los calzones del Mal-ladron, que esto parece un jerez. 

—Te lo habia dicho. 

— Bien recomendado, que me traigan otra, necesito templarme 
á la heroica. 

— ¿ Hay aventura pendiente ? 

— Siempre traigo alguna en sal, pero nunca como la de esj^x 
noche, ved. 

Felipe Cuevas enseñó el puño del florete. 

— ¿Cuchilladas tenemos? 

—Sí, ya saben que tengo estudiada una formidable estocada, 
uñas abajo, uñas arriba y á fondo. 

—Hombre muerto. 

— Tan muerto que ya veréis mañana algo parecido. 

—¿Es algún rival? 

— No, a esos los veo poco mas ó menos, ellos no tienen la culpa. 

— ¿ Pues de qué se trata ? 

—De romper con este florete una telaraña. 

—Esa es cuestión de poco momento. 

— Es que la telaraña es de acero. 

— Varía la cuestión de aspecto, amigo mió. 

— Para romper telarañas comunes basta una escoba; mi pro- 
yecto es mas vasto, mas heroico y piramidal. 

— ¿Necesitas compañía ? 

—Bastante compañía es la del coñac. 

— Eso es lógico. 

■ — Con que los abandono. 

— Que Dios te lleve por buen camino y no pases la noche en la 
Diputación. 

— No hay cuidado. 

Salióse Felipe Cuevas mas atarantado aún de lo que habia en- 
trado, y siguió su rumbo á la plazuela donde habia puesto la proa. 

IV. 

La noche era densamente oscura y el viento silbaba azotando 
á los transeúntes y á los edificios. 

— ¡ Demonio ! — decia Felipe, — cada instante me descubre el 
viento, y temo que vea algún curioso mi tizona. 

Seguía calle adelante hasta detenerse frente á la iglesia. 





General Ignacio Zaragoza. 



EL SOL DE MAYO 65 



El barrio de Regina tiene un aspecto sombrío, la torre se des- 
taca entre las sombras como un fantasma y reinaba en torno del 
templo un silencio sepulcral. 

El estudiante rondó algunos minutos la casa de Rosa. 

— Allí debe estar mi amigo, es preciso salvarle, yo no debo 
dejarle perecer impunemente: bastante me indicó que necesitaba 
del auxilio de un brazo; ademas que Mondoñedo es un mancebo ata- 
do y pobre de espíritu. Estoy por llamar á esa puerta y romper el 
misterio. 

Estaba Felipe Cuevas á punto de cometer una barbaridad, 
cuando al sonar la primera campanada de las once, la vidriera del 
balcón de Rosa se abrió pausadamente, pero sin dejar ver bulto 
alguno. 

El estudiante se puso en acecho desde un zaguán del frente. 

Oyéronse pasos lejanos. 

El ruido se iba percibiendo con mas claridad. 

Un caballero embozado hasta los ojos se detuvo bajo los bal- 
cones. 

Asomóse una mujer y dijo en voz baja al caballero: 

— La señorita está ocupada en este momento; que aguarde usted 
unos minutos. 

— Rien. 

El embozado comenzó á pasearse á lo largo de la calle. 

Felipe Cuevas, á quien estaba haciendo todo su efecto el al- 
cohol, se le metió en la cholla que se tramaba algo contra su amigo, 
y que aquel embozado era un satélite de la dama á quien era pre- 
ciso retar en duelo. 

Llevado por el estrabismo de sus argumentos se dirigió al em- 
bozado y le dijo con altanería: 

— ¿ Se servirá usted decir á quien ronda la calle ? 

— Algo debe importar al que pregunta de una manera tan arro- 
gante. 

— Algo y mucho; si no se echa fuera de la calle reñimos. 

— Sea,— dijo el caballero, que llevaba una espada de buen tem- 
ple. 

Despojáronse de sus capas aquellos dos calaveras y comenza- 
iron á reñir como si tuviesen ofensa que vengar. 

Al ruido de las armas fué cuando Rosa se r^ercó á su balcón, 
de donde se desprendió llena de inquietud con la vista del general. 

Estaban en lo mas empeñado de la lucha, cuando el portero 
se acercó á los contendientes sin atreverse á interrumpirlos. 

El florete del estudiante penetró en el brazo del desconocido y 
la espada se le escapó de la mano. 

Felipe Cuevas, que vio retroceder á su enemigo, se apresuró á 
ihuir por los intrincados callejones del barrio. 

— Ese hombre está loco, — dijo la voz conocida de don Fernan- 
do,- el brazo me libró de una estocada mortal. — Y envolviéndose 
en la capa esperó con el mayor reposo la hora de la cita. 



5 — EL SOL DE MAYO. 



gg JUAN A. MATEOS 



CAPITULO XI. 

De cómo es preferible tener una estocada en el brazo, que un dardo 
en el corazón. 

I. 



Hemos visto á la joven condesa levantarse terrible y amena- 
zante al convencerse de que el general no entraría en sus planes 
sobre la candidatura de Don Juan de Borbon para el trono de Me- 

XiC °L\ieffo que el general abandonó la estancia, dejando rotas del 
todo sus relaciones con los agentes del conde, de Montemolm, la 
dama se acercó al bufete y escribió con mano segura estos ren- 

g «El general Robles Pezuela sale mañana de la capital á una de 
los fincas de campo de las inmediaciones, á esperar la llegada de 
las escuadras europeas. Luego que las fuerzas hayan desembarca- 
do partirá á Veracruz para ponerse de acuerdo con el general 
Almonte. Robles Pezuela es un hombre muy peligroso.» 

Tornó á tocar la campanilla. 

—Un hombre de toda confianza —dijo á su viejo guardador- 
llevará este billete al ministro de la guerra. 

El viejo tomó la carta y dijo á la condesa: 

-El señor de Mondoñedo hace tres horas que espera su turno. 

—Me habia olvidado, que pase. 

II. 

El estudiante habia acudido al llamado de la joven después de 
revelar su secreto á Felipe Cuevas. 

Pensaba Mondoñedo en el fin que debia tener aquella aventu- ; 
ra singular y en el cariño inmenso que se habia apoderado de su 
alma al contacto de aquella mujer encantadora. 

El estudiante soñaba con el amor de Rosa y ese velo de poesía 
misteriosa que la circundaba. fi „™J 

La altivez de la joven, sus ademanes majestuosos, sus firmes 
resoluciones, su carácter impetuoso y su energía obstinada, forrrmi 
ban un contraste con aquel rostro de serafín. 

Rosa aparecía á los ojos de Mondoñedo como un ser excepcio- 
nal, grande y sublime; así era también el amor creado sobre aque- 
lla forma gigante. , , 

El amor brotado en el alma del estudiante, era una de esa 
plantas venenosas que pueden dar la vida como ocasionar la muer 
te- era un sentimiento impío luego que se concentraba en un solc 
objeto para olvidar todo lo que le rodeaba, y una idea religioss. 
al mismo tiempo; porque amaba á Dios y bendecía su hechura so, 
bre la tierra en la forma encantadora de la joven. 

A fuerza de hablar con ella, de aspirar su abento, de recibí 



EL SOL DE MAYO 67 



el rayo de su miradas en el silencio eterno de su alma, la pasión 
mas sombría se apoderó del corazón virgen aun á esas impresio- 
nes terribles do la vida. 

Mondoñcdo era un sonámbulo, andaba en medio del sueño, 
veia á Rosa: la llamaba y aquella sombra entraba en el misticis- 
mo de su creencia. 

Habia iiu sol en el mundo de sus ilusiones, una luz vivísima 
que caia en llama eterna sobre su pensamiento. 

Oia por acaso el nombre de su ídolo, y se estremecía terrible- 
mente. 

Buscaba en el susurro del viento las palabras de Rosa, quería 
que el aire perpetuase los ecos argentinos de aquella voz cuyo 
timbre lo tenia despierto aún en sueños; porque durante sus vigi- 
lias prolongadas la visión se presentaba coronada de estrellas á 
turbar los mares tempestuosos que rugían en el fondo de su alma. 

Arrastrado por aquel torbellino, esperaba el mundo de los acon- 
tecimientos que rompiese el hilo misterioso que lo ataba á la jo- 
ven con una fuerza irresistible. 

Como la hoja moviéndose al menor soplo de viento, aquella 
alma obedecía á una voz imperiosa, imán de sus acciones y pensa- 
mientos. 

Era el amor imposible en todas sus faces; porque el estudiante 
se habia forjado lo irrealizable; porque el giro de la imaginación 
y, el avance de la fantasía no los alcanza ni la luz ! 

III. 

Presentóse Mondoñedo procurando conservar algo de aliento. 

A la sola vista de la joven, el estudiante no pudo articular una 
palabra. 

Rosa tomó su aspecto familiar y le indicó asiento; él aceptó 
temblando. 

Nadie hubiera conocido tras aquella sonrisa angelical la tor- 
menta que acababa de cruzar por el corazón de la condesa. 

— Deseaba, — dijo con un acento encantador, — que me contarais 
algo de ese mundo en que os habéis lanzado con tan buen éxito. 

— Señora, bien poco tengo que referir, si no es una aventura 
graciosa por lo excéntrica. 

— ¿ Se trata tal vez del conde vuestro amigo ? 

— Precisamente. 

Una nube lijera pasó por el semblante de la joven. 

— Cuente el señor estudiante, que debe ser muy divertida. 

— Es el caso que don Fernando le hacia el amor á una mucha- 
chuela hija de un inválido llamado Torre-Mellada. 

Rosa se mordió ligeramente su labio inferior. 

— ¿ Conque le hacia el amor ? 

— Sí, pero solamente por broma, figúrese usted que la señorita 
no merece la pena. 

— Adelante. 

— Los amigos del conde tuvieron la ocurrencia de robar á Isa- 
bel, que así se llama la heroína. 



68 JUAN A. MATEOS 



— ¿Y consumaron el rapto? 

— Fué una cosa muy sencilla : con un recado de don Fernando 
abandonó el hogar y se entregó á su destino. 

— Continuad. 

— Los amigos del conde le fueron á dar parte para que acudiese 
á ver á la dama. 

¿Y fué el conde? — preguntó con acento desconcrtado la con 
desa. 

— ¿ Algo le pasa á usted, señora ? 

— Me conmueve ver á una joven presa del engaño y de la per- 
fidia. 

— Efectivamente es doloroso. 

— ¿Vuestro amigo correría en pos de Isabel? 

— No, eso es lo excéntrico de que hablaba. 

Serenóse el semblante de Rosa. 

— El conde reprendió á sus amigos y ordenó que la entregasen, 
á un estudiante que estaba enamorado de la muchacha. 

— Es una orden singular. 

— Don Fernando no quiso ni aún verla. 

— Es muy tarde, — dijo Rosa, — y tengo deseos de reposar; he 
pasado un dia muy inquieto. 

— Señora, dijo Mondoñedo sin poderse contener, yo no sé lo 
que pasa por mí; cada vez que salgo de esta casa, me siento loco 
y profundamente abatido; es que no está en mi arbitrio contener 
el torrente desbordado de mi cariño; compadézcase usted de mis 
sufrimientos ! 

— Tengo un sueño horrible, — dijo Rosa; — otra vez hablaremos, 
tenga usted calma. 

— Es que estoy al borde de un abismo y acabaré por quitar- 
me la existencia. 

— Le prohibo á usted disponer de una vida que me pertenece. 

— Es cierto, señora. 

— Venga usted mañana, que tenemos algo que arreglar. 

Salióse Mondoñedo pensando en las palabras de la joven: «Le 
prohibo á usted disponer de una vida que me pertenece.» 

El lector, si ha sufrido mal de amores, comprenderá todo el 
cúmulo de deducciones que sacaría un sofista enamorado, de aque- 
llas frases misteriosas que nada querían decir entre dos platos. 

— Le prohibo á usted disponer (luego me manda), de una exis- 
tencia (luego yo existo) que me pertenece... Aquí... aquí está la 
ponzoña! 

¡ Pobre estudiante! ignoraba que la ponzoña la llevaba en el 
corazón. 

IV. 

Luego que salió Mondoñedo la joven se asomó al balcón, dio 
una ligera palmada y el caballero de la calle se acercó recatada- 
mente. 

— ¿Sois vos ? 



EL SOL DE MAYO 69 



— Sí , alma mia,— respondió el conde. 

— ¿ Qué ha pasado ? 

— Casi nada. 

— He oido el choque de espadas. 

— Me encontré á un hombre que me disputó el paso y me atacó 
inmediatamente. 

— ¿Has sufrido algo? 

— Una ligera herida en el brazo. 

— ¡ Dios mió ! 

— No hay cuidado. 

— He oido algo en que tu nombre está mezclado. 

— ¡ Demonio ! — murmuró el conde, — ya sabe lo de la señorita 
Mons; — y luego, alzando la voz, dijo: — No des crédito á esas es- 
pecies que se propalan con ánimo de desprestigiarme. 

— Es que no solo son rumores. 

— Te juro, alma mia, que en la tertulia del señor Mons no 
tengo interés alguno. 

— Pues me lo han asegurado, — insistió la joven, que sorpren- 
dió el hilo de una nueva aventura de su amante. 

■—Cierto es míe concurro á sus diversiones y aun mas te diré: 
le he dirigido galanteos de sociedad á Eloisa ; y nada mas. 

— Aun hay mas todavía, — tornó á insistir la joven enamorada, 
cuya voz comenzaba á hacerse trémula. 

■ — Te habrán dicho que acompañé á la familia al paseo de 
Todos Santos, dándole el brazo á Eloísa; pero todo ello fué obra 
de la casualidad. 

— Retiraos, caballero, — dijo Rosa con severidad, — os habéis he- 
cho insufrible. 

— Por Dios, Rosa, — decia el galán, — no sospeches de mi cariño. 

— Idos, y no me volváis á ver, — dijo la joven con altanería, 
y cerró precipitadamente la vidriera de su balcón. 

— ¡ Demonio ! todo se lo llevó la trampa, — exclamó don Fer- 
nando, — y esta herida que ya se explica con un dolorcillo mas que 
regular. 

Envolvióse el brazo fuertemente con el pañuelo. 

Ya habia dado algunos pasos para retirarse, cuando volvió á 
abrirse el balcón. 

— ¿Os marcháis, caballero? 

— Me habéis despedido de una manera cruel. 

— Explicadme todo y acaso os perdonaré. 

— Rosa mia, la sociedad tiene sus exigencias, y no he podido 
escusarme. 

— ¿Pero no tenéis interés alguno por esa mujer? 

— No tengo mas aliciente que tu cariño. 

— ¿ Y es hermosa la señorita Mons ? 

— Delante de tí no hay mas que tú. 

— Gracias, caballero, pero no os creo; habíais de pensar que 
yo soy una muger desgraciada; que vivo en el silencio de este re- 
tiro porque mi padre prefiere el ostracismo á permanecer en In- 
glaterra después del derrumbamiento de su fortuna. 



70 JUAN A. MATEOS 

—Es cierto, pero yo te amo con delirio. 

— Indagaré si es cierto lo que me decís. 

— Soy hombre muerto, — murmuró el conde. 

— ¿ No os molesta la herida ? 

— Comienza á fastidiarme. 

— Pues idos. 

— ; Adiós, Rosa ! 

— ¡Adiós ! 

— ¿ Me amas ? 

— Mañana podré contestaros 

— Una palabra nada mas. 

— Mañana. 

— Rosa, por compasión. 

— Bien, os amo. 

— ¡ Gracias ! 

— ¡ Adiós ! 

V. 

— ¡ Oh!— dijo la joven reclinándose sobre los almohadones de su 
lecho, — ese hombre es mi vida, los celos me arrebatan, pero acre- 
cientan mi cariño. Cuando se iba á marchar sentí que me faltaba 
la existencia y le detuve; esta debilidad es horrible; pero no soy 
dueña de mi voluntad. Le amo con toda el alma. 

Quedóse la joven sumerjida en una indolencia profunda. 

Volvió después la reacción de su espíritu, y dijo con voz alta, 
á pesar de hallarse enteramente sola: 

— Es necesario revelarle todo, este secreto me pesa sobre el 
corazón, le diré quien soy para que una el respeto á su cariño. Me 
cree hija de un comerciante y esto humilla su ser aristócrata; 
ademas que sus tendencias políticas son las mismas que me han 
arrojado á este país. 

Después de algunos momentos prosiguió: 

— Este necio de Mondoñedo me ha puesto al tanto de todo lo 
insignificante, nada me ha hablado de esa señorita Mons... no 
importa, el amor que he despertado en el corazón de ese miserable, 
pone su vida á mi disposición, los acontecimientos se succeden 
rápidamente y puedo necesitarle... ¡Dios mió ! este amor me ha sub- 
yugado á un extremo irresistible: si otro hombre se hubiese per- 
mitido levantar la vista á una mujer... ¡le hubiera arrojado de mi 
corazón para siempre!... ¡pero entonces yo no hubiera sufrido este 
tormento, al verlo ausentar, ni le tendría miedo á una separación 
que sería mi muerte ! 

Dos lágrimas como gotas de rocío se desprendieron de las. ar- 
dientes pupilas de la joven. 






EL SOL DE MAYO 71 



CAPITULO XII. 
De cómo el inválido Torre Mellada por darle al violin le dio al violón. 

I. 

El- viejo soldado estaba con hipocondría; cierto es que no pre- 
dominaba en su alma el amor filial, sino el sentimiento del orgullo 
al verse burlado por una rapazuela. 

El inválido abandonó su casa del Niño Perdido y se marchó 
al pueblo de Mixcoac, diciendo á su casero que iba á tomar tem- 
peramento. 

La vecindad supo el cuento y de secreto en secreto y de cu- 
chicheo en cuchicheo, se enteró todo el barrio, y del barrio salió 
en alas de la crónica hasta perderse en ese mare magnum de 
historias que tiene la gran ciudad de los aztecas. 

Aquella exclamación de Torre-Mellada que se habia arranca- 
do de su pecho y de su memoria era muy significativa. 

El viejo habia dicho al saber la fuga de su hija: « ¡ Igual á su 
madre!»; esto queria decir que la buena de su esposa la briga- 
diera doña Tomasa Riva de Neira y Ximenez de Torre-Mellada ha- 
bia tomado las de Villadiego. 

No era extraño que la cónyuge del inválido se hubiera reves- 
tido de todo el valor heroico para un paso tan formidable, si se 
atiende á que el inválido era un hombre punto mas que inso- 
portable. 

A los asistentes y gentes de tropa los trataba como á su con- 
sorte, y quería ser servido conforme á ordenanza aún en los casos 
mas íntimos de la vida doméstica. 

Así es que á la señora brigadiera doña Tomasa Pviva de Nei- 
ra Ximenez de Torre-Mellada, la levantaba al toque de diana, y la 
hacia acostar al de silencio, y comer á la hora de rancho. 

La infeliz cónyuge no andaba sino que marchaba, y como el 
inválido era soldado de caballería, hacía que sus infelices criados 
trotaran ó anduvieran á escape ó galope según la prisa que tenia 
Torre-Mellada en sus asuntos. 

Sucedió lo que habia de suceder, que la brigadiera tocó trote 
y se escapó con el ayudante, y Torre-Mellada la borró de la lista 
de revista apuntándola como desertora en campaña, y decimos 
que en campaña, porque el día y parte de la noche la pasaban 
en reyertas domésticas que subían á tal grado, que hubo vez en 
que la brigadiera desplumó el sombrero montado de Torre-Mellada 
y el inválido hizo pedazos el peineton de carey en las mejillas de 
:su consorte. 

El soldado dio á criar á su hija Isabel á una señora de la ve- 
cindad y ya que estuvo crecida la llevó á su casa. 

La chica se educó éntrelos soldados asistentes, y estaba entre- 
gada á las diversiones contrarias á su sexo. 

Isabel se ponia una cachucha de su padre, se montaba en un 



?2 JUAN A. MATEOS 



carrizo, y con espada en mano recorría las viviendas agenas ha- 
ciendo destrozos. 

Si los vecinos se quejaban, el viejo echaba, (como vulgarmente 
se dice) sapos y culebras por aquella boca de infierno. 

La niña recibia una reprensión y anadia á su catálogo dos ó 
tres palabras no muy edificantes del vocabulario del veterano. 

Isabel fué haciéndose señorita; pero con un carácter impetuoso 
y terrible, aunque predominaba en ella el género burlesco. 

Desatendida la joven por su padre, su educación era mala y 
no podia parar en bien. 

En un bailecito de candil, como habia dicho don Fernando, se 
habia encontrado con el vastago del conde del Jaral. 

El título la deslumbre, soñó un instante con ser condesa y 
comenzó á coquetear con el calavera, que pasó con la chica un 
rato agradable de conversación. 

Don Fernando la pidió una cita. 

Isabel no pudo negarla y el conde por no tener en qué ocu- 
parse, acudió á perder un rato al lado de Isabel. 

Los amigos de don Fernando le dieron á la muchacha un re- 
cado supuesto, ella lo creyó, y sin reflexionar un momento sobre 
el paso que iba á dar, se salió de su casa como han visto nuestros 
lectores, creyendo hallar tras este escándalo un casamiento. 

II. 

El viejo Torre-Mellada, á pesar de ser un bruto de primera 
fuerza, comenzó á husmear sobre el paradero de su hija y comenzó 
por seguir á los estudiantes, calculando que ellos debian estar 
sobre la pista. 

Indagó en la escuela de medicina donde vivia Felipe Cuevas 
y siguió al estudiante como una sombra. 

La noche que don Fernando y el estudiante riñeron á estoca- 
das, Torre-Mellada se habia emboscado en la plazuela de Regina 
y sacado por consecuencia que aquellos dos atronados se disputa- 
ban el amor de una dama. 

Al inválido se le pasó por las mientes que podia tratarse de 
su hija y rondó la calle sin adelantar cosa alguna. 

Le llamó la atención el misterio de la casa, y se le metió en la 
cabeza que habia visto tras de los cristales del balcón á su hija 
ó á una persona muy parecida. 

Probó á entrar; pero el gesto agrio del guardador de Rosa 
lo rechazó. 

Entonces se encaró al sacristán y le dijo con voz de trueno: 

—Señor mió, entregúeme usted pronto á mi hija. 

—¿Qué hija? 

— La que tiene usted encerrada en ese chiribitil. 

— Yo no conozco á usted ni sé lo que está diciendo. 

— i Por Barrabás que me esplico demasiado ! — exclamó Torre- 
Mellada. 

— Vayase el buen hombre y no moleste. 

— ¡ Yo no soy un buen hombre, sacristán del infiera» ! 






EL SOL DE MAYO 73 



— Vea el señor soldado que á pesar de pertenecer á la Iglesia 
tengo unos puños que... 

— ¿ Luego usted me amenaza ? 

— Yo no amenazo á ninguno. 

— ¡Pues sepa el monigote, que de un muletazo le puedo hundir 
el cráneo ! 

El sacristán, que por motivos que después sabrán nuestros lec- 
tores, ignoraba quien era Rosa, temió que fuese la hija del vete- 
rano y se propuso llevar hasta donde pudiera el negocio en paz. 

— Amigo mió, — dijo procurando dulcificar su voz de catarro, — 
no hay para que reñir, usted se ha equivocado y santas pascuas. 

— Puede ser que yo le dé esas pascuas á garrotazos, si no me 
satisface de lo que llama con tanta sobrepopeija error. 

El viejo guardián de la iglesia, que era un hombre bilioso en 
extremo y acostumbrado á regañar á los beatos de ambos sexos 
sin contradicción, se sentia estallar por momentos. 

— Insisto, — prosiguió Torre-Mellada, — en que usted, si no es el 
raptor de mi hija, es el medianero en sus amoríos escandalosos. 

Esto era mas de lo que un hombre como el sacristán podia 
sufrir. 

Levantó sin poderse contener el brazo derecho y lo descargó 
á plomo sobre el carrillo del inválido. 

El inválido, como en « Llueven bofetones, » lo primero que hizo 
fué recibirlo y en segunda contestarlo con tan furioso muletazo 
que dejó sin aliento al sacristán. 

Estos dos golpes fueron los primeros; pero nosotros no pode- 
mos contar los que se sucedieron; porque el clero y el ejército 
rodaron por el suelo en medio de tal zurribamba de palos, trom- 
pones y desvergüenzas, que acudió la primera autoridad al lugar 
de la riña. La primera autoridad fué el ayudante de acera, bar- 
bero de profesión y tinterillo distinguido del barrio de Regina. 

— Señores, — exclamaba el agente de justicia, — contengan uste- 
des su furor, reflexionen que la constitución de 1857 prohibe los 
duelos, no les falten á las autoridades dimanadas del código fun- 
damental en una de sus leyes reglamentarias, no me pongan en 
el duro caso de apelar á la fuerza de las armas para separarlos. 

Sin prestar atención á la proclama del alcalde auxiliar seguia 
la frasca con encarnizamiento. 

— ¡ Ea ! — gritaba el barbero, — se están violando las garantías 
individuales de que habla la ley en su primera sección; esto es 
atentatorio, recuerden ustedes que están en un país libre, pero 
donde se conserva el fuero de la inviolabilidad del ciudadano. 

La policía acudió al zaguán de la casa cural, y á fuerza de ti- 
rones y esfuerzos supremos desataron el nudo ó masa compacta 
que habían formado aquellos hombres, empañados cuando menos 
en estrangularse. 

--Señores, — decia el barbero,— son dos contendientes y solo se 
perciben tres piernas. 

— Esto es horrible, — dijo una vieja, — seguramente el señor sa- 
cristán ha logrado arrancarle un miembro á ese soldado infernal. 

Bañados en sangre, llenos de contusiones, pero sin mediar he- 
rida alguna grave, se levantaron el sacristán y Torre-Mellada. 



74 JUAN A. MATEOS 



—Esta es una cuestión canónica —dijo el barbero —la riña ha 
tenido lugar en un sitio sagrado, el recinto está violado. 

—Este hombre es un infame —gritaba el invalido —pero ya lle- 
vó su merecido. ,,-., i „l' 1 c* 

—Quien lo ha llevado es usted, viejo estúpido —contesto el sa- 
cristán jadeando de fatiga. , , ,, mxr , 

—Ya que están en paz,— dijo solemnemente el alcalde-voy a 
hacerles saber la pena en que han incurrido. 

—Usted no tiene que mezclarse conmigo— exclamo el invalido. 

— ¿Cómo que no? 

—Yo soy un coronel del ejército, y las leyes civiles no han com- 
prendido nunca á los aforados. 

—Eso era en los tiempos bárbaros, hoy somos todos iguales y 
en negocios de policía no hay fueros. 

—Yo no seré nunca igual á ese sacristán. 

—Distingo— dijo el alcalde —ante la ley sí, en el campo de ba- 

fallo "*10 

—El señor tiene una pierna y yo dos, la iguaiidad es imposi- 
ble,— dijo el sacristán por herir al inválido. 

—Pero vale por tres —gritó Torre-Mellada. 

—Subsiste la misma diferencia— observó el alcalde— pero aquí 
no se trata sino de saber el motivo de la riña sin hacer balance de 
los miembros que les faltan á los contendientes. ^ 

—El señor— dijo el soldado— tiene oculta en su casa a mi hija. : 

—No es cierto. 

—Yo la he visto, y pido que se haga un escrupuloso cateo en 
toda la casa y cuatro cuadras en contorno. 

El alcalde reflexionó, v como cada vez que reflexiona un aícai-, 
de es para hacer una barbaridad, sin mas trámite se dirijió á alla- 
nar la casa seguido de sus tinterillos. 

El sacristán protestó contra la providencia; pero no se le hizo 
aprecio; y el barbero penetró en los aposentos que conocen nues- 
tros lectores. -i 

Luego que el alcalde vio los magníficos estantes de nogal y el 
rico bufete y los muebles suntuosos, que jamas pudo imaginarse 
existiesen en una casa de tan modesta apariencia, comenzó a sos- 

nechar algo 

Rosa salió al encuentro de la autoridad, y la autoridad quedó 
sorprendida de su actitud distinguida y de su belleza. 

—Señora, -dijo el barbero,— es necesario que usted vaya a un 

eP °_ &] Supongo— dijo la dama —que estará usted suficientemente 
autorizado para ese procedimiento. 

—Como usted ha abandonado al señor su padre fugándose de 

I O f* f\ Q f\ 

—Alcalde, está usted delirando, yo no tengo padre y no tengo 
mas casa que esta. . r 

—Su padre está inconsolable, reflexione usted que ya es viejo y 
no es justo darle esas pesadumbres; todo podrá arreglarse satis- 
factoriamente: yo no le seguiré perjuicio alguno al sacristán; se 
casará usted con su raptor. 



EL SOL DE MAYO ?5 



— ¿Qué pasa aquí? — preguntó la joven,— este hombre no sabe 
lo que habla. 

Mosqueóse el alcalde y queriendo echársela de autoridad, res- 
pondió con altanería: 

— Voy á proceder al cateo; — y se apoderó de un legajo de pa- 
peles que tenia puesto sobre la faja este rótulo: «Asuntos de Mé- 
xico.» 

Palideció la joven y dijo con acento turbado : 

— Dejad esos papeles, caballero, son negocios de familia que 
á nadie interesan. 

— Los presentaré á mis superiores, — respondió el alcalde, — y en 
cuanto á usted, haré entrar al señor su padre para que la vuelva á 
la casa. 

Diciendo esto bajó al patio é hizo subir al inválido que excla- 
maba lleno de gozo : 

— ¡Ya la tengo !... ¡ya la encontré ! 

Entráronse el alcalde y el soldado á la habitación. 

—Vamos, — dijo la autoridad, — cargue usted con su hija; y en 
honor de la recta administración de justicia, declare usted que me 
he portado como un buen servidor de la ley. 

— Yo no conozco á la señorita. 

— ¿Lo oye usted, alcalde? 

— ¿Qué no la conoce usted? 

— No, esta señorita no es mi hija. 

— ¿Si es estarán burlando de la autoridad? 

— Repito que jamas he visto á esta dama, y que á la persona 
que yo busco es á Isabel Torre-Mellada. 

— Yo sí que estoy mellado, — pensó el alcalde, — sólo estos pape- 
les pueden disculpar una medida tan violenta. . 

— Supongo que deshecha la equivocación me dejará usted en 
paz. 

— Bien, accedo á la petición de usted, y yo no he tenido la 
culpa, sino el señor que afirmó estar en esta casa la señorita su 
hija. 

—La denuncia tenia todo los visos de certeza, yo pido perdón 
á esta señora. 

— Señores, ruego á ustedes salgan de esta casa, ios curiosos es. 
tan llegando y van á creer en cosas que aquí no pasan. 

El alcalde hizo una reverencia y se marchó directamente al mi- 
nisterio de la guerra con el legajo de papeles. 

Torre-Mellada, desesperado de haber errado el golpe y adolo- 
rido por los golpes del sacristán, se marchó en busca de mejores 
datos, decidido á seguir en la vía penosa de las indagaciones. 

III. 

Luego que la gente de justicia hubo desaparecido, la joven se 
dejó caer en uno de los sillones y cubriéndose el rostro con las ma- 
nos exclamó : 

— ¡ Estoy perdida ! 



76 JUAN A. MATEOS 



El viejo sacristán contemplaba á aquella interesante criatura 
en su abatimiento. 

Volvió en sí, y pensó en conjurar la tormenta próxima a es- 
tallar sobre su existencia. 

—Haced que traigan un carruaje inmediatamente. 

El sacristán salió con violencia. 

—Recojamos,— dijo,— los papeles mas importantes,— y comen- 
zó á abrir los cajones del bufete. _ 

Recojió los billetes y cuanto estimó de algún valor e ínteres y 
esperó la llegada del coche. 

Después, dándose una palmada en la frente, exclamo: ^ _ 

—¡ Dios mió ! ¡ se me olvidaba !— y se dirigió con presteza hacia 
el cuadro de la Herodías, lo descolgó, y despegando el lienzo de la 
madera, lo arrolló cuidadosamente, no sin pasar sus labios deli- 
cados por la cabeza del San Juan Rautista. 

—Señora— dijo el sacristán,— el carruaje está á la disposición 

de usted. 

— Rien, tú me acompañarás. 

—Como usted guste. 

La joven, seguida del anciano, se entró en el carruaje. 

Rosa dio su dirección al conductor y poco después se perdieron 
en las calles de la ciudad. v 

IV. 

Llegó el alcalde á la estancia del ministro de la guerra anun- 
ciándose misteriosamente. 

El general Zaragoza recibió á aquel hombre, que ignoraba la 
trascendencia que iba á tener su imprudente conducta. 

Presentóle los papeles que Zaragoza leyó con profunda aten- 
ción. Cuando llegó á unas cartas, tomó un billete- anónimo que es- 
taba sobre el bufete y cotejó la letra. 

—Es cosa singular,— murmuró el ministro, y ordenando^ al al- 
calde que procediera á un escrupuloso cateo y á la detención de 
las personas que se encontrasen en la casa, se dirijió á la sala pre- 
sidencial. 

El alcalde se fué lleno de alegría y de satisfacción, tomo uno 
media docena de agentes de policía, y dándotes instrucciones re- 
servadas, comenzó por circunvalar la casa, apostar centinelas er, 
las boca-calles, y seguido de sus testigos de asistencia, tornó á pe 
netrar en la casa del sacristán. 

Llegóse con sigilo queriendo dar un golpe de teatro, y aventan 
do la puerta con todo el aire del alcalde Ronquillo, gritó : 

— ¡ Daos todos á prisión ! 

Como las casas no hablan, nadie respondió á la intimación gu- 
bernativa. 

Entonces la autoridad recorrió los aposentos, esculco los es 
tantes con nimia escrupulosidad y encontró después de sus pesqui 
sas un traje elegante de señora. 

—Aquí está la ponzoña, aquí el cuerpo del delito, este tra>j< 
hablará. 



EL SOL DE MAYO 77 



En aquellos momentos el estudiante Mondoñedo, deseando sa- 
ber lo que acontecía, penetró en la casa dispuesto á comprometer 
su existencia si era necesario, por salvar á aquella mujer á quien 
amaba violentamente. 

— ¡Ya habló el traje! — gritó el alcalde, — aprehendan al señor. 

■ — ¿A mí? — preguntó confuso el estudiante. 

— A usted, caballero, á usted, y en nombre del ministro de la 
guerra. 

Los policías se apoderaron de Mondoñedo y lo condujeron á la 
Diputación con el parte correspondiente. 



Al dia siguiente, las beatas del barrio se aglomeraban en la 
puerta del templo de Regina para averiguar por qué habían enmu- 
decido los bronces del campanario. Súpose por toda cosa que el sa- 
cristán había desaparecido y que la casa cural quedaba cerrada 
bajo los sellos de la justicia. 



CAPITULO XIII. 

Historia del ultimátum francés y sus efectos sobre la respetable persona 

de un gallego. 

I. 

El ministro francés habia lanzado la primera chispa de ese 
incendio que mas tarde envolvió á la nación en las llamas asola- 
doras de la conquista. 

Saligny envió un ultimátum al gobierno mexicano en términos 
indecorosos, que de aceptarlos se hubiera arrastrado por el suelo 
sel honor nacional. 

Juárez rechazó indignado la nota del plenipotenciario y las re- 
laciones quedaron interrumpidas, tal vez para reanudarse bajo el 
reinado de otros hombres y otro siglo. 

Aquella inmotivada y violenta determinación exaltó los ánimos 
■ la palabra de guerra fué pronunciada por ios labios palpitantes 
¡áe los mexicanos. 

La noticia de la triple alianza aun no se daba como definitiva, 
y solo se sabia que la España, después de desairar al embajador 
Pacheco, que se presentó demandando justicia en las Cortes, pro- 
vocando un conflicto internacional, habia dado orden al capitán ge- 
neral de la isla de Cuba para qué tuviese dispuesta una escuadra 
pronta á darse á la vela rumbo á las playas mexicanas. 

Los antiguos odios entre el conquistador y la raza conquistada 
se despertaron con mas ardor aún que en 1810. 

Recordáronse los hechos gloriosos de nuestros padres, se expu- 
sieron los cuadros mas sangrientos de las devastadoras escenas de 



7g JUAN A. MATEOS 

H¡7r^rCo"rTés7 _ ü^ivvocó el patriotismo de Guautimotzin sobre la 
hoguera, y se sacó á la luz purísima de la libertad el venerado es- 
tandarte de Dolores ! 

II. 

Juárez aún no llamaba con su voz autorizada á la nación en 
torno de sus banderas. 

Limitóse el presidente á poner el ejército en pie de guerra, so- 
licitando el contingente de sangre de los Estados, y preparo en 
silencio la defensa de la nación. ,,,,!, 

Juárez luchaba en aquellos momentos por restablecer las rela- 
ciones con la Gran Bretaña, quería aceptar la guerra con el ejer- 
cito de Isabel II, y encontrarse frente á frente, pero solos en la lu- 
cha v renovar los días gloriosos de la independencia. 

México no retrocedería ante el peligro, no tenia que ofrecerle 
á la libertad mas que su sangre, era ya tiempo de que se derrama- 
ra en torrentes por su tierra bendita, para refrescar los laureles 
eme crecen en las tumbas de nuestros abuelos! 

El ministro de Relaciones ajustaba una convención con la In- 
o-laterra para conjurar la tormenta que rujia allende, el océano 
* Esa proposición de Wyke en que se vilipendiaba la honra del. 
país y se escarnecía el decoro de México, cayó en pedazos bajo la 
tribuna donde se alzó majestuosa la prominente figura de Lerdo 
de Tejada, profeta inspirado de nuestra nacionalidad! 

III. 

La victoria alcanzada en las cumbres del Real del Monte so- 
bre los restos ensangrentados y deformes de la reacción, alentó 
mas y mas el espíritu público, y la nación entera yacía nerviosa y 
calenturienta esperando el primer toque para entrar en_ la pelea. 

Levantáronse las guardias nacionales, aumentóse el pie de ejer- 
cito, las maestranzas se pusieron en juego, y todo aquel aparato! 
denunciaba un gran acontecimiento. _ '¿Wp de 

Entretanto, el coloso americano dejaba oír el raido gigante de 
sus monitores, y Edmundo Lee brillaba como un astro en los camJ 
nos victoriosos de Springfleld y Bull's-Rum ! . 

P El continente entero estaba envuelto en el turbión revoluciona- 
rio, y la sentencia del Evangelio próxima á realizarse: «Todo pueblo; 
dividido perecerá.» 

IV. 

El ministro Saligny anunció su salida para el 6 de Diciembre; 
y multitud de españoles que creían espuestas sus vidas y hacienda 
agregaron sus sillas de posta á la cabalgata del ministro par c 
abandonar definitivamente sus antiguos hogares. 

Hay un personaje de nuestra novela que tal vez hayan olviaa 
do nuestros lectores; pero que nosotros tendremos el honor de re 
cordarles. 



EL SOL DE MAYO 



79 



Se trata nada menos que de aquel infeliz gallego, padre adop- 
tivo de Mondoñedo. . . . 

Este ciudadano español, natural de Galicia, tenia la historia 

vulgar de muchos colonos. 

Heráclio Mondoñedo habia nacido en la Coruña y sus padres 
eran labradores. . 

Aconteció que un señor español propietario en México, pidió 
brazos para su tienda de abarrotes, recomendando que fuesen ro- 
bustos, no los abarrotes, sino los brazos. 

El padre de Mondoñedo llamó á su hijo y hablandole en buen 

erallego le dijo r 

-Heráclio, mañana te embarcas para las Indias, te despacho á 
hacer fortuna ' aprovecha la oportunidad de ir formando parte del 
lastre del buque, y que Dios te ayude; no dejes de mandarnos algo 
de lo que ganes. , 

La madre de Heráclio le arregló alguna ropa que coloco en un 
baúl del tiempo de doña Urraca, le colgó al cuello un escapulario 
de Santiago de Compostela y lo acompañó hasta el embarcadero. 
Heráclio fué recibido por el capitán como un bulto consigna- 
do á Veracruz. 

Dióse el buque á la vela y las playas natales desaparecieron 
sin que Mondoñedo lo notase, por la sencilla razón de haberse marea- 
do á las primeras viradas del buque. 

El ((Pájaro de Galicia», que así se llamaba el barco, hizo con 
toda rapidez y felicidad treinta dias de navegación. 

Heráclio Mondoñedo saltó á tierra como un bobo y fué entre- 
gado á la casa del consignatario, para que lo remitiese en compa- 
ñía de otros asturianos y montañeses á la gran Tenoxtitlan. 

La casa comisionista empaquetó en un carro á los brazos fuer- 
tes que pedia el corresponsal, y en doce dias los plantó en la calle 
del Seminario de México, casa de don José Carrujo y compañía. 

Varios propietarios fueron á elegir sus dependientes y á Mon- 
doñedo le tocó la casa de don Cándido Guerra. 

Mondoñedo comenzó por barrer la calle, después se limito al 
interior de !a tienda, en cuya escala calzó la primera chaqueta y 
dejó la montera y el chaleco colorado. 

Mondoñedo tenia el pensamiento largo y angosto; pero un ins- 
tinto mediano para el comercio. 

Después de algunos años consiguió el patrón que Heráclio se 
pusiera levita. 

Ese dia el gallego no estaba, en sí, le parecía que alguien le se- 
guía, que le sobraban faldones, que aquello era el post scriplum ele la 
chaqueta, un pecado contra su traje nacional, una falta de respeto 
á los gallegos. 

El patrón le regaló un reloj de plata como una sartén. 
Mondoñedo estaba á punto de volverse loco; llegó á gastar la 
bolsa del chaleco de tanto envainar y desenvainar aquella muestra 
jigante. 

Mondoñedo á los diez meses ya sabia perfectamente la combi. 
nación del horario y el minutero, aunque conservaba alguna duda 
sobre los números romanos. 



JUAN A. MATEOS 



Al principio queria leer la carátula del reloj. 

Heráclio formó de una talega de cuero su caja de ahorros, y 
primero se dejaba sacar una muela que un ochavo. 

Una Semana Santa fué á tomar un vaso de nieve, le pareció 
muy caro el precio y la nieve muy fria. 

No volvió ni á pasar por el establecimiento. 

Heráclio asistia como dependiente á los magníficos convites 
de la casa de su patrón don Cándido Guerra, le gustaban algunas 
de las jóvenes concurrentes; pero jamas se atrevió á decirles ni una 
palabra, mientras sus compañeros se manifestaban algo atrevi- 
dillos. 

Receloso, como de fama pública son los gallegos, desconfiaba 
de todo el mundo. 

Cuando ya su fortuna estaba en disposición de girarse por sí 
sola, su patrón, que era un gran protector de los españoles, le 
planteó una negociación de abarrotes y lo dejó en vía de hacer su 
suerte. 

Mondoñedo comenzó á menguar, debido á caprichos estúpidos, 
y su capital estaba á punto de desaparecer, cuando llegó, en un 
canasto como Moisés, nuestro conocido y simpático estudiante. 

Dentro el canasto habia una libranza de mil pesos y una carta 
con instrucciones, en que se le decia entre otras cosas, que recibiría 
doscientos duros mensuales para la educación del expósito. 

Ya sabemos qué clase de educación le dio á Mondoñedo, y la 
fuga de éste, por salir de las garras del gallego. 

V, 

Heráclio Mondoñedo recibió un dia una serie de billetes que 
importaban veinte mil pesos, y otra carta en que se le encarga- 
ba entregar diez y seis mil al joven y reservar cuatro como premio 
de sus buenos oficios. 

Heráclio hizo un argumento gallego : Diez y seis mil pesos 
que debia entregar y que no entregó, y cuatro mil que me co- 
rresponden, son los veinte mil que me guardo. 

El infernal gallego no quiso cobrar las letras, porque veía 
acercarse el momento de la revolución. 

Algo le inquietaba el pensar en un viaje á España, que de ahí 
.venían las mesadas y las últimas letras. 

Creia el gallego en la posibilidad de que se le reclamase el/ 
dinero y el chico. 

Heráclio realizó lo poco que le habia quedado de su banca- 
rrota, y todo lo depositó en una cartera, cosiéndola perfectamente 
para evitar una pérdida. 

Dispuso la marcha en compañía de esa falange que seguiría 
como escolta al ministro Saligny, y donde iria con toda seguridad. 

Súpose en el barrio el viaje de Mondoñedo, y los vecinos le 
levantaron el falso testimonio de haber hablado mal de México 
y sus moradores. 

Heráclio vivia con una tal doña Petra, á quien amaba hasta 
el grado de apalearla cuatro ó cinco veces por trimestre. 



El, SOL DE MAYO 81 



La vieja olió el viaje de su amante, y alborotó el barrio con 
sus lamentos, y mas aún con sus chismes. ' 

Felipe Cuevas fué convidado por otros perdularios para acom- 
pañar al viajero á la casa de postas. 

Toda la turba se puso en acecho del gallego, que desde las 
cinco de la mañana se encaminó á tomar asiento en la diligencia. 

Luego que salió de su casa, al grito de : « Santiago y cierra 
España, » le dieron una de naranjazos, que ya pedia misericordia. 

— ¡ Muera Mondoñedo ! — gritó la voz conocida de doña Petra. 

— ¡ Muera Mondoñedo ! — repitieron los estudiantes. 

— ¿Cómo es eso de Mondoñedo? — preguntó Felipe; — este debe 
ser pariente de nuestro amigo; — ¡ alto el fuego ! 

Cesó el aguacero de naranjas, y Felipe Cuevas se adelantó 
con aire marcial al desgraciado Heráclio. 

— ¿ Usted se llama Mondoñedo ? 

— Así dicen, — respondió el aturdido. 

— Amigo mió, — continuó Felipe, — yo quiero una respuesta ca- 
tegórica: ¿á qué Mondoñedos pertenece usted? 

— A los de mi casa. 

—Bien, ya eso es algo; ¿y dónde está la casa de usted? 

— ¡Toma! en la Coruña; pues ¿adonde habia de estar? 

— Eso es muy lógico. ¿ Y no tiene usted hijo en México? 

Vaciló un momento y después dijo de una manera segura: 

—¡No! 

— ¿ Entonces, no es usted pariente de Manuel Mondoñedo ? 

El gallego palideció. 

— Vamos, la respuesta. 

Heráclio creyó que su fortuna iba á desaparecer, y tornó á 
contestar con rudeza: 

— No, yo no tengo parientes sino en la Coruña. 

— Este hombre no nos pertenece, — gritó el estudiante; — ¡fuego! 

Siguió la jácara y los naranjazos. 

El gallego, casi en fuga y jadeando de cansancio, llegó á la 
casa de diligencias á tomar iglesia. 

VI. 

A las once de la mañana llegó Saligny con una turba de fran- 
ceses y españoles, que bien pronto estarían de retorno al suelo 
hospitalario, á confesar contritos, que habian soñado al creer que 
en México se consumaria un acto de barbarie con los extrangeros. 

El señor ministro habia comido fuerte, y venia hablando como 
un desesperado, ostentándose como un Cid Campeador. 

Entróse en el carruaje, y toda la turbamulta en los suyos; 
pono el látigo de los conductores, y una chifla espantosa fué el úl- 
timo adiós que recibieron los viajeros. 

VIL 

Sigamos á Heráclio Mondoñedo, que fingiendo una gran po- 
breza, fué sobre los fondos de los amigos hasta Veracruz, y tornó, 

6 — EL SOI DE MAYO. 



JUAN A. MATEOS 



como treinta años atrás, a tomar pasage sobre cubierta, al retorne 
de la patria. 

En esas noches tranquilas del océano, Mondoñedo, acurrucad 
en un rincón del barco, acariciaba su cartera, de la que no se se 
paraba un solo instante. 

El « Fénix » caminaba tranquilo, pero los nortes de Diciembre 
inquietaban á los pasageros. 

El capitán habia anunciado que al dia siguiente estarían a la 
vista del puerto. 

Estas son unas palabras mágicas para quien acaba de atra 
vesar las soledades magestuosas del Océano. 

Reinaba una gran alegría en la cámara y cubierta del vapor 

Todos los pasageros alistaban sus equipajes, hablaban de sus 
proyectos, y unánimemente sentian haber dejado las playas de 
la República. 

Como á las cuatro de la tarde, el capitán subió á cubierta I 
comenzó á examinar el cielo y el mar. 

—Amigos,— dijo un francés,— el gesto de nuestro capitán nc 
me gusta mucho. 

—Es que los marinos españoles son desconfiados. 

— ¡ Demonio ¡—añadió un asturiano,— como que este buque me- 
rece la pena. 

—Es uno de los mas hermosos. 

— Sentiria una desgracia, doblemente cuando ya percibimo! 
la tierra. 

—Estas costas de Cantabria son endiabladas. 

—Han acontecido muchos accidentes marítimos. 

— ¡ Diablo ¡—insistió el asturiano,— no sé por qué toda la tripu 
lacion anda revuelta; el comandante se ha secreteado con el ca 
pitan, y los oficiales reconocen la máquina; seguramente hay no 
vedad. 

—¡Hola! señor capitán,— dijo un montañés;— ¿tendremos buei 

tiempo ? 

El capitán meneó la cabeza. 

— ¡ Malo ! 

—El norte se anuncia: no sería malo que se entrasen en lí 
cámara. 

Los pasageros obedecieron la indicación del capitán, que teni 
todos los honores de una orden. » 

El mar comenzó á oscurecerse, y las nubes á envolverse en e 
horizonte. 

El viento crugia azotando la lona de las velas, que se plegaro 
á una señal del contramaestre. 

— Esa máquina está muy cargada,— dijo el capitán. 

Un oficial dio orden al maquinista para que hiciese mas lentj 
el giro de las ruedas. 

Las olas azotaban los costados del buque y amenazaban Uj 
varse la obra muerta. 

A las dos horas soplaba un norte deshecho y el buque habi 
perdido el palo de mesana. 



EL SOL DE MAYO 83 

— ¡ Mas lenta esa máquina ! — gritaba el capitán. 

De repente el buque chocó contra un arrecife, dejando una de 
sus ruedas hecha pedazos entre las rocas. 

El maquinista, que se habia cargado de coñac, llevaba el bu- 
que con toda ia fuerza del vapor. 

El movimiento causado por el choque introdujo un desorden 
espantoso en la cámara, todos creyeron llegada la última hora. 

El agua comenzó á penetrar por los rotos costados de la nave. 

— ¡ Los botes al mar ! — gritó el capitán, que fué obedecido ins- 
tantáneamente. 

Los pasageros se lanzaron sobre cubierta aterrorizados. 

El marino español no perdió un instante su sangre fria : hizo 
embarcar á los niños, á las señoras, á los ancianos y después á 
los jóvenes, quedándose solo con la tripulación hasta el último 
momento. 

VIII. 

Mientras se efectuaba aquel siniestro pasage, Heráclio Mon- 
doñedo escribió rápidamente algunas líneas en una hoja de su 
cartera que habia sacado de su escondite, y con esa calma som- 
bría que da la desesperación, encendió un fósforo y con él un 
mechero de cera; tomó una botella, metió en su cavidad los bi- 
lletes de banco que hacían toda su fortuna, la tapó perfectamen- 
te con lacre, y se la puso á la cintura atada al cincho de cuero. 

Salió después á la cubierta lleno de angustia, y saltó el último 
á los botes. 

El capitán, que poseía uno de esos corazones que Dios eleva 
hasta lo sublime, y pone en los hombres que luchan con los gran- 
des y terribles elementos de la creación, se paró en la cubierta en 
pos de una esperanza. 

Se le hacia doloroso perder aquella nave tan querida para él. 

¿Cómo llegar al puerto, náufrago y avergonzado, sin el tesoro 
que se le habia confiado ? 

La sangre se agolpó á su cerebro, dos lágrimas aparecieron 
en sus pupilas, y presa del vértigo montó una de sus pistolas para 
abrirse las puertas del infinito. 

El océano y la eternidad se tocan en el horizonte. 

Los mástiles habían desaparecido y el buque debia sepultarse 
dentro de breves instantes. 

— ¡Al bote! — exclamó el capitán dirigiéndose á sus marineros. 

Estos, que veían que su capitán se quedaba en cubierta, per- 
manecieron impasibles. 

— ¡ Al bote ! — tornó á decir el bravo marino. 

— ¿Y vos, capitán? — dijo uno de los jóvenes. 

— Yo, me quedo. 

— Pues nosotros no entraremos en el bote. 

— Entrad, amigos mios, el buque anuncia que pronto nos 
abandona. 

— Salvaos, capitán, — dijeron los marinos; y comprendiendo la 
grandeza de aquel corazón se arrodillaron delante de él. 



84 JUAN A. MATEOS 

— Alzad y salvaos vosotros, quizá es tiempo todavía. 

La máquina hizo explosión en aquel momento angustioso; la 
cubierta saltó en pedazos, y los marineros desaparecieron en brazos 
de la muerte. 

El capitán quedó un instante sobre los rotos pedazos de su 
buque, que se hundia pausadamente. 

— ¡Adiós ! — dijo el marino tornando una mirada hacia el puer- 
to, cuyas luces comenzaban á destacarse, entre las sombras, y 
arrancando de su corazón una última plegaria, bajó al abismo del 
océano, sirviéndole de ataúd las maderas de la perdida nave! 

IX. 

El vigía del puerto habia anunciado ya al caer de la tarde 
que un buque estaba á la vista. 

Lo terrible del norte hizo comprender al gefe de la capitanía 
que el buque pasaba un mal momento, y dispuso 1g necesario para 
auxiliarlo. 

Pasóse la noche en la mayor angustia, y al clarear la luz se 
vieron tres botes luchando con las embravecidas olas del océano. 

Darles auxilio era imposible. 

Cuando los esfuerzos del hombre son impotentes, se acude al 
cielo. 

Las sagradas campanas de los Sanios Mártires tocaban roga- 
tiva para los náufragos, y la piedad cristiana elevaba sus súplicas 
al Creador del universo. 

De repente una lancha desapareció. 

Habia zozobrado luchando con la muerte; el mar habia salido 
vencedor. 

Heráclio Mondoñedo iba desgraciadamente en aquella lancha. 

Al caer entre las olas desprendió valientemente de su cintura 
la botella, que comenzó á burlarse de la tempestad, jugando entre 
las olas. 

Mondoñedo al sepultarse en el abismo dejó su secreto sobre la 
superficie del océano. 

El registro marítimo señaló una catástrofe mas en los peli- 
grosos mares de la Cantabria. 



CAPITULO XIV. 
Donde se da á conocer una prenda viviente de la guerra de los carlistas. 

I. 

El 29 de Setiembre del año de 1833, S. M. Fernando VII pagó á la 
naturaleza el tributo debido á la miserable condición humana. 

El cadáver estuvo expuesto durante algunos dias y* el genio 
(le la guerra fratricida volaba en torno de aquel féretro. 

El nombre del rey habia sido victoreado en Bailen y Zaragoza 
y maldecido delante del cadalso de Riego. 



EL SOL DE MAYO 



El reinado de Fernando fué una crisis perpetua, una fiebre 
continua con sus sueños de sangre y de matanza. 

Ninguno como ese terrible monarca, enseñó á la humanidad 
la parte sombría del corazón del hombre. 

A sus mayores amigos, á los que le habian acompañado en las 
vicisitudes y alentado en sus horas de infortunio, á la hora de su 
grandeza los arrojó al destierro, é hizo subir al cadalso. 

Es imposible juzgar á Fernando sin severidad, pues basta para 
que le condenen los corazones honrados esta simple consignación 
de hechos sucesivos: intrigas del Escorial; motines de Aranjuez; 
viaje de Francia; humillaciones de Bayona; felicitaciones á Napo- 
león y petición de una esposa; decreto del 4 de Mayo en Valencia y 
persecuciones. Jura la constitución y conspira contra ella; mani- 
fiesto de Cádiz y decreto del puerto de Santa María; comisiones 
militares y cadalsos. 

Hijo, conspira contra su padre; rey cautivo, es cobarde é in- 
noble; rey rescatado, es ingrato; rey constitucional, es perjuro; rey 
absoluto, es déspota receloso y vengativo; ni respeta las leyes ni 
atiende á la razón ó sigue la prudencia; hombre, es artero, incon- 
secuente *¡ desleal. 

Reyes como Fernando son sin duda una calamidad para los 
pueblos, y hacen odiosa la institución que los produce. Con razón 
al juzgarle un eminente escritor termina con este pensamiento : 
a ¡Que descanse en paz!» 
'■' Es todo lo que pudieron decir los menos rencorosos. 

Porque en efecto, vivió sin gozar un dia de reposo, y murió 
sin dejar sobre la tierra un amigo que llorase su muerte. 

Aquel hombre que habia hecho estremecer á España y que se 
habia estremecido á su vez á la presencia del menor peligro, yacía 
puQsto en un ataúd y próximo á ocupar los tres palmos de tierra 
para dormir el sueño eterno. 

II. 

El cadáver fué conducido á San Lorenzo del Escorial, seguido 
de un suntuoso cortejo. 

El mayordomo mayor, depositario de las llaves del féretro, 
abre la caja exterior y levantando una puertecilla de la vicera, 
por un cristal que tiene la segunda examina en presencia del 
notario mayor de los reinos si contenia efectivamente el cadáver 
del rey. 

Acércase toda aquella muchedumbre, y asomados al cristal si- 
niestro, ven todavía con espanto el severo rostro de Fernando VIL 

Conserva aún después de la muerte ese tinte de cruelad y des- 
den que fué la predestinación de su reinado. 

Pregunta el mayordomo, y los monteros de Espinosa juran ser 
aquel el cuerpo que se les ha entregado. 

En seguida el capitán de guardias de la real persona, se acer- 
ca al féretrq y clama tres veces: ¡señor! ¡señor! ¡señor! 

Entóneos toda aquella multitud queda inmóvil creyendo que va 



86 JUAN A. MATEOS 



á salir de los labios del rey muerto aquel acento que escuchó un 
pueblo de rodillas. 

Y después de un momento añade el capitán de guardias: 

— Pues que S. M. no responde, verdaderamente está muerto. 

Rompe entonces en dos pedazos el bastón que él usaba en se- 
ñal de mando, y los arroja á los pies del túmulo. 

El mayordomo cierra la caja, y entrega la llave al prior; con 
lo cual concluye el acto solemne, retirándose todos y cesando las 
descargas de la tropa y el fúnebre doblar de las campanas, que no 
ha cesado durante toda la ceremonia. 

III. 

Sobre aquella tumba se lanzó el primer alarido de la guerra 
civil. 

El príncipe don Carlos, hermano de Fernando VII, quiso arre- 
batar el cetro de la fuerte mano de María Cristina, y la san- 
gre comenzó á correr á torrentes en la tierra del Cid y de Pelayo. 

Los hermanos se levantaron contra los hermanos, los padres 
contra los hijos, y un vapor de sangre cubria la península con un 
sudario de* muerte. 

Sin tregua, sin cuartel, sin descanso, se luchaba en los campos 
y en las ciudades, y las disputas y los odios se ejercían hasta en 
el seno del hogar doméstico. 

Los años pasaban envueltos en sombras y llevando tras sí la 
sangre y las maldiciones de un pueblo dividido. 

María Cristina marchaba á la vanguardia de la civilización, 
mientras don Carlos renovaba los dias aciagos del rey don Feli- 
pe II. 

Con María Cristina iba el siglo, el porvenir, la libertad. 

Con don Carlos el misticismo, la hipocresía, la barbarie. 

Ese monarca trashumante, tenia á su lado varios hombres de 
capacidad y arrojo militar: entre ellos descollaba el general Ca- 
brera conde de Morella, lanzado á la revolución acaso en contra 
de sus opiniones y solo por satisfacer una venganza. 

Triunfante á veces la revolución carlista, pero batida las mas, 
menguaba insensiblemente perdiendo la sangre de sus arterias. 

Cabrera se disgustaba con la política de don Carlos y mas aún 
de los hombres que le rodeaban. 

El real habia aumentado prodigiosamente; el infante don Se- 
bastian habla llegado hacía algunos meses con parte de su servi- 
dumbre; antiguos criados de palacio se presentaban continuamen- 
te; nuevos gentiles-hombres, mayordomos de semana y ayudas de 
cámara servían en las regias habitaciones con envidia de los. que 
hasta entonces lo habían hecho. 

Títulos de Castilla y algún grande de España ornaban la corte, 
con disgusto de los humildes cortesanos que antes la habían for- 
mado. 

Guardias de honor de infantería y caballería para las personas 
reales; guardias de corps para el estandarte de la Generalísima, 



EL SOL DE MAYO 87 



la Virgen de los Dolores; músicas, libreas, caballos, ministerios, 
juntas oficiales de secretaría, famosas bolsas del despacho, ídolos 
de los pretendientes; besamanos, audiencias, extrangeros que iban 
y volvían; intrigas, enemistades, vicios: todo, todo se encontraba 
en el real de don Carlos; y como á cada corte la distingue un gusto 
y una fisonomía particular que la domina desde el mismo trono, 
la corte carlista tuvo también un carácter propio y exclusivo. 

Don Carlos, religioso de práctica, asistía á todos los oficios 
divinos; los cortesanos siguieron en tropel el mismo camino, y po- 
blaron los templos. 

Don Carlos gustaba de novenas, de funciones de iglesia; los 
palaciegos las fomentaron, é hicieron de ellas la diversión cons- 
tante de la corte; los ingenios se ocuparon en piadosas composi- 
ciones, y altos empleados cantaron gozos y letanías; don Carlos 
usaba de un lenguaje místico, y en la corte se habló como en un 
monasterio. 

Don Carlos lo esperaba todo de la Generalísima, y los corte- 
sanos en nada contaban para los triunfos con el arrojo del solda- 
do, pues los creían seguros é infalibles con la protección divina y 
las virtudes del rey. 

La hipocresía dominó, en fin, en público, y los desórdenes de 
todo género crecieron en la vida privada. 

IV. 

El 4 de Junio de 1840, sufría una derrota sangrienta el ejército 
carlista en una de las plazas fuertes de Cataluña. 

Espartero, el valiente duque de la Victoria, y el conde de Mo- 
rella, esos dos genios de los combates, se encontraban frente á 
frente en la última batalla. 

El destino había lanzado á la revolución carlista en una pen- 
diente horrible, y aquel ejército valeroso fué derrotado completa- 
mente por los defensores de Isabel II. 

El príncipe don Carlos María Luis de Borbon, sucesor de su 
padre en los derechos al trono de Felipe V, se habia retirado lleno 
de desesperación del campo de la derrota, mientras el general Ca- 
brera procuraba salvar los restos del ejército realista. 

Después de correr algunas leguas, y ya creyéndose libre de 
todo peligro, deti'ivose don Carlos en el pueblo de*** adonde llegó 
con un pobre cortejo. 

Súpose inmediatamente la llegada del titulado hijo del rey 
de España, y se le ofreció alojamiento en una de las principales 
casas de la población. 

Hízole los honores don Rodrigo Viilasana, furibundo enemigo 
de María Cristina y carlista de profesión. 

— Amigo Viilasana, — dijo el príncipe, — necesito descansar al- 
gunas horas. 

— S. M. tiene señalado un aposento. 

— Haced que nos sirvan algo de comer, nada hemos podido 
tomar durante el día que ha durado esta infernal batalla. 



JUAN A. MATEOS 



— V. M. habrá salido, como siempre, vencedor. 

— Sí, pero á Cabrera se le ha antojado que nos retirásemos 
después de la victoria. 

— Malo,— pensó Villasana, — estamos derrotados;— y luego añadió 
en voz alta: 

— El general Cabrera es un hábil soldado y V. M. debe estar 
tranquilo con respecto á los movimientos del ejército. 

—Bien, bien, lo que importa por ahora es cenar, luego habla- 
remos, tengo que darte algunas órdenes. 

—Estoy á las de V. M. 

Villasana salió del aposento persuadido de que el ejército de 
don Carlos babia perdido una batalla. 

V. 

Entróse el hidalgo en la habitación de su esposa, y le dijo al 
oido con misterio : 

— Aurora, el príncipe Luis está en casa y viene derrotado. 

La dama palideció. 

— Te ha causado una grande emoción la noticia. 

—Sí, Villasana, tú sabes que somos partidarios de don Carlos y 
este desastre nos contraría de una manera espantosa. 

— Hagámosle la corte á S. M., que debe salir dentro de breves 
horas. 

Entróse doña Aurora al salón donde estaba don Luis. 

— Señor, — dijo con voz trémula,— nos hacéis mucho honor en 
alojaros en esta casa. 

El príncipe tendió lá mano á doña Aurora, y la dama pudo 
notar el temblor que agitaba al caballero. 

— ¿ Cómo se encuentra la familia augusta de V. M. ? 

—Parece que ya todo está dispuesto, — dijo el rey esquivando 
la respuesta; — cenemos, que quiero dormir algunas horas. 

Púsose á la mesa don Luis acompañado solamente de sus hués- 
pedes. 

Luego que Villasana salió á dar algunas órdenes, el príncipe 
tomó una mano de Aurora y le dijo con profunda ternura: 

— Nos han separado los acontecimientos; pero yo no he olvida- 
do tu- cariño. 

— Señor, recordad... 

— Sí, que el rango de mi nombre puso una barrera entre nos- 
otros; pero que mi alma permanece fiel al amor de ¿\urora. 

— Olvidad todo, señor. 

— Aurora, — dijo don Luis con exaltación, — tú no sabes que es- 
toy perdido, solo, abandonado; que hoy acabamos de perder una 
batalla y estoy á punto de dejar mi existencia en manos de mis 
enemigos. 

— ¡ Me hacéis temblar ! 

■ — ¿Y cuando voy arrastrado por la fatalidad, sin amparo y 
proscrito, me cierras el único puerto de unas esperanzas deshojadas 
por el infortunio ? 



EL SOL DE MAYO S'9 



— ¡ Señor ! 

— Tú sabes que mi amor hacia tí ha sido grande, inmenso, arre- 
batado, que he comprendido todo lo noble de tu sacrificio al despo- 
sarte con este viejo servidor de mi familia. 

— ¡ Por Dios, callad ! 

— ¡ Aurora, rechazado por tí ! ¡ voy á partir inmediatamente á 
entregarme á mis enemigos, á morir ! 

— ¡Príncipe don Luis, tened compasión de una infeliz mujer! 

— ¡ En nombre de aquellos dias de apacible tranquilidad y de 
delirios de amor, compadécete del hombre á quien has amado por 
primera vez ! 

— No traigáis esos recuerdos porque siento morirme. 

La joven apoyó su hermosa frente en el pecho del príncipe, y 
el mancebo besó con entusiasmo aquella cabeza inclinada ante el 
poder mágico de las primeras impresiones. 

VI. 

Doña Aurora era hija de una dama de honor de María Luisa; 
el príncipe don Luis se habia apasionado de ella terriblemente; 
Carlos María Tsidoro comprendió la pasión de su hijo y casó á la 
joven con Villasana. 

Don Luis la habia seguido; pero siempre doña Aurora resistía 
á las seducciones de aquei hombre á quien amaba violentamente. 

La mujer es grande aun en sus faltas. 

Cuando don Luis brillaba junto al sitial del trono, Aurora pro- 
curaba olvidarle, matar ese amor que se rebelaba en el fondo de su 
pecho. 

Pugnaba por arrancar la imagen que la seguía sin cesar, y con 
las manos en el corazón y las lágrimas en los ojos pedia al cielo mi- 
sericordia. Cuando lo vio en la desgracia tornó á concederle su ca- 
riño, cedió ante el infortunio y enjugó las lágrimas de su amante. 

Don Carlos procuró encerrar en el silencio su amor, pero no se 
apartaba de su mente la sombra de aquella mujer de quien lo ale- 
jaba el destino ó la fatalidad. 

Don Luis rehusó contraer enlace alguno y estaba consagrado 
al amor imposible de Aurora: la casualidad lo llevaba á su lado, y 
en aquella noche funesta tornó á anudarse aquel amor de los pri- 
meros años arrastrando tras sí el honor de una mujer. 

Villasana partió con don Luis á la campaña, dejando á doña 
Aurora hundida en el llanto y la desesperación. 

El general Cabrera se reunió al príncipe don Luis, tuvo con él 
una conferencia íntima, y el bravo soldado llamó á Villasana á su 
Estado Mayor. 

Un año después, en un vapor que salia de Bilbao rumbo á In- 
glaterra, iba una tierna niña confiada á la guarda de una nodriza. 



90 JUAN A. MATEO» 



VII. 

La guerra civil habia terminado, y doña Isabel de Borbon sen- 
tada bajo el solio de San Fernando, gobernaba á la España, de don- 
de habia desaparecido el elemento revolucionario. 

Los sobrinos de Fernando VII, vencidos en el campo de la polí- 
tica y en los de batalla, yacian refugiados en la Gran Bretaña pro- 
testando su legitimidad al trono español. 

El general Cabrera, acribillado de heridas y circundado de una 
fama militar, acompañaba en el ostracismo á sus señores. 

A su lado vivia una joven, adoptada como hija y de una rara 
belleza. 

Se llamaba doña Blanca de Borbon. 

El príncipe don Luis murió dejándola encomendada al viejo 
veterano, que luchaba porque el príncipe don Juan la reconociese 
como lejítima en la rama de los Borbones. 

Don Juan habia rehusado; pero siempre dando esperanzas á 
la joven, cuyo orgullo denunciaba la sangre que corría por sus 
venas. 

Doña Blanca concurría á los salones de la aristocracia inglesa, 
y brillaba por su hermosura en los saraos de aquella refinada corte. 

Por los años de sesenta y uno, conoció accidentalmente á don 
Fernando Moneada, tenido por hijo lejítimo del conde del Jaral. 

Lo vio en el teatro sin que el conde la hubiera percibido y se 
enamoró de él, en una de aquellas excentricidades hijas del clima 
nebuloso de Inglaterra. 

Indicó á uno de sus amigos que lo presentase en la casa de Ca- 
brera, pero don Fernando atravesaba en la misma tarde el estre- 
cho de Calais, dirigiéndose á Paris, donde lo esperaba el general 
Almonte. 

Don Fernando conferenció con los partidarios de la interven- 
ción y tomó pasage para México, donde se encontraba organizando 
los trabajos preparatorios de la monarquía. 

VIII. 

Antes de que la convención de Londres se ajustara entre las 
naciones signatarias, brotaron como por encanto las condidaturas, 
y en España se pronunció el nombre de don Juan de Borbon tio de 
doña Blanca. 

Cabrera encontró la oportunidad de proponer á su señor el 
reconocimiento de la joven, y don Juan respondió que de aceptar 
el trono de México, haria en America el reconocimiento. 

El viejo conde de Morella se presentó en la cámara de su pu- 
pila. 

— Doña Blanca, — la dijo con voz trémula por la emoción, — tene- 
mos que separarnos y acaso para siempre. 

— No os comprendo, señor. 

— Dios me concede que antes de bajar al sepulcro os vea entre 
la augusta familia de los Borbones, 



EL SOL DE MAYO 91 

Enrojecióse el rostro de la joven: aquellas eran tal vez las pri- 
meras palabras pronunciadas por Cabrera que recordaron á la 
joven su nacimiento. 

— Vuestro tio, — prosiguió el conde, — mi augusto amo, me ha 
ofrecido formalmente el legitimaros. 

— ¿ Os lo ha prometido, conde ? 

—Sí. 

— Pero me habláis de separación y... 

Limpióse el viejo general las lágrimas que empañaban sus pu- 
pilas, y tomando las manos de la joven, continuó con voz conmo- 
vida: 

— Os he amado como á mi hija; vuestro padre al morir me en- 
cargó velase por la existencia de la tierna niña proscrita y en age- 
na tierra... he cumplido fielmente, ¿no es verdad? 

Dona Blanca se estrechó al corazón del veterano. 

— Pues bien, en vuestras manos está el destino : la candidatura 
del trono de México se la ofrecen aunque en reserva, pero oficial- 
mente á don Juan. 

— Acabad. 

— El rey me ha dicho que en aquel país y á la proclamación de 
la monarquía en América os reconocería... Partid, haceos su agen- 
te en el- mundo de Colon, yo os daré la clave de este negocio, os pon- 
dré en contacto con los mexicanos que en la actualidad trabajan 
por el establecimiento de la monarquía. 

— Partiré á Francia — dijo resueltamente doña Blanca — tomaré 
los hilos de esta trama, y veréis si llevo á don Juan al solio de Amé- 
rica. 

— ¡ La sangre de los Borbones ! — exclamó el conde de Morella. 

IX. 

Doña Blanca partió á Paris, habló con los emigrados, se puso 
en contacto con los hombres mas influentes de la situación y tomó 
pasage en ei «Conway,» que partió para México el I o de Abril de 1861. 

La joven venia al cuidado de un ingles, y viajaba de incógnito 
bajo el nombre de Bosa Lee, pasando por hija de un negociante. 

Cabrera habia puesto á su disposición una suma enorme situa- 
da en una de las primeras casas de América. 

La fatalidad reúne á los seres á quienes ha de perder. 

En el mismo buque venia el conde del Jaral; hizo las amistades 
con doña Blanca, y en un mes que duró su navegación sus almas 
se comprendieron y, un amor intenso pero sombrío se apoderó de 
aquellas dos almas predestinadas. 

Doña Blanca le hizo creer á don Fernando que su padre estaba 
arruinado y que venia á México en pos de una colocación; que por 
lo tanto no extrañase que no lo recibiera, porque acostumbrado al 
lujo en Inglaterra, le era penosa la pobreza en América. 

El conde respetó la situación de la joven y no volvió á pregun- 
tarle mas sobre estos asuntos de familia. 

Doña Blanca tomó la casa de pobre apariencia que ya conocen 



JUAN A. MATEOS 



nuestros lectores, para hallarse al abrigo de las sospechas y poder 
estar en relaciones con los conspiradores con mas libertad. 

En cuanto al sacristán, estaba perfectamente pagado, y sin sos- 
pechar lo que pasaba, servia fielmente á la hija de Carlos Luis 
de Borbon. 



CAPITULO XV. 
De cómo salen á la cara los negocios hechos á cencerros tapados. 



íbamos diciendo que el alcalde de casa y corte, es decir, el ayu- 
dante de acera, recorría como un sabueso la casa de Rosa sin en- 
contrar algo que pudiera presentar al ministerio de la guerra como, 
cuerpo de delito para una conspiración. 

— Aquí habia un cuadro, — decia el alcalde Ronquillo mexicano; 
— no hay duda, recuerdo que era una Santa Catarina con la cabeza 
de su padre; yo no olvido nunca los pasajes de la Biblia. 

■ — No habia nacido esa santa señora en tiempo de Jesucristo, — 
dijo un leguleyo que acompañaba al alcalde. 

— Amigo mió, una autoridad nunca se equivoca, yo digo y afir- 
mo que era Santa Catarina vestida de mora, y no hay mas que pa- 
sar por ello. 

— Y yo insisto,— repuso amostazado el tinterillo, — que la santa 
nunca se vistió turbante. 

— Acerqúense los soldados y amarren á este señor. 

— ¡ Ese es un atentado ! 

— Mas lo es la contradicción perpetua en que vivimos. 

— Yo concedo que Santa Catarina... — dijo el infeliz tinterillo pro- 
curando domar su rabia. 

— Eso es otra cosa, ya no se acerquen los soldados, ni lo ama- 
rren, la fuerza de mi lógica lo ha convencido; prosigamos el cateo en 
las arcas del sacristán, estos hombres retrógrados suelen ser los 
órganos telegráficos de las incógnitas conspiraciones. 

—Qué bien habla el señor alcalde, — observó el secretario. 

Abrieron el armadio antidiluviano del sacristán, y comenzó un 
registro escrupuloso en piezas de ropa y papeles. 

—Busquen ustedes, — decia la autoridad, — puede que en las cami- 
sas esté escrita la correspondencia. 

Los agentes continuaban con una curiosidad horrible : ya esten- 
dian un pantalón, ya una chaqueta, ora una camisa, ora unos cal- 
cetines. 

— Aquí, aquí está,— gritó el alcalde de repente, — ¡ ya la encon- 
tré !... ¡ ya la tengo !... ¡ ya la poseo.!... 

— ¿Qué pasa? — preguntó el secretario. 

— Vea usted y dé fe de lo que va á oir ; 

«De las ocho á las nueve doña Guadalupe, de las nueve á las diez 
á Pepita, y toda la tarde á don Félix, don Joaquín y don L. N.» 



EL SOL DE MAYO 93 

— ¿Y qué? — preguntó aturdido el secretario, — de ahí no resulta 
sino que á esos señores les toca algo cada hora 

— Ese algo precisamente es lo que se tiene que averiguar; sobre 
todo estas iniciales de L. N. trascienden á Luis Napoleón : aquí hay 
algo. 

■ — No habia caido en ello, — dijo el secretario, — esto es un mis- 
terio. 

— Algo... algo... — repetía la autoridad, y seguía el cateo en toda 
su plenitud. 

— ¡ Ya la encontré ! — gritó el secretario. 

Todos se volvieron hacia el rebuscador de cuerpos de delitos. 

— Vea usted, señor alcalde, esto es mas que algo, estas sí son 
pruebas claras como la luz del día, como dice el rey don Alfonso el 
Sabio, oigan ustedes : «Durante los cuarenta dias se reunirán todas 
las noches á celebrar junta los señores...» 

— ¡ Silencio ! — gritó el alcalde — y venga acá ese documento; todo 
se ha descubierto, la conspiración iba á estallar, lástima es que no 
encontremos otro individuo á quien soplar á la cárcel. 

II. 

El edificio donde está situada la cárcel es la antigua Acordada 
del tiempo del vireinato. 

Dos patios grandes y dos pequeños marcan los departamentos 
de las piezas de ambos sexos. 

El primer patio es un cuadrilátero cerrado por arcos de cante- 
ría, con departamentos en la parte superior é inferior. 

Los corredores sirven de paseo á los presos, y en los cuatro la- 
dos están los salones y calabozos dormitorios. 

En el centro del patio hay una fuente. 

Los aposentos están mal ventilados, y el edificio puede ser todo 
menos una cárcel, le faltan las condiciones higiénicas y la seguridad. 

En el patio interior están unos calabozos de dos varas de ancho 
por seis ó siete de longitud, tienen una puerta y una claraboya : es- 
tas bartolinas se llaman separos, á causa de permanecer en ellos 
los reos durante el período de la incomunicación. 

Los dos patios que formaban el departamento de mujeres, y la 
capilla, han desaparecido en el alineamento de la calle que desem- 
boca al paradero del ferrocarril de Tacubaya. 

Los reos políticos habitaban los separos, y hace poco tiempo se 
leían en las paredes los nombres mas célebres de los partidarios de 
uno y otro bando. 

Mondoñedo fué conducido á la ex-Acordada y se le encerró en 
el calabozo número 4. 

— Esto tiene mucho de simbólico, — pensaba el estudiante, — el 
número 4 es cabalístico, representa el número de letras que tiene el 
nombre de Rosa, las cuatro apariciones y las cuatro estrellas que 
encierran la constelación de la Osa mayor... A propósito de osos, no 
me parece malo el que he desempeñado en esta aventura, solo el 
provecho del dinero voy sacando en limpio. Lléveme el diablo si 



9Í JUAN A. MATEOS 

comprendo una palabra, estoy mas embrutecido que el alcalde, y 
eso que es un animal de primera fuerza. ¡Demonio! ir de aquí á 
un consejo de guerra, ¡pues estoy divertido! 

El cerrojo del calabozo se descorrió y el alcaide se presentó con 
toda la magestad de su posición. 

— ¿Usted es don Manuel Mondoñedo? 

• — Presente, — gritó Mondoñedo. 

— Tenga usted este papel y no diga á nadie que yo se lo he traido. 

— -Está bien. 

— Ahí están dos estudiantes á quienes he permitido, extralimi- 
tando mis facultades, que pasen á estar con usted cinco minutos. 

— Usted es el mejor de los alcaides, — gritó Mondoñedo, y trató 
de darle un abrazo al cancerbero de la prisión. 

—Alto, alto ahí, amiguito, á mí nadie me seduce para que atro- 
pelle el reglamento. 

— Yo no trato de seducir á usted con halagos, sino de mani- 
festarle mi gratitud de una manera particular. 

— Pues no me la maniñeste de una manera tan viva; conque nos 
vemos y mucho sigilo, voy á que entren los estudiantes. 

Luego que desapareció el alcaide, Mondoñedo leyó el billete: 
« No tenga usted cuidado, pronto estará usted en libertad. » 

— Ya me esperaba esto, ¡ voto al diablo ! mi dulce y adorada 
Rosa no había de abandonarme, estoy seguro de no pasar aquí la 
noche. 

III. 

Felipe Cuevas y Santiago González, embozados en unas capas 
viejas y echándola de misteriosos, penetraron en el calabozo de su 
amigo. 

Felipe, que era un hombre de lápiz y cartera, después de sa- 
ludar á su camarada, se puso á retratar al alcaide en uno de los 
lienzos de la pared. 

A los tres minutos y con la exactitud de Daguerre, la imagen 
del encargado de la prisión aparecía en el fondo del calabozo con 
los tintes magníficos de la caricatura. 

— No le falta mas que hablar, — dijo Mondoñedo. 

—Ni eso le falta, — observó Cuevas, — porque los retratos no 
hablan. 

— Cuenten algo de nuevo, que me fastidio ya de ignorar lo que 
pasa en nuestro círculo. 

—Nada, — respondió Cuevas, — te he buscado cien veces para 
contarte un asunto muy sencillo : hace dos noches que he cometido 
simplemente un homicidio. 

— ¡ Hombre ! 

— Como lo oyes, tengo testigos. 

—¿En Mueva-York? 

— No, en México. 

— Entonces es á tí á quien busca la policía. 

— Puede ser, pero eso es cuento de ella; prosigo, yo he matado 
á un prójimo por tu causa. 



EL SOL DE MAYO 95 



— ¿Por la mia? 

— Precisamente se me ocurrió salvarte de algo que te amena- 
zaba; me fui en dirección de tus barrios. 

— ¡ Bárbaro ! 

— Me puse anoche en acecho, cuando veo llegar un bulto y 
rondar el balcón de tu adorada. 

Mondoñedo se inmutó terriblemente. 

— El bulto era un hombre que seguramente esperaba alguna cita. 

Mondoñedo puso mas atención. 

— Estoy seguro, — continuó Felipe, — de que á ese hombre lo aguar- 
daban, porque al sonar las doce, la vidriera del balcón rechinó y un 
bulto blanco se dejó ver. 

El desgraciado amante de Rosa sentia unos vapores, que temió 
un ataque de apoplegía. 

— Sigue, hombre, que me estás martirizando. 

— El bulto se vino en dirección á mí, yo saqué el florete, y reñi- 
mos como unos desesperados; ¡diablo! ese sí era puño; pero como 
yo estaba atarantado con el aguardiente, me le fui á fondo y lo atra- 
vesé de parte á parte. 

— Amén, — dijo Santiago Cuevas. 

— ¿Estás seguro, — preguntó Mondoñedo, — de no haber soñado? 

— No, hombre, sobre que el florete conserva aún la sangre. 

— ¿Y el matado no dijo algo al morir? 

— Si los matados no hablan, — observó Santiago González. 

— ¿Quise decir, que si no dio voces el herido? 

— No; procuraba mucho ocultar el rostro, y no hizo el menor 
aspaviento al escurrírsele mi florete por el pecho. 

— ¡ Es cosa singular 1 

— Los criados de la casa salieron, pero yo puse pies en polvo- 
rosa. 

El pensamiento del estudiante estaba metido en una maraña 
terrible; celos, dudas, contradicciones, sospechas, todo lo acosaba 
al mismo tiempo. 

— ¿Qué diablos tienes? 

— Nada, pero necesito saber mucho; tú ignoras que la policía 
ha puesto entredicho á la casa, y que del sacristán abajo todos han 
desaparecido. 

— Iré á indagar. 

— No, no te lo permito; vas á cometer otro hoiror y me com- 
prometes. 

— Pues aguardaré tus órdenes. 

— Vamos á otra cosa; ¿qué pasa con Isabel? 

Santiago González se restregó las manos. 

Felipe, con su aire melodramático, respondió : 

— No voy tan mal, la muchacha se ha apasionado de mí. 

— En ese caso, de los dos, porque ella está en correspondencia 
conmigo. 

— Eso no puede ser, yo soy su último amor. 

— No importa el número, yo seré su penúltimo, me es igual. 

— Esplíquense, con mil diablos. 



96 JUAN A. MATEOS 

— Es muy sencillo, — dijo Cuevas, — yo la he depositado en la 
casa de Santiago, y éste, abusando de su situación topográfica, me 
trata de soplar la dama. 

— Ya te la soplé, y tengo pruebas auténticas. 

— ¡ Es falso ! 

— ¡ Es que yo no miento ! 

— ¡ Es que yo digo la verdad ! 

— Pues decidamos al box quien es el dueño de la prenda. 

Y diciendo y haciendo, los dos estudiantes se despojaron de las 
capas, y Mondoñedo se subió sobre el banco del calabozo para pre- 
sidir el duelo. 

Arremetió Felipe Cuevas; pero Santiago era mas ágil, y sacando 
el cuerpo dio contra la pared á su adversario. 

— ¡ Bravo ! — gritó Mondoñedo. 

Cuevas descargó un puñetazo sobre el estudiante, que lo dejó 
atarantado. 

— ¡ Adelante ¡—clamaba Mondoñedo; — golpe á golpe. 

Santiago tiró una patada á Felipe, que lo hizo encorvarse como 
arco de violin. 

— ¡ Zas ! — gritó Mondoñedo, — le has roto el hueso del esternón. 

Cuevas logró afianzar el pie de su adversario y dio en tierra con 
Santiago González. 

Santiago González tiró con tal fuerza un mechón de la cabellera 
de Felipe Cuevas, que lo dejó tonsurado. 

Era tal la algazara, que el gefe del departamento acudió al 
calabozo. 

— No hay que mezclarse, — dijo Mondoñedo, — deje usted que siga 
el duelo, esto es lógico. 

— Aquí no hay lógica, señores; si continúan ustedes, los con- 
signo al juez de turno. 

— Eso es otra cosa, — dijo Felipe con el ojo como una vegiga; — yo 
estoy acostumbrado en los Estados-Unidos á respetar á la policía. 

— Lo mismo yo,. — dijo Santiago algo alarmado por la amenaza; 
— cedo ante la autoridad, y perdone si no sigo hablando porque 
tengo una quijada hecha pedazos. 

El alcaide llegó al calabozo. 

— Señor de Mondoñedo, está usted en libertad; puede usted salir 
con sus amigos. 

Fué tal la alegría de los estudiantes, que olvidaron lo que ha- 
bía pasado y se abrazaron como buenos amigos. 

— Estamos de fortuna, — observó Cuevas, — la ropa no ha recibido 
lesión alguna; en cuanto al pellejo se remienda solo. 

IV. 

Varias personas de influencia se acercaron al ministro á soli- 
citar la libertad de Mondoñedo; pidiéronse los documentos presen- 
tados por el alcalde y resultó que uno de ellos era la lista de las 
beatas y la distribución de turnos para velar al Santísimo, y el otro 
papel el programa de los Desagravios, con la lista de los socios de la 
hermandad. 




Coronel Félix Díaz. 



EL SOL DE MAYO 97 



CAPITULO XVL. 



Donde se demuestra que entre los preparativos de una boda y su celábracion, 
hay concordancia gallega. 



Eloísa Mons era una de las perlas mas brillantes que ostentaba 
en su corona la distinguida sociedad de México. 

Esquisita en su trato, refinada en sus modales, dotada de una 
profunda simpatía y de una inteligencia despejada, giraba en su 
torno lo mas granado de la juventud elegante. 

Eloísa había visto pasar á los hombres como nubes fugitivas 
de primavera; no habia sentido la emoción intensa del primer 
cariño, hasta que su mirada de águila se posó en la frente de un 
ser excepcional, dotado del prestigio de la fortuna y de la aureola 
del romanticismo. 

Aquel hombre, célebre por sus aventuras en Europa, sus duelos 
en los Estado-Unidos, sus prodigalidades en América, era el ser 
que debia arrojar el primer rayo de amor en el corazón virgen de 
aquella criatura. 

Eloisa amaba hasta el delirio, y se creía correspondida. 

Decirle á aquel ángel de pureza y amor, todo es mentira, el 
cariño es una sombra que dura menos que la palabra en el viento, 
hubiera sido asesinarla. 

Vivia bajo el dosel purísimo del cielo, sin celos, sin inquietu- 
des, y acariciando las imágenes que atravesaban sin cesar la at- 
mósfera azulada de su pensamiento, esos ángeles invisibles cuyo 
vuelo se percibe en el cielo del corazón, y batir sus alas y humede- 
cerlas en las linfas trasparentes del alma. 

Eloisa amaba con el corazón y con el pensamiento, los dos mo- 
tores del espíritu humano. 

Creía, porque el amor sin la fé es el crepúsculo sobre el cora- 
zón, la niebla al través de la vida, haciéndola opaca y melancólica. 

Llamaba al ángel de la belleza para sacudir esa cascada de rizos 
sobre su espalda y su garganta, y el ángel encendía sus pupilas, 
y entibiaba su aliento, y agitaba el seno de espuma, y daba un 
tinte bellísimo á todo aquel ser hechicero y encantador. 

¡ Eloisa veia cercano el momento en que su amante debia pre- 
sentarla en las aras del Creador para jurarle entre el perfume 
del incienso y de su corona de azahares, atmósfera del cielo y de 
la tierra en un solo aliento, que su amor seria eterno ! 

II. 

Aquel hombre, amado con tanto ardor y sinceridad, era D. 
Fernando Moneada. 

El joven calavera, acostumbrado á estrujar el corazón de las 
mujeres, y destituido de aquellos sentimientos que hacen del hom- 

7 — EL SOI DE MAYO. 



98 JU\N A. MATEOS 



bre un ser digno en el mundo de la verdad y de las ilusiones, habia 
perdido en el torrente de la disipación las flores del alma. Sentia 
halagado su orgullo con los amores de Eloisa, los ostentaba, y sin 
embargo, daba largas al asunto del matrimonio; su fortuna sufria 
un desfalco terrible, sus compromisos aumentaban, y el juego con- 
sumía sus cuantiosas rentas. 

La esperanza de salvación era Eloisa; aceptaría su enlace en 
el postrer momento de la bancarrota, y ese estaba muy próximo, si 
no es que ya habia llegado. 

D. Fernando concibió algo de amor por Rosa; creia que la hija 
de un comerciante arruinado tendría que aceptarlo tarde ó tempra- 
no, y resuelto á esperar, mantenía en vivo fuego los amores de 
aquella inocente, á quien destinaba al sacriñcio del desengaño. 

Rosa no habia recibido esas primeras impresiones que dejan en 
el alma las palabras santas de una madre. 

Entregada al cuidado de mujeres extrañas, no conocía el amor 
sublime de la hija al ser que le ha dado vida y aliento. 

En el colegio se hizo egoísta; conocedora después del fatal 
secreto de su nacimiento, vivía triste aparentando desconocer lo 
que tanto la molestaba. ' 

De aquella situación sacó una esperanza que halagaba profun- 
damente su orgullo : quiso ser legitimada y ostentar el nombre de 
los Borbones. 

Cabrera ayudaba á sus pretensiones y ya la hemos visto atra- 
vesar sin miedo las turbulentas olas del océano, llegar á las playas 
mexicanas y hacerse el agente mas activo de la intervención, siem- 
pre que el movimiento convirgiese hacia el centro de sus ambiciones. 

Rosa amaba en don Fernando el título, su cariño era una 
mezcla de aspiración y orgullo en la que entraba también la sim- 
patía; era un amor inesplicable, pero al fin era un amor. 

El amor en ciertos corazones es un elemento de destrucción, es 
el rayo combinado, la mar siempre inquieta, la sirte amenazante. 

Eloisa por el contrario, aspiraba solamente al cariño del hom- 
bre á quien adoraba, era el sueño de flores de la niña, la corona de 
azucenas ciñendo el alma virgen de la criatura. 

El alma de don Fernando estaba suspendida entre el cielo y el 
océano. 

El cielo podia enturbiarse y desprender el rayo; una vez en 
actitud de tormenta, el mar abriría un profundo abismo á sus pies. 

III. 

En esta crisis terrible llegó la noche aquella, en que el estu- 
diante Felipe Cuevas, sin mas razón que el espíritu de Baco, acertó 
á dar una estocada al conde del Jaral. 

Don Fernando estaba en su estudio disponiendo sus papeles, 
y se notaba en él cierto fondo de malestar inesplicable; su rostro 
estaba pálido y sus ojos velados por unas ojeras pronunciadas; se j 
comprendía que la noche la había pasado en vela. 

Efectivamente, el conde sentado á una mesa de juego, libró su 
fortuna al azar, y su fortuna voló como el humo de la disipación. 



EL SOL DE MAYO 99 



Acobardado ante sus compromisos imposibles de satisfacer, opeó 
por el matrimonio y se decidió á verificarlo con la señorita Eloísa 
Mons, creyendo que Rosa no podria enterarse de este acontecimiento. 

Mondoñedo llegó á la casa del conde, y con su acostumbrada 
familiaridad, se acercó á su amigo dándole un golpecito en el brazo. 

— Cuidado, que me haces mal. 

— ¿Qué te ha pasado? 

— Nada, es una ligera herida que he recibido hace tres noches. 

Una sospecha cruzó por el corazón del estudiante. 

— ¿Y dónde aconteció esa desgracia? 

— ¡ Pst ! ¡ llamas desgracia á un ligero rasguño! ; Demonio ! lo doy 
por bien empleado con el susto que llevó ese majadero. 

Aquello no era sospecha, era la realidad; Mondoñedo procuró 
disimular cuanto pudo, por no hacer entrar al conde en sospechas. 

— ¿Conque se aturrulló tu heridor? 

El conde no respondió, ocupado como estaba en el arreglo de sus 
papeles. 

— ¿Y es de gravedad? — insistió el estudiante. 

— Algo se ha enconado, parece que era hoja de verduguillo. 

Mondoñedo sintió oprimido su corazón por una mano de hierro. 

— Vamos, — continuó don Fernando, — ayúdame, que tengo que 
darte una noticia muy importante. 

Mondoñedo, entregado al turbión de sus ideas y á la desespera- 
ción de sus celos, no oyó á don Fernando. 

— Vamos, parece que estoy hablando en desierto, acércate y 
arréglame esos legajos. 

El estudiante se aproximó á la mesa. 

— Pues decia, amigo Mondoñedo, que esta noche doy el golpe, 
¡ me caso ! 

El estudiante dejó caer los legajos que tenia en la mano y volcó 
el tintero sobre la carpeta. 

— ¡ Satanás cargue contigo!— exclamó el conde- -ya manchaste 
ese documento. 

— Perdona, fué una casualidad. 

— Pues señor, lo dicho, me derrumbo, es decir, me caso. 

— ¿Y con quién? — preguntó con ansiedad terrible el estudiante. 

— Parece que te interesas demasiado; ¡ diantre ! cualquiera diría 
que eras el novio. 

— Deja las bromas y díme la verdad. 

— Es un secreto. 

— ¡ Dímelo por Dios, Fernando ! 

— Vaya un hombre original. 

— Necesito que me digas el nombre de tu novia. 

— ¡ Ea, majadero! suelta, que me lastimas. 

— Perdona otra vez, hoy vengo muy preocupado. 

— Voy á decirte ese nombre que tanto excita tu curiosidad. 

— Ya te escucho. 

— Pienso castigarte con mi silencio. 

— No, no lo harás, porque sabes cuanto me intereso por tí; acaso 
pueda darte un consejo, ¿no es verdad?... yo te hablaré con franque- 
za, tú no necesitas de mi opinión, pero en fin, soy tu amigo. 



100 JUAN A. MATEOS 



— Bien, pues esta noche me desposo con Eloísa. 

El estudiante sintió otra vez las palpitaciones de la vida y se 
arrojó casi llorando al cuello de don Fernando. 

■ — Bien, hombre, déjame; basta de felicitaciones, que me vas á 
hacer sangrar la herida. 

— Tu elección no puede ser mas de mi agrado, la señorita Mons 
es un ángel, un serafín, tú vas á ser muy feliz, ademas es rica, ri- 
quísima, inmensamente rica. 

— ¡Y eso qué importa! — dijo con indiferencia aquel hombre, no 
obstante de sentir el dedo sobre la llaga. 

— Algo importa, el dinero es la base sobre la que se levanta la 
felicidad. ¡ Oh ! si yo tuviera la milésima parte de tu caudal me ca- 
saba con Rosa. 

Aquel nombre pronunciado por Mondoñedo, trajo á la memoria 
del conde á la joven abandonada. 

Serenóse instantáneamente y preguntó con indiferencia : 

— ¿Conque tú también estás enamorado? 

— Sí, hasta las entrañas. 

—No me habías hablado nunca de Rosita. 

— Es que ese nombre no sale jamas del corazón. 

— ¿Y dónde vive tu novia? 

Mondoñedo le tenia miedo al conde, y eso detuvo un desenlace 
fatal, porque el estudiante respondió sin inmutarse: — Santa Teresa 
número 4. 

— No es— murmuró don Fernando. 

— Soy dichoso, — balbutió Mondoñedo. 

— Conque hablemos de mi negocio : he dispuesto una fiesta ínti- 
ma, un convite de familia, nada de ostentación; pero eso no quiere 
decir que tú no asistas, van algunos amigos y yo te cuento entre 
ellos. 

— Lo sé, Fernando, y tendré una positiva satisfacción en presen- 
ciar una ceremonia de la cual depende tu bienestar futuro. 

— Muy moral has aparecido. 

—Hay cosas demasiado serias, señor mió, y yo respeto á la seño- 
rita Mons. 

Don Fernando le tendió la mano á Mondoñedo. 

— Te espero esta noche á las diez, cita inglesa. 

— No faltaré, te lo juro por mi honor. 

— ¡ Adiós 1 

— Entre paréntesis, ¿me necesitas? 

— No, gracias, todo está arreglado perfectamente. 

— Nos veremos á las diez sin falta. 

El estudiante salió como una aleluya y se dirigió á una casa de 
la calle de San Francisco. 

TV. 

Un billete de Rosa le había anunciado cuál era su nueva habi- 
tación. 

Subió violentamente la escalera, y penetró en el aposento de la 
joven. 



EL SOL DE MAYO 101 



Rosa estaba pálida, triste, desesperada; su amante no habia con- 
currido á dos citas, y ya comenzaba á alarmarse. 

— Rosa, — dijo el estudiante — he sufrido de una manera imponde- 
rable; dígame usted, ¿qué ha pasado? 

— Ese viejo Torre-Mellada, cuya hija robaron los amigos de don 
Fernando, creyó que en mi casa estaba oculta Isabel, y ha metido 
á la policía. 

— ¡ Esto es horrible ! yo subia, atraído por el bullicio, y me apre- 
hendieron como á un conspirador; no sé qué punto de contacto ten- 
ga esto con el rapto de la Torre-Mellada. 

— No importa, ya pasó todo, he aquí el fruto de una calaverada. 

— El conde ha tenido su aventura. 

Plegóse el ceño de Rosa. 

— Sin saber por qué motivo, se sintió atacado por un majadero, 
que acertó á herirle en un brazo. 

— No vale la pena. 

Mondoñedo quedó satisfecho. 

— El conde tiene una aventura peor aún. 

— ¿Será otro lance? Ese hombre busca la desgracia por todas 
partes. 

— Es que se trata de su fortuna. 

— ¿De su fortuna? — preguntó Rosa con estrañeza. 

— Sí, — dijo el estudiante, fijando con sus ojos tenazmente en los 
de Rosa, — el conde del Jaral se casa esta misma noche. 

Mondoñedo dejó caer una á una estas palabras, buscando el efec- 
to que debían producir en el alma de Rosa, toda vez que se interesara 
por don Fernando. 

El rayo lanzado por el estudiante era tan vivo, tan repentino, 
que la joven se quedó como petrificada sin comprender nada. 

Mondoñedo perdió hasta la última sombra de sospecha. 

— Déme usted ese pañuelo, — dijo Rosa para alejar al estudiante. 

Mondoñedo se levantó y Rosa pudo entrar en esa calma fría que 
ese de todo punto necesaria en las grandes vicisitudes. 

— Decia yo, — prosiguió el estudiante, — que mi amigo don Fer- 
nando se casa esta noche. 

— Lo dudo, porque el conde es un calavera y no dará fácilmente 
en el matrimonio. 

— Cuando yo lo aseguro, que soy el amigo de intimidad, se debe 
creer á pies juntillos. 

— ¿Y quién es la novia? 

— La señorita Eloísa Mons. 

La fisonomía de la joven se contrajo horriblemente; pero Mon- 
doñedo, precisamente porque observaba de hito en hito á Rosa, no 
lo pudo notar. 

— A las diez de la noche se efectúa el matrimonio, por eso he 
anticipado mi visita. 

Rosa ya no podia contener sus lágrimas. 

— x\migo mió, — dijo á Mondoñedo, — me siento algo indispuesta: 
si tuviera usted la bondad de venir mañana se io agradecería. 

— Como usted .guste, — respondió el estudiante, y volviéndose 



102 JUAN A. MATEOS 



de súbito la dijo con profunda emoción: — Perdone usted si la im- 
portuno, pero cuando veo á alguien que entra por las puertas de oro 
y flores de la dicha, entonces el amor que está depositado en el fon- 
do de mi alma se rebela, siento acrecer la pasión que hace tanto 
tiempo me consume, y mis labios rompen el secreto en que se han 
recojido... Rosa, yo amo á usted, hasta ahora no he alcanzado una 
sola esperanza, un rasgo de compasión. 

— ¡Compasión!... — murmuró la joven — ¡compasión! esa palabra 
es un sarcasmo, yo soy quien la necesito; pero usted no se halla al 
tanto de la tempestad sombría que cruza por mi espíritu abatido; 
algún dia rasgaré ese denso velo y entonces del fondo de mi pecho 
se arrancará la palabra compasión, ¡ ese ay tristísimo de agonía en 
los últimos momentos del alma ! 

— Rosa, usted sufre, y esto me destroza el corazón; yo presiento 
algo terrible, sé que voy atado á una cadena cuyos eslabones invi- 
sibles me arrastran á la fatalidad: ¡este misterio, estas palabras 
que significan mucho y no puedo comprender, me enloquecen ! yo 
vivo en el vértigo del delirio, en la duda y en la ansiedad.- 

— Plegué al cielo, — dijo la joven, — que no salgáis de esas tinie- 
blas; porque es terrible despertar de un sueño para encontrarse en 
el terreno de la realidad. ¡ Adiós ! ¡ olvidad vuestro amor, yo no pue- 
do amar á nadie, mi corazón repele todo, soy un ser excepcional, 
mi alma se levanta por cima de las pasiones humanas !... ¡he sabido 
amar, amar hasta la locura, hoy ya no amo; el licor de la vida se 
empozoña, el horizonte se tiñe de sangre y el acento apacible que 
otras veces se ha exhalado de mi corazón, hoy es un rugido de deses- 
peración ! Idos, Mondoñedo, mañana sabréis lo que después desea- 
reis olvidar. ¡ Adiós ! 

La joven se lanzó violentamente al interior de los aposentos. 

Mondoñedo quedó como una estatua, mudo, helado y en silen- 
cio; no sabia qué pensar de aquella súbita metamorfosis; hasta en- 
tonces habia creído en una mujer; desde aquel instante el ángel se 
trasformaba en genio, pero en genio de la desesperación. 

Las esperanzas que habían surgido durante el período que lle- 
vaba de tratar á Rosa se arrancaban para siempre; el estudiante se 
sentía al borde de un abismo, sin percibir un rayo de luz que le alum- 
brase; aquello era superior á su inteligencia, estaba por cima de su 
corazón que era sereno y arrojado. 

Repúsose un tanto y salió de aquella casa como un demente, y se 
echó á andar sin rumbo ni objeto por las calles de la ciudad. 

V» ' 

Rosa llegó á su aposento desfallecida, se arrojó en su lecho y 
lloró en silencio, pagando el tributo á su alma de muger. 

Levantóse después llena de orgullo, altanera, magestuosa, acer- 
cóse á su mesa, tomó una targeta y escribió con pulso firme: 

((Fernando : hace tres dias faltas á nuestra cita; nunca me he 
sentido mas enamorada; ven, por la primera vez podré recibirte. Una 
circunstancia imprevista nos proporciona este feliz instante por mí 
tan deseado; ven, te llama el cariño apasionado de Rosa». 



EL SOL DE MAYO 103 



Tiró del cordón de la campanilla, y se presentó una camarera. 

— Al señor don Fernando Moneada; que se le entregue en propia 
mano. 

La camarera salió. 

— Ya estás en mi poder, — exclamó la joven fijando una mirada 
siniestra en el cuadro de la Herodías. 

— ¡Primero así!... — exclamó señalando la cabeza del Bautista— 
¡ esta pintura es acaso una cifra del porvenir ! 



CAPITULO XVII. 
Donde se da cuenta de una música en que no han pensado Verdi ni Betliní. 



El estudiante salió por la puerta de San Lázaro, adelantó en el 
camino del Peñón y á las dos horas de camino se sintió cansado y 
tomó asiento sobre una piedra que estaba sosteniendo el poste del 
telégrafo. 

Esa via puede reputarse como una lengua de tierra, porque á 
sus costados se extienden las bellísimas lagunas de Chalco y de Tex- 
coco. 

Mondoñedo contemplaba aquella vasta inmensidad donde el cielo 
azul sembrado de nubes blancas se reflejaba como una cúspide de 
zafiro. 

El aire de la tarde comenzaba á levantar las olas, que aparecían 
en un continuo desvanecimiento como escamas de oro hasta perder- 
se en los confines del lago. 

En el fondo del horizonte se veia una sucesión de picos azulados 
de esa corona de montañas que ciñe el valle de México. 

Las aves en bandadas, atravesaban por las lagunas y se posa- 
ban en las olas como grumos dé espuma al soplo resbaladizo de las 
auras. 

Las barcas pescadoras apenas se percibían como una sombra 
que se deslizaba por el cristal del agua. 

A lo lejos aparecía el Peñón, esa pequeña prominencia en cuyo 
seno se reúnen los elmentos volcánicos preparando para mas tarde 
una catástrofe. 

El infeliz estudiante no hallaba qué pensar sobre una situación 
tan oscura y preñada de reticencias y de misterios. 

— El tiempo solamente desatará este lazo que me ahoga, — decia 
en el delirio de sus dudas: — yo amo á esa mujer, me llega el ardor 
de su alma y el fuego de sus pensamientos; pero me hallo tan dis- 
tante como el sol... esperemos, yo creo comprometida mi existencia 
en esta pasión. 

Quedóse con el rostro escondido entre las manos y los brazos 
sobre sus rodillas, abismado en el mar insondable de sus pensamien- 
tos. 



104 JUAN A. MATEOS 



Un golpe de viento trajo velozmente un grupo de nubes, que uni- 
das á otras formaron un cortinage negro que apagó los rayos solares. 

Desprendióse una violenta lluvia. 

El estudiante se levantó pausadamente, y pocos momentos des- 
pués estaba envuelto en la tempestad. 

Echóse á andar; pero el trayecto era largo y llegó á la ciudad 
entrada la noche. 

Escurriendo el agua, lleno de fango y con la desesperación en el 
alma, tomó asiento en uno de los banquillos de la Plaza de Armas, 
para dar tregua á la fatiga. 

Hacia media hora que Mondoñedo descansaba, cuando percibió 
un ruido extraño y gritería. 

Llevado de la curiosidad se acercó hacia el atrio que da al Em- 
yedradíllo, y conoció que aquella algazara era nada menos que una 
furibunda cencerrada. 

II. 

Cuando se supo en México la muerte del joven general Leandro 
Valle, fusilado en el Monte de las Cruces por las hordas reacciona- 
rias, se levantó un escuadrón, formado por los jóvenes mas distingui- 
dos de la sociedad. 

El escuadrón tomó el nombre de Valle, y comenzó á organizarse 
definitivamente. 

Aquella juventud eligió el patio del'Monte de Piedad, para cele- 
brar sus academias. 

El edificio es vasto, sus departamentos bien combinados; pero en 
todo él se respira la época en que el señor don Pedro Romero de Te- 
rreros, conde de Regla, decretó su fundación. 

Hay allí mucho de sombrío y recojido; sus empleados son silen- 
ciosos y dedicados, allí no se habla sino lo extrictamente necesario, 
existe la escala rigurosa en los ascensos, hay gefes seculares como 
los ahuehuetes de Chapultepec; parece que las sombras de los emplea- 
dos del siglo XVIII permanecen aun, y se echa de menos la peluca 
empolvada, la casaca de raso bordada, los zapatos bajos y el espadín. 
Creernos haber visto que uno usaba sombrero de tres vicos, y esta- 
mos seguros de que alguno de sus empleados lleva corbatín de re- 
sortes de acero, cuellos superabundantes y capa española hasta los 
tobillos. 

El Monte de Piedad es uno de los establecimientos de beneficen- 
cia que han conservado su forma al través de las convulsiones po- 
líticas. 

Se giran en él mas cantidades que en muchas de las oficinas 
recaudadoras del gobierno, y con un número reducido de emplea- 
dos. 

Las almonedas son muy concurridas : piezas de ropa que valen 
un sentido en la casa de Salin, se rematan á un precio ínfimo. 

Los especuladores se apoderan de la almoneda." 

Nos hemos divagado un tanto de nuestro objeto. Decíamos que 
la juventud atronadora del escuadrón Valle concurría al patio del 
Montepío á celebrar sus academias. 



EL SOL DE MAYO 105 



Aquel establecimiento que á las tres de la tarde se trasforma en 
lugar de sombra y de silencio, se sintió extraño á la turba alborota- 
dora de los nacionales. 

Parecia que una parvada de .golondrinas aventureras se habia 
apoderado del edificio. 

Aquello era una profanación; los retratos de Carlos III y del 
conde de Regla que yacen empolvados en el aposento del director, 
se habían irritado al escuchar las voces de la ordenanza , y protesta- 
ban, con la cédula y el reglamento en la mano. 

El director, influenciado por el espíritu de aquel siglo, prohibió 
la entrada á los nacionales. 

Los nacionales á su vez se irritaron contra el director, y le dis- 
pusieron un obsequio como aquel ofrecido á Saligny por sus compa- 
triotas, y que á un sereno le pareció música rara de los señores ex- 
trangeros. 

III. 

Mondoñedo se acercó á un grupo de embozados que se habia si- 
tuado frente al Montepío. 

— ¡ Hola, Mondoñedo ! — gritó la voz conocida de Santiago Gonzá- 
lez, — ¿ ya vienes prevenido ? 
. — No sé de qué se trata. 

— Pues óyelo, querido, que ya vamos á dar el segundo toque; 
extiende la vista y ve mirando á todos los amigos. . 

Los nacionales estaban armados de almireces, cacerolas, bande- 
jas, cazos, campanas, matracas, sonajas, trompetones, cornetines y 
de cuanto instrumento ú objeto pudiera producir una música in- 
fernal. 

— ¿Quién capitanea? — preguntó Mondoñedo. 

— Quién ha de ser, — respondió Felipe Cuevas que se hallaba en 
todas las a\enturas, — sino Agustín del Pao, uno de nuestros gefes. 

— Entonces, — respondió el estudiante, — la batuta está en buenas 
manos. 

Acercóse un joven alto, robusto, de bigote y piocha espesos, puro 
habano y sombrero de fieltro: 

— Muchachos, — dijo á los estudiantes, — preparen las armas que 
ya va la segunda andanada. 

— Ya estamos, Agustín, — gritó la turba llena de regocijo. 

— Corran la palabra, — insistió del Río, — que ya la sinfonía va á 
comenzar. 

Agrupóse toda la gente de trueno, y al repique de una campanilla 
se soltó el infernal ruido que llegó á los salones del respetable direc- 
tor del Montepío. 

Aquello era... era... Salva trae la palabra en su diccionario: era 
una cencerrada; ¡ pero qué cencerrada ! 

Aquello era la armonía de la discordancia, un trozo de la sin- 
fonía del infierno, el vértigo de las escalas cromáticas en una des- 
composición abominable, las floriture de Satanás en sus horas de 
mal humor. 



106 JUAN A. MATEOS 



La gente que paseaba en el atrio ocurrió al lugar que podemos 
llamar de la ejecución, y se agregaban á todo aquel ruido los silbos, 
las carcajadas y los aplausos. 

Los balcones del edificio permanecían cerrados 

Cesó aquel aguacero de discordancia por algunos minutos, para 
dar su último saludo al director, que no daba por aquella noche se- 
ñales de vida. 

Como una parvada de tordos á la detonación de una escopeta, 
así se dispersaron los nacionales, y la noticia de tan gloriosa cen- 
cerrada circuló por toda la ciudad. 

IV. 

Luego que González, Felipe Cuevas y Mondoñedo se encontraron 
solos, este les preguntó cómo seguían de sus contusiones. 

— Ya estoy bueno, — dijo González, — y lo poco que me quedaba 
me lo he desquitado con la cencerrada. 

— Nos la ha pagado el director; figúrate, amigo mío, que en ese 
maldito establecimiento no nos reciben nuestras prendas. 

— Tales están ellas. 

— Eso no importa, es Monte de Piedad de Animas, y nosotros 
nos reputamos como tales. 

—En el Montepío aguardarán á que uno se vuelva ánima para 
socorrerlo, y eso es horrible. 

— Ya en la desnudez nos vamos pareciendo demasiado. 

—Cuenten con mi bolsa, — dijo Mondoñedo. 

— Gracias. ¿Pero de dónde diablos sales tan enlodado y con el 
sombrero escurriendo el agua? 

— Vengo de un paseo. 

— ¿De natación? 

— Punto menos. 

— Vete á mudar ropa, que estás hecho un carámbano. 

— Ademas, — dijo el estudiante, — que esta noche tengo que asistir 
al casamiento del conde del Jaral. 

— Es buena noticia para Isabel, que me parece le ama todavía, 
— dijo Cuevas por herir la susceptibilidad amorosa de González. 

Santiago respondió con socarronería: 

— Rival menos. 

Cuevas se mordió los labios. 

—Nos veremos, el conde me espera, mañana puedo necesitaros. 

— Te esperamos toda la mañana en la casa de González. 

— Muy bien, y adiós. 



Felipe Cuevas, celoso de su concolega, juró tomar venganza 
al recibir el sopla-mocos de González, y esa misma tarde le puso 
un anónimo á Don Fernando Torre-Mellada, dándole las señas de 
la casa y cuantos particulares le vinieron á las mientes, colocando 
al irritado padre sobre la vía que paraba en el aposento del estu- 



EL SOL DE MAYO 107 



diante Santiago González, donde y acia como tórtola enjaulada la 
desgraciada Isabel. 

El inválido dejó caer la noche, y seguido de tres policías se 
puso en acecho de la casa como un gato frente á la ratonera. 

Los dos amigos se dirigieron á la habitación de González. 

Isabel, que habia recobrado su antiguo buen humor, los recibió 
con agasajo. 

Cuevas extrañó verla, y se figuró que el anónimo no habia 
llegado á manos de Torre-Mellada. 

Entablóse la tertulia de todas las noches, tocaron la guitarra y 
se cantaron seguidillas y canciones románticas, y después entró 
la de hablar algo de la crónica del dia. 

Cuevas, con intención dañada, refirió el casamiento del conde 
del Jaral. 

— Se casa, y por él estoy en el borde de la perdición, — pensó 
la joven; — me ha entregado en manos de estos necios, y acaso se 
burla de mi credulidad con ellos; es necesario terminar una situa- 
ción tan tirante; al menos no se reirán de mí. 

Estas ideas atravesaron como un relámpago por el cerebro de 
la joven, y pretestando cualquier cosa, se levantó de su asiento 
y salió al corredor. 

Entró en su aposento, tomó su abrigo, y procurando no meter 
ruido, dejó con el mayor silencio y desesperación la casa de los 
estudiantes. 

Mucha era la dilación de la joven, tanto que ya se hacia notar 
en la pequeña concurrencia. 

Levantábase Loreto en busca de su amiga, cuando la policía, 
acaudillada por el inválido, tomó las avenidas de los aposentos y 
se precipitó en el de recepción. 

— ¡ Alto ahí todos ! — gritó Torre-Mellada con voz de trueno. 

Los estudiantes se quedaron petrificados. 

— ¿Qué busca usted en mi casa? — preguntó Loreto. 

— Señora, entregúemela usted. 

— ¿Pero qué quiere usted que le entregue? 

— Lo que tiene usted oculto. 

— No comprendo una palabra. 

— Lo que pido es á mi hija, á Isabel, que vive en esta casa. 

— Es cierto que aquí ha vivido algunos dias; pero hace un mo- 
mento que desapareció. 

— ¡Rayo del cielo! — esclamó el viejo; — ¡esto es demasiado! 

Los policías catearon todos los aposentos: la joven habia des- 
aparecido. 

— Esta sí es una verdadera cencerrada, — dijo Felipe Cuevas 
frotándose las manos. 



108 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO XVIII. 



Donde prueba el autor la facilidad de hacer sufrir a una mujer el tor- 
mento de Juana de Arco. 



La señorita Eloísa Mons estaba en su gabinete esperando la 
llegada del peluquero, para exhibirse como siempre en esos trajes 
admirables de fantasía en que resaltaba todo el buen gusto é ima- 
ginación de la joven. 

Sobre un confidente estaba el traje de ceremonia y en la mesa 
consola varias cajas con joyas preciosísimas. 

La novia tenia un semblante inquieto algunos momentos y 
otros exaltado, seguramente cruzaban por su cerebro ideas encon- 
tradas que determinaban la fisonomía siempre hermosa de Eloísa. 

Su palidez se habia hecho mas intensa, y sus ojos brillaban 
como dos luceros al arrollarse las primeras nubes de la tormenta. 

Llevaba un vestidor de cachemir, su cabello caía en rizos des- 
compuestos sobre su seno y espalda, y en ese descuido tan esme- 
rado habia toda la gracia del gusto y el romanticismo de su si- 
tuación. . ; . 

No estaba solo el aposento con aquella ave pronta á dejar la 
jaula de oro de sus primeros años; en un sillón próximo al que 
ocupaba Eloísa, estaba don Fernando, contemplando la belleza 
deslumbradora de su novia. 

Por mas gastado que estuviera el corazón del conde, se sentía 
reanimar solo á la luz apacible de aquella mirada; ademas, esa 
mujer lo amaba con pasión. 

Rosa, sepultada en la oscuridad, sin ese brillo del lujo y de 
la aristocracia á los ojos de un hombre todo orgullo y vanidad, 
debia desaparecer como una sombra en su imaginación. 

— ¡ Qué bella estás, Eloísa ! — decía el galán lleno de entusiasmo : 
— yo bendigo el momento en que vamos á unirnos para siempre; en 
que mi alma concentrada en la tuya puede adormecerse en un 
delirio intenso de felicidad. 

— Fernando, yo estoy loca de placer, hace tres noches que no 
duermo, estoy agitada, profundamente inquieta, me parece que 
todo es ilusión, que el cielo ha abierto sus puertas de zafiro para nos- 
otros; no creia tan próximo este .momento. 

—Eloísa, cuando va á llegar una época de realidad bellísima- 
para nosotros que hemos nacido en la alta esfera de la sociedad, 
debíamos estar unidos; pronto desaparecerá toda esta situación, 
nuestros derechos serán reconocidos y mi nombre tomará el brillo 
de mis antepasados. Eloísa, la monarquía va á levantarse sobre 
este edificio que amenaza ruina; rico, feliz, envidiado, nuestro or- 
gullo y amor quedarán satisfechos. 

— No quisiera yo, — dijo Eloísa, — que identificaras nuestra suerte 
con los azares de la política; yo quiero vivir tranquila, Fernando, 
nada que pueda acibarar nuestra existencia. 



EL SOL DE MAYO 109 



— Eloísa, mis compromisos en Europa me han traido á Mé- 
xico y tengo que cumplir la palabra empeñada. 

— Yo respeto cuanto tú hayas hecho, pero te suplico en nom- 
bre de nuestro amor, que te alejes de ese terreno siempre resba- 
ladizo de la política. 

— Me olvidaba, — dijo D. Fernando, sin contestar la súplica de 
su novia: — *e traia este alfiler, quiero que esta noche lo lleves en 
tu tocado. 

Eloísa tomó una caja de terciopelo azul, la abrió y quedó en- 
cantada. 

Una piedra de ópalo de un tamaño extraordinario y con los 
colores bellísimos del iris, estaba sobre una montadura que for- 
maba un cerco de brillantes claros como la luz y como ella resplan- 
decientes. 

— ¡Es magnífica la combinación !— dijo la novia. 

— Yo quedo satisfecho, — respondió D. Fernando, — con que sea 
de tu gusto. 

— No quiero decirte nada sobre los adornos de esta noche, 
porque pienso darte una sorpresa. 

— Siempre tú eres una novedad para mí, aunque estás conmigo 
á todas horas 

Eloísa tomó con sus pequeñas manos la cabeza de su novio y 
acercó sus labios á la despejada frente de D. Fernando. 

II. 

La señorita Mons entró en su tocador, donde la esperaban sus 
amigas íntimas para vestirla, después de concluir su toilette de 
la cabeza. 

— Vistamos la imagen,— decia Lola, — nuestro honor está com- 
prometido ¿no es verdad? 

— La escultura es magnífica, — respondió Victorina, — no nos ha- 
rá quedar mal. 

— Por Dios, amigas mias, — exclamaba la novia, — no sigan di- 
virtiéndose. 

— ¿Quién se divierte con un lance tan serio, Eloísa? — respondió 
Lola conteniendo la risa: — esto de casarse no puede menos de 
afectar nuestra sensibilidad, ¿no es cierto, Victorina? 

— Querida mia, yo no soy la novia, ella podrá responder satis- 
factoriamente. 

— No abusen de mi buen humor. 

— Ya esperaba esa respuesta, — dijo Victorina: — ¡buen humor 
cuando vas á dejarnos para siempre! confiesa que tú eres la que 
estás de broma. 

— No me comprendes. 

— Demasiado, Eloísa. 

— O yo no me explico. 

— Puede ser, — añadió Lola, — por eso nosotros nos lo explicamos 
solas. 

— Victorina está celosa. 



110 JUAN A. MATEOS 

— Sí que lo estoy: venir un señor conde y sin mas ni mas arre- 
batarnos á la mas bella de nuestras amigas, es horroroso. 

— Eloisa guarda silencio, lo cual quiere decir que consiente en 
que se la tenga por hermosa. 

— Cabalmente, — respondió la joven, siguiendo la broma. 

— Lo peor de todo, — dijo Lola, — es que lo dicho es una verdad 
de á folio. 

Eloisa dio cariñosamente una palmada en las mejillas de Lola. 

— ¡Y qué guapo es tu novio! — observó Victorina : — ¡qué cuerpo 
tan elegante, qué ojos! Vamos, no continúo por temor de que 
vayas á enfadarte. 

— Estás verdaderamente insufrible. 

Lola y Victorina estaban con un afán extraordinario vistiendo 
á Eloisa. 

— Nada falta, el velo te lo pondremos á última hora. 

— La corona es preciosa. 

— Estás como una Virgen, amiga mia. 

— Gracias á tanto atavío. 

— Jamas te hemos visto mas sencillamente vestida. 

— Vengan esas manos de criatura, pongámosle los guantes. 

— Ahora sí, no le falta más que hablar. 

— Como que la agitación puede dejarme muda. 

Eloisa estaba verdaderamente encantadora, llevaba un traje 
de moaré blanco atado con una cinta encarrujada de seda. La 
falda de encima de gasa recogida en el lado izquierdo por un ramo 
de azahar, y en el escote un collar de capullos iguaies á los de la 
corona, cuyas guias descendían suavemente hasta tocar el flexible 
talle de la desposada. 

Parecía una de las vestales de la poética religión griega. 

Llevaba al pecho y oculto entre los ramos de azahar, los bri- 
llantes del alfiler como gotas de rocío entre el pétalo de las flores. 

Si el autor de las Flores animadas hubiera visto á Eloisa, le 
da vida á la magnolia con esa exaltación febril de un cerebro 
próximo á la locura. 

III. 

La familia Mons recibía aquella noche á las personas de la 
familia y á los amigos íntimos; le parecía muy poco aristócrata 
esa afluencia de convidados en una ceremonia de familia, y de 
mal tono la presencia de gentes extrañas. 

El conde del Jaral participaba de estas ideas, le parecía de 
mejor sensación el misterio; y á excepción de sus testigos y pa- 
drinos, no envió papeleta á ninguno de sus camaradas. 

El caballero Edmundo Mons, no estaba contento con el casa- 
miento de su hija; le parecía don Fernando un hombre repugnante 
y calavera, lo rechazaba por instinto, y aquella boda se celebraba 
con una visible contrariedad por parte de él. 

La fatuidad del conde, ese aire de protección que dispensaba 
á cuantos se le acercaban, tenia molesto al padre de Eloisa. 



EL SOL DE MAYO 111 



Hemos dicho que el señor Mons había estado de cónsul en los 
Estados-Unidos durante muchos años: allí se había robustecido en 
sus doctrinas democráticas y odiaba á los títulos como una preten- 
sión punto menos que ridicula. 

Dedicado á la educación de su hija, estaba ufano de su obra, 
porque Eloísa era una joven instruida y familiarizada en las prác- 
ticas del refinamiento. 

El conde asistía á las tertulias de la casa de Mons, donde con- 
quistó el cariño de la rica heredera. 

Ya sabemos que á don Fernando lo llevaba, mas que el amor, 
lo apremiante de sus compromisos: esto se le pasaba por las mien- 
tes al señor Mons, y se inquietaba por el porvenir de su adorada 
hija. 

El padre hablaba de ella con exaltación, y un amigo se aven- 
turó á preguntarle : 

—¿Y nada mas esa hija tenéis? 

Mons lo vio con extrañeza, y como era de su intimidad le res- 
pondió : 

— Allá antes de casarme amé á una mujer sin corazón, que en 
su orgullo desató el lazo que hubiera indudablemente orillado mi 
enlace; expuso á mi hijo entregándolo á manos extrañas... este 
recuerdo me hace sufrir. Esa mujer infame fué dotada por mí en 
una cantidad considerable, con la que se marchó á España sin que 
haya vuelto á saber de ella. Después de nuestra separación he que- 
rido investigar el paradero del niño, mas no ha sido posible. Me 
aseguró un amigo por aquella época que Berta se habia casado en 
Madrid, ocultando como era natural la historia de nuestros amores. 

— Señor, — dijo Mondoñedo acercándose á los dos amigos, — el 
señor conde del Jaral busca á usted para saludarle. 

— Tenga usted la bondad de decirle donde estoy; pero no hay 
necesidad, se acerca á nosotros. 

Don Fernando, elegantemente puesto, con traje negro y centro 
blanco, donde brillaban tres magníficos solitarios, y con su arro- 
gancia acostumbrada, se acercó á Mons. 

— Señor, os buscaba para saludaros. 

— Gracias, conde. 

— Es grande mi satisfacción al verme honrado por una familia 
tan apreciable y distinguida. 

El señor Mons inclinó ligeramente la cabeza. 

— Señor, vuestra hija es la joya mas valiosa que pudiera en- 
contrar en el tránsito de mi vida. 

— Gracias, conde. 

— Miradla, está hermosísima, y respira el ambiente de la pu- 
reza y de la virtud. 

Acercóse Eioisa á su padre, que sintió nublarse sus pupilas y 
oprimir su corazón. 

— Padre mió, no te has acercado á darme un beso. 

Edmundo Mons, con aquella ternura que solo brota en el co- 
razón de un padre, se acercó á aquella tierna criatura y la besó 
en la frente. 



112 JUAN A. MATEOS 



Una lágrima de angustia vertida de aquellos ojos, cayó como 
una gota de fuego por el semblante de Eloisa. 

La joven se estrechó con efusión al pecho de su padre. 

— Vamos,— dijo el señor Mons, — hoy se trata de tener alegría, 
no hay para qué entristecerse; ve, te esperan tus amigas; Fer- 
nando, el brazo á su esposa. 

Acercóse con galantería el conde y presentó su mano á Eloisa, 
que la oprimió dulcemente. 

IV. 

Eran las ocho aún, y la ceremonia debia verificarse á las diez. 

Mondoñedo estaba impaciente; parece que husmeaba algo de 
lo que iba á pasar: veía continuamente el reloj, y las horas se le 
hacían eternas. 

El conde habia salido á la antesala á fumar un tabaco con sus 
amigos, cuando un lacayo le presentó una esquela que don Fer- 
nando leyó violentamente. 

Reflexionó algunos momentos, y parándose resueltamente, en- 
tró en el salón y dijo á Eloisa: 

— Un negocio de urgencia me obliga á dejarte por unos mo- 
mentos. 

— Que no tardes, Fernando, — dijo Eloisa dirigiéndole una mi- 
rada capaz de conmover á una roca. 

Mondoñedo, por un instinto desconocido, se puso en acecho 
de don Fernando; algo vio en sus ojos que despertó un sentimiento 
extraño en su corazón. 

El conde entró en su carruaje, y Mondoñedo en su carretela 
se puso en seguimiento de aquel hombre, envuelto en el torbellino 
de las vicisitudes. 



Dieron las diez. 

El sacerdote esperaba la llegada del novio para revestirse. 

Eloisa estaba inquieta con la ausencia de don Fernando. 

El señor Mons, sin preguntar, salía cada momento al balcón 
para ver si llegaba el carruaje. 

Las amigas de Eloisa se pusieron al piano para hacer mas pa- 
sadero el tiempo. 

Ninguno de los convidados decia nada; pero ya comenzaba á 
notarse una agitación desconocida en la concurrencia. 

Eran las once y don Fernando no parecía. 

El señor Mons buscó á Mondoñedo; éste tambien.se habia au- 
sentado sin dar aviso de su separación. 

La joven no sabia qué pensar; indecisa, vacilante y afligida, 
no quitaba la vista de la puerta de entrada. 

Todos guardaban silencio : nadie se atrevía á pronunciar una 
sola palabra que revelase la verdad de aquella situación. 

El señor Mons estaba sombrío. 



EL SOL DE MAYO 



113 



Eloísa, con las lágrimas prontas á desprenderse de sus pupi- 
las, y con una aflicción profunda. 

El silencio discurría por aquella sala, antes animada por los 
ecos de la música y las voces angelicales de las amigas de la des- 
posada. 

En medio de aquella terrible espectativa, sonaron pausadamen- 
te las doce. 

El eco del bronce resonó con uii timbre de agonía en el corazón 
de la joven. 

El señor Mons desapareció de la escena. 



CAPITULO XIX. 
Donde se ve que el robo de ías Sabinas se vuelve por pasiva en el siglo XIX. 

I. 

El carruaje se detuvo á la puerta de la casa de Rosa. 

El conde del Jaral, acostumbrado á las aventuras y atormen- 
tado con la situación que guardaban sus amores, pues la joven 
jamas le habla concedido una entrevista, no desperdiciaría la 
oportunidad de pasar una hora junto á aquella mujer á quien tenia 
intenciones de amar alguna vez, como á bordo del «Conway.» 

El billete de Rosa era el mejor anzuelo tirado á tan grande pez. 

El conde subió precipitadamente las escaleras sin notar que 
el estudiante lo seguía muy de cerca. 

Rosa le esperaba con impaciencia, y ya comenzaba á inquie- 
tarse, porque el billete no le fué entregado en la mañana á don 
Fernando. 

Pendiente al menor ruido, permaneció en el balcón hasta que 
e! carruaje del conde se detuvo á su puerta. 

Entróse la joven para recibir á don Fernando, no sin percibir 
la carretela del estudiante. 

El desgraciado Mondoñedo lo comprendió todo. 

Habia sido el juguete miserable de aquella mujer, el órgano 
puro donde ella se informaba de los pasos todos de su amante; su 
papel era el de un lacayo, menos aún, de un policía secreta. 

Agolpósele la sangre al corazón, que amenazaba romper la ta- 
bla del pecho, su frente se heló y su semblante se contrajo espan- 
tosamente. 

Detúvose á la puerta por donde el joven habia penetrado, y 
conteniendo la respiración se puso á escuchar. 

Vio primero por el ojo de la cerradura, pero se retiró inme- 
; diatamente temiendo no poderse contener, y lanzarse como un 
lobo en la estancia y anegarla en sangre. 

8 — EL SOL DE MAYO. 



114 JUAN A. MATEOS 



II. 

Rosa le tendió la mano al conde, quien la besó con pasión. 

En el traje riquísimo de don Fernando se adivinaba todo. 

Rosa se estremeció de celos; pero sonrió después con satis- 
facción. 

— No esperaba yo, señora, tanta felicidad; lo que he deseado 
tanto tiempo y pedido con tanta súplica, hoy se me concede como 
por encanto. 

— Es que mi amor os llama. 

— ¿Por qué ese lenguaje de reserva, Rosa mia? 

--¡ Conteneos !— dijo la joven viendo que don Fernando le ha- 
bía pasado el brazo por el talle. 

El galán se retiró, notando alguna extrañeza en el semblante 
de la joven. 

— ¿Me amáis mucho, no es verdad? — preguntó Rosa de una 
manera incisiva. 

--Cuanto un hombre puede amar á una mujer. 

--¿Recordáis vuestras promesas á bordo del «Conway?» 

— ¿Que si las recuerdo? no he olvidado una sola; esta pasión 
que me consume, es hija de aquellas horas dulcísimas en que oí 
de vuestros labios la primer frase de amores : desde entonces me 
parece que estáis mas hermosa, que os amo con mas entusiasmo. 

Don Fernando tomó la mano de Rosa. 

— ¡Retiraos, caballero! — dijo con altanería. 

El conde se comenzaba á sentir humillado. 

— ¿Qué tenéis, señosa? — preguntó algo incómodo don Fernando- 

— Vos lo sabéis acaso mejor que yo. 

— Os juro que... 

— No juréis, — interrumpió la joven; — cuadran mal á un hombre 
de honor esas protestas. 

El conde comenzaba á sospechar. 

— Hablemos de otra cosa, ¿conocéis á Manuel Mondoñedo? 

Don Fernando se estremeció involuntariamente. 

La puerta crujió como á un golpe de viento. 

— Que si le conocéis os pregunto, caballero. 

— Sí, es un estudiante que merced á una herencia hoy frisa en 
el gran mundo. 

— Y si os dijera, — exclamó Rosa, sin poderse contener ante la 
audacia de aquel hombre, — que yo levanté de la miseria á ese des- 
graciado para ponerlo en pos de vuestra huella y saber hasta lo 
que pensabais, ¿qué diríais? 

La puerta volvió á estremecerse. 

— Que he sido víctima del espionaje y de la traición. 

— Si vos invocáis esa palabra ¿qué diré yo cuando sé que hoy 
mismo os desposáis con la señorita Mons? 

Don Fernando sintió que un rayo habia herido su cabeza, llevó 
las manos é\ rostro y balbuceó algunas palabras. 

— ¿No es verdad que me habéis escarnecido, que habéis bur- 



ÉL SOL DE MAYO 115 



lado mi amor creyendo que no llegaría á.mis oídos la noticia de 
vuestra infame conducta? 

— Señora, por Dios, — dijo Fernando, poniéndose de rodillas. 

■ — ¡Alzad, mal caballero, yo os arrojo de mi casa como á un 
hombre despreciable y ruin ! 

Don Fernando tendió la mano para asirse del traje de Rosa; 
esta lo apartó con desden insultante. 

— Vuestro contacto me mancha, ¡retiraos! ¿no habéis oido que 
yo os arrojo de mi presencia? 

Levantóse el conde herido en su amor propio, tomó el som- 
brero, se lo caló con altivez y dijo con timbre desdeñoso: 

— Estaba reservado á la hija de un comerciante el lanzar un 
ultraje á quien se ha rebajado hasta el punto de requerirla de 
amores. 

— Descubrios, señor conde del Jaral, — dijo Rosa, arrebatando 
el sombrero de la cabeza de don Fernando y arrojándolo con fuerza 
sobre la alfombra. 

— Os perdono, — dijo el conde lanzando una carcajada nerviosa: 
— esta escena es toda vuestra. 

— ¡Don Fernando Moneada! — exclamó la joven, apretando con- 
vulsivamente el brazo del conde: — ¡reportaos, estáis en presencia 
de doña Blanca de Borbon, condesa de Montemolin ! 

Don Fernando cayó trémulo á ios pies de doña Blanca... 

— Os he dicho mi nombre, y como sois capaz de denunciarme, 
permaneceréis en esta casa hasta que yo pueda salir de la ciudad. 

— ¡Compasión, señora! — decia el conde arrodillado. 

— Alzad, caballero, aun es tiempo de una reparación á esa cria- 
tura á quien vais á engañar villanamente: escribid que es imposi- 
ble ese enlace. 

— ¡ Señora ! 

— ¡ Escribid pronto, os digo ! . 

— No, no tengo valor, — murmuró don Fernando. 

—¿Y lo habéis tenido para engañarla? 

El conde estaba mudo. 

— Oidme : tengo en mi poder vuestra correspondencia con los 
agentes de la intervención, en que constan las notas de Suiza, de 
Londres, de Paris y de España; todas ellas os pueden llevar al ca- 
dalso en América. 

El conde temió seriamente por su existencia. 

— Estoy á vuestras órdenes, señora. 

La condesa le presentó recado de escribir; don Fernando, tré- 
mulo de vergüenza, trazó estas lacónicas frases : 

«Eloisa, nuestra unión es imposible; perdonadme. Adiós — Fer- 
nando.» 

Doña Blanca tomó el billete y dijo al conde con imperio: 

—Entrad en ese aposento. 

Don Fernando obedeció sin decir una palabra. 

La joven dio dos vueltas á la llave, y después abriendo violenta- 
mente la puerta en que estaba el estudiante, dijo con voz de trueno : 

— ¡ Adelante, caballero ! 



116 JUAN A. MATEOS 



III. 

— Señora, habéis abusado de una manera cruel de mi amor. 

— Nunca os he dicho que os amaba. 

— No, es cierto, pero mi abnegación no merecia tanto desden. 
He sido el juguete de vuestros celos; si yo hubiera sabido que era 
hasta un crimen levantar la voz de mi cariño hasta la hija de Car- 
los Luis de Borbon, estaria fuera de este camino en el que debo en- 
contrar la muerte. 
■ — j Perdonadme ! 

— No, no pronunciéis esa palabra delante de un hombre humi- 
llado; no venderé vuestro secreto, ni llegará hasta vos el rayo de mi 
venganza: yo lo descargaré sobre la frente de ese hombre á quien 
amáis. 

— ¿Qué os ha hecho él? 

— Nada, pero vos mucho. Daros la muerte sería un favor des- 
pués de loS ultrajes que habéis recibido del conde: no, yo necesito 
que sufráis todo el horror de la desesperación; mi heiida ha de ser en 
el alma, terrible como la que habéis hecho en la mia. 

— ¡ Idos en buena hora, acepto la lucha que me proponéis : vida 
por vida! 

— ¡ Vida por vida ! — gritó el estudiante, y se lanzó rabioso fuera 
del aposento 

IV. 

Después que las doce de la noche habían sonado, la ansiedad 
aumentaba por momentos en la casa de Eloisa. 

La infeliz novia, presa de la vergüenza, no sabia qué hacer; re- 
tirarse era confesar su derrota, permanecer en el salón con aquellos 
adornos y galas era una ironía espantosa. 

El caballero Mons había salido en busca del conde para matar- 
le. Sin saber á donde dirigirse vagaba á merced del acaso, cuando 
en urta de las calles tropezó con un hombre : era el estudiante. 

— ¿Quién va? — dijo el señor Mons. 

— ¿Qué os importa? — replicó Mondoñedo. 

— ¡Ah! ¿sois vos, caballero? • 

— Sí, yo soy, ¿qué se ofrece? 

—Decidme qué pasa, mi hija se muere de pena y yo de ver- 
güenza. 

— Nada me preguntéis, señor, yo no sé nada, nada quiero saber. 

— Decidme al menos el paradero del conde. 

— Es un miserable, no sabéis el bien que os hace la fortuna con 
ese rompimiento. 

— ¿Luego no se casa ya con mi hija? 

— No, — respondió fríamente Mondoñedo. 

■ — Explicadme, por Dios. 

— No queráis saber nada, esa historia es horrible; Dios ha sal- 
vado á vuestra hija. ¡Adiós! 



EL SOL DE MAYO 117 



Y sin que el caballero Mons pudiera detenerle desapareció co- 
mo una sombra que se desliza. 

Edmundo Mons reflexionó sobre las palabras de Mondoñedo y 
dijo al fin: 

— Ese joven tiene razón, acaso esta fatal circunstancia haya 
salvado á mi hija. Voy á pasar una crisis de vergüenza, pero no 
importa. ¡ Pobre Eloisa ! 

Dirijióse violentamente á su casa para dar un término á la si- 
tuación. 

Al entrar le presentó el portero un billete. 

A la luz del farol leyó los renglones trazados por la mano del 
conde. 

— Subió la escalera y penetró en la sala, donde su presencia 
causó una profunda sensación. 

— ¡ Padre ! — gritó Eloisa, y se levantó á recibirle. 

— Señores, — dijo Mons, afrontando de lleno aquella terrible cri- 
sis, es necesario que sepáis io que motiva la ausencia del conde. 

Todos se levantaron para escuchar al señor Mons. 

— En los momentos, — dijo vivamente emocionado el padre de 
Eloisa, — en que se iba á verificar el enlace de mi hija con don Feí*- 
nando Moneada, he sabido varias cosas que me han desagradado 
profundamente; le he pedido explicaciones y hemos roto por com- 
pleto y para siempre. 

La concurrencia no puso en duda las palabras del caballero. 

Eloisa, al escuchar las palabras de su padre, sintió que las 
fuerzas la abandonaban y cayó en el suelo como una estatua arran- 
cada del pedestal. 



FIN DEL LIBRO PRIMERO. 



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LIBRO SEGUNDO 



UNA CRUZADA EN EL SIGLO DIEZ Y NUEVE 



CAPITULO I. 

De lo que pasó en el palacio de Versalles la memorable noche del 
miércoles de Ceniza de 1861. 

I. 

El miércoles de Ceniza del año de gracia de 1861 la Emperatriz 
Eugenia se dirigió á las oraciones de la noche á la regia capilla de 
Versalles en busca de su confesor. 

El confesor era un clérigo anciano y respetable, en cuyo rostro 
se reflejaban los rayos del talento velados por una densa sombra 
de misticismo. 

La semana primera de Cuaresma, estaba señalada para la # rea- 
lización de un vasto plan. 

Eugenia cubierta con un velo se arrodilló á los pies del sacer- 
dote. 

Allí la grandeza humana se prosternaba ante el representante 
de Aquel cuya voz escucharemos sumisos el dia terrible de la catás- 
trofe universal. 

El ministro de Dios pronunció su absolución, poniendo sus ma- 
nos en aquella cabeza despojada de la imperial diadema. 

Luego que terminó la ceremonia, el confesor hizo levantar á la 
Emperatriz y le habló al espíritu de su conciencia. 

— Señora, — dijo el sacerdote, — en estos momentos solemnes me 
permito dirigiros la palabra. 

— Hablad, señor, — dijo dulcemente la Emperatriz. 

— Vuestra piedad cristiana puede ser el nuncio de una era nue- 
va en la crisis por la que atraviesa el catolicismo. 

— Ya os escucho. 



EL SOL DE MAYO 119 

— Las armas francesas, — continuó el sacerdote, — han sostenido 
la Sede pontificia. 

— El beatísimo Padre, — dijo la Emperatriz, — ha bendecido nues- 
tra bandera. 

— Lanzado de la Ciudad Eterna por los republicanos, yacia pros- 
crito en Gaeta, y con el auxilio de la Francia tornó á la ciudad de 
Constantino. 

— Es cierto. 

— El catolicismo renació, como el Fénix, de sus cenizas, y las al- 
tas torres de San Pedro de Roma tornaron á saludar al pontífice 
sucesor de San Pedro. 

— Continuad, señor. 

— Mucho os debe el mundo cristiano, y Dios os ha colocado en 
el trono de la primera nación del mundo como la ejida del pensa- 
miento religioso. 

Eugenia inclinó la frente. 

— Vos influís en los destinos de la Europa; pero vuestro_ destino 
aun puede guiaros mas allá de los mares. 

La Emperatriz hizo un movimiento y escuchó con mas atención. 

— La demagogia vencida en las barricadas de Roma y acribilla- 
da después en Aspromonte, por el impulso de las armas y mas aún 
por la fuerza del derecho, parece que ha triunfado en América. 

— Seguid, señor. 

— Los soldados de la fe, los acérrimos defensores del principio 
religioso han sido derrotados, vencidos, proscritos, humillados y la 
religión escarnecida. 

Eugenia guardaba un silencio profundo. 

— Los templos han sido derribados, los conventos suprimidos, 
y acaso en estos momentos las escenas del año de 1808 en España se 
reproducen bajo un prisma mas sombrío en México. Vos sabéis, se- 
ñora, las funestas consecuencias que han traído á vuestra patria las 
exageraciones revolucionarias. 

— Es cierto; continuad. 

— El ejemplo de la profanación desmoraliza al pueblo cristiano, 
y acaso no está lejos el dia en que la República levante en las cate- 
drales de América la Diosa Razón. 

La Emperatriz se estremeció al recuerdo de María Antonieta : 
en aquel mismo lugar y bajo el techo sagrado de aquella capilla 
había orado también la infortunada esposa de Luis XVI. 

— Inescrutables son los designios de la Providencia, — prosiguió 
el sacerdote; — la República de 1848 dominada por la voz armónica de 
Alfonso Lamartine, era sin embargo un amago á la religión, por- 
que el pueblo se desenfrena y arrastra en pos suya las doctrinas y 
las creencias. Dios puso en el corazón de vuestro augusto esposo el 
sentimiento del imperio, como la única y sola idea salvadora de una 
gran nación; así se levantó el dique al desenfreno político, y la reli- 
gión volvió á imperar sobre una sociedad próxima á desquiciarse. 

— Es verdad, es verdad, — murmuraba la Emperatriz. 

— Dios, — continuó el confesor, — que hizo brotar la luz en el cere- 
bro de Cristóbal Colon para rasgar el denso velo que ocultaba el 



120 JUAN A. MATEOS 



mundo virgen de América, habia colocado sobre el trono español á 
la gran Isabel la Católica, y de nuestra patria, señora, se desperdió 
el primer rayo de la fé que abrasó todo un continente, el signo de la 
redención fué plantado en aquellas regiones y la idolatría desapa- 
reció en el Nuevo Mundo. 

Eugenia comprendía mucho de lo que su confesor iba á revelar- 
le; no desconfiaba de la buena fé del sacerdote, creía sincera su exal- 
tación; pero lo encontraba influenciado por la idea dominante en 
aquellos momentos, como era la intervención en América. 

Aquel sacerdote era uno de tantos instrumentos lanzados como 
arietes, para conseguir ese golpe audaz que bien pronto se volvería 
contra sus fautores. 

— Señora, — continuaba en su exaltación, — en América se pierde 
la creencia de vuestros padres, aquella sociedad camina á su per- 
dición, y eso que llaman espíritu de la época extravía á las almas y 
las corrompe. 

— ¿Y qué puedo hacer para contener ese torrente? 

— ¡ Señora, la católica España ha iniciado el pensamiento de la 
intervención; vos que reináis por la virtud en el alma del empera- 
dor, impulsadle á tomar parte en esa grandiosa idea; ved que Dios 
os puede tomar cuenta si os .manifestáis como una planta estéril en 
derredor de ese trono que se alza sobre la ciispide del mundo 
cristiano; vuestro nombre se inscribe entre los laureles que co- 
secha la Francia; haced que resuene con igual gloria en el siglo 
del catolicismo; salgan los ecos de vuestra fama de ese límite estre- 
cho de los Alpes y de los Pirineos; extiéndase, allende los mares, 
para que llegue en un hossanna hasta las bóvedas de esta capilla, 
donde os conjuro esta memorable noche á que sostengáis el lábaro 
de nuestra fé ! 

Estas palabras exaltaron el espíritu de Eugenia, que se siente 
despertar cuando el genio de la ambición habla á sus sentidos cabe 
en lo religioso ó en io profano. 

Tuvo un momento de alucinación, se sintió inspirada, recordó 
las mugeres fuertes de la Biblia, las reinas cuyas imágenes se ve- 
neran en los templos cristianos, ambicionó inscribir su nombre, no 
sólo en el álbum de ios emperadores, sino en el de los santos; se 
alzó como una profetisa, y llena de ardor divino se encaminó al 
aposento del emperador. 

El sacerdote, ufano en su sentimiento católico con aquella 
conquista de la palabra, se juzgó un nuncio del cielo, y postrán- 
dose en las baldosas de la capilla, oró con todo el fervor de su alma, 
creyendo inmortalizado su nombre como el de fray Alonso Tala- 
vera ó Bartolomé de las Casas. 

II. 

En uno de los salones de Versalles se habían reunido multitud 
de ayudantes, mientras los mariscales celebraban una junta, pre- 
sididos por el ministro de la guerra. 

— Ya sabéis, — decía un joven coronel,- -que la España está de 
conquista. 



EL SOL DE MAYO 121 



— Va á hacer un ensayo en sus antiguas colonias. 

— No garantizo la espedicion. 

— -Nuestra vecina no quiere convencerse de que está vieja. 

— Y cascada, — añadió un capitán. 

— ¡Alto! — dijo otro, — que sus banderas flamean en los muros de 
Tetuan. 

— Ya, — dijo otro, — los moros son los moros, la España sabe 
ajustar sus partidos, bien se puede pelear contra las espingardas 
hoy que las bayonetas están en boga. 

No extrañarán nuestros lectores este lenguaje, toda vez que 
son sabidos los odios y rencillas que median entre Francia y 
España. 

— Me parece, — insistió el coronel, — que pierden la isla de Cuba 
en un descuido. Por eso han solicitado la concurrencia de la "In- 
glaterra y de la Francia. 

- — Nosotros,— repuso otro de los jefes, — no necesitamos de alian- 
zas, nos bastamos para cualquier empresa: dígalo la campaña 
de Rusia en que merced á nuestras armas pudo tomarse Sebasto- 
pol, mientras los turcos y los ingleses se replegaban. 

— Sí, — añadió otro, — la Francia va sola ó se estima como tal 
aunque la acompañen. 

— ^Así se puede resolver toda cuestión. 

— De los convencionales heredó el imperio un solo legado, y fué 
aquel paso seguro en que se decretó la victoria, — dijo con arro- 
gancia el capitán. 

— Entre paréntesis, no nos vendría mal una expedición á las 
Indias. 

— No es cuestión de gloria, pero puede hacerse negocio. 

— Ya lo creo. 

— Esos malditos yankees han asorbido de hecho aquel país. 

— Parece que sus moradores son endiablados, ya habéis visto 
las quejas amargas de Mr. Gabriac y los discursos tiernísimos del 
embajador de España, lanzado de América con tanta facilidad. 

— Ese golpe tiene su mérito, amigos mios. 

— No le valió aquello de que los indios salían de las chozas á 
preguntarle por S. M. C. y otras sandeces por ese estilo. 

— Pacheco tenia imaginación. 

— Sí, el discurso puede pasar por una pagina de los mil y un 
fantasmas. 

— Vean ustedes, — dijo el capitán, — la ingratitud de los reyes: 
.luego que el embajador concluyó aquella dolorosísima arenga, 
S. M. C. para consolarle, envió á Calderón Collantes con un men- 
'saje en que la reina manifestaba su desagrado por la conducta del 
embajador, y ademas su destitución. 

— Hay novedad en destituir á un destituido. . 

— Después de eso, caten ustedes, que por quítame allá esas 
pajas, se arma la camorra y se alistan las naves para la conquista. 

— No hay que burlai'se, que el negocio va de veras. 

— Tan cierto como que las escuadras están próximas á partir 
para la isla de Cuba. 

— Puede haber otra de Barrados en el golfo de México, 



122 JUAN A - MATEOS 



III. 

Las damas de la Emperatriz tenían su tertulia á sotto voce, 
mientras Eugenia permanecía en la capilla de palacio. 

—¿Sabéis la última moda?— decia una joven á sus companeras. 
—Hay tantas, amigas mias, que es imposible enterarse de ellas. 
—Pues nos han presentado unas pulseras con lagartijos de 
esmeralda á la Moctezuma. 

—Es cierto,— dijo otra de las damas;- pero lo mas hermoso y 
espiritual es el collar de ópalos á la Guautimotzin. 

—Desde que la España ha iniciado la guerra, todo lo de México 
está á la orden del dia: hay quien lleve gorros de dormir á la 
Popocalepetl. 

_Sí —prosiguió la dama de Eugenia,— hasta en las viandas se 
encuentran asados á la Huitzilopoxtli, trufas á la Malintzin y vo- 
lovans á l&Nelzahualcoijotl. 

-Hasta en la fraseología amatoria ha entrado la fiebre me- 
xicana : ayer nada menos, me decia el capitán de guardias : con la 
honda de vuestros cabellos me habéis arrojado una piedra al co- 
razón; vos sois mi pénate, mi esfinge, vuestra tia es el tecolote qut 
canta' sobre mi choza, vuestro padre me trae como a la serpiente 
el águila mexicana, en el pico todo el dia. 

Las damas se echaron á reir con estas ocurrencias. 
—A mí,— dijo otra.de las jóvenes— me ha dicho un chambelán 
que lo tengo en la piedra de los sacrificios, pronto á inmolarlo 
con la macana de mi indiferencia, y que está hecho un bárbaro, 
en cuanto á esa parte, le he concedido la razón mas que á las victi- 
mas de Hernán Cortes. 

—El mexieanismo del siglo XIX nos invade, nuestros elegantes 
optan por la vida salvage, declaran que la levita y sombrero alto 
es una moda abominable, que se sienten tiranizados por las botas 
v el pantalón. , 

—Sí, amigas mias, todos desean llevar túnicas de pluma y. 
lucir sus formas, protestan contra el color blanco, y el ámbar es- 
tá de rigurosa moda; anoche en el teatro se representó una escena 
mexicena: «La caza del tigre.» Al levantarse el telón y aparecer 
el bosque lleno de plátanos y limoneros, destacándose en el fondo 
'un cielo purísimo y un sol resplandeciente, cuyos rayos se apagaban 
entre las frondosas ramas de los ahuehuetes, resonó el aplauso 
mas grande que he oído. 

—Eso fué muy poco; cuando se escuchó el rugido de la ñera, 
que por cierto estuvo imitado á las mil maravillas, entonces ru- 
gió toda la luneta con un entusiasmo feroz; sale el indio, entonces 
la concurrencia se pone de pié y saluda al hijo de Anáhuac, y arroja 
los sombreros á lo alto, y cuando tiempla el arco, y lanza la jara 
y el tigre cae á sus pies, entonces el entusiasmo no conoce limites, 
¡unos rujen, otros braman, otros dan de alaridos, estábamos en 

plena América ! . " . 

—Lo semi-bárbaro tiene un atractivo maravilloso; ya veis ios 



EL SOL DE MAYO 123 



abanicos de plumas, las grandes argollas en los aretes, el ámbar, 
y sobre todos los aromas; hoy en todos los salones hay pebeteros, 
los muebles son de bejuco, en fin, todo conserva el aspecto indio. 

— Sí, — dijo otra de las jóvenes, — ya nuestros elegantes nos ma- 
rean con sus galanterías y cumplidos, necesitamos un amor indio, 
enteramente salvage, con sus exageraciones, su arrojo, su ímpetu 
feroz. 

— Debe ser un espectáculo admirable un mexicano apasionado 
bajo la fantasía de aquel traje. 

—Amiga mia, yo he visto al general Almonte y está vestido como 
los franceses. 

— Habrá adoptado la moda francesa; recuerdo que en las Tu- 
nerías está el retrato del príncipe Joinville en la toma de Vera- 
cruz, y los habitantes de la poética y encantadora América llevan 
plumas y defienden el castillo con flechas. 

— No había reparado en ello. 

IV. 

Llegaba á este punto la conversación, cuando atravesó tran- 
quilamente la emperatriz Eugenia en dirección al aposento de Na- 
poleón III. 

Lo que pasó en aquella entrevista, lo sabe el mundo y es el 
objeto de nuestra historia, cuyos pasajes iremos mostrando á nues- 
tros lectores. 

Esa misma noche se celebró junta de ministros, y desde en- 
tonces la Francia se hizo el foco donde convergieron las ambiciones 
de la Inglaterra, las pretensiones de la España y los cálculos de la 
reacción mexicana para derribar el gobierno de la República. 

El ministro mexicano la Fuente, se presentó en Versalles, donde 
después de tratamientos en que se faltaba á las regías mas comunes 
de galantería y atención, fué recibido por ese magnate que sueña 
tener en sus manos los rayos como el Júpiter del paganismo. 

El ministro le preguntó á la magestad, lo que significaba aquel 
tren gigante de guerra, y si no sería tiempo aún de conjurar la tor- 
menta pronta á caer sobre el suelo patrio. 

Napoleón III, con aquella sobriedad y concisión que lo denun- 
cian como el primer político de Europa, dijo á la Fuente: 

— ((Los destinos de la América están resueltos, ¡ya es tarde!...» 

Después de cuatro años, México le devolvía sus palabras á Na- 
poleón III desde lo alto del Cerro de las Campanas, delante del 
cadáver ensangrentado del archiduque de Austria: 

¡ Ya es tapde !... 



124 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO II. 

Donde se demuestra que esa cartilla que se llama " Derecho de Gentes,, 
sea letra muerta quando la invoca una nación desarmada. 



Juárez había triunfado definitivamente sobre la reacción con- 
servadora. 

La reacción expatriada buscó la liga con el extrangero. 

Los hijos de la revolución proscrita, se extendieron por la Eu- 
ropa entera, como los nuncios de la idea intervencionista. 

Obispos, soldados, diplomáticos y "agentes erigieron el apos- 
tolado y establecieron la infiel propaganda de la conquista. 

Monseñor Labastida, como el don Opas de la reacción ultra- 
montana, y Almonte como el conde don Julián de su época, se 
introdujeron en las cortes, escribieron folletos, se apoderaron de 
la prensa, intrigaron, ofreciendo un mundo nuevo como Cristóbal 
Colon en la corte de los Reyes Católicos. 

La Europa se sintió arrebatada por un vértigo fatal, hirvió en 
su seno la sangre de Guillermo Penn, Pizarro, Alvarado y Hernán 
Cortes, y puso su cartel de desafío en la asta-bandera de sus buques. 

; Desafiaba al siglo XIX ! 

II. 

¡ Incendióse el viejo continente, resonaron los clarines, se oyó 
el ruido de los corceles y de las armas, se dijeron misas, se hi- 
cieron rogativas en los templos, y toda la gente de guerra se 
entró en las barcas aparejadas, desprendiéndose de los puertos 
europeos como la expedición española en el siglo décimo quinto ! 

¡ Aquellas tres naciones, entre las cuales se atraviesa un mar 
insondable de sangre y odios y rencores inestinguibles, se daban 
un abrazo de reconciliación, se enviaban laureles de paz que ocul- 
taban puñales, celebraban su fiesta de las Grandes Panateneas, 
como en los tiempos de Armodio y Aristogiton ! 

¡ Era curioso ver bajo la misma enseña á los vencedores y ven- 
cidos de Waterloo, los invadidos é invasores de España ! 

¡Wellington en las Tullerías, José Bonaparte en el palacio de 
los Reyes Católicos, y los verdugos del 2 de Mayo con los hombres 
de Bailen y Victoria, y estrechando la mano de los héroes del com- 
bate de Trafalgar. 

Aquella cruzada atravesaba viento en popa las inquietas olas 
del océano. 

El presidente Juárez, siniestramente sereno, con esa calma 
que precede á los grandes acontecimientos, sin abrir sus labios, sin 
pronuncar una palabra, sin provocar el espíritu del pueblo, supo 
el tratado de Londres, ese pacto nefando y criminal, que reasumía 
los futuros destinos de México. 



EL SOL DE MAYO 125 



Esperó el primer rayo de luz sobre la densa nube de la duda. 

El ejército de la República se acercó á la zona de Veracruz, 
sin alarde, y esperó con el arma al brazo la descubierta del enemigo. 

El puerto y castillo de Ulúa fueron desartillados para no con- 
ceder al invasor una fácil victoria. 

La barca Concepción se entregó á las llamas; aquel espectáculo 
era la cifra del porvenir. 

¡ La muerte antes que la humillación ! 

III. 

El dia 7 de Diciembre llegaban en el tren de la Soledad al 
puerto de Veracruz, dos oficiales que llevaban el uniforme del 
cuerpo médico. 

— ¡ Ya estamos en el Atlántico, amigo mió, el espectáculo es 
hermosísimo I 

— Estoy familiarizado con él, cuando marché á Nueva-York, 
el cuadro era otro, el mar no estaba como hoy, sereno y como un 
cristal; ; entonces bufaba como un gigante, demonio ! un poblano 
que se embarcaba por primera vez, se hizo poner en tierra, y eso 
que habia visto las corrientes del Atoyac. 

— Amigo mió, yo soy poblano, y nosotros no retrocedemos 
ante ningún elemento. 

— Pues entonces sería de Toluca el individuo, que allí tam- 
bién hay un rio sin agua que causa miedo. 

— Convengamos en que sea de Toluca ó de otra cualquier parte. 

— A mí me da lo mismo, el hecho es histórico y no importa la 
nacionalidad. Decia yo que el poblano... 

— Hombre, el toluqueño... 

— Pues decia que el toluqueño... 

— Perdona si interrumpo tu historia, hemos llegado y necesito 
visitar el muelle; pero inmediatamente, estoy que muero de an- 
siedad. 

— El muelle es una lengua de tierra... 

—Sí, hombre, ya lo voy á ver. 

— Es necesario que antes sepas la historia de su fundación. 

— Ya me la contarás mas tarde. 

— Los que hemos viajado estamos en la obligación de instruir 
á los neófitos. 

— Eso cuando lo soliciten, ¡ déjame andar con dos mil diablos ! 

— Vamos, que no hay para que incomodarse, esto me recuerda 
á un maldito ingles que encontré en.Broadway. 

— ¿Otro cuento? 

— Amigo Santiago, tú nunca adelantarás una sola palabra. 

— Es que tú adelantas por lo que yo atraso. 

— A fé de Felipe Cuevas, que no volveré á aclarar tus dudas 
aunque me lo niegues. 

— Sí, hombre, aunque te lo ruegue. 

— Eres obstinado como un vizcaíno. A propósito de vizcaínos, 
hay muchos tiburones en la bahía, no hay que pensar en bañarse. 

— ¡Y dale con tus consejos! 



126 JUAN A. MATEOS 



— Está bien, que te coma un tiburón ó una tonina: ¿no sabes 
lo que son toninas? 

— Sobre que es la primera vez que veo el mar. 

— Eso no importa, la historia natural se estudia desde el co- 
legio. 

— Pues no he visto el tratado de las toninas. 

— Es muy corto, todo se reduce según la lámina primera á esta 
descripción: a mas o, igual al cuerpo del animal; se suman estas 
cantidades, se elevan á su cuadrado y da... 

— ¡ Y doy con todos los diablos ! 

Felipe Cuevas y Santiago González llegaron al muelle de 
Veracruz. 

El espectáculo era sorprendente; un mar en calma, rizado 
apenas por las brisas de una mañana purísima. 

Las olas al llegar á los cascos de los buques encallados se des- 
hacían en cascadas de perlas que brillaban en mil colores á los ra- 
yos del sol cadente de la costa. 

La playa se estendia en ondulaciones, hasta perderse en las mon- 
tañas de Anton-Lizardo y las cúspides de Tuxtla que bañan sus ro- 
cas en el Atlántico. 

Sobre aquella esfera de cristal agitada, cruzaban las barcas 
pescadoras como blancas gaviotas en la línea del horizonte. 

Las nubes ceñían con una leve gasa el confín del océano por 
donde atravesaban en bandadas los pájaros marinos. 

Frente al muelle se levanta el castillo de San Juan de Ulúa, á 
cuyos pies de granito se estrellan impotentes las olas. 

Aquel coloso de piedra, atalaya del océano, ennegrecido con el 
aliento de los siglos, permanece sobre las rocas, como el caballero 
armado que guarda la entrada de Veracruz. 

Después... ¡la inmensidad!... 

¡Ese mar agitado, tempestuoso, rugiente á los azotes del venda- 
bal, que se desata en sus soledades y se ensaña en sus catástrofes 
y se adormece en sus calmas y se azota desesperado entre los lindes 
estrechos de dos mundos ! 

IV. 

Los estudiantes guardaron ese silencio solemne de la contempla- 
ción en que se encierra el alma á la vista del océano. 

Habia trascurrido un cuarto de hora sin que lo notasen, hasta 
que la alegre voz de un patrón de barca les llamó la atención. 

— Pase usted, caballero, al buque que está atracado junto al 
castillo: es el Paquete americano, el ingles es mas cuidadoso, ese 
se marcha siempre hasta Sacrificios. 

— Bien, alista tu falúa y llévame á bordo del americano. 

— ¡ Calla ! — dijo Felipe Cuevas, — ¡ el señor conde del Jaral se mar- 
cha del país ! 

— Si, él es, — dijo Santiago; — ¡hasta donde ha venido después 
de su ruidosa aventura ! 

— Como que si le echa el guante ese bárbaro del señor Mons, 
Le va peor que á tí con el cafre de Torre-Mellada. 



EL SOL DE MAYO 127 



— Ya lo creo, como que eso de dejar plantada á toda una dama, 
no es para menos. 

— De buena gana le hablara. 

— No hagas tal, ¿no ves que pretende conservar el anónimo? 
se ha rasurado la patilla y lleva el pantalón dentro la bota, está 
hecho un yankee. 

Efectivamente, don Fernando Moneada era el mismo que iba 
a bordo conducido en una de esas falúas voladoras que como con- 
cha de almeja se pegan á las orillas del muelle en busca de pasaje- 
ros, y que asaltan y encarcelan á los buques luego que tiran las 
anclas. 

— Ya estoy en salvo, — dijo don Fernando, luego que la lancha 
tomó rumbo al Paquete; — bajo su pabellón puedo ver los aconte- 
cimientos sin cuidado. 

— ¡Demonio! — dijo Felipe, — ya trepa por la escala lijero como 
uno de aquellos monos que viste en Nueva-York. 

— Se conoce que es práctico en cuestiones marítimas. 

— Marchemos al hotel, porque si no, me estoy viendo el mar tres 
dias seguidos. 

— Sí, ya tengo deseo de tomar pescado fresco; en México nunca 
estuvo á mi alcance; ademas, que era de una calidad horrorosa : 
aquí tomaremos ostiones y cuanto produce el océano. ; 

Los dos amigos se fueron en dirección al hotel del Progreso que 
está junto del muelle, y es uno de los puntos de vista mas hermosos. 

Sentáronse á la mesa y dieron principio á ese banquete perpe- 
tuo que tanto atractivo tiene para los que no han visitado los puer- 
tos. 

Santiago González comió como Eliogábalo, y Cuevas, que pasa 
por un animal carnívoro, devoró cuanto estuvo á su alcance, lan- 
gostas, ostiones, pámpano, jaibas, sardinas, item mas, los platillos 
de tierra, es decir, los de usanza de los arribeños. 

Santiago, que no estaba acostumbrado á beber vino con tanta 
profusión, se atarantó algo, y comenzó á brindar por la ciudad he- 
roica y á jurar y á lejurar que era preferible morir bajo la cuchi- 
lla del invasor que dejar se posesionase del puerto. 

. Acabadas las libaciones salieron del hotel y se tiraron á andar 
hacia el centro de Veracruz. 

V. 

La heroica Veracruz no es una de esas ciudades que pueden lla- 
marse hermosas; pero tiene un atractivo y una simpatía irresisti- 
bles. 

Añade posada á las orillas del océano, acariciada por las brisas 
marinas, arrullada por el son compasado de las olas, bañada por 
las aguas de esmeralda del Golfo, á pesar de esa atmósfera de muer- 
te que cubre su frente en las horas terribles de la cólera del cielo, se 
la ama con pasión y se la adora con entusiasmo. 

¡Veracruz es como esas mujeres de mirada lánguida, faz desco- 
lorida, labios entreabiertos y apostura indolente; de esas mujeres 



128 JUAN A. MATEOS 



que pueden matar con una sonrisa, y que sin embargo atraen y se 
sabe que en el vaso de su amor se bebe un tósigo y... se acercan los' 
labios y se devora la ponzoña ofrecida en el cáliz de aquellas flores ! 

¡ Con cuánto afán te contempla el peregrino desde la frágil bar- 
ca sostenida por las inquietas olas del océano ! 

¡Cómo te bendice cuando la luz del sol refleja en tus arenas 
abrasadas ! _^ 

¡Bendita seas, roca primera del suelo patrio!... ¡ante tí se han 
doblado nuestras rodillas, y nuestra frente ha tocado tus arenas co- 
mo el primer saludo á la tierra de nuestros padres ! 

¡ Que las tempestades coronen tu cabeza inmortal, que el rugido 
de los mares se apague en tus tendidas playas, que el rayo se ava- 
salle á tus pies y que allá en el porvenir veas desaparecer las aguas 
de tu golfo bajo las barcas gigantes que lleven en su arboladura el 
estandarte de la patria!... 

VI. 

Felipe Cuevas y su compañero llegaron á los portales de la pla- 
za, donde está el mejor de los restaurants (como hoy se dice). 

A pesar del invierno, habia calor, sensible para los acostumbra- 
dos á la zona templada; en el portal habia pequeñas mesas donde 
se servian refrescos. 

Los estudiantes procedieron á tomar la sosa, y cuanlo iban á 
pagar, el sirviente les dijo que ya estaba satisfecho el importe. 

En Veracruz hay una galantería proverbial que viene de la ge- 
nerosidad y educación de los veracruzanos. 

Allí hay obsequios anónimos, en esto consiste el orgullo de esa 
tierra hospitalaria. 

Hablábase en todos los corrillos con gran exaltación sobre las 
noticias traídas por el paquete español. 

Se sabia que la expedición estaba resuelta, y que á la salida de 
correo ingles ya estaba alistada, y no tardaría en avistarse en las 
aguas de Veracruz. 

— La cosa va mal, amigo González, y según parece nos pesca 
aquí la trifulca. 

—El Cuartel general nos ha concedido licencia por cuatro dias; 
estamos en nuestro derecho. 

— Mañana visitaremos un buque; tengo curiosidad por ver ese 
prodigio. 

— No lo es mucho,— dijo Cuevas, — cuando acontece algún desas 
tre, porque el prodigio se va á fondo con la mayor facilidad del mun 
do, y todos los que van en el mencionado prodigio se ahogan irre^ 
misiblemente. 

— Todo tiene sus caldas. 

—Esa es de las peores. 

— Cuando yo naufragué en la isla de las Tortugas... 

— Sí, hombre, ya me has contado esa "anédocta lo menos dos 
cientas veces. 

— Es que ahora viene á pelo. 



r~ 




General Felipe Berriozábal. 



SOL DE MAYO - 9. 



EL SOL DE MAYO 129 



—Está bien, ya la recuerdo: entre paréntesis ¿qué habrá pasa- 
do con Mondoñedo? 

—¡El diablo cargue con él! esa mujer misteriosa se lo habrá 
robado. 

— No lo creas; esa noche terrible del casamiento, es decir, del 
cuasi matrimonio del conde, llegó Mondoñedo á su cuarto, se tiró 
en su cama algunas horas sin poder dormir; después se paseó por 
el aposento hablando solo: examinó sus pistolas: yo creia que se 
trataba de un suicidio y me las embolsé. Después de decir varias 
interjecciones y tirarse de los cabellos, y arrojar espuma por la 
boca, y patear y jurar, como un desesperado, me dijo dándome un 
golpe en el hombro, que sentí que me lo dislocaba : 

— ¡ Soy muy desgraciado ! 

— Bien, — le respondí. 

— ¡ Pero lo he de matar ! 

— ¿A quién? 

—No te importa. 

--¿Hombre, estás loco? 

— Ese San Juan Bautista me ha sugerido una idea. 

— Ya no quise preguntarle nada, porque me pareció que estaba 
demente. Figúrate, ¿á qué venia lo de San Juan en aquellas horas? 

— Mondoñedo es un hombre al agua. 

— Después empaquetó su ropa, la envió al despacho del hotel, 
y dándome su cartera con cincuenta pesos, que gastamos juntos, me 
dijo : <q Adiós ! acaso no nos volvamos á ver; si los amigos preguntan 
por mí, díles que... pero no les digas nada, ¡adiós!» Desapareció, 
y yo tras él, temeroso de que me cobrasen la cuenta del estableci- 
miento. 

— Decia que me fui en pos suya; pero esto lo verifiqué después 
de un escrupuloso cateo practicado en la habitación; á pesar de 
ser tan entrada la noche, recogí hasta el último objeto; ya recor- 
darás que los hemos vendido para habilitarnos. 

— Es cierto, — respondió Santiago González. 

— Pues señor, como si la tierra se hubiese tragado á Mondoñedo. 

— Yo no dejo de alegrarme, porque se habia dedicado á diver- 
tirse con mi desgraciada hermana. 

— Francamente, tenia mal gusto, porque tu hermana es un án- 
gel, pero se parece á tí como una gota de agua á otra de la misma 
especie. 

— Lo sé, y no necesito de que lo repitas, cuando soy el primero 
en confesarlo. 

— No te amosques. 

— Tengo buenas correas; ademas, que estoy vengado por aquello 
de que Isabel me hizo formal con perjuicio tuyo. 

— No hablemos de eso, porque se repite la escena de la ex-Acor- 
dada. 

— Dices bien, no hablemos; pero ya es mucho tres desaparicio- 
nes; ¡ porque á la chica échenle un galgo ! 

— ¡Demonio! no deja de inquietarme esa pérdida. 

9— EL SOL DE MAYO. 



130 JUAN A. MATEOS 



— A mí, sobre todo, que ya estaba tan arreglado, — dijo Gonzá- 
lez lamiéndose los bigotes. 

— Querido, aquí en la ciudad noto no sé qué de alarma; tomemos 
el tren y marchemos á nuestro campo. 

— La cosa se enmaraña; la emigración comienza; hay una espec- 
tativa que mí pone en cuidado; y donde se interrumpa el camino, 
andamos á pié sobre estos arenales y marismas lo menos diez y 
ocho leguas. 

• — ¡ Dios mió ! ¡ y el vómito que no se hace esperar ! 

—Una vez estando en Nueva-York.... 

— ¡Por compasión! no me atormentes con tus historias; déjalas 
para el campo, que se nos preparan buenas desveladas. 

— La hora ha pasado; esperaremos el tren de mañana; entre 
tanto volvamos al muelle que es todo mi encanto. 

— Hagamos ejercicio, porque las jaibas y el pámpano han resu- 
citado en mi vientre y estoy que ya reviento. 

— Pues amigo mió, te echaré el anzuelo para pescarlos. 

— No es broma. 

— Ven acá, amigo González, yo tengo un remedio; el mar cura 
todos los males. 

— ¿Piensas ahogarme? 

— No; lo que pienso es que tome una. poca de su agua, que es 
un excelente digestivo. 

Bajóse González por la escalera del muelle y tomó aquella agua 
salobre, cuyo gusto le era totalmente desagradable. 

Santiago subió violentamente, se asió á una de las columnas 
que sostienen las garruchas que sirven para el desembarque de los 
efectos, y comenzó á retorcerse como una culebra. 

— Los animales marítimos me han desconocido; estoy que se me 
andan el mar y el cielo... ¡Dios mió! este es el vómito prieto... yo... 
voy á espirar... ¡mañana me entierran en el Canelo! 

Bramaba Santiago González con los retortijones de tripas, ora 
invocando el auxilio de los santos, ora desatándose cómo un furioso 
en imprecaciones horribles contra los pescados, que no podían oír- 
le á pesar de encontrarse tan cerca. 

Felipe Cuevas llevaba ya dos ó tres historias contadas, sin que 
su compañero se hubiese apercibido de sus relatos. 

Llegáronse dos policías á los cuasi-médicos, y examináronlos 
con suma atención. 

— ¿Se ofrece algo, caballeros? — preguntó Felipe Cuevas. 

— Buscábamos á un caballero que no tiene las señas que us- 
tedes llevan. 

— Nos alegramos mucho. 

— ¿Cómo se llama usted? 

— Santiago González, enfermo de indigestión. 

— Nada tiene que ver eso con don Fernando Moneada. 

— ¡ Demonio ! lo hubiera usted dicho desde antes. 

— ¿Luego usted lo conoce? 

— Perfectamente, y voy á decirlo al momento. 

— Hará usted un gran servicio, porque lo piensan ahorcar aho- 
ra mismo por traidor. 



EL SOL DE MAYO 131 



— ¿Supongo que ese servicio no será á don Fernando? 
— No, á la nación. 

— Pues el señor Moneada está á bordo del paquete americano. 
— ¡Phs!... Quedamos enterados, y pasarla bien. 
— ¡Diablos de majaderos! — dijo González; — de buena gana les 
diera esta indigestión de jaibas que me está matando. 

VII. 

Amaneció el dia 8 de Diciembre de 1861. 

El horizonte estaba claro :el cielo vestido con esa túnica azul 
purísima que cierra con un broche de oro el sol reverberante del 
trópico. 

El marinero de guardia en la capitanía del puerto, no cesaba 
de dirigir sus brújulas, sin disimular su inquietud. 

Repentinamente se alzó una bandera en el Caballero Alto de San 
Juan de Ulúa, anunciando que la escuadra española estaba á la 
vista. 

El telégrafo de] puerto enarboló su enseña, y la ciudad entera 
supo que las naves conquistadoras entraban en las aguas de Vera- 
cruz. 

Adelantábanse aquellos buques con la magestad del vapor, como 
una tropa de gigantes; traían Ja bandera de España, aquellos cas- 
tillos y leones en campo rojo y amarillo que saludaron triunfantes 
nuestras playas en el siglo décimo sesto. 

La fortaleza de Ulúa izó el pabellón mexicano; la escuadrilla 
arrió instantáneamente su bandera. 

La guerra estaba declarada. 

Las naves atraversaron en pomposo alarde frente á la plaza y 
tomaron rumbo hacia el puerto de Antón Lizardo, después de salu- 
dar con sus baterías á la marina extranjera. 



CAPITULO III. 

Donde comienza la historia del primer aparecido. 

I. 

El conde del Jaral, obedeciendo la imperiosa voz de Blanca de 
Montemolin, penetró en el aposento donde quedó encarcelado como 
en número cuatro. 

La posición de don Fernando nada tenia de envidiable, y vista 
por el lado del noviazgo, era aun mas crítica, no obstante de ser 
solterón; confesamos que el lance de esperar el dulce y encantador 
halago de una esposa, y verse repentinamente constituido en reo con- 
feso, es demasiado sensible, por no decir doloroso. 

Comenzó don Fernando por fastidiarse de su traje, que tenia 
todos los arreos del desposado. 



132 JUAN A. MATEOS 

Despojóse de los guantes blancos, desabotonó el ajustado cha- 
leco, y se constituyó en tren de desesperación. 

— ¿Qué dirá Eloisa de esta falta de caballerosidad?... El señor 
Mons debe estar desesperado y queriendo guillotinarme. ¡ Dios mió ! 
¡mi situación es espantosa!... ¿qué querrá de mí esta mujer?... en 
todo pienso, menos en que se ha de reconciliar; no obstante, cuento 
con su amor que puede salvarme... ¿Qué dirá toda la familia?... A 
saber que era la hija de don Luis de Borbon, no contraigo nupcias 
con la señorita Mons... Por otra parte, no creo que doña Blanca me 
aceptará en matrimonio; el viejo conde de Morella la destina á un 
joven de la aristocracia inglesa... ¡pero yo no puedo permanecer en 
una situación tan violenta!... 

Don Fernando se paseaba por el aposento, sin encontrar en el 
laberinto de sus ideas una sola que alumbrara aquel caos. 

Habia oido las palabras del estudiante. 

— ¡ Demonio ! ese es otro enemigo gratuito; yo ignoraba tener 
espía tan cerca; no perdona ese majadero de estudiante la burla, y 
yo soy el blanco de sus iras; ¡ estoy divertido ! 

II- 

Doña Blanca se reclinó tranquilamente en su sillón luego que 
Mondoñedo hubo desaparecido. 

La impetuosa joven habia entrado en calma: aquel desengaño 
terrible la tenia anonadada. 

El hombre de su amor estaba en su poder, ¿y qué conseguía 
con arrebatar por la fuerza aquel sacrificio que ella hubiera desea- 
do se le ofreciera en aras de su cariño? 

Sabia que don Fernando imploraría su perdón; pero que vién- 
dose libre, correría á satisfacer á la señorita Mons, y esta nueva fal- 
ta la colocaba en la evidencia mas espantosa. 

No obstante, el golpe estaba dado, y Dios diria del porvenir. Por 
otra parte, era necesario dar alguna solución á aquel estado tan 
tirante. 

Después de pensar mucho, el sentimiento de los celos comen- 
zó á preponderar, y acabó por imponerse en el corazón de doña 
Blanca. 

Resolvióse á mantener al conde algunos días en la casa, para 
hacer' imposible toda satisfacción con la familia de su novia. 

Agitó la campanilla y el sacristán se presentó. 

— A ese caballero le ofreceréis cuanto necesite, queda encargado 
bajo vuestra custodia; le prohibo salir de su habitación. 

Pocos momentos después se oyó el ruido de un carruaje que 
salía de la casa. 

— Se marcha, — dijo don Fernando, — y me deja prisionero. 

III. 

El sacristán se presentó á recibir órdenes del conde. 
— ¿Cuáles son las instrucciones de tu señora? 



EL SOL DE MAYO 133 



—Que estáis libre, menos para salir á la calle. 

—No enciendo ese género de libertad,— murmuró don Fernan- 
do, y luego añadió:— Di á la señora que quiero hablarle. 

—La señora acaba de salir, y no sabemos cuando estará de 
vuelta. 

— Pues entonces nada necesito. 

— Está bien. 

El sacristán se retiró dejando al infeliz novio pasar solo la 
primera noche de sus bodas. 

— ¡ Pues señor, el momento de la crisis ha pasado, entremos en 
calma; por esta vez no dirán que yo me he quitado ei lazo ma- 
trimonial: el dios de los desposadas me rechaza, me desprecia, 
ruede la bola!.... ¡qué mal hice en dejarme impresionar! Aunque 
la hija de Borbon tiene un empaque terrible... á las mujeres de 
esa raza les sobra el ánimo que falta á los varones; ¡demonio! me 
aterrorizó, lo confieso... ¿pero Eloisa?... no, este ha sido un lance 
pesado... ¿y los convidados?... ¿y el cura?.... vamos, yo necesito fu- 
garme, huir de México, y abandonar todos mis negocios. 

— He aquí lo que esperaba doña Blanca, y el único medio de sa- 
lir, aunque no de una manera airosa, de tan crítica situación. 

— Es necesario meditar con cuidado sobre el particular; Blanca 
ha de haber tomado sus precauciones para el caso de una eva- 
sión; es necesario comenzar por fingirse enfermo, esto es un princi- 
pio, veremos á donde voy á parar. 

IV. 

Trascurrieron tres dias eternos. 

Aquello era demasiado para iva hombre como don Fernando. 

El sacristán le servia particularmente. No habia por qué que- 
jarse de la prisión, ni menos del alcaide. 

El conde habia leido trozos de todas las novelas que tenia la 
joven en su pequeña biblioteca, pero se fastidió soberanamente. 

— ¡ Qué mas novela, — decia don Fernando, — que la que me está 
pasando ! esto ya va poniéndose turbio, ¡ y este diantre de sacris- 
tán que es incorruptible ! no parece sino que una estatua me hace 
los honores. 

Paseábase el mancebo pensando ya de una manera concien- 
zuda en el modo de salir de la casa de doña Blanca. 

Don Fernando se fingió enfermo, consecuente con su primer 
plan de operaciones. 

El sacristán le dio algunas medicinas; pero la enfermedad con- 
tinuaba, y era, según el parecer del galán enjaulado, nada menos 
que una fiebre espantosa. 

El sacristán, por encargo de Blanca, veló á don Fernando dos 
noches; éste seguía desempeñando su papel á las mil maravillas. 

La joven, cediendo á un rasgo de generosidad, habia acudido 
en el silencio de la noche á la cámara de don Fernando; habia 
posado su mano trémula en aquella frente acariciada con entu- 
siasmo en sus horas de pasión. ' 



13 í- JUAN A. MATEOS 



El conde se apercibió de las visitas de doña Blanca, y no apa- 
rentó despertar del sopor en que se hundia voluntariamente. 

Blanca, resentida de una manera dolorosa, no se sentia incli- 
nada al perdón; ademas, que su ambición tomaba creces, y estaba 
segura de que el rey don Juan de Borbon no prestaría jamas su 
consentimiento a semejante matrimonio, y oponerse á su voluntad 
equivaldría á perder la esperanza de un reconocimiento. 

Deseosa de cortar por completo con el conde, se resolvió á de- 
jarle en libertad; pero exigiéndole el secreto sobre lo que impru- 
dentemente le habia revelado en un acceso de violencia. 

V. 

El conde meditó una de aquellas salidas que le eran geniales, y 
tomó su resolución. 

Hemos dicho que el sacristán habia velado dos noches conse- 
cutivas, y ya estaba rendido y acosado por el sueño. 

Permanecia el buen hombre arrebujado en su capa y arrella- 
nado en el sillón que estaba á la cabecera del enfermo. 

La luz era opaca, y sus rayos se amortiguaban sobre el vela- 
dor de porcelana. 

El conde estaba en acecho. 

Luego que por la respiración trabajosa del viejo conoció que 
estaba profundamente dormido, don Fernando pasó una de las sá- 
banas entre los brazos del sillón, y, ató al sacristán perfectamente. 

Despertóse el anciano, pero no pudo moverse. 

— Si gritáis, — le dijo resueltamente don Fernando, — os ahogo 
como á un miserable. 

El sacristán guardó silencio. 

El conde cortó el cordón de la campanilla, y ató los pies del 
infeliz sacristán, que se convertia en preso después de haber desem- 
peñado el papel de guardador. 

Desató la sábana, y cargando con el viejo lo puso sobre el lecho 
después de sujetarle las manos. 

En seguida tomó un pañuelo y lo puso como una mordaza á 
la boca despoblada del viejo; lo cubrió completamente con la so- 
brecama, tiró las cortinas, y tomando la capa antidiluviana del sa- 
cristan, se echó en busca de la salida, lo que no le costó gran 
trabajo. 

— ¡ Demonio ! ya estoy en salvo, — exclamó don Fernando al 
verse en la calle; y se dirigió á la casa de diligencias. 

A las cuatro de la mañana en punto partió el carruaje, y el 
joven calavera le dio un tierno adiós á la gran Tenoxtitlan. 

VI. 

Blanca quiso humillar al conde manifestándole todo el peso 
de su indiferencia, y armada de un valor desconocido, entró re- 
suelta en la estancia. 

Sentóse en el sillón donde fué capturado y sorprendido el sa- 
cristán. 



EL SOL DE MAYO 135 



— ¿Dormís, señor conde? — dijo con calma. 

El conde no podia responder, porque ya iba cerca de Ayotla, 
y el sacristán aunque permanecía cerca de la joven, estaba privado 
del uso de la palabra por el lijero inconveniente de la mordaza. 

—Duerme aún,— dijo Blanca,— es necesario despertarle. ¡Don 
Fernando !. . . ¡ don Fernando !. . . 

El sacristán se rebulló. 

— Ha despertado, — murmuró Blanca.— Es necesario que salgáis 
hoy mismo de esta casa, se os llevará con todo cuidado á la vuestra, 
mi carruaje está á la puerta. 

El sacristán hizo un movimiento mas desesperado. 

— ¿Os ahoga la desesperación? — continuó la condesa; — pues 
vos y solo vos tenéis la culpa del estado á que hemos llegado. 

El sacristán luchaba con las ligaduras. 

— Veo, — prosiguió doña Blanca, — que os molestan mis palabras 
y seré breve; ya nada existe entre nosotros sino el indiferentismo 
y el olvido... no traigáis nunca á vuestra memoria nuestros amores, 
yo los he arrojado de mi alma para siempre... Como es la última 
vez que nos vemos, quiero haceros una última súplica. 

El sacristán, picado de la curiosidad, no se movió. 

— Yo os ruego, caballero, que no me descubráis : sabéis que soy 
la emisaria de don Juan de Borbon y tenéis mi destino en vuestras 
manos, fio en vuestra nobleza y caballerosidad que guardareis si- 
lencio sobre este misterio. 

Como continuase el supuesto conde en el mismo silencio, la 
joven lo tomó por un marcado desden, y sin poderse contener tiró 
de las cortinas del lecho y descubrió al infeliz viejo en la situación 
triste en que lo había dejado el calavera al tomar las de Villadiego. 

Enrojecióse el semblante de doña Blanca al encontrarse presa 
de la burla del mancebo, hirió con su planta el pavimento y salió 
llena de desesperación de aquella estancia. 

VII. 

Don Fernando llegó á Veracruz, después de haber hablado re- 
servadamente con los hombres mas comprometidos de la inter- 
vención en Puebla, en Orizava y Córdova. 

En la ciudad heroica fué descubierto por uno de sus mismos 
cómplices, lo supo á tiempo y tomó pasage en el Paquete americano. 

Luego que el conde entró en la cámara del buque, dos perso- 
najes que son conocidos de nuestros lectores salieron á su en- 
cuentro. 

— Nos hallábamos inquietos, señor conde, temíamos seriamente 
por vuestra existencia. 

— No hay cuidado, Mr. Wask, soy hombre acostumbrado á estos 
trabajos y difícilmente me sorprenden; y vos, señor Manzanedo, 
¿cómo os encontráis? 

— Perfectamente. 

— ¡ Qué os escriben de Inglaterra ? 

— Que todo va viento en popa. 



136 JUAN A. MATEOS 



— La ciudad está en alarma, y según el cálculo de los marinos 
hoy tendrá lugar el arribo de la escuadra. 

— Ya se dilata mas de lo que creíamos, — dijo Wask 

— Pero al fin llegará; tengo una viva impaciencia; porque el 
ejército de Juárez se organiza y esto puede prolongar la resistencia. 

— Todo ello será infructuoso, — respondió Wask con arrogan- 
cia: — ante las armas de cualquiera deesas naciones, seguro estoy 
de que retrocederán esas chusmas. 

Manzanedo hizo un gesto de profundo disgusto, y es que el 
sentimiento del patriotismo nace con el hombre, y se mueve al me- 
nor aliento, sean cuales fueren los extravíos del pensamiento. 

— Este orden de cosas, — dijo Fernando, — no puede subsistir: 
pronto tendremos una elección, y ella determinará del porvenir de 
México. 

— A nosotros nos importa nuestro negocio, los millones . de 
Jeckér y nada mas. 

— Saligny se encarga de este asunto con mas ardor aún que 
nosotros. 

— Húndase México, pero sálvense nuestros intereses. 

Manzanedo guardaba un silencio profundo; las sierpes sedien- 
tas del remordimiento comenzaban á enroscarse á su corazón. 

Luchaba por la candidatura del príncipe don Juan porque en 
ella veía su porvenir; pero le inspiraba terror ver que con sus 
trabajos ayudaba tal vez á esclavizar su patria. Sabia que en 
Europa las naciones débiles arrastran la cadena del sentenciado, 
y temblaba ante ese espectáculo sangriento. 

Desde niño habia dejado á México, no recordaba mas que tenia 
una patria. 

Al tornar á las playas de la República, volvió á amar á la 
madre abandonada; mas ¡ ay ! ¡ venia á hundir el puñal de la trai- 
ción en sus entrañas ! » 

Manzanedo estaba sombrío, triste, meditabundo, su alma va- 
gaba en las tinieblas de la lucha y se asomaba á la sima oscura del 
abismo. 

Hubiera dado su vida entera por no haber abandonado las ori- 
llas del Támesis; porque su corazón era bueno y le decia con sus 
latidos que era un crimen nefando el que estaba cometiendo. 

La noche del 15 de Julio se sintió conmovido cuando escuchó en 
la tribuna la voz del sentimiento patrio, aquellos arranques del or- 
gullo nacional ofendido. 

Pensaba lo noble y grande de la resistencia ante un peligro 
tan inminente, le espantaba pensar en la catarata de sangre que 
iba á estenderse en los campos de la república; sangre de herma- 
nos, sangre brotada del corazón virgen de la patria. 

Aquella fantasía estaba próxima á extraviarse, la sostenía esa 
llama siniestra de la ambición que proyecta una sombra maldita en 
las linfas purísimas del alma. 

Manzanedo estaba acosado por el remordimiento, sus noches 
eran horribles, y estaba nada mas que en el prólogo de su obra. 



EL SOL DE MAYO 13" 



VIII. 

Un ruido extraño que se levantaba en los ángulos todos del 
vapor, interrumpió la conversación de los tres amigos, que siguie- 
ron el movimiento de la tripulación y de los pasageros, que en 
grupos se lanzaban á la cubierta. 

No habian ascendido aun por la escalera de la cámara, cuando 
el Jackson saludaba á la escuadrilla, que apareció en las aguas de 
Veracruz. 

— ¡Están á la vista!— gritó Wask, en un arranque de entu- 
siasmo. 

— ¡ Es la escuadrilla !— exclamó el conde del Jaral. — ¡ Pobre Mé- 
xico! 

— ¡ Pobre México ! — repitió convulsivamente la voz apagada de 
Manzanedo, y su cabeza se inclinó con profundo abatimiento. 



CAPITULO IV. 
De como una chispa telegráfica puede incendiar una nación entera. 



El general La Llave, esa figura magestuosa que se levanta en 
el pedestal suntuoso de las glorias patrias, ese coloso de la revolu- 
ción reformista, ese mito de los caballeros de su época asesinado 
por el puñal de la traición y de la barbarie, fué el espíritu fuerte 
con quien chocó la idea intervencionista en el dia primero de su 
realización. 

El pueblo de Veracruz estaba en torno de su héroe, como los 
israelitas pendientes de los labios de Moisés: aquel hombre posado 
sobre las rocas del suelo natal> viendo acercarse las naves extran- 
geras, era el genio del patriotismo sentenciando el pensamiento del 
viejo continente, que se trazaba por barcas guerreras sobre la 
página inmensa del océano. 

El hombre tendió el brazo y señaló al Mediodía. 

El pueblo comenzó en grupos á abandonar la ciudad. 

Los hogares quedaban abandonados. 

Los viejos lloraban, hubieran deseado oir los fuegos de las ba- 
terías de ULúa y de los baluartes de tierra. 

Las mujeres llenas de indignación, alentaban á sus esposos é 
hijos para la defensa de la patria. 

La juventud veracruzana, llena de entusiasmo y rebosando de 
ese ardor que circula por sus arterias, cedia á la voz de su general 
y se encaminaba rumbo á las gargantas y desfiladeros inaccesi- 
bles de la Mesa Central, para disputar el paso á los invasores. 



138 JUAN A. MATEOS 



II. 

Juárez pronunció su primer palabra bajo el dosel magestuo- 
so de la república. 

Llamó á la guerra con ese acento terrible de sus antecesores. 

No era la voz débil de Moctezuma II, era el acento sonoro y 
vibrante de Guautimotzin, atrayendo sobre su frente el rayo. 

Aquel acento concentrado clamaba al porvenir en la hora pri- 
mera de esa lucha sangrienta que comenzaba en las orillas de nues- 
tros mares. 

La Europa armada en corso se presentaba en son de guerra, se- 
gura de la victoria. 

Medio siglo hacia que aquellas banderas que se ostentaban 
arrogantes á la vanguardia de la expedición, se habian arriado 
delante de las armas vencedoras de los independientes. 

Venian en pos de la revancha. 

Se les daria cumplida 

A la voz autorizada del gefe de la nación, respondió un eco 
terrible de guerra que reprodujeron los bosques seculares de Amé- 
rica y vibraron en el seno de fuego de nuestros volcanes. 

Desde ios palacios hasta las chozas, desde las ciudades hasta 
las aldeas, cundió aquel fuego abrasador del patriotismo. 

Los hierros de la labranza se tornaron en armas para la de- 
fensa nacional; la gente pacífica se improvisó en caravanas guerre- 
ras que comenzaron á atravesar en todas direcciones el suelo de 
la República. 

Las mujeres deseaban que sus hijos y esposos se distinguieran 
en tan gigante lucha. 

Comenzaron los donativos, las manifestaciones patrióticas, la 
propaganda de la palabra en la tribuna popular, las lecciones en 
el hogar, donde los niños se agrupaban á escuchar de labios de los 
viejos las historias de la independencia, á beber en aquellos rela- 
tos el aliento de la fé; porque acaso esas tiernas criaturas crecerian 
durante la época de los combates, y era necesario preparar á aque- 
llos que debían engrosar las filas de los independientes. 

¡ Los batallones tomaron el nombre de los héroes; se bendijeron 
los estandartes, se cantaron himnos patrióticos, y se juró ante los 
altares de la patria, derramar hasta la última gota de sangre antes 
que doblegar la frente ante la Europa conquistadora. ! 

— ¡ Qué bello espectáculo el de un pueblo que camina en masa 
á defender las tumbas de sus mayores ! 

¡ Qué sublime confusión la de ese ejército desordenado, en que 
se confunden los viejos, los jóvenes, los niños, y hasta las mujeres, 
todos saludando á una bandera, todos invocando al dios de las ba- 
tallas, al genio de las nacionalidades ¡ 

¡Patria mia ! ¡ya llega ante tus aras un pueblo arrepentido, á 
llorar sobre esa sangre derramada en la lucha fratricida!... ¡per- 
dona sus errores, ya va á lavar esa sagre que salpican tus estan- 
dartes, va á regenerarse en el campo ante las armas extrangeras; 



EL SOL DE MAYO 139 

bendícelo, él caerá como bueno en el combate invocando tu nombre 
y legando su espíritu batallador á las generaciones del porvenir! 

III. 

El general Líraga llegó el 10 de Diciembre á Veracruz. Inme- 
diatamente se puso de acuerdo con el inolvidable general Llave, y 
se expidió un decreto en que t se prohibía bajo la pena de muerte 
toda comunicación con el enemigo; se proscribió toda idea que 
trajese la liga, la amistad, la complicación con el extrangero. 

Se mandó alejar cuantos elementos pudiera reunir el invasor, 
y al abandonar la ciudad se clavaron las piezas, se incendió el 
parque que no era posible poner fuera del alcance enemigo, y las 
tropas se alejaron dejando al Ayuntamiento que permaneciera 
hasta el momento del desembarque. 

Aquel pueblo patriota abandonaba sus hogares sin pesar, y 
la alegría mas grande reinaba en la caravana. 

Los medios de trasporte faltaban, y sin embargo, personas dis- 
tinguidas emprendían el camino á pié, haciendo alarde de su noble 
exageración. 

Sigamos á algunos grupos donde van conocidos de nuestros 
lectores. 

— ¡ Demonio ! — decia Felipe Cuevas, — hace un sol de noventa 
grados; se me van á derretir los galones de mi uniforme nuevo. 

— -Yo voy achicharrado, mi faz se ha puesto negra como la de 
un habitante del Congo. 

— Una vez en Washington Street íbamos entre la nieve, sin 
encontrar un trineo... has de saber que yo sé patinar* admirable- 
mente. 

— Mira, Felipe, donde patinas es en la boca del estómago; tú 
tienes la culpa de esta infernal peregrinación: si no me hubieras 
ponderado el pescado fresco, no estaríamos en situación tan triste, 
caminando á pié enjuto y cuerpo mojado por estos vericuetos. 

— No tengo la culpa de que el tren haya suspendido sus viajes; 
en cuanto al pescado fresco, es otra cosa. 

— En cuanto al pescado, yo creo que nos lo cambiaron por ti- 
burón, porque todavía tengo retortijones. 

— Es que no sabes de esas comidas : cuando en Nueva-York 
sirven por primera vez los ostiones... 

— Sí, hombre, — interrumpió Santiago González, — ya sé lo que 
hacen; lo mandan á uno disponer y hacer testamento. 

— No es eso. 

— Mira, sentémonos, porque yo dejo los zapatos entre la arena. 

Detuviéronse los estudiantes, que nacidos en la zona templada, 
ya agonizaban de fatiga. 

— ¿Qué dirá el maestro Navarro? 

— Nada, mas decimos nosotros; ojalá que en llegando nos mam 
de arrestados, esto y mas merecemos per haber bajado á Veracruz 
que tan mal me ha recibido. 

— El uniforme es pesado. 



140 JUAN A. MATEOS 



— No importa, al fin es de contrata, y pesa mas la cuenta del 
sastre. 

— El calor es abominable. 

—Los moscos me han sacado diez libras de sangre y me han 
puesto como un Cristo. 

— Yo estoy hecho un San Lázaro y estos diablos de animales 
se regocijan; parece que no les parezco tan mal. 

— Querido, con estos piquetes y que nos plante la fiebre ama- 
rilla, nos divertimos de lo lindo. 

— Todos unos doctores del Cuerpo Médico del ejército, pedirían 
auxilio á una vieja para que los alivie de los fríos ó del vómito. 

— ¡Mira, Felipe! — exclamó Santiago González, viendo á un par 
de jóvenes lindísimas que en compañía de un anciano atravesaban 
por el camino. 

— Parecen Lot y sus hijas; ¡ qué cuadro tan interesante! 

— Caballero, ¿gusta usted de descansar un momento ?■ — dijo con 
galantería Felipe Cuevas. 

— Sí, señores, nos detendremos unos instantes,— respondió con 
acento firme el viejo, que al parecer y en realidad era el padre de 
las muchachas. 

— Caballero, nosotros somos oficiales de ambulancia, que ba- 
jamos á visitar la ciudad heroica. 

— ¿Y qué opinión han formado? 

— Prescindiendo de los zopilotes y de las indigestiones, — res- 
pondió Santiago, — toda ella es hermosísima, ¡ su mercado es admi- 
rable, la pescadería no tiene precio, y en cuanto al suntuoso Hos- 
picio no lo tenemos igual en la capital: la estatua es de mármol de 
Carrara, así como las baldosas; me dieron ganas de prenderle 
fuego al considerar que serviría de albergue á los invasores. 

— Afortunadamente, — dijo González, — el vómito prieto nos dará 
una venganza cumplida. 

— Así lo espero, repuso Cuevas. 

Por lo visto, los dos estudiantes se habían apoderado de la con- 
versación. 

— ¿Y ustedes, señoritas, son veracruzanas? 

— Servidoras de usted, — dijeron las hermosas costeñas con una 
sonrisa capaz de trastornar á toda la ambulancia del ejército re- 
publicano. 

— Nosotros somos huauchinangos, como se dice en Veracruz. 

Las muchachas se hicieron una seña de inteligencia. 

— ¿Y hacia dónde se encaminan ustedes? 

— Rumbo á Jalapa 

— Nos han dicho que Jalapa es una taza de azucenas; que aque- 
lla tierra es un paraíso en que las Evas se multiplican por los bos- 
ques de naranjos y chirimoyos. 

—Agregan, — dijo con prosopopeya Felipe, — que el ángel venga- 
dor es el alcalde municipal, que arroja á los enamorados. 

— No, no lo crea usted, — dijo una de las jóvenes, — á muy pocas 
falta un moscón que las fastidia. 

— Señorita, usted me permitirá no estar de acuerdo en la pa-. 



EL SOL DE MAYO 141 



labra moscón; yo creo que merecemos otro nombre los que ga- 
lanteamos á las señoritas. 

—Pues transijo, serán tábanos. 

— Le ha dado á usted por la historia natural: tenga usted la 
bondad de sacar á los enamorados de la familia de los volátiles. 

— Cuestión de nombres. 

— Es cierto. 

— Sigamos, — dijo el anciano, — que el camino es pesado. 

— Si ustedes gustan que hagamos el viaje juntos... 

— Tendremos satisfacción en ello. 

Ya se habian acomodado los estudiantes con las jóvenes, 
cuando á mala hora llegó una litera. 

— Es la nuestra, — dijo el anciano, — y tengo el sentimiento de no 
poder participar á ustedes de ella; vamos, niñas, arriba, que es- 
tarán fatigadas. 

Ligeras como unas ciervas, saltaron al carruaje y saludaron 
dulcemente á los estudiantes, que se quedaron renegando del viage 
y de la litera. 

— ¡Somos unos estúpidos! — decia Santiago hecho un Luzbel de 
coloquio, — hétenos aquí mas fastidiados que de costumbre, y sin 
saber ni quienes son ni como se llaman esas ninfas que se nos han 
aparecido como las huríes á los árabes del desierto. 

— Una vez en Nueva- York, — dijo Cuevas,— me pasó un lance... 

— Por compasión te pido que localices tus historias en otro 
punto que no sea los Estados Unidos; hazlas pasar en China donde 
me aseguras estuviste veinticuatro horas. 

— Es corto el tiempo. 

— No importa. 

— Esta gente que no ha salido de su país, juzga consejas todas 
las anécdotas mas verídicas. 

— Entre paréntesis, las muchachas me gustaron mas que el 
viejo. 

— Soy de la misma opinión. 

— Quiera el cielo que las volvamos á encontrar 

— Temo que nos pase lo que con Isabel. 

— ¿Dónde vamos á parar si todas se fugan? 

— Tienes razón. 

— ¡ Pero este calor es insufrible ! 

— Echemos un trago de coñac para refrescarnos. 

IV. 

El gobernador Llave quería dirijir una nota al jefe de la escua- 
drilla preguntándole el objeto de su arribo á las playas de la repú- 
blica; pero tenia orden de no entrar en contestación alguna con el 
extrangero. 

El 14 de Diciembre se desprendió una lancha de uno de los bu- 
ques, que llevaba las insignias de mando, y' pocos momentos des- 
pués dos oficiales ponían en manos de La Llave una nota de Rubal- 
caba en que prevenía la desocupación de la plaza y del castillo en 



142 JUAN A. MATEOS 



el término de veinticuatro horas, y de no verificarlo emprendería un 
ataque formal. 

Agregaba que ocuparía los puntos en nombre de las potencias 
aliadas, manteniéndolos como prenda pretoria. 

La Llave contestó que por orden de su gobierno desocupaba los 
puntos mencionados, y que la autoridad municipal velaría hasta 
el último momento por la conservación del orden. 

El día 16 de Diciembre á las once y media de la mañana, anun- 
ció el telégrafo que dos vapores españoles con bandera blanca zar- 
paban frente á Veracruz, y que veinte hombres con tres oficiales 
efectuaban su desembarque, anunciando que al siguiente dia tomaria 
posesión la armada española de la ciudad heroica y del fuerte de 
San Juan de Ulúa. 

El guante de la Europa estaba arrojado sobre la arena de la 
República. 



CAPITULO V. 
Donde sigue la historia del segundo aparecido. 



En una preciosa casa de campo situada á orillas de Puebla, y 
en el cenador de un jardin atravesado por sendas de rosa y de ar- 
bustos y bañado por corrientes apacibles, estaban dos jóvenes en 
una tendida plática de amores. 

— Yo le amaba, — decía la mas bella, — como ninguna muger ha 
amado en el mundo, él era mi vida, mi pensamiento, la sola ilusión 
de mi alma apasionada; habia encontrado en ese hombre cuanto 
aspiraba mi corazón y mi cerebro; yo le veía en sueños, le llamaba 
y él siempre acudía como una sombra respondiendo á esa voz in- 
mortal de mi cariño ! 

— ¡Pobre Eloísa! — exclamó una de las jóvenes, — tú nunca ha- 
bías amado. 

— ¡ Pluguiera al cielo que no le hubiera conocido ! — respondió 
llorando la señorita Mons. 

— Veo algo de misterioso en cuanto ha pasado : esa desapari- 
ción tan repentina, en los momentos de tu enlace, ese billete traído 
á hora tan avanzada, indica que don Fernando ó dudó mucho al es- 
cribirle, ó lo fué arrancado contra su voluntad. 

— Yo me pierdo en un abismo, en un caos de dudas, y tal vez 
de esperanzas. 

— Si ese hombre no hubiera tenido voluntad de contraer un en- 
lace, ¿á qué esperar hasta la última hora para lanzarte al suplicio 
de una violenta situación? 

— Sí, es verdad. 

— Yo creo que hay algo que no está á nuestro alcance, algo que 
ha obligado al conde á huir. 



EL SOL DE MAYO 143 

—Carolina, yo ignoro si le ha pasado alguna desgracia, nadie 
sabe su paradero, ha causado profunda sensación su conducta. 

—El dia menos pensado se presentará en esta casa á dar satis- 
facción de un proceder tan raro, y acaso le restituyas tu cariño. 

—No, Carolina, yo no puedo perdonarle el ridículo espantoso 
en que me ha colocado; he tenido que huir de la capital, abochor- 
nada por desaire tan injusto. 

—No creo que la sociedad te culpe, las simpatías todas se arras- 
tran en tu pos, y anatematizan á don Fernando. 

—Aun esa grita me espanta por él, mi padre no le perdonará 
nunca, espera la oportunidad de encontrarle y su venganza será 
horrible. 

—Hasta hoy todo está en contra del conde, nada le favorece. 
— ¿ Y quién podrá volverme todo el reposo que he perdido en un 
momento? 

— El tiempo. 

—Hay heridas sobre las cuales pasa leve ese aliento que todo lo 
desgasta. 

Quedóse la joven hundida en el misterioso silencio en que se en- 
vuelve el alma en sus amargas horas de tristeza. 

Después, variando conversación tan enojosa, dijo á Carolina: 

—Perdona si nada te he preguntado sobre las fatigas de la pe- 
regrinación. 

—Nada notable, abandonamos Veracruz con el sentimiento de 
dejarla entregada á los extrangeros; solo un incidente tuvimos en 
la travesía. 

— ¿Desgraciado? 

—No, por el contrario, sumamente divertido. En el camino en- 
contramos á dos oficiales de la ambulancia que nos florearon á las 
mil maravillas; ellos se lo platicaron todo sin dejarnos meter baza. 
El uno se llama Santiago y el otro es un original, Felipe Cuevas; 
papa estuvo divertidísimo con ellos, se habían constituido nuestros 
acompañantes, cuando cátate que llega la litera y los dejamos plan- 
eados en el arroyo con un palmo de narices. 

—Los nombres no me son desconocidos: teníamos un buen ami- 
?o llamado Mondoñedo, concolega de esos estudiantes, y nos con- 
taba sus aventuras. A propósito de ese joven, era íntimo del conde 
| desde aquella noche fatal no le hemos vuelto á ver. 

—¡Vaya con los desaparecidos! 

—Mondoñedo es un muchacho muy simpático, muv agradable 
I sobre todo amigo excelente; papá lo quiere mucho, le hacia gra- 
ia cuanto le contaba, y Mondoñedo pasaba todas las horas de ter- 
ulia en casa. 

— ¡ Cuidado, Eloísa, con esa simpatía ! 

La joven meneó la cabeza indicando lo distante que se encon- 
gaba de las sospechas de su amiga. 

—No te he contado,— prosiguió Carolina,— el desenlace de mis 
mores; es una historia curiosa y divertida. 



144 JUAN A. MATEOS 



II. 

Resonaron pisadas de caballos en los umbrales de la casa, ruido 
de armas, y voces que vinieron á interrumpir la conversación de 

las amigas. . , , 

—Muchacho— gritaba un joven de ojos negros y mirada de 
águila —aquí está el teniente Pablo Martínez; paso á la medicina, 
yo la 'vengo escoltando, no hay que oponer resistencia, porque le 
Dlanto unas ventosas zajadas al primero que chiste. 

Un dependiente de la casa del señor Mons salió al encuentro de 
Pablo Martínez, que era un chinaco moreliano, que según dicen sus 
compañeros, tenia los demonios en el cuerpo. . 

—Hola don Sebastian, aquí traigo una veintena de muchachos 
escoltando al gefe del cuerpo médico; no tenga usted cuidado, esta 
dispuesto á amputarle á usted la lengua siempre que lo necesite. 

—Pase el teniente Martínez, que ya sabe que es en esta casa el 

niño mimado. 

—Muchachos— dijo Martínez, dirigiéndose a la escolta— esta- 
mos alojados perfectamente; pero el que cometa un desorden le 
mando dar doscientos palos 

La escolta penetró en el patio de la finca, y Martínez se marcho 
á charlar con don Sebastian, que era persona muy atenta y de finos 

modales. 

—¿Qué noticias tenemos? 

—Que los extrangeros han desembarcado: ¿no ha leído usted 

la proclama? 

—No. 

—Pues aquí traigo una. 

Pablo sacó del forro de hule del sombrero un papel y lo entre- 
gó á don Sebastian. 

El dependiente leyó la proclama del jefe español. 

—¡Mil diablos montados en otros veinte ¡—gritó el soldado,— 
vea usted como nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino; 
dicen que no quieren conquista, y comienzan por ocupar las adua- 
nas y los palacios. Mire usted, don Sebastian, primero le arrancan 
las orejas al teniente Pablo Martínez, que creer una palabra de esa 
maldita gerga; yo no entiendo de escritos, pero mire, me pelo el ojo 
y veo todo lo que pasa. 

—¿Y tu crees que puedan las tropas mexicanas pelear contra 

i rps n3,cionGS ? 

—Yo sé que nos rasgaremos el cuero lo menos veinte varas, 

pero que el país no se pierde. 

Con respuesta tan categórica no era posible continuar la con- 
versación. 

—¿Y quién es el jefe de la plaza? 

—Es un general español lleno de dicterios, caballero y cruz 
grande y señor Santiago y otras etcéteras que yo no entiendo; ese 
hombre ha declarado en estado de sitio á Veracruz, y obligado á 
que le entreguen las armas de munición. Vamos, que primero me 



EL SOL DE MAYO 145 

pongo en la boca de un cañón cargado de metralla., que á las órde- 
nes de esos mandones. 

— ¿Y dónde está el general Llave? 

—En Jalapa; ese sí escupe en rueda de hombres. Vea usted, la 
noche de Antón Lizardo le hirieron la frente, y en la toma de On- 
zava, ¡ canario ! ese don Ignacio vale mas que toda la escuadra. 

— ¿Y el general Uraga? 

—Está en Huatusco con su pata coja; pero también es entrador, 
aunque según he oido decir, no tiene fé en el pleito, esto no me 
gusta; vea usted, don Sebastian, el general Zaragoza, que acaba 
de llegar al campo, ese sí tiene el corazón en su lugar; tan serio, 
tan^callado y tan hombron; porque, eso sí, de que recuerdo tomó 
en Silao la bandera, ¡y adentro muchachos! ¡ canario! y que las 
balas caían como granizo; le juro á usted que nada mas dejo á este 
señor médico y me marcho con mi general Zaragoza : ya sé como se 
bate el cobre, delante de él ó se vence ó se muere; ¡viva mi general! 

— Eres entusiasta por el fronterizo. 

—Y tráigase una botella, porque nunca mentó ai señor Zara- 
goza sin echar un trago. 

—Luego que sirvan la comida brindaremos por el bravo general. 
— Bien, me esperaré 

—¿Cómo se llama el gefe de la ambulancia que vienes custo- 
diando ? 

—El comandante Manuel Mondoñedo, intrépido y valiente si 
los hay; está poseído de una especie de hidrofobia que al primer 
extrangero que encuentra lo desbarata. ¡Demonio! si está furioso 
como un leopardo. 

— -¿Conque pareció? 

— ¿ Quién ? 

—No, nada, pensaba en otra cosa; ¿y ese comandante va á lle- 
gar? 

—No debe tardar; se quedó á corta distancia dando órdenes á 
sus ayudantes. 

— ¿Y qué objeto trae? 

—Viene estableciendo una línea de lazaretos, porque segura- 
mente se espera una de Dios es Cristo, y el general desea que no 
faite auxilio a nuestros soldados. 

— ¿ Y ese señor Mondoñedo dirige la ambulancia ? 
• —No, es ayudante del general Zaragoza y comisionado interi- 
namente del cuerpo de mediquines, mientras llega la hora de los 
balazos. 

— Que será pronto. 

—Sí, ya se acerca, no hay remedio, don Sebastian. Ya me 
iioca la dilación del comandante, algo le pasa, nada tiene de pos- 
ma. ¡ Gurnercindo!— gritó con toda la fuerza de sus pulmones — 
acércame el caballo. 

El asistente partió violentamente y á poco presentó al teniente 
W arrogante potro rodado que relinchaba de impaciencia 

Pablo Martínez le acarició el cuello; el animal lo reconoció 

kalto el teniente con grande agilidad sobre su corcel y al es- 

10— EL SOI DE MAYO. 



146 JUAN A. MATEOS 



cape se puso fuera del edificio y en el camino por donde Mondoñedo 
debia venir. 

III. 

A poco andar distinguió Pablo Martínez al comandante, que 
\enia hablando con un correo extraordinario del cuartel general. 

— ¿Qué dejaste á tu salida, muchacho? 

— Avanzando la división Zaragoza y mucho alboroto en el 
campo. 

— ¿Habia alguna novedad? 

— No señor, parece que han entrado en contestas con mi gene- 
ral Uraga. 

— ¿Se sabia algo de los mochos? 

— Parece que se juntan y que se han desprendido fuerzas del 
ejército para batirlos. , 

— ¿Quiénes son los jefes? 

— Carbajal y O'Horan. 

— Bien, me enteraré del pliego y contestaré en el acto, esta- 
mos próximos á la casa donde debo pernoctar. 

Mondoñedo se reunió á Pablo Martínez, y seguidos del extraor- 
dinario, entraron en su alojamiento. 

Luego que el teniente salió en busca del comandante, don Se- 
bastian corrió al aposento del señor Mons y le participó las noti- 
cias dadas por Pablo Martinez. 

La aparición de Mondoñedo podia darle alguna luz sobre el 
paradero del conde, así es que esperó con impaciencia la llegada 
del estudiante. 

Mondoñedo no creia encontrarse con su amigo, é ignoraba que 
tuviese una posesión en los alrededores de Puebla. 

Después de su salida de México no habia vuelto á preguntar 
por nadie; pero la casualidad lo arrojaba delante de las personas 
de quienes deseaba apartarse para siempre. 

El señor Mons salió al encuentro de sus huéspedes. 

— ¡Hola, señor Mondoñedo !— dijo fingiéndose el sorprendido, 
— ¡qué agradable encuentro ! 

— Mas satisfactorio es para mí, — respondió el estudiante, es- x 
trechando con fuerza á aquel hombre á quien lo arrastraba una se- 
creta y profunda simpatía. 

— ¿También por aquí el calavera Pablo Martinez? 

— Ya sabe el señor Mons, que yo por ir á la fiesta me quedo sin 
bautismo. 

— Señor teniente,— dijo el estudiante, — voy á despachar él co- 
rreo y hablar de un negocio al señor Mons; que la escolta esté dis- 
puesta y la tropa se aloje convenientemente. 

— Sí, mi comandante, en cuanto á mí estoy listo. 

Diciendo esto se marchó con su amigo don Sebastian á tomar 
algo, como él llamaba á la opípara cena ofrecida en la rica casa| 
del señor Mons. 



EL SOL DE MAYO 147 



IV. 

Manuel Mondoñedo mostró el pliego á su protector y amigo. 

El señor Mons leyó : 

« La tropa que lleva usted estará pronta á escoltar á los comi- 
sionados extrangeros que se dirijen á México. Bajo su mas estre- 
cha responsabilidad cuidará usted de que no sean molestados por 
nadie; los acompañará usted hasta Puebla, donde se avisa por el 
telégrafo para que salgan algunas fuerzas al camino y evitar cual- 
quier accidente. » 

—Entre usted, y hablemos. 

El estudiante y el señor Mons entraron en la sala y se pusieron 
á hablar reservadamente. 

—He sufrido mucho, amigo mió,— decia el infeliz padre de Eloi- 
sa, — pensé volverme loco aquella noche. 

—Lo creo, caballero; pero al mismo tiempo felicito á usted por 
esa pérdida. 

—¿Qué hubiera sido de mi pobre hija una vez á merced de ese 
calavera? 

—Si lo hubiera usted visto arrodillado y confuso á los pies de 
esa mujer, cuyo nombre me es imposible revelar, entonces le inspi- 
laria á usted compasión y desprecio. 

— ¡ Es un miserable ! 

—Un desdichado aventurero de esos que son tan comunes en la 
alta sociedad, que viven entre los grandes hasta que algún inci- 
dente provoca su descubrimiento. El bastardo del conde del Jaral 
estaba lleno de compromisos y tal vez mañana, después de arrui- 
narse, hubiera abandonado á Eloisa. 

—Es cierto, Dios ha salvado á mi hija. 

—Yo, señor Mons, he sido el miserable juguete de ese aventu- 
rero, yo que en mi dignidad de hombre y de caballero no debia 
aceptar la protección de una muger bajo ningún pretesto... estoy 
castigado; pero á mi vez me erijo en el brazo de la Providencia, 
porque esa trama infernal cuyos hilos tengo descubiertos, se dirije 
en contra de México y tiende á arrebatarle su independencia. 

— i Esto es horrible ! 

-Yo no puedo revelar nada,— prosiguió con ardor el estudiante; 
—pero puedo luchar, combatir, derramar mi sangre si es preciso; 
porque usted, caballero, ignora que los agentes de Europa están 
entre nosotros, y ávidos de nuestro oro y de nuestra tierra, se dis- 
putan su señorío y luchan en las tinieblas, y se introducen en todas 
partes y villanamente nos venden y nos traicionan. 

El señor Mons estaba aturdido con las revelaciones de Mon- 
doñedo. 

—Las escuadras han llegado, México se disuone á la lucha pero 
la corrupción se encuentra en sus filas; se derramará el oro' y tal 
vez la sangre para conseguir desorganizar los elementos de defensa- 
j es necesario sospechar siempre, estar alerta, porque al hombre de 
mas confianza lo pueden convertir en un traidor! 



148 JUAN A. MATEOS 



— Mondoñedo,— dijo el señor Mons, — está usted sobre una mina, 
posee usted secretos que pueden comprometer su existencia; es 
necesario valor y precaución. 

—Caballero, conozco perfectamente á todos los satélites de ese 
poder oculto; ellos se alejarán de mí temiendo ser descubiertos; 
¡pero juro á Dios y á la memoria de mis padres, que vengaré á mi 
país y satisfaré los resentimientos que abogan mi corazón ! 

— Serénese usted, amigo mió, va usted á emprender un camino 
desconocido y erizado de escollos. 

— Lo sé, y estoy resuelto á todo; en mi venganza va la de Eloísa : 
esa mujer burlada en medio de una sociedad envidiosa y maldi- 
ciente, objeto del escarnio y de la sátira, quedará satisfecha ma- 
ñana, cuando yo arranque el antifaz á ese miserable. 

— ¡ Yo le he perdonado ! 

— Pero yo no, caballero; esa risa de desden, ese papel ridículo 
de juglar, esa mujer humillando mi corazón y mi delicadeza, ese 
suplicio de ridículo, ¡ yo se los cobraré con sangre, ó me levantaré 
el cráneo de un pistoletazo ! 

— ¡ Terrible situación ! 

— ¡ Sí, horrorosa ! merced á mi carrera he obtenido un grado en 
el ejército; ¡pero yo no busco el sacerdocio de la medicina, yo 
busco el combate, la pelea, la muerte!... El general Zaragoza me 
ha comprendido, es el depositario de mis secretos y confia en mi- 
valor; me ha alentado : ¡ sabe que juega un rayo, y yo sabré desem- 
peñar la misión que me he impuesto ! 

, Aquellos dos hombres quedaron en silencio, midiendo el viejo 
el abismo á cuya sima se encontraba el estudiante, y el joven pen- 
sando en su venganza. 



CAPITULO VI. 

De cómo es cierta la sentencia que se halla en los manuscritos Rabinos, 
de que tres gatos en un costal no pueden estar. 



La ley del 17 de Julio, en que se suspendió el pago de las con- 
venciones extrangeras, afectó dolorosamente á la Europa, que hace 
tres siglos y medio encuentra su caja en el fondo de nuestras minas. 

Ese banco que se llama México suspendía sus pagos, y los 
agiotistas y especuladores se presentaron en las plazas de Londres, 
Paris y Madrid, llorosos con la fatal noticia. 

Los gobiernos cerraron ese libre jo que se llama Derecho de 
Gentes, y que no pasa de una paparrucha sin significado. 

Acordóse la vieja Europa de sus ofensas, de lo expuestos que 
estaban los inocentes de sus nacionales al furor asesino de los 
mexicanos, y se dispusieron á intervenir en los asuntos de México, 
pero bajo la condición de no alterar su régimen interior: eso que- 



EL SOL DE MAYO 149 



daba en el secreto de la liga, aunque ya conocido en Europa y 
América. 

Francia é Inglaterra determinaron apoderarse de los puertos 
de Veracruz y Tampico, dejando fuera de combate á la España. 

El embajador de S. M. Católica ofició al gabinete de la Granja, 
y las negociaciones se entablaron. 

El ministro de la Gran Bretaña, de esa nación lieróica que le 
dispensó protección á Napoleón el Grande, alojándolo suntuosa- 
mente en la isla de Santa Elena, y que tenia un centinela en la 
tumba del derrotado de Waterloo, temiendo se escapase el cadáver, 
tendió su mano á la Francia, diciéndole que la España no tenia in- 
conveniente en que se firmara en Londres una convención. 

La Francia aceptó por deferencia. 

El señor ministro ingles contó la misma fábula al ministro 
español, que accedió, vista la opinión de los dos colegas; y merced 
á este juego de cubiletes, se encontraron la España y la Francia, 
cuando menos lo pensaban, mas allá del canal de la Mancha. 

Del silencio y reserva de las elucubraciones diplomáticas, re- 
sultó la célebre Convención de Londres, que siguiendo nuestro pro- 
pósito histórico, diremos brevemente á nuestros lectores. 

Por el primer artículo se convenia en el envío de fuerzas de mar 
y tierra par i ocupar el litoral mexicano. 

Por el segundo, las tres naciones se comprometían á no ad- 
quirir territorio alguno ni ventaja particular, y á no ejercer su 
influencia sobre la elección de los mexicanos respecto á la forma 
de su gobierno. 

Por el tercero se nombraba una comisión para la distribución 
del dinero que se recobrase. 

Por el cuarto se instaba á Tos Estados-Unidos á adherirse á la 
convención. 

He aquí en sustancia el convenio firmado en Londres el 31 de 
Octubre de 1861. 

El último artículo se tuvo por no puesto, porque los hijos de 
Washington, que tienen mucho de bellaco, como decia don Qui- 
jote, olieron el pastel europeo, y los dejaron venir en derechura al 
precipicio. 

El convenio tripartito estaba signado; nada mas faltaba que su 
realización. 

Aquel parto diplomático fué saludado por la Europa como la 
idea mas luminosa, y Napoleón III la bautizó con aquellas pompo- 
sas frases de:— «La intervención de México es el hecho mas glo- 
rioso de mi reinado. » 

La Bolsa europea estaba de felicitación. 

El viejo mundo se puso su armadura llena de orin, que estaba 
en el museo de los siglos medios; cierto es que ya no la soportaba, 
y como el último caballero andante, emprendió el combate de los 
molinos de viento. 

¡Los soberanos de las potencias aliadas participaron oficial- 
mente su alta determinación, y la prensa cantó un hossana, y las 
liras entonaron himnos patrióticos á la diosa Conquista, y las naves 



l&H JUAN A. MATEOS 



guerreras se enfloraron, y las baterías dieron su voto dt felicidad 
á los ejércitos conquistadores ! 

II. 

Los mexicanos intervencionistas se agitaron, como si la Eu- 
ropa hubiese contado con ellos para el rudo golpe que se preparaba. 
Almonte dispuso su viaje para México, y Gutiérrez Estrada que 
desde 1840 habia trabajado por la monarquía, se dirigió á Viena, 
porque el caduco plan de Iguala llamaba al trono de México á un 
príncipe de la casa de Borbon ó á un archiduque de Austria. 

Merced á este recuerdo histórico, surgió la candidatura de, 
Fernando Maximiliano, á quien un destino fatal conducía desde 
entonces al desastroso término de su existencia. 

Las notas diplomáticas vieron la luz pública, y las calumnias 
mas groseras, las apreciaciones mas inexactas y el rencor menos 
disimulado, sirvieron de arma innoble jugada contra una nación 
débil en sus armas, pero invencible en su derecho. 

La mayor parte de los extrangeros residentes en México de- 
seaban la intervención, y acumulaban secretamente acusaciones 
contra los mexicanos. Para que se comprenda lo que vale la grati- 
tud de aquellos á quienes México ha dispensado una franca hospi- 
talidad, copiamos las palabras de Saligny en uno de sus despachos 
al gobierno de Francia: 

« Sir Charles Wyke y yo hemos considerado la situación bajo 
un mismo punto de vista, y hemos obrado de completo acuerdo 
rompiendo nuestras relaciones con el gobierno mexicano. Esta 
determinación ha producido una profunda sensación. La población 
francesa está unánime en su indignación contra este gobierno, y 
en su deseo de ver aplicarle un pronto y ejemplar castigo. » 

El ministro ingles era de la misma opinión al dirigirse á su 
gobierno : 

<( La intervención armada es indispensable para impedir que 
los subditos británicos sean asesinados y robados impunemente bajo 
un gobierno tan corrompido é impotente. » 

Los nacionales franceses, como decia su honorable ministro, 
acudían á mostrarle anónimos amenazadores de muerte é incen- 
dio; pero no amedrentaban su ánimo esforzado esos manejos «le los 
agentes del gobierno. 

Ese pobre diplomático creia que el Sr. Juárez se ocupaba en 
amilanar á los que estaban amilanados de antemano bajo el peso 
de una difícil situación. 

Largos serian el relato é inserción de esos célebres despachos, 
hoy burla é irrisión del mundo entero, y que le han dado muerte 
eclesiástica á sus autores. 

Baste saber que la calumnia con toda su deformidad sirvió de 
pretesto para consumar ese atentado que hoy condenan las mismas 
naciones que entraron en la ya para siempre olvidada convención 
de Londres. 



EL SOL BE MAY© 151 



III. 

La ciudad de Veracruz y el fuerte de San Juan de Ulúa, fueron 
entregados al general español por el Ayuntamiento. 

Existe una litografía con un cuadro humillante para la auto- 
ridad municipal de Veracruz. 

Los individuos del Ayuntamiento yacen cabizbajos ante la arro- 
gancia del general Gasset, que con aspecto protector recibe la plaza. 

El general, vestido con blusa de percal del color del pantalón, 
y éste metido en las botas, sombrero de paja con el ala arremangada 
hacia el lado derecho, donde luce una cucarda amarilla, mas bien 
parece mayoral de ingenio ó unos de esos mites que vemos en los 
dramas de Emilio Girardin y Pablo Feval. 

Contrasta ese traje semi-chambergo, con el frac de aquellos 
tristes concejales tan humillados. 

Protestamos contra ese cuadro, por contener un pensamiento 
calumnioso. 

El Ayuntamiento de Veracruz, cumpliendo con la prevención 
gubernativa, se presentó á Gasset, mas bien para hacerlo respon- 
sable de la situación, que para la entrega de la Plaza, puesto que 
las instrucciones del gobierno prohibian toda plática con el ex- 
trangero. 

En ese momento el general Uraga y el gobernador La Llave 
protestaron en nombre de México contra la violación del territorio 
mexicano. 

A los pocos dias se avistaron las escuadras francesa é inglesa, 
mandada la primera por el almirante Jurien de la Graviére y la 
segunda por el comodoro Dunlop. 

Los pabellones de la liga y el mexicano fueron enarbolados en 
el castillo y en la plaza. 

La bandera de la patria llevaba en el asta el Inri de la con- 
quista. 

IV. 

El 13 de Enero del año del Señor de 1862. se reunieron los ple- 
nipotenciarios en el palacio de Veracruz, llamando á su sesión al 
almirante y comodoro de las escuadras. 

Dubois de Saligny es ya tan conocido de los lectores y corre 
en tantas historias y cuentos picantes, que su biografía es capaz 
de despertar el buen humor á un hijo de la Gran Bretaña. 

Sir Charles Wyke es simplemente un ingles : times is money. 
Dunlop y Jurien de la Graviére venían á su negocio y seguían en 
esa vía de injusticia y calumnia, rieles sobre los que se deslizaba 
la locomotora intervencionista. 

Estos cuatro sugetos son muy caballerosos en Europa. 

El general Prim, esa figura que se destaca en el cuadro de las 
glorias españolas, ese caballero digno de los tiempos antiguos, 
noble, generoso, defensor de las grandes causas, el héroe de África, 



152 JUAN A. MATEOS 



era un elemento extraño en aquella reunión en que se trataba de 
la muerte de una nacionalidad. 

Ya conocemos á los hombres que iban á decidir del destino de 
México. 

Abrióse la conferencia. 

El general Prim leyó una proclama redactada de antemano; 
en ella se proscribia toda idea de conquista y de perturbación in- 
terior. 

Los aliados la signaron, no obstante que Saligny no aprobó 
el pensamiento en general. 

— Señores,— dijo el ministro ingles, — es necesario enviar nuestro 
ultimátum al gobierno de México. 

— Yo estaría, — dijo el francés, — porque esas fórmulas se pros- 
cribieran y nuestras fuerzas adelantasen á la capital en son de 
guerra. 

— Señor conde, — dijo Prim, — esa conducta no es acorde con la 
proclama que acabamos de ñrmar. 

Saligny hizo un movimiento de cabeza. 

Jurien de la Graviére, que era mas moderado que Saligny, 
optó por el ultimátum. 

— Es necesario, — insistió Saligny, — acompañar una nota colec- 
tiva en que consten nuestras reclamaciones. 

— Démonos cuenta. — dijo Prim, — de las pretensiones de cada 
uno, en lo que debemos estar de acuerdo. 

Saligny sacó una gran lista de reclamaciones, entre las que 
figuraban los millones de Jecker procedentes de algunos miles 
de pesos entregados al gobierno de Miramon. 

Los aliados se encogieron de hombros ante una pretensión tan 
exagerada. 

— Señor ministro, — dijo Prim, — la España se prestará con difi- 
cultad á dar su apoyo á ese espediente. 

Exaltóse Saligny, y dijo con ese ardor tan francés, cuando se 
trata de dinero : 

— Pues señor general, yo sostengo en nombre de la Francia 
esta reclamación y será la primera que se presente. 

Sir Charles Wyke, dijo : » 

— Yo me adhiero á la opinión del general Prim, me opongo 
á que la Francia cubra con la bandera de la liga una reclamación 
sobre un contrato leonino y oneroso. 

— Traería un gran desprestigio sobre nosotros, — añadió Prim¿ 
— y mas que nos hallamos en el primer momento de la intervención; 
¿qué dirá el pueblo mexicano si comenzamos por imponerle un pago 
tan terrible como el que envuelve el negocio de Jecker? 

— La intervención, — gritó Saligny, — viene á hacerse pagar todo, 
sí, todo lo que nos defraudan esos hombres que forman el llamado 
gobierno mexicano. 

— No estamos de acuerdo con esa especie vertida por el señor 
Saligny, — dijo Prim; — y yo declaro que no apoyaré tales preten- 
siones 

Dunlop agregó que la causa no debía dirigirse sino á un objeto 



EL SOL DE MAYO 153 



—Estamos convenidos en todo lo espuesto por los señores Wyke 
y Prim, — dijo Jurien de la Graviére. 

Saligny al oir la voz del almirante francés, bufaba de furor, 
perdia en el primer encuentro, su gran negocio fracasaba, los mi- 
llones se le escapaban de entre las manos. 

— Puesto que no estamos de acuerdo, — dijo Saligny, — para tran- 
sar la cuestión, redactemos una nota colectiva y reservemos para 
después el presentar las reclamaciones. 

— Aceptamos, — dijeron Prim y sir Charles Wyke. 

Mal camino llevaba la liga al pisar las arenas de un país donde 
hace fiasco todo lo mas grande y notable de la Europa. 

Los elementos combustibles al reunirse, ocasionarían mas tar- 
de una explosión. 

V. 

Redactóse la nota, que nada quería decir; era simplemente la 
emisión del pensamiento intervencionista tras un antifaz hipócrita 
y desleal: aquella nota no tenia una respuesta determinada, nin- 
guna exigencia, ninguna reclamacon, era una especie de proclama 
á mano armada. 

La primera palabra de la Europa al pisar el territorio era con- 
fusa, y es que aquellos hombres no tenian valor para manifestarse; 
temblaban ante una nacionalidad señalada como víctima en los 
designios de los déspotas del viejo continente. 

He aquí ese célebre documento : 

((Tres grandes naciones no forman una alianza sola para re- 
clamar de un pueblo á quien afligen tan terribles males, la satis- 
facción de los agravios que se le hayan inferido; tres grandes nacio- 
nes se unen, estrechan y obran en completo acuerdo para tender á 
ese pueblo una mano amiga y generosa que lo levante, sin humillar- 
le, de la tan lamentable postración en que se encuentra. 

¡(El pueblo mexicano tiene su vida propia, tiene su historia y su 
nacionalidad; es pues absurda la sospecha de que entre en los pla- 
nes de las tres naciones aliadas el atentar contra la indipendencia 
de México. 

«Por eso venimos á ser testigos, y si necesario fuese, protecto- 
res de la regeneración de México. Queremos asistir á su organiza- 
ción definitiva sin intervención alguna en la forma de su gobierno, 
ni en la administración interior. 

«A la república, solo á ella corresponde juzgar cuales son las 
instituciones que mas le acomodan á su bienestar y á los progresos 
de la civilización en el siglo XIX.» 

El gobierno mexicano no tenia en su alto desden mas respuesta, 
que la dada por el coronel Cambronne al intimársele rendición al 
perderse la batalla de Waterloo. 



154 JUAN A. MATBOS 



CAPITULO VIL 

De cómo empezó á desarrollarse la hidrofobia entre los partidarios 
de la intervención. 



Salióse el ministro francés rabioso como un perro ele presa y se 
dirigió á su casa, donde le esperaban con impaciencia Wask, Man- 
zanedo y don Fernando Moneada. 

• — ¡Rayos y truenos! — dijo Saligny, — estos diablos de españoles 
son los hombres menos á propósito para el arreglo de los negocios. 

— ¿Pues qué pasa? — preguntó Wask. 

— Que esos infernales aliados se han conjurado contra nosotros. 

— ¿Han reñido por ventura? — interrogó don Fernando. 

— Hay para darse un tiro, — exclamaba Saligny, — llevamos muy 
malos pasos, estoy por hacer una barbaridad. 

— Contadnos, señor ministro. — dijo Manzanedo, calculando que 
era muy grave lo que habia tenido lugar en la primera conferencia. 

— No lo vais á creer, me parece un sueño, una fábula, ¡ vive Dios ! 
que esto será lo peor de cuanto pudiera sucederme. Habéis de saber 
que... pero me ahoga la rabia, dadme un trago de coñac, porque mis 
fauces están secas como un papel. 

Wask se levantó y sirvió en un vaso coñac, pan cuotidiano del 
señor ministro francés. 

— Decia, — continuó el copólogo diplomático, — que los aliados se 
rehusan á que entren en las reclamaciones los créditos de Jecker. 

Wask dio un salto como si fuese de resorte. 

-—Como le oís, — contestó Saligny, — juzgan exajerada la preten- 
sión, comienzan por declarar que el contrato es leonino, y todo esto 
constará en una acta y estamos punto menos que perdidos. 

Manzanedo permaneció impasible, á pesar de sus compromisos 
con la casa del banquero : él iba en pos de la candidatura de don 
Juan de Borbon y aquello no era de muchas consecuencias. 

Wask no habia podido articular una palabra; si un rayo hu- 
biera caido sobre su cabeza no habría producido conmoción mas 
profunda. 

— Ningún negocio mas importante, — proseguía lleno de cólera y 
de cpñac Saligny,— cien fortunas van á desplomarse con este golpe; 
pero yo juro romper antes el convenio de Londres, que consentir en 
semejante atentado. 

— Yo me muero, — exclamó Wask, — ¡ esta situación me volverá 
loco! 

— ¡Yo, — dijo el ministro, — que me he valido de cuantos medios 
han estado á mi alcance, que he atropellado por todo, hasta conse- 
guir la intervención armada de la Europa, no quedaré hecho un rey 
de burlas delante de los hombres de la intervención ! 

Manzanedo, mas avezado que sus colegas en los negocios de la 
política, comprendió desde luego que no sería satisfactorio el éxito 



EL SOL DE MAYO 1&5 



de la espedicion; no obstante, ya estaba lanzado y era preciso seguir 
con mas ardor que nunca hasta el desenlace de aquel drama; esta- 
ban en la primera escena. 

—Yo estoy disgustado, — decia Saligny, — desde la proclama de 
ese soldadon español, que se anticipó á nosotros en la caravana 
intervencionista : las cosas deben llevar un nombre desde el principio 
y si tenemos que obrar en son de guerra, ¿á quehacer alarde de una 
misión de paz, que seguramente no es la nuestra? 

— Después, — dijo don Fernando, — se nos echará en cara ese ma- 
nifiesto que es todo un programa. 

— Ademas, — continuó Saligny. — que no es un misterio que veni- 
mos á derribar el gobierno de Juárez y á establecer la monarquía. 
Ei general Almonte que debe desembarcar en uno de estos dias, ya 
ha estado en Viena; porque el plan de Iguala llama ai trono á un 
archiduque de Austria. 

Tocóle su vez á Manzanedo, que se levantó del asiento involun- 
tariamente. 

— Señor Saligny, — dijo procurando apagar la alteración de su 
voz, — á quien llama el plan de Iguala es á un individuo de la casa 
de Borbon, que no puede ser otro que el príncipe don Juan. 

— Me da lo mismo si me han de pagar mis reclamaciones; no 
os inquietéis por los trabajos de Almonte, é] está en su derecho, co- 
mo vos al trabajar por la candidatura de Jos Borbones. 

— Supongo, — dijo Manzanedo, — que no se habrá tratado esa cues- 
tión en la conferencia. 

— Allí no se ha tratado sino de barbaridades, — repuso Saligny; 
— ¡ esos hombres son unos estúpidos ! yo q\ie pensaba abonarme al- 
go de las rentas de la aduana, me encuentro desposeído de lo que 
legítimamente me corresponde. 

— Temiendo estoy — dijo don Fernando — que fracase hasta la mo- 
narquía. 

— No aventuremos tanto, la nota colectiva sale hoy mismo de 
Veracruz en el porta-pliegos de los comisionados; dentro de una 
hcra estarán en camino para la capital. 

Wask, no vuelto aún de su aturdimiento, gritó con furor: 

-—Estos aliados están matando el pensamiento de la convención 
de Londres, se están haciendo los interesantes, cuando mañana 
tendrán que ametrallar á esos hombres á quienes les dirigen la ridi- 
cula nota colectiva; ¿creen acaso que Juárez va á entregar las llaves 
de la nación á la primera palabra de la liga? eso es no conocer la 
tenacidad del presidente; ademas, que no recibirán con flores á las 
primeras tropas que se atrevan á emprender el camino rumbo á las 
gargantas de la sierra; Llave tiene fortificadas las montañas, y esas 
posiciones no se toman con proclamas; no hay un solo ejemplo de 
que un pueblo se haya dejado arrebatar su independencia sin dis- 
parar un solo tiro. La acción debió haber sido violenta, hoy la na- 
ción se pone en guardia, se organiza y acumula cuanto elemento pue- 
de sacar de la misma situación. 

— Es verdad,— dijo Saligny, — eso mismo he dicho en la junta; 
pero el infierno, es decir la Inglaterra, se ha propuesto perdernos, 
y en unión suya el marques de los Castillejos. 



156 JUAN A. MATEOS 



—Ese espadachín,— dijo don Fernando, — ese héroe que solo sabe 
triunfar de los moros, la está echando de Quijote. 

—Precisamente,— respondió el ministro, — el gabinete de Madrid 
no podia haber hecho peor elección: el general Prim está enlazado 
con una señorita mexicana, y ademas el ministro de hacienda de 
Juárez es su tio, circunstancias todas que lo hacen adolecer de par- 
cialidad. 

— ¡ Carguen con él todos los diablos ¡—exclamó Wask electrizado, 
— lo que extraño es la conducta de sir Charles Wyke. 

— Como no le hemos participado de los millones, está rabioso, — 
observó Saligny. 

— No hay mas que interesarle. 

— Ya son muchos los socios, amigo mió, y ese demonio de suizo 
no quiere muchas divisiones, ya se considera suficientemente... 

— No importa un millón mas ó menos; una colección de papeles 
inservibles se la volvemos billetes de banco, eso es mayor milagro 
que convertir las piedras en pan. 

— Es cierto. 

— Es necesario,— dijo Manzanedo, — no agriar esta situación, ya 
veo hasta ahora que las cuestiones se aplazan, no hay mas que tener 
paciencia, esperemos la respuesta del gobierno mexicano, cedamos 
á las menores indicaciones de los aliados, que mas tarde dispondre- 
mos de la situación; no hay que acalorarse porque las consecuen- 
cias pueden ser funestas. 

— Yo, — dijo Saligny, — me he contenido merced á ese pensamien-. 
to, no quiero que mañana se me culpe de haber echado á rodar un 
negocio que se presenta bajo tan buenos auspicios. 

— ¿Tenemos algo de México? — preguntó don Fernando. 

— Hay algo, que bajo la apariencia de un incidente cualquiera, 
podrá ser de algunas consecuencias. 

— Explícaos, señor ministro. 

— Juárez ha cambiado gabinete. Zaragoza, ese hombre tan fuer- 
te para las armas de la reacción, ha dejado el ministerio y con una 
división que está bien organizada se dirije á nuestro encuentro. 

— ¿Ese general es el de Silao y Calpulalpan? 

— El mismo, señores, hombre de gran vista militar, reservado, 
valiente y querido de sus soldados. 

— Lo he dicho, el gobierno de México se organiza. 

— Zaragoza, — continuó Saligny,— es un general valiente y sagaz, 
sostendrá con mas éxito que otro una campaña; pero eso no impor- 
ta, nuestras armas son invencibles. 

— ¿Pues entonces, qué teméis? 

— Temo al ministro de Relaciones, á ese Doblado, hombre suspi- 
caz, arrojado hasta la temeridad cuando su amor propio se halla 
comprometido; conoce á los hombres y los ataca por su lado vulne- 
rable; la acechanza y el engaño son sus armas; puede habérselas 
con nosotros, temo que le hable á los ingleses con oro, y á los espa- 
ñoles con humo : los primeros son todo metal y los segundos gloria, 
caballerosidad y bambolla. En cuanto á la Francia, cerraremos los 
oidos; ya la conocemos. 



EL SOL DE MAYO 157 

— El negocio es mas difícil de lo que parecia al principio. 

— Es verdad, yo mismo le desconozco; este suelo no sé qué tiene, 
al respirar la atmósfera de este clima, todo se vuelve al revés, todo 
se lo lleva el diablo. 

— Estamos en una pendiente horrible. 

— Serenidad y confianza, — dijo Manzanedo, — estemos á la espec- 
tativa; no hay que desesperar. 

— Mas tarde, — repuso Saligny, — y en mejor terreno, haré valer 
los contratos celebrados con Jecker; tomaré los primeros dividendos, 
dejando en manos de ese suizo miserable la responsabilidad por el 
resto de la suma. 

— Ese oro, — dijo Wask, — ha sido la piedra imán de la interven- 
ción: ¿quién dirá que ese precioso metal formará parte del tesoro 
imperial? 

— ¡ Silencio, caballero ! me comprometéis horriblemente. 

— No hay quien se entere. 

— Olvidemos por un momento el desastre, y preparémonos para 
el porvenir. 

El ministro se adelantó á la botella y comenzó á tomar como un 
flamenco. 

Manzanedo y don Fernando se despidieron, dejando al francés 
y al ingles entregados al sopor de los espíritus alcohólicos. 

II. 

— Sé, — dijo el conde á Manzanedo luego que estuvieron solos 
en su alojamiento, — que habéis recibido noticias de México. 

— No os lo ocultaré mas, caballero, estamos identificados en una 
misma causa; la condesa de Montemolin se halla en la capital. 

—Sí, bajo el nombre de Rosa, — añadió serenamente don Fer- 
nando. 

— ¿La conocéis, caballero? 

—Estoy en relaciones con la hija de Carlos Luis de Borbon. 

— Esa mujer es terrible, — dijo Manzanedo, — y educada para la 
política, mantiene relaciones con todas las personas de influencia, 
y las aleja entre sí con un tacto admirable. 

— ¿Y qué os dice? 

— Que en México se conspira incesantemente, aunque se ha re 
cibido la proclama de los aliados con sumo disgusto por los parti- 
darios de la monarquía. 

— Nos ha pasado á nosotros lo mismo; no obstante, la cosa 
marcha. 

— Temo un rompimiento entre los plenipotenciarios; la manzana 
de la discordia ha aparecido. 

— Sería bueno deshacernos de Prim, — dijo de una manera acen- 
tuada el conde del Jaral. 

— No, — repuso Manzanedo, — puede ser el elemento borbonista. 

— No importa, ese hombre es de mal agüero; ya sabéis que yo 
cuento con medios para todo. 

— Ya los explotaremos mas tarde. 



158 JUAN A. MATEOS 



El conde era un hombre que veía en los hombres obstáculos ó 
medios; estaba pronto á emplearlos ó á hacerlos desaparecer; ne- 
gaba la existencia de los crímenes en política; creía que todo era 
lícito para llegar á un fin determinado. 

Don Fernando era partidario de Maquiavelo, pero aplicaba 
sus máximas sin talento. 

Hay libros que son lo que una arma en manos de un loco. 

Los cerebros de aquellos hombres comenzaban á poblarse de 
sombras, y entre las sombras crece la envenenada planta del 
crimen. 

Toda la fidelidad generosa del perro, y su grande adhesión 
hacia la mano que lo proteje y acaricia, cesa desde luego que el 
animal es atacado por la hidrofobia. 

La ambición es la rabia de los seres á quienes Dios ha conce- 
dido el soplo de la inteligencia. 



CAPITULO VIII. 

De los toros y canas con que obsequiaron á los señores porta-pliegos 
en la sociedad conservadora de México. 

I. 

La nota colectiva, primer desbarro de los aliados, y que de- 
terminó la marcha política de la intervención, fué enviada á México 
por conducto del brigadier Milans del Bosch, del comandante Thom- 
maset y de Mr. E. Patham. 

La comisión se presentó al ministro de Relaciones. 

El general Doblado, ese hombre astuto, como habia dicho Mr. 
de Saligny, y de una gran capacidad, recibió á los enviados con 
extraordinaria galantería. 

El bravo español, que creía según la voz general en Europa, 
hallar un campo de Agramante, y robos y asesinatos en las calles, 
y escándalos y desórdenes espantosos, encontró una sociedad orga- 
nizada como Europa, bajo las condiciones de distinción y morali- 
dad á toda prueba. 

E] ingles se quedó aturdido ante un cuadro que verdadera- 
mente no esperaba, después de las calumniosas palabras de su mi- 
nistro. 

En cuanto al francés, comprendió que la conquista estaba 
verde, como las uvas de la zorra. 

Los porta-pliegos, y es necesario confesarlo, fueron los prime- 
ros en variar de opinión respecto de los hombres y de las cosas de 
México. 

Milans del Bosch era amigo íntimo del general Prim, y sus 
informes robustecieron mas las creencias de ese noble patricio al 
fallar sobre la suerte de un país, donde habia visto la primera luz 
su joven esposa, madre de esos tiernos niños que participan hoy 



EL SOL DE MAYO 159 



de ese pan amargo del destierro, y dividen en su inocencia la suerte 
de su padre, como el honor de un nombre sin mancilla. 

¡ Esas criaturas son hijas de una mexicana, y nuestras simpa^ 
tías hacen un voto por su felicidad ! 

II. 

La señorita Amalia Brown, hija de un rico banquero ingles, 
estaba recien llegada á la capital de la República, y la noche del 
24 de Enero daba un gran baile á los porta-pliegos de las naciones 
aliadas. 

La mas suntuosa casa de la calle de San Francisco se ostentaba 
llena de esplendor desde la puerta de entrada hasta los regios sa- 
lones, donde afluía una concurrencia numerosa y elegante. 

El patio estaba convertido en un bosque de plátanos con sus 
hojas arrasadas, de naranjos exhalando el azahar de sus capullos, 
como los incensarios del edificio, y de multitud de flores que expues- 
tas á una luz artificial de luna, tomaban un tono suavísimo y en- 
cantador. 

En los escalones de la amplia escalera de entrada y por ambos 
extremos, habia una sucesión de tiestos con flores de seda, ilumi- 
nadas y puestas entre las rosas y arbustos naturales. 

La cantería estaba cubierta por una rica alfombra. 

Las pilastras que sostenían los corredores en la parte alta y 
baja del edificio, estaban adornadas con festones de clavo, y en el 
centro de los arcos habia estrellas de vasos de colores. 

En el centro del. patio, una fuente artificial con taza de mar- 
mol, con una pequeña estatua del Amor sobre una serpiente alada. 

Los corredores que conducían á la antesala y salón principal, 
estaban como el patio, cubiertos de plantas y de flores. 

El salón tenia solamente dos espejos. 

Eran dos lunas venecianas abrazando dos lienzos del salón; 
aquello era sorprendente. 

Una lámpara de cristal con trescientas luces, daba de lleno 
sobre la alfombra blanca salpicada de lentejuelas, y se reproducía 
en aquellos gigantes cristales con un efecto magnífico. 

Blanco y oro se ostentaba en muebles y tapices, y todo rever- 
beraba como un sol incandescente. 

En uno de los corredores se improvisó un salon-comedor, donde 
se encontraba todo el lujo asiático en una soberbia manifestación. 

En la antesala habia unos muebles á la Luis XV, y en la pared 
del centro una copia de Madrazo. 

Sobre el fondo oscuro del lienzo se destacaba la inmortal figura 
de la Herodías, llevando en la fuente de plata la cabeza del Baii- 
tista. 

La luz estaba tan bien combinada, que heria á aquella pintura 
precisamente en el foco bajo cuyos rayos estaba ejecutada. 

El marco era de ébano con incrustaciones de oro. 



160 JUAN A. MATEOS 



III. 

Amalia Brown esperaba de pié á sus invitados, y con una ga- 
lantería inimitable los introducia en los salones. 

La hija del banquero llevaba un traje de raso azul, abierto en 
la enagua, figurando delantal de encajes flamencos, y adornado en 
sus bordes con botones de perlas con el centro de brillantes. 

La vista del corpino también de encajes finísimos y delicados. 

unos pendientes formados de solitarios de un tamaño fabuloso, 
una soguilla deslumbradora y una pulsera riquísima, formaban 
el arreo de aquella mujer maravillosamente hermosa. 

Los ojos de Amalia brillaban en una irradiación encantadora; 
su sonrisa era la de la sirena, y su voz el acento de los ángeles. 

Parecía una ilusión de felicidad, el genio de la belleza, el nu- 
men del encanto y de las esperanzas. 

Aquella mujer estaba en armonía con la luz, con las flores, con 
los ecos armoniosos que inundaban la mansión del lujo en una 
atmósfera de perfumes, de encantos y de esplritualismo. 

IV. 

— Estoy verdaderamente sorprendido, — decia el señor Peña Flo- 
res á su hija Clotilde; — esta fiesta es verdaderamente regia. 

— Nada hay en todo que pueda tacharse de mal gusto, excep- 
tuando una media docena de señores de corbatas blancas, como me 
has contado los habia en el tiempo de los virreyes. 

— Cuidado, Clotilde mía, esos caballeros son las personas mas 
distinguidas del partido conservador. 

— No puedo disimular el disgusto que me provocan, creo que 
este baile es una manifestación de simpatía hacia las aspiraciones 
de la liga. 

— ¡ Hola ! ya hablas de política como un periodista. 

— No, no es eso, es que me repugna el servilismo; he oido algo 
de sus conversaciones, y como son conocidas sus tendencias al re- 
troceso, no dudo que tratan de influenciar á los enviados haciéndoles 
creer que existe en México un partido que acepta la intervención. 

— No, hija mia, este obsequio es de hospitalidad. 

Acercóse uno de aquellos de las corbatas blancas, como decia 
Clotilde. 

— Señorita, estamos de felicitación; ¡qué me place ver á usted 
en los salones ! es necesario que los europeos vean y aprecien lo 
que valen nuestras hermosas. 

—En cuanto á mí, señor Rodríguez, poco tendrán que admirar. 

— No puedo permitir tanta modestia, usted no tiene rival en 
materia de belleza; personas como usted no cuenta esa sociedad 
demagoga... 

—Sí, cuenta, — se apresuró á contestar la joven, — puesto que yo 
pertenezco á ella de todo corazón. 

El viejo sátrapa arremangó el labio mintiendo una sonrisa. 




General Jesús González Ortega. 



SOL ȣ MAYO - 11. 



EL SOL DE MAYO 161 

—Usted se chancea, yo no supongo en usted tan mal gusto. 

— Pues lo tengo, caballero; ademas, no creo que esta reunión 
tenga por objeto exponernos como esclavas en la tienda de un co- 
merciante árabe. 

— ¡ Dios mió ! está usted diciendo horrores, eso es confundir 
mis espresiones, yo solo quiero decir que me envanezco de la so- 
ciedad á que pertenecemos. 

— Efectivamente, la sociedad mexicana nada tiene que envi- 
diar, y hablo en general de ella, porque ustedes los caballeros son 
también un modelo de finura y sobre todo de patriotismo; es ne- 
cesario que delante del extrangero se haga alarde de ambas cuali- 
dades ¿no es verdad? 

— Sí... no hay duda... pero., yo, en fin, como no estoy de acuer- 
do con los hombres de esta administración... 

— Esos son asuntos domésticos que no los debe trascender un 
extraño : la patria es la patria, caballero. 

— Creo que me llaman, señorita, — dijo aturdido aquel hombre, 
y saludando á Clotilde se alejó avergonzado ante los rudos ataques 
de la joven. 

— Hija mi a, — dijo el señor de Peña Flores, — estás terrible esta 
noche, traes un humor espantoso. 

— ¡ Qué quieres ! estos hombres me son antipáticos, los veo arras- 
trarse á los pies del poderoso y los rechazo instintivamente. 

Un golpe de música anunció que los enviados de la liga se 
presentaban en los salones. 

Amalia se levantó, dirigiéndose á su encuentro. 

V. 

Milans del Bosch, porta-pliegos del conde de Reus, llevaba 
todas sus condecoraciones y manifestaba en su apostura toda la 
hidalguía española. 

— Caballero,— dijo la dama, tendiendo su mano al brigadier; — 
aunque no os habéis hecho esperar demasiado, ya estaba impa- 
ciente por vuestra llegada. 

— Señora, no se pasa un momento de la hora y confieso que 
■el tiempo ha trascurrido lentamente; pero quedo indemnizado con 
el alto honor de estrechar una mano tan hermosa y poder mani- 
festar á la señorita Brown mi gratitud por su invitación. 

— Me es grato, — continuó Amalia, dirigiendo la palabra en len- 
gua inglesa á Patham, — saludar á un compatriota á una distancia 
tan grande de nuestro suelo. 

— Señora, yo me inclino respetuosamente ante esas palabras 
que traen á mi memoria los recuerdos de la patria, y mas cuando 
vienen de labios tan encantadores como los de la señorita Brown. 

— Caballero, — dijo la dama saludando cortesmente al oficial 
francés y adoptando su idioma, — los hijos de la Francia se distin- 
guen en todas partes por su galantería : estaba segura de que concu- 
rriríais á mi invitación. 

— Señora, tanta amabilidad me deja confuso y no encuentro 

11 — EL SOL DE MAYO. 



jg2 J UAN A - MATEOS 



palabras con que responder debidamente al honor que se me dis- 
pensa; cuando el corazón siente el labio enmudece 

L¿s porta-pliegos penetraron en el salón. Todo aquel lujo des- 
lumbrante, aquella juventud ataviada de oro y brillantes, en nada 
se diferenciaba de la exquisita sociedad europea. 

Aquellos hombres iban de sorpresa en sorpresa; protestaban 
contra los cuadros de costumbres nacionales que corren en los 
mercados de Europa, en que se nos pinta bajo el humilde techo de 
los jacales bailando el jarabe y con un traje de fantasía invento 
de los artistas del otro continente. 

El pensamiento de la conquista se iba desvaneciendo por gra- 
dos- no era posible tornar en esclavos, ni aun en colonos, a los 
miembros de una sociedad donde la civilización ha echado tan pro- 

fiiTlH IQ Y* /-l 1 f*. f" 1 ^ 

Los individuos de la familia desheredada de los conservadores 
se fueron acercando con dulzura á los enviados para explorar el 

Mi'lans del Bosch con la franqueza española que lo caracteriza, 
no pudo contener su entusiasmo. 

— ¡ Señores— decia en voz alta— estoy encantado de la socieaad 
mexicana! verdaderamente se hacia necesaria la revolución de re- 

f OTTYl fi 

Los conservadores hicieron un jesto tan unísono como los com- 
parsas de la ópera. 

_¡Oh' las mexicanas— decia el francés— son encantadora^, 
harían papel en nuestros salones de la aristocracia; el baile esta 

delicioso. '\ , . 

El ingles, con las gafas caladas, observaba los menores deta- 
lles de la fiesta y llevaba el compás de la música con el pie. 

—Yo m« felicito,— continuaba el brigadier— de estar entre los de 
mi raza : ¡ vive Dios ! que han hecho admirablemente al proscribir 
á los frailes y derribar los conventos; ¡en España nos contenta- 
mos con tan poco ! ¡ allí acabamos con los pájaros y los nidos! 

Los conservadores respiraban con dificultad, como los buzos al 
salir del fondo del mar. . , 

—Esta sociedad avanza; es una injusticia que se pinte a Mé- 
xico como una nación de bárbaros; ya voy creyendo que el sistema 
republicano es planta de este clima. 

Los conservadores sentían retortijones de tripas. 

—No hay duda —dijo el ingles— este es otro negocio diferente; 
es necesario ver antes de obrar. 

Los conservadores le lanzaron una mirada de basilisco. 

El baile había comenzado con gran entusiasmo y la fiesta 
estaba en todo su esplendor. _ 

—¡Nos hemos lucido ¡—decía el señor de Rodríguez. 

_Sí —decía otro individuo alto, seco y enjuto como una cule- 
bra disecada,— nos salió el huevo güero. 

—Estos enviados son demagogos, la cosa se tuerce. 

— Ya creo que está torcida. 

— ¡Qué engaño! 



EL SOL DE MAYO 163 



— ¡ Aprueban la supresión de los señores religiosos ! 

— ¡ Y la extinción de las monjas ! 

— ¡ Y la tirada de los conventos ! 

— ¡ Me he quedado estupefacto ! 

—No crea usted que estos hombres nos regeneren. 

— Estoy por volverme juarista. 

— Si estas son nuestras esperanzas, dentro de un año andamos 
de mosquete gritando: ¡mueran los mochos! 

— Afortunadamente Mr. de Saligny y Mr. Wyke están decididos 
á intervenir. 

— A menos que no se hayan atarantado con un espectáculo que 
no vale la pena. 

— Los millones de Jecker pesan en la balanza terriblemente. 

— Ya lo creo, les daríamos el doble por vernos libres de Juárez 
y su administración. 

VI. 

A la media noche toda aquella revuelta concurrencia afluyó co- 
mo un torrente de gasas, de brillantes y de flores al salón de re- 
fresco. 

El hirviente Champaña,- el Rhin, el Madera, el lácrima-cristi y 
cuantos vinos produce el suelo de la Europa, tantos fueron servidos 
en aquel espléndido banquete. 

Los brindis, las espresiones, las simpatías, los votos de amor 
y de amistad se mezclaban; así como los corazones en suspiros, y 
las almas en el fuego abrasador de las miradas. 

La señorita Brown tomó el brazo del brigadier español, v co- 
menzó á recorrer los salones, sosteniendo una empeñada conver- 
sación. 

— Ya sabéis, señora, — decia Milans del Bosch,— que mis ideas 
son enteramente progresistas; ignoro aún la suerte reservada á 
este hermoso país; pero sí me es fácil asegurar que es grave la 
empresa de derrocar el gobierno de la república. 

— Y en caso de que el pueblo acepte la idea monárquica, ¿no 
juzgáis razonable la resurrección del plan de Iguala en que se 
llama al trono á uno de los príncipes de la casa de Borbon? 

—Creo que es un negocio muy adelantado, puesto que la can- 
didatura recae en el príncipe don Juan. 

La joven sonrió con satisfacción. 

— ¿Y el general Prim se prestaría á sostener la candidatura? 

— El general se sujetará á lo que el gobierno de S. M. determine. 

— Y vos, señor brigadier, ¿pudierais asegurar al caballero 
Prim, que en México se acepta como una esperanza la llegada al 
solio de un español? 

— No he oido hasta ahora una sola palabra que pudiera servir 
de base á ese aserto. 

— Yo os lo aseguro; llevo algún tiempo de estar en la capital 
y he visto el ascendiente que encuentra ese pensamiento. 

— No veo muy claro en este negocio; los aliados no están de 



16 4 JUAN A. MATEOS 



acuerdo como era de desearse, y temo que la convención termine el 
dia menos pensado. 

— Pero ia España seguirá por su propia cuenta. 

— No alcanzo nada, señorita, hay un velo tendido delante de 
nuestros ojos, que el tiempo se encargará de descorrer. 

Amalia sabia cuanto pudiera desear y hasta donde la reserva 
del brigadier era lícito manifestarse. 

Habló después con' los enviados de la gran Bretaña y de la 
Francia, los cuales sabian menos que Milans del Bosch. 

La joven se introdujo en los círculos con aquel tacto político 
que le era peculiar. 

Comprendió que las ideas manifestadas por los enviados no 
satisfacían á los conservadores, que deseaban á todo trance el 
derrumbamiento de la República. 

Amalia no cesaba de infiltrar la idea de la legitimidad sobre 
el plan de Iguala y parecía ser aceptada, puesto que era la bandera 
que hasta entonces podia levantarse y el principio proclamado con 
mas éxito entre los partidarios de la monarquía. 

Amalia era de una rara capacidad, su posición brillante por 
sus riquezas podia formar un núcleo respetable que sirviera de 
palanca á sus pretensiones. 

La joven estaba ufana y recorría los salones obsequiando á sus 
convidados con esquisita galantería. 

La noche avanzaba en el vértigo del baile, hasta que la etiqueta 
pugnando con el sentimento del placer, comenzó á arrebatar hoja 
por hoja de aquel florido ramillete. 

Desocupáronse los departementos, las luces se extinguieron, cesó 
la música y no quedó de aquel festín sino la memoria. 

Luego que Amalia quedó sola en su aposento, se despojó de sus 
brillantes arreos, y á pesar de que ya la mañana comenzaba á so- 
breponerse á las sombras de la noche, se puso á despachar su corres- 
pondencia para Europa. 

Después se reclinó en su lecho, y llevando sus manos al cora- 
zón exclamó con la voz concentrada del que padece: 

— ¡Fernando!... ¡Fernando!... ¡cuánto te amo!... 



CAPITULO IX. 

De la primera plática que tuvieron los señores de la liga con los 
descendientes de Moctezuma "en el pueblo de la Soledad. ,, 

I. 

La actitud del gobierno mexicano se marcó de una manera digna 
y enérgica desde sus primeros pasos. 

Los aliados notificaron que marcharían á la zona templada, sin 
que se entendiera este movimiento hecho en son de guerra. 

Juárez respondió que no permitiría el paso á las fuerzas alia- 



EL SOL DE MAYO 1G5 

das; que si venían en pos de sus reclamaciones, pasasen á Orízava 
los delegados con una escolta y entraría en pláticas después que los 
ejércitos de la liga se reembarcasen. 

Los plenipotenciarios contestaron que su resolución era irrevo- 
cable, pero que deseando evitar un rompimiento, invitaban al gene- 
ral Doblado, ministro de Relaciones, á una conferencia. 

Esta idea fué aceptada, y el diez y nueve de Febrero del año de 
1862 se reunieron en el pueblo histórico de la Soledad el general Do- 
blado y don Juan Prim, conde de Reus, marques de los Castillejos. 

La conferencia sé celebró en un edificio de manipostería que está 
á un costado de la iglesia y que buscan los viajeros como un lugar 
de terribles memorias. 

Los dos hombres de Estado se hallaban frente á frente; y de 
aquella conferencia estaba pendiente el inundo entero. 

Iban á chocar dos nubes que producirían el rayo. 

— Caballero, — dijo el conde de Reus, — la liga trae un pensamien- 
to civilizador, la enseña de la paz en medio de la catástrofe de la 
guerra intestina que devora este hermoso país: cualesquiera admi- 
nistración bajo la forma elejida por el pueblo, tendrá un apoyo en 
nuestras armas, las armas de la Europa. 

— Señor general, los informes que los soberanos de Europa han 
recibido acerca de la república, están minados por la base donde 
debe descansar ese pensamiento verdaderamente generoso; falta por 
completo la exactitud; la sinopsis política y administrativa podrá 
dar una idea clara á V. E. de mi aserto. 

—Ya os escucho, señor ministro. 

— Los Estados todos que forman la Confederación, sin exceptuar 
un solo pueblo, se hallan sometidos á la legitimidad del gobierno y 
viven bajo el amparo de la constitución. 

— Permíteme S. E. el señor ministro le manifieste la idea que so- 
bre esa sumisión tienen los representantes de la liga. El numeroso 
ejército con que cuenta el presidente Juárez tiene oprimida á la gran 
mayoría de la nación. 

— Precisamente ha sido ese el objeto de la revolución reformista, 
acabar con un ejército corrompido, foco desmoralizado de donde 
han partido todas nuestras disensiones domésticas, y sustituirlo con 
la guardia nacional y un pié veterano sumamente escaso; note ei 
señor conde de Reus, que descubro en estos momentos y ante su re- 
conocida caballerosidad, el secreto de nuestra situación en la guerra 
que se prepara. 

El generoso marques tendió su mano al general Doblado. 

— Estas pequeñas fuerzas, — continuó el ministro, — son suficien- 
tes para mantener el orden en las poblaciones; los Estados todos 
están en plena paz, sus legislaturas instaladas y sus gobernadores 
dispensando las leyes en un reposo completo; jamas la república se 
encontró mas en calma', apelo al dicho de Mr. Wyke y del señor Sa- 
ligny que se distingue por su odio á México; así es que el apoyo físi- 
co y moral que la Europa trata de dispensar á la República, no surti- 
ría efecto alguno. Esta exposición franca, como versa sobre una 
cuestión pública, no necesita mas demostración. Siendo el principal 



1GG JUAN A. MATEOS 



objeto de la Europa sus reclamaciones, necesitamos establecer un 
precedente en esta conferencia; reconozca la liga la legitimidad del 
gobierno de Jaurez y entraremos de plano en la apreciación de sus 
quejas para dejarlas por completo satisfechas, como desea ardiente- 
mente la República, que quiere evitar á todo trance una guerra 
con naciones á quienes siempre ha considerado como sus mejores 
amigas. 

— El señor ministro tendrá la bondad de proponerme la redacción 
del primer artículo de los preliminares. 

El general Doblado tomó la pluma y escribió : 

«Supuesto que el gobierno constitucional que actualmente rige 
en la república mexicana, ha manifestado á los comisarios de las 
potencias aliadas que no necesita del auxilio que tan benévolamente 
han ofrecido al pueblo mexicano, pues tiene en sí mismo los elemen- 
tos de fuerza y de opinión para conservarse contra cualesquiera re- 
vuelta intestina, los aliados entran desde luego en el terreno de los 
tratados, para formalizar todas las reclamaciones que tienen que 
hacer en nombre de sus respectivas naciones.» 

Esta redacción tan diplomática en que no se hería susceptibili- 
dad alguna, fué aceptada por el general Prim. 

— Como hemos anunciado á nuestra llegada al suelo mexicano en 
nuestra proclama, y posteriormente en la nota colectiva, que venía- 
mos á presenciar la regeneración del país y apoyarla con nuestra 
influencia, física y moralmente, y aparece ahora por el primer artí- 
culo de los preliminares que reconocemos como la expresión de la 
voluntad del pueblo al gobierno existente, deseo que á todo trance 
conste que nunca tuvimos ideas de conquista, ni ese fué el pensa- 
miento de la convención de Londres. 

— El señor general Prim está en su derecho y constará cuanto 
á ese respecto desee el señor conde de Reus. 

—Como el expediente ele las reclamaciones que cada una de las 
naciones de la liga tiene que presentar al gobierno de México sea 
motivo de un examen detenido, abriremos las conferencias dentro 
de dos meses, á partir desde esta fecha. 

— El señor conde determine como le parezca, — dijo el ministro 
mostrando una gran deferencia. 

¿Qué importaban las concesiones en el arreglo de los negocios, 
después de arrancar á la Europa aquella prenda inestimable que 
volvía girones el pacto tripartito? 

— V. E. redacte el artículo como lo estime mas conveniente. 

El conde de Reus tomó á su vez la pluma y escribió : 

((Artículo segundo. Al efecto, y protestando como protestan los 
representantes de las potencias aliadas", que nada intentan contra la 
independencia, soberanía é integridad del territorio de la repúbli- 
ca, se abrirán las negociaciones en Orizava, á cuya ciudad concu- 
rrirán los señores comisarios y dos de los señores ministros del go- 
bierno de la república, salvo el caso en que de común acuerdo se 
convenga en nombrar representantes delegados por ambas partes.» 

— Perfectamente, — djio Doblado, — nada tengo que objetar al pen- 
samiento ni á la redacción; pasemos al artículo tercero. 



EL SOL DE MAYO 107 

«Durante las negociaciones las fuerzas de las potencias aliadas 
ocuparán las tres poblaciones de Córdova, Orizava y Tehuacan con 
sus radios naturales.» 

— Señor ministro, — dijo Prim,— en el terreno de la caballerosi- 
dad jamas dejo la arena á mi enemigo: permítame V. E. que escriba 
el artículo que atañe á mi lealtad y á mi hidalguía. 

— Como mas cuadre á V. E. — contestó Doblado. 

Prim escribió violentamente : 

((Artículo cuarto. Para que ni remotamente pueda creerse que 
los aliados han firmado estos preliminares para procurarse el paso 
de las posiciones fortificadas que guarnece el ejército mexicano, se 
estipula que en el evento desgraciado de que se rompiesen las nego- 
ciaciones, las fuerzas de los aliados desocuparán las posiciones antes 
dichas, y volverán á colocarse en la línea que está delante de dichas 
fortificaciones, en rumbo á Veracruz, designándose como puntos ex- 
tremos principales el de Paso Ancho en el camino de Córdova y Paso 
de Ovejas en el de Jalapa.» 

((Artículo quinto. Si llegare el caso desgraciado de romperse las 
negociaciones, y retirarse las tropas aliadas á la línea indicada en 
el artículo precedente, los hospitales que tuvieren les aliados, que- 
darán bajo la salvaguardia de la nación mexicana.» 

— Perfectamente, señor general, solo resta un último artículo 
como deducción de estos convenios. 

— No alcanzo lo que quiere decir el señor ministro. 

— Voy á explicarme : como estos preliminares varían del todo la 
situación, y el reconocimiento del gobierno constitucional reputa á 
los aliados como plenipotenciarios de naciones amigas, debe tenerse 
la permanencia de las fuerzas de la liga en el territorio como mera- 
mente accidental. Propongo esta última condición : 

— ((Artículo sesto. El dia en que las tropas aliadas emprendan su 
marcha para ocupar los puntos señalados en el artículo segundo, se 
enarbolará el pabellón mexicano en la ciudad de Veracruz y en el 
castillo de San Juan de Ulúa». 

— Caballero,-- dijo con entusiasmo el conde de Reus, — sois un 
buen hijo de México; los hombres de nuestra raza estiman como 
ninguno la honra de su patria, que está por cima hasta de la exis- 
tencia, porque ella es la religión de las almas generosas. 

Aquellos dos hombres se separaron para no reunirse jamas en 
el tránsito de la vida. 

El destino les tenia reservada una existencia dolorosa y terrible. 

¡ El conde de Reus, proscrito, calumniado, quemado en estatua 
por sus implacables enemigos, y viendo á lo lejos á esa España tan 
querida, cuyo suelo ha regado tantas veces con su sangre !... Podrán 
desconocer sus títulos, borrarlo del libro del ejército español, ne- 
garle una tumba en la tierra que lo vio nacer; ¡ pero no alcanzarán 
á eclipsar las glorias de su claro nombre conquistado en los campos 
de batalla !... 

Don Manuel Doblado, firme campeón de la independencia mexi- 
cana, se amparó mas tarde en el suelo extrangero, donde descan- 
san sus restos mortales en una olvidada tumba del cementerio cató- 
lico de la Piedad en los Estados Unidos. 



168 JUAN A. MATEOS 



II. 

Los preliminares de la Soledad fueron ratificados por el presi- 
dente Juárez y por los enviados diplomáticos representantes de la 
Europa. 

El pabellón nacional volvió á tenderse sobre el Caballero Alto 
de Ulúa y palacio nacional de Veracruz, saludado por la marina ex- 
trangera y el ejército desembarcado en son de guerra en el terri- 
torio de la patria. 

El tratado de Londres habia abortado. 

Saligny y Wyke, que no tenían mas punto objetivo que los gran- 
des intereses pecuniarios confiados á su guarda, creyeron que la Re- 
pública se habia estremecido de pánico al ruido de las armas, y que 
teniendo sobre su cabeza la espada de Damocles, se prestaria á en- 
tregar sus tesoros sobre las llamas de ese tormento que se llama 
guerra en la fraseología del siglo XIX. 

¡ Olvidaron los proyectos de la Europa, proscribieron la monar- 
quía, quemaron todos aquellos protocolos de acusaciones contra 
México, retiraron sus ofensas, corrigieron el lenguaje innoble usado 
hasta entonces con la República, y prosternados ante la solemne 
majestad de un pueblo, confesaron su derecho y trazaron el estigma 
de la vergüenza y del oprobio sobre la frente de la vieja Europa en 
sus sueños insensatos de conquista!... 

Un grano de arena atravesado en la ampolleta del reloj detenia 
la medida del tiempo. 

La Europa estaba vencida, y ese pacto nefando quedaba en la 
historia como un último rasgo de la barbarie de otros siglos. 

Partió el vapor llevando al viejo continente la noticia de su de- 
rrota en el campo de la diplomacia. 

Las máquinas galvanizadas del telégrafo se preparaban á dar 
el gigante aviso de la rendición de México, y comunicaron con es- 
panto la terrible nueva que envolvía esa cifra que se llama los pre- 
liminares de la Soledad. 

Un rayo venido por aquellos alambres hubiera causado menos 
efecto; los tres soberanos desaprobaron unánimemente la conducta 
de sus enviados. 

¡Mientras atravesaba las soledades del océano aquella soberana 
reprobación, el volcan de la liga que momento á momento presen- 
taba los síntomas determinados de una catástrofe, hizo al fin su 
erupción al pié del gigante Orizava!... 



CAPITULO X. 
De lo que suele hacer Dios en su laboratorio químico. 



La tarde del 6 de Marzo de ese año memorable de 1862, la her- 
mosa ciudad de San Andrés Chalchicomula recibia con grandes 



EL SOL DE MAYO 1G9 

muestras de regocijo á la brigada de Oajaca, que habia cosechado 
tantos laureles durante la guerra civil defendiendo la causa de la 
libertad y de la reforma. 

Las campanas repicaban alegremente, las músicas militares to- 
caban sones marciales, y las detonaciones de los cohetes poblaban 
el espacio, formando aquella confusión un todo de simpatía y entu- 
siasmo. 

Durante el corto intervalo de la llegada de las escuadras extran- 
geras, á la fecha del 6 de Marzo, podia contarse una nueva era en el 
ejército republicano. 

El general Uraga, en jefe del ejército, habia desplegado en los 
primeros dias una grande actividad en los preparativos de la gue- 
rra, que auguraban una defensa sangrienta y vigorosa. 

Luego que se celebraron los preliminares, toda la fé de aquel 
hombre desapareció como una luz que se apaga. 

El general comenzó á tener intimidad con los aliados y á confe- 
sarse vencido antes de entrar en la lucha. 

Decia públicamente, que su honor le mandaba morir al pié de 
sus banderas, pero que juzgaba inútil toda defensa, porque las ar- 
mas de la liga eran omnipotentes. 

Estas palabras introducian la desmoralización en el ejército; 
porque un general en jefe es un gran centro de luz; si los rayos los 
emite con claridad, todo es irradiación de entusiasmo; pero si los 
desprende opacos, las sombras se hacen mas terribles y pavorosas. 

Aquella conducta no era un misterio. 

• En una junta de guerra en que se emitieron tales ideas, el ge- 
neral Zaragoza contestó con aquella sencillez republicana que acom- 
pañaba siempre los conceptos del bravo militar. 

— Señores, — dijo — yo no soy soldado, ni sé opinar en juntas de 
guerra; sigo las inspiraciones de mi conciencia, ella me manda sa- 
crificarme por mi patria y yo pelearé hasta el último momento. 

Zaragoza fué nombrado general en gefe del ejército de Oriente. 

Hay almas que tienen el privilegio de alentar el espíritu abatido, 
de encender la viva llama del heroísmo hasta en los pechos mas vul- 
gares, de alentar el ánimo contristado hasta llevar al hombre sereno 
delante de la muerte. 

Esos hombres tienen la duración del relámpago; pero alum- 
bran un siglo y una civilización. 

El nombre de Zaragoza llevó la alegría á los campamentos, y 
aquel hombre fué el ídolo, la admiración fanática de sus soldados 
y mas tarde de un pueblo entero. 

II. 

La brigada de Oajaca atravesaba marcialmente las calles de 
San Andrés Chalchicomula en una ostentación de orgullo; porque 
aquellos soldados eran la vanguardia del ejército, los que recibirían 
el alto honor de batirse los primeros, una vez rotas las hostilidades. 

— Hasta hermosos me parecen estos Oajacos,— decía Felipe Cue- 
vas: — ¡qué bien llevan sus armas! ¡son los vencedores de Pachuca 
y Jalatlaco ! 



1*0 JUAN A. MATEOS 



— La oficialidad es de primera, — contestó González, — con esta 
brigada me arriesgaría á. esperar á los franceses, y eso que siempre 
les tuve algo de temor; en México, porque me llevaban las cuentas 
de los pasteles, y aquí por sus piezas rayadas; no obstante, creo que 
podia llegar á héroe cuando se me antojara. 

— En los Estados Unidos han brotado las capacidades guerre- 
ras en los momentos de estallar la guerra civil; digalo Mac Clellan 
y otros cuyos nombres no recuerdo. 

— Sobre tudo, — repuso Santiago, — si arman á los mil monos que 
viste en la casa de fieras. 

— Siempre estás de broma, te has vuelto un fastidioso de cuenta. 

— ¡Demonio! — gritó Santiago, — los músicos tocan los cangrejos; 
esa sonata sí que me entusiasma, soy capaz de... 

— ¿De qué? 

— De cantarlos. 

— La hazaña es de lo mejor. 

No se trata de pelear en estos momentos. 

— Creo que sería lo mismo, — dijo con sorna Felipe. 

Entonces Santiago González, picado por la broma, tendió su 
mano al estudiante y le dijo con tono serio: 

— Juro que estaré en el primer encuentro con el enemigo, y de 
no perder la vida, continuaré simpre en las primeras filas. 

Felipe le estrechó la mano y le dijo á su vez : 

.—Te tomo la palabra, ¡pelearemos hasta morir! 

— ¡Lo juro delante de esa bandera! 

En esos momentos atravesaba uno de los cuerpos llevando su es- 
tandarte acribillado por la metralla. 

Los amigos se descubrieron respetuosamente y volvieron sus 
ojos hacia la enseña sagrada, símbolo misterioso en que se encierra 
el pensamiento de la libertad de un pueblo. 

III. 

En uno de los ángulos de la plaza estaban tres hombres de fi- 
sonomía vulgar, con todo el aire de comerciante, y que presencia- 
ban como todo el vecindario el desfile de las tropas. 

— No hay duda, estas gentes se preparan y nuestros negocios se 
empeoran día á día. 

— No bastaba esa infame transacción de los Preliminares. 

— No han conocido estos majaderos que el ministro Doblado lo 
que ha querido es aplazar la cuestión para ponerse en guardia, 
cuando hubiera sido tan fácil batir en detall estas fuerzas. 

— Lo peor es que nada conseguirán, porque el gobierno de Juá- 
rez no hará concesión alguna. 

— Es preciso confesar que son hábiles estos mexicanos para el 
enredo. 

— El ejército está montado perfectamente, y muy lejos de ser 
chusma desordenada y sin disciplina. 

— Todos los informes han sido enteramente falsos. 

— ¡ Ira de Dios ! 



EL SOL DE MAYO 171 

— Tras el primer fracaso vendrá la derrota. 

— Es segura, amigos mios, ya veis que estos diablos de ingleses 
no traen mas tropa que la de marina. 

— Siempre han sido de mala fé. 

— La convención está rota y todo se lo lleva el demonio. 

— Nos hundimos en la catástrofe europea. 

— Entremos, que tengo algo que comunicaros. 

Los tres personages llegaron al reducido aposento de una de las 
casas que les servian de alojamiento. 

— Señores, — dijo el conde del Jaral,— el almirante Jurien de la 
Graviére me ha enviado para observar la posición que guarda el 
enemigo; porque está dispuesto á romper los preliminares y aceptar 
de lleno la situación. 

Wask y Manzanedo le vieron con asombro. 

— Lo dicho, caballeros, Saligny y la Graviére han reflexionado 
lo mal que han hecho al aceptar los preliminares y piensan no lle- 
varlos al cabo. 

— ¿Y sus firmas? 

— Eso es bien poco. 

— ¿Y su palabra? 

— ¡ Qué importa ! 

— ¿Y su carácter de plenipotenciarios? 

— En política no hay palabra ni compromisos, ni dignidad, ni 
juramentos. 

— Eso es otra cosa, confieso que no estoy tan adelantado en la 
ciencia. 

— Los hombres son obstáculos ó medios, la sangre no mancha. 

— Estáis terrible, señor conde. 

— Es mi estado normal. 

— La teoría es bellísima. 

— La práctica no lo es menos. 

— Querría probaros, — dijo \Yask. 

— Me sería fácil. 

— No lo creo. 

— No sois capaz de llevar como yo uno empresa hasta su reali- 
zación. 

— Puede ser que sí, señor conde. 

— Pongámonos á prueba. 

Manzanedo seguía con toda atención los movimientos de aque- 
llos dos seres lanzados al camino tortuoso de la política, en la de- 
mencia de los intereses personales. 

El secretario del conde de Morella no tenia un corazón tan co- 
rrompdo como sus compañeros, las escenas de sangre de la guerra 
Carlista no habían agotado la fuerza de sus sentimientos; pero es- 
taba próximo á lanzarse por esa via desesperada. 

Todo su porvenir se concentraba en un solo punto, llegaba á la 
cúspide de su fortuna y temia caer de tan grande altura. 

¡Pobre alma acongojada con sus pesadillas de ambición y de 
riqueza ! 

Manzanedo estaba ya complicado en los grandes crímenes de 
sus colegas, con ellos dividiría hasta el cadalso. 



172 3UAN A. MATEOS 



Wask y don Fernando habían entrado en todas las combinacio- 
nes, llevaban el peso de la gigante empresa y no habría crimen que 
no arrostrasen por llegar al término de su camino, mientras la ma- 
no justiciera de Dios no le marcase el hasta aquí á una existencia 
encadenada al espíritu mortífero y pestilente del crimen. 

Wask y don Fernando continuaban en sus manifestaciones sa- 
crilegas. 

— Yo veria morir tranquilo á todos esos hombres que atraviesan 
con tanta arrogancia las calles de esta población; si la vida de to- 
dos ellos se reuniera en un solo hilo, lo cortaría con la sonrisa eu 
los labios. 

— ¡ Disparate ! 

— Hay cosas que no son posibles, pero... 

— ¿Y si yo os propusiera un medio? 

— Lo aceptaría sin oponer obstáculo alguno. 

— Pensadlo bien, señor conde del Jaral. 

— Por pensado, caballero. 

— Si vos ejecutáis mi pensamiento yo os ofrezco que~caerá la 
cabeza que me señaléis. 

— Como acepto desde luego cuanto me propongáis, por terrible 
que sea, de antemano os señalo la frente que debéis herir. 

— Hablad, don Fernando. 

— Pensadlo vos. 

— No me conocéis aún. 

— Pues bien, el único hombre que me inspira terror; el único que 
juzgo capaz de luchar con éxito y darnos un golpe de muerte es... 

—No temáis, señor conde, pronunciad el nombre que equivale 
á una sentencia desesperada. 

— Pues bien, oídlo : el general Zaragoza. 

Wask se estremeció, su semblante se puso lívido como el de un 
sentenciado; sus ojos rodaron por sus órbitas inmensamente abier- 
tas y su aliento se paralizó. 

El conde del Jaral lanzó una carcajada horrible. 

Aquella risa del infierno hizo volver en sí al arrojado aventu- 
rero. 

— Está dicho, — exclamó con su despecho concentrado, — el gene- 
ral Zaragoza morirá á mi mano, vos señalareis la hora, espero vues- 
tras órdenes. 

Manzanedo dio una mirada oblicua á aquel ser deforme y abo- 
minable. 

—Ahora me toca mi turno, — dijo Wask. 

—Ya os escucho. 

— Oid con atención : toda esa fuerza que os ha causado espanto, 
porque compromete altamente nuestros intereses con su avance 
sobre nuestras posiciones, se aloiará en un solo edificio. 

—¿Y bien? 

— Los carros del parque quedarán en el mismo edificio. 

El conde á su vez se estremeció. 

— ¿Palidecéis? señor conde. 

— Sí, de orgullo, vuestra cabeza está mas bien organizada que 



EL SOL DE MAYO 173 

la mia, comprendo vuestra idea, no necesitáis añadir una palabra. 

Manzanedo estaba trémulo, confuso; aquella conversación le 
parecía inspirada por Satanás. 

— Lo dicho, señores,— exclamó Wask. 

— Lo dicbo, — contestó sombríamente el conde del Jaral. 

IV. 

Hacia el lado izquierdo de la carretera que va de México á Vera- 
cruz, en un desvío de cinco leguas y media partiendo del pueblo de 
Quecbola y caminando al norte de las cumbres de Acultzingo, se en- 
cuentra la ciudad de San Andrés Chalchicomula. 

Esta población es una de las mas interesantes del Estado de Pue- 
bla por el número de sus habitantes, que asciende á ochenta mil, y 
por los ricos productos de las haciendas que la circundan. 

Allá en tiempo de nuestros mayores, cuando la mano del go- 
bierno servia de apoyo á las leyes canónicas y preceptos eclesiásti- 
cos, y todo buen cristiano pagaba los diezmos y primicias, los colec- 
tores se enriquecían con las pingües rentas de San Andrés Chalchi- 
comula. 

El clero necesitaba un ediñcio para depositar los granos y edi- 
ficó un depósito magnífico en una de las calles de la ciudad. 

Inmensas galeras ó trojes eclesiásticas se dispusieron para ate- 
sorar la contribución católica, y aquella oficina valia mas que la 
que siempre, se ha llamado tesorería de la nación. 

El edificio, en el cual la arquitectura no habia tomado parte en 
sus cuestiones de lujo, era sombrío como todos los de su especie, 
estaba reducido á ser una arca de piedra, y el arquitecto habia com- 
prendido la idea á las mil maravillas. 

Tres siglos las hormigas cristianas guardaban el grano de las 
cosechas, hasta que al pueblo se le antojó desprenderse de la coac- 
ción civil y derogar el célebre mandamiento de la Iglesia que se re- 
gistra en las tablas canónicas. 

Los almacenes menguaron como era natural: porque los católi- 
cos hacendados lo eran en tanto que se los mandaba el señor juez 
de letras en son de autoridad. 

Creyeron los propietarios que salia muy cara la religión y que 
era mejor y mas barato ser católico á secas, es decir, gratis. 

Los colectores menguaron en fortuna, y abandonando su tono 
de jueces eclesiásticos se tornaron en mendicantes humildísimos 
para atrapar cabe la primera oveja y el primer tercio de trigo á 
la puerta de las fincas rústicas. 

Vino la segunda oleada de la reforma con una furia descono- 
cida, y se llevó no solo al susodicho mandamiento, sino á los frailes 
y colectores, apoderándose hasta del edificio que volvió al poder de 
la nación, donde si no habia estado, por lo menos debia estar. 

Aquel asilo del grano se convirtió en cuartel. 

Hay quienes digan que los colectores son peores que los solda- 
dos, pero esa es una opinión como otra cualquiera. 

El hecho es que menos perdió la Iglesia que los mayordomos y 
administradores. 



174 JUAN A. MATEOS 



Volvamos al asunto de nuestro capítulo. 

La bizarra tropa de Oajaca se alojó en la Colecturía de San An- 
drés Chalchicomula, donde había almacenada una gran cantidad de 
parque, que por orden de la autoridad y para evitar un accidente, 
se mandó extraer de los almacenes y poner en carros que estaban 
á la puerta del edificio. 

Tres batallones se alojaron en la Colecturía. 

El soldado mexicano marcha á campaña con su familia, y así 
vemos ir en pos de los regimientos un número considerable de mu- 
geres y de niños formando una caravana, alegre las mas veces y 
otras en una marcha trabajosa que lastima el cerazon. 

La Colecturía se llenó instantáneamente de fogatas para prepa- 
rar el rancho, y las mujeres encendieron luminarias para guisar. 

El aspecto del patio y los corredores era sumamente agradable; 
grupos de soldados dando broma á las cantineras, niños corriendo 
por los corredores, los carreros desata laj ando, los habilitados repar- 
tiendo el prest, y los rancheros el pan y las semillas. 

La oficialidad se apoderó por derecho de conquista de las mejo- 
res piezas. 

En cada ángulo, en cada pilar se improvisaba una tienda de fa- 
milia, y hasta debajo de los carros se oian las pláticas y carcaja- 
das de los soldados. 

Daban las siete de la noche, y según las reglas de los militares 
en campaña, se tocó la retreta y se pasó lista en las compañías. 

Los soldados respondían con voz sonora cuando escuchaban sus 
nombres, después se escuchó un viva á la^ independencia, y toda 
aquella turba guerrera se entró en sus cuadras á reposar del can- 
sancio, pues habían salido ya muy avanzado el dia de la Cañada 
de Istapa. 

Aquel zumbido como el de las abejas se fué apagando, las hogue- 
ras se extinguieron y el aire de la noche arrebataba las cenizas y 
últimas chispas de las fogatas. 

Poco después todo aquel pueblo dormía tranquilamente y 'solo 
se escuchaba por intervalos el grito de «¡centinela, alerta!» 



Entre las personas que el comandante militar habia comisiona- 
do para la extracción del parque, habia un individuo conocido de 
nuestros lectores; ese hombre habia procurado desbaratar algunas 
paradas é insensiblemente se formó un reguero de pólvora que co- 
municaba como un hilo de muerte al almacén y los carros que esta- 
ban en la calle. 

La operación era arriesgadísima, una de las chispas de las lu- 
minarias podría producir el incendio y don Fernando quedar se- 
pultado entre los escombros del edificio. 

No obstante, el valor á toda prueba del conde y su idea de des- 
moralizar el ejército con una catástrofe, le prestaban el aliento de 
Satanás. 

Revisó atentamente si no habia solución de continuidad en el re- 



EL SOL DE MAYO 175 

güero, deshizo algunos cartuchos mas á la entrada del almacén y 
se dirigió á la calle donde estaban los carros. 

Acercóse al mas inmediato, y poniendo entre dos cajones un 
mechero de cera, lo encendió procurando ocultar la luz con el toldo. 

Aquella mecha fatal debia producir á los pocos minutos el in- 
cendio, que se comunicaria rápidamente con el almacén. 

El conde del Jaral se alejó precipitadamente; llegó jadeando á 
su alojamiento y dijo á Wask y Manzanedo : 

— Huyamos, ¡ tenemos muy cerca la muerte ! 

Sin dar mas explicaciones montó á caballo y seguido de sus com- 
pañeros se alejó por el camino de la Cañada á esperar el resultado 
de su audacia y de su valor. 

— Las ocho y doce minutos, —dijo el conde, viendo su reloj á la 
luz de su habano. 

VI. 

El proyecto infame de don Fernando se realizó tal como lo habia 
concebido. 

La mecha de cera incendió la madera del cajón y la pólvora 
estalló con horrible furia. 

Comunicóse el fuego á la pólvora del reguero, y una llama ins- 
tantánea atravesó el patio y se introdujo en el almacén. 

Aquel inmenso depósito hizo una explosión como la de un 
volcan. 

La tierra se estremeció en el espacio de cinco leguas. 

La detonación fué horrible. 

El edificio saltó en pedazos, y los techos y las piedras y los 
restos humanos se esparcieron por el espacio acompañados de un 
grito de agonía inolvidable. 

Escuchóse una segunda detonación aun mas terrible que la pri- 
mera. 

La cólera del cielo tronaba sobre aquella ciudad infortunada. 

Esta detonación prolongada era producida por los proyectiles 
cuyas espoletas se incendiaron y reventaban en el aire y caian en 
los techos de las casas haciendo un estrago terrible. 

Pocos momentos después y cuando ya habia pasado la impre- 
sión del momento, la ciudad en masa ocurrió al sitio de la catás- 
trofe. 

El fuego continuaba devorando los escombros del edificio y casas 
contiguas. 

Todo habia desaparecido, nada quedaba ya de aquel pueblo 
alojado en la Colecturía. 

Oíanse lamentos terribles, gritos desesperados y voces pidiendo 
misericordia. 

Habia soldados que escapando de una muerte momentánea, 
sufrían las penas del infierno, al consumirse en sus miembros los 
vestidos, con el fuego de la pólvora. 

Entonces comenzó á desplegarse una escena de heroísmo : la 
población de San Andrés se lanzó sobre los escombros á socorrer á 



176 JUAN A. MATEOS 



los desgraciados, y atravesando por las maderas incendiadas saca- 
ban á los soldados, á las mujeres y á los niños, con un valor 
digno solo de aquellos momentos en que Dios y la humanidad pre- 
senciaban aquel desastre espantoso. 

Pasóse la noche en ese tráfago sombrío y la luz del sol vino á 
alumbrar tan deforme escena. 

Cuerpos mutilados, miembros descompuestos y calcinados, ca- 
bezas negras y ensangrentadas, girones abrasados, cadáveres de 
niños y de mujeres teniendo en el rostro la espresion de la agonía 
desesperada. 

Nadie hubiera podido reconocer á un padre ni á un amigo. 

Aquel montón de cenizas y troncos mutilados era uno de aquellos 
recuerdos sombríos en que el hombre encuentra la cifra de su ser 
y el secreto terrible de su existencia. 

VIL 

La población se vistió de luto y tomó un aspecto lúgubre como 
el de una virgen á quien sacudiese sus alas el espíritu de la des- 
gracia. 

En las calles no se veian mas que fogatas de diez en diez varas 
haciendo fumigaciones higiénicas; los cadáveres estaban tendidos 
en las banquetas. 

Los habitantes estaban encerrados en sus casas, unos para llo- 
rar las pérdidas que habían sufrido, y otros para no presenciar los 
espectáculos de horror en la inhumación de los cadáveres practi- 
cada en los escombros de la Colecturía. 

Los carros cargados con los restos mutilados atravesaban por 
las calles, emponzoñando la atmósfera con los miasmas y exa- 
laciones. 

El aire era tan fétido, que los transeúntes llevaban los pañuelos 
empapados de vinagre para evitar el contagio. 

Las casas contiguas á la Colecturía estaban en ruinas y sus 
paredes manchadas de sangre. 

Mas de quinientas personas de la población habían sucum- 
bido. 

He aquí la espantosa cifra que arroja esa catástrofe, una de 
las mas notables habidas en América durante los sesenta y dos años 
corridos del siglo XIX. 

¡ De mil trescientos veintidós soldados, se salvaron ciento vein- 
tiocho! 

Perecieron cuatrocientas setenta y cinco mujeres de los sol- 
dados, treinta y tantas vendimieras que estaban dentro del edifi- 
cio; el número de los niños no puede saberse con exactitud. 

El general Zaragoza recibió el parte, y las manos de ese hom- 
bre tan valiente no pudieron sostener aquella carta fatal en que 
se le anunciaba la muerte de sus soldados mas queridos. 

¡ Agitado, lleno de pesadumbre, montó en su caballo y se dirigió 
á escape seguido de su estado mayor al lugar de la catástrofe, 
como si sus secretas lágrimas pudieran volverles la existencia á 



EL SOL DE MAYO 177 

aquellos valientes que lo habían acompañado tantas veces y á 
quienes había saludado victoriosos en la arena de los combates! 



CAPITULO XI. 

De cómo el destino es una especie de serpiente que atrae á los hombres 
como á un pajarillo. 

I. 

Doña Blanca de Montemolin continuaba en su ostentación de 
lujo y de riqueza bajo el nombre de Amalia Brown, y sus tertulias 
estaban de moda. 

El mundo elegante concurría á los continuos saraos y doña 
Blanca era la reina por la galantería y la belleza. 

Aquella sociedad no adivinaba tras la mirada ardiente de la 
joven una existencia amarga y desconsoladora, no veía tras de la 
sonrisa encantadora de aquella mujer, que su alma se moria de pe- 
sares y de tristeza. 

Solo el fuego siempre encendido de la ambición sostenía á ese 
espíritu, sobre el cual tendía sus alas el genio de las sombras y 
de la muerte. 

Doña Blanca estaba profundamente enamorada de don Fer- 
nando y herida por la burla del conde al escaparse de su casa. 

La reacción de aquella terrible cólera era una oleada de pasión 
inmensa. 

Perdonaba á su amante el haberla engañado, encontraba en la 
situación de quiebra y bancarrota, el por qué de aquella negra 
ingratitud, y sin querer soñaba en el iris desvanecido de su espe- 
ranza. 

Todo lo que rodeaba aquella situación era tristísimo: ya he- 
mos dicho que ni Cabrera ni don Juan de Borbon consentirian en 
el enlace de doña Blanca; pero la fatalidad arrastra siempre el co- 
razón hacia el abismo de lo imposible. 

La desgraciada joven, presa de las contrariedades y dotada de 
una alma indomable sufria un tormento terrible. 

Habia acabado por entregarse en brazos de su destino sin pro- 
curar defenderse; pero con el ánimo de hacerse terrible en un mo- 
mento de desesperación y orgullo. 

Solo un lado vulnerable quedaba en aquel corazón tan comba- 
tido, y era el de la ambición, foco de sus aspiraciones y punto 
objetivo para la realización de todos sus sueños. 

Envuelta en el atavío de la corriente humana, no percibía 
cuan quiméricas eran sus esperanzas, toda vez que se fijasen en 
la balanza siempre oscilante de la política. 

La candidatura de don Juan habia caído en desuso; pero la 
joven no lo comprendía, porque los partidarios de Borbon soñaban 
á la par que la condesa de Montemolin. 

12 — EL SOL DE MAYO. 



178 Juan a. mateos 



Suponer que la Europa se armaba en fllibusterismo para 
traerle al trono de México y ofrecer un imperio en son de home- 
naje á su nombre y á su casa, era el delirio mas completo. 

Los acontecimientos se sucedian y bien pronto el sol resplan- 
deciente de la verdad lanzaría llamas sobre los edificios levantados 
á la quimera y á la locura. 

II. 

La noche del veintiuno de Marzo de 1862, ese año que vamos 
corriendo lleno de vicisitudes y del cual se ha apoderado la his- 
toria dia por dia, la noble hija de Montemolin estaba en su apo- 
sento leyendo una correspondencia interesante del extrangero. 

A cada momento volvía con inquietud la vista hacia la puerta 
de entrada, y á cada eco y cada movimiento prestaba la mayor 
atención. 

La puerta se abrió, y un caballero cubierto aún con el polvo 
del camino entró en la estancia. 

— Manzanedo, — dijo la condesa, aparentando la mas perfecta 
tranquilidad: — leía en este instante el parte telegráfico en que 
me anunciabas tu regreso á la capital. 

— La señora condesa me tiene á sus órdenes. 

— Deseo vivamente que me des noticias del campo; corren tantas 
versiones que verdaderamente estoy inquieta. 

— La convención de Londres está al romperse, todo augura una 
próxima quiebra entre las naciones aliadas. 

— ¿Y qué la motiva? 

—Mil incidentes, entre ellos la llegada de Miramon y de Al- 
monte. 

— Cuenta, cuenta, Manzanedo, tú has sido testigo presencial y 
podrás decirme la verdad de lo que ha ocurrido. 

— El 27 del pasado llegó el general Miramon en el vapor ingles 
y el almirante trató de cobrarle el saqueo de los fondos de la con- 
vención en los últimos dias de su gobierno; quería enviarlo á In- 
glaterra para que fuese juzgado. 

— Los ingleses son implacables. 

— Los plenipotenciarios manifestaron que estando bajo el pa- 
bellón británico, se limitaban á recomendarle para que se le de- 
jase en libertad bajo la condición de reembarcarse en el acto. 
Dunlop notificó al general Miramon que tornase en el mismo bu- 
que á la Habana. 

— Enemigo menos, Manzanedo. 

— Sí, el general es atrevido, y vendría en pos de la presidencia. 

— No hubiera sido difícil que lo eligieran como el campeón 
de una revuelta para dar alguna legitimidad al nuevo gobierno 
que se instalase, toda vez que se viene proclamando algo mexicano. 

— Ya le tenemos fuera del círculo. 

— Mas terrible es ese general Robles Pezuela á quien espe- 
ran con ansia en el campo intervencionista; parece hombre de un 
gran prestigio tanto en América como en Europa. 



EL SOL DE MAYO 179 



— Sí, — dijo la condesa, — de toda esa pléyade que se ha adherido 
á la intervención, solo el general Robles vale la pena, los demás 
no me causan inquietud alguna. 

— Almonte, á pesar de fingirse proscrito que torna á la sombra 
de la bandera francesa, parece que se halla eu inteligencias con el 
gobierno de las Tullerías. 

— Lo sé perfectamente. 

— Ha estado en Viena y es partidario del archiduque Maxi- 
miliano. 

— El archiduque ha contestado de una manera particular. 

— No conozco ese documento. 

— Pretende el hermano de José II conservar sus derechos de 
agnación al trono de Austria, alega que los hijos del emperador 
son unos niños raquíticos y llevan el germen de la tisis, enfermedad 
de que adolece la emperatriz de Austria. 

— Ese fallo no ha debido ser del agrado de SS. MM. 

— Ya lo creo, no pasa de una apreciación sin sentido, yo eren 
que José II consentirá en todo por alejar á Maximiliano, que 1 
cuenta con alguna popularidad entre los austríacos; pero eso sería 
falsear el plan de Iguala que expresamente llama á un Borbon al 
trono de México. 

— Nuestro derecho es indisputable. 

— Almonte nada podrá si la España no ceja en su candidatura. 

— Señora, yo estoy fuera de mí al ver la conducta de los aliados, 
todas sus palabras contradicen el pensamiento de la convención 
de Londres. 

— Como los hechos no la desmientan. 

— Los bonos de Jecker son la piedra de toque, y la llegada de 
Almonte ha puesto en peor condición el estado de las negociaciones. 

— Pero tú, tan ducho en cuestiones políticas, ¿nada adivinas, 
nada percibes? 

— Es tan manifiesto el desacuerdo de los plenipotenciarios, 
que tras ese disgusto no percibo sino un rompimiento, un escándalo, 
un espectáculo grotesco ante el mando entero. 

— ¿Nuestros agentes se mueven en esta lucha? 

— No habléis nada, condesa, estoy aterrorizado, las pesadillas 
me siguen aun despierto. 

— Jamas te he visto tan alarmado. 

— Oidme, doña Blanca : entre los agentes mas terribles de este 
negocio y con quien nos hemos puesto en contacto hasta la última 
hora, se encuentra un hombre terrible, capaz de todos los crímenes 
y de todos los hechos heroicos. 

—¿Quién es ese hombre, Manzanedo? 

— El conde del Jaral. 

Estremecióse la joven, y el antiguo secretario del conde de Mo- 
rella al apercibirse de su alteración, la dijo sombríamente: 

— Tenéis razón, doña Blanca, de aterrorizaros: si os hubierais 
acercado ana vez á ese hombre, estaríais bajo su influencia mag- 
nética. 

— ¿Le conoces? 



180 JUAN A. MATEOS 



— Voy á revelaros un secreto horroroso, un secreto terrible. 

— ¡ Habla, habla por compasión ! 

— Pues bien, ¿estáis segura de que estamos solos? 

— Enteramente. 

Manzanéelo, después de registrar el aposento con 'una mirada 
indagadora, se acercó á la joven y con voz ronca y concentrada la 
dijo: 

— ¿Habéis oido contar los horrores del incendio de San Andrés 
Chalchicomula? 

—Sí. 

— Pues todo lo dicho es un cuadro descolorido ante la realidad, 
un cuadro con tintes pálidos. 

—¿Y bien? 

- -Pues aquella catástrofe no es un aborto de la casualidad. 

— Continúa, — dijo con ansiedad la condesa. 

— Oídme y olvidad mi palabras : don Fernando fué el que puso 
fuego con su mano atrevida en la pólvora de la Colecturía. 

— ¡ Jesucristo ! — exclamó la condesa, y se cubrió el rostro con 
las manos. 

— Yo he recorrido, — continuó Manzanedo, — aquel campo de 
muerte; los troncos mutilados sin forma humana, estaban espar- 
cidos por las calles, y las cabezas con los rostros ennegrecidos por 
el fuego con un jesto imponente de desesperación; — ¡me parecía 
que de sus labios se desprendía una maldición espantosa ! 

— ¡ Calla ! ¡ calla ! — murmuraba doña Blanca. 

— La senda que atravesamos está llena de sangre y de cadá- 
veres. 

— ¡ Esto es espantoso ! 

— Señora, yo os confieso que desde entonces mi existencia 
está poblada de sombras, que mis vigilias están llenas de fantas- 
mas y... que tengo remordimientos... ¡remordimientos espantosos! 

En aquellos momentos anunció el telégrafo de la estancia que 
alguien estaba en la antesala. 

Levantóse doña Blanca y abrió la puerta con recato. 

Un criado le presentó un parte telegráfico. 

La joven rompió el sobre y leyó aquellos renglones que debían 
encerrar algo terrible, porque doña Blanca se desplomó en el 
sillón dando un agudo grito. 

III. 

El general Robles Pezuela, confinado por el gobierno mexicano 
al extrangero, se dirijia en mal hora rumbo á Orizava para presen- 
tarse como representante de la reacción en el campo de los aliados. 

Ya hemos expuesto las ideas de Robles al aceptar el pensa- 
miento de la intervención. 

Hay un velo delante del porvenir, que al correrse por la mano 
del destino puede desarrollar ante nuestra vista un paraíso ó toda 
la deformidad de un abismo. 

El 22 de Marzo, después del incendio de San Andrés Chalchi- 



EL SOL DE MAYO 181 



comula, y al amanecer de ese dia aciago, llegaba el general Robles 
Pezuela al pueblo de Toxtepec en compañía de algunos jefes ami- 
gos suyos que lo acompañaban al campo de los exlrangeros. 

— Si caminamos algo de prisa, — decia uno de los gefes, — llega- 
remos mañana á Orizava. 

Estoy profundamente inquieto, temo que alguna guerrilla pue- 
da aprehendernos. 

— Están demasiado desmoralizados para pensar en semejantes 
cosas; ademas que la persona de usted es muy respetable para que 
se pretenda un acto de barbarie. 

— Eso no me tranquiliza, porque en las fiebres revolucionarias 
no se conocen los diques ni se respeta nada. 

—En ese caso moriremos con usted, mi general. 

Robles no contestó, porque sabia como hombre de mundo que 
las ofertas se olvidan á la hora del peligro. 

— Soy de parecer que ustedes no entren al pueblo, porque nos 
haremos sospechosos. 

— Mi general, yo conozco á todas las personas de Toxtepec y 
nada tenemos que temer. 

—Amigo, la prudencia nunca está de mas. 

— Partiremos la misma suerte. 

— Sea, pues ustedes lo quieren, — dijo Robles, y se entró en el 
pueblo seguido de sus compañeros. 

IV. 

En las pequeñas poblaciones nada pasa desapercibido, parece 
que todos los habitantes están en continua vigilia, al menor ruido 
asoman las narices por un postigo ó se adelantan á una boca-calle, 
ó se escurren por una acera. 

Los pueblos parecen abandonados ya á las oraciones de la no- 
che, pues hasta las luces desaparecen; pero al dia siguiente hay 
una crónica verdaderamente divertida. ¿Se sabe que el. boticario al 
saltar la tapia de una viuda se rompió las narices? los vecinos 
ocurren á practicar vista de ojos en el cercado. 

¿Se murmura muy por lo bajo que el señor cura tuvo reyerta 
con la señora que lo atiende en la casa cural? los vecinos van á 
misa con el objeto de ver si el párroco oficia de mal humor ó tiene 
algún moretón en el carrillo. 

¿Se habla de que la autoridad tuvo denuncia del robo de una 
muchacha? los vecinos visitan al regidor que tiene la hija mas 
bonita para indagar si fué robada, y así sucesivamente. 

En las poblaciones pequeñas no hay nada oculto: las familias 
por lo regular, aunque se hallan entroncadas, se dividen en dos 
bandos, donde predomina el espíritu de odio personal que á la 
funesta sombra del de partido produce choques terribles, y en 
tiempos de calma chismes y cuentos divertidísimos. 

Esto pasa también en las ciudades, no solo de México sino 
del mundo entero, según el temperamento y costumbres de los 
b a bit antes. 



182 JUAN A. MATEOS 



Volvamos á Toxtepec, donde entra la caravana de Robles á 
tornar descanso para continuar su peregrinación á Orizava. 

Antes de amanecer ya los vecinos han comenzado á aparecer 
como sombras á las puertas de sus casas, y los mas curiosos notan 
que hay gente de tránsito en el pueblo. 

— Amigo don Timoteo, me parece que tenemos gente de fuera, 
— decia un parroquiano al dueño de la tienda mestiza. 

— Sí, yo he visto atravesar á unos señores con dos criados. 

— Me parecen señores particulares. 

— No es extraño, el general Arteaga se encuentra de paso y 
vendrán á pedirle escolta. 

— Puede ser, pero entran muy recatados. 

— Así me ha parecido. 

— Ya veremos mas tarde. 

—¿Y qué se dice de abajo? (abajo es tocio el rumbo de Vera- 
cruz descendiendo la mesa central). 

— Los extranjeros han entrado en pleito y esto nos conviene. 

--Hace algunos dias bajé á Orizava no mas por conocer al 
ejército; un español llamado Pascasio Mojarra me habló de deser- 
tarse y lo espero de un momento á otro. 

— ¿Pues qué, esos soldados se desertan? 

— Amigo, lo mismo que en todas partes; si por allá no lo hacen 
con tanta frecuencia, es porque con el telégrafo y los ferrocarriles 
los atrapan luego, luego. 

Acercóse otro de los vecinos á la reunión. 

— ¿Qué hay de nuevo, señor Pérez? 

— Nada, ya saben que yo nunca me meto en camisa de once 
varas; pero se dice en la población que ha llegado el general Ro- 
bles Pezuela. 

— Lo dicho, amigo mió. 

— Ya lo sabíamos nosotros. 

— ¿Y cómo se atreverá á presentarse por estos pueblos después 
de?... . • 

—Yo digo lo que me cuentan, me lavo las manos. 

La noticia cundió instantáneamente y la autoridad se presentó 
en la casa de Robles y le intimó prisión. 

Los dos personajes que lo acompañaban, oyeron la voz del alcal- 
de y saltando las tapias huyeron, no obstante aquello de moriremos 
juntos. 

El general Robles fué presentado al general Arteaga, que avisó 
por extraordinario violento al general Zaragoza, mientras conducía 
personalmente al prisionero á la ciudad de San Andrés Chalchico- 
mula. 



En una casa que dista cuadra y media de la iglesia de esa ciu- 
dad de San Andrés, donde el lector acaba de presenciar la catástro- 
fe del incendio, fué puesto en guarda Robles Pezuela. 

El general Arteaga recibió un parte en que se le ordenaba que 



El, SOL DE MAYO 183 



identificada que fuese la persona del general Robles lo pasase por las 
armas. 

Procedióse á una sustanciacion violenta, y la sentencia de muer- 
te fué comunicada al reo la tarde del 22 de Marzo. 

Robles no creyó en su muerte, le parecia una quimera la reali- 
zación de esa sentencia. 

El peor lugar para la aprehensión de Robles era el distrito en 
que se encontraba. 

Aquellos pueblos conservaban fresca la memoria del incendio 
de Tlacolulan ordenado por Robles, y el saqueo y los asesinatos con- 
sumados por su división. 

El general habia satisfecho sus rencores políticos en aquella po- 
blación, donde los progresistas hallaban siempre refugio. 

Tlacolulan fué entregado á las llamas, y las víctimas lloraban 
aún sus deudos delante de las ruinas calcinadas de sus hogares. 

El bombarde,o de Veracruz, ese atentado de barbarie, fué consu- 
mado por Robles que acompañaba á Miramon en el último sitio. 

Robles tenia un anatema que le alcanzaba en aquellos momen- 
tos. 

Hemos dicho que la última notificación la habia recibido con 
perfecta tranquilidad. 

El confesor entró en la capilla. 

— Señor general, — dijo el sacerdote, — nuestra misión por penosa 
que sea tenemos que aceptarla, y yo vengo á exhortar al hombre de 
sentimientos cristianos á que se disponga á ese trance al que tene- 
mos todos que llegar. 

— Padre, — contestó Robles, — se trata de intimidarme y nada 
mas, con un aparato. 

— Es que todo está dispuesto para la._ ejecución. 

— A un hombre que ha llegado á mi altura no se le mata de una 
manera tan violenta. 

— Señor general, se está usted haciendo la última ilusión. 

— La sociedad de México se conmovería con mi muerte; y al go- 
bierno no le conviene una ostentación de sangre delante de los alia- 
dos. 

— Señor, yo insisto en decir á usted que es un negocio resuelto. 

— No lo puedo creer; no obstante he pedido una entrevista al 
general Arteaga. 

El sacerdote no quiso insistir. 

El dia avanzaba violentamente y la noche entraba sin inquie- 
tar á Robles, que no creía en la terrible certeza de su muerte. 

A las tres de la mañana tornó á aparecer el sacerdote en la cu- 
pilla. 

— Señor general, — dijo conmovido, — la tropa está designada y 
faltan muy pocas horas para la ejecución. 

— Insisto en mi primera idea. 

— Pues bien, señor, el general Arteaga me ha dicho que os con- 
venza de que la sentencia será ejecutada. 

— El general Arteaga, creedlo, no atentará jamas contra mi exis- 
tencia. 



184 JUAN A. MATEOS 



— Es que Arteaga no es el que ordena, sino el que ejecuta el 
mandato del general Zaragoza. 

Robles Pezuela se estremeció. 

Aquel ccrazon habia perdido su última esperanza. 

— 1 Zaragoza ! — murmuró Robles, y después recobrando ese valor 
y serenidad que lo acompañó hasta sus últimos momentos, pidió 
papel y pluma y escribió la siguiente carta, que nosotros no quere- 
mos dispensarnos de trascribir á la letra, porque ella es la declara- 
ción de un hombre ante el tribunal de la historia. 

«En los momentos en que voy á morir, por una disposición del 
señor general Zaragoza, fundada en que tiene indicios de que soy 
traidor á la patria, creo que cumplo con un deber manifestándoos 
en pocas palabras mis sentimientos y mis convicciones. Espero que 
será creido un hombre que habla al borde del sepulcro; que durante 
su vida dio algunas pruebas de sincero patriotismo; que atravesó 
nuestras borrascas revolucionarias sin enriquecerse ni mandar de- 
rramar sangre por causas políticas; que buscó siempre la paz y la. 
conciliación entre los mexicanos, y que ha hecho y hacía en estos 
momentos, cuantos esfuerzos han estado á su alcance para contener 
los horrores que está sufriendo el país. Yo no soy traidor ni cedo á 
nadie en patriotismo ni en el deseo de bienestar del pueblo á que per- 
tenezco. La esperiencia y la reflexión me han convencido, sí, de que 
en nuestro estado de desmoralización y desorden, ya no podemos 
atajar el mal por nuestros propios esfuerzos. Creo que nuestro único 
remedio consiste en aprovechar los ofrecimientos que hoy nos hacen 
las naciones europeas, y constituir un gobierno de moralidad y or- 
den, un gobierno nacional y justo al derredor del cual puedan agru- 
parse todos los buenos ciudadanos, olvidando sus rencores y pasio- 
nes. Si esos ofrecimientos no se aprovechan, ó desgraciadamente no 
fuesen sinceros ó eficaces, ya no hay salvación posible para nuestra 
infortunada patria : volverá á la barbarie, y su territorio será ocu- 
pado por el pueblo que lo codicia, sin simpatía alguna por las razas 
que lo pueblan. Yo iba á procurar cerciorarme de cuáles son las 
verdaderas disposiciones de los gobiernos europeos, antes de tomar 
parte activa en los negocios. Este es mi delito : si por él merezco la 
muerte, justa es la disposición del señor Zaragoza que va á privar- 
me de la existencia. Mexicanos: oidme. No son los desórdenes, el 
pillaje, los ataques á la religión del país, y las sangrientas ejecucio- 
nes, los medios que han de salvar á la patria. Yo he visto pueblos 
muy distintos vivir felices bajo forma de gobierno muy diferente; 
pero ninguno puede serlo sin orden, sin verdadera libertad y sin que 
los habitantes disfruten en sus personas y propiedades las garantías 
que forman la esencia y el objeto de las sociedades. No dirijo repro- 
ches á ninguno de los partidos : hablo con sinceridad á todos los me- 
xicanos. Olvidad todo sentimiento de odio y de venganza : perdonaos 
unos á otros como yo perdono á los que van á derramar mi sangre; 
y quiera el Todopoderoso, ante quien voy á comparecer, que sea yo 
la última víctima de nuestras discordias. 

«San Andrés Chalchicomula, Marzo 22 de 1862. 

Manuel Robles Pezuela.» 



EL SOL DE MAYO 185 



Luego que acabó de escribir se arrodilló á los pies del sacerdote 
y cerró sus cuentas con la tierra para tocar las puertas de la eter- 
nidad. 

VI. 

A las seis de la mañana el gefe de la escolta le previno que lo 
siguiera porque la hora habia sonado. 

Robles estaba perfectamente tranquilo, sacó su reloj y le dijo al 
oficial: 

— Conserve usted ese recuerdo. 

El lugar del suplicio era el costado de la iglesia. 

Robles llegó con paso firme, rehusó hincarse y vendar sus ojos; 
queria ver la luz hasta el último instante. 

Aquel hombre que habia desafiado á la muerte tantas ocasiones, 
se mostraba al frente de ella en una ostentación heroica de valor 
reconocido. 

Adelantó un paso hacia la línea luego que las armas se tendie- 
ron sobre él, se avanzó á la tumba con serenidad, y cayó atravesa- 
do por las balas, revolcándose en su sangre que brotaba en torrentes 
de su pecho. 

Las campanas de la iglesia de Chalchicomula anunciaron á la 
ciudad con su tañir lúgubre, que el general Robles habia dejado la 
vida mortal y atravesaba, impulsado por los hombres, los dinteles 
de la eternidad. 

Aquellos restos mutilados descansan en un rincón del cemeterio 
de San Andrés, y el nombre de don Manuel Robles Pezuela queda 
sobre el cadalso aguardando el inexorable fallo del porvenir. 



CAPITULO XII. 
Donde se trata de los percances que sufre el primer introductor de una moda. 



Diremos algunas palabras sobre dos de los personajes de nues- 
tra novela. 

Desde la fuga de Isabel Torre-Mellada, la amistad añeja de Fe- 
lipe Cuevas y Santiago González, rota momentáneamente por aquel 
antagonismo amoroso, tornó á reanudarse con mas fuerza. 

Aquellos dos estudiantes dividían el pan de la desgracia con una 
abnegación sin límites. 

Felipe Cuevas, fiel á sus tradiciones de Nueva -York, recordaba 
que cinco meses habia tenido que hacerle el amor á una vieja para 
que le suministrase algunas papas y lonjas de jamón, del que le 
sobraba en su Roarding House. 

Santiago no era tan afortunado, siempre habia comido con el 
sudor de la frente como reza la maldición que cae á piorno sobre los 



156 JUAN A. MATEOS 



hombres; con la diferencia, como decia el estudiante, de que otros 
habian sudado para que él comiese. Eso no importaba, la humani- 
dad es toda una, y dá lo mismo que sea Juan ó Pedro el que sude. 

Agobiados los dos compañeros por la pobreza, les vino de peri- 
lla la guerra extrangera, que al fin no hay mal que por bien no ven- 
ga, como dicen las viejas, apóstoles de la esperiencia. 

Los estudiantes se presentaron en la oficina del cuerpo médico 
al señor Navarro. 

Este doctor es un hombre de grandes conocimientos y de una in- 
teligencia clarísima, ha figurado tanto en el mundo médico como en 
el político, aunque con alguna desgracia en el segundo. 

Luego que el doctor vio á los desarrapados estudiantes, tuvo 
por ellos un rasgo de simpatía. 

Acercóse el ceremonioso Felipe Cuevas y dijo en tono de pro- 
clama : 

— ¡ Señor director ! las circunstancias crítico-políticas por que 
atraviesa el mundo de Colon, hacen patente y manifiesta la necesi- 
dad quirúrjica de los hijos de Hipócrates y Galeno. 

El doctor comenzó á sonreírse. 

Felipe no se intimidó por aquel síntoma de burJa, que tomó por 
signo de aprobación. 

— ¡ Decia,- -continuó con énfasis, — que este sugeto que me acom- 
paña, que no es otro que el conocido Santiago González, y yo, de- 
seamos ser colocados en esa avalancha patriótica que con bisturí 
en mano, va á ejercer el sacerdocio de la medicina á los campos en- 
sangrentados de la lucha internacional ! 

El doctor no pudo contener la risa y dijo al estudiante: 

— Si amputan ustedes con la facilidad con que discurren, deci- 
didamente son unas notabilidades. 

— Poco mas ó menos, — respondió socarronamente Santiago Gon- 
zález. 

Los estudiantes fueron inscritos en el cuerpo médico, en calidad 
de ayudantes, lo que en términos de albañü equivale á medias cu- 
charas. 

Apoyados en el presupuesto, se dirigieron á una sastrería á que 
les hiciesen un uniforme.. 

El sastre era en su especie otro media cuchara y cortó unas le- 
vitas admirables. 

Los compañeros esperaron con ansia la llegada de sus trajes. 

Pasaron quince dias mortales, en que recibió el sastre cinco re- 
cados por dia, en que le ponderaban la urgencia y sobre todo la 
necesidad de partir al ejército de Oriente en gran tenu, como diria 
un dandy. 

Asomó la aurora de un domingo y el barrilete se presentó en el 
chiribitil de los estudiantes. 

Trabajo le costó á la parte científica del establecimiento creer 
que los estudiantes eran los dueños de los trajes; estuvo á punto 
de pedirles la fé de bautismo. 

Después de una averiguación concienzuda y previo papel de co- 
nocimiento del casero, entregó no sin recelo las piezas de ropa 



EL SOI. DE MAYO 1*7 



Los estudiantes se acicalaron. 

Felipe fué el primero en rasurarse, mientras Santiago espera- 
ba lleno de impaciencia que su compañero soltase la única navaja 

Cuando ya González creia que su amigo habia terminado, obser- 
vó que se cortaba los callos. 

— ¡ Bárbaro !— exclamó, — vas á matar el filo y no podré rasu- 
rarme. 

— Tienes razón, lo que siento es que ya van tres que me corto. 

— ¡ Eso es estúpido ! 

Tomó en seguida la navaja y conoció prácticamente que no es- 
taba útil para el objeto. 

Dióse cuatro cortadas y diez raspones, acompañados de pala- 
bras fuertes. 

—Pongámonos la ropa, — dijo al fin arrojando la navaja. 

Felipe Cuevas se caló los pantalones y quedó tan perfectamente 
envainado como una culebra, sin poder hacer movimiento alguno. 

Santiago se puso la levita, que adolecía del extremo opuesto. 

En aquel uniforme cabia todo el colegio de medicina. 

— ¡ Estoy divertido ! 

— ¡Estoy apresado! — respondió Cuevas, — ban equivocado las 
medidas, esta levita es para el doctor Guapillo. 

— Y estos pantalones para Hidalgo Carpió. 

Salgamos de esta prensa, — dijo Felipe, y á fuerza de tirar lo- 
gró salir sano y salvo de sus pantalones. 

Santiago se deslizó de la levita y los pobres estudiantes se cru- 
zaron de brazos y se vieron de hito en hito. 

El sastre agregó de latitud á los pantalones lo que sobraba en 
longitud á la levita, y todo quedó á pedir de boca. 

A los pocos dias los estudiantes marcharon á incorporarse al 
ejército de Oriente en espera de miembros que amputar. 

Los estudiantes se habian portado como unos héroes la noche 
del incendio en Chalchicomula : arrojados, valientes, entusiastas, 
habian atravesado entre los encendidos maderos y los escombros 
candentes para salvar á las víctimas. 

El general estaba satisfecho del cuerpo médico del ejército. 

II. 

Cuevas y González sentaron sus reales en San Andrés, y como 
gente de pro, buscaron desde luego un alojamiento digno de su re- 
presentación en el ejército, tomaron el mejor cuarto del hospital y 
se abonaron en una fonda que existe aún en uno de los suburbios de 
la ciudad. 

La patrona era mujer obesa, mal encarada, bien vestida, buena 
servidora y excelente cobradora. 

Esta última parte no era muy del agrado ele los estudiantes. 

Los amigos tomaron la fonda por asalto y abrieron cuenta con 
doña Bárbara, que así se llamaba la respetable dueña del estable- 
cimiento. 

Felipe Cuevas, que se jactaba de galanteador, comenzaba de una 
manera tímida á hacerle el amor. 



IK8 JUAN A. MATEOS 

Doña Bárbara se dejaba galantear del estudiante, pero guardán- 
dole una fe ciega á su esposo, un tal don Corpus, veracruzano y con- 
trabandista de cuenta. 

— Señora, — dijo Felipe Cuevas, — usted como partidaria de la Re- 
pública y elemento de alimentación del ejército de Oriente, debia 
usar un traje adecuado. 

— Creo que no estoy mal con el que llevo. 

— Seguramente que no, pero aunque somos enemigos de los fran- 
ceses, no seria malo aceptar sus trajes, usos y costumbres en el ejér- 
cito. 

— ¿A qué se refiere usted, hombre de Dios? 

— Ademas, — continuó el imperturbable Felipe Cuevas, — que vá 
usted á hacer un negocio loco, lo menos cien pesos diarios de ganan- 
cia como se sirva bien á la tropa. 

— ¿De qué servicio habla usted? 

— Del ya referido de alimentación. 

— Para eso tengo esta fonda. 

— Para que me comprenda usted con claridad, le diré á usted en 
dos palabras, que si usted se hiciera la sola y única cantinera, á los • 
pocos meses se hacia usted poderosa. 

Púsose á reflexionar la obesa fondista y el cebo ele la ganancia 
absorbió su sentimiento rentístico. 

— ¿Y qué hay que hacer para ello? — pregunto con avidez. 

— Es muy sencillo, — respondió González, que comprendió el pen- 
samiento de su amigo, — se viste usted con la casaquita de la canti-| 
ñera, su gorrita de cuartel, la caramañola y el pantalón colorado, 
y hete aquí una guapa moza que vende todos sus efectos y es el ídolo 
del ejército. 

—¿Y ese traje cuesta mucho dinero? 

— No, yo me encargo de la habilitación por cuenta del abono, — 
dijo González. 

—Y yo de cortar el traje, tengo en ello mucha esperiencia, — aña- 
dió Felipe. 

Fascinóse doña Bárbara con la perspectiva del dinero y acaso de 
las aventuras, y se decidió á ser la cantiniere del ejército de Oriente. 

Los estudiantes compraron tela encarnada y azul, botones dora-i 
dos, cordones y otros útiles para el traje de doña Bárbara. 

— Señora, — decia Felipe, — préstenos usted papel para sacar los 
moldes. 

La fondera tenia en pliegos cuádruples la constitución de 1857, 
pero tenia escrúpulo en darlos para semejante abuso. 

— Nada importa, — decia Santiago González, — esto no es una pro-' 
fanacion, yo he visto rotas otras piezas mas delicadas y nadie ha* 
reparado. 

Procedióse á sacar los moldes. 

— En la espalda ha quedado la ley de amparo, — exclamó Felipe. ' 

— Y en la parte delantera las garantías del hombre. 

— ¡ Y en el estómago la tolerancia de cultos ! 

El sagrado código reproducido en catorce ejemplares formó el 
modelo para el traje de la cantinera, 



EL SOL DE MAYO 180 



Después de medir las distancias de la señora y las partes entran- 
tes y salientes de aquella esfuera humana, el traje se concluyó y los 
estudiantes llevaron á la fonda el uniforme. 

La infeliz señora se resistia algo, pero los pinches de la cocina y 
los marchantes que pedian fiado, aseguraron que aquel traje le sen- 
taba á las mii maravillas. 

Las carnes de doña Bárbara se ajustaron a la piqueta, y su fiso- 
nomía tomó el aspecto de un tambor mayor. 

Descubrióse que el perímetro de la fondera tenia dos varas co- 
rridas. 

Púsose los calzones colorados y dejó ver dos pies deformes como 
conchas de galápagos, revestidos de babuchas. 

Calóse la gorrita, ajustóse la caramañola y... ya la podían que- 
mar el sábado de gloria, porque estaba infernal la detestable vieja. 

La gente del barrio acudió á la puerta de la fonda, y el que me- 
nos decía preguntaba con admiración ¿cómo se llamaría ese animal? 

— ¡ Ya los hipopótamos se hacen soldados ! — anadia otro. 

— ¿Qué, ese fenómeno es la intervención? — agregaba un tercero. 

— ¿Traería en el vientre las escuadras? 

Y otras bromas por este estilo. 

Los estudiantes contenían la risa hasta reventar, sin atreverse 
á levantar la vista y dar al traste con su obra. 

III. 

Doña Bárbara comenzaba á creer que estaba encantadora, cuan- 
do don Corpus el contrabandista de descolgó como llovido del cielo, 
y se presentó en escena cuando menos se le esperaba. 

Los estudiantes, por un movimiento instintivo, se metieron deba- 
jo de la mesa, los marchantes se replegaron, los cocineros se desliza- 
ron, y el público se quedó en espera de lo que iba á acontecer. 

La fondista no atinó ni á quitarse la gorra. 

El contrabandista se echó el sombrero á la oreja, apretó el vegue- 
ro con los dientes, púsose una mano en la cintura y otra en la empu- 
ñadura del machete, y viendo al soslayo á su esposa la dijo: 

— ¿Quién tea vestio de figurón? 

Doña Bárbara buscó á los estudiantes, estos como por un camino 
subterráneo se habían escapado lanzando unas carcajadas homé- 
ricas. 

— Estaba probándome este traje nada mas por broma. 

— Pues mía lo que son las cosas, la tal probatina te va á costar 
una zurribamba de palos. 

Diciendo y haciendo, sacó el machete y lo descansó de plano en 
los robustos hombros de su consorte. 

Nuestros lectores no habrán calculado detenidamente lo que vale 
una fondista enfurecida. 

Doña Bárbara respondió al agasajo de su esposo con un bautis- 
mo de ensalada de pepinos. 

Don Corpus contestó á ese sacramento en el de la confirmación, 
dándole un cachete á doña Bárbara, que retumbó en todo el estable- 
cimiento. 



190 JUAN A. MATEOS 



Mesas, cacerolas, servilletas, cubiertos y cuantos utensilios ha- 
bia en la fonda, volaron por la atmósfera hasta dejar la estancia 
como un campo de Agramante. 

Abandonamos á los consortes en el circo del hogar doméstico, 
luchando como unas ñeras, y nos encaminamos al campo de la liga 
donde pasaba un escándalo de mayor trascendencia. 



CAPÍTULO XIII. 

Del primer golpe contuso que sufrieron los convenios de la Soledad, y de 
cómo se hizo fafelaices el tratado de Londres. 



Felipe Cuevas y su amigo de aventuras salieron huyendo de la 
fonda por temor de que el contrabandista les diese su merecido, como 
un premio por el primer figuran, exportación de la liga extrangera 

Dirigíanse á su alojamiento cuando vieron á un oficial francés 
atravesar á escape por la plaza de San Andrés y dirigirse al cuartel 
general. 

Como la situación era de espectativa, los amigos siguieron paso 
adelante hasta entrar en la habitación de Coutolene, comandante mi- 
litar de la plaza. 

El oficial preguntó por la autoridad, y esta se presentó al recia-: 
mo del francés. 

— Señor,— dijo el enviado del campo enemigo, — S. E. el almiran- 
te Jurien de la Graviére, pone en conocimiento de usted, para que se 
sirva dar cuenta á su gobierno, que da por terminado el armisti- 
cio y por nulos los tratados de la Soledad; en consecuencia, las tro- 
pas regresan al punto de partida y el ejército francés queda en liber- 
tad para emprender sus operaciones. 

Coutolene respondió, aparentando la mayor tranquilidad : 

— Señor oficial, ruego á usted diga á S. E. el almirante Jurien de 
la Graviére se sirva concederme un término para avisar á mi supe- 
rior, porque este asunto es demasiado delicado para poder dar una 
contestación; ademas, que siendo un caso imprevisto, no tengo mas 
instrucciones que vigilar la línea que se me tiene encomendada y 
obrar según las mismas órdenes. 

Saludó el francés y violentamente tomó el camino de Tehuacan. 

II. 

Coutolene dio aviso al general Zaragoza, que se movió violenta-; 
mente para estar' en guardia. 

El gobierno supo esa determinación con bastante sorpresa, y el 
ministro Doblado pidió explicaciones. 

Reuniéronse los plenipotenciarios de la liga y discutieron sobre 
la inconveniencia de tal paso. 



EL SOL DE MAYO 191 



Los franceses trataban de llevarlo adelante, pero viendo una te- 
naz resistencia en el general Prim y el almirante Dunlop, dieron una 
explicación bien poco satisfactoria. 

Saligny aclaró el mensaje, diciendo que solo se trataba de aban- 
donar Tehuacan por lo insalubre del agua; pero de ninguna manera 
significaba aquel paso un rompimiento. 

Siempre le ha parecido á S. E. el ministro de Francia insalubre 
el agua, no opina lo mismo respecto al coñac. 

Remendóse aquella célebre alianza; pero ya el vaso de la inter- 
vención estaba roto, y hay cosas que no se sueldan jamas. 

Los disgustos continuaban, la falta de acuerdo era absoluta, las 
exigencias terribles y el descontento universal. 

Los españoles, enemigos naturales de los franceses, y estos de 
los hijos de la Gran Bretaña, no podian vivir en paz, y las reyertas 
se succedian entre las tropas y comenzaba á tomar la situación una 
temperatura alarmante. 

Sir Charles Wyke y el general Prim conferenciaban sin contar 
con Saligny, declaraban hasta en conversaciones particulares, que 
las reclamaciones de la Francia eran injustas, y que el negocio de 
Jecker no podia ampararse á la sombra de las naciones aliadas. 

La llegada del conde de Lorencez había puesto en una conflagra- 
ción mas terrible aquellos disímbolos elementos. 

Gasset, aquel célebre general que dio una proclama que ocupaba 
menos espacio que sus títulos y condecoraciones, estaba de regreso 
en la Habana, como la primera víctima; porque en España se había 
descartado en esa célebre cuestión entablada por las dos naciones si- 
gnatarias, sobre haberse adelantado en la expedición queriendo lle- 
varse la gloria de un soñado triunfo. 

La llegada de los emigrados traia revuelto el campo, el conde de 
Lorencez no estaba de acuerdo con Almonte, ó por lo menos lo apa- 
rentaba. 

El padre Miranda y Haro y Tamariz conspiraban descarada- 
mente y las proclamas y planes de Almonte circulaban con pro- 
fusión. 

En ellos, según la antigua monomanía del bastardo de Mú- 
relos, se proclamaba primera persona del gobierno en ciernes. 

De todo aquel mare m agnum salia un vapor de monarquía muy 
pronunciado. 

Los periodistas franceses y españoles no dejaban su tono de 
conquista y todo aquel laberinto formaba una tempestad próxima 
á desgajarse. 

El choque de los intereses encontrados producía el rayo y en 
el incendio se libraría el mas avisado. 

Soplaba el vendabal, la mar inquieta de la política se agitaba 
terriblemente y todo amenazaba una catástrofe. 

El campo de los aliados era una torre de Babel, de donde sal- 
drían en dispersión todos los que se habían reunido para devorar 
una nacionalidad agonizante en aquellos momentos. 

Aquella catarata comprimida debia romper las márgenes que 
la encarcelaban, era la nube que espera romperse por un solo punto 
para caer en torrentes sobre la montaña y abrir un surco indeleble. 



192 JUAN A. MATEOS 



III. 

El 9 de Abril de 1862 se reunieron los plenipotenciarios en una 
junta preliminar, para abrir las conferencias con el gobierno me- 
xicano. 

En esa junta debian exponer con tocia claridad las reclama- 
ciones y exigencias de los respectivos gobiernos, para presentarlas 
á los comisionados de la república. 

La cita era para la mañana del 9, el punto de reunión el aloja- 
miento del conde de Reus. 

Ábrese al. fin la sesión última de los plenipotenciarios. 

El marques de los Castillejos pregunta á sus colegas si se hallan 
en disposición de seguir obrando según el tratado de Londres y 
los convenios de la Soledad. 

Mr. Saligny, con esa exaltación febril que lo distingue, dijo 
con tono altanero, ageno sin duda de aquellos momentos en que se 
interesaban las naciones europeas y la nacionalidad mexicana : 

— La Francia permanece fiel á la convención de Londres, pero 
desconoce los tratados de la Soledad. 

— Según esa estipulación nos encontramos en esta ciudad, — 
observó el ministro ingles. 

— Ese es un hecho, — repuso Saligny; — pero el gobierno mexi- 
cano los ha roto y creo que nosotros no estamos obligados; ade- 
mas, las exigencias son verdaderamente inoportunas, Juárez pre- 
tende que reembarquemos á los mexicanos emigrados y no es posible 
consentir en ese absurdo. 

— Toda vez que hemos reconocido como gobierno legítimo la 
actual administración, — dijo Prim, — es necesario estimar como jus- 
tas sus reclamaciones. Almonte y sus compañeros vienen á trastor- 
nar la paz pública, á poner dificultades á la situación creada por 
nosotros. 

— S. M. el emperador, — contestó el almirante Jurien de la Gra- 
viére, — tiene en alta estima ai general Almonte, y cree indisputable 
su derecho para ayudar al establecimiento de un gobierno que dé 
honra á su país. 

— No es esa nuestra opinión, — observó Wyke. 

— Ademas, que el gobierno mexicano responde á las palabras 
de concordia, — añadió Saligny,— con ejecuciones horribles, como el 
asesinato de Robles Pezuela.. 

— Ageno es, — dijo Prim, — al objeto que hoy nos reúne, entrar 
en la apreciación de la conducta del gobierno mexicano; se trata 
simplemente de ponernos de acuerdo para presentar nuestras recla- 
maciones. 

—Señores ministros de la Inglaterra y de la España, — dijo Sa- 
ligny, — es necesario que sepan de una vez SS. EE., que la Francia 
no entrará mas en pláticas con el llamado gobierno de México, y que 
sus tropas salen hoy mismo á sus antiguas posiciones para empren- 
der libremente sus operaciones. 

— No es esto lo estipulado, — dijo Prim, encendido en cólera, — 



f 




General Miguel Negrete. 



SOL DE MAYO - 13' 



EL SOL DE MAYO 193 

no haré pasar á la España por un papel indigno borrando esos pre- 
liminares que ayer he firmado en su nombre. 

— Soy de la misma opinión,— añadió sir Charles Wyke. 

— Los plenipotenciarios franceses no han firmado los tratados 
de la Soledad,— dijo Saligny. 

Levantóse Prim, en un acceso nervioso; su caballerosidad se 
negaba á creer tanta audacia. 

—¿Que no habéis firmado, sefíor ministro? — dijo exaltado el 
conde de Reus. 

— Ya lo he dicho, — repuso Saligny con todo el descaro de un 
bribón. 

— ¿Y esta firma, caballero? — dijo Prim mostrando los protocolos 
i&l conde Dubois de Saligny. 

— Esa firma vale menos que el papel en que se halla puesta. 

Saligny respondió como Carlos V cuando no queria cumplir con 
un tratado á cuyo calce se encontraba su firma: «Lo desfirmo.» 

Sir Charles Wyke dio una mirada de profundo desprecio al 
ministro francés. 

El conde de Reus no pudo tolerar tanta impudencia. 

— Señor ministro francés, — gritó con voz terrible, — si no os re- 
feráis de aquí al instante, tenemos un mal momento. 

El general Prim estaba á punto de abofetear al representante 
ñe la Francia. 

La diestra del valiente general se hubiera manchado con el 
irostro de ese miserable. 

Saligny hizo lo que los cobardes, se encogió de hombros y di- 
rijió con acento sarcástico estas palabras al conde de Reus: 

— Extraño que vos queráis transar con el gobierno mexicano, 
cuando sois de opinión que entre al solio del nuevo imperio un 
soldado de fortuna. 

—Comprendo, señor de Saligny, lo amargo de vuestras pala- 
bras; pero yo he hablado refiriéndome á un mexicano y de nin- 
guna manera á mi persona, y os advierto que no toleraré mas esas 
palabras equívocas y os exijo desde luego una satisfacción. 

Saligny temblaba ante el marques de los Castillejos. 

— Señor, — le dijo, — yo no soy mas que el eco de un rumor pú- 
lico, pero no dudo de la falsedad de especie tan grosera. 

—Señor ministro, — dijo Prim, dirigiéndose al señor Charles 
jft'yke, — la Francia se separa por completo del tratado de Londres, 
I la España no puede presenciar la violación del derecho de gentes 
íli de los tratados que hemos signado en nombre de la Europa, sin 
iomprometer su honra; en consecuencia la escuadra española se 
tetira y hoy mismo doy órdenes para el reembarque de las fuerzas. 

—Señores,— dijo Jurien de la Graviére,— la Francia quiere es- 
ablecer la monarquía en México, como la única base de un go- 
bierno fuerte y duradero. 

—Esa es una declaración de guerra á México,— respondió 
Iprim,— que no está en el pensamiento del convenio de Londres. 

—No es esa nuestra misión.- -replicó el ministro ingles, — la con- 
encion dice que los mexicanos son arbitros de sus destinos y la 

13 — EL SOL DE MAYO. 



194 JUAN A. MATEOS 



Inglaterra no apoyará ninguna pretensión y menos aún después 
de los preliminares ajustados en la Soledad. 

— Esas convenciones fueron aceptadas para dar tiempo á que 
llegasen las instrucciones de Francia. 

— No fué ese nuestro sentir, ni lo es aún, señor almirante. 

— Veo que no estamos de acuerdo en la interpretación del con- 
venio de Londres, — añadió el conde de Reus. 

— El conde de Lorencez trae nuevas instrucciones y marchará 
sobre la capital. 

— La Inglaterra, — exclamó Wyke, — no puede oponerse tratando 
de apoyar á un gobierno que se halla no obstante en su derecho de 
repeler la fuerza con la fuerza; pero no se hará cómplice de un aten- 
tado : doy por suspensa la convención de Londres en nombre de mi 
país, y me retiro con la escuadra inglesa. 

Levantóse el conde de Reus y escribió estas líneas, que propu- 
so en seguida á sus colegas, fueron firmadas en el acto y enviadas 
al gobierno de México. 

«Orizava, Abril 9 de 1862. Los plenipotenciarios de S. M. la rei- 
na de la Gran Bretaña, de S. M. el emperador de los franceses y de 
S. M. la reina de España, tienen el honor de comunicar áS. E. el: 
señor Ministro de Relaciones exteriores de la República mexicana, 
que no habiendo podido ponerse de acuerdo acerca de la interpreta- 
ción que debe darse,' en las circunstancias actuales, á la convención i 
de 31 de Octubre de 1861, han resuelto adoptar en lo de adelante una 
acción completamente separada é independiente. 

aPor consiguiente, el comandante de las fuerzas españolas va 
á tomar inmediatamente las medidas necesarias para reembarcar 
sus tropas. 

«El ejército francés se concentrará en Paso Ancho, tan luego 
como las tropas españolas hayan pasado de esta posición, es decir, 
probablemente hacia el 20 de Abril, comenzando en el acto sus ope- 
raciones. 

«Los infrascritos se apresuran á aprovechar esta ocasión para 
ofrecer a E. E. el señor ministro de Relaciones exteriores, las segu 
ridades de su alta consideración. — C. Lenox Wyke. — Hugh Dunlop 
— A. de Saligny. — E. Jurien. — El conde de Reus. — A. S. E. el señor 
Doblado, ministro de Relaciones exteriores.» 

—Los buques franceses, — dijo Saligny, — están á la disposición 
del señor conde de Reus, para el reembarque de las tropas españo- 
las. 

— Caballero, — dijo Prim, — la España tiene sus trasportes, y en 
todo caso acepto la oferta de S. E. el ministro ingles, para el evento 
de necesitar algunos buques. 

. Saligny estaba quemado á desaires. 

IV. 

Luego que los plenipotenciarios dejaron el alojamiento del mar- 
ques de los Castillejos, éste citó á los gefes del ejército español pa 
ra comunicarles la roptura del tratado de Londres. 



JCL SOL DE MAYO 195 



Aquella juventud que habia soñado en las hazañas del siglo 
XVI, y tenia por sola ilusión ver en los palacios de Moctezuma los 
estandartes españoles, quedó muda ante las palabras del conde de 
Reus. 

El bravo general conservaba ese reposo que se le ha visto en las 
ocasiones solemnes, en la víspera de sus batallas ó después de sus 
grandes victorias. 

Recordó las estipulaciones de la convención y ios nobles pen- 
samientos de las naciones signatarias. 

— Dios no ha querido,— dijo con una convicción profunda, — que 
se realizaran nuestas ideas; tal vez no ha llegado aún la hora de 
salvación para este desgraciado país. 

El general Prím, que como todo ser humano, no estaba en los de- 
signios de la Providencia, ignoraba que la ruptura de aquel pacto 
nefando era precisamente la salvación de la república. 

El conde de Reus dijo á los gefes de su ejército cuanto habia 
pasado en la última conferencia, manifestándose indignado por la 
conducta de los plenipotenciarios franceses. 

— Nosotros, — dijo, — no podemos adherirnos á esa política, por- 
que España no es una nación que se deja remolcar á voluntad por 
nadie: no debemos oponernos con la fuerza á esos proyectos, no 
debemos autorizar con nuestra presencia el quebrantamiento de to- 
do lo que se ha convenido, y no podemos tampoco ser pasivos espec- 
tadores de una lucha entre franceses y mexicanos : debemos, pues, 
retirarnos de este país dejando que el mundo juzgue de nuestra 
conducta y de lo que nos obliga á tomar esta resolución. Yo les 
dejo la responsabilidad de este acto, sobre el cual caerá muy pronto 
el fallo de la opinión en América y en Europa... La historia juzgará 
entre ellos y nosotros. 

El general Prim hacia bien invocando el juicio del porvenir. 

La historia ha fallado, condenando á los hombres de la sangre 
y de la ambición. 

La España y la Inglaterra volvían al continente con una ban- 
dera sin mancha, mientras las naves de Napoleón III atravesarían 
tres años después las aguas del Atlántico cornu una expedición de 
piratas en fuga y derrotada. 



CAPITULO XIV. 

Donde se demuestra que los franceses en materia de " palabras de honor,, 
estaban á la misma altura el año de 8 en España, que en México en 1862. 

I. 

El guante estaba recogido aun antes de caer en la arena. 

La Francia quedaba sola en el territorio mexicano y la lucha 
debia comenzar con aquel rencor con que se defiende una naciona- 
lidad batida por un enemigo poderoso. 



196 JUAN A. MATEOS 



Las antiguas simpatías con la nación francesa quedaban ex- 
tinguidas como el fuego de un volcan después de su erupción. 

Nada mediaba ya sino odio y anatema, venganza y resenti- 
mientos. 

El viejo continente enviaba á sus aventureros en bandadas, no 
traian ya como en otros tiempos la fé de Jesucristo, sino la enseña 
de la paz, como si alguien se la demandase. 

Pobre Europa, era la anciana que queria ataviar á la nieta con 
las galas que le habian servido en antaño, haciendo de ella una ca- 
ricatura; pero una caricatura sangrienta. 

El partido del retroceso se adhirió á la intervención de una ma- 
nera pasiva, tenia miedo al ver la imponente actitud que guardaba 
la nación al proclamarse la ley marcial y ante los preparativos de 
la gigante guerra que iba á desatarse en los vírgenes campos del 
Nuevo-Mundo. 

Una horda salvage de asesinos y de verdugos paseaba sus ha- 
rapos ensangrentados en las encrucijadas y desfiladeros de las mon- 
tañas: aquella sangre estaba humeante, el general Aiatriste fué 
sorprendido por la cuadrilla de Márquez, fusilado impíamente y 
colgado su cadáver de las ramas de un árbol. 

Aquellos miserables formaban lo que se quiso llamar ejército 
reaccionario por Almonte. 

Entre aquellos hombres hubo algunos que desertaron á la hora 
de reunirse con el extrangero. 

Sin embargo, nada habia mas lógico que aquella liga. 

El general Zaragoza habia llegado á Jalapa, donde dio una 
proclama aceptando la lucha y llamando en su derredor á los me- 
xicanos. 

Hé aquí algunas palabras de ese hombre que la historia ha in- 
mortalizado, y que auguraban una próxima victoria. 

«Contra un pueblo orgulloso de su historia y que apenas há un 
año que conquistó sus libertades, nada vale, nada le intimida, por- 
que ese pueblo que tiene la convicción de su dignidad, sabrá repeler 
tan temeraria agresión y agregará una página á sus brillantes ana- 
les. 

«México acepta la guerra, no la ha provocado; pero la acepta 
con honra y se gloría de haber cumplido fielmente su palabra em- 
peñada en aquellos preliminares. La. fé ha sido burlada, y las des- 
gracias de la guerra pesarán sobre la nación que injusta y despia- 
dada pretende su esclavitud. Las naciones, el mundo entero nos 
hará justicia, y si la fortuna nos es adversa, si perecemos con glo- 
ria en la demanda, la posteridad recojerá solícita nuestros nombres 
é imitará nuestro ejemplo.» 

Cuando un pueblo lucha por la independencia, no mide el nú- 
mero de sus adversarios. 

II. 

En la plaza de Córdoba se habian reunido las tropas francesas 
y las españolas que iban de retirada rurnbo á Veracruz. 



EL SOL DE MAYO 197 



Ya nuestros lectores están enterados del odio irreconciliable 
que medía entre estas dos nacionalidades. 

Pasaba un sargento de los Cazadores de Isabel II acompañado 
de tres soldados, frente á uno de los cuarteles Je la tropa francesa, 
cuando los soldados de la guardia simultáneamente y en tono de 
broma, imitando el toque del clarín, tocaron trote y después escape. 

El sargento se detuvo y dirigió algunas palabras en castellano 
á los franceses, entre las que iba mezclada la de gabacho? que fué 
entendida á las mil maravillas. 

— ¡Vive Cristo! — dijo el sargento, — que boy despanzurro á un 
franchute como se atreva á salir de su escondite. 

Desprendióse un zuavo que se encaró al español, y comenzó 
una plá.tica en francés y castellano sin que pudiera comprenderse 
otra cosa por ambas 1 partes, que lo que se decían eran recíprocos 
insultos. 

— Aquí está Manolo Balboa,— gritaba un soldado, — que se ha 
batido en África y no le tiene miedo á estos fanfarrones. 

La cuestión pasó de la lengua á las manos, el español atravesó 
al zuavo de parte á parte con la espada. 

Al ver caer á su compañero, tomaron sus armas los franceses é 
hicieron fuego sobre los españoles, el sargento quedó muerto en el 
acto; Manolo Balboa pidió ausiiio á su cuartel y comenzó una zam- 
bra de bayonetazos y balazos que puso en movimiento a la ciudad. 

Merced á los esfuerzos de los gefes pudo contenerse ei motín. 

Manolo limpiaba la hoja de su espada en el pantalón y echaba 
mas fanfarronadas que gotas trae un aguacero. 

Luego que el andaluz se retiraba para su cuartel, dos jóvenes 
de la ambulancia mexicana lo detuvieron. 

— listo es otra cosa, — dijo Manolo, — vosotros sois mexicanos y 
yo soy todo un hombre; con que hablen, que tengo que presentarme 
arrestado. 

— Usted es un valiente, — dijo Felipe Cuevas, — y merece pertene- 
cer á nuestro ejército. 

--Como que ganaría mucho en ello, — repuso Manolo atusándo- 
se los bigotes. 

— Bien, es necesario que se vaya usted con nosotros que sali- 
mos para Orizava. 

— ¡ Quiá ! yo no dejo mi cuerpo ni por el tesoro del mundo. 

— Es que ustedes ya no pelean con nosotros, y mas vale que- 
darse en México que ir á pasar trabajos á la Península. 
■ — No está mal pensado; pero si me pescan me guindan. 

— Eso no importa. 

-¡Ya! 

— Nosotros lo presentaremos al general, será usted nuestro 
amigo y compañero. 

—Bien, á mí me mandaron á tomar México, eso era muy fácil 
para mí, con estender la mano era negocio hecho; pero no me dio 
la gana ejecutarlo, y se acabó. 

A los estudiantes les habia caido en gracia el andaluz y pro- 
curaban á todo trance llevárselo consigo. 



198 JUAN A. MATEOS 



— Miren ustedes,— decia el andaluz, — yo me las voy con cual- 
quiera; pero mi general Prim tiene muchos hígados. 

— Sale hoy para Veracruz. 

— Bien, entonces me quedo; pero si me atrapan me rompen 
el bautismo. 

— ¿Y esa espada? 

— Hombre, les juro que ño me acordaba, con esta no hay 
miedo de que pase nada; con que vamos donde gustéis y pronto, 
porque se me está poniendo volver á la carga con los gabachos, 
y hago otra que suene. 

Los estudiantes se llevaron al andaluz y lo trasformaron en. un 
momento, poniéndole el uniforme de la ambulancia. 

III. 

— ¿Qué ruido es ese, paisanos ?— preguntó Manolo alarmado. 

Los estudiantes se asomaron á las ventanas del hospital y 
vieron una especie de victor, seguido de una música ratonera, en 
que un hombre iba repartiendo impresos como los payasos de las 
funciones olímpicas y los bufones de las corridas de toros. 

Santiago González tomó uno de aquellos papeles que era nada 
menos que una proclama de D. Juan N. Aimonte, en que descara- 
damente se proponía como candidato á la suprema magistratura.' 

El señor Aimonte decia que los señores extrangeros solo de- 
seaban el bien de la nación, y que -debíamos confiar enteramente 
en ellos, que estaban dispuestos á sostener un nuevo gobierno. 

— Maldito indio, — dijo Santiago,— es mas traidor que Izcariote, 
si lo ha sabido el señor cura lo extrangula como tres y dos son 
cinco. 

— ¿Qué pasa? — preguntó Felipe. 

— Que el negocio se enturbia, me parece que los gabachos no 
cumplen con los tratados y nos espetan al indio Aimonte á la ca- 
beza de un motin; mira la prociama, y este otro papasal de Sali- 
gny y Jurien de la Graviére. 

— Estos franceses tienen la música por dentro, si no nos mar- 
chamos de Córdoba nos columpian de una cuerda. 

— ¿Y nuestros enfermos? 

—Que se quejen en francés para que los cure esa detestable 
ambulancia. 

— No, yo no los abandono. 

— Todo queda arreglado, me marcho con Manolo y te espero 
en Orizava. 

— ¿Y si me aprehenden? 

— Entonces te esperamos y no llegas. 

— Bien, esta noche te largas, y punto concluido. 

Luego que llegó la noche, Santiago González y Manolo toma- 
ron en dos rocinantes el camino de Orizava, donde la fortuna 
les preparaba otra emoción. 

El andaluz no había montado á caballo ni una sola vez en su 
vida; y si no habia montado, menos en silla vaquera. 



EL SOL DE MAYO 199 



A la media legua ya estaba fatigado, y á la legua y media 
pedia misericordia. 

— Esta jaca, — decia agarrándose con todas sus fuerzas de la 
cabeza de la silla, — me ha desconocido, se mueve de una manera 
muy extra judicial. 

— No varies de postura, — aconsejaba Santiago González á su 
compañero. 

— ¡Diablo! si no encuentro una que me acomode, y ya me es- 
cuece este maldito trote. 

— Estamos cerca de la posta. 

— Ya estoy cerca del hospital, me parece que se me va á vol- 
tear la cartuchera de las provisiones. 

— Animo, Manolo, y dale con la cuarta al caballo. 

— ¡ Eso nunca ! si se incomoda me pega un zopapo que no la 
cuento. 

El andaluz se sentia desfallecer, los pantalones se le habían 
arrollado hasta los muslos, habia perdido una bota, y llevaba 
ese dolor que se llama de caballo. 

En un punto del camino llamado el Fortín, se apearon los via- 
jeros para tomar un refresco. 

— ¿No compra usted mantequilla?— preguntó con sorna la fon- 
dera á Manolo. 

— Y qué bien que la necesito; pero no en el pan sino en el 
pellejo, — respondió el andaluz, que estaba con las piernas mas 
rígidas y abiertas que las de un compás. 

IV. 

El dia 18 de Abril, dice un testigo presencial, se pasó la ma- 
ñana en el reconocimiento de los puntos cercanos, y en la tarde 
el general Zaragoza, acompañado de sus ayudantes, entregó en 
medio de un silencio solemne y religioso, al batallón Morelos, la 
bandera enviada como un obsequio por el Sr. Juárez. 

El general dirigió una breve alocución, la tropa llena de en- 
tusiasmo juró derramar la última gota de su sangre en defensa 
de ese estandarte sagrado, símbolo de la nacionalidad mexicana. 

Pocos momentos después llegó el brigadier Milans con su es- 
tado mayor á hacer una visita de despedida al campo republicano. 

Ea tropa, que aun estaba formada, hizo algunas maniobras 
en su presencia, mereciendo elogios del bravo coronel. 

Pasó luego á la casa del general, donde fué obsequiado con 
algunas botellas de champaña, que enardecieron los ánimos, cam- 
biándose entusiastas y sinceros brindis. 

Por un momento aquello tuvo el aspecto de una flesta de fa- 
milia, cuyos miembros iban á separarse acaso para siempre. 

Zaragoza despidió á sus huéspedes hasta la entrada de On- 
zava, en este tramo, Milans suplicó por última vez al general por 
la virgen de la O, estas fueron sus palabras, que estuviese listo por- 
que temia alguna traición de los franceses y maquinaciones de 
los reaccionarios. 



200 JUAN A. MATEOS 



El 19 comenzaron á salir del Ingenio las fuerzas republicanas 
para situarse á. la entrada de Orizava. donde debían aguardar 
al general Zaragoza. 

La tropa cargó sus armas y esperaba con entusiasmo cualquiera 
incidente para la lucha. 

Zaragoza se detuvo un momento con el general Díaz dándole 
algunas órdenes y prosiguió su marcha hasta la casa del general 
Prim, donde permaneció hasta que la brigada de Oaxaca pasó por 
el frente en columna de honor. 

La tropa iba á acampar al llano de Escamela que se halla á 
la salida de Orizava, camino de Córdoba. 

Zaragoza arregló personalmente su campo, y en la tarde re- 
gresó dando orden al teniente coronel Díaz, de la caballería de 
Oaxaca, de avanzar hasta el Fortín, distante dos leguas y media 
de la plaza, como una avanzada de observación. 

El coronel Félix Diaz con una caballería, llegó al sitio donde 
estaban los oficiales de la ambulancia. 
— ¿Qué hay de nuevo compañeros? 

Manolo no pudo ni contestar, estaba tan cansado que no tenia 
tiempo suficiente para quejarse. 

— Nada y mucho, — contestó González, — el traidor Almonte pre- 
para un mamotreto y es necesario que mi general Zaragoza vea 
estos papeles. 

Félix Diaz vio la proclama y movió la cabeza diciendo: — Malo, 

malo, me huele á que nos rompemos los cuernos con estos infames. 

Inmediatamente salió un estraordinario para el cuartel general. 

No bien se habían sentado á la mesa los amigos á tomar un 

ligero almuerzo, cuando el jefe de la escolta dio parte al coronel 

Diaz, de que se avistaban tropas francesas. 

Manolo que oyó el parte, saltó ligero sobre el caballo olvidán- 
dose de su situación lastimosa. 

Félix Diaz y González se pusieron en espera de los aconteci- 
mientos. 

Una partida de cazadores de África se precipitó sobre los sol- 
dados mexicanos acuchillándolos cuando menos lo esperaban. 

Trabóse un reñido combate en el que Diaz fué hecho prisio- 
nero y algunos de sus soldados, mientras los otros estaban fuera 
de combate, no sin haber causado pérdidas al enemigo. 

Aquella conducta no tenia nombre : derramar alevosamente la 
sangre de un enemigo generoso quebrantando un armisticio, es 
una acción enteramente francesa. 

En aquellos momentos atravesaba la carretela que conducía 
á la familia del conde de Reus. 

Saltó del carruage el brigadier Milán s del Bosch y se indignó á 
la presencia de aquella escena de sangre y de infamia. 

— Caballero, — dijo al gefe francés, — este es un atentado horrible. 
— Yo he venido, — respondió este, — en son de guerra, estoy en 
mi derecho, la escolta ha hecho armas y la he batido. 



EL SOL DE MAYO 201 



—Es una falsedad, — dijo el coronel Diaz, arrojando espuma por 
la boca, ahogado de la rabia, — yo he sido atacado cobardemente 
por estos miserables. 

— ¿Y hcácia dónde se dirigen ustedes? — preguntó el brigadier al 
francés. 

. — Vamos á salvar á nuestros enfermos de Orizava que los ase- 
sinan en los hospitales. 

— Esto es horrible, — exclamó Milans, — yo ruego á usted que 
deje en libertad al coronel, ha venido á guardar la carretera y no 
es justo este tratamiento. 

Merced al empeño del brigadier, se puso en libertad á Diaz, que 
juró por lo mas sagrado del mundo no dejar con vida al francés 
que cayera en sus manos. 

González y Manolo Balboa siguieron el camino por la vereda, 
asustados de aquella matanza. 

VI 

Al desocupar la tropas francesas la ciudad de Orizava, deja- 
ron, bajo el pretesto de enfermedad, á seiscientos soldados y una 
fuerte escolta para custodiar el edificio, haciendo un total de mil 
y tantos hombres. 

Ya la traición que ha cubierto de baldón la bandera de la 
Francia, estaba en el pensamiento de los comisarios, que habían 
tenido miedo al ver las formidables posiciones del Chiquihuite 
que serviría de dique á su avance agresivo, y de tumba á sus 
victorias. 

Comprendieron que no podian tomar esas posiciones en son 
de guerra, ó tendrían que librar un combate desesperado y san- 
griento, y se determinaron á violar con la mas cobarde de las 
traiciones el pacto solemne de volver á Paso Ancho allende la 
cordillera de la Mesa Central. 

El general Zaragoza tenia situada su fuerza en los llanos de 
Escamela y estaba con parte de su ejército en las goteras de la 
ciudad, cuando recibió pliegos del conde de Réus en que se le 
avisaba la conducta desleal de los franceses y la trama de Almonte 
que ponia á la luz las intenciones hostiles de la intervención. 

Recibió al mismo tiempo el parte de Diaz, y replegó sus fuer- 
zas en actitud de espectativa al Ingenio. 

Los franceses no solo se rehusaron á desocupar Córdoba, sino 
que caminaron sobre Orizava en una marcha violenta, apoyán- 
dose en los mil enfermos que salieron buenos y sanos y armados 
á sostener el movimento. 

Hé aquí la impudencia en una de sus fases mas groseras, con- 
signada en la proclama de Laurencez y que presentamos al jui- 
cio de la historia. 

«Mexicanos: A pesar de los asesinatos cometidos en mis sol- 
dados, y de las proclamas del gobierno de Juárez excitando á 
esos atentados, quería, cumplir fielmente hasta el último momento 
las obligaciones contraidas con los plenipotenciarios de las tres 



202 JUAN A. MATEOS 



naciones aliadas; pero recibí del general Zaragoza una carta, 
por ia cual la seguridad de mis enfermos dejados en Orizava bajo 
la salvaguardia de las convenciones, se encontraba indignamente 
amenazada. 

«Ante semejantes hechos no habia que vacilar, he tenido que 
marchar sobre Orizava á protejer á mis enfermos amenazados 
par tan vil atentado. 

«No por eso deberá inquietarse la nación mexicana, pues la 
guerra se ha declarado solamente á un gobierno inicuo que ha 
cometido contra mis compatriotas ultrajes inauditos, por los cuales, 
creedme, sabré obtener la debida reparación. 

«Orizava, Abril 28 de 1862. — El general en gefe del cuerpo 
expedicionario en México. — El conde Laurencéz.» 

A ningún corazón honrado satisface esa disculpa grosera in- 
ventada por la cobardía y la traición. 

Aquel primer paso, fué también el primer acto de la farsa san- 
grienta que ha desolado á nuestro país. 

Los caudales empleados en las fortificaciones de esa inespug- 
nable línea de defensa, habían sido infructuosos, y ojalá que im- 
portase solamente el numerario, nuestras inagotables minas nos 
hubieran indemnizado; pero aquella infamia sin nombre dejaba 
al ejército en una situación verdaderamente terrible, porque la 
segunda línea aun no estaba concluida, el general Zaragoza creia 
seguro detener al enemigo en las gargantas del Chiquihuite, y re- 
pentinamente veía cambiado su plan de operaciones. 

La historia ha fallado, y la Francia registra en sus páginas 
un acontecimiento mas de deshonra, que desgraciadamente no 
importa una novedad en sus recuerdos patrios. 



CAPITULO XV. 
De la manera con que se confecciona un Gefe Supremo. 



Santiago González y Manolo Balboa seguían apresurados en 
su camino hasta entrar en Orizava, donde creían encontrar á sus 
compañeros. 

— La tierruja anda revuelta, — decia el andaluz. 

— Vamos sobre fuego, amigo mió, usted no conoce el país, aquí 
se juega la vida tres veces por hora. 

— Caracoles, esto no pasa en España, allí se muere uno en 
toda regla; pero no importa, donde se me suba á la cabeza todo 
lo Manolo, bago una que suene. 

— Mas \ale que no se le suba á usted nada, porque en un 
descuido nos ahorcan. 

— Solo porque usted me lo suplica, me estaré quedo; pero ten- 
taciones me dan de arremeter, y... ¡puñaláa!... 



EL SOL DE MAYO 203 



— Entérese usted primero del terreno que pisa y luego hable 
ó haga lo que le parezca, entre tanto, ya sabe por lo que pueda 
ofrecerse, que es usted ayudante del Cuerpo médico. 

— Eso me viene de perilla; yo, antes de entrar en quinta, es- 
taba de criado en una botica, donde hice progresos tan rápidos, 
que mi amo descuidaba completamente la farmacia criando Ma- 
nolo Balboa estaba en la tienda. 

—Yo me felicito de hallar un compañero. 

— Es que un dia, cuando menos lo pensaba, se presentó la 
autoridad disfrazada, pidió una receta, y la despaché con tal 
acierto, que mandaron cerrar la botica y á mí se me prohibió 
desempeñar la profesión. 

— ¡Venga un abrazo, amigo mió! — dijo con entusiasmo Gonzá- 
lez, — estamos á la 'misma altura en la ciencia de Galeno. 

— ¿Quién es ese señor? — preguntó el andaluz. 

— Siempre está mas atrasado que yó,-— murmuró González. 

— Echémonos fuera de la posada y busquemos á los cama- 
radas. 

— Sí, — respondió González, — que estoy inquieto con el lance de 
los cazadores de África. 

Los dos amigos salieron del mesón, pero á los primeros pasos 
notaban que algo de grave iba á acontecer 

La ciudad tenia un aspecto sombrío, las puertas y ventanas 
de las casas estaban cerradas, y á la gente parecía que la tierra 
se la habia tragado. 

Algunos oficiales atravesabn á escape por las calles. 

Los dos amigos vieron á» los enfermos franceses apoderados 
del hospital de San José y confirmaron sus sospechas. 

Dirigiéronse inmediatamente á su alojamiento luego que oye- 
ron ruido de tambores. 

Las tropas francesas se apoderaban de la ciudad y una turba 
de emigrados y gente perdida de la hez de la reacción, que es 
cuanto puede decirse. 

— Estamos divertidos, — decía el andaluz, — donde me pesquen 
me entregan al general Prim y me truenan sin remedio. 

— Eso sería lo menos, — respondió González. 

— Sería lo mas, camarada, — replicó vivamente el andaluz. 

— Esto es inconcebible, — preseguia González, — solo viéndose, se 
puede creer una acción tan horrible, esto va á costar mucha sangre, 
y vive Dios que la mia la tengo por algo y para estos lances; luego 
que caiga la noche nos marchamos. 

— Sabe usted, — dijo el andaluz, — que como sigan las aventuras 
dejamos la piel en manos de estos caníbales. 

--No es nada difícil, estamos de malas y el país se revuelve 
como una ensalada. 

— Como no nos rebanen para componerla, — replicó el andaluz, 
—todo está bueno. 

— Esta noche nos ponemos en salvo, estando con los nuestros 
es otra cosa; ya verá usted como varía el negocio. 

— Ya lo deseo, querido, esto de andar á salto de mata no es 
nada divertido. 



204 JUAN A. MATEOS 



II. 

Las campanas de la ciudad se soltaron en un repique á vuelo 
para atraer á la población que estaba encerrada en sus habitacio- 
nes. 

El pueblo comenzó á escurrirse por las calles lleno de curio- 
sidad. 

La pandilla que ya hemos descrito, y. entre la que se registran 
hasta frailes exclaustrados, se aglomeró como una parvada de zán- 
ganos, y estendió una acta de pronunciamiento. 

Ya sabemos que la antigua monomanía de los conservadores 
es estar redactando planes que abortan á los pocos pasos. 

El plan tenia su novedad: era un juego diplomático por el 
cual los franceses legitimarían su permanencia en el país. 

Ya Saligny en las conferencias de Orizava habia dicho clara- 
mente, que la Francia apoyaría el voto libre de la nación y al go- 
bierno que de él dimanara. 

No podia dudarse del inicuo proyecto de Napoleón III. 

Los aliados no quisieron comprometerse obligando á Saligny á 
cumplir lo pactado, y lavándose las manos tornaban violentamente 
á sus naves. 

Volvamos á los agentes del motin intervencionista. 

Los franceses les dieron ya escritos los artículos del plan, que 
encerraba la idea mas peregrina que ha salido de las indigestiones 
diplomáticas. 

No tememos fastidiar á nuestros amables lectores con la inser- 
ción de este documento curioso, toda vez que ha de llevar algo de 
histórica nuestra novela. 

«Acta levantada en la ciudad de Orizava, proclamando el plan 
salvador de la nación mexicana. 

En la ciudad de Orizava, á los veinte dias del mes de Abril de 
mil ochocientos sesenta y dos, reunidos los señores gefes, oficiales 
(?) y vecinos que suscriben esta acta, teniendo á la vista las pro- 
clamas que se publicaron en la ciudad de Córdoba por el excelentí- 
simo señor general en gefe de las fuerzas francesas, y benemérito 
general D. Juan N. Almonte, por las cuales se ve que ningún peli- 
gro corre la independencia de nuestra amada patria, como los ene- 
migos del orden han querido hacer creer; sino que antes bien, se 
asegura con la cooperación de las fuerzas francesas, que facilitan 
igualmente el establecimiento de un gobierno de orden y moralidad, 
resolvieron adoptar el siguiente programa político : 

Art. I o — Se desconoce la autoridad del titulado presidente de la 
República D. Benito Juárez. 

Art. 2 o — Se reconoce al Ex.mo Sr. general D. Juan N. Almonte 
como gefe supremo de ella y de las fuerzas que se adhieran á este 
plan. 

Art, 3 o — Dicho excelentísimo señor general queda facultado am- 
pliamente para entrar en un avenimiento con los gefes de las fuer 
zas aliadas que actualmente se alian en e] territorio de la Repúbli- 



EL SOL DE MAYO 205 



ca, y para convocar una asamblea nacional, que tomando en con- 
sideración la deplorable situación en que se encuentra el país, de- 
clare la forma de gobierno que sea mas conveniente establecer en él 
para cortar de raiz la anarquía, y proporcionar á los mexicanos la 
paz y el orden que hace tanto tiempo desean, á fin de reparar las 
pérdidas enormes que han sufrido durante la guerra civil que por 
tantos años ha destrozado á la República entera. 

Art. 4 o — Se pondrá en conocimiento del Ex.mo Sr. general D. 
Juan N. Almonte esta acta, y se le manifestará al mismo tiempo 
la entera fé que abrigan los que suscriben de que S. E. no negará 
en tan solemne ocasión sus servicios á la patria, que hoy mas que 
nunca los ha menester con urgencia. 

Y habiéndose rectificado en los dichos artículos, firmaron esta 
acta. en la fecha referida, acordando pase una comisión nombrada 
á ponerlo en conocimiento del excelentísimo señor general en gefe 
de las fuerzas francesas, conde de Laurencez.» 

Los nombres que siguen al calce de este ridículo documento no 
importan á la historia, ni nosotros queremos consignarlos; baste 
saber que pasan por anónimos en la sociedad y que entre ellos no 
se encuentra uno solo que merezca la pena. 

He aquí la primera página de esa intervención, que terminaría 
como la proyectada anexión de Santo Domingo. 

En Córdoba se hizo también un pronunciamiento, y en Vera- 
cruz, no contando con persona alguna que quisiese suscribir la ven- 
ta ignominiosa de la patria, se extendió una manifestación y todo 
quedó arreglado. 

Los franceses no necesitaban mas que esa farsa para declarar- 
se el apoyo de la .voluntad nacional. 

Aquella farsa concluyó con una proclama, de Almonte á los 
habitantes pacíficos de Orizava, y otra de Laurencez dispensando 
una gran protección á este desdichado país, y desposándose con 
la nación mexicana como el Dux de Venecia con el mar. 

III. 

El andaluz y el estudiante se mezclaron ya caída la noche en 
el víctor, que parecía mas bien un convite de maroma que una 
azonada política. 

La turba los tomó por partidarios de la intervención, y ellos 
no se dieron por entendidos. 

. — Ya derribamos á Juárez, — decia un viejo escuálido mas reac- 
cionario que Fernando VII; — ya nos empachaba tanto ciudadano; 
á Dios lo que es de Dios, y á César lo que es de César. El Exmo. Sr. 
general Almonte merece estos dictados y otros mas que le pondre- 
mos. 

— ¡ Viva el gefe supremo ! — gritaba un regordete mofletudo, — de 
jaquí vamos á la monarquía que volamos; á ustedes les consta que 
yo he detestado siempre á la república. 

— ¡Y yo también! — gritó el andaluz;— ¡viva la reina! 

Santiago González le dio un pisotón tan fuerte á su compañe- 
ro, que le hizo ver las siete lunas de Saturno. 



206 JUAN A. MATEOS 



— Figúrese usted que con el apoyo de S. M. Napoleón III, no 
nos quita nuestros empleas ni el Preste Juan de las Indias. 

— Ese es el negocio, — respondió el reaccionario;— primero la re- 
ligión y luego el empleo. 

— Como que la campanilla del Viático me hace una falta grandí- 
sima, — contestó el mofletudo. > 

— Yo, de que no veo los cerquillos de los hijos de nuestro padre 
San Francisco, no estoy contento. 

— Como que es franciscano mi confesor, — dijo González muy 
compungido. 

— Mi esposa, — añadió el reaccionario, — no sale de la iglesia, ni 
de la sacristía; yo la dejo, porque eso sí, los padrecitos son mas 
virtuosos que San Antonio, cierto es que algo me cuestan los obse- 
quios; pero en cambio, me dan tantas indulgencias y bendiciones, 
que estoy saturado de santidad. 

—-Uno es uno y otro es otro, — repuso González; — yo soy liberal, 
pero con venerable clero y con fueros, y sin tolerancia de cultos 
ni registro civil. 

Seguía aquella danza intervencionista, hasta que las músicas 
se fastidiaron, y á la vuelta de una esquina desertaron los clarines 
y dejaron sola á la tambora y al serpenton. 

Las campanas enmudecieron, y los vecinos cerraron sus balco- 
nes y ventanas, cansados de una cencerrada tan espantosamente 
ridicula. 

— Ya es hora, — dijo Santiago González á Manolo Balboa; — po- 
demos marchar inpunemente; ya nos la pagarán estos beatos. 

— Amigo, en cuanto á la religión y á la monarquía, yo estoy de 
acuerdo. 

Santiago González trató desde ese momento de desprenderse 
del andaluz, y dejarlo en las astas del toro. 

— Marchemos, porque estamos corriendo un noventa y nueve 
por ciento. 

— ¿Y quién me paga mi sueldo? — preguntó Manolo. 

— El Ayuntamiento, amigo mió, en eso no hay duda; voy á po- 
ner la papeleta, y va usted á cobrarla para que tengamos dinero 
para el camino; en la casa del prefecto está la pagaduría, no obsta 
que sea de noche; toca usted hasta que le abran, que necesitamos 
la mosca. 

— Arreglado. 

Llegaron al mesón, y Santiago puso un recibo en' toda regla 
que entregó á Manolo, quien directamente se encaminó á la casa 
del prefecto. 

Luego que el andaluz volvió la espalda, el estudiante ensilló los 
caballos, cargó el equipaje en el de Manolo, y saltando ligeramente, 
tornó rumbo al pueblo de Acultzingo, donde estaban situadas las 
fuerzas del general Zaragoza. 



EL SOL DE MAY© 207 



IV. 

Manolo Balboa, después de preguntar á todos los transeúntes 
que encontró al paso por la casa del prefecto, llegó á la puerta, que 
ya estaba cerrada á macha-martillo. 

Tocó de una manera tan desesperada, que el viejo portero se 
levantó. 

— ¿Quién? — dijo de mal humor. 

— ¿Quién ha de ser? — contestó el andaluz, — Manolo Balboa. 

— ¿Y qué se le ofrece á Manolo Valdes? 

— Balboa, si usted gusta. 

— Bien, ¿qué quiere? 

— Vengo por el sueldo mió y de González. 

— Aquí no se paga á nadie. 

— Camarada, usted no sabe lo que se pesca, yo soy soldado. 

— ¿ Y qué me importa ? 

— Despierte al señor alcalde, y dígale á su merced que lo nece- 
| sito. 

— Está durmiendo. 

— Por eso mismo le digo que lo despierte. 

— No puedo, luego se incomoda. 

— Pues que se incomode. 

— Usted se ha equivocado, vayase á su cuartel. 

— No me da la gana, abra ó echo abajo la puerta. 

El andaluz siguió dando tales golpes á la puerta, que el prefec- 
to se despertó é hizo entrar á Balboa. 

— ¿Qué le quiere usted á la autoridad? 

— Que me pague esta papeleta. 

El prefecto vio aquel recibo, y después al andaluz. 

— ¿No es bueno? — preguntó Manolo. 

— No sé de qué se trata, 

— Está claro, de pagar; ¡ pues me gusta la pregunta i 

— ¿Quién es usted? 

— Ya se lo dije al diablo del portero, soy Manolo Balboa, deser- 
tor del ejército español, y amigo de México. 

— Preséntese usted en el cuartel inmediato. 

— ¡ Ca ! yo no me presento, tengo que reunirme con la tropa de 
un tal Zaragoza. 

El prefecto habló al oido al portero, y éste salió violentamente. 

— ¿Conque usted se ha desertado? — preguntó el prefecto. 

— Ya lo sabe todo mi regimiento á estas horas: yo soy de mi ge- 
neral Prim, un médico me sedujo, y ya cambié de bandera, eso es 
cosa demasiado sencilla. 

—¿Y usted es liberal? 

— Gasto todito el sueldo y no he guardado nada para los padres. 

— ¿Y qué piensa usted hacer en México? 

—Lo que estoy haciendo, cobrar el sueldo, y luego lo que me 
manden. 

— Es un desgraciado, — pensó el prefecto. 

El portero llegó con dos oficiales. 



208 JUAN A. MATEOS 



—¿Qué manda el señor prefecto ?— preguntó el de mas gradua- 
ción. 

—Este soldado español se ha presentado y quiere servir en el 
ejército. 

— Ni mas ni menos, — respondió Manolo. 

— Con permiso de usted me lo llevo. 

—Vamos,— dijo el andaluz,— solo que necesito ir por mi equi- 
paje al mesón. 

— Acompáñenle ustedes. . 

—¿Y la paga? 

— Ya la tendrá usted inmediatamente. 

— Mej or. 

Los oficiales se dirigieron al mesón. 

El andaluz entró en el cuarto, y hallándolo escueto, le pareció 
que se habia equivocado y registró todo el alojamiento. 

— ¡ Diablo ! mi compañero ha volado con todas mis prendas, ó el 
cuarto se ha perdido; lo que siento es mi cruz de África, aunque se 
la han dado hasta á los que fueron de mirones, música y acompa- 
ñamiento. Marchémonos en seguida, porque ese diablo de mediquín 
se las ha guillado hasta con mi jaca; ¡y para esto sirven los gefes 
supremos !.. 

Manolo Balboa quedó filiado en un proyectado batallón que 
nunca llegó á completarse, y en calidad de sargento furriel. 



CAPITULO XVI. 
Sigue la historia del tercer aparecido. 



En el pueblecito de San Gerónimo, que está situado á la izquier- 
da del camino de las Cumbres de Acultzingo, estaba albergada en 
una de sus casucas la familia de D. Luis de Aguilar, que tenia un 
rancho próximo al pueblo. 

La familis se componia de una señora avanzada en edad, y de 
un joven, moceton robusto y bien acondicionado. 

D. Luis era un hombre franco, y dispensaba generosa hospitali 
dad á una señora llamada doña Juliana, viuda de Heráclio Mondo 
ñedo, y á una joven que ya conocen demasiado nuestros lectores 

El mancebo le hacia el amor á la muchacha, lo que está muy 
puesto en razón, si se atiende á que vivían enteramente solos en la 
ranchería, y no habia en que ocuparse que diera mejores resulta 

dos. 

La joven comenzó por hacer dengues, después se fué haciendo 
suave como una gamuza, á mas andar dio una esperanza al mance- 
bo, que no cesaba de requebrarla, y acabó por creer que lo amaba. 

Entonces los dos jóvenes se levantaban con la primera luz, ata- 
ban á la vaca y la ordeñaban, hacían quesos, daban de comer á los 
pollos, y se decían piropos que era una gloria. 



EL SOL DE MAYO 209 



J). Luis de Aguijar era una persona despreocupada, y veía 
aquellas camelaciones con indiferencia, mientras la señora decia á 
su hijo : — Guilebaldo, ten mucho cuidado, la mexicana es muy capaz 
de volverte loco, si te quieres casar, dímelo con franqueza para en- 
viarte á Matamoros á trabajar cinco años y después consentir en 
tu matrimonio. 

Guilebaldo, á quien agradaba mas la vida pastoril á la Pablo y 
Virginia, juraba á mil cruces que amaba ,á la niña como á una 
hermana. 

Doña Juliana ex-Mondoñedo avivaba mas el fuego de aquella 
hoguera diciendo á la joven: — Isabel, te conviene casarte con Guile- 
baldo, estos jarochos están podridos en pesos, aunque los veas en 
caballos más flacos que las muletas de tu padre el Sr. Torre-Mella- 
da, tienen su guardado; ademas, que el novio es buen muchacho, 
cierto es que la inteligencia no es su fuerte; pero los hombres que 
piensan mucho soy muy peligrosos, y á los brutos se les domestica 
con mas facilidad; yo lo sé por experiencia. 

— Señora, — contestaba Isabel, — yo no soy imán del dinero; pero 
amo á Guilebaldo, él me ha ofrecido robarme como preliminar de 
matrimonio, pero yo ya estoy escarmentada, y les tengo tanto mie- 
do á los nobles como á los bellacos. 

— Es cierto, — observaba doña Juliana, — aquí eso no sería ni aun 
siquiera escandaloso, porque no hay población, ni donde tomar un 
chisme ni aun para remedio. 

Presentóse Guilebaldo en aquellos momentos. 

Era un joven de veintiún años, gordo, de ojos grandes, frente 
pequeña, pies deformes embaulados en unas botas de venado, cuer- 
po bajo y regordete, por lo demás, era simpático. 

— ¿Ya vino usted" del potrero? — preguntó Isabel. 

— Pues nó, — respondió el mancebo, — como que no puedo estar 
sin ver á usted una hora, con permiso de doña Juliana. 

— Yo estaba triste extrañando á usted. 

— ¡ Toma ! con mayor razón picaba con las espuelas al tordillo, 
diciéndole: camina, maldito, que vamos á ver á nuestra novia. 

— Lo dicho, — pensó doña Juliana. 

Y después, para aguijonear al mancebo y estrecharle al matri- 
monio, dijo en voz alta: 

— Estas pequeñas ausencias son tortas y pan pintado; cuando 
nos vayamos, que ha de ser muy pronto, entonces verán lo que es 
.bueno. 

— Vea usted, señora, primero me dejo caer de la primera cum- 
|bre, que separarme de Isabelita; yo no he conocido hasta ahora mu- 
jer que me haya petado mas en la vida; mi madre me ha dicho mu- 
léhas veces: Guilebaldo, tu prima Tomasa no te vendría mal para 
casarte; pero es que no tiene esos ojos, ni esa boca, ni todo eso tan 
hndo que tiene Isabelita; por eso he dicho: Si no quieren dejarme 
asar contigo, vamonos, y en el próximo curato nos presentamos, 
y nada mas que nos echen el' garabato, es cosa hecha, la doña Ju- 
liana nos servirá de madrina y ya está el cuento acabado. 

14 — EL SOL DE MAYO. 



210 JUAN A. MATEOS 



— Pero usted no cuenta con dinero alguno, Guilebaldo. — obser- 
vó doña Juliana. 

— La cosa es clara, — repuso el mancebo,—yo tengo en mi poder 
todo el dinero de la cosecha, me lo presto, que hay después lo paga- 
ré; ademas, que mi abuela me dejó las tierritas, y yo soy el único 
dueño, y que yo de que cabezeo, nadie me saca de lo que digo; con- 
que si usted nos acompaña para que no se hable del -deshonor de 
Isabel, no tenemos mas que hablar. 

— Yo estoy dispuesta á todo, pero ignoro si esj^a niña consentirá. 

Isabel meditó un rato, y considerando lo triste ríe su situación, 
y lo poco de amor que le tenia al mancebo, dijo : 

— Pues mañana saldremos de San Gerónimo, y no pararemos 
hasta Puebla, donde nos presentaremos al registro civil. 

Guilebaldo tiró el sombrero á lo alto é hizo media docena de , 
barbaridades para solemnizar tan fausto acontecimiento. 

II. 

El lector querrá saber cómo la hija del inválido Torre-Mellada 
se encontraba en el pueblo de San Gerónimo. 

Cuando Isabel smpo el casamiento del conde del Jaral, y no eri- 
contró en su derredor mas que personas que por su situación no po- 
dian prestarle ayuda, y sí rodearla de acechanzas en las cuales 
tarde ó temprano tendría de caer, se salió al acaso de la habitación 
de los estudiantes, comenzó á correr las calles sin rumbo, hasta que 
dio con uno de esos beatos tan aficionados al sexo hermoso, que 
comenzó á seguirla sin dar sospechas al público, pues nadie adivi- 
naba á un galán oculto en una capa larga, bajo un sombrero pi- 
ramidal, y con unos cuellos de camisa capaces de aparejar tres 
fragatas de guerra. 

— Dispense usted, criatura, — decia el devoto, — yo ia acompaña- 
ré, hay muchos escollos en el mundo y usted tiene unos ojos peca- 
minosos, yo la dirigiré á usted por buen camino; vamos, contenga 
el paso que ya saco la lengua de cansancio. 

Isabel, que por mucha escuela militar que tuviese, era una niña, 
se aterrorizó con los galanteos del devoto y penetró en una casa de 
vecindad, subió la escalera y se entró por la primera puerta que 
encontró abierta. 

— ¿Qué se ofrece, señorita ?- -preguntó la dueña de la casa, que 
era doña Juliana. 

— Señora, tenga usted compasión de mí. 

— ¿Se siente usted atacada de los nervios? 

— i Señora, soy muy desgraciada y necesito amparo! 

Doña Juliana, conocedora del mundo, no vio tras de la faz de j 
aquel semblante juvenil, nada por donde el aliento impuro de ese j 
mundo hubiese pasado. 

— Bien; cuénteme usted lo que le acontece, y dígame en qué pue- 
do servirla. 

— Por ahora, en librarme de un hombre que me sigue: mas tar- 
de le contaré á usted mi historia. 



EL SOL DE MAYO 211 

En esos momentos el devoto, que había seguido á Isabel, entró 
en la casa de doña Juliana. 

— ¿Señor Rodríguez, usted por aquí? 

— Mañana es día primero, y ya sabe usted que tengo que llevar 
la limosna para la misa de doce. 

—Ya. 

— Perdone usted, niña, no la habia visto á usted. 

Isabel saludó con una inclinación de cabeza. 

— No conocía á la señorita, ¿es acaso parienta de usted? 

— Sí, es una sobrina que ha llegado de Actopán. 

— ¿Y tiene padres? 

— No, es huérfana. 

— Puede haber un lugar en las Vizcaínas, es necesario preser- 
varla de los precipicios que abre á nuestros pies la malignidad hu- 
mana. 

— Es cierto. 

— Las jóvenes, — continuaba el devoto, — están rodeadas de pe- 
ligros; el aliento fétido de las pasiones ha marchitado mas flores 
que el invierno; esta casa lio me parece á propósito, si usted gusta 
pasar á la mía, tendrá usted todas las garantías que son debidas 
á una niña recatada como usted. 

— Gracias, — dijo Isabel verdaderamente asustada. 

— ¿Y hará, mucho tiempo que usted no se confiesa ? 

— Un año por la cuaresma. 

— j Un año ! — exclamó el devoto, — hé ahí el fruto de la orfandad, 
y del abandono, la pérdida de las creencias, la tibieza en Ja religión 
y la falta de ánimo en las creencias católicas: ¡Dios mió! esta al- 
ma se pierde irremisiblemente. 

El beato Rodríguez era uno de aquellos séreé que invocan impíos 
la santidad de la religión para el logro de sus pasiones groseras, 
uno de esos entes que prestan materia para desprestigiar una insti- 
tución; uno de esos hombres que pasan horas enteras arrodillados 
delante de los altares, y salen del templo para robar los bienes á- 
la pupila, á defraudar una herencia, á despilfarrar en el secreto de 
sus vicios la herencia confiada á su buena fé, y á engañar á una fa- 
milia para perderla. 

üe estos ejemplos se ven todos los dias y en todas las socieda- 
des. Mas víctimas ha hecho la hipocresía que el vicio en su ostenta- 
ción. 

Rodríguez trataba de apoderarse de la joven á todo trance. 

— Los impíos han cerrado los conventos; pero quedan aún nues- 
tras casas para el asilo de la virtud y de la religion ; — decia el beato 
lleno de emoción. 

Doña Juliana temió que Isabel condescendiese, y contestando 
á las ofertas del beato, le dijo que su sobrina lo pensaría, y que 
daría su resolución dentro de tres dias. 

Rodríguez se despidió protestando rogar á Dios por aquella in- 
fortunada, que no se habia purificado hacía seis meses en el tribu- 
nal de la penitencia.- 



212 JUAN A. MATEOS 



III. 

Luego que aquel demonio de la hipocresía abandonó la casa 
de doña Juliana, el señor Aguilar, que estaba de huésped, salió de 
las piezas interiores hecho un energúmeno. 

— Señora, ese hombre es Lucifer, me faltaba la paciencia y 
estaba para reventar como una bomba y hacerlo pedazos. 

— Señor de Aguilar, no haga usted aprecio de ese majadero, es 
un devoto hipócrita, y yo no consentiré jamas en que la señorita 
vaya á su casa. 

— ¿ Y quién es ese señor Rodríguez ?■ 

— Un abogado lleno de enredos, tutor de muchas jóvenes y 
hombre de tretas. 

— ¡ Abogado ! — exclamó el señor Aguilar, — no siga usted, ya está 
dicho todo; les tengo mas miedo á esas aves de pluma, que á una 
helada el dia de Santa Rosa. 

— Yo no sé cómo huir de ese hombre. 

— Vea usted, doña Juliana, usted es mi comadre, yo la aprecio 
á usted mucho, y luego que sepamos quién es esta niña, nos la lle- 
varemos á San Gerónimo, donde voy á recoger la cosecha. 

— Señor, --dijo Tsabel, — yo lo conozco ó usted. 

— ¿A mí? 

— Sí, lo he visto á usted en casa de mi padre en alguna ocasión; 
por cierto que riñeron y desde entonces no tuve noticia alguna. 

— ¿Cómo se llama usted? 

— Isabel Torre-Mellada. 

— ¡Rah! ¡bah! — dijo Aguilar, — ya me esperaba este resultado; 
supongo que cuando menos la habrá arrojado á usted de la casa; 
ese hombre tiene un genio de demonio. 

Isabel no se atrevió á decir la verdad, y permaneció en silencio 
no queriendo calumniar al pobre inválido. 

— Desde hoy no se separa usted de mí; yo debo sustituir á ese 
cafre en sus obligaciones; usted será mi hija, y yo me entiendo y 
bailo solo. 

Doña Juliana estaba admirada. 

— Mañana salimos á la madrugada para San Gerónimo, y us- 
ted irá con nosotros; supongo, Isabel, que no desconfiará usted 
de mí. 

El acento de aquel hombre era tan franco, que la joven no dudó 
en entregarse á su destino. 

— La presentaré á usted á mi esposa, que es una vieja exce- 
lente, y á mi hijo, que es un guapo muchacho, buen mozo, hon- 
rado y trabajador. 

— Yo acepto la protección de usted, caballero. 

— No hay mas que decir; desde hoy forma usted parte de la 
familia; me encargo de todo, y mañana al amanecer partimos 
para San Gerónimo, doña Juliana irá en nuestra compañía. 

— Acepto, acepto de mil amores, — contestó doña Juliana; — us- 



EL SOL DE MAYO 213 



ted sabe qué estoy cuasi viuda con la fuga de ese infernal gallego, 
á quien deseo cordialrnente se lo trague un tiburón ó una ballena : 
¡ ingrato ! 

— Bien, bien, — dijo el señor Aguilar, — lo que importa es que el 
lagarto del abogado Rodríguez no vuelva á ver á la muchacha; 
ese devoto es mas peligroso que Mefistófeles. 

— Ese señor debe ser muy malo, — observó doña Juliana. 

— Sí, señora, — contestó con sorna el señor Aguilar, — es de lo que 
hay poco. 

A la mañana siguiente, cuando Rodríguez volvió á la casa de 
doña Juliana, la encontró desierta y con cédulas. 

El devoto se mordió los labios de mohína y se tiró del copete; 
pero al observar que lo observaban, convirtió aquel acto del Mal- 
ladron en un símbolo católico, y comenzó á santiguarse. 

Calóse el sombrero hasta las orejas, pasó su mascada varias 
veces por las mangas de su frac color de pasa, y salió de aquel 
edificio, murmurando en son de oraciones cuanta maldición tuvo 
á mientes y se le vino á la boca. 

IV. 

El señor Aguilar presentó á la joven, y fué recibida en el seno 
de su honrada familia. 

Guilebaldo, á quien conocen nuestros lectores, se quedó con la 
boca abierta al ver la frescura y belleza de Isabel Torre-Mellada. 

La pobre joven, viendo perdidos sus amores con el conde, no 
quiso pensar mas en el, y desde luego se propuso flechar al in- 
feliz aldeano, que cayó como un pichón á los pies de aquel gavilán. 

Guilebaldo la veía con mucha atención, le hacia gracia cuan- 
do se reía, cuando estaba seria, cuando hablaba, cuando estaba 
en silencio; es decir, estaba acometido de mal de amores y ata- 
cado de todos los síntomas de tan horrible enfermedad. 

Comenzó por levantarse tarde á consecuencia de sus vigilias, 
descuidó el ganado, dejaba á vacas y becerros pasar juntos la 
noche, así es que la leche disminuía notablemente, lo que le costó 
una paliza al vaquero, dada en son de moral por el padre de 
Guilebaldo. 

El mancebo prefería estar en casa á recorrer los campos sem- 
brados, y su caballo, á fuerza de ociosidad, se habia hecho ba- 
rrigón y perezoso. 

Guilebaldo habia llegado hasta el estremo inconcebible de la- 
varse la cara todos los dias y peinarse, sacudir sus botas; esto si 
no tenia remedio, el hombre estaba de remate enamorado. 

El domingo se ocultaba en un rincón de la iglesia y estaba 
«con un ojo al gato y otro al garabato»; es decir, un ojo á Isabel 
y otro al padre del sermón. 

Isabel coqueteaba desesperadamente, y el infortunado joven 
berreaba de pasión. 

Una noche en que las señoras grandes se entretenían en contar 
ejemplos, los dos jóvenes paseaban en el corredor á la luz de la 
luna, como Norma y Poleon. 



214 JUAN A. MATEOS 



Aquel Poleon estaba de calzonera y sombrero jarano, lo cual 
no obstaba para sus amores. 

Guilebaldo se resolvió por la quincuagésima vez á declarar su 
pasión á Isabel Torre-Mellada. 

Rascóse la oreja, tartamudeó algunas frases, y al fin dijo con 
un arrojo desconocido : 

—En segundo lugar, yo amo á usted, Isabelita. 
— ¿Y en primero, qué? 

—Es decir, que yo la quiero y estoy desesperado, y me quiero 
casar y matar al mismo tiempo, y si usted me dice que nó, me 
ahorco; y si me da el sí, me desnuco; y si se queda callada, me 
estrello contra la primera roca del camino, allí hay una muy á 
propósito, ya la he examinado bien y espero que me responda 
luego luego. 

—Lo pensaré,— dijo Isabel,— contenga usted entretanto su furia.. 
—Nada de esperas, esta.misma noche ha de ser todo. 
—Pues bien,— dijo Isabel; compadecida de los sufrimientos del 
mancebo,— si usted me promete amarme toda la vida, esta mano 
es de usted. 

Guilebaldo se arrojó como un tigre hambriento sobre aquella 
delicada mano, y sin decir oste ni moste, le plantó docena y 
media de besos, mas bien mas que menos. 

Doña Juliana oyó el fuego graneado, y dijo para su coleto: 
— La plaza está tomada. 

Desde ese dia el mancebo no pensó mas que en Isabel, y la 
joven se sintió influenciada ante un amor tan grande. 

La soledad del campo, y sobre todo, la presencia de una sola 
mujer y de un solo hombre, absorbió el sentimiento de los jóvenes, 
y se amaron. 

Guilebaldo, con la amenaza de su señora madre, de enviarlo 
por cinco años á Matamoros, determinó romper el nudo gordiano 
y celebrar un enlace clandestino, á cuyo efecto dispuso el rapto 
de la joven en compañía de doña Juliana, cómplice y medianera 
de sus amores. 

A la mañana siguiente, 9 de Abril de 1861, debia consumarse 
"1 segundo rapto de Isabel Torre-Mellada. 



CAPITULO XVII. 
Las cumbres de Acultzingo. 



—¡Las Cumbres! ¡allí está ese espléndido panorama de gloria! 

El suelo del Anáhuac, levantado tres mil metros sobre el nivel 
del mar; allí violentamente cortado á pico, formando una inmensa 
y altísima muralla de rocas titánicas, ceñidas por un espeso 
bosque. 

Allá abajo queda la costa. 



EL SOL DE MAYO 215 

Primero se vé, como perdido en un abismo, el pueblo de 
Acultzingo, blanco, pequeño como una ave posada en la verde 
ribera de un arroyo. 

Mas allá la sábana con los cambiantes matices de su vegeta- 
ción exhuberante en zonas sobrepuestas teñidas de esmeralda. 
Sobre ese horizonte, una faja azul, ondulada, vaga, perdida en 
el espacio y confundida con la faja color de rosa del cielo... ¡es 
el mar ! 

El viajero al llegar á la cima de la cumbre, se detiene aturdido, 
mareado, y no comprende cómo descenderá á la costa. 

Y sin embargo, el hombre trazó una vía en el flanco de la 
montaña, y abrió un camino escalonando en las peñas. 

Y así se desciende como en un vértigo, en medio de encinas 
seculares y árboles gigantescos velados casi siempre por una 
niebla densa y sombría, que envuelve aquellas inmensas rocas 
dejando flotar en sus grietas sus móviles girones. 

Allí, en aquella perspectiva olímpica, pasó el primer acto del 
sangriento drama nacional : allí, en aquellas Cumbres, se virtió 
la primera sangre mexicana, que como un reguero de luz y de 
fuego, debia correr hasta el interior del país incendiándolo todo. 

II. 

Era el 26 de Abril de 1862. 

El ejército de Oriente ocupaba el espacio comprendido desde 
las Cumbres hasta San Agustín del Palmar. 

Pero según las noticias comunicadas por los exploradores du- 
rante la noche anterior, el enemigo se habia movido de Orizava. 

Entonces el general Zaragoza, con su Estado Mayor, avanzó 
hasta Ixtapa, para disponer allí la resistencia. 

No pensaba disputar el paso de las cuestas, sino foguear un 
poco á sus soldados, y causar á la vez algunas pérdidas al ene- 
migo. 

Comenzó, en efecto, á colocar las fuerzas designadas, para 
sostener el primer encuentro con los franceses. 

Dos mil hombres se pusieron á las órdenes de Arteaga, esc 
héroe sin tacha y sin miedo, que sintió un placer inmenso al verse 
señalado para tan alto honor. 

Todo el dia 27 estuvieron situándose las fuerzas presentes, á 
la vez que llegaban las que se habían llamado de Tehuacan. 

Al amanecer el dia 28 la batalla estaba formada. 

Apenas comenzaba á teñirse el horizonte con la luz del alba, 
cuando habia en el campo una agitación suma. En las filas se 
notaba un entusiasmo infantil: nadie creería que aquellos hombres 
se preparaban á un combate. 

Las fuerzas de Morelia se colocaron en el centro, en la pri- 
mera cuesta; las de San Luis ocuparon el llano de la derecha, y 
las de Puebla, el llano izquierdo. Mandaba las primeras el general 
Rojo; Escobedo, que entonces solo era coronel, las segundas; y las 
terceras el general Negrete. *> 

Los batallones de Querétaro formaban la reserva. 



216 JUAN A. MATEOS 



La mañana avanzaba rápidamente, y el general Arteaga no 
llegaba aún. 

Sus ayudantes Jo buscaban por todas partes, hasta que al fin 
se dirigieron al punto donde habia pernoctado. Ütro ayudante les 
salió .al encuentro. 

— ¿Y el general? — le preguntaron. 

— Duerme aún, — les contestó con un acento tristísimo. 

Los oficiales movieron la cabeza como un signo de mal agüero. 

Era que cuantos habian militado con Arteaga, notaban que 
cuando su general dormia profundamente la víspera ele algún 
combate, ó era herido en él ó sufría una derrota. 

Y eso los obligaba á ser supersticiosos. 

Al fin fué preciso despertar al general Arteaga, el cual se le- 
vantó penosamente. 

¡Pero su semblante estaba risueño: solo pensaba en la gloria, 
eterna ilusión en su alma de soldado ! 

III. 

La mañana pasó tranquila. 

A las once del dia comenzaron á llegar las fuerzas francesas al 
pueblo de Acultzingo, y al momento comenzaron á molestarlas nues- 
tras guerrillas. 

A la una del dia una avanzada del enemigo se dirigió hasta el 
pié de la cumbre : nuestras avanzadas la hicieron huir. 

Desde aquel momento continuaron sin cesar las escaramuzas, 
saliendo constantemente avanzadas de Acultzingo, cada vez mas 
numerosas, que retrocedían á los primeros tiros, ó al recibir uña gra- 
nada en medio de sus filas. 

Los franceses, preocupados con que podían con una patrulla con- 
quistar el país, no comprendían aquella resistencia. 

Por fin, á las tres de la tarde se desprendieron dos columnas de 
ataque por el centro, de á mil hombres cada una, y otra de mil qui- 
nientos por los flancos. En estas últimas venían marinos, que traían 
ademas de sus armas, instrumentos de zapa, y cuerdas y garfios 
para asaltar la altura. 

Inmediatamente se empeñó el combate. 

IV. 

Arteaga tenia un defecto sublime para batirse; perdía la sangre 
fria. 

Previsor y cauto al principio de la batalla, luego que ésta se em- 
peñaba, su sangre noble é hirviente se agolpaba á su cabeza; olvida- 
ba la línea que le demarcaba la ordenanza, se colocaba al frente de 
una columna, y se lanzaba sobre el fuego enemigo. 

Era un león acorralado, hostigado, y que se arrojaba sobre el 
círculo de hierro que lo amenazaba. 

Y con ese valor indómito, á los treinta minutos, Arteaga, con la 
columna del centro, habia arrollado á los batallones franceses y 
llegaba á cincuenta pasos de la reserva enemiga. 



EL SOL DE MAYO 217 



Entonces una línea de luz opaca y rápida como una chispa eléc- 
trica, recorrió la línea francesa, una inmensa detonación retumbó 
entre las rocas, una nube de humo envolvió á los combatientes, y 
Arteaga cayó herido del caballo. 

Sus ayudantes lo rodearon sosteniéndole. 

Era el primer héroe, el primer mártir de la independencia de 
México. 

Entretanto, los cuerpos franceses que operaban un movimiento 
de flanco, ganaban terreno, ocupando las primeras cuestas de la 
cumbre. 

Zaragoza comprendió que no- debia sacrificar aquel cuerpo de 
ejército; que su plan estaba ya realizado, y ordenó Ja retirada. 

Arteaga habia sido arrancado por los suyos del lugar en que 
estaba mas empeñado el combate. 

El general se reconoció la herida y viendo que el peligro mas 
inminente que lo amenazaba era la hemorragia, se aplicó él mismo 
el compresor de Dupuytren, que llevaba siempre consigo, mientras 
llegaba la ambulancia. 

La retirada se hacia en un perfecto orden. 

Escobedo, que se encontraba cortado, ganó la montaña y se 
retiró para Tehuacan. 

V. 

Pero aun no habia. concluido todo. 

La defensa de la segunda cuesta se habia preparado ya. 

Allí estaba la brigada de Oaxaca con el general Diaz á la cabeza. 

Hé aquí porque no solo hubo defensa, sino que el joven caudillo 
lanzando un hurra á la nación, se arrojó sobre los franceses, arro- 
llándolos después de un rudo y largo combate. 

Los franceses se sorprendían de aquel valor que no habían en- 
contrado jamas en los soldados disciplinados de Europa. 

Pero la noche avanzaba rápidamente, y los toques de retirada se 
oían por segunda vez. 

Y sin dejar de batirse, y con un orden admirable, el ejército re- 
publicano llegó de nuevo á la Cañada de Ixtapa. 

La jornada de aquel día se habia concluido. 

Era el inmortal preludio del 5 de Mayo. 



CAPITULO XVIII. 

De cómo las piedras rodando se encuentran. 

I 

Avanzaba la noche del 28 de Abril, que era verdaderamente her- 
mosa, la luna reverberaba sobre los campos, y su luz fosfórica daba 
un tono melancólico á las arboledas, que murmuraban al son del 
viento, desprendiendo un vago ruido como el suspiro de las ramas. 



218 JUAN A. MATEOS 



Las estrellas salpicaban el sereno azul del firmamento y los me- 
teoros atravesaban con rapidez como luceros desprendidos de la gi- 
gante bóveda del cielo. 

La atmósfera, saturada de oxígeno purísimo, se deshacía en va- 
pores que volaban leves en torno de la luna. 

Aquel silencio consolador fué interrumpido por el lejano ladrido 
de los perros. 

Después se oyeron pasos de caballos, voces y tropel de gente. 

Una caravana de ginetes, escoltando una litera cerrada, corta- 
ban la carretera para tomar rumbo hacia el pueblo de San Gerónimo. 

— ¡ Cuatro hombres aquí ! — gritó la voz conocida del teniente Pa- 
blo Martínez. 

Cuatro dragones se desprendieron de la escolta. 

El teniente se acercó á la canalla y dijo en voz baja : 

— Mi general, voy á preparar el alojamiento. 

— Sí, — respondió el hombre que iba en la camilla,- -deseo descan- 
sar, la herida me sangra horriblemente. 

— ¡Rayo y truenos con estos diablos de franceses! ya nos la pa- 
garán mas tarde: alto, muchachos, y descansad con mucho cui- 
dado. 

Los indios que llevaban la camilla, la posaron en el suelo con 
tiento. 

—Yo me adelanto, comandante; antes de amanecer ya estaremos 
en San Gerónimo. 

Adelantóse Pablo Martínez con los cuatro dragones y comenzó 
á galopar en dirección del pueblo donde el hijo de Aguilar hacia sus 
preparativos para la fuga. 

Acercóse á la camilla el médico de la ambulancia y alzó la cor- 
tinilla. 

—Hola, Mondoñedo, — dijo el general Arteaga- -ya necesito del 
ausilio de usted. 

— Aquí estamos, mi general, dispuestos á. curarle; acércate, Feli- 
pe; y tú, Santiago, enciende el mechero y prepara las vendas. 

Los dos practicantes sacaron de sus bolsas de camino vendas, 
hilas, ungüentos, y cuanto necesitaban para la curación. 

El general Arteaga seguía terriblemente enfermo, la caminata 
lo habia empeorado y la amputación se hacia necesaria por mo- 
mentos. 

Manuel Mondoñedo se quitó la levita, y á su ejemplo los dos 
compañeros acercáronse á la camilla y comenzó la curación de la 
herida 

Arteaga sufría el dolor con la resignación de un mártir. 

Aquella sangre estaba destinada á empapar el suelo de la patria. 

II. 

Volvamos á la casa del señor Aguilar. 

Guilebaldo habia hecho un lio con su ropa de mas valor, pasó 
la noche cosiéndose á las calzoneras las onzas de oro para evitar un 
robo. 



EL SOL DE MAYO 219 

Ensilló los caballos desde las doce, y no cesaba de ver las es- 
trellas, reloj seguro de los campiranos. 

Ya comenzaba á clarear, cuando Isabel salió con mucho cuidado 
de su habitación, seguida de doña Juliana. 

Guilebaldo estaba listo; colocó á su novia en el mejor de los ca- 
ballos, y á doña Juliana en una muía mas endiablada que la viuda 
de Heráclio Mondoñedo. 

Montó él en su caballo y emprendieron todos la caminata. 

Llevaban media hora de camino, cuando la muía se asustó con 
un árbol que estaba derribado, y comenzó á dar una de brincos, 
reparos y corcovos, que parecia que se llevaba una legión de diablos 
á doña Juliana. 

La infeliz viuda llamaba en su ausilio á toda la corte del cielo, 
y San Pascual Bailón, dispensándole un milagro, la hizo bailar de 
costillas en medio de la comitiva y en el centro de un gran lodazal. 

— ¡ Muerta soy ! — gritó la viuda. 

— ¡ Dios mió ! ¡ la mató la muía ! — exclamó Isabel. 

— ¡La chafó! — dijo Guilebaldo; y se apresuró á dar ausilio á su 
protectora. 

— ¡Uf ! lo menos siete costillas me ha fracturado; yo tengo la cul- 
pa por andar en aventuras: y usted, bárbaro, que me ha montado 
en esta fiera. 

— Yo no sabia que era tan regiega. 

— Usted no sirve para casado. 

— Vamos, levántese usted que ya amanece, y el señor mi padre 
nos seguirá inmediatamente. 

—No puedo moverme y ya el agua me cala hasta los tuétanos. 

Guilebaldo sacó del lago á doña Juliana y se la puso sobre una 
roca. 

— ¡Ay! ¡ ay ! toda la parte del vaso me duele espantosamente, la 
espinilla la tengo raspada, y la cabeza se me anda como rueda de 
castillo de cobetes. 

— Suba usted á la muía, estoy seguro de que no hará otra igual. 

— Si con esta que ha hecho estoy mas que satisfecha. 

— Suba usted ó la dejamos ahí. 

— Eso sí no lo consentiré, — dijo Isabel. 

— Gracias, hija mia, este hombre es un cocodrilo, mas aún, es 
una especie de gallego. 

— ¿Pues díganme qué hacemos? 

— Vaya usted por un médico. 

— Solamente que camine hasta Puebla, que dista veinte leguas. 

— ¡Ay!... ¡ay!... maldita muía; ¡pero usted, hombre, no se 
mueve ! 

— Aunque me mueva, mientras usted se esté quieta nada ade- 
lantamos. 

— Súbame usted á su caballo y sigamos. 

Guilebaldo, accediendo á la petición de doña Juliana, la puso- 
sobre su caballo; pero la infeliz no pudo sostenerse y asida del cuello 
del novio se quedó media privada. 

— Cómo pesa el diablo de la abuela, ya me sofoca: pues estamos 



220 JUAN A. MATEOS 

lucidos; — exclamaba el novio procurando desasirse del lazo de hierro 
con que lo sujetaba la "viuda. 

— Es imposible caminar, — decia Isabel, — aquí nos van á sorpren- 
der; qué dirá el señor Aguilar, que soy una ingrata, yo torno una re- 
solución y Dios dirá lo que ha de ser de los demás. 

Arrimó las espuelas á su caballo y partió á escape para San Ge- 
rónimo. 

Liego á la casa, que permanecia en silencio, ee eutró en su ha- 
bitación y se metió en el lecho. 

III. 

Atónito se quedó Guilebaldo con la precipitada determinacion. 
de su novia. 

No volvia aún de su asombro, cuando Pablo Martinez llegó al 
lugar de la aventura con su escolta. 

— ¡ Quién vive ! — gritó el guerrillero. 

■ — ¡Guilebaldo Aguilar! — respondió el mancebo. 

—¡ Alto ! 

— Si ya hace media hora que no hacemos otra cosa. 

Llegóse Martinez y encontró el cuadro patético de la vieja asida 
del cuello del mancebo. 

— ¡Hola! amores tenemos, y ó estas horas; pues madrugan este 
par de tortolitas. 

— ¡ Ay ! — exclamó doña Juliana. 

— Esta joven se queja, la debe usted haber hecho mal, amiguito. 

— No ha sido él, sino ella. 

— ¿Quién es ella? 

— ¡ Esa muía ! 

—¿De quién se trata? 

— ¡ De esa infame ! 

— No entiendo una palabra. 

— Señor guerrillero, la causa de mis males es un animal. 

— Ellos son siempre la causa de todo. 

— Yo no sé mentir, es necesario que usted sepa que este joven 
me llevaba robada. 

— ¿Y se ha atrevido este hombre á cometer semejante horror? 

— Yo no he cometido nada, — contestó Guilebaldo 

— Vamos, — dijo Martinez, — ¿cómo se llama usted? 

— Guiiebaldo Aguilar. 

— ¿Luego usted es hijo de mi amigo don Luis? 

— Sí, señor. 

— Pues no permito el que se lleve adelante esta aventura, entre 
usted en filas y vamos á la casa paterna. 

Guilebaldo se puso entre los dragones, y doña Juliana comenzó 
á decir con sentimiento : 

— Caballero militar, usted no debe abandonar á una infeliz mu- 
ger en medio de un camino, mi honra quedaría á merced de los 
bandoleros, y esto es injusto: caballero, la muía se asustó con 
un árbol, y yo he caido en una postura muy poco contable; pero soy 



EL SOL DE MAYO 221 



una mujer digna de compasión, las costillas están hechas pedazos y 
la rabadilla desollada; vea usted, señor soldado, como soy viuda de 
un gallego, estoy espuesta á mil contratiempos; todos los sufriré 
hasta con gusto, menos pernoctar en estos vericuetos. 

— ¡Ea .'--gritó Pablo Martínez,— suba al caballo y vuélvase con 
nosotros á San Gerónimo. 

Un dragón levantó en peso á doña Juliana y la plantó sobre el 
caballo. 

El instinto del miedo hizo á la pobre vieja sostenerse en el ani- 
malejo, y echóse camino adelante, sufriendo los indirectas de los 
soldados y Jas chuscadas del guerillero. 

IV. 

Levantóse el señor Aguilar y buscó á su hijo en la estancia; 
sobre la mesa habia un papel que imprudentemente dejó Guilebaí- 
do, era su despedida. 

«Padre mió : 

«Huyo con la muger que amo; cuando usted me busque, ya no 
pareceré; me llevo una buena muía y algunos pesos; yo volveré á 
trabajar, y dígale usted á mi madre que he preferido el matrimonio 
á ir al puerto de Matamoros á pasar los cinco años que me tenia 
ofrecidos. Adiós, padre mió, yo soy siempre el mismo; no me busque 
usted, ya sabe que voy á Puebla donde me tiene á sus órdenes como 
su muy obediente hijo 

Guilebaldo. ■» 

—Este muchacho es un borrico y esa infernal mexicana una in- 
grata; yo tengo la culpa por haberme echado esa sierpe en el seno; 
aunque yo pensaba casarla con mi hijo: vamos, la juventud tiene' 
sus yerros, es necesario perdonar la inexperiencia. Es necesario avi- 
sar á la madre y dejar á ese animal que haga lo que le diere la gana. 

Isabel se levantó y salió al encuentro del señor de Aguilar. 

—¿Cómo es esto, señorita?— dijo don Luis. 

—¿Qué pasa, señor, que me ve usted tan azorado? 

— ¿ Luego usted no es la novia ? 

—¿De quién? 

— La robada. 

— No entiendo una palabra. 

— ¡Ah!... ¡Oh!... ¡será la bruja infernal de doña Juliana! 

—Esa señora ha desaparecido. 

—¡Bestia!... ¡hipopótamo!... ¡antropófago!... ¡gustarle las cate- 
dráticas! 

— ¿Pero qué sucede, señor? 

—¡Que Guilebaldo se ha huido con la \ieja infernal de doña Ju- 
liana y con la mejor de mis muías! 

Llegaban aquí las esclamaciones del padre de Guilebaldo, cuan- 
do la caravana llegó á la puerta de la casa. 

— ¡ Hola, teniente Martínez .'—gritó el señor Aguilar. 

—Aquí Je traigo á usted este mozo, lo he sorprendido en la ca- 
rretera con este fenómeno. 



222 JUAN A. MATEOS 



Guilebaldo salió de entre las filas y dijo humildemente á su 

padre: 

—Señor, perdóneme usted; pero esta, no es ella. 

—Pues ella es una loca, y esta es la muía que me hace tanta 

falta. 

—Señor padre, doña Juliana no es ella. 

—Ya comprendo que es él, porque ella te ha robado. 

—Óigame usted, por compasión— exclamó doña Juliana;— yo 
uo he robado á nadie, es una equivocación horrible. 

— Bien, baje usted del caballo. 

—No puedo, la muía me ha dado tan fuerte zopapo, que en un 
tris estuvo el que dejara yo el bautismo en las piedras del camino. 

—Eso me tiene sin cuidado; baje usted y ya mi hijo llevara su 

—Pelillos á la mar.— gritó Martínez -si usted le toca un pelo a 
ese mancebo, me lo llevo; ofrézcalo usted, déme su palabra y es 
uan^exi_jo. ^ ^^ ^_ palabra-dijo el señor Aguilar -pero ma- 
ñana queda casado Guilebaldo con esa señora. 

— ¡ Zapateta ¡-exclamó Guilebaldo sacudiendo los decios,-pn- 
mero me ahorcan. 

—No hay remedio, hoy los presento al curato. 

—Vea usted, señor padre, descuartíceme usted, nagame usted 
cecina como á los caballos que se nos mueren en el rancho; pero no 
me obligue á que haga la grosería de decir redondamente que no 
delante del padre cura. 

—Tú cubrirás el honor de esa señora. 

—Señor padre, si vo no lo he descubierto. 

— ¡ Silencio todos ! que llega mi general Arteaga- grito el guerri- 
llero. 

V. 

El herido de las Cumbres de Acultzingo llegaba en una camilla 
á la casa del señor Aguilar, donde se le dio la mas franca hospita- 

3 a _Nos hemos batido todo el dia,-dijo Martínez á su huésped- 
la desgracia ha hecho que una bala atravesase la pierna del gene- 
ral, y nos hemos retirado: ¡demonio! esta sangre les ha de costar 

bien caro. 

. yi pc¡+ p (i g uelisro ** 

-Creo que no; él solo se hizo la primera curación, y ha resistido 
la furia médica con un valor todo suyo. 

—Bien, aquí pasará algunos dias tranquilo. 

El guerrillero meneó la cabeza. 

—No hay que hacerse ilusiones; hemos perdido aunque con hon- 
ra la primera batalla. , 

—Es cierto, dentro de algunas horas volveremos a batirnos, yo 
aquí dejo- á mi general; porque eso de que haya fiesta y yo no me 
encuentre, es imposible. 



EL SOL DE MAYO 223 



— Pablo Martínez, en una de esas pierde usted la vida. 

— No importa, he nacido para estacar la salea, y ya se me hace 
tarde. 

— Pueden darle á usted gusto. 

— Como me lleve á media docena por delante, aunque me atra- 
viesen. 

— Llega ya la ambulancia; vamos, que el general está bien cui- 
dado. 

— Ese señor Mondoñedo es muy activo y viene acompañado de 
dos estudiantes que son la piel de Barrabás. 

- Aquí están, les daremos conversación mientras el general en- 
tra en reposo. 

Acercáronse Felipe Cuevas y Santiago González. 

— Caballero, — dijo Cuevas. — tenemos el honor de saludar á nues- 
tro huésped. 

— Están en su casa, señores. 

— Deseáramos, — se apresuró á decir González, — algo de comer; 
porque en todo el dia hemos probado un trozo de carne. 

— ¡ Isabelita ! — gritó el señor Aguilar á su joven alojada. 

A ese nombre los dos estudiantes volvieron la cara. 

Isabel Torre-Mellada acudió al llamado de Aguilar. 

— ¡ Ella ! — exclamaron á una voz los estudiantes y se apresura- 
ron á saludar á la joven. 

— ¿ Usted por aquí, señorita ? 

--Buen susto nos ha dado con su desaparición; figúrese usted 
que mi hermana Loreto está inconsolable. 

— Pero mas inconsolables estamos nosotros. 

— No es tarde el bien cuando llega. 

— Nos felicitamos por el encuentro. 

Guilebaldo les lanzaba á los estudiantes miradas de basilisco. 

Isabel estaba enteramente cortada. 

— ¿üonde la habrán conocido este par de tunos? — se preguntaba 
el señor Aguilar. 

—A lo que parece, — dijo Martínez, — ustedes son conocidos viejos. 

— Tan conocidos, — dijo Santiago González — que su padre de la 
señorita le dio una zurribamba de palos á mi compañero. 

— No fué paliza, señores, — dijo amostazado Felipe Cuevas, — fué 
un muletazo por equivocación. 

— Lo que no obstó para que le fracturase una costilla. 

— Los señores, — dijo Isabel,— eran visitas de casa, y por lo tan- 
to mis buenos amigos. 

■ — Es cierto, — contestaron los estudiantes, no queriendo descu- 
brir la verdadera historia de la joven. 

Guilebaldo tenia todos los diablos en el cuerpo. 

— Señores, — dijo el señor Aguilar, — pasemos al comedor, que pa- 
rece que hay apetencia. 

— Pasemos, — contestaron los ambulantes, y se dirigieron á la 
mesa cuasi exánimes de hambre y necesidad. 

El teniente Pablo Martínez, que era un gracioso de primera 
fuerza, amenizó la tertulia con historias divertidas, á las que contes- 
! taba Felipe Cuevas con las suyas de Nueva-York. 



Z2k JUAN A. MATEOS 



Martínez tomo una copa y dijo en voz alta: 

— Brindo por el próximo enlace de Guilebaldo con doña Juliana 

Todos aplaudieron con frenesí, menos el mancebo aludido, qu 
rechinó los dientes como un endemoniado. 

Isabel se reía á dos carrillos y cambiaba miradas de inteligen 
cia con su prometido. 

VI. 

Mondoñedo había curado al general Arteaga y permanecía á 
cabecera del enfermo. 

— ¿Duerme usted, mi general? 

— No, estoy con fiebre, — respondió Arteaga; — quisiera ha' \ 
muerto al disputar el paso á los franceses. 

— Ha cumplido usted como un valiente. 

— Ya no le sirvo de nada á mi país, esto me desespera horrible 
mente. 

— Procure usted reposar. 

— Tengo delante la batalla, me parece oír las descargas de \i 
artillería; ¡ pobres soldados míos, han muerto como mueren los b 
roes ! 

—Es cierto. 

Después de un rato de silencio, Mondoñedo dij_ al general: 

— Queda usted al cuidado de esos compañeros, yo tengo que mar 
char con el general Zaragoza al encuentro del enemigo. 

— Está bien; estoy satisfecho del cuidado é inteligencia de eso 
jóvenes. 

— Dentro de algunas horas ya nos habremos separado, mi ge 
neral. 

— Mondoñedo, usted es valiente, no escasee usted las oportuni 
dades de distinguirse, es necesario que los franceses sepan que haj 
mexicanos que saben morir en defensa de la patria. 

— Tai es mi intento, señor general. 

— La actitud que conserve hoy nuestro ejército, decidirá de 
porvenir. 

— Hoy ha habido episodios que honran á México, y el presentadcj 
por usted al caer herido luchando como el primero, es de los ma¡ 
notables. 

— He cumplido con mi obligación. 

— Adiós, general. 

— Adiós; dígale usted al general Zaragoza, que le recomiendo á 
mis heridos. 

Aquel hombre no habia olvidado á sus soldados y les consagra 
ba sus desvelos desde el lecho del dolor. 

¡ Hay seres que al presentarse en la vía dolorosa por la que atra 
viesa la humanidad, son llamados al cadalso sangriento del marti 
rio por lo elevado de sus ideas y lo sublime de sus sentimientos ! 




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EL SOL DE MAYO 225 



VII. 

A la mañana siguiente, el alcalde del pueblo dio ¡iviso de la 
aproximación de una guerrilla enemiga. 

— ¡Llévense al general! — gritó Pablo Martínez, — mientras yo pe- 
leo con esos traidores. 

Dirigióse al camino por donde aparecían los reaccionarios, 
mientras el señor Aguilar y su familia seguían á los jóvenes del 
Cuerpo médico que sacaban violentamente en la camilla al gene- 
ral Arteaga. 

El teniente Pablo Martínez, emboscado en la laderas del ca- 
mino, contuvo á una guerrilla que trataba de apoderarse del pueblo. 

Algunos dispersos que llegaban de las Cumbres engrosaron 
las filas del atrevido guerrillero, y la fuerza contraria se puso 
en fuga dejando tres muertos en el campo y varios caballos. 

— ¡Primero las orejas — gritó Martínez, — que permitir á esos 
bandidos qu¿ tocasen á mi general ! Ahora, que el alcalde entierre 
á los muertos, y vamonos los vivos á seguir dando guerra hasta 
que San Juan baje el dedo. 



CAPITULO XIX. 
De lo que pasaba en los campamentos francés y mexicano la víspera de lá batalla. 

I. 

Al terminar la gloriosa jornada de las Cumbres de Acultzingo, 
el general Zaragoza emprendió su movimiento retrogrado, buscan- 
do un sitio á propósito para batir con éxito el ejército francés. 

Varias veces se habia detenido en su tránsito, y recorrido los 
accidentes del terreno buscando las probabilidades del triunfo; 
pero desconfiado y receloso, continuaba en su peregrinación, tra- 
yendo á una jornada de distancia al enemigo, que no cesaba de 
escaramucear con las guerrillas. 

El 3 de Mayo de ese año histórico de 1862, llegó con su ejército 
al frente de Puebla, dejando á retaguardia de los franceses una 
brigada de caballería. 

La ciudad se puso en alarma; un sopor de muerte pesó sobre 
aquella atmósfera siempre pura, y el silencio de la espectativa 
tenia embargados á los habitantes y al mismo ejército. 

Los batallones desfilaron sombríos por las calles abandonadas, 
y al son compasado de los parches, entraban en sus cuarteles. 

El general Zaragoza, seguido del Cuartel Maestre y su Estado 
Mayor, subió á practicar un reconocimiento á los cerros de Loreto 
y Guadalupe. 

El bravo general, montado en un soberbio caballo, y puesto 
.arrogantemente sobre la gigante cúspide de aquella montaña, erf 

15 — EL SOL DE MAYO. 



226 JUAN A. MATEOS 



una estatua ecuestre que simbolizaba el hecho mas glorioso de 
nuestra historia contemporánea. 

¡ Zaragoza ignoraba que las herraduras de su corcel descansa- 
ban sobre ese pedestal que á las pocas horas debia levantarle la 
fortuna, y desde donde le contemplarían cien y cien generaciones 
en el recuerdo de las glorias patrias ! 

Tender su vista de águila, contemplar la llanura, las monta- 
ñas próximas y la ciudad, abarcar las distancias y concebir simul- 
táneamente su plan de campaña, fué obra de un momento, porque 
volviéndose á los generales que lo contemplaban en silencio, dijo 
con firme voz y ronco acento: «Aquí,» y tendió su mano señalando 
el campo de la batalla. 

Aquella palabra era un reto al destino, un emplazamiento á la 
victoria. 

El relámpago del genio habia surcado por su cerebro. 

El alieuto de Dios habia pasado por su inteligencia. 

En el espejismo misterioso de su alma, vio al ángel de la vic- 
toria: aquella visión era el apocalipsis del heroismo en la irra- 
diación de su espíritu batallador. 

II. 

La fama del ejército francés, trasmitida en los gloriosos epi- 
sodios, traidos en las últimas horas del siglo XVIII y las primeras 
del siglo XIX, habian dado un prestigio sobrehumano á aquellos 
soldados, quí llevaban en sus estandartes el laurel de la primera 
victoria cosechado en las montañas de la Mesa Central. 

Nuestro ejército se sentia desconfiado, y para decirlo de una 
vez, comenzaba á perder la moral, levantada después á la vista del 
entusiasmo y de la fé de nuestros caudillos. 

Inferior en número, rebajado en el paralelo de instrucción y 
disciplina, sin mas elemento que el valor y la abnegación, en el 
terreno de los hechos y de la verdad práctica, no podia luchar con 
el ejército francés. 

Aquí acaban los cálculos de la mezquina inteligencia humana, 
para dar paso al juicio de Dios. 

Un incidente terrible vino á dar tintas mas oscuras á la si- 
tuación. 

Las hordas ensangrentadas, último y asqueroso resquicio de 
una bandería nefanda que su hundía en el fango del oprobio, se i 
sintió alentada con los motines de Córdoba y Orizava, y se dirigía^ 
en masa á prestar su apoyo al extrangero. 

De aquel pequeño ejército que esperaba ya descansando sobre 
sus armas la llegada del invasor, se desprendieron dos mil hombres 
á contener las chusmas reaccionarias, quedando aun mas debili- 
tado con aquella forzosa sangría. 

Zaragoza no vaciló un solo momento después de su irrevocable 
resolución. 

Se creía invencible en su sentimiento de inspirado y en el juicio 
de su patriotismo. 



EL SOL DE MAYO 227 



III. 

Levantóse una fortificación pasagera en los cerros de Loreto y 
Guadalupe, y á la madrugada del dia 4 el general Negrete ocupó 
esas posiciones con una división de 1200 hombres, reforzándolos con 
dos baterías de batalla y de montaña. 

En la plaza de San José se formaron tres columnas de ataque 
de á mil hombres, teniendo á la cabeza á los bizarros generales Be- 
rriozábal, Diaz y Lamadrid. 

Quinientos caballos al mando del general Alvarez. y una batería 
de batalla, apoyaron el movimiento. 

Cuatro mil setecientos hombres, he aquí el total de fuerza con 
que contaba el ejército de la República para aventurarse en el pri- 
mer encuentro. 

Pasóse el dia en la mayor ansiedad, esperando el avance del 
ejército francés. 

El impasible general Zaragoza no podia determinar aún su plan 
de campaña, porque ignoraba la actitud que guardaría el ejército 
enemigo, así es, que, centinela de aquellos hombre fiados á su valor 
para la defensa de la patria, esperaba sereno el momento del com- 
bate. 

La ciudad callaba con ese silencio religioso del testigo, ante un 
gran acontecimiento. 

Las cajas enmudecieron y las banderas yacían plegadas, espe- 
rando los primeros alientos de la batalla para mecerse sobre sus 
astas. 

Toda aquella muchedumbre tenia fija en una sola mirada toda 
su atención; estaba vuelta al Oriente, por donde debían aparecer 
los ejércitos de la Francia. 

El general Zaragoza recibió un parte de Amozoc, en que se le 
avisaba que Laurencez se detendría en ese punto toda la noche, y 
al amanecer emprendería su marcha sobre las posiciones republi- 
canas. 

Avanzáronse grandes trozos de caballería hacia el camino de 
Amozoc, y las tropas tornaron á sus cuarteles; la palabra «ma- 
ñana» circulaba por todos los labios. 

El valiente general atravesó á escape delante de sus tropas, 
repitiendo con torvo acento como un sonámbulo: ¡mañana!... ¡ma- 
ñana !. 

IV. 

El general Almonte había levantado su campo de Onzava, y ve- 
Ka cargando la gefatura suprema, caminando como un vivandero 
político tras el ejército francés. 

Haro, el clérigo Miranda y los satélites del gobierno usurpador, 
pidiendo plaza para su administración. 

Laurencez, general en gefe del ejército de la conquista, veía 
,con alto desden á la turba conservadora; no obstante, tenia la obli- 



228 JUAN A. MATEOS 



gacion de apoyar á Almonte, que se hizo llamar modestamente ge- 
neral en gefe del ejército mexicano. 

La noche del 4 de Mayo celebraban en Amozoc una última junta 
los intervencionistas con el gefe de la expedición. 

—He aquí las cartas, — decia Almonte,— en que se me asegura 
que seremos recibidos con flores y arcos de triunfo por la ciudad 
de Puebla; no puedo desconfiar del dicho de personas tan respe- 
tables. 

Haro, dándose los aires de un veterano, añadió : 
— Si hay resistencia por parte de Zaragoza, no creo que haya 
obstáculo para emprender un ataque; Puebla ha sido el teatro de 
mis campañas, y yo podré indicar el plan mas oportuno para que 
caiga en nuestro poder. 

— Yo lo que deseo saber, — dijo Laurencez,— es, si el general Za- 
ragoza me espera á pié firme y puedo contar con el pueblo de la 
ciudad para el evento de una tenaz resistencia. 

— Es un hecho, — contestó Almonte; — las masas están minadas, 
comprometidas de antemano; he aquí los despachos de los princi- 
pales; solo están en espera de nuestra llegada para lanzarse como 
tigres sobre ese ejército que acabáis de derrotar en las Cumbres 
de Acultzingo. 

Laurencez comprendía que no era tan sencilla la toma de 
Puebla, toda vez que los mexicanos se pusieren en situación de 
defensa; y esa pobre general, mezquino para tan grande empresa, 
no quemaría las naves como el conquistador Hernando de Cortes. . 
Su carácter orgulloso, y el éxito feliz que tuvo en el primer en- 
cuentro con las tropas mexicanas, le hacia soñar hasta en el 
bastón de mariscal, y creerse uno de los héroes del siglo XVI. 

Puede ser que el destino le proporcionase dar un salto como á 
Pedro de Alvarado en la noche triste; con la sola diferencia que 
este Alvarado moderno lo daría para atrás. 

Fluctuaba el desgraciado entre las densas sombras de la duda, 
que no podían disipar los discursos y protestas de ios interven- 
cionistas sobre una fácil victoria, cuando recibió un parte de 
Puebla, en que se le comunicaba que Zaragoza tomaba posiciones 
en los cerros que velan la ciudad como las esfinges de los antiguos. 
— Esas montañas, — dijo Haro, — son nada en comparación de las 
Cumbres de Acultzingo, y serán tomadas al primer impulso. 

— Tengo fé en los soldados de la Francia; ellos jamas han re- 
trocedido, y no sería en este país donde la bandera de Napoleón III 
sufriera una derrota. 

— Señores, — dijo Saiigny, — hasta hoy ninguno de nuestros cal-:: 
culos ha salido fallido, lo único que nos inquietaba eran las posi- 
ciones del Chiquihuite, esas yo las he tomado con una proclama, 
lo demás del camino está allanado; al pasar por Puebla he visto 
las fortificaciones, que caerán al primer cañonazo; nuestro es el 
porvenir. 

— Poca es la gloria que vais á cosechar, señor Laurencez— dijo 
Almonte; — batir á esas chusmas desprestigiadas tras unos para- 
petos, sarcasmo del arte de la guerra, apenas puede lisongear al, 
ejército francés. 



EL SOL DE MAYO 229 



— Me sería fácil, — dijo el comandante en gefe, — tomar la ciu- 
dad; pero quiero darle el último golpe á ese ejército, lo batiré en 
sus posiciones, y clavaré mi bandera victoriosa en los fortines de 
Guadalupe. 

— Yo desearía, — observó Haro, — que prescindiendo de las ideas 
de gloria, nos ocupásemos - solo de tomar la plaza. 

— ¡ Caballero ! — dijo algo exaltado Laurencez, — á los soldados de 
la Erancia les importa mas el nombre que ia posesión de una ciu- 
dad; ademas, que tomando las montañas y derrotando á Zaragoza, 
nos abrimos las puertas de la capital, no así dejándole en pié, 
porque le doy lugar á la retirada. 

— El general tiene razón, — dijo Almonte tratando de halagar 
á su tutor. 

— Esta es una opinión como otra cualquiera, — añadió Saligny, — 
que no importa una ofensa ni una lección á mis compatriotas. 

— Estoy muy lejos de eso,— respondió Haro; — no desconfió en 
manera alguna del éxito. 

Laurencez inflaba los carrillos lleno de vanidad, como un pavo. 

— Mañana tomaremos la sopa en la ciudad de los Angeles, — 
dijo con arrogancia Saligny, — en otra cosa podría haber duda. 

— Mañana, — agregó Laurencez, — tomaré cuarteles en Puebla. 

Seguramente aquellos hombres, entregados á las dulces ilu- 
siones de la victoria, ignoraban que la vía de flores soñada durante 
tanto tiempo, ocultaba abrojos punzadores que atravesarían en 
el calvario de la derrota. 



Wask y don Fernando, aquellos dos atrevidos aventureros, 
estaban también en el delirio de sus ambiciones. 

Ya es necesario, — decia Wask, — que Mr. de Saligny entregue 
la parte de bonos que se nos debe, después todas serán trabas y 
dificultades. 

— Ese majadero comienza á rebelarse, su carácter en la expe- 
dición lo lanza á un camino de abusos, y temo que nos defraude. 

— Ya nos conocemos, don Fernando, si ese hombre fuese capaz 
de tal infamia, le pondría un lazo para volarle la tapa de los sesos. 

— Es cosa bien fácil para nosotros. 

— Se ha quedado confuso ese francés y amilanado ante nues- 
tro golpe de la Colecturía de San Andrés Chalchicomula. 

El conde se estremeció involuntariamente. 

— Parece que os emociona ese recuerdo. 

— No, por mi vida, caballero. 

— Es que estáis pálido. 

— Sobre ciertos asuntos las bromas son peligrosas. 

— ¿Os enojáis? 

— Puede ser. 

El aventurero inglés, haciendo un esfuerzo poderoso en su in- 
domable carácter, respondió : 

—Todo, como vos decís, es una broma, olvidad mis palabras. 



230 JIJAN A. MATEOS 



Serenóse la fisonomía de don Fernando, y continuaron en su 
conversación. 

— He recibido carta de Manzanéelo, que se encuentra en la casa 
de doña Blanca; me asegura en ella que la capital espera impa- 
ciente el momento de la ocupación. 

— Yo desconfio de ese hombre, — dijo Wask;— en su perpetua 
monomanía de ver en el trono de México á su príncipe don Juan, 
todas las situaciones las ve color de rosa. 

— Es cierto. 
— Doña Blanca lucha desesperadamente con esa sociedad don- 
de el nombre de los Borbones apenas halla un eco muy débil en las 
baladas del pasado. 

— No importa, todos esos trabajos afluyen á la realización de 
nuestros proyectos : yo he visto claro desde el primer dia, la Fran- 
cia y solo la Francia, sacará las ventajas de su obra. 

— Nada mas justo. 

— Nosotros vamos en pos del oro, y siga la política por donde 
se le antoje. 

— Es cierto, nuestra ambición quedará satisfecha; dejemos á 
Almonte y su ridículo gobierno buscar los puestos distinguidos; 
yo conozco el favor de los reyes, hoy colmarán de honores á los* 
que entreguen á la patria, y mañana los arrojarán en el olvido, 
sino es que los destinan al cadalso. 

— La nube viene preñada de rayos, es necesario escapar de 
la tormenta. 

— Pero con mucho oro, mucho, hasta ahogarnos en él, — decia 
Wask crispando las manos y haciendo crujir sus mandíbulas. 

Aquel hijo de la Gran Bretaña era el demonio de la codicia. 

—Yo deseo, — dijo el conde, — después de recibir mis dividendos, 
partir á Europa en una legación; aun no pierdo la esperanza de 
reconciliarme con mi novia, que es inmensamente rica, ó ajustar 
mi enlace con Blanca de Montem.ol.in. 

— Los dos negocios son aceptables, conde del Jaral, la fortu- 
na pasa una sola vez delante de nosotros, no hay que dejarla 
escapar. 

— Sabéis, — observó don Fernando, — que estoy desconfiando te- 
rriblemente de Manzanedo. 

— Tenéis razón, hace dias que anda triste, decaído y presa 
de los remordimientos, ¡ alma mezquina encarcelada en las tinieblas 
de la cobardía í 

— Si á ese miserable se le antojara denunciarnos ante el go- 
bierno de la Francia, no tendría inconveniente en sacrificarnos 
por vía de escarmiento, y mas en esos primeros dias en que tra- 
tarán de hacerse de prestigio. 

— No está mal pensado. 

— El gobierno haria un alarde grotesco y no me cae en gracia 
ser suspendido de una horca. 

— Ese hombre es muy peligroso y me trae inquieto. 

— Yo nada os habia comunicado, pero ese fué el motivo que 
me impulsó al enviarlo á México al lado de doña Blanca. 



El sol de mayó 231 

— Allí, hablando de sus proyectos, nos arrojará de su memoria. 

—Lo creo difícil. 

— Todos esos temores desaparecen ante el cuadro que tenemos 
delante. 

— Os confieso que tengo una ansiedad desconocida, veo al ejér- 
cito francés con todos los elementos de la victoria; pero el nombre 
de Zaragoza me hace muy mala impresión, y yo soy fanático, señor 
conde. 

— Olvidad esa superstición, el general no es temible. 

— No lo sentís así, don Fernando, recordad nuestra apuesta. 

— Wask, es necesario hablar con franqueza y sin reserva al- 
guna; aquella noche en que os propuse descargar el rayo de la 
muerte sobre la cabeza de Zaragoza, fué porque me sentí bajo la 
influencia del terror, tuve miedo, como lo tengo ahora, preveía 
la hora que va á llegar y que se acerca á toda prisa, en que nos 
encontraremos frente á frente de ese hombre. 

Wask dejó caer su cabeza sobre el pecho. 

— Sí, — prosiguió el conde del Jaral, — ese hombre me asusta, creo 
ver á sus pies encadenada la victoria. 

— ¡ Esto es horrible ! — murmuró el aventurero. 

— Tengo vuestra palabra, y sin embargo, creo que al acercar- 
nos á Zaragoza, saJdria algún genio á defenderle, como las sierpes 
de Claudio Nerón. 

Wask dejó oir una estridente carcajada que debió resonar en 
el infierno. 

— No os burléis, caballero, mañana es un dia aciago. 

— ¿Aciago? — preguntó con terror el aventurero. 

— Sí, mañana es un dia de recuerdos fatales para la dinastía 
de ios Bonapartes. 

— Hablad, por Dios, señor conde. 

— El 5 de Mayo murió Napoleón el grande en Santa Elena, 
y las águilas de la Francia están de duelo. 

— ¡ Maldición ! — gritó Wask, — ese recuerdo va á influir en el áni- 
mo de esos soldados. 

— Mañana no alumbrará el sol de Austerlitz. 

Aquellas palabras sombrías eran una sentencia desesperada. 

VI. 

Trasladémonos al campamento republicano. 

La tropa estaba acuartelada, pero nadie dormía. 

Soldados y oficiales hablaban en voz baja. 

Mondoñedo se paseaba en los corredores del cuartel con sus 
compañeros Felipe Cuevas y Santiago González. 

— La casualidad nos reúne, — decia el estudiante, — es necesario 
que sigamos el mismo destino. 

— Ha habido una variación completa en nuestra existencia, yo 
me siento otro hombre,— dijo Santiago González,— se ha despertado 
en mi alma algo desconocido que me ha hecho superior en esta 
crisis porque atravesamos. 



232 JUAN A. MATEOS 



—El general Zaragoza te ha enviado á uno de ios cuerpos de 
Berriozábal, para que te distingas. 

— Y me batiré como el primero. 

— Yo me be impuesto una obligación mas sagrada, — observó 
Felipe,— permaneceré á la cabecera del herido, huiré de las balas 
para consagrarme á la humanidad doliente en cuerpo y alma. 

—Haz lo que mejor te parezca; lo que te rogamos es, que si 
la muerte nos entrega despiadada á tus furores, nos trates con la 
mayor consideración. 

— Ya les tengo preparadas unas camillas magníficas, estoy pro- 
visto de cloroformo, y he afilado los instrumentos. 

— Quiera Dios que no los emplees en nosotros. 

— Sería un buen rato para mi, esa satisfacción no podría qui- 
tármela nadie. 

— Puede ser que mañana á estas horas ya hayas cortado al- 
gunos miembros franceses. 

—¡Ojalá! 

— Tengo corazonada, — dijo Mondoñed o,— mañana triunfamos, 
la suerte está con nosotros. 

— Pero hombre, ¿en qué te fundas? 

—En nada, y en mucho. 

— Esplícate. 

■ — No se puede alcanzar la certeza sobre hechos que pertenecen 
al porvenir; pero yo soy algo fanático; esta noche he oido redactar 
al general Zaragoza la orden del dia, con tanta seguridad y aplo- 
mo, como si estuviese á su alcance cuanto va á acontecer en la 
función de armas de mañana. 

— ¿Conque está resuelto que esperemos á los franceses? 

— El general Zaragoza no dice dos veces la misma cosa. 

—No me llega la camisa al cuerpo, — dijo Felipe Cuevas. 

— Pues yo deseo que amanezca, como desear la salvación. 

— Esas son exageraciones. 

— Lo juro, — gritó Santiago González. 

—Hombre, no lo creo. 

— Mira, Santiago, tú me diste, una zurribamba de bofetadas 
en la cárcel, y me propongo tomar la revancha en el campo de los 
franceses. 

— Fuera de broma, — dijo Mondoñedo, — la cosa está mas seria 
de lo que parece; si nos derrotan mañana, el país está perdido. 

— Ya lo creo. 

— El síntoma bueno que hay en la' tropa, es la fé acendrada 
que tienen en Zaragoza; les parece que el general nunca debe 
sufrir un revés, recuerdan las jornadas de Guadal ajara, Silao y 
Calpulalpam, en que la sola presencia de ese hombre y sus palabras, 
habían decidido del combate. 

— A mí me pasa lo mismo, veo al general tan sereno como un 
busto de mármol, apenas se sonríe, pero como sonríen las estatuas; 
lo rodea una atmósfera de prestigio, que sus palabras son manda- 
tos : á morir, dice, y no hay remedio, se muere. 



EL SOL DE MAYO 233 



VII. 

Oyóse el tropel de caballos, y poco después el teniente Pablo 
Martínez se presentaba ante sus compañeros de campaña. 

— ¡ Por el buche del arzobispo ! que hemos escaramuceado toda 
la noche con esos infernales de cazadores de África, que ha sido 
una gloria. 

—¿No ha tenido usted ninguna desgracia? 

—A un soldado mió le han roto las quijadas; pero eso nada 
vale, aquí traigo un caballo árabe magnífico, se lo quité á un dra- 
gón que tenia el cuero durísimo. 

— ¿ Y usted cree que avanzarán mañana ? 

—¡Vaya! ; vaya .'—dijo Martínez echándose el sombrero á los 
ojos,— ya están en marcha; desde las dos pusieron en movimiento 
sus trenes y se dirigen á toda prisa sobre nosotros. 

— ¿Lo sabe ya el general? 

—Mi general Zaragoza lo sabe todo, ¡demonio! ai amanecer 
va á ser ello; aquí nos pagan lo de las Cumbres, la pierna del general 
Arteaga les ha de costar muy caro. 

—¿Y qué piensa usted de la batalla, señor teniente? 

—Que la llevamos tan segura como la crisma del bautismo. 

—¿Y en qué se funda usted? 

—En que Zaragoza nunca pierde; ahora mismo, al darle el 
parte de la aproximación de los franceses, me dijo tocándome el 
hombro: Señor teniente, mañana á estas horas ya le habré puesto 
á usted sobre el campo las divisas de capitán. Esto quiere decir 
en buen castellano : Lo voy á echar á usted sobre los cañones de los 
franceses, si se escapa, cuente usted con un grado mas. 

— Perfectamente. 

—Yo tengo un entusiasmo inmenso,— djio Santiago González,— 
¡ mañana debe ser un dia grande para la patria ! 

—Mañana nos rifamos con los gabachos, ya tengo hecho mi 
testamento, nombro heredero y albacea de lo que traigo puesto, al 
primero que me lo quite. 

VIII. 

Un ayudante de Estado Mayor comunicó al coronel del cuerpo 
la orden para que siguiese el movimiento de la división. 

Los soldados, como hemos dicho ya, no habían dormido, presa 
de esa ansiedad que devora el corazón en los momentos que prece- 
den á una batalla. 

Instantáneamente y en el mayor silencio se pusieron en marcha. 

Mondoñedo tendió la mano á sus compañeros y dijo con voz 
entusiasta . 

— ¡ Dentro de algunas horas nos veremos sobre el campo ! 

—¡Sobre el campo .'—dijeron á una voz Martínez, González y 
Felipe Cuevas. 



234 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO XX. 

¡j¡ El soi de mayo !!! 



Estamos en las primeras horas del 5 de Mayo de 1862. 

Los celages de la mañana comienzan á sonrosarse en el confín 
de un horizonte claro por las brisas purísimas de la madrugada. 

■ En el fondo del cielo levanta su frente la Malinízint como la 
deidad ante la cual se prosternaron nuestros mayores, y mas allá 
esos dos gigantes hermanos cubiertos con su armadura de hielo, 
que se llaman el Popocatepetl y el Ixtlacihuatl ! 

El Atoyac corre tranquilo rompiendo en las márgenes de flores 
sus cristales trasparentes. 

La lluvia de la noche convertida en perlas y brillantes osci- 
la en las hojas de los árboles y salpica la alfombra de esmeralda de 
la llanura. 

La estension está sola; algunas bandadas de pájaros atraviesan 
por intervalos volviendo á desaparecer y dejando limpia y traspa- 
rente esa gaza que media entre el cielo y el abismo. 

La ciudad sale de las sombras de la noche y la luz comienza 
á iluminar su blanco caserío, y sus agujas se destacan con mages- 
tad y elegancia en el zafiro hermoso de la atmósfera. 

Entre las confusas sombras del amanecer, se percibe una ser- 
piente de escamas de hierro que parece salir del corazón de la 
ciudad. 

Se escucha el ruido de sus anillos acerados, y se adelanta 
atrevida entre las laderas del camino, y sigue su ruta hacia el 
Oriente. 

Aquel monstruo es el genio de la guerra. 

Es un ejército que busca con sus armas el pecho de su enemigo. 

Todo aquel ruido sombrío se apaga, y el silencio recobra su 
magestad y su dominio. 

Si un peregrino atravesase entre el crepúsculo de la mañana 
por aquellas rocas, no sospecharía ante aquel cuadro de paz y 
prolongada calma, que estaba sobre el formidable teatro de una 
catástrofe. 

II. 

¡Rasgóse al fin. la bruma del horizonte, y los primeros rayos 
de un sol incandescente reflejaron sobre los volcanes, alumbrando 
de súbito la ciudad, y las montañas, y la llanura, y vibrando en 
un cambiante de gloria sobre las armas de nuestro ejército, y dando 
de lleno con su esplendor en esos estandartes venerandos nacidos 
en la hora primera de nuestra independencia !... 

Las sonoras campanas de la basílica dieron el toque del Ave Ma- 



EL SOL DE MAYO 935 



na, y como si aquel toque hubiese sido, no un eco religioso, sino una 
señal de alarma, las músicas todas del ejército que iba á combatir 
lornpieron en sones marciales, á los que respondieron mil vivas de 
entusiasmo que repercutieron en el fondo del valle y en el seno de 
granito de las montañas 

El estandarte nacional ondeaba en las altas torres de las iglesias 
y de los palacios, y se desplegaba sobre el campo de la lid llamando 
a la lucha a sus adversarios. 

Aquel sol cuya radiante luz habia sido lamada por Dios en el 
cuarto día del Génesis, llevaría la gloriosa memoria de una batalla 
a las regiones occidentales. 

III. 

La verdad histórica suple en esta vez á la imaginación del nove- 
lista .: oigamos lo que dice sobre este memorable acontecimiento 

El general Zaragoza ha formado su batalla hacia la parte occi- 
dental de su campamento. 

La ala derecha de su línea la cubren los invencibles cuerpos de 
Bajaca, los compañeros de aquellos valientes que guardan las tum- 
bas abiertas por el incendio en San Andrés Chalchicomula 

Allí se ostentan los carabineros de Pachuca, los lanceros de To- 
rnea y los de Oajaca. 

El centro que es el lugar de honor, lo ocupan el valiente Berrio- 
zabal y Lamadrid, con las brigadas de México y San Luis 

La izquierda está apoyada en los cerros de Loreto y Guadalupe 
con Negrete a la cabeza de 1200 soldados de Puebla y Morelia ' 

Aquel ejército estaba orgulloso de sus combates y se sentía capaz 
de afrontar el choque enemigo por formidable que fuese 

La artillería sobrante se situó sobre los fortines de la ciudad 

Zaragoza asumió entonces la actitud histórica que determinó en 
ese día su gigante figura en el mundo de la heroicidad y de la fama 

Espero tranquilo la llegada del enemigo, sus labios permanecie- 
ron en silencio y en su faz habia algo de sombrío. 

Napoleón I estaba triste, dicen los historiadores, la víspera de 
Austerlitz. 

IV. 

Alzóse una pequeña nube sobre uno de los baluartes del cerro 
le Guadalupe y vibró instantáneamente una detonación 

¡ El enemigo estaba á la vista ! 

Aquel telégrafo de la muerte produjo un estremecimiento ner- 
voso en a ciudad, é hizo discurrir un frió terrible en el ejército de 
a República. 

¡ El enemigo estaba á la vista ! 

Zaragoza sintió el golpe eléctrico en su cerebro, y la inspiración 
ernio sus alas sobre aquella frente de gigante. 

Corrió sus acicates por los espumosos ijares de su corcel v se 
;ivanzo a sus soldados, que yacían inmóviles viendo el camino^por 
¡londe comenzaba á aparecer el enemigo. 



236 JUAN A. MATEOS 



— ¡ Soldados, — gritó con voz de trueno; — os habéis portado como 
héroes combatiendo por la Reforma, vuestros esfuerzos han sido co- 
ronados siempre del mejor éxito, y no una, sino infinidad de veces 
habéis hecho doblar la cerviz á vuestros adversarios : Loma Alta, 
Silao, Guadalajara y Calpulalpam. son nombres que habéis eterni- 
zado con vuestros triunfos. Hoy vais a pelear por un objeto sagrado : 
vais á pelear por la Patria* y yo me prometo que en la presente jor- 
nada, le conquistareis un dia de gloria. Nuestros enemigos son los 
primeros soldados del mundo; pero vosotros sois los primeros hijos 
del mundo y os quieren arrebatar vuestra patria. 

¡Soldados!... leo en vuestra frente la victoria. Fe, y... ¡viva la' 
independencia nacional!... ¡viva la patria! 

¡Un grito unísono de entusiasmo se levantó de aquella muche- 
dumbre, un solo grito que hizo estremecer los corazones con el alien- 
to abrazador de. la esperanza ! 

Zaragoza recorrió la línea deteniéndose ante los batallones, 
dejando caer un recuerdo de gloria, una memoria de triunfo, una 
esperanza para el porvenir. 

Las dianas, las músicas, los gritos de entusiasmo, se sucedían 
como el fuego de la erupción. 

Aquel ejército solemnizaba la- victoria antes del combate. 

Zaragoza estaba satisfecho. 

Aquella fiesta patriótica calló repentinamente al toque de aten- 
ción dado por el clarín de órdenes del general. 

V. 

Las guerrillas de caballería venían batiéndose en retirada y 
fogueando al enemigo, que avanzaba como una nube de tempestad 
sobre el campo republicano. 

Avanzó á lo largo del camino iniciándose la batalla frente á la 
garita de Amozoc. 

Repentinamente aquella masa se cargó á su flanco derecho y 
en su movimiento oblicuo' llegó al pié del cerro de Amalucan, apo- 
yándose en la hacienda de los Alamos, mientras sus baterías se 
situaron convenientemente frente á las posiciones de Loreto y Gua^ 
dalupe. 

Zaragoza comprendió el plan de Laurencez al ver su movimiento 
de flanco, y con la rapidez del rayo dio otro orden á su batalla. 

Berriozábal, con la división de México, ascendió á paso veloz 
por las rocas, y se situó en la hondonada que media entre los cerros 
de Loreto y Guadalupe. 

Honra á ese bravo general el orden con que efectuó el movi 
miento y su gran serenidad al frente del enemigo. 

El general Antonio Alvarez. con los carabineros, cubrió la iz 
quierda de las fortificaciones. 

A la derecha, formando ángulo con los fortines, se estendia 1^ 
línea de batalla desde el cerro de Guadalupe á la plaza de Román 
frente de las posiciones del enemigo. 

A la misma altura del cerro y sobre el camino que sale para 1 



EL SOL DE MAYO 237 

garita, se situaron dos piezas de batalla protegidas por la brigada 
al mando de Lamadrid, que se prolongaba en línea de batalla hasta 
la iglesia de los Remedios. 

Cerraba el costado derecho la división de Oajaca, apoyada en 
la plazuela de Román con su dotación de artillería, y á la espalda 
los escuadrones de Toluca y Oajaca. 

Tal era la situación de los combatientes momentos antes de co- 
menzar el combate. 

Zaragoza sacó su reloj y dijo á su Cuartel-Maestre: 

— Señor general, las once y tres cuartos. 

A esa hora habia comenzado la batalla de Waterloo 

VI. 

De aquella nube tormentosa posada en la cima de Amalucan 
se desprenden los primeros relámpagos que deben preceder á la 
catarata. 

Los zuavos de desüarraman en tiradores, cambiando sus tiros 
con las tenaces guerrillas de caballería, que no se replegan hasta 
ver salir las columnas de ataque. 

Cuatro masas compactas de á mil hombres caminan sobre su 
flanco derecho en dirección al cerro de Guadalupe. 

Pasan á lo largo del pié de la montaña siempre en movimiento 
oblicuo, hasta ponerse á tiro de cañón de las posiciones republi- 
canas. 

¡Qué bello era aquel espectáculo! 

Los soldados marciales de la Francia, no desmentían esa fama 
que ha llegado al apoteosis; caminaban serenos, impasibles, arras- 
trando en su paso aquel lujo de trenes y sin desordenarse al recibir 
el mortífero fuego de la artillería que jugaba implacable sobre las 
columnas. 

Colocan sus cañones en. medio de aquel huracán de proyectiles, y 
responden á la muerte que los ha seguido en todo su trayecto, con 
el bronce de sus baterías. 

Las columnas atravesaban lentas y silenciosas el espacio de 
Rementería que media entre Amalucan y Guadalupe, perdiéndose 
entre las ondulaciones y sinuosidades del terreno. 

Desaparecieron unos instantes : era que ascendían por las rocas 
ocultándose de los defensores. 

De repente las cabezas de los tiradores zuavos con la roja caloVe 
coronando su tostada frente, con la mirada chispeante, asomaron 
por las orillas de la colina, ascendiendo atrevidos en pos de la vic- 
toria. 

Los fortines hicieron el primer disparo, y la columna, se sintió 
iconmovida por lá metralla. 

Entonces la división Berriozábal se lanzó como el huracán al 
encuentro de la columna, y las bayonetas se cruzaron, y la sangre 
corrió á torrentes, y la muerte discurrió haciendo un estrago espan- 
toso. 

Aquella masa compacta onduló un instante, vaciló y retrocedió 
lalal fin en buen orden, hasta ponerse fuera de tiro. 



238 7UAN A. MATEOS 



VIL 

Un momento bastó para que se repusieran en su moral, los cla- 
rines tocaban á ataque y las columnas tornaron á embestir con 
denuedo. 

Los zuavos, con la desesperación de la derrota, desañaban á la 
muerte con un valor exagerado. 

La columna avanzaba á paso de carga en medio de una tormen- 
ta de metralla. 

Los fuertes de Loreto y Guadalupe vomitaban bronce y nuestra 
línea de batalla permanecía como una cadena de hierro eslabo- 
nando los dos cerros. 

Los regimientos primero y segundo de marina y los zuavos in- 
tentan decidir el combate, y como leones se precipitan sobre la línea 
que los recibe á la bayoneta. 

Negrete, que había mandado á los zacapoaxtlas ponerse pecho 
á tierra, gritó con ese acento que Dios le presta solo á los buenos 
hijos de una patria agonizante: 

— ¡ Ahora, en nombre de Dios, nosotros ! 

Aquella voz fué la evocación sagrada al genio de la victoria, 
porque la columna francesa fué arrollada completamente y puesta 
en dispersión. 

La gritería, dice un testigo presencial, era horrible; al ronco 
acento del francés se mezclaba la aguda gama del zacapoaxtia y el 
grito burlón de nuestros soldados del pueblo, apenas distinguidos 
entre los tiros y los clamores de muerte y exterminio. 

En aquellos momentos el pundonoroso y valiente general Rojo 
avisa al general Alvarez que era tiempo de lanzar la caballería para 
alcanzar una completa victoria. 

Nuestros dragones se precipitan sobre los restos de la columna, 
que con una serenidad admirable se replega á su campo batiéndose 
en retirada. 

No habían pronunciado aún su última palabra en la arena de 
la liza. 

VIII. 

Laurencez estaba perdido y desmoralizado, dos ataques con un 
éxito desgraciado lo tenían casi demente. 

Se propone dar un último asalto, pero simultáneo, buscando de 
dos probabilidades una de éxito favorable. 

Organiza una columna con los cazadores de Vincennes y el 
regimiento de zuavos, y torna á dirigirlos sobre el cerro de Guada- 
lupe, mientras pone en marcha otra compuesta del resto de sus 
tropas y ataca la derecha de la batalla de Zaragoza. 

Entonces los zapadores al mando de Lamadrid le salen al en- 
cuentro, y se empeña un terrible combate á la bayoneta. 

Una casa que se halla situada en la falda del cerro es el punto 
objetivo; los franceses se posesionan de ella, y son arrojados por 



EL SOL DE MAYO 239 



los zapadores; la tornan á recobrar, y una lucha mas sangrienta 
aún se renueva en el sitio fatal. 

El cabo Palomino se mezcla entre los zuavos y se bate cuerpo 
á cuerpo con el arrogante soldado francés, y el guión de los zuavos 
pasa á sus manos cuando su guarda ha lanzado el último suspiro 
por la herida abierta en el centro del corazón. 

—Señor general,— gritaba Haro á Laurencez,— habéis perdido 
en tres encuentros; dadme las fuerzas que os quedan, y me com- 
prometo á tomar la ciudad por el lado del Carmen; ha sucedido lo 
que anoche os he pronosticado, el orgullo militar os ha perdido. 

— ¿ Y quién sois vos,— gritó Laurencez,— para atreveros á un ge- 
neral del ejército francés? 

—No es tiempo de recriminaciones, reunid vuestra gente y 
emprended el ataque como os indico, porque esa columna que va 
sobre Guadalupe será derrotada irremisiblemente. 

—Gallad, caballero, y dejadme; aun tengo fé en mis soldados. 

—Haced que se bata todo el 99 de línea, aun podéis pretender una 
victoria. 

—¿Y con qué me retiro?— dijo Laurencez sin pensar en la pren- 
da que habia soltado. 

Haro y Almonte se vieron con asombro, Laurencez tenia razón. 

Los mexicanos que militaban á la orden de los franceses, esta- 
ban admirados, no podian creer lo que palpaban en aquellos mo- 
mentos. 

Los franceses se creían presa de una pesadilla horrible. 

IX. 

Las nubes se habían condensado y flotaban en los picos de las 
montañas. 

Oscurecióse el cielo y una sombra oscura cayó sobre aquel 
campo escarvado y lleno de cadáveres. 

Desprendióse una horrible tormenta confundiendo los truenos 
del rayo con las detonaciones de la artillería. 

Abriéronse las cataratas de las nubes y el agua cavó á torrentes 
envolviendo á los batalladores. 

La lluvia habia determinado la derrota de Waterloo. 

La columna ascendía con dificultad en medio de la tormenta 
que se desplomaba, los toques de los clarines no cesaban de mandar 
el asalto. 

Comprometióse el combate de una manera terrible; Zaragoza, 
jque veía lleno de ansiedad cuanto pasaba, envió á paso veloz al 
batallón Reforma en ausilio de los cerros donde zuavos y cazadores 
se disputaban la victoria. 

Los mexicanos saltaron las trincheras, jugaban el todo por el 
¡todo. 

Los franceses llegaron hasta los fosos. 

En los parapetos de Loreto habia una pieza de batalla que 
hacia un formidable estrago en las filas de los asaltantes; entonces 
Jos zuavos hicieron un empuje desesperado y se arrojaron sobre la 
pieza. 



240 JUAN A. MATEOS 

En aquellos momentos el artillero tenia en las manos el pro- 
yectil que iba á colocar en la boca del cañón, sin que hubiese te- 
nido tiempo por la rapidez con que el fcuavo habia llegado al pa- 
rapeto. 

Tras de aquel hombre venia una multitud, que una vez apo- 
derados del fortin, levantarían la moral de su ejército y se perdia 
en un instante la gloria adquirida á costa de tanto sacrificio. 

El soldado arrojó el proyectil á la cabeza de su adversario, 
que herido mortalmente, rodó en el foso del parapeto. 

Los zuavos retrocedieron, avanzó la línea mexicana, y ya en- 
carnizada en el último combate, acribilló á los franceses y se gozó 
siniestramente en su derrota. 

Aquellos valientes que habian tocado con sus manos las piedras 
de los fortines, no sobrevivieron á la catástrofe de su ejército ni 
á la vergüenza de su bandera. 

X. 

Cuando las columnas enviadas por Laurencez llegaban á los: 
fortines de Guadalupe y Loreto, las fuerzas francesas se destacaban 
á la posición del general Diaz, avanzando protegidas por un escua- 
drón y una línea formidable de tiradores. 

EÍ valiente general acudió en ausilio del batallón de San Luis, 
que estaba á punto de ser envuelto por el enemigo. 

Movió en columna al batallón Guerrero á las órdenes de Jimé- 
nez, desplegando instantáneamente su batalla ganando el terreno á 
los franceses. 

Empeñóse un serio combate siempre avanzando y haciendo 
retroceder al enemigo. 

Habian adelantado tanto hacia las posiciones de Laurencez, que 
estaba próxima la columna á quedar aislada y comprometida; en- 
tonces el general Diaz envió á los batallones primero y segundo de 
Óajaca, al mando de Espinosa y Loaeza, dando un impulso formi- 
dable con aquel ausilio, que desalojaron al enemigo de las trinche- 
ras naturales con que el terreno lo favorecía. 

El éxito alentó al joven caudillo, que destacó al batallón Mo- 
relos, reserva de la línea y mandado por Ballesteros, con dos piezas 
de batalla, re.forzó la izquierda, y por la derecha envió á Rifleros 
con los escuadrones de Toluca y Oajaca. 

Diaz quedó dueño del campo, y necesitó de repetidas órdenes 
de Zaragoza para regresar á sus posiciones. 

En aquellos momentos las columnas de Laurencez bajan dej 
Guadalupe esparcidas y en completa dispersión, rechazadas en ffl 
última intentona y replegándose á la hacienda de San José. 

Los restos ensangrentados de la última columna de ataque lie 
garon simultáneamente á la hacienda, donde tomaban aliento suí 
compañeros de infortunio. 

Laurencez, al ver descender á sus soldados perseguidos por h 
caballería y en perfecta dispersión, se cubrió el rostro con las 
manos y~ lloró desesperado como un miserable, sin atreverse á le 



El sol de mayo 241 



vantarse la tapa de los sesos como Lord Raglán al vacilar las 
Columnas inglesas en la toma del reducto de Malakoíf. 



XI. 



.nhfí temp ] est f d f nabía alejado en el horizonte arrollándose las 
lubes por el aliento pujante del vendabal ouanaose las 

,in ki? 6Sta í a bañad0 con la lu¿ del crepúsculo vespertino 
los pabellones de fuego del sol, en su descenso al occidente ínun 
aban la estension reflejando en visos de escarlata sobre los vnT 
anes y estendiéndose en olas de oro sobre la llanura 
¡ La , ci , udad "Picaba á vuelo, la población acudía en masa a) 
eatro del combate, y los parches guerreros y las músicas saluda 
>an al ángel de la victoria. músicas saluda- 

i El general Zaragoza, que habia permanecido durante la ar 
ZZ ^ lg í eS / a n de l0S Rem edios, desde donde habí dTr giio há" 
mente la batalla, atravesó delante de las filas de sus heroicos 
Pldados con la frente descubierta, sin poder pronuncia? una nal? 
^embargado por la mas santa de las emociones P 

tí 1552 'tííffl? Ll Sas^SloT^^S £ 
?r a cesret1a 1 ^°ria y ^ ^ ^^^25 £ 
El soZ de ¿fago alumbraba aquella grandiosa escena v s P fon 
i en un magnífico dosel tras aquella gigante figura adoraron de" 
i ejercito y semidiós en el templo de la patria. adora ^on de 

XII. 

El pabellón tricolor acribillado por Wellington en Wafpri™ 

cíones aguerridas del viejo continente P a laS 

I Había llamado desde Jo alto de sus glorias al genio de la for- 

i Atravesó los mares tumultuosos del Septentrión n«™ ñ^ 

crssr ,as hoias a ™ cadas 4 ™ isssyssá'ss 

f^d?? na n cZ b í e a te^ iC0 f ° rm< "' á *'« "> * « 
Al enlutar las águilas imperiales p1 ^ h q at„.. 



16— EL SOi, DE MAYO. 



242 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO XXI. 

De las no muy gratas noticias que recibieron los señores intervencionistas 
la tarde del 5 de Mayo de 18ÓZ. 

I. 

Terribles horas (le agitación y de agonía iban trascurridas 
desde "ue el general Zaragoza anunció que los franceses estaban I 

13 tíinultitud estaba agolpada en ^ »ncina del te^graío y cadaj 
^"aaTs^aba calenturienta esperan* .por momentos' qu« 

61 e c P omo U lá Í hi Z s"r a ifn a o se ha escrito todavía y los telegramas de 

temporánea., 

H. 
Entre las personas que ávidas de noticias P"™**^*! 

dad E?ab S og^era hombre que veía para muy adelante tal j 
para el siglo venidero; y su espíritu esforzado se alarmaba has 

al r ^^^Z^reguntaba procurando disimular su ] 
«iprl.fi acostumbran ahorcar síndicos de ayuntamientos? 
S -c7eo que será de lo primero que se ocupen,-respondio 
estudiante conociendo el pánico del interrogante. 

El abogado insistió : 

— i Y por supuesto que no habrá perdón ? 

-Eso no se acostumbra en Francia, señor mío. 

_¿ Y cono-erán en las facciones el cargo municipal . 



EL SOL DE MAYO 



243 



-Precisamente usted tiene una cara muy sindica y municival 

5 -o ¿££& X d S£%¡¡£ a >- ¿- ^ mi ¡S3S 

cu a reran n s. P rvl a i""' e - St - aba en uso cl dered '° rom ano, por el 

asís; ^¿¡K'rsL? ^ aun<;ue —'*— 

patrtaÍ LUeg ° US ' ed ü0 9UÍere t0mar las armas P"a la defensa de la 
— 1 a las he tomado en otras ocasiones 

y acaforad e a DCl ° Pr0 ' Und0 ' USCUrrÍÓ eD at,uella so<:ieda <l ^lüciosa 

adiv ln a a r S r e afe, a ( n „n a ^ nt0S á Ios -P I P es de '» "«^na, queriendo 
aaninar tras el continuo y monótono golpear, alio de los sucesos 
interesantes que ocurrían en el campo de batalla 

de Zamgoza: t0n ' ZaCl0n ** ^"^ Se ley6 en ™ z aIta c ' ™nsaje 
' «Puebla Moyo 5 de 1862,-Reclbido en México á las diez » 
cuarenta y cinco minutos de la mafiana—El enemigo está ,c n,„* 
do a res cuartos de legua de la garita de esta ciudad E los suZr" 

Epíteto Lm r n!r miS T° rUmh ° ten? ° mi -»P" eT cuerpo 
ae ejercito listo para atacar y resistir.— El general O'Horan m* 

avisa que ayer batió en Atlixco á 1200 reaccionarios que ao ndo 

naron la población después de alguna resistencia: parece que el 

resto de las chusmas reaccionarias se halla en Matamoros mena 

rando su marcha para este rxunbo.-Zaragoza.» P P 

III. 

I ~ Lo dicho —decia á sus amigos el inválido Torre-Mellada - 

I ejercito francés se encuentra á la vista, dentro de muy poco 

Comna^n 01110 f **»***- es ^gocio de unos momentos 

L^uT» ya las curías esíán echadas » Puebia «* *- 

—Volveremos á los tiempos del señor Iturbide: aauel sí eri 
©do un imperio, ¡qué hombre tan rubio! 

—i Buena fisonomía y buen golpe dp Estado ' 

-Insisto,-dijo el inválido,-*» que ese golpe fué muy soldado 

—Precisamente eso le inculpan á S AI " JJUrtUU ' 



244 JUAN A. MATEOS 



—Sea lo que fuere, á lo hecho pecho, mas vale el dominio de 
la espada que la libertad demagógica. 

—Es cierto, y tocante á los asuntos de hoy, yo creo que las 
proclamas francesas están de acuerdo con la marcha del gobierno 
provisorio del general Almonte. 

—Como que han asegurado los señores comisionados, que Al- 
monte fué invitado por S. M. Napoleón III para venir con la ex- 
pedición. 

—Está claro —dijo Torre-Mellada— todo esto es un plan com- 
binado para mexicanizar el negocio. 

—Ya se entiende; ademas, que la Europa no tiene mas objeto 
que nuestra felicidad; porque, amigo mió, este gobierno de caribes 
ya no es posible. 

Aquella gente estaba insolentada al pensar que el extrangero 
acabaría por posesionarse de la república. 

Un segundo parte anunció que la batalla habia comenzado. 
«Puebla, Mayo 5 de 1862.— Recibido en México á las doce y 
veintiocho minutos.— Son las doce del dia y se ha roto el fuego de 
cañón por ambas partes. —Zaragoza.» 

Aquella noticia, mas terrible aún que la anterior, puso nervio- 
sos á los concurrentes. 

La batalla habia comenzado. . , 

—Hoy se reoite la de Solferino— decia lleno de gozo el mva- 
lid0 _esas trincheras de tierra no son nada para los guerreros de 
Inkermann y Montebello. 

—Me parece que los veo,— agregó entusiasta el interlocutor;— 
esos zuavos son el demonio, los hombres de la bayoneta. 

—Eso me recuerda la acción del Gallinero, nos batimos como 

unas fieras. . . , 

—A mí me defraudaron esa condecoración solo porque no estu- 
ve en la jornada; vea usted que injusticia. 

—Así pagan los gobiernos á los buenos servidores. 

IV. 

Colocado en medio de los grupos intervencionistas y republi- 
canos y recogiendo con avidez cuantas especies se vertían, estaba 
un individuo en cuya fisonomía se marcaban las relevantes señales 

de la ansiedad. , 

Habia copiado á la letra los telegramas y no cesaba de ver al 
telegrafista y estudiarle el semblante y la mirada, por si traslucía 
alsco que le contrariase. 

Cerca de tres horas se pasaron en esa terrible espectativa, hasta 
que la máquina tornó á funcionar. 

Apagáronse los rumores y el empleado dijo en voz alta: 
«Puebla, Mayo 5 de 1862.— Recibido en México á las dos y minu- 
tos de la tarde.— El ejército francés ha intentado replegarse, y en 
estos momentos acaba de reconcentrarse amagando á esta plaza por 
la línea de Oriente; es probable que por ese rumbo vuelva á comenzar 
su ataque.— En estos momentos ha cesado el fuego del todo.— De 



EL SOL DE MAYO 245 

orden del señor gobernador y comandante militar comunico á^üed 
esta noticia, añadiéndole que el entusiasmo de la plaza es mu 
satisfactorio. —Joaquín Tellez.» y 

Un aplauso se desprendió de la multitud 
En el primer asalto los franceses habían retrocedido 
-Este negocio va mal -dijo Torre-Mellada un tanto desmora- 
lizado, y con voz algo baja y menos altanera aesmora 

amed^Sn"^ SU COm P añero -P^de ser que sea borrego para 

e S to7vÍcar o r ted ^^ n0 "** dificiL ^ fuese ™ Invento de 
—Yo los creo capaces de todo. 
— Hasta de engañarnos. 

gozalKSar lCTanÍen ' a m ° ra '' eSt ° y Seguro dc *» Zara - 
—Yo lo podría jurar á mil cruces. 
—No obstante, tengo mis dudas y perplejidad 
—Todo consiste en esperar, donde nos dejen la cosa entre azul 
y buenas noches, seguro que les ha pasado un fracaso 
, , -Esperemos, y en silencio; porque ése grupo de canalla que 
rodea al abogado nos está viendo con cierta burleta que va á parar 
en que les abra el bautismo de un muletazo. 

band¡Sos hará UStGd tal ° 0Sa ' P ° rqUe n ° S descuartiz arian estos 
—Y yo me llevaría media docena por delante, ; zambomba! donde 

CenTa'uros q ue °. lgadÍ6r ¿ ^ ^^^ hag ° UDa de Lapitas * de 
_ —No, no haga usted nada de centauros si quiere irse por su 

dp 1^°?' me Call f é Para V6r en l0 que pára esa concentración 
de los franceses; han reculado como los toros, para embestir con 
mas fuerza, ¡ si yo no sabré la táctica francesa ! 

—Temo que los reciban con garrocha en mano y 

-¡Que calle usted, hombre! que el corrillo no's mira de hito 

tiil Lía. LO. 

El inválido y su amigo se encastillaron en el silencio mas pro- 
tundo en espera de un nuevo parte telegráfico 

-Estamos de buenas -gritaba el estudiante abrazando al in 
feliz abogado que no las tenia todas consigo, fijo en el terrible pen- 
samiento de que los franceses lo habían de colgar de un farol de 
las casas consistoriales. 

-Bien, -decía un tanto afligido,— no es lo malo que hayan re- 
trocedido, sino que vuelvan á la carga. 

—¡Con mil diablos! ¿y por qué tiene usted tanto miedo ? 

—Porque comprendo el peligro, señor mío. 

—Ya, pero es necesario no perder la moral, está usted amila. 
nado recobre su buen humor, que bien lo merece el aspecto de 
aquel grupo de viejos reaccionarios que ya tienen cólico con las 
noticias del campo; vean ustedes, yo soy hombre de corazonadas 
y noy me levante pensando en que los franceses serían derrotados' 



246 JUAN A. MATEOS 



— No haga usted caso, esas son palpitaciones nerviosas, — in- 
terrumpió el abogado; — usted no crea sino lo que vea palpable- 
mente. 

— Está usted bueno para mandar una columna, señor letrado. 

— Ni de humo, confieso que mi espíritu está muy lejos de la 
atmósfera militar, y que hasta las detonaciones me producen muy 
mal efecto. 

— Usted es ave de pluma. 

— Enteramente. 

— Otro parte telegráfico, ¡ demonio ! ya se hacía necesario, es- 
tamos que no nos llega la camisa al cuerpo. 

El empleado de la oficina se habia convertido en heraldo, su- 
bióse sobre la silla, y dijo con voz sonora: 

((Puebla, Mayo 5 de 1862. — Recibido en México á las dos y 
treinta minutos de la tarde. — Los zuavos se han replegado, y nues- 
tras caballerías tratan de dispersarlos en estos momentos.» 

Repitiéronse los gritos de entusiasmo y los aplausos; pero la 
ansiedad era vivísima, nadie creía que la tropa francesa se de- 
jase arrancar una victoria sin haber luchado antes desesperada- 
mente. 



La ciudad andaba revuelta, cada parte telegráfico era una es- 
peranza halagadora para los buenos mexicanos y un rayo para 
los intervencionistas. 

Las esperanzas de los comprometidos en la reacción, venían 
por tierra al primer soplo de la fortuna. 

El castillo de barajas se desmoronaba, y los sueños de ambi- 
ción se tornaban en una espantosa pesadilla 

La colonia extrangera estaba aturdida, le parecía increíble 
que los hombres del combate y de la victoria dejasen en los campos | 
de Puebla los laureles cosechados en cien encuentros gloriosos. 

Habían visto salir á nuestros batallones llenos de entusiasmo; 
pero sin los elementos necesarios para afrontar una empresa de 
tal tamaño. 

La traición de Saligny era el preliminar lógico del éxito, y 
aquella repentina contradicción los anonadaba. 

Los españoles, que al principio habían renegado por la deter- 
minación del general Prim, se alegraban del fracaso terrible de 
los franceses, y los hijos de la Gran Bretaña bendecían á Sir 
Charles Wyke por su determinación de reembarque. 

La gente conservadora se refugiaba en ese recurso tan común 
de los que tienen una causa desesperada : la negativa perpetua. 

El gobierno pasaba por un trance terrible; habia hecho sali 
violentamente al general Antillon al frente de los magníficos! 
cuerpos de Guanajuato, que haciendo una marcha 'que forma | S] 
época en los anales de la milicia, llegaron á Puebla el dia 6, cuandc ^ 
los franceses estaban aún á la vista y en actitud de combate. 

Si la suerte era adversa, la capital estaba perdida, como París p, ( 
después de la derrota de Napoleón, i ai 



KL SOL DE MAYO 247 



En aquel acto solemne se jugaba el porvenir de la nacionalidad 
rrexicana. 

Si seis mil franceses penetraban victoriosos hasta el corazón 
del país, no existia esperanza de resurrección, era necesario abdicar 
ante un hecho tan vergonzoso para la patria. 

El nombre de Zaragoza estaba para hundirse en el abismo del 
olvido, ó para alzarse en la cumbre de la inmortalidad: 

, Dios estaba con nuestras armas ! 

Habían trascurrido dos horas mortales. 

¿Qué habría pasado en el teatro de la batalla? 

Aquel silencio era aterrador. 

Los argumentos, las esperanzas, las predicciones, todo vagaba 
en un rumor siniestro en el campo de las conjetur i 

El pueblo presenciaba la escena de David y el gibante Goliat. 

Si la piedra no hería la frente titánica de su adversario, el 
joven pastor estaba perdido. 

Escuchóse de nuevo el ruido de la máquina, y después de al- 
gunos minutos, el empleado que habia trascrito el parte salió vio- 
lentamente en dirección al ministerio de guerra. 

— Estamos perdidos, — fué la voz que discurrió en aquel audito- 
rio momentos antes tan entusiasta. 

Aquella masa compacta salió ri pos del empleado y se dirigió á 
la Cámara de diputados, donde se esperaba al ministro llamado á 
dar cuenta de los mensajes del general Zaragoza. 

VI. 

Agolpóse la multitud á Jas galerías con la celeridad de un cauce 
desbordado. 

Los representantes guardaban su puesto, y en su acthad se com- 
prendía la violencia de la situación por que la alta Cámara atra- 
vesaba. 

El secretario anunció que el ministro pasaría al Congreso lue- 
go que terminase la junta que se celebraba en aquellos momentos 
pon el presidente. 

Todos estos aplazamientos ponían mas nerviosa á la multitud 
y á la Cámara, donde se veían las pronunciadas señales de la vio- 
lencia disimulada bajo el aparato de la magestad. 

Ya se comenzaba á abrigar una sospecha terrible, acaso nues- 
tros soldados habrían sido en-v^eltos por el ímpetu de los franceses, 
^ arriada nuestra bandera en los campos de batalla. 

Habia algunos que aseguraban que Zaragoza no sobreviviría á 
a derrota; y tenían razón, el hombre de Silao y Calpulalpam no 
bsaria presentarse ante la República después de haber ^erdido 
n un combate, si no la honra, al menos el porvenir de su patria. 

Repentinamnete el ministro se dejó ver en la tribuna, tenia un 
ispecto fríamente sereno, su mano estaba algo trémula por la 
«noción. 

Un silencio profundo reinaba en el ámbito del salón, parecía 
luie la multitud tenia un solo pulmón y habia contenido el aliento 
)ara no interrumpir, cabe la respiración, el discurso del ministra. 



248 JUAN A. MATEOS 



— Señores, — dijo el general Blanco, — voy á dar lectura á los 
dos partes que ha recibido el gobierno, y que juzgó oportuno dar 
á conocer al pueblo y á la Cámara en una sola sesión. 

La ansiedad llegaba á la agonía. 

Los ojos de toda aquella muchedumbre parecían salir de sus 
órbitas. 

Los individuos que se agolparon á los asientos últimos de las 
gradas, se levantaron para oír mejor, formando con el hueco de 
la mano un doble tornavoz á su oido. 

El ministro dio principio á su lectura: 

«Puebla, Mayo 5 de 1S62. Recibido en México á las cuatro y 
quince minutos de la tarde. — Ciudadano ministro de la guerra. — 
Sobre el campo á las dos y media. — Dos horas y media nos hemos 
batido. — El enemigo ha arrojado multitud de granadas. — Las co- 
lumnas sobre el cerro de Loreto y Guadalupe, han sido rechazadas; 
seguramente atacó con cuatro mil hombres. — Tudo su impulso fué 
sobre el cerro. — En este momento se retiran las columnas y nuestras 
fuerzas avanzan sobre ellas; comienza un fuerte aguacero. — I. Za- 
ragoza.)) 

Un rumor de duda y sobresalto vagó algunos instantes sobre 
aquel mar encadenado. 

El ministro continuó: 

«Mayo 5 de 1862. — Puebla, á las cinco. y cuarenta y nueve mi-j 
ñutos de la tarde. — Ciudadano ministro de la guerra. — Las armas 
del supremo gobierno se han cubierto de gloria : el enemigo ha 
hecho esfuerzos supremos para apoderarse del cerro de Guadalupe, 
que atacó por el Oriente, á izquierda y derecha durante tres horas; 
fué rechazado tres veces en completa dispersión, y en este momento 
está formando su batalla fuerte de cuatro mil y pico de hombres 
frente al cerro, fuera de tiro. Calculo la pérdida del enemigo, que 
llegó hasta los fosos de Guadalupe en su ataque, en seiscientos á sete- 
cientos hombres; cuatrocientos habremos tenido nosotros. — Sírvase 
usted dar cuenta de todo al ciudadano presidente. — Zaragoza.)) 

Un grito unánime de patriotismo y entusiasmo respondió á las 
palabras del ministro de guerra. 

La alegría degeneraba en llanto, último puerto de los goces y 
de los sufrimientos. 

VIL 

Aquel individuo que han visto nuestros lectores ingerirse entre 
la multitud, ya en la oficina del telégrafo, ora en la Cámara de 
representantes, lanzó un grito de desesperación al escuchar el 
parte del general Zaragoza, cuyo grito se perdió entre e] clamoreo 
que saludaba al vencedor y á sus soldados. 

Aquel hombre salió pálido como un cadáver y se. dirigió casi 
demente á la casa de doña Blanca de Montemolin. 

— -¿Qué pasa, Manzanedo? — gritó la joven al ver el rostro des- 
compuesto del secretario del conde de Morella. 

— Una gran desgracia, señora, los franceses han sido derrotado 
por el ejército mexicano» 



EL SOL DE MAYO 249 



Una nube densa atravesó por el semblante de la joven, y de 
sus ojos se desprendió un relámpago siniestro. 

— Acabo de leer, — prosiguió trémulo Manzanedo, — el parte de 
Zaragoza, y desde luego se comprende todo lo espantoso de esa 
verdad. 

— ¡Imbéciles! — murmuró la joven, — se hacen llamar los prime- 
ros soldados del mundo, y se dejan derrotar por un grupo de pueblo 
armado. 

— ¿Y qué hacemos, señora? 

— ¿Y me lo preguntas, tú, hombre de Estado? 

— Estoy fuera de mi círculo, me encuentro en un campo des- 
conocido, nada veo, nada percibo, en todo creía menos en esta ca- 
tástrofe. 

— ¿Y bien? 

— Regresemos á Inglaterra. 

— ¡Jamas! — gritó la joven interrumpiendo á Manzanedo. 

— Estoy á vuestras órdenes, señora — murmuró el secretario. 

— Tú no sabes, Manzanedo, que México ha puesto el fuego en 
la mina: dentro de poco tiempo aquella nación que ha visto con 
desden marchar á su ejército á la expedición de América, levan- 
tará el grito al sentimiento de su nacionalidad y de su patriotismo, 
herido en la derrota de hoy; ¡Napoleón III no consentirá jamas 
en que sus águilas hayan arrastrado sus alas por el suelo y bus- 
cará una revancha sangrienta ! ¡ Manzanedo, hoy comienza la gue- 
rra, no hay retirada posible, ante el honor hay sacrificio, muerte, 
pero no vergüenza ! La Francia de 1862 no se alejará como una turba 
de comerciantes de regreso al suelo patrio; ¡luchará y vencerá! 

Manzanedo estaba confundido. 

— El genio de la Europa, — prosiguió doña Blanca, — llevaría una 
señal al rostro, le escupirían á la frente sus victorias, y el pueblo 
francés veria.con desden á ese hombre que se ha tornado en ídolo 
de su nación, solo porque conserva á grande altura el estandarte 
de la patria. 

— Esperemos, pues, — dijo Manzanedo. 

— Sí, esperemos; pero no en la inacción, marchemos al teatro 
de la guerra, trabajemos; porque hoy mas que nunca está compro- 
metida la causa de don Juan de Borbon; hay algo de siniestro en 
nuestra familia, algo de fatídico que nos sigue hace mucho tiempo; 
parece que vamos sobre las huellas de la desgracia; pero yo con- 
trariaré esa fortuna siempre adversa, lucharé como nadie ha lucha- 
do hasta boy, iré á encontrar los sucesos y no me cruzaré de brazos, 
como mis progenitores, en espera de un pueblo que venga á mi 
puerta á llamar ofreciendo un cetro; empeñaré un duelo á muerte 
con el destino, me sobra espíritu y aliento para la empresa; mar- 
chemos al campo republicano, ¡ aquel es mi terreno ! 

Alzóse doña Blanca como una inspirada, en sus ojos habia 
dos llamas encendidas, y sus dientes relumbraban como los de la 
víbora. Aquella muger amenazaba trastornarse, se creía capaz de 
quebrantar la. cabeza de la serpiente, 



250 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO XXII. 
Donde se ve que el ejército francés se retiró como todo hijo de vecino. 



El dia 6 pasaban revista los generales Zaragoza y Laurencez 
en sus respectivos campamentos. 

Los franceses estaban diezmados, los mexicanos tenían pérdidas 
considerables. 

Repetir el ataque era buscar una derrota infalible. 

Querer consumar la obra del dia anterior, era una demencia. 

Laurencez, tras de sus fortificaciones pasageras. apoderado de 
las rocas de Tepotzuchitl y rodeado de sus cañones, guardaba una 
actitud defensiva, pero formidable. 

Zaragoza, tendido en batalla al pié de los cerros y con cuan- 
tos elementos pudo reunir, esperaba tranquilo sin poder tomar la 
ofensiva . 

La situación era terrible, el que primero se moviese sobre el 
campo, pronunciaba su sentencia de muerte. 

Aquella escena no podia prolongarse por mucho tiempo. 

Zaragoza, con sus valientes guerrillas, no cesaba de llamar á 
la lid á los franceses, que ahuyentaban con su artillería rayada á 
los tiradores. 

Llegó la noche, y todo continuaba en su mismo ser. 

II. 

— ¡ Por el copete de Laurencez ! — gritaba Pablo Martínez, — estos 
gabachos están colonizando esas lomas. 

— Paciencia, amigo mió, — decía Felipe Cuevas, — estamos en una 
situación muy crítica. 

— Hola, señor Cuevas, — respondió el guerrillero, — ya se cuenta 
vuestro lance en todo el ejército. 

— ¿Qué lance? — preguntaron los oficiales. 

— Caballero, ruego á usted que no diga una palabra, esa ca- 
lumnia la ha levantado el camastrón de Santiago González : figú- 
rense ustedes que se está creyendo un Zaragoza, solo porque le ha 
tocado la fortuna de batirse como un desesperado en el fortín de 
Guadalupe: ¡qué hermosa jornada!... ¡oh! yo voy á escribir unos 
versos, la cosa es para contada; deseo la lira de Homero ó la de 
Quintana en su oda al combate de Trafalgar: 

¡Nelson también allí!... terrible som,bra 
No temas, no, cuando mi voz te nombra, 
Que vil insulte tu postrer suspiro : 
¡Ingles te aborrecí, héroe te admiro! 

— Bien, bien, señor mío, — interrumpió un oficial, — no meta usted 
á boruca el cuento, necesitamos saber la anécdota á que alude el 
capitán Martinez. 



EL SOL DE MAYO 251 

— ¿Cómo capitán? 

— Comiendo, — respondió Martinez; — el general Zaragoza cum- 
ple lo que ofrece; me ha condecorado sobre el campo; cierto es que 
yo he cumplido con mi obligación y nada mas; pero mi general 
es muy hombre, y se le ha antojado que yo sea capitán y ya tengo 
dos tiras plateadas sobre los hombros; y las sabré llevar, ¡como sé 
que ha de cargar conmigo una legión de diablos ! 

— No lo decia para tanto, señores. 

— Insisto, — dijo el oficial, — en que se cuente la anécdota del doc- 
tor Cuevas. 

■ — Repito, --decia este, — que es un lio de mentiras que solo han 
existido en ia cabeza de González. 

— No importa, la queremos saber. 

— Pues silencio, — gritó Martinez; — yo voy á desembuchar todo 
lo que sé y no sé. 

—Atención, — dijeron los oficiales. 

— Pues han de saber, — dijo Martinez, — que después del primer 
asalto, el general Zaragoza envió al señor á recojer los heridos 
franceses. 

— Y los recojí, caballero. 

— No interrumpa usted. 

■ — Prosigo : el señor llevaba un asistente, hombre fiel que lo 
signe á todas partes. 

— Es cierto, desde los Estados-Unidos. 

— Que calle usted, hombre, no hay medio de saber la historia. 

— La fábula, si usted gusta. 

— Basta de gustos, — gritó Martinez, — y el que vuelva á inte- 
rrumpir lo callo de una bofetada. 

— ¡ Bravo ! — gritaron los oficiales. 

— Decia, — continuó Martinez, —que el señor y su asistente se 
empleaban enla faena de recojer heridos: el señor habia dado ór- 
denes á su criado de no separarse de él un solo instante. 

— Ciertísimo. 

— Pues están ustedes, que al susodicho asistente se le antojó 
ponerse la montera colorada de un zuavo que yacia tendido de 
un balazo, y recojer su fusil; el señor Cuevas, sin atender á que 
el resto del vestido no correspondía á la gorra, se creyó que un 
francés lo amagaba, y echó á huir como un desesperado. El asis- 
tente lo seguia, y el señor continuaba en su veloz carrera, vol- 
viendo por intervalos la cabeza, viendo al zuavo siempre tras él. 
El criado se pensaba que habia un gran peligro, y no cesaba de 
correr á todo escape tras de su gefe. Así hubieran llegado á México, 
cuando el señor Cuevas tropezó en el suelo tan soberbio golpe, que 
no pudo levantarse; entonces pudo alcanzarlo el asistente. 

«Estoy dado, no me mate usted, señor munsiur, ¡yo apelo 
á la generosidad frangaise !» y otras exclamaciones. 

Aturdido el asistente se acercó á su amo, y cuando el señor 
creía que lo iba á guillotinar, la voz conocida de su criado le dijo: 
«¿Por qué ha corrido tanto su merced?» 

Entonces el señor se levantó y dijo : los franceses no hablan 
castellano, y le arrimó una paliza al asistente. 



252 JUAN A. MATEOS 



— i Bravo ! ¡ bravo ! — esclamaban los oficiales. 
El doctor Cuevas echó á la broma el cuento, y se puso á reír 
con sus compañeros. 

III. 

Santiago González se acercó al grupo en cuestión y con su tacto 
acostumbrado preguntó : 

— ¿De qué se trata, señores? ¿Se disputa alguna de las conde- 
coraciones quitadas á los zuavos, ó se trata de repartirse algo del 
botin de la tropa de marina? 

— Todo menos eso, — respondió Cuevas, — se pasa el rato y nada 
mas. 

— ¡ Hola ! ¡ el señor doctor Cuevas por aquí ! ¿supongo que ya es- 
tarás repuesto del susto ? 

— Sí, hombre, ya se me olvidó el chascarrillo. 

— Pues yo tengo otro que contarles. 

— Que sea al momento, — gritó Pablo Martínez. 

—Han di saber que un maldito andaluz llamado Manolo Bal- 
boa, se me había escabullido, y caten ustedes que ahora aparece 
entre los prisioneros. 

— ¡Loado sea Dios! — dijo Cuevas, — ya nos pagará el bribón su 
mala pasada. 

— Antes del cuento, — interrumpió Martínez, — diga usted como si- 
gue el comandante Mondoñedo. 

— La herida no le ha interesado el pulmón, como se creía al 
principio; no obstante, está malo, y bien malo. 

— ¿La herida es de bayoneta? 

— No, de espada. 

— ¿Luego se ha batido con algún oficial? 

— Probablemente. 

— ¿Y en qué hospital lo han colocado? 

— Está en una casa particular perfectamente asistido. 
— Nos alegramos, — dijo Martínez; — ahora, hablemos del an- 
daluz. 

— Pues señores, — continuó González,— luego que pasé revista á 
los contusos, observé que uno de ellos me hacia seña de que me 
acercase, creí que se trataba de suplicarme que no lo curara, cosa 
que me acontece muy á menudo . 

— Ya lo creo, — esclamó Cuevas, — como que tienes una mano pe- 
sadísima. 

— En cambio tú tienes los pies lijeros como los del venado, dí- 
galo tu asistente. 

— Nada de indirectas, — esclamó Martínez. 

— Acercóme al contuso, y veo á mi andaluz con un chichón en 
el ojo izquierdo. 

— ¡ Hola ! — grité desde luego, — ¿ conque has venido á pelear con- 
tra nostros? 

— ¡ Quiá ! si me han traído por fuerza, yo bien le decia al gefe 
desde los primeros cañonazos que despanzurraron á una muía 
de la artillería: si esto hacen con los animales, qué esperamos 
nosotros los cristianos? Pero nada, me hicieron trepar por el 



EL SOL DE MAYO 253 

cerro, advirtiéndome que si retrocedía, me pinchaban como á una 
mosca; entonces me acurruqué tras una peña diciendo para mis 
adentros: si se descuidan estos condenados, me las guillo; cuando 
en esto, que corren y me dejan encampanado; yo no podia moverme 
para ningún lado, entonces un maldito indio me lanza una piedra, 
y cataplum ! me ha dejado tuerto; los otros indios me llevan y dán- 
dome tal zurribamba de culatazos, que á no ser andaluz, espicho 
como una codorniz; pero eso sí, yo soy como el demonio, solo con 
mis costillas le rompí á un oficial la espada; ¡ qué chasco se han lle- 
vado conmigo ! 

— ¿Y qué has hecho con nuestro antiguo compañero? — pre- 
guntó Cuevas. 

— Lo he llevado al cuartel y ya le hice la primera curación, 
queda sano completamente, pierde el ojo y nada mas. 

— Es bien poco, — dijo Martínez, — así queda redondeado el espe- 
diente. 

— Y me doy por satisfecho, — agregó González con todo el aire 
de un Gabino Barreda. 

Continuó la charla sobre los episodios de la batalla, se mos- 
traron las cruces quitadas al enemigo, se agregó algo á la salsa 
de la victoria, y se juró acabar hasta con el diccionario de la len- 
gua francesa . 

— Me largo,— dijo Martínez, — voy á la torre á hacer mi cuarto 
de centinela, estamos en observación de esos malditos gabachos; 
el general me ha dicho que no los pierda de vista; me parece 
que ya no noe batimos, están desmoralizados como cuando se pier- 
den las elecciones de alcalde. 

— Capitán, yo lo acompaño á usted, — dijo Cuevas. 

— Acepto, mientras mas ojos, se verá con mas precisión. 

— Nos veremos, camaradas. 

■ — Cuidado con otro susto, — dijo González,- -esta noche sueña la 
gorra colorada del zuavo. » 

Cuevas no quiso responder, y echó paso adelante con Pablo 
Martínez en dirección á la torre de la Catedral. 

IV. 

El lector querrá saber el desgraciado episodio de Mondoñedo. 

El estudiante se había separado de la ambulancia para ingresar 
al Estado Mayor de Zaragoza. 

En los momentos de la batalla del 5, y cuando la segunda 
columna de ataque ascendía al cerro de Guadalupe, el general 
lo envió á dar una orden á Negrete, que esperaba al enemigo con 
sus valientes indios de Zacapoaxtla. 

Mondoñedo subió violentamente el cerro y se encontró con que 
ya no podia retroceder, porque el enemigo atacaba los fortines y 
la línea de batalla. 

Mexclóse al grupo de ayudantes de Berriozábal y entró como 
bueno en la pelea. 

A los pocos momentos su caballo caía hecho pedazos por el casco 
de una granada que reventó á sus pies. 



254 JUAN A. MATEOS 



Ya hemos visto el arrojo con que ios mexicanos rechazaron la- 
columna de ataque hasta su campo; aquel momento era de indeci- 
ble entusiasmo para Mondoñedo, que sentia aliviadas sus heridas 
del corazón bajo el peso é influencia de aquellas emociones sal- 
vajes. 

Entre el huníb de la pólvora y el grito de los combatientes, y 
el toque de los clarines, y la arena del combate, olvidaba ese fuego 
lento de sus pesares que daba muerte á sus esperanzas y á su 
existencia. 

La muerte le preparaba un horizonte mas feliz, nadie adivi- 
naría tras de su faz rebosante de entusiasmo y donde cruzaba 
un relámpago de corage, que aquel hombre mezclaba la hiél de sus 
sufrimientos al sentimiento sagrado del patriotismo. 

Si moria, todos creerían encontrar el cadáver de un héroe en 
los despojos del desgraciado. 

¡ Pobre estudiante ! mas le valdria haber continuado en aquella 
existencia tranquila de la juventud, en que las olas apacibles de un 
mar sereno atraviesan las regiones del corazón. 

Aquellos primeros horizontes teñidos de azul y oro habian desa- 
parecido al primer rayo de la pasión que lo devoraba. 

Una muger era la sombra interpuesta entre el astro de su dicha 
y el cielo abierto de su alma. 

El joven creía que el amor ya no habitaba en el sagrario de 
su pecho, que el ídolo estaba derribado y el altar hecho pedazos; 
¡ mentira ! 

La imagen estaba velada, pero mientras, se efectuaba aquella 
trasformacion de la realidad á los recuerdos. 

El amor sufriría á su vez el fenómeno de la metamorfosis, ya 
no era aquel sentimiento de pureza y misticismo, aquel aroma de 
los ángeles pasaba al cáliz en cuyo fondo se encontraría la pon- 
zoña del odio y del resentimiento. 

Ese estravío fatal del corazón que busca una venganza extraña, 
hace de un serafín un condenado; se quiere la desaparición de un 
ser á quien sa ama y se aborrece; se mata porque se ama, no porque 
se detesta. . . . 

El odio es una de las faces del amor. 

En ésa demencia terrible se cae en el suicidio. 

Toda i a saña se vuelve contra nosotros, y la lucha es deses- 
perada. 

Manuel Mondoñedo estaba en esos instantes de estrabismo 
mental, y buscaba en la batalla, en aquel cuadro de proporciones 
tan gigantes, lo que él tenia miedo de llamar en el silencio de su 
habitación. 

Vivir, pero llevando en su pecho el corazón hecho un cadáver, 
era el bello ideal de su desesperación. 



Para describir la escena que vamos á presentar á nuestros 
lectores, necesitamos llevarlos por un solo instante al campo de 
Laurencez 



EL SOL DE MAYO 255 



Don Fernando Moneada, que habia sido soldado, comprendió 
desde luego que el plan de batalla del gefe francés era desca- 
bellado. 

Tener á la mayor parte de la fuerza enemiga en los cerros 
donde era difícil derrotarlos, y un lado vulnerable en la plaza, y 
elegir el asalto á los cerros, era equivocarse por completo. 

Ya en 1856 el general Comonfort habia emprendido un ataque 
falso al cerro de San Juan y tomado la línea del Carmen y San 
Javier de aquella misma ciudad. 

Haro sabia esto perfectamente, porque él habia sido la víctima 
en aquella época. 

Una vez rechazada la primera columna, no habia esperanza 
alguna. 

El soldado francés, impetuoso para el asalto, hombre de ima- 
ginación volcánica, tan pronto llega al heroísmo como decae hasta 
la pérdida de la moral. 

El primer ímpetu es el todo de los franceses. 

La pistola es una arma terrible; pero una vez disparada, es inútil 
del todo. 

Ya hemos visto el esfuerzo poderoso hecho por esos soldados 
al aspecto de su bandera en retirada. 

En el tercer empuje y cuando se buscaba una muerte heroica 
mas bien que la victoria, don Fernando, lanzado en el aliento can- 
dente de la desesperación, se puso al frente de la columna y subió 
con arrogancia hasta tocar los fortines de Guadalupe. 

Sus gritos se oian en medio del combate. 

Parecía aquel hombre el demonio de la batalla, con sus mele- 
nas echadas al aire, su brazo rígido vibrando la espada como un 
rayo, la boca espumante y el rostro descompuesto. 

Aquel hombre causaba espanto en aquellos momentos de pre- 
destinación. 

La columna bajaba en derrota de la cumbre de Guadalupe. 

Don Fernando se habia quedado sobre el campo disparando los 
últimos tiros de su pistola sobre los soldados que tenazmente le 
perseguían. 

En aquellos momentos el estudiante Mondoñedo avanzaba á 
pié sobre las rocas; repentinamente su mirada se encontró en un re- 
lámpago con la de don Fernando. 

Llevados por una corriente eléctrica se buscaron. 

Aquellos corazones se estremecieron de rencor, palpitaron do 
odio y de venganza. 

— Al fin nos encontramos, — gritó el estudiante encarándose á 
su enemigo. 

Moneada respondió con una carcajada de Satanás. 

Las espadas se cruzaron y comenzó una lucha desesperada y 
mortal. 

La lucha tuvo la duración de unos segundos, el acero de don 
Fernando encontró al fin el pecho de Mondoñedo. 

El estudiante cayó dando un alarido de desesperación. 



256 JUAN A. MATEOS 



— ¡Miserable! — gritó don Fernando, y bajó por las rqcas como 
el ángel caido, maldiciendo de su existencia. 



VI. 

El estudiante se quedó revolcándose en su sangre entre los 
matorrales de las rocas. 

Pablo Martinez, que habia seguido con la caballería á los fu> 
gitivos, regresó después de dos horas, cuando la noche comenzaba 
á caer. 

Al pasar cerca de Mondoñedo, oyó los quejidos apagados del 
herido. 

— ¡Demonio! aquí hay un mexicano, si pasa la noche sin cu- 
ración, carga con él todo e] infierno; muchachos, aquí está mi 
júrongo, nos servirá de camilla y llevaremos á ese desgraciado. 

Bajóse del caballo el bravo guerrillero y se acercó al estudiante, 
lo reconoció en el acto y lanzó una imprecación que hizo acudir 
á los soldados. 

— ¿Qué pasa, mi capitán? 

— Que han matado al comandante, no saben esos gabachos la 
prenda que se han llevado; me parece qye respira todavía, aunque 
ha perdido mucha sangre. 

Levantaron á Mondoñedo, lo pusieron en la camilla imürovi- 
sada y lo condujeron á la ciudad. 

Al pasar por una de las casas de la calle de Mercaderes, un in- 
dividuo que estaba al balcón le gritó á Pablo Martinez : 

— ¿A quién llevas ahí, Martinez? 

— Señor Mons, estoy desesperado, ya no dilata en morir nuestro 
amigo Mondoñedo. 

— Entra, entra, aquí le asistiremos. 

— Me parece bien, — gritó Pablo, é hizo conducir al estudiante á 
la casa del antiguo amigo de Mondoñedo. 

Martinez llamó á Santiago González, que ocurrió inmediata- 
mente llevando consigo á un doctor, desconfiando de sus conoci- 
mientos. 

Reconocieron al herido : la estocada era terrible; no obstante, 
el doctor dijo que no perdía la esperanza de salvar al estudiante. 

El señor Mons habia fijado su residencia en Puebla, luego que 
las fuerzas francesas avanzaron sobre la ciudad, porque su finca 
de campo se encontraba en el trayecto y sería ocupada por el 
invasor. 

El rico propietario estableció un hospital y gastaba prófuga- 
mente su caudal en socorrer á las familias emigrantes que venían 
huyendo de los franceses. 

El 5 de Mayo estuvo el señor Mons en los Remedios con el 
Estado Mayor de Zaragoza, presenciando la batalla. 

El general lo contaba entre sus amigos y hacia grande estima- 
ción de sus cualidades. 

Después de la jornada, el señor Mons se instaló en su lazareto, 



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Cinco de Mayo. 




Un episodio clí 



SOL DE MAYO - 17. 



EL SOL DE MAYO 257 



prodigando todo género de cuidados á los infelices heridos, que 
estrechaban aquella mano protectora bañándola con lágrimas de 
reconocimiento. 

VIL 

El 8 de Mayo el ejército republicano seguia formado en batalla 
frente al campamento francés, que á las tres de la tarde dirigió 
dos columnas de infantería hacia el camino de Amozoc, indicando 
un movimiento de retirada. 

El general Zaragoza creyó que el enemigo se disponía á dar 
otro asalto y que su movimiento era acaso estratégico, tratando de 
desviar su atención. 

Dio sus disposiciones previendo una próxima batalla y avanzó 
sus guerrillas al campo de los franceses, que las recibieron á me- 
tralla. 

Todo estaba dispuesto para el combate. 

A las cuatro y tres minutos de la tarde los trenes del enemigo 
se pusieron en via de retirada sobre el camino de Amozoc. Las co- 
lumnas de infantería que estaban á derecha é izquierda descan- 
sando á lo largo de la carretera, se fraccionaron entrando en línea 
é interpolándose con los carros 

Las baterías permanecían en la llanura que media entre la 
garita y el cerro de Amalucan, apoyándose principalmente tras de 
las ruinas del Rancho Caido, adelante de la Garita Nueva. 

Sobre la cordillera inferior del Tepotzuchitl, al lado meridional 
del camino, habia numerosas fuerzas de infantería con sus com- 
petentes piezas de montaña, y un trozo de caballería. 

En la hacienda de los Alamos habia otra fuerza considerable 
de infantes. 

Los carros entraron en la linea y la fuerza del Tepotzuchitl 
descendió compacto encarrilándose en el camino de Amozoc. 

A las cinco de la tarde, dos fuertes columnas de infantería 
se desprendieron de la hacienda de los Alamos formando sobre la 
carretera. 

Una descubierta de caballería forma la cabeza de la columna. 

En el centro se coloca la artillería, seguida de un grupo de 
cien caballos de cazadores de África, cerrando la marcha el brillante 
cuerpo del 99 de línea. 

Aquel ejército desapareció á pocos momentos entre las sinuosi- 
dades del terreno, sobre aquel camino que dos dias antes cruzaba 
á tambor batiente y bandera desplegada. 

Aquellos estandartes habían caido en pedazos en 1815 al golpe 
de los sables prusianos; pero no habían retrocedido ante la catás- 
trofe de la derrota ni de la muerte. 

La bandera francesa se ha retirado dos veces en este siglo : al 
tornar las legiones de Napoleón el Grande entre las densas brumas 
del desierto de la Rusia, y en México después de la ¡ornada del 
" de Mayo di 18G2. 

FIN JE LA SEfíUN&A PARTE. 
17 — EL SOL DE MAYO. 



LIBRO TERCERO 



POR PERECHO DE CONQUISTA 



CAPITULO I. 



" Voilá votre oeuvre, madame: „ lo que quiere decir en buen castellano: 
Ha quedado usted de todos los diablos. 



Si la noticia de los tratados de la Soledad habia agitado á la Eu- 
ropa, que veía en ellos la muerte de la Convención de Londres; la 
nueva del rompimiento de relaciones entre los aliados era un verda- 
dero escándalo en el mundo de la diplomacia. 

Pintábase con los colores mas sombríos la última conferencia y 
la actitud de los plenipotenciarios al borrar el pensamiento del pac- 
to intervencionista. 

En lo que se convenia generalmente, era en que M. de Sahgny no 
tenia vergüenza; esto lo confesaban tirios y.troyanos. 

Con las tropas inglesas llegó á la Europa la noticia de que 
Laurencez caminaba á gran prisa sobre la capital de la república 
después de la toma de Orizava. 

Españoles é ingleses denunciaron el atentado incalificable que 
envolvía la traición de Saligny. 

Los franceses honrados é incapaces de una acción tan deprava- 
da, condenaron también la conducta de ese miserable que acaso sin 
necesidad imprimía una mancha á su bandera. 

Napoleón TU aprobó todo lo hecho por sus enviados, esto era 
de esperarse. 

Discutióse en el Parlamento ingles y en las Cortes españolas la 
conducta de los plenipotenciarios; estos espusieron que la Francia 
habia querido dar tormento á la Convención, volviendo aquella idea 
civilizadora, una conquista en toda regla, comprometiéndose alta- 
mente con esa formidable potencia que se llama la Union Amen- 



tana 



La Inglaterra cedió al oir ese nombre que la trae tan preocupa- 



EL SOL DE MATO 259 



da desde fines del siglo XVIII, y con la cual no romperá lanzas sean 
cuales fueren las complicaciones diplomáticas. 

La España, por su parte, apoyó al conde de Reus, y ambas na- 
ciones dejaron á la Francia la responsabilidad de la conquista de 
México. 

Napoleón declaró que su bandera no necesitaba de alianzas para 
una empresa tan sencilla, y que no retrocedería un solo paso. 

Este Mr. Jolmson que tiene ocurrencias muy particulares, con- 
testó con la mayor educación y refinamiento, que para no retroceder, 
lo mas sencillo era dar media vuelta y seguir siempre de frente á 
bandera desplegada. 

Parece que la Francia no echó el consejo en saco roto. 

Thiers, Julio Favre y Picard, capitaneaban la oposición en la 
Cámara francesa, haciendo una guerra sin cuartel á la empresa 
napoleónica en el continente americano. 

Los diputados del Sena no trabajaban tanto por la causa mexi- 
cana, cuanto por la suya, que era librar á la patria de una vergüen- 
za ante la Europa y el mundo entero. 

Mil veces se dijo en la tribuna, que el siglo de las conquistas 
habia pasado, que México no se dejaría arrebatar su independencia, 
y que los Estados-Unidos no tolerarían una monarquía vecina; que 
la potencia americana tenia los elementos para llevar adelante la 
doctrina Monroe, y que la Francia saldría de México, como José Bo- 
naparte de la Coronada Villa. 

El Ministro Billault, bajaba sin cartera á los escaños parlamen- 
tarios, pronunciaba un gran discurso (por lo largo), en que acusaba 
á los oposicionistas de falta de patriotismo, hablaba de la gran em- 
presa de S. M., del desarrollo gigante, de su amo Napoleón III, y 
otras majaderías que pasarían á la historia entre la burla de una 
época, si no arrastraran una memoria sangrienta. 

La Cámara votaba con el ministro, las galerías aplaudían á 
rabiar, y el tesoro de la Francia agonizaba de anemia. 

II. 

El mes de Junio de 1862, SS. MM. imperiales estaban en Fontai- 
nebleau. 

La corte de Francia era visitada por los magnates mas notables 
de Europa, y el brillo de la gloria militar alumbraba en todo su es- 
plendor el trono de Napoleón III. 

La Europa parecía prosternada ante el solio de aquel hombre 
lanzado á la cúspide de la grandeza, en uno de esos sombríos arca- 
nos de la humanidad. 

Cuando Luis Napoleón lleva su diestra á la empuñadura de su 
espada, el mundo se pone en guardia. 

No estaba corrido aún ese velo, tras el cual la Prusia ocultaba 
su poder gigante que hoy hace estremecer á la Europa. 

De la nube del silencio no se desprendía aun la voz tonante de 
Bismark, y el hombre de Ham era el arbitro de los destinos. 

Yacia el nuevo Baltasar del siglo entregado á la regia ostenta- 



260 JUAN A. MATEOS 

cion de su grandeza, esperando ver llegar al cuartel de Inválidos 
las banderas mexicanas, despojos de su ejército en la victoria. 

A un lado brillaba la hermosura deslumbradora de Eugenia, esa 
muger sobre cuya faz no han dejado sus huellas las alas del tiempo, 
y cuya capacidad decide sobre la voluntad del augusto esposo. 

En torno de la emperatriz hay un mundo oscuro y sombrío de 
subditos invisibles. 

Los jesuítas. 

Esa raza tiene su elaboratorio en las tinieblas, sus hilos no se 
perciben á la vista real, están atados al corazón y al pensamiento. 

Esos hilos se tornan en cadenas que van á dar hasta el abismo. 

Eugenia está influenciada por ese aliento de sepulcro que puede 
alguna vez helarle la sangre y paralizar los latidos ele su corazón; 
perinde ac cadáver. 

Los- altos dignatarios de algunas monarquías asistían entre el 
fausto y el esplendor, al regio banquete en que ostentaba su lujo el 
señor de las Tullerías. 

Napoleón III, que apenas se sonríe, estaba alegre y satisfecho, 
recibiendo el incienso quemado de continuo en sus altares. 

Hablábase de la expedición de México, eterno sueño de su am- 
bición. 

Dejaba caer algunas frases, que recogidas por los favoritos eran 
de una alta significación; esto consiste en que ese hombre piensa 
mucho antes de aventurar una palabra. 

Ya hemos visto que una sola frase fué la declaración de guerra 
con el Austria. 

Napoleón habla cuando ya tiene la espada desenvainada. 

III. 

— Mucha es la animación que hay en la Corte, — observaba un 
diplomático ingles, hablando á un coronel de Estado Mayor del em- 
perador. 

— Siempre que la Francia tiene pendiente algún negocio militar, 
la ansiedad se revela en todo: tenemos á tres mil leguas á nuestro 
ejército, que ya á estas horas debe haber ocupado la capital del 
reino de Moctezuma. 

El diplomático se conformó con dar á su cabeza las oscilaciones 
del péndulo. 

— ¿Lo dudáis, caballero? — preguntó el francés con algún ardor. 

— No, coronel, estoy casi seguro del éxito de la expedición. 

— La Francia será en America lo que en Europa, los soldados 
de Montebello agregarán á sus laureles las glorias de la interven- 
ción, ya veis que estamos solos, enteramente solos, sin que nos haya 
asustado el fin trágico de la convención de Londres. 

— No es á las armas, — dijo algo picado el diplomático por la alu- 
sión á la Inglaterra, — á las que debéis temer, México está impotente; 
es á las notas americanas, nuestros hijos han salido un tanto alta- 
neros. 

— La Francia ha llevado desde el primer imperio sus armas á| 



EL SOL DE MAYO 261 



regiones lejanas, y la patria de Washington tiene sin cuidado á S. M. 
el emperador. 

— No se trata de eso, caballero; sino de las complicaciones que 
traeria en Europa la guerra con los Estados-Unidos. 

— La Europa entera, caballero, se aliaría con nosotros. 

— En cuanto á la Inglaterra, no volverá íi signar otra convención. 

■ — Nadie puede decir de esta agua no he de beber. 

— Pronto veremos claro en este negocio. 

— Hoy precisamente debe llegar el paquete, con noticias muy 
importantes de México 

Varióse la conversación de aquellos individuos, cediendo á la 
hilaridad que reinaba en aquella sociedad tan distinguida. 

IV. 

— Estoy desolada, amiga mia, — decía una dama de Eugenia á 
una de sus compañeras, — la antesala de la emperatriz se ha vuelto 
un establecimiento de modistas. 

— S. M. da el ejemplo entregándose á labores. 

— Que no le corresponden. 

— Es que la ociosidad es horrible. 

— Bastante ocupa una su tiempo en ataviarse. 

— Efectivamente, arrastrar una cola tan larga es carga dema- 
siado pesada. 

— ¡ Y tanto alfiler ! 

— Vamos, que con solo disponerse para el paseo y el teatro, ya 
se tiene para rabiar algunas horas. 

— Las modas nos quitan el tiempo horriblemente. 

— A propósito de teatros, este M. de Girardin es original. 

— Dios mió, anoche nos ha hecho agonizar con El suplicio de 
una muger. 

— No estuve anoche, por fortuna. 

— Has de saber que Dumas hijo corrigió la pieza, y ambos auto- 
res se disputan el mérito de la obra. 

— ¿Quién comisionó á Dumas para mezclarse en ese negocio? 

—La razón es sencilla, cuando se estrenó la comedia, el público 
se alarmó terriblemente; figúrate que una muger entrega las cartas 
de su amante al marido. 

— ¡ Qué horror ! 

— Es cierto que en Francia hay maridos que entregan al amante 
las cartas de su muger; pero no es el mismo caso. 

— De los palcos comenzaron á escribir esquelas á M. de Girardin, 
diciéndole que su obra escandalizaba; pero él no se daba por enten- 
dido y la representación seguía, y con ella el escándalo de la so- 
ciedad. 

— ¿ Y no hubo quien silbara ? 

— No, amiga mia, la composición era tan buena, que hubiera 
sido una barbaridad silbarla. 
— ¿ Y qué pasó alfin ? 
—Que cayó el telón, y el público guardó un silencio sepulcral; 



ÍUAÍSf A. MATEOS 



siempre que se pone el dedo en la llaga hay algún grito, allí el grito 
fué el silencio. 

: — Supongo que la comedia concluiría en desafío. 

— Nada de eso, fué una idea nueva, enteramente inesperada. 

— No comprendo. 

— El marido condenó al amante á la ingratitud. 

—Ahora mucho menos. 

—Ya hablaremos sobre eso, volvamos á Dumas, que sin permiso 
del autor corrigió la obra y la puso en escena, entonces el público 
la aplaudió desesperadamente. 

— Yo opino porque la gloria es de Dumas. 

— La idea es de Girardin, quien acusa á su forzado colega de 
haber matado su idea. 

—Es gracioso el lance. 

— Ya se están escribiendo folletos sobre el asunto. 

— Pues que se tome un acto cada uno. 

— Si son tres. 

■ — Pues acto y medio. El juicio de Salomón, amiga mia. 

— Yo conozco á los literatos, y primero dejarían dividir á un 
hijo, que partirse la diferencia de un aplauso. 

— Este Dumas se escandaliza de El suplicio de una m,uger, y no 
recuerda su Dama de las camelias. 

— Yo la he leido seis veces, y no le encuentro nada que sea no- 
table. 

— Verdi ha sacado de ella un gran partido; pero allí la armonía 
ha matado detalles que la novela trae marcadísimos y son el todo de 
la obra. 

— Los escritores son como las mugeres, siempre llenos de rivali- 
dades. 

— Sí, amiga mia, les gusta que alguno de su comunión se ponga 
en ridículo. 

— Precisamente como nosotras: sin ir muy lejos, anoche en el 
teatro llevaba esa condesita que tanto nos molesta con sus preten- 
siones, un peinado de heno, que parecía barraca de los indios de 
América; luego que se presentó en el palco, se alzó un rumor en la 
luneta. 

— Misericordia divina, ¡ qué abominación ! 

— Te aseguro que podia contener el tocado un nido de águilas... 

— Algunos creerían que la condesita venia del campo. 

— Era un adorno rústico cosechado en los campos de la Siberia; 
yo no podia contener la risa, la saludé tan cordialmente, que la 
condesita se alarmó. 

— Es mal síntoma quedar satisfecha del adorno de una rival. 

— Soy de tu misma opinión. 



Un portapliegos entró en el salón, y acercándose respetuosamen- 
te al emperador, puso en su mano un parte telegráfico trasmitido de 
un buque correo que llegaba en aquellos momentos del golfo mexi- 
cano. 



EL SOL DE MAYO 263 



Abrió Napoleón III el pliego. 

Descompúsose su semblante, sus ojos se fijaron tenazmente en 
el mensage, sus labios si j contrajeron, su brazo temblaba y la emo- 
ción mas siniestra se revelaba en el semblante del emperador. 

La concurrencia estaba atenta á cuanto pasaba. 

Los síntomas del coraje reprimido, se dejaron ven en el rostro 
imperial. 

Tornó á leer el telegrama, y después, volviéndose á Eugenia, la 
dijo con ronso acento: 

■ — Señora, ¡hé aquí vuestra obra! 

Y dejó caer el papel en la mesa frente á la emperatriz. 

La esposa de Napoleón pasó rápidamente la vista por aquellos 
renglones, lanzó un grito de sorpresa, y cubriéndose el rostro con el 
pañuelo, comenzó á llorar en silencio. 

Levantóse el emperador, y saludando á la concurrencia se inter- 
nó solo en los salones de Fontainebleau. 

A los pocos momentos circuló por todo París, en voz baja y en 
son de duelo, el aciago rumor de que el ejército francés habia sufrido 
un descalabro en los campos de América el 5 de Mayo de 1862. 

VI. 

Luis Napoleón es un gran político; la herida que llevaba en su 
orgullo era necesario hacerla sentir á toda la Francia. 

Las oficinas telegráficas se pusieron en movimiento y la nación 
entera recibió simultáneamente el aviso de la derrota. 

La oposición y los hombres de criterio, hacían responsable á la 
política imperial del desastre de Mayo. 

El pueblo y la prensa echaron la culpa á la España é Inglaterra, 
acusándolas de deserción al frente del enemigo. 

La España y la Inglaterra, que ya habían vaticinado este suceso, 
acusaron á su vez á la Francia de imprevisión. 

La nación francesa se sintió humillada en su orgullo militar; 
ya no era México aquel pigmeo á quien se le llevaba en cuerpo de 
patrulla á las mazmorras de la esclavitud: era un gigante á quien 
era preciso combatir en toda regla. 

Las que poco antes se llamaban chusmas indisciplinadas, se es- 
timaron como un ejército; y á aquel modesto ciudadano vencedor el 
5 de Mayo, se le condecoraba por la misma Francia con el título de 
general en gefe del ejército mexicano. 

México, como nación independiente, estaba colocada á esa al- 
tura á que la llaman aún sus destinos en el porvenir. 

Los clarines de la guerra tocados en Fontainebleau, llamaban 
al combate á todo un pueblo, su bandera estaba comprometida. 

El general Forey fué nombrado comandante en gefe, y cincuenta 
mil hombres de desembarque se entraron en los vapores de la 
Francia en pos de la venganza. 

¡ El buitre de las Tullerías batia sus alas en la noche de su 
destino, buscando en su sed de sangre el corazón de la víctima para 
estinguirla en la saturnal impía de sus rencores, el incendio 
y el asesinato 1 



264 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO II. 

Del modo heroico con que desapareció la bandera de Zapadores, 
en la batalla de Barranca Seca. 

I. 

Al amanecer del 18 de Mayo de 1862, salía de Orizava á la van- 
guardia de la columna francesa, un pequeño destacamento de 
voluntarios á las órdenes de un caballero que se presentaba como 
auxiliar del ejército francés. 

La bruma densa de la mañana ocultaba á los viageros que se- 
guían rumbo á las Cumbres de Acultzingo. 

— Señor don Fernando, — decia Wask, — temo mucho que las 
fuerzas reaccionarias no concurran á la cita y llevemos otra como 
la de Puebla. 

— No temáis nada, Zaragoza no puede calcular nuestro movi- 
miento retrógrado, y cree batir solamente á la chusma mexicana. 

— Desconfió ya de todo, la desesperación ha invadido mi alma 
como una tormenta, y á pesar del despecho, estoy trémulo ante 
la adversidad. 

— Sois un fanático, Wask. \ 

— Lo confieso; pero lo grande de nuestra empresa disculpa el 
estado terrible de mi espíritu. 

— Yo juego acaso mas que vos, y no he perdido la serenidad. 

— Es que nuestras almas no son del mismo temple. 

— Creía que la vuestra era mas terrible; pero os veo anonadado, 
incapaz de llevar adelante ningún plan, ni... 

— Callad, don Fernando, á vos que sois mi cómplice os descubro 
mi corazón; pero esto no lo sabe ni mi destino; tengo aún sobre el 
pecho una armadura de hierro donde se embotarán los golpes de la 
suerte. 

— Tenéis un defecto, Wask. 

— Indicadlo. 

—No sabéis esperar. 

— Es verdad, tengo á la fortuna por- una ala y puede escapár- 
seme en un movimiento; entonces me levantaría el cráneo de un 
pistoletazo. 

— No está mal pensado, — dijo don Fernando con una calma im- 
perturbable. 

Wask lo vio con asombro, sus palabras penetraban en lo mas 
hondo de su pecho, aquel acento tenia el timbre de Satanás. 

— ¿Sabéis, caballero, — dijo el aventurero, — que os voy cobrando 
terror? No sé qué hay en vuestra mirada que me espanta y en 
vuestro acento que me acobarda. 

— Tenéis aprensiones verdaderamente raras, amigo mió. 

— Es que me impacienta y enoja esa influencia tan marcada que 
ejercéis en todo mi ser. 

— Ignoro de qué provenga, Wask. 






EL SOL DE MAYO 265 



— Yo os confieso que desde aquella noche terrible del incen- 
dio en que os vi á la luz de las llamas como al demonio de la deses- 
peración, vuestro semblante se ha fijado en mi mente de una manera 
siniestra. Yo recuerdo haber visto vuestra melena sacudida por el 
aire de la noche, flotar como la cabellera de Lucifer, vuestra mirada 
era torva, tenia el brillo de la hoja de un puñal, y vuestra mano 
crispada escarmenaba los cadejos de vuestra barba... Sí, don 
Fernando, aquella carcajada espantosa á la vista del fuego y de la 
muerte, no he cesado de oiría un solo instante. 

— Wask, estáis demente, habéis hecho de mí un Mefistófeles, 
vuestra imaginación exaltada os hace ver un fantasma donde solo 
existe un hombre. 

— Es que yo sé que nosotros tenemos de matarnos alguna vez. 

Don Fernando dirigió á su interlocutor una mirada oblicua. 

— Ya lo oís, caballero, os tengo á veces respeto, simpatía; por- 
que vuestro valor y talento me la inspiran; pero va mezclado con 
una dosis de odio incomprensible que yo rechazo, pero que surge 
sin querer de los abismos siempre oscuros de mi alma. 

Don Fernando puso, bajo su capa, la mano en la culata de su 
pistola. 

— Vamos, Wask, abandonad vuestros pensamientos y tenedme 
como el mejor de vuestros amigos. 

Wask permaneció en silencio; las brisas de la mañana refres- 
caban su frente calenturienta, y se disipaban las sombras de aquel 
cerebro donde estallaba la tormenta siempre creciente de la am- 
bición 

— Creo que os he dicho algo inconveniente, — dijo el aventurero, 
después de media hora larga de distracción. 

—No recuerdo nada, — respondió Fernando. 

— Puede ser, — prosiguió Wask, — pero estos accesos de histérico 
me ponen tan nervioso que desatino; os suplico que -no hagáis 
aprecio, cuando me enfermo es seguro que vuelvo sobre las personas 
que me son mas queridas; porque yo os estimo en alto grado. 

— Gracias, Wask. 

—Decidme que no me guardáis rencor alguno, para tranquili- 
zarme. 

Don Fernando tendió su mano y Wask la estrechó con fuerza 
sobre su pecho. 

II. 

La columna francesa, compuesta de cuatro mil hombres, al 
mando de Laurencez, se emboscó entre las lomas que rodean un 
punto llamado Barranca Seca, que está situado al descender de 
las cumbres de Acultzingo y como parte de ellas casi al terminar la 
sucesión de rocas que forman los primeros escalones de las mon- 
tañas. 

Aquel lugar es un anfiteatro cerrado capaz de contener un gran 
número de gladiadores. 

Barranca Seca debia ser ese dia memorable, teatro de una lucha 
heroica y desesperada. 



266 JUAN A. MATEOS 



Los franceses tenían cita en aquel punto con las fuerzas de la 
reacción, que dispersadas en Atlixco, no habían podido tomar par- 
ticipio en la jornada del 5. - 

El dia avanzaba y el silencio de las Cumbres no era interrum- 
pido por eco alguno de alarma. 

Los soldados de Laurencez no daban indicios de vida, perma- 
necían en un silencio grave, sabían que á la menor imprudencia 
serian descubiertos y acaso batidos por el enemigo. 

El dia avanzaba y Laurencez envió aigunos esploradores, que 
regresaron diciendo que se oían tiros lejanos y se percibía el so- 
nido de los clarines. 

Púsose en acecho el ejército francés, dentro de breves instantes 
iba á empeñarse una batalla. 

Zaragoza emprendió su reconocimiento sobre el ejército en 
retirada, y sus caballerías estaban siempre á la vista del enemigo, 
que llegó á Orizava, de donde se desprendió para auxiliar á la turba 
reaccionaria. 

A las diez de la mañana llegaron á todo escape por el camino 
de Tehuacan las chusmas intervencionistas á quienes daban alcance 
las fuerzas republicanas, procurando encerrarlas en la bolsa que 
forman las lomas de Barranca Seca. 

Riva Palacio iba á la vanguardia y era el primero que debía 
resistir el empuje de las fuerzas enemigas. 

Encontráronse con la caballería del general Antonio Alvarez. 

Santiago Tapia -eon dos cuerpos de infantería y un regimiento 
de caballería, formando un total de 1.200 hombres, llegó al punto 
mencionado cuando los reaccionarios buscaban el apoyo de los 
franceses. 

Los generales Tapia y Alvarez cargaron sobre los flancos del 
enemtgo arrollándolo por completo y arrojándolo á la hondonada 
para hacerlo prisionero. 

El ejército mexicano se encontró en el anfiteatro cuando los 
franceses cerraron violentamente la salida, y cayeron de improviso 
llenos de rabia vengadora. 

Entonces comenzó una zamba á la bayoneta que horrorizaba. 

Los cuerpos de San Luis y Zapadores de Morelia hacían prodi- 
gios de valor, mientras las caballerías se diezmaban al sable. 

Tapia habia tenido que aceptar la batalla, y peleaba como un 
león acorralado y con tal encarnizamiento, que al caer la noche la 
victoria estaba al decidirse en su favor. 

El ejército de Zaragoza hizo uft esfuerzo -para descender á una 
pequeña llanura. 

Entonces, dice un testigo presencial, de los arbustos del mal 
pais, de todas las arrugas de las lomas, del fondo de las laderas 
y rocas vecinas, salieron los soldados que desde la mañana perma- 
necían ocultos, y un fuego nutrido de fusilería comenzó á causar 
estragos horrorosos. 

Tapia no podia retirarse porque á su retaguardia se alzaba una 
colina inaccesible; ademas, el combate se empeñaba en todas direc- 
ciones y retroceder era confesarse vencido. 



EL SOL DE MAYO 267 



III. 

Cayó la noche, y una sombra densa como la de la tempestad 
envolvió el campo de batalla. 

Entonces se renovó el combate en las tinieblas. 

Las caballerías de la reacción se mezclaron con las nuestras, 
y los cazadores de África confundiéndolas con las defensoras de la 
República, las comenzaron á acuchillar, y la matanza se hizo te- 
rrible 

Aquella escena se alumbraba por los relámpagos de los cohetes 
á la congréve. 

• El fuego parecia languidecer, y era que estando confundidos los 
combatientes, se libraba lá victoria en terribles combates personales. 

Los Zapadores se habian agrupado en torno de su bandera 
cuando vieron caer prisionero al valiente coronel Tuñon Cañedo, á 
quien un grupo de reaccionarios procuraba arrancar de las manos 
la espada que aquel gefe llevaba en la defensa del cerro de Gua- 
dalupe. 

Los Zapadores no dejarían arrebatarse el estandarte glorioso 
que los habia acompañado en la arena del combate y en la revolu- 
ción progresista, siempre victorioso. 

Aquel estandarte llevaba la condecoración del 5 de Mayo, era 
una prenda de venganza en manos de los franceses. 

Los soldados caían al golpe de los aceros y ya estaba próximo 
el momento de perder con la vida aquella enseña de las glorias 
nacionales. 

El abanderado yacía tendido á los pies de la bandera, y fran- 
ceses y reaccionarios estaban ansiosos de consumar el sacrilegio 
poniendo sus manos impías en aquel lienzo sagrado. 

Marcelino Chavez, zapador de Morelia, tuvo una inspiración 
del cielo, arrebató la bandera y se dirigió con valor á una cajuela 
de parque donde arrimó el estandarte sagrado. 

Quitóse el kepí, victoreó á la independencia é hizo fuego sobre 
la cajuela. 

Incendióse el parque, subió una llamarada gigante que alumbró 
por un instante el campo de la lucha, y la mas negra oscuridad se 
sucedió á ese. relámpago de la muerte. 

Aquella luz alumbró la heroicidad sublime y la abnegación de 
un buen hijo de México. 

Marcelino Chavez, Trinidad Rosas y Trinidad Juárez, últimos 
de los Zapadores, no sobrevivieron á su bandera, presa del fuego: 
quedaron muertos junto á las cenizas del lábaro de la Indepen- 
dencia. 

¡Sus tumbas las cubre la sombra de la patria!... 

Los combatientes trataban solamente de reconocerse para orga- 
nizar la batalla, y por instinto, los franceses se cargaban hacia el 
camino de Orizava, y los mexicanos al de las Cumbres. 

Este movimiento casual y simultáneo dio término á la lucha. 

Los dos ejércitos retrocedieron á sus campamentos. 



268 JUAN A. MATEOS 



Ambos combatientes tuvieron muertos, heridos y prisioneros 

La victoria habia quedado indecisa, no habia vencidos ni ven 
cedores. 

La acción de Barranca Seca no íué otra cosa que el choque de 
dos locomotoras sobre los mismos rieles. 

Dos máquinas que se encuentran impulsadas por el vapor, %d 
destrozan, y cediendo al impulso que las arroja, retroceden sobre ' 
la vía. 

La batolla fué gloriosa para México, porque como en todos los 
encuentros, el ejército de Zaragoza habia peleado con fuerzas supe- 
riores en número, aunque no en heroicidad ni entusiasmo. 

IV. 

Esa misma noche y ya al retirarse de la destrozada columna de 
los franceses, don Fernando se acercó á Wask y poniéndole la mano 
sobre el hombro, le dijo: 

— ¿Qué os ha parecido la jornada? 

— ¡ Terrible ! — contestó el aventurero, — estoy impresionado de 
una manera profunda. 

— ¿Y qué auguráis de todo lo que pasa? 

— Que estamos en el cráter de un volcan, que con otra victoria 
como esta estamos derrotados. 

—Os acordáis á tiempo de esa frase. 

— ¿Y qué remedio poner á ana situación tan desesperante? 

• — Ninguno, Wask, ninguno. 

— ¿Entonces, qué hacemos, don Fernando? 

— Mientras el ejército mexicano tenga á la cabeza al general Za- 
ragoza, no hay esperanza; á ese hombre lo sigue de cerca la fortuna, 
parece que la lleva encadenada en su acero. 

— ¿Creéis acaso en el destino? 

— El sol de Mayo no se ha puesto aún para Zaragoza; hasta su 
nombre es de fatalismo para nosotros. 

— ¡Pero esto es increíble! — gritó el aventurero, — jamas la ban- 
dera francesa ha retrocedido. 

— Retrocede hoy, amigo mió, retrocede, ya lo veis. 

— ¡Ira de Dios! esto es demasiado. 

— Por lo menos, mas de lo aue podiamos calcular. 

— ¡Este imbécil de gefe supremo que ignora hasta los caminos 

— No habléis de ese hombre; causa rubor que se le haya colocado 
como antagonista al gobierno de Juárez; echad una mirada á su 
circulo y comprendereis que esa forma de gobierno no puede vivir 
mas. 

— Yo desearia que lo eliminasen, estamos en guerra, y esa es 
pecie de administración es ridicula. 

— Sí, es atroz llevar á un gobierno entre los bagajes de ur 
ejército. , » 

— ¡ Estoy desesperado! hemos perdido hoy á muchos de loí 
gefes. 

— Zaragoza ha tenido bajas muy considerables 



EL SOI DE MAYO 269 



— Eso poco nos interesa, tiene á retaguardia á un ejército, 
mientras nosotros solo contamos con algunos buques para regre- 
sar en medio de la vergüenza á las playas europeas. 

— No hay remedio, Wask, Zaragoza es un gran general. 

— Pero uii solo hombre. 

— Uno solo, amigo mió; su nombre es decisivo, Zaragoza es 
el ídoio de su ejército, á su voz mueren esos soldados, como los 
rusos, besando la estampa de San Nicolás. 

Wask se quedó unos instantes meditabundo, después levantó 
el rostro coa una irradiación del infierno, y dijo á don Fernando: 

- -Caballero, yo tengo una deuda, y es preciso satisfacerla; 
¡ adiós ! 

Y azotando á su caballo árabe desapareció entre el silencio 
de las sombras y las rocas de la montaña. 

V. 

A la mañana siguiente aparecieron en el campo de Barranca 
Seca dos secciones de observación, una francesa y otra mexicana. 

Ambos generales mandaban ver si su adversario habia levan- 
tado el campo. 

Los republicanos recogieron á sus heridos y enterraron á sus 
muertos. 

Poco después los franceses hicieron una fosa común y dieron 
sepultura a sus soldados, no encontrando ya las armas, que ins- 
tantáneamente recogieron los guerrilleros. 

Los soldados de la reacción quedaron insepultos, los franceses 
negaban hasta una tumba á sus aliados. 

VI. 

En una de las laderas del camino estaba un capitán republi- 
cano, bañado en sangre y con una herida que le dividía el rostro. 

Acercóse el médico de la ambulancia, que era Felipe Cuevas. 

— ¡ Demonio ! á este hombre yo lo conozco perfectamente. 

Separó el cabello, limpió la sangre al herido y dio un grito 
de desesperación: aquel hombre era el capitán Pablo Martinez. 

Luego que el herido se sintió refrescar con el agua, abrió los 
ojos y reconoció á Felipe Cuevas. 

— ; Vive ! — esclamó el médico, y mandó ponerle en la camilla. 

— Creo que es bien poco, — dijo reconociéndole la herida, — se 
írata nada mas que ele una cicatriz. 

Curó á Pablo Martinez, que por la pérdida de la sangre se habia 
desmayado. 

Luego que llegaron al hospital, le dio alimento, y el bravo 
guerrillero pudo ya hablar. 

— ¡ Malditos cazadores ! en un tris me rebanan como una san- 
día... 

— ¿Qué le ha pasado á usted, capitán? 

— Nada, he perdido un pedazo de oreja, y conservaré toda mi 



270 JUAN A. MATEOS 



vida este garabato como un recuerdo de la batalla de Barranca 
Seca. 



CAPITULO III. 

De cómo se pueden encontrar dos exhalaciones en un punto dado del horizonte. 

I. 

El caballero Mons había dado hospitalidad á Manuel Mon 
doñedo, á quien se encontró cerca del campo de los franceses atra 
vesado de una estocada. 

El enfermo llevaba muchos dias de alivio; hasta entonces su 
huésped no se habia atrevido á preguntarle nada sobre el lance 
del 5 de Mayo. 

Mondoñedo estaba profundamente triste, algo pasaba por el 
corazón del estudiante que lo hundía en ese vago sopor de nielan 
eolia que lo agotaba. 

La imagen de doña Blanca se iba disipando en ese fondo oscuro 
del horizonte, y comenzaba á desaparecer de la memoria de Mon^ 
doñedo. 

Ese olvido, precursor de una nueva ilusión, inquietaba al es 
tudiante, porque le tenia miedo al ímpetu del corazón. 

El joven no se quería dar cuenta de su situación, tenia miede 
de preguntarse lo que pasaba por su alma. 

La pasión terrible que habia concebido por la Montemolin 
la consideraba como una erupción de su espíritu; pero que se apa 
gaba lentamente bajo las cenizas de sus desengaños. 

La pureza con que habia amado á aquella muger, el ardoi 
inmenso de su cariño, la adoración profunda guardada á un sei 
que se revelaba deforme ante su vida, trocó ese mundo de ilusionen 
en un abismo sin fondo de desprecio y olvido. 

Mondoñedo pasaba de improviso de un gran centro de luz 
una atmósfera opaca y llena de sombras. 

Ardia en su alma la última antorcha, pero el dios habia des 
aparecido de las aras, el altar quedaba desierto. 

Comenzó por sentir horror hacia una muger que le habia ocu^ 
tado su nombre, que tomando la máscara impenetrable de la hi 
pocresía, bajo el generoso aspecto de la amistad, lo habia lanzad] íc ' 
al ridículo mas terrible. 

Vio imposible su cariño, descubrió la trama grotesca de uno 
amores pérfidos alimentados en el silencio y reserva del anónimo 
y la venda cayó á sus pies. 

El ángel dejaba las alas para convertirse en una muger. 

El joven, que no habia amado nunca y veía secas y marchita 
sus primeras ilusiones, lloró sobre aquellas bojas arrancadas po 
el huracán de la adversidad, y sin volver el rostro, con la .sombr 



EL SOL DE MAYO 271 



sobre el pensamiento y la mano oprimiendo el corazón, huyó del 
fatalismo de sus amores y llamó á la venganza para satisfacer su 
encono. 

La desgracia iba sobre sus huellas, quiso sangre, la pidió al des- 
tino, y el destino le abrió el pecho para satisfacerlo. 

Velados sus párpados por el vértigo, sintió como se alejaba su 
aborrecido rival, sin poder ahogarlo con ese torrente de sangre que 
salía de su herida abierta. 

Cuando la vida tornó á enseñorearse de sus sentidos, una rara 
metamorfosis se habia operado como una reacción en el alma de 
Mondoñedo. 

Recordó vagamente cuanto habia pasado, la provocación á don 
Fernando, el duelo, la impresión de la hoja helada del acero al 
¡romper su costado, y aquella especie de agonía que lo acometió hasta 
entrar en las tinieblas del vértigo. 

Aquella sangría acaso era necesaria, porque el joven entró en 
una calma bienhechora, en ese apetecido reposo del espíritu después 
de una tempestad prolongada de tribulaciones. 

Aquella calma era precursora de una tormenta acaso mas terri- 
ble. 

A la cabecera de su lecho velaba una muger, como el ángel de 
la existencia : su acento era sonoro, su aliento perfumado, su mirada 
lánguida y apacible, su actitud serena y melancólica. 

El joven la tomó como una aparición del cielo, como uno de esos 
ángeles proscritos que llegan á la hora del infortunio para enjugar 
las lágrimas del desgraciado. 

Aquella muger era un mundo de esperanzas, no habia rayos de 
coraje en sus miradas, ni sonrisas de desden en sus labios, ni su 
seno se agitaba como la superficie del océano, á los embates de la 
tempestad. 

Aquella muger tenia un nombre todo suyo, se llamaba Eloísa. 



II.. 

Mondoñedo estaba en el sopor de su sueño de imágenes y apari- 
ciones, cuando la delicada mano de la señorita Mons tocó la frente 
|del estudiante. 

Parecióle que las frescas rosas del paraíso habían rozado su 
semblante mudo y decaído. 

Abrió los ojos y los fijó en el hermoso rostro de Eloísa. 

— ¿Duerme usted? — preguntó la joven con un acento de armonía 
celestial. 

Mondoñedo se incorporó y respondió con voz trémula á la seño- 
rita Mons: 

— No, me es imposible dormir, vivo en un crepúsculo de sopor 
3ue llega al letargo. 

— ¿ Y cómo sigue usted de la herida? 

— Muy pocas veces me recuerda su existencia el dolor. 

— ¿Tiene usted alguna queja de las personas que le rodean? 

— No, Eloísa, estoy satisfecho; pero deseara que me dejasen 
norir. 



272 JUAN A. MATEOS 



—¿Usted morir? 

— ¡ Sí, yo, que soy tan desgraciado ! 

Hable usted, amigo mió, deposite en el corazón de una amiga 

el secreto de sus sufrimientos. 

— Ay, Eloisa, el dia que saliera de mi corazón un solo suspiro 
que reveíase mis sentimientos, causaría la desesperación de quien 
los sorprendiese. 

La señorita Mons guardó silencio, y sus ojos se fijaron en la 
pálida faz del estudiante. 

—Usted también sufre, ¿no es verdad?— dijo este. 

—Sí, Mondoñedo, yo he luchado por arrancar de mi alma el 
amor de ese hombre, á quien debo aborrecer. 

—Sí, porque no es digno de llegar hasta usted, que es un ángel 
de virtud; usted merece un cariño sin límites, pero desinteresado, 
lleno de ilusión y cubierto con el celage de oro de las esperanzas, un 
amor que solo se desprende del espíritu cuando la sombra de Dios 
está sobre el alma, cuando el corazón armoniza con el cielo, y el hom- 
bre vuelve á ser ángel para ceder su corazón y su pensamiento con- 
fundidos en una llama encendida por la mirada de Dios; ¡porque el 
amor de la tierra es una ofrenda miserable delante del cariño in- 
mortalde una muger !... Sí, Eloisa, alzar en el santuario del corazón 
un altar, evocar ese espíritu gigante del amor cuyas alas cubren el 
firmamento, y decirle á una muger: ¡me arrodillo delante de tí, 
porque te adoro, mis lágrimas se alzarán en un vapor de cariño 
hasta tí, que eres digna de posarte en el centro de mi alma para 
tocar el cielo con la frente!... 

— Pero ese amor es imposible— exclamó Eloisa cubriéndose el 
rostro con las manos. 

—No; no es imposible,— dijo exaltado Mondoñedo,— las flores de 
la tierra tienen un perfume, como el alma sus exhalaciones; hay en 
el fondo del corazón un horizonte inmenso para las ilusiones, una 
bóveda cruzada por meteoros de fuego que se enciende á la vista 
del ser á quien se idolatra, y en medio de ese mundo irrealizable que 
se siente en el fondo del pecho alumbrado por los fulgores del espí- 
ritu, el cuerpo desfallece y nuestra vista se torna lánguida, impreg- 
nada de pasión, y nuestro acento trasmite ese grito arrancando del 
fondo del corazón que dice á la muger de nuestras esperanzas : ¡ mi 
sericordia, perqué te amo!... 

Mondoñedo tomó una mano de Eloisa, y la oprimió contra si 
pecho palpitante. 

La señorita Mons la retiró suavemente. 
— ¡ Oh! sí,— dijo con el llanto sobre las pupilas,—; así habia soña 
do con ese amor que acaba de desaparecer! 

—¡Siempre ese hombre!— gritó Mondoñedo arrancando las liga 
duras de su herida. 

—¡Sangre!... ¡ sangre ¡...—exclamó Eloisa,— ¡ socorro!... ¡socorro 

III. 

La señorita Mons salió aterrorizada del cuarto del estudiant 
pidiendo á voces socorro. 



EL SOL DE MAYO 273 

En aquel momento Felipe Cuevas entró demudado creyendo en 
una desgracia. 

—Entre usted, caballero, entre usted, ese joven se ha desgarrado 
la herida. 

El amigo de Mondoñedo se precipitó en el aposento para dar 
auxilio al estudiante. 

— ¡ Dios mió ¡—exclamó Eloisa luego que se encontró sola,— ese 
hombre me ama y le voy á hacer muy desgraciado... yo no puedo 
amar, mi corazón se ha cerrado para siempre, mis ilusiones han 
muerto... no, no han muerto todavia, la imagen de ese hombre está 
siempre delante de mis ojos, y su acento resuena en el fondo de mi 
alma... yo le perdono todo el mal que me ha hecho, todas las lágri- 
mas -que he derramado; ¡pero que vuelva, lo quiero ver, quiero estar 
i su lado, hablarle, decirle mil veces que le amo!... No, no, que huya, 
yo tengo el resentimiento en el corazón, le detesto, su recuerdo me es 
importuno... ¡lejos, lejos de aquí!... 

I El señor Mons se dejó oír en la antesala dando algunas órdenes 
a su mayordomo. 

Eloisa se repuso, sacudió su frente para alejar la nube de tris- 
eza que oscurecía su semblante, y llamó en su auxilio una sonrisa. 

—Hija mía,— dijo el caballero Mons,— dentro de breves instantes 
pendremos en casa á la señorita Amalia Brown, á quien me reco- 
mienda un amigo muy distinguido de Inglaterra. 

—¿Viene de Europa la señorita Brown? 

—No, de México, donde ha permanecido algunos meses; ya va 
le regreso á la Gran Bretaña, pasará con nosotros esta época de 
¡risis, mientras se ve la determinación que toman los invasores. 

—Ya sabes, padre mió, que tengo especial gusto en cuanto tú ma- 
uñestes empeño. 

El señor Mons se acercó á su hija, la sentó sobre sus rodillas 
r besándole la frente, la dijo: ' 

—¿Y para quién vivo yo, si no es para Eloisa? ¿por quién amo 
a existencia?... ¡Vamos, estréchate á mi corazón! 

Eloisa escondió el rostro en el seno de su padre, y no pudiendo 
ontener el llanto, comenzó á sollozar bañando con sus lágrimas las 
■aanos del autor de sus dias. 

—¿Y para esto te acercas á mí? estoy por reñirte; vamos, estoy 
impenado en tranquilizarte y lo conseguiré; dentro de algunos me- 
es nos marcharemos á Europa, ya sabes que eres rica, muy rica 
amaremos un palco en el gran teatro del mundo, nos radicaremos 

II París, ¡ oh ! entonces sí que me vas á hacer que te lleve á todas 
artes, y te llevaré; ¡no faltaba mas! é irá el viejo con su hija ense- 
bándola como una muestra de belleza; porque tú eres muy hermosa ■ 

lira, Eloísa, parece que tu buena madre te dejó por herencia sus 
i jos y su frente; te le pareces como una gota de agua á otra gota 

Eloísa se enjugó las lágrimas y comenzó á hacer caricias al se- 
or Mons, que se manifestaba ufano con el amor inmenso de su hija 
Cuando el pobre viejo se encontraba solo, entonces daba rienda 
[(¡sus pesares, le dolía el corazón al ver los padecimientos de Eloísa- 
prque el señor Mons amaba tiernamente á aquella criatura. 

' 18 — EL SOL DE MAYO. 



274 JUAN A. MATEOS 



Recordaba el lance del casamiento, y á pesar de su buena índole, 
sentía encendérsele el rostro de vergüenza, y alentaba un coraje 
terrible, y juraba vengarse de aquel mal caballero. 

IV, 

Oyóse el ruido de un carruaje que penetraba en el interior de la 

casa. 

Eloísa y el señor Mons salieron á recibir a la viajera. 

Doña Blanca de Montemolin parecía mas hermosa con esa agi- 
tación terrible de su espíritu. 

Bajó del carruaje, y se presentó en la antesala, donde la espe- 
raba la familia Mons. 

—Señorita,— dijo el caballero tendiéndole la mano,— ya esperaba 
este honor, y confieso que estaba impaciente. 

—Señor Mons, yo me siento honrada con una preferencia debida 
solamente á la esquisita galantería de usted. ' . 

—Tengo el gusto,— dijo el caballero— de presentarle á mi hija 

Eloísa. 

Doña Blanca se levantó él velo del sombrero y aquellas dos mu- 
geres se contemplaron de hito en hito por algunos instantes, un re- 
lámpago cruzó por aquella mirada, y sin saber qué hacían se acerca- 
ron simultáneamente, sus labios se tocaron, y se escuchó el eco de 

un beso. 

La chispa eléctrica del odio se desprendió de aquellos labios 

encantadores. 

Eloísa sintió una repulsión desconocida hacia una muger tan 
simpática y hermosa. 

Doña Blanca ya sabia quien era Eloísa, pero na la conocía. 

Al ver la belleza seductora de la joven, sintió el huracán espan 
toso de los celos; hasta entonces no comprendió lo que era esa pasión 
desesperada, creyó que don Fernando podia amar á la señorita 
Mons; porque nadie sabe valorizar los encantos de una muger, come 
su rival, aunque no lo confiese. 

Doña Blanca se sintió ufana de haber separado á su amante di 
aquella muger tan peligrosa por su hermosura. 

Sabia que don Fernando estaba en el campo de los aliados y d^ 
ninguna manera podría pisar los umbrales de la casa; ademas, s: 
el atrevimiento y la audacia inconcebible de don Fernando lo lie 
vaban hasta el grado de comprometer su vida en esa empresa, s< 
encontraría con ella, y este accidente tornaría á romper las boda: 
de la señorita Mons. 

Disimuló, como saben disimular las mugeres, prodigó alabanza) 
exageradas á Eloísa, que despreciando el primer aviso del corazón 
se sintió influenciada por la voz de sirena de doña Blanca y le dis 
pensó todo el favor de su cariño. 

La mirada, ese primer rayo magnético que se cruza entre do 
seres, determina del porvenir. 

Esas simpatías forzadas á las que arrastra un trato continuo, n 
pueden ser duraderas; la primera impresión es el saludo del alma 



EL SOL DE MAYO 2?5 



La antipatía es la repulsión de lo que debe dañamos alguna vez, 
el corazón sabe mas que nosotros. 

La Montemolin se propuso arrancar á Eloisa el secreto de sus 
amores, convencerse de que sus relaciones no se habian reanudado, 
y ver en aquel claro espejo del alma, si aun permanecia la visión 
reflejándose con el iris de un intenso cariño. 

Doña Blanca tenia en su mano los hilos de su amor y de sus am- 
biciones; muger, estaba empeñada en salir triunfante en el duelo 
de su alma; ser político, quería llevar adelante sus proyectos de 
ambición y engradecimiento. 

Doña Blanca estaba sobre una hoguera próxima á encenderse. 

Había hecho una mezcla de estos dos sentimientos que acabarían 
por trastornarla. 

Tan pronto pensaba en batallas y oia el ruido de los cañones, y 
veia las banderas sacudidas por la metralla, y á los combatientes 
entre las nubes del humo y de la polvareda; como escuchaba la voz 
sonora de su amante, y comenzaba á soñar en un edén apacible de 
melancólica felicidad. 

Entonces se olvidaba de su ambición para entregarse á las ilu- 
siones bellísimas de aquel paraíso de calma, poblado de ángeles y 
de celages. 

Se necesitaba una constitución de hierro para soportar los terri- 
bles accesos que acometían á aquel espíritu combatido por tan gran- 
des contrariedades. 

El color de rosa habia desaparecido de sus megillas, pero el 
brillo encantador de la azucena le habia reemplazado con ventaja. 

Sus ojos se habian tornado en lánguidos, y sus pupilas res- 
plandecían con un fulgor calenturiento, tomando el brillo de las 
estrellas al amanecer. 

Solo sus labios conservaban el carmín purísimo de la juven- 
tud, que dejaba entrever en una sonrisa melancólca el alabastro 
bruñido de aquella dentadura encantadora. 

Aquel semblante tenia el descolorido de las Dolorosas del Ti- 
ciano. 

Aquella magnífica cabeza tenia por fondo una cabellera que 
caia en mil rizos sobre la espalda. 

Doña Blanca de Montemolin parecía la heroína de una tra- 
gedia. 

Hay una atmósfera de prestigio y superstición en torno de cier- 
tos seres á quienes el destino les imprime su sello en el camino de 
la fatalidad. 



Doña Blanca quedó instalada en la casa del señor Mons, y Man- 
zanedo que la acompañaba en calidad de mayordomo ó ayuda de 
cámara. 

Al dia siguiente supo la de Montemolin, merced á la denuncia 
de uno de sus agentes introducido en las cámaras de palacio, que 



276 JUAN A. MATEOS 



el general González Ortega emprendía una marcha violenta por el 
camino de Maltrata, para tomar la retaguardia de los franceses y 
caer á la hora en que el ejército de Zaragoza atacase la garita de 
Orizava. 

—Corremos un gran peligro, Manzanedo, las fuerzas republi- 
canas van á destrozar por completo á Laurencez. 

— ¿Qué es lo que pasa, señora? 

— Que si los' franceses no se ponen al tanto de los movimientos 
del general Ortega, la derrota es inevitable. 

— ¿Y qué hacer? 

— Marcha al momento al campo de Laurencez. 

— ¡Imposible! los caminos están obstruidos por el ejército y 
las veredas por los guerrilleros 

— No hay remedio, es necesario avisar aunque se juegue la 
existencia. 

Manzanedo estaba acostumbrado á obedecer ciegamente á la 
condesa, y doña Blanca no toleraba contradicciones. 

—Estoy á vuestras órdenes, señora. 

— No puedo darte instrucciones por escrito, esto te comprome- 
tería terriblemente. 

— He jurado al conde de Morella seros fiel hasta la muerte y 
no retrocederé ante ningún peligro. 

— Parte ahora mismo, atraviesa entre el ejército para no ha- 
certe sospechoso, y avanza hasta Orizava. 

-^Bien, señora. 

— Di al general Laurencez, . que las fuerzas de Ortega en nú- 
mero de seis mil hombres, llegarán al cerro del Borrego luego que 
Zaragoza esté al frente de la plaza. 

Manzanedo comprendió el peligro que corría la expedición 
francesa. 

— Ese cerro está allende las primeras fortificaciones, y la ciu- 
dad está tomada si el plan de Zaragoza se realiza. 

— Es necesario confesar que el general en gefe es todo un 
soldado. 

— Sí, yo tiemblo ante las determinaciones de ese hombre que 
es un genio. 

— ¿Y no sabéis, señora, pormenores sobre el ejército del general 
González Ortega? 

—Esa tropa, Manzanedo, está familiarizada con los combates 
y sabe pelear como el resto del ejército. 

— Los franceses,— dijo doña Blanca, — pueden resistir tras de los 
parapetos, prolongar un sitio mientras llegan los refuerzos; pero 
ante una sorpresa quedarían vencidos. 

— Todos nuestros planes están al fracasar. 

— La fortuna ha puesto en mis manos el secreto de la próxima 
batalla, y podemos levantar el espíritu de la intervención. 

Manzanedo movió la cabeza como dudando de las palabras de 
doña Blanca. 

Alzóse la condesa como si aquella desconfianza hiriese sus 
esperanzas, y dijo con voz vibrante al secretario: 



EL SOL DE MAYO . 277 

— Yá estoy cansada de luchar con un alma cobarde y desmora- 
lizada; tu aspecto, tus reticencias, tus palabras, todo me contraría, 
no tengo donde volver la cara, mi ímpetu se estrella contra el hielo 
de un cerebro supersticioso y pusilánime. 

— Señora, el interés que tengo por S. k. me ha hecho descon- 
fiado; veo á la hija de don Carlos Luis de Borbon á una distancia 
inmensa del suelo patrio, y luchando en medio de una tempestad 
espantosa, y me acobardo ante el peligro por su existencia; no es 
el interés privado, es el cariño inmenso á mi señora, es la respon- 
sabilidad que pesa sobre mí durante esta crisis porque atravesa- 
mos; mandadme que me sacrifique, que muera, si es posible, y me 
encontrareis pronto. 

— Acaso haya vertido algo que pueda lastimarte, perdóname. 

La condesa tendió la mano que Manzanedo llevó con respeto á 
sus labios. 

— Marcharé á Orizava y avisaré al general Laurencez del peligro 
que está amenazando á su ejército. 

— Manzanedo, ya sabes que puedes disponer del oro que nece- 
sites para abrirte camino hasta Orizava. 

— Voy prevenido á todas las eventualidades. 

— Adiós, Manzanedo. 

— El vele por vos, señora. 

--Recuerda que quedo enteramente sola y que tu existencia 
me es necesaria. 

— Rogad al cielo que me saque avante de la empresa que me 
encomendáis. 

— Adiós. 

A la media hora salió de uno de los mesones un ginete se- 
guido de un criado y dos caballos de mano por el camino de Oriente. 

Luego que el ginete se vio fuera de garita, dijo á su acompa- 
ñante: 

— Necesitamos amanecer muy distantes de la ciudad; — y azo- 
tando furiosamente á los caballos se perdieron entre las sombras 
que cubrían la carretera de Amozoc. 



CAPITULO IV. 

De la manera política con que el capitán Martínez trata 
á un prisionero de guerra. 



La familia de don Luis Aguilar se habia encargado de la cu- 
ración del capitán Martínez, prohibiendo á Isabel estar á la hora 
en que los estudiantes hacían la visita facultativa, porque Pablo 
Martínez decia tantos horrores, que era fácil el que la joven apren- 
diese algo mas de lo que sabia. 

Don Luis, que mortificó hasta reventar á su hijo Guilebaldo, 



278 JUAN A. MATEOS 



fingiendo casarlo con doña Juliana, consintió al fin en las bodas con 
la Torre-Mellada, á cuyo efecto escribió á su hijo que abandonara 
el rancho y viniese á Puebla para celebrar el matrimonio. 

Isabel estaba querida de la suegra, cosa increíble y que unes- 
tros lectores van á tomar como una exageración ó como un fenó- 
meno rarísimo. 

La hija del inválido, á pesar de su situación de novia, coque- 
teaba con Santiago González que la galanteaba por costumbre. 

Felipe Cuevas se hacia el desdeñoso, diciendo que él no se casa- 
ría nunca con una mujer que no hubiese estado en Nueva-York. 

Recordarán nuestros lectores que Manolo Balboa habia caido 
prisionero en la batalla del 5 de Mayo; González lo declaró suyo 
desde aquel momento, y pidió al general Zaragoza permiso para lle- 
varlo á su alojamiento. 

Zaragoza no contestó, y como el que calla otorga, Manolo fué 
consignado á cuidar al capitán Martínez, y el gracioso andaluz 
estaba en la casa de los Aguilar. 

Santiago González le habia devuelto su equipage con la cruz 
de África, después de haber hecho gestiones infructuosas de venta. 

Manolo roncaba como un lirón toda la noche y parte del dia; 
pero Pablo Martínez había inventado una manera muy sencilla de 
despertarle. Manolo se ataba un cordel al pié, y cuando al capitán 
se le ofrecía, tiraba con toda su fuerza hasta despertar á Manolo. 

Hubo vez que Martínez arrastrara por la alcoba al andaluz 
sin que este despertase, por lo cual proyectó ponerle el cordel al 
cuello. 

Manolo despertaba emocionado, y por precisión hacia alguna 
diablura. 

Hubo noche que estuviera poniendo defensivos con la bebida á 
Pablo Martínez. 

Cuando el capitán se rendía al sueño, el andaluz registraba el 
equipage del capitán, sacaba la camisa mas almidonada y la cor- 
bata mas bonita, y sin mas ni mas se la plantaba. 

Al siguiente dia observaba Martínez el lujo del asistente y reco- 
nocía sus prendas, que por ser pocas no se escapaban á la perspica- 
cia del enfermo. 

— Manolo, me vas á dejar desnudo. 

— Mi capitán, me he prestado la camisa por quince dias. 

■ — ¿Y la corbata? 

— Esa nada mas por un mes. 

— ¿Y mis botas? 

— Esas sí que ya puede usted disponer de ellas, porque ayer se 
me salieron los dedos y cayó el tacón de la derecha. 

— ¡ Maldito seas tú y tu casta, Manolo ! 

— No es para tanto, cuando regrese á Cádiz yo le enviaré á 
usted unos botines de mi señor padre, que apenas los usa desde el 
año cincuenta y ocho. 

El prisionero habia caido en gracia y se le pasaba cuanto 
hacia. 

Manolo asentó sus reales en la cocina y era el ídolo de la colo- 
nia femenil. 



EL SOI. DE MAYO 279 



Intentó hacer gazpacho, platillo ultra-detestable (salvo la opi- 
nión de los andaluces), tomó todo el pan duro que encontró en la 
casa, lo mezcló con ajos, gitomate y vinagre, haciendo un infernal 
brebage capaz de horrorizar al ejército francés. 

Cuando creyó Manolo presentar un obsequio al capitán Mar- 
tínez, éste tomó el plato, y con todo y gazpacho se lo puso por som- 
brero al andaluz. 

— ¡Toma! — le dijo, — yo te enseñaré á burlarte de mí. 

Manolo protestó contra aquel acto de barbarie y devoró sin 
invitar á nadie el resto del guisote, recuerdo del suelo patrio. 

II. 

Guilebaldo Aguilar sintió un vértigo al recibir la carta de su 
padre en que le anunciaba que consentía en su casamiento con 
Isabel. 

Encomendó al mayordomo los trabajos del campo, y ensillando 
su trotón, se encaminó á Puebla ligero como un relámpago, es 
decir, como un relámpago que durara cuatro dias en el horizonte. 

Llegó á su casa como el hijo pródigo, y sin decir oste ni moste 
se echó á los pies de su padre, que dio un grito terrible. 

— ¡ Oh ternura paternal ! — esclamó Guilebaldo. 

— ¡ Qué ternura ni qué demonios ! has puesto tu rodilla sobre 
mi pié, y me lo has deshecho. 

■ — Perdóneme usted, padre mió, pero yo soy hombre de arre- 
batos. 

— ¡ Gana me da de arrebatarte á trancazos ! — murmuró el señor 
Aguilar; — vamos, saluda á la madre y no vayas á romperle algo. 

Guilebaldo fué en pos de la señora y la dio tan fuerte abrazo 
que á poco andar la desclavija. 

Isabel estaba presente y saludó con estremada coquetería al 
mancebo, que trataba de lanzarse sobre ella haciendo una segunda 
edición del abrazo materno. 

— Guilebaldo, hijo mió, — dijo la señora con infinita dulzura, — 
no seas tan bruto, esta niña es una criatura delicada y la puedes 
matar con una caricia. 

— Pierda usted cuidado, yo tomaré un método mas adecuado. 

— Ya sabes que pronto debe verificarse tu enlace con Isabelita. 

— ¿Y no se pudiera hacer la víspera? 

— Guilebaldo, eres un podenco. 

— Es cierto, para qué es negarlo, pero yo no quisiera dilaciones, 
esta casa está llena de gente sospechosa y tengo miedo de que me 
soplen á la novia. 

■ — Hijo mió, eres mas estúpido que un marrajo. 

— Puede ser; pero ya usted ve, me querían casar con el mons- 
truo de doña Juliana, y no vaya á antojársele á esa abuela tomarle 
la palabra á mi padre. 

— Vamos, tú vienes lleno de alarma. 

Manolo Balboa, que había escuchado la conversación, dijo para 
sus adentros; 



280 JUAN A. MATEOS 



— Este señor sí me ayudará á comer gazpacho. 

— Isabelita, — prosiguió Guilebaldo dirigiéndose á la novia, — ya 
le he apartado á usted un regalo muy bueno, y espero que no me 
correrá un desaire. 

—Yo todo lo acepto con mucho gusto. 

— ¿Y qué le has apartado á Isabelita? 

— Toma, pues qué ha de ser, dos burras americanas en estado 
intere... 

— ¡ Calla I — gritó la señora, — eres mas burro que las burras. 

—Ya lo creo, como que soy masculino. 

— Si continúas diciendo barbaridades, se arrepiente la novia y 
creo que no hará cosa mejor. 

— No lo crea usted, señora, comprendo la buena fe de Guile- 
baldo, y todo lo escuso en gracia de su amor que es verdadero. 

— ¡ Eso, eso es ! — gritó el novio, — así me gusta, Isabelita me com- 
prende, sobre que soy ñel como un perro. 

— Propiamente, —murmuró Manolo. 

— Pues ahora, — dijo la señora, — por delicadeza debes irte al 
mesón. 

— ¿Y qué tienen que ver los mesones con la delicadeza? 

— Que mientras esta niña no sea tu esposa, no debes vivir en 
esta casa. 

— ¿Y cómo vive tanta gente con ser que no son hijos de mi 
madre ? 

— En fin, no discutamos, te marchas ahora, y vienes como de 
visita. 

— ¿ Y me visito yo á mí mismo ? 

— No, Guilebaldo, — dijo Isabel, — usted viene á visitar á su no- 
via, que lo recibirá con mucho gusto. 

— Cuando habla Isabel, sí que la entiendo, voyme al mesón y 
Dios dirá. 

Guilebaldo tomó con mucho tiento la mano de Isabel, y des- 
pués dijo á la señora: 

— ¿No es verdad que es mas linda que el lucero de la mañana? 

— Sí, hombre, lárgate. 

— Adiós, y hasta dentro de un rato que venga de visita. 

III., 

Manolo Balboa salió del aposento, y dirigiéndose á la calle con 
la mayor precaución posible, tomó rumbo á la plazuela de San 
José, y se encaminó hacia el cerro de Loreto. 

A la media hora llegó un coche, y dentro una señora cubierta 
con el espeso velo de la mantilla. 

El andaluz abrió la portezuela y la dama bajó violentamente, 
se apoyó en el brazo de Manolo, y separándose de la calzada que 
lleva al puente, tomó una pequeña vereda de la falda del cerro. 

—¿Qué has averiguado, Balboa?— dijo la dama. 

— Señora, tengo una noticia que comunicaros de mucha im- 
portancia, 



EL SOL DE MAYO 281 



— Habla. 

— Llegó esta mañana un oficial del campo de Zaragoza y se 
puso á hablar con mucho misterio con un capitán guerrillero; yo 
me acerqué ¿i ponerle unos defensivos para ver si percibia algo de 
lo que hablaban. 

— ¿Y no recogiste alguna palabra? 

—Creo haber adivinado todo. 

La dama se quedó reflexionando un instante como quien re- 
cuerda algún dato, para reunirlo á lo que sospecha va á saber, 
creyendo que tiene relación. 

— Decia, señora, que luego que el oficial cesó de hablar, el ca- 
pitán Martinez tomó el vaso de la bebida y lo estrelló contra el 
suelo gritando :«¡ Aquí hay gato encerrado, nos traicionan!» yo 
me asusté porque me creí apostrofado; después añadió: «¡Vea 
usted que dormirse al frente del enemigo es una cosa peregrina ! 
pero ya se ve, el cansancio, la travesía endiablada de ese infernal 
camino es capaz de agotar las fuerzas del gigante Goliat.» 

— No obstante, contestó el oficial, tenemos fe en el general, la 
retirada nada importa. 

La dama se estremeció al oir esa palabra. 

—¡Retirada! — murmuró con acento concentrado. 

— Es decir claro que se retiran, — continuó el andaluz; — lo dijo 
I el mismo gefe que avisó de la marcha sobre el Borrego. 

— Está salvado Laurencez, — pensó la dama; — pero esta noticia 
necesita confirmación, aunque nada de lo que este hombre me ha 
iicho ha salido falso. 

— Yo creo, — dijo Manolo,- — que ha habido un descalabro y fuerte. 

— Zaragoza es temible, — dijo para sí la dama, — le tengo miedo 
á sus retiradas, el movimiento retrógrado de las cumbres prece- 
dió á la victoria del 5 de Mayo : cada ráfaga de luz puede ser el 
relámpago que anuncie el rayo; no obstante, donde Laurencez tome 
aliento, puede aplazar su derrota, en el ínterin, llegarán los re- 
fuerzos que encontrarán en sus posiciones al ejército francés; per- 
der Orizava sería tanto como descender de la mesa central y volver 
al dia en que se firmaron los tratados de la Soledad. 

La dama tenia razón: si los franceses eran batidos, las fuerzas 
republicanas se apoderarían de las cumbres del Chiquihuite y los 
franceses se encontrarían en la posición que Saligny habia esqui- 
vado consumando la horrible traición de Orizava. 

— Creo que todo va bien, — dijo el andaluz, — yo continúo con mi 
papel de tonto, y seguiré siendo útil á mi generosa protectora. 

La dama le alargó un bolsillo con oro. 

— Si ocurre hoy alguna novedad, busca en este mismo sitio á 
alguna persona, que ella te saldrá al encuentro. 
— Adiós, señora. 

IV, 

El andaluz metió en una bolsa de tabaco el bolsillo después 
|Je contar las monedas y regocijarse con aquel tescro inesperado. 



282 JUAN A. MATEOS 



Doña Blanca tenia multitud de agentes, pero fiaba mas en los 
de baja estofa, porque son raras las veces en que se repara en ellos 
y tienen mas facilidad de sorprender los secretos; dígalo la cró- 
nica diaria de las familias sacadas á plaza por la servidumbre. 

Manolo Balboa sustituía á Mondoñedo, pero bajo distinta faz; 
al andaluz se le habia prohibido gastar el dinero, y por su parte 
no hacia gran sacrificio, puesto que trataba de volver á su país 
hecho un Creso. 

El zocarron del andaluz era un buen espía, dotado de una capa- 
cidad rara en su especie, la sagacidad mas grande le distinguía, 
su habilidad se manifestaba en ocultarse á los ojos de los otros bajo 
las apariencias de un bonachón lleno de necedades y majaderías. 

Manolo regresó á la casa de Aguilar, donde el capitán Martínez 
lo recibió enviándole encima cuantas botellas tuvo á .la mano. 

— ¡Qué granizada! — esclamaba el andaluz;— vamos, que me va 
usted á romper la tapa de los desatinos. 

■ — ¿Dónde has pasado tres horas? 

— ¡ Quiá ! si apenitas he dado una vuelta por la Alameda. 

— ¿ Y quién te dio permiso ? 

— ¿Quién habia de ser? yo que me mando solitico. 

■ — Este bribón necesita que yo le dé su merecida, — pensó el ca- 
pitán, y suavizando la voz, dijo á Balboa: — Has hecho muy bien, 
hijo mió; con esta maldita enfermedad estoy bilioso y te riño sin 
razón alguna; vamos, ponme un defensivo en el brazo, que esta mal- 
dita inflamación no quiere ceder. 

El andaluz se acercó incautamente al lecho de Pablo Martínez 
diciendo : 

— -Vaya, lo curaré á usted, esa es mi perra obligación. 

El capitán, luego que tuvo cerca á Manolo, se le arrojó como 
un mastín, y tomándolo por las orejas, le comenzó á sacudir de lo 
lindo. 

— ¡ Ea ! ¡dejarme! ¡huy! ¡ ea, se me arrancan los atriles de la 
cara !... ¡ vea usted que rne desoreja! ; tíreme usted de otra cualquiera 
cosa que no sea tan historiada !... ¡ cá !... 

Al ruido acudió Santiago González, que conversaba con el señor 
Aguilar sobre el casamiento de Guilebaldo. 

— ¿Qué diablos sucede, capitán? 

■ — Nada, le estoy aleccionando. 

— Pues no está mala la lección, — dijo el andaluz con las orejas 
ardiendo. 

— Este Manolo se ha vuelto un perdulario, no hay mas que 
despedirle. 

— Hoy le envío al cuartel. 

Manolo, que veía en esta- separación su ruina, dijo con hu- 
mildad : 

— Mi capitán, á mí así me gusta, falta el soldado, y se le casti- 
ga, muy bien hecho, y debía usted haberme arrancado un miembro 
de la cara: esta es la verdad, los amigos me sedujeren, yo soy blan- 
dito, y vamos, que falté al toque de lista; conque ya todo pasó, y Ma- 
nolo Balboa se queda en esta casa como la tortuga en su concha; 



EL SOL DE MAYO 283 



pelillos á la mar, yo no me quejo que soy el sacudido; conque á ver, 
e pondré á usted el defensivo y no hablemos mas. 



Felipe Cuevas entró lívido al aposento. 

El capitán Martínez se incorporó y Santiago González miraba 
itónito á su compañero. 

Después de un momento de silencio, Martínez se atrevió á pre- 
guntar lo que acontecía, mientras Manolo, pendiente de lo que pasa- 
)a, se había puesto á romper un lienzo para la curación del capitán. 

— La noticia se confirma, — dijo Cuevas; — acaba de llegar otro ofi- 
:ial de los de Ortega, y dice que los franceses los han sorprendido. 

— ¿Y el general Zaragoza? 

— Nada se sabe de él, porque el oficial no ha tocado el punto 
ionde estaban las fuerzas, se ha venido estraviando caminos y con 
ma velocidad increíble. 

— Será alguno de esos alarmistas que corren á los primeros dis- 
paros y llegan á las ciudades contando derrotas y fábulas. 

• — No lo creo así, este muchacho no es cobarde. 

— El caso es, — dijo Martínez, — que se ha venido del campo de- 
riendo haber muerto ó caído prisionero. 

—Es la verdad; pero no todos tienen el mismo ánimo. 

— Sería gracioso que hubieran derrotado á mi general Zaragoza. 

— Sería terrible, amigos míos; pero no, ¡voto al cuerno del dia- 
blo ! lo que es á mi general no lo derrotan los gabachos, con esa no- 
ticia vendría la de su muerte; ¡ira de Dios ! 

— Dentro de algunas horas sabremos la realidad, porque el parte 
debe venir en camino. 

— Malo, malo, — dijo Martínez, — estos rumores nunca salen fal- 
sos, son las primeras palabras sobre el campo de batalla. 

El señor Aguilar entró violentamente en la cámara del enfermo 
I dijo á los jóvenes estudiantes: 

— Amigos míos, la cosa no tiene remedio, aquí está el parte del 
general Zaragoza fechado frente á Orizava. 

Felipe Cuevas tomó el papel, y lo leyó con voz conmovida. 

Luego que terminó, todos quedaron en silencio, llenos de esa 
tristeza de desesperación que se apodera del afina cuando la suerte 
riere á un hombre ó abre un surco donde se levantaba el edificio 
le las esperanzas. 

Manolo se salió recatadamente de la habitación luego que se 
fmbo enterado de cuanto pasaba, y se dirigió lleno de satisfacción 
al punto de su cita. 



284 JUAN A. MATEOS 



CAPITULO V. 

De cómo el general González Ortega fué sorprendido en las 
cumbres del "Borrego.,, 

I. 

«Quien quiera que venga á Orizava por Acultzingo, dice el el< 
gante escritor Arroniz en su Ensayo sobre una historia de Orizaví 
ya sea en las horas solemnes del crepúsculo, ya cuando la luz mer 
diana esté en toda su plenitud, disfrutará de los encantos del hei 
moso paisaje que presentan sus" montañas. 

«No es por cierto una novedad para el que conoce el territori 
mexicano. Este, por su configuración misma, presenta en todos ser 
tidos, vistas deliciosísimas; pero no hay duda qne tiene algo de in 
ponente y magestuosa, la que, al descender las Cumbres, contempl 
el viajero desde las eminencias de las revueltas del camino tajad 
en la montaña, que la ve dilatarse en la hermosa Cañada que lleg 
hasta la ciudad de Orizava. 

«Atribuyese á los paisajes de las montañas— decia un ilusti 
poeta— cierta sublimidad; y no debe dudarse que esta consista e 
la grandeza de los objetos. 

((Esas palabras escritas á la vista del Mont-Blanc, explican la 
estrañas é indefinibles emociones que se sienten en Acultzingo á 1 
vista de los horizontes y lugares que desde allí se observan. 

«Al descender de las Cumbres, la vista del viajero no cesa u 
momento de admirar la inmensa variedad de paisajes que tiene d< 
lante : verdad es que al llegar á Acultzingo, y encaminarse á Or 
zava, los horizontes son menos profundos; la mirada no puede ir ma 
allá de las montañas situadas en el primer término del paisaje; per 
entonces la grandeza de las montañas adquiere mayor magn 
licencia. 

«Todo el trayecto comprendido entre Acultzingo y Orizava, a¡ 
como el que de aquí corre hasta Córdoba, está cultivado. Las ht 
ciendas de San Diego y la de Tecamalucan, situada esta á 1,402 m< 
tros sobre el nivel del mar y en la falda de las serranías, desde Acul 
zingo se estendien á Orizava las pintorescas aldeas de los Nogale 
(Ingenio), Huichapam y Tenango, rio de las Tórtolas, forman le 
centros de población mas importantes que hasta llegar á Orizava £ 
encuentran en esta pintoresca estension. 

«Las montañas de la. izquierda. del camino de Acultzingo á Or 
zava, describen al Norte de los Nogales, un estenso rodeo hasta <í 
cerro de Tlachichüco, que conocemos con el nombre del Borregt 
las de la derecha se dilatan paralelas al Norte, y en las faldas d< 
cerro de San Cristóbal forman un ángulo y retroceden al sursu: 
oeste, hasta perderse en las montañas de Tequila y Zongolica, qu 
van por una parte á la costa de Sotavento, y por otra al Departí 
mentó de Oajaca. 

«Desde el pueblo del Ingenio se nota la proximidad de un gra 



EL SOL DE MAYO 285 



entro de población. El nativo de estos lugares sabe que á poco andar 
ivisa la ciudad donde están sus mas caras afecciones y sus espe- 
anzas; sus recuerdos tristes ó alegres; y el viajero estraño é indife- 
ente á estos sentimientos, comprende que va á llegar á la ciudad 
elebrada por los poetas, y notable, así por los sucesos políticos de 
ue ella lia sido teatro, como por la influencia que directamente ha 
jercido en los vaivenes de nuestras revoluciones políticas. 

«Las montañas mas notables que rodean y limitan nuestro valle, 
^>n las de San Cristóbal y las que se desprenden de ella á distancia 
e ocho ó diez kilómetros, se encuentran los cerros de Tuspango, 
ihicahuastla, sitio misterioso que la imaginación de los indígenas 
izo teatro en su tiempo de sucesos sobrenaturales, según la leyenda, 
el de Cuautlapan, especie de santuario gentílico, como el de Escá- 
lela, donde los habitantes primitivos del valle iban á hacer sus 
doraciones. A menos distancia y al E. N. E., está el cerro de Buena- 
ista, cuyo nombre indica terminantemente su situación con res- 
ecto al valle y las otras montañas de Orizava. 

«El cerro de Escamela se levanta en la estensa llanura de su 
¡lombre; de él se desprende hacia el Oriente, un pequeño ramal entre 
3. hacienda del Jazmín y el rancho del Espinal, aislado completa- 
mente del resto de las serranías vecinas: desde las alturas de Jesús 
'laría presenta una vista soberbia, con los pormenores que presenta 
i vista completa de Orizava y sus cercanías». 
• 

II. 

«El cerro mas próximo á Orizava y mas bajo de los que la ro- 
ean, es el de Tlachichiico ó Borrego. 

«Hé aquí la fe de bautismo de ese cerro, cuyo nombre consei-vará 
íempre la historia. 

«En 1715, una parte de los indígenas del Ingenio, pidió hospi- 
talidad á las autoridades de Orizava; estas no tenían terrenos donde 
oblaran aquellos emigrantes; pero el marques de Sierra Nevada 
íue poseía, lo mismo que el conde del Valle, los que en esta época 
i|mitaban á la población en todas direcciones, les cedió, bajo ciertas 
¡éservas, la parte que llamamos barrio- de Santa. Anita. Entre estas 
ifondiciones les impuso la de que habían de dejar paso en las orillas 
tel cerro de la Angostura ó sea el Tlachichiico, para sus ganados, 
ue debían ir á pastar á sus tierras del Golfo. . 

«Establecidos, pues, los colonos allí, dieron al cerro el nombre 
e Paso de los Borregos, y en seguida el de Paso del Borrego, como 
¡sí llaman á los restos de un puentecillo de cal y canto que existe 
ti el punto que hoy llamamos Tlachichiico. 

«Después se le llamó Paso del Borrego, hasta que hoy se genera- 
zó el nombre, aplicándoselo también á la pequeña sábana que lo 
Repara de la población, y se le llama cerro y llano del Borrego. 

«Esta montaña,, que goza hoy dia de cierta triste celebridad, 
i¡guró también en la guerra de nuestra independencia. 

«En sus faldas se pasea en ciertas épocas del año nuestra po- 
jflacion. Su aspecto es árido y triste en la parte mas próxima á la 



286 JUAN A. MATEOS 



ciudad, cuanto es risueña y pintoresca á medida que se estiende ai 
Oriente y se une á las serranías del volcan». 

III. 

El ejército del general Zaragoza se dirigía á la toma de Orizave 
después de la memorable batalla de Barranca Seca. 

El 5 de Junio habia llegado el general González Ortega á la ciu 
dad de Puebla, donde fué acogido con el mayor entusiasmo. 

Ortega ha sido uno de los hombres mas populares como caudillc; 
de la revolución progresista, su fortuna como soldado ha sido gran 
de, y si alguna vez la suerte le ha negado sus favores, no por eso he 
desmerecido en sus cualidades de valor y patriotismo. 

México lo recordará en las páginas mas gloriosas de su historia 
el viajero pronuncia con emoción su nombre en los desiertos campo; 
de Silao y Calpulalpam. 

La adversidad sigue los pasos del bravo general, y esta circuns 
tancia nos favorece para colocarlo en el puesto histórico del cuai 
han tratado de arrojarlo sus adversarios después de la pérdida d^ 
Puebla en 1862 y en el que lo sostiene el sentimiento nacional. 

Ortega ha tenido sus errores como todo hombre público, perc 
como patriota, México se honrará en presentarlo entre sus hombre 
cuando las pasiones hayan desaparecido en la tumba abierta á le 
actual generación. 

El general Zaragoza ofreció el mando en gefe del ejército á su 1 
antiguo general; esté hecho pone en relieve la hidalguía y caballe 
rosidad del héroe del 5 de Mayo. 

Ortega le contestó que se honraría en militar á las órdenes d^ 
tan bravo caudillo. 

Acciones como esta son dignas de un corazón republicano en líj 
heroicidad sublime de sus sentimientos. 

IV., 



Zaragoza intimó rendición á la plaza de Orizava, dirigiendo un 
comunicación fechada en Tecamalucan á 12 de Junio de 1862: 

«Tengo datos para creer que usted y los gefes y oficiales de Ids 
división de su mando, han remitido una protesta al emperador, con 
Ira la conducta del ministro Saligny, por haberlos arrastrado corle 
engaño á una expedición contra un pueblo que antes de ahora hé 
sido amigo del pueblo francés. Esta circunstancia, y el conocimientc 
de la situación difícil que guarda el ejército francés y el deseo dé 
procurarle una retirada honorífica, me deciden á proponer á usteq 
una capitulación, cuya base principal sea la evacuación del territo | 
rio de la República en un tiempo convenido. 

«Creo que mi gobierno no reprobará este nuevo llamamiento 
ía paz; porque sin traslimitar mis atribuciones, puedo evitar el de | 
rramamiento de sangre de los hijos de dos naciones á quienes soic 
el error y la intriga han podido hacer aparecer como enemigos, 
este pensamiento ha sido el del gabinete constitucionalista desde e 
principio de la invasión. 



EL SOL DE MAYO 287 



«Si no acepta este ofrecimiento hecho á la parte de los franceses 
que vienen de buena fe, habré llenado mi último deber en la vía hu- 
manitaria, y procederé á cumplir con las órdenes que tengo, pesando 
entonces la responsabilidad de lo que venga, únicamente en los que 
se han obstinado en una empresa condenada por la razón y la jus- 
ticia. — I. Zaragoza.» 

Laurencez reunió á los gefes de su ejército para consultar sobre 
la nota de Zaragoza, desconfiando de su opinión; porque desde la 
derrota de Puebla andaba medio loco el pobre general en gefe. 

Después de muchos proyectos de contestación, dirigió una evasi- 
va que es como todos los documentos franceses, un tegido de mala 
|fe y subterfugios. 

Ocumósele al desdichado Laurencez declinar la responsabilidad 
de una decisión puramente reservada al gefe de un ejército, en un 
plenipotenci ario. 

Hé aquí la célebre nota del derrotado de Puebla. 

((Cuerpo expedicionario de México. — Gabinete del general co- 
mandante del cuerpo. — No hallándose revestido por su gobierno el 
¡general en gefe de las fuerzas francesas en México, de los poderos 
políticos, que los ha conferidos todos á M. de Saligny, le es imposible 
lentrar en la vía de las negociaciones que le es propuesta por el ge- 
jneral Zaragoza. El ministro de Francia es el único que tiene auto- 
ridad para recibir proposiciones de esta naturaleza. — Orizava, Ju- 
¡qío 12 de 1862. — El general conde de Laurencez.» 

Entrar en relaciones con el infame que habia violado los preli- 
minares de la Soledad y declarado que su firma valia menos que el 
papel en que estaba puesta, era rebajar la dignidad de la República. 

Zaragoza dispuso su ataque, y sin hablar una palabra, se dirigió 
con su ejército en son de guerra á los alrededores de Orizava. 

V. 

El dia 13 de Junio llegó Zaragoza con su ejército á una milla de 
listancia de la garita de Orizava, mientras la división del general 
Ortega, atravesando el camino de Maltrata, estaría en la tarde del 
m ó mañana del 14 en el cerro del Borrego, que como hemos visto, 
|se interpone entre la garita y el casco de la ciudad. 

Zaragoza contaba con que el enemigo, batido en su flanco dere- 
mo y aislado de su primera línea, tendría que retirarse á la inicia- 
ion del movimiento, y la batalla estaba ganada. 

Zaragoza dispuso su ataque que debía comenzar á las once y 
media del 13, y el fuego de sus armas sería la señal á Ortega para 
jue cargase sobre el punto de la Angostura simultáneamente con las 
columnas de su campamento que se arrojarían sobre la posición. 

La derecha de la batalla la ocupaba el general Berriozábal, la 
zquierda el general Antillon, y el centro y reserva la división Negre- 
e y veintidós piezas de batalla á uno y otro lado del camino. 

A la hora señalada se rompió el fuego; pero desde luego se obser- 
vó que los franceses no eran inquietados. 

—Ortega aun no ha llegado,— dijo Zaragoza,— mañana al ama- 
lecer daremos el asalto. 



288 JUAN A. MATEOS 



Pasóse el dia en pequeñas escaramuzas, no sin una grande an- 
siedad, en espera de la ocupación del Borrego, punto objetivo de la 
combinación. 

Zaragoza pasó en vela la noche, recorriendo su campo y temien- 
do una salida de los franceses. 

El hombre del 5 de Mayo no sería jamas vencido por el enemigo 
estrangero. 

Pocos meses después, amigos y adversarios, decían con voz 
solemne : 

— ; Ya estaba escrito! 

VI. 

El general González Ortega había hecho una peregrinación que 
formará época en nuestra historia. 

Las .cuestas de Maltrata no han recibido hace muchos años el 
golpe de la barreta. 

Ortega tuvo que enviar una sección de zapadores que fuera se- 
parando las piedras y la yerba que obstruia la antigua vía. 

Entre aquellas rocas caminaban nuestros sufridos soldados, 
llevando en muchos puntos la artillería en peso. 

Conservando en lo posible su formación, atravesaba aquel va- 
liente ejércir.o las rocas y las malezas, perpetuo y terrible obstáculo 
para una marcha en que se contaba minuto á minuto su duración. 

Llegó la noche, y las sombras formaron un denso velo que no¡ 
podia romperse con el fuego de las hachas, porque el enemigo se 
apercibiría y la combinación estaba perdida. 

Entonces con un entusiasmo heroico, aquí desbarrancándose un 
grupo de infantes, allí quebrándose el armón de una pieza, mas 
allá desgranándose las ruedas de un carro, allá rodando un caballo 
en el abismo, siguió la pesada marcha del ejército en un silencio 
sombrío, precursor acaso del desastre. 

Aquella tropa de héroes merecía la victoria. 

Repentinamente se alzó un murmullo casi imperceptible que cir- 
culó desde las primeras filas hasta las últimas, como un golpe dej 
viento sobre las espigas de un sembrado. 

El ejército estaba sobre la cima del Borrego. 

A corta distancia se veían las luces de la ciudad y las fogatas^ 
del campamento enemigo; hasta el toque de las campanas se escu 
chaba en la cima de la montaña. 

Ortega hizo conducir media batería de montaña á tiro de pistola\ 
ríe la garita. 

Al amanecer, los franceses se encontrarían flanqueados y en 
toda regla debían retirarse hacia el flanco izquierdo y defenderse; 
en la ciudad. 

Zaragoza habia concebido el plan mas seguro, y su combinación 
no podia turbarla sino esa mano invisible de la fatalidad. 

Organizáronse las columnas en el mayor silencio. 

El 4 o batallón de Zacatecas sostenía la posición avanzada. 

Las piezas tenían descubiertos sus fuegos sobre la garita y la 
ciudad. 



EL SOL DE MAYO 289 



Practicóse violentamente un camino hacia la cima del cerro, por 
donde apenas cabia un infante. 

En aquol punto se colocó el Batallón de Durango y el I o de Zaca- 
tecas, luchando con las dificultades del terreno y la oscuridad de la 
noche. 

El valiente general Llave y coronel Pedroza quedaron á la van- 
guardia del ejército. 

Cierto es que el general González Ortega no habia podido llegar 
el 13 á las once y media; pero se encontraba dispuesto para el asalto 
que debia tener lugar el 14 á la madrugada. 

El general dio parte á Zaragoza de que su ejército ocupaba la 
eminencia del Borrego, señalada en el plan de operaciones para el 
próximo asalto á la ciudad de Orizava. 

VII. 

En el campamento francos reinaba una grande inquietud. 

Laurencez y Saligny se paseaban tras uno de los parapetos em- 
peñados en una conversación acalorada. 

— Señor conde, — decia Laurencc:, — estamos perdidos, no creo en 
el éxito de un asalto; pero el sitio es infalible, á esta hora debe estar 
interrumpido el camino de Veracruz 

— Es necesario pensar, — respondió Saligny, — porque el negocio 
está muy serio. 

— Me habíais dicho que nos recibirían con flores, y no son malas 
las que nos ha enviado todo el dia en sus granadas el enemigo. 

— Almonte me ha engañado como á un chino. 

— No debíais haber creido en la palabra de ese hombre que vive 
en el inundo de las ilusiones. 

— Ya lo veo. 

— Ahí le tenéis dando decreto:;, queriendo volver su papel dine- 
ro, y después derogando los acuerdos que ayer le parecían exce- 
lentes. 

--Eso me tiene sin cuidado, porque al gefe supremo no hay 
quien lo obedezca, y si Zaragoza toma Orizava, será al primero que 
cuelgue de una almena. 

— Lo deseo ardientemente, porque me ha expuesto al bochorno 
de una derrota, estoy seguro que S. M. el emperador me va á des- 
tituir. 

— Ya he escrito que no tenéis culpa alguna en el descalabro del 
5 de Mayo. 

— Yo esto> perdido en el presente y en el porvenir. 

— Mañana va á ser un dia funesto para nosotros. 

— Mucho lo temo, porque la tropa comienza á perder la moral. 

— Eso sí me asusta. 

—No obstante, estoy seguro de rechazar á Zaragoza. 

— No creáis que se lance así no mas sobre las trincheras, eso 
¡sería uua gran fortuna para nosotros, porque la derrota era inevi- 
table. 

19— EL SOI. DE MAYO. 



290 JUAN A. MATEOS 



— ¿ Qué hora tenéis ? 
— Las doce y media. 
—Durmamos un momento. 
■ — Yo velo esta noche > señor ministro. 
— Buenas noches. 

El conde Laurencez siguió sus paseos entregado al dolor de sus 
pensamientos. 

VIII. 

— ¿Quién vive? — gritó el centinela del parapeto al oir él galope 
de un caballo. 

— ¡ Amigo ! — respondió el ginete. 

— ¡ Alto ! 

Don Fernando Moneada, que se hallaba en el Estado Mayor de 
Laurencez, salió precedido de una patrulla á reconocer al hombre 
del caballo que se acercaba á hora tan avanzada de la noche. 

Reconociéronse Manzanedo y don Fernando. 

— Gracias á Dios, — dijo Manzanedo, — que os encuentro, señor 
conde. 

— Mucho debe importaros, donde os atrevéis á atravesar entre 
el campamento enemigo. 

— Sí, mucho; vengo á avisaros que estáis perdidos. 

■ — Eso ya lo sabemos, mi presencia aquí os lo puede anunciar, 
he querido morir matando, y soy ayudante del general Laurencez. 

— Este incidente favorece mi empresa, conducidme al cuartel 
general. 

— Es en vano, aquí está Laurencez. 

— Necesito hablarle. 

— Venid, amigo Manzanedo. 

—Estoy muerto de cansancio, casi no puedo andar. 

— Apoyaos en mi brazo. 

IX. 

Los dos aventureros se dirigieron al parapeto donde el general se 
paseaba aún agobiado por lo terrible é imponente de su situación. 

■ — Señor general, — dijo don Fernando, — aquí os busca una per- 
sona. 

— ¿Le habéis reconocido?... ¿viene desarmado?... ¿quién es?... 
¿á qué viene?... ¿qué me quiere?... Llevadlo preso al momento. 

— Es un amigo mió que trae negocio de importancia. 

— ¡Ah! es vuestro amigo, vos me responderéis de un atentado... 

— Con mi vida, señor general. 

—Pues que adelante, y pronto, porque yo tengo algunas cosas 
importantes de que ocuparme 

Adelantó Manzanedo, y saludando apenas á Laurencez, le dijo 

— Una persona que vos conocéis, .y que se halla en Puebla en 
estos momentos, me envia á comunicaros una noticia en que va vues 
tra existencia y la del ejército francés. 



EL SOL DE MAYO 291 



—Hablad, ya sé quien os envía. 

— El general Ortega se ha desprendido del campo de Zaragoza, 
y por las cuestas de Maltrata y esta noche negará al cerro del Bo- 
rrego. 

— ¡ Es imposible, caballero ! he practicado esta tarde un recono- 
cimiento y no hay camino posible. 

— Señor general, vos no conocéis á González Ortega. 

— ¿Y qué importa? ese hombre no puede hacer milagros. 

— Creedme, señor general, el ejército republicano os flanqueará 
mañana al amanecer. 

— Voy á practicar otro reconocimiento y á poner á mis esplora- 
dores, esta misma noche os daré mis instrucciones para que volváis 
á Puebla. 

— Estoy á vuestras órdenes. 

— Alojaos en el cuartel general. 

— Me quedo en la garita con vuestro ayudante Moneada. 

—Como gustéis. 

Laurencez mandó á sus esploradores, que regresaron dándole la 
noticia de que las fuerzas republicanas habían ocupado el cerro del 
Borrego. 

X. 

El ejército de González Ortega estaba rendido de fatiga por mar- 
cha tan trabajosa. 

Luego que entraron en calma los soldados se entregaron al 
sueño, fiados en la vigilancia de las guardias. 

El oficial que custodiaba las piezas avanzadas á la primera lí- 
nea., y que habia hecho el camino á pie, se rindió al sueño. 

Laurencez formó una columna con los soldados del 99 de línea 
y encomendó la expedición á uno de sus gefes mas avisados. 

El general francés jugaba el todo por el todo. 

Si sorprendía á Ortega, la cuestión se aplazaba; si Ortega se 
mantenía firme en sus posiciones, era necesario retirarse y después 
capitular. 

La columna avanzó lentamente' sobre la falda del cerro en el 
mayor silencio y con todas las precauciones de quien va á sor- 
prender á su enemigo. 

Ligeros como el rayo, rápidos como el golpe telegráfico, se lan- 
zaron sobre las piezas y acuchillaron á los artilleros. 

Avanzaron decididos sobre el batallón de Zacatecas, que es- 
taba en un profundo sueño, y comenzaron á asesinar á los infelices 
soldados. 

Apercibido el general Llave de lo que pasaba, dejó oir su voz 
en medio de aquel terrible desorden, y lanzó á los soldados que pudo 
organizar sobre los asaltantes, trabándose un combate sangriento en 
la oscuridad de la noche. 

El enemigo fué rechazado y sus fuegos apagados por un ins- 
tante. 

El general Ortega conservó su sangre fria en aquellos momentos, 
según aparece por las órdenes que dio sobre el campo. 



292 JUAN A. MATEOS 



Dispuso que el general Llave se encargara de las compañías 
del 4 o batallón, no obstante que había perdido la moral, según avisó 
el general Llave, y que siguiera ocupando su puesto sin ceder un 
palmo ai enemigo. 

Mandó que el general Alatorre, con dos compañías del primer 
batallón de Zacatecas, reforzara al general Llave. 

Ortega se quedó en el centro, que era el punto que estaba de- 
fendido. 

XI. 

Laurencez, que habia logrado su objeto, quiso completarlo y 
envió una fuerte columna luego que percibió que sus fuegos ha- 
bían sido apagados. 

Antes de las cuatro de la mañana y en medio de una densa 
oscuridad, se renovó el combate en una lucha reñida y sangrienta, 
sosteniéndose el ataque en los dos puntos en que estaba el ejército 
de Ortega. 

El combate dio por resultado la muerte del coronel que que- 
daba del- otro batallón de Zacatecas, Dagoberto García; del teniente 
coronel del batallón de Durango; y Fortunato Alcocer cayó espi- 
rante á los pies de su bandera. 

Yacían tendidos en el campo presa de heridas mortales, el gefe 
de Durango, el teniente coronel del batallón que poco antes habia 
perdido á su coronel, y el general Llave. 

Alatorre quedó cortado sin que le fuera posible reunirse á la 
fuerza de Ortega, que luchaba desesperada defendiendo el centro 
de sus posiciones. 

Sin gefes, y con multitud de heridos, sin tener donde colocarlos, 
sino en el pequeñísimo terreno que ocupaban las fuerzas, lleno de 
arbustos, de peñas y de barrancas, se resolvió Ortega á hacer un 
último y supremo esfuerzo, alentó con voz de trueno á sus soldados 
y oficiales erí medio del fuego que sostenían al subir las fuerzas 
francesas la cima de la montaña. 

Trabóse de nuevo la batalla con un encarnizamiento espantoso, 
y solo se oía en la oscuridad el choque de las bayonetas y el ala- 
rido salvage de la matanza. 

Los tiros se disparaban á quemaropa y sin saber quien daba 
la .muerte ni quien la recibia. 

Las tinieblas envolvían en un manto de muerte á los comba- 
tientes. 

En medio de aquella confusión espantosa se oía el acento ate- 
rrador de Ortega, que llamaba en torno de sí á sus soldados y los 
excitaba á combatir como buenos. 

Aquella voz que el bravo general querin que fuese una bandera 
para sus soldados, una bandera de fuego que se distinguiera entre 
el seno de ia oscuridad, atrajo á los franceses que buscaron con sus 
bayonetas el pecho de donde salía. 

Acercóse un soldado francés, percibió al general Ortega y se 
lanzó para darle la muerte; pero el joven Joaquín Ortega, que tenia 



El, SOL DE MAYO 293 



preparado su revolver, lo disparó sobre la frente del soldado, que 
cayó muerto á los pies del general. 

XII. 

Aquella confusión no podia durar, era necesario poner un 
término al combate, porque aquella zambra mortífera era la precur- 
sora de una completa derrota. 

Los clarines comenzaron á tocar retirada. 

Ortega comenzó á hacerse centro de sus batallones, y luchando 
palmo á palmo, y muriendo y matando, y dejando un reguero de 
sangre en las rocas del camino, se puso fuera del alcance de los 
franceses, sin que estos quisieran aventurar su triunfo en una mar- 
cha infructuosa. 

Laurencez habia logrado desalojar á González Ortega de la 
cuesta del Borrego. 

Aquello sin duda era una victoria. 

Ortega se detuvo á doscientas varas del enemigo, y con el 
resto de su ejército esperando las órdenes de Zaragoza para ayu- 
darle en su movimiento. 

A las nueve de la mañana, comprendiendo que el plan estaba 
frustrado, atravesó las cuestas y tomó cuarteles en el pueblo de 
Jesús María, donde fechó su memorable nota que se registra en la 
historia, el 14 de Junio de 1862. 

Ortega, siguiendo la ley invariable de la guerra, lleva sobre sí 
la responsabilidad de esa derrota. 

Los esfuerzos heroicos del mariscal Ney no han podido absol- 
verlo de la derrota de Waterloo. 

Zaragoza absorbe los rayos de gloria que alumbraron á todo su 
ejército, y su nombre se saludará único en los recuerdos nacionales. 

XIII. 

Al amanecer de ese dia funesto y en los momentos en que Or- 
tega era sorprendido en la cima del Borrego, Zaragoza rompió su 
fuego de artillería sobre el enemigo. 

Laurencez, seguro con la victoria alcanzada sobre Ortega y 
viendo cubierto el flanco por donde hubiera recibido la herida mor- 
tal de la derrota, contestó con sus cañones los disparos del campo 
republicano. 

El general Santiago Tapia cayó herido á los primeros disparos. 

Zaragoza estaba sombrío como la fatalidad, atravesaba en todas 
direcciones recorriendo su batalla, los proyectiles se arrastraban 
a los pies de su caballo, parecía que la muerte lo seguía de cerca 
sin osar á aquella existencia reservada á la mano poderosa de Dios. 

Unos oficiales dispersos trajeron al campo la noticia del de- 
sastre. 

Entonces ya no habia mas que retirarse á meditar un plan 
nuevo para dar un golpe seguro al enemigo. 

Zaragoza no quería retirarse á la luz del dia. 



294 JUAN A. MATEOS 

Laurencez, envalentonado y orgulloso con su triunfo micros- 
cópico, adelantó una columna al campo republicano, creyendo 
poder arrollar á los soldados de Puebla. 

Brilló en el rostro de Zaragoza una irradiación de gozo salvaje. 

Mandó callar su artillería, mientras Berriozabal organizaba sus 
columnas. 

Luego que los franceses se. acercaron á tambor batiente y 
paso redoblado, protegidos por sus cañones rayados, á una dis- 
tancia de doscientos metros, Zaragoza mandó romper el fuego, y 
veinte piezas de batalla vomitaron bronce por sus bocas de hierro, 
convergiendo sobre la columna que retrocedió espantada. 

Relazóse á los pocos instantes y tornó á embestir con bravura; 
entonces artillería é infantería descargaron sobre el enemigo, que 
diezmado y en dispersión llegó en fuga á sus parapetos. 

Zaragoza estaba satisfecho. 

La fortuna le habia arrojado un laurel mas á su frente en medio 
de la terrible vicisitud que hirió de muerte á una sección de su 
ejército. 

A las doce de la noche movió su campo en dirección á Teca- 
malucan. 



CAPITULO VI. 
De cómo hay sueños que parecen realidades, y realidades que parecen sueños. 



La noticia de la retirada fué un rayo de luz en el alma de doña 
Blanca de Montemolin, que se creía enteramente perdida y alistaba 
su viaje para Inglaterra. 

Las circunstancias la favorecían para entrar en el mundo de la 
intriga, toda vez que el movimiento de Zaragoza importaba un ar- 
misticio. 

Aquella suspensión era de buen agüero para la hija de Car- 
los Luis de Borbon, sus esperanzas se reanimaron como las plantas 
al rayo del sol. 

Aquella muger ambiciosa puesta en contacto con los hombres 
de la intervención y comprometida en la lucha revolucionaria, ten- 
taría cuantos medios estuviesen á su aicance para la realización 
definitiva de sus planes. 

La infeliz condesa seguía en el alucinamiento de sus ensueños, 
en el vértigo siempre creciente de su delirio. 

La noticia dada á Laurencez sobre el plan de Zaragoza y co- 
municada casualmente por sus espías, habia surtido un éxito com- 
pleto, y los franceses se hallaban satisfechos, porque sin el aviso 
de doña Blanca, Laurencez estaba derrotado. 

Cuando la Montemolin vio regresar en cuadro á aquellos her- 



EL SOL DE MAYO 295 



mosos batallones que dias antes habían atravesado orgullosos por 
la ciudad, se quedó profundamente pensativa. 

— Así es la gloria, — murmuraba la joven, — humo que se disipa 
al primer choque del viento, ¡ ola que se apaga con las arenas de la 
orilla!... ¡Ayer todo era gloria, porvenir, ilusión, felicidad; hoy 
tornan del campo de sus esperanzas con la frente cubierta de polvo 
y el semblante cadavérico por la desesperación!... ¡pobre humani- 
dad! ¡siempre soñando!... 

Doña Blanca no comprendía que ella formaba parte de esa 
larga serie de soñadores que ven despiertos imágenes y horizontes 
que no existen. 

Rodeada del centro luminoso que irradia en el cerebro cuando 
se va en pos de lo desconocido, y que dándole forma al pensamiento 
se cree tocar ese resorte que una vez movido nos dará entrada al 
mundo encantado de las apariciones y de la gloria, no percibia que 
entre el hombre y sus esperanzas hay siempre un abismo sin fondo 
que se llama predestinación. 

Jó\en, descendiente de una raza tenaz y caprichosa y nacida 
bajo el sol de España, su pensamiento era un foco de fuego que la 
llevaria á las empresas mas irrealizables y al camino mas estra- 
viado. 

Educada en Inglaterra, creyendo en sus primeros años que al- 
guna vez le prestaría su sombra ese ancho dosel de la monarquía 
española, teniendo siempre subditos á sus órdenes, porque á los 
Borbones les sirven aún de rodillas en su destierro; se creía digna 
de figurar entre los suyos. 

Se alzaba á la altura de su nombre, veia á doña Isabel II como 
á la gran usurpadora de los derechos de su padre, creía que des- 
pertando al pueblo al grito sonoro de una restauración, se levanta- 
ría proclamando á la raza desheredada, y todo aquel aparato bri- 
llante desaparecería ante la legitimidad de los hermanos de Fer- 
nando VII. 

Veía á su lado al héroe de la revolución carlista, á ese conde 
de Morella tan temido, á esa espada que había brillado vencedora 
en cien campos de batalla, y que dejaría el escudo de armas del 
veterano á la primera señal de sus señores. 

Doña Blanca creía tener en sus manos el rayo. 

Cuando vio aplazarse la revolución legitimista, desde aquella 
isla arenosa centro del poder y de la civilización, se volvió á los 
mares de la India Occidental, y en el virgen continente creyó ver 
su acta de reconocimiento. 

Atravesó en pos de ella las olas del Atlántico, tocó con atrevida 
planta las playas mexicanas, y cediendo á la misión que de ante- 
mano se habia impuesto, entró en el anfiteatro de lo política como 
el gladiador del destino, llamó á la fortuna, la retó en un duelo á 
muerte, y la fortuna que por un momento se mostró orgullosa, yacia 
vacilante, indecisa ante la arrogancia magnífica de aquella muger. 



JUAN A. MATEOS 



II. 

Zaragoza se habia retirado del campo de Orizava, esto era un 
golpe terrible á la revolución; no obstante, la alarma crecia en el 
campamento francés, porque el héroe de Puebla era una amenaza 
constante, era la nube preñada de rayos y que vagaba en el espacio, 
el primer choque sería terrible. 

Laurencez se parapetaba lleno de terror, y la nación entera 
llena de fe y entusiasmo, lo esperaba todo de Zaragoza. 

Nadie podria creer que el bravo general cedería los honores de 
la victoria sin haber perdido tras la última fila su existencia. 

Laurencez no se atrevia á dar un solo paso fuera de sus para- 
petos, estaba en jaque perpetuo. 

El presidente Juárez apeló lealmente al juicio nacional, hizo 
un llamamiento al pueblo. 

«El gobierno supremo de la República, que ni se enorgullece 
con los trinfos ni se abate con los reveses, ha dictado en el acto 
las órdenes que demandaba el caso, y cuyo resultado será que an- 
tes de tres semanas esté repuesta la fuerza perdida y nuestro ejér- 
cito en posición de volver á tomar sobre los invasores la ofensiva que 
solo se suspende momentáneamente. 

«.El pueblo mexicano se ha mostrado hasta hoy digno de la 
causa que defiende, y no serán los azares de la guerra los que le 
hagan cambiar la conciencia que tiene de su justicia. 

«El gobierno marcha adelante de ese mismo pueblo con una 
bandera invencible, porque es nacional, y con una fe firme de que 
el destino futuro de México es ser República soberana ó indepen- 
diente.» 

El país entero respondió á la evocación de sus sentimientos 
patrióticos, y se agrupó armado en torno de su estandarte. 

Los Estados todos de la Confederación mexicana alistaron su 
contingente de sangre, y á los pocos dias surcaban en todas direc- 
ciones partiendo de la circunferencia al centro, cuantos hombres 
pudieron armarse, para formar un núcleo poderoso y ponerse 
frente á frente de la arrogancia de los ejércitos de Napoleón III. 

III. 

El estudiante Mondoñedo seguía muy grave de su herida á 
consecuencia del atentado de suicidio, en el arranque terrible de su 
amor burlado. 

Sabia que una señorita Amalia Brown, sin sospechar que doña 
Blanca se hubiera atrevido á pisar los sagrados umbrales de aquella 
casa, se hallaba alojada en compañía de Eloísa. 

El estudiante no habia dado importancia á aquel suceso, pri- 
mero, porque su enfermedad se hacia cada vez mas grave, y segun- 
do, porque habia en la ciudad gran número de emigrados, y no 
encontraba estraño que el Sr. Mons diera albergue á sus amigos. 

Cuando doña Blanca supo que Mondoñedo se encontraba allí, 



EL SOL DE MAYO 297 

onoció el peso de su imprudencia, pero resuelta á afrontar todo 
uanto sobreviniese, esperó la noche para entrar en el cuarto de su 
bitiguo apasionado. 

La casa estaba en silencio y la noche avanzaba en todo su peso. 
La calentura tenia aletargado al estudiante, que deliraba en 
oz alta. 

La estancia estaba alumbrada por la luz tenue de una lámpara 
ncubierta con el velador. 

Dio la una en el reloj del aposento de doña Blanca. 
Salióse recatadamente, atravesó los corredores, empujó leve- 
nente la puerta de la estancia, y se detuvo, porque crevó oir alguna 
L oz. 

Mondoñedo seguia agitado en su delirio. 

— Ella, sí, ella, tan hermosa como siempre; hay dos llamas 
,ue salen de sus ojos y penetran en mi corazón... silencio.... silen- 
io... sus labios se mueven y la visión va á hablar... me llama... 
qué me quieres?... Ya he sacado mi corazón del fondo de mi pecho 
ara ofrecértelo, y lo lias estrujado con tu planta... oye, mírame 
rrodillado á tus pies con la frente apagada por los pesares; pon 
O mano en mis megillas, conservan aún la humedad del llanto; 
órque he llorado mucho por tí... mucho, hasta agotarse el raudal 
fe mi alma... El ardor calenturiento de mi cerebro ha acabado por 
Remar mi pensamiento y con él las imágenes todas de la juventud, 
Obre esas cenizas queda en pié una visión... ¡ ella !... Yo te he amado 
orno al Dios de mi existencia... tu amor se puede contar por los 
itidos de mi corazón y las terribles convulsiones de mi espíritu... 
¡o he sentido palpitar la vida cuando tus ojos se han posado en 
)S mios y tus miradas han caido á plomo sobre mi existencia 
esgraciada... Inclinas tu cabeza y tus ojos se llenan de lágrimas 
i ver las heridas profundas de mi corazón... acércate... mas... mas 
)davia... 

Estremecióse el estudiante como si la visión de su sueño se 
cercase realmente á su lecho. 

—Delira,— dijo doña Blanca, y avanzó hasta la cabecera del 
afermo. 

Mondoñedo abrió los ojos calenturientos, y exhaló un grito que 
pagó la atrevida mano de la condesa. 

—¡Silencio, por Dios!— dijo doña Blanca;— silencio, ;yo os Jo 
íplico en nombre de vuestro amor ! 

El estudiante comprendió que era realidad lo que pasaba á 
i vista, y se incorporó decidido á despedazar el velo de aquel mis- 
rio. 

— ¿Qué buscáis aquí, señora? 

— Necesito hablaros. 

—¿Cómo habéis penetrado en esta casa? 

—Bajo el nombre de Amalia Brown. 

— ¡ Pero esto es horrible ! 

— Silencio. 

— ¿ No sabéis que la señorita Mons es la novia de don Fernando ? 

—Lo sé, caballero, esto me ha traído. 



298 JUAN A. MATEOS 



—¿Pero qué intentáis, señora? 

— Nada, joven, nada. 

— No comprendo entonces vuestra permanencia en esta casa 

■ — Vais á oirme. 

— Ya os escucho. 

— No se os esconde que soy hija de Carlos de Borbon. 

— Lo supe esa noche funesta que ha dejado huellas tan hondas 
en mi corazón. 

— Oidme : arrojada en ese turbión, estoy empeñada en una lucha 
tremenda en la que juego mi existencia ya comprometida. 

—Señora, os compadezco. 

— Vos, sabéis que conspiro incesantemente, que no he traido 
otro objeto á esta ciudad. 

— Señora, callad por compasión, no me hagáis cómplice de 
vuestros secretos. 

— ¿ Y qué importa si ante vos aparezco como soy ? 

— Yo nada sé, nada quiero saber. 

— Una sola palabra de vuestros labios será suficiente para per- 
derme. 

— No la pronunciaré, señora; no os devolveré ofensa por ofensa. 

— Yo apelo á vuestra caballerosidad. 

— No tenéis derecho á ella; pero sois una dama y no atropellaré 
los deberes que me impone mi honor. 

— Gracias, caballero. 

Guardaron ambos personajes un prolongado silencio. Mondo- 
ñedo veía á su lado á aquella muger que habia sido la primera 
pasión de su vida, sentia por momentos volver á su corazón aquel 
cariño gigante de otroa-dias, la presencia de doña Blanca le sub- 
yugaba y sus fuerzas se agotaban ante la ilusión que resplandecia 
por momentos en el horizonte de aquella alma hecha pedazos. 

La hora, el silencio de la noche, la hermosura deslumbradora 
de aquella muger destacándose en las sombras trasparentes de la 
estancia, todo contribuía á excitar aquel cerebro presa de la calen- 
tura. 

— Rosa, Rosa, — dijo al fin el estudiante; — yo no sé que soísí 
Blanca de Borbon, me parece veros en la casa donde os conocí bajo 
ese nombre y al amparo de un anónimo dulce y trasparente. 

— Callad, caballero. 

— ¡Era entonces tan feliz!... sí, porque vivían mis esperanzas 
y mi corazón soñaba con el paraíso del porvenir... el amor de Rosa 
era toda mi ilusión, todo el sueño de mi espíritu... aun no caía de 
mis ojos la espesa venda que vuestra mano habia puesto delante 
de mí... ¡ qué bello era amaros ! sentir en el fondo del pecho la bien- 
hechora sombra de la ilusión; porque yo os amaba con frenesí, como 
nadie ha amado hasta ahora; ¡ por vos hubiera, sido capaz de todo, 
os lo habia dicho, hasta de un crimen!... aquella pasión estaba 
engendrada por un sentimiento impío, que debía horrorizaros, 
¿no es verdad? No era el arco del cielo sobre el corazón, era ell 
genio de la fatalidad quien me impulsaba hasta vos en el aliento del a 
infierno... ¡huid!... ¡huid!... este fuego es de maldición... lo creía 



i 



EL SOL DE MAYO 299 



sxtinguido. .. muerto... y ahora vuelve á abrasar mi alma; creía 
gue ya no os amaba, y sin embargo, palpita mi corazón como en 
aquellas horas de demencia en que erais para mí el arcano de la 
vida, el centro de ese mundo que giraba en torno de mi existencia... 
apartaos... ved que estamos solos y la fiebre acude en una irradia- 
ñon terrible á mi cerebro... ¡huid por compasión! 

Doña Blanca tomó la mano del mancebo y le dijo dulcemente: 

— Si mis lágrimas son bastantes para que me perdonéis todo 
3l mal que os hecho, miradme, ¡ el llanto corre por mis pupilas, y 
íl dolor oprime mi corazón ! 

— ¡Me vuelvo loco! — esclamó Mondoñedo; — yo no tengo que per- 
lonaros, todo lo debo al destino... ¡vos sois el ángel de las ven- 
anzas!... 

—Yo me arrepiento, no os conocía; cuando me he asomado al 
Ünsmo de vuestro pecho, os he visto grande, y he retrocedido llena 
le espanto. 

—Os tengo miedo, os volvéis á apoderar de mis sentidos como 
mtes, vuestro contacto me contagia, tened compasión de mí; nada 
emais, mi alma es un sepulcro, y vuestro secreto quedará en esa 
umba donde duermen mis ilusiones. 

— Nada 03 exijo. 

— En cambio, os exijo una promesa. 

— Hablad, caballero. 

—Juradme que la señorita Mons no está amenazada con vuestra 
resencia. 

La condesa reflexionó un momento, y dijo solemnemente: 

— ¡ Lo juro ! 

—Juradme que la amparareis, si por alguna fatalidad la desgra- 
Üa la persigue. 

— ¡ Lo j uro ! 

IV. 

El estudiante cayó otra vez en el sopor vago de la fiebre, y 
i aparición de la condesa comenzó á desvanecerse en el mundo 
^realizable hasta confundirse en el tropel de visiones que embarga- 
an su fantasía. 

La condesa llegó á su aposento y se puso á pasear como una 
emente. 

—¡Dios mió!— esclamaba,— ¿cómo salir de este huracán que en- 
selve mi existencia?... Cuanto mas se acerca el momento en que 
ebo ver realizar mis esperanzas, mas turbación se filtra en mi 
ípíntu y mas se abate mi corazón... á veces maldigo la ambición 
ue me arrastra fuera de mi hogar y á un terreno desconocido... 
usiera volver á Europa... pero no; sería horrible haber venido en 
t)s de un título para estar en el solio de mi rango, y tornar pros- 
'ita y desairada... ¿Cómo me presentaría ante don Juan de Bor- 
mi?... Solo el conde de Morella me indemnizaría con su cariño 
iternal de las angustias que he sufrido... ¿Y qué me importaría su 
mura llevando un nombre supuesto, porque los Borbones no re- 



300 JUAN A. MATEOS 



conocen á la hija del príncipe don Carlos?... Es necesario luchar, 
luchar hasta el fin con el destino... los últimos golpes á ese genio 
de la adversidad han sido terribles... aun escucho el ruido de los 
cañones... no vuelvo aún de esa pesadilla... pero esos ecos de muerte 
se han alejado como los truenos de la tempestad... comienza una 
nueva era en la política, y las alas de mis aspiraciones se abren a 
una atmósfera mas tranquila... ¡Esperemos!... ¡Esperemos! 



La luz del crepúsculo comenzaba á penetrar por los cristales 
de las ventanas, y doña Blanca permanecía aún entregada á susj 
pensamientos. 

La ciudad levantaba ese rumor vago que hace al despertar. 

Los tambores tocaban dianas y los bronces sagrados saludaban 
la primera luz del amanecer. 

La joven se sintió fatigada por vigilia tan prolongada, y ti- 
rando las cortinas, se entró en el lecho y durmió profundamente. 



CAPITULO VIL 
De la oruga que mina el cimiento del pedestal. 



El general Zaragoza había llegado á la capital para ponerse di 
acuerdo sobre el plan de campaña. 

El pueblo acudió en masa á felicitar al héroe del 5 de Mayo, 
y rendir sus homenages al genio de la victoria. 

El pueblo ignoraba que sus sagradas ovaciones serian las úl- 
timas que tributaria al vencedor de los franceses durante los cortos 
dias de su existencia. 

Zaragoza recibió las felicitaciones patrióctícas de la capital y 
á las veinticuatro horas regresó á su campamento. 

Nada mas alegre que la población de San Agustín del Palmar 
durante la estancia de las fuerzas republicanas. 

Los hermosos portales estaban llenos de gente y la plaza en- 
teramente cubierta de vendimias. 

Las mugeres de los soldados llenaban los cuarteles y la mayoij 
animación reinaba en el campamento. 

El capitán Martínez, que estaba convaleciente de su herida ; 
hacia centro de conversación en una fondita del Palmar. 

—Señores,— decía á un grupo de amigos entre los que se ha 
liaba Santiago González;— yo soy carne de perro, ya estoy come 
si nada me hubiera pasado; ¡demonio! no ha dejado mala señal et 
el carrillo; la cuestión se reduce á dejarse crecer la barba, cuando 
la tenga y me nazca de corazón. 



EL SOL DE MAYO 301 



— Capitán, usted tiene al diablo dentro. 

— No lo crean ustedes, yo soy capaz de meterme dentro de él; 
ese dia de Barranca Seca por un tris clavo la salea; figúrense ustedes, 
que nos encontramos con las caballerías, y hubo una de Dios es 
Cristo; cuando mas empeñados estábamos en el pleito, cate usted que 
le echo ojo á un alazán árabe grande como un camello; me lanzo so- 
bre el cazador que cayó instantáneamente al golpe de mi machete, 
porque hay gentes muy delicadas; ya me preparaba á apoderarme 
del trotón, cuando ¡ cataplum ! sentí un golpe en la cara como si se 
me hubiera derrumbado la torre de San Francisco; vi estrellitas, y 
soles, y cometas, y caí ni mas ni menos que el cazador de África; 
después nada supe, hasta que mi amigo me echó un asperges de 
agua fria, y supe que no me habían muerto. 

— Trabajo les ha de costar enterrar á usted, mi capitán. 

— Como que ya en el regimiento me han puesto por sobrenom- 
bre el gato, eludiendo á las siete vidas que tengo. 

— Si hubiera usted estado en el Borrego, hubiera presenciado 
bina zambra infernal. 

— Lo siento en el alma; pero mientras esté vivo me he de rifar 
jen todas, porque cosa mala nunca muere. 

— ¿Y qué dice el general? 

— Viene muy contento de México, le han hecho mas fiestas que 
á la Virgen de Guadalupe, y tata Benito le ha dicho que haga cuanto 
le diere la gana. 

— ¡ No faltaba mas que le pusiera restricciones ! 

— El general por modestia ha ido á México; pero él sabe bien que 
lo que diga es la ley, y si no, aquí estamos nosotros para sostenerlo : 
I patrona ! eche unos vasos de cerveza, y no se me ponga tan cerca, 
porque la enamoro aunque sea delante de su marido. 

La patrona hizo una mueca graciosísima y llevó botellas á la 
¡nesa del capitán. 

— ¡ Por la bota de mi general Arteaga! que esta cerveza está mas 
fermentada que la sangre de Pablo Martínez: patrona; á la salud 
le esos ojos, y sobre todo, de esas manitas que guisan tan bien el 
frióle de pecho. 

Donde estaba el capitán, habia siempre gresca, y pleitos, y cu- 
chilladas. 

— ¡ Muchacho ! ponle tabaco á esta pipa. 

— ¿Ya se ha vuelto usted francés, mi capitán? — dijo la patrona, 
¡rae era una muchacha muy guapa. 

— Mira, Tulitas, si no tuvieras ese no sé qué, te respondía con mi 
bistola; pero á tí te contesto con un abrazo. 

Diciendo y haciendo, se levantó y le dio un estrecho abrazo á 
¡a fondera. 

Todos los concurrentes á la fonda aplaudieron. 

— i Siga la bola! — gritó Santiago González; — ¡mas cerveza, que 
¡1 capitán paga ! 

— Oigan sonar las habas, que mañana es vigilia; — exclamaba 
Martínez sonando el dinero que llevaba en las bolsas de la calzonera, 
y si falta, traigo á la cintura la serpiente de nuestra madre Eva 
ilena de oro, y no son capaces de tomarse todo lo que yo pague. 



302 JUAN A. MATEOS 

— ¡ Viva el capitán Martinez ! — gritó la patrona. 

— ¡Viva!— repitieron los oficiales. 

— ¡ Señores ¡—gritó el capitán, — propongo un brindis por el doc 
tor Cuevas que me ha sanado de la herida, y que se halla de Camilt 
junto al comandante Mondoñedo. 

— Pido la palabra, señores, — dijo en alta voz Santiago González 

— ¡Arriba!... ¡arriba! 

El estudiante se paró sobre la mesa, y comenzó su perorata. 

— ¡ Conciudadanos del ejército de Oriente, caballeros concurren 
tes y galopines de la fonda, salud ! 

— ¿De mí no se acuerda usted, señor doctor? — preguntó la pa 
trona. 

— No he concluido todavía, — respondió González, y continuó si 
brindis : 

— Señores, y muy ilustre patrona del establecimiento, que tenei 
el honor de servir los manjares á tan distinguidas espadas... 

— Hombre, las espadas no almuerzan, — gritó Pablo Martines 

— Tiene razón el capitán, — dijo la muchacha. 

— Hablo en sentido figurado. 

— Que esplique eso Tanta-Lancha, — gritó Martinez aludiendo 
un teniente que estaba al estremo de la mesa, y era conocido por es¡ 
nombre en el ejército. 

Tanta-Lancha es un mozo de media edad, á quien le falta el oidc 
aunque no del todo, circunstancia que le hace aparecer sereno e 
las horas del peligro. 

El teniente ha estado en las filas de la revolución desde el pía 
de Ayutla, y lo conocen en toda la República; amigo fiel y hombí 
honrado, es una ganga encontrárselo en un pueblo ó en un camin< 
ya se cuenta con que no falta que comer, ni un buen trago con qu 
remojar el gaznate. 

Tanta-Lancha tiene dificultad para hablar, pero la mímica le ( 
familiar y tiene una práctica admirable. 

El teniente era enamorado de primera fuerza y habia situad 
sus baterías al estremo de la mesa, desde donde atisbaba como u 
coyote á la fondera, haciéndole muecas y contorsiones que la chic 
no echaba en saco roto. 

Cuando Tanta-Lancha vio que á él se dirigían todas las mirada 
preguntó por señas de lo que se trataba. 

— De una dificultad, — contestó Martinez; — se trata de saber si 1¿ 
espadas comen. 

El teniente contestó por la afirmativa, asegurando que la suj) 
habia tomado beefsteak de cazador de África y roastbeef de zuavj 

Un aplauso general resonó en toda la fonda. 

— ¡ Siga el brindis, siga el brindis ! 

— Puesto que he ganado la cuestión, — dijo González, — voy á pr 
seguir: Perdone la concurrencia que tome la... 

— ¡ Tomemos todos ! — gritó el capitán Martinez interrumpienc 
á González. 

— Tomemos, — dijeron á una voz todos los circunstantes. 

— Se trata de tomar la palabra, señores y caballeros. 



EL SOL DE MAYO 303 



— Eso es otra cosa; en ese caso, usted toma la palabra y nosotros 
i cerveza, y adelante con la cruz que el diablo se lleva al muerto. 

El estudiante no era hombre que se desanimaba por tanta inte- 
rupcion; ya una vez en la tribuna popular, lo tenían de tolerar 
elis nolis. 

— Decia, señores, que el capitán Martinez, gefe de este motin, 
3 ha dignado hacer un recuerdo, tributar una memoria al sin par 
octor Felipe Cuevas, y que yo me encuentro en situación de contes- 
Eir á su nombre. 

— ¡Adelante!... ¡adelante! 

— Debo comenzar... 

— ¡ Con mil diablos! — volvió á interrumpir Martinez, — si hace una 
ora que ha comenzado. 

— Que no empiece por el principio, — dijo Tanta-Lancha. 

— Es buena idea, se aprueba. 

■ — ¡ Se aprueba ! ¡ se aprueba ! 

—Continuaré por el fin, — dijo González perfectamente tranquilo : 
la voz de los buenos soldados del ejército de Oriente, combinada 
3n el equinoccio de los fundamentos anti-diluvianos de la mitología 
ircalina, es por lo tanto... 

— ¡ Bravo ! ¡ bravo ! ¡ eso sí que es tener talento ! — gritó el capitán, 
¡ viva la Ambulancia! 

— ¡ Viva ! ¡ viva ! 

En aquellos momentos se dejaron oír los clarines tocando ruar- 
ía. 

— El general Zaragoza ha llegado, ¡ viva el general Zaragoza ! 

— ¡ Viva ! ¡ viva ! 

La multitud salió á la plaza, y á pocos instantes, seguido de sus 
yudantes, atravesaba el general rumbo ó su alojamiento. 

Santiago González no quedó con auditorio que escuchase el final 
e su brindis. 

— ¡ Esto es horrible! — exclamó el estudiante, — señora patrona, 
snga usted en nombre de la buena educación á escuchar mi dis- 
írso. 

— Señor González, bájese usted de la mesa y no me estropee los 
tanteles, que son muy delicados. 

— No hay en toda la fonda un ser racional, — murmuró el estu- 
ante, y bajando de la gastronómica tribuna, fuese en pos de la 
ailtitud que acudía á la casa donde la bandera tricolor anunció 
le quedaba establecido el cuartel general. 



II. 



El héroe del 5 de Mayo era el ídolo, no solo de su ejército, sino 
,3 todas las poblaciones. 

Su presencia en San Agustín del Palmar no era una novedad; 
3ro el pueblo se complacía siempre en saludarle y acudía á maní- 
star sus simpatías al grande hombre. 

Zaragoza saludaba al pueblo siempre con emoción. 

Su fisonomía constantemente serena, infundía respeto y vene- 
icion. 



304 ™an a. mateos 



Zaragoza no repetía jamas una misma orden, porque esta 
satisfecho de ser obedecido. . 

Trataba con seriedad, pero con esquisita distinción, a sus 
bordinados y consideraba á la tropa, acariciaba á los niños que ib 
con sus madres en pos de los batallones, decia que aquellas tiern 
criaturas eran sus hijos; muchas veces los tomaba en sus brazos: 
esto hacia llorar á los soldados. 

Zaragoza era el hombre de la firmeza, enérgico y circunspec 
estaba dotado de esa calma justiciera que resplandece en el ahí 
de un buen general. , 

Su gran talento militar es reconocido por sus mismos adver.: 

rios. 

La Francia le ha hecho entera justicia. 
Zaragoza está juzgado por la historia. 

III. 

En una de las casas de San Agustín se habia preparado el a 
j amiento que inundó la turba de ayudantes, esos globos correos: 
las batallas, que se les ve atravesar en todas direcciones, mezcla; 
entre las filas, desaparecer entre el humo del combate, y tornai 
salir como átomos que se adhieren y se repulsan, y giran como ef 
partículas siempre en movimiento que forman los rayos solares. ; 

El Estado Mayor no abandonaba á Zaragoza; cuando el gene 
llegaba al alojamiento, ya todos los oficiales habían tomado cuaj 
por asalto y recorrido todo el campo, desde la cocina hasta las ! 
Y)f\ IIptízcIS 

El secretario y los empleados eran las víctimas, porque el gé 
ral tenia un despacho activo. 

Zaragoza estaba en los menores detalles, no olvidaba la n 
pequeña circunstancia, conocía á toda su oficialidad y sabia peri 
tamente á quien encomendaba una empresa. 

Era poco comunicativo, y jamas se ostentaba sino en los mom 
tos supremos, como en la batalla de Silao, cuando arrebató la b 
dera y decidió el combate. 

Su presencia en el ejército era una esperanza radiante, quei 
fundía valor y decisión al soldado. 

Zaragoza, como una predestinación de su existencia, le te 
miedo á la muerte fuera del combate. 

Jamas tuvo el pensamiento de caer en la arena y peleaba seg 
del éxito; pero cuando se sentía enfermo, se desmoralizaba terri 
mente, le asustaba el lecho y el aparato de una dolencia. 

Hay algo en el corazón que nos aleja instintivamente de aqu' 
influencia qu« mas tarde debe alcanzarnos. 

IV. 

Los ayudantes del general habían contratado á un cocinero 
liano llamado Jovani, que guisaba admirablemente, sobre todo, u 
macarrones excelentes. 




iguel Lerdo de Tejada. 



SOL DE MAYO - 20. 



EL SOL DE MAYO 



305 



El italiano tenia un cuidado especial en obsequiar al general 
Zaragoza, á quien siempre destinaba platillos esquisitos. 

Jovani era el hombre de importancia y á quien se )e prodigaban 
las mayores consideraciones. 

Jovani iba siempre de vanguardia en un soberbio carro de mue- 
lles, provisto de una batería de cocina, y en su pos seguían dos 
carros con víveres y conservas alimenticias, y vinos de lo mas esqui- 
sito. 

Luego que Jovani tomaba posesión de la cocina, se podia contar 
con que á Ja hora se tomaría la sopa; aquel hombre era un ballazgo 
feliz. 

El capitán Martínez lo había presentado á sus compañeros. 

Jovani decia que el buque del general Gasset lo contrató, y no 
queriendo volver á España, consumó deserción con el objeto de esta- 
blecer una fonda en México. 

Santiago González se mostraba receloso, porque la fisonomía 
del italiano no le era desconocida; no obstante, acabó por confesar 
que se habia engañado, cuya duda la disipó Jovani regalándole una 
bayoneta digna del Czar de Rusia. 

El famoso cocinero se puso en tren y comenzó por degollar dos 
docenas de pichones y torcerles el pescuezo á seis faisanes de In- 
dias, alias guajolotes. 

Aprensó un gran trozo de vaca, puso á la parrilla un gran nú- 
mero de costillas, ensartó en un palo sumamente fino todas las me- 
nudencias y las colocó á la llama del brasero, mientras el galopin 
doraba á la lumbre unas papas rellenas con queso Gruyere, cuyo 
olor se difundia en todo el departamento. Hay quien diga que ese 
olor es un abuso de la civilización, pero esto no se aviene con la 
opinión de los que han levantado un momumento al inmortal Gru- 
yere. 

Jovani hizo una tortilla de huevos con sardinas muy suculenta, 
abrió latas de salmón y sardinas entomatadas, y para dar un gusto 
nacional á tan opíparo banquete, guisó unos frijoles á la veracru- 
zana capaces de poner en alarma á la ciudad heroica. 

Sacó un fieltro y coló el café, cuyo aroma hubiera hecho arre- 
mangar las narices al mismo Pelisier ó Mac-Mahon. 

Cuando todo estuvo listo, sirvió el ajenjo en unas copas abri- 
llantadas. 

— Trae un cántaro de agua, — dijo al galopín,— procura que sea 
de la mas limpia. 

El galopin salió violentamente de la cocina. 

Entonces Jovani sacó con mucha precaución de su seno una bo- 
tellita, movió el líquido que contenía y lo virtió en la copa destinada 
á Zaragoza. 

La fisonomía del italiano tomó un 'aspecto siniestro, sus mandí- 
bulas crugieron de espanto, un temblor concentrado corrió por todo 
su cuerpo, sus ojos se inyectaron y su lengua apenas pudo balbutir: 
«¡Llegó el momento!» 

El galopin "olvió con el cántaro. 



£0 -EL SOI DE MAYO. 



306 J UAN A - MATEOS 



Jovani le puso agua al ajenjo, y cuidó de señalar la copa. 
Calóse su gorra almidonada y su mandil, dio un repique de cam- ¡ 
pana, y se adelantó con la charola. 

V. 

El general Zaragoza recibía en aquel momento la bienvenida de 
sus gefes, y los invitaba á su mesa. 

La oficialidad habia formado grupos en el salón, hablando, como 
era natural, de la campaña, y refiriendo mil episodios de las ba- 
tallas. ■ . 

Todas las conversaciones se dirigian á elogiar a Zaragoza, au- 
gurando próximas victorias. 

El general hablaba de organización y del contingente de los Es- 
tados que ya estaba en marcha para el campamento, preguntaba 
por la moral de las tropas, y se informaba sobre si estaban bien aten- 
didas. , 

La juventud mas valiente se encontraba en la tertulia, y en todas 
las fisonomías se revelaba el valor y la esperanza. 

Zaragoza estaba de buen humor al encontrarse entre sus que- 
ridos soldados, y cada vez se robustecía mas su fe en el porvenir 

Guando algún imprudente hacia alguna alusión á la derrota del 
Borrego, Zaragoza prodigaba mil elogios á González Ortega, hablan- 
do de su valor y citando algún episodio de la revolución progresista. 

Oyóse el repique dado por Jovani. 

—Ya llaman á misa,— dijo el capitán Martínez. 

Zaragoza se sonrió y dijo á los que le rodeaban: 

—Este Martínez es un hombre célebre. 

Presentóse Jovani con la charola de las copas, que fué distribu- 
yendo entre los oficiales hasta llegar á Zaragoza. 

No se atrevió Jovani á tomar en sus manos la copa, por temor 
de que la convulsión lo denunciase. 

El general apuró el ajenjo con el tósigo mortal, haciendo una 
inclinación de cabeza á sus amigos. 

Cuando Zaragoza puso la copa en la charola, esta se desprendió 
de las manos del italiano y cayó haciendo pedazos el cristal. 

—Vamos,— dijo Martínez,— este Jovani ha tomado antes que nos- 
otros. 

Siguió la cena, en la que reinó una grande hilaridad, comen- 
zando por los chistes y cuentos que contaba Martínez á media voz 
y que hacían reir al general. 

Habia pasado una hora, cuando el general dejó á los oficiales 
entregados á su exaltación y alegría. 

Entróse en su despacho con el secretario, despachó toda la 
noche, y al amanecer salió para Acultzingo. 

VI. 

Al dia siguiente y al caer de la tarde, bajaba por el camino de 
las Cumbres un ginete á todo escape. 

Detúvose un momento en Acultzingo, y siguió su camino hasta 
Orizava entre una tempestad terrible. 



EL SOL DE MAYO 307 



En el camino encontró un destacamento francés que le dio el 
alto. 

— ¡ Hola, Wask ! ya tenia cuidado por vos. 

— Aquí estoy, señor conde, después de haber cumplido mi pa- 
labra. 

— ¡Cómo! ¿es posible? 

— Sí, — dijo el aventurero apretando convulsivamente el brazo á 
don Fernando; — yo le he visto apurar el veneno hasta las heces, Za- 
ragoza está herido de muerte; dentro de breves dias, esa frente or- 
nada con el laurel de Mayo, se inclinará como un sol en la tumba 
del ocaso. 

— ¡La fatalidad! ¡la fatalidad! — murmuró don Fernando; — lo 
que no ha podido hacer el bronce en su tormenta, lo ha hecho la mi- 
serable oruga en el silencio de la noche... ¡El dedo de Dios! 

— ¡ La saña del destino ! — gritó el aventurero, y sin despedirse de 
su cómplice, se alejó como el demonio del crimen entre las sombras 
de la tempestad. 



CAPITULO VIII. 

Donde se prueba que la muerte es como el rayo, se descarga sobre 
los puntos mas elevados. 



Habian trascurrido cuatro dias desde que el infame aventurero 
había dado el filtro venenoso al general Zaragoza, cuando comenzó 
á notarse en su semblante algo de estraño y descompuesto que alar- 
mó á las personas que le rodeaban. 

Zaragoza no habia dicho una sola palabra de su enfermedad 
hasta que ya se rindió á la dolencia del mal terrible que le invadía. 

Los síntomas de la fiebre aparecieron, y ya el general no pudo 
sostenerse en pié. 

Los médicos opinaron por trasladarlo á Puebla y en medio de 
chubascos terribles llegó el dia 4 á la ciudad. 

El dia 5 lo pasó en su entero conocimiento, y aun presentaba 
síntomas mas felices que auguraban una pronta reacción. 

El Estado Mayor del general estaba rodeando su lecho, y las 
antesalas de la casa llenas de gefes, oficiales y personas distinguidas 
de la población. 

Los patios estaban continuamente ocupados por el pueblo, ávido 
de saber algo sobre la salud de su querido general. 

La nación entera, que recibió la noticia por el telégrafo, es- 
taba llena de ansiedad presintiendo una desgracia. 

El ejército se habia hecho sombrío, y en los cuarteles reinaba 
un silencio profundo; creían que el alborozo y la algazara eran un 
insulto á su caudillo. 



308 JUAN A. MATEOS 



II. 

El dia ñ, como á las once de la mañana, entró el delirio que con 

ligeros intervalos acompañó á Zaragoza hasta sus últimos instantes. 

Comenzó por pedir sus botas de montar, sus armas y sus ca- 

Como nadie respondiese á sus órdenes, se exaltó terriblemente, 
y gritaba con toda su fuerza : 

— ¡\: o tengo una patria á quien defender, necesito sacriñcarme 
por ella!... ¡Mi caballo!... ¡mis armas!... Ya Coronado (un gefe que 
hacia tres años habia muerto en campaña), está en Quecholac, le 
impediré su incorporación con los franceses, es necesario batirlo... 
I Hola, señores generales ! ¡ esa tropa lista, esas columnas sobre el 
campo, esa artillería á su puesto, -la hora ha llegado!... 

Jadeante de fatiga se dejó caer en los almohadones del lecho 
y su pensamiento tomó otro giro. 

—¿Quién lo habia de creer?— continuó,— el mas fiel de mis solda- 
dos, Martínez, se ha pasado á los franceses. 

—Pablo Martínez arrojó el sombrero contra el suelo y dijo llo- 
rando : 

—Aquí estoy, mi general, yo no me separaré nunca de usted. 

Zaragoza no lo conocía. 

Presa de una ansiedad terrible, le dominaba la idea de recorrer 
su campamento y hacer los preparativos de una próxima batalla. 

Probó á levantarse. 

Entonces uno de sus ayudantes, le dijo: 

—Hay orden de que no se mueva usted, mi general. 

— ¡Cómo! ¿estoy prisionero? 

—Sí, mi general,— contestó el ayudante procurando por este me- 
dio sosegarle. 

Zaragoza se quedó profundamente pensativo. 

En esos momentos pasaba por la calle una guardia tocando 
marcha. 

Zaragoza se incorporó en el lecho. 

—Ya vienen á buscarme,— dijo con serenidad;— me van á fusilar, 
está bien; pero cuidado con el que se atreva á tocarme á alguno de 
mis ayudantes; ¡ á ellos no !— dijo con un acento terrible acompañado 
de una actitud imponente.— Vamos, estoy dispuesto; ¡pero pronto, 
que el viento y la lluvia me azotan sin compasión!... 

Los ayudantes lloraban en silencio ante aquella muestra de pro- 
fundo cariño. 

III. 

Abrióse la puerta del aposento y entró una anciana que se 
acercó al lecho del enfermo. 

Descubrió el rostro de Zaragoza, y dijo con acento de honda 
ternura : 

— ¡Ignacio!... ¡Ignacio'!... 



EL SOL DE MAYO 309 



Zaragoza escuchó aquella voz y se estremeció. 

En medio del delirio aquel eco resonaba en su corazón con el 
timbre de un ángel. 

— ¡Hijo mió! — continuó la anciana — ¿no me conoces? 

— ¡Madre! — dijo Zaragoza fijando sus inquietas pupilas en el 
semblante dolorido de aquella anciana, en cuyas entrañas habia 
recibido el soplo de esa existencia próxima á apagarse. 

Aquella infeliz madre, sin temor alguno al contagio, reclinó 
su frente en el pecho del general y comenzó á llorar amargamente. 

Tomó entre sus manos la cabeza de su hijo y la besó con ter- 
nura. 

Después estrechó la mano del enfermo entre las suyas. 

Entonces Zaragoza la oprimió, diciendo : 

— Bien, estoy satisfecho, he visto batir á ese cuerpo con una 
arrogancia digna de los buenos hijos de México... ¿Pero, no he 
dicho que mis armas?... ¿tendré que repetir cien veces una orden? 
¡mi caballo!... ¡mi espada!... ¡el enemigo está á la vista! 

. Comenzó una lucha entre el febricitante que queria á toda 
costa salir del aposento, y las personas que lo cuidaban. 

Hizo un esfuerzo desesperado y se levantó al fin, mantúvose 
rígido algunos instantes con las miradas fijas, inmóviles; quiso 
avanzar y se desplomó como herido por un rayo. 

Los médicos declararon que el general Zaragoza habia entrado 
en el último período del tifus, y que se moría irremisiblemente. 

Después de algunos debates, un médico extrangero opinó por 
la sangría, que fué aplicada sin éxito al general. 

— Estoy herido, no vale la pena, — gritaba Zaragoza, — ¡ aun pue- 
do combatir y combatiré hasta el último momento ! 

IV. 

El dia 7 fué terrible, el delirio continuaba con mas exaltación, 
y no se habia logrado ni un intervalo de lucidez ni de reposo. 

Zaragoza no habia dormido un solo momento, aquella crisis no 
podia prolongarse. 

Amaneció el dia 8 de Setiembre, Zaragoza que se habia ren- 
dido unos instantes á la fatiga, fué acometido del último vértigo que 
precedió á su muerte. 

Su espíritu fué arrebatado á los campos de la lid en el espe- 
jismo misterioso del pensamiento. 

— ¡Ha sonado el cañón!... general Berriozábal, no hay mas que 
avanzar con esas columnas por el centro!... ¡General Negrete, á 
forzar la línea izquierda!... Porfirio Diaz, adelante con esos bata- 
llones... ya... ya avanzan, ellos son... ¿Dónde está el viento que 
no disipa las nubes para ver á mis soldados?... oigo el clarín... ¡fue- 
go... fuego! allí está... ¡qué hermoso es el estandarte de la patria!... 
como lo arrebata el bronce de la metralla... ¡Un ayudante, un ayu- 
dante!... Ya huyen... ya se dispersan por la cumbre de Guadalupe... 
¡victoria!... -¡victoria!... ¡patria mia!... 
Dejó caer la cabeza y sus ojos se cerraron por unos momentos. 



310 JUAN A. MATEOS 



Levantóse como impulsado por una fuerza desconocida : 

— Avisen á Carbajal, que está situado en Amozoc, que recoja 
á los dispersos... ni uno solo, ni uno deje pasar... ¡adelante!... Se 
desprenden otra vez como una masa de hierro... las bayonetas 
lucen á los rayos del sol... ¡pero ese sol es mió!... ¡es el sol de 
Mayo!... ¡el sol de los recuerdos y de la victoria!... ¡el astro de la 
patria!... 

Hundióse en un parasismo que anunciaba ya la proximidad de 
la muerte. 

Después, su voz que hasta entonces fué un timbre armónico, se 
fué extinguiendo pausadamente : 

— ¡México!... tu nombre está muy alto... ¡en las glorias del 
mundo!., ahí está el campo lleno de cadáveres... ¡cuántos de mis 
soldados han desaparecido !... ¡ pero la patria !... ¡ patria mia!... 

Apagóse su voz y sus labios comenzaron á moverse como que- 
riendo pronunciar las últimas palabras... 

Serenóse su frente, su mirada volvió al reposo habitual. 

Acaso daba estrecha cuenta al Todopoderoso de sus acciones 
sobre la tierra. 

Apareció en sus labios una sonrisa apacible, cruzó por su sem- 
blante una nube vaporosa de calma que sombreó su espíritu, sus 
ojos se cerraron y del fondo de su pecho se arrancó el último aliento. 

Zaragoza, ceñido con su laurel de gloria, llamó á las puertas 
del mundo de los héroes, detúvose unos momentos á hablar con 
Dios, y con atrevida planta penetró en el dintel eterno. 

Los cañones que saludaron victorioso al héroe del 5 de Mayo, 
anunciaron al mundo desde la cumbre de Guadalupe, con un eco 
solemne y magestuoso, que el general Zaragoza habia dejado de 
existir. 

La última palabra de Napoleón fué ejército. 

La última palabra de Zaragoza fué patria. 

V. 

Todos los cabos del ejército rodeaban aquel lecho mortuorio. 

Luego que se apagó aquella vida gigante al peso mismo de su 
grandeza, el luto y la desolación cayeron como una tormenta sobre 
el corazón de los soldados. 

Aquellos soldados que habían acompañado al bravo general en 
las vicisitudes de las campañas y sin abatirse por los sufrimientos, 
lloraban como unos niños delante del cadáver del general que ya 
no podia consolarlos en sus dolores, ni animarlos con su ejemplo. 

Disputábanse el honor de hacerle la última guardia. 

Pusiéronle todos los arreos é insignias de su rango, colocando 
sobre su pecho la condecoración de Puebla, tan valientemente ga- 
nada en el campo de batalla. 

El héroe del 5 de Mayo parecía dormir tranquilo el sueño 
eterno. 

Junto á aquel féretro lloraba la patria al mas querido de sus 
hijos, y el genio del porvenir señalaba con su mano invisible el 
Mediodía, como el ángel del Apocalipsis. 



EL SOL DE MAYO 311 



De allí vendría la luz que mas tarde, como la aurora boreal 
de la independencia, caería á plomo sobre el suelo de la patria, 
extendiéndose en cortinajes de fuego, donde luciría en la solemne 
magestad de su apoteosis el estandarte nacional ! 

VI. 

Manuel Mondón edo se paseaba en su estancia profundamente 
inquieto, en espera de noticias. 

Sabia que el general Zaragoza se hallaba en un estado alar- 
mante, y esto traía preocupado al joven que amaba á su general 
con fanatismo. 

La presencia de Doña Blanca de Borbon en la ciudad, arrojó 
una sospecha terrible en su alma : sabia que la condesa conspiraba 
sin descanso, pero nunca pudo imaginar que se extendiese hasta 
un atentado criminal é impío. 

En el vértigo de aquel cerebro cruzó como hemos dicho una 
sospecha, creyó que la ambición de Doña Blanca podría haberla 
orillado á un crimen, pensó que viendo á aquella muger podría 
encontrar en su semblante, en su actitud, en sus palabras, algo que 
le revelase la verdad de cuanto pasaba. 

El estudiante no quería hallar culpable á la Montemolin, ha- 
bía amado á la condesa con delirio, y su alma aun permanecía 
influenciada por aquel cariño que se habia amortiguado como el 
fuego de un volcan, pero que podia renacer en sus entrarías. 

Sentía haber consagrado la existencia á un ser deforme y 
criminal; haber llegado hasta la locura en pos de una alma donde 
debían aparecer las manchas del crimen, ¡ era espantoso ! 

En el fondo de aquel corazón comenzaba á levantarse un sol mas 
puro, en las ilusiones de un nuevo amor. 

El contacto con Eloísa, de cuyos ojos se desprendía un rayo 
purísimo de languidez y cuyo aliento era la brisa de las esperan- 
zas, ejercía un atractivo poderoso en el alma lacerada del estudiante. 

Este nuevo sentimiento, brotado como por encanto en medio de 
las angustias de su existencia, le prestaba, valor para erigirse en 
juez severo de Doña Blanca, en el juicio avanzado de sus sospechas 
tenebrosas. 

— Es necesario desgarrar este velo, tras el cual debe aparecer 
el asesino, — decía Mondoñedo crispando las manos: — ¡yo arran- 
caré el antifaz, y este cuadro encontrará por término un cadalso!... 
no, es imposible, ella no atentaría á una existencia que acaso re- 
serva el cielo para el bien de una nación entera... no, ¡ seria desafiar 
á Dios, insultarle, levantar una imprecación impía desde el fondo 
de la tierra, que provocara la cólera celeste!... ¡pero la ambición! — 
gritó Mondoñedo, — las pasiones que se desatan como un huracán en 
los mares del corazón pueden arrollarlo todo... todo, hasta la exis- 
tencia de un héroe... yo, yo mismo le he dicho á esa muger, que 
por su amor arrostraría hasta un crimen... ¡profanación!... Dios me 
ha salvado, y acaso me destine para el castigo. 

Abrió violentamente la puerta, atravesó los corredores, y llamó 
en la estancia de la Montemolin. 



312 JUAN A. MATEOS 



VIL 

Doña Blanca estaba á su vez inquieta, tenia en su mano una 
carta que acababa de recibir del campo de los franceses, y cuyo 
asunto era singular: 

«Señora,— decia la carta, — cuando recibáis estos renglones, el 
mundo de la política habrá hecho su revolución: la existencia que 
tanto nos ha inquietado, es ya un tronco desprendido de sus raices; 
la suerte está con nosotros. — Adiós. » 

— No comprendo nada, y sin embargo me horroriza el sentido 
infernal de estas palabras... Creo percibir algo que me asusta tras 
estos renglones. 

Abrióse la puerta y apareció siniestro el estudiante. 

Doña Blanca dejó caer en el suelo la carta. 

—Señora, — dijo Mondoñedo, tomando el brazo de la condesa, — 
se dice que el general Zaragoza está envenenado. 

Doña Blanca dio un agudo grito, un rayo de luz habia caido 
sobre las frases de la carta. 

— ¡ Conque es cierto ! conque el general muere á vuestras ma- 
nos ! — esclamó con torva voz el estudiante. 

— ¡ No, no, esto es horrible ! dejadme, yo puedo haber ambicio- 
nado, pero el aliento del crimen no ha pasado aún por mi corazón, 
yo os lo juro en nombre de Dios ! 

Mondoñedo se arrojó sobre la carta y la leyó con la rapidez 
con que atraviesa un relámpago. 

— ¿Y qué decís, señora, ante esta acusación?... hablad, hablad; 
¡ porque de aquí al cadalso hay un solo paso ! 

La condesa lanzó un grito de horror y desesperación. 

— ¿Quién ha trazado estos renglones? decidlo por compasión, 
yo os ruego que separéis de vuestra frente el rayo que la amenaza. 

— Es un miserable aventurero interesado en los bonos de Jecker. 

— ¡Horror! f horror! ¡y vos habéis unido vuestros esfuerzos á los 
de ese infame, señora ! ¡ sois el cómplice de un crimen horrible ! 

— ¡ Pero si yo no he sabido nada, nada sé todavía ! 

— ¿Cómo borrar las palabras trasparentes de esta carta? 

— Por compasión, me asustáis con vuestras miradas, con vues- 
tro acento; ¡ creedme, caballero, soy inocente ! 

Oyóse la detonación de los cañones que anunciaban la muerte' 
de Zaragoza. 

Doña Blanca y el estudiante se quedaron inmóviles como dos 
estatuas. 

— ¡Ha muerto!— dijo al fin Doña Blanca con acento impercep- 
tible. 

— ¡Muerto! — repitió Mondoñedo, y un torrente de lágrimas co- 
menzó á deslizarse por sus lívidas mejillas. 

El reloj de la estancia dio pausadamente las diez. 



EL SOL DE MAYO 313 



CAPITULO IX. 
De los funerales del general Zaragoza en la capital de la República. 



El cadáver del general Zaragoza fué embalsamado y expuesto 
á la expectación pública. 

Toda Ja ciudad de Puebla acudió á saludar los restos mortales 
del héroe. . 

El presidente Juárez mandó que se le tributasen los últimos 
honores en la capital. 

Al abandonar el cadáver aquellos campos de gloria, le dejó 
por herencia su nombre, y la ciudad le dio su eterna despedida en 
los artículos de este decreto, emanación de un justo sentimiento : 

«Art. I o Se declara ciudadano benemérito del Estado, en grado 
supremo, al héroe del memorable 5 de Mayo, general Ignacio 
Zaragoza. 

«Art. 2 o Se erigirá un monumento en el lugar que se designará 
después, en memoria de la gloriosa jornada del 5 de Mayo y de 
su digno héroe. 

«Art. 3 o Su nombre inmortal será inscrito con letras de oro en 
el salón de sesiones del H. Congreso del Estado.» 

II. 

El 12 de Setiembre, á las seis de la tarde, anunciaron los caño- 
nes que los restos mortales del general Zaragoza entraban en la 
Ciudad. 

Luego que se supo que estaba en la garita de San Lázaro, el 
pueblo acudió en masa á recibirlo, y personas de todas clases se 
empeñaron en conducirlo en hombros al salón de cabildo del Ayun- 
tamiento. 

Hombres, niños y mugeres se agolparon durante tres dias á 
¡contemplar aquellos restos venerados del héroe, y á dejarle coronas 
de flores y á llorar por la pérdida que sufría la nación con el desa- 
parecimiento del grande hombre. 

Las banderas se pusieron á media asta y adornadas con lazos 
negros; la artillería se dejaba oír cada cuarto de hora y las armas 
del ejército estaban á la funerala. 

Todo revelaba el duelo nacional. 

Las demostraciones públicas no cesaban en sus manifestaciones 
de simpatía, la diputación permanente pidió al gobierno que por 
Sin decreto se inscribiese el nombre de Zaragoza en todas las ciu- 
dades y pueblos de la República. 

Lerdo de Tejada, cuya voz hace tiempo que se escucha en 
todos los momentos de crisis nacional, dirigió sus proposiciones que 
bl gobierno aceptó, y formuladas en ley cierran este capítulo. 

¿Qué mas se podía hacer en memoria del general Zaragoza? 
¡jCómo demostrar mas vivamente el respeto y veneración de un 



314 JUAN A. MATEOS 

pueblo hacia uno de sus héroes? ¿Cómo tributar mas homenages al 
valor y la heroicidad? 

Prosternarse delante de aquellas cenizas, invocar el nombre 
de la patria ante los manes del héroe, jurar defender aquella tumba, 
llamar al porvenir y hacerse digno imitador de las virtudes cívicas 
del caudillo, hé aquí lo que el pueblo mexicano hacia en aquellos 
momentos de suprema tribulación. 

III. 

El dia 13 de Setiembre, y á las once y media de la mañana, 
se reunió el cortejo fúnebre en las casas consistoriales para acom- 
pañar el cadáver del general Zaragoza al panteón de San Fer- 
nando. 

Todas las casas de las calles del tránsito, tenían colgaduras fú- 
nebres, y en muchas se veía entre laureles el nombre de Zaragoza 
ó la fecha histórica del 5 de Mayo. 

Una gran multitud se agolpaba en la plaza y calles del tránsito 
por donde atravesaban las tropas que debían formar la columna de 
honor. 

Se escuchaba el sonido apagado de los parches y las músicas á 
la sordina. 

En la esquina de la calle de Plateros se levantó un arco triunfal, 
en cuya parte superior se leía de un lado la gran fecha memorable 
5 de Mayo de 1862, y del otro se veía la efigie del caudillo entre tro- 
feos militares. 

Los pabellones del Perú y de los Estados de Colombia, estaban á 
media asta en las legaciones y consulado respectivo. 

En la casa del ministro de Prusia, habia cortinas con lazos en- 
lutados. 

A las doce en punto comenzó á organizarse la procesión frente á 
las casas consistoriales. 

El cadáver del general fué bajado en hombros por sus ayudan 
tes y colocado en el carro fúnebre. 

Cinco batidores abrían aquella procesión de duelo. 

En seguida marchaba el arrogante cuerpo de artillería con sus 
cañones enlutados y los caballos cubiertos con caparazones negros. ¡ if 

La ambulancia del ejército, vestida elegantemente, seguía en pos 
de los artilleros. 

La guardia nacional, representada en cinco batallones, formaba 
el centro de la columna. 

La guardia nacional hacia suya aquella ceremonia; porque Za- 
ragoza habia pertenecido siempre á ella, ya como gefe, ora como 
soldado. 

La columna parecía haberse interrumpido, porque los batidores 
tornaron á aparecer seguidos de una compañía de carabineros. 

El comandante general, con su Estado-Mayor, ocupaba el centro 
de la procesión, formando un gran grupo con todos los gefes y ofi 
cíales de la Mayoría de órdenes, precedidos de un batallón de nacio- 
nales y cuatro piezas de batalla. 



" 



:f 



EL SOL DE MAYO 315 



Los asistentes del general traían por las riendas los caballos 
de batalla del héroe. 

Aquellos corceles habian cruzado entre las nubes de la metralla 
francesa, y ahora caminaban pausadamente tras e] túmulo de su 
amo, estremeciéndose al ruido de la artillería que se escuchaba por 
intervalos como el postrer saludo de la vida en la soberbia ostenta- 
ción de la grandeza humana. 

Un destacamento de artillería cerraba la columna militar. 

Los alumnos de las escuelas y colegios de la ciudad, puestos en 
dos bandas, precedían el carro fúnebre del general Zaragoza. 

Aquella juventud recibía una ardiente lección de patriotismo en 
[a cifra espantosa de aquel féretro. 

Aquella caja mortuoria encerraba á la grandeza, en su faz he- 
roica y generosa, de allí se desprendía la luz abrazadora del patrio- 
tismo, de allí se levantaba esa llama siempre encendida de los re- 
cuerdos patrios. 

Aquel cadáver hablaba al porvenir delante de una generación 
sobre cuya frente rugia la tormenta desencadenada de la conquista. 

IV. 

El túmulo iba rodeado del Estado-Mayor del general Zaragoza. 

Aquella juventud valiente y decidida que habia acompañado á 
m general en el combate, seguía apesadumbrada el cadáver de su 
audillo. 

Aquel giupo era la familia del bravo general. 

Tras aquella urna que encerraba las cenizas del hombre de Ma- 
'o, seguía el espíritu siempre sereno y magestuoso de Juárez, el 
íombre-roca para la vicisitudes políticas, el hombre coloso para las 
•evoluciones. 

Juárez se habia manifestado sombríamente sereno en cuatro ce- 
emonias fúnebres : vio los cadáveres ensangrentados de Valle, De- 
follado y Ocampo, el mas querido de sus ministros, asesinados por 
I puñal de la reacción; habia jurado reparación sobre sus tumbas 
r la habia obtenido completa. 

Acompañó también á Lerdo de Tejada, el autor de la Reforma, 
lenclo por la muerte en los momentos en que iba á cederle su puesto 
jn la dignidad mas elevada de la República. 

Juárez caminaba tranquilo: bajo el broquel impenetrable de su 
erenidad, apenas pueden sospecharse las heridas de su alma. 

El presidente iba entre sus ministros y seguido de la diputación 
ermanente, el Ayuntamiento, los empleados de todas las oñcinas, 
ueces, magistrados, junta patriótica y los clubs y asociaciones todas 
le la capital, y de un pueblo numeroso. 

V. 

Llegó la procesión á San Fernando, en cuyo patio principal se 
fsvanto un catafalco magnífico, donde fué colocado el cadáver. 
El Lie. Iglesias ocupó la tribuna, y la oración fúnebre mas bri- 



JUAN A. MATEOS 



316 

¡¡¡¡¡¡¡"fué pronunciada por los labios de ese hombre, con esa elegan- 
cia que lo distingue como uno de nuestros primeros talentos hte- 

rari Guillermo Prieto, el poeta popular, el vate de la juventud el can- 
tor de la patria, en cuya lira se encuentran las fibras mas dulces del 
sentimiento y los rasgos sublimes de la inspiración, dejo oír sus 
acordes impregnados de ternura en la filosofía de la angustia hu 

mai El canto de Prieto á la muerte de Zaragoza, será la cruz de 
honor en las páginas de este libro. 

EN LA MUERTE DEL HÉROE DEL 5 DE MAYO. 

¡Cadáver imponente! ¡espectro augusto! 
¡Ser de la nada! ¡nada de la vida! 
¿Qué pretendes de mí? ¿Tu labio abierto 
Se ha reservado su postrer gemido 
Para lanzarlo aquí, sublime muerto? 
¿Eres una expiación? ¿En su venganza 
Quiso implacable el bárbaro destino 
Hundir en el ocaso de la tumba 
El sol consolador de la esperanza? 

Ser de vindicación, no, tú no mueres; 
¿Cómo morir tan bueno y tan amado? 
¿Cómo morir, cuando eras la victoria? 
¿Cómo morir el fuerte, el inspirado? 
¿Cómo muere la fé? ¿cómo la gloria? 

Y tú allí estás, cadáver implacable; 

Y tú allí estás, mentís de la existencia, 
Sol sin luz, encina sin- su savia, 
Rambla de arena de agotado rio, 
Muerte... muerte... ¡ Dios mió ! 

¿A dónde está el guerrero venturoso, 
Relámpago al moverse, al herir rayo, 
Que enarboló nuestro pendón hermoso, 
Resplandeciente con el sol de Mayo? 

¿Dónde el escollo está, que en la tormenta 
Destronó con empuje diamantino 
Las olas que inundaron á Magenta 

Y que Uñó con sangre Solferino? 

¿Por qué inmóvil estás, noble soldado, 
Que al clamor de metal de tus cañones, 
Presentaste del orbe á las naciones 
El nombre de tu patria vindicado? 
A tí el incienso del amor del pueblo : 
A tí los rayos de su nueva aurora : 
A tí los ecos de sus cantos puros : 
A tí el alma de su alma que te adora. 

Esfuerzo de león, alma de niño, 
Después de la campaña turbulenta 



EL SOL DE MAYO 317 



Se inclinaba al herido con cariño, 
Olvidando al verdugo de los suyos 
Por honrar al valiente de Magenta. 
Esfuerzo de león, alma sublime, 
Desprecia del contrario los ultrajes, 

Y le repite al que entre hierros gime, 
Libre eres como el aire, ¡ oh prisionero ! 
Así es como se vengan los salvajes, 
¿Cómo perderte así? Luego modesto 
Detrás de tus legiones te escondías, 
Como sereno sol tras los celajes 
Recoge sus divinos resplandores, 

Y los viste de mágicos colores 
Dejando solo adivinar su frente. 

O como ola potente 
Que después de su curso turbulento, 
Se aduerme en un remanso trasparente 

Y allí humilde retrata el firmamento. 

Cadáver inflexible, ojo sin vida, 
¿Qué pretendes de mí? ¿No ves que mi alma 
Tiembla entre mis entrañas de quebranto? 
¿No esta mi voz, que incrédulo divago, 
La sientes empapada con mi llanto? 
¿Quién razona el dolor? ¿Quién es que puede 
Decir al corazón, oye, medita, 
Cuando está desbordándose en gemidos 
El intenso dolor que al pecho agita? 

Patria, patria de lágrimas, mi patria, 
Basta ya, basta ya; mira tu cáliz 
Con sangre de tus héroes rebosando; 
Madre infeliz, las tumbas de tus hijos, 
Como de carne humana, están sangrando. 

Alza esa frente á tu dolor rendido; 
Retira de tus ojos el cabello, 

Y grande en tu dolor, águila herida, 
Que te halle el infortunio erguido el cuello. 

Grande es tu corazón, -linda tu frente; 
Esfuerza tu valor, renueva el brío, 
Que aun tienen sangre que verter las venas, 
Que aun flotan tus banderas en Oriente, 
Que aun ha de hallar el invasor impío 
Quien á los tigres de África escarmiente. 

¿ Ese cadáver ves ? ¡ ¡ ¡ Fué que Dios quiso 
Consagrar con la muerte tanta gloria, 

Y que ese nombre fuera para el pueblo 
Un canto de victoria ! ! ! 

¿Ese cadáver ves? Un laurel era 
En medio del terror de la matanza; 
Pues Dio lo trajo á sí, para que fuera 
En los cielos un astro de esperanza. 



318 JUAN A. MATEOS 



¿Ese cadáver ves? Era un caudillo 
Pues Dios le trasformó, le dio su brillo, 

Y al envolvernos el presente oscuro, 
Esa tumba hablará, dirá á los pueblos: 
México, vencerás: ¡ f é en el futuro ! 

Y tú allí estás, cadáver impasible, 
Tenaz despojo que mi vista espanta. 
¿Miente la realidad? ¿pues por qué creo 
Que á marchar con sus huestes se levanta? 
¡ Horrible delirar ! barca atrevida 

Que burló los escollos altanera, 

Y que á un revés del inconstante viento 
Inútil flota en las inquietas olas... 

¡ Horrible delirar ! Ayer le viste 
México ufana, atravesar gozoso 
Tus calles de palacios, trascendiendo 
De heroismo y juventud. Ayer le viste 
Ardiente en el festín alzar su copa, 

Y al brindar por tu nombre y tu decoro 
¡Oh patria! ¡y por tu próspero destino, 
Esos ojos sin luz, derramar lloro 
Sobre la llama del hirviente vino ! ! 

Ayer le viste tú, madre amorosa, 
Hoy bulto de dolor, muger de llanto, 
Inclinando su frente victoriosa 
Para besar tu mano con encanto : 
Ayer feliz dejabas en su frente 
Como una bendición tú ósculo amante, 

Y cual vibra en el aura la armonía, 
Como la flor se goza en su perfume, 
Al decirte su acento un madre mia, 
De delicia tu ser se estremecía 
Como hora de tormento se consume... 

Y tú, su niña, su pimpollo, su ángel, 
Paloma que en su nido de laureles 

Vino el destino á herir... ave que en vano 
Huérfana busca su tronchada rama; 
Colibrí que revuela sin consuelo 
Junto á la flor marchita: Dios proteja 
Con la sombra de su ala tu inocencia. 
Flor del alma de un héroe, el pueblo ampare 
Con culto agradecido tu existencia. 

Y el cadáver allí... ¿por qué no inclinas 
Tu faz al pueblo, herido por su queja? 
Hombre pueblo eras tú, cuando aspirabas 
En tu horizonte inmenso su grandeza, 

¡ Tú eras su corazón, tú palpitabas, 
Con la invencible fé de su entereza! 
Hombre pueblo eras tú; si en el combate 
Rasgando el viento horrenda la metralla 



EL SOL DE MAYO 319 



De mortífero bronce la muralla 
A tu impetuoso rayo se oponía, 
A tu. voz entre grito3 de contento, 
El pueblo la muralla derretía. 

ídolo de nosotros la canalla, 
La fé brilló sobre tu excelsa frente, 
Desde que osado el criminal pirata 
Profanó con sus plantas nuestro Oriente. 
Fé, mirada del alma, excelsa altura 
Que abarca el porvenir: llama encendida 
Como faro en los mares de la vida; 
Fé, brazo omnipotente, que doblega 
La misma furia del falaz destino; 
Fé, soplo del Señor... fé, rumbo cierto 
Que lleva al marinero combatido 
Al seno amigo del seguro puerto... 
Fé, mira tu hijo allí... cuando el presagio 
De muerte y destrucción nos presentaba 
La derrota en combates imposibles, 
Tu esfuerzo al hombre pueblo trasformaba 
En vencedor sublime de invencibles... 

Y dijo Dios: morid; que la tiniebla 
Envuelva para siempre esa existencia, 

Y que no haya mortal que decir pueda, 
Yo hundí en la fosa al defensor de Puebla. 
Héroe de Mayo, adiós : esos valientes 

Que te llamaron generoso amigo, 
Que el pan de la miseria y la desdicha 
Partieron ¡ ay ! contigo 
¡¡Por vez primera derramaron llanto!! 
Esas banderas, del guerrero gala, 
Que en cauda de iris desplegó el ambiente 
Que símbolo de amor nos legó Iguala, 
Que en luz de gloria acariciaba el cielo, 
Se inclinaron dolientes como sauces 

Y se cubrieron con crespón de duelo. 
Esos monstruos de bronce, que la muerte 
Llevaron implacable en sus entrañas, 
Despertaron el eco en las montañas 
Que temblaron oyendo sus gemidos. 
Ídolo del soldado, su confianza, 

Su gefe, su querer, su alma, su pompa, 
¡ Tu nombre oirás al resonar la trompa 
Como himno de victoria y de esperanza ! 

Y el cadáver allí... prorumpe, clama 
Con voz de tempestad y de torrente, 
Que se propague en la ala de la llama, 
Que abrase de Colon el continente: 

Pueblos, en pié; á la lid, pueblos hermanos, 
Los lauros de los libres se marchitan 
Si no los riega sangre de tiranos. 



320 JUAN A. MATEOS 



Pueblos, en pié, y en fraternal abrazo 
Odio jurad al invasor impío, 

Y odio mire la Cumbre de Quendío 

Y odio alumbre terrible el Chimborazo. 
Pueblo, hoguera de espíritus mas grande 
En que Dios hace palpitar la vida, 
Pueblo, huracán terrible y manso lago, 
Relámpago de rayo y luz de aurora, 
Gigante de poder que Dios renueva 
Con cada nueva luz... Tu imperio sea, 
¡Aniquile la llama de tu enojo 
Esa horda de jaguares de Crimea! 

Lucha, lucha sin ñn, mi sombra quiere 
Amor de hermanos, odio á los traidores, 
Yo os enseñé á vencer... cómo se muere 
Enseñad á los viles invasores. 

Los labios de mi tumba gritan guerra,. 
Guerra por la justicia y el derecho, 
Guerra al perverso inquietador del mundo, 
Guerra á la corrompida monarquía, 
Guerra, y entre los brazos de mi patria 
La libertad del orbe alumbre el dia. 

Bajó Prieto de la tribuna, disolvióse el cortejo fúnebre, 1 
tropas desfilaron, y los restos mortales de Zaragoza, expuest 
por algunas horas mas en el cementerio de San Fernando, bajan 
á la última morada donde duermen tranquilos el sueño eterno. 



VI. 

Juárez, desde el asiento elevado de la magistratura suprer! 
de la República, pronunció estas palabras, como la grandiosa n 
nifestacion de la gratitud de un pueblo. 

((Declaro en nombre de los Estados-Unidos Mexicanos, BE* 
MÉRITO DE LA PATRIA EN GRADO HEROICO, al C. general Igil 
ció Zaragoza. - ^ J 

«Declaro que mereció el ascenso al empleo de general de di 
sion, y se le considerará con tal carácter desde el dia 5 de Mayo \ 
corriente año, por los eminentes servicios que prestó á la nací 
en la guerra actual contra el invasor extrangero, y principalme: 
por el triunfo obtenido contra él en el dia mencionado. 

«Como muestra de reconocimiento nacional, se dota á la h 
de este ilustre ciudadano con la cantidad de CIEN MIL pesos, que 
le entregarán en bienes nacionalizados; y mientras esto no 
efectúe, se le asigna una pensión anual de SEIS MIL pesos, ci 
pago se verificará en la ciudad de México en la misma proporc 
que los concernientes á la guarnición de la plaza, en cuyo pre 
puesto quedará comprendido. 



EL SOL DE MAYO 321 



«En los mismos términos se satisfará á la señora madre del 
general, una pensión vitalicia de TRES MIL pesos anuales, y á las 
señoras sus hermanas, pensiones de la misma clase, que unidas, 
sumen tres mil pesos anuales. 

«Desde esta declaración, la ciudad de Puebla llevará el nombre 
de Puebla de Zaragoza. 

«El Ayuntamiento de la capital dictará las providencias que 
sean de su resorte para que las calles de la Acequia, donde vivió 
el general, y la recien abierta en el ex-convento de la Profesa, se 
llamen en 10 sucesivo de Zaragoza la primera y del Cinco de Mayo 
la segunda.» 



CAPITULO X. 
De lo que pasaba el dia 4 de Diciembre en la ciudad de Puebla de Zaragoza. 

I. 

Despertóse la nobilísima ciudad de Zaragoza la mañana del 
4 de Diciembre, últimos mes de ese año memorable de 1862, al son 
de los repiques, las dianas, las salvas de artillería y la detonación 
graneada de los cohetes que saludaban al dia en que el Presidente 
de la República debia hacer el reparto de las medallas con que el 
Congreso de la Union condecoraba á los soldados de las Cumbres 
y 5 de Mayo. 

Desde la muerte del nunca olvidado general Zaragoza, el gene- 
ral González Ortega mandaba el ejército de Oriente, como el hom- 
bre mas prominente en la revolución progresista. 

González Ortega representa la vida y el movimiento, así es que 
sus soldados siempre están alegres y dispuestos á romperse las 
cabezas con el que se les pone delante. 

La animación mas grande reina en sus campamentos, la frater- 
nidad y el entusiasmo forman una atmósfera en la que se agita 
aquella pléyade ambulante, participando de esa vida las ciudades 
y pueblos por donde atraviesa. 

Ortega da á su ejército una entonación romancesca, y donde 
va ese ejército, hay duelos, amoríos y serenatas; porque la galan- 
tería no está reñida con el soldado, por el contrario, su existencia 
es una mezcla de gustos y de pesares. 

El soldado sabe que está siempre en la víspera de su muerte y 
trata de divertir sus últimos instantes. 

Los generales de Don Carlos iban á la campaña con el rosario 
y la camándula; los soldados de Ortega, si llevaban algunas reli- 
quias, eran cosechadas en las rejas de un locutorio y dadas por la 
monja mas simpática ó la novicia mas encantadora, y de manos mas 
primorosas que un ramo de jazmines. 

El espíritu del ejército abatido por la pesadumbre de ver muerto 

21 — EL SOL DE MAYO. 



322 JUAN A. MATEOS 



á su general, despertó de súbito, sacudió su frente, acarició sus 
banderas y volvió á ponerse en guardia ante el invasor que engro- 
saba dia á dia su ejército con el contingente europeo. 

II. 

Los habitantes de la capital, iguales á los de todo el mundo, 
reciben con entusiasmo el programa de una festividad y se aprestan 
a divertirse grandemente donde se les llama con una buena música 
y el espectáculo del bello sexo. 

Los carruajes llegaban sin interrupción á la ciudad de Zaragoza, 
y carros y ginetes y gente de á pié, inundaban las plazas y las calles,, 
y se alojaba donde encontraba un lugar ocupado ó desocupado. 

La mañana del dia á que se refiere nuestra historia, la multitud 
acudia á los cerros de Loreto y Guadalupe á visitar los sitios del 
combate, y la historia se encontraba muy maltratada por la inven- 
tiva fecunda de los narradores. 

Habia alguno que al ver una calavera, decia al momento : 

— Esta es, sin duda alguna, de un. zuavo. 

Otro guardaba una rama, una piedra para su museo histórico. 
y todos deseaban alguna memoria de aquel sitio. 

Habia tanto testigo presencial que nada habia visto, que los 
soldados se quedaban con la boca abierta al oir contar detalles de 
la jornada del 5 de Mayo,. 

Entre los grupos que acudían á Loreto, iba nuestro antiguo 
amigo el Sr. de Torre-Mellada con su compañía de retirados, expli- 
cando el por qué los franceses habían sido derrotados cuando Zara- 
goza estaba perdido momentos antes de comenzar el combate. 

— Si Laurencez, — decia el inválido, — en vez de atacar por el 
punto h, lo hace por el punto z, seguramente toma los cerros. 

— Señor compañero, — objetó un harapo del primer imperio, — el 
lado m no es vulnerable en el polígono f g h, y si r se compara con 
m... 

— Ni ernes ni erres, — dijo un soldado, — donde pintaba mi gene- 
ral Zaragoza nadie borraba, y es cuanto. 

Enrojecióse el rostro del inválido, pero guardó silencio, te- 
miendo que el soldado lo despabilara de un bayonetazo. 

■ — Decia, — continuó Torre-Mellada, — que el ascenso de la mon- 
taña es muy difícil. 

— Ya, — dijo un compañero, — y se aumenta la dificultad cuando 
lo reciben á uno á punta de lanza y rocío de metralla. 

— Ya, ese es un pequeño espectáculo. 

— No tan pequeño, — volvió á decir el soldado, — porque ese dia 
llegaron hasta arriba y bajaron mas aprisa que volando. 

— Ya, pero eso era natural, los franceses no son de hierro. 

— Y aunque lo fueran, ya tenían para haberse fundido con nues- 
tras balas. 

— Ya, pero eso sucede en todas partes, esos hombres no son de 
todo punto invencibles, ni se empeñaban en salir triunfantes. 

—Lo prueba la carrera que pegaron por estas mismas piedras. 



EL SOL DE MAYO 323 



— Ya, pero eso de correr es muy lógico, cuando no hay otro 
partido que tomar. 

— Es que habia otro, y lo hubiera tomado mi general Zaragoza, 
el de morir matando. 

— Ya, pero eso no es tan sencillo, porque eso de morir tiene sus 
puntos y sus comas. 

—Eso sería el año de 1828, señor mió. 

— Ya, pero hoy ha variado la situación. 

El inválido, que estaba trémulo de coraje con aquel diálogo, 
estalló al fin diciendo á su compañero : 

— Si vuelve usted á decir ya, le doy á usted tan soberano mule- 
tazo que le parto el bautismo. 

— De todo se molesta usted, parece que vengo tutoreado, según se 
impone con su infernal carácter. 

— Como que ya estoy frito de oirle á usted tanta barbaridad. 

— Ya, el bárbaro será usted. \ 

— ¿ Cómo es esto, señor tunantuelo ? 

— Como lo oye usted, ¡señor brigadier! 

Iba á emprenderse otra de zuavos y zacapoaxtlas, cuando los 
otros amigos se interpusieron y todo concluyó en satisfacciones y 
caravanas. 

III. 

En la plaza principal de la ciudad se colocó un templete 
adornado lujosamente con estandartes, laureles é inscripciones, y 
en el centro se puso una mesa con charolas de plata, donde estaban 
las condecoraciones. 

La fecha histórica del 5 de Mayo estaba entre las columnas 
céntricas del templete, y el nombre de Zaragoza se encontraba en 
todos los lemas. 

Desde las seis de la mañana los cuerpos del ejército tomaron su 
colocación, y el pueblo aguardaba al primer magistrado de la nación 
que debia presidir la augusta ceremonia. 

Los edificios públicos y multitud de casas se hallaban adornados 
con un gusto exquisito; Puebla se ponia sus vestidos de fiesta y se 
ostentaba en su hermosura deslumbradora, que la hacen célebre 
sntre las ciudades mas bellas del Nuevo-Mundo. 

Puebla es una ciudad de lujo : cortesana, es coqueta y encan- 
tadora, se atavía de perlas y brillantes, se ciñe de flores, se satura 
Je aromas y humedece su limpia frente con las aguas purísimas 
del Atoyac : anacoreta, las nubes del cielo se posan á sus plantas, 
ma corona de estrellas ciñe su inmortal cabeza, y los serafines la 
lan sombra con sus alas de púrpura salpicadas con el rocío del 
;ielo. 

.La Minerva indiana tiene la armadura del arcángel, y una 
¡aseada de bucles cae bajo su gorro de acero, donde reverberan 
os ardientes rayos del sol. 

De pié sobre las cumbres de sus montañas, ha esperado á sus 
idversarios, y si ha caido alguna vez sobre la arena, ha arrancado 



324 JUAN A MATEOS 



un aplauso de su enemigo, porque al desplomarse, lo ha hecho en 
apostura digna y académica, como los gladiadores antiguos en eJ 
anfiteatro griego. 

IV. 

La artillería anunció que el Presidente salia del palacio d< 
gobierno en dirección á la plaza, donde se efectuaría la reparticioi 

de medallas. v .... ■ i 

El general Ortega, que hacia los honores, el gabinete, la comí 
sion del Congreso y multitud de personas distinguidas de la Repu 
blica, formaban el séquito de Juárez. 

Tomó asiento el presidente después de saludar al ejército y a 
pueblo, que no cesaba de victorearle, y comenzó la ceremonia. 

Las músicas y los clarines se apagaron instantáneamente, Jua 
rez se levantó solemne y habló en nombre de la patria: 

—«¡Soldados! Vengo á saludaros en nombre de la patria qu 
tan gloriosamente habéis servido; vengo á felicitaros por la es 
pléndida victoria que lograsteis contra los enemigos de la mdeper 
dencia nacional : vengo, en fin, á condecoraros con las insignias qu| 
la república os ofrece para premiar vuestro valor y vuestras grar 

des virtudes. «••'•* , » ' «. ■ 

((Disputando el paso al enemigo en las Cumbres de Acultzmg 
y defendiendo esta hermosa ciudad, habéis excitado la gratitud 
la admiración del país entero, cuyo nombre habéis levantado á 1 
vista de todas las naciones. ¿ •' r . v- 

«El 5 de Mayo erais pocos, y sin embargo, quebrantasteis I 
soberbia de tropas vencedoras en batallas de alta Hombradía. De 
pues han venido de toda nuestra tierra, millares de guerrero 
dignos de vosotros, y unidos, alcanzareis nuevos laureles y haré 
inmortal el ejército de Oriente. 

((Soldados : llevad con noble orgullo sobre vuestros pechos v 
lerosos las medallas que hoy recibís y que os recordarán á i 
tiempo vuestros ilustres hechos y la grande y buena patria qy 
debéis. salvar á todo trance. 

«Vencedores del 5 de Mayo, defensores todos de la independe 
cia nacional, un enemigo injusto nos trae la guerra y avanza J 
sobre nosotros, porque nos cree débiles y degradados; apresta 
al combate y probad al orgulloso invasor que México vive, q] 
México no sucumbirá al capricho de ningún poderoso; porque c 
tiende la causa de la justicia, de la civilización y de la humanida 
y porque cuenta con hijos leales y valientes como vosotros. 

((Soldados de Zaragoza, vosotros no empañareis la gloria q 
á sus órdenes alcanzasteis, tenéis su ejemplo que os alentará 
el combate, y tenéis al frente al vencedor de Silao y de Calpulalpe 
que os conducirá á la victoria. 

«Soldados: ¡Viva la independencia-!» 

Catorce mil combatientes respondieron en un eco unísono 
la voz del primer magistrado. 

Negrete, el defensor del baluarte de Guadalupe, se avanzó á 
tribuna, y con voz terrible y conmovedora, gritó á sus soldados : 



EL SOL DE MAYO 325 



— ¡ Compañeros de armas, juremos cumplir con los deberes que 
la República nos impone ! 

— ¡ Lo juramos ! — esclamaron á una voz aquellos hombres, re- 
conociendo el acento vibrante de su general. 

Ocuparon la tribuna sucesivamente Hernández y Hernández, 
Guillermo Prieto y Joaquin Alcalde, á quien el aura popular ha 
convertido en heraldo del sentimiento patrio. 

Una joven poetisa, la S.rita Olivares, mezcló su acento encan- 
tador en una bellísima poesía á aquella fiesta cívica y de recuerdos. 

La mano de la belleza ha depositado siempre los laureles en 
la frente del vencedor, y en ese dia memorable acudió á engalanar 
el pecho del soldado con las insignias del reconocimiento nacional. 

La S.ra Juárez, cuyo corazón converge hacia lo grande y ge- 
neroso; la S.ra Mata, hija del mártir de Pomoca; y la S.ra Blanco, 
esposa del ministro de la guerra, iban prendiendo al pecho de los 
soldados las cruces de las jornadas de las Cumbres y de Puebla. 

Concluida aquella solemne repartición, el ejército desfiló en 
columna al son marcial de las músicas militares, ostentando aque- 
llas banderas que mas tarde empaparían con sangre en los campos 
de batalla. 



A las siete de la noche, la multitud se dirigía al teatro, cuyas 
localidades quedaron ocupadas. 

Guilebaldo Aguilar llevaba á su costilla, es decir, á Isabel 
Torre-Mellada, con quien se habia desposado hacía tres meses, sin 
consentimiento del padre, porque el inválido no habia ocurrido al 
correo y en la oficina ignoraban la casa de su habitación. 

Guilebaldo estaba, pues, en la luna de miel, y llevaba á todas 
las diversiones á su esposa, que estaba satisfecha y contenta de su 
marido. 

La noche del 4 de Diciembre tomó dos lunetas y las ocupó luego 
que se abrieron las puertas del teatro. 

Guilebaldo llevaba una gran levita como de médico extrangero, 
y un sombrsro negro piramidal como un monumento. 

Isabel le habia dado el lazo de la corbata en figura de paloma 
con las alas abiertas. 

El chaleco tenia lo menos diez docenas de botones, y una cadena 
de reloj mas fuerte que los eslabones de hierro de las de Catedral, 
que agobiaba verdaderamente al recien casado. 

La levita era color de pasa, el chaleco de terciopelo morado, 
los pantalones color de albaricoque, y lo mas asombroso y difícil 
para el mancebo, lo irrealizable, lo quimérico, un par de guantes de 
hilo blanco que su costilla le calzó contra el torrente de su voluntad. 

Las manos de Guilebaldo parecían dos almohadas de hospital, 
el mancebo se las veía con frecuencia y no atinaba donde ponerlas. 

— ¿Y si me ocurre rascarme, cómo me las gobierno? — preguntó 
á su esposa. 



326 JUAN A. MATEOS 



— Yo te rascaré, Guilebaldo; ademas, que es falta de educación. 

— Sí, esposa mia, las pulgas no la conocen ni por el forro. 
— ¡ Calla, hombre ! 

—Callo. 

VI. 

Felipe Cuevas y Santiago González se situaron en la galería 
entre la clase de tropa, merced á unos billetes que les regalaron; 
porque sus fondos estaban en baja. 

Hemos dicho que el teatro estaba completamente lleno, y la 
concurrencia comenzaba á impacientarse porque el Presidente no 
parecía. 

— El Sr. Juárez, — dijo González, — estará echando brindis en el 
banquete de Palacio, mientras nosotros nos fastidiamos soberana- 
mente. 

— Como que han llevado mas vino que á una cantina, se me 
ha hecho agua la boca, amigo mío, la cena ha estado suculenta como 
las de Eliogábalo. 

— Yo quería ir en comisión por si pillaba un asiento, pero el 
conserje me pidió la tarjeta y tuve que retirarme con cajas destem- 
pladas. 

— Yo, — dijo Felipe Cuevas,- -concurrí á varios convites en los 
Estados-Unidos, allí sí que tenia asiento en todas las mesas. 

—¿Hombre, en todas? 

— Sí, en todas las de las fondas. 

— i Ya, para esas gracias ! 

— Pues no es tan sencillo, hay hoteles donde se entra con billete. 

— No hablemos de convites porque estoy que me lleva el diablo 
con el de esta noche. 

— Hola, nuestra antigua novia está allí con el bruto de su marido. 

— Sí, él es, es Guilebaldo con la cruz del matrimonio, no hace 
mal papel comiendo caramelos en plena luneta. 

— Como viene del rancho... 

— Y no está fea Isabelita. 

— Soy de la misma opinión, es un ataque que aplazo para el 
menguante de la luna de miel. 

— Guilebaldo es capaz de hacer una barbaridad. 

— Como que las hace todos los dias. 

— ¿Y qué ha pasado con doña Juliana? 

— Se enamoró de ese prisionero francés que ha desaparecido. 

— Siempre le dio por los efectos extrangeros. 

— Y por las desapariciones.' 

— Pero este señor Juárez no parece, los dos palcos del proscenio 
y el del centro están desocupados. 

— Se destinan á la aristocracia de la democracia. 

— Ocupémonos en algo ¡ música ! ¡ música ! 

El grito del estudiante fué un respiradero á la pesada atmós- 
fera del fastidio, y de todos los ángulos del teatro salieron mil vo- 
ces repitiendo : 



EL SOL DE MAYO 327 



— ¡ Música ! ¡ música ! 

Los individuos de la orquesta se cruzaron de brazos. 

Siguió la barahunda, sin que la guerrilla musical se diese por 
entendida. 

Entonces Santiago González gritó : 

— ¡ Silencio ! ¡ silencio ! 

La multitud obedece instintivamente á la primera voz que se 
sobrepone. 

Cuando se apaciguó el huracán, el estudiante se levantó y dijo 
con acento claro : 

— Señores, que elijan los músicos, ¿cojines ó sinfonía? 

— ¡Cojines! ¡cojines! — gritaban de todas partes, y ya muchos de 
los oficiales habian tomado los de sus asientos para arrojarlos á 
los desgraciados filarmónicos, cuando éstos comenzaron tranquila- 
mente á templar sus instrumentos. 

Un aplauso resonó como un golpe de agua en un tejado. 

VIL 

El inválido Torre-Mellada estaba muy cerca de su hija, sin 
que se hubiesen apercibido de ello, ni él, ni los felices esposos. 

— Cuevas, querido Cuevas, — dijo Santiago González, — va á ha- 
ber una de los demonios, mira, mira. 

—¿Qué, hombre? ya, ya sé, á aquella vieja que trae el peineton 
del tiempo de Iturrigaray. 

— No es eso. 

— Sí, sí, al regidor que trae el bastón de Netzahualcóyotl. 

— Tampoco. 

— Pues á aquella señora de las cintas de mil colores, á quien 
parece la han banderillado. 

■ — No me comprendes. 

— Entonces será aquel vejete de los cuellotes y el gran frac del 
primer imperio. 

— Cerca le andas. 

— Pues será la jamona que pone los ojos en blanco y hace mas 
visajes que un epiléptico. 

— Un poco mas allá. 

— ¡Ah!... ¡ ah ! ya le vi, Dios santo, aquí se encontró toda esa 
familia de antropófagos, el inválido, el que te plantó el muletazo, 
el que... 

— Sí, hombre, no hay necesidad de recordar esos lances, ya 
la muchacha pasó á mejor vida y pax Christi. 

— Pero ese tigre de la Hircania va á cometer un homicidio con 
Guilebaldo. 

— El mancebo es robusto como un roble, y no se dejará ma- 
nosear los bigotes. 

— Ya veremos en el momento de la crisis. 

— ¡ Pero estos músicos no acaban de templar ! 

— ¡ Cojines ! — volvió á gritar Santiago González. 

Instantáneamente los músicos tocaron los cangrejos. 



JUAN A. MATEOS 



La música de viento del pórtico dejó oir una marcha, la que 
anunciaba la llegada de Juárez. 

Abrióse la puerta del palco y se dejó ver el presidente, que fué 
saludado con el rrrismo entusiasmo que en la mañana. 

La orquesta cambió la sonata popular con una obertura horro- 
rosa, con trémulo y fiorituri abominables; pero que aseguraban ser 
de mucho mérito. 

Calló aquella batahola, el director de escena dio el toque de 
llamada, sonó el pito del apuntador, levantóse el telón y comenzó 
el espectáculo. 

VIII. 

Iba corrida la mitad del acto primero, cuando en el palco de 
la derecha del proscenio se dejó ver la bellísima Eloisa Mons y la 
sin par Amalia Brown. 

Las dos jóvenes traian trajes y tocados iguales. 

Unos vestidos de crespón blanco como grumos de espuma, ador- 
nados de encajes triples, llevando en el peto una camelia roja y en 
el peinado otra del mismo color. 

Las dos jóvenes estaban pálidas y resplandecientes de hermo- 
sura. 

Levantóse un murmullo de admiración en la luneta y todos 
los anteojos se dirigieron á las dos amigas, que sostuvieron aquella 
mirada incisiva, y simultánea con una serenidad encantadora. 

En el fondo del palco se hallaba el señor Mons y el estudiante 
Mondoñedo. 

— ¡Demonio! — dijo Cuevas, — nuestro colega no se da con una 
piedra en los dientes. 

— Ya lo creo, como que las chicas son lindas como unas estrellas. 

— Esa es comparación muy vieja. 

— Pero exacta; ademas, que no se trata de un discurso aca- 
démico. 

— Si te pusieran á elegir, querido ¿ á cuál de las dos te. incli- 
narías? 

— Francamente... á las dos; aquí sí era mano de volverse mor- 
mon. 

— Opino lo mismo, amigo mió, las dos chicas son de primo 
cartello. 

— La esposa de nuestro presidente sí que es una figura arro- 
gantísima. 

— Ya lo creo; y dicen que con su capacidad y virtudes domina 
á don Benito. 

— Puede ser; pero á Juárez no lo influye ni Dios ni el diablo. 

— El molde en que se vació el alma de don Benito, lo deben 
romper, porque dos Juárez son mucho para un siglo. 

— Diera Napoleón un ojo de la cara porque cargaran con él 
todos los diablos. 

— Ya lo creo; pero Juárez es capaz de llevarse á él y á todos 
los demonios. 



EL SOL DE MAYO 



— Yo creo que los tiene dentro. 

— Eso dicen las viejas. ' 

— Mira, mira, en el palco izquierdo del proscenio aparecen unos 
¡rsonajes que me son enteramente desconocidos. 

— Deben ser extrangeros. 

— De ello tienen facha. 

Efectivamente, dos extrangeros tomaron los asientos delanteros 
¡1 palco, mientras que otro personaje se recataba en el fondo, per- 
aneciendo embozado hasta los ojos. 

IX. 

- a 

Guillermo Prieto, con el cabello alborotado en donde comien- 
/n á aparecer las primeras escarchas de la edad, se presentó á 
r una poesía arrebatadora que electrizó á la multitud que llenaba 
s ámbitos del teatro. 

Prieto tiene un timbre magnífico y una entonación admirable 
íe le ha conquistado el primer puesto entre los poetas de América. 

Felipe Cuevas rompió su bastón contra la barandilla y Santiago 
mzalez tenia inflamación de manos y anginas de tanto gritar. 

Al concluir Guillermo Prieto su composición, el inválido Torre- 
ellada se volvió hecho un tigre hacia Guilebaldo, que en un rapto 
entusiasmo lírico habia echado á volar su sombrero, que cayó de 
Into sobre la calva del brigadier. 

Nuestros lectores conocen el carácter benigno del padre de 
abel. *$j 

Levantóse el viejo con muleta en mano y se dirigió contra el 
ancebo, cuando fijó sus chispeantes ojos sobre Isabel, y se quedó 
trincado como la estatua del comendador. 

Isabel se fijó en el brigadier, y dijo : 

— ; Mi padre ! 

El viejo gritó: 

— ¡Mi hija! ¡este vándalo es el raptor! — y descargó sobre Guile- 
ildo la muleta. 

— ¡ Lo dije ! — exclamó Felipe Cuevas, ya ese cafre hizo una segun- 
i edición del muletazo con que me regaló la noche <iel rapto. 

Guilebaldo se sintió herido en un omóplato, entonces el mancebo 
trépido se lanzó como un búfalo sobre el inválido, jurando arran- 
irle las orejas ó lo que primero le viniera á las manos. 

Isabel tiró á Guilebaldo de los inmensos faldones de una levita 
)losal que habia estrenado la noche de su boda, y gritaba con todas 
ls fuerzas: 

— ¡ Detente ! ¡ detente ! ¡ es mi padre ! 

— ¡ Suéltame la cola ! ¡ suéltame la cola ! — clamaba Guilebaldo 
rcejeando como un gallo en los primeros careos. 

La autoridad tomó parte en la reyerta, los estudiantes de la ga- 
rfa palmoteaban, las señoras de los palcos se levantaban asustadas, 
s viejas creían que los franceses atacaban el teatro, y la confusión 
as grande comenzaba á reinar en todos los departamentos. 

La policía sacó en son de guerra á los beligerantes, y el inválido 



330 J UAN A - MATEOS 



Torre-Mellada, después de una larga esplicacion, reconoció á su ye 
no en presencia de las linternas de colores, en medio de la policí 
y la turba de curiosqs y bajo el pórtico del teatro principal de la cii 
dad de Zaragoza. 

X. * 

En los momentos del desorden, el caballero que permanecia en 
bozado en el fondo del palco, se descubrió precisamente cuando Elo 
sa dirigia sus brújulas hacia ese lado. 

Instintivamente le señorita Amalia Brown volvió su mirada 
mismo punto, ambas reconocieron el personaje y dieron un gril 
simultáneo. 

El embozado desapareció, y el estudiante Mondoñedo dijo írri 

tado: 

—Vamos, que esa gente ha asustado á las señoras, es necesar: 
tranquilizarse, todo ha concluido ya. 

Doña Blanca y Eloisa se buscaron con la mirada interrogando 
sobre aquella casualidad. 

Aquellas dos almas se encontraron de granito, bajo la armadui, 
invulnerable del disimulo. 



CAPITULO XI. 
De cómo pueden ir dos almas sobre la misma huella. 



Las fiestas de la patria habian terminado, las tropas yacií 
entregadas al descanso en sus cuarteles, y uno que otro grupo I 
transeúntes atravesaba por las calles en son de retirada. 

Las lámparas de los balcones y las luminarias se iban exü 
guiendo, recobrando las sombras de la noche su imperio sobre 
campo y la ciudad. . 

A lo largo de la calle de Mercaderes se paseaban dos oficial* 
mientras que un embozado yacia oculto en el dintel del zaguán fren 
á la casa del señor Mons y totalmente envuelto en la oscuridad. 

—Usted siempre triste, mi comandante. 

—Es mi carácter, capitán Martinez. 

—Cuando nos conocimos estaba usted alegre como una golc 
drina y no habia en su frente esa palidez, puede ser que esté ust 
malo del hígado. 

El comandante no pudo menos que reirse de la ocurrencia. 

—El palco en que estaba usted era un cielo, señor comandan 
esa extrangerita y Eloisa eran lo mas lindo de la concurrencia; cu£ 
do las vi entrar me quedé con la boca abierta; si he sido tiburón, i 
las trago. 



EL SOL DE MAYO 331 



— Sí, las dos son bonitas. 

— Como dos perlas. Y usted, ¿á quién prefiere de las dos? 

— ¡ Silencio ! — dijo Mondoñedo, — no hable usted así, prodrian 
oirle, y... 

— ¿Y qué me importa? lo que digo ahora lo gritaría en medio de 
la plaza y desde la periquera donde se subió el señor poeta á echar 
su parangón. 

— No sea usted imprudente, capitán. 

— Yo que creía verlo á usted apasionado cuando menos de las 
dos, lo hallo tímido como una tórtola, ¡canario! si la mejor de las 
facciones del señor Mons es su hija: vamos, que me hicieron gracia 
las dos palomas, vea usted qué casualidad, ellas que ven para el 
pretorio de en frente, y que gritan al mismo tiempo, por el rabo de 
Satanás que se espantaron con el embozado! 

— ¿Qué, qué ha dicho usted, capitán? 

— Nada, lo que he visto y nada mas. 

— Este hombre no se equivoca, — pensó Mondoñedo, y luego pro- 
siguió en voz alta; — pero esa es una equivocación de usted, capitán. 

— Por la berruga de mi abuela, que es tan cierto como que hoy 
¡me ha puesto papá Benito esta cruz en el pecho; y qué manos tan 
lindas tenia la esposa del ministro de la guerra! vea usted, mi co- 
mandante, me dieron ganas de... insisto en mi idea de trasformarme 
en tiburón. 

— ¿Y dice usted que las dos vieron á la vez al embozado? 

— Lo afirmo, y que yo también le eché el ojo. 

— ¡ Capitán ! las señas al momento. 

— Cualquiera diría que se enojaba usted. 

— No; pero es el caso que deseo saber todo, todo de una vez. 

■ — Está usted celoso, ¿no es eso? 

— Sí; pero eso no importa, hable usted, por compasión. 

— Pues el embozado tiene una barba negra y una cabellera tira- 
da hacia atrás como la melena del león, es guapo, sus ojos brillaron 
un instante, y zas; se acabó el cuento, porque el caballero se filtró 
por la puerta, y yo me salí á arreglar la cuestión de Guilebaldo. 

— ¡ El es ! — exclamó el estudiante con desesperación. 

— ¿Quién? ¡ah! sí, Guilebaldo, bien le decía yo, alguna desgra- 
cia te va á suceder con ese pitifraque ó cuchupeta, no sabes andar 
pon chaqueta de faldas, eso está bueno para los señores; dicho y 
hecho, el sorbete atrajo la tempestad de garrotazos, que á no ser 
porque resultó prójimo cercano del viejo, pasa al hospital en calidad 
de contuso; vea usted lo que son las cosas, los suegros husmean al 
yerno, se necesita muy buen olfato para entresacar de tanta concu- 
rrencia al marido de la hija, y darle esa zurribamba de muletazos; 
yo, si me casara, le pondría por condición á mi novia que nunca 
hubiera tenido padre; y madre mucho menos; porque las suegras 
son capaces de tirar de la cola á Barrabas, como Isabelita hizo con 
hos faldones de su esposo. Yo me reía á carcajadas; el de la pata tiesa 
¡se volvió un basilisco; pero eso sí, se enterneció junto al pilar del 
teatro luego que supo lo del casamiento, y como la niña ya... es de- 
:ir... como quien dice que es semiabuelo el inválido, esto ablanda á 



332 J UAN A - MATEOS 



las peñas; porque como dijo el otro, se quieren mas á los nietos... 

—No hay duda,— murmuraba Mondoñedo,— ese hombre ha teni- 
do la avilantez de presentarse en nuestro campo; dar aviso es una 
villanía; pero yo siento que me ahogo. 

—Las dos de la mañana, mi comandante, voy á tomar el ultimo 
trago y dormiremos un rato. 

El estudiante tendió su mano al capitán Martinez, que se echo 
calle adelante silbando la popular canción de los- cangrejos. 

II. 

El estudiante se quedó profundamente pensativo, la linterna 
mágica de sus recuerdos tornaba á girar delante de su pensamiento, 
y su alma era una tormenta sin relámpagos, toda sombra y oscu- 
ridad. . 

Aquellas dos mugeres se disputaban su corazón en la lucna siem- 
pre terrible del espíritu. 

Recordaba la dulce melancolía de Eloísa, ese candor angelical 
de su mirada, la altiva dignidad de su apostura, el acento apacible 
de su voz y aquella hermosura deslumbradora que la hacia aparecer: 
como una imagen del paraíso; entonces se sentía apasionado, profun-j 
damente apasionado de aquella muger, último destello en el caos! 
denso de su vida. Eloísa era la postrer esperanza en su naufragio, la 
estrella que debia preceder á su destino. 

El infeliz joven le pedia al cielo que don Fernando insistiera en| 
los amores de doña Blanca, que se olvidase de Eloísa, que huyera 
para siempre con la Montemolin, y no le inquietase en su soñada y¡ 
pretendida felicidad. , . 

Después su pensamiento lo arrebataba de aquel cielo purísimo 
de dicha, y lo trasportaba á la presencia de la joven aventurera. 

Contemplaba aquella fisonomía siniestramente magestuosa 
aquella mirada eléctrica y poderosa, aquella frente donde se adivi 
naba una diadema invisible, aquel labio desdeñoso y aquel acentc 
vibrante y sonoro como la voz del ángel de las venganzas. 

¿Cómo dejar que el conde se llevase ese tesoro en el torrente d( 
su vida romancesca y de conquista?... Los celos combatían el almc 
del estudiante azotándola sin misericordia. 

No era el fenómeno de un amor compartido por igual entre do 
seres, era la envidia á un hombre afortunado, la vacilación del or 
güilo, la avidez de poseer el cariño de aquellas dos almas, com< 
quien ambiciona glorias militares. 

El joven veía mas hermosa á la que creía perder, y el desgra 
ciado no comprendía que estaba entre la muerte y el precipicio 
Trastornado su espíritu, su imaginación estraviada en el mund 
desconcido de lo imposible, el vértigo estaba apoderado de su exis 
tencia, ¡pobre corazón humano! barca miserable en Tos mares ir 
quietos de la vida, juguete del viento y de las olas, va sobre la supeí 
ficie de un abismo donde se refleja el cielo y se esconde en el vórtic 
del infinito. 

Dentro de aquel cerebro se agitaba un mundo á la extraña lu 
de la fascinación. 



EL SOL DE MAYO 333 



Luego que el juicio tiraba por la senda de lo irrealizable, el co- 
razón se desprendía de la cadena y paralizaba sus latidos. 

A fuerza de pensar se agotó la oleada candente de las ideas y la 
abstracción reemplazó con su fijeza el torbellino de la fiebre. 

Los ojos del estudiante vagaron en torno, su frente sintió el hielo 
del viento, y aquel hombre dirigió sus pasos en busca del sueño y 
del reposo. 

El cerebro habia hecho su erupción y la calma tornaba como una 
sombra á dar paz al espíritu en la pesada atmósfera de la atonía. 

Caminaba el estudiante en dirección á la casa de su alojamien- 
to, cuando el crujir de una vidriera lo sacó de sos contemplaciones. 

Levantó la cara y vio que el balcón de la cámara de doña Blanca 
se abria y que un bulto de muger aparecía en el dintel. 

Recatóse Mondoñedo para observar. • 

El bulto agitó un lienzo blanco; entonces, de la sombra que caía 
en la acera de enfrente se desprendió un embozado, y atravesando 
la calle se acercó al zaguán, que cediendo á un leve impulso, se abrió 
dando paso al caballero. 

La sangre se agolpó al cerebro del estudiante y sus ojos se fija- 
ron en la puerta que acababa de tragarse al embozado. 

Vaciló algunos momentos sobre el partido que debiera tomar, el 
sentimiento del orgullo se enseñoreó en su corazón, puso mano á una 
de sus pistolas y se dirigió resueltamente á la casa de doña Blanca. 

III. 

Eloísa Mons habia visto por casualidad á don Fernando en los 
momentos en que este se mostraba á doña Blanca. 

La enamorada joven creyó que su prometido, arriesgando la 
vida por darla una satisfacción, habia abandonado su campo y venia 
á echarse á sus pies y pedirle perdón, y esplicarle su conducta tan 
misteriosa hasta entonces. 

Tornó bajo este prisma encantador á soñar en el mundo de sus 
amores y de sus esperanzas, volvió á llamar á la imagen de sus ilu- 
siones, la acarició con el entusiasmo de su pureza y la exaltación 
intensa de su candor. 

La luz del amor centelleaba en sus pupilas, sus mejillas se colo- 
reaban á los primeros rayos de aquel sol radiante que aparecía tras 
de la noche oscura de sus dolores. 

Eloísa se trasformaba en un ángel de cariño, la sonrisa estreme- 
cía su labio, y su seno palpitaba emocionado. 

En el silencio de la noche y tras la vidriera de su balcón, espera- 
ba el momento en que don Fernando apareciese, porque estaba se- 
gura de que vendría. 

Calculaba Eloísa que su amante solicitaría una entrevista antes 
de hablar con el Sr. Mons, y estaba dispuesta á concedérsela. 

Las horas pasaban y la calle permanecía en silencio. 

Los goznes de la vidriera inmediata crujieron, y el roce de un 
traje se dejó sentir en los barandales. 

Eloísa se estremeció. 



334 JUAN A. MATEOS 



Abrió con el mayor cuidado la puerta vidriera de su aposento, y 
se puso jadeante de emoción en acecho de lo que pasaba. 

Vio que su huésped la señorita Amalia Brown agitaba su pa- 
ñuelo. 

Una sospecha terrible cruzó como un relámpago por el cerebro 
de la joven. 

Lanzó sus miradas á la oscuridad de la calle, y percibió perfec- 
tamente al embozado que atravesó en dirección al zaguán. 

Doña Blanca no pudo ver á Mondoñedo, ni apercibirse de que en 
el próximo balcón no le perdia movimiento su rival. 

IV. 

Luego que la familia Mons abandonó el teatro, se acercó á doña 
Blanca entre el bullicio de la gente un hombre y deslizó en su mano 
un billete. 

Eioisa, con la ilusión de ver á don Fernando, trató de separarse 
de su amiga. 

Doña Blanca apresuró esta despedida y se entró en su aposento. 

Sin quitarse los atavíos de fiesta, se acercó ansiosa á la bujía, 
abrió el billete, y leyó para sí: 

«Señora, si permitís al hombre que oS ama, arrojarse á vuestros 
pies solicitando el perdón de faltas involuntarias, . de las cuales no 
mas culpo al destino, estaré toda la noche al frente de vuestros 
balcones esperando una sola palabra que me vuelva la calma al 
corazón. ¡Adiós! Vuestro — Fernando.» 

Quedóse la joven profundamente pensativa: después comenzó á 
quitarse sus atavíos, y conservando esa belleza tan arrebatadora que 
presenta una mujer al regreso de un sarao, cuando su semblante se 
vela con las primeras sombras del cansancio y del romanticismo. 

Doña Blanca, que por razones de familia sabia cuan lejos se 
hallaba del hombre de su amor, se sentía arrebatada por aquel im- 
posible; quería subyugar al destino, renunciar voluntariamente á 
su cariño, y no ceder el triunfo á una razón de Estado. 

Entregada á sus ilusiones de ambición y de grandeza, su amor 
parecía extinguirse en el fondo de su corazón con la ausencia de don 
Fernando; pero al verle bajo el prisma del arrojo y del peligro, sintió 
renacer su amor y esperó resueltamente al aventurero. 

Aguardó á que se entrase la noche, y con ella el sosiego," no sin 
meditar detenidamente Iv manera con que explotai'ia en favor de sus 
miras los amores de don Fernando. 

Doña Blanca era hábil, capaz de sacar partido de cualquiera si- 
tuación, y esa noche se proponía avanzar algo en el camino por el 
que adelantaba en medio de tanta contrariedad. 

La joven soñaba aún en la candidatura del príncipe D. Juan, 
cuando la Francia apoyaba decididamente al archiduque de Austria, 
esperando siempre algo por el lado del Rhin en ese cange perpetuo 
de los soberanos que disponen de vidas y haciendas. 



EL SOL DE MAYO 335 



Las dos de la mañana sonaron en los relojes de la ciudad. 

Alzóse la condesa, abrió cuidadosamente el balcón, agitó su pa- 
elo, y don Fernando, que era atrevido, se llegó á la puerta de la 
sa,- que cedió á un pequeño esfuerzo, se entró en el patio, y subió 
escalera donde lo esperaba la condesa. 

—Seguidme,— dijo en voz baja doña Blanca. 

Don Fernando no respondió, pero se echó á andar precedido por 
[guía. 

| A los pocos momentos se encontraba el galán en la estancia 
lia condesa. 

! Doña Blanca estaba intensamente pálida; sus miradas se fijaban 
el semblante profundamente triste del conde. 
I Don Fernando permanecía de pié, con los brazos cruzados, la 
!>eza inclinada, y sus ojos viendo al soslayo. 
j — ; Hablad, caballero ! 

—Es tanta mi emoción, señora, que apenas puedo dirigiros la 
abra; no sé qué deciros, ni cómo explicaros una conducta tan... 
| —Dígalo usted de una vez, caballero, tan descortés y tan infame. 
¡ —Todas las recriminaciones que me podáis hacer, yo me las he 
;ho de antemano; sé que no merezco el perdón, que he ofendido 
mas noble de los corazones, que he arrancado lágrimas á unos 
s que jamas debieron empañarse. 

— ¿Y Eloisa, caballero? 

La vidriera de la ventana que daba á los corredores se estre- 
sió. 

Don Fernando volvió con inquietud la cabeza. 
; —Es el viento,— murmuró la Montemolin. 
I Volvieron ambos á quedar en silencio. 
I —Demos fin á una situación tan desesperada; vos sabéis, señora, 

os amo, que mi cariño no ha conocido límites, y... 

—Y que os ibais á casar con la señorita Mons, si yo imprudente- 

te no os hubiera detenido en mi casa. 

La vidriera volvió á crujir con mas fuerza. 

—Sí, don Fernando, me arrepiento; yo debia haberos entregado 
íestro destino; Eloisa es bella, su virtud es la de un ángel. 

—Sí, pero yo no la amo. 

—Callad caballero, á esa criatura no puede vérsela sin sentir en 
orazon un rayo de simpatía, y vos visitabais á la señorita Mons, 
país en su intimidad, gozabais del aliento seductor de sus amo- 
| y acaso sin pensar la habéis amado; conozco vuestro corazón 
| susceptibilidad de vuestro carácter. 

■Te engañas,— dijo Fernando arrodillándose á los pies de 
a Blanca;— yo no sé amar si no es á tí, cuya influencia domina 
espíritu; á tí, cuya existencia envuelta en las vicisitudes del des- 

, se manifiesta tan grande y tan serena... Sí, Blanca, yo te amo 

una pasión violenta no sentida jamas en mi alma; te he encon- 
p en el camino tortuoso de la vida, y siento que hay algo de fata- 



336 



JUAN A. MATEOS 



lismo én este amor que me devora... Tu imagen no me ha abane 
nado un So Ctante; solo, siempre solo en este torbellino que | 
envuelve, tú has sido mi única esperanza, la sola ilusión de mi ah, 
intranquila y pesarosa... Yo soy extrangero en mi misma patria 
esto? en las filas del anatema; yo podia haberme separado de e 
camino, pero sentí tus pisadas, te vi comprometida en una causa 
m™ decidido á seguir, mas bien por tí, que por lo que person 
mente pudiera interesarme. • 

¿ola Blanca comenzaba á influenciarse con las palabras, 
aquel hombre, que tocaban los dos resortes mas terribles de su ahí 
el amor v la ambición. • ' , 

-Óyeme, Blanca mia,-continuó el aventurero tomando i 
mano á la condesa, que abandonó entre las de su amantes-hay r 
cho de heroísmo en este amor qaeie consagro; lacho y luchare ha 
el fin porque el rey don Juan se siente en el trono de México, | 
ciertamente que ese dia es el de nuestra separa «on; pero yo d 
sacrificarme por tí, por tí que eres mi existencia... en la hora sui 
SoScha, yo seré el ser desgraciado, el pobre ser escarneció 
vilipendiado; porque tú no podrás ser nunca mi esposa, ¿no es 

dad La condesa inclinó la frente y comenzó á verter sus lágrimd 

SÜen !sí entonces -continuó exaltado don Fernando,-yo huiré 
tí, ¡ y tú, rodeada de todas las seducciones de la corte, en medie 
ese brillo y esplendor á que estás predestinada, te olvidaras h. 
de mi existencia!... No, no importa -dijo cada vez mas exall 
el conde,-yo sé sufrir, esa ha sido mi escuela, y si el aliento 
faltara, entonces me sobraría el valor para darme la muerte de 
dote en el mundo de la felicidad ! 

—¡Pero lo que decís es espantoso! _ 

-No he podido resistir á la idea de vuestro enojo y he ve 
al campo de mis enemigos; de un momento á otro, puedo ser dá 
ciado v muerto á vuestros ojos. • - 

Lyo no resistiría ese espectáculo, huid, Don Fernando, 1 

¡P ° r ^BZ a ca,° estoy á tus pies, te he abierto mi corazón, en caí 
necesito una palabra de tus labios, una sola esperanza, una i 
de olvido v de misericordia. , 

_ Vos lo habéis dicho, conde, estamos separados por un 

insondable^ ^_ , ^ ^ ^ ^^ g . yft saM nu 

existencia no podia caminar sobre una misma huella, ¿a 

decirme que me amabas, á qué alentar mis esperanzas y desp 

en mi corazón la fiebre terrible de una pasión inmensa? 

Un gemmo sordo se dejó escuchar tras la ventana; pero qi 

fué escuchado por el conde ni doña Blanca. 

fue esenena p^ ^ ^^ ^ ^^ ^ pe t una rea 

espantosa; Si tras la sonrisa del ángel se escondía la roirac 
Satanás y el abismo sin fondo de la desesperación ¿a que 1 
á un hombre que nada os habia hecho sino amaros hasta la loe 



EL SOL DE MAYO 33? 



— ¡ Es cierto, es cierto ! — gritó la condesa deshecha en lágrimas. 

— Entonces, señqra, ¿á qué recriminar mi conducta, á qué lan- 
zar ese anatema horrible sobre mi existencia?... oidme, todo ha pa- 
sado ya, sé que nada tengo que esperar, nada, sino la muerte que 
está en torno mió hace mucho tiempo... vais á saber los últimos 
pasos de mi vida; os vais á estremecer como una hoja al soplo del 
huracán, vais á tenerme horror; porque mis palabras abrirán el 
abismo sin fondo que va á mediar entre los dos. 

La condesa posó su mirada en la torva frente del aventurero. 

— Yo, — continuó don Fernando tomando asiento al lado de doña 
Blanca,— he llevado una juventud tormentosa y llena de azares, 
el ímpetu de mi carácter se hizo sentir en mis primeros duelos, en 
que la sangre ha corrido por la hoja de mi espada, entonces el 
honor escudaba el asesinato, la sociedad aplaudía, y yo era el hom- 
bre de moda, ¡el héroe del crimen!... cansado de vivir entre la 
crápula del ejército, humillado por la ruina de una fortuna colosal 
despilfarrada en las veladas de la disipación y del juego, entré en 
ese torbellino de la intervención, como el último puerto de mis 
burladas esperanzas, os encontré á mi paso y entonces mi destino se 
hizo mas sombrío, os juzgué como á un ser á quien debía de aban- 
donar para arrojarme á la tabla de salvación en mi naufragio, v 
pedí resueltamente la mano de la señorita Mons. 

—Todo lo^sé, caballero, callad si no queréis hacerme morir de 
desesperación. 

—Hasta -ahora, Doña Blanca, todo puede pasar por una aven- 
tura mas ó menos romancesca, pero yo he ido hasta la fatalidad. 

—¿Aun hay mas todavía ?— preguntó asustada la condesa. 

—Sí, yo he resbalado en el fango del crimen, y el terrible in- 
cendio de San Andrés fué levantado por mi propia mano. 

—Pero esto es horrible, yo no lo había creído cuando Wask me 
i lo ha asegurado. . 

—Wask me vendía,— pensó Don Fernando, y luego continuó 
pon la concentración del despecho:— ¡ sí, yo me delato ante vos, se- 
ñora, como un criminal!... 

La condesa sintió, al mismo tiempo que un terror profundo por 
¡jaquel hombre, que había algo qae la ataba al ser deforme objeto de 
su entrañable amor. 

—Señora,— continuó el conde con acento conmovido,— la hora 
le la expiación ha comenzado, los fantasmas del remordimiento se 
¿destacan en el fondo oscuro de mi conciencia... ¡sé que la maldición 
ie Dios está sobre mí, y que tarde ó temprano caerá ese rayo ven- 
gador de la justicia divina !... 

Estremecióse Doña Blanca, y una agitación mortal discurrió 
tfpor todos sus miembros. 

—Sí,— dijo Don Fernando,— todos los días se ahonda mas y mas 
1 abismo á cuya sima estoy suspendido... la felicidad ha huido 
orno una sombra, el iris se ha tornado en una faja oscura que me 
Ijtenvuelve como una mortaja... ¡yo siento que se levanta dentro de 
Olí algo que me acusa, y mi corazón se oprime dolorosamente y mis 
ágrimas acuden como una lluvia de fuego á mis párpados calentu- 

22 — EL SOL DE MAYO. 



338 JUAN A. MATEOS 



rientos'.. ¡tenedme compasión!... ¡prófugo entre los hombres y 
amenazado por la cólera del cielo, no sé lo que va á ser de mí! 

El conde inclinó su cabeza y llevó las manos á sus ojos para 
enjugar el llanto que en turbias gotas se desprendía de sus pupilas 

Doña Blanca sintió amor y compasión por aquel hombre y 
en un arrebato de entusiasmo frenético, tomó la cabeza de su amante 
é imprimió un beso en la pálida frente del aventurero. 

Como si el infierno hubiera respondido al ruido seco de aquel 
beso profano, se oyó un alarido en la parte de afuera de la estancia 
V voces y pasos que se alejaban. 

Doña Blanca mató la luz y salió osadamente a los corredores. 

Todo estaba desierto. ■ ■ . 

Entonces tendió su mano al conde, que la beso respetuosamente. 

—Adiós, señora— dijo Fernando— ¡ hasta la eternidad! _ 

—Adiós —murmuró Dona Blanca, y cayó sin sentido como si la 
muerte la hubiese herido de súbito en aquellos momentos. 

VI. 

Eloisa se habia apercibido de las señas de Doña Blanca al conde 
del Jaral, y de la presencia de su antiguo novio en la estancia de 

\f\ POIld.6ScL 

Profundamente celosa, siguió á Don Fernando y se puso en 
acecho de los amantes, viendo tras de los cristales de la ventana la 
escena aue acabamos de describir. ' _ 

Mondoñedo siguió á la vez á su rival, quiso espiar por la ven- 
tana y se encontró con Eloisa. 

—¿Qué hacéis aquí, señora? 

—No lo sé— respondió Eloisa con voz trémula;— ¿y vos, caba- 
llero? 

—Vengo en pos de la venganza. 

—A ella acudo en este momento; no satisfecho ese hombre con 
haberme escupido al rostro, hoy, caballero, en mi propia casa tiene 
cita con una muger. 

—¿Y vos no la conocéis? 

— No, no la conozco. . . 

—Pues alejaos en nombre del cielo de este sitio. 

—No retrocederé un solo paso. 

—Yo me encargo de vengaros. ■ 

—¡Silencio!... esa palabra me horroriza... no obstante, quiero 
ver por mis propios ojos hasta dónde llega la avilantez de es< 

hombre. 

—Vais á saber secretos terribles. 

—¿Y qué me importa si ya sé cuanto pueda labrar la desgracií 
de toda mi existencia? 

—Podríais arrepentiros, retiraos, vuestra alma no esta acos 
tumbrada a estas luchas terribles. 

—Ya estoy familiarizada con el dolor, y un golpe mas no acó 
barda mi espíritu. . 



EL SOL DE MAYO 339 



— Sea, pues que vos lo deseáis. 

Aquellos dos siniestros espectadores pegaron sus rostros á los 
cristales, y fijos y terribles é inmóviles, no perdian una sola pala- 
bra ni el movimiento mas insignificante. 

Cuando Eloisa escuchó la trama infernal del conde y se enteró 
del secreto de su enlace, creyó morirse de angustia. 

Mondoñedo, en presencia del amor de aquel hombre y aquella 
muger, estaba desfallecido; pero al oir de labios del aventurero su 
historia de crímenes horrendos, quiso matar al conde, aplastar 
aquella víbora rabiosa que aun podía causar males inmensos. 

Eloisa estaba impresionada por el relato infernal del aventu- 
rero, sintió horror por el hombre único á quien habia consagrado 
el amor de su existencia, comprendió que nada podía mediar entre 
los dos después de aquellas revelaciones siniestras; pero quiso apu- 
rar hasta la última gota del acíbar. 

Oía todo sin comprender, escuchaba nombres de personages que 
le eran totalmente desconocidos, y no podia saber definitivamente 
quien era aquella rival presentada bajo una faz tan alta y miste- 
riosa. 

Tuvo miedo de todo aquel misterio que la circundaba, quería 
preguntar á Mondoñedo; pero fija su mirada en la escena y absorto 
su espíritu, no pudo aventurar una palabra. 

Cuando la condesa tomó entre sus manos la cabeza del conde 
é imprimió un beso en aquella frente sombría y apagada, Eloisa 
sacudió convulsivamente las verjas de hierro de la ventana, Mon- 
doñedo rugió celoso como un tigre herido y amartilló su pistola. 

— ¿Qué hacéis? — dijo ausustada Eloisa. 

— ¡Dejadme, dejadme, es preciso que ese hombre muera!... 

Eloisa se arrojó al brazo del estudiante, asiéndose de la arma 
preparada. 

— ¡ Que me soltéis ! — gritó Mondoñedo. 

— No, un crimen jamas, su sangre no correrá delante de mí, 
venid, caballero, ¡venid por compasión! 

— ¡ Ese beso es su sentencia ! — esclamó rabioso el estudiante. 

Eloisa, con ese vigor que se despierta en la constitución ner- 
viosa de la muger cuando se desencadena momentáneamente el des- 
pecho, asió al joven y lo arrastró hasta ponerlo en la puerta de su 
aposento. 

El conde atravesó como un fantasma delante de Eloisa, que se 
pegó al dintel huyendo del contacto de aquel hombre siniestro. 



340 ' JUAN A. MATEOS 



CAPITULO XII. 

Del paréntesis que abre el autor de este libro para decir algo 
sobre el gefe supremo. 

I. 

El general Forey, nombrado comandante en gefe de la expe- 
dición después de la derrota del 5 de Mayo, llegó á Veracruz con 
un tren inmenso de guerra y tropas de desembarco, para llevar 
adelante la empresa de Napoleón III. 

La Francia enviaba sus mejores tropas para lavar en lo posible 
la mancha imborrable de su bandera. 

Todo amenazaba un pronto cataclismo, y la nube crecía y se 
condensaba, y aparecía el horizonte como un manto de muerte que 
se iba estendiendo en el cielo de la República. 

El viejo general Forey, aquel veterano que hizo la vete-ranada 
de esconderse durante el asalto de la torre de Malakoff, era. el ca- 
ballo de batalla de Napoleón III para llevar adelante su malhadada 
empresa. 

Llegó, como deciamos, á la ciudad heroica, donde fué recibido 
como el Mesías, porque la situación de Laurencez era punto menos 
que insostenible: el infeliz derrotado de Puebla fué relevado del 
mando por Forey, declarado loco por el ejército, y silbado por el 
pueblo; decididamente, no era envidiable el estado de - ese militar 
francés. 

«Forey, huyendo de la zona del vómito, pasó á Orizava, no sin 
dejar en el puerto tres ó cuatro proclames que nadie quiere recordar. 

Llegó el veteranísimo á la ciudad mencionada, donde se le 
hizo un gran recibimiento por el gobierno del gefe supremo, que 
en gran tren y seguido de su ministerio, dio la bienvenida al ge- 
neral: este excelentísimo señor, en prueba de fraternidad, y como 
una muestra de lo que los mexicanos intervencionistas podían 
esperar de la Francia, espetó el siguiente decreto que le supo á 
acíbar al gefe supremo : 

«El general en gefe, investido de todos los poderes militares y 
políticos, hace saber al pueblo mexicano, y en particular á los 
habitantes de Veracruz, según la disposición que hemos recibido, 
que el gobierno instituido por el Sr. general Almonte, sin el con- 
curso de la nación, no tiene de ninguna manera la aprobación de 
la intervención francesa, y que el general Almonte tendrá que : 
I o Disolver el ministerio que creó; 
2 o Abstenerse de dictar ninguna ley ni decreto, y 
3 o Dejar el dictado que indebidamente tomó de gefe supremo 
de la nación, concretándose en lo sucesivo del modo mas perentorio 
á las instrucciones dadas por el emperador 'para proceder en lo 
posible con los otros generales mexicanos acogidos d la bandera 
francesa, á la organización del ejército mexicano, que obrará sola- 



EL SOL DE MAYO 341 



mente bajo nuestras órdenes. — Forey. — Veracruz, 4 de Setiembre 
de 1862.» 

Conciso era el general Forey, pero incisivo en extremo. 

Gefe supremo, ministerio, empleados, generales, decretos, cir- 
culares y grandes sellos, todo desapareció de la carpeta política, 
voló hecho átomos, se pulverizó, quedando en pié una docena de 
infortunados en el cadalso de la vergüenza. 

Los sentimientos 'patrióticos de Almonte y su camarilla, los 
obligaron como á D. Simplicio, á renunciar generosamente á sus 
sueños de gobierno, y á quedar de caballeros particulares en la 
corte del Murat de 1863. 

Forey les dispensaba su alta protección invitándolos á su mesa; 
en cuanto al ministro Saligny, aconsejó al gefe supremo que se 
curase la pesadumbre con coñac, que era el licor del olvido. 

Almonte, que siempre era mas decente que Saligny, no aceptó 
el consejo, á pesar de su angustia, que era dolorosísima. 

Forey esperaba la llegada de todo el contingente de guerra; 
apenas tenia treinta mil hombres y cincuenta piezas de artillería, 
demasiado poco para comenzar sus operaciones contra un ejército 
de menos de veinte mil hombres. 

Entretanto, divertía su fastidio calavereando en Orizava, é 
inquiriendo hasta los menores detalles sobre el ejército mexicano, el 
progreso en sus elementos de defensa, y acumulación de tropas en 
la plaza de Puebla y sus alrededores. 

Seguro estaba de la victoria, toda vez que los mexicanos no 
podían contar con tropas suficientemente disciplinadas que oponer 
á los mas bizarros batallones del ejército francés. 

El viejo general se deleitaba con el pensainiento de alcanzar 
el bastón del mariscalato y una cruz mas que colgar á su cuello 
encorvado y apoplético. 

La ambición es el sueño eterno de los soldados. Forey estaba 
en su derecho, ningún déspota tuvo esclavo mas sumiso, ni verdugo 
mas obediente. 

El viejo estaba tan posesionado de su papel, que mandó hacer 
su busto en bronce, y se permitió regalarlo á la ciudad como un 
rico presente. 

La posteridad nunca nos hubiera perdonado el no haber te- 
nido entre los objetos del museo nacional la efigie del vencedor 
de Puebla. 

La modestia no era seguramente la virtud que mas distinguía 
al general Forey. 

Es de sentirse que aquel retrato haya desaparecido de la ga- 
lería zoológica para entrar en la tumba del olvido y en la at= 
Biosfera de la silba. 

II. 

Forey obsequió con un bailé á la sociedad de Orizava. 

La oficialidad sacó á relucir sus galones, Almonte y su com- 



342 JUAN A. MATEOS 



parsa los suyos, y un número reducido de señoras sus atavíos de 
gala. 

El salón parecía un cuerpo de guardia; apenas se distinguía 
un frac, ó un individuo sin las alhajas del soldado. 

Aquella noche todo pertenecía al escalafón. 

Comenzó la danza y la algazara extraña para nuestra socie- 
dad, en ese vértigo terrible de la locura francesa. 

— ¿Qué os parece, señor general, de todo esto? — preguntó Sa- 
ligny al general Forey. 

— Aun no me puedo formar idea, porque la mayor parte de las 
familias no han aceptado la invitación. 

— Ya se les irá quitando el escrúpulo. 

—No esperaba un desaire. 

— Es que la ciudad es reducida, y aquí tenéis todo lo que puede 
frisar con nosotros. 

— No conozco el país. 

— Cuando lleguemos á la capital será otra cosa, allí está el foco 
del partido intervencionista, allí seremos acogidos de una manera 
mas conveniente. 

■ — Hay aquí mexicanas hermosísimas, señor ministro. 

— Sí, no lo niego, sobre todo una que me despierta el entusiasmo. 

— Es peligroso á nuestra edad ese despertamiento. 

— ¡ Diablo de viejo ! — gruñó Saligny, — nivelarme con él en años, 
esto es una barbaridad. 

— Estáis pensativo, señor ministro. 

— No, me habia fijado en la joven susodicha. 

—¿Es de aumento vuestro lente? 

— No exagero, general, ved á esa joven, es la mas hermosa de lo 
reunión. 

— Sí, efectivamente tiene una dentadura admirable; vedla aho 
ra, señor ministro, es el momento. 

La joven se sonreía con un capitán ayudante de Forey. 

— No me hace mucha gracia lo que vos llamáis el momento, 
porque vuestro ayudante no deja de ser temible. 

— Algo, señor ministro, algo, es el mas calavera del ejército, y 
se tiene por un galanteador de primera fuerza. 

— Hablemos de otra cosa; ¿cómo os fué de cuadrilla de honor? 

Aquello era una sátira al viejo, que bailaba detestablemente 
haciendo una caricatura graciosísima. 

— ¿ Y á vos ? — contestó el general, — ya veo que sois ducho en esto 
de evoluciones, siempre al diplomático se le distingue en todas par- 
tes, es lástima que seáis miope. 

— Me la volvió con usura, — pensó Saligny, y luego continuó : 

— No deja de tener su gracia el hacernos bailar. 

— Es simplemente una fórmula de etiqueta; perdonad, pero la 
joven que os agrada sigue batiéndose con mi Estado Mayor. 

— No hagáis caso, vuestros ayudantes salen pasado mañana para 
Puebla, y es negocio acabado. 

— Es que pueden dejar firmados algunos convenios. 

— Señor general, estáis esta noche de broma. 



EL SOL DE MAYO 343 



— No, pero veo que es mas natural que las conquistas se hagan 
por los jóvenes, que no por nosotros. 

— ¡ Está pesado el viejo como un demonio ! — murmuró desespe- 
rado Saligny, sin quitar su lente de la muchacha, que coqueteaba 
á todo su sabor con un círculo de oficiales. 

—Vamos., señor ministro, no hay que fastidiarse, es necesario 
darle á la época lo que es suyo; esa joven está mas contenta con el 
capitán, que con todo un plenipotenciario de S. M. el emperador. 

--General, habéis creido que tengo empeño en el negocio, y me 
dais una broma. 

— No os empeñéis en negarlo, señor ministro, porque tendré sos- 
pechas. 

Saligny comenzó á reirse, para disimular lo escocido que se 
hallaba con el bromazo que estaba recibiendo. 

III. 

— Estoy desesperado, amigo mió, — exclamaba un mozalvete al- 
mibarado corno un caramelo — estos oficiales no dejan bailar ni una 
sola pieza, todo lo han monopolizado. 

— Eso ya lo sabias. 

— Sí, pero esperaba de la galantería de nuestras paisanas, que 
nos prefirieran al menos en una danza habanera. 

— Te has equivocado, — proseguía su interlocutor que era una es- 
pecie de camastrón, que asistía por curiosidad al baile, no sin fijarse 
en todas las personas, para sacar mas tarde á relucir poridades. 

— Rosario me habia ofrecido un wals, apresuróme á sacarla, y 
cuando menos lo pienso, me espeta un «lo tengo dado,» que me dejó 
nervioso y epiléptico. 

— Eso te va á pasar toda la noche; busca alguna fea rezagada, 
y lánzate entre esa turba, que ya hunde el salón á patadas. 

— La moda de los acicates me tiene horripilado, en menos de 
diez minutos han hecho girones los trajes de las señoras. 

— Nada tiene de particular, son soldados de caballería. 

— Eso no es lógico, porque los artilleros traerían sus morteros 
y obuses. 

— Quién sabe si mas tarde. 

— Caballero, caballero, — dijo un oficialito francés acercándose 
á los dos jóvenes, — esta señora desea tomar aire, si tenéis la bondad 
de conducirla á los corredores, os lo estimaría mucho, porque estoy 
comprometido á bailar esta polka que se comienza á tocar. 

Sin dar lugar á que le contestasen, dejó plantada á una vieja 
llena de plumas y gallardetes frente á los dos amigos, que se miraron 
asombrados. 

— ¿Y bien, caballeros, quién me conduce? 

Los amigos guardaron silencio. 

— Noto que ninguno quiere ser desairado por preferencias incon- 
venientes, y me veo en el caso de asirme del brazo de ambos para 
que no baya sentimientos. 

— Por mi parte no los puede haber, respetable señora, — dijo el 
amigo del dandy. 



344 JUAN A. MATEOS 



—¿Cómo es eso de respetable, caballero? Yo no soy una señora, 
ni menos respetable, soy señorita hasta hoy, gracias á Dios. 

— Como el matrimonio no se conoce en la fisonomía, usted me 
perdone. 

— Eso es otra cosa, aunque siendo usted de Orizava, debia cono- 
cerme. 

—Ya, pero no tenia el honor de... 

— Pues calle de... me tiene usted á su disposición. 

— Mil gracias. 

En aquellos momentos pasaba una joven del brazo de un oficial, 
y acercándose al dandy, le dijo al oido: 

— Me ha dejado usted sentada, señor de Miraflores, doy á usted 
las gracias. 

— Es cierto, — gritó el joven dándose una palmada en la frente, — 
soy un animal, la única pieza que tenia asegurada se me va de entre 
las manos; ¡ espere usted, disimule usted, la satisfago á usted, baile 
usted, hace usted muy bien !... pero es necesario que yo explique, que 
aclare esta equivocación, — y diciendo esta ensartare majaderías se 
lanzó en pos de la pareja que desapareció en el torbellino del baile. 

- — Ese hombre es inoportuno, — dijo la señora emplumada; — pero 
al fin me ha sacado de un gran compromiso, ya nos quedamos solos 
y de pareja. 

— Yo no puedo consentir esto, señora; Miraflores tendrá que dar- 
le á usted una satisfacción. 

— No la necesito. 

— Pero yo soy todo un caballero, y esto no debe quedarse así. 

Y á renglón seguido se marchó, sin atender á los clamores de 
la señora, que viéndose sola y desairada, tuvo á bien desmayarse 
sobre un teniente coronel de la caballería, que á fuerza de coñac 
estaba algo entorpecido. 

— ¡ Ea, madama ! se ha enredado el canelón de la charretera con 
el peinado. 

Viendo en gran peligro su tocado, la noble dama se levantó, 
apoyándose en los brazos hercúleos del soldado, dejando un pin- 
tarrajo de cosmético prieto en la solapa del uniforme. 

— Sí usted es caballero, le suplico pida una satisfacción al señor 
de Miraflores, causa de mi desmayo. 

El soldadon se decidió por la aventura y preguntó á la señora 
quién era el atrevido. 

— Aquel, aquel narizón de los cuellos parados y el frac puntia- 
gudo, aquel joven alto y espigado como una garrocha y rubio como 
un coco; aquel del chaleco blanco y guantes idem. 

— Ya, ya lo distinguo. Caballero Jardines, caballero Amapolas, 
venga usted acá. 

— Miraflores, caballero, es el apelativo de ese imberbe. 

Dirigióse el soldado, y dando un golpe al dandy en el hombro, 
le dijo: 

■ — ¡ Perdone usted! 

— Me ha roto la clavícula este elefante, 

— Venga usted conmigo. 



EL SOL DE MAYO 345 



Al momento salieron ambos del salón, y ya en el patio de la casa, 
el soldado tomó por la oreja al joven y lo levantó dos palmos de la 
superficie del suelo. 

— ; Uff ! ¡ qué animal ! 

— A las damas no se les ofende impunemente. 

—Caballero, fué un olvido, la polka era un ofrecimiento hecho 
con un dia de anticipación, ya he reparado el olvido. 

—Pues para refrescar la memoria, bueno es calentar las orejas. 

,Y dio otro par de tirones que dejó estupefacto al infeliz joven. 

—Ahora, vaya usted, y baile otra pieza con esa señora. 

—En el acto, y sírvase usted no mezclarse en mis negocios, ni 
'intervenir tan directamente con los que somos partidarios de la in- 
tervención. 

—¡Buenos partidarios tenemos !— murmuró el soldado. Y tomó 
rumbo á su alojamiento. 

IV. 

Tras una columna del patio se habia ocultado el amigo de Mira- 
lores, y presenciado la ridicula escena que acabamos de describir. 

El dandy tornó al salón hecho una furia contra el francés. 

Lo primero con que tropezó fué con la vieja. 

— ¡Gracias á Dios que no ha sucedido una desgracia! 

—Déjeme usted, señora, que estoy hecho un toro. 

— ¿Ha matado usted al teniente coronel? 

Miraflores vio con tal ira á la emplumada señora, que esta te- 
nió por la vida del francés. 

—¡No hay duda, lo ha matado! 

—¿A quién? ¿á quién?— preguntaron varias voces. 

— Al teniente coronel H. 

— ¿ Quién es H ? 

—Un hombre generoso sobre el cual acabo de desmayarme 

— ¡ Ah ! 

— ¡ Oh ! 

— Pero, ¿qué significa eso, señores? 

—Nada, que ese señor so ha marchado bueno y sano á su casa. 

— Vamonos, hermana,— dijo un señor obeso y de frac rabón, 

amónos, has dado un escándalo en el baile; mañana no se va á 
ablar.de otra cosa en Orizava, donde hay tanto juarista observan- 
o nuestros movimientos. 

—Deténgase usted, señor de Bedoya, y convénzase de que nadie 
a reparado en ustedes; los franceses todo lo han absorbido, y no 
acen el menor aprecio de los mexicanos que se les unen, ni en bai- 
fs, ni en política; vea usted, sin ir muy lejos, allí está Almonte, ni 
na sola vez le ha dirigido la palabra el general Forey; todos sus mi- 
Istros andan como pájaros espantados, fuera de su centro. 

—El dicho de usted es sospechoso. 

—Ya veremos mas tarde; entretanto, la ausencia de usted, lo 
tismo que su presencia, son de todo punto inapercibidas. 

— ¿ Eso es un insulto ? 



346 J UAN A - MATEOS 



—No, es simplemente una verdad. 

—Es que á mí me ha saludado el general de una manera muy 

afable. 

— ¿ Y eso qué importa ? 

—En política todo tiene significación. 

—Me alegro. 



—¡Vaya un gracioso altercado!— dijo Wask á Manzanedo;— esta 
gente no sabe el terreno en que se encuentra, se creen que los fran- 
ceses los tienen en mucho, eso es perder la conciencia de lo que 

valen. 

—Reparad, caballero, en que habláis delante de un mexicano. 

—Perdonad, amigo Manzanedo, pero á vos no os nivelo con esos 
entes ridículos que disputan en el salón y en plena concurrencia. 

—Es que ese joven con quien alterca Bedoya no es un cualquiera. 

—Ya lo conozco, pertenece á una buena sociedad, y está en el 
baile para observar cuanto pasa y escribir á los periódicos de la 

—A pesar de mi adhesión á los principios intervencionistas, me 
disgusta profundamente la arrogancia francesa. 
—No vale la pena. 

—Si hubiera otro medio de salvar nuestros intereses, yo lo acep- 
taría gustoso; hay algo de terrible en que el extrangero pise en son 
de guerra el territorio patrio. , 

' —Estáis montado á la antigua, la patria es el dinero, o por lo 
menos, abre las puertas de todas las patrias. 

—No estamos del todo acordes, Wask. 

—Hace tiempo que os encuentro susceptible y escrupuloso; ha^ 
blando de otra cosa, vuestro amo, el príncipe don Juan, creo que 
será un buen rey de México. 

— ¿ Os burláis, caballero ? 

—Estáis Quisquilloso como un colegial, ya sabéis que yo en eatt 
juego voy solo á mi negocio, y me cuido poco de la política; dinero 
y dinero, y siempre dinero. 

—¡Este hombre es un miserable!— murmuro Manzanedo. 

—Galante está don Fernando,— dijo Wask viendo á su amigo qui 
hacia confesión general al oido de una preciosa orizaveña. 

- -Me parece que el reducto será tomado. 

—No lo creáis, esa joven tiene unos ojos demasiado lánguido 
para dejarse arrastrar por las palabras del conde; estoy seguro d 
que lo rinde, y cuando salga mas bien librado, lo olvida a la salid; 

del salón. . . 

—Es que don Fernando es ya enamorado viejo. 

—Esa es precisamente la razón, ha entrado en la edad de la pre 
tensión, tiene humos de conquistador, y á estos galanes son á los qu 
las damas toman por lo regular como víctimas expiatorias. 

—Es cuestión de poco momento, el conde á su vez olvidara á 1 
dama, y todo queda arreglado, á no ser que el negocio de una dot 
pueda traer alguna conveniencia. 



EL SOL DE MAYO 347 



— Wask, Wask, ¡siempre el dinero! 

— No os hagáis el hipócrita; tened, como yo, la franqueza de con- 
sarlo; negadme que una muchacha hermosa lo es mas si trae el 
péndice de veinte ó treinta mil pesos. 

VI. 

Desprendióse de su pareja el conde y vino al encuentro de sus 
mígos. 

— Os habéis batido como un ruso, caballero. 

— Pero estoy derrotado. 

— No lo creo. 

— En fuga y dispersión. 

— ¿Qué tenemos de nuevo? 

— Algo que no deja de ser importante. 

— Hablad, — dijo Wask algo sobresaltado; porque sabia que don 
ernando no era hombre que daba importancia á lo que no valia la 
lena. 

— Ya sabéis que el general Comonfort desde su golpe de Estado 
ahia caido en el desprestigio mas completo; arrojado en las playas 
el destierro lloraba con lágrimas de sangre su funesto error, y no 
¡litaba la vista de su émulo, de ese Juárez que desde entonces se 
enta en la silla presidencial. 

— ¿Y bien, caballero? 

— No me impacientéis, Wask. 

—Continuad. 

—Comonfort pasó de Europa á los Estados-Unidos, y se fué acer- 
ando pausadamente á la frontera conteniendo el aliento por temor 
^ ser detenido en su camino; tuvo algunas conferencias con el go- 
srnador fronterizo, y acabó por pedir con voz doliente un pedazo de 
erra que arar y una sombra hospitalaria en el suelo de la patria. 

— Ese hombre es temible. 

— Puede ser. 

— Continuad, señor conde. 

— Ya la serpiente estaba en el nido de regreso de sus escursiones 
comenzaría á ponerse en tren de lucha. 

— Era de esperarse. 

—Aprovechando la oportunidad de la guerra con Francia, podia 
acerse otra vez de sus elementos y aspirar á la presidencia, eterno 
leño de sus ambiciones. Comenzó por pedir el mando del distrito y 
utorizacion para levantar fuerzas que engrosaran el ejército nacio- 
W, y después de algunos meses ya era general en gefe del ejército 
31 Norte. 

— ¡ Mil rayos con ese hombre ¡—exclamó Wask. 

—Ya no era aquel hombre sumiso ante su derrota política; era 
ista cierto punto otro poder frente al gobierno de Juárez, un verda- 
?ro antagonista. 

—El mundo es de los atrevidos, es necesario no olvidarlo. 

—Comonfort entró arrogante á la capital al frente de un magní- 
bo cuerpo de ejército y poniéndosele en contacto con González Or- 
ga, rehusó quedar á las órdenes de ese general. 



348 JUAN A. MATEOS 



i 



— Eso lo descontentaría. 
—Precisamente, han ocurrido á México los dos generales y el 
gobierno ha declarado que Comonfort sería auxiliar del ejército de 
Oriente, en Puebla, y viceversa si la capital es atacada. 
--¿Y qué encontráis en ese movimiento que os alarme? 
—Vos no comprendéis nada de milicia, caballero. 
— Eso es verdad. 

—Si así no fuese, estaría á vuestro alcance que una plaza sitiada 
que cuenta con un ejército auxiliar fuera de sus muros, es una emf 
presa sumamente difícil 

—¿Sabéis que Juárez no se descuida? 

—Hace mucho tiempo que nos venimos equivocando; todos creia 
mos que eran los tiempos de Hernán Cortes, y ¡ vive Dios ! que ya 
llevamos un desengaño que pesará de hierro en la historia militai 
de la Francia: mas tarde será el solo borrón en la hoja de servicio 
del imperio de Bonaparte. 

—Es decir,— dijo Manzanedo,— que se nos espera en toda reglaj 

— En toda regla, caballero. 

— ¿Y qué auguráis del éxito? 

—Que si damos lugar, como hace un año, á que se reúnan todas 
las fuerzas de la República, nos costará mucha sangre la toma cj 
Puebla, donde tendremos que detenernos otro año para avanzar ¿j 
la capital, y mientras pueden surgir cumplicaciones en el mundo d( 
la diplomacia. 

— Ese es mi parecer. 

—Afortunadamente mañana nos ponemos en marcha sobre Pue 
bla, este viejo general tiene ya completo su contingente de cincuenü 
mil hombres, y ya podremos comenzar las operaciones. 

—¿Y qué hay de Laurencez? 

—Dicen los médicos que á consecuencia de la insolación, per 
dio la cabeza y no pudo ordenar con entero albedrío la acción sobr< 
el cerro de Guadalupe, y fué la causa de la derrota. 

—La disculpa es feliz, amigo mío; pero nadie la cree. 

—No importa, sabido es que las mentiras son mas creídas qui 
las verdades, de ahí tantas glorias y reputaciones usurpadas; cuan 
do menos se gana con una mentira, es poner en duda la verdad 

— Este don Fernando es un sabio. 

—Esto lo dice la Biblia del mundo. 

—Y con evangelistas como vos, el libro queda perfecto. 

—Me marcho,— dijo Manzanedo,— estoy horriblemente fastidiad» 
con esta soldadesca. 

—Marchémonos,— dijo don Fernando,— que hay que madrugar* 
he pedido una sección de vanguardia, porque quiero presenciar todo 
absolutamente todo. 

--Iremos en vuestra compañía. 

— Wask debe quedarse para vigilar á Saligny, ese hombre es d 
mal agüero para nosotros. 

—Descuidad, no lo perderé de vista, trae en su caja los bono 
que debemos dividirnos en México, según instrucciones de los agei] 
tes de Jecker; señores, esa fortuna no tiene igual. 



; 



EL SOL DE MAYO 349 

— Cuidado, — dijo Manzanedo, — que del plato á la boca se pierde 
a sopa. 

— No os permito bromas sobre este asunto, caballero. 

—Lo mismo creiamos antes del 5 de Mayo. 

- -Es que ahora es todo muy diferente, somos cincuenta mil hom- 
>res, y Forey no está loco como Laurencez. 

— Os lo dije,— exclamó don Fernando, — ya está acogida la idea de 
a demencia de Laurencez por el mismo que la combatía. 

— Todo puede ser, — dijo Wask, — si no está loco, por lo menos es 
m imbécil. 

— En eso estamos completamente de acuerdo. 

— Marchémonos, ya comienza el desorden. 

— Han tomado con exceso los oficiales. 

-Esto para en estocadas. 

Los tres amigos, es decir, las tres cabezas de la hidra de la ambi- 
ion, fueron á soñar en la inquieta pesadilla de sus desvelos, la rea- 
izacion de aquel plan sangriento tan hábilmente llevado hasta en- 
pnces. 

VII. 

La noche avanzaba y el salón se quedaba desierto de señoras; 
ntonces la soldadesca se precipitó á los manjares y botellas, y co- 
menzó á brindar por el triunfo de sus armas. 

Mr. de Saligny dijo también un brindis muy elocuente : pero que 
adié pudo escucharlo porque S. E. estaba ya debajo de la mesa á 
i hora de la perorata. 

El viejo Forey echó otra proclama, diciendo que la suerte le ha- 
ia hecho una infidelidad á la bandera francesa, refiriéndose al 5 de 
layo, y que era necesario vindicarse ante el mundo entero. 

Esas infidelidades son de muy difícil reparación. 

Pocos mexicanos simpatizaron con las ideas del prófugo de Se- 
astopol. 

En nuestro mismo suelo y en presencia de los mexicanos brin- 
aba aquella soldadesca en una impía saturnal por el aniquilamien- 
) de la patria 

¡ De aquel festín saldrían en son de guerra sobre nuestras ciuda- 
as á disputarnos hasta el suelo donde descansan las cenizas de nues- 
os padres ! 

Almonte trataba de aparecer sereno; pero la tormenta de la rabia 
stremecia su corazón. 

Ese ambicioso era la primera víctima de sus sacrilegos manejos, 
ábia soñado apoderarse del país á la sombra de la bandera extrañ- 
ara, subyugarlo, y hacerse centro de las influencias de Napoleón 
¡ara hacer de la República un vireinato. 

Su insuficiencia en los primeros pasos sobre la vía revolucio- 
aria, denunció al hombre de antaño, al hombre-fiasco, al aspirante 
agraciado, al político silbado y al diplomático sin talento. 

La Francia vio en peligro su obra, y pasó sobre aquel simula- 
'o de gobierno, sobre aquella comedia ridicula, y derribó el castillo 
í barajas alzado en las horas de su sueño. 



350 JUAN A. MATEOS 



Ya no habia elección, ni plan de Córdova y de Orizava, aquellc 
votos eran nulos, aquella voluntad nacional tan decantada una mei 
tira; ahora, la mano de acero de un general seria la ley suprema. 

Forey asumia el mando, y todo quedaba subordinado á la esp; 
da del conquistador. 



CAPITULO XIII. 
Del consejo de guerra, y otros incidentes que sabrá el curioso lector. 

I. 

La mañana del I o de Marzo de 1863 se celebraba consejo de guj 
rra ordinario para juzgar á Guilebaldo Aguilar por habérsele se 
prendido en la via de Acultzingo con unos novillos y algunos borí 
gos, en dirección del campamento francés. 

Guilebaldo hizo su entrada á Puebla entre el bullicio de la geni 
y la rechifla de los soldados. j 

El inválido Torre-Mellada, que estaba en el atrio de la catedr? 
percibió á su yerno montado en una muía y amarrado como un tri 
quete, y tras él eso que se llama cuerpo del delito, que consist 
en los animales. | 

El inválido se quedó petrificado, y mas aún, cuando Guüebali 

le gritó : 

—¡Papá! ¡papá! avise usted al capitán Martínez, me quier- 
fusilar; no le diga usted nada á Isabelita, le va á pasar un accidem 
usted sabe el estado que guarda y no quiero una desgracia. 

Estas voces fueron contestadas con gritos y aplausos de la mi 
titud, que veía en el reo un solemne majadero. 

Guilebaldo fué consignado al fiscal, hombre de setenta añ< 
mueble de traspaso en las oficinas de guerra, hábil de pluma y tor 

f\ P f*í-iV)P7fl 

Este personaje se llamaba Becerra, hombre inflexible y capaz 
llenar cien pliegos solo con una declaración preparatoria. 

Guilebaldo hablaba una palabra, y el fiscal escribia diez págin 
de letra menuda. 

Guilebaldo negaba todo cuando se leia lo que habia dicho; ente 
ees Becerra, escribia otros diez pliegos, así es que la causa tenia 
cuatro cuadernos y medio cuando Becerra pidió que se celebrase 
consejo de guerra. 

El inválido fué nombrado defensor, y Pablo Martínez vocal i 

consejo. 

Isabel ignoraba la desdicha de su esposo, lo creía en el rancJ 
y vivia tranquila, no sin imponerse de la crónica escandalosa < 
ejército cívico y permanente. J 

Llegó por fin el dia del consejo y Guilebaldo fué llevado al sal | 
en cuerpo de patrulla. 



EL SOL DE MAYO 351 



Los vocales charlaron un poco, el fiscal contó algunos chasca- 
rrillos, y después de una sazonada conversación, tocaron la campa- 
nilla anunciando que la sesión iba á comenzar. 

Abriéronse las puertas, por donde una turba de ociosos se preci- 
pitó á tomar asiento; hubo empellones y atropellos, pero al fin la ava- 
lancha entró en reposo y comenzó el relato de la causa. 

El señor de Becerra dijo con énfasis: 

— Aguilar y socios, por connivencia con el enemigo extrangero. 

— Yo no tengo mas socios que los borregos, señores jueces. 

— Calle usted, — dijo el presidente, — aun no le toca hablar. 

— Como la cosa me atañe y me va en ello el pescuezo, creo que 
no se me debe atajar la palabra. 

— Cuando llegue el turno. 

—Está bien; pero desde ahora digo que no tengo mas cómplices 
que los novillos, y que ese señor Becerra me ha puesto la puntería 
y quiere que me fusilen. 

El reo se propasa, señor presidente, la fiscalía á quien tengo 
¡el honor de representar, nunca ha puesto punterías, y en cuanto á 
^os borregos, es otro asunto muy serio del cual me ocupo en mi pedi- 
mento. 

—El pedimento de los borregos debia el fiscal hacérmelo á mí que 
(soy el dueño. 

Señor presidente,— dijo el fiscal,— el reo presupone que el re- 
presentante de la vindicta pública trata de extralimitarse en el uso 
de los cuerpos del delito. 

—En los cuerpos de los susodichos borregos,— contestó Guile- 
baldo. 

El presidente llamó al orden y todo quedó en silencio. 

El fiscal leyó las fórmulas de ordenanza y después la enmaráña- 
la declaración de Guilebaldo, que produjo una hilaridad graciosí- 
sima. 

Es de notarse,— dijo el fiscal,— que cuando se aprehendió á 
Guilebaldo. Aguilar, con esa perspicacia tan característica de los 
grandes criminales, hizo que su ganado volviese los cuernos al Pu- 
liente, cuando iba. en marcha para el Oriente, para que creyese que 
i/enia y no que iba. 

— ¡ Qué idas ni qué venidas, ni qué cuernos ¡—gritó Guilebaldo, 
lo que quieren es decomisarme los animales. 

—Calle el reo hasta que se le llegue su turno. 

—Señor presidente, si no es mi turno cuando se me trae al con- 
sejo de guerra, yo no atino... 

— i Que calle usted ! *& 

—Está bien, pero eso de los cuernos son cosas muy del señor 



—Quiero que conste en la acta,— dijo Becerra,— que ese criminal 
tía dicho que los cuernos son cosas mias. 

(í —Pido que no conste, porque yo al hablar de esas cosas no he 
Judido al señor sino en el modo de volverlos ya para acá, ya para 
¡Bulla. 

Volvió á sonar la campanilla. 



352 J UAN A - MATEOS 



—Dejando á un lado ese incidente,— continuó Becerra,— el reo 
primero confesó y luego negó, afirmando después y negando en se- 
guida lo que tenia dicho como razón de sus declaraciones prepara- 
torias y subsecuentes. 

Guilebaldo abrió tanta boca sin comprender una sola palabra 
Los vocales del consejo y el público, sin abrir la boca, se queda- 
ron en ayunas del párrafo del pedimento. 

El fiscal notó la sensación, y creyó que habia hecho efecto su 
párrafo. 

—No es que crea en mi elocuencia,— continuó con prosopopeya, 
—sino que el crimen es tan patente, que basta el simple hecho de ha- 
berse encontrado en el camino el reo y los animales, para calcular 
que se llevaban á venderlos al ejército intruso y odiado de Ñapo 
león III. 

El público aplaudió. 

Dicen que es de mala ley en la oratoria tocar puntos que traeij 
aparejado palmoteo, pero es el uso que las medianías han introdu- 
cido en los parlamentos y la puerta á la que llaman las nulidades 
como puerto de salvación en la tribuna. 
El fiscal prosiguió : 

—Deseara que los animales hablasen, para que los señores voca 
les quedasen perfectamente enterados. 

—Los animales hablan,— dijo Guilebaldo,— dígalo el señor fiscal 
que asienta que el cuerpo del delito habla. 
— Eso es en sentido figurado. 

—Yo no entiendo de eso, yo sé que si los borregos hablaran, j 
sobre todo, las borregas que aparecen en la causa, dirían mil cosas 
y entre ellas, que venían para Puebla y no para los franceses. 
El fiscal acabó pidiendo la pena de muerte para Guilebaldo. 
—Pido,— gritó Guilebaldo,— que aclare el señor Becerra si pide 1 
pena de muerte para mí ó para las borregas. 
— ¡ He dicho! — dijo con énfasis el fiscal. 

—Pues muy mal dicho, porque yo no consentiré en que se m 
trate como borrego ó como novillo. 

Tornó á sonar la campanilla, y todo quedó en silencio. 

Ese pedimento, que en otra situación hubiera causado pánico ei 

la concurrencia, fué recibido con risas por el público y sonrisas po 

ios vocales del consejo. 

—Hable usted,— dijo el presidente dirigiéndose al defensor. 
Él inválido se apoyó en su muleta, tosió, se arregló la patills 
sacó un cartapacio, y dijo solemnemente: 

—Señor presidente, señores vocales,' respetable auditorio: 1 
causa que tienen usías á la vista... 

—Querido suegro,— dijo Guilebaldo,— ya no se usan dicterios 
r-^-Lo habia olvidado;— y continuó :— se trata de la vida de un cii 
dadano y del comiso de unos borregos ó borregas y de unos novillos 
esta complicación no ha sido bien definida por el señor fiscal en s 
luminoso pedimento. 

—No se le olvide á usted,— interrumpió Guilebaldo,— aquello d 
que me quieren ahorcar. 




General Forey. 



SOL DK MAYO - 93 



EL SOL DE MAYO 353 



—Ese hombre que se sienta en el banquillo del acusado... es... 
es... ¡mi yerno! 

— Servidor de ustedes,— añadió Guilebaldo. 

Ya la sesión iba degenerando en saínete, á los vocales les costaba 
trabajo mantenerse serios; pero la obligación de un juez es ver oir 
y callar. 

—Digo que es mi yerno,— prosiguió el inválido,— para que se 
comprenda el vivo interés que me trae á este puesto, el que ocupo 
con tanta satisfacción, 

—Yo no soy del mismo parecer,— dijo Guilebaldo,— maldita la 
satisfacción que tengo de encontrarme aquí. 

—Este joven venia tranquilamente de su rancho en dirección 
lá Puebla; porque eso que asienta el señor de Becerra de la volteada 
de los cuernos, no está probado con esa claridad que pide el rey don 
Alonso el Sabio en sus Siete Partidas. 

—No erar siete partidas,— dijo Guilebaldo,— era una de borre- 
gos y otra de novillos. 

—Se le prohibe á usted interrumpir. 

—Hablo en compañía de mi defensor, y estoy en lo que ese señor 
¡de Becerra llama su derecho. 

j El inválido continuó en su defensa, que tenia muchos puntos 
de contacto con el parecer fiscal, y estaba en un trozo admirable, 
cuando Isabel Torre-Mellada, esposa de Guilebaldo, entró en el salón 
con el pelo destrenzado, el rostro descompuesto y los vestidos 
hechos girones. 

— ¡ Guilebaldo ! ¡ Guilebaldo !— gritó como una loca. 

—Con permiso de ustedes,— dijo Guilebaldo,— me llama mi es- 
posa y no la puedo dejar con la palabra en la boca. 

—No puede usted separarse del banquillo. 

—Ya lo oyes, Isabel; si quieres, acércate, porque yo no puedo 
separarme de aquí, estoy muy ocupado. 

—Señores militares,— exclamó Isabel,— que se pierdan los borre- 
gos, pero déjenme á mi esposo. 

—Sí, que se pierdan,— dijo con ternura Guilebaldo,— pero de- 
vuélvanme los novillos, y todo se lo perdono. 

—Se levanta la sesión,— dijo el presidente, poniendo término á 
quella farsa. 

II. 

Los vocales se entraron á reir á dos carrillos de tanta barba- 
ridad. 

El capitán Martínez dijo á sus compañeros : 

—Este es un negocio concluido, el fiscal se quiere anexar los bo- 
regos, esto es lo que he podido comprender de la lectura de la causa; 
o conozco á este muchacho, y no es capaz de cometer un crimen, 
demás, que en su casa se ha curado mi general Arteaga y le de- 
emos muchos favores. 

—Se conoce que es un inocente,— dijeron los demás,— lo absol- 
eremos y es cuanto. 

23 — EL SOL DE MAYO. 



354 J UAN A - MATEOS 



—Bien dicho —gritó Martinez, y se puso á escribir la sentenci 
que le dictaba el presidente. 

Firmaron el pliego y la sesión tornó á abrirse. 

El fiscal estaba finchado, creyendo que su parecer sena acei 

tado por unanimidad. ;,",,-, • „ a 

Isabel se habia sentado junto á Gmlebaldo á morir con é 
según se lo aseguraba, y á disputárselo al mismo Becerra en cuya 
manos habian caido multitud de infelices. ■ 

El capitán Martinez leyó la sentencia y cuando llego al punt 
de la libertad, el público aplaudió á rabiar. 

Guilebaldo no se inmutó, esperando hasta el fin; cuando Ma 
tinez recalcó por fastidiar al fiscal, lo de «se le devolverá el ganado, 
entonces Guilebaldo saltó mas alto que pelota, mientras Becerra n 
alcanzaba la respiración. .','■. , i. 

El inválido, dándose todo el aire del triunfo, tomo por el bras 
á su hija y yerno y salió entre los plácemes de los amigos y j 
maldiciones del agente fiscal. 

III. 

Cuando Martinez llegó á su alojamiento, se encontró con Moj 
doñedo que ya estaba desesperado de su tardanza. 

—Mi comandante, ¿usted por esta pobre choza:- 

— Sí, y te necesito mucho. 

—Puede usted hablar, estamos solos. 

—Se necesita que vayas al puebiito de Santiago á poner un 
minas, dentro de breves dias será ocupado por los franceses. 

—Comprendo, y se necesita que vuelen hechos pedazos. 

— Precisamente. 

-Pues solo necesito facultades extraordinarias. 

— Las tienes todas. 

—Pues me marcho dentro de media hora con la flor y nata 
mis camaradas, este es negocio de pecho, y- lo ciimpliré como j 
previene el general González Ortega. 

Mondoñedo se dirigió al cuartel general á dar parte de 

comisión. 

El capitán Martinez comenzó á disponer su equipage. 

— ¡ Manolo ! ¡ Manolo ! ensilla los caballos y márchate á llama* 
Quiñones que está en el cuartel inmediato. 

—Al momento, mi capitán. 

—Este maldito andaluz será un buen compañero, no tiene re: 
ciones con ninguna persona y podrá ayudarnos á poner las mine 
seguro estoy del éxito, ya tenia gana de una empresa, esta es 

cuerda. 

Quiñones acudió al llamado de su amigo. 
—Señor teniente, vamos á laborearla. 
—Estoy á las órdenes de mi capitán. 

—Vayase al cuartel, donde estarán ya unos carros con parq^ 
lléveselos con una escolta al puebiito de Santiago. 
—Muy bien, mi capitán. 



EL SOL DE MAYO 355 

— Allá le contaré lo que tenemos que hacer, es un negocito muy 
divertido. 

Quiñones salió inmediatamente, se dirigió al cuartel, tomó los 
carros y con ellos la dirección al punto indicado por el capitán Mar- 
tínez. 

Manolo dio aviso á la condesa de su salida, que le parecía alta- 
mente sospechosa. 

La condesa le dio sus instrucciones y el andaluz se presentó 
en la casa alojamiento dispuesto á marchar como se lo tenían 
ordenado. 

IV. 

A las oraciones de la noche llegaba Martínez al pueblo de San- 
tiago, que está á las inmediaciones de Puebla y á la derecha del 
cerro de San Juan, con una docena de amigos; la guerrilla del ve- 
neno le llamaban en las poblaciones. 

Púsose de acuerdo con toda aquella falange de calaveras y dis- 
puso hábilmente su operación. 

Hizo circular la especie de que tomaría de leva á todos los hom- 
bres para formar un regimiento. 

Inmediatamente todos los varones tomaron soleta y dejaron 
abandonadas sus familias. 

Entonces, Pablo Martínez, fingiendo una gran borrachera, se 
lanzó en medio de las callecitas de Santiago, jurando á gritos que 
se robaría cuanta muger encontrase á mano. 

Las mugeres atrancaron las puertas y el pueblo quedó en un 
silencio sepulcral. 

— ¡Arreglado! — dijo Martínez, — comencemos nuestros trabajos, 
y para que no se escuchen los golpes, que los clarines toquen hasta 
reventar. 

Quiñones, Manolo y los otros jóvenes comenzaron á poner las 
minas, trabajando toda la noche. 

Al día siguiente suspendieron la fatiga, pero viendo que alma 
nacida se aparecía por el pueblo, continuaron en el mayor sigilo la 
operación de las minas. 

Al dia siguiente establecieron los hilos, y todo quedó terminado. 

Martínez dejó una pequeña guarnición al cuidado y volvió á 
Puebla á dar aviso de que su comisión estaba desempeñada. 
Manolo corrió á la casa de la condesa. 

— ¿Qué objeto ha llevado ese capitán Martínez al pueblo de 
Santiago? — preguntó la condesa. 

— Nada he comprendido, yo creo que está traicionando al ge- 
neral González Ortega. 

— Esplícate. 

— Ha hecho una mala partida, que donde se la huelan, lo fusilan. 

—¿Qué pasa? 

— Nada, ese maldito de gefe luego que llegó á la aldea, se puso 
en compañía de esos petardistas de compañeros á enterrar el par- 
que. 



356 * UAN A - MATEOS 



— | Malo ¡—murmuró la condesa, y luego añadió :— ¿y en qué lu- 
gar ha depositado la pólvora? 

—En las dos casas que servian de cuarteles. 

— ¡ Estos hombres son terribles '—murmuró la condesa. 

_Lo que no he entendido es una cosa muy rara. 

— ¿ Cuál ?— preguntó con negligencia doña Blanca. 

-Unos hilos que van á dar á las orillas de la población, muy 
ocultos y muy bien puestos. 

—y Podrías enseñarme el sitio? 

-Perfectamente, como que yo soy el que he intervenido en el 

guisado. 

—Pues espérame en la garita. 
—Convenido. 

V. 

En la tarde de ese dia, doña Blanca montó en un arrogante ca- 
ballo, y seguida de sus criados y á una vista de Manolo Balboa 
comenzó á galopar en son de paseo y tomo rumbo al pueblito de, 

San Cer ? r°aba la noche horriblemente oscura, cuando llegó doña Blan- 
ca á Santiago con su cabalgata. . jl 

Dejó á sus lacayos, y á pié se dirigió con Manolo con el fin de 
conocer los puntos en que Martínez habia colocado las jas. . 

-Aquí está una-dijo el andaluz señalando el patio del mesón. 

— Bien, ¿ y las otras? 

—Por acá;— y llevó á doña Blanca á los puntos que el sabia per-j 

fecta'mente. 

—¿Y los hilos? 

—Esos los señalaré cuando nos pongamos en marcha. 

Dirigiéronse al lugar donde estaban los caballos y salieron del 

PUe -Adelántense por si hay algún obstáculo-dijo doña Blanca á 

su servidumbre, que se adelantó en la carretera. | 

—Vea usted, señora, aquí entre estas malezas y donde esta Id 

piedra que parece cimiento de una casa derruida, se juntan los 

°— Bien, quiero reconocerlos-respe, lió la condesa, y se adelan- 
tó sola, tomó los hilos, sacó una navaja perfectamente afilada y los 
cortó en diversos tramos. „ { >,il 

La solución de continuidad dejaba sin efecto aquellas terribles 
minas que hubieran indefectiblemente volado los mesones y hecnc 
desaparecer en un instante á cuantos soldados se hubiesen albergaj 
do en su recinto. '„ . . M 

La condesa entregó una gran cantidad de oro a Manolo qu« 
creyó volverse loco, y llegó ebrio de felicidad á la casa de Pable 
Martínez. 



EL SOL DE MAYO 35? 



VI. 

El capitán estaba desesperado, porque sus caballos no habían 
cenado. 

Manolo se presentó muy compungido. 

— ¿üónde estabas, animal? 

—La verdad, mi capitán... echando un trinquis fortis. 

— Bien, ¿y por qué no has cuidado de dar pienso á los caballos? 

— Porque... porque no lo pensé. 

—Bien, ¿y por qué no les has dado agua? 

— Por la misma razón. 

—Bien, ¿y sabes lo que te va á costar este descuido? 

— Con dar luego i a pastura, es negocio arreglado. 

— Yo lo voy á arreglar de una manera mas sencilla, dame mi 
espada 

— Palos tenemos, — dijo el andaluz, y con la resignación de un 
mártir descolgó la espada y la llevó á Pablo Martinez. 

— ¡ Firme ! — gritó el capitán. 

Manolo se cuadró perfectamente. 

Martinez comenzó á darle una zurribamba de cintarazos que re- 
sonaban en toda la casa. 

• El andaluz, pensando en su dinero, toleraba la felpa como un 
santo. 

— ¡ Alto ! 

— Alto, mi capitán, ya estoy despachado. 

— No, esta primera descarga fué por cuenta de la cebada, sigo 
ahora un abono por el agua, ¡ firme ! 

— ¡Firme! mi capitán, — volvió á decir el andaluz. 

Siguió la felpa con una furia terrible, cuanta mas era la san- 
gre fria de Martinez. 

— ¡ Alto ! 

— ¡ Alto ! mi capitán, que ya tengo las costillas desatornilladas. 

— ¡ Firme ! 

— ¡ Firme ! mi capitán. 

—¿Estás satisfecho? 

— Como si me hubiera sacado la lotería. 

— ¿No quieres mas? 

—Como guste mi capitán. 

— Es que yo gusto á todas horas. 

— Pues entonces, suspenda usía el gusto, porque lengo mas 
cardenales que Su Santidad, y mas golpes que un Santo Cristo. 

— ¡ Enterado, y lárgate ! quedas arrestado por tres noches en la 
caballeriza para que no se te vuelva á olvidar dar la cena á tus se- 
mejantes. 

— ¡ Bien ! mi capitán. 

—Conque largo, y á pasar la noche con los caballos. 

—Con permiso de usía. 

Manolo Balboa se alojó con la parte bruta, y en el silencio de la 



358 JUAN A. MATEOS 

noche se puso á acariciar su dinero, que era ya demasiado para 
traerlo siempre consigo. 

Ocurriósele enterrarlo como el parque en el lugar menos sos- 
pechoso. Temia, y con razón, que una imprudencia lo denunciase y 
no pudiera dar explicaciones satisfactorias. 

Con la bayoneta practicó una escavacion, y después de contar 
sus onzas, de besarlas, de calentarlas junto al corazón, les dio se- 
pultura eclesiástica, marcando en todas las potencias del alma to- 
das las señas, que eran muchas, para que jamas se le olvidase aquel 
sepulcro provisional de sus esperanzas y de su porvenir. 

No dejó de ocurrírsele que los caballos presenciaban aquel acto; 
pero recordó que un solo animal habia hablado, y ese era burra, la 
burra de Balaan. 

Durmióse después, cubriendo con su cuerpo la tumba de su oro, 
y soñó que era tesorero general de su provincia. 



FIN DEL I IBRO IERCERO; 



LIBRO CUARTO. 



SITIO DE ZjVfótfOZjl EN 1863 



CAPITULO I. 

De la llegada de los señores franceses al frente de la ciudad de Puebla, 
y de sus primeras operaciones sobre la plaza. 



La instantánea muerte del general Zaragoza no permitió al 
3ravo caudillo dejar escrito un plan de campaña, toda vez que espe- 
raba el segundo y terrible choque del ejército francés. 

Algunas fortificaciones pasageras mandadas practicar en las 
gargantas de las Cumbres de Acultzingo, indicaban que allí debia ha- 
erse una resistencia sin los honores de defensa de un fuerte. 

El general González Ortega que cuidaba como un tesoro la mo- 
al de su ejército, rehusó conceder al enemigo una fácil victoria á 
osta de algunas pérdidas que en nada influirían en el ánimo de los 
franceses, así es que acumuló todos sus elementos en la plaza de 
Puebla para esperar decididamente al extrangero. 

Una junta facultativa de ingenieros, presidida por el coronel 
olombres, escribió su proyecto de defensa, que remitido al Ministe- 
rio de Guerra, fué aceptado en todas sus partes. 

El campo del combate estaba elegido, era necesario prepararlo. 

Emí ha resuelto la mayor de las dificultades en el arte difícil de 
a guerra, donde ha pasado como un axioma esa formidable senten- 
cia escrita sobre la frente de las plazas atacadas : Plaza sitiada, pla- 
ta tomada. 

Emí ha planteado el sistema de fuertes desprendidos ó aislados, 
me dan al sitiado la libertad de la iniciativa, librándose batallas en 
ampos retrincherados en la defensa activa de las plazas. 

Apoderóse la juventud entusiasta del cuerpo de Ingenieros de 



360 JUAN A. MATEOS 



aquel terreno, levantó sus planos y con una actividad puesta á la 
altura de su patriotismo, comenzó sus trabajos bajo las reglas es- 
trictas de la ciencia. 

Esas dos cúspides de granito, teatro de cien combates y cifras 
gloriosas en la epopeya de la defensa nacional, y que conservarán 
imborrable la memoria del 5 de Mayo de 1862, se convirtieron en dos 
fuertes formidables. 

Aquellos cerros de Loreto y Guadalupe, bajo cuyas débiles trin- 
cheras se habia efectuado una defensa tan heroica en los dias res- 
plandecientes de Mayo, tomaron un aspecto terrible con sus baluar- ^ 
tes, pudiendo establecer en sus baterías hasta cuarenta cañones de 
sitio y campo, y contener en su recinto hasta tres mil defensores. 

La bandera de la república 3e ostentaba sobre aquellos gigantes 
muros en la plenitud histórica de su magestad. 

Siguiendo hacia la derecha, estaba el fuerte de la Misericordia, 
conocido con el nombre de Independencia, apoyando uno de sus 
baluartes en las últimas casas de la ciudad. 

Como un recuerdo al héroe del 5 de Mayo, pe dio aquel nombre 
colocado corno un astro entre dos naciones, al fuerte establecido á 
la derecha del camino de Amozoc, inclinándose hacia el Sudeste, 
siguiendo la circunferencia que formaba el perímetro de la plaza y 
en el mismo sitio donde el general Zaragoza estuvo durante la jor- ) 
nada de Mayo. 

El fuerte Zaragoza era una obra maestra, sus baluartes daban 
paso á treinta y seis piezas de sitio y campo, y el número compe- 
tente de defensores. . 

Destacábase como una de esas fortificaciones de la edad media, 
dominando como un gigante la llanura de Teotimehuacan el fuerte 
de Ingenieros; aquel era el punto de honor del cuerpo facultativo, 
la cifra de su nombre y de su gloria. 

Elegante, magestuoso, bien delineado y sostenido por cuarenta 
piezas de artillería y dos mil combatientes, era el centinela avanza- 
do en la estension y el firme y principal apoyo del cerro de Guada- 
lupe, con quien compartiría los honores de una batalla. 

Aquí tributamos un homenaje á los hábiles ingenieros Tron- 
coso y Sánchez Ochoa, cuyas figuras se destacan en todas las 
escenas sangrientas y gloriosas del sitio. 

Sobre el mismo trayecto de circunvalación y teniendo por 
centro el convento del Carmen, ostentaba sus baluartes el fuerte 
Hidalgo con sus veinticuatro bocas de fuego. 

Al Este de la ciudad y apoyado en la penitenciaría de San 
Javier, se alzaba sombrío el fuerte Iturbide, que resistiría mas 
tarde el choque gigante del ejército francés. 

Treinta piezas de artillería defenderían sus baluartes, tenien- 
do para las eventualidades de la lucha, los patios y corredores 
del edificio como una segunda línea de defensa. 

Tres mil héroes esperaban la hora del combate sobre los pa- 
rapetos. 

La línea de fuertes terminaba en la obra magnífica de Santa 
Anita, llamada el fuerte Demócrata, apoyo de las obras inter- 
medias y del cerro de Loreto. 



EL SOL DE MAYO 361 



Independencia, Zaragoza, Ingenieros, Hidalgo, Iturbide, El 
Demócrata, Loreto y Guadalupe, formaban los ocho eslabones que 
encerraban á la ciudad en una cadena de hierro que romperia 
mas tarde la mano de la fatalidad. 

Los ingenieros que levantaban aquellos monumentos, hoy 
devastados por el fuego y la mano del hombre, vivirán con la 
memoria de aquellos días y con la triste celebridad del asedio de 
Puebla. 

Re-vueltas, Sánchez Ochoa, Troncoso, Duran, Marín, Emilio 
Rodríguez, Hernández, Romero y otros, cuyos nombres ha re- 
cogido la historia, merecerán bien de la República, sean cuales 
fueren las vicisitudes que hayan arrostrado en la tormenta indo- 
mable de su destino. 

II. 

Dispuesto el campo de la lucha y ya en tren de batalla, es- 
peraba el ejército la llegada del invasor, cuyas pisadas se deja- 
ban oir muy cerca de la ciudad. 

Hay siempre un contraste entre la naturaleza y los aconte- 
cimientos que impresiona de una manera incisiva y nerviosa. 

¡ Cuántas veces en medio de un mar tranquilo, bajo una bóveda 
de zafiro y al murmullo de las brisas que acarician las rizadas 
espumas de las ondas, se hunde una nave presa dal fuego, sola y 
sin amparo en la soledad callada del Océano !... 

La primavera, cuyo aliento vivificador se hace sentir sobre 
las últimas huellas del invernó, habia convertido las alfombras 
de oro de los cerros en llanuras de esmeralda. 

Los árboles se vestian con la pompa de las primeras hojas y 
susurraban al son de los ambientes, que pasaban rozando con sus 
alas el bosque y la montaña. 

El Atoyac, rompiendo el levísimo cristal de sus hielos, se 
deshacía en olas de púrpura que azotaban tumultuosas sus már- 
genes floridas 

El cielo, como una bóveda abrillantada, cerraba la extensión 
arrojando su manto allende la pirámide de Orizava, que en sus 
hielos perennes se destaca en el silencio de la atmósfera y confín 
del horizonte. 

Todo era risueño y encantador, aquel lecho de flores serviría 
de túmulo á los que cayeran en la lucha sangrienta que iba á co- 
menzar. 

Aquellos campos se teñirían en sangre y las aves de la noche 
agitanan sus alas en una atmósfera emponzoñada. 

La guerra tocaba las puertas de la ciudad. 

¡La guerra! ese soplo asolador que quiere hundir á la crea- 
ción en el prólogo del Génesis, en las tinieblas de la nada y del 
olvido, ese genio de maldición sobre la existencia, ese sacrilegio 
que comparte su odiosidad con la ciencia, que presenta al hombre 
con una corona salpicada de sangre, como al ídolo del crimen y de 
la miseria, haciendo de él un héroe, parece acompañar como una 
sombra maldita á la sociedad humana. 



362 JUAN A. MATEOS 



¿Qué quería decir aquella plaza amenazante, aquellos baluar- 
tes sombríos, aquella ciudad en guardia? 

La hora de Dios habia sonado, y el mundo tocaba á muertos 
ante una nacionalidad próxima á extinguirse. 

El cadáver se iba á sacudir en sus últimas convulsiones, te- 
nia clavado el harpon de la conquista; pero seria terrible en sus 
últimos momentos, y profético en sus evocaciones al porvenir. 

Las naciones no oirán juntas el toque de la insurrección, se 
alzarán al soplo de la libertad en la hora solemne de su destino. 

III. 

El dia 15 de Marzo, los puntos de Amozoc, las Animas y Cha- 
chapa, fueron ocupados por el ejército francés. A la mañana 
siguiente estarían al frente de Puebla. 

El ejército de la República se puso en actitud de defensa. 

La línea comprendida entre los fuertes de Loreto, Guadalupe 
é Independencia, fué encomendada al general Berriozábal. 

El primer fuerte de los mencionados, quedó á las inmediatas 
órdenes del general Hinojosa, el segundo á las de Gayosso y el 
tercero á las de Osorio. 

La línea comprendida entre los fuertes el Demócrata é Itur- 
bide, quedó al mando de Antillon, gefe de la tercera división; y 
encomendado el primero al coronel Macías, gefe de la brigada 
de Guanajuato; y el segundo al general Rojo, gefe de las fuerzas 
de Morelia. 

Hidalgo y Morelos se encomendaron al general Francisco Ala- 
torre, en gefe de la cuarta división, quedando el primero al mando 
del valiente y malogrado general Ghilardi, y el segundo á las del 
coronel D. Miguel Auza. 

Los fuertes de Ingenieros y Zaragoza, fueron encomendados al 
general Llave de gloriosa memoria, quien encargó el primero al 
general Pinzón y el segundo al inolvidable general Patoni, cuya 
sangre, tibia aún en estos momentos, clama venganza desde su 
tumba abierta por la mas negra de las traiciones. 

Al general Mejía se le encargó la defensa interior de la plaza. 

Negrete, el arrojado general, cuya fantasía exaltada lo ha lle- 
vado á una situación difícil, se puso al frente de la segunda divi- 
sión, y formando la reserva esperó el momento de acudir al primer 
punto comprometido. 

Tal era la actitud do la plaza la víspera de ese dia memorable, 
en que el ejército francés se presentó en son de guerra para ob- 
tener reparación á su honor humillado en aquella misma arena y 
bajo aquel mismo cielo. 

Allí estaban los hombres todos del 5 de Mayo, faltaba uno, uno 
solo... ¡ el general Zaragoza ! 

¡ La reparación era imposible ! 

Podían arrasar la ciudad, clavar su bandera sobre los escom- 
bros; pero ye detendrían ante la tumba del héroe y se descubrirían 
con respeto ante la magestad callada de aquellas cenizas, por donde 



EL SOL DE MAYO 363 



ha pasado el aura embalsamada de la gloria y el soplo omnipo- 
tente de Dios. 

IV. 

El ejército francés, fuerte de cincuenta mil hombres, se movió 
decididamente sobre la plaza de Zaragoza. 

Los fuertes y alturas de la ciudad estaban coronados de gente 
esperando la aparición de los invasores. 

Los soldados estaban impacientes, los artilleros se paseaban 
Sai lado de sus cañones, los generales no quitaban la vista del ca- 
prino de Amozoc, por donde comenzaba á dibujarse una polvareda 
como las primeras nubes de la tempestad. 

Dejáronse ver las guerrillas de caballería que escaramuceaban 
con el enemigo, que destacaba las suyas á la vanguardia de sus 
columnas. 

Parecia que aquellas nubes empujaban al viento, que comenzó 
á discurrir en la llanura y á acariciar los estandartes de los 
reductos. 

A las nueve de la mañana, el enemigo, con fuertes columnas 
de las tres armas, resguardadas en sus flancos y en tren completo 
fle guerra, entró por la vía del Este y se descolgó en la llanura 
3omo una serpiente monstruo de acero. 

Aquel cañón histórico, que un año antes había anunciado la 
presencia del ejército francés, tornó á saludar á los vencidos del 
i de Mayo en su pomposo alarde militar. 

La detonación partió de la cumbre de Guadalupe, y recorrió 
;on su eco siniestro las montañas y la llanura. 
fe" Al estallido gigante, respondió un viva á la independencia, 
pálido de todos los pechos, con la efusión purísima del patrio- 
ismo, un golpe de música resonó en todos los fuertes, y el himno 
íacional se dejó oír como el primer canto de guerra. 

Entonces hubo un espectáculo marcial dado por el ejército 
ranees en su galantería de batalla. 

De la columna invasora se desprendió una batería arrastrada 
)or dobles tiros de caballos normandos, que atravesó como un hu- 
•acan la llanura, hasta pararse atrevida frente al baluarte de Gua- 
lalupe, dentro de tiro. 

Aquellos valientes plantaron la bandera de su nación sobre 
a arena, y descargaron sus piezas, devolviendo el saludo de la 
)laza, que lo repitió instantáneamente, sin curarse de herir al 
nemigo. 

Los artilleros regresaron pausadamente hasta colocarse en la 
olumna, á la retaguardia de los cazadores de África que llevaban 
a vanguardia, seguía en su pos el segundo de zuavos, después 
10 se podían distinguir los cuerpos, porque su masa compacta seguía 
esfilando como un torrente en medio de aquel valle. 

Los soldados de la primera y desgraciada expedición, seña- 
aban á sus compañeros la cumbre de Guadalupe, y los nuevos 
•atallones veían con curiosidad y respeto, plegando el ceño, el 
ampo donde su bandera habia sufrido una derrota. 



364 JUAN A. MATEOS 



El nombre de Zaragoza se murmuraba en silencio en los dos 
campos. 

El ejército hizo. alto al pié de los cerros de Amalúcan, después 
de su gallardo saludo, con el que parecia decir : he llegado, y abro 
mis operaciones hoy 16 de Marzo de 1863, décimo aniversario dell 
nacimiento del príncipe imperial Eugenio Luis Napoleón. 



V. 

Los cerros de Amalúcan y las Navajas, puntos de apoyo y 
flancos del enemigo, fueron fortificados á la ligera. 

Avanzó una división por la derecha y acampó entre el pequeño 
bosque al Norte de Puebla y fuera de tiro. 

Otra división se estableció sobre una pequeña loma, y apoyando 
su extremo ó cabecera sobre el grueso del cuartel general. 

Desprendiéronse del campo francés tres columnas con tirado- 
res á su frente y con dirección al cerro de Guadalupe, a cuyo pié 
hicieron alto. 

Permanecieron en aquella actitud hasta entrada la noche. 

La tarde era serena, ligeras brisas llevaban por intervalos al 
campamento francés el grito de guerra que se desprendía de los ba- 
luartes republicanos. 

El sol comenzaba á caer y sus' últimos destellos, hiriendo los 
celajes de Occidente, los coloreaban de púrpura y ópalo como para 
engalanarlos en aquellos últimos instantes, presentándolos á la 
vista del extrangero en una lujosa ostentación de nuestra zona 
tórrida. 

La tarde espiraba entre un perfume desprendido de los bos- 
ques y las llanuras, envolviéndose en las gasas de una noche clara 
y abrillantada. 

Los visos crepusculares daban un aspecto severo y aun triste 
á las innumerables tiendas que como parvadas de águilas se agru- 
paban en la falda de los cerros y accidentes de la llanura. 

Cayó la noche y todo quedó envuelto en su silencio. 

Las fogatas comenzaron á marcar los campamentos y á su lu2 
relumbraban las armas puestas en pabellones. 

Solo se oía el grito de los centinelas, á los que respondía le 
voz de «alerta !» de los soldados de los baluartes. 

VI. 

—Estos malditos gabachos nos preparan una de todos loq 
diablos,— decía el capitán Martínez atusándose los bigotes. 

— Sí, mi capitán, — contestaba el teniente Quiñones rascándose 
una oreja— la embestida ha de ser de toro matrero, es necesarid 
estar alerta; porque jugamos el pellejo nada menos. 

—Eso no importa, el mió no ha de servir para guardar vino : 
pueden agujerarlo á la hora que se les antoje. 

— No es esa la cuestión, mi capitán, se trata de la patria. 

—Eso es otro tinglado, allá los que vean el fin de la fiesta 



EL SOL DE MATO . 365 



porque yo creo que aquí espichamos como pájaros; porque estos ga- 
bachos pasan sobre nosotros antes que tomar un solo punto de la 
plaza. 

— ¿Y cree usted que atacarán mañana? 

— Esa no es cuenta mia; pero si se la echan de valientes, se 
encuentran con nuestras bayonetas; á lo que temo es á un sitio. 

— Soy de la misma opinión, quisiera que la rifáramos de una 
?vez, me impacienta esperar, mas que si me tirara el demonio de 
esta oreja. 

El teniente Quiñones tornó á tirarse de esa oreja mártir en sus 
gustos y sus aflicciones. 

— ¿No ha oido usted nada en el cuartel general? 

— Fui á recibir órdenes y solo pude escuchar, que todos están 
en la creencia de que al amanecer es el ataque. 

—No lo crea usted, mi capitán, estos colmillos de bronce que 
;les hemos enseñado, los han de hacer pensar mucho en el ne- 
gocillo. 

— Yo lo creo; pero no todos pensamos lo mismo, á nosotros nos 
toca obedecer y nada mas. 

—¿Quién vive? — gritó el centinela del baluarte. 

— Yo, Manolo Balboa,— respondió el andaluz. 

— Ya está aquí mi asistente, — dijo Martínez, — seguramente hay 
alguna novedad en la casa. 

— ¿Dónde está mi capitán? 

— Por. aquí, bruto, por aquí. 

—¿Es usted? 

— Sí, ¿se ofrece algo? 

— Sí, hay una señora que quiere hablar con usted. 

— ¿Conmigo? 

— Sí, mi capitán. 

— Ha de ser esa maldita bruja que quiere que la habilite para 
poner una fondita. 

— No, mi capitán. 

— ¡ Ah ! ya; ya caigo, es la Trompeta de la artillería, ¡ no es mala 
^ocurrencia ! figúrese usted, teniente Quiñones, que ha dado en que 
me ha de lavar la ropa, y no tengo mas camisa que la que llevo al 
cuerpo, y eso no completa, porque le falta una manga. 

— Que no es eso, señor capitán. 

—Pues entonces, ¿qué demonio? 

— Es una señora muy principal que desea decirle un secreto. 

— ¿Señora principal? mira, Manolo, que te equivocas como un 
podenco. 

— Vea usted, señor, si no es cierto me da usted una de aquellas 
que usted sabe. 

— ¡ Mira, Manolo, que me la pagas ! 

— Por Santiago que digo la verdad. 

— ¿Y dónde me espera? 

— Dice que pasado mañana irá á buscar á usted. 

— Puede que me busque entre los muertos. 

— Todo puede ser, mi capitán. 



366 JUAN A. MATEOS 



— ¿Y ya echaste de cenar? 

— ¿A quién, á los muertos? 

— ¡ Animal ! al caballo. 

— Sí, señor, desde tempranito. 

— Bien, lárgate á cuidar la casa. 

— Al momento. 

— ¿Qué me querrá esa dama? estoy divertido con estas citas 
cuando los franceses están á la vista; en ñn, veremos y diremo 

— Si usted gusta, mi capitán, de darme sus poderes... 

—Yo no sé dar otra cosa que machetazos, con que si . usté 
gusta. 

— Muchas gracias. 

—Esa dama me trae inquieto, lo cual no obsta para que ech< 
mos un sueño, porque me parece que al amanecer se arma la jí 
rana. 

— Durmamos, capitán, y no hay que pensar mas en la chica. 

El capitán y su compañero se acostaron en las piedras d< 
fuerte, y durmieron come si se hubieran reclinado en una otomana 

VII. 

Al amanecer del dia 17 se dejaron ver las fuerzas del genera 
Comonfort por las lomas de Uranga, esperando que los francés* 
atacaran el fuerte de Guadalupe y poderlos envolver por uno de si 
flancos. 

El enemigo prolongó su línea de batalla por izquierda y der 
cha, apoyando su movimiento en fuertes columnas de las tres arma 

Su marcha la ejecutó lenta y pausadamente y con todas le 
precauciones de la guerra. 

La plaza dio aviso á Comonfort de las posiciones que ocupa! 
el ejército invasor al anocher. 

A las doce de la mañana del dia 18 la ciudad de Puebla, en u 
radio de legua y media, estaba circunvalada por cuarenta m 
franceses y las fuerzas mexicanas adheridas á la intervención 

Las columnas de la derecha avanzaban lentamente, y las c 
la izquierda con mas actividad; formaba la reserva la divisiq 
Bazaine y una brigada á las órdenes del cuartel-maestre. 

A la una en punto, y ya cerca del cerro de San Juan, la d! 
visión de vanguardia tocó paso veloz, y poco tiempo después se v: 
avanzar por la falda un batallón de zuavos y trozos de caballerí 
que trabaron instantáneamente un reñido combate con las cabí 
Herías mexicanas. 

A las tres de la tarde el cerro estaba ocupado por mas de di< 
mil hombres, y sobre su cúspide ondeaba la bandera de la Franci; 

Pocas horas después una batería anunciaba la llegada del g 
neral Forey y el lugar que se designaba como cuartel general d 
ejército expedicionario. 



EL SOL DE MAYO 367 



CAPITULO II. 
Del zig=zag interno y el zig=zag externo. 

I. 

El plan de operaciones discutido en la junta de ingienieros y 
aprobado por el gobierno, habia determinado el sistema de forti- 
ficación, que como hemos dicho, consistia en fuertes aislados, para 
librarse batallas en campos retrincherados. 

Ese plan tan hábilmente combinado, fué puesto en desuso 
precisamente en los momentos terribles en que debia comenzar la 
sucesión de combates que resolvieran el sangriento problema de 
Ja ocupación de Zaragoza. 

Los franceses, al ver el aspecto de la plaza, esperaron y con 
razón que los sitiados tomaran la iniciativa, como lo indicaron sus 
primeros movimientos. 

Esperaron en vano, aquellos fuertes eran de todo punto inútiles 
ya que se estaba en el error de convertir en plaza fuerte una ciudad 
sin elementos para serlo. 

En vano se intentó por algunos gefes decidir al general Or- 
tega á batir la vanguardia francesa; influenciado por otras opi- 
| niones, se rehusó á efectuar una salida y disputar al enemigo el 
cerro de San Juan, punto marcado para la primera batalla. 

Ortega es arrojado, valiente, decidido; pero el temor de com- 
prometer á la nación entera le hizo concretarse á una defensa 
pasiva. 

El plan de los ingenieros estaba borrado; pero la tropa, que 
no comprendió en el momento lo que acontecia, levantó una grita 
terrible, hasta que los ingenieros cerraron la línea ya al frente del 
enemigo, dándole á la ciudad los honores de una plaza fuerte. 

Desde aquel momento la plaza estaba perdida. 

Un ejército que se encierra desperdiciando sus elementos de 
defensa, no lo salva ni la abnegación, ni el heroismo, ni el valor. 

Los franceses leian en los baluartes una doctrina, y veian que 
el ejército no era consecuente con su plan de defensa. 

Dos dias provocaron la salida de los republicanos, acercáronse 
después al cerro de San Juan, que estaban seguros de tomarle á 
viva fuerza; silencio y siempre silencio. 

Acabaron por posesionarse de los mejores puntos, establecieron 
sus baterías de morteros, y se abrió por fin la campaña decidiéndose 
á sitiar la ciudad. 

Los que creyeron ver al ejército francés lanzarse á pecho des- 
cubierto sobre nuestras baterías como en la jornada de Mayo, se en- 
gañaron miserablemente; era un candor pensar que Forey se empe- 
ñara en la toma del cerro de Guadalupe como revancha de la derrota 
de Laurencez. 

La jornada de 1862 enseñó á los franceses mucho, convenciéronse 
del peligro grande que hay en despreciar al enemigo y salirse de las 
reglas de la ciencia militar. 



368 JUAN A. MATEOS 






En aquellos momentos sitiarían con todas las precauciones del 
arte, y se avanzarían con el compás en la mano sobre las fortifica- 
ciones. 

El alambre teleg- 'fico quedó cortado y con él toda comunica- 
ción con la capital. 

II. 

El 20 por la manan.,., ' la salida del sol, comenzó el bombardeo. 

Dos baterías de morteros abrieron sus fuegos, llegando sus pro- 
yectiles al centro de la plaza, que ya á la mitad del dia habían cau- 
sado grandes destrozos en los portales y otros edificios. 

Una división enemiga se movió sobre él pueblecito de San Diego, 
que se encuentra al S. O. de Puebla y á media legua de distancia. 

Empeñóse un combate con las fuerzas de caballería, que le dis- 
putaron la posición durante media hora, quedando mas de cien hom- 
bres fuera de combate. 

El comandante Romero murió combatiendo cuerpo á cuerpo con 
los cazadores de África, 

Ya hemos visto establecer en el pueblo de Santiago tres minas 
perfectamente dispuestas, bajo la dirección del ingeniero Revueltas: 
este bravo militar esperó la llegada del enemigo, pero al poner fuego 
sobre el alambre, lo encontró cortado, y los franceses ocuparon im 
punemente la población. 

Forey, establecido frente al baluarte de San Javier, y apoyado 
en el pueblo mencionado, determinó perfectamente su ataque sobre 
el reducto. 

Por la noche se comenzaron á percibir como exhalaciones des 
prendidas de la tierra, los farolillos de los ingenieros que recono- 
cían el campo. 

Los ingenieros mexicanos comprendieron al instante que los 
trabajos facultativos comenzaban, y que en aquellos momentos se 
hacían los trazos de la primera línea de ataque. 

En las altas horas de la noche se oían distintamente los golpes 
de la zapa tenaces y perseverantes, abriendo un gran camino cu- 
bierto que debía conducirlos al establecimiento de la primera para 
lela. 

La luz del dia vino á confirmar el parte que los ingenieros ha- 
bían dado al cuartel general, de haber observado las operaciones 
del enemigo, que habia concluido sus trabajos para el establecimien^ 
to de su línea. 

Dos grandes ramales de caminos cubiertos venían á reunirse enj 
uno solo, el primero partía del pueblo de Santiago y el segunda 
comenzaba en la falda S. E. del peñón de San Juan, y ambos sé 
juntaban en el que debia conducir á la paralela. 

La tierra que constantemente despedían los trabajadores en los 
terrenos en que estaban repartidos, anunciaba claramente que ha 
bia mas de diez mil hombres ocupados en las operaciones de zapa 
revelando la suma actividad del enemigo en sus trabajos de sitioj 

El ejército mexicano estaba de espectador, 



EL SOL DE MAYO ggg 



_ Sabido es que las obras de contra-aproche son opuestas á los ira- 
ajos del enemigo, obras que deben partir del glasis de los fuertes 
para enfilar al sitiador y apoyar las constantes salidas que tienen 
jue hacerse y que constituyen una defensa activa. 

Por la tarde, las caballerías escaramuceaban por distintos pun- 
ios en encuentros parciales sin resultado decisivo. 

Los ingenieros trabajaban con tanta actividad, que á la maña- 
aa del siguiente dia se encontraban á 1,200 metros del fuerte de San 
Javier y se dirigían á establecer su primera paralela. 

Mas de 15 mil hombres acudían con sus palas y zapapicos á 
quel terreno, los indios de Cholula y pueblos inmediatos eran 
rrastrados ai campo para ayudar á los trabajos. 

Por el rumbo de Teotimehuacan avanzaban todas las noches los 
uavos tomando posiciones por medio de fosos, y hostilizando cons- 
térnente a las fuerzas mexicanas; lo mismo hacían en distintas 
erecciones, aproximándose mas y mas á los reductos sin que la 
jlaza diese señales de vida en espera de que el enemigo se pusiese 
' alcance de sus cañones y sin pretender salir á su encuentro 

Los gefes superiores contenían el ardimiento de los jóvenes ge- 
Bales y de sus soldados, que se sentían presos y encadenados tras 
e los parapetos. 

III. 

A la madraguda del 22, sobre la primera paralela de la línea de 
aque, flameaba la bandera francesa, apoyando su asta en el centro 
1 doce piezas de batir. 

Por los caminos cubiertos y como las espigas de un sembrado 
.han las bayonetas de los sitiadores que yacían ocultos teniendo 
>r apoyo la formidable batería de brecha. 
A la derecha y sobre el estremo del ramal que pendía del pueblo 
Santiago, y como á 2,000 metros del fuerte de San Javier, se distin- 
ga otra bandera al frente de una batería rayada, cruzando sus 
egos en angolo agudo con los de la primera paralela 
Por el camino recto que viene de la garita de México, tres pie- 
enniaban la avenida hasta la plaza, sin estorbar los fuegos de 
ívacion de los morteros que estaban á retaguardia 
A doscientos metros, otras tres piezas rayadas pretendiendo enfi- 
el baluarte y cortina de San Javier por la parte Nordeste 
El sol se había elevado algunos grados en el círculo del horizon- 
y dentro de algunas horas comenzaría el fuego de la artillería de 
ícha. 

El fuerte de San Javier contaba con dos mil defensores, listos á 
>eler la fuerza con la fuerza. 

Sánchez Ochoa era el comandante de ingenieros, y á su lado 
agrupaban Mariscal, Rodríguez, Troncoso, Ramiro y Hernández 
i tanto se han distinguido por su valor v capacidad 

La bandera mexicana flameaba en los fuertes, y en cada baluar- 
/cada batería, se desplegaba el gallardete rojo símbolo de guerra- 
vista era conmovedora y sublime para todos aquellos valientes 

2-í — EL SOL DE MAYO. 



370 JUAN A. MATEOS 

^uTsTdlsp^an el honor de morir los primeros en defensa d 

Patr La primera paralela abre de súbito sus fuegos, siguiendo las 
terías adyacentes, y el fuego por elevación de los morteros es a 
nado entre la ciudad y la plaza del fuerte. 

_¡Viva la libertad! ¡viva la independencia I-fueron las v, 
que contestaron á aquella tormenta de fuego en sus primeras - 

na ° Aquel grito corrió por el telégrafo del entusiasmo en todas 
líneas y parapetos, era el saludo á la muerte, el himno de alabj 
al dios implacable de la guerra. . . 

Las músicas y las bandas tocaban el himno nacional, acall 
el grito dolorido de los que caian en la arena al golpe de los pi 

ros proyectiles. • i,„+ fl J 

El fuego era espantoso, la plaza contesto con sus baten. 

llamado de sus adversarios. 

El estrago comenzó á sentirse en el baluarte que estaba al 
te de la primera paralela, la lucha iba á efectuarse, dos pieza 
bian sido desmontadas. . 

En esos instantes aparece Sánchez Ochoa seguido de sus ing 
ros, los artilleros los reciben con vivas de entusiasmo, ent< 
Ochoa grita á sus oficiales : 

—¡ A tapar la brecha, ingenieros ! 

Y aquella juventud denodada se lanzó á la muerte, seguí» 
los zapadores, y llevando de continuo gaviones y sacos á tierra. 

El fuego seguia implacable; pero el estrago era reparado s 

Media hora después, la brecha estaba cubierta, y el va 
Platón Sánchez reemplazaba la artillería desmontada. 

El bravo soldado condujo dos piezas y el combate se reno\ 

mas empeño. , , ■- . . .•;. 

Después de dos horas de fuego de brecha, los clarines frai 
tocan alto, y ese silencio que succede al peligro, fué imponent 

Los revestimientos dé los baluartes y cortinas, se veían ai 
biertos por las nubes de polvo y humo que acababan de arroj 
baterías del fuerte. , " --¿ 

Veinticuatro piezas de á doce y dos baterías de morteros Y 
jugado sobre la plaza y fuerte de San Javier. 

Mas de cien cadáveres estaban tendidos en el recinto de la 
y la ambulancia no cesaba de conducir á los heridos. 

Aquel momento terrible, no era mas que el prólogo de 1 
combates que debían preceder á la toma de Puebla. 

IV. 

Luego que cayó la noche, el capitán Pablo Martínez se 
a su alojamiento, donde lo esperaba la dama desconocida q 
dias antes había citado al bravo guerillero. 

Manolo Balboa estaba á la puerta esperando al capití 
venia cubierto de polvo. 



EL SOL DE MAYO 371 



¿Cómo la ha pasado, mi capitán? — preguntó el andaluz. 

— Perfectamente, nos han abierto un boquerón en las cortinas 
del fuerte; pero ya está cubierto, no hay cuidado. 

— He visto muchos heridos. 

— Como que los franceses no tiran con mamones ¡ canario ! dos 
horas de bombardeo no las aguanta ni Satanás, se necesitan entra- 
ñas; pero nos hemos de comer el gallo. 

— Yo creo que mas es el ruido que las nueces. 

— Mira, Manolo, de aquí nos vamos juntos á San Javier para 
que veas de cerca el jaleo. 

— No, mi capitán, con que usted lo diga, basta. 

— Te juro por mi general Zaragoza, que te llevo de las orejas á 
la hora del fuego; y si te matan, que Dios te perdone. 

— j Perdón, mi capitán ! 

— No te saca de mis uñas ni tu reina Isabel' II. 

— ¡ Perdón ! 

— Esta noche vas á San Javier quieras ó no. 

— ¡ Compasión, mi capitán ! 

— Mira, Manolo, primero levantan el sitio los franceses, que yo 
deje de llevarte al matadero; hablemos de otra cosa, ¿dónde está 
esa señora que me busca? 

— Allí está un criado que espera las órdenes de usted, mi capitán. 

— Dile que avance la señora, y pronto, porque no tengo mucho 
tiempo disponible. 

Salió Manolo y envió aviso á Doña Blanca. 

Martínez se puso en tren de visita, sacudió con su pañuelo la 
tierra que cubría su chaqueta, se limpió la frente y esperó impa- 
ciente la llegada de la desconocida. 

V. 

Al cuarto de hora entró Manolo apresuradamente diciendo : 

— Aquí, aquí está la señora. 

— Pues que entre. 

Doña Blanca se presentó en la estancia cubierta con el velo de 
su mantilla. 

— ¿Es usted el capitán Martínez? 

— Servidor de usted, señora; siéntese usted y dispense lo pobre 
de esta casa, pero Martínez no tiene mas muebles que su espada. 

— Perfectamente, ¿estamos solos? 

— Sí, señora. 

— Es que pudiera comprometerme si alguien escuchase lo que 
tengo que decir á usted. 

Levantóse el guerrillero, salió hasta el corredor, llamó á Manolo 
y le dijo: 

— Si dejas .acercar á alguno á esta pieza, te doy una zurribanda 
de palos, y vas en camilla á San Javier. 

— Está bien, mi capitán. 

Volvió el guerrillero al lado de doña Blanca. 

—Estamos perfectamente solos,— la dijo, y esperó á que hablase. 



372 



JUAN A. MATEOS 



_Soy mexicana y estoy interesada en el triunfo de nuestra 

CaU Ü.Yo lo mismo, señorita, y me alegro encontrar un corazón ver- 
daderamente patriota. „ lQirQ o 
—Bien a V usted cree que los franceses tomen la plaza t 
La pregunta era á quema-ropa, y Martínez se quedó atarantado 
-Decia-continuó doña Blanca-que si la opinión de usted era 
que los franceses saldrán triunfantes en este empeño. 

-Yo no sé de cosas de guerra, ni de planos, ni de dibujos; pero 
el corazón me dice que debemos pelear hasta morir. 

-Eso es muy patriótico; pero yo le hablo al señor capitán en el 

™ st Íi S es e un°zig-zag como llaman esos señores facultativos, 
v usted me estrecha á pensar en lo que no quiero. 

-Llegará "ese momento en que será necesario emitir una opi- 
nión, porque los sucesos se adelantan. 

—Nada comprendo de lo que usted me dice. 

—Voy á ser explícita con usted, capitán. _ 

-Lo espero, porque ya mi sangre empieza á subirse a la cabeza 

7 '-Lp^Martínez, la plaza de Puebla va a caer irremisible- 

mente en poder de los franceses. . ' . . , 7on C1 , a 

-Pues bien, señora, yo no me lo quiero decir, pero lo veo, sus 
trabajos adelantan á pasos de gigante, la segunda paralela la esta- 
blecen en estos momentos, y después la tercera y luego estaran sobre 
los baluartes y llegarán á posesionarse de la ciudad; pero eso yo no 
lo presenciaré, porque siento morirme solo al pensarlo. , 

—No tengo mas que añadir á ese cuadro exacto que le presenta 
á usted su imaginación, sino que verá caer en la arena á bus mas 
queridos gefes, que la sangre seguirá corriendo a torrentes sin éxito 
favorable; v que después de tantos sacrificios, la derrota vendrá ine- 
vitable con todos sus horrores... Sí, capitán Martínez, los que sobre- 
vivan á esa catástrofe, serán hechos prisioneros, y vejados y ence- 
rrados en las mazmorras de los castillos, arrastrando la vergüenza 

v la ignominia. 

— a Y qué tengo vo que ver con todo eso, señora t 

-Que acaso en sus manos está evitar en parte estos estragos. 

_¿Y yo quién soy, señora, para oponerme á los acontecimien- 
tos' oscuro capitán, sin otra divisa que el respeto á mis gefes, y 
las simpatías entre mis compañeros, nada puedo hacer, sino mo- 
rir al pié de mi bandera. 

—Y si alguien pudiera asegurar que entregando el fuerte dej 
San Javier se salvaba el ejército... . 

— i Señora '—gritó Pablo Martínez— yo no conozco á usted ni sé a 
oué ha venido; pero esas palabras me asustan mas que me ofenden. 

—Caballero, si propone usted á sus compañeros la entrega de 
cualquier punto de la plaza, evita la efusión de sangre y la muerte 
que amenaza terrible al ejército de la república. 

—Yo no tengo nada que hablar, hemos concluido. 

—Si vacila usted por falta de recursos, tiene usted á su dispo- 
sición todo el oro que necesite. 



EL SOL DE MAYO 373 



Alzóse entonces el guerrillero con toda la energía de su dig- 
nidad ultrajada, y encarándose á Doña Blanca, la dijo con voz 
trémula y balbuciente : 

— Señora, la pobreza tiene su orgullo; vea usted, no tengo mas 
ropa que estos girones cubiertos con el polvo de las trincheras, 
estoy miserable; pero mi honor hasta hoy no tiene una sola mancha, 
por eso conservo el aprecio de todos; si mi situación que en estos 
momentos es triste, la faculta á usted para proponerme una infa- 
mia, se esta usted equivocando, yo no he querido recibir paga por- 
que no se crea que lucho por interés, y estos harapos son mi gloria; 
no, yo no puedo cometer una acción tan ruin, ni creí jamas que se 
me propusiera... usted no me conocía y al fin es usted una señora, 
yo le perdono sus palabras que verdaderamente me han hecho mal. 

— Capitán, yo no me he esplicado bien, usted ve en esto una 
traición, y á su vez se equivoca; porque el miedo á la sangre es 
lo que me ha impulsado á dar un paso que ahora conozco es impru- 
dente, puesto que trastorna el sentido de mis palabras. 

— Yo no sé si habré hecho mal; pero mi honor me dice que 
bajo ningún pretexto debo vender á este ejército que lucha de 
una manera tan heroica por salvar este suelo, este suelo donde 
también he nacido. 

— Por él me intereso, capitán, que no ciegue á usted el espíritu 
de patriotismo; veamos la luz y no nos obcequemos, ¿qué ganará 
México con una defensa estéril? la muerte de sus mejores hijos, la 
pérdida de sus intereses y matar las fuentes que pudieran servirles 
mañana para salvarse. 

— Todo, todo es cierto; pero yo no seré el que deba salvar á 
mis compañeros de esa manera ni por ese camino; prefiero esperar 
una desgracia cierta y no manchar mi nombre. 

— Puesto que no nos entendemos, hemos concluid®; dentro de 
algunos dias usted me buscará, cuando ya la plaza esté reducida 
á escombros y la muerte asome por los parapetos derribados y 
entre las ruinas de la ciudad. 

— No lo espere usted, señora; porque acaso no sobreviva á esa 
desgracia. 

— Adiós, capitán, piénselo y nos veremos. 

El guerrillero saludó á Doña Blanca, y la dama salió del apo- 
sento bajo el espeso antifaz que cubría del todo su semblante. 

VI. 

— Aquí hay traición, los franceses tienen aquí emisarios, y en 
un descuido nos entregan como á carneros. 

El guerrillero dudaba si debia dar parte á su general, pero le 
detenia el aparecer como un denunciante, aun cuando fuese en 
servicio de su patria. 

Los corazones generosos huyen por instinto de ciertas acciones 
que pueden arrojar una mancha en el puro cielo de la conciencia. 

— Me parece, — decía Martínez, — que este Manolo trae algo en 
este negocio; si lo pillo en un renuncio, lo pongo ai frente de una 
batería, hasta que lo maten... 



g74 JUAN A. MATEOS 



—¡Manolo! ¡Manolo! 

El andaluz entró pálido como la muerte. 

—¿Conoces á esa señora del velo? 

—Lléveme el diablo si la he visto mas de dos veces. 

—¡Mira, Manolo, que te corto una oreja! 

-Puede mi capitán cortarme lo que guste ; no por eso sera 
menos verdad lo que le digo. 

— ¡ Manolo, que te doy una tunda ! 

—Pues señor, esto sí se llama estar fastidiado. 

-Parte en acecho de esa señora, y vuelve á decirme donde es 
su casa, si no te desuello vivo. - . 

-Estoy salvado-pensó Manolo, y sin esperar la repetición 
de la orden, salió del aposento como alma que se lleva el diablo 

-Esto pica en historia, el ejército puede minarse en un des- 
cuido y yo debo estorbarlo á costa de mi vida si es posible 

Asomóse al balcón, tocó las manos, y al ruido volvió Manolo 

ligero como un ciervo. , 

-Muchacho-gritó el capitan,-dí á la persona que acaba de 

salir, que vuelva al instante. 

Manolo echó á correr como un desesperado. 
-Traición por traicion-dijo el guerrillero ;-me han humilla- 
do, me han querido comprar, pues bien, esto mismo puede hacer 
que á esos gabachos se los lleve el demonio; sí, me vengaré de una 
vez, me la van á pagar todos juntos. 

Martínez se paseaba á grandes pasos y en su mirada lucia un 
rayo siniestro, relámpago lúgubre del pensamiento 

-Eso, eso es,-decia el guerrillero, -se estrellaran como el 
agua en las rocas de las olas altas, allí las he visto hacerse pe- 
dazos. Vamos, que estoy dispuesto á jugarles una que puede ca- 
tarles el pellejo; ¡esta gente no sabe quién soy, no faltaba mas, 
que yo, el capitán Martínez, que he visto morir al general Zara- 
goza, ahora vendiera á mis hermanos ! ya verán lo que les pasa. 
Me parece que suben la escalera, sí, es la dama. 

VII. 

Doña Blanca entró orgullosa de su triunfo en el aposento,! 
mientras Manolo, como un sabueso, husmeaba por una rendija de; 
la puerta por si podía atrapar una palabra. 

—Y bien capitán —se aventuró á preguntar la condesa, que-! 
riendo evitar á Martínez la pena de la primera palabra. _ 

—Señora, he reflexionado sobre lo que usted acaba de decirme. 

—Al ñn ha comprendido usted todo el horror de la situación. 

—Sí, la toma de la plaza es indefectible, y es necesario salvar 
á mis compañeros. 

-¿Luego aceptará usted todo el plan que le he propuesto? 

—Quiero oírlo detenidamente. 

—Voy á explicarme: mañana en la noche entran al baluartt 
de San Javier los batallones donde están todos los amigos íntimo! 
de usted. 



EL SOL DE MAYO 



375 



gg cigrto. 

—Les habla usted de una manera que no pueda comprome- 
terle. 

— Bien. 

—Les hace usted presente las graves consideraciones de conve- 
niencia pública y privada, que hacen forzosa la entrega del fuerte. 
—¿Y los generales, señora?— observó Martínez, como teniendo 
un último escrúpulo. 

—Serán considerados por Forey, y enviados á Francia, donde 
se les dispensarán las mayores atenciones. 
— ¿Y esto será cumplido? 

—La palabra de una dama, caballero, puede parecer demasia- 
do poco, pero ahí tiene usted un pliego en blanco firmado por el 
comandante en gefe de la expedición, haga usted de él el uso que 
le convenga. 

La condesa entregó al guerrillero el papel, que éste recibió 
fingiendo una timidez que estaba muy lejos de influenciarlo. 

— Tiene usted ademas en esta cartera, billetes por valor de 
cien mil pesos para repartir entre los oficiales. 

El guerrillero los tomó temblando, porque la ira estaba pró- 
xima á estallar. 

— Ahora, — dijo la condesa, — es necesario seguir al pié de la 
letra mis instrucciones. 

— Ya escucho,— dijo Martínez, pálido de coraje. 
— Hoy queda establecida la segunda paralela, y mañana al 
anochecer se arrojarán los franceses sobre el fuerte. 
— Bien. 

— Hará usted clavar las piezas, los oficiales gritarán «traición,» 
y los soldados, cediendo á esa palabra, huirán en medio del des- 
orden. 

— Está bien combinado,— dijo Martínez, ahogándose de rabia. 
— Todo es demasiado sencillo, depende de clavar las piezas, lo 
que puede ejecutarse con poner de acuerdo á tres ó cuatro indivi- 
duos; después del asalto nos veremos para llevar á cabo este ne- 
gocio. 

— Estamos arreglados. 

—Agitad por tres veces una linterna por el baluarte de la de- 
recha, ésta será la señal de asalto. 

— Sí, — respondió Martínez, — estoy enterado perfectamente, cla- 
varé las piezas y agitaré por tres veces la linterna en el baluarte 
de la derecha. 

— ¿Nada se ofrece, capitán? 
— Nada, señora. 

—Adiós, si el éxito se logra, el porvenir de usted corre de mi 
cuenta. 

— Gracias, señora. 
— Adiós. 
— Adiós. 



376 JUAN A. MATEOS 



VIII. 

Luego que los pasos de la dama se perdieron en los corredores, 
el capitán so volvió con desesperación por la puerta por donde 
acababa de desaparecer la condesa, y gritó : 

— ¡ Cien carretadas de demonios con las malditas mugeres ! son 
capaces de voltear el mundo al revés, estoy que ardo como una 
bomba de á trescientas pulgadas, esta audacia no tiene nombre: 
¡vive Dios!... esta cartera me está quemando la mano. 

Después de reflexionar un momento, dijo: 

■ — Si alguien supiera que yo poseo esta cantidad, pudiera de- 
nunciarme y creerse que vendia al ejército, y seria yo ahorcado 
en medio de las maldiciones de toda la ciudad y el ejército. ¡Juro 
por la memoria de mi general Zaragoza, que esta cartera saldrá 
del cañón con el primer disparo! 

Puso la cartera sobre la mesa donde estaban sus armas y salió 
al corredor á gritar á su asistente, porque el fuego comenzaba á 
oirse menudear en todas direcciones. 

No bien Martinez se alejó, cuando Manolo, que todo lo habia 
escuchado, entró violentamente al aposento, tomó la cartera, sacq 
los billetes sustituyéndolos con algunas cartas que él llevaba en 
la bolsa, y se alejó á depositarlos perfectamente atados en un pa- 
ñuelo, en el mismo sitio donde guardaba su tesoro. 

Regresó el guerrillero, guardó la cartera con sumo cuidado,; 
bajó las escaleras, montó en su caballo y se alejó á todo escape! 
rumbo al fuerte de San Javier. 



CAPITULO III. 
Del primer asalto sobre la línea. 

I, 

El capitán Martinez llegó á la Penitenciaría y llamó á uno 
de los gefes de mas confianza para comunicarle la tentativa hecha 
por la condesa sobre la entrega del fuerte. 

Alarmóse el amigo del guerrillero, porque estaba seguro de no¡ 
ser el capitán el primer invitado á traicionar, y no habia ya un! 
momento seguro toda vez que la desconfianza se introducía eíj 
las filas del ejército. 

— Por ahora, amigo Martinez, me marcho á dar parte al gene-¡ 
ral Ortega, y los franceses serán los sorprendidos. 

—Ese ha sido mi plan, el triunfo es seguro, puesto que está; 
en nuestras manos el llamarlos sobre el fuerte. 

■ — Mañana va á ser ello, amigo mió; acompáñeme usted al 
cuartel general. 



EL SOL DE MAYO 377 



Los dos amigos se dirigieron á ver al general Ortega, que en 
aquellos momentos de reposo jugaba al ajedrez con el general Gon- 
zález Mendoza, su consejero y amigo. . 

Mendoza es una persona notable por su capacidad y sobre todo 
por sus felices ocurrencias; es lo que vulgarmente se llama un 
hombre raro. 

Su conversación es instrupctiva, porque tiene un gran caudal 
de conocimientos; hombre fino y de una familia distinguida, ha 
hecho una carrera científica, los puestos que ha ocupado han sido 
servidos co¡i una exactitud y una honradez á toda prueba. 

El imperio lo llamó, después de su destierro, á la gefatura po- 
lítica de México, en los momentos en que la inundación amenazaba 
la ciudad y el cólera se aproximaba. 

Mendoza, con una grande actividad, trabajó sin querer recibir 
alguno, y después se retiró á sufrir en silencio las consecuencias 
de ese paso : hoy vive en el retiro de la vida privada. 

Ortega y Mendoza estaban empeñados en el juego, diciéndose 
galanterías pero batiéndose á muerte. 

La opinión general acusa á Mendoza de haber influido en 
Ortega para decidirlo á la defensa pasiva de la plaza; la historia 
juzgará imparcialmente sobre esos acontecimientos. 

— Señor general, ese rey está encerrado, y si enfilo mi torre, 
no tendrá salida. 

— Es que mis peones lo amurallan. 

— Puede ser que le corten el paso. 

—Cuando quiera usted enrocarse ya no será tiempo. 

— No hay cuidado, cuando lleguemos á ese estremo, ya habrá 
perdido el enemigo sus mejores piezas. 

— Es que no las sacrificaré si no estoy seguro de un próximo 
triunfo. 

— Yo debilitaré á usted hasta hacer infructuosos sus ataques. 

— Es que ese rey puede morir de apoplegía. 

— No importa, juguemos. 

—Jaque al rey. 

— Eso no es nada. 

— Le quedan tres casillas solamente. 

—Valen por un campo retrincherado. 

—Será tarde dentro de dos jugadas. 

— Nunca es tarde, señor general Ortega. 

— Ya lo veremos, puede pasaros lo que á uno que se volvió 
loco queriendo cortar con unas tijeras un chorro de agua. 

—Perdone usted, general; ya estaba loco cuando quiso hacer 
ese disparate. 

— Jaque, y... 

—Y mate, — dijo Mendoza, — estoy vencido. 

II. 

Martínez y su compañero hablaron con los gefes, del asunto 
que los llevaba al cuartel general. 



378 JUAN A. MATEOS 



Mendoza envió al guerrillero al fuerte, diciéndole que estu- 

VÍer Or P d r enó r tod o lo conveniente para rechazar la intentona de 
los franceses y fué personalmente á dar sus disposiciones 

El enemigo habia adelantado considerablemente por el rumbo 
donde se distinguieron la noche anterior los faroles de los inge- 
nieros, alumbrando la línea de trabajos, que marcaban una nueva 
obra de camino cubierto, que partía del panto de reunión del ramal 
del pueblo de Santiago al camino abierto. 

Aquella nueva obra se dirigía hacia la Alameda, como buscando 
la aproximación á un ángulo recto con la primera paralela, para 
cruzar los fuegos de brecha y batir la línea de la Plaza de toros 
y la de redientes de Morelos. 

De la primera paralela seguían también los trabajos, estando 

ya marcada y concluida la segunda; pero aun no estaba artillada. 

En la ía]da S. E. del cerro de San Juan, lo mismo que en la 

garita de México, adelantaban violentamente los trabajos de zapa, 

la línea se estrechaba mas y mas. 

El fuerte de Ingenieros descargaba sus baterías sobre las fuer- ¡ 
zas que se aproximaban á la garita de Teotimehuacan. 

Pasóse el día sin acontecimiento notable, el fuego de bomba 
á grandes intervalos seguía haciendo estragos por diversos puntos 
de la ciudad, haciéndose mas notable en la Plaza principal y calles 
adyacentes. 

Caia la noche cuando el 6 o batallón de Guanajuato, a las or- 
denes del valiente coronel Montesinos, acababa de llegar á San 
Javier para relevar al I o de la misma división, que hacia cuarenta 
y ocho horas que estaba de faena. 

Las músicas de ambos batallones tocaban piezas marciales en- 

la plaza fuerte. 

Los oficiales se paseaban por el recinto y alguna mquetud se^ 
notaba en toda la Penitenciaría. 

El capitán Martínez tomó una de las linternas de los ingenieros, 
acercóse á la trinchera del baluarte de la derecha, y agitando la 
luz por tres veces fuera del parapeto, se fué á colocar entre sus 
compañeros. 

Esta señal fué percibida perfectamente en el campo de los 
franceses. 

Saltan los zuavos de la segunda paralela y de la cabeza dé 
zapa adelantada valientemente sobre el baluarte. 

Los clarines de la fortaleza tocan enemigo, la alarma cunde y 
las baterías disparan á metralla sobre los asaltantes. 

Oyese de cuando en cuando y entre las detonaciones de la 
artillería, el clarín de los zuavos que marca el paso de ataque. 

Los defensores de San Javer abren sus fuegos, arman la bayoi 
neta v esperan serenos y resueltos el ataque. ¡ 

Las baterías de la Plaza de toros y los redientes, protejen la¡ 
defensa. 

Por el flanco izquierdo llega el general Negrete con sus fuerza 
de reserva, y alienta á los soldados con vivas de entusiasmo que I 
adelantan decididos á combatir. 



EL SOL DE MAYO 379 



En medio del mas grande peligro y en el baluarte donde ha 
puesto su mira el enemigo, se distinguen á la luz del fuego á 
los ingenieros, de entre ellos sale de súbito una voz, es la del gefe 
Sánchez Ochoa que grita á sus oficiales con una entonación terrible: 

— ¡Ingenieros! ¡fuego á las minas! 

Sobre el glasis del baluarte se eleva una llama roja como las 
primeras exhalaciones de un volcan, óyese una fuerte detonación 
me llena de espanto á las columnas próximas á los fosos del para- 
peto. 

La vivida luz de aquel relámpago gigante alumbra el espantoso 
juadro de la desolación; la muerte salia del abismo, y la tierra abria 
pus vórtices para devorar á aquellos valientes que desafiaban al des- 
ino arrebatados por el entusiasmo de sus gloriosas tradiciones. 

Los fuegos de la fusilería son incesantes, y el campo todo se ilu- 
mina con las vividas luces de los disparos. 

En medio de aquella claridad de muerte y de agonía, se ve re- 
troceder á los asaltantes, rechazados, en fuga y diezmados por la 
netralla, buscando asilo en los caminos cubiertos y tras los gaviones 
de la paralela. 

Los clarines tocan alto el fuego, y los sitiados levantan un cla- 
noreo de victoria que se deshizo en un himno de alabanzas al Dios 
¡ie los ejércitos! 

III. 

La gritería se apaga, y entonces se escuchan los ayes de los heri- 
dos y las voces de la ambulancia que atravesaba en todas direccio- 
les recogiendo á los infelices soldados cuya sangre salpicaba los 
nuros de los baluartes. 

Entre aquella multitud agitada entre el humo de la pólvora y el 
/apor de la sangre, vagaba una muger con la mirada perdida, el 
abello destrenzado y la boca espumante por la rabia. 

Entrábase entre los grupos de soldados, los recorría buscando 
í un hombre. 

. Acercóse á aquella muger un oficial y dijo en voz baja: 

— ¡Doña Blanca!... ¡doña Blanca!... 

— ¿Quién me llama? — respondió la loca. 

— ¿Qué hacéis aquí? 

— Quiero vengarme del miserable que me ha engañado. 

— Señora, estáis demente, ¡ volved en vos por compasión ! 

— ¡Dejadme! yo necesito vengarme, pero de una manera terri- 
)le; ¿dónde está ese capitán? 

— Venid conmigo, salid de este lugar, este es un sitio de mal- 
iicion para vos. 

— ¿Pero no veis que el campo está lleno de cadáveres?... ¿que á 
ni voz se han lanzado sobre los baluartes, seguros de tomarlos, y que 
>olo han encontrado el bronce y la muerte? 

— Salgamos, señora, salgamos, yo os lo ruego en nombre de 
mestro padre. 

— ¡ Mi padre I 



380 JUAN A. MATEOS 



r- 



— Sí, no es este vuestro lugar, vuestra exaltación os ha perdido, 
venid. 

El estudiante Mondoñedo, que era el hombre que hablaba á la 
Montemolin, la tomó por el brazo y la sacó de la Penitenciaría. 

Llegaron á la casa de la señorita Mons, que se encontraba en si- 
lencio. 

— Reposad,— dijo el estudiante, — mañana pasaré á veros. 

—No me abandonéis, tengo miedo. 

— Estaré aquí para cuanto pueda ofrecerse, adiós 

— Adiós, Mondoñedo, me siento mal en el espíritu. 

— Sosegaos, señora, y dormid. 

La condesa se entró en el lecho, pero no pudo dormir entregada 
á la fiebre de sus pensamientos. 

La infeliz joven habia creído en las promesas de Martínez y s€ 
encontraba burlada cruelmente. 

Solo esa venda que cae sobre nuestros ojos cuando las pasiones 
se desatan en el mar del alma, puede hacernos desconocer la verdad 
resplandeciente; y es que el corazón humano se empeña en engañar 
se y huye la realidad como de una desgracia. 

La condesa tenia accesos de locura, su cerebro no habia podidq 
resistir tanta contrariedad en la situación terrible en que se encon 
traba- 

— ¡ Pobre muger ! barca desmantelada en la borrasca deshechs 
de la existencia, sin playa ni horizontes. 

Débil criatura arrastrada al campo arenoso de las dificultade 
en el vaivén de la lucha humana. 

Habia soñado un instante y comenzaba á despertar en el silencie 
de una noche eterna. 

Pugnando por salir de la atmósfera que la abrumaba con ur 
peso irresistible, su pensamiento se perdía en la tangente de lo des 
conocido, en el seno de la demencia. 

Se encontraba de improviso en un mundo desconocido, viendt 
entrar el invierno en el campo de sus esperanzas, cayendo una á un 
las flores, cuyo perfume habia aspirado en los jardines de su amj 
bicion. 

¿Qué haria sola, sin amparo, engañada en su amor, burlada ei 
sus planes y viviendo entre el odio de una rival, cuyo corazón abo 
rrecia acaso por primera vez 

El cielo estaba cerrado para ella, por eso tendía su vista inquie 
ta sobre aquellos campamentos, foco de sus ensueños, allí estaba e 
hombre de su amor, la última tabla para salvarse en el naufragii 
de su existencia. 

Doña Blanca tenia desconfianza, creía que como en Mayo, lo 
franceses podrían levantar su campo, y entonces seria para siempre 

¡ Se veía Ikgar desolada á Europa, y mas tarde encerrada en I 
celda de su convento, donde pasaría el resto de su vida condenando 
su audacia y llamando á gritos a la muerte ! 



EL SOL DE MAYO 381 



IV. 

En el campo francés pasaba también otra escena de desespera- 
ción: Wask acusaba á don Fernando de haber comprometido un 
ataque por medio de un aviso falso y engañoso. 

— Caballero — decia el conde, — esta persona jamas ha dicho una 
mentira. 

— Con que esta sea la primera, es suficiente. 
— Os digo que no estoy para bromas. 

— Lo creo, como que una de las vuestras ha causado la muerte 
de centenares de hombres. 

— Os digo. Wask, que no está el tiempo para burlas. 
— Parece que os disgustáis. 
— Si lo conocéis ¿á qué seguir en ese terreno? 
— Es que á mí me pone del mejor humor del mundo una contra- 
riedad. 

— No sentimos lo mismo, dejadme. 
— Sois mi compañero de infortunio y con vos parto mis alegrías 
7 mis aflicciones. 
— Pesado estáis. 
— Puede ser. 

—Y lo extraño porque os he visto perder la moral en multitud 
le ocasiones. 

— He tenido razón, ahora estoy tranquilo, porque ya circula la 
r oz de una revancha y la tomarán los franceses, estoy seguro de 
lio. 

— Entonces ¿á qué molestarme? 

—La ocurrencia de la carta de aviso y la agitada de la linterna 
aágica, tiene su mérito. 

—Wask, nos estamos equivocando, ¡si volvéis á dirigirme la 
alabra, os levanto la tapa de los sesos!— y el conde llevó la mano á 
U. revólver. 

— ¡ Quieto ! — gritó Manzanedo, — esas son palabras mayores. 
—No hay cuidado,— dijo Wask,— el conde está atufado, y cuan- 
o riñe se hace insufrible. 

El conde se salió de su tienda de campaña, queriendo evitar un 
Dmpimiento con su cómplice. 

Luego que don Fernando se echó á andar por el campo, el aven- 
irero se puso á reir siniestramente. 
—No juguéis con el fuego, Wask. 
— Soy incombustible. Manzanedo. 
~T7.l mndp. ps terrible. 

—Es una fiera á quien me gozo en hostigar con hierro candente. 
—Puede volverse contra vos y arrancaros el corazón. 
—No temáis, tengo una armadura interior que me defiende. 
—Es que el plomo de su pistola atraviesa la malla. 
—Os confesaré, Manzanedo, que odio á don Fernando mortal 
ente, que siento hervir la sangre en mis entrañas. 
—Presiento que acabareis por mataros. 



JUAN A. MATEOS 



To deseo vivamente, ese hombre tiene un signo de maldici 

lanzarme sobre él como una ñera. 

—Pero ese odio es horrible, Wask. , 

-Sí, Manzanedo, yo no me lo explico; pero lo siento. 

Igüedo; de pocos dias á esta parte, ha crecido cometí 
Océano. 

13fi££££^-: Heva Mcia él, sé ademas = 

maS ^Yo procurare rlconcüiarTo con vos mismo, pensad en nuej 
liga en que los tres formamos una potencia, y la separación s| 
la pérdida de un miembro, la mutilación. 

Zsabed, d a a demas, que el aviso dado á don Femado sobre el I 
mip de esta noche, vino por mano de la condesa. 

_¿ Luego ese hombre ha llegado hasta la Montemolm? 

qí ha llps-ado v su nombre le es fatal. • 

l|^e hombíe nYcansa pavor, ya veis que tengo algo deseo,,, 
do en el alma que me hace respetar y maldecir al conde, él est.f 
t-ivp nnqntros v no le conocemos aún. ¿¡ 

-leTlo que fuere, es nuestro brazo derecho, y hay que coi* 
porizar vos estáis en la víspera de una fortuna inmensa y yo d 
r P eahzadas mis esperanzas. Forey no se dará por vencid -con la 
trariedad de esta noche, los sitiados no toman la iniciativa y qu^ 
Rulados después de 'su victoria, sin avanzar nada en su pe, 
situación. 

ZEnténIÍprudencia, amigo mió, prudencia, no os entre., 
al histérico de un odio sin fundamento. 
—No hablemos mas de ello. 

— j Conserváis vuestros documentos? J 

-PeSamente, aquí tengo la escritura, por la cual Mr 
li ff nv debe entregarme" mi parte asignada en el negocio de J 
en la misma escritura está la cantidad que el conde debe pe 
muy pTnTo bremos las divisiones y nos separaremos paraji 

^"los dos amigos se quedaron pensativo. '.Monedo ^sacó 
cartera su última correspondencia con el cond . e ^ Mo f \^ u 
co ^,«0 á hacer números y cálculos con su lápiz, sin iiaiu<^ 
atencfon'os gríos de los heridos franceses qne atravesaban , 
camillas frente á su tienda de campana. 



EL SOL DE MAYO 383 



CAPITULO IV. 
Tres cuartos para la toma de un fuerte. 



El 24 de Marzo, al amanecer, se distinguía el asombroso trabajo 
de zapa en el campo francés, la artillería de brecha estaba estableci- 
da en la segunda paralela, en número de doce cañones rayados. 

El camino cubierto nuevamente, emprendido desde el ramal de 
Santiago, llegaba á ochocientos metros del fuerte de San Javier, y 
'la batería que el primer dia de fuego apareció á dos mil metros, se 
avanzaba considerablemente, y establecida á la misma distancia que 
la segunda paralela, en un ángulo de setenta grados y cruzando con 
ella sus fuegos. 

La batería situada en el cerro de San Juan, se había también 
adelantado A la plaza, á la altura de la segunda paralela, de suerte 
que los tres puntos cruzaban sus fuegos, convergiendo sobre uno 
solo del fuerte. 

La batería de la garita de México, estaba aumentada y reforzada 
por seis piezas mas, también rayadas. 

La cabeza de zapa en la línea de ataque, continuaba atrevida 
iniciando el establecimiento de la tercera paralela. 

Los ingenieros mexicanos estaban al concluir la línea cerrada, y 
se habían comenzado las obras interiores en las manzanas y conven- 
tos designados. 

Las calles estaban cerradas con fuertes parapetos, y los balco- 
nes de los edificios con sacos á tierra. 

A la primera luz de la mañana, cincuenta cañones rompieron un 
fuego terrible de brecha sobre el fuerte de San Javier. 

El espacio se veía surcado de proyectiles y el campo se envolvía 
en una tormenta de humo y de fuego, los revestimientos y cortinas 
de los baluartes, se estremecían al constante choque de ios proyec- 
tiles. 

Las baterías mexicanas no cesaban de descargar sobre los sol- 
dados de la paralela, los infantes esperaban con la bayoneta armada 
el próximo asalto que vendría después del fuego de brecha. 

Dos horas largas de jugar las baterías, habían hecho formida- 
bles estragos, los fuegos de San Javier se debilitaban, y era que diez 
piezas habían sido desmontadas, y los artilleros, en su mayor parte, 
yacían tendidos bajo las cureñas de sus cañones. 

Tres de los baluartes sufrían aun las descargas incesantes de 
la paralela, uno en ruinas y con la brecha casi practicada, y el 
otro al derrumbarse. 

Los ingenieros luchaban por reponer los revestimientos, y pa- 
rapetando y defendiendo entre el peligro mas eminente á los he- 
roicos soldados del fuerte, unas veces con gaviones, otras con sacos 
á tierra, y algunas hasta con cadáveres. 

Las fuerzas faltaban, el trabajo vencía á la naturaleza; pero 
no podia apagar el aliento indomable del patriotismo. 



384 JUAN A. MATEOS 



La bandera de la patria estaba sobre el baluarte hecha giro- 
nes y ametrallada; parecia que el genio invisible de la heroicidad 
la sostenia sobre aquellos escombros ensangrentados. 



II. 

Iban trascurridas tres horas de un fuego de brecha espantoso, 
cuando los clarines franceses tocaron alto. 

Entonces hubo un momento de contemplación dolorosa; una 
tercera parte de la artillería del fuerte, estaba destruida com- 
pletamente, los baluartes todos, las cortinas y trasversas, pero no 
completamente arrasados. 

El coronel Gagern entró al fuerte con el batallón de Zapa- 
dores, que entrega al infatigable Sánchez Ochoa, y entonces co- 
mienzan los trabajos de reparación, mientras los artilleros colo- 
can nuevas piezas en los baluartes, bajo la dirección del valiente; 
Zeferino Rodríguez. 

Los cadáveres se recogian da aquella arena ensangrentada; Octa- 
vio Rosado levantaba personalmente á sus queridos soldados de; 
Guanajuato tendidos sin aliento al pié de su estandarte. 

Pasóse el resto del dia en constante trabajo, siendo molestados 
sitiados y sitiadores por las bombas que de tiempo en tiempo 
arrojaban los fuertes y paralelas. 

El 3 o y 6 o de Guanajuato reemplazaron á sus compañeros en 
la plaza del fuerte y esperaron arma al brazo al enemigo. 

Ochenta bocas de fuego jugaron media hora en el campo de 

la lucha. 

Daban las once de la noche, cuando de súbito se deja oir ese 
toquido eterno del clarin de los zuavos, que marca el paso de 
ataque. 

El fuerte y todos sus baluartes, anuncian que el enemigo ha sal- 
tado su tercera paralela y se dirige sobre el reducto. 

Los cañones del fuerte arrojan el plomo, y con él la muerte j 
el esterminio. 

La reserva, mandada por Negrete, acude al lugar del com- 
bate en los momentos supremos del conflicto. 

Los cañones franceses alzan sus miras y demuelen la parte alta 
de la Penitenciaría, mientras sus soldados avanzan á paso gim- 
nástico sobre el fuerte hecho pedazos. 

Negrete habia llegado á tiempo, un fuego terrible de fusilería 
corona los baluartes, sobreponiéndose á su estallido los ecos de la 
artillería que jugaba á metralla sobre los franceses. 

El enemigo no pudo resistir á esa catarata de hierro candente, 
y aquellos bravos y valientes soldados fueron puestos en fuga y dis- 
persión, porque la muerte los seguía en medio de las sombras, y 
los alcanzaba al relámpago de los disparos. 

El segundo asalto estaba frustrado. 

¡ Oh ! si entonces á aquella tropa victoriosa se le hubiera con- 
cedido el salir de sus parapetos acribillados, en pos de su enemigoJ 



EL SOL DE MAYO 385 



¡cuánta sangre se hubiera ahorrado, cuánto hubiera cambiado el 
destino oscuro de la patria en las amargas horas de su infortunio ! 

III. 

El 25 de Marzo la tercera parálete estaba establecida y la línea 
de fuego á quinientos metros del fuerte, y de ella se prolongaba 
siempre amenazante el camino cubierto; parecia que la cabeza de 
zapa venia buscando el glasis hasta la contra-escarpa de los fosos. 

En la parte de las baterías cruzadas de la falda del cerro de 
San Juan y en el ramal que se dirigía á la línea de redientes y 
Bameda, se notaba que los trabajos de zapa se extendían á dere- 
ha e izquierda, como para establecer ó aumentar su artillería. 

Por la garita de México estaba todo tranquilo, solo de tiempo 
m tiempo lanzaba sus bombas sobre la ciudad. 

A las nueve de la mañana comenzaron ya los fuegos de eleva- 
ion sobre la plaza del fuerte, y se pudo entonces descubrir, que du- 
ante la nome habían situado pequeños morteros en distintas direc- 
íones, que hacían un efecto terrible sobre los infantes y artilleros. 

La primera y segunda paralela alternaban en sus proyectiles 
las baterías adyacentes cruzaban sus fuegos, impidiendo la re- 
paración de San Javier. 

Así pasó todo el día sin ningún incidente notable; los soldados 
leí campo mexicano, no descansaban en su activo trabajo de forti- 
cacion interior. 

Por la noche siguió un fuego pausado de artillería por ambas 
artes. 

Los ingenieros y artilleros se hallaban tan adelantados en 
us obras, que ya el enemigo se encontraría con nuevos obstáculos 
n su segunda intentona. 

La tercera paralela estaba concluida y artillada con doce piezas 
e brecha, rayadas y de grueso calibre. 

< La posición de esta última línea, distaba como hemos dicho 
umientos metros del fuertes de San Javier. 

Las baterías del cerro de San Juan y del ramal de Santiago, 
oe habían sido avanzadas, conservaban sus mismas posiciones á 
mocientos metros del fuerte; pero habían sido reforzadas coñ- 
udo con doce piezas mas, rayadas y de brecha. 

El aumento era, pues, de veinticuatro piezas, y el total en la 
lea de ataque, comprendiendo las baterías de morteros de la 
irita de México, arrojaban un número de mas de ochenta bocas 
' fuego. 

Los pabellones mexicano y francés estaban tan cerca, que po- 
an distinguirse en ambos campos sus águilas. 

Numerosos gallardetes rojos en distintas direcciones, se ele- 
■ban sobre cada batería para marcar la colocación de fuegos 
tizados y paralelas. 

Sonó por fin la hora fatal, las seis daban en los relojes de la 
aza, el ronco clarín de la artillería francesa mandaba romper 
fuego á las baterías. 

25 — EL SOL DE MAYO. 



386 JUAN A. MATEOS 



\ 



Un momento después, la tormenta se sacudió sobre los punti 
todos del fuerte de San Javier.. 
—¡Horrible espectáculo! 

La artillería mexicana contesta con vigor; pero en vano no l 
es dado comnetir con su enemigo, su número de piezas es mferiol 
la lucha desigual, aunque gloriosa para la repubhca. 

Después de una hora de combate, las brechas comienzan 
practicarse, y en los baluartes y cortinas que dan su frente I 
las paralelas, algunas piezas se ven ya desmontadas, los pelotone 
todos de artillería, están muertos al pié de sus cañones; distir 
guense entre aquellos cadáveres, multitud de gefes y oficiales, 1 
sangre corre á torrentes por las esplanadas; pero nuevos artille^ 
han sustituido á los que acaban de morir, el valiente Plato 
Sanche» se bate con un heroísmo indecible, y a su lado y entl 
el polvo con el rostro ennegrecido por la pólvora, se distingue 
bravo ingeniero Sánchez Ochoa, que con sus oficiales lucha en van 
por tapar la brecha que abre implacable la artillería _ enemiga 
cada gavión que colocan es despedazado al instante, dejando ta 
solo el rastro de la sangre y los cuerpos horriblemente mutilados j 

los zapadores. ■<!„««- I 

En lo alto de la Penitenciaría se distinguen los rifleros ( 
Nuevo-Leon, cuyos tiros llevan la muerte á los artilleros francese. 

Las infanterías del 2 o de Guanajuato, á las órdenes de Octav 
Rosado, el 6 o á las de Montesinos, y algunas compañías de Morelí 
ayudan en medio del fuego á los artilleros é ingenieros. 

El fuerte de Morelos, en su línea de redientes, y las baten, 
de la Plaza de Toros y flanco derecho del fuerte del Carmen, batj 
con actividad y decisión al enemigo; pero haciendo un débil efed 

La mayor parte de la artillería francesa está enterrada en i 
paralelas, y descubre solamente sus ennegrecidas bocas. 

IV. 

Son las nueve de la mañana, el fuego de brecha ha cesad 
; pero la vista que presenta el fuerte de San Javier es espantos 
La muerte y el esterminio dejan sus sangrientas huellas por tod 
partes, restos humanos están aquí y allí, diseminados por el efe< 
de las bombas y el terrible proyectil rayado. Algunos soldac 
agonizantes se arrastran cerca de los fragmentos de los masti 
V cureñas despedazadas, las piezas todas de sitio, yacen esparcic 
en aquella arena, y sus bocas aun exhalan el humo de sus reciti 

tes descargas 

Las brechas están perfectamente practicadas; pero el toque 
asalto aun no suena; el enemigo vacila y se detiene ante el heroisi 
de una defensa magnífica. 1 

A la una en panto del día los cadáveres y heridos habían s. 
separados del lugar del sacrificio, y una nueva escena, el seguí 
acto de aquel drama sangriento iba á comenzar. 

El fuerte estaba un tanto reparado, no ya en la linea de i 
baluartes y cortinas, porque estaban acribilladas; pero .trinche 



EL SOL DE MAYO 387 

y parapetos dentro de la Plaza del fuerte, se elevaban potentes 
para resistir de nuevo el choque terrible del enemigo. 

La hora se acercaba, y los ingenieros, con su actividad y au- 
dacia, han levantado aquella línea al frente de los asaltantes; entre 
aquellos jóvenes falta el teniente Hernández, herido sobre la plaza 
del fuerte. 

La línea de defensa ha sido artillada con piezas de batalla 
por el denodado gefe Alejandro García y el artillero Manuel Inclan. 

Junto á esas piezas está Platón Sánchez con tres artilleros de 
reservo, porque todos los demás han muerto. 

Torna otra vez á sonar el fatídico clarín de la artillería y se 
repite el fuego de brecha terrible, implacable, sobre aquellos es- 
combros. 

No solo la Penitenciaría es objeto de la saña enemiga, sus 
proyectiles causan estragos formidables en los reductos adyacentes, 
. sin lograr apagar sus fuegos. 

Van trascurridas dos horas mortales y aquella tempestad sigue 
desgajándose con la misma potencia. 

Las débiles piezas de batalla que el general García colocó en el 
fuerte, han sido desmontadas en su mayor parte y yacen tiradas 
entre los montones de cadáveres y tierra escarbada, y gaviones 
despedazados, y sacos á tierra donde apova su cabeza algún mo- 
ribundo. 

Todos ios baluartes y cortinas presentan un aspecto desolador 
acribillados, humeantes, ensangrentados y derrumbándose á las 
detonaciones que estremecían el fuerte y la ciudad. 

Sigue el fuego como la cólera de Dios, ya no queda mas que 
una sola pieza de batalla, que al dispararse crujen sus ruedas 
sobre los cuerpos inertes de aquellos hombres que poco antes la 
habían hecho jugar sobre el campo francés. 

Los ingenieros se precipitan desesperados en aquellos momen- 
tos de tribulación espantosa, y arrojan sobre el recinto multitud de 
sacos á tierra para defender el último cañón del reducto. 

El enemigo observa este arrojado movimiento y dirige su mira 
á aquel punto, admirado de tanto valor y audacia. 

¡ Una bomba cae sobre aquel grupo, rueda humeante ardiendo su 
espoleta hasta detenerse entre las ruedas de aquella última pieza, 
y., hace su terrible esplosion !... vuela el mástil y las cureñas, eí 
canon se desploma, y todo queda envuelto en una densa nube de 
humo y de polvo. 

Al disiparse aquella sombra, se dejó ver el cuadro magnífico 
de la heroicidad humana. 

Ingenieros y zapadores estaban arrojados sobre los cadáveres 
de sus compañeros, palpitándoles aún las abiertas heridas por 
donde a borbotones salia la sangre humeante. 

Ramiro sostenía al bravo Platón Sánchez, que yacía desma- 
yado y con una herida abierta en la cabeza; Sánchez Ochoa veía 
entre la calada visera de su kepí y con las lágrimas del sentimiento 
y del corage aquella hecatombe espantosa. 

La bandera nacional cubría con su sombra á las heroicas 
victimas de la patria. 



JUAN A. MATEOS 



Ovóse de repente un ruido espantoso como el de un torrente 
que arrastra en su pos la rocas de la montaña: era la Peniten- 
ciaría que se derrumbaba, cubriendo con sus escombros cada- 
veres y cañones despedazados, y hombres, como desaparece un 
nueblo baio la ceniza de los volcanes 

Un soldado de Guanajuato salta de los escombros con el arma 
hecha pedazos, y grita con voz terrible : ,.,... 

—¡Cabo cuarto! ¡no tengo puesto, el enemigo me ha desalojado! 



Platón Sánchez vuelve de su desmayo, le vendan la herida 
y se resiste á abandonar el íuerte. 

El general García, insiste en la defensa y trae otra batería de 
batalla; aquello no tenia nombre, era el esfuerzo sobrehumano de 
un pueblo antes de entregarse prisionero en manos de su enemigo. 

¡Una batería de batalla para resistir ochenta cañones! 

•Aquel espectáculo arrancó un grito de entusiasmo, alarido del - 
corazón en aquella crisis de muerte y desolación r 

Llegan tropas de refresco y el combate sigue con mas empeño. 

Una granada cae en la paralela francesa, y el comandante - 
general de artillería. Bernay de L'Aumiére, cae muerto con el grupo 
de sus oficiales, y herido La Tour D'Auvergne. C&jA 

Un grito de rabia se exhala del campo enemigo, las baterías 
converjen hacia el baluarte, y en breves instantes las seis piezas 
son desmontadas y envueltas en los escombros. 

Ya no queda esperanza, el fuego es incesante, el fuerte está 
arrasado; y el asalto debe verificarse en aquellos momentos; pero 
el enemigo desconfia de su victoria, sabe que en el interior de la 
Penitenciaría y sobre aquellas piedras, lo aguardaran a la ba- 

Y ° n Suspéndese por unos momentos el fuego, y los defensores del 
fuerte creen llegado el momento. 

Mas de mil cadáveres llenan las esplanadas la jornada se ha- 
bía prolongado sangrienta y terrible; pero no llegaría al fin sin 
que tonto heroísmo fuese premiado por Aquel que en el azote ,| 
sus iras, recoge, sin embargo, en su seno, el amargo llanto de la 
aflicción humana. 



VI. 



El fuerte está arrasado; pero el enemigo lanza sus fuegos so- 
bre el primer muro de la Penitenciaría, le inquietan aquellas pa- 
redes, sospecha que tras ellas encontrará la muerte, y su arü- 
Hería las rompe y las desgrana. 

La reedificación era imposible en aquellos momentos, sobre los 

escombros debia librarse una batalla. ^rmirl* nlaza 

Las infanterías de Guanajuato penetran en la derruida plaza, 

Neo-rete llega con las reservas. j 

Los fuegos á metralla de la Plaza de Toros, redientes de Mo 

reíos y convento del Carmen, se cruzan con éxito sobre el enemigo 



EL SOL DE MAYO 



Los fuegos de toda la línea francesa converjen sobre la Pe- 
nitenciaria para apagar los fuegos de los infantes que salen sin 
cesar de entre aquellas ruinas. 

El clarín de los zuavos suena, llamando al asalto 

Los cazadores de Vincennes y tropas de línea siguen la van- 
guardia de los soldados de brecha y aquella columna, protegida por 
sus cañones, se precipita sobre el fuerte. 

¡ El momento era terrible ! 

Los zuavos llegan á los fosos, descienden á las contra-escarpas- 
las bombas que se hallaban bajo el césped, hacen explosión, y los 
atrevidos soldados de la Francia, vuelan en pedazos, y la vanguar- 
dia de la columna desaparece. 

Aquella masa retrocede acribillada; Smith, el valiente Smith 
cuyo valor va hasta la temeridad, se lanza con los cuerpos de Gua- 
najuato fuera de parapetos, lo siguen las infanterías de Rioseco 
y un batallón de Puebla al mando del coronel Juan Ramírez, y apo- 
de ZIZÍ fla ? co T izc I uierdo ^1 fuerte, por los denodados cuerpos 
de rifleros de San Luis, con Solazar y Hernández á la cabeza y 

fa° r ilanur, S TT ^V*' "° Y 5 ° de ZaCateCaS > Se P^ipitan 'en 

a llanura a la bayoneta, y arrollan por completo al enemigo y 

lo arrojan mas allá del glasis del fuerte, dejando un reguero de 

ParaLTa eS ^ ^'^ del CamÜ1 ° CUWert °' frente á la tercera 

El campo quedó en silencio. 
ínaltf Í!w? a( í uella sangrienta jornada, página de oro en los 
anales del sitio; acaso hayamos olvidado algunos nombres v al- 

Ead aue°,'nf r ^^ TeC0 ^ á siem P fe ¿* "»■ escrupu- 
losidad que nosotros, las escenas gloriosas de esa epopeya. 



CAPITULO V. 
De como el alma de una mujer tiene mucho del espíritu de un ángel. 

I. 

El estudiante sacó á doña Blanca de la Penitenciaría donde 

del Sr Sg Mon" TvóTt' * ^^ Y ^^ la C01lda i ¿ * casa 
en calma a ^ apOSento ' donde la de J ó P*» que entrase 

mientfá w?/ arr ° JÓ - en Un SÜlon desperada, su pensa- 

racarrilnnín v Vr i ^^ gir ? nd ° en Un mundo abstracto, se fué 
encari liando y acabo por recobrar su curso ordinario 

su cabelSi e íotífr Ven f 6ChÓ * dS T Gl deSÓrden de Sus vestidos > mintió 

su rostro v f-^ ' ? SU '** ***** el eSpeJ °' contem P^ 

su rostro y se estremeció al ver la impresión profunda la varia- 
ción espantosa que habia sufrido en tan pocas horas 

Levantóse azorada como si dejase la sepultura y volviese de 



390 JUAN A. MATEOS 



aquel silencio á la luz de la existencia, temió seriamente por su 
razón exaltada, y al pensar que podia perder el juicio en uno de 
aquellos terribles accesos, se estremeció de espanto. 

Cuando el alma está en esas crisis de amargura en que el 
vértigo y una alucinación dolorosa puede causar hasta la muerte, 
entonces se busca un corazón que armonice con nuestra angustia, 
que nos auxilie en los instantes supremos de aflicción y nos preste 
el rocío de sus lágrimas y el aliento vital de sus palpitaciones. 

Doña Blanca estaba sola, veía en su torno á seres á quienes 
íiabia ofendido y de quienes no podia alcanzar sino el perdón. 

Sintió necesidad de llorar, porque el torrente de sus lágrimas 
la ahogaba, y su pecho no alcanzaba la respiración. 

Dirigióse á la puerta, se puso á escuchar y percibió que el 
estudiante se paseaba por los corredores, entonces avanzó algunos 
pasos y habló á Mondoñedo. 

El estudiante, á quien siempre impresionaba el timbre de aquel 
acento, se volvió inmediatamente. 

— ¿Qué me queréis, señora? 

— Os suplico que me llaméis á Eloísa, decidla que la necesito. 

— Está bien, — replicó Mondoñedo. Y se dirigió inmediatamente 
á la estancia de la señorita Mons. 

Eloísa no había hecho saber á doña Blanca que poseía un secre- 
to, guardó en el fondo de su alma el terrible desengaño, y veló bajo 
una apacible sonrisa la amarga hiél de sus infortunios. 

La pobre Eloísa había despedido sus ilusiones, como el invierno 
con sus cierzos á las golondrinas. 

De aquel amor no quedaba ya mas que un recuerdo vago, la 
sombra de una memoria que se iba desvaneciendo como las nieblas 
á los rayos del sol. 

Habia amado con pasión; pero al recordar los horribles críme- 
nes confesados por el mismo labio del conde, se habia horrorizado, 
y por instinto separado de aquella alma siniestra suspendida en el 
abismo sin fondo de la desgracia. 

La joven, cuyo candor y virtud no podían contagiarse con la 
ponzoña de un aliento envenenado, se plegaban como las hojas de 
la sensitiva, y huyeron al contacto impuro de aquel corazón enne- 
grecido por el extravío y el crimen. 

El alma de la joven se alzaba digna, heroica, condenando su 
amor, despedazando sus creencias, anatematizando su ayer, y evo- 
cando sublime el porvenir en -medio de su martirio. 

¡ Cuántos sufrimientos, cuantas angustias traía cunsigo esa re- 
solución arrancada al mas terrible de los destinos ! 

Sufrir, llorar, revolverse en el lecho espantoso del tormento, he 
aquí la predestinación humana ! 

¡ La filosofía acude cuando el dolor se ha mitigado; pero ella no 
hace sino presentarnos desnudas las miserias de la vida, paralizar 
los latidos del corazón, apagar los relámpagos del cerebro, que son 
las ilusiones de la existencia; entonces el alma alza los ojos al cielo 
en pos de ese mundo que se agita allende el azulado cristal de los 
cielos, y llama á Dios con la exhalación de su espíritu y con el vapor 
ardiente de sus lágrimas! 



EL SOL DE MAYO 391 



II. 

La señorita Mons penetró indecisa en la estancia de doña Blan- 
ca, la vio tan abatida y profundamente desconsolada, que se acercó, 
y tomándole una mano, la dijo con ternura: 

— ¿Qué tenéis, amiga mia? 

— i Eloisa, yo me muero ! 

— Contadme vuestras penas, hace algunos dias que me ha sido 
imposible el veros; perdonadme, pero á mi vez he sufrido algo con 
un negocio de familia, que no he podido ni aun revelaros mis pade- 
cimientos. 

— ¿Vos sufrís también? 

— También, amiga mia, — respondió la señorita Mons con una 
expresión de concentrada amargura. 

— Sois un ángel, Eloisa, en vuestra frente aun no pasan los hu- 
racanes de la desdicha, vuestro labio no se ha puesto trémulo con el 
llanto, ni vuestros ojos se han enturbiado con ese jugo amargo de 
los infortunios. 

— Es verdad, pero mi corazón está lacerado y acaso para siem- 
pre. 

— No, no desconfiéis, — dijo doña Blanca, — vuestro espíritu se 
alzará radiante como el sol después de la tempestad, tornarán al 
campo de vuestras ilusiones las flores de una nueva primavera, y 
el perfume siempre constante sobre el corazón virgen y lleno de vir- 
tudes, embalsamará las serenas horas de vuestra existencia. 

— He perdido la esperanza. 

— Pronto la recobrareis, vos no habéis nacido para la desgracia; 
mi ser, Eloisa Mons, está predestinado para las grandes vicisitudes. 

— No os comprendo, Amalia. 

— Oidme, yo tengo un gran secreto que revelaros, y... vos no me 
negareis el perdón. 

— Es singular vuestro lenguaje, amiga mia. 

—No lo será cuando sepáis todo el mal que os he hecho. 

—¿Todo el mal? 

— Sí, yo os he ofendido sin conoceros, y después resbaló mi 
planta por el mismo camino. 

— No os comprendo, Amalia, habladme con mas claridad. 

Doña Blanca se acercó á la joven, tomó entre las suyas la mano 
de Eloisa, y dijo con un timbre de dolor espantoso: 

— Pertenezco á una de las mas nobles familias de España, y en 
mis venas corre su sangre; soy hija de Carlos Isidro de Borbon. 

Eloisa ya sabia el secreto de doña Blanca, pero la actitud de la 
condesa la interesó vivamente y se quedó mirando de hito en hito 
á la Montemolin. 

— Hija bastarda de un rey, — prosiguió la joven sacudiendo su 
ifrente donde se marcaban los tintes del rubor, — no he temblado ante 
la mas ardua de las empresas; en los campos' de América debo en- 
contrar mi legitimidad, y acudo á ellos con la fé del que lucha por 
una causa sagrada. 



JUAN A. MATEOS 



— ¿Y bien, señora? — preguntó Eloísa. 

— Mañana puedo pisar los escaños de un trono; pero mi planta 
resbalará con la sangre de los mexicanos... esto es terrible para el 
corazón que rechaza por instinto el crimen; pero no he sido yo, se- 
ñora, ni mi famlia, los autores de este proyecto; á la sombra de una 
bandera buscamos lo que nos dio la conquista en otro siglo. Don 
Juan de Borbon es el candidato para la monarquía, y yo oigo su 
nombre entre ese fuego continuo que como una tormenta se ha esta- 
cionado en el cielo de la ciudad; he aquí, señora, el secreto de mi 
ambición. 

— Yo nada sé, señora, — dijo Eloísa, — pero lo que pasa me tiene 
horrorizada. 

— Yo tengo, — repuso doña Blanca, — que cerrar mis ojos y llevar 
mis manos á los oidos, pues el lamento de las víctimas me estremece 
y acobarda; Dios acaso me pone delante el precio de mis aspiracio- 
nes, para que retroceda y maldiga la idea que arrastra en su pos un 
torrente de sangre y una larga serie de cadáveres que vuelven hacia 
mí sus miradas torvas y sombrías pidiéndome cuenta de su marti- 
rio. ¡ Sí, Eloísa, yo tiemblo ante un espectáculo tan terrible, y desea- 
ra atravesar con las alas del ave esa inmensidad y posarme en las 
playas natales, de donde pluguiera á Dios no hubiera salido nunca ! 

La condesa se echó á llorar con desesperación. 

—Calmaos, señora, — dijo Eloísa, — calmaos en nombre del cielo. 

— ¡He aquí, — prosiguió doña Blanca, — el lado risueño de mi 
existencia, he aquí el jardín encantado de mis esperanzas! 

Habia tanta amargura en ese sarcasmo, que Eloísa se estre- 
meció. 

— Eloísa, vais á saber ahora el eslabón acerado que une nuestras 
almas al través del silencio. 

— Ya os escucho, señora. 

— En el camino de mi existencia, — prosiguió la aventurera, — en- 
contré á un hombre de quien oí el relato de su vida. Elevado al ro- 
manticismo, mi cerebro se forjó un héroe, y cuando lo conocí, me 
arrastró hacia él la imaginación mas bien que un rasgo de simpatía. 

Eloísa comenzó á ponerse densamente lívida y su labio á tem- 
blar como si estuviese próximo á estallar su llanto. ■ 

— Le vi en medio del Océano, bajo la bóveda estrellada de los 
cielos oí sil acento, que entonaba un cántico marino saludando las 
olas que azotaban los costados del buque; lo vi alzarse sobre el cris- 
tal de las aguas dominando con su actitud desdeñosa el peligro, y 
sentí que lo amaba. 

La señorita Mons inclinó su frente y comenzó á llorar en silencio. 

— Ese hombre, — continuó la condesa,- — me engañó como un mise- 
rable. 

— Todo, todo lo sé, — dijo balbuciente Eloísa. 

— Sí, — continuó la condesa levantándose terrible, — me creia una 
mujer del pueblo, y cambió mis amores por los vuestros; ese hombre 
ha encadenado la fortuna, el ángel acudía á su llamado, porque vos 
también le amáis, ¿no es verdad? 

—Señora, yo desprecio al conde, sus manos están empapadas en 



EL SOL DE MAYO 393 



sangre, su corazón está manchado, y mi amor se ha tornado en arre- 
pentimiento, en arrepentimiento profundo... ¡lo he olvidado para 
siempre ! 

—Eloísa,— gritó la condesa,— vuestra virtud me humilla, ¡mi- 
radme á vuestros pies arrodillada! 

—Alzad, señora, en mí encontrareis siempre á la amiga. 

—Yo necesito que me tendáis vuestra mano, que enjuguéis este 
llanto de desolación que va secando el tallo de mi vida, que tengáis 
compasión de mi juventud ! 

—Sin conoceros os habia perdonado, y cuando he sabido los 
extravíos espantosos de ese hombre, que en mala hora dirigió hacia 
mí sus miradas, os he compadecido, porque ese corazón depravado 
nunca se hubiera puesto á la altura de vuestro amor. 

— ¡ Es verdad, es verdad ! 

—Quien ha derramado la sangre por satisfacer una ambición 
innoble, una aspiración monstruosa, desdeñaría el cariño sublime 
de una mujer, porque á esas almas encenegadas en el vicio las in- 
quieta todo lo bueno y generoso, no comprenden sino esos sentimien- 
tos groseros que los lanzan al vértigo del mundo entre el aplauso 
de la sociedad. 

—Sí, sí, yo también me he sentido arrebatar por esa corriente 
impetuosa : he cedido á la influencia magnética de ese hombre. 

—Dios me ha apartado de la senda fatal en los momentos en 
que mi porvenir iba á decidirse; Dios no lo ha querido, señora, y yo 
vuelvo á la calma de mis primeros dias; vuelvo desgraciada, es ver- 
dad, pero viviré tranquila, y mis lágrimas se orearán con el vuelo 
del tiempo. 

—Vuestro porvenir es claro como la luz del horizonte, mientras 
tipie el mió se envuelve en una noche sin término. 

— Aun es tiempo, señora. 

—Yo no puedo retroceder, ya estoy lanzada en la pendiente de 
este abismo, y caigo, caigo irremisiblemente, ¡ ese es mi destino v vo 
obedezco! * * 

—Abjurad de vuestras ambiciones, renunciad á vuestras espe- 
ranzas, y la calma renacerá en vuestro corazón; vuestra alma os 
abandona, cede al sentimiento de vuestro ser, y acabareis por enfer- 
mar vuestro espíritu en esa lucha terrible. 

— ¡ Sí, Eloísa, yo me siento desfallecer ante la razón, entrar en 
el mundo del estravio y de la muerte ! 

— ; Callad, callad por compasión! 

—Mis vigilias se prolongan, el sueño ha huido de mis párpados 
y las visiones acuden á mi cerebro; las veo, las palpo, les hablo y 
responden, y mi voz me despierta de esa alucinación mental qu<> 
¡.anto me asusta y horroriza. 

— Entrad en calma. 

—¡Esta agitación mortal acabará por volverme loca', ¡mis 
íervios desfallecen, mi aliento mengua, y me siento languidecer 
f... morir! 

—Esto es superior á mis fuerzas,— murmuró Eloísa. 
—Hoy habrá un fantasma de menos en mis sueños : antes os veía 
legar a pedirme cuenta de vuestro amor burlado. 



394 JUAN A. MATEOS 



— Sí, yo os perdono con todo mi corazón, quiero ser vuestra her- 
mana, no separarme de vos un solo instante, ampararos en vuestra 
soledad; sí, doña Blanca, de boy mas viviré en vuestra estancia, y 
ya no os acosarán esas peso dulas que tanto os impresionan, porque 
me tendréis á vuestro lado; cuando sufráis esos accesos de aflicción, 
entonces oraremos, sí, oraremos para que Dios se duela de vuestras 
angustias. 

— ¡ Orar !... ¡ orar !... la elevación del espíritu á su Creador, sí, yo 
lo necesito como el rocío del alma, como el respiro á mi corazón 
apesarado, poique sufro intensamente, Eloísa, no tengo un solo mo- 
mento de calma. En este mismo instante, en que tanto bien me ha- 
béis hecho, siento el corazón aprisionado bajo el peso de mis memo- 
rias y de mi situación : comienzo ya á tener miedo, todo me causa 
pavor, mi sombra me hace estremecer, el silencio me acobarda, y ese 
continuo estallido de los proyectiles que caen sobre la plaza me hace 
temblar... Yo no sabia lo terrible de la guerra, no comprendía sus 
formidables estragos, y un azoramiento nervioso ataca desapiadado 
todo mi ser... ya, ya comienzan á llegar los fantasmas ensangrenta- 
dos... se acercan... me miran... me tocan... ¡compasión!... 

■ — No es nada, amiga mia, es vuestra imaginación solamente. 

—No, es la realidad, ellos me hablan, me preguntan por sus pa- 
dres... por sus hijos... pos sus esposas... No, yo no quiero veros, 
nada hay de común entre nosotros, vuestra sangre me horroriza... 
huid... huid..." ese eco de la artillería me alarma, me revienta el tím- 
pano de los oídos... el humo de la pólvora me ahoga... ¡yo muero!... 

Doña Blanca se desplomó en el suelo dando un alarido horrible. 

III. 

El estudiante Mondoñedo escuchó el grito terrible de la condesa 
y acudió violentamente. 

La señorita Mons atendía á la desgraciada joven, que fuera de 
sentido habia entrado en un desmayo. 

— ¿Qué pasa, señorita? 

— Callad, Mondoñedo, estoy horrorizada. 

El estudiante salpicó con agua el rostro de doña Blanca. 

— Ya vuelve, — dijo Eloísa. 

La condesa levantó su cabeza y buscó la mirada de Eloísa. 

— Aquí estoy — dijo la señorita Mons, — volved en vos, estáis entre 
vuestros amigos, nada temáis. 

— He tenido una pesadilla espantosa. 

— Todo ha pasado ya. 

— ¡ No os separéis de mí, por compasión ! 

— Ya os he dicho que desde este momento quedo instalada aquí. 

— Gracias, Eloísa, sois un ángel. 

— Señora, — dijo el estudiante, — descansad, el sueño puede ali- 
viaros algún tanto, ¡adiós! 

— ¡ Adiós ! — murmuró la condesa. 

Eloísa tendió su mano al estudiante, que la estrechó suavemen- 
te, y salió del aposento impresionado con aquel espectáculo. 



EL SOL DE MAYO 395 



—El sueño huye de mis párpados, habladme, vuestra voz es el 
acento de los serafines, — dijo la Montemolin. 

—Venid,— dijo Eloísa,— aquí hay una imagen, hablemos con 
ella. 

¡ Doña Blanca y Eloisa se postraron frente á la imagen de la 
Virgen, y con ese acento apagado que sube en alas de un ángel invi- 
sible, levantaron al cielo una plegaria, eco de honda aflicción en las 
tribulaciones de la vida humana, evaporación misteriosa del espí- 
-ritu que busca el consuelo fuera de la pesada atmósfera de esta exis- 
tencia miserable, y desprendida del sagrario del alma cae en lluvia 
apacible sobre esas heridas que abre á nuestro seno la mano inflexi- 
ble de la fatalidad ! 



CAPITULO VI. 

La toma del fuerte de San Javier. 

I. 

El dia 27 la Ambulancia recogía los cadáveres del enemigo que 
vacian en los fosos y glasis del fuerte. La plaza de San Javier estaba 
¡desierta: solo se veian los restos ensangrentados del combate. 

El cuadro variaba de aspecto en el interior de la Penitenciaría, 
¡allí todo era vida y actividad, la defensa estaba muy adelantada, y 
el piso de los patios ocultaba multitud de minas. 

Los corredores de la parte baja del edificio estaban cerrados por 
fuertes parapetos construidos con sacos á tierra y en ellos piezas de 
montaña. 

Los heroicos batallones de Guanajuato, Puebla y Morelia, se 
taantenian firmes y dispuestos á disputar al extrangero aquellos 
escombros salpicados con la sangre de sus hermanos. 
; El general dispuso que los cuatro tenientes coroneles, Smith, 
Sánchez Ochoa, Montesinos y Rosado, defendiesen hasta el último 
trance la Penitenciaría. 

Auza, el bravo zacatecano cuyo nombre debia inmortalizarse en 
Jos momentos supremos de la lucha, defiende las redientes de More- 
ps y manzanas adyacentes. 

Rifleros, Mixto de Querétaro y Reforma, á las órdenes de Rio-Se- 
ío defendían las manzanas que circunvalaban la retaguardia de 
[San Javier. 

Arrasado el fuerte, la artillería enemiga convergió sobre sus 
Jancos haciendo terribles estragos en los redientes de Morelos, el 
armen y Plaza de toros. 

La brecha para llegar al interior de San Javier estaba practica- 
la hasta el segundo patio interior de aquel edificio formidable : se 
r eía una grande obra al través de las ruinas, que espantaba. 

La ciudad se artillaba á gran prisa, y todo auguraba una resis- 
encia terrible y sin cuartel. 



396 JUAN A. MATEOS 

Los batallones de Puebla, llenos de ese indomable valor que 
parece una herencia de sus antepasados, aguardaban impasibles el 
instante de morir matando. 

Negrete, á la cabeza de sus tropas y lleno de una indignación 
sombría, ansiaba la revancha, y la buscaría á todo trance. 

El día 28 el fuego de brecha era incesante sobre el fuerte y la 
ciudad: era la víspera de ese día sangriento y memorable que la 
historia declara ser una de las páginas mas gloriosas del heroísmo 
nacional en la lucha de su independencia. 

II. 

El sol de 29 de Marzo no era el sol de la victoria, era el astro 
de la fatalidad, la antorcha siniestra que debia dar sus luces sobre 
el anfiteatro de aquella lucha gigante, alumbrando un cadáver he-| 
rido en el corazón. 

Comenzaba á declinar el dia, cuando gruesas columnas ene- 
migas bajaban por la falda del cerro de San Juan como una ver- 
tiente que se sorbía en los fosos y caminos cubiertos. 

El reflejo de las bayonetas que salían en los puntos de las para- 
lelas, marcaba perfectamente la multitud de soldados que se agru- 
paban prolongándose en el camino de zapa, que estaba á treinta 
varas de los baluartes, y casi á las contra-escarpas de los fosos. 

La una y minutos de la tarde serian cuando el huracán se 
hizo sentir con sus ochenta bocas de fuego : la Penitenciaría tiem- 
bla y se estremece al duro y constante choque de los proyectiles; 
las bombas caen sin cesar dentro de los patios de la fortaleza, lasj 
brechas están todas listas y practicadas, y sin embargo, el fuego, 
sigue, y sigue sin interrupción. 

No era aquello un lujo de ciencia militar, era la cobardía es-I 
condiéndose tras de la táctica; ¡ dudaban aún de su victoria ! 

La vista que presentan los muros de la Penitenciaría es verda- 
deramente aterrador: una cascada de escombros, un torrente dea 
piedras, ladrillos y tierra se desprende desde lo alto de las almenas,| 
donde no obstante aquellos efectos de tan terrible estrago, se puede; 
percibir el constante fuego de rifle que dirigen los valientes de] 
Nuevo-Leon. 

Como para dar un aspecto mas imponente, sopla en aquellos 
instantes un viento fuerte del Sur, y los patios y corredores d& 
San Javier se cubren de polvo, así como los soldados que defienden 
el punto. 

Son las tres y media de la tarde, el fuego cesa de súbito : hay 
un momento de silencio en el que no se oye mas que el aire que azo-j 
ta y arroja torbellinos de tierra que arranca de las abiertas brechas 

Entonces, y en aquel instante solemne, tiene lugar una escena; 
conmovedora. 

En el patio interior de la Penitenciaría, los cuatro gefes defen-j 
sores de aquel reducto, los -cuatro tenientes coroneles á quienea 
estaba encomendada la defensa, se estrechan en un ardiente I 
fraternal abrazo de despedida; el llanto corre por sus mejillas, 



EL SOL DE MAYO 397 



lágrimas que el entusiasmo arranca á la juventud y al patriotismo. 
¡ Sepáranse prometiendo buscarse en el peligro, arengan á sus 
tropas, y los soldados responden con aclamaciones y vivas de jú- 
bilo ante el aspecto sereno del valor y la grandeza ! 

III. 

El silencio del campamento francés se interrumpe por el esta- 
llido de una bomba : aquello era una señal. 

Los soldados embrazar, las armas y el movimiento se nota 
dentro de los caminos cubiertos. 

Pasan algunos minutos, y la segunda bomba atruena el espacio 
|con su detonación. 

Un torrente de soldados comienza á salir de los caminos y de 
Fias paralelas; pero todos en silencio y avanzando á paso veloz. 

Una tercera bomba da por fin la última y fatal señal, y un 
[grito de guerra desprendido de aquella masa de diez mil comba- 
| tientes, se deja oir como el eco del infierno en la hora de la destruc- 
ción humana. 

En medio de los hurras y vivas á la Francia, agitan el pabe- 
llón desgarrado de Magenta y Solferino, que cayó en los fosos de 
Guadalupe el 5 de Mayo y fué recogido heróic6 mente por los hijos 
de la Francia. 

Los zuavos van á vanguardia, ellos son siempre los soldados 
de brecha. Los siguen los regimientos de Vincennes, los cazadores, 
"tos veteranos del 99 y otros batallones de línea. 

Como huracán atraviesan los fosos, y plantan sobre las ruinas 
que llegan hasta las escarpas, la bandera de la Francia. 

La plaza del fuerte de San Javier donde tanto se ha combatido 
y donde tantos mexicanos han muerto por la patria, está ya en 
poder de las infanterías francesas. 

Los zuavos siguen penetrando llevando siempre su estandarte 
rojo que les sirve de guía, y el clarín marca sin cesar paso de ataque. 

Hasta eso momento los soldados que marchan al asalto no han 
tenido pérdida alguna, y creen por un momento, que el fuerte está 
desierto y abandonado; llegan por fin al segundo patio y siguen 
avanzando, pero lentamente. 

El patio donde llegan ya los zuavos es extenso, lleno también 
de escombros, pues los proyectiles han penetrado hasta aquel sitio 
para ampliar suficientemente la brecha. 

Al frente de los soldados que llegan hay un corredor algo 
derruido y cubiertos en parte sus arcos por altas bardas de tabique. 

Detras de las columnas está oculto un sargento de artillería, su 
rostro está pálido y su mirada conserva la serenidad; tiene en su 
inano el extremo de una cuerda que se pierde en el escombro, es 
el hilo conductor de una de las minas establecidas en el centro del 
patio. 

Detras de la otra columna y á veinte pasos del sargento está un 
?efe de ingenieros; su mirada es inquieta, pero en su actitud se 
nota la resolución firme y enérgica, tiene asida una cuerda que con- 



398 JUAN A. MATEOS 



duce á otra mina, mas terrible aún; el gefe se llama Sánchez 
Oclioa. 

Los franceses penetran al sitio fatal, se escuchan sus pasos, 
se perciben distintamente sus voces, se oye el ruido de sus armas. 

El sargento mexicano se agita y fija sus ojos en el ingeniero, 
que permanece en acecho esperando que se reúna mas número de 
soldados sobre las minas. 

Una turba de zuavos engrosa las filas de sus compañeros, el 
momento oportuno habia llegado. . 

De súbito se oyó la voz terrible de «¡ fuego !» y de aquel patio, 
orno una erupción volcánica, se desprenden grandes trozos de pie- 
dras y vuelan los soldados al impulso formidable de la pólvora; 
la explosión es producida por mas de tres quintales y de siete á ocho 
bombas de catorce pulgadas. 

La ciudad toda se estremece al impulso de tan horrible expío 
sion; por el aire se ven elevarse y descender rápidamente pedazos! 
informes de cadáveres y armas despedazadas. 

El patio lleno de polvo y de escombros ya no contiene un solo 
soldado. \ 

Smith llega con los restos de Guanajuato, da un estrecho 
abrazo á Sánchez Ochoa, y le dice lleno de entusiasmo: «Compa 
ñero, aquí estoy con mis soldados, ahora que vengan». 

Un alférez llamado Carlos Campa coloca bajo los arcos sus 
cañones y esperan de nuevo con las infanterías de Morelia y Gua| 
najuato la llegada del enemigo que se extiende y posesiona de tod(j 
el edificio, librando combates donde quiera y derramando su sanf 
gre con profusión. 

En el patio de la derecha de la Penitenciaría, se traba ur, 
combate con el 2° de Guanajuato á las órdenes de Rosado, que s< 
sostiene con indecible heroísmo. 

Emilio Rodríguez cae prisionero con los zapadores, y la luch| 
continúa con ardor y sin descanso. 

IV. 

Una columna francesa avanza por la parte de la Alameda 
frente á la Plaza de toros, y otra por el flanco derecho del fuert! 
de San Javier, y ambas parecen cerrar la entrada de la Peniten 
ciaría con mas de seis mil hombres; pero el general Negrete lal 
recibe con sus reservas. Ghilardi atraviesa con las fuerzas <| 
Zacatecas desprendidas del Carmen la llanura que se interpon) 
por la izquierda hasta cerca del pueblo de Santiago. 

Carlos Salazar con el batallón de Rifferos se acerca atrevido po 
la derecha hasta el foso del fuerte. 

Tres batallones de Puebla, también á pecho descubierto, d 
mando de Prieto y Negrete, reforzaron la línea y entraron en há 
talla con el enemigo. 

Por la parte de la Alameda los batallones de Puebla y Re 
forma rompen sus fuegos; pero la columna francesa hace un moví 
miento, cambiando su formación en batalla, y descarga sus arma 
contra las fuerzas de Rioseco. 



EL SOL DE MAYO 399 



En medio del combate se oyen multitud de gritos : «Parque, 
falta el parque, no hay parque»; entonces Rioseco se avanza á la 
línea y dice: «Soldados, es cierto que rio hay parque, pero tenéis 
bayonetas y aquí está la bandera de la patria y firme vuestro co- 
ronel.» 

Este ejemplo de valor sostuvo la moral de los soldados hasta 
la llegada de los pertrechos. 

*■ »-■'■■•■• 

V. 

Después de la sorpresa y el terror producidos por las minas, 
el asalto torna con mas vigor en la Penitenciaría; las columnas 
han sido reforzadas y nuevos y valerosos franceses emprenden de 
nuevo el combate sangriento. 

Oyese la voz de Smith, Ochoa, Montesinos y Rosado que no 
cesan de animar á sus soldados; suena el clarín y la sangre torna 
á manchar los escombros del edificio. 

De una parte elevada de la Penitenciaría arrojan granadas 
de mano los mexicanos, la pelea dura mas de una hora y los fran- 
ceses han penetrado en el patio donde Montesinos los aguarda á 
la bayoneta con el 6 o de Guanajuato, que se mezcla en una carni- 
cería espantosa con el enemigo. 

La. sangre corre por los caños del patio, las baldosas están 
cubiertas de cadáveres, ¡fatal combate!... ¡terrible lucha!... ¡espan- 
tosa desolación ! 

En la parte alta de la Penitenciaría hay varias compañías de 
Morelia y Puebla que hacen un fuego nutrido sobre zuavos y ca- 
zadores de Vincennes. 

Cirillo Castillo manda los fuegos de los corredores con un en- 
tusiasmo grande y un valor á toda prueba. 

Octavio Rosado cae prisionero con la mayor parte de sus ofi 
cíales y soldados; pero salvando su bandera. 

El fuerte ha sido tomado en su mayor parte por los franceses, 
pero la lucha continúa, sí, continúa, pero sin esperanza, entonces 
hay un postrero y sangriento combate en la puerta del fuerte que 
está defendida por Sánchez Ochoa, con un obús de montaña; á 
su lado está Campa que muere á los primeros tiros y Hernández 
que vuelve á ser herido. 

Los ingenieros sirven la pieza y caen agonizantes bajo la 
cureña. 

En esos momentos se reúnen Smith y Montesinos á Ochoa con 
los restos de sus batallones, hay un momento de entusiasmo, la 
última chispa de la hoguera que se extinguía, óyense los gritos de 
los gefes : «¡Viva México!» ¡(¡Mueran los franceses!»; á ese grito 
de guerra responden los disparos del enemigo y se renueva de una 
manera desesperada la lucha y el encarnizamiento. 

Los gefes se disputan el honor de llevar la bandera y todos 
se lanzan á la arena y penetran de nuevo al interior de la Peni- 
tenciaría. 

Al pasar los mexicanos por la puerta del fuerte, y cuando ya 



400 JUAN A. MATEOS 



estaba todo perdido, se presentó un cuadro verdaderamente grande 
y heroico; la bandera del 6 o batallón se estaba perdiendo y ya los 
zuavos tenian parte de su gaza, cuando el comandante de batallón 
Manuel Alvarez se lanza con un puñado de soldados en compañía 
de los oficiales Juan Topete y Agustin Alvarez, cruzan sus bayonetas 
con las de los zuavos y rescatan entre un mar de sangre y de ma- 
tanza aquella insignia sagrada símbolo augusto de nuestra inde- 
pendencia. 

Manuel Alvarez y Topete están agonizantes sobre la arena. 

Una nueva columna de reserva refuerza al enemigo, que arro- 
lla por completo á aquellos heroicos soldados que tan valientemente 
habían defendido la Penitenciaría, poniendo muy alto el honor 
nacional. 

Perdiendo palmo á palmo el terreno, dejando un reguero de ca 
dáveres y cubriendo con sus cuerpos el estandarte de la patria, salie 
ron de la Penitenciaría en número de quinientos los restos ame- 
trallados de los defensores y se refugiaron tras de la próxima línea 
que comenzaba á disparar sobre el enemigo. 

Caía la noche cuando las legiones francesas tomaban completa 
posesión del fuerte de San Javier. 

Envalentonado el ejército invasor con una victoria tan cara, 
creyó desmoralizado á su adversario, y creyendo oportuno el momen- 
to para sorprender la segunda línea, dispuso un asalto con tropas dei 
refresco; entonces aquella segunda línea descarga á metralla sus 
obuses y la fusilería nutrida destroza al enemigo que altanero sé 
arroja sobre los parapetos. 

Negrete, lleno de desesperación, se avanza con la rapidez del 
rayo por uno de los flancos, y los invasores retroceden ametrallados 
dejando multitud de víctimas como el pregón del escarmiento sobreí 
aquel suelo ensangrentado. 

Los zuavos abandonan la Alameda y la plazuela de Guadalupe 
para refugiarse en su campo y el reducto tomado. 

A las dos horas hicieron otra intentona formidable; pero aquellaj 
fortificación con sus bocas de fuego los alejó despavoridos después 
de las impresiones espantosas del dia. 

El fuego duró hasta la media noche, en que pareció que el ejérci- 
to francés habia perdido la esperanza de sorprender á los república-^ 
nos después de su victoria sobre el reducto de San Javier. 

Así concluyó la jornada mas sangrienta que se registra en loS 
anales del sitio de 1863. 

Siete mil hombres de ambos ejércitos habían sucumbido. 

VI. 

Al dia siguiente, 30 de Marzo, en el parte dado por el general en 
gefe al ministro de la guerra, comunicaba la gloriosa defensa de la 
Penitenciaría y la pérdida después de una resistencia heroica. 

En la orden general del dia, el cuartel-maestre citaba los nom-| 
bres de los gefes y batallones que habían concurrido á la defensa i 
anunciaba al ejército de Oriente y á la nación entera, que los cuatro 




La joven contempló algunos momentos aquella cabeza en- 
sangrentada. 

Pág. 450. 



SOL DE MAYO - 26. 



EL SOL DE MAYO 401 



óvenes valientes, héroes de esta sublime epopeya, eran premiados 
por la república con las bandas de coroneles. 

Sánchez Ochoa, Smith, Rosado y Montesinos, han dejado sus 
nombres sobre aquellas paredes ennegrecidas por el fuego, y desde 
mtonces son saludados en los dias espléndidos de los recuerdos 
Dátrios. 



CAPITULO VIL 

Los héroes de la segunda línea. 

I. 

La mañana del 31 de Marzo salieron los cónsules extrangeros á 
éner un conferencia con el general en gefe de la expedición, para 
onseguir que las familias saliesen de la plaza, porque el estrago de 
as bombas se hacia sentir en los niños y mujeres mas bien que en 
os reductos. 

Multitud de personas se agrupaban por el lado de San Javier en 
spera de los emisarios; el fuego se habia suspendido por algunos 
nomentos. 

Entre aquella turba que deseaba salvarse, estaba Felipe Cuevas 
on su estuche de medicina. 

— ¡ Hola, doctor !— le gritó Pablo Martínez.— en qué número se 
uenta usted, ¿en el de los niños, ó en el de las" hembras? 

—En ninguno; mis servicios son necesarios en el ejército del 
entro. 

—Aquí está el centro de los balazos, y no lo dejo salir á usted 
unque lo mande el general en gefe. 

—Señor capitán, ese es un atentado horrible, yo voy á ejercer 
íi alta misión á Ocotlan. 

— ¿Va usted á curar al vigía? 

— No faltará á quien aliviar sus dolencias. 

—Pues amigo mió, usted no pasará las trincheras, dígalo el co- 
tandante Santiago González que viene ahí en su clavileño. 

—Presente,— respondió González,— ¿de qué se trata? 

—De que el señor trata de escaparse. 

—Corrija usted esa palabra, señor capitán, aquí nadie habla de 
icapatorias. 

—¿Cómo es eso? Tú no nos abandonarás, necesitamos morir 
intos, ya está dispuesto todo en Santa Inés; el coronel Auza nos 
anda, y veremos quién mata á quién. 

—Yo no estoy aquí para pelear, sino para atender á los heridos; 
nque, vayan dejando plaza á la medicina. 

—No hay mas plaza que la de Santa Inés.' 

—Déjenlo salir,— dijo una vieja,— el señor es muy buen médico, 
curó á mi esposo, que de Dios goce. 

—Así están todos sus enfermos, gozando de Dios, porque no deia 
to con vida. 

26— EL SOL DE MAYO. 



402 JUAN A. MATEOS 



—Siempre los mismos,— exclamó Felipe Cuevas,— ya sé que tod 
es broma. 

—Así parece; ya verás cuando ataquen los gabachos. 
—No, no lo quiero ver, hoy mismo he estado á punto de ser muei; 
to por esos bandoleros; metieron una bomba en el hospital, la foi 
tuna mia fué no estar allí en esos momentos; pero si me hubiera er.| 
contrado en el lugar donde cayó la bomba, me aplasta como rator¡ 
—Mira, Felipe,— dijo González,— á los cobardes son á los qu 
buscan las balas. 

—Puede ser, pero si ese adagio fuese cierto, ya estaría en el can 
posante»; yo les confieso que no he nacido para la guerra, este espe< 
táculo me molesta muchísimo, no sabia todo el amor que se le tiene 
la vida hasta ahora que la veo peligrando, así es que yo necesito s< 
lir de la plaza á todo trance. 

—Tiene razón,— dijo la vieja,— no todos nacemos para héroes, 
cada uno es muy dueño de su miedo. 

—No hay quien lo niegue,— respondió Martínez,— y este doctc 
es capaz de desmoralizar á todo el ejército. 

—Creo que sí, porque el corazón se me sale por la boca 
cada cañonazo, y hasta rezo; figúrense ustedes que en Nueva-Yoi 
nunca presencié un combate, yo solo entiendo de duelos, y de coñaj 
y de naufragios; pero eso de resistir á todo un ejército, no está € 
mis convicciones. 

—Ni en las nuestras,— dijo Martínez :— pero el caso es que 
resistiremos, y que usted estará á nuestro lado como buenos an 
gos que somos. 

—Yo no soy amigo de nadie, yo soy estudiante, y nada mas. 
—Yo también lo soy, y me bato. 
—Sí, pero será por tu voluntad. 

—Pues saldrás de Puebla, pero cuidado con ir después á cont 
heroicidades. 

—Yo prometo referir solamente las de ustedes. 
—No deje usted de contar la muerte de mi esposo, que estu 
muy bien dispuesta, señor doctor. 

- Este Felipe va á tener por clientes á todas las casadas de 
población. 

—No hagan ustedes aprecio de las vulgaridades; su esposo 
la señora ha muerto de catarro agudo, no lo pudo salvar ni la a: 
putacion de la nariz, fué un caso precioso. 

—No es mal catarro el que producen la bombas francesas. 
Un rumor se alzó de aquella multitud agrupada en la avenij 
principal de la garita. 

Los cónsules entraban en la plaza, trayendo la fatal noticia 
que el general Forey no permitía á las familias que saliesen 
Puebla. 

Este rasgo de barbarie fué el prólogo de esa historia de horroi 
cometidos en nuestro suelo por el ejército francés. 



EL SOL DE MAYO 403 



II. 

Grandes pérdidas babia costado á los invasores la toma del 
primer reducto; pero la plaza iria cayendo por secciones. ¿Cuál 
era el plan salvador en aquellos momentos de conflicto? ¿Qué objeto 
habia en sacrificar á aquel valiente ejército, haciéndolo morir hora 
por hora, hasta el dia aciago en que los franceses completaran su 
victoria? 

La defensa pasiva era la derrota; morir matando era la sola 
esperanza de aquellos héroes, dejando sus cuerpos sobre el lignum 
del martirio como un ejemplo de abnegación al porvenir. 

La bandera seria tomada cuando no hubiera un solo brazo que 
la sostuviese; la plaza se envolverla en los pliegues de su estandarte, 
como la mortaja gigante que debia cubrirla en sus últimos mo- 
mentos. 

Los generales cuya opinión no podia ser sospechosa, propusieron 
á Ortega romper el sitio, aventurar una batalla, y salir al fin de 
aquella situación insostenible, toda vez que estaba rota la primera 
línea de defensa. 

Ortega no accedió á aquella nacional y patriótica demanda, 
salvadora del ejército de Oriente, y entonces se tuvo que apurar 
el cáliz de la desgracia, y resignarse á quedar sepultados bajo los 
escombros de Zaragoza. 

El I o de Abril la división Berriozábal recibió orden de entregar 
á otras fuerzas republicanas los fuertes del Loreto y Guadalupe, y 
ocupar algunos puntos importantes del perímetro de la plaza, entre 
ellos el convento de San Agustín y puntos avanzados. 

La división se componía de las magníficas brigadas de Tolu- 
. ca, Jalisco y Oaxaca, á cuyo frente se encontraba el general Por- 
firio Diaz. 

El 2 de Abril los franceses, después de un formidable ataque, 
habían ocupado el Hospicio y situado en la puerta dos piezas 
rayadas que jugaban sobre las manzanas avanzadas de San Agustín, 
punto defendido por el general Diaz. 

Durante todo el dia sin interrupción, las mencionadas piezas 
estuvieron batiendo con el objeto de abrir brecha para lanzarse los 
zuavos al asalto. 

El general Diaz se ocupó con indecible actividad en preparar la 
defensa interior de la manzana que se le habia confiado. 

Sus soldados hacían oficio de zapadores, y todo el frente que 
daba al enemigo estaba lleno de escombros y tierra, presentando una 
gran dificultad para practicar su brecha. 

El patio interior, que seguía á la muralla de tierra, estaba ya 
preparado para esperar en él un sangriento combate. 

Un profundo foso lleno de agua estaba al pié de un parapeto 
levantado con sacos á tierra, elevándose á una tercera parte del 
patio, hacia el fondo, punto opuesto á la entrada por donde el 
enemigo tenia que pasar sobre la brecha. 

Los corredores bajos estaban también parapetados para fuegos 



404 JUAN A. MATEOS 



de fusilería, que se cruzaban perfectamente con los del frente del 
parapeto, en el que se hallaba una pequeña tronera donde estaba 
situada una pieza de montaña. 

Las galerías de arriba estaban igualmente parapetadas; algu- 
nas paredes avanzadas se habían artillado para la defensa. 

Los trabajos todos se estaban terminando, y las fuerzas dispues- 
tas para el combate. 

El general Diaz parecía estar satisfecho, y esperaba que sus 
soldados no desmentirían su acreditado valor y patriotismo. 

Pasóse el dia en espectativa : á las seis de la tarde la artillería 
francesa abre implacable la brecha con sus proyectiles. 

En el fondo del patio del Hospicio se deja oir esa gritería de 
los franceses que precede al asalto, aquella es la última plática de 
batalla. 

La noche caia y los fuegos continuaban con mas vigor. 

A las ocho de la noche se suspende aquella tempestad; el ge- 
neral Diaz manda á sus soldados armar la bayoneta porque la hora 
del asalto había llegado. 

Dos ó tres veces intenta tapar la brecha, pero es imposible, 
aquello está desmantelado. , 

En medio de la oscuridad y sobre el escombro, se, ven los cadá- 
veres de los soldados de Oaxaca, que habían caido al colocar los 
gaviones á treinta varas del enemigo. 

El silencio se prolongaba, la hoquedad de la brecha era horro- 
rosa. Por ahí debían pasar los asaltantes, aquella crátera debía- 
devorarlos. 

De súbito el clarín de los zuavos se oye en el interior del Hos- 
picio, y momentos después los hurras y vivas al emperador y á la 
Francia. 

Mas de mil zuavos se lanzan á la calle, atraviesan su latitud 
como la corriente de una avenida, y penetran por la brecha. 

Una bomba colocada sobre el escombro hace explosión en los 
momentos en que los primeros franceses pisan aquel sitio siniestro. 

La mina hace su efecto, y el enemigo sigue, pero sigue desmo- 
ralizado sobre el camino de la brecha, creyendo volar á cada paso. 

Después de la rápida y pasagera luz que iluminó aquella vía, 
todo se hundió en la mas densa oscuridad; sin embargo, avanzan, 
y llegan á la descubierta del patio, cuando de repente caen de lo 
alto una multitud de luces verdes y encarnadas; son los fuegos de 
Bengala que los ingenieros mexicanos lanzan sobre las ruinas para 
ver al anemigo y deslumhrarle con aquella luz tórrida y perderlo. 

¡ Hermoso es el espectáculo ! El enemigo se aprovecha de aque- 
lla luz para reconocer el terreno, sabe que le acechan, que marcan 
su posición los sitiados, sufre los horribles fuegos del contorno del 
patio, y busca una salida, un sitio por donde batir á su adversario. 

En medio de aquel fulgor siniestro se veían las calottes de los 
zuavos y sus vestidos rojos. 

El enemigo trae su bandera marcada coji el número tres, y 
junto de ella aparece la arrogante figura del clarín tocando ataque. 

El fondo del patio, los corredores y pasillos superiores están en- 



EL SOL DE MAYO 405 



vueltos en una oscuridad bien calculada, mientras que el enemigo 
está inundado de luz, la luz de las antorchas con que Jos reciben sus 
huéspedes. 

Caen las ráfagas luminosas, los mexicanos observan á su ene- 
migo y rompen sus íuegos mortíferos. 

La pieza de montaña está oculta, la tronera por donde va á 
romper sos fuegos cubierta por algunas faginas que vuelan al pri- 
mer disparo. La metralla lanzada del parapeto del fondo, es como 
la seña fatal, y una nube de fuego de fusil atruena el recinto y de- 
tiene á los asaltantes. 

Los zuavos se rehacen y avanzan sobre los cadáveres de sus 
compañeros, tropezando con el escombro que ha esparcido el pro- 
yectil de brecha. 

Un oficial de ingenieros viene á la cabeza, y ya llega con el 
grueso de los zuavos al fondo del patio, cuando otro oficial de 
zuavos se le adelanta con su compañía; el parapeto iba á ser tomado, 
cuando se ve entre una tormenta de fuego y en el centro de sus sol- 
dados á Porfirio Diaz, como el dios de la guerra: su rostro enne- 
grecido por la pólvora, y la tierra, presenta un aspecto sombrío, á 
•la luz pálida de las llamas de Bengala. 

El momento es decisivo y terrible; el general está al pié de la 
pieza, se precipita sobre los artilleros, toma él mismo la piola, se 
oye el chasquido del cápsul sobre el bronce del obús y... el tiro no 
sale. 

El enemigo, que observa aquel contratiempo en medio del re- 
flejo que arrojan los disparos de fusil, se precipita clamando: ¡Ade- 
lante! ¡ á la victoria ! 

En aquel momento angustioso y solemne, un oficial de artillería 
salta de súbito al lado de Porfirio Diaz, coloca un nuevo cápsul en el 
obús, entrega la cuerda al general, y esta vez el tiro á metralla sale 
quemando al enemigo y haciendo desaparecer á dos oficiales de 
vanguardia. 

— ¡ Ahora á mí, soldados de Oaxaca ¡—gritó Porfirio Diaz, y arre- 
batando la bandera, brinca el foso y parapeto, y al toque de ata- 
que de los oaxaqueños, carga á la bayoneta y arroja á los zuavos 
de la brecha, y los hace replegar á sus posiciones del Hospicio, re- 
chazados y en dispersión. 

Aquella ¿escena fué terrible, el colorido de la luz de Bengala 
daba un tono siniestro y romancesco á las ruinas donde tenia lugar 
el drama de devastación y de matanza. 

Si alguien se hubiese asomado á aquellos corredores, le hu- 
biera parecido la llegada del Dante á las puertas del infierno. 



III. 



El 6 de Abril las operaciones del enemigo comenzaron por el 
postado del Hospicio que da frente á la manzana de la Estampa. 

Después del frustrado ataque á los puntos defendidos por el 
general Diaz, ya nada intentaron sobre aquellos lugares, y todos 
'tus trabajos se dirigieron á batir la referida manzana de la Estampa. 






406 J UAN A - MATEOS 



Aquel sitio estaba ocupado por fuerzas de Veracruz á las órdenes del 
valiente Llave. 

El batallón de Túxpan se encontraba allí, auxiliado por los ba- 
tallones de Veracruz y Huatusco, á las órdenes de González Paez, 
y el Fijo de Veracruz, con Sánchez á la cabeza y el denodado Luis 
Teram 

Todo el día los fuegos de brecha batieron el reducto: a las 
cuatro de la tarde ya estaba derrumbado el frente del edificio, por 
donde se iniciaba un nuevo asalto. 

El general Llave trabajaba en persona con sus soldados en las 
fortificaciones interiores de la manzana; lo ayudaba el ingeniero 
Foster, y preparaban como el general Diaz, las fortificaciones en el 
patio; pero no les había sido posible concluirlas por falta de tiempo, 
y porque la parte donde se hacian aquellos trabajos era sumamente 
estrecha y reducida. 

El frente que daba al costado del Hospicio había sido preparado 
con rellenos de tierra y escombro. Las piezas ó cuartos que seguían 
al frente por donde debia entrar el enemigo, estaban sin pisos y 
con una profundidad de mas de tres metros, pues la tierra se había 
extraído para rellenar los parapetos y demás obras; pero como los 
soldados tendrían de pasar por allí, el ingeniero Foster colocó tablas 
que figuraban pisos; al mismo tiempo serian batidos en los flancos 
por fuerzas colocadas al efecto. 

La tarde comenzaba á caer entre la niebla : desde las cinco habia 
comenzado una lluvia débil pero constante; el piso de las calles esta- 
ba resbaladizo, un viento húmedo se hacia sentir, mas penetrante á 
medida que la noche avanzaba. 

Los valientes soldados de Veracruz con su general á la cabeza, 
esperaban en sus puestos al enemigo, sobre los escombros, porque 
el fuego de brecha habia derribado el lienzo que daba al frente del 
Hospicio. 

A las siete de la noche cayó la barda tras la que trabajaban los 
ingenieros. Al desplomarse aquellas riunas cediendo al poder de la 
artillería, una nube de piedras, ladrillos y tierra,, envolvió al va- 
liente general. Llave, que salió herido y cubierto el rostro y el ves- 
tido con el polvo y caliche de las ruinas. 

Estaba rodeado el general de sus oficiales que le examinaban 
cuidadosamente sus heridas, cuando se oye la algazara de los tram 
ceses, y un instante después ya están sobre la brecha, y penetran 
sobre aquel puente falso preparado por el ingeniero Foster. 

Como el movimiento habia sido rápido, aquella multitud lan 
zada entre las sombras, cae incauta en los fosos y lanza alaridos 
y gritos desesperados, porque las tropas mexicanas hacen fuege 
sobre el abismo. 

El resto de la columna ignora en medio de las tinieblas lo .qu( 
pasa á sus compañeros, y retrocede instintivamente ante un peligre 
desconocido. 

Mientras pasaba esta escena en el lado derecho de la brecha 
quinientos '¿uavos del tercer regimiento habían logrado penetral 
hasta el pequeño patio donde estaba el general Llave, y simultánea 



EL SOL DE MAYO 407 



mente á derecha é izquierda se rompe un fuego nutrido y asolador, 
pero en vano, porque el fuego no detiene á los asaltantes, que llegan 
hasta cruzar sus marrazos con las bayonetas de los mexicanos. 

Los soldados de Túxpan se baten con Galindo á la cabeza, con 
Galindo que cae muerto atravesado el pecho por el filo cortante 
de un marrazo en un golpe libre de esgrima á la bayoneta. 

Otros oficiales caen también en la arena; el comandante Robleda 
arroja sin cesar granadas de mano sobre el enemigo, hasta que uno 
de esos proyectiles se le incendia al dispararlo, hace su explosión y 
pierde las dos manos, recibiendo fuertes heridas en el rostro. 

La lucha es sangrienta por todas partes; ya los soldados de 
Túxpan vacilan en medio de la matanza, cuando aparece el general 
Llave con los soldados del Fijo y Rifleros de Veracruz, y en medio 
de la tormenta de fuego y de esterminio, deja oir su acento pode- 
roso : ¡ Viva México! ¡ Viva la independencia ! ¡ Mueran los franceses ! 
Y con su espada brillando como un rayo se lanza á la pelea, seguido 
de Teran y de otros bravos oficiales, méxclanse con el enemigo, 
luchan cuerpo á cuerpo, restablécese la moral y la lucha es incierta. 

Los zuavos se detienen, pero no retroceden; suena el clarin 
francés tocando retirada, y á esa señal el general Llave torna con 
mas brío á la carga con indecible esfuerzo, y los zuavos huyen de- 
jando en el campo los heridos y cadáveres de sus compañeros. 

Llave, con los soldados de Veracruz, avanza hasta arrojar por 
completo fuera de Vecba á los franceses. 

Los zuavos que han caido en los fosos preparados por Foster en 
la parte izquierda de la manzana, á pesar de su situación, se baten 
y rehusan rendirse á los mexicanos. Lalane, el capitán Casarin y 
Luis Teran están sobre el enemigo, y logran que aquellos desgra- 
ciados se rindan. 

Sale del foso el teniente que habia caldo con mas de la mitad 
de su compañía, y se entrega prisionero con sesenta zuavos del 
tercer regimiento. 

Toda la línea toca diana, y la noticia de aquellos triunfos es 
solemnizada por el ejército. 

¡ Llave y Porfirio Diaz son los héroes de esa jornada, y sus nom- 
bres son saludados por los valientes hijos de la República en una 
tierna y ardorosa espansion de patriotismo ! 



CAPITULO VIII. 
De lo que cuenta la historia sobre el asalto de los franceses á Santa Inés. 



El 20 de Abril de 1868, las fuerzas francesas que operaban sobre 
la plaza, habían logrado penetrar por algunas manzanas entre los 
puntos del Carmen y de San Agustín. 

El convento de Santa Inés se encontraba entre estos reductos 



408 JUAN A. MATEOS 



improvisados, formando los tres una línea perfectamente fortificada. 

Las fuerzas de Jalisco ocupaban San Agustín. La huerta habia 
sido convertida en una plaza de combate, en el fondo de ella y por 
la vía que debían atravesar los asaltantes se elevaba un parapeto, 
donde estaban establecidas tres piezas de montaña 

Al pié del parapeto estaba un ancho foso que tenia en su lecho 
algunas minas de bombas y otras de pólvora sobre el glasis. 

Las paredes laterales en el interior de la huerta habían sido 
derruidas, y con sus escombros, hechas trincheras para la colo- 
cación de fuerzas que hirieran de flanco á quema-ropa á los asal- 
tantes. 

Inmediata al convento seguía la manzana del Pitiminí, conti- 
gua al convento de Santa Inés; dicha manzana estaba igualmente 
fortificada por los ingenieros Troncoso y Ramiro, y la defendían 
los valerosos cuerpos de Toluca, distinguiéndose el segundo regi- 
miento al mando de Padres por estar al frente del enemigo. 

Santa Inés puesto en tren de defensa por Mariscal, estaba per- 
fectamente artillado tanto en su parte interior como en la exterior. 

Las infanterías de Zacatecas tendrían el honor de los combates 
sobre aquel formidable reducto. 

En la huerta se colocaron los batallones tercero y cuarto de 
aquella división, y toda la fuerza estaba al mando del valiente 
coronel Auza. 

Seguía el convento del Carmen, y las dos manzanas intermedias 
entre este punto y Santa Inés, habían sido fortificadas por el coro- 
nel de ingenieros Carlos Gagern, y presentaban un aspecto tan serio, 
que los franceses no intentaron trabajo alguno sobre aquellos re- 
ductos. 

Ghilardi al frente de las fuerzas de Zacatecas defendía los puntos 
mencionado 13 . 

Decididamente á aquella división le tocaba su dia en esa his- 
toria sublime de abnegación y patriotismo. 

Cerca de estas líneas, y como en acecho, se encontraba la divi- 
sión de reserva Negrete, parecía multiplicarse. 

Dos miuas que partían, la una del convento de San Agustín y 
la otra de una de las manzanas que ocupaban las fuerzas de Vera- 
cruz, hicieron un efecto formidable en las fuerzas invasoras que se 
acercaban tenazmente á las posiciones. 

Por la parte de la Merced habia intentado el enemigo varios 
ataques, pero fué rechazado por Antillon con aquellos restos heroi- 
cos de la división de Guanajuato y las tropas de reserva. 

El fuerte de Santa Anita mandado por Hinojosa era hostilizado 
de continuo, hasta que el general hizo una salida violenta y atre- 
vida, y arrojó á los franceses hasta su campamento. 

El fuerte de Guadalupe también era amagado y sus cañones 
tenían que jugar sobre las fuerzas que lo inquietaban. 

Ingenieros y Zaragoza permanecían en continuo movimiento, 
batidos por una batería rayada de á doce, colocada en el cerro del 
Tepotzúchil y que habia causado algunos estragos en ambos fuertes. 

Patoni con las fuerzas de Chihuahua y Durango, se sostenía en 



i 



EL SOI. DE MAYO 409 

Ingenieros, desesperado de que los franceses no emprendieran un 
ataque formal sobre el reducto. 

Los zuavos con su sistema de avance, costruyendo fosos, habían 
llegado hasta la garita de Teotimehuacan, practicando igual opera- 
ción los cazadores de Vincennes, enfilando los fuertes del Carmen é 
Ingenieros. 

He aquí la actitud que presentaba la plaza Zaragoza hasta esa 
fecha avanzada. 

II. 

El dia 25 por la mañana se notaba una grande actividad en los 
campamentos, parecia que algún incidente venia á despertar el 
entusiasmo que se amortiguaba con las vigilias y constantes tra- 
bajos. 

El ataque no estaba aún determinado por el enemigo, las man- 
zanas que daban su frente á San Agustín, Santa Inés y el Carmen, 
se poblaron de infanterías francesas. 

Por los parapetos que habían levantado en las calles, estable- 
cieron su artillería, y en los balcones y ventanas de los edificios, 
se veian parapetados á los cazadores de Vincennes, el 18 de caza- 
dores de á pié y otros cuerpos de tiradores, mientras que en el in- 
terior se encontraban los zuavos y tropas de línea prontas para el 
asalto. 

En la manzana del Pitiminí, practicaba el ingeniero Sánchez 
Ochoa una obra subterránea, era una contramina; pues los ingenie- 
ros franceses tenían el túnel de una mina que haria su explosión en 
el Pitiminí, resguardado por el segundo de Toluca. 

Se hacían perceptibles los trabajos del enemigo que se dirijian 
al convento de Santa Inés, que Mariscal intentaba cortarles. 

A las cuatro de la tarde el gefe de ingenieros reconoció sus tra- 
bajos y el avance subterráneo del enemigo, que era ya tan marcado, 
que dicho gefe resolvió no separarse de allí hasta la conclusión de sus 
obras. 

A las seis de la tarde, el ingenero sale vivamente inquieto de 
aquel recinto, hace llamar al coronel Padres y le dice : 

— Todo está perdido, los franceses tienen terminado su túnel y 
crucero y en este momento cargan sus minas, cuyos hornillos están 
bajo nuestros pies, retire usted inmediatamente á la tropa, sitúela 
usted en el tercer patio, porque el fuego va á estallar y tendremos 
en seguida el asalto; voy á dar parte al cuartel general. 

Ochoa vuelve á la media hora al patio del Pitiminí, observa que 
sus órdenes no se han cumplido, insiste en que la tropa está sobre 
un cráter. 

Quedaban algunos soldados del segundo de Toluca en el túnel 
que trataban de practicar los ingenieros, cuando dos minas que con 
tenían mas de cuatro quintales de pólvora hacen su explosión. 

La ciudad se estremece como sacudida por un terremoto, sus pie- 
aras y escombros que arrojan tan terribles explosiones caen disemi- 
nados en todas direcciones, lo mismo que algunos fragmentos de 
irmas y restos humanos enteramente deformes. 



410 JUAN A. MATEOS 



Aquel estallido es la señal de mando en el asalto. 

¡ El patio es un montón de ruinas, las paredes todas han cedido á 
tan formidable estrago; y de los soldados del segundo de Toluca han 
desaparecido entre los escombros y el fuego ciento sesenta! 

Oyense los lamentos que parecen exhalarse de aquellas piedras 
desmoronadas. 

Las paredes siguen derrumbándose sobre los moribundos y un 
humo denso flota sobre el campo de aquella catástrofe. 

Al estallido de aquella erupción, responde el clarín de los zuavos 
y su algazara; la turba de brecha avanza en medio de la oscuridad 
trepando sobre los escombros y sobre los cadáveres y atropellando 
á los heridos. 

Sucede un silencio aterrador, los zuavos caminan con el oido 
atento y en actitud de desconfianza; parece que los defensores del 
fuerte han desaparecido. 

Llegan los franceses al segundo patio seguros de su victoria, 
cuando una descarga á metralla les avisa que su enemigo se conserva 
sereno en sus posiciones. 

Una nube de granadas de mano cae entre los asaltantes haciendo 
un estrago espantoso, las llamas azuladas y rojas alumbran todo el 
'recinto, el terreno está iluminado por pabellones de fuego como los 
de las auroras boreales en las regiones del polo. 

Entonces se perciben claramente á algunos soldados heridos, que 
apoyados en las piedras del muro hacen fuego al enemigo quitando 
el parque á sus compañeros que yacen muertos entre la tierra. 

Ese cuadro sublime entusiasma á los mexicanos, aquellos restos 
ensangrentados se arrastran aún sobre los escombros á disparar su 
último cartucho, esta acción va mas allá de la heroicidad, el mundo 
no ha inventado la palabra para expresar en el lenguaje humano 
rasgo de tanto valor y patriotismo. 

Los asaltantes se detienen ante aquella defensa inesperada, los 
fuegos de fusilería los diezman, pero no retroceden, disparan sin 
cesar y ya en los momentos de la derrota llega en su apoyo una 
columna de zuavos; entonces lanzan hurras de entusiasmo, y entre 
la tempestad del fuego y sobre las granadas de mano avanzan á la 
bayoneta. 

Los heroicos soldados de Toluca les salen al encuentro y cruzan 
sus bayonetas; pero el número es inferior y ya ceden á los golpes 
múltiples de sus adversarios, cuando se escucha el grito de : ; viva 
México ! ¡ mueran los franceses !... Eran Padres y el ingeniero Ochoa, 
Berriozábal y Camaño con fuerzas de Toluca y parte de la división! 
de Jalisco. 

Toluca, el inmortal Toluca, quiere vengar á sus hermanos, y 
Jalisco se ostenta como siempre, indomable y heroico en el combate 

Renuévase la lucha, y en un empuje desesperado y gigante arro 
jan á los franceses fuera de la brecha, gozándose en la matanza; Jal ti 
sangre corre á torrentes y los combates personales son por ambas 
partes heroicos. > 

El enemigo vuelve diezmado á sus posiciones. 



EL SOL DE MAYO 411 



III. 

Generalizóse el fuego en toda la línea y los morteros no cesaron 
de arrojar bombas durante la noche sobre la ciudad. 

Así pasó el resto de aquella noche siniestra, que procedió al 
asalto de Santa Inés. 

Llegó por fin el 25 de Abril, dia fecundo en acontecimientos his- 
tóricos y que la patria recoge en el gran libro de sus glorias. 

Los clarines de todas las líneas y puestos avanzados tocaban 
dianas saludando los primeros albores del dia, el viento sacudía las 
últimas gazas de la noche, y el crepúsculo esmaltaba las montañas 
y dibujaba la ciudad en el fondo del horizonte. 

Los soldados que ocupaban el convento de Santa Inés, habían 
trabajado incesantemente las obras interiores del fuerte, porque el 
' ataque se iniciaba de una manera terminante por aquel punto. 

Desde la tarde anterior se percibían las obras subterráneas del 
! enemigo que adelantaban considerablemente; el ruido de perfora- 
I cion no había cesado en toda la noche. 

El coronel Miguel Auza en persona, activaba los trabajos, te- 
iniendo por compañeros á González Cosío, Sánchez Román que man- 
caba uno de los batallones que defendían el punto, y otros gefes de 
Zacatecas. 

Serian las cinco de la mañana, cuando la ciudad se vuelve á es- 
tremecer, y se estremece al estallido de cuatro minas, que casi 
simultáneamente hacen su explosión. 

Aquella erupción despide á grande altura hombres y escombros; 
las tapias de Santa Inés habían desaparecido, sus ruinas están di- 
seminadas y la calle que da al frente del enemigo obstruida comple- 
tamente- 

El interior de la huerta tiene un aspecto aun mas sombrío que 
la manzana del Pitiminí. 

Al hacer la explosión, mas de sesenta soldados quedaron muer- 
tos entre las ruinas, algunos heridos se arrastran con las piernas 
despedazadas, y otros casi en agonía, claman por unirse á sus com- 
pañeros y morir al pié de su bandera. 

Tres piezas de artillería están desmontadas en el centro de la 
huerta. 

Los hijos valientes de Zacatecas no se desmoralizaron ante aque- 
lla catástrofe espantosa, saltan sobre los escombros en busca de su 
coronel que ha desaparecido, lo buscan entre las ruinas y el humo 
denso de la pólvora que flota sobre aquellas piedras amontonadas. 

De repente un alarido de despecho se deja oír en un grupo de 
soldados; acude la multitud, y encuentra al coronel Auza con el ros- 
tro sombríamente sereno, y pugnando por salir de entre los escom- 
bros donde estaba enterrado; parecía una de. esas figuras mages-' 
tuosas del' Juicio Final de Miguel Ángel que van saliendo de la 
tumba. 

— ¡Viva México! — exclama con voz terrible, y se desploma en el 
suelo ensangrentado. 



412 , JUAN A. MATEOS 



Los soldados lo toman en sus brazos, y lo sacan de aquel lugar 
siniestro en medio de un torbellino de fuego que juega sobre el 
edificio. 

IV. 

Sigue implacable el fuego de brecha, para abrir pa?o entre las 
ruinas á los asaltantes. 

El teniente coronel González Cosío cubre con nuevos refuerzos, 
de Zacatecas las bajas tenidas por la explosión. 

Las ambulancias recogen á los heridos, y algunos zapadores 
extraen de los escombros los cadáveres y los moribundos que aun 
se agitan en el último estertor de Ja muerte. 

Por todas partes hay fragmentos humanos, y algunos de ellos 
han sido arrojados hasta la plazuela del Carmen. 

Al frente del edificio los franceses han establecido una batería 
rayada que abre sus fuegos poco después de la explosión. Aquella 
batería está oculta y parece incrustada en el muro del edificio; sus 
tiros son incesantes, mientras que todas las paredes adyacentes 
están cubiertas de aspilleras, los baluartes y azoteas parapetados,! 
dominando el punto objetivo del ataque y los flancos del convento; 
del Carmen. 

La plaza está en alarma : las torres, los edificios y parapetos 
están cubiertos de soldados. 

Porfirio Diaz ha ocupado con fuerzas de Oaxaca el punto de San 
Agustín, y en la manzana del Pitiminí yacían firmes los soldados 
de Toluca, en espera del enemigo. 

El Carmen continuaba á las órdenes de Ghilardi, ayudado por 
el hábil coronel de ingenieros Carlos Gagern. 

Berriozábal acudía á todos los puntos ocupados por la fuerza de¡ 
su división. 

Serian las nueve de la mañana, y el fuego de brecha continuaba 
con mas ardor: los estragos eran inmensos, y abrían una ancha 
huella mas allá de los destrozos recientes de las minas. 

De vez en cuando salían por uno de los lados contiguos á la 
batería uno ó dos oficiales de ingenieros, acompañados de Jos zapa- 
dores, á reconocer la brecha, y decidir si estaba terminado el trabajo 
de los artilleros y lanzar á los zuavos al asalto. 

En la esquina de San Agustín, y á dos cuadras de distancia del 
lugar donde el enemigo había colocado las piezas que batían á San 
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