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Full text of "El Visitador (novela histórica)"



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EL VISITADOR 

lOVELA HISTÓRICk 
POR SALOMÍ JIL. 



GUATEMALA. 

IMPRENTA DE LA PAZ: CALLE DE GUADALUPE, 

1868. 



Colección Luis Lujan Muñoz 

Universidad Francisco Marroquln 

www.ufm.edu - Guatemala 



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CAPITULO 1. 




El bljo del plrata< 



/N el año de 1587, gobernando el Reino de Gua^ 
témala el Presidente García de Valverde, ame- 
nazó nuestras costas del Sur un corsario ingles 
llamado Francisco Drake, atrevido aventurero que ha 
dejado un nombre célebre en los anales de la marina mi- 
litar de su nación. Hijo de un pobre marinero del De- 
vonshire, á quien la miseria habia obligado á refugiarse 
á bordo de un buque mercante, Francisco nació j vivió 
en el mar, é hizo de las volubles olas el teatro de sus 
maravillosas hazañas. Dueño de un pequeño bajel, hacia 
el comercio con las posesiones españolas del Atlántico; 
y despojado, según parece, de su barco, que constituía su 
única fortuna, reclamó en vano su devolución á la corte 
de España. Drake juró vengarse d© aquella injusticia, y 



ayíí^db vSb s^ audacia extraordinaria, pudo ITevarH ca- 
bo siíb propósitos. Medio corsario y medio pirata, hizo 
una guerra ein tregua al comercio español, y pronto se 
encontró mas que suficientemente indemnizado de sus pér- 
didas. En 1573, enriquecido con los despojos de los es- 
pañoles, sus enemigos, volvió á Inglaterra; pero no para 
renunciar á la vida aventurera, sino para continuarla en 
mayor escala y en otra región. Las aguas del océano Pa- 
cífico iban á ser en adelante el teatro de sus aventuras. 
Con la protección de la Reina Isabel y de varios perso- 
nages de su corte, armó cinco buques, y haciéndose á la 
vela en Plymouth, el 13 de Diciembre de 1577, fué el 
primero que se lanzó en la ruta que habia descubierto el 
genio osado de Magallanes. Drake saqueó las poblaciones 
de Chile y del Perú situadas en todo el litoral, y llevó 
el pabellón británico hasta las costas de California. 

Consta por un memorial que dirijió al Rey el Cabil- 
do de Guatemala, y del cual ha publicado un extracto en 
sus Memorias el Sr. Arzobispo Garcia Pelaez, que por 
el mes de Abril de 1579 apareció Drake en las costas 
del Sur, por lo que el Presidente Valverde dispuso hacer 
armada contra él. Preparáronse tres navios y una lancha, 
que se armaron con cinco piezas de artilleria y doscientos 
soldados; y habiéndose enviado hasta México y otras par- 
te, á traer pólvora, esmeriles y mosquetes, se hizo la 
expedición á la vela y caminó á lo largo de la costa en 
im espacio de mas de trescientas leguas, sin encontrar á 
los corsarios. Drake estaba por entonces oculto en una 
ensenada de California, reparando las averias que hablan 
Bufrido sus buques en tan largas y temerarias excursiones. 
*^' "Cargado de riquezas, dice uno desús biógrafos, sá- 
ííiada su sed de venganza, y temiendo sucumbir ante fuer- 
zas superiores, dio la vuelta al globo, atravesando el vas- 
tó mar del Sur, las islas de la Especería y el Océano ín- 
íhcoj donde presintió los imperios que habia de fundar la 
Inglaterra. Él 25 de Setiembre de 1580 ancló en el puef- 



— 5 — 

ti» dé Plimouth, y reveló á sus compatriotas el Secrete 
ÚQ su futura grandeza." 

La Reina Isalsel acogió al corrario como á un hom- 
bre grande y lo armó caballero. En el año 1587, Drake, 
«levado al rango de Contra-Almirante, mandal^a veintiún 
buques de la marina real y vino á ser el terror del co- 
mercio y de las poblaciones en las costas del Atlántico. 
Tomó á Santo Domingo y Cartagena, y con 500' hombres 
puso sitio á la Habana, que se salvó de aquel peligro, 
merced al patriotismo de sus habitantes y á la bravura 
del <jroberaador español, Don Gabriel de Luxan. En se- 
guida volvió á fijar sus ávidas miradas en el mar Paci- 
fico, y haciendo de nuevo rumbo hacia el estrecho, recor- 
rió por segunda vez las costas de la América del Sur, has* 
ta nuestro puerto de Acajutla. 

El Presidente y Capitán general de Guatemala, Gar- 
cía de Valverde, hizo en aquella ocasión esfuerzos no 
menos extraordinarios que ios que hubo de emplear pa^ 
ra la defensa del Reino en la anterior expedición de Dra^ 
ke. Seiscientos españoles y mas de ochocientos entre in- 
dios y mulatos marcharon bajo las órdenes del Capitán y 
Maede de campo general de la ciudad de Guatemala y su 
distrito, Don Francisco de Santiago, y fueron á situarse 
á Sonsonate, pues desde Acajutla se hablan avistado va- 
rias veces las embarcaciones de los piratas. Como solda- 
do de una compañía de mulatos de Guatemala, iba nn 
joven de veintidós años, llamado Andrés Molinos, herrero 
de profesión, que casado recientemente, tuvo que dejar á 
su muger, sin mas recursos que los que su trabajo perso- 
nal pudiese proporcionarle y contando con los auxilios 
qué le facilitaría el convento de los padres de Ja Mer- 
ced, en el que habia entrado como lego un hermano del 
herrero, llamado Pablo. El tercer hermano, Basilio, habia 
adoptado el oficio de barbero; pero apenas empezaba á 
acreditarse; y asi, poco podía esperar de él su cuñada. 
I^s tres hermanos contaban, es verdad, con un poderoso 



— 6 — 

protector, ei R. P. Fr. Bonifacio de los Angeles, religio- 
so de campanillas en el convento de la Merced; y aun- 
que todavia joven, llamado, según decian sus amigos, á 
ocupar puestos muy elevados. Fr. Bonifacio aprobó la 
santa y patriótica resolución del herrero, de ir á pelear 
en defensa de Dios y del Rey contra los excomulgados que 
amenazaban por la banda del Sur, y le dio su bendición, 
muchos escapularios, medallas y reliquias, y algunos bue- 
nos consejos, mitad en latin y mitad en castellano. Re- 
comendóle sobre todo no tomar jamas lo ageno contra la 
voluntad de su dueño, advirtiendole que aquella prohibi- 
ción no se referia á los bienes de los hereges, que de 
bian considerarse como res nuLlius, El herrero, que sen 
tia en su interior esa cosquilla que se llama ambición 
y deseo de mejorar de fortuna, se propuso seguir las pre- 
venciones del bueno del religioso, dando la mayor elasti- 
cidad posible á la excepción; á cuyo efecto se reservó el 
derecho de declarar hereges á todos aquellos á quienes le 
conviniera aplicar aquel dictado. Con tan caritativas dis- 
posiciones, hecho un hatillo' de su chamarra y con el mos- 
quete al hombro, el novel recluta partió alegre á la guer- 
ra, y al despedirse de su muger, la consoló diciendole que 
no llorara, pues le daba en el corazón que habia de vol- 
ver, no como salia, con solo el alma en el cuerpo. 

La facción del Rei, como se decia entonces, recorrió 
las costas en un largo espacio, y jamas llegó la ocasión 
de que ejercitase sus brios, midiéndose con las fuerzas 
del Contra- Almirante. Hablábase de pequeñas embarca- 
ciones misteriosas que solian aparecer en ciertos puntos 
y de desembarcos furtivos de gentes sospechosas, que 
después .de haber penetrado un poco en el interior, vol- 
vian á reembarcarse. Acudían partidas de tropas del go- 
bierno, registraban las rancherías y las haciendas, y no 
encontraban á nadie que tuviera trazas de ingles ni de 
pirata. Se buscaba con especial empeño á cierta viuda es- 
pañola, propietaria de una hacienda situada á dos ó tiod 



— 7 — 

leguas del mar, y que, según el rumor píiblieo, recibin 
las visitas nocturnas del gefe de los enemigos. Hacia aquel 
punto se habia visto dirigirse á los que desembarcaban 
en algunas nocbes obscuras y tempestuosas. Sabiendo la 
activa persecución de que era objeto, la viuda abandonó 
la hacienda y fué á ocultarse en los montes, temiendo 
^aer én manos de las tropas del Rey. 

Un dia el General tuvo denuncia de que la fugitiva 
estaba refugiada en una choza de pescadores, y envió á 
un alférez con diez hombres para que la capturasen. El 
soldado Andrés Molinos acertó á ser uno de los de la 
partida. Salieron del real á la madrugada y anduvieron 
todo el dia buscando la choza, sin dar con ella. Se habia 
puesto el sol, y el alférez, viendo la inutilidad de la pes- 
quisa, dispuso regresar al campo. La noche estaba obscu- 
rísima, perdieron el camino y se extraviaron en una mon- 
taña. Rendidos de fatiga, determinaron aguardar á que 
amaneciese y colocando un centinela con orden de dar 
la voz de alarma al primer ruido que oyera, oficial y sol- 
dados se acostaron á dormir tranquilamente. Habria pa- 
sado una hora, cuando el vigilante creyó oir pasos de ca- 
ballos que iban acercándose; dio el quien vive^ y no ha- 
biéndosele contestado, disparó su mosquete hacia el pun- 
to donde se oia el rumor. Los de la partida despertaron 
sobresaltados, y oyendo al soldado que exclamaba ¡el ene- 
migo!, sin aguardar otra razón, dieron á huir, como gente 
bisoña y asustadiza que era toda ella. Oficial y soldados 
se echaron por los montes, dejando aquel abandonado su 
caballo. Mas previsor y algo menos cobarde que los otros, 
el herrero Molinos tuvo bastante sangre fría para apode- 
rarse de la cabalgadura de su gefe, y montando con pres- 
teza, se internó en la montaña, sin dirección determinada, 
dejando á sus compañeros que fuesen por donde Dios les 
diese á entender. Caminó Andrés á la ventura por espa- 
cio de dos horas, sin encontrar amigo ni enemigo, y can- 
sado de apuella caminata sin objeto, comenzaba á resol- 



— 8 — 

'verse á nó dar un paso mas y aguardar á que amaneciií.- 
«e, cuando oyó á lo lejos el ladrido de un perro. Dedu- 
jo que habia de encontrarse próximo á alguna ranchería, 
y fué caminando poco á poco, guiándose por la voz del 
animal. Pronto divisó una débil luz, lo cual lo confirmó 
en la idea de que habia por ahi alguna casa,, y siguien- 
do la dirección de la claridad y del ladrido^ que se es- 
cuchaba ya mucho mas distinto, se encontró al fin delan- 
te de una casuca que tenia el aspeóte de una pobre cho- 
za de labradores. La; puerta estaba abierta, entró y ¡cuál 
seria su sorpresa al encontrarse, tendida en un tapexcif^é 
una muger todavía joven, que luchaba con las ansias de 
la muertel Ün hermoso niño como de diez años de edad, 
muy blanco y muy rubio^ era el único ser humano que 
acompañaba á aquella desventurada en trance tan amar- 
go. El pobre niño parecía profundamente afligido, com- 
prendiendo que su madre iba á abandonarlo para siem- 
pre. Cuando entró Andrés Molinos, la moribunda abrió los 
/_ ojos y haciendo un esfuerzo extraordinario, con voz de- 
•^, bil y balbuciente dijo estas palabras, dirijiendose al que 
acababa de llegar: 

— Por el amor de Dios, hermano, quien quiera que 
seáis, amparad á esa pobre criatura, á quien dejo sola y 

abandonada en este mundo En un cofrecillo que en- 

coritrHreis bajo el tapexco, queda lo suficiente para que 
ese niño reciba la crianza que corresponde á la calidad 
de sus padres y para recompensaros á vos el servicio 
que le prestareis como cristiano . . . , FavorecedlOy y ocul- 
tad siempre el secreto de su origen.... De esto depende 
la conservación del tesoro que pongo en vuestras manos, 
y lo qué es mas, la vida misma de mi pobre hija, que. . . . 

La madre no pudo concluir. El esfuerzo que había 
hecho para pronunciar aquellas palabras agotó las últi- 
mas fuerzas que le quedaban^ Hizo seña al niña para que 
se acercase y estrechándolo entre sus brazos, entró en ago^ 
nÍEr Diez minutos después todo estada cóttcluido y An- 



- 9 

dres Molinos se encontraba entre el cadáver dé la madre 
y el niño que la Providencia confiaba á su cuidado. Re- 
ííexionó un momento, y ya sea que Dios hubiese tocado su 
alma é inspirádole un sentimiento de compasión hacia el 
huérfano, ya la esperanza de la recompensa que habia 
indicado la madre^ formó la resolución de amparar á 
aquel desgraciado. 

— ¿Como te llamas?, le preguntó el herrero. 

— Francisco^ respondió el huérfano. 

— ¿Como es que tu madre, que parecia persona de 
calidad, se encontraba sola y abandonada en este misera- 
ble rancho, perdido entre los montesl 

— Hemos salido de la hacienda, contestó el niño, por 
temor á las gentes del Rey, que nos buscaban para ma- 
tarnos- Después de haber andado por los montes varios 
■dias, con un esclavo y una esclava que nos acompañaban, 
mi madre, que estaba muy enferma, no pudo ya seguir 
huyendo y dispuso que nos quedáramos en este rancho, 
donde nos dieron posada, mientras el esclavo iba á la ori- 
lla del mar, á ver si podia avisar á las gentes de mi pa- 
dre, para que viniesen á salvarnos. El negro no volvió, 
las gentes de la casa tuvieron miedo de que viniese el in- 
gles y se huyeron ayer con la negra, dejándonos solos. 

Asombrado quedó el herrero al oir lo que decia el 
niño. Una idea, que le sugerian los nimores de las rela- 
ciones del gefe de los piratas con una viuda española, bro- 
tó en su imaginación; y después de un momento de silen- 
cio, dijoí 

— ¿Como se llama tu padre? 

El niño no respondió una sola palabra. Molinos repi- 
tió la pregunta en tono imperioso y el huérfano contestó: 

— 'Mi madre me ha dicho muchas veces que no des- 
cubriera á nadie el nombre de mi padre, si quería con- 
servar mi viáar 

El herrero estuvo pensativo durante un breve rato. 
Calculó que «ra inívtil interroarar en aquel momento al ni 



— 10 — 

íio, y dejó para mas tarde el averiguar el fimdameíito qüB 
pudiera tener la vehementísima sospecha que lo habia asal- 
tado. Levantó la colcha que caia sobre el tapexco en que 
yacía el cadáver, y vio el cofrecillo que contení a la ri- 
queza de la pobre señora. Tiró con fuerza de una de las 
asas, y habiéndolo sacado, vio que la llave estaba en 
la cerradura. Tomó una astilla del ocote del fogón, y á 
favor de la luz que despedía, se puso á examinar el con- 
tenido del baúl. ¡Cual no seria su admiración y júbilo al en- 
contrarse con una gran cantidad de piedras preciosas y de 
monedas de oro! El miserable no habia visto jamas tan- 
ta riqueza junta. 

Era un espectáculo que tenia algo de horroroso y si- 
niestro el de aquel soldado ávido y codicioso que re- 
volvía los diamantes, las perlas y el oro, á la vista de 
aquel niño que contemplaba, sin derramar una lagrima, 
pero profundamente afligido, el cadáver de su madre. 

— ¡Oro! perlas! diamantes! exclamaba el herrero ena- 
genado; ya soy rico; soy poderoso; mi muger se vestirá 
como la mas pintada; tendré coche, si quiero; y criados 
y lacayos con librea, y compraré casa;^ seré un señor co- 
mo los nobles. ¿Qué dirá Basilio, él, que siempre me 
decía que no pasaría yo de pobre? Já, já, já; y prorum- 
pió en una carcajada cínica, que hizo estremecer de hor- 
ror al pobre niño. 

— Francisco, dijo el herrero, dirigiéndose á éste; de 
hoy en adelante yo soy tu tata. Me propongo cumplir 
exactamente la recomendación de esa muger (y señaló 
al ca*dáver) pero bajo la condición de que has de obede- 
cerme en todo y que continuarás observando fielmente 
la recomendación de no pronunciar jaiftas el nombre de 
ese que dices es tu verdadero padre. 

El niño no respondió una sola palabra. El herre- 
ro resolvió dejar para el día siguiente el dar sepultura al 
cuerpo inanimado de la desgraciada señora, siendo difícil 
hacerlo en aquel momento, pues la noche estaba sumamen- 



— li- 
te obscura. Tomada esta determinación, abrió su mochi- 
la y tomó algún bastimento, que quiso partir con el ni- 
ño; pero este rehusó probar un solo bocado. El herrero 
cerró el cofrecillo, se guardó la llave y habiéndose aco- 
modado lo mejor que pudo en un haz de hojas de maiz, 
no tardó en dormirse, pudiendo mas la fatiga física que 
la alegría, que en otra circunstancia, no le habria permi- 
tido cerrar los ojos. Cuando despertó, la luz de la maña- 
na, que penetraba al través de las cañas de que estaba 
formado el rancho, iluminaba con incierta y pálida cla- 
ridad el triste grupo de la madre muerta y el hijo que 
velaba junto á ella. Se extinguía en aquel momento la 
última chispa del fogón, que Francisco habia cuidado de 
alimentar eon las astillas de ocote, pedazos de madera 
y hojas secas que pudo encontrar á la mano. El herrero 
se admiró al notar la perfecta regularidad de las faccio- 
nes do la madre, que aun no habia alterado la muerte, y 
la belleza del niño, cuya fisonomia revelaba mas energía 
y resolución de las que debieran esperarse de su edad. 

— ¿No has dormido? le preguntó el soldado. 

— No señor, contestó el niño; no quería dejar sola 
á mi madre. 

■ — Tampoco has comido nada, observó Molinos, advir- 
tiendo que aun permanecian los restos de su cena en el 
mismo sitio en que él los habia dejado. 

— No he tenido hambre, dijo Francisco. 

— Pues en un muchacho de tu edad, es raro, repli- 
có Molinos. Hijo mió, el que no come se muere y yo no 
quiero que tú te mueras. Asi, vamos cuanto antes á dar 
modo de enterrar á la difunta y luego comerás, pues co- 
mo dice el dicho, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. 

Diciendo esto, el soldado comenzó á buscar por los 
rincones del rancho algún objeto con qué poder cavar 
la sepultura. No tardó, en encontrar los instrumentos de 
labranza que los propietarios de la casa hablan dejado 
azadonados, y sirviéndose de ellos, abrió, al pié de uno 



— 12- 

de los árboles gigantescos de la costa, la cavidad que 
iba á guardar los restos de la madre de aquel niño. Es- 
te ayudaba á la operación, sacando en el sombrero de 
su padre adoptivo la tierra que se extraia de la sepultura. 

— Vamos á salir de esto, dijo el herrero luego que 
hubo concluido, pues debemos marcharnos de aqui lo mas 
pronto posible. 

Ayudándolo Francisco, puso el cadáver en la cavi- 
dad y comenzó á cubrirlo con la tierra que habia ex- 
traido. El huérfano se arrodilló y permaneció en aquella 
actitud, hasta que hubo quedado enteramente cubierta 
la sepultura. 

— ¡Por vida de mi padre! exclamó el soldado; ¿sa- 
bes que eres un muchacho muy guapo? Come alguna co- 
sa y vamonos antes de que vengan los herejes y nos 
lleven el cofrecillo. 

El huérfano comió unas tortillas frias y un pedazo 
de cecina, restos de la cena del soldado, y luego que hu- 
bo concluido, dijo: 

— Estoy pronto á seguiros. 

Molinos volvió á visitar su tesoro, pues por suyo lo 
consideraba ya, y removiendo el oro y la pedrería que 
encerraba el cofrecillo, advirtió que estaban ahi unos 
papeles en los cuales no se habia fijado la noche anterior. 
Habia aprendido á leer en la celda de Fr. Bonifacio, y 
creyó que aquellos papeles le revelarian el secreto del 
nacimiento del niño; trató de leerlos; pero no pudo com- 
prender una sola palabra, pues estaban escritos en un 
idioma enteramente desconocido. Lo único que entendió 
fué el nombre y apellido Frangís Drake, repetido muchas 
veces en aquellos escritos. 

— No hay duda, pensó el soldado al leer aquellas 
dos palabras; mis sospechas son ciertas, y lo que se ha 
dicho respecto á las relaciones de. la viuda española con 
los ingleses, es la purisima verdad. Este niño es hijo del 
pirata. ¡Que pesiado tan abominable el tener esa clase de 



— 13—. 

irato €on un hereje! Me alegro, agregaba para sí Moli- 
nos; me alegro de poder poseer estos bienes sin escrúpu- 
lo, pues siendo de enemigos de Dios y del Rey, puedo, 
€omo me dijo el padre, hacer de caso que no son de na- 
die; y lo que se ha de comer el moro, que se lo coma el 
cristiano. Si los señores oficiales reales llegasen á saber 
á quien pertenecía este tesoro, es seguró que al instante lo 
reclamarian. Es necesario, pues, irse con tiento, no sea 
que se nos vaya el gozo al pozo. ¡Prudencia, Andrés, pru- 
dencia! 

Durante este monólogo mental, el herrero envolvía 
cuidadosamente el cofrecillo en su chamarra y lo ataba 
con un lazo que encontró en el rancho. Concluida la ope- 
ración, dijo al niño: 

— Ea, Francisco; vamonos; si la memoria no me en- 
gaña, debe haber por aqui cerca un pueblecillo. Tenemos 
un caballo, ahi alquilaremos otro y una muía para la car- 
ga. Camina. 

El niño dirijió la última mirada al sitio donde queda- 
ban los restos de su pobre madre, y sin decir una palabra, 
echó á andar, siguiendo á su padre adoptivo, que habia 
acomodado el cofrecillo en el caballo. Molinos no se ha- 
bia engañado. Después de haber caminado tres ó cuatro 
leguas, dieron con una pequeña aldea, donde el herrero 
preguntó si no habían llegado algunos de los soldados. Na- 
die habia aparecido. Los dispersos tomaron otras direc- 
ciones y hasta después de algunos dias fueron reunién- 
dose en la capital. El herrero pudo hacerse de un ca- 
ballo enjaezado y de una muía, que compró á precio muy 
cómodo, diciendo que los ahorros de sus sueldos, que era 
lo único que poseía, no le permitían pagar mas. Acopió 
el bastimento que calculó podia necesitar, j saliendo por la 
noche del pueblo, se dirijió á Guatemala por caminos 
excusados, evitando tocar en las poblaciones del tránsito. 
Al fin se encontró en su casa sano y salvo, volviendo rico 
y con un hijo adoptivo, el que habia salido dejando á su 



— 14 — 
muger en la soledad y en la miseria. Pocos dias después 
llegó el pequeño ejército expedicionario sin haber encon- 
trado á los piratas. 

Andrés Molinos compuso una historia mas ó menos 
verosimil respecto á la procedencia de aquel niño blanco 
y rubio. Los vecinos charlaron durante algunos dias y 
al fin se acostumbraron á ver á Francisco, como si real- 
mente fuese hijo del herrero. La fortuna de este comenzó 
á crecer de una manera extraordinaria, lo cual ocupaba 
mas al vecindario que la aparición del niño. Cada cual 
buscó alguna explicación á aquel fenómeno y durante al- 
gún tiempo corrieron por la ciudad los cuentos mas extra- 
vagantes respecto á las riquezas del maestro Andrés. Los 
menos maliciosos decían que se había encontrado muchas 
botijas de dinero enterradas; pero la generalidad atribu- 
yó el bienestar de aquella familia de artesanos á la pro- 
tección de cierta casa poderosa coil quien la ligaban rela- 
ciones que explicaremos mas adelante. El verdadero ori- 
gen de aquella riqueza era un misterio para todos en la 
época en que pasaron los acontecimientos que vamos re- 
firiendo. 

Dedicado al oficio de herrero, el huérfano adoptado 
por el maestro Andrés, fué primero un hábil y laborio- 
so aprendiz y llegó al fin á ser un buen cerragero. Sea 
por amor á su arte, sea por que no le convenia abando- 
nar el oficio, Molinos continuó con la herrería, aunque ya 
poco ó nada trabajaba personalmente, estando la fragua 
á cargo de Francisco, que era el verdadero maestro. El 
hijo de la viuda fué desarrollando con el tiempo las cuali- 
dades de que daba indicios desde niño. A una energía de 
voluntad incontrastable, á una fuerza fiíteica verdaderamen- 
te extraordinaria, unia una delicadeza de sentimientos de 
que no lo creian capaz los que lo juzgaban únicamente 
por su exterior, un poco áspero y frió. Acostumbrado 
desde la edad de diez años á ver al herrero y á su mu- 
ger como sus verdaderos padres, habia llegado á amar- 



- I 5 — 

'ios, venciendo el afecto cierta repugnancia instintiva qtie- 
á una persona de la condición de Francisco debian ins- 
pirar la vulgaridad y el egoísmo del herrero. Siendo to- 
davía muy joven el hijo adoptivo del maestro Andrés, se di- 
jo que la esposa de este se hallaba en cinta y á los po- 
cos meses pareció haber dado á luz una hermosa niña, que 
recibió el nombre de Genoveva. Francisco amó á aquella 
criatura con el afecto tierno y delicado de un hermano, 
y aquel cariño fué creciendo Con el tiempo. En la época en 
que principia esta narración, Francisco tenia ya cuaren- 
ta y tres años, y hacia lo menos cinco ó seis que sus pa- 
dres adoptivos y su hermana habían advertido que su 
carácter se hacia cada vez mas retraído y sombrío. El 
herrero no encontraba á que atribuir el abatimiento del 
huérfano. Creia que Francisco había olvidado completa- 
mente á su madre y que no conservaba la menor idea de 
la muerte de esta y circunstancias que la acompañaron, pues 
jamas volvió á pronunciar una sola palabra sobre el par- 
ticular. Andrés estaba completamente tranquilo respecto á 
aquel punto y cuidaba siempre de evitar todo lo que pu- 
diese traer á la memoria de Francisco la historia de su 
adopción y el recuerdo del cofrecillo que contenia la rique- 
za de su madre. 

Solo Genoveva, con ese instinto delicado que tienen 
las mugeres para sondear las mas ocultas heridas de los 
corazones de las personas á quienes aman, había llegado 
á descubrir el doloroso secreto de su hermano. Francisco 
amaba, y amaba con toda la vehemencia de que era capaz 
su naturaleza vigorosa y apasionada. No debemos antici- 
par la narración de los acontecimientos, por lo que reser- 
vamos para mas adelante el dar á conocer la persona que 
había inspirado al hijo del pirata Drake aquel amor, tan- 
to mas profundo, cuanto mas reservado. Nos ha sido ne- 
cesario entrar en estos pormenores, á fin de que el lec- 
tor esté convenientemente preparado para la narración de 
los sucesos que hemos de referir. 



16 — 



CAPITULO 11. 



ilonde el lector conocerá á Fr. Pablo y á Fr. Bonifacio^* 

y Terá' que el uno era nonáinbulo y el otro 

dormía con un ojo abierto. 



^e^^ 




de diciembre del año" 1621, como á las 
4^^<^¡( seis de la tarde, llegaba á la portería del Con- 
vento de la Real y .Militar Orden de' Ntra. Se- 
n-ora de la Merced, en la ciudad de Guatemala, un via- 
gero montado en una muía que parecia en extremo fati- 
gada. Apeóse muy despacio y echando descuidadamente 
la brida sobre la silla, dejó en plena libertad á la cabal- 
gadura, como quien sabia que la pobre bestia no habia 
de moverse de aquel sitio, tal iba de cansada. No debia 
de estarlo menos el gínete, pues luego que entró á la 
portería, se sentó, ó por mejor decir, se dejó caer en el 
poyo, sofá nada mullido de los pordioseros, que iban casi 
todos los dias á recibir las sobras del refectorio de la 
comunidad. Acababa de sentarse el viagero cuando se en- 
treabrió la ventanilla del portón que daba entrada al claus- 
tro procesional, y asomó la cabeza tonsurada y redonda 
del lego que desempeñaba el importante cargo de portero, 
que dirijió á nuestro hombre una mirada asaz curiosa y 
escudriñadora. El resultado del examen fué sin duda la 



— 17 — 

Mea de que el recien llegado era un mendigo; aunque á 
decir verdad, bu aspecto y trage estaban muy distantes 
de autorizar aquella suposicioiii Era de una estatura un 
poco mas que mediana; delgado y lento en sus movimien- 
tos; su fisonomia revelaba un hábito profundo de reflexión 
y de cálculo, aplicado á las acciones mas insignificantes, 
como á las mas trascendentales de la vida. Pálido, enju- 
to, de ojos negros y con una mirada que tenia algo de 
soñolienta. La frente espaciosa, la nariz perfectamente de- 
lineada y la boca, en la cual era fácil advertir cierta ex- 
presión un tanto desdeñosa, estaba sombreada por un bi- 
gote bien poblado, en el que apuntaba ya una ú otra cana. 
Las manos eran finas y denotaban no haberse empleado 
jamas en oficios viles. Vestia calzón, jubón y capa corta, 
de perpetúan negro, y estaba cubierto de polvo, conse- 
cuencia del largo camino que parecía acababa de hacer 
aquel individuo, cuyo porte y trage eran los de una per- 
sona que bien pudiera no ser un caballero, pero que de 
seguro no pertenecía tampoco á la clase ínfima de la so- 
ciedad, 

— Perdone por el amor de Dios, hermano; dijo el le- 
go, con ese tono bondadoso que dulcifica la negativa de la 
limosna; y después de aquella fórmula, cambiando de es- 
tilo, añadió en tono regañón: 

— ¿Por qué vienen tan tarde? [No saben las horas 
del convento? Andan todo el dia azotando calles y quie- 
ren hallar el bocado listo á la hora que les da su rega- 
lada gana. Vayan enhoramala! 

Luego que hubo echado aquella andanada, se dispo- 
nía á cerrar la ventanilla; pero el viagero, que habia es- 
cuchado el regaño eon la mayor impasibilidad, dijo sin 
moverse de su asiento: 

— ¿Está en casa el Provincial? 

Como suele la nubecilla que aparece en el horizon- 
te cambiarse repentinamente en un espeso y negro nu- 
barrón que despide el rayo, asi el mal humor del bue* 



- 1 8 — 

no del portero subió de punta instantáneamente é hizo 
explosión, al escuchar la pregunta de aquel á quien con- 
í^ideraba, cuando menos^^un mendigo vergonzante. 

—Hablara yo con mas respeto, dijo; y quitando pre- 
cipitadamente la llave, abrió el portón y se plantó en el 
umbral, con el airo altivo de un castellano que defendieso 
la entrada de un torreón en los tiempos del feudalismo. 

— ¿Quien es él,^ añadió con desden, para hablar asi 
de nuestro Reverendisimo Padre Fr. Bonifacio de los An- 
geles, Doctor en Sagrada Teologia y Maestro en Artes 
por el Colegio de Sto. Tomas, Lector jubilado y Provin^ 
cial de la Real y Militar Orden de Ntra, Señora de la 
Merced, redención de cautivos, en la provincia do la Pre- 
sentación de Guatemala? 

El recien llegado pudo entonces examinar á su irri- 
table interlocutor. Era un hombrecillo como de cincuenta 
años, de cinco pies de alto, un poco jorobado,, ojos pardos 
y vivos, y cuya fisonomia toda revelaba esa enerjia de 
carácter que degenera en terquedad cuando no la acom- 
paña una inteligencia clara y cultivada. Abrir y cerrar la 
puerta y defender como un enei^úmeno los fueros y pre- 
eminencias de su orden, era toda la ciencia de Fr. Pa- 
blo, á quien como acabamos de verlo^ habia sacado de 
su juicio la idea de que un cualquiera hablase con poco 
respeto del P.^ Provincial, que, después del romano Pon- 
tífice, era para él lo ma& grande y digno de veneración 
sobre la tierra. 

El desconocido caminante^ que á la cuenta tendria 
sus razones para contemporizar por el momento con el 
portero, dominó un impulso de impaciencia que como un 
relámpago en la noche obscura so reflejó eo sus ojos ne- 
gros, que sombreaban largas pestañas. 

— No ha sido mi intención, hermano, dijo en tono 
comedido y levantándose muy despacio, faltar al respeto 
al Reverendisimo Padre Fr. Bonifacio de los Angeles. Pi- 
<loos mil perdones y os suplico me indiquéis la celda de 



-19- 

«\i paternidad, pues tengo que entregarle en mano propia 
y cuanto antes sea posible una carta del Padre Comen- 
xlador de México. 

Dicho esto, sacó muy despacio del bolsillo del jubón 
«na cartera grande de cordobán, adornada con sobre- 
puestos de plata y un escudo de armas grabado en una 
plancliuela del mismo metal. La abrió y tomó una carta 
sellada que mostró al portero. Fr. Pablo inclinó la cabeza 
apenas divisó en el sello las aspas de la cruz y las bar- 
ras perpendiculares del escudo de la orden de la Merced, 
y comenzó á formar mejor concepto del sugeto que era 
portador de aquel pliego. 

— Esa ya es otra cosa, dijo el portero; veréis á nues- 
tro Padre; pero no tan luego como quisierais, porque ac- 
tualmente está con una visita que no sé si os ló 

diga.... pero.... creo que aun cuando fuera para pre- 
sentarle una carta del Rey, no lo interrumpirla yo. 

El tono misterioso y las reticencias del lego pica- 
ron sin duda la curiosidad del viagero, pues dirigiendo á 
Fr. Pablo una mirada profundamente investigadora, dijo: 

— Muy alta y muy importante debe ser en tal caso la 
persona con quien está el Padre Provincial. 

— Ya lo creo, replicó el lego, con énfasis; como que 
€S nada menos que el Sr. Conde. 

— ¿Quien es el Sr. Conde? preguntó el desconocido 
con indiferencia, y sin dar importancia alguna al título. 

— ¿Quien es el Sr. Conde, decis? ¿No lo sabéis? Pues 
atrasado estáis de noticias. Ya se vé, según voy viendoj 
acabáis de llegar de México y acaso no habéis estado an- 
tes dé ahora en estas provincias. El Sr. D. Antonio Pera- 
za, Castilla, Ayala y Rojas, Conde de la Gomera, Presi- 
dente de esta Real Audiencia y Capital general del Rei- 
no, es el caballero con quien está encerrado hace lo me- 
nos hora y media el Padre Provincial. 

— ¡Ah! el Presidente, dijo el desconocido, con una li- 
geia sonrisa; pues, enefecto.no seria prudente que yo me 



— 20-- 
preseatase ahora; pero no corre tanta prisa, y asi podré 
aguardar á que su paternidad concluya con el Sr. Conde. 

— Poco puede tardar, replicó Fr. Pablo, pues la con- 
ferencia ha sido larga, como que no ha dado lugar á que 
nuestro Padre presida los maitines de la Purísima, que 
han comenzado ya. 

Era asi efectivamente. Desde la porteria se oian los 
cantos de los religiosos, que al compás de los graves acen- 
tos del órgano, entonaban los himnos sagrados de los mai- 
tines de la Concepción inmaculada. El locuaz portero se 
disponía á continuar sus comentarios sobre la visita del 
Presidente al Provincial, lo que parecia oir el descono- 
cido con el mas vivo interés; pero tuvo que suspender la 
conversación, habiendo escuchado los pasos bien conoci- 
dos de Fr. Bonifacio, que se acercaba á la porteria. 

— El Sr. Presidente se retira, dijo Fr. Pablo, y nues- 
tro Padre viene á despedirlo. 

Abrió el portón de par en par, caloso la capilla, cru- 
zó los brazos delante del pecho, sepultando las manos en 
las anchas mangas del hábito, y en aquella actitud humil- 
de y respetuosa, aguardó á que llegasen los dos grandes 
personages. El desconocido, luego que oyó que se acerca- 
ba el Presidente, se embozó en su capa, bajó el ala de 
su sombrero sobre los ojos y se coloco en un rincón de 
la porteria, desde donde podia ver y no sor visto. 

El Conde de Gomera era un caballero de sesenta 
años; pero que representaba ocho ó diez mas, pues las 
graves perturbaciones que traían revuelto el Reino des- 
de 1614, le hablan causado serias desazones que alteraron 
su salud. Su frente noble y espaciosa, surcada por hon- 
das arrugas, dejaba adivinar al menos perspicaz la agita- 
ción del alma; y su paso lento y vacilante mostraba ese 
cansancio y desaliento que suelen ser el resultado inme- 
diato de los sufrimientos morales. El aire sombrío del 
Conde contraátaba con la animación y apariencia de bien- 
estar del Provincial de la Merced, que contando ya mas 



— 21 — 

d« sesenta años, apenas parecía tener cincuenía;- tan díFc*- 
rente cosa es estar al frente de una pequeura comunidad 
pacífica y sumisa, de gobernar un Reino revuelto })or as- 
pirantes y ambiciosos, 

Fr. Bonifacio salió hasta la puerta que daba á la 
Ue, acompañando al Presidente. Harto ocupados, sin da- 
da, en los graves asuntos que habían servido de tema i 
tsu larga conferencia, no advirtieron la presencia del de:3- 
4^*onocido. El Conde de la Gomera dijo al Provincial, como 
quien toma repentinamente una resolución desesperada: 

—Suceda lo que quiera, Padre, estoy resuelto á ha- 
eer respetar mi autoridad. 

— Tenéis razón, señor, contestó Fr. Bonifacio con es- 
tilo- sentencioso; la autoridad debe ser acatada, porque 
viene de lo alto. JYon est potesias nisi á Deo., dice San 
Pablo. Pero dejadlo en manos de l)ios. No se mueve la 
hoja del árbol sin su voluntad, y en vano os afanareis 
por las cosas del gobierno, si no seguís fielmente las ins- 
piraciones del cielo. JVisi Dominus cnstodierit eívitatem.,., 

—Lo sé, Padre, interrumpió el Presidente, y por eso 
he venido á*oir los consejos de vuestra sabiduría y expe- 
riencia. Buenas noches. 

—Buenas noches, señor Conde, contestó el Provincial; 
y luego que el Presidente hubo subido al coche, que lo 
aguardaba junto al atrio, el Prelado se dirijió á la puer- 
ta, donde permanecía Fr. Pablo como una estatua. Fr. 
Bonifacio volvía á su celda paso á paso y profundamen- 
te pensativo. Bscapábansele algunas frases sueltas que es- 
cucha;ba con la mayor atención el desconocido, qiie acom- 
pañado del lego, seguía á una respetuosa distancia al su- 
perior. 

— Tiene razón, decía, mucha razón; todo lo han tras- 
tornado Esos oidores.... esos oidores. ... [Si yo pudie- 
ra componer las cosas! ¡Que gloría para la órdenl Y 

iuego el Rey lo sabría, y Ah! 

Al hacer aquella exclamación. Fr. •Bonifacio exhaió 



- 2 2- 

un hondo suspiro y pasó la mano derecha por su frente» 
de abajo arriba, levantando su fino y tonsurado cabello, 
movimiento que ejecutaba maquinalmente en las circuns- 
tancias graves. El desconocido, á quien no se escapó una 
sola palabra del monólogo del Provincial, y que vio ade- 
mas perfectamente el movimiento de la mano, se sonrió 
de una manera casi imperceptible. Fr. Bonifacio entró 
en 8U celda y tras él el portero, haciendo seña al desco- 
nocido para que aguardase. El superior de los mercedarios 
se dejó caer en una ancha y cómoda butaca forrada de 
baqueta negra, que estaba junto auna mesa baja de no- 
gal cubierta de in-folios en latin y griego. Haciendo des- 
cansar los codos en los brazos de la silla, el grave reli- 
gioso apoyó la cabeza sobre sus dos manos, absorto en 
BUS meditaciones. 

— Reverendisimo Padve, dijo en tono humilde y res- 
petuoso el lego, un hombre desea hablar á Vuesa Pater- 
nidad. 

Fr. Bonifacio no dio muestra de haber escuchado 
aquellas palabras. Repitiólas el portero en voz algo maa 
alta, y entonces el Provincial, levantando la cabeza, dijo: 

— ¿Qué me quieres, Pablo? 

— Un desconocido insta por tener el honor de ver 
á Vuesa Paternidad. 

— No es ocasión, contestó Fr. Bonifacio, estoy lleno 
de ocupaciones, Pablo, y majora pí-emunt. 

No entendió el lego las dos palabras latinas, y por 
lo mismo supuso que debían ser la prueba mas conclu- 
yente de la imposibilidad en que se veia el superior de 
recibir por el momento. Hizo, pues, una profunda reve- 
rencia, é iba á retirarse, diciendo como para si: 

—Bien dicho, su paternidad tiene razón; otro dia ve- 
rá ese despacho del Comendador de México; á bien que 
no ha de ser cosa urgente. 

— ¿Como? dijo Fr. Bonifacio medio levantándose de la 
butaea: ¿que dices de despacho de México? 



2 3 - 

Detúvose el portero y contestó: 

— Reverendísimo Padre, el siigeto que está ahí trae 
una carta sellada con el escuda de la Orden, que sacó de 
tina cartera de cordobán con sobrepuestos de plata y . . . . 

— Pero, ¿de quién es la carta, Pablo? ¡voto á sanes! 
interrumpió el Provincial; stulta loqueris. 

— Del Padre Comendador de México, contestó el le- 
go, y parece que es importante, porque 

— Haz entrar á ese hombre, dijo Fr. Bonifacio, y des- 
paviló dos velas de sebo colocadas en candeleros de plata, 
que hablan salido á lucir con motivo de la visita del Pre- 
sidente. 

El desconocido se detuvo en el umbral de la puerta 
do la celda y dijo en voz grave: 

— Pax huic domu. 

— Et ómnibus hábitantihus in ea. Adelante; contestó el 
Provincial, y colocó su mano izquierda sobre los ojos, co- 
mo para hacer sombra y examinar al que entraba. 

— Es al Muy Reverendo Padre Fr. Bonifacio de los 
Angeles, Doctor en Sagrada Teología, Maestro en Artes, 
Lector jubilado y Provincial de la Real y Militar Orden 
de la Merced en la Provincia de la Presentación de Gua- 
temala, á quien tengo el honor de hablar?, dijo el viagero. 

— El mismo, para servir á Dios y á Yuesa Merced, 
contestó con cortesía Fr. Bonifacio, á quien habla halaga- 
do la idea de que un desconocido, que acababa de llegar 
á la ciudad, supiese todos sus títulos y grados. Conser- 
vando, sin embargo, la distancia que debia haber entre 
un Provincial y un particular, que no tenia trazas de ser 
gran cosa, no se movió de su butaca, ni ofreció asiento 
al desconocido, que permanecía en pié delante del reli- 
gioso. 

— El R. P. Comendador de México, dijo aquel, rae 
ha encargado ponga esta carta en manos de Vuesa Pa- 
ternidad; y avanzando dos pasos, pues Fr. Bonifacio con- 
tinuaba en su asiento, presentó la carta al religioso. 



__24 — 

— Tomó e3te sus anteojos y se puso á limpiarlos muy 
d^íspacio. 

— ¿Cuando salió de México?, pregunto al viagero con 
'indiferencia. 

-^Hace hoy treinta y seis di as. 

— Pues ha andado bien. 

Abierto el pliego, el Provincial comenzó á leerlo muy 
despacio, colocando el papel á media vara de distancia 
de los ojos, porque el estudio le habia disminuido la vis- 
ta. La carta no era larga, pues apenas ocupaba lo escrito 
la primera cara del pliego. Luego que Fr. Bonifacio hu- 
bo leido las primeras cuatro lineas, la admiración se pin- 
tó en su semblante; continuó la lectura y parecía mas y 
mas asombrado y corrido. Una sonrisa casi impercepti* 
ble y desdeñosa levantaba el negro y lustroso mostacho 
del desconocido» El Provincial echó rápidamente una 
ojeada a la firma de aquella carta, que tan profunda im- 
presión le habia causado, y levantándose de su butaca 
con toda la ligereza compatible con su obesidad, inclinó 
la cabeza y dijo con el tono mas respetuoso y melifluo: 

—Señor, parce precor; ¿por qué no me habéis dicho 
desde luego á quien tenia yo el honor de hablar? Mi ha- 
milde persona, mi pobre celda, el convento todo están á 
la disposición de Vuestra Se 

El descon(>cido puso el dedo índice de su mano iz- 
quierda sobre sus labios con ademan imperioso, é inter- 
rumpiendo á Fr. Bonifacio, dijo: 

— Silencio, Padre; no olvidéis la recomendación de 
la carta. Este secreto debe quedar entre vos y yo, hasta 
el momento en que al servicio del Rey convenga aban- 
donar todo misterio. Entre tanto, para vos, como para 
todos, yo no soy aqui mas que Don JuaUy y mi perma- 
nencia en el convento no tiene otro objeto que hacerme 
conocer y ameritarme para tomar el hábito de la orden, 
¿Lo entendéis? Cuidado; pues la menor indiscreción pue- 
de seros funesta. Haced, os lo suplico, añadió Don Juao 



— 25 — 

'duíci'fícando el 40110 de la voz y la terrible expresión 
de su semblante; haced que me preparen una celda pe- 
<iuena y retirada, pero que tonga fácil comunicación con 
la calle, sin necesidad de pasar por la portería. 

El Provincial reflexionó un momento, y dijo: 

— Tengo precisamente lo que deseáis. Sace ocho dias 
murió un religioso, que habia perdido el juicio y para 
quien fué preciso construir una habitación apartada de 
las de los demás padres. Consta de tres piecesitas y un 
jardin pequeño, que comunica con la huerta, á donde se 
llevaba á pasear al loco. La huerta tiene puerta que da 
á la calle excusada y solitaria de Santa Teresa. Os daré 
la llave y podréis entrar y salir cuando gustéis, cuidando 
de hacerlo con precaución, no se crea que es alguno do 
los religiosos el que entra ó sale. 

—Perfectamente, contestó Don Juan. Tened la bon- 
tiad de ver si han llegado á la porteria mis criados con 
el equipfge, y que lo coloquen todo en la habitación que 
me destináis. 

Cuando el viajero pronunció aquellas palabras, se oyó 
un ruido muy lijero en la puerta de la celda, que Fr. Pa- 
blo habia dejado entreabierta. No hizo alto el Provincial 
en aquel incidente; pero no se escapó á la perspicacia de 
Don Juan, que dirigiendo hacia la puerta una mirada in- 
vestigadora, vio dibujarse en el rayo de luz que salia de 
la celda la cabeza del portero. 

El Provincial salió al claustro, pasándose la mano 
por la frente y levantándose el cabello, y Don Juan se 
puso á examinar cuidadosamente la habitación del reli- 
gioso. Ademas de la mesa de nogal cargada de libros y 
de la butaca forrada de baqueta, de que ya hemos ha- 
blado, habia una biblioteca, que constarla como de tres 
ó cuatrocientos volúmenes, casi todos en latin y griego, 
y la mayor parte de ellos tratados teológicos, ó de Fi- 
losofía aristotélica. Una silla algo mas pequeña que la 
butaca, estaba junto á la mesa y servia para que se sen- 

4 



— 26 — 

taran las personas á quienes se dignaba recibir el Pr(T-~ 
víncial^ cuando eran prelados de otras comunidades, ca- 
nónigos 6 seglares de categoría; pues si eran religiosos 
de la érden, permanecían en pié, por reSjtéto al superior. 
Cuando el que visitaba era^ como acababa de suceder, el 
Presidente y Capitán general del reino^ el Provincial le 
eedia su asiento y ocupaba la otra silla. La cama y los 
demás muebles correspondían por su modestia y sencillez 
al estado del dueño; pues debemos decir, en honor déla 
verdad, que era observante rígida de las reglas de la vi- 
da monástica. Fr. Bonifacio amaba stí orden con tín entu- 
siasmo que rayaba en fanatismo, y aun se le acusaba do 
abrigar cierta ojeriza secreta contra los otros institutos re- 
ligiosos. Los malévolos y envidiosos decían que había, sin 
embargo, un cuerpo que el Provincial respetaba mas que 
íí la orden de la Merced, y era la Cámara que consulta- 
ba al Rey para la provisión de los Obispados de Améri- 
ca. Fuera de aquel punto, la malignidad no habia encon- 
trado ningún lado flaco donde hincar el dieríte al religio- 
so, cuya virtud y ciencia eran proverbiales en todo el 
reino. 

Volvió á entrar en la celda, después de haber dado 
aus órdenes para que colocasen el equipage en la habita- 
ción que iba á ocupar el huésped, á quien indicó Fr. Bo- 
nifacio á algunos de los padres graves con quienes ha- 
bló, como un sugeto de categoría que venia de México, 
y desengañado del úiundo, aspiraba á abrazar la vida re- 
ligiosa". Táñ haturai pareció el hecho, que nadie lo puso 
en^ duáa en el convento, si se exceptúa al lego portero, 
que movió la cabeza con cierto misterio cuando oyó con- 
tar la historia del recien llegado. Es el caso que Fr. Pa- 
blo, en medio de ser lo que se llama un bendito, era ade- 
mas un grandísimo Curioso, defecto que ya le habia no- 
tado el Provincial y reprendidoselo, aunque sin fruto, 
'Cuándo' vio que, el sugeta á quién tomara al principio 
por un 'pT)r diosero, era conductor do un pliego^ cerrado- de 



— 27 — 

México, y cuando oyó que saludaba en latín, se apodr,- 
ró de él tal deseo de saber lo que decía aquella carta y 
de averiguar quien era el que la llevaba, que por satis- 
facer la curiosidad, habría subido á la punta del volcan 
de agua, empresa que en aquella época se consideraba 
poco menos que impracticable. Como un general que dis- 
pone una batalla, trazó su plan Fr. Pablo, desde el mo- 
mento en que introdujo al desconocido en la celda del Pro- 
vincial. Dejó entreabierta la puerta y permaneció tan cer- 
ca como le fué posible para escuchar la conversación. Pe- 
ro esto no fué suficiente á satisfacer la curiosidad del le- 
go; pues lo único que sacó en limpio fué que el desco- 
nocido quería llamarse Don Juan y que era un sugeto de 
grande importancia. Lo esencial era, pues, ver la carta, 
y al efecto hubo de tomar Fr. Pablo sus medidas. 

Había una circunstancia que facilitaba la ejecución de 
aquél deseo, y era que el lego dormía en una celda co- 
municada por un cor redor cito con la del Provincial. Fr, 
Pablo, huérfano desde muy niño, estaba en el convento 
hacia muchos años. Fr. Bonifacio lo tomó bajo su pro- 
tección, lo mismo que á sus dos hermanos, el barbero y 
el ceri-ajero, y si bien no logró hacer de él un sabio, 
para lo cual no habia tela, acertó á formar un buen lego, 
sumiso, observante de la regla y tan entusiasta por su or- 
den, como su maestro, ó algo mas. Estas prendas hacían 
que el prelado conservase afecto á Fr. Pablo; quien, ade- 
mas de su oficio en la portería, servia á la mano al Pro- 
vincial en cuanto necesitaba, supliendo el celo lo que fal- 
taba á la inteligencia. 

Apenas hubo salido Fr. Bonifacio á ver que colo- 
casen el equipage del huésped en la habitación que le 
estaba destinada, Fr. Pablo, que se habia alejado un po- 
co, volvió á su puesto y advirtió que la carta permane- 
cía sobre la mesa pequeña que estaba junto á la buta- 
ca. Volvió á retirarse, á fin de no ser sorprendido por 
el superior, que neccsariamcütc regresaría pronto. 



— 28 — 

El Provincial, luego que hubo dado sus disposicíone» 
para que aderezasen la vivienda que iba á ocupar el mis-^ 
terioso Don Juan, volvió á ía celda, para conducirlo á 
BU habitación. Antes de salir, abrió una alacena donde 
guardaba los papeles interesantes y puso ahi la carta, ob- 
jeto de la ávida curiosidad del lego. Observó este la 
operación por la puerta entreabierta desde donde con- 
tinuaba espiando los movimientos de Fr. Bonifacio y 
vio que el padre se guardó la llave en el bolsillo del 
hábito. 

El recien venido necesitaba algún descanso, después 
de su larga y penosa caminata, por lo que el Provincial,, 
luego que lo instaló en la celda que habia ocupado el lo- 
co, se despidió y lo dejó solo. 

Dos horas después, habiendo dado la campana el to- 
que de silencio, estaba recogida la comunidad. Fr. Pablo 
soñaba que leía una carta y Fr. Bonifacio que bajaba del 
cielo una mitra, resplandeciente de oro y pedrería, que 
por sí sola se acomodaba en sus sienes. El lego se in- 
corporó, y bajando poco á poco de la cama, se puso la 
túnica y con paso lento pero seguro, se dirijió á la puer- 
ta; abrió, atravesó el corredor, empujó suavemente la de 
la celda del Provincial, que iluminaba débilmente la luz 
de un candil, colocado en un nicho abierto en la pared. 
El lego, á la cuenta, era sonámbulo; circunstancia que 
debe disculpar su acción á los ojos de nuestros lectores^ 
Pero, si Fr. Pablo tenia aquel defecto, Fr. Bonifacio ado- 
lecía de otro no menos extraño y grave; y era que cuan- 
do se necesitaba, dormía con un ojo cerrado y otro abier- 
to, con lo que vio perfectamente la entrada de aquella fan- 
tasma y aguardó á ver lo que hacía para aplicarle el con- 
juro. El bueno del lego, siempre soñando, se acercó á un 
taburete donde estaban los hábitos del superior y buscó 
la llavecita de la alacena que encentaba los papeles. Pron- 
to dio con ella, y sin hacer el mas lijero ruido, la apli- 
có á la cerradura, abrió, tomo la carta con alegría y se 



— 29 — 
^irijió hacia el nicho donde ardía ol candil. Entre tanto 
id Provincial, que seguía con el ojo que conservaba abier- 
ta las operaciones del sonámbulo, se levantó muy despa- 
cio, se puso el hábito y en el mayor silencio, fué cami- 
nando hacia donde estaba el lego, que ir) ; -i^ v r:'\ 
por estar vuelto de espaldas. Fr. Pablo se üali.: 
tfinto en un grandísimo conflicto. Tenia la deseada carta 
delante de los ojos, la devoraba con la mirada y no acer- 
taba á comprender una sola palabra de toda ella. La vol- 
vía de arriba abajo, la ponía de lado; todo inútilmente, 
pues no atinaba á descifrar aquellos endiablados garaba- 
tos. Ya se \e, no la hubiera entendido, asi hubiese per- 
manecido hasta el dia del juicio queriendo leerla, pues es- 
taba escrita en griego. El Comendador de los Mercedarios 
de México era hombre precavido y adoptó aquel arbitrio 
contra la curiosidad de legos y no legos; pues el cono- 
cimiento del griego no era, aun en aquellos tiempos, tan 
común para que un papel escrito en aquella lengua fuese 
fácilmente entendido. Sabia que Fr. Bonifacio era muy re- 
gular helenista, y queriendo alejar cualquier peligro, adop- 
tó aquella precaución. 

— Esto es chino, sin duda, dijo á media voz Fr. Pa- 
blo, y aqui se nos ha metido un embajador disfrazado del 
Emperador de aquellos idólatras, que querrá recibir las 
aguas del bautismo y para eso se dirijo á nuestro padre. 

Encontrada asi, á su juicio, una satisfactoria y con- 
cluyente explicación del misterio, el lego hizo un cuarto 
de conversión para volver á colocar la carta en la alace- 
na; pero ¡ay! dio un grito de horror, al encontrarse fren- 
te á frente con el Provincial, que entre severo y burlón 
contemplaba al desventurado Fr. Pablo. 

— Confíteor^ Reverendísimo Padre, dijo el portero, ca- 
yendo de rodillas; ha sido una tentación del enemigo; 
confiteor, 

Fr. Bonifacio se revistió de toda la magestad de la au- 
toridad ofendida, y dijo en voz splemne y tono sentencioso: 



— 3 o — 

— La curiosidad, Fr. Pablo, cá un pecado grave. Eíía 
fué la cansa de que nuestros primeros padres saliesen ar- 
rojados de aquel jardín de delicias, en donde vivían en la 
mas completa \>ü'¿ y felicidad. Atrajo el mas horroroso 
castigo á la muger de Lot, que por solo haber vuelto la 
cabeza á ver arder las ciudades malditas, quedó conver- 
tida en estatua de sal. La curiosidad dio origen á qu^ 
Dina, hija de Jacob y Lia, fuese deshonrada por el lú- 
brico hijo del Rey de Sichem. El Profeta David, movi- 
do por la curiosidad, salió á ver en el baño á Betsabé, y 
no paró hasta ser adúltero y homicida, pecados que tuv^a 
que lk)rar mientras vivió. Si do la historia santa queréis 
dirijir los ojos, [oh lego cm])edernido! á la Mitología de 
los gentiles, encontrareis la famosa caja que los falsos dio- 
ses habían regalado á Pandora y que abrió esta muger, 
tan imprudente como vos, dando salida á todos los ma- 
les que en ella estaban encerrados. La casta Diana cas- 
tigó la curiosidad del impertinente Acteon, convirtiendoio 
en un horrorosísimo venado; la curiosidad.... pero ¿para 
qué cansarme, hombre duro y pertinaz, en haceros pa- 
tentes los pésimos efectos de tan feo vicio? Ay Pablo, Pa- 
blo, que veo vuesti-a condenación eterna, como la espada 
de Damocles, pendiente de un- sutilísimo cabello! La falta 
que habéis cometido, suadente diabolo, sin duda, debería 
ser purgada con siete años de comer pan y beber agua 
únicamente; pero quiero mostrarme misericordioso; y así, 
os la conmuto con un Pafer noster y una Ave María que 
rezareis diariamente y durante seis meses, á cada una de 
las once mil Vírgenes. Bien entendido, que si un dia no 
pudiereis completarlos, los que dejéis de rezar se acumu- 
larán á los del dia siguiente. Vade in pace. 

Yi\ Pablo habia escuchado la erudita homilía del 
Provincial, de rodillas, temblando y con la cabeza incli- 
iiada. Cuando oyó la einniieracion de los castigos que la 
curiosidad habia atraído á todos los grandes personajes 
que citaba el superior, aguardaba verse, cuando menoí^. 



convertido en venado, como Actcon, ó en estútila de sal, 
como la muger de Lot; y quedó contentísimo, al oir qiio 
escapaba el pellejo á tan poca costa. El pobre era mal 
aritmético y no calculó la imposibilidad de rezar diaria- 
mente once mil Padre-nuestros y otras tantas Ave-marias. 
Prelado y lego se retiraron en seguida á sus respectivas 
celdas, y es fama que no pegaron los ojos en toda la no- 
che; pensando el uno en la misión del huésped, y buscan- 
do el otro algún mejor arbitrio para burlar la vigilancia de 
Fr» Bonifacio y salirse con la suya de saber á punto fijo 
si Don Juan era un embajador de la China, ú otra cosa 
peor. 



3 2 



r;^^ 




CAPITULO III. 

fi i Bar ber e. 



'L siguiente día, á las siete de la mañana, el F^ 
Provincial, cuyas hondas ojeras revelaban el m* 
^j^ somnio de la noche precedente, estaba sentado 
en la butaca, con una gran toballa de algodón atada en 
derredor de] cuello y con los carrillos y la barba cubier- 
tos de espuma de jabón. Ün viejecillo tuerto, pequero de 
cuerpo, encorvado, de cara socarrona y maligna, iba y 
venia de la butaca á la mesa y de la mesa á la butaca^ 
preparando la navaja, la bacía y el agua caliente, lo que 
daba á entender era el barbero que se dispoi^ia á afei- 
tar á su paternidad. 

— ¿Conque todo eso charlan, dija el Provincial con; 
mal humor, 

— Si Eeverendisímo Padre^ contestó el víejeciílo;^ la 
tienda ha estada llena de geiate desde las cuatro de la ma- 
ñana; pues tanto por ser dia de la Purísima, eamo por 
las fiestas reales, han acudido muchos á afeitarse y todos 
todos me han dicho lo mismo* Alguno vio entrar al des- 
conocido, solo y montada en urna muía que parecía muy 
cansada; á poco vieron llegar seis bestias de carga y cua- 
tro criados, tren demasiado grande para un sugeto que 
les parecía de mala traza, y como decía mi abuela que por 



— 3>S — 

el liiló se saca el ovillo, de todo aquello sacaron tela pa- 
ra comentarios y murmuraciones. 

— ¡Que gentes, Basilico! ¡que gentes!, dijo Fr. Boni- 
facio, pasándose la punta de la toballa por los labios, pa- 
ra limpiar el jabón. Ya me tienen aburrido. Semper idem. 
Todo lo gurrugucean, todo lo interpretan y la cosa mas 
sencilla é insignificante la convierten en un volcan mas 
grande que el que vemos desde esa ventana. Y luego par- 
turient montes nascetur ridiculus mttSy como dijo Horacio. 
Figúrate tú, Basilio amigo, que la venida de este caballe- 
ro, como te lo podrá decir tu hermano Pablo, es lo mas 
natural y corriente que puede darse. Quiere retirarse del 
mundo y viene á, vivir algún tiempo en el convento, pa- 
ra que yo pueda hacer juicio de la firmeza de su voca- 
ción. Fides probata coranat, 

— Pues ya se ve que eso es claro como esta agua de 
jabón con que estoy lavando á Vuesa Paternidad, dijo el 
barbero, refregando con su mano seca y huesosa los car- 
nudos carrillos de Fr. Bonifacio. El buen señor quiere ser 
religioso, y como allá en México, de donde él viene, no 
hay conventos, ha tenido que andar y andar hasta llegar 
aqui, donde, gracias á Dios, los hay y tan buenos como 
los de Roma. Nadie es profeta en su tierra, decia mi 
abuela. 

— Expliquémonos, Basilico, dijo el Padre, algo corri- 
do con la observación del taimado barbero. En México 
hay conventos que nada tienen que envidiar á los me- 
jores de otras partes; pero acá ínter nos, tú sabes lo que 
es estar uno en su pais, rodeado de parientes ricos, que 
muchas veces por consideraciones mundanas, se oponen á 
que se escuchen los llamamientos de lo alto. Ye ahi lo 
que sucede con este sujeto. Por eso ha dejado su pais y 
el regalo de su familia y amigos y se ha venido, trayén- 
dose alguna ropa y muchos y muy buenos libros, que son 
los mejores compañeros; y ese es el tren de bagages y 
acémilas que tanto ha llamado la atención de los ocio- 

5 



— Si — 

ííOfi, cuando atravesó ayer la ciudad, á bocas de la ora- 
ción, poco después que llegó al convento su dueño, Don 
Juan. 

— ¿Juan se llama?, preguntó el barbero. Mal nombre. 

— ¿Y por qué?, dijo el Provincial. Nombre de precursor. 

— ¡Ojalá que no lo sea de desdichas, mi Reverendo 
Fadrel Yo nunca olvido un versito que decia mi abuela. 

—¿Qué verso;? dilo á ver. 

— Ni JUan ni Juana 

ni gente poblana, 

ni hombre sin barbas .... 

—Ni muger con eHas, concluyó el Provincial, cuyo 
Oido poético debia estar muy poco cultivado. 

— No, dijo el barbero; ni muger enana es el último 
pié, para que sea consonante de poblana. De otro modo 
no sale. 

— Pues que salga ó no salga, dijo algo amostazado el 
Padre, levantándose, lo cierto es que el tal verso es una 
grandísima majadería; que ha habido Juanes y Juanas muy 
santos y muy buenos y no de valde los veneramos en 
ios altares. 

El barbero se sonrió y acabando de limpiar la na- 
vaja, la colocó en su primoroso estuche de carei y con- 
cha. Dobló la toballa, tomó la bacía, y poniéndolo todo 
en un bolsón de cuero negro, pendiente de unas correas, 
enganchó estas en el brazo izquierdo y echándose la capa 
al hombro, dijo: 

— Sea como quiei*a Yuesa Paternidad Reverendisima; 
sabe que yo siempre soy de su parecer, pues me gusta 
pensar como piensan los sabios. Decia mi abuela que mas 
sabe el diablo por viejo que por diablo; y asi voy con 
mis mayores en edad, saber y gobierno. 

— En cuanto á la edad, alto ahí compadre, dijo Fr. 
Bonifacio riéndose, que tú no eres de ayer. Pablo tu her- 



— 35 — 

mano rne .ha dicho siempre que es menor que tü, y creo 
que Andrés también. Pero basta de charla, que son mas 
de las siete y media, y á esta hora tienes que estar en 
Palacio. Tóíle moras, 

— Precisamente, contestó el barbero. Ya el Sr. Con- 
de debe estar levantado y aguardándome para que lo afei- 
te. Quiera Dios que esté de mejor humor que hace cua- 
tro dias! Pobre Señor! Que cara de Viernes santo tenia! 
Ya se ve, las cosas andan tan mal, según cuentan; pero 
yo en nada me meto, porque como decia mi abuela 

— Dale con tu abuela! interrumpió el Provincial, ya 
estoy cansado de esa jaculatoria, barbero charlatán. Vete 
á cumplir tus obligaciones y deja en paz ios huesos de 
esa pobre vieja, que está juzgada de Dios hace mil años 
y no hay para que la estés tomando en boca, venga ó no 
venga al caso. Vete, vete; añadió el padre y empujando 
suavemente ál barbero, que le hacia sendas cortesías, lo 
hizo salir de la celda y cerró tras él la puerta. 

El maestro Basilio Molinos, cuando se encontró lejos 
del padre Provincial, paseó por todo el claustro una mi- 
rada investigadora con el único ojo que conservaba en 
el ejercicio de sus funciones, pues el otro estaba hacia 
muchos años retirado del servicio, á consecuencia de una 
flucción que le habia curado uno de los mas hábiles fa- 
cultativos de la ciudad. El barbero buscaba alguna cosa; 
pero no hubo de encontrarla, sin duda, pues siguió su ca- 
mino hacia la portería, con aire de hombre pensativo y 
atortelado. Encontró á su hermano el lego, que con la 
capilla calada y la cabeza baja, estaba sentado en un 
banquillo junto al portón, como en éxtasis. 

— Pablo, dijo el barbero, deteniéndose frente al lego; 
¿sabes lo que se suena? 

El portero no respondió. 

— Contigo hablo, malcriado, volvió á decir Basilio, 
sacudiendo al otro fuertemente por un brazo. ¿Te ha» 
muerto, ó estas dormido? 



— 36 — 
( — Podias ¿rte noramala con tus impertinencmB, con- 
testó Pr. PaBlo, echando fuego por los ojos de cólera. 
Ya había yo salido de setecientas vírgenes, por lo me- 
nos; y por tí, charlatán entremetido, he perdido la cuen*- 
ta y tengo que comenzar de nuevo. 

— ¿Que es eso de salir de vírgenes, Pablo? ¿has per- 
dido el juicio? No lo creía yo posible; pues, como te^ 
acordarás, decía nuestra abuela que ningún tonto se vuel- 
ve loco. Coiite&tarae: ¿sabes lo que se suena? 

— No sé lo que se suena y me importa un pito e- 
saberlo. Déjame en paz y lárgate. 

—¿Qué no te importa? ¡Caan engañítdo estasl Oye;, 
si no, oh tú el mas lego de todos los legos que han abier- 
to puertas, barrido refectorios y fregado }>latos desde que 
hay frailes en el mundol Lo que se suena á esta hora en 
toda la ciudad es que desde anoche tenéis oculto en el' 
convento á un desconocido, que por ciertas cosas que le 
vieron cuando atravesaba las calles, entre obscuro y cla- 
ro, desde Jocotenango hasta aquí, han caído en que es un» 
grandisimo hechicero y nigromante-. Con que ¡guarda. Pa- 
blo! y no eches el aviso en saco roto. 

Dicho esto, el maestro Basilio echó á correr, pues 
hacia lo menos un cuarto de hora que debía estar en 
Palacio, para afeitar al Muy Ilustre Señor Presidente. 
El pobre lego se quedó con un palmo de narices, al oír 
que el desconocido Don Juan era nada menos que un he- 
chicero, y decía para sus adentros; ¡quo tal será él, cuan- 
do solo al atravesar las calles, á bocas de h. oración, le 
han pillado el lado flacoí 

Dejemos á Fr. Pablo embebido en sus cavilaciones y 
empeñado en recordar cuantos Padrenuestros y Avema- 
rias habría ya lezado cuando llegó á interrumpirlo tan 
intempestivamente el barbero, su hermano; y sigamos á 
este, que mas corriendo que andando, atravesó las calles 
desde la Merced hasta el Palacio de la PrCvSÍdeucia. En- 
tró por la puerta de los eoches^, co-n la cabeza destoca- 



o t 



da y haciendo cor tedias á derecha é izquierda á mayordo- 
mos, pages y lacayos que encontraba al paso, hasta que 
llegó á la antecámara del Presidente. El page de guardia 
abrió la puerta de la alcoba é hizo seña al barbero pa- 
ra que entrase. El Conde se paseaba con la cabeza in- 
clinada sobre el pecho. La levantó al oir abrir la puer- 
ta, y viendo al que llegaba, dijo: 

— Mucho has tardado hoy, Basilio; ¿te olvidaste de 
que con motivo de las fiestas reales tenia yo que estar 
afeitado temprano? 

— Muy presente lo he tenido, Ilustrisimo Señor, con- 
testó el barbero, haciendo una reverencia que estuvo á 
pique de romperle la columna vertebral. Pero he andado 
á Ja pista de un secreto importantisimo que con venia ave- 
riguar, y he ahi el motivo de mi tardanza. 

— ¿Y que secreto es ese,? preguntó el Conde, sentán- 
dose en un sillón tapizado de terciopelo verde y anudán- 
dose al derredor del cuello una toballa de holán que es- 
taba sobre una mesa y que le presentó el barbero, ha- 
ciendo otra profunda reverencia. 

— Ese secreto. Señor, se refiere á cierto desconocido 
que llegó ayer á las oraciones de la noche á la Merced, 
donde se ha hospedado. El Padre Provincial, á quien aca- 
bo de hacer la barba, dice que el huésped se llama Don 
Juan, que viene de México y quiere tomar el hábito; pe- 
ro otros aseguran que el hombre tiene mala cara y cuen- 
tan que tras él entraron cuatro criados, tres negros, que 
seguramente serán esclavos y un blanco, que parece ayu- 
da de cámara. El equipage venia en seis muías oaxaque- 
ñas. Vuesa Señoría dirá si un sugeto que trae esclavos 
y un . tren como ese tendrá trazas de querer ser fraile. 
Todo indica que so el sayal hay al, como decia mi abuela. 

Mientras hacia aquellas observaciones, el malicioso 
barbero habia acabado de asentar una navaja y toman- 
do una jofaina de plata con las armas del Conde, co- 
menzó la operación de jabonarlo con la mano, pues en 



~38" — 

aqnel tiempo no se usaban las brochas, ni aun para \ás 
caras de los grandes. El Presidente, mas pensativo que der 
costumbre, escuchó lo que le referia su barbero respectó^ 
al misterioso huésped de los mercedarios. 

— Convendría, dijo, averiguar quien sea en realidad 
ese hombre, y tú puedes lograrlo fácilmente por medio 
de tu hermano. 

—Pablo, Señor, contestó el barbero, es un bendito; 
que no ve mas allá de su nariz, como solía decirle mi 
abuela. Sin embargo, ya le dejo sarna que rascar con dos 
palabritas que le solté al paso ahora que fui á afeitar 
al Provincial. El otro hermano es, como sabe Vuesa Se- 
noria, mucha mas avisado, y como va al convento con fre- 
cuencia, podría ayiTdarnas, si quisiera. 

El tono de voz con que pronunció el barbero las 
dos últimas pahibras^ parecia indicar cierta intención, que 
acaso no se escapó al Presidente, que arrugando el en- 
trecejo, replicó: 

— Te he dicho ya que no me hables de tu herma- 
no el cerragero, Basilio. Andrés seria un buen sugeto, si 
se contentase con ser, como es, el primero en su oficio y 
con la regular fortuna que le ha proporcionado la pro- 
tección de la familia de Jirón Manuel; pero tu herma- 
no es un ambicioso, (pie pica muy alto, y nada quiera 
con éL 

— Señor, dijo el barbero, mordiéndose los labios de 
Tina manera imperceptible, una triste encomienda que se 
da hoy á cualquiera, podría hacer un fidelísimo servidor 
de un hombre que es rico, que tiene un hijo muy querido 
en su barrio, y otras circunstancias especiales que pueden 
ser muy útiles en la ocasión. 

— Basilio, replicó el Conde en tono serio, y ponién- 
dose en pió, pues estaba ya afeitado, sé muy bien que to- 
do cuanto me dices es exacto Sé que el hijo adoptivo dé 
tu hermano es muy popular y que la naturaleza lo ha 
dotado de fuerzas tan extraordinarias, que ha detenido nna^ 



— 3"^ — 

T'aeda de molino en movimiento y quebrado tres herra- 
duras juntas. Pero nada de esto hace que lo que su pa- 
dre pretendo no sea un imposible. Las encomiendas no se 
dan sino á los descendientes de los conquistadores, y no 
seré yo quien infrinja las reales disposiciones y las eos» 
tumbres, haciendo encomendero á un mulato. 

La expresión era ofensiva y atravesó como una fie- 
cha acerada el corazón del orgulloso barbero. Encendido 
de ira, pero disimulando cuanto le fué posible, dijo: 

— ^Señor, decia mi abuela que de cien en cien años 
se hacen de reyes villanos^ y de seis en seis de villanos 
reys. Es verdad que mi hermano es mulato; pero cuan- 
do tantos nobles vuelven la espalda, quizá fuera pruden- 
te transigir con los plebeyos de quienes puede tenerse 
necesidad. 

— Jamas!, dijo con altiva dignidad el Conde de la 
Gomera; ¿transigir? por nada ni con nadie. Suceda lo 
que Dios quiera, yo siempre estaré firme en mi puesto, 
aun cuando todos me abandonen. El Rey me ha enviado 
aqui para gobernar en justicia, y si el cumplimiento de 
mi deber hubiese de costarme la vida, la perderia con 
gusto, antes que ceder á exijencias indebidas. 

Nada de esto, Basilio, añadió el Presidente en tono 
mas suave, altera el cariño que te profeso. Me has servi- 
do fielmente desde que estoy aqui, hace ya diez años; tu 
viveza natural te hace formar un juicio casi siempre acer- 
tado de las cosas, y tu oficio te ha puesto en contacto 
con las personas mas importantes de la población, en 
cuya confianza has sabido insinuarte hábilmente. Mucho 
te debo y mas espero deberte todavia; y tanto tú co- 
mo los tuyos me encontrareis siempre dispuesto á re- 
compensaros de una manera franca y liberal; pero corres- 
pondiente á vuestra condición. 

El barbero hizo una cortesía aun mas exagerada que 
las anteriores y contestó en tono humilde; 

-^Vnesa Señoría esté seguro de que sé apreciar to- 



— 40 — 

dos sus favores y que nunca olvidaré el muy particular 
que hoy se ha dignado hacerme. Diré á mi hermano Ari^ 
dres que no vuiglva á pensar en la encomienda^ pues come» 
decia mi abuela, pastelero, á tus pasteles. Yo, Muy Ilus- 
tre Señor, me ocuparé también en los mios. 

Volvió á inclinar la cabeza, y colgándose al brazd 
izquierdo la bolsa de cuero que encerraba los útiles del 
oftcio, salió de la alcoba, caminando hacia atrás, para no 
volver la espalda al Conde. Si este hubiese podido adi- 
vinar todo el rencor que ocultaban aquellas serviles de- 
mostraciones de respeto, habria comprendido que su ne- 
gativa á acceder á la pretensión del herrero, y mas aun 
la manera insultante y desdeñosa con que acababa de re- 
chazarla, habia convertido un fiel servidor en enemigo ir- 
reconsiliable. Sucede asi frecuentemente. Hay ánimos apo- 
cados y mezquinos qu6 por un solo agravio, cierto ó ima- 
ginado, olvidan una larga cuenta de favores y se hacen 
pagar muy cara la mas ligera ofensa. 

Basilio Molinos era, como lo habia dicho el Provin- 
cial de la Merced, el mayor de los tres hijos de un hon- 
rado artesano, que habia muerto hacia muchos años, de- 
jándoles por única herencia su bendición y sus consejos. 
Basilio, según dijimos en el capitulo primero, se dedicó á 
la barbería; nuestro conocido Andrés, fué herrero, y el 
menor de los hermanos, Pablo, encontrándose con cierta 
vocación á la vida contemplativa, solicitó y obtuvo ser re- 
cibido como lego en el convento de la Merced. Fr. Boni- 
facio, en su calidad de confesor de la familia, se declara 
protector de los tres huérfanos y hacia con ellos oficios á& 
verdadero padre. Basilio, de quien hablaremos por ahora, 
era el mas despejado y bien dispuesto de ellos. El re- 
ligioso hizo que en los ratos que le dejaba libre la tien- 
da, como llamaban y llaman hasta el dia á todo taller de 
artesano, fuese al convento á aprender á leer y á escri- 
bir, y por supuesto la doctrina cristiana. El mozo hizo 
progresos y proBto llegó á ser lo que hoy llaman una 



— 41 — 

notabilidad entre los de su oficio. Cuando supo afeitar 
y aderezar el cabello, sacar muelas y dar sangrías, abrió 
una tienda, donde se veia á media luz, por la celosía de 
la puerta, un mollejón, dos ó tres sillas viejas forradas 
de cueix) sin adobar y en las paredes estampas del jui- 
cio de Salomón, de la vuelta del hijo pródigo y del lan- 
ce de la muger de Putifar. El maestro Basilio fué ad- 
quiriendo crédito y comenzaron á llamarlo de las casas 
grandes. La generalidad de los caballeros se hacia afeitar 
cada ocho dias; pero los mas pulcros y elegantes los jue- 
ves y los domingos; con lo que aquellos dias aumentaba 
el quehacer y el maestro no se veia de polvo, como decia 
él, citando á su abuela, que era, según Fr. Bonifacio, su 
San Agustín. El barbero fué poco á poco insinuándose en 
el ánimo de los sujetos mas notables por su rango y por 
sus riqueías y llegó á ser depositario de no pocos secre- 
tos y el alma de diferentes intrigas. Con los años se hi- 
zo mas hábil y mañoso, y aunque no estudiaba libros, es- 
tudiaba el corazón humano, lo que tal vez vale mas para 
quien se encuentra lanzado en la vida activa y envuelto 
en el tejemaneje de las pasiones y de los intereses encon- 
trados. En 1611, cuando vino á gobernar el reino D. An- 
tonio Peraza, Castilla, Ayala y Rojas, que obtuvo des- 
pués el título de Conde de la Gomera, por la villa que 
fundó con aquel nombre en la costa del sur, Basilio, era 
ya un sugeto importante y fué recomendado al Presiden- 
te como persona muy capaz para afeitar y peinar y para 
otras cosas. Poco tardó aquel funcionario en convencerse 
de la habilidad del maestro, á quien confió comisiones muy 
delicadas, que desempeñó muy bien, lo cual le proporcio- 
nó el afecto y la confianza de su amo. Basilio vino á ser 
una especie de Ministro privado, por cuya mano pasa- 
ban negocios muy graves; mas como por astuto y reser- 
vado que sea un hombre, no le es fácil engañar á todos, 
poco á poco fué levantándose cierto susurro contra el fa- 
vorito barbero, á quien se acusaba de espia y de intri- 



— 42 — 
gante. Pero Basilio era un verdadero filósofo j dejaba 
iiablar á los envidiosos, siguiendo su camino, con la mas 
imperturbable sangre fría. Supo aprovechar su posición^ 
faciendo alguna fortunita y favoreciendo á sus deudoa y 
amigos; pero presumió demasiado de su valimiento y qui- 
so que el Presidente condescendiera con la insensata pre^ 
tensión de su hermano el herrero, que solicitaba una en- 
comienda, gracia que no cbtenian sino sujetos muy cali- 
ficados, si bien habian solido conéederse á algunos que 
no eran rigurosamente descendientes de conquistadores, 
como estaba mandado. Aquellos abusos no podian auto* 
rizar el que se hiciese semejante merced á un hombre 
de la condición de Andrés Molinos, y si el Conde de la 
Gomera hubiese tenido la debilidad de dar gusto á su 
barbero en aquel asunto, se habrían levantada contra él 
hasta las piedras. Se negó, pues, rotundamente; y siempre 
que le tocaba Basilio aquel punto, el Presidente manifes- 
taba la imposibilidad de acceder á los deseos del herre- 
ro. Cansado, sin duda, de las continuas importunidades 
del barbero, ó de humor mas irritable aquel dia que atrás 
veces, hemos visto la manera terminante y dura Con que 
rechazó las indicaciones de Basilio y cómo estrujó el amor 
propio del favorito. Cuando bajaba este la escalera de 
Palacio, decia entre dientes: 

— Me desprecia, sin calcular el mal qoe puedo hacer- 
le. No sabe que, como decia mi abuela, cada cabello hace 
su sombra en el suelo» No v^ que el mundo se le vie- 
ne encima y que está casi solo,^ á merced de sus enemi- 
gos. En adelante yo trabajaré^ pero par mi propia cuenta 
y ofreceré mis servicios á quien sepa apreciarlos. Ah! sí 
lograra averiguar quien es ese descanoeido que está hos- 
pedado en la Merced! Tengo aqui (y se tocaba la frente 
&xm el Índice de la mano derecha), que ese hombre es vm 
sugeto muy importante. ¿Que hacer? ¿Como podria yo 
verlo y hablarle? ¿Como digo? ¡Yaya una dificultadl aña- 
dió riéndose el barbero; ¿no tengo mi oficio, que me pone 



— 48 — 

«n aptitud de tratar con el mas encopetado? Si «se honir 
fere tiene pelos en la cara, ha de quitárselos, al menos 
cada ocho dias^ si se los quita, ha de necesitar de algún 
barbero, y ¿á quien otro ha de llamar, sino al maestro 
Basilio, barbero del P. Provincial y ademas hermano del 
portero? Ea, pues, pecho al agua, como decia mi abuelí^, . 
y vamos á ver si. es el león como, lo pintan. 

Diciendo esto, Basilio salió del Palacio y en vez de 
dirijirse á su casa, volvió hacia la Merced, mas que de 
prisa, procurando evitar el encuentro con los conocidos, 
por temor de que lo detuviesen. Entró á la portería y 
llamó al portón interior. Abrióse la ventanilla y asomó la 
cabeza Fr, Pablo, quien luego que vio al barbero, iba á 
cerrar sin decir una sola palabra: pero Basilio estuvo mas 
pronto é introdujo su bolsón de cuero por el hueco de 
la ventanilla, de modo que el portero no pudo ejecutar 
su intento, y tuvo que oir á su pesar lo que su hermano 
iba á decirle. 

— No cierres, bruto, exclamó, que tengo que comunir 
carte un asunto importantísimo. Vamos á saber quien es el 
huésped. 

Al oir que se trataba del desconocido, pudo mas la 
curiosidad del lego que la necesidad de continuar la cuen- 
ta de los Padrenuestros y Avemarias de la penitencia, y 
sin abrir el portón, dijo al barbero: 

— ¿Cómo, cómo? 

— ¿Has observado si ese hombre tiene barbas? 

— Creo que si; ¿y qué? 

— ¿Y qué? ¿No comprendes? Lerdo eres, Pablo. Si 
tiene barbas, ha de afeitarse, y si se afeita, ¿no es muy na- 
tural que sea yo el llamado á hacerlo? 

El portero movió la cabeza de un lado á otro, como 
con desconsuelo, y contestó á su hermano: 

— Si esa era tu esperanza, puedes renunciar á ella. 
Esta macana me dijo el hermano cocinero que muy tem- 
prano habia llegado uno de los negros esclavos del hues- 



— 44 — 

ped á pedirle agua caliente para que se afeitase so amo, 
y habiéndosele preguntado si necesitaba de que llamasen 
un barbero, dijo que no y no dio mas explicación. Ya 
ves, Basilio hermano, que es menester pensar en otra cosa. 

El barbero se rascó la cabeza con impaciencia y des- 
pués de haber reflexionado un instante, dijo: 

— ¿No has visto si ese condenado hombre tiene loé 
dientes picados? 

El lego no comprendió á donde podia conducir aque- 
lla pregimta. 

— No he puesto atención en eso, contestó, ni sé que 
podamos sacar de los dientes de Don Juan. 

— Mas de lo que td crees, Pablo. El que tiene pi- 
cados dientes ó muelas, está expuesto á que le duelan; 
y como decia la difunta, el que le duele la muela, échela 
afuera. Pero como para echar fuera muelas, es menester 
barbero, catate que ahi entro yo de lo que no tiene re- 
medio. Pidele, pues, á Dios, ¡Oh Pablo! aunque pecador, 
que envié al desconocido un buen dolor de esos que ha- 
cen ver estrellas, que entonces no me llamo Basilio, si 
no nos salimos con la nuestra. 

Dicho esto, el barbero dio la vuelta y se encaminó 
ú su casa, y Fr. Pablo se propuso añadir todos los dias 
un Padrenuestro y una Avemaria á los once mil de la 
penitencia, para que Dios hiciera que le dolieran las mue- 
las á Don Juan. 



45 



CAPITULO IV 




Ce noTeTa 



'L Cabildo, justicia y regimiento de la M. N. 
y M. L. Ciudad de Santiago de los caballeros 
de Guatemala alzaba pendones por el Señor Rey 
Felipe IV. En congreso del 2d de Octubre se habia acor- 
dado: "1.^ Luminarias en la noche vispera del dia en 
que se ha de alzar el pendón, con repique de campanas 
en todas las iglesias. 2P Que se haga un carro, como se 
acostumbra, en que vaya la música, forrado de alfombras 
y sedas. 3.° Que un dia después de alzar pendones, se 
haga en la plaza de esta ciudad un peñol de los indios, 
como se acostumbra. 4.'^ Que haya máscara y toros; y 5.° 
Que se haga un juego de cañas con libreas de tafetán, 
dando á cada vecino para ello las varas necesarias, sin que 
ninguno las pueda diferenciar; suplicándose por los Al- 
caldes á los caballeros encomenderos que salgan/' 

Ordenado asi lo que habia de hacerse en las fiestas 
reales; ó acordado el programa de la función, como s0v 
^ice hoy, los respetables capitulares se encontraban con 



una dificultad menos sencilla que la que podía haber ari- 
ginado la acertada disposición de aquellos públicos rego- 
cijos. Tal era la falta de recursos para sufragar los cos- 
tos de las fiestas. El fondo de multas y de penas de cá- 
mara que percibía antes el Ayuntamiento, se había man- 
dado incorporar en la real hacienda, y los de propios es- 
taban embargados, hasta que pagase la ciudad cinco mil 
ducados en que habia comprado, veinte años antes, el 
cargo de Alférez real. Hubo, pues, de renunciarlo, con 
lo que desempeñó sus pobres rentas y pudo costear las 
exequias del monarca difunto, Felipe III, y la jura de su 
sucesor. El Alferazgo fué puesto en pública subasta y lo 
remató, por 4.000 ducados, Don Juan Bautista de Carran- 
za y Medinilla, caballero principal, que podía hacer de 
su propia hacienda la mayor parte de los gastos de la 
proclamación, ya que iba á tocarle el primer papel en 
la ceremonia. La ciudad obtuvo licencia para gastar dos 
mil tostones de sus fondos, y lo demás quedaba á cargo 
de la munificencia del Alférez. 

Aquel dia (8 de Diciembre) desde por la mañana es- 
taba todo convenientemente preparado para la proclama- 
ción. Iban á ser las cuatro de la tarde; la plaza mayor 
aun no se veía, como llegó á estarlo después, embaraza- 
da con los cajones, 6 puestos de venta, siendo el sitio del 
mercado la plazuela de Candelaria, ensanchada desde 1614. 
Los portales del real Palacio, el del Ayuntamiento y el 
de las panaderas ostentaban colgaduras, grímpolas y ga- 
llardetes de tafetán de Granada. En el centro de la ga- 
lería alta estaba el Presidente y Capitán General, y á su 
derecha los individuos de la Real Audiencia. A la izquier- 
da se veía al Sr. Obispo diocesano, Don Fr. Juan de Za- 
pata y Sandoval, que trasladado de la silla de Chiapa á 
la de Guatemala, habia hecho su entrada solemne en la 
ciudad dos ó tres días antes. Seguían por uno y otro lado, 
según su categoría, los oficiales reales, los individuos del 
Cabildo eclesiástico, prelados de las comunidades religio- 



— 47 — 
sas y caballeros particulares invitados por él Presidente. 
Detras de la silla del Conde estaba de pié un caballero 
como de treinta y seis años, llamado Don Luis Melian, 
que desempeñaba el empleo de Secretario de cartas del 
Presidente. 

Varias sseñoras principales de las familias de loe oi- 
dores, de los oficiales reales y otros funcionarios, forma- 
ban, en la esquina del portal del Palacio que hace frente 
á la Catedral, un gru(3o animado y bullicioso, que con- 
trastaba con el autorizado y grave que ocupaba el cen- 
tro de la galería. 

Las esposas, hijas y otras damas de las familias de 
los capitulares lucian "sus gracias naturales y sus lujosos 
adornos en el portal del Ayuntamiento, conversando con 
algunos caballeros, á quienes el parentesco ó la amistad 
con los concejales proporcionaba aquella distinción. 

La plaza estaba llena de gente y las miradas de la 
impaciente y curiosa multitud se fijaban en la puerta del 
Ayuntamiento, delante de la cual se veia un grupo de her- 
mosos caballos, cuyas monturas cubrían ricos tellices de 
terciopelo bordado de oro ó plata. Palafreneros con vis- 
tosas libreas tenían las bridas, como aguardando á los 
ginetes. El reló colocado en la torre del Cabildo dio las 
cuatro; y no bien hubo sonado la ultima campanada, apa- 
recieron los maceres del Ayuntamiento, con sus gramallas 
de paño encarnado, apartando con sus mazas de plata á la 
muchedumbre, apiñada delante del portón de las Casas 
consistoriales, para abrir camino á la corporación. "Paso 
á los Muy Ilustres Señores Alférez Real y Alcaldes ordi- 
narios y á los Ilustres Señores Regidores;" gritaban los 
maceres á voz en cuello y empujaban á los curiosos á uno 
y otro lado, hasta que se hubo abierto una calle como de 
tres varas de ancho, formada por dos murallas humanas. 
El Alférez llevaba el pendón de damasco carmesí, en el 
cual se veían primorosamente bordadas las armas de la 
casa de Austria. Los palafreneros tuvieron los estribos 



— 48 — 

mientras montaban los capitulares, que se dlrijieron á un 
anfiteatro de madera, tapizado con telas de seda y ador- 
nado con emblemas y pinturas alegóricas, que se levan- 
taba frente á la puerta de la Real Audiencia. En los án- 
gulos, de los cuatro rostros del templete estaban cuatro 
escribanos en trage de reyes de armas. Él Alférez y el 
Ayuntamiento, despue*? de haber dado vuelta á la plaza, se 
apearon y subiei'on al anfiteatro. La atención del nume- 
roso concurso que ocupaba la plaza seguía con el mas vivo 
intefes las ceremonias de la jura. El Alférez Real se co- 
locó frente al portal donde estaban el Presidente y la Aii- 
diencia, levantó el pendón, y dijo en voz alta y sonora: 
Guaf emola por Felipe IV., Bey de Castilla y de León y de 
las Indias. Vn viva estrepitoso resonó en toda la plaza, é 
inmediatamente se oyeron los alegres repiques de la Ca- 
tedral, á los que siguieron pronto los de las otras iglesias, 
el red(>ble de los tambores, las tocatas de los clarines y 
^ el estruendo de dos ó tres cañones, que componían la 
artillería de la plaza. Los reyes do armas repitieron la 
fórmula de la proclamación, uno en pos de otro, y di- 
rijiendose hacia los cuatro puntos cardinales. 

Un incidente estuvo á punto de causar algunas des- 
gracias en aquel momento. El caballo del Alférez Real, 
poco acostumbrado sin duda al ruido del canon, se enca- 
britó á la primera salva y rompiendo la brida con que 
lo sugetaba el palafrenero, partió sobre la multitud api- 
ñada en torno del templete. El animal era corpulento y 
vigoroso; el ruido y los esfuerzos mismos que se hacían 
para sugetarlo lo azuzaban en vez de contenerlo. Arro- 
jando espuma por la boca, levantó las dos manos y se 
oyó el grito de una joven como de diez y ocho años que 
iba á ser aplastada por el animal. Pero en aquel mo- 
mento un hombre vestido de negro, que se hallaba á dos 
pasos de la joven, avanzó rápidamente hacia ella y la 
cubrió con bu cuerpo, logrando desviarla de la dirección 
de las manos del caballo. Uno de los cascos alcanzó la 



— 49 — 

cabeza del desconocido, que cayó, arrastrando consigo á la 
muchacha. El animal volvió á encabritarse y detenido pox* 
el tumulto, iba á dejar caer de nuevo sus herradoá cascos 
sobre los dos, cuando nn hombre alto, muy blanco y ru- 
bio, vestido con el trage que usaban los menestrales, agar- 
ró la cola con ambas manos, tiró fuertemente é hizo caer 
al animal sentado sobre las ancas. La multitud contem- 
pló asombrada aquel prodigio. El caballo hizo nn esfuerzo 
extraordinario; logró levantarse é iba á partir á escape; 
pero detuvo su impulso el brazo vigoroso que lo tenia 
Bugeto, haciéndolo volver á caer. Un grito de admiración 
y de entusiasmo resonó por todas partes. "¡Bien, Sansón!, 
se oyó decir; solo él podia hacer semejante cosa!" El ani- 
mal estaba vencido. El hombre lo sugetó por las orejas, 
mientras los palafreneros lo ataban con fuertes cuerdas. 

Entretanto otro hombre anciano que estaba junto al 
que habia dado tan extraordinaria muestra de fuerza, gri- 
taba con desesperación: 

— ¿Donde estas hija? ¿Que es de ti, Genoveva de mi alma? 

Atado ya el caballo, el anciano y el hombre rubio 
comenzaron á buscar á la joven, que no tardó en arro- 
jarse en los brazos del primero. 

—¿Te ha sucedido algo, Genoveva? decia el padre con 
la mayor ansiedad. 

— No, padre mió, dijo ella. Ese generoso caballero 
me ha salvado, exponiendo su vida. 

—¿Y donde está? Quiero mostrarle mi eterna gratitud. 

En vano buscó por todas partes. El salvador de la 
joven era un desconocido. A consecuencia de la fuerte 
contusión que recibiera en la cabeza, habia perdido el co- 
nocimiento, y llevado en peso por dos negros que lo acom- 
pañaban y que parecían sus criados, habia desaparecido 
por la esquina de la calle de Mercaderes. El herrero An- 
drés Molinos, pues él era el padre de la joven á quien ha- 
bia prestado aquel servicio el desconocido, se propuso 
buscarlo, para manifestarle su reconocimiento. La joven 

7 



— 50 — 
€6tába todavía pálida como un cadáver. Apdyada en ei 
brazo de su padre, y teniendo á su lado á su hermano, 
formaba el mas extraño contraste, por su delgadez j finu- 
ra, con las formas verdaderamente atléticas de este, que 
por ellas y por sus extraordinarias fuerzas, era general^ 
mente conocido con el sobrenombre de Sansón. 

Luego que se hubo aquietado la multitud, que se ar- 
remolinó en toda la pla^a como el mar agitado por la 
tempestad, se ordenó la marcha del Alférez y los capi- 
tulares, que iban á pasear el real pendón por las calles 
principales de la ciudad. Precedian los maceros con sus 
gramallas encarnadas; á continuación iban los reyes de 
armas, con vistosos trages y atrás el Cabildo, justicia y 
regimiento, con numeroso y lucido cortejo de lacayos y 
pages. El Alférez Real, que era el personage mas im^ 
portante en aquellas funciones, cabalgaba en el fogoso 
bridón que habia causado el alboroto, llevando á sus la- 
dos á los dos Alcaldes ordinarios, que lo eran aquel ario 
el Dr. Juan Ruiz Pereira Dovides y Don Mareos Ramírez. 
El paseo, con grande acompañamiento de caballeros, de 
indios de la Ciudad vieja, cuyos antiguos privilegios les 
daban derecho á aquella distinción, escoltado por las com- 
pañías de infanteria y cuerpo de dragones y seguido de 
un numeroso concurso de todas clases, tomó la calle de 
la Concepción, hasta la esquina de San Jvtan de Dios; 
siguió por la de Capuchinas; dobló buscando la de la Real 
Aduana; volvió, y pasando por la esquina de la cuadra 
donde estaba situado el almacén de pólvora, continuó hasta 
Santa Lucia, y regresó á la plaza mayor, pasando por 
la de San Pedro. Recorrió pues, la parte central de la 
ciudad, cuyas casas estaban adornadas con colgaduras^ 
viéndose ya en los balcones las haehas de cera con que 
un poco mas tarde iban á iluminarse. Depositóse el pen- 
dón en las Casas ^wnsistoriales; el Alférez y el Ayunta- 
miento fueron á Palacio por el Presidente, Audiencia, Ofi- 
ciales r«aleSj dignatarios eclesiásticos, caballeros y seño- 



— oi- 
rás principales, y todos juntos pasaron á la casa de Don 
Juan Bautista, donde iba á servirse una espléndida cola- 
ción. En la mesa estaba vacio el puesto que debía ocupar 
el Provincial de la Merced, que había deéaparecído de la 
galería del Palacio, donde estaba con los demás prelados, 
pocos momentos después del lance del caballo. 

Mientras el Presidente, los oidores, capitulares y de- 
mas convidados disfrutaban de la magnifica y obsequiosa 
hospitalidad de Don Juan Bautista de Carranza, Fr. Bo- 
nifacio de los Angeles estaba en la celda que había ocu- 
pado el loco, sentado á la cabecera de una cama, donde 
se veía tendido un hombre, pálido y sin aliento. El maes- 
tro Basilio Molinos acababa de sangrar á aquel individuo 
y se ocupaba en vendarle el brazo. El que parecía ser un 
enfermo abrió los ojos y fijándolos en el Provincial, dijo 
con voz débil: 

— G-racias, Padre; me siento ya bien; esto pasará pronto. 

— Señor Don Juan, contestó el religioso; permitidme 
os diga que ha sido una grandísima imprudencia expo- 
ner asi vuestra vida por tan poca cosa. In hoc non laudoy 
como dijo San Pablo. 

— Pues yo, dijo el barbero, á quien la casualidad ha- 
bía proporcionado lo que tanto deseaba, con perdón de 
su paternidad y de San Pablo, digo que el servicio que 
este caballero ha prestado á mi sobrina, no será olvidado 
jamas ni de su padre ni de mi. 

— ¿ Esa joven es sobrina vuestra?, preguntó el des- 
conocido. 

— Sí Señor; su padre y yo somos hermanos, como po- 
drá decíroslo Su Paternidad. Yo estaba á poca distancia 
y pude ver el lance. Cuando os vi caer, calculé al mo- 
mento que podíais necesitar los auxilios de mi profesión; 
así fué que cuando el Padre Provincial envió á buscarme, 
ya yo estaba en la portería con mi hermano, que es el 
portero del convento. Como decía mi abuela, hombre 
prevenido, vale por dos. 



— o2 — 
El llamado Don Juan volvió á cerrar los ojos como 
para poner término á la conversación; y advirtiendolo Pr. 
Bonifacio, despidió al barbero, que muy á pesar suyo, tu- 
vo que retirarse, no sin renovar la oferta de su inutili- 
dad para todo lo que pudiera ofrecerse al Sr. Don Juan. 

— ¡Que me emplumen, decia el barbero entre dien- 
tes, si aqui no hay gato encerrado! Por un cualquiera no 
habría dejado el Padre Provincial las fiestas y el refresco 
del Alférez. ¡Ojo avisor, Basilio! A ti nadie te engaña; 
que como decia la abuela, á perro viejo no hay tus tus. 
Voy me á ver á Andrés, que algo sabrá de este hombre. 

Diciendo esto, se dirijió á la casa de su hermano, 
que estaba en la esquina de la plazoleta de Santa Cruz, á 
la otra banda del Pensativo. 

Casi al mismo tiempo llegaron al puentecito que está 
en la esquina de la plazoleta, el maestro Basilio y el 
herrero con sus dos hijos. La casa estaba á unas pocas 
varas del rio, y tenia mejor apariencia que las demás del 
barrio. Cubierta de teja, perfectamente blanqueada y con 
tres balcones de hierro en sus ventanas, mostraba la co- 
modidad de los dueños y contrastaba con las pobres cho- 
ísas de que se componía aquella parte de la ciudad. En 
fel momento en que el herrero introducía en el agugero 
de la puerta una llave maestra que él mismo habia fa- 
bricado y levantaba el picaporte, llegó el barbero, y dijo 
á su hermano en tono regañón: 

— ^Pues habéis escapado de una buena. ¿A quien le 
ocurre irse á meter en lo mas apretado del gentio, á una 
fiesta como la de hoy? Pues á fé que si no es por aquel 
buen señor, esta niña no hubiera contado el cuento. 

— No era mi intención, Basilio, contestó Andrés, a- 
briendo la puerta y entrando con su hermano y sus hijos, 
llegar tan cerca del tablado de la jura; pero la gente nos 
fué empujando poco á poco, hasta quedar junto á aque- 
llos malditos caballos. Gracias á que todo quedó en sus- 
to. Ahora lo que conyiene es que no lo sepa mi mnger. 



— 53 — 

pues me haría cargo-í por haber llevado á Genoveva lí 
ver las fiestas, contra su voluntad. El corazoQ le avisa- 
ba lo que iba á suceder. 

— Es verdad' que en cuanto á ti yá tu bija la cosa 
no fué seria, dijo el barbero; pero quien la pagó fué el 
pobre caballero, á quien dejo tendido en su cama, sangra- 
do y con una cara mas de muerto que de vivo. 

La joven so estremeció al oir lo que decía su tio; 
pero no dijo una sola palabra. 

— ¿ Conque lo has visto?, preguntó el herrero con 
ínteres. ¿Donde está? ¿Quien es? 

— ¿Quien? repitió Basilio en tono burlón, ¿quien? 
el diablo con tin sartén. Anda á preguntarle á él quien 
es. Yo creía que alguna noticia podriíis darme acerca de 
ese hombre y salimos con que me preguntas quien es. 

— Es ta primera vez que lo veo, Basilio. Estaba 
viendo la jura, á poca distancia de nosotros y fijaba ea 
Genoveva sus grandes ojos negros. Dispararon los caño- 
nes, se alborotó ,el maldito caballo del Alférez, la gente 
se hizo un remolino y mi hija y yo quedamos separados. 
Cuando vi á Genoveva, fué casi bajo los cascos del ani- 
mal furioso. El desconocido se interpuso con prontitud; 
quiso desviar á mi hija; pero el gentío no le dio lugar 
sino á apartarla un pequeño espacio. Asi fué que el cás- 
eo del caballo le alcanzó la cabeza, y el golpe lo hizo 
caer junto con mi hija. Francisco pudo, gracias á sus 
fuerzas, contener al animal, y cuando estuvo atado, yo bus- 
qué al salvador de Genoveva y había desaparecido. Hé 
aquí todo lo que sé respecto á este señor. 

— Pues estás aun mas atrasado de noticias que yo, 
contestó el barbero, moviendo á un lado y otro la cabe- 
za. Vengo de ver y sangrar á ese personage misterioso, 
que está hospedado en el convento de la Merced. Llegó 
ayer de México, según dice el Padre Provincial, con in- 
tención de tomar el hábito y hacerse fraile. 

La joven hija del herrero, que escuchaba con el mas 



— 5 4 — 

vivo interés lo que referia su tio, no pudo disimular el dis: 
gusto con que oyó que aquel caballero, que habia acudi- 
do en su auxilio, tenia la intención de hacerse religioso. 
El corazón ardiente y tierno de Genoveva habia sentido 
conmoverse todas sus fibras, desde el momento en que vio 
á aquel desconocido. Asi suelen nacer las mas violentas 
pasiones, que el vulgo cree se hallan tan solo en las no- 
velas; pero de las cuales la vida real ofrece ejemplos, 
aunque raros. 

Vivía aquella joven en el mas absoluto retiro; pues 
aunque no habían faltado galanes que rondasen su calle, 
atraídos por la fama de su belleza y quizá también por 
el concepto de rico que tenia su padre, este los hacia 
despedir de una manera tal, que no les quedaban deseos 
de volver á tentar fortuna. Se contaba que el último do 
los cortejos de Genoveva, hijo de un tejedor vecino, en- 
contrado por el herrero cerca del balcón de la joven, ha- 
bia ido á parar al tejado de una casa inmediata, á donde 
lo arrojó Francisco por orden de su padre. Verdad ó menti- 
ra, el lance era generalmente referido como cierto, y ha- 
bía retraído á otros aficionados, que se contentaban con 
admirar de lejos á la Flor del Pensativo ^ como llamaban 
poéticamente á Genoveva, asi por su belleza, como por la 
inmediación de su casa al riachuelo de aquel nombre. 
El herrero estaba muy contento de haber encontrado aquel 
arbitrio para ahuyentar la zojoilotem, como él decía y de 
que las únicas bragas que entrasen á su casa fuesen las 
de su hermano, viejo, feo y tuerto. En honra de la ver- 
dad debemos decir que no pesaba á la joven el verse li- 
bre de aquellos importunos y que celebraba la manera ex- 
pedita con que su padre y su hermano la libraban de 
ellos. Sentía en el fondo de su corazón una repugnancia 
invencible y secreta contra los mozos que hasta entonces 
la habían solicitado, y casi se avergonzaba de la idea d& 
casarse con una persona de esa clase. Sea vanidad pov 
su belleza y por la fortuna de su padre* sea que loív pea- 



— 50 — 

Mínientos levantados de este hnbiescü inoculado el ger- 
men de la ambicioK en el alma de Genoveva, ó sea, en 
fin, un movimiento secreto y misterioso de esos que no 
pudiendo ser fácilmente explicados, se dice que están en 
la sangre, ello es qtíe aquella joven desdeñaba la corapa- 
ñia y trato de sus iguales y alimentaba aspiraciones casi 
tan insensatas como las de su padre» Pero aquellas as- 
piraciones no se habrían considerado infundadas, si el na- 
cimiento hubiese tenido menos importancia que la grande 
y decisiva que en aquella época se le atribula. Difícil- 
mente podia encontrarse una criatura mas pródigamente 
dotada por la naturaleza que Genoveva Molinos. Era alta 
y bien proporcionada- el óvalo perfecto de su rostro ha- 
bría podido servir de modelo á pintores y estatuarios; el 
cutiz era fino y trasparente, de un blanco sonrosado; los 
ojos negros y llenos de expresión; el cabello blondo y 
suave como el algodón de la ceiba; esbelta como la pal- 
mera, su aire todo era tan elegante y aristocrático, que 
apenas podia creerse que tal muger fuese la hija de aquel 
padre y de aquella madre. Demasiado altiva, como he- 
mos dicho, para admitir los obsequios de los mozos de los 
talleres vecinos, aquellos pobres galanes desdeñados ca- 
lificaban de fria y desabrida á la que encerraba en su 
pecho un corazón de fuego, y á la que sentía hervir en 
BU cerebro agitado pensamientos nada correspondientes á 
la condición en que la ciega casualidad la habia hecho 
nacer. Genoveva no solo no era fria, sino que amaba y 
amaba con delirio un ser ideal que su imaginación ardien- 
te y poética se habia forjado. Pobre alma destrozada^ 
¡Cuantas veces en medio de tus insomnios viste dibujarse 
la forma encantadora de aquel ser que creó tu fantasía 
febril! ¡Como apuraste el cáliz desabrido del desengaño^ 
cada vez que creíste tocar el bello fantasma que se des- 
vanecía como una sombra, cuando extendías ansiosa los 
brazos para estrecharlo! Al fin llegó la hora en que 
aquella alma de mártir encontró líi encarnación desurdo- 



— 5 6 - 

lorosos ensueños. Cuando á la luz incierta del crepíi^icuío' 
de ja tarde, vio a{ desconocido caballero, sencilla pera 
elegantemente vestido de negro, que' la contemplaba con 
admiración en la plaza á donde habia ido á ver las fies- 
tas reales, Genoveva sintió un sacudiniíiento eléctrico en 
todo su ser y como si la lava de un volcan corriese por 
sus venas. Aquel hombre era el fantasma de sus delirios; 
el verlo y el amarlo fué tan instantáneo, como la muerte 
que ocasiona el rayo, como la idea que hace brotar en 
el entendimiento la impresión que de los ©13 jetos exterio- 
tes reciben los sentidos. Cuando aquel desconocido se ar- 
rojó á auxiliarla, ya ella le habia consagrado en el fondo 
de su alma ese culto ardiente, inextinguible, de que no 
pueden ni formar juicio siquiera los que solo compren- 
den el amor convencional que conoce y siente la genera- 
lidad de los mortales y que casi siempre no es mas que 
un mal disfrazado egoismo. Asi, cuando Genoveva oyó 
que el caballero que la había salvado quedaba tendido en 
BU lecho medio muerto, sintió un dolor intenso, que ja- 
mas experimentara hasta entonces; y cuando escuchó que 
tenia la intención de hacerse religioso, las furias del infier- 
no destrozaron su alma* Habría querido permanecer en 
hi sala donde estaban su padre, su hermano y su tio, 
continuando la conversación en que sin duda se trataria 
del desconocido^ pero á una seña que hizo el barbero á stí 
hermano, previno este á Francisco y á Genoveva, en tono 
bondadoso pero firme, que fuesen á acompañar á su madre. 
Luego que estuvieron solos, refirió Basilio á Andrés 
la conversación que tuvo con el Presidente aquella ma- 
ñana, mientras lo afeitaba. La negativa del Conde á coa- 
cederle la encomienda y la manera dura y depresiva en 
que se habia expresado, hirieron vivamente al hei*rero, 
que temblaba de ira, al escuchar lo que el barbero le con- 
taba. Continuaron conversando en voz muy baja durante 
mas de una hora, y á eso de las diez se separaron, reti- 
rándose Basilio á su oa^a, que estaba algo distante. 



— 57 — 




CAPITULO Y. 

I^as fiestas reales* 



/oNFORME al acuerdo del Ayuntamiento que cons- 
ta del acta que transcribimos en el capitulo an- 
terior^ continuaron las fiestas reales en los dias 
11; Hemos visto que habria peñón, ó peñol de 
los indios; máscaras, toros y cañas; regocijos que por sei* 
tan diferentes de los que hoy se acostumbran y cometan 
caracteristicos de la época remota en que se verificaron 
los sucesos que vamos refiriendo^ merecen que nos deten- 
gamos á hacer de ellos una ligeía descripción. 

La fiesta del peñón, era un simulacro del asedio del 
volcan de Quezaltenango por las fuerzas españolas al man- 
do de Don Pedro de Portocarrero, cuando la sublevación 
de los indios de Sacatepequez y otros, en 1526. Acosa- 
dos por los tercios de aquel ilustre capitán y por los tlax- 
caltecas, sus aliados, los reyes Sinacam y Sequeohul, que 
se habían puesto á la cabeza de los descontentos, se re- 
plegaron con los suyos al volcan de Quezaltenango. Allí 
fueron derrotados por los españoles y presos los dos caci-' 

8 



— sa- 
ques, con los cuales entró Portocarrero en Guatemala, lle- 
vándolos como trofeo de su victoria. 

Aquel hecho de armas conmemoraba la fiesta del vol- 
can, figurando la batalla los descendientes de los vencidos, 
para entretenimiento de los nietos de los vencedores. To- 
caba el principal papel en la representación, el del Rey 
Sinacam, al gobernador del pueblo de Jocotenango; y tan 
honrado se consideraba aquel funcionario indígena al fi- 
gurar al desgraciado monarca, que hacia de su peculio 
el gasto del lujoso trage con que se ataviaba; y, según 
refiere un cronista, hubo Ocasión (en 1680) en que el go- 
bernador de Jocotenango no quiso ceder el papel al del 
San Andrés Itzapa, no obstante la oferta de 500 pesos. 
Poco mas de un siglo había bastado para que se extin- 
guiese todo sentimiento de independencia en la íaza con^ 
quistada, ya que se disputaban el honor de representar 
al vencido Sinacam. 

El 9 de Diciembre de 1621 se levantaba en la pla- 
za mayor de lá ciudad un mamotreto muy elevado, cu- 
bierto de yerbas, ramas y flores, que figuraba el volcan* 
Veíanse en él varias cavernas, donde estaban encerrados 
diversos anímales y en la cima una casilla, que llamaban 
la casa del Eey. Los pueblos de las inmediaciones de la 
ciudad habían trabajado desde muchos dias ante^ en la 
formación y adorno de aquel mamotreto. 

A las tres de la tarde se tendieron en la plaza, de- 
lante de la Catedral^ dos compañías de arcabuceros, y al 
lado opuesto otras dos de caballería. Si era esto aparata 
militar ó precaución prudente, no acertaremos á decirlo. 
Una y otra cosa pudo ser, puesto que se trataba de wn 
simulacro de batalla, y atendiendo á que pasaba de mil 
el número de indios que se reunían en la plaza para re- 
presentar la farsa, con armas mas ó menos ofensivas. 

A poco de haber entrado las tropas, los altos de los 
tres portales se coronaron de espectadores. La fiesta del 
volcan se hacia muy de tarde en tarde^ pues era bastante 



— so- 
costosa; y htii, cuando se ejecutaba, atraía la atención do 
las clases principales y del pueblo. A las cuatro entró 
por la calle que conduce hacia Jocotenango un nume- 
roso cuerpo de indios desnudos, con fnaxtates y penachos 
de plumas, armados con arcos y flechas despuntadas. Aque- 
llos fingidos guerreros iban todos embijados, lo que daba 
un aspecto mas extraño á aquel ejército. En seguida apa- 
recieron las mascaradas, que figuraban á los españoles y 
á los indios dé la conquista, capitaneados aquellos por 
Hernán Cortes y estos por Moctezuma; como también 
grupos de moros y cristianos. Multitud de indios, disfra- 
zados con tragos caprichosos, tocaban los instrumentos 
músicos nacionales, formando un ruido atronador y dis- 
cordante. For último entró el gobernador de los jocote- 
eos, que hacia de Sinacam, conducido á hombros en una 
silla dorada, bajo un dosel de plumas de Quetzal y de 
Guacamaya, vestido con trage real y llevando en la ma- 
no derecha el cetro y en la izquierda un abanico. Por una 
escalinata formada en espiral en el mamotreto que figu- 
raba el volcan y que los espectadores no veian por estar 
cubierta con ramas, fueron subiendo al Rey, hasta colo- 
carlo en la casilla construida en la cima. Los guerreros 
de Sinacam tomaron posiciones en el cerro, esperando á 
sus adversarios, los descendientes de los tlaxcaltecas, que 
desembocaron por la calle que va á Ciudad vieja. Estos 
venian vestidos á la usanza española, con armaduras, es- 
padas, broqueles y lanzas. Pronto comenzó el combate. 
Los supuestos soldados de Portocarrero formaron en torno 
del volcan una figura triangular, como la que tomó efec- 
tivamente el ejército castellano el dia 22 de Noviembre 
de 1526 al derredor del de Quezaltenango. Los sitiado- 
res atacaban con ímpetu y los sitiados despedían nubes 
de flechas despuntadas, que cubrian la pequeña falange de 
los de Ciudad-vieja. Los espectadores aplaudían á los 
combatientes y los animaban con sus gritos y palmadas. 
Sinacam salió de su casilla, armado de una al parecer for- 



— 60 — 

midable maza de madera pintada, y se pu9o á la cabeza 
de los suyos, con tal ardor y brío, como si el espiritu d© 
Equel infortunado y heroico guerrero hubiese bajado á 
animar en realidad al que lo representaba y que acertó 
á ser en aquella ocasión uno de sus descendientes. Des- 
pués de una hora de combate, los sitiados fueron reple- 
gandose, acosados por ios tlaxcaltecas, y por último hu- 
yeron precipitadamente, rodando muchos del volcan abajo. 
Los de Portocarrero subieron hasta la cima y tomaron á 
Sinacam, que continuaba combatiendo con su terrible ma- 
^a. Maniatado con una gruesa cadena de oro, fué condu- 
cido, enmedio de los victores y aclamaciones del público 
y al son de los instrumentos guerreros, al portal donde 
estaba el Presidente viendo la función y ante quien se 
puso de hinojos el prisionero. No fué este conducido á 
la cárcel, para permanecer allí quince años, como el ver^ 
dadero Sinacam ; pues hecha la sumisión al que represen- 
taba la persona del monarca hispano, se volvió á su pue- 
blo con todo su ejército, músicas y danzas, en alegre al- 
gazara* haciendo otro tanta los de Ciudad- vieja. Una 
abundante merienda en que no escasearon las bebidas 
regionales, que produjeron su efecto en los cerebros de 
los guerreros indios, terminó la fiesta del volean. Retirá- 
ronse los concurrentes, satisfechos como si hubiesen pre- 
senciado una batalla verdadera y comentando los diferen- 
tes lances y los episodios mas notables del simulacro^ 

Al siguiente dia, desde muy temprano, los mismos 
que tanto se hablan afanado en armar el volcan, se ocu- 
paron en deshacerlo, debiendo estar la plaza despejada á 
las cuatro de la tarde para el juego de cañas. En la fies- 
ta del dia anterior, los actores hablan sido solamente los 
indios; en las cañas no debia tomar parte mas que la no- 
bleza. Preparado el palenque y colocados los espectado- 
res en sus puestos, entraron dos cuadrillas, formadas con 
los principales caballeros de la ciudad, que montaban fa- 
gosos bridónos. Seria trabajo prolijo el mcucioiiarlos á 



- — Gl — 

todos; por lo que habremos de limitarno? á consignar los 
nombres de los Justinianos, familia originaria de Gc'nova> 
y en aquella época una de las mas ilustres y ricas de 
Guatemala; los Medinillas, en sus dos ramas de Estradas 
y Carranzas; los Alvarez do la Vega; los Vázquez de 
Coronado; los Calvez; los Liras; los Tob'.llas y los Esto- 
piñanes. una de las cuadrillas reconocía corno gefe ó pa- 
drino al Alférez Real, Don Juan B. de Carranza, ata- 
viado con esplendidez y montando un alazán tan fogoao 
como el que causara el alboroto de la tarde anterior. Al 
frente de la otra iba el apuesto y elegante Don Luis Me- 
llan de Betancourt, Secretario del Presidente. 

El juego de cañas, de q^-igen árabe, era un simulacro 
de guerra. Llevaban los ginetes varas de igual dimensión, 
y el ejercicio consistía en arrojárselas unos á otros, y en de- 
fenderse con las adargas ó broqueles. Todo esto se ha- 
cia en medio de diferentes giros y revueltas de las cua- 
drillas, lo cual daba mucha animación al espectcáculo. 

El Ayuntamiento habia suministrado las cañas para 
el juego del 9 de Diciembre, y eran de dos varas y me- 
dia de largo. Los padrinos ordenaron á los caballeros, y 
á una señal que dieron los clarines, partieron los caba- , 
líos relinchando. Los mas diestros lucieron su agilidad 
y garbo en el juego, arrojando las varas con certero 
pulso á sus adversarios y recibiendo las de estos en los 
broqueles, que resonaban con el choque. Algunos ginetes 
poco prácticos recibieron golpes formidables y muchos ca- 
yeron de los caballos, entre la grita y los silbidos de la 
concurrencia. El Alférez Real y Don Luis Mellan se en- 
contraron el uno frente al otro, y después de haberse 
saludado cortesmente, volvieron ancas á sus caballos, pa- 
ra colocarse en los dos extremos del palenque. Los otros 
justadores suspendieron el combate, para presenciar el en- 
cuentro de sus caudillos. A una señal dada, partieron con 
velocidad, encontrándose á la mitad de .la plaza. El Al- 
férez era alto, diestro y vigoroso; lanzó su vara y la ve- 



— 62 — 

cibió Don Luis en el escudo. Iba este á arrojar la suj^a, 
pero el Alférez habia tomado otra de manos de su page 
y la volvió á arrojar á su contrarío, encaminándola al 
costado derecho. Con la mayor presteza pasó Don Luis 
la adarga del uno al otro brazo y cubrió el punto á don- 
de iba dirijida la vara. Carranza no aguardaba aquel mo- 
vimiento, y cuando esperaba ver caer á su adversario, 
recibió en el pecho un terrible bote, pues Melian habia 
lanzado su vara. Eli Alférez Real perdió el equilibrio y 
cayó á los pies de su caballo. Apeóse ligeramente Don 
Luis y fué á auxiliar á su adversario con hidalga corte- 
sia. El pobre Alférez tuvo que retirarse del p^alenque asaz 
mohino y los demás caballergs continuaron el juego. Hu- 
bo un momento en que las dos cuadrillas se encontra- 
ron, combatiendo ochenta ó cien paladines á la vez. E.l 
espectáculo tuvo algo de grandioso. Los vistosos trages 
de los caballeros, los penachos ondeando al viento en la 
carrera de los caballos; las picas lanzadas por todas par- 
tes; los escudos reflejando los rayos del sol poniente; to- 
do contribuía á formar un grupo animado y deslumbrador, 
que arrancó á la multitud aplausos entusia&tas y ruido- 
sos, que dominaron el estruendo de clarines y tambores. 
Entre los curiosos que contemplaban el juego, se veia 
en un extremo de la plaza, un hombre vestido de per- 
petúan negro, tela que indicaba que el que llevaba aquel 
trage, no pertenecia á la clase mas acomodada, pero tam- 
poco á la Ínfima entre lo que se llamaba gente decen- 
te. Podria habérsele tomado por un escribano, un procu- 
rador ó un boticario. Bajo la capa mantenía oculto el 
brazo izquierdo, que descansaba en un pañuelo, cuyas pun- 
tas estaban atadas en derredor del cuello. Otro indivi- 
duo, vestido con igual ó mayor modestia, seguía al primero 
á dos pasos de distancia, pues el del trage de perpetúan 
iba recorriendo la plaza y se detenia frecuentemente á 
escuchar, aunque con aire de indiferencia, las conversaciQ' 
nes de las gentes del pueblo, 



— ;, Vistes, cjecia un hombre á otro qiie estaba juntd 
á él, como se ha puesto pálida la Uija de Don Ffancis- 
to Jirón en el momento en que el Alfefez Real arrojó 
sü val^a con tanto ímpetu al Secretario, ^ue parecía que 
iba á deshaceílo? 

— ¿ Coüio no?, contestó el interpelado, y vi también 
la alegría de la niña cuando fué el pobre Alférez el que 
vino al suelo, quedando su novio firme en la silla como 
el Santiago del escudo de lá ciudad. 

— Habláis de Don Lui*^ y de Dña. Margarita, dijo un 
tercero, ¡preciosa pareja! ¿Que agual'darán que no se ca- 
san? ¿Será que él tiene algún miedo á la enfermedad de 
la familia? f 

— i Silencio ! , dijo un viejecillo que se había acerca* 
do al grupo sin ser advertido; esas cosas no se dicen en 
voz alta en una plaza llena de gente, cuando se trata de 
personas que tienen toda la protección del Sr. Presiden- 
te, como los JironéSi No diga la lengua por dó pague la 
cabeza, decía mi abuela. 

— Buenas tardes, maestro, dijeron los otros, llevando 
las manos á los sombreros. No os habíamos visto, agregó 
el que habia comenzado la conversación, y nos alegramos 
de que nos hayáis escuchado^ pues asi podréis inforínar al 
Sr. Presidente, cuando vayáis á afeitarlo el jueves próxi» 
íno, de lo que hemos dicho en realidad; no sea que noá 
levanten algún caramillo. 

— No es fácil que yo le diga nada, contestó el re* 
Cienllegado, piles estoy casi resuelto á no afeitar ya á 
Su Señoría ni á ningún otro grande. Quiero dedicarme á 
ejercer mi oficio caritativamente con las personas de mi 
condición. 

— El diablo que te crea, viejo chismoso, dijo entre 
dientes tino de los interlocutores; le ha llegado la noticia 
de que han descubierto que es un espía y quiere enga- 
ñarnos con esas marrullerías. 

El cambio del maestro Basilio Molinos, á quien sin 



-- C> 4 — 

eluda h;\n er)nocitlo ya nuestros lectores^, era demafíiado 
reciente, y el motivo que lo habia originado harto se- 
creto, para que las gentes del pueblo pudiesen creer sin- 
ceras sus palabras. Suponiendo, pues, que trataba única- 
mente de inspirar confianza, se propusieron ser muy re- 
servados con el barbero y se limitaron á hablar de ge- 
neralidades que nada significaban. El barbero que cono- 
cía, aunque tarde, que su conducta anterior le habia ena- 
genado el afecto de sus iguales, trataba de recobrarlo y 
queria conquistar la popularidad que le era indispensable 
para llevar á cabo sus nuevos designios. Demasiado pers^ 
picaz para que pudiese oculf arsele el recelo con qtie eran 
acogidas sus observaciones, ^eria, como todos los que 
cambian súbitamente de partido, ganar la confianza de 
aquellos á quienes se adhería, exagerando su odio á los 
que abandonaba. Volvió, pues, á la carga y dijo: 

— Ved como estos señorones gastan lo que no les 
cuesta en bagatelas. Con la mitad de lo que se ha gas- 
tado en estas mogigangas, podian haberse dotado cinco ó 
seis doncellas hijas de artesanos. Bien sabe Dios que no 
hablo por los mios, pues mi sobrina tiene su modo de pa- 
sar, gracias al trabajo de mi hermano; pero me parecen 
mal estas ostentaciones á costa de las pobres rentas del 
Ayuntamiento. Quien tiene cuatro y gasta cinco, decia mi 
abuela, no ha menester bolsico. 

Cuando el barbero acabó de hablar, vio que sus oyen- 
tes se hablan ido escabullendo con disimulo, uno en pos 
de otro, y que ya nadie lo escuchaba. Eeventando de 
cólera y lanzando rayos por el tínico ojo que le habían 
dejado los doctores, exclamó: 

■ — I Se han largado ! me dejan solo, cuando abogo 
por sus intereses! J]stíipidos! ; no tienen ellos la culpa, 
sino yo, que me olvido de que, como decia mi abuela^ 
el mayor mal de los males, es tratar con animales. 

— Hay todavía otro mal peor, maestro, dijo el sugeta 
del brazo vendado, poniendo su mano derecha sobre el 



— es- 
hombro del barbero, que no habiéndolo visto, gfe ástlstó 
ai oir aquella voz. Hay otro mal peor, repitió, y es el 
ho sabeí manejar los aniraaleSj cuando sé tiene necesidad 
de tratar con ellos. 

— Señor Don Juan, dijo Basilio, reconociendo al inis- 
terioso huésped de la Merced, á quien habia sangrado 
tres dias antes^ ¡cuanto me alegro de veros! No habia 
yo advertido que estabais tan cerca; si no, os habria sa- 
ludado. Estaba yo tan entretenido chanceando con esas 
buenas gentes, que no vi cuando llegasteis. 

— Llegué, contestó Don Juan con la mayor natura- 
lidad, cuando decíais que ya no queriais afeitar al Sr. 
Presidente, por dedicaros á sqjj.'Vir á vuestros iguales. Des- 
pués discurristeis como un economista capaz de rivalizar 
con Antonio Serra, respecto á los gastos hechos en las 
fiestas. ¿Son esas las chanzas de que me hablabais? 

— Efectivamente, Señor Don Juan, contestó el bar- 
bero algo corrido, todo eso dije, porque me gusta poder 
formar juicio de la opinión pública; no para hacer mal 
uso de lo que averigüe, sino ¿ara mi propio gobierno, 
pues como solia decir mi abuela, de los escarmentados 
se hacen los arteros» 

— Según eso, replicó Don Juan, gran repúblico de- 
béis de ser, y asi entenderéis de cosas de gobierno, co- 
mo de raer mejillas y sacar muelas. 

— De todo un poco, señor caballero; pues cual el 
tiempo tal el tiento, decia mi abuela; y en esta edad do 
hierro en que nos ha tocado vivir, es menester saberse 
brujulear, si quiere uno salir avante y no quedarse en lo 
mejor á buenas noches. 

-— ¿Y como está vuestra sobrina?, preguntó el des* 
conocido, variando repentinamente la conversación. 

Contento el taimado del barbero de verse libre de un 
asunto que no dejaba de ser escabroso, contestó: 

— Muy bren, señor, gracias á Dios y á Vuesa Mer- 
ced. La pobrecilla pudo haberlo pasado mal, sin vuestra 

i) 



— 66 — 

.oportuna y generosa intervención. Mi hermano, excelente 
liombre, señor Don Juan!, estuvo en la Merced con el ob- 
jeto de daros las gracias; pero no se le permitió entrar. 

— Lo siento, maestro, replicó Don Juan; decid á 
vuestro hermano que lo aguardo mañana á las diez de 
la noche; que vaya por la puerta excusada que da .á la 
calle de Santa Teresa; que llame y le abrirárf; y si vos 
queréis acompañarlo, tendré mucho gusto en veros. Yo 
también soy algo aficionado á cosas de república y po- 
dremos departir algunos ratos. 

El barbero hizo una profunda reverencia y el desco- 
nocido dio la vuelta, continuando su excursión al través 
de los grupos de gente. El juego de cañas estaba termi- 
nado. El sol habia ocultado su disco luminoso detras do 
los cerros que ciñen con un ciuturon de perpetua ver- 
dura el risueño valle en cuyo centro se erguia, imponen- 
te y magestuosa, la capital del reino* La plaza estaba 
perfectamente iluminada con hachas de cera, colocadas en 
ios barandales del portal del Real Palacio y en los del 
Ayuntamiento y con teas sobre las torres de la Cate^ 
dral. Las mascaradas continuaban sus bailes y represen- 
taciones, é iban á quemarse varias piezas de pólvora, que 
figuraban torres, barcos y dragones alados- El huésped de 
los mercedarios se embozó en su capa, bajó su sombrero 
hasta cubrirse casi los ojos y se situó en un punto desde 
el cual podia observar á los funcionarios principales que 
ocupaban el mismo lugar que en la tarde de la jura. La 
mirada escrutadora de Don Juan recorrió la línea que 
formaban Presidente, oidores, oficiales reales y personas 
de la nobleza, y en seguida dirijió su atención al bri- 
llante y animado grupo que formaban las damas, con quie- 
nes conversaban varios caballeros. Una sobre todas sor- 
prendió al observador, mas que por la regularidad de sus 
facciones, por la viveza y gracia de su rostro peregrino. 
Era de mediana estatura, bastante morena, ojos negros, 
notables por su brillo y expresión en un pais donde los 



— 67 — 
tienen hermosos aun las mugeres menos ñxvorecidas por 
la naturaleza. La nariz era perfectamente delineada y la 
boca de un atractivo indefinible, á pesar de ser el labio 
inferior un poco grueso. Aquella joven, sentada junto á 
una señora de algo mas que mediana edad, reia alegre- 
mente y conversaba con un caballero de elevada estatu- 
ra y cuya cabeza, cubierta de una cabellera blonda, re - 
velaba inteligencia, energia y decisión. Vestía un elegan- 
te trage de terciopelo color de granate con adornos de 
plata; tenia en la mano izquierda un sombrero negro con 
plumas blancas, cogidas con una presilla de esmeraldas 
y apoyaba el brazo derecho en el respaldo del sillón que 
ocupaba la dama. 

El desconocido no volvió á separar los ojos de aque- 
lla joven, que lo impresionó vivamente; si bien no po- 
dríamos llamar amor al sentimiento que hizo brotar en su 
alma, pues eso seria una profanación. Muy agena de aquel 
incidente, que debia sin embargo tener una influencia de- 
cisiva en su suerte, la noble doncella escuchaba con com- 
placencia las palabras del gallardo mancebo colocado á 
sus espaldas, y volviendo un poco la cabeza, le contes- 
taba de vez en cuando, con una sonrisa agradable y en un 
estilo que mostraba la clase de relaciones que existían en- 
tre ambos jóvenes. 

— ¿Y no habéis podido averiguar al fin, Margarita, 
decia el caballero, quien fué el hombre que salvó ayer á 
vuestra protegida, interponiéndose tan valerosamente en- 
tre ella y el caballo del Alférez? 

— No, Don Luis, contestó la dama; nadie ha podido 
dar razón de él, y á f é que me holgaría de conocerlo, 
pues debe tener valor. 

— ¿Os gustan los hombres valientes, Margarita? 

— Naturalmente, Don Luis. ¿No lo sois vos? Debe 
gustarme todo aquello que se os parezca. 

— Pues siendo asi, ese desconocido tiene desde lue- 
go, sea quien fuere, todas mis simpatías. Margarita; pues- 



— 68 — 

to que yo amo todo cuanto á vos os agrada. 

— Tratad, pues, caballero, de que vuestros hechos 
correspondan á vuestras palabras y buscadme á ese mis- 
terioso protector de Genoveva para.... Don Luis, ex- 
clamó la dama, interrumpiéndose, ¿ conocéis á ese hombro 
que está apoyado en el palenque y que nos mira con tan- 
ta atención? 

Don Juan apoyaba en efecto su brazo derecho en la 
barrera que se habia levantado para formar el circo del 
juego de cañas. Muy poco distante del punto donde es- 
taban los dos jóvenes, pudo ser visto, á favor de la ilu- 
minación do la plaza, aumentada por la de una torre de 
pólvora que ardia en aquel momento. 

— Es la primera vez que lo veo, dijo el caballero; 
y á lo que puedo juzgar desde aqui, tiene un no sé quo 
de siniestro y terrible. 

^ — Igual impresión que á vos me ha hecho á mí, re- 
plicó la joven. Apostaria yo á que debe ser muy diferente 
de ese desconocido, cuyo aspecto casi me da miedo sin 
saber por qué, el individuo de quien acabamos de 
hablar. 

— Debe ser como decis, contestó Don Luis, con airo 
preocupado, y apartó la vista del punto donde estaba 
Don Juan. 

Margarita se entristeció sin poder darse cuenta de la 
causa secreta que la habia hecho cambiar de humor tan 
repentinamente. Acabaron los fuegos artificiales y fué la 
hora de retirarse. La joven volvió los ojos involuntaria- 
mente hacia el palenque; el desconocido no estaba ya. 

Don Luis Melian condujo á la dama, su prometida es- 
posa, y á la madre de esta, que era la que la acompa- 
ñaba, á casa de D. Francisco Jirón Manuel, padre de la 
primera y esposo de la segunda, y volvió al Palacio, don- 
de tenia su habitación; siendo, .como ya hemos indicado. 
Secretario del Presidente y Capitán general del Reino. 



i) 9 — 



CAPITULO VI 



Presentimiento». . 




OS ó tres veces hemos tenido ya que mencionar 
ii^s^e^l en el curso de esta narración á la familia de 
m3íl// Jirón Manuel y aun hemos hecho conocer á la 
joven Margarita, hija de D. Francisco, gefe á la sazón de 
aquella rica y noble casa. Los Jirones emparentaron con 
la descendencia de Jorge de Alvarado, el mas distingui- 
do y famoso de los hermanos de Don Pedro. El cronista 
Fuentes y Guzman, al hablar de los conquistadores y pri- 
meros vecinoa de Guatemala y de su descendencia hasta 
el tiempo en que él escribia, que fué en los últimos años 
del siglo XVII, dice que la sucesión de Jorge de Alva- 
rado que habia en Guatemala, procedía del primer matri- 
monio de aquel caballero con Dña. Lucia Jicotencal, hija 
del Señor de Tlaxcala y hermana de Dña. Luisa, madre de 
Dña. Leonor de Alvarado. 

¡ Don Francisco Jirón Manuel, de muy clara estirpe. 
pues por Jirón estaba emparentado cou los duques de 



— 70 — 

Osuna, condes de Urcña y marqueses de Pcñafiel, y por 
Manuel descendía del Infante Don Manuel, hijo del San- 
to Rey Fernando, casó con Dña. Isabel de Alvarado Ji- 
cotencal, que dio á luz, en el año 1600, un niño que re- 
cibió el nombre de Pedix), en memoria del Adelantado, su 
ilustre tio abuelo. A los dos años nació una niña, á quien 
se bautizó con el nombre de Margarita. Habiendo deter- 
minado el joven seguir la carrera eclesiástica, habia reci- 
bido los sagrados órdenes hasta el diaconado. 

Todo parecía concurrir á hacer de la familia Jirón 
Manuel una de las mas felices que podían existir sobro 
la tierra. Don Francisco era considerado y respetado por 
lo ilustre do su sangre, \yov la nobleza de su carácter, 
por su elevada inteligencia y por su considerable fortuna. 
Habia ocupado ya los primeros puestos públicos, y si 
bien en la época cn^ que pasaion los acontecimientos que 
vamos refiriendo no desempcñíiba cargo alguiío, su influen- 
cia era muy grande y el Presidente, Conde de la Gomera, 
no resolvía ningún negocio importante sin oír su parecer, 
que casi siempre prevalecía en los consejos privados del 
Capitán General del reino. 

Don Francisco era el hijo primogénito de un caballe- 
ro que vino á establecerse en Guatemala en los días de 
la conquista. No llegó como otros do sus paisanos sin mas 
bienes que s\x espada; Jirón trajo una regular fortuna, 
que supo acrecentar con su industria y que se hizo una 
de las mas importantes del reino, mediante vu alianza con 
una joven, hija única de un rico propietario. 

A la muerte de su padre, Don Francisco se encontró 
gefe de una familia numerosa y con una fortuna conside- 
rable en fincas y negocios comerciales. Sus hermanos y 
hermanas, menores que él, habían ido casándose, perma- 
neciendo célibe el primogénito, con no poco disgusto de la 
familia, que lo instaba incesantemente á que eligiese en- 
tre las señoras de su clase una consorte que le propor- 
cionase un sucesor al rico mayorazgo fundado por el pa-- 



-71- 

drc cómun. Don Francisco había rehusado constan tdinetité 
í}l casarse, eludiendo con difei entes pretextos las instan- 
cias de sus parientes. No podia confesar la causa secreta 
de su negativa. Profundamente apasionado de una joven 
de clase harto humilde, ni se resolvía á romper los lazos 
que á ella lo ligaban, ni podia imaginar siquiera el escán- 
dalo de un matrilTionio con la hija de un menestral* La 
joven á quien amaba Don Francisco Jirón Manuel, era 
hermana menor de la mugor del herrero Andrés Moli- 
nos. La madre era la única que sabia aquellas relaciones 
ilegítimas, que el caballero habia logrado mantener ocul- 
tas, visitando á su amada con las mayores precauciones. 
El resultado de aquella intimidad filé que la joven vino á 
encontrarse próxima á ser madre, y quiso la casualidad 
que esto sucediese en ocasión en que su hefnlana se ha- 
llaba en una situación semejante, después de habérsele 
malogrado varios hijos» El alumbramiento de las dos her- 
manas hubo de verificarse en la misma noche, y estando 
ausente el herrero Molinos. La madi'e era una muger na- 
turalmente astuta y mala; tenia una predilección marca- 
da por la muger del herrero, y desdo que llegó el mo- 
ínento crítico, trazó un plan diabólico, para el caso de 
que, como era muy probable^ se malograse el hijo de su 
preferida y viviese el de la otra. Iba y Venia de la casa 
de la soltera á la de la casada, sin permitir que persona 
alguna extraña se les acercase. La esposa del herrero 
dio á luz una niña, muerta como los otros hijos, y media 
hora después nació la hija de la soltera, viva, pero cau^ 
sando la muerte de la infeliz á quien debía el ser. La 
inadre toHió á la recien nacida, la envolvió cuidadosamen- 
te bajo su manto y desapareció. Una hora después^ la 
joven á quien tanto había amado Don Francisco Jirón 
Manuelj estaba tendida en la salita de la casa, con el 
cadáver de una nina al lado. La mügeí del herrero te- 
ñía una hija, que según decían, le había vivido milagro- 
samente; lo que, á juicio de las vecinas^ era una gran fbr- 



~ 7 -2 — 

<nnn pnrn clin, piios ol luarido no ?o conformaba con q\\& 
fce le murieran los hijos y cada vez que se le tlesgracia:* 
ha alguno, sufría su pobre luuo-er los efectos de su có- 
lera. Cuanrlo regresó Andrés Molinos, encontró la feliz 
nueva }- desde aquel momento, amó con idolatría á aque- 
lla nina, sin poder comprender jamas el desabrimiento 
que le mostraba la que pasaba por su madre. Don Fran- 
cisco Jirón fué llamado dos horas después de ocurrida la 
desgracia que le arrebatara al mismo tiempo la muger á 
quien adoraba y el fruto de aquellos amores culpables. 
Abiumado do dolor, el caballero fuó á sepultarse duran* 
te un ano en una de sus haciendas, desahogando en la 
soledad la pena que lo desgarraba. El tiempo qne todo 
lo cura, fue mitigando su aflicción; volvió á la ciudad y 
Continuó pi'^otegiendo ;í la familia toda de aquella joven 
desgraciada. A los tres años Don Francisco, cediendo al 
fin ;í las instancias de sus deudos y amigos, resolvió ccí- 
izarse y pidió la mano de Dña. Isabel de Alvarado, quo 
le fuó concedida con la mejor voluntad. Celebróse el ma- 
trimonio; al año nació el hijo varón y dos después la hi- 
ja. El carácter angelical de la compañera qne había ele- 
gido, hizo que Dotí Francisco, ya que no lograse olvidar 
conipletamente la triste y secreta historia de sus desgra- 
ciados amores, no conservase de ella sino un recuerda, 
que solo de vez en cuando se reproducía en su memoria; 
originando ciertos accesos de melancolía, que aflijian y 
alarmaban en sumo grado á Dña. Isabel. Era bien sabido 
que se habían dado tres ó cuatro casos de locura en iu- 
dividuos de la familia de Jirón, y regularmente los pri- 
meros síntomas habían sido el abatimiento y la tristeza á 
que parecía tan propenso Don Francisco^ Recomendó este 
al herrero Molinos y á, su muger que enviasen frecuente- 
mente á su casa la niña, cuya semejanza con la muger á 
quien había amado impresionó vivamente al caballero, 
aunque parecíendole harto natural, pues suponía á Geno- 
veva sobrina de aquella. La joven se crió, pires, mas en 



--73 — 

tiasa de Jirón que on la de aquellos que pasaban por sii9 
padres y á quienes ella consideraba como tales, y Mar- 
garita la veia como una hermana, aunque á los ojos do 
Dña. Isabel y del público no fuese sino la protegida de 
aquella familia poderosa. 

Margarita estaba prometida en matrimonio al Secre- 
tario del Presidente, Don Luis Melian, y se aguardaba so- 
lamente el consentimiento del padre de este joven, para 
que se cumpliesen los votos de los dos amantes, para 
quienes el tiempo caminaba harto lentamente, desde el 
momento en que Don Francisco Jirón y su esposa con- 
sintieron en dar su hija á aquel (mmplido caballero, po- 
niendo por única condición el allanamiento de su familia, 
que el Conde de la Gomera se encargó de obtener. En 
el momento en que da principio á esta narración, se aguar- 
daba una respuesta que debia poner el colmo á la felici- 
dad de los dos jóvenes. Extendiase delante de su vista un 
horizonte color de rosa, en cuyo término apuntaba la bri- 
llante aurora de su dicha. 

Estando destinado Don Luis Melian de Betancourt á 
hacer uno de los principales papeles en esta historia, se 
nos permitirá demos á conocer su carácter, tan completa- 
mente como nos sea posible. Era oriundo de Canarias y 
descendía de Juan de Bethencourt, Barón de San Martin 
de Gallard, que conquistó aquellas islas en 1402, con 
auxilios que le proporcionó Enrique III de Castilla, que 
lo reconoció como rey de ellas, mediante cierto feudo á la 
corona de España. Era ademas sobrino del Conde de la 
Gomera, Don Antonio Peraza, que descendia también de 
los soberanos de Canarias, por Fernando Pernaza, ó Pera- 
za, uno de los sucesores de Juan de Bethencourt, ape- 
llido que se escribió Betancourt, cuando aquella familia 
fuó á establecerse á España. Cuando el Conde de la Go- 
mera fué promovido de la gobernación de Chucuito á la 
presidencia de Guatemala, se trajo como Secretario á Don 
Luis, que se hallaba por ciertos negocios de su familia en' 

10 



— 74 — 

^I Perú, y contaba en aquella época veintiséis años. Cuando 
comienza nuestra narración Don Luis tenia treinta y seis. 
Poseía una inteligencia clara y cultivada y consagraba las 
Jioras que le dejaban libres los serios trJibajos del gabi- 
nete, á la poesia, roció celestial que vivifica el árido de- 
sierto de la vida. Rodeado de una naturaleza privilegia- 
da; con bosques seculares cuyo solemne silencio no ha in- 
terrumpido jamas acento alguno humano; con lagos trans- 
parentes que reflejan en su límpido cristal el mas bello 
de los cielos; con rios que se precipitan entre rocas gi- 
gantescas, en espumantes cataratas; con selvas pobladas 
de habitantes que apenas conoce el viejo mundo; con una 
infinita variedad de flores, de formas y matices capricho- 
so»; gpu volcanes que esconden en las nubes sus áridos 
picachos y á cuyas plantas yacen hacinados los escom- 
bros de ciudades populosas; con ruinas monumentales, 
vestigios de una civilización que pasó, sin dejar otro re- 
cuerdo que tradiciones confusas y geroglíficos misteriosos, 
cuyo verdadero secreto aun no ha podido adivinar la 
ciencia; con esos elementos, raudales fecundísimos de ina- 
gotable inspiración. Mellan era poeta; no con esa falsa y 
mezquina poesia, ya que es necesario darle este nombre, 
que sigue los senderos trillados y sin aliento para des- 
plegar las alas y remontar el vuelo, se arrastra y langui- 
dece, produciendo tan solo concepciones raquíticas y pe- 
recederas. Mellan era el poeta del sentimiento y de las 
pasiones nobles. Sin adornos postizos que desfiguran en 
íugar de embellecer; sin galas, exóticas que deslustran la 
frescura del pensamiento; verdadero, profundo, espontá- 
neo, era el poeta de las armonías celestiales, el cantor de la 
virgen naturaleza americana. Margarita, hada misteriosa 
para quien resonaban únicamente los acentos de aquella 
lira, se estremecía al escuchar el lenguage divino que ha- 
cia vibrar las mas delicadas fibras de su corazón apasio- 
nado y tierno. Amaba á Don Luis con toda la energía 
í]e su alma y suspiraba por el momento en que habia de 



— •75 — 

ver convertidas en realidad sus mas ardientes y lisongeras 
esperanzas. 

Hemos referido en el capítulo precedente la impre- 
sión que la mirada del desconocido hizo en la hija de Don 
Francisco Jirón Manuel. Si se hubiese preguntado á la 
joven acerca de la naturaleza verdadera de aquella sen- 
sación, probablemente no habría podido dar una explica- 
ción satisfactoria. ¿Fué ínteres, repulsión, terror ó miedo 
lo que causó aquella mirada en el corazón impresionable 
de Margarita? Acaso fué todo eso á la vez. 

El sueño de la joven fué muy agitado aquella noche. 
La figura severa y varonil del desconocido, tan sencilla- 
mente vestido, que apenas podía tomársele por un caba- 
llero, se interponía entre ella y el brillante y poético Don 
Luis, cada vez que la apasionada amante extendía los bra- 
zos para estrechar al que iba á ser su esposo. Margari- 
ta derramaba lágrimas de desesperación, y sin embargo, 
no tenia fuerzas para maldecir á aquel hombre que ejercía 
ya sobre ella esa especie de fascinación que ejerce un 
abismo sobre las personas de cabeza débil. Aquella mira- 
da altanera, imperiosa, atractiva, estaba clavada como un 
dardo de fuego en la imaginación de la hija de Don Fran- 
cisco Jirón. Al siguiente día muy temprano envió á llamar 
á Genoveva Molinos, á quien, como ya hemos dicho, se 
había unido Margarita con los lazos de la mas íntima y 
tierna amistad, á pesar de la enorme distancia que exis- 
tia aparentemente entre aquellas dos hijas de un mismo 
padre. 

Genoveva estaba pálida y desencajada; pero Margari- 
ta no observó aquel cambio en el semblante de su amiga. 
Arrojándose en sus brazos, le dio cuenta del terror de 
que se hallaba poseída y de la impresión que le hiciera 
aquel hombre de fisonomía siniestra, á quien veía por la 
primera vez. Genoveva se sonrió tristemente, al escuchar 
lo que decia Margarita y calificó sus temores de aprehen- 
siones pueriles é infundadas. La hija de Jirón hizo en- 



— 76 — 

tonces lina descripción exacta de aquel desconocido^ coya 
iisonomia, porte y trage se habían grabado profundamente 
en su memoria. A medida que la joven describía al hom- 
bre que tan extraña impresión le habia causado, el asom- 
bro se pintaba en el semblante de Genoveva, que reco- 
noció por la descripción de su amiga, al caballero que 
acudió en su auxilio la tarde de la jura. 

— ¿Conoces á ese hombre, Genoveva?, dijo Margari- 
ta, que advirtió la turbación de su amiga. 

— Si, contestó la supuesta hija del herrero; lo que me 
dices de ese desconocido me indica que es el caballero 
que con tanto valor y generosidad acudió en mi auxilio 
cuando estuve á punto de caer bajo los cascos del ca- 
ballo del Alférez Real. A la verdad, Margarita, que no sé 
por qué pueda haberte causado una impresión tan desa- 
gradable. Sin ser joven como Don Luis, ese hombre no 
es viejo todavía y hay en todo &u aspecto un aire de no- 
bleza y de distinción, que no es común ni aun en las per- 
sonas de clase principal. 

— Yo no he podido juzgar de esas circunstancias, 
pues apenas lo he visto; pero la mirada de ese individuo 
tiene un no sé qué de horroroso y siniestro, que me ha 
hecho estremecer. ¿Que especie de relación puede haber 
entre él y yo? Ninguna, lo comprendo; y sin embargo, el 
corazón me dice que ese hombre ha de inftnir de un mo- 
do siniestro en mi destino. ¡Ah Genoveva! ¡Que desgracia 
que se haya retardado esa respuesta que Don Luis y yo 
aguardamos con tanta impaciencia! 

— ¿ Pero tu prometido esposo no puede acaso dispo- 
ner de si mismo? dijo Genoveva. 

— Conforme á la ley, dicen que si; pero el Conde 
su tío es muy severo en todo lo que se refiere á la auto- 
ridad paterna, y de acuerdo con mi padre, que no lo e§ 
menos, ha dispuesto aguardar el consentimiento del do 
"Don Luis. Se ha escrito á Canarias y no se ha tenido res- 
puesta: después al Perú, donde ha residido algún tiempo 






la familia do Mellan y por último :i México, pues po dijo 
que Don Antonio había pasado á la Nueva España con 
un empleo; pero todo ha sido inútil. ¡Que desgracia! 

— Al fin vendrá, Margarita, contestó Genoveva; tu 
felicidad se retardará un poco tal vez; pero llegará. 
Desgracia es amar lo que no puede obtener.se; halícr en- 
tregado el corazón á un ser de quien probablemente nos 
separa un capricho de la suerte; esperar lo que sabe- 
mos que no ha de llegar jamas, esa es amiga mia, la mas 
cruel de las desdichas. 

Los ojos de la hija del herrero so llenaron de Ligri- 
mas al pronunciar estas |>alabras, cuyo sentido oculto no 
pudo comprender Margarita Jirón, Ignoraba que aquella 
d-esgraciada amaba al desconocido con todas las fuerzas do 
BU alma y que se consideraba separada de él por el na- 
cimiento, Genoveva habia desdeñado á los hijos de los 
artesanos y se encontraba condenada á amar á quien pa- 
recía tan superior á ella en condición. ¡Ciega y severa 
justicia de la suerte^ que nos mide con la misma vara con 
que hemos medido á h)S demás! 

Sepai'aronse las dos amigas profundamente pensativas, 
y preocup-adas del mismo objeto: el desconocido personage 
que tan viva impresión habia causado en el ánimo de las 
dos jóvenes. Por la primera vez en su vida, Genoveva 
ocultaba á Margarita los secretos de su alma; no sintién- 
dose con fuerzas para confesarse ni aun á si misma aquel 
amor que un presentimiento secreto le representaba ya 
como un manantial de desventuras. Sin considerarse in- 
teresada por aquel hombre extraño, la hija de Don Fran- 
cisco Jirón Manuel creia escuchar en lo íntimo de su co- 
razón una voz que le auguraba mil desdichas de que él 
seria autor y se esforzaba en vano por desecharlo de 
su memoria. El rostro pálido y la mirada imponente del 
desconocido permanecían indelebles en su imaginación, du- 
rante el día, y por las noches la asediaban como una es- 
pantosa pesadilla. 



— 78 — 
Sin atreverse á revelar á su padre la cansa de sus 
temores, que la fría y severa razón del anciano habria ca- 
lificado sin duda de pueril, Margarita suplicó á Don Fran- 
cisco, bañada en lágrimas, que apresurase su matrimonio^ 
pero Jirón era de aquellos hombres que una vez tomada 
una resolución, no vuelven atrás por ninguna consideración 
humana. Por una confianza exagerada en sus propios jui- 
cios, ó por cualquier otro motivo, las determinaciones de 
aquel hidalgo eran, en los negocios domésticos como en 
los públicos, irrevocables. Asi, la pobre joven recibió una 
negativa rotunda y la seguridad de que el enlace no se 
verificaría sin el consentimiento del padre de Don Lttis, 
que poco tardaría ya, añadió Don Francisco, siendo proba- 
ble hubiese recibido en México la carta de su deudo el 
Presidente. Margarita tuvo que conformarse, sin replicar 
una sola palabra, pues sabia que su padre no gustaba do 
que se hiciesen observaciones á sus mandatos, y se limita 
á pedir á Dios, en lo intimo de su alma, alejase las des- 
gracias que le hacia temer un secreto y atormentado-r pre- 
.sentimiento. 



^S)999eai^ 







CAPITULO VIL 



InTestlg^aclones. — Encuentro de un oidor 
con una fantasma* 



'N la noche siguiente á aquella en que se verificó 
el encuentro del maestro Basilio Molinos con el 
llamado de Don Juan, en la plaza mayor, en me- 
dio de los grupos de curiosos que veian los fuegos artifi- 
ciales, el barbero, embozado hasta el ojo y acompañado 
de su hermano Andrés, que caminaba con igual precau- 
ción, se dirijia, por la calle solitaria de Santa Teresa, á 
la puerta excusada de la huerta de los padres merceda- 
rios. Al llegar, Basilio llamó de un modo particular é 
inmediatamente abrió la puerta un negro, que sin decir 
una sola palabra, echó á andar delante de los dos herma- 
nos, como para conducirlos. Cuando hubieron atravesado 
los bosquecillos de arboles frutales, llegaron á una puerta 
pequeña; llamó el negro, abrió un criado blanco, tan taci- 
turno como el esclavo, é hizo entrar á los dos artesanos. 
Encontrábanse estos en la pieza que servia de gabi- 
nete al misterioso huésped^ y pudieron advertir que algu- 



— 8 o — 

iím fie los objeto? que ahí velan no estaban enteraínen- 
te en arnionia con las inclinaciones que se snponian al 
llamarlo Don Juan. Pendientes de la pared, estaban doá 
hermosas hojas toledanas y dos pares de trabucos y sobre 
la mesa una esfera, instrumentos de matemáticas y un li- 
bro íibicrto, que to:nó el curioso barbero, para ver si las 
lectura^ del sugeto eran mas conformes á un candidato 
al hábito religioso que las espadas y las pistolas. Aunque 
la obra estaba en latin, Basilio no bien hubo visto el 
título en la portada, lo dejó caer sohre la mesa, santi- 
guándose. Tenia escrito en gruesos caracteres: De rerum 
NATURA, pues era el célebre poema panteista do Lucreeio, 
edición de Venecia de 1486. 

— ¿Es cosa de hereges?, preguntó el herrero en voz 
baja y con espanto. 

— Pues es nada! contestó Basilio en el mismo tono 5 
cansado estoy de oir decir al Padre Provincial primores 
acerca de este libro, que Su Paternidad ha leido con dis- 
pensas de Roma y otros mil sacramentos. Lo dicho dicho, 
Andrés, aquí hay gato encerrado, y este señor Don Juan 
ó como se llame tiene lautas trazas de hacerse fraile^ 
como yo turco. Ojo al cristo, decía la abuela, que 

El barbero no concluyó, pues se presentó en el ga- 
binete el huésped y saludó con una ligera inclinacioTí de 
cabeza á los dos artesanos, que se levantaron, hacienda 
una profunda reverencia. Don Juan echó una mirada rá- 
pida á la mesa y notó que el libro no estaba en la mis- 
ma posición en que lo habia dejada. 

— ¿Entendéis vos latin, maestro?, dijo Don Juan, di- 
rijiendose á Basilio, á quien sorprendió aquella pregunta, 
lanzada á quema ropa. 

— Señor, contestó muy turbada, allá en mis moceda- 
des estuve repasando el arte en la celda del Padre Fr. 
Bonifacio, que se empeñaba en que yo habia de ser un sa- 
bio; pero jamas pude pasar del Quis vel qui. No me sen- 
tía inclinado á las letras y preferí aprender un oficio que 



' — 8 1 — 

lile díóra de córner^ recordando siempre que decía mi 
f abuela, fortuna te dé Dios, hijo^ que el saber poco to 
f Á importa. 
/^ !^ .^ Pues pairee e que la fortuna ño os ha faltado, re* 

plicó el huésped de los mercedarios; Según he oido decir» 
habéis venido á ser el hombre de las confianzas del Pre- 
sidente, lo podéis todo con él, nada os niega y cualquiera 
que viniese por acá con ánimo de pretender, no podría 
buscar mejor padrino qué el maestro Basilio^ 

El barbero fijó su ojo investigador en la fisónomia 
de DoQ Juan, tratando de encontrar en ella algo que 
completase la idea que le haciaii concebir las palabras 
que acababa de escuchar. Aquel hombre ¿seria talvez uix 
pretendiente que buscaba su protección como tantos otros 
lo habian hecho? Quizá seria asi; pero la mirada indife- 
rente y soñolienta del sugeto no dio indicio alguno que 
pudiese guiar al perspicaz barbero, que no sabiendo á 
qué atenerse todavia respecto á aquel misterioso perso- 
nage, se propuso ser muy cauto en la conversación. 

— Señor Don Juan, dijo con aire modesto el taima- 
do artesano: aunque decia la abuela que la voz del pue- 
blo es la voz de Dios, yo en esa parte no soy del pai-e- 
cer de la difunta, y creo que ese proverbio es generalmen- 
te falso. Lo que sucede conmigo^ es uüa prueba de estOé 
Se me supone con el Ilustre Señor Presidente mas favor 
del que la suma bondad de Su Señoria me concede. Mi 
tal cual experiencia, mis relaciones con todos los señorea 
de la ciudad con quienes la profesión me pone en con- 
tacto; mi proverbial reserva y discreción; mis costumbres 
honradas y cristianas, he aqui lo que ha hecho que Su 
Señoria suela hablarme de las cosas del gobierno una ú 
otra vez, cuando voy á afeitarlo. Esto, Señor Don Juan, 
me ha creado enemigos, no solo entre las personas de mi 
condición, sino aun entre algunos sugetos principales, que 
me envidian, creyéndome el favorito del Sr. Conde, No 
saben, sin embargo, que es mas el ruido que las nueceí?^ 

11 



— 82 — 

que }o puedo bien poco y que quizá no he logrado al- 
canzar ni aun un insignificante favor para alguno délos 
inios. 

Al decir esto, el barbero echó al soslayo una mirada 
significativa á su hermano, que movió la cabeza ligera- 
mente, poniéndose encendido como la grana. Don Juan, á 
quien nada se escapaba, observó aquel incidente, y vol- 
viéndose al herrero, dijo: 

— ¿Y que es lo que puede desear el maestro An- 
drés Molinos, artesano querido en su barrio, rico, mas 
rico que muchos señores; padre de un guapo mancebo, 
que lo desempeña perfectamente en el oficio y de una 
doncella que puede apostárselas con las mas gallardas de 
la ciudad, tanto por la belleza como por la discreción? 

— Se exageran un poco las comodidades que me ha 
proporcionado el favor de Dios, señor caballero, respondió 
Andrés. Es verdad que á fuerza de trabajo y de econo- 
mía, he llegado á adquirir una fortuna decente; y tam- 
bién es cierto que los dos muchachos son el consuelo de 
mi vegez. Pero este señor Presidente 

— En esta vida, interrumpió el barbero, que sin du- 
da temió que su hermano dijese mas de lo que conve- 
nia; en esta vida no hay dicha cumplida, como decia mi 
abuela. Andrés, señor, es hombre de bien, es acomodado, 
su muger es una santa, sus dos hijos son dos ángeles; pe- 
ro le han metido en la cabeza que ha de tener una en- 
comienda, y el Señor Conde, que es muy recto y escrupu- 
loso, Ave Maria! se niega; porque. . * . ya se ve. . . . no se 
hizo la miel para el pico del zope, decia la abuela. Su 
Señoria tiene tal vez razón, que aunque no falten ejem- 
plos de encomiendas concedidas á los que no son descen- 
dientes de conquistadores, ni tienen gran mérito perso- 
nal, no por eso se ha de faltar á cada rato á las reales 
disposiciones. Lo justo, justo. Si oti'os lo han hecho, alia 
se lo hayan; ellos responderán á Dios y al Rey; su alma 
en su palma, como decia mi abuela. 



— 83 — 

Andrés callaba; pero habia tal e^^presion de furor 
concentrado en sus facciones toscas y fuertemente acen- 
tuadas, que Don Juan pudo deducir fácilmente, tanto de 
la mordaz ironía del barbero, como del silencio y del 
juego de Ja íisonoraia del herrero, que el Presidente y 
Capitán General del reino tenia en aquellos artesanos dos 
implacables enemigos. 

— ¿Y hay alguna constancia, preguntó Don Juan, 
con aire indiferente, de esas concesiones de encomiendas á 
sugetos que no sean de la mas calificada nobleza y des- 
cendientes de conquistadores? 

— Mas de cuatro, señor caballero, contestó Basilio; y 
ahí en la Secretaria del Sr. Presidente están los autos que 
DO me dejarán mentir. Ya se ve, en esos casos había de 
por medio protecciones poderosas y sabéis, Señor, que al 
que á buen árbol se arrima, como decia 

— Pero vosotros, interrumpió el huésped de los mer- 
cedarios, contais, según he oido, con el apoyo de uno de 
los caballeros mas respetables, un Don Francisco 

— Jirón Manuel, dijo el barbero; sí señor; es verdad 
que algún cariño le debemos; pero obras son amores, y has- 
ta aqui nada ha hecho Don Francisco en favor de mi lier- 
mano en lo de la encomienda. Ya se ve, anda el pobre 
señor tan cuidadoso con el negocio de las alcabalas, en 
que cuentan que está cogido medio á medio, y como di- 
cen que el oidor Araque no ha dejado de batirle el co- 
bre al Sr. Presidente con este negocio, probándole que 
las rentas van en decadencia. ... 

— ¿Y vos creéis eso, maestro?, preguntó Don Juan 
con aire de duda. 

— Yo, señor, replicó el barbero, ni quito ni pongo 
Bey, como decia la abuela. El descontento y la grita.es 
general entre ricos y pobres, porque tanto pesan las al- 
cabalas sobre los encomenderos, mercaderes, dueños de 
obrages y tratantes, que pueden pagar sin arruinarse. 



— 84 — 

como sobre los miserables labradores y artesanos, que á 
duras penas y quitándonos el bocado de la boca, paga- 
mos la contribución á S. M. 

La natural locuacidad del barbero y la mala dispo- 
sición de que se encontraba animado lo habían ari-astra- 
do á decir mas de lo que habría querido. No las tenia 
todas consigo respecto á su misterioso interlocutor. ¿Era 
un enemigo ó un amigo del Presidente? Nada podía de- 
cir acerca de esto. Temió, pnes, haber dado demasiada 
auelta á la lengua, y queriendo atenuar el alcance de sus 
últimas palabras, añadió: 

— Cuenta, señor, que yo en todo esto nada pongo do 
mi bolsa; digo lo que dicen y santos en paz. El Sr. Con- 
de es el que gobierna; los señores del Cabildo hacen los 
repartimientos y los señores oficíales reales recaudan. A 
nosotros no nos toca mas que callar y pagar, como lea- 
les vasallos de S. M. y allá otros darán cuenta á Dios 
y al Rey de lo que hicieren. 

— ¿Y que clase do compromisos, preguntó Don Juan,' 
puede tener en esos asuntos un caballero particular co- 
mo lo es Don Francisco Jirón Manuel? 

— Ahi veréis, señor, contestó el barbero, lo que son 
las cosas del mundo. Don Francisco fué i'^idor el año 
pasado y tuvo que hacer el i^partimiento, junto con el 
seuor Alcalde Don Marcos de Estopiñan y con otro re- 
gidor, Don Pedro de Lira. Se armó gresca sobre el tan- 
to mas cuanto, y como aqui han dado en decir que cuan- 
to se hace es obra de Don Francisco, cátate que los 
quejosos (y son muchos) le han echado el muerto y dicen 
que él tiene la culpa de los repartimientos excesivos. 
Unos cardan la lana y otros llevan la fama, decia mi 
abuela. 

— ¿Y vos que decis?, preguntó Don Juan, con aire 
distraído y hojeaudo el poema de Lucrecio, que tomó de 
la mesa. 



— 85 -- 
— Yo, señor, contestó Basilio, digo que aíiro tiene el 
agua cuando la bendicen, como decia la íinnda. Será ó no 
%será y tanto hay de anelio como de larü^o. ^[e he propuesto 
•entender en mi oficio }' nada mas y que cada })alo aguan- 
te su vela. No quiero que me tomen en bi)ca, ni me si- 
gan gastando el nombre, con Basilio hizo y Basilio dijo', 
barbero soy y barbero he de morii-. Yo no aspiro á cor- 
regimientos, ni he de ser alcabalero. Iré á Palacio y á las 
casas grandes los jueves y los domingos, estuche al bra- 
zo, á afeitar y peinar y punto en boca. Si me preguntan, 
mis respuestas serán si <♦ no, como ensefra el catecismo; 
que como decia la abuela, la lengua guarda el pescuezo. 
Si las cosas van bien ó van mal, que con su pan se lo 
coman; que yo no nic he de meter en camisa de once 
varas. 

— Y si hubiera alguno, dijo Don Juan siii levantar 
los ojos del libro, que os asegurara, no solo la consecu- 
ción de la encomienda que desea vuestro hermano, sino 
otros mas importantes favores, ¿que diríais? 

Un rayo de alegría iluminó el ojo del barbero, al 
mismo tiempo que el herrero Andi^s se levantó de la silla 
inaquinalmente y dijo: 

— Al que me diera esa seguridad, le entregaría yo 
ia mitad de mi fortuna. 

— - No es menester tanto, respondió Don Juan; y me- 
tiendo la mano en un bolsillo interior de su jubón, la 
retiró lentamente con un papel doblado en cuatro, que 
tenia escritos unos pocos renglones, con una firma al pió . 
y un sello grande. Puso el pliego en manos del barbero, y 
le dijo: 

— Vos debéis conocer ese sello y esa firma; leed. 
El barbero leyó las pocas palabras trazadas en el pa- 

]>el, y Gespues de haber examinado bien la firma y el 
írello, se levantó, y sin ocultar la profunda emoción que le 
causai-a lo escrito, dijo á Don Juan, iacliuaudose: 



— 86 — 

— Señor, mi hermano y yo estamos enteramente á 
vuestras órdenes. No tenéis mas que mandar y seréis obe- 
decido, aun cuando nos pidieseis la vida de nuestro padre.. 

— Bien, .contestó Don Juan. Recibiréis mis órdenes 
oportunamente. Entre tanto, extended un memorial sobre 
la negativa de la encomienda; haced constar que estuvis- 
teis, Andrés, como soldado en la expedición del año 1587 
contra el pirata Drake y citad los casos en que se hayan 
concedido encomiendas de indios á sugetos que no son: 
descendientes de conquistadores. 

Los dos artesanos -se inclinaron en señal de asenti- 
miento, y el huésped de los mercedarios se puso en pié 
y dijo: 

— Id con Dios, pues, y no olvidéis que como decia 
vuestra abuela, la lengua guarda el pescuezo* 

Andrés y Basilio se estremecieron, mas por la expre- 
sión terrible que tomó la fisonomia de Don Juan, al pro- 
nunciar aquellas palabras, que ix)r el refran misino; y sa- 
lieron del convento, guardando iguales precauciones á las 
que observaron á su entrada. 

Don Juan, luego que estuvo solo, tomó' un reló de 
faltriquera que estaba sobre la mesa y apuntaba en aquel 
momento las once menos cinco minutos. 

— Ya es la hora, dijo, á media voz. Veremos si esc es 
tan á propósito como estos dos villanos. Dande quiera que 
hay pasiones, el sabio puede hacerlas servir á sus desig- 
nios. El Provincial me lo ha pintado como hombre muy 
astuto y de carácter rencoroso. Aborrece y el odio cie- 
ga lo mismo que el amor. Ah! añadió Don Juan, animan* 
dose algún tanto y poniendo su mano derecha sobre el 
corazón; solo cuando se ha logrado revestir esta entra- 
ña con una coraza de hielo, funciona el cerebro con en- 
tera libertad. Solo asi puede sacarse todo el partido de- 
seable de ese conjunto de vanidad, de bellaquería y d» 
desdicha que llaman hombre. Mas de veinte años he lu- 



— 87 — 

chacío con los tres enemigos del alma, y al fin he podido 
cantar victoria. He sometido la carne, he logrado enga- 
ñar al mundo y he hecho pacto con el diablo; esto es, 
con la personiíicacion del mal. Con el auxilio de este, 
no. hay empresa imposible. Cuanto he visto hasta ahora 
en esta capital de un pequeño reino, es reducido y mise- 
rable. Me avergonzaría casi de emplear aquí los podero- 
sos recursos con que me ha dotado la naturaleza, si no 
fuera porque veo en el puesto que ambiciono, una esca- 
la que me conducirá á mas altos honores. ¡Ay de la ambi- 
ción que no sabe contar las horas! La impaciencia ha 
echado á perder los mejores proyectos. Fabio Cunctator 
fué uno do los hombres mas grandes de la antigüedad, 
porque supo aguardar. Esperaré y algún día el éxito, so- 
berano del mundo, vendrá á premiar mis pacientes y la- 
boriosos esfuerzos. 

Tres golpes pausados en la puerta que caia á la huer- 
ta, interrumpieron el monólogo de Don Juan, cuya fiso- 
nomía, iluminada un instante por el relámpago de la in- 
teligencia, volvió á revestir su máscara glacial é indife- 
rente. 

— Adelante; dijo, y dirijió una mirada rápida al que 
entraba. 

Apenas hubo pasado el umbral de la puerta aquel 
individuo, hizo una cortesía exajerada al huésped de los 
mercedarios, que devolvió el saludo sin afectación y con 
esa urbanidad un poco desdeñosa, que bajo las aparien- 
cias de la consideración, oculta un concentrado desprecio. 

— Os agradezco, señor doctor, dijo Don Juan, que 
dejando aparte las formalidades de la etiqueta cortesana, 
hayáis querido venir á mi posada, donde ciertamente po- 
dremos conversar con mas sosiego y libertad. 

— Caballero, contestó el recien llegado, esa carta del 
Yirey de México dice poco; pero es lo suficiente para 
que yo comprenda que sois un sugeto de muy bellas pren- 



-- 8S — 

á is y qiirf posoíiis tada la estimación de Su Alio-Zti. 

La respuesta no era enteramente conforme con lo ifne 
Don Juan habia dicha;- y asi, no dejaron de chocarle las 
pahibras del q«c acababa de efttrar, que no era otKO que 
el Sr. I)/ Ambrosio Fernandez de Araque, doctor en le^ 
yes de la Universidad de Osraa y uno de los Ministros 
togados de la Real Audiencia de Guatemala. 

Siguió un momento de silencio, dm-ante el cual los 
dos interlocutores tütieran tiempo de examinarse. El doc- 
tor Araqtie era un hombre pequeño de cuerpo y delga- 
do; de fisonon>ia antipática- frente estrecha, eabeüos la- 
cios y raros, ojos pequeños y sin expresión^ nariz aplas- 
tada, boca grandcr, ffue dejaba ver dos hileras de dientes 
desiguales, negros y carcomidos; el color del rostro ama- 
rillento, las mano» huesosas^ los brazos y las piernas semc 
jaban al moverse las aspas de un molino de viento; la 
mirada traidora j la risa convulsiva, que imprimía al ros' 
tro el horroroso gesto de un ahorcado^ La parte moral 
estaba en armonía con la física; y habia quien dijera que 
tenia el oidaí' el alma aun mas mal hecha que el cuerpo^ 
De los siete pecados capitales, e! ímico que le faltaba 
era la perc7.a; y como aquellos vicios se llaman asi porque 
son cabeza y oríjen de otros muchos, los seis monstruos 
que vivian en familia en el corazón del buen señor ,^ con- 
taban ya una descendencia de abcmiinaciones tan nume- 
rosa casi como las arenas del mar y coma las estrellas 
del cielo. 

— Parece que los negocios públicos del reino andan 
muy embrollados; dijo Don Juan. 

— ¿Que los caminos de este reino están muy descui- 
dados, decís?, contestó el oidor; es asi, efectivamente; y 
ya considero cuanto habéis debido sufrir en tan larga ca- 
minata por tierra. Habríais debido preferir la via marí- 
tima, por A^eracruz á la Habana y de abi á la co«ta del 
norte de Guatemala. 



— 89 — 

— Me han dicho, replicó Don Juan, levantando un 
|)oco la voz, que era el viaje mas largo, pues necesitaba 
J^o al menos dos meses para llegar á Puerto- Caballos. 

— ¿Caballos?, dijo Don Ambrosio; si; con buenos ca- 
ballos se llega en menos de dos meses, y en México ha- 
bréis podido conseguir los mejores que hay en el nuevo 
mundo. 

El huésped de los mercedarios se convenció de que 
tenia que habérselas con un sordo; y acercándose lo mas 
que pudo al oidorj le dijo casi gritando: 

— Decia yo que, según parece, los negocios públicos 
no van bien por acá; que la nobleza está disgustada y 
que se teme estalle de un momento á otro el descontento 
de la plebCi 

— ¿Que si llueve decis?, preguntó el sordo; no; en 
la estación en que estamos no llueve aqui jamas: las llu- 
vias cesan desde el mes de octubre. 

— ¿ No habrá manera de entenderse uno con este dia- 
blo de hombre?, dijo á media voz Don Juan. Es cosa par- 
ticular! Nadie me habia dicho que era sordo; en esto debe 
haber algún misterio. Al menos confio en que no será 
ciego y que el documento de que soy portador lo pondrá 
á mi entera disposición. 

Dicho estOj sacó del bolsillo el mismo papel que aca- 
baba de mostrar al barbero, y poniéndolo en manos del 
doctor A raque, le dijo: 

— Leed* 

Acercóse el oidor á una lámpara que ardia sobre la 
mesa, y' leyó muy despacio y con el mayor cuidado las 
pocas lineas escritas en aquel papel. Vio con igual escru- 
pulosidad el sello y la firma; y devolviendo el pliego á 
Don Juan, dijo: 

— Esto es terminante. Estoy á vuestra disposición^ 
señor .... ¿cómo debo llamaros? 

— Don Juan y nada mas; contestó él otro en su tono^ 
de voz natural. 

12 



— 90 — 

— Sea, contato el doctor, que aquella vez ya oyó 
perfectamente. Estoy, señor Don Juan, á vuestras órdenes. 

— Con sugetos de vuestra condición é importancia, 
caballero, replicó Don Juan, yo debo hacer un uso dis- 
creto y moderado de esa autorización. Deseo ante toda 
me digáis vuestra opinión sobre la situación del reino, so- 
bre el origen de los males que lo aquejan y sobre lo que 
deberá hacerse para remediarlos. 

— Mi opinión, áeñor Don Juan, sobre esos gravisimos 
puntos, contestó el oidor con afectada modestia, vale bien 
poca cosa. Yo no soy hombre de gobierno; y asi, no haré 
mas que referiros lo que aquí dice la voz pública. 

— En fin, decid. r^ 

— Se atribuye, continuó el doctor, el malestar del 
reino á la dirección poco acertada que se dice se dá á 
las cosas del gobierno. Pretenden que el Conde de la Go- 
mera es un hombre excelente^ bien animado; que desea el 
bien publico; pero que por desgracia no es hombre do 
carrera, y que tiene mas ambición de honores y dinero 
de la que convendría; he oído que es parcial; que se deja 
gobernar por un hidalgo muy respetable, pero muy alta- 
nero y duro, apasionado y violento, llamado Don Francisco 
Jirón Manuel, y lo que os admirará mas aun, aseguran 
que tiene ciega confianza en un miserable artesano, un 
viejecillo inti'igante, en una palabra, en su barbero! Yó, 
señor, no hablo mal de nadie; pero os digo que la opinión 
común es que este señor Conde es el sugeto menos dig- 
no de gobernar un reino como este, que requiere un hom- 
bre sabio, experimentado, y al mismo tiempo conciliador 
y sobre todo un buen letrado, que traiga un secretario 
que entienda de cosas de gobierno, aun cuando na sepa 
hacer versos. 

Don Juan, que habia querido escuchar hasta el fin 
la hipócrita y cáustica relación del doctor Araque, lo dej6 
hablar sin interrumpirlo, y asi que hubo concluido, le 
dija con distracción i 



— 91 — 

— Algo he oido de todo eso; pero otros me han pin- 
tado al Conde como un sugeto de muy diferentes cuali- 
dades. Se dice que es recto, que se ha rodeado de las 
personas mas dignas, que aplica la ley con exactitud, aun 
cuando sea contra sus propios amigos; que es verdad que 
no es letrado; pero que como ha sido provisto sin voto 
en los asuntos de justicia, ese no es grave inconvenien- 
te; y en cuanto al secretario, si bien es cierto que el saber 
escribir versos no es condición precisa en el que desempe- 
ña una Secretaria de gobierno, tampoco el hacerlos es un 
inconveniente en un hombre de gabinete. 

— Soy enteramente de vuestra opinión, señor Don 
Juan, dijo Araque; ó mejor dicho, de la opinión de los 
que os han dado esos informes; ya veis que yo no os he 
hablado mal del Conde; pero si creo que S. M. (á quien 
Dios guarde) pudo haber hecho una elección mucho mas 
acertada. El pueblo y los propietarios están abrumados 
áe contribuciones; se quejan de que no hay agricultura, 
ni comercio, ni se trabajan las minas, con grave detri- 
mento de la real hacienda; se dice, (aunque yo no lo creo) 
que el Conde y sus paniaguados se enriquecen, mientras 
el pais se arruina, y como á nadie, por justificado que 
sea, le faltan enemigos, se murmura del título de Castilla 
con que el Rey nuestro Señor ha premiado los impor- 
tantes servicios de este Presidente, diciéndose que la fun- 
dación de una pobre villa con unos cuantos negros en la 
costa del sur, no era mérito bastante para tan alta re- 
compensa. 

— ¿Y las rentas reales, como andan?, preguntó Don 
Juan,, como quien interroga por mera curiosidad. 

— ¡Oh! las rentas, las rentas; dijo Araque. Ahi está 
el busilis del enredo, señor mió. ¿Quién sabe el verdade- 
ro estado de las rentas? Lo que yo he oido decir con 
mas generalidad es que en el año 1619 el almojarifazgo 
del viento rindió siete mil ochocientos tostones, y que en 
el próximo pasado apenas ha dado seis mil; que la alca- 



— Gí- 
bala de los Corregimientos no ha producido mas que dos 
mil, y de consiguiente se ha cargado la mano á la po- 
bre ciudad, cuyos repartimientos ha sido necesario ere- 
cer de una manera exorbitante! En el último año se han 
elevado á 12,471 tostones y en el presente p^san do 
13,000. ¿Quién aprovecha esas enormes sumas? Dios ine 
guarde á mi de decir que es el Sr. Conde de la Gome- 
ra y sus adláteres; pues aunque esta es, caballero, la opi- 
nión de' todos aqui, yo llevo la contraria. 

— Pues yo, señor oidor, dijo Don Juan con aire de 
indiferencia, siento mucho deciros que soy do la opinión 
de todos y no de la vuestra. 

Pasmado quedó el Dr. Araque al oir una declaración 
tan terminante. Abrigaba un odio mortal contra el Pre- 
sidente y nutria en el fondo de su alma las ideas maa 
ambiciosas; pero como ignoraba á que lado se inclinaría 
aquel misterioso personage, el astuto y maligno doctor no 
se decidía á atacar decididamente al Conde, y, como he- 
mos visto, había dicho lo bastante para acriminarlo, pero 
poniendo las acusaciones en boca de otros. Luego que hu- 
bo escuchado las últimas palabras de Don Juan, consídcn 
randose autorizado para dejar aparte todo disimulo, dijo 
con una sonrisa feroz que contrajo horriblemente su fi- 
sonomia. 

— Puesto, que sois tan franco, caballero, debo paga-' 
ros en la misma moneda y abandonar con vos todo di- 
simulo. El Conde de la Gomera es la causa de los males 
que sufre este pobre reino, como podran decíroslo mis 
compañeros de la Audiencia, con excepción del fiscal, que 
es su paniagua^do. Es necesario agotar todos los recur- 
sos hasta dar en tierra con este hombre duro y terco y 
hacer que la presidencia se provea en algún letrado ins- 
truido y bienquisto con los demás ministros de la real 
Chancilleria, 

— Es decir, en él, dijo para si Don Juan; y luego 
dirijiendose al oidor, le dijo en tono resuelto; 



— í) ?, — 

■ — Yo os aseguro que asi será, y que no pasará mii- 
<'Lo tiempo sin que esté al frente de este reino un hom- 
bre tal. cual lo habéis pintado. 

El doctor Araque no pudo comprender el sentida 
oculto de aquellasípalabras; y poniéndose en pié, tomó la' 
íiiano de Don Juan y estrechándosela con efusión le dijo: 

— Contad conmigo como con el hombre mas decidi- 
do. Mi divisa es odio implacable al tirano, y ini resolu- 
ción invaria1:)le no perdonar medio, licito ó reprobado, has- 
ta lograr su deposición ignominiosa. Ved aquí, añadió, sa- 
cando un papel y entregándolo á Don Juan, un memo- 
rial que pensábamos dirijir á S. M., exponiendo todas 
las falta» del Conde: abi están las firmas de muchos su- 
getos principales y por ellas os formareis una idea de 
la importancia de la liga formidable que he logrado, á 
fuerza de paciencia, organizar contra ' él. 

El huésped de los mercedarios recorrió con indife^ 
rencia aquel escrito, y se lo guardó casi sin haber fija- 
do la atención en las firmas. 

La campana grande del convento comenzó entonces 
á hacer oír sus sonidos pausados y solemnes, dando las 
doce. 

— Es muy tarde, dijo el oidor, y es tiempo de re- 
tirarme. Señor Don Juan, os repito que estoy pronto á 
obedeceros, como el soldado mas decidido á su general. 
Buenas noches. 

— Buenas noches, doctor, contestó Don Juan; pron- 
to os diré lo que tenéis que hacer. Por ahora he desea- 
do únicamente procurarme la honra de conaceros y sa- 
ber si podia contar con vos. Ahí en la huerta encontrar 
reis á uno de mis criados, que os conducirá hasta la 
puerta. Buenas noches. 

Diciendo esto, Don Juan acompañaba al doctor Ara- 
que hasta la puerta del jardinillo que daba á la huerta. 
La abrió, y vio deslizarse por entre los árboles una como 
fantasma vestida con un trage talar blanco, que se per- 



— 94 — 

dio en un bosquecillo de naranjos. El oidor no pudo ver 
aquella aparición, por estar vuelto hacia adentro, para 
hacer el último saludo al huésped de los mercedarios. 
Don Juan no dijo una sola palabra de aquel incidente y 
el doctor Araque, embozándose hasta Ips ojos, echó á an- 
dar, buscando la puerta de salida. 

La conferencia había sido larga, y siendo ya muy tar- 
de, el esclavo apostado para conducir al oidor no pudo 
resistir al sueño y se durmió tranquilamente al pié de un 
frondoso árbol de jocotes, que proyectaba en el suelo la 
sombra de su copa magestuosa. Araque buscó por todas 
partes y no encontrando al negro, supuso lo aguardaría 
en la puerta que daba á la calle y continuó su camino 
al través de la arboleda de la huerta. La hora, el silen- 
cio, interruinpido únicamente por el tañido de la campa- 
na grande que hacia vibrar sus últimos ecos pausados 
y melancólicos; la obscuridad de la noche, que apenas 
permitía ver las siluetas fantásticas de los árboles, que se 
dibujaban en el fondo ceniciento de un cielo nebuloso, 
fueron poco á poco impresionando á Don Ambrosio de 
Araque. Como la mayor parte de las gentes de aquel 
tiempo, el doctor no temía á los vivos, pero temblaba á 
la sola idea de que se le apareciera una alma de la otra 
vida. Luego recordó haber oido contar que hacia aquella 
parte del convento caía la habitación que había ocupado 
un fraile loco, muerto hacia poco tiempo, y le vinieron 
también á la memoria ciertos rumores de apariciones noc- 
turnas de aquel difunto. Araque apretó el paso, deseando 
verse cuanto antes en la calle; pero por mas que hacia, 
no encontraba la puerta de salida. Iba y venia de un la- 
do á otro; la obscuridad y el miedo le hicieron perder la 
cabeza; sintió que un frió glacial corría por sus venas, al 
oir á sus espaldas un rumor como el que formarían los 
pasos de un hombre sobre montones de hojas secas. Vol- 
vió la cabeza involuntariamente y vio que lo seguía á 
poca distancia una figura blanca, con una mancha roja en 



— 95 — 
^1 pecho y un rosario de cuentas gruesas en la mano. El 
pobre oidor creyó llegada su última hora^ pues compren- 
dió que aquella aparición era el alma en pena del fraile 
inuerto. Quiso gritar y la voz se ahogó en su garganta; 
hizo un esfuerzo para correr; pero no pudo conseguirlo 
pues sentía ambos pies como si fuesen dos enormes ma- 
sa s de plomo. 

Entretanto la fantasma seguia avanzando con paso 
lento hacia el oidor, que al ver que la aparición estaba 
ya á dos varas de él, no pudo tenerse en pié y cayó sin 
conocimiento. Entonces el alma en pena, ó lo que fuese, 
^e aproximó al doctor y se inclinó para apartar la capa 
que le cubria una parte de la cara, como si quisiese 
reconocerlo. 

— ¿Este anda también por acá?, dijo á media voz 
la aparición; buena va la danza. ¿Conque no solo mis 
dos hermanos tienen tratos nocturnos con el huésped, si- 
no también los señores de la real Audiencia? 

El oidor continuaba desmayado y no pudo escuchar 
aquellas palabras, que seguramente le habrían hecho re- 
cobrar la tranquilidad, haciéndole ver que la supuesta 
fantasma era un hombre de carne y hueso, vestido con el 
hábito de los legos del convento. La supuesta alma en 
pena se disponía á marcharse, dejando que el doctor Ara- 
que volviera en si cuando le diera la gana; pero al vol- 
Ter la espalda, se encontró á su vez frente á frente de 
otra aparición, que le hizo dar dos pasos hacia atrás. Era 
Don Juan, que habiendo visto la fantasma cuando despe- 
día al oidor, quiso averiguar quien fuese el importuno 
que rondaba su habitación en aquella hora. 

— Pareceme, hermano portero, dijo el huésped, que 
os habéis propuesto espiarme. 

— Líbreme Dios y nuestra Sra. de Mercedes, contestó 
Pr. Pablo, de semejante cosa. ¿Que tengo yo que hacer 
con las vidas agenas? Cada uno es dueño de tratar con 
•quien le acomode y allá Dios le pedirá cuentas de lo que 



— 9G — 

haga. Sacf^(l»\ srinr Don Juan, que por cierta- faltiíla con- 
ventual quí^. no en del caso referir, nuestro Padre me ha 
impuesto la penitencia de rezar once mil Padrenuestros 
y otras tantas* Aventarías dia-rias. A tira mas tira, he po- 
dido completar tres mil doscientos veinticuatro, desde que 
su [paternidad me intimó la órdenj asi es que ya se me ha 
recargado mucho la cuenta. Esta noche hice examen de 
conciencia y me dije: Pablo, esto va malo; estás recar- 
gándote y las distracciones inevitables del convento tie- 
nen la culpa. Animo, Pablo, y vamos á un sitio apartado 
y solitario donde puedas despacharte, sin temor de que 
alguno te interrumpa. Con esta resolución, señor ]Jon 
Juan, luego que la comunidad estuvo recogida, tomé la 
llave de la otra puerta de la huerta, y me vine por acá, 
Púseme de rodillas, lejos de la puertecita de la habita- 
ción que ocupa V^uesa Merced^ y eii tres horas y media 
que habré estado aqui, he rezado por lo' menos veinti- 
cuatro mil Padrenuestros y Avemarias^ con lo que tengo 
ya hasta adelantados los de algunos dias. Aliviada mi con- 
ciencia, iba á retirarme á descansar, cuando tropecé con 
el cuerpo de este hombre, que por cierto no sé quien es, 
y cuando me disponía yo á levantarla^ para ver si está 
vivo ó muerto, aparecisteis vos. 

Don Juan escuchó la peregrina relación del lego, sin 
interrumpirlo, y cuando hubo éoncluido, iedijo: 

— Bien, hermano Pablo; puesto que tenéis tanta ne- 
cesidad de buscar un sitio apartada y solitario, donde á 
favor de la obscuridad y del silencio, podáis cumplir con 
entero recogimiento la penitencia que os ha sido impues- 
ta, yo me entenderé con el P.e Provincial,- que os propor- 
cionará algo que os convendrá mas que la huerta. Reti- 
raos, añadió con tono imperioso; y obedeciendo el desdi- 
chado lego prontamente, dejó al huésped con el doctor, 
que comenzaba á recobrar el conocimiento. 

Don Juan, luego que hubo tranquilizado al pusiláni» 
me oidor, diciendole q.uien era en realidad el alma en penet 



— 97 — 

qüc tan tel'riblé susto acababa de causarle^ lo condujo has* 
ta la puerta de la calle. En seguida el huésped misterio- 
so se dirijió á la puerta, de donde pasó á la celda del 
Provincial^ llamó, y habiéndose levantado Fr* Bonifacio, 
al reconocer la voz de Don Juan, le dijo este tinas pocas 
palabras al oido. Ül religioso inclinó la cabeza en ade- 
man de asentimiento, y volvió á entrar á su celda, mien^ 
tras el huésped se dirijia á su habitación. 

AL siguiente dia los religiosos se comunicaban unos 
á otros, al oido y con espanto, una. extraña noticia: Fr* 
Pablo Molinos, el lego portero, tan observante de la re- 
gla y tan querido del P. Provincial, habia amanecido en 
la cárcel del convento! 



— 98 — 




CAPITULO VIH. 



El Capitán Peraza. 



A que hemos visto en el precedente capitulo co- 
mo el desconocido persoiiage hospedado en el con- 
vento de la Merced comenzaba á urdir la enma- 
rañada tela de sus intrigas, con la astucia y la paciencia 
con que elabora la araña la complicada red en que ha 
de envolver á sus incautas victimas, veamos ahora lo quo 
hacían las personas cuya ruina tramaba en silencio el lla- 
mado Don Juan. 

El gabinete del Presidente y Capitán general del 
reino estaba situado á la cabecera del salón ' de recep- 
ciones en el real Palacio^ Era una pieza pequeña, tapiza- 
da de damasco verde; en el centróse veía un escritorio 
primorosamente incrustado de carei y concha, y junto á él 
un cómodo sillón forrado de baqueta de Moscovia, que 
ocupaba el Conde en las horas del despacho. Enfrente 
estaba otra silla mas pequeña y mas ligera, destinada al 
Secretario de cartas. Algunos estantes, que hacian juegO' 
con el bufete, ocupados con expedientes y libros y unas 



— 9Í) — 

,.,^as sillas mas completaban el ajuar del gabinete. 

Acababan de dar las ocho de la mañana. Don Luis 
Mellan de Betancourt, con aire abatido y melancólico^ar- 
reglaba los papeles del despacho del dia; abria las co- 
municaciones de las provincias y después de haberlas re- 
corrido rápidamente, las iba colocando una sobre otra, se- 
gún su impoftancla. El Secretario veia no solamente los 
despachos oficiales, sino también las cartas particulares 
dirijidas al Conde, prueba de la ilimitada confianza quo 
su tio y gefe tenia depositada en él. Después de haber 
clasificado cuidadosamente las piezas de oficio y la cor- 
respondencia privada del interior del reino, Don Luis abrió 
unos pliegos que habia traído un correo de Acajutla, des- 
pachado con motivo de la lU^gada de un barco proce- 
dente del Callao. La fisonomia indiferente y distraída del 
joven se animó á la vista de una de aquellas cartas, fecha 
en Sonsonate y firmada Fernando. Después de haberla leí- 
do rápidamente, Don Luis prorrumpió en una exclamación 
de alegría y dijo: 

— Fernando! mi primo y buen amigo; mi hermano 
de armas, mi compañero en las locuras de la primera 
juventud! Bendita sea la Providencia que me lo envía, 
cuando mas necesidad tengo de un pecho noble y leal, á. 
quien hacer depositario de los tormentos de mi alma des- 
garrada. ¡Cuanto va á alegrarse el respetable anciano, al 
saber la venida inesperada de un hijo á quien idolatra 
y de quien ha estado separado durante diez años! 

Después de haber dejado correr asi la efusión de sus 
sentimientos generosos, el noble mancebo, cuya alma im- 
presionable pasaba instantáneamente de la alegría al aba- 
timiento, según la diferente naturaleza de las impresiones 
que conmovían su espíritu, delicado como la sens-itiva, de- 
jó ver en su semblante las ideas aflictivas que lo habían 
aealtado. 

— Y esta venida repentina de Fernando, dijo, ¿no 



— 100— 

tendrá alguna causa desagradable? ¿Qué puede haberlo 
obligado á dejar la ventajosa colocación que ocupaba en 
el Perú, y venirse á Guatemala, sin permiso y aun sin co- 
nocimiento de su padre? ¿Será posible que el tiempo no 
haya hecho mas juicioso á mi buen amigo? Fernando cuen- 
ta ya treinta y tres años, es capitán de caballería, lleva 
al pecho la cruz de Montesa, el Virey del Perú, Principe 
de Esquilache, lo ha honrado hasta ahora con su estima- 
ción y confianza; allá tenia abierta una magnifica carrera; 
¿que significa, pues, esta venida repentina, que tiene toda 
la apariencia de una fuga? Esta carta lacónica no explica 
nada; voy á leerla otra vez, á ver si puedo descubrir en 
ella algo que indique la causa de tan extraño viage. 

Don Luis volvió á tomar la carta y leyó en voz alta: 
'* Padre y señor: la necesidad urjente de cambiar aires me 
ha obligado á ponerme en marcha, sin solicitar antes vues- 
tro permiso. Hó aquí en Acajutla á vuestro humilde hi- 
jo, que pronto os besará las manos. ¡Maldito barco, padre 
y señor! Si hubierais visto que legiones de ratas y de 
cucarachas han sido mis compañeras en esta larga y diver» 
tida navegación! Por las muelas de Santa Polonia os juro 
que poco ha ñiltado para que nos comiesen vivos á mi 
y á mis criados. Dentro de cuatro dias tendré el gusto 
de veros; pues como habemos tomado las de Villadiego 
harto ligeros de equipage y de bolsillo, urje el llegar. 
Besaos las manos, padre y señor, vuestro amante hijo: Fer- 
nando.'^ 

— Nada puede inferirse de esta carta acerca ''del mo- 
tivo de la venida de mi primo, dijo Don Luis; pero si se 
ve que no lo ha abandonado su humor festivo. ¡Pobre ca- 
pitán! ¡que teatro tan diferente del que deja viene á en- 
contrar aqui! Cambiar la alegre, animada y poco escru- 
pulosa corte del Virey del Perú, por la residencia, mas 
Bombria hoy que nunca, del Capitán general de Guate' 
mala! Aqui encuentra bandos, divisiones é iutrigas, en 1^ 



— 101^ 

udad; soledad y silencio en este Palacio, que parece ha- 
berse impregnado todo él del espirita tétrico de su ac- 
tual dueño. Pobre Fernando!, repitió Don Luis, y calló, 
íil escuchar los^ pagos del Presidente, que se acercaba con 
lentitud al gabinete. 

Abrióse la puerta y apareció el Conde, mas pensativo 
y abrumado que de costumbre. Don Luis lo saludó con 
afecto cüsi filial, y el anciano tendió la mano á su joven 
sobrino y Secretario, que la llevó á los labios con respeto. 

— Señor, dijo Melian, presentando al Presidente la 
earta de Don Fernando; antes de que os ocupéis hoy en 
los graves asuntos del despacho, ved esta carta, que os 
januncia una nueva que debe ser grata á vuestro corazón. 

El Conde se sonrió con tristeza, como quien duda de 
que le pueda llegar algo realmente agradable. El Secre- 
tario prosiguió: 

— Vuestro hijo, mi primo y buen amigo Fernando, ha 
venido al reino y esta para llegar aquí, pues la carta 
tiene cuatro dias de fecha. Dentro de poco lo estrechare- 
mos en nuestros brazos. 

Un rayo de alegría iluminó el tétrico semblante del 
Conde de la Gomera, que lanzó nn grito de sorpresa, al 
escuchar aquella nueva inesperada. Leyó dos veces la car- 
ta que le entregó Don Luis y después de la segunda lec- 
tura, pasada la primera impresión de júbilo, sus facciones 
ítieron tomando un aira aun mas sombrío que antes. La 
repentina llegada de su hijo, anunciada del modo ligero 
que hemos visto por la carta misma, llamó la atención al 
Presidente, y le hizo concebir el temor de que aquel via- 
ge precipitado fuese efecto de alguna nueva y grande 
locura de su hijo. 

El Conde no tuvo tiempo para mas detenidas reflexio- 
nes sobre aquel asunto, pues en el mismo instante se oyó 
un gran ruido de caballos en el patio, y las voces délos 
isriados de Don Fernando, que con grande algazara desear- 



— 102— 

gabán las muías que traían el equipage de su amo. El Presi- 
dente y Don Luis corrieron á una ventana del gabinete que 
daba á una galería del Palacio y vieron que subía la es- 
calera un gallardo mancebo, en trage de camino, armada 
de látigo y calzadas las espuelas. Ni el Conde ni Don 
Luis pudieron reconocer desde luego á su hijo y á su 
amigo,] pues diez años habían cambiado notablemente el 
aspecto del joven. Pero no tardaron en saber quien era 
el que se acercaba con tan gentil desembarazo, pues en- 
traba cantando á voz en cuello la siguiente estrofa de un 
romance de Baltasar de Alcázar, entonces muy en boga: 

' " Tres cosas me tienen preso 
de amores el corazón; 
la bella Inés, el jamón 
y berengenas con queso." 

— El es, lo reconozco, dijo con tristeza el Conde, al 
oír el canto; ¡siempre el mismo!, y se adelantó hacia la 
puerta para recibir al aturdido capitán, que no dejó de 
cantar, sino al verse á dos pasos del ancinjio. 

— Padre! exclamó Don Fernando, estrechando al Pre- 
sidente entre sus brazos vigorosos. ¡Cuanto me alegro de 
veros!; pero me holgaría mas, ¡voto á Sanes! si os encon- 
trase con mejor semblante. Ya se ve, añadió con volubi- 
lidad, me han dicho que Guatemala es una especie de con- 
vento y este Palacio una celda grande, donde hacéis una 
vida de medio cenobita. ^Yo no sé por qué diablos Su 
Magostad no os trasladó de la gobernación de Chucuíto 
al vireinato del Perú, lo cual os habría ahorrado camino. 
•Pero ya caigo, nuestro amado monarca, como buen cató- 
lico, sabia que no es fácil ir, al cielo sin pasar por el pur- 
gatorio, y sin duda eso tuvo presente al enviaros aquí. 

— Hijo mió, contestó el Conde con gravedad; el Rey 
destina á cada uno de sus vasallos al punto que mejor 



— 103— 

íionvieno al servicio de Dios y al bien de la monarquía, 
y . . . . 

— Hola! exclamó Don Fernando, interrumpiendo á 
su padre. ¿Quien es esa figura de tapicería que está ahi?; 
y avanzando hacia Don Luis, que se habia quedado en un 
rincón de la pieza, por respeto, tomó familiarmente al Se- 
cretario por una oreja, y con sendas carcajadas le dijo: 

— ¡Por vida de Santiago á caballo, que á este pobre 
mozo lo . han hechizado en esta tierra! Vaya que has cam- 
biadO) Luis, y te pareces tanto al alegre capitán de las 
campañas de Italia y de Flandes, como yo al Prior de 
los benedictinos, i Ea ! alma de cántaro, muévete y no to" 
mes tan por lo serio tus funciones de Secretario, que ol- 
vides á tus amigos. 

— ¡ Olvidarte, Fernando !, exclamo Don Luis con ter- 
íiura, estrechando contra su corazón al gallardo capitán. 
Jamas! Si te parezco serio, es que los diez años que han 
corrido desde que no nos vemos, han influido de muy di- 
versa manera en nuestros respectivos caracteres. A ti te 
han hecho, por lo que veo, mas jovial; y á mi mas triste. 

El Conde se habia acercado con disimulo á la ven- 
tana, como para no parecer que oia la conversación de 
los dos jóvenes; temiendo, sin duda, que la locuacidad de 
su hijo comprometiese aun mas la autorizada gravedad de 
su carácter. 

— ¡Triste! exclamó Don Fernando; ¡por el zancarrón 
de Mahoma, que yo no sé de que color es esa señora 
tristeza, ni comprendo que un joven como tú pueda tener 
tratos con ella. ¡Qué! ¿no hay una sola moza bonita en 
Guatemala? ¿No hay naipes y botellas, ni alguna triste 
estocada que dar ó que recibir de vez en cuando? Ahí 
¡voto á Cribas! ya recuerdo haber oido que te habías ca- 
sado. ¿Que tal es tu muger? Supongo que me llevarás á 
verla. 

— No, Fernando, contestó Melian, arrancando un sus- 



^104— 

|?iro ck lo más hondo de su pecho; no me' he casado átiüv 
ni sé cu^indo podré ver realizadas mis esperanzas de feh- 
cidad, que como una sombra fug'itiva, se desvanecen cada 
vez que creo voy á tocarlas. Pero tu tienes sin duda ne^ 
cesidad de algún descanso, añadió el desgraciado, á quien 
aquel asunto molestaba evidentemente. Asi, con permisa 
de Su Señoria, voy á que te preparen la habitación que 
has de ocupar. 

— No estoy cansado, Luis^ contestó Don Fernanda y 
hay tiempo para preparar un nido donde se aloje este 
mochuelo. Por lo pronto, hijo mió, lo que nv}e es que me 
hagas traer un barbero, si es que los hay aqui, pues no 
me he afeitado ni peinado en cuatro dias. ¡Que horror! 

Dicho esto, dio una vuelta sobre la punta del pié iz- 
quierdí» y se puso á cantar, aunque en voz algo mas bajaí 
que antes, por un resto de respeto á su anciano padre, la 
segunda estrofa del comenzado romanee: 

" Esta Inés, amantes, es 
quien tuvo en mi tal poder, 
que me hizo aborrecer 
todo lo que no era Inés." 

— Fernando, dijo el Conde, tomando la mano á sií 
tijo con cariñosa afabilidad; basta de locuras; he disimu-^ 
lado el que te hayas expresado con franqueza en los pri- 
meros momentos con tu amigo Don Luis; pero es tiem- 
po ya de que hablemos con seriedad y me digas el mo- 
tivo de este viaje repentino. 

— Padre mió, contestó el capitán, haciendo girar con 
la punta del índice una mariposa de plata quo coronaba 
el tintero colocado en el bufete y que servia de antifa2; 
cuando se escribía con luz artificial; mi venida no ha si- 
do originada por motivo alguno grave 

-- G-racÍRS á Dios, interrumpió el Presidente: esa^B 



— ÍÓo— 

páíabías me alivian el corazón de un gran peso. Explicat(^. 

— Nada entre dos platos, padre mió, continuó dicien- 
do el aturdido mozo, siguiendo en su diversión de hacer 
girar la mariposa. Figuraos, por vida dé ... . 

— No jures, Fernando, dijo él Conde: deja ésa coíi- 
tumbre, que si es apenas tolerable en gentes de baja 
Condición, es impropia; en un oaballero de tü clase. 

— Por Dios que no juraré mas, padre, si esto os 
desagrada, y vamos al cuento. Habéis de saber que el 
hijo mayor de vuestro amigo Don Francisco de Borja y 
Aragón, Principe de Esquilache, Virey del Perú, caba- 
llero de no sé cuantas órdenes, &c. pretendia á una don- 
cella, hija de un hidalgo finchado, que orgulloso con la 
idea de emparentar con una familia ilustre, se empeñó en 
que había de hacerse el tal bodorrio, á pesar de la re- 
pugnancia de la joven, que considerando feo y nada agra- 
ciado al hijo de Su Alteza, le contestó con un nó redon- 
do como titia plaza de toros. 

— Pero es entraño, dijo' el Coíide, que, fuera lo' que 
fuese, el joven, la doncella ^e tomase la libertad de re- 
sistir á l'a voluntad de su padre, que seguidamente sabia 
mejor que ella lo que podia convenirle. 

— Ahi veréis, señor, replicó el capitán; es lo" mismo 
t[ue yo pienso; pero la moza lo juzgó de otro modo; pere- 
que el diablo' habia metido el rabo por medio, haciendo 
(jue la niña, que, entre paréntesis, se llama Doña Inés, se 
prendase de otro galán, de tan buena cuna como el otro 
pretendiente, aun cuando no sea hijo' de un Principe y 
Virey, sino de un Conde, Capitán general de un reino'. 

— ¿Y el nombre de ese joven?, dijo el Presidente 
con inquietud. 

— El nombre, padre mió, permitidme lo' reserve pa- 
ra el fin de la historia. Yamos primero al milagro, y desí- 
pues declararemos el santo. En competencia ambos gala- 
nes, procuraban superarse en*sus obsequios. Hubo músi^ 
éfts; toros V cañas; y el hijo 'del Yirey- siempre fué desa- 

14 



— 106— 

tendido, mientras el otro " paladin, mas venturoso, se lle- 
vaba tras si el corazón de la bella. Pero cata ahi que un 
dia el Nerón del hidalgo, cansado de aquellos obsequios, 
y según se cree, de acuerdo con el Yirey, va y coge á 
la pretendida y la encierra en un convento, contando con 
que la soledad y el recogimiento la harian volver al rec- 
to sendero. Mas el bueno del viejo habla contado sin la 
huéspeda. Excitado el cortejo con aquella medida tiránica, 
dispuso libertar á la hermosa prisionera^ y ayudado de sus 
pages y criados, escaló el convento una noche en que la 
luna brillaba en todo su esplendor. El hijo del Virey, 
temeroso de algún atentado, ó advertido de lo que iba 
á suceder, se hallaba apostado con las gentes de su ser- 
vidumbre, á poca distancia del monasterio, y cuando nues- 
tro héroe iba á poner á la bella á la grupa de su ca- 
ballo, el amartelado y los suyos cayeron como perros do 
presa sobre los raptores. Desnudáronse los aceros, y yo, 
(quiero decir el amante correspondido,) dio traza y modo 
de cruzar su espada con la del hijo del Virejv El resul- 
tado fué que este quedó tendido y atravesado de parte á 
parte. ¡Hermoso golpe! ¡por San Crispulo! Yo, digo el 
otro no pensó ya sino en ponerse en cobro. La doncella 
lloró, se desmayó, queria acompañar á su raptor; pero 
este, á quien en ningún caso falta la prudencia, le dijo 
un ternisimo adiós y salió mas que deprisa con dirección 
al Callao. Acertó á llegar á tiempo en que salia un mal 
buque para Acajutla, y se instaló en el,-^ salvándose así 
de la venganza del Virey. Aquí concluye- la historia, padre 
mió, ¿queréis saber ahora el nombre del héroe? 

El Conde tenia la cabeza apoyada sobre sus dos ma- 
nos, en la actitud del mas profundo abatimieoto. Cuando 
el capitán dejó de hablar, la levantó lentamente y con 
voz balbuciente contestó: 

— ¿Es decir que has violado la santidad del claustro 
y asesinado al hijo de tu protector? 

Don FernandQ miró á su padre con asombro y respondió: 



— 107— 

— Padre, yo no he violado á alma nacida; y en cuan- 
to á asesinar, no creo pueda llamarse asi el haber dado 
uaa estocada, en toda regla y conforme á los principios 
de Gerónimo de Carranza, á un hombre que me atacaba 
espada en mano. Por lo demás, supongo que el señor Vi- 
rey, por muy largos que tenga los brazos, no podrá llegar 
hasta aquí y salirse con su antojo de atraparme. 

— Sin duda que tu persona está en completa segu- 
ridad, contestó el Conde. Yo habré perdido un amigo y 
tü un poderoso protector, y quiera Dios que el hijo de 
Esquilache haya podido al menos salvar la vida. 

— Eso dudo yo mucho, dijo el capitán. Figuraos que 
fué aquel un golpe maestro. Mi adversario era valiente 
y ágil; pero le faltó la sangre fria, que da seguridad y 
firmeza al brazo. Se batía como un rabioso; se dejó des- 
cubierto el costado izquierdo; y ¡zas! mi espada entró 
toda bajo la tetilla. 

— Basta, joven imprudente, exclamó el Conde; bas- 
ta ya de eso y hablemos de otra cosa, aun mas grave to- 
davia que esa muerte. 

Pálido y ajitado, el anciano se acercó i Don Fer- 
nando y le dijo en voz baja: 

— Infeliz! estás excomulgado! 

• — ¡Excomulgado! replicó elcapitan; ¿y porqué? ¡vo- 
to á brios! ¿Por ventura el difunto estaba ordenado m 
sacris y yo no lo sabia? 

—r- No, replicó el Presidente, no es eso; pero habien- 
do violado la clausura, has incurrido en la pena de ex- 
comunión. Voy ahora mismo, joven inconsiderado, á con- 
sultar este punto grave con quien lo entiende mejor que 
tú y que 3^0, • 

Diciendo esto, el Presidente tocó la campanilla y ha- 
biéndose presentado un page, le previno acompañase á 
Don Fernando á la habitación que se le habia destinado. 

— Tened la bondad, señor, dijo el capitán, de arre- 
glar ese piintico de la excomunión, en tanto que yo me 



— 108— 
íiago peiuar y afeitar; y salió con el page, cantando ia 
tercera estrQfa del romance de Alcázar: 

" Trájome un año sin seso, 
hasta que en una ocasión 
me dio á merendar jamón 
y berengeuag con queso.'' 

El anciano lo siguió con una mirada que revelaba 
todo lo que le hacia sufrir aquel jóyen loco, y cuando lo 
perdió de vista, se puso á escribir un billete al Provincial 
de la Merced, su consultor en los casos graves de con- 
ciencia. Mientras escribe el Conde llamando en su auxi- 
lio á Fr. Bonifacio, sigamos al capitán tronera, á quien 
condujo el page á una bonita habitación, contigua á la que 
Oicupaba el Secretario. 

No bien se hubo instalado Don Fernando en su cuar- 
to, cuapdo yolvió á aparecer el page, que introdujo á 
nuestro viejo conocido el maestro Basilio, quien entró har 
ciendo tres cortesías, que mas parecían genuflexiones. El 
festivo capitán, 4- quien divirtieron las reverencias del 
barbero, tuvo la humorada de correspondersolas con otras 
aun mas exageradas, lo que hacia que el maestro redo- 
blase sus muestras de atención y de respeto. No se que- 
daba atrás Don Fernando; con lo que se entabló la mas 
graciosa competencia de cortesías, que al fin terminó con 
una ruidosa carcajada del capitán, que dejó corrido y 
amostazado al rapista. 

Recordarán nuestros lectores que el barbero, des- 
pués de su última frustrada tentativa subre lo de la en- 
comienda de su hermano, habia dicho (^e se proponía 
servir únicamente á las personas de su clase; pero aque- 
lla resQlucign, tomada fxb irato, fué prontamente revoca- 
da. Sin renunciar á sus malos designios contra el Presi- 
dente, se propuso continuar sirviéndolo, calculando que 
dp este modo se le facilitaría mas el lleva^r á cabo sus 



■planes. Así, cuamio el p;>g-e fué lí Ikuniirlo pnr-a que fue- 
se á afeitar y peinar al señor capitán üon Feniílndo Pc- 
raza, hijo de Su Señoría, el Muy Ilustre Sr. Presidente, 
ei maestro Basilio se dio prisa á acudir al llaniamieuto, 
iriipaciente por conocer al joven de quien tanto hubia oido 
hablar. Ya hemos visto cuan poco iisongero para la va- 
nidad del favorito fué el recibimiento que le hizo el ca- 
pitán, quien estaba muy ageno de sospechar siquiera con 
que clase de víbora se las había. 

— Digo, maese Lanceta, exclamó Don Fernando, lúe" 
g.o que hubo examinado con impertinente curiosidad la 
cora del viejecillo; ¿es moda en Guatemala que ios tun- 
didores de mejillas no tengan mas que un ojo? 

— Aunque soiia decir mi abuela, señor capitán, con- 
testó BasiUo, con una sonrisa forzada, que mas ven cua- 
tro ojos que dos, y de consiguiente mas do3 que uno, 
puedo asegurar á Vuesa Merced que el úuico que yo 
tengo me basta y sobra para ver cuanto rae conviene, y 
para hacer mi oficio tan bien como cualquiera. 

— Pues manos á la obra, maestro cíclope, replicó 
Don Fernando, acomodándose en un sillón, que estoy im- 
paciente por ver como te gobiernas para afeitarme el car- 
rillo izquierdo, ya que es el ojo derecho el que te se ha 
desertado de la cara. ¿Y que hay de nuevo por acá? 
añadió; si eres buen barbero, debes tener un estuche de 
historietas mas curioso que el del oficio. Conque ve des- 
embuchando, ¡voto á briós! si no quieres que me duerma. 

— ¿Qué mayor novedad queréis, caballero, que vues- 
tra llegada? La ciudad entera no se ocupa en otra cosa 
y todos dicen á una voz que no podíais haber llegado 
mas oportunamente. Mas vale llegar á tiempo que rondar 
un año, decia mi abuela. 

— ¿Porqué?, preguntó Don Fernando. ¿Se preparan 
algunas buenas fiestas? He oido en el camino que acaban 
de pasar las de la jura del nuevo rey. 

— Los enemigos de vuestro padre, dijo el barbero, 



^-no- 
que no son pocos, preparan otras fiestas. El pais está re- 
vuelto/ según dicen, y los que amamos sinceramente al 
Sr. Conde, vemos con alegría la llegada de un campeón 
joven, valeroso y discreto, que ayudará eficazmente á que 
las cosas se arreglen. 

— Pues á buen santo se encomiendan, como diria tu 
abuela, contestó Don Fernando riéndose. Si para cortar 
las dificultades se necesita de repartir unas cuantas esto- 
cadas, contad conmigo; pero si es para cosas de política, 
acudid á mi amigo Don Luis, que se ha vuelto juicioso 
como un obispo. Dime amigo rapista, añadió el capitán, 
¿y el bello sexo de qué partido es aqui? Está por mi 
padre ó contra mi padre? 

— Hay de todo como en botica, señor caballero, co- 
mo decia . mi abuela. Unas nos quieren y otras no. 

— Pues desde luego pongo por las que no oí* quieren, 
que deben ser las de mejor gusto, contestó decapitan; y 
eso, aun cuando corra yo el riesgo de cometer el crimen 
que costó la vida al hijo de Marco Bruto. 

— De Junio Bruto, querréis decir, replicó Basilio; 
pues según he oido al Padre Provincial, ese era el nom- 
bre del que condenó á muerte á su hijo; y ya veis que 
cuando su paternidad lo dice, estudiado lo tiene, como 
decia la abuela. - 

— Sea como gustéis, señor sabihondo, (fijo Don Fer- 
nando; para mi tanto vale un Bruto como otro Bruto, 3^ 
lo mismo es que haya sido el uno ó el otro el que hizo la 
brutalidad. Ea! seo guapo, añadió levantándose; decidme 
el nombre de la mas gentil moza de las que siguen el par- 
tido de mi padre, y os regalaré en premio esta efigie de 
nuestro muy amado soberano, para que le tributéis vues- 
tros reverentes cultos. 

Diciendo esto, Don Fernando hizo sonar sobre la me- 
sa un doblón de oro de á ocho pesos, de los acuñados re- 
cientemente en el Perú, con el busto de Felipe IV. Basi- 
lio reflexionó un momento, y luego dijo: 



-111- 

— La que se lleva, sin duda, Ut palma entre las be^ 
llezas guatemalteca?, de uno y otro bando, señor caballe- 
i'o, es Dña. Margarita Jirón Manuel, verdadera margarita 
preciosa en toda la extensión de la palabra;. . . . pero. . . . 

— Pero qué? dijo el capitán. ¿És una fortaleza in- 
tomable? no me diga eso, ¡voto á Dios!, pues bastaría 
para que ahora mismo fuese á tributarle mis mas rendidos 
obsequios. 

. — No querría yo que tal cosa sucediese, dijo el tai- 
mado barbero; que hay obstáculos de obstáculos y algu- 
nos de tal naturaleza que el querer vencerlos es, como de- 
cía mi abuela, dar coces contra el aguijón. 

— Pues á pesar de lo que decía la vieja bruja de vues- 
tra abuela, señor del ojo hueco, yo os digo y sostengo 
que veré á esa Dña. Margarita Jirón y me haré amar de 
ella, así sea la novia del Preste Juan de las Indias. 

Cuando Don Fernando pronunciaba estas palabras, en- 
tró Don Luis Mellan, que alcanzó á oirías perfectamente. 
El barbero, á pesar de su sangre fría, no pudo sostener 
la mirada altiva y desdeñosa de Don Luis, que compren- 
dió desde luego que aquel malvado habia acertado con la 
manera de excitar las pasiones semi-salvages de su amigo. 
• — Fuera de aquí, villano!, dijo el Secretario, seña- 
lando la puerta al barbero, que recogió á toda prisa sus 
utensilios y la moneda que acababa de arrojarle Don Fer- 
nando, y salió del cuarto, haciendo sus inevitables reve- 
rencias. 

— ¿ Por qué lo despides? dijo Don Fernando riéndo- 
se. ¿Sabes que este tunante es muy divertido? 

— Sé, Fernando, contestó Don Luis con seriedad, que 
se toma ciertas libertades que personas de nuestra condi- 
ción no deben tolerar jamas, y á que se cree autorizado 
por la bondadosa indulgencia (Je tu padre^ que ha creído 
deber servirse de él como espía. 

— Pues yo, Luís, que maldita la gana que tengo de 
mezclarme en negocios serioS; procuraré servirme de este 



rT2- 



bribón ele bnrl)^i"o para cosa bien diferente de esa en qii6 
lo ocupa mi ^^eñór padre. Le he viíto eu el ojo único qii^ 
tiene un no se qué que nié ha parecido indicar que el 
hombre vale un Perú para corredor de oreja. Ahora mis- 
mo, poco ati tes de que tú entraras, me habia dado el nom- 
bre de la mejor moza del lugar; una Doña. . . . Maria, Mar- 
tina, ó Margarita Jirón; añadiendo que es una plaza in- 
conquistable, lo cual, ¡por vida de Santa Úrsula y sus on- 
ce mil compañeras!- que es lo mas á propósito para es- 
polear á un hombre como yo. 

— Eso ha comprendido fácilmente ese malvado, dijo 
Don Luis, poniéndose pálido, y por k> mismo te ha in- 
dicado á esa joven señora. Dña. Margarita Jirón Manuel, 
amigo mió, pertenece á una de las familias mas respeta- 
bles del reino y es una doncella en quien la virtud corre 
parejas con la belleza. Yo no debo ocultarte nada, á ti; 
mi amigo, mi hermano do armaá: esa joven es la que va 
á ser mi esposa, tan luego como se reciba el permiso de 
mi padre, á quien el tuyo ha escrito ya al efecto. 

A pesar de la ligereza de su carácter, Don Fernán^ 
do se quedó estupefacto, cuando ayo las ultimas palabras 
que Don Luis habia pronunciado, balbuciente y con el ros* 
tro encendido como ía llama que vomita un volcan. * 

Siguió un momento en que ambos jóvenes guardaron 
profundo silencio, sin atreverse ya ni el uno ni el otro á 
aventurar una palabra mas. Al fin el capitán Peraza se 
puso en pié, 3^ dando una vuelta dijo: 

— Pues eso quiere decir que no se vuelve á hablar 
del caso, amigo Don Luis, y que haremos que el sabue- 
so dirija la nariz hacia otra parte. Ya le recomendaré 
que procure otra ve.z afinar mejor el olfato, si quiere ga- 
nar algunos doblones y evitarse el ser, no solo tuerto, sino 
manco ó cojo, de resultas de una paliza que le haré dar. 

— Mas te valdría, quizá, replicó el Secretario, evitar- 
te el contacto de ese vicho venenoso; y estrechando afec- 
tuosamente la mano á su amigo, se retiró, para ir al despa* 



— 113— 

chój donde ya lo aguardaba el Presidente. 

Entre tanto el capitán, recobrando instantáneamente 
su buen humor, llamó á su ayuda de cámara y le dijo 
preparase un vestido. Mientras se quitaba el de caminó,- 
fcáiítába á voz en cuello la cuarta estrofa del romance: 

" Fué de Inés la primer palma; 
pero ya júzgase mal 
entre todas ellas cual 
tiene mas parte en mi alma.^' 



114— 



Crt^^ 




CAPITULO IX 

liOcürás del Capitán. 



L Provincial de la Merced acudió sin demora áí 
llamamiento del Presidente; y luego que se hubo- 
informado del asunto, movió la cabeza á uno y 
otro lado, y se levantó hacia arriba el cabello, señal evi- 
dentisima de que consideraba el caso sumamente grave. 
L*o primero que hizo fué suplicar al Conde le proporcio- 
nase una pieza retirada donde pudiese, con todo sosiego, 
meditar lo que correspondia hacer en tan extraordinaria 
circunstancia. El Conde condujo al reverendo á un apar- 
tado gabinete; se le proporcionó recado áe escribir y se 
llevaron del convento unos quince ó veinte volúmenes de 
colecciones de Concilios, tratadistas de Derecho canónico, 
decretalistas y las obras de San Agustin y Santo Tomas, 
por via de refuerzo; Fr. Bonifacio se encerró á ks nue- 
ve de la mañana; y el Presidente, no poco inquieto con^ 
aquel aparato, que le hacia ver que el negocio era aun 
mas peliagudo de lo que él habia imaginado, pasó á su ga- 
binete, y apenas pudo prestar alguna atención á los asuB- 



— 115— 

tos del despacho. Por la primera vez ocultó el motivo de 
8u desazón á D. Luis, que respetó el secreto de su geíe. 
Entretanto el causante de toda aquella alarma, que no 
habia vuelto á acordarse de la excomunión, acabó de ves- 
tirse y se echó á la calle, deseoso de conocer un poco la 
ciudad. Don Fernando vestia un traje de terciopelo ne- 
gro, perfectamente cortado, que realzaba la gallardía de 
sus formas. Su estatura era elevada, la cabeza hermosa, 
aunque no revelaba una inteligencia distinguida; el cabe- 
llo rubio, ligeramente ensortijado; los ojos azules y expre- 
sivos; las demás facciones del rostro, regulares y bien pro- 
porcionadas; el mostacho puntiagudo y levantado hacia ar- 
riba, y la .perilla caia con gracia sobre la gola finísima 
de encage de Flandes. Los grandes manguillos que le cu- 
brían casi medio brazo, indicaban su grado militar y la 
venera cuajada de diamantes que llevaba al lado izquier- 
do del pecho, daba testimonio de que el capitán se ha- 
bia distinguido ya con algunos servicios importantes. 

Llamando la atención de los pacíficos ciudadanos, sin 
hacer caso de los hombres y parándose á echar piropos á 
cuantas mugeres, feas ó bonitas, encontraba al paso, Don 
Fernando, sin cuidarse del que dirán, talareaba un ro- 
mance antiguo, pues por lo visto sabia de pe á pa la ma- 
yor parte de los que hasta entonces se habían compues- 
to, y no eran pocos, por cierto. He aqui lo que canta- 
ba el tronera, con escándalo de aquellas buenas gentes: 

Si siempre crecen asi 
tu desden y mi pasión, 
bien pueden cantar por mi 
Kirieleisó?!, 

Si de esta manera crece 
Ñouora, tu disfavor, 
y al mismo punto mi honor- 



11 6-- 

^e levanta y desvanece; 
y «i por amar asi 
no merezco galardón, 
bien pueden cantar por mi 
Kirieleisón^ kirieleisón. 

Las muchachas se sonreían al echar una ojeada con 
disimulo á aquel gallardo caballero, tan alegre y tan de- 
pidor; los jóvenes lo velan con cierta admiración, me?icla- 
jda de un sentipaiento de envidia; los hombres grayes de- 
cían que el siglo estaba muy corrompido y que sus tiem- 
pos eran otra cosa; las viejas se santiguaban y se pregun- 
taban al oído sí acaso seria aquel el Antecristo y su apa-, 
ricion indicio seguro de la proximidad del juicio. 

. Entretanto el capitán Peraza recorría las calles prin- 
cipales de la ciudad, y después de un largo paseo, sin di- 
rección ni objeto determinado, la casualidad, ó el diablo 
que todo lo enreda, lo llevó á la calle ancha de los her- 
reros, llamada asi desde entonces, por est£ir situadas en 
ella las diez ó doce herrerías que se contaban en aque- 
lla épQca. Don Fernando se detuvo de repente delante de 
la puerta de uno de aquellos talleres y dirijip haci?i el 
fondo una mirada que revelaba asombro y curiosidad. Lq 
que llamaba la atención del capitán eran dos bellísimas 
jóvenes, vestida la una con el traje de las señoras prin- 
cipales y la otra con el sencillo, pero decente, de las mu- 
geres del pueblo. Ambas estaban como de casa y conver- 
saban familiarmente con un hombre alto, vigoroso, muy 
blanco y muy rubio, cuyo mandil de bacana ennegrecido, 
y cuyos brazos y manos del color del delantal, indicaban 
perfectamente la profesión del individuo. Las dos jóvenes 
veían con atención una pieza de hierro cincelado que les 
mostraba el herrero. 

Si nuestros lectores aun no han sospechado quienes 
fuesen aquellas dos jóvenes, les diremos, sin mas misterio. 



~Í17— 

qm eran Dña. Margarita Jirón Manuel y Genoveva Molf.- 
nos] la licrreria, la del padre de la últiln;i, y el hom- 
bre rubio, Francisco, hijo adoptiyo del maestro. Aladres 
Molinos tenia su taller en una antigua cochera de la ca- 
sa de Jirón, cuyo frente dq.ba á la plazuela de S^n Sebas- 
tian, y ocupando iina gran parte de la njianzana, caía por 
la espalda á la calle de los herreros. Abai^don^da aque- 
lla cochera, por estar un poco extraviada y diíicijltarse el 
manejo de los íjoches, Don Francisco Jirón la dio al her- 
rero, su protegido, y no creyó necesario se cerrase una 
puertecilla que la comunicaba con .el último de los patios 
de la casa. Asi, de vez en cuando el mismo D. Francis- 
co y las persogas de su familia soban pasaj- á la herre- 
ría por el interior, cuando querian ver algijní^ de las ope- 
raciones curiosas del- maestro ó de Francisco, tan hábil 
3^a como su padre. 

En el momento .en que el papitan Pera^ja se detuvo 
delante de la puerta, admirq-do de la belleza de las dos 
amigas, se disponian estas á retirarse. El capitán, con su 
acostumbrado desembarazo, entró á la herrería y llevar^- 
do la mano al sombrero negro, adornado con hermosas 
plumas blancas, que sugetaba una presilla de rubíes, dijo á 
las dos jóvenes: 

— Me creería yo transportado á la fragua del dios 
Vulcano, á no ser dos Yenus, en vez de una, las que tengo 
delante. 

El herrero no comprendió la alusión paitológica; pe- 
ro por el aire impertinente del capitán, y por sus mira- 
das, supuso que aquellas palabras eran alguna galantería, 
y antes de que las dos jóyenes pudiesen contestar, dijo 
con aire desdeñoso: 

— Supongo que aquí no hay nada de eso que, decís y 
que yo no entiendo. No hay mas que uqa señora á quien 
no se habla sin respeto; mi hermana, que no necesita los 
requiebros de nadie y un artesano honrado, que no gus- 



— lis- 
ta de perder su tiempo oyendo necedades. Con que, po- 
déis seguir vuestro camino. 

Una carcajada insolente fué la única respuesta que 
dio Don Fernando á aquellas palabras provocativas. Mien- 
tras hablaba el herrero, el capitán habia llegado á colo- 
carse á dos pasos de Dña. Margarita, estando Genoveva 
un poco mas distante. 

— No me marcharé, dijo el imprudente mozo, sin lle- 
var un recuerdo de esta bella, en lo que no creo faltar 
al profundo respeto que sin duda se merece. 

Diciendo esto, antes de que la hija de D. Francisco 
Jirón tuviese tiempo de evitarlo, Don Fernando habia es- 
tampado sus labios en los de la joven, á quien la indig- 
nación y la vergüenza hicieron saltar las lágrimas. Geno- 
veva dio un grito; Francisco Molinos se puso pálido como 
un cadáver, é inmediatamente rojo como el hierro can- 
dente que ardia en la fragua. Con la rapidez del relám- 
pago, tomó uno de los martillos de la herrería y levantan- 
do aquella enorme masa de hierro, que con dificultad ha- 
brían manejado dos hombres, lo hizo silbar en el aire, di- 
rijiendolo á la cabeza del capitán. El martillo iba á caer 
y habría deshecho el cráneo de Don Fernando, como una 
cascara de nuez, si al tiempo de descargar el golpe ter- 
rible, no se hubiese oido una voz, que gritó: 

• — j Detente, insensato ! ; es el hijo del Presidente ! 

Un minuto mas y era ya tarde. El capitán Peraza hu- 
biera terminado su carrera de locuras y Francisco Moli- 
nos perdidoso para siempre. El pesado martillo se detuvo 
en el aire y el brazo vigoroso del herrero, cuyos múscu- 
los y venas parecían próximos á romperse, bajó lentamen- 
te y dejó caer el martillo, que hizo retemblar el suelo. 
El atlético artesano arrojó un rugido, como el de un león 
furioso á quien se arrebatara la presa;' cerró los ojos y 
cayó sin conocimiento. Don Fernando, que habia visto sin 
pestañear levantado sobre su cabeza el terrible instru- 



-119- 
mentó, se sonrió con desden, y dijo, dirigiéndose al bar- 
bero, que era el que acababa de entrar tan oportuna- 
mente: 

— Pues á fé, amigo del ojo menos, que si no cacareas 
tau á tiempo, esce bruto me habria hecho tortilla los se- 
sos, sin darme lugar ni aun á sacar la espada. ¡Cáspita, 
y que malas pulgas tienen estos bárbaros de los Vulca- 
nos de tu tierra! Semejante porrazo por haber dado un 
beso á esta buena moza; (y señaló á Dña. Margarita) ha- 
bria sido algo mas serio que lo de la excomunión. 

El barbero llevó á Don Fernando á un rincón de la 
herreria y le dijo en voz baja: 

— ¿Que hacéis, caballero? Esa señora es la hija de 
Don Francisco Jirón Manuel, la prometida esposa de vues- 
tro amigo D. Luis Melian. 

— Lo siento; porque la dama es bella y me ha 

que sé yo .... ; ¡ voto á tal! que nunca he sentido una 
cosa asi. Pero, ¿quien diablos habia de jmaginar que una 
señora de calidad estuviese metida en semejante tugurio? 

— Eso tiene su explicación, replicó el barbero, y yo 
os la daré á su tiempo. Por ahora, caballero, os supli- 
co que os retiréis. Gentes de la servidumbre de Palacio 03 
buscan con empeño por todas partes. 

— Bien, dijo Don Fernando; yo me excusaré con esta 
doncella en la primera ocasión; y dicho esto, se retiró; re- 
cobrando, apenas hubo salido á la calle, el aire ligero y 
casquivano con que había entrado. 

Margarita y Genoveva se ocupaban en auxiliar á 
Francisco, en quien la ira reprimida habia producido el 
terrible sacudimiento que lo hizo caer como herido por 
un rayo. La autoridad tenia en aquella época tan gran 
prestigio, y por otra parte, era tal el respeto de aquella 
familia de artesanos por la de Jirón Manuel, intimamente 
ligada con el Presidente, que las palabras pronunciadas 
tan oportunamente por el maestro Basilio, produjeron el 



' —120— 
efecto injígir'o do detener el golpe vengador que iba á 
castigar lo que Francisco veia como el mas horroroso' 
desacato. Mientras el artesano" recobra el conocimiento^ 
fnerced á los auxilios de las dos jóvenes, afligidas en ex- 
tremo con aquel incidente, sigamos á aquel cuya temeri- 
dad lo hahia originado. 

Lo que acababa de decirle el barbero era verdad. 
No bieu hubo cfado el capitán unos pocos pasos, cuan- 
do enfContró á urt lacayo con la librea de su padre, y le 
dijo que el Sr. Presidente lo llamaba con urjencia. Don 
femando se api'esilró á volver al Palacio, pues deseaba 
mostrarse hijo obediente y respetuoso en todo aquello en 
que no le importaba someterse á la agena voluntad. Se 
le condujo al gábiriete retirado donde estaba el Provin- 
cial de la Merced, Cuyo aspecto, naturalmente grave, te- 
nia en aquel momento cierto aire misterioso y solemne. 
Como el que habria tomado el bueno del religioso en 
un Concilio ecuménico. Tenia puestos los anteojos, el ca- 
bello levantado, la pluma detras de la oreja, los libros 
abiertos sobre la mesa, y la cabeza; apoyada 'en las ma- 
nos, como quien medita en un asunto arduo y grave. El 
Conde de la Gomera estaba sentado frente al Provincial 
y guardaba profundo silencio. 

El Capitán hizo un saludo marcial á Fr. Bonifacio, 
que se medio levantó de su asiento, ya que considerase 
que en aquella solemne ocasión ño le correspondía mos- 
trarse mas urbano, ya que su natural obesidad no le per- 
mitiese mayor lijereza y expedición en los movimientos. 

— Hyo mió, dijo el Presidente con bondad, aqui tie- 
nes al Muy Reverendo Padre Fr. Bonifacio de los Ange- 
les, Doctor en Sagrada Teología, Maestro en Artes, por el 
Colegio de Santo Tomas, lector jubilado y Provincial de 
la Orden de Ntra. Señora de la Merced, redención de 
cautivos, en la provincia de la Presentación de Guate- 
mala. Este sabio religioso, profundo canonistar. gran' teólo-' 



—121— 

go, fexCeleiítei latino y consumado helenista, es mí coustií* 
tor en todos los casos graves de conciencia. Le he su* 
plicado me dé su parecer acerca del punto arduo y es- 
pinoso de tu entrada en el sagrado de un monasterio, 
para sábCr, de cierto, si por ésa falta habías incurrido en 
la pena de excomunión. Mas de dos horas ha estudiado 
la materia este hombre grande por la virtud y letras^ 
consultando los Concilios y los autores de mejor notac, 
y.... 

El Condese detuvo, como si temiese decir algo muy 
terrible y muy desagradable para su hijo. Pero este pre- 
guntó con desembarazo: 

— ^ ¿Y qué opina el Muy Reverendo Padre que sé 
yo cuantos. Doctor y Maestro, jubilado, lector y escritor; 
griego y latino, sabio por todos cuatro coátados, teólogo, 
canonista, jurista, tomista y éscotista ? ¿ Estoy ó no estoy 
excomulgado? 

Aturdido quedó Fr. Bonifacio al oir la irrespetuosa 
algarabiá del díscolo mancebo, y frunciendo el entrecejo, 
contestó: 

— 'Supongo, caballero, que no habéis qtíerido burla- 
ros de mi en lo que habéis dicho. El Sr. Conde exajera 
mis pobres méritos; yo no soy mas que un humilde reli- 
gioso, que conoce la vanidad de la ciencia mundana. Fct- 
nitas vanitatum, que dijo el sabio. Esto es lo único que 
me han valido cincuenta años de estudios. Tantum scio 
quod nescio. 

— Pues es lástima, contestó el capitán, que hayáis 
empleado todo ese tiempo para venir á parar en que de 
nada os sirve cuanto habéis estudiado. ¿Es decir que, en 
resumidas cuentas, no sabéis si me ha caído ó no la ex- 
comunión? Pues medrados estamos! 

— Distinguo, replicó Fr. Bonifacio, á quien iba en- 
fadando el modo de raciocinar del capitán. La cienciíS 
sirve y no sirve. Si se trata de ignorantes, que han nial- 
gastado la vida en locuras, el sabio les es tan superior; 

16 



— 122— 

(íomo una ballena á una hormiga. Pero si se trata de Dios, 
que es la sabiduría misma, toda la ciencia es humo j na- 
da. ¿ Qui8 sicut Déns ? 

— Pues concediendo, dijo Don Fernando, que vos sois 
la ballena y yo la hormiga, digame Vuesa Ballenidad, ¿que 
hay con respecto al punto en cuestión? ¿Que dicen to- 
dos esos librotes?, y dio un empellón á un tomo de la 
Suma que estaba sobre la mesa. 

Encendido de ira, el Provincial se quitó los anteo- 
jos y los arrojó sobre los libros, diciendo: 

— Excomulgado está y muy que lo está; y aqui ten- 
go registrado el canon. 

Dicho esto, volvió á ponerse los espejuelos y leyó en 
voz grave: 

— ^^ Ingredi autem intra septa rrumasterii nemini licecU, 
cujiiscungtie generis, aut conditionisy sexus^ vel cetatis fuerit; 
sine episcopi vel superwris licentia, in scriptis obtenta, svh 
excomunicationis p(B7ia, ipso fado incurrenda.^^ ¿Que tal?, 
añadió, ¿es claro ó no lo es? ¿Habéis comprendido ó no? 

— Confieso que no muy bien, dijo el capitán; sirva- 
se Vuesa Paternidad volver á leer ese canon. 

Tomó otra vez Fr. Bonifacio la colección de cánones 
del Concilio de Trente y repitió: '^ Ingredi aUtem <éc., has- 
ta el fin. 

Don Fernando volvió á quedarse pensativo, y dijo: 

— Aun no comprendo enteramente. Si no os sirve de 
molestia, volved á leer el canon. 

No tuvo inconveniente el Provincial y leyó por ter- 
cera vez. Don Fernando movió la cabeza de un lado á 
otro/y dijo: 

— No entiendo mas q\i.e monasterio^ licencia y pena; 
¿en que diablos de gerigonza está eso? 

— Acabáramos! exclamó el Padre sonriendose; si no 
sabéis latin, ¿como habéis de entender el canon? Voy á 
traducirlo: "Tampoco sea licito á persona alguna de cual- 
quier clase, condición, sexo, ó edad que sea. entrar den- 



— 123— 
tro de los muros de un monasterio, só pena de excomu- 
nión, en que se incurrirá de hecho, á no tener licencia es- 
crita del obispo ó superior." Observad, añadió Pr. Bonifa- 
cio, que dice que en esta excomunión se incurrirá por el 
hecho mismo, ipso facto^ lo cual da á entender que no se 
necesita de decl^^ratoria. Porque habéis de saber que los 
canonistas distinguen dos géneros de excomuniones: una, 
en que se incurre cometiendo la accioii prohibida, y á esa 
llaman lates, sententice; y otra, que profiere el Juez compe- 
tente, y se denomina ferendce sententice. 

— ¿y cuales son, preguntó el capitán, los resultados 
de la excomunión? 

— El principal efecto de esta terrible pena, dijo el 
Provincial, es separar al excomulgado de la sociedad de 
los fieles, y reducirlo respecto á estos, á la condición do 
un pagano, ó de un publicano. Se les rehusa la conver- 
sación, la oración, el saludo, la comunión y la mesa, como 
lo expresa el siguiente verso: 

Os, orare, vale, communio, mensa iiegatur. 

Entre los judies, continuó Fr. Bonifacio, que no que- 
na perder la oportunidad de lucir su erudición, habia tres 
especies de excomuniones; la que se llamaba JYiddui, que- 
quiere decir separación; otra se decia Kerem, esto es, ana- 
tema, y la mas solemne, que se publicaba á son de trom- 
petas, y se denominaba Chwnmata. Los canonistas moder- 
nos .... 

— Dejemos á los canonistas modernos, interrumpió 
Don Fernando, que se compongan como puedan con to- 
das esas excomuniones; y decidme, mi Reverendo Padre, 
si es serio eso de negarme la mesa y la conversación, 
pues habéis de saber que yo no estoy fabricado de mo- 
do que pueda pasarme diez horas sin comer, ni diez mi- 
nutos sin hablar, aun cuando sea con mi propia sombra. 

— Pues, caballero, contestó Fr. Bonificio; para esa 



— 124— 

tto veo mas remedio que levantaros la excomunión; lo cual 
es obra de quince minutos. Os pondréis de rodillas, des- 
nudas las espaldas hasta la cintura; pero conservando la 
camisa, in humero ^ usque ad camisian exclusive denúdalo, y 
yo os azotaré con la primera correa que encuentre á ma- 
no. Funiculis leviter percutít. 

— Padre maestro, contestó Don Fernando, poniéndo- 
se encendido de cólera; á mi no se me ha impuesto un 
castigo semejante desde que sali de la escuela; y ¡voto 
á Cribas I que eso ya pasa de chanza. Pretiero no volver 
á probar bocado ni á hablar con alma nacida, antes que 
someterme á tal humillación. 

— Hijo mió, dijo el Presidente, aflijido al oir lo que 
decia Don Fernando; no hay humillación en someterse á 
las penas que nos impone la santa iglesia, cuando como 
madre amorosa castiga nuestros pecados. 

— Por lo demás, agregó el Padre, observad el adver- 
bio leviter de que hace uso el Ritual romano. Quiere de- 
cir que se azota suavemente, y por via de ceremonia.. Si 
no consentis en someteros, excomulgado os quedareis y ya 
no podréis alegar ignorancia de la gravedad de los efec- 
tos de esa pena. 

El Presidente y el Provincial renovaron sus instan- 
cias, apuraron los argumentos, hasta que al fin lograron 
vencer la contumacia del capitán. Refunfuñando y de mal 
humor, se quitó la capa, se desnudó del jubón, y puesto 
de rodillas, Fr. Bonifacio lo absolvió de la excomunión, 
conforme al rito, usando para la vapulación de la correa 
de su propio cinto. 

El anciano Presidente abrazó á su hijo, derramando 
lágrimas y Fr. Bonifacio le dirijió otra homilia, erizada 
de textos latinos, sobre los saludables efectos de la abso- 
lución y sobre la necesidad de no volver á incurrir en 
las censuras eclesiásticas. El capitán, viendo que al fin 
y al cabo la ceremonia habia sido muy sencilla, recobró 
su buen humor; y deseando sacar partido de la buena dia- 



|)oeicion de su padre, le dijo: 

— Ya pues que, gracias á Su Paternidad, he vuelto i 
.ientrar en la sociedad de los fieles, quisiera que celebra- 
a-amos mi llegada á la ciudad coi)l algún regocijo público. 
Me han dicho que hace .pocos dias se verificaron las fies- 
tas de la jura del sober^lno- ¿no podríais hacer de modu 
,que se repitiesen esas funciones para que yo las viera? 

— ¡Repetir la jura!, dijo el Presidente; ¿hay perdi- 
do el juicio? ¿ Grees acaso que un acto tan grave es una 
comedia que puede hacerse tantas veces cuantas haya far- 
santes que la ejecuten y espectadores que ocurran á pre- 
genciarla? 

— Yo fcreia, contestó Don Fernando, que así como 
la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Guatemala ha ju- 
rado obedecer á nuestro católico monarca Felipe IV, podía 
rejurarlo, en lo cual daría nuevas prendas do su lealtad. 
Pero si esto no se puede, ¿no podríais vos, P. Fr. Bonifa- 
cio, que sabéis tanta Teología, Concilios y Santos Padres, 
obtener que me hiciesen una semana santa? Me han dicho 
que es lo mas alegre que hay aquí. 

— ¡Semana santa en Diciembre! exclamó el Provin- 
cial aturrullado; ¿Quce te dementia ccRpiñ ¿Dónde se ha vis- 
to semejante cosa? ¿No sabéis que la Pascua se celebra eu 
el primer domingo después del plenilunio que sigue al 
equinoxio de la primavera? No ignoro, caballero, que hu- 
bo en otro tiempo en la iglesia serías controversias acer- 
ca de este punto. Los orientales, apoyándose en la auto- 
ridad de San Juan, celebraban la Pascua en el catorceno 
dia de la luna de Marzo; pero los occidentales, siguiendo á 
San Pedro y San Pablo, lo hacían en el domingo siguien- 
te, hasta que el Concilio de Nicea puso término á aquella 
diferencia y estableció esa gran solemnidad en el dia úl- 
timamente indicado. ¿Y queréis vos ser mas hereje y mas 
cismático que los protopaschitas, pretendiendo celebrar la 
Pascua en los últimos dias del Adviento? 

— Yo, Reverendo Padre, respondió eí capitán, lo úiji- 



— 126— 

co que pretendo es divertirme, y nada tengo que hacer 
con esos potros y con esos paquitas que habéis mencio^ 
nado. He recorrido hoy una buena parte de la ciudad y 
me ha parecido casi un cementerio. Este Palacio es gran^ 
de y hermoso; está amueblado con lujo; pero parece in- 
habitado. Yo deseo animar esta soledad; que haya banque- 
tes, saraos, tertulia y juego. La gente que se divierte ol- 
,vida las desavenencias y da tregua á los odios políticos. 
La sociedad no es ni puede ser un claustro; conque asi, 
vamos dando señales de vida y no seamos tan huraños. 
Esto tiene de variar ¡por Santa Brijida! ó ribs han de oír 
los sordos. Gobernad vos, padre mió, el reino y yo go- 
bernaré el Palacio; y si á eso se oponen los cánones, de- 
claro que es menester quemarlos, 

— La iglesia, dijo el Provincial, nunca ha prohibido 
los regocijos inocentes: lo que no quiere es la gula, la 
concupiacencia, la murmuración y otros feos delitos á que 
son naturalmente ocasionadas las fiestas profanas. 

— Por mi parte, replicó Don Fernando, os ofrezco 
que comeré y beberé con moderación y hasta donde pue- 
da sin reventar; y en cuanto á murmurar, dejaré este re- 
curso á las señoras mayores que no faltarán en las reu- 
niones que vamos á tener, 

El Conde se sonrió con cierta complacencia; pues te- 
nia una verdadera, debilidad por su hijo, y se sentía 
siempre inclinado á echar á buena parte sus locuras. P]l 
Provincial dijo que lo dejaba todo á la prudente discre- 
ción del Sr. Conde, y añadió que siendo la hora del re- 
fectorio, tenia que retirarse. El Presidente acompañó al 
religioso hasta la cabeza de la escalera y el capitán los 
seguia cantando: 

''Si yo gobernara el mundo, 
(no le dé Dios tal desdicha,) 
¡que presto le vieran todos 
vuelto lo de abajo arriba!'' 



— 127— 

Á pesar de su gravedad, el Provincial no pudo dejar 
dé reirse y dijo en voz baja al Conde: 

— No está mal escojida la copla, Señor Presidente. Sí 
dais alas á este mozo, no el mundo, pero si el reino es- 
íará vuelto de arriba abajo eií cuatro dias. 

Dicho esto, se despidió y se marclió á su convento, 
(Cabizbaja y pensativo = 



-128 




OiiPTTüLO X. 



^ L capitán Peraza no pudo alcanzar ni que se re- 
pitiera* lá jura, ñi que se hiciese semana santa en' 
fines de diciembre, para divertirlo. Pero com» 
aquel mozo atolondrado se había propuesto desterrar la 
austeridad y la tristeza del Palacio do su padre, y este 
preforia c[ue se éutretuviese á su vista, á que fuese á 
buscar afuera distracciones peligrosas, hubo' de consentir 
én admitir tertulia, y reunir eri sus salones la flor y nata 
de la nobleza. 

Nada sé habla gabl do acerca de la aven tura de la 
herreria; estando interesados eü que permaneciese ocuK 
ta los que tuvieron parte en ella, ó la habíari presencia- 
do. Dna. Margarita, luego que supo quien era el que le 
faltara al respeto dé un-a manera tan audaz, se propuso 
no decir tína palabra de lo ocurrido, y ocultarlo especial- 
mente á Don Luis, temerosa de las consecuencias que po- 
dría acarrear el que llegase este á saberlo. Genoveva, na- 
turalmente discreta y reservada, ocultó aun á sus padres 



— 129— 

' aquel incidente, que su amiga deseaba mantener secreto, 
Francisco habria querido hasta olvidar, si le hubiese sido 
posible, un agravió que lo habia herido en lo mas intimo' 
del alma y que la fatalidad hacia quedase sin castigo. El 
capitán, aunque tan locuaz y lijero de cascos, aquella vez 
tuvo bástante prudencia para guardar secreto' sobre lo 
que sabia habiá de causar grave pesadumbre á su amigo; 
y el barbero, que de buena gana hubiera publicado el su- 
ceso en otra circunstancia, calló por no comprometer al 
hijo adoptivo de su hermano y para no ponerse mal con 
el capitán, de quien se proponía sacar partido. 

En la noche del 1° de EnerO de 1622 se daba en el 
Palacio de la presidencia un brillante sarao, para cele- 
brar, decia el Conde, la llegada de su hijo. Se supuso 
qué Don Fernando, separado de su padre hacia ya diez 
años, habia obtenido permiso del Yirey del Perú para ir 
á visitarlo, y que el Presidente deseaba qué el capitán 
conociese á las señoras y á los caballeros principales dé 
la capital del reino. 

Acababan dé dar las siete de la noche. Mientras los 
mayordomos, lacayos y pages completaban el arreglo dé 
los salones y encendian las bujías, el capitán Peraza, que 
iba á ser el héroe de aquella fiesta, estaba en su cuar- 
to, sentado en un cómodo sillón, haciéndose afeitar y pei- 
nar por eí maestro Basilio Molinos. 

— No hay duda, decia el barbero, contestando á algu- 
na observación del capitán, que el sarao va á ser sun- 
tuoso y digno en todo de la persona á quien se festeja. 
Está noche, señor Don Fernando, tendréis oportunidad dé 
ver y tratar á lo mas granado de la nobleza del reino; 
á los caballeros principales y á las damas mas hermosas 
y discretas. Tendréis también ocasión de disculparos cori 
Dña. Margarita Jirón Manuel por la travesurilla de la 
terrería; y creo que no os será difícil obtener eí perdón,- 
ii[>OV mas que la hayáis visto llorar, pues como decia mi 

ÍT 



ábtíelá, en cojera de perro y en lágrimas de muger, no^ 
hay que creer. 

— Figúraseme, amigo Basilio, contestó Don Fernan- 
do con seriedad, que esta dama no es hipócrita ni" gazmoña; 
que el disgusto que le causó mi lijereza no fué fingido, y 
puedo asegurarte qtie casi casi me arrepiento d^ lo hecho. 

— Ah, señor Don Fernando ! exclamó el maligno vie- 
jo, y que bien se vé que con todo vuestro ingenio, aun 
no conocéis el mundo: ¿No veis que si Dña. Margarita se 
hubiera ofendido realmente, no habria ocultado el caso á 
su prometido esposo, ó á su padre, para que este se que- 
jase con el Sr. Conde? Cuando una muger reserva esas 
cosas, señor caballero, pueden apostarse diez contra uno á 
que no le han desagradado. El cortejo que ha logrado 
entablar el misterio y la reserva, tiene andada la mitad 
del camino. El tiempo y la constancia hacen lo demás-, 
que como decia la fina^da, no se ganó Zamora en una hora. 

— Basilio, contestó Don Fernando, confiésete que esa 
joven me ha hecho sentir lo que jamas habia experimen- 
tado. Una sola vez la he visto y esa ha bastado para 
sacarme casi de mi juicio, ó mejor dicho, para que aca- 
be de perder el poco que tenia. Pero amigo, Dña. Marga- 
rita es la prometida esposa de Don Luis, y por mas que' 
lo sienta, es menester no pensar en esto. He llegado tarde. 

— No llega tarde quien llega, decia mi abuela, se- 
ñor mió. Eso de que Don Luis se case con Dña. Marga- 
rita está en cien brasas; el padre no contesta y ya se' 
susurra que no quiere el tal matrimonio, porque tiene 
otros proyectos respecto á su hijo. Por lo demás, yo creo^ 
que marido por marido, tan bueno sois vos como él, y 
que ella al fin y al cabo diría como mi abuela, que vale" 
mas pájaro en mano que buitre volando. Conque, pecho al' 
agua y no tengáis miedo, que de ningún cobarde se ha 
escrito nada. 

Los escrúpulos de Don Fernando eran verdaderos. Ha- 



— 131— 

Ma aun en el fondo del corazón de aquel joven suficien- 
te hidalguía para vacilar antes de decidirse á hacer trai- 
ción á un amigo; pero lo impetuoso de sus pasiones y las 
pérfidas insÍRuaciones de aquella tentadora serpiente, iban 
batiendo en brecha el sentimiento caballeresco que le a- 
«onsejaba respetar á Dña. Margarita, Luego que hubo aca- 
bado de afeitar y peinar al capitán Peraza, el barbero se 
despidió, haciendo muchas cortesías á Don Fernando y 
deseándole triunfos multiplicados en la fiesta. El joven, á 
quien halagaban aquellas palabras, como todo lo que li- 
sonjea la vanidad, se sonrió al contestar al último saludo 
del barbero, á quien dio un puñado de oro, mas como ga- 
lardón de las adulaciones que le prodigaba, que como re- 
compensa del servicio que acababa de prestarle con los 
peines y con las navajas. 

— Pues ¡voto á tantos!, dijo Don Fernando luego que 
estuvo solo, que tal vez ese viejecillo tiene razón y que 
estos escrúpulos de monja que me escuecen se avienen 
mal con mi carácter y mi condición. Luis no ha logra- 
do arreglar su matrimonio, por la terquedad del padre de 
Dña. Margarita, según dicen. Si yo lograra hacer que ella 
me prefiriese, que no es dificil, mi padre arreglaría en 
media hora las cosas. ¿Y Luis, que haría? Se consolaría 
con otra, ú otras cuatro ó cinco, que seria lo que yo hi- 
ciese en su lugar. Veremos como se presenta el campo y 
si es verdad que, como me ha dicho Basilio, esa beldad, 
que tan esquiva se me mostró en la herrería, está ya me- 
dio conquistada. 

El capitán dio una mirada á un espejo de cuerpo en- 
tero, de marco azogado, que tenia en su habitación, y 
aquel rápido examen de su apuesta persona, que verifica- 
ba por la vigésima vez acaso en el día, lo confirmó en 
la idea de que era muy difícil hubiera muger que se le 
resistiese. Bajo la impresión de este convencimiento, Don 
Fernando se vistió con elegante sencillez, sin afectaciua. 



— 132— 

perq sii^ descuido. Sa paje le presentó un jubón, iinos cftís 
zones y una capa corta de terciopelo azul claro, con una 
sencilla bordadura de plata. Se ciñó la espada con un cin? 
turón de seda, también bordado, y se colocó al pecho la 
venera de la orden de Montesa. 

A las ocho se presentó el capitán en los salones del 
sarao, que estaban llenos de damas y de caballeros, y sa- 
ludó á aquellas con galantería cortesana y á estos con 
atenta urbanidad. Un rumor general de satisfacción acor 
gió la entrada del hijo del Presidente; demostración que 
fué quizá aun mas lisonjera para el padre de aquel joven, 
que para el mismo que era objeto de ella. El Conde de la 
Gomera estaba tan abrumado con el peso de las dificulta- 
des del gobierno, que experinaentaba un verda4ero leniti- 
vo al advertir la buena acogida que en aquella brillante 
y numerosa reunipn de personas de opuestas opiniones, 
encontraba el ser á quien mas amaba en el mundo. 

Pero no fué solo el Presidente el que sintió su orgu- 
llo halagado con la favorable impresión causada por el 
porte distinguido y gallardo de Don Fernando. Hubo otrq 
corazón que palpitó de júbilo, y una mano que se apre- 
suró á estrecl^ar la del capitán luego que hubo entrado 
(Bn el prinierQ de los salones destinados al baile. Aquel co- 
razón y aquella mano fueron los del noble y leal Don Luia 
Mellan, que gozaba con el triunfo de aquel á quien ama- 
ba casi como á un hermano. 

— Supongo que bailarás, dijo Don Luis á Don Ferr 
nando; y si es asi, espero que ninguna otra dama tendrá 
derecho á esa preferencia, antes que la prometida esposa 
de tu amigo. Ven, voy á hacer que conozcas á Margari- 
ta. Estoy impaciente por saber tu opinión sobre la que 
es ya la mitad del alma mia. 

El capitán se puso encendido al escuchar aquellas par 
labras, que el joven poeta tomaba de una oda de Horacio, 
y siguió á Don Luis, que atravesando los grupos de los 



— 133=^ 

cítWlleros y las señoras que formaban las contradanza^, 
lo condujo al estrado, donde la esposa de Don Francisco 
.Jiron Manuel y su hija, hacían los honores de la fiesta, sien- 
do la faniilia que mayor intimidad tenia con el Presidente, 

Don Fernando saludó á Dña. Isabel de Alyarado y di^ 
rijió á Dña. Margarita algunas palabras entrecortadas, qu0 
la joven escuchó iacjinando Ig, cabezqi y pudiendo apenas 
ocultar el desg^grado que le causaba el capitán. Don Luis 
atribuyó- aquello al rqbor que natiíralmente debia e?:pe' 
rimentar una joven como su novia en presencia de un 
caballero á quien yeia por la prjojera vez, y con una 
sonrisa amable, dijo: 

— Ya que os habéis conocido, deseo que seáis bue- 
nos amigos, Margarita, sabej.s que Fernando es no solo 
mi deudo, sino mi amigo y mi compañero de armas. Es- 
pero que estos títulos le asegurarán vuestro afectó. Fer- 
nando, añadió, dirigiéndose .al capitán; sabes que Marga- 
rita será pronto mi esposa; es ¡decir, qi]e casi puedes ver- 
la ya como si fuese tu hermana, No tengo mas que deci- 
ros: os aguardan para dar principio á una contradanza. 

Sin dar tienapo á que respondiese Dfja, Margarita, que 
se proponía excusarse de tomar parte en el baile, Melian 
puso la mano de su novia, fría como el mármol, en la de 
Don Fernando, que condujo á la joven al centro del sa, 
Ion, donde se organizaba la contradanza en que ellos iban 
á tomar parte. La orgullosa hija de Jiron Manuel trató 
al capitán con la mas perfecta cortesía; pero cuando este, 
en un momento en que nadie los escuchaba, quiso dis- 
culparse del deplorable error que lo habia inducido á 
faltarle de una manera tan indebida, pocos días antes, 
Dña. Margarita cortó la conversación de un modo ter- 
minante. Poco acostumbrado el vanidoso caballero á que 
se recibiesen sus insinuaciones con tan poco aprecio, se 
sintió herido en lo mas íntimo del alma. Sin embargo, no 
podía quejarse de la mas líjera falta de urbanidad por 



parte de Dña. Margarita, y, asi sucedió lo que era natu- 
ral sucediese á uu hombre del carácter del capitán Pe- 
raza. La altiva y fría dignidad de la novia de su amigo, 
fué un terrible y poderoso estímulo á la inclinación que 
sentia ya por ella. Tuvo que renunciar á la idea de hacer 
admitir una disculpa de su locura; habló á Dna. Marga^ 
rita de cosas indiferentes; pero cuando, terminada la con- 
tradanza, la condujo al estrado, el amor y el despecho des- 
garraban su corazón como dos furias infernales. 

Mientras el capitán atravesaba el salón, taciturno y 
malhumorado, sin hacer alto en la miradas insinuantes de 
otras jóvenes señoras, que con la mejor voluntad habrian 
admitido sus obsequios, los caballeros graves de la reu- 
nión, formando diferentes grupos, conversaban sobre di- 
versos asuntos, según sus inclinaciones, profesión y carac-^ 
ter. El doctor Fernande? de Araque, con otros dos oido- 
res y algunos caballeros de los que seguian el partido de 
la Audiencia contra* el Presidente, hablaban cojí calor en 
el alféizar de una ventana, y combinaban planes contra 
el funcionario de cuya obsequiosa hospitalidad disfrutaban 
en aquel momento. En otro extremo de la sala, eí Con- 
de de la Gomera, el Fiscal, Don Marcos de Estopiñan, 
Don Pedro de Lira, Don Antonio de Justiniano y Don 
Francisco Jirón Manuel, conversaban en voz baja, inter- 
rumpiendo la plática siempre que pasaba junto á ellos al- 
guno de los partidarios de la Audiencia. 

— Desde el dia de la jura, decia el Conde, tuve no- 
ticia por Basilio, mi barbero, de la llegada de ese suge- 
to; pero ni él ni nadie han podido averiguar quien sea en 
realidad, El Padre Provincial, con quien estuve la víspe^ 
ra, á la misma hora en que se dice llegó ese misterioso 
huésped, ha guardado conmigo sobre este asunto una re- 
serva que extraño, atendida la lealtad y decisión de Fr, 
Bonifacio. Me han dado aviso de que ha salido muy poca 
y casi siempre de noche. 



— Í35— 
— ^ ¿Y no habéis advertido, señor, observó Jirón, que' 
J3*arece coincidir con la llegada de ese hombre, la auda- 
cia que han comenzado á desplegar los señores de la Au- 
diencia y sus afiliados? Diriase que tienen ya la unión y 
la fuerza que les faltaban. Hoy, es necesario' no equivo- 
carse, ese partido , está organizado, cuenta con algo que 
no acierto á comprender lo que es; pero es fácil preveer 
que ha llegado la hora en que se pasará de la guerra de 
Murmuraciones y de intrigas miserables, á una lucha atre- 
vida y declarada. 

— Araque, dijo el Fiscal, es siempre el alma de esas 
tramas; él tiene en la mano ios hilos y hace moverse á 
los denlas según su voluntad. 

— No, contestó Jirón; no es ya ese letrado- enreda^ 
dor y cobafde el que dirije á nuestros adversarios. Una 
cabeza mas inteligente y u"na mano mas firme que la su- 
ya gobiernan de hoy mas á ese partido. 

— No importa, dijo el Conde con entereza; yo des^ 
canso en la tranquilidad de mi conciencia"; cuento con 
vuestro apoyo y con el de toxios los que aman la paz;' 
los negocios del gobierno pueden sufrir el examen de la; 
mas severa crítica, y en todo caso, creo' qtfe los motivos 
de mi conducta en los asuntos graves que se han ofrecido* 
durante mi mando, no dejarán de pesar en el real ánimo'. 
Por lo demás, esta es gente pusilánime, que no intenta- 
rá jamas un golpe de mano. 

-— No deseo alarmar, dijo Jirón,' sabéis que soy na- 
turalmente enemigo de exajeraciones; pero considero quó 
una excesiva confianza es peligrosa, en el estado á qué 
van llegando las cosas. Entre nosotros, señor, la autori- 
dad cuenta casi solo con los medios morales, con el pres- 
tigio de un nombre que nos protege desde mas allá del 
Océano. Si esos medios se debilitan, ó si hay quien acier- 
te á usar de ese mismo nombre** contra vos, la situación 
puede hacerse sumamente grave. 

-^ I Usar de ese nombre contra m^i! exclamó el Presi^ 



— 13(j— 

ddíite? asombrado. ¿Que decis, Don Francisco? ¿Ha}' quier* 
Jíúdiera en todo el reino invocar el nombre del Rey para le- 
tántárse contra su único legítimo representante, que soy yo *? 

— La real Audiericia tal vez .... se aventuró á in- 
dicar Estopiñan. 

— ¡La real Audiencia! exclamó el Conde; ¿y no soy 
yo su Presidente? ¿Puede hacer í*lgo sin mi anuencia en 
asuntos de gobierno? Y si no es la. Audiencia, como no 
pilede ser; ¿quien otro seria bastante osado para tomar 
él nombre del Key como bandera colitra mi autoridad? 

— ¡Quien sabe! dijo Doil Francisco Jirón; no puede 
uno aventüía;rse, ni á mi me corresponde dar como pro- 
bables las que acaso no sean sino vagas sospechas y con- 
getura:s infundadas. 

El Conde de la Gíomera se preparaba á pedir á Jirón 
mas amplias explicaciones de las palabras que acababa 
de pronunciar; p6ro lo interrumpió Don Luis Mellan, que 
llegó á suplicarle se sirviese escuchar algo urjente de que 
tet]ia que darle cuenta. El Presidente y su Secretario pa- 
saron al gabinete, y después de haber cerrado la puerta, 
dijo Don Luis. 

— Acaba de llegar un correo de Solóla que viene ga- 
nando horas, despachado por el Alcalde mayor, y trae 
este pliego. No conozco esas armas. 

— Ni yo tampoco, dijo el Conde, después de haber' 
examinado el sello. Yeaitnos lo qué es. 

Abrió el pliego, y á medida que leia, dejaba ver el 
anciano en su fisonomía la impresión que le causaba aque- 
lla carta. Cuando hubo concluido la lectura, exclamó: 

— ¡Que bien decia Jirón! Cada dia tengo nuevos mo- 
tivos para apreciar mas el tacto político dé este hombre. 
Leed, añadió, y pasó la carta al Secretario. 

Don Luis no habia comprendido las últimas palabras 
del Presidente, y deseando ver si aquel pliego se las ex- 
plicaba, se apresuró á leer. Era una carta lacónica y a- 
íenta, fecha el mismo dia en Solóla y firmada El LieEN°" 



— 137— 

CIADO Don Juan de Ibarra. Este sujeto, á quien conocían 
mucho de reputación el Presidente y su Secretario, sien- 
do uno de los mas hábiles de los ministros de la Audien- 
cia de Méjico, anunciaba su llegada, con el carácter do 
Visitador y Juez de residencia y agregaba que haria su 
entrada el dia 3. 

— Debí haberlo previsto, exclamó el Conde, incli- 
nando la cabeza; los manejf)s de mis enemigos han encon- 
trado eco en la corte. Ese partido tendrá ya un gefe, 
que invocará contra mi el nombre único que puede ha- 
cer aqui que se doblegue mi autoridad. Pero ¿que tiene 
que hacer *ese Visitador, que aun no ha llegado á la ciu- 
dad, con el hombre misterioso que está alojado en la Mer- 
ced? He aqui lo que no puedo comprender y qi^e tal vez 
pronto se aclarará. 

El Presidente guardó silencio durante un breve rato; 
se paseó precipitadamente por el gabinete y hablando 
como si nadie lo escuchase, decia: 

— El golpe ha sido certero. La historia de las otras 
residencias que ha habido en este reino, me está dicien- 
do lo que debo esperar de esta. Es necesario prepararse, 
porque la lucha va á ser larga y penosa. Don Luis, agre- 
gó, dirijiendose al Secretario, contestad ahora mismo esa 
carta en términos atentos y breves, como corresponde al 
estilo en que viene escrita. Casi todos los oidores están 
en esos salones; suplicadles de mi parte pasen á este ga- 
binete, pues debo comunicarles un negocio urgente. Es ne- 
cesario avisar también á los Alcaldes para que se prepare, 
tan pronto como sea dable, el recibimiento de ese hombre. 

— Señor, dijo Don Luis, el correo ha traido otro 
pliego sellado para el Alcalde Don Juan Pereira Dovi- 
des; seguramente el Visitador dará parte á la ciudad 
de su llegada. 

— Sin duda, contestó el Conde; es pues inútil avisar 
al Ayuntamiento. Contestad esa carta. 

Don Luis Melian redactó en unos pocos minutos la 

- 18 



— 138— 
respuesta; leyó el Conde el borrador; corrijió una ü otra 
expresión, y puesta en limpio, firmada y sellada^ Don Luis 
salió á dar sus disposiciones para que fuese remitida in- 
mediatamente. En seguida volvió á los salones del baile 
y avisó á los oidores que el Sr. Presidente les suplicaba 
pasasen á su gabinete, por un asunto urjente de gobier- 
no. Acudieron sin demora los ministros; y el Conde^ qu© 
habia tenido tiempo de recobrar su entereza y dominar 
sus primeras impresiones, les dió cuenta sencilla y breve- 
mente de lo que ocurría. 

— El Ayuntamiento está avisado, dijo el Conde, y 
tomará sus disposiciones para recibir al Sr. Tisitador co- 
mo corresponde á su carácter. 

— Xa Audiencia, dijo el doctor Araque, debe salir 
hasta las puertas de la ciudad á darle la bienvenida. 

— La Audiencia, replicó el Presidente, no puede ni 
debe hacer semejante cosa. Reunida en la sala de acuer- 
dos, aguarda se le presenten los reales despachos de nom- 
bramiento de Visitador, y si están en regla, como supon- 
go lo estarán estos, los obedece y cumple. 

Siguió una ligera discusión sobre la idea indicada 
por el doctor Araque; pero prevaleció la opinión del Pre- 
sidente, que era la mas racional. Disolvióse la reunión, y 
Presidente y oidores volvieron á entrar á los salones del 
sarao. Su ausencia habia sido notada, por supuesto, y se 
hacian ya los comentarios mas contradictorios sobre la cau- 
sa de la desaparición de tan altos personages. Todo el 
mundo estuvo, sin embargo, muy distante de adivinar el 
asunto urjente que ocasionaba aquella sesión del real acuer- 
do en semejantes circunstancias. Cuando corrió por los 
salones la noticia de que dos días después haria su en- 
trada un Visitador que venia á residenciar al Presiden- 
te, la impresión fué profunda en todos los ánimos. Los par- 
tidarios del Conde la oyeron con visible desagrado, pre- 
viendo, como era fácil, las consecuencias que podia pro- 
ducir, si el residenciario no estaba dotado de toda la pru- 



— 139— 
dencia y la imparcialidad indispensable para juzgar con 
acierto la situación de las cosas y cortar las funestas di- 
visiones que traían perturbado al reino. Los enemigos de 
la administración, por el contrario, anhelaban un cambio 
cualquiera y fundaban las mas lisongeras esperanzas en, 
las maquinaciones que se preparaban ya á poner por obra, 
á fin de lograr que el Visitador se adhiriese á su parti- 
do. Unos y otros dieron á conocer sus disposiciones, sin 
el menor disimulo; señalándose desde luego las personas 
que habrían de seguir la suerte del Conde, próspera ó 
adversa, y las que deberian figurar como satélites del nue- 
vo planeta que iba á levantarse en el horizonte. Ade- 
mas de esos dos partidos, perfectamente marcados, estaba 
el de los 'prudentes^ que aguardaban á ver como pintaba 
el Visitador para decidirse. 

Aquel incidente no dejó de turbar la animación del 
baile. Muchos de los que tomaban parte activa en la fies- 
ta, fueron abandonando la danza, para unirse á los corri- 
llos que formaban los hombres graves, y en los cuales se 
discutia y comentaba la gran noticia. Las señoras la oye- 
ron también y se limitaron á preguntar si el Visitador 
seria joven y buen mozo, soltero ó casado. Nadie pudo 
responder á aquellas preguntas, por lo cual las imaginacio- 
nes hubieron de echarse á todo vuelo por el campo de 
las congeturas. Se calculó que era soltero, porqiíp no se 
decia que hubiese encargado casa, lo que no habría deja- 
do de hacer, si trajese familia. Se agregaba que no debia 
ser viejo, porque los Alcaldes, que habían /bierto ya la 
carta que les venia dirijida, decían que Ja 'letra manifesta- 
ba firmeza «en la mano que la había ti^azado. Se conside- 
ró, en fin, que debia ser de gallara Presencia, porque 
uno de tantos recordaba haber con<^áb Ibarras en Es- 
paña y los caballeros de esa familia eran muy bien aper- 
sonados. Por débiles que fuesen aquellas razones, media 
hora después todos aseguraban en el baile que el Visi- 
tador era soltero, joven, alto, delgado, rubio, bien hecho. 



— 140— 

hermoso de cara, de maneras finas y distinguidas, hombre 
de muclio talento y de gran favor en la corte* 

El único quizá que oyó con indiferencia la noticia y 
que hizo poca cuenta de los castillos en el aire á que 
daba origen, fué el capitán Peraza. Extraño á la políti- 
ca y ocupado ya en un solo objeto, Don Fernando no dio 
importancia alguna á la llegada del Visitador, y continuó 
devorando con sus miradas á la novia de su amigo. Pa- 
ra aquel joven apasionado y violento, el mundo, la exis- 
tencia toda estaban concentrados ya en aquella muger, 
que unia al atractivo de la belleza, el incentivo poderoso 
que producia la manera fria, aunque cortes, con que lo 
recibiera. Peraza evitó dos ó tres veces el encuentro con 
Don Luis Melian, por quien sentía ya en lo íntimo de su 
alma una cosa que si no era un odio mortal, era al me- 
nos bastante parecido á eso. Don Luis, en la hidalguía 
de sus sentimientos, estuvo muy distante de imaginar lo 
que pasaba en el corazón de su amigo. Advirtió al fin 
que el capitán no agradaba á Margarita, y lo sintió vi- 
vamente, pues como lo había dicho, quería que su amigo 
y la que iba á ser su esposa, se viesen como dos her- 
manos. Se propuso combatir lo que él consideraba una 
preocupación, nacida de las maneras tal vez demasiado 
francas del capitán, y hacer participe á su novia del sin- 
cero cariño que profesaba á Don Fernando. 

El sarao terminó mas temprano de lo que habría su- 
cedido sin el incidente de la noticia de la venida del Vi- 
sitador. Los ánimos estaban ocupados con aquel suceso 
extraordinario, y poco después de media noche se retira- 
ron los convidados, ansiosos de que llegase el siguiente 
día, para ocuparse en los preparativos del recibimiento del 
que era por el momento objeto de todas las conversacio- 
nes. Los capitulares convinieron en reunirse temprano, á 
fin de poder dar las disposiciones que permitía la premu- 
ra del tiempo y que tubiese el posible aparato y luci- 
miento la entrada del Juez de residencia. 



—111 



CAPITULO XL 



En qae se da cuenta de la lleg'ada del Visitador j 

del gpran parecimiento que le encontraron 

con el bnesped de la Merced. 




'L día que siguió á la noche del sarao se ocupó con 
los preparativos para el recibimiento del Visita- 
dor. Como á las doce circuló la noticia de que 
habia llegado á Chimaltenango, donde dormiría, para ha- 
cer su entrada á las nueve ó las diez de la mañana si- 
guiente. Una comisión del Cabildo pasó á felicitarlo á 
aquel pueblo y á darle parte de los arreglos acordados para 
su recepción. 

Mientras los concejales iban á desempeñar aquel en- 
cargo, con toda la gravedad que se empleaba en aquellos 
tiempos, aun en asuntos menos importantes, en la ciu- 
dad todo era alboroto, animación y movimiento. El Ca- 
bildo invitó á los vecinos de las calles por donde debia 
pasar la comitiva, á que asearan el frente de sus casas y 
á que adornasen los balcones con colgaduras. Se convidó 
también á los caballeros encomenderos y á otros de la no- 



— 142— 

bleza, á que acompañasen al Ayuntamiento, que tenia dis- 
puesto salir en corporación hasta Jocotenango, para reci- 
bir al Visitador. Se le habia preparado una casa gran- 
de, cómoda y hermosa en el barrio de Santo Domingo, 
donde vivia la gente principal, y ahi se le serviría el 
almuerzo, al que estaban ya invitados todos los que iban 
á tomar parte en el recibimiento. 

Habian pasado como treinta años desde la llegada del 
último Visitador, el Sr. Sandé, que vino á residenciar al 
Presidente Mayen de Rueda, y asi pocos se acordaban de 
aquel acontecimiento. Para muchos la aparición do un 
funcionario que venia á tomar cuentas al gofe del reino, 
era, pues, un suceso harto extraordinario, para que no lla- 
mase vivamente la atención. No se habló durante todo 
el dia de otra cosa que del Visitador; á punto que no 
faltaron gentes que se imaginaron que no debia ser un 
hombre como los demás, sino que necesariamente tendria 
algo de raro y nunca visto. 

No se extrañará, por tanto, digamos que aunque se 
sabia que la llegada seria entre nueve y diez, desde las 
cuatro de la iilañana estaban llenos de gente el pueblo de 
Jocotenango y todas las calles de la entrada. Hubo mu- 
chos que no teniendo la paciencia de aguardar, fueron has- 
ta Chimaltenango y volvieron contando maravillas del Sr. 
Visitador, á quien apenas habian logrado ver de lejos. En- 
contrábanle aquellos curiosos mas de treinta semejanzas: 
con jóvenes, con viejos, con esculturas y pinturas de san- 
tos, con algunos de los retratos de los reyes que ador- 
naban los salones del real Palacio, con todo se le halló 
parecimiento; y no faltaron algunos que dijeron tener se- 
guridad de haber visto aquella cara en otra parte, en lo 
que tal vez no les faltaba razón. De repente se esparció 
la voz de que ya no entraba el Visitador; que habia re- 
cibido un pliego de México, en que se le prevenía regre- 
sase, y que inmediatamente habia vuelto ancas á la muía y 
vueltose por donde viniera. Aquella noticia, que fraguó al- 



— 143— 

guno de los que en aquel tiempo, (tan diferente en esto 
de los que alcanzamos,) se divertían en esparcir mentiras, 
estuvo á punto de originar un alzamiento. No porque im- 
portara á la plebe que se tomara ó no residencia al Con- 
de de la Gomera, lo que debia influir bien poco en su 
suerte, sino porque se habia levantado de madrugada, su- 
frido estrujones y asoleadose por ver media hora antes 
que el resto del vecindario al Sr. Visitador, y era un 
pesado chasco volverse á casa sin lograr su objeto. 

— Que entre para que lo veamos y después que se 
marche muy en hora mala si le acomoda; decia una res- 
petable ciudadana que habia dejado sus verduras en la 
plazuela de Candelaria y situadose en Jocotenango desde 
las cuatro y media de la mañana. 

— ¿Y como es un Visitador, nanita? preguntaba una 
moza á su anciana abuela, que llegaba casi arrastrándose, 
habiendo tenido que correr desde cerca del Calvario, don- 
de vivia. 

— Es un Señor muy grande, contestó la buena muger. 

— ¿Será mas grande, replicó sencillamente la mucha- 
cha, que el San Cristóval que está en la Compañia? 

— No es de cuerpo, boba, dijo la abuela, sino de au- 
ciernes. Con decirte que si quiere, puede apresar al Pre- 
sidente y á los oidores! 

— ¡Ave María!, exclamó la joven santiguándose. En- 
tonces, mejor se revolviera. 

— i Que se revolviera! Pues no faltaba mas; después 
que nos ha costado tanto llegar hasta aquí. Que entre 
y aprese y ajorque, que á bien que no nos ha de ajorcar ni 
á vos ni á mi, que eso no reza con nosotros los probes. 

En otros grupos de gentes del pueblo se oían con- 
versaciones semejantes. Las ventanas de todas las casas 
estaban cuajadas de curiosos, y en la calle de los herre- 
ros, una de las que debia tomar el Visitador, se veían las 
herrerías atestadas de gentes, ansiosas de ver pasar la 
comitiva. En la de Andrés Molinos estaban, en sillas cor 



— 144— 
locadas en la puerta, Dna. Isabel de Alrarado, su hij:^ 
Dña. Margarita y Genoveva, y atrás, en pié, por respe- 
to á las dos señoras, el herrero, sn muger, el maestro Ba- 
silio y Francisco Molinos. 

El barbero y el herrero estaban contentisimos en sus 
adentros de la, llegada de un Visitador, pues de la resi- 
dencia del Presidente podia resultar su deposición, cosa 
que deseaban ya con ansia aquellos dos artesanos ren- 
corosos. Sin embargo, no se atrevían á manifestar clara- 
mente sus sentimientos, por consideración á Dña. Isabel y á 
su hija, tan adictas al Conde de la Gomera. Cuando coi'- 
rió la bola de que el Visitador regresaba sin llegar ya á 
la ciudad, el herrero se mordió los labios con- fui'or, j 
el barbero le dijo á media voz: 

— Si eso es cierto, seria malísimo; pero tal v«z es 
una volada que han esparcido los partidarios del Presiden- 
te. Como decia la abuela, el mentir y el encompadrar anv 
bes andan á la par. 

No bien hubo pronunciado Bíisilio aquellas palabras,, 
cuando empezó á oirse el ruido lejajio de los coches y el 
susurro de la muchedumbre apiaada en las calles. 

— Ahi viene! exclamó, uno de tantos; y se alargaron 
algunos millares de pescuezos en dirección del punto par 
donde debia desembocar la deseada comitiva. Cinco mi- 
nutos después, desfilaban los primeros oarruages del acom- 
pañamiento delante de la herrería del maestro Molinos. 
Abrian la marcha los de los caballeros particulares que 
habían atendido á la invitación del Ayuntamiento; seguían 
los maceros de la ciudad^ á caballo, con sus gramallas y 
las insignias de su oficio, precediendo á los coches délos 
concejales; y por último, en una lujosa carretela descu- 
bierta, tirada por cuatro mulas^ venian^ los dos Alcaldes 

* ordinarios, en la delantera, y frente á ellos el Visitador, 
solo, en la testera del carruage. Como este caminaba des- 
pacio, porque la acumulación de la gente impedia el paso, 
la multitud pudo examinar al importante personage á.to^ 



—145— 
ásL su satisfacción. Conversaba con los Alcaldes y no pa- 
í'ecia experimentar la mas ligera emoción por la curiosi- 
dad de .que era objeto. Apenas se fijaba en el pueblo y 
ni una sola vez volvió la cabeza para ver á las personas 
decentes que ocupaban los balcones. 

Cuando pasó la carroza delante de la herrería, Dña, 
Isabel de Alvarado, Dña. Margarita, Grenoveva, el herre^ 
ro, el barbero y Francisco se fijaron, como era natural, 
en el Visitador, y partieron de aquel grupo cuatro ó cin- 
co exclamaciones, al mismo tiempo. Genoveva estuvo á 
punta de desmayarse y habria caído al suelo, á no haber- 
se apoyado en el hombro de su hermano. Margarita se 
puso pálida como una estatua de cera; Basilio se estrega- 
ba el OJO, estupefacto; Andrés abrió la boca para hacer 
alguna observación, que sin duda no se atrevió á profe- 
rir, y la volvió á cerrar sin decir palabra. En fin, Fran- 
cisco, que no tenia los motivos para callar que hacían que 
los demás guardasen silencio, dijo, dirijiendose á su padre 
adoptivo. 

— Padre, ese seííor es el que salvó á Genoveva de 
que ía matara el caballo del Alferezí 

El herrera iba á contestar, todo aturdido; pero el 
barbero se le anticipó y dijo: 

— ¡.El que salvó á Genoveva! ¡vaya un disparate! ¿Y 
que tiene que ver ese señor, á quien vi esta mañana y pro- 
bablemente estará ahora en la Merced, si no es que ande 
por aquí entre los curiosos, con el Visitador, que durmió 
anoche en Chimaltenango y que se sabe de cierto viene 
ahora de México? Lo que hay es que son parecidísimos y 
nada mas. Un diabla se parece á otro, decía mi abuela. 

Francisco, oyendo que su tío aseguraba haber visto 
pocas horas antes al huésped de los mercedarios, no se 
atrevió á replicar. Genoveva y Margarita se dirijieron 
«na mirada que expresaba su asombro y sin contrade- 
cir al barbero, apoyaron en bu interior la observación 

19 



— lie- 
de Francisco. 

El maestro Basilio y el herrero, luego que desapare'- 
ció la comitiva, se despidieron de las dos señoras, dicien-' 
do deseaban ver la llegada del Visitador á la casa que 
se le tenia dispuesta. Dña. Isabel, su hija y Genoveva 
entraron por la puerta que, según hemos dicho, comunica- 
ba la herrería con la casa de Jirón, y Francisco siguió á 
Dña. Margarita con una mirada profundamente triste y res- 
petuosa al mismo tiempo. 

— Se ha puesto pálida, dijo el herrero, luego que es-" 
tuvo solo. ¿ Que significa esa expresión de terror que h» 
cubierto su semblante angelical, á la vista de ese hom- 
bre? ¡Desgraciado el que pueda causarle la* mas ligera 
pena!, añadió con voz sorda. Sea quien fuere, lo aplastaré 
con mas facilidad que si fuese una de esas piezas de hierro 
que pasan todos los dias entre el martillo y el yunque. 

Calló durante un momento, y luego exclamó con acen- 
to entrecortado: 

— Pero ¿que digo? Soy un miserable! ¿No he sufri- 
do aqui mismo que la insulten en mrpresencia, y mi brazo 
ha caido, débil y sin acción como el de un niño, cuando 
se me arrojó á la cara el nombre de un poderoso? ¡ Ah 
pobre artesano que no puedes vengar con los instrumen^ 
tos que manejas diariamente los agravios que seJiacen á 
la que amas y veneras! Tu poder está limitado á este me- 
tal, tan insensible como inofensivo. 

Diciendo esto, Francisco tomó una cadena de gruesos 
eslabones que él mismo habia trabajado, y como para pro- 
bar su consistencia, envolvió uno de los extremos en la 
mano izquierda, y tiró del otro con la derecha. Crujió el 
hierro al impulso vigoroso y la cadena quedó hecha pe- 
dazos entre los dedos crispados del herrero. 

— Es mas fácil romper esto, dijo con una sonrisa a^ 
marga, que los lazos, tan débiles al parecer, que nos li- 
gan á lo que amamos, á nosotros, hijos mimados del ir.r 



— 147— 

foTtwnio!; y dos gruesas lágrimas bajaron lentamente por 
;sus pálidas uiejillas. 

En aquel momento comenzaron á llegar los oficiales 
del taller, que habiendo visto la entrada del Visitador, 
para lo cual obtuvieron permiso del maestro, acudían á 
sus tareas habituales. Francisco hizo cuanto le fué posi- 
ble por recobrar su serenidad; prendió fuego á la fragua, 
puso algunas piezas de hierro á que se encendiesen y sü 
ocupó en silencio en las demás operaciones del oficio. 

Entre tanto el barbero y su hermano habian seguido 
a\ carruage que conducía al A^isitador. 

— No hay la menor duda, decia Basilio; es el mis- 
mo á quien hemos visto y hablado. El Presidente está 
perdido y tú puedes contar como segura la encomienda. 
I Que chasco para los que se han obstinado en seguir el 
partido del Conde! Lo siento por Don Francisco. 

— Es duro, contestó Andrés, como el hierro de mi 
fragua; pero estos señorones siempre hallarán modo de 
caer parados. Ya verás; el dinero lo compondrá todo. 

— Si, replicó el barbero; como decia la abuela, por 
dinero baila el perro; y es menester no echar esto en ol- 
vido para lo de la encomienda. 

En estas conversaciones llegaron delante de la casa 
destinada al Visitador, y muy á tiempo para verlo entrar. 
El barbero rabiaba por averiguar que impresión habia 
causado al Presidente la llegada del residenciarlo y de- 
seaba también informarse de lo que hubiese ocurrido la 
noche del sarao entre el capitán Peraza y Dña. Marga- 
rita. Se despidió, pues, de su hermano, y se encaminó á 
Palacio, donde sus dobles funciones de barbero y de espia 
le aseguraban entrada franca á cualquier hora. El Conde 
acababa de concluir el despacho de la mañana, y Don 
Luis Mellan se habia retirado ycj,. El anciano se encon- 
traba solo, entregado á sus cavilaciones y deseaba la lle- 
gada de algunp que lé informase como habia pasado la 



— 148— 

entrada del V^isitador. Cuando se le anunció que el maes- 
tro Basilio pedia permiso para ver á Su Señoría, dijo que 
pasase adelante, seguro de que no podia haberse presenta- 
do mejor noticiero. 

— Y bien, Basilio, dijo el Conde, luego que hubo en- 
trado el viejo marrullero, ¿que hay del Visitador? ¿Lo has 
visto? ¿Que tal parece ser? Como lo ha recibido el pueljlo? 

— Señor, contestó el barbero; á decir verdad, poco 
me he fijado en el caballero que acaba de entrar. A lo 
que me pareció, no es joven, ni es viejo; no es de buena 
presencia; pero tampoco puede decirse que sea feo; la gen- 
te no lo recibió ni bien ni mal; de suerte que todo an- 
da, como decia la abuela, entre Jerez y la frontera. Lo 
único que si diré con certeza á Yuesa Señoria es que se 
parece como un huevo á otro huevo y hasta en el nom- 
bre, al sugeto cuya llegada á la Merced avisé á Vuesa 
Señoria desde el dia de la jura. 

El Presidente permaneció un rato pensativo, después 
de haber oido lo que decia Basilio; y luego dijo: 

— Según eso, tú crees que el huésped de los merce- 
darios y el Visitador son una misma persona. 

— Creo, Señor, que son y no son. La cara, el cuer- 
po, el aire, el nombre y el eco de voz, (pues oi hablar 
al recienllegado cuando bajaba de la carroza para entrar 
á su posada) son los mismos que los del individuo que 
está en el convento; pero hay la dificultad de que el uno 
está aqui hace lo menos veinte dias y el otro acaba de lle- 
gar; que aquel viene á tomar el hábito de religioso y es- 
te á tomar residencia á Vuesa Señoria; de lo cual de- 
duzco yo que son y no son la misma persona; ó mejor di- 
cho que aunque parecen uno, en realidad son dos. 

— Basilio, dijo el Conde, ese misterio se ha de acla- 
rar j y pronto sabré á que atenerme respecto á la extra- 
ña conducta de Fr. Bonifacio, que ha usado conmigo de 
tan inexplicable reserva. 



— 14!}— 

— La conducta del Padre Provincial, contentó el bar- 
bero, es y no es extraña. Si se atiende á lo que debe á 
Vucsa Señoria, era natural que \-iniet5e á darle pnrte, co- 
mo yo lo hice, del huésped que tenia en casa; pero Su. 
Paternidad sabe mas de lo que le han enseñado, como 
decía mi abuela, y si él ha olido que bajo el embozo 
-del Visitador podia venir alguna cosa rara, como una 
mitra, por ejemplo, no seria extraño que uo quisiese qui- 
tar el tal embozo, sino cuando al interesado mismo le cou- 
Tiniese dejarlo caer. 

— Tal vez tienes razón, Basilio, dijo el Presidente, 
suspirando. ¡Como ha de ser! siempre el interés indivi- 
dual antepuesto al interés público, aun en hombres de 
acrisolada virtud y de la mas vasta ciencia! 

Cuando el Presidente hubo proíiunciado aquel afo- 
rismo, y el barbero se disponía á contestarle en la for- 
ma dubitativa y ambigua que habia creído deber adoptar 
en aquella conversación, el page de servicio entreabrió 
la puerta -del gabinete y dijo que los señores de la real 
Audiencia pasaban recado, por medio del escribano de 
cámara, de estar ya reunidos, aguardando al Muy Ilus- 
tre Sr. Presidente, para abrir los pliegos de S. M., que 
acababa de enviar el Sr. Visitador. El Conde contestó 
que iba á pasar inmediatamente á la sala de acuerdos, y 
el barbero se despidió, con sus acostumbradas cortesias. 

Mientras los individuos del grave tribunal besaban y 
ponian sobre sus cabezas los reales despachos, el míies- 
tro Basilio se dirijió á la habitación del capitán; pues, 
como hemos dicho, dos objetos diferentes lo llevaban aquel 
día á Palacio. El uno estaba cumplido; habiendo podido 
advertir, bajo la calma aparente del anciano, la inquie* 
tud que torturaba su espíritu. Faltábale averiguar la si- 
tuación del hijo, ajitado por pasiones harto diferentes de 
las que atormentaban á su pobre padre. El barbero dijo 
ül page de Don Fernando, que estaba de guardia á la 



— 150— 
puerta de su amo, que avisase al Sr. capitán que el maes- 
tro Basilio Molinos pedia permiso para ver á Su Merced. 
Cuando oyó el recado Don Fernando, que estaba encerra- 
do en su gabinete con un humor de perros, gritó: 

— ¡Que vaya con todos los diablos ese tuerto conde- 
nado y no se me presente delante, si no quiere que le 
empareje los dos ojos, rompiéndole de un puñetazo el úni- 
co que tiene sano! 

— Malo está esto, dijo para si el barbero, que oyó 
perfectamente lo que decia el capitán. Este mozo trone- 
ra ha ido por lana y ha vuelto trasquiUido, como decia 
la difunta. Paciencia, Basilio, paciencia y dulzura, hasta 
llegar á tu objeto, que mas moscas se cojen con miel que 
con vinagre, según acostumbraba decir también mi abuela. 

Luego, dirijiendose al page, dijo en voz alta, como 
para que pudiese oírlo Don Fernando: 

— Decid al Sr. capitán que no deseo molestarlo; que 
tenia algo interesante que comunicar á Su Merced, pero 
que otro dia será; que á bien que hay mas tiempo que 
vida como decia la abuela. 

— ¡Maldita sea la abuela, y maldito el charlatán de su 
nieto!, volvió á gritar Don Fernando. ¿Queme quiere ese vie- 
jo testarudo? Abre, Recaredo, y que entre ese saca-muelas. 

El page abrió la puerta, y el maestro Basilio entró 
en el gabinete, tocando casi el suelo con la cabeza, tan 
exageradas y grotescas eran las reverencias con que salu- 
dad al capitán. 

— Consejero de Barrabas, exclamó Don Fernando; 
¿como tienes A'alor para venir á buscarme? Tus perver- 
sas indicaciones han sido causa de que esa rapaza me 
reciba como una reina orgullosa al mas despreciable de 
sus vasallos. Sabe, gusano vil, que si en aquel momento 
te hubiera yo tenido al alcance de mis puños, te habria 
deshecho como ... . y se levantó rechinando los dientes y 
haciendo ademan de ahogar al viejecillo. 



— 151-* 

— Coñio hatti'ia deshecho, inteiTimipio el barbero con 
la mayor sangre fria, á Vuesa Merced, aquel atolondra- 
do de mi sobrino el herrero, á no haberlo yo impedido 
tan á tiempo. 

El recuerdo de aquel importante servicio, invocado 
por el malicioso barbero en aquella circunstancia, hizo 
que Don Fernando bajase la cabeza avergonzado. Calma- 
da algún tanto la borrasca que ajitaba su alma, dijo en 
tono mas moderado: 

— No he olvidado el importante servicio que me 
prestastes en aquella ocasión. La gratitud en las perso- 
nas de mi clase es una deuda de honor. Sé que sin tu 
intervención, aquel herrero brutal me habria aplastado el 
cráneo, y aun cuando después lo hubieran quemado vivo, 
á mi esto no me hacia volver á la vida. Te agradeci en- 
tonces y te agradezco siempre lo que hicistes, aun cuan- 

*do no te lo haya dicho jamas; pero, ¿por qué borras el 
buen servicio con consejos torpes y desacertados? 

— Señor capitán, contestó el barbero con dulzura, ca- 
da vez que tenéis la bondad de hablarme de este asunto, 
tengo nuevos motivos para admirarme mas de que no se- 
páis todavía que abismo tan insondable es el corazón de 
una muger. ¿Decis que os recibió altiva, desabrida y des- 
deñosa?, pues yo os aseguro que si se hubiese mostrado 
amable y complaciente, era prueba indudable de que os 
detestaba en el fondo de su alma. A mi no me toca dar 
consejos á un caballero como Vuesa Merced; pero si es- 
tuviera en su lugar, si fuese yo el cortejo de Dña. 
Margarita. . . . 

— ¿Y quien te ha dicho, badulaque hablador, interrum- 
pió el capitán, poniéndose otra vez encendido de cólera, 
¿quien te ha dicho que yo sea el amante déla novia de 
mi amigo? 

— Esto no es mas que una hipótesis, como diria el 
Padre Provincial, repiicó Basilio; yo iba á decir lo que 
haria, y nada mas; pero si os desagnada, punto en boca, 



— 152- 

que romo docia la abuela. ... • 

— ¡Por vida de Satanás! exclamó el capitán, no viief- 
vas á citar « esa vieja, ó te arrojo por el balcón. Di lo 
que harías lisa y llanamente, ;v no apoyes tus palabras 
en textos Mgenos. 

— Pues si os desagrada que cite á mi abuela, no' 
volveré á mentarla, y vamos al grano. En vuestro lugar, 
Dios me perdone, pero yo me reiría de los desdenes fingi- 
dos de esa dama. Volvería á la carga, como sí nada hu- 
biese sucedido, procurando que no lo advirtiese Don Luis 
y apuesto las dos orejas á (lue al cabo de ocho dias está 
la vida mía nías blanda que espuma de jabón. No hay 
piedra berroqueña quedende un año no ande lisa al pa- 
samano, decia. . . la madre de mi madre, señor caballero. 
Ademas, yo creo. que debéis procurar que el Sr. Conde 
apoye vuestra pretensión; lo que lograreis, sin duda, ha- 
ciéndole entender que vuestra resolución de poseer á Dña/ 
Margarita de un modo ü otro es irrevocable. Hacedle 
creer que si no se verifica esa boda^ haréis unav gran 
trastada, y veréis como vuestro padre es el primero que 
os ayuda. ¡Animo señor mío!, que no parece sino que 
tenéis nn corazón de pollo, que asi os andáis por las bar- 
das, pudiéndoos entrar de rondón por los zaguanes.- Ha- 
ced lo que os conviene y el que venga atrás, que arree, 
como decia aquella de quien yo soy nieto. Si en algo 
puedo ayudaros, sabéis que mí voluntad es la de serviros. 

El barbero saludó al capitán con otra cortesía tan 
exagerada como la que hizo al entrar y se marchó, dejan- 
dolo pensativo y rumiando los pérfidos consejos que aca- 
baba de darle. Antes de volverse á su casa, el maestro 
Basilio creyó conveniente acercarse á la Merced, para sa- 
ber de su hermano. Le había dicho el Provincial que 
Fr. Pablo estaba preso por una falta grave contra las re- 
glas de la orden y no quiso entrar en mas explicaciones 
sobre el asunto. Sea que aquella mañana se sintiese de sü- 
bito3 el barbero acometido de un exceso de amor frater- 



— 153— 

ííal, seíi que quisiese averiguar que se decia en el con- 
vento de la desaparición del huésped, lo cierto es que 
él se encaminó á toda pri^a á la Merced^ Llamó al portón 
interior; abrióse el postiguillo y asomó, en carne y hueso, 
la cabeza de Fr. Pablo. 

— ¡Hola! redentor cautivo, dijo el barbero riéndose, 
¿ya estas libre? ¿que mosca te picó que distes' lugar á 
tan severa corrección? 

— Quita de aqui. Satanás, respondió el lego; no me 
hagas hablar de lo que no quisiera acordarme. Tus perver- 
sas sugestiones han sido la causa de mi desgracia. 

El lego no tenía razón en esto. Se recordará que cuan- 
do el barbero lo excitó á averiguar quien era el descono- 
cido personage hospedado en el convento, ya Fr. Pablo 
Se carcomia de curiosidad por saberlo. Pero todos somos 
mas ó menos propensos á buscar en los demás el origen 
de nuestras desdichas. El maestro Basilio, qup ignoraba 
haber sido cauea de la prisión del lego el andar por la 
huerta en altas horas de la noche, atisbando .al huésped, 
no comprendió la alusión y contestó á su hermano: 

— Mira Pablo; creo que el ayuno á que te han su- 
jetado en la prisión te ha trastornado el juicio y te ha- 
ce todavia estar viendo visiones. No quieras ahora car- 
garme con culpas que no tengo, que harto hago con lle- 
var las mias. Acuérdate de que soy tu hermano y no re- 
mates conmigo ti;s disgustos; que como decia la abuela^ 
á quien de los suyos se aleja, Dios le deja. Hablemos de 
otra cosa y dime, si te parece, ¿que es de Don Juan? 

El lego movió la cabeza con misterio y contestó: 
-^ Don Juan ! Don Juan ! Bueno anda el cuehto. Pre- 
gúntaselo al Padre Provincial, que podrá saber que se 
hizo. Yo lo único que te aseguro es que hoy me dieron 
libertad; por distraerme un poco y desahogar la pena de 
mi larga prisión, fui á dar un paseo por la huerta y ca- 
sualmente me acerqué al jardin del loco. La puerta esta- 
ba abierta; entré por distracción y encontré las celdas 

20 



— 154— 
vacias. Si al fin el huésped tomó el hábito mientras yo' 
estaba preso, lo sabré hoy que se reúnan los religiosos 
en el refectorio. 

— Paréceme que no es fácil, dijo el barbero riéndo- 
se, que encuentres á Don Juan en el refectorio en hábi* 
to de fraile, pues yo he visto hace dos horas en otra par- 
te á un sugeto que si na es él, se le parece mucho. 

— ¿Lo has visto? exclamó el curioso lego; ¿quien 
es? ¿como se llama? 

— Te digo, Pablo, que he visto uno muy parecido 
á Don Juan y nada mas. Tü la verás también y me di- 
rás si es cierto. 

El maestro Basilio dio la vuelta y se marchó á sa 
casa, dejando al pobre lego con mas curiosidad que la quo 
tenia antes, y proponiéndose examinar las caras de todos 
los que llegasen á la portería. Sonó la campana que lla- 
maba á refectorio; Fr. Pablo cerró el postiguillo, cálese- 
la capilla, tomó el rosario y se alejó pocO' á poca de la 
portería, rezando docena y media de Padrenuestros y Ave- 
marias, para aligerar algO' la cuenta dé la penitencia, que 
andaba recargadÍBima. Todas las noches al acostarse ha- 
cia balance y se encontraba con un déficit de algunos mi- 
les, que pasaban con toda exactitud, á la partida de cargo 
del siguiente dia. La noche anterior ascendia esta ya, en- 
ti-e Padrenuestros y Avemarias, á la aterradora cifra de 
254,880. 



— 155— 




CAPITULO XII. 

Bn que §e da principio al jnicio de residencia. 



OS reales despachos en que constaba el nombra- 
miento del Lie. Don Juan de Ibarra, oidor de 
México, para Visitador y juez de residencia del 
Presidente y Capitán general de Guatemala, Conde de la 
Gomera, estaban extendidos en toda regla. Sometidos al 
examen del Fiscal, este funcionario, cuya adhesión al Pre- 
sidente era notoria, no tuvo mas arbitrio que pedir á la 
real Audiencia obedeciese y cumpliese las soberanas dis- 
posiciones. Hizose asi, y el Visitador abrió en toda forma 
el juicio de residencia. Sea por carácter ó sea por mos- 
trar cierta imparcialidad, el pesquisidor no parecía incli- 
nado á apresurar el procedimiento, y antes bien daba á 
entender que las cosas irian muy despacio. Hizo al Con- 
de una visita de ceremonia, que le fué devuelta una ho- 
ra después, como lo exijia la etiqueta, y nada hubo en 
aquellos actos que se apartase un ápice de la cortesía 
natural en sujetos de buena educación y de clase distin- 
guida. El doctor Araque proporcionó al Visitador un es- 



— 156— 

cribano, que era, según dijo, una famosa alhaja; y tal, 
cual debía esperarse del que lo patrocinaba. Llamábase 
Don Judas Patraña, tenia cincuenta y dos años; pero apa- 
rentaba mas de sesenta, por mentir hasta con el aspec- 
to. El cutiz era un pergamino viejo y arrugado; los ojos 
querían salirsele de las cuencas, siempre que veían dine- 
ros; la nariz tenia la forma de la guadaña de la muerte; 
la boca, desierta, de dientes y de verdades; las manos ági- 
les como las de un prestidigitador, para tomar lo ageno 
contra la voluntad de su dueño; era calvo, como la oca- 
sión, y de consiguiente difícil de atraparlo; no hacia rui- 
do al andar, y asi entraba sin que se le sintiera, como la 
pobreza; levantaba con igual facilidad procesos y falsos 
testimonios; cumplía exactamente los mandamientos ... . de 
ejecución; pero no se cuidaba de los de la ley de Dios; 
lamas se le veia en las reuniones públicas; pues decía 
que de concursos solo le gustaban los de acreedores. Era 
tan aficionado á costas, que había estado á punto de ir- 
se á vivirá la de los Mosquitos. Nadie sabia su origen; 
pero todo el mundo decia, hablando de él, que la horca 
era el fin último para el cual fué criado el hombre. En 
manos, ó mej(»r dicho en garras de este Don Judas iba á 
caer el juicio de la residencia, gracias á la habilidad del 
Dr. Araque, de quien el escribano era amigo, servidor y 
paniaguado. El Visitador le extendió el nombramiento en 
toda forma y Patraña comenzó por proveerse de lo que 
calculó podía necesitar para ponerse á la obra. Previno 
cinco resmas de papel sellado; agotó las plumas de Cas- 
tilla que había en los almacenes de la ciudad y completó 
el número que consideraba preciso, haciendo desplumar 
seis zopilotes; preparó un barril de tinta; organizó un re- 
gimiento de procuradores, amanuenses, receptores y cor- 
chetes y cuando estuvo listo aquel tren de guerra formi- 
dable, se presentó con él en casa del Visitador, papel se- 
llado en mano y pluma en ristre, ansioso de entrar en 
campaña. 



— 15T— 

— Aquí hay material para quiíiiciiLus años, dijo Don 
Juan de Ibarra, riéndose. 

— No tanto, Señor Visitador, contestó Don Judas. El 
acopio es solamente como el que se necesitaria para un 
concurso de acreedores, puesto en buenas manos. 

El Juez de residencia le entregó una lista de treinta 
testigos, á quienes se debia examinar y le previno los fue- 
se llamando por el orden en que estaban inscritos. 

Mientras se daba principio al juicio, Don Juan re- 
cibía las visitas de los funcionarios y caballeros principa- 
les, después de haber cumplido por su parte, yendo en 
persona á la real Audiencia, al Palacio episcopal y al 
Ayuntamiento. Aquellas demostraciones de atención pare- 
cieron muy puestas en el orden; pero hizo el pesquisidor 
una visita á los tres dias de su entrada, que llamó mu- 
cho la atención y dio lugar á interminables comentarios. 
A las nueve de la mañana del dia 6 de Enero el coche 
del Visitador paraba delante de la puerta del convento 
de la Merced. El Padre Provincial, avisado de antemano, 
aguardaba á la entrada con la comunidad, y Fr. Pablo, 
que acababa de abrir el portón de par en par, se colo- 
có en un punco desde el cual pudiera ver perfectamen- 
te al alto personaje. Cuando vio al Visitador, el portero 
abrió desmesuradamente los ojos; la lengua se le hizo un 
nudo en la garganta; sintió que un sudor frió corría por 
su frente y que le tambaleaban las piernas. Reconoció, ó 
por lo menos creyó reconocer al sugeto á quien un mea 
antes había tratado en aquel mismo sitio con tan poca 
ceremonia, tomándolo por un mendigo. Don Juan advirtió 
la turbación del pobre lego y le dijo, sonriendose: 

— Buenos dias, Fr. Pablo. ¿ Como va la penitencia? 
Supongo que el retiro y la soledad os habrán facilitado 
los medios de descargaros de muchos Padrenuestros y 
Avemarias retrasados. 

— Se. . . . se. . . . señor, contestó el lego, balbuciente, 
tío . . . so . . . soy un animal ; y sin aguardar mas, se esca- 



— 158— 

bulló por entre los demás frailes y corrió á ocultarse al 
último rincón del convento; temeroso de que el Visita- 
dor lo mandase empalar, como había oido al superior se 
hacia entre los moros. Pero Don Juan de Ibarra tenia 
por el momento cosas de mas importancia en que pensar 
que en mandar empalar á Fr. Pablo. Saludó á la comu- 
nidad, tan asombrada como el portero, al reconocer en el 
Visitador al huésped que habia estado ocupando cerca de 
un raes la celda del loco, y pasó á la habitación del 
Provincial, hasta cuya puerta lo acompañaron los religiosos. 

— Ya veis, Señor, dijo Fr. Bonifacio cuando estu- 
vieron solos, que el Provincial de la Merced sabe guardar 
un secreto de Estado, aun cuando sea tal vez perdien- 
do algún amigo poderoso. 

El reverendo exhaló un suspiro al hacer aquella ob- 
servación, lo cual significaba que comprcndia bien que su 
reserva en aquel asunto le enagenaba la buena voluntad 
del Presidente. 

— Habéis cumplido vuestra obligación como vasallo, 
leal, dijo el Visitador, y lo demás poco debe importaros. 
La residencia del Conde de la Gomera ha comenzado va; 
el asunto puede tomar proporciones graves y acaso me 
sea necesario contar con vuestra cooperación. El reino 
sufre; hay abusos escandalosos, á los cuales es preciso 
poner término. El Conde tiene partidarios, como todo el 
que ha gobernado largo tiempo, y sospecho que quieran 
llevarse las cosas á una extremidad, apelando á la resis- 
tencia. Tenéis influencia en la nobleza y en el pueblo; 
¿puedo contar con vos en un caso apurado? 

Lo que exijia el Visitador era mas de lo que Fr. Bo- 
nifacio de los Angeles podia ofrecer sin peligro de contraer 
un compromiso muy serio. Lo compredió asi y contestó: 

— Yo, Señor, nada puedo hacer por mi mismo; las 
reglas de la orden me lo prohiben. Eeuniré el discretorio, 
llegada la ocasión; y como cualquier cosa que Vuesa Se- 
ñoría exija no ha de ser ni contra la ley de Dios, ni con^ 



— 159— 
ira bonos mores ^ sin duda podrá contar siempre con esta 
pobre comunidad. 

— No se trata del discretorio ni de la comunidad, re- 
plicó Don Juan, cuya fisonomía tomó un aspecto sombrio: 
se trata de lo que vos liareis ó no personalmente. Ha 
pasado el tiempo de los términos medios, Padre Provin- 
cial, y es necesario que cada cual tome con franqueza su- 
puesto y reconozca su bandera. 

— Señor, lo pensaré, murmuró el pobre religioso afli- 
gido; dejadme consultar siquiera con los padres graves, 
moniti meliora sequamur, como dijo Virgilio. 

— Bien está, contestó el Visitador, levantándose pa- 
ra marcharse. Pensadlo como decis; pero sabed que quizá 
muy pronto tendréis que tomar un partido. Quedad con 
Dios, Padre Provincial. 

— El os acompañe é ilumine, Señor Visitador, con- 
testó el religioso, que temblaba al ver el aspecto terrible 
que aquel hombre habia tomado. 

— Ah!, me olvidaba, dijo Don Juan, recobrando su 
aire impasible, de comunicaros una noticia muy grave. He 
sabido hoy que el reverendo Obispo de Chiapa, que si 
no me engaño, es un religioso de vuestra misma órden^ 
está á las puertas de la muerte. 

•— ¡El Obispo de Chiapa!, exclamó Fr. Bonifacio, que 
no pudo disimular su emoción; ya me lo temia yo; el po- 
bre señor es muy anciano y andaba hace tiempo tan acha- 
coso! Pero ¿creéis, Señor, que no escapará?, digo que 
tendremos la desgracia de perderlo? 

— Atendida la edad, pienso que de un correo á otra 
sabremos que ha muerto; con que, mi R, P., vos que co- 
nocéis bien el clero de la diócesis, pensad en algún ecle- 
siástico de virtud y letras, y sobre todo de carácter fir- 
me y decidido, que pueda yo recomendar á España para 
ésa silla que estará pronto vacante. 

— Pensaré, pensaré, contestó el Padre levantándose 
el cabello de la frente: pero por amor de Dios no vaya 



Vuesa Sciloria á empeñar su palabra antes de que haya- 
mos hablado otra vez. A la verdad hay pocos, muy pocos 
sugetós dignos óe un obispado. Estoy por decir que no hay 
uno solo. Ea necesario meditar mucho antes de tomar una 
resolución, puesto que una vez hecho, ya no se puede vol- 
ver atrás. Deliberanduní est diu qiiod statuendum semel. 

Don Juan se despidió del Provincial, dejándolo agi- 
tadisimo con la noticia de la grave enfermedad del Obis- 
po. El Visitador se sonrió desdeñosamente al dejarse caer 
en los almohadones del coche, que lo condujo á su casa. 
Encerróse con el escribano y estuvo examinando las decla- 
raciones tomadas por Don Judas, ó mas bien dadas por 
éste, pues habia tenido el arte de hacer decir á los tes- 
tigos llamados cuanto él habia querido que dijesen. 

A poco de haber entrado Don Juan, se anunció al 
herrero Andrés Molinos y á su hermano el barbero, lla- 
mados también, pues sus nombres estaban de los primeros 
en la lista. El Visitador los mandó entrar y practicó por 
si mismo el interrogatorio. Nada tuvo que poner de su 
bolsa el fecundísimo Don Judas; pues aquellos dos hom- 
bres ingratos y rencorosos, acu añilaron contra el Presi- 
dente, contra Don Francisco Jirón Manuel, su protector, 
contra el otro regidor que habia entendido en el repar- 
to de las alcabalas y contra los alcaldes del año próximo 
pasado, cuanto podia inventar la perversidad mas refinada. 
Concluidas y firmadas las declaraciones del herrero y el 
barbero, iban estos á retirarse; pero Don Juan detuvo á 
Basilio y dejó que se marchase Andrés. El Visitador ha- 
bia comprendido desde luego todo el partido que podia 
sacar de un agente tan intrigante y astuto como el maes- 
tro Basilio Molinos, y se proponia hacerlo servir á sus 
miras. El escribano advirtió que Don Juan deseaba ha- 
blar á solas con el barbero y se despidió. 

— Paréceme, maestro, dijo el Visitador, hojeando el 
proceso como con distracción, que vos no sois muy adicta 
que digamos á esa familia de Jirón Manuel, 



— 161 — 
-— Señor, contestó el barbero, tanto mi hermano cotnó 
yo hemos tenido, mucho afecto á esa familia; pero como 
decia la abuela, primero está la obligación que la devo- 
ción; y yo por cumplir mis deberes, coino buen vasallo dé 
S. M., me condenarla á mi mismo, si fuese necesario. 

— Los hombres como vos se van haciendo mas y 
mas raros cada dia, dijo el Visitador con una ironia fina, 
apenas disimulada por su aparente seriedad. Sabéis lleva- 
do vuestra abnegación hasta el punto de dejaros favorecer 
por personas cuya conducta no aprobabais, aguardando 
con paciencia heroica la hora de la justicia* 

— Es como lo dice Vuesa Señoría, contestó con des- 
fachatez el impudente barbero; y no ha sido el menor dé 
mis sacrificios el aparecer favonto y paniaguado del Con- 
de de la Gomera y de algunos de sus amigos. Manos 
besamos que quisiéramos ver quemadas, decia mi abuela, 
Señor Visitadox. 

— ¿Y vos creéis, dijo Con Juan, variando repenti- 
namente el asunto de la conversación, que Dña. Marga- 
rita Jirón esté tan decidida por Bon Luis Melian como 
se dice? 

— Asi lo parece al menos, contestó Basilio, fijando 
BU ojo investigador en la fisonomía impasible de l)on Juan, 
y tratando de adivinar el objeto de aquella extraña pre- 
gunta. Sin embargo, añadió, ahora ha aparecido un nue- 
vo competidor que se ha, empeñado en obtener la mano 
de esa joven; y quien sabe si al fin logre sus pretensio- 
nes, pues es apueste y cuenta con una protección muy 
poderosa. 

— ¿Y quien es ese ní\pvo galán?, preguntó el Vi- 
sitador. 

— El capitán Peraza, hijo del Sr. Conde; que faltan- 
do escandalosamente á ía amistad que lo une á Don Luis, 
trata de arrebatarle la dama. Bien decia mi abuela, señor 
caballero, que en asuntos de amor el amigo es el peor. 

— ' ;. Y el Presidente favorece las pretensiones de stí 

21 



— 162— 
hijo?, preguntó Don Juan. 

— Hasta ahora no, contestó Basilio^ pero al fin ten-- 
drá que apoyarlas, porque el atolondrado capitán hará ta-^ 
les locuras^ que alarmarán al viejo y no hallará otro ar- 
bitrio que acceder á los ruegos de Don Fernando. Esta 
es lo que hace tres dias decia yo á este caballero. 

— Entonces, dijo el Visitador sonriendose, se abrirá 
un abismo entre el Presidente y su Secretario, y el Con- 
de perderá su brazo derecho^ ¿Na dijisteis también esto 
al capitán, maestro Basilio? 

— NOy Señor, esas cosas no se dicen, por mas que 
uno las prevea. 

— Sois un hombre precioso, maestro, añadió Don 
Juan. Por mi vida os aseguro que esa intriga os hace 
honor. Precipitáis al capitán á cometer quien sabe cuan- 
tos desatinos; ponéis á prueba la fidelidad de Dña. Mar- 
garita; hacéis que se rompa la amistad de Don Luis y 
Don Fernando; arrebatáis al Presidente su principal apo- 
yo y vais á introducir la discordia en el ffeno de la 
familia de Jirón. 

— Con una piedra se matan muchos pájaros, señor, 
decia la finada. Mi único temor es que antes de que Don 
Fernando haya logrado comprometer al Conde, llegue la 
carta esperada del . padre de Don Luis y se verifique el 
matrimonio, lo cual echaría á perder todas mis combina-' 
cienes. 

— Vuestro temor es tan justo, dijo el Visitador, que 
mas no puede serlo. La carta ha llegado ya. 

— ¿Ha llegado la carta?, exclamó el barbero; ¡toda 
se ha perdido I • 

— Todo se ha ganado, digo yo, replicó Don Juan; y 
dirigiendose al bufete, lo abrió y sacó una carta, cuyo 
sello estaba levantado de modo que podía volver á pe- 
garse sin que se advirtiese que habia sido abierto. 

— • Aqui la tenéis, agregó el Visitador. Yo mismo la 
he traído, habiéndomela entregado Don Antonia de Me- 



— 163— 

liaría la víspera de mi salida de México, recomendándo- 
me la entregase al Conde. El padre consiente de buena 
voluntad en el enlace de su hijo y le da su bendición. 
^- Pero, Señor, dijo el barbero asustado; supongo 
que Vuesa Señoría no entregará esa carta 

— Yos no debéis suponer lo que yo haré ó lo que 
no haré. Lo que os corresponde únicamente es hacer vos 
y procurar que vuestro hermano y su familia ejecuten 
puntualmente todo cuanto yo ordene. De otro modo, en un 
solo instante se desmoronarán todos vuestros proyectos 
como castillos de barajas. Conque, silencio y obediencia 
ciega. 

— Estoy, Señor, pronto á obedeceros, como os lo ma- 
nifesté la noche en que me mostrasteis la orden real que 
prevenía á todos los vasallos de S. M. en este reino co- 
municaros todos los informes que pidieseis, para el des- 
empeño de cierta comisión regia. 

— Aquella facultad extraordinaria que no exceptuaba 
á nadie, replicó Don Juan, debia durar hasta el dia 31 de 
Diciembre del año próximo pasado. Desde entonces acá 
yo tengo únicamente las facultades ordinarias de un Juez 
de residencia- 

— Que son mas que suficientes, pensó el barbero, pa- 
ra ha<íerme ahorcar á mi y á otros mejores que yo. Sea 
como fuere, Señor, añadió eu voz alta; yo estoy s^iqmpre 
á las órdenes de Yuesa Señoría; y tomando el sombrero, 
se despidió con sus acostumbradas reverencias. 

Luego que se hubo marchado el barbero, volvió á 
tomar Don Juan los autos de la residencia, y después de 
haber leido de nuevo las últimas declaraciones, tocó la 
campanilla. Presentóse un lacayo y le previno llamase al 
escribano. Un cuarto de hora después entraba Don Judas, 
cuya presencia no advirtió Don Juan, hasta que aquel le 
habló, pues, según su costumbre, entró sin hacer el mas 
Jijero ruido, estando abierta la puerta del gabinete. 



— 164— 

— Ext^tideá, dijo el Visitador, un oficio en que se di- 
ga ai Sr. Presidente que habiéndose abierto el juicio do 
residencia, Su Señoria debe salir de la ciudad y perma- 
necer en el pueblo mas inmediato, sin poder venir á la 
capital, á no preceder permiso escrito del Juez pesqui- 
sidor. 

El escribano redactó inmediatamente el ofício en los 
términos mas lacónicos que le fué posible; Don Juan fir- 
mó y el pliego, cerrado y sellado, fué remitido en el ac- 
to á Palacio. 

Aunque la providencia era estrictamente legal, fué 
un rayo para el anciano Presidente, que comprendió cuan- 
to iba á sufrir su prestigio, obligándosele á abandonar lii 
residencia oficial, donde pocas noches antes habia recibí- 
do los homenages de la parte principal del vecindario. 
Comprendía ademas que alejándose, no dejaría de dificul- 
társele el entenderse con sus partidarios y que sus enemi- 
gos tendrían libre el campo para todas sus intrigas. 

El Conde hizo llamar á su Secretario y le comunicó 
el despacho que acababa de recibir. Para Don Luis fue 
aquella noticia doblemente desagradable. Comprendió, co- 
mo el Presidente, las consecuencias que podía producir; 
pero le fué ademas sumamente sensible, pues llamándolo 
su deber á seguir al Conde, se vería obligado á alejarse 
de la que amaba. Don Luis permaneció un momento pen- 
sativo, y de repente, como quien ha concebido una idea 
feliz, volvió á leer el oficio del Visitador y dijo con alegría: 

— Aun no es el mal tan grave como imaginábamos. 
Podéis permanecer en la capital, sin faltar á la orden del 
Juez de residencia. 

— ¿Y como puede hacerse eso?, preguntó el Presi- 
dente, puesto que se me previene salir de ella? 

— Para estableceros, añadió el Secretario, en el pue- 
blo mas inmediato. ¿Cual es el pueblo mas inmediato? 

rr^ jJocotenango! exclamó el Presidente con alegría-^ 



—165— 

Tenéis razou. ¡Como no me había yo fijado en esa clr- 
*:unstancia, que se ha escapado, sin duda, al Visitador! P]8- 
taremos en un barrio de la capital, y nadie se atreverá 
á decir que no sea el pueblo mas cercano, pues Jocote- 
nango tiene Ayuntamiento separado. El golpe ha sido da- 
do en vago. Haced quo llamen al Gobernador y que pre- 
pare la casa del Cabildo. Esta noche nos trasladaremos allá. 

Don Luis salió á cumplir las órdenes de su gefe, con- 
tento de que se le hubiese proporcionado aquel «amino 
para permanecer lo mas cerca posible de Dña. Margari- 
ta. Luego que estuvieron hechos los arreglos necesarios 
para que el Presidente, su hijo, el Secretario y las gen- 
tes de la servidumbre estuviesen alojados en el puebleci- 
11o, tan cómodamente como fuese dable, el Conde contes- 
tó al oficio del Visitador, manifestando que aquella mis- 
ma noche quedarla cumplida la disposición del Juez de 
residencia. 

Al siguiente dia á las ocho de la mañana, el Visita- 
dor estaba sentado delante de su bufete. El escribano 
Patraña y dos amanuenses escribían en una mesa toda 
€ubierta de papeles, dictando Don Juan á los tres al 
mismo tiempo, sobre asuntos diferentes. Lo que extendía 
Don Judas era un interrogatorio conforme al cual iba á 
ser examinado el Padre Provincial de la Merced, Fr. Bo- 
nifacio de los Angeles. Aun no había acabado de dictar 
el Visitador, cuando avisó el page de guardia que Su Pa- 
ternidad estaba en la antecámara. Don Juan le hizo decir 
que se sirviese aguardar un momento, y sin dejar de dic- 
tar á los tres, concluyó el interrogatorio. Despidió á los 
amanuenses y cuando estuvo solo con Don Judas, dio or- 
den para que entrase Fr. Bonifacio. 

La fisonomía del pobre religioso mostraba harto cla- 
ramente que presentía el grave compromiso en que iba á 
encontrarse. Don Juan lo recibió con fria ur-banidad y 
lo invitó á tomar asiento. 



— 166— 

— Vueáa Paternidad ha sido llamado, dijo el Juez, 
para declarar, bajo la religión del juramento, en una cau- 
sa grave, que interesa altamente al servicio del Rey: la re- 
sidencia del Sr. Presidente y Capitán general de este rei- 
no, Conde de la Gomera. 

— Señor, se apresuró á decir Fr. Bonifacio, yo nada 
sé de cosas de gobierno. Es verdad que el Sr. Conde me 
ha visitado algunas veces; pero. . . . 

-r Leed el interrogatorio, dijo el Visitador al escri- 
bano, interrumpiendo al Provincial. 

Don Judas leyó muy despacio, y el pobre religio- 
so perdia el color á cada pregunta. Los cargos mas gra- 
ves contra el Presidente estaban acumulados en aquel do- 
cumento con tal habilidad, que era muy difícil dejar de 
apoyarlos á quien como Fr. Bonifacio, estaba en las con- 
fianzas del Conde. Se le preguntaba especialmente acerca 
de cierta conferencia de mas de dos horas que habia te- 
nido en su celda con el Capitán general, en la tarde del 
7 de Diciembre; si era cierto que se hablan tratado en 
ella puntos delicados de gobierno; que el Presidente hu- 
biese indicado su resolución de tomar una medida severa 
contra la real Audiencia y que el Provincial hubiese apo- 
yado la idea. 

Al oir la última pregunta, el bueno del religioso no 
pudo dominar el miedo y exclamó: 

— Eso no es cierto; yo lo único que hice fué ofre- 
.cer mi mediación y aconsejar á Su Señoría que lo pensa- 
ra bien antes de tomar una resolución tan grave. 

— Escribid eso, dijo el Visitador á Don Judas, con 
fíu acostumbrada impasibilidad. 

Fr. Bonifacio, con toda su ciencia teológica, era uu 
hombre sencillo, como habrá podido advertirse desde el 
principio de esta historia; y asi fácilmente cayó en la red 
,que le tendió la malicia del pesquisidor; red en que no 
habría caido cualquiera otra persona menos candorosa y 



-IGT- 

iimidíi que el superior de los mercedarlos. Don Juan 
como se recordará, escuchó, desde el rincón de la portería 
donde se ocultó en la tarde del 7 de diciembre, las úl- 
timas palabras pronunciadas por el Presidente, al despe- 
dirse del padre; palabras que indicaban la resolución de 
hacer respetar su autoridad. Después, cuando seguía al 
Provincial acompañado del portero, oyó que Fr. Bonifa- 
cio hablaba de los oidores y que les atribuía el haberlo 
trastornado todo. Aquellos datos y los que después habia 
podido adquirir, sondeando con maña al Provincial, sirvie- 
ron de base á la maliciosa pregunta que hizo perder los 
estribos al padre, que, por lo demas^ habia sido tan cauto 
como era posible en sus res}:)uestas* El Visitador tenia 
ya cuanto necesitaba de Fr. Bonifacio í la aseveración de 
tin hecho grave, apoyado en el testimonio de un sujeto 
respetabilísimo por su reputación de virtud y letras. Cuan- 
do el bueno del religioso advirtió lo que habia hecho, 
era muy tarde para remediarlo* Temblando tomó la plu- 
ma que le presentaba Don Judas con nna sonrisa diabó- 
lica y firmó su declaración. No teniendo ya que hacer, 
tomó el sombrero, y todo mohíno, hizo una cortesía al Vi- 
sitador. Don Juan acompañó hasta fuera de la puerta del 
gabinete al Provincial, que decía, hablando como sí na- 
die lo escuchase y levantándose el cabello: 

— ¡ Santo Dios ! ¿ Que resultado tendrá lo que acabo 
de hacer? 

— El resultado, dijo el Visitador al oído del Pro* 
vincial, sonriendose, es que antes de seis meses el R. P. 
Fr. Bonifacio de los Angeles cantará en la misa Pax vo- 
his, después de la Gloria. 

El padre dio un salto, á pesar de su obesidad, y vol- 
viéndose á Don Juan con el rostro radiante de alegría, le 
contestó, estrechándole la mano. 

— ^Ita petis, señor Visitador; será lo que Dios quie- 
ra; alta^ altísima petts; y g^ marchó á su conventO; sin 



— 1G8— 
aoordarse Ja de }á declaración que acababa de ftrmai'. 

Desde que el Presidente estuvo instalado en Joco 
t^nango, se marcaron los dos bandos en que se hallaba 
dividida la parte principal del Tecindario. Los amigos y 
sostenedores de aquel, que permanecieron peles, á pesai*^ 
del mal aspecto que tomó su causa con la Ikgada del Vi- 
sitador, formaban el cortejo del Conde' de la Gomera; y 
todos los que, por resentimientos antiguos, por interés ó 
por espiritu de novedad, deseaban un cambio, se agrupa- 
ron en torno del Juez de residencia, constituyéndose asi 
las dos pequeñas cortos rivales. A todas horas del día y 
hasta muy avanzada la noche, se veian en Jocotenango 
los coches de los funcionarios y familias nobles que se- 
guían la suerte del Presidente; notándose igual afluencia 
en la hermosa y cómoda casa que ocupaba el Visitador 
en el barrio de Santo Domingo. Como debe suponerse, 
eran de lo« mas asiduos los oidores, sus familias, varios 
caballeros partkulares y personas de las clases media y 
baja, á quienes se recibia en horas diferentes de aque- 
llas en que concurrían los sujetos principales. Se convir- 
tió, pues, aquella casa en un foco de intrigas y de pro- 
yectos contra el Conde de la Gomera y sus amigos; y 
el Visitador, frió, impasible, moderando las exijencias im- 
prudentes de unos y animando el celo timido de otros; ju- 
g;aba con todas aquellas pasiones bastardas. Con igual 
desprecio por todos, los hacia servir á sus designios; sin^ 
qiie nadie pudiera leer los misterios de aquella alma 
inexorable como el destino, impenetrable como las tiniebla»^ 



169- 




CAPITULO XIII 

MlieTas complieaclones» 



RAN las siete de la noche. La familia de Jiroü 
Manuel estaba retiñida en la sala principal de 
su casa. Dña. Isabel leia un libro de devoción, 
á la luz de una vela que ardia en una palmatoria de pla- 
ta, colocada sobre una mesa pequeña toda incrustada de 
carei y madreperla. El hijo mayor, con el trage eclesiás- 
tico que correspondia á su estado, conversaba en vo¿ baja 
con su padre; Dña. Margarita y Genoveva Molinos, que 
se consideraba como de la casa, estaban ocupadas 'en una 
bordadura de tapiceria. El observador mas superficial ha* 
bria advertido en el semblante del anciano los graves cui- 
dados que ocupaban su espiritu. Su frente noble y espa- 
ciosa, completamente descubierta, pues hacia mucho tiem- 
po que Don Francisco no tenia un solo cabello en la par- 
te anterior de la cabeza, se inclinaba bajo el peso de sus 
meditaciones. Contestaba de vez en cuando á su hijo, que 
era el que sostenia la conversación. El joven Jirón, en 
cuya fisonomía predominaba mas la dulzura angelical y 

99 



— 170— 

sencilla de la madre que la energía varonil y la elevada: 
inteligencia del padre, hacia á este algunas preguntas dis- 
cretas sobre la situación de las cosas públicas y acerca 
del juicio que su experiencia y tacto de los negocios le 
hacia 'formar sobre el probable resultado de la residen- 
cia. Margarita y Genoveva se dirijian de vez en cuando 
algunas palabras, sin interrumpir su labor, que por for- 
tuna, ó por desgracia era de aquellas que dejan á la ima- 
ginación enteramente libre para poder vagar por donde 
quieran llevarla las ideas que predominan en el espíritu. 

— Graves son sin duda, decía el anciano, contestan- 
do á alguna observación de su hijo, las circunstancias del 
reino. Preveo una lucha tenaz y prolongada y temo»lo3 
males que sobrevendrán; no por mí, que harto he vivido 
ya, sino por tantos inocentes que van á ser victimas de 
pasiones agenas. 

— ¿Y no esperáis, padre mío, dijo el joven eclesiás- 
tico, que manejándose el juicio de residencia con alguna 
imparcialidad, desaparezcan las dificultades y se haga al 
fin justicia á la rectitud del Sr. Conde? 

— Esa imparcialidad es la que no aguardo, en vista 
del giro que observo se va dando á las cosas. Hay em- 
peño en perder al Conde y á los que cooperamos al sos- 
tenimiento de la autoridad en estos tiempos borrascosos. 

Pronunció Jirón las últimas palabras en voz muy 
baja, de modo que solo pudiese oírlas su hijo. 

—perdonad, padre mío, replicó el joven, en un tono 
ea que el respeto corría parejas con la inquietud; per^ 
donad os pregunte cual es vuestra determinación con pre- 
sencia de los peligros que os amenazan. 

— Mi resolución, Pedro, contestó el noble anciano eji 
qI mismo tono de voz, es la que corresponde á uu cristia- 
no y á un caballero. Mi honra, mí vida, mi fortuna y mi 
fapiilia pertenecen, sin la menor reserva, al que me ha 
distinguido con su amistad y su confianza; al que se ha 
guiado por mis consejos en los asuntos por los cuales hoy 



— 171— 

se le persigue. 

— Pero vos, señor, se aventuró á observar el jóveu, 
no sois asesor del Sr. Presidente; hoy no desempeñáis 
cargo alguno público; la comisión odiosa y delicada que 
en concepto de regidor tuvisteis el año pasado, para el 
repartimiento de las alcabalas, es asunto concluido, me- 
diante la completa aprobación del Ayuntamiento. Estáis 
en una edad avanzada; sois el gefe de una familia nu- 
merosa, entre hijos, hermanos y sobrinos; tenéis una for- 
tuna considerable, que os permitiria vivir con decencia y 
con tranquilidad fuera del reino; ¿no aconsejarla la pru- 
dencia no exponer todos esos bienes, asociando vuestro 
nombre á una causa que consideráis perdida? 

— Eso que tú llamas prudencia, hijo mió, contestó 
Jirón con bondad, se parece demasiado al egoismo para 
que yo pueda aceptarlo como regla de conducta en nin- 
guna circunstancia de la vida. Mi responsabilidad es in- 
declinable ante Dios, ante mi conciencia y ante la opi- 
nión. Me ha tocado en suerte figurar en tiempos muy tur- 
bulentos y difíciles; ¿pero que seria del reino, que seria 
de los principios de honor y de justicia, si cada cual pro- 
curase arrojar lejos de sí la parte de responsabilidad que 
pudiera caberle en la hora del peligro? Si un sacrificio 
es indispensable y soy yo el que deba hacerlo, no me cor- 
responde esquivarlo, aun cuando sea únicamente para ejem- 
plo de los venideros- 
La fisonomía severa y dulce al mismo tiempo de Ji- 
rón Manuel, no mostraba la mas ligera emoción al pro- 
nunciar aquellas palabras. Su rostri;), naturalmente pálido, 
no se coloreó con una sola tinta sonrosada y la mirada de 
sus grandes ojos azules era tan tranquila y serena, como 
en las circunstancias ordinarias de la vida. 

En aquel momento se oyó en la calle el ruido de un 
coche, que paró á la puerta de la casa donde tenia lu- 
gar la escena que acabamos de referir; é inmediatamen- 
te después, se abrió de par en par la puerta de la sala 



— 172— 

y un lacayo dijo en voz alta, anunciando: 

_E1 Visitador. 

Don Francisco Jirón Manuel se puso en pié j con 
paso lento se adelantó á recibir al que entraba. Aquellos 
dos hombres se veian por la primera vez, conociéndose 
únicamente por la fama. En ambos eran iguales la digni- 
dad y las maneras distinguidas que proporciona el naci> 
miento, cuando está acompañado de una educación esmera- 
da y del hábito de la buena sociedad. Apenas si había 
algo que pudiese marcar en el exterior la profunda dife- 
rencia que existia entre sus ideas, sentimientos y carácter. 
El Visitador, después de haber examinado rápidamente la 
fisonomia de Jirón, dijo con la mas perfecta cortesía: 

■ — Perdonad, caballero, si me he tomado la libertad 
de haceros esta visita, sin haberme anunciado antes. No 
desempeñando vos actualmente cargo alguno público, he 
creido de mi deber anticiparme á procurar las relacio- 
nes de un sugeto que por sus servicios importantes, es 
quizá el mas distinguido entre los nobles de este reino. 

— Señor Visitador, contestó Jirón, os agradezco la 
honra que me dispensáis y la reconozco muy superior á 
mis escasos merecimientos. 

En seguida Don Francisco presentó á su esposa y 
sus dos hijos, á quienes saludó Don Juan con atenta ur- 
banidad. Genoveva se habia colocado á espaldas de Dña. 
Margarita, y apenas podia disimular su emoción. La con- 
versación versó sobre generalidades insignificantes, y no 
habria ofrecido incidente alguno notable, á no haber ido 
á parar en los funcionarios que desempeñaban cargos pú- 
blicos en México. 

— Se ha dicho, observó Jirón, que Don Antonio Me- 
lian ha pasado del Perú á la Nueva España con el em- 
pleo de oficial real. ¿Es esto exacto, señor Visitador? 

— Si caballero, contestó Don Juan con naturalidad; 
he visto en México á Don Antonio. ¿Conoceislo por ven. 
tura? He oido decir que está emparentado con el 'Sr. 



— 173— 
Presidente de Guatemala y que es el padre del joven Se- 
cretario de Su Señoría. 

— Es cierto, Sr. Visitador, replicó Jirón; Don Luis 
es hijo de Don Antonio, deudo muy inmediato del Sr. 
Conde de la Gomera. Yo no conozco personalmente á 
aquel caballero. 

Margarita no pudo disimular su satisfacción, al oír 
que el padre de Don Luis estaba realmente en México; y 
Jirón permaneció un momento confuso, sin acertar á com- 
prender la falta de respuesta de aquel caballero á las 
cartas del Conde en que se solicitaba su consentimiento 
para el matrimonio. 

No se escaparon al Visitador las peripecias de aque- 
lla escena muda; pero no se habló ya una sola palabra 
sobre aquel punto. 

Siendo la visita puramente de ceremonia, no podia 
prolongarse; y .asi, se despidió Don Juan, á quien acompa- 
ñaron Don Francisco y su hijo hasta la cabeza de la es- 
calera. 

— ¿Sabéis, padre mió, dijo Dña. Margarita, luego que 
Jirón y su hijo volvieron al salón, que este señor Vi- 
sitador estaba aqui desde los días en que tuvieron lugar 
las fiestas de la jura? Estoy cierta de haberlo visto, apo- 
yado en el palenque del juego de cañas, la noche en que 
se quemaron las piezas de pólvora. 

— Puede ser muy bien, contestó Jirón, y eso que me 
dices confirma las sospechas que ya me habia hecho con- 
cebir la aparición del extraño personage hospedado en la 
Merced. Este hombre ha procedido en todo con tal mis- 
terio y disimulo, que me ha hecho augurar mal de su venida. 

— Yo también, sin saber por qué, considero que ha 
de sernos funesta, dijo la joven con tristeza. 

— Sin embargo, se atrevió á observar Genoveva, que 
no habia desplegado los labios durante la visita de Don 
Juan; ese caballero fué quien, por un noble sentimiento 
de generosidad, sin duda, me salvó cuando estuve á punto 



— lu- 
de perecer tal vez bajo los cascos del caballo del Alfé- 
rez Real. 

— ¿Estas segura de que sea él mismo?, preguntó Jirón. 

— ¡Oh! segurísima, exclamó Genoveva. Su fisonomía 
serena y tranquila en el momento en que se interpuso en- 
tre mi persona y el animal furioso, no se ha borrado un 
solo instante de mi memoria. 

Habia tal expresión de entusiasmo y puede decirse, 
de ternura en la vibración de la voz y en la mirada de 
Genoveva en el momento en que pronunciaba aquellas pa- 
labras, que no pudo dejar de llamar la atención de los 
que las escucharon. Conocían, sin embargo, la nobleza do 
carácter de la joven y atribuyeron á la gratitud que le 
inspiraba aquel servicio, realmente importante, los térmi- 
nos en que se expresaba hablando del Visitador. Nadie 
sospechó la vehemente pasión que agitaba el alma de la 
supuesta hija del herrero Molinos. 

Mientras comentaban la extraña conducta de aquel 
hombre, se abrió la puerta del salón y apareció Don Luis 
Melian, cuyo semblante revelaba ios graves cuidados que 
asediaban su espíritu. Se situó lo mas cerca de su novia, 
que le fué posible, libertad que les permitieron los padres, 
desde el momento en que consintieron en el matrimonio. 
Don Francisco, su esposa, su hijo y Genoveva, que se 
aproximó discretamente al grupo que formaban estos, con-, 
tinuaron en su conversación, mientras Margarita referia á 
Don Luis la visita del Juez de residencia. 

— Es extraño, observó Melian, que estando mi padre 
en México, según dice ese señor, no haya dado respues- 
ta á la carta del Conde, que se le dirijió á aquella ciudad. 
Hoy mismo hablaré de esto al Presidente y le suplica- 
ré vuelva á escribirle. La vida me es ya insoportable en 
esta situación, ¡oh Margarita!, y mis fuerzas se agotan eii 
esta lucha entre el amor y los obstáculos que nos separan. 

— Bien sabe Dios, exclamó la joven, que mi sufrí-» 
miento no es menos acerbo que el tuyo. Yagos presentí- 



— 175— 
tillen tos oprimen mi corazón y cada dia veo mas distante^ 
sin saber por qué, el momento en que se han de realizar 
nuestras esperanzas^ 

— Desecha esos temores, Margarita, dijo Don Luis, sin 
poder ocultar que él mismo participaba de ellos. Hoy tra- 
bemos ya que mi padre está en México; si se extravió 
la carta de mi tio, (pues no puedo creer otra cosa), no 
sucederá asi otra vez; la recibirá y no abrigo la mas li- 
gera duda de que prestará con la mejor voluntad su con- 
sentimiento para nuestra unión» Obtenido este, jalma mia! 
¿quien podrá ya estorbar nuestra felicidad....? 

— El Capitán Peraza; dijo en aquel momento un la- 
cayo que abrió de par en par la puerta del salón. 

Margarita se estremeció involuntariamente, al oir 
aquel nombre, que la ciega casualidad arrojaba como una 
terrible respuesta á la pregunta de Don Luis. El capitán 
se adelantó con aire altanero y después de haber salu- 
dado á las señoras, á Jirón y á su hijo, alargó la mano 
á Don Luis, sin decirle una sola palabra. 

— Fernando, dijo Melian, ¿que es de ti? Parece que 
viviéramos á mil leguas de distancia y no bajo el mismo 
techo, tan raro es ya que nos veamos. 

— Tú estás hoy mas ocupado que nunca, contestó el 
capitán con seriedad; los trabajos del gabinete y otras 
atenciones mas agradables reclaman todo tu tiempo, y no 
es justo que mi insignificante conversación te robe un solo 
momento de los que están consagrados á objetos tan im- 
portantes. 

Dicho esto, y sin dar tiempo á su amigo á que repli- 
case, Don Fernando se dirijió á Jirón, y le dijo: 

-^ Parece que el juicio de residencia toma un aspec- 
to grave, á juzgar por el empeño que pone el Visitador 
eaa reunir datos y tomar declaraciones. No se diria sino 
que se tiene el designio de perder á mi padre, á vos, Don 
Francisco y á tí, Luis. 

— Por mi parte nada extraño, caballero, contestó Ji- 



yon y estoy dispuesto á responder de mi conducía. 

— Digo lo mismo por la responsabilidad que pueda 
tocarme en los actos del Presidente, añadió Melian. 

— ¿Y no seria mejor, dijo el capitán, cortar á tiem- 
po todo ese enredo, haciendo que el tal Visitador se vuelva 
por donde ha venido? Creo que mi padre puede contar 
con el apoyo del pueblo, y el Rey aprobaría una medida 
que seria fácil justi^car. Es vergonzoso, señores, que se 
nos haya confinado en una miserable aldea de indios co- 
mo á unos criminales. ¡Ira de DiosI que si yo gobernara 
por una hora solamente, enviaría á España á ese intri- 
gante bajo partida de registro; y si se resistía, lo man- 
daría colgar de una de las torres de la catedral. 

— Pues es una fortuna que no gobiernes, dijo Don 
Luis sonriendose. 

— Sin embargo; no creáis, señor juicioso, que yo he 
de ver con calma que se ultrage á mi padre. Sí no cuen- 
to con vosotros; si en la hora precisa me vuelven la es- 
palda los caballeros, por un exceso de. . . . prudencia, no 
faltarán dos ó tres centenares de villanos, á quienes ar- 
maré como pueda y con ellos caeré sobre el Visitador y 
sobre los que se atrevan á sostenerlo. ¡Por Barrabás que 
lo llevaré todo á fuego y sangre! 

Los ojos del capitán despedían relámpagos y su fiso- 
nomía toda tenia en aquel momento algo de diabólico y 
terrible, que asustó á las señoras é hizo temblar á Ge- 
noveva por el Visitador. Don Francisco se puso en pié, y 
dirijiendose á Don Fernando, le dijo con tranquilidad. 

— Joven, no es resolución lo que nos falta. Si llega- 
re el caso, yo os haré ver que jamas falta á un Jirón el 
valor necesario para arrostrar la muerte, cuando se trata 
del cumplimiento del deber. Pero por ahora cualquier paso 
precipitado perdería inútilmente á vuestro padre. Su cau- 
sa es buena; ¿queréis hacerla mala, apelando á la violen- 
cia? Al oíros, no parecería sino que algún enemigo ocul- 
to y astuto os sugiere esos proyectos con el pérfido de- 



— 1 n — 

sígnío de perderos y perder al Conde, con cuya auíóri* 
Siacion se supondría siempre que habiais obrado. 

La penetración del anciano habia leido, por decirlo 
asi, en el corazón del capitán y descubierto el origen de 
aquellos Yiolenlos arrebatos^ Don Fernando, en medio de 
su preocupación^ no pudo dejar de reconocer la justicia 
de aquella observación y no se atrevió á replicar. Don 
Luis, que abrigaba ya sospechas vehementes de que se 
jugaba con las pasiones de su amigo, se le' acercó, y to- 
mándole la mano con afecto, le dijo en voz baja: 

— Fernando, permíteme que te haga una pregunta. 
¿Cuantas veces te haces afeitar y peinar á la semana? 

El capitán, atónito al escuchar aquellas palabras, con- 
testó: 

— Tres veces; ¿y que quieres inferir de eso? 

— ¿Y cuales son los dias en que se verifica esa ope- 
ración?, volvió á preguntar Melian, con una ligera sonrisa, 

— Los domingos, los martes y los viernes. 

— Hoy es martes, dijo Don Luis; ya comprendo lo 
que ha ocurrido. 

Siguió un momento de silencio. Los doá jóvenes per- 
manecieron pensativos; Don Fernando meditaba las pala- 
bras que acababa de pronunciar Don Luis, y quizá no 
podia dejar de hacer justicia en el fondo de sü alma á 
la exactitud de la observación que ellas encerraban. Me- 
lian consideraba con profunda pena los malos caminos por 
los cuales se conducía á su incauto amigo. 

Don Fernando solevantó para retirarse, y Don Luis 
lo siguió, diciendo era tarde y que Jocotenango estaba 
algo distante. Despidiéronse de Don Francisco Jirón Ma- 
nuel y de sü familia, dirijiendose los dos apasionados 
amantes una mirada que revelaba mas amor que el que 
habría podido expresar un largo y estudiado discurso. El 
capitán no pudo dominar su impaciencia y se salió de la 
sala,- sin aguardar á Don Luis, que tuvo que aprestfrarse 



— 178— 
^ra alcanzarlo cuando ya estaba en la callt^. 

— Fernando, dijo Melian con bondad; no podras ne- 
garme que he adivinado; tú has escuchado hoy las per- 
versas instigaciones de ese diabólico barbero. 

— Es verdad que he visto hoy al maestro Basilio Mo- 
linos, contestó el capitán con mal humor. ¿Y qué se de- 
duce de eso? 

— Se deduce que mis temores eran, por desgracia^ 
harto fundados. Ese hombre tiene engañado á tu padre; 
el mismo Don Francisco, tan acostumbrado á penetrar en 
los pliegues mas ocultos del corazón humano, aun no ha 
acertado á ver todo lo que encierra de perversidad astu- 
t^ el alma de ese artesano, pues lo ciega en este punto 
su antiguo afecto á esa familia. El barbero abusa de la 
nobleza y lealtad de tu carácter, Fernando, y ha exalta- 
do tus pasiones con las miras mas torcidas; lo veo muy 
claro. 

— Ese hombre, replicó el capitán, á quien das una 
importancia que no tiene y á quien juzgas tal vez con de- 
masiada severidad, lo único que ha hecho esta mañana 
es hablarme de los malos designios del Visitador, preve- 
nirme contra ellos; decirme que desconfie de los nobles, 
que son casi todos mas amigos de su bienestar y de sus 
conveniencias que de mi padre, é indicarme que en un 
caso dado, yo podré contar con el pueblo, á quien él, su 
hermano y su sobrino sublevarán á mi voz, para lanzar^ 
si fuere necesario, al Juez de residencia, Basilio Molinos 
y los de su familia son fieles y decididos servidores de 
mi padre. 

— El barbero y su hermano lo aparentan asi, repli- 
có Don Luis; pero en el fondo de su alma abrigan un se- 
creto rencor contra el Presidente, que se ha negado á 
una injusta pretensión de esos dos artesanos. En cuan- 
to al hijo adoptivo de Andrés, nada tengo que decir: e» 
hombre de bien y no creo se preste á las intrigas de su 



— no- 
padre y de su tío. En fin, Fernando, añadió Mellan, si al- 
go puede contigo la voz de mi antigua amistad, yo te 
conjuro á que desconfies de esas pérfidas sujestiones y á 
que no procedas en ningún caso, sin contar con el con- 
sentimiento del Conde. Vamos á otra cosa. ¿Sabes qup 
acabo de tener noticia cierta de que mi padre está en 
México? ^ 

— Entonces, dijo el capitán, ¿como es que no lia con- 
testado á la carta que, según me has dicho, le ha diriji- 
do mi padre, pidiéndole su consentimiento para tu ma- 
trimonio? 

— Eso prueba que no ha recibido la carta. Hoy mis- 
mo voy á suplicar al Presidente que vuelva á escribir por 
el correo que sale pasadomañana con la correspondencia 
para Oaxaca. No dudo, Fernando, que dentro de dos me- 
ses, ó poco mas, estará aqui la respuesta y yo, amigo mió, 
veré al fin realizados mis ensueños de felicidad. 

Al decir esto Don Luis, llegaban los dos amigos al 
cabildo de Jocotenango, donde estaban alojados junto con 
el Presidente. Despidiéronse, yendo Mellan á buscar al 
Conde y el capitán á encerrarse en su cuarto. 

— ¡Dentro de dos meses se habrán realizado sus en- 
sueños de felicidad!; exclamaba Don Fernando con deses- 
peración, paseándose por el cuarto; si; añadió, y yo entre 
tanto sentiré mi corazón despedazado por los celos y por 
el despecho. ¡Fuego de Dios! Eso no puede ser. Yo no 
he de haber venido aqui para verme pospuesto y desai- 
rado por una rapaza gazmoña y vanidoáa, que debia con- 
siderar como un honor inesperado el que ponga los ojos 
en ella un caballero de mis circunstancias. Es necesario 
hablar francamente á .mi padre, como me lo ha aconse- 
jado Basilio; hacerlo que se decida entre su hijo y su 
sobrino. Pero por lo pronto, lo mas urjente es que el bar- 
bero 'sepa que va á escribirse de nuevo al padre de Me- 
llan. Basilio es el único que me ayuda y que me sirve; 



rechazarlo, como, me aconseja Luis, seria una imbecilidad, 
AI contrario, hoy mas que antes necesito de su interven- 
ción. Pasadomañana se enviará la carta y dentro de dos 
meses estará aqui la respuesta! Se casarán y yo habré 
de presenciarlo! No, por Satanás; aun cuando tenga que 
atravesarle el pecho de una estocada como al hijo, del 
Virey^ esto no sucederá. No hay que perder tiempo, son 
las once; añadió viendo el reló;'voy á buscar al viejo y 
pobre de él si no logra evitar de un modo ó de otro el 
que vaya esa carta! 

Don Fernando, cuyos ojos chispeaban de ira, se em- 
bozó fin su capa y volvió á salir á la calle, teniendo an- 
tes que hacerse reconocer por el oficial que mandaba una 
guardia de arcabuceros apostada en la puerta del cabil- 
do, que con el pretexto de honor al Presidente, tenia la 
orden, comunicada por el Visitador,* de no permitirle la 
salida. El capitán se dirijió con precipitación á la calle 
de Santa Lucia, 'donde estaba la casa del maestro Basi- 
lio Molinos, y habiéndola reconocido, por las señas que 
este le habia dado, con el puño de la espada golpeó fuer' 
te mente la puerta, 

— ¿Quien interrumpe el sueño de los vecinos pacífi- 
cos?, dijo el barbero, medio dormido todavia. Si quieren 
una sangria, ó es para sacar alguna muela, pueden ir á 
otra parte, que no estoy ya en edad de echarme á la ca- 
lle, con el frió que hace, á estas horas de la noche. A 
otra puerta, que esta no está abierta, como decia mi abuela, 

— Abre, con dos mil demonios; gritó el capitán fu- 
rioso; ó rompo la puerta y te doy yo la sangria, ya que 
no es fácil sacarte las muelas que no tienes; viejo maldito, 

— Ah! es el señor capitán, dijo el barbero; esa es. 
otra cosa; y comenzó á vestirse, ¿Que mosca le habrá 
picado, dijo en voz baja, que viene por acá á esta hora? 
¡Y hacerme levantar en una noche tan endiablada! Pero 
le lia de costar algunos doblones, amen de las demás ven- 



— 181— 

tajas que pueda sacar de este troaera. 

El viejecillo, medio vestido ya, fué á abrir la puerta, 
que Don Fernando estaba á punto de echar abajo, tales 
eran los golpes que le daba, 

^ Perro sarnoso, dijo el capitán con rabia; ¿te pa- 
dece que es regular tener tiritando de frió á un sugeto 
áe mi condición? 

— Perdonad, caballero, contestó Basilio, con su iro- 
nía acostumbrada. Conozco que debí haber estado en pié, 
esperando á ver si le ocurría á Su Merced venir á bas- 
tirme después del canto del gallo. Pero no volverá á su- 
celev; que como decía la abuela.... 

~- ¡Basta de necedades! dijo el capitán, echando un 
terno; que no estamos para perder el tiempo. ¿Sabes, vie- 
jo condenado, que mientras tú roncan como un Provin- 
cial, se está escribiendo una carta para el padre de Don 
Luis, que se despachará pasadomañana, y que dentro de 
dos meses estará aqui el consentimiento para ese matri- 
monio, que Barrí>bás confunda? 

— No lo sabia, contestó el barbero, ni era fácil que 
lo supiera. ¿Y que queréis que haga yo en eso? 

— ¿Quél dijo Don Fernando: mover cielo y tierra, 
hasta lograr que no vaya esa carta. Toma, añadió, arro- 
jando sobre una' mesa un bosillo lleno de monedas de oro. 
Compra, cohecha á quien te dé la gana; pero por todos 
los diablos te juro que si dentro de tres dias no has atra- 
pado esa 'carta, te desuello vivo. 

— Y vuestro amigo Don Luis, dijo el barbero con 
• malicia, ¿que dirá si llega á saber esa mala pasada? 

— Mi amigo, mi amigo! exclamó el capitán con fu- 
ror. Ahora me sales con eso, zorro hediondo, después de 
que por tus péi-fidos consejos he venido á encapricharme 
como un rabioso por esa muñeca desdeñosa! ¿Que me im- 
porta un amigo, ni que me importarla el mundo entero, 
ciando se trata de doblegar á esa orguílosa, que esta 



— 182— 

noche me ha visto coíi el mas alto desden, al mismo tiem- 
po que lo devoraba á él con sus miradas? ¡Fuego de Dios! 
añadió, dando un puñetazo sobre la mesa, que hizo tem- 
blar la casa. Has despertado al león dormido; no culpes 
después á nadie si te hace sentir su garra. 

— No es para tanto, señor caballero, dijo Basilio, á 
quien asustó el aire feroz del capitán. No es para tanta; 
haremos lo posible para que no vaya esa carta y yo os 
ofrezco que no quedará por diligencia. Con ?igua anda 
el molino,, decia mi abuela, y aqui hay lo suficiente (y 
levantó el bolsillo lleno de oro) para los gastos mas pre- 
cisos que han de hacerse, hasta lograr sustraer esa carta. 
Esto es lo que importa, que por lo que hace á mi recom- 
pensa, ya os he dicho que no quiero otra que el gusto 
de serviros. Tomad esta noche algún descanso, que bien 
lo necesitáis; yo también volveré á recogerme, si me lo 
permitis; pero no á dormir, sino á consultar con la al- 
mohada algún arbitrio para conseguir lo que tanto de- 
seáis. 

— Bien, contestó el capitán un poco mas calmado; 
consulta con quien te dé la gana; si es menester mas di- 
nero, para ti ó para otro, te lo daré; á mi no me impor- 
ta para quien sea, con tal de que se sustraiga la carta. 

Diciendo esto, dio la vuelta y salió sin despedirse 
del barbero, que lo vio marcharse y movió la cabeza de 
arriba abajo diciendo: 

— El pez ha tragado completamente el anzuelo. ¿Que 
me importa la manera brutal con que me trata, si él, ca- 
ballero, rico, joven, buen mozo, no es mas que un mise- 
rable juguete en manos de este pobre artesano, viejo, feo 
y tuerto? Eh, eh, eh! y se rió con una expresión que ha- 
bria horrorizado á cualquiera. Tomó el dinero, contó vein- 
ticinco , doblones de á ocho pesos y los guardó en una 
caja que tenia debajo de la cama. 

— No está mal pagado el negocio, dijo, metiéndose 



— 183— 

en la cama; tanto mas, cuanto que maldito si yo gasto 
un ochavo de este dinero en lo de la carta. Eh, eli, eh! 
Quien las sabe que las taña; que si no las enmaraña; co- 
mo decia la difunta. Eh, eh, eh!; y se quedó otra vez 
dormido. 



1s.{ 



f'^PITíiJ/» XI\ 




Ial eart». 



y JJ\^ I OS dias después de la noche en que se verifica- 
rojí los sucesos que hemos referido en el pre- 
cedente capitulo, dos hombres, montados en ex- 
celentes caballos, entraban, á la oración de la tarde, én 
el pueblo de Solóla. Esos dos individuos merecen que nos 
detengamos á describirlos tan detalladamente como nos sea 
dable. Uno y otro parecían tener cosa de sesenta años, 
aunque bien pudiera ser en realidad que alguno de ellos 
tuviese diez ó doce menos de los que aparentaba. Las 
facciones del uno eran finas y delicadas; revelaban un 
grado de astucia poco común y un egoísmo refinado. Las 
del otro eran mas pronunciadas, y no hubiera sido difí- 
cil á un discípulo de Lavater encontrar en aquella fisono- 
mía indicios inequívocos de una perversidad aquilatada. 
Parecía tener el primero una nariz enorme, cuyo color no 
era exactamente el mismo de lo demás de la cara; y sí al- 
gim curioso se hubiera aproximado á examinarla de cer- 



— 185— 
8áj habría podido ver que estaba construida de cartoii 
pintado. El segundo de los caminantes tenia también una^ 
gran nariz, cierta y efectiva, encorbada y que tocaba casi 
con la barbaj cuya punta, bastante agujada, parecía salir- 
le al encuentro, como para ahorrarle la mitad del cami- 
noi Tenia el de la nariz apócrifa una venda negra atadd. 
en derredor de la cabeza, que le cubría enteramente un 
ojo, todo lo cual desfiguraba por completo al individuo. 
El otro llevaba unos espejuelos verdes, y un pañuelo blan- 
co le cubría, cuando era necesario, la barba y la boca^ 
lo que hacia que no se le viese sino una parte de la cara* 
Los dos disfrazados sé acercaban al pueblo sin decir 
palabra, y apenas hubieron llegado á las orillas de la 
población, comenzaron á examinar cuidadosamente loa 
ranchosi 

— La tercera casa, á la derecha, dijo el uno, como 
repasando las señas que se le habían dado; dos balcones 
de palo; puerta grande, junto á la cual está un ídolo de 
piedra* Ésta es, añadió, indicando á su compañero una que 
teunia todas aquellas circunstanciaSj de manera que no 
había lugar á equivocación. 

— - Me parece que sij dijo eí otro; entremos. 

Dicho esto, entraron hasta el patio de la casa, salien- 
do al corredor, al oír ruido de caballos, un hombre pe- 
queño de cuerpo, regordete, mulato, como de cuarenta 
años, de fisonomía viva y simpática. Adelantóse hacia los 
viajeros, con el sombrero en la mano, y les dijo: 

— Buenas tardes, caballeros; mándense apear Yuesas 
Mercedes* Juan^ gritón Juan^ coge estos caballos; aquí 
estarán mis señores como unos príncipes; en veinte leguas 
en contorno tiene fama el mesón del ídolo de Solóla, casa 
de Martin Tachuela* Que digan todos los caminantes y sus 
bestias si les ha faltado aquí alguna cosa jamas, aun cuan- 
do hayan pedido las pajaritas del aire. Eso si, se cobra 
tm poquito mas caro que á los demás á las personas de 
calidad, como mis señores. Juan, que traigan zacate y maiz; 

24 



— 186— 

qué les den agua á las bestias; pero que no las bañen 
calientes. ¿Que cenan mis señores? 

— Puesto que sois, según parece, dijo el de los es^ 
pejuelos, el amo del mesen, pudierais, si os place, hacer 
que nos preparen un cuarto á mi compañero y á mi; y por 
}o que hace á la cena, ya os diremos lo que deseamos^ 

— En cuanto á cuarto, contestó el locuaz mesonero, 
siento en el alma decir á mis señores que todos están ocu- 
pados. Como van volviendo los mercaderes de la feria de 
mi Señora de Candelaria, en Chiantla, na hay im rincón 
del ídolo donde poder echar un alfiler. Pero si mis seño- 
res gustan de acomodarse en el corredor, ahi nada les 
hará falta y dormirán como unos oidores. 

— Pero, ¿ es posible que no haya un solo cuarto, di- 
jo el de la nariz postiza, aun cuando sea un nido de palo- 
mas? Nosotros en cualquier parte cabemos. 

No lo consideró asi e! mesonero, observando las enor^ 
mes narices de los dos huéspedes; pero no se atrevió á 
hacer la objeción que le ocurrió naturalmente, y se limi- 
tó á contestar: 

— Lo siento en el alma; si una hora antes hubíesetí 
llegado mis señores, les habria dado el único cuarto que 
me quedaba, que es el que está contiguo á la cocina; pe- 
ro ya en ese está acomodado el correo que viene de la 
capital con la balija para Oaxaca. 

Los dos viajeros se dirigieron una mirada muy signi- 
ficativa, al escuchar las últimas palabras del mesonero, y 
el de la venda negra contestó con indiferencia: 

— Bien visto, no es un inconveniente el que se halle 
ocupado ese cuarto; pues podemos aeomodarnos junto con 
el correo y pagaremos como si tuviésemos la pieza solos, 

— Pues siendo asi, replicó el digno propietario del 
ídolo, voy á arreglarlo en el acto con el correo, que es 
un excelente muchacho, muy amigo mió, como que siempre 
duerme aqui cuando pasa con la balija. Bueno es que ante 
todo sepan mis señores lo que se les servirá de comer^^ 



— 187— 
pues nada falta en el ídolo. Aquí se da un dia tortillas, 
huevos y frijoles; otro dia frijoles, tortillas y huevos; otro 
huevos, frijoles y tortillas, y al siguiente otra vez torti- 
llas, huevos y frijoles; y asi se va cambiando para que 
ios señores huéspedes tengan siempre variedad do platos 
y estén satisfechos. Todo por la miseria de un tostón dia- 
rio por cabeza, pagando aparte el zacate de las bestias, 
el cuarto y los mandados que puedan ofrecerse, que esos 
son gages de Juan. Ya ven Vuesas Mercedes que no pue- 
de ser mas equitativo. 

— Ciertamente, dijo el de la nariz fabulosa, y nadie 
dirá que en el mesón del ídolo se roba á los pasageros, 
ni que el dueño se ha de ir al infierno con todo y calzas. 
Pero despachaos y ved si nos acomodáis, que estamos algo 
cansados. 

El rechoncho mesonero corrió á entenderse con el 
mozo conductor de la balija, que no puso dificultad en 
que durmiesen en su cuarto los dos sugetos, cuya impor- 
tancia cuidó de ponderar el patrón; diciendo que aunque 
él ignoraba quienes fuesen, no se llamaba Martin, si no 
eran, cuando menos, oficiales reales. 

Quince minutos después, los dos pasageros estaban 
instalados en el cuarto, que era muy reducido, y en el que 
no habia mas muebles que una cama y un armario muy 
grande, como de sacristía. Vaciaron unas alforjas, en las 
cuales llevaban algunas provisiones, y» el servicial meso- 
nero fué colocándolas en una mesa coja, que llevó de su 
habitación, con tres ó cuatro sillas viejas. Cuando la cena 
estuvo lista, se pusieron á lá mesa los de las narices, ha- 
ciendo que la única vela que alumbraba el cuarto se co- 
locase algo distante, porque, según dijeron, la luz moles- 
taba al de los espejuelos, que padecía de una aguda 
fluxión de ojos. Invitaron al correo á que cenase con 
ellos, y como lo hicieron con mucha cortesía, el mozo se 
prestó de buena gana. El olorcillo de un capón asado y 
la vista de unas cuantas botellas de aguardiente que lia- 



— 188— 
bian puesto los cajninantes en la mesa, despertaron su 
apetito, medio adormitado solamente con la frugalísima 
cena del mesón. El mesonero y Juan servían con escrupu- 
losa puntualidad, 

— Mis señores vendrán sin duda de la capital, dijo 
Tachuela, sepultando en los hondos bolsillos de sus eal^ 
^sones dos panes de los que llevaban los huéspedes en las 
alforjas, 

-— No, contestó el de los espejuelos; venimos de Méxi^ 
co; y nos alegraríamos de saber que novedades hay por 
estas tierras. 

El patrón, que como casi todos los de su ofício, ra- 
biaba por hablar y por darse importancia, refiriendo no- 
ticias estupendas, dijo, moviendo la cabeza con misterio. 

— Que novedades hay? Pues no son pocas las quo 
corren; y diciendo esto, se engulló, por distracción sin 
duda, un cuarto del capón que acababa do trinchar. Fi- 
gúrense Vuesas Mercedes que tenemos un Señor Visita- 
dor, que pasó por aqui hace muy . pocos días y aunque 
se apeó en casa del Alcalde mayor, del ídolo se le envió 
el mai? para sus caballos. Pues este señor lo primerito 
que ha hecho es poner preso al Sr. Presidente en el ce- 
po de la cárcel de Jocotenango. Que caballada! Ya se ve, 
dicen que tiene un escribano que para levantar crímenes 
se las apuesta con el mesuro diablo. 

— ¿Y como S9 llama ese escribano?, dijo el de la 
venda negra. 

— Don Judas Patraña, contestó el mesonero, y no le 
cae mal el nombre, porque es un verdadero Judas, has^ 
ta en la figura. 

— ¿Conoceislo vos, por ventura? preguntó el de la 
yenda. 

— ¡Toma si lo conozco! Es im bajito de cuerpo, cha- 
to, cariredondo, pelo colorado, como el Iscariote, hombre 
jnuy vivo y de muy malas entrañas. 

— Caspita! dijo el otro; pues por esa pintura se ve 



— 189— 
qnQ no sois amigo del pobre escribano, que tal vez no 
sea tan malo como dicen. Y cuando el Sr. Visitador lo 
ha elegido, será porque tiene buenos informeri de él. 

— Si, replicó Tachuela, los que le ha dado un señor 
oidor, ..que es otro que bien baila. Entre bobos anda el 
cuento.. Yo no sé en que vendrá á parar todo esto; pero 
ya se suena que tratan de ahorcar al Sr. Presidente, á 
un caballero muy rico que se llama Don Manuel Jirou 
y á otros veinte ó treinta señores mas, si jio le da cada 
uno veinte rail pesos al Visitador y diez mil al escribano. 

El de los espejuelos verdes vació la cuarta parte 
,de una hotella de aguardiente en un vaso y alargando 
Jo al correo, le dijo; 

— Tenéis que hacer, amigo, un camino bien largo y 
necesitáis de todas vuestras fuerzas. Tomad eso á la sa- 
lud de nuestro huésped, que sabe tantas cosas nuevas y 
grandes de las que pasan en la ciudad. 

Puso en otros tres vasos las tres cuartas partes res- 
tantes, y después de haber presentado uno al mesonero, 
colocó otro delante de su compañero de viaje y se quedó 
con el suyo. El correo y el propietario del ídolo apu- 
raron el contenido de sus vasos y se quedaron paladean- 
do el aguardiente, que era de muy regular calidad. 

— ¿Que tal? dijo el de la nariz postiza. 

— Muy bueno, contestó el mozo, y devoraba con las 
.miradas los vasos de los dos viajeros, 

• — Podíais referirnos algún cuento, dijo el de la ven- 
da al posadero, mientras se hace hora de dormir; y abrió 
otra botella, que vació en los cuatro vasos, guardando siem> 
pre la misma regla de distribución que la primera vez. 

— Cuento no será, contestó el mesonero, apurando 
su ración; pero si gustáis, os contaré la historia real y 
verdadera de un español de estas inmediaciones que por 
adquirir bienes de fortuna perdió su alma, hará poco mas 
de un siglo. 

1— Contadla luego, amigo, dijo el correo, que bien 



— 190— 
Bé yo que tenéis siempre para divertir á vuestros huéspe- 
des una porción de casos raros y á cual mas entretenido. 
Se embocó el vaso y lo apuró hasta la última gota. 

— Pues habéis de estar y estaréis, dijo el patrón, 
que este era un español muy pobre, llamado Don Juan 
de Orena, que poseía unas tierras en las inmediaciones 
de la laguna de Panajachel. No las habia poblado de ga- 
nados, por faltando dineros con que comprarlos, y esta- 
ba reducido á ocupar sus tierras con unas pocas cuerdas 
de milpa, que la mayor parte de los años se le perdían, 
sin producir nada. Cansado al fin de tanto trabajar de 
balde, una noche, desesperado, se salió del rancho en don- 
de vivia y se fué por los montes dando voces y llamaií- 
do al diablo. 

El correo se santiguó, y tomando otra de las bote- 
llas de los huéspedes, volvió á llenar su vaso, como pre- 
parándose para los sucesos terribles que sin duda iba á 
referir el mesonero, quien también se remojó el gaznate 
con un sendo trago. Los pa^geros apenas acercaban sus 
vasos á los labios. 

— Proseguid amigo, dijo el narigudo, que por lo vis- 
to, el cuento ó caso, ó lo que sea, promete ser entreteni- 
do é instructivo. 

— Y muy verdadero, añadió el patrón, como que yo 
conoci al español, que por mas señas era un sugeto con 
una nariz algo mas larga que la vuestra, que no parece 
BÍno que ahora lo estoy viendo. Sigo mi historia. El po- 
bre Don Juan de Orena gritó y gritó y gritó por los mon- 
tes, hasta que al fin de entre unas peñas vio salir un 
hombrecillo delgado, con unas piernas muy largas para 
su cuerpo, las espaldas y las caderas muy anchas y una 
gran cabeza que desaparecía enteramente bajo un enorme 
sombrero, picudo y de alas muy anchas. 

— Pues ese era el Somhreron, como quien iio dice na- 
da, exclamó el correo, esforzandose por despavilar los 
ojos, que comenzaban á cerrársele. El de los anteojos 



~19l- 
Verdea llehó otra vez el vaso del pobre mozo y se lo lií-» 
feo beber hasta el fondo. 

— Ni mas ni menos, dijo Tachuela. El Sombreron, 
que iba á ver para qué lo llamaba el español. Le refirió 
este eu cuita; dijole como había trabajado tantos años sin 
el menor provecho y que desesperado ya, estaba resuelto 
á hacer pacto con él y entregarle su alma dentro de tres 
años, siempre que le diera desde luego muchas muchas ri- 
quezas. 

— Pa. . . . pa. . . . pacto con el diablo; dijo el correo, 
que ya casi no podia hablar; Que.... que.... bar..., 
ba ro! 

— Ahi veréis, añadió el propietario del ídolo; enjua- 
gándose con un poco de lo de la botella y tragándose el 
enjuagatoriOj por olvido. 

— El trato, prosiguió, quedó firmado esa misma no- 
che, y el Sombreron puso por condición precisa que á na- 
die habia de regalar el español cosa alguna de lo que él 
le diese. 

— Y qui . * . . qui .... quien habia de ser el to . . . . 
to.... tonto que re.... re.... re.... cibiera na.... 
na ... . nada del So ... . So ... . Sombreron? tartamudeó 
el correo. 

— Pues no faltó, prosiguió diciendo el mesonero. Al 
siguiente dia amaneció el rancho de Orena cambiado en 
una hermosa casa; sus tierras pobladas de ganados y las 
milperias convertidas en siembras de trigo. Tenia un buen 
molino y muchos» esclavos; era un hombre poderoso y to- 
dos lo saludaban con respeto, llamándolo Sr. Don Juan. 
El español se habia vuelto orgulloso con la riqueza y 1© 
gustaba echar piernas y quedar bien. Sin hacer caso de 
las condiciones impuestas, regaló una muía magnifica al* 
cura, que se la agradeció infinito y ponderó mucho la 
generosidad del Sr. Don Juan. Al siguiente dia se le apa- 
reció el Sombreron, entre obscuro y claro, y le dio una 
paliza, que lo dejó medio muerto. Llegaron sus criados, 



— 192— 

lo levantaron y c.-^tiivo un mes en cama, diciendo que* 
se había caido del caballo. 

Interrumpió el narrador la relación con otro trago; 
el correo se echó al coleto un nuevo vaso que le sirviá 
uno de los pasageros y dejó caer la frente sobre la me-* 
sa, pues ya no podia conservarla levantada. 

— Una pa. . . . pa. . . . liza, dijo; já, já já já, y se-' 
rió con esa risa convulsiva de la ebriedad. 

Proseguid, dijo el de la venda. 

— Don Juan de Orena, dijo el patrón, vivió conten- 
to y feliz durante los tres años,' ocupándolos dias y las 
noches en jugar, comer, beber y cortejar: pero cuando se 
iba acercando el plazo fatal, comenzó á entristecerse y á 
discurrir como baria para dejar burlado al Sombreron. 
Por mas que hacia, le era imposible hallar arbitrio para 
salir de aquel atolladero. Por fin, después de mucho cavi- 
lar, dispuso entregar al enemigo un pastorcito que cui- 
daba los ganados. El Sombreron sabia mas que el espa- 
ñol y dijo que lo tomaba á cuenta y prorogaba el plazo 
por seis meses mas. Contento Don Juan, volvió á comer, 
beber, reir y divertirse; pero el tiempo pasó y *al fin lle- 
gó á cumplirse el nuevo plazo. Una noche, Don Juan 
habia apurado docena y media de botellas y estaba can- 
tando y fumando muy alegre, encerrado en la sala de la 
casa de la hacienda. De repente sintió que le ponían una 
mano sobre el hombro y fué como ei le hubiesen arri- 
mado una plancha ardiendo. Volvió la cara espantado y 
se encontró con el Sombreron. Tuvieron una gran dispu- 
ta, y el resultado fué que todos los arrendantes, mozos y 
criados oyeron un gran trueno, y habiendo salido á ver 
lo que causaba aquel ruido extraño, pues no habia la me- 
nor señal de tempestad, vieron por el aire á Don Juan, 
á quien se llevaba el Sombreron, tirándolo por los ca- 
bellos. Corrieron á la sala; pero ya todo habia cambiado, 
no quedando mas que el mismo rancho miserable del es- 
pañol. Al siguiente dia habían desaparecido las sementé- 



— 193— 

ras y el molino y muchos vieron al Sombreron que iba 
arreando el ganado, hasta no dejar una sola res. Las tier- 
ras aparecieron cubiertas de ceniza y azufre, que hasta 
el dia están asi y Yuesas -Mercedes pueden ir á verlas 
si lo dudan. 

— Yo no dudo un punto de la verdad de la histo- 
ria que nos habéis referido, dijo el de la venda negra; 
solo sí me llama la atención el que habiendo sucedido el 
caso de Don Juan de Orena hace poco mas de un siglo, 
según nos habéis dicho, hayáis conocido á ese español, 
vos que no parecéis tener mas de cuarenta años. 

Algo turbado quedó el mesonero con la objeción del 
caminante; se rascó la cabeza, y después de un momento 
de silencio, contestó: 

— Yo no sé como andará eso, pues siempre me con- 
fundo cuando se trata de edades; pero que yo lo conocí, 
es tan cierto como que os conozco á vos; y á un yo lo 
víj no hay mas que creer ó reventar. 

— Dice muy bien el Sr. mesonero, observó el de la 
nariz; que á mi mismo me ha sucedido muchas veces acor- 
darme de cosas que ocurrieron antes y muy antes de que 
yo naciera; y el Sr. Tachuela lo ha contado tan bien, 
que merece le brindemos el último trago; pues ya va sien- 
do hora de recogerse. 

Vació otra botella, llenó los vasos y trató de levan- 
tar la cabeza al correo para brindarle. Fué imposible: el 
pobre mozo estaba completamente borracho, y repetía, con 
voz balbuciente: 

— El So ... , So ... . Sombreron. 

— El pobre ha bebido nn poco mas de lo que, podía 
resistir, dijo el posadero riéndose. Si á Yuesas Mercedes 
les parece, y me hacen la caridad de ayudarme, vamos á 
acostarlo. 

— Con mucho gusto, contestó el de la nariz posti- 
za; y haciendo una seña á su compañero, levantaron en 

25 



— 194— 

peso entre los tres al correo y lo echaron como un fardo* 
en la única cama que habia en el cuarto, acomodándolo 
el mesonero la cabeza sobre la balija que contenia la cor- 
respondencia. 

Tachuela no queria marcharse, sin apurar lo que que^ 
daba en las botellas. Con diversos pretextos, continuó 
charlando y bebiendo, sin llegar á perder el juicio, para 
lo cual habria sido necesaria doble cantidad de la que ha- 
bia bebido. Cuando hubo apurado hasta la última gota, 
dijo' que los señores tenian que madrugar y que no era 
conciencia tenerlos en vela tan tarde. Se despidió, desean* 
dolos muy buena noche y se salió del cuarto. 

No bien hubo pasado el umbral de la puerta, sintió 
Tachuela en su interior esa comezoncilla que se llama cu- 
riosidad y que nos induce muchas veces á cometer una 
mala acción, con tal de averiguar lo que no podemos sa^ 
ber por las vias legales. El mesonero' del ídolo llevaba 
hasta la abnegación el respeto á su» huéspedes; pero cal- 
culó que de poner él el ojo en el agugero de la llave 
del cuarto para ver lo que hacian y aguzar el oído para 
escuchar lo que hablaban, ningún mal podia resultarles. 
La nariz postiza y los espejuelos verdes del uno y la ven- 
da negra del otro, le daban ciertos barruntos de que aque- 
llos dos sugetos no habían llegado asi como quiera y sin 
qué ni para qué á su casa; y acabó de despertar sus sos- 
pechas, el ver que no habían pedido camas, lo cual pro- 
baba que se disponian á pasar eil vela lo que faltaba de 
la noche. Todo aquello era muy suficiente para hacer ra- 
biar de curiosidad á cualquier mortal, aun cuando no fuese 
mesonero. Luego, pues, que hubo oído que aseguraban 
por dentro la puerta con una gran tranca. Tachuela se 
acercó y aplicó el ojo al agujero de* la llave. Vio que el 
de los espejuelos se despojaba de ellos, y dejaba ver un 
par de ojazos buenos y sanos, sin fluxión, ni cosa seme- 
lante» En seguida se quitó el aditamento de la nariz, co- 



— 195— 

jno cosa que lo molestaba sin duda, y puso aquel mueble 
sobre la mesa. El otro se quitó también la venda negra 
que le cubría el ojo. Hecho esto, el desnarigado dijo á 
su compañero. 

— Tomad la llave; y le presentaba efectivamente una 
llavecita. 

— Antes que todo, maestro, respondió el compañero, 
es necesario sacar la balija. 

— Si, contestó el otro, y bueno es hacerlo con tiento, 
no haga el diablo que despierte ese bruto y alborote la 
casa. De la mano á la boca se pierde la sopa, decia mi 
abuela, señor Don Judas. 

— Despertar decis, replicó el que habia sido llama- 
do Don Judas; imposible; ¿no veis que está hecho un 
poste? Voy á zafarle la balija y lo veréis. 

Fué efectivamente á poner por obra lo que habia in- 
dicado; pero el correo, á pesar de su embriaguez, apretó 
la balija con la mano, como si comprendiese que se le 
queria sustraer lo que en su estado normal habría de- 
iendido á costa de su vida. El mozo acompañó el movi- 
miento con un gruñido sordo que retumbó en el cuarto. 

— No, Don Judas, dijo el otro; esto mas quiere ma- 
ña que fuerza, como decia la difunta. Ya veréis como se 
hace todo sin la menor dificultad. 

Diciendo esto, se quitó la capa, de la cual hizo un 
lio, desató sus sobrebotas de cuero y envolvió en ellas la 
capa, formando asi una almohada muy semejante en el vo- 
lumen á la balija. La colocó junto á esta, y ayudado del 
otro pasagero, que iba retirando muy poco á poco la ba- 
lija, fué introduciendo el envoltorio, de modo que el bor- 
racho no pudiese notar la diferencia, ni por el tamaño ni 
por el tacto. La operación se hizo con el mejor éxito. 
Don Judas tenia la balija y el correo abrazaba la capa 
envuelta en las sobrebotas. 

Acercáronse los dos siigetos á la mesa y cl maestro 



— 196— 

Basilio, á quien sin duda han conocido ya nuestros íecto^ 
res, aplicó la llavecita al candado. 

— Está perfectamente, dijo; no en balde trabajó An- 
drés toda la noche; eso si, el molde en cera que yo saqué 
estaba muy bien hecho. 

Abierta la balija, Don Judas tomó un paquete cerra- 
do, y con una cuchillita muy fina, levantó el sello con la 
mayor habilidad. Recorrió uno por uno los sobrescritos 
de las cartas que contenia aquel paquete, y al fin, leyen- 
.do uno de tantos, exclamó: 

— Esta es; ya la tenemos. 

Puso otra que llevaba preparada, en lugar de líb que 
extraía, para que no se notase el fraude, al comparar el 
número de piezas recibidas con las que anotaba la fac- 
tura; volvió á cerrar el paquete y acomodó el sello, ha- 
ciendo que el lacre, recalentado en toda la circunferencia, 
con la cuchillita enrojecida en la luz de la vela, se ex- 
tendiese un poco, hasta cubrir la rotura practicada, que 
desapareció completamente. Puso la carta en una cartera 
que sacó del bolsillo de su jubón, y procedieron á vol- 
ver á colocar la balija, cerrada otra vez, bajo la cabeza 
del borracho. 

— Todo se ha hecho mas fácilmente que lo creia- 
mos, dijo el barbero riéndose; y ahora, si os parece bien, 
señor Don Judas, bueno será dormir siquiera una hora. 
Yo estoy muy fatigado y aun tenemos tiempo para des' 
cansar, antes de emprender la marcha. 

— No veo inconveniente, maestro, respondió Patraña, 
con tal que estéis pronto cuando venga á despertarnos eso 
charlatán del mesonero, á quien le reomendé nos llama- 
se á las cuatro de la mf^ñana.' 

El maestro Basilio tendió su capa en el suelo y se 
acostó, después de haberse quitado el jubón. El escribano 
se despojó también del suyo y lo puso en una silla. Se 
acomodó en la mesa todo encojido y puso de almohada una 



— 197— 

igual á la que habla servido provisioijalnieiite al corroo, 
mientras le quitaron la balija. El ojo del mesonero seguia 
atentamente todas aquellas evoluciones, sin perder uno so- 
lo de los movimientos de sus huéspedes. 

Luego que la habitación hubo quedado á obscuras, 
pues Don Judas apagó la vela, y cuando calculó Tachuela 
que los dos pasageros estaban ya dormidos, se dirijió sin 
hacer el mas ligero ruido, á la cocina, que como liemos 
dicho, estaba inmediata al cuarto en donde acababa de 
tener lugar la escena que hemos referido. Ambas piezas 
se comunicaban por un hueco de puerta que habia sido 
convertido en alacena del lado de la cocina, mediante la 
colocación de unas tres tablas, y por la parte del cuarto, 
estaba cubierta con el grande armario que, como dijimos 
antes, se veia ahi y la disimulaba por completo. El arma- 
rio estaba vacio y sin llave, pues no la necesitaba. El 
mesonero, en cuanto vio la sustracción de la carta, ima- 
ginó que debia de ser alguna muy importante y luego cal- 
culó todas las ventajas que, á vuelta de algún peligrillo, 
podia proporcionarle el apoderarse de ella. En cuanto á 
la conciencia, punto del cual cuidaba siempre Tachuela, lo 
tranquilizó la idea de que ladrón que roba á ladrón gana 
un año de perdón; y con esto, no bien lo hubo pensa- 
do, cuando procedió á ejecutar su pensamiento. Por la 
alacena zafó una de las tablas del armario viejo y des- 
vencijado, que él sabia perfectamente estaban desclava- 
das, é introduciéndose en el mueble, sacó primero la ca- 
beza por la puerta, que cedió á un ligero impulso; en se- 
guida introdujo los hombros, deteniéndose á escuchar si 
los huéspedes dormían efectivamente. Conoció que si por 
el terceto que formaban los ronquidos, y avanzó todo el 
cuerpo, arrastrándose como una culebra. Al fin se encon- 
tró todo entero dentro del cuarto, y fué caminando á ga- 
tas hasta llegar á la silla donde vio colocar el jubón, cu- 
yo bolsillo contenia la cartera. La tomó en el mayor si- 



— 198— 

lencio, y volvió á colocarla, después de haber sacado la 
carta; fué retrocediendo hacia el armario, introduciéndose 
por los pies, hasta llegar á la cocina. Cerró la puerta del 
armario, volvió á colocar la tabla, y enagenado de gozo, 
como si se hubiese encontrado la fortuna de Don Juan 
de Orena, se marchó á su cuarto. 

Encendió un cabo de vela y acercó la carta á la luz; 
pero como no sabia leer, era lo mismo que si tuviese en 
la mano un papel blanco. Puso entonces los ojos en el se- 
llo é hizo una exclamación de alegría. Habia reconocido 
en las cinco estrellas de oro de uno de los cuarteles, en 
el castillo y el león, en las dos granadas y en los otros 
signos heráldicos, las armas del Conde de la Gomera, 
que conocía perfectamente. Con facilidad dedujo de aque- 
lla circunstancia, que era una carta que el Sr. Presiden- 
te escribía á alguno y que aquellos dos hombres hablan 
ido á robarla; siendo, sin duda, de la mayor importancia. 

La primera idea de Tachuela fué llevarla al Alcalde 
mayor; pero después lo pensó bien y calculó que Su Mer- 
ced diria probablemente que él la habia recobrado y se 
llevaría el premio de su trabajo. Tuvo también el pro- 
yecto de ir á despertar al maestro de escuela y pagarle 
porque le leyera la carta; pero ¿quien le respondía de 
la reserva de aquel individuo, si como era probable, con- 
tenia algún secreto muy grave? Al fin de tanto cavilar, 
calculó que lo mas acertado era disimular con los hués- 
pedes, y si estos echaban menos la carta y le preguntaban 
por ella, negar á pies juntillas que la hubiese visto, en la 
confianza de que no tenían ellos la conciencia tan limpia 
que fuesen á armar un escándalo; y luego que se hubie- 
sen marchado, salir para la ciudad y tomando veredas, 
llegar antes que los huéspedes y entregar la carta al Sr, 
Conde. Si no era posible á él mismo, porque estuviese 
preso, la llevarla á los SS. de la Audiencia, y de seguro 
le caería un buen premio por la acción. 



~*199— 

Hedía asi su composición de lugar, cuandd Calculo 
que serian cerca de las cuatro, se fué á la puerta del 
Cuarto que ocupaban los huéspedes y los llamó, dicien- 
doles que era hora de marcharse. Despertaron á un tiem- 
po el escribano, el barbero y el correo, á quien se le ha^ 
bia pasado ya la mona; y comenzaron á tomar sus dispo- 
siciones de marcha. Don Judas se puso su jubón, tocó la 
cartera y ni le ocurrió el ver si estaba ahi la carta, cer- 
tisimo de haberla guardado. Un cuarto de hora después, 
los dos viageros, habiendo pagado la posada, se despidie- 
ron del mesonero y del correo, que tomó por su lado. 
Patraña se sonrió al ver el cuidado con que el pobre mo- 
zo aseguraba la balija con unas correas á la grupa de su 
caballo, y el mesonero por su parte se sonrió de la son- 
risa de Don Judas* Tachuela, luego que los hubo perdido 
de vista^ procedió á hacer algunos arreglos indispensables 
para que el mesón estuviese debidamente atendido duran- 
té su ausencia, y haciendo un hatillo de su chamarra, se 
la puso á la espalda y tomó el rumbo de la capital, por 
caminos extraviados. El escribano Patraña y el barbero 
siguieron su marcha, comentando alegremente la aventura 
del robo de la carta. A las cuatro de la tarde llegaron 
á la ciudad, y sin detenerse para cambiar de trage, quisie- 
ron ir á dar cuenta del exacto desempeño de su comi- 
sión. Dirijieronse á casa del Visitador, que era el que los 
habia enviado con el encargo de sustraer la carta del Conde 
á Don Antonio Melian, en cuanto supo por el barbero que 
iba á ser despachada. Don Juan obstaba leyendo tranquila- 
mente en su gabinete, cuando ei>xraron sus comisionados. 

— ¿Que cuentas me dais, dijo con su acostumbrada 
Bangre fria, de la comisión importante que he confiado á 
vuestro celo? 

— La mejor que Vuesa Señoría pudiera desear, contes- 
tó Don Judas, con aire de satisfacción. Aqui tenéis la carta. 

Introdujo la mano en el bolsillo del jubón, sacó la 



— 20Í- 

cíirtéra, la registró toda y se puso pálido, at retirarla sin 
la carta, qne había desaparecido. 

— Qué os sucede? dijo el Visitador; dónde está la carta? 

— Señor, exclamó el pobre escribano aterrado, me- 
fezco que me hagáis ahorcar; la he perdido! 

El barbero veia con asombro á Don Judas y no sabia 
que creer, pues él mismo habia visto guardarla en la carte- 
ra y colocar esta en el bolsillo del jubón. Don Juan con- 
templó al escribano y al barbero durante un breve rato, y 
les dijo, acompañando las palabras con una sonrisa irónica. 

— Parece que en esto se ha verificado aquello que 
suelen decir de que á la zorra candilazo. Vosotros robas- 
teis la carta al correo y alguno os la robó á vosotros. 

Don Judas y Basilio inclinaron las cabezas, sin atre- 
verse á responder. Habrían querido que se abriera la tier- 
ra y que se los tragara, por no soportar la mirada ter- 
rible y la sonrisa diabólica del Visitador. Levantóse este 
muy despacio del sillón en que estaba sentado y se diri- 
jió á la mesa. Abrió una gaveta y sacando una carta, 
la mostró al escribano y al barbero, que la veían y duda^ 
ban del testimonio de sus propios ojos. 

— ¿Será esta, dijo Don Juan, la carta que vosotros 
debíais poner en mis manos? 

— Perdón, señor, perdón, exclamó Don Judas y se 
puso de rodillas, haciendo otro tanto el barbero atribula- 
do. Por Dios, señor, añadió el escribano, decidme quien 
es el que os ha traído esa carta. 

— Vais á verlo, contestó el Visitador, y se dirijió len- 
tamente á la puerta que daba á una salita contigua á su 
gabinete. Abrió y se ofreció á los ojos del escribano y del 
barbero el mas triste espectáculo. El desgraciado mesone^ 
ro del ídolo, pálido y descoyuntado, estaba tendido en? el 
Buelo y arrancaba de lo mas hondo del pecho gemidos 
desgarradores. 

Debemos explicar lo que habia sucedido. Cuando el 



— 201— 

capitán Peraza coraunicó al barbero que el Presidente iba 
á escribir de nuevo al padre de Don Luis, sobre el ma- 
trimonio de este con Dña. Margarita, el maestro Basilio 
dispuso su plan, que se redujo, por lo pronto, á dar cuen- 
ta al Visitador de aquel incidente, que ponia en peligro 
la intriga que llevaban entre manos. Don Juan meditó, 
durante uu momento, lo que deberla hacerse; calculó la 
imposibilidad de sustraer la carta violentamente, pues su 
poder mismo no alcanzaba á tanto. El Correo mayor, co- 
mo se denominaba entonces el gefe de la Administración, 
era partidario decidido del Conde, y si el Visitador le 
exijia la entrega de aquella carta, no dejaria de dar avi- 
so del hecho al Presidente, quien lo convertirla en grave 
motivo de acusación. Asi, Don Juan comprendió desde 
luego que no con venia tentar aquel arbitrio. Le pareció 
preferible hacer sustraer la carta por medio de la astucia, 
y después de haber combinado un plan, encomendó su eje- 
cución al escribano y al barbero mismo, individuos á quie- 
nes consideró á propósito para el caso. Hemos visto ya- 
que estos desempeñaron el encargo con habilidad; pero 
se encontraron burlados por el mesonero del ídolo. Martin 
Tachuela llegó á la ciudad con la carta dos horas antes 
que los comisionados; se fué derecho á Jocotenango y co- 
mo manifestase el mayor empeño por ver al Presidente, 
el oficial de la guardia, que tenia órdenes muy severas del 
Visitador, entró en sospecha é hizo prender á aquel hom- 
bre. Conducido á presencia del Juez de residencia, se obs- 
tinó en guardar silencio sobre lo que lo llevaba á bus- 
car al Presidente; pero el tormento le habia arrancado su 
secreto junto con la carta, pocos momentos antes de la 
llegada de Don Judas y Basilio. 

El desgraciado Tachuela fué conducido á un calabo- 
zo, con orden de permanecer en la mas estrecha incomu- 
nicación; y luego que la hubo firmado, el Visitador, siu 
decir una palabra mas, volvió la espalda con desden á sus 
comisionados y se salió del gabinete. 

26 



— 202— 



CAPITULO XV. 

I^a araña j las moteas. 



'esuelto el capitán Peraza á descubrir á su padrea 
\\^^ji¡ la pasión violenta que por la hija de Jirón Ma- 




^^ nuel había concebido, presentóse muy temprana 
en el cuarto que servia de gabinete al Conde y le suplicó 
diese orden para que nadie fuese á interrumpirlos, pues 
deseaba hablarle de un asunto del cual dependía su fe- 
licidad. El anciano, en medio de los graves cuidados que 
lo atormentaban, habia advertido con dolor el cambio del 
carácter de su hijo. Vio con extrañeza irritable, violento 
y taciturno al que pocos dias antes parecía tan jovial, tan 
satisfecho y tan ageno de toda idea sería. Cuando oyó, 
pues, que su hijo Je hablaba de aquella manera, consideró 
que iba á revelarle el origen de tan súbita mudanza, y á 
fin de poder departir en sosiego con el joven, previno al 
page de guardia que nadie entrara al gabinete, hasta que 
él mismo avisase que estaba en disposición de recibir. 

Don Fernando estaba pálido y sus facciones daban: 
bien á entender la terrible lucha que ajitaba aquella alma 



— 20¿i— 
por el amor y por el despecho cruelmente lacerada. El 
Conde se alarmó al advertir la expresión siniestra qUe 
presentaba en aquel momento la fisonomia de su hijo, y 
tomándole la mano con bondad, se expresó en estos tér- 
minos: 

— ¿Que ha sucedido, Fernando, que asi ha cambiado 
tan repentinamente tu condición? Aun no hace muchos 
dias, aflijiame tu carácter un poco ligero y sobradamen- 
te despreocupado; hoy te veo áspero, concentrado y hu- 
raño; me ves muy poco, aunque sabes necesito mas que 
nunca de la asistencia y del apoyo de los mios; tu ami- 
go y primo Don Luis se queja también de que pareces es- 
quivar su trato y compañia. Explícate, hijo mió, ábreme 
tu corazón y dime si hay aquí algo que te disguste, y si 
es que está en mi mano el remediarlo. 

— Señor, contestó el capitán con gravedad, no he ve- 
nido á otra cosa que á comunicaros la causa de mi sufri- 
miento. Es tal, que os aseguro que á continuar asi unos 
pocos dias mas, pondría en peligro mi existencia. Creo 
firmemente que el remedio está en vuestras manos y que 
no tenéis mas que hablar una palabra para que yo re- 
cobro mi perdida tranquilidad. 

— ¿Y que esperas, Fernando, replicó el Presidente 
con ansiedad, que no acabas de declarar la causa oculta 
de tus pesares? ¿No sabes que no hay nada en este mun- 
do que yo no hiciera para evitarte la mas ligera pena? 

— En esa confianza, señor, dijo el capitán, os abriré 
mi pecho, y os diré que una doncella de esta ciudad me 
ha inspirado el amor mas profundo y vehemente que he 
sentido jamas; el único verdadero que he experimentado 
en mi vida; pues ya conozco que no merecían aquel nom- 
bre los caprichos fugitivos que han ocupado mi corazón 
antes de ahora. 

— ¿Y esa joven, dijo el Conde con inquietud, es de 
una clase igual á la tuya? 

■ — Su linage es uno de los mas nobles de España. 



— 204— 

— Entonces, exclamó el anciano con alegría, ¿por qué 
te atormentas? ¿Que obstáculos pueden oponerse á una 
unión que desde luego tiene mi asentimiento, pues supon- 
go que las prendas personales de esa dama deben ser 
correspondientes á lo ilustre de su sangre? 

— Lo son, padre mió, y tales, que cualquiera se con- 
sideraria honrado y feliz de poseerla por esposa. Pero. . . . 

— ¿Pero qué?, interrumpió con asombro el Conde, 
que no alcanzaba á imaginar hubiese obstáculo de ningún 
género que se opusiese á una pretensión matrimonial de 
su hijo. 

— Pero esa joven no me ama, dijo el capitán con voz 
trémula de rabia. No me ama, añadió, porque dicen que 
ama á otro. 

— Que no te ama! exclamó el Presidente; que pre- 
fiere á otro, cuando tú, tú, la solicitas en matrimonio! ¡Im- 
posible! Dime el nombre de esa doncella: que siendo 
noble, aun cuando fuese la hija del mas encarnizado de 
mis enemigos, le pediré su mano para ti y la amaré des- 
de ese instante con todas las fuerzas de mi alma. 

— Señor, dijo el capitán, sin atreverse aun á decla- 
rar el nombre de la que amaba; no es hija de ninguno 
de vuestros enemigos; es, por el contrario, la de uno de 
vuestros mas fieles amigos y consejeros la que me hace 
sentir este tormento que devora mi existencia. 

— La hija de uno de mis mejores amigos!, exclamó el 
anciano. ¿Es una joven de la familia de los Justinianos, 
ó de los Liras, ó de los Coronados, ó de los Tobillas? Ex- 
plícate, por Dios. 

— Ninguna de esas es, contestó Don Fernando; es, 
padre mío, la hija. ... de Jirón Manuel. 

Estupefacto quedó el anciano Presidente al escuchar 
aquel nombre; tan imposible le parecía que fuese aquella 
joven en quien se hubiese fijado la inclinación de su hijo. 
En sus ideas de lealtad y en la severa rectitud de sus sen- 
timientos, encontraba tan fuera de razón que Don Fer- 



^205— 

nando pusiese los ojos en la prometida esposa de su ami- 
go, como si se hubiese prendado de una muger que esttt- 
viose ligada con vinculos indisolubles; tan sagrada era 
para aquel caballero la idea de la palabra empeñada. 
Contempló durante un rato al capitán con ojos atónitos, 
y sin volver en si "de su asombro, le dijo: 

— ¡ Dña. Margarita Jirón! ¿Dña. Margarita has dicho? 
¿He escuchado mal? ¿Ignoras, por ventura, que esa don- 
cella es la novia de tu amigo, de tu hermano de armas; 
que su unión está concertada entre los padres de esa jo- 
ven y yo, y que si el matrimonio aun no se ha verifi- 
cado, es solamente porque se aguarda la formalidad del 
consentimiento de Don Antonio, que nopuele rehusarlo 
á un enlace á todas luces ventajoso? 

— Nada de eso ignoro, señor, contestó Don Fernan- 
do con resolución; y á pesar de todo, y tal vez por ebo 
mismo, se ha enseñoreado de mi alma esta pasión violen- 
ta, Don Luis y Dña. Margarita no están casados todavía; 
el consentimiento del padre no llega, á pesar de que le 
habéis escrito repetidas veces, y ya se susurra en la ciu- 
dad que Don Antonio tiene otros proyectos respecto á su 
hijo. Dña. Margarita es muy joven y la afición que tiene 
á su novio le pasará, cuando vea por parte de su padre, 
la resolución firme de que sea mi esposa. Jirón nada pue- 
de negaros; y asi, una sola palabra vuestra asegurará la 
ventura de mi vida. 

— ¿Y Don Luis?, dijo el Presidente; ¿crees también 
que su amor no sea mas que un capricho pasagero? Te 
engañas, hijo mió, si asi lo piensas. Ama á esa joven con 
toda la energía de su alma; la tiene formal y solemne- 
mente ofrecida por esposa; yo he aprobado y favorecido 
sus proyectos; ¿y quieres que vaya ahora á decir á Jirón 
que falte á un compromiso sagrado y que le proponga 
xma villanía? No, Fernando; eso seria indigno de un ca- 
ballero; es imposible. 

— Imposible!, replicó el capitán, balbuciente de ira 



— 206— 

y de despeclio. Imposible decisi Pesa mas en la balanza 
de vuestro afecto la fantasma del honor que la felicidad 
de vuestro hijo! Os empeñáis en que se ha de llevar á 
cabo un matrimonio en que no consiente el padre de Don 
Luis, y rehusáis prestar vuestro apoyo al que seguramente 
no encontrarla obstáculos por parte de nadie! Sea. Yo 
debo deciros que no desisto ni desistiré de mi propósito; 
que Dña. Margarita ha de ser mia de uno ú otro modo; 
entendedlo bien, padre mió, de uno ú otro modo, y no 
me culpéis de las consecuencias que pueda producir vues- 
tra negativa. 

Dicho esto, el capitán se salió del aposento, dejando 
al Conde en la mas viva inquietud. El anciano amaba con 
ternura á su hijo, único fruto de su matrimonio con una 
joven señora á quien el nacimiento de Don Fernando ha- 
bía costado la vida. Recibió este la educación que en 
aquel tiempo se daba á las personas de su clase; y casi 
niño todavía, fué dedicado al noble y brillante' ejercicio 
de las armas. Permaneciendo poco al lado de su padre, se 
fué formando en los campamentos ese carácter poco escru- 
puloso, altanero y violento de que Je hemos visto dar mues- 
tras desde su llegada repentina á Guatemala, consecuen- 
cia de las locuras que lo obligaron á dejar la posición 
ventajosa que ocupaba al lado del Yirey del Perú. Esti- 
maba este al capitán Peraza, tanto por ser hijo de un ami- 
go suyo, como por su valor, generosidad, genio festivo y 
otras prendas personales. Muchas veces liabia tenido el 
Principe de Esquilache que ir á la mano á aquel mozo 
aturdido, que andaba siempre metido hasta los codos en 
aventuras amorosas, pendencias y desafios, lances que no 
habian tenido consecuencias graves, hasta que ocurrió el 
que hemos oido referir con tanta ligereza al mismo capi- 
tán y que provocó naturalmente el enojo del Yirey. El 
Conde de la Gomera tenía una verdadera debilidad por 
aquel joven, y solamente porque pesaban demasiado en 
3u ánimo la consideración de la palabra empeñada y el 



— 207— 

afecto á Don Luis Meiiaii, que con tanta lealtad y celo ló 
íiabia servido durante diez años, pudo rechazar de la ma- 
nera terminante que hemos visto la injustificable exijeu- 
cia de Don Fernando. 

Pero apenas hubo salido este, cuando se agolparon 
en el espíritu agitado del desgraciado anciano los pensa- 
mientos mas aflictivos. Temia exasperar á su hijo; temblaba 
á la idea de que se dejase arrastrar por la violencia de 
la pasión y que la negativa á ayudarlo en sus pretensio- 
nes viniese á ser tal vez motivo de grave pesadumbre y 
de males irreparables. 

— Bien visto, se decia á si mismo el Conde, paseán- 
dose con precipitación por el gabinete, Fernando tiene 
razón. Ese silencio de Don Antonio es inexplicable y ha- 
ce sospechar si acaso no gusta del matrimonio de su hijo. 
El no conoce personalmente á Dña. Margarita, y tal vez 
haya podido imaginar que mis informes favorables proce- 
den de la amistad y afecto que profeso al padre de esta 
joven. Quizá sea cierto que haya formado otros proyectos 
respecto á Don Luis; y de todos modos, parece ya que 
aun á Dña. Margarita conviene poner término á una si- 
tuación que no puede prolongarse mas tiempo sin perjui- 
cio de su fama. Mi hijo es un cumplido caballero; here- 
dero único de mi fortuna; á nadie cede en linage y pren- 
das personales y seria preciso que una muger fuese har- 
to descontentadiza, para que exijiese del hombre á quien 
entregara su corazón y su mano condiciones mas venta- 
josas que aquellas que la naturaleza y la suerte han reu- 
nido en Fernando. 

Con estas y otras semejantes reflexiones procuraba 
engañarse á si mismo el Conde de la Gomera y cohones- 
tar lo que sus sentimientos de honor y la rectitud de su 
juicio reprobaban. Sin embargo, no se resolvía á dar un 
paso que Don Francisco Jirón Manuel y Don Luis Me- 
lian hablan de considerar, sin duda, como una inconsecuen- 
cia ajena de un caballero de su edad, de su posición y 



— 208— 

de su carácter. En aquella cruel perplejidad, y cuando el 
anciano luchaba con sentimientos tan encontrados, abrió 
la puerta el pago de guardia y anunció al Presidente que 
el maestro Basilio Molinos estaba ahi, con el objeto de 
afeitar á Su Señoría. 

— No recordaba que Basilio debia venir hoy, dijo el 
Conde, con aire distraido. Que entre. 

Acostumbrado á leer en la fisonomía de su amo, eí 
barbero pudo advertir desde luego que alguna inquietud 
nueva ajitaba el ánimo del Presidente. 

— Señor, dijo, después de haber hecho sus acostum- 
bradas reverencias; tal vez hice esperar hoy á Vuesa Se- 
ñoría; pero no ha estado en mi mano el evitarlo. El hom- 
bre pone y Dios dispone, decia la abuela de vuestra hu- 
milde criado. Desde mi casa hasta aquí, me he visto obli- 
gado á detenerme para responder á mas de diez perso- 
nas que me han preguntado que novedades hay por acá^ 
como si yo supiera algo de las cosas del gobierno. Coma 
nadie ve para callar, dicen que las gentes que tienen el 
honor de tratar con alguna intimidad á Vuesa Señoría, han 
advertido que está mas pensativo y taciturno que de cos- 
tumbre; comienza á susurrarse que el juicio de residencia 
presenta mal aspecto; cosa que á la verdad no deja d© 
aflijir y desalentar á los numerosos partidarios de Vue- 
sa Señoría. Yo, aunque no sé á punto que hay en esto, 
he contestado con firmeza que el Sr. Presidente nada teme; 
que tiene completa seguridad de defenderse perfectamente 
de cualesquiera cargos, y que si Su Señoría parece dis- 
gustado, será por otras causas que no conocemos, porque 
como solía decir la abuela, solo la cuchara sabe el mal que 
padece la olla. 

-«- Has dicho bien, Basilio, contestó el Conde; nada 
temo por mi persona, pues estoy pronto á responder de 
mis actos. Duéleme la consideración de los males que ha 
de sufrir el reino, si como parece ser, se pretende llevar 
las coeas á una peligrosa extremidad; pero mi conciencia 



fistá tranquila y esto me basta. Cuidados dB otra natura- 
leza, añadió, exhalando un suspiro, son los que me ator- 
mentan. 

El astuto barbero comprendió que en efecto habia 
algo que no eran las cosas políticas, que causaba el aba- 
timiento del Conde, y brotó naturalmente en su espirita 
la sospecha de que el capitán Peraza, á quien Basilio no 
habia visto aun desde ,su expedición á Solóla, quizá se 
hubiese decidido á descubrir al anciano su amor á Dña, 
Margarita y pedidole su intervención, siguiendo el pérfi- 
do consejo que él mismo le diera. Queriendo sondear el 
ánimo del Conde, dijo Basilio con gravedad: 

— Esa es, señor, la suerte de los que gobiernan. Por 
un motivo ó por otro, los ojos de todos están fijos en ellos; 
se escrutan sus acciones mas indiferentes, se estudia su 
fisonomia y en todo se cree encontrar relación con lo po- 
lítico. Tal vez tiene el que manda sus cuidados y aflixio- 
nes particulares, que al fin es hombre y como tal se halla 
sugeto á lo que lo estamos los demás; pues nadie piensa 
que la esposa, que los hijos, que la hacienda, sean el ori- 
gen de aquellas desazones. Siempre se atribuye á tal ó 
cual suceso público. Y como respecto á Yuesa Señoria da 
la casualidad que no tiene mas familia que el valiente ca- 
pitán, su hijo, que ha llegado hace poco y el Sr. Don 
Luis, su sobrino, cata ahi que, como no creen que estos 
dos jóvenes señores puedan causar desazón alguna á Vuesa 
Señoria, dan en la florecita de que estáis atormentado con 
el tal juicio de residencia, que Dios perdone al que ha ve- 
nido á meternos en ese enredo. Como si no bastaran las 
divisiones y discordias promovidas por esos señores oido- 
res, se ha agregado este nuevo apunte del tal señor Vi- 
sitador. Con razón decía la difunta bien vengas mal sí 
vienes solo. 

— Tú has hablado muy cuerdamente, Basilio, dijo el 
Conde, arrancando otro suspiro de lo mas hondo del pe- 

27 



— 210— 

cho; y sin querer ni advertirlo, has puesto como, sítele 
decirse, el dedo en la llaga. Conociendo tu fidelidad á mí 
persona y tu buen juicio, nada aventuro en descubrirte la 
causa verdadera de mi actual pena. No ignoras que está 
concertado el matrimonio de Don Luis mi sobrino y Secre* 
tario, y de Dña. Margarita Jirón; teniendo este enlace la 
aprobación de los padres de la joven y el mió. Un exce- 
so de delicadeza nos inspiró á Jirón y á mi la idea de 
que no se celebrase la boda hasta que se obtuviese el con- 
sentimiento de Don Antonio Melian, padre de Don Luis, y 
al efecto le escribi al Perú y á otras partes, ignorando 
el punto fijo de su residencia. Por fin se ha sabido, por 
este señor Visitador, que Don Antonio se halla en México- 

— Siendo asi, observó el barbero, parece fácil cosa 
el vencer esa dificultad, volviendo á escribirle. 

— Es precisamente lo que he hecho, contestó el Pre- 
sidente, y hace tres dias que fué despachada la carta. 

— Pues entonces, dijo Basilio, todo el toque está en 
que el Sr. Don Luis y la Sra. Dña. Margarita hagan pa- 
ciencia por dos meses mas, plazo bien corto, para quien 
ha tenido que aguardar años; y aunque decia la finada que 
quien espera desespera, no es poca fortuna el esperar cuan- 
do se sabe que al fin ha de llegar lo que se aguarda. 

— Es verdad, Basilio; pero es el mal que el diablo 
que todo lo enreda, ha hecho que mi hijo se aficione á 
esa joven de una manera tal, que ha venido á ponerme 
en un verdadero apuro. 

■ — Señor, dijo el barbero, esa será una de tantas in- 
clinacioncillas pasageras que pasan con la misma facilidad 
con que se forman. Es imposible que el Sr. capitán haya 
concebido una verdadera pasión en tan pocos dias como 
hace se halla Su Merced aqui. 

— Tú no conoces á Fernando, Basilio, replicó el Coa- 
de, y por eso te expresas de esa suerte. Tiene por Dña. 
Margarita una verdadera pasión; los obstáculos mismoB 



— 211— 

son otros tantos estímulos para un joven de carácter im- 
petuoso, nada habituado á luchar con esa clase de difi* 
cuitados. Con verdad te digo que temo que si esto no se 
arregla de uno ú otro modo, Fernando haga alguna gran 
locura, que tengamos todos que deplorar. 

— ¡Ave María purísima! dijo el barbero santiguándo- 
se. ¿Cree Yuesa Señoria que sea capaz de atentar contra 
su propia vida? No seria remoto; ahora caigo en la causa 
del humor sombrío que de pocos dias acá he notado al 
Sr. capitán; y atando cabos, como decía la abuela, veo 
que ciertas palabritas que se le han escapado, cuando 
he ido á afeitarlo, indicaban algunas tentaciones del dia- 
blo de muy mala clase. Eso seria terrible! No me toca 
á mi, señor, daros consejo; pero á trueque de evitar una 
desgracia tan horrorosa, no hay nada que yo no hiciera. 

El desgraciado anciano permaneció un rato pensativo. 
El dardo estaba bien dírijido y fué á herir la parte mas 
delicada del corazón del padre. 

— No aludía yo á eso, dijo el Conde, con voz tré- 
mula, y ni aun se me había pasado por la imaginación la 
posibilidad de semejante desgracia. He temido que Fer- 
nando provocase á Don Luis, he recelado que en su lo- 
cura, quisiese apoderarse violentamente de Dña. Marga- 
rita; pues poco antes de que tú entraras, me ha declara- 
do que la poseería de un modo ó de otro; me ha afligi- 
do la idea de que su salud pueda alterarse seriamente; 
pero jamas imaginé que pudiese haber el mas ligero pe- 
ligro de lo que tu fidelidad me indica. ¡ Oh Dios mío !, 
añadió el Conde retorciéndose las manos con el mas acer- 
bo dolor; antes baje yo al sepulcro, que ver á mi hijo 
reo de tan enorme crimen, que mataría su pobre alma 
junto con su cuerpo! Señor, señor, el mas claro de los 
blasones de mis antepasados es el haber ido á derramar 
su sangre, peleando para rescatar tu sepulcro santo del 
poder de los ¿arracenotí. No permitas que uno de los des- 



— 212— 

cendicntcs de aquellos invictos cristianos que llevaron 
á la Palestina el lábaro triunfante de la cruz, muera co- 
mo el mas miserable de los infieles, sellando con su san- 
gre su condenación eterna! 

El infeliz anciano lloraba al pronunciar aquellas pa- 
labras, y el maestro Basilio enjugó con la manga de su 
jubón una lágrima que rodó de su ímico ojo; tan diestro 
estaba ya aquel hipócrita en el arte de aparentar lo que 
estaba muy lejos de sentir. 

— Se se. . . . señor, dijo sollozando; pe. . . . perdo- 
nad esta debilidad ; pero lo que habéis dicho es capaz de 
enternecer á un marmol. Es necesario evitar á toda costa 
que vuestro hijo se pierda para siempre; y yo creo ha- 
ber encontrado un arbitrio de conciliar las dificultades. 

Un rayo de alegría brilló en los ojos llorosos del 
Conde. 

— ¿Que has encontrado un arbitrio, dices?, exclamó 
con júdilo. Explícate, habla; será el mas grande de los 
eervicios que me habrás prestado. 

— ¿No me ha dicho Vuesa Señoria que ha escrito re- 
petidas veces al padre de Don Luis y que últimamente 
le ha dirijido una carta á Méjico, donde se sabe ya do 
cierto que se halla Don Antonio? 

— Es asi, ¿y bien?, preguntó el Presidente con an- 
siedad. ^ 

— Pues me parece muy sencillo, replicó el barbero, 
dar conocimiento á Don Fernando de ese paso y empe- 
ñarle vuestra palabra de que si, á vuelta de dos meses, 
Don Antonio contesta poniendo algunas dificultades al 
proyectado enlace, ó no responde á vuestra carta, pedi- 
réis formalmente á Dña. Margarita para él. Esto lo cal- 
mará sin duda, y alimentando esa esperanza, abandonará 
todo proyecto de atentar contra su vida. 

El Conde reflexionó por un breve rato, y moviendo 
la cabeza con aire de duda, dijo: 



— 213— 

— Puro ¿no seria mas iiaturcil que si sucede cual- 
<]üiera de las dos cosas que indicas, se prescindiese del 
vcoiisentimiento de Don Antonio, del cual Don Luis no 
necesita, segtin la ley, y se verificase la unión? 

— Lo seria en cualquier otra circunstancia, contestó 
€l barbero; y á no estar de por medio la existencia de 
Don Fernando; pero no olvidéis, señor, que en esta par- 
tida se juega la vida temporal y la vida eterna de vues- 
tro hijo. Mucho debéis á Don Luis; pero bastante habéis 
liecho ya por él. Si su padre niega su consentimiento á 
•ese matrúnonio, de una manera expresa ó tíícita, ¿esta- 
réis obligado á sacrificar un objeto tan caro, á una pa- 
labra dartla? 

La alternativa era cruel. El astuto barbero habia lo- 
grado con sus sofismas poner al Presidente en un terrible 
dilema. Guardó silencio durante un rato; y al fin la voz 
de la naturaleza se hizo oir mas alto que la de la ra" 
zon. El Conde contestó inclinando la cabeza, y en voz ba- 
ja, como abrumado por la vergüenza y cual si él mismo 
no quisiese escuchar lo que iba á de€Ír: 

— Has vencido mis escrúpulos, Basilio. No sé si el 
paso que voy á dar, €s ó no conforme á lo que debe 
hacer un caballero; pero sé que es lo que haria cualquier 
padre que tenga corazón y que ame á su hijo como yo amo 
al mió. Voy á decir ahora mismo á Fernando que si den- 
tro de dos meses no contesta Don Antonio de Melian, ó 
rehusa su consentimiento al matrimonio, pediré para él 
la mano de Dña. Margarita. 

El barbero tuvo algún trabajo para haber de disi- 
mular la alegría que le causaron aquellas palabras. El 
Presidente tocó la campanilla, y habiendo acudido el pa- 
ge, le previno llamase á Don Fernando. El maestro Ba- 
silio comprendió que debia retirarse, y haciendo una pro- 
funda reverencia al Conde, se salió del gabinete. 

A poco de haber salido, encontróse con el capitán, 



— 214— 

que apenas lo hubo visto, se le dirijió y le dijo: 

— ¿Donde diablos estas, viejo condenado, que te he 
buscado ayer todo el dia inútilmente? Ya creia yo que 
Satanás hubiese cargado contigo en cuerpo y alma; pero 
veo que eres tan mala prenda, que el demonio mismo no 
la querría ni de balde. 

— ¿Donde he estado decís, señor capitán?, respondió 
el barbero sonriendose. Trabajando por vuestros intere- 
ses. Ayer en Solóla, ocupado en buscar cierta carta diri- 
jida á un Don Antonio Mellan, que yo habia ofrecido atra- 
par á cualquiera costa. Hoy persuadiendo al Sr. Conde 
de la Gomera de que debe pedir para su hijo la mano 
de Dña Margarita Jirón. He ahi, señor capitán, en lo que 
lie empleado mi tiempo. 

— ¿Y el resultado? preguntó Don Fernando con in- 
quietud. 

— Es, dijo Basilio, que la carta ha sido sustraída de 
la balija misma en que estaba encerrada, y que vuestro 
padre os llama ahora mismo para manifestaros que si den- 
tro de dos meses no recibe respuesta á esa carta, os pre- 
sentará á Jirón Manuel como novio de su hija. 

El capitán Peraza estuvo á punto de abrazar al ar- 
tificioso barbero, tal fué el júbilo que le causaron aque- 
llas noticias. 

— Gracias, mil gracias, Basilio amigo, exclamó con 
efusión. Eres mi....' ¿como te llamaré? 

— Es muy sencillo decir lo que yo soy, contestó el 
barbero con su sonrisa irónica; una prenda tan mala, que 
el mismo diablo no la querria ni de balde. Eh, eh, eh, eh! 

Y diciendo esto, se marchó sin aguardar respuesta. 
El capitán, algo corrido, entró en el gabinete, donde lo 
aguardaba su padre y el viejecillo se dirijió á la puerta 
que daba á la calle. De repente se detuvo y se puso á 
contemplar con atención algún objeto que. Labia en el 
ángulo entrante que formaban las dos paredes del corre- 



ñúY. Viendo al barbero tan ocupado en sn contemplación^ 
accrcosele el oficial que mandaba la guardia y le pre- 
guntó que era lo que examinaba con tanta atención. 

— Una cosa muy insignificante, dijo Basilio, y seña- 
ló una tela de araña, tejida con la habilidad artística 
con que esos bichos pacientes y laboriosos urden sus com- 
plicadas redes. Dos moscas de alas de verde y oro es- 
taban presas en los intrincados hilos de la tela, y la ara- 
ña avanzaba lentamente para devorarlas. 

— ¿Y que veis en eso de extraño?, preguntó el ofi- 
cial, que no alcanzaba lo que pudiera llamar la atención 
al barbero en una cosa tan trivial. 

— Yo, nada, contestó Basilio. Esas moscas brillan- 
tes volaban hace un momento, desplegando al sol los be- 
llos colores de sus alas. Entre tanto ese feo vicho que 
ahi veis, labraba en su obscuro rincón esa tela, con el 
humor que extrae de sus propias entrañas. Ahora, ved á 
las nioscas cogidas en la red y á discreción de su enemi- 
go! Eh, eh, eh, eh! ¿Cual de esos animaluchos vale mas? 
He aqui la pregunta que yo me dirijia á mi mismo, se- 
ñor oficial, cuando habéis venido á averiguar lo que me 
tenia hecho un tonto delante de esa pared. ¿Que queréis? 
soy viejo y los viejos somos como los niños, nos diverti- 
mos con fruslerías. Eh, eh, eh, eh!; y repitió su risa dia- 
bólica, marchándose en seguida, dejando al pobre alférez 
de arcabuceros admirado de las bagatelas con que se en- 
tretenía el candoroso barbero del Presidente. 



— 216- 




CAPITULO XVI. 



C'aittilloi en el aire. 



UANDO Genoveva Molinos adquirió la certidiira' 
bre de que el Visitador era el desconocido que 
la salvara del peligro que corrió en la tarde de 
jura, sintió su corazón martirizado por el mas acerbo 
sufrimiento. Media la distancia que la suerte habia pues- 
to entre ella y el hombre á quien consagrara su amor 
y se veia separada de él como por un abismo. Pero ¡ayl 
esos obstáculos mismos, en vez de ser parte á que la 
desgraciada joven tomara la resolución de olvidar á Don 
Juan, hacian que lo amara con mayor vehemencia. 

Genoveva oia los juicios mas contradictorios respec- 
to á aquel hombre. Su padre y su tio hablaban de él, en 
sus conversaciones íntimas, como de un ser providencial, 
cuya misión era la de reparar las injusticias, favorecer á 
los desvalidos y poner coto al orgullo de los poderosos. 
En la familia de Jirón Manuel pintábase al Visitador co- 
lafo un intrigante, frió, cruel é implacable, que iba derecho 



— 217— 

á su objeto, hollando cuanto pudiera embarazar la senda 
por donde lo llevaba su ambición desmesurada. Genove* 
va respetaba las opiniones de la familia á quien debia tan 
singular afecto, y de la que casi formaba parte; y sin 
discutir los motivos que tuviesen sus generosos protectores 
para manifestarse hostiles al Visitador, veía en él única* 
mente á su salvador, y lo amaba, como ya hemos dicho, 
con toda la vehemencia de que era capaz su alma apa- 
sionada y tierna. 

Don Juan de Ibarra habia fijado su atención en 
aquella joven, á quien viera algunas veces después que, 
con peligro de su propia vida, la salvó de que la mata- 
se el caballo del Alférez. Harto perspicaz para que pu- 
diese pasársele desapercibida la impresión que causara á 
Genoveva desde la tarde de la jura, pudo entrever lo que 
pasaba en aquel corazón despedazado. 

Genoveva habia logrado ocultar aquel amor insensa- 
to á sus padres y hermanos y á la familia de sus pro- 
tectores; pero no faltó quien adivinase su secreto. El 
maestro Basilio advirtió el desagrado que causara á su 
sobrina lo que él refirió acerca de la intención de ha- 
cerse religioso que tenia l)on Juan, y no se le escapó 
tampoco la impresión extraordinaria que experimentó al 
reconocer en el Visitador á su protector desconocido. 
Con aquellos datos bastaba y sobraba para que el astuto 
barbero comprendiese perfectamente lo que su sobrina te- 
nia el mayor empeño en ocultar. 

Luego que el maestro Basilio se hubo persuadido de 
que sus sospechas eran fundadas, se recogió para entrar 
en cuentas consigo mismo y hacer lo que él llamaba exa- 
men de conciencia. Esto no era otra cosa que descender 
al abismo profundo de su propia alma y pesar cuidado- 
samente los motivos de interés que debian inducirlo á se- 
guir tal ó cual linea de conducta. 

A pesar de su refinado egoismo y de su vanidad, que 
rayaba en insensata, el maestro Basilio tenia un verdade- 

28 



— 218— 

1*0 afecto á su liermano el herrero y á la familia de esté/ 
Aquel cariño, el único que se le conocia, era, decia él, 
su lado flaco; porque ¿quien es, anadia suspirando, el hom- 
bre tan perfecto que no tenga alguno? El odio que el bar- 
bero liabia concebido por el Priesídente, á quien tanto de- 
bia, no reconocía otro origen que la negativa de la en- 
comienda que Andrés solicitaba con tanto empeño; y la 
mayor parte de las intrigas peligrosas eu que andaba en- 
redado aquel astuto artesano, estaban intimamente rela- 
cionadas con esa malhadada pretensión. 

Asi, cuando Basilio Molinos llegó á persuadirse de 
que su sobrina, (él ignoraba como todos el secreto del 
nacimiento de Genoveva,) amaba al Visitador^ se puso á 
pensar muy detenidamente lo que? le correspondía hacer. 

— No hay duda, decia, esta muchacha esta tan ena- 
morada de ese señor como el tonto del capitán de la ra- 
paza de Jirón Manuel. El asunto es peligrosillo, porque, 
á la verdad, la distancia entre un oidor de México, que 
al fin y al postre ha de venir á parar en Presidente y 
Capitán general de Guatemala, y la hija de un herrero, 
es considerable. Pero como solia decir mi abuela, aba- 
janse los adarves y alzanse los muladares; y ¿quien dice 
que bien manejado este negocio, no pudiera venir á pa- 
rar en un matrimonio hecho y derecho como lo manda 
la santa madre iglesia? Cosas que parecian mas dificulto- 
sas se han realizado, y no seria el primer noble que se 
«asase con una plebeya. Hasta principes y reyes han to- 
mado por esposas personal de baja condición, según he 
oido decir al Padre Fr. Bonifacio. De las seis mugeres 
con quienes se casó aquel gran herejon Enrique VIII, di- 
ce el Padre que tres ó cuatro no eran princesas; y es- 
tos no son cuentos del rey Perico, sino cosas positivas 
que han pasado, por decirlo asi, ayer. Pues si un rey, 
aunque impio, hizo semejante cosa, ¿por qué no ha de ca- 
sarse un caballero, que después de todo no es un prínci- 
pe, con la hija de un herrero? Oh! y el golpe seria fa- 



— 219— 
moso, añadió el ambicioso viejo .entusiasmándose; iver á 
la hija de Andrés Molinos convertida en Visitadora de 
la noche á la mañana! ¡ Que gloria para mi familia y que 
golpe á los señorones que nos han visto de menos! Eh, eh, 
eh! Ello la muchacha es verdad que merece un trono; 
porque moza mas gallarda y mas discreta, no la hay en 
cien leguas á la redonda. Y, ó yo sé muy poco de estas 
cosas, ó el Visitador no la ve con malos ojos. Por algo 
se expuso á que lo aplastara el caballo del Alférez; y el 
empeño con que me ha preguntado después dos ó tres ve- 
ces por Genoveva, es indicio seguro de que le hace cos- 
quillas en el corazón. Pecho al agua, pues, Basilio, y va- 
mos trabajando para que el pez acabe de tragar el an- 
zuelo; que si esto se logra, ya no habrá mas que pedir. 

Hecha asi su composición de lugar, como él dccia, se 
encaminó á casa de su hermano, con el objeto de darle 
cuenta de su descubrimiento y de las grandes ventajas 
que se proponía sacar de él, en honra y prez de la fami- 
lia. Se le dijo al entrar que Andrés estaba encerrado con 
Fr. Pablo y que habia dado orden para que nadie los in- 
terrumpiese. Pero como tal prevención no podia enten- 
derse que comprendiera al maestro Basilio, este entró sin 
decir palabra y so dirijió á la sala donde estaban sus 
hermanos, reflexionando sobre si se explicarla ó no delan- 
te del lego. Conocía á este perfectamente; sabia que, á 
pesar de sus pocos alcances, le alhagaba la idea de que suí 
familia se engrandeciese, como que siempre habia apoya- 
do las pretensiones de Andrés en lo de la encomienda. 
Consideró que no faltarla ocasión en que el lego pudie- 
ra ayudar en algo á la consecusion de su objeto, y co- 
rno por otra parte le constaba que era reservado cuan- 
do convenia serlo, Basilio, que era hombre de resolucio- 
nes prontas, se determinó á poner á Fr. Pablo en la con- 
fidencia. 

Cuando entró el barbero, sus dos hermanos estaban 
inclinados sobre una mesa, cubierta con grandes volcnucá 



— 220— 

de granos de maiz. El herrero parecía muy empefiado en 
alguna operación que Basilio no pudo comprender de 
pronto y que el lego seguía con la ntayor atención. An- 
drés levantó la cabeza cuando oyó que entraba alguno^ 
y viendo que era su hermano, siguió diciendo: 

— Tenemos un mil y quinientos sesenta en cada día. 
Vamos á ver ahora cuanto es lo que debes; y continuó 
contando granos de maiz. 

Admirado el barbero, dijo á Fr. Pablo: 

— ¿Que diablos de cuenta es esa, Pablo? ¿Te has ro- 
bado los huevos de la despensa del convento y estas ave- 
riguando á cuanto monta lo que has de restituir? 

— Calla por Dios, contestó el lego afligido, que no 
son huevos, sino Padrenuestros y Avemarias los que debo; 
que ya no sé que camino tomar. Se me ha enredado esta 
maldita cuenta, y por mas que hago, ni atrás ni adelan- 
te; se me calienta la cabeza y no sé á punto ni cuantos 
he rezado ni los que estoy debiendo. 

— Acabáramos ya, contestó Basilio, riéndose; ¿toda- 
vía estamos en eso? 

— ¿Pues no hemos de estar?, dijo el lego. ¿Te pa- 
rece que es chanza una penitencia como esta? 

— ¿Y todo ese volcan, replicó el barbero, señalando 
imo de los montones de maiz, es lo.que estas debiendo? 

— Mas, mucho mas, contestó el desventurado Fr. Pa- 
blo, sollozando. Ahi está lo que he rezado, y aqui todo 
lo que me falta hasta ahora. No sé que hacer. 

— Pero hombre de Bacrabás, exclamó Basilio, no pue- 
de ser que se haya recargado tanto la deuda. Veamos. 

— La cuenta que yo saco, dijo el herrero, es muy 
clara. Dice Pablo que en un minuto reza dos Padrenues- 
tros y dos Avemarias, pues se le ha mandado que lo ha- 
ga despacio y pronunciando las palabras enteras y con 
toda claridad. Pongo, pues, dos maíces por minuto. Como^ 
la hora tiene sesenta minutos, pongo dos veces sesenta,, 
que son ciento veinte maices por hora. El diu tiene dc»ce 



— 221 — 
horas y la noche otras doce, que son veinticuatro. Pongo 
otros tantos maíces. Pero como Pablo duerme siete llo- 
ráis, las rebajo; media hora para almorzar, media para 
comer y otra media para cenar, es hora y media; y dos 
horas y media que dice perderá en responder á lo que 
le preguntan y otras distracciones indispensables, son cua- 
tro horas, que quitadas también de las veinticuatro, que- 
dan solo.... á ver. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. ... y con- 
tó hasta trece, número de granos que le quedaban, subs- 
traídos los once de las horas perdidas. En trece horas, 
añadió, no puede rezar Pablo, por mas que haga, mas que 
mil y quinientos sesenta, y esa era la cuenta que acaba- 
ba yo de hacer cuando entrastes, Basilio. Y como los Pa- 
drenuestros y Avemarias que deje de rezar cada dia, se 
agregan á la cuenta del siguiente, es menester averiguar 
cuanto es, á razón de once mil diarios, lo que deberá 
desde el 8 de diciembre, que comenzó á correr la peni- 
tencia, hasta hoy, que estamos á 28 de febrero. Has lle- 
gado, Basilio, muy á tiempo para ayudarnos. Coje tu vol- 
can de maiz y vamos contando. Uno, dos, tres, cuatro, 
cinco, seis .... 

— ¿Y no seria mejor y mas expedito, interrumpió 
el barbero, suplicar al Provincial que te peVdone ó con- 
mute esa endiablada penitencia, que no podrás cumplir, 
aun cuando vivas mas años que Matusalén? 

— ¡Perdonar, dices! conmutar!, contestó el lego; im- 
posible! El Padre Provincial no perdona jamas, y cuan- 
do se le pide que revoque una sentencia de esas, dice 
como Caifas, ó Heredes, ó no sé quien fué: Cod escris^ 
escris. Y ver, añadió el infeliz, llorando á lágrima viva, 
ver por lo que me ha caido esta pena; que si yo tal sé 
que sin necesidad de nada había de venir á saber quien 
era el huésped, seguío está que maldito el caso que hu- 
biera hecho de la tal carta. 

— Aqui viene como de molde, observó el barbero, lo 
que solia decir la abuela: de nuevas no os enredes, que 



— 222— 

hacerse han viejas y saberlas hedes. ¿ Conque salimos con 
que el huésped anda metido en lo de la penitencia? Eh, 
eh, eh!, y se rió, sin hacer caso del llanto del lego. 

— Pues no ha de andar, pecador de mi!, contestó 
¥i\ Pablo, si el haber querido ver una carta que el tal 
Don Juan le trajo al Padre, fué la causa de los once 
mil; y el andar de noche cerca de la celda que ocupaba, 
me proporcionó tantos dias de cárcel ! 

— Tá, iá] dijo el barbero, ¿conque asi anda el cuen- 
to? Pues entonces, en ti, Pablo, se ha verificado al pié 
de la letr-a lo que también acostumbraba decir la abuela, 
que quien acecha por agujero, ve su duelo. Pero no te 
aflijas, que Dios traza caminos rectos por lineas torcidas, 
y tal vez el que ha sido causa de tu desdicha, va á serlo 
de tu fortuna y la de toda tu casta. 

— ¿Como asi?, explícate, por Díof, dijo Fr. Pablo, 

— Tengo aqui, respondió el barbero, bajando lu voz 
y poniéndose el dedo en la frente; tengo aqui un pro- 
yecto, que si se realiza, no solo te se perdonará la peni- 
tencia, sino que podrá llevarte á ser Provincial; ¿que di- 
go?, hasta una mitra puede caerte del cielo, como llovi- 
da y sin saber á que horas. Y tú, Andrés, no tendrás 
ya que pedir á nadie encomiendas, que todo estará en 
tus manos; vendrás á ser Don Andrés de Molinos, hecho 
y derecho. Capitán, Alcalde mayor. Corregidor, Adelan- 
tado; ¿que sé yo?; lo que te dé tu regalada gana. 

El herrero y el lego abrian la boca desmesurada- 
mente oyendo lo que decia Basilio con tanta seriedad, y 
llegai'on á temer se hubiese vuelto loco. 

— Yo Provincial ! yo Obispo ! Andrés Corregidor ! 
Andrés Adelantado!, exclamaba Fr. Pablo; si tal cosa lle- 
gara á suceder, seria señal del juicio y pronto se nos 
acabarla el gozo. Pero aunque solo sea im dia, una hora 
que presida yo el coro, y después que se venga el mun- 
do abajo, si le da la gana. Por ver á Andrés con vara 
de justicia, rodeado de centenares de indios que vengan 



~22B— 
á pi*esentarle, hincados de rodillas, los cacaxtes de gallí- 
üas, los canastos de huevos, las partidas de cerdos y los' 
montones de dinero, daria yo por bien empleados los días 
de prisión y loS Padrenuestros, y mucho mas* que fuera* 
Pero una pequeña dificultad me asalta, añadió el lego, 
afligido, respecto á mi provincialato y á mi obispado, y 
es que todo el latin que yo sé es el de ayudar á misa, y 
tengo el casco muy duro para que pueda entrarme ol ar- 
te. ¿Que hacemos en esto, Basilio? 

— ■■ Con el de ayudar á misa, contestó eí barbero, te 
basta y sobra, si sabes aplicarlo á tiempo. Padres maes- 
tros y lectores he conocido yo que no sabian mucho mas 
que tú, y hacian creer que eran mejores latinos que Ci^ 
cerón, escupiendo textos delante de los que no los enten- 
dían, que daba gusto oirlos. La mitad del año, decia la 
abuela, con arte y engaño; con engaño y arte la otra me- 
dia parte. 

— Pero, al fin, dijo el herrero, veamos como ha de 
ser eso del obispado de Pablo y de mi corregimiento, 
que por mas que me devano los sesos, no hallo por don- 
de han de venirnos tales honras. Explicate, Basilio, y sá- 
came de dudas. 

— El cómo y el por donde han de veniros esas di- 
chas, respondió el barbero con misterio, es un secreto de 
Estado, que voy á fiar á vuestra prudencia y discreción, 
dándoos en esto una nueva prueba del grande amor que 
os tengo. Estadme atentos. 

El herrero y el lego estaban pendientes de las pala- 
bras de su hermano, conteniendo hasta el aliento, para 
no interrumpir su relación. 

— Habéis de saber, hermanos, continuó el barbero, 
que asi como se cuentan muchas historias estupendas de 
calamidades y desdichas que han llovido sobre las fami- 
lias y sobre los pueblos, y de las cuales han sido causa y 
origen las mugeres, ha habido de tiempo en tiempo algunas 
de estas, aunque raraS; que han sido la alegría de los 



' 224--. 

SUJOS y las salvadoras de su gente. Tú, Andrés, tieheá 
•aqui en tu casa, bajo tu propio techo, un riquísimo teso- 
ro, del cual quizá no haces todo el aprecio que debieras, 
y que ahoya tengo para mi va á ser el fundamento de la 
verdadera grandeza de la' familia. 

— ¿Que tesoro?, ÍLterrumpió el herrero, alarmado, 
temiendo que aludiera Basilio al del cofrecillo de la ma- 
dre de Francisco; yo nt» tengo mas, (y harto lo sabes tú) 
que mis ahorros de cuarenta años de trabajo. 

— No hablo de eso, continuó el barbero, sino de tu 
hija Genoveva; tesoro de mas valor y precio que la pla- 
ta y el oro y los diamantes. Por ella te va á venir la 
dicha; pues sabe, si es que no lo has advertido, que esa 
joven ha encendido en amor el corazón de un señor muy 
poderoso; tan poderoso, que puede obtener para ti y pa- 
ra Pablo los honores que he dicho y otros mas, si los 
hubiera. 

— No acierto, dijo el herrero; pero.... ¿será posible? 
¿Quieres decir que el Visitador ama á Genoveva? ¿Como? 
Eso no puede ser; y si es asi, no .será seguramente el 
proporcionar honra á mi familia, sino todo lo contrario lo 
que buscará ese caballero. lY por vida de lo mas sa- 
grado, que antes pasará sobre mi cadáver que ver yo 
deshonrada á Genoveva, la hija de mi almal A ese precio, 
no quiero ser nada. ¿Lo entiendes? 

El herrero lanzaba fuego por los ojos, y el barbero, 
sin alterarse, le contestó con la mayor calma: 

— Bien decia la abuela, que ira de hermanos, ira 
de diablos. Mira como te ha dado el berrinche contra mi 
por lo que yo no te he dicho ni imaginado siquiera. jQue 
deshonra ni que calabaza! ¿quien habla aqui de deshon- 
rar á tu hija? Responde, viejo testarudo; ¿quieres que Ge- 
noveva pase de hija de un herrero á esposa legitima de 
un Visitador, que está á dos dedos de ser Presidente y 
Capitán General de un reino? ¿si ó no? 

— ¡Esposa del Visitador! exclamaron á un tiempo el 



— 225— 

kéti'eró y el lego. Imposible! 

— No hay imposible cuando se saben manejar las eo* 
sas, contestó Basilio con énfasis. Amor ni cata linage, 
ni fé, ni pleito homenage, decia la abuela. Que Don Juan 
se ha aficionado á tu hija, lo ven hasta los ciegos; y si 
no, í,crees tix que se habria arrojado por antojo á sacarla 
de entre los pies del caballo del Alférez, exponiendo él 
mismo su vida? A otro perro con ese hueso* Ahora todo 
el toque del negocio está en que Su Señoria^ enamorado 
hasta los tuétanos, no tenga mas arbitrio para poseer á 
la muchacha, que aflojar los cinco. Eso corre de mi cuen- 
ta; dejadme manejar las cuerdas y no me llamo Basilio, si 
no nos salimos con la nuestra. 

— Pero ¿has pensado bien, Basilio, preguntó Andrés, 
en que semejante alianza seria considerada como un es- 
cándalo? Aunque no me esté bien á mi el decirlo, Ge- 
noveva es una perla preciosisima, y muchas de las hijas 
de las mas encopetadas señor onas no le llegan al talón. 
Pero ¿que quieres? Es hija de un artesano; y.... 

— ¿Y que importa?, interrumpió el barbero. Linages 
muy ilustres no han tenido tal vez mejores principios; el 
nuestro empezará en nosotros y de aqui á algunos años, 
cuando nos vean ricos y poderosos, ¿quien se acordará de 
lo que fuimos? Dejemos padres y abuelos, solia decir la 
finada, y por nosotros seamos buenos. No será el primer 
matrimonio desigual, y una vez hecho, no tendrán mas 
que conformarse y tragar la pildora. Tu hija será Dña. 
Genoveva, la Visitadora, la Presidenta, ó la Vireina tal 
vez; tú Don Andrés, el Adelantado, y Pablo el Provin- 
cial ó el Obispo; y reviente quien reventare. 

— ¿Y tú, dijo el lego que serás? 

— Yo, contestó Basilio, seré. . . . nada; lo mismo que 
soy ahora; el maestro Basilio Molinos, barbero y peluque- 
ro, sangrador y saca-muelas. Gracias á Dios no tengo 
pizca de ambición, y si empleo mi corto ingenio en dis- 

29 



— 226— 

Cürrir cosas grandes, no es por mi persona, sino por mis' 
deudos. Contando, añadió para ¡sí, con que tendré á mis 
iSrdenes á la Visitadora, al Adelantado j al Obispo. 

Andrés y Pablo derramaban lágrimas de alegria, y 
veían ya como realizados los planes del barbero. El uno 
y el otro le manifestaron su gratitud en los términos mas 
expresivos, y el sensible y tierno Basilio se estregaba el 
ojo, como para secar una lágrima, que le arrancaba sin 
duda la emoción. Después de un rato en que no se oyeron 
mas que sollozos, dijo Basilio: 

— No somos niños; tengamos valor para .las prospe- 
ridades como para la adversa fortuna, y vamos trabajan- 
do, cada uno en lo que nos toque, hasta ver realizados 
nuestros proyectos. Yo me entenderé con Genoveva y con 
el Visitador; tú, Andrés, informa con cautela y bajo to- 
da reserva á tu muger del plan que traemos entre ma- 
tios, á fin de que nos ayude en lo que se nos ofrezca; 
y en cuanto á Pablo, no faltará en que pueda cooperar 
mas adelante, y por ahora que se limite á pedir á Dios 
en sus oraciones que encamine las cosas á buen término. 

— ¿Que tengo do pedir, pesia á mi, contestó el lego, 
si me veo y me descepara cumplir la penitencia do los 
once piil? ¿Que tiempo me queda ni para rascarme la ca- 
beza, cuando lo tengo tasadisimo para comer y lo demás 
lo empleo en el rezo? 

— Es verdad, dijo el barbero riéndose; no me acor- 
daba ya de que por ahora no hay que contar contigo pa- 
ra nada. Te prometo, Pablo, que uno de los primeros fa- 
vores que ha de dispensar la Visitadora, será el hablar 
al Provincial para que te dé por libre y quita de los 
Padrenuestros atrasados y te conmute la pena con un 
golpe de pecho ú otra cosa semejante. 

— Si para allá me las guardas, replicó el lego, antes me 
consumiré rezando. Mira ese volcan de maiz, que creo bien 

T^odran ser dos hanegas, y hazte cargo délo que ya debo^ 



— 227— 

— Podemos, dijo el herrero, concluir la cuenta. Deí?- 
<de el 8 de Diciembre hasta hoy 28 de Febrero, han cor- 
rido. ... á ver; (y después de haber contado muy despa- 
cio, añadió:) ochenta y dos dias. A razón de once mil 
Padrenuestros con sus correspondientes Avemarias dia- 
rias, hacen .... (y fué echando granos y granos de maiz 
liíista formar un enorme montón.) Son, dijo, nuevecientos 
y dos miL 

— Virgen de los desamparados! exclamó el lego, ¿cuan- 
do voy á rezar yo tantos miles? 

— Aguarda; replicó el herrero, que hay que rebajar 
los que has rezado. Dices que son un mil y quinientos 
sesenta diarios; y como son ochenta y dos dias, vamos á 
ver de cuanto te has descargado. 

Dicho esto, emprendió la tarea de quitar del montón 
ciento veintiséis mil novecientos veinte maíces, que era el 
número de Padrenuestros y Avemarias rezados; y visto 
lo que quedaba, dijo: 

— Tu deuda asciende, pues, hasta hoy, á setecientos 
setenta y cinco mil y ochenta. 

Fatigadisimo quedó el pobre contador, después de 
aquella endiablada operación, que le habia ocupado lo me- 
nos tres horas. Pero el cansancio físico del herrero era 
nada, comparado con el abatimiento moral que causó al 
desventurado Pr. Pablo el resultado de la cuenta. 

— ¡Mas de setecientos mil! decia todo atribulado; ¡des- 
agraciado de mi, que tendré que rezar hasta la consuma- 
ción de los siglos! Esto es matarme; mas caritativo seria 
el condenarme á la horca, ó aun cuando fuese á ser que- 
mado á fuego lento. Si al menos el Padre Provincial qui- 
siese consentir en que se repartiera la penitencia por mi- 
tad entre tú y yo, Basilio, creo que no serias tan caribe 
que me dejaras en el arranque. 

— Esa es otra, replicó el barbero;, para penitencias 
estoy yo,, que no me veo de polvo con todo lo que tengo 



— 228— 
entre manos. Mira, Pablo, sigue mi consejo y no seas ma- 
jadero; reza lo que buenamente puedas, y lo que no, de- 
jalo estar, que á bien que al fin y al fallo tu sobrina te 
ha de sacar el pié del lodo, cuando se haya casado con 
el Visitador. Que te ha de venir la mitra, puedes contar- 
lo por seguro, pues otras cosas tienen duda, pero no ésta. 
Conque asi, hijo mío, echa pelillos á la mar, como decía 
la abuelita, y ve ensayándote con tiempo para que cuando 
llegue el caso, digan todos que te viene como de molde 
la dignidad episcopal. 

— Si haré, contestó Fray Pablo, mas consolado ya 
con las seguridades que le daba el barbero, y ya verás 
si lleno el puesto como el mas pintado. 

Asi concluyó la conferencia de los tres hermanos^ 
quedando el lego y el herrero casi locos rematados, tan 
seguros estaban el uno de que vendría á ser Obispo y 
el otro Adelantado, ó Corregidor cuando menos. Fr. Pa- 
blo se marchó al Convento, donde se pudo advertir des- 
de luego la importancia y el tono que se daba, aunque na- 
die sabia á que atribuir tan súbita mudanza. Por las no- 
ches, cuando ya estaba recogido el Provincial, levantába- 
se el lego sin hacer ruido y se entretenia en fabricar una 
mitra con unos pedazos de cartón que pudo procurarse^ 
y que forró con oropel y esmaltes. 

Una noche de tantas, el superior, que no podia con- 
ciliar el sueño, pensando en la grave enfermedad del Sr. 
Obispo de Chiapa, tuvo la idea de salir á pasearse por el • 
corredorcillo que separaba su celda de la de su lego, pa- 
ra tomar un poco el fresco. Llamóle la atención el ver 
luz en la habitación de Fray Pablo, por las rendijas de 
la puerta. Acercóse de puntillas y aplicando el ojo á la 
cerradura, se quedó pasmado al ver dibujarse en la pared 
los perfiles de una mitra. No divisaba al lego, porque no. 
quedaba en la dirección del ojo del Provincial; y asi, no 
hallaba «í que atribuir tan extraña visión. Al pronto ima- 



229 

jinó el bueno del religioso que aquella mitra que le pa- 
recia ver no era sino una creación de su propia fanta- 
sía, que le representaba el objeto que de preferencia la 
ocupaba; pero observando mejor, vio moverse la sombra 
negra, y no le cupo ya la menor duda de que no era una 
ilusión de sus sentidos, sino el trasunto fiel de una mi- 
tra lo que veía. A poco vio una mano que tomó la insig- 
nia episcopal y la levantó en alto, dejando descubierta 
la cabeza monda y lironda de Fr. Pablo. El Provincial 
estuvo á punto de dejar escapar un grito de indignación 
y de cólera y pensó en echar abajo la puerta de un pun- 
tapié; pero un sentimiento de verdadera y sana filosofía, 
que brotó repentinamente en su espiritu, dominó aquel 
impulso. Observó en la pared las líneas de la cabeza del 
lego que parecían revelar la estupidez y la vulgaridad que 
ee aposentaban debajo de aquel cráneo, y exclamó soii- 
riendose: 

— / Tú quoque ! \ Válame Dios I Bien dicen que á na- 
die le. pesa haber nacido ! En seguida el superior se en- 
cerró en su celda y jamas dijo á Fr. Pablo haber visto el 
extraño entretenimiento á que se entregaba en las altas 
horas de la noche. Continuó, pues, el infatuado lego con- 
templando su cabeza con aquel aditamento, y gozando 
con la ilusión de que era realidad aquella dicha, que, co- 
mo otras muchas de la vida, no pasaba de una pura som- 
bra. 



— 230— 




CAPITULO XVII. 



Velorio^ Cencerrada y Serenata. 



UANDO el capitán Peraza hubo obtenido del Con- 
de la formal promesa de que apoyaria sus preten- 
siones á la mano de Dña. Margarita Jirón, si el 
padre de Don Luis no contestaba á la última carta que 
se le había dirijido, ó respondía á ella negativamente, re- 
cobró su buen humor y su alegría, estando seguro de 
que no llegaría tal respuesta. Siguiendo las pérfidas indi- 
caciones del barbero, Don Fernando se mostró cada día 
iQas asiduo en casa de Jirón, cuidando siempre de que 
Don Luis no advirtÍJ3se la traición que le hacia. Los ren- 
didos obsequios de aquel mozo atolondrado no fueron par- 
te á vencer la repugnancia que Dña. Margarita sentía 
por él; y sus continuas importunidades estrechaban mas y 
mas los lazos que la unían á Don Luis. La consideración 
al Presidente y el temor de que se produjese un desa- 
grado serio y de funestas consecuencias entre los dos ami- 
gos, hicieron que la joven continuase guardando absoluta 
reserva respecto á la conducta de Peraza, quien volvió á 



— 231— 
parecer estrechar su intimidad con Melian. La pasión ó 
el capricho que habia concebido el capitán acallaba sus 
escrúpulos y ofuscando su razón, no le permitía ver to- 
do lo que habia de impropio y de irregular en su con- 
ducta. Descansando en la confianza de que Jirón no se 
negaría á la mas ligera indicación de su padre y de que 
la joven no se atrevería á resistir á la voluntad de éste, 
contaba ya con la seguridad de que se efectuaría aquella 
bodaj en todos conceptos ventajosa. Don Femando dio 
pues, de nuevo rienda suelta á sus inclinaciones; se hizo 
el gefe de una pandilla de jóvenes alegres y pasaba sus no- 
ches y aun una buena parte de sus días en sociedad con 
mozas de conducta libre, haciendo su principal entreteni- 
miento del galanteo, el juego y los licores. Harto ocu- 
pado con los asuntos políticos, que presentaban cada día 
peor aspecto, el Conde no cuidaba de la conducta del 
capitán; y en su retiro, ignoraba el peligroso empleo que 
Don Fernando hacia de su tiempo en la ciudad. El ojo 
atento del Visitador seguía los movimientos de aquel jo- 
ven, y sin darse por entendido de lo que ocurría, toma- 
ba nota escrupulosamente de los escándalos en que an- 
daba mezclado el nombre del hijo del Presidente. El bar- 
bero, instigador constante de aquellos desmanes^ daba 
cuenta exacta de ellos al Juez de residencia. 

Un día, á las nueve de la mañana, el maestro Basi- 
lio afeitaba al capitán, que estaba de mejor humor que 
de costumbre, porque conversando con el Conde la noche 
anterior, le habia este reiterado la oferta de arreglar su 
matrimonio, transcurrido el plazo de los dos meses para 
esperar la carta del padre de Don Luis. El barbero se 
disculpaba por haber llegado una hora después de lo acos- 
tumbrado y decía: 

— No ha estado en mi mano, señor caballero, el ser 
hoy mas puntual. Pero, ¿como ha de ser?; es necesario 
que uno haga aquí de todo: cantar la misa y andan la 



1^;^2— 



proóesion, como deoia la abuela. Los pobres no tíenerif 
para pagar cirujanos y 3^0 debo hacer el oficio de estoa 
en los barrios. 

— ¿Y qué?, contestó Don Fernando, ¿has tenido qne 
anaputar alguna pierna, ó has servido de comadrón á al- 
guna de tus vecinas? ¿En que clase de operación te ha3 
entretenido tanto tiempo? 

— No ha sido ninguna de esas que decís; se trata- 
ba de ver si se hacia volver á la vida á una muchacha 
de quince años, hija de una pobre y muy honrada viuda 
de mi barrio, que murió hace dos horas de un terrible 
ataque á la garganta. Me llnmaron muy tarde, pues aun- 
que todavía respiraba, con unas cuatro sangrías' que le 
apliqué, solo se logró que la pobrecita muriese tranquila'. 
Eh, eh, eh!, señor caballero; ¿que fuera de los miserables 
sí no hubiera cristianos como yo, que curan solo por csú- 
ridad y recibiendo lo que buenamente les dan? 

— Morirían sin sangrias, contestó el capitán; y tai 
vez no tan pronto como en tus manos. 

— Por muchos que yo despache, señor caballero, re- 
plicó Basilio riéndose otra vez, siempre me irevarán ven- 
taja ios doctores. Pero, por lo que hace á mi enfermitá 
de hoy, no me remuerde la conciencia; que como decia la 
abuela, en mal de muerte no hay médico que acierte. La 
difunta está ya juzgada de Dios y la familia queda dis- 
poniendo el velorio. 

— Y qué es el velorio ?, preguntó el capitán. 

— ¿No sabéis lo que es un velorio? Es una reunión 
en que se bebe, se canta y se baila, velando á algún di- 
funto. Digoos, señor caballero, que pocas fiestas hay tan 
alegres 7 divertidas como esas. 

— 1 Vive Dios, que en todas las tierras que he cor- 
rido no he visto una costumbre semejante, y que me gus- 
taría ver un velorio! 

— Es lo mas fácil, y si Yuesa Merced gusta, yo 



— 233— 

vendré á buscado como á las ocho, pues ya á esa hora 
estará el gaudeamus en sa punto. La viuda, está muy re- 
lacionada y no faltarán todas las mozas bonitas del barrio. 

— Te aguardo, contestó el capitán; avisaré á cinco ó 
seis de mis amigos y pasaremos la noche alegremente. 

Despidióse el maestro Basilio y se fué en derechura 
á casa de la viuda» á dar aviso del honor inesperado que 
se preparaba á la familia y á hacer que se dispusiese 
lo conveniente para obsequiar á los jóvenes caballeros quo 
asistirían al velorio. La pobre muger salió á empeñar las 
íiltiraas prendas que poseía, á fin de costear música y li- 
cores y pasó en seguida á convidar á la flor y nata de 
las bellezas del barrio. Don Fernando por su parte dio 
cita á seis ú ocho de los mas calaveras de sus camaradas, 
que se prestaron de muy buena gana á participar de la 
fiesta. 

Llegada la noche y la hora señalada, se presentó 
Basilio en casa de la viuda con la pandilla que capita- 
neaba el aturdido capitán. El cadáver de la pobre jó- 
ven^ á quien las sangrias del barbero-cirujano habian alla- 
nado el camino de la eternidad, estaba tendido en me- 
dio de la salita, que iluminaban cuatro velas de cera 
amarillenta. En un rincón, cuatro músicos templaban los 
instrumentos; en una de las cabeceras estaba una mesa 
pequeña cargada de botellas y en unos pobres bancos de 
pino sin pintar se veian unas ocho ó diez mugeres jó- 
venes, bien parecidas casi todas, pero marcadas con ese 
sello que el vicio imprime indefectiblemente en sus vícti- 
mas. El capitán retrocedió dos pasos y sintió que el co- 
razón le flaqueaba ante aquel espectáculo. La fria y solem- 
ne magostad de la muerte tiene algo que impone aun á 
los mas osados. Aquel cadáver lívido, que iba á presidir 
una fiesta, impuso respeto á Don Fernando, cuya depra- 
vación aun no había llegado á ese repugnante cinismo 
que se burla de todo lo que hay de sagrado y respeta- 
ble sobre la tierrra. El joven f^e disponía á dar la vuelta 



— 234— 
y salirse de aquella casa sin decir palabra; pero el de- 
monio tentador que lo arrastraba al abismo y que habla 
tomado la forma del malvado . barbero, se le acercó, adi- 
vinando lo que pasaba, y asiéndolo por un brazo, le dijo: 

— ¿Tembláis, señor capitán, como un chiquillo, á la 
vista de un muerto? Yo os creia mas animoso. Apenas 
habrá un solo artesano en la ciudad que no haya asistido 
á un velorio; y sin embargo, estos señores podrán decir 
mañana a sus amigos que el capitán Peraza tuvo miedo 
á un cadáver. 

— ¡Eso no! Voto á briós!, exclamó Don Fernando; 
nadie podrá decir que yo tuve miedo lamas á vivos ni á 
muertos. ¡Vive Dios que si se ha de dar esa interpreta- 
ción á la repugnancia que me inspira el espectáculo que 
nos rodea, que pase yo aqui tres dias y tres noches si 
fuere necesario, hasta que ese cadáver sea presa de la 
corrupción ! ¡ Miedo !, miedo yo ! Por Satanás ! Vamos dan- 
do principio á la fiesta. 

El capitán, que parecía sacudido por una violenta agi- 
tación nerviosa, se dirijió á la mesa donde estaban los li- 
cores; vació la mayor parte del contenido de una bote- 
lla en un vaso, y después de habérselo echado á pechos, fué 
á tomar por compañera de baile á la moza mas bonita 
de las de la reunión. Siguiendo el ejemplo del calavera^ 
los demás jóvenes señores elijieron sus parejas; los mú- 
sicos hicieron sonar los instrumentos y comenzó^ al rede- 
dor del cadáver, una danza que tenia algo de diabólico. 
La madre lloraba de vez en cuando; pero secaba sus lá- 
grimas la idea del ruido que aquel velorio iba á hacer 
indudablemente en todo el barrio. 

La tiesta continuó durante toda la noche; deslizándo- 
se las horas con rapidez para aquellos jóvenes atolon- 
drados, que gozaban, ó creian gozar con las conversacio- 
nes libres, los licores, el baile y un amor facticio. El bar- 
bero, sentado en un rincón de la sala, era el mal genio 
que presidia aquella bacanal y que se había reservado el 



— 235— 
cargo de cuidar de que no desmayase el brio de los dan- 
zantes. Hacia que menudeasen las libaciones, y cargaba 
la mano de preferencia á Don Fernando. Al ver á aquel 
viejo de fisonomía burlona y de sonrisa satánica, exal- 
tando con el licor y con las adulaciones al capitán Pe- 
raza, cuyos ojos arrojaban fuego y de cuyos labios se es- 
capaban apenas algunas palabras entrecortadas, se habría 
creido ver al diablo, cuando bajo la figura de Mefistófe- 
les, conduce al Dr. Fausto, en el terrible poema de 
Goethe. 

A las cuatro y media de la madrugada, la fatiga 
física agotaba ya las fuerzas de aquellos desalmados; las 
velas de cera que alumbraban el cadáver estaban para ex- 
tinguirse, y su luz. palidecía ante la claridad de la maña- 
na, que comenzaba á penetrar por las ventanas, que se 
habían dejado abiertas. Basilio se acercó al capitán, que 
rendido de fatiga, y casi completamente borracho, acaba- 
ba de echarse en uno de los bancos de pino que hacían 
veces de sofaes, y le dijo al oido: 

— Ya que habéis visto lo que es un velorio, señor 
Don Fernando, parece que irá siendo hora de que nos 
retiremos; esto es, si no preferís ei ir, antes de que acabe 
de amanecer, á festejar con la música á algunos señores á 
quienes fuera bueno obsequiar. Creo que una serenata al 
Sr. Visitador podría ser bien recibida y abrir camino á 
una reconciliación. 

— ¡Por vida de Baco!, exclamó el capitán, levantán- 
dose, que la idea es sublime y no dejaré de aprovechar- 
la. Vamos ahora mismo a obsequiar al Sr. Visitador; pe- 
ro, como tengo no sé que barruntos de que Su Señoría no 
ha de ser muy entendido en esto de música, creo que lo 
mejor será darle una serenata con los instrumentos des- 
templados. ¡Ea, caballeros!, añadió alzando la voz y di- 
rigiéndose á sus camaradas; los que quieran venir á dar 
una cencerrada al Sr. Visitador, Lie. Don Juan de Ibar- 
ra, que me sigan. 



— 236— 

— Yo voy, dijo uno; y yo, añadió otro; y yo, y yo, 
fueron diciendo los demás, levantándose para seguir á 
Don Fernando. 

Tomaron los sombreros y las capas, se despidieron 
de las mozas y Don Fernando dejó caer un bolsillo lleno 
de monedas de oro en las manos de la madre de la des- 
<lichada joven, cuyo frió cadáver habia sido profanado, 
haciéndolo testigo mudo de una orgia. Hicieron salir á 
los músicos y en alegre algazara, se dirigieron al barrio 
de Santo Domingo, donde, como ya hemos dicho, estaba 
la casa que ocupaba el Visitador. Al llegar delante de 
los balcones, Don Fernando dijo á los músicos que desa- 
finasen los instrumentos. Los pobres hombres, compren- 
diendo la gravedad del insulto, vacilaban en obedecer; 
pero Don Fernando y sus compañeros pusieron mano á 
las espadas y juraron que los atravesarían de parte á 
parte, si no hacian lo que se les mandaba. Fué necesario 
dar gusto á aquellos energúmenos, dejando toda la res- 
ponsabilidad del hecho al hijo del Sr. Presidente y á sus 
camaradas. Al rato aturdian el barrio los acentos dis- 
cordes de la cencerrada, y algunos vecinos, espantados, 
asomaban á sus balcones y se hacian cruces, al conven- 
cerse de que aquel insulto iba dirigido al Sr. Visitador. 
La cortina que cubria una de las ventanas de la casa se 
levantó apenas en uno de los extremos y dejó ver un ojo 
que examinó detenidamente á los del grupo. Nadie advir- 
tió aquel incidente, á no ser el barbero, que, por precau- 
ción, embozado hasta el ojo y con el sombrero hasta las 
cejas, se habia situado en el hueco de la puerta de una 
casa algo distante; pero desde la oual veia perfectamente 
los balcones de la de Don Juan. La cortina volvió á caer, 
después de un rato y no se advirtió en la casa el mas 
ligero movimiento. 

Cansados de la broma, el capitán y los que lo acom- 
pañaban dispusieron retirarse, y el barbero fué siguién- 
dolos á cieria distancia. La turba de mo:íos imprudentes 



— 237— 
ceíeÍTjraba la burla andnz que acababan de hacer á aquel 
hombre temible y n<i se fijaban HÍquiera en las consecuen- 
cias que pudiera tener, tal era el estado de sus cabezas- 
Cuando hubieron caminado dos cuadras, se detuvo Don 
Fernando, y dijo: 

— Ya que hemos festejado al Juez de residencia, co- 
mo Su Señoría lo merece, creo que está en el orden que 
yo no vaya á recogerme, sin que obsequiemos con un rato 
de música y canto á la perla de las bellezas guatemal- 
tecas, á Dña. Margarita Jirón. Espero, pues, de la corte- 
sía de los que me escuchan, que nadie se negará á acom- 
pañarme. ^ 

— Por el contrario, dijo uno de tantos, pienso que 
todos iremos con el mayor gusto á rendir ese homenaje 
á la hermosa Dña. Margarita, á la futura esposa del bra- 
vo caballero Don Luis Melian. 

El capitán se mordió los labios, y dando orden á los 
músicos para que volviesen á arreglar los instrumentos, se 
encaminaron todos hacia la casa de Jirón. 

En tanto que Don Fernando y su pandilla van á ha- 
cer aquella nueva locura, permítannos nuestros lectores 
que los dejemos por un momento y hablemos de otro de 
los personages principales de esta historia, en quien hasta 
ahora nos hemos ocupado muy poco: el hijo adoptivo del 
njaestro Andrés Molinos. 

¡ Cuan diferente de la del díscolo capitán, era la vi- 
da que llevaba el infeliz herrero que habia consagrado 
á Dña. Margarita Jirón un amor tan profundo y tan sin- 
cero como destituido de toda esperanza! Francisco Moli- 
nos sentía hervir en sus venas la sangre ardorosa del atre- 
vido aventurero ingles, mezclada con la no menos vivida 
de la ardiente española que lo habia nutrido en su seno. 
Estaba en esa edad en que las pasiones se enseñorean 
del corazón con absoluto imperio; amaba por la primera 
vez; es decir que amaba real y verdaderamente; porque 
las ilusiones que suelen agitar el alma de los que ya 



— 238— 

amaron, no son, con muy raras excepciones, sino pálidas 
destellos de un fuego que se extinguió para ño volver á 
encenderse jamas. 

El hijo adoptivo de Andrés Molinos recordaba como 
un sueño confuso los dias de su niñez; la expresión in- 
quieta del rostro de su madre, y á un hombre de aspec- 
to severo, á quien veia por breves instantes, en algunas 
noches tempestuosas, cuando rujia el viento y el mar em- 
bravecido azotaba con violencia la desierta playa. Aun 
no se hablan borrado de su memoria unas pocas palabras 
de un idioma extraño, cuyo sentido no alcanzaba á com- 
prender y que por lo p:iismo tal vez se habían grabado 
con mas fuerza en su imaginación. No habia olvidado 
tampoco la dolorosa agouia de su madre y las circuns- 
tancias que acompañaron á su eterna separación en esto 
mundo. Todo esto se representaba á Francisco como en- 
vuelto en sombras; y naturalmente retraido y taciturno, 
jamas habia querido hacer la mas lijera pregunta sobre 
aquellos sucesos al único que pudiera revelarle el secre- 
to de su origen, á su padre adoptivo. Lo amaba y res- 
petaba, porque lo habia recogido, huérfano y desamparado, 
y sus sentimientos generosos lo hacian olvidar el origen 
interesado de aquella protección. 

Sin embargo; cuando Francisco Molinos media la dis- 
tancia que la suerte habia puesto entre él y la muger á 
quien adoraba, habria dado la mitad de su vida, por des- 
cubrir el verdadero nombre y la condición de aquellos á 
quienes debia el ser. Muchas veces estuvo á punto de 
echarse de rodillas delante del herrero y suplicarle le di- 
jese quienes eran sus padres; pero la idea de desagra- 
dar al anciano impuso silencio al natural deseo de aquel 
desventurado. Francisco encerró, pues, en lo mas intimo 
de su corazón el doloroso secreto de su amor á Dña. Mar- 
garita; amor que habia llegado á ser una especie de cul- 
to; tan tierno, tan ideal y tan desinteresado, como que 
descansaba en la convicción de la imposibilidad de obte. 



— 239— 

"úer nhigun. géüero de recompensa. 

Todos los dias, á las cuatro y media de la mañana^ 
salia Francisco de su casa para ir á la herrei-ia y pre- 
parar la fragua, á fin de que cuando llegasen los oficiales, 
estuviese todo listo para los trabajos» Nunca faltó el la- 
borioso y honrado artesano al cumplimiento de aquella 
obligación; y el taller del maestro Molinos era el prime- 
ro que se abria en la calle ancha de los herreros. Fran- 
cisco pasaba por delante de los balcones de la casa de 
Jirón Manuel y tenia costumbre de detenerse un cuarto 
de h^ra; oculto en el hueCo de una puerta, dirijiendo una 
mirada melancólica á una ventana del segundo piso, guar- 
necida con una cortiüilla color de rosa. Á las cinco me- 
nos cuarto se levantaba aquella cortina y se veia, detras 
de los cristales, el rostro angelical de Margarita, que se 
detenia un momento á contemplar el magnifico horizon- 
te de carmin y gualda que se extendía delante de sus 
ojos. Aquel tierno y delicado acecho era cuanto se .per- 
mitía el desdichado amante, y jamas faltó á la hora en 
que se descorría aquella cortinilla. Francisco habia apren- 
dido á leer en la expresión de la mirada de la joven las 
impresiones de su espíritu, y desde el punto donde la 
contemplaba oculto, adivinaba todas las mañanas los en- 
sueños, ya placenteros, ya atormentadores, que habian 
ocupado su imaginación en la noche precedente. 

En la mañana que siguió á la noche del velorio á 
que concurrieron el capitán Peraza y sus amigos, esta- 
ba Francisco, poco antes de las cinco, en el sitio desde 
el cual acostumbraba dirijir su cuotidiano y silencioso 
saludo á la muger á quien idolatraba. Acababa de levan- 
tarse la cortina del balcón de Dña. Margarita, y la jo- 
ven contemplaba con una mirada triste la atmósfera ba- 
ñ£ida apenas por la incierta y tembladora luz de la albo- 
rada. El corazón del pobre herrero latia con violencia; 
pues leía, como en las mañanas precedentes, en los ojos 
llorosos de Dña Mvirgarita, los padecimientos de su alma. 



— 240-- 

La joven Iba íí retirarse del balcón, cuarrelü 0}f> en la f»' 
lie, á poca distancia de su casa, unas voces alegres y de»- 
compasadas que llamaron su atención, y quiso averiguar 
Jo que las motivaba. El herrero laa escuchó también y 
vio que partían de un grupo como de diez ó doce hom- 
bres que se acercaban á la casa de Jirón. Francisco se 
embozó en su capa, bajó su sombrero hasta los ojos y .se 
apoyó en un fuerte y pesado garrote, única arma que acos- 
tumbraba llevar cuando iba á la herreria. Acercábase la 
partida de alegres, y luego pudo advertir el herrero que 
tenian algunos de ellos instrumentos de música. Por las 
voces, por las carcajadas y por la poca seguridad de 
BUS pasos, se dejaba ver que aquella era alguna pandilla 
de jóvenes ligeras de cascos, que se retiraban después de 
haber pasado la noche divirtiéndose. Molinos creyó que 
pasarían de largo y su único cuidado fué ocultarse pa- 
ra que no lo viesen. Pero se sorprendió al advertir que 
Be detenían delante del balcón de Df>a. Margarita. Quiso 
ver lo que hacían, resuelto á defender á la joven señora 
de cualquier insulto, aunque conoció por los trages que 
los de la partida eran sugetos de calidad. Uno de ello», 
que por lo vacilante de sus pasos parecia aun mas ebrio 
que los demás, levantó la cabeza, como queriendo reco- 
nocer la casa. Luego tomó una guitarra de manos de otro 
de sus compañeros y con la voz balbuciente y destem- 
plada de un borracho, comenzó á cantar el siguiente ro- 
mance: 

— "Escúcheme, reina mia^ 
Asi Dios le dé salud; 
Le cantaré una letrilla. 
En templando mí laúd. 
Quiero, señora, que entienda 
Que en mi tierna juventud 
Me doy, no á vicios, como otrosy 
Sino á seguir la virtud.'^ 



— 241— 

Dona Margarita^ al escuchaí aquel cantOj corri(^ la^ 
cortinas de su ventana y desapareció. El herrero sentia 
que la sangre hervia en sus venas y se esforzaba por re- 
portarsej hasta ver en qué paraba todo aquello. El destem- 
plado cantor continuó, variando letra y músicaj entonan- 
do los siguientes no muy bien medidos versos í 

— "Zagaleja del ojo rasgado, 
Vente á mi que no soy toro bravo. 
Vente á mi, zagaleja, vente, 
Que adoro las damas y no mato la gente, 
Zagaleja del ojo negro, , 

Vente á mí que te adoro y te quiero» 
Dejaré que me tomes el cuerno 
Y me lleves si quieres al prado: 
Vente á mi, que no soy toro bravo."- 

Un coro general de carcajadas de los de la pandilla 
eelebró la canción. 

Francisco Molinos no fué dueño de dominaí su im- 
paciencia, al oir aquellas descompuestas coplas, cantadas 
por Un borracho, dirijidas al ser cuasi divino á quien él 
osaba levantarse apenas con el pensamientOé Salió de su 
escondite y avanzando hacia la turba descreida, dijo: 

— Me parece, caballeros, que os habéis equivocadOé 
No es hacia esta parte á donde caen las habitaciones de la 
servidumbre de esa casa; (y señalaba la de Jirón Manuel.) 

El cantor se adelantó á su vez tambaleando, y acer- 
cándose al herrero, le contestó: 

— ¿Y quien oS ha dicho á vos, bausán, que perso- 
gas como nosotros venimos aqui á dar música á criadas? 
Podéis iros muy enhoramala con vuestras ímpertinentea 
advertencias* 

— ¡Ah! sois vos, señor capitán Perazaj dijo para sí 
el herrero, que temblaba de ira; por Dios que basta ya 
de sufrimíentol Nunca pude imaginar, añadió en vo2 alta, 

BT 



— 242— 

que gente que parece bien nacida fuese capaz de irisultai' 
á una señora; pero puesto que os empeñáis en persuadir^ 
me de lo contrario, habré de confesar que me habia equi- 
Tocado. Sois unos miserables. 

Don Fernando, pues era él en efecto el que acababa 
de hablar, no aguardó razón; y desnudando la espada, 
descargó sobre el herrero un golpe que le habría hendido 
el cráneo, si el estado de beodez 'en que se hallaba el 
capitán no hubiese hecho que faltase á su brazo la certeza 
necesaria para asegurar el golpe. Desvióse un tanto Fran- 
cisco y la espada dio en el suelo, haciendo saltar chispas 
de^ las piedras. Entonces el herrero lerantó el pesado 
garrote que le servia de bastón, y haciendo silvar el aire, 
lo dejó caer sobre la mano derecha de Don Fernando, 
cuya espada saltó á dos varas de distancia. El dolor y la 
indignación arrancaron un grito al capitán, que creyó al 
pronto que aquel terrible golpe le habia deshecho la ma- 
no. Sus compañeros de aventura desenvainaron las espa- 
das y se precipitaron sobre el herrero, que sin desem^ 
hozarse, apoyó la espalda en una pared y se preparó á 
hacer frente á los que lo atacaban, El primero que se 
acercó recibió un garrotazo en la cabeza, que lo hiza 
caer al suelo maltrecho y sin conocimiento. Entonces los 
otros comprendieron que se las habiau con un temible 
adversario, y se detuvieron, dudando ya si se acercarían 
ó no á aquel desaforado. Por fortuna el ruido de la pen- 
dencia habia hecho que los vecinos comenzasen á abrir 
sus ventanas y asomaban ya algunos, deseosos de ver 
quienes eran los que causaban aquel alboroto. Advirtie- 
ron esto los de la pandilla y comprendieron que era pre- 
ciso retirarse. El capitán bramaba de ira y de dolor y 
gritaba á sus amigos que lo vengasen; pero estos consi- 
deraron mas prudente ponerse en salvo y tomando en peso 
^1 que habia caido bajo el golpe del garrote del herre- 
ro, obligaron á Don Fernando á abandonar el campo. 
Francisco, luego que se hubo alejado la pandilla, di- 



— 243— 

rijió una mirada al balcón de Dña. Margarita; dio un 
profundo suspiro y se encaminó lentamente á la herrería. 
El barbero, que iba siguiendo á alguna distancia á los 
alborotadores, para no ser descubierto en ningún caso, 
vio que aquellos se retiraban, después de los garrotazos 
y tomó la calle opuesta á la que llevaba la turba que 
capitaneaba Don Fernando. 



—244— 



CAPITULO XVIII. 



Como el maestro Basilio Molinos comenzó á poner 
las bases para el engrandecimiento de sa familia. 



mt 



vÜS/y^ arrogante desden y la ironía amarga con que 
10^1} castigó el Visitador la falta del . escribano y del 
\^^ barbero de haberse dejado escamotear la carta por 
el astuto , mesonero de Solóla, impresionaron vivamente 
á aquellos dos sugetos. No se les haga la injusticia de 
pensar que experimentaron algo parecido á eso que se 
llama vergüenza, sentimiento que se queda para las almas 
timidas y vulgares y al cual saben hacerse superiores los 
héroes, como lo eran sin la menor duda Don Judas Pa- 
traña y el maestro Basilio Molinos. No fué rubor lo que 
sintieron los embajadores chasqueados; fué sencillamente 
el miedo de haber incurrido en el desagrado del Visi- 
tador, el que los hizo quedar corridos y aturrullados, des- 
pués de haber visto la situación á que estaba reducido 
el desventurado Martin Tachuela. El escribano y el bar- 
bero tenían un cariño ascendrado á sus carnes, tal vez 



— 245— 

por lo mismo que eran tan escasas, y á sus huesos, de- 
masiado duros ya para no correr un grave riesgo en ca- 
so dé encontrarse en íntimo contacto con las cuerdas. Don 
Judas salió, pues, aquel dia de casa del Visitador, muy 
pensativo y buscando en sus adentros la manera de evi- 
tar el que hicieran con él lo que él quisiera que se hicie- 
se con los otros; que de esta manera entendia aquel vir 
bonus las máximas fundamentales de la moral cristiana. 
Basilio salió filosofando sobre ia vanidad de las cosas de 
la vida, al considerar que el pobre mesonero del ídolo se 
habia tomado tanto trabajo para robarles la carta y cor- 
rido á pié algunas leguas, para ir á encontrar el potro 
como término y galardón de sus tareas- De esto dedujo 
el lógico barbero que en este mundo no hay que aguar- 
dar que los demás le recompensen á uno sus buenas ac- 
ciones, sino que es preciso huir el cuerpo á todo contra- 
tiempo, y como decia la abuela, despacharse cada cual 
con la cuchara grande. Visto que el Sr. Visitador no era 
hombre que se paraba en pelillos, hicieron uno y otro un 
acto de atrición formal y voto solemne de cumplir en 
adelante fiel y ciegamente las disposiciones de Don Juan. 
Volvieron, pues, á verlo al dia siguiente, pidiéronle mil 
perdones, juraron no dar otra vez á Su Señoria motivo 
alguno de desagrado, y al fin el digno funcionario, que te- 
nia necesidad de aquellos dos tunantes, se dejó enternecer 
por sus súplicas y lágrimas y perdonó la falta. El escriba- 
no continuó trabajando con redoblado celo en el juicio de 
la residencia, dispuesto á fundir, según decia, hasta á la 
madre que lo habia parido, y el barbero volvió á seguir 
tejiendo la intrincada tela de sus intrigas. Hemos visto 
en los precedentes capítulos que la fecunda imaginativa 
del viejecillo inventaba cada dia un nuevo enredo, y que 
su genio osado y travieso lo habia llevado hasta el pun- 
to de intentar un golpe maestro, haciendo casar al Visi- 
tador con su sobrina. Y como Basilio tenia entre sus de- 



— 246— 

mas apreciables cualidades, la de ser muy constante y fir- 
me en sus propósitos, sin dejarse desalentar jamas por los 
obstáculos, desde que se le encajó aquella idea en el ma- 
gín, estuvo dándole vueltas, buscando traza para salirse 
con la suya. 

En la mañana que siguió á la noche del velorio á 
donde condujo el diabólico barbero al capitán Peraza y 
que terminó de la manera trágica que hemos dicho en el 
anterior capitulo, se encaminó Basilio á casa del Visitador, 
con dos objetos: 1^ indagar la impresión que le hubiese 
causado el insulto de la madrugada; 2° ver si habia oca- 
sión de comenzar á tender las redes para el proyecto del 
casorio. Pidió el barbero permiso para ver á Su Señoria, 
y habiéndosele franqueado la puerta, entró al gabinete de 
trabajo del Juez de residencia, con el espinazo convertido 
en un semicirculo. Don Juan conservaba aparentemente 
8U tranquilidad habitual; pero el barbero, á fuer de expe- 
rimentado piloto, creyó entrever la tempestad al través 
de aquella calma engañadora. Después de haber saludado 
con respeto y hablado de algunas cosas indiferentes, dijo 
el maestro Basilio: 

— I Con razón decia mi difunta abuela, Sr. Visitador, 
burlaos con el loco en casa, y él burlará con vos en la 
plaza. Apostarla yo doble contra sencillo, á que Vuesa Se- 
ñoria no es capaz de adivinar donde ha tenido que pa- 
sar la noche el honrado y pacifico artesano que tenéis 
delante, con todo y sus sesenta y tantos años. 

— No acierto, á la verdad, contestó Don Juan; pe- 
ro supongo que no dejarla de ser en alguna buena obra. 

— Y mas que buena. Señor, rebuena y reexcelente; 
una verdadera obra de misericordia, aunque no sea de 
las que están en el catecismo: cuidando de que el hijo 
del Sr. Presidente no hiciese locuras, ó que hiciese las 
menos posibles. 

El barbero fijó la pupila de su único ojo en eL sem- 



—247— 

biante del Visitador, tratando de descubrir la impresión 
que le causara el nombre del capitán Peraza. Pero lá 
mirada escrutadora del maligno viejo se estrelló en la 
fisonomía impasible de Don Juan, como una flecha dispa- 
rada sobre una torre de granito. 

— ¿Y qué nueva humorada ha tenido anoche, pre- 
guntó el Visitador con indiferencia, el hijo del Sr. Pre- 
sidente? 

— Se ha empeñado en asistir á lo que aqui se llama 
«n velorio, que es una reunión en la casa de alguna gen- 
te pobre que ha perdido uno de sus deudos. Con pretex- 
to de velar al muerto, se bebe, se canta y se baila, y en 
tan digna ocupación ha pasado la noche el capitán Pera- 
za, con unos cuantos jóvenes tan lijeros de cascos como 
él. Yo tuve la inadvertencia de hablarle de la tal fiesta, 
cuyos preparativos me tocó presenciar; y hube de pagar 
bien cara mi indiscreción, pues Su Merced me hizo que 
lo llevara á la casa del velorio y que pasara ahi la no- 
che, sin dejarme salir ni por Dios ni por sus santos. Al 
fin aquella turba de locos llegó á cansarse; á la madruga- 
da abrieron la puerta y me escabullí, maldiciendo la ho- 
ra en que me ocurrió buscar tres pies al gato, como de- 
cía la difunta. No bien me vi en la calle, dije: pies, ¿pa- 
ra qué os quiero?, y corri á mi casa, sin saber ya en qué 
paró la zamotana. 

— ¿Y quienes eran los demás jóvenes que concurrie- 
ron á esa fiesta? 

El barbero se puso como á recapacitar y á recor- 
dar los nombres de los concurrentes. 

— Todos, dijo, de familias muy principales. Un hijo 
de Don Antonio de Justiniano, otro de Don Alonso Alva- 
rez de la Vega y Toledo, un Lira, el menor de los sobri- 
nos del regidor Vázquez de Coronado, un Tobilla, el hijo 
del alcalde del año antepasado, Estopiñan, uno de los 
Carranzas Medinillas y un joven Salazar y Monsalve. 



--248— 

El Visitador se dirijió al bufete, y sin decir una pa- 
labra, escribió en un papel los apellidos de los ocho jó- 
venes caballeros á quienes había nombrado ^Basilio, quien 
no pareció fijarse en lo que hacia Don Juan. 

— ¡Qué locos! Señor Visitador, [qué locos !,^ anadió; 
me fué imposible reducirlos á que se retirasen de aquel 
sitio, donde no estaban bien personas de su clase. Ya se 
vé, decia la abuela que la manzana podrida pierde á su 
compañía; y asi ha sucedido en el caso de que habíamos^ 
pues el Sr. Capitán es capaz de sacar de sus casillas á 
un anacoreta. Y gracias cuando sus locuras solo lo per^- 
judican á él mismo, como en el caso actual, que asi él 
solo sufrirá las consecuencias. Quien por su mano se las- 
tima, que la gima; decia la abuela. Lo peor es que mu- 
chas veces las tonterías de este joven comprometen á 
otros. No hace muchos días andaba hecho un energúme- 
no con el juicio de residencia de su padre; decia que iba 
á ponerse de acuerdo con Don Francisco Jirón Manuel 
y otros señores para un caso extremo, y que si no po- 
dia contar con los nobles, se pondría á la cabeza de uno« 
cuantos centenares de plebeyos, 

— ¿Y no sabéis si en efecto trató el capitán Perazaf 
ese asunto con Jirón Manuel? 

— No, señor, nada he sabido de esto, y mas bien me 
inclino á creer que no lo haría, pues Genoveva mí sobri- 
na, que pasa la mayor parte del tiempo con la familia de 
Jirón, algo habría percibido, 

— ¿Y quien os asegura que no lo haya sabida vues- 
tra sobrina y guardado el secreto? 

^- Eso si que me parece punto menos que imposible, 
contestó el astuto barbero, que veía con gusto que la con- 
versación iba encaminándose al terreno á donde él quería 
llevarla. Imposible, señor Visitador, que Genoveva, sa- 
biendo alguna cosa que pudiese interesar á Vuesa Seño- 
ría, lo ocultase. Desde el momento en que con tanta ge- 



Vnprosiáftd k salvasteis del peligro en que la f)uso el ca- 
ballo del Alférez, puedo asegurar que no piensa mas quQ 
^n Vuesa Señoria y que haría cualquiet cosa por mostra- 
ros sii réconocimientai 

— Vuestra sobrina, contestó el Visitador, da mas 
importancia de la que tuvo en realidad, al pequeño servi- 
cio que hube de prestarle^ Yo creia que lo habria olvi- 
dado, como ló tenia olvidado yo mismo. 

— Genoveva, Señor Visitador, replicó el barbero sus- 
pirando, tiene una alma que jamas olvida* Tal vez no 
me está bien á mi el decirlo, por aquello de que nadio 
habla mal de su casa; pero os aseguro que no hay en 
toda la ciudad una joven que tenga mas delicadeza de 
sentimientos que mi sobrina. 

— Siendo asi, dijo Don Juan con naturalidad. Jo reú- 
ne todo^ pues la naturaleza parece haberse complacido en 
iidornarla con las gracias exteriores. 

Animado el intrigante viejecillo con aquellas pala* 
bras, continuó diciendo: 

— Bn efecto, no es ina,l parecida; ha recibido una edu- 
Kjacion tan esmerada como la que se ha dado á Dña. Mar- 
garita JirOn, á cuyo lado se ha criado Genoveva casi co- 
mo una hermana, y será algún dia heredera de la consi- 
derable fortuna de su padre, pues Francisco no es mas 
que hijo adoptivo de AndreSi 

— Eso quiere decir, observó el Visitador con indi- 
ferencia^ que vuestra sobrina es lo que se llama un buen 
partido; y de consiguiente, mas de cuatro hijos de hon- 
rados artesanos aspirarán al honor de tomarla por esposa. 

— Mas de cuatro artesanos y otros tantos nobles y 
muy nobles la han solicitado en Vano, Señor Visitador. 
Pero yo no sé en qué piensa esta muchacha, que ha des- 
preciado tan brillantes partidos; y como de dos meses acáj 
anda toda confusa y distraida, como si algún pensamien- 
to grave ocupase su imaginación. Decia la abuela, señor 
caballero, que no hay sábado sin sol, ni vieja sin arrebol, 



—250— 

ni ihuoiíacha sin amor; y asi pienso á veces que Genoré- 
va abriga alguna pasión oculta, cuyo objeto aun no he 
acertado á descubrir. 

— Acaso os equivoquéis, maestro, y juzguéis á vues- 
tra sobrina con poca caridad. Por lo que me decís, yo 
sospecho mas bien que si ha rehusado esas bodas venta- 
josas, será porque haya resuelto tomar el velo y consagrar- 
se á servir á Dios en algún monasterio. Sí es asi y yo 
puedo serviros para obtener las licencias, contad conmigo. 

Basilio apretó ligeramente los labios, al escuchar 
aquella salida del Visitador, y sin desalentarse al ver que 
no se daba por entendido, consideró que debia expresar- 
'»e con mas claridad. 

— No, Señor, dijo, moviendo la cabeza; todo me in- 
duce á creer que en esto hay gato encerrado, como decia 
la difunta. Genoveva ama, y ama á algún sugeto muy 
principal, pues de otro modo, ya habría resuelto aceptar 
la mano de uno de tantos ric^B y nobles caballeros que 
la han solicitado. Yo no sé. . . . seria extraño. . . . pero 
el diablo no duerme.... y. . . . ¿quien sabe si algún suge- 

-to /9e muy elevada condición ? 

— ¡Qué I exclamó el Visitador, como asombrado, ¿cre- 
éis acaso que esa joven se haya prendado del hijo del 
^Señor Conde de la Gomera? 

— Mas alto. Señor Visitador, mas alto. 

— í Mas alto! ¿Del Presidente mismo? Creo que la 
•edad de Su Señoría no es ya para inspirar pasiones muy 
vivas. 

"*- ¡Oh! no, señor, contestó el barbero, que se daba 
^1 diablo con la cachaza de Don Juan. Buscad algo mas 
alto aun que el Presidente; alguno cuyo nombre es hoy d 
que repiten los ecos de la fama de un extremo á otra 
clel reino; alguno que haya prestado á mi sobrina un ser- 
vicio generoso y señalado, y ese distií^uido caballero es 
sin duda el que posee el ardiente y tierno corazón de Ge- 
tioveva. 



—251— 

Siguió un momento de silencio, que interrumpió «1 fia 
él Visitador, diciendo con la mayor sangre fria: 

-— Hablemos claro, maestro Basilio Molinos; ¿quereia 
darme á entender que vuestra bella sobrina me lia hecho 
el honor de fijarse en mi? 

— ¡ Oh !, Eso quiero decir, señor, contestó el viejo, ó 
mas bien que ella tiene la honra de amaros. Desdo el mo^ 
mentó en que os vio, la pobre muchacha no piensa sino 
en Vuesa Señoría. 

— ¿Y que creéis que puede hacerse en eso?, dijo 
Doü Juan con su calma acostumbrada. 

— Señor, contestó el atrevido barbero, hablando en 
plata, como decia la abuela, creo que si Yuesa Señoría 
honrase á Genoveva tomándola por esposa, haría una 
acertada elección. Sus prendas personales están á la vis- 
ta; las del alma no pueden ser mejores, y ademas lleva- 
ria una dote que no bajaría de doscientos mil pesos en 
dinero efectivo, fincas y alhajas. 

— Es decir, que venis á proponerme sencillamente un 
negocio. 

— Sí el partido no os parece malo ... . 

— No lo es, sin duda; pero como no conozco aun su- 
ficientemente á vuestra sobrina, á quien apenas he visto 
unas pocas veces, espero me daréis algún tiempo para de- 
cidirme. 

— Es muy justo, señor, dijo el barbero, que apenas 
podía disimular su alegría, suponiendo que la intriga que 
había fraguado iba saliendo al colmo de sus deseos. An- 
tes de que te cases, mira bien lo que haces, decia la 
finada; y si Su Señoría trata á mi sobrina, estoy seguro 
de que encontrará que mas bien me he quedado corto 
en lo que he dicho en su abono. 

— Bien, contestó Don Juan. Yo iré esta noche, al 
toque de ánimas, á la alameda del Calvario. Si vos y vues- 
tro hermano estáis ahi con Genoveva, me será fácil coar 
versar con esa joven; y siendo tal como me la pintáis, 



~252— - 

po es imposible que llegue á realizarse vuestra idea^ 

El barbero se levantó, hizo una profunda cortesía a} 
Visitador, y después de haber dicho que acudirian purv 
tualmente á la cita, se marchó á participar á su herma- 
no el brillante aspecto que á su juicio presentaba la ne- 
gociación iniciada. Jamas se habia encontrado el barbero 
tan satisfecho de si mismo como en aquella ocasión. Ima- 
ginábase á su sobrina casada con el Visitador y ya se creia 
poco menos que dueño absoluto de la suerte del reino,. 
Basilio Molinos tenia una inteligencia despejada, era as- 
tuto y mañoso y nada lerdo cuando se ofrecía juzgar las 
flaquezas del prójimo. Pero la vanidad suele ser el esco- 
llo de las mas raras habilidades; y asi sucedía á nuestro 
barbero que cuando se trataba de cualquiera cosa que le 
tocara á él ó á los suyos, perdía los estribos y daba en 
las mas increíbles aberraciones. Tal vez si al pasar el 
umbral de la puerta del gabinete hubiera vuelto la cabe- 
za y visto la sonrisa irónica de Don Juan y su mirada que 
expresaba en aquel momento el desden y el escarnio, ha- 
bría comprendido que aquel hombre altanero, frío é im^ 
placable meditaba ya el castigo que habia de dar á las 
orgullosas pretensiones del ambicioso artesano. Pero Basi- 
lio no volvió la cabeza y aquella expresión de la fisono^ 
mia del Visitador desapareció al momento, recobrando su 
aire tranquilo é Indiferente. El barbero fué á comunicar 
á su hermano el buen éxito de sus primeras gestiones, y 
casi no dudó ya en saludarlo oon el alhaguefíO título de 
Adelantado. Combinaron su plan de operaciones para lo 
succeslvo y convinieron en ocultar á todos, y principal- 
mente á Genoveva, la negociación entablada. Temían, con 
razón, que el carácter altivo y delicado de la joven echa- 
se á perder la intriga, si llegaba á saber que era su tío 
quien habia tomado la Iniciativa en el asunto; y asi con- 
certaron el que apareciese el encuentro proyectado como 
obra de la casualidad. 

Poco antes de la hora indicada por el Visitador, lie- 



— 253— 

gó á casa de Andrés Molinos el maestro Basilio, y pro' 
puso á su hermano y á la hija de este dfir un paseo por 
ia alameda del Calvario. La noche parecía invitar á aque- 
lla excursión y la idea fué acojida con gusto por el herrero 
y por la joven. Un cuarto de hora después llegaban lo» 
dos artesanos y Genoveva á aquel paseo, que ofrecia en- 
tonces casi el mismo aspecto que hoy presenta, con la 
diferencia de que la antigua alameda se componía de tre» 
calles de amates. La luna brillaba en todo su esplendor 
y BU luz, penetrando al través de las hojas délos árbo- 
les, bañaba con incierta claridad la bóveda sombría que 
formaban las ramas entrelazadas y mecidas levemente 
por la tibia y perfumada brisa de la noche. El astro pro- 
tector de los amores se cabria de vez en cuando con una 
nube blanca y transparente, como el velo de la sacerdo- 
tisa antigua, y luego despojada de aquella tenue vestidu- 
ra, volvia á iluminar el mas sereno de los horizontes, 
eclipsando el dudoso fulgor de las estrellas. Apenas tur- 
baban de tiempo en tiempo el silencio de la alameda so- 
litaria el zumbido del insecto, el rumor que causaba el 
ave soñolienta que batia las alas y el susurro del viento 
que jugueteaba entre las hojas. Genoveva, al penetrar 
en las desiertas calles del bosquecillo, sentia que su cora- 
zón impresionable palpitaba con mas celeridad que de or- 
dinario. Avanzaba lentamente, precediendo á su padre y 
á su tío, que conversando en voz muy baja, la seguían á 
unos cinco pasos. La joven contemplaba con mirada in- 
quieta el aparente giro de la luna, y su imaginación vo- 
laba en pos de lo desconocido. Hay en esas noches tran- 
quilas y serenas, en esa calma solemne de la naturale- 
za, un encanto indefinible que aspiran á torrentes las al- 
mas delicadas. ¿Que relación podia existir entre aquel 
astro medio velado, entre aquellas nubes que se arrastra- 
ban perezosas sobre un cielo de zafiro, entre aquellos 
murmullos que turbaban el silencio de la arboleda, en-- 
tre aquel perfume de las flores que alhagaba los sentidos 



— 254— 

V el mortal á quien GeDOveva habia consagrado eu lo 
mas recóndito de su corazón una especie de culto idóla- 
tra? Ninguna ciertamente; y sin embargo, en la luna, en 
las nubes, en el susurro de la brisa, en el aroma de las 
flores, la pobre joven creia encontrar no sabemos qué se- 
creta simpatia con aquel ser misterioso que su imagina- 
ción poética habia divinizado. 

Embebecida en sus meditaciones, ó mejor dicho arro- 
bado, en sus delirios, Genoveva llegó hasta la puerta de 
la iglesia, que se levantaba al extremo del paseo, ocupan- 
do casi el mismo sitio que la que hasta hoy existe, y que 
reedificó la piedad del Presidente Rivas, después del ter- 
remoto de 1717. La capilla estaba abierta é iluminada, 
pues acababan de depositar en ella el cadáver de una per- 
sona cuyos funerales iban á celebrarse al dia siguiente. 
La joven se detuvo al llegar á la puerta del templo y 
habiéndosele reunido su padre y su tio, manifestaron estos 
el deseo de entrar, para ver quien fuese aquel difunto. 
Genoveva no se animó á seguirlos, experimentando cierta 
repugnancia á ir á contemplar el espectáculo horroroso 
de la muerte, cuando la naturaleza toda respiraba vida 
y armonia en aquel sitio. 

— El paseo está enteramente desierto, dijo á los do» 
ancianos, y creo que no hay inconveniente en que os aguar- 
de aqui, pues supongo que A'olvereis pronto. 

— Puedes quedarte, contestó Andrés, y esperarnoa; 
que saldremos inmediatamente. 

La joven se sentó en un banco que estaba bajo un 
árbol, mientras Andrés y Basilio entraban en la iglesia, 
cuyas campanas comenzaron á hacer oir en aquel mo- 
mento su melancólico tañido, dando el toque de ánimas:. 
Genoveva seguia contemplando la luna al través dol som- 
brío, follage del amate; pero muy. pronto la distrajo de 
sus meditaciones un leve ruido como de pasos, que escu- 
chó á sus espaldas. Volvió la cabeza y vio á muy poca dis- 
tancia un hombre embozado en un ferreruelo obscuro y 



— 255— 

^<tya ctibeza cubría una gorra adornada con una plumít 
jfiegra. La jóveu sintió un extremecimiento nervioso en 
todo su: cuerpo, al ver aquella aparición. Los ojos le re- 
presentaban al hombre que dominaba su espíritu; y la 
voz del alma le decía que era imposible que no fuera él 
el que se aproximaba. Quiso levantarse y no se sintió con 
fuerzas para moverse del sitio; intentó llamar á su pa- 
dre y á su tio y la voz se abogó en su garganta. En- 
tre tanto, el Visitador, pues era él efectivamente, se ha- 
bía detenido á contemplar á Genoveva, á quien lo román- 
tico de la escena hacia parecer mas bella y mas encan- 
tadora. Don Juan pudo advertir la turbación de la joven, 
y le dijo en tono cariiiosoí 

— Siento verdaderamente que la casualidad me haya 
traído á este sitio, donde estaba yo muy lejos de creer 
que mi presencia pudiese ser importuna* 

— Señor, contestó la "supuesta hija de Andrés Molí-- 
nos, con voz balbuciente; perdonad si os he dado algún 
motivo para pensar lo que acabáis de decir; pero encon- 
trándome aparentemente sola en este lugar y á esta hora, 
confieso que me ha sorprendido vuestra llegada. Mi padre 
y mi tio acaban de entrar á la iglesia; y yo, señor Vi- 
sitador, voy á reunirme á ellos; con vuestro permiso. 

Dicho esto, Genoveva hizo un esfuerzo para levantar- 
se; pero Don Juan le tomó una mano y la detuvo, di- 
ciendo! e: 

— No tenéis necesidad de retiraros. Puesto que An- 
drés y Basilio están tan cerca de aquí, yo os acompañaré 
•en tanto que ellos vuelven. 

La pobre joven, vencida por la mirada y por el eco 
de voz del hombre á quien adoraba, no tuvo fuerzas para 
moverse. Don Juan se sentó á su lado y continuó diciendo: 

— A no ser que todo lo que habéis oido decir en 
<;ierta parte contra mí, [haga; que me veáis con horror 
y creáis que debéis huir de todo contacto conmigo. 

El Visitador se sonrió ligeramente al pronunciar las 



2o6 



uUiííins palabras; y Genoveva, cuya Uirbácion ibíi eedieit^ 
do ante la especie de fascinación que ejercía sobre ellai 
aquel hombre, contestó: 

— Sea lo que fuere lo que haya óido, señor, yo \0 
único que sé,- lo que no olvidaré jamas es que debo la 
vida á vuestra generosidad. 

— Mucha importancia dais ál insignificante servici(^ 
que tuve ocasión de prestaros la tarde de la jura. Eso lo 
habria hecho cualquier caballero por una persona de vueí^ 
tro sexo á qüieu hubiese visto en peligro- 
Genoveva sintió que el corazón se le oprimia al e*- 

cuchar la respuesta de Don Juan. Habia cumplido una 
simple obligación de cortesía ó de compasión hacia una 
mnger á quien veia en un riesgo, y nada mas. Semejan- 
te declaración era para alejar hasta la mas remota idea 
de que hubiese podido ser nn sentimieuto mas tierno el 
•que hubiese dado origen al servicio que le prestara. La 
joven inclinó la cabeza, como abrumada bajo el peso de 
aquellas palabras. El Visitador advirtió perfectamente el 
efecto de lo que acababa de decir con entera delibera- 
ción, y agregó: 

— Digo esto, porque no me considero con derecha 
á la gratitud con qne vuestro noble corazón recompea- 
sa tan pequeño favor. 

La joven meditó durante un momento el sentido d« 
• la frase que completaba y explicaba los conceptos ante- 
riores. ¿Indicaba el Visitador que lo que habia hecho era 
puramente un acto de caballerosidad, porque suponia qü» 
Genoveva recompensaba el servicio únicamente con su gra- 
titud^ Un raya de esperanza brilló entre las sombras con 
que la declaración de Don Juan habia cubierto el alnía 
de la infeliz amante. 

— iLa gratitud! exclamó conj efusión; s-i, [la gratitudl 
Llamadla asi, caballero, si es ese el nombre que corres^ 
ponde al sentimiento que aquel hecho me ha inspirado-r 
¿Y cual otro, añaídió, podria caber entre vos y yo? . 



—257— 
Había tal expresión de abatimíeíito en el tono de 
Voz con que pronunció aquellas palabras, que era imposi* 
t>Íe equivocarse sobre su significación. 

— Decití bien, replicó el Visitador, con acento trému- 
lo; ¿que Mzo podría, unirnos á vos y á mí, sino el de la 
gratitud? Vos, joven, bella, en la primavera de la vida, 
tjon un horizonte de felicidad como término de vuestras 
^aspiraciones; yo, fatigado de la existencia, abrumado con 
«1 peso de cuidados graves y condenado á rendir solo mi 
laboriosa jornada! 

Don Juan guardó silencio é inclinó la cabeza bajo el 
peso de los pensamientos dolorosos que acababa de ex- 
J)résar. Genoveva no pudo dominar su emoción y las lá- 
grimas inundaron sus pálidas mejillas. 

^— ¿Lloráis?, dijo el Visitador, y volvió á tomar la ma- 
no de la joven 5 ¿lloráis? .... ¿Será posible? compren- 
derá acaso vuestro corazón, ardiente y joven, los sufri-' 
kniéntos dé una alma destrozada por los mas crueles su- 
frimientos? 

Genoveva ño tenia fuerzas para contestar y abando- 
bó sU ínánc) á Don Juan, que la llevó poco á poco á su3 
labios. La infeliz se extreiñeció al contactó de aquel be- 
iso, que hÍ2o coirrer uh fuego abrasador por sus venas. 

— ¿Me ámasj Genoveva?, ¿mé amas, dijo el Visita- 
dor con efusión, ¿the amas, como yd té amo? 

Genoveva no pudó dominar su corazón; una especié 
úe véfiigo se apoderó de su alma enagenadd y ponién- 
dose en pié, exclamó: 

-— ¡Oh si! os abad; Os he amado desde él instante éri 
que os vi. Sé que nos separa un abismo; 'Cónipren do que 
festfi debe ser la última véá que os vea; y per lo inismoj 
tne complazco én repetiros qtié Os atntí, y ds amaré mien- 
tras aliente mi pobre cOrazon^ muerto para la esperanzad 

Díeho esto, Genoveva íiízO un esfuerzo sobre si mis- 
ma, separó su mano de las de Don Juan, y alejándose 
tltécipitadattienté. entró en la iglesia. 



—258— 

El Visitador la vio marcharse y la siguió coií nm 
airada tranquila y serena. 

— Desventurada!, dijo luego que la hubo perdido de 
vista. Desventurada! Mas te valiera haber arrojado tu po- 
bre corazón en medio de un áspero zarzal. Prepárate á 
verlo herido, desgarrado, exangüe! Si yo te hubiese encon- 
trado en mi camino veinte años hace, quizá te habría 

amado; pero hoy es tarde; si, es demasiado tarde. Y sin 
embargo, es necesario continuar esta intriga, porque esa 
pobre muger puede servirme, sin que ella misma lo com- 
prenda. Y después, .... añadió, después ¿no me ama?; 

pues no quedará sin recompensa. 

El Visitador calló cuando hubo pronunciado á media 
voz aquellas palabras; se embozó en su ferreruelo y sin 
^volver una sola vez la cabeza hacia la iglesia, desapare- 
ció entre los sombríos amates de la alameda. 



— 259- 




CAPITULO XIX 



JBm 1» herrería de la calle anehai 



/L siguiente dia, á las ocho de la mañana, Don 
Juan de Ibarra estaba en su gabinete, sentado 
junto á una mesa grande y cubierta de papeles, 
que le servia de escritorio. En otra mesa mas pequeña 
trabajaba el dignísimo Don Judas, que sin levantar la ca- 
beza, miraba de vez en cuando de un modo muy particu- 
lar á un individuo con quien hablaba el Visitador, y que, 
de pié, á dos pasos del bufete, conservaba una actitud que 
excediendo algo á lo respetuoso, casi tocaba ya en lo hu- 
milde. 

Era el tal sugeto un hombre alto, entrecano, de fi- 
sonomía que revelaba poca inteligencia, un carácter débil 
y medroso, y ese hábito de obediencia ciega, que ni discu- 
te ni examina siquiera, y cuya divisa es callar y obrar. 
Aquel medio hombre y medio máquina, vestía una ropi- 
lla de sarga negra, una gola muy almidonada, ferreruelo y 
gregüescos del mismo color y tela de la ropilla. Llevaba 



—260^ 

colgado de un talabarte de cuero un largo chaf^vote y os-s. 
tentaba en la mapo derecha vara de justicia. Fareciia pei^^ 
diente de los ojos y mas aun de la? palabras del Yisitífc-^ 
^or, que tenia un papel en la mano y lela é interroga^ 
ba alternativamente al individuo, Fara sacar de dudas 4 
nuestros lectores, diremos que el pei^onage q^e estaba 
delante de Don Juan, era el Sr, Don Gerónima de Utri-- 
Jla, Fernandez y Montalban, Alguacil mayor, svgeto im-- 
portai^te y temido en la ciudad, como aquel de quien de- 
pendia que un pacifico ciudadano se acostase en su caaia 
una noche y fuese á amanecer al siguiente dia donde »a 
tuviese que temer ni sol, ni lluvia, y donde viviese^ aun- 
que no muy regalíidamente, á costa do Su Magestad; á 
hablando sin rodeos, en la cárcel. 

— "Don Antonio de Justiniano." decia el Visitadoi\ 
viendo el papel que tenia delante de los ojos; y suspen- 
diendo la lectura, i^terrogaba con la mirada al Alguaoil 
mayor. 

— Ese, contestó el funcionario, tuvo la mala idea de 
hacer resistencia á la justicia del Rey; requirió la espa- 
da y quiso cargar sobre los que me acomparv^ban. Fué 
preciso asegurarlo con una fuerte cuerda y asi caminó. 

— Bien, dijo el Juez de residencia, y continuó le-, 
yendo: 

— ''Don Juan de la Tobilla".... 

— Y Galvez. ¡Pobrecillol, exclamó Don Gerónimo;- 
hizo todo lo contrario que el hijo del genpves; casi llo- 
raba de aflicción. Ya se vé, aun no cuenta diez y ochQ 
anos, y ¡ verse ya ^ la sombra ! 

— "Francisco de Estopiñan." 

— ¡ Ave Maria purísima ! ¡ Qué zalagarda la que se 
armó por cuenta de ese mozo 1 La madre, (que por cier- 
to está emparentada con mi esposa), juró á Dios y á sus 
santos que aquel ultraje no había de quedarse asi. Di ja 
que donde se Jiabia vista que á un Estopiüan se le U?* 



— 261— 

vase á la cárcel como á un cualquiera, y gritó que 9U 
íparido se quejarla al Rey. 

— " Pedro de Lira," dijo Don Juan, tan inalterable 
como de costurjabre, 

— Casi la misma frasca que con EvStopiñan. La fa* 
piilia entera se me echó encima y en un tris estuvo que 
no me sacaran los ojos, En fin, señor, para no cansaros, 
Jas ocho prisiones se han ejecutado anoche como Vuesa, 
Señoria tuvo á bien disponerlo; todos están en bartoli" 
lias é incomunicados en la cárcel de Corte, con excep- 
ción de dos únicamente. 

^— ¿Y son?, preguntó Ibarra, frunciendo el entrecejo, 

— Don Pedro Alvarez de la Vega, á quien encon* 
tré malo, de un terrible golpe en la cabeza, y el capitán 
Don Fernando Peraza, hijo del Sr, Presidente, á quien no 
pude ver; pero fui informado de que está punto menos 
que el otro. El capitán, según dicen, tiene oasi deshecha 
una mano. Parece que esos dos jóvenes séfiores se encon^ 
traron con alguno que les sacudió de lo lindo, tal están 
de mal parados. 

— Cuidad de informaros de la salud de esos dos su^ 
getos, y tan pronto como estén en aptitud de poder sa-- 
lir, que vayan á hacer compañia á los demás, 

El de la vara se inclinó en señal de asentimiento, y 
guardó silencio. 

— ¿Tenéis algo mas que comunicarme?, dijo el Vi» 
gitador. 

— Si, señor, ¿puedo hablar?, preguntó el Alguacil 
mayor, echando al soslayo una nairada un tanto fosca al 
escribano. 

El Juez de residencia se levantó, y dirigiéndose á 
una salita inmediata, hizo seña al otro de que lo siguie- 
se. Entraron y Don Juan cerró la puerta. 

— ¿Que hay?5 dijo * con aire tranquilo, luego qne 
hubo cerrado. 



— 262—. 

— Novedades, señor, novedades* y anuncios de otras 
mayores. Esos jóvenes están emparentados con la mitad 
de la nobleza, y se ha visto con escándalo el que se les 
haya sentado la mano. Hay pasquines y la ciudad está 
Ilei^a de letreros. 

— ¿Y que dicen? 

— No sé si me atreva á referiros lo que dicen .... 
lo que tienen la audacia de escribir. . . . 

— Pues atreveos. 

— Hablan de que han de beber la sangre á Vuesa 
Stñoria. 

— Harian mal, porque esa es una bebida que podria 
ahogarlos á las primeras gota^. 

— Mucha parte del pueblo parece dispuesta á tomar 
el partido de los presos. 

— Jamas he acostumbrado contar el número de mis 
enemigos ¿Y quien es el que seria bastante osado para 
ponerse al frente de una turba rebelada? 

— Hay dos únicamente que podrían hacerlo. 

— ¿ Quienes ? 

— El capitán Peraza 

— Es un loco. 

— Y Don Francisco Jirón. 

— Es muy viejo. 

— Se ha esparcido ademas entre los descontentos un 
rumor extraño. 

— ¿Cual? 

— Dicen que Vuesa Señoría ha hecho encerrar en la 
cárcel de ciudad á un sugeto muy importante, que quiso 
llegar al Sr. Presidente, con pliegos que suponen del Rey. 

El Visitador recapacitó un momento, se sonrió y dijo: 

— El mesonero del ídolo ! Mi escribano podrá infor- 
mar, llegado el caso, de la importancia de ese prisionero. 
Dejadlos hablar; un solo individuo que no tenga cosa ma- 
yor que hacer, basta para inundar de pasquines en una 



— 263— 

íioche una ciudad como esta y cubrir las paredes de le. 
treros. Mientras ellos escriben y hablan, yo obro, y eso 
vale algo mas. Me respondéis con vuestra cabeza de los 
presos. 

El Visitador volvió al gabinete, siguiéndolo el Algua- 
cil mayor, que se retiró en seguida, después de hacer un 
humildísimo saludo á Don Juan. 

— ¿Y como va el juicio?, preguntó este á Don Ju- 
das, luego que se hubo marchado el gefe de la policía. 

— Poco á poco, según la orden de Vuesa Señoría. 
Las últimas declaraciones ponen en claro alguna respon- 
sabilidad de Lira y de Jirón, por lo de las alcabalas. 
Está probada excesiva rigidez en la exacción 

— ¿Y nada mas ? 

~ Hasta ahora, nada mas. 

— Poco hábil sois, Don Judas, si solo esto habéis po- 
dido sacar en limpio. 

— Aun para eso, señor, ha sido preciso bregar no po- 
co con los testigos. Halagos, amenazas, todo ha sido inú.- 
iil. Sea por miedo, ó por cualquier otro motivo^ se resis- 
ten á condenar al Presidente y á su Secretario, y apenas 
han dicho algo contra los Alcaldes y algunos de los Re- 
gidores del año antepasado. 

— Pero las declaraciones de los dos Molinos son es- 
piícitas. 

— Son las únicas. 

— Y la de Fr. Bonifacio de los Angeles. 

— ^^ Si, señor; con ella se prueba la idea que tuvo el 
Sr. Conde de atentar contra la real Audiencia. 

— Pues eso basta. ¿ Y la queja de Andrés Molinos por 
•lo de la encomienda? 

— Corre agregada á los autos y se han compulsado 
-testimonios de concesiones semejantes hechas á individuos 
que no son descendientes de conquistadores. 

— Bien. Llamad á los testigos que aun no han sitio 



■cxaiTiinádos, y haced que digan \rf rjíie conviene. Extéri 
Úed una orden para que se redoble la vigilancia cOn eí- 
mesíínei^o de Solóla y que nadie le hable, bajo pretexto/ 
alguno. 

— A propósito, señor, dijo Don Judas, hay aqui uri 
oficio del Alcalde Don Pedro de Estrada Medinilla, en 
que solicita permiso para que entre un médico á ver á 
ese reo, que se dice sufre mucho á consecuencia del tor- 
mento; 

El Visitador permaneció pensativa durantes un mo- 
mento, y luego dijo: 

— ¿Conocéis algún doctor que sea ue entera confianza? 

— Solo el sabio Doctor Correa, sugeto habilísimo'; 
bueno para curar .... y para otras cosas, si se ofrece. 

La expresión de la fisonomía de Don Judas, al pro- 
nunciar tiquellas palabras^ suplia lo que pudiera faltar aí 
informe que daba acerca del Docton 

— Bien, contestó Don Juatí; que vea ese hombrea!' 
pirisiouero, yendo vos únicamente con él; y cuenta si m 
escapa algo que pueda hacer entender por qué se halla 
preso el mesonero de Solóla. Vos me respondéis de eso. 

Don Judas se inclinó y el Visitador salió del gabi»- 
nete. 

Mientras continuaba el diligentisitíio escribano los di- 
versos trabajos encomendados á su habilidad, Don Juan áé 
Ibarra llamó al page de servicio, pasó á su alcoba y co- 
menzó á vestirse miíy despació. El trage era sencillo, de 
tina tela de seda negra adamascada, y sin estar cortado 
conforme á lo mas rigoroso de la moda, tampoco podía, 
decirse chocante. Era un vestido como correspondía á la 
edad del que lo llevaba. Tomó capa y sombrero, y bueí- 
pendiendo una daga al cinturon, salió á la calle. 

Veianse por todas partes grupos de gente, que co- 
mentaban la noticia de las prisiones ejecutadas en la no- 
che precedente. Las iamilias de los ocho jóvenes, presos^ 



. —265— 

^:o\ñó habrán comprendido nuestros lectores, á consecueiv 
cia dé la cencerrada con que habiian obsequiado al Vi- 
feitador, érati de las mas respetables y relacionadas en 
Ja ciudad. Contaban con numerosos amigos y paniaguados^ 
y estos procuraban excitar el sentimiento público contra 
el autor dé lo que consideraban un horroroso desacato. El 
Juez de residencia, cuyo semblante |)arecia indicad la mas 
completa tranquilidad, se fué derec'^ró á aquellos grupos 
dé hombres nial encarados y cubiertos de harapos, comp 
lo eran en aquel tiempo los que componían la . plebe de 
los barrios; pasó lentamente en medio de ellos, sin fijar- 
se en el airé feroz dé aquellas fisonomias, que revelaban 
tina marcada propensioií al crimen. La audacia tiene algo 
ique impone á los mas desalmados, y aquellas turbas^ que 
pocos momentos antes lanzaban amenazas contra el Visi- 
tador, le abrieron paso en silencio^ sin atreverse casi á 
poner los ojos en él. 

Í)ón Juan recorrió una parte del barrio de Santo Do- 
mingo y después se dirijió hacia las calles que condu- 
elan á JocotenangOi En todas encontró grupos de gentes 
del pueblo; pero nadie se atrevió á dirijirle un insulto, 
ni vio siquiera un gesto amenazador. Tomando la calle an- 
cha dé los herreros, iba examinando una por una todas 
las herreriasj como si buscase algiyaa determinada. Todos 
aquellos talleres estaban cerrados, á pesar de ser dia de 
trabajo; pero por último llegó el Visitador á uno que es- 
taba abierto, aunque el silencio que reinaba en él indi- 
caba que no estaban ahi los operarios. Detitvosé delante 
de a4uel taller y vio «que en efecto no habia en él mas 
que un hombre, que estaba vuelto de espaldas é inclina- 
do sobre la fragua, de donde se levantaban las llamas. En 
aquel niomento el herrero se separó de la hornilla, para 
tomar el fuelle, y Don Juan vio que era Francisco Molinos. 

— Aqui está, dijo el Visitador á media voz, entran- 
do en la herrería; y luego saludando con afabilidad j añadió: 

— Buenos dias, maestro Francisco. 



— 266— 

— Dios guarde á Yuesa Señol •' Sr. Visitadar, cotí' 
testó el artesam), en tono respe^tioso, adelantándose ha- 
cia Don Juan. 4 

El examen rápido qv" este hizo del herrero, bastó 
para que compren'^" - .e aquel hombre no era de la 
clase á que parecii iiecer. El color rubio de sus her- 

mosos cabellos, St;^ -^ nzulcs, el tinte blanco de su ros- 
tro, sus faccioüc^fu»*^" te mente acentuadas, todo estaba in- 
dicando que x^Varir'^rv Molinos era, por nacimiento, de 
ciase muy áupt . á la de su padre adoptivo. 

— ^Como estáis hoy tan solo en la tienda, maestro?, 
pr «^untó Don Juan, tomando asiento, sin ceremonia, en 
r ' banquillo, que cuidó de colocar un poco detras de la 
,/iici ta, como para no ser visto desde la calle. 

— Nadie ha venido, scfior Visitador, contestó el her- 
ri: o, permaneciendo en pié y apoyado en el extremo del 
inango de un enorme martillo, cuya cabeza descansaba en 
^1 suelo. Los oficiales y hasta los simples aprendices an- 
fian alborotados, porque se ha esparcido la voz de que 
,-Va á haber alzamiento. 

— ¡Bah! Alzamiento! ¿Quien se alzará, y contra quien? 
Dicen que se alzará la plebe contra Vuesa' Señoria, 

■'contestó sencillamente Francisco. El juicio de residencia 
traia disgustados á lo» partidarios del Sr. Presidente, y 
las prisiones de anoche parece que han acabado de enar- 
decerlos. Hablan de tomar- las armas. 

— ¿Y vos creéis que tengan razón?' 

— Yo no sé si la tienen ó no; pues me ocupo muy 
poco en estas cosas. He oido á mf padre y á mi tio que 
el Sr. Presidente está perdido; que lo vais á deponer; 
que habrá nuevo gobierno y que todo será felicidad y di- 
cha, especialmente para los pobres. Muchos lo creen asi; 
pero hay otros que piensan de diverso modo y juran que 
han de vengar el ultrage que pretenden habéis hecho á 
la nobleza. 

— Dicen que sois rnuy popular, Francisco, dijo- Don 



•^ --267— 

Jium con indiferencia, y que tenéis un poder casi abso- 
luto en los barrios. 

— Es verdad que la gente me quiere y oye mis con- 
sejos. Saben que vivo ocupado únicamente en mi traba- 
jo; no hago mal á nadie y sirvo á los que me necesitan. 

— Os seria, pues, bien fácil, si lo quisierais, descon- 
certar esas intrigas que se han urdido, apovechando la 
sencillez de la muchedumbre ignorante. 

— Si lo seria, si lo quisiera, Señor Visitador, dijo 
Francisco; pero la dificultad está en que yo lo quiera. 

— ¡Que la dificulad está en que lo queráis! excla- 
mó Don Juan admirado do la sangre fria y la seguridad 
con que Molinos habia pronunciado aquellas palabras. ¿Y 
si el servicio del Rey exijiera que empleaseis vuestro po- 
der sobre esa canalla alborotada? 

— No lo emplearla. 

— ¡No lo emploariais! ¿Yeriais con indiferencia qno 
la ciudad se dividiese en bandos y que me viese yo obli- 
gado á castigar severamente, haciendo cortar media do- 
cena de cabezas? 

— Esa es cuenta vuestra y no mia, Señor Yisitador, 
respondió Francisco con la misma tranquilidad. Yo no soy 
noble, no soy rico, ¿que puedo temer en caso de que la 
canalla, como vos la llamáis, se alce y hagáis correr la 
sangre, para ahogar la rebelión? 

Un rayo de alegría iluminó el semblante sombrío del 
Visitador. Habia creído comprender por las últimas pala- 
bras del herrero, que este le abría un camino y suponía 
que al decir "no soy noble," "no soy rico," indicaba har- 
to claramente los medios que con él deberían emplear- 
se, el precio que ponia á sus servicios. 

— No os habia comprendido, dijo Don Juan, con una 
sonrisa significativa; tenéis razón, amigo Francisco; no 
sois rico, y un hombre como vos, que ha venido á ser 
aquí una potencia por su influjo en el pueblo, tiene dere- 
cho á hacer fortuna. No sois noble, y veis justamente con 



— 268— 

disgusto que lo son otros que no poseen tal vez los mé< 
ritos que vos. Yo puedo haceros rico, yo puedo levantaros 
de la posición humilde á que la ciega casualidad os hí^ 
condenado. Puedo hacer que el Rey os otorgue el trata- 
miento de Don y una ejecutoria de hidalgo, en premio 
de los servicios que prestareis á S, M. en esta ocasión. 

El herrero se cruzó de brazos y dirijió al Visitador 
la mirada fija y serena de sus grandes ojos azules, Don 
Juan, á pesar de su altivez y de la superioridad moral que 
le daba su posición respecto á aquel artesano, casi no 
pudo sostener aquella mirada, que expresaba, mejor que 
el mas elocuente discurso, la dignidad del hombre de ca- 
rácter, herida en lo mas vivo. 

— p]s decir, dijo al fin Francisco, sin que su acento 
traicionase la emoción de su alma; es decir que habéis 
venido con el objeto de buscar mi cooperación; de balde, 
si es posible; y comprada, si es que yo quiero poner pre- 
cio á mis servicios? 

El Visitador no respondió, temiendo echar á. perder 
por completo la negociación. A pesar de la manera firme 
en que habia contestado á las indicaciones del Alguacil 
Mayor y no obstante el valor con que acababa de ir á 
desafiar la cólera del pueblo, Don Juan comprendia la 
necesidad de obrar con prudencia y evitar que las cosas 
llegasen á una peligrosa extremidad. Veia que no se ade-^ 
lantaba mucho en el juicio de residencia contra el Presi- 
dente y convenia á sus planes que no se le pudiese acu- 
sar de haber empeorado la situación del reino, con medi- 
das apasionadas y violentas. Sabiendo que el hijo de An- 
drés Molinos disponía de una gran parte del pueblo, cal- 
culó que aquel* hombre podria servir en un caso dado y 
quiso ir por si mismo á sondear la disposición en que es- 
tuviese, no queriendo fiar aquella negociación ni al her- 
rero, de cuyos alcances tenia poco concepto, ni al bar, 
bero, que no le inspiraba una completa confianza. 

El modo frió, duro y resuelto en (¿ue declaró Fran- 



— 260— 

cisco que no estaba dispucHto á emplear su influencia para 
¿ipaciguar al pueblo, asombró y ofendió al orgulloso Vi- 
sitador, poco habituado á encontrar resistencias, aun en su- 
jetos de mas importancia que aquel artesano; pero le con- 
venia disimular en la ocasiou, y cuando creyó compr(?n- 
der que Francisco trataba de sacar partido de la necesidad 
que se tenia de sus servicios, se resolvió á comprarlos. 

El hijo adoptivo de Andrés Molinos, después de ha- 
hex dirijido á Don Juan la mirada de que hemos hablado 
y que casi casi hizo creer al Visitador que se habia equi- 
vocado en la interpretación que diera á las palabi-as del 
herrero, le dirijió la pregunta á que Don Juan creyó mas 
prudente no dar contestación. 

Alisto que el Visitador guardaba silencio, Francisco 
repitió: 

— ¿Queréis comprar mis servicios? 

— Mi deseo, dijo el Visitador, es recompensarlos dig- 
namente. 

— Pues bien, replicó el herrero, debo deciros que es- 
toy pronto á venderlos. 

Don Juan vio con asombro á Francisco; y luego, di- 
simulando aquella' impresión, dijo: 

. — Cuales son vuestras condiciones? 

— Os he dicho que vendo mis servicios, replicó Mo- 
linos; pero debí decir que los cambio. Servicio por servi- 
,cio; pensad si os conviene. 

— Explicaos. 

— Vos necesitáis de que mi voz aplaque á la multi- 
tud irritada; no porque temáis el riesgo que podáis cor- 
rer personalmente, pues me consta que tenéis valor; si- 
no porque no os conviene ser la causa dé una grave per- 
turbación del orden. Yo puedo desarmar la cólera del pue- 
blo, y lo veréis venir á mi, manso y humilde, como el 
león que lame y acaricia la 'mano de su guardián. Pero, 
^n recompensa de ese servicio, os pido una cosa que á 
TQS, señor, os costará muy poco, y que á mi me impor- 



—270- 

ta mas que los honores, mas que las riquezas, mas que 
la vida misma. 

El herrero se detuvo, y acercándose á Don Juan, le 
dijo casi al oído, y con voz sorda y temblorosa: 

— Decidme quien soy. 

Ilabia tal expresión de amarga y sombría desespera- 
ción en el acento con que pronunció Francisco aquellas 
palabras, que el Visitador no pudo dejar de asombrarse 
al notarlo. 

— ¡Quien sois vos! dijo, ¡quien sois! ¿Lo sé yo acaso, 
Francisco? ¿Puedo yo revelaros el secreto de vuestro ori- 
gen; yo, que estoy aquí apenas hace dos meses, y que no 
conozco ni aun la historia de las familias principales? 

— Vos no sabéis quien soy, dijo el lierrero, balbu- 
ciente de emoción; pero podéis averiguarlo, si lo queréis. 
Mi padre adoptivo nada puede negaros; mi tio es todo 
vuestro; preguntadles quienes eran los padres del. huérfa- 
no á quien se ha criado bajo un nombre que no le per- 
tenece y en una condición para la que tal vez no habia 
nacido. ¡Oh señor! añadió Francisco, juntando sus manos 
vigorosas, en actitud suplicante; descubrid ese misterio; 
reveládmelo y seré el perro fiel que seguirá 'humilde y 
rendido vuestros pasos. Acariciaré al que vos queráis 
que acaricie; haré sentir mi furia al que me mandéis vos 
que desgarre. Yo siento aqui, señor, en mi cabeza y en 
mis entrañas, que hay algo que no es la sangre del villano; 
hay un corazón levantado, á quien no es el aliento lo que 
le hace falta; hay pensaiiiientos que abarcan un ámbito 
mucho mas extenso que el estrecho á que alcanzan mis 
ojos. Yo me he imaginado grande, temido y poderoso; mo 
he soñado libre, surcando los mares, hirvientes con la 
tempestad, como en ciertas noches cuyo recuerdo vago 
bulle en mi memoria. La brisa me trae voces desconoci- 
das que despiertan en mi aliña los deseos mas extraños; 
el trueno al estallar y la lluvia cuando cae á torrentQS 
desde un cielo sombrío, me revelan el misterio de mi frus- 



— 271 — 
traáo destino. ¡Quien so}^ ¡Quien soy! Si atiendo á ío 
que dice el mundo, un miserable huérfano á quien salvó 
de la miseria un soldado caritativo; si escucho la voz 
secreta de mi corazón, algo superior, si, muy superior á 
cuanto me rodea! 

Habia efectivamente algo grande, sublime tal vez, en 
la entonación de la voz, en la mirada, en el aire de 
aquel hombre, cuando pronunciaba aquellas palabras. Don 
Juan, á pesar del frió escepticismo que formaba el fondo 
de su carácter y no obstante su desprecio por la humani- 
dad, no pudo menos de admirar al que humilde y pe- 
queño un momento antes, se erguia delante de él como 
tin coloso, alentado por las mas nobles aspiraciones, sos- 
tenido por la fé en si mismo. El momento era solemne. 
El Visitador se puso en pié é iba á responder á Fran- 
cisco Molinos, cuando se oyeron en la puerta de la her- 
rería gritos atronadores, ó mejor dicho rujidos desespe- 
rados. 

Era una turba de gente armada que intentaba pre- 
cipitarse en el taller, la que arrojaba aquellos ahullidos'. 
Después de haber abierto paso al Visitador, los amotina- 
dos, vueltos de la sorpresa que les causara aquel golpe 
de audacia y excitados por algunos sugetos de apariencia 
decente, que recorrían encubiertos los grupos, sintieron 
íedoblar su furor y fueron siguiendo de lejos á Don Juan. 
Lo vieron entrar á la herrería de Molinos y se pararon 
á aguardar que saliese. La conferencia se prolongó y el 
populacho comenzó á impacientarse. Las turbas fueron 
engrosándose, y á medida que aumentaban en número 
los descontentos, dejaban ver mas y mas su audacia. Res- 
petaban el sagrado de aquel taller, por el amor y la ve- 
neración que tenian á Francisco; pero de repente un car- 
nicero, mas osado que los otros, se adelantó y en térmi- 
nos harto desvergonzados, reprochó á los del tumulto su 
cobardía y los excitó á que entrasen á acabar con el Vi- 
sitador. La propuesta fué acogida con gritos descompasa- 



clos, y aprovechando aquella excitación, so precipitó eí 
carnicero hacia la herrería, blandiendo un enorme cuchilio, 
(jne aun conservaba las señales de las operaciones del ofi- 
cio á que estaba destinado. La turba siguió á aquel frené- 
tico dando ahullidos de rabia, y esos gritos fueron los que 
interrumpieron á Don Juan, en el momento en que se 
disponía á contestar á Francisco Molíiios. 

— ¿Donde está ese judio á quien llaman el Visita- 
ílor?, gritó el carnicero, levantando el brazo manchado 
de sangre hasta la camisa, que llevaba arremangada. 

Don Juan se puso ligeran^ente pálido al ver el hier- 
ro, cuya punta casi le tocaba ya el pecho, y al advertir 
que se le dirijían al mismo tiempo veinte ó treinta cu- 
chillos mas. Pero aquella impresión fué rápida como eí 
relámpago, y eí rostro del Visitador recobró inmediata- 
mente su, serenidad habitual. 

— Yo soy; ¿que se ofrece?; contestó con voz firmo, 
sin miedo y sin jactancia, al que habia hecho la pregunta. 

El feroz carnicero iba á hundir ' el puñal en el co- 
razón de Don Juan; cuando una mano vigorosa apartó el 
hierro, con un golpe dado en el brazo que lo manejaba; y 
otra mano asió por el cuello al asesino y lo arrojó á unas 
dos varas de distancia, en medio" de sus compañeros ater- 
rados. Aquellas dos manos eran las de Francisco Molinos. 

— ¡Atrás! grito Molinos con voz estentórea; y solo 
y desarmado como estaba, se plantó en medio del grupo 
de malvados, dominándolo con su elevada estatura, con la 
altivez de su porte y con la audacia de su mirada. Un 
rujido sordo 'fué la única respuesta que se oyó partir de 
en medio de los amotinados, que dejando caer los cuchi- 
llos, se retiraron hacia fuera de la puerta. 

— Este caballero es mi huésped, dijo Molinos; y por 
aliora, está bajo mi protección. 

Aquellas palabras produjeron un efecto mágico. La 
turba se hizo un remolino, y abriendo calle, dejó pasar 
ai Visitador, que salió seguido del herrero. Los del tumul- 



— 273— 

lo jos seguían en el mayor silencio. Francisco fué acom- 
pañando al Juez de residencia hasta la puerta de su ca- 
sa; y cuando hubieron llegado, el Visitador apretó la mano 
al herrero, y le dijo: 

— Podéis contar conmigo, como yo con vos; y sin 
pronunciar una palabra mas, volvió la espalda y entró en 
su casa. 

Al subir las escaleras, murmuraba Don Juan: 

— El, hombre, vale tanto como ella, muger. Veinte 
años antes, yo lo habría estimado; mas, me habría unido 
á él con la mas estrecha amistad. Hoy, es tarde; si.... 
demasiado tarde, repitió; y llamando al page de servicio, 
le dijo con 1^ mayor tranquilidad: 

— La comida. 



■274— 




CAPITULO XX. 

En casa del Alffuacil Mayor. 



N el capitulo precedente han hecho conocimiento 
^^ nuestros lectores con un personage que aun no 
habia figurado en el drama que vamos refiriendo: 
el Alguacil Mayor Don Gerónimo de ütrilla, Fernandez 
y Montalvan. Este individuo era un problema viviente, 
nn enigma que pocos hablan tal vez adivinado. Comen- 
zando por su origen y acabando por sh elevación al ran- 
go de Alguacil Mayor, Don Gerónimo era uno de esos 
acertijos que pican la curiosidad, hacen sudar para encon- 
trarles la explicación y acaban por cansarle á uno la pa- 
ciencia y obligarlo á darse por vencido. Unos decian que 
era noble; otros suponían que era muy cualquier cosa; 
para estos era un tonto; para aquellos un hombre que 
disimulaba sus habilidades. Quien pretendía que era un 
bonachón; quien le hacia la cruz cuando pasaba, como si 
fuera el mismo diablo. No diremos cual ó cuales de esas 
opiniones fuesen las mas acertadas; dejando al juicio im- 



— 2/5 — 

parcial y recto de nuestros lectores el calificar á Don 
Gerónimo; colocándolo en el calendario, ó inscribiéndolo 
eu el número de la gente non sancta. 

Que Don Gerónimo debía ser algo, lo inferimos nos- 
otros de lo mucho que hablaban de él; pues casi siempre 
puede medirse la importancia de los hombres públicos 
j)or las murmuraciones de los prójimos. Frecuentemente se 
oia en la ciudad: Don Gerónimo hizo, Don Gerónimo dijo, 
Don Gerónimo fué, Don Gerónimo volvió; y Don Geró- 
nimo era el autor de cuanto sucedía, especialmente si lo 
quo sucedia era algo malo. 

Hemos apelado respecto á Don Gerónimo al fallo im- 
parcial de nuestros benévalos lectores; y vamos á apelar 
al de nuestras sagaces y amabilísimas lectoras respecto á 
la muger de Don Gerónimo. 

Era Dña. Luisa de mediana estatura, pálida, ojine- 
gra, cabello blondo obscuro, boca no muy pequeña, pero 
graciosa y provocativa; nariz de esas que llaman respin- 
gonas; mano fina y bien contorneada, pié pequeño, llena, 
cargada de espaldas, aunque no tanto que pudiese decirse 
jorobada; labios gruesos, que tenia costumbre de mor- 
derse, no sabemos si por distracción, ó por mostrar dos 
hileras de dientes pequeños y bien esmaltados, aunque no 
enteramente parejos. En fin, Dña. Luisa, no siendo lo que 
puede llamarse una rauger hermosa, era una muger de 
esas de quienes las demás mugeres hablan moviendo lige- 
ramente ios hombros; de esas de quienes suelen decir ellas 
que no son bonitas; pero á quienes de seguro no se atre- 
verían á llamar feas. 

Por lo demás, Dña. Luisa era todavía mas enigma 
que su marido, y no es poco decir. Era joven, aunque 
no tanto como ella pretendía; pues hacía algún tiempo que 
se había plantado impertérrita en los veinticuatro años y 
jurado no pasar de ahi, asi la mataran. Su marido podia 
pasar por su padre, y se murmuraba por bajo que do ma- 



— 276— 

rido no tenia el bueno de Don Gerónimo sino el titulo y 
los honores. 

Con lo dicho, con agregar qne Dan Gerónimo y Dña^ 
Luisa no tenian hijos y concluyendo con que ella acos- 
tumbraba tener caprichos y él acostumbraba satisfacerlos, 
creemos que bastará y sobrará para que lectores y lecto- 
ras formen su opinión, con cabal conocimiento de causa, so^ 
bre Don Gerónimo y Dfia. Luisa. 

Eran las ocho de la noche; de la noche del dia en 
que el Visitador habia estado á punto de acabar apuña- 
leado en la herreria de la calle ancha por un carnicero 
y por otros desalmados á quienes este capitaneaba. En una 
casa de muy buena apariencia de la calle de Santa Cata- 
rina, que entre paréntesis, no era entonces la calle real, 
como lo es ahora, á falta de otras mejores; estaba, en una 
Bala bastantemente bien adornada, y bastantemente mal 
alumbrada por una vela de sebo, colocada en un candelero 
de plata, una muger que aparentemente no hacia nada; 
pero que en realidad hacia lo peor que puede hacer una 
muger joven y no mal parecida que tiene marido viejo y 
feo: se aburría. Aquella muger era Dña. Luisa, y aquel 
aburrimiento podia tener diversas causas. En nuestra 
antigua capital la prima noche era la hora de las visi- 
tas, aun de cumplimiento; y una casa delante de cuya 
puerta no se veian dos ó tres coches por lo menos, poco 
después de la oración, y donde los criados no iban y 
venían con las bandejas de plata cargadas de bizcochos y 
de lujosas jicaras de chocolate, para las visitas, era una 
casa de mal tono, pertenecía á una familia obscura y po- 
co relacionada. 

Es pues el caso que en la noche de que hablamos, 
no habia coches delante de la puerta de Dña. Luisa, ni 
habia en la cocina movimiento de criadas, pues el choco- 
late no se sirve cuando no hay quien se lo tome. He 
aqui por qué Dña. Luisa se daba al diablo., prefiriendo 



eso a ciarse á su niaricKi. 

De tiempo eo tiempo la joven dirijia miradas impíi' 
cientes á un reló que encerrado en su correspondiente 
torre de caoba sin barnizar, se levantaba en medio de 
las dos ventanas de la sala. A medida que avanzaba la 
manecilla, aumentaba la impaciencia de la dama, v los 
latidos de su corazón casi se escuchaban tan distintamen- 
te como los golpes secos y acompasados de la péndola. 
Dña. Luisa se mordia los labios; pero aquella vez no era 
para lucir los dientes, sino para hacer brotar la sangre. 
Sacaba de bajo la bordada falda de su trage de tafetán 
de Granada color de lila, un lindo 'pié calzado con un lu- 
joso chapin de raso blanco y golpeaba con fuerza la al- 
fombra que cabria el estrado. Otras veces se |irregiaba 
la botonadura de plata que sugetaba su justillo, sin em- 
bargo de que no necesitaba de aquella operación. Empu- 
jaba hacia atrás con mal humor sus mangas perdidas, que 
bajaban con elegancia de los alechugados brahones que 
adornaban sus hombros; ajaba su gola de encajes, so pre- 
texto de aderezarla y echaba á perder su tocado, tirando 
con desesperación de los hermosos rizos que formaban sus 
cabellos, cojidos con una preciosa peineta de perlas. 

La despiadada manecilla Seguia entretanto adelantan- 
do en la órbita que formaba la carátula del reló y al 
fin llegó á tocar el número que marcaba las nueve. La 
campana hizo resonar en el salón otros tantos golpes so- 
noros, secos y pausados. 

— ¡Las nueve ya y no viene!, exclamó Dña. Luisa, 
levantándose. 

El mal humor de la dama, mal contenido hasta en- 
tonces, hubo por último de estallar. Se dirijió precipita- 
damente al cuarto inmediato, que era su alcoba; tiró con 
fuerza de un cordón de seda encarnada que pendia del 
techo, y se oyó á lo lejos el retintín de una campanilla. 
Inmediatamente acudió un criado, á quien Dña. Luisa dijo 



— 278 — 
Becamente: 

— Dile á señor que venga. 

— Señora, contestó el criado, medroso al advertir, 
por la entonación de la voz, lu cólera de su ama. El Sr. 
Don Gerónimo está encerrado en su despacho, muy ocupa- 
do, y ha dado orden de que nadie lo interrumpa. 

— ¡Por vida de ! gritó la joven; tan animal es el 

que ha dado tal orden como los que la cumplen. Dile que 
lo llamo yo. 

Imposible es decir todo lo que habia de fuertemen- 
te acentuado en aquel pronombre personal pronunciado 
como lo pronunciaban los labios de Dña. Luisa. Aquel 
yo era la fórmula mas concreta, pero la mas expresiva 
del gobiej-no absoluto de la muger. Era la tirania con- 
yugal aquilatada, quintescnciada, reducida á dos letras, 
que expresaban ellas solas mas teoria de despotismo, que 
toda la que puede contener desleida el famoso libro de 
Maquiavelo. Ante un yo de aquel calibre, no habia maa 
que callar y obedecer; y asi el lacayo de Dña. Luisa obe- 
deció y calló. 

Dos minutos después se abrió la puerta del salón y 
apareció el Alguacil Mayor, en el mismo trage que lleva- 
ba por la mañana, cuando se presentó en casa del Visita- 
dor, menos el sombrero, el ferreruelo, el chafarote y 
la vara, 

— ¿Que ocurre, hija mia, mi querida Luisa, dijo Don 
Gerónimo, que acostumbraba buscar las frases mas meli- 
fluas siempre que notaba anuncios de tempestad. 

— ¿Que ocurre, decis? respondió la joven, lanzándose 
hacia su marido como una culebra á quien se ha dada 
un pisotón. Lo que ocurre es que sois un cafre. 

— Pero, bien mió, le contestó el pobre Alguacil, ya 
eso me lo has dicho mil veces y . . . . 

— Y os lo dirá otras mil, y nunca sefán tantas cuan- 
tas merecéis. Ved este salón; reparad en la hora que es 



— 279— 

y decidme si es regular que nadie venga á las nueve de 
la noche. Mi tertulia se acaba; esto es insoportable; dos 
noches ya que nadie pone un pié aqui; ni aun mi prima 
la de Estopdñan. 

— Pero . . . . • 

No hay mas pero sinO que tus bellaquerias tienen la 
culpa de que todos huyan de mi como si tuviera yo la 
peste, ó si estuviera excomulgada. 

— Pero .... 

— Pero lo que hay es que todo el mundo te maldice 
iioy en la ciudad, por haberte 'metido á farolero. Solo á 
ti que eres un ruin pudo haber ocurrido ir á hacer esas 
prisiones, que tienen la culpa de que nadie me vea. 

— Pero mis .... 

— Pero tus barbaridades han de costarme la vida; 
ya te lo he cantado y recantado. Al fin has logrado tu 
deseo, viejo impertinente, que es vivir solo y encerrado 
como un tecolote. ¡Y ver, añadió Dña. Luisa, cuya exci- 
tación nerviosa iba subiendo de punto; ver que por tu 
maldita acción no volverá el hijo del Sr. Presidente, que 
.apenas comenzaba á visitarme, y ahora Dios sepa lo que 
va á pensar de mi, al ver que tengo un marido tan ca- 
ribe, que ha sido capaz de semejante villanía! 

— Ah! exclamó el Alguacil Mayor, que vio con gua- 
to que el enemigo le abria una brecha; el capitán Pe- 
raza! el capitán Peraza! Con razón las visitas de ese mozo 
me daban mala espina. Eso es lo que te ha pue&to de 
«se humor de perros. El capitán! el capitán! Ya te en- 
tiendo prenda mia; sábete, buena pieza, que no volverás 
á andar en picos pardos con ese joven libertino; pues, 
para tu intelijencia te diré que tengo orden formal y muy 
fortíial de llevarlo á la carchi de corte, y he de tener 
el gusto de que se seque ahi. 

Don Gerónimo estaba realmente furioso cuando pro- 
nunciaba aquellas palabras. El desventurado tenia la debili- 



— 280 — ^ 

vlad (le adorar á su inuger y los celos le mordian criicl- 
tnente el corazón. Cuatro ó seis noches antes, Don Fer- 
nando se había presentado en su casa, acompañado del 
joven Estopiñan, pariente de Dña. Luisa, y i\e habia de-, 
dicado á cortejar á la dama, con su acostumbrado desem- 
barazo. Don Gerónimo se daba al diablo con aquel ga- 
lanteo; pero no se habia atrevido á poner en la calle 
al hijo del Presidente, pues no las tenia todas consigo 
sobre el resultado del juicio de residencia y no era pruden- 
te exponer la vara á un fracaso. Asi, cuando el Visita- 
dor le dio orden para prender á Don Fernando, el pobro 
hombre vio el cielo abierto, pues iba á verse libre de 
aquel rival temible, y en todo evento habia otro sobre 
quien echar la responsabilidad de tan grave medida. 

Dña. Luisa se puso pálida de ira al oir que su ma- 
rido hablaba de prender al capitán Peraza, y le dijo con 
la voz balbuciente de furor: 

— ¿Que hablas tú de prender al capitán, viejo loco? 
¿Crees que eso es tan fácil como decirlo? ¿Te figuras »tíi 
que lín caballero de su condición es como uno de tantos 
borrachos á quienes acostumbras poner en la cadena, 
cuando te da la gana? Mira, Gerónimo, guárdate de to- 
car á Don Fernando, si quieres evitarte muchos dolores 
de cabeza. 

— Oh! ¿Conque me amenazas? ¿Es decir que confie- 
sas que amas á ese perdonavidas? 

— iQue amenazar ni que calabaza!, replicó la joven. 
Yo no te amenazo ni puedo amar á un hombre á quien he 
conocido hace tres dias, y á quien no he hablado sino de- 
lante de testigos. Te advierto el peligro á que te expo- 
nes y nada mas. 

— Pues yo te digo que lo he de prender, gritó en 
tono airado y resuelto el Alguacil Mayor. 

— Pues yo te repito que no te atreverás á tocarle un 
pelo de la cabeza, porque la pagarás y muy bien pagada. 



— 281 — 

— Si, exclamo Don Gerónimo, como iiaciendo un 
asñterzo extraordinario para mostrarse enérjico, lo he bus- 
cado por todas partes y bien sabe él porque me ha huidp 
la cara; pero yo daré con él; lo prenderé, en donde quie- 
ra que lo encuentre, aun cuando vaya á esconderse bajo 
del ara del altar mayor de la Catedral. Lo prenderé, lo 
prenderé, repito; ¿lo entiendes? 

Dña. Luisa fué acercándose poco á poco á su marido, 
con los dedos crispados y rechinando los dientes, como 
una hiena que se dispone á saltar sobre su presa; pero 
en aquel momento se abrió de par en par la puerta del 
salón y el lacayo dijo en voz alta, anunciando: 

— El capitán Peraza. 

El Alguacil Mayor sintió que las piernas le tembla- 
ban; un sudor frió comenzó á correr por su frente; se le 
nubló la vista y estuvo á punto de desmayarse. Dña. Lui- 
sa varió también instantáneamente, al oir aquel anuncio 
inesperado. Su rostro, contraído por el furcw, se revistió 
de la expresión de la amabilidad y comenzó á vagar por 
sus labios una sonrisa encantadora. 

Don Fernando se adelantó hacia la dama, con la ca- 
beza erguida y con su aire marcial acostumbrado. Estaba 
pálido y llevaba el brazo derecho medio oculto bajo el 
ferreruelo, y pendiente de un pañuelo de seda encarnado, 
que hacia muy buen efecto sobre el terciopelo negro de 
su ropilla. Dña. Luisa echó una mirada rápida al gallar- 
do capitán y en seguida volvió á ver á su marido, que 
le pareció mas insoportable que de costumbre, á causa de 
lo cómico de la situación en que colocaba al infeliz la 
aparición del capitán en aquel momento en que acababa 
de lanzar tantas bravatas. 

Peraza saludó con galantería á Dña. Luisa y apenas 
hizo una ligera inclinación de cabeza á Don Gerónimo, 
que estaba espantosamente contrariado. 

— No esperábamos tener el honor de veros por acá 
esta noche, señor capitán, tartamudeó el Alguacil Mayor, 

36 



— 282— 
limpiándose el sudor que le goteaba de la frente. 

— En efecto, se apresuró á añadir Dña. Luisa, se ha 
dicho que na estabais muy bien de salud y yo temia ya 
no tener el gusto de veros. 

El capitán tomó asiento en un taburete forrado de 
baqueta de Moscovia que colocó tan cerca de Pña. Lui- 
sa como le fué posible, aunque quedaba volviendo un po- 
co la espalda al Alguacil Mayor. 

— Esta noche me he sentido mejor, amable Dña. 
Luisa, dijo Don Fernando; y creo que el deseo de veros 
ha sido medicina mas activa que los emplastos de los doc- 
tores y los boticarios. 

— Pues yo pienso que hacéis mal en exponeros sa- 
liendo á la calle, dijo Don Gerónimo. 

— Gracias, no tengo calentura, replicó el. capitán, sin 
volver la cara; y aunque siento que se me abrasa el al- 
ma, nada tengo que temer del frió ni del sereno. 

El pobre Alguacil se puso mas pálido que un difun- 
to, al oir que al capitán se le abrasaba el alma; compren- 
diendo la intención diabólica de aquellas palabras. Reu- 
nió todas sus fuerzas,^ y haciendo un ánimo, como el que 
se decide á salvar de un salto un ancho foso, respondió: 

— No es el frió ni el sereno de la noche lo que de- 
béis temer, caballero; sino la orden que se ha dado. 

— ¿Orden de qué, buen hombre?, dijo Don Fernando; 
volviéndose hacia Don Gerónimo. 

A quellas dos palabras: hiien hombre, acabaron de ha- 
cer perder el juicio al desventurado del Alguacil, que, 
herido en lo mas vivo, y sintiéndose fuerte con sus dere- 
chos de marido y con el mandamiento de prisión, que lle- 
vaba en el bolsillo, firmado y sellado por el Visitador, se 
puso en pié, y en el tono mas magestuoso y grave que 
le fué posible, exclamó: 

— Orden de encerraros en una bartolina, en la cár- 
cel de corte, que sé de muy buena tinta haber sido ex- 
pedida por Su Señoria el Licenciado Don Juan de Ibar- 



— 283— 

ra, Visitador y Juez de residencia del Señor Presidente. 

— ¡Bah!, contestó Don Fernando alzando los hombros 
€on desden; yo quisiera ver quien es el guapo que se 
atreve á ponreme á mi la mano; y sin hacer mas caso del 
Alguacil Mayor que el que hiciera de un Ínfimo corche- 
te, le volvió otra vez la espalda y continuó dirijiendo á 
í)ña. Luisa miradas asesinas. 

Don Gerónimo se daba á todos los diablos, y le en- 
traron serias tentaciones de salir de la sala y enviar á 
llamar seis ú ocho de sus ministriles; pero Dña. Luisa, que 
estaba muy acostumbrada á leer en lo mas recóndito de 
los pensamientos de su marido, adivinó sus malas inten- 
ciones y se propuso combatirlas, empleando la mas hábil 
de las estratejias. 

— Parece, dijo la dama con naturalidad, que el jui- 
<3Ío de residencia del Señor Conde está á punto de con- 
cluir. 

— Entiendo que si, contestó el capitán; el Señor Yi- 
eitador está en un atolladero sin salida; no tiene mas ar- 
bitrio que cortar por lo sano y marcharse con la música á 
otra parte. 

— He oido decir, añadió Dña. Luisa, que nada se sa- 
ca en limpio de las declaraciones tomadas; que vuestro 
señor padre se sincerará de todos los cargos, y general- 
mente se cree que seguirá gobernando otros diez años. 

— Esa es mi convicción, señora, y lo ha sido siempre. 

— Yo me alegro infinito, dijo la dama, queriendo dar 
el último golpe á los 'planes de Don Gerónimo, que esta- 
ban ya casi derrotados; y lo único que siento en todo es- 
to es lo que habrá de suceder á los que se han compro- 
metido ligeramente, mostrando un celo exajerado en cum- 
plir las órdenes del tal Yisitador. 

— Eso se verá á su tiempo, dijo Don Fernando, mo- 
viendo la cabeza en aire de amenaza; yo lo que os digo 
es que poco ha de vivir el que no vea cortar aquí mas de 
media docena de cabezas. 



— 284— 

El Alguacil Mayor saltó de su aííiento todo asustado, 
y se agarró el cuello con ambas manos, como si quiese de- 
fender y asegurar la suya. 

— No hay destino mas comprometí do. dijo temblando, 
que el que yo ejerzo; espero que esto se considerará lle- 
gado el caso. 

— El señor capitán empleará su influencia en tu fa- 
vor, replicó Dña. Luisa. 

— Se hará lo que se pueda, señora, dijo el capitán; y 
¿quien sabe? tal vez con una multa de dos mil tostones, 
cinco ó seis años de prisión ú otros tantos de destierro, 
podrá el Señor Alguacil Mayor evitar la horca. 

— ¡Prisión! destierro! multa de dos mil tostones! ex- 
clamó Don Gerónimo aterrado; no, yo no tengo necesi- 
dad de exponerme á eso; y ademas, tongo un cQrazon que 
no me permite perjudicar á nadie. Sabed, señor capitán, 
que yo mismo he recibido del Visitador la orden de 
prenderos; he ido á buscaros anoche por hacer la planta; 
pero bien veis qué poca diligencia he puesto para en- 
contraros. Sabia que no estabais tan malo como decian, y 
sin embargo, he ungido creer en vuestra enfermedad. No 
olvidéis esto, señor capitán. Eso nc lo hace cualquiera; 
tal prueba de estimación bien merece que os interes^íis 
por mi. ¡Mal haya el tal Visitador que ha venido á me- 
ternos en esta barahnnda! 

El lacayo que habia anunciado al capitán, abrió en 
aquel momento la puerta de la sala y dirijiendose al Al- 
guacil Mayor, dijo: * 

— El Señor Visitador desea ver inmediatamente á 
Vanesa Merced y sube ya las escaleras. 

Un rayo habria hecho menos efecto al pobre Don Ge- 
rónimo que el que le causaron aquellas palabras. 

— ¡Santo Cristo de Esquipulas! exclamó temblando 
como un azogado; si os encuentra a^quí, señor capitíin, soy 
hombre arruinado, perdido. Por el amor de Dios, ocultaos. 

— Yo no tengo por qué ocultarme, contestó Don Fer- 



— 285— 

nando y se arrellanó en una butacn. 

— ¡Que no os ocultáis! dijo el Alguacil M-ayor, cnyo 
miedo iba subieii^lo de punto. Entonces yo rae voy; no me 
quedo aquí; me escondo; me disfrazo; pronto, pronto, Lui- 
Ra, hija mia,*uno de tus vestidos; que no me conozca: 
dile que no soy yo, que no estoy en casa, que estoy 
malo, que me mori; lo que quieras. S¿ii vadme, por piedad, 
salvadme. 

— Hacedlo, por compasión, exclamó la joven; por él, 
por vos,, por .mi; ocultaos un momento. 

El capitán cedió al fin á los ruegos de Dña. Luisa 
y consintió en pasar á la alcoba, cuya puerta cerró ella, 
luego que hubo entrado Don Fernando. Y era tiempo; pueá 
en aquel mismo instante cipareció el Visitador. Adelantó- 
se el Alguacil Mayor á recibirlo, haciéndole profundas 
cortesías y Don Juan saludó con urbanidad á Dña. Luisa. 

— Señor, dijo Don Gerónimo, con voz balbuciente, 
pues aun le duraba el susto; este honor inesperado nos 
sorprende á mi esposa y á mi. Hola! Pedro, Diego, traed 
otra luz; que preparen chocolate para Su Señoría. 

— Gracias, caballero, dijo Don Juan; no molestéis á 
nadie por mi; esta visita tiene por objeto únicamente ha- 
blaros de asuntos graves del bervicio del Roy. 

Dña. Luisa se puso en pié, al escuchar aquellas pa- 
labras, y saludando á Don Juan con una reverencia, se 
dispuso á retirarse. Don Gerónimo aprobó con una mira- 
da significativa la discreta resolución de su esposa; pero 
el desventurado se puso pálido y sofocó un grito que es- 
tuvo á punto de escapársele, al advertir que Dña, Luisa, 
en su atolondramiento, se dirijia á la alcoba donde es- 
taba encerrado el capitán Peraza. 

— No, no por ahi, hija mía, dijo levantándose y dete- 
niendo á la dama, que ya iba á abrir la puerta. Con per- 
miso de Vuesa Señoría, Señor Visitador; hazme favor de 
pasar á ese gabinete, (y señalaba otra pieza contigua á la 
sala;) no hay luz en tu alcoba y podrías dar un tropezón. 



— 286— 

Diciendo esto, hizo salir á Dña. Luisa empujándola li- 
geramente; la llevó hacia la puerta, y al llegar, dijo con 
voz sorda y alterada por el furor: 

— ¡Maldita seas tú y maldito el que me ha metido en 
tal enredo! 

La joven señora dirijió á su marido una mirada de 
indignación y entró en el gabinete. 

El Alguacil Mayor volvió á donde estaba Don Juan, 
que contemplaba atónito aquella escena, y tomando asiento 
á cierta distancia del Visitador, por respeto, dijo: 

— Estoy á las órdenes de Vuesa Señoria. 

— Señor Alguacil Mayor, dijo Don Juan, con aire se- 
vero; ¿sabéis que el capitán Peraza no está en Jocotenango? 

— iQue no está en Jocotenango! Pues .... es muy ex- 
traño se me aseguró que estaba tan malo.... que yo.... 

pues. . . . si.... no.... tal vez.... ¿quien sabe?. ... 

— Acabo de recibir aviso de que se le ha visto re- 
correr á eso de las ocho varias calles de la ciudad; que ha 
hablado con muchos délos descontentos, que han vuelto á 
reunirse en grupos amenazadores, como esta mañana. 

— Es raro .... ese capitán .... ese capitán .... puede 
dar aun mucho que hacer, dijo el Alguacil Mayor, en voz 
muy baja y volviendo á ver todo azorado hacia la alcoba. 

— Es necesario prenderlo pronto. 

— Si, si, prenderlo y hacerlo salir luego luego del 
reino. 

Vos mismo vais á salir á buscarlo, hasta dar con él, 
aun cuando tengáis que rondar toda la noche. 

— Señor yo ... . desde luego .... lo que dispon- 
ga Vuesa Señoria; pero, ir ahora y no volver en 

toda la noche. El capitán! .... el capitán! .... ¿donde voy 
yo á dar con él? 

— Buscadlo ¡vive Dios! aunque sea en las entrañas 
de la tierra, exclamó Don Juan, cuya paciencia se iba 
ya agotando. Ea! salid; vamos inmediatamente y no vol- 
váis á presentaros en mi presencia, si no me lleváis la no- 



— 287— 
tíciade que est;í cumplida la ói-den. 

Al decir esto, el Visitador se puso on pié, y Don Ge- 
rónimo hizo otro tanto maqninalmente. 

— Seguidme, dijo Don Juan, cuyo aire verdaderamen- 
te feroz, hizo que se le erizaran los cabellos al Alguacil 
Mayor. Sin decir ya una sola palabra, tomó la capa y el 
sombrero, se ciñó la espada y empuñó la vara. El Visita- 
dor avanzó hacia la puerta de la sala y Don Gerónimo 
marchó tras él, mollino y cabizbajo. Al salir, el desven- 
turado volvió la cabeza y dirijió una tristisima mirada á 
la alcoba donde estaba encerrado el capitán y otra igual- 
mente dolorosa al gabinete en donde estaba su muger. 
Lanzó un gemido sordo y fué siguiendo los pasos de 
Don Juan. 

No bien hubo sonado el ruido de la puerta de la 
calle que se cerró luego que hubieron salido los dos per- 
sonages, Dña. Luisa abrió con mucho tiento la puerta del 
gabinete, desde el cual habia escuchado, sin perder una- 
sola silaba, la conversación de su marido y del Visitador; 
corrió hacia la alcoba, empujó la puerta, y entró diciendo: 

— Salid. 

Pero no recibió contestación alguna. Entonces tomó 
la vela y pasó con ella á la alcoba; buscó por todas par- 
tes y no encontró anadie; el capitán habia desaparecido. 



'--285 - 



c'A?iTni,n xxT. 




4|nld pro quo. 



ENKMOs que explicar como y por qué había des. 
aparecido el capitán. Desde luego debe conside- 
rarse que Don Fernando, suponiendo que el Vi- 
sitador y Don Gerónimo tratarian asuntos que á él ha- 
bian de interesarle, procuró escuchar la plática; y fué 
asi efectivamente. Con solo aplicar el oido á la puerta, 
pudo ponerse al corriente del objeto de la visita del 
Juez de residencia y enterarse de que se proyectaba na- 
da menos que reducirlo á prisión. 

Entonces concibió Don Fernando un proyecto de esos 
que solo á hombres de un temple como el suyo podian 
ocurrir; y fué, sencillamente, hacer con el Visitador, lo 
que el Visitador queria hacer con él. Oyó que el Algua- 
cil -Mayor quedaba encargado de buscarlo, y calculó que el 
digno gefe de la policía no había de ir solo á desempe- 
ñar semejante comisión, sino que ocurriría al cabildo en 
busca de unos cuantos ministriles. Supuso también que Doa 



— 289— 

Juan se volvería á su casa á esperar el resultado de la 
operación. Era natural, pues^ que se separasen en la es- 
quina donde la cajle de Santa Catarina toca con la qu» 
va hacia la plazuela de Santo Domingo; siguiendo el 
Alguacil hacia la plaza mayor y Don Juan hacia su casa. 
El Yisita^ior iba, pues, á atravesar solo aquella larga calle, 
y cayendo sobre él media docena de hombres fuertes y 
robustos; era lo mas fácil del mundo prenderlo y asegu* 
rarlo, sin que hiciese resistencia, sin necesidad de hacer- 
le daño y sin darle tiempo ni aun para pedir auxilio. El 
capitán calculó en seguida con quienes podria contar, para 
aquel golpe de mano atrevido; y aunque seis de los mas 
calaveras de sus amigos estaban presos, no faltaban otros 
que de seguro se pondrían á sus órdenes para llevar Á, 
cabo el plan. 

No habia tiempo que perder^ una vez tomada la re- 
solución. Don Fernando comenzó á buscar alguna salida, 
tocando las paredes de la alcoba, pues la pieza estaba á 
obscuras; y no tardó en dar con una puerta. La empujó y 
cedió al impulso; pasó á un cuarto de labor de Dña. Lui- 
sa, que iluminaba débilmente un velón que ardia delante 
de una imagen de la virgen^ El capitán vio una ventana 
sin rejas y acercándose á mirar al través de los cristales, 
advirtió que daba al corredor* Abrióla, salió y pronto 
ganó las escaleras. Llegó al zaguán, levantó el pestillo 
del portón y se encontró en la calle. Se dirijió inmedia- 
tamente á una casa poco distante, donde vivia un joven 
amigo suyo, Don Garcia de Loaiza, á quien por su ca- 
rácter atrevido y por la enemiga que tenia su familia al 
Visitador, consideró Don Fernando como uno de los mas 
á propósito para tomar parte en la empresa que llevaba 
entre' manos. La casualidad favoreció al capitán, pues al 
acercarse á la casa de su amigo, este salia. Eeconooie- 
ronse y Don Fernando dio cuenta en breves palabras del 
proyecto y de la manera en que se proponia ejecutarlo. . 

' 37 



— 290— 

— ¡Excelente idea! amigo Don Fernando, excl^amó el 
©tro calavera, y mejor oportunidad para dar un hxxen 
golpe no puede presentársenos. 

— Bien, contestó el capitán; no nos falta, pues, Gar- 
cía, sino encontrar pronto, muy pronto, cuatro ó cinco 
amigos tan resueltos como tú, para que nos ayuden. 

— Esos los tienes ahi en mi casa. Acabo de dejar e»- 
conversación con mi madre y mis hermanas á Luis Alon- 
so de Mazariegos, á Francisco Aguilar de la Cueva, » 
Juan Sarmiento- Valderrama, á Diego de Escobar y á Fer- 
nando Alvarez de R^volorio. Sabes que estos son capa- 
ces de agarrar al mismo diablo y meterlo en un saco; 
voy, pues, á llamarlos y verás como queda todo arregla- 
do en un santiamén. 

Dicho esto, Loaiza volvió á entrar en su casa, y á 
poco salió con los cinco jóvenes, á quienes habia ya in- 
formado brevemente de lo que se proyectaba. El golpe 
era aventurado y peligroso, y por lo mismo cautivó las 
imaginaciones de aquellos mozos atrevidos. Exasperados 
con la prisión de los que habian acompañado á Don Fer- 
nando en la cencerrada, amigos y parientes de algunos 
de ellos, acojieron con decisión y alegría el pensamien- 
to del capitán Peraza, sin reparar en las consecuencias 
que podia ocasionar. Uno de tantos, el menos loco de to- 
dos, hizo una observación: 

— Cuando esté asegurado ese hombre, dijo, ¿que ha^ 
remos de él? 

— Toma! contestó Peraza; lo mandaremos al golfo 
con una escolta y lo embarcaremos. Yo me encargo de 
arreglar esto con mi padre. Una vez dado el golpe, no 
tendrá mas que apoyarme. 

— ¡Excelente idea! exclamaron los otros. Vamos á eje- 
cutarlo todo como lo has dispuesto. 

— Necesitamos, dijo Don Fernando, una cuerda y una 
silla de manos» 



— 291— 

— La hay eii casa, contestó Loaiza. 

— Un capirote negro, añadió el capitán. 

— Voy á traerlo inmediatamente, dijo Valderrama. 
Mi padre es mayordomo del santo entierro y están en 
casa todos los -que sirven en la procesión. 

— Pues manos á la obra, caballeros, dijo Don Fer- 
nando con alegria. 

Loaiza volvió á entrar en su casa, y á poco salió con 
la cuerda y la silla de manos, que conducian dos criados. 
Valderrama fué á buscar el capirote y pronto volvió con él. 

— Dos de vosotros, dijo Peraza, os quedareis aquí 
ocultos, en la puerta de Loaiza y seguiréis al Visitador 
y al Alguacil Mayor; los demás irán á situarse, con los 
criados y la silla, frente á la iglesia de Capuchinas, por 
donde tiene qu^ pasar Don Juan de Ibarra. Cuando lle- 
gue á la esquina, os echáis sobre él y atándolo fuertemen- 
te por los brazos, le envolvéis la cabeza en el capirote. 
Se le encierra en la silla de manos, amenazándolo con 
matarlo á la primera voz que dé. Rodead con él algunas 
de las manzanas contiguas, para que no advierta á donde 
se le conduce; yo voy á preparar el sitio donde lo en- 
cerraremos por esta noche; mientras obtengo de mi pa- 
dre la orden para lanzarlo del reino. 

Tomadas estas disposiciones, que aprobaron los atur- 
didos compañeros del capitán, cuatro de ellos fueron á 
situarse frente á las Capuchinas, llevando los criados la 
silla de manos-; dos se quedaron esperando que pasasen 
el Visitador y Don Gerónijao para seguirlos y Don Fernan- 
do se marchó por su ladO; ofreciendo que muy pronto se les 
reuniría. 

Sigamos desde luego al capitán y después veremos 
como se verificó el golpe de mano. Rodeó la cuadra don- 
de estaba situada la casa del Alguacil Mayor y cuando 
volvió á desembocar en la calle por el extremo opuesto, 
vio desprenderse de la puerta de Don Gerónimo dos hom- 



^292— 

bres embozados. Comprendió quienes eran y los fué si- 
guiendo á la distancia. Cuando se hubieron alejado, Pe- 
raza se dirijió resueltamente á casa del Alguacil; llamó, 
abriéronle y entró, diciendo le urjia ver otra vez á la 'se- 
ñora. Dña. Luisa se. sorprendió al ver entrar al capitán. 

— ¿Que hacéis, caballero,? le dijo; ¿no sabéis que os 
buscan para prenderos? 

— Lo sé, amable Dña Luisa, y lo que hago es ga- 
nar por la mano y aplicar la ley del talion á nuestro 
excelente Visitador, Es decir que si él quiere prenderme 
á mi, yo también quiero prenderlo á él. 

— Pero. . . . vos;, ... ¿lo habéis pensado bien? ¿como 
vais á hacer semejante cosa? 

— Muy fácilmente; las medidas están tomadas; el pá- 
jaro va á caer, no lo dudéis; lo único que me falta es l;i 
jaula donde encerrarlo, y esa es la que vengo á pediros; 
pues no encuentro otra parte donde ponerlo, sino en vues- 
tra casa. 

— ¡En mi casa! jSanto Dios! eso nos perderia! 

— Eso es lo que salvará al bueno de Don Gerónimo, 
Nada tenéis qiie temer, Don Juan de Ibarra sale de aquí 
mañana al amanfecer, con una fuerte guardia, que lo con- 
ducirá hasta embarcarlo en golfo dulce; y si yo puedo 
alegar en favor de vuestro marido el haber prestado su 
casa para la prisión del Visitador, se le perdonará su celo 
exajerado en lo de las prisiones. Conque decidios. 

Dña, Luisa comprendió que no faltaba razón al ca- 
pitán en lo que decia; calculó que lanzado el Visitador, 
nada tenia que temer, y como por otra parte iba po- 
niéndose respecto á Don Fernando en una de esas situa- 
ciones en que las mugeres creen siempre que lo que di- 
cen ciertos hombres es lo mas acertado, aun cuando sea 
un enorme disparate, la joven acabó por ceder y dijo al 
capitán: 

— Pues si vos lo deseáis y ello ha de convenir, dis- 



29o - '^ 

poned de mi casa, 

— - Gracias, bella ¿eíiora; necesito una sola pieza, que 
no teoga mas que una puerta, y si os posible sin ven- 
tana. El pájaro, como veis, es de cuenta, y es menester to- 
mar toda clase de precauciones para que no se nos eche 
á yolar. 

La esposa del Alguacil Mayor reflexionó un momento 
y luego dijo: 

— El dormitorio de mi marido reúne /todas las con- 
diciones que deseáis: es una pieza retirada, con una sola 
puerta y sin ventana. El no volverá en toda la noche, 
pues tiene que andar buscándoos; y asi, por esa parte 
no hay cuidado. 

— ¡Famoso! exclamó Don Fernando; hacedme favor 
de traérmela llave deesa pieza y dentro de un momen- 
to estaremos aqui con nuestro prisionero. Tened la bon- 
dad de tomar vuestras disposiciones para que las gentes 
de la casa no adviertan lo que va á suceder. 

— No tengáis cuidado; es tarde y voy á dar órdeii 
de que todos se recojan. 

Dña Luisa fué á buscar la llave; y habiendo vuel- 
to luego con ella, la entregó á Don Fernando. Despidió- 
se este de la joven, cuya mano estrechó con efusión; no 
sabemos si por agradecimiento al servicio que iba á pres- 
tarle, ó por otro motivo; y sé lanzó á la calle. 

Entre tanto, ¿que habia sucedido en la esquina de 
Capuchinas? Vamos á referirlo. Los cuatro jóvenes calave- 
ras y los dos criados de Loaiza llegaron con la silla de 
manos y la colocaron en un rincón del atrio de la igle- 
sia. La noche estaba obscurísima, y en aquel tiempo no 
habia mas alumbrado que el de una ú otra candileja que 
solia encenderse delante de los nichos abiertos en la pa- 
red y en los cuales se colocaban algunas imágenes de la 
virgen ó de santos. Pero en aquella parte de la calle ni 
aun eso habia; de modo que la obscuridad era completa. 



— 294-^ 

La hora no era para que persona viviente se aventurase 
á andar en la calle; pues habian dado ya las once y las 
novedades ocurridas retraían aun á aquellos pocos que hu- 
bieran tenido tentaciones de salir de sns casas. Los cuatro 
amigos y los dos criados se guarecieron de la puerta de 
la iglesia y pronto oyeron pasos apresurados hacia el ex- 
tremo de la calle por donde debia llegar el Visitador. 
Pusiéronse alerta y á poco vieron que se acercaba un 
honbre embozado y que otros dos lo seguian muy de cerca. 

— El es, dijo Loaiza, pues ahi vienen siguiéndolo 
nuestros compañeros. Preparaos. 

Desnudaron en silencio las espadas y aguardaron. El 
embozado tenia que pasar muy cerca de ellos. Siguió avan- 
zando, y al llegar á la esquina, los dos que lo seguian se 
echaron de improviso sobre é\. Desprendiéronse instantá- 
neamente de su escondite los de la puerta y los seis 
cayeron á un tiempo sobre el otro. Uno le echó el cor- 
del al derredor del cuerpo, cojiendole los brazos y dejan- 
dolo sin movimiento; otro le envolvió la cabeza en el ca- 
pirote negro y se lo ató fuertemente en derredor del 
cuello, y los demás, poniéndole al pecho las espadas, le 
dijeron que si hacia resistencia ó si daba una sola voz, 
se contase por muerto. El asaltado hizo oir una especie 
de gruñido sordo, que apenas se percibió, porque el ca- 
pirote casi lo ahogaba, y no volvió á chistar palabra. Acer- 
caron la silla, metiéronlo en ella, después de haberlo des- 
pojado de la espada; reiteraron la amenaza de matarlo en 
el acto si intentaba alzar la voz, y cargaron los criados 
con el vehiculo y con el enjaulado. Los seis autores de 
aquel atrevido plagio escoltaban la silla, espada en mano. 
Apenas hubieron dado una vuelta á la manzana, según 
las instrucciones de Don Fernando, cuando se encontraron 
con este, que iba á buscarlos. 

— ¿Que cuentas me dais,? les dijo; ¿está asegurado? 

— Desarmado, respondió uno de los jóvenes, atado, 



— 295— 
lencapi rotado y enjaulado. ¿Y tú que nos dices? ¿Adonde 
hemos de llevarlo? 

— A casa del Alguacil Mayor. 

— ¡A la de Don Geróniríio! Por vida de BacQ que eso 
és sublime! Encerrar al Visitador en casa del gefe de 
la policial A fé, que si lo buscan, á nadie ocurrirá que 
pueda estar ahi. 

• — Es claro; agregad que no sabia yo donde podría- 
mos ponerlo y está explicada mi, resolución. 

— ¿Y si Don Gerónimo vuelve á 3u casa esta noche? 

— ¿Que ha de volver, pesia á tal, si tiene orden de 
rondar toda la noche en busca mia? Trabajo le ha de 
costar el dar conmigo, y mas aun el prenderme, caso de 
encontrarme. Conque ya veis que no hay peligro de que 
eso suceda. Vamos andando; demos una vuelta mas por 
otra manzana, para que el prisionero pierda la pista, y 
luego lo dejaremos en su posada, 

— Vamos, dijeron los demás; y haciendo que los cria- 
dos volviesen á tomar la silla, echaron á andar. Dieron 
vuelta á la manzana, sin encontrar á nadie y llegaron á 
la casa de Don Gerónimo. Llamó Don Fernando y abrió 
en persona Dña. Luisa, que habia hecho que todas las gen- 
tes de su servidumbre se recogiesen. Atravesaron el za- 
guán, subieron las escaleras y se dirijieron todos con lá 
silla de manos al dormitorio del Alguacil Mayor, que abrió 
el capitán. 

— Salid, dijo este al prisionero en tono resuelto, y 
tened entendido que el menor conato de escaparos ó de 
llamar en vuestro auxilio, os costará la vida. 

El prisionero guardó silencio. 

Ayudáronlo á salir de la silla, y Don Fernando lo 
hizo entrar en el cuarto, con un fuerte empellón. Uno 
de los jóvenes tenia asido el extremo de la cuerda que 
le sujetaba los brazos y con el empujón que le dio el 
capitán, se desató el nudo corredizo. 

— Se ha desatado, dijo el que tenia la cuerda. 



— 29G— 

— Xo iinporin. rontestó Don Fernando; voy á eohnr 
la llave y no podrá escapar. No hay tiempo que perder* 

Echó la llave por fuera y agregó: 

— Bueno será que os quedéis aqiii, guardando al 
prisionero, mientras yo voy á hablar con mi padre. 

— Con dos hay bastante para eso, contestó Don Luis 
de Mazariegos; nos quedaremos Loaiza y yo, y los demás 
será bien que vayan á dar cuenta á todos los amigos de 
la prisión del Visitador. La Audiencia puede intentar 
oponerse á su expid.sion, y es necesario estar prevenidos 
para ese caso. Es preciso annar en el acto á los partida- 
rios del Presidente, y que esta noche misma vengan todos 
áqui, a fin de poder resistir mañana, si intentan rescatarlo. 

— Mazariegos dice muy bien, agregó Don Francisco 
Aguilar de la Cueva; quédense dos y vamos los demás á 
hacer se reúnan aqui todos los que puedan ayudarnos. 

— Bien está, replicó Peraza; aunque tengo la espe- 
ranza de que con la guardia misma que custodia á mi pa- 
dre, escoltaremos al Juez de residencia en el viage aí 
golfo. 

— Vamos, pues; á la obra caballeros, y que mañana, 
cuando se sepan en la ciudad las aventuras de esta noche, 
ya el Visitador esté á seis ü ocho leguas de distancia. 

Dicho esto, se marcharon el capitán Peraza y cuatro 
de sus amigos, quedando de guardia Loaiza y Mazarie- 
gos. Don Fernando dio aviso á Dña. Luisa del plan con- 
certado y le suplicó permitiese que uno de los criados 
de Loaiza, que estaban ya á medias en el secreto, que- 
dase para abrir la puerta de la calle y reconocer á los 
que irian llegando. Consintió en ello la dama, y habién- 
dose marcbado el capitán, se retiró ella á recogerse, anun- 
tiando que se proponia ver la salida del Visitador. 

Los cuatro jóvenes comisionados para reunir á los 
partidarios del Presidente, procedieron sin pérdida de 
tiempo á ejecutar el encargo. Fueron de una en otra casa, 
y en todas partes se les escuchaba con asombro. Solo 



— 297— 
^orqii^ ellos mismos aseguraban haber capturado al Vísí* 
tador, podía creerse aquel golpe de audacia. Gran parte 
de la nobleza estaba exasperada con las prisiones de loa 
que habían acompañado al capitán en la travesura de la 
cencerrada; y asi, fué acojida con entusiasmo la propues^ 
ta de apoyar el golpe de mano y llevar á cabo la expul- 
sión de Don Juan de Ibarra. Armáronse los caballeros é 
hicieron que también se armasen sus criados y algunos 
artesanos á quienes fué posible citar á aquella hora; y 
unos en pos de otros, fueron dirijiéndose á la casa del 
Alguacil mayor* Poco antes de las dos, había mas de trein- 
ta individuos de todas clases, resueltos á no dejarse arre- 
batar el prisionero, en caso de que se intentase rescatarlo. 
Entre tanto el promotor de aquella gresca estaba 
encerrado con el Conde, dándole cuenta de lo que aca- 
baba de ejecutar. El anciano Presidente recibió la noticia 
estupefacto, y calculó al momento las consecuencias fu- 
nestas que podía tener la locura de su hijo. 

— ¡Preso,! exclamaba, ¡preso! y apoyaba la cabeza en 
sus dos manos, haciendo descansar ambos codos en la mesa» 
Joven imprudente, añadía el Conde con abatimiento, este 
paso nos perderá sin remedio! 

— Al contrario, padre mio^ contestó Don Fernando 
con la mayor frescura, será nuestra salvación. Escribid al 
Rey y decidle que el tal Visitador que os ha enviado es 
un tunante que intentaba revolver el reino, y que S. M* 
no tiene mas que mandar otro, que eche al fuego los au- 
tos que han forjado el Lie. Ibarra y su patibulario es- 
cribano, y os tome residencia en regla, sin tantas solfas 
y marañas como estos han armado. 

— ¡Todo se ha perdido! repetía el Presidente; todo 
se ha perdido! Mi causa era excelente; el Visitador es- 
taba en un atolladero sin salida y tú has venido á darle 
una ventaja inmensa sobre mí! 

— Pues medrados estamos, padre mío! ¿Es decir qu© 
lo que hemos hecho mis amigos y yo es una barrabasada? 

38 



— 298— 

— Es lo suficiente para perderme y perderte sin re- 
medio. 

— Pues yo, señor, no estoy en el caso de volver atrás, 
asi hubiera de costarme la vida. Soltar ahora á ese hom- 
bre, no remediarla nada. El mal, si es que lo hay, está 
hecho, y no hay mas que apechugar con él y que arda 
Troya! ¿Queréis darme una orden escrita para la expul- 
sión del Visitador? 

— ¡Imposible! imposible! contestó el Presidente, po- 
niéndose en pié. Primero me cortarán la mano. 

— Pues en tal caso, yo saldré del apuro como pueda* 
Cuento con unos cuantos hombres resueltos y. . . . 

— ¿Y qué nueva locura piensas hacer? 

— Locura, ninguna. No debiendo poner en libertad 
al prisionero, voy á hacerlo montar en un macho y den* 
tro de dos ó tres horas, saldrá para el golfo dulce. 

— Insensato! ¿Y si acude fuerza armada á resca- 
tarlo, cosa muy fácil si la Audiencia sabe lo ocurrido? 

— Cuando la Audiencia lo sepa, ya el prisionero irá 
lejos; y si por casualidad lo huelen antes y quieren armar 
camorra, la tendremos, ¡por vida de sanes! A esta hora 
debe estar reunida una parte de la nobleza en casa del 
Alguacil Mayor, donde está el prisionero; voy á ponerme 
al frente de esos caballeros y si ha do haber un San 
Quintín, que lo haya. Yo tomo sobre mí la responsabilidad. 
Lo único que siento es, añadió con impaciencia el capi- 
tán, sacando su mano derecha, liada con una venda blan- 
ca; lo único que siento es que este condenado golpe me 
impida manejar la espada. Conque, padre mió, hasta las 
vistas. Mañana os traeré la última despedida de vuestro 
Visitador» 

— Detente escucha. . . . ¿qué vas á hacer ,? 

decia el anciano aflijido; pe.ro ya Don Fernando no lo 
oia; pues se habia lanzado fuera del cuarto, dejando al 
Presidente en la mayor angustia. Hizo que llamasen en 
el acto á Don Luis Melian. y habiendo acudido el joven 



— 299— 
secretario, que estaba ya recogido, oyó' con asombro la 
grave noticia de la insigne locura de su primo. 

— ¿Que hacer, Don Luis, que hacer en tan apura- 
da circunstancia,? decía el anciano, paseándose por el ga- 
binete con precipitación. 

— Si os parece bien, señor, iré ahora mismo á ver 
á Don Francisco Jirón Manuel. Acaso su prudencia en- 
cuentre algún arbitrio para que salgamos del conflicto en 
que nos ha puesto Fernando, con la mejor intención sin 
duda. 

— Lo habia yo pensado ya, Don Luis: aunque á de- 
ciros verdad, poca esperanza tengo de que, ni aun la pers- 
picacia y experiencia de Jirón alcancen á encontrar reme- 
dio á lo que no lo tiene. Pero, de todos modos, id en 
el acto á ver á Don Francisco. 

Don Luis salió del gabinete y tomando su espada, 
pasó por en medio de la guardia que custodiaba al Presi- 
dente; se clió á reconocer y no se puso obstáculo á su 
salida. 

Se dirijió á casa de Jirón, y después de haber llama- 
do varias veces, pues todos estaban recogidos, se le abrió 
é hizo que avisasen al anciano caballero que necesitaba 
hablarle con urjencia. A poco apareció Don Francisco, y 
Don Luis lo informó brevemente de lo ocurrido. Asom- 
brado al escuchar el grave acontecimiento, exclamó: 

— Siempre temí que ese joven habia de poner al Con- 
de en un serio compromiso. ' 

Guardó silencio durante un momento, y después añadió: 

— Don Luis, tened la bondad de decir al Señor Pre- 
sidente que siento en mi alma lo ocurrido; que mi opinión 
es que Su Señoría debe permanecer completamente extra- 
ño á este suceso, y que siendo ya imposible remediar el 
mal, por mi parte yo creo de mi deber ponerme al lado 
de su hijo y morir con él, si fuere necesario. Yoy á pa- 
sar inmediatamente á casa del Alguacil Mayor. 

— Muy bien, señor, contestó Melian; no esperaba yo 



'_300— 
menos de vuestra hidalguía; voy á comunicar esa resola- 
eion al Señor Conde y después volveré á ponerme á 
vuestras órdenes. 

— No, Don Luis; vos ocupáis un puesto oficial al lado 
del Presidente, y si tomaseis parte en est; golpe de mano, 
lo comprometeriais aun mas tal vez que lo ha hecho su 
propio hijo. El honor y el deber me imponen á mi, ca- 
ballero particular, el ir á ofrecer mi espada al capitán 
Peraza. Vos no sois libre: vuestro puesto es al lado del 
Conde; id á ocuparlo. 

Hablaba el anciano con tal autoridad y con tan gra- 
ve firmeza, que el joven no se atrevió á insistir; y aun- 
que visiblemente contrariado, se despidió de Jirón Ma- 
nuel, estrechándole la mano con respeto. Don Luis volvió 
á informar al Presidente de la determinación del caballe- 
ro, y el anciano resolvió pasar en vela lo que aun fal- 
taba de la noche, presa de una inquietud mortal. 

Entre tanto corría el tiempo, y en casa del Alguacil 
mayor se advertía el movimiento extraordinario de las 
disposiciones para conducir al prisionero fuera de la ciu- 
dad. Quince hidalgos montados y diez sirvientes, bien ar- 
mados todos, se aprestaban á escoltarlo hasta el golfo, y 
los demás vendrían hasta el valle de la hermita, á nueve 
leguas de distancia de la capital. Se contaban las horas 
con impaciencia, y todas las miradas seguían la manecilla 
del reló de la sala del Alguacil Mayor. Apuntó al fin las 
cuatro, y Don Fernando dijo: 

— Ha llegado la hora, caballeros; que cada cual ocu- 
pe el puesto que se le ha señalado. 

Unos diez ó doce bajaron al patio y montando á ca- 
ballo, salieron á situarse en la puerta de la calle. Los 
demás requirieron sus espadas, y precediendo el capitán 
y dos lacayos con luces, se dirijieron al dormitorio del 
Alguagil Mayor, donde estaba el prisionero. Doña Luisa no 
pudo vencer la curiosidad y fué siguiendo á los determi- 
nados hidalgos, deseosa de ver la salida del A'ísitador, En- 



I 



trarou todos y sü alarmaron al ver fjue no descubrian al 
prisionero. Vieron, sin embargo, en un taburete junto á 
la cama de Don G^trónimo, cuyas cortinas estaban corridas, 
todas las piezas del vestido de un caballero y encinaa un 
capirote negro. 

— ¿Será posible que este hombre se haya echado á 
dormir tranquilamente? exclüraó el capitán Peraza, levan- 
tando la cortina del pabellón de la camíi. 

Así era efectivamente. El preso estab;i rebujado buJD 
las colchas y dormia, vuelto hacia la pared. 

— Alzaos, dijo Don Fernando. 
El otro no despertaba. 

Impaciente el capitán, sacudió con fuerza al dormido y 
le gritó: 

— Señor Visitador, vestios inmediatamente, que es 
hora de marchar. 

Despertó el prisionero y volviéndose con alguna di- 
ficultad, dijo, dando un bostezo: 

— ¿Que hora es, Luisa, hija mia? íAh! ¡que sueños 
tan feos he tenido esta noche! 

La sorpresa del capitán Peraza y la de los otros 
quince ó veinte caballeros que estaban en el dormitorio, 
era mas para imaginada que para referida. Veian al que 
estaba metido en la cama y creian estar delirando. Era 
el* Señor Alguacil Mayor, Don Gerónimo de ütrilla, Fer- 
nandez y Montalvan, que abriendo desmesuradamente los 
ojos, y viendo todos aquellos hombres que rodeaban su 
cama, con las espp,das en la mano, se puso á temblar y 
á dar diente con diente, como si estuviese atacado de 
tercianas. 

— ¿Que es esto, Dios mió? ¿Que es esto?, exclamaba. 
Ya. . . . ya. ... ya recuerdo. ... Crei que era un sueño .... 
La silla de manos -. . . . la cuerda, que todavía me ciñe los 
brazos y el capirote .... ¡oh! aquel condenado capiro- 
te que estuvo á punto de ahogarme Por piedad, por 

compasión no me matéis, señores; yo no hice mas que obe- 



— 302— 

decer, al ejecutar las prisiones! 

Y diciendo esto, hundió otra vez la cabeza bajo las 
colchas y daba gemidos sordos y lastimeros. Doña Luisa 
se escurrió bonitamente, al ver quien era el prisionero. 

Don Fernando tenia la cabeza inclinada sobre el pe- 
cho, y no se atrevia á proferir una sola palabra; tal era 
su vergüenza y confusión. Los demás caballeros se veiau 
unos á otros asombrados. 

Don Francisco Jirón Manuel rompió al fin el sileu- 
cio y con voz reposada y grave, dijo: 

— Caballeros, la providencia nos ha salvado. Una 
equivocación, sin duda, ha evitado al reino males graví- 
simos. Espero de la hidalguia de todos los presentes que 
el secreto de esta aventura será religiosamente guardado, 
y pido á Dios que esta lección no sea inútil para nin- 
guno de nosotros. 

El anciano envainó su espada y salió del dormitorio 
con su tranquilidad habitual. El capitán Peraza lanzó un 
rujido sordo y rechinó los dientes con desesperación. Sin 
decir una palabra, siguió á Jirón Manuel, haciendo lo 
mismo los demás hidalgos. 

El Alguacil Mayor habia vuelto asacar la cabeza de 
bajo las colchas, y mas tranquilo al ver que se marcha- 
ban, dijo: 

— Muchas gracias caballeros; muchas gracias; buenas 
noches señor capitán. 

— Quedad con todos los diablos! gritó Don Fernan- 
do y cerró la puerta con un golpe que hizo retemblar 
la casa. 

Cuando los caballeros se alejaban, oian aun al Algua- 
cil, que esforzando la voz, repetía: 

— Buenas noches señores, muchas gracias. 



í!03- 



CAPITULO XXI 




IjsL caja del maestro Andrea 



/L quid pro quo del capitulo anterior tuvo , por 
causa una de esas infinitas casualidades que ocur- 
ren en la vida y de las cuales suele depender el 
que sucedan ó dejen de suceder acontecimientos mas ó 
menos graves. 

Diremos cual fué esa casualidad que hizo que aque- 
lla noche, en vez de prenderse á Don Juan de Tbarra, lo 
que habría producido consecuencias muy trascendentales, 
se prendiese á Don Gerónimo de Utrilla, lo cual no po- 
día producir ninguna. 

Luego que el Visitador y el Alguacil Mayor salie- 
ron de la casa del segundo, ordenada por el primero la 
prisión del capitán Peraza, dijo Don Gerónimo: 

— ¿Y no le parece bien á Vuesa Señoría que, en 
vez de ir á buscar los corchetes, gente de suyo pacifica y 
un si es no es medrosa, vaya yo á tomar media compa- 
ñía de soldados, puesto que se trata de prender á todo 



-30 i— 

Un capitán y mi:^ cuando ese capitán (;<^ hijo de quien osl' 

El Visit;idor reflexionó un momento: y comprendien- 
do que la indicaci<m era oportuna, contcátó: 

— Tal vez tenéis razón; pero media compañía fuera 
demasiado y no hay que dar al capitán mía importancia 
que no tiene. Los Sres. de la Audiencia se han empeña- 
do, después del lance del otro dia, en que tenga yo una 
guardia, para evitarme, dicen, nuevos insultos. Podéis ir 
á mi casa y decir al alférez Bocanegra, hombre fiel y de 
resolución, que os acompañe con diez hombre?, para ir á 
ejecutar una orden que os he dado. Entretanto yo, quer 
puedo andar solo por todas partes, puesto que nada temo; 
voy á visitar la guardia de Palacio y la de cárcel. En 
seguida me volveré á mi casa, y si no esta misma no- 
che, me daréis cuenta mañana de la prisión del capitán 
Peraza. 

Al decii esto, Don Juan y Don Gerónimo llegaban 
á la esquina donde debian separarse. Concertado Jo que 
cada cual habia de hacer, el Visitador siguió calle ade- 
lante hacia la plaza de armas y el Alguacil Mayor do- 
bló, buscando la de Capuchinas y Santo Domingo. Ese 
cambio de rumbos causó el error que ocasionó un gran- 
disimo susto al pobre Don Gerónimo. La noche estaba, co- 
mo hemos dicho, muy obscura; ambos personages eran bas^ 
tantemente parecidos en la estatura y como los dos iban ves- 
tidos de negro, con la mayor facilidad hubo de tomarse 
al uno por el otro. 

Bien habria querido el Alguacil pedir socorra cuan- 
do se vio asaltado de improviso; pero amenazado con la 
muerte por aquellas gentes, á quienes de pronto creyó 
ladrones y asesinos, y luego cuasi ahogado por las puntas 
del capirote, que le ataron apretadamente al derredor del 
cuello, no tuvo mas arbitrio, según él mismo dijo des- 
pués, que encomendarse á Dios de todo corazón, creyendo 
que era llegada su última hora. Subió de punto su sor- 
presa, al ver que lo dejaron encerrado en un cuarto; y 



— 305— 

íifcie de las ataduras qiie le sujetaban los brazos, tocari- 
do los muebles, hubo de advertir, al conocer ciertos ob- 
jetos, que era su propio dormitorio. Recobrado poco á 
poco del espanto que le causara la aventura, el Algua- 
cil Mayor se quitó el capirote que lo sofocaba y resol- 
vió acostarse, considerando que no podia hacer cosa me- 
jor, ya que se encontraba junto á su cama. Asi fué que 
cuando entraron los que, habiéndolo tomado por Don 
Juan, se disponian á llevar á cabo la proyectada expul- 
sión, Don Gerónimo despertó bajo la impresión muy na- 
tural de que cuanto le habia sucedido era soñado. 

Los numerosos testigos de aquel pesado chasco ha- 
blaban de él al salir de casa del Alguacil Mayor, y decla- 
raban que locura mas insigne que la proyectada captura 
del Visitador no habia sido concebida por cerebro hu- 
mano. Si en vez de seguir Don Juan calle derecha y 
volverse tranquilamente á su casa, como lo hizo, después 
de haber visitado los cuarteles, hubiera persistido en su 
primitivo pensamientOj él y no Don Gerónimo de ütrilla 
habría sido capturado. Ni su valor ni su destreza fueran 
parte á evitar el que se viese sorprendido y agarrotado 
por seis hombres vigorosos y resueltos, y al siguiente 
dia, caballero en un macho, habría caminado al golfo dul- 
ce. Entonces todo el mundo hubiera dicho que el capi- 
tán Peraza, autor y ejecutor de aquel golpe de mano, 
era un mozo en quien la habilidad corría parejas con el 
atrevimiento. Una casualidad hizo que todo se frustrase, 
y como era de esperarse, los que estaban en el secreto 
de lo ocurrido declararon que la idea era tan ridicula 
como temeraria. El pobre capitán fué á ocultar su ver- 
güenza á Jocotenango; y en su despecho, solo se ocupaba 
en meditar otros proyectos real y verdaderamente des- 
cabellados. 

Entre tanto, el Alguacil Mayor, temeroso de que Don 
Fernando y sus amigos lo descalabrasen, si referia lo que 

39 



— 306— 

le había sucedido, hizo firme propósito de no hablar á 
nadie de aquel lance; y por otra parte, su miedo al Vi- 
sitador lo hacia sudar de congoja, al considerar el ter- 
rible cargo que le haría, por no haber cumplido sus ór- 
denes. Aquellas consideraciones ahuyentaron el sueño de 
los ojos de Don Gerónimo, y desde que salieron de su 
dormitorio el capitán y sus compañeros, el desventurado 
no hizo mas que cavilar sobre lo que diría para discul- 
parse. Imaginó un pretexto y otro, y todos los fué des- 
echando por inverosímiles. Cuando la claridad de la ma- 
ñana comenzaba á penetrar por las rendijas de las ven- 
tanas de su alcoba, saltó de la cama y se vistió, pues el 
miedo, que iba subiendo en él por grados, á medida que 
avanzaba el tiempo, no le permitía sosiego ni tranquili- 
dad. Si llamaban á la puerta de la calle, temblaba como 
un azogado, figurándose si seria que lo buscaban de par- 
te del Juez de residencia. Si oía pasos cerca de su cuar- 
to, creía que eran soldados que iban á prenderlo. Un bi- 
cho que hiciese el mas ligero ruido, antojabasele choque 
de cadenas y rechino de las puertas de la cárcel. De 
repente se abrió poco á poco la de la alcoba y se des- 
lizó un bulto, á quien no vio al pronto Don Gerónimo, 
que en aquel momento estaba vuelto do espaldas. El re- 
cienllegado avanzó hacia el Alguacil mayor con la cau- 
tela y el silencio del gato que va á echar garra á un ra- 
tón, y poniéndole de improviso^ la mano sobre el hombro, 
le dijo: 

— Como aguja os hemos buscado; ya os creíamos 
perdido para siempre; pero estaba de Dios que á mi me 
habia de tocar el premio del hallazgo ¿Donde habéis estado? 

— Don Judas! tartamudeó el Alguacil Mayor, al sen- 
tir la garra y al oír la voz del escribano del Visitador; 
Don Judas, büenos^ días; alegróme de veros; ¿donde he 
estada decís? ¿Lo sé yo acaso? En el otro mundo tal 
vez; tales cosas he visto, ó he creído ver: y el pobre 



— 307— 
daba -diente con diente y temblaba de pies á cabeza. 

— Su Señoria me manda a saber de vos. 

— Oh! oh! oh! Su Señoria! ¡Cuanta bondad! Decidle.... 
que estoy malo .... muy malo .... que he visto anoche 
íjosas muy terribles .... Seis ó siete docenas de fantasmas 
ó almas en pena ó lo que sean se han apoderado de mi 
y cargando conmigo me han traido en una jaula hasta 
mi cuarto. 

EL Alguacil estaba pálido, desencajado y pronuncia- 
ba aquellas palabras con una voz sorda y hueca, como si 
saliese del fondo de una caverna. El escribano comenzó 
á creer que Don Gerónimo estaba loco rematado. 

Dña. Luisa se habia' levantado ya, y como se le di- 
jese que Don Judas Patraña estaba en el cuarto de su ma- 
rido, calculó que lo habría enviado el Visitador. La jo- 
ven señora, á pesar de su ligereza, no tenia mal cora- 
zón y se propuso acudir en auxilio del pobre hombre, á 
quien consideraba en un verdadero conflicto. Se dirijió al 
dormitorio y antes de entrar, se detuvo para escuchar un 
poco la conversación y poder formar juicio de la situa- 
ción de las cosas. Alcanzó á oir las últimas palabras del 
Alguacil, 3' trazando su plan, entró de improviso en la 
alcoba. Saludó á Don Judas con una inclinación de ca- 
beza, y dijo, dirijiendose á Don Gerónimo muy enfadada: 

— ¿Conque has hecho la barbaridad de levantarte, 
después de la noche que has pasado? 

— La noche que he pasado .... si, jhe pasado una 
noche . . . . ! 

— Con fiebre; si señor, con fiebre. Lo han traido 
medio muerto de un ataque que lo hizo caer en la es- 
quina de Capuchinas, y venia delirando. 

— Delirando! yo delirando! si.... es verdad (jue 
deliraba 

— Con almas en pena y con fantasmas. 

— Con fantasmas y con almas en pena.... que me 



— 308— 
cojieron y . . . . 

— Volvemos á las aneadas! exclamó Dña. Luisa mas 
encolerizada. A la cama, á la cama; que no sabes de tu 
juicio. 

— Si, á la cama. . . . que no sé de mi juicio á la 

cama. ... y Don Gerónimo comenzó á desatarse las agu- 
getas de las calzas delante de su muger y del escribano. 

— Ya veis que mi marido no está en disposición de 
recibir visitas, dijo la dama á Don Judas; bacednie la 
merced de retiraros mientras se desnuda. 

— Bien, señora, bien; yo diré al Sr. Visitador la 
situación en que queda vuestro esposo; y gracias, porque 
Su Señoría estaba realmente muy irritado. 

Saludó á Dña. Luisa y se marchó, murmurando que 
jamas liabia visto ataque de fiebre mas agudo que el 
que sufría en aquel momento Don Gerónimo. 

Si el Visitador creyó ó no en la enfermedad del Al- 
guacil Mayor, no nos atreveremos á decirlo. Pero si tuvo 
alguna duda, juzgó prudente disimularla. El capitán Pera- 
za no se daba á luz, de puro corrido; y Don Juan, que 
ignoraba el motivo secreto de aquel encierro, creia que 
Don Fernando andaba á sombra de tejado, por temor de 
que se le prendiese, y con aquello le bastaba por lo 
pronto. ly secreto de la equivocación fué religiosamente 
guardado, á pesar de que andaba entre mas de una do- 
cena de personas; pero como á su liidalguia se agregaba 
la circunstancia de que no les hubiera convenido en ma- 
nera alguna que se divulgase una aventura cuyo desenla- 
ce había sido tan cómico, nadie volvió á hablar del asunto. 

No se dejó por eso de continuar indisponiendo al 
populacho contra el Visitador. Los ánimos parecían muy 
mal dispuestos y el Juez de residencia se afirmó en la 
idea de que le era muy conveniente la alianza con el 
hijo adoptivo del herrero. Recordando perfectamente la 
ijoüdioion puesta por este, comenzó á tomar sus medidas 



para rastrear algo respecto á su origen. Antes de tocar 
el punto directamente á Andrés y á ]>asilio, quiso to- 
mar algunos informes con otras personas; pero cnanto 
pudo sacar en limpio fué que después de la expedición á- 
Sonsonate en 1587, en que habla ido el herrero como sol- 
dado de una compañía de mulatos de la ciudad, volvió 
con un niño blanco y rubio, á quien dijo haber recogido 
en una cabana de la costa, solo y desamparado. Supo tam- 
bién Don Juan que desde aquella época habia comenza- 
do á crecer la fortima de Molinos, hasta venir á ser mas 
considerable que la de muchos sujetos que estaban con- 
tados en el numero de los ricos. 

Conservábase aun en el pueblo como tradición la his- 
toria de una viuda española que recibía las visitas noc- 
turnas del gefe de los piratas, y por supuesto no faltó 
quien hablara al Visitador de los rumores que en aquel 
tiempo hablan corrido sobre las relacionas secretas de 
aquella señora con el ingles Drake y de su desaparición, 
que coincidía con la expedición en que Andrés Molinos 
habia tomado parte. Reuniendo todos esos datos y re- 
flexionando que el color y las facciones de Francisco no 
marcaban el tipo español, tuvo algunas sospechas muy 
vagas y confusas, que lo aproximaron bastantemente á la 
verdad, aunque sin acertar con ella por completo. Sabia 
muy bien que Drake se habia hecho riquísimo con los 
despojos de las naves capturadas por él y de las ciuda- 
des asaltadas y saqueadas; y aquel recuerdo se unia, sin 
saber bien por qué, en su imaginación, con la inexplica- 
ble riqueza del herrero. Se propuso, pues, para aclarar por 
completo aquel misterio que se le presentaba envuelto 
en sombras, sondear con maña á Andrés Molinos, hasta 
hacerse dueño del secreto que debia asegurarle la impor- 
tante cooperación de Francisco. 

Dos dias después de la noche en que fracasó la ten-^ 
tativa de capturar al Visitador, estaba este trabajando en 



— 310— 

3U despacho, solo, habiéndose letirado Don Judas, cuando 
entró un lacayo y le anunció que el Sr. Alguacil Mayor 
solicitaba ver á Su Señoría. Don Juan arrugó el entrece- 
jo, al oir que estaba ahí Don Gerónimo, á quien supo- 
nía postrado en cama con fiebre. Estuvo dudando si re- 
cibiría ó no á aquel sugeto, cuya conducta lo tenía muy 
poco satisfecho, y al fin se decidió á permitirle que en- 
trase, ün momento después se abrió la puerta del gabi- 
nete, para dar paso á Don Gerónimo, que estaba tan pá- 
lido y tan extenuado, que no solo se hubiera podido 
creer que realmente había estado enfermo, sino que casi 
parecía un muerto salido del sepulcro. El susto de la pri- 
sión y el terror pánico que se apoderara del desventu» 
rado, habían acabado con él en dos días. Saludó al Visí^ 
tador casi tocando el suelo y no alzó la cabeza, hasta que 
el Juez de residencia le dijo en tono medio serio: 

— ¡Como, •señor Alguacil Mayor, tan pronto os ha- 
béis restablecido! No esperaba yo veros antes de un mes, 
tales fueron las noticias que de vuestra situación me dio 
Don Judas. 

— Señol-, contestó Don Gerónimo balbuciente, he es- 
tado y aun estoy muy malo; el médico me ha declarado 
enfermo de peligro; y sí me he resuelto á salir, es sola- 
mente porque la obligación para mi es antes que la vi- 
da. Acabo de levantarme de la cama y he llegado hasta 
aqui con gran trabajo. 

— Muy importante debe ser en tal caso el asunto que 
aqui os trae, 

— ¡Toma si lo es! y tanto, que no he querido fiar á 
nadie el venir á comunicarlo á Yuesa Señoría. 

— Decid .... pero sentaos, Don Gerónimo, que vues- 
tro estado os dispensa del rigor de la etiqueta. 

— Gracias señor, gracias, dijo el Alguacil, y se dejó 
caer en una silla que estaba frente de la que ocupaba el 
Visitador. Tosió dos ó tres veces y luego paseó una mira- 



— sil- 
da inqniela en derredor del gabinete. 

— ¿Estaraos solos, señor? /lijo con aire recelosa* 

— Enteramente, contestó Don Juan; podéis hablar, 

— Pues señor, sabéis que yo, aunque postrado en 
cama y gravemente enfermo, no he descuidado un mo- 
mento el servicio del Rey. ... 

— Bien, interrumpió el Visitador con impaciencia; ya 
sé eso, y se os tomará en cuenta á su tiempo. Al grano, 
al grano^ 

— Pues decia yo, señor, que desde mi lecho he cui- 
dado de vigilar, por medio de mis fieles agentes, sabiendo 
que la ciudad está alborotada; que se trama, que se cons- 
pira. . . . 

— ¿Y que habéis descubierto? 

— lino de mis mas encarecidos encargos, de mis ór- 
denes mas severas á la policía, ha sido observar á los ar- 
tesanos; porque casi todos, señor, están contaminados; y 
entre los de esta clase los mas comprometidos son los 
herreros. 

— Lo sé, señor Alguacil Mayor, y si solo eso venís 
á participarme, mas os valiera haber continuado en la 
Cama. 

— Aun no he concluido, señor, no he concluido. 

— Pronto, pues, concluid. 

— La policia^ dijo Don Gerónimo bajando la voz, ha 
descubierto un hecho grave .... el maestro Andrés Molinos 
trabaja en su herreria. 

— ' ¿Y que tiene eso de extraño? ¿Na es herrero? 
¡Vive Dios que es gran descubrimiento el que habéis he- 
cho! ¡Y es esa la noticia que venis á darme con tantos 
circunloquios! 

— Es que hacía por lo menos diez años que ese 
maestro no tomaba en la mano el martillo. 

— ¿Y bien? 

— Y encerrarse ahora á trabajar solo y de noche. 



— 312— 

c^ su erlaJ .... y en eslas circunstr-uiclas. . . . ya vo Tue- 
sa Señoría que en eso liay algún misterio. 

El Vi-itridor reílexionó sobre lo que acababa de de- 
cir Don Gerónimo y lo dijo: 

— ¿Pero que pretendéis inferir de todo eso? 

— Una de dos cosas, señor: ó Andrés Molinos se ocu- 
pa en fabricar moneda falsa, ó está forjando armas, que 
Dios sabe á que manos vayan á parar. 

— ¿Estáis seguro de que sea él mismo el que trabaja 
por las noches en la herrería? 

— Segurísimo, porque lo han visto entrar* Cierra la 
puerta, y como ha cuidado de cubrir hasta la rendija mas 
pequeña, es imposible ver lo que hace. Por fuera se oye 
de cuando en cuando el hervoi* del fuego de la fragua y 
el golpe del martillo que cae sobre el yunque y nuda mas. 

Don Juan de Ibarra no descontiaba del maestro Mo- 
linos, pues sabia muy bien que estaba demasiado compro- 
metido para que pudiese hacer ninguna especie de trai- 
ción. Pero no dejó de llamarle la atención lo que le re- 
feria el Alguacil Mayor; pareciendole realmente que de- 
bía haber algún misterio en esa ocupación nocturna á que 
se entregaba Andrés con tantas precauciones. 

— ¿A que hora acostumbra el maestro Malinos^ pre- 
guntó el Visitador, encerrarse, en la herrería? 

— A eso de las diez de la noche, cuando ya no es 
probable que pase gente por la calle. 

— ¿Y sale? 

— Se le ha visto salir á la una ó las dos de la mañana. 

— Bien^ Volved esta noche con seis de vuestros de- 
pendientes de mayor confianza, á las once menos cuarto. 

El Alguacil se inclinó, y salió á alistar la gente que 
se le pedia, sin comprender lo que proyectaba el Juez de 
residencia. 

A la hora indicada por el Visitador se presentaron 
en su casa el Alguacil y los seis agentes de policiar Don 



— Sis- 
Juan se embozó en una gran capa, se cubrió la cabezíj 
con un sombrero negro sin plumas, tomó de una gaveta 
ún pequeño estiiche y seguido de Don Gerónimo y sus mi- 
nistriles, se encaminó á la calle ancha de los herreros. 
Luego que hubieron llegado á ella, dejó apostados dos 
de los agentes de policia en la esquina de la cuadra 
donde estaba situada la herrería de Andrés Molinos y les 
dio por ünícá instrucción el no dejar pasar á nadie. En- 
vió otros dos al otro extremo dei la cuadra, con igual en- 
cargo, y previno al Alguacil Mayor y á los dos restanr 
tes que se situasen á cierta distancia y estuviesen pron- 
tos, si acaso los llsiníaba. 

Después de aquellas precauciones, el Visitador se 
acercó á la puerta de la herrería, la examinó atentamen- 
te y vio que no habia un solo resquicio por donde se 
pudiese observar el interior. No tardó en oir el ruido 
del martillo, lo que probaba la exactitud del informe co- 
municado por él Alguacil Mayor. í)on Juan sacó el es- 
tuché del bolsillo de sus greguescos, lo abrió y tomó un 
taladro muy fino, que aplicó á lá tabla de la puerta. Hi- 
zo maniobrar el instrumento, cuidando de no hacer rui- 
do alguno. Cuándo' el taladro habia penetrado como pul- 
gada y media, se oyó en lá herrería una detonación que 
parecía ser la descarga dé una arma de fuego á la que 
sé hubiese puesto muy poca pólvora, pues apenas se oyó el 
ruido. Atónito el Visitador, suspendió su operación y aplí^ 
cando' el oído á lá puerta, no' tardó en percibir que se- 
guían trabajando. Entonces él continuó la perforación de 
la tabla. Calculó' qué por gruesa que fuese, (y lo era efec- 
tivamente) ya faltaría poco para que el espigón del taladro 
pasase aí otro lado. De repente se volvió á oir otra de- 
tonación' igual á la primera. Don Juan sospechó si es- 
taría el maestro Andrés ensayando' alguna arma que él 
inismo hubiese inventado ó perfeccionado. Casi toda la 
espiga del taladro había penetrado en lá tabla. Don Juan* 
diá unas cuantas' vueltas más al instrumento, y al adver-' 



— 314— 

tif que la punta no encontraba resistencia, conoció qué 
habla traspasado la madera. -Extrajo el taladro y queda 
abierto un agujerito al cual aplicó el ojo el Visitador in- 
mediatamente. 

La herreria estaba iluminada con la llama de la fia-' 
gua, y á su luz vio Don Juan al maestro Andrés con un 
gran mandil de badana: y las mangáis de la camisa recogi- 
das arriba de los codos. El artesano tenia á sus pies una 
caja de madera grande, cuya tapa levantaba en el mo- 
mento en que la mirada investigadora del Visitador pe- 
netraba por el agujero^. Al levantar la tapa, Don Juan 
volvió á escuchar otra detonación y vio salir del fondo 
de aquell'a caja extraña un fogonazo. En seguida el her- 
rero cerró de nuevo la caja, apoyó el dedo pulgar de la 
mano izquierda cerca del agujero de la llav€, abrió, le- 
vantó la cubierta y no se oyó ruido alguno, ni se volviá 
á ver nada extraordinario. Repitió la operación otras dos 
veces, sin retirar el diedo del punto donde lo habia pues- 
to y obtuvo el mismo resultado. Entonces Andrés Moli- 
nos cruzó los brazos y contempló la caja duraiite un mo^ 
mentó. Su fisonomía revelaba el orgullo satisfecho, y el 
Visitador le oyó decir: 

— ¡Gracias á Dios! Tres veces he repetido- la expe^ 
riencia y ha salido períectamente. Ya dornoáré tranquilo, 
suceda lo que sucediere. Ah! añadió, dirijiendo á la caja 
una mirada en que habia algo de ternura: ¡lástima que 
esto no pueda ni deba» hacerse público! El fruto de tan- 
tos años de cálculos y ensayos va á quedar aqui ignora- 
do! Pero no importa; por lo pronto yo quedaré bastante 
premiado con mi propia obra y algún dia se verá con 
asombro lo que pudo hacer un pobre artesano de esta 
tierra, sin modelos y sin estudio, y tan solo con su ha* 
bilidad. 

Dicho esto, Don Juan vio que tomaba su capa, dejan- 
do descubierto un cofrecillo, al parecer de alcanfor, que 
abrió con una llave, v fué sacando uno en pos de otro 



— 315— 
^muchos sívcos, que á la cuenta serian muy pesados, pues 
88 conoeia la dificultad con que los levantaba y traslada- 
ba á la caj;u Puso ahí también varios estuches pequeños, 
íbrrad©3 en badana y por últinao una especie de cartera 
grande de cordobán negro con sobrepuestos de plata, que 
parecía contener muchos papeles, la que colocó en ua 
rincón d-e la caja. A pesar de su tamaño, debió esta que. 
dar casi llena, pues fué considerable el número de sacos 
que había colocado en ella el herrero. La cerró con cui- 
dado y le echó llave. En seguida se acercó á un enorme 
trozo de madera que sostenía el yunque, lo tocó por la 
parte de abajo y Don Juan vio con nuevo asombro que 
e\ pesado trozo giró como por si mismo, dejando descu- 
bierta una gran cavidad, cuya entrada no se veia, por 
estar perfeclamente cubierta con aquella pieza. Andrés em- 
pujó suavemente la caja, que fué caminando, como si tu- 
viese en la parte de abajo algunas ruedecillas. Después 
el herrero volvió á cubrir la cavidad y haciendo girar 
de nuevo el trozo, ocupó este su acostumbrado sitio. Im- 
posible que, á no ser por una casualidad, se descubriese 
aquel secreto, del cual sin embargo tenia ya cogido el 
cabo principal Don Juan de Ibarra. Consideró este que 
era ocasión de retirarse.; introdujo un taruguillo de ma- 
dera que llevaba preparado, en el agujero que había abier- 
to en la puerta; sacó un pedazo de cera, tomó con el 
mayor cuidado el molde de la cerradura de la herrería 
y se retiró, deíjpues de haber llamado al Alguacil Mayor 
y á los ministriles, que no sabían que debían pensar, ha- 
biendo visto al Sr. Visitador por tanto tiempo clavado 
junto á la puerta de la herrería del maestro Andrés Mo- 
linos. Don Juan citó á aquellos sugetos para que se pre- 
sentasen en su casa en la noche siguiente, á la misma 
hora. 



#— K+»4<*-4^ 



— 316— 




CAPITULO XXI [1. 



léOñ secretos del sótano. 



UANDO el Visitador volvió á su casa, ílespue^ 
de haber asechado á Andrés Molinos en su ocu- 
> pación nocturna, llevaba entera segu^-idad de que 
aquella caja debia contener algún secreto muy importan- 
te. Sin saber bien por qué, Don Juan imaginó que ese 
secreto habia de estar mas ó menos ligado con el ori: 
gen del hijo adoptivo del herrero; y esto bastaba para 
que se propusiese no parar hasta conocerlo por completo. 

Al siguiente dia muy temprano el Yisitador hizo lla- 
mar al Alguacil Mayor, quien se presentó al instante. El 
afable recibimiento que encontró en el Juez de residencia 
acabó de tranquilizar á Don Gerónimo, que aun no las 
tenia todas consigo sobre la disposición en que estuviese 
respecto á él aquel temible funcionario. 

— Los datos que me habéis comunicado, dijo el Vi- 
sitador, acerca del maestro Andrés Molinos, son de bas- 
tante importancia. Estoy muy satisfecho de vuestro celo 



y perspicacia en c^íe asuiito. 

El Alguacil Mayor se l^inchó con aquel elogio, y res- 
pondió con una soDrisqi 4e sf^tistaccion: 

— Celebro que y «esa Señoría se haya coriVeni'iflo ;ie 
que á mi nada se me encapa, en tratándose cjej se^vR-iq 
del Rey. W^on dije yo que cuando ege artesano se encer- 
raba de noche en su taller, no era para nada bueno. Es 
seguro que Vuesa Seíioria se ha convencida de que eátá 

.conspirando* 

Sin contestar á la última observación del Alguacilj. 
dijo Dqu Juan: 

— ¿Conocéis algún otro herrero, hábil en su oficio, 
y que ademas s,ea hombre de reserva? 

Don Gerpi^imo refle^ionó.un momento y contestó: 

— El maestro Cristóbal Flores reúne las condiciones 
que in4ica Yuesa Señoría. 

— Haced que venga acá inmediatamj3nte. 

El celqsp funcionario salió á cumplir }a orden, y diez 
minutos después volvió pon el S'ijetp, que vertía el tra- 
go de los hermanos de la tercera orden dp San Francisco. 

— Os he llamado, dijo el Visitador con aire severo, 
para encargaros una comisión muy delicada del real ser- 
vicio. Necesito que hagáis dos llaves, conforme á los mol- 
des que yo ps proporcionaré. 

El |;ercero se. inclinó hasta el suelo en prueba de es- 
tar pronto á obedecer, y el Juez de resideqcia continuo: 

— Nadie debe saber este encargo. Trabaja^i-eis solo y 
me traeréis una de las llaves á las seis de esta tarde. 
He aqui el molde. Y entregó al herrero el que habia 
tomado en cera de la cerradura del taller de Andrés Mo- 
linos. 

— Mañana tendréis el otro, añadió; y no olvidéis que 
vuestra cabeza responde de este grave secreto. 

El artesano protestó que guardaría conipleta reserva 
y se retiró, ofreciendo volver á la hora indicada. 

Cumplió exactamente su encargo, pues á las seis de 



— Sis- 
la tarde se presentó en casa del Visitador y le entregó 
la llave, que pareció bien á Don Juan, comparada con 
el molde. A las once menos cuarto acudió el Alguacil 
Ma3'or con los sois ministriles, como se le había preve- 
nido la noche anterior; y con ellos se dirijió el Juez de 
residencia á la calle ancha de los herreros. Luego que 
hubo llegado á la puerta del taller de Andrés Molinos, 
aplicó el oido y no escuchó el mas leve ruido. Extrajo el 
taruguillo que cubría el agujero practicado en la tabla, 
acercó el ojo y vio que el interior estaba en completa 
obscuridad. Persuadido de que el herrero, concluida su 
operación, no había tenido necesidad de ir aquella noche, 
previno á cuatro de loa alguaciles que fuesen á situarse 
en los extremos de la cuadra, y dejando á los otros dos 
con Don Gerónimo de Utrilla frente á la herrería, apli- 
có la llave á la cerradura, y abrió sin dificultad. Don Juan 
había cuidado de llevar avios para procurarse luz, y cuan- 
do hubo entrado, encendió una linterna, de que también 
iba provisto. Fué su primera diligencia examinar con el 
mayor detenimiento el poste donde estaba colocado el 
yunque y la parte del piso en que descansaba. Con la pun- 
ta de la daga levantó la costra que formaban las esco- 
rias y cenizas de la fragua sobre el pavimento, y encon- 
tró que aquel enorme trozo de madera estaba enclavado 
en un grueso tablón, que cerraba la cavidad donde había 
visto Don Juan colocar la caja la noche anterior. Com- 
prendió que el trozo mismo debía tener algún resorte ocul- 
to y comenzó á buscarlo con toda dilijencía. Al fin des- 
cubrió un botoncillo perfectamente disimulado cerca de 
la base del poste; lo oprimió con fuerza, se oyó un lige- 
ro chirrido, el trozo fué moviéndose por sí mismo, junto 
con el tablón en que estaba enclavado y quedó abierta 
una cavidad por la cual podia bajar cómodamente un hom- 
bre. El Visitador aproximó la linterna á la boca de aquel 
sótano y vio una escalerilla de peldaños de tabla, en el 
primero de los cuales estaba la caja. Se puso á examinar 



esta con el majot üetenimiento; vio que era de made- 
ra muy fuerte; paso la mano, encima de la cubierta, que 
encontró perfectamente lisa, desfmes hizo igual operación 
en las tablas de los costadó'S, y tampoco advirtió cosa no- 
table. Por último fué tocando la parte delantera de lai 
caja y creyó percibir, á un lado de la cerradura, una li- 
gera protuberancia. Aproximó la linterna y vio nn bo^ 
toncillo mu-y bien disimulado. 

— Este es, dijo Don Juan, recordando que el herre- 
ro no habia separado el dedo pulgar de su mano izquier- 
da de aquel punto, las últimas veces que abrió la caja 
la noche anteí-ior. Oprimió el botón y advirtió que cor- 
respondia á un resorte interior. 

— He encontrado el secreto del eerragero, añadió, y 
mañana abriré esta caja sin peligro alguno. 

Tomó con el mayor cuidado en un pedazo de cera el 
molde de la llave y después, qu-eriendo reconocer aquel 
subterráneo, descendió por la esealerilla y advirtió que el 
sótano era mucho mas extenso Que lo que habia imagi- 
nado. El techo era de bóveda, y tanto este como las pa- 
redes estaban bien blanqueados. Pro-Ion gábase el subter- 
ráneo hacia el interior de la casa de Jirón Manuel, de la 
cual era, como ya hemos di-cho, una dependencia la anti- 
gua cochera donde tenia su taller el maestro Andrés 
Molinos. 

Siguió avanzando Don Juan, sin encontrar mas que 
algunas botellas vacias, pedazos de tablas, paja y otros 
objetos que le hicieron suponer q.ue el sótano era una an- 
tigua bodega, abandonada ya, cuya en-trada misteriosa por 
la cochera ignoraba tal vez la familia de Jirón Manuel. 
El Visitador se dis-ponia á retirarse, cuando l€ pareció 
oir un ligero rumor, aun'que no acertaba con el punto 
hacia donde lo habia escuchado. Se detuvo y fiíando mas 
la atención, volvió á percibir un ruido á manera del que 
forman las llamas en una hornilla bien provista de com- 
bustible. Don Juan paseó su linterna en derredor y no 



— ^■20 — 

descubrió nada que pudiera cíiusnr nqiiel ruido; que c>cn'^' 
chaba á cada momeiito rrias.cl;iro y i^ias distinto. Otro ha- 
bría echado á, correr despavorido, atribuverjdo aquel in- 
cidente á algiúial causa s'obrehíítu'ral;- pero' él no era hom- 
bre qu'e se dejase inípon'er por nada ni por nadie. No' 
temía que pu'die^e aparecersele alguníi alma de la otra 
vida, por ía muy sencilla razori de que Don' j'uan hacia 
mucho tiempo que no' c'reiá ni en' lá otra vida ni en el 
alma; y asi, comenzó' á buscar alguna explicación natu- 
ral á aq'itel ferió'ra'eno. Con él mayor cuiríado' fué tocando 
las paredes del subterran'60; y á medida que avanzaba, 
percibía mas claro' el ruido', que le párecia ya como el 
que formarla, el hervor de álgun'os liq'uidos puestos' al fue- 
go' en marmitas do metal. Por último' llegó á tocar una 
tabla' y comprendió que habia ahi una puerta; pero tan 
perfectamente disimulada', que cualquiera la tomarla, á la 
eiiñ'ple vista', por una continuación de la pared. Él Visi- 
tador acercó el oidoá aquella puerta y escuchó una voz, 
para él muy conocida, que deéia: 

— ¿Y estáis seguro. Doctor, de no haberos equivoca- 
do en algo, al dispotier la operación? 

— • Hegurisimo, contestó otra voz, que hizo extreme-' 
cer á Dbn Juan: he preferido, de los procedimientos in- 
dicador por Paracelso, el que se lee en su tratado De 
ímdginibus^ capítulo XII. Ahi veréis que el homúnculus 
debe hacerse únicamente con tierra, cera y meta!. Sed ex 
triplici materia homúncvli omnes conficiuntur; ut ex terra^ 
tera et mefallo; non ítem, ex re allia. Son precisamente las 
tres substancias únicas que he empleado. No hay que des- 
confiar, señor oidor, de las palabras del maestro. Recor- 
dad que hace treinta y cinco dias que trabajo encerrado' 
én este sótano, sin haber salido á la calle' mas que una 
sola vez. Y el maestro dice en el tomo 2.°, libro 1.° de 
éti tratado De J^atúra rerum^ que se necesitan cuarenta 
para ^xoánoiv wn homúnculus. Quadr aginia diesjaut tandiu 
doñee inci/piat mdm et moveri ac agítari. Ya veis que h6- 



— 321— 

inbs comenzado esta misma noche á percibir una especie 
ñe figurilla embrionaria. ¡Oh! Estoy seguro de ello, señor 
oidor, resolveremos al fin el tremendo problema: vamos 
á crear tú hombre! 

Doii Juan de Ibarrá se quedó atónito al éscuchat 
aquellas palabras. No ignoraba que existian algunos ilu- 
sos que creían én la posibilidad dé confeccionar un seí* 
humano pb'r medio de ¿ierta conlposicion alquímica; pero, 
hombre esencialmente práctico y enemigo por carácter de 
todo charlatanismo, nunca se habla toinado él trabajo de 
profundizar aquella materia. Pero lo qué causó principal- 
mente su asombro, fué la -voz del que hablaba, que des- 
pertó en su memoria algún recuerdo demasiado terrible 
tal vez, pues á medida que la oia, erizabansele los cabe- 
llos y lé ciibria lá frente ún sudor frío. Siguió escuchan- 
do la conversación. 

— A mi lo que me im{)orta, dijo otra voz que cono- 
ció al momento el Yisitadór, no es que logremos confec- 
cionar un muñequillo ahiínado; pues á la verdad, no veo 
la ventaja de tener uno mas, cuando hay tantos, que ni se 
gabe qiie hacer de ellos. La otra cosa és lo que debéis 
procurar, señor doctor. 

— Todo se ha de obtener, contestó el sugéto á quien 
llamaban doctor; vos, señor Don Judas, deseáis ver rea- 
lizado el gran problema de la trasmutación de los metales j 
queréis oró, y tendréis tanto oro, cuanto vuestra ambición 
haya podido soñar. Ya sea con el íñercuíio y el arséni- 
co; ya con lá sal marina; ya con el vitriolo, ó ya con 
él tártaro, hemos de producir el disolvente universal. 
Debo confesaros que por ini parte, doj)" la preferencia al 
vitriolo, piieá uno de los grandes maestros, Basilio Ya- 
lentin, nos ha dejado el secreta en las siguientes palabras í 
Visitando interiora terree, 7'ectificandoque, invenies ocultuni 
lapidem, veram medicinam. Observad las priúieras letras 
de esas nueve palab-ras; reunidlas y encontrareis descifrado 
él enigma, en la voz Vitriolum. Yosy señor oidor Araque, 

41 



— 822— . 

preferís á todo el homúnculus, porque sabéis perfectanie.n' 
te que una vez obtenido este, lograreis haceros amar de 
esa dama, cuyo corazón rebelde habéis procurado en vano 
conquistar, y tendréis ademas el medio mas eficaz y se- 
guro de triunfar de vuestros enemigos. No os pido sino 
unos pocos dias mas y vuestros deseos quedarán satisfe- 
chos. En cuanto á mi, confieso que, sin dejar de esfor- 
zarme por obtener el disolvente universal y el homúncu- 
lus, lo que con mas anhelo pido á la ciencia, es ese ma- 
ravilloso secreto que me ha de propot-cionar el medio de 
inmortalizar el cuerpo, la verá medicina que conocieron 
imperfectamente los doctores antiguos, puesto que apenas 
lograron hacer vivir á algunos hombres unos cuantos cen- 
tenares de años. 

— ¿Y cuanto podrá necesitarse todavía, preguntó Don 
Judas, para que veamos el resultado de vuestros trabajos? 

— Calculo que con unos mil y quinientos tostones 
mas, contestó el otro, podremos perfeccionar los apara- 
tos y comprar la cantidad necesaria de ingredientes, para 
continuar los ensayos. 

— ¡Mil y quinientos tostones! exclamaron á un tiem- 
po el doctor Araque y Don Judas Patraña, pues ellos 
eran efectivamente los que hablaban con el otro sugeto, 
cuya voz había producido tan terrible efecto en Don 
Juan. ¡Mil y quinientos tostones!, repitió el oidor, des- 
pués de todo lo que llevamos gastado, es una fuerte suma. 

— Otros, replicó el desconocido, han consumido mu- 
cho mas en uno solo de los tres objetos que tratamos de 
obtener. Si por una economía mal entendida, se frustran 
nuestras esperanzas, lo llorareis algún dia. Conque deci- 
dios, señores. Yed esos alambiques, esas retortas y todos 
los otros aparatos de donde ha de salir, dentro de cin- 
co días probablemente, la resolución de esos terribles pro- 
blemas á los cuales he consagrado una gran parte de mi 
vida; en los que he consumido yo todos mis recursos, y 
7)€nsad si preferís que las ilusiones que hemos alimenta- 



— 323— 

.do por tanto tiempo se desvanezcan como el humo que 
despiden esos carbones próximos ya á extinguirse. Hom- 
bres de poca fé, vosotros que tenéis ojos y no veis; que 
tenéis oidos y no ois; no merecéis que la ciencia os abra 
sus tesoros. Yo continuaré mis esfuerzos solo y con mis 
escasos medios. 

Aquella entusiasta peroración que escuchaba el Vi- 
sitador asombrado, hubo de decidir á los dos cofrades del 
alquimista. El Dr. Araque fué el primero que contestó, di- 
ciendo: 

— Pues si esa suma es absolutamente indispensable y 
lo último que habrá que desembolsar, contad con la parte 
que me corresponde. 

■ — Y con la mia, dijo á su vez Don Judas. 

— Eso es hablar racionalmente, se oyó decir al otro. 
Ahora se podrán continuar las operaciones, hasta ver el 
fin. Confio en la ciencia todopoderosa, para esperar que 
tendréis el Jiomúnculus, señor oidor; vos Don Judas, el di- 
solvente universal que nos pondrá en posesión del secre- 
to de convertir en oro y plata los metales viles y yo el 
soberano sespecífico cojitra todas las dolencias que aflijen 
á esta pobre y decrépita humanidad. ¡Que muera la muer- 
te!; hé aquí mi divisa. Tengo la convicción de que estoy 
llamado á realizar el sucho del maestro; yo soy el Elias 
artista que anunció Paracelso en el capitulo YIII de su 
Libro de los metales y probaré al mundo la falsedad de la 
interpretación que quiso dar Valentín Andrse á aquella 
profecía, cuyo sentido místico no comprendió. Por ahora, 
conviene que nos retiremos, para dejar que los nuevos 
cocimientos que he ensayado, puedan producir su efecto. 

El Visitador oyó los pasos de los tres sugetos, que se 
alejaban, y jbI ruido de la puerta que cei'raron. Entonces 
se retiró él también, volviendo á buscar la escalerilla, por 
donde habla descendido, al sótano. Se sentó en el ídtimo 
jgscalon y dejó caer la cabeza sobre el pecho, profunda- 



— 324— 

mente abatido. 

— El es! dijo co.n voz sorda y temblorosa; él es! na 
tengo ya la menor duda; el infierno lo ha arrojado de su 
seno para nii martirio. ¿Como ha venido ese hombre a 
dar aqui? ¿Que misterio hay en esto? Es preciso esclarecerlo. 

El Visitador se puso en pié y subió la escalerilla, 
abrumado bajo el peso del degcubrimiento que acababa de 
hacer. Salió del sótano, que cerró con todo cuidado y 
pronto estuvo en la calle, donde lo aguardaban el Algua- 
cil Mayor y sus ministriles. Se dirijió á su casa sin de- 
cir una palabra, y luegp que hubo llegado, dijo á Don 
Gerónimo que entrase y se encerró con él en su gabinete. 

— ¿Sabéis, le dijo, los nombres de las personas que 
habitan en la manzana dojade está situada la herrería de 
Andrés Molinos? 

— Si señor, contestó el Alguacil Mayor; conozco peiv 
lectamente á todos los sugetos que viven en esas casas. 

— Decidme quienes son é indicadme sus empleos, pro- 
fesiones y cuanto sepsis acerca de ellos. 

— La primera casa, á la derecha, dijo Utrilla, es la 
de Don Juan Abarca y Paniagua, depo3Ítario de penas de 
cámara. Esa ca^a tiene dos tiendas, que ocupan otras 
tantas herrerías. Sigue la del capitán Dxdu Pedro Calva 
de Lara, Corregidor que ha sido de estas provincias; lue- 
go la de Don Marcos Davales, dueño de obrages y alcal- 
de ordinario hace tres años. Esa es la que hace esquina;. 
á continuación estíí la de la viuda de Don Agustin de Es- 
trada y Azpeitia, señora rica, que vive muy retirada. Si- 
gue la del Maestref^cuela Don Lorenzo Godoy y Ayala, 
señor anciano y gotoso, á quien llevan á mañana y tar-. 
de á la catedral en silla de mano^; y ahi remata la cua- 
dra. Hacia la espalda de la herrería, en la parte de la 
manzana que mira á la plazuela de San Sebastian, está 
l'ji casa de Don Francisco Jirón Manuel, dueño de hacien- 
das y de almacenes de mercancias; gra^ caballero y a^ 



— .^25— 
caldc el año ai)te|jasado. Después está luia casa pequeña 
de Don Antonio de Zurugasüía, mercader y tesorero de la 
Santa Cruzada. No hay otra en ese lado. A la vuelta y 
tocando por el interior con la de Jirón, hay una casa 
vieja,, muy grande, que fué en otro tiempo de la misma 
familia y hoy habita el Dv. Alvaro Sanche/. Correa, mé- 
dico de fuera, muy afamado, que gana ¿nucho dinero y 
no se sabe que hace con él, pues vive como un pobre. 
Después. . . . 

— ¿Cuanto tiempo hace, interrumpió el Visitador, 
que está aqui ese médico? 

— Hará dos años, señor; vino con otro caballero mo- 
zo, que vivió siempre con él y hará cosa de dos meses 
que desapareció y no se le ha vuelto á ver. Es un hom- 
bre muy raro»; dicen que vive estudiando y muchas veces 
ni su criada ni un lacayo que tiene saben donde está, pues 
aseguran que se pasan dias enteros sin verlo. Ahora hace 
algunos dias que no sale á la calle. 

— Bien, dijo Don Juan; podéis retiraros, y volvereis 
mañana, á las once de la noche, con vuestros alguaciles. 

Don Gerónimo hizo una profunda cortesia al Visita- 
dor y se marchó. Don Juan echó llave á la puerta,, se dejó 
caer en la silla que estaba junto al escritorio y apoyó la 
frente en sus manos. 

— ¡Ah, miserable corazón! exclamó con voz sorda y 
temblorosa; parecíame que estabas completamente muerto, 
y hé aqui que la voz de ese hombre ha venido á revelar- 
me que vives y vives para sufrir y para que vierta san- 
gre tu mal cerrada herida! El es, el es!, ¿Como no ha 
liuido al saber que estoy aqui! ¿Creerá ese malvado que 
considerando que ya no existe, encontrándolo bajo otro 
nombre y probablemente muy cambiado ya, no lo reconoz^ 
co? ¡Insensato! El solo eco de su voz ha despertado mis 
mas acerbos dolores y me ha representado viva como si 
^Q hubieran pasado veinte años, aquella tenebrosa histo,-. 



— 326— 

xia. La ciega fatalidad ha venido á ponerlo otra vez en 
mi camino. El es, el esl Maldición! 

Una lágrima brotó de la pupila del Visitador, inyec- 
tada de sangre, y corrió lentamente por su pálida mejilla» 

— Ay! exclamó, es la primera lágrima que brota de 
mis ojos desde aquella noche en que enjugué mi llanto 
para no volver á llorar jamas! Crei que no vivia ya sino 
para odiar; y ahora veo que soy tan miserable que aun 
la amo; si, adoro su memoria y la voz de ese hombre ha 
hecho que destile Ja hiél por todas las fibras de mi co- 
razón despedazado. Pero disimulemos; ¿no supe disimular 
entonces? ¿No cubri mi desesperación con una careta en- 
gañadora, á fin de no arrojar mi dolor como alimento á 
la curiosidad de los indiferentes? Volveré á fingir hoy 
como entonces, y mi venganza será mas terrible y mas 
certera. 

El rostro del Visitador presentaba la expresión de 
un sombrío y reconcentrado dolor, 

— ¡Oh Grantzius!, exclamó con voz trémula y sorda, 
cruzando los brazos; tú me hiciste ver que la amistad es 
una quimera y por ti hace veinte años que aborrezco á 
los hombres. ¡Oh Estela! Yo te amé con todas las fuer- 
zas de mi alma y crei ser amado por ti con igual vehe- 
mencia. Insensato! Me fué preciso verme traicionado, para 
comprender de cuanta perfidia es capaz un corazón de 
muger á los diez y ocho años. 

Don Juan guardó silencio durante un momento, y lue- 
go añadió en un tono de voz tranquilo y reposado: 

— Por ellos' cal despeñado de la altura, y el que de 
bió ser ángel se ha convertido en Satanás. Francisco Mo 
linos, Genoveva, Conde de la Gomera, familia de Jirón 
Don Luis Mellan, capitán Peraza y vosotros todos los de 
mas á quienes el genio del mal, encarnado en mi persona 
va arrastrando al abismo, pedid cuenta de los dolores 
que van á despedazar vuestras almas á aquellos dos que 



— 327— 

inocularon en la mia este odio á la liumanidacl que me 
ha abierto la carrera del mal y que me impele en ella, 
sin dejarme retroceder, ni aun ante el crimen! Heroísmo, 
inocencia, amor, virtud, todo va á ser arrastrado por ese 
torrente devastador; 5^ sobre las ruinas de cuanto la ne- 
cia humanidad adora y santifica, quedará aquí tan solo, 
erguido y solitario, el aborrecimiento que yo le hé con- 
sagrado. Francisco Molinos servirá á mis designios, como 
instrumento para manejar una plebe ignorante y feroz; 
Genoveva me dará cuenta de lo que pase en la intimi- 
dad de la familia desús protectores; el' Conde de la Go- 
mera, su Secretario y el capitán ayudarán sin quererlo al 
cumplimiento de mis proyectos. Vamos, por ahora, á po- 
ner los medios que me han de hacer dueño por entero 
del secreto de ese artesano, quien, según entreveo, ha 
usurpado una fortuna que pertenece á su hijo adoptivo, 
que seguramente no es lo que parece. 

Dicho esto, el Visitador se levantó tan impasible y 
sereno como de ordinario. La luz de la mañana comen- 
zaba á penetrar al través de los cristales de las ventanas. 
Don Juan tocó una campanilla que estaba sobre la piesa, 
y á poco rato se abrió la puerta y se presentó un laca- 
yo, restregándose los ojos, medio soñoliento. 

— Vé á buscar, dijo el Visitador, al maestro Cristo- 
val Flores, en la calle ancha de los herreros. 

El sirviente se inclinó y salió á cumplir la orden de 
su amo. Un cuarto de hora después se presentaba el hon- 
rado y hábil tercero, á quien entregó Don Juan el molde 
en cera de la cerradura de la caja de Andrés Molinos, pa- 
i*a que hiciese inmediatamente una llave. Ofreció el ar- 
tesano desempeñar el encargo con tanta exactitud y pun- 
tualidad como las que habia mostrado en Ja ejecución de 
la otra llave, y salió á poner manos á la pbra. Estaba 
concluida y entregada unas pocas horas después. 

Llegó al fin la noche, esperada con tanta impaciencia 



" 9 o Q 



por el Visitador, qiie deseaba abrir acjiíella misteriosa caji 
del herrero, que debia contener,- sin duda, algún secretea 
muy grave, ya queso la guardaba con tan extraordinarias 
precauciones. A las once acudieron el Alguacil mayor y 
los agentes de policia, que debían guardar la calle, y coií 
ellos se dirigió Don Juan hacia la herreriix de Andrés Mo- 
linos. Escuchó un rato á la puerta y no oyó el mas ligero 
ruido. Aplicó el ojo al agujerito que habia abierto y ad- 
virtió que estaba obscuro. Abrió, hizo luz con un peder- 
nal y una pajuela y encendió la linterna que llevaba pre- 
parada. Se dirigió al poste que ocupaba la boca del só'^ 
taño, y oprimiendo el botón, giró el trozo de nradera con 
tanta facilidad como en la noche anterior, dejando abierta 
la entrada del subterráneo; Aplicó su llavecita á la caja 
y vio que cazaba perfectamente; pero antes de darle vuel- 
ta, buscó el tornillo donde habia visto que apoyaba An^ 
dres el Índice de su mano izquierda. Lo encontró fácil- 
mente, lo oprimió con fuerza é hizo dar vuelta á la llave. 
La caja estaba abierta. Levantó la tapa, sin separar el de- 
do del resorte, aproximó la linterna y lo primero que vid 
fué la boca de una piííitola que le apuntaba al pecho; Asom- 
brado Don Juan, examinó aquella arma y advirtió que es- 
taba asegurada en ima variUa do hierro hincada en el 
fondo de la caja. Vio que lu pistola estaba amartillada; 
pero que un ganchete, también de hierro, aseguraba el pié 
de gato, impidiendo que cayese. Ese ganchete estaba uni- 
do á un muelle muy bien templado que se prolongaba 
hasta la tabla de la caja y remataba por la parte de afue- 
ra en el botoncillo que apenas se veía, al lado de la cer- 
radura. El Visitador comprendió entonces aquel ingenio- 
so mecanismo. La pistola estaba sin duda cargada con ba» 
1-a, y el que sin conocer el secreto abriese la caja, recibi- 
ría el tiro ei] la parte superior del cuerpo. Para evitar- 
lo, era necesario oprimir el botón, que por medio de un^ 
brioso resorte, aseguraba el pié de gato é impedia que 



— 32Í)— 

cayese sobre el rastrillo. El genio y la avaricia habían re* 
velado á Andrés secretos que los progresos de la mecá^ 
nica debián hacer comunes dos siglos mas tarde. Con ra- 
zón, pues, se sintió él orgulloso con su invención, que 
acreditaba su habilidad y guardaba sUs tesoros. 

Considerables eran los que contenia la caja. Los sa* 
eos que Don Juan habia visto poner en ella, estaban hen- 
chidos de doblones de oro; los estuches encerraban pe- 
drerias de gran precio. Pero lo que el Yisitador busca- 
ba de preferencia estaba en la cartera grande que, como 
dijimos, encerró Andrés Molinos en la caja, junto con sus 
riquezas. Abrióla Don Juan y encontró una porción de 
papeles que se puso á leer con avidez. Encontró que la 
Jnayor parte de ellos estaban escritos en ingles; pero como 
entendía perfectamente aquel idioma, no fueron para él, 
como hablan sido para el maestro herrero, garabatos in- 
descifrables. Aquellos doeiimentos importantísimos revela- 
ban el origen de Francisco; hijo, seguri lo explicamos en 
él capitulo primero de esta historia, del Contra Almiran- 
te Sir Fraricis Dráke y verdadero dueño de aquellos te- 
soros. Ya por uñ descuido dé esos dé que hay muchos 
ejemplos en la vida, ya por cualquier otro motivo, Andrés 
habia conservado aquellos papeles, cuya importancia él 
mismo no podia calcular bien, puesto que no los enten- 
día. Su atenta lectura reveló al Yisitador qiie él llama- 
do Francisco Molinos era hijo de un hombre grañ'de, que 
había ilustrado su nombre con heroicas hazañas, y á quietí 
Don Juan no juzgaba con la parcialidad que inspiraba los 
juicios de sus compatriotas. Pudo explicarse los arran- 
ques de aquel hombre, que sin el capricho de la suerte, 
que lo hiciera caer en poder de Andrés Molinos, habría 
sido probablemente un valeíoso marino, éomo su padre. 

Don Juan volvió á colocar aquellos documentos en' 
él mismo sitio en que los encontró, y dijo á media voz: 

• — Este secreto pone á los dos en mis manos; 

42^ 



— 330— 

Cerró la caja con precaución; bajó la escalerillaí y 
siguiendo á lo largo de la pared, llegó hasta la puerta 
que comunicaba aquel sótano con la casa que ocupaba el 
llamado Dr. Sánchez Correa. Escuchó con atención y no 
oyó mas que el hervor de los líquidos que tenia al fue- 
go el alquimista, para la confección del hombre artificial, 
para encontrar el secreto do la transmutación de los me- 
tales y el especifico de todas las enfermedades. 

Después de haber permanecido un rato junto á aque- 
lla puerta, Don Juan salió del subterráneo, cerró la en- 
trada y se dirigió á su casa, seguido de Don Gerónimo 
y de los alguaciles, sin hablar una sola palabra y con 
la frente inclinada bajo el peso de los graves pensamien- 
tos que revolvía en su imaginación, como las olas del mar 
agitado' por la tempestad. 



331— 




CAPITULO XXIV 



Teinte años atrás. 



/N el año 1606 vivía eu Sevilla un caballero lla- 
mado Don Hernando de Ibar.ra; respetable toda 
vía mas que por su riqueza y por su cuna, por 
la ventajosa posición que ocupaba en el vecindario. Bas- 
te decir que era uno de los graves regidores de su Muy 
Noble y Muy Leal Ayuntamiento; regidores que han con- 
servado el antiguo nombre de veinticuatro; y que como 
tal, tenia voz y voto en los negocios de la ínclita ciudad, ^ 
cuyos muros bañan las aguas del caudaloso Betis. Sevilla 
tenia entonces una importancia que fué perdiendo después. 
Contaba con una población de cuatrocientas mil almas; 
sus famosas fábricas de paños y de sederías; su célebre 
Casa de la Contratación y su puerto, frecuentado por bu- 
ques mayores que le llevaban las riquezas del nuevo mun- 
do, hacian de la antigua Hispalis una de las primeras po- 
blaciones de la Europa. Gozando de una temperatura de- 
liciosa; respirando un aire embalsaiiiado con el pcrfimie 



— 332— 

fie las flores de las espléndidas huertas de sus contornos, 
la residencia en esa bella ciudad era una de las mas en- 
vidiables en aquellos tiempos. Tal vez no era qn hipér: 
bole andaluz la alabanza que contenian estos antiguos ver- 
sos, 1^ mejor dicho adagio sevillano: 

La mejor tierra de España, 
Aquella que el Betis baña; 
De cuanto el Betis VQ^^^a, 
Lo que la Giralda ojea. 

¿Que mucho, pues, que con tales condiciones, hubiese. 
$ido Sevilla elegidla, con preferencia á otras ciudades es- 
pañolas, como refugio de varias familias católicas que ei\ 
aquella época calamitosa abandonaban sus hogares, en Ale- 
mania y otras partes, con motivo de las perturbaciones á 
que dio origen la reforma? Una de esas familias fué la 
de un médico alemán llamado Carlos Grantzius, que se 
trasladó á la metrópoli de la Andalucia, donde encontró 
una nueva patria. Por un motivo ú otro, el Dr. Grantzius 
se relacionó con el caballero veintmiatro Don Hernando de 
Ibarrá, estableciéndose la mayor intimidad entre una y 
otra familia. Los dos primogénitos de ellas se unieron con 
una amistad verdaderamente fraternal, no obstante la di- 
ferencia, ó mas bien dicho oposición que habia entre sus 
respectivos caracteres. Don Juan, hijo de Don Hernando, 
era un joven franco, valiente y pundonoroso; Don Enri- 
que, el hijo del Dr., era astuto, disimulado y de pasio- 
nes vivas, que ocultaba bajo un exterior aparentemente 
tranquilo y meditabundo. Don Juan habia sido destinado. 
á la noble carrera del foro; y en 1602, concluidos sus es- 
tudios, esperaba algu^na colocación importante, que estaba 
seguro de obtener, por la influencia de su familia. Don 
Enrique siguió la profesión de su padre, y estaba ya, en 
la época á que nos referirnos; gi'aduado de Dr. en mecli- 



ciña. Ibai-ni y CTraützius, conocidos eii Sevilla con el uoni: 
bre de los inseparables, lo eran en efecto en sus perso- 
í)as, como parecían serlo también en sus voluntades. Mo- 
delos de la mas intima unión, eran mus hermanos qn<3 
amigos. 

Una tarde vagaban por las márgenes del Guadalqui- 
vir y entretenidos en conversación, se dirijieron hacia el 
jiuente de Triana, que comunica la ciudad con el popu- 
loso barrio de este nombre. Ahi enconti-aron los insepa- 
rables á una joven que rebozada en un manto y acom- 
pañada de venerable dueña, paseaba, llamando la atencioUj 
asi por SU modestia como por su gentileza. La impresión 
que causó en los dos amigos fué profunda, y por desgra- 
cia el corazón del uno y el del otro quedaron heridos 
al mismo tiempo por la belleza incomparable de aquella 
muger. Don Juan no ocultó á Grantzius el amor de que 
se sentia poseído; pero este, solapado y astuto, habló cou 
indiferencia de la hermosa desconocida. 

No lo fué por mucho tiempo para el hijo del vein- 
ticuatro, que tomó sus informes y averiguó que la dout 
celia cuya beldad habia cautivado sus afectos se llamaba 
Dña. Estela y que era hija única del rico hidalgo Doi> 
Gonzalo de Zúñiga. Desde entonces se dedicó Don Juan 
á cortejar á la señora de sus pensamientos. Eondó su ca- 
lle, le dio músicas, le escribió billetes y en estos y en 
enamoradas coplas le hizo saber lo ardiente de su pasión. 
Grantzius era el confidente natural do aquellos amores y 
acompañaba siempre á Don Juan cuando paseaba la calle 
de la dama, que no los habia visto sino juntos por todas 
partes. Contestó de una manera favorable las cartas amo- 
rosas de su adóradpr, y aquellas ventajas que obtenía Don 
Juan, fueron nuevo estímulo á la oculta rivalidad del fal- 
so y desleal Enrique. Entendido Don Hernando de Ibar- 
ra de las pretensiones de su hijo, les dio su aprobación 
y pidió para este la mano de la joven, que le fué otor- 
gada con la mejor voluntad. Ei padre de Estela- informó 



— 334— 

¿ !^ d.QTicella del brillante partido que la fortuna le depa*- 
raba, y como cosa tan de su gusto, contestó desde luego 
que estaba pronta á obedecer la voluntad paterna. Quedó 
pues arreglado el matrimonio, y en consecuencia, Don 
Juan fué admitido á visitar á su novia. 

Eterno se hizo para el apasionado amante el dia cuya 
noclie estaba señalada para aquella primera visita. Acusaba 
la lentitud del tiempo y habria querido poder apresurar 
la marcha de las horas. Llegó al fin la que le habia sido 
indicada como la mas oportuna para ser recibido en casa 
d*^ Dña. Estela, y se dirijió allá, con el corazón rebosando 
en 1 vs mas puras y gratas ilusiones. No era menos viva la 
iuquiíetud de la doncella, que iba á hablar por la prime- 
ra vez al hombre á quien apenas habia visto al paso en 
el puente de Triana y después al través de las espesas 
celüsias de su balcón. Cuando sp presentó Don Juan, la 
joven se levantó para recibir á su novio; pero al adelan- 
tarse este, Dña. Estela se puso pálida como un cadáver, 
y después un rojo encendido coloreó sus mejillas abrasa- 
das. Estuvo á punto de desmayarse, y habria caido al 
suelo, á no haberse apoyado en el respaldo de un sillón 
que estaba junto á ella. Don Juan notó aquel incidente; 
pero lo atribuyó á la emoción que debía causar á una 
doncella modesta y recatada la presencia del hombre que 
iba á ser su esposo. La entrevista fué corta y fria, pues 
la dama apenas pudo recobrarse de la profunda conmo- 
ción que le causara su novio. Despidióse este, y cuando 
hubo salido, Estela, deshecha en lágrimas, se arrojó á los 
pies de su padre y le declaró haber sido víctima del mas 
inconcebible error. Habia tomado á otro por Don Juan 
de Ibarra. El hidalgo frunció el entrecejo y con muestras 
del mas vivo enojo, pidió á su hija le explicase aquel mis- 
terio. La joven hizo entonces la pintura del caballero á 
quien la dueña que la acompañaba la tarde que encontrara 
á dos jóvenes en el puente de Triana, le habia desig- 
nado bajo el nombre de Don Juan de Ibarra. Siempre 



— 335— 

que los vio después habia sido juntos, y con facilidadí 
(jontinuó afirmándose en su primitiva equivocación. Figu- 
rábase que Grantzius era Don Juan; tomó á aquel por sU 
amante y como ese era el que habia ganado su volun- 
tad, apenas se fijó en el verdadero Don Juan, á quien 
suponía confidente de su cortejo y nada mas. 

El padre oyó aquella relación con visible desagrado; 
comprendió quien era el que habia tomado la joven por 
Don Juan de Ibarra, y luego que hubo concluido Estela, 
le declaró que era muy tarde para volver atrás. Agregó 
que él no consentiria nunca en que fuese esposa de aquel 
mediquillo alemán, cuando se le proporcionaba un ventajo- 
sísimo enlace con el hijo" de un veinticuatro, y por último, 
que su palabra estaba empeñada y que por nada de este 
mundo dejaría de cumplirla. 

Acostumbrada Estela á obedecer ciegamente los man- 
datos de su padre, no replicó una sola palabra y con el 
corazón desgarrado, se resolvió á sacrificarse. 

Continuó recibiendo las visitas de Don Juan, y como 
este no tenia en su persona cosa alguna que lo hiciese 
repugnante, y antes bien podia pasar por un cumplido 
caballero, Estela fué poco á poco venciendo el desagrado 
que experimentó al saber quien era el hombre que se le 
destinaba para esposo. 

Llegó el día en que iban á realizarse las ilusiones del 
enamorado joven. Toda la nobleza sevillana estaba iüvi 
tada á la ceremonia que uniría para siempre á aquella her- 
mosa pareja, para quien parecía abrirse un horizonte de 
Jai mas pura dicha. Era en lo mas bochornoso' del vera- 
no. El patio principal de la casa del anciano Zúñiga, con- 
vertido en un espléndido salón, deslumhraba la vista con 
el lujo de sus adornos. La iluminación, la música, el per- 
fume de mil flores exquisitas, todo concurría á embria- -ar 
los sentidos, todo respiraba amor y felicidad. Don Juan 
de Ibarra se extremeció de placer, al tocar la mano de 
Dña. Estela, mas hermosa que nunca con los lujosos ata- 



vios (1(! hoCiü, y que paroria completamente satisfecha. ' ^ 
Después de la ceremonia, se dio principio al sarao) 
acompañando á la novia en la primera contradanza su pa- 
drino, Don Enrique de Gtizman, Conde de Olivares, Alcai- 
de del Real Alcázar de Sevilla, y padre del que vino á 
Fcr después el Conde-Duque: En lín momento en que la 
bella desposada parecía gozar mas con aquella fnagnífica 
fiesta, de la ciial era la heroína, se paso dé repente lige- 
ramente pálida y vuciló, com.o si hubiese visto algún ob- 
jeto que le causara espafito. ¡Estraño incidente, cuando no 
había én torno' de la hermosa Estela mas que miradas que 
expresaban la admiración y la benevolencia! Nadie ha- 
bría podido adivinar que on joven blondo y pálido, ves- 
tido sencillamente de terciopelo negfó, en medio de aque- 
llos grupos de brillantes señores, que acababa de atravesat 
delante de la novia y fijado en ella la profunda mirada de 
sus expresivos ojos azules, era quien había Causado táil 
extraordinaria impresión. Aquel joven, que apenas habla- 
ba una u otra palabra con algunos de los caballeros que 
encontraba al pasó, era el Dr. Enrique Grautzius, anii- 
go intimo dé Don Juati de Ibarra. Estela cerró los ojos por 
ím momento", como para librarse de aquella fascinación; 
pero en vano. Cuando los volvió á abrir, Grantzius había 
desaparecido, perdiéndose entre la abigarrada multitud 
que llenaba él salou; pero la joven lo veía siempre en su 
imaginación, como si lo tuviese delante. La infeliz com- 
prendió que aquel hombre, á quien había creído olvidar 
en medio del bullicio y de las emociones de la fiesta, do- 
itiinaba su corazón con absoluto imperio. Ella disimuló, 
sin embargo, y ni su marido ni nadie alcanzó á compren'- 
der lo que pasaba en lo íntimo de aquella alma desgar- 
rada por la mas cruel de -las decepciones. 

A los pocos dias de verificada la boda, Don Juan y 
su esposa partieron de Sevilla, para ir á pasar lo que 
quedaba del verano en una quinta deliciosa que poseía 
Don Hernando de Ibarra, algo distante de la poblacioni 



— S37— 

Embí-iiigado con su felicidad, el incauto joven se eiiipcño 
fen que su amigo Grantziüs los acompañase; y aunque e3- 
te lo rehusó al principio, pretextando ocupaciones, al fin 
inanifestó que el deseo de complacer á Don Juan lo deci- 
día á ir á pasar algunos dias en su compañia. ¡xUi!; si hu- 
biera podido prever las funestas consecuencias de aquel 
paso! Pero el amor Id cegaba y no veia el abismo qub 
abría por su ptopia mano, y en el cual se habia de hun- 
dir su honra y su dicha. Viviendo en la mas peligrosa 
intimidad, Estela y Grantziüs tuvieron frecuentes oportu- 
nidades de mostrarse lo que pasaba en el fondo de sus 
corazones. El astuto y desleal amigo desplegó todos los 
recursos de la seducción; y como por desgracia la pasión 
que la joven abrigaba era un poderoso auxiliar de tan 
insidiosos proyectos, la resistencia de Estela no fué ni 
vigorosa ni larga. Dos meses después de su salida de Se- 
villa, Don Juan era, sin saberlo, el mas desventurado de 
los hombres. 

El amor criminal del amigó traidor y de la esposa in- 
:fiel crecia cada dia mas. La presencia de Don Juan era 
ya insoportable, especialmente á Estela, que veia en su ma- 
rido un obstáculo que se interponía entre ella y su aman- 
te, impidiéndole el entregarse á este sin reserva. Entori- 
les concibió el proyecto atrevido de abandonar al hom'- 
bre á quien habia jurado hacia poco un amor eterno y 
lo propuso resueltamente á su seductor. Tan apasionado 
este como ella, aceptó con gusto la temeraria idea, y un 
dia que Ibarra habia ido dé caza, Enrique Grantziüs y 
Dña. Estela de Zíiniga, toinando dos de los mejores caba- 
llos de las caballerizas de la quinta, desaparecieron de ella. 

Cuando regresó Don Juan era ya entrada la noche. 
Preguntó poí Estela y supo con admiración que habiá 
salido inmediatamente después que él, acompañada del Dr;, 
diciendo que iban á dar un paseo y que hasta aquella 
hora no hablan regresado; lo cual causaba ya alguna in- 
quietud á las íícntes de la quinta. 



— 338— 

No fué poca ]z^ que experimentó Ibarra al oir lo que' 
sus criados referían; pero estuvo muy distante de toda la 
extensión de su desgracia. Temió hubiese ocurrido algún 
accidente á su esposa ó á su amigo, y en aquel mismo 
instante hizo que todas las gentes de la quinta saliesen 
con hachas encendidas, y por diferentes direcciones, en 
busca de Estela y Grantzius. Montó á caballo él mismo 
y se propuso no regresar hasta haber registrado todos 
los alrededores. Diligencias vanas; pues los fugitivos, que 
hablan salido á la madrugada, tenian ya mas de doce 
horas de incesante marcha y estaban muy lejos de los 
puntos á donde podian extenderse las pesquisas de Don 
Juan y de sus criados. 

Al siguiente dia, después de haber andado toda la 
noche, regresó Ibarra á la quinta, pálido, abatido y con 
el corazón despedazado. El infeliz comenzaba á entrever 
la espantosa verdad de lo ocumdo. Se encerró en su ga- 
binete y pasó unas cuantas horas en la mas cruel agonia. 
De repente lanzó un rugido sordo, se puso en pié, ciñó 
Sil espada, colocó dos pistolas en el cinturon y volvien- 
do á montar á caballo, salió déla quinta, sin decir una 
sola palabra. La idea de la venganza, de una venganza 
terrible y sangrienta, habia hecho que el desgraciado sa- 
liese de la postración en que estaba sumido poco antes* 
La esperanza de hallar algún dia, aun cuando fuese en el 
otro extremo del mundo, á aquellos miserables, despertó 
la aletargada energia de su carácter. Desde aquel momen- 
to Don Juan de Ibarra vivió solo por el odio; desde 
aquella hora aquel hombre dejó de creer, dejó de esperar, 
dejó de amar y se hizo la encarnación defmal. Era rico y 
pudo recorrer una gran parte de la Europa. En los tem- 
plos, en los espectáculos públicos, en el seno délas fami- 
lias buscaba las huellas do los que habian envenenado 
su existencia; pero todo fué inútil durante seis años. Pa- 
rcela que la tierra, cómplice en el crimen, hubiera ocul- 
ítido' á los miserables. 



— 330— 

En el mes de agosto del año 1612, Doii Juan estahsi 
^en Ñapóles, á donde habia ido, siempre con la esperanza 
de descubrir el paradero de Estela y de Grantzius. Una, 
terrible epidemia de fiebre maligna ^diezmaba la pobla- 
ción; pero Ibarra despreciaba toda especie de peligros y 
aquella circunstancia no fué parte á impedir que visita- 
se la ciudad. Al día siguiente ,de su llegada, salió de la 
casa de posadas en donde estaba hospedado y. comenzó á 
vagar por las calles, observando, como lo acostumbraba, 
á todas las personas que encontraba al paso. Ni la ba- 
hia aculada que se extendía delante de sus ojos, cerrada 
al mediodía por las rocas de la isla de Capri; ni el gran- 
dioso espectáculo del Vesubio que se divisaba al orien- 
te, con su espléndido penacho de fuego 3^ de humo; ni 
las risueñas colinas del Pausilípo que proyectaban sus for- 
mas ¡elegantes hacia el poniente; ni la masa sombría del 
castillo de San Telmo, cuyas almenas dominan por la par- 
te del norte á la antigua Parténope, llamaron por un solo 
momento la atención del hidalgo español, que parecía 
completamente extraño á aquel grandioso espectáculo. Al 
pasar frente á la puerta de la iglesia del Carmine, atrave- 
sando la plaza donde se levantó en 1268 el cadalso 
del desgraciado joven Conradino V, Don Juan vio salir 
del templo á un sacerdote que conducía al sagrado viáti- 
co, con el acompañamiento acostumbrado. Descubrióse y 
quiso pasar de largo; pero un sacristán que llevaba unas 
cuantas velas, le presentó una y no pudo rehusar el ad- 
mitirla. Agregóse, pues, á la devota comitiva, y le ocur- 
rió preguntar á ]a persona que estaba mas próxima, quien 
era el enfermo á quien se llevaba el sacramento. 

— No es enfermo, dijo el preguntado, sino enferma. 
Es una española, esposa de un médico extrangero estable- 
cido hace poco en Ñapóles, que está muriendose de la en- 
fermedad reinante. Su marido mismo, añadió, dicen que 
está también muy malo. 

Al oir aquella.^ palabra;^, Don Juan se pu¿u mas [uíli- 



— 340— 

do que de costumbre. Un extraño presentimiento le hizq 
sospechar si acaso aquella española que pasaba por mu- 
ger de un médico extrangero, seria la infiel esposa á quien 
él habia buscado eu vano por todas partes. No volvió á 
hablar una sola palabra, y poniéndose tan cerca como le 
fué posible del eclesiástico que conducía el sacramento, 
siguió hacia la casa de la enferma. Llegaron y subieron 
las escaleras, entraron á una salita situada en el primer 
piso y que comunicaba con una alcoba. Don Juan no se 
detuvo en la primera pieza, sino que penetró en el cuar- 
to mismo de la enferma, con otras pocas .personas mas. 
Dirijió una mirada escudriñadora al lecho y al ver á la 
que lo ocupaba, que era una muger joven y que conser- 
vaba aun, consumida como estaba por la enfermedad, in- 
dicios de extraordinaria belleza, Don Juan sintió que le 
faltaban las fuerzas y que un sudor frió corria por su 
frente. Se arrodilló y tuvo necesidad de apoyarse en un 
sillón, para no caer. Habia reconocido á Estela. 

Ni vio ni oyó mas. El sacerdote, los acompañantes, 
las luces de las velas, todo le parecía girar en derredor, 
como en una danza fantástica. Concluida la piadosa cere-, 
monia, retiráronse los circunstantes; pero Don Juan no 
se movia del sitio, donde parecía clavado. Las personas 
de la casa, que eran únicamente dos doncellas de la seño- 
ra y un ayuda de cámara del Dr., viendo á aquel hom- 
bre, que permanecia arrodillado, y cuyo aire sombrío les 
llamó la atención, le dijeron que debia retirarse, pues la 
señora estaba en un estado de gravedad tal. que no per- 
mitía la presencia de personas extrañas en su cámara. 

Don Juan alzó los ojos poco á poco y poniéndose ea 
pié, dijo: 

— Yo no soy aquí un extraño, y nadie me arranca- 
rá ya de este sitio. 

Luügo dirijiendose á la enferma, exclamó con voz sar- 
da y con acento sombrío: 

— lístela. ;.mo cünoceiV 



So notó en lii cnfcniKi un oxtrcineciinienio convulsir 
vo. Abrió los ojos desmesuradamente y los íijó en aqucr 
lia que le parecía una terrible aparición; un fantasma cvor 
cado por sus remordimientos. Pronunció algunas palabras 
entrecortadas, que Don Juan no pudo com])renLler, y lucr 
go haciendo un postrer esfuerzo, exclanió con voz apenas 
perceptible. 

— Pordóname! .... perdóname,. ... te lo pido en nonir 
bre de nuestro.... y no pudo proseguir, pues en aquel 
mismo instante el alma de la desvei^turada, libre de las 
mortales ligaduras, voió á los pies de su criador. 

Cruzó Ibarra los brazos y de pié delante del leclio, 
se puso á contemplar aquel cadáver con sombría desespe- 
ración. Los criados veian con asombro á aquel extranger 
ro, que liabia llamado á su señora con un nombre que 
les era desconocido, pues Dña. Estela de Zúiliga se había 
anunciado con el de Dña. Julia de Figueroa, y á quien la 
dama habia dírijido unas palabras que no percibieron bien. 
Ibarra previno al ayuda de cámara que fuese á disponer 
el entierro, y sacando un bolsillo lleno de monedas do 
oro, entregó al lacayo algunas mas de las que se necesir 
taban para los gastos del funeral y sepultura. 

■ — Arregladlo todo como os parezca, dijo Don Juan, 
y pasó á la salita, mientras las camareras vestían á la que 
liabia sido su señora. 

Pasó en vela toda la noche, y al siguiente dia vio 
salir el cadáver de su esposa, sin qne su semblante trai- 
cionara la tempestad de su alma. En seguida pagó gene- 
rosamente á las dos camareras y las despidió, después de 
haberse informado de cual era la pieza donde estaba el 
marido de aquella señora. Era una alcoba retirada, en la 
cual Enrique Grantzius luchaba con la muerte. Don Juan 
supo que su falso amigo se hacia llamar Carlos Vander- 
linden y que con aquel nombre ejercia la medicina en 
Ñapóles con algún crédito. Ibarra examinó las recetas y 
se informó del método curativo adoptado por el Doctor que 



— 342— 

íislstk á Orantzins. Este no se hallaba en aptitud de co^ 
nocer á nadie; y asi no advirció la presencia de Don Juan, 
que de pié delante del lecho, lo contemplaba con un aire 
que haliria revelado al ayuda de cániara todo el odio que 
aquel cxtrangcro tenia á su amo, si se hubiese encontra- 
do en la alcoba en aquel momento. Pero estaba fuera, 
y cuando volvió, ya Don Ju^.n Iiabia tenido tiempo de 
dominar su fisonomía. Dijo m1 lacayo que la señora que 
acababa de ser sepultada era su hermana, de quien no sa- 
bia hg,cia mucho tiempo, y que él quería y debia encar- 
garse de Ja asistencia de aquel caballero, su cuñado. Agre- 
gó á esta historia la pn»n7e6a de recompensar generosa- 
mente gns servicios, con lo cual el ayuda de cámara creyó 
fácilmente cuanto decia el español y le ofreció obedecer 
en todo sus disposiciones. 

— Es preciso que este hombre no muera como ella, 
dijo Don Juan, ¿Lo entiendes? Es necesario hacer csfuer- 
;zos sobí'ch uníanos hasta lograr salvarlo. Si esto se consigue, 
puedes contar con que tu suerte está asegurada. 

El interesado sirviente reiteró la promesa de cuidar 
de Don Carlos, como si fuese su propio hermano, y des- 
de luego instruyó á Ibarra del curso que habia seguido 
la enfermedad y del aspecto que presentaba. 

Desde aquel momento Don Juan se dedicó á asistir 
á Grantziys con Ja solicitud mas esmerada. Un padre no 
habria desplegado por su hijo un cuidado mas minucioso 
y vigilante que el que mostró aquel hombre por el que 
habia envenenado su existencia. Don Juan apenas toma- 
ba algún alimento; no se separaba de la cabecera del en- 
fermo, y los pocos momentos que dormia, era en un sillón, 
junto al Jecho de Grantzius. 

Quince dias Juchó este con la enfermedad; y al fin, 
su naturaleza vigorosa, ayudada de las medicinas y del 
esmero de Don Juan, hizo que recobrara el conocimiento 
y que abriera los ojos. 

— Estela, dijo el desgraciado, con voz muy débil. 



— 343— 

Don Juan, al oir aquel nombre y aquella voz, salto 
de la silla y colocándose en dirección de la visual del 
enfermo, le dijo: 

— ¿Llamáis á Estela? Es inútil; ya no la veréis mas. 
Como me abandonó á mi por vos, os ha dejado á vos por 
otro; solo y á las puertas del sepiflcro. Ja, ja, ja, ja, y se 
fió con una risa estridente, que hizo estremecer al fe- 
bricitante. 

— ¡Ay! exclamó Grantzius, arrancando un gemido de 
lo mas hondo del pecho. ¿Es cierto, ó estoy soñando? 
¿Es él, ó es el fantasma de mis delirios que vuelve á ator- 
mentarme? 

Volvió á cerrar' los ojos y perdió de nuevo el cono- 
cimiento. Don Juan tomó una pócima y aplicándola á 
los áridos labios del enfermo, se la hizo^ tragar. La fuerza 
del mal habia cedido y á pesar de la impresión que le 
causó la aparición de íbarra y la falsa noticia de la fuga 
de Estela, fué recobrándose poco á poco y al fin adqui- 
rió la certeza de que era efectivamente su engañado ami- 
go el que le prodigaba aquellos cuidados, que el infeliz 
iio acertaba á comprender. En fuerza de elíos, el enfer- 
mo pudo incorporarse un poco, y viendo á Don Juan, de 
pié junto á su cabecera, teniendo en la mano una taza 
que contenia el alimento, que le presentaba, dijo: 

— No merezco lo que hacéis por mi; dejadme morir. 

— ¡Morir! exclamó Don Juan; no, vos no debéis mo- 
rir como cualquiera. La muerte, cuando viene naturalmen- 
te, es el descanso; y Enrique Grantzius no tiene dere- 
cho á descansar como el obrero honrado que ha conclui- 
do su laboriosa tarea. Cuando esa muger, para quien ha 
sido el primero de vuestros pensamientos al volver de 
ios dinteles del sepulcro, os dejó solo y batallando con 
la mas espantosa agonia, la casualidad me trajo á vues- 
tro lado. Vuestra vida ha estado en mis manos; he lu- 
chado' durante quince dias con la fiebre: he velada por 



— 34 1— 

ros como lo liíuia por el ser mas querido y al fin, ¡oh! 
¿il fin, (nñadió con una sonrisa infernal) al fin os be sal- 
vado! Os debo mucho, Grantzius, y no podia yo dejaros 
morir sin devolveros al menos una parte de lo que he reci- 
bido de vos. 

— ¡AyJ repitió el enfermo; dejadme morir; no' quiero 
ya la vida. 

— No queréis la vida y tenéis razón. ¿De que sirve 
J;i existencia, emponzoñada por un recuerdo que nos per- 
sigue, de dia, de noche, despiertos, en suefvos, en todos 
los instantes? Guarido uno ha sido tilmente engañado, ¡oh 
Grantzius! como lo hemos sido vos y yo, la vida puedo 
servir únicamente para una sola cosa: para la venganza, 
l^or eso me veis aqui, vivo, fuerte y lleno de encrgia; 
pQTO vos rio tendríais valor para sacrificarlo todo á una 
idea, ni el temple de alma necesario para ir hasta el fiíi 
del mundo, si fuese preciso, en busca del que os ha ro- 
bado vuestra querida. Vos, Enrique Grantzius, sois un 
miserable, traidor y cobarde, incapaz de' grandeza, ni aun 
Cn el nial. Yo os lie conservado la Vida para mataros; he 
disinitado mi victima á la muerte; morii^eis; pero despueá 
de haber sufrido el horroroso tormento de los celos, que 
habéis hecho sufrir á mi corazón, hasta romper la última 
de sus fibras. íle querido que viváis, para que os encon^ 
trcis solo y traicionado como yo rrie vi; para que veáis 
levantarse el sol y seguir la lenta sucesión dte las horas y 
entrar la noche, sintiendo siempre abrasado vuestro ce- 
rebro por un pensamiento que os corisumirá sin mataros, 
como esa calentura que os ha devorado durante mas dé 
quince dias. Cuando hayáis bebido en la copa del doloi* 
íiasta la última gota, cuando hayáis sabido lo que es la 
desesperaciou en todo su horror, entonces, entonces mo- 
riréis ¡oh Grantzius! 

— Satanás, exclamó el enfermo, Satanás; déjame; 
yá «ufr(V todo eso que dices: déjame: y cayó á plomo 



— 345— 

sobre la almohada, lanzando un gemido medio ahogado. 

Don Juan, aquel hombre diabólico que habia concebi- 
do y ejecutaba tan espantosa venganza, volvió á hacer 
tragar á Enrique algunas gotas de la bebida, que produjo 
su ordinario efecto. El desventurado llamaba á la muer- 
te; pero habia ahi una voluntad firme y poderosa que se 
interponía entre ella y Grantzius. Continuó cuidándolo con 
el mayor esmero, y hablandole de tiempo en tiempo de 
Estela, se la pintaba dichosa y olvidada de él con un 
nuevo amante. 

Ocho dias después, Enrique habia dejado la cama y 
ecobrado bastantemente las fuerzas físicas; aunque abru- 
mado por el sufrimiento insoportable que le hacia expe- 
rimentar la supuesta traición de su querida. Una noche, 
Don Juan, que habia salido por la primera vez del cuar- 
to del enfermo, dejando á este encerrado bajo de llave, 
llamó al ayuda de cámara, le dijo que su amo estaba com- 
pletamente restablecido y que no se necesitaban ya sus ser- 
vicios. Le pagó generosamente, como le habia ofrecido, y 
luego que se hubo marchado el sirviente, Ibarra salió á 
la calle, con el objeto de practicar cierta diligencia y 
volvió á casa de Grantzius. Presentóse en el cuarto de es- 
te con un semblante que hizo estremecer á Enrique, quien 
enteramente recobrado ya, habia vuelto á amar la vida. 
Desembozóse Don Juan y sacando dos espadas que llevaba 
ocultas bajo la capa, dijo á Grantzius: 

— Ha llegado la hora; pero repugna á mi hidalguía 
española el mataros como á un perro. Defendeos. 

Dicho esto, le presentó una espada y blandiendo la 
otra, se puso en actitud de ataque. 

Grantzius tembló y no alargó el brazo para tomar 
el arma. 

— Defendeos, ¡vive Dios! exclamó Ibarra. 

— No, Don Juan, contestó Enrique; yo no puedo ni 
debo batirme con vos; pues conozco que tenéis de vues- 

44 



— 346— 

tra parte la razón. Yo os he engañado y 

— No queréis batiros como caballero, dijo Don Juarí 
con rabia; vais, pues, á morir como un miserable. 

Grantzius se echó de rodillas á los pies de Ibarra y 
temblando le dijo: 

— Por piedad no me matéis; perdón; |ay! perdoní 
Hacedlo por vuestro .... 

Era ya tarde. El hierro homicida habia atravesado 
el pecho de Grantziue, que cayó bañado en su sangre. 

— Por vuestro qué. . . .? preguntó Don Juan con cier- 
ta emoción. 

No recibió respuesta. Enrique habia cerrada los ojos 
y dejado aparentemente de existir. Don Juan cambió su 
espada, tomando la que Grantzius no habia querido acep- 
tar, y dejó la otra junto al que consideraba un cadáver. 
Salió de la casa y á aquella misma hora, fué á la bahia, 
donde se embarcó en una galera que hacia rumbo á los 
puertos de España. 

Una casualidad inesperada salvó á Grantzius. El ayu- 
da de cámara, al salir precipitadamente de la casa, dejó 
olvidados algunos objetos, y volvió al siguiente dia muy 
temprano, con el propósito do recobrarlos. Encontró abier- 
tas las puertas y vio que lo estaba también la de la alco- 
ba de su amo. Admiróse de esta circunstancia, pues e» 
quince dias, desde la llegada de Don Juan, apenas se ha- 
bia abierto el cuarto del enfermo. Quiso el lacayo averi- 
guar lo que podía ser aquello y entró en la alcoba. Al 
ver tendido al Dr., en el suelo y bañado en sangre, lanzó 
un grito de horror; acercosele y conoció que aun respi- 
raba; buscó al caballero que habia cuidado del enfermo,, 
y no encontrándolo, salió á llamar al médico que lo asis- 
tía. Acudió el facultativo en el acto; examinó la herida y 
declaró que aunque grave, no era mortal. El esmero con 
que fué asistido el herido, hizo que recobrase la salud, y 
cuando pudo hablar, se negó rotundamente á explicar el 



—347— 
ttisterio de aquel proyectado asesinato. Luego que pudo, 
salió de Ñapóles y se dirijió á España, en donde se em- 
barcó para América. Recorrió, con un niño á quien lle- 
vaba en su compañia, diversos reinos, bajo el nombre 
del Dr. Alvaro Sánchez Correa; se dedicó á la alquimia 
y vino á establecerse á Guatemala dos años antes de la 
llegada de Don Juan de Ibarra con el carácter de Visi- 
tador y Juez áe residencia del Conde de la Gomera. El 
niño que acompañaba á Grantzius era ya en aquella épo- 
ca un gallardo joven de diez y ocho años, á quien el Dr. 
hizo salir de la ciudad en la noche del dia de la entrada 
del Visitador. 

Don Juan creia muerto á su antiguo y traidor ami- 
go, y lo afirmaba en esta creencia el no haber vuelto á 
oir hablar de él jamas. Obtuvo nombramiento de oidor 
para una de las audiencias de Nueva España, y después 
de algún tiempo, fué promovido á la real Chancilleria de 
México. Una casualidad hizo que al cabo de veinte años 
oyese en el fondo de un sótano la voz del autor de su 
desdicha; y desde aquel momento, convencido de que el 
supuesto Dr. Correa no era otro que Enrique Grantzius, 
el implacable esposo de Dña. Estela de Zúñiga, se ocupó 
en meditar nuevos y mas terribles proyectos de venganza. 



348 



CAPITULO XXV. 



4De comienzan á prepararse alg^nnas aTenturas que hatt 
de parar en desventuras para el n&aestro Basilio. 




NTES de continuar la narración de los sucesos que 
sobrevinieron después de los acontecimientos de 
que liemos dado cuenta en los últimos capítulos, 
conviene presentar en un breve resumen Jas diferentes 
intrigas que han ido urdiéndose y forman el tejido, bas- 
tantemente complicado ya, de la historia que vamos re- 
firiendo. 

La intriga política de la residencia del Presidente, 
Conde de la Gomera, es el hecho principal, á cuyo der- 
redor se agrupan, mas ó menos ligados con él, los di- 
ferentes episodios de este drama. La ambición de los her- 
manos Molinos, sugiere al uno la pretensión de una enco- 
mienda; merced harto superior á lo que su condición de- 
biera hacerle esperar. Concibe el otro la atrevida idea 
de casar á su sobrina con el Visitador, con la mira in- 



— 340— 
teresada de tener en su mano, por este medio, lo?; ne<]^ocios 
del Reino. Genoveva Molinos, hermosa y altiva, con la 
altivez de la raza á que sin saberlo pertenece, por su 
padre, alimenta una pasión profunda por el implacable 
y frió Don Juan de Ibarra, que se propone utilizarla 
para la consecución de sus planes. Francisco Molinos, el 
noble y valiente hijo del célebre marino ingles, torturado 
por un amor tan insensato como el de su hei-aiaua adop- 
tiva, ha puesto sus esperanzas en el Visitador, á fin de 
averiguar por medio de este su verdadera condición y 
Baber, si como se lo dice la voz intima de su alma, es 
capaz de rivalizar con el brillante y poético caballero Don 
Luis Mellan. Aguarda este con impaciencia la respuesta 
de su padre á la carta en que se le pidiera su consen- 
timiento para el matrimonio con Dña. Margarita Jirón 
Manuel; criatura angelical, cuyo destino está pendiente 
también de esa contestación, que no ha de llegar, habien- 
do sido interceptada la carta en que se pedia aquel alla- 
namiento. El capitán Peraza, mancebo díscolo y atrevi- 
do, juguete, como su propio padre y como otros de los 
personages del drama, de las intrigas del barbero Moli- 
nos, se empeña, quizá mas por capricho que por amor, en 
obtener la mano de la prometida esposa de su amigo y al 
fin ha arrancado al anciano Presidente la oferta de que 
la solicitará para él, si no llega la esperada respuesta 
del padre de Mellan. El Visitador acaba de descubrir 
el secreto del origen del hijo adoptivo del herrero y al 
mismo tiempo una casualidad lo hace encontrar al amigo 
traidor que le robara su honra y su dicha y á quien 
creia haber asesinado. El llamado Dr. Correa, el Dr. Ara- 
que y el escribano Patraña, andan empeñados en opera- 
ciones alquímicas; y los dos últimos, como el Provincial 
de la Merced y otros personages, al procurar la reali- 
zación de sus propias miras, sirven á ágenos designios. 
El Visitador, figura fatídica y tenebrosa, encarnación de 



— 350- 

las malas pasiones, espíritu lanzado en la senda del crírneti 
por Ja deslcaltad y por la decepción, se cierne sobre to- 
dos esos elementos que él mismo ha acumulado y prosi- 
gue inalteralíle en .sus propósitos, aprovechándolo todo y 
con igual desden por la virtud y por la perversidad, por 
la inocencia y por el candor, por la astucia, por la abne- 
gación y por el egoísmo de los domas. 

Tal es la situación de los principales actores de este 
drama en el momento hasta el cual lo hemos traído; tal 
la complicación de las intrigas en que se encuentran en- 
vueltos. 

Don Juan de Ibarra veía crecer el descontento de 
lina gran parte de la nobleza y do la plebe, que someti- 
da á la influencia de los partidarios del Conde de la Go- 
mera y de las familias de los jóvenes presos á consecuen- 
cia de la cencerrada, manifestaban ya su disgusto con 
actos que iban degenerando poco á poco en una verdade- 
ra subversión. El Visitador sabia cuan poderoso auxiliar 
había de ser para él el hijo adoptivo de Andrés Molinos, 
y teniendo ya el medio de asegurar su cooperación, lo 
hizo llamar el dia siguiente á la noche en que sorprendió 
los secretos de la caja del herrero. Demasiado astuto para 
no sacar el mejor partido posible de aquel descubrimiento, 
Ee propuso ir revelando á Francisco el misterio de su 
origen por partes, á fin de empeñarlo mas y mas en fa- 
vor de su causa. 

Francisco acudió al llamamiento de Don Juan, palpi- 
tante de emoción, calculando que tendría que comunicar- 
le alguna cosa respecto al asunto que ocupaba exclusi- 
vamente sus pensamientos. 

— ¿Sabéis algo, señor?, dijo el herrero, después de 
haber saludado al Visitador con una voz que revelaba 
la inquietud de su alma, 

— Si, Francisco, respondió Don Juan de Ibarra, co- 
inienzo á rastrear con trabajo el importante y grave se- 



— 351 — 
Creto de vuestro origen. 

— ¡Ahí exclamó el hijo adoptivo de Andrés Molinos, 
con júbilo; decid, señor, decid lo que habéis descubierto^ 
y disponed de mi. No sé qué no haria yo para satisfaceros 
este servicio. 

— Hasta ahora no tengo mas que uno ú otro indicio 
en cuya certeza creo se puede descansar. Procuro proce- 
der en esta investigación con la mayor cautela, pues vues- 
tro padre y mas aim vuestro tio, son personas de carácter 
naturalmente receloso y es necesario no dar lugar á que 
desconfien. Sé que no sois lo que parecéis; tal vez sois 
rico, creo que sois noble; acaso hijo de un padre ilustre; 
pero sobre esto aun no puedo deciros nada muy positivo. 
Confio en que podré ir poco á poco insinuándome en la 
confianza de las dos únicas personas que poseen este se- 
creto y que al fin lograré arrancárselo. 

Francisco casi lloraba de alegría. Tomó la mano al 
Visitador y besándola con efusión, exclamó: 

— ¡Ah señor! ¡Cuanto os debo ya y cuanto os deberé 
todavía! Soy noble,... como Don Lnis Melian!,.... soy 
tal vez el hijo de un hombre ilustre! No corre por mis 
venas la sangre abominada del villano! Bien lo sentia yo 
aqui, en mi corazón, en mi cabeza. Una voz interior me 
ha hablado en mis noches de insomnio, de soledad y des- 
esperación, y no podia engañarme. ¡Soy noble! ¡Ah! Enton- 
ces podré algún dia decirle que la amo, sin que se me 
imponga silencio como á un vil esclavo! 

En su emoción, Francisco había dejado escapar el se- 
creto que guardaba con una especie de terror en lo in- 
timo de su alma. El Visitador oyó con extrañeza aquella 
confesión y dijo: 

— ¿Que queréis decir, Francisco? ¿Vos amáis acaso á 
alguna muger de condición superior á la que parece ser 
la vuestra? 

— ¡Oh si, señor, contestó el hijo de Sir Francis Drake, 
animándose mas v mas: amo con todas las fuerzas de mi 



— 352— 
alma apasionada y enérgica, adoro á una mtiger á qnien 
apenas lie osado levantarme con el pensamiento, pues el 
poner los ojos en ella me parecía un horroroso sacrilegio. 
Esas palabras y la mención de Don Luis Mellan que 
liabia hecLo poco antes Francisco, bastaron para que el 
Visitador comprendiese que la persona á quien amaba aquel 
desgraciado era la hija de Jirón Manuel. Una sonrisa, im- 
perceptible casi, vagó por los labios de Don Juan, que pro- 
bablemente veia con desden y lástima aquel amor ideal. No 
le convenia manifestar su sentimiento, y por tanto cuidó 
de que no lo revelase la expresión de su íisonomia. 

— Yo creo, dijo, que por vuestra clase y fortuna sois 
capaz de competir coii cualquiera; y asi, no debéis perder 
la esperanza de que vuestro afecto sea correspondido. 

— ¡Ah! contestó Francisco poniéndose encendido. Eso 
es mas de lo que ha podido soñar mi pobre alma! Yo, 
que besaria el polvo que huella su pié; que me estremez- 
co al sentir el roce de su vestido; que me olvido de mi 
mismo, ebrio de amor y enagenado, al escuchar su voz; yo, 
que no vivo, no siento, no pienso sino en ella, por ella y 
para ella! ¡Poseerla! Dios mió, si tal cosa llegase á suce- 
der, el júbilo baria lo que ha estado á punto de hacer 
el dolor; haría estallar mi corazón hecho pedazos. ¿Nunca 
habéis amado, señor Visitador? Y si amasteis, ¿fuisteis 
correspondido? 

Aquellas preguntas, formuladas tan sencillamente, hi- 
cieron que Pon Juan se pusiera pálido como un cadáver. 

— Si amé, contestó, con acento sombrio; amé como.... 
vos amáis ahora, y esto bastará para que calculéis cual 
fué la intensidad de aquel amor. Amé y fui engañado, ven- 
dido, traicionado. Se jugó con mi corazón como se jue- 
ga con un objeto despreciable; como se jugará tal vez 
con el vuestro, Francisco; porque el que, amando cual vos 
y yo sabemos amar, espere otra cosa que traiciones, men- 
tiras y engaños, es un insensato que merece ser encerra- 
do en una casa de orates. 



— 353— 
El herrero permaneció \m momento asombrado, al es- 
cuchar lo que decia Don Juan; y sobre todo, al advertir el 
aspecto siniestro y terrible que habia tomado su rostro 
al pronunciar aquellas palabraSi Francisco habia tocado 
sin saberlo la cuerda sensible en el corazón de Don Juan 
y abierto la herida envenenada que aun destilaba sangre. 
Temeroso de disgustar al Visitador, dijo el herrero: 

— Perdonad, señor, si acaso he sido imprudente; pe- 
ro la idea de que ella pudiese amarme, me ha hecho ol- 
vidar la distancia que hay entre vos y yo y expresarme 
con indiscreción. 

Don Juan se habia dejado arrastrar también á decir 
mas de lo que habria querido. El reciente descubrimien- 
to de la existencia de Enrique Grantzius habia renovado 
todos sus dolores y no fué dueño de dominar un arran- 
que de despecho. Le convenia cambiar de conversación 
y dijo á Francisco: 

— Bien, no hablemos mas de esto y olvidad lo que 
acabáis de oir* Básteos saber que he logrado levantar un 
extremo del velo que á los ojos de todos y á los vues- 
tros ha cubierto hasta ahora vuestro origen, y que con- 
fio en que no pasará mucho tiempo sin que sepáis deci- 
didamente quien sois. Por ahora hablemos de otra cosa. 

Francisco, cuyo leal corazón rebosaba de gratitud ha- 
cia el Visitador por las vagas revelaciones que habia co- 
menzado á hacerle, contestó: 

— Decid, señor; que yo estoy á vuestras órdenes, y 
pronto á obedeceros en cuanto queráis mandarme. 

— Los partidarios del Presidente, dijo l)on Juan, y 
los amigos y parientes de unos cuantos jóvenes audaces, 
cuyo atrevimiento me he visto obligado á reprimir, han 
logrado alborotar una parte de la nobleza y de la plebe. 
Sé que se reúnen, que traman y hablan de tomar las armas. 

— Si señor, contestó Francisco, parece que se ha lo- 
grado indisponer á una gran parte de los artesanos; pe- 
to aun hay muchos que no se han dejado seducir y cxm 

4S 



™354— 
poder contar con ellos. 

— La guarnición es reducida, compuesta de gente bi- 
soña y tampoco tengo entera confianza en su fidelidad. 

— Quizá tenéis razón j pero los que podrían intentar 
un ataque, no son prácticos en el manejo de las armas, y 
aunque numerosos, no están organizados, ni cuentan con 
un gefe. 

— - El hijo del Presidente 

Molinos se puso rojo como uno de los tizones de su 
fragua al oir nombrar al capitán Peraza, á quien no per- 
donabíi ni perdonaría jamas el insulto que habia hecho á 
Dña. Margarita en su propia presencia, en la herrería. 

— El capitán Peraza! dijo, temblando de ira: ¡ojalá 
íuera él quien se pusiera al frente de los descontentos! 

El Visitador ignoraba el lance cuyo recuerdo pro- 
vocaba la cólera del artesano, y asi, sospechó que acaso 
este sabia algo de las pretensiones de Don Fernando res- 
pecto á Dña. Margarita y que *ese era el motivo de la 
sensación que le causara el solo nombre del capitán. 

— Todo hay que esperarlo de la locura de ese joven, 
dijo Don Juan; y como por desgracia su nombre le da 
cierto prestigio, es necesario estar uno preparado. Os reco- 
miendo, pues, que hoy mismo reunáis á todos vuestros 
amigos y los preparéis á sostener mi autoridud. 

— Descansad en mi celo, señor Visitador; voy inme- 
diatamente á recorrer los barrios y antes de que conclu- 
ya el día, sabré con quienes podré contar. 

— Bien. No deseo que los artesanos pacíficos dejen 
sus ocupaciones, pues eso seria peligroso. Mi idea es que 
estén prontos al primer aviso, para acudir á tomar las armas. 

Francisco reñexionó un momento, y luego dijo: 

— ¿No convendría, señor, distribuir cierta cantidad 
de mosquetes en diversos puntos, á fin de que puedan ar- 
marse con facilidad y prontitud los vecinos de los diferen- 
tes barrios? 

El Visitador meditó un rato aquella indicación y 



OOO — 

parecieiidole oportuna, contestó: 

— ¿Y cuales son las casas, de entera y absoluta con- 
fianza, en que podrían situarse esas armas? 

— En el barrio de Santa- Cruz, ninguna mas á propó- 
sito que la de mi padre. Yo mismo respondería de elíás. 
En el de Santa Lucia, está la de mi tio; en el de Caia- 
delaria, la del maestro platero Juan Peñalosa, en quien 
creo puede ponerse entera confianza; y para los otros pun- 
tos de la ciudad, buscaremos los sugetos mas adecuados. 

— Bien, Francisco, podéis anunciar la idea á vuestro 
padre y á su hermano, como también á las demás personas 
que consideréis á propósito y cuyos nombres me daréis, á 
fin de que se les envien las armas, con el correspondien- 
te parque. 

Tomadas esas disposiciones, Francisco se despidió del 
Visitador y salió á poner en ejecución las órdenes que 
acababa de recibir. El maestro Sansón, como se le llama- 
ba en el pueblo, era, según hemos dicho, muy querido; 
y asi, no tuvo mas que hacer una ligera indicación á mu- 
chos artesanos, para que se manifestasen prontos á obede- 
cerlo. El herrero era naturalmente elocuente; con esa elo- 
cuencia persuasiva que no es hija del arte, y que sin em- 
bargo, posee el secreto de mover las pasiones y dominar 
las voluntades. Cuando comenzó á cerrar la noche, Fran- 
cisco tenia listos cerca de doscientos hombres, casi todos 
jóvenes y decididos, resueltos á morir á su lado. Habia 
hablado ya también á su padre, á su tio y á otros suge- 
tos, para que recibieran en sus casas el depósito , de ar- 
mas y parque, y arreglado esto, y dispuestos los carros 
en que debian trasladarse los útiles, volvió á casa del Vi- 
sitador, á darle cuenta de lo practicado. 

Don Juan escuchó con complacencia los informes de 
su activo y hábil agente, y se felicitó á si mismo por 
haber adquirido tan importante y valioso .auxiliar y á tan 
poca costa. Los datos que Francisco acababa de obtener 
en su excursión por los barrios, hicieron ver al Visitador 



— 35ü— 
que se habia trabajado con empeño por parte de sus ad- 
versarios y que convenia prepararse. En consecuencia, re- 
Bolvió que aquella misma noche se trasladasen los mos- 
quetes y el parque á las casas designadas al electo, y no 
quiso fiar á otro que al mismo Francisco la ejecución de 
aquel encargo. Quedó, pues, convenido que á las once se 
daria principio á la operación, debiendo estar los carros, 
á aquella hora, con las debidas precauciones, frente al 
real Palacio, donde estaba el almacén de armas. 

Mientras Francisco arregla los preparativos para la 
traslación de las armas, veamos lo que hacia uno de nues- 
tros viejos amigos, á quien hemos perdido de vista en los 
últimos capítulos: el maestro Basilio Molinos. Avisado ya 
por Francisco de la orden del Visitador de que recibie- 
ee en su casa mosquetes y parque en depósito, para ar- 
mar á los muchachos del barrio en un momento dado, el 
barbero se ocupaba en alistar una pieza para encerrar 
aquellos elementos bólicos. Dcbia tomar sus precauciones 
para que no los viese la señora Brí jida, personage impor- 
tante en la casa, puesto que en ella estaban recopiladas 
las funciones de cocinera, lavandera, costurera y criada 
de adentro. Era la consabida dueña una matrona respeta- 
bilisima por su edad, ya que no por otra cosa, y que ha- 
bría sido una muger completa, á no tener cinco ó seis de- 
fectos muy feos. Uno de estos era el de ser mas curiosa 
que nuestra madre Eva, pues de aquella buena señora no 
se cuenta mas que un caso de curiosidad, y si se fueran 
á escribir los casos de la señora Bríjida, habria para lle- 
nar volúmenes. Y nada era la curiosidad lisa y llana; que 
al fin algunos han dicho que el curioso está muy en ca- 
mino de llegar á sabio; pero la señora Bríjida no era egoís- 
ta, y deseaba y procuraba que los demás participasen de 
lo que ella sabia. Asi, cuando el maestro Basilio, como 
á las cuatro de la tarde, dijo á su doméstica en el tono 
que solia adoptar cuando queria evitar observaciones: 

— Bríjida, vamos á desocupar la trastienda; ella abrió 



— 357— 

tamaños ojos, y dirijítíiado á su aiiio una mirada e.scudri- 
íiadora, contestó: 

— ¿Y para qué? 

— Espero un huésped. 

— ¡Un hombre aqui! Virgen purísima! Y lal vez un 
mozalvete! ¿Os olvidáis de que estoy yo en la rasa y 
rjue tengo enemigas en el barrio? 

— No te aflijas, IJríjida; es uu huésped á quien no 
verás ni oirás. Pienso ponerlo en la trastienda y cerrar 
la comunicación con la tienda y con lo demás de la casa. 

— ¡Hum! murmuró la anciana, ¡que huésped tan raro 
será ese que va á estar encerrado en un cuarto obscuro! 

En seguida el maestro Basilio y la Si a. Brijida pro- 
cedieron á desocupar la trastienda, que no contenia mas 
que un pesado canapé de nogal, forrado de baqueta, una 
mesa y media docena de sillas muy antiguas. Aquella 
pieza era una especie de salón de tertulia del barbero, 
que servia regularmente por la noche, cuando ya se ha- 
bla cerrado la tienda y donde se reunían todos los ocio- 
sos del barrio. El barbero echó llave á la puerta que da- 
ba al interior de la casa y á la que caia á la tienda, de- 
jando asi aislada la pieza que aguardaba al misterioso 
huésped. 

— ¡Brava cosa habéis hecho! dijo de repente la Sra. 
Brij'ida, dándose una gran palmada en la frente. Si cer- 
ráis esas puertas, ¿por donde os comunicareis con la tienda? 

— Por fuera. 

— ¿Es decir que tendréis que salir á la calle para ir 
á la tienda? 

— Si. 

— ¿Y no teméis coger un catarro con tanta entra- 
dera y salidera? 

— No. 

— El ver cerrada la trastienda va á dar en que pen^ 
sar á vuestros amigos. 

--¡Bah! 



— 358— 

— No será mucho que digan que andáis metido en 
intrigas, 

--¡Eh! 

Viendo que el maestro Basilio no salia de los mono- 
silabos, la vieja se daba al diablo; y luego que hubo per- 
dido la esperanza de arrancarle alguna palabra que la pu- 
siese á la pista de aquel grave secreto, pues tal lo" con- 
sideraba ya, tomó su manto, y con pretexto de ir á bus- 
car las cosas de la cena, se marchó á la calle, diciendo 
para si: 

— Ya coraimicaré yo lo que pasa á alguno que dará 
luego en el busilis. 

El barbero la vio salir con gusto, ignorando hacia 
donde iba á parar aquella traidora dueña; y luego que 
estuvo solo, echó llave á la puerta de la calle, se encerró 
en el cuartito que le servia de dormitorio y como empe- 
zaba á obscurecer, encendió, á favor de un pedernal y 
una pajuela, un cabo de vela de sebo, que colocó en un 
modesto candelero de hojalata. Púsolo en el suelo, junto 
á su cama, y con no poco trabajo, saco de bajo de esta, 
tirándolo con todas sus fuerzas por una de las asas, un 
pesadisimo arcon. Abriólo con una llave que sacó de un 
bolsillo interior de su ropilla, y una expresión de alegría 
y de satisfacción brilló en el único ojo de Basilio, al 
contemplar el contenido de aquel cofre. Era el arca que 
guardaba su tesoro; el depositario de cuarenta y tantos 
años de economia y de trabajo. La sangre extraída á unos 
cuantos millares de prójimos; las muelas arrancadas á 
otros tantos; la barba rapada y el cabello peinado á me- 
dia ciudad y otros gages, de origen tal vez menos hon- 
joso, habian ido formando, gota tras gota, el depósito de 
metal precioso en que se recreaba el corazón del avarien- 
to viejo. Aquella noche iba Basilio á contar su dinero, 
.operación que acostumbraba practicar lo menos cuatro ve- 
ces al mes, á fin de cerciorarse de que ninguna mano 
traidora habia penetrado en^quel santuario. Fué silgando 



- -359- 

uno en pos de otro los talegos y vaciandolos en el suelo, 
permaneció á gatas mas de dos horas, contando el cau- 
dal, á la luz escasa y amarillenta del cabo de vela. A las 
ocho concluyó la operación, y exclamó con júbilo: 

— Muy cabal! Son nueve mil, doscientos veinticua- 
tro pesos, dos y medio reales. No soy rico como Andrés j 
pero tengo como pasar tal cual lo que me falta de vida, 
Y luego, si mis planes se realizan; si Genoveva llega á 
atrapar al tal Visitador, esta suma va á triplicarse en un 
año. Venderé Corregimientos, Encomiendas, Alcaldías Ma- 
yores, cuanta hay y que arda Troya! No, sino andaos con 
Jesús por los rincones, como decia la abuela, y veréis si 
salis jamas de pobres. 

; Dicho esto, el maestro Basilio volvió á colocar sus 
queridos talegos en el arcon, dejó caer la pesada tapa y 
echó llave. Durante un rato, estuvo contemplando aquel 
pesado mueble, que á él le parecia ligero como una plu- 
ma y con el cual -creia poder ir al fin del mundo, si hu- 
biese sido necesario. Aquel arcon era lo que el tuerto 
barbero amaba mas en esta vida. Pasó su mano callosa 
encima de la cubierta y por las tablas que formaban la 
caja, acariciando con ternura las toscas entalladuras que 
á él se le antojaban primorosos arabescos, tal era la par- 
cialidad, tal la pasión con que veia y juzgaba aquel co- 
fre. ¡Ah! si él hubiera conocido la famosa invención de 
su hermano el herrero, ¡como la habria aprovechado para 
salvar aquel arcon de todo contacto con manos profanas! 
Pero Basilio no sabia lo que Andrés habia imaginado 
para defender su caudal, y tenia que contentarse con las 
precauciones ordinarias. Aseguróse, pues^ de que la lla- 
ve estaba bien echada y empujando poco á poco el pesa- 
do mueble, lo hizo volver á entrar en su escondite, que 
como hemos dicho, era debaja de su cama. 

A poco llamaron á la puerta. Abrió Basilio, después 
de haberse éerciorado de que era la Sra. Brijida, cuya 
tardanza le chocó, aunque no le pesaba, pues le había 



«fíalo tiempo para eoutar sus nueve mil. doscientos veii^ 
tícuíitro pesos, dos y medio reales. 

La vieja se disculpó lo mejor que pudo; Basilio, qué 
a la cuenta no estiiba aquella noche para muchas pláti- 
<.a^, le previno en breves palabras que fuese á recogerse, 
pues habiéndose hecho tarde, no cenarla ya. Brijida tuvo 
í'^ue obedecer y refunfuñando, encendió la mecha de un 
< andil y se fué á su cuarto. El barbero se quedó aguar- 
ílaiido la llegada de lo que debia llevarle su sobrino. El 
estaba muy distante de imaginar que la tal cocinera, cos- 
turera, lavandera &c. hubiese corrido á revelar el secre- 
to de lo que acababa de decirle su arao. 

¿Pero á donde, dirán nuestros lectores, habia ido 
aquella maldita vieja? Pues habia ido á Jocotenango, en 
busca del Sr. capitán Peraza, á quien contó, con todos 
sus pelos y señales, la nueva y misteriosa aventura en que 
andaba metido el barbero. Por que es el caso que la Sra* 
Brijida estaba muy pagada del Sr. Don Fernando, quien 
veia el oro como tierra, y siempre que iba á casa de Ba- 
silio, le dejaba uno ó dos doblones, encargándole no de- 
jase de contarle lo que hacia y decia el maestro, pues 
desde algunos dias el caballero tenia sus barruntos de que 
el viejecillo aquel era un grandísimo tunante. La fámula 
ofreció no guardar nada de lo que viese ú oyese, y como 
Basilio pagaba mal, estaba en el orden hacerle traición 
por el que pagaba bien. 

Asi, cuando la Brijida volvió á su casa, ya Don Fer- 
nando tenia la noticia entre pecho y espalda y se ocu- 
paba en rumiarla. Por supuesto, comprendió que qué hués- 
ped ni que calabaza habia de ser aquel, é imaginó que 
seria alguna otra cosa muy importante lo que aquel ar- 
tesano bribón aguardaba. Era, pues, necesario aclarar el 
misterio, y esto fué lo que el capitán Peraza se propuso 
hacer aquella misma noche. 

Como á las once Don Fernando se ciñó la espada, 
trabó dos pistolas en el talabarte, se embozó ©n bu capa, 



—sei- 
se cubrió la cabeza con un gran sombrero negro, y salió 
de Jocotenango, encaminándose hacia el barrio de San- 
ta Lucia. A dos cuadras de distancia de la casa del bar- 
bero, llamó la atención dt^l capitán un ruido pausado y 
fuerte, como de un carro que rodase muy despacio. No era 
hora en que anduviesen ordinariamente por la ciudad ta- 
les vehículos; y asi, apretó el paso, para ver lo que pu- 
diese ser aquello. No tardó en encontrarse á poca distan- 
cia del carretón, que vio iba tirado por dos muías, quo 
conducia ün hombre embozado. Parecía dirijirse hacia la 
calle donde estaba situada la casa del barbero. El carre- 
tón avanzaba j y tras él Don Fernando, cuidando de no 
ser visto por el hombre que guiaba las muías. Por últi- 
mo entraron en la calle, á cuyo extremo vivia Basilio 
Molinos, y Don Fernando vio con asombro que el carro 
paraba delante de la barbería. Acercóse el capitán, ade- 
lantando muy pegado á la pared, á fin de no ser descu- 
bierto y se colocó en el hueco de una puerta, desde el 
cual podia ver perfectamente lo que hiciese el que con- 
duela el carro. Al parar este, se entreabrió la puerta de 
la tienda del barbero, que asomó y habló con el conduc- 
tor algo que no pudo percibir Don Fernando. En segui^ 
da el desconocido sacó del carretón un objeto que al pron- 
to no distinguió bien el capitán. Pero por fortuna de es- 
te habia luz en el interior de la tienda y al entrar el in- 
dividuo que descargaba la carreta, hirió los ojos de Don 
Fernando un reflejo; era el que despedían los cañones de 
los mosquetes, bañados durante un momento por la luz* 

— ¡Armas! exclamó el capitán en voz baja. ¿Que sig- 
nifica esto? He ahi el huésped que aguardaba ese bellaco. 

Después que hubo entrado el que cargó con el haz 
de arcabuces, que por supuesto no era otro que Francis' 
co Molinos, cuya extraordinaria fuerza le permitió echar- 
se á cuestas aquella pesada carga, el barbero cerró la 
puerta, mientras su sobrino colocaba las armas en la 

46 



— 362— 

trastienda. Entonces Don Fernando comprendió que po- 
día aprovechar el momento en que el carro habia que- 
dado solo, para examinarlo. Pensarlo y ponerlo por obra 
fué toda uno, y al instante estuvo junta al carretón. In- 
trodujo la mana al través de los barrotes que formaban 
la armazón que sostenia una especie de toldo de cuera 
que cubria la cama, toc6 y dio con unos cuantos arca- 
üíuces y unas cajas, que comprendió debian ser de parque, 

— Bien, maestro Basilio,^ dijo Don FernandOy volvien- 
do á su escondite; ya veo que os preparáis. Esas armas 
no es mi padre seguramente quien las envia & este bri- 
bón. O él las ha hecho extraer furtivamente de los alma- 
cenes, ó se las ha proporcionado el único que puede hoy 
disponer de esta clase de útiles: ese Visitador que Sata- 
nás confunda. 

Francisco salió de la barbería, volvió á tomar del 
«arro otro haz de mosquetes y tornó á introducirlos, co- 
mo antes. Hizo en seguida lo mismo con las cajas de 
parque, y concluida la operación, se marchó calle adelan- 
te con el carro, que ya vacio, caminaba con mas ligereza. 

El capitán Peraza se dirijió hacia Jocotenango^ pen- 
sando en lo que acababa de ver. Era ya tarde y se echó 
en la cama vestido; no permitiéndole conciliar el sueña 
ciertos pensamientos que lo asaltaron en aquel momento. 
El chasco de la equivocación de marras lo tenia despe- 
chado y corrido y ardía en deseos de hacer alga que le 
quitase de encima el ridiculo que comprendía muy bien 
habia arrojado sobre él aquella cómica aventura. Don Fer- 
nando no durmió, pues, y pasó en cavilacionefr lo que 
faltaba de la noche. 

Al siguiente dia, ajitado con el insomnio y la medí- 
iacion,^ se levantó muy temprano, y volviendo á tomar 
capa y sombrero, se echó á la calle. Se encaminó derecha 
á casa de su amiga Don García de Loaiza,^ que fué, co- 
ma se recordará^ uno de los principales actores en la im- 



— 363— 

pensada captura del Alguacil Mayor, y estuvo encerrado 
con él cerca de una hora, en secreta conferencia. Des- 
pués salieron ambos jóvenes y fueron á buscar á loa de- 
mas que habían concurrido al susodicho quid pro guo y 
quedó combinado y arreglado un proyecto que, decian 
ellos, habia de probar al Presidente, á Don Francisco Ji- 
rón, á Don Luis Mellan y á los demás caballeros que te- 
nían conocimiento del lance, que ellos eran hombres y 
muy hombres de hacer una cosa de provecho. Juráronse 
unos á otros la mayor reserva y se distribuyeron las ope- 
raciones de la nueva campaña, conforme al plan acordado 
y del cual no se debia dar conocimiento á ningún otro 
caballero. Arreglado asi todo, salieron los siete amigos á 
hacer los preparativos de su segunda calaverada. 



^364— 



CAPITULO XXVI 



Como al maestro Bajillo Molinos «e lo Hoto I^ucifer j 
aun le sucedieron otra* cosas peor^i* 




/ON Juan de Ibarra, ayudado por su escribano, 
Don Judas Patraña, babia hecho, para acriminar 
y al Presidente, á su secretario y á los regidores 
encargados del repartimiento de las alcabalas en el año 
1620, cuanto la cavilosidad mas aquilatada podia sugerir. 
Si se hubiese dado al Conde de la Gomera conocimiento 
de las declaraciones tomadas, le habría sido fácil des- 
hacer los injustísimos cargos contra él acumulados y de- 
mostrar que la malevolencia, la envidia y otras bastar- 
das pasiones eran las que inspiraban á sus acusadores, 
Pero el juicio de visita era reservado; que asi lo había 
dispuesto la soberana voluntad del Sr. Rey Felipe III, 
por una ley expedida en Ar^juez, á 17 de Abril de 1606, 
que corre inserta en la Recopilación de Indias, En ella 
se previene á los Visitadores que no den á los visitados 
copias de los nombres ni de los dichos de los testigos, 
pues esto seria de grandísimo impedimento para averi- 



— P>6o— 
íTuar la rcrdad, y adoinas, dice, resultarían oíros incon- 
venientes; por lo que eoncluye manílando que se proce- 
da en esos juicios con todo el secreto y recato posible. 
Concluido el juicio, debían enviarse los auto?!, .cerrados y 
sellados, al Supremo Consejo de Indias, que Fallaba sin 
apelación ni otro recurso. 

En estado de que se elevase á aquel supremo tribu- 
nal se hallaba el juicio de visita del Conde; pero era ne- 
cesario aguardar ocasión para ello, y es bien sabido que 
esas ocasiones ocurrían en aquellos dorados tiempos muy 
de tarde en tarde. Entre tanto, no habia ya razón plau- 
sible para mantener al Presidente fuera de la capital; y 
como el Lie. Ibarra procuraba dar á sus actos oficiales 
toda apariencia de imparcialidad, consideró indispensable 
levantar al visitado la reclusión impuesta. Dirijiole, pues, 
atento oficio en que le participaba que estando conclui- 
do el juicio, podia volver á residir en la ciudad. En con- 
secuencia, desde el siguiente dia, el Conde, su secretario, 
su hijo y las personas de la servidumbre se instalaron de 
nuevo en el real Palacio. Asi como el hecho de la sali- 
da del Presidente fué para el vulgo, que no sabe de le- 
yes, ocasión de pronósticos desfavorables á la causa del 
Conde, su regreso fué interpretado, por igual razón, como 
prueba indudable de su triunfo. Todos los amigos y par- 
tidarios del Presidente se apresuraron á felicitarlo, y que- 
riendo, ademas de manifestar su alegría, hacer rabiar un 
poco al Sr. Visitador, dispusieron músicas y otros feste- 
jos, para celebrar el plausible suceso. 

ün incidente inesperado turbó algún tanto aquel re- 
gocijo. Esparcióse la noticia de que piratas ingleses ame- 
nazaban por Rio Tinto, y los buenos vecinos de la Muy 
Noble y Muy Leal Ciudad, que ignoraban, en su mayor 
parte, donde estaba Rio Tinto, imaginaron que los mal- 
ditos herejes andaban ya por las goteras de la población 
y aotaban el que no se hiciesen rogativas, para que los li- 



— 366— 

brasc Dios de aquel azote. Tan extraños á los sucesos 
contemporáneos como á la geografía del país, hubo algu- 
nos que aseguraron que habia vuelto á aparecer el pi- 
rata Drake, muerto hacia ya veintiséis años! Ello es cier- 
to que aquellas noticias, esparcidas sin saberse como, 
traían alborotados á los buenos republicaijos, como se 
decía entonces hablando de la gente principal, y á los 
plebeyos, que temían ya verse obligados á abandonar sus 
tranquilas ocupaciones, para ir á guerrear contra el ingles. 

Entre tanto el capitán Peraza y sus seis amigos, 
Loaiza, Aguilar, Mazariegos, Valderrama, Escobar y Re- 
volório, que sabian seguramente lo que habia en realidad 
sobre invasiones de piratas, no hacían el menor caso de 
aquellas noticias, y se ocupaban en los preparativos de la 
nueva aventura que habían combinado. Intentaba Don Fer- 
nando apoderarse de los mosquetes y de las cajas de par- 
que que habia visto guardar en casa del barbero, y de 
paso, castigar al viejo picaro, pues de seguro tales ele- 
mentos bélicos no estaban ahí con buen fin. Aunque tar- 
de, el capitán llegó á conocer la perfidia y doblez del 
barbero, y comprendió que estaba vendido á los intereses 
del Visitador. Juró, pues, Don Fernando que aquel mal- 
sín se la habia de pagar muy bien pagada y dispuso me- 
terle en el cuerpo un susto que le durara mientras vivie- 
ra. Nada dijo á su padre de aquel plan, seguro de que 
procuraría estorbarlo, ya que el mal éxito de la intento- 
na contra el Visitador, no era para confiar en ningún pro- 
yecto suyo. 

Reunidos los jóvenes calaveras cinco días después de 
haber llevado Francisco Molinos las armas á casa del 
maestro Basilio, se dispuso dar el asalto la noche siguien- 
te, estando convocados ya unos pocos artesanos y alguna 
gente de la ínfima plebe, que era cuanto habían podido 
reunir Don Fernando y sus amigos. El capitán dijo que 
se necesitaba un caballo brioso y espantadizo; á lo que 



— 367— 
contestó Valderrama: 

— Yo me encargo de proporcionarlo. Cabalmente 
acaban de traer á casa un magnifico potro negro, que se 
llama Lucifer, criollo de una de las haciendas de mi pa- 
dre* Soberbio animal, amigos; pero no le arriendo las ga- 
nancias al que haya de subir en él. 

— No hay cuidado, contestó el capitán; pues el que va 
á montarlo, irá tan seguro, como el patrón de Guatemala 
que está en el escudo de la ciudad. Haz que lo traiga uno 
de tus criados, ensillado 3' sin freno. 

No quiso el capitán revelar su proyecto por comple- 
to y quedó resuelto que se reunirían á las once y media 
de la noche siguiente, en una casa deshabitada del bar- 
rio de Santa Lucia, perteneciente á la familia de Loaiza, 
y que se eligió por aquella circunstancia y por su proxi- 
midad á la del barbero. 

En la noche y á la hora designada, se vieron atra- 
vesar las calles grupos de dos y tres enchamarrados que 
se dirijian hacia el barrio de Santa Lucia, y que cuida- 
ban de evitar encontrarse con las rondas que cruzaban en 
todas direcciones, pues con motivo de las novedades y ru- 
mores que corrian, la autoridad habia juzgado convenien- 
te tomar todo género de precauciones. Si algún vecino 
pacifico se hubiese desbandado en aquel momento por la 
calle que de la iglesia del Espíritu Santo va hacia Santa 
Lucia y en las encrucijadas que forman las que están 
contiguas á esta hermita, se habría asustado al advertir 
que estaban apagadas las luces de los farolillos que de 
trecho en trecho pendían delante de los nich(ís que ocu- 
paiban imágenes de santos. Por la diagonal que partien- 
do de la calle ancha de Santa Lucia, va á desembocar al 
campo y forma un triángulo con la que se dirije á aque- 
lla y la que va hacia San José el viejo, según puede 
verse en el mapa antiguo de la ciudad; por esa diagonal, 
decimos, avanzaba un grupo de ocho ó diez embozados, 



— .%8— 

tino (le los ciinles lleva bu del diesíro ün ^abrfllo negra, de' 
giniulo y hermosa talla, cuyas pisadas liO podían oirse, 
por no estar empedrado el pavimento de aquellas calles^, 
hituadas al extremo de la población. Al doblar la esqui- 
na (jne forma el vértice del ángulo que hacen la calle 
de Santa Lucia y la de San José, los encubiertos se en- 
contraron repentinamente de manos á boca con otro gru- 
po, compuesto de igual número de personas, poco mas ó 
menos. Pero estos, aunque caminaban en silencio y con 
cierta precaución, bien daban á conocer que no tenían por 
qué recatarse* Llevaban mosquetes y uno de ellos tenia 
en la mano una linterna. Aquellas armas y esta luz pro- 
baban que los del grupo iban de ronda. Era asi en efec- 
to; pues el que la mandaba se adelantó un poco á los su- 
yos, espada en umno, y dirijiendose á los embozados, que 
debieron de parecerle gente sospechosa^ dijo: 

— Tenganse á la justicia de] Rey nuestro Señor. 

La contestación d-e los encubiertos á aquellas pala- 
bras, pronunciadas con voz grave y hueca, fué un coro de 
carcajadas. 

Asaz mollino hubo de quedar el gefe de la ronda, á 
quien con tal desacato se contestaba^ pero por un motivo 
ü otro, en vez de hacer valer su autoridad, se quedó co- 
rao pasmado de la audacia de los que asi parecían desa- 
fiar á la justicia real, cuyo nombre él había invocado^ 
Tomó la linterna de manos del que la llevaba y aproxi- 
mándola á aquel de los encubiertos que estaba mas inme- 
diato, quiso ver si acertaba con quienes pudiesen ser los 
que daban muestras de tan poco comedidos. Pero no bien, 
hubo levantado el farolillo, saltó hecho mil pedazos, de ua 
vigoroso puñetazo que le dio el sugeto á quien se inten- 
taba reconocer. Al mismo tiempo exclamó una voz es- 
tentórea: 

— Encomendaos á Dios, señor Alguacil Mayor, q.ue 
áqui las vais á pagar todas. A ellos, camaradas! 



— Seo- 
Dicho esto, los encubiertos désnudaroíi las espadas,- 
y sin dar tiempo á los de la ronda para preparar las ar- 
mas, cayeron sobre ellos, con tan terrible tunda de cin- 
tarazos, que los alguaciles [pues tales eran los que com- 
ponían la ronda,] no hallaron cosa mejor que hacer,. que 
ponerse en cobro, dejando tirados los mosquetes. Bien ha- 
bría querido hacer lo mismo el gefe de la patrulla; pero 
no le fué posible, pues menos feliz que sus subordinados, 
estaba fuertemente asido de Una muñeca por la mano vi- 
gorosa del que habia roto la linterna. 

— Por ahora, dijo riéndose, sois nuestro prisionero, 
señor Don Gerónimo Fernandez de Utrilla, Alguacil Ma- 
yor de Corte, y vais á quedar sugeto á rescate. 

El Alguacil Mayor, pues en efecto era él, temblaba 
de pies á cabeza, encontrándose cojido como con una tena- 
za de hierro por la férrea mano del capitán Peraza. Los 
amigos de este se ocupaban en recoger las armas que ha- 
bían dejado los corchetes. 

— Señor capitán, dijo Don Gerónimo, balbuciente, yo 
no podía imaginar que Yuesa Merced anduviese á estas 
horas tan desorillado. Hay novedades; la obligación es ron- 
dar, y yo cumplía con ella, como buen vasallo de S. M. 
y como encargado de la tranquilidad pública. 

— Ya sabemos todos, replicó Don Fernando, que sois 
muy exacto en el cumplimiento de vuestros deberes. Ha- 
ce algunas noches disteis buenas pruebas de ello, al eje- 
cutar ciertas prisiones; pero ahora se han cambiado los 
frenos y vos sois él prisionero. Adelante, que no hay tiem- 
po qué perder; no sea que esos belitres vayan á dar par- 
te de su derrota y alboroten el cotarro. 

— No hay cuidado por eso, señor capitán, replicó eí 
Alguacil Mayor; yo conozco demasiado á mi gente; todos 
son hombres muy de bien y de muy buen corazón, in- 
capaces de ir á malinformar á nadie. Seguro estoy de que 
cada cual se ha ido á su casa, sin meterse ya en mas sol- 
fas; pues mas ganas tenían de dormir que de andar calle?,- 

47 



— 370— 

— Sea como fuere, observó ILoaiza, no bar que ex^ 
ponernos á algún otro encuentro con gentes menos preca- 
vidas que los de la ronda del Sr. Alguacil Mayor, con? 
quienes acaso nos será preciso entrar en un descomunal^ 
combate, que podría trastornar nuestros planes. Conque 
dejemos en paz á este buen señor y que le valga el sus- 
to que lleva dentro del cuerpo. 

— Muchas gracias, caballero, dijo Don Grerónimo; se 
conoce que sois un joven de juicio, y habéis hablado -co- 
mo un Papa. 

Diiciendo esto, hacia por desasirse de la mano dé Don 
>Vruando; pero este no le aflojó el puño, y exclamó: 

— Poco á poco, señor mió; ¿pues qué, asi como quie- 
ra áe deja ir á un cautivo de vuestra categoría? No, ¡voto 
:l tal!; tengo necesidad de vuestra cooperación y vais á 
ayudarnos. Nos habéis venido como de perlas. Caminad;: 
y cuenta si intentáis escapar, pues os rajo el cráneo de 
medio á medio. 

El Alguacil debió ponerse pálido al escuchar aque- 
lla amenaza; pero no se advirtió esto, porque no se veian 
las caras unos á otros; y sin replicar ya una palabra, te- 
meroso de que el capitán lo hiciese como lo anunciaba, 
se dejó llevar sin oponer la menor resistencia. 

— Si queréis salvar el pellejo, seo guapo, dijo al Al- 
guacil el joven Revolorio, es menester que hagáis cuan- 
to se os mande. 

— Con tal que no sea contra el servicio del Rey ó" 
contra bonos mores ... . contestó Don Gerónimo; y el ca- 
pitán lo interrumpió, diciendo: 

— Contra buenos y contra malos moros y contra to- 
dos los diablos del infierno, si es preciso, nos vais á ayu^ 
dar esta noche. 

Al decir esto; los embozados, que asi disponían del: 
pobre Alguacil Mayor, llegaban á la esquina donde esta- 
ba situada la casa del maestro Basilio Molinos. 

— Quedaos aquí con Lucifer, dijo Don Fernando, mi en* 



—zn— 

tras vamos este buen hombre y yo á ^acer salir al zor- 
ro de su madriguera. 

Paráronse los amigos del capitán y detúvose el qu© 
conducía el caballo, mientras aquel y el Alguacil, que es- 
taba mas muerto que vivo, doblaron la esquina y se acer- 
caron á una ventanilla con reja de madera, única que te- 
nia la casa de Basilio. 

— Voy á despertarlo, dijo Don Fernando, y vos la 
llamareis, diciendole que Su Señoría el Visitador lo ne- 
cesita con urjencia. Si rehusa salir, amenazadlo con la 
cárcel, con la horca, con lo que quisiereis. Una vez que 
^sté en la callé, ya corre por cuenta nuestra. 

Don Gerónimo. no se atrevió á replicar, tal era el pá- 
'íiico que habia llegado á infundirle el capitán. Acercóle 
este á la reja y dio en ella con el puño de su espada, 
tres ó cuatro ;golpes que resonaroa en el interior é hi- 
cieron despertar al barbero no poco sobresaltado. 

— ¿Quien va?, gritó Basilio. 

— Abrid á la justicia del E-ey, contestó el Algua- 
cil Mayor, ahuecando la voz como lo tenia de costumbre 
siempre que pronunciaba aquellas palabras sacramenta- 
les, ante las cuales se inclinaba toda criatura, en los di- 
chosos tiempos en que pasaron los sucesos que vamos 
refiriendo. 

— ¿Qué quiere la justicia de S. M., gritó el barbero 
desde él fondo de su cuarto, de este su humilde servidor? 

— Que os vengáis inmediatamente conmigo. Os llama 
Su Señoría el Lie. Don Juan de Ibarra, Visitador y i^uez 
de residencia del Muy Ilustre señor Presidente. 

— ¡Mal rayo parta á Su Señoría!, murmuró el barbe- 
ro, mientras se vestía á toda prisa. A fé que no ha de 
llamarme para nada bueno y que me tenga cuenta. Pero 
■ccmo decia la abuela que quien sirve no es libre, y yo 
sirvo ahora en cuerpo y alma al señor Visitador, mien- 
tras llega el tiempo en que él ?me sirva á mi, fuerza es 



— 372— 

Al decir esto, Basilio habia acabado de vestirse y 
abria la puerta que daba á la calle. No bien hubo asoma^ 
do la cabeza, cuando dos manos vigorosas le agarraron 
el cuello y tirándolo hacia fuera, lo hicieron salir mas que 
de prisa. Al mismo tiempo el dueño de las manos dio un 
fuerte y agudo silbido y acudieron seis ü ocho embozados, 
con un enorme cuadrúpedo negro. . 

— Auxi. . . . gritó el barbero; pero las dos manos no 
le dieron tiempo para concluir la palabra; pues le apreta- 
ron de tal modo la abertura superior de la larnige, que 
hicieron imposible el paso del aire procedente de los pul^ 
mones; circunstancia indispensable para que aquel ani^ 
mal vertebrado pudiese producir ese . sonido que se lla- 
ma voz. En seguida una mordaza, que el capitán llevaba 
preparada y que acomodó en la boca del infeliz barbero, 
hizo lo que acababan de hacer provisionalmente las ma- 
nos: imposibilitarlo de gritar. Aproximaron á Lucifer, que 
estaba ensillado, pero sin freno; el capitán levantó en el 
aire al barbero y lo plantó encima. El endiablado bru- 
to, al sentir el peso, quiso partir á escape; pero se lo es- 
torbaron dos manos vigorosas que lo sugetaban por me- 
dio de un tortol. Ataron al barbero á la silla por la cin- 
tura y por arabas piernas, y una vez que estuvo bien 
asegurado, desataron el nudo corredizo de la mordaza, sol- 
taron el tcyriol y el capitán dio á Lucifer en el anca un 
vigoroso cintarazo. Se oyó un grito, mejor dicho un alari- 
do de terror, de desesperación, de angustia; y Lucifer, ar- 
rojando fuego por los ojos y espumarajos por la boca, se 
lanzó como si caminara por los aires. Un coro de alegres 
carcajadas, que resonó en el grupo que formaban aque- 
llos jóvenes desalmados, saludó la partida del barbero, 
arrebatado por Lucifer. 

Luego que caballo y caballero se hubieron perdido 
entre las tinieblas, el capitán Peraza adelantó hacia la 
esquina y dio tres palmadas fuertes y sonoras, cuyo so- 
ludo repitió el eco en las desiertas y sombrías calles. Inme- 



r; '7 *' 

^iatamente fueron apareciendo,' como si liubie.'Cn brotado 
del centro de la tierra, varios encha>íiar radas, que ^e di- 
rijian hacia la puerta que Basilio dejara abierta. Reunié- 
ronse como cincuenta de aquellos individuos; el capitán y 
sus amigos entraron en casa del barbero, seguidos de la 
turba, y habiendo hecho luz con avios que al efecto lleva- 
ba Don Fernando, pudieron verse los semblantes feroces 
de aquellos miserables, que pertenecian en su mayor parte 
á la hez de los barrios de la capital. Hallábanse en la 
tienda del infeliz Basilio, é iban y venían de un punto á otro, 
como aves de rapiña, barriendo con cuanto encontraban. 
El estuche de carei y nácar con sobrepuestos de plata, la 
bacia, los peines, las toballas, todo desapareció en un ins- 
tante, mientras Don Fernando forzaba la puerta que co- 
municaba la trastienda con el interior de la casa. Lue- 
go que estuvo abierta, el capitán llamó á los rapaces, 
que no teniendo ya de que echar mano, se lanzaron en el 
cuarto que acababa de abrirse. 

— Armaos, hijos mios, dijo el capitán, señalando los 
arcabuces, que estaban apilados en un ángulo de la habita- 
ción. Romped esas cajas y tomad todo el parque que pu- 
diereis. 

El capitán y sus compañeros llevaban instrumentos 
á propósito para romper las cajas y con ellos hicieron sal- 
tar las tapas. Tomaron todo el parque y pasaron al dor- 
mitorio, á ver si habia ahi algo de que pudiesen hacer 
presa. La negra desventura del desgraciado propietario 
de la casa hizo que uno de tantos levantase las colchas 
de la cama, para ver si habia debajo algún rezago que 
poder pescar, é introduciendo la mano, dio con el arcon. 
Tiró con fuerza de una de las asas y sacó la caja. 

— Esto pesa endiabladamente, dijo el que tiraba; y 
aqui debe de estar encerrada el alma del tuerto. 

Aplicaron los instrumentos á la cerradura, que sal- 
tó á poco en pedazos; levantaron la tapa y se precipita- 
ron á examinar el contenido. Un ahullido de júbilo pavtió 



— 374— 

del grupo fjue formaban, los gavilanes qi^e rodeaban eS 
cofre. Habían visto relucir el oro y la plata. Cayeron so- 
bre el te.^oro del barbero como perros de presa, y en 
término de diez minutos, había desaparecido hasta la úl- 
tima pieza; tal fué el ahiiieo rabioso con que saquearon 
el arca. 

Don Fernando volvió la cara hacia otro lado con dis- 
gusto; y el joven Loaiza, que como los otros caballerds 
contemplaba con pena <3l escamoteo, dijo al capitán: 

— Esto es vergonzoso, Fernando. 

— Dicee bien, contestó el capitán; pero ¿quien es ca- 
paz de evitar que esta canalla liaga de las suyas? Nues- 
tras vidas mismas correrían rm grave peligro, si intenta- 
ramos estorbai'sclos por \n fuerza* Asi, no hay mas que 
•dej irlos y que el bribón del barbero lo sufra, en castigo 
de haberse metido á intrigante político, en vez de estar 
afeitando, sacando muelas y dando sangrías. 

Imposible es pintar el regocijo x3e aquellos miserables, 
algunos de l<os cuales se encontraban con mas din-ero del 
que habían visto junto eaa todos los días de su vida. Sal- 
taban, reian, charlaban todos á un tiempo y en su des- 
compasada alegría, victoreaban al maestro Basilio, á quien 
acababan de arruinar. 

Mientras tenía lugar aquella escena, el Alguacil Ma- 
yor, que no habia podidií escabullirse, pues Don Fernan- 
do tuvo buen cuidado de cerrar la puerta que daba á la 
calle, estaba tiritando de miedo en un rincón del dormi- 
torio. Aquel terror provenia de que el pobre Don Geróni- 
mo habia conocido, entre los descamisados que andaban 
por el cuarto, arcabuz eii mano, á mas de media docena 
á quienes él hiciera atar á la picota y azotar hasta chor- 
rear la sangre. El Alguacil creyó que, á ser descubierto, 
era llegada su última hora, y hé aquí por qué sudaba 
congojas y hacía un acto de contrición formal. Pero por 
gran fortuna suya, la turba feroz no estaba para reparar 
en nada, tal era su alegría; y merced á eso, pudo Bqh: 



(rerünirno escapar sano y salvo de aquel trance. 

Armados y pertrechados ya los semi-bandidos que 
capitaneaba Don Fernando, y no teniendo que pillar en' 
casa del barbero, como üo hubiese sido á la vieja domés- 
tica que fingía dormir y no oir nada, y que era en reali- 
d'ad la autora de la ruina de su amo, trataron el capitán' 
y sus amigos de hacer salir á aquellos bribones. Traba- 
jo costó que guardasen silencio, pues el contento no les 
permitía tener moderación. Considerábanse ya bien paga- 
dos de cuanto tuvieran que hacer' en obsequio del Sr. capi- 
tán y se manifestaban resueltos á habérselas con los mis- 
mos diablos, si era necesario. El plan de Don Fernando 
eta ir á atacar la casa del Yisitaáor, que custodiaba una 
guardia y ejecutar, por medio de la violencia, lo que no- 
íiabia logrado á favor de la astucia. Buscaba, como ya lo' 
indicamos, el desquite d® la pesada burla de la captura 
del Alguacil Mayor. Pero mientraíi duró el saqueo de la; 
casa del barbero, habian ocurrido en la ciudad sucesos 
que frustraron otra vez los planes^ del capitán. 

Aconteció que Lucifer, estimulado por el cintarazo» 
que le asestó Don Fernando, sintiendo que un ginete opri- 
ínia sus lomos y sin freíio que moderase su natural impul- 
so, dio á correr por las calles, con tal Ímpetu f brio,- co- 
mo si tuviese dentro del cuerpo el mal espíritu con cuyo' 
nombre se le había bautizado. Arrebatado por aquel de^- 
monio en forma de caballo, el barbero, á favor de la dé- 
bil claridad de las estrellas que teñía el horizonte con 
lana luz dudosa, creia Yer revolotear con espantosa rapi* 
dez las casas, las torres de las iglesias y las copas som-- 
ferias de los árboles de las huertas; tai era el vértigo' 
que producía en él aquella velocísima carrera. Lucifer re* 
eorria la ciudad en todas direcciones, haciendo brotar chis- 
pas de las piedras con el choque de sus herrados cascos. 
El aire, fuertemente agitado, zumbaba en los oídos del 
desventurado barbero, á quien acababa de trastornar aquel 
loT?rible silbido. Exhausto de fiaerzas, sin sentido ya, Ba- 



'MU 



sjlio, que liaLria caldo, á no haber estado tan bien ases ü- 
yudo en la niontnra, inclinó el cuerpo sobre el cuello del 
caballo y lo estrechó con un abrazo nervioso. 

Después de hciber corrido varias calles. Lueifer hubo 
di.' pasar delante del portal del cabildo, donde estaba la 
cárcel de ciudad. El eentinek dio el ¿quién vive?: y como 
no recibiese respuesta, viendo aquel bulto, cuyo aspecta 
no se distinguía muy bien en medio de las tinieblas y 
oyendo el ruido de la carrera, preparó el mosquete, apun- 
tó é hizo fuego. La bala pasó silbando sobre la cabeza 
del caballo; pero sin tocarlo. A la detonación, alarmóse 
la guardia que dormía; levantáronse los soldados, tomaron 
las armas y acudieron á la puerta del edificio. El centi- 
nela, cuyo miedo le hacia ver lo que no había, dijo que 
un monstruo negro, una especie de caballo sin ginete, ha- 
bía pasado casi raspándose con él. Aseguró que echaba 
fuego por los ojos y que sus pies brotaban chispas. Aque- 
lla relación y el siusto mortal que se pintaba en el sem- 
blante del defensor de la patria, bastaron para que él pá- 
nico, enfermedad la mas contagiosa de este mundo, se co- 
municase á los demás soldados, que no encontraron otro- 
arbitrio que ir á tocar á rebato con la campana grande 
del cabildo. Pensarlo y hacerlo fué todo uno; y un mo- 
mento después, el vecindario despertaba alarmado, oyendo 
aquel son pausado y pavoroso. Comenzaban á entreabrir- 
Be las ventanas, y las gentes se preguntaban unas á otras 
que novedad había. Nadie acertaba á dar razón, hasta 
que ocurrió á uno de tantos soltar la palabra Drake, y 
aquello fué suficiente para que se comuniease de balcón á 
balcón la terrible, la aterradora noticia de que el pirata 
ingles estaba en la ciudad. 

Entre tanto Lucifer seguía corriendo y los vecinos 
que lo veían pasar como una exhalación, temblaban y 
cerraban sus ventanas, jurando que si aquel no era Drake, 
era el diablo, ó alguna cosa peor. La campana de ca- 
bildo no cesaba de hacerse oír: la guardia del real Falacia. 



— 377— 
se puso en armas; la de la casa del Visitador hizo otro 
tanto, y unos pocos vecinos animosos que se lanzaron á 
la calle, se preguntaban unos á otros lo que aquello era) 
y nadie acertaba á responder mas que Drake. 

Lucifer hubo de cansarse al fin. La carrera se con- 
virtió en trote y por último, como acertase á pasar por 
la casa de Don Diego de Valderrama, su dueño, que es- 
taba abierta, pues en aquel momento salia el caballero 
para indagar las novedades; el caballo, guiado por el ol- 
fatOj entró de rondón y no paró hasta la caballeriza, don- 
de con todo y gínete se echó al suelo, tal iba ya de fa- 
tigado. 

Aquella alarma evitó que el capitán Peraza y sus 
amigos completasen su segunda calaverada. Cuando sa- 
lieron de casa del barbero para ir á atacar la guardia del 
Visitador, la ciudad estaba ya alarmada, por cuenta de 
Lucifer; la campana del Ayuntamiento tocaba á rebato y 
la escolta que custodiaba al Juez de residencia habia si- 
do reforzada con cincuenta arcabuceros y veinticinco dra- 
gones. Don Fernando echó un tremendo voto á tantos, 
al ver que no le era posible consumar su locura. El pri- 
mer individuo á quien encontró lo informó de que corria 
la voz de que el ingles Drake estaba en la ciudad y que 
se le habia visto correr las calles de estampida en un 
enorme animal negro, cuyos cascos despedían chispas. 

— ¿A que es el barbero el que han visto estos men- 
tecatos, dijo el capitán luego que se alejó el noticioso, y 
á ese han tomado en su miedo por el pirata, muerto hace 
{|ue sé yo cuantos años? 

— Es muy probable, contestó uno de los jóvenes; y 
si es asi, nosotros mismos hemos echado á perder la obra* 

— Pero tenemos ya unos cien mosquetes, replicó Pe- 
raza; parque y gente resuelta á todo* 

Luego dirijiendose á los del pueblo, que se hablan 
quedado un poco atrás, mientras él hablaba con el v^eci- 
no, los despidió, diciendo que podian retirarse, debiendo 

48 



— 378— 

estar prontos al primer llamamiento. Obedecieron aque- 
llos, ofreciendo estar siempre listos para cuando se les 
necesitase, pues la presa de aquella noche los habia en- 
golosinado y sonaban ya con mas pingües ganancias en 
las casas de los ricos. Despidió también el capitán al Al- 
guacil Mayor, jurándole que si salia de su boca una sola 
palabra sobre los sucesos de aquella noche, lo haría atar, 
no á un caballo, como al barbero, sino en cuatro potros, 
para que no pudiera contar el cuento, Don Gerónimo con- 
testó que desde aquel momento se le olvidaba por com- 
pleto cuanto habia sucedido, y se marchó á su casa. 

El maestro Basilio Molinos, á quien encontraron los 
criados de Valderrama atado sobre Lucifer, sin acertar 
á explicarse aquel extraño caso, estaba aun desfallecido, 
y con el ojo cerrado. Desatáronlo y habiéndole pregunta- 
do que diablos hacia ahi, contestó con voz hueca: 

— En dos horas he venido desde Jerusalen, cami- 
nando por los aires. ¡ Ayl el monstruo negro con alas me 
ha traído demasiado deprisa y me ha convertido en un 
costal de huesos. 

Los criados se velan uno& otro» espantados y juzga- 
ron que el barbero estaba ó loco, ó espiritado. Lo que el 
desventurado tenia en realidad era una fuerte calentura, 
que lo hacia delirar. Levantáronlo en peso y lo llevaron 
á su casa, cuyo completo saqueo no estaba el pobre en 
aptitud de advertir. lia Sra. Brijida, que estaba ja en 
pié y un poco asustada del estrago causado por los noc- 
turnos visitantes, al ver entrar á Basilio en tan lamen- 
table situación, comenzó á dar gritos, á mesárselos cabe- 
llos, á blasfemar y á decir que daría un ojo de la cara 
por saber quien era el herege que habia puesto de aquel 
modo á su buen amo. Las vecinas habían acudido en ma- 
sa al rumor de las extrañas novedades ocurridas en casa 
del maestro Molinos, y una de tantas se acercó á la des- 
consolada dueña y le dijo al oido: 

— Calle por Dios, comadre, y procure que se eche 



— 379— 
tierra á todo esto. Ya so susurra que vuestro amo tie* 
ne pacto con el malo y hay quien jura que lo ha visto 
atravesar los aires la noche pasada, montado en un gran 
elefante mas negro que mi mantilla y que echaba chispas 
por" todo el cuerpo, como diablo de rezado. 

La Sra. Bríjida abrió desmesuradamente los ojos, se 
santiguó dos ó tres veces y yendo á arrodillarse en un 
rincón del cuarto, se puso á rezar, en un latín de cocina, 
las letanías de los Santos, 



— 380- 




CAPITULO XXVII, 



l^at pildoras del alquimÍHta, la desesperación de 
__ Basilio y los celos de Francisco. 

lETE dias hacia ya que el maestro Basilio Molinos 
luchaba con la fiebre. La muerte disputaba su 
presa á la ciencia, que dándose por vencida, aca- 
baba de abandonar el enfermo al brazo secular de los 
empiricos. 

Tendido en su lecho, con la cara hacia arriba, ,páli- 
do, consumido, el infeliz no daba otras señales de vida 
que el aliento penoso y ajitado que se escapaba de su pe- 
cho, uno ú otro movimiento convulsivo que hacia con las 
manos, como si quisiese defenderse de alguno y las pa- 
labras incoherentes que pronunciaba en medio del delirio. 
Es de noche. Un candil alumbra la habitación, con 
esa luz dudosa y moribunda que es la imagen mas exac- 
ta de nna existencia que se va extinguiendo. El ajuar del 
cuarto es miserable, como corresponde al carácter é in- 
clinaciones del dueño, que habia tenido siempre especial 



— 381-^ 
«studíü en pasar por pobre. L;is paredes están desnudas 
y hace mucho tiempo que no so Vjlanquean. La caiu;», una 
mesa pequeña 'y coju y un taburete, todo de cedro sin 
f/intar, constituyen los muebles; pues el barbero había re- 
t<ervado su lujo para la tienda, donde recibía á los par- 
roquianos y para la trastienda, que era, como ya heinos 
dicho, su salón de tertulia. 

Sentada en el taburete é inclinada un tanto sobre la 
cama del eníerrao, está nna rnuger, que en su actitud y 
en su mirada inquieta muestra que un interés noble y 
tierno y no el de la retribución pecuniaria, es el que le 
liace prodigar al barbero aquellos solícitos cuidados. Es 
Genoveva Molinos, la supuesta hija de Andrés, que no 
se ha separado del lado de su tío ni de dia ni de nocíie, 
con esa energia física y moral que la Providencia ha 
querido conceder solamente á la debilidad de la muger. 
La joven sabe que el enfermo esttá desahuciado por los 
médicos que lo han asistido, y no tiene ya esperanza sino 
en Dios y en cierto especifico que ha ofrecido llevar esa 
noche á las doce el Dr. Correa, que ha mandado se ten- 
ga prevenido un poco de vino blanco en un vaso de plata. 

La vieja criada del barbero había caído rendida de 
fatiga. Genoveva, que no quería separarse del lado de 
su tío, y que no tenia un ánimo medroso, hizo que queda- 
ra abierta la puerta que daba á la calle, á fin de que pu- 
diera entrar el Dr., sin que ella tuviese necesidad de ir á 
abrir. Con incesante afán contó una tras otra las horas, 
aguardando aquella en que debía llegar el célebre mé- 
dico. Llamado cuando ios demás no daban ya ni la mas 
remota esperanza, el Dr. Correa había contestado que si 
el enfermo vivía á las doce de la noche, respondía de su 
vida. Esa seguridad alentaba á la joven y la hacia aguar- 
dar con afán la llegada del Dr. 

Acababan de dar las once y medía. Genoveva ad- 
virtió que el semblante del enfermo tomaba una expíe- 



— 382— 

síon extraña, que no habla presentado hasta entonces. Ocu- 
pada en observarlo, Genoveva, que oyó pasos dentro del 
aposento mismo, no volvió la cabeza, y dijo: 

— Bienvenido seáis, señor Dr., y gracias á Dios que 
os habéis anticipado á la hora scnahida. Daos prisa, pues 
temo qué mi pobre tio se mucre. 

El que acababa de entrar, embozado hasta los ojos, 
no contestó y se detuvo á contemplar aquella escena. La 
joven, viendo que no respondia ni se acercaba el que ella 
tomaba por el médico, volvió la cara y se estremeció, al 
ver, á la moribunda luz del candil que débilmente ilumi- 
naba el cuarto, aquella aparición. El recienllegado avanzó 
hacia la cama del enfermo, se quitó el sombrero y de- 
jando caer el embozo, dejó ver el rostro del Visitador. 

— ¿Tan malo está realmente vuestro tio?, dijo cu to- 
no bondadoso, fijando su mirada, profundamente investi- 
gadora, en el semblante de Basilio. 

Con voz balbuciente contestó Genoveva: 

— Perdonad, señor, mi turbación. Estaba yo tanage- 
na de veros aqui, que vuestra presencia en este sitio y á 
esta hora me ha sorprendido en gran manera. 

— Me han llegado, contestó Don Juan, rumores extra- 
ños acerca de la enfermedad de vuestro tio y de su ori- 
gen. Confiesoos que he dudado que estuviese tan malo co- 
mo se decia y he querido venir á convencerme por mis 
propios ojos. 

Genoveva, un tanto recobrada ya por el tono tran- 
quilo y bondadoso de Don Juan y fascinada por la mira- 
da de aquel hombre, que ejercia sobre ella irresistible in- 
fluencia, fué volviendo gradualmente del estupor que lo 
causara la aparición inesperada del Visitador, á quien no 
habia vuelto á ver desde la noche en que le hizo en la 
alameda del Calvario la confesión de su amor. 

— ¡Ah señor! exclamó la joven; no hay exajeracion en 
lo que os han dicho. Siete dias hace que mi pobre tio lu- 



— 383— 

cha con la fiebre; y ya mi única esperanza está en Aquel 
que tiene en su mano la vida de la criatura y en una 
medicina que va á administrarle ahora mismo el sabio Dr. 
Correa. 

Don Juan se estremeció á su vez al escuchar aquel 
nombre. Pero la impresión que experimentó fué rápida 
como el relámpago, y su fisonomía volvió á recobrar su 
aparente tranquilidad habitual. 

— ¿Ese médico e» el que asiste al enfermo? pregun- 
tó el Visitador. 

— No señor, respondió la joven; ha sido llamado, 
cuando los de la ciudad han dicho que no podian salvar- 
lo. Ha ofrecido venir esta noche á las doce y aplicarle 
un remedio que asegura le devolverá la salud. Cuando 
vos entrasteis, crei que fuese él el que llegaba. 

En aquel momento el enfermo dijo convoz sorda y hueca: 

— ¡Ay! dejadme señor Alguacil Mayor; decidle al se- 
ñor Visitador que me perdone si no acudo á su llama- 
miento; pero el caballo negro, el caballo negro me ha 
convidado á dar un paseo por las nubes y tengo que 
acompañarlo. 

— Delira, dijo Don Juan. 

— Si señor, contestó Genoveva; asi ha sido durante 
toda la enfermedad. Os ha nombrado con frecuencia; mas 
aun al señor Alguacil Mayor; pero lo que parece ator- 
mentarlo principalmente, es la idea de un monstruo ne- 
gro, que sin duda le finge su imaginación, y que dice lo 
arrebata por los aires. 

— ¿Y no ha nombrado á algunas otras personas, ade- 
mas del Alguacil Mayor y yo? 

— A nadie mas. Ha hablado de enmascarados, de 
fantasmas, de la campana grande de cabildo; dice frecuen- 
temente que la ciudad da vueltas al derredor de su ca-' 
beza; se queja de que le ciñen los muslos argollas de 
hierro; en fin, señor, locuras, delirios que me oprimen el 



corazón y me liacen 

— Tenéis razón, Genoveva, contestó Don Juan; Vucs-^ 
tra alma sensible y tierna suñe con los padecimientos de 
esi3 inftiliz anciano; y sin embargo, yo cambiarla mi suer- 
te por la suya, cuando veo el interés y el afecto que os 
íníípira. 

Pronunció el Visitador aquellas palabras con un acen- 
to al parecer tan conmovido, que Genoveva se puso en- 
cendida al escucharlas. La alegría rebosó en su semblan- 
te y casi olvidó al enfermo, tan intenso fué el gozo que 
le hizo experimentar aquel amor tan sencillamente expre- 
sado. Cuando se ama verdaderamente, no tíon las frases 
estudiadas, no son las exageraciones del sentimiento las 
que suelen llegar al alma- Una palabra significativa que 
se ha escapado sin intención, una mirada sorprendida al 
acaso, un movimiento cualquiera pueden expresar mas 
amor que los discursos mas elocuentes. Genoveva creyó 
encontrar verdad en las palabras de Don Juan; el vértigo 
se apoderó de su cabeza y la pasión voraz, que estaba so- 
frenada pero no vencida, estalló con inaudita violencia en 
aquel pobre corazón. 

— ¿Conque me amáis todavía, señor? exclamó la no- 
ble y ardiente hija de Jirón Manuel. ¿Es cierto que no 
habéis olvidado, en medio de los graves negocios que oa 
ocupan, á la infeliz de quien os separa una distancia que 
nada puede salvar? 

— ¿Si os amo Genoveva,? contestó el implacable y 
pérfido Don Juan ¿Si os amo, decis? ¿Como podría no 
amaros, si sois un ángel de bondad? íLa distancia que 
nos separa! ¿Y quien os ha dicho, alma mia, que esa dis- 
tancia no puede desaparecer, si es mi voluntad que des- 
aparezca? 

— íAh! exclamó Genoveva, cubriéndose el rostro con- 
ambas manos. Ah! . . . Jamás, jamás pude abrigar ese pen- 
fíamiento osado. No señor, eso no puede ni debe ser. Os 



— S85— 
iié amado sin esperanza; dejadme que os ame siempre ^sL 

— Pero entonces, dijo el Visitador con una triste^ y 
dulce sonrisa, entonces, ¿cual es vuestra idea al entregar- 
túé vuestro corazón? 

— Mi idea, señor! ¿Tengo yo alguna acaso? Os amo.... 
porque oS amo y pOrque es imposible no amaros; Sé que 
partiréis de aqui ; que no volvereis á acordaros de mi ja- 
íuas; y sin embargo, vos, señor, llenareis siempre mi alma, 
Vos seréis el aliento de mi vida. 

— ¿Y si yo os digo que mi intención es que seáis 
mi esposa? 

— Keiiüsaria ese honor, porque .... yo os humillaría 
á los ojos del mundo. Dejadme, señor, que os ame sin es- 
peranza, os lo repito; ya que en esto veréis una prueba 
evidente del desinterés y de la abnegación de mi amor* 

Én aquel momento la campana sonora del teló de la 
Compañia dio las doce. Púsose en pié el Visitador y con 
aire sombrío dijo: 

— Es la hora en que debe venir ese hombre. Geno- 
veva, vos me amáis y yo os amo. No debo, pues, ocul- 
taros nada. Sabed que mi vida ha estado hace algunos 
dias en grave peligro en el taller de vuestro padre y 
que me ha salvado únicamente la influencia que vuestro 
hermano ejerce sobre las gentes del pueblo. 

— Ah! Francisco! exclamó Genoveva, alma generosa! 
lió que decis, señor, da á mi hermano un nuevo titulo á 
mi afecto. 

— Pero Francisco no estará siempre á mi lado, para 
resguardarme de una turba feroz á quien otros azuzan. Se 
conspira contra mi autoridad y se atenta contra mi vida. 

La joven se puso pálida al oir lo que decia Don Juan. 

— ¿Y quien, preguntó con inquietud, quien es capaz 
de odiaros á vos, señor? 

— Aquellos á cuyas bastardas ambiciones he venido 
4 poner freno. Jirón Manuel es mi enemigo y no lo es 

49 



— 886-- 

menoa el capitán Peraza. Esos dos caballeros son los ge- 
íes de los descontentos. Si queréis que mi existencia dejef 
de estar continuamente amenazada, observad lo que se 
trama en casa de Jirón y avisádmelo oportunamente. 

Oyéronse pasos en el corredorcillo que conducía á la 
puerta de la calle. Don Juan calculó que seria el Dr. el 
que llegaba; besó con ternura la mano de Genoveva y sa- 
lió, cuidando de ocultarse perfectamente bajo el embozo. 
Encontróse al salir con otro embozado, á quien conoció 
por la estatura y por el aire del cuerpa. Imposible era 
ya abrigar la mas ligera duda: aquel hombre era Enri- 
que Grantzius. Don Juan sintió un estremecimiento ner- 
vioso en todo su cuerpo, al pasar junto á él. Se dirijió á 
8Q casa lentamente, meditando en lo que acababa de ha- 
blar con Genoveva y en las palabras escapadas al barbe- 
ro en el delirio. 

El Visitador sabia que el origen de la alarma ocur- 
rida en la ciudad pocas noches antes, habia sido un hom'^ 
bre que recorria las calles montado en un caballo negro 
y que no contestaba al quien vive de los centinelas. No 
faltó quien creyera reconocer en el atrevido ginete al 
maestro Basilio Molinos, en el momento en que, ya á la 
madrugada, se metió Lucifer en la casa de su dueño. Die^ 
ronse aquellos informes al Visitador, agregando que eí 
barbero se hallaba postrado en la cama, gravemente en- 
fermo, en consecuencia, sin duda, de aquella inexplicable 
excursión nocturna. Como era natural, todo aquello llamó- 
vivamente la atención de Don Juan, que se propuso es- 
clarecer aquel misterio. Con ese objeto fué á casa del bar- 
bero, de cuya grave enfermedad se convenció por sus pro- 
pios ojos. Lo que Basilio decia en el delirio acerca del 
monstruo negro que lo arrebataba por los aires, acabó de 
persuadirlo de que él era el hombre del caballo; y la fre-- 
cuencia con que, según Genoveva, nombraba al Alguacil 
Mayor, lo hizo sospechar que anduviese este mezclada de 



— 387— 

im modo 6 de otro en <an extraña aventura. Con aque- 
llos datos, Don Juan se propuso averiguar la verdad, va- 
liéndose de los medios que le proporcionaba su autori- 
dad y astucia sobre el débil y poco avisado Don Geró- 
ilimo. 

Entretanto el Dr. Sánchez Correa, ó sea Enrique 
Grantzius habia entrado en el cuarto del barbero y le 
tomaba el pulso. 

— Me habéis llamado muy á tiempo, dijo á Geno- 
veva. Un cuarto de hora podria tener de vida este hom- 
bre. Traed inmediatamente el vaso de plata con vino blan- 
co que recomendé se tuviese preparado. 

Genoveva fué á traer lo que se le pedia, y el Dr., 
luego que estuvo solo, se acercó á la mesa donde ardía 
el candil, sacó de su faltriquera una cajita de oro y un 
libro pequeño muy viejo y maltratado. 

Nos será permitido^ valiéndonos de la facultad conce- 
dida á todo narrador, acercarnos al Dr. Correa y leer, por 
d-etras de su hombro, el libro que acaba de abrir. Es el 
Opúsculo de la filosofia natural de los metales^ do Dionisio 
Zachaire; y la página, aquella en que se describe la ma- 
nera de aplicar la ohra divina á los cuerpos humanos^ para 
curarlos de las enfermedades. 

" Para usar, dice, de nuestro gran rey con el objeto 
de recobrar la salud, tómese el peso de un grano y di- 
suélvase en un vaso de plata que contenga vino blanco 
paro, con lo cual tomará un color de limón. Dése á be- 
ber al enfermo un poco después de media nocñe, y se 
curará en un dia, si la enfermedad no es mas que de un 
mes; si es de un año, se curará en doce dias, y si de 
mucho tiempo, en un mes: repitiendo la operación todas 
las noches." 

El alquimista cerró el libro y lo volvió á guardar con 
ouidadp en su bolsillo. Al mismo tiempo decia en voz baja: 

^- Voy á experimentarlo por mi mismo. Si este hom- 



— 388— 

bre, desahuciado por mis companeros, y de cuya enfermeT 
dad puede hacerse el mas fatal pronóstico, recobra la S2^- 
lud, és seguro que he acertado con el secreto de la pre- 
paración. Entonces, yo podré hacer vivir á un hombre, 
no cuatrocientos años, como vivió el veneciano Federico 
Gualdo; no mil, como Artephius, predecesores mios en la 
ciencia, sino hasta el dií^ del juicio final, como se alababa, 
(aunque sin razón) de poder hacerlo, Salomón Trismosin. 

La joven sobrina del barbero entró, llevando el vaso 
de plata con vino blanco, y lo entregó al Dr. Sacó este 
de la cajilla una pildorita, v con gran misterio la puso 
dentro del vino, que tomó efectivamente el color de limo- 
nada que indicaba la famosa receta del autor cuyo libro 
acababa de consultar por la centesima vez el alquimista. 
Su alegria fué extraordinaria cuando advirtió aquel resul- 
tado, que era, á su juicio, prenda segura del acierto con 
que habia procedido al pi'eparar la obra d¿viv/i. Acercoso 
al barbero, en cuyo semblante se advertían ya las señales 
de la agonia. Hizole tragase unas cuantas gotas de aquel 
liquido y se sentó en el taburete, a la cabecera del en- 
fermo, con la mirada fija en este, á fin de poder obser-? 
var los efectos de la medicina. Genoveva, hincada de ro- 
dillas en el suelo y con el cuerpo inclinado sobre la cama, 
no separaba los ojos del rostro de su tio. 

Pasó asi un cuarto de hora, al cabo del cual, el bar- 
bero exhaló un profundo suspiro, abrió el ojo y echan- 
do en derredor una mirada inquieta y vaga, dijo con voís 
débil y apenas perceptible: 

— ¿Donde estoy? Todo no ha sido pues, mas que un 
sueño horroroso. 

Genoveva iba á contestar á su tio, pero el Dr. le hi- 
zo seña de que callase. 

— ^ El caballo negro, prosiguió el barbero, la bala que 
silbó sobre mi cabeza y aquel horroroso paseo, todo fué' 
un sueño; si, un sueño espantoso. 



— 389^ 
Dicho esto, el barbero se sonrió, volvió á cerrar -el 
(^jo y cayó en un verdadero sueüo, natural y tranquilo, no 
.el agitado letargo de ia fiebre. Acercóse -el Dr., tomóle el 
pulso .temblando de emoción, y exclamó; 

— Eureka! Eureka! La obra divina ha hecho su efec- 
to. Este hombre se ha salvado! 

— ¡Salvado! repitió con júbilo Genoveva; ¿estiis se- 
guro? 

— Tan seguro, como de .que la oiencia no puede men- 
tir. ¡Oh! añadió el alquin^ista entusiasmándose: ahora que 
venga la muerte; yo la desafio y la aguardo, armado con 
el soberano especifico para todas las enfermedades. 

Sacó la cajita de oro que coatetiia otras dos ó tres de 
las famosas pildoras y la besó como si fuese «na reliquia. 
Hizo otro tanto con -el libro viejo y sucio de Dionisio 
Zachaire y contempló durante un rato, cenío en éxtasis, el 
misterioso licor que contenia el vaso de plata. 

— Oh Dionisio, Dionisio!, exclamó el Dr., hé aqui tu 
obra perfeccionada! Como tú, yo vi hace dos noches ape- 
nas, aparecer en el alambique los ti*es colores^ señal eviden- 
te de que la grande obra hermética •estaba consumada. 
Yo pienso hacer mejor uso que tú del favor' del cielo, y 
evitaré asi el fin desastroso que á tí te proporcionó el 
gran descubrimiento. 

Genoveva casi no atendia á las exclamaciones del Dr., 
ocupada en dar gracias á Dios, en fervorosa oración, del 
restablecimiento de su tio, pues ya lo consideraba seguro, 
Enrique Grantzius volvió á guardar su cajita de pildoras 
milagrosas y su libro, y recomendando se guardase en 
lugar seguro el vaso de plata, se despidió de la joven, 
anunciándole que á la siguiente noche, á la misma hora, 
volveria á visitar al enfermo, para ver el efecto de la me- 
dicina y administrarle una nueva dosis del soberano es- 
pecífico. Genoveva manifestó con efusión su gratitud .al 
llamado Dr. Correa, que se marchó mas satisfecho que 
debió estarlo Cristoval Colon al divisar las playas del 



k 



— 390— 
nuevo mundo. 

El maestro Basilio Molinos mejoraba visiblemente. 
Dos 9 tres veces volvió á tomar el licor preparado por 
el s^bio médico, y se sintió restablecido, aunque muy dé- 
bil ^davia. Se esparció la fama de aquella lamosa cura- 
ciop; los demás doctores quisieron convencerse por sus 
propios ojos y fueron á ver al barbero. Al encontrarlo 
levantado ya, alzaron los hombros y dijeron que las medi- 
cinas que ellos hablan aplicado produjeron su natural 
efecto y que á Sánchez Correa le habia cabido en suer- 
te aprovecharse de su obra. Probablemente lo que decian 
aquellos buenos doctores era la pura verdad; poro á las 
gentes que estaban al tanto de lo ocurrido, nadie les pudo 
sacar de la cabeza que el Dr. Correa habia hecho el mi- 
lagro y que aquel médico era capaz de resucitar á un 
muerto. En poco* dias realizó una decente cantidad con 
la venta de sus pildoras, y tampoco hicieron mal nego- 
cio los mercaderes que tenian en sus almacenes vino blan- 
co puro. En cuanto á los que se medicinaron con aquella 
droga, les sucedió lo mismo que á los que se medicinan 
con otras; esto es, que nnos sanaron y otros se murieron; 
pero de los últimos dijo el Dr. que estaba bien averigua- 
do, ó que el vino no era puro, ó que el vaso en que se 
echó no era de plata, ó que no se cuidó de que el pa- 
ciente tomara la pócim.a poco después de la media noche, 
como estaba mandado. Con esto nadie osó chistar pala- 
bra y la fama de las milagrosas pildoras quedó muy eu 
su punto. 

El barbero se hacia lenguas de ellas y juraba que no 
tomaría otra cosa, asi le dijera lo contrario el mismo Ga- 
leno. En cuanto se sintió con algunas fuerzas, Basilio dis- 
puso visitar el arcon, haciendo ya sus cálculos sobre lo 
que en Dios y en conciencia habria de pagar al médica 
á quien debía la vida. Por la Sra. Brijida y por Geno- 
veva supo que el Dr. lo habia visitado cinco veces; lo& 
ríeos pagaban á razón de ocho reales la visita, y los po- 



— 391— 

hrcfí á citairo; el creyó poder colocarse en ün término me- 
dio, y dedujo que abonando á razón de seis reales, haría 
ni mas ni menos de lo justo. Eran, pues, treinta reales. 
Mas como el Dr. le hacia las visitas á la media noche, 
se le hizo cargo de cDncieíicia el pagarle como si fuesen 
hechas de dia, y asi determinó generosamente agregar un 
real poí cada una, lo cual subía la cuenta á treinta y cin- 
co reales. En esto lo asaltó otro escrúpulo: el Dr. habia 
suministrado las pildoras, ahorrándose el gasto de botica* 
Pero bien visto, las tales pildoras eran tan pequeñas, que 
no podían valer gran cosa. Calculándolas á cuartillo de 
real cada una, eran cinco cuartillos, ó sea real y cuartillo, 
que agregados á lo de las visitas, hacían treinta y seis 
reales y un cuartillo, ó sean cuatro pesos con cuatro y 
cuartillo reales. 

— ¡Cáspita! exclamó el barbero, luego que hubo con- 
cluido aquella operación financiera, y que cara cuesta la 
vida! En cuanto á los otros, buen tonto fuera yo si les 
diera un solo maravedí. Estos son, como decia la abuela, 
médicos de Valencia; largas haldas y poca ciencia. Vamos 
á ver cuanto es lo que queda de mi caudalito, con la bre- 
cha que le abre esta malvada enfermedad. Malos grajos 
coman á los perros que en tal trance me han puesto! 

Diciendo asi y aprovechando la ocasión de que la 
Sra. Brijida andaba fuera de casa en sus cuotidianos que- 
haceres, el avariento viejo se agazapó para sacar el arcon. 
Sintió un calofrío horroroso al advertir que el mueble, 
tan pesado de ordinario, salía con mas facilidad de la 
acostumbrada, como si estuviese vacio. Pero al instante 
se consoló Basilio, haciendo la reflexión de que no era 
que el arcon pesara menos de lo que solia, sino que sin 
duda aquellas benditas pildoras del Dr. Correa tenían la 
extraordinaria virtud de acrecentar las fuerzas. Quiso 
aplicar la llave á la cerradura y se estremeció al notar 
que habia desaparecido. Levantó la tapa del cofre, aproxi- 
mó la vela y se le puso el semblante mas desencajado 



— 392— 
que ciian<lo tenia la fiebre. Introdujo medio cuerpo en 
el fondo del baúl, á fin de registrar hasta el último rin- 
con. |Ay! Todo había desaparecido! Aquel arcon era ya 
un cuerpo' sin alrüa, una casa deshabitada, un desierto, 
que repetía el eco' lastimero de lo^ gemidos del infeliz 
ex-propietatio. Sin fuerzas para moverse de aquel sitio, 
permanecía Basilio con la mitad del cuerpo metida dentro 
de la caja, y asi hubiera estado quiéii sabe cuanto tiem- 
po, á no haber entrado la Sra. Bríjida, que al pronto no 
8upo que pensaí d6 la extraña postura en que se encon- 
traba su amo. 

— ¿Qué es esto? dijo la vieja; ¿estáis en oración? 
Creo que podíais haber buscado otro lugar mas á pro- 
pósito. 

Un gemido hueco y íui-.Ju lué la única respuesta que 
dio el barbero á las observaciones de su doméstica; con 
lo cual, alarmada la Sra. Bríjida, fué á sacar á su amo 
del arcon. El desfallecido- bartéro cayó á plomo eu el 
suelo. 

— ¡Mi dinero! mí dinero!, exclamó con acento lúgubre. 

— ¡Acabáramos ya! dijo la Sra. Bríjida, ¿ahora es- 
taraos en eso? Echadle un galgo, á ver si os volvéis á 
juntar con él. El dinero y las prendas que habia en casa 
todo desapareció como por encantamento. ¡Yaya,! si las 
cosas que aqui han sucedido no están escritas. Bien dicea 
las vecinas que cuanto ha pasado eu esta casa, es obra 
del diablo.- 

Mientras hablaba la vieja, se iba verificando en el 
espítitu del barbero una reacción que se manifestaba en 
su actitud y en sus movimientos. Se incorpora, su ojo- 
lanzaba fuego, salía de su boca una espuma parduzca; j 
extendiendo el brazo hacia el arcon vacio, dijo con voz 
de trueno: 

— ¿Quien es el que ha hecho eso? 

La Sra. Bríjida era mujer de carácter varonil, y no la 
intimidó la terrible expresión del semblante de su amo. 



— 393— 

— ¿Quien hit llccho eso? ¿quien os el que lo ha he- 
^*ho decís? ¿Lo sé yo acaso? Yo estaba bien dormida 
aquella noche, mientras andaba la casa dada á todos los 
diablos. Vos tenéis la culpa* ¿A quien le ocurre, tenien- 
do que perder, irse á carrerear á caballo por las calles, 
á las mil y quinientas de la noche, como si fuerais estu- 
diante en huelga? 

El barbero estaba fuera de si* No dudaba que aque- 
lla malvada era cómplice en el robo, y formó el sinies- 
tro proyecto de matarla. Recordando que habia armas y 
parque en la trastienda, fué á buscar un mosquete; entró 
con la luz y volvió á salir mas desesperado aun, al ad- 
vertir que habia desaparecido el depósito que le confiara 
el Visitador. La cólera de Basilio no conocía límites. 

— No la mataré de un balazo, murmuró; pero la voy 
á degollar con una de las navajas de barba. 

Corrió á la tienda; y. . . . ¡cual no seria su desespe- 
ración, al ver que todo habia desaparecido! El estuche 
de carel y concha, los peines, las toballas, los marcos de 
las estampas que tenían chapitas de plata, todo, todo ha- 
bía corrido la misma suerte que el dinero. Inspirado por 
>Satanás, el barbero se dirijió á la cocina y tomó un cu- 
chillo puntiagudo que servia á la Bríjida. Cuando el maes- 
tro Basilio Molinos volvió á entrar en el dormitorio, don- 
de se habia quedado su criada, esta, á pesar de su san- 
gre fría, no pudo dejar de estremecerse, al fijar los ojos 
en el semblante de su amo. Adelantaba hacia ella lenta- 
mente, como el tigre que va á lanzarse sobre su presa. 
Llevaba la vela en la mano izquierda y con la derecha 
apretaba el mango del cuchillo. 

— Que vais á hacer? exclamó la vieja asustada. 

— A matarte, dijo el barbero con voz ronca. 
Levantó el brazo é iba á dar el golpe fatal, cuando 

una mano vigorosa que agarró la suya, lo dejó sin movi- 
miento. Basilio lanzó un rujido de rabia, volvió la cara 
y se encontró con su sobrino Francisco, que acababa de 

50 



— 894— 

«ntrar, sin que lo advistiese ninguno do los dos actores de 
aquella terrible escena. 

— ¿Que queréis? exclamó el viejo con acento sombrío. 

— Evitaros un crimen inútil, contestó Francisco. ¿Que 
lograreis con quitar la vida á esa vieja miserable? Ha- 
cer imposible la venganza que debéis tomar del verdadero 
autor de vuestra ruina. 

El barbero reflexionó y comprendiendo que su sobri- 
no tenia razón, dejó caer el cuchillo. 

— ¡El autor de mi ruina! dijo, balbuciente. ¿Lo co- 
nozco yo acasol 

Francisco Molinos, sin contestar á las observaciones 
de' su tio, se dirijió á la vieja, que aun permanecía ater- 
rada, y señalándole la puerta, con un ademan imperioso, 
le dijo: 

— Salid. 

No deseaba otra cosa la Sra. Bríjida, y desapareció 
*orao una exhalación^ yendo á ocultarse en el último rin- 
cón de la cocina. 

Entre tanto Francisco había pasado á la tienda, pa- 
ra tomar dos sillas, que llevó al dormitorio de su tio.^ Hi- 
-zo que se sentara el anciano y haciendo él otro tanto, le dijo: 

— ¿Conque na sabéis quien es el autor de vuestra 
ruina? 

— No, contestó Basilio y daria diez aííos de nd vi- 
da por averiguarlo. 

— Pues sin eso vais á saberlo. Acabo de hablar con 
BU Señoría el Visitador, quien me ha dicho haberos he- 
cho una visita la noche que estabais mas gravemente en- 
fermo. 

— Es cierto; me lo ha contado Genoveva, tu hermana. 
— ^ Pues bien; esa noche, en medio del delirio de la 

fiebre, se os escaparon algunas expresiones que propor- 
cionaron al Visitador la clave del enigma. De ellas dedujo 
que vos habíais sido quien causó la alarma de la ciudad 
pocas noches antes; y como nombrabais con espanto al 



— 395— 
Alguacil Mayor, diciendo que os llamaba, Don Juan com- 
prendió que este sugeto andaba mezclado en el asunto» 
HizoltD llamar y por medio de las amenazas mas apremian- 
tes, lo obligó al fin á revelar todo lo sucedido. 

I— ¡Y bien! dijo el barbero con emoción, ¿quienes fue- 
ron los que me ataron á aquel condenado caballo? 

— ¿No lo habéis sospechado? ¿Quien otro podria ser 
el autor de tan sangrienta burla, sino el capitán Peraza? 
El y seis caballeros amigos suyos son los -autores de to- 
do esto. 

El barbero tembló de ira, al oir lo que decia su 
sobrino. Reflexionó un momento, y dijo: 

— ¿Conque esa es la gente que me ha robado cuanto 
tenia? 

— No, contestó Francisco; lo que han hecho el capí* 
tan Peraza y sus amigos es conducir aqui ima turba de 
gente de la peor de los barrios, para apoderarse de las 
armas y el parque. La canalla aprovechó la ocasión para 
pillar la €asa, mientras corriais la ciudad, atado sobre uu 
caballo belicoso. Es indudable que esa fué idea del capitán. 

El barbero tenia escondidas las manos bajo su cami*- 
sa y se enterraba las uñas en la carne; tal era el furor 
de que se sentia poseido. Olvidándose de que sus intri- 
gas eran la verdadera causa de aquella desdicha, lejos de 
acusarse á si propio, culpaba al capitán y juraba tomar 
la mas sangrienta venganza. 

Francisco se puso en pié y dijo á su tio en tono graveí» 

— • Esa nueva locura del capitán Peraza va á pro- 
ducir los mas serios resultados. El pillage de vuestra casa 
ha alentado á la turba, que sueña ya con mas pingües 
ganancias. Tienen armas y parque; Don Fernando y sus 
amigos no reparan en nada y una noche de estas va á es- 
tallar el movimiento sedicioso contra el Visitador. Yo es- 
toy preparado y he venido inmediatamente á deciros cual 
es la situación de las cosas. Adiós. 

El hijo de Sir Francis Drake se marchó; dejando al 



— ol)6— 
barbero sumido en la mas honda cavilación. ¿Que moti- 
vo habia impelido á Francisco á ir á denunciar á su su- 
puesto tio el verdadero autor de su ruina? La ojeriza que 
tenia al hijo del Presidente, no explicaba .su(icientemente 
aquella acción, no muy compatible con la generosidad y 
nobleza de su carácter. No, no era el insulto hecho en la 
herrería á Dña. Margarita Jirón lo que habia puesto fue- 
ra de si á Francisco Molinos: eran los celos, los mas ter- 
ribles y rabiosos celos eran la causa de aquella explosión 
del odio y el despecho que desgarraban el corazón del 
herrero. El Visitador, que desde la noche en que encontró 
á Genoveva en casa del barbero, habia quedado en in- 
teligencia secreta con la joven, acababa de saber por esta 
que el Presidente habia pedido á Don Francisco Jirón Ma- 
nuel la mano de su hija para el capitán Peraza. Trans- 
curridos dos meses desde el envió de la carta intercep- 
tada, ¡el capitán exijió á su padre el cumplimiento de su 
promesa, y el anciano Conde habia hecho el dia anterior 
la demanda formal de Dña. Margarita para su hijo. Esto 
fué lo que Don Juan de Ibarra reveló á Francisco, ha- 
ciéndole entrever la posibilidad de que se verificase aquel 
matrimono; y desde aquel instante, el apasionado y celoso 
herrero no volvió á pensar sino en los medios de hacer 
todo el mal posible a aquel rival aborrecido. Snbia per- 
fectamente de todo lo que era capaz su tio, cuando lo ins- 
piraba el odio, y sin. renunciar á hacer por si mismo al 
icapitan Peraza todo el daho que pudiese, fué á buscar 
un poderoso auxiliar en aquel anciano, herido vivamente 
en lo que habia en él de mas sensible: su amor propio y 
el apego á su dinero. 



— 307— 



CAPITULO XXYin, 



Otro milagrro de la alquimia. —Primera» 
hostilidad e«. 




L laboratorio alquímico del llamado Dr. Correa 
estaba situado, como ya hemos dicho, en una an- 
tigua bodega de la casa vieja que este ocupaba 
y que habia pertenecido en otro tiempo á la familia de 
Jirón Manuel. Prolongábase ese sótano hasta tocar con la 
bodega de la otra casa, propiedad y habitación de la mis- 
ma familia en la época en que se verificaron los sucesos 
que vamos refiriendo. Merced á esa circunstancia y al in- 
cidente que llevó al Visitador á aquel subterráneo, pu- 
do este descubrir, por la voz, al traidor amigo á quien 
suponia muerto y cuya presencia ha venido á enredar mas 
la embrollada madeja de esta narración. 

Las paredes de aquel santuario de operaciones her- 
méticas, cerrado á los profanos, aparecían amarillentas y 
negruzcas de trecho en trecho, á causa del humo que des- 
pedían las hornillas de los cocimientos dispuestos por aquel 



— sos- 
engañado adepto de la escuela de Paracelso, de Arnaldo 
de Villanueva, de Raimundo Lulio, de Alberto el Grande 
y de otros célebres maestros, á quienes el orgulloso médi- 
co alemán Enrique Grantzius pretendia superar. Habia ahí 
hornos de diferentes dimensiones, alambiques, retortas y 
otros utensilios; un pequeño estante cargado *de libros 
viejos y en nn ángulo de la ahumada pieza un promon- 
torio de carbón. 

Son las once de la noche. Brilla la llama en las hor- 
nillas; el humo se eleva en tornasoladas espirales; ya 
blanco, ya rojizo, ya azulado, según la diferente naturaleza 
de los combustibles puestos al fuego por el alquimista. 
El Dr. Correa es un hombre de pequeña estatura y en 
cuya fisonomia encontraría un observador sagaz indicios 
seguros de inteligencia y la huella indeleble que impri- 
me el hábito constante de la reflexión. No cuenta mas 
que cuarenta y cinco años de edad, y sin embargo, pa- 
rece tener sesenta. Está agobiado y ha encanecido prematu- 
ramente. La lucha de encontradas pasiones y la perse- 
cución tenaz de un fin que no ha de alcanzarse, gastan 
la envoltura mortal del alma, mucho mas de prisa que 
lo hace el tiempo. 

El alquimista no está sol?"). Acompañanlo el escriba- 
no Don Judas y el oidor A raque, quienes parecen viva- 
mente interesados en una operación que practica el Dr. 
Tiene este en la mano izquierda un pequeño volumen abier- 
to y en la derecha una varilla de hierro con la cual 
remueve cuidadosamente un liquido negruzco que hierve 
en una retorta puesta al fuego. El volumen que el Dr. 
consulta es el Liber de Imaginubus, de Paracelso, y está 
abierto en la página 502, capitulo XII. A favor de un 
par de espejuelos montados sobre la nariz, lee el llama- 
do Correa con acento gangoso lo siguiente: 

— Sed ad humunculos revertamur, practicamque nostram 
quam hrevissime tradamtts, sciendum est 

— ¿No pudierais, interrumpió Don Judaíí, con mal 



— son- 
humor, íeer eso ch buen romance? Yo no conozco mas latín 
que non numei^ta pecunia, ab intestato^ ut supra y otras po- 
cas frases de cajoii que inserto en las escrituras; y aun 
cuando el de ese librejo no sea tal vez muy crespo que 
digamos, confieso que la mitad na entiendo y de la otra 
mitad me quedo, como dicen, en ayunas* 

— No tengo inconveniente, contestó el Dr., en verter 
al castellano este pasage del maestro; y si he comenzado 
á leerlo en latin^ es porque me figuré que un hombre de 
letras como vos, Don Judas, no ignoraria el idioma de 
las ciencias. Oid, pues, que dice asi: 

— ^ "Volviendo á los homitnculi . . . . (perdonad si no 
traduzco esta voz, que es puramente técnica)* Volviendo 
á los homunciili; cá fin de dar á conocer brevemente nues- 
tra manera de proceder en el particular, diremos lo siguien- 
te. Debe saberse que en general los fundamentos de toda 
ciencia descansan en tres especies de homúnculus y de fi- 
guras que tienen el privilegio de ejecutar toda operación. 
(Operationes universcB perficiuntur, atended). Na hay en 
efecto (prosigue) mas que tres formas de homúnculus. La 
primera está dotada de todos los miembros que son pro- 
píos del hombre; la segunda presenta todo el cuerpo hu- 
mano; pero tiene tres cabezas y tres caras; la tercera tiene 
cuatro cabezas y cuatro caras vueltas hacia los cuatro pun- 
tos del mundo ." 

— • Todo eso es muy instructivo, interrumpió con im- 
paciencia el oidor; pero no veo nada respecto á la aplica- 
ción práctica de los homúncuU] y de la que habéis leido 
yo no saco provecho alguno para mi objeto. Decis que 
el homúnculus quedó formado algunos dias hace; yo he vuel- 
ta á mis solicitudes con esa caprichosa endiablada muger, 
que me trae medio loco^ y veo que el capitán Peraza, 
sin mas homúnculus que su juventud y su estampa, hace, en 
cinco minutos, mas labor que yo en quince dias. Si esto 
continúa asi, será precisa inferir que es necesario ser uno 
muy simple para creer en el efecto de vuestros simples. 



r-400— 

'^ Poco á poco, señor mío, coutostó Correa. amOüííí^ 
üado con el juego de palabras del oidor. Recordad que no 
soy yo quien ha ido á buscaros para ofreceros el auxilio 
de la obra divina. Si porque no habéis obtenido de lue- 
go á luego vuestro objeto, maldecís de la ciencia, en el 
pecado llevareis la pena. Os he dicho ya, fundado en la 
:iutoridad de Paracelso, que para el fin que vos os pro- 
ponéis, se necesitan dos homúricidi. Escuchad. 

Y continuó leyendo: 

— Si amorem^ favorem ct frratiam cojiciliarc vü, lio- 
münculus gemirlos facies^ quonna alter alteri manum pórri- 
gaí, amplexdur^ osculetvr et similia alia fadat amoris officia, 

— ¿Que dice?, preguntó el escribano al oidor. 

— Dice, respondió Araque, que si se desea obtener 
el amor, la amistad y el favor de alguno, deben hacerse 
dos homnnculi que se agarren el uno al otro por la ma- 
no, se abracen, se besen y se den otras pruebas de afecto. 

— Exacto, dijo Correa. Por eso trabajo hace tantos 
dias á fin de lograr la confección del otro homúnculus^ y 
puedo asegurar que esta misma noche quedará formado. 

— ¿Que tamaño debe tener la figurilla esa?, pregun- 
tó el oidor. 

— Una pulgada de largo, contestó el alquimista. Esa 
era la dimensión del liomúncuLus que logró confeccionar 
Julio Camilo, según refiere Amado Lusitano, quien lo vio 
encerrado en una redoma. 

— Pues, ó yo me engaño, añadió Araque asombrado, 
ó veo ya una especie de hombrecillo como de marfil na- 
dando en ese liquido negruzco. 

El Dr. Correa aproximó el candil á la retorta y fi- 
jando los ojos en el liquido, exclamó con júbilo: 

— Victorial victoria! Tenemos ya el segundo. Decid 
ahora, señor oidor, que es menester ser muy simple para 
creer en el efecto de mis simples. 

Diciendo esto, extrajo con la punta de la vara una 
figurilla, que podia pasar por criatura humana, á los ojos 



— 401— 

áe los que la viesen de noche, á una luz escasa y sobre 
todo para quien tuviese un vivo deseo de que aquello 
fuera un hombre. 

Patraña examinó el Jiomúnculus y movió la cabeza con 
aire de duda, aunque sin atreverse á contradecir al sabio Dr. 

No se escapó á este la incredulidad del escribano, 
y dijo: 

— Que este es un ser humano hecho y derecho, solo 
puede dudarlo un ciego, jyiora, no es, señor Don Judas, 
un hombre como vos y yo, que estamos plenamente for- 
mados, desarrollados y en el uso completo de nuestras fa- 
cultades. Este hománculus necesita de criarse, y es nece- 
sario, según las doctrinas alquímicas, el mas exquisito 
Bsmero, pues casi todos mueren, por descuido, inmediata- 
mente después de formados. 

— Hum, dijo el oidor; si eso es asi, será bueno que 
xíuanto antes hagáis que se junte con el otro y que se den 
todas esas pruebas de amistad que indica el libro, nct 
sea quB se muera y perdamos el tiempo y lo que se ha 
gastado para obtener el par de figurillas. 

— Eso es muy fácil, dijo el Dr., y ahora mismo va- 
mos á proceder á la operación. 

Hablando asi, el alquimista tomó un frasco muy pe- 
<][ueño donde estaba encerrada la otra figurilla que supo- 
nia ser el homúnculus primeramente fabricado; la extrajo 
«on gran primor y haciendo que se uniese á la otra es- 
trechándose las manos, las hizo después abrazarse, con- 
servándolas asi durante un rato. Los otros dos observa- 
ban atentos aquella extraña operación. 

— ¿Veis como se han abrazado y besado? exclamó 
Oorrea; ¿no os lo habia yo dicho? ¿Pues cómo tantos 
hombres sabios habian de afirmar un embuste? ¡Ea, se- 
ñor oidor!; ahora podéis habéroslas, no digo yo con la es- 
posa de un Alguacil Mayor; con la casta Lucrecia misma, 
y os aseguro que no podrá resistiros un cuarto de hora. 
Mañana me diréis si la confección de los JmmúncuH es una 

51 



— 402— 
ebarlataneria ó una verdad incontestable. 
— Bien, dijo el oidor, que conservaba todavia alguna án^ 
da. Ver y creer. Si el resultado corresponde á ese anun- 
cio, podéis contar canmigo para el cumplimiento del ex- 
traño deseo' que me habéis manifestado. 

El Dr. Correa hizo una seña significativa al oidor, 
para darle á entender que no debia decir mas, sin duda 
por estar presente Don Judas. Comprendió Araque y ya 
no prosiguió. Despidiéronse ijíio y otro del alquimista, 
que después de haberlos visto salir, dirijió á sus hornillas, 
á sus retortas y á sus alambiques una mirada de triunfo, 
y exclamó. 

— ¡Bendita sea la ciencia, que no me ha reservada 
imo solo de sus secretosl Le he pedido la medicina uni- 
versal; me la ha proporcionado, y la curación de ese barbe- 
ro, á quien lie arrancado de las garras de la muerte, es 
la prueba mas convincente de que he acertado con la 
•manera de aplicar la obra divina á restablecer la salud 
del cuerpo humano. Ahora desafio á la enfermedad; soy 
invulnerable! Un grano de esta misteriosa composición di- 
suelto en un poco de vino blanco, me curará de cual- 
quier dolencia y asi podré prolongar mi vida hasta el dia 
del juicio final. 

Para satisfacer la codicia de ese famélico escribana, 
he convertido el plomo en oro, por medio del vitriolo y 
de ese otro agente que nadie habia empleado hasta ahora» 
En fin, he logrado fabricar el homúncidt¿s, dejando asi bur- 
ladas aun las opiniones de muchos de los mismos alqui- 
mistas que han pretendido negar la posibilidad de crear 
un hombre artificial. Ese oidor, cuya alma volcánica no 
ha apagado el hielo de los años, va á hacer la prueba 
del descubrimiento, en su empresa de obtener que lo ame 
la esposa del Alguacil Mayor.- Si esto se logra, como lo 
creo, será doble triunfo, pues esa rauger ligera y casqui- 
vana ama ya á ese discglo capitán, hijo del Presidente. 

Después después añadió Correa con acent©^ 



— 403— 

terrible, vendrá la prueba del secreto de la ciencia que 
he buscado con mas ahinco desde que está aqui ese hom- 
bre. Veremos si el homúnculus tiene también, como lo 
afirma Paracelso, el poder de hacer triunfar de un enemi- 
go. ¡Oh! Por vengarme de ese, daria yo los demás secre- 
tos, como no sea el que me ha asegurado la inmorfcali^ 
dad. Las palabras del maestro son terminantes: Si hostem 
ligaturus es^ liga ejus imáginem. Necesito, pues, fabricar 
un homúnculus semejante á ese Visitador, á quien odio 
€on toda mi alma, y una vez logrado esto, lo tendré en 
mi poder; tan seguro como he resuscitado casi al barbe- 
ro, como he obtenido oro del plomo y como voy á lo- 
grar que la muger del Alguacil Mayor ame á ese odio- 
so viejo Araque. Pero ¿como proporcionarme un retrato 
de Ibarra? Esto es lo que he pedido al oidor, como úni- 
ca recompensa del servicio que le he prestado. 

El Dr. Correa guardó silencio. Engolfado en sus re- 
flexiones, y levantando aquellos castillos, hijos del orgu- 
llo y de la falsa ciencia, se „ fué quedando poco á poco 
dormido en el sillón que ocupaba delante de una mesa 
sobre la cual estaban los apelillados volúmenes que taa 
mal pafado le tenian el juicio, el candil, cuyo aceite «sta^ 
ba casi consumido y un reloj de arena. El pávilo de la 
lámpara, falto de alimento, despidió su postrer llamarada, 
y se apagó, dejando el sótano alumbrado apenas por la 
azulada claridad que despedía una de las horuilfas. De re- 
pente sonó un leve rechino como de una llave pequeña y 
tomada de orin; se entreabrió la puerta oculta que co- 
municaba la parte del subterráneo donde tenia su labora- 
torio el alquimista con el sótano que caia bajo la herre- 
ría de Andrés Molinos; asomó una cabeza y después un 
cuerpo que penetró en la pieza y se dirijió hacia la mesa, 
sin hacer el mas lijero ruido. Era el Visitador. Dirijió 
al dormido una mirada de odio, colocó sobre el libro de 
Paracelso, que permanecía abierto, un objeto pequeño, y 
retirándose con igual cautela, desapareció, volviendo á 



— 404— 

cerrar la puerta. 

El sueño del doctor duró cerca de dos horas. Cimuclc» 
despertó, brillaba aun la llama de la hornilla que ilirmi' 
naba la estancia. Dirijió su mirada soriolienta hacia el li- 
bro, que tenia delante, y se estremeció. Creyó que la 
que veía era una ilusión, imaginó que sonaba y le fué pre- 
ciso sacudir el sopor que dominaba todavia sus sentidos, 
ponerse en pié y tomar el objeto, para convencerse de 
que aquello era una realidad. Se encontraba con un re- 
trato de Don Juan de Ibarra; retrato que conocia muy 
bien, pues lo habia visto mil veces en un medallón que 
pertenecia á Estela, cuya imagen ocupaba el reverso de 
aquella alhaja. Don Juan la recogió la noche en que se 
fugó su esposa y la conserval)a como un i^ecuerdo de su 
efímera felicidad. Habiendo penetrado en el sótano con el 
objeto de ensayar varias llaves, á ver si lograba abrir la 
puerta de comunicación, encontró una que adaptaba per- 
fectamente á la cerradura. Cuando iba á retirarse, oyó 
hablar al alquimista y á sus dos amigos y se quedó escu- 
chando la conversación. Asi se enteró perfectamente de 
que Grantzius necesitaba un retrato suyo y creyó con- 
veniente proporcionárselo. 

El alquimista no volvia en sí del asombra que le cau- 
sara la aparición de aquel retrato. Se encontraba solo e» 
el sótano; habia cuidado de cerrar la puería, luego que hu- 
bieron salido el oidor y el escribano; y consideraba ira- 
posible que una criatura humana hubiese podido penetrar 
en su escondrijo. Concluyó, pues, suponiendo que la apa- 
rición de aquel objeto tenia un origen sobrenatural, y que 
sin duda el homúnculm que él habia fabricado poseia un 
poder que no habian alcanzado los que construyeron sus 
predecesores. ¡Tan infatuado estaba el pobre del doctor 
con aquella ciencia mentirosa! Se propuso proceder desde 
el dia siguiente á confeccionar con barro, cera y metal una 
figurilla tan semejante á Don Juan de Ibarra como le fue- 
se posible, y ligarla, según lo aconsejaba Paracelso; sega- 



— 403— 

ro de que mediante aqtiella operación, podría vengarse á 
su sabor de su enemigo. 

Mientras el alquimista llama, pues, á Ja ciencia her- 
mética en auxilio de sus pasione^i, veamos cual fué el re- 
sultado que produjo la confección de los dos Jiomúnculi, me- 
diante los cuales habia de llevar á cabo el oidor Araque 
su conquista. 

Por la descripción que dejamos hecha de este perso- 
nage, habrán podido calcular nuestros lectores que no era 
aquel un rival que pudiese- inspirar serios temores ni aun 
al Sr. de ütrilla. Asi, este, á quien no se ocultaban los 
galanteos del oidor, se burlaba de ellos á mas no poder 
y no perdía ocasión de echar alguna pulla al nada temi- 
ble pretendiente de su esposa. Peraza veia con igual des- 
precio, á su competidor y no le escaseaba las bromas, 
siempre que lo encontraba en el estrado de la dama. 

Pero sucedió que por arte del diablo Dña. Luisa lle- 
gó á entender que el capitán pretendía á la hija de Ji- 
rón Manuel y que el Presidente habia pedido aquella jo- 
ven para su hijo, desesperando ya de obtener el consen- 
timiento del padre de Don Luis Melian para el proyecta- 
do y apalabrado matrimonio. La esposa del Alguacil era 
violenta y celosa y se sintió poseída de rabia, al saber 
aquella traición de su cortejo. Con un humor de perros, 
aguardaba la visita del capitán, una noche después de 
aquella en que tuvo lugar en el sótano del Dr. Correa la 
conversación de que acabamos de dar cuenta. La joven 
formó un proyecto tras otro y los desechó todos, porque 
ninguno correspondía á sus deseos de venganza. Tan pron- 
to pensaba en abrumar al capitán con sus reconvencio- 
nes, como en mostrársele fría y desdeñosa; ya se propo- 
nía echarle en cara su proceder desleal; ya consideraba 
mas acertado no darse por entendida y abrumar á Don 
Fernando con su desprecio. 

— i Ah ! se dijo de repente á sí misma la irritada jo- 
ven, si yo tuviera otro amante, no importa quien, me ven- 



— 406— 
garla de ese traidor, que me deja por otra. 

No bien liabia formulado Dña. Luisa aquel deseo en 
lo íntimo de su alma, cuando se abrió la puerta de la 
sala. Creyó que seria Don Fernando, y el corazón le pal- 
pitó con violencia, como si quisiese salirsele del pecho. 
Un lacayo anunció en voz alta: 

— El Sr. Oidor Don Ambrosio Fernandez de Araque. 

Dña. Luisa hizo un movimiento de impaciencia y es- 
tuvo |á punto de levantarse y salir del salón, para no 
recibir á aquel importuno. Pero ya no era tiempo. El 
oidor adelantaba hacia ella. La joven permaneció en el 
sillón que ocupaba y echó al oidor una mirada desde- 
ñosa, que este recibió con cierto aire frió y sereno, que 
Dña. Luisa no le habia observado jamás. Lo contempló 
ella durante un momento. Estaba tan feí^ como de costum- 
bre; pero habia en el oidor aquella noche algo que no 
tenia otras veces; esa audacia de la mirada, ese aplomo 
de las maneras que subyuga á la mugcr mas impertér- 
rita, que hace que un hombre, por mas que sea feo, ejer- 
za irresistible imperio sobre la mas coqueta de las hijas 
de Eva. Araque no era tonto, y advirtió al instante el efec- 
to que producía en aquella dama impresionable y capri- 
chosa. Tuvo la modestia de atribuir aquel resultado á la 
influencia poderosa de las íigui illas cTel alquimista, y no 
sabia que todo el secreto , de su triunfo estaba en la con- 
fianza que tenia ya en si mismo. Ese sentimiento era el 
que le proporcionaba la seguridad de vencer; y esa segu- 
ridad, sencilla y naturalmente pintada en su semblante, 
anonadó á la esposa de Don Gerónimo. Una muger de 
algún talento y de mediana práctica del mundo, desdeña 
á un necio infatuado que hace alarde de un mérito tal 
vez dudoso; pero se siente irresistiblemente atraída hacia 
el que, sin ostentación y sin arrogancia, hace pesar sobre 
ella la superioridad de su inteligencia y de su carácter. 
¿Y que importa en esos casos la irregularidad de las fac- 
ciones?" ¿Que viene á ser lo que el uso común ha con ve- 



— ■107— 

Tilúo en llamar feo? La belleza física es una idea conven- 
cional, y los hombres mas seductores no son generalmen- 
te los mas hermosos. Decia la célebre Ninon de Léñelos 
que **la constancia.es el recurso de los feos." Que nos 
perdone la buena señora, si nos atrevemos á replicarle que 
hay recursos infinitamente mas eficaces que la constan- 
cia, para suplir la falta de la belleza exterior. No que- 
remos prolongar mas esta digresión y dejamos á nuestras 
sagaces y amabilisimas lectoras la decisión del punto, re- 
conociendo su grande autoridad en la materia. 

La muger del Alguacil Mayor no vio feo aquella no- 
che al oidor, y si lo vio, se olvidó completamente de aque- 
lla circunstancia. Después de un cuarto de hora de con- 
versación, entró un lacayo y entregó al Dr. Araque un 
billete que dijo acababa de traer un desconocido, aña- 
diendo que era urjentisimo que fuese puesto en manos 
del oidor .^ Se levantó Don Ambrosio y acercándose á la 
vela, leyó aquel billete y después dijo á Dña. Luisa: 

— La ciudad está alborotada; el capitán Peraza se 
ha puesto á la cabeza de unos cuantos de los mas locos 
de sus amigos y de un centenar de hombres de la hez de 
los barrios. En ese papel me avisan que se disponen á 
dar esta noche el grito de sedición. En esta casa, ama- 
da mia, estariais gravemente expuesta. ¿Queréis seguirme 
y veniros conmigo á un lugar seguro? 

Dña. Luisa era muger de carácter atrevido y amiga 
de aventuras, como ha podido verse; pero le pareció har- 
to comprometido el paso que le proponía el oidor, y 
contestó: 

— Eso me perdería para siempre; y asi, prefiero cor- 
rer aqui cualquier riesgo. 

— No se trata mas que de esta noche, dijo Araque^ 
mientras pasa el principal peligro. Estay seguro de que 
mañana estará bien asegurado ese discolo capitán y en- 
tonces podréis volver con toda confianza á vuestra casa. 

— ¿Y mi marido?, ¿que dirá, si viene y no me en- 



— 408— 
cuentra? ¿Que disculpa podr/^ yo darle? 

— En primer lugar, el Alguacil Mayor es muy pro^ 
bable que no vendrá en toda la noche, pues su obligación 
lo llama á ponerse al frente de la policia. En segundo, 
suponiendo que viniese, podríais decirle que estando de 
visita en casa de una amiga, estalló el alboroto, y siendo 
expuesto atravesar las calles sola, os decidisteis á pasar 
ahi la noche. Sabéis muy bien que Don Gerónimo acaba 
siempre por creer cuanto vos decis. 

Dña. Luisa reflexionó un momento. Por supuesto no 
tenia temor alguno de lo que pudiese sucederle perma- 
neciendo en su caao; pero por una parte el oidor ejercía 
sobre su espíritu esa noche la fascinación que produce la 
uudacia; y por otra, para aquella muger tenia un encan- 
to indeQnible lo desconocido. Era naturalmente novelesca y 
poco escrupulosa; no amiiba á su marido y estaba cer- 
tísima de que llegado el caso, sabría, ó engañarlo, ó impo- 
nerlo. La idea de ir á pasar una noche oculta no sabia 
donde, alucinó su imaginación y tomando de repente su 
partido, dijo: 

— Bien, estoy pronta á seguiros, con una sola con- 
dición. 

— ¿Cual es? dijo el oidor, pudiendo apenas disimu- 
lar su alegría. 

— Que me dejareis sola en el punto á donde me lle- 
véis á pasar esta noche. 

— Vuestra voluntad es mi ley, contestó el oidor, in- 
clinándose; y para no perder tiempo, permitidme ir á pre- 
parar el lugar á donde debo conduciros. 

Dicho esto, Don Ambrosio tomó el sombrero y salió. 
Con toda la ligereza que podían permitirle sus años, que 
pasaban ya de los cincuenta, se diríjíó á casa de su ami- 
go el Dr. Correa, á donde había pensado llevar á Dña. 
Luisa, no atreviéndose á conducirla á la suya. Correa oyó 
con asombro y disgusto la extraña proposición de Ara- 
qu^ dfí qii'^ prestara su casa para una aventura galante; 



— 409— 

\m^o el alquimista estaba respecto al oidor en una situa- 
ción que no le dejaba libertad para negarle nada que 
esto tuviese un verdadero empeño de obtener. Sabia que 
dos palabras dichas al oído de alguno de los miembros 
del temible tribunal del santo oficio de la Inquisición, con 
respecto á la confección del hombre artificial y á las 
otras operaciones que se ejecutaban en el sótano, basta- 
rían para perderlo vsin remedio, y no ignoraba que el 
Don Ambrosio era muy capaz de pronunciar esas dos pa- 
labras, por vengarse. A pesar de su disgusto, pues, no se 
atrevió á rehusar aquel servicio, que se propuso cargar 
en la cuenta que tenia abierta al oidor y que pensaba 
hacerse pagar muy bien algún dia. 

— Bien pensado, dijo Correa después de haber re- 
flexionado un momento, no veo inconveniente en dar po- 
sada en mi casa á esa hermosa dama, ya que, según decis, 
es expuesto para ella permanecer en la suya. La única 
dificultad consiste en que no hay sitio á propósito para 
que esté sin ser vista por mis gentes. A no ser que que- 
ráis que la pongamos en el sótano, donde no darian con 
ella todos los Alguaciles Mayores del mundo que la buscasen. 

— ¡El sótano! exclamó Araque; ¡magnifico! Es lo que 
necesitamos; y con tal de que no encendáis vuestras hor- 
nillas mientras esté ahi Dña. . Luisa, creo que lo pasará 
perfectamente. Es necesario aderezar y asear un poco aque- 
llo; poner una cama decente y otros muebles 

— Todo corre de mi cuenta, dijo el alquimista y 
eso estará hecho en un instante. Son las ocho; á las nue- 
ve podéis venir con esa dama. 

El oidor estrechó con efusión la mano del médico, 
y no queriendo perder tiempo, salió á dar aviso á Dña. 
Luisa. No cabia dentro de si del gusto de hacer que su 
pretendida se comprometiese con aquel paso tan avanza- 
do, y lo complacía ademas la idea de pegar aquel chas- 
co al Alguacil Mayor y al capitán Peraza, de cuyas bur- 



— 410— 

]b3 iba á quedar vengado. 

Cuando salió de cara de Correa, Araque encontró la' 
ciudad alborotada. Grupos de hombres armados iban y 
venian, ocupando los puestos que se les habían designa- 
do. El capitán Peraza con sus amigos y las gentes de 
los barrios que estaban á su devoción, daban ya el gri- 
to de "muera el Visitador;'' y Francisco Molinos, al fren- 
te de una porción de artesanos armados con arcabuces, 
machetes y cuchillos, recorría los barrios y ardiendo en 
deseos de encontrarse con el capitán, disponía los suyos 
á la pelea. 

Con estos se encontró el oidor, por fortuna suya, y 
lo dejaron pasar libremente hasta la casa del Alguacil Ma- 
yor. Dña. Luisa aguardaba ya á Don Ambrosio y estaba 
dispuesta á seguirlo. La idea de atravesar la ciudad en 
medio de los grupos de hombres armados, alhagaba el es- 
píritu aventurero de aquella muger, tal vez mas impru- 
dente y loca -que culpable. Antes de salir hizo que el 
oidor le ofreciese de nuevo que la dejaría sola y quB al 
día siguiente le permitiria regi^esur á su casa. El astuto 
viejo lo prometió todo, resuelto á hacer después lo que 
le conv¡DÍese. Dña. Luisa habia dicho ya á sus criados 
que iba á visitará una de sus amigas que vivia cerca; hi- 
zo poner el coche y entró en él, habiendo salido antes 
Araque, á fin de evitar cualquier sospecha. El carruage 
llegó sin novedad hasta la puerta de la casa de la dama 
á quien la esposa del Alguacil dijo que iba á visitar. Se 
apeó y despidió al cochero, previniéndole que si llegaba 
Don Gerónimo, le dijese donde la había dejado. 

Apenas se hubo alejado el coche, apareció el oidor, 
que aguardaba á la joven oculto en el hueco de una 
puerta de la banda opuesta; y recomendando á Dña. Luisa 
qu© se rebozase perfectamente en su manto, echó á an- 
dar á toda prisa, hacia la casa dei Dr. Correa. Varias 
veces tuvieron que detenerse ante los improvisados guer- 



— 411— 
reros de Francisco Molinos, que eran los que andaban 
por aquella parte de la ciudad; pero en cuanto el oidor 
se liacia reconocer, se les dejaba pasar libremente. Llega- 
ron al fin y uña. Luisa fué instalada en el sótano, cuyo 
extraño ajuar llamó vív^amente su atención. Araque le 
dijo un tierno adiós y cumpliendo su promesa, la dejó sola, 
proponiéndose volver. Los acontecimientos lo tenían in- 
quieto y el cuidado que estos le causaban dividía su aten- 
ción con la aventura galante en que se habia ido enredando. 

Dos horas después las fuerzas de los contendientes 
estaban organizadas y en disposición de venir á las ma- 
nos. Nadie quería, sin embargo, tomar sobre si la res- 
ponsabilidad de dar principio á las hostilidades, Andrea 
Molinos, á pesar de su edad, no se creyó excusado de ce^ 
ñir un sable y mezclarse en los grupos de los que acla- 
maban al Visitador. Sintió renacer sus antiguos bríos de 
soldado y ademas tenia tanto interés en el triunfo de Don 
Juan de Ibarra, del cual dependía su felicidad, que no 
vaciló en poneríje «n campaña. Capitaneaba un pelotou de 
artesanos que ocupaban la calle ancha, á poca distancia 
de la herrería del mismo Andrés. 

Como á la una de la mañana los <3entinelas que tenia 
apostados en las esquinas dieron la voz de alarma, dicien- 
do que se acercaba el enemigo. Andrés y sus compañeros, 
que se habían acostado en la calle, para descansar un 
rato, pues estaban muy fatigados, se levantaron á toda 
prisa y tomando las armas, se dispusieron á defenderse. 
Pronto divisaron un grupo de gente que acaudillaba un 
hombre á caballo, á quien no podían distinguir, á causa 
de la obscuridad. Los del grupo aclamaron al Rey y al 
Presidente, oído lo cual, el valiente herrero gritó: *'áellos;^' 
y mandando hacer fuego, dispararon los suyos, que serian 
unos veinte mosqueteros. Los del Presidente se hicieron 
un remolino, al oir la descarga; muchos quedaron tendi- 
dos en el suelo y los que no, dieron á huir, dejando tira- 



— 412— 
das las armas. 

— Victoria! exclamó el herrero con alegría; vamos á 
ver quienes son esos cobardes. 

Diciendo asi, se acercó, seguido de los suyos, al pun- 
to donde estaban los que creia muertos. Llevaba una lin- 
terna sorda, á cuyo favor fué examinando á los caldos, 
y vio que no eran ni soldados ni artesanos de los que 
habia comprometido Don Fernando; sino alguaciles. Re- 
gistrados de arriba abajo, se encontró que ni uno solo es- 
taba herido, pues las balas hablan pasado tan altas, que 
no hubiera sido fácil que tocasen á nadie. El del caballo 
estaba también tendido en el suelo y daba gemidos lasti- 
mosos, diciendo que lo habían muerto. Aproximó Andrés 
la linterna al rostro de aquel hombre, que estaba metida 
dentro de una armadura completa y prorrumpió en una 
carcajada, al reconocer al Alguacil Mayor, que se habia 
oreido mas seguro, vistiendo aquellas antiguas armas de 
uno de los ascendientes de su muger, y que le sondan 
en los torneos y juegos de cañas de las üestas reales. 

Los compañeros de Molinos, corridos al ver el ridi- 
culo resultado de su primer batalla, cuando descubrieron 
á Don Gerónimo, á quien aborrecían, dieron gritos rabio- 
sos, diciendo que era preciso hacer picadillo, al Alguacil 
Mayor. Andrés no era sanguinario y ademas comprendió 
que la muerte de aquel sugeto caería sobre 61 y podría 
acarrearle graves compromisos. Calculó al momento que 
nada lograría queriendo oponerse por la fuerza, y asi, hu- 
bo de recurrir á la astucia. 

— Si, amigos, dijo, es necesario que este hombre mue- 
ra; pero no ahora mismo. Vamos á ser atacados dentro 
de un instante, pues los alguaciles fugitivos no dejarán de 
haber ido á dar parte de su derrota. Preparémonos y no 
perdamos un tiempo precioso. Encerremos á este bellaco 
en mi herrería, que está á dos pasos de aquí, y cuando 
hayamos triunfado de los que van á -venir sobre nosotros; 



— 413— 

lo ahorcaremos un el campanurio de la iglesia mas próxi- 
ma, para escarmiento de los demás. 

La proposición fué acogida con aclamación por la 
turba, y el Alguacil Mayor, que temblaba dentro de su 
armadura, fué conducido á empellones á la herrería. An- 
drés entró solo con él, dejando afuera á los suyos. 

— Voy á salvaros, dijo á Don Gerónimo; pero ha- 
ced cuanto yo os diga y juradme que á nadie habéis de 
revelar lo que vais á ver aqui. 

— Lo juro, contestó Don Gerónimo; lo juro por to- 
dos los santos del cielo. 

— Quitaos esa armadura inmediatamente, dijo el her- 
rero. Hizolo Don Gerónimo; Andrés recogió las piezas, 
púsolas en un rincón, y acercándose al trozo que sostenía 
el yunque, oprimió el resorte. El trozo giró y dejó des- 
cubierta la boca del sótano. 

— Bajad, dijo Andrés. 
Don Gerónimo vacilaba. 

— Bajad, repitió el herrero, ó sois hombre perdido. 

El Alguacil se sentó en la orilla de la abertura, pu- 
so el pié en el segundo peldaño de la escalerilla, pasan- 
do las piernas sobre el cofre que contenia el tesoro del 
herrero, siguió bajando, y cuando hubo desaparecido, cer- 
ró Andrés y volvió á hacer jirar el trozo de madera. Salió 
y echando llave á la puerta, dijo á los suyos, que lo 
aguardaban: 

— Nuestra victima está segura. Vamos ahora á dispo- 
nernos para un combate que ciertamente será mas serio 
que el primero que nos ha tocado sostener. 

Dicho esto, comenzó á ordenar su gente y á prepa- 
rarla para la batalla. 



ii^S)9e»SSSB 



— 414 



r\P!Trii) XXIX. 




Conferencias. 



NTES de continuar ía narración de lo que sucedió 
después de los acontecimientos que dejamos refe- 
ridos en el último capitulo, conviene volver un 
poco atrás y que digamos lo que pasó entre el Presidente 
y su hijo, ai expirar el plazo señ.'ilado para aguardar la 
respuesta del padre de Don Luis Melian. 

Un día después de cumplidos los dos meses, el capi- 
tán Peraza se presentó en el gabinete del Conde, eligien- 
do para «sto una ocasión en que no se hallaba presente 
el secretario de cartas. El Presidente disimuló apenas su 
desagrado al ver entrar á Don Fernando, pues compren- 
dió desde luego el objeto que lo llevaba al gabinete de 
trabajo, donde no se presentaba sino muy raras veces. El 
joven besó la mano á su padre, tal vez mas por cosíum. 
bre que por respeto, y se sentó sin mucha ceremonia en 
la silla que ocupaba Melian en las horas del despacho. 



- 415 - 

— Señor, dijo Don Feínando con toda la gravedad 
que le fué posible; ha expirado el plazo que os servís- 
teis fijar para aguardar ía respuesta de Don Antonio de 
Melian a la última carta que le dirijisteis á México, so- 
licitando su consentimiento para el matrimonio de Don i 
Luis Melian con Dña. Margarita Jirón Manuel. Deseó sa- "' 
ber si ha venido e^a contestación y en que términos es- 
tá concebida. 

El Conde exhaló un suspiro y dijo: 

— No he recibido respuesta á esa carta. 

— Parece, pues, que ha llegado el caso de que cum- 
pláis vuestra palabra, solemnemente empeñada, y pidáis á 
Don Francisco Jirón la mano de su hija para mi. 

— Y quéy Fernando, dijo el Conde con visible disgus- 
to, ¿insistes aun en esa idea? Yo creia que el tiempo trans 
currido te habria hecho reflexionar y comprender que no 
te está bien arrebatar á tu amigo y deudo su prometida 
esposa. 

— Bueno seria eso, señor, replicó el capitán, si pu- 
diese verificarse el enlace de Don Luis y Dña. Margari- 
ta; pero ya veis que esto es enteramente imposible, ya 
que el padre de vuestro secretario ni aun por cortesía 
contesta las cartas en que se le habla de esto. 

— Pero ¿has reflexionado bien, hijo mió, en los in- 
convenientes de una unión con una joven cuyo corazón 
pertenece á otro? Doy por sentado que Dña. Margarita, á 
fuer de hija sumisa y obediente, consienta en tomarte 
por esposo, si sus padres se lo ordenan; pero, si no te 
ama, ¿qué suerte será la tuya y la de ella? ¿qué vida 
se os espera? 

— ¡Que no me ama! que no me ama! exclamó Don 
Fernando encendido en ira, voto á briós que me amará 
quiera ó no quiera! ¿Pensáis, señor, que yo soy hombre 
que consienta en que una muñeca como ella se burle de 
mi? jPor san Crispulo que hemos de ver si una vez casa- 



- IIG— 

♦lii conmigo, no h\ pongo mas blanda que una gamuza! 

— Pero, hijo mió. . . . 

— Pero, padre mió, yo no vengo ahora á discutir, 
porque ya pa^ó la ocasión en que eso podia hacerse* Ven* 
go á reclamaros el cumplimiento de vuestra palabra for- 
malmente empeñada. 

— Y estoy en cumplirla, dijo el anciano, por mas 
que me cueste este paso, que me hará faltar á lo que de- 
bo á Don Luis y que en caso de tener el resultado que 
deseas, temo no te proporcione la felicidad. 

— Eso corre de mi cuenta, replicó el altivo capitán. 
Dejad que ella sea mi esposa, os lo repito, y veremos si 
yo he de valer menos que Don Luis Melian. 

— Bien, dijo el Presidente; puesto que insistes en que 
se ha de hacer ese matrimonio, y que las reflexiones que 
me sugiere el amor que te profeso no alcanzan á hacerte 
desistir de lo que yo considero una locura, no me queda 
otro arbitrio que cumplirte lo que te he ofrecido. Habla- 
ré á Jirón y pediré á Dios que te vea á ti y vea á la 
que va á ser tu esposa con ojos de misericordia. 

El bondadoso anciano se enterneció al pronunciar 
aquellas palabras, pesándole casi el haber ofrecido dar 
aquel paso que le parecía peor, cuanto mas lo reflexio- 
naba. Ei capitán vio correr las lágrimas de su padre, sin 
que la aflicción del pobre caballero fuera parte á hacer- 
lo desistir de su resolución, hija del capricho y del amor 
propio. Se despidió del Conde, y satisfecho con la idea 
de que éste iba á cumplirle la oferta, cambió repentina- 
mente de humor. Con su volubilidad habitual, se marchó 
cantando las primeras estrofas de un romance que se atri- 
buye á Cervantes, y dice asi: 

"A tus desdenes, ingrata, 
Tan usado está mi pecho, 
Que de ellos ya se sustenta 



— 417 
Como el áspid del veneno. 
En tu amor pensé anegarme, 
Pensé abrasarme en tu fuego; 
Mas ya no temo á tus brasas, 
Tampoco á tus hielos temo." 

El Conde siguió á su hijo con una mirada que expre- 
saba perfectamente cuanto sufria con aquellas nuevas 
muestras que daba el capitán de su carácter ligero y ato- 
londrado. Cuando lo hubo perdido de vista, consultó un 
reló que estaba sobre la mesa del despacho y viendo que 
apuntaba las cuatro, tocó la campanilla. Al llamamiento 
acudió un lacayo y el Presidente le previno que pusiesen 
inmediatamente el coche. Mientras alistaban el carruage, 
el anciano, sumamente inquieto y atormentado, se pasea- 
ba de un extremo á otro del gabinete, escapándosele de 
tiempo en tiempo algunas palabras, como sucede á toda 
persona que se encuentra muy preocupada con alguna 
idea. 

— Es el último recurso decía; veremos que me 

aconseja lo fiaré todo á su prudencia .... desconfio 

de los demás .... y otras frases semejantes. 

El lacayo avisó que el coche aguardaba á Su Seño- 
ria. El Presidente tomó el sombrero y el ferreruelo que 
le presentó el page de servicio, y bajando con lentitud 
la escalera, entró en el coche, que estaba en el patio. 

— A la Merced, dijo el Conde al cochero, y se dejó 
caer en los almohadones de pluma que cubrían los asien- 
tos del carruage, que arrastraron hasta frente á la porte- 
ría del convento, las dos hermosas muías que tiraban el 
pesado vehículo. El portero, al oír el ruido, abrió la ven- 
tanilla del portón y conociendo al momento el coche, cor- 
rió á avisar al P. Provincial. 

— Su Señoría, mí reverendo padre, Su Señoría, dijo 
Fr. Pablo Molinos, que entró precipitadamente en la cel- 
da del superior, que se ocupaba en trasladar al estóma- 

58 



— 418— 

ga el contenido de una enorme jicara de chocolate. 

— ¿Qué Señorial contestó el Provincial, asustado, de- 
jando caer la jicara, y esforzándose en tragar un respe- 
table trozo de marquesote. ¿Qué Señoría? ¿El Visitador? 

— No, la otra, contestó el lego, la otra Señoria; la del 
Sr. Presidente y Capitán general del Reino, que se está 
apeando del coche y debe venir ya por el claustro. 

— Adjutorium nostrum in nomine Dominíy exclamó Fr. 
Bonifacio santiguándose. 

— Qwí foecit codum et terram, contestó devotamente 
el lego. 

— ¿Qué será? ¿Qué será?, murmuraba entre dientes 
el Provincial, levantándose y apartando la mesa que te- 
nia delante de la butaca. ¿Si habrá sabido aquella mal- 
hadada declaración y vendrá á tomarme cuentas? JYbn in- 
tres in jitdicio cum servo t%LO Domine.,,. Pablo, pronto, que 
avisen á la comunidad.... quia nuUus apud té justificabitur 
homo,,.. Oigo pasos, Pablo.. .• ya viene.... vete.... exi fo- 
ras,... 

Se abrió la puerta y apareció el Conde. Su semblan- 
te expresaba la misma benevolencia respetuosa que solia 
revestir siempre que se encontraba delante de aquel gra- 
ve religioso, su consultor en* todos los casos arduos de 
conciencia. No se escapó aquella circunstancia al Provin- 
cial, y algo mas tranquilo, adelantó hacia el Presidente, 
con sendas cortesías, diciendo: 

— JYbn s^im digntts; buenas tardes. Muy Ilustre Se- 
ñor; non sum dignus; ¿cómo no ha enviado Vuestra Señoria 
á avisarme la honra que se proponía hacerme? Estoy con- 
fundido; ¡tanta bondad! Siento no poder ofrecer á Vues- 
tra Señoria mas que un triste pan y nn pobre chocolate.... 

' — Tristem panem et pauperem chocolatemy dijo Fr. Pa- 
blo, para probar los progresos que hacia en el latin^ que 
estudiaba con empeño, desde que le habia metido en la 
cabeza el barbero que iba á ser obispo. 

~- Avisa al hermano cocinero. Pablo, dijo el ProvinciaL 



— 419— 

• — Fratrem, cooinerum avisabo, con testó el lego, liaciea- 
tío una gran reverencia. 

— Ve que traigan 6sa torta que han enviado las ma- 
dres Capuchinas 

— Si, ya sé, tortam capuchinarum, interrumpió Fr. 
Pablo, que no se movia del puesto. 

Irritado Fr. Bonifacio, dijo en voz baja al portero: 

— ¿Acabarás con tanto disparate, sandio? ¿Que ha- 
blas lo que no entiendes? Siéntese Vuestra Señoría. Ve, 
Pablo á hacer lo que lie mandado. 

— Gracias, Padre Provincial, dijo el Presideatej uo 
tomo nada por ahora. Hacedme favor de que nos quede- 
mos solos y dad orden para que nadie venga á Interrum- 
pirnos, pues tengo necesidad de hablaros de un asunto 
muy grave. 

Volvió á asustarse el Provincial al oir lo que decía 
^1 Presidente, é hizo voto secreto de rezar cuarenta ve- 
ces los salmos penitenciales, para que lo sacara Dios de 
aquel apuro. 

— Vete, Pablo, repitió Fr. Bonifacio, y di que no es- 
toy en disposición de recibir á nadie; á nadie, ¿lo <ín- 
tiehdes? 

— ¿Y si viene por casualidad, dijo el lego, nuestro 
antiguo huésped, el que después resultó ser el Sr. Visitador? 

Fr. Bonifacio cambió de colores al escuchar la im- 
portuna, la necia, la endiablada pregunta de Fr. Pablo. 

— Pues si viene. . . . , contestó balbuciente; ¿pero 

que ha de venir á hacer aqui ese señor? ¿Has visto acaso 
que me visite? jVaya! Márchate pronto. 

y lanzando al pobre lego una mirada terrible, lo 
«mpujó hasta fuera de la celda, cuya puerta cerró, yen- 
do á ocupar modestamente la silla que quedaba vacia, 
habiéndose instalado el Presidente en la butaca. 

— Estoy pronto á escucharos. Muy Ilustre Señor, di- 
jo el Provincial, con aire obsequioso. ¿En que puede ser- 
vir á Vuestra Señoría este su humilde capejlan? Parece 



— 420— 
que hay novedades; yo, como con nadie hablo, en nada me 
mezclo, ignoro lo que pasa. No sé una palabra del juicio 
de residencia. ... 

— No ee trata de eso, mi reverendo padre, interrum- 
pió el Conde. Vengo á consultaros sobre una grave aflic- 
ción doméstica. 

— ¡Oh I Res augusta domus, que dijo Horacio, con- 
testó el Provincial, sonriendose de contento, pues le ha- 
bia vuelto el alma al cuerpo, al ver disipados sus temores. 

— Si, añadió el Presidente, un conflicto en que me 
pone mi hijo. 

— ¡Ah! el Sr. capitán; con razón temia yo que ese 
joven iba á dar serios disgustos á Vuestra Señoria. ¿Por 
ventura, ha escalado algún otro convento y violado de 
nuevo la clausura? Virginum sacra clausura, que dicen los 
cánones. 

— No Padre, no ha hecho eso, por fortuna; ahora quie- 
re casarse. 

— ¡Oh! casarse, casarse! Es decir que pretende con- 
traer lo que llaman los doctores un matrimonio in facie 
ecdesúe. El matrimonio, Ilustrlsimo Señor, era tenido en 
mucho entre los hebreos. Decian: "que la muger es im- 
perfecta sin el marido, y también que el hombre no te- 
niendo muger, no es hombre; que aquel que menosprecia e] 
precepto de la multiplicación del género humano, debe mi- 
rarse como homicida;" por cuya razón casábanse los he- 
breos muy temprano. Yo, sin embargo, llevo la contra- 
ria y estoy dispuesto á sostener, ex cáthedra, la conve- 
niencia y santidad del celibato, al menos en ciertos ca- 
aos. No digo que el celibato eclesiástico sea de institu- 
ción divina, ya que San Pablo en la primera epístola á 
los Corintios declara que no hay sobre esto precepto del 
Señor; pero las opiniones mas respetables están por él y 
lo encontramos establecido desde los siglos mas remotos. 
Ved sobre esto, Sr. Conde, lo que dicen Sun Gerónimo 
y San Epifaíiio. ... 



— 421— 
■ — Pero, mi reverendo padre, dijo el Presidente; no se 
trata ahora de la conveniencia del celibato de los sacerdo' 
tes, sobre lo cual yo acato y venero los preceptos de la igle- 
sia, nuestra santa madre; sino de bí convendrá ó no que 
mi hijo se case con la persona que ha elegido;. . . 

— jOhl sobre eso, interrumpió Fr. Bonifacio, es nece- 
sario meditar mucho, Ilustrisimo Señor. Todo el toque de 
un buen matrimonio está en saber excoger la muger; pero 
ya lo dicen los sagrados libros, nmlierem fortem; ¿quis in- 
veniet? 

— Mi hijo no podia haber elegido mejor, si se atien- 
de á las cualidades personales de la joven, á la nobleza 
y cristiandad de sus padres. 

— Entonces, señor, ¿en que se detiene Vuestra Se- 
ñoria? ¿Quid dubitas? 

— Es que, mi reverendo padre, esa doncella está 
prometida á otro caballero y tiene un compromiso solem- 
ne, que .... 

— ¡Ohl ¿Hay esponsales de por medio? Esa es otra 
cosa. Los esponsales, Ilustrisimo Señor, son tan antiguos 
como el matrimonio mismo. Según Servo Snlpicio, cita- 
do por Aulo Gelio, practicábase esa ceremonia entre los 
pueblos del Lacio y también entre los hebreos. El Có- 
digo Theodosiano, el Digesto, el Código de Justiniano, el 
decreto de Graciano, las Decretales y tres de las Nove- 
las del Emperador León hablan de esponsales, (sponsalia); 
y San Agustín dice terminantemente: Constitutum est ut 

Jam padce sponsa non statim tradantur .... 

— Pero si no hay esponsales, interrumpió ya impacien- 
te el Conde, es inútil que os molestéis en citar tantos au- 
tores. En dos palabras os diré que mi hijo se ha empe- 
ñado en casarse con Dña. Margarita Jirón Manuel, que 
está, según sabréis, prometida formalmente á mi sobrino 
y secretario Don Luis Mellan. Don Francisco Jirón ha 
puesto por condición precisa que se obtenga el consentí^ 
miento del padre de Don Luis, á pesar de ser este ma- 



— 422— 

yor de edad .... 

— ¡Oh! la mayor edad! exclamó Fr. Bonifacio, la ma* 
yor edad se ha fijado diversamente, según los paises. En 
Roma era á los veinticinco años; entre los Germanos era 
cuando ya se podian llevar las armas; esto es, á los quin- 
ce, y podéis consultar á este respecto las leyes de los Ri^ 
puarios. Los Burguiñones la fijaban también en los quin- 
ce años . . . , 

— Pero mi reverendo padre, interrumpió de nuevo el 
Conde, que no sabia como poner diques á aquel torrente 
de indigesta erudición; no tratamos aliorade los Romanos, 
ni de los Ripuarios, ni de los Burguiñones; sino de mi hi- 
jo, do mi secretario, de Dña. Margarita Jirón y de las 
opuestas pretensiones de ambos jóvenes á la mano de esa 
doncella. ¿No habrá manera de que nos entendamos? Mi 
consulta es muy sencilla. ¿Convendrá que yo pida en ma- 
trimonio á Dña. Margarita para íui hijo, una vez que el 
padre de Melian no contesta á mis cartas? 

— A la verdad, contestó el religioso con aire de du- 
da, que el caso es arduo, y no croo que ni San Agustín, 
ni Tertuliano, ni San Isidoro de Sevilla, ni Aulo Gelio, ni 
Macrobio, ni Appiano, ni aun el padre Tomas Sánchez, cu- 
yas obras veis en esa estantería que tenéis en frente, me 
den mucha luz para resolver con acierto ese gravísimo caso 
do matrimonio. Yo me inclino á creer, sdvo mdk>rem, 
que si Don Francisco Jirón no consiente en que su hija 
se case con Don Luis; si este no insiste ya en su preten- 
sión; si el Sr. capitán se empeña en casarse; si Dña. Mar- 
garita conviene en ser su esposa* si vos como padre dais 
vuestro permiso y Don Francisco el suyo, tal vez fuera 
mas prudente casarlos. 

— Ciertamente que seria lo mas acertado, dijo el Con- 
de, que no pudo dejar de reirse de la candidez del bue- 
no del religioso; pero suponiendo que mi hijo insista, que 
Don Luis no prescinda d-. la oferta que se le ha hecho 
de la mano de Dña. Margarita: que esta no se muestre 



hicliúada á Fernando y que Don Francisco Jirón no quie- 
ra obligarla, ¿que debo yo hacer? 

Fr. Bonifacio abrió tamaños ojos, al ver que la cues- 
tión se presentaba erizada de dificultades; se levantó el 
cabello dos ó tres veces, reflexionó y dijo; 

— Eso si que es un verdadero nudo gordiano. Sia- 
breis que el nudo gordiano se llamó asi, de Gordio, rey 
de Frigia, que cuanda era labrador, ató el yugo á sns 
bueyes con nn nudo, cuyos extremos era imposible hallar, 
para haber de desatarlo; condición puesta para poseer el 
imperio del Asia. 

— Sé todo eso, Padre, dijo el Conde, y también que 
Alejandro el grande realizó la profecia, cortando el nudo 
con la espada. Pero ¿quien es el Alejandro que cortará 
este nudo? 

Volvió á cavilar Fr. Bonifacio, y dijo: 

— Esto, Sr. Presidente, como suele decirse, mas quie- 
re maña que fuerza. Creo que Vuestra Señoría haria bien 
en hablar á Don Francisco Jirón. El lia dado su consen- 
timiento para el matrimonio de su hija con Don Luis, suh 
conditionej y claro es que no cumpliéndose esta, debe con- 
siderarse libre del empeño. Esto os lo dirá cualquier estu- 
diante de Derecho. En cuanto á Mellan, yo probaria á 
nombrarlo para un buen corregimiento, lejos, muy lejos de 
aqui; y por lo que hace á la joven, la orden de sus pa- 
dres y la ausencia del pretendiente la harían entrar por 
camino. ¿Quien puede fiar en la constancia del afecto de 
una muger? Recordad, señor, lo que dijo Catulo: 

Mulier cupido quod dicit amanti 
In vento et rápida scribere oportet agua. 

Lo cual se traduce en romance, diciendo: que las pala- 
bras que dan las mugeres á sus mas rendidos adorado- 
res, deben escribirse en los vientos y en las veloces aguas. 

— El consejo, Padre Provincial, contestó el Conde 



— 424— 

levantándose, no rae [Kirece malo, y voy á ponerlo en ejf - 
cncion. 

— Bien dicho, Sr. Presidente; no olvidéis que en 
esto, como en todo, conviene proceder con prudencia y 
energía, consüio et animo^ como dicen los latinos. 

— Gracias, mi reverendo padre; gracias; siempre creí 
qno Vuestra paternidad habria al fín de encontrar el ca- 
mino para salir de la dificultad. Voy ahora mismo á ha- 
blar á Jirón, y después ofreceré á Don Luis un empleo 
que sea capaz de tentar la ambición de cualquier sugeto 
de mas edad y mas antiguos servicios que él. 

Dicho esto, el Presidente se despidió de Fr. Bonifa- 
cio y salió de la celda, algo mas tranquilo. El Provincial 
fué hasta la portería, haciendo los honores al ilustre vi- 
sitante y tuvo oportunidad de encajarle otra media do- 
cena de textos latinos, á propósito de cualquier cosa que 
86 habló. Fr. Pablo estaba sentado en un banquillo jun- 
to al portón, inclinada la cabeza y calada la capilla, re- 
zando en voz baja y llevando la cuenta con un enorme 
rosario. 

Cuando hubo salido el Presidente, Fr. Bonifacio se 
detuvo delante del lego, y con acento colérico le dijo: 

— Lingua malí pars pessima serví, exclamó Juvenal. 
Lo cual quiere decir, ¡oh Pablol, que la lengua es la peor 
parte de un mal sirviente. Ella es la que á ti te pierde, 
y casi estoy tentado de ejecutar en ti la sentencia que 
por orden del Cadi de Argel se impuso á aquel gran 
santo de nuestra orden, San Ramón, á quien se taladraron 
los labios y se le acomodó un candado, echándole llave pa- 
ra que no hablase. 

— Pero si tal cosa se hace, reverendo padre, dijo coa 
humildad el lego, ¿como podré rezar los once mil Padre- 
nuestros y Avemarias de la penitencia? Entonces si que se 
recargaría la cuenta de lo que debo, que ya, ¡triste de 
mil con todo y tener la lengua expedita, asciende á un 
millón, doscientos veintidós mil v cuatro. 



.--425-- 

— En caso de no poder rezar absolutamente, contes- 
tó el Provincial, no estarías obligado á hacerlo, pues es 
un principio reconocido que impotentia excusat legem. Pero 
no quiero mostrarme contigo demasiado duro, porque co- 
nozco que tus faltas antes proceden de simplicidad que 
de. malicia. Yo te condeno, pues, ¡oh Pablo!, audoritate 
qna fungor, á leer todos los dias, durante un año, las vidas 
de los santos cartujos, para que ahí aprendas á conocer 
las ventajas del silencio. 

— Pero, R. P., objetó el pobre lego, si apenas me al- 
canza el tiempo para cumplir la otra penitencia, ¿como 
me compondré con las vidas de los santos cartujos, que 
según he oido decir, son una multitud? 

— Esa, cuenta tuya es y no mia, Pablo; lo dicho di- 
cho. Sic voló, sic jtiheo, stat pro ratione voluntas. 

Dicho esto, el Provincial volvió la espalda á Fr. Pa- 
blo, que comenzó á llorar amargamente, y maldijo la hora 
en que se habia metido lego. 

Mientras tenia lugar aquella escena en el convento, 
el coche que conducia al Conde de la Gomera paraba 
delante de la casa de Jirón Manuel. Apeóse el anciano y 
entró, saliendo á recibirlo Don Francisco hasta el pié de 
la escalera. Encerráronse en un gabinete, y el Conde en- 
tró en materia, diciendo: 

— Han pasado ya, dos meses, Don Francisco, desde 
que dirijí, por la via de Oaxaca, mi última carta á Don 
Antonio Melian, mi deudo, pidiéndole su consentimiento 
para el matrimonio de mi sobrino Don Luis con vuestra 
hija, Dña. Margarita. 

— Si sejior, contestó el anciano Jirón; ¿y habéis re- 
cibido respuesta? 

— Ninguna; lo que me hace temer que Don Antonio 
no gusta de que se case su hijo. 

— Debe ser asi, repuso Don Francisco; aunque, á la 
verdad, lo extraño, si como no lo dudo, está enterado de 



— 42G— 

]a nobleza y prendas personales de la joven en quien S{* 
ha fijado la elección de Don Luis. 

— De todo lo he informado detalladamente eji las 
cartas que le he escrito, dijo el Conde; pero acaso tenga 
otros proyectos respecto al establecimiento de su hijo. 

— Probable es que asi sea; y de todos modos, lo que 
á mi me corresponde, es prevenir á Margarita que haga 
cuenta de no haber conocido .i vuestro sobrino. Dios y 
el tiempo se encargarán de cicatrizar la herida que esa 
desgraciada afición ha abierto en el coraron de mi po- 
bre hija. A vos, señor, os toca procurar consolar á Don 
Luis, que creo va á sufrir no poco, al saber que no debe 
abrigar ya la menor esperanza de que se realice esa unión. 

— Eso haré yo de muy buena voluntad, Don Fran- 
cisco. Voy á ofrecer á Don Luis un puesto importante le- 
jos de la capital, á fin de que la ausencia y una ocupa- 
ción activa sean un lenitivo á su pesar. 

— Pensáis, señor, como prudente y asi dais á ese dig- 
no V noble joven una prueba del afectuoso interés que 
os inspira. 

No- es menor, amigo Jirón, el que tengo por vues- 
tra hija y siento verdaderamente que pierda una coloca- 
ción á todas luces ventajosa. 

Mi pena es igual á la vuestra, señor; pero Dios 

lo ha querido y confio en que ella encontrará en sus sen- 
timientos cristianos y en el legitimo orgullo que debe ins- 
pirarle el apellido que lleva, la energia necesaria para 
sobreponerse á este contratiempo. 

— Decis bien; cuando se tiene una fé viva y cuando 
uno se llama Jirón Manuel, debe y puede tal vez hacer- 
se superior al infortunio; pero permitidme que os hable 
ahora mas con la franqueza del amigo que con la auto- 
ridad del gefe. Vos no tenéis mas que dos hijos; el varón 
ha abrazado la carrera eclesiástica y la única esperanza 
que os queda de que no se extinga vuestra familiay de 



— 427— 

•íjuc la cuantiosa fortuna que poseéis no vaya á parar en 
Uranos de parientes colaterales, estriba en que se case 
Dña, Margarita. 

— Eso, señor, queda al cuidado de Dios; mi hija es jo- 
ven todavia y no sabemos lo que podrá el tiempo dar de si. 

— Pero seria prudente que vos hicieseis algo por 
vuestra parte, á fin de ayudar al tiempo. Hoy mismo no 
faltarían pretendientes á la mano de Dña. Margarita. 

— Lo supongo asi, señor. 

— Tal vez otro joven de tan buen linage como Doa 
Luis Meiian; generovso, valiente y con grandes esperanzas 
de una brillante carrera podría, pretender. . . . 

— N0 sé lo que queréis decir, señor, contestó Jirón, 
cuyo sembknte comenzó á cubrirse como por una densa 
nube. Si aludis á alguna persona determinada, tened la 
bondad de explicaros 'Con franqueza. 

— No os ocultaré -nada, Don Francisco, replicó el 
Conde: rae refiero á mi propio hijo, que ama á Dña. Mai'- 
garita con delirio y me ha suplicado os pida formalmen- 
te su mano. 

La frente de Jirón Manuel se cubri^í de un vivo en- 
carnado al escuchar aquellas palabras. Pero dominó pron- 
to la impresión que le causaron y con voz grave y re- 
posada dijo.: 

— Yo aprecio, señor, la honra que queréis dispensar 
á mi familia; pero no obstante el profundo y sincero res- 
peto que os profeso, permitidme os manifieste con fran- 
queza que no estoy dispuesto á aceptarla. 

El Presidente quedó aturdido al oir aquella respues- 
ta, pronunciada en tono firme. Después de un momento 
de silencio, dijo: 

— Supongo que no habréis olvidado que Don Fer- 
nando Peraza, Castilla, Ayala y Rojas, es el heredero do 
mi nombre, de mi fortuna y de mi titulo; que es capitán 
de caballeria y lleva al pecho la cruz de la orden de 



— 428— 

Nuestra Señora de Montesa. 

— Todo lo sé muy bien, señor Conde, replicó Jirón 
y sin embargo, os digo que yo no daré el menor paso 
para inclinar á mi hija á recibir por esposo al capitán 
Peraza. Le trasmitiré la solicitud de vuestro hijo, si lo 
deseáis, sin darle opinión sobre ella y dejaré á su ente- 
ra voluntad la decisión. 

— iOhl, exclamó el Conde, si vos no apoyáis la pre- 
tensión, si no empleáis vuestra autoridad, es de temerse 
que Dña. Margarita rehuse. 

" — Pues si rehusa, no se casará con vuestro hijo, señor. 
Disponed de mi vida, de mi fortuna, de cuanto soy y 
cuanto valgo; pero no me exijáis lo que no puedo ni de- 
bo hacer, ni como cristiano ni como caballero. 

El Conde guardó silencio durante un rato. Su orgu- 
llo estaba lastimado, y sin embargo, la negativa del an- 
ciano estaba expresada en términos tan corteses, que no 
sabia por donde salir para desahogar su mal humor. 

— Este es, dijo al fin, el primer insulto que sufro 
un Peraza. 

— Y el primer agravio, contestó Don Francisco ir- 
guiendose con altivez, que se hace á un Jirón, propo- 
niéndole una acción villana. 

— ¡Acción villana llamáis al enlace de vuestra hija 
con mi hijo! 

— No la llamarla de otro modo, si se me ofrccieso 
por yerno al hijo de un rey. No vacilo en despedazar el 
corazón de mi hija porque el legítimo orgullo de mi raza 
no puede consentir en que ella entre en la familia del 
que va á ser su esposo, como á hurtadillas y de contra- 
bando. Pero hacerla admitir inmediatamente otro aman- 
ta? y ¿^jue amante? al amigo, al deudo, al hermano de 
armas del que fué su prometido esposo; eso, señor Conde, 
seria, os lo repito, una acción villana. Tan cierto estoy 
de la respuesta de mi hija, que vais vos mismo á oiría 



— 420— 

de su propia boca. 

Diciendo íísi, Jii'oii tocó la canipniíilln, y linbicndo 
acudido un lacayo, le previno llamase á Dña. Mai'^arita. 
Cinco minutos después apareció la joven. El Presidente 
80 asombró al advertir cuanto habia perdido en poco 
mas. de tres meses. Y sin embargo, estaba tal vez aun 
mas interesante y bella con la palidez y el aire de sufri- 
miento, que cuando su semblante, iluminado por la es- 
peranza, i-ebosaba satisfacción y alegría. Margarita veia 
transcurrir el tiempo y ahajarse con los días que pasa- 
ban el término de la ansiedad que desgarraba sif alma. 
Aíjuella horrorosa tortura había minado su salud y la 
desdichada joven, devorada por un torcedor oculto, no 
era ya ni sombra de lo que antes fueiwu En la situación 
á que se encontraba reducida, la hija de Jirbn Manuel 
> habría podido servir de modelo á un pintor ó á un es- 
tatuario que quisiese representar al genio melancólico de 
las ilusiones perdidas. 

El anciano hidalgo sintió sin duda que su corazón 
se despedazaba, por el dolor que iba á hacer suítíí- á 
su hija, pues se vio correr una lágrima por la mejilla de 
aquel hombre que no había llorado desde la noche en 
que vio á la muger á quien adoraba tendida y exánime, 
teniendo al lado al que se le hizo creer ser el fruto de 
aquel amor intenso. 

' — Margarita, hija mía, dijo Jirón con una voz que 
ahogaban los sollozos; es necesario renunciar para siempre 
á Don Luis Mellan. 

— ¡Para siempre! exclamó la infeliz, en cuyo sem- 
blante estaba pintada la mas cruel agonía. 

— Si; para siempre, repitió el anciano. 

Siguió un momento de silencio, no atreviéndose ya 
á decir una sola palabra ninguno de los actores de tan 
triste escena. 

Dña. Margarita conocía demasiado á su padre, para 



í:;()-- 

fomprcnder la coinpktii inutilidad de ciialíjuiera súplica 
Asi, ni intentó siquiera pedir la explicación de aquelk 
terrible sentencia, que la desgraciada presentía ya desde 
algún tiempo. 

Jirón hizo un esfuerzo sobre fí mismo, y sobrepo- 
niéndose á su inmenso dolor, serenó su semblante y di- 
rijiendose á la joven, que habia tenido necesidad de apo- 
yarse en el respaldo de un s¡]lí)n, para no caer, dijo: 

— Margarita, el Sr. Conde de la Gromera nos hace 
la honra de ofrecerte por eeposo á su hijo, el Sr. capitán 
Don Hernando Poi*aza> Estas en completa libertad de re- 
solver lo que tu corazón te dicte. 

Un vivo sonrosado colon-ó las mejillas mortecinas de 
Dna. Margarita. Se irguió con natural y severa magestad 
y levantando la Trente, con la mirada fija en el Presi- 
dente, contestó: 

— Perdono á su Señoría el agravio que, sin intención 
sin duda, me hace, al suponer que pueda yo dar mi co- 
razón y mi mano á ofro que no sea él. 

Y volviéndose á su padre anadió: 

— O suya, ó de l)io>! 

— Pues de Dios, dijo Jirón, con una voz que apenas 
se dejó oír, ahogada por los gemidos que el infeliz an- 
ciano se esforzaba en vano en reprimir. 

Dña. Margarita besó la mano á su padre y hacien- 
do una profunda cortesia al Presidente, salió del gabinete. 

El Conde de la Gomera se levantó y despidiéndose 
de Jirón Manuel con notable frialdad, se retiró, acompa- 
ñándolo hasta la puerta de la calle el anciano caballe- 
ro, que no faltó en un ápice á los deberes de la cortesía. 

Inmediatamente después que hubo llegado al Palacio, 
el Presidente se encerró en el gabinete; escribió dos des- 
pachos, que firmó y selló con sus armas, tocó la campa- 
nilla y habiéndose presentado un pagc, le previno llama- 
se al secretario de cartas. 



ih 




CAPITULO XXX. 

Tentación y locacieni. 

f 

/ON Luis Melian entró en el gabinete y ocupó la 
silla en que acostumbraba sentarse durante las ho- 
ras del despacho. Su semblante se había puesto 
cadavérico: su mirada era inquieta y vaga, y desde algu- 
nos dias, necesitaba hacer un esfuerzo sobrenatural para 
contraer su atención á los asuntos del servicio. El Pre- 
sidente uo advertía aquel lastimoso estado de su secre- 
tario, porque lo veia diariamente y porque la zozobra 
en que vivia desde algún tiempo, no le daba lugar á fijar- 
se en los padecimientos de los que lo rodeaban. 

Don Luis creyó que el Conde lo habría llamado aque- 
lla tarde por algún asunto extraordinario, y luego que se 
hubo sentado, comenzó á preparar en silencio papel y plu- 
mas. Se pasó un rato sin que el anciano se decidiese á 
entrar en materia, hasta que el mismo Melian preguntó 
en tono respetuoso: 

— ¿Hay alguna novedad, señor? 

— No, Don Luis; contestó el Conde: os he llamado 



— 432— 

p?a-a que tiM temos de un asunto que os atañe personal- 
mente. 

Don Luis íijó siís ojos, que la extenuación hacia pare- 
cer mas grandes, en el semblante de su tio, como que- 
riendo peiíCtrar el sentido de aquellas palabras, y contestó: 

— Decid, señor. Estoy persuadido de vuestra bondad 
])ara conmigo y no espero de vos sino nuevas pruebas de 
afecto paternal. 

El Coude se })U;;o ligeramcute enceiidido, y procu- 
ra ndo dominar su üsonomia, dijo: 

— En electo, Don Luis; durante estos once años qiíe 
me habéis servido, he procurado hacer con vos oficios do 
verdadero padre. En Irtll, cuando la bondad del Rey me 
promovió de la gobernación de Cliucuito á la Presiden- 
cia de esta Real (yliancilleria y Capitanía general del 
Reino, os propuse vinieseis en mi compañía. Constábame 
que habláis desempeñado ya en Tenerife cai-gos impor- 
tantes, dejando á vuestros superiores satisfechos al ver 
que en vos el juicio y la prudencia se habían anticipa- 
do íí los años. Amigo y deudo de vuestro padre, crei que 
no podía hacer cosa mejor que traeros conmigo, poniendo 
entera confianza en vuestro valor, integridad y buena dis- 
posición para los negocios. El resultado ha correspondi- 
do plenamente á mis esperanzas. No puedo hacer un uso 
mas conforme á los sentimientos de mi corazón, de la au- 
toridad que el Rey me ha confiado, que premiando vues- 
tros servicios como ellos merecen. 

— Señor, dijo Don Luis, conmovido, la mejor recom- 
pensa para mi es vuestra aprobación. Ni pido ni merez- 
co mas. 

— No, Don Luis, replicó el Conde; el recompensar á 
los leales es un deber tan de rigurosa justicia, como el de 
castigar á los que no corresponden dignamente á la con- 
fianza que en ellos se ha puesto. Asi, he resuelto agra- 
ciaros con un empleo digno de vuestro mérito. 



— 43B— 
Diciendo éfito, el Presidente tomó de la mesa uno de 
fos despachos que acababa de extender y presentándolo 
á su secretario, añadió: 

— Estáis nombrado Justicia Mayor del partido do 
Amatique y aqui tenéis la provisión. 

Un rayo que hubiese caído á los pies del desdicha- 
do Molían, habría hecho menos efecto en él que el quo 
produjeron aquellas . palabras. 

— ¡Justicia Mayor de Amatique! exclamó aterrado. 
¡A cíen leguas de esta Capital! Gracias, señor, por la 
merced que queréis hacerme; pero permitidme que la 
rehuse. 

— ¡Rehusáis! dijo el Conde, poniéndose encendido. 
¿Quizá os parece poco todavía para lo que merecéis? 

— No, señor; mas bien me reconozco indigno de esa 
gracia. 

— ¿Tenéis miedo, replicó el Conde sonriendose, á lo 
malsano del clima de la costa del norte? 

Mellan sintió que la sangre se le agolpaba á la cabe- 
za, cuando el Presidente pronunció la palabra miedo. Cer- 
ró los puños y se puso en pié. Su mirada relampaguea- 
ba, altiva y dominadora, como la de un león á quien se 
hubiese agotado la paciencia con provocaciones atrevidas. 
Pero aquella impresión fué rápida y desapareció instan- 
táneamente. Inclinó la cabeza, y con voz ahogada y ape- 
nas perceptible, di]o: 

— Si, señor; tengo miedo. 

El Conde dirijió una mirada desdeñosa á Don Luis, 
y tomando el otro despacho, que estaba sobre la mesa, 
se lo presentó, diciendo: 

-^ Lo habia yo previsto. He aqui otro nombramiento, 
al cual espero no tendréis objeción que hacer. Seréis Cor- 
regidor de Qüezalgoaque, en la provincia de Nicaragua. 

Mellan comprendió que el Conde estaba resuelto á ha- 
cerlo partir, y no siendo ya dueño de si mismo, dijo en 
tono respetuoso, pero firme: 

55 



— 434— 

— Seamos francos, señor; ¿se trata de un destierro, 
disfrazado con las apariencias del favor? 

— Tomadlo como queráis, contestó el Presidente; es 
necesario que os alejéis de aqui, y os alejareis. 

— Será, si asi lo mandáis, una vez que se haya veri- 
ficado mi matrimonia con Dña,. Margarita Jirón Manuel. 

— Ese enlace es imposible. 

— ¡Imposible! ¿Y por qué? 

— Porque ni el padre de esa joven ni yo consentimos 
en él. El vuestro no contesta á las cartas en que se so- 
licita su permiso; Don Francisco no prescinde de esa con- 
dición y su hija obedece ciegamente á su voluntad. 

— ¿Es decir, exclamó Don Luis Melian, cruzando los 
brazos sobre el pecho, que no debo abrigar la menor es- 
peranza do ver realizado el que ha sido el constante 
anhelo de mi alma durante tantos años? 

— Debéis prescindir enteramente de esa idea. 

— Bien, señor, añadió el desgraciado levantándose; 
yo iré á servir á otro que no pague mi adhesión coa 
ingratitud. Adiós, señor Conde. 

— El os acompañe, contestó el Presidente, y os ins- 
pire pensamientos propios de un caballero y de un cris- 
tiano.. 

Don Luis no lo escuchaba ya, pues había salido del 
gabinete. Encaminóse á su habitación, donde tomó capa y 
sombrero, bajó la escalera y se dirijió á la calle. 

Un momento después entraba en casa de Jirón Ma- 
nuel. El anciano caballero abrió los brazos y estrechó 
á Melian con afecto de padre. 

— Señor, dijo el joven con una voz entrecortada por 
los gemidos; ¿es cierto que debo prescindir de ella para 
siempre? 

— Si, Don LuiSj contestó el anciano, con: angustia;: 
para siempre. Vuestro padre no responde á las cartas en 
que se' solicita su consentimiento para que os caséis coa 
Margarita, y conocéis demasiado mis principios para com-^ 



I 



— 435— 
prender que yo no prescindiré de ese permiso. 

— ¿Vuestra resolución es, pues, irrevocable?, pregtm- 
tó Melian, pálido como un cadáver. 

— Irrevocable, dijo Jirón. 

Don Luis volvió á estrechar al anciano entre sus bra- 
zos, mezclándose 'las lágrimas de aquellos dos desventura- 
dos, cuyos corazones torturaba el mas intenso dolor. 

— Os suplico, señor, dijo Don Luis, que le trasmitáis 
mi eterna despedida y los votos que hago por su felicidad. 

— ¡Felicidad!, exclamó Jirón, ya no la hay para ella 
sobre la tierra. 

Melian no contestó y se alejó precipitadamente. Atra- 
vesando de prisa las calles, llegó al Palacio y se encerró 
en su habitación. 

Habia entrado la noche. Don Luis tomó una cartera 
grande que contenia papeles, que comenzó á arreglar con 
el mayor cuidado, formando cartapacios y escribiendo so- 
bre estos algunas lineas que indicaban el contenido de ca- 
da uno. Aquella operación fué dilatada, pues á fin de dar 
á los documentos el conveniente arreglo, Iml^o de emplear 
el mas minucioso cuidado en la clasificación de las piezas. 
A las diez estaba con^íluido el trabajo y colocados los 
cartapacios en la cartera. Después abrió Melian un secre- 
to de su escritorio, y tomando un gran paquete de car- 
tas, recorrió algunas de ellas, derramando lágrimas. Era 
la correspondencia de Dña. Margarita. La reunió toda y 
aproximándole una vela, quedó en pocos minutos reducida 
á un montón de cenizas. 

Cumplido asi aquel triste deber, Don Luis encendió 
una linterna sorda, tomó la cartera y se dirijió lentamen- 
te hacia el gabinete del Conde, del cual tenia una llave^ 
para poder entrar á cualquiera hora en que tuviese ne- 
cesidad de ir á ejecutar algún trabajo. Cerró por dentro 
y se guardó la llave. Colocó la lamparilla sobre la mesa 
del despacho, se sentó y se puso á arreglar los papeles, 
que estaban esparcidos en desorden. 



— 436-- 

A poco de haber comenzado aquella operación, Don 
Luis oyó pasos en el corredor, como de personas que se 
acercaban. Fijó la atención y percibió claramente la voz 
del Conde y la del capitán Peraza. Era indudable que se 
dirijian al gabinete. Melian sintió vivamente aquella cir- 
cunstancia. Su presencia en el despacho á aquella hora 
llamarla sin duda la atención del Conde, que probablemen- 
te le pedirla alguna explicación. No queria decirle la ver- 
dad y le repugnaba la idea de engañarlo. Supuso que el 
Presidente y su hijo irian al gabinete solo por un mo- 
mento, acaso á buscar algún papel ó á extender alguna 
orden. 

— Si yo me ocultara, pensó Don Luis, en el hueco de 
esa ventana y dejara caer la cortina, no me verian, y lue- 
go que hayan salido, podria continuar este trabajo, que 
debo terminar antes de que amanezca. 

Pensarlo asi y ponerlo en ejecución fué todo uno. 
Se ocultó en el hueco de la ventana, corrió la oortiua de 
damasco, cerró la linterna y aguardó. . 

Pronto oyó rechinar la llave en la cerradura, y vio 
entrar al Conde, proccdicndole el capitán, que alumbraba 
con una bujia. Sentáronse y dijo Don Fernando: 

— Estamos ya, padre mió, en este lugar apartado, á 
donde habéis querido que vengamos, para informarme del 
resultado de vuestra conversación con Jirón Manuel. 

— Si, hijo mió, contestó el Presidente; he preferido 
que conversemos en mi despacho, temiendo que lo que ten- 
go que referirte provocase tu cólera y escuchasen los pa- 
ges de guardia cualquier cosa que se te pudiera escapar. 

— Según eso, esclamó el capitán, temblando de ira, 
tenéis que comunicarme una negativa, un desaire! 

— Calma, por Dios, Fernando, repuso el Conde, asus- 
tado al ver el terrible aspecto de la fisonomía del capi- 
tán. Procura tener calma. 

— La tendré, la tendré, gritó Don Fernando; por Sa- 
tanás os juro que tendré calma! Pero no me ocultéis na- 



— 437— 
da. Decidme si se os ha contestado con una negativa, con 
un insulto. 

— Con negativa si, con insulto no, dijo el Presidente. 
Jirón dejó la decisión de mi propuesta á la libre volun- 
tad de su hija, quien respondió que de no casarse con 
Don Luis, su resolución era la de ser esposa de Jesucristo. 
Ya ves, pues, hijo niio, que si te desecha, es por Aquel con- 
tra quien no puedes volverte sin impiedad. 

— Monja! exclamó el capitán con una risa burlona; 
quiere ser monja; pero no pensaba asi mientras tenia es- 
peranza de casarse con su Don Luis. Yo qui.>iera saber en 
qué es ese individuo mejor que yo, para que lo quisiera 
á él; y cuando 3'0, yo le ofrezco mi mano, salga con que 
va á emparedarse. 

— Hijo mió, replicó el Conde, he agotado mis esfuer- 
zos para convencer á su padre y todo ha sido inútil. No 
quiere obligar á su hija. Por lo demás, no debes perder 
la esperanza. Don Luis va á marcharse lejos, muy lejos; 
le he extendido nombramiento de Corregidor de uno de 
los partidos de Nicaragua; el tiempo y la ausencia harán 
que Dña. Margarita olvide á su novio y que se decida 
por ti. 

— ¿Y qué gano yo, dijo con mucha frialdad Don Fer- 
nando, cambiando repentinamente de tono, con que me 
acepte cuando ya Meliari ^sté lejos y haya prescindido de 
(ella? 

— Entonces, tú no amas verdaderamente á esa joven, 
replicó el Conde asombrado; es una satisfacción de amor 
propio lo que buscas y nada mas. 

— ¿Que no la umo? ¿que no la amo, decis, padre 
mió?, respondió el oapitan. Pued-e ser. Lo que yo sé de- 
ciros es que ei dia mismo de mi llegada aqui, ese bribón de 
vuestro barbero me dijo que la mejor moza del lugar se 
llamaba Margarita Jirón; que era la prometida esposa de 
rai primo y amigo Melian y que no habia qué pensar en 
.ella, porque era una fortaleza intomable. Ved ahi lo que 



— 438— 

me hizo encapricharme como un rabioso por esa rapaza, 
que no es ni mejor ni peor que las otras que he visto 
por acá. Y la verdad, señor, no sé como diablos es que 
desde que me habéis dicho que Don Luis se marcha, se 
me ha ido á los talones la gana del tal matrimonio. ¡Eh! 
¡Que diablos! ¡Yo soy joven, algún dia iré á la corte y 
podría acaso arrepentirme de haberme unido á la hija de 
un hidalgo de estas tierras. No hablemos mas de ello, 
padre mió; que Melian vaya bendito de Dios á corregir 
indios á Nicaragua y que la hija de Jirón se llame Sor 
Margarita ó como le dé la gana. Entretanto yo seguiré 
di virtiéndome unos ratos y otros trabajando en armarle 
una buena al Sr. Visitador y en esto ocuparé mis horas 
de ocio, que son todas las que no duermo; y ¡que ruedo 
la bola! 

Al decir esto Don Fernando se puso en pié, y .sin 
aguardar á que su padre le contestase, se salió del gabi- 
nete, cantando este antiguo romance de Juan del Encina: 

" Anoche de madrugada 
Ya después de medio dia, 
Vi venir en romeria 
Una nube muy cargada 
Y un broquel con una espada 
. En figura de ermitaño 
Caballero en un escaño 
Con una ropa nesgada 
Toda entera y muy rasgada.'' 

El Conde inclinó la frente con tristeza; suspiró, tomó 
la vela y se salió del gabinete, siguiendo á la distancia 
á su hijo, cuya voz estentórea turbaba en aquella hora el 
sepulcral silencio del sombrío y desierto Palacio. 

Don Luis Melian, cuando estuvo cierto, por el ruido 
de los pasos del Presidente, de que este se habia aleja- 
do, abrió la linterna, levantó la cortina y salió. El sem- 



— 439— 
blante del infeliz; revelaba la lucha del amor, del desen- 
gaño y del despecho que torturaban su alma. Puso la 
lamparilla sobre la mesa, colocó á un lado una pistola, 
que desprendió de su talabarte, y cruzados los brazos, 
erizado el cabello, la mirada inquieta y vaga, la voz ron- 
ca y balbuciente, dijo: 

— Lo he servido once años, mas con el afecto y el 
respeto de hijo, que con la simple fidelidad del depen- 
diente; ¡y me paga con ingratitud! ¡Me recompensa con 
un destierro, disfrazado con las apariencias del favorl 
Amé al otro mas como hermano que como amigo; le pre- 
senté la que iba á ser mi esposa, para que la amara co- 
mo á una hermana, é intenta arrebatármela, por amor pro- 
pio y vanidad! Ingratitud y perfidia, deslealtad y engaño, 
este es el mundo! 

Tomó una pluma, y en una foja de papel blanco que 
estaba sobre la mesa escribió con desesperación: 
" ¡Maldito el hombre que del hombre fia!" 
Arrojó la pluma, y continuó diciendo: 

— Ella va á sepultar en el fondo de un claustro su 
juventud y su belleza, y ve convertidas en humo Jas bri- 
llantes esperanzas con que le brindaba el porvenir! Todo 
por el orgullo respetable, pero exagerado, de aquel á quien 
debe el ser! 

Calló un momento. Su rostro se descompuso aun mas 
y tomó una expresión terrible. 

— Yo, dijo, triste y miserable, ¿que tengo ya que es- 
perar de la vida? El mundo es para mi un desierto, sem- 
brado de abrojos y regado con lágrimas. 

La muerte es el descanso eterno, el olvido infinito del 
no ser ! 

Don Luis se sonrió con tristeza y apoyó su mano gla- 
cial en el mango de la pistola. 

— Paró la muerte, añadió, viene muy lentamente pa- 
ra aquel que le tiende los brazos y que cuenta con des- 
esperación las horas de dolorosa agonia que han de correr 



//• 



— 4o0— 
antefí do quo Be aduerma en su seno. 

Tengo treinta y siete años; ¡cuantos faltaran aurí 
para que el fue^o que devora el alma, vaya gastando es-* 
ta máquina, perecedera, pero jay! demasiado joven y vi- 
gorosa todavía! ¡Qué de dolores, torrtientos y amarguras 
])ara que encanezca este cabello, para que las arfugas sur- 
quen esta frente, para que las fuerzas desfajllezcan, para 
(jue caiga, en fin, roido por los años, este cadáver viva 
^ue estoy condenado á arrastrar sobre la tierra, como el 
galeote arrastra su cadenal 

Calló, levantó en alto la pistola y continuó-: 

— Aquí está la salud, aqui se encierra el úhíco re- 
mediol No se necesita otra cosa que íibreviar á la nnier- 
te su lenta y trabajosa jornada: salir á su encneiitro, en 
vez de aguardarla en la rnas cobarde inacción 

No tengo padre, no teugo protector, no tengo ami- 
gos; la muger á quien lie levantado un altar en el fonda 
de mi ulcerado corazón, ira á ser esposa de Dios, ¿que es- 
pero? Voy á aguardarla en la tumba; voy á lanzarme em esa 
eternidad donde podré esperarla en paz...! 

Amartilló la pistola y apoyó en la sien la boca del 
arma homicida. 

Pero repentinamente Don Luis Mellan cayó como líe- 
rido por un rayo. Una luz invisible habia brillado en me- 
dio de las tinieblas de su alma y una voz misteriosa pro- 
nunciado á sus oidos palabras de otra vida. Aquella luz 
que alumbró la mente del que corria hacia el abismo, 
aquella voz de la soledad, fué la luz que lució á los ojos 
de Pablo en el camino de Damasco, fué la voz que lo lla- 
mó á lo santo, á lo noble y á lo grande^ apartándolo de 
lo terreno y de lo miserable. 

Después de haber permanecido un momento con el 
rostro contra la tierra, Mellan se puso en pié. Era ya 
otro hombre. Su semblante habia perdido la expresión sa- 
tánica que presentaba un momento antes, y una tristeza 
ílulce y tranquila reemplazaba á la desesperación que se 



— 441— 

Jainlaba en su ñsonomiai 

Dirijió una mirada á la mesa y vio el papel en qua 
habia estampado aquel grito de desesperación y de deí^e- 
oho, lanzado desde el fondo de su alma desgarrada. Volvió 
á tomar la pluma y escribió en seguida del renglón, com- 
pletando dos octavas que quedaron asi: 

"¡Maldito el hombre que del hombre fial 
Solo fiar en Dios es lo seguro; 
Descargar la conciencia cada dia 
Es contra todo mal un fuerte muro. 
Dios los trabajos por la culpa envia; 
Forzoso es el morir, mas trance duro; 
Hombres, vivid como si siempre fuera 
Cada hora del tiempo la postrera. 

Solo el amigo es Dios, que es sobre todo; 
Queja amistad del mundo solo es nombre, 
¿De que te ensoberbeces, tierra y lodo, 
Pues no mereces menos por ser hombre? 
Todo tiene su fin y cierto modoj 
Sigue el bien, huyó el mal y no te asombre 
Sino el ver que eres hoy tierra liviana 
Y que no sabes que serás mañana (*)* 

Luego que hubo dejado escritas esas dos estrofas, ex- 
presión tierna del misticismo en que se arrobaba aquella 
alma de fuego, Mellan salió del gabinete, dejando amar- 
tillada el arma con que estuvo á punto de consumar su 
crimeUj al lado del escrito que consignaba su arrepen- 
timiento y su conversión á Dios. 



"*•' (') Estos versos fueron compuestos realmente por Don Luis Melian, 
según refiere el Padre Vázquez, en su Crónica de san Francisco, im- 
presa en Guatemala, año 1716. Tomo Q.^ pag. J30, 

56 



— 442— 

Cuando Don Luis llego á su habitación, comenzaba tí 
apuntar la mañana. La Inz incierta de la aurora refleja- 
ba en los cristales de las ventanas su tenue claridad y di- 
sipaba las sombras de la noche. El secretario de cartas 
tomó su capa y su sombrero, salió del cuarto,^ y sin di- 
rijir una sola mirada hacia atrás, siguió á lo largo de los 
sombrios corredores, bajó la escalera y pasando en medio 
de la guardia, salió del Palacio. 

Su corazón^ desprendido ya de lo terreno, no experimen- 
tó un sentimiento de pesar, al abandonar aquella residencia 
donde habia permanecido durante once años, compartiendo 
con el gefe del reino los graves cuidados de la autoridad. 

So encaminó al convento de San Francisco- y pidió 
ver al guardián, Fr. Alonso de Padilla. El superior esta- 
ba en el coro, y mientras salia, permaneció el caballero 
paseándose en el claustro procesional. La luz matutina 
iluminaba débilmente los cuadros^ de la vida del funda- 
dor que adornaban las paredes del claustro. 

Detúvose á contemplar el que representaba la visión 
que tuvo el santo en la áspera montaña del Apenino, don- 
de se le apareció un ardiente serafín que imprimió en su 
cuerpo llagas semejantes á las que abrieron los clavos en 
el del Salvador. Melian se estremeció al fijar los ojos en 
aquella terrible representación. Parecióle que las dos 
grandes figuras de aquel cuadro, la del serafín celeste y 
la del serafín humano, tomaban vida y movimiento, y cre- 
yó oir el crujido de las carnes del extenuado penitente, 
al recibir la impresión de las llagas, como si hubiese sido 
marcado aquel cuerpo con un hierro encendido. Pálido, 
tembloroso, bañado en un sudor frió, cayó de rodillas de- 
lante de aquel cuadro. 

Su destino estaba irrevocablemente fijado. Hasta en- 
toncos habia vivido para el mundo; en adelante iba á vi- 
vir para Dios. Melian descendió al fondo de su concien- 
cia^ recorrió- su vida pasada, y cuanto habia hecho antes 



de aquella noche, le pareció mentira y vanidad. La ten- 
tación estaba vencida, y en aquel corazón, purificado por 
el dolor, no quedaba ya ni la mas leve sombra de afec- 
ción mundana. 

Desde aquel dia Don Luis Mellan volvió la espalda 
al mundo y se consagró á Dios. Como apenas tendremos 
ya ocasión de volver á hablar de este personage en el 
€urso de nuestra historia, diremos que habiendo hecho su 
profesión solemne y recibido las sagradas órdenes, Fr. IiUÍ8 
de San José, que ese fué el nombre que tomó en el claus- 
tro el brillante 3' poético Secretario del Conde de la Go- 
mera, asombró á sus hermanos con sus eminentes virtudes. 
Caridad ardiente, penitencias rigurosas, ascetismo y con- 
templación de las verdades eternas; he ahi las ocupacio- 
nes de aquel religioso durante veintiocho años que vivió 
en el convento de San Francisco de Guatemala. 

Enteramente ignorados los pormenores del <jombate 
que habia precedido á la vocación de Don Luis Mellan, 
su extraña resolución fué oida con asombro por el Pre- 
sidente, por el capitán Peraza y por la ciudad antera, 
cuando se supo que aquel caballero se habia retirado á 
San Francisco, determinando hacerse religioso. Sabíase ya 
su nombramiento de Corregidor, y si bien se extrañaba 
que el Conde se privase de tan inteligente y leal servi- 
dor en circunstancias tan criticas, el afecto que el ancia- 
no Presidente profesaba á su joven secretario y los me- 
recimientos de este, explicaban aquella señalada prueba de 
favor. Muchos caballeros acudieron, pues, á Palacio, á fe- 
licitar á Melian por haber obtenido tan honorífica y lu- 
crativa colocación, y quedaron confundidos, cuando las 
gentes de la servidumbre les anunciaron, con lágrimas en 
los ojos, que el nombrado Corregidor habia vuelto la es- 
palda á los honores de la tierra y ocupaba ya una hu- 
milde celda en San Francisco. 

Dña. Margarita Jirón llevó á cabo su propósito de 



— 444^ 

vivir en adelante solo para Dios. Se ignora el motivo que 
haya tenido para no entrar religiosa en alguno de' los 
monasterios que habia ya entonces en la capital del reí- 
no. Sábese únicamente que la mnger á quien tan tierna- 
mente habia amado Don Luis Mellan, abandonó el mundo 
por completo, y retraída en un apartamento solitario, mu- 
rió hasta para, su propia familia, haciendo^ según la ex- 
presión del cronista Vázquez, de su casa un yermo. 

Antes de poner por obra la resolución de sepultarse 
viva, la joven señora llamó á su amiga Genoveva, depo- 
sitaría de sus mas íntimos secretos, y bañada en llanto, 
le recomendó el cuidado de sus padres. La supuesta hija 
del herrero ofreció cumplir la última voluntad de Dña. 
Margarita, y habiendo obtenido al efecto permiso de Andrés 
y de su esposa, se trasladó desde luego á casa de Jirón. 

En la madrugada del día que siguió á la noche en 
que Dña. Margarita se retiró del mundo, Francisco Moli- 
nos, que no habia podido hablar con Genoveva, ocupado 
como andaba en la empresa que le encomendara el Visi- 
tador, fué, como lo tenia de costumbre, á situarse en el 
hueco de una puerta, frente á la ventana de la alcoba de 
su adorada, para verla en el momento en que levantara 
la cortinilla color de rosa. Eran las cinco. La cortina per- 
manecía corrida y Francisco no separaba de ella su mira- 
da, que revelaba la inquietud de su alma. Pasó un cuarto 
de hora sin que apareciese la blanca mano que apartaba 
siempre la rosada tela. Media hora después, la cortina 
continuaba inmóvil; Francisco temblaba y un sudor gla- 
cial rodaba gota á gota por su frente. Aguardó hasta 
después de las seis, á cuya hora consideró inútil su per- 
manencia ahi y vacilando como un ebrio, se dirijió á su 
casa, en busca de su hermana. Estaba resuelto á revelarle 
el doloroso secreto que por tantos años habia encerrado 
en lo mas hondo de su corazón; secreto que no lo era 
para Genoveva, aunque jamas habia hablado á Francis- 



co de aquella pasión, que la joven veia con profunda 
pena; Genoveva no estaba en la casa, y Francisco oyó coa 
asombro que desde la noche anterior se habla trasladado 
á la de Jirón Manuel. No aguardó á saber mas. Su pri- 
mera idea fué que Dña. Margarita snfria alguna grave en- 
fermedad. Resuelto á abandonarlo todo para prodigarle 
sus desvelos como el último de sus criados, corrió á casa 
de Jirón é hizo que llamasen á su hermana. Pocos mo- 
mentos después apareció Genoveva. Estaba pálida como 
un cadáver y sus ojos enrojecidos por el insomnio y el 
llanto. La desdichada se arrojó en brazos de su hermano, 
8Ín decirle una sola palabra, y ahogó sus gemidos en el 
seno de Francisco. 

— ¿Ha muerto?, preguntó el hijo de Sir Francis Dra- 
ke con acento terrible. 

— Para el mundo, contestó Genoveva. 

En seguida la joven refirió á su hermano, con vnz 
entrecortada por los sollozos y las lágrimas, los acontecí 
mientes ocurridos en los últimos dias; la resolución de 
Jirón Manuel de romper el compromiso de su hija con 
Don Luis Melian; la solicitud del Presidente de que se 
le concediese la mano de Dña. Margarita para el capi- 
tán Peraza; la entrada de Don Luis en San Francisco y 
la determinación de Dña. Margarita de vivir en absoluto 
retiro, en una habitación que daba á la huerta de su 
casa, que se estaba cerrando en aquel momento, sin de- 
jarle otra comunicación que la de un torno, como los de 
las porterías de los monasterios. 

Francisco oyó aquella resolución, abrumado de dolor. 
Cuando Genoveva hubo acabado de hablar, el herrero di- 
rijló en derredor una mirada vaga y extraviada. Su ros- 
tro cadavérico lomó la expresión de la desesperación mas 
sombría, y desasiéndose de los brazos de su hermana, que 
lo estrechaba contra su pecho, la impelió de una manera 
brusca y se lanzó á la calle. 



Wi-- 




CAPITULO XXXI. 



Un ahorcado. 

( I IN objeto fijo ni dirección determinada . recorrió 
Francisco las calles de la ciudad, llamando la 
atención de cuantos encontraba al paso, por su 
aspecto sombrío y por sus movimientos, que parecían mas 
bien los de un demente, que los de un hombre que estu- 
viese en el pleno goce de sus facultades. 

Maquinalmente casi se dirijió hacia la casa del Visi- 
tador; y como las gentes de la servidumbre tenian órdeu 
de su amo de franquearle la entrada á cualquiera hora, 
Francisco, sin decir palabra, penetró hasta el gabinete. 
Paróse el infeliz á mirar de hito en hito á Don Juan, que 
al ver entrar á su agente, dejó sobre la mesa la pluma 
con que estaba escribiendo. Sin saludar al Visitador y 
sin ninguna especie de preámbulo, dijo Francisco: 

— ^ No contéis ya conmigo para nada; no quiero sa- 
ber quien soy. 



— ^^i-u-'- 
Ibarra fijó su mirada imponente y serena en los ojos 
del herrero y contestó con iin tono reposado y tranquilo: 

— Ahora mas que anies os conviene saber el nombre 
y la condición de vuestros padres* 

Asombrado Francisco al escuchar aquellas palabras, 
dijo con voz balbuciente: 

— ¿Qué queréis decir, señor? ¿Ahora mas que antes? 
¿Para que? ¿Tengo algo que e.<perar acaso? ¿Sabéis lo que 
ha ocurrido? Explicaos por Dios. 

— Lo sé todo, contestó Don Juan, que acababa de re- 
cibir un billete de Genoveva Molinos. Don Luis Mellan 
ha renunciado á la mano de Dña. Margarita, en conse- 
cuencia de la resolución de Jirón Manuel de que no se 
verifique el matrimonio, por no haber recibido respuesta 
del padre de Don Luis. Este es ya un humilde novicio 
en el convento de San Francisco,- y el loco del capitán 
Peraza, que pretendia también á la que amáis, ha sido 
rechazado por Jirón. Vuestros rivales os han dejado, pues 
el campo enteramente libre. 

— ¡Oh! si señor, exclamó Francisco angustiado; todo 
eso es verdad y veo que sabéis perfectamente cuanto ha 
ocurrido. Pero no ignorareis tampoco que ella, ella se ha 
sepultado viva, haciendo una tumba de su propia casa. 

— Lo sé también, dijo el Visitador, y me admiro de 
que os aflija esa resolución, que es precisamente la que 
debe inspiraros las mas lisongeras esperanzas. 

El herrero fijó su mirada penetrante en los ojos de 
Don Juan, como si quisiese adivinar el significado de 
aquellas palabras, que su candidez no acertaba á com- 
prender. 

— Digo, añadió Ibarra, que debéis abrigar esperanza 
de ser correspondido por Dña. Margarita y voy á daros 
la razón. Si esa joven, imitando á su amante, hubiese ido 
á encerrarse para siempre en alguno de los monasterios 
de la ciudad, vuestra desesperación habria sido harto fun- 



— 448— 

dada; pero se ha retniido en su pro])Ui casa, bajo la im-^ 
presión, muy natural, de la pena que le causa el rompi- 
miento de un compromiso quo se habia hecho demasia- 
do público. Ella no debe pensar ya en Don Luis; no ama 
ni puede amar á Peraza; el tiempo la irá consolando; 
vuestra hermana logrará que la escuche y al fm la per- 
suadirá á que deje esa clausura voluntaria. Entonces vos, 
en vez do esa rauda adoración que le habéis consagra- 
do y que ella no ha advertido siquiera, podréis decirle 
en voz jtlta que la amáis y pretender su mano, con la 
frente erguida, pues se .sabrá ya entonces que sois hijo de 
un hombre ilustre, noble y rico. ¿No veis, pues, que can 
esas ventajas y con el apoyo de Genoveva, casi podéis 
contar como seguro el éxito? 

El herrero escuchaba á Don Juan temblando de emo- 
ción. Cada palabra del astuto y pérfido Visitador era un 
rayo que disipaba la tenebrosa nube que obscurecía aquella 
alma leal, que se reanimaba con la esperanza, como re- 
verdece con el sol de la primavera el campo que abrasa- 
ron los hielos del invierno. Una lágrima de alegria, de 
gratitud, de dicha infinita brotó de los ojos de Francisco, 
cuya razón, próxima á extraviarse, volvió á funcionar con 
entera lucidez. Se echó de rodillas delante de Don Juan 
y exclamó con acento conmovido: 

— ¡Oh! Gracias, gracias, señor! Me habéis salvado. 
Mi razón zozobraba como un pobre bajel combatido por 
la tormenta, y vuestras consoladoras palabras me han de- 
vuelto el juicio con la esperan^za. Ahora lo comprendo 
todo; tenéis razón; ella puede volver atrás de esa resolu- 
ción hija de su lealtad hacia el dichoso mortal que ha sa- 
bido inspirarle tanto y tan tierno amor. El tiempo cerra- 
rá esa herida; y aun cuando sea dentro de diez, de vein- 
te años quizá, lograré hacer que me ame. Oh señor! yo 
os debo mas que la vida, os debo la esperanza. Disponed 
de mí. 



— 449— 

— Espero poder revelaros muy pronto el nombre de 
Vuestro padre. Hasta ahora he logrado descubrir única- 
mente que era uü extrangero que llegó á tener mucha im- 
portancia y que acumuló grandes riquezas que os estaban 
destinadas. Sé que existen en esta ciudad, en alguna 
parte, los papeles que acreditan vuestro origen, y no des- 
cansaré hasta dar con ellos. Entre tanto, es necesario que 
me ayudéis á deshacer esas maquinacionei^ que contra mi 
se han fraguado. Con los mosquetes y el parque deposi- 
tados en casal de vuestro tio, de que se apoderaron el ca- 
pitán Peraza y sus amigos, están armados unos cuantos 
miserables de la hez de los barrios, gente resuelta á to- 
do, por el incentivo del pillage. Es probable que se lancen 
pTonto á la sedición y es necesario estar preparados. 

— Estoy, señor, dijo Francisco, resuelto á todo; man- 
dad, y seréis obedecido. Yo no tengo cabeza para dispo- 
ner; pero tengo brazo para ejecutar. 

— Bien, contestó Don Juan; id, pues, ahora mismo y 
decid á las gentes con quienes contais que estén prontas 
para acudir á tomar las armas- Según los datos que se 
me han comunicado anoche, ese loco del capitán va á lan- 
zarse á intentar un golpe de mano. Es necesario obrar 
{)ronto y con energia. Partid. 

Francisco Molinos hizo una profunda cortesía al Vi- 
sitador y salió á poner en ejecución la orden que acababa 
de recibiré 

Tales fueron los sucesos que tuvieron lugar antes de 
los que hemos referido en uno de nuestros últimos capí- 
tulos* Como lo habia anunciado el Visitador, el capitán 
Peraza, despechado con el mal éxito de sus dos anterio- 
res tentativas, se declaró en pugna abierta con el Juez de 
residencia y, proclamando la autoridad real, por forma 
únicamente, inició la sedición, poniéndose á la cabeza de 
sus amigos y de las gentes de los barrios con quienes con- 
taba. Don Juan de Ibarra hizo armar á los partidarios 
que le proporcionaron la influencia de Francisco Molino» 

57 



— 450— 

T los trabajos de los oidores enemigos del Presidente, daíi" 
do principio á las hostilidades, como va hemos dicho, d 
encuentro que tuvieron en la calle ancha los alguaciles 
bajo el mando de Don Gerónimo de U trilla, con los ar- 
tesanos que capitaneaba Andrés Molinos. 

Dejamos á estos corridos al ver el resultado del com- 
bate, después del fácil triunfo alcanzado sobre las nada 
aguerridas huestes del Alguacil Mayor de corte, quien 
metido dentro de la armadura .do los abuelos de su mu- 
ger, no pudo moverse del sitio, después de haber caido ó 
dejadose caer del caballo. El pobre señor debió la vida á 
Andrés Molinos, que para salvarlo de la ira de sus solda- 
dos, tuvo que encerrarlo dentro del sótano, quedando así, 
por un capricho del ciego destino, puerta de por medio con 
su muger, encerrada, como se recordará, en el laboratorio 
del Dr. Correa. 

Luego que el herrero hubo salvado asi á Don Geró^ 
nimo del peligro mas inminente, se dio á buscar alguna 
traza para evitarle la muerte, sin comprometerse con los 
suyos, cuya saña estaba aplacada por la seguridad de que 
DO se les escaparía la presa y por la oferta de Molinos 
de que el Alguacil Mayor seria ahorcado en la torro de 
la iglesia mas próxima. Cuatro desalmados de los mas ra- 
biosos de la pandilla habian quedado de guardia delante 
de la puerta de la herreria, para cuidar de ' que no se es- 
capase el prisionero, mientras los demás se preparaban i 
resistir al enemigo, que suponían había de volver sobre 
ellos en mayor número y con nuevo brío. 

Pasaron algunas horas y nadie se presentaba. Fué que 
los alguaciles, amedrentados, y zumbándoles todavía las 
balas en los oídos, no pararon hasta sus casas, sin cuidar- 
se de su gefe, á quien daban por muerto, y tratando úni- 
camente de esconderse, pues .les parecía que aquellos ra- 
biosos iban tras ellos picándoles los talones. 

Viendo Andrés que no había ataque y que se aproxi- 
maba la mañana, comprendió que era urgente encontrar 



. —451— 
algan arbitrio para salvar al Alguacil Mayor. Eátuvo me- 
ditando el caso muy detenidamente, mientras sus compa- 
ñeros de campaña se entretenian comentando con antici- 
pación la proyectada y convenida ejecución de Don Ge- 
rónimo. Por último le ocurrió un pensamiento atrevido; 
pero el único que en las circunstancias ^odia hacer que 
él Alguacil escapase el pellejo, y resuelto á ponerlo por 
obra, como á las cuatro de la mañana dijo á sus soldados: 

— Muchachos, veo que hemos escarmentado á esos 
esbirros de manera que no les han quedado ganas de vol- 
ver por la otra. El dia viene y es preciso concluir con el 
pajarraco que está ahi guardado, antes de que nos lo es- 
torben otras atenciones mas importantes. Propongo que lo 
ahorquemos en el campanario de la Merced, para ejemplo 
de los Alguaciles Mayores presentes y futuros. 

— ¡Bien pensado!, exclamaron los de la turba, conten- 
tos al ver que iba á haber jarana. Asi las pagará todas 
juntas. Manos á la obra. ¿Pero como haremos para subir 
á la torre?, dijo uno. 

— Es muy sencillo, contestó Andrés, que tenia ya 
bien combinado su plan. Sabéis que mi hermano Pablo 
es portero del convento; á esta hora ya debe andar por 
la portería, barriendo, pues es madrugador; con dos pa- 
labras al alma que yo le diga, nos facilitará la entrada 
á la iglesia, por la cual subiremos al campanario con nues- 
tro hombre. Ahi hay vigas de las que sirvieron para los 
andamies en la última reparación que se hizo ala porta- 
da. Con una de ellas y un buen lazo, que no faltará, está 
hecho todo. 

Magnífico pareció el plan á los sediciosos, y con gran- 
de algazara, dijeron á Andrés que era preciso ponerlo en 
ejecución antes de que amaneciese. 

— Quedaos aqui, pues, repuso el herrero, mientras 
voy yo á sacar al que va á ser ahorcado, preparándolo an- 
tes á que se conforme con su suerte. 

Diciendo asi, alórió la puerta de la herrería, entró y 



— 452— 

echó llave por dentro. Hizo girar el trozo de madera 
que cubría la boca del subterráneo, bajó y llamó al Al- 
gbacil Mayor, que de puro miedo no se Labia movido del 
sitio. 

— Yenid, dijo Andrés; y si deseáis escapar el pellejo, 
haced exactamente cuanto yo os indique. 

Don Gerónimo contestó con algunas frases entrecor- 
tadas, que indicaban el pánico de que se sentía poseído, y 
tambaleando, fué siguiendo al herrero. Luego que estu- 
vieron arriba, Andrés volvió á cerrar el sótano, y reco- 
giendo* las piezas dispersas de la armadura, dijo al Al- 
guacil Mayor: 

— Vestios eso sin pérdida de tiempo. 

Sin decir palabra, fué acomodándose Don Gej'ónimo 
los arneses. Se cubrió la cabeza con el yelmo, que coro- 
naba un vistoso airón de plumas de quetzal; acomodóse el 
espaldar y el peto, los brazales y las manoplas; cubrió- 
se desde la cintura á los muslos con la escarcela, y de la 
caña de la pierna abajo con las esquinelas; con lo cual 
quedó completamente vestido de acero, aunque no poco 
embarazado para moverse. Hemos dicho ya que aquellos 
arreos servían al bueno del Alguacil Mayor en los tor- 
neos con que solian celebrarse las fiestas reales; y de con- 
siguiente, las tales armas eran conocidísimas en la ciudad, 

— Salgamos, dijo Andrés, y se puso en marcha, se- 
guido por Don Gerónimo, que apenas podia dar paso. Los 
desalmados que lo aguardaban impacientes, lanzaron gri- 
tos de alegría feroz al ver aparecer á su víctima, á quien 
hartaron á improperios. Al ponerse en marcha, se encoQ- 
traron con la dificultad de que era imposible hacer ca- 
minar al Alguacil Mayor. 

— Quitémosle esa vestimenta, gritó uno de tantos. 

— No, replicó Andrés, conviene ahorcarlo con esos 
arneses, para que solo al verlo de lejos cuando esté col- 
gado, lo conozca todo el mundo. Yam.os á llevarlo en peso 
muv fácilmente. 



— 453— 

Y diciendo asi, entró en la herrería y volvió. coa una 
<€scalera de mano. 

Don Gerónimo lanzó un gemido, al oir que se trataba 
nada menos que de ahorcarlo, y comenzó ,á clamar á to- 
'dos los santos de la corte celestial. 

— No hay perdón, gritó Molinos; tomad entre cua- 
tro esa escalera y vamos á ponerlo encima. 

Decirlo y ejecutarlo fué todo uno, y bien acomoda- 
do sobre aquella angai'illa improvisada, echaron á andar. 
Pronto llegaron delante de la portería de la Merced, que 
>como lo había previsto el herrero, estaba ya abierta. 

— Quedaos aquí, amigos, y no vayáis á permitir que 
se escape este tunante, dijo Andrés, mientras voy yo á ar- 
reglar las cosas con mi hermano. 

Entró en la portería, dejando á los otros al ctúda- 
do del Alguacil Mayor. 

— ¿Que vientos te traen por acá tan de madrugada? 
.dijo el lego al ver á Andrés. 

— Un asunto muy importante y muy reservado. 

— Ya; desde que tú y Basilio os habéis dado á in- 
trigantes, todo se vuelve reservas y tapujos. ¿A *ver, que 
hay ahora? ¿de qué se trata? 

— De ahorcar á uno. 

— ¡Diablo! ¿Y quien es ese uno que ha de ser ahor- 
cado, y quienes los que lo han de ahorcar? 

— El ahorcado será el Alguacil Mayor Don Gerónimo 
Fernandez de Utrilla, y los que lo ahorcarán Fr. Pablo 
Molinos y su hermano Andrés, con ayuda de unos cuantos 
.que están ahi fuera. 

— ¡Por San Pedro Nolasco que este cristiano se ha 
rematado! exclamó el lego, tirando la escoba. Pues qué, 
¿tú y yo somos aquí la real Audiencia para ahorcar, no 
digo á un Alguacil Mayor, pero ni aun á una pulga? 

— No «omos la Audiencia; pero procedemos en nom- 
bre y por comisión de alguno que vale mas que ella: 
de Su Señoría el Visitador. 



-^ -454— 

Al oir esto, Fr. Pablo se inclinó y cambiando dé to. 
no, dijo: 

— Si hay de por medio mandato del Si*. Visitador, 
ya no digo nada, ahorcaremos aun cuando sea al Sur- 
sumcorda. 

— Si, replicó el herrero; tanto mas, cuanto que e?te 
ahorcado ha de quedar tan vivo como tú y como yo; pero 
no perdamos tiempo, que todo debe estar concluido antes 
de que tina la mañana. Es menester que nos facilites á 
mis gentes y á mi la entrada en la iglesia, á fin de poder 
subir al campanario. 

— Si no es mas que eso, no hay dificultad; pues ha- 
ce poco vi al hermano sacristán bajar con las llaves, y 
ya debe estar abierta. 

— Bien; entonces es necesario que lo entretengas 
mientras entramos, y que después que subiéremos á la 
torre con el Alguacil, te pongas en oración delante del 
altar de San Juan de Letran; pero con la capilla calada, 
de modo que no te se pueda conocer. 

— ¿Y todo eso para qué? 

— Escucha. Llegará un hombre y te dirá: el coman- 
dante suplica á Vuesa Paternidad que venga á confesar á 
un ajusticiado. Inclinarás la cabeza y seguirás al hombre 
sin decir palabra. 

— Pero alto ahi, compadre, dijo el lego; yo puedo 
ayudar á ahorcar al Preste Juan, si el Sr. Visitador lo 
manda; pero no puedo confesar á nadie, porque no tengo 
recibidas ni aun las órdenes menores. 

— Eres un bestia, Pablo, contestó el herrero, y per- 
dona la indirecta; asi tendrás tú que confesarlo como el 
será ahorcado. No perdamos tiempo. Pero lo principal se 
me olvidaba; ¿tienes algún hábito viejo en tu celda? 

— Si, contestó el lego, está uno que desechó hace 
poco nuestro padre maestro, por inútil, y tuvo la gene- 
rosidad de regalármelo. 

— Corre á traerlo, y lo llevas oculto bajo la túnica, 



- 4.-,ó -- 

Cuando vay¿i á buscarte el hoinbve que te ha de llanraff 
Conque Cuidado con todo, Pablo; pues repito que es orden 
del Visitador, con quien sabes no se puede jugar. 

El lego desapareció por el portón que daba al inte- 
rior del convento y el herrero salió de la portería á reu- 
nirse con los suyos, que comenzíi/ban ya á impacientarse. 

— Está arreglado todo, les dijo, y vamos á poner ma- 
nos á la obra. Conviene que no entremos mas que los cua- 
tro que caro:an al ajusticiado y yo, pues con cinco hay de 
sobra para la operación. Los demás quédense aqui guar- 
dándonos las espaldas, por si aparece el enemigo. 

Aprobaron todos aquella disposición, y tomando en 
peso la escalera con el Alguacil Mayor, que no obstante 
lo que Andrés le habia dicho en el sótano, estaba medio 
muerto de miedo, se dirijieron á la iglesia, que acababa 
de abrir el sacristán. Entraron Andrés Molino,-? y los cua- 
tro que llevaban á Don Gerónimo, y por la puertecilla 
que daba al caracol, fueron subiendo al campanario. Cuan- 
do estuvieron á la mitad de las gradas, llegaron á un des- 
canso, donde la escalera formaba un recodo y donde es- 
taba un cüartito^ ocupado á la sazón con restos de los 
materiales empleados en la obra. Habia ahi ripio^ vigas, 
cuerdas y otros objetos, Al llegar á aquel recodo, dijo 
Molinos á sus compañeros: 

— Un grave escrúpulo me asalta, amigos; no es bien 
que matemos el alma junto con el cuerpo de este mise- 
rable. Que se confiese como todo fiel cristiano, ya que en 
eso no perderemos mas que diez minutos. 

Aprobaron la idea los otros y bajaron al Alguacil Ma- 
yor, Jiaciendolo entrar en el cuartito. 

— Vaya uno de vosotros á la iglesia, dijo Andrés, y 
digale á un religioso á quien he visto orando delante del 
altar de San Juan de Letran, que el comandante le su- 
plica venga á auxiliar á un ajusticiado. Entre tanto se 
confiesa este hombre, yo me quedaré de guardia á la puer- 
ta del cuarto y los demás colocarán una de esas vigas que 



— lüü — 

e.stan iilii para que haga oficio de horca. 

Cumpliendo aquella disposición, bajó uno de los sol- 
dador á la iglesia, mientras los otros conduelan una pe- 
sada viga á una de las ventanas del campanario. Pocos 
minutos después, volvió el mensajero con Fr. Pablo, que 
llevaba oculta la cabeza bajo la capilla. 

— Ve á ayudar á tus compañeros, dijo Andrés al sol- 
dado, y entró al cuarto con el supuesto confesor. 

— Pronto, pronto, dijo el herrero á Don Gerónimo, 
afuera los «rneses y las botas y vestios el hábito: 

El Alguacil Mayor se despojó de las piezas de la ar- 
madura y del calzado á toda prisa y se puso la túnica y 
la capa que le presentó el lego; calándose la capilla.- 

Entretanto Andrés acomodaba las diferentes piezas 
de la armadura, sugetandolas con las hebillas. Rellenó 
con ripio la parte correspondiente á los brazos, las y^iernas 
y la espalda, aseguró perfectamente la celada y dejó caer 
la visera. Después, ayudado por su hermano y el mismo 
Don Gerónimo, colocó aquel maniquí sobre la escalera y 
lo sacaron fuera del cuarto. 

— Quédate ahi oculto tras esas vigas, dijo al lego, y 
sal cuando no haya peligro de que te vean. Vos, dijo al 
Alguacil, no digáis una sola palabra, porque sois perdido. 
Cuando sea tiempo, bajad á la iglesia, salid y dirijios á 
mi herrería, siempre cuidando de que nadie os vea la cara. 
Tomad la llave; entrad y aguardadme, sin quitaros el 
hábito. 

Dando diente con diente, ofreció Don Gerónimo' eje- 
cutar cuanto se le prevenia. Aparecieron los cuatro solda- 
dos y dieron cuenta á Andrés de que estaba todo listo 
para la ejecución. 

— Aqui también hemos despachado de prisa, contestó 
el herrero; el reo se- ha confesado con este santo religio- 
so, (y señaló al Alguacil, que inclinó la cabeza,) y no te- 
nemos ya porqué detenornoSr Podéis retiraros; reverendo 
padre. 



— 457— 

No se lo hizo decir dos veces Don Gerónimo, y bajó 
¡03 escalones del caracol con toda la lijereza que le pro- 
porcionaba el miedo. Mientras él sigue su marcha hacia 
la herrería, digamos como concluyó la operación atrevida 
del hen-ero. 

Llegados él y los de la escalera ala ventana de hi 
torre, encontraron colocada la viga, que salia hacia fuera 
como dos varas. En su extremidad estaba atada una grue- 
SI y fuerte cuerda. Andrés tomó la punta y la ató á la 
garganta del que parecía ser el Alguacil, dando lugar la 
gola, que salia entre la juntura del yelmo con el espal- 
dar y el peto, á encubrir el engaño. No había amaneci- 
do por completo, y la débil luz de la mañana se pres- 
taba á que pasase desapercibido el artificio. Atado el ma- 
niquí, zafaron la escalera, lo empujaron hacia fuera y que- 
dó balanceándose en el aire. A la distancia, aquello pe- 
dia pasar, en efecto, por un caballero armado de todas 
armas y cuyo rostro estaba oculto bajo las tupidas bar- 
ras de la visera. 

Contentos los soldados de su obra, bajaron á reunir- 
se con sus compañeros, que saludaban al pié del campana- 
rio, con ahullidos de júbilo, la ejecución del Alguacil Ma- 
yor, á quien veían balancearse sobre sus cabezas. Al mis- 
mo tiempo se apartaban con respeto, para abrir paso á 
un religioso, que con la cabeza inclinada y oculta bajo 
la capilla, salia de la iglesia y se dirijia por el lado que 
conduce á la calle ancha de los herreros. 

Andrés y sus soldados determinaron permanecer en 
la plazoleta de la Merced, con ánimo de entrarse en la 
iglesia en caso de que los acometiesen fuerzas muy supe- 
riores; y de defenderse, si volvían los alguaciles ó alguna 
partida de tropa poco numerosa. 

A aquella hora ya los dos bandos opuestos estaban 
en armas y ocupaban diferentes barrios de la ciudad. Re- 
corrían los partidarios del Visitador, capitaneados por 
Francisco Molinos, desde San Antonio, siguiendo por la 

,08 



— 458— 

ancha y tortuosa calle que pasando por la 'cruz de pie- 
dra," y tocando con la irregular y mal trazada plazuela de 
San Sebastian, va á rematar en una de las esquinas de la 
de la Merced. Ocupaban también el extenso barrio de Can- 
delaria, cuya plaza acababa de ensanchar el Conde de 
Ja Gomera, por lo cual se le habia dado» el nombre de 
"Plazuela del Conde,'* y parte del de Santo Domingo, don- 
de vivia, como ya hemos dicho, el Visitador y Jue;^ de 
residencia. 

Los del Presidente, á las órdenes del capitán Pera- 
za, estaban apoderados de la parte de la población que 
comprende desde San Lázaro, siguiendo por el Espíritu 
Santo, Santa Lucia, San José el viejo y la Escuela de 
Cristo, hasta las márgenes del Pensativo* 

Después de la ligera escaramuza entre los alguaci- 
les y el pelotón de Andrés Molinos,^ no habia ocurrida 
nuevo encuentro; manteniéndose los belijerantes á la es- 
pectativa y aguardando el dia, para calcular sus respec- 
tivas fuerzas.^ Los derrotados coi-chetes habian esparcido 
la alarma en toda la ciudad, exagerando muchísimo el 
número de los sediciosos que andaban por la calle ancha, 
á fin de cohonestar su descalabro. Aseguraban; que el Al- 
guacil Mayor habia caido en poder de aquellos y algunos 
agregaban haber visto desde lejos el asesinato de su des- 
venturado gefe. Cuando rayó el dia, muchas gentes ani- 
mosas treparon á los techos de sus casas para inspeccio- 
nar un poco la ciudad. ¡Cual no seria el susto de aque- 
llos buenos republicanos, al divisar en el campanario de 
la Merced un caballero completamente armado, pendien- 
te por el cuello de una viga!- Al pronta no se acertaba 
con lo que pudiese ser aquello; pero luego se fué espar- 
ciendo la noticia de que Don Gerónimo de Utrilla andaba 
la noche anterior armado y á caballo, come cuando iba 
á los torneos de las fiestas reales; que atacado por dos 
ó trescientos sediciosos, habia sucumbido, haciendo pro- 
digios de valor: y que acribillado '^- heridas, no pudo 



I 



— 459— 

evitar el caer en poder del enemigo. Era, pues, evidente, 
^\le aquclbulto que se balanceaba en la torre déla Mer- 
t3cJ, y cuyo rostro no se veía, por estar cubierto con ia 
visera del yelmo, era el leal y heroico Don Oerónimo. 

Algunas viejas que un día antes maldecían del Al- 
«^uacil Mayor, se reunieron en corrillos en una calle con ^ 
tigua á la plazuela de la Merced y desde la cual se di- 
visaba perfectamente al ^ihorcado, 

— Habrase visto picardía igual, decia una, un señor 
tan bueno, -colgarlo asi, como á Judas en jueves santo! 

— Pero no crea comadre que se la llevaron tan suavo- 
na esos excomulgados, observó otra. Antes de coger al Sr. 
Alguacil Mayor, él había despachado seis con su lanza. 

— Y lo que falta, añadió otra; ya se están juntando 
los del pueblo como hormigas y van á venir al resgafe del 
Sr. Alguacil. 

— De su cuerpo será, dijo una que no había toma- 
do parte en la plática, pues ese buen señor tiene ya to- 
das las señas de haber muerto, hace cuando menos tres horas. 

— ¿En que lo conocéis, hermana? preguntó otra, pues 
yo desde aqui no veo mas que -el bulto. 

— Pues sois ciega, replicó la de la observación; yo 
veo los ojos del Alguacil Mayor cubiertos , por una tela, 
como los de todo difunto; y ademas, ¿quien no le vé el 
palmo de lengua que saca por las barras del yelmo? 

Fijáronse mas las otras, y después de un rato de ob- 
servación, concluyeron por asegurar que veian perfectísi- 
mamente los ojos opacos y la lengua amoratada del es- 
trangulado Don Oerónimo. 

Con aquella convicción, esparciéronse las compasivas 
ancianas por la ciudad y un cuarto de hora después toda 
la población sabia con horror que Don Gerónimo de ütri- 
11a estaba ahorcado, con lui palmo de lengua fuera de 1;í 
boca, en lo mas alto del campanario de la Merced. 

Los sediciosos que acompañaban á Andrés. Molinos 



— 460 — 
cubrieron las esquinas de la plazuela con trincheras im- 
provisadas. Los escaños de la iglesia, muebles y colchones 
de las casas inmediatas, todo fué aprovechado para for- 
mar aquella especie de barricadas. Estaban resueltos á 
defenderse, si no los atacaban con fuerzas muy superio- 
res y para el último caso, contaban con las torres de la 
iglesia. Francisco, avisado por su padre adoptivo de la 
posición que este ocupaba, le envió un buen refuerzo, con 
k) cual el viejo herrero vio redoblarse el brio y la re- 
solución de los que lo acompañaban. Los religiosos del 
convento tuvieron que proveer de viveros á aquellos des- 
almados, que se manifestaban resueltos á exijirlos por la 
fuerza. 

Andrés Molinos, luego que hulM) arreglado su falange, 
distribuido las guardias de las trincheras y tomado otras 
disposiciones, puso, sin que nadie lo viese, en una bolsa 
algo grande, que pidió á su hermano, pan, un pollo asa- 
do y una botella de vino; se colgó al brazo izquierdo 
aquel saco y tomando un mosquete, llamó á unos ocho de 
los mas resueltos de la partida que do hablan sido desti- 
nados á las trincheras. 

— Vamos á inspeccionar un poco las calles inmedia- 
tas, dijo, y dejando la plaza al mando de uno de sus ofi- 
ciales de herreria, cuyo valor y prudencia le eran muy 
conocidos, salió con su guerrilla. 

Encamináronse hacia la calle ancha de los herreros, y 
cmando estuvieron á unos cincuenta pasos del taller, les 
dijo Andrés que lo aguardasen, pues quería dar un vista- 
zo á su tienda. 

Dirijiose á la herreria, que encontró sin llave, aun- 
que cerrada, y al Alguacil Mayor con el hábito de fraile 
de la Merced, agazapado en un rincón. 

— ¿Yenis á sacarme de este encierro? preguntó Don 
Gerónimo. 

^ — ¡Que ííacaros, voto á tal! exclamó el herrero: agrá- 



--461— - 
(Icced que no estáis bailando en la cuerdü, como lo cree 
todo el mundo. A encerraros mas vengo; que «i os vieee 
ahora cualquiera, buena zamotana se me aguardaba. Vais 
á volver al sótano. Aqui os traigo de comer y cuidaré de 
que no os falte, mientras estéis secuestrado. 

— ¿Y que? ¿tanto ha de durar todavía mi prisión? 

— Durará cuanto dure esta guerra. Cuando triunfe- 
mos, podréis salir, que con la alegría de la victoria y con 
el gusto de ver ahorcados real y verdaderamente á otros 
que valen mas que vos, se les pasará el corage á mis 
gentes. Conque resignaos y haced paciencia. 

El Alguacil Mayor suspiró con mucha tristeza, y dijo: 

— Si al menos me hicieseis la caridad de encerrar 
conmigo á mi buena esposa, á mi querida Luisa, que es' 
tara loca de pena por mi ... . 

— Podéis iros enhoramala con vuestro impertinente 
deseo, contestó Molinos. Vuestra esposa os cree ahorcado, 
á esta hora, como toda la ciudad, y estará ya dando tra- 
za de casarse con otro. 

— Virgen de los desamparados! gritó Don Gerónimo, 
tal vez con el capitán! Id, por el alma de vuestro padre, 
á impedir esa bigamia. Decidle que yo le aseguro que no 
he muerto. No perdáis tiempo; os suplico que.... 

Andrés no dejó concluir sus lamentaciones al Algua- 
cil, y empujándolo hacia la boca del sótano, que estaba 
ya abierta, lo hizo rodar por la escalerilla. Cerró, salió 
de la herrería y volvió á reunirse con sus compañeros. 



— 162-- 



cAPriu.o xxxti 



Kl ahorcado 7 »u ▼inda. 




/nformado de los sucesos ocurridos en la calíe 
ancha y de la actitud tomada por sus partida, 
rios, el Visitador hizo llegar á Francisco Molinos 
la orden de que se mantuviese á la defensiva y que no 
hiciese uso de las armas, sino en caso de ser atacado. Que- 
ría que recayera toda la responsabilidad de las desgra- 
cias que iban á ocurrir, sobre el Presidente y sus parti- 
darios; y al efecto le importaba proceder con la mayor pru- 
dencia. 

Pero sucedió que, no menos cauto por su parte el 
Conde de la Gomera, hizo igual prevención á su hijo y 
por fortuna logró ser atendido; al menos, durante el dia 
que siguió á la noche en que se verificaron los sucesos 
que en el último capitulo dejamos referidos. Pasaron las 
horas, sin que ni por la una ni por la otra parte se in- 
^ tentase salvar los límites que ambos partidos se habiau 



trazado. Durante todo el dia, apenas se habló de otra 
cosa que de la crueldad con que se habia tratado al Al- 
guacil Mayor, que como sucede de ordinario, ganó con 
aquella supuesta muerte. Encontráronsele mil virtudes que 
antes ninguno le habia sospechado y se olvidaron instan- 
táneamente todos los defectos de que con razón ó sin 
ella lo acusaban cuando estaba vivo. Les partidarios 
del Presidente sentían no poder rescatar el cadáver del 
digno funcionario; pero como la orden era mantenerse á 
la defensiva, tuvieron que resignarse á verlo por todo el 
dia suspendido de aquella ominosa cuerda. Comenzaron, 
si, á tomar disposiciones para celebrar, en una de las igle- 
sias que quedaban en la parte ocupada por los del Pre- 
sidente, unas solemnísimas honras por el alma del difun- 
to, y se dedicó un grave y docto religioso de no sabe- 
mos que orden á componer una pulcra y peinada oración 
fúnebre. 

Todo eso, á la verdad, fué de fácil arreglo; pero que- 
daba la gravísima cuestión de cómo se haria para dar la 
noticia á la pobre de la viuda. Imagináronse mil menti- 
ras piadosas, á fin de que fuera tragando poco á poco la 
desgracia; se habló á varios padres para que la prepa- 
rasen; en seguida un Alcalde y dos regidores del Ayun- 
tamiento debían largarle el trapo, con tddas las precau- 
ciones oratorias indispensables para que Dña. Luisa no 
fuese á caer muerta ó se volviese loca del susto. 

Con el fin, pues, deponer por obra aquel bien com- 
binado plan estratégico, fueron los comisionados en soli- 
citud de la viuda del Alguacil Mayor. Grande fué la sor- 
presa al oír que no se sabia del paradero de Dña. Lui- 
sa. Perdíanse en conjeturas á cual mas funesta, y la ge- 
neralidad aseguraba y sostenía que^ la heroica dama, en 
el exceso de su dolor, habia intentado salvar las trinche- 
ras que levantaran los sediciosos y que la muerte, una 
"muerte cruel y desastrosa habia sido el resultado de aque- 



]]:[ prueba sublime de aíecto conjugal. Aquel episodio iba 
á figurar en primer término en la oración fúnebre del 
Alguíicil, esperando el orador sacar un gran pnrtido de 
él y de unas cuantas citas 'atinas con que se proponía 
exornarlo. 

Luego que entró la noche, el Visitador creyó conve- 
niente ir á recorrer la linea que formaban sus partida- 
rios, para hacerse cargo de la situación y del espíritu en 
que estuviesen sus agentes. EmV)ozose en su capa y acom- 
¡jañado únicamente del comandante de su guardia, el al- 
férez Bocanegra, se dirigió hacia el punto que ocupaba 
Francisco Molinos. Preguntóle si sabia de su padre y con- 
testó Francisco que ccmtinuaba en la plazuela de la Mei- 
ced, donde )mbia formado un buen atrincheramiento. Pi- 
dió noticia Don Juan acerca del rumor que corría de 
haber sido ahorcado el Alguacil Mayor, y se le informó 
de que efectivamente se le habia visto colgado de una viga 
en lo mas alto del campanario. 

Don Juan recomendó á Francisco la mayor vigilan- 
cia y que en todo caso aguardase ser atacado. Hecho 
esto, se encaminó hacia la calle ancha y llegó hasta la 
herrería de Andrés Molinos. Sacó la llave, y después de 
haber prevenido al alférez que lo aguardase ahi, abrió, 
entró y cerró por dentro. Encendió una linterna sorda 
que llevaba, y habiendo hecho girar el trozo de madera 
que cabria la boca del sótano, descendió al fondo por 
la escalerilla. 

Caminaba por el subterráneo, dirijiendose hacia la 
puerta que comunicaba con el laboratorio del Dr. Cor- 
rea, y cuando estaba á unas pocas varas de la puerta, 
Don Juan vio un bulto blanco que iba alejándose, á me- 
dida que él avanzaba. Figuróse de pronto que seria algu- 
na ilusión de sus sentidos y apretó el paso; pero luego 
Tió que aquel bulto era un individuo con el hábito de la 
Merced, que tenia oculta la cabeza bajo la capilla. A8om- 



— 465— 

brado de encontrarse con un fraile en aquel sitioj se acer- 
có á él y le dijo en tono firme i 

— ¿Quién sois y que hacéis aquí? 

El fraile no levantó la cabeza y dijo con voz tem- 
blorosa: 

— Yo señor, soy el Alguacil Mayor Don Gerónimo 
de Utrilla. 

A pesar de su natural impavidez, Don Juan retroce- 
dió dos pasos, al oir aquellas palabras. Mas do veinte 
personas le aseguraron haber visto al Alguacil Mayor 
ahorcado en la torre de la Merced; y aparecersele en 
aquella hora y en aquel trage, en un lugar donde no era 
fácil penetrara nadie mas que Andrés Molinos y él mis- 
mo, era para infundir terror y espanto á cualquiera. Por 
la primera vez en su vida, Don Juan tembló; tembló (|e 
miedo del Alguacil Mayor, que estaba temblando de miec^o 
de Don Juan. Porque es el caso que el pobre Don Greró- 
nimo, azurumbado con los sucesos de los dias últimos, ha- 
bía acabado de perder la chaveta. Oyó que los sediciosos 
á quienes capitaneaba Andrés Molinos aclamaban al Visi- 
tador y figúresele naturalmente que aquel funcionario ha- 
bla dado la orden de que lo ahorcasen. Al ver aparecer 
á Don Juan, se consideró perdido y habría querido ocul- 
tarse en las entrañas de la tierra. 

El Visitador, como hemos dicho, tuvo miedo. Pero 
dominada la primera impresión que le hizo experimentar 
aquella aparición inexplicable, se propuso averiguar la 
verdad de lo que no acertaba á comprender. Adelantóse, 
pues, hacia el aparecido y levantándole la capilla, le alum- 
bró la cara con la linterna. No podia caber la mas li- 
gera duda; aquel hombre era el Alguacil Mayor. 

— ¿Sois vos? dijo Don Juan; no es cierto, pues, lo 
que me hablan asegurado: lo que cree áesta hora toda la 
ciudad. 

— ¡Ah señor! contestó Don Gerónimo, dando diente 

59 



— 466— 

con diente; Andrés Molinos ha cumplido fielmente vues- 
tras órdenes. Después de la batalla en que cai prisionero, 
»e me encerró en esta mazmorra; vinieron á sacarme, hi- 
cieron que me vistiera la armadura, pusiéronme sobre unas 
andas y me llevaron á lo mas alto del campanario de la 
Merced, donde me ahorcaron. Os juro, señor Visitador, 
que vuestro mandato se ha ejecutado exactamente: yo he 
sido ahorcado, y de consiguiente, seria inútil que Yuesa 
Señoría se tomase ahora la molestia de mandar repetir 
la operación. 

Oyendo aquello, Don Juan imaginó ó que aquel po- 
bre hombre habia perdido enteramente el juicio, ó que 
babia en aquella aventura algún misterio que él no acer- 
taba á descifrar. Iba á pedir al llgoacil Mayor que le 
ezplicase razonablemente lo ocurrido, cuaudo se oyó en 
el laboratorio del alquimista, del cual los separaba única- 
mente la puerta oculta de que ya hemos hablado, la voz 
de un hombre que hablaba en voz baja y deciar 

— Despertad, señora, que tengo urgente necesidad de 
hablaros. 

Don Gerónimo se puso á temblar otra vez, al oir 
aquella voz, que no acertaba á atinar de donde salla. Don 
Juan creyó reconocer la voz del Dr. Araque, lo que no 
estrañó, sabiendo que tenia entrada franca en el laborato- 
rio; pero si le llamó la atención el oir que parecia diri- 
girse á una muger. Luego se oyó un lijero rumor, como 
el que forma la respiración precipitada de una persona 
que despierta súbitamente de un sueño profando, y se es- 
cucharon clara y distintamente las siguientes palabras. 

— Habéis faltado á vuestra promesa; he venido bajo 
la condición de que no os presentaríais aqui. 

Don Gerónimo sintió que un sudor frió le inundaba 
iodo el cuerpo, al oir aquella voz; tambaleábanle las pier- 
nas, y con voz entrecortada dijo: 

— Luí, . . . : pero no pudo concluir, porque el Yislta- 



-467— 

dor le puso la mano en la boca, evitándole que acabase 
de pronunciar el nombre, 

— Callad, ó sois perdido; dijo Don Juan en voz muy 
baja y con un aire terrible, que acabó de oprimir el co- 
razón al desventurado Don Gerónimo. 

— Escuchemos, añadió el Visitador, y después os di- 
ré lo que tenéis que hacer. 

— Es verdad que os he faltado á lo que os ofrecí, 
amable Doña Luisa, dijo el oidor, pues era él efectiva- 
mente el que acababa de despertar á la esposa del Al- 
guacil Mayor; pero un asunto muy grave es el que aquí 
me trae. 

— ¿Qué es lo que ha ocurrido?, preguntó la dama- 
decidlo pronto y hacedme favor de retiraros. 

— Una desgracia, exclamó Araque, que casi no me 
atrevo á anunciaros. Vuestro esposo cometió la impru- 
dencia de atacar, al frente de unos cuantos alguaciles, á. 
una partida d-e gentes del pueblo y fué hecho prisionero. 

— En eso, contestó Doña Luisa, no veo un gran mal ; 
pues supongo que se tomará en cuenta que mi marido no 
ha hecho mas que cumplir con su deber. 

-— Señora, replicó el oidor, vos no conocéis las pasio- 
nes populares; esas gentes están exasperadas y 

— Y ¿qué queréis decir? ¿Creéis que sean capaces de 
algún atentado? 

— Mucho lo temo; Don Gerónimo parece que estaba 
ciego de cólera; se metió en lo mas encarnizado del com- 
bate y . . . . 

— ¡Gerónimo ciego de cólera! exclamó la joven; Ge- 
rónimo en lo mas encarnizado del combate! ¿Se ha vuelto, 
pues, otro hombre del que ha sido siempre? 

— Tal es lo que dicen, señora. El resultado de to- 
do es que el desgraciado caballero quedó en poder de 
sus enemigos, que estaban ardiendo en deseos de ven- 
ganza. 

— ¡y qué! ¿serán capaces de haberle quitado la vida? 



— 468— 

El oidor guardó silencio; visto lo cual, Doñi Luisa 
comprendió lo que habia sucedido. 

• — ¿Conque lo han asesinado? dijo; ¿conque me en- 
cuentro ya sola y abandonada? 

— Bella Doña Luisa, exclamó Araque en tono meli- 
fluo, ni abandonada ni sola; que desde luego podéis con- 
tiir con los que fuimos buenos y fieles amigos del finado 
Don Gerónimo. 

Ai oir esto el Alguacil Mayor no pudo contenerse 
é iba íi gritar que no habia muerto; pero el Visitador lo 
hizo callar, apenas hubo pronunciado el no. Don Juan des- 
nudó la espada y dirigiendo la punta al pecho de Don 
'Gerónimo, le dijo: 

— Guardad silencio, si no queréis que os atraviese 
de parte á parte. Deseo ver en que para esta aventura. 

Doña Luisa y el Dr.- percibieron aquel no, que pare- 
cía haber salido del fondo de una tumba y se estreme- 
cieron, creyendo reconocer algo muy semejante al tono 
de voz del difunto Alguacil Mayor. 

— ¿Habéis oido?, dijo la joven. 

— Me pareció, contestó Araque temblando, escuchar 
algo que me recordó la voz de vuestro desventurado es- 
posó; pero debe haber sido una ilusión de mis sentidos. 
Yo mismo, señora, como toda la ciudad, he visto al. Al- 
guacil Mayor vestido con la armadura que usaba en las 
fiestas reales, ahorcado en el campanario de la Merced. 

— ¡Con la armadura decis!, replicó la dama; ¿y para 
qué se la pusieron? 

— El mismo tuvo la extraña idea de presentarse en 
las calles á caballo y armado de punta en blanco, al fren- 
te de la policía. 

— A la verdad, observó Doña Luisa suspirando, que 
nunca crei que- Gerónimo fuese tan valiente y atrevido. 
Es necesario perder lo que se tiene, para comprender lo 
que valia. Infeliz Gerónimo! 

Y diciendo esto, se puso á gemir y á sollozar. El 



— 469— 
Alguacil Mayor, que nunca las liabia tenido todas consi- 
go respecto al amor de su cara mitad, no pudo dejar de 
enternecerse con aquella prueba de afecto postumo, y so- 
llozaba también, aunque muy quedo, por el pavor que le 
infundía la espada de Don Juan, que le tocaba el pecho, 

— En fin, dijo el oidor, dejemos lo que ya no tiene 
remedio y pensemos en vuestro porvenir. Dios ha dispues- 
to sin duda lo que ha sucedido y no hay mas que con- 
formarse con sus soberanos decretos. Vos sois joven, ama- 
ble y linda; no tenéis parientes muy cercanos que os am- 
paren; sabéis que os amo hace mucho tiempo, y aunque 
esta no sea tal vez la mejor oportunidad, yo os ofrezco 
desde luego mi corazón y mi mano. Soy rico. Ministro de 
esta Real Audiencia y tengo fundadas esperanzas de lle- 
gar á ser Presidente de ella y Capitán General del rei- 
no. ¿Queréis ser mi esposa? 

Don Gerónimo lanzó una especie de gruñido sordo, que 
percibieron el oidor y Doña Luisa, uo poco asustados. 

— ¡Presidente y Capitán General del reinol esclamó 
la joven, después de un momento. Yo creia que esos des- 
tinos estaban reservados al Visitador, Don Juan de Ibar- 
ra, como premio de sus trabajos para dar en tierra con 
el Conde de la Gomera. 

— Eso es lo que él pretende, contestó el oidor rién- 
dose y lo que le hemos hecho esperar. Pero yo no soy 
hombre que trabaje para otro. El Visitador es un ambi- 
cioso, de carácter despótico y vengativo. ¿Qué ganaria- 
mos en el cambio? Por el afecto que me inspiráis y por- 
que ya me atrevo á contaros como una persona intima- 
mente unida á mi, os abriré mi corazón por completo y 
sin reserva alguna. Mis compañeros de la Audiencia y 
yo hemos trazado nuestros planes muy hábilmente. Nos 
hemos servido del nombre y de la autoridad del Lie. Ibar- 
ra, Juez de residencia, para promover un cambio; pero 
ya tenemos dados al Rey, bajo la mayor reserva, ir formes 
muy detallados sobre el carácter y conducta del Visitador. 



— 470-- 

Ademas, á esta hora. la ciudad está en armas y dividida 
en bandos encarnizados 

— Pero ese es un gran mal, observó Doña Luisa. 

— Nosotros, contestó el oidor, que hemos tenido po- 
der bastante para mover al pueblo, lo tendremos tam- 
bién para sosegarlo, cuando nos convenga. 

— Dios quiera que no os equivoquéis. 

— Suceda lo que sucediere, ya es demasiado tarde 
para retroceder. Yo os aseguro que el Conde de la Go- 
mera caerá y que Don Juan de Ibarra no será su sucesor. 
Lo seré yo, que soy un letrado mas antiguo que él, y en to- 
dos conceptos verdaderamente llamado á gobernar el reino. 

El Visitador se sonrió con desden y murmuró en voz 
muy baja: 

— ¡Miserable traidor y vanidoso! Ya veremos á la 
hora precisa quien engaña á quien. 

— Ya veis, pues, continuó diciendo el oidor, que al 
ofreceros mi mano, os ofrezco una gran posición. Pero para 
acabar de asegurar la ejecución de mis planes, necesito 
de que vos me ayudéis. 

— ¿Yo? preguntó Doña Luisa, ¿en que puedo ayuda- 
ros? 

— Muy fácilmente, replicó Araque. Los partidarios 
del Presidente ocupan una buena parte de la ciudad; has- 
ta hoy son superiores en número á los nuestros, están me- 
jor armados y municionados y sobre todo, obedecen á un 
gefe, que aunque atolondrado, es valiente y militar de pro- 
fesión. De consiguiente, los del Conde están mejor organi- 
zados que los pelotones de hombres que obedecen á los 
dos herreros Molinos, á quienes nosotros manejamos bajo 
de cuerda. Es, pues, importantísimo, privar á nuestros con- 
trarios de su gefe, á cuyo efecto me ha ocurrido la idea 
de que deis una cita al capitán Peraza y que lo entreten- 
gáis con fingidos alhagos, mientras los nuestros caen so- 
bre los enemigos, que viéndose sin gefe, se encontrarán 
perdidos. 



— 471— 

— La idea no me parece mala, contestó Doña Luisa, 
cuyo espíritu intrigante se prestaba fácilmente á aquel 
género de enredos. Pero, ¿habéis contado para todo eso 
con el Visitador? 

— De ninguna manera, dijo Araque; el plan es ex- 
clusivamente mió, y no quiero que otro se lleve la gloria 
y el provecho de mi idea. Por eso he venido con la ma- 
yor cautela, á informaros de Jo que ha ocurrido mientras 
habéis estado encerrada aqui. Sensible me ha sido ser 
yo el que os dé la noticia del desgraciado fin de Don 
Gerónimo; pero esto era preciso, para que supieseis mi 
resolución de hacer que seáis mi esposa. No hay tiempo 
que perder, adorada Luisa mia; traigo aqui recado de es- 
cribir para que pongáis al capitán Peraza un billete que 
yo mismo os dictaré. Supongo que él conoce vuestra letra. 

— Perfectamente, contestó la dama, pues le he escri- 
to una ú otra vez sobre cosas insignificantes. 

El oidor se sonrió y el Alguacil Mayor estuvo á pun- 
to de desmayarse. Entretanto Araque habia acercado á 
la cama la mesa que servia de escritorio al Dr. Correa 
y habiendo presentado papel y pluma á Dña. Luisa, se 
puso á dictarle: 

" Fernando: Deseo hablaros un momento á solas. Es- 
toy en lugar seguro. Podéis seguir á la persona que os en- 
tregará este billete y os conducirá á donde os aguarda 



con ansia vuestra 



Luisa." 



Cuando la dama comenzó á escribir aquella carta, 
Don Juan de Ibarra dija en voz muy baja al Alguacil 
Mayor: 

— ¿Queréis evitar la desgracia que os amenaza? 

— Con toda mi alma lo deseo, contestó Don Geróni- 
mo en el mismo tono de voz. 

— Bien, añadió Don Juan: voy á haceros penetrar 



— 47ii— 

en esa habitación donde se halla vuestra esposa con esc 
perverso intrigante. Al presentaros, pronunciad estas pala- 
bras. 

El Visitador dijo dos ó tres frases al oido del Algua- 
cil Mayor, y sacando del bolsillo de su jubón la llave de 
la puerta que cori^'niicaba con el laboratorio del Dr. Cor- 
rea, abrió en el momento mismo en que Dña. Luisa aca- 
baba de ürmar el billete. Ni la joven ni el oidor vieron 
abrir la puerta, porque quedaba á e.-^paldas de la cam»; 
a^i fué que Don Juan pudo volver á cerrarla, sin que aque- 
llos lo advirtiesen. El Alguacil Mayor avanzó dos pasos, 
y con voz hueca y sepulcral exclamó*. 

— ;Ay de la esposa infiel que acaba de firmar su 
condenación eterna I 

Erizáronse los cabellos al Dr. Araque, cuando, al oir 
aquellas palabras, volvió la cara y se encontró frente á 
frente con el Alguacil Mayor, en hábito de fraile. Dña, 
Luisa dio un grito y se cubrió el rostro con ambas ma- 
nos. El oidor huyó despavorido, sin acordarse del billete 
ni de nada, y corriendo como un loco por la casa del Dr. 
Correa, se lanzó á la calle. La dama no tuvo valor para 
moverse de la cama. Veia á Don Gerónimo en aquel ex- 
traño trago y creia firmemente que lo que tenía delante 
era un difunta salido del sepulcro, por permisión divina, 
para echarle en cara su ingrato proceder. El Alguacil Ma- 
yor la contemplaba con ojos extraviados; y con acento co- 
lérico exclamó: 

— ¡Pérfidal No aguardabas siquiera á que la losa del 
sepulcro cubriera mi ceniza para comprometerte con otro, 
y me olvidabas iperjura! apenas acababas de saber mi 
muerte. 

— De parte de Dios todopoderoso, dijo Dña. Luisa 
temblando y poniéndose de rodillas en la cama, si eres 
alma de la otra vida, dime lo que quieres y lo que de- 
bo hacer para sacarte del purgatorio, donde sin duda es- 
tas penando por tus culpas. 



— 478— 

. ' -frf En un verdadero infierno me ponen las tuyas, con- 
denada, replicó Don Gerónimo furioso, y se dirijió hacia 
BU esposa, levantando el puño, con aire amenazador. Pero 
sucedió que. la joven, al arrodillarse, se mostró en un tra- 
je harto lijero, con el cual nunca la habia visto el Algua- 
ieily.Jb'ijose el bendito en, a/:|;uella circunstancia, y n^j íq- 
««uHado .füé.iC[Ufi,í^l||^a4ió al traste:j!Q0i^(6us ;píroyegj:o& de 
fvenganza.;. '.•f'.'-i üíí v ,. ,;!(,•> i- \]vvvi orv^, ; 

-^-fq — Yq te. . i., i maldigo, iba á decir, y variando repen- 
ítitítoente de idea y de tono, concluyó echándose al sue- 
flo de rodillas y diciendo: te adoro y te í)idp me ,i)ev4o- 
]n)es,i0i:susto que te he dado, i aolup ij ,oijpjiiiA .lü aae' 
i,ii o La joven lo veía asombrada, sin saber como tornar 
•fíq«^l lance tra;;i-cómico,, hapta que, observando bien e;l 
aire entroi^toosta^aío ,y :^moro3Q-d^l ^!gua,eil,, disfrazado 
4e fraile, acabó por convencerse de que lo de la muerte 
era un embuste yv prorrumpió en una estrepitosa carcaja- 
da. Don Gerónimo, que por Tíegla general, acababa siem- 
pre por hacer loque queria Dña. Luisa, viendo que esta 
se reia de tan buena voluntad, concluyó por reirse él mis- 
mo, aunque realmente no sabia bien por qué lo hacia, 
-o) í Períi á aquel arranque de inexplicable hilaridad suc- 
cedió de repente en el ánimo del Alguacil el sentimien- 
to de la desconfianza y de los celos. Recordó la conver- 
sación de su muger con el oidor, echó una mirada inves- 
tigadora en derredor de la extraña habitación en que se 
encontraba, á las paredes ahumadas, á los hornos, los 
alambiques, las retortas y demás utensilios alquimicos y 
estuvo á punto de creer que real y verdaderamente ha- 
bía sido ahorcado y que se enpontraba en I9 n^^^ profun- 
do del infierno. ' .aifrsrniiooíioo ía «rf/i-í ' 

— ¿Donde estamos?, preguntó á Dña. Luisa; ¿como 
has venido á dar aqui y como es que te hallabas encer- 
rada en esta que sin duda es la cocina de Satanás, con 
ese viejo libertino del Dr. Araque? \únoi'dVi 

.j.. , Dña, Luisa habia tenido tiempo para hacer; su. com^ 

60 



— 474— 

posición de lugar, y como aguardaba ya aquellas pregun- 
tas, contestó: - íjí oliíxIÓisD u.)u «.-oí. 
ó 1 6^. -1 No podré decirte, querido esposó mío, que lugar 
«s esté donde tú y yo nos hallamos. La noticia de tu 
muerte, que gracias á Dios veo que no era cierta, me sa- 
có de mi juicio; sali por las calles hecha una loca, y 
cuando me dijeron que estabas ahorcado en no sé que 
campanario, perdi el conocimiento y no volvi á saber que 
fué de mi. De cuanto ha pasado después nada me pre- 
guntes, pues creo que todo ha sido obra de brujería. Este 
cuarto tan extraño, donde me tienen presa, la venida de 
ese Dr. Araque, á quien te consta que no puedo sufrir, tu 
aparición aqui como venido del otro mundo y con ese há- 
bito de fraile, todo todo es para perder la cabeza y creer 
C[ue cuanto nos ha pasado es obra del enemigo. 

— ¿Y este billete, exclamó el Algnacil temblando de 
cólera, este billete en que llamabas á ese capitán tronc^ 
ra, ¿será también cosa de brujeria? 

Dña. Luisa habia olvidado (Jue estaba ahi aquel cuer- 
po del delito; cogida de improviso, no halló como expli- 
car aquella cita, y tuvo que apeíar á un recurso heroico. 
Lanzó un gemido desgarrador, apoyó la mano sobre el co- 
raíOD, cerró los ojos y cayó en la cama desmayada. 
' Don Gerónimo se puso pálido del susto, y con voz 
lastimera comenzó á llamar á Dna. Lrrisa y á darle aire 
con la punta de la capfi. Viendo que no volvía en si, echó 
una mirada en derredor y alcanzó á ver un gran fuelle 
que servia al Dr. Ccrrrea para avivar el fuego de sus 
hornillas. Tomólo el Alguacil y con todas sus fuerzas se 
puso á soplar en la cam de Dna. Luisa, que ni por esas 
recobraba el conocimiento. 

En aquel momento se abrió la puerta que comunica- 
ba con el sótano de la herrería de Andrés Molinos y sa- 
'} i ó el Visitador embozado hasta los ojos. Acercóse á Dob 
Gerónimo y le dijo al oido: 

— Es tiempo de qire esto^ concluya. Haced qiie se 



—475— 
vista, empnjnd la pvierta, pasad el sótano de la herrería, 
subid la escalera y salid hasta la calle. Encerraos en vues- 
tra casa y no os dejéis ver de nadie, hasta nueva orden» 

El Alguacil inclinó la cabeza en señal de asentimien- 
to; Don Juan se dirijió á la mesa, tomó el billete que ha- 
bia escrito Dña. Luisa al capitán Peraza y se retiró, de- 
jando la puerta cerrada, aunque sin ílave. 

Cansada al fin la desmayada dama de sufrir el mo- 
Itísto soplo del fuelle, abrió los ojos, arrancó un gemido 
de lo mas hondo del pecho, y viendo á su marido arro- 
dillado junto á la cama y con el fuelle en la mano, tuvo 
que esconder la cabeza debajo de las colchas, para que Don 
Gerónimo no la viese reir. 

— Ya averiguaremos otro dia lo que todo esto sig- 
nifica, dijo el Alguacil Mayor; por ahora lo que importa 
es que salgamos de esta mazmorra. onívfío*j ^s ,7fífia saaih 

— No deseo otra 'cosa, contestó Dña. Luisa, que real- 
mente estaba ya fastidiada de su prisión; pero ¿como «har^ 
remos para escapar de aqui? >rr^íí97 

— Es muy fácil, replicó Don Gerónimo; vístete y npsa 
marcharemos, . >b 

La joven se puso á vestirse á toda prisa, mientras» 
Don Gerónimo, por decencia, hacia como que examinaba 
los hornos y los alambiques del alquimista. Luego que 
hubo concluido Dña. Luisa, le dijo Don Gerónimo que lo 
siguiese, y tocando con mucho cuidado las paredes, se pu- 
so á buscar la puerta. Dio al fin con ella, empujó, se abrió, 
y marido y muger se hallaron en la otra parte del sóta- 
no. El Alguacil iba avanzando poco á poco, buscando la 
escalera, con los brazos hacia adelante, y Dña. Luisa lo 
seguía, asida de un extremo del hábito. Subieron la es- 
calera y se encontraron en la herrería, en un rincón de 
la cual estaba oculto el Visitador, que no podía ser visto, 
á causa de la obscuridad. Don Gerónimo halló la puerta 
y salió á la calle, seguido por Dña. Luisa, á quien tenían 



—476— 

eBCaiUacTa aquéllas extrañas aventuras. 

-^fȒ Mientras los dos espofeos atravesaban las desiertas 
calles, dirijiendose hacia su casa, Don Jaan volvió al só- 
tano, echó llavo á la puerta que comunicaba con el labo- 
ratorio Y subió, reuniendoeele el alférez Bocanegra, que, 
como se recordará, lo había acompañado, fíid 

Entretanto, ¿que habia sido del oidor Araque? Lo 
que era natural después del tremendo susto que le diera 
la aparición del difunto Alguacil Mayor. Salió despavo- 
rido de casa del Dr. (jorrea (jr, fué! oi ehcerrai-se en la 
suya, abrasándose en calentura. Corroa ignoraba lo suce-. 
dido, pues todo pasó mientras él dormía. El oidor había 
llegado á su casa á eso de las'diez de 1» noche,; dioien-^ 
dolé que tenia urji^ntc necesidad de hablar á Dña. Luisa, 
con quien^ convorsaria una ó dos horas, y á fin de que pu?. 
diese salir, se convino en dejar sin llave la puerta déla 
calle. Cuando el oidor huyó del que creía una alma de la 
otra vida, pudo salir de la pasa, merced á aquella pre- 
vención, y se marchó, dejando de par en par la puerta. Ai 
siguiente día advirtió Correa aquella circunstancia y se 
dirijió al laboratorio. ¡Cual no seria su asombro, ^l ver 
que habia debaparecido la muger del Alguacil Mayor!/Cnl- 
culó que solo el Dr. Araque podia explicarle el. enigma' 
y w dirijió á su casa. Introd\ijeronlo hasta la alcoba» don-, 
de estaba el pobre oidor, quion le dijo que su condona- 
do laboratorio ora una antesala del infierno, que estaba 
plagada de apariciones y vestiglos., (jorrea tomó el^^ulr 
so al oidor y creyó encontrar eu el estado patológie<;í^ide: 
su amigo la explicación de tan extrañas palabras. Supu- 
so que ellas eran efecto del delirio producido por la lie-. 
br^^ yisiu decir palabra, se marchó 4 buscar el vino bl^jij-: 
co y' las pildoras milagrosas con que habia curado al bar- 
bero Molinos. .,>:;', i; 

jjr Entretanto el Yisitiador, á quien la casualidad acaba- 
büüde proporcionar el hilo de lab intrigas d-j gus mifi»ios 



— 47.7— 
üliado-s y que se h^Jlaba en p(K<e>iuii del billete de T)hi. 
Luisa, se eiicerru en su gabinete á eoiu binar sus planes. 
Meditaba la manera de derribar al Presidente y de bur- 
larse de sus propíos amigo?, haeiendolos .^ervir á sus in- 
tereses y echándolos á un lado cuando ya no los necesitase. 
Después de haber reflexionado durante un rato, es- 
cribió imas pocas palabras en un papel, que cerró en for- 
ma de carta, y llam?rndo á un lacayo, le previno llevase 
aquella esquela á casa del Alguacil Mayor de corte. El 
sirviente, que como toda la ciudad, tenia por muerto á 
Don Gerónimo, abrió tamaños ojos ai escucha'.- la orden y 
daba vueltas á la carta, í?in atreverse á hacer la observa- 
ción que naturalmente le ocurría. 

— Vuestra Señoría se ha olvidado,,., dijo el sirvien- 
te; ó ignora sin duda .... 

— ¿Que? contestó Don Juan; que el Alguacil mayor 
ha sido ahorcado? N*o "importa. Yq á ^cumplir nif orden. 

El lacayo hizo una profunda inclinación de cabez^ y 
salió. Pottos momentos después, volvió con un jovencilo, 
^de aspecto vivo 3^ resuelto. Era et page de confianza^de | 
Dña. Luisa, á quien enviaba Don Gerónimo, en consecuen- 
cia de la carta qu43 acababa de dirijirle el Visitador. 



UiifOiú'ul) 



— 478— 




CAPITULO mili 



Preliminares de acontecimientoH f^raTet, 



f 

ERCA de una hora estuvo el Visitador encerra- 
do con el pag-e de Dña. Luisa, instruyéndolo uetcf- 
i-^ nida y minuciosamente 'sobre las respuestas que 
debia dar al capitán Peraza, si trataba de averiguar don- 
de estaba la dama. Parte con la verdad y parte con men- 
tiras, compuso Don Juan, una historia que si bien no era 
muy á propósito para ser creída por un sugeto de rec- 
to juicio y buen criterio, podia engañar fácilmente al ato- 
londrado Don Fernando. Agregó el Visitador á sus ins- 
trucciones la oferta de una buena recompensa, á cuenta 
de la cual hizo una anticipación al pajecillo, y con esto 
salió el resuelto y avisado mancebo á poner en ejecución 
el encargo. 

Entrada la noche, se encaminó hacia uno de los pun- 
tos que se hallaban cubiertos por los partidarios del Pre- 
sidente y so dio á conocer á los ceutinelas, como un sir- 



— 479— 
vinnte del difunto Alguacil Mayor de corte, que tenia que 
hablar al Sr. capitán de un asunto urjente. Bastaba la cir- 
cunstancia de que aquel joven fuese uno de los criados 
del digno y valiente funcionario que habia muerto por 
sostener 1h buena causa, para alejar cualquiera descon- 
fianza. Dado, pues, aviso al capitán, previno se dejase pa- 
sar al mensagero. 

Don Fernando liabia establecido su cuartel general 
en la casa deshabitada del barrio de Santa Lucia per- 
tenei-iente á la familia de Loaiza, donde, según dijimos 
en uno de nuestros anteriores capitules, se reunió con los 
otros calaveras sus amigos, á disponer el asalto de las 
armas que tenia en depósito el barbero. Cuando llegó el 
page de Dña. Luisa, el capitán y los seis jóvenes, que 
también estaban alli con él, dormian á pierna suelta. Ha- 
bían velado tres noches, aguardando un ataque y por úl- 
timo cayeron rendidos de fatiga. Trabajo costó que des- 
pertase Don Fernando; pero al fin se incorporó en la cama 
y mandó que entrase el page. 

— ¿Que diablos ocurre, Ricardo? le dijo el capitán, 
malhumorado y abriendo un palmo de boca á cada bos- 
tezo. 

El advertido joven comenzó á hacer como que sollo- 
zaba, y alargando al capitán el billete de Dña. Luisa, 
contestó: 

— ¡Ah Señor Don Fernando! lo que ocurre es que 
las desgracias llueven de poco tiempo acá sobre nosotros. 
No hace cuatro días, nuestro buen amo era capturado por 
los sediciosos y ahorcado como un malhechor, y cuando 
aun no habíamos empezado á consolarnos de esa desgra- 
cia, desaparece nuestra ama, como si se la hubiese traga- 
do la tierra. 

— En cuanto al majadero de Don Gerónimo, dijo el 
capitán, cortando las palabras con los bostezos, bien me- 
recido tenia lo que le sucedió. Solo á un gallinazo como 



él podía' íimIh^iIo ocurrida VBgtiirse de aquella guii^a, conirv 
8i fuera á etítrnr en u¡] combate de aparato. Cuánda oyó 
fiilbar laíí'ibitias, se echó del caballa abjijo, y cata aHi que 
elipeso 'de ia armadura no le permitió poner pies en pol- 
tor^t^, ¥btíio sus dignos compañeros, los corchetes. En 
*^í|rfirt<t^te íix 'settora, yo la he tenido hasta ahora, poi: alma 
de la otra vida y ya había pedido á DioSv de todo cma- 
wfíí^^ie^ lie» pordonaiáe' sas pecados, que según entiendo. 
'Mle^m-^o^i'4tf^^ omf,d lab i-A^ííMí. 
éiOni!:¿i. p«^ Beñon repTitró'feí taibiadó del page, por ¡(y que 
¥íí?^e(»tá"rt 'tfti pobre amo, «o iWfifAré que ha maerío, r y 
lilía 'y)tt4s' dAián eticntH 'dty lo que iiau heeho con él. Pero 
^P>ife'>ííiiííhi'Vf\fe,.yiií^<idA p«ed^ Ikmnrse la qw>d}evu:ícra«^ 
^,rt^ d5HU> 'hMce, <*iTrerrodí<'ei>' una obscura makinobra^ por 
luí iftéftM*- artes (^el sriior oulor Araqvie. 
-íi> iQ4(l '^sofíQhap aquel itoinlire, Dolí Fernando^ que habia 
-rt'í'jlid^ieaéf la cjibezaT^obTéla almohada y eoQíeuzaba á 
'ílormitínf, sei'enderezó. dtcsi )íioe\?o,jy.cbn \o'a alterada por 
la cólera, dijo: ./'i | í» 

JI^^n'ff4;o¿(!k)l•pf>ea•íe^o?[ BI; Doctor Araque es quien se ha 
fipodQEÍradoi;dc tHi ama?,) ¡¿Donde está? dimelo todo, boto á 
lirios, Cine c?o viejo sátiio no se hade burlar de mi^ ,y>ír 
-ltóndo»ef,de las circniístanciast; i- i<rf6i of.rí-^' vi-/ ;" 

i.'Dioiojíiáo eskí), el capitán saltórdei la cama y empe- 
zó á vestirse, á toda prisa. ir.-üu^K» 
— El y solo él, señor, dijo el page, es quien La co- 
metido ese atentado, ün criado del Doctor Correa acaba 
tle buscarme, y bajo la mayor reserva^ me ha entregado 
^iíbillete que os he traído. Con bastante trabajo pude lo- 
"gWtr me revelase que mi infeliz señora ha sido victima 
de la mas fea trampa. Yendo á visitar á una de sus ami- 
gas, la noche en que principió el alboroto, el Dr. Araque 
y sus criados se apoderaron de ella^ y poniéndole una 
mordaza para que no pudiese pedir socorro, la transpor- 
taron á casft de ese médico y la encerraron en un sub- 



—481— 

terraneo que sirve al grandísima lipcliicero para». sus con- 
ciliábulos con los demoniosini^/ Íí>^ óimtoiruyq&íq j 

— Pues yo, dijo Don Fernando, tomanda la capa y 
el sombrero, después de haberse ceriido la espada y cólo* 
cado dos pistolas en el talabarte; pues yo arrancaré á tu 
señora del poder del Dr. Ataque y del Dr. Correa, aun 
cuando llamen en su auxilio a todos los diablos del in- 
fierno; y diciendo esto, se disponia á salir precipitada* 
mente. . '^ííí B ¿beir no-) 

— Un momento, señor capitán, dijo ei joven Ricar- 
do: un momento, si no queréis errai* el golpe. Esto, como 
dicen, mas quiere maña que fueraai Si vais á querer en- 
trar en casa del Dr. Correa usando de violencia, este y 
las gentes de su servidumbre pondrán los gritos en el cie- 
ISfhly albo rotáráno^l -barrio. Hay uii medio sencillísimo d© 
que penetréis en el subterráneo en donde se halla mi se- 
ñora, sin 4ue.jmdi&,Jojadviexta.^. sin ,qujQ. se .mueya..uDa 
mosca, i obfifiuo v .qúóo [^ óiáncoí o .odojmeiclug ííí 6^í/j 

— ¿Y cual es ese medio?, preguntó Don Fernando. 
Dilo luego. 

.íii. — Sé, conteste) el page, por el criado mismo delDrif 
qí!*e>íelf sótano de la casa, que es una antigua bodega, tiene" 
una puerta secreta ignorada de todos y aun del misma 
Correa, que comunica con la bodega de la casa de Jirón 
Manuel, situada bajo una cochera que sirve hoy de taller 
al herrero Andrés Molinos. .... 

— ¿Y bien?, interrumpió Don Fernando impaciente. 
-nooBe^>Por la herrería de Molinos, continuó el joven, se 
baja al subterráneo y por la puerta oculta se pasa al 
sótano donde se halla mi señora. ' ^ 
.^i&'**í<Pero ¿como diablos haré para entrar ahora á la 
herrería de ese perro sedicioso, ;si«inQ^ i es armando un es- 
cándalo para romper la puerta? /-v .; *^ :. 

— Ninguna, necesidad hay de emplear la fuerza, se- 
ñor capitán, pues yo os traigo la llave de la herreriaíijft 
la de la puerta secreta. ;¡ =. hí mij» -^.m'^'-ji f^ffo 

61 



— 482— 

Bicienda así, el p age le mostró las>xlo8, ^laves. qne 
le había proporcionado el Visitador. <.oí rro'» >*o< 

— Ya veo, replicó el capitán, que eres un mozo muy 
liflto, y lo que no acierta á adivinar es como has hecho- 
para atrapar esas dos llares. 

<,rtn -^ ¡Oh señor,! contestó Ricardo riéndose; de la ma- 
nera mas sencilla del mundo: todo eso es obra de ese cria- 
do del Dr. Carrea, á quien mi serx)ra no podrá pagar 
con nada el importante servicio que por su buen cora- 
zón le ha prestado. Ha de saber Vuesa Merced que ese 
criado fué en otro tiempo oficial, y no malo, en la herreriac 
de Molinos* Una casualidad hizo que descubriese la boca 
del subterráneo que está baj© la herreria,.>y ea él halló 
\m gran cofre, fuerte y horrado, que con-tenia el caudal 
del maestro. Mozo y pobre, el oficial se dgó tentar del 
diablo; fabricó una llave iguala 1» de la herrería y una 
noche, fué á poner ^)or obra aquella ínala tentación. Abrió,, 
bajó al subterráneo, encontró el cofre, y cuando iba á ha- 
cer saltar la tapa, oyó abrir la boca del sótano y no tuvo 
mas arbitrio que agazaparse lo mejor que pudo en un 
rincón, cubriéndose con un haz de paja qT>e allr habia. 
El que llegaba ora el herrera, que iba á visitar su teso- 
rof y íeii efeote, contó, eegun pudo advertir el oficial, una 
parte del dinero. La operación fué larga, y c»andf> se^ 
retiró el maestros conienzaba ya á aekrar el dia. El la- 
drón tuvo, pues, que renunciar á sn proyecta por aquella 
iioohe, proponicndosfe ejecutarlo á la siguiente. Pero las 
cosas rodaron de otro modo» Andrés Molinos es descon- 
fiadísimo, y no se sabe qué sombras vio que lo hicieron 
dudar del oficial, y lo devspidió al dia siguiente, prohibién- 
dole expresamente el volver á aparecer en la herrería. 
Nuestro hambre, que no perdía el cariño al lugar, hubo,, 
pues, de acomodarse por criada d«l -Dr. Correa, siquiera 
para estar inmediato á su querido arcon. Ganó la con- 
fianza de su nuevo amo, quien le fió el secreto de las 
operaciones que practica en el sótano, donde ^1 antigua 



— 483— 

oficial de herrería tuvo ya entrada franca. Fácil le fué 
t3alcnlar, poi* 4a disposición del lugar, que aquella bodega 
debía tocar con la de la casa de Jirón, que quedaba bajo 
Ja herrería de su ingrato maestro; y con esta idea fija en 
la cabeza, sC dio á imaginar alguna traza para peneti-ar 
en el escondrijo del codiciado tesoro. A fuerza de buscar, 
encontró al fin nna puerta oculta, que daba á la otra bo- 
dega. Estaba cerrada con llave; pero esto fué lo menos 
para él, pues luego luego tomó el molde de la cerradura 
en cera, y fabricó la llave. Lleno de alegría, penetró hace 
pocas noches en el sótano que está bajo la herrería; lle- 
gó al arcon y cuando se preparaba á romperlo, advir- 
tió que esto era innecesario, pues estaba abierto. Con an- 
sia registró el fondo y se encontró con que el dinero ha- 
bía desaparecido. El herrero anduvo mas listo que él y 
sin duda trasladó á tiempo su tesoro. Yed alli, pues, que 
el honrado del oficial se encontró con dos llaves inútiles; 
ia de la herrería, que había fabricado primeramente y la 
de la puerta de comunicación entre las dos bodegas. Es- 
tas son las que por pura compasión, ayudada de no sé 
que suma que mi señora le ha ofrecido, le ha proporcio- 
nado el criado del Dr. Correa, encargándose al mismo 
tiempo de entregármelas, junto con ese billete, que aun 
no habéis leído. 

— Dices bien, contestó el capitán, que creyó de cabo 
á rabo la historia medio verdadera y medio fabulosa, que 
habia urdido el Visitador, haciendo que el page la apren- 
diese, como suele decirse, de coro. Abrió Don Fernando 
la esquela, reconoció perfectamente la letra de Dña. Lui- 
sa, y por supuesto no tuvo el menor motivo para sospe- 
char que sé le tendía lana celada. Valiente, con esa valen- 
tía que excluye la prudencia y que se expone aun á peli- 
gros innecesarios, el capitán no pensó ya sino en que iba 
á meterse de codos en una nueva aventura: á burlar al 
viejo Araque y á asegurarse, de la que creía viuda del 
Alguacil Mayor. El haber estado durante cuatro días es- 



póraiMlo inútilmente que lo atacasen, lo tenia aburrido, y 
cre^ó encontrar una bueiía diatraocion eu el lance amo- 
vFosó que se le venia alas manos. {-joj ¡\uí-m} 

•( — Vamos, dijo, á libertar á esa hermosa prisionerni; 
•y se dirijió hacia la puerta, para salir. Pero repentii^ 
jnente le ocurrió q(ue no era prudente dejax* á sus parti- 
darios siri gefe; reflexionó durante un momento y luegí* 
«e acercó á una mesa donde habia recado de escribir, y 
traKÓen un píapel las siguientes lineasijef/1 e/>' -^'.f^ 

: - . ?• <>íJ:>i J .0/fííí íi\ ■ ■ ''•■'■'■ ; - . • 

"Amigo Loaiza: üu asunto inny ii&iportante me obli- 
ga á dejar el cuartel general por unas pocas horas» Te 
entrego el mando de mi valiente ejército y te encargo lo 
tomes cuando despiertes. '! 

íi Tu amigo y General, Fernando." 

Después de haber firmado esa cariosa orden, el cá}»i- 
tan- se lanzó á lu calle, cantando aquel conocidQ^roinau- 
có: del Rey Penco. lanq «I 'ih 

^El^ReyPerijbo emifefiMÓ' 

Y los mozos se mesaron 

Y ) las viejas se arañare») ííí:) 

Y todo el mundo lloró." 

Las calles estaban desiertas, pues con motivó áialoA 
turbaciones públicas, ningún vecino pacifico se aventura- 
ba á poner un pié fuera de su casa después de las ora- 
ciones de la noche. Los beligerantes no sallan de sus trin- 
cheras; y asi, Don Fernando y el joven page de Dña. 
Luisa llegaron hasta la herrería de Andrés Molinos, sin 
encontrar un solo viviente. 

— Abre, dijo el capitán, y habiendalo hecho Ricar- 
do, entraron ambos en la herrería. 

— Esto está obscuro como boca de lobo, dijo Don 
Fernando: y siento que nó me haya ocurrido proveerme 



- —4:85— 

de lina linterna. <.4;n«.víuVi íÚ\'í: "rfío 

— ^/>íi ¡yoi twlippco taijVe' esa advertencia, señor capi- 
tán, contestó el page; pero ])or ibrtuna las indicaciones 
que me hizo el criado del Dr. Corre^í^. fueron tan claras 
yiillíknfdctalladas, que coa la mayor facilidad dí^rfenííOa con 
la boca del sótano. Hay, RCgan me dijo, una esoalerí^^ 
de: íuadcra, para bajar al fondo; y como luego daremos con 
Jai puerta, es cosa de cinco minutos el que líeg^ei» á doit 
de está mi señora. uí^í:.;'í;í^ loi; ^"f-ii^ ,mij.Ai-i'> imi 'oíao'j 
i. Diciendo a^i, (?!• páge busciii^l&fl;.; ciíidado^díri^iitQíeot^vErl 
lifciíé la; boca del subterráneo, que snbia eac.ontríiria aMertfti 
Dio al fin GOií .elkv y diJQ;:{) oi'ioJmr^ mldui obsboq lo 
-— T Aqui está^ Voy .lí le^^aijtar tii itrítnpli.íTv^oí^ r-íí .oa 
Hizo como que se esforzaba en levaotar iina<,;c0fí\ |»Wr 
6^d*:y lu^go añadió jadeando: ^ibiiriqtíioo;^ ^¿1 
.->|';q~ Ya está; podemos bajar.. ;,/ '• ÓIvJ. / y-. ,bUijnís..: 
,;l íjr- Pasa tú delante, dijo el cápitan,,^yr!merí^'af?iiii^ii 
cando el camino. lóo ií&odíjo 

— Bíqji, señor, contestó Ricardo; seguidnie. .pfrai 
Y sentándose en la abertura del sótano, pasó las/piícarf 

ñas sobre el cofre del herrero que estaba en el primer 
peldaño de la escalerilla. Descendió dos ó tres mas y di- 
jo al capitán. 

— Cuide Vuesa Merced de ver como baja, pues ad- 
viértele que en el primer peldaño de la escalera está el 
cofre vacio del maestro Molinos. 

— Ya cuidaré de salvarlo, contestó Don Fernando 
y comenzó á bajar. ibHü^ '^ ;q'<;ííí1 

Entretanto Eicardo habia salvado los últimos pelda- 
ños, y en vez de continuar hacia adelante, fué á agaza- 
parse detras de la escalera, en el hueco que quedaba 
entre esta y la pared. Don Fernando los bajó tajmMelí 
y dijo: a, u.r 

— Estamos ya en tierra firme; guiav' ;Ricardo, porque 
yo no sé donde estoy ni hacia que punto debo caiminar. 

El capitán avausó treo ó cuatro pasos y como no re- 



— 480--^ 

clbió respuesta, añadió esforzando la voz* 

— ¿Que te has hecho, belitre,? ¿Por qué diablos no 
contestas? 

El eco que formó la voz estentórea del capitán en la 
bóveda del subterráneo, fué la única respuesta á aquellas 
palabras» í'^i* ♦^^'•^i ^^>^ 

Mientras las pronunciaba, el diabólico pag'e ñtí DrtM 
Luisa salió de su escondrijo y trepaiído por la escalerilla 
como una culebra, salió del subterráneo. Don Fernando 
oyó un silbido agudo sobre su cabeza; silbido que foriua- 
l)an las ruedecillas de hierro sobre las cuales descansaba, 
el pesado tablón giratorio quo cerraba Iti boca del- sótífi 
no. En seguida Don Fernando creyó escuchnr en la mis- 
ma dirección del rechino un rumor qne lo pareció una 
carcajada, y comprendiendo que habia sido burlado indig- 
namente, se volvió á buscar la escalera, subió los pelda- 
ños de dos en dos y llegando á los últimos, dio con la 
cabeza contra la puerta del subterráneo. Probó á levan* 
tarla, empleando toda la fuerza de que era capaz y no 
logró conmover aquella pesada mole. Lanzó Un rujido de 
rabia y abrumado por la ira y el despecho, se dejó caei» 
en el segundo de ios peldañofe» oíboso al jb onBbbq 

El que habia arrojado al capitán Peraza 'aquella in- 
sultante carcajada, era el Visitador. Encendió una linter- 
na, recibió la llave de la puerta que comunicaba los ó<)ñ 
sótanos, que le entrego Ricardo, y alargando al joven un 
bolsillo lleno de oro, le dijo: 

— Huye; y salieron ambos de la herrería. 

El page, que era bastantemente avisado para com- 
prender que si el capitán Peraza salia de aquella espe- 
cie de ratonera donde lo habia hecho caer, lo buscari;! 
para pulverizarlo, no se consideró seguro en la ciudad; y 
tomando el prudente consejo de Don Juan, determinó irse 
desde luego á Oaxaca, donde tenia unos parientes. 

El Visitador, cuando se hubo separarado del joven, 
á quien, como dejamos dicho, recompensó generosamente. 



— 487— 
Bo qncaaiíiiü hacia el punto donde estaba situado Fran- 
cisco {Molinos. El herrero no dormía como ©1 capitán Pé- 
laza. Acababa de llegar, después de haber recorrido la 
extensa linea que ocupaban los su^os, y envuelto en su 
gran capa negra, con el sombrero hundido hasta las cejas, 
se habia sentado á descansar un rato en el puentecillo 
que queda inmediato Á la iglesia de la Concepción y que 
llamaban entonces el arco de las monjas. Francisco re- 
pasaba en su imaginación los sucesos de los últimos dias. 
Encontrábase lanzado á uiía rebelión contra el Presiden- 
te, de quien ningún género de agravio habia recibido; 
■V'eia á su anciano padre adoptivo comprometido en la mis- 
ma peligrosa empresa; á su tío despojado del fruto de 
cuarenta años de trabajo; al noble y digno Don Luis Me- 
llan, por quien habia tenido siempre una profunda esti- 
mación, no obstante el verlo amado por Dña. Margarita, 
encerrado en un claustro, después de haber renunciado á 
los honores de la tierra; veia, en fin, á la muger á quien 
adoraba en el fondo de su alma, sepultada viva en su 
propia casa. En su candorosa buena fé,- no comprendia el 
honrado artesano que el autor de todos aquellos aconte- 
cimientos era un intrigante ambicioso, á quien él servia 
de dócil instrumento; y en vez de maldecir al autor de 
tantas desdichas, Francisco creia encontrar en él un pro- 
tector generoso y desinteresado. 

Engolfado en estas reflexiones se hallaba el hijo de 
Sir Francis Drake cuando levantó la cabeza y se encontró 
frente á un hombre, cuya llegada no habia notado, tan 
embebecido estaba en sus meditaciones. Cuando conoció á 
Don Juan, Francisco se puso en pié y llevando la mano 
á su sombrero, dijo:. *. ■■••■ noii oao i: í.rx-J 

— Bienvenido sea Vuesa Señoría; ¿hay aígd eíi que 
yo pueda serviros? 

¿,'j — Francisco, respondió Don Juan, vengo únicamente 
á"4eciros que ha llegado la hora de obrar. He aguarda- 



— 488— 
dor;át ver si esos cobardes á qniencs acaudilla el capitán 
Bei-aza, se lanzaban al combate; pero ya veo qm os te- 
meiT y esperan á qtic Vosotros los provoquéis* Esta situa- 
ción no "puedo prolongarse: comienzo á advertir en los 
nuesti'os síntomas de desaliento y conviene tomar pronto 
un });irtido. En consecuencia, he resuelto que en la próxi- 
ma madrugada se dé el ataque. Son las doce: tenelín, pues, 
cuatro horas para preparar vuestra gente. 

n Francisco Molinos se estremeció de alegría, al reci- 
bir "áirjiíeriaiórden. El tiiii¥biení;iial>ia advertido cansancio 
en lÓK artea-inos que habíafr abandonado sns quehacetos ;vi 
sus faniilins por ijeguirlo; y asi, consideraba prndente el 
poner término á.»M; estado d^ cosas que no jriO<i¡a prolon- 
í^ft/se sin grave peligro. Ademas, el cektso amante de Dña. 
Margarita Jimn ardía ocultamente en deseos de encon- 
trarse cara á cara cpii el capitán Peraza; y como el astu- 
to Don Juan, comprendiendo esto, cuidó de ocultarle quo 
Don Fernando no e.taba ya al frente de las fuerzas ene- 
migas, el herrero vio con júbilo aproximarse el momen- 
to de saciar la saim de que se sentia poseído contra aquel 
aborrecido rival. Bisoja impresión de aquellos sentimien- 
to», icontt es tjó Francisco á Don Juan: 

[ í^:|BGíBtdito sea Dios porque al fin llega la hora en 
que puevia yo probaros toda mi adhesión I Dispuesto á mo- 
rir por vuestra causa, si fuere necesario, voy ahora mismo 
á recorrer la linea que ocupan los nuestros y á prepa- 
rarlos para el ataque. 

asi Hubo un momento de silencio y luego Francisco Mo- 
tines, con voz entrecortada por la emoción añadió: 
o : . — Señor, estoy resuelto á buscar en medio del com- 
bate á ese hombre díscolo y odioso que ha sido bastante- 
mente .villano para insultarla. Sé que es valiente y mas 
diestro que yo en el manejo de las armas, y tal vez es- 
toy destinado á morir á sus manos. Permitidme que en 
este momento solemne de mi vida, os haga una pregunta. 



i 



— 489— 
iif e«4íDecidit FranciseO) respondió tranquilamente Don 
Juan; que si en mi mano está el satisfacer á vuestro de- 
BOOv^ liíii'é con el mayor gusto» u 

oíiffi-ít^No quisiera morir, replicó el herref o con voz bal- 
buciente^; Sin saber el nombre de mi padre. ¿Lo habéis 
averiguado al fin> señor? 

— Si) contestó DqaJuaiu Jo _ sé_ y voy_ á deoirpsjo, 

Escuchad mWeb «íSia evo aadhaho aohfíqtaoo eh oln^imÜL 
Pendiente de lo (]ue iba á decirle el Visitador, Fran-' 
cisco Molinos liabria querido retener hastg»,^ 9Íieo.t;o>,¿ 
fin de no perder una sola de sus palabí^aaob fidfiitPif» eop 
Roíf. ffH En una noche obscura del mes de Marzo del i^i# 
1587,ndijo Don Juan, un piquete de diez hombres que 
mandaba un alférez, registraba, por orden de su General, 
las rancherías de la costa, en las inmediaciones de la 
Trinidad, poco distante del puerto de Acajutla. Buscaba 
aquel oficial á cierta viuda española, propietaria de una 
hacienda situada á algunas leguas, y que estaba acusada 
de mantener relaciones intimas con el gefe de los pirata^ 
ingleses que amenazaban el reino, por aquella parte» Va- 
nas fueron las pesquisas del alférez, que cansado de su 
inútil correrla, determinó volverse al real, á dar cuenta 
del mal resultado de su comisión. La obscuridad sorpren- 
dió á aquellos fieles soldados en medio de los montes y 
decidieron aguardar el dia f>ara buscar el camino y conti- 
nuar su marcha. Una falsa alarma sorprendió á los biso- 
ños milicianos, y habiéndose puesto en fuga precipitada, 
su inexperto gefe, el alférez, dejó alli abandonado su ca- 
ballo. Entonces un soldado de una de las compañías de 
mulatos de la ciudad de Guatemala, herrero de profe- 
sión, llamado Andrés Molinos, pronto á huir como sus 
Compañeros, se encontró con el caballo,4^1 oficial, subió 
sobre él resueltamente y se alejó del imaginario peligro, 
caminando por los bosques, sin dirección determinada. Una 
luz y lel ladrido dje uij perro, le indicaron que habia á,pp- 

62 



«cQisttnftinsí alguna habitación, y guiado '^oitiaqüellos in- 
<^íciOB/twy tardó en' encontrarse con un miserable rancho, 
donde agonizaba una señora, joven y bella todavía, á quien 
acompañaba únicamente en aiquel amargo trance un niño 
como' de' dié^' años; hijo suyo. La pobre madre' vio con 
alegria la llegada de aquel hombre desconocido, y antes 
d¿ cerrar los ojbs; le- recomendó su hijo; apelando al sen- 
timiento de compasión cristiana que creia debía existir en 
ei coráízon de todo ser 'humano. Dijo que' aquel niño era^ 
dueño 4e grandes riquezas, dcpnpitadas en un; cofrecilid' 
que estaba debajo' de la misoi;il»]( (ania on qucí ella iba;á 
expirar y que' alli se encontraban también ios documentos 
^ue acreditaban di origen deí que iba á ser pronto un deá- 
amparado huérfano. Andrés Molinos ofreció hacerse cargo 
írfe ¿quíííl niño y sor un ñel depoeitario' de su cuantiosa 
fortuna. Expiróla madro, fnnuitiila con la idea de dejáír 
á su hijo un protector deparado por la providencia,- y ai 
siguie*nte dia muy temprano, el cadáver fué sepultado al 
pié dé ütio die los árboles gigantescos de la» costa, ayudan- 
do el niño á su padre adoptivo en aquella piadosa y tris- 
te ^feíracion. ; ' 
'áUijir^Qtí Juan Willói por un momento; Franciecos-ouyotí Te- 
'^éüdos éonfusós ¿é habían desportado; á medida f ^m akeb- 
*chaí)a aquelfe dolorosa historia, sentía que el corazón qdfe- 
ria romperle' él' pecho, tal era lar tooeion» 4© que se eti- 
•feontraba posfeid<^;Tí08 fianfilB ñaiú ^oU .Bdoiam üf 
,flbi5Ji4i.>p^{)segnid,' ^eñbr, dijo; pfáéegüid: por I)íós. fi 
-BD na-jQ^r codicioso í^rrero, continuó el Visitador, se ape-- 
^i^^^íW' <3ofre€Ílloi que 'contenía las riquezas de s-u hijo 
adoptiVt^ y'tós papeles '^ los cuales constaba su origen. 
Estos estaban escritos 6n un idioma pai^a él desconocido; 
y asi,' apenas los recorrió sin poder leerlo^, y los volvió 
á colocar en el fondo del cofre. CTargado con su tosdro 
y acompañado del huérfano, se vino á Guatemala, concia 
Céi^texa- del Orí g^Hi de aquel niño, ün nombre y un* apé- 



llido repetidos varias yeces en los papeles y otras ^ir» 
^«naUnciag 4^ ki'd^js^toi ja mas -lig^a .¿jiji^ 4§ que ^ra 

í)i.|„Pl Virador se detuvo, como vi y?icilaj5%i5#0 PS^fiffi' 
.€¿HV: iiquel nombre. ^ ^ 

>*■ i -rf ¿De quien,, señor, de quietó» e:^Qla^ í'rai^i^co, 
presíi ^de la mas viva an^edadM.geoQVí .«© oí íé Oüioo ,ofl«8 

— Del^efe de los piratas ingl€^€s^>eonteató. Don Juat^ 
ák^¡ íCojitía-Almirante Sir • Franois Drake, creado caballero 
^n^OPíftíftte'dide. sus 'lieroioas hazañas, por la Reina Isabel 
áe^ lúglatiaROI^oífijí b eo-iab k 

n:-> Fi'anciseíi^ftezó ^irbígfita^i cayó^^m desplomado so- 
ílíro el'pasamano del puente. Yüejjio ^,0» sj,;Se puso en pi^ 
y dijo al Visitador, temblando: ^^p £3&£:l ,aohíioaííd k ii 

— Luego soy un bastardo, aunqk^ft^í^JQ^xjij^ IteJ^- 

4}re y^Stre. , nr^rl >r^ O-rrrr ni :^0 — 

í*b «tüt^ii' Franqis Drake, repljcd el IVi^itador, habia pe- 
dido á su .Soberana, la legitinmgion 4e aqu^l niñp, y la 
obtuvo fácilmente, pues gozaba, por su mérito y servicios í 
de gran favor en la corte. XJno de esos documentos, que 
Andrés Molinps no íicertó á descifrar, por estar escrito 
en ingles, era una real disposición en qup se os d^clar^-b^ 
el pleno derecho á :hereda,r el nqmbi'e, la iiobleza, j la fo,^- 
tuna de vuesti'o ,pAdJre„^ 'onoií 98» eb 0f,edB siond bso 

r.l —Y esos papeles, señor, ¿donde . .^¡tag^ D^/^gjpyejyj, 

líí^JbigWty. ^^^ ^^^^^ ^^ ^^^^ mundo. - ^^^ '.^^ ^^gj^ 
Bao irJlS^^'P^P^l^s, dijo Don Juan, se cQi^fpyaip, g^,# 

.¡misl^o cofrecillo donde los tenia vuestra difunta madrje, á 

. qi^ien los entregó Sir Francis, Drake para qiie Iqs guar- 
dase y os los entregase cuando estuvieseis ;en edad de 
jfíá, Inglaterra y reclamar el i>ombre y, Ifv. posición que 
su entrañable amor os había aseguradp. . .. .. ^jy 

joh ,jpi9s ^^gfio^as. rodaron por las mejillas de Francisco; 

.lágfiíía^^ 4e 'gr^itud.y de veneración por el ser^d^co^- 
oido ha^t,a entqnpe^,.^ quien había í;onsagra.(i:? .jna,^^p 



— 492— 

yiiewíd' afecto en el fondo de su alma. 
*'■' —Yo debo, exclamó con voz firme el hijo de Sir 
Francis, poseer esos documentos, que acreditan mi con- 
dición. Guafde enhorabuena mi padre adoptivo sus rique- 
zas, que le cedo voluntariamente, en recompensa del afec- 
to con que me ha criado y hecho de mi un honrado arte- 
sano, como él lo es. Necesito saber ahora mismo y antes 
:de exponerme á la muerte, donde están esos papeles. 
^ — Voy á dároSj contestó Don Juan, con una lijera 
jf^^íabólica sonrisa, que no pudo advertir Francisco, á 
causa de la obscuridad; voy á daros el único medio dé que 
poseáis esos preciosos documentos, sepultados en las en- 
trañas de la tierra; pero juradme antes que no habéis de 
ir á buscarlos, hasta que esté concluida la empresa que 
tenemos entre mandéi-'"« tohiniñuó 

— Os lo juro, exclamó Francisco, en voz grave y so- 
lemne y poniendo la mano derecha en la empuñadura de 

^éu espada. Os lo juro á fé de caballero y por la memo- 
ria de mi noble padre. 

— Bien, contestó Don Juan; eso me basta. Bajo la 
herrería de vuestro padre adoptivo hay un sótano, cuya 
'entrada está cubierta por un pesado tablón, sobre el cual 
descansa' el trozo de madera que sostiene el yunque. Bus- 
cad hacia abajo de ese trozo, en la parte que cae hacia 
la fragua, un botoncillo que apenas podria descubrir la 
vista mas ejercitada. Oprimidla"^ dbñ'" fuerza y girará el 
^rozo de madera por si mismo, dejando descubierta la obs- 
icura boca del subterráneo. Hay una escalerilla para bajar 
ar fondo: en el primer peldaño está el cofre que contie- 
ne los papeles. He aqui la llave. ■'■ 

Don Juan no dijo mas y presentó á Francisco la lla- 
ve, que este tomó con avidez. 

rOUri — Mucho os debo, Don Juan, exclamó el hijo del 
'Contra-Almirante con noble y severa gravedad, y espero 
poder recompensaros algún dia lo que por mi habéis hecho. 



— 493--: 

— Mas me deberéis todaviri, Slr Francis, contestó el 
Visitador con ironia imperceptible. 

— Adiós Don Juan, dijo Francisco, presentando al 
Visitador por la primera vez su mano, fina, aunque endu- 
recida por el trabajo. 

— Adiós, Sir Francis, contestó Don Juan, estrechan- 
do aquella mano; y embozándose en su capa, se alejó de 
Francisco y se perdió entre las tinieblas, en las obscuras 
y desiertas calles. 



\JJ:..L l/iiJil 






i.Biífíííf/A3ííyb s\- 'íü-ioiodl ao'iteiJí 



-Síf ©jjp ap aoafíowfi aoí 98 «irp m ^ 






íf 



— 494- 






CAPITULO XXXIV 



Cómo el escribano j el barbero He encontraron 
cogiáo» en sus propias redes. 




NTES de referir á nuestros lectores la descomunal 
batalla ei\tBiM^p9pSd^d/^i4^el Presidente y los 
del Visitador^ que dejamos"' en nuestro último 
capítulo dispuesta para la madrugada del dia siguiente 
á la noche en que se verificaron los sucesos de que he- 
mos dado cuenta, conviene que retrocedamos unas cuantas 
horas en nuestra narración, y demos noticia de otros in- 
cidentes, cuyo conocimiento importa para poder seguir el 
hilo de esta historia. 

Son las siete de la mañana. El Padre Provincial de 
la Merced, Fr. Bonifacio de los Angeles, se pasea en su 
celda, con aire inquieto y preocupado. Levántase el cabe- 
llo hacia arriba mas frecuentemente que otras veces y 
se le escapan algunas palabras que revelan la excitación 
de su ánimo. 



— 4ao— 

iftlr.o-í4)FiÍi!OOtréooÜi3l(Daxaea, decia, enkóvlánlia madruga- 
fh-y (lel»o haber fcíaido nuticias de Ciudad Real. . . . ¿Que 
híibrá áucedido?! . . . Su Illma. quedaba sin esperanzas de 
Viídaíiu,. . ¡Que tardanza-! .... Son las siete. ... Si ha muer- 
tOj el Padre Comendador de nuestro convento no dejará 
de avisarme .... El Visitador está formalmente compro- 
metido á recomendarmej y el Presidente tatnbien.... No 
haí llegado á saber mi declaración y me conserva su amis- 
tadí Si salgo bien de este enredo y obtengo la mitra, se- 
M i una doble fortuna; in útroqiLé felix. 

Dos golpes sonoros y pausados en la puerta de la 
celda, que estaba .c^eríiada, hicieron estremecerse al bueno 
del; Provincial, j 

«:> IjK/ítTí A/áelante; exclamó con voz balbuciente de emo- 
ción y alargó el brazo para recibir el pliego de Ciudad 
Keal; tan preocupado lo tenia aquel asunto. 

Pero el que entró no fué, como su paternidad su- 
ponía, Un mo¿o de la oficina de correos, sino el maestro 
Baailio Holínoa, que, .después de saludar ai Provincial, se 
quitó la capa y sin decir una palabra mas, comenzó á dis- 
poner los útiles de afeitar» ^uuvaía) ú) r. . 
v,;i«* El .barbero ^dejaba ver'. rdesde-. luego 'éll cambio comple- 
to que en su persona y en. bUs .cosas hablan producido 
(los acontecimientos. No era ya aquel intrigante astuto y 
listo que vimos cuando, carcomido por la curiosidad, tra- 
taba de averiguar, mientras hacia la barba al Provincial, 
0& vla^. mañana :d©]i i8 ; de Diciembre de 1621, quien era el 
'misterioso huésped llegado al convento en la noche prece- 
dente. Parecía taciturno, adusto y reconcentrado, como si 
j"estuyi0se ocupado en la combinación de algún proyecto 
= que requiriese toda su atención. Su trage era aun mas 
pobre qu^ antes, y su3 utensilios de afeitar consistían en 
una mala navaja, que :Uevaba envuelta en un papel y en 
una bacia de hojalata, cuasi inútil ya de puro vieja y abo- 
llada. El maestro Basilio arrancó de lo mas hondo del pe- 
^o un suspiro,! al contemplar aquellos ruines instrumeri- 



— 49G— 
tos, recordando el lujoso y bien surtido estoche de careí 
y madreperla y la brillante jofaina de azófar de q«e se 
servia en lo3 dichoso? tiempos de su prosperidad. Pero 
aquel sentimiento de dolor fué fugitivo y rápido; pues in- 
mediatamente después se pintó en la fisonomia del barbe- 
ro una expresión de alegría feroz, que Fr. Bonifacio ha- 
bría advertido ún duda, á no haber estado por el momento 
incapaz de pensar en otra cosa que no fuese la gravisima 
noticia que debía haber traído el carreo de Oaxuca. 

— ¿Que novedades hay ahora en la ciudad, Idilio? 
preguntó el Provincial, arrellanándose en la butaca, 
va^jii,— .^ada sé, mi reverendo Padre, contestó el barbe- 
ro^ á no ser que las cosas se presentan cada dia peo- 
res para los secnaces del Presidente. Los que acompari:\ii 
á ese de&almado y perverso capitán se desalientan y fas- 
tidian, mientras los partidarios del Visitador, á quieneá 
acaudilla mi sobrino, se muestran cada dia mas animo- 
eos y resueltos. Con razotí decía la abuela qu^f. ... 

— Pero ¿no has oído algo, interrumpió Fr^ Bonifacio, 
respecto al correo de Oaxaca? 

— ¡El correo de Oaxaca! exclamó el l>arbero, poniea- 
dose pálido. ¿Un correo que se dijo haWa &ido robado 
en Solóla hace algún tiempo? 

— No sé yo nada de eso, replicó el Provincial con 
mal humor; hablo del correo que llegó hoy de madrugada. 

Cuando Pr. Bonifacio de los Ai>geles acababa de pro- 
nunciar aquellas palabras, se oyó el clamor lúgubre y so- 
lemne de las campanas de la Catedral. Al escuchar aquel 
doble extraordinario, e^ Provincial de la Merced hizo con 
«la cabeza un movimiento repentino y brusco, tal fué la 
emoción que le causó aquel seguro indicio de la certezia 
de lo que sospechaba. Mas quiso la desgracia que al mis- 
mo tiempo pasaba por la gai-ganta del padre la afilad'a 
navaja, que manejaba con pulso no muy firme ya el maes- 
tro Basilio; y desviada su dirección por aquel movimien- 
to inoportuno, abrió una incisión algo profunxla, hacían- 



— 497— 

do saltar la sangre á borbotones. Asustado el barbera 
salió corriendo de la celda, pidiendo auxilio. La comuni- 
dad entera acudió atribulada y se encontró al superior 
tendido en el suelo y bañado en sangre. Los tres ó cuatro 
doctores que se encontraron mas á mano rodearon al Pro- 
vincial y entablaron una disputa interesan ti sima sobre la 
etimología griega de la palabra hemorragia^ y mientras 
tanto se le iba la vida al paciente. Por fortuna llegaron 
á convenir en que la voz se componía de otras dos que 
significan sangre y yo rompo] y fijada esta base indispensa- 
ble, se declaró que aquella era una hemorragia traumática, 
que podía provenir ó de una arteria, ó de una vena, ó de 
vasos capilares; y que según las circunstancias, exijiria 
el empleo de absorventes, de estípticos, de cauterios, la 
compresión ó la ligadura. Se citó á Hipócrates, á Galeno, 
á Celso, á Aecio, á Pablo de Egina y á veinte autores 
mas, y por último, bien examinada la herida, se encon- 
tró que no habia penetrado mucho; y aunque con algu- 
na dificultad, se consiguió contener la sangre. Imposible 
fué, sin embargo, evitar que sobreviniera la fiebre, que 
puso al padre Provincial á dos dedos del sepulcro. 

En el delirio el bueno del padre hablaba frecuente- 
mente de Ciudad ReaL confirmaba, conferia órdenes, ce- 
lebraba misas pontificales, saludaba á los que lo asistían 
diciendoles Pax vohisy les alargaba la mano en ademan 
de dar á besar el anillo pastoral. 

Por lo demás, el lance tuvo por resultado inmediato 
la resolución que tomaron, al saberlo, todos los marchan- 
tes del maestro Basilio, de no volver á ponerse en sus 
manos para que los afeítase. Por una de esas grandes in- 
justicias en que incurren los hombres en sus juicios, toda 
la ciudad atribuyó á la inseguridad del pulso del ancia- 
no barbero, lo que era única y solamente efecto de la 
emoción que causó á • Fr. Bonifacio el clamor de las cam- 
panas de la Catedral que anunciaban la muerte del Sr. 
Obispo de Chiapa. 

63 



— 498— 
A flu de no anticipar los sucesos, dejaremoá ai Pro- 
Tincial luchando con la fiebre y seguiremos los pasos al 
maestro Basilio, quien inmediatamente después de aq-uel 
desaguisado, se dirijió bacia la casa en donde vivia el 
escribano Don Judas Patraña, á quien encontró almorzaiv- 
4o. El aire asustado del barbero y las manchas de san- 
gre que salpicaban su vestido llamaron la atención del ea- 
cribano, quien después de examinar cuidadosamente el as- 
pecto de su amigo, le dijo: 

— ¿Que es esto, maestro? Habéis sangrado á algún 
parroquiano en sana salud y sin receta de facultativo? 
Alegrariame de que fuera el capitán Peraza al que hu- 
bieseis despachado, en pago de las wakis pasadas qne os 
ka hecho. 

— No Don Judas, contestó Basilio eon mal humor; 
no soy tan dichoso ya que pueda tener en mis manos la 
garganta de ese condenado capitán; esta sangre que veis 
es la del Provincial de la Merced, á quien dejo medio de- 
gollado. Hacedme favor, si os place, de mandar que trai- 
gan agua y jabón para lavarme las manos. 

El escribano se levantó y saliendo á la puerta del 
cuarto, que daba á un patio interior, gritó: 

— Chorno, Chomo; trae un cántara de agua y un 
apaste para que so lave el maestro. 

Al segundo grito de Don Judas asomó á la puerta de 
la cocina un negro atezado que parecía tener unos cua- 
renta años, y que en realidad contaba ya mas de cincuen- 
ta. La fisonomia y el aire del caribe denotaban esa estu- 
pidez tan común en la raza á que pertenecia; pero la ver- 
dad era que el esclavo de Don Judas, en quien se reco- 
pilaban las funciones de cocinero, ayuda de cámara, &c, 
estaba muy distante de ser lo que parecía. Chomo pre- 
sentó el agua y el jabón al barbero, y se retiró sin de- 
cir una sola palabra; pero en lugar de volverse á la co- 
cina, se quedó junto á la puerta, para escuchar la conver- 
sación de su amo v el maestro Basilio. Era una buena coí- 



—499— 

tambre que liabia adquirido al lado del escribano, qul^n 
v^olia decir que el escuchar lo que se hablaba ningún mal 
podia acarrear; y que por el contrario, casi siempre ser- 
via de algo. 

El barbero se dejó caer en un escaño que estaba 
j^mto á la mesa, y Don Judas, qire habia guardado silen- 
cio delante del negro, dijo con la mayor indiferencia: 'M 

— ¿Y quien diablos os ha podido pagar para qner 
degolléis á ese pobre padre? ¡Vaya una gana de tirar el 
dinero! Si fuera á otro, pase; pero á Fr. Bonifacio! 

— Os engañáis, Don Judas, contestó Basilio. Yo no 
he tenido maldita la intención de hacer lo que he hecho. 
El Provincial mismo es quien tuvo la cuipa de lo sucedi- 
do. Oyó t¡n doble en Catedral y llevó sin duda mi gran 
susto, pues hizo un movimiento que sin quererlo ni pen- 
sarlo yo, me obligó á cortarle el gargüero. 

— ¡Por el doble de la Catedral ha sido todo!, excla- 
mó Don Judas riéndose; ahora ya. comprendo; es el ne- 
gocio de \h mitra. 

— Sea lo que fuere, contestó el liarbero; él se ha 
buscado la desgracia y allá se las ha}''a. Pero no perda- 
mos el tiempo, Don Judas; vengo á saber que habéis de- 
cidido acerca de lo que os propuse anoche. 

El escribano se puso serio al escuchar las últimas pa- 
labras de Basilio, y contestó: 

— El proyecto, amigo Molinos, es peligrosiUo, aun- 
que no de imposible ejecución. Chorno ha recorrido los 
tejados, mientras vos andabais ocupado en degollar al Pa- 
dre Provincial, y ha encontrado que efectivamente paede 
pasarse por el de vuestra casa al de la familia de Loaiza 
que sirve de cuartel general al capitán Peraza y sus 
amigos. 

— ¿No os lo habia yo dicho?, exclamó el barbero con 
alegria. Si yo tenia muy bien hechos mis cálculos; loque, 
me falta es el medio material de ejecutarlos. Só por el 
€spia que en el cuarto contiguo k la pieza donde duer- 



— 500— 
»é ese malvado capitán, están depositadas unas diez ó do- 
ce cajas de pólvora abiertas, mosquetes y otros útiles de 
guerra. Esa pieza es de bóveda, pues fué capilla en otro 
tiempo. Comunica por una ventana guarnecida de una reja 
de hierro, con otro cuarto donde está la caja del dinero 
con que se paga á la gente; dinero que ha suministrado 
en parte el Presidente y en parte las familias de los presos 
por la cencerrada. Pendiente del techo de la antigua ca- 
pilla está una tapicería vieja, entre una red de ovillo. Mi 
plan, como ya os he dicho, es que pasemos esta noche por 
el tejado de mi casa al do la que ocupan el capitán y 
RUS amigos; que desentejemos el techo y abriendo una ca- 
vidad, penetremos al desván por la parte que dá al cuar- 
to donde está el dinero. Levantaremos una ó dos tablas 
fácilmente y por medio de una escalera, descenderá Cho- 
rno al aposento; atará la caja y vos y yo la izaremos has- 
ta subi/la. En seguida vuestro esclavo pegará fuego por 
la ventana á la tapicería, cuyas llamas y chispas caerán 
sobro las cajas de j^ólvora indudablemente, pues están 
debajo. Nosotros nos escaparemos con el dinero antes de 
la explosión. Volará la casa y el capitán y sus amigos 
irán á despertar á los infiernos. Eh! eh! ehl, añadió el 
barbero con una risa diabólica; ¿diréis todavía que este 
íio es un plau que haria honor á hombres de mas ca- 
beza que un pobre barbero? Con razón, Don Judas, decia 
mi abuela que no hay enemigo pequeño; ya veis como el 
diablo me ha dado la idea de pagar con usura á Don Fer- 
nando la chanza del caballo y el robo de mis ahorros. Eh, 
eh, eh; me parece ya que veo volar la casa por los aires. 

— Y uo solo esa, contestó el escribano; sino algunas 
de las inmediatas, con las gentes que estén adentro. No 
hay duda, maestro, de que sois un hombre fecundo y que 
para imaginar travesuras os las podéis apostar con el mas 
pintado. 

• — Vos me aduláis, Don Judas, contestó riéndose Ba- 
silio; yo no hago ma^ que cubrir mi deuda al Sr. capitán. 



— 501— 

pues como decía la difunta, al buen pagador no le duelen 
prendas. 

— Pero veo, replicó el taimado del escribano, que en 
•este trato el partido no es igual, y que como diria vues- 
tra abuela, vos os despacháis con la cuchara grande. 

— ¿Como asi, Don Judas? ¿Pues no os he dicho que 
partiremos por mitad el tesoro? 

— Si, pero ademas vos os vengáis, y en eso me sa- 
cáis ventaja. A mi, ¿que diablos puede importarme que 
el capitán y sus amigos vuelen hechos añicos? ¿Acaso me 
han hecho pasear por las calles en un caballo desboca- 
do, como á vos? Ved, pues, de igualar la partida, porque 
de otro modo, ni Chorno ni yo tomamos parte en ese 
gatuperio. 

El barbero «e rascó la cabeza con impaciencia. Su 
ojo despedia fuego y le temblaba la mandibula inferior, de 
puro despecho. 

— ¿Y que es lo que exijis, Don Judas, ó Don Dia- 
blo, ¡voto á tal! exclamó con voz enronquecida por la có- 
lera. Pedid lo que os dé la gana, que como esté en mi 
mano, os lo concedo, por tal de que este plan no se 
malogre. 

— Pido, en primer lugar, dijo el escribano rellenán- 
dose la boca con xm gran pedazo de torta, pues aun n^ 
habla terminado su almuerzo; pido que trasladéis de vues- 
tro puño y letra esta carta, (y sacó un papel del bolsi- 
llo) en la que aparece que habiéndome invitado vos á la 
fechoría, yo me he negado y he procurado disuadiros de 
cometer tan horrendo crimen. Esto, maestro^ como com- 
prendereis, tiene por objeto que si sospechan, recaiga la 
culpa sobre vos y no seamos dos los ahorcados, sino uno solo. 

— Estoy conforme, contestó el irritado barbero. ¿Que 
otra cosa? 

— Eso es lo principal, dijo Don Judas; mi otra con- 
dición es tan insignificante, que apenas haréis alto en ella. 

— Sepamos. 



- 502— 

— Que el dinero se repartirá úuicainenie cutre Cho' 
nio y yo; es decir que mi esclavo tomará un doblón y 
3^0 todo lo demás. 

— Pero Don Judas, si vos no habéis perdido un tna- 
ravedi, y yo me he quedado en un petate por causa de 
eSé maldito capitán y do sus compañeros, ¿no es de toda 
justicia que me indemnice? ¿Puedo hacer mas que daros 
la mitad del botin? 

— Bien vi!5tct, maestro, la distribución que yo os pro- 
pongo es eqiíitatira, y desafio al mas hábil tasador á que 
la mejoro. Para vos la veujTanza: la plata para mi y para 
mi esclavo. Ved si os conviene, y si no. buscad quien os 
ayude y pensad cuanto podéis darme para que no oá de- 
uuncie. 

El barbero habria querido ahogar á aquel famélicti 
escribano; pero ademas de que eso no era fácil, tenia tan- 
ta necesidad de su auxilio, que no tuvo mas arbitrio que 
capitular. Reflexionó un momento y dijo: 

— Con razón decía mi abuela, Don Judas, que la ne- 
cesidad tiene cara de herege. Por ella y solo por ella pa- 
so por cuanto exijis, ya que tío hay por desgracia en la 
ciudad mas que un Judas que pueda auxiliarme para po- 
ner en planta mi proyecto. Convengo en que os apoderéis 
de la caja y voy ahora mismo á copiar esa carta qué* 
echará sobre mi solo la culpa de lo que los dos haremos. 
¿Tenéis una escalera de goznes, por ventura? '; 

— Si, maestro, contestó el escribano, tengo una co- 
mo mandada hacer para el caso. ¿Como podéis creer que 
un hombre como yo esté desprovisto de los medios de es- 
calar una casa? Es como si á vos os faltase el estuche de 
las navajas. 

Basilio ahogó un gemido que iba á escapársele cuando 
oyó hablar de estuche, pues. lu^o recordó el que había 
perdido. \ ^■^' '' 

— No es prudente, amigo Don Judas, dijo con aire 
sombrío, mentar la soga en casa del ahorcado, como de- 



— 503-^ 
Cía la difunta. Cuando oigo hablar de estudies, de peines, 
de navajas, <fec., me viene á la memoria aquella noclie 
maldecida; pero á Lien que á cada ])ucrco so le llega su 
San Martin, como acostumbraba decir mi abuela, y gra- 
cias al diablo y á vos, Don Judas, voy á vengarme. Esta 
noche á las doce en punto os aguardo eu casa con la es- 
calera de goznes» Dadme recado de escribir, para poner 
esa carta que deseáis. 

El escribano pasó á otro cuarto y volvió al instante 
con un pliego de papel, un asiento de botella que servia 
de tintero y dos plumas de zopilote» Púsolo todo sobre la 
mesa, y mientras escribía Basilio, él se divertia enseñan- 
do á un gato á cazar, haciéndolo correr tras un mendru- 
go de pan, atado al extremo de un ovillo. 

Copiada y firmada la Ccirta, se despidió el barber.o, 
saboreando la venganza horrenda que habia meditado. El 
astuto negro, que no habia perdido una sola palabra de 
la conversación de su amo y del barbero, se volvi6 á la 
cocina muy pensativo y el escribano guardó cuidadosa- 
mente la carta en una especie de alacenilla muy disimu- 
lada que estaba á la cabecera de su cama, detras de un 
crucifijo, tan artisticamente colocado, que cubrja con el 
cuerpo y los brazos de la cruz las junturas de la puer- 
ta. Alli tenia Don Judas papeles importantes que habia 
hecho perdedizos, ganzúas, llaves falsas y otras curiosi- 
dades del mismo jaez, y alli se ocultaba también el fruto 
de sus rapiñas, mucho mas considerable, á la verdad, que 
el robado tesoro del barbero. • -^ r¡i - 

Don Judas pasó el dia tan tranquilo, como si en vez 
de un horroroso atentado, fuese á ejecutar la acción mas, 
inocente y mas sencilla. A la hora acostumbrada, se ocu- 
pó en sus trabajos ordinarios, comió con buen apetito, dio 
al gato la lección de caza, como tenia práctica de hacer- 
lo después de cada comida, durmió la siesta y salió á pa- 
seo por la tarde. Entrada la noche, comenzó á disponer 



— 504— 

sus útiles, coma im operar'o honrado }: repara sus utensi- 
lios de trabajo. P>xaminó los goznes de la escalera, los 
instrumentos para arrancar clavos, agujerear tablas <fec., 
y todo la encontró muy en regla. Temainada esa revis- 
ta, Don Judas Ikmó á Chorno, y le dijor 

— Esta noche hay obra;: voy á dormir un rato, pues 
no sé si podré hacerlo 6 no- después^ despiértame* á las 
doce menos cuarta. 

El esclava hizo una señal de asentimiento y se mar- 
chó á la cocina, donde se echd á dormir él también jun- 
to al fogón, coma un perro. 

A las once* y media el negro se puso en pié, como 
si hubiese tenido un reló de torre sobre su cabeza; tal 
era el habita que tenia Je despertar á cualquier hora que 
•te le señalase. Pasó á llamar á su amo, que se* levantó' 
inmediatamente, y aperándose de un- puñal y un par de 
pistolas, se embozó en su capa y salió á la calle, seguido 
de Chorno, que llevaba oculta la escalera de goznes, he- 
cha seis dobleces. Aguardábalos el barbero con la inquie- 
tud natural al que tiene entre manos un proyecto atre- 
vido y peligroso. 

— Estamos listos, dijo Don Judas^ no perdamos tiem- 
po. Supongo' que no faltará aqui un lazo fuerte y largo, 
para levantar la caja, y que no se os habrá olvid'ado tam- 
poco que necesitamos una caña, á cuyo extremo debe ir 
atada una pajuela, para dar fuego á la tapíceria vieja. 

— Todo está prevenido, contestó el barbero, y no te- 
nemos mas que marchar. Hay que atravesar ocho casas 
para llegar á la que ocupan^ esos bergantes, que está en 
el otro extremo de la manzana. 

— Chorno, dijo Don Judas,^ lo anduvo todo, con pre- 
texta de buscar un pájaro que supuso habia volado por 
los tejados de las casas inmediatas á la vuestra, y ha cal- 
culado perfectamente la dirección que debemos tomar. Eí 
guiará y nosotros dos lo seguiremos. Por fortuna la no- 



— sos- 
che está muy obsciíray y como todo el mundo se encien 
tSL en su casa desde las oraciones, no hay rieágo dequoi 
fios vean desde la calle. xd 

Dicho esto, pasaron los tres á un patio interior de la 
casa, donde estaba dispuesta una escalera de mano para'> 
subir al tejado. PrCcedia eí negro y seguian Don Judas 
y BasíliOj que habian cuidado de descalzarse, para nó ha- 
cer ruido y para caminar por los tejados con mas seguri- 
dad. La excursión fué feliz, pues llegaron sin obstáculo 
hasta cérea de /ía bovedilla que cubria la pieza que ha» i 
bia servido de capilla á la casa de Loaiza y donde se ha^» 
liaba j como ya hemos dicho, depositado el parque. Cal-^^ 
cuíaron perfectamente la posición del aposento contiguo, 
en cuyo tejado debia abrirse la cavidad; y poniendo los 
tres manos á la obra, al cabo de media hora estaban qui- 
tadas las tejas y unas cuantas varillas, que por lo muy 
carcomidas, prestaron toda facilidad para la operación. 
Penetraron los tres en el desván y con los instrumentos 
que llevaban desclavaron dos tablas. Acertó á ser esto 
un momento después de la conversación del capitán Pe- 
raza con el page de Dña. Luisa de que dimos noticia en 
el capitulo anterior y cuando ya habian salido ambos de 
la casa. Colocaron la escalera de goznes y por ellabájél* 
Chorno al aposento con la linterna y la caña. Ahi esta-* 
ba efectivamente el cofre, á cuya vístalos ojos del escri'» 
Laño brillaron como dos luciérnagas, en la obscuridad del . 
desván* El bribón del negro hizo como que intentaba losb 
vantar la caja y que no podia moverla; con lo cual Donf . 
Judas y Basilio se daban á todos los diablos, temiendo 
que algún accidente inesperado fuese á estorbar la ejecuSí 
cion del plan. '>■■"' ' r..-. > oL.jJ c.o¿(¡ ha v r^ 

— En la tardanza está 'el peligFoJ décra' la- abuela, 
amigo Don Judas, exclamó el barbero. Ese perro n^ro 
sin duda no ha comido en tres dias y no tiene fuerzas 
para cargar con el cofre. ¿No os parece mejor que baj'ui 

r,4 



j«Mnaro9F jjíymifíf Épue> Chorno /sqbf^'rájiííai-vlai'Cíija' pni*:» 
meéio' de pía íxtWBda; pasándola e<^e la viga de «ki íWiiii.-i 
b»era? i' ; i,, ■'^^ a-;*)/ ,,üü 

fil í#^-jExcelente ideal, contestó Don Jni4as; vamof»íi ha- 
«flU arañólo !de(HBv^p«es entre los dos trien podreiñoB'l»-^ 
mrftalbla, aunqiue pesar ív el dobie de^ lo que pesa. 
•aH DidiD esto, el escribano dio ; orden ai negro de quf? 
BÚlMi^fi^8|tíThabiondole comilnic«|do: el pensamiento; buiHftr-) 
rofa tle ^legria los ojos de Chorno, qne veía encaminarst^^ 
las cosas al pnnío á donde éL qiierin llegarlas. Bajaron'^ 
el barbero y el; escribano y ataron íá csya por la:-asaft: 
áiiita e»trpiao' de la cuerda; mientras pasaba' ol negro el: 
o tro^x tremo sobre la viga de la cumbrerav Enseguida-. 
Don Judas y Basilio levantaron el arca^mo-: sin tvabaJQ;-^ 
pues efectivamente pesaba mucho,- lo quortífiíé á/d. igrat% r 
contentamiento' par-a el bueno del escpibaiio^- Chorno fué f 
izándola poco á poco, hasta que tocó en Ja abertura prac-) 
ticada en el desv-an, por donde entró, aunque con dificultad /í 
oí8<9-«ríAáli(jrai;>^dija' el ' báibero) ;cn vo» bfeja, • ppoc©damo&,ffc 
lo^>fftro. 10 noo íií }/ r : 'i * o'iiííírtn iTí; 

Encei >''de laLHiup-íiife bi lampa rSHa/^lapar^-í 

juála qi. al extremo de i;i ciuia, y después í 

de haber ox«jminada':opo»:;laD. ventana interior' ito ipiezarl 
donde esíxiba la pólvora y 'visto el haz enorme de tela) 
qiie formábanla tapicería. vieja,. pondient(3 del:; techo, en-d 
tríe una red ció ovillo, inti'odujoíá -^ñaí'perrlosjjlíarf ote» i 
de ' bierit) de la ventana y aproximó la pajuela, enceMida r, 
alfmonton de trapo, que connenzó á arder ^mir)^ lentamente.' 7 
Practicaba aquella diabólica operación, el barbero s^;:, 
ri^^yL^olviendose á su compañero, le dijcobioofi nvgiü eup 
— No se hace tanto cuanto se paga, deciíi la' difutt-í:^) 
taf 'amigo Don Judas. íQne. lejos está- ese- malvado capi- 
tanvque duerme en el enarto inmediato, de imaginar qüon; 
los minutos que le restan de vida están contados! El m«f-í 
hiaííJ vt>lar á wi arrebaítasío ^por aqnel monstruo negro¿.y- 



peaitatT-fSh.qeb, Ght '>'■ ,\* - 

Y se rid ccm 1» risa satánica en que prorrua*pia 
-aáíímpre ique' ejecutaba alguna gran maldad. BasilioT que- 
ría vengarse; é inspimdo por el genio del mal, habiá 
<.ȟpibipado sus.ja^aoionea. de moda. que, el que era ob- 
jeto de su odio, no pudiese escapar. Pero casi siempre 
Jiay una'-'inaiio- invisible que' va deshaciendo en silencio y 
por medios desconocidos la red que traman los pervk^ 
60S. Esa es la mano de. la Providencia, que muchas ve- 
ces frustra les grandes crimebe?. ó encamina. los jaoonte^ 
cimientos humanos?' de tal suerte, que los malvados vie- 
nen á, -encontrarse cogidos en sus mismos lagos. i'.i 

Sabemos ya que» e» él momento en que el barbera, 
auxiliado por el escribanp, ejecutaba aqneEa diabólká ope- 
ración, ísin reparar en- qiKi iban á ser victimas de su 4:e- 
mei'idad muchas .personas- inocentes, ^1 capitán. Peraza, 
contra quien se dirigía principalmente aquel atentado; sU 
hallaba' muy 'dií?tarite' del >éíiártí» donde se le creía dur- 
miendo.. Preííisamon te en el monieni;o en que B;isiiio-^ 
giíib* fiKígo á la vieja tapiéeria '^' la xjapilla de^ la casa 
de Loaiza, bajaba Don Fernando al subterráneo '-'de ?á 
líerrcbia de Andrés Molinos,- á d6ndé lo condujo, como 
ya hem<í>s 'Visto;- mía' íntri^-a del -Visitador. Mas cómaí^f 
barbero no sabia ni podm^^aber que el objeto do su órlio 
í^ábalefd^ -de aqtó'feitfe, Saboreaba ya la venganza que 
<!^ia infalible. La üsonomia *del rencoroso viejo apareiéfa? 
iluminada como poí^^ tíüiPíüz siniestra, aT C€áitémpllá?i%' W 
travos de- la veiffcaná'^^a^^iMé llama que comenzaba á' 
encender el Imz de tela, que no tardaría en caer, con- 
"\^tido éfí-uua' 'gran más8.'^ dW'^' ftí^b, sobre el pi )dcroso 
combustiMe qite <iba a kíttei^ AWá4^"aquclla casa. CuiíridB** 
se hubo asegurado -de que-%á<tó''poQ:riá contener el Iti^' 
ga, dijo al escribauo: . ^doi •■ aoio8-.9.i898eb 

oiíJüü'He'Mos concluido!,' ütíh Jftidásrjic 'pi¿a<f^ ''líon «su- 



—508— 

nBk^2A capitán y á eira compañeros y podemos raarcharnoer. 

— Cuando gustéis, contestó el escribano, cuya fiao- 
jBomia na experimentó la mas ligera alteración. 

^jip Volviéronse para buscarla escalera y vieron que ha- 
bía*^ desaparecido. La sangre se heló en las venas de los 
dos malvados, que no acertaban á comprender lo que pe- 
dia ser aquello. oso ozaibu^i oa ..orfao .ua ^ j 

— Chorno, exclamó Dofn JadaÍB' coa i viOPÉcítóDdorosa^ 
Chorno; ¿quó se ha hecho la escalera? .DP.ob ií 

Entonces habló el negro en el <Je5>van, contestando 
en su castellano ohapurrado-^ui > .hiUii;^ -.ai jnisi;Vl -.j • 

— Yo quité, señó. Su mece qttéréP ¿á á' tó sblo' im 
doblón y yo quei'é todo el cofre. Adió, su mece; adió, 
señó mes tro; nos veremo en el valle de Josafá. 

j: Y-lanzaíido una carcajada que hizo extremecer al 
barbero y al escribano, el vigoroso negro se echó la caja 
á las (íspal(k^ como si fuera: un pequeño lio de papeles 
y desaparecil^; , ; » íoqio^nr' 

, ¿,Don Juíjas crispó lo» puños, rechinó los dientes y 
lañándose hacia el barbero, le dijo con voz ronca de rabia: 

, — Malvado, vos tenéis la culpa de lo que va á su- 
4^dernos.,,;^..j.j.,iHr^ l,: ...^^imiívi^'í •...>'> .Jííi>> i . xi^tU vj 
, Piciendo €sta, degpiire^dió una pisiola del cmiot Ui 
amaa'tijló y apuntó á Basilio, que cruzó los brazos sobre 
^1 pecho y d,ijp; con tranquilidad: 

— Podéis matarme, si os place. Pero ¿qué ganareis 
con anticiparme la muerte unos pocos minutos? ¿No es 
i^as cuerdo qqe discúrranlos juntos los fnedioa de evitar 
la catástrofe que nos amenaza, ^o por culp^ njia^ sino de 
vuesitrp infame esclavo? . ■.■., ... ..; 

^, J^a actitud tranquila;del|,b^rbero y lo v4zonable de 
sji observa,cion, desarmaropí, al escribano, que volvió .á co- 
locar la pi^tojfv en el cinturon y exclamó con acento de 
desesperación y rabia: ^..^ . 

„. ,-r7.I)ecis bien, jvoto, al diablofl,nt%o, ¿qi^.i arbitrio 



]>uede haber para escapar d« este peligro? 

Basilio no contestó 5' encaminándose á la veut nilla 
que comunicaba con la otra pieza, vio con horror que 
•el fuego continuaba devorando la tapicería. Comentaban 
á volar algunas chispas, que afortunadamente se npaga- 
bíin antes de caer; pero el peligro iba creciendo por ins- 
tantes. Poco faltaba ya para que el fuego se comunicase 
á la cuerda que sostenía la red, lo que haría caer sobre 
la pólvora aquellr. masa inflamada. Don Judas se acercó 
también á la ventana y habiéndose hecho cargo de la inmi- 
nencia del riesgo, se echó de bruces en el suelo y co- 
menzó á revolcarse de rabia. 

El maestro Basilio Molinos, cuyo temple de alma no 
se desmentía en aquel grandísimo peligro, dirigió una 
mirada desdeñosa á su compañero; se sentó tranquilamen- 
te en un viejo canapé de nogal, único mueble que habia 
en el aposento, y con el ojo fijo en la tapiceria, se pu- 
so á observar impávido ioá progreioa del fuego. 



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tidKíl Bü¡ Cfí^lMiteett la» ;*i5J^U«--J¡ron Manuel. qj 



('Al'lTlIJi)X.U£;„ 




L barbero se levantó repentinamente, como si 
hubiese tenido unn súbita inspiración; y diri^ 
giendose á Don Judas, le dijo: 

— ¿Queréis salvar la vida? 

— ¡Pues no tengo de querer! exclamó el escribano, 
os doy lo que quisiereis si me sacáis de este peligro; la 
cuarta parte del contenido del cofre, que pienso arrancar 
á Chorno juüto con el alma; la tercera; la mitad; lo que 
08 parezca. ' f^^y'í^. 

— No perdamos el íiempo, tonlestó el barbero. Ocul- 
taos debajo de ese mueble; y señalaba el canapé, cuyo 
faldón entallado caia hasta tocar con el suelo. 

Dominado Don Judas por la actitud imponente de 
Basilio Molinos, se metió bajo el canapé por una de las 
cabeceras, desapareciendo por completo. Entonces el bar- 
bero se acercó á la puerta que daba al cuarto donde él 
creia que estaba durmiendo el capitán, y con toda la 



fae>r*í5í*i>qiiií,4Mdo sacar (l-e^suíj. pulmoneí^, Mvwnt4 L%;;.voa:}j) 
garitéb íiB.ti-TE'^ '^ nbcMhiq o: .^'-^m-^tr £;'Cf:í 953 '»t 

.tnod-fi-fFuego en el cuarto del parque! ¡Fuego en el cuar- 
to dej parque! Asá 
tíenoílvcorrió á esconderse él también bajo el canapé. 
6f>ieAi|iielia voz de alarma resonó en toda la casa 5' fué- 
escuchada por los cen ti fíelas que montabau la guardia en 
la puerta de lú calle. Hizo despertar también á algunos 
de.ilos amigos dol capitán que no tcnian el sueño muy 
pesado, .^ i qne: medio desnudos, se lanzaron al cuarto de 
Don Fernando. Estaban alli ya el oficial y algunos de lorf 
sDidados de ja guardia; asombrados de encontrar vacia 

hiii5ama á©l'iP^#M8§íoí>a^í . Iiüíhío 

Comprendiendo que no podían perder tiempo, aunque' 
no.ap^riaban á atinar quien habia dado aquellas ,VQjqe^,. 
cQiíjiá^rpii á la p^^^rta ,4fi; la..cíLpilla, que dabar^^] C0i^*i;gri 
d^ry y la derribaron á golpes con las culatas de los mos- 
que^tes. Precipitáronse en la pieza y vieron que la ta-í 
picerii^ pendi^ite' del techo era ya una ascua próxima á^ 
caer sobre, l^^t cajas de- pólvora. Cuantos habia en la pie- 
za se ocuparon en retirarlas hacia nn lado, cuando cayó 
la enorme masa de fuego, aunque por fortuna no ya giij 
el punto 4oüde hubiera, hecho tan horrible estrago. noCl 
^i. Los jóvenes y los soldados no volvian en si mismos 
diel: susto que les causara el gravísimo peligro de que no 
habían áalvaido- sino por un milagro. Pasaron al aposentq, 
donde se custodiaba el dinero y se pasmaron al adver-; 
tir que habia desaparecido la caja. Uno de tantos echó 
una mirada hacia arriba y vio las tablas quitadas, lo 
cual comenzó á darles indicios del robo. Pero lo que so- 
bre todo los hacia cavilar mas era la ausencia del capi- . 
tan en aquellas circunstancias. Encontraron al fin el bi., 
líete escrito y firmado por Don Fernando, y preguntado 
el oficial de guardia si habia salido el capitán solo .^^i 
acompañado de alguna persona, contestó. )quí).,uja mozo 



qu*9 dijo ácr pa.í>'e de la viuda del Alguacil Mayor de cor-: 
te, pe babia present^ido pidiendo hablar al capitán de un 
negocio» muv urgente; y quíí al cabo como de ima hora, 
hablan salido juntos. • •■ ■. 

Al oir nombrar ¿ í)na. Luipa, calcularon los jóvenes 
raballero8 qoe* fH imprudente amigo podia haber sido 
victima de una cehida tendida tomando el nombre de 
aquella dHma, á quien sabiau Cfirtejaba. El proyecto dfti 
liacer volar la casa, que habia estado á ptfnto de reali- 
zarse y el robo de la caja del dinero, lo» confirmaron en 
iKjViella sospecha. ',í\.-^j- í«./, 

Con presencia de todo^ Ion jóvenes despidieron úí 
oficinl y :í los soldados, proviniéndoles volvieáen á oca- 
jíyftí^'íiíá' p\K58to y f.natidd' 6e encontraron solotí, celebraron 
junta de guerra, p«ra di-scnrrir lo que les correspondia' 
hacer. Después que cada cual hubo expuesto su opinión," 
Ke resolvió que eí joven Aguilar fuese inmediatamente á 
Palacio y diese cuenta al Presidente de todo lo ocurri- 
do, sin ocultarle la inexplicable desaparición del capitán. 

Acordada aquella prudente medida, retiráronse los 
jóvenes, comprendiendo que después de lo ocurrido, de- 
bían redoblar su vigilancia, para evitar una sorpresa. 
Don Judas y Basilio se consideraban ya salvados; pero 
calcularon que debian proceder con gran circunspección, 
ptfés sí los descubrían, de seguro- les atribuirían el robo¿» 
dé la caja y el conato de volar la casa, y no habriairí 
salido de un peligro, sino para dar en otro. Resolvieron,i> 
pues, estarse quedos debajo del canapé, dispuestos á apro- 
vechar la primera oportunidad para escaparse. 

Entretanto el joven Aguilar era introducido en la al- 
coba del Conde de la Gomera, á quien habia sido preci- 
so despertar. '^ no -uní 
— ¿Que asunto tan urjente, dijo el anciano, os- tfá^' 
pt)r acá á estja hora, caballero? 
^ ^'20- ffWíó^ contentó el joven, perdonad si interrumpor 



Vuestro reposo; pero hanQ^£^;t¿o ;§)acf^s(^0t||||p^|||j|i^ 

la caja y la hori-enda tentativa d^; h^gerp^jf l y ^ ^y j |j ^ y 
donde 80 hallateiii aloja4os. ^l Cc^QaMu^f^WiilMi W 
estupor qne le causó aípiella noticia, y dosi^jjg^^egf mo* 
ííieiito d« silencio, dijo: ^"''ima9tí ftfi 

— No hay duda, caballero Aguilar, de qufifiÓ)P%H^ 
su infinita misericordia, es quien ha salvado á ^iofeSW 
¿i^KOSotros , de tan gran peligro. 



05! ,:— Nuestr,§k .aiftigo Fernandez, respondió el .j6\fn^^hA 

a c^ft 



estado !ibre,/d€^ este riesgo, pues habia salido de h 
pocas hp.rñs,ántesv ^-j 

— i Como! rlDejando abandonado el puesto importai^- 
^de que. se htabia hejcho .Q^^-gf^I^o^y 3|-, f^sbaod ai 19M 

— Confió el mando á Loaiza,' cómo Yuesa S,^iipria,j§^ 
tj^\v"jv4j verlo por este biUete,',qi;e temos encontrado so - 

toegj^ílW^dp su cuarto.g. .fforoBÍio^^ 

El donde recorrió) rápid^naente las lineas trazada^ 

1^ ^, hijo_en' el jpapel q^ue Je presentó A^\^l'^,_j de- 
jándolo caer exclamó^,sfíoÜ^jie . ^^haoicioa ,^Bm 

— Temo que mi potóe Fernando haya sido, victima 
de alguna traición* IíQ, que me h^-beis referido j; laine^ 
plicable desaparicipn de m,i ^^ ,hijo, me h^cen sospechar .pi^ 
hay en todo esto alguna trama diabólica del Visitador^ 
que aunqu^.,,fe4i§^^„eH,fi^$f^,^S, ^i^egi^¡^^^^cqi^nnG' 

vos ^ p.eligrog»rf jf/t ' NorG .r^-'rhl fe -roa ^'h^í;íí03 .i^ghq «bot 
\fí Diciendo estp, el Conde.tiró del cordón dé una cato' 
panilla, y habiejidose presentado un ayuda de cámara, co^ 
ilienzó á vestirse á toda prisa. Un reló de péndola que 
^^b^ en la alcoba .apuntaba en aquel momento las tre? 
y "cuartp* Cuando estuvo vestido, el Presidente mandó al 
ayudia de cámara que se retirase y (l^jo aj Joven Aguilan 
.,jif£0^ Creo que necesitamos urgentemente de un hombr^ 
e-xperiTaientado y de prestigio entre la noble^ y el. pu^e- 

65 • " • 



.^.füo^^8taj¿eilté, señor; 6bú1léstóf'#'jóvéai con ^k^y 
"éé '1¿ óplkiibn de Loéiiza f la rfe todíds nosdtííos. imsen- 
^i tu^fetrb hijo, 69' iéííisjiénsable qiie téttgamos un gefó 
W íuwti se teuhún kd éoüdicioQes qué* habéis indicado. 
'Oííí íji Conde íjotneniíó á pasearse pat él aposento con 
t!re pensativo, como si su espíritu • at-ot-mentado lotíbadé 
Wn Ideas enííóntradáa. De tepentfe fi« pard' y * como ha 
1&]!á¿áo'tt)iiSÍ^6 títUnto'; &jh'.r > .::ih-ioyh98ím £jiní 

— No hay remedio, •fe's -iiecée^á^i'óí qUfe'' fb vcñ^ÚxyvtyH 
^^WPWVyt^i^^^^^^ pe¿'bs6 éste paso, 

triiipTÍéfs d'e'^'ti'tie' í^^bS^rtidéí^MVe^^^r f '^'d. '¿V<'bi'fea 
niega? Lo temo mucho; pero es preciso^ ^il^'á'1?»ei*í o. €&* 
tWeró A¿t!Ííáí//flfeidí¿?^^M\^1é«flr' -' -f jívoiiv ¿queréis te- 
ner la bondad de acom^SMí^nie ■. :{tí<^al geftl qoe* ne- 
(iesítátttyát ^^^"^ ^íí^oo ,«si«oJ « obflfini íe óíliioO - 

-^ -^'É^^á^^VS^tr^-Mr'^^ít áéíí§r,^9íinfteW et jóvefi, 
j^regó, no sin vacilación: ¿Sert*í««at %dlfe5i%i»éfa de 1üi 

-9Í) L-'^r^ dtí'Jirtíft íáinVtó], íüjo eí Condei^e^ia 0ttf 
llidira, poniéndose rojo de vergüenza. '->'' o '> ?.;» 

^í"í^;2L^¡6frOAWaíP%''í)i^^ ^^^'égíífia'^i^ííirafíbr-excla. 
iWkt'Dilfür cor. *>ru^íbif.^m'iití¿8ti*0Í nfí^í^ pensantf^nl^ 
|8ft)'^%o' nos atreyikná^fe^'^ró^n^rdéíb; Fh>ifto, pronto» 
íííffif ; temo que^ítóR^^r ^f díuM puede eerríos funesítti.t 

toda prisa, seguido por el joven. Diez minutos d^píEKiS 
i^'^'NM Ü ^ítóM-dfe^'la'^'ek'ssí^de^ii'OD, para dar paso al 
Conde ' V ál'tiaííá^Mo'^dé^^il qiuí fueron introduéi? 

8BÍ' éll' M"%abfeiétfe^\;6bíig^o ;í I;. Ttkoba de Don Fí'^tí. 
^fáJo'''^irbil 'ííattieí?^''Píí'esentose el ancrano á poco rátó-y 
ádeláiítátido hada el í^resrd^nfé, bíjfo tina pi'o^ndü inclí>^ 
ÍíW<JÍóW,l3é cabeza, saludando en í^egnida coíi menbs ' ¿er^ 
SiVjníá^'^sf bien eon caballeresca cortesi*, Él joven Agnilar.- . 

■ — •' PertS)tiad, señor de Jirón, dijo él Conde visibléméé^ 
té^&bái^zSíb.^ívétigb á bi^hftrf^ í? hc4á tan incompetente 



. / Urí\cias,.,paba¡lero, dijo fj Pi;e^iden^^; flp ea^erab.il. yo^ 

fí)W^$^i^^^nr7 ,(mificÍLüS nía ,nfílna oí fieiup « y huí 
— Os conozco aemasiadq, para ;^ep,j:me aiflf^pisíiíq 

fít^^ PíRy^jsif» !^e ^bac^i'i imWuh '9hMSi}% "^i^y^M Si^^l 

1Í}^0. iOfVí )^^j^]ú^ ^^\vfi<^}{y ^fro¡}m hijo h^ ^e?^^ip^Qp}áoj, 
l^^ yalf^í,^ ^^en^pre^ ,4^ .la autoiiíjad rcarptp.ejj ,d6,gg|| 

un ataque, 'Cuyo.r^^ultado/p^j^dQ^f.er|n.o^^jrjAP^§Í%^ 

?»tey; á vuestras Ór4e|es,^í.y iigliciaji^^á^íj^ ^y^^^|-^,pa?- 

: >^ El Ppude; íje- ,^n{^^^^^s:nw^Q,§(^ . a^te^jagifell^, grandes^ 

do se trataba de sosten^^.j4i^^,j^Bíj}^o.^^j(Jí;^ 

RuplirCQ íal I^residm|te 'tpv^e^e] 4,|«?Í9» permi^jrl^^^j,\yi j^istan- 

te 4,9 aujienfiia, y ¡aalje^l^ 4qÍ,gabipeí^3;,j)^ÓQ,?í^^ ^i?^^99: 

b^j de í , 8U. espi^sa.. p^ WP^'^ > .^^^9^^: ^fi?"?R^ i Rí^f^^^.^^f^ft" > 
;í;^,^.^Í.rou la contempló ,d4;ra|)i^e :i^ mc^p^tQ,}^ d^espuga-spi 
gfrodi^9.^^4elaate tle im crucifijo |)^. x^j^r^f jciii^^^per^í^iajft^^^^ 
lo ,ai l^cKo. Una lámpara c,ubíertt\ ;.<jipn^,]j¡^a-^pan;ta^^^ ^ 
gasa ;deri:amaba .^ .el, ^ipqs^^ s|]^|jét^i|e,^^.jiji^f,^p(^_^a c]^^ 
ridad, alumbra^ndo^iq^ella escena, t;^». soncillei^rcpía,!;). j^^r^ 
^tiqa. ,]pj¡ ^auciaao.,¿^aller^a_inyüc6. la .^rptecpioa dejpk^ 

y en la ady^^8ida4» de la.maíir^ de&^fí ftijos. Dos lá^ri,-; 



tlS^BP^Síf c^éH&S^SÍf 'tiuien voia 'iínicaiuéíitó un re- 
/ít8®í!^1aWu|er^£^qtóen htibiu amado en sn jnveíP 
tud y á quien lo unian, sin embargo, vínfcnlos' eetíreehó^ 

jWsd^W pi(^;'eíijiíg6 sus- lágriifiai3'y ¥rfé ^'-á'r^úííii^e C(m 
^Tksíú¿t{Wtár'iéveú&; éóiíí¿í^ si^ító^fí^'tUHbe ^ alfíia 
í3tf^?eS{'efo'''f ¿Vüfel"píresfentim?ft^ . hké\h 

HWh^y^ábtiÚé ^e (jueáo el Cc)ndé/(|* ^étt ^u'^ftísion, tío 
Mf^fcíf7)aíábt'ás'Tiastknteniente expresivas 'pará^ sr^iiíficár 



C^fédá 'ííci/gratitótl. El anéfanó conteWó con 'í^ 
'"^eflcill'á* diy^^idací, y íicómpañado 'Sel joven Agil4 
flrfl^feé' eiiícattiilió á f a casa de Loaiza, dotide estaba -^Hua- 
aS^<^^6UaPte!'g¿ncial du mñel Presidente.' t^^^P^ía nu 
í^taa-gj^i ^gríléí' bbmentó, comenzó á tomar Hw^osiéid^^ 
oomor'^áftí i\íi dólííbíifé, pues por la relación de ío& alí^ 
ctík)s^óc^rrid5?- Consideraba muy 'probáBTe qué él enemi- 
¿tf^íríteníaríi un golpe de mano, fü^peccionó las arma?, 
(fiStribúyó lá' gente en los sitios cjne cbnirenra cubrir ^ 
ácdtn'pamdo de unos pocos jóvenes caballeros que que- 
daron disponibles, se situó en '(ttí |í¿i)ií6 ^^dé* Ibs qtife p*o- 
díím Considcrafse mas pdigi^bsos.'-^ ^''' ^'^' ^^ - 
^' Nt) '-pasó un cuarto* de hora ^^éédb'fa' llegada dfeW 
rSfr^ift^ qtüe^iSHriéáé'lá 'pieria 6'ónfinlí'acíoif dé sn« líófepe^ 
cfils^-^A^cniiS habíati dado las cufatro en los relojes fHr- 
fifiSSé^,'- cuando un ' pelotón de' gente armada ^e precipitó 
s6bi»e fe'' puestos avanzados de los del íí*csidente, con 
flñ. fíitj^tu y 'ffla5'%ie;^"no obstante ' 'efstai^ bien plrepara- 
d^, 'ifó' plídiéron resistir tan vigorosa acometida 'y tuvie- 
ron necesidad de repleg-arse. l*ei*o lejos de desalentarse 
MS.iftfed# -déi -aapi»tarí '^Pera¿á; ni y¿r^'^¿ri+ollados á> ^M 
qw^éuín-iun Sn' primei-a^íínett de rfeFerrsa, coloraron nuet^o' 
áíT^ó *y^ comprendieron que tenían' qiié habérselas con 
ad\%rsai-i'as^ ñ'adif ^efel^eciable^. 'W éftfeto, ■Andrés- MoW 



íP^ fS^ niin p.irfc, y c1-'F/?J(ÍmÍÍ!Í ^'íii'^^'lA'aMcis l)rak(3, p.-».' 
6ÍWí?''IOTikb?an 'drtoj'dih) coirio íéaties íVm'íüsos Hiobre ló'ñ 

ria, y habiendo logrado los de|f''^V1í<ííi(.l«r salvar la.s triu- 

bamli). ' "^"'^^ "*f^ ;i . !ij .. ;i9 b^LüI íioG í; -íc >íoíÍí; .eJ 
líiui^l (éé^ito- l^ám& .M<^irt«fe oy^'tíofi^J4*á#Síl^Vftafti^ 
ft^^t4ííi^JíP;íápr0¥é'c?feir ■'í:iia4qul<^i''ái ífj(iW«uídfel 'fq^í^^W^íleí 
^ré^^^éhWsé ^>i\m escaparse de én tt1<^Óín(5tití eíít*t>tl(ífij^ ^«- 
tíeron a! <^ir las primeras descargas, y encontrando la cpc- 
átt' d^Sím-tít/j^Utífelü^ gente toda/ i^^ó-i hallaba afuera, se laií- 
ífirróri á la 'calle, acertando a suceder esto en el momei> 
to en que los del Visitador penetraban en el recinto ceií- 
]*^ilÓ^ pói: los fortines. El b'ai4)ero conservaba su sangre 
IViaf fefo no asi el escribano, qnie temblaba al ver qué 
no habia escapado de un peligro, sino para dar en otrj 
^íí^'ttíéñós "gváSre. Bí -maestra Basilio fué avanzando poco 
á poco, pegado á la pared, á fin de no ser descubierto 
y procurando reunirse á los que atacaban, á quienes con- 
sideraba como amigos. Don Judas, lleno de terror, iba 
y venia de un lado á otro, y en una de tantas evolucio- 
nes sé encontró envuelto entre una partida de los df»l 
Ffesidente, que lo hicieron prisionero. Preguntado que 
Ifácia alli, el desventura do escribano balbuceó algunas fra- 
ses inconexas, que parecieron muy sospechosas al oficial 
que mandaba la guerrilla. Hizo que lo registraran y sie 
le encontraron en los bolsillos los instrumentos que híi- 
biítñ servido para desclavar las tablas del desván. Esa 
circunstancia despertó graves sospechas y habiéndosele 
á'|)!rdximado á la cara la luz de una liútéí'na, tiéron con 
asombro que era nada menos que el escribano del Visi- 
tador. Otros dos ó tres jóvenes caballeros que acudieron 
llamados por el que tenia en su poder aquella buena al- 
h§;fa, Tormüróu aílr mismo uña especie de consejo* de guer- 



- 518- 
ra y dccidieíoD que Don Judas Ptitrana üebia ser pre» 
cipamente el autor del robo de la c^, el, del horrendo 
proyec^ ?|e hacer volar k <??^8 cpn todofi ellps, ^lenfcrq 
y que axiemas debia andar mezclado en lo de la^ desapa- 
rición del capitán Peraza. ^.-.i 

Formulados aquello^» tr^-ífi gravísimos cvirgos, decidiej 
ron, sin mas ceremonia y considerando inútil todo trámfr 
te, ahorcar á Don Judas en el altillo de nna de las ch>- 
gas contiguas. Se busqó unhéAO, suji}id Tin soldado á atar- 
lo al bakon del íbljlillOy rjoieutra^; los; f^trofí, c.argHmií^,,coH 
el escribano, que eí? taba ya uiíkIíü muerto, lo lie,v<vroUfj4 
ííitio de la ejecución; at^lrante ÍM.cy«r^a-^l[ p^caj[^znf»y/,ÍO 
íntír^a mndp hasta Íevayí|afjo..$f,iniagf Q^i^j^o^/ú-cíiafifí ^\^ 
ras, del piso, de la cíilio<., .\«i <^c»í,bó. í^u pfíp^l ^j^sfi pftrj^ft- 
118¿C, liarto import^itA' §iVMVi>^í'i'ií;l>iff«niÍ^.feo( •íij}. (le «t 
t :»íi ¿Mientras he eiocut;iba,jk^«^--lf.K sent<<ím?i<| d^ -físodoj^^ 
pedití) y breve qM«^ hei»i^0S/,¡y^tú|i, seg^jii^)^, l^tÍQí\d^Ofjl<^s 
contendietítes con igual denued.O'. iU iBM^t>-^i.c^gL,^ij¡9( Mo- 
linos, arraatrando^p á lo largo denlalWp.a^^í^fr iniía^^aba 
ODUy pow> áppo^, y.:cu^^do í3st(íí,>^í.taí;C(^fvjfi:.4e^Ji^^u^ 
Iktucabani. saltó ooitiojun ^^ ^hi^o^ri^/il^m eillmSfMm^^} 
i:.. — ¡Viva el Vilitadí^ij]. ¡roíí .^( -tí/rt; oííío') .i.finohra 

Viendo aqu§| l^i^lfco fi^j^ros-r^Me; s^f,prei9Jpi^ftíf,«i(í^i^ 
iellos griíjandiíKi.los. s^iÍAdoi, ioi^í^ro*, fuese alguna^ tjr%i- 
eipn .y preparíirnn.f viJ'íi^ilo^l nvjsqvíetfls y[ o,^|'<)s Jas lanzffS. 
El barbero habría (3onpluí<lpj^aUii,au hÍ^tQri^,i >i' HQ baij^r 
KfeOnoQido m voa Fraii)DÍ^0f^;>(Wippei(fq»i^i^s,t%l^MP9f^ 
tante y que alcauíór^jíj, V(^[i||Uft.jí^^-^^qgI ^;jiJ^^PjWÍa»r|fl 
acabar con su tip..^.i ^oí í^-^A[Wj>í\ b([ ;ío í;.^'ír:!n< '':•> '■[ 

— Deteneos, gdté ; n^die-i Jq _ . t€^i|e ; es ^CíÍcvcí, oueeitf<>íf. 

La orden fué muy oportuna, piaes cinco ó seis picap 
iban ya a atravesar el cuerpo del viejecilloi. que oasi;-p^- 
^J<> sentir el frió del hicirro en sus^arnes^. FrancispQigTVjift- 
¡f^' hacia el maestro Basilio y le díjo-* sob í?otíO .lobn': 
'iéi is!,-rrT<¿Como es qu^ 08 hí^Hais ^tre' ^9U gent^r -kü 
•iJü:'^jE«o es hrgOj.de coijtar.o^n testó. el barbero; b^^- 



te *í?abi5!i? qiiíi viivé con el ubjcfto lie ahorraros trabajo ñ 
ti y á ios tuyos; pero el diablo, ain duda, proteje á ea^ 
^wd^na^ da pitan» que ha encsipado^de ana buena. 

— ¿Y hacia que punto se halla ese hombro? preguo- 
tá Pranci^o con voz de trueno. 

El barbero ignoraba hasta aqnel momerito que él ca*- 
jlitarí Perada estitbam^iy lejos Je la oáiea que él habia 
intentado volar. Creía que Don Fernando estaba aun i 
!u cííbeza de lop que sostenían la causa del Presidente» 
I»' bajo la im^reMort de feste error, contestó á Ja pregun- 
1*i de stf^ sobíino: > .> i 

{íy!:uiu El tal Don ^iPernaBdo, dijo, está situado frente 4 
Jtt l'casa d© -lu fajDríilia de Loaiza que 6ir?e de cuartel ge- 
ftfei-al á osos desalmados. He visto el grupo de caballeros', 
qu^ se distinguen de los -demás, por las arnias y por loa 
Wéj«á^ *y'«a me cabe la menor duda de que alU debe 
estar» el ge fe de esa canalla. íjühi ^>^p '4 lí 

Francisco Molinos no aguardó auas.] Ardiendo en iri'^ 
Fe lanzó hacia el punto designado, siguiéndolo unos po^ 
cóé de los suyos. El íbarbero se quedó oculto en ^1 hue- 
CO'de una puerta, aguardando ver el resultado de la em- 
bestida que iba á dar su sobrino. Pero noo bien hubo 
défea^r«clid©-''«11íijo de Sir Francis Drake, ciraudo vio el 
bárbei^o aproximarse hacia el punto donde él estaba si^ 
tuado, un grupo de hombres conduciendo á un herido qud 
lanfcaba queji^d-os lastimeros. Basilio creyó recbnofser la vo» 
de su hermano Andrés y corrió á encontrar el pelaton 
de gente que se acercaba, f.ra en efecto el herrero, que 
acababa de caer atravesado poü^ifios balas de arcabuz, y 
á quien se conducía espifante ya. Lleváronlo hasta la gra- 
da de la puerta doñdo se habia acogido el. barbero, qu« 
V tbmó en los brazos á su hermano^ llamandalo con aceite 

to contaovido: h -lo^áí ouibeoiAÍ .umiiiij ub jíQí.) uu^ 
.j • ^ Andrés, X^ws^imfifái ottt^wtpoefOBiJíBaíIbi.^^» 
rm reconoces? seiba A &b Bobr.hlm poÍ íio7eiLi/oA 
'j/;'í^BI herrero higo 'tm «Jsfubrtzo axti^aordinário, 'y i|im 



--Ó20 — 

hi9 áijíT:«!oí(í .íibüb ííih ,oí^íríb b oivq ;?.'>víjí boI h 7 tí 
-«íRetirao? pbr hirr-daomeiíto, amigoé; dejailiue sul^ 

Apartáronse todos yrtforniarón un «^aiicírcUWf efíto,?- 
uo iéeí>ljqíu^doá.Í4«irriHLtios. : 

jio —Bitsilio,' dijo ^KVndres con voz apenas, p^iceptibi^^ 
^ost: á morir y DeLüs. sííi ^da t<? ha trüido, á, mi' lad<^.eit 
^íeííilíinio iii3titnte deMíii vitja» Ss^t^ ^up JÍT;«v<ri:k^§ iií| 
€Kr^éirq idioii .óiaoüivjprt^'Biierar^ pü-atioíli'^ftiy BÍuriiBiílr# 
una señora española, que ma lo cuiifió, J^íí'^í^ "*>»oS|ife |íSr 
^eMilid9ñsil¿fCÍt¡aete» F^aticÍ5(N£X'^i '^1 ri'- i cuücietl^ 

tá9,fdl»fiÍKi settfBekrt» ctepcasi twda lo xiíttíiTyo pDsfiO • «rmoT»! 
rtia íi Ilítve' del nrcfe que contiene etwi r¡í4 ue)«k\ ^;. Ííí-Jift 
:iqui también la. de mi lierreria; Uuíílft an til UvitP ^ mPp 
dera (ju. < tieiie el 3íuiit|iieiiiUtt.lbO)t(m«iHQv í><*e yes^lji^fW 
la parte que mira :í la fragua. Oprímelo coii fuelrean^it;^» 
Bfiíabritá^:. vi.iÍ4u.c»útaníl.í«i.. . aili «{»tá; el coífíéouur i.Y)evo 
c<tí\átOi}{j , (Áohmhií-fi}^. ^oííí ff ip«)h oJnuq !?> í?to«íÍ 6sn«í 9^ 
-9Lii Bi barbero no' pudo ya percibir l»s últimas palabras 
cte^dü hermano; que nombrando ú GenoveyftjíiiiOif ó itre» 
Vtíl^lb, espiró en loí» brazos de Basilio. j*ir orj) c! ,j 
A'^ ui Encontrábase este con iiniíeadáverí y poseedor de u|k 
secreto que suponía no había sido i'^velado ma» qm á. é\í 
Colocó la. cabeza inanimada de su* hermano en la grada 
y apoyando la suya en ambas manos, permaneció un njo^ 
mentó entregado á la mas profunda meditación, f ug ob 

De repente se puso en pié|, jí^tilamando ¿)1^ííí^4#^ 
4ados de Andrés, les dijo: obf*897. > ob fidfícÍBor. 

'étr%4^Mi pobre hermano ha dejado de existir j es nece- 
sario alejar de aqui su cadáver, antes de que venga nií 
sobrino, pues esa desgracia podría hacer desfallecer al? 
gun t^anto su ánimo. Hacedme favor de conducirlo á su 
casa, mientras yo preparo á Francisco á recibir este golpe. 

Acudieron los soldados de Andrés Molinos y l^vaort 
tat'ón el cadáver, derramando lágrimas/ Todos olida: eran 



—521— 
oficiales de la herrería y amaban á su maestro, aunque 
no lo veian sino raras veces; siendo Francisco, según he^ 
mos dicho, el verdadero gefe del taller. 

Apenas hubieron desaparecido y vuelto el barbero 
á sus cavilaciones, oyó á alguna distancia im gran rumor 
de voces, como por el punto que había tomado Francis- 
co, y fijando la atención, percibió clara y distintamente 
vítores y aclamaciones* Era el hijo de Sir Francis Dra^- 
ke, que regresaba vencedor. ^* 

En efectO) mientras su padre adoptivo exhalaba el 
último aliento, Francisco Molinos, ansioso de habérselas 
cuerpo á cuerpo con el capitán Peraza, se dirijió hacia 
el punto que el barbero acababa de indicarle, creyendo 
encontrar allí al que era objeto de su saña. Jirón Ma- 
nuel, acompañado de algunos de los jóvenes caballeros 
amigos de Don Fernando, daba sus disposiciones üon la 
mas completa tranquilidad, para rechazar el impetuoso 
ataque de los partidarios del Visitador. 

El valiente herrero, armado con una enorme espada, 
que él manejaba como si fuera una pequeña daga, se ade- 
lantaba hacia el grupo, comprendiendo quienes eran los 
que lo formaban, por las plumas de los sombreros y por 
las espadas que vela relucir en la obscuridad. 

~- ¿Donde está el que se llama vuestro gefe?, gritó 
el hijo de Drake con voz enronquecida por la cólera, 

— Aqui, contestaron los hidalgos, poniéndose en guar- 
dia para defenderse. 

Pronto se trabó un combate reñido y terrible entre 
"anos y otros. Jirón avanzó hasta cruzar su espada con 
la de Francisco, y no tardó en comprender el anciano 
caballero que se las habia con un adversario tan ágil 
como vigoroso, aunque no muy experto en el manejo de 
la espada. Francisco peleaba como un león y su extra- 
ordinaria fuerza suplia por la destreza que le faltaba. 
Aquel mortal combate duró unos diez minutos: el ancla- 



—m— 

TW) comenzaba á fatigarse y con dificultad paraba ya los 
tremendos tajos de la enorme espada de su enemigo. El 
herrero advirtió la ventajfi que habia alcanzado y se pro- 
puso aprovecharla. Tiró una estocada aparente con el ob- 
jeto de engañar al caballero, y cuando este se ocupaba 
en pararla, Francisco levantó con ambas manos su arma 
terrible y descargándola sobre la cabeza de Jirón Ma- 
liuel, este no tuvo tiempo de evitar el golpe, que le hen- 
dió el cráneo casi en dos mitades. Gayó sin exhalar un 
gemido, y al momento fué rodeado por los jóvenes, que 
abandonaron 1^ lucha en que estaban empeñados, para 
socorrer á su gefe. Era tarde: el noble y leal caballero 
no era ya mas que un cadáver. Los compañeros de Fran- 
cisco quisieron continuar el combate; pero estelos detu- 
vo, diciendoles: 

— • Basta, dejadlos; hemos concluido por esta parte; 
yamos á buscar á mi padre. 

El herrero y los suyos, algunos de los cuales esta- 
ban heridos, volvieron la espalda al grupo de jóvenes 
que abrumados por el dolor, conducian el cadáver á la 
casa de Loaiza. Francisco, luego que se reunió con el 
resto de sus gentes, pi,dió noticia de su padre, y nadie 
se atrevió á dárselas. Con esto, y viendo que los parti- 
darios del Presidente, desalentados sin duda con la muer- 
te de su gefe^ ae habian replegado á la casa que les ser- 
via de cuartel general, el herrero creyó haber hecho bas- 
tante para considerar terminado su compromiso. Se juz- 
gó, pues, en libertad para aprovechar aquel momento é 
íf ú, buscar los papeles en los cuales constaba su orijen 
y cuya existencia en el sótano de la herrería le habia re- 
velado el Visitador. 

Eran Iqa cinco; Francisco calculó qne una hora le 
bastaba para ir y volver, y encargando á uno. de sus mas 
fieles y valientes compañeros que reuniese la gente y le 
pa;rticipase la muerte d^l capitán Feraza, se dirüió sote 



.ó&lit 



mciá la calle ancha. 

Para la mejor inteligencia de Ibs pacésos qué déííií- 
moS reíerir, diremos que el maéstrb Basilio Motmos. ,» 
ííüieíi áe jamos cavilando después de ía miierte áe su her- 
inano, luego que se alejaron lós qiie córiaucian el cada- 
ver, entro en cuentas consigo mismo y formo el proyec- 
to de apoderarse al menos de una parte considerable de 
aquella riqueza que habia pertenecido á un pirata. Hi- 
zose la reflexión de que Francisco, trabajador y poco ami- 
go de la ostentación, no necesitaba de gran cosa, y que 
Genoveva tenia en su belleza y en la protección de la 
familia de Jirón Manuel, lo suficiente para asegurarse una 
vida feliz, ya que no se realizase la brillante boda que él 
le procuraba. Por otra parte, él se encontraba anciano, 
poco apto para trabajar y despojado de cuanto poseia, por 
su empeño en servir á los suyos; y de todas estas con- 
sideraciones dedujo que podia, en conciencia, apoderarse 
de las tres cuartas p»artes del caudal de su hermano, de- 
jando la otra cuarta parte a sus sobrinos. 

Tomada tan justa determinación, y recordando que 
decia su abuela: el muerto al holló y el vivo al bollo, 
dispuso ir inmediatamente á la herrería y buscar en el 
sótano el cofre que guardaba el tesoro del difunto herre- 
ro. Esto pasó precisamente al mismo tiempo que Francis- 
co resolvía ir á ejecutar igual pesquisa en el subterrá- 
neo, aunque con diferente objeto. 

Tío y sobrino se encaminaron, pues, al mismo sitio, 
ignorando el uno y el otro que la caja fatal que iban á 
abrir con tenia una pistola cargada y amartillada, que de- 
bía causar la muerte del que la abriera sin saber el se- 
creto indispensable para evitar aquella catástrofe. Dos per- 
sonas solamente conocían aquel secreto: El Visitador y 
Andrés Molinos, El uno no quiso revelarlo á Francisco al 
proporcionarle los medios de encontrar los documentos 
que acreditaban su orijen. Aquel hombre de entrañas de 



— 624— 

roca pretendió deshacerse asi del que habia sido dócil 
instrumento de sus perversas maquinaciones; al otro, la 
muerte le cortó la palabra cuando iba á revelar á Basi- 
lio el medio de evitar la desgracia á que se exponía. Uno 
y otro corren, pues, en pos de un desastre. |Dios sab» 
quien llegará primero! 



^: 




t)2o 



CAPITULO XXXYÍ 



Bl Visitador y GenoveTa. — ^El nne^o eaodillo. 




L Visitador, al entregar á Francisco Molinos la 
jlave de la caja de su padre adoptivo, cuidó, como 
hemos visto, de exijirle juramento de que no iria 
á buscar los papeles, mientras no estuviese concluida la 
empresa en que se hallaba empeñado. Esto tenia un do- 
ble objeto: que el hijo de Sir Francis Drake no se sepa- 
rase de las gentes á quienes acaudillaba en los momen- 
tos tal vez en que su presencia podia ser mas necesa- 
ria, y que no fuese á la herrería, al- menos en aquella 
madrugada. * 

Don Juan de Ibarra, que según hemos dicho, habia 
encendido una ardiente pasión en el alma impresionable 7 
tierna de Genoveva, fué sintiéndose gradualmente inte- 
resado por esta hermosa y discreta joven, cuyas cartas 
k revelaban toda la intensidad de su amor. Pero des- 
graciadamente el sentimiento que el Yisitadór podia ex- 



— 526— 

perimontar por una muger, estaba muy distante de cor- 
responder á lo que merecía la noble pureza de la flor del 
Pen'^a-ivo, Era tan diferente la inclinación que sentia Don 
Jam hacia Genoveva de la que le bizo experimentar 
Dña. Estela de Zúñiga, curindo la vio por primera vez en 
el puente de Triana, en Sevilla, que él mismo no podia 
equivocirse sobre la diversa naturaleza de aquellos dos 
afectos. El que le in>pirü la que vino después á ser su 
esposa, habia nacido y criadose en la parte moral de su 
ser; el que concibió por la bolla hija adoptiva del her- 
rero Molinos, brotó y residía únicamente en los sentidos. 

Don Juan, dominado por aquel sentimiento, habia da- 
do una cita á Genoveva; y la pobre joven, incapaz de ne- 
gar cosa alguna al que ejercía sobre ella tan terrible im- 
perio, no vaciló en acudir al punto designado. Era este 
la herré ria de su padre, á donde debía pasar por la 
puerta que, como hemos dicho, comunicaba lá antigua co- 
chera con la casa de Jirón, donde, según sabemos ya, re- 
sidía Genoveva Molinos, acompañando á la madre de su 
amiga, desde que esta se retrajo completamente del tra- 
to con su familia. 

El Visitador, después que hubo encerrado en el só- 
tano al capitán Peraza y comunicado al hijo de Sir Fran- 
cia Drake la orden de atacar á los partidarios del Presi- 
dente, pasó á su casa, donde permaneció una hora, y 
en seguida se dirijió otra vez á la herrería, á aguardar 
la llegada de Genoveva» Hizose esta esperar, pues en el 
instante en que se disponía á salir de su habitación, es- 
cuchó rumor de voces en el gabinetl contiguo á la alco- 
ba de Don Francípco Jirón Manuel. Quiso averiguar lo 
que causaba aquella novedad, y habiéndose acercado de 
puntillas á la puerta que daba al corredor, oyó perfec- 
tamente la voz del Conde y la del caballero Aguilar, que 
hablaban con su protector. Las pocas frasea qué pudo 
percibir, la pusieron al corriente del objeto déla visita del 



— '}2 i — 

presidente, y á poco rato vio salir ;í los treí?- 

Entonces se dirijió al interior de la cas», y con la 
llave, de que le híibia sido muy fáoil apoderarse, pues It^s 
tenia todas á su .disposición, abrió la puerta que daba á 
la herrería. 

Alli estaba Don Juan, sentado en un banquillo jun- 
to á la fragua, con la cabeza apoyada en ambas manos. 
Genoveva contempló á la luz de una linterna que el Vi- 
sitador habla colocado sobre el trozo de madera que sos- 
tenia el yunque, aquel semblante que perdia para ella su 
expresión satánica, revistiéndola de una interesante y 
simpática meíaricolia. La pobre alucinada recordó el mo- 
mento en que habia visto por la primera vez á aquel 
hombre, á la incierta luz del crepúsculo de la tarde, en 
el momento en que tan noble y generosamente expusiera 
su vida por ella. Trajo á su imaginación, vivamente exci- 
tada, las palabras de amor que le habia dirijido y sobre 
todo aquella oferta de ser su espose que ella rechazara 
por una quizá mal entendida delicadeza. Pesábale ya de 
'no haberla aceptado, pues conocía que la existencia sin 
aquel hombre le era insoportable. 

Bajo la impresión de aquellos recuerdos y en la dis- 
posición de espíritu que hemos indicado, Genoveva Molir 
DOS, ebria, loca de amor, sintiendo el infierno en su co- 
razón y en su cabeza, avanzó hacia Don Juan, que sin 
moverse do su sitio, parecía arrastrarla con su mirada fas- 
cinadora; y cuando estuvo junto á él, cayó de rodillas, 
pálida y temblorosa, y con voz balbuciente exclamó: 

— lÜnidosI unidos hasta la muerte! 

-^ ¿Por qué has tardado tanto en venir, alma mía? 
dijo. Don Juan, un momento después. 

— Ah señor! contestó la joven, ¿no sabéis? parece 
qnfi. buceden esta noche cosas muy extrc.ñas. El señor 
Presidente ha venido hace un momento, acompañado^ ^©l 



caballero Aguilar y ambos tuvieron con Don Francisco 
Jirón una conversación que procuré escuchar, consideran- 
do que pudiera interesaros. Mi protector ha salido jun- 
to con los otros y ha ido á ser gefe de los que combaten 
por el Presidente, 

El semblante de Don Juan se transformó al escu- 
char lo que le referia Genoveva; succediendo una expre- 
sión marcada de cuidado y de preocupación al abando- 
no afectuoso que apnrentaba poco antes. 

— ¿Que Jirón ha ido á ponerse al frente de los que 
sostienen la causa del Conde, decis?; exclamó poniéndose 
de pié y rechazando bruscamente á la joven, que apoya- 
ba la cabeza sobre las rodilhis del Visitador. 

— Si, contestó Genoveva, espantada al advertir el 
aire feroz de aquel semblante, tan amoroso y tierno hacia 
un momento. ¿Y que veis en eso de extraordinario? aña- 
dió. ¿No ha seguido siempre la causa del Presidente? 

— Con esto no habia yo contado, dijo Don Juan, co- 
mo hablando consigo mismo. No crei que después de lo 
que ha ocurrido entre ellos, se atreviera á llamarlo. Ji- 
rón á la cabeza de las fuerzas, puede hacer dudoso el 
éxito del combate. Los demás son unos niños, él es un 
hombre. Ncr hay que perder tiempo. Adiós. 

— ¿Y os vais asi, dijo la jóven, conteniendo con di- 
ficultad las lágrimas, próximas á escapársele; ¿os vais 
sin dirijir siquiera una mirada á la que debéis ver de 
hoy mas como vuestra esposa ante Dios, que ha oido 
vuestro juramento? 

El Visitador volvió la cara hacia Genoveva y con 
una sonrisa que tenia algo de infernal contestó: 

— Vamos, os creia yo menos despierta; pero ya veo 
que no habéis aprendido mal las lecciones de ese viejo 
tunante de vuestro tio. 

Y diciendo asi, tomó la linterna y salió de la her- 
rería. 



—529— 

Genoveva se quedó fria é inmóvil como una estatua 
de mármoL Permaneció en aquella actitud durante dos 
minutodj y de repente poniéndose de pié^ gritó con el acen* 
to de la desesperación: 

— ¡Engañada! ¡Perdida!, y lanzando una carcajada 
convulsiva, que hizo retumbar la bóveda, corrió hacia la 
puerta que comutiicaba con el interior de la casa y des- 
apareció. 

ün momento después sonó una llave en la cerradu- 
ra de lar puerta de la herrería, se abrió y dio paso á un 
hombre^ que por medio de un eslabón y un pedernal hizo 
fuego, encendió una pajuela y después un cabo de vela 
colocado en una linterna. Aquel hombre se dirijió sin ti- 
tubear hacia el trozo de madera que sustentaba el yun- 
que, pasó la mano con el mayor cuidado por la parte del 
poste que daba hacia la fragua, oprimió un bctoncillo, 
giró el enorme trozo y dejó descubierta la boca del sóta- 
no* El hombre acercó la linterna y habiendo descubierto 
en el primer peldaño de la escalera el objeto que bus- 
caba, lanzó una exclamación de júbilo. 

En aquel momento volvió á oirse el ruido de la lla- 
ve en la cerradura, abrióse la puerta, que habia cuidado 
de cerrar el que acababa de entrar y apareció otro in- 
dividuo, que al desembozarse, descubrió una linterna sor- 
da que llevaba. Dirijiose precipitadamente hacia el pos- 
te que sostenía el yunque y asombrado al advertir que 
estaba abierta la boca del subterráneo, se lanzó hacia ella. 
Pero al acercarse oyó la detonación de una arma de fue- 
go y un ruido como de algún objeto que rodase por la 
escalera abajo. El recien llegado descendió los peldaños 
de dos en dos, pasando sobre la caja abierta y cuando 
hubo llegado al piso del sótano, tropezó con el cuerpo de 
un hombre. Inclinóse para reconocerlo: era el maestro 
Basilio Molinos, que tenia el pecho atravesado por una 
bala. Francisco, pues él era el que acababa de llegar, 
permaneció un momento estupefacto en presencia de aquel 

67 



---530— 

suceso; y aunmentó su aturdimiento cuando ai levantar 
la cabeza, que habia inclinado para reconocer el cadáver^ 
se encontró frente á frente con el capitán Peraza. 

Fué tal la sorpresa, el asombro que experimentó 
Francisco, al ver delante de si á aquel hombre á quien 
creia haber abierto la cabeza y dejadolo sin vida, que á 
pesar de su natural impavidez, el hijo de Sir Francis Dra- 
ke se quedó sin poder proferir una palabra ni hacer el 
mas ligero movimiento. El capitán por su parte no com- 
prendía lo que pasaba; habia oído rechinar la puerta del 
sótano, y cuando se aprestaba á salir de aquel encierro 
que se le hacia ya insufrible, vio bajar al viejo barbero, 
que dejo su linterna en la boca del subterráneo y abrió 
la caja. En seguida oyó un tiro como de pistola y vio 
rodar el cuerpo inanimado. Don Fernando comprendía aun 
menos la repentina aparición del herrero; pero como no 
era hombre para detenerse en largas reflexiones y por otra 
parte ardia en deseos de verse libre de aquella maldita 
ratonera, saltó sobre el cadáver del barbero y sin hacer 
el menor caso de Francisco, subió la escalerilla y cuando 
estuvo en la herrería, buscó la puerta, que encontró sin 
llave y salió á la calle. 

Entre tanto el hijo de Sir Francis aproximó la lin* 
terna á la caja y vio al momento el arma homicida que 
habia causado la muerte del infeliz hermano de su padre 
adoptivo. Su inteligencia en la cerrageria le hizo com^ 
prender al momento el ingenioso mecanismo empleado para 
guardar lo que contenia aquel cofre, y dijo: 

— No hay mas que dos hombres que puedan haber 
hecho esto: mi padre y yo. 

Luego surjió en su imaginación una idea muy natural 
y añadió: 

— Pero el Visitador, que sabe perfectandente lo que 
aqui se encierra, que me lo ha revelado y proporciona do- 
rae los medios de encontrar esos papeles, ¿ignoraba acaso 
el inevitable peligro á que exponía mi vida? 



—531— 

Sin poder resolver satisfactoriamente aquella duda, 
Francisco se hizo á si mismo otra pregunta: 

— ¿Como es, dijo, que mi tio poseia la llave de esta 
caja, que mi padre guardaba con tan extraordinarias pre- 
cauciones y cómo «1 que se la proporcionó le ocultó el 
terrible secreto que encierra? 

Bespues de haber cavilado inútilmente durante un 
rato, Francisco tomó su partido. Buscó en el fondo de 
la caja los documentos que deseaba poseer y no tardó en 
dar con ellos. Asombrado al ver la considerable riqueza 
que el cofre encerraba, no tuvo, sin embargo, la mas li- 
gera tentación de tomar cosa alguna de aquel tesoro, de 
que sabia era él verdadero dueño, según el informa mi" 
nucióse que le diera el Visitador. Luego que tomó los pa- 
peles, cerró la caja con llave, se ató la linterna á la cin- 
tura y echándose á cuestas el cadáver del barbero, salió 
del subterráneo, cuya entrada volvió á cerrar. 

Francisco di3seaba colocar aquellos documentos, para 
él de un precio inestimable-, en un lugar seguro; y como 
por otra parte consideraba urjente volver á ponerse al 
frente de los suj^os, visto que aun vivia el capitán Pera- 
za, resolvió conducir á casa de su padre el cadáver de 
su tio, guardar los papeles y salir inmediatamente. 

Hízolo asi, encaminándose á su casa y le llamó la 
atención encontrarla abierta tan de madrugada. Penetró 
hasta la sala y se presentó á sus ojos un espectáculo do- 
loroso: el cuerpo inanimado de su padre, acribillado de 
heridas y tendido en el suelo, en medio de cuatro velas. 
Dejó caer el cadáver del barbero y corrió como un loco 
por la casa, pidiendo se le explicase aquella horrorosa des- 
gracia. El infeliz tardó poco en saber que media hora an- 
tes habian conducido los oficiales de la herrería que 
^acompañaban á Andrés Molinos, el cadáver de este, di- 
ciendo que su maestro habia sido muerto en el ataque. 
Francisco preguntó por Genoveva, y se le contestó que 
á pesar de haber sido llamada, no habia acudido, ignoran- 



-^532— 

dosc su paradero. Abrumado bajo el peso de tantos de- 
sastres, el desventurado se lanzó á la calle, resuelto á bus- 
car la muerte. 

Apenas hubo dado unos pocos pasos en dirección al 
punto donde habia dejado á sus gentes, vio á la pálida 
luz del crepúsculo, á una muger que parecia encaminarse 
hacia la casa de Andrés Molinos. Luego escuchó una es- 
pecie de lamento y percibió distintamente estas palabras: 

— Abridme paso. ¡Yo soy la esposa del Visitador! 
Francisco se estremeció al oir aquellas palabras, pues 

le pareció reconocer la voz de Genoveva. Era ella en 
efecto. Pálida, desencajada, como si hubiese sufrido una 
larga y penosa enfermedad, la pobre joven se habia tras- 
formado en el corto espacio de una hora. La mirada de 
sus grandes ojos era incierta y vaga, sus movimientos 
bruscos y convulsivos; su paso, ora lento, ora precipitado, y 
la voz ronca de tanto gritar. 

Desdp que escuchó en la herrería las crueles palabras 
do Don Juan de Ibarra, el espíritu impresionable y deli- 
cado do aquella joven, hija de un hombre que como he- 
mos dicho, estuvo sujeto á graves ataques de enagenacion 
mental, recibió una impresión de tal modo violenta, que 
originó instantáneamente un completo extravio de la ra- 
zón. Salió de la casa, apartando á los criados que la veian 
llenos de asombro y se marchó repitiendo las palabras 
que Francisco acababa de oirle. Recorrió las calles gri- 
tando y se dirijió á casa de Don Juan. Paróse delante de 
la guardia que la custodiaba y con aire imperioso dijo; 

— Abridme paso. Yo soy la esposa del Visitador. 
La pobre loca fué rechazada por los soldados y hu- 
yó, repitiendo el mismo grito en tono lastimero. 

— Genoveva! hermana mia! exclamó Francisco, abrien- 
do los brazos para estrechar á la infeliz, cuando acabó 
de reconocerla. 

— ¡Ah! ¿eres tú? contestó ella, poniendo sus dos ma- 
nos en el pecho del hijo de Sir Fraacis. Parabienes, Fran- 



—533— 
cisco, ariaclió con risa convulsiva. Ahora ya podraK ca- 
sarte con Margarita Jirón. Yo arreglare oso; ¿sabes quo 
aoy la esposa del VLSÍtador?,Nuestro padre obtendrá la ea- 
^omienda que le negó el Presidente y nuestro tio reco- 
brará lo que ha perdido. 

— jNuestro padre, exclamó Francisco, ya no existe! 
Ha muerto en el combate de esta mañana. 

— ¡Muerto dices! replicó la locaj muerto por ól; por 
mi marido, por el Visitador!; y diciendo esto, se despren- 
dió de los brazos de su hermano y corrió hacia la casa 
de su padre. 

El hijo de Sir Francis Drake inclinó la cabeza sobre 
el pecho y lloró de dolor y desesperación. El desventu- 
rado comenzaba á entrever que el hombre por quien ha- 
bía expuesto su vida, era el autor de tantos desastres. 
Apenaá hubo brotado en su espíritu aquella vaga sospe- 
cha, Francisco se encaminó hacia una puerta, se dejó caer 
en la grada y apo3^ó la cabeza en ambas manos, con la 
expresión del mas profundo abatimiento. 

Dejemos por un momento á aquel infeliz entregado á 
sus cavilaciones y veamos lo que pasaba entre tanto en 
el sitio donde había tenido lugar el combate. 

Replegados los que sostenían al Presidente á la casa 
que les servia de cuartel general, celebraron junta do 
guerra, para acordar lo que debia hacerse. Encontrábanle 
sin gefe, después de la muerte de Jirón, y como ignora- 
ban completamente el paradero del capitán Peraza, so 
hacia mas y mas urgente el encontrar un caudillo que 
los reuniera y reorganizara. 

• DespiiCS de haberse indicado varias ideas, Loaiza pro- 
puso se pidiese al Presidente una orden formal para que 
se pusiese en libertad á los jóvenes que permanecían pre- 
sos desde la cencerrada. El Conde no se había atrevido 
hasta entonces á hacerlos sacar, por no ofender muy di- 
rectamente al Visitador, á quien habían insultado, con- 
viniéndole guardar las apariencias hasta el ídtimo momeu- 



— 534— 

to. Pero después de las ocurrencias de aquella mañanaf 
cualquier género de miramiento rayaría en necedad; y 
asi, contábase con que el Presidente expediría la orden. 
Había entre los presos dos ó tres sujetos, aunque jóvenes, 
de importancia por sus familias y por sus prendas per- 
sonales y se creía, por tanto, que servirían de mucho en 
las circunstancias. 

Cuando se disponía á salir un mensajero que iba á 
hablar con el Presidente sobre la idea convenida, el jo- 
ven Aguílar tomó la palaba y dijo: 

— Me ocurre un pensamiento, caballeros. Hace al- 
gunos meses corrió el rumor, que todos hemos oído, de 
la llegada de un personage misterioso que venia de Méji- 
co, que procuró avistarse con el Presidente, en los días 
en que este se hallaba confinado en Jocotenango, y que 
reducido á prisión en un esirecho calabozo de lá cárcel 
de corte, nadie sabe quien es, aunque de las precaucio- 
nes con que se le guarda, se infiere que es algún suje- 
to de grande importancia, enemigo acérrimo del Visitador. 
Pidamos al Sr. Conde una orden para que se ponga en 
libertad á ese personage y hagámoslo nuestro caudillo. 

Los demás jóvenes, ávidos de novedad y urjidos por 
la necesidad apremiante de proveerse de un gefe, acogieron 
con entusiasmo la idea de Aguílar, que fué despachado e n 
el acto á arreglar el asunto con el Presidente. 

Este ignoraba, como todos, quien fuese el misterioso 
prisionero de quien tanto se había hablado en los días 
de su captura; y suponiendo que debía ser sujeto de im- 
portancia, consideró oportuna la indicación. El Conde y 
los que sostenían su causa habían llegado á una de aque- 
llas situaciones extremas en que los partidos están dispues- 
tos á acojer cualquier absurdo, con tal de que presente 
alguna lijera vislumbre de esperanza; y asi, imaginábanse 
encontrar en el desconocido prisionero un salvador depa- 
rado por la providencia. La hora de las dudas y de las 
consideraciones habia pasado ya, y de consiguiente, el 



"~ — O'Jü 

Conde extendió y firmó en el acto la orden de qite se pn- 
siese en libertad á los jóvenes caballeros presos por la 
cencerrada y al sujeto á quien se mantenía incomunica- 
do en un calabozo por orden directa del Visitador y cuyo 
nombre y cualidades se ignoraban. Corrió Aguilar con la 
orden y logró que fuese obedecida. Libres los jóvenes, fue- 
ron informados de los acontecimientos de aquella mañana 
y del gran proyecto de poner á la cabeza de los medio 
derrotados partidarios del Conde al sujeto insigne que 
se hallaba encerrado en una estrecha prisión, por orden 
de su perseguidor. 

Con grande algazara pasaron los atolondrados man- 
cebos al calabozo donde estaba el mesonero de Solóla, 
Martin Tachuela, convertido, sin sospecharlo siquiera, en 
un gran personage, esperanza y sostén del gefe del rei- 
no y de todos los que seguian su causa. Abriéronse con 
estrépito las puertas de la bartolina y se precipitaron en 
ella los jóvenes caballeros, que formaron círculo en torno 
del mesonero de Solóla. Aguilar tomó la palabra y en una 
bien peinada arenga, cuyas dos terceras partes no entendió 
Tachuela, lo invitó á ponerse al frente de los partidarios 
de la autoridad real. El héroe improvisado, aunque rús- 
tico, no era falto de viveza natural, como ha podido adver- 
tirse por la conducta que observó cuando por la prime- 
ra vez apareció en escena en esta historia. Tenia ademas 
una buena dosis de codicia y consideró la ocasión como 
de perlas para salir de pobre. 

Concluida la arenga, Tachuela se estiró, tosió dos 
tres veces, sacó el pañuelo, se sonó y dijo: 

— Veremos. 

Los concurrentes prorrumpieron en las mas entusias- 
tas aclamaciones y salieron comentando cada uno á su 
manera aquel "veremos", que declaraban palabra proféti- 
ca y profunda, llena de cordura y significación, preñada de 
esperanzas para el porvenir. 

El mesonero del ídolo fué conducido á la casa que 



— 53C— 
servia de cuartel general á los abatidos y desconcertadosí 
partidarios del Conde, por quienes fué recibido y acla- 
mado cual otro Macabeo. Soltaba de vez en cuando al- 
guna palabra tan importante como la que dijo en la cár- 
cel, y siempre hallaba quienes se encargasen de comen- 
tarla y de descubrir los tesoros de incógnita sabiduria 
que encerraba. De primas á primeras el héroe fué con- 
decorado con el pomposo titulo de General; y jóvenes 
hidalgos que en cualquiera otra ocasión se habrian des- 
deñado de contestar á un humilde saludo suyo, lo escüclia- 
ban como á un oráculo y se decian dispuestos á derramar 
por él hasta la última gota de su sangre. 

Uno de tantos hizo la muy obvia observación de que 
nadie sabia el nombre de Su Señoría, (pues tal er.'i el 
tratamiento que le daban ya,) y con mil precauciones ora- 
torias hubo al fin de preguntársele quien era y como so 
llamaba. 

— Martin Tachuela, contestó él, dueño del ídolo de 
Solóla. 

— Don Martin de la Tachuela, dijo uno de los que 
estaban mas próximos, señor de la famosa estancia lla- 
mada el ídolo, en el partido de Solóla. 

Con aquella variante que daba un aire enteramente 
aristocrático al aclamado caudillo, corrió de boca en bo- 
ca el nombre y apellido y la condición del héroe, de quien 
ya se contaba una larga historia de proezas militares. 

No faltó tampoco quien observara que el General na 
podia ni debia pelear á pié, y al momento le fué presen- 
tado un hermoso caballo, de raza andaluza, enjaezado con 
una rica montura. El animal hizo entender su brio en 
los corcobos y los saltos que dio para que lo montara 
Don Martin, quien no las habia visto mas gordas en to- 
dos los dias de su vida. A fuer de historiadores impar- 
ciales, tenemos que confesar que el héroe tuvo miedo; pero 
hizo prodigios para disimularlo y por fortuna su palidez 
se atribuyó á la ira patriótica que ardia en su noble 



— t)ál—^ 

úmñ. El caballo era corpulento y el general muy chico; 
y por tanto, aunque hizo dos ó tres embites para pescar el 
«atribo, no lo lograba, hasta que Loaiia hubo de tomarlo 
«n peso y lo encajó en la silla. Pusiéronle una espada 
xiesnuda en la mano derecha, y en la izquierda, que sos* 
tenia al mismo tiempo la brida, un estandarte con las ar- 
mas reales. 

— ¡Ea, señor General! exclamó Loaiza, montando á 
tíaballo junto cwi sus companeros, condúzcanos V. S. á la 
victoria. 

— Yamos á la victoria, dijo Tachuela, mas muerto 
que vivo, y todo embarazado con la espada, con la rien- 
da del caballo y con el estandarte. 

Ruidosas aclamaciones acogieron aquellas enérjicas 
pa,labras, y al mismo tiempo resonaron los ecod de un 
tjlarin y de un tambor, en cuyos instrumentos consistía 
toda la música marcial de aquel bizarro ejército. Quiso 
la desgracia que el caballo, naturalmente brioso, se asustó 
con aquel ruido, y pegando dos ó tres terribles botes, lan- 
zó por los aires al ginete, con todo y espada y estandarte* 

En aquel momento apareció el capitán Peraza, que 
vio tan extraña escena y no acertaba á comprender co- 
mo sus amigos estaban para divertirse en tan apuradas 
circunstancias. El no sabia que no se trataba de una bro- 
ma, y que tenia ya un sucesor, que le habia usurpado el 
puesto, sin saberse como ni por qué. 

— Tenemos ya un gran gefe, dijéronle sus amigos. 

— ¿Quien? preguntó Don Fernando asombrado; ¿ese 
que se ha caido del caballo? 

— Si, el que se ha apeado, contestaron los otros. 

El capitán no aguardó á oir mas. Envainó su espadst 
y les volvió la espalda. 



C8 



— 538— 



■ / 



CAPITULO XXXVII. 



Hijo y padre.— Bl dedo de Dios. 



,J\//os entusiastas aclamadores de Martin Tachuela 
f¿\jÁ volvieron á colocarlo en la silla, y á fin de evi- 
>^9^ tar otro percance, les ocurrió atarlo fuertemente, 
con lo cual podría resistir los botes y escarceos del ani- 
mal indómito. Aseguráronle también, por medio de unas 
cintas, la espada en la mano derecha y el estandarte real 
en la siniestra; hecho lo cual, apareció el improvisado 
caudillo, salvas ligeras excepciones, tan airoso y bizarro 
como el patrón de España cuando con marcial continen- 
te se dejó ver en la batalla de Clavijo. 

Yolvieron á resonar clarín y caja y se aprestaron 
los del Presidente á caer sobre sus adversarios, en cuyas 
filas se hacia sentir la falta de Andrés Molinos y de su 
hijo adoptivo. 

— A ellos, señor General, á ellos! exclamó uno de 
los jóvenes, asestando al mismo tiempo y con tal cual 



— 539— 

disimulo un latigazo al caballo de Tachuela. El impa- 
ciente bruto partió como una flecha y tras él los jóvenes 
caballeros, ansiosos de imitar el ejemplo que les daba 
su gefe. Los partidarios del Visitador dispararon sus mos- 
quetes y volvieron caras, temerosos de verse arrollados 
por aquel frenético y por los que lo seguian. El brioso 
corcel del General volaba sobre los fugitivos, alcanzó á 
unos cuantos y los apachurró con los cascos, logrando 
los demás ganar sus atrincheramientos. Aquel hecho fué 
ííonsiderado como un gran triunfo; conviniendo todos en 
que se debia, después de Dios, á las acertad^-s disposicio- 
nes y al valor casi temerario del nuevo caudillo. Entre 
vítores y aplausos fué conducido este al cuartel general, 
y luego que se le desataron las correas que lo asegura- 
ban á la silla, y las cintas que le ceñían las muñecas, 
fué conducido á presencia del Presidente, quien desde 
luego le anunció que el mejor corregimiento del reino se- 
ria el premio de sus importantes servicios. Lo mas gracio- 
so de todo ello fué que Tachuela acabó por creer que 
real y verdaderamente era un héroe, quedando conven- 
cidisimo de que habia ganado una gran batalla. 

Cuando tenían lugar aquellos acontecimientos, el Vi- 
sitador, que aguardaba de un dia á otro la llegada del 
correo con órdenes decisivas de la corte respecto al juicio 
de residencia, se ocupaba en ejecutar un proyecto que 
meditaba desde que descubrió en el llamado Dr. Correa á 
su aborrecido rival Enrique Grantzius. Comprendiendo que 
tal vez no le era dado ya disponer de mucho tiempo, 
consideró llegado el momento de poner por obra un acto 
de cruel y horrorosa venganza que saciara el odio que 
lo devoraba. Por medio del espionage que habia entabla- 
do desde el sótano de la herrería de Andrés Molinos, 
sabia á que horas acostumbraba Correa encerrarse en su 
laboratorio, para ocuparse en las operaciones alquimicas. 
La observación de muchos días le dio la plena certeza 



— 540— 

de que su enemigo pasaba tres horas por la mañana en» 
su escondrijo, y que era seguro encontrarlo alli desde la» 
cinco hasta las ocho. 

Mientras se verificaban, pues, en el barrio de Santa 
Lucia los acontecimientos de que henjos dado» cuenta cd 
la parte final del anterior capitulo y en el principio del 
presente, Don Juan, que sabia ya la muerte de Jirón Ma- 
nuel y cuya fisonomia revelaba la impresií)n que le cau- 
saran los últimos sucesos, ciaó la espada y se dirijió á 
casa del Dr. Correa, co» un extraño acompañamiento. Se' 
guialo un cerrajero, con los instrumentos necesarios parn 
romper cerraduras y un maestro albañil con cuatro peo- 
nes, que llevaban ladrillo, mezcla y los útiles de su oficio. 

El Visitador mandóle abriesen la casa del Dr^ invo- 
cando el nombre del Rey, y se dirijió á la puerta que 
daba entrada al sótano, donde se encontmba el alquimis- 
ta, como de ordinario. La puerta estaba cerrada eon lla- 
ve y el cerrajero hizo saltasr la cerradura. Entró Don Jugiifc 
en el laboratorio del alquimista, quedándose afuera los que 
lo acompañaban. 

Correa, ó por mejor decir Eurique Grantaius se pur 
80 pálido, al ver delante de si la siniestra y aterradora 
figura del marido de Estela. Avanzó este lentamente has* 
ta situarse muy cerca del Dr, que no se sintió con fuer- 
^áas para moverse de su sitio. 

— Al fin, exclamó Don Juan con voz enronquecida 
por la ira; al ñn os tengo en mi poder. 

— Supongo, dijo Grantaius temblando, que no habéis 
venido á asesinarme. Estoy desarmado. 

— ¡Asesinaros! replicó el Visitador, con una sonrisa 
feroz, no; seria una muerte demasiado dulce,, y vos debéis 

'morir en medio de ios tormentos de la mas cruel délas- 
agonías. Vais á morir de hambre y de sed, olvidado de 
todos, en esta cueva, digno santuario de esa ciencia men- 
tirosa á la cual habéis pretendido arrancar secretoB k quiU 



—541— 

solo un necio como vos puede dar fé. 

— Matadme si queréis, exclamó Grautzius, herido por 
aquel desden con que hablaba Don Juan de lo que lla- 
maba él obra divina; matadme; pero no blasfeméis de la 
ciencia. 

— Vengo á que experimentéis vos mismo la eficacia 
de 8U poder, dijo el Visitador, con risa irónica. Creéis 
haber alcanzado el medio seguro de ser inmortal, y yo 
quiero probar quien es mas poderoso, si la muerte ó vos. 
Adiós Enrique Grantzius, asesino de mi honra, verdugo 
de mi felicidad; adiós. Dentro de cuatro dias volveré á 
ver si las pildoras milagrosas, de las cuales supongo ten- 
dréis aqui suficiente provisión, alcanzan á evitar la muer- 
te á un hombre privado de toda clase de alimentos. Oreo 
que sobre esto nada han dicho Alberto el Grande, ni Ar- 
naldo de Villanueva, ni Paracelso, y es conveniente ilus- 
trar la materia con el ejemplo del Dr. Grantzius. Volve- 
remos á vernos. 

Diciendo asi, el implacable Don Juan salió del sóta- 
no. Inmediatamente acudió el albañil y ayudado por su3 
peones, comenzó á construir á toda prisa, con los mate- 
riales que llevaba, una pared bastante sólida, delante de 
la puerta. Grantzius contemplaba sereno la operación y 
dijo á media voz: 

— ¡Insensato! No cree en la ciencia, y sin embargo 
ella me salvará. Dice que ha de volver; pero el otro^ á 
quien he llamado, no puede tardar. El hijo me defenderá 
del padre. Ja, ja, ja! 

Y pronunciando aquellas palabras, Grantzius se reia 
con la expresión de una ironia cruel. 

El Visitador no se retiró, hasta que estuvo termina- 
da la obra, y después pasó al gabinete del Dr. y hacien- 
do que el cerrajero rompiese la cerradura del bufete, se 
apoderó de todos los papeles que alli estaban. 

Pasaron tres dias. Durante ellos, el Visitador hizo ex- 



— 542— 
traordinarios esfuerzos| para mantener en buen ánimo á 
sus partidarios, desalentados con la muerte del herrero y 
con Ja inexplicable desaparición de su hijo, á quien no 
hablan vuelto á ver. En efecto, Francisco se encerró en 
su casa y no tuvo otra ocupación que meditar sobre los 
terribles acontecimientos en que se veia envuelto y do 
los cuales hablan venido á ser victimas, de un modo ú 
otro, las personas que le eran mas queridas. En su locu- 
ra, Genoveva habia dejado escapar algunas palabras que 
revelaron al hijo de Sir Francis la perversa acción del 
Visitador, y esto hizo arder en indignación el alma del 
herrero, que comprendió al fin por completo que él' mis- 
mo, su hermana, su padre y su tio habían sido victimas 
de aquel hombre ambicioso, vengativo y cruel. Cuando 
Francisco llegó á adquirir la certidumbre de la perversi- 
dad de Don Juan, formó la resolución de matarlo y co- 
menzó á tomar sus disposiciones para poner por obra 
aquella idea. 

Pero otros acontecimientos daban un nuevo giro á 
las cosas. El Visitador no pudo, en los tres dias que si- 
guieron á aquel en que fué á tapiar la puerta del labo- 
ratorio del Dr. Correa, examinar los papeles que tomara 
en el bufete de su enemigo. Pero en la noche del cuarto 
dia, aprovechó un momento que le dejaron libre las in- 
trigas que lo ocupaban y encerrado en su gabinete, se 
puso á repasar detenidamente aquellos documentos. Poco 
tardó en encontrar lo que principalmente le interesaba: 
todo lo que se referia á las relaciones de su esposa con 
Grantzius. Don Juan lela con avidez aquellas pruebas de 
la horrible perfidia de que habia sido victima,'cuando de 
repente, recorriendo una especie] dejdiario que llevaba 
Grantzius de los iiechos de su vida, Don Juan se puso 
pálido, tembló y el papel estuvo á punto de caérsele de 
las manos. Lela lo relativo á la época que siguió inme- 
diatamente á la fuga de Estela, y alli encontró que su es- 



— 543— 

posa, al principiar sus relaciones criminales con el Dr., 
estaba )'a en cinta. Continuó devorando aquel escrito, 
que contenia tan terrible revelación, y á medida quo 
avanzaba en su lectura, erizábansele los cabellos y un 
sudor frió le inundaba la frente. Pronto adquirió, por 
aquel diario, la certidumbre de que era padre, padre de 
un hijo á quien su enemigo habia criado con esmero y 
cariño, conservándolo siempre á su lado. Cuando llegó á 
la época que se referia al tiempo de su venida á Gua- 
temala, Don Juan vio que el joven habia sido despacha- 
do fuera de la ciudad, con el fin de evitar que se en- 
contrasen el padre y el hijo y aquel reconociera á este, 
pues según aquel escrito, la fisonomía del joven presen- 
taba la mas viva semejanza con el rostro de su madre. 
El diario no decia el punto á donde habia sido enviado 
el joven. 

Don Juan suspendió su lectura y reflexionó. Recordó 
las frases ininteligibles que Estela le dirijió al tiempo de 
espirar y que la muerte no le dejó concluir. Trajo tam- 
bién á la memoria las palabras sueltas escapadas á Grant- 
zius en el momento en que parecía próximo á morir, cuan- 
do él lo atravesara con su espada en Ñapóles, y se le 
reveló el misterio oculto de aquellas expresiones. 

En aquel corazón árido y seco, que parecía cerrado á 
todo sentimiento: tierno y generoso, vibró repentinamen- 
te una cuerda oculta; Don Juan sintió amor, y amor ve- 
hemente hacia ese hijo suyo á quien no conocía. Com- 
prendió que aquel ser le habría hecho amable la vida y 
que lo hubiera reconciliado con la humanidad, apartándolo 
de la oscura senda del crimen. Don Juan consultó el reló 
y vio que . apuntaba las doce. Se ciñó la espada, tomó ca- 
pa y sombrero y salió precipitadamente, diciendo: 

— Ese hombre puede vivir aun. Es necesario que me 
diga que ha hecho de mi hijo, antes que muera. 

Comprendiendo que un minuto que perdiese podía 



— 544— 

destruir su esperanza, Don Juan corrió hacia la herrería. 
Abrió, entró, U5;so girar el trozo de madera que sostenía 
el yunque y se precipitó en el sótano. Al llegar á la 
puerta oculta que comunicaba con el laboratorio del al- 
quimista, el Visitador percibió un lamento débil y apa- 
gado, que lo hizo extreraecer, temiendo llegar demasiado 
tarde. 

Entró y vio á Grantzius tendido en el suelo y luchan- 
do, casi exánime ya, con la mas espantosa agonia. El po^ 
bre Dr., presa de un horrible delirio, llamaba á Estela 
y á su hijo, y decia que no podia morir, á no ser quo 
la ciencia fuese toda ella engaño y mentira. Oianse al 
mismo tiempo en la puerta que habia hecho tapiar el Vi- 
sitador, golpes vigorosos y redoblados, como si se estu- 
viese derribando la pared con una barreta. 

— Grantzius, gritó Don Juan, precipitándose sobro 
el moribundo, ¿donde está mi hijo? 

El Dr. al oir aquella voz, hizo un horrible gesto de 
desesperación y fijando sus ojos extraviados en el que ha- 
blaba, exclamó: 

— Asesino, vete, déjame morir en paz. 

— Mi hijo, mi hijo, replicó Ibarra en el colmo de la 
desesperación; devuélveme á mi hijo. 

Al pronunciar estas palabras, cayó la pared que cu- 
bría la puerta, y abierta ésta, se precipitó un hombre, 
joven y hermoso, que vestía un trage de camino. 

— Padre mió, padre mío, gritó el recien llegado; gra* 
cias á Dios que aun es tiempo de salvaros. 

Don Juan se quedó frió y mudo como una estatua, 
al ver á aquel joven, cuya extraordinaria semejanza con 
su difunta esposa no le permitió abrigar la menor duda 
de que aquel era su hijo. 

— Asesino, repitió el moribundo con voz entrecorta- 
da y señalando al Visitador; dos veces asesino, añadió; 
he alli al hijo que me reclamas. 



—545— 

Diciendo asi, 'Orantzius extendió hacia el joven la 
mano, que este tomó y estrechó contra sus labios, ar- 
rodillándose. El Dr. dilató desmesuradamente los ojos en- 
rojecidos, y retorciéndose con la última convulsión déla 
agonia, expiró. 

Don Juan temblaba ante su hijo, como el reo tiem- 
bla ante su juez. Avanzó lentamente hacia el joven, que 
tenia abrazado el cadáver d«e su padre adoptivo, y cuan- 
do estuvo ya muy cerca, abrió los brazos y exclamó. 

— Hijo mió, hijo mió! 

El joven se levantó bruscamente y hurtó el cuerpo á 
los brazos de Don Juan. Con un gesto de horror seme- 
jante al que hubiese hecho á la vista de un animal pon- 
zoñoso, dijo: 

— ¡Monstruo! Apartaos. Mi padre acaba de morir. 
El Visitador vaciló como un ebrio, y no pudiendo 

tenerse en pié, cayó gritando: 

— ]E1 dedo de Dios! 

Don Juan permaneció privado de todo conocimiento 
durante cerca de media hora. Cuando lo recobró, el jo- 
ven y el cadáver de Grantzius habian desaparecido. Con 
la cabeza inclinada sobre el pecho, como si aquella ter- 
rible maldición de su hijo lo abrumase con un peso in- 
soportable, salió del laboratorio, pasó al otro sótano, su- 
bió á la herrería, salió á la calle y se dirijió á su casa. 

Apenas hubo entrado, se le acercó un lacayo que 
estaba en vela aguardándolo, y con tono respetuoso le 
dijo, presentándole un pliego cerrado: 

— Ha llegado un correo de Oaxaca, ganando horas, 
y ha traido esto para Vuesa Señoría. 

Don Juan se encerró en su gabinete. Abrió el des- 
pacho y encontró una importantisima comunicación de la 
corte, en la cual se le prevenía terminantemente suspen- 
der todo procedimiento contra el Presidente y ponerse en 
marcha sir» pérdida de tiempo, debiendo ir á dar cuenta 

69 



—546— 

de su conducta al supremo consejo de Indias. Aquella 
resolución se comunicaba también á la real Audiencia en 
ún pliego separado. 

— Esto quiere decir, exclamó el Visitador, que den- 
tro de cuatro ó seis horas la ciudad entera sabrá lo que 
ocurre. ¡Que triunfo para mis enemigos! Todos mis pro- 
yectos han venido abajo. No seré Capitán General de es- 
te reino; el Vireinato de México se alga de mi como 
una sombra, cuando creo que voy á tocarlo. Es preciso 
partir ahora mismo, antes de que amanezca. 

Dicho esto, Don Juan tocó la campanilla y habien- 
do acudido el lacayo, le dijo fuese inmediatamente á des- 
pertar al mayordomo. En seguida comenzó á recoger to- 
dos sus papeles y á colocarlos sin orden en una cartera 
grande. Presentóse el mayordomo y le previno alistase 
inmediatamente los avios de viage. 

Dos horas después, el Visitador, con las gentes de 
su servidumbre, palia de la ciudad, donde dejaba tan in- 
gratos recuerdos. 

Poco se habia alejado de la población, cuando se 
presentó á la puerta de la casa que habia habitado Don 
Juan, un hombre fuerte y corpulento, embozado hasta 
los ojos y que llevaba una daga oculta bajo la capa. 
Como encontrase abierta la casa y sin guardia, penetró 
hasta el interior, asombrado del silencio y soledad de las 
habitaciones. Recorrió las piezas, donde resonaba única- 
mente el eco de sus zapatos claveteados. Por último apa- 
reció un viejecillp que hacia de portero y dirijiendose al 
que acababa de entrar, le dijo: 

— Buenos dias, maestro Francisco Molinos; ¿veníais 
á despediros del señor Visitador? Es demasiado tarde. 

El herrero, pues él era efectivamente, apretó con fu- 
ror el mango de su daga, y contestó al portero: 

— ¡Como! ¿se ha marchado ese hombre? 

— Si, maestro Francisco, á esta hora debe ir lejós^ 



— 547— 

pues Su Señoría y los que lo acompañan vau muy bifsn 
montados. 

Francisco no aguardó mas. Volvió la espalda al por- 
tero y salió de la casa, presa de la mas sombría deses- 
peración. , 

Pocas horas después, la ciudad entera sabia la repen- 
tina desaparición del 'Visitador y Juez de residencia, y 
hacíanse sobre aquel acontecimiento las conjeturas mas ab* 
surdas» A la hora acostumbrada se reunió el acuerdo, 
para abrir y leer despachos de S. M. Era la real cédu- 
la en que se disponía el sobreseimiento en el juicio de 
Visita y se mandaba ademas que no se hiciese averigua- 
ción alguna sobre los incidentes á que había dado lugar. 

Con aquella medida prudente, que fué exactamente 
obedecida, se sosegaron los ánimos, á nadie se persiguió 
y el Conde de la Gomera continuó gobernando pacifica- 
mente. El oidor Araque fué trasladado á otro destino y 
el capitán Don Fernando Peraza llamado á prestar sus 
servicios en un nuevo regimiento de caballería que aca- 
baba de levantarse en Méxicíh 

Martin Tachuela no fué correjidor. Volvió á su me- 
són del ídolo, y conservó tan solo de su fugitiva gloria 
el apodo burlesco de el General, con el que fué conocido 
desde aquella época hasta que murió. 

El Alguacil Mayor se dio á luz, luego que tuvo no- 
ticia de la marcha del Visitador. Trabajo le costó que 
las gentes se convencieran de que no había sido ahorca- 
do; y cuando tuvieron que rendirse á la evidencia del he- 
cho, dieron á entender al pobre Don Gerónimo que habría 
sido mejor que no resuscitara. No faltó quien dijera que 
la misma opinión tenia Dña. Luisa, que siguió por mucho 
tiempo dando pruebas de su inclinación á las aventuras. 

La desventurada Genoveva no volvió á recobrar el 
juicio, sino en el momento en que iba á dejar de exi> 
tir, dos años después del doloroso suceso que ocasionara 



—548— 

ei trastorno de sus facultades mentales. 

El provincial de la Merced, Fr. Bonifacio de los 
Angeles, sanó de la herida; pero habiendo quedado su- 
mamente débil con la pérdida de sangre, no pudo resis- 
tir á la violenta impresión que experimentó cuando pro- 
veyeron en otro eclesiástico el obispado de Chiapa. Fr. 
Bonifacio perdió el juicio, como Genoveva, y tomó por 
tema las palabras que decían antiguamente los obispos al 
ser investidos de su alta dignidad: JVb/o episcopari, 

Fr. Pablo Molinos se echó á los pies del nuevo pro- 
vincial, rogándole, con lágrimas en los ojos, que le le- 
vantara la penitencia de los once mil Padrenuestros y A.ve- 
marias diarias. El prelado ofreció examinar el caso teo- 
lógicamente, y después de registrar muchos autores y con- 
sultar el parecer de los padres graves, resolvió que ce- 
sase la obligación para lo sucesivo; pero que el peniten- 
ciado debia cumplir con lo atrasado. La cuenta ascendia 
ya á veinte millones, cuatrocientos once mil, trescientos 
veinticuatro. El pobre lego tuvo, pues, penitencia para to- 
dos los dias de su vida. 



— 519 — 



CONCLUSIÓN 



/lEz años después de los acontecimientos que he- 
\^^^i\ iiios referido en el último capitulo, un religioso 

^ de la orden de San Francisco, en cuyo rostro 
se advertían las señales de una vegez anticipada, atrave- 
saba la iglesia, una noche, con paso lento y cansado, 
alumbrándose con una lamparilla. Buscaba con cuidado 
la tabla que cerraba cierta bóveda, donde se habia de- 
positado, cinco años antes, el cadáver de una noble y 
virtuosa señora do la ciudad, llamada Dña. Margarita Ji- 
rón. El religioso, luego que hubo encontrado la puerta de 
la bóveda, la levantó con no poco trabajo, y descendió 
al panteoncillo, donde ocupaban los restos de Dña. Mar- 
garita una humilde sepultura, cavada en el suelo. 

Asombróse el religioso al encontrar roto el pavimen- 
to y abierta una cavidad correspondiente al tamaño del 
atahud. Aproximó la lámpara y lanzó una exclamación de 
horror, al ver un hombre extrechamente abrazado con el 
descarnado esqueleto de Dña. Margarita. 

Aquel desventurado era Francisco Molinos, que cono- 
ciendo que se le acababa la vida, quiso ir á dormir el 
sueño eterno junto con los restos de la muger á quien 
tan tierna y profundamente habia amado. 

En el momento en que Fr. Luis Melian, pues él era 



.--550— 

el religioííu. que iba á orar, como lo tejii.a de coMMinhfc, 
sobre la sepultura de Dña. Margarita, incljnó la lámpara 
p ira reconocer al que alli estaba, el hijo de Sir Francii? 
lirake acababa de expirar. Fr. Luis derramó una lágrima 
sobre el cadáver de aquel hombre, y respetartdo el seii- 
t miento que le inspirara la idea de ir á morir en aquel 
sitio, cerró el a tabú d, cubrió la sepultura e. invocó la nii- 
sericordia de Dios sobre aquellos dos desventurados. 



55.1 




■ DE liOS CAPÍmOS OOHTElllDOS 1 ESTE TOMO. 

Vapitulos . Paginas 

I. El hijo d-el pirata. . 3 

II. Donde el lector conocerá á Fr. Pablo y á Fr. Boni- 
■ — fació, y verá que el uno era sonámbulo y el otro 

• — dormía con un ojo abierto». 16 

III. El barbero 32 

iV. Genoveva 45 

T. Las fiestas reales :.,..... 57 

VI. Presentimientos. 69 

VII. Investigaciones. Encuentro de un oidor con 

■ — una fantasma 79 

VIH. El Capitán Peraza..., i ........... . ........ 98 

IX. Locuras Sel Capitán 114 

X. El sarao 128 

XI. En que se dá cuenta de la llegada del Visitador y 

— del gran parecimiento que le encontraron con el 

— huésped de la Merced. 141 

XII. En que se dá principio al juicio de residencia . . 155 

XIII. Nuevas complicaciones 169 

XIV. La carta 184 

XV. La araña y las moscas 202 

XVL Castillos en el aire 216 

XVII. Velorio, Cencerrada y Serenata 230 



—552— 
Capítulos . Pagir, as 

XVIII. Como el maestro Basilio Molinos comenzó á 

— poner las bases para el cRgrandeciiniento de su fa- 

— milia ; 244 

XIX. En la herrería de la calle ancha 259 

XX. En casa del Alguacil Mayor 274 

XXI. Quid pro qno 288 

XXII. La caja del maestro Andrés 303 

XXIII. Los secretos del sótano 31G 

XXIV. Veinte años atrás 331 

XXV. E» que comienzan á prepararse algunas aven- 

— turas que han de parar en desventuras para el 

— maestro Basilio 348 

XXVI. Como al maestro Basilio Molinos se ..lo llevó 

— Lucifer y aun le ^ucedicron otras cosas peores. . . . 364 

XXVII. Las pildoras del alquimista, la desesperacioii 

— de Basilio y los celos de Francisco 380 

XXVIII. Otro milagro de la alquimia. Primeras hos- 

— tilidades 397 

XXIX. Conferencias 414 

XXX. Tentación y vocación ." . 431 

XXXI. Un ahorcado 446 

XXXII. El ahorcado y su viuda ... 462 

XXXIII. Preliminares dé acontecimientos graves 478 

XXXIV. Cómo el escribano y el barbero se encontra- 

— ron cogidos en sus propias redes 494 

XXXV. Combate en las calles. Jirón Manuel 510 

XXXVI. El Visitador y Genoveva. El nuevo caudillo 525 

XXXVII. Hijo y padre. El dedo de Dios 538 

Conclusión 549 



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