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Full text of "El tribuno de la diplomacia : Mario García Kohly"

7¡T' DE LUGO -VINA- 

f'h. L- 3 7 NADO MUNICIPAL DÉLA HABANA 

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ELTRiBUNO DE 
LA DIPLOMACIA 

MARIO GARCÍA KOHLY 



UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 



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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



00041417127 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/eltribunodeladipOOIugo 



El Tribuno de la Diplomacia 



<4» MÁMJEL GARCÍA ^ 




KcL 



RUY DE LUGO-VINA 
Comisionada Municipal de la Habana 



Fin? 



EL TRIBUNO DE 
LA DIPLOMACIA 



MARIO GARCÍA KOHLY 




BIBLIOTECA CUBA 
NICOLÁS MARÍA RIVERO. 7 
MADRID 

& total & 




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1 -í l 



ES PROPIEDAD 
DEL AUTOR 



Imprenta Latina.— Rodrígae* San Pedro, 19. — MADRID.— T«iéfono 11 -86 J. 



DEDICO 



ESTE LIBRO A LOS ESPAÑOLES RE- 
SIDENTES EN CUBA QUE HAN FOR- 
MADO ALLÍ, JUNTO CON SU SEGUN- 
DA PATRIA, UN HOGAR Y UNA FA- 
MILIA. Y LO DEDICO TAMBIÉN A 
LOS CUBANOS QUE CONTEMPLAN EN 
LA ESPAÑA DE NUESTRA AMISTAD 
ACTUAL LA TRANSFIGURACIÓN DE 
AQUELLA OTRA ESPAÑA CONQUIS- 
TADORA Y COLONIZADORA, DE LA 
gUE SE DICE EN LA CRÓNICA DE 
ARAGÓN AL HABLARSE POR VEZ 
PRIMERA DEL DESCUBRIMIENTO AT- 
LÁNTICO : «ES DE CORAZÓN TAN 
GRANDE, QUE NI CABE EN EL MUN- 
DO NI CABE EN LOS MARES.» ¡BIEN 
QUE CUPO EN LOS MARES CUANDO 
SUS NAOS LOS LLENARON DE GLO- 
RIA RACIAL, Y BIEN QUE CUPO EN 
NUESTRA AMERICA CUANDO ESTA 



SE ABRIÓ ENTERA PARA NUTRIR- 
SE TODA ELLA DE LA SANGRE DE 
SU ESTIRPE! PARA UNOS Y PARA 
OTROS, ESTE LIBRO DEBE SER, MAS 
QUE UNA OFRENDA, UNA VOZ DE 
ALERTA, QUE SE REPITE Y REPER- 
CUTE DE PAGINA EN PAGINA, TAL 
COMO DEBIERA RESONAR SIEMPRE 
EN LOS LABIOS DE ESPAÑOLES QUE 
HAN ARRAIGADO EN CUBA Y DE LOS 
CUBANOS QUE NO DEBEN JAMAS OL- 
VIDARSE DE MIRAR HACIA ESPAÑA, 
QUE ESTA MENOS LEJOS DE LO QUE 
ALLÁ Y AQUÍ CREEN LOS HOMBRES 
DE MALA VOLUNTAD... 



AL INTENTAR LA EXñGESIS 



Antes de llegar a Madrid tenia yo la convicción de 
que Maño García Kohly es un gran orador; pero aho- 
ra, después de haber penetrado un poco en la entra- 
ña de esta urbe que ha sido siempre la cumbre más 
alta de la Raza, donde se levanta la tribuna más au- 
torizada del Idioma, puedo tener también el conven- 
cimiento de que esa apreciación encerrada en un 
concepto — gran orador — es ya una vulgarísima frase 
hecha, un lugar común de uso corriente. 

Un sdbio catedrático me dijo, al mostrarme el pa- 
raninfo de la Universidad Central: 

— Aquí habló una vez su ministro. Posee el don 
maravilloso de la palabra... 

En el Ateneo — santa santormn de la elocuencia es- 
pañola — <mi guía no pudo menos que exclamar al mos- 
trarme d Salón de Conferencias: 

—Han hablado en esa cátedra grandes oradores cu- 
banos; pero ninguno de seguro tan elocuente como 
García Kohly. 



8 RUY DE LUGO-VINA 

Y en el Ayuntamiento, un ujier que me mostraba 
la Sala Capitular fué consecuente con su expkmvo 
casticismo madrüeño: 

— Aquí peroró un compatriota suyo que se llama 
no sé cómo... ¡Hay que ver como habla ese tío! 

Y yo, que solamente le he escuchado una vez — aque- 
lla en que mi numen le ofrendó sonoras rimas chis- 
púrroteantes, allá en una memorable noche del Tea- 
tro Nacional habanero — , he creído sentir, en el 
paraninfo de la Universidad, en la sala capitular del 
Ayuntamiento y en el salón de actos del Ateneo, la 
resonancia de una palabra que es para todos como 
para mi la de un gran orador por esencia, presencia 
y potencia. Por ¡a fuerza de las comparaciones, quien 
haya triunfado plenamente en esos tres lugares no 
puede ser sino un maestro de la bella locución. Y al 
recoger el eco de su palabra privilegiada en el co- 
mento de la fama, que la reputa como digna de ser 
comparada a la de hs más eminentes oradores de esta 
Esparía de la grandilocuencia tribunicia, yo he senti- 
do la satisfacción de saberme su compatriota, al 
mismo tiempo que corroboraba a plena conciencia 
confrontada el juicio que de él ya tenía hecho en el 
catálogo de mis predilecciones. 

Con esta impresión fresca del juicio de un cate- 
drático, de un guía y de un ujier — tres opiniones de 
valoración distinta, pero que para mí se complemen- 
tan dentro de un valor indistinto único y absoluto: 
el del juicio publico — , fui a saludar a Mario Gar- 



EL TREBITNO DE LA DIPLOMACIA íf 

cía KoJúy así que regresara de su veraneo cantábri- 
co. Hablamos del banquete que le ofreció en San Se- 
bastián la colonia balnearia cubana, con motivo del 
décimo aniversario de su presentación de credencMes 
en la Corte de España. 

— ¿No se ka publicado su discurso?... 

— No, porque no asistió ningún taquígrafo que to- 
tomara. 

— ¿Pero no lo reconstruirá usted? 

— No. ¡Imposible! Hablé más de una hora... No me 
atrevo a intentar una versión que resultaría infiel. 

Alguien me había dicho que García Kohly, a la ma- 
nera de otros maravillosos tribunos, era un memoris- 
ta de los que escriben a escondidas sus discursos para 
luego recitarlos. Quedé un tanto desconcertado, pero 
no tanto que dejara de insistir: 

— ¿Pero no piensa usted publicar sus discursos com- 
pletos? 

— Sí, naturalmente. Pero me falta la versión de 
casi todos, porque como coleccionista soy una calami- 
dad. Algunos están pubíicados en la pre7isa cubana, 
otros en la de aquí.*. Los hay que no valen ni la peyía 
de releerlos... y también otros que -se los llevó el 
viento... 

— Supongo que, aunque así sea, intentará usted la, 
recopilación. 

— Eso sí, ¡naturalmente! 

AI despedirme de él salí de la Legación con la se- 
guridad de que nunca llegarían a publicarse sus «dis~ 



10 RUY DE LUGO-VTNA 

cursos completos»... y ni siquiera incompletos, agru- 
pados en escogida selección. Desde aquel momento co- 
mencé a preparar mentalmente este libro que ahora 
te ofrezco, lector. En sus páginas no hallarás más que 
■algunos de los más resonantes discursos del tribuno, 
englobados en una exégesis que no llega a ser ni glo- 
sa ni crítica, ni biografía ni ensayo monográfico, pero 
-que tiene, sin embargo, algo de todo eso; un poco de 
todo, entretejido a hilván grueso en la burda madeja 
de mis comentarios. El libro que te ofrezco también 
tiene su oportunidad actualísima, porque es muy po- 
sible que sea el heraldo anunciador del retorno a Cuba 
de aquel que, alwra más que nunca, desearía incor- 
porarse de nuevo a Ja vida activa de la política de su 
país. ¡Y ojalá que así fuera, para bien de Cuba que 
le está esperando y de España que le despediría con- 
fiando siempre en él! Porque si en tierra del Cid y 
de Pi Margall, de Pelayo y de Costa ha sido el pakidín 
del hispano-amer iconismo, ¿qué no sería capaz de ser 
y hacer allá, en el terreno de aplicaciones prácticas, 
propicio al estadista, por la realización de tos ideales 
aquí proclamados? ... En pleno siglo XX se repetiría 
el caso de uno de aquellos «relatores» venecianos que 
informaban ante el Senado de la ciudad adriática de 
sus triunfos en, la ciencia delicada y en el arte sutil 
de conquistar amistad en el Gobierno de las naciones 
y en el alma de sus ciudadanos. 

Este libro, tal como te lo presento, se ha escrito 
-en unos cuantos días. No ha puesto en él su mano 



^L TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 11 

aquel de quien aquí se habla, porque, sometido a una 
serie de conversaciones de documentación a viva voz, 
se ha enterado del propósito que me guiaba, al hacerle 
hablar con tan¡ta abundancia de sí mismo, cuando le 
hablé, después de darlos al editor, de los originales 
sin originalidad de mi engendro. Según me lia dicho 
un diplomático fracasado, el mejor comentario que 
debe hacerse de los diplomáticos es el silencio, para 
no comprometerles en algún entredicho; en este caso 
— ¿caso único? — hay que darle una mayor repercu- 
sión a la palabra del diplomático que ha hedió su ca- 
rrera desde la tribuna, sin que por una sola vez su 
verbo dejara de ir acompañado, como ítalo de sus ful- 
guraciones, de la discreción más comedida y de la más 
alquitarada corrección. ¡Y eso ha podido ser en Ma- 
drid, la ciudad de los mentideros sarcásticos y de las 
tertulias maldicientes! Bien acreditados tienen que 
quedar el tino, la mesura y el conocimiento de am- 
biente, puestos a prueba por aquel que se deja llevar 
del calor de la improvisación para arrojar la catarata 
de su elocuencia sin jamás caer en inconveniencia, sin 
ser nunca inoportuno o inhábil. De ahí que no le nom- 
bre tribuno por un aspecto y diplomático por otro, 
sino ambas cosas en apretado e inseparable nexo que 
se complementan. 

Tribuno de la dipbmacia le llamo, y habría que aña- 
dir de la diplomacia hispano-americana. Cuando Amé- 
rica, que tiene sobra de poetas y de escritores radi- 
cados en España, pero que carece de un orador repre- 



12 RUY DE LÜGO-VíNA 

sentiutivo, ha necesitado de un orador del dado de 
allá» que interpretase del «lado de acá» cualquier 
mensaje de aquel mundo trasatlántico, ¿a quién se 
ha señalado, a quién se ha buscado? Durante diez 
años consecutivos, a Mario García Kohly. Y si mien- 
to, que alguien para negarlo escriba la historia de li 
diplomacia hispano-americana en España durante todo 
& transcurso de esa década, ella sola llena — en cuanto 
a h que a la oratoria respecta — de ¡a resonancia ma- 
ravillosa de ese que es, con toda razón de mi pluma, 
el tribuno de la diplomacia. No para honra de Cuba, 
sino para gloria de América. 

He venido a España en misión de propaganda, y r 
aunque anbano, sólo debo — por motivo de ¡as limitadas 
atribiiciones de mi cargo — hablar en nombre de La 
Habana. Por eso — en la inercia a que me obligan en 
mi labor iniciada en Galicia e interrwmpida en Ma- 
drid ¡os últimos y trascendentales acontecimientos de 
la política nacional española — he de hablar de un cu- 
bano, uniendo a mi nombre la denominación del car- 
go en cuyo carácter aquí me encuentro. Y así cum- 
plo con una doble obligación: la que tengo contraída 
desde Ivace ya varios años con mis lectores, a quienes 
he servido en el plato diario de mi periodismo cons- 
tantes tópicos que resulten de su agrado, y la que 
debo también a las funciones que desempeño, que no 
por recientes dejan de merecer toda mi predilecta 
atención. ¡Aunque malhadada es la oportunidad en 
que realizo tal propósito, porque así el funcionario 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 13 

habrá de callar mucho de lo que no podría dejar de 
decir el escritor! A ello me obliga tanto el hablar 
de un diplomático como el hecho cierto de que mi pro- 
paganda está comprendida — y así la he definido yo 
mismo — dentro de la esfera de acción inferior, pero 
•no por eso menos responsable, de una diplomacia mu- 
nicipal. 

Tal es la, génesis creadora y el propósito literario de 
'este libro que te ofrezco, lector, y que en nada se pa- 
rece a esos otros que, como reclamo utilitarista y para 
halago de la vanidad de ciertos encumbrados persona- 
jes oficiales, se encargan a los escritores que gustan 
de hacer el papel de testaferros y architriclinos. Este 
libro lo han escrito la buena voluntad patriótica y el 
idealismo racial de un cubano que en España desea 
dejar huella de su paso, por deleznable que ésta sea; 
y como mis alocuciones de Galicia y mi arenga de l* 
Universidad Central, dicha en ocasión de la Fiesta 
de la liaza, ya el viento se las ha llevado, está aquí este 
volumen que, aun resultando obra tan inferior como 
la de mis discursos, siempre será más perdurable. Lo 
que le falte de medida lo tendrá de corazón. Y su 
autor, que lo pone en manos de la critica que solapar 
dómente detesta el hispano-amcricanismo para que & 
desmenuce si es que ello habría de servir para qm 
alcanzara una mayor latitud divulgadora, únicamente 
aspira a eso: a que se difunda con profusión allá, d# 
donde hemos venido García KoJüy y yo en nombre de 
la Raza, y a que se comente en esta España tan ama- 



14 RUY DE LUGO-YTNA 

da de lejos cómo de cerca, donde él y yo— él magnífica- 
mente desde lo alto de la tribuna, yo asomándome ape- 
nas entre ¡as páginas de esta exégesis— repetimos a 
tono con la eterna polifonía atlántica los versos profé- 
ticos de Maragall: 

¡Iberia, Iberia, de los mares te viene la vida! 
¡Iberia, Iberia, no le niegues tu amor al mar...! 

Madrid, Octubre de 1928. 



CAPITULO PRIMERO 
EL HOMBRE PUBLICO 

I.— JUVENTUD FERVOROSA 



Al regresar de México, su figura se destaca inmediata- 
mente. No es el emigrado revolucionario el que triunfa, 
sino el orador fogoso que tiene una magnífica palabra; 
su obra de propaganda en el extranjero se eclipsa ante el 
brillo de <su personalidad, que, aunque muy juvenil, es 
de las que ejercen un mayor influjo en la opinión. Y 
desde entonces — 1898— se le ve actuar en la vida pública, 
sin que por un momento decaiga el prestigio con que se 
inició en las contiendas de la vida civil. ¡Y eso que los 
héroes de aquel período eran los generales y coroneles 
relumbrantes, los que se habían batido en los campos de 
batalla, los que traían en sus personas la aureola de la 
manigua! Entre toda aquella cohorte gloriosa, Mario 
García Kohly no era más que «un emigrado». Sin em- 
bargo, se le incorpora a la legión de los que fueron com- 
batientes. Su palabra obró ese milagro. 

A su regreso de México, entra a formar parte de los. 



16 RUY DE LUGO-VINA 

«jue consagran la obra intensa de su pluma a «La Discu- 
sión», el gran diario de aquellas circunstancias que se 
llama a sí micmo «cubano para el pueblo cubano»; funda 
un periódico: «El Patriota», y con su acción de periodista, 
reafirma su obra de orador. Desde entonces su nombre 
brillará en todos los actos de la vida pública, porque el 
joven abogado es un elemento de los que necesitará la 
joven República en el futuro proceso de su desenvolvi- 
miento nacional. 

Su obra de periodista culmina en el periódico «Patria», 
que dirige con acierto extraordinario, y su labor de tri- 
buno tiene adecuado campo de acción en el Partido re- 
publicano, que se funda bajo la dirección de Domingo 
Méndez Capote. Por ese partido es electo para el cargo de 
concejal del Ayuntamiento de la Habana, en 1901. Fir- 
mada en Febrero de ese mismo año la Constitución de la 
República, a la llegada del concejal García Kohly ya los 
Municipios funcionaban dentro de un orden establecido 
por el nuevo régimen; y si aún faltaba un año para que 
la República fuese instaurada, los hombres públicos de 
aquel momento fueron los fundadores de nuestras insti- 
tuciones civiles, tal como éstas han funcionado dentro 
de la legalidad establecida desde el 20 de Mayo de 1902. 

Pocos días después de esa fecha, el 30 del mismo mes 
y del mismo año, Mario García Gohly renuncia el carga 
con que se había distinguido en el Ayuntamiento como 
jefe de la minoría republicana; pasa a ocupar un puesto* 
de mayor significación en la Cámara de la República, en 
aquella primera legislatura memorable a la que fueron 
designados los más eminentes hombres de Cuba, no sólo 
procedentes de la Revolución, sino de todos los sectores 
del consenso público donde había elementos capaces de 
contribuir a la buena marcha de aquella «primera Re- 
pública». 



SL TRIBUNO DE LA DÍPLOMACU 17 



II. —INICIACIÓN DIPLOMÁTICA 



Renuncia Mario García Kohly su acta de representante 
para aceptar el nombramiento que a su favor se hace 
de secretario de la Legación de Cuba en Madrid. ¿Había 
fracasado como parlamentarista? ¿Sus excepcionales con- 
diciones de orador político no habían podido acaso ma- 
nifestarse en el Congreso aquel, donde había tal cantidad 
de hombres capacitados para realizar una eminente labor 
de legislación? Fué en aquel primer período de su paso 
por la Cámara que el joven representante presentó cuatro 
leyes: la de divorcio, la de tribunales de conciliación v 
arbitraje para suprimir y evitar las huelgas, la de la re- 
glamentación del trabajo para la mujer y para el niño y 
la de accidentes del trabajo. Cuatro leyes previsoras, útiles 
y de urgente implantación, que su autor supo defender 
con palabra elocuente y autorizada. 

Pero el legislador prefirió a la gloria parlamentaria 
la ardua iniciación de la vida diplomática, que tenía que 
serlo por fuerza ¡y aún más amarga de lo que él acaso 
imagfinara! Como secretario de la Legación en Madrid 
tiene que laborar junto al sabio polígrafo D. Rafael 
María Merchán, uno de los más insignes cubanos que con 
su palabra y con su pluma se consagraron en el extran- 
jero a la causa de la emancipación de Cuba. Pero aquel 
Merchán del Hotel de la Paix — lugar donde se instaló por 
i primera vez nuestro representante en Madrid — no era ya 
aquel cubano que en Colombia conquistara para su Patria 
voluntades y simpatías. Estaba viejo, agotado, lleno de 
amarguras, y sobre todo próximo a trasponer las fronteras 
de la locura. El patricio venerable no era ná una sombra 
del Merchán luminoso de Bogotá, y a su lado, y sufriendo 



18 RUY DE LUGO-WN> 

las consecuencias del desquicio cerebral de aquella que 
había sido una inteligencia privilegiada, tuvo Mario García 
Kohly que hacer sus primeras armas en la carrera diplo-j 
filática. 

Sangrante aún la herida, que tardaría en cicatrizar por 
algún tiempo — si es que para todos los españoles ha ci- 
catrizado ya del todo — , la dificultad con que tropezaba 
aquella nuestra primera plenipotencia en España era de 
las que se vencen con muy distintos recursos de los que 
podía emplear en su decadencia lamentable el bueno e 
infeliz de D. Rafael María. A su lado, ¿qué podía hacer 
aquel muchacho, que si bien en el Congreso cubano ha- 
bía obtenido triunfos de consideración, carecía aún de lo 
que pudiéramos llamar el «físico de la solemnidad di- 
plomática?. ..» Ante situación tan embarazosa, Mario García 
Kohly se apresuró a renunciar; a poco regresó a la Ha- 
bana, donde, en situación inferior a la que antes ocupa- 
ra; — y que abandonó para venir a España, con lo que 
demostraba además su interés y su simpatía por la ex 
metrópoli — tuvo de seguro que dolerse de haber cambiado 
un escaño del Congreso nacional por la credencial de una 
simple secretaría de Legación que sólo le dio desazones, 
y que si, de algo le valió> fué únicamente por la opor- 
tunidad que tuvo de conocer España, a la que habría de 
volver luego con la segura consciencia del que pisa te- ! 
rreno conocido. 

De su breve permanencia en Madrid sacó una conse- 
cuencia García Kohly: regresar alguna vez, para ser útil 
a Cuba sin ser desagradable a España; pero de tal modo, 
que lo que hiciera fuese una contribución para que la 
herida sangrante, para que los resquemores no extingui- 
dos, para que los recelos no disipados, para que el mutuo 
desconocimiento y a veces el común desdén se trocasen 
en lazos de unión íntimos y perdurables. 



tL-TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 19 



III.— CUATRO TURNOS EN CONTRA 

Después de ejercer la Tenencia fiscal de la Audiencia 
de la Habana por breve tiempo, se consagra al ejercicio 
4e su carrera de jurisconsulto; en ambas actividades poiie 
de relieve una vez más la fuerza de su elocuencia, ejer- 
citada en el foro con tanto éxito como en las Asambleas 
y mítines políticos, en la Cámara municipal y en la Cá- 
mara nacional. 

Funda la Juventud Moderada, de la cual es lider afor- 
tunadísimo, porque en todos los centros importantes del 
moderantismo su iniciativa encuentra franca acogida, que 
bien la necesitaba entre los elementos de avanzada una 
asociación política que nunca tuvo franca acogida entre 
tos elementos populares. Con aquella gallarda intervención 
¿de la Juventud en los asuntos públicos obtuvo Mario Gar- 
cía Kohly uno de sus éxitos políticos más resonantes, pues 
3 fué elegido una vez más representante por un buen cau- 
dal de votos. En 1906 vuelve al Congreso. 

Estalla la Revolución de Febrero, y entre aquel estré- 
pito de los odios partidarios y de los enconos irreducti- 
bles, la figura de García Kohly se destaca con perfil pro- 
pio. El instante era decisivo y solemne, porque la Repú- 
blica, conquistada a fuerza de tanto sacrificio y de tita- 
ticos esfuerzos de varias generaciones de patriotas, se 
mndía en el descrédito más absoluto, sin que para sal- 
darla se alzasen más que algunas voces sensatas de los 
,[ue no actuaban en la contienda pública, y que, por lo 
anto, ninguna repercusión tuvieron entre aquellos que, 
afrentados por el odio civil, se unían para realizar la 
jiquidación del desgraciado intento republicano. 

Las mayorías moderadas de ambas Cámaras se reúnen 
ara deliberar. Asisten a la Asamblea senadores y repre- 



20 RUY DE LUGO-ttÑA 

sentantes. Y ante la fórmula presentada por los enviados 
de Washington, Tafft y Bacon, discuten la caída o la 
salvación del Estado que se derrumba sin haber robus- 
tecido el milagro de su nacimiento imperfecto. Llega 
la hora suprema, y los políticos — no los patriotas, porque 
ofuscados y perplejos dejaron de serlo todos aquellos pa- 
ladines de la independencia que allí se encontraban—^se 
ponen a discutir el «sí» o el «no» de aquel naufragio in- 
evitable. Y entonces García Kohly, que se encontraba 
enfermo y que estuvo por ello a punto de no asistir a 
la Asamblea, febril, desmayado, sin Voz, con los nervios 
rotos, casi sin las fuerzas necesarias para entablar un de- 
bate de tal immortancia, que requería un sostenido es- 
fuerzo físico, mantiene contra todo un partido — aquel 
mismo al cual él pertenecía — la tesis de la salvación de 
la Patria. 

Se establecen cuatro turnos en pro de la proposición 
presentada por el senador José Antonio Frías y cuatro en 
contra, considerándose primero el que ya había consu- 
mido a favor de su moción el que hablaba allí en nombre 
del interés — o del miedo — de un partido y nunca en nombre 
de la nacionalidad en quiebra, que pasaría de un mo- 
mento a otro a ser gobernada por elementos extraños 7 
funestos. Al hombre trágico de Cienfuegos responde Gar- 
cía Kohly oponiéndose; no habla ningún otro orador. 
Luego consumen los turnos siguientes el general Fernan- 
do Freyre de Andrade, presidente de la Cámara; el doctor 
Ricardo Dolz, presidente del Senado, y el general Do- 
mingo Méndez Capote, vicepresidente de la República: 
todos ellos hombres de prestigio, de grandes merecimien- 
tos y que en aquel momento mantenían su equivocación 
con la misma entereza con que hubieran defendido, e* 
los campos de batalla o en el estrado forense, una causa 
noble o un alto ideal de justicia. ¿Qué otro patriota se 
levantó a hablar en aquel momento decisivo? Ninguno que 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 21 

no fuera Mario García Kohly, hombre joven y de grandes 
prestigios, pero que, por su edad, no era aún eso que se 
llama «una voz autorizada». Sin embargo, fué tal su elo- 
cuencia, tal su valor cívico, tal su temeridad en aquel 
instante en que jugaba hasta su vida, que la causa le 
la entrega de Cuba a la intervención norteamericana se 
perdió por cinco votos nada más en una asamblea a la 
que habían acudido sus miembros con el previo acuerda 
de votar por aclamación el desatino. 

Y Mario García Kohly dejó de ser desde aquel momento 
moderado, para convertirse en un patriota digno de las 
estrellas de general de cualquier epopeya revolucionaria 
en que se pusiera a pleito la causa de la salvación o la 
perdición de la Patria. 

De aquella tragedia nacional, de aquella vergüenza de 
nuestra historia republicana, quedará siempre en pie ua 
recuerdo enaltecedor: los «cuatro turnos en contra» de 
Mario García Kohly (i). 



IV.— POR TERCERA VEZ PARLAMENTARISTA 

NOMBRADO MINISTRO EN MÉJICO 

UNA EVOCACIÓN 



Durante la Intervención, el joven tribuno forma parte 
de la Comisión consultiva que tiene el encargo de redactar 
varias de las leyes fundamentales de la República que 
habría de ser restaurada. Junto a los miembros norte- 



(i) El autor se lamenta de no poder reproducir los 
cuatro discursos de referencia]; pero, aunque fueron opor- 
tunamente pedidos a Cuba, no han llegado a tiempo para 
que pudieran ser incluidos en este volumen. 



2Í 



RUY I>E LUGO-VINA 



americanos Crowder, Schoeftrich y Winship, y en colabo- 
ración estrecha con los miembros cubanos Alfredo Zayas, 
actual presidente de la República, Rafael Montoro, Fran- 
cisco Carrera Jústiz, Erasmos Regueiferos, Felipe Gonzá- 
lez Sarraín, Juan Gualberto Gómez y el desaparecido 
Miguel F. Viondi, desplegó Mario García Kohly una acti- 
vidad extraordinaria de codificador, dando señales de su 
vasta preparación y de su espíritu tolerante y democrá- 
tico de hombre a la moderna. Colaboró en todas las leyes 
que se redactaron; tomó parte activa en los debates téc- 
nicos de la Comisión y redactó entre otros trabajos la 
ponencia sobre la ley penal militar, que le sirvió luego 
para publicar un libro donde la comenta al presentarla 
concordada con la materia vigente en la legislación ex- 
tranjera. 

Su fama de orador se cimenta con otra más sólida: la 
de estadista. Y al restaurarse la República, vuelve de 
nuevo a ser elegido por su provincia natal, por tercera 
vez, para una curul de representante. Pero si renuncia la 
primera designación popular para ocupar el cargo de 
secretario en la Legación de Madrid y la segunda no 
puede cumplirla plenamente por causas ajenas a su vo- 
luntad, la tercera habrá de renunciarla también para 
aceptar el cargo de ministro en México. ¡Su destino par- 
lamentario era el de no cumplir ninguna de las legislatu- 
ras para las cuales había sido elegido por el sufragio de 
sus admiradores! O le tentaba la carrera diplomática, y 
esa ha sido siempre su vocación, o le llamaba aquella 
tierra mexicana tan bella, donde había vivido los me- 
jores años de su juventud, cuando aún no era más que 
«un abogado sin título», cuando los anos mozos le «m- 
reían con todo su esplendor en ed goce pleno de la vida. 
¿Podría acaso él mismo responder a una pregunta se- 
mejante...? 

Lo cierto es que no fué a México, donde había arribado 



mj TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 23 

una vez como emigrado y donde había vivido, durante 
todo el espacio de la guerra del 95-98, consagrando su 
palabra y su pluma y su gesta y su fe a la causa de la 
redención cubana. Allí en México había estado Martí, y 
allí había quedado como sucesor suyo en los trabajos de 
«conspiración» el que era secretario de las agrupaciones pa- 
trióticas México y Cuba y Morelos y Maceo, y el que, 
alternando con su colaboración en «El Imparcial» y «El 
Mundo», y también en el «Continente Americano», que 
tan intensa labor hizo por la causa cubana, daba se- 
ñales de su verbo vigoroso y arrebatador en todo acto 
público o de «puertas adentro» que se diera en pro de 
los ideales de tanto cubano emigrado como había en aquel 
feudo del porfirismo, en el que, a pesar de la vigilancia 
gubernativa, se conspiraba en favor de la Gran Antilla, 
dondequiera que palpitaba un corazón de mexicano pa- 
triota. Allí ganó García Kohly sus «cuatrocientos duros» 
para la obtención de su título universitario en la Uni- 
versidad de la Habana, a cuyo efecto hizo un breve viaje 
en 1897; allí publicó su libro «En la tierra de Juárez»; 
allí había sido cruzado de la causa de la libertad que 
Luego supo defender en los memorables «cuatro turnos» a 
que lo obligó el error político y el encono civil de sus 
compatriotas. 

Pero no llegó a ocupar el cargo, porque el presidente 
José Miguel Gómez lo necesitaba en su Gabinete, nada 
menos que en la Secretaría de Instrucción pública, Y 
García Kohly, que había renunciado su acta legislativa 
para ir a México, se quedó en Cuba para seguir contri- 
buyendo desde el interior del país a la buena administra- 
ción de que éste no ha disfrutado, por obra y desgracia 
de otros gobernantes que en nada se parecen a García 
Kohly: a García Kohly gobernante, en cuyo nuevo as- 
pecto le veremos ahora. 



24 BÜT DE LUGO-VI&A 



V.—SECRETARIO DE INSTRUCCIÓN PUBLICA 



Llamado como colaborador eficiente por un patricio de 
tan profunda visión de estadista y de tan certero tino 
político como era el segundo presidente de nuestra his- 
toria republicana, García Kohly no se arredra, aunque 
bien sabe que el departamento que se le confía es de 
aquellos que ponen a prueba en cualquier parte al más 
encumbrado de los hombres políticos. Y malogrado por 
segunda vez como diplomático, el antiguo jefe de la Ju- 
ventud Moderada, por entonces liberal de corazón y ad- 
mirador muy sincero del que le nombraba para un cargo 
de tal importancia y delicadeza, se puso a la tarea— 
luego no superada ni igualada siquiera por ninguno de los 
que le han sucedido en el mismo cometido — con la acti- 
vidad y el amplio espíritu investigador de que ya había 
dado claras señales en el Parlamento, en la Comisión con- 
sultiva y en las Asambleas políticas. 

El Gabinete del presidente Gómez se renueva frecuen- 
temente; pero Mario García Kohly, que despliega una ac- 
tividad insuperable en la labor técnica y administrativa 
de su departamento, y que además colabora en la obra poli, 
tica del Gobierno a que pertenece como uno de sus miem- 
bros más caracterizados, permanece junto a aquel gran pa- 
triota, que no intentó siquiera reelegirse, hasta el último 
momento de su período presidencial: más de tres años de 
labor intensa, que luego a través leí tiempo ha podido 
apreciarse en todo lo que ella tuvo de excelente y eficaz. 
Fué uno de los secretarios del popular José Miguel, que 
•stuvo más tiempo desempeñando su cartera, lo cual es 
muy de significarse, porque aquel gobernante, que tenía 
»n don ejecutivo de admirable sutileza, gustaba de que 



»L TRIBUNO BE LA DIPLOMACIA &g 

sus consejeros no se perpetuasen en las poltronas mi- 
nisteriales. 

Pudo, pues, Mario García Kohly desarrollar su obra, sito. 
qué ésta fuese obstruccionada por la poca confianza de4 
jefe del Ejecutivo o por la inseguridad' constante de una 
sustitución a cualquier evento; disfrutando de toda la 
estimación del presidente, que veía en él un colaborador 
asiduo, incansable y competente, así en lo administrativo 
como en lo político, realizó en menos de cuatro años una 
labor fecunda, que no lo fué entonces ni lo ha sido des- 
pués contraproducente ni estéril. Estableció el secretaria 
de aquella época memorable en los anales de nuestra 
gobernación propia, que aún se recuerda como ejemplar,, 
pese a sus naturales defectos, varias de las fundaciones 
que más trascendencia han tenido en el desarrollo de 
la instrucción pública y de la educación cívica de la na- 
cionalidad cubana. 

Establece la jura de la bandera por los escolares y 1¡* 
fiesta del Árbol, celebrada por todos los organismos pú- 
blicos de educación e instrucción; crea la biblioteca circu- 
lante para maestros, las escuelas carcelarias y las escue- 
las nocturnas para adultos, en las que pronunciaron confe- 
rencias muchos de nuestros más significados intelectua- 
les; y como si esa obra fundamental, que se une estre- 
chamente a la que realizara en la parte secundaria del 
organismo que estaba bajo su dirección y a las gestiones 
que en todo tiempo mantuvo ante ambos cuerpos cole- 
yisladores siempre que se trataba de algún proyecto de 
ley relacionado con su departamento no fuera suficiente,.. 
deja para siempre tres fundaciones más, que son honra 
de nuestra cultura: la Academia Nacional de Artes y 
Letras, la Academia Nacional! de la Historia y el Muse<* 
Nacional. Y aunque no logra del Congreso que se dicte 
una ley creando la Escuela de Artes y Oficios para la 
Mujer, el Instituto Nacional de Música y Declamación 



"26 RUY DE LUG0-VOU 

y la modificación substancial de la legisación del ramo, 
por la cual se substituían las actuales Juntas de educa- 
ción por un Consejo superior con organismos delegados, 
-¿cuántas otras conquistas no obtuvo^ y que hoy están en 
vigor para bien de la enseñanza en nuestros planteles 
docentes...? Fracasa en aquello que se endereza contra los 
intereses creados, que lesiona el provecho personal en 
su tendencia de producir el bien colectivo, en todo cuanto 
provoque el desagrado de «los políticos»; ' su obra de es- 
tadista se estrelló muchas veces en el Congreso, en las 
■■cejmar illas de los que impiden todo cuanto vaya a pro- 
ducir una general y nacional mejora en detrimento de 
personales y locales conveniencias. Es muy posible que 
sus desazones de aquellos días le hayan inspirado luego 
estos dos párrafos de su libro sobre el gran patriota 
francés de la Defensa Nacional y la Revancha: 

«iAh! Todos los que, en países de regímenes democrá- 
ticos., organizados sobre la base del sufragio universal, 
hemos actuado en la vida política, conocemos lo que pue- 
den y representan esos en apariencia humildes, a veces 
grotescos, siempre audaces e ignorantes personajes «con 
ios que hay que contar» o a los que «hay que temer», en 
tal o cual localidad,, en tal o cual distrito, porque merced 
a sus raigambres de intereses, casi nunca legítimos, y de 
influencias, casi siempre bastardas, deciden con su favor 
■o con su oposicián del resultado electoral en la zona o 
en el territorio que les soporta y que resulta tributario 
del cacique que usufructúa en su personal beneficio la 
cantidad de influencia y de poder políticos que el aban- 
dono del ejercicio de los derechos de ciudadanía de sus 
coterráneos deja en sus toscas y aprovechadas manos. 

2>iAh! Todos conocemos también ese otro productor ese 
©tro «specimen» de los errores y de las faltas del su- 
fragio, que consiste en el diputado incompetente, ea «l 
legislador inepto, incapaz de apreciar la magnitud de 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 27 

ninguno de los problemas de organización política some- 
tidos a las deliberaciones y juicios del más alto de los 
poderes del Estado, y no obstante, siempre designado, 
reelecto, consagrado por un cuerpo electoral satisfecho 
y sinceramente adicto, que en él premia, no su acción le- 
gislativa en beneficio de los grandes y permanentes inte- 
reses del Estado, sino los continuados favores y los reite- 
rados servicios al cacique y a sus agentes, que, a su vee, 
le pagan en bien ganada reciprocidad, recompensándole 
con los votos de aquellos que han abdicado en ellos ei 
ejercicio de la función sagrada del sufragio.» 

Pero, pese a Congreso y congresistas, pese a las re- 
moras de la rutina y de la resistencia pasiva tan arrai- 
gadas en la vida pública de las naciones de origen his- 
pánico, Mario García Kohly fué un funcionario que obture 
gran parte de lo que planeó e inventó, ya que no en su 
totalidad, sí al menos en muchos de sus puntos de más 
difícil realización. 

Con el Gobierno del presidente Gómez terminó su ges- 
tión de la secretaría donde conquistara tantos lauros para 
su prestigio el orador que además sabía ser estadista. 
En el último día de aquellos cuatro años, únicos en la 
historia de nuestra vida democrática independiente, actuó 
Mario García Kohly de secretario de Justicia, haciendo 
las veces de notario de la República. Y a poco de hallarse 
en el poder el nuevo presidente, éste lo nombró, el 20 de 
Junio de 19x3, para que viniese a España como enviado 
extraordinario y ministro plenipotenciario. Fué declarad* 
por el Gobierno de Su Majestad Católica «muy grato>. ¡Y 
muy grato ha sido, tanto, que no lo ha podido ser más...í 



28. JIÜT DE W3GO*¥l8k 



VI.— UNA PERSONALIDAD HECHA 



Al salir para España, ya Mario García Kohly tenía una 
«personalidad hecha». Desde su regreso de México hasta 
su segunda partida para la ciudad de Madrid se le vio 
actuar de continuo en la vida pública, siendo concejal, se- 
cretario de Legación, representante por tres veces, miem- 
bro de la Comisión consultiva, secretario de Instrucción 
pública, ¡todo ello antes de los cuarenta años! ¿Son acaso 
muchos los cubanos que han hecho como él una carrera 
tan brillante, sin tener a su favor siquiera la ejecutoria de 
haber sido de los legionarios de la gloriosa manigua...? 

Su palabra todo lo pudo, pues que siempre fué luminosa 
y avasalladora; y lo que no obtuvo su verbo en las di- 
versas tribunas donde ¡se ejercitara, siempre en pro de 
causas bellas y de nobles propósitos, lo logró su persona. 
Porque Mario García Kohly es lo que se llama «un hom- 
bre sugestivo», cuya sola presencia conquista voluntades. 
Llano, afable, campechano sin chabacanería y caballeroso 
sin afectación, tiene el don natural de la sociabilidad; 
para grandes y humildes es igualmente cortés; se des- 
envuelve en un salón aristocrático como en una asamblea 
política de barrio; y cuando su palabra no vence por la 
persuasión, cautiva por la simpatía que irradia de su 
persona. 

Famoso en Cuba por sus bigotes borgoñones, la moda — 
«ligarnos más bien que los anos — han logrado de consuno 
«jue su dueño, que antes los lucía con tan bizarra genti- 
leza, los haya hecho desaparecer de su rostro, donde unos 
penetrantes ojos claros y una sonrisa de espontáneo gra- 
cejo siguen ejerciendo poderoso influjo de sugestión per- 
sonal. Posee el talento que se exterioriza, que tanto desdé» 



SL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 29 

produce a los sabios herméticos y los artistas quintaesen- 
ciados, y la figura que se impone, no por lo majestuosa o 
arrogantes, sino por lo amable y franca — lo cual no es óbi- 
ce para que cuando aparece en la tribuna se agigante 
y magnifique — . Esas son las armas con que se abrió pas« 
para llegar a la plena consagración antes de la edad e» 
que todavía la generalidad de la especie de los trepadores 
mediocres está subiendo la cuesta del triunfo forzado; esas 
fueron y esas aún siguen siendo sus armas visibles y ex- 
teriormente apreciables: su palabra y su persona. Pero 
hay que añadir a la primera claro talento, fácil al juicio 
enciclopédico; intuitiva, rápida, preparación nada común 
en la materia que ha tenido que profundizar, visión am- 
plia y certera de estadista a la que ha ajustado siempre 
sus diversas actividades en la vida pública, probidad in- 
sospechable, honda concepción humana de todas las es- 
peculaciones intelectuales; y a la segunda hay que añadir, 
a más de otras muchas virtudes, la de un gran co- 
razón de hombre y de patriota. 

Tan es así, que para retratar a Mario García Kohly, mo- 
delo de diplomáticos, tal parece que hubiera sido escrito 
aquel célebre consejo a los Reyes que aparece en el pri- 
mitivo Código de Manú: «Se recomienda por sí el ho- 
raldo, legado o embajador cuando es afable, puro, dies- 
tro, de buena memoria, práctico en lugares y tiempos, 
intrépido y elocuente.» Y por eso no es extraño que al 
partir hacáa su destino de tribuno de la diplomacia, lle- 
vara tras de sí, en estela más perdurable que la del vapor 
que lo conducía hacia la gloriosa España de sus grandes 
triunfos oratorios, una aureola de afecto personal, de con- 
sideración pública, de admiración de todo un pueblo, que 
le tuvo siempre, y le tiene ahora más que nunca, por 
uno de sus ciudadanos predilectos; y por eso no es cosa 
peregrina que, al ser recibido en la Villa y Corte como 
el más señalado de los cubanos que sin haber sido inte- 



30 RUY DE LÜGO-WNJfc 

grista y autonomista se destacara entre sus compatriotas 
por el amor a la Madre Patria, se le acogiera como a los- 
aatiguos mensajeros del acercamiento entre los pueblos y 
las gobiernos, a quienes se llamó, antes que por cualquier 
©tro nombre, por el de orador, cual si en este vocablo se 
resumieran enaltecidas las cualidades de que debe hacer 
gala y alarde ©1 perfecto diplomático. 



CAPÍTULO II 



UN GRAN ORADOR EN TIERRA DE GRANDES 
ORADORES 



I.— EL QUINTO PLENIPOTENCIARIO 



Címco Enviados Extraordinarios y Ministros Plenipo- 
tenciarios ha acreditado Cuba desde el año 1903 ante el 
Gobierno español, y de los cuatro precedentes se hablará 
para llegar hasta el quinto, que lo es Mario García Kohly 
desde el 13 de Julio de 1913, fecha en que presentó sus 
credenciales. 

¿Qué podría añadirse, para que no pareciera inconse- 
cuencia, después , de lo que en páginas anteriores se ha 
dicho de don Rafael María Merchán? Culpa no fué del 
infeliz anciano, a quien debe Cuba gloria y respeto por 
su obra de escritor y de patriota, sino de aquel otro an- 
ciano, que tampoco estaba muy en su juicio, que lo desig- 
nó para que viniese a ocupar un cargo que entonces y 
más que nunca debió ser confiado a hombre tan eminente 
como lo había sido Merchán en otro tiempo, pero que es- 
tuviese en plena posesión de todas sus antiguas facultades 



"32 RUY DE ¿ÜGO-VtNA 

Ausente de Cuba por largos años, ni el Presidente Estra- 
da Palma ni los cubanos sabían del desterrado bogotano 
otra cosa sino que había sido un crítico insigne, un es- 
critor prestigioso, un cubano dignísimo. Nada más. Y 
esos fueron los antecedentes por los cuales se le nombró 
para el puesto más delicado del servicio exterior de ia 
República, mientras que para el cargo de igual catego- 
ría en Washington, donde también había que desarrollar 
una labor de extremo cuidado, pero no de tanta dificul- 
tad escabrosa como la de Madrid, se designaba nada me- 
nos que a Gonzalo de Quesada, que tan excelentes facul- 
tades había ya demostrado como agente revolucionario y 
-como delegado oficioso, y que, además, por su juventud, 
su actividad y su talento, estaba plenamente capacitado 
para el ejercicio de misión de tanta importancia. El con- 
traste era sorprendente, y lo fué mucho más después que 
se supo en Cuba el estado en que se encontraba el, pri- 
mero de nuestros diplomáticos que iba a acreditarse, des- 
acreditándonos, en la corte española. ¡Y ese era etl hombre 
que habría de restañar con su habilidad, su tacto, su co- 
nocimiento de la psicología peninsular y sus dones de su- 
til y prudente diplomático la herida aún abierta del 
hasta hoy no bien llorado desastre colonial! 

Baste una anécdota, que no se inserta como una burla, 
"sino como la demostración evidente de lo que aquella 
nuestra primera misión diplomática significó en la patria 
de Vara de Rey y del héroe de Cascorro, de los soldados 
de Peralejo y de los marinos de Santiago. 

Al llegar don Rafael María Merchán a la capital del 
Reino, se instaló en el Hotel de la Paix, en plena Puerta 
del Sol, donde hoy se encuentra el Centro de Hijos de 
Madrid. Coloca un asta, y en ella eleva una bandera de 
treinta y seis pies de largo, del mismo tamaño de la que 
ondea en el Morro de La Habana. ¡Al pobre anciano se le 
4iabía dicho que aquel era el tamaño de la bandera ofi- 



* 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA , 38 

cial! Y allá en su desquiciado entendimiento, él cumplía, 
sin darse cuenta siquiera de lo que aquella insignia de 
desmesurada dimensión significaba -en tal momento. La 
-sagrada bandera de Cuba fué objeto de la mofa popular, 
natufadmente; para unos españoles era como una provo- 
cación, para otros un asombro, algo inexplicable y ab- 
surdo. Hasta en un periódico llegó a publicarse una ca- 
ricatura, donde se le atribuía a un baturro, que contem- 
plaba con sorna nuestra descomunal bandera de la Le- 
gación, esta frase harto significativa: «¿Pero es que se 
creen que aún no nos hemos enterao?»... 

Aquel infdliz anciano, que en el día de su recepción se 
olvidó de pronunciar el discurso de rúbrica que había de 
decir ante el Monarca, fué enviado a Cuba — angustia 
produce decirlo- — extraviada su razón; más tarde, un tan- 
to recuperada pero no del todo vuelta a la luz su menta- 
lidad obscurecida, murió en Bogotá, la ciudad de su des- 
tierro y de su más acendrado cariño. iLástima que por el 
error imperdonable de un Presidente que no gustaba de 
atender reflexiones ni consejos, la biografía de Merchán, 
tan límpida y brillante, se empañara a los ojos de aquellos 
que ignoraban el desquicio de su cerebro antes luminoso! 
Desempeñaba a la sazón la Secretaría de la Legación 
el coronel de la guerra de independencia y abogado Cosme 
de la Torriente, hombre muy joven, pero que, por su 
competencia en materias internacionales y diplomáticas, 
estaba perfectamente capacitado para ser, no ya un sub- 
alterno, sino el jefe mismo de nuestra misión. El doctor 
Torriente había" sustituido al doctor García Kohly en la 
Secretaría, pues, como ya se ha dicho antes, éste había 
renunciado su desagradable cometido para regresar a 
Cuba. Elevado de categoría, fué Cosme de la Torriente 
el sucesor de Merchán, aunque no su continuador, como 
muy bien ha dicho Mario García Kohly en su discurso 

3 



34 RUY DE LUGO-VIÑ^ 

defl 13 de Julio de 1923, pronunciado en San Sebastián. Y 
así bien puede ser llamado Cosme de la Torriente, de he- 
cho ya que no de derecho y en la efectividad más que- 
en la prelación, nuestro primer Plenipotenciario en Ma- 
drid, donde se reveló como el diplomático-internacionalis- 
ta, que luego ha desempeñado con tanto lustre como 
acierto, con tanto prestigio para su persona como gloria 
para su patria, los cargos de Secretario de Estado, de Pre- 
sidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Se- 
nado, de Juez del Tribunal Permanente de La Haya, de- 
Vicepresidente de la Sociedad Cubana de Derecho Inter- 
nacional, de Presidente de la Delegación de Cuba en las 
Asambleas Segunda, Tercera y Cuarta a la Sociedad de- 
Naciones, obteniendo la distinción internacional más 
grande de que ha sido investido un cubano en el extran- 
jero al ser elegido para la Presidencia de esa junta uni- 
versal de pueblos en este año de 1923, en el que logró 
Cuba para su nacional encumbramiento ante todas las- 
nacionalidades del mundo, ese honor insigne en la perso- 
na de uno de sus ciudadanos más preclaros. Y si todos 
esos honores excepcionales no bastaran al relieve de su 
personalidad, Cosme de la Torriente ha sido designado, 
pocos días antes de entrar este libro en prensa, como el 
primer y único Embajador del servicio exterior de la Re- 
pública, acreditado ante el Gobierno de Washington. 

Este estadista, que por igual se ha distinguido en la 
labor legislativa -y en la diplomática de dilatado alcance 
exterior, que ha ascendido a los más altos cargos de la 
República y que lleva publicados varios libros de la in- 
apreciable materia en que es perito, es aquel coronel jo- 
ven, de verba fácil y amena, de trato señorial, de prepara- 
ción varia y extensa, que logró, a poco de ser Plenipoten- 
ciario, recuperar todo el terreno que su antecesor per- 
diera para la causa de Cuba-Libre, de Cuba-Estado, a la 
cual él mismo se ha referido en estos términos en su 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 35 

libro de discursos parlamentarios que lleva por título 
«Cuba en la Vida Internacional»: 

«Cuando nuestro primer Presidente, don Tomás Estrada 
Palma, tomo posesión de su cargo, el 20 de Mayo de 1902, 
me encontraba dedicado a la tarea de administrar justi- 
cia en la provincia de Matanzas, allí donde vi la luz pri- 
mera, pues nací en el, ingenio La Jsabel, perteneciente a 
mi padre y que había levantado mi abuelo, de mi mismo 
nombre, gran español, montañés, banquero y hacendado 
tan leal a su patria y a sus Reyes — a los que sirvió como 
coronel de las milicias de la Isla — como he sido yo leal 
a mi tierra y a la causa de su independencia. 

>A1 comenzar el presidente a ocuparse de la organiza- 
ción del servicio exterior de la República, de acuerdo con 
su Secretario de Estado y con el jefe de ese Departamen- 
to, los señores Carlos de Zaldo y Aurelio Hevia, pensó con- 
fiarme un cargo diplomático, lo que no pude aceptar en 
aquellos días, por razones de índole privada que me im- 
pedían ausentarme de Cuba; pero en el verano de 1903, 
al conocerse el grave estado de salud del primer Enviado 
Extraordinario que, en el mes de Enero, había acreditado 
nuestro Gobierno en España, don Rafael María Merchán 
(viejo revolucionario emigrado en Colombia, que como 
patriota, escritor y pensador, tan alto había puesto el 
nombre de Cuba), me decidí a ocupar la plaza que se 
me ofreció, de Primer Secretario en Madrid, al objeto de 
que, al ausentarse el Ministro, quedara yo de Encargado 
de Negocios interino. 

»Fué así como entré en el servicio diplomático de la 
República, en Agosto de 1903, en la época en que se or- 
ganizaba nuestra representación exterior y cuando Cuba 
tenía sólo dos Ministros Plenipotenciarios en Europa, 
el señor Merchán para París y Madrid, y nuestro gran 
orador don Rafael Montoro, en Londres y Berlín. Llegué 
a Madrid, al empezar Septiembre. El señor Merchán, ya 



■36 RUY DE LUGO-TONA 

muy enfermo, salió para Francia e Inglaterra, quedando 
yo al frente de la Legación?; y cuando regresó a fines de 
año, era tal su gravedad que a poco, acompañado de *u 
familia, retornó a Colombia, donde falleció meses des- 
pués. 

»En seguida nuestro Gobierno pensó separar la Lega- 
ción de España de la de Francia, dejando entre tanto 
en esta nación, como Encargado de Negocios interino, al 
doctor Emilio Ferrer y Picabia; y a mí en España, hasta 
que, andando el tiempo, el Congreso aprobó la separación 
de las dos Legaciones, designándose al señor Ferrer como 
Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en 
París y a mí para Madrid. 

»En realidad, el gran trabajo que implicaba el estable- 
cimiento, que llegamos a lograr, de estrechas y cordiales 
relaciones entre el Gobierno libre de la antigua Colonia 
y el de su vieja metrópoli, tocónos en España, por en- 
tero, a mí y a mi esposa. Todo hubo que crearlo y orga- 
nizarlo, luchando siempre con grandes obstáculos; y en- 
tre éstos los principales fueron las graves dificultades 
surgidas de la pérdida de los últimos dominios españoles 
de América, los resentimientos naturales en muchas per- 
sonas por los sufrimientos y perjuicios que les ocasionó la 
guerra de independencia, y hasta las estrecheces econó- 
micas a que nos obligaban los cortos créditos con que es- 
taba dotada la Legación. 

^Cuando, en 1906, Su Majestad el Rey de España, Don 
Alfonso XIII, contrajo matrimonio con Doña Victoria, 
tuve el gran honor de representar en sus bodas, en Mi- 
sión Especial, a nuestra República. Meses después, cuan- 
do estalló, en Agosto, la revolución que produjo la renun- 
cia del Presidente Estrada Palma, yo, que me encon- 
traba ausente de España por haber salido de ella a fines 
de Julio — después de canjear las ratificaciones del primer 
Tratado entre las dos naciones, que fué negociado por 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 37 

mí — para hacer un viaje de recreo y de descanso por va- 
rios países europeos, envié por cable, sin volver a Madrid, 
al finalizar Septiembre, la renuncia de mi cargo, no obs- 
tante habérseme pedido que continuara en él, por el Go- 
bierno Provisional que en La Habana se organizó. Re- 
gresé a Cuba, en Diciembre, logrando que al finalizar el 
año se aceptase mi dimisión: así terminé mis servicios 
como representante diplomático en la vieja tierra de nues- 
tros mayores.» 

Al retirarse Cosme de la Torriente, los desaciertos del 
iniciador de las relaciones diplomáticas de Cuba con Es- 
paña estaban olvidados, y aquella bandera del Hotel de 
:a Paix, sólo grande en tamaño, lo fué más tarde en 
significación al volver a flamear, a su medida justa, en 
el asta de la Legación de Cuba, donde el espíritu conci- 
liador, el patriotismo razonable y el celo ponderado del 
«primer Ministro de hecho» lograron que la Madre Pa- 
tria ee lamentase sinceramente, en lo inmediato y cer- 
cano, de la ocupación militar que interrumpía la misión 
de un representante de tales merecimientos y de tan de- 
mostrada competencia. Y de aquel gesto nada cortesano 
de la Reina Madre que se cita en las hablillas diplomá- 
ticas, nació para Cuba, en lógica retractación de rencores 
manifestados a destiempo, una cordial simpatía en el 
palacio borbónico y entre las clases más encumbradas de 
la nobleza, la milicia y la política gobernante. 

Con la restauración de la República vino a Madrid ei 
doctor Francisco Carrera Jústiz, actualmente profesor de 
Derecho Municipal en la Universidad habanera, y que: 
entonces tenía ya conquistada una reputación — univer- 
sal, digámoslo así — por su extraordinaria competencia en 
materias municipales y de urbanismo, a cuyo estudio y 
divulgación ha dedicado lo mejor de su vida de erudito 
especializado en materia de tanta importancia. Ponente 
de la Ley Municipal vigente en Cuba, que redactó en su 



38 RUY DE LUGO-VINA 

casi totalidad como miembro de la Comisión Consultiva, 
y autor de la «Historia de «las Instituciones Locales de 
Cuba» y de otros numerosos libros y folletos en que se 
trata de las más trascendentales cuestiones afines a su 
vasta especialidad, el doctor Carrera Jústiz disfruta en 
España de una excelente reputación; y no hay libro de 
Derecho administrativo o municipal, no hay publicación 
en que se trate de cuestiones de urbanismo o de proble- 
mas locales, en que no se cite su nombre y -se mencione 
mucho de lo que ha escrito sobre puntos que tanto inte- 
resan a las modernas orientaciones del derecho y la so- 
ciología. Hombre además de prestigios sociales, de ama- 
ble presencia y de afable trato, que en su abono tenía el 
conocimiento amplio que posee de la historia de España y 
del desenvolvimiento de sus instituciones en todos los 
tiempos, supo el doctor Carrera Jústiz continuar la obra 
de su predecesor, consolidando en las esferas oficiales el 
buen nombre de la Patria, que ya, disipadas las primeras 
nebulosas, empezaba a tomarse muy en consideración, in- 
corporándolo al de los otros países hispano-americanos 
prestigiados ante su progenitura después de cien años de 
independencia y de soberano disfrute de su emancipa- 
ción. 

Sucedió al tercer Plenipotenciario — para quien hay el 
mejor recuerdo en Madrid, así como la mayor atención para 
su obra en marcha, que últimamente ofreció los dos no- 
tables opúsculos «Preliminares de la Ciencia Municipal» 
y «El Distrito Metropolitano de la Capital de la Repúbli- 
ca» — el que meses antes había sido Secretario de Estado en 
el Gabinete del Presidente Gómez, y que por su apellido, por 
su noble apostura, por sus dotes de hidalga caballerosidad 
había de ser bien pronto muy estimado de los españoles: el 
coronel Justo García Vélez, hijo del famoso caudillo Ca- 
lixto García, que en Madrid viviera muchos años y que 
aquí gozaba, así como sus descendientes, de una bien 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA ?>9 

conquistada reputación. Manuel Márquez Sterling, con su 
pluma de notable y bien enterado publicista competen- 
tísimo en materias de diplomacia e internacionalismo, 
ha dedicado al recuerdo de aquel insigne cubano pági- 
nas inspiradísimas, donde, haciéndole plena justicia, le 
«leva y ensalza. Y aquí sólo habrá que añadir que, si 
como «canciller de la Restauración» fué un estadista emi- 
nente y un patriota integerrimo, como Ministro en Ma- 
drid supo superar aquella labor suya de la Secretaría de 
Estado. Los que triunfan por igual dentro de la Patria 
y fuera de ella, son hombres excepcionales, a los cuales 
hay que considerar en su doble aspecto como ciudadanos 
de dobles merecimientos. 

Con el fin del Gobierno del Presidente Gómez cesó el 
arrogante mambí, y con el principio del que inaugurara 
por ocho años corridos el Presidente Menocal «llegó), vio 
y venció» este quinto Plenipotenciario que, ayudado efi- 
cazmente por la pericia y competencia singulares del Con- 
sejero de la Legación doctor Manuel Serafín Pichardo, 
también muy ilustre poeta y académico, y por los otros 
funcionarios que le secundan con suma eficacia, lleva 
ya diez años de aciertos continuos jamás eclipsados y cada 
vez más frecuentes, y de mayor trascendencia que los ob- 
tenidos anteriormente por sus antecesores y por él mismo. 



II.— EL DOBLE ASPECTO DE SU CONSAGRACIÓN 



En breve e insuficiente resumen se ha hecho la histo- 
ria de la representación de Cuba en Madrid en lo que res- 
pecta únicamente a la parte diplomática. Y por ella se 
ha visto que la obra de los continuadores de Merchán 
(mejor dicho: los reemplazadores) fué de fructuosos re- 



40 ' RUY KE LUGO-VÍNÁ 

sultados, hasta el extremo de que llegaran a concertarse 
dos tratados: el de paz y amistad y el de extradición, que 
aún siguen vigentes. Pero la obra de Torriénte, Carrera 
Jústiz y García Vélez fué exclusi'vamene diplomática, de 
puertas adentro, reservada y confidencial, directa de la 
Legación al Ministerio de Estado y del Plenipotenciario 
al Soberano, sin que a ella se mezclara el elemento extra- 
ño: es decir, el pueblo. Estricta, severa, protocolar, por lo 
tanto, y, en consecuencia, nada efusiva, esa labor diplo- 
mática dio sus resultados muy eficaces y nada hay que 
censurar en ella, puesto que, por lo contrario, merece todo- 
género de alabanzas. Pero España es un pueblo sentimen- 
tal, que no cree mucho ni poco en la diplomacia y que 
se burla castizamente de eso que se llama el Protocolo» 
Dice Ricardo Spottorno en una monografía: «Podría yo 
citar algunas personas, de las que viven en un medio so- 
cial elevado, que al oir hablar del Protocolo creían que 
era algo así como una caja cerrada.» Y eso lo ha dicho 
un tratadista español... 

Mario García Kohly encontró el terreno preparado^ 
pero en los círculos oficiales, en el Palacio Real, en la 
cámara cancilleresca, en los corrillos del Hotel Ritz, en 
las recepciones de Embajadas y Legaciones; pero no en el 
pueblo, no en la masa, no en el montón a que no llegan 
nunca los diplomáticos, y de los que están a veces sepa- 
rados por una barrera infranqueable... que ellos tampoco 
desean franquear. Pero como la diplomacia es un arte 
además de ser una ciencia, Mario García Kohly se pro- 
puso ser un artista. Siendo la diplomacia ciencia cuando 
trata de las relaciones internacionales de las naciones en 
su amplitud más elevada y extendida, es arte cuando 
Mega al terreno de negociaciones. ¿Y qué negociaciones 
ha intentado Mario García Kohly?... Entre otras, una 
acerca de un tratado de inmigración, que, por razones aje- 
nas a su voluntad y a su buen deseo, no llegó a estable- 



EL TRIBÜTMD DE T A DIPLOMACIA 41 

cerse; entre otras, aquella que culminó' en algo más que 
una simple negociación de conveniencia: la del embarco, 
de la estatua de Maceo, que fué el único bronce que. sa- 
lió de territorio español durante todo el espacio de la 
Gran Guerra. Considerada la exportación de tal materia 
como contrabando de guerra, García Kohly obtuvo — como, 
un triunfo más de su dialéctica convincente — que por 
una excepción realmente extraordinaria fuese permitida 
la salida de la estatua ecuestre que hoy se levanta arro- 
gante en la rada habanera de la Avenida del Golfo. 

Así como sus predecesores hicieron labor científica, él 
se consagraría, además, a la artística. Convencido del 
apotegma de Mr. Deffaudis «No son suficientes para for- 
mar un diplomático la carta credencial y el uniforme», 
el quinto Plenipotenciario afirmó la obra de los que le 
habían precedido, sobre todo la de Torriente, que, a es- 
tar más tiempo en la Corte, de seguro habría desarrolla- 
do su labor diplomática tal como luego ha desenvuelto 
sus esforzados empeños de internacionalista. Entonces 
asoma el doble aspecto de García Kohly: de una parte el 
diplomático, el de la vida oficial; de otra parte el tribuno, 
que, sin salirse jamás de su cometido ni abandonar por un 
momento su carácter, reafirma y extiende entre la multi- 
tud su gestión palatina y cancilleresca, yendo más allá 
de lo que recomendara el sutil Métternich. «Que la ne- 
gociación sea hablada», decía el famoso personaje al re- 
ferirse a los tratos diplomáticos confidenciales. Pero en- 
tendiendo García Kohly que esa práctica tan conveniente 
y de tan lisonjeros resultados debía ser acompañada ade- 
más por la que pudiera llamarse de «gestión pública a 
viva voz», por un lado no dejó de ser un Floridablanca, 
pero por otro se lanzó a la propaganda que iniciara a 
poco de hallarse en funciones. Como enviado del Gobier- 
no de Cuba, debía, naturalmente, ser grato al Rey, a la 
Corte, a los Ministros y a los políticos, a los funcionarios. 



42 RUY DE LUGO VINA 

y a los elementos de sociedad; como cubano, debía in- 
tentar también ser grato a los españoles, a aquellos que 
no hacen vida oficial, a aquellos que en universidades, 
academias, escuelas, redacciones y planteles culturales de 
toda índole deben ser también colaboradores en la obra 
de la diplomacia. ¡Y aún fué más allá Mario García Koh- 
ly! Se dirigió al pueblo innominado, a la masa anónima, a 
la muchedumbre que no tiene nombre, pero sí corazón. 

Y triunfó, desde el primer momento. Cierto que estaba 
en tierra de grandes oradores y que tenía que ser un 
gran orador quien desde una posición tan elevada y visi- 
ble se arrojara a lanzar sus vocablos allí donde estaba aún 
vivo el recuerdo de aquellos maravillosos tribunos de la 
República y de la Restauración Monárquica. Además, en 
España los oradores cubanos habían siempre conseguido 
eco largo y profundo para sus disertaciones; en las Cor- 
tes de Cádiz el Padre Félix Várela, en el destierro mu- 
chos de nuestros más insignes tribunos y en el Congreso 
español, entre los ciento ocho diputados que enviaron las 
provincias de la Isla desde 1886 a 1898 (1), aquellos cuya 
palabra pudo medirse con la de los más elocuentes par- 
lamentaristas españoles: Rafael Montoro, Elíseo Giberga, 
Rafael Fernández de Castro, José Antolín del Cueto, 
Eduardo Dolz... y tantos otros que, ya por la belleza de 
la frase o por la fuerza de los razonamientos, lograron que 
la atención peninsular les diera «la alternativa». (En Es- 
paña, aunque se hable de metafísica, habrá que emplear 
siempre alguna frase taurina...) 

Pudo resistir la comparación, no sólo cuando se le equi- 
paró a sus compatriotas que aquí han conquistado audito- 
rios, sino cuando tuvo que parangonársele con los nativos, 



(1) Según datos personalmente recogidos por el autor 
en el Congreso de los Diputados de Madrid. 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 43 

con aquellos que en el Congreso, en las Universidades, en 
las Academias y en todas partes, han mantenido la gloria 
de la tribuna nacional española como una de las más ex- 
celsas de la oratoria universal. 

Inspirado, de medula verbosa por sobre toda otra ma- 
nifestación de su mentalidad, de gran voz y de adecuado 
gesto, simpático a primera vista y siempre dispuesto a 
darse entero, a superarse dando toda la medida de lo 
que es capaz, Mario García Kohly logró dominar como un 
maestro la cláusula del orador español, que será más 
bella, y ahora y siempre tan aplaudida como en tiempos 
de Castelar, mientras dé más la sensación de una cata- 
rata de fluencia incontenible. 

¡Y así hoy se le conoce tanto entre los intelectuales 
como a Ortega y Gasset, y entre los políticos como a un 
Melquíades Alvarez! Cierto que esto no lo pueden hacer 
todos los diplomáticos; pero muy cierto es también que 
esto lo ha logrado un cubano, sin dejar jamás de ser por 
«lio tan digno de su plenipotencia oficial como los más 
sabios, mesurados y prudentes mantenedores de «la diplo- 
macia secreta y discreta». Y eso lo agradece más España, 
-eternamente sentimental, pese a la frase aquella de Mr. Pi- 
llet de que «el derecho internacional no debe vivir de 
idealismos, sino de realidades». 

¿Qué mejor realidad que esa de un amor sin rencoro- 
sos recuerdos y sin sombrías evocaciones a que hoy ya 
casi se entrega el impulso fraternal de dos pueblos del 
mismo origen, de idénticas virtudes y de defectos seme- 
jantes, que aún siguen interpretando sus más hondas 
palpitaciones con el divino lenguaje de la oratoria?... 



44 RUY DE LUGO-TONA 



IV.— UN LIBRO SOBRE GAMBETTA 

Mario García Kohly no reduce únicamente sus activi- 
dades a las que desarrolla como diplomático y como ora- 
dor, sino que, enamorado de la obra de los grandes hom- 
bres, traduce y prologa el libro de Ch. Mignet acerca de 
Franklin, donde pone a prueba su profundo conocimien- 
to del idioma francés, que lo empieza a «hablar diplo- 
máticamente» y que acaba por dominarlo como el suyo 
propio. Ya enfrascado en esa tarea literaria, se entrega a 
una labor profunda, que requiere de él la dedicación del 
erudito y la seguridad del historiador; y después de ha- 
ber estudiado materia que- tanto le seduce — tenía que ser 
así, pues que se trataba de la vida y la obra de dos ora- 
dores — danza al público su libro sobre Gambetta y anun- 
cia el que tiene en preparación sobre Mirabeau. Este úl- 
timo aún no ha aparecido, y es muy de temer que ya no- 
figure en las bibliografías. Es de tal índole, a veces de 
tan amarga índole la vida del diplomático, que una labor 
semejante no puede llevarse a efecto sin detrimento de 
las obligaciones — no siempre gratas, pero siempre forzo- 
sas — del que tiene que estar presente donde quiera que- 
se pueda hacer propaganda a favor del país que repre- 
senta. ¡A lo que obliga esa propaganda continua, cons- 
tante, pertinaz, que jamás debe ser tibia ni esporádica! Lo 
que se juzga desde fuera como frivolidades de salón, como 
pasatiempos deleitosos, como ceremonias de los privile- 
giados para los cuales se abren todas las puertas de la 
sociabilidad del gran mundo, es, para el que conoce lo 
que es esa vida de la etiqueta rigurosa y del protocolo 
obligatorio y del «rendez vous» inherente a los menores 
actos de la existencia de todos los días, algo que puede 
ser agradable para los hombres frivolos, sin mentalidad y 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 45 

sin consistencia, pero que para los que llevan algo por 
dentro, en el corazón y en el cerebro, no siempre es 
grato, ini mucho menos! Pero siéndolo p no, el diplo- 
mático, cualquiera que sea su condición, no puede por 
menos que vivir en ese mundo, al que consagra todas sus 
actividades sin poder a veces ni reservarse para las es- 
trictas exigencias indispensables de su existencia íntima. 
Con acertados argumentos ha dicho un profesor espa- 
ñol de derecho diplomático: «Si observamos cómo y 
dónde se efectúa la labor diplomática, que es en me- 
dio del ambiente que forman la vida política, social, 
de relación, puede afirmarse que tiene que ocupar 
cualquier momento de la actividad de sus ejecutores. 
No es labor que se hace solamente en los círculos po- 
líticos y en los gabinetes de los ministros de Relaciones 
Exteriores; es una labor pensada, pero también vi- 
vida, que abarca todos los días, que oprovecha todas las 
ocasiones. Y si en la vida de las relaciones corrien- 
tes es imprescindible el trato, el compañerismo y la amis- 
tad, es lógico que así se desenvuelvan también las que fo- 
mentan y estrechan los diplomáticos, mereciendo pláce- 
mes que las extiendan desde los centros oficiales hasta el 
club y los círculos que representan elementos de la 
vida del país en que se hallan acreditados.» A esa pauta 
ha tenido que ajustarse Mario García Kohly, porque, de 
no haber sido así, ¿qué habría ocurrido en las relaciones 
hispano-cubanas si otro diplomático, menos activo y me- 
nos penetrado del alcance y de la responsabilidad de su 
misión que él, hubiese permanecido en Madrid toda una 
década, con una única ausencia en Cuba de dos meses?... 
Malogróse a lo que parece el estudio sobre Mirabeau, 
pero no el que dedicara a Gambetta, y que, en prenda de 
su aliadofilia entusiasta — más que entusiasta exaltada — 
dedicara en 1920, fecha de su publicación, en un elegante 
volumen, al entonces presidente de la República fran- 



46 RUY DE LUGO-W^A 

cesa, Paúl Deschanel, que había dicho por aquellos días- 
en su libro sobre el enorme tribuno: «Son nom fait par- 
tie de la religión de la France.» A lo que repuso García 
Kohly, en el propio idioma del desventurado estadista: 
«Ma patrie — Cuba — qui eut l'honneur d'avoir uni son nom 
au nom glorieux de la France, dans la grande lutte pour 
les reivindications de la justice et du droit, s'associe a se 
cuite. Pour nous, Gambetta'est la haute réprésentation 
de l'amour a la justice, du cuite a la démocratie et de 
la foi dans les destins inmortels de la Patrie.» 

Se advierte en esta dedicatoria el fervor, la devoción^ 
«1 culto que el orador cubano siente por el tribuno fran- 
cés, por aquel meridional tuerto de las tertulias del café 
Procope, que, con algo de Tartarín y con mucho de Numa 
Roumestán, antes de la campaña inmemorable de la De- 
fensa Nacional, de la resistencia organizada en Tours y 
Burdeos y de la retirada de la Asamblea en grupo coa 
todos los diputados de las provincias entregadas al ven- 
cedor, se convierte luego, no ya en el hombre todo verbo, 
sino en el cíclope todo acción, cuyas energías son tan- 
tas que llega a medir sus fuerzas con las del Canciller 
de Hierro y cuyo patriotismo es tan vehemente y de 
tanto poder mágico que a su muerte exclama la Germa- 
nia vigilante y acosadora: «Ahora que ha desaparecido- 
se nos presenta tal cual era delante de su Patria vencida, 
irguiéndose para protegerla con su espada y su coraza 
con toda la obstinación de su juventud. Cada vez que se 
hinchaban, las olas del combate, él era el enemigo temi- 
ble de nuestras victorias, como ha sido el guardador de 
los rencores en la paz. Su genio ardiente, dirigido por 
su encono, esperaba aún ver el día en que resplandeciera 
otra vez la gloria de su Patria.» 

En el libro de García Kohly, el tribuno formidable sur- 
ge a plena vida;, se le ve moverse, hablar, increpar a sus 
adversarios, denostar a sus enemigos, erguirse ante la 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 4? 

desgracia, caer exánime después de tres largas horas de 
peroración estentórea, vivir, en suma, tal como alentara, 
aquel maravilloso conquistador de multitudes, aquel Nu- 
ma de la creación daudetiana que fué más grande que 
Mirabeau, de aquel Tartarín que tuvo la grandeza de un 
Quijote. 

En ese libro, que tiene la virtualidad de parecer no* 
velesco aun siendo rigurosamente biográfico, tal es el 
vigor y la sinceridad de que sus páginas rebosan, su autor 
estudia en Gambetta sus dos aspectos esenciales de hom-. 
bre público: el del patriota y el del orador. Y hay una 
página del orador cubano que el comentarista del orador 
francés escribe pensando en sí mismo, y que, si aquí se. 
reproduce, no está por cierto fuera de lugar. Dice así: 

«Aparte de la eterna dificultad de verter a un di». 
ferente idioma del en que fueron pronunciados giros y 
expresiones que tienen un significado propio, exclusivo y 
característico en el lenguaje en que fueron concebidos 
y dichos; aparte la inevitable infidelidad en la trans- 
misión de los conceptos, infidelidad que inspiró la su- 
til y espiritual frase italiana «tradutore, traditore»; 
aparte ello, repito, aún observando para su traducción 
con atención escrupulosa, con respetuoso cuidado, con 
unción de ferviente, la más estricta exactitud en la ex- 
presión de los conceptos y la conservación de los giros 
que constituían la oración, es lo cierto que un discurso, 
en sí mismo, no da jamás la idea exacta del empeño y 
de la labor del orador, de la majestad y de la grandeza 
del tribuno. 

»A1 orador — hablo del verdadero orador, del gran tri- 
buno — no puede juzgársele por la lectura del discurso, 
como al pintor se le juzga por el cuadro, en el que deja 
todo su arte, o al autor musical por la partitura, en la 
que deposita todas las inspiraciones de su alma. Para el 
pintor, el cuadro es el exponente de toda su obra; para el, 



48 RUY DE LUGO-VIÑA 

compositor, la partitura es el testimonio de toda su labor. 
Para el verdadero, para el gran orador, el discurso es 
sólo uno de los elementos, uno de los factores de su 
obra, no toda ella. Y a veces elmenos importante. Es la 
voz, es el gesto, es la actitud, es la ocasión, es el am- 
biente, es el «público» lo que forma, lo que completa y 
«hace» al orador. 

»A1 penetrar en el Museo donde los lienzos de Veláz- 
quez, de Murillo, de Rubens, de Van Dick, de Greco, de 
Goya atestiguan la majestad de un arte, el esplendor de 
una época, la inspiración de un genio, todos, el crítico 
o el profano, pueden ver en el cuadro, en la obra, cuanto 
prueba el trabajo excelso del artista. Escuchando a Beetho- 
ven, a Schumann, a Gounod, a Verdi, a Listz, profanos o 
críticos, todos de igual manera perciben, aunque en 
forma distinta, la interpreten y aprecien, la emanación- 
de arte y de belleza que fluye en sus obras. Pero tratán- 
dose del orador es diferente. La frase inflamada, la pa- 
labra ardiente, el concepto rotundo, el período majes- 
tuoso, el apostrofe airado, la réplica oportuna, la evoca- 
ción sentida, requieren el acento adecuado, el gesto co- 
rrespondiente, la actitud debida. Contemplando la «Ren- 
dición de Breda» o «Las Meninas» se siente a Velázquez. 
Escuchando una de sus «sonatas» se ve, transparentada en 
ellas, el alma de Beethoven. A Cicerón, a Mirabeau, a 
Gambetta, a Castelar, no puede comprendérseles ni juz- 
gárseles leyendo sus discursos. La famosa, la inmortal 
«catilinaria» de Cicerón — ejemplo clásico, eterno, de la 
suprema elocuencia antigua — «¿hasta cuándo abusarás de 
la paciencia nuestra?» con que el tribuno acusó a Lucio 
Sergio Catilina de conspirar contra la República, no 
deja, leída a través del tiempo, la impresión de grandeza 
que el soberbio arranque de indignación y de elocuencia 
produjo en el alma romana. La admirable comparación 
de Castelar entre la trágica majestad del Dios del Sinaí que 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 49 

presidía siniestramente los combates, y la del Supremo 
Redentor del Mundo, que pereció en la Cruz por expiar 
los crímenes y redimir las faltas de la Humanidad toda, 
¿cómo ha de inspirar, leída, la profunda, indefinible emo- 
ción que dejó en el espíritu al escucharla, en la solem- 
nidad grandiosa del instante en que se pronunciara, de los 
labios gloriosos del insigne orador...? 

»¿Ah! ¿Queréis una prueba irrebatible? Queréis una 
prueba irrefutable de que las grandes frases, esas que la 
historia ha recogido para inmortalizarlas, más que por SJ 
propia significación se han perpetuado en el recuerdo 
por razón del momento, de la ocasión, de las circunstan- 
cias en que se pronunciaron, de los labios que las emi- 
tieron y «de la manera como fueran dichas?» He aquí 
esa prueba: El día 23 de Junio de 1789 celebraba sesión, 
a la que asistía Luis XVI, la Asamblea Constituyente. 
Después de haber leído el rey en su discurso las ofre- 
cidas concesiones que no satisfacían los anhelos de la 
voluntad nacional, ordenó a la Asamblea que se disol- 
viese. La orden fué desatendida por los representantes 
del país, que continuaron reunidos y deliberando. 

»Monsieur de Brezé, Gran Maestro de Ceremonias, se 
presenta ante la Asamblea y le reitera el mandato real. 
Volney le responde: «Nosotros estamos aquí por la vo- 
luntad del pueblo y no saldremos sino por la fuerza de las 
bayonetas». Pero la voz de Volney es débil, es opaca, y 
su noble respuesta se pierde en el vacío. Mirabeau, que 
está cerca de él, ha escuchado la frase; con la rápida 
percepción del genio, mide su alcance, comprende su 
grandeza, y haciéndola suya, la repite: «Id a decir a 
vuestro amo — clama con voz tonante — que estamos aquí 
I por la voluntad del pueblo y que no saldremos sino por 
la fuerza de las bayonetas». La frase es igual, el concepto 
idéntico; pero dicha, por Mirabeau ha adquirido un in- 
menso relieve y una enorme grandeza. Y la historia la 



50 RUY DE LUGO-VINA 

ka recogido y perpetuado. ¿Es ello una injusticia? No; es 
que dicha por Mirabeau, por su alma y con sus acentos 
soberanos, resuena de modo distinto en el oído. He ahí el 
secreto de los grandes tribunos. La frase era la misma, 
pero al pronunciarla Mirabeau salía de sus labios trans- 
formada, embellecida, aureolada por el fulgor de la pa- 
sión y el genio». 

Cierto que la versión oratoria pierde esa parte vivida 
que se manifiesta en la voz, en el tono, en las modula- 
ciones, en los arranques, en el gesto, en la actitud, en 
la figura transfigurada y mesiánica del tribuno; cierto 
que los discursos son para ser escuchados y no para 
leídos; cierto que aún no se ha inventado el fonógrafo 
que pueda recoger ese momento supremo de los grandes 
acontecimientos tribunicios, y cierto es también que las 
páginas depuradas de los literatos tendrán vida eterna, 
mientras que las improvisaciones incorrectas, aunque 
magníficas, de los oradores no traspondrán aquel momen- 
to y aquel auditorio en el cual y para el cual fueron 
pronunciadas. Pero, en cambio, ¿qué 'gloria mayor, qué 
homenaje más férvido, qué apoteosis más deslumbrante 
que la que recibe el orador que convence, emociona, en- 
tusiasma y arrebata a las multitudes? Si lo que dijo se 
pierde, de eso que dijo quedará la fama. Demóstenes y 
Cicerón no tuvieron taquígrafos. Y para apreciar a Gam- 
betta por la obra de García Kohly no es necesario leer 
la segunda parte, en que aparece la transcripción y tra- 
ducción de los discursos; basta la primera, donde se 
evoca al tribuno, y en la que, por la repercusión uni- 
versal de su obra, se ha de juzgar la magnitud de sus 
improvisaciones inmortales, que acaso hasta fueron infiel- 
mente recogidas en la baraúnda de aquellas explosiones 
estrepitosas con que el pueblo francés le aplaudía como al 
primero de sus ciudadanos, no ya sólo porque fué un gran 
tribuno, sino porque también supo ser un gran patriota- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 51 



V.— TODA UNA DECADA 



Durante su último veraneo en San Sebastián, la co- 
lonia balnearia cubana — como ya se ha dicho en la 
introducción — le obsequió con un banquete, que consti- 
tuyó, por las proporciones que alcanzara entre el bullicio 
de la real playa y la elegancia y el esplendor caracterís- 
ticos de la capital donostiarra, todo Un homenaje al di- 
plomático y al orador: por sobre todo, al cubano. Más 
que el décimo aniversario de su presentación de creden- 
ciales, lo que se festejó* allí fué, en redondo, la década 
completa del decano del cuerpo diplomático hispano- 
americano acreditado ante el Gobierno de Su Majestad 
Católica. ¿Por decano...? No; porque ese hubiera sido 
premio mezquino a su labor. Por algo más, de que siguen 
siendo buena prueba su figura y su palabra: aquellas sus 
armas de triunfo con que escaló en la política de su Patria 
las más altas posiciones. 

Y como ese homenaje se celebró a modo de resuman, 
lo que allí no se hizo por lo inadecuado del lugar y lo 
inoportuno del momento debe aquí referirse para dar 
por cumplida ésta que pudiera ser la primera parte de 
un libro, si es que éste, por su unidad vertebrada, na 
respondiera a un plan sin solución de continuidad. 

Mario García Kohly inicia sus discursos — gran orador 
que tiene que competir con grandes oradores y con el 
recuerdo de aquellos otros que llegaron a las cumbres 
de la más excelsa elocuencia — en Aviles, con motivo de 
unos juegos florales; triunfa, y la fama de su gran éxito 
Hega a Madrid, donde a poco, y por deferente y especia- 
lísima invitación, habla en el Ateneo científico, artístico 
y literario, desarrollando un tema escabroso: progresos 



52 RUY DE LUGO-VINA 

de Cuba después de la emancipación. Más tarde, ya con- 
sagrado como ateneísta, habla en el Ateneo de Barcelona 
sobre política y literatura cubanas. Concurre al Congreso 
latino-americano de Sevilla, y allí, naturalmente, tiene 
que hablar; cuando arriba el «Patria», buque-escuela de 
la marina cubana, su palabra se multiplica entre La 
Coruña y Santander, obteniendo cálidas ovaciones. Vuelve 
a la tribuna insigne del Ateneo madrileño y pronuncia— 
nunca lee — otra conferencia, que versa sobre la instruc- 
ción pública oficial en Cuba. Habla en las fiestas colom- 
binas de Huelva, pronunciando un discurso grandilo- 
cuente, uno de cuyos conceptos, telegrafiado en francés 
por exigencias de la censura de guerra, decía: «quand 
l'Espagne quittá l'Amerique». Un traductor, o «traidor» 
o mal intencionado, pone en la versión castellana: «cuan- 
do España perdonó a América...» La envidia, era natural, 
mordió en la gloria del tribuno; hubo notas confiden- 
ciales, aclaración, ya que no había nada que rectificar- 
Sin embargo, la maledicencia se ensañó, y hasta un 
ilustre cubano, el venerable Enrique José Varona, habló 
en demasía con harta ligereza. ¡Y es que no puede haber 
triunfo pleno sin ladridos inconsecuentes o zarpazos 
lanzados entraña adentro, pero que ni siquiera llegan a 
flor de piel! Mario García Kohly supo sonreír, y su éxito 
fué aún más grande. Bastó publicar su discurso, donde 
la frase castellana apareció limpia de adulteraciones: 
«cuando España abandonó a América...» 

Habla por tres veces en la Fiesta de la Raza, en 1918, 
en el 19 y el 20, las dos primeras en el Ayuntamiento y 
una de ellas ante el Rey, que presidía; la tercera en el 
paraninfo de la Universidad. Vuelve a hablar en el Hotel 
Ritz en el banquete que le ofrece el cuerpo diplomático 
para festejarle, puesto que al ocupar la cátedra racial lo 
había hecho en nombre de Hispanoamérica, por el éxito 
feliz de una de sus más elogiadas improvisaciones. El 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA £3 

homenaje diplomático se repite en el Hotel Palace,, 
cuando sus compañeros le despiden con motivo de su viaje 
a la Habana: aquel viaje que le dio oportunidad para 
pronunciar en el Teatro Nacional la más sonora y mag- 
nífica de sus piezas oratorias. A su regreso habla en va- 
rias ocasiones más, otra vez en Aviles con motivo de 
otros juegos florales hispano-cubanos, en que él fué man- 
tenedor por Cuba, y el ministro Antonio Goicoechea, por 
España; en el banquete con que se despide en el mi- 
nisterio de Estado al infante Don Fernando y a la Em- 
bajada que va a Chile con ocasión de las fiestas maga- 
llánicas; en el Ateneo nuevamente, pero esta vez en oca- 
sión solemne, pues hace uso de la palabra en el acto 
mismo de apertura de curso, en que el conde de Roma- 
nones, presidente, exalta la memoria de Labra, su eximio 
antecesor; después, en el ya mencionado banquete de San 
Sebastián; últimamente, en Zaragoza, accediendo a una 
invitación reiterada de los estudiantes, que quieren oírle 
y aplaudirle el día de la Raza, que lo es también de la 
Pilarica. Y en esta enumeración, ya bastante larga, no 
entran las veces que ha tenido que «hacer uso de la pa- 
labra» en banquetes, fiestas, homenajes, etc., etc. 

Su voz, jamás avara de su natural elocuencia, ha reso- 
nado en las cuatro latitudes de España. El Norte le es- 
cuchó en La Coruña, Santander, San Sebastián y Aviles; 
Levante, en Barcelona; el Mediodía, en Sevilla y Huelva; 
el Centro, en Zaragoza y en el Madrid de sus triunfos 
mejores, donde aún no ha dicho de seguro su última pa- 
labra. Pero de esos numerosos discursos tres merecerán 
capítulo aparte, porque cada uno de ellos, que fueron afor- 
tunadamente recogidos, y por lo tanto salvados para la 
posteridad, tienen una especial significación. 

En el discurso de la Universidad habla el hispano- 
americanista; en el del Teatro Nacional, el diplomático; 
en el del Ateneo, el patriota. Y en todos ellos, en éstoa 



54 RUY DE LUGO-VINA 

y en los otros que no se reproducen, habla siempre el 
cubano. ¡Ni una década ni toda una vida de ausencia 
serían suificientes para debilitar en la medula de este 
hombre su cubanismo inalterable, a la vez sereno, refle- 
xivo y gallardo! 



CAPITULO III 



UN DISCURSO EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL 
DE MADRID 



I.— LOS ANIVERSARIOS DEL 12 DE OCTUBRE DE 1492 



Lo dijo el inmortal tribuno: «Y como el descubrimiento 
de América sea la obra capital de nuestra España y al 
nombre hispano se hallen todos estos progresos unidos, no 
será mucho creer que un día ya cercano, cuando los pue- 
blos del Nuevo Mundo alcancen mayor conocimiento de 
todo cuanto deben a quienes les llevaron la moderna 
cultura, consagren una especie de culto a la madre his- 
tórica suya, nuestra España, como hemos tenido que 
consagrar en el helenismo un culto a Grecia y en el 
catolicismo un culto a Roma». Pero Emilio Castelar se 
equivocaba, porque en ese día, que ya ha llegado y que 
no será suplantado por otro de un futuro utópico, los 
pueblos de habla española, España inclusive, no rinden 
cuite a la tierra conquistadora que se sirvió colonizar 
la<s tierras conquistadas, porque entonces habría que acep- 
tar la supremacía del árbol jamás seco que dio frutos 



56 RUY DE LUGO-VÍKA 

tan espléndidos y no el vínculo racial por el cual nos 
compenetramos en nuestro acercamiento, que no lo ins- 
pira un idolátrico culto al hispanismo, sino la necesidad 
de un entendimiento de mutuo aprecio y de común reci- 
procidad. En los Estados Unidos del Norte de América 
se rechazó siempre con frialdad a los ingleses y sus ins- 
tituciones mientras quisieron mantener un cierto privi- 
legio sobre la ex colonia, teniéndola por recién nacida a 
pesar del enorme progreso alcanzado por ella, hasta el 
extremo de igualar, y hasta superar a veces, a la sabia 
y progresista ex metrópoli. Si España tiene hoy la sim- 
patía y la amistad de las naciones que son sus descen- 
dientes, pero que ahora desean alternar con ella, es porque 
los hijos autóctonos de la Atlántida no se limitan a 
levantar un altar, sino a hacer todo lo contrario, derri- 
bando ídolos y preeminencias, acatamientos y pleitesías 
que están fuera de tiempo en la Historia y de lugar en la 
Geografía política. 

Ese día que Castelar esperaba, él no llegó a verlo; 
antes de divisar su aurora, el gran repúblico desapareció. 
Pero otro hombre no tan elocuente como él, pero sí más 
sutil y muy de «nuestro tiempo», pese a su casticismo* 
retórico, pudo anunciar su advenimiento con estas pala- 
bras: «La Fiesta de la Raza será un justísimo homenaje 
a la España del pasado y una afirmación de vínculos en 
el presente y para el porvenir entre todos cuantos pueblos 
se han formado con nuestra sangre, nuestro idioma y 
nuestro constante esfuerzo, no por desviado y desigual en 
cien tristes ocasiones, menos real, efectivo y fecundo en 
el curso del tiempo y de las cosas». Ese hombre fué Ma- 
riano de Cavia. Estuvo en lo cierto cuando, haciendo para 
la España de ayer la salvedad del «justísimo homenaje»,. 
sentó la conclusión lógica, que es la más firme de todo- 
su postulado, dé la «afirmación de vínculos» raciales. D# 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 



57 



otra manera la fiesta habría sido exclusivamente «el 
culto a la madre histórica». 

En ese caso, España no se hubiera determinado nunca 
a rendirse a sí misma un auto-holocausto, y las naciones 
de América tampoco hubieran declarado «fiesta nacional» 
aqueíla por la que se erigía un templo cívico-idolátrico a 
la madre España. 

La Fiesta de la Raza, tal como se festeja en España 
y en casi todas — si es que no en todas — las Repúblicas 
americanas de origen hispánico, tiene la significación sim- 
bólica de un círculo dentro del cual caben por igual 
todas las tierras pobladas por la raza común: la espa- 
ñola, que en Europa es peninsular y en América conti- 
nental-antillana, pero que en cada tsitio conserva su inde- 
pendencia política dentro de su idiosincrasia nacional. 

El propulsor en el Ayuntamiento de Madrid de la 
anual conmemoración, al iniciarse en aquel recinto la 
serie de fiestas que luego se han celebrado, dijo que 
«cuantos habíamos nacido en el hidalgo solar español 
debiéramos contribuir a la erección de un grandioso mo- 
numento, testimonio perenne de los siglos, que conme- 
morase en mármoles y bronces esta Fiesta de la Raza 
nuestra». ¿Se levantará alguna vez ese monumento...? 
Nq; porque esa trascendental efemérides no es de España 
ni de América, no es de españoles ni de hispanoameri- 
canos, sino de todos por igual: de los de aquel lado del 
Océano y los de este otro. Dijo a Carlos V un su subdito: 
«La mayor cosa después de la creación del mundo es eí 
descubrimiento de las Indias». Pero no dijo: «La mayor 
cosa para España...» Y es que esa fecha no es ni española 
ni americana, no tiene frontera, no admite un sitio de- 
terminado donde el monumento glorificador pudiera em- 
plazarse: es de toda la raza, no de una nación ni de un 
hombre. En ella ni se glorifica a España únicamente ni 
exclusivamente se ensalza al descubridor Colón con de- 



^8 RUY DE LUGO-VUNTA 

trimento de los otros descubridores, exploradores, con- 
quistadores y colonizadores de la gran epopeya de la raza. 

El Congreso español, a solicitud del Concejo madrile- 
ño, declaro que debía ser fiesta nacional. Y lo fué en 
España primeramente, y después en casi toda la America 
hispana; también en Cuba, donde antes era festejada por 
las colonias españolas, y que en lo adelante, a partir del 
año de su implantación, lo será conjuntamente — para 
decirlo con cierta teatralidad — por «los de la raza». 

Pero antes de 1917, que es la vez primera que como 
fiesta nacional española se celebra en el recinto del Con- 
sistorio de Madrid, un diplomático americano, el embaja- 
dor de la Argentina, doctor Marco M. Avellaneda, ya 
había dicho en Cádiz en el 424 aniversario de la fecha 
racial: «España hizo a América y «continúa haciéndola». 
¿Pero «cómo la hace»...? El mismo diplomático nos lo 
dice: «Con tanta idea errónea como oigo propalar sobre 
la emigracion ; tengo que decir que esa emigración, en s\t 
inmensa mayoría, más aún en total, es una fuerza de 
energía y de vitalidad incomparables. El vencido se vuelve. 
Sólo queda allí el gran luchador español, el que salió de 
aquí lleno de vida, de alientos, de ambiciones, que pelea 
y triunfa, después de quemar sus naves». Ciertamente: el 
emigrante sigue haciendo «la» América al mismo tiempo 
que hace «su» América; pero no la hace ya para España, 
sino para la raza, y que, así constituida después que 
fueron quemadas las naves, no admite solios ni vasalla- 
jes, hegemonía ni tributarios. Es esa avalancha emigra- 
toria tan vigorosa y de tan rápida expansión, marca su 
huella tan profundamente dondequiera que se establece 
y multiplica, que habiéndole sido pequeña su propia Pa- 
tria busca otra Patria para sus descendientes. Por eso hay 
españoles de España y españoles de América. Para que 
ambos no puedan resucitar jamás la casta de los con- 
quistadores, están de por medio la inmensidad del mar 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 59 

y la inmensidad de América. Lo que el emigrante al- 
cance de provecho allá habrá de dejarlo, y por eso allá 
y acá una sola es la raza que tiene ahora su fiesta comú», 
de la que ambos mundos hacen alarde con igual regocijo 
y con idénticos derechos. 

Colón — encarnación mortal — tiene más monumentos en 
América que en España; pero la Fiesta de la Raza — 
símbolo de algo eterno que jamás habrá de extinguirse- 
no los debe tener en ninguna de las playas que el poeta 
llamó «antípodas». 

A partir de 1917» la Fiesta de la Raza se celebra todos 
los años en el Ayuntamiento de Madrid, u, organizada por 
éste, en el Teatro Real por dos veces y por una en la 
Universidad Central. .En los años 18 y 19 con Juegos flo- 
rales, y siempre con el concurso de voces americanas- 
entre las que no han faltado las de los poetas, ya sea 
la del bardo y diplomático mexicano Antonio Mediz, en 
persona, ya las de Rubén Darío, Amado Ñervo y Luis 
Urbina, cada uno de los cuales, respondiendo a una ideo- 
logía americanista dulcemente conciliadora, han cantado 
a la raza con apasionadas vibraciones. Por eso sus rimes 
pudieron ser leídas en los festejos raciales, aunque para 
ellos no hubieran sido escritas expresamente. Y si en ce- 
lebrar la fecha colombina han puesto celo los españoles, 
no ha sido menor el de los americanos, no ya por Espa- 
ña ni por América, no ya por Colón, genovés o ponteve- 
drino, no ya por el recuerdo de la Patria trasatlántica ni 
por el sentimiento de amor que se encierra dentro de 
una limitada expresión geográfico-política, sino por la 
consecuencia histórica, que no ha permitido que esa 
fecha sea española o americana, y que, libertada de ex- 
clusivismos nacionales, concreta todo un pasado que deja 
de mirar hacia la España legendaria para contemplar 
los destinos a que están llamados los pueblos de simiente 
hispánica. 



60 RUY DE LUGO-VÍÑ& 

¡Cómo ha sabido responder América a la iniciativa es 
pafíola! ¡Y cómo los americanos, unos con su verbo y 
otros con su lira y su prosa, no se han recatado de con- 
tribuir a la magna celebración con lo mejor y más noble 
de su ingenio y de su alma! 

Entre ellos^ y en primer lugar, puede citarse a Mario 
García Kohly, que habla por primera vez en el Ayunta- 
miento en 1918, que en el mismo lugar repite, en 191 9„ 
ante el Rey, que preside, su triunfo del año anterior, y 
que en 1920 todavía tiene palabras nuevas, fresca inspi- 
ración y buen deseo para superar sus dos discursos an- 
teriores al hablar en el recinto de la Universidad, cáte- 
dra ilustre de muy sapientes catedráticos que han sido 
al mismo tiempo elocuentes disertadores y tribunos. 

¡Tres discursos y un mismo tema! Y el tercero supe- 
rando los anteriores... ¿Qué decir de un diplomático así, 
que nunca se muestra avaro de su facundia, y que, pese 
al torrente desbordado de su palabra, sabe colocarse; 
dentro de un término medio, en que por igual se loa,, 
sin detrimento de ninguna, a la madre fecunda y a la 
hija generosa, siempre para gloria de ambas y de toda la 
América de estirpe española...? 



EL TRIBUNO DE LA DEMOCRACIA 61 



II.— CANTO A LA RAZA (i) 



Excmo. Sr. Ministro de Estado: 

Sr. Rector de la Universidad Central: 
Señoras y señores: 

La majestuosa evocación a que el alma española y el 
alma americana, asociadas en la comunidad de un mismo 
sentimiento, fraternizadas en la identidad de un mismo 
ideal, consagran hoy el tributo de su recuerdo emocio- 
nado, constituye la más gloriosa de todas las conmemora- 
ciones, la más insigne de las efemérides, el más radioso 
de los aniversarios; porque para todos los que, de un modo 
o de otro, a esta evocación y a esta solemnidad contri- 
buímos; para vosotros, los hijos de la nación progenitora, 
de la nación que, en cumplimiento acaso de una misión 
providencial, realizó sobre la tierra la obra excelsa de 
civilización y de heroísmo que la epopeya del descubri- 
miento y de la conquista representa, y para nosotros los 
hijos del Nuevo Mundo, del continente en cuyo suelo 
fecundo y virgen encendió el genio de España la antorcha 
de la cultura y de la fe, este día permite fundir los 
pechos en un mismo culto y unir las almas en un mismo 
amor: vosotros, descubriéndoos respetuosos, saludando 
conmovidos ante la enseña ilustre que flameó este día, 
llevando a un mundo la imagen santa del Redentor del 
hombre, el primer aliento de civilización y el primer 



(i) Reproducido textualmente, con sus acotaciones, de 
la Memoria, publicada por el Ayuntamiento de Madrid, de 
la sesión solemne celebrada en el Paraninfo de la Univer- 
sidad Central el 12 de Octubre de 1920. 



62 RUY DE LUGO-VINA, 

soplo de progreso; nosotros, acudiendo solícitos a apor- 
tar la .ofrenda de nuestra veneración y de nuestro amol- 
ante el árbol secular y augusto de esta, nuestra inmortal 
genealogía, y a descubrirnos también ante la tierra he- 
roica que guarda tal grandeza y que encierra y que sin- 
tetiza tanta gloria, con la emoción profunda y el fervor 
inmenso que siente el hijo emancipado, pero amoroso y 
reverente, ante el hogar sagrado de sus progenitores. 
(Aplausos estruendosos.) 

Y si durante dos años consecutivos la bondad generosa 
de mis ilustres, compañeros de representación diplomática 
hispanoamericana ha conferido a mi incompetencia la 
honra, altísima y profundamente agradecida, de conce- 
derme su representación en estos actos, yo os declaro, se- 
ñores, que si esta vez su bondad y su cortesanía inagota- 
bles no me hubiesen reiterado con tal encargo seme- 
jante honor, lo habría solicitado de su delicadeza, lo habría 
pedido a su compañerismo, porque esta vez yo traigo a este 
acto el eco de una solemnidad verificada en mi país y que 
ha impreso en las relaciones políticas internacionales entre 
la nación descubridora y la última en tiempo, pero no en 
amor, de sus hijas emancipadas del continente americano, 
un sello permanente e inextinguible de profunda confra- 
ternidad y de hondo afecto. 

Y ese eco es el eco amoroso de los aplausos, de las acla- 
maciones, de los vítores con que el pueblo cubano, emo- 
cionado y conmovido, ha saludado el pabellón de Es- 
paña cuando un acorazado de vuestra Marina nacional, 
mensajero de amor, saludaba con sus cañones las forta- 
lezas de nuestro puerto, mientras las flores de todos los 
jardines de la Habana se deshojaban para ofrecerse como 
tapiz y alfombra al paso de los marinos españoles. (Gran- 
des aplausos.) De esos aplausos, esas aclamaciones y esos 
vítores, mil veces más fuertes, más vigorosos y más po- 
tentes que las salvas que atronaban y estremecían el es- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 63 

pació, mientras múltiples almas, españolas y cubanas, 
latían palpitantes bajo el influjo de un sentimiento igual; 
mientras múltiples corazones, cubanos y españoles, vi- 
braban enardecidos bajo el mandato de un sentimiento 
idéntico; mientras múltiples ojos, españoles y cubanos, 
nublados y enrojecidos, pugnaban en vano por contener 
las lágrimas; mientras allá en lo más alto, sobre el mástil 
gallardo de vuestro acorazado, las dos banderas, flamean- 
do orgullosas, unidas por el amor y la veneración de 
todo un pueblo, juntaban la nota roja de sus colores res- 
pectivos, mostrando así que, no cual vana coinci- 
dencia ni como arbitraria casualidad, dictada per el azar 
o hecha al capricho, sino como nuncio profético. como 
visión clarividente de los destinos augustos, eternos, in- 
mortales e inmarcesibles de la raza, la nota que une, 
confunde, estrecha, identifica y fraterniza nuestras ban- 
deras distintas y nuestros destinos comunes es la que 
*>lLva el color de la misma gloriosa sangre que corre ar- 
diente y atormentada en nuestras venas, de igual manera 
que es una misma alma — el alma inquieta de la raza 
hispana — la que en vuestros pechos y nuestros pechos 
vibra. (¡Bravo! ¡Bravo! — Grandes aplausos.) Y yo os digo, 
señores, que de aquella manifestación delirante del senti- 
miento de un país, mejor dicho, de aquel intenso y vi- 
brante latido del alma y de la conciencia americanas — 
porque lo que a mi Patria correspondió en aquel acto 
fué la misión de traducir y de interpretar un sentimiento 
universal de América, de igual manera que a su modesto 
representante en este acto corresponde el honor y la 
fortuna, aunque no el acierto, de recoger y transmitir 
una palpitación y un latido del alma y el corazón ame- 
ricanos — , yo os digo, repito, que de aquel testimonio 
elocuente del pensamiento y del sentimiento americanos 
se deriva una lección y se deduce una enseñanza de tal 
manera elocuente, trascendental y sugestiva, que ciego 



64 RUY DE LUGO-TOTA 

tiene que estar quien no la vea, torpe tiene que ser 
quien no la advierta e insensato o culpable quien, co- 
nociéndola y apreciándola, no la utilice, no la aproveche 
y, patrióticamente, no la dirija y no la encauce en be- 
neficio de los santos ideales, de los sagrados intereses 
y de los altos destinos de la raza. (¡Muy bien! — Grandes 
aplausos.) Y esa lección lo que nos dice con elocuencia 
incontestable e insuperada; esa lección lo que nos en- 
seña y esa experiencia lo que nos demuestra es que entre 
pueblos que tienen comunidad de origen, de historia, 
de tradición, de espíritu, de sangre, de sentimientos y de 
alma, mil veces más fuertes, más firmes, más sólidos y 
estables que los vínculos, siempre efímeros, pasajeros, tran- 
sitorios, circunstanciales, artificiales y deleznables, del 
poder político, son los lazos eternos e inmanentes del 
amor y la estima, de la sangre y del alma, de la raza y 
la estirpe. (Aplausos.) 

Y nunca día mejor ni ocasión más propicia para afirmar 
estas verdades y para proclamar y para establecer estos 
conceptos que, hoy, 12 de octubre, día de evocaciones in- 
mortales, en que la voz del patriotismo revive santas me- 
morias y recuerdos excelsos; hoy, 12 de octubre, en que 
el alma inspirada del más genial y osado de los nave- 
gantes y el alma excelsa de la más bella y santa de las 
Reinas, creyendo acaso estrechaos el molde y la estructura 
de un pueblo, un mundo y una raza para guardar sus 
nombres inmortales, buscaron otro mundo, para que el 
molde gigantesco del continente americano los escribiera 
y consagrara en él. (Ovación inmensa.) 

Yo no voy, señores, porque sería ofender vuestra cul- 
tura, a repetiros páginas de la Historia que el día de hoy 
evoca y rememora; pero sí digo que no es posible borrar 
de la memoria agradecida de los pueblos, sin suprimir el 
espíritu y sin mutilar la conciencia de la Historia, estas 
. grandes solemnidades, evocadoras de los altos ideales rea- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 65 

Bzados, que unen a estas fechas su recuerdo y que for- 
man en el calendario augusto de los pueblos el santoral 
magnífico y triunfante de sus prestigios, de su grandeza 
y de su gloria. Es verdad, es una gran verdad que las 
nuevas orientaciones de la existencia universal moderna, 
<jue los recios cimientos y las sólidas bases en que debe 
reposar la nueva construcción política, económica y espi- 
ritual del mundo aconsejan, con un alto y previsor sen- 
tido de realidad y de experiencia, que sean las relacio- 
nes económicas, de un orden efectivo y práctico, las que 
añrmen con lazos de conveniencia mutua y de interés 
recíproco los vínculos que el sentimiento y el afecto 
crean; es verdad que son las relaciones económicas, los 
acuerdos mercantiles, los Tratados comerciales los que, en 
las efectividades positivas y prácticas de la vida de re- 
lación internacional entre los pueblos, crean de un modo 
eficaz y permanente los vínculos más íntimos; pero yo os 
afirmo que, sin perjuicio de cultivar y favorecer en cuanto 
sea debido el desarrollo y el desenvolvimiento de ese 
género de relaciones y de lazos, estas grandes solemni, 
dades, consagradas de modo exclusivo al culto del ideal, 
son de una inmensa eficacia para el aseguramiento de 
esa elevada finalidad; yo afirmo que aunque se inspiren 
en un alto sentido espiritual tienen, no obstante, una 
eficiencia positiva y práctica. 

¿Queréis, señores, una prueba de ello? ¿Queréis una 
prueba cierta, tangible, de cómo el culto a los excelsos 
hechos o a las grandes figuras que honran y enaltecen 
una raza es la labor mejor encaminada a comprenderla 
y a amarla? ¿Queréis ver cómo es imposible abominar de 
un pueblo cuando se aman las grandezas de sus hijos o 
se sienten los resplandores de su gloria? 

Pues permitidme una solemne evocación a este respecto. 

JE1 día 9 de octubre de 1547 nació en la ciudad, por tantos 

íítulos ilustre, de Alcalá de Henares, un hombre que no 



06 RUY DE LUGO-VTN* 

conoció en la vida las grandes satisfacciones del triunfo, 
los lauros inmarcesibles de la victoria, las salvas enar- 
decidas del aplauso, los honores y los prestigios del re- 
nombre, las grandes consagraciones de la fama, el es- 
plendor soñado de la gloria; que conoció, por el contra- 
rio, en su vida las angustias de todos los dolores, los 
dolores de todas las miserias, las miserias de todos los 
martirios; que conoció el dolor del cautiverio y de la 
esclavitud sobre su libertad, el dolor de la injusticia y de 
la preterición sobre su nombre, el dolor de la calumnia 
y de la difamación sobre su honra y el dolor de la igno- 
rancia y de la incomprensión sobre su obra; que, como 
el Cristo, llevó una cruz hecha de todos los prejuicios, 
de todas las desigualdades, de todas las diferencias, de 
todas las preocupaciones y de todos los errores de una 
época, y, como el Cristo, no ascendió al Tabor sin su- 
cumbir y desfallecer jadeante en el Calvario. (Ovación ) 
Y a ese hombre, que no fué un magnate, sino un pobre 
hijodalgo; que no fué un poderoso, sino un humilde; que- 
no fué un caudillo, sino un soldado; que no fué un vence- 
dor, sino un vencido, lo consagran y lo inmortalizan nues- 
tra admiración, nuestra veneración y nuestro culto, por- 
que del fondo lóbrego de sus mazmorras, del hierro en- 
mohecido de sus grilletes, de las lágrimas derramadas 
por sus ojos, de la sangre vertida por sus venas, de las 
enseñanzas que llenaron su alma y de los dolores quo 
concentró su espíritu supo extraer, y extrajo, los ele- 
mentos maravillosos que le sirvieron para trazar su obra 
inmortal y para esculpir en la figura eterna, inmarce- 
sible e inmanente de un caballero errante, atormentado 
y soñador, el símbolo excelso del culto y la consagración 
al ideal; a un ideal que todo lo eleva, que todo lo agranda, 
que todo lo transforma, que todo lo transfigura, que todo 
lo embellece, que todo lo dignifica, que todo lo diviniza, 
que todo lo sublima, que todo lo poetiza y que todo lo 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA ü7 

enaltece; ideal que es ensueño, que es ilusión, que es 
quimera, que es locura tal vez; pero ideal que es eterno 
eomo el alma, imperecedera e inmortal, que asciende hasta 
©1 Creador, cerniéndose en las grandezas del espacie*, 
frente a todo interés que es mezquino, cual la materia, 
perecedera y deleznable, que se hunde y desaparece en el 
sepulcro, fundiéndose en las miserias de la tierra. (Aplau- 
sos estruendosos y aclamaciones.) 

Pues bien: arrancad, si es posible, de la Historia espa- 
ñola todos los hechos, todos los recuerdos y todos los 
nombres que la elevan, que la dignifican, que la engran- 
decen y que la honran; arrancad, si es posible, de sus 
páginas palpitantes la huella luminosa de todos los hé- 
roes y de todos los mártires que la constelan y que la 
enaltecen — desde el primero que cayó en Numancia, au- 
reolado trágicamente por las llamas, hasta el postrero 
que en Zaragoza se hundió en la tumba y resurgió en la 
gloria, transportado a la inmortalidad en las sombrías 
alas de la Muerte — (Ovación); destruid, si es posible, 
todos los libros de sus pensadores, todos los versos de 
sus poetas, todos los monumentos de sus escultores, todos 
los cuadros de sus grandes artistas, y España seguirá 
siendo augusta, y las generaciones venideras se descubri- 
rán, respetuosas y reverentes, al pronunciar su nombre, 
porque todos los pensadores, todos los filósofos, todos los 
literatos, todos los poetas, todos los humanistas de la 
tierra irán a beber el néctar de la suprema inspiración 
y la ambrosía de la belleza eterna en esas páginas, fuente 
de luz inextinguible, del ingenioso Hidalgo de la Man- 
cha. (Aplausos prolongados.) 

Celebramos, señores — decíase elocuentemente hace unos 
momentos — , una fiesta de confraternidad y de amor. Es 
cierto. El mal que aqueja a la sociedad moderna, ha dicho 
la voz augusta del Pontificado, es la falta de amor y con- 
fraternidad entre los hombres. Y esas altas palabras del 



t>8 RUY DE LUGOVItfA 

Augusto representante del más santo y puro de los po- 
deres espirituales de la tierra recuerdan esta bella y deli- 
cada parábola. Permitidme decirla. Discutían — dice ella — 
un guerrero, un tribuno y un triste y mísero desvalido, 
abandonado de los hombres y de la suerte, respecto a cuál 
de las formas múltiples y complejas de la gloria humana- 
de esta vana, efímera, pasajera, transitoria y deleznable 
gloria humana — era más bella, más deseable y más amada 
en la tierra, en el alma y en el cielo: «La gloria del triunfo 
sobre los campos ensangrentados de batalla», afirmó el mi- 
litar, «La gloria del aplauso en la tribuna enardecida por 
el éxito», proclamó el orador. «La gloria de amar y de sen- 
tirse amado», murmuró el desvalido: «de pasar por la tierra 
como el Cristo, demandando y derramando amor, para as- 
cender un día hasta el Eterno llevándose en los pliegues 
impalpables e imperceptibles de nuestra alma el voto de 
un reconocimiento perdurable o la ofrenda de un amor 
inextinguible». (Grandes aplausos.) 

Nosotros aspiramos, señores, en esta fiesta de confrater- 
nidad y de amor a esa santa, humilde, delicada gloria que 
demandaba el desvalido, a la que no tiene por escena 
los campos ensangrentados de batalla ni la tribuna en- 
vanecida por el éxito; a la que no se exalta con el 
rugir de los cañones ni se enardece con el tronar de los 
aplausos; a la que inspira — según la frase delicada y 
tierna de la parábola — sentimientos de intensidad in- 
extinguible. 

Y ved si por esa senda dirigimos, resueltos y decidi- 
dos — españoles y americanos — , nuestros pasos. 

Realizaron el genio y el valor de España la epopeya 
magnífica del descubrimiento y de la conquista. Realizó 
después el honor de América la epopeya de su emancipa- 
ción. Raudales de sangre y torrentes de lágrimas derra- 
mamos unos y otros en tan nobles empresas. Así tenía que 
ser. La Patria — harto se ha dicho — es una diosa cuyo culto 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA V,9 

sólo se forma con el concurso de todos los dolores, fecun- 
dado con sangre y regado con lágrimas. Así es como nace 
el patriotismo; así es como surge y arraiga y crece y se en- 
raiza y perdura en la conciencia y en el corazón del hom- 
bre; porque cada reguero de esa sangre o cada gota de esas 
lágrimas constituyen una prueba del esfuerzo común, só- 
lido, alto, vigoroso y útil, más fuerte y más poderoso que 
la vida y más grande y más portentoso que la muerte, 

Al realizarse la epopeya gloriosa de la emancipación, 
del seno exangüe y desgarrado de la nación madre, oiríais 
un grito angustioso de sufrimiento y de* dolor. Pues escu- 
chad: ese grito, que fué el gemido que da la madre al sen- 
tir al hijo que, desgarrándola, se desprende de su seno, se 
convierte hoy en un santo grito de amor y de júbilo cuan- 
do la madre, revivida su majestad y su grandeza en la 
grandeza y el poderío de sus libres hijos, siente sobre su 
frente augusta y venerada el beso amante, reverente y 
sentido de esos hijos. (Bravos. — Aplausos estruendosos.) 

Esa es, aquí, la significación espiritual de este acto. 

Y allá, señores, sobre el suelo fecundo, generoso y hos- 
pitalario de nuestra libre América; allá, esparcidos por el 
inmenso territorio americano, cinco millones de honrados, 
laboriosos, patriotas, dignísimos trabajadores españoles, 
guardando vivo, latente e inextinguible, en lo más hondo 
de su ser un culto eterno, fervoroso y profundo, a la na- 
ción donde nacieron y que guarda las tumbas de sus ilus- 
tres ancestrales, son el mejor elemento de bienestar y de 
progreso en aquel/las tierras, que son la patria de sus es- 
posas y que han mecido la tierna cuna de sus hijos. Y allí han 
formado su hogar y allí han creado una familia, y allí han 
constituido y fomentado una riqueza, y allí, identificados 
con nosotros, gozan de nuestras alegrías, y sufren con 
nuestras desventuras, y alientan con nuestras esperanzas, 
y viven con nuestra propia vida, uniendo en un mismo 



70 RUY DE LÜGO-YINá 

culto y en un mismo amor la bandera ilustre de la na- 
ción gloriosa de sus abuelos y de sus padres y el pabellón 
heroico de la nación querida de sus mujeres y de sus 
hijos. (Ovación.) 

Inspirándonos, pues, al par que en nuestros propios y 
fervorosos sentimientos, en ese alto y edificador ejemplo 
que a todos nos ofrecen osos cinco millones de buenos es- 
pañoles que, sin dejar de serlo, han demostrado con su 
amor a América la noble compatibilidad que existe entre 
el culto a la nación progenitora y la consagración al des- 
arrollo y a la grandeza de las libres nacionalidades de su 
estirpe, permitidme desear que actos de esta naturaleza 
afirmen y acentúen los sólidos vinculas que establecen y 
que aseguran los sentimientos de la profunda identifica- 
ción hispanoamericana; que desvanecidos por siempre los 
enconos, olvidados por siempre los agravios, disipados por 
siempre los rencores, cegados por siempre los abismos, ci- 
catrizadas definitivamente las heridas, al amparo de la 
ley, a la sombra de la paz y al conjuro del amor, crezca 
fecundo y arraigue vigoroso el santo árbol de nuestra 
eterna confraternidad. (Inmensa ovación.) 



III.— ¿xNADA MAS QUE UNA EFEMÉRIDES?.. 



El orador ha dicho que, de no haberle ofrecido en tal 
ocasión el cuerpo diplomático hispanoamericano la opor- 
tunidad de hablar, él la habría solicitado. «Esta vez — dijo 
enfáticamente — yo traigo a este acto el eco de una solem- 
nidad verificada en mi país.» Se refiere al recibimiento y 
al agasajo de que fueron objeto los marinos del acorazado 
«Alfonso XIII», a los cuales tributó La Habana, Cuba en- 
tera, una acogida todavía más entusiasta y jubilosa que a 



KL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 71 

aquellos otros marinos de la fragata «Nautilus» que fu«ra 
a aguas cubanas cuando todavía no se había secado en 
la manigua la sangre de los contendientes, que dejaroa 
de serlo, tanto en acción como en espíritu, desde el di? 
mismo que se firmó la paz y se reconciliaron loe cora- 
zones. 

Otro de los oradores que hicieron gala de su palabra 
en la misma festividad, el Presidente de la Unión Ibero- 
americana, que lo era entonces y lo sigue aún siendo el 
Marqués de Figueroa, dijo: «En el día de ayer salió de 
aguas españolas para Chile misión augusta, que no lo 
es sólo por la representación, sino por el objeto.» Se re- 
fería a la embajada española de los descendientes de Alon- 
so de Ercilla que iban a tierra araucana para conmemo- 
rar la epopeya de Magallanes, de aquel intrépido nauta 
que dio nombre al estrecho sudamericano que le inmorta- 
liza por su hazaña de haber descubierto por Occidente la 
ruta oriental, añadiendo nuevos florones a la unidad ibé- 
rica con la ofrenda de su propia vida.' Al firmarse en la 
sesión solemne del Ayuntamiento del año anterior la Real 
Orden por la cual el Gobierno español decide efectuar 60- 
iemne conmemoración del centenario magallánico, el Pre- 
sidente del Consejo de Ministros, don Joaquín Sánchez de 
■de Toca, dijo que la mejor aportación que podía hacerse 
aquel año a la Fiesta de la Raza era la propuesta del 
mencionado decreto. Se vio entonces que el Estado espa- 
ñol no dejaba de perseverar en la necesidad de que fue- 
sen aprovechadas todas las ocasiones para que de la re- 
tórica racial surgiesen hechos de positiva confraternidad. 

Ambos oradores, inspirados en un mismo sentido, se re- 
fieren a dos acontecimientos que han tenido una trascen- 
dencia enorme en la historia de las relaciones raciales: 
la visita de los marinos españoles a tierra cubana y la 
visita a tierra chilena de una embajada extraordinaria, 
presidida por un pariente del Rey, y de la que formaba 



1 
72 RUY DE LUGO-VIÑá 

parte una personalidad española que disfruta de grandes? 
simpatías entre los hispanoamericanos que visitan a Es- 
paña: don José Francos Rodríguez, que por su condición 
de presidente de la Academia Hispanoamericana de Cien- 
cias y Artes y de la Asociación de la Prensa, mantiene 
estrechas relaciones con los intelectuales de allende el 
mar. 

¿Cómo negar eficacia a ese acercamiento, que produce, 
en la cada vez mayor intimidad hispanoamericana, ui* 
nuevo estado de cosas que en nada se parece a aquel en. 
que vivieron España y América después de la segrega- 
ción de los virreynatos, en que vivieron España y Cuba 
después del inevitable desastre postrero del vasto Impe- 
rio «donde jamás se ponía el sol»? 

Dijo Ganivet, aquel profundo pero equivocado conoce- 
dor del idearium idiosincrásico español), estas o semejan- 
tes palabras: «No debíamos pensar en nuestra reconstitu- 
ción con la mira puesta en conquistas de carácter mate- 
rial, que si España fué la primera nación europea engran- 
decida por la política de expansión y la primera en decaer 
y terminar su evolución material, es también la primera 
que ha de trabajar en la restauración política y social de 
un orden completamente nuevo, y que está, por tanto, 
para ello en grado superior de desenvolvimiento respecto 
a las naciones que conservan aún su grandeza y prosperi- 
dad en aquel sentido». Pero, ¿eso es posible?... 

Después de penetrar en la verdad del problema, todas 
las voces grandilocuentes de los discursos de las Fiestas 
de la Raza nos parecen sonoras y bellas, pero huecas e 
inútiles. Y entonces no nos convencen ni la visita del aco- 
razado «Alfonso XIII» a aguas cubanas, ni la visita de la 
magna embajada real a tierra chilena; y entonces nos pa- 
rece que la elocuencia de García Kohly es cosa frágil y 
sin consistencia; y entonces-, aunque muy racionalmente- 
inspirada, nos parece improbable aquel deseo del Rector 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 73' 

de la Universidad Central, el sabio doctor Carracido, de 
que «cada una de las Universidades, no sólo de España,, 
sino de las repúblicas hispanoamericanas, se convierta 
en una catedral del culto al ideal hispánico.» ¡Entonces 
todo nos parece declamatorio, oropelesco y hasta muchas 
veces falso, falso de toda falsedad demostrada y compro- 
bada! 

Pero cuando pedimos algo más fundamental, algo que 
no sea de simple fórmula diplomática, algo que demuestre 
sin lugar a réplica o controversia la efectividad de un 
hispano-americanismo de fondo y no de forma, nuestro 
anhelo no se pierde en el vacío, y halla por lo contra- 
rio una demostración que colma todos nuestros deseos 
de demostración y comprobación en aquel documento, 
memorable que firmaron varios de los más representati- 
vos políticos de una España muchas veces equivocada, 
pero siempre hidalga y generosa: «Los que suscriben, Se- 
nadores y Diputados del Parlamento español, están de 
acuerdo, sin reservas de ningún género, en que sería opor- 
tuno en estos momentos que el Gobierno de España expre- 
sara amistosamente al de Washington el anhelo de la 
República Dominicana de que se restablezca en ella el 
régimen anulado por la ocupación militar a que está so- 
metido aquel país, y estiman que el propio Gobierno es- 
pañol debería interponer sus buenos oficios cerca del Go- 
bierno americano, cumpliendo con ello altos deberes mo- 
rales para con el pueblo dominicano y de cordial amis- 
tad hacia el Gobierno de los Estados Unidos.» 

¿Qué hicieron el Rey y su Consejo? Aceptar la voz 
popular expresada tan noblemente, con tanta espontanei- 
dad y gallardía, por esos parlamentarios de hoy que, con 
tal gesto, se hicieron dignos de la gloria de aquellos otros 
patricios de las memorables Cortes españolas que prece- 
dieron a la República, que continuaron durante la exis- 



74 RUY DE LUGO-VíftA 

tencia de ésta y que luego se prolongaron en la Restau- 
ración. 

Wilson, el famoso Presidente de las insinceras utopía», 
había dicho: «Daremos cuanto amamos, cuanto poseemos, 
para emancipar al mundo, para hacer en él posible la vida 
a las hombres libres como nosotros.» Y eso lo decía el 
jefe del Estado norteamericano en el momento mismo 
-que aherrojaba a Santo Domingo, y que, desarrollando un 
plan tenebroso, se proponía hacer otro tanto con varias 
de las Repúblicas hispano-americanas que están dentro de 
su zona de influencia. ¿Qué hizo Hispano-América en ta- 
les circunstancias? A esta pregunta nos responde el in- 
signe internacionalista mexicano Isidro Fabela en su libro 
de reciente publicación «Los Estados Unidos contra la 
Libertad», diciendo: 

«El único pueblo que ha levantado su voz. pública y ofi- 
cialmente, en pro de la libertad dominicana, es el pue- 
blo español. Las naciones iberoamericanas, que nada efec- 
tivo han hecho o que ni siquiera se han preocupado de la 
tragedia moral, material y trascendental de Santo Domin- 
go, debieran tomar nota del ejemplo hidalgo que les da 
España. El hecho es de suma importancia para toda la 
América, porque puede decirse que es el primer aconte^ 
cimiento serio que surge como prueba de la unión de Es- 
paña con sus antiguas hijas de ultramar. ¡Ya era tiem- 
po! Y está bien que sea España la que tienda sus manos 
cordiales a la nación oprimida por aquella potencia im- 
perialista de otra raza, que parece pretender invadir con 
bancos, mercancías, gobiernos y soldados, a toda una gran 
parte de la América española.» 

¿Quien podría contradecir a Fabela, puesto que él pone 
en acción el apotegma de que «la historia se escribe con 
docum en tos» ? .. . 

Es de tal oportunidad en este libro lo que él cita en 
el suyo, siempre «bien documentado», que deben ser re- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA To 

producidas todas sus palabras cuando trata de la vital 
cuestión que ya no parece tan de hojarasca ni tan de re- 
lumbrón: 

«Si el pueblo español, dándose bien cuenta del alcance 
prolífico de sus actos, decidiera actuar en el grave proble- 
ma de la política americana, tomando la defensa de sus 
hermanas contra la política invasora, conquistadora y he- 
gemónica de los Estados Unidos, la madre España, por el 
hecho sólo de seguir una política de acercamiento racial, 
y de defensa del derecho y de la justicia, ganaría... cuanto 
quisiera ganar en todo el continente hispanoamericano. 
Nosotros estamos convencidos de que a la España rica, 
sana y vigorosa de este momento histórico, le conviene 
volver su corazón, su inteligencia y sus brazos a la Amé- 
rica que fué suya materialmente y que es suya cordial- 
mente. ¿Para qué? Para engrandecerse y engrandecernos, 
y cuando haya peligro para ayudarse y ayudarnos. Que 
piense España que veinte repúblicas de su raza pueden 
abrirle sus arcas de oro con el privilegio del afecto y del 
idioma; que piense España que veinte repúblicas pueden 
darle su voto ahora y sus aceros mañana en todos sus con- 
üictos internacionales, y que ella decida, porque la Amé- 
rica española hace ya mucho tiempo que la llama y que 
la espera». 

Pasando del terreno sociológico al de la economía polí- 
tica internacional, el americano Fabela está más en lo 
cierto que el español Ganivet. A más de gloria, provecho, 
por aquello de que España «ganaría... cuanto quisiera 
ganar en todo el continente hispanoamericano». 

A ambos conceptos hay que añadir el de aquel gran pa- 
triota ideólogo que se llamó Joaquín Costa: «No ya por 
sugestiones de patriotismo, por altos deberes de humani- 
dad estamos obligados a fomentar el crecimiento de la 
raza española.» 

Y así, entonces, el hispano-americanismo sentimental o 



76 RUY DE LUGO-VINA; 

materialista que ahora son los únicos de uso corriente y 
que acabarán por estar en desuso, obtendría el más sólido 
robustecimiento por razones ideales al par que sentimen- 
tales, previsoras al par que provechosas, humanitarias al 
par que raciales. 

De ese hispano-americanismo, así especificado y esclare- 
cido, es apóstol incansable Mario García Kohly, porque él, 
como tribuno, es poeta, y como diplomático es sociólogo 
y economista. Y si sus palabras están siempre revestidas 
de autoridad, es porque su persona la tiene dentro de un 
campo de acción a la vez de puros idealismos y de prácti- 
cas conveniencias. 

¿No es acaso esa la única orientación posible de un 
hispano-americanismo que no sea un imposible?... 



CAPITULO IY 



UN DISCURSO EN EL TEATRO NACIONAL 
DE LA HABANA 



I.— BANQUETE MEMORABLE 



Después de ocho anos de ausencia, y disfrutando de 
una licencia, Mario García Kohly regresó a Cuba. No 
permaneció allí todo el tiempo a que lo obligaban nuestra 
-recepción cariñosa y el halago de sus compatriotas, que 
veían en él, no ya al hombre público en camino ascen- 
dente, sino a una de las grandes personalidades de la na- 
cionalidad. Razones del cargo le obligaron a dejarnos en 
breve plazo; pero durante su permanencia recibió agasa- 
jos de todos cuantos conocían su obra de diplomacia- 
tribunicia en España, sobre todo — nobleza obliga a la 
confesión — por parte de los residentes españoles. 

La República Argentina — valga un ejemplo — hace pre- 
sidentes a sus diplomáticos. El gran Domingo F. Sarmien- 
to y posteriormente Roque Saénz Peña y Marcelo T. de 
Alvear dejaron la carrera diplomática para ascender a la 
más alta magistratura de su país. La República de Cuba, 



78 RUY DE LUGO-VTNÁ 

en cambio, olvida a los que durante largos años sirvieron 
a la Nación en sus plenipotencias del servicio exterior: 
cuando regresan al país, son como extranjeros. Si se 
trata de un Carlos Manuel de Céspedes, diplomático ilus- 
tre, se le supone «yankófilo», porque procede de la Lega- 
ción de Washington; -si de Carlos García Vélez, no menos 
ilustre, se le tiene por «desarraigado», porque llega del 
lejano Londres. Y no podía ser Mario García Kohly una 
excepción a esa regla, naturalmente. Se le tuvo por 
«hispanófilo» — mejor dicho: españolizado — desde el mo- 
mento que llegaba de Madrid, donde, en representación 
oficial, que jamás se pensó que en esos ocho años fuese re- 
levada, había hecho una labor sincera, franca, ante todo 
muy cubana, de muy justa y a la par muy justificable labor 
de acercamiento entre la ex colonia y la antigua metrópoli.-' 
Es tan absorbente la política cubana, que quien no esté 
dentro de ella, manteniendo a todo trance el relieve 
criollo de su personalidad de hombre público, será bien 
pronto olvidado y no pocas veces preterido. 

A los españoles residentes en la Habana se debe que el 
nombre de Mario García Kohly fuese de nacionalísima 
actualidad. 

En el Teatro Nacional — el antiguo Teatro Tacón, hoy 
propiedad del Centro Gallego — se celebró en la noche 
del 23 de Mayo de 1921 un memorable banquete. Lanza- 
da la iniciativa por la colonia española, se adhirieron 
a ella, pues tenía que ser así, eminentes personalidades 
cubanas, muchos cubanos también simpatizadores del 
tribuno; pero el hecho cierto es que a aquel banquete 
iniciado por los españoles también concurrieron los cu- 
banos en igual proporción que los organizadores oficiales 
del festejo. De ahí que el acto tuviera una trascendencia 
que acaso no se esperaba, y que el banquete, ofrecido 
por el Comité de Sociedades Españolas, lo fuera en igual 
medida y alcance por la sociedad cubana. Y si es cierto 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA. 7& 

que fué un orador español el que brindó el homenaje, no 
debe olvidarse que un poeta cubano, llevado a ello por 
sugestión de algunos compatriotas, hizo resonar la voz 
nativa ante el esplendor inusitado de aquella sala donde 
no cabía un solo comensal más, y en cuyos palcos y galerías 
altas las familias cubanas y el pueblo cubano se apresta- 
ban a oir el verbo magnífico del orador que procedía de 
tierra de oradores, y que, en vez de traer mermada su 
fama, venía con nuevos y frescos laureles a superar sus 
triunfos anteriores de la tribuna parlamentaria, acadé- 
mica y política. 

Ante los 517 comensales, ante aquella concurrencia ple- 
tórica de palcos y galerías, ante aquella asamblea des- 
lumbrante, el presidente del Comité de Sociedades espa- 
ñolas entregó el pergamino dedicado a aquel que lo me- 
rece «en mérito a los valiosos servicios por él prestados 
a los altos ideales de la raza y a la confraternidad his- 
pano-cubana». Firmaban el presente las diversas agru- 
paciones que forman el Comité de Sociedades Españolas 
de la Habana, que lo son el Casino Español, el Centro 
Gallego, el Centro Asturiano, la Asociación de Depen- 
dientes, el Centro Balear, la Asociación Canaria, el Centro 
Montañés, la colonia española, el Centro Castellano, la 
Cámara Española de Comercio, el Foment Cátala, el 
Centro Andaluz- y el Centro Valenciano: todas las re- 
giones, todo el esfuerzo, todo el amor de la España que 
tiene en la isla maravillosa la prolongación a que la llevan 
de buen grado y con noble afán sus hijos laboriosos, 
que en la Atlántida encuentran, más que en la propia 
España, ancho campo para sus actividades y tierra pro- 
picia a su semilla fecundadora. 

Ese pergamino, entregado en aquella ocasión en manos 
del que aún sigue siendo plenipotenciario de Cuba en 
Madrid, no era uno de tantos agasajos de circunstancias. 
Significaba algo más, y algo muy grande. Hasta enton- 



80 RUY DE LUGO-VINA 

ees nunca se habían reunido en ninguna parte de Cuba 
para realizar un acto de tanta trascendencia los espa- 
ñoles que viven allí y los cubanos que se complacen y 
hasta se enorgullecen de tal convivencia, que ni les ex- 
traña ni puede serles molesta o perturbadora. Nunca 
como en aquella noche habían vibrado al unísono, en 
olvido total de cosas que pasaron y que tenían que su- 
ceder fatalmente para que la Historia no se interrum- 
piese, los nativos y los naturalizados: naturalizados, sí, 
porque esos españoles de Cuba, sigan o no siendo subditos 
de la Monarquía española, incorporados o no a la lista 
de los que toman de por vida carta de ciudadanía republi- 
cana, ya no se desarraigan jamás de la tierra adoptiva. 
Si vuelven alguna vez a la tierra natal, es para regresar 
al poco tiempo. Nacieron en España, pero morirán en 
Cuba. A esos hombres no se les puede llamar nunca ex- 
tranjeros. Y lo entendieron así los miembros de la Directiva 
del Casino Español al redactar, en nombre del Comité de 
Sociedades Españolas, en la parte que al homenaje se 
refiere, la Memoria del año social de 1921, donde se lee 
lo que nunca es inoportuno reproducir: 

«Este suceso ha revestido tan excepcional brillantez, ha 
entrañado tan extraordinaria trascendencia por su impor- 
tancia y significación, ha culminado en un triunfo tan 
absoluto, tan admirable, tan indiscutible, que puede ser 
considerado como único en la historia nacional y en la 
historia de las instituciones españolas que aquí radican y 
que al amparo de las leyes de la República viven y des- 
arrollan sus nobles iniciativas. 

»Es la primera vez que de una manera tan hermosa e 
imponente rinde una colonia extranjera, en el supuesto 
inconcebible y absurdo de que los españoles puedan ser 
considerados en Cuba como extranjeras, la pleitesía de su 
admiración ferviente a un diplomático cubano. 

»Pero este diplomático se llama Mario García Kohly y 



ML TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 81 

por la magnífica labor que ha realizado en pro de la más 
estrecha compenetración hispanocubana; por sus grandi- 
locuentes discursos, que han sido cantos de amor a la 
grandeza insuperable dé la raza latina; por su brillantí- 
sima gestión diplomática, que honra a Cuba y engrandece 
a España, ha merecido ese magno homenaje que desde el 
mismo instante en que fué iniciado mereció la unánime 
sanción de todos. 

^Satisfecho puede estar el Dr. García Kohly por el im- 
ponente testimonio de cariño y de admiración que le ha 
ofrendado la colonia española en pleno, y satisfecha y 
orgullosa debe estar ésta también porque ha sabido hon- 
rarse honrando a quien, como al ilustre festejado, tanta 
honra merece...» 

Efectivamente: es «un supuesto absurdo e inconcebible 
que los españoles puedan ser considerados en Cuba como 
extranjeros». Al menos, después de" aquella noche me- 
morable, de aquel banquete en que juntos cubanos y es- 
pañoles brindaron con el orador por España y por Cuba, 
babrá que hacer siempre en lo adelante un distingo 
respecto a aquellos argonautas de la legión de nuevos 
conquistadores que se han incorporado a nuestra vida 
nacional, creando, en la patria adoptiva, hogar y fa- 
milia, muchas veces fortuna cuantiosa y considerable 
reputación. 

Y puesto que aquel banquete no fué de esos que sirven 
de tema satírico a los humoristas descreídos y a los aven- 
tureros fracasados, léanse las palabras elocuentes que en 
él se dijeron, y que, recordadas por cuantos las oímos, 
lo serán también por los que las conozcan en esta exacta 
versión taquigráfica — que el orador ni siquiera revisó — , 
y donde los conceptos, por hermosos que sean, no lo serán, 
nunca tanto como en labios del orador agasajado. 



82 RUY DE LUGO-WÑA 



II— UNA HORA DE MAGNIFICENCIA VERBAL (i). 



Señor presidente del Comité de Sociedades Españolas:. 
Señoras y señores: 

Una sola palabra; una sola palabra que fluye del cora- 
zón y que asciende a los labios desde el fondo del almac 
es la respuesta única, adecuada y posible que me es 
dado ofrecer, ante esta manifestación delicada, generosa 
e inmerecida con que me abruman y me conmueven vues- 
tra bondad y vuestra cortesanía excepcionales: ¡Gracias, 
gracias a todos, gracias con toda el alma, gracias una y 
mil veces...! (Aplausos.) . 

Y no quisiera decir nada absolutamente más. Y yo os 
suplicaría que me permitieseis encerrar en esta única, 
sentida y sencillísima expresión, toda la magnitud infinita 
del sentimiento enternecido que se concentra y se des- 
borda en mi alma, no sólo porque hay grandes emociones 
que no se traducen nunca en frases elocuentes ni encuen- 
tran nunca la expresión debida, sino porque cuando esa 
emoción alcanza en magnitud y en intensidad el grado 
de la que en estos momentos en mí actúa, y que se im- 
pone avasalladoramente sobre mi ánimo, parece que existe 
algo extraño, misterioso, indefinible, desconocido, in- 
expresable, que se clava como un garfio en el corazón y 
que lo paraliza y lo detiene,; parece que hay algo extra- 
fío, misterioso, indefinible, que llega hasta la garganta y 
que la ahoga, que asciende hasta la palabra y la enmudece; 
que monta hasta los ojos y los nubla; y sin ideas en la 



(i) Reproducido textualmente, con sus acotaciones, de 
la Memoria de 1921 del Casino Español de la Habana. 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 8$ 

mente, sin vigor en la frase, sin expresión en el lenguaje, 
bo es posible hacer más que encerrar en una sola palabra 
toda la grandeza del pensamiento y de la idea, como se encie_ 
rra en una imagen la devoción de un culto, como se encierra 
en un símbolo la historia de una vida, como se encierra 
en un latido la concreción de un sentimiento, y repetir 
esa palabra «Gracias», que yo os reitero ahora, tan po- 
bre el labio y tan rebelde la frase para decirla apenas 
balbuceante, como abierto el corazón y franca el alma 
para sentirla, leal e intensamente... (Ovación.) 

Mas ya que a las palabras elocuentes, inspiradas, ge- 
nerosas, delicadas y ardientes con las que han hablado 
la bondad y el afecto por los labios fraternales e ilustres 
del amigo querido que tanto me ha honrado, es fuerza 
que responda y que conteste, conteniendo en el molde 
siempre estrecho y deficiente siempre de la frase la res- 
puesta, permitidme que os diga que acepto emocionado, 
que acojo agradecido esta demostración magnífica, con- 
cebida por vuestra bondad infinita, y realizada por vues- 
tra delicadeza inagotable, no por lo que afecta y honra 
mi personalidad humilde, no por lo que enaltece y eleva 
mi individualidad modesta, sino por lo que significa como 
sanción autorizada y lo que representa de aprobación va- 
liosa de vuestro juicio y de vuestro patriotismo a una 
labor política de unión, de concordia, de confraternidad, 
de identificación y amor, realizada durante ocho años, 
no sólo en cumplimiento de mis deberes oficiales, no sólo 
en obediencia a las altas inspiraciones de conducta que 
me fueron trazadas por el Gobierno de mi país, sino °n 
acatamiento a ideas, a principios, a sentimientos y aspi- 
raciones que he proclamado y mantenido siempre, no 
como manifestaciones efectista ganosas y buscadoras del 
aplauso, sino como expresión sincera de una convicción 
íntima, honda y profundamente arraigada en el fondo 
de mi conciencia y de mi ser. (Grandes aplausos.) 



84 RUY HE LUGOVTtfA 

Y esas ideas y convicciones son precisas y diáfanas. 
Permitidme exponerlas. 

Siempre he creído que en el orden de las relaciones 
políticas internacionales entre la nación progenitura y sus 
hijas emancipadas del continente hispanoamericano, y 
<ie un modo concreto en el orden de las relaciones po- 
líticas internacionales entre la nación española y la pa- 
tria cubana, que me confirió el honor insigne de conce- 
derme su representación ante ella, no habría labor más 
nefasta, empeño más funesto, misión más sacrilega que 
la de renovar impíamente estériles rencores que el tiempo 
y que nuestro honor recíproco han conseguido por siem- 
pre, afortunadamente, desvanecer y disipar. (Aplausos 
prolongados.) 

Yo creo, señores, que en el orden de las relaciones po- 
líticas entre pueblos que tienen comunidad de origen, de 
historia, de tradición, de espíritu, de sentimientos, de alma 
y sangre no hay empeño más vano, más inútil, más in- 
fecundo, más contraproducente y más estéril que mirar 
hacia atrás... (Aplausos.) Y que buscar en la evocación 
adolorida, en el recuerdo penosamente impresionado de 
las causas inmediatas, transitorias, circunstanciales; de 
las causas determinantes del hecho material de la eman- 
cipación de un pueblo al cumplimiento de su mayor edad 
política, la razón fundamental e histórica de esa emanci- 
pación, es tan vano como buscar en el recuerdo de di- 
vergencias, de discrepancias y de conflictos familiares la 
razón fundamental y eterna de la emancipación del hijo 
al cumplimiento de la mayor edad del hombre. (Caluro- 
sos aplausos.) Yo creo que es una ley histórica, .o por me- 
jor decir, que es una ley biológica la que impone esos 
procesos inmanentes de separación. Los errores políticos, 
las injusticias económicas, las deficiencias administrati- 
vas, las desigualdades sociales, son la causa inmediata, 
son la causa determinante y productora, son como el 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 85 

combustible que va hacinándose esperando a que lo inflame- 
con su gigante aliento el genio del patriotismo y de la 
guerra.. Pero cuando suena para los pueblos en el reloj 
del tiempo la hora augusta de su emancipación, que es la 
hora de su mayor edad, cuando aparecen en los hori- 
zontes ensombrecidos de las Patrias esos grandes heraldos 
del patriotismo y del honor, que convocan los pueblos en 
nombre del derecho, pidiendo al destino con reclamo enér- 
gico, o libertad cumplida para regenerarles, o muerte 
santa para glorificarlos, las grandes commociones polí- 
ticas que en tal momento y por tal obra se producen, 
las que transforman fundamentalmente la existencia y la 
historia de los pueblos, las que dan origen a la creación, 
j3or desprendimientos de nuevas nacionalidades, que son 
ramas del mismo tronco, hojas del mismo árbol, frutos 
de la misma savia, sangre de la misma raza e hijos de la 
misma estirpe, ellas no son sino paréntesis, providencial- 
mente decretados, para dar cumplimiento a destinos san- 
tos, universales e inmutables, y no pueden dejar, al ce- 
rrarse en la historia, ni una estela de odio en la memoria,, 
ni v. na mancha de sangre en la conciencia. (Grandes 
aplausos.) 

He 'ahí, señores, las ideas y convicciones a que he ajus- 
tado inexorablemente mi conducta. Y avivadas estas ideas, 
fortalecidas estas convicciones en el conocimiento y en 
el estudio de la nación ilustre, progenitura e inmortal; 
de la nación que en cumplimiento, acaso, de una misión 
divina, providencial y eterna, realizó sobre la tierra la 
obra excelsa de civilización y de cultura que la epopeya 
del descubrimiento representa. (Imponente ovación.) De 
la nación que en alas del entusiasmo, del patriotismo, 
del ardimiento y de la fe transportó a un mundo la ima- 
gen santa del Redentor del hombre, el primer aliento 
de civilización y el primer soplo de progreso; de la 
nación que nos legó el idioma en que nos enseñaron 



86 RUY DE LUGO-VIÑA 

nuestras santas madres a balbucear, sin comprenderla 
acaso, la primera oración y la primera plegaria; en que 
aprendimos a amar los encantos y a admirar las virtudes 
de nuestras mujeres adorables, en el que hemos enseñado 
a nuestros hijos a proclamar como un dogma de su con- 
ciencia y como una regla de su vida el santo lema 
de libertad, independencia y Patria (ovación)"; de la na- 
ción que en el ejemplo de sus luchas seculares de siete 
siglos por conquistar y por conservar su independencia 
infiltró en nuestro espíritu y legó a nuestra alma anhelo 
idéntico de libertad y de independencia patrias¡, que al 
cabo, señores, si examináis la Historia, veréis que nues- 
tra rebeldía indómita era la herencia histórica de vues- 
tras propias gloriosas rebeldías, que en vuestra Historia 
desde Viriato hasta Daoiz aprendimos a amar insurrectos 
inmortales, y desde Numancia y Zaragoza, a venerar ▼ 
a bendecir a los mártires. (Aplausos estruendosos.) 

Avivadas, repito, esas convicciones en el conocimiento 
y en el estudio de la España de las grandezas históricas, 
de los prestigios científicos, de las glorias literarias y las 
bellezas artísticas, y viendo cómo sobre el suelo de la 
nación progenitura nace robusto, surge potente, vive 
fecundo, crece lozano y arraiga vigoroso el santo árbol 
de la confraternidad hispanoamericana, yo he repetido 
mil veces que más firmes, más fuertes, más sólidos, más 
recios que los vínculos siempre efímeros, transitorios, 
artificiales y deleznables del Poder político son los lazos 
eternos e inmanentes del amor y la estima, de lia san- 
gre y el alma, de la raza y la estirpe... (Grandes aplausos.) 

Yo he declarado, señores, que nosotros, los que del ár- 
bol secular de la nacionalidad española descendemos, allá, 
sobre el suelo de la nación descubridora, ni somos ni nos 
sentimos extranjeros; que si somos, en el orden del tiem- 
po, representantes de un nuevo mundo y de una nueva 
época, representantes de un presente que cumplió el más 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 87 

santo y alto de todos sus deberes al destruir los vínculos de 
carácter político que constituyeron su pasado, somos, en 
el orden de los afectos y de los sentimientos, hijos que 
cumplen con el más santo y alto de todos sus deberes, hon- 
rando el nombre, la grandeza y la gloria de sus padres. 
(Aplausos estruendosos.) 

Pero yo debo declarar, señores, porque lo impone un 
sentimiento de honestidad política, porque lo dicta un 
deber sagrado de honradez patriótica, que si yo he pro- 
fesado estas doctrinas, que si yo he mantenido estas ideas, 
si he afirmado estas convicciones, es porque ellas, no sólo 
no representan ni han podido representar nunca una 
abdicación ni una tibieza en el culto sagrado al ideal 
glorioso de libertad e independencia patrias, sino que, por 
-el contrario, constituyen la expresión genuina del cri- 
terio altísimo y del pensamiento filosófico con que conci- 
bieron la idea de la Patria y la noción de la independencia 
y de la república los creadores excelsos de nuestra na- 
cionalidad; aquellos hombres" cumbres que levantaron 
sobre sus pechos de titanes el templo augusto de nuestras 
libertades en el seno de la República y la Patria. (Gran- 
des aplausos.) 

Mi ilustre y querido amigo el Sr. Baños, en las pala- 
bras con que ha deleitado vuestro oído, ha dedicado una 
bella, alta, sentida alusión a la memoria excelsa de José 
Martí. Permitidme que la recoja como cubano, y agrade- 
cido, la comente en mi discurso. 

Todas las grandes ideas — decía aquel eminente escritor 
D. Miguel Moya, refiriéndose a aquel ilustre sociólogo 
español D. Joaquín Costa — han tenido siempre un profeta 
que las anuncie y todas las religiones un Pontífice que 
las defina, que las gobierne y que las rija. Y yo añado que 
todos les grandes ideales de la Humanidad han tenido 
siempre, también, un mártir cuyo sacrificio y cuya muer- 
te los consagra, los inmortaliza y perpetúa. Todas las 



88 RUY DE LUGO-VIÑA 

grandes utopías, un Presursor y un vidente que las pre- 
siente, las adivina, las acaricia y las proclama. Todos 
los grandes anhelos y todos los grandes dolores de un 
pueblo o de una raza tienen un hombre que por encar- 
nación milagrosa y magnífica los personifica, los repre- 
senta y simboliza. Y todos los santos latidos y todas las 
sagradas palpitaciones y todas las ansias sublimes de li- 
bertad y de emancipación de un pueblo, una voz augusta, 
precursora de ellos, y que es su verbo, su inspiración, su 
espíritu, su luz, su pensamiento, su cerebro, su corazón y 
su alma. Pues bien; el alma excelsa de la emancipación 
cubana, el genio excelso de la emancipación cubana, el 
verbo excelso de la emancipación cubana tuvo su encar- 
nación milagrosa y magnífica en un hombre: ese hombre. 
sq llamó José Martí... (Aplausos estruendosos). . 

Yo no creo, señores, que exista en la historia de la 
organización política de las modernas sociedades figura 
alguna más interesante y más compleja. Obrero, tribuno, 
poeta, luchador y mártir, todo lo fué, porque la Patria 
reclamaba de él, al mismo tiempo, obrero para construir- 
la, tribuno para defenderla, poeta para cantarla, luchador 
para hacerla y mártir sublime para glorificarla. (Grandes 
aplausos). 

Y no ^obstante, de todos los aspectos múltiples y com- 
plejos de aquella insigne personalidad, lo que la define, 
la destaca y la caracteriza es su condición de verbo, su 
condición de apóstol, su condición de pontífice, definidor 
del dogma, en la sagrada religión del patriotismo. 

¿Queréis saber cómo realizó su apostolado? Preguntadlo 
de las fronteras más distantes a los confines más remotos 
de la América entera, por su genio enardecida, emocio- 
nada y conmovida. Preguntadle a los descendientes c d,a 
Washington y Lincoln si su severa, si su austera, si su 
serena alma sajona no .se caldeaba al rojo al fuego de los 



EL TRIBUNO DE LA DiPLOMACIl "9 

acentos inflamados de José Martí. Preguntadle a los des- 
cesdientes de Hidalgo y de Morelos si la tribuna mexicana 
no tembló, estremecida al soplo tormentoso de su gi- 
gante aliento. Preguntadle a los descendientes de Sucre 
y Bolívar si sus grandes volcanes dieron lava que hir- 
viese como la frase ardiente con que inflamaba el genio 
los discursos épicos de Martí. Preguntad al argentino si 
en la llanura inmensa de sus inacabables pampas no flotóí 
libremente aquel inmortal espíritu, que quiso la Provi- 
dencia, equivocada, guardar en la envoltura mísera, po- 
bre, carnal y deleznable del cuerpo de un humano, y era 
tan vasto], tan grande, inmenso e infinito, que el molde 
gigantesco del continente americano resultaba pequeño 
para encerrarle en él. (Grandes aplausos.) 

Y bien, señores; yo he leído, con la unción mística y 
respetuosa del creyente, con el fervor intenso y religioso 
del devoto, toda la obra excelsa de aquel hombre inmortal, 
y yo os afirmo que he encontrado en ella santos, nobles, 
sublimes anhelos de libertad y de emancipación de un 
pueblo; amor intenso, infinito y sin límites, dispuesto a 
todas las abnegaciones y a todos los sacrificios, al ideal 
sagrado de la independencia de la Patria; yo he encon- 
trado en ella apostrofes inflamados, condenaciones enar- 
decidas, sentencias inapelables, anatemas soberbios y mag- 
níficos contra un Gobierno, contra un 'sistema, contra 
una actuación, contra una política y contra un régimen; 
pero lo que no he encontrado, ni encontrará persona al- 
guna en esas páginas, es una nota de odio, de rencor ni 
de venganza contra la raza a que él pertenecía y en cuyo 
glorioso idioma se expresaba. (Grandes aplausos.) 

¿Sabéis, señores, qué significa esto? ¿Sabéis, señores, 
qué quiere decir esto? Pues quiere decir que la noble, la 
santa, la sagrada, la inmortal, la sublime causa de la 
libertad y de la emancipación de un pueblo no puede 
ser jamás, por el prestigio mismo de su grandeza inmen- 



90 RUY DE LUGO-VIÑA 

«a, inspiradora de odios irreductibles e implacables. (Pro- 
longados aplausos.) 

Quiere decir que la noble, la santa causa de la libertad 
,y de la emancipación de un pueblo no es el maldito 
aboorto de un rencor estéril, sino el producto sano de un 
ideal fecundo. (Grandes aplausos.) 

Quiere decir que es un soplo de libertad y no un hálito de 
muerte el que agita el alma emocionada de los pueblos al 
llamamiento imperativo del patriotismo despertado. Por 
eso, cuando al conjuro mágico de la voz sublime de Jos» 
Martí, el grito de libertad e independencia, vibró de nue- 
vo en la conciencia estremecida del pueblo cubano y lo re- 
acogió el bosque y lo repitió el eco, y lo bramó el mar que 
circunda la Isla, en sus rugientes y encrespadas olas; 
cuando todos los corazones palpitaron con entusiasmo pa- 
trio, y en todas las almas anidó la fe, y en todos los pe- 
chos latió la esperanza, e hirvió la sangre en las canden- 
tes venas, ni en el sombrío horror de los desastres, ni en 
la siniestra cólera de los desquites, ni teñida en la sangre 
<lel combate, ni caldeada en el fuego del incendio, la ira 
ciega, ni la represalia airada, profanaron la majestad su- 
prema del ideal cubano, la pureza de sus anhelos demo- 
cráticos, la santidad de su labor reparadora, la generosidad 
sin fin de su clemencia, la rectitud leal de su justicia, y el 
esplendor inmenso de su gloria. (Gran ovación; el público 
se pone en pie y las señoras arrojan flores a la tribuna). 
He ahí, señores, por qué, guardando en mi alma un culto 
eterno, latente, profundo, fervoroso e inextinguible al 
ideal sagrado de libertad e independencia; al ideal que 
fué luz en el cerebro de Martí, fuego en las arterias de 
Agramonte, llama en el alma excelsa de Calixto García, 
rugido en las estrofas de nuestros poetas, ariete en la pa- 
labra de nuestros tribunos, vibración en los acordes in- 
tensos y enardecedores de nuestro himno, arrullo en las 
canciones sentimentales del guajiro, gemido en las nos- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 91 

talgias dolientes y plañideras del esclavo, cráter en las 
-entrañas de la tierra e iris en el azul de nuestro cielo, yo 
afirmo, que el alma de los hombres insignes e inmortales 
<jue concibieron y prepararon la obra, y que dieron reali- 
dad y forma al ideal, fu)é demasiado noble, grande, pura, 
generosa y santa, para nutrir con la savia fecunda de la 
sangre cubana, ni la planta mísera y pobre del rencor es- 
téril, ni el funesto parásito del rencor eterno. (Aplausos.) 

Pero yo aspiro, señores, a afirmar que no son sólo razo- 
nes sentimentales — por más que soy de los que profesan 
la teoría de que es, y debe ser siempre, el sentimiento, 
factor importantísimo en la orientación política de los 
hombres y de los pueblos — , de que no son sólo, repito, ra- 
zones sentimentales y románticas las que inspiran esta ac- 
tuación de confraternidad y de amor; que la aconsejan 
altas razones de carácter político, que la imponen funda- 
mentales razones de orden étnico. 

He aquí una sola razón, breve y sencilla, que, a mi jui- 
cio, bastaría a persuadir a todos; una sola razón breve y 
sencilla, que, a mi juicio, las resume y sintetiza todas. — 
1T es, señores» que un pueblo no puede nunca aspirar a ser 
libre para» tiranizar después a los elementos que vivan en su 
seno. — Un pueblo no puede ser jamás como esos trágicos y 
vulgares demagogos, que son demagogos hasta que pueden 
ser tiranos. (Aplausos.) 

Pero ahondemos un poco. — Vivimos, señores, en momen- 
tos extraordinariamente graves y difíciles de la existencia 
universal. Después de la tragedia horrible que ha devas- 
tado a Europa y estremecido de pavor y de dolor al mun- 
do; después que el despertar enérgico de la conciencia 
universal humana ha destruido los frágiles cimientos y ha 
derrocado las bases deleznables en que descansaba todo 
el edificio aparatoso y artificial de la organización polí- 
tica del mundo — el imperio de las instituciones y los po- 
deres establecidos por medio de la fuerza y la organi- 



92 RUY DE LUGO-VUÍA 

zación permanente de la desigualdad social — ; hoy, que 
la conciencia de los pueblos, aleccionada en la enseñanza 
de sus propios dolores y de sus grandes amarguras, exi- 
ge, en lugar de concepciones abstractas e idealistas, rea- 
lidades efectivas, desenvolvimientos prácticos y solucio- 
nes positivas, que respondan en modo cierto y eficaz en 
la realidad de su vida a esas abstractas e ideales concep- 
ciones; hoy sabemos que un pueblo, aunque sea indepen- 
diente, para ser libre necesita que los elementos que la 
constituyan no lleven en su cerebro la opresión de la ig- 
norancia, ni en sus entrañas la esclavitud del hambre, ni 
en su voluntad el martirio del esfuerzo estéril. — Por ello r 
formar el estado intelectual por medio de la educación de 
los pueblos, eliminar la miseria por medio de la prepara- 
ción de los elementos del trabajo, vigorizar la voluntad 
por medio de la eficacia del carácter, es el gran progra- 
ma que en el orden moral, en el orden político y en el 
©rden social debe realizar todo pueblo que a su grandeza, 
aspire y todo gobierno que a su pueblo ame; porque cuan- 
do un pueblo, pletórico de derechos reconocidos y sancio- 
nados en una constitución libérrima, ve, sin embargo, en 
el orden de las realidades efectivas, en la efectividad de 
sus desenvolvimientos positivos, ya en lo político o ya en 
lo económico o ya en lo social, que se encuentra sometido 
a la misma tiranía o sujeto a la misma expoliación o atado 
oon las mismas ligaduras o clavado en la misma cruz de 
su martirio, es en vano que se le hayan reconocido todos 
los derechos, si carece en la realidad de todos los elemen- 
tos necesarios para realizar el más alto de todos sus dere- 
chos, el derecho supremo a una existencia libre, a una 
existencia culta, a una existencia honrada, a una existen- 
cia cívica. (Aplausos.) 

Por eso, señores, esas bellas y abstractas concepciones,, 
esos nobles y hermosos ideales, todo cuanto se resume, 
condensa y sintetiza en este santo vocablo «Libertad», o 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA , 9& 

no significa nada, absolutamente nada, o ha de significar 
algo esencial, importantísimo, sustantivo, fundamental y 
trascendente. — O significa sólo para la vista candorosa y 
para la conciencia irreflexiva, un cambio deslumbrador de 
pabellóin en los castillos y un cambio fructífero e intere- 
sado de personal en los gobiernos, o significa la aprecia- 
ción fundamentalmente diversa del concepto arcaico co- 
lonial de ideas sustanciales de justicia, de democracia y 
de derecho. (Aplausos.) 

Pero si la libertad ha de significar todo esto; si la li- 
bertad supone la elevación al cénit más alto de la digni- 
dad humana en el orden moral, en el orden político y en 
el orden social, la libertad no es sólo fuente fecunda, 
pródiga e inagotable de derechos, sino base firme, se- 
gura e inconmovible de deberes que regulan y condicio- 
nan el ejercicio de aquellos derechos. 

Permitidme un ejemplo. — Si la libertad significa en el 
orden moral al estado emancipando la conciencia; al es- 
tado sin un precepto intolerante y oficial que imponga a 
la hacienda del contribuyente la exacción de un culto, y 
a. la conciencia del ciudadano la aceptación de un dogma, 
•ese derecho ha de complementarse con este deber; con el 
•deber del respeto al derecho supremo de la fe, al derecho 
«agrado a la creencia, con el respeto leal a todas las 
creencias que embellecen el espíritu y que perfuman, dig- 
nifican, depuran y elevan el alma. (Grandes aplausos.) 

Si la libertad supone en el orden social la abolición de 
todos los privilegios que más degradan a los que los esta- 
blecen que a los que los soportan, la cesación de todas 
las diferencias que más humillan y afrentan a los que las 
imponen que a los que las toleran, eso no significa que 
por una concepción monstruosa de igualdad absurda y de 
confusión funesta, puedan ser nunca la virtud y el vicio 
equivalentes, ni la ignorancia y el saber iguales. (Aplau- 
sos.) Eso no significa que alentados por un concepto in- 



04 RUY DE LUGO-VÍNA 

forme y monstruoso de una igualdad imposible que a to- 
dos los nivele y a todos los anule, puedan el vicio o la ig- 
norancia enardecidos, elevar nunca hasta las cumbres del 
poder, en ansias de dictaduras inmorales, la audacia enso- 
berbecida de un osado... (Grandes aplausos.) 

Si la libertad supone en el orden político al ciudadano 
libre de pensamiento en la tribuna para emitir sus jui- 
cios, y de opinión en el periódico a formular sus críti- 
cas, eso no significa que el periódico y la tribuna, las 
dos más altas cátedras del pensamiento y la conciencia 
humana, puedan transformarse en vehículos de difama- 
ción, ni en mensajeros de calumnias; que la difamación 
no es el sereno juicio, que la calumnia no es la severa crí- 
tica, de igual manera que la democracia no es la dema- 
gogia, ni la libertad es el libertinaje... (Ovación.) 

En una palabra, si un pueblo quiere ser grande y ver- 
daderamente libre, si quiere ser digno de disfrutar de toda 
la honra, de toda la dignidad y de toda la grandeza que 
la libertad supone y que de la libertad deriva, no basta 
con que haya sido suficientemente heroico para conquis- 
tar en los campos ensangrentados de batalla esa gloriosa 
y santa libertad, sino que es necesario que sea, al mismo 
tiempo, suficientemente culto para comprenderla y su- 
ficientemente honrado para practicarla. (Grandes aplau- 
sos.) 

Y si esto es cierto, señores; si esto es cierto, si la li- 
bertad significa virtud, si la libertad significa honradez, 
si la libertad significa trabajo, si la libertad significa cuí- 
tura, si la Libertad significa desinterés y si la libertad 
significa patriotismo, ¿cómo no habéis de ser vosotros, es-* 
pañoles de Cuba, un elemento valioso y un factor estima- 
ble para el aseguramiento de nuestra libertad en nuestra 
tierra?; vosotros que aquí, creando un hogar y sostenien- 
do una familia, sois en ella modelo de pureza, de honradez, 
de honestidad- y de virtud. (Aplausos.) Vosotros que aquí, 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 95 

creándoos una posición y fomentando una riqueza con 
vuestro trabajo personal y honrado cooperáis a la libe- 
ración económica de la Patria cubana, que es en todas 
partes base y fundamento de la libertad política. (Aplau- 
sos.) Si la libertad significa cultura, ¿cómo no habéis de 
ser vosotros un elemento estimado, vosotros que la difun- 
dís a cubanos y españoles en vuestros magníficos estable- 
cimientos de enseñanza? Y si la Libertad significa, final- 
mente, como os decía, desinterés y patriotismo, ¿cómo 
no ha de inspirarnos estimación y simpatía a cuantos ama- 
mos con toda el alma la libertad y la independencia de 
nuestra Patria, ver en el culto noble, sentido, respetable 
y legítimo que vosotros guardáis a aquella Patria lejana 
de la que nada recibís, de la que nada esperáis, y de la 
que nada pretendéis, una hermosa enseñanza de cómo se 
debe amar a la tierra propia, la tierra en que se nace; y 
cómo en el amor ferviente y santo que guardáis a esa 
bandera gloriosa de vuestros padres y de vuestros herma- 
nos, no hemos de sentir y comprender también, con qué 
lealtad enseñaréis a vuestros descendientes a venerar y 
defender — y cómo sabréis vosotros mismos respetar y 
amar — a esta otra, bella, heroica, gloriosa bandera de la 
Patria cubana; la Patria de vuestras esposas y de vuestros 
hijos. (Atronadores y prolongadísimos aplausos.) 

Yo decía, señores, hace ya algunos años, en este mismo 
lugar, y en fiesta como la de esta noche, igualmente bella 
— sólo que aquélla la inspiraba un sentimiento de es- 
tricta justicia y ésta la inspira un sentimiento de bondad 
infinita — , yo decía que vosotros los españoles de Améri- 
ca, que vosotros, los españoles de Cuba, estáis realizando, 
en el orden de la identificación y la armonía, una grande 
y trascendental obra política, una grande y fundamental 
obra patriótica. — Y que las realizabais por medio de estos 
dos elementos igualmente valiosos: por vuestros grandes 
establecimientos de enseñanza y vuestras grandes institu- 



96 RUY BE LUGO-VIK-A 

ciones de beneficencia; estableciendo la identidad de la 
inteligencia, y del pensamiento en el estudio; promoviendo 
la identificación espiritual, la identificación del alma, en 
la comunidad suprema de la asistencia y del dolor. 

Uniendo las inteligencias en el estudio, se une algo más 
que el pensamiento en los cerebros: se funden los cora- 
zones en los pechos y se asocian los sentimientos en las 
almas. — Y como no es posible abominar de un pueblo 
cuando se aman las grandezas de sus hijos y se aprenden 
las enseñanzas de su historia, nosotros cubanos, y vosotros 
españoles, en las mutuas grandezas de aquéllos y en las 
recíprocas enseñanzas de ésta, aprendemos a unir con los 
vínculos eternos y sagrados del amor y la estima, a pue- 
blos que tienen el mismo origen, el mismo espíritu y la 
misma alma. (Aplausos.) 

Y si esa comunidad del pensamiento en el estudio auna 
e identifica, esa otra fraternidad del sufrimiento confunde 
y fraterniza. Y esa es la que realizáis de modo maravi- 
lloso ^n vuestras grandes Quintas y Hospitales. 

Allí — y ya yo lo decía en aquel_ acto — y he de repetirlo 
textualmente ahora, porque quiero mostrar que las ideas 
y los sentimientos que ahora expongo no son respuesta 
agradecida y lisonjera ante las manifestaciones generosas 
con que me habéis colmado, sino expresión de firmes sen- 
timientos, formulados ya desde una época lejana en que 
no podía prever que los posibles desenvolvimientos de 
mi vida política me condujeran a esta situación de rela- 
ción estrecha con vosotros; allí, alineados los lechos, jun- 
tas las asistencias, vecinos los corazones, unidos los su- 
frimientos, fraternizados los dolores, sintiendo al propio 
tiempo la dolencia, exhalando al propio tiempo la queja, 
vertiendo al mismo tiempo la lágrima, formulando al 
mismo tiempo la congoja, alentando al mismo tiempo la 
esperanza, y recobrando al mismo tiempo la salud, ¡qué 
lazo más íntimo, qué nudo más estrecho, qué nexo más 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 9? 

vigoroso es el que vais formando entre todos aquellos que 
en las horas amargas y letales de la dolencia, han con- 
fundido sus tristezas y han hermanado sus lamentos; que 
en las horas inquietas, alentadoras, indecisas, vacilantes, 
eternas, de la convalecencia, se han transmitido sus im- 
presiones, comunicado sus confidencias, referido sus aven- 
turas y conversado sus amores; que en la hora anhelada 
y radiosa del restablecimiento se abrazan confundidos y 
se despiden hermanados, ¡ahí, si es un cubano el que de 
aquellos santos asilos parte, ha de llevar, señores, en su 
alma, un sentimiento de gratitud profunda para los espa- 
ñoles meritísimos, cuyos esfuerzos ingentes han elevado 
esos hermosos templos,- pero si es un español quien de 
ellos sale, ha de sentir también, en lo más hondo de su 
alma, un voto de gratitud infinita para esta tierra fecun- 
da y excepcionalmente hospitalaria, cuyo clima bendito 
le devolvió la vida y cuyo sol de fuego le restauró sus 
fuerzas; y esa nota de amor, de reconocimiento y de ter- 
nura es la que late, la que vibra, la que palpita en sus 
cartas, cuando escribe allá, a la Patria remota, a la al- 
dea distante, al hogar lejano, a la madre ausente que 
acaso desfallece de angustia, esperando anhelosa la carta 
del hijo, que no llega, mientras implora, más con sollozos 
que con rezos, la protección divina de la Virgen amada 
de la ermita a donde llevó al hijo, en los primeros días 
de su infancia, a ofrecer las pobres flores de los humildes 
jardines de la aldea y donde el hijo recibió al partir, á 
la par que la sagrada bendición materna, sus santos con- 
sejos y sus postreras máximas, indicadoras de una existen- 
cia honrada, de laboriosidad y honor. (Estruendosa ova- 
ción.) 

He dicho, señores, que aconsejan también esta política 
de franca identificación y de leal concordia, razones fun- 
damentales de orden étnico. Trataré de desarrollar breve- 
mente este concepto.— No soy de los que creen en la ne- 



98 RUY DE LUGO-VINA 

cesaría y fatal disparidad, en el necesario y fatal antago- 
nismo entre esas dos grandes y gloriosas razas, latina y 
•sajona, que en el curso del tiempo y en la vida de la his- 
toria tanto han compartido la dirección del pensamiento 
y la conciencia humanos. — Pienso que s,i algún pueblo ha 
demostrado de manera elocuente y cabal la perfecta com- 
patibilidad de ideas y de sentimientos entre ambas, ha 
sido ese grande y glorioso pueblo americano — la repre- 
sentación más vigorosa del poder sajón — , acudiendo con 
todo el vigor de su potencia incontrastable en auxilio de 
Francia, esa bella e inmortal representante de la más 
alta espiritualidad latina. — Y creo que toda idea y todo 
prejuicio de irreconciliable y fatal antagonismo entre am- 
bas razas, quedó para siempre desvanecido el día en que 
las fuerzas norteamericanas aparecieron en el horizonte 
de la Europa como el «manes, thecel, phares» de un im- 
perio absoluto y hasta entonces dominador y victorioso y 
el mismo día en que las fuerzas heroicas del General 
Pershing y las fuerzas gloriosas del Mariscal Foch clava- 
ron sus estandartes triunfadores sobre los campos histó- 
ricos de Chateau Thierry y sobre las márgenes ensangren- 
tadas del Isser. (Aplausos.) 

Pero yo creo, señores, que los pueblos para subsistir y 
conservarse deben mantener los atributos esenciales, los 
rasgos peculiares, los elementos propios y característicos 
de su fisonomía personal distinta, y la historia nos en- 
seña que cuando un pueblo no conserva los elementos pro- 
pios de una unidad nacional, de un tipo nacional, esos 
pueblos o subsisten de un modo artificial, como ese gran 
conglomerado de razas distintas que constituyó) por sol- 
daduras artificiales, durante muchos años, en el centro de 
Europa, el Imperio Austro-Húngaro, y cuyos elementos 
componentes, obedeciendo a leyes eternas de desintegra- 
ción, se han reintegrado a sus nacionalidades respectivas; 
o no subsisten, porque son como esas plantas que carecen 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 09 

de raíces que las arraiguen y las afirmen en la tierra, y 
o mueren inmediatamente por falta de savia que las fe- 
cunde y que las vigorice, o tienen que adherirse al tronco, 
robusto y poderoso de otro árbol que las cobije y dé som- 
bra con sus frondosas ramas o las reciba como un injerto 
o como un parásito en su fecundo y vigoroso tallo. (Gran- 
des aplausos.) 

Y si nosotros somos, señores, por nuestro origen, por 
nuestro destino, por mandato severo y por decretos inex- 
crutables de la Providencia, un pueblo latino; de raza, 
de espíritu y de mentalidad latinos, conservemos, median- 
te la unión sincera de todos los elementos afines que afir- 
man sobre nuestra tierra nuestra unidad de origen, el 
tipo nacional, el tipo cubano, latino, profundamente mo- 
dificado, profundamente influenciado, profundamente me- 
jorado — reconozcámoslo lealmente — por la influencia be- 
néfica, civilizadora, progresista, cultural, genuinamente 
democrática, esencialmente educadora, de la gran civili- 
zación que a nuestras puertas y para nuestra fortuna 
se nos ofrece como modelo, como lección, como enseñan- 
za y como ejemplo, pero conservando intactas las esencias 
espirituales de la raza, en el carácter, en el temperamen- 
to, en el idioma, en las creencias, en los ideales y en la 
fe. (Atronadores aplausos.) 

Yo, señores, saludo a la raza, a la gloria imperecedera 
de la raza y a la grandeza eterna de su estirpe. 

Saludo, españoles, vuestra Patria, vuestra bandera y 
vuestro Rey. — Saludo a ese monarca, joven, ilustre, de- 
mócrata y valiente, cuya noble mano tuve tantas veces la 
honra de estrechar emocionado, mientras oía de sus au- 
gustos labios frases elevadísimas de amor a Cuba y de 
sincero anhelo por nuestra grandeza, por nuestro porvenir 
y nuestra gloria. (Grandes aplausos.) 

Saludo en Su Majestad el Rey Alfonso XIII al monarca 
en quien, si nosotros, los americanos, vemos al represen- 



100 RUY DE LUGO- VIÑA 

tante augusto de todas las virtudes caballerescas de la 
raza, allá sobre el solar del viejo continente, durante los 
días de la contienda horrible, en el fragor de los com- 
bates y en el dolor de los desastres, todos los pueblos le 
han proclamado respetuosos, y diputado conmovidos, como 
el representante ejemplar e ilustre del sentimiento cris- 
tiano, pacifista y humanitario de la Europa. (Ovación.) 

Saludo, señores, a la América toda; a los pueblos de 
nuestra raza depositarios fieles y guardadores gloriosos del 
legado de honor y de grandeza de la nación progenitura, 
y saludo a esa gran democracia de Washington y Lin- 
coln, de Jefferson y Wilson; el gran pueblo que ha as- 
cendido a las cumbres de la grandeza de la historia, por- 
que, como con justicia se ha dicho, fundado un día por los 
proscriptos de la libertad, azotados por la tiranía feudal 
y por la intolerancia religiosa, supieron proclamar, como 
norma de su conciencia, como regla de su vida y como 
lema de su historia, el doble y alto principio del imperio 
de los derechos de los hombres y el respeto a las liber- 
tades de los pueblos. (Ovación.) 

Y ahora, señores, permitidme que os ruegue a vosotros 
un brindis; permitidme que os pida a todos que levantéis 
vuestras copas y que alcéis con ellas vuestras almas en 
honor de Cuba. — Os pido que brindéis^ por la Patria cu- 
bana, por la estabilidad de sus libres instituciones nacio- 
nales, por el ilustre primer magistrado de la Nación cu- 
bana, por el fulgor eterno y' soberano de la estrella que 
esplende en su bandera... (Ovación interminable. — Caen 
flores en la tribuna y el público, en pie, aclama al orador.) 



III.— PANHISPANISMO E HISPANOAMERICANISMO 

En el antiguo Teatro Tacón, que luego al ser restau- 
rado por sus propietarios los asociados del Centro Galle- 



BL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 101 

go se llamó indebidamente Nacional, han resonado en 
todas las épocas las palabras más elocuentes de los más 
insignes oradores cubanos. En la Colonia y en los prime- 
ros años de la República, mientras llevó el apellido del Ca- 
pitán General español, y más tarde después que tomó el 
nombre por el que ahora se le conoce y designa, en su es- 
cenario se han levantado todas las tribunas: la política, la 
académica, la docente, la literaria; allí han obtenido sus 
más ruidosos triunfos los príncipes de nuestra tribuna, y 
han disertado, de amena e instructiva manera, hombres 
de ciencia y de letras reputadísimos, así del país como del 
extranjero; allí ha buscado el político de sugestiva pala- 
bra y de ascendencia en las masas populares su consa- 
gración definitiva. La acústica famosa del casi demo- 
lido Tacón recogió el eco de memorables discursos, qu© 
se citan en historias y antologías; y en la sala del res- 
taurado recinto se han esparcido, en días de gran so- 
lemnidad patriótica, de caldeada agitación política y de 
amena justa verbal, los vibrantes ecos de nuestros mag- 
nates tribunicios. Han sido tantos y tan magníficos, hasta 
el extremo de que la palabra majestuosa de uno de ellos — 
la del ya agotado Rafael Montoro, lleno de años, de des- 
encantos y de gloria — provocara esta frase de un parla- 
mentarista español cuando le oyó hablar en el propio re- 
cinto del Congreso de los Diputados de Madrid: «Tenemos 
un orador más...» 

Resistiendo todas las comparaciones, a los ocho años 
justos de haber dejado su ciudad natal para trasladarse 
a Madrid, Mario García Kohly ascendió a la tribuna 
sereno y sonriente. ¿Estaba acaso tan seguro de sí mismo 
para no temblar de labios adentro...? La emoción — que 
debió ser mucha la que sentía en aquel momento — no 
puso trémolo alguno en su voz, ya ejercitada, como la 
de un actor ducho en todos los secretos de la declama- 
ción, en la seguridad de una perfecta maestría. ¡Yá había 



102 RUY DE LUGO-VIÑA 

hablado en España con éxito nunca malogrado! Pero 
eso no era bastante. ¿Y si después de arrastrar consigo 
una fama de «sinsonte» — así llama el vulgo criollo a sus 
oradores predilectos — no daba la desbordada medida a 
que lo comprometía solemnemente su reputación ultra- 
marina? Estaban allí algunos grandes oradores y tam- 
bién algunos principiantes de talento; estaban allí, como 
es natural, la envidia y el sarcasmo. Pero Mario García 
Kohly salió airoso de la prueba; al decir su mejor dis- 
curso, pronunció uno de los más bellos que en todo 
tiempo se han dicho en aquella sala. ¡Y eso que estaba 
frente a un auditorio heterogéneo, desprovisto de efusión 
partidarista y en cambio un poco receloso por la parte 
cubana, y otro poco desconfiado por la parte española! 
Triunfó ante la totalidad, porque su palabra supo llegar 
arrobadora por igual a españoles y a cubanos, pasando por la 
mesa donde los comensales escuchaban casi de pie para lle- 
gar a los palcos donde estaban las* damas cubanas y ascender 
a las galerías donde el pueblo, fervoroso, remataba con 
su ovación pertinaz y frenética la salva candente que 
llegaba hasta el techo del coliseo en las espirales del 
humo de los habanos de sobremesa y en las ondas de 
perfume que emanaban por igual de las flores y de las 
mujeres. 

Durante una hora y quizá hasta algo más,, su verbo 
fluyó con irreprochable dicción, no interrumpiéndose en 
lagunas ni cayendo en saltos; progresivamente, su elocuen- 
cia se desenvolvió sin decaer ni por un instante, por fa- 
tiga o por carencia de imágenes o de vocablos. Desde el 
principio al final, como los oradores clásicos, las cláusulas 
se fueron encadenando sin esfuerzo alguno, naturales y 
precisas dentro de la pompa verbal que las desarrollaba 
en parrafadas armoniosas. Mesurado el continente, el 
gesto limpio de ademanes violentos, en desarrollo tan 
normal y perfecto de la palabra en relación con la mí- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 108 

mica, logró a las primeras frases cautivar al auditorio 
arrebatándolo al final de cada período y dejándolo pas- 
mado a la vez que delirante cuando ya había dicho todo 
cuanto tenía que decir. (Los oradores saben cuan difícil 
es eso: «decir todo lo que se quiere...») 

Uno de los párrafos más brillantes de su discurso ter- 
mina, así. refiriéndose a Marti y a su obra: «Lo que yo 
no he encontrado, ni encontrará persona alguna en esas 
páginas, es una nota de odio, de rencor, ni de venganza 
contra la raza a que él pertenecía, y en cuyo glorioso 
idioma se expresaba». Y luego, al hablar de los que, 
como Martí, hicieron obra nacional y patriótica a favor 
de Cuba, pero no en contra de España, exclama con 
magnífica y sincera elocuencia, sentida y compartida 
por los cubanos que le escuchábamos: «Yo afirmo que el 
alma de los hombres insignes e inmortales que concibieron 
y prepararon la obra y que dieron realidad y forma al 
ideal, fué demasiado noble, grande, pura, generosa y santa, 
para nutrir con la savia fecunda de la sangre cubana, 
ni la planta mísera y pobre de)l rencor estéril ni el fu- 
nesto parásito del odio eterno». Y después de esos aportes 
sentimentales, ¿qué razonamientos adversos podíamos opo- 
ner al cúmulo de sus argumentos a favor de las «altas 
razones de carácter político impuestas por fundamentales 
razones de orden étnico...? 

Esas palabras de aquella noche prepararon el terreno 
a aquellas otras pronunciadas por el cubano Mariano 
Aramburo y Machado — por muchos conceptos insigne — 
cuando algunos meses más tarde, en aquel mismo sitio 
y en ocasión de la Fiesta de la Raza celebrada con café 
y tabaco para que los fondos restados a la suculencia 
del ágape fueran a aliviar los dolores y los quebrantos 
de los combatientes de Melilla, diera así. comienzo a su 
discurso: 

«Españoles...» 



104 RUY DE LUGO-VINA 

Los cubanos que allí estaban presentes creyéronse ol- 
vidados, desdeñados quizá por el compatriota que, pu- 
diendo vivir con gran honra y provecho en suelo espa- 
ñol, para él muy conocido y propicio, se contenta con 
subsistir laborioso, aunque olvidado en la propia Pa- 
tria que aún no ha rendido justo homenaje a sus me- 
recimientos. Esa extrañeza del primer momento des- 
apareció cuando el orador, al desarrollar su tesis, se 
expresó en esta forma: «Derecho tengo a llamaros por 
este nombre a cuantos aquí estáis presentes, porque es- 
panoles lo somos todos cuantos hemos venido a la vida 
por obra de la sangre hispana que llena nuestras venas, 
los que con la leche materna recibimos el don casi di- 
vino de este majestuoso idioma castellano que nuestras 
lenguas hablan, y con la sangre y con el idioma, la he- 
rencia indivisa de un opulento patrimonio de cultura en 
que entran todas las ideas trascendentales y directrices, 
todos los sentimientos impulsivos y motores, todos los 
hábitos característicos e individuales que constituyen 
nuestro propio y genuino tipo de civilización, el tipo in- 
confundible y excelso de la civilización española». 

Y luego afirmó que «ante esta suprema unidad de origen 
y de vida importa poco el lugar del nacimiento y el 
nombre de la tierra que fué teatro de nuestros primeros 
pasos». Más adelante amplía así su criterio: «Esa unidad 
general no impide ni quebranta, antes la encierra y com- 
prende, la variedad particular de los pueblos plasmados 
por la sangre y por la lengua de la raza; este espléndido 
mosaico de naciones que comienza allá en Europa, en 
los picos del Pirineo y en las riberas del Cantábrico, que 
se interrumpe al llegar a las columnas de Hércules, y se 
reanuda acá en América, donde se extiende desde los 
límites septentrionales de Méjico hasta los lindes aus- 
trales de la Tierra del Fuego, incluyendo en su largo y 
anchuroso perímetro las grandes Antillas y las demás 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 105 

islas del Atlántico y del Pacífico que aún puebla nuestra 
gente. Con su tierra propia, su fisonomía distinta, sus 
costumbres, sus tradiciones y su historia peculiares, cada 
uno de estos pueblos puede sentir, y siente viva su per- 
sonalidad singular, sin dejar de sentir a la vez con igual 
viveza la plural personalidad en que todos se conciertan, 
se abrazan y se compenetran para formar una sociedad 
más amplia y poderosa, una confederación étnica y psico- 
lógica, hasta ahora sin órganos jurídicos, una verdadera 
supernación o hipernación a la que no falta ninguna, ab- 
solutamente ninguna de las condiciones con que definen 
la nacionalidad las doctrinas umversalmente aceptadas 
de ciencia política». 

Al referirse a la teoría sustentada por el ilustre juris- 
consulto, académico y político, D. Joaquín Sánchez de 
Toca, que ha definido acertadamente, encerrándola en 
dos círculos geográficos, la idea de la Patria con las de- 
nominaciones de «mayor» y «menor», el orador argu- 
menta así: «Aunque ha referido sólo a España estos nom- 
bres, para designar respectivamente la total Patria pen- 
insular y las parciales regionales en ella comprendidas, 
no creo que nadie puede encontrar argumento valedero 
para condenar por ilógica la aplicación que hago yo 
ahora de esa afortunada terminología, para designar la 
Patria general de la raza y la particular de cada uno 
de los pueblos por la raza fundados y mantenidos». Y 
termina su discurso, en lo que al desarrollo de esa tesis 
se refiere, con los términos que a continuación se re- 
producen: 

«A todos y cada uno de los pueblos que forman esta 
congregación gloriosa — gloriosa, sí, porque ninguna otra 
raza entre las occidentales la ha logrado tan manifiesta 
y tan potente — interesa sobremanera no perder de vista 
un solo instante la verdad de esta admirable economía, 
a la cual, si no queremos ser indignos en el presente y 



106 MJY E>E LUGO- VINA 

en el futuro de las grandezas pasadas, debemos ajustar 
nuestras leyes y nuestros Gobiernos, la política de cada 
Estado y el sistema general de nuestras relaciones in- 
ternacionales, para que todas las manifestaciones de la 
actividad hispanoamericana concurran y sirvan al fin de 
común vida y fortaleza, para que con todos los poderes 
y energías de la unión en aquello que es de todos, por 
todos y para todos, sepamos conservar íntegro y respe- 
tado el solar gentilicio, que es la suma de todas las 
tierras donde la raza mora, y la civilización que en él 
edificaron nuestros padres y que a nosotros nos incumbe 
mantener y prosperar con accióm mancomunada y con 
entera independencia de todo adverso influjo de los ex- 
traños, sobre todo de aquellos que nos vigilan y nos 
acechan y hasta nos maniatan y siembran en nuestro 
campo la cizaña para sorprendernos debilitados por el ol- 
vido de la gran verdad que proclamo, divididos y enco- 
nados por los míseros exclusivismos territoriales y por la 
funesta dispersión de las conciencias. 

»España no puede vivir sin América, porque ningún 
árbol puede vivir sin ramas que sustenten la flor de que 
nace el fruto que contiene la semilla con que la especie ha 
de perpetuarse. Tampoco estos pueblos americanos pueden 
vivir sin España, porque no viven, sino mueren, las 
ramas desprendidas del tronco que ha de nutrirlas con 
su savia. La Patria originaria necesita de sus hijas de 
América para seguir extendiéndose y prolongándose en 
ellas y en ella vertiendo el exceso de los caudales de su 
cultura y de »su sangre. Los pueblos filiales de América 
necesitan de España para continuar sin tropiezo su des- 
arrollo castizo, para no desnaturalizarse con la asimila- 
ción del exótico espíritu que ya campea en nuestros do- 
minios. Los pueblos hispanoamericanos necesitan unos de 
otros, y todos de España, como España necesita de cada 
uno y de todos ellos, para que por una y por otros sea 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 107 

proseguida, aquí y allá, en el continente europeo y en 
los dos continentes americanos, la obra grandiosa de nues- 
tra cultura, que es también necesaria, que es también 
indispensable, conforme al plan de armonía universal 
que la mente divina dictara con su indefectible providencia. 

>Quien diga que la influencia de España perjudica a 
estas jóvenes naciones de América, que son sus hijas; 
quien afirme que Cuba debe rehusarla, y que la poca que 
aquí se va ya sintiendo, por abandonos y dejaciones cul- 
pables de cubanos y españoles, debe ser rechazada como 
si fuera un yugo oprobioso o una mortífera toxina, ese 
tal o miente o está loco». 

Este otro discurso, dicho en el mismo sitio en que 
Mario García Kohly pronunciara su oración maravillosa, 
está, como todo lo que brota de los labios o de la pluma ¡ 
del doctor Aramburo y Machado, profundamente razona- 
do; sus argumentaciones son sólidas, macizas, de una ló- 
gica certera. Y si se ha reproducido aquí, no es para 
establecer un parangón odioso entre la verba refulgente 
del uno y la concienzuda del otro, sino para llegar a 
una conclusión; si esas palabrac se hubiesen dicho en 
Cuba, ya en el franco ambiente de cordialidad que ha 
seguido al resquemor y al recelo de los primeros años de 
nuestra independencia, pero antes del discurso de García 
Kohly, que puso en las relaciones de españoles y cubanos 
una diafanidad que anteriormente no existía; si esas 
palabras se hubiesen dicho fuera de momento, ¿habría 
tenido Aramburo y Machado el consenso benévolo de sus 
compatriotas, la aceptación >sin repulsa de los que repu- 
dian el hispanoamericanismo que tenga el más leve asomo 
de panhispanismo. ..? No es de creerse, antes bien muy de 
dudarse. 

El hecho de que el orador del 12 de Octubre hubiese 
ido un poco más lejos que el orador del 23 de Mayo se 
debe a que el ambiente estaba preparado para recibir, 



108 RUY DE LÜGO-fíNA 

aunque no fuera para compartir, cualquier teoría avan- 
zada que colocase francamente dentro de la gran fa- 
milia hispana a los fragmentos del gran Imperio colonial 
constituidos en Repúblicas. Y tras del criterio hispano- 
americanista de García Kholy, tan grato a toda la Améri- 
ca, surgió el anhelo panhispanista de Aramburo y Macha- 
do, que no es, por cierto, compartido por aquellos que no 
desean, del otro lado del mar, ni la rectoría intelectual ni 
la tutela espiritual de España aunque sí unas relaciones 
muy cordiales, muy efectivas, muy provechosas entre la 
Patria originaria y los pueblos filiales. 

El panhispanismo no es, como ha dicho un orador es- 
pañol, «el desenvolvimiento lógico de las fuerzas vivas 
de la Historia, la voz clamorosa de la sangre, la afirmación 
desinteresada de un hecho tan patente e indestructible 
como es la perpetua solidaridad de la raza». El panhispa- 
nismo tiende a obtener que España sea el centro del 
mundo de origen español. Ideológicamente podrá no ser 
así; pero «así es y así sera siempre» para cuantos se dejan 
llevar más del sentimiento que del razonamiento. A pesar 
de las palabras de Aramburo y Machado, el panhispa- 
nismo está fuera de momento; aún no ha llegado su hora, 
y es muy posible que no llegue nunca. Mientras más 
años de existencia y de experiencia tengan las jóvenes 
naciones del Nuevo Mundo, más se reafirmarán en su 
credo de concentración y afirmación nacionalista?. 

En cambio, Mario García Kohly es el apóstol de esta 
hora de hispanoamericanismo sincero, amable, jubiloso. 
El no mira hacia el pasado ni hacia el futuro. Se ha co- 
locado en el presente, ya que por haber sido hombre de 
gobierno — estadista práctico — sabe muy bien que no hay 
que trastocar las cosas, sino ordenarlas, dándoles una 
aplicación posible y factible. Y por eso su hispanoameri- 
canismo está en pleno 1 triunfo con la garantía de que 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 109 

no dejará de ser de actualidad en todo el tiempo que 
España quiera ser amiga de las que fueron sus hijas sin 
pretender nunca recobrar derechos que ni siquiera po- 
drán manifestarse en propósitos de contraproducente tu- 
tel aje o en intenciones de rectoría imposible. 



CAPITULO V 
UN DISCURSO EN EL ATENEO DE MADRID 

L— LA HOLANDA ESPAÑOLA 



En 1868, el Ateneo era ya una institución de perso- 
nalidad inatacable. Desde el año 54 se la llamaba «la Ho- 
landa española», como si esa zona neutral de librepen- 
samiento tuviera, derecho jurídico de extraterritorialidad 
dentro del Estado, que precisamente por aquella época 
mantenía la intolerancia religiosa más rigurosa — recuér- 
dese la persecución y prisión de Matamoros, por cues- 
tiones de ideología teológica — , así como la previa cen- 
sura para la imprenta, la negación del derecho de reunión 
y la más estricta indiscutibilidad del régimen monárqui- 
co. En la cátedra y en los salones, en las conferencias y 
en las tertulias, el Ateneo parecía llevar una existencia 
«suya», tan excepcional dentro de aquel estado de cosas 
que en España suelen repetirse de cuando de cuando, que 
Labra, conocedor de la historia íntima del centro de cul- 
tura más prestigioso que ha tenido España en todos los 
tiempos, dijo en uno de sus opúsculos que el Ateneo llegó 
a ser la víspera de la Revolución de 1868 la representa- 



112 RUY DE LUGO-V£NA 

ción del nuevo espritu y de las ansias del pueblo espa- 
ñol de ponerse en contacto \ con el mundo contemporá- 
neo». Después de la conmoción septembrina, «el Ateneo 
parecía el Congreso» — según la frase de un ilustre ate- 
neísta de aquellos días memorables — ; y dentro de las 
orientaciones que en su seno debatíanse, las ideas con- 
servadoras llevaban la peor parte. ¿Por qué? Según Labra, 
porque «en méritos y en fuerzas los conservadores eran 
los inferiores». 

En ese centro de extraordinaria actividad intelectual, - 
donde sentaban cátedra Olózaga, Alcalá Galiano, el duque 
de Rivas, Salmerón, Moreno Nieto.. Donoso Cortés, Pí y 
Margall, Martínez de la Rosa, Lista, el doctor Pedro 
Mata. Castelar, Mpret, Echegaray, Sírvela, Juan Valera, 
Nicolás María Rivero, Azcárate, Revilla, Martos, Canale- 
jas, Cánovas del Castillo y tantos otros — aun no citando 
más que a los desaparecidos — de los más grandes hombres 
que en las artes de las letras y la palabra ha tenido la 
España de ayer y de hoy,- Y puesto que allí podían los 
insulares levantar su tribuna, a nivel con la muy auto- 
rizada de Labra, el Ateneo fué el refugio de los cubanos 
que llegaban a Madrid, y que, extraños dentro del am- 
biente del Congreso Nacional y no recibidois ni .alenta- 
dos en sus aspiraciones en los centros oficiales, podían 
allí, a su placer y sin limitaciones ni sobresaltos, hacer 
propaganda por Cuba en el corazón intelectual de una 
España que, si no pensaba siempre como Pí y Margall, 
al menos no ponía mordaza a aquellos que eran los he- 
rederos continuadores de los diputados de Cuba, Puerto 
Rico y' Filipinas que habían sido expulsados del Congreso 
de 1835. El Ateneo les fué propicio, y no sólo a jos que 
llegaban a la corte de las Españas (entonces se podía 
usar aún este plural) con una representación legislativa, 
sino a todos los cubanos, a los insulares antillanos, todos 
que, autonomistas de filiación momentánea o separatistas 



EL TKtBülíO DE LA DIPLOMACIA 1Í3 

no declarados, quisieran levantar cátedra para sus ideas 
y encontrar ambiente para su prédica. 

El Ateneo se convierte de hecho en el centro del abo- 
licionismo, y luego, una vez conquistada la libertad de los 
esclavos, por gracia de 1% acción de Labra y del verbo 
de Castelar, ofrece su hemiciclo a la palabra efe los 
que venían de allá, y que, como en las Cortes de Cádiz 
los cuarenta y cinco diputados americanos, pedían para 
aquellas colonias desesperadas una solución salvadora que 
jamás llegó a producirse, a pesar de lo que varias gene- 
raciones de cubanos y portorriqueños intentaron para lo- 
grarla. Llega el 1895. y en el Ateneo — ya era un poco 
tarde, pero los autonomistas sinceros y convencidos 
creían que aún era tiempo — se efectúa la famosa serie de 
las siete conferencias en que Rafael María de Labra, 
Rafael Montoro, Elíseo Giberga, José Antolín del Cueto, 
Eduardo Dolz, José Emilio Terry y Tiburcio Pérez Cas- 
tañeda se refieren extensamente, con gran aporte de datos 
y alardes de luminosa elocuencia, a los diversos aspectos 
■del problema antillano. El resumen lo hace Segismundo 
Moret, aquel orador de la suprema elegancia, de quien 
diría * en ese mismo Ateneo más tarde otro estadista 
español: 

«Tuvo Moret una inclinación, no con frecuencia com- 
partida por los estadistas españoles: la de dirigir su vista 
constantemente a lo que ocurría más allá de las fronteras. 
Su afición a salir de España, a recorrer Europa, a co- 
nocer los hombres y las cosas de otros pueblos no le 
abandonó hasta la última hora de su vida. Representante 
de España en Londres primero, ministro de Estado va- 
rias veces en el período de la Regencia, presidente del 
Consejo de Ministros, pocos hombres ha habido entre nos- 
otros que durante un tan largo período de tiempo hayan 
dedicado mayor atención a la política exterior, hayan to- 
mado una parte más activa en ella, hayan dejado huellas 

8 



114 RUY I>E LUGG-WÑA 

más hondas y orientaciones más definidas. ¡Lástima gran- 
de para la historia de España que durante su vida no hu- 
biera ordenado, dejándolo escrito, cuanto constituyera su 
intervención diaria en nuestras relaciones i.rj ¿«rnaciona» 
les! ¡Qué inmenso candal, cuántas enseñanzas nc hubié- 
ramos podido recoger después de su muerte!» Aquel es- 
píritu investigador del gran tribuno estadista, que le per- 
mitía «dirigir su vista constantemente más allá de las. 
fronteras», asentó la conclusión, de que el problema de 
Cuba, en aquellos mismos tiempos en que resumía con la 
suya la palabra de siete cubanos ateneístas, no era un 
problema que podía tratarse exclusivamente como priva- 
tivo de España, pues siendo, según su criterio, un pro- 
blema internacional, como tal debía ser tratado. ¡Como 
debía, pero como no lo fué tratado nunca, ni aun por el 
mismo Moret cuando llegó a posesionarse de la cartera de 
Ultramar! 

Y esta labor de los cubanos representativos no debió 
ser odiosa a los españoles del Ateneo, porque D. Rafael 
María de Labra, ateneísta de toda la vida, encuentra en 
aquella casa franca acogida y cordial repercusión a sus 
propósitos de abolicionista y de autonomista, de patriota 
cubano que se sentía al mismo tiempo patriota español 
dentro de la posibilidad de que metrópoli y colonia diesen 
por terminadas sus disensiones al producirse un cambio 
de fondo y de conducta en la política internacional de 
España, que dejaría de ser «colonial» — este vocablo tenía 
entonces otra significación interpretativa — en cnanto al 
trato que en lo futuro le merecieran sus posesiones anti- 
llanas. De aquella consagración a España y de aquella 
defensa de Cuba y Puerto Rico fué Labra paladín en el 
Ateneo, y de lo fecunda que fué su obra dentro del Ate- 
neo, aunque malograda fuera de él, y de lo grato que 
resultó para los ateneístas su constante apostolado, hay 
buena prueba en el hecho de que fuera nombrado pre- 



EL TRIBUNO .DE LA DIPLOMACIA 115 

sidente de «la Holanda española» y reelecto después por 
varios períodos el grarr patricio hispanocubano, que pre- 
firió ser español en la derrota que cubano en 1.a vic- 
toria. Y todavía se encuentran en el salón de la presiden- 
cia, desde donde Labra dirigiera por varios años el des- 
envolvimiento de aquel centro que nunca le había ce- 
rrado sus puertas, los retratos de los antillanos Hostos, 
Montoro, Giberga y Bernal, así como resuenan en et 
salón de conferencias las voces de Rafael Fernández de 
Castro, de Mariano Aramburo, de Lucilo de la Peña, aún 
adolescente, que se reveló el formidable orador que luego 
dejara estupefactos a nuestros legisladores de la Cámara 
de Representantes. Y fué en esa misma «zona neutral» 
donde el escritor argentino Alberto Ghiraldo, perseguido 
por el encono social, se defendiera no ha mucho con pala- 
bra briosa, como lo supieron hacer muchas veces, en des- 
agravio de Cuba, ultrajada también por la pasión y por el 
error, los cubanos de insigne memoria que han desfilado 
por el Ateneo en número considerable, y que, hablando 
de arte o de literatura o de ciencia, han sabido siempre te- 
ner para la isla lejana una evocación en que el decoro pa- 
triótico se unía a la elocuencia de la palabra. A esa 
tradición habría que unir el nombre de muchos hispano- 
americanos ilustres que, desde Vicente Riva Palacio a 
Max Enríquez Ureña y de Juan Zorrilla de San Martín 
a Félix F. Palavicini, han contribuido a hacer de esa 
casa del librepensamiento hispanoamericano la tribuna 
más alta hasta donde pudo ascender en todo tiempo el 
verbo de la justicia, de la verdad y de la oportuna y 
lógica reparación. 

Allí habló también Mario García Kohly, en ocasión so- 
lemne: al ser inaugurado el curso de 1922-23, donde, al 
superar el éxito logrado por sus anteriores conferencias, 
se acreditó como un ateneísta capaz de tener por conten- 
dientes al español Moreno Nieto o al cubano Montoro. 



116 RUY DE LUGO-WNA. 



II.— PANEGÍRICO I>EL «GRAN PATRIOTA ESPAÑOL 
Y GRAN PATRIOTA CUBANO» (i) 



Sr. Presidente del Ateneo: 
Señoras y señores: 
La Directiva ilustre del Ateneo de Madrid, la entidad 
que vincula y representa en España la manifestación más 
alta del pensamiento y la cultura nacionales, ha querido, 
por vez primera en su historia, conceder, en esta solemne 
oportunidad de la inauguración de su curso académico, 
a un representante diplomático de la América latina, 
al representante político de Cuba, la distinción altísima — 
y por mí profundamente agradecida- — de invitarle a que 
desde esta tribuna, siempre enaltecida y siempre honrada 
por los excelsos tribunos y los supremos artistas que, sin 
cesar, produce con fecundidad maravillosa e inagotable 
esta tierra privilegiada e inmortal, se asociase al tributo 
de admiración, al homenaje de cariño, al testimonio de 
respeto y a la ofrenda de amor que la piedad y el 
afecto ofrecen a la memoria ilustre, a la vida ejemplar 
y al nombre insigne de aquel gran caballero, gran ciu- 
dadano y gran patriota que se llamó D. Rafael María 
de Labra. (Grandes aplausos.) De asociarse al homenaje 
que el Ateneo le rinde en la única forma que corres- 
ponde y cuadra a la grandeza del recuerdo sagrado que 
lo inspira; en la única forma en que dignamente puede 
honrarse el recuerdo de un pensador y de un patriota; 
en el culto a sus ideas y a sus principios; en apreciar su 
labor y proseguir su obra. (Grandes aplausos.) 



' (i) Reproducido textualmente, con sus acotaciones, de 
la versión taquigráfica oficial, tomada por el Ateneo de 
Madrid. 



EL TRIBUNO BE LÁ DIPLOMACIA 117 

He ahí precisamente, señores, lo que caracteriza y define 
el culto y el tributo a esas grandes figuras representati- 
vas de un principio, de un pensamiento, de una doctrina, 
de un ideal o de una obra. El hombre, la figura que los 
encarna y que los simboliza, se extingue y desaparece en 
obediencia a ia ley eterna e inexorable de la renovación, 
La idea y el pensamiento subsisten imperecederos e in- 
mortales. Y la victoria del pensamiento y de la idea con- 
sagra al hombre en la inmortalidad. (Ovación.) 

Yo no debo, tras de las frases admirables con que la 
elocuencia y el patriotismo han hablado por los labios 
ilustres del digno heredero de D. Rafael María de Labra 
en la presidencia de esta insigne casa; después del relato 
conmovedor y pormenorizado con que la palabra autori- 
zada del ex presidente del Consejo de Ministros y presi- 
dente del Ateneo, señor conde de Romanones, ha trazado, 
desde los albores de su juventud hasta el momento so- 
lemne de su muerte, la historia de la vida inmaculada 
y la labor fecunda del desaparecido excelso — cuyo ocaso 
en la sombra rememoramos, emocionados, hoy — yo no 
debo, repito, referirme a esa vida, como no sea para 
recoger has altas y educadoras enseñanzas que de ella se 
derivan. El señor conde de Romanones ya os la ha tra- 
zado en vigorosas y sobrias pinceladas. Ejemplo de ciu- 
dadanos, modelo de caballeros, espejo de patriota*?, tai- 
fuera D. Rafael María de Labra. Vida inspirada por ek. 
patriotismo, dirigida por la virtud, impulsada por el 
deber, regida por el honor, aureolada por la pureza, 
enaltecida por la rectitud, vigorizada por el estudio, 
embellecida por la elocuencia; ¡he ahí su vida! (Grandes 
aplausos.) El señor conde de Romanones ha referido el 
alto juicio que al Monarca español le mereciera esa 
existencia al estrechar la mano austera y honrada de don 
Rafael María de Labra, después de escuchar aquel su 
magnífico y memorable discurso en el acto de la inaugu. 



118 RUY DE LUGO-VíNA 

ración de la estatua a la memoria del general Vara del 
Rey. Y yo os digo, señores: feliz el hombre que, represen- 
tando sin solución de continuidad, que representando con 
firmeza, con convicción y con consecuencia indestructi- 
bles una idea, un pensamiento, una aspiración y un prin- 
cipio, fundamentalmente opuestos y contrarios a un sis- 
tema a una institución y a un régimen políticos, escucha 
y recoge de los labios augustos del más alto representan- 
te de ese régimen, ese espontáneo y noble testimonio de 
estimación y de justicia a la pureza inmaculada de su 
vida; ese homenaje de reconocimiento y de respeto a la 
suprema dignidad y a la intachable rectitud de su con- 
ducta. (Ovación inmensa.) ¡Y yo os añado, señores: di- 
chosa la memoria de ese hombre, cuando sobre su tumba 
unen sus voces para enaltecerla los que, apreciando de 
modo distinto sus ideas, se identifican para reconocer 
la honradez suprema en que se inspiraron, la rectitud 
intachable con que se sostuvieron y la firmeza excelsa 
con que se conservaron! (Grandes y repetidos aplausos.) 
Pero si en lo que atañe a las orientaciones ideológicas 
del pensador y del patriota, dentro de los desenvolvi- 
mientos internos de la política española, una elemental 
consideración — que a la superior mentalidad del público 
del Ateneo de Madrid constituiría casi un agravio ei 
explicar — cohibe la palabra e impone silencio al juicio 
de quien no debe olvidar que ostenta una representación 
diplomática ante el Gobierno de Su Majestad, en lo que 
-afecta a la alta, serena, sana y fecunda orientación que él 
simbolizó en la política internacional, en lo que atañe a 
aquel su apostolado de confraternidad e identificación his- 
panoamericanas, si creo, señores — y vuestra estimadísima 
invitación a hacerlo sanciona mi creencia — , que, no sólo 
es lícito, sino que es obligado para quien se honra con 
una investidura diplomática americana, sobre el suelo 
ilustre de la nación progrenitora, exponer cuanto entra- 



EL TRIBUNO I>E LA DIPLOMACIA lli) 

ña, a su juicio, de grande, noble, trascendente y patrió- 
ticamente previsora esa labor; y con qué eco sincero de 
aceptación cordial recoge y contesta la América emancipa- 
da, a esa corriente amplia y generosa de confraternidad y 
de amor, de la que aquel gran patriota — gran patriota 
cubano y gran patriota español, que no hay incompatibi- 
lidad alguna entre ambos términos — fué representante, 
apóstol, heraldo y paladín en vida y de la que enseña, 
emblema, bandera y símbolo su memoria inmortal ahora 
es... (Aplausos estruendosos.) 

Gran patriota español y gran patriota americano, podría 
decir. Y no hay incompatibilidad alguna entre ambos 
términos. Y este concepto, señores, no sólo explica la 
actuación y el apostolado de aquel hombre insigne — que 
sintió en su alma todos los dolores y todas las amarguras 
de la Patria triste y heroica donde surgió a la vida y 
todas las amarguras y todos los dolores de la Patria ilustre 
donde cayó en la muerte, (aplausos), sino cuanto puede 
existir de común e indestructible en la doble concepción 
del patriotismo español y del patriotismo cubano, no 
como expresiones antagónicas representativas de senti- 
mientos opuestos que se contradicen, que se combaten y 
se niegan, sino como elementos afines que se integran y 
completan en una mutua, excelsa y fundamental ideali- 
dad. — (Aplausos.) 

En el proceso histórico de la emancipación definitiva 
de nuestra América, realizada por la independencia de 
la Patria cubana, y que puso término a la obra de do- 
minación política y colonial comenzada por la epopeya 
del descubrimiento, pero que es, ¡creedlo!, el vigoroso ini- 
cio de la más grande y trascendente obra de acercamien- 
to y de identificación espiritual hispanoamericana, cola- 
boraron dos factores, dos elementos que, coincidiendo 
fundamentalmente en el supremo sentimiento de amor a 
la libertad y de reconocimiento a la personalidad de la 



120 RUY DE LÜGO-VSNA 

última gran colonia conservada al Poderío castellano, dis- 
crepaban substancialmente en la apreciación de si ese 
régimen de libertad y ese reconocimiento de nuestra per- 
sonalidad política era compatible con la subsistencia o si 
imponía la desintegración, por lo que a Cuba afectaba, 
de la unidad política española. 

Y esa discrepancia produjo dos tendencias. Una, la ten- 
dencia autonomista, liberal, dirigida por patriotas since- 
ros, por patriotas ilustres. Y yo les quiero rendir aquí 
ese testimonio y ese homenaje de justicia, porque'declaro 
que nunca participé de sus ideas. Dirigida, repito, por 
cubanos meritísimos; hombres, algunos de ellos, cumbres 
del pensamiento y la mentalidad cubanos, y de la que 
fueron sus grandes paladines dos oradores gloriosísimos, 
dos rectos caracteres, dos nobles y puros corazones: doii 
Rafael María de Labra y D. Rafael Montoro. Otra, la 
de los que profesábamos lealmente la tendencia resuelta 
y noblemente separatista; de los que vivíamos rindiendo 
culto a la memoria, para nosotros sagrada, de Agramonte 
y de Céspedes; de los que sosteníamos la aspiración in- 
dependiente, dirigida en nuestra última etapa revolucio- 
naria por el genio excelso de José Martí. (Sensación.) 
Pensaban aquéllos que para conservar el carácter y el 
espíritu de la raza; que para conservar sobre el suelo del 
mundo americano la influencia legítima, espiritual e his- 
tórica de la nación gloriosa que encendió sobre él la 
antorcha de la cultura y de la fe, era preciso mantener 
los lazos políticos que la unían a la nación progenitora. 
Creíamos nosotros que más grandes, más firmes y estables 
que los vínculos, siempre efímeros y transitorios,, del 
poder político, son los lazos eternos e imperecederos del 
amor y la estima de la sangre y del alma, de la raza y 
la estirpe; creíamos nosotros que la obra de emancipa- 
ción de las naciones al cumplimiento de su mayor edad 
política responde a una ley «terna, no s£lo de realidad 



EL TRJBÜKO RE LA DIPLOMACIA 121 

histórica, sino de desenvolvimiento orgánico, cuya infrac- 
ción o cuyo desconocimiento fuera tan vano y peligroso 
como sería el empeño de retener al hijo en tutela de niño • 
después de cumplida la mayor edad del nomine. 

Fué, señores, bajo el influjo de esas ideas y de esos 
principios, expuestos y proclamados en el glorioso mani- 
fiesto de Monte Cristi, como se realizó el último acto áé 
la gran obra de emancipación americana. Si era, pues, 
un problema de ideas y sentimientos divergentes en la 
apreciación de una finalidad común, ¿cómo habría mi 
Patria de no reconocer y proclamar como un ilustre y 
honrado hijo de ella al patriota intachable que tanto 
amaba su libertad y que luchó por ella, aunque la Creía 
compatible con su subsistencia integrante en la unidad 
política española? 

No; Labra fué un gran cubano, aunque sus ojos no ad- 
virtieran el resplandor glorioso del sol de libertad que 
asomaba en los horizontes de su Patria. De igual manera 
que D. Francisco Pí y Margal! fuá un moble y grande 
patriota español, aunque sus ojos advirtieran el esplender 
de aquellos resplandores, y aunque su gran cerebro de es- 
tadista y su recta conciencia de patriota le indujeran rei- 
teradas veces, al par que a reconocer nuestra justicia, a 
acatar aquella ley histórica. (Grandes aplausos.) 

Ello explica ese doble rasgo, ese doble gesto, igualmente 
hermoso para Cuba y para Labra, a que hace referencia 
el señor conde de Romanones en su discurso. Cuba eman- 
cipada, Cuba, al surgir a la existencia independiente tras 
una cruenta lucha, no sólo exalta y lleva a la dirección 
de sus destinos nacionales a los patriotas revolucionarios 
y libertadores que habían escrito con su sangre heroica 
la historia de su emancipación, sino reclama los concur- 
sos, y hace justicia a sus insignes méritos de aquellos de 
entre sus hijos que, disintiendo sobre el alcance — aunque 
acaso no, jamás, respecto a la justicia— de sus aspiracione-s 



122 RUY DE LUGO-VINA 

nacionales, sirvieron desde campos opuestos a la causa 
augusta de sus libertades y honraron su nombre con el 
prestigio de la cultura y el talento. 

Ante ese rasgo de Cuba pudo el Sr. Labra escoger entre 
consagrar su cerebro y su corazón al servicio de uno 
u otro país. Gran patriota español, sin dejar un mo- 
mento de amar a Cuba, de pensar en ella, y haciendo 
votos por su felicidad y su grandeza, unió su vida a la 
vida española, y ello, que en nada amengua nuestro res- 
peto a su decisión y nuestro amor a su memoria, merece 
el homenaje que reunidos le tributamos hoy, de igual ma- 
nera que su gran amigo e insigne colaborador en la obra 
de propaganda autonomista, el Sr. Montoro, puesto en 
igual alternativa, une su suerte a Cuba y Cuba hace 
justicia a su gran patriotismo y a su gran corazón, pre- 
sentando una de sus agrupaciones políticas su nombre 
en una candidatura para la segunda de las magistraturas 
nacionales, en compañía de un general insigne de nuestra 
independencia y encomendándole hasta hace algunos meses 
la dirección de nuestra política exterior como secreta- 
rio de Estado del actual Gobierno de la República cubana. 

He dicho, señores, que la culminación de la gran obra 
de la emancipación americana ha sido el grande, pode- 
roso y fecundo inicio de la obra excelsa de identidad 
espiritual hispanoamericana, y vais a permitirme que evo- 
que en abono de este fundamental aserto unas palabras, 
realmente admirables, dichas en un Congreso hispano- 
americano por una de las más altas figuras de la men- 
talidad americana, por el insigne estadista y literato, 
honra de México y de América, que se llamó D. Justo 
Sierra. Los anuncios de nuestra independencia, decía él, 
palpitaban en los oscuros anhelos de los primeros con- 
quistadores, empeñados en convertir a los develados im- 
perios aborígenes en federaciones municipales, Que habrían 
sido escuela de «self governement» para aquellas Espa- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 123 

fías en germen, y que pulverizó el absolutismo de la casa 
de Austria. España debió haberlo previsto desde que edu- 
có solícita una clase para dirigir a las otras en sus do- 
minios, y perpleja ante su obra, la dejó como rueda sin 
engrane en el mecanismo colonial; España pareció haberlo 
previsto cuando Aranda vislumbró el destino de Amé- 
rica, y llegando al don profético, formuló la única doc- 
trina verdadera, tratándose de colonias, vastagos que 
cuando se desenvuelven aspiran por fuerza a vivir solas. 
Opresión y tiranía, soberanía y libertad, vocablos fueron 
de mágico prestigio, enseñados a los pueblos america- 
nos como el sagrado alfabeto de la autonomía por la 
primera reg-encia de Cádiz. Nuestro carácter español exigía 
que fuésemos independientes; lo fuimos; y hoy libres, 
para siempre libres, venimos a proclamarnos solidarios 
de nuestra propia historia, a colgar nuestra ofrenda del 
árbol secular de nuestra genealogía. Bajo su sombra, hoy 
maternal como nunca, no nos habríamos congregado 
mientras no nos hubiéramos sentido absolutamente dueños 
de nosotros mismos, ni habríamos venido aquí alboroza- 
dos si no supiésemos que la mano ensangrentada y dolo- 
rosa que estrechamos había dejado caer en el mar hasta 
el último eslabón de la cadena. (Aplausos.) 

Sí; fuimos rebeldes; fuimos insurrectos y hoy somos 
libres, porque de otro modo habríamos sido indignos de 
llamarnos hijos e indignos de considerarnos descendien- 
tes de la nación gloriosa que durante siete siglos luchó 
por conquistar su independencia. (Aplausos estruendo- 
sos.) Vuestra historia nos enseñó a amar la libertad y 
vuestro ejemplo a combatir por ella. (Grandes aplausos.) 
Nacimos rebeldes porque el alma española no puede 
inspirar siervos, y fuimos indómitos porque la savia, la 
viril savia española — creedlo y decidlo para vuestra hon- 
ra — es infecunda, para engendrar y producir esclavos. 
(Ovación inmensa.) 



124 BUY DE LUGG-VíífA 

No; no son para los libres pueblos americanos los lazos 
de sujeción política los que pueden retenerles unidos. Los 
lazos indestructibles y eternos de la influencia moral, de 
la legítima influencia espiritual hispana en nuestra Amé- 
rica tienen la atadura más fuerte y resistente que une 
a ,_s hombres, la del habla común, el propio idioma, que, 
como dice un gran pensador y poeta argentino, es lo 
único que no entregan los pueblos conquistados, porque 
es el espíritu inmutable y el alma invencible. Y por ese 
hilo de resistencia inmortal España nos ha transmitido, 
a través de cuatro centurias, la magnífica herencia de, su 
moral y de su cultura, (Aplausos.) 

Civilizaciones distintas han llevado a nuestras tierras 
los aportes de un eclecticismo que se aviene y corres- 
ponde legítimamente al ansia insaciable de progreso de 
los organismos nuevos; pero no han sido sino comple- 
mento del genio español, que permanece glorioso e in- 
destructible. Y así nuestras enseñanzas, nuestros ejemplos 
son los que irradiaron las cumbres del pensamiento his- 
pana Y aprendimos por el léxico del divino Cervantes 
a exteriorizar desde el rezo en la cuna a la confesión 
en la. muerte, y nuestros poetas acendraron el caudal de 
sus inspiraciones en Berceo y Garcilaso, en Quintana 
y Zorrilla, en Eispronceda y Campoamor, y nuestros ora- 
dores encontraron el verbo de su elocuencia en Donoso 
y Castelar y nuestros místicos oraron con Balmes y nues- 
tros escritores absorbieron los jugos del gallardo decir 
en Gracián y Granada, y nos son familiares como nuestros, 
en supremas disciplinas del entendimiento, nombres como 
los de Costa, Menéndez Pelayo y Cajal, y nuestros ar- 
tistas siguen en el lienzo a los Velázquez y Goya, a los 
Sorolla y Pradilla, y en el mármol y el bronce, a los 
Benlliure y Julio Antonio. Y esa es la jerarquía trans- 
cendente de España en América por sobre las gestas he- 
#oic«s de los conquistadores. (Ovación.) 



15L TRfBOTG »E LA DIPLOMACIA 125 

¡Ali! Mas no olvidéis, como ya os lo indicaba el sen«r 
conde de Rom anones, que esa permanencia y acrecimiento 
de los factores influyentes de España en nuestra América 
se ha mantenido y desarrollado en loe últimos tiempos* 
sólo por su esencial virtualidad, por espontáneo amor, — 
afeno al intenso cultivo que habría convenido desplegar — 
porque hay que renocer que después de cumplida por Es- 
paña su misión política colonizadora, ha existido aquí 
algo así como un desasimiento en la fomentación de re- 
laciones de un orden más elevado. (Aprobación.) 

Sería bienhechor y de una importancia trascendental 
que se desenvolviese en ilimitadas escalas el intercambio" 
pleno en los campos intelectuales y económicos. Habría 
que multiplicar las Embajadas de las representaciones del 
Arte y la Ciencia españolas y la más amplia difusión del 
libro español, recabando de nuestros pueblos de allende 
el Atlántico las manifestaciones múltiples que existen de 
la potencialidad mental americana, digna hermana de la 
de su origen y progenitora. Desvanecer prejuicios, romper 
toda traba en la compenetración, para que sea mutuo el 
conocimiento y la estima, y nada contribuirá tanto a esa 
armonía vital como el canje del libro y de las visitas de 
los Embajadores del entendimiento. (Aplausos.) 

En la parte comercial, una labor intensa precisa reali- 
zar, que en los tiempos modernos, son también los víncu- 
los de la economía los más firmes aseguradores de la 
simpatía, la convivencia y la comprensión. Podría llegarse 
por medio de tratados inspirados en principios más ai- 
tos que los del interé.s inmediato, a concesiones y ventajas 
excepcionales para el intercambio de productos fuera de 
los estrechos límites de articulados arancelarios de ge- 
nerales aplicaciones. Columnas de favor que serían pe- 
destales de unión definitiva y que cimentarían para el fu- 
turo el grandioso edificio de la sólida, positiva y perdu- 
rable solidaridad de la raza. (Grandes aplausos.) 



Í26 RUY DE LUGO-VINA 

Ese es el programa del futuro victorioso, el ideal soñado 
por Labra en sus campañas memorables. 

El culto mejor, he dicho, a la memoria de los grandes 
hombres, consiste en inspirarse en sus principios, en apre- 
ciar su labor y proseguir su obra. 

Cooperadores leales y esforzados de ella, son allá, so- 
bre el suelo fecundo, generoso y hospitalario del Conti- 
nente americano, los cuatro millones de honrados, patrio- 
tas trabajadores españoles, que esparcidos — y como decía 
el señor Conde de Romanones— sin otra relación con la 
Patria de origen que la del culto romántico y desintere- 
sado del recuerdo, constituyen en nuestra libre América 
un elemento de trabajo y progreso y son en nuestros paí- 
ses y bajo nuestras banderas factor estimadísimo de unión 
y de cariño. (Aplausos.) 

Pero eso no basta. No basta, os decía el señor Conde de 
Romanones con toda la autoridad de su elevadísima re- 
presentación política, y yo, sin tsu independencia de pen- 
samiento y sin su libertad de palabra, para opinar como 
a él es dable hacerlo, en este aspecto de las orientaciones 
políticas y de las determinaciones de Gobierno que co- 
rresponden a la acción oficial de los poderes públicos de 
España, me limito, señores, a repetiros como él, con toda 
la lealtad y con convicción plenísima: No basta. (Aplau- 
sos.) 

Aspiremos, pues, a convertir en realidades positivas de 
efectividades prácticas — como lo ordena con mandato im- 
perativo un alto y previsor espíritu de realidad y. de ex- 
periencia — los vínculos puramente idealistas y románti- 
cos, que establece la comunidad de origen y que mantiene 
la recíproca sinceridad de nuestro afecto. Así ets como en 
nuestros campos respectivos habremos servido nuestras 
banderas distintas y nuestros destinos comunes. (Grandes 
aplausos.) 
Vosotros conocéis el estado de la conciencia americana. 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 1^7 

Y yo oi¿ digo — y permitidme que al hacerlo repita un con- 
cepto que ya otra vez he expuesto, pero mi posición polí- 
tica no me permite decir más — que las enseñanzas que de 
ese conocimento se derivan y las sugestiones que de ese 
conocimiento se deducen son de tal modo claras y noto- 
rias, que ciego tiene que ser quien no las vea; torpe tiene 
que ser quien no las advierta; e insensato o culpable 
quien, comprendiéndolas y apreciándolas, no las recoja, no 
las dirija y patrióticamente no las encamine y las encauce 
en beneficio de los altos ideales, de los grandes intereses y 
los santos destinos de la raza. (Ovación.) 

Esa fué la noble y fecunda labor política del señor La- 
bra, desde que realizado el postrer acto de la epopeya de 
la emacipación americana advirtió su espíritu de estadis- 
ta y de patriota que ello significaba el más firme cimiento 
— porque era sobre la base de una recíproca dignidad y 
entre naciones libres — de la gran obra de definitiva iden- 
tificación espiritual entre España y sus hijas independien- 
tes del mundo americano. 

Continuemos, señoree, esa labor, que honrando, al ha- 
cerlo, la memoria de Labra, nos habremos honrado tam- 
bién nosotros mismos. (Ovación inmensa. El público acla- 
ma al orador obligándole a saludar repetidas veces/) 



III.— OTRA DIPLOMACIA Y OTROS DIPLOMÁTICOS 



Antes de morir, después de haber dado al mundo el 
ejemplo de una vida tan pródiga en excelencias, morales» 
dijo Labra: «España cae, se hunde, camina al abismo. 
Pero vendrá un día de gloria... ¡Y ese día será el de su re- 
nacimiento con Portugal en América! Allí se ha de afir- 
mar nuestra inmortalidad,» Esa síntesis de toda una exis- 



128 RUY DE LUGG*WI$rA 

tenciá fué la condensación postrera de aquel discurso 
de 1871, en que el patricio dijo, al hablar en nombre de 
la España, que presentía la urgencia de una gran política 
internacional: «Así como nuestra inteligencia y nuestra 
unión con Portugal no se hará mientras nuestra cultura 
no crezca y nuestros arrebatos no se templen, así nun- 
ca llegaremos a recoger amorosamente en nuestros brazos 
©sa familia española repartida en el continente america- 
no, y que tantas veces, y por "boca de sus mejores poetas, 
sus grandes oradores y sus primeros estadistas, ha evo- 
cado el sagrado nombre de su madre; nunca lo conseguire- 
mos mientras España aparezca en sus colonia*; y a la 
puerta de aquellos pueblos como el ciego representante 
del monopolio, de la dictadura y de la esclavitud.» Esa 
era su obsesión: España con Portugal dentro de la Pen- 
ínsula, España con Portugal en todo el continente ame- 
ricano de origen ibérico. Pero el famoso abolicionista, el 
defensor del negro Faustino, que vio rotas las cadenas 
del esclavismo ominoso y que contempló en el desastre co- 
lonial español, la certidumbre de toda su prédica incan- 
sable a la que no supo ni siquiera dar cabal oído el repu- 
blicano Ruiz Zorrilla cuando escuchó a los diputados ul- 
tramarinos prometiendo lo que también otros políticos 
españoles habían tantas veces ofrecido; aquel hombre de 
una idealidad incansable, que jamás se agota ni jamás se 
rinde, ¿pudo ver a su muerte esa unidad espiritual ibéri- 
ca, en la que España, sin fungir de rectora, estuviese fran- 
camente hermanada con su vecina peninsular y con sus 
hijas trasatlánticas?... 

Según su panegirista de la inauguración del curso aca- 
démico del Ateneo de 1922-23, ese ideal no pasa de ser 
una profecía. Luego, no es aún una realidad. Dijo el 
Conde de Rom anones, con la autoridad de quien pudo ha- 
cer algo de lo que Labra predicaba y que, sin embargo, 
a ejemplo de Moret y de otros políticos, que han sido los 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 129 

conductores de la nacionalidad española, al llegar a las 
alturas del Poder público se olvidaba de poner en acción 
los principios sustentados fuera de las funciones guber- 
namentales: 

«En el Senado, en el año 16, pronunció Labra el último 
discurso de su vida; tuvo por principal tema determinar 
el alcance y la trascendencia que para España envuelven 
las relaciones de amistad con la América latina. En ese 
discurso, modelo de lógica, demostración del inmenso do- 
minio que sobre tales materias tenía, previene a la Cá- 
mara y al Gobierno del peligro que encierra confiarse 
tan sólo en el amor que aquellas Repúblicas sienten por 
la madre España; hace falta fortalecer nuestras mutuas 
relaciones de amistad con algo más que el sentimentalis- 
mo, porque otras grandes naciones, como Francia, Italia, 
Inglaterra y Alemania, conscientes del valor de aquellos 
inmensos territorios, desarrollan una política de penetra- 
ción intensa en todos los órdenes; lo mismo en lo espiritual 
que en cuanto hace relación con los intereses materiales. 
Su competencia puede ser terrible si continuamos indife- 
rentes o inactivos, 

»No basta, digo yo recogiendo estas ideas de Labra, 
conñar en que son nuestros hijos y nuestros hermanos los 
pobladores de aquellas regiones, ni aun siquiera en que 
la emigración constante, que se cuenta por millones de 
individuos, haga que en aquellos territorios la influencia 
de los españoles sea preponderante, porque, aunque parez- 
ca una paradoja, es cosa distinta la influencia de los es- 
pañoles que la de España. Cuatro millones de españoles 
hay esparcidos por aquellas Repúblicas; pero España ape- 
nas si se da cuenta de ello, ni siquiera de la importancia 
económica y espiritual que este hecho encierra. La fuerza 
que representan nuestros compatriotas y los. centros que 
han organizado y que llevan una vida próspera, pudiera 
ser para España, bien aprovechada, el mejor instrumento 



130 RUY DE LUGO-TINA 

de expansión; bastaría, sobre todo, que el Estado español 
siguiera atentamente al emigrante en su éxodo, y no de- 
jando de protegerle, le diera en todo momento la sensación 
de que la inmensidad del mar no le ha separado de la 
Patria. 

Decía Labra, con razón, que no sólo el hambre y el in- 
terés llevan a los españoles a América, como no los lle- 
varon en los primeros días de su descubrimiento y su 
conquista; que entonces y hoy les impulsa un movimien- 
to espiritual, quizá en muchos casos inconsciente; y esta 
espiritualidad es la que debiera servir de guía a España 
para hacer de aquellos españoles el principal instrumento 
de relación con las Repúblicas a donde emigran. Entrega- 
da nuestra política en América a la diplomacia, se des- 
envuelve lánguida y premiosa; las relaciones oficiales ca- 
recen siempre del calor y de la flexibilidad necesarias 
para realizar una labor fecunda. 

»A1 hablar de nuestra representación diplomática, y 
volviendo la vista al pasado, evoco la figura de Labra 
como aquella que de modo más perfecto habría podido re- 
presentar los altísimos intereses de la Patria cerca de los 
Estados de la América hispana. Su cultura, su elocuen- 
cia, el profundo conocimiento de la Historia y del alma 
de aquellos pueblos, le hubieran servido para defender los 
intereses de España de modo tal, que en la concurrencia 
con las demás naciones de Europa nuestra supremacía 
hubiera sido indiscutible. Y evoco la figura de Labra 
para expresar el concepto que tengo de los hombres que 
representan a España allende los mares, de lo que debie- 
ran ser las voces españolas que en aquella contienda se 
escuchasen.» 

Y añade: 

«No olvidemos que entre los pueblos de allende el At- 
lántico hay algunos de tan pujante desarrollo en la hora 
presente, que pesa de tal modo en la consideración de Eu- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 131 

ropa, que si la madre tuviera derecho a sentir celos de 
sus hijos, quizá pudiéramos sentirlos al ver que en algu- 
nas ocasiones en la balanza de los destinos del mundo 
van pesando ellos más que nosotros. 

>No hay pueblo que pueda vivir sin ideales, sobre todo 
sin un ideal que salga de sus propias fronteras, y todos 
debemos proclamar con Labra que el ideal exterior de 
España se halla principalmente en América.» 

Eso dijo el ex Presidente del Consejo de Ministros. ¿Qué 
hizo en pro de esa verdad hoy ya incontrovertible para el 
pensamiento serio y desapasionado de los españoles que 
sepan ver su problema interior desde un punto de vista 
internacional? ¿Qué hizo aquél que dijo «este ideal 
debemos robustecerlo cada día más, debemos alentar- 
lo por todos los medios, debemos tener en él una confianza 
inquebrantable»?... Habrá hecho, seguramente, lo que to- 
dos los políticos gobernantes de España, lo que todos sus 
congéneres de la Am'érica española: dejar que las cosas 
sigan su curso normal, que la corriente no se salga de 
su cauce más reducido, que el tiempo haga lo que debían 
realizar los conductores de pueblos, los creadores de na- 
cionalidades, con cohesión indestructible y orientación 
definida. 

Al romperse el lazo político entre España y Cuba, La- 
bra — porque ningún otro español podía accionar con 
más arrestos y más consciencia de la fatalidad de las 
cosas y más plena autoridad indiscutible e inatacable — 
debió haber hecho un viaje a Cuba en nombre de España; 
no como embajador extraordinario, no como ministro 
acreditado, sino como un español representativo que 
hablase por sí, por su pueblo y por el Gobierno de su 
Patria de adopción, que había servido acaso más que la 
de su nacimiento. Y aquel republicano venerable de 
quien dijo el Rey Don Alfonso al estrechar su mano 
que era «el mejor patriota de mis tiempos», no fué nun- 



132 rüt he lugo-vina 

ea a Cuba como cubano ni tampoco como español. Nos- 
otros mandamos a Merchán a España... ¡Y así ha sido nues- 
tra iniciación diplomática, después de una ruptura que no 
debió dejar separados ni por un instante los eslabones ro- 
tos de la madre vencida y de la hija no del todo Liberada! 

Lo que el Conde de Rom anones, orador, dijo en el Ate- 
neo, el mismo estadista — u otros que como él piensen — 
deben alguna vez llevarlo a la práctica cuando se ha- 
llen con las riendas del Poder en las manos. El problema 
está bien visto: «Entregada nuestra política en América a 
la diplomacia», etc. Pero no basta verlo, no basta pre- 
sentarlo en el vistoso ropaje de las palabras de ocasión so- 
lemne. Hay que arremeter contra la diplomacia sin alma 
y sin vigor, contra ciertos diplomáticos que ignoran el 
alcance de su misión, que carecen de la personalidad ne- 
cesaria para hacer una obra de trascendencia que tenga 
una repercusión visible, que llegue por igual a las altas 
esferas y baje al estado llano. Además, la diplomacia debe 
eer ayudada una vez que se haya logrado transformarla. 
Y para eso bastaría con que las misiones especiales me- 
nudeasen, pero no desempeñadas por hombres que igno- 
ran, por muy poetas o muy artistas que sean, lo que es 
el alma de la multitud vista cara a cara. Labra no fué a 
América; ¿pero por qué muchos estadistas españoles, que 
han demostrado en el Congreso conocer el arte de seducir 
a los auditorios, de arrastrar a las muchedumbres, de con- 
vencer a los incrédulos y galvanizar a los escépticos, no 
hacen, alguna que otra vez, esa obra de bien español, de 
solidaridad esencial que logre una perfecta soldadura de 
los mismos elementos afines? Eso que Labra llamó «la in- 
timidad hispano-americana» no debe ser una frase. Y eso 
que no ha mucho dijo el popular político español tampoco 
debe quedar en el molde de un discurso elocuente. 

Cuba — hay que decirlo — ha cumplido por 6u parte, en- 
viando a Mario García Kohly a España y manteniéndolo 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 133 

aquí durante diez años consecutivos, para que su acción 
y su palabra contrarresten esa falta de calor y de flexi- 
bilidad en las relaciones oficiales de que habló con tanto 
acierto el Conde de Romanones en el acto aquel del 
Ateneo en que un español y un cubano por igual glori- 
ficaron la figura del gran patriota cubano que supo ser 
también un gran patriota español. 



CAPITULO VI 



APOLOGÍA del monarca de la 

NEUTRALIDAD HUMANITARIA 



I,~-EL PERIODISMO DIPLOMÁTICO 



Gran parte de la materia diplomática que ha dejado de 
divulgarse por culpa oficial, oficiosamente la ha dado a 
conocer por sí mismo un periódico de La Habana: el «Dia- 
rio de la Marina». Y no tanto mientras lo dirigió con un 
criterio más español que cubano el primer Conde de Ri- 
vero, sino después de haber pasado su dirección a manos 
de sus descendientes, que, aun sin dejar de sentirse conti- 
nuadores de la obra de aquel esforzado espafíolista en tie- 
rra indiana, han cubanizado la política nacional e inter- 
nacional de un tan difundido órgano de propaganda. 

El «Diario de la Marina», dentro ya de su nueva etapa» 
ha seguido reflejando en sus columnas todo el movimiento 
de la vida española; y si antee lo hacía cumpliendo con 
un deber, a que lo obligaba su condición de diario extran- 
jero, ahora lo continúa realizando en cumplimiento de 
una amable y generosa doctrina de hispano-a/nericanismo. 



136 MJY BE LUGO-W&A 

Para el gran diario habanero, todo lo de España afecta a 
Cuba; y así se ve que en cada una de sus ediciones apa- 
rece una información completa de cuanto pueda interesar 
a los españoles ultramarinos y a los cubanos que se pre- 
ocupan de las cosas de la España política, literaria y ar- 
tística, de la España que aún sigue tan ligada, en su des- 
envolvimiento orgánico como entidad nacional, a la que 
fué su última prolongación trasatlántica. No se conoce 
ningún otro caso de un diario hicpano-americano que re- 
fleje, dentro de un sistema tan perfecto de informaciones, 
la crónica diaria de la vida española. Lo que se hacía den- 
tro de un punto de vista primordialmente español en los 
tiempos de Don Nicolás Rivero, se practica hoy dentro de 
un criterio de congruente dualidad, que, sin chocar con 
los sentimientos de los nacionales del país y halagando 
el espíritu patriótico de los residentes peninsulares, ha 
producido en la práctica el «espécimen» excepcional de 
un periódico de dos caras que tiene una sola alma. 

Identificado con ese propósito que renueva su anterior 
plan editorial, el «Diario de la Marina» ha seguido siem- 
pre muy de cerca y paso a paso la marcha de la labor 
diplomática entre las Cancillerías peninsular e insular, la 
acción de los respectivos representantes de los cuerpos di- 
plomático y consular de los dos países amigos, así como 
de cualquiera de las manifestaciones concordantes a la 
finalidad que se propuso el Congreso Hispano- Americano 
de 1900 y a la que persiguió, con mayor éxito del que 
se esperaba, el Congreso del Comercio Español en Ultra- 
mar. Supliendo la deficiencia de la vía legal — no siempre 
expedita y oportuna — hemos tenido en Cuba una tribuna 
abierta para todo lo que se refiriese, así de una parte como 
de otra, a cuanto fuera concerniente a la labor de aproxi- 
mación entre España y Cuba. De ahí que este auxiliar po- 
deroso de nuestras relaciones con la Madre Patria puede 
muy bien ser llamado — acaso por primera vez — el «penó- 






EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 137 

dico diplomático». ¡Lástima que no lo sea en toda la ex- 
presión del concepto, y sólo en lo que se refiere al inter- 
cambio hispano-cubano! Nuestra diplomacia se ha redu- 
cido siempre en todo tiempo a dos extremos: aquel que' 
nos liga al Gobierno de Washington, por fuerza y abun- 
dancia de razones legales, y aquel otro que jamás, por 
razones sentimentales cuando faltaren otras, podrá dejar 
de mantenernos unidos a la generadora de nuastra exis- 
tencia, Cuba no ha tenido otra diplomacia, aparte Jo que 
se hizo esporádicamente durante la Gran Guerra con al- 
gunas naciones de Europa, y lo que se dice que se debe 
hacer, pero que no se ha llegado a hacer nunca formal- 
mente, con nuestras hermanas de la América ibérica. 

En este mismo año el «Diario de la Marina» ha dado 
una prueba más de su constante apostolado: la organiza- 
ción del viaje Habana-Coruña, llevada a efecto en compa- 
ñía de dos diarios inequívocamente ultramarinos, aunque 
de hondo arraigo en la opinión criolla. «El Diario Espa- 
ñol» y «El Correo Español» siguen manteniendo en Cuba 
la tradición colonial, adaptada a la evolución de los tiem- 
pos, a que estaba también incorporado el diario decano 
antes del fallecimiento del infatigable y combativo don 
Nicolás. Esos tres propagandistas de un hispano-america- 
nismo perseverante y juicioso, lograron, de común acuer- 
do, realizar la iniciativa de aquel orador que dijo en oca- 
sión de celebrarse en Madrid la primera Fiesta de la 
Raza con carácter oficial: «Sin omitir medio ni sacrificio 
alguno, deberemos obtener un intercambio de viajes, me- 
dio el más práctico y eficaz para que unos y otros nos po- 
damos conocer v puedan sernos recíprocamente conocidas 
por unos y por otras las maravillas que la Naturaleza, 
la Ciencia, la Historia y las Artes supieron crear en lo 
que pudiéramos llamar el mundo de nuestra raza.» Gra- 
cias al «Diario de la Marina» y a sus colaboradores en 
la empresa que sienta precedente de tanta significa- 



138 RUY DE LUOO-VXNA 

ción, ya se ha celebrado — tal como se dice en el in- 
forme «La intermunicipalidad en Galicia* — la pri- 
mera excursión municipal colectiva que de América ha 
venido a España. Cuando se escriba la historia del des- 
envolvimiento del hispano-americanismo, desde las Cor- 
fes de Cádiz a nuestros días, este hecho se habrá de men- 
cionar entre los que han contribuido, con una iniciativa 
que pronto ha de tener quienes la secunden desde otros 
lugares del mundo colombino, a la mejor y más íntima 
amistad de las dos partes solidificables de un mismo fe- 
nómeno de concentración a distancia. 

Durante los diez años de labor de Mario García Kohly, 
el «Diario de la Marina», nunca remiso ni perezoso, ha 
divulgado sus discursos, sus gestiones y proyectos, los ac- 
tos de reciprocidad que se han producido como consecuen- 
cia de sus iniciativas, todo cuanto por su gestión se ha 
logrado... y todo cuanto, no por su culpa, ha pasado al 
«archivo de las notas confidenciales» sin producir su fruto 
en la aplicación práctica. Ejemplo: el proyectado conve- 
nio de inmigración de que se habló en las camarillas del 
Congreso del Comercio Español de Ultramar, y del que 
se hiciera eco en su oportunidad la tribuna del gran ro- 
tativo habanero. Esa tribuna periodística ha sido la. más 
alta y de mayor alcance que el orador-diplomático ha 
tenido siempre en Cuba, donde aún no se posee — aunque 
triste sea confesarlo — un concepto cabal y digno de lo 
4jue debe ser la representación exterior de un país que 
tiene sobrados motivos para enorgullecerse de sus insti- 
tuciones y de sus personalidades, de su historia y de su 
anhelo constante de bien y de progreso. 

Siguiendo su norma invariable de conducta, el «Diario 
de la Marina» encomendó a su Jefe de la Redacción en 
Madrid que prepara.se los materiales para un número ex- 
traordinario que. con el título de Álbum del Rey, se 
habría de publicar en el trigésim ©octavo aniversario del 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 139 

natalicio de Su Majestad ei Rey Alfonso XIII. El corres- 
ponsal que ocupa a la sazón ese cargo, como sucesor de 
aquel gran periodista español nacido en tierra cubana que 
se llamo don José Ortega y Munilla, se puso a la tarea 
con la competencia y diligencia en él características; y 
el doctor Lorenzo Frau Marsal — que tal es el nombre de 
ese «newspaper man» a la moderna, todo sutileza e in- 
genio, que el diario habanero tiene aquí destacado en 
plan de intensísima labor hispanoamericana — puso manos 
a la obra, logrando preparar una bella edición extra- 
ordinaria. Pero "ese álbum no tendría tan expresiva sig- 
nificación si dejara de contener, como el material más 
valioso dentro del homenaje que expresa la edición con- 
memorativa, el trabajo que para ella escribió especialmen- 
te el Excmo. Sr. Mario García Kohly, donde el plenipo- 
tenciario cubano habla del Monarca español, destacando 
la figura del que fuera, durante la conflagación universal 
que conmovió al mundo, «el representante más alto y 
ejemplar del sentimiento humanitario de la Europa». 

Así, realizando un periodismo diplomático, consciente, 
y sin titubeos circunstanciales, el «Diario de la Marina» 
ha sido útil al buen acuerdo de las relaciones diplomá- 
ticas entre dos países que iniciaron su acercamiento bajo 
las peores auspicios, los que surgían ante el fresco re- 
cuerdo de la sangre derramada, y que hoy, sin embargo, 
se estrechan las manos placenteramente. Ese milagro no 
lo hubiese logrado sola y por sí misma la diplomacia reco- 
nocida. 



140 RUT IKE LUGO-VINA 



II.— ESBOZO PARA UN NUEVO CAPITULO DE 
DERECHO INTERNACIONAL (i). 



Tantos artículos han sido ya escritos a propósito c'e 
la personalidad augusta y el reinado glorioso del Mo- 
narca que rige los destinos de la nación hispana, que al 
conferirme la bondad exquisita de mi ilustre amigo el 
director del «Diario de la Marina*, don José I. Rivero, 
el encargo, tan grato como honroso, de escribir sobre tan 
noble tema «un artículo más», es esta la primera pre- 
ocupación que asaUa mi espíritu, cohibe mi intento y 
detiene mi pluma: evitar que sean esta-s sentidas líneas- 
expresión sincera de una profunda admiración, nacida ir. 
vigorizada en el estudio permanente y la observación 
constante, durante nueve años consecutivos, de la actua- 
ción patriótica y de la labor fecunda del soberano demó- 
crata y caballero — evitar, repito, que esas sentidas líneas 
no sean otra cosa que «un artículo más», que la repeti- 
ción de frases y la reiteración de juicios ya emitidos al 
referirse al nombre y la obra de S. M, Alfonso XIII. Para 
evitar esa dificultad séame permitido que cuando exami- 
ne los aspectos en mi sentir más característicos y más 
interesantes de esta egregia personalidad, renuncie a la 
tentaciión de recoger lo que ya hiistoriadores y publicistas 
han opinado respecto al Soberano de Castilla. Sea así, 
pues, con relación a él, acertado o erróneo, un juicio 
propio, derivado de impresiones personales, íntimas y di- 
rectas, el que ofrezca, sin reserva en el pensamiento ni 
eufemismos en la frase, al «Diario de la Marina», re- 



(i) Reproducido textualmente, de «El Álbum del Rey», 
publicado por «El Diario de la Marinad de la Habana. 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 141 

querido por su solicitud que, en mi espíritu — y evocando 
el recuerdo agradecido de todas las atenciones y bonda- 
des de que a ese gran periódico cubano soy deudor — no 
es grata satisfacción a una demanda, >sino cumplimiento 
obligado de un mandato. 

Los que anhelen estudiar la personalidad política, a 
través de la historia y de la crítica, de S. M. el Rey Don 
Alfonso XIII, pueden documentarse amplia y cumplida- 
mente en la abundate y múltiple bibliografía que los 
actos públicos de su reinado han producido. 
I Libros, folletos y monografías han narrado con singular 
exactitud las páginas más brillantes de sai vida. Horas 
graves, solemnes, históricas; horas, acaso, decisivas para 
la existencia y la civilización universales, ha correspon- 
dido vivir a este Monarca. Desde los añoe, ya no tan 
próximos, de su infancia, en los días nebulosos e inciertos 
de la Regencia, hasta la hora presente, en medio de las 
tormentas que agitan y ensombrecen el horizonte político 
del viejo continente, tras la contienda horrible que ha 
devastado Europa y estremecido de pavor y de dolor al 
Universo. Hasta esta hora, en que las nuevas concepciones 
y las nuevas normas jurídicas y sociales, derivadas de la 
gran guerra, modifican y transforman las bases seculares 
en que ha descansado la construcción política y espiritual 
del mundo, y surgen para toda Europa y con ella — y no en 
último término ni en menor medida para España — peligro- 
sos probleas que requieren de gobernantes y de estadistas 
la mayor suma de previsión, de sagacidad y — a veces — de 
sacrificios y de renunciamientos. Ciclo político que llenan 
38 años de vida y de reinado y que destacan, con luminosos 
caracteres, la figura de este Monarca que nació Rey y del 
que puede decirse — con pluma, no cortesana, sino leal y 
justiciera — que Rey mereció nacer, porque no sólo es una 
corona real sobre sus sienes lo que consagra y afirma su 



142 RUY DE LUGOTOÁ 

realeza, sino que es alma de Rey la que late en su pecho 
y sangre de Rey también arde en sus venas... 

¿Qué factores han influido en la determinación de la 
fisonomía moral del Monarca español? Fácil es pre- 
cisarlos. 

Hijo del colegial egregio de Sandhurts, de quien decía 
en bellísimas palabras doña Blanca de los Ríos, que 
aprendió a conocer la verdad en el destierro y luego, 
desde el trono, y tras de amargas experiencias, el doior 
de verse morir en plena juventud cuando después de vivir 
la vida con tanta prisa de poseerla y de agotarla toda» 
oprimido por la angustia de ver malogrado su ideal y 
truncada su obra, columbraba el austero perfil de la ver- 
dad y la muerte, implacable, se la reveló entera; hijo de 
una madre de tal manera augusta y hasta tal punto santa 
que el adversario más enconado de las instituciones es- 
pañolas se ha descubierto inevitablemente respetuoso y 
se ha inclinado inevitablemente reverente ante la 
majestad excelsa de la Reina y la virtud impecable de 
la dama; parece que el espíritu complejo y depurado del 
Monarca ha recogido, asociándolas en aleación extraña y 
en apariencia heterogénea y paradójica, esa ansia ardiente 
de vitalidad, apasionada e impetuosa, que constituía la 
esencia del alma y del carácter de su malogrado predece- 
sor y la serenidad austera y la dignidad suprema que for- 
man el carácter e iluminan la existencia de la noble y 
santa autora — y espiritual rectora — de su vida. 

Hay en el alma, en el carácter, en el temperamento — 
y lo ha reflejado su fisonomía de intensa, exquisita y emo- 
tiva sensibilidad ante los hechos corrientes de la vida 
y de asombrosa, estoica serenidad en los grandes peli- 
gros que han acechado su persona — , hay, repito, en el 
carácter y en el alma de Don Alfonso XIII la huella f el 
testimonio de esa doble influencia ancestral que se tra- 
duce, normalmente, en una vehemente, apasionada consa,- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 143 

gración al trabajo, al estudio, al arte, al sport, a las 
múltiples manifestaciones de la actividad, en todo lo que 
ellas puedan ofrecer de atracción al pensamiento, de es- 
tímulo a la energía o de lucimiento a la destreza, y que 
se manifiesta ante las grandes crisis nacionales, en una 
concentración serena y reflexiva, que afronta a plena 
conciencia los problemas y advierte, sin inmutarse, los 
abismos. 

Tal es, en mi concepto, éste el principal aspecto carac- 
terístico e interesante de la personalidad de Don Alfon- 
so XIII. Veamos, pues, con relación a él, su vida y su obra. 



Tuve la honra de presentar mis cartas credenciales a 
S. M. el Rey Don Alfonso XIII en unas circunstancias 
cuya delicadeza contribuyó, al par que a modificar en 
algo el ritual protocolario de aquel acto oficial, a dejar 
en mi espíritu la primera impresión directa de la gran- 
deza moral y del alto sentido de comprensión del So- 
berano. 

Bajo auspicios penosos creí haber hecho mi llegada a ia 
Corte española e iniciar mi labor diplomática ante ella. 
En la Habana acaso muy pocos sepan que el día 20 de 
Mayo de 1913, con motivo de las fiestas organizadas para 
celebrar a un tiempo que la efemérides gloriosa que 
dicho día evoca, el trapaso de los poderes constitucionales 
al nuevo jefe del Estado que en dicha fecha inauguraba 
su Gobierno, en algún barrio apartado de nuestra capital, 
unos elementos políticos, despechados por el triunfo elec- 
toral que en tal momento se solemnizaba, arrancaron del 
establecimiento de un comerciante de nacionalidad espa- 
ñola las colgaduras que con los colores de su bandera 
nacional, entrelazados con la nuestra, decoraban su casa. 
Algún periódico publicó allí, entre la genera] indife- 



144 RUT DE LUGO-TOTA 

rencia, el hecho puya ausencia total de intención política 
le despojaba de toda transcendencia. Mas la noticia — 
como tantas otras — a través de la distancia había adqui- 
rido significación distinta, y, desnaturalizándola, la publi- 
caba un diario de la Corte de este modo: «En Cuba, du- 
rante los festejos presidenciales, ha sido hollada la ban- 
dera española». 

¿No es cierto que eran auspicios bien poco halagadores 
para iniciar con éxito una labor política de identificación 
y confraternidad...? 

La primera inmediata entrevista con el ministro de 
Estado debía limitarse, según las prácticas protocolarias, 
a ofrecerle mis respetos y solicitar la fecha de la pre- 
sentación de mis homenajes y credenciales a Su Ma- 
jestad. Ministro de Estado era el Sr. Conde de López 
Muñoz. 

A las breves palabras comprendí que no hablaba con un 
ritualista y vano «profesional de la diplomacia», sino con 
un político ilustre y un hombre de Gobierno ejerciendo 
funciones diplomáticas. Y apartándonos ambos del as- 
pecto ceremonioso y formalista de la entrevista conven- 
cional, abordamos el tema que a uno y otro ocupaba 
el pensamiento y quemaba los labios, quedando restable- 
cida la verdad. 

— '¿Usted no conoce al Rey? — me interrogó el ministro—. 
Pues permítame hacerle una indicación que le va a servir 
para apreciarlo. En la conversación que suceda a la pre- 
sentación de credenciales háblele de este asunto. A él, 
que está enterado de la noticia, como de todo cuanto 
afecta a España, le ha causado una penosa impresión lo 
publicado y le será muy grato saber la realidad. 

Muy pocos días después se me acordó la regia audiencia. 
Y de acuerdo con la acertada indicación y más aún que 
con ella, con mi ferviente anhelo de destruir, en aras dé 
la verdad, y por el buen nombre de mi país, la versión 



WU TRIBUNO 1>E LA MPLO MACLA 145 

propalada, hice una alusión sentida a lo que el alma 
cubana, por lo que guarda en devoción y amor para la 
bandera gloriosa de nuestra nacionalidad, guarda también, 
en respetuosa consideración, para la enseña ilustre de 
nuestros ascendientes. 

Un rasgo, un gesto, una expresión — ha dicho un psicó- 
logo — cuando responde a ideas o sentimientos íntimos, 
son suficientes para transparentar el alma y el carácter 
de los hombres. En la expresión acogedora y noble del 
ÍÚLonarca al oir el testimonio leal de respeto para el 
símbolo excelso de la Patria, transparentábase todo el 
amor, toda la devoción y todo el culto que su alma 
guarda para la enseña que ha cobijado su regia cuna y 
6u glorioso trono, y que cubrirá su tumba y su memoria. 
Cortés, afectuoso, pronunció algunas frases de exquisita 
delicadeza y solicitud hacia Cuba y de ínteres por su 
prosperidad y sus destinos, y con ese ademán infinita- 
mente sugestivo y cautivador que constituye en algunos 
seres privilegiados un don especial de atracción y de 
poder, y que es en el Monarca español especial cualidad a 
cuyo influjo no ha resistido nadie que haya tenido la 
honra de estrechar su mano, añadió refiriéndose al tema 
enunciado del amor a la bandera: «No hay sobre la tierra 
nada tan santo como la bandera nacional, ni amor tan 
puro como el que ella inspira». 

Ocho años después, al dispensarnos a los generales Me- 
nocal y García Vélez y a mí — precisamente en la fecha, 
memorable para todo cubano, del 10 de Octubre—el honor 
de mostrarnos sus habitaciones particulares, al entrar en 
la cámara privada del Monarca — habitación sencilla, de 
distinción irreprochable — Don Alfonso se adelantó a nos- 
otros. «He ahí — nos dijo señalando hacia lo alto de su 
lecho — mi doble religión y mis dos cultos>. 

En aquella modesta, severa y sobria habitación, sin 
colgaduras, sin cuadros ni otros adornos, sólo se destacaban. 

10 



146 KUY DE LUG0-YIN.1 

dos objetos, ambos en la pared vecina a la cama del Rey 
Uno, sobre crucifijo de marfil, la imagen santa del Re- 
dentor del hombre. Otro, en un sencillo marco, la ban- 
dera de España. 

Esa es la doble religión del Soberano. Y ese detalle 
íntimo, exponente de un culto sentido, callado, perenne, 
severo y amoroso hacia la enseña patria, evocó en mi 
memoria aquella noble frase: 

«Nada hay sobre la tierra tan santo como la bandera 
nacional ni amor tan puro como el que ella inspira». 



El extranjero residente en España que, con espíritu 
de observación sereno e imparcial, estudie atentamente 
los desenvolvimientos de la vida política española y re- 
coja las palpitaciones de su conciencia nacional, adquiere 
y afirma cada día más la impresión del intenso amor 
que el pueblo — que la masa popular — de España profesa 
a su Soberano; amor que se deriva no ya sólo de la gran 
consistencia espiritual e histórica que en esta Nación, 
secularmente monárquica, disfruta la institución real,, 
sino de su sentimiento — mezcla de emocionado y orgu- 
lloso — que late en el fondo de todo pecho hispano, de 
admiración personal — de cariño personal puede decirse — 
«hacia el hombre», hacia el Rey, que encarna en su tem- 
peramento y en su espíritu la suma de cualidades y de 
virtudes que más ama y admira este pueblo esencialmente 
hidalgo: el valor, la entereza, la deciaión, la lealtad, el 
honor, la caballerosidad y la cortesía. 

Con esas armas — y con esa especial, privilegiada cua- 
lidad a que antes me referí, la sugestión— ha cenquistado- 
el Rey Afonso XIII el alma de su pueblo y logrado la 
consideración universal. 

Hay prestigios que se inician, deslumbradores en el 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 147 

instante de surgir a virtud de algún acontecimiento o 
una circunstancia accidental y transitoria y luego en pla- 
zo breve, en el diario contraste con la realidad, decaen, 
se esfuman y desaparecen. Esos son los prestigios que no 
reposan sobre cualidades esenciales y permanentes. Hay 
otros que no amenguan, sino acrecen, arraigan y se ase- 
guran a través del tiempo porque descansan sobre la 
base sólida de la virtud y el honor. Y este es el secreto 
de la creciente autoridad moral de Don Alfonso. 

Integrado en la efectividad y la plenitud de sus poderes 
constitucionales aún muy joven; integrado en plena ado- 
lescencia en el ejercicio de sus altísimas funciones, sor- 
prendieron e impresionaron gratamente al pueblo español 
con los primeros actos del nuevo Soberano los testimonios 
de su serenidad y de su juicio. 

Muy pronto trágicas asechanzas habían de evidenciar 
su grandeza moral, la cualidad predominante de su es- 
píritu: el valor sereno. Es decir, el valor consciente, ci 
valor del caballero. No el ímpetu fiero, ciego e irrefle- 
xivo que desafía el peligro porque lo desconoce o se arro- 
ja a él porque en su enardecida obsesión lo olvida; ins- 
tinto irrefrenado y muchas veces homicida que lanza al 
hombre, cegado por el furor e inconsciente del peligro, 
con la misma animalidad e igual ausencia ¿e discerni- 
miento con que la fiera acomete al cazador en medio de 
la selva. No es esa la naturaleza del valor de Don Alfonso. 
El suyo, por el contrario, es la serenidad consciente — 
acaso, por ser quien es, fuera más propio decir la augusta 
serenidad — de quien, dándose cuenta exacta del peligro, 
y no despreciándole, sino comprendiéndole, advierte que 
su dignidad impone arrostrarlo y cumple su real deber 
en la forma tranquila que cuadra a su majestad y a su 
grandeza. 

. El atentado de París en la calle de Rohan, dirigido al 
propio tiempo contra el Monarca español y contra el pre- 



148 BUY DE LUGO- VIÑA 

sitíente de la República francesa— entonces M. Loubct-- 
mostró ya, con singular relieve, esta noble forma del 
valor del Rey. La bomba anarquista que una mano, hasta 
ahora desconocida, lanzó contra el carruaje que conducía 
a los dos jefes de Estado produjo una explosión terrible. 
En la brillante escolta de coraceros que acompaña en 
Francia al coche presidencial algunos caballos se ¿uca- 
britaron violentamente. En el público que presenciaba 
el desfile diversas personas fueron gravemente heridas. 
El Monarca, sin perder, un segundo ;su serenidad, se li- 
mitó a preguntar al presidente: «¿De que lado han ti- 
rado: del de usted o del mío?» Y cerciorado rápidamente 
de que su ilustre acompañante se encontraba ileso, se 
puso de pie en el coche, y con reposado acento dijo así 
a la escolta y al público: «No es nada, señores; tranqui- 
lícense ustedes». El pueblo de París conoció y aclamó ese 
día a un Rey cuya alma tenía el temple de la de Hen- 
ri IV... 

El atentado execrable de la calle Mayor, en que la de- 
mencia destructora de Mateo Morral marcó con una trá- 
gica huella de dolor y de muerte la fecha del día feliz 
del matrimonio del Monarca, y luego el regicidio frustrado 
de Sancho Alegre, sólo sirvieron para que, en contraste 
con el horror del crimen, se destacara primero la sere- 
nidad de espíritu y la grandeza de ánimo de su pretensa 
real víctima en el instante de ser objeto de la agresión 
y más tarde su magnanimidad y su clemencia indultando, 
en el primer caso, al viejo periodista que, consecuente 
con sus ideas políticas, albergó al delincuente y protegió 
su fuga, y conmutando, en el segando caso, la pena capital 
al regicida condenado a ellai. 



La «hora»; la gra.n hora histórica que había de con- 
sagrar ante la conciencia universal al Rey Alfonso XIII 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 149 

como el representante más alto y ejemplar del sentimiento 
cristiano y humanitario de la Europa, sonó en el reloj del 
tiempo en el mismo instante en que iluminaba los campos 
heroicos y mártires de Bélgica el resplandor siniestr;5 
del primer cañonazo disparado por las fuerzas invasores 
del Kaiser alemán. 

El Monarca español, cuya clarividencia había presentido 
y presagiado la gran guerra cuando estadistas y hombres 
de Gobierno creían ver límpidos y serenos los horizontes 
europeos, adoptó, sin vacilar, una debie decisión, firme 
e inquebrantable, cuyos términos, igualmente patrióticos 
y elevados, eran estos: Primero: Substraer a su Patria de 
todos los dolores y de todas las tormentas de la horrible 
conñagación, asegurando su neutralidad. Segundo: Modifi- 
car esencialmente el concepto histórico y egoísta de la 
neutralidad, sustituyéndolo por una concepción cristiana y 
generosa de infinita piedad y de constante solicitud hacia 
todos los males que padecían los pueblos combatientes y 
aun — en otro sentido de igual elevación espiritual y de 
más alta transcendencia jurídica — sugerir a las nacionali- 
dades beligerantes normas y fórmulas de conducta moral y 
de sentimientos humanitarios que atenuaran en lo, posible 
los males y las crueldades de la guerra, y con ellas los 
enconos y rencores, implacables e inextinguibles, que ge- 
neran. 

En medio de la espantosa, aterradora conñagación mun- 
dial, fué la voz del Soberano español la del único jefe de 
Estado, revestido de poder temporal, que no pronunciara 
una palabra de odio; y era al Soberano español a donde 
acudían todos los que, por consecuencia de la horrible 
contienda, aspiraban a evitar un dolor, a calmar un su- 
frimiento, a enjugar una lágrima, a atenuar una pena. 

Soy — por temperamento — enemigo de los números. Pero 
hay materias en que los datos precisos, numéricos, acre- 
ditativos y comprobatorios de la eficacia y la virtualidad 



150 RUY DE LUGO-TINA 

de una labor, son más valiosos y elocuentes que las pa- 
labras más sentidas. Sé ame, pues, permitido reconciliarme 
unos instantes con los números para expresar sintética- 
mente, y en las cifras precisas, lo que representó en el 
transcurso de los años 1914 a 1917 la inmensa labor de so- 
licitud y confraternidad cristianas realizada en bien de 
la Humanidad, sin sujeción a preferencias sentimentales 
ni políticas por el jefe del Estado español. 

Para realizar su alto y noble empeño el Rey Alfon- 
so XIII estableció en su secretaría particular una oficina 
dividida en secciones correspondientes a la diversidad de 
las demandas que era preciso responder y a la multiplici- 
dad de las acciones que era debido ejercitar. Al frente dé 
dicha oficina, atendida directa y personalmente por el 
Rey, figuraba una de las personalidades más realnrente 
ilustres y más modestas que rodean el trono, un diplomá- 
tico distinguidísimo y un caballero irreprochable, secreta- 
rio particular de Su Majestad: el ministro plenipotencia- 
rio Sr. D. Emilio María de Torres. 

La organización de la oficina real abarcaba los siguien- 
tes negociados: 

I. — Servicio de desaparecidos. 

II. — Información y correspondencia en territorios ocu- 
pados. 

IIL— Servicio de prisioneros. 

IV. — ídem de repatriaciones de militares heridos graves 
o enfermos. 

V. — ídem de repatriación de población civil, 

VI. — ídem. Internamiento en Suiza. 

VIL— Indultos. 

VIII.* — Commutaciones de pena. 

IX. — Remesa de fondos a individuos o familias residen- 
tes en territorios ocupados y que se hallan hace tiempo 
incomunicados con sus familias. 

X. — Informes relativos a las visitas de inspección rea- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 151 

lizadas por los delegados españoles afectos a la Embajada 
de Su Majestad en Berlín, Viena y Roma. 

En un solo estante, cerrado en la fecha de 31 de Di- 
ciembre de 1915, aparecen hasta ese. día recogidas y clasi- 
ficadas todas las hojas, notas, cartas y fichas con los an- 
tecedentes recogidos y datos aportados de lais gestiones 
hechas por el Monarca respecto a 150.000 desaparecidos 
franceses. 

¿Sabéis a cuánto alcazaba poco tiempo después el nú- 
mero de investigaciones relativas a prisioneros o desapare- 
cidos de diferentes nacionalidades? Pues a la cifra de 
250.000. De 21.000 excede el número de repatriaciones al- 
canzadas de heridos graves de unos y otros ejércitos y 
asciende a 20 el de conmutaciones logradas de la pena de 
muerte (1). 



(1) Lista de los indultos de pena de muerte obtenidos 
por mediación de Su Majestad el Rey: 

Comptesse de Belleville, 10 Noviembre 1915. 

Mlle. Louise Thuilliez, 10 Noviembre 1915. 

M. Severin, 10 Noviembre 191 5. 

Mme. Ana Bernazet, 22 Noviembre 1915. 

Yantchewetzki (Periodista ruso indultado en unión de 
otros siete), 3 Enero T916. 

Mme. Emma Deljean. 17 Julio 1916. 

Mme. Madeleine Doutreligne, 2 Febrero 1917. 

Mr. Henry Beils, 2 Febrero 1917. 

Miloutine Yavanovitch, 29 Marzo 1917. 

Peter Bilbiya (bosnio indultado en unión de otros cator- 
ce de la misma nacionalidad), 29 Marzo 1917. 

Kramarge (Diputado checo), Enero 1917. 

Ernest Weyemberg (Doctor belga), 29 Abril 1918. 

R. Smitz, Abril 1918. 

Walverens (Mr. l'Abb.), 7 Abril 1918. 

Mrs. Oliver, Abril 1918. 

Maes Francisco (Sacerdote), 3 Mayo 1918. 

Colleaus (Senador belga), 3 Mayo 1918. 

Gobin Albert (Capitán), r julio 1918. 

Racine Eduardo (Sub-Officer), 26 Julio 1915. 



152 BüY »E LUGO-VIÑA 

He aquí el balance glorioso. He ahí el título eterno 
que presenta el Rey Alfonso XIII al juicio de la historia y 
al respeto y la consideración universales (i). 

Sobre el alcance, la eficiencia y la grandeza de esta 
obra de la real piedad podrían escribirse muchas páginas 
conmovedoras y sentidas. 

No se han escrito, sin embargo, todas las que esa gran 
obra mereciera. Para el instinto morboso, enfermizo, de 
nuestra sociedad acaso sea más interesante que buscar 
en ese sagTado «archivo del dolor y de la caridad> notas 
consoladoras demostrativas de los dos sentimientos más 
bellos y más altos que dignifican y que ennoblecen el 
humano espíritu— la solicitud generosa para el dolor ajeno 
y la gratitud conmovida que esa atención inspira — sea, 
repito, inquirir en los legajos de las cancillerías o los 
expedientes de los ministerios de la Guerra datos com- 
probadores de la urdimbre premeditada e inexorable que 
preparó la guerra, de la devastación metódica y calculada 
que produjo o de las víctimas y duelos previstos qu« 
causara. 

En mi sentir — y creo que ante la historia — entre el 
Monarca que preservó a su Patria de la tormenta y de- 
fendió la vida de los 250.000 seres, pertenecientes a otros 
pueblos, y el Monarca que arrojó centenares de miles de 
sus subditos al dolor y a la muerte, mediará un abismo. 
¡El abismó que media eternamente entre la conciencia 



(1) Casos de población civil en que ha intervenido Su 
Majestad el Rey: Número de expedientes, 70.000. 

Casos de repatriación militar en que ha intervenido 
Su Majestad el Rey: Número de expedientes, 21.000. 

Casos de prisioneros militares en que ha intervenido Su 
Majestad el Rey: Número de quejas o peticiones indivi- 
duales formuladas por los prisioneros en Alemania: Civi- 
^••f 385; militares, 4.215. Total» 4.600. Rusos, 42; ingle- 
ses, 26; belgas, 55; francés»*, 4.477. 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 15& 

atormentada por el remordimiento y la conciencia aureo- 
lada con el fulgor sagrado de la piedad y el bien! 



Mas si en el orden sentimental esas iniciativas ofrece- 
rán perpetuamente para el recuerdo conmovido de Ihs 
generaciones venideras arsenal fecundo e inextinguible de 
emocionante ejemplo y enseñanzas santas; si para el juicio 
que la crítica histórica reserve un día en sus páginas al 
nombre y la memoria del actual Rey de España son ele- 
mento valiosísimo que traza, con caracteres indelebles, 
todos los rasgos de su fisonomía moral; hay otro aspecto 
de su actuación trascendental que entraña consecuencias 
tan importantes y fundamentales en la esfera jurídica 
internacional, que— aparte ya de cuanto en un orden 
puramente espiritual y de sentimiento represente su obra — » 
han de ser para el hombre de Estado, para el político, para 
el jurisconsulto y para el diplomático materia importantí-. 
sima de estudio y conocimiento, porque ella implica, 
dentro de la concepción más pura y elevada-— pero mo- 
derna y comprensiva — de la neutralidad, la existencia de- 
una acción interventora, mediadora, por decirlo así, per- 
manentemente sostenida y eficacísima, que si por la gran- 
deza moral de sus finalidades imponía la aquiescencia 
de los beligerantes, al propio tiempo, por la entereza y 
persistencia de la actuación, aseguraba la efectividad de 
sus propósitos y cuyos resultados constituían en todos los 
casos, no ya satisfacciones al sentimiento humanitario,, 
sino reparaciones fundamentales al derecho y modifica- 
ciones esencialísimas del carácter y la naturaleza de la 
guerra. 

Esa es la trascendencia jurídica internacional de la 
obra «innovadora» del Monarca español. 

La concepción «clasica», preconizada por Hautefeuille 



154 RUY DE LUGO-VIÑA 

y tantos otros tratadistas del Derecho internacional de 
la neutralidad, la concreta aquel autor en los siguientes 
términos: «Una nación pacífica, cuya intención es perma- 
necer neutral, no puede interponerse entre otros pueblos 
para impedirle el modo de guerrear entre sí». 

La concepción jurídica que de la neutralidad forjaron el 
cerebro y el corazón del Rey Alfonso XIII hizo posible 
esas trascendentales iniciativas y mediaciones y produjo 
consecuencias fundamentales en el «modo de hacer la 
guerra» los beligerantes. 

Aparte las referentes a suspensión de ejecución de las 
p*nas de muerte (i), de envío de paquetes y víveres a 
los prisioneros (2). a prisioneros tuberculosos (3), a los 
bombardeos aéreos (4), a las conferencias internacionales 



(1) En el mes de Abril de 1915 ofreció Su Majestad;~eí 
Rey su intervención para obtener la suspensión de las eje- 
cuciones de pena de muerte a que hubieran sido condena- 
dos en Alemania los prisioneros de guerra franceses, así 
como las de las penas judiciales y por represalias. 

u) El 10 de Mayo de 1917 se presentó al Gobierno ale- 
mán una reclamación por el abuso repetido de que se ex- 
traviasen los paquetes y víveres destinados a los prisione- 
ros por sus familias y allegados, que dio excelentes re- 
sultados, no detallándose aquí por no ser demasiado pro. 
lijo. . 

(3) En Septiembre de 1917 dirigió Su Majestad telegra- 
mas a sus Embajadores en París, Viena, Londres, Berlín, 
Quirinal, Sofía y El Havre, expresando su deseo de que 
•antes del invierno se accediese al internamiento o cambio 
entre beligerantes de los prisioneros tuberculosos o pre- 
tuberculosos. 

(4) Otra de las gestiones en que demostró más interés 
Su Majestad el Rey fué la relativa a obtener de las auto- 
ridades militares alemanas que cesasen los bombardeos aé- 
reos en los Centros de población civil. A este efecto diri^ 
gió un telegrama a su Embajador en Berlín, y con el ma- 
yor empeño procuró llevar al ánimo del Gobierno alemán 
que debía poner fin a esa práctica tan inhumana. 



m J TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 155 

de la Cruz Roja de ios países neutrales (i), a suspensión 
de las hostilidades para enterrar a los combatientes muer. 



(i) En el mes.de Agosto de 1917 recibió Su Majestad 
el Rey una invitación especial y por telégrafo para ha- 
cerse representar en la Conferencia que los Comités de la 
Cruz Roja de los países neutrales habían de celebrar en 
Ginebra desde el día 10 al 14 de Septiembre del año ci- 
tado. El Rey designó para representar a la Cruz Roja 
española a su Presidente el General Mille; y además, por 
una nueva invitación personal, envió también a su Secre- 
tario particular don Emilio María de Torres. Bien cono- 
cida es la actuación y los beneficios que esta Conferencia 
reportó a los prisioneros, tanto civiles como militares. En 
la sesión celebrada el día 11 de Septiembre, el Presidente 
de la Conferencia M. Naville, dirigió las siguientes pala- 
bras a los Delegados españoles: «A vous Espagnols a qui 
sont remis les intérets du plus grand nombre de prisio- 
ners et dont l'auguste Soverein a voulu Lui-íneme coope- 
rar a cette tache inmense en créant un bureau attaché a 
sa maison et qui a bien voulu se faire representer au mi- 
llieur de nous par son Secretaire Particular...?» Al día si- 
guiente en la sesión del día 12 se acordó que monsieur Na- 
ville. presidente de las Conferencias, dirigiese a Su Ma- 
jestad el Rey de España el telegrama siguiente: «A Su Ma- 
jestad el Rey. San Sebastián. La Conference des Croix 
Rouges neutres reunís a Geneve apprend avec un vif sou- 
lelegement que les efforts faits para Votre Majesté pour 
obtenir la cessatión des messures de répresailles sur les 
navires-hopitaux ont eté courounnés des succés. La Con- 
férarice tient a exprimer a Votre Majesté sa profunde gra_ 
ti tude pour ce nouveau service rendu aprés tant d'autres 
a la cause de l'humanité. (Signé) Edouard Naville, Pre- 
sidenta Otra iniciativa verdaderamente feliz del Rey fué 
la de enviar libros de literatura, ciencia y arte españoles 
a los prisioneros que conociesen nuestro idioma. Tan pron- 
to como los Embajadores y Ministros de Su Majestad tu- 
vieron conocimiento de esta generosa idea y la difundieT 
ron en los campamentos de prisioneros, la aceptaron éstos 
con profunda alegría y gratitud, como lo demuestran las 
numerosas cartas que obran en el Archivo de la Real Se- 
cretaría y las comunicaciones que los Representantes de 



156 KüY I>E LDGO-VliíA 

tos (i), a la situación dolorosa de los niños servios (2), 
la actuación resuelta, importantísima del Monarca, deter- 
minante de esenciales modificaciones en las prácticas hasta 
entonces seguidas en la guerra y productora de nuevas 
normas jurídicas internacionales, se manifiesta en tres 
juntos trascendentalísimos; el concerniente al cruel 



Su Majestad le dirigieron. Los envíos de libros españoles 
se multiplicaron gracias a las facilidades conseguidas por 
los Embajadores españoles para la libre introducción de 
dichas obras, y no debe dejarse en silencio un acto lauda- 
ble de la «Asociación de Librería de España», que al ente- 
rarse de que el Rey satisfacía de su peculio particular el 
importe de estos libros, se brindó a poner a su disposi- 
ción un crecido número de ellos, escritos por los autoras 
de mayor valía, tanto antiguos como modernos. A este 
movimiento de altruismo correspondieron otras entidades, 
como, por ejemplo, la «Comisaría Regia del Turismo», que 
mandó un gran número de volúmenes de sus ediciones, y 
e» general casi todos los editores españoles. Esto permitió 
engrandecer la noble iniciativa de Su Majestad, extendién- 
dola a mayor número de campamentos y a los buques 
hospitales, donde los Delegados españoles llevaban canti- 
dades de libros, que repartían con profusión entre los pri- 
sioneros que conducía el barco. También a petición de los 
mismos prisioneros, se les envió un gran número de re- 
vistas españolas ilustradas (más de 4.000 solamente de 
«La Esfera» y «Mundo Gráfico»), ascendiendo la cantidad 
de libros remitidos a unos 40.000. 

(1) Secundando una iniciativa de Su Majestad la Reina 
de los belgas, el Rey de España Don Alfonso XIII se in- 
teresó vivamente por llevar a feliz término esta gestión, 
si bien por causas que se reservaron los países beligeran- 
tes no pudo realizarse tan generosa y humanitaria inicia- 
tiva. 

(2) Enterado el Rey de que en los tiempos de concen- 
tración de Austria se hallaban bastantes niños servios in- 
tervino cerca del Gobierno de aquella nación, consiguien- 
do que se dulcificase el tratamiento que se les daba, por 
1© que el Rey de Servia y su Gobierno hicieron patente 
a Su Majestad su profunda gratitud. 



EL TRIBUNO DE LA MPLOMACCA 15? 

sistema de las represalias, a las repatriaciones colectivas 
de poblaciones internadas y a la protección y garantía 
por un país neutral — España— de los buques hospitales 
aliados en relación con las agresiones submarinas. 

Tema interesantísimo para un detenido y cuidadoso es- 
tudio suministra cada una de esas fundamentales e im- 
portantísimas iniciativas; necesariamente, sólo en muy 
breves términos, me será dado referirme a ellas. 

Como una de las inevitables consecuencias de la guerra, 
en esa progresión creciente de enardecimiento de la pasión 
y recrudecimiento de la saña que fatalmente engendra 'a 
pelea y que retrotrae al hombre moderno al tipo primitivo, 
despojando a su naturaleza de todo el ropaje de civili- 
zación con que el progreso y el derecho han cubierto y 
disfrazado sus instintos, surgió, en la gran guerra inter- 
nacional que el imperialismo alemán desencadenó sobre 
Europa, esa escuela cruel del odio de las naciones que 
una palabra convencional ha bautizado con el nombre de 
la «represalia» porque, eternamente también en la histo- 
ria, la nación que la ejerce parte de la alegación de que 
ese acto — castigo o agravación en el dolor de un inocente 
o de un inerme — es resultado y respuesta de una acción 
injusta — que así motiva y justifica la injusticia propi¿t— 
de la parte contraria. 

Naturalmente, en esta ocasión, ante las represalias ejer- 
cidas por los Gobiernos aliados en respuesta obligada a 
las medidas del rigor alemán, no vacilaron los cancilleres 
de los imperios invasores de Bélgica y de Francia ©o 
alegar que esas medidas habían sido consecuencia de las 
impuestas a sus propios subditos. 

Pero el hecho cruel y positivo, en todo su trágico 
horror, era que para ios prisioneros de unos y otros ejér- 
citos; sobre el dolor y la infelicidad del cautiverio, se 
cernía la amenaza de expiar, además, los hechos que las 
necesidades de la guerra, según sus compatriotas, o las 



158 RUY I>E LUGO- YIN A, 

violaciones de sus leyes, según sus adversarios, realizasen 
otros y de los que ellos, totalmente extraños e irrespon- 
sables, serían víctimas. 

El Monarca español se ofreció en Abril de 1915 a inter- 
venir personalmente en favor de los prisioneros civiles y 
militares de los diversos países, proponiendo la cesación 
de las represalias y la abolición de las penas judiciales 
impuestas a los sometidos a cautiverio hasta la termina- 
ción de la guerra. 

En 17 de Agosto, tras incidentes y objeciones múltiples, 
se avinieron los beligerantes a acceder a la real proposi- 
ción y se adoptaba el acuerdo de suspender, no sólo las 
represalias y penas judiciales en ejecución, sino además 
«todas las penas que pudieran imponerse posteriormente 
por hechos anteriores al acuerdo»; y el 21 del mismo mes 
notificaban oficialmente las Embajadas españolas en Ber- 
lín y París la ratificación de tal acuerdo. A consecuencia 
de esa negociación fueron evacuados los campamentos d<í 
Nalle, Cutreu y Beeskor y al propio tiempo cesaba para 
los desdichados prisioneros de unos y otros países o el 
martirio ya añadido por la terrible represalia a su condi- 
ción mísera o la incertidumbre atormentadora e inquie- 
tante, de la amenaza permanente de ser víctimas de ella. 

¡Los tristes cautivos pudieron entonces, en medio del 
dolor de su situación y de sus vidas, pensar y creer que, 
gracias al Rey de España, la Humanidad no había retro- 
gradado algunos siglos! (1) 



(1) Entre los oficiales sometidos por Francia a las me- 
didas administrativas estaban los tenientes von Bissing y 
von Arming; mientras Alemania sujetaba a tales medidas 
al. subteniente aviador Brunau-Varilla¡; Francia había so- 
metido a penas judiciales al teniente Erler, y Alemania 
a los tenientes Delcassé, Hervié, Castelnau, Jolly, Gebori, 
Laboriau v otros. 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 159? 

El 22 de Abril de 1916 Alemania decretó el i n torna- 
miento de la mayoría de los habitantes civiles de Lis 
poblaciones francesas de Lille, Toincoing, Roubaix y otras^ 
La razón alegada para esa cruel medida-, que evocaba loa 
tiempos antiguos, en que el conquistador convertía en 
esclavo al mísero poblador de los territorios invadidos,. se. 
inspiró, como siempre, en la supuesta culpa del contrario; 
El bloqueo, aducía el Gobierno imperial, ha restringido, 
inhumanamente los medios de avituallamiento de las ; po- 
blaciones civiles alemanas. El bloqueo no es la guerra 
contra el Ejército, sino contra la Nación. «Justo es», por 
tanto, que para intensificar los trabajos agrícolas en el 
territorio cuyos habitantes sufren las consecuencias de 
esa forma de la guerra, se utilicen los brazos de los ciu- 
dadanos de los países que han decretado ese bloqueo. 

El Consejo de ministros de Francia acordó acudir al 
Rey de España para que interviniera en favor de los 
25.000 franceses y francesas arrancados a sus hogares. No 
escuchó impasible el llamamiento el Riey, y tres meses 
duraron sus gestiones reiteradas y firmísimas, a veces por 
medio de las Embajadas de Berlín y Viena, a veces, insis- 
tiendo por telegramas directos, dirigidos a los empera- 
dores de Alemania y Austria. El primer éxito de la. au- 
gusta demanda fué la repatriación de 2.000 mujeres, des- 
pués 4.543 hombres, y 2.880 mujeres fueron reintegrados. 
a sus hogares. Al fin, gradual y progresivamente todos 
los repatriados regresaron a Francia. Esa fué una nueva 
batalla ganada por el Monarca por la causa, no sólo de 
la Humanidad, sino de te. civilización y del progreso. 



Con ocasión de las exacerbaciones de la guerra sub- 
marina por parte del Imperio germánico, un episodio do- 
lorosísimo mostró la más alta y benéfica intervención iHi 
Rey de España. 



160 RUY DE LU€K)-VÍN,| 

Alegaba Alemania que los países aliados, Inglaterra es 
pecialmente, utilizaban, los buques hospitales, protegido 
por la insignia internacional de la Cruz Roja, para trans 
portar elementos de guerra. Y ante esa alegación los su 
rnergibles alemanes atacaron y hundieron dos barcos no? 
pítales británicos. Uno de nombre español («Asturias»), 
otro el «Gloucester IV». Los Gobiernas aliados amenaz. 
ron con nuevas y ejemplares represalias. Francia decía. 
que si el Gobierno imperial no ofrecía solemne segurida 
de que aquel atentado contra las leyes de la guerra n 
sería repetido, embarcaría en los hospitales flotantes, m¿ 
expuestos a las agresiones imperiales, a prisioneros al< 
manes de alta categoría. Y convirtiendo en realidad s 
am.ena.za, embarcó en dichos buques un General y noven i 
oficiales alemanes. Al gesto francés respondió Alemán' 
notificando que por cada alemán prisionero que se cmba 
cara en un buque hospital, enviaría a tres cautivos frái 
-ceses a los lugares más expuestos y peligrosos a los at 
ques aéreos enemigos. 

En ese instante, en que la doble actitud de recíproc 
encono alcanzaba sus caracteres más agudos, sugirió 
Rey Alfonso XIII la fórmula humanitaria de avenene; 
sobre la base de su garantía personal. 

El día 10 de Septiembre de 1917, y tras un proceso 1 
íaoriosísimo de objeciones y de reservas con que los paíse 
beligerantes sostenían ^sus criterios o lo que creían sus d< 
rechos, se adoptó el importantísimo convenio y cesaron 1í 
■espantosas represalias. 

He aquí las condiciones esenciales del acuerdo: 

«Delegados españoles prestarán un servicio permanent 
de inspección a bordo de los buques hospitales; los aliade 
se comprometen a no ostentar las señales de inmunida 
humanitaria en buques que no lleven a bordo un delegad 
español; los buques hospitales viajarán solos, esto es. si 
escolta de ninguna especie, puesto que asume la garantí 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA * 161 

(se porte garant) de que se cumple la condición principal. 
Alfonso XIII, Rey de España; Alemania se reserva el de- 
recho de visitar los buques hospitales, con arreglo a las 
prácticas en uso; los buques hospitales podrán elegir libre- 
mente su ruta en el Mediterráneo.» 

Este importantísimo convenio señala una fecunda, tras- 
renden taíí sima enseñanza en el derecho internacional mo- 
derno. 



Un sentimiento de delicadeza ha detenido mi pluma 
ante la tentación y los requerimientos de mi espíritu de 
-traer a estas líneas de impresiones personales el recuerdo 
^—profundamente agradecido — de las altísimas e inolvi- 
! -Jabíes deferencias con que Su Majestad Alfonso XIII ha 
; honrado tantas veces en el transcurso de estos años al 
í -Ministro de Cuba. No haré mención de ellas, porque pien- 
so que en la evocación de estas augustas distinciones pu- 
diera aparecer, más que la expresión del reconocimiento 
ffcor la honra dispensada, la ostentación envanecida de ex- 
hibirlas. 
Í\ Pero si para aquellas inolvidables consideraciones que 
alcanzan sólo o individualmente al Representante político 
de Cuba creo que hay un más hondo y respetuoso home- 
''naje en el silencio, reconocido y emocionado de ellas, que 
\\ en su relato — que pareciera alarde — existe un rasgo del 
¡Rey, de profunda, solícita, delicadísima consideración a 
il Cuba y su bandera, que en estas líneas yo conceptúo un 
deber el referirlo, pues fuera impropio que el pueblo cu- 
! baño lo desconociera y fuera injusto que, al reconocerlo, 
no lo apreciara en toda su importancia y no lo estima.»» 
en toda su grandeza. 

Fué &V año- 1914, con ocasión de la visita a España del 
barco «Patria», de nuestra Marina nacional. 



162 RUY DE LUGG-VíÑá 

Aquel acto cortés y de alta política de nuestro Gobierno 
y que culminó en un éxito, estuvo a punto de producir 
un penoso incidente y motivó el gallardo gesto del Mo- 
narca español. 

Habíase hecho a nuestro barco en La Coruña un reci- 
bimiento desbordante de entusiasmo y afecto. La ciudad 
y los tranvías se engalanaban con nuestras banderas. La 
población entera de la noble ciudad gallega — tan ligada a 
Cuba — había acogido fraternalmente a nuestros marinos. 
La dotación de los barcos de guerra españoles en el puer- 
to surtos, fraternizaba con la del «Patria», y los oficiales 
y jóvenes guardiamarinas de nuestro buque, conducién- 
dose con una corrección irreprochable, bajo las órdenes 
de un comandante, modelo de caballerosidad, el señor Ro- 
dolfo Villegas, recibían en un suntuosísimo banquete, en 
que hablaron generosas y elocuentes palabras los labios 
conmovidos del Almirante Moreno-^Eliza y de Linares Rt- 
vas, el testimonio del profundo cariño que por Cuba sien- 
te aquella región, cuyos honrados y laboriosos hijos son 
en nuestro país uno de los mejores elementos de su pros- 
peridad y su progreso. 

¡Con cuánta alegría evoco estos recuerdos porque, en 
aquella ocasión, la conducta de todos, de todos sin excep- 
ción, aquellos oficiales y estudiantes cubanos, honró el 
uniforme que vestían, la bandera gloriosa que flameaba 
en el barco y el nombre de la Patria que con tanto decore* 
y tanta dignidad representaban U. ¡Y cuánto se aprecia y 
cuánto se estima en el extranjero ver bien servido el nom- 
bre de la Patria!... 

Había terminado dichosamente la visita, de imborrable 
recuerdo, a La Coruña, y nuestro barco debía dirigirse,, 
según }a ruta convenida, en segunda y última escala, al 
puerto de Cádiz. 

Recordaba yo ya en Madrid los gratos episodios del via- 
je, cuando una conferencia telefónica de nuestro Cónsul 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 163 

en Santander me llenó de sorpresa. En esta ciudad, resi- 
dencia estival, con San Sebastián, de los Reyes de Es- 
paña, veraneaba en aquellos días la familia reaL El Al- 
calde de Santander, lleno de buen deseo, pero no muy 
versado, en prácticas protocolarias, había creído que acaso 
la llegada del barco cubano a aguas santanderinas cons- 
tituiría un «número:» interesante en el programa de la& 
festividades del verano; y sin conocer la fecha en que Sus 
Majestades proyectaban dar por concluida la jornada re- 
gia, dirigió un telegrama a nuestra Secretaría de Hacien- 
da (de cuyo departamento, aún no creada la de Guerra y 
Marina, dependían entonces nuestros barcos), sugirién- 
dole que, estando en Santander la Real Familia, debiera 
en ese puerto hacer escala el «Patrias. 

Entendió, naturalmente, nuestro Gobierno, que cuando 
tal .invitación se hacía tenía el asentimiento del Monarca., 
y dispuso la visita a Santander del barco. 

Y he aquí, que, -fatalmente, el día de su llegada, debía 
Su Majestad partir para San Sebastián, declarándose con- 
cluida la real jornada. Tal era la noticia penosísima que 
el Cónsul, justificadamente preocupado, me transmitía, con 
datos realmente desagradables de los efectos que la oficiosa 
e imprevisora, aunque bien intencionada, invitación de la 
autoridad municipal había causado. En efecto, sin culpa 
alguna de nuestra Cancillería — que desconocía, lo mismo 
que la Legación, la noticia que variaba las escalas acorda- 
das del viaje; y sin culpa alguna, tampoco, del Ministerio 
de Estado español, al que nada se había notificado; contra 
el sentimiento sincero y afectuosamente amistoso del Go- 
bierno y del pueblo españoles hacia Cuba — era el caso que 
la llegada de nuestro barco de guerra, el primer barco de 
la marina nacional cubana que llevaba a Europa el pabe- 
llón de la República, después del hecho de nuestra eman- 
cipación y que acudía en misión de paz y confraternidad a 
ofrecer en aquella bahía, donde se hallaba la Real Familia, 



164 RUY DE LUGO-VENA 

un testimonio de afección y un homenaje de respeto al jefe 
del Estado español, entraba en aquel puerto en los mis- 
mos instantes en que lo abandonaba, sin poder recibir di- 
cho homenaje, el Monarca de España. 

Y los efectos que la penosa coincidencia comenzaba a 
producir eran harto elocuentes. El desconcierto había 
hecho presa en los espíritus. El alcalde, originario o in- 
voluntario responsable del conflicto, se proponía dimitir, 
según me decía el cónsul. Los festejos preparados en honor 
de nuestro barco parecían destinados al fracaso. Las invi- 
taciones a un banquete proyectado en tributo a nuestros 
marinos parecía que no llegaban a manos délos destinata- 
rios. En esas circunstancias, el cónsul me proponía le 
autorizara a comunicarse por la telegrafía sin hilos con 
el barco, comunicándole que continuara el viaje a Cádiz. 
Me pareció aventurada la determinación, y salí inme- 
diatamente hacia Santander. 

Asumía, como ministro de jornada, interinamente, las 
funciones de Estado el titular de Marina, el contraalmi- 
rante señor Arias de Miranda, tipo ejemplar del marino 
caballeroso y respetable sustraído pocos años después a 
la existencia, y cuya ilustre memoria se conserva aureo- 
lada por todos los prestigios. 

* El «Patria» acababa de fonodear en el puerto. Instantes 
después debía partir con el Monarca el yate real. 

Yosabía bien, perfectamente bien,, conociendo los altos 
sentimientos del Soberano, que la fatal coincidencia de 
su partida y la llegada en el mismo instante de nuestro 
barco era obra de la casualidad. Conociendo los hábitos 
de la Real Familia no podía ignorar que la jornada ve- 
raniega se divide todos los años en dos partes — una, pri- 
mera, en Santander., hasta determinado día, y otra, a 
contar de esa fecha, y hasta el otoño, en San Sebastián—; 
de modo que la salida en aquel día del primer lugar de 
la real residencia veraniega había sido de antemano es- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 165 

tablecida, muy de antemano seguramente a la afectuosa 
y deplorable iniciativa de la inquieta autoridad municipal. 

Pero ¡ay!, no podía ignorar tampoco que en ese hecho, 
absolutamente casual, despojado de todo elemento inten- 
cional y voluntario, habían de encontrar la suspicacia o 
la maldad un arsenal de emponzoñadas armas. Y como 
así lo creía, así lo expresé con plena sinceridad. 

— Es que además — sne decía el caballeroso ministro 
señor Miranda en la entrevista que acto continuo a mi 
llegada celebré con él— es que además Su Majestad ha 
declarado ya terminada la jornada sin tener la menor 
noticia de la llegada de vuestro barco, y como en estos 
días es el del natalicio de su augusta madre, y él siempre, 
absolutamente siempre, los ha pasado en su compañía, 
es imposible, completamente imposible, que demore el 
viaje — . Pero como yo había previsto, a la perspicacia sutil 
y privilegiada del Monarca, a su exquisita y depurada 
psicología espiritual no podía escapar la visión exacta y 
clarividente de la impresión sentimental que en nuestra 
alma tenía que producir aquella coincidencia. Y, como 
había previsto también, su sentido de altísima caballero- 
sidad y de hidalguía encontrarían la fórmula para evitar 
al sentimiento sinceramente afectuoso de nuestro país 
una decepción y a nuestro patriotismo una amargura. 

La decisión y el gesto del Monarca fueron dignos de 
él. «Mañana, a las doce del día, recibiré en audiencia, con 
el ministro de Cuba, al comandante del «Patria» — anunció 
a su ministro. 

Al día siguiente, a la hora indicada, en el palacio de 
Miramar, acompañé al comandante Villegas a ofrecer sus 
respetos al Monarca, y en aquella audiencia nuestro ma- 
rino escuchó las inequívocas y más delicadas manifesta- 
ciones del amor profundo que a Don Alfonso inspira 
cuanto atañe y concierne, no ya a nuestro país, sino a 
toda la América que fué española políticamente y que 



166 RUY DE LUGO-VTÑA 

lo es hoy mucho más aún en orden espiritual, ligada a 
la nación progenitora por los lazos eternos del amor, del 
respeto, de la raza y la estirpe. 

Entre tanto, la noticia de que el Monarca había tenido 
el rasgo nobilísimo de suspender su ya dispuesta partida 
para recibir al Jefe del barco donde ondeaba la bandera 
cubana, se había propagado con la rapidez de una corrien- 
te eléctrica por toda la ciudad de Santander, y la efi- 
cacia del caballeroso gesto se traducía en una modifica- 
ción radicalísima del estado general de espíritu con que 
los preparativos para honrar a nuestros marinos habíanse 
acogido. Las invitaciones para el banquete llegaban sm 
extravío a sus destinatarios y las adhesiones al acto acre- 
cían hasta dificultar el hallazgo de un local suficiente- 
mente espacioso donde efectuarlo y obligar a la limita- 
ción de aquéllas. El propio Alcalde, cuyo afectuoso pe- 
cado había consistido en olvidar el discreto consejo que 
Tayllerand daba a sus diplomáticos «et sortout, pas trop 
de zéle» se sentía ingenuamente asombrado de su éxito. 

Pero al abandonar horas más tarde la bahía de San- 
tander, con rumbo a San Sebastián, el yate que tremolaba 
la insignia real y cambiar con nuestro «Patria» los sa- 
ludos de sus cañones y de sus banderas, del alma emo- 
cionada de todos los cubanos que allí estábamos y que co- 
nocíamos el delicado gesto del rey-caballero que iba a 
bordo,, surgió un voto de respetuosa simpatía para el via- 
jero ilustre, cuyo barco dejaba una estela bien pronto des- 
vanecida sobre el mar, pero cuya actitud había dejado una 
estela de reconocimiento inextinguible en nuestros pechos. 

Y al omitir, como he creído que en obediencia a un 
sentimiento de delicadeza debía hacerlo, todas las aten- 
ciones de carácter personal de que el representante polí- 
tico de Cuba es deudor — bien agradecido— al Monarca es- 
pañol, éste es el único acto del Soberano que he creído 
que a mi país tenía el deber de relatar, porque él fué 



EL TRIBUNO IMS LA DIPLOMACIA. 167 

realizado exclusivamente en consideración a Cuba y a su 
bandera y por amor a la gran causa de la sincera y 
eterna confraternidad esphitual hispanoamericana, de que 
es el Rey el primer heraldo y el mejor paladín; y ese 
hecho— que es una elocuente afirmación de sus princi- 
pios — no debe Cuba desconocerlo ni olvidarlo. 



He escrito, con sentida sinceridad, esta forzosamente 
breve y fatalmente deficiente impresión individual a pro- 
pósito de la personalidad y de la significación políticas 
del Monarca español esquivando la oportunidad de traer 
a debate los puntos doctrinarios de la excelencia o el 
error del régimen ni aludir a mis ^sentimientos u opi- 
niones personales con relación a este problema. ¿Podrá 
alguien ver en ello una abdicación o una rectificación de 
ideas y convicciones? No lo creo, y me apenaría profunda- 
mente, más que por mí, por los que con tan estrecho 
juicio discurrieran. 

Para nosotros, cubanos, hijos del libre mundo ameri- 
cano; nacidos en el ambiente de la República y de la 
democracia, nutridos nuestros cerebros con la fecunda 
savia de las ideas de Washington y de Lincoln, iluminada 
nuestra alma con el fulgor del pensamiento de Bolívar, 
fortalecida nuestra mente con las predicaciones santas 
de Martí, templado nuestro carácter en el crisol de 
Juárez, forjado el corazón en el yunque de Massó, ni ha- 
bría prédica ni razón que quebrantase nuestra ardiente fe 
republicana ni alto y glorioso ejemplo que tuviese rirtua- 
lidad bastante para modificar nuestra concepción política 
del Estado y de sus formas de Gobierno. 

Pero nuestro amor y nuestra adhesión hacia la idea y 
el principio no pueden apagar y excluir el sentimiento 
de la justicia al hombre. 



168 rüy re uüw-rmA 

Debátase apasionadamente entre monárquicos y repu- 
blicanos ia eficacia o los defectos de una u otra fórmula 
del ejercicio de las altas funciones del poder. Arsenal 
abundante de razones, suministra, a unos y otros, argu- 
mentos. 

Rindiendo alto tributo a las cualidades excepcionales 
que concurren en Don Alfonso XIII, decía en párrafos in- 
flamados un gran escritor monárquico: «¿Qué dotes más 
altas pueden pedirse al más poderoso y encumbrado go- 
bernante de un país que las reconocidas en Don Alfon- 
so XIII? Si esas cualidades estuviesen encarnadas en 
cualquiera de los hombres públicos sujetos al vaivén de 
los partidos, se malograrían seguramente. Intermitencias. 
de acción, accesibilidad a los influjos sugestivos de los 
enconos engendrados por la lucha, sometimientos a los 
particularismos irresponsables, necesidad de apoyarse en 
la arena movediza de una opinión pública incoherente 
y desorientada, oposición entre el interés parcial de una 
colectividad política y el interés general, desaliento, en 
fin, infiltrado por la angustia del tiempo, por la inesta- 
bilidad del poder, por los asedios y asaltos de ios ene- 
migos, esterilizarían en el actual estado de la conciencia 
publica española aquellas cualidades en cualquier hombre 
elevado al Gobierno». 

Un rey está, por la naturaleza de su magistratura, libre 
de aquellas devastadores influencias. Esa es la superiori- 
dad incontestable de la monarquía sobre cualquiera olía 
forma de Gobierno en el período contemporáneo. Esas 
dotes reconocidas en Don Alfonso XIII pueden rendir 
íntegramente sus frutos a la Patria, por ser rey, y 
tener el asiento de su función en la Historia, en los sen- 
timientos tadicionales, en los hábitos discursivos del es- 
píritu popular y en las leyes fundamentales de la nación, 
con independencia de todo oleaje superficial originado 
por las contiendas de facciones y partidos. Sobre la con- 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 16£ 

fusión de las tormentas políticas, muchas veces artificio- 
sas para la Patria, brilla fija una luz: es la Monarquía. 
A este, en apariencia sólido y evidentemente bello, ra- 
zonamiento del criterio monárquico, responde con impla- 
cable e incontestable lógica esta observación del criterio 
republicano. 

Y bien»; reconozcamos lealmente todas esas cualidades 
y todo el poder que en bien de la Nación puede desarro- 
llar, por el hecho de ser su rey, el que las atesora. Suponed 
ahora esas cualidades invertidas ¿y cuánta eficacia en 
mal no podría representar la acción del que, por rey, 
de un poder tan eficiente goza? 

¡Ah...! La Humanidad no podrá nunca, si no modifica 
la esencia misma de su naturaleza imperfecta y perfecti- 
ble» hallar la fórumla absoluta de su bien o su mal. 

Ideas, nobles ideas; principios, bellos principios; concep- 
ciones, sublimes concepciones, llenan y llenarán eterna- 
mente, en el orden político y en la esfera social, el pensa- 
miento, el alma y la conciencia humanas. Realidades, 
ciertas y positivas realidades desnaturalizarán la fuerza 
de la idea, anularán la virtualidad de los principios, mo- 
dificarán la concepción del pensamiento. 

Y es que ineludiblemente, entre la idea abstracta y la 
realidad concreta, se interpone, como elemento decisivo, 
el hombre, el intérprete, el ejecutor, el artífice de la con- 
cepción y de la obra. 

Trágicas y siniestras monarquías de reyes tiranos o he- 
chizados ¿cómo ha de ser comparado su funesto recuerdo, 
que ensombrece la historia, al de ordenadas y severas re- 
públicas, creadas por el imperio de la ley, regidas por la 
austeridad del magistrado?... 

Pero... ¡ah!... Monarquías ilustres, benéficas, progresis~ 
tas de un Rey Carlos III; liberales monarquías de Sabaya 
y constitucional monarquía inglesa, ¡cuánto ofreceríais 
de ejemplo y de modelo a esas tristes desgarradas nació- 



170 RUT DE LüGO-YlS'A 

nalidades que, bajo el rótulo engañador de República cons- 
titucional y democrática, gimieron bajo el imperio gro- 
tesco de un tirano y exaltaron hasta las cumbres del Po- 
der al sable ensangrentado de un caudillo...! 

Más amigo de la verdad que de Platón... Por ello, sin 
abdicar un ápice de mis sentimientos y de mi ardiente 
fe republicana, me inclino respetuoso ante el nombre y 
el trono del Monarca demócrata, caballero y patriota, que 
nació rey, y que con tanta dignidad y tanto honor acierta 
a serlo. 



III.— UNA CRUZ ROJA EN EL CORAZÓN REAL 

Esa prosa tiene la soltura y la amplitud tribunicias, 
porque quien la escribe es, antes que otra cosa, orador: 
orador por la medula de la concepción y por el ropaje 
majestuoso con que las ideas brotan de la herida del 
pensamiento. No se advierte en ellas la tonalidad media, 
que acaso le habría servido para decir acerca del rey 
apologado algo que escapa a su pluma de sintetizador de 
conceptos, y que, para un literato menos orador, hubiera 
sido quizá la lisonja que sólo a grandes trazos se encuen- 
tra en esta peroración, que en vez de ser pronunciada 
ante un público entusiasta fué escrita a solas, en olvido 
total de la prosodia, para un público más numeroso y 
quizá sí menos conquistable. Para algunos de los que han 
visto publicado ese trabajo, pero que no llegaron a leerlo, 
de seguro que se trata de una lisonja, de algo vano y 
vacuo, de un engorroso encargo de compromiso que no 
se puede rehusar, y donde se ponen, junto a algunas fra- 
ses triviales de amable banalidad, las propias vanidades 
en exhibición. Para los que llegaron a leerlo ya es otra 
cosa: lo que es en realidad y no lo que se juzga por la 
simple apariencia. 



EL TKIBUHO DE LA DIPLOMACIA 171 

¿Y qué es, en realidad, ese artículo de periódico donde 
un diplomático condecorado habla del rey que lo conde- 
coró? 

Aparte la natural galantería de quien escribe,, que es 
un cumplido caballero tanto como un discreto y sutil di- 
plomático, no hay en ese trabajo ni lisonja melosa ni 
ditirambo oportunista. Mayores elogios se han dicho del 
sujeto cuya obra de realeza y de grandeza se comenta 
y, sin embargo, el comentarista ni trata de superarlos 
ni de igualarlos siquiera. Va, de seguido, al fondo de la 
cuestión que a él le interesa. No presenta al rey tal como 
le vemos en las revistas ilustradas. Esa visión tan conocida 
no es la que nos refleja en su correspondencia el «Diario 
de la Marina», porque ni es el escritor un literato des- 
criptivo ni tampoco un diplomático para el cual el 
mundo acaba en la punta de su espadín de guardarropía 
o «*i el plumero de su bicornio operetesco. 

De entre sus párrafos de sabor tribunicio vemos surgir 
la real figura, pero no cuando asiste a una recepción de 
protocolo ni cuando se presenta con todo aparato ante 
alguna pública ceremonia; el Monarca, constelado de pla- 
cas,, bandas y cruces, y vestido de capitán general o de 
almirante, no es el que le seduce, sino el que lleva por 
dentro, como una cruz roja en su propio corazón, el 
humanitario anhelo de hacer el bien por el bien mismo 
al modificar «esencialmente el concepto histórico y egoísta 
de la neutralidad». 

¿En qué doctrina definida de derecho internacional 3e 
fundó el Monarca español para presentar ante el mundo 
su teoría? En ninguna; al menos, en el artículo de Matio 
García Kohly no se dice, ni vagamente se hace referencia 
de ella. Fué el suyo un impulso más que una fórmula. De 
las especulaciones mentales se abstrajo en lo absoluto y 
se lanzó de lleno, como a una conquista, a la consecu- 
ción inmediata de su ideal de hombre, de hombre llano 



172 RUY DE LUGO- VINA 

y bueno, cuyos sentimientos humanitarios no se han em- 
botado en la dura práctica del Gobierno. Así nos lo pre- 
senta Mario García Kohly, y así le vemos por sugestión 
de su prosa cordial: funcionario él mismo en el «archivo 
del dolor y de la caridad», despachando personalmente io 
que podía haber hecho por intermedio de sus palaciegos, 
atendiendo tanto como a la maquinaria del funcionamien- 
to del Estado a las quejas de las víctimas y a las súplicas 
de los familiares desesperados y al clamor de todo un 
mundo de locos en que la locura era lo menos horrendo 
en la desesperación de las presas de la contienda, de aque- - 
líos que dieron su carne y su alma al horror cruento de 
una guerra como jamás se había visto en la historia de 
los asesinatos colectivos. 

De hecho, el monarca entra de lleno en el campo del 
derecho internacional y sienta una nueva teoría. Los hom- 
bres de ciencia, que suelen ser tan desdeñosos de la ac- 
ción no clasificada en los prontuarios y en los tratados, 
esperaban de seguro una definición de esa nueva tesis de 
un monarca que echaba a rodar la vieja fórmula de cómo 
debe ser una neutralidad bien entendida. Mientras Iod 
científicos esperaban en vano la interpretación especifi- 
cada y exacta de toda aquella acción sin palabras que 
tantas víctimas rescataba en nombre de una neutralidad 
desconcertante, el Rey de España, convertido en ciuda- 
dano del mundo, realizaba su obra en silencio, afanosa- 
mente, empeñado él mismo con todos sus allegados e ín- 
timos en una tarea fecunda, más difícil cuanto más se 
desarrollaba en una más dilatada esfera de bien social. 
La fórmula específica no se dijo nunca, pero ahí está, en 
el breve historial que ha hecho García Kohly, la síntesis 
del éxito maravilloso que obtuvieron aquellos empeños 
reales. 

Desde entonces, ese capítulo en blanco del derecho in- 
ternacional lo llenó todo con su acción el creador de la 



EL TRIBUNO DE LA DIPLOMACIA 173 

«neutralidad humanitaria», que su comentarista ha defini- 
do apreciando «la trascendencia jurídica internacional de 
la obra innovadora del Monarca español», como el paso 
previo que se ha dado para «producir consecuencias fun- 
damentales en el modo de hacer la guerra», 

¡Bien hecha está la apología del soberano, tal como la 
ha producido la pluma del que, por su vasta preparación 
y por su larga práctica diplomática está perfectamente 
capacitado para tratar cuestiones de derecho internacional 
con plena autoridad! Lo que sí no entiendo es aquella pre- 
gunta que se hace el autor del artículo al casi finalizar 
éste: «¿Podrá alguien ver en ello una abdicación o una 
rectificación de ideas y convicciones?»... Los que tal en- 
tendieran, juzgando los hechos evidentes con prejuicios 
de sistema y áridas negaciones, no serían siquiera capaces 
de entender que el Bien es uno solo y uno mismo de don- 
de quiera y de quien proceda. Si un Rey lo hizo, loado sea. 
Y si luego hubo un hombre de clara inteligencia y de 
noble corazón que así lo comprendió y proclamó, téngase 
para él todo el respeto que merecen aquellos que saben 
penetrar en la Verdad, buscándola donde y tal como se 
encuentre. El apologista la encontró desnuda en la cá- 
mara regia de un soberana, y así, sin ponerle velos que 
amenguarían su belleza, la ha dado a conocer en Cuba, 
donde no queremos Reyes, pero donde se admira a los que 
saben serlo con toda majestad. 

Bien puede enorgullecerse la Academia Cubana de la 
Historia de que haya sido su fundador un cubano que no 
se duele de proclamar verdades históricas, y bien puede 
también sentir complacencia la Academia Española de 
la Historia de contar entre sus miembros correspondien- 
tes a quien — como una antítesis del académico y «jubi- 
lado» embajador Marqués de Villaurrutia — cuenta de un 
rey lo que de los reyes deben o pueden decir los diplomá- 
ticos... 



CAPITULO VII 
EL APOSTOLADO DE LA PALABRA 

RESUMEN 



Ahora que este libro toca a su fin, ¿qué más pudiera 
añadírsele para que, con el fin de la monografía eiceg'é ti- 
ca, la obra y la vida comentadas tuviesen un corolario 
adecuado?... Presentada su personalidad en los dos aspec- 
tos fundamentales que inspiran estas páginas, el del tri- 
buno y el del diplomático, más en los otros complementa- 
rios de que se ha hecho evocación y mención para com- 
pletar la síntesis biográfica y la enjundia humana de la 
figura, ya no queda nada por decir. Ahí, en esos capítulos 
precedentes, está toda la vida de un hombre, aunque no 
todo lo que de ese hombre pudiera decirse usando del 
método analítico en obra de mayor profundidad crítica 
y apellando al ex ate en psicosociológico en empeño de más 
meditada y pulida literatura. Mucho pudiera añadirse aún, 
ciertamente; pero entonces no sería ya este libro la sin- 
tética exposición de una vida que no ha llegado aún a 
su culmen y de una obra que sólo el tiempo podrá com- 



176 RUY DE LUGOWÑA 

pletar; alcanzaría en ese caso las proporciones de un li- 
bro de biblioteca — vale decir de consulta — , y éste que 
ahora termina no es más que un discurso dicho a toda 
voz como eco de otros discursos que escuchados y aplau- 
didos una vez lo deben seguir siendo como una prolonga- 
ción de su virtualidad apostólica. 

Pero de todo cuanto se ha dicho acerca del hispano- 
americanismo" por oradores, escritores y poetas, algo debe 
recogerse en estas páginas antes de que ellas lleguen a su 
término, no como una refutación o como un intento de 
polémica, sino como el desmentido más rotundo de un 
criterio personal, derivado de motivos personales, que 
•expresa en su último libro un latinista convencido, más 
enamorado de Francia que de España, y que en su viaje 
a Madrid en 1919 pretendió ejercer su acción de propa- 
ganda antiyanqui bajo el disfraz de un hispano-america- 
mísmo que podrá ser sincero, pero que no acaba de con- 
vencer. 

Manuel Ugarte ha dado a la publicidad su último libro: 
«El Destino de un Continente». Es la obra de un pro- 
pagandista que se dirige a las multitudes, y que debe 
ser refutada precisamente en este libro por eso mismo, 
pues que el volumen donde se recogen estos siete capítu- 
los no pretende — como ya se ha dicho — -otra compensa- 
•ción que la de ser leído, para su elogio lo mismo que 
para su censura, por todos los países donde el escritor ar- 
gentino ha ido pregonando su cruzada contra el imperia- 
lismo norteamericano, que puede ser un aspecto impor- 
tante, pero nunca el primordial y substantivo, de la idea- 
lidad del hispano-americanismo sin odios y sin recelos, 
^in limitaciones y sin fronteras, abierto al mundo al con- 
juro de la inmortal frase de Sáenz Peña, «América para 
Ja humanidad». 

Dice así el propagandista incansable; 

«El verbo es el motor de todas las realizaciones, el alma 



EL TPJBÜNO DE LA DIPLOMACIA 177 

Que anima y vivifica los movimientos humanos. Pero en 
pueblos de oratoria fácil y suntuosa imaginación se ha 
hecho tanto abuso de la metáfora, sonora, que se mira 
ron desconfianza cuanto parece inclinado a renovar las 
vanas especulaciones. Mi prédica marcaba, desde luego; 
una orientación diferente. Junto al hispáno-americañ'ismó 
de juegos florales, más aun, al margen de é"L/ frente a ét 
quizá, hay una dirección política de aplicación real y be- 
néfica, una fórmula diplomática de importancia mundial 
que será mañana en cierto modo la antítesis de la anticua- 
da melodía que nos ha venido adormeciendo. Toda idea 
encierra un valor afirmativo y un valor combativo, pen- 
samiento y músculo. Separar estos componentes, es ma- 
tarla,. Y el olvido de los que no han tenido en cuenta 
la acción que hay que desarrollar frente a las ambiciones 
de otros pueblos, me ha parecido siempre particularmente, 
peligroso. No puede existir hispano-americanismo viable 
sin un instinto de defensa legítima,, sin una protesta con- 
tra lo que lastima a los núcleos afines, sin una concep- 
ción total del problema. 

>Sobre pocas cosas se ha escrito con tan insistente acri,- r 
túd como sobre la tarea de. «estrechar lazos», Si ; la. mitad 
del ingenio y de la tinta que se derrochan en ridiculizar 
esa tendencia se empleara en ponerla en condiciones de 
evolucionar provechosamente, otra sería la situación de 
nuestro continente. Algunos consideran signo de su pe rio-- 
rídad mental hablar contra lo que la rutina traduce, can- 
ayuda de un lugar común, sin advertir que la negación 
va resultando, con el correr de los años, ot»ro lugar co- 
mún más lamentable. : 

>Lo que importa no es comprobar que Las cosas se han 
hecho mal, sino hacerlas bien; sin buscar en- los errores 
de ayer una excusa para la inmovilidad del presente. Hay 
que plantear el problema en ¿us verdaderos términos. El 

12 



178 RUY m VCGO-y&A 

hispano-amerícanismo no debe mirar hacia el pasado, sino 
hacia el porvenir. Será combativo o desaparecerá. 

>La cordial hospitalidad y las deferencias múltiples que 
me fueron dispensadas en los comienzos de mí permanen- 
cia, no me impidieron advertir cierta reserva que vamos 
a tratar de explicar. Cuando habl-é en la Rábida, en la 
Academia de Cádiz, ante la estatua de Colón, o en el 
Ayuntamiento en presencia del Rey, encontré cortés apro- 
bación y simpatía. Pero sumando la impresión de esos 
momentos a las observaciones que pude hacer durante los 
discursos de otros oradores, comprendí que si se han des- 
vanecido las desafinaciones que originó el separatismo, 
perdura un malestar, fruto, en primer término, de la bi- 
furcación de las vidas, y, en segundo término-, y per 
ambas partes, de un mismo orgullo reservado y tenaz. 

>Si el español fraterniza en bloque con el hispanoameri- 
cano, en quien no ve más que un hermano de raza* éf! 
ciertos círculos encontramos actitudes menos resueltas, 
porque en - realidad no fué la nación la desposeída por la 
revolución de 1810, sino una oligarquía, y es en sus des- 
cendientes y continuadores donde más claramente asoma 
la i n confesada resistencia. El latino-americano, por su 
parte, acaso sin quererlo, ha acentuado la desintegración, 
formulando críticas no siempre justas, atribuyéndose su- 
periorídades discutibles, y cultivando Ironías tan despro- 
vistas de originalidad como de sentido político. Por es^ 
cabe preguntarse, dentro del ambiente sin reticencias en 
-que escribimos esta obra, si existe en la realidad de los 
hechos y de los estados del alma una íntima y completa 
confraternidad entre España y las repúblicas que nacie- 
ron de su seno. La interrogación puede parecer áspera, 
pero vale más formulada, dando margen a que cadst 
cual conteste según su conciencia, que prolongar el si- 
lencio propicio a todas las confusiones. 

*Mi probada adhesión aleja toda sospecha, Pocos his 



EL TÍOBÜNO m LA DIPLOMACIA 179 

pscno-am erica nos quieren a España como yo. Pero en pleftft 
sinceridad debo declarar que, a mi juicio, falta e-iUve la' 
madre y las hijas el isocronismo en las vibraciones, que 
sería indispensable para realizar el porvenir. No nos re- 
ferimos a empresas utópicas que sólo pueden nacer del 
delirio verbal en asambleas de ideólogos. Ni aun en el 
plano de la diplomacia cabe imaginar una acción única 
de España y los países ultramarinos. Los pueblos de Amé- 
rica tienen su rotación, y España gira en la órbita de los 
intereses europeos. Pero respetando estos rumbos, im- 
puestos por las circunstancias, cabría en cierto raditf 
un. enlace superior de finalidades.. Sin invocar el pasado, 
sino la realidad del momento, interpretando la identidad 
de idioma más que como lazo tradicional como facilidad 
ofrecida a la mutua comprensión, haciendo valer para lus 
aproximaciones por encima de las razones líricas los ar- 
gumentos prácticos de la común debilidad, se puede fun- 
damentar una acción seria y fecunda. Sin embargo, es- 
tas- mismas direcciones experimentales requieren la base 
moral de una fraternidad efectiva y franca. Y ese es el 
sentimiento que acaso no existe aún con la debida inten- 
sidad entre nuestro? pueblos. 

»Unas veces porque la costumbre de recordar se sobre- 
pone al instinto de prevenir, otras porque puede más la 
susceptibilidad que el orgullo, no hay un empuje claro 
para definir la situación con criterio actual. España evoca 
sus desilusiones de Metrópoli. América rememora la suje- 
ción colonial. Ambas se acusan todavía sin palabras, deR- 
tro del fondo secreto de los espíritus. Y el principal obs- 
táculo es la obstinación en volver los ojos hacia ayer, 
cuando todas las ventanas e?tán abiertas sobre el ma- 
ñana.» 

No se ha reproducido un concepto aislado, sino toda 
aquella esencia que el- citado libro concentra acerca del 
debatido problema del hispano-americanismo y sus mante- 



180 RUY DE LUGO-WÉU 

Hedores en ambos mundos. Y en el fondo d« e.sa disquísi- 
cien, y aparte su mérito literario e ideológico, hay — ¿por 
q-ué no decirlo? — un poco de desencanto, de despecho per- 
sonal. -Manuel -Ugárte no arrebató, no llegó a convencer 
siquiera a los españoles de la Verdad de su credo. Y es 
que esa obra inmensa de «isocronismo de las vibraciones» 
solo la pueden realizar", con triunfo positivo y clamoroso, 
las hombres que tienen el verbo mesiánico, y que, en ese 
lenguaje que' Manuel Ugarte llama despectivamente de 
«juegos florales», sepan llegar al alma de la muchedum- 
bre como llegaron a ella, por obra y gracia de su relam- 
pagueante genio verbal, Martí en América y Castelar en 
España. 

Los grandes oradores cumplen su misión sobre la tie- 
rra, ya que ellos son, como los capitanes afortunados, los 
que arrastran a. las multitudes en las horas supremas, los 
que las llevan a la derrota o a la victoria, pero los únicos 
que — con eterna y amarga envidia de los literatos, que 
cumplen otros -fines no menos trascendentales, pero de 
menor resonancia inmediata — sirven de faro a los pue- 
blos titubeantes en medio de las tempestades de la contro- 
versia y la contienda públicas.- 

Y eso ha sido Mario García Kohly al ejercer en pspaña 
el- apostolado de su palabra; una luz en la penumbra 
de la aurora naciente, a la que habría que poner como 
comentario único las mismas palabras con que el gran 
orador cubano termina su libro sobre el gran orador 
francés: «Que sean" su nombre luminoso y su benéfica en- 
señanza provechosos a todos los hombres que lleven en 
su alma, como supremo sentimiento, el santo amor y el 
sagrado- culto de la Patria.» 

¡La Patria! En ella ha pensado siempre Mario García 
Kohly durante sus diez años de vida española, y ha sido 
elr^ecuerdo de La-' Patria el que ha puesto en su palabra 



EL TfBBtí&Q M XA DÍPIX3MACIA 181 

el trémolo emocionante y la imagen arrebatadora. Gran 
patriota será siempre quien conquiste para Cuba, aquí en 
España, todo el amor que de España necesita Ciaba para 
que no se interrumpa en aquella isla maravillosa e-1 curse 
inmanente de la Historia. 

Y el Tribuno de la Diplomacia es ya ese gran pa- 
triota. 



FIN 



IN D ICE 



r>®¿icatdpr¡á 

Al ÍÉfftftléf %á tKéf-fl&ís. 



CAPÍTULO PRIMERO 

t£l hombre publico 

I. — juventud fervorosa i« 

II. — Iniciación diplomática. 17 

ííl. — Cuatro turnos en contra tq 

IV. — Por tercera vez parlarnentarista.-— Nombrado 

Ministro en México. — Una evocación zt 

V.~ Secretario de Instrucción Pública. . . . ,■ 2-4 

VI.-— Una personalidad hecha. í?S 

CAPITULO SEGUNDO 

Un fifran oredor en tierra de grandes oradores 

I.— El quinto Plenipotenciario 31 

II.— El doble aspecto de su consagración $9 

fIL — Un libro sobré Gambetta .-..." 44 

IV, — Toda una 4écada. , % . . 53 






1S4 fevDICE 

CAPITULO TERCERO 

Un discurso en la universidad Central de Madrid 

fc — Los aniversarios deí 12 de Octubre de 1492. ... 55 

II. — Canto a la Raza 61 

ELE.— -¿Nada más que una efemérides? 70 

CAPITULO CUARTO 

Un discurso en la Universidad Central de la Habana 

L — Banquete memorable , 77 

ÍL — Una hora de magnificencia, verbal 82 

PEÍ. — Panhispanísmo é hispanoamericanismo reo 

CAPITULO QUINTO 
Un discurso en el Ateneo de Madrid 

I. — La «Holanda española» f ir 

II.- — Panegírico del «gran patriota español y gran 

patriota cubano» 1 

IH. — Otra diplomacia y otros diplomáticos ir 

CAPITULO SEXTO 
Apología del monarca de la neutralidad humanitaria 

I. — El periodismo diplomático 

IL — Esbozó para un nuevo capítulo de derecho in- 
ternacional 1 

III. — Una cruz roja en el corazón regio w$ 

CAPITULO SÉPTIMO 
El apostolado de la palabra 

Resumen j y?