Skip to main content

Full text of "El sombrero de copa : comedia en tres actos y en prosa"

See other formats


VIOTAlv AXA 



EL 




DE 




COME^DIA 



o o -tres ac-tos y &r\ prosa, original 



OCTAVA EDICIÓN 



SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
Calle del PradOi núm. 24 



EL SOMBRERO DE COPA 



Egta obra es propiedad de su autor, y nadie po. 
dr^,, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
£3paña ni en los paises con los cuales se hayan cele- 
brado, ó se celebren en adelante, tratados internado, 
nales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad de 
Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 



Droits de representation, de traduction et de repro. 
dnction reserves povr tous les pays, y comprls la Sné* 
de, la Norvége et la HóUande, 



Queda hecho el depósito que marca Is ley. 



El SOMBRERO DE COPA 

COMEDIA 
^fí tres actos y ©r» pros3 



ORIGINAL DE 



VlOTAr^ AZ A 



Estrenada en el TEATRO DE LA COMEDIA el 17 de 
Diciembre de 1837 



OCTAVA EDICIÓN 



MADRID 

B. VBV «SOOi WP., MABQITÉS DB 8AVTA AMA, 11 DUP.* 
Ztiéfono número 651 

1914 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



MARÍA Seta. Mendoza Tknobio. 

FILOMENA Sea. Gdkrba. 

ROSA GÓEEiz DE Romea. 

DON NEMESIO Se. M aeio. 

CARLOS Mata. 

LEOPOLDO SÁNCHEZ de León. 

DON CIPRIANO Tam AYO. 

PEPITO Mendigüchía. 

PORTERO MabtInez. 

JUAN GUTIÉEEEZ. 

MOZO 1.0. . . , Urqüijo. 

ÍDEM 2.0 Delgado. 

ALBAÑIL MoEALKS. 



La acción en Madrid.— Época actual 






ACTO PRIMERO 



Despacho elegante. A la derecha del actor la mesa Uaudo frenic ni 
público. A la izquierda sofá y butacas 



ESCENA PRIMERA 

CARLOS, paseando mientras dicta á PEPITO, que escribe en unas 
cuartillas sentado á la mesa. Luego MARÍA 

€ar. Punto y aparte. 

Pep. ¿Todavía queda más? 

Cak. No te impacientes. Pronto acabaremos. 

Pep. Mira que el dichoso manifiesto ocupa ya 

cuarenta y cinco cuartillas. 

<JAR. No importa. Sigue, (oicta.) «Vuestros sufra- 

>gios han sido una demostración patente y 
^poderosa de la firmeza de nuestros idea- 
»le8», coma, «al par que un enérgico alarde 
»de las fuerzas vivas de nuestro partido>. 
otra coma, «en contra de esa vergonzosa... 

Pep. «¡Vergonzosa!» (escribiendo.) 

Car. «Coacción oficial (Dictando.) que ha ampara- 

»do omnipotente los fines rastreros y ha«. 
»tardoe.» Bastardos con letra bastardilla. 

Pep. Naturalmente. «Rastreros y bastardos.» (es. 

cribiendo. ) 

Dar, «De nuestros enemigos.» 

Pep. (Líbranos, Señor.) (Escribiendo.) «Enemigos.» 

607578 



^. 6 - 
Car. Punto. 

PeP. ¡Gracias á Dios! (Dejando la pluma.) 

Car. Aparte. 

Pep. Mira, Garlitos, permíteme siquiera fumar 

un pitillo. 
Caw. Bueno, dejémoslo por ahora. A ver, dame 

esa? cuartillas. 
Pep. Toma, hombre, toma, ¡entusiásmate! 

Car. (Las coge y lee con entouación de discurso.) «He- 

»mos sido derrotados. ¿Y qué? ¿Desmayare- 
»mos por e?or ¡No, mis queiidos electorey! 
«¡Aprestémoncspara una nuevalucha!¡üna- 
xmos nuestras fuerzas; acudamos entusias- 
»tas y compactos á los próximos comicios y 
»en ellos derrotaremos seguramente á los 
»que sin más ideal que la satisfacción de los 
»propios apetitos, burlan escandalosamente 
»la buena fe y nunca desmentida hidalgía 
»de ese honrado y pacífico pueblo.» 

María (Que lo ha oído desde la puerfa segunda izquierda.) 

¡Bravo, bien! Aplausos en las tribunas. 

Car. ¡Hola, Marujital Te ha gustado este párrafo^ 

¿eh? 

María ¡Ya lo creo! 

Pép. Chica, tienes un marido que en cuanto ha- 

bla de elecciones se le va el santo al cielo. 

María Y tú tienes un cufiado que no te le me- 
reces. 

Pep. Podéis tener queja de mí. Desde que llegué 

de Burgos, no hago otra cosa que escribir 
cartas á los electores, sueltos y noticias para 
• los periódios y besa lu manos á todos los per- 
sonajes políticos. Estoy ya de política hasta 
aquí. 

María ¿Qué entiendes tú de esas cosas? 

Pep. ¡Ni falta que me hace! ¿Para conseguir lo 

que ha conseguido ese, gastarse un dineral 
y salir derrotado? 

Car. Ya sabes lo que me ha derrotado: la coac- 

ción olicial. 

María ¡Justo, eso! No sé lo que es; pero eso habrá 

sido. 

Pep. Tú eres tan tonta como él. No pensáis más 

que en las dichosas elecciones. 

Car. Como que hoy no hay carrera más bonita 

que la de diputado. 



Pep. Entonces no sé por qué papá me ha envia- 

do aquí á estudiar la de Karinacia. 

Car. Porque antes es precipo que tengas un título 

académico. Pero en cuanto yo sea poder, le 
hago Jo menos... director general de Benefi- 
cencia y Sanidad. 

Pep. Sí. Para ti lo quisieras. 

Car. Anda, anda; coge esas cuartillas, vete íi tu 

cuarto y acaba de ponérmelas en limpio. 

Pep. *^ero... 

Car. Ya sabes que necesito mandarlo mañana 

mismo. 

Pep. ¡Caramba! Es que tanto escribir... 

María Has de ser amable. Haz lo que te manda tu 
hermano. 

Pep. Bueno, lo haré... pero como un favor... 

Car. Naturalmente. Y como un favor te lo agia- 

dezco. Líbreme Dios de imponer á mi queri- 
do Pepito semejante obligación. 

Pep. Hasta luego. (¡No lo puedo remediar! Todo 

el mundo hace de mí lo que le da la gana.) 

(Vase puerta primera derecha.) 



ESCENA II 

CARLOS y MARÍA 

Car. ¡Pobrecillo! La verdad es que abuso de su 

bondad. 

María Ya sabes lo que me ha escrito papá; que le 

tengamos siempre á nuestro lado. Es un 
chico tan dócil que las malas compañías le 
echarían á perder en seguida. 

Car. Descuida. No tendrá más aaiigo que yo. 

María Conque, cuéntame, señor diputado... 

Car. No, hija; desgraciadamente no lo soy. Pero, 

¡paciencia! Otra vez será. Aquí no salen di- 
putados más que los ministeriales. 

María Oye, ¿y por qué no te haces ministerial? 

Car. Mujer, porque yo soy muy consecuente. 

María ¡Ah! ¿De manera que los que sois conse- 

cuentes no podéis ser ministeriales? 

Car. Naturalmente que no; mientras no manden 

los nuestros. 

:María Pues me parece una tontería que os fijéis 



— 8 



Car. 

María 



Car. 

María 



Car. 



María 
Car. 



María 
Car. 



María 
Car. 

Ma«ía 
Car. 



en esas pequeneces. Si á ti io que te con- 
viene es salir diputado, ¿qué te importa 
serlo con unos ó con otros? 
¡Hija, por Dios, no digas eso! 
¿He dicho una simpleza, verdad? Perdóna- 
me; no estoy bien enterada de esas cosae. 
Pero, francamente, yo quiero que me llamen 
pronto la señora diputada. 
¡Qué tonta eres! (con cariño.) 
¡Qué gustol Cuando yo vaya al Congreso, á 
la tribuna de señoras, y te oiga pronunciar 
un discurso y todo el mundo te aplauda, y 
los periódicos al día siguiente hablen de ti, 
y digan que el señor Menéndez es un ora- 
dor notabilísimo. ¡Figúrate qué orgullo paia 
tu mujercita! ¡Ahí Por supuesto, que lo que 
debes hacer es que el presidente te llame 
muchas veces al orden con la campanilla, 
para que en los periódicos salga lu discurso 
con muchos rengloncitos cortos y muchos 
paréntesis, con aquello de aplausos, rumores, 
protestas y campanülazos. Créeme, esas sesio- 
nes son las que todo el mundo lee con inte- 
rés. Al menos, á mí son las que más me di- 
vierten en La Correspondencia. 
Bueno, mujer, bueno; pero no adelantemos 
los acontecimientos. ¡Dios sabe cuándo po- 
dré complacerte! Mi derrota ha echado por 
tierra todas mis ilusiones. jAh! Y por cierto 
que todavía estoy en descubierto con alguno 
de mis agentes electorale?. Ayer tuve carta 
de Polvorilla. 
¿De Polvorilla? 

Sí; uno (le los que más han trabajado en mi 
favor. Me anuncia que vendrá uno de estos 
días á Madrid. 

¡Corriente! Le recibiremos y se le obsequia- 
rá con lo que podamo?. 
Sí, pero el case es que á ese le debo unas 
cuatro mil ])esptas por lo que tuvo que ade- 
lantar en mi nombre. 
Pues se las pagas y en paz. 
¡Claro! ¡Se las pagas! Eso se dice muy bien; 
pero lioy por hoy no las tengo. 
¿Que no? 
No, señora. Esa maldita elección se ha lleva- 



~ 9 — 

do todos los fondos que teníamos en rasa, y 
como el cupón no lo cobraremos hasta me- 
diados del mes que viene... 

Mabí\ Pues no te apures, hombre. Pídele dinero A 

cualquier amigo. A Leopoldo; de seguro <\\iv 
ese... 

Car. No, no me gusta pedir dinero á nadie. Po- 

drían figurarse otra cosa. 

María ¿Quieres que yo escriba á papá, como cosa 

raía? 

Car. ¡De ninguna manera! Ya nos arreglaremos 

como podamos. 

María Si crees necesario vender alguna de mi^ 

alhajas... 

Car, ¡Calla, por Dios! ¡No es para tanto! Pero cons- 

te que te agradezco en el alma tu ofreci- 
miento. (Abrazándola.) 

María ¡Mi ofrecimiento! ¡Pues no faltaba más sino 
que yo no hiciera eso por mi queridísimo 
Carlos! 

Car. ¡Qué buena eres! (vuelve á abrazaría.) 



ESCENA III 

DlCHOSj FILOMENA y LEOPOLDO. Los dos en traje de casa 

FiL. (Desde la puerta del foro.) ¿Venimos á estorbarV 

María ¡Adelante! 

Car. Ustedes no estorban nunca. 

FiL. ¿Cómo estás, monísima? 

María Bien. ¿Y tú? 

FiL. Hija, yo con estos nervios que no me dejan 
vivir. ¡Buenas tardes, Carlitos!... 

Car. ¡Señora! 

FíL. ¿Y el pollo? 

María Trabajando. 

Car. ¡Siéntese ust'^d! (a Leopoldo.) ¡Siéntate, chico' 

Leop. Gracias. (Aparte á carios.) (Tengo que ha- 
blarte.) 

Car. (¿De?...) 

Leop. (¡Chis!...) (Se sientan ios cuatro) (i) 

María Ya me chocaba que no bajaras hoy. Iba á 

subir por si os ocurría algo. 

(l) Derecha del actor: Carlos- LeopoH o. -Filoraen«-MtrU. 



— 10 — 

FiL. Nos hemos levantado muy tarde. Hasta las 

cuatro de la mañana no pude pegar los ojos. 
¿Verdad, Leopoldo? 

Leop. ¡Ah, sí! Estaba muy nerviosa, mucho. 

FiL. Tuve una intranquilidad, un desasosiego, ;y 

una de dar saltilos en la cama!... Con decirte 
que e^te infeliz tuvo que levantarse á las 
tres a darme un poc^uito de jamón en dulce. 

Car. Pero, señora, ¿usted se cura los nervios con 

jamón? 

Fu. ¡Naturalmente! La debilidad aumenta la 

excitación nerviosa. — Hija, es una desgra- 
cia haber nacido con este temperamento. 
Por supuesto, que del insomnio de anoche 
tiene la culpa mi señor marido. ¡Sil (a Uo. 
poido.) No hagas gestos, porque esta es la 
pura verdad. — Se empeñó en llevarme á un 
estreno del Español. Yo sufro mucho en los; 
estrenos, no lo puedo remediar, y el de ano- 
che me hizo pasar muy malos ratos. 

María ¿Qué? ¿No gustó? , 

FiL. Al contrario, muchísimo; pero, hija mía^ tie- 

ne un argumento que le pone á una la carne 
de gallina. 

Car. ¿Habría muchos muertos, eh? 

FiL. No; anoche no se murió más que uno, pero 

calle usted por Dios, yo no comprendo cómo 
la autoridad permite que loa actores se mué i 
ran de esa manera. ¡Es una barbaridad!. 

María ¿Y de qué trata el drama? > 

FiL. De lo de siempre, del adulterio. Los autores 

de ahora no saben hablar de otra cosa... Y 
tienen razón, porque, hija mía, tú eres m.uy 
nueva en la corie, y no sabes cómo está 
Madiid... sobre todo el ramo de casados. ) 

Car. Muchas gracias. 

FiL. ¡Sí, señor, sí! Anoche, sin ir más lejos, en el 

palco de al lado, y con toda la desvergüenza > 
del mundo, estaba un tal Peláez, un cono- 
cido nuestio, haciendo compañía á una... 
en íin, á una de esas... ¡Figúrate qué cinis- 
mo! ¡Un hombre cargado de familia y que 
• tiene una mujer (\ue es un ángel! Yo á eu 

mujer no la conozco, pero de seguro que es 
un ángel! jY pensar que ese hombre escati- 
mará en su casa una peseta y luego se g^s- 



— 11 — 

tara por ahí una fortuna! Porque te advierto 
que la fulana de anoche llevaba unos bri- 
llantes que eran un escándalo... ¡Vamos! |A 
mí esas cosas me quitan el juicií^ 

María Tienes mucha razOn. 

FíL. Comprendo que los solteros ha^an todo 1(» 

que les de la gana; ¿pero los casados? ¡No 
señor! ¡Pues no faltaba más! Si quieren A su 
mujer, no necesitan otra, y si no la quieren» 
que se aguanten. 

Car. ¡^Vluy bien dicho! 

FiL. ¡Nada, nada! Yo, si fuese juez, sería inexora- 

ble. A todo marido que faltase á su niujf^r, 
lo mandaba al patíbulo. 

Car. ¡Ja, ja, ja! — ¡Ríete, hombre! 

I^EOP. (sin ganas.) ¡Je, je, je! 

FiL. ¡Sí, ríanse ustedes, pero digo lo que sientol 

Así es que anoche, el drama por un lado y 
Peláez por otro, me atacaron los nervios de 
una manera horrible. Ha-ita la^ cuatro, como 
te dije, no pude pegar los ojos, y lo poco 
que dormí, con una peFadilla espantosa. ¡So- 
ñaba que ese me había abandonado por 
una bailarina, que yo los había sorprendido 
y que había estrangulado á los dos! 

María ¡Qué atrocidad! 

FiL. Así es que no puedes figurarte la alegría 

que tuve al despertar cuando me le encon- 
tré á mi lado y roncando como un bendito. 
¡Ay, hija de mi alma! Bien podemos dar 
gracias á Dios por haber nacido de buena 
índole, y sobre todo, pur tener dos uiiirilo- 
como estos. 

Car. Muchas gracias. 

FiL. Es deLiir. yo del mío respondo; me figuro 

que Carlos... 

Car. ¡."señora!... (Levantándose.) 

María ¡Chica, por Dios! 

FiL. ¡N(i! Ya sé que os queréis muchísimo. Como 

nosotros, ¿verdad, rico mío, (Haciéndolo uoa ca- 
ricia.) que lú no quieres á nadie más que A 
tu Filomena? 

IjEOP. ¡Pero, mujer! (Se levanta y va al lado de Carloi.) 

FiL. :Qué tonto es! ¡Se avergüenza porque le 

bago un mimo delante de ustedes! (a siari*.) 
jPobrecillo! es más bueno que el panl— ¡Je- 



-~ 12 — 

SÚ8, qué dichosa puleera! (Durante la esceua in- 
dicará alguna vez que se le ab;-e la pulsera.) El me- 
jor día Ja voy á perder. Es el primer regalo 
que me hizo ese; por eso la tengo tanto ca- 
riño. 
Car. (¿Pero qué te pasa, hombre? ¡Estás como 

asustado!) (a Leopoldo.) 

Leop. (Necesito que hablemos; ¡pero cállate, por 

Dios!) 
FiL. Pues mira, aquí tienes la puntilla que te 

dije que había empezado. ¿Verdad que es 

muy bonita? (Enseñándole la puntilla.) 

María ¡Preciosa! ¿Y es difícil? 

FiL. ¡Quiá! Laaprenderásenseguida.Fíjatebien. 

8e principia así: tres vueltas montando, dos 
al aire y una cogida. 

Car. (a Leopoldo.) (Vamos á mi cuarto. Allí des- 

ahogarás.) — Señoras, con permiso de uste- 
des... Este y yo tenemos que hablar. 

FiL. ¡Hombre, qué finura! Eso es echarnos. 

Cap. Nada de eso. Están ustedes aquí perfecta- 

mente. — Vamos á mi habitación. 



ESCENA IV 

DICHOS y DON NEMESIO 

D. Nem. [Señores!... 

María ¡Doctor! 

Car. Don Nemesio... ¡Tanto buero!.. (¡Chico, pa- 

ciencia!) (Aparte á Leopoldo.) 

D. Nem. ¡Oh, que están por aquí los vecinos!... ¿Qué 
tal, señora, cómo van esos nervios? 

FiL. Muy mal, cada día peor. 

D. Nem. Eso no vale nada. ¡Tila, tila, mucha tila, y 
Fobre todo, mucha paciencia! 

FiL. Eso es lo que me falta. 

D. Nem. Pues, amiga mía, epe es un medicamento 
que no se despacha en las boticas. — Maruja, 
usted siempre tan buena y tan guapa. 

María Muchas gracias, doctor. 

D. Nem. ¡Señor don Leopoldo!— ¡Hola, Mendizábal! 
Este nos va á arreglar el país. ¿Qué tal? 
¿Cómo va ese distrito? 

Cae. Esperando otras elecciones 



— 13 — 
D. Nem. Bueno, pues las esperaremos sentados... Con 

permiso de ustedes. (1) (se sientan todos.) 

Mahía ¿Qué milagro ha sido estei^ ¡Tantos días sitk 

venir por aquí! 

D. Nem. Hija mía, ando ocupadísimo. Hay una de 
enfermedades que es un encanto. 

FiL. ¡Pues no dice que es un encantol 

D. Nem. Señora, cada uno á lo suyo. 

FiL. Pero, diga usted, ¿hay alguna epidemia? 

D. Nem. ¡No! Es decir, yo creo que no; pero no me 
atrevo á asegurarlo, porque como ahora los 
mediquillos modernos no piensan más que 
en microbios, y todo el santo día andan á 
vueltas con el microscopio, puede que resul- 
te cualquier cosa; pero yo no me fío... Para 
mí todo eso son pamplinas... Lo que yo no 
vea con estas gafas, crea usted que no lo ven 
ellos con todos los microscopios del mundo. 

Car. ¡Pero, hombre, p:r Dios! No niegue usted 

los adelantos. 

D. Nem. Lo que yo niego es que vean todo eso que 
dicen. La mayor parte de esos observadora» 
son unos embusteros. ¡Figúrese usted á un 
médico andaluz manejando el microscopio! 
¡Verá los imposiblesl Con decir á ustedes 
que el año pasado me regaló un cliente unas 
cuantas botellas de un Burdeos riquísimo... 
. Un mediquillo de edos llegó un día á mi 
casa y se empeñó en analizarme el vino, y 
me aseguró que el tal Burdeos estaba lleno- 
de zoostirpulos. 

Todos ¿De qué? 

D. Nem. De zoostirpulos. Unos animalitos muy per- 
judiciales para la salud. 

FiL. ¿Lo tiraría usted? 

D. Ném. ¿a quién, al médico? Estuve á punto de ti- 
rarle por las escaleras. 

FíL. Decía el vino. 

D. Nem. ¡Quiál Me lo bebí tranquilamente. 

FiL. ¡Pero, hombre! ¿Y sin temor a los anima- 

liUos? .,.«•. 

D. Nem. Que me libre Dios de los aninpales mtinita- 
mente grandes, porque los infinitamente 
pequeños me tienen sin cuidado. Pues ai 



(l) Cailos-Leopoldo— Dou ^emesio - Filomena-María. 



— 14 ^ 

fuéramos á fiarnos de las fantasías cien- 
tíficas de ef?os innovadores, estábamos di- 
vertidos... Hipócrates sabía más que todos 
ellos juntos y no usó el microscopio en su 
vida. 

Car. ¡Naturalmente! ¡Como que no se había in- 

ventado en aquella época! 

D. Nem. Si le hubiese hecho falta, lo hubiera inven- 
tado él. 

Car. ¡PJste don Nemesio es famoso! 

María Con todo eso, no nos ha dicho usted á qué 
debemos esta visita. 

D. Nem. A que tengo ahí, cerca, en el 27, una enfer- 
ma rauy grave... Ahora vengo de verla. | Po- 
bre señora! ¡Por más que hago, no consigo 
curarla! Lleva quince días en un ¡ay! 

Fu. ¿Y qué es lo que tiene? 

D. Nem. i^ues... tiene... una... Mire usted, si he de ser 
franco, yo no sé qué es lo que tiene. 

Fir. ¡Hombre, me gústala frescura! 

Maki'a Pero eso es no tener conciencia. Que la vean 

otros médicos. 

D Nem. Si ya la han visto otros dos. Ayer tuvimos 
junta. 

Car. ^,Y qué opinaron los compañeros? 

D. Nem. Que estaban completamente conformes con 
mi diagnóstico. 

FiL. ¡Vaya, menos mal! 

D. Nem. Crea usted que cuando una enfermedad 
viene derecha., pero, en fin, no hablemos 
de cosas tristes. — Oye, Carlitos, dame un ci- 
garro, hijo. Se me han concluido, y por no 

volver ácasa... (Levmitándose.) 

María Deja; yo los traeré. 

Car. Están en el armario. (Carlos acompaña á María 

hasta la puerta. Leopoldo se acerca ti Filomena, que 
le hace una caricia.) 

María Ya sé, ya. (Vase segunda derecha.) 

D. Nem. ¡Vaya un par de matrimonios felices! Crean 
ustedes que les envidio con toda mi alma. 

(Sentándose al lado de Filomena.) 

FiL. Pues, hombre, buen remedio: cásese usted. 

p. Nem. No, eso no. He jurado no contraer segundas 

nupcias. 
FiL. ¿Pero, cómo? ¿Es usted viudo? ¡No lo sabía! 

D. Nem. Sí, señora. ¡Soy viudo desde el año 57! 



— 15 -^ 

FiL, Aprendan ustedes. ¡Ksto se llama respetar 

el recuerdo de una mujer! 

D. Nem. No, que no aprendan en mi ejemplo. ;He 
sido muy desgraciado! 

FiL. ¿Sí? 

D. Nem. 6í, señora. Mi mujer, á los dos me.'-es de 
matrimonio, y estando yo de médico «le un 
partido, se me escapó con el jefe de una par 
tida. Aquel golpe me partió, créame usted. 

FiL. Sí lo creo. 

D. Nem. Desde entonces, usted perdone, pero descon- 
fío del cariño de las mujeres. Ya no creo 
más que en dos cosas: en Dios y en el eulfa- 
to de quinina. 

FiL. ¡Jesús, y qué extravagante es este hombre! 

D. Nem. Y no se figure usted que aborrezco á las mu- 
jeres; todo lo contrario. Me gustan más cada 
'. día, ;ya lo creo! Como que las conozco de 

primer orden. iHay cada tentación en este 
Madrid! ¿Verdad, jóvenes? 

FiL, ¡Doctor, por la Virgen Santísima, no me los 

descarrile usted! 

D. Nem ¡Ja, jn! ¡Estos temperamentos nerviosos son 
terribles para los celos! 

M'VRÍA ¡Don Nemesio, aquí tiene usted! (presentando 

le una caja de cigarros, abierta.) 

D. Nem. ¡Muchas gracias, hija mía! ¡Hombre, hom- 
bre! ¡ ístos cigarros, más que de un aspiran 
te á Diputado, parecen de Ministro de Ul- 
tramar en ejercicio! 

Car. ¡Coja usted, coja usted! 

D. Nem. No; me basta con éstos. (Enciende nuo y ga«rda 
otro.) 

María Leopoldo... (ofreciéndole.) 

■FiL. No; á ese no le ofrezcas. No fuma entre hid- 

ras. Le tengo bien acostumbrada. Dos pun- 
tos al día y nada más. 

D. Nem . ¡Exquisito, chi jo, exquisito! Puede que sean 
capaces de decir que también estos cigarros 
tienen microbios. 

María Anda, (a Filomena.) ven á enseñarme allá 

dentro esa labor. Con permiso de ustedes. 

FiL. Vamonos. ¡Hasta luego! 

Leop. (¡Gracias á Dios!) (Vanse aeguuda Izquierda.) 

,Car. Hasta luego. 

•D. Nem. A los pies de ustedes, modelo de esposas 
cariñosas y preciosas. 



-- 16 - 

ESCENA V 

DICHCS menos FILOMENA y MARÍA 

C^R. Vamos, chico, desahoga de una vez. Te veo 

preocupadísimo. 

D. Nem . Oye, que si tenéis algo reservado que tratar, 
yo me retiro. 

Leop. No, doctor, no se marche usted. Confiaré á 

los des lo que me pasa. 

D. Nem. Ya sabe usted que los médicos somos como 
los confesores. Si se trata de intereses, cuen- 
te usted con lo poco que yo tenga. 

Leop. No, gracias, no es eso. (cierra la puerta segunda 

izquierda.) 

Car. Como si jo viera. Será alguna genialidad de 

tu mujer. 
Leop. N ), no se trata de mi mujer; se trata de mí. 

Oigan ustedes. (Se sientan los tres.— Leopoldo en 
el sillón de la mesa de despacho.- Carlos á su derecha 
y don Nemesio á la izquierda.) 

D. Nem. Oigamos. 

Leop. Hasta ahora no te he dicho una palabra, y 

te va á sorpn iider la noticia. ¡Tengo un lío 

muy gordo! 
Car. ¡Tul 

Leop. ¡Sí, señor; yo! 

D. Nem. ¿Se trata de líos? ¡Magnifico! Cuente usted, 

cuente usted. (Acercándose más.) 

Car. ¡Chico, me dejas asombrado! 

Leop. ¡Es claro! Tú te has casado enamoradísimo 

de tu mujer. 

Car. y contra la voluntad de toda la familia. Yo 

me casé por oposición. 

Leop. Pues yo me casé por concurso... de acreedo- 

res... Y no es esto decir i\ue yo no quiera á 
Filomena, no, señor; la quiero muchísimo; 
pero, francamente, algunas veces me acuer- 
do de (]ue me lleva quince añop, y... 

D. Nem. ¡No! Si no tiene nada de particular que us- 
ted haya pecado. Si en este Madrid hay tnu- 
jeres capaces de hacer pecar á un santo. ¡Si 
San Antonio llega á vivir en estos tiempos, 
créanme ustedes, San Antonio no se salva! 



— 17 — 

Car. ¿y quién es ella? 

Leop. Pues una muchacha preciosa. 

D. Nem. ¿Rubia? ¡Las rubias son el diablol 

Leop. No; es morena. 

D. Nem. ¡Ah, las morenas son el demonio! 

Leop. Hace seis meses que estamos en relaciones. 

D. Nem. ¡BaW No es mucho. 

Leop. Fué toda una aventura novelesca. La conocí 

en la Prosperidad. 

D. Nem. ¿En buena posición, eh? 

Leop. No; en el barrio de la Prosperidad. Yo había 

ido en un simón á hacer una visita á un pa- 
riente de mi mujer. Ella iba en un magní- 
fico lando. 

D. Nem. ¡Hola, hola! 

Leop. Era la caída de la tarde. 

D. Nem. La hora de las grandes caídas. 

Car. Don Nemesio, haga usted el favor de no in- 

terrumpirle. No acabaremos nunca. 

D. Nem. ¡Bueno! Siga usted, que ya empieza á inte- 
resarme. 

Leop. La tarde estaba apacible; pero de pronto el 

cielo se encapota. 

D. Nem. ¡Malo! 

Leop. Y un formidable trueno fué el anuncio de 

la horrorosa tempestad que se aproximaba. 
«I Arrea!» le dije al simón, no por temor á la 
tormenta, sino por acercarme al carruaje en 
que iba aquella hermosísima mujer. En 
esto, un espantoso relámpago, seguido de 
una fortísima detonación, puso en precipi- 
tada y descompuesta fuga á los caballos del 
lando, que á los pocos metros chocaron 
contra un árbol, volcando el carruaje sobre 
la cuneta del camino. «¡Arrea, anea!» repetí 
á mi cochero, y á los pocos instantes llegá- 
bamos al sitio de la catástrofe, cuando ella 
volvía en sí del ligerisimo desmayo que le 
había producido la caída. ¡Estaba encanta- 
doral Al verla de cerca, crean ustedes que 
sentí una emoción inexplicable. 

D. Nem. Vamos, sí. Ella dio un vuelco en el coche y 
á usted le dio un vuelco el corazón. 

Leop. Uno de los caballos se había inutilizado por 

completo. Ocho mil reales me ha costado el 
sustituirlo. 



- 18 — 

Car. Pero, Leopoldo... 

Leop. No me digas nada. Esa mujer me ha trap- 

tornado el juicio por completo. 

Car. ¿Es posible que tú?... 

D. Nem. Hombre, no le interrumpas. A ver en qué 
acaba esa aventura. 

Leop. Pues en que yo le ofrecí un asiento en mi 

modesto simón, que ella aceptó muy cari- 
ñosa y sin el menor reparo. La tempestad 
seguía desencadenada, y la noche se nos 
echaba encima. 

D. Nem. Sí; pero entonces ya no mandaría usted 
arrear al cochero. 

Leop. Al contrario. «¡Despacio!» le dije, y Paz... 

D. Nem. ¡Qué! ¿Se cayeron ustedes? 

Leop. No, señor; si es que se llama Paz. 

D. Nem. Yo había entendido ¡pafi 

Leop. Pues Paz me contó, entre sollozos y lá- 

grimas, toda la historia de su vida; una 
vida llena de contrariedades y de amargu- 
ras. 

Car. Vamos, en resumen; que esa mujer es hoy 

tu querida oficial, que te está costando un 
ojo de la cara, y que si 1^'ilomena se entera... 

Leop. ¡Me estrangula, ya lo creo que me estran- 

gula! Esos son mis temores; pero no he po 
dido remediarlo... Una mujer hermosa. . 
Una tempestad... 

D. Nem. ¡Claro! ¡lis irresponsable! Una tempestad es 
causa de fuerza mayor. 

Car. Pero, hombre, lo que yo no me explico, es 

que tú, el marido inseparable, el eterno 
acompañante de doña Perpetua, como lla- 
man á tu mujer todos los amigos, tengas 
tiempo de consagrarte á esos peligrosos 
amoríos. 

Leop. Hice creer á Filomena que me habían nom- 

brado individuo de una Junta de Agricul- 
tura, y con el pretexto de las Fesiones, todas 
las mañanas voy á hacer un ratito de com- 
pañía á la encantadora Paz en su delicioso 
entresuelo de la calle de Belén. 

D. Nem. ¡Justol Usted se va á esa calle, y su mujer 
se queda en Belén. 

Car, Pues, nada, chico; sigue, que ya tocarás los 

resultados. (Se levanta.) . 



— 19 — 

Leop. No, si ya no sigo. Hace tres días que 'he re- 

suelto volver al buen camino. Las exigen- 
cias de Paz son intolerables. Anteayer que- 
dé en llevarle cuatro mil pesetas (juc nece- 
sitaba para comprar no sé qué chucherías; 
pero no he vuelto á parecer por su casa. 

Car. ¡Bien hecho! 

Leop. Ya estaba yo tranquilo, creyendo que ee 

conformaba con mi ausencia, cuando esta 
mañana me entregó misteriosamente el por- 
tero esta cartita, cuyo contenido me puso 
los pelos de punta, (se levanta.) Toma y lee. 

(Le da una carta sin sobre.) 

D. Nem. ¡Veamos, veamos! 

Car. Cuidado, no nos sorprenda tu mujer. 

Leop. (se dirige hacia la puerta segunda izquierda.) ¡Dios 

nos libre! 

XUar." (Leyendo.) «¡Ingratón!» 

D. Nem. Duen pirincipio. 

Car. «Si no me traes esta misma tarde las cuatro 

»mil pesetas que me prometiste, voy á tu 
»caBa y te armo la escandalera del siglo. — 
«Paz.» 

D. Nem. Lacónica, pero expresiva. 

Car. «Postdata. — Belén, 52, entresuelo. Te re- 

»cuerdo las señas de mi casa, porque me 
»parece que las has olvidado.» 

Leop. ¡Mi mujer! 

Car. ¡Caracoles! (Guarda precipitadamente la carta eu el 

bolsillo derecho del balín.) 

D. Nem. ¡Canastos! 

Leop. No, no viene. 

Car. Me había asustado. 

Leop. Ya ven ustedes en qué compromiso me 

pone esa mujer. — Vas á hacerme un favor. 

Car. Chico, no tengo. 

Leop. No, si no te pido dinero; lo que te supÜco 

es que vayas á verla y la convenzas de que 
estas relaciones no pueden confimiardt- niu- 
guna manera. 

Car. Hombre, la comisión... 

Leop. Dile que me he marchado de Madrid, que 

estoy en el extranjero, en cualquier parte, 
y para tranquilizarla, haz el favor de entre- 
garle esto. (Dándole una carta coa billetes.) 

Car. ¿Qué? 



— 20 - 

Leop. Las cuatro mil pesetas que me pide. 

Car. No, lo que es esto... 

Leop. La conozco; es el único medio de conven- 

cerla. ¿Lo harás, eh? 
Car. Me lo pides de una manera... fcarios guarda 

esta carta eu el bolsillo del pecho del balín ) 

Leop. Gracias, muchas gracias, chico. Te vivir.é 

eternamente reconocido. Don Nemesio, ¡por 
Dios! que nadie sepa una palabra. 

D. Nem. Descuide usted. ¡Soy una tumba! (¡Pero en 
qué líos se meten estos demonios de mu- 
chachos!) Tú eres más formal; tú no te ocu- 
pas más que en tu política. Y, á propósito, 
¿has escrito ya ese manifiesto de que n\e 
hablaste el otro día? 

Car. Lo tengo casi terminado. Ahí está Pepito 

poniendo en limpio unas cuantas cuartillas. 

D. Nem. ¿Sí? Pues con tu permiso voy á leerlas. 

Car. Vaya usted, vaya usted. 

D. Nem. ¡Adiós, ingratón! (a Leopoldo.) ¡Je, je! — (Be- 
lén, 52, entresuelo. No olvidaré las señas... 

¡Quién sabe si yo!...(Vase primera puerta derecha.). 



ESCENA VI 

LEOPOLDO, CARLOS, luego FILOMENA 

Car. Te lo aseguro. Me ha sorprendido extraordi- 

nariamente tu conducta. 

Leop. Lo creo; ¡pero una y no más! 

Car. Es claro. Unos amores que empezaron con 

un trueno, no podían concluir de buena 
manera. 

FiL. Bajo en seguida, no es molestia ninguna. 

(Dentro.) 

Leop. ¡Cállate! ¡Pues, si! Tus electores se han por- 

tado admirablemente. Y si el Gobierno.,. 

FiL. Oiga usted, Carlitos. Haga usted el favor de 

no meter á mi marido en política. No melé 
catequice usted, porque este no necesita per- 
tenecer á ningún partido. La política no lea 
sirve á ustedes más que para echar tiempo 
fuera de casa y en más de una ocasión d© 
pantalla para ciertas cosas. Este ya tien^ 



— 21 - 

bástante con sus sesiones de la JuntA de 
Agricultura 

Dar. Sí, señora, sí. Ya tiene bastante. 

FiL. Y esas ge las tolero, porque así puede defen- 

der nuestras dehesas de Extremadura, que 
si no tampoco. ¿Verdad, hijo, que íl tí te 
carga la política? 

LEOt». ¡Mucho, muchísimo! 

FiL. ¡Es claro! Ya lo sabe usted. Mi marido es 

amante de la paz. 

p ■ f ¡Ehl (Aterrados.) 

FiL. Sí, señor; de la paz .. y de la tranquilidad de 

la famila. 

FiL. Y ustedes los políticos están expuestos, el 

día menos pensado, á jugarse la cabeza en 
medio de la calle. No comprendo cómo Ma- 
ría se lo consiente á usted. Lo que es comf 
fuera yo su mujer... Vaya, voy arriba por 
una muestra de crochet. 

Leop. Voy contigo, vida mía. ¡Yo no puedo sepa- 

• rarme de tí! ;Qué carita tan zaragatera; me 
la comería! 

FiL. ¿Lo ve usted? ¡Este es un marido! 

Car. ¡Sí que lo es! 

Leop. ¡Aprende, aprende! 

FiL. Hasta luego. 

Car. Hasta luego. 

Leop. (¡Que no olvides mi encargo!) (a carios.) 

Car. (¡Descuida!) Vete con Dios... (¡Hipócrita!) 



ESCENA Vil 

CARLOS, en seguida PEPITO, luego JOAN 

Car. ¡Miren el marido modelo, y qué callado Sí- 

tenla lo de estos amores! Por bupuesto, quf 
si Filomena averigua lo más mínimo, ya !•• 
ha caído que hacer al infeliz. 

PeP. Oye, Carlos, (con una cuartilla eu la maao.) 

Car. ¿Qué te pasa? 



Pep. Que yo no entiendo esto. 



— 22 — 

Car. a ver. (Lee.) «Las papeletas extraídas de... 

no arrojan...» 

Pep. Me parece que me he comido algo. 

Car. ¡Ya lo creo! Te has comido la urna elec- 

toral. 

?EP. |Ah, vamos! Las papeletas extraídas de la 

urna electoral. 

Car. ¡E?0 es! (pepito corrige en la mesa la cuartilla.) 

Juan Señorito... (con una carta.) 

Cak. ¿Qué hay? 

Juan Esta carta que acaban de traer. 

Car. ¿Esperan contestación? 

Juan No, señor, (vase Juan.) 

Car. «Urgente.» ¿Qué será esto? (Abre la carta y lee 

para sí.) «Estimado amigo: el Comité ha re- 
»8uelto celebrar junta extraordinaria esta 
»tarde á las tres y media en punto. No falte 
» usted, pues se tratarán asuntos relaciona- 
»dos con su candidatura. Suyo afectísimo. — 
»López.» ¡Ya lo creo! ¿Qué he de faltar? 

(Guarda la carta en el bolsillo izquierdo del batln.) 

Pep. ¿Pasa algo grave? 

Car. No, nada. (¡A las tres y media (Mirando ei re> 

loj.) y ya son las tres y veinte! No hay tiem- 
po que perder.) jJuan! ¡Pronto! La levita y 

el sombrero, (entra Juan y se dirige á la puerta so- 
gunda derecha saliendo en seguida con la levita y el 
sombrero de copa.— Carlos se pone la levita, dejando 
el batín sobre el sofá.— Juan marcha por el foro.) 

Toma eso (Dándole unos papeles.) y sigue Co- 
piando. Si me retraso algo en venir á co- 
mer, no me esperéis. Tengo una cita á la qua 
no debo faltar. 



ESCENA VIII 

DICHOS y DON NEMESIO 

Ü. Nem. ¡Magnífico manifiesto! Se van á quedar tu». 

electores con un palmo de boca abierta. 

¡Como que no van á entender una palabra! 
Car. Don Nemesio, oiga usted, (a Pepito.) ¡Anda, 

hombre, anda! Ya Fabes que rae urge. 
Pep. Voy, voy. (¡Caramba! No le dejan á uno ni 

respirar.) (Vase primera puerta derecha ) 



— 23 — 

D. Nem. ¿Qué ocurre? 

Car. Va usted á hacerme un favor. Me citan para 

las ti es y media. 

D. Nem. ¡Canastos! ¡Otro lío! 

Car. No, señor; me cita el Comité y no puedo fal- 

tar de ninguna manera. Va unted ;i ( umulir 
la comisión que me dio Leopoldo. 

D. Nem. ¿Ir á ver á esa ciudadana? 

Car. Si, señor; á mi me es imposible. 

D. Nem. ¡Bueno, hombre, bueno! ¡Qué demonio! Lo 
haré. 

Car. ¿Dónde he puesto la carta? ¡Ahí ¡Aquí! En 

el batín. (saca la carta con los billetes.) 

D. Nem. Ya sé, ya sé las señas. Belén, 52, entresuelo. 
Car. Aquí deben ir esas cuatro mil pesetas. Se 

las entrega usted y arregla el asunto como 

mejor le parezca. 
D. Nem. Descuida. Tengo yo cierta maña para estas 

cosas. (Abre el sobre y saca los billetes y uu papel 

que lee.) «Ahí va ese dinero. Hemos conclui- 
do. No vuelva usted á acordarse de L.» ¡LI 
Está bien pensado esto de no poner más que 
una L. 

F'lL. ¡Hola! (presentándose de pronto ) 

D. Nem. (¡Jesús!) 
Car. ¡Ejém! 



ESCENA IX 

DICHOS y FILOMENA 

FiL. ¿Qué es eso? ¿Algún récipef 

D. Nem. Sí... sí, señora. Un recipe secundum artem.. 

(Guarda el sobre precipitadamente.) 

Car. ¡Adiós, don Nemesio! No queremos entrete- 

nerle. 

D. Nem. Despídeme de María, ¿eh?... ¡A los pies de 
usted, señora! ¡Tila! ¡Mucha tila!... Voy, voy 
á escape... (vase.) 

FiL. ¡Vaya usted con Dios! ¿Qué es eso? ¿Algún 

enfermo grave? 

Car. No, señora; es decir, si, señora. Vaya, con 

permiso de usted. (Asomándose á la puerta aegnn- 

da izquierda.) ¡Adiós, Maruja; hasta despuée. 
María (Dentro.) Hasta luego . 



— 24 — 

FiL. Pero, Garlitos, ¿á dónde va usted tan azo- 

rado? 
Car. La política me reclama, señora. Queda usted 

en su casa. ¡Abur! (Vase corriendo.) 

FiL. ;Abur, hijo!... ¡No vaya usted á caerse por la 

escalera! 



ESCENA X 

FILOMENA y en seguida PEPITO con otra caartilla 

FiL. ¡Jesúsl jDichosa political ¡Los hace hasta 

mal educados! 
Pep, (Otro parrafito que tampoco entiendo.) 

FiL. ¡Felices, pollo! 

Pep. i Ah! ¡Buenas tardes, señora! 

FiL. ¿A dónde ha ido su Cuiiado de usted con 

tanta prisa? 
Pep. ¿Se ha marchado ya? Pues no lo sé. No ha 

querido decírmelo. 
FiL. ¿No? 

Pep. Recibió hace un momento una carta en que 

le daban una cita. 
FiL. ¿Una cita? 

Pep. Sí, señora. 

FiL. Pero ¿de quién? 

Pep. Pues no lo sé. Dijo que no le esperásemos á 

comer. 
FiL. jMalo! Me parece á mí que la política... 

Pep. Espere usted; podemos averiguarlo. Creo 

que guardó la carta en el bolsillo del batín. 

(Coge el batln.) 

FiL. ¿Sí? 

Pep. Aquí está. (Saca una carta del bolsillo derecho.) 

Fjl. ¡a ver, á ver! (coge la carta y lee.) «¡Ingratóu!» 

¡Una cita amorosa! ¡Qué escándalo! 

Pep. ¡Virgen Santísima! ¡Si lo llega á saber mi 

papá! 

FiL. «Si no me traes esta misma tarde las cuatro 

mil pesetas que me prometiste, voy á tu 
casa y te ^armo la escandalera del siglo. — 
Paz.» ¡La escandalera! ¡Valiente señora debe 
ser la tal Pazita! ¡Y el muy tunante habrá 
ido á llevarle ese dinero! ¡Ün dinero que no 
es suyo! ¡Que es de su mujer! 



— 26 — 

Pep . ¡Que es nuestro! Por algo no quería mi papá 

que se casara con mi hermana. 

FiL. ¡Pepito, esto es muy grave! jNosotros no de- 

bemos consentirlo! 

Pep. ¡Claro que no! 

FiL. ¿Dónde vidrá esa mujer? 

Pep. ¡Quién lo sabe! 

FiL. ¡Ah! ¡Somos felices! Aquí pone las señas de 

su casa: «Belén, 52, entresuelo. t ¡Vive en 
un entresuelo! ¡Claro, c^mo todas!. . 

Pep. ¡Pobrecita hermana! ¡Ella que le quiere tan- 

to! (Llorando.) 

FiL. ¡Pero, hombre, no llore usted! No me ponga 

más nerviosa de lo que estoy. ¡Tenga usted 
más ánimo! En estas ocasiones es cuando 
debemos demostrar entereza. ¡Por fortuna, 
en buenas manos ha caído esta cartita! ¡Se 
la he de hacer tragar! ¡Si lo digo yo! ¡Si 
todo eso de la diputación no es más que un 
pretexto! 

PiTP. ¡Y para eso me ha tenido escribiendo cator- 

ce días! 

FiL. Aquí tiene usted la política de su hermano 

político. 

p£P. ¡Y mi papá que me mandó á su lado para 

que yo no me perdiera! 

FiL. ¡Y mi marido que es su amigo inseparable! 

¡No! Por fortuna, Leopoldo no debe saber 
una palabra. ¡Si lo supiera, me lo hubiese 
dicho! Y ya me guardaré yo muy bien de 
enterarle. Un buen marido debe ignorar 
ciertas cosas. Vamos con María. ¡Por Dios, 
no ponga usted esa cara, que lo va á cono 
cer! ¡Pobre amiga mía! ¡Nada, nada! ¡Las in- 
fidelidades de los esposos debieran castigar- 
se con el patíbulo! 

Pep ¡Qué disgusto tan grande cuando ee entere 

mi papá! (Vansc puerta segunda izquierda.) 



ESCENA XI 

JUAN, DON CIPRIANO y ROSA 

Juan No está, no señor.., Ha salido hace un mo- 

mento. 



— 26 — 

D. Cip. Bueno, hombre; pues si no está, le esperare- 
mos. ¡Qué demontre! Pasa, chica. 

Juan Es que les advierto á ustedes que el señorito 

tardará todavía algunas horas. 

D. Cip. Que no me lo vaya usted á negar, porque 
eso estaría muy mal hecho. 

Juan No, señor; no. 

D. Cip. Don (Jarlos á mí me considera mucho, y lo 
que yo hice por él en Villatorda, no lo hace 
un padre por un hijo. 



ESCENA XII 

DICHOS y LEOPOLDO 

I.EOP. (¡Hola, hay visita!) 

Juan Don Leopoldo, ¿sabe usted por casualidad á 

dónde habrá ido el señorito? 

Leop. Sí... Es decir, no; no lo sé. 

D. CiP. Pues yo necesito verle esta misma tarde sin 
falta ninguna. Tengo muchas cosas que ha- 
cer, y á mí no me gusta perder el tiempo. 

(Vase Juan.) 

Rosa Yo, con su permiso, voy á sentarme. Esto de 

venir á pie desde la estación... (se sienta en la 

silla de la izquierda de la mesa.) 

D. Cip. ¡Naturalmentel No hay nada más sano que 
andar á pie. 

Leop. ¿Acaban ustedes de llegar á Madrid? . 

D. Cip. Sí, señor; ahora mismo. Cipriano Bermejo, 
para servirle. Si va usted alguna vez por Vi- 
llatorda, no tiene más que preguntar por 
mí. En el pueblo me conocen más por el 
mote: me llaman Polvorilla. 

Leop. Muy señor mío. ¿Y esta señorita es su hija? 

D. Cip. Sí, señor. 

Rosa Servidora de usted. 

Leop. Es muy guapa. 

D. Cip. Eí«timando. 

Rosa Favor que usted me dispensa. 

D. Cip. Nadie dirá que está criada en el pueblo, 
¿verdad? Parece una madrileña. ¡Como que 
le hace todos loa vestidos una modista que 
tiene una cuñada en Valladolidl... Pues mire 



- 27 -^- 

usted, esto de«no ver á don CarloB me dea- 
compone el viaje, ¡créame usttd! Ten^o que 
hacer una porción de encargos: comprar un 
sombrero de copa alta para el síndico; unos 
floreros para la boticaria; pagar unas suscri- 
ciones de El Imparcial; lomar unos décimos 
de la lotería; un terno de lanilla para mi 60« 
brino; algunas cosillaa para mi mujer, y la 
mantilla de boda para ésta. 

Leop. ¡Ah! ¿Se va á casar esta señorita? 

Rosa Sí, señor; eso quiere mi padre. 

D. CiP. Y ella también lo quiere... Diga usted que ^ 
esta tonta le gusta más un tenientillo que 
está allí ahora en la reserva; ¡ya ve usted 
qué proporción! ¡Un tenientel Pero al íin la 
hemos convencido, y se casará con uno de 
los hacendados más ricos del pueblo. ¡De- 
montre! ¡Ya son cerca de las cuatro! 

Leop. ¿Cuándo se marchan ustedes? 

D. Cip. Pues esta noche, á las ocho y media. 

Leop. ¿Y va usted á h:acer todos esos encargos en 

tan poco tiempo? 

D. CíP. Sí, señor; en seguida los despacho. ¿No ye 
usted que me llamo Polvorilla? Y, además,, 
tengo que enseñarle á ésia todo Madrid. 
Para eso la he traído conmigo, para que vea 
lo mucho bueno que hay por aquí (y para 
ver si olvida al teniente). (Aparte á Leopoldo.) 
¡Pero, canario, ese don Carlos que no 
viene!... 

Rosa Diga usted, padre, ¿don Carlos no está ca- 

sado? 

D. Cip. Sí; pero yo.á su mujer no la conozco. 

Rosa ¡Toma, pues que le pasen recado!... No hará 

nada de más en recibirnos. 

Leop. Tiene usted razón.— ¡Juanl (Desde ei foro.) 

D. Cip. Pues es verdad. Acaso nos dé ella el dinero. 

Juan ¿Qué manda usted? 

Leop- Avisa á la señorita... Estos señores desean 

verla. (Vase Juaa puerta segunda Izquierda.) 

D. CíP. Oiga ustea en confianza. Yo no he traído 
más que el dinero preciso para el viaje, por- 
que como don Carlos me debe unos cuar- 
tos... ., ^ , 
Rosa ¡No están malos cuartos! ¡Cuatro mil peaeUfll 
D. Cip. Y como tenemos que hacer algunos pagos.- 



— 28 — 
Juan La señorita no puede recibir. (Está llorando 

como una Magdalena.) (Aparte á Leopoldo.) — 
(Vase foro.) 

Leop. ((LSí? ¿Qué pasaráV) 

Rosa Oiga usted, padre, (Levantándose.) esto de que 

no quiera recibirnos, es un desprecio. 

D. Cip. ¡No, pues esto eí que yo no lo consientol 
¡Después de los favores que nos debe! ¡Y 
que yo no vengo más que á reclamar lo que 

es mío! (incomodado.) 

Leop. Pero, escuche usted... 

D. Cip. Yo, por las buenas, soy muy bueno; pero 
como me toquen al amor propio... Ya me 
conoce don Carlos. Ya sabe que yo soy de 
los que ganan los votos á puñetazo limpio. 

Leop. ¡Calma, hombre, calma! 

D. Cip. ¡Negárseme á mí! O me entregan hoy mis- 
mo ese dinero, ó me han de oir los sordos. 

Rosa ¡Eso! ¡Eso! 

Leop. Escúcheme usted... Yo puedo decirle dónde 

está Carlos. 

D. Cip. ¿Pues no decía usted que no lo sabía? 

Leop. ¡Cállese usted, hombre! Vayan ustedes en 

seguida á la calle de Belén, 52, entresuelo. 
Allí está él ahora, de seguro. 

D. CiP. ¿En el comité? 

Leop. ¡Justo! En el comité. 

D. Cip. Eso es otra cosa. 

Leop. Si no está, le esperan ustedes en la portería. 

D. Cii^ Está bien. Lo que yo quiero es echarle la 
vista encima. ¿Con que... calle de BelénV 

Leop. Cincuenta y dos. 

D. Cip. Entresuelo. — Andando, chica. — Usted dis- 
pense; pero á mí, cuando me tocan al amor 
propio... Cipriano Bermejo el Polvorilla. 

Leop. Ya, ya. — Vaya usted con Dios, señor Polvo- 

rilla. 

D. CiP. Quede usted enhorabuena. (Desde ei foro.) Ya 
comprenderá usted que no está bien que no 
haya querido recibirnos. 

Leo?. Lo comprendo. — ¡Vayan ustedes con DiosI 

¡Sí, por ahí! Esa es la puerta. (Desde ei foro.) 



— 29 — 

ESCENA Xm 

LEOPOLDO; luego PEPITO, más tarde JUAN 

Leop. ¡Vaya, favor por favorl Este tío era capaz de 

armar aquí un escándalo. 

FeP. (Dirigiéndose al foro precipitadamente.) ¡Juan, 

pronto, esa taza de tila! 
Leop. ;,Pero qué sucede? 

Pep. Una friolera. ¡Que lo sabemos todo! 

Leop. jEh! 

Pep. ¡Que Filomena ha descubierto lo de Paz! 

(Vase corriendo puerta segunda izquierda.) * 

Leop. ¡María Santísima! ¡Que lo ha descubiertol 

Pero ¿cómoV ¡Me va á matar! Yo no la espe- 
ro aquí, (ai ir á salir por el foro, tropieza con Juan. 
que entra con una taza de tila, que se le cae al suelo.) 
¡Jesús! (Se oye la voz de Filomena.) 

Juan ¡Señorito! (Bajándose & coger la taza. Vase por el 

foro otra vez.) 

Leop. ¡Huyl ¡Mi mujer! (Vase corriendo puerta segunda 

derecha, que cierra.) 

ESCENA XIV 

FILOMENA con la mantilla puesta, MARÍA, llorando, y PEPITO 

FiL. ¡Tranquilízate, hija, tranquilízate! 

María ¡No puedo! ¡No puedo! (Llorando amargamente.) 

iQuién... me... lo... habia... de decir! 
FiL. Yo pensaba ocultártelo; pero, hija mía, yo 

no sé fingir... Si no te lo digo creo que me 
pongo mala.— ¡Ay, qué calamidad de pulse- 
ra! (Se quita lu pulsera y la guarda en el bolsillo.) 

¡Pero, por la Virgen, no te aílijas de eae 
modo!— Yo me encargo de arreglar este 
asunto. ¡Le he de escarmentar para siempre! 

Pep. ¡y que no se ande en bromitas conmigo, 

porque yo soy capaz de... de escribírmelo á 
mi papá! 

Fu . Pepito, acompáñeme usted. 

María ¡Y yo... que... le había... ofrecido... mía alha- 
jas! (Llorando fuerte.) 



— 30 



FlL, 



Pep. 



Adió?, hija mía, adiós. Procura tranquili- 
zarte, Hasta luego. Yo te respondo de que 
te lo he de traer aquí, aunque sea por las 
orejas. 
¡Sí, señor! ¡No me conoce á mí todavía!... 

(Vause por el foro.) 



ESCENA ULTIMA 



MARÍA, llorando, sentada en una butaca. LEOPOLDO, luego JUAN 



María 
Leop, 

Mabi'a 

Leop. 

María 

Leop. 

María 

Leop. 

María 

Leop. 

María 

Leop. 

María 

Leop. 

Juan 
Leop. 



Juan 
Leop. 



¡Ay, ayl ¡Qué desgraciada soy! 

Pero, María... (Después de mirar cautelosamente en 

la puerta del foro.) 

¡Ay, Leopoldo de mi almal (se levanta.) 

¿Por qué llora usted de ese modo? 

¡Carlos me engaña! 

¡Ehl 

Carlos tiene una querida. 

¡Cómo! 

Una querida que... que le llama 



;Eh? 



mil. 



pe... se 



ingratón. 
tas! 



¡Y que le pide... cuatro.. 
(¡Mi carta!) ¿Pero cómo? 
¡Ay, ay!... ¡Yo me pongo mala! (cae desmayada 

en brazos de Leopoldo, que la sienta en la butaca.) 

¡María, Maríal... ¡Mi carta... mi mujer... Paz! 
¡Esta pobre señora!.,. ¡Buenalahemos hecho! 
¡La tila! 

Trae acá. (coge muy tembloroso el plato con la taza 

de tila.) ¡Señora! (¡Ay, Dios mío de mi alma!) 
¡María, María!... ¡Quiá, no oye!... (¡Y Filo- 
mena que te habrá 
¿Tiene azahar? (a Juan.) 
ISí, señor. 
¡Vaya! Me la tomaré yo. (?e la bebe 



enterado!...) ¡María!. 



FIN DEL ACTO PRIMERO 







ACTO SEGUNDO 



Gabinete elegante.— Los muebles eu algún desorden.— Puerta al foro 
y laterales.— Al foro dos entredoses ó consolas con espejos. — Al 
levantarse el telón, dos mozos de cuerda acaban de liar en escena 
algunas sillas de tapicería.— El Portero, mal humorado, iuspeccio- 
na la operación. 



ESCENA PRIMERA 

PORTERO, con los zorros y un paño de limpieza, y MOZOS :■" 

Por. ¡Cuidado! No apriete usted tanto, que va 

mal colocada esa silla. ¡Así! Otra vuelta 
ahora. 

Mozo 1.0 ¿Estas colgaduras son también del mué 
blista? 

Por. No lo sé; pero por mí puedeu ustedes He. 

varse hasta los clavos. 

Mozo 1.0 Por si acasu, las dejaremus.— Amarra bien 
por ese lado, Fachín. 

Voz (Dentro.) ¡Portero! 

Por. ;Voy!— ¡Así, hombre, así! No sea usted bru 

ÍLo. ¡Ni que fueran sillas de Vitoria! 

Voz ¡Portero! (oeutro.) 

Por. ¡Allá voy! (Desde ei foro.) ¿Quién llama? ¿Kh? 

¿Fernández? ¡Sí, señor! segundo de la dere- 
cha. ¡Vaya usted con Dios! (uajando.) Este es 
demasiado jaleo. ¡Tiene uno que atender á 
todo! 



^, 32 — 
Mozo l.o ¿Hay que llevarse estu también, verdad? (ai 

Mozo 2.'*, asomándose puerta segunda izquierda.) 

Mozo 2.0 Creu que sí. 

Mozo 1.0 Pues lo iré liandu para otru viaje, (vase puer- 
ta segunda izquierda.) 

Mozo 2.0 ¡Porteru! 

Por. ¿Qué hay? 

Mozo 2.0 Haga el favor de ayudarme aquí. 

Por. Vamos allá, hombre, vamos allá. (Le ayuda á 

cargar con las dos sillas.) ¡Por vida de doña Paz! 
¡Si no fuera porque da tan buenas propi- 
nas! — ¡Cuidado, eh! 

Mozo 2.C Hasta después. (Vnse el Mozo 2.° á tiempo que se 
presenta don Nemesio.) 

D. Nem. ¡Bárbaról Por poco me salta un ojo. 
Mezo 2.0 Usted perdone, (vase.) 



ESCENA II 

DON NEMESIO y PORTERO 

D. Nkm. Buenas tardes. 

FoR. Felices. (Un acreedor, de seguro. ¡Cómo po- 
nen la alfombra esos avestruces!) 

D. Nem. Diga usted. ¿Está visible la señora? 

Por. (¡La señora! ¡No está mala señora!) 

D. Nem. Pregunto si... 

Por. No, señor. ¡No está en casa! (con malos modos:) 

D. Nem. Lo siento. 

PoK. Si viene usted á cobrar alguna cuenta, me 
parece que... 

D. Nem. Al contrario, vengo á darle dinero. 

Por. Eso es otra cosa. 

D. Nem. ¿Usted es sirviente suyo? 

Por. No, señor; yo soy el portero de la casa. 

D. Nem. jAh! ¡Ya! 

PoK. Pero aquí no hay más sirviente que yo. 

D. Nem. ¿Usted... usted fuma? 

PoK. ¡Sí, tenor! ¡Ya lo creo! 

D. Nem. Vaya un purito. (Dándole un puro.) 

Por. Gracias. Así entre horas no fumo más que 

picadura. (Guardándose el puro.) 

D. Nem. Pues ahí van des ],esetas para unas cajetillas! 
Por. Muchísimas gracias. (Muy amable.) Tome us- 

ted asiento. Aquí, aquí estará usted muy 



— 33 — 

cómodo, (se sienta don Nomeslo en la butaca do 
la izquierda, que el Portero liraplará antea con los 

zorros.) 

D. Nem . ¿Conque dice usted que Pazita ha salido? 

Por. Sí, señor. Salió esta mañana á las nueve y 

no ha vuelto todavía. 

D. Nem. Pero, ¿volverá pronto, eh? 

PoK. Pues, no Jo sé, porque como no tiene hora 

fija... 

D. Nem. Y diga usted, diga usted. ;Es f;ua])a, ver- 
dad? 

Por. Pero, ¿usted no la conoce? 

D. Nem . No, señor. No tengo ese gusto. 

Por. jAhl Pues no agraviando lo presente, es 

una muchacha preciosa. Y luego tiene un 
gancho para los hombree... En el año y me- 
dio que lleva en esta casa le he conocido lo 
menos siete novios. 

D. Nem. ¿Sí, eh? 

Pok. Ahora debe de estar medio tronada con e 

último, porque hace tres días que no viene 
por aquí. Pero no tardará en sustituirle, por- 
que ella es así, muy campecnanota y muy... 
¡vamos! muy... 

D. Nem. Muy corriente. 

Por. ¡Eso! Y me parece que usted ha de simpati- 

zar mucho con la señorita, porque es lo (jue 
ella dice, los hombres, aeí de cierta edad, 
son más formales y más lucrativos. 

D. Nem. (¡Me pareca que aquí va á caer un doctor!) 

Por. Yo le dejo á usted. Tenemos á los albañiles 

en las bohardillas, y como yo necesito aten- 
der á todo... servir la portería, arreglar los 
quinqueses, vigilar á los operarios y llevar la 
cuenta de las baldosillas... Y todo por no- 
venta reales al mes. ¡Le digo á usted que los 
caseros! .. ¿Usted no será casero? 

D. Nem . Sí. Tengo dos casitas en la calle de la Rudji. 

Por. Entonces no le digo á usted nada... Con pu 

permiso... Usted perdone que esto esté alpo 
en desorden, pues con tanto entrar y salir 
esos mozos... 

i). Nem. Pero, ¿qué? ¿Andan de mudanza? 

Por. No, señor. Son los mozos de un mueblista» 

.que vienen á recoger algunas cosillas. La 
señorita es muy caprichosa, .:"^'t1'»' u.^ted? y 



— 84 - 

en el año y medio ha cambiado siete veces 
de mobiliario. Yo creo que es que no lo 
paga, y luego, naturalmente, cada uno se 
lleva lo que es suyo. Por supuesto que á ella 
le gusta vivir bien y tratarse bien, eso sí. El 
otro día fui yo á pagar al Suizo una cuenta 
de catorce duros de sorbetes. 

D. Nem. ¡Hombre! Me deja usted frío. 

Por. ¿Pues y dulces? Usted no sabe los dulces 

que se come esa criatura. Sobre todo, me- 
rengues; son los que más le gustan. Le digo 
á usted que para dulces y flores necehita ella 
una fortuna. Es muy derrochadora, ¡sí, se- 
ñor! pero por lo demás, es muy buena, ¡ya 
lo creo!... y muy guapa... Lo que es guapa... 
tiene unos ojos que no hay dinero con qué 
pagarlos. Y á mí me aprecia mucho, porque 
como yo soy el que trae y lleva todos los 
* recaditos... ¡Vaya! voy á ver á esos albañi- 
les, y luego bajaré á ayudar otra vez á los 
mozos... ¡Nada, que no puede una persona 
sola con tantas obligaciones. ¡Así es que es- 
toy reventado! Y mañana haga usted toda la 

limpieza. (Apuntándole con el mango de los zorros.) 

J). Nem. ¿Quién? ¿Yo? 

Por. ¡Je, je! ¡Qué bromista es el señor! 

D. Nem. Yo me retiro. (Levantándose.) Volveré luego. 
Tengo tiempo de hacer una visita. 

Por. Como usted guste. 

J). Nem. Si viene antes, dígale usted que... 

Por. Vaya usted descuidado, que yo sé lo que 

tengo que decir. 

D. Nem. Bueno, pues hasta luego. (Medio mutis.) 

Poíí. Servi(ior de usted. ¡Ah! una pregunta. 

D. Nem. ¿Qué? 

Por. ¿Es uí-ted casado ó bolteroV 

D. Nem. Honrbre, ¿y á usted qué le importa? 

Por. Usted perdone; pero lo preguntaba por si 

acaso... 

í). Nem. Pues no soy ni casado ni soltero. 

Por. ¡Qué cosa más rara! 

D. Nem. Soy viudo. 

Por. ¡Ah, vamos! ¡Je, je! No caía. Pues vaya us- 

ted con Dios, que yo le diré que ha estado á 
verla un caballero viudo muy decente. 

D. Nem. Hasta después, (vase foro.) 



— 36 — 



Por. Usted lo pase bien. (Acompañándole.) Servidor 

de usted. Beso á usted la mano, (voivién^ow. 
Transición.) ¡Bendito sea Dios, y cuántos ton- 
tos hay en este Madrid! 



ESCENA III 

PORTERO y ALBAÑIL; luego MOZO 1." 

AlB. ¡Señor Manuel! (Eu la puerta del foro.) 

Por. ¿Qué hay? (con malos modos.) 

Alb. Que suba usted á ver si hemos de poner 

más baldosas en la cocina. 
Por. ¡Allá voy, allá voyl (vase ei aibañii.) 

Mozo 1.0 ¡Porteru! (saliendo puerta segunda izquierda.) 

Por. (iQué se ofrece? (incomodado.) 

Mozo 1.0 Si quiere usted venir á echarme una manu. 
Por. ¡Déjeme usted en paz! ¡Ni que fuera uno un 

mozo de cordel! ¡Kl demonio del hombre! 

(Vase furioso por el foro ) 



ESCENA IV 

MOZO 1.*^, luego DON CIPRIANO, con una sombrerera, y KOS \ con 
una caja de dulces 



Mozo 1.0 ¡Adiós, menistru! Pues no se da pocu tunu 
ese zánganu. ¡Mejor le fuera no estar sirvien- 
du á estas cucotas, como las llama el anoul 
¡La verdá es que hay purterus que nu cuno- 
cen la vergüenza! Vaya, llevaré e.^^tu, y luego 
volveré con el otru piir lo de ahi dentru... 

(Acaba de liar otro par de sillas.) 
D. CiP. ¡Deograciasl (Dentro.) ¿Se puede? (lin la i>iiertn.) 

Pasa, chica, aquí debe estar. 
Mozo 1.0 Buenas tardes. 
Rosa Felices. 

D. Cip. ¿Sabe usted si está don Carlos? 
Mozo 1.0 Non le conozcu. 
D. Cip. Don Carlos Menéndez, un (señor que estuvo 

para salir diputado. 
Mozo 1.0 Non sé nada. 



^ 36 — 

D. Cip. Me han asegurado que vendría por aquí. 

Mozo 1.0 Puede que venga. A esta casa creu que vie- 
nen muchos caballerus. 

D. Cip. Políticos, ¿eh? 

Mozo 1.0 Lu serán; yo nun me meto, (sigue liando.) 

D. CiP. Lo que te decía, (a Fosa.) Aquí deben reunir- 
se algunos correligionarios. Esperaremos; 
mejor estamos aquí que en la portería. — 
Pues, oiga usted, yo también soy de estos. 

Mozo 1.0 ¿Sí, eh? 

D. Cip. De los que defienden á don Carlos. 

Mozo 1.0 jAh, vamos! Es usted carlista. 

D. Cip. ¡Quiá, hombrel ¡Liberal! ¡Pero muy liberal! 
Usted también será liberal, ¿eh? 

Mozo 1.0 Non, señor; yo non soy más que mozo de 

cordel, (carga con las sillas y vase.) 



ESCENA V 

UON CIPRIANO y ROSA 

KosA Pero, padre, ¿en esta casa no hay nadie? 

D. Cip. Ya vendrán. No será todavía la hora de la 
junta. 

Rosa Yo me siento, (eu lu butaca de la izquierda) Es- 

toy que no puedo más. ¡Qué manera de co- 
rrer por esas calles! ¡Y qué ruido! Tengo la 
cabeza atolondrada. Debe ser la debilidad. 

(comiendo uu dulce.) 

D. Cip. Mujer, no comas tantos dulces, que te van 
á hacer daño. 

Rosa ¡Si son muy ricos! ¡Como estos no los hacen 

en Villatorda! Ande usted, tome usted uno. 

D. Cip. No, no quiero. Luego, más tarde, cuando 
hayamos despacliado todos los encargos, 
comeremos ejn ana fonda de las principales, 
Pero lo primero es lo primero... Todavía no 
hemos hecho mt^s que el encargo del síndi- 
co. Pero, vaya una compra ¿eh? (.Abro in som- 
brercra.) ¡Ksto se llama uiia chistera! ¡Qué 
Afimante y qué reluciente! ¡Como que es de 
una gran sombrerería. (Leyendo en el foudo.) 
tj. Rodríguez, sombrerero de ese eme.» \De 
Su Majestadl «Infantas, 3. S' jY de las tres 



— 87 — 
infantas! Y mira. (Poniéndoselo.) No me está 

del todo mal, ¿eh? ¡Je, jel (Mirándose ai espejo 
de la derecha. Deja la sombreiera on el suelo al Udo 
del entredós ó consola.) 

Rosa ¡Padre, cómprese usted otro! 

D. CiP. Sí, para que me corran los chiquillos en el 
pueblo. Esto es bueno para los que andan 
siempre de tiros largos, como el registrador. 
Y ahora que me acuerdo: ese señor rae en- 
cargó mucho lo de los décimos. No Hea (¡ue 
nos volvamos sin ellos. Ya sabes que le de- 
bemos muchos favores. Aquí debo tener 

la apuntación. (Oeja el sombrero de copa .sobre li 
consola de la derecha y saca la cartera.) 8Í, aqUÍ 

está: «El 1.007 y el 7.001.» ¡También es ca- 
prichol Las dos cantidades al revés. Pero, es 
claro, como un décimo es para él y el otro 
para su mujer, que siempre le lleva la con- 
traria... Anda, vamos á tomarlos en un mo- 
mento. 

Rosa Pero, padre, si estoy que ya no puedo dar 

un pase... y en esta butaca está una tan á 
gusto... Vaya unos muebles, ¿eh? Ya podía 
usted comprarme unos como estos para la 
boda. 

D. Cip. Calla, tontina, que de eso ya se encargará tu 
novio Lo que Je sobra á él es el dinero. En 
cambio, si te casaras con el teniente... 

Rosa Es que con ese aunque fueran sillas de ma- 

dera... 

O. Cip. ¡Vaya, vaya! (incomodado.) Vamos por eso.-^ 
décimos. 

Rosa Padre, yo no me muevo de aquí hasta que 

nos marchemos al tren. ¡Kstoy mareada! 

D. CiP. Pero, mujer, ¿te vas á quedar sola en esta 
casa? 

Rosa Es claro; ¡me van á comer! ¡Parece usted 

tonto! 

1). Cip. Bueno, mujer, bueno. No te incomode". Por 
aquí cerca debe haber una administr.ción. 
Voy y vuelvo á escape. Si llega don Cario.-, 
le dices lo que viene al caso. 

Rosa Pero si yo no le conozco... 

D. Cip. Pues es verdad. Mira, es un señor a-i... 
pero ¿para qué? si en cinco minuto- 
de vuelta. ¡Hum, perezosal Parece meütira 



— se- 
que seas hija mía. Soy yo capaz de andar 
todo Madrid en menos de una hora... 
Rosa Que no tarde usted mucho. 

D. CiP. Kn seguida estoy aquí. (Vase corriendo.) 



ESCENA VI 

ROSA, sela. Luego MOZO 2 ° 

Rosa La verdad es que Madrid debe ser precio- 

so... Pero con mi padre no se puede... — 
¡Hala! ¡Hala! por esas calles de Dios, pe- 
gándose encontrones con toda la gente,.. En 
cuanto me case le voy á decir á Manolo que 
me traiga á Madrid á pasar una temporadi- 
ta para ver á mi gusto todos esos escapara- 
tes... Hoy estoy mareada .. ¡Tengo un peso 
en la cabeza! .. Pero puede que sea el som- 
brero... Como no me lo quité desde que salí 

de Villatorda... (Quitándoselo.) ¡Ah! (respirando.) 

¡Pues era eetol (se levanta ) Así estoy más á 

gusto, (Mirándose al espejo de la izquierda. Deja el 
sombrero y los dulces sobre la consola.) ¡Qué espe- 
jo tan bonito! Lo cierto es que tienen muy 
bien puesta esta casa. ¡Anda, anda! ¡Vaya 
un par de consolas! ¿Qué habrá por aquí? 

(Puena primera derecha.) ¡Ay, qué gabinete tan 

elegante! ¡Y cuánto miiñequito de porcelana! 
Mozo 2.0 (Entrando por el íoro.) ¡Fclices! Voy á vcr SÍ se 

recoge todvi aquella, (puerta primera izquierda.) 

liosA ¡Vaya usted, vaya usted! 

Mozo 2.0 Con su permisu. (Desliando una cuerda.) 

KosA (Mientras viene ese señor, bien puedo ver 

todo esto.) (Vase puerta primera derecha.) 



ESCENA Vil 

MOZO 2.° Luego FILOMENA y PEPITO 

Mozo 2.0 ¡Carí^spita! ¡Y es guapota de verdal ¡Qué 
suerte tienen algunos pícarusl 

FiL. Pase usted, hombre, (a Pej.ito.) No tenga us- 

ted miedo. Buenas tardes. 

.Mozo 2.0 Santas y buenas. 



~ 39 ~ 

FiL. ¿Está en casa la?... ¡Esa señora. 

Mozo 2. o Por ahí dentru debe andar. 

FiL. Gracias. 

Mozo 2.0 (Esta debe ser otra que tal... ¡Buenu 

Madrid, buenu!) (Vase primera izquierda.) 



ESCENA VIH 

FILOMENA y PEPITO 

FiL. Bien puede agradecerme su hermana de up- 

tud lo que yo estoy haciendo por ella. ¡No 
tendrá nauchas amigas que se atrevan a 
tantol 

Pep. Ya lo creo que no. 

FiL. Pero no todo lo hago por María. ¡Bien lo 

sabe Dios! Quiero que si mi marido llega á 
enterarse, escarmiente en cabeza ajena. Mire 
usted, mire usted cómo estoy. 

Pep. ¿Eh? 

b\i. Tómeme usted el pulso. 

Pep. Pero si yo no entiendo... (Tomándola ei pulso } 

FiL. Estoy lo mismo que una pila eléctrica. . Se 

ría capaz de... 

Pep. ¡Por Dios, señora, no vaya usted á compro- 

meterse! 

FiL. No tema usted. La educación hará que me 

domine. De seguro que don Carlos estará 
aquí ahora de vií-nta. ¡No van á ser cuatn» 
frescas las que yo le voy á decir! Pero, qiiiá; 
ya tendrá buen cuidado de no presentarse, 
¡ün sombrero! ¡El suyo! Déme usted un fós- 
foro, (coge el sombrero que habrá dejado don Ci- 
priano.) 

Pep. ¿Para qué? 

FiL. Déme usted un fósforo, y cállese usted. Yo 

sé lo que me hago. 
Pep. Tome usted, tome usted. 

FlL. ¡Asi! (Ahumando la badana del sombrero.) 

Pep. Pero, señora: ¿va usted á vengarse en el som- 

brero? 

FiL. No se conoce. Si se atreve á negarlo, esta 

mancha en la frente será la prueba del de- 
lito. ¡El no ha de ir á su casa sin sombrerol 

Déme usted otro. 



— 40 — 

Pep. ¿Otro sombrero? 

FiL. - No, hombre; otro fósforo. 

Pep. Ahí va. 

FiL. ¡Ajajá! Perfectamente. 

Pep. ¡Ay, allí está! ¡Y qué guapa es! (puerta prim. 

ra derecha.) ¡Ya vieue! 
FlL. ¿El? (Deja el sombrero sóbrenla consola de la de- 

recha.) 

Pep. No, señora; ¡ella! ¡Y es muy guapa y muy 

buena moza! (con entusiasmo.) 

FiL. ¿También usted? 

Pep. ¡Señora!... 

FiL. Déjeme usted sola con ella. Espéreme usted 

en la portería. 
Pep. Pero es... que yo... 

FiL. Ya no me hace usted falta. Un chico como 

usted no debe presenciar estas entrevistas. 

¡Ande usted, ande usted! (Le empuja hasta la 

puerta.) (Sería un peligro para este mucha 
cho... 

ESCENA IX 

FILOMENA y ROSA. Al final PlIPITO 

Rosa (¡Pero cuantísima chuchería hay aquí!) ¡Eh! 

¡Una señora! 

FiL. Señorita... (¡Y que tenga que llamarla seño- 

rita!) 

Rosa Servidora de usté. 

FiL. (¡Jesús, y qué cursi! ¡Claro! ¡Dios sabe lo que 

habrá sido!) ¿No eí^peraría usted ista visita? 

Rosa No, teñora; pero me alegro, porque ya me 

cansaba de estar sola. 

FiL. (¡Sola! pMra quien te crea) 

Rosa ¿Viene usted á esperar á alguno? 

FiL. No; es decir, si. Vengo á esperar á uno... A 

Carlns. 

Rosa ¿A don Carlos Menéndez? 

Fu. ¡Justo, á ese! 

Rosa Pues también yo le estoy esperando. 

FiL. (¡Y con qué frescura lo confiesa!) 

Rosa Siéntese usted; ya no debe tardar. 

FiL. Oiga usted, joven. (Yo no la Hamo señora.) 

¿Sabe usted quién soy yo? 



— 41 - 

Rosa No, señora, si usted no \i.n lo d¡( 

FiL. Pues yo «oy el ángel tutelar de ui.a ihuhhm; 

la persona que viene aquí á velar por hí 
tranquilidad de un matrimonio; la ami^'a 
leal y cariñosa que desciende á este tí^rreno 
para defender los sagrados derechos de uuii 
esposa modelo de bondad y de cariño. ¡E«a 
soy yol 

Rosa ¡Caramba! Pues debe usted ser muy buena. 

FiL. ¡Mejor que usted! 

Rosa ¡Señora! Yo... 

FiL. ISé lo que es usted. No necesita usted expli ■ 

Carmelo. 

Rosa ¿Que lo sabe usted? 

FiL. 81, señora; lo sé todo. No se descubrirían tan 

fácilmente estas cosas si ustedes tuvieran 
más cuidado cuando escriben esas cartitan. 

Rosa ¿Esas cartitas? 

FiL. No me lo niegue usted. ¡La he leído yo! 

Rosa ¿Pero el qué? 

FiL. La caria en que usted le pide á Carlos las 

(íuatro mil peinetas. 

Rosa ¡Ah! ¡Ya! Pero esa carta no se la escribí yo. 

FiL. ¿Que no, eh? 

Rosa No, señora, f^e la escriljió mi padre. 

FiL. ¡Su padrei 

Rosa Sí, señora. ♦ 

FiL. Pero ¿su padre de usted se rebaba hasta ese 

punto? 

Rosa ¿Cómo rebajarse? El no hace más que recia, 

mar lo que le corresponde. El figurar cuesta 
siempre muy caro. Y sobre todo, «<hm, m »-! 
que quiera favores que los pague. 

FiL. (¡Qné cinismo!) 

Rosa Pues bueno fuera que perdiéramos ahora 

ese dinero. 

FiL. ¿Pero usted sabía ya que Carlos era un hom 

bre casado? 

Rosa ¡Toma! ¿Y eso qué importa? 

FiL. (Pues, Feñór, esta mujer no tiene ni pizca de 

vergüenza.) 

Rosa Me parece que no habrá nadie que nos pro- 

hiba... 

FiT , Lo que le prohibo á usted terminantemente 

es que ponga los pies en casa de ese hombre. 

ilosA ;En casa de don Carlos? 



— 42 — 

FiL. Sí, señora. 

Rosa Pues si ya estuvimos. 

FiL. ¿Que ya estuvieron ustedes? 

Rosa íjí, señora, hace poeo. Y por cierto que se 

mujer ha sido tan atenta, que ni siquiera ha 
querido recibirnos 

FiL. Naturalmente. ¡Pues no faltaba más! Se ne- 

cesita valor para semejante atrevimiento. 
No parece sino que todas somos iguales. 

Ro?A Oiga usted. ¿Es algún título esa señora? 

FiL. Tiene un título que la hace acreedora al res- 

peto y á la consideración de todo el mundo. 
¡Es una señora casada! 

Rosa ¡Vaya una cosa! Si ella está casada, también 

vo lo estaré dentro de muy pocos días. 

FíL. ¿Usted? 

Rosa Sí, señora, ¡yo! Y me casaré con un hombre 

mucho más rico que don L arlos. 

FiL. Pues me alegro mucho. Así terminará todo 

esto. No vuelva usted á acordarse de CárlocJ 
en su vida. 

Rosa Eso... según y conforme. 

FlL. ¡Se lo prohibo á usted! (Muy iucomodada.) 

Rosa ¿A mí? 

PeP. ¡Se van á pegar! (Asomándose puerta del foro.) 

FiL. Bueno. Pues sépalo usted de una vez. Si 

continúa usted en su conducta, soy capaz, 
de dar parte al gobernador de la provincia 
para que le detenga á usted por seducción 
de menores... 

Rosa ¿Eh? 

Pep, El no lo es, pero para este caso como si lo 

fuera. 

Rosa ¡Pero qué está usted diciendo! 

Pep. Señora, no se comprometa usted, (a Filomena.) 

FiL. Lo dicho. Quede usted con Dios, (a Rosa.) 

Rosa Vaya usted enhorabuena. 

FiL. Ande usted, Pepito. Ande usted. (Anímese 

mucho este mutis.) 

Pep. ¡Eso es! Por seducción de menores, (va hasta 

la puerta y vuelve.) AdiÓS... ¡Simpática! (Vase 
corriendo.) 
Rosa Adiós... ¡feo! (Desde la puerta del foro.) 



ESCENA X 

ROSA, lióla 

Vaya con la señora. ¡Y qué furiosa se ha 
puesto! Y decía que era un ángel tutelar. No 
está mal angelito. ¿Qué familia será esta? 
Pero ya caigo. Aquí en Madrid, yon muy 
listos... Estos han venido echados pur don 
Carlos, para meternos miedo, y á ver si no.'* 
volvemos al pueblo sin esos cuartos. ¡81! 
Pues á buena parte vienen. Pero ei esto ya 
me lo temía yo. Si ya se lo dije muchas ve- 
ces a mi madre. «Mireu^ted, madre, que 
ese señor de Madrid será todo lo honrado 
que ustedes quieran, pero la verdad es que 
mi padre está adelantando el dinero, y luego 
va á costar un triunfo el cobrárselo.» Aho- 
ra se convencerán... ¡Y mi padre sin venir!... 
¡Dichosos décimos! Con esto y con que no 
salgan premiados... ¡Ay, vn caballero! 



ESCENA XI 



DICHOS y DON fíEXIESIO, con UQ ramo de flores. Al flual 
MOZO 1.*^ 

D. Nem. (Allí está.) Señorita... 

Rosa (¡Quién será este buen señor!) 

D, Nem. (Tiene razón Leo[joldo. Es de primer orden.) 
Perdone usted mi atrevimiento; pero cono- 
ciendo sus aficiones he creído que la mejor 
tarjeta de presentación sería este perfuma- 
dísimo bouquet. 

Rosa (Bu... ¿qué?) 

D. Nem. Yo le ruego á usted que lo acepte.^ 

Rosa ¡Ah! ¿Pero estas flores son para mí? (cogiendo 

el ramo.) 

D. Nem. Para usted. 

Rosa Pues muchas gracias. ¿\ qué \'u> u ^acer 

yo con ellas? 
D. Nem. Pues lo que usted quiera... Aunque yo pre- 



~ 44 — 

feriría que las fuera usted colocando una á 

una sobre ese herQiosÍJrimo busto. 
Rosa ¿Sobre cuál? (uiiaudo'k'^todos iodos.) 

D. Nem. ¡Ahí! sobre su corazón. 
Rosa (¡Ay! Si estará tocado este señor.) 

D. Nem ¡No! Tranquilícese usted... (Me parece que 

nae he escurrido demasiado pronto.) Vengo 

con una delicada naision. 
Rosa ¿Eh? 

D. Nem. Pero siéntese usted Sentémonos. Tenemos 

que hablar de un asunto que le interesa á 

usted muchísimo. 

Rosa Usted dirá. (Ss sientan. Ella en la butaca de la iz- 

quierda. Don Nemesio en una silla volante.) 

D. Ne.\?. Tengo que darle una noticia muy desagra- 
dable. 

Rosa ¡Ah, vamos! ¡V'iene usted de parte de don 

Carlos! 

D. Nkm jJusto! Pero, qué, ¿usted conoce á Garlitos? 

Rosa No, señor; pero le estoy esperando. 

D. Nem Pues no puede venir. Yo soy el encargado 
de decirle á usted... que... le va á sorpren- 
der á usted la noticia.,, pero .. 

Rosa No, si me la figuro. Ya no me cogerá de sor- 

presa. 

1). Nem. Pues bien. Sépalo usted: Leopoldo se ha 
marchado al extranjero. 

Rosa ¿Leopoldo? 

D. Nem, Sí, señora. Esta misma tarde. Va lejos... 
muy lejos... A Escocia... A tomar el aceite 

de hígado de bacalao... (Rosa hace un gesto de 

repugnancia.) Se lo he aconsejado yo. Está 

muy delicado el pobrecito. (Movimiento de 

Rosa.) Yo creo que no vuelve. Pero Ccilmese 
usted. Aun quedan en Madrid personas de 
gusto y de dinero dispuestas á todo. 

ivüSA ¿Qué? (Con gran extrañeza.) 

Ü. Nem. iCompletamente á todo! (Acercándose más.) 

KosA Pero, ¿usted sabe con quién habla? 

D. Nem. No se ofenda usted. Si él mismo me ha con- 
tado la historia. 

Rosa «'(/Uando digo que este señor no está bueno...) 

i). Nem Un paseo á la Prosperidad... Una tarde se- 
rena y apacible... De pronto el cielo se enca- 
pota... 

Rosa (jSí, pues ya escampa!) 



D. Nem. La noche se aproxiaia... la tempestad arre- 
cia... un horrible trueno estalla en el ea- 
pació... 

Rosa (¡Santa Bárbara bendita!) 

D. Nem Los caballos ee desbocan... y un maiínífico 
lando cae sobre la cuneta del camino... 
f;Kh? ¿Qué tal"? ¿Creía usted que yo no sa- 
bía nada? 

Rosa (¡Ay, Dios mío!) (Levantándose) Caballero, le- 

suplico á usted que... 

D. Nem Sí, tiene usterl razón. He sido un indiscreto. 
Pero nada; ¡soy una tumba! Viva usted tran- 
quila. No volveré á decir una pídabr^i, Aquí 
tiene usted lo prometido. (Esto la calmará.) 

(Dándole la carta con los billetes.) 
Rosa Pero, ¿qué me da usted? (sin atreverse á to- 

maría.) 

D. Nem. Las cuatro mil pesetas. 
Rosa ¡Gracias á Diosl (con mucha alegría.) Pues, 

hombre, podía usted haber empezado por 

ahí! (Deja el ramo de flores sobre la butaca.) 

D. Nem. (Ya se ha puesto como unas Pascuas.) 

Rosa Muchísimas gracias... ¿Conque ha sido usted 

el encargado de...? 

D. Nem: Sí, señora. Yo soy una especialidad para 
esta clase de comisiones, sobre todo, cuando 
se han de cumplir cerca de uní joven tan 
hermosa como usted. 

Rosa Favor que usted rne hace. 

D. Nem ¡Justicia, nada más que justicial Tiene usted 
unos ojo-=... y una boca y... ¡Ay, qué boca!... 

Rosa Vamos, hombre, no sea usted provocativo. 

D. Nem Le advierto á usted una cosa. 

Rosa ¿Qué"? 

D. Nem. ¡Que yo soy viudo! 

Rosa ¿Sí? Acompaño á usted en el sentimiento. 

D. Nem, ¡Al contrario! Si así me encuentro perfecta- 
mente. La viudez es el estado perfecto del 
hombre. Porque un viudo es tan libre como 
un soltero y, naturalmente, n» tlpu.^ los 
compromisos de los casados. 

Rosa ¡Ya! (¡Miren el vejete!) 

D. Nem, Y cuando el viudo es de mi edad .. y de mi 
posición... y de mi... En fin... ¿Quiere usted 
tomar algo? 

Rosa No, señor, muchísimas gracias. 



— 46 — 

D. Nem ¿Unos dulcecitcs? 

Rosa No, si tengo allí. 

1). Nem. Ya sé, ya sé que le gustan á usted mucho 
los dulces... ¿Los merengues, eh? ¡Ah, los 
merengues son deliciosos! 

Rosa 8í, señor, que me gustan los merengues 

]). Nem. ¿Sí? Pues voy en seguida. 

Rosa Pero, caballero... 

D. Nem. ¡No me conoce usted! Esa leve indicación 
es un mandato para mí. Los tendrá usted 
inmediatamente. 

Rosa Pero... 

D^ Nem. ¡Nada, los tendrá usted! Adiós, hermosí- 
sima! (ai salir tropieza con el Mozo 1.°, que entra 

con una escalera de mano.) ¡Caracoles! ¡Otra vez! 

(Vase.) 

Mozo 1.^ ¡Usted perdone! (A ver si acabamos.) ¡Pa- 
chíu, Pachín!... ¿Por dónde andas, hombre? 

(Vase puerta segunda izquierda.) 



ESCENA XII 

ROSA, sola 

Pero, señor; ¡qué tipos tan extraños hay en 
este Madrid! Este señor empeñado en convi- 
darme á merengues. ¡Cuando yo decía que 
no estaba bueno de la cabezal Pero, en fin, 
lo principal es que ya tenemos el dinero. A 
ver. (Abre el sobre.) Mil pesetas... otras mil... 
tres mil... cuatro mil... ¡La cuenta! ¿Un pa- 
pel? (Leyendo.) «Ahí va ese dinero. Hornos 
concluido. No vuelva usted á acordarse 
de L. .» ¿De L?... ¡Ah, vamos! De tle-ciones. 
Esto es que ya no vuelve á presentarse... 
Pero, ¿y mi padre? ¿En qué pensará? Yo no 

agU'irdo más en esta casa. (Se dispone á ponerse 

el sombrero.) Le esperaré abajo. Jesús, qué 
dichoso sombrero! ¡Es claro! La falta de cos- 
tumbre. . (sigue mirándose al espejo sin poneise el 
sombrero.) 



ESCENA XIII 

DICHA, MARÍA y CARLOS 
CaR.^ ¡Vamos, paeal (a María en el foro.) 

María (¡Por Dios, Carlos, no me exijas ese Facri- 

ficio!) 

Car. (Ya que todas mis reflexiones han sido in- 

útiles, quiero que te convenzas por tí mi^ma 
de que tus sospechas son injustas.) 

María Pero... 

Oar. ¡Pasa! ¡Pasa! ¡Ah, allí está! (viendo á ros«.) 

¡Señorita! 

Rosa ¿Eh? (¡Una pareja!) (1) 

Car. Tenga usted la bondad de contestar categó- 

ricamente á mis preguntas. ¿Quién soy yo? 

• (Movimiento de extrañeza en Rosa.) Conteste listed, 

yo se lo suplico... ¡Diga usted á esta señora 

quién soy yo! 
Rosa ¡Toma! ¿Y yo qué sé? 

Car. ¿Lo ves? (a María.) ¿Le he dado yo á usted 

nunca ni el valor de una peseta? 

Rosa ¿A mí? (con extrañeza.) 

Car. (¿Lo ves?) ¿Me he permitido jamás la menor 

libertad con usted? 
Rosa ¿Conmigo? ¡Ya se guardaría usted muy bien! 

Car. (¿Lo ves?) (a María,) ¿A quien haestado usted 

esperando esta tarde? 
Rosa Pues, á un caballero. 

Car. ¿a don Leopoldo Aguirre? 

Rosa No, señor; á don Carlos Menéndez. 

Car. ¿Eh? (sorprendido.) 

María ¿Lo ves? ¡Niégalo ahora! (Rompiendo á llorar.) 

Car. Oiga usted, señorita. 

María ¡Ay, Dios mío de mi alma! (Llorando, so ^..-nta 

en la butaca de la derecha.) 

Rosa (¿Por qué llora esta señora?) 

Car. Pero, calla, mujer... Si debe haber algñn 

error.. Haga usted el favor de expli'""-" . 

(a Rosa.) 



(l) María— Carlos- Rosa. 



— 48 — 

Rosa Pues no hay más explicación que esta... 

Aquí tengo la carta con las cuatro mil pese- 
tas. Me la acaba de ciar el señor de los me- 
rengues. 

Car. ¿Quién? 

Rosa Un señor muy empalagoso, y que creo que 

es viudo. 

Car. ¡Don Nemesio!... ¡Tranquilízate, por la Vir- 

gen ^Santísima! (a María.) ¿Me hace usted el 
favor de esa carta? (a Rosa.) 

Rosa Tómela usted, (se la da.) 

Car. ¡Maruja, por los clavos de Cristo! ¡Aquí tie- 

nes la pruebal ¡Convéncete! (a María, que sigue 

llorando.) 

Rosa Pero, oiga usted caballero, ¿esa señora tiene 

algo que ver con don Carlos? 
Car. ¡Es mi esposa! Y no comprendo por qué dice 

usted que esta carta es mía. 
Rosa ;.De usted? ¡Pero, hombre de Dios, si ya le 

he dicho que es del señor de Menéndez! 
Car. ¡Es que el señor de Menéndez soy yo! 

Rosa ¿Que es usted don Carlos? 

Car. Sí, señora; el mismo. 

Rosa ¡Acabáramos! 

Car. y no tolero de ningún modo que mi nom- 

bre suene para nada en esta casa. 
Rosa ¡Usted perdone! Pero íi yo le esperaba aquí, 

es porque así me lo mandó un amigo de 

usted. 
Car. ¿Un amigo mío? 

Rosa Sí, señor, sí. Y ya me voy yo cansando de 

dar tantas explicaciones. 
Car. ¡Pero esto es una infamia! 



ESCENA XIV 

DICHOS y LEOPOLDO 

íiEOP. ¡Manuel! (Dentro.) ¡Manuel! 

Rosa ¡Ahí le tiene usted! (ai presentarse Leopoldo en la 

puerta del foro ) 
LeoP. ¿Eh? (Sorpreudióudose al entrar.) ¡ A.h! (Tranquili 

zándosc.) ¡8on ustedes! ¿Pero, cómo tu mujer 
en esta casa? (a carios.) 



— 49 — 

Rosa Este señor es el que me dijo que usted ven- 

dría por aquí (1). 
Car. ¿Tú? 

Leop. iSí, hombre, se lo dije por hacerte un favor. 

(Aparte á Carlos.) 

Car. ¡Leopoldo! 

Rosa (¡Ya pareció don Leopoldo!) (vase ai foro.) 

Leop. Me la encontré en tu casa. 

Car. ¿En mi casa? 

Leop. Acaba de llegar del pueblo con su padre, 

con el señor Polvorilla. 

Car. ¿Eh? 

María ¿Qué? (levantándose.) 

Car. (¿Pero esta joven no es Paz?) (a Leopoldo.) 

Leop. ¡Qué ha de ser Paz, hombre!... ¡Si Paz hace 

tres horas que salió de Madrid! Ahora acabo 
de saberlo... Estoy loco de alegría... (Recorre 

la escena en busca del portero.) 

Car. ¡Ay, señorita, usted perdone!... ¿Conque 68 

usted la hija de mi amigo don Cipriano?... 
Rosa Sí, señor. Rosa Bermejo, para servir á usted... 

Car. Tengo muchísimo gusto... ¡Salúdala, mu- 

jerl... Pero antes abrázame... ¡Ay, qué peso 

se me ha quitado de encima! 
Leop. (¿En dónde estará ese portero?) (Bascando.) 

Car. ¿y su padre de usted? ¿Por dónde anda el 

bueno de don Cipriano? 
Rosa Salió á hacer unos encargos y no acaba de 

volver. 
Car. Pues vamonos. Ya irá luego por casa. 

María Sí, vamonos de aquí. 
Car. ¡y nosotros que creíamos! iJa, ja, ja! 

María ¡Valiente susto hemos pasado! ¡Ja, ja, ja! 
Rosa ¿Pero por qué se ríen ustedes? 

Car. Por... nada. Porque creíamos que usted era... 

María ¡Carlos!... (a Rosa.) Ande usted; no debemos 

continuar en esta casa. 
Car. Sí, ¡vamos, vamos! 

Rosa Bueno, vamos. (S3 dirige ai foro y se pone el som- 

brero.) 

Leop. ¡Por Dios, María, perdóneme usted y que 

no sepa nada Filomena! Ya couoce usted su 
carácter (2). 



(1) María— Carlos— Leopoldo— Rosa. 

(2) Carlos— Leopoldo— María— Rosa. 



- 60 — 

María Merecía usted que ee lo dijera todo, por 

lo que me ha liecho sufrir en estas dos 

horas. 
Leop. I.o creo, f-í, señora, lo creo. 

Car. Queda traníjnilo. Por nosotros no sabrá 

nada. Convencida como está ya Maiía de 

mi inocencia, no tengo inconveniente en 

cargar con est9 sambenito. 
Leop. ¡Muchas gracias, Carlos, muchísimas gra-' 

ciasl (Abrazándole.) Me oliezco á la recíprocfi. 
María ¡Pero, hombre! 

Leop. ¡Ay, usted perdone; si no sé lo que me 

digo! 
Car. (¡Vaya, abur! ¡Ande usted, señorita!) (a kosa ) 

Rosa (Pues señor, que no lo entiendo.) 

María Ande usted, ande usted, (vanse María, Kosa y 

Carlos.) 

Leop. ¡Hasta luego!— ¡En seguida vuelvo yo á me- 

terme en más aventuras amorosas! ¡Manuel! 



¿En dónde demonios estará ese portero":- 



¡Manuel! 



ESCENA XV 



LEOPOLDO y PORTERO 



PoRT. ¿Qué es eso? ¿Quién llama? (por ei foro. "I 

Leop. ¡Venga usted acc^, hombre; venga usted acá! 

Fort. ¡Señorito! ¿Por aquí otra vez? ¡Cuánto me 

alegro! Si es lo que yo digo. Cuando u.: 
hombre pierde la chaveta... 

Leop. Usted sí que la ha perdido. 

Fort. No diré que no... Tengo la cabeza llena de 

baldosillas .. 

Leop. ¿No sabe usted lo que sucede? 

PoRT. ¿Qué? 

Leop. Que Faz se ha marchado de Madrid. 

PoRT. ¿Con quién? 

Leop. Con un teniente de caballería. 

Fort. ¿Con un tenic nte? ¡Si ya lo decía yo! Si te- 

nía que acabar de mala manera. 

Leop. Avise usted al cah.ero, y que mañana mismo 

disponga del cuarto... 

Fort. Han venido unos mozos del mueblista. 



— 61 — 

Ledp. Pues que se lleven todo... Conmigo no tie- 

nen que entenderse para nada... Ande u? 
ted, ande usted... 

PoRT. Voy, voy... ¡Mire usted que dejar á este se- 

ñorito por un teniente! (Vase primera izqaicMa.) 



ESCENA XVI 



LEOPOLDO, luego FILOMENA j; PRPITO, MOZOS I. 



Leop. [Ayl ¡Gracias á Dios! ¡Que en paz me ho 

quedado desde que me falta lii Paz! ¡En' 
Cruz y raya. Voy á pagar al tapicero, y eii 
seguida á casita, á ser un modelo de'ma 

ridos. (ai salir por la puerta del foro se oye dentro 
la voz de Filomena. Leopoldo retrocede aterrado.) 
¡Santo Dios! ¡Mi mujerl (ai dirigirse puerta se- 
gunda izquierda tropieza con el Mozo 1.**, que .«al-* 
cargado con dos sillas.) 

Mozo l.o ¡Cuidado! 

Leop. ¿Dónde me escondo? (Tropieza en la puerta pri 

mera izquierda cou el Mozo 2.° que sale con otras dcM 
sillas.) 

Mozo 2.0 ¡Allí va esu! 

Leop, ¡Me estrangula! ¡Ya lo creo que me estran- 

gula! (corre tropezando en los muebles, y se mete 
en puerta primera derecha.) 

FiL. Indudablemente, la pulsera ha debido caér- 

seme por aquí. (Entrando seguida de Pepito.) 

Pep. Tiene usted razón, aquí debe estar, (vause ios 

dos mozos.) 



ESCENA XVII 



FILOMENA, pepito y LEOPOLDO oculto 



FiL. Cualquiera la va á encontrar ahora, si están 

de mudanza. ¡Busque usted! ¡Busque usted 
bien por ahí! 

Leop. (¡Me andan buscando!) (puerta primera aere- 

cha. Cierra la puerta.) 

Pep. Parecerá; no se apure usted. 



— 62 — 

FiL. No eabe usted lo que yo lo siento. 

Pep. Acaáo esté ya en poder de esa señorita. 

FiL. jAy, pues eso si que no puedo tolerarlo? 

Una alhaja que yo tengo en tanto aprecio.». 
¡Nada, Fepitol Le digo á usted que yo no- 
puedo tolerarlo. 

Pep. Bueno, señora, no lo tolere usted. 

FiL. Busque usted, hombre, busque usted con 

cuidado. 

Pep. Ya lo hago, señora. 

FiL. ¡Jesús! ¿Para qué habré venido yo á esta 

casa? 

Pep. Espéreme usted aquí. Voy á preguntar á 

esa señorita... 

FiL. Llámela usted. Llámela usted en seguida... 

Pep, (¡Qué gusto, ahora la veré!) (nesde la puerta 

primera derecha.) ¿Se puede? (¡Tendría gracia 
que yo deshancase á mi cuñado!) ¿Se puede'? 
áiento pasos, (con alegría ) Por aquí debe an- 
dar. (Entra puerta primera derecha.) 

FiL. ¡Jesús! ¡Qué desorden el de estas casas! (ai 

buscar por todas partes la pulsera, deja los muebles 
en completo desorden.) ¡Nada, nO parece! (se oye 
dentro el ruido de una bofetada, seguido de un iay! 
agudísimo de Pepito.) 

Pep. ¡Ay! (Demro.) 

FlL, ¿Eh? ¿Qué será eso? (Entra puerta primera de- 

recha.) 

Leop. ¡Maria Santísima! ¡Qué bofetada! (saie preci- 

pitadamente por la puerta segunda derecha, sin som- 
brero.) ¡Ay, el sombrerc! Se me ha caído el 
sombrero... ¡Ay! ¡Aquí está unol (se pone ei 

que habrá dejado don Cipriano.) ¡Me he Salvado! 
(Vase corriendo por el foro.) 



ESCENA XVIII 

FILOMENA y PEPITO 

Pep. ¡Ay! Por poco me deshace las muelas, (saiieu- 

do con la mano en la mejilla.) 

FlL. Tero, ¿quién ha sido? 

Pep. Un bulto. Yo no he visto más que un bul- 

to... Al abrirla puerta del gabinete... ¡Zas!... 
FiL. ¡Pobre Pepitol 



— 63 — 

Pep. Vamonos, vamonos á la calle... 

FiL, A ver, hijo mío, á ver si eangra usted... (ri»c4 

el pañuelo con la pulsera enganchada en él.) ¡Val 

game Diosl ¡Si está aquí! 

Pep. ¿Quién? (Retrocede asustado.) 

Fu.. ¡La pulsera! 

Pep. Creí que el de la bofetada. 

FiL. ¿Lo ve usted? ¡Si no sé cómo tengo la ca- 

beza! 
Pep. ¡Ni yo! 



ESCENA XIX 

DICHOS y DON CIPRIANO con ocho ó diez paquetes de varios ta 
maños. Todos estos paquetes, menos el en que se suponen los flore- 
ros, pueden ir atados formando un solo bulto 

D. CiP. ¡Ea! Ya están despachados todos los encar- 

Pep. ¡Ay! (Asustándose.) Vámonos, por Dios, que 

aquí no estamos seguros. 
í'iL. ¡Jesús, hijo! No he visto un hombre más 

apocado que usted. 
Pep. Señora, ni que tuviera uno la cara de cartón 

piedra. 
FiL, Vámonos, vámonos... ¡Ahur! 

Pep . Usted lo pase bien. 

D. CiP. Vayan ustedes enhorabuena. 



ESCENA XX 

DON CIPRIANO 

Los regalos para mi mujer... el traje de mi 
sobrino... los floreros para la boticaria... ¿V 
los décimos? ¿Dónde los he puesto? ¡Ahí 
Están aquí. ¡Ajajá! Está todo... Me parece 
que no se me ha olvidado nada... Para en. 
cargos no hay otro como yo... Pero esa chi- 
ca .. ¿Por dónde andará? ¡Rosa!... ¡Mucha 

cha. (Vase segunda puerta Izquierda.) 



— 64 



ESCENA XXÍ 

DON NEMESIO, seguido de un MUCHACHO, dependiente de une> 
conflleiía, con una greu bandeja con merengues 

D. NeM, ¿Se puede?... No está... (Entra y deja el sombrero 
sobre la consola de la derecha. El ehico se queda en la 

puerta del foro.) Trae acá esa bandeja. Toma. 

Eso para, ti. (Le da la propica y se va el chico.) 

Son de lo mejorcito de la Mahonesa... ¡Y 
que digan que estas mujeres cuestan carasl 
La cuestión está en entenderlas... Por cator- 
ce reales de merengues, conquista segura... 

(Deja la bandeja sobre una silla.) En eSta Casa no 

hay quien le anuncie á uno... (puerta primera 

derecha.) ¿Sc puede? 



ESCENA XXII 

DICHOS y DON CIPRIANO que sale de la puerta segunda izquierda,, 
luego PORTERO 

D. Cip. ¿Por dónde se habrá metido? 

D. NfM. ¿Eh? (Oyendo á don Cipriano.) 

D. CiP. ¡Muchacha! ¡Muchacha! (Dirígese puerta primera 

izquierda.) 

Por. ¿Qué es eso? ¿A. quién llama usted? 

D. Cip. ¡A la chica! A una señoriia que estaba aqui. 

Por. ¿y la busca usted en esta casa? 

D. Cip. í5Í, señor. 

Por. Pues échela usted un galgo. 

D. Cip. ¡Eh! 

D. Nem. ¿Qué? 

Por. Se lia marchado de Madrid. 

D. Cip. ¿Que se ha marchado? 

Por. Sí, señor. ¡Se ha escapado con un teniente! 

D. CiP. ¿Kh? ¿Con un teniente? ¡Virgen del Carmen! 

¡El de la reserva! ¡Pero esto es una traiciónl 

¡Si esto no es posible! 

Por. Pues lo es. (Vaae segunda derecha.) 



~ 66 — 

ESCENA XXIII 

DICHOS, menos el PORTERO 

D. CiP. jPor eso tenía tanto empeño en quedarse 
sola! ¡Engañarme de esa manera! (Llorando) 

D. Nem. Consuélese usted conmigo. (Riéndose.) 

D. Cip. ¡Con usted! 

D. Nem. ¡Sí, señor. ¡También á mí me ha engañado! 

D. Cip. ¿Pero usted conoce á mi hija! 

D. Nem. ¡Cómo! ¿Es usted su...? (Asombrado.) 

D. Cip. ¡Su padre, sí señor! 

D. Nem. ¿Pero usted sabía ya?... 

D. Cip. ¡No sea usted bruto! ¡Qué había yo de ea. 
ber! 

D. Nem. Pues, caballero, le advierto á usted que yo. . 

D. Cip. ¡Déjeme usted en paz! (Le da un empujón y cae 

don Nemesio sobre la bandeja de merengues.) 

D. Nem. (¡No se ha de burlar de mí! ¡Yo se lo asegu- 
ro!) (Vase furioso con los paquetes, la sombrerera y 
el sombrero de don Nemesio. ") 



ESCENA ULTIMA 

DON NEMESIO y PORTERO 

D. Nem. ¡Ay, amor, cómo me has puesto! (Miráudüi.- 

los faldones de la levita.) ¿Y mi sombrero? ri^ón- 

de está mi sombrero? 

Por. Aquí lo tiene usted, (saliendo segunda derech».) 

D. Nem. ¡No es este! (Le está muy frrande.) 

Por. Pues no hay otro. 

D. Nem. ¡Y cómo me lanzo yo á la calle con esta fa- 
cha! (con el sombrero calado hasta los ojos y reman- 
gándose cómicamente los faldones de la levll*.) 



FIN DEL ACTO SEGDNi. 






ACTO TEIBCEBO 



La misma decoración del acto primero 



ESCENA PRIMERA 

MARÍA, ROSA y CARLOS.— Se supone que acaban de lle?ar de la 

calle de Belén.— María y Rosa, sentadas en el sofá; aquélla quitan 

dose la mantilla y ésta el sombrero.— Carlos sale de so habitación, 

segunda derecha 

María ¡Nada! ¡Nadal Tiene usted que quedarse con 

nosotros una temporadita. 

Rosa Por mí, de buena gana, pero no sé si me de- 

jará mi padre. 

C\R. Yo me encargo de sacarle el permiso; ¡pues 

no faltaba más! Tenemos que corresponder 
de algún modo á las muchísimas atenciones 
que les debemos. 

María Carlos me ha dicho muchas veces lo agrade- 

cidísimo que le está á su padre de usted. 

Car. Como que el hombre ha trabajado como un 

negro. 

Rosa ¡Eso sí! ¡Hemos pasado unos días, que ya, 

ya! Mi padre es atroz para estas co^ae.-- 
Cuando le escribieron diciéndole que se pre- 
sentaba usted, dijo: Me alegro mucho. Aho- 
ra veremos quién lleva el gato al agua. 

Car. Muchas gracias... por lo de gato. 



— 58 — 

Rosa Lo dijo así, porque lo que él quería á todo 

trance, era darles en la cabeza á los otros. 

Car. ¿a los otros? 

Rosa A los contrarios. 

Car. Si, mujer, á los del Gobierno. A los que me 

han derrotado. 

María ¡Valientes ignorantes deben de ser! 

Rosa Ellos habrán ganado la votación, pero le 

aseguro á usted que también se ganaron al- 
gunas palizas. 

María ¿Si, eh? 

Rosa ¡Anda! ¡Anda! ¡Apenas si ha habido jaleo en 

el pueblo! Pues si hasta nosotras nos hemos 
metido también en las elecciones. 

Matu'a ¿Ustedes también? 

Rosa ¡Sí, señora! Y aquí donde usted me ve tan 

pacítica, una tarde, al salir de la Novena, 
tuvo un choque con la secretaría del Ayun- 
tamiento, y le calenté la cara de lo lindo! 

María ¡Qué barbaridad! 

Rosa Usted no sabe cómo está el pueblo. ¡Si allí 

no se puede vivir! 

María Razón de más para que se quede usted con 

nosotros unos cuantos días. 

Rcsa Pero si no va á ser posible. Si he venido so- 

lamente con lo puesto. ¡Cosas de mi padre! 
Como todo quiere hacerlo así, de prisa y co- 
rriendo... De seguro que anda todavía á 
vueltas con sus encargos. Sólo falta que no 
se atreva á venir aquí. 

Car. ¿No ha de venirV ¡Esté usted tranquila! 

Rosa Es que como antes no quisieion ustedes re- 

cibirnos... 

María Perdonen ustedes, pero nosotros ignorába- 

mos... 

Rosa No, bí ya veo que son ustedes muy buenos. 

Ya se lo decía yo á mi padre: «Cuando esos 
señores no quieren recibirnos, es porque no 
saben que somos nosotros. > 

Makía Naturalmente. 

Car. Leopoldo ha tenido la culpa de esta falta. 

Rosa Pero, digan ustedes; ¿quién ea ese don Leo- 

poldo? 

Car. Un amigo de casa. 

Rosa ¿De esta casa ó de la otra? 

Car. De las dos. 



— 69^ 



Rosa Entonces, ¿por qué me decían que ese don' 

Leopolvo se había marchado á ingalaterra 6 
á qué sé yo dónde? 

María Pero, ¿quién le dijo á usted semejante coea? 

Rosa El señor que me dio la carta. 

María Pero, ¿de veras le dijo á usted eso? 

Rosa Me dijo eso y otra porción de lonteriaK. 

María ¿Sí, eh? 

Rosa Ese señor no debe estar bueno de la cabeza. 

¡Si vieran ustedes qué miraditas me echaba 
el muy tunante! 

Car. ¿De veras, eh? 

María ¡Miren don Nemesiol 

Rosa ¡Toma! ¡Y estaba empeñado en convidarme 

á merengues! 

Car. ¿Si? ¡Ja, ja, ja! 

María ¿Conque á merengues? ¡Ja, ja! 

Rosa Lo cierto es que estuvo más amable conmi- 

go que la otra señora. 

María ¿Cuál? 

Rosa ¡Una que llegó antes y que «e me puso muy 

furiosa! 

Car. ¡Filomena! 

Rosa Ustedes no saben la 

aquella buena señora, 
pegarme! Por supuesto, que hí me llega a 
tocar, hago con ella lo mismo que con la 
secretaria. 

C\R. No le choque á usted. Esa señora es ella así^ 

muy... 

María ¡Muy nerviosa! 

Car. ¡y muy fastidiosa! 

Rosa ¿Es amiga de ustedes? 

Car. Sí; es amiga de casa. 

Rosa ¿De la otra? 

María No; de esta. 

Rosa Pero, vamos á ver. Hagan ustedes el favot 

de explicarme... porque, ó yo estoy todavía 
con el mareo del viaje, ó á mí me h.'in suce- 
dido una porción de cosas muy r;ira.<. 

Car. El viaje, indudablemente el viaje. 

Rosa Me dan un dinero de usted con una carta, 

que luego resulta que no es de unted... 

Car. La carta es una equivocación; pero el dinero 

es mío, es decir, de usted. <:emo (lue e» 
la cantidad que yo le debo á 8U padre.. 



cosas que me dijo 
No le faltó más que 



^ 60 — 

Rosa Bien, pero... aquellas preguntas de usted, y 

la visita del caballero de laf? gafas, y de la 
señora, y de un tipito que iba con ella, un 
señorito nauy flacucho y que tiene cara de 
bo... 

Car. El hermano de ésta. 

Rosa ¡Ah, sí! Tiene cara de bo... bondad. 

María Muy bueno. Es un infeliz. 

Rosa (¡Por poco la suelto!) Ustedes perdonen 

pero... lo dicho, estoy completamente ma- 
reada. 

Car. El viaje, eso es el viaje. Mujer, llévala al co- 

medor y que le den algo á esta señorita. 

Rosa No, si no tengo ganas; me he comido dos li- 

bras de dulces... 

Car. Bueno; pues una taza de té ó de manzanilla.. 

María Í6i, venga usted... Con toda confianza. Está 

usted en Sll casa. (Se levantan.) 

Car. Nada de cumplidos. ¡Pues no faltaba más! 

Rosa ¡Corriente! Como ustedes gusten. (¡La ver- 

dad es que son muy buenos, y cuidado que 

me eran antipáticos!) (Vanse María y Rosa puerta 
segunda Izquierda.) 



ESCENA II 

CARLOS, luego LEOPOLDO 



Car. Cualquiera le dice á esta chica: «Todo eso 

que le ha pasado á usted esta tarde, ha sido 
porque la hemos tomado por una...» ¡Digo! 
¡Con el geniecillo que debe de tener la cria- 
tura! 

Leop. Hola, chico, vengo... no sé cómo vengo. To- 

davía no me ha salido el susto del cuerpo. 

(sin quitarse el sombrero.) 

Car. (iQiié te ha pasado? 

Leop. ¡Una friolera! Que me he encontrado con mi 

mujer en casa de Paz. 

Car. ¿SíV 

L-EOP. Gracias á que he podido ocultarme. Pero el 

susto nadie me lo ha quitado de encima. Lo 
que he sentido mucho es la bofetada. 



— 61 — 

Car. ¿Te ha pegado tu mujer? 

Leop. No, hombre, si no me ha visto. Digo la bo- 

fetada que le di á tu pobrecito cuñado. 

Car. [Leopoldo! 

Leop. Perdóname, pero... no he podido remediar- 

lo. E&taba en un estado de excitación, que 
se la hubiera pegado á cualquiera. 

Car. ¡Pobre Pepito! Pero, ¿supongo que Filomena 

no habrá descubierto?... 

Leo?. No lo sé; pero creo que iba á buscarme. 

Car. Quiá, hombre. Si k quien ella buscaba en 

casa de Paz es á mí. ¡Como que para tu mu- 
jer soy yo el único culpable. 

Leop. ¿Crees de veras que?... 

Cap. Sí, hombre, sí. ¡Tú eres un pobrecillo, un 

santo varón, un modelo de maridosl 

Leop. ¡Y lo soy, créeme! Lo soy... desde ahora. No 

me han quedado ganas de meterme en más 
aventuras amorosas. Esta me está costando 
muchos disgustos y mucho dinero. Apropó- 
sito. Dame esas cuatro mil pesetas. Tengo 
que ir á pagar al tapicero. 

Car. Pues, chico, lo siento mucho, pero no puedo 

dártelas. Las tiene esa señorita, y como es 
precisamente la cantidad que yo le debía á 
su padre... Pero si es que tú... 

Leop. ¡No. de ninguna manera! No faltaba máa. 

Sólo necesitaba ahora unos cuarenta duros. 

Car. Esos sí puedo dártelos. ¡Toma! (los saca de i« 

cartera.) 

Leop. Que no te ocasionen el menor trastorno, 

porque yo no quiero de ninguna manera... 
Ya he abusado bastante de tu amistad. 

Car. Vaya, hombre, no digas tonterías, (te da ei 

dinero.) 

Leop. Vaya, voy á escape. 

Car. Aguarda un Q:iomento.— Saldremos juntoa. 

—¡Pobre Leopoldol ¡Qué cara tienes tan 
mustia y tan!... Te compadezco, chico, to 
compadezco. Espérame. En seguida Falgo. 

(Vase puerta segunda derecha.) 



— 62 - 

ESCENA III 

LEOPOLDO sin quitarse el sombrero. Luego FILOMENA y PEPITO 

Lecp, ¡Qué tranquilo está ese hombre! Le envidio 

con toda mi alma. Esto es la conciencia. 
¡Claro! Si la conciencia no sirve más que 
para darle á uno disgusto^ ¡Ay, Filomena! 

FiL. (¡Mi marido! No diga usted una palabra.) 

(a Pepito.) Hola, Leopoldito. ¿Has bajado a 
buscarme, verdad? 

Leop. Si., be bajado... á eso... á buscarte (1) 

FiL. Hijo mío, perdóname que no te haya dicho 

adiós al salir, pero ha sido una cosa así, de 
pronto, ¿verdad? (a Pepito.) Hemo? ido á ha- 
cer unas compras... Un encargo de María... 
Como la pobrecilla está algo malucha... ¿No 
la habrás visto ahora, eh? 

Leop. No, si acabo de subir, digo, de bajar en este 

momento. 

FiL. Pues sí, no debe tener ganas de convers'- 

ción... Está con una neuralgia... Un dolor en 
la cara... ¿verdad? 

Pep. Si, sí, señora. Es de familia. (Llevándose la mano 

á la cara.) 

Leop. (No sospechan nada.) 

FiL. Por e.so te decía que... 

Leop. Pero, remononísima mía, por Dios, tú no 

necesitas darme esas explicaciones, 
FíL. Mira, así como á mí no me gusta que salgas 

nunca de casa sin decirme á dónde va.-^, 

tampoco yo quiero dar un paso sin que tú 

te enteres. 
Leop. Gracias, vaies tú más pesetas que... (Hacién- 

dola una caricia.) 

FiL. (¡Pero, iiombre! ¡Que está ahí Pepito!) (Aparte 

á Leopoldo.) Anda, hijo mío, puedes darte un 
paseíto hasta la hora de comer... (2). 

Leop. Si es que esperaba á Carlos. 

FiL. Deja á Carlos tranquilo... Estará ocupado 

en su política. 



(1) Pepito— Filomena— Leopoldo. 

(2) Pepito— Filomena— Leopoldo 



— 63 — 

Leop. Pero. . 

FiL. Anda, anda. . Vete á píiseo... DistrAele... 

¿Sientes que yo no te acompañe, verdadV 
Es claro. ¡Pobrecillo! Pero hoy no pued»» 

ser, hijo mió, no puede ser. (Haciéndole una en 
ricia.) 

Lejp. (¡Mujer, que está ahí Pepito!) 

FiL. Ea, hasta luego. 

Leop. Ha^ta después, vida mía. ¡Adiós pollo! 

It'íL. El pobre también está algo malucho, se 1p 

conoce en la cara. 
Leop. Sí que se le conoce. ¡Adiós!... (No sabe nad». 

Soy feliz.) (Vase.) 



ESCENA IV 

FILOMENA y PEPITO; luego CARLOS, con sombrero de copa 

Fit. jY este hombre, que por lo bueno merece 

que le canonicen, es amigo de e^e bribón! 
Nada, Pepito. No hay más remedio. Lo .sen- 
tiré mucho por ustedes, pero mañnna mis- 
mo nos marchamos de Madrid. Iremo.^ á 
Extremadura. A vivir en el campo. Allí no 
habrá peligro de que se me pervierta, 

Cak. Ea; va mos. (saiieudo ) j A h! ¿Ustedes aquí? (sin 

descubrirse.) 

FiL. Sí, aquí estaraos nosotros, (con sequedaJ.) 

Car. ¿y LeopoMo? ¿Se ha marchado? 

FiL. Sí, señor; se ha marchado y no volverá á 

poner los pies en esta casa (1). 

Car. jí£h! 

FiL. ¡Lo sé todo! 

PfiP. ¡Lo sabemos todo! 

Car, ¿Sí, eh? (Suframos el chaparrón.) 

FiL. (¡Ahora verá usted!) (a Pepito ) Quítese usted 

^ ese sombrero. 

Car. jAy, señora, usted perdone! (se lo quita.) 

Pep. (¡Nada)) (a Filomena.) 

FiL. A ver. Acerqúese usted más... ¡Ks claro! Yñ 

se habrá usted lavado. (Mirándole U frente.) 

Car. (¿Eh?) Sí, señora... Ya lo creo... (¿Qué signi- 

fica esto?) 

(l) Carlos— Filomena— Pepito. 



— 64 — 

FiL. Tome usted asiento. Siéntese usted tam- 

. bien, Pepito (1). Usted, como de la familia, 
debe tomar cartas en este asunto. 

Pep. Ya lo creo que las tomaré. 

Caf. i^No seas majadero.) (a pepito.) Bueno. Ya es- 

tamos sentados. (Se sientan los tres.) 

FiL. Bueno, pues, empiezo. Ya sé á lo que me 

expongo. A que me diga usted que yo me 
meto en camisa de once varas. 

Caf. Señora, yo estoy muy bien educado y me 

guardaria mucho de decir á usted semejan- 
te grosería. 

FiL. Es que aunque me la dijera usted me ten- 

dría sin cuidado. 

Car. Gracias. 

FiL. Lo que hago, lo hago... por lo que lo hago... 

Pep. y está muy bien hecho. 

Car. (¡Cállatel) (a Pepito.) 

FiL. Sépalo usted. A una mujer como María se 

la puede engañar impunemente, pero lo 
que es á mí. . á mí no se me engaña con 
tanta facilidad. 

Pep. ísi á mí tampoco. 

Car. (¡Que te calles!) (a Pepito.) 

FiL. Kn este momento acabamos de llegar de la 

calle de Belén... ¿Lo ha oído ustedV... ¡De la 
calle de Belén! 

Car. Sí, señora, (con indiferencia.) 

FiL. ¡Pero, hombrel He conocido personas de 

poca vergüenza, pero como usted, ninguna. 

Car. ¡Señora! 

FiL. Oye usted que le digo eso con retintín, y se 

queda usted tan freífco. 

Car. ¡Ah!... ¿Pero me lo decía usted con retintín? 

FiL. Sí, señor. Hablemos claro. Venimos de ver 

á Paz. ¡A su amante de usted! 

Car. ¿Es posible? 

FiL. ¡Pero, hombrel Siquiera por pudor debía us- 

ted negarlo. 

Car. Bueno, lo negaré &i usted quiere. 

FiL. No... Hace usted bien en confesarlo. E^a 

franqueza es hasta laudable. Yo transijo con 
todo menos con la ñipocresía. 

Car. Pues bien, sí, señora; confieso mis culpan... 



(l) Pepito— Carlos— Filomena. 



— Cb ~ 

yoy un pillo, un infame, un ranl esposo... 

Tengo una amante. ¿Quiere usted más? 
FiL. ¿Más amantes todavía? 

Car. Digo si quiere usted más franqueza. 

FiL. No; es bastante. 

Pep. Hoy mismo se lo escribo á mi papá. 

C\R. (¿Quieres callarte?) (a Pepito.) 

Pep. No me callo, no, señor. Hay cosas que le 

hieren á uno. (l.levándose la mano á '.& mejilla.) 

FiL. Calma, Pepito. Ks preciso no acalorarse, (te 

levanta.) ¿Lo ve UStCil? (í Carlos.) Así SOy yo. 

Cuando estoy convencida de una cor»a y me 
la niegan, me pongo fuera de mí; pero cuan- 
do me la confiesan con esa humildad, me 
desarman, no lo puedo remediar. [Vamos, 
Garlitos, por lo que usted más quiera en el 
mundo, por María... porque supongo que 
usted la querrá! 

Car. ¡Sí, señora! ¿No he de quererla?... ¡Muchí- 

simo! 

Pep. ¡Mentira! 

Car. ¡Cállate! 

FíL. ¡Cállese usted, hombre, cállese usted, (a Pe- 

pito.) Bueno, (a caries.) pues prométame us- 
ted solemnemente no volver á pencar en 
Paz en su vida. 

Car. Lo prometo. (Cou gravedad cómica.) 

FlL. Gracias. (Dándole la mano.) EstOS aSUntOS COD- 

viene arreglarlos cuanto antes, (a Pepiio.) 
Llame usted á su hermana. 
Car. No, deja, yo la llamaré... Aquí viene.,. (Yendo 

segunda izquierda.) 

PiL. (a Pepito.) ¡Ya verá usted hombre, ya verá 

usted! 



ESCENA V 

DICHOS y MARIA 

Car. (a María.) (Sigue la farsa.) 

Fti. ¡María, hija mía, ven acá! (Ij in^\\m todos 

tus temores. La amargura de un día puede 
ser nuncio de felicidad para el porvenir, (d» 

(l) Pepito— Filomena— María— Carlos. 



— C6 — 

vuelve á mirar á Pepito buscando su asentimiento, al 
mismo tiempo que María y Carlos se cruzan miradas de 

inteligencia.) La oonfesión de una falta denota 
claramente nobleza de corazón. (Repítese ei 
juego anterior.) Y el arrepentimiento, cuando 
es Bincero, lava toda« las culpas y purifica 

la conciencia, (juego anterior.) 

Pep. (¡Amén!) 

FiL. Carlos, pídale usted perdón de rodillas. 

María Pero... 

FiL. Déjale que se humille. 

Makía ¡Ah, eí, es verdadl 

Car. (Arrodillándose delante de María.) ¿Me perdonas, 

Marujita? 

María ¡Sí, hijo, sí! ¿No he de perdonarte? ¡Con 
toda mi almal 

biL. ¡Ea, abrazarse, abrazarse... y asunto con- 

cluido! 

Car. Con permiso de usted. (Abraza á María.) 

FiL. Así me gusta. ¿Lo ves? 'J'ú ya estarás tran- 

quila, pero yo también lo estoy, te lo ase- 
guro... 

María Gracias. 

FiL. No me lo agradezcas. Creo que esto mismo 

lo hubieras hecho tú por mí. 

xMaría Sí... es decir, no; yo no me hubiera atre- 
vido. 

FiL. Es posible. Eso va en temperamentos. ¡Vaya, 

adiós, hija mía! Carlitos, ¡mucho ojo! Ya 
sabe usted lo que me ha prometido. 

Car. Descuide usted, señora. 

FiL. ¡INo tienes idea de lo contenta que me mar- 

cho! ¡Adiós! 

María ¡Vete con Dios! 

Car. Vaya usted tranquila, (lu acompañan hasta el 

foro.) 

Fii . ¡Ay! ¡ Abur, Pepito! (Desde ei foro.) 

Pep ¡Usted lo pase bien, doña Filomena! 



ESCENA VI 

DICHOS menos FILOMENA 

María ¡Pobre Filomena! (Aparte á cario.-s.) 

Car. ¡Qué convencida marcha la infeliz! (aleudóse.) 



— 6T — 

Marí\ a. mí me da lástima de verán. 

C^R Pues, hija, ¿qué ie vamos á hacer? No es 

co?a de que nosotros le contemos la verdad. 

María Dices hien; sería una imprudencia. 

Car. ¡Figúratel 

Mar/a Voy á decir á la muchacha que vaya á com- 

prar algunas cosillas. 

Car. Sí, sí. Dispon una buena comida. Que no 

vayan á quejarse mis electores. 

María Descuide usted, señor diputado, (con zaia- 

mería.) 

Car. Quedo tranquilo, señora candidata. (vase Ma 

ría por el foro.) ¡Pobrecita! Si yo le faltase ú 
esta mujer, sería el máp infame de los hom- 

bresl (Vase segunda derecha.) 



ESCENA Vil 



Pec». 



Rosa 

Pep. 

Rosa 
Pep. 



Rosa 
Pep. 

Rosa 
Pep. 

María 

Pep. 

Rosa 



PEPITO, Luego ROSA 

¡Ya están como dos tortolitos! ¡Lo mismo 
que si no hubiera pasado nadal ¡Si mi her- 
mana es tonta de capirote! Por supuesto, 
que yo no me fío. Carlitos se la vuelve á pe- 
gar el mejor día. (?e sienta en una butacn de la 

izquierda.) ¡La tal Pazita debe de ser unn al- 
hajal ¡Y lo que es bonita, sí que lo eel Yo 
no la he visto más que un mometitn, pero, 
¡caramba, me gusta! ¡Vaya si me gusta! 
(Pero, señor, ¿y mi padre que no parece?...) 

(8e dirige al foro.) 

(Tiene unos ojos, y un aire... y un...) 

(Dándole en el hombre.) ¿Sabe USted 8Í h:»?... 
¿Eh? (Aterrado al ver á Rosa.) ¿Usted aqUÍ? ¿En 

esia casa? ¡Por la Virgen Santísima! Es una 

imprudencia. 

¿Cómo? 

Salga usted en seguida. Pueden venir... Yo 

la acompañaré á usted... 

¿Qué? 

Pídame usted lo que quiera. Yo no tengo 

nada, pero... (Se oye dentro la voz de Marín.) 

Sí, mujer, si, dos libras. (Dentro.) 
¡Mi hermana! ¡Ocúltese usted! 
¡Caballero! 



^ 68 — 

Pep, |Por aquí... en mi habitaciónl 

Rosa ¡Déjeme usted en paz! (Dándole un empellón. 

Cae Pepito sobre el sofá.) (Bien lo decía yo. Este 

chico es tonto de remate.) (Vase segunda iz- 
quierda.) 

Pep. ¡Santo Dios! ¡Y se mete en el cuarto de Ma- 

ría! |Eh, señora, señora! (siguiéudoia.) 



ESCENA VIII 

PEPITO y MARÍA. Luego CARLOS 

María ¡Jesús! ¡Criados más torpes!... Voy á ver si... 

(Dirigiéndose segunda izquierda.) 

Pep. • ¡No! ¡No, por Dios! ¡No entres aquil (Detenién- 
dola.) 

María ¡Etil 

Pe?. Ha sido una imprudencia; pero... ya sabes 

lo que son esats mujeres. Se ha atrevido á 
venir..: ¡Está ahí! 

María ¿Quién? 

Pep. ¡Paz! 

María ¡Ah! ¡Ya comprendo! ¡Ja, ja, jai (Riéndose con 

toda el alma.) 

Pep. ¡Cómo! ¿Te ríes? 

María Sí, hijo, sí. ¿No he de reírme? ¡Ja, ja, ja! 

Car. ¿Qué es eso? ¿Por qué te ríes con esas ganas? 

Mar/a Porque Pepito me dice muy serio que... que 

Paz... está ahí. ¡Ja, ja, já! 

Car. ¿si? ¡Ja, ]a, ja! Pero, pobrecillo, tiene razón» 

Si no lo hemos dicho una palabra. 

María ¡Pues es verdad, que no le liemos enterado! 

Pep. Pero, ¿os estáis burlando de mí? 

Car. No, tonto, no. Si es que la que Filomena y 

tú habéis tomado por Paz es la hija del se- 
ñor Bermejo, de mi agente electoral; de Pol- 
vorilla... 

Pep. ' ¿Eh? 

María Sí, señor. Y es preciso que lo sepas todo. La 

otra Paz... 

Pep. ¿Cuál? 

María La de las cartitas, no es la amante de éste, 

sino de Leopoldo. 

Pep. ¿De Leopoldo? 



— 69 — 

"María Sí. Pero, ¡por Dios! que Filomena no se en- 
tere. 

Pep. ¡Ay, qué lío! ¡Y yo que he querido echar á 

la calle á esa señorita! 

María ¿Sí? ¡Pobre muchacha! Voy ^ diecul parte. 

(Vaee segunda izquierda.) 

Pep. ¿Conque es decir que me he metido donde 

no rae llamaban? 

Car. No importa; yo te agradezco la intención. 

Pep. Sí; pero esto de que le den á uno una h(jfe- 

tada sin por qué ni para qué... 

Car. Para que otra vez np vuelvas á juzgar de li- 

gero. 

Pep. a donde yo voy á volver e? á Burgos. Eso 

de que tú me tengas toda la mañana de es- 
cribiente, y la vecina me traiga toda la tar- 
de de zarandillo... Lo dicho, yo no he veni- 
do á Madrid para eso. Ahora mismo se lo 

voy á e?cribir á mi papá. (Vase por la prjniero 
derecha.) 

Oar. ¡Pobre Pepito! Y en el fondo tiene razón. 



ESCENA IX 

CARLOS, JUAN 

Juan ¡Señorito! 

Car. ¿Qué hay? 

Juan Ün señor, que estuvo antes, pregunta .si. 

Car. Será Polvorilla. Que pase, que pase. 

-Juan Está, sí, señor.— Puede usted pasar 

Juau.) 



ESCENA X 

CARLOS y DON CIPRIANO con los bultos del final d.l «'f 

Car. ¡Don Cipriano! (Desde ci foro.) iGracia.s ;i i ' 

¡Venga usted acá! 
D. CiP. ¡Ay, don Carlos de mi almal. (Pre«eDin.>.: 

mny compungido.) 

Car. Pero, hombre, jqué cargado viene QStedl 



— 70 — 

D. Cip. Muy cargado, sí, señor. ¡No lo sabe usted 
bien! Pero á mí el que me la hace me la 
paga. He dado ya todos los pasos para dete- 
nerlos inmediatamente. ¡Lo que han hecho 
conmigo es una infamia! 

Car. ¿Qué infamia es esa? 

D. Cip. Lo que yo no podía esperar. Pero se han de 
acordar de mí, yo se lo aseguro. He estado 
en el Ministerio de la Gobernación, y en el 
Gobierno de la provincia, y en el Juzgado 
de guardia, y en la estación del Norte, y 
allí un inspector puso este parte á todas las 
estaciones de la linea; «Detengan — parf-j ; — 
hija — familia — fugada — teniente — reserva 
— Villatorda». 

Car. Pero, ¿qué pareja, qué familia y qué fuga 

son esaí>? 

D. Cip. ¡Ay, don Csrlosl ¡Usted no es padre, y no 
puede comprender lo que son estas cosas. 
¡Me han robado á mi hija! (uoraudo.) 

Car, ¿a su hija? ¿A cuál? 

D. CiP. ¡A Rosa!" 

Car. ¡Pero hombre de Dios, si Rosa está aquí! 

D. Cip. ¡Eh! 

Car. ¡áí, señor. Ha venido con nosotros. Ahí den- 

tro la tiene usted esperándole. 

D. Cip. Pero ¿es de veras?... ¿No se ha marchado 
con el teniente? 

Car. ¿Qué teniente ni qué ocho cuartos? 

D. Cip. ¡Ay, don Carlos de mi. ..I (ai abrazarle deja caer 

al suelo los paquetes y so rompen los florcrog.) 

¡Adiós! ¡Los foreros de la boticaria! (Recoge 
los paquetes.) ¡No sabe ustcd cuánto me alegrol 

Car. ¿Se alegra usted deque se hayan roto? ¡Me- 

nos mal! 

D. CiP. No, señor. ¡Me alegro de que haya parecido 
la muchacha! 

Car. Ande usted, vamos á verla. 

D. CiP. Aguarde Uí-ted un njomento, porque con 
este disgusto no sé si se me habrá perdido 
al^ún encargo. Uno... dos... tres... 

Car. ¡Hola! ¿Se ha comprado usted sombrero de 

copa? 

D. CiP. ¡Quiá! ¡No, señor! Ks un encargo del síndi* 
00... ¡Vea usted, vea ustedl ¡Es un sombrero 
de primera! f Lo saca de la sombrerera y se lo pone. 



— :i — 

Le entra hasta el cuello,) ¡Caracolee! ¡ífí^te es 
otro! ¡Me lo han cambiado! ¡La culpa la ten- 
go yo por admitir encargob de nadie! (A|*ba. 

liando el sombrero al guardarlo en 1« a.., „\.r.. ...... \ 



ESCENA XI 

DICHOS y MARÍA 

María ¡Vamos, ya ha parecido! 

Car. Aquí tienes al amigo don Cipriano. 

María Celebro mucho conocerle. 

Car. Mi mujer. 

D. Cip. Para servir á usted, señora. 

María Tiene usted á su hija impaciente por pu 
tardanza. 

Car. Ande usted, hombre, ande usted, y déjese 

de líos... 

María Sí, deje usted, ya se los llevará el muchacho 

Car. Venga usted y tomará cualquier cot^a. 

D. Cip. Si que tomaré. Estoy" todavía con el choco- 
late de esta mañana. 

María ¿De veras? 

O. Cip. He estado muy disgustado, señora, inu; 
disgustado. He tenido más de dos horas al 
teniente sentado aquí, en la boca del esló 
mago. 

María ¡Qué barbaridad! 

D. Cip. Hasta luego, señora. ¡Rosa! ¡Rosita! (Vunw 

don Cipriano y Carlos, puerta segunda izquierda.) 



ESCENA XII 



MARÍA. Luego DON NEMESIO, que ha cambiado de traje 



María 

D. Nem. 
María 
D. Nem. 
María 
D. Nem. 

María 



(Mirando los líos.) ¡Pobre señor! > Apenas le han 

hecho encargos al infeliz! 

Maruja, buenas tardes. 

Doctor, ¿usted por aquí otra vez? 

Sí... Tengo que hablar á Carlos... 

¿Qué tal? ¿Qué tal la señora? (En iodo zumbón.) 

¿Cuál? ¿La enferma del 27? Lo mismo. Si- 

gue lo mismo la pobrecita. 

No, si no le hablo de esa. Le pregunto á iw- 



— 72 — 
ted por Id otra... Por la de los merengues. 

(Riéndose.) 

D. Nem. ¡Eh! ¿Qué? ¿Se me conoce todavía? (Miráudose 

los faldones de la levita.) 

María ¡Buen tunante está usted! ¡Ja, ja! 

D. Nem. Pero... 

María Vaya. Con su permiso... Tenemos huésped 
des... Voy á sacar unos juegos de cama, (vase 

riendo puerta segunda derecha.) ¡Ja, ja, ja! 



ESCENA XIII 

DON NEMESIO, solo 

jPero, señor! Si no puede conocérseme. Si 
me he mudado de pies á ( abeza. Pero lo que 
me sorprende es que esta chica sepa que 
yo... Nada. Que no me lo explico. 

ESCENA XIV 

DON NEMESIO y FILOMRNA 

FiL. Hola, don Nemesio. . ¿Usted por aquí? Me 

alegro de encontrarlo. 

D. Ném. Usted dirá. ¿Los nervios, eh? 

FiL. ¡Quiá! ¡No señor! ¡Qué nervios! Si hoy estoy 

como nunca, como si no hubiera tenido 
nervios en la vida. Tómeme usted el pulso. 
Verá usted. 

D. Nem. No, no hace falta. Ya se la conoce á usted 
en la cara. ¿Habrá usted tomado mucha 
tila, verdad? 

FiL. Qué tila ni qué bobada. Me siento bien por- 

que he resuelto satisfactoriamente y á mi 
gu.sto una cuestión muy grave. 

D. Nem. ¿Sí? 

FiL. Sí, señor. ¿Usted ya sabría lo de...? iSí! de 

seguro (jue lo sabría usted, pero me va á 
decir que no. 

I), Nem. (¡Caracole.«!) 

FiL. ¡Vamos! Sóame usted franco. Usted estaba 

enterado de lo de Paz. 

D. Nem . Señora... Yo... (Protestando.) 



— 73 - 

FiL. ¡Confiérelo ustedl Si ya se ha descubierto. 

D. Nem. ¿Que ya se. .? 

FiL. ¡Sí, señor! Lo he descubierto vo. 

D. Nem. ¡Usted!... 

FiL. Me enteré por la cartita en que le pedíu las 

cuatro dqíI pesetas la muy... 

D. Nem. ¡Calma, señora, calma!. 

FiL. Si estoy muy tranquila. Si ya se ha arregla- 

do todo. 

D. Nem. ¡Ehl 

FiL. Y por las buenas, como deben arre^rlarse 

estas cosas. 

D. Nem. ¡Señora! ¡Me deja usted asombrado! 

FiL. ¡Pues créalo usted! Por supuesto que si des- 

pués de las pruebas que yo tenía, se empeñn 
él en negármelo, no sé lo que hubiese su. 
cedido; pero, hija mía, el hombre se puso 
como una malva, y me lo confesó de pé á 
pá; ly ya nos tiene usted á todos tan con- 
tentos! 

D. Nem. Señora, permítame usted que le dé mi en- 
horabuena. (Dándole la mano.) ¡Es USted lo qUe 
se llama una mujer de talento! 

FiL. Gracias... yo no sé si habré hecho mal, 

pero... 

D. Nem. ;Quiá! No señora. 

FiL. Lo que le aseguro á usted es que tengo la 

evidencia de que he cumplido con mi deber. 

D. Nem. ¡Naturalmente! Y sobre todo, señora, ¡qué 
demonio! cuando un marido no comete más 
que una falta, se le debe perdonar. 

FiL. Sin embargo, la falta era algo grave. 

D. Nem. Sí que lo era; pero ¡nada! ¡nada! Viva usted 
ahora tranquila, y en la seguiidad de que 
Leopoldo no vuelve á tener más líos en 8U 
vida. 

KiL. ¿Eh? (con grau sorpresa.) 

D. Nem. ¡Es natural! El pobre muchacho... Kshh mu- 
jeres son muy lagartas... Yo ya h» t^alaa... M«' 
lo contó el mi^mo Leopoldo. 

FíL. (Furiosa.) ¡Lcopoldo! ¿tía dicho usted Leo- 

poldo? 

D. Nem. (¡Ayl) 

FiL. ¿Pero es Leopoldo el que...? 

D. Nem. ¡Sí, señora!... ¡Es decir, no, no, péñora! 

FiL. ¿Conque no era CarlosV 



4 — 



D. Nem. [No, señora... es decir; sí, sí, señoral (Ya no 

sé lo que rae digo.) 
FiL. jLe matu, créamelo usted, le u^sato! 

D. Nem. Pero, señora, atienda usted... Yo. . 
i<'jL. ¡Déjeme usted, don Nemesio, déjeme ustedl 



KSCENA XV 

DICHOS y PEPITO, luego MARÍ\ 

FíL. ¡í'epito! ¡Venga usted acá! 

Pep. Señora, no me meta usted en más lnbe- 

lintos. 

Fir.. ¡Qué! ¿También usted sabía que era Leo- 

poldo? 

Pkp . Sí, señora, 

hiL. ¡Dios mío! ¡Lo sabían todos! ¡Todos menos 

3'0! (Llorando amargamente.) 

Ma»íía ¿Qué es eso? ¿Qué pasa? 

FiL. ¡Me habéis engañado miserablemente, pero 

al fin he descubierto la verdad! 

María ¿Tú? ¿Pero quién?... (1) 

D. Nem. Yo, señora. He metido la patita, (a María.) 

María ¿Usted? Pero no le hagas caso; si don Neme- 

sio no está bueno de la cabeza. 

D. Nem. No me haga usted caso, no, señora. Yo no 
estoy bueno de la cabeza 

FiL. ¡Le mato, les digo á ustedes (¡ue le mato! 

MAteÍA ¡Pero, Filomena, por Dios! 



ESCENA XVI 

DICHOS. CARLOS, 'ROSA y DON CIPRIANO 

Car. ¡Nada, que se quedan ustedesl 

KosA ¡Corriente! Nos quedaremos... 

FiL. ¡Cómo! ¿Esa mujer aquí? ¿En tu casa? (a 

María.) 

D. NiiM. (¡Gran Dios, Paz!) 
María ¡Calla, por Dios! Si no es... (a Filomena ) 

liosA (jAy, ia señora de los nervios!...) ¡Calle! ¡Y el 

caballero de los merengues! (por don Nemesio ) 

(l) Pepito— Filomena— María— Uou Nemesio. 



— 76 — 

Car. Presento á ustedes á mi amigo don Cipria- 

no Bermejo, mi agente electoral, y á an 
hija... que han llegado hace unas huras de 
su pueblo. (1) 

D. Cip. De Villatorda, para servir á usted» ,-•. 

FiL. ¡Qué vergüenza, Dios mío, qué vergüenzal... 

(Llorando.) ¡Pero, uo! ¿Por qué he de teuer 
vergüenza? ¡Rabia! ¡Eso es lo que debo te- 
ner! (2) 

María ¡Filomenal 

Car. ¡Señora! 

Fu. ¡Déjenme ustedes! ¡Le mato, vaya si le mato! 

ESCENA ULTIMA 

DICHOS y LEOPOLDO, con el sombrero puesto y muy coiitfifo 

Leop. ¡Ya está todo arreglado! 

FiL. ¡Eh! 

D. Nem. (¡Cataplum!) 

FiL. ¡Venga usted acá, pillo, venga usted acá! 

(Llevándolo del brazo al proscenio.) (3) 

Leop. (¿Eh?) 

FiL. ¿Con que tiene usted una queridaV (üándoi© 

ua pellizco en el brazo.) 

Leop. ¡Yo!... Si... 

C\R. (¡Confiésalo, chico!) (Aparte á Leopoldo.) 

Leop. (se quita ei sombrero.) ¡Filomeuita!... 

FlL. ¡Niegúelo usted ahora! (SenaIand*o la írent.', que 

estará tiznada.) 

Todos ¿Eh? 

Leop. ¡Yo!... 

FíL. ¡Si tiene usted ahí la manct)a que le acusa! 

Car. (¡La frente, hombre, la frente!; 

Leop. (Se Ueva la mano á la frente.) ¡PerO estO es del 

sombrero! 
FiL. ¡Como que lo he tiznado yo para descubrir 

al culpable! .. (Dándole otro pellizco ) 



(1) Pepito— Filomena— María— Don ^'emes¡o— Carlos- Rom— Doo 
Cipriano. 

(2) Pepito— Carlos -Filomena— María -Don Nemesio- Íio««—Dor» 
Cipriano. 

(3) Pepito— Carlos— Leopoldo— Filomena— María— Doi! Sem««Io- 
Roea— Den Cipriano. 



— 76 — 

Leop. ¡Ay! |Pero si este sombrero no es mío! 

D. Nem. ¡a ver!... Déme usted, (oogeei sombrero.) Tam- 
poco es este. 
D. Cip. ¡El sombrero del fcíndico! (i.o coge y va á la 

sombrerera y saca el otro apabullado.) 

FiL. ¡Infame! ¡Engañarme de ese modo! 

Leop. Perdóname, Filomenita. (Arrodillándose.) No 

lo volveré á hacer más. 

María Sí, perdónale. La amargura de un día pue- 
de ser anuncio de felicidad para el porvenir. 

Car. y la confesión de una falta denota clara- 

mente nobleza de corazón. 

Pep y el arrepentimiento cuando es sincero, 

lava todas las culpas y purifica la concien- 
cia. 

FiL. ¡Déjenme ustedes de retóricas! 

D. CiP. (Dándole el sombrero apabullado.) ¿Este Sería el 

de UStedV (a don Nemesio.) 

D. Nem. Lo era, sí, señor, lo era. 

FiL. Agradece que no estamos en casa. (Dándole 

otro pellizco.) Pero vo soy una mujer que sabe 
guardar las consideraciones que se merecen 
ios demás. Señorita... (a Rosa.) (1) Usted dis- 
pense, pero yo la había tomado por una... 

María Por una amiga. 

FiL. ¡Justo, por una amiga... de estel (se vuelve ere 

yendo encontrar á su lado á Leopoldo, y le da un pe- 
llizco á don Nemesio.) 

D. Nem. ¡Caracoles! 

FiL. Usted perdone. (2) Vamonos de aquí inme- 

diatamente, (a Leopoldo.) 

D. Cip. ¡Vamos, señores, haya paz! 

Todos ¡No, que no la haya! 

FiL. ¿Con que eran esas las juntas de Agricul- 

tura, eh? Yo te daré ahora Agricultura. Ma- 
ñana mismo á Badajoz. ¡A una dehesa! ¡Allí 
amansará! 

D. Cip. ¡Señora, en la dehesa se pondrá más bravo. 

María No disculpo la falta (a Filomena.) 

de tu marido; 
mas, pues le ves humilde 



(1) Pepito— Callos— Leopoldo— Don Nemesio— Filomena— María- 
Rosa— bon Cipriano. 

(2) Pepito— Carlos— Leopoldo— Filomena -María Don Nemesio-" 
Kosa— Don Cipriano. 



— 77 — 

y arrepentido, 
s-éacele cariñosa, 

no con despego... 
¡Vamos, dale un abrazo, 

yo te lo ruegol 

(Filomena abraza, aunque de mala gana, á Leopoldo.) 

Y ustedes, los casados, (\i público.) 

sean formales; 
no se metan en estos 

berengenales. 
No se olviden, ingratos, 

de sus deberes, 
víctimas del capricho 

de otras mujeres... 
No hay Facita que valga 

lo que nosotras; 
¿y si un« Paz da guerra 

que harán las otras? 



b'IN DE L\ COMELIA 



Obras dramáticas de 'Oiial Q^za 



]BaNtn do matoniáflcaH! juguete cómico en] un acto y en prosu 

original. (Quinta edición.) 
Kl pariente tic todos, juguete cónciico|ea un acto y en verso, 

originp.l. (Tercera edición.) 

Dendc el balcón, juguete cómico en un acto y en verso, original 
(Tercera edición.) 

lia viuda del zurrador i, parodia en un acto y en verso 

d autor del crimen, juguete cómico en un acto y en prosa, 
original. (Cuarta edición.) 

AproliadoM y auflpensoH, pasillo cómico en un acto y en verso, 
original (Décima edición.) 

Horas de consulta, sainete en un acto y en verso, original. (Se- 
gunda eíüción.) 

Noticia fresca 2^ juguete cómico en un acto y en verso. (Décima- 
cuarta edición.) 

Tras dei pavo 5, apropósito en dos actos y en prosa, original. 

Paciencia y liarajar, comedia en un acto y en prosa. 

Caivo y compañía, comedia de gracioso en dos actos y en prosa, 
original. (Quinta edición.) 

Pérc» y «(guiñones, comedia en un acto y en prosa, original. 

Con la mii.'-IcH á otra parte, juguete cómico en dos actos, en 
verso, original. (Quinta edición.) 

Turrón ministerial, apropósito en un acto y en prosa, original. 

(Llovido dei cielo, comedia en dos actos y en verso, original. 
(Quinta edición.) 

Periquito ', zarzuela cómica en tres actos, en prosa y verso, escrita 
sobre un pensamiento francés, música del maestro Rubio. 

lia ocasión la pintan calvM <, comedia en un acto y en prosa, 
imitada del francés. (Cuarta edición.) 

AdiOs, Madrid! i, boceto de costumbres madrileñas, en tres 
actos, en verso y prosa, original. 

¡Adiós, Mtidridl <, refundida en dos actos. 

De tiros largos i, juguete cómico, arreglo del italiano, en un «cto 
y en prosa. (8é]>tiina edición.) 

Kl medallón de topacios ^, drama cómico en un acto y en versu 
original. (Segunda edición.) 

lia primera cura i, comedia en tres actos y en verso, original. 

I..a primera cura >, refundida en dos actos. (Segunda edición.) 

I.a calandria '. juguete cómico-lírico, en un acto y en prosa, ori- 
ginal, mú.sica del maestro Chapi. (Sexta edición.) 

El liijo de la nieve i, novela cómico-dramática, en tres actos, en 
prosa y verso, original. (Segunda edición.) 

Prestón y compañía *, saínete en un acto y en verso, original. 

Parientes lejanos, comedia en dos actos y en verso, original. (Se- 
gunda edición.) 

Carta canta, juguete cómico en un acto y en verso. (Tercera 
«dicíón.) 

Robo en despoblado i, comedia de gracioso en dos actos y en 
prosa, original. (Octava edición.) 



Cas codornlcoíi, juguete cómico en un acto y en prosa, original. 

(Novena edición.) 
J>e todo un poco s, revista cómico-lírica en un acto y ai«te cañ- 
aros, en prosa y verso, original. 
Juego de prendas, juguete cómico en dos actos y en pros», origi- 
nal. (Tercera edición.) 
Tlquis-niíquis, comedia en un acto y en prosa, original. (Coarta 

edición.) 
jUn año niÚN! 5^ revista cómico-lirica en un acto y siete ciUüIroH, 

en prosa y verso, original. 
Pensión de demoisellcs ^, hixmorada cómico-lírica en un . 

en prosa, original. 
í9an Sebastián, mártir, comedia en trea actos y en prosa, origi- 
nal. (Tercera edición.) 
Parada y Tonda, juguete cómico en un acto y en prosa, original 

(Décimacuarta edición.) 
Boda y bautizo 5, sainete en un acto y tres cuadros, en prosa y 

verso, original. 
El viaje á Nuiza ^, vaudeville en tres actos y en prosa, arreglado 

del francés. 
Pereclto, juguete cómico en dos actos y en prosa, original. (Sexta 

edición.) 
Ca almoneda del $.° *, comedia en dos actos, original y en 

prosa. (Tercera edición.) 
Coro de señoras i, pasillo cómico-lírico, original, en un acto y en 

prosa, música del maestro Nieto. (Tercera edición.) 
los tocayos, juguete cómico en un acto y en prosa, original. (Ter- 
cera edición.) 
El padrón municipal *, juguete cómico en dos actos y en prosa, 

original. (Octava edición.) 
fiOS lobos niJírlnos 1 zarzviela cómica en dos actos y en prosa, 

original, música del maestro Chapí. (Tercera edición.) 
CI sombrero de copa, comedia entres actos y en prosa, original. 

(Octava edición.) 
ei sefior gobernador i, comedia en dos actos y en prosa, origi- 
nal. (Séptima edición.) 
El sueño dorado, comedia en un acto y en prosa, original. (Ota- 
ya edición.) 
Su excelencia, comedia en un acto y en prosa, original. (Tercera 

edición.) 
£1 señor cura, comedia entres actos y en prosa, original. (Segun- 
da edición.) 
El señoreara, refundida en dos actos. (Segunda edición.) 
El rey que rabió i, zarzuela cómica, original, en tres actos, en 

prosa y verso, música del maestro Chapí. (Octava edición.) 
Ei oso muerto * comedia en dos actos y en prosa, original. (Cuar- 
ta edición.) 
Villa-Tula (segunda parte de Militares y paisanos), comedia en 
cuatro actos, escrita sobre el pensamiento de la obra alemana 
Reifvon Reiflingen. 
XaragUeta i, comedia en dos actos y en pros», original. (Wr.ma 

edición.) 
ChiQaduras, juguete cómico en un acto y en prosa, escrito sohr» 

el pensamiento de una obra francesa. (Cuarta edición. 
la rebotica, sainete en prosa, original. (Sexta edici'j: . 
JLa praviana, comedía en un acto y en prosa, originn!. .< oan» 

edición.) 
Venta de Baños, sainete en un acto y en pro3?i -.t-.o-"»!. '^"cí-q 

da edición.) 



f a Marquesita, comedia en un acto y en prosa. (Segunda edición. 

|ja sala de armas, pasillo cómico en un acto y en prosa, original. 

El aflnador. juguete cómico en dos acto8 y en prosa, escrito sobre 
el pensamiento de una obra francesa. (Cuarta edición.) 

Ciencias exactaM, saínete en un acto y en prosa. (Quinta adición. 

IjOs lobos marinos i, zarzuela cómica, refundida en un acto y dos- 
cuadros, en prosa, original, música del maestro l hapi. 

lia clavellina, comedia en un acto, escrita sobre un cuento de Ar- 
turo Beyes. 

El prestidigitador, monólogo cómico escrito en catalán por San^ 
tiago Rusiñol, arreglado al castellano. (Segunda edición.) 

Francfort, juguete cómico tebralingüe en un acto y en prosa, ori- 
ginal. (Quinta edición.) 

Chiquilladas, juguete cómico en un acto y en prosa, escrito sobre- 
unas escenas de Najac. (Segunda edición.) 

I<a ales'ria que pasa, cuadro lírico en un acto, escrito en catalán 
por Santiago Rusiñol, música del maestro Morera, traducción cas- 
tellana. 

El matrimonio interino, comedia en tres actos y en prosa, ori- 
ginal de MM. Paul Gavault y Robert Charvay, arreglada al caste- 
llano. (Segunda edición.) 



OBRAS NO DRAMÁTICAS 



Todo en broma, versos de Vital Aza, con un prólogo de Jacinta 
O. Picón, un intermedio de José Estremera, un epilogo de Miguel 
Eamos Carrión y ¡nada más! (Tercera edición aumentada.) 

Bagatelas, poesías. Ilustraciones de B. Gilí y Roig.— Colección 
elzevir. Juan Gili.— Barcelona.— Primera edición. 

NI fu, ni fá. versos.— Ilustraciones de B. Gilí y_ Roig. — Colección 
elzevir. Juan Gili.— Barcelona. — Primera edición. 

Pamplinas, versos.— Colección Diamante. — Antonio López. — Li- 
brería Española. — Barcelona.- Primera edición. 

Plutarquillo: Biografías festivas de personaies célebres, con ilug- 
traciones de Marín. — Primera edición. 



(1) En colaboración con Miguel Hamos i.'i.rrión. 

(2) ídem id. José Estremera. 

(3) ídem id. José Campo- Arana. 

(4) ídem id. Kusobio Blasco, 
(ó) ídem id Miguel Ecbegaray. 



Precio: DOS pesetas