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Full text of "Ensayos literarios y críticos"

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HARVARD COLLEGE 
LIBRARY 



Jl^^Slt. 






From the BrqucM oí 

MARY P. C. NASH 

IN MEMOHY OF HEB HUSBAND 

BENNETT HUBBARD NASH 

[nilcuctoT ind Profcuor of luliin ind Spinuh 
Ie66-I^94 



LITERARIOS Y CRÍTICOS 



D. ALBERTO USTA Y ARAGÓN. 



Eita obra es propiedad de los 
Sres. (kdvo'Rubio y Compafüa^ 
quienes perseguirán ante la ley 
al que la reimprima. 



!SSI3ii'3a!>S 



UTEBABIOS T CBtTIGOS 



S. ALBEMTO USTA T AaAfiM»N, 



POR 



W* 3oBé Joaqnin it Mota. 



TOHO PROEERO. 



CALYO-RÜBIO Y COMPAÍtlA, EDITORES: 

Moa «el SUeacio , a«a. U. 

1944. 



ít ifV 



S^'/U/.?? 



HARVARD^ 
UNIVERSITY 
LIBRARY 
SEP 191958 



A^d^ ^^ . 



.A 



\ 



AMé WéKCTWBÍ. 



JuOS Editores de esla obra creea hacer un servicio importante á la Literatura espa- 
ñola » reuniendo en ella los fragmentos con qqe ha fiívoreeido á un periódico de 
Cádiz , uno de los mas distinguidos escritores de la época presente. Su nombre, 
respetable por tantos títulos , no hubiera quizás bastado á preservar del olvido, 
estas excelentes producciones , con6adas á las efimeras pajinas de un diario. Es« 
taba pues indicada la necesidad de colectarlas, y de transmitirlas á la posteridad, 
que tan eminente lugar reserva á cuanto ha salido de la misma pluma^ 

Esta pubUcacion es tanto mas oportuna y necesaria , cuanto que los artículos 
reunidos en esta colección satisfacen dos imperiosas exijencias del tiempo en que 
vivimos: las rej^as y la a4tica. La^ primeras \n cediendo poco á poco su puesto 
á una soñada inspiración , con que S0 creen privilejiados casi todos los que se 
dedican al cultivo de las letras , y á la composición litoraria. La segunda no existe 
entre nosotros, y esto por dos razones muy poderosas. Una , ponine escaseando 
el saber , debe necesariamente escasear su. ejercicio práctico y activo , que con^ 
siste prinópabnente en .el juicio meditado y erudito de las obras d^ ^ptendir 
miento : otra , porque la indulgencia debe ser general cuando es general la in- 
fracción, y 00 es de extrañar que los escritores se muestren entre sí tan benig- 
nos, si se considem que lodos ellos iiec€|f itan de esta benignidad , y á todos se 
aplica lo que en otrp sentido dyo Horacio; 

En efecto,: las letras humanas han llegado á taltabatiiniénto en.: nuestro 
malaventurado pais; tan estragado se halla el gusto .público; tan erriHiiias s^o 
las ideas que dominan en materia de mérito Uterario, y en tanta dejenevadon ha 
venido á parar. el arte de e$erilHr.en prosa y verso, gipief^o fs.daUe ¿dcular ad^Qr 
de nos llevará esia dec;adencia , pi donde se detendrá leí influyo qipe. forzoMmente 
ha dC; ejercer, en las otras partes de nuestra cávilisainon. Leogu^e. sin digiBdad, 
sin propiedad ^.i^n pnr^cai^Km; ^stílpsin foi^aad^terminaidast w oolorido, 
sin. esniero y ¡sut armenia; vulgaridad rastrera y huviHde en el, concepto, yien la 
expresión ; metáforas extravagn^tes, é ineeberentest„s(ica4M por lo comtm 4e aso- 
ciaciones ripientas, & de liposr exóticos á.qoe Ofij se .aeooaiodw. nuestros hábitos 
ni tradiciones; dcjspreqo orgulloso de los. Mídelos coiisagiradoa ^.hi adnnraoion 
de los siglos; hinchazón en.Jaa voces, bajo la cual sO: quiere ocultar' la pobveza 
de las ideas: tales son las tendencias comunes de la prosa .cáme)|lana,.oomo la es- 



VI 

criben en el dia la mayor parle de los que lucen en la escena de la publicidad. 
A estos mismos defectos se agi'egan en la Poesía , la introducción de ritmos in- 
armónicos, extraños á la índole de nuestro oido poético; la pobreza de los asun- 
tos y conceptos ; la alianza monstruosa y profana de ideas sacadas de las rejiones 
mas altas en que puede penetrar el espíritu, y de pasiones desenfrenadas ó pue- 
riles, y sentimientos culpables ó mezíjuinos; la pretendida aclimatación de las ideas 
y propensiones , características wtwar é^^^ odlv4a que repugnan los progresos 
del siglo , y el espíritu de los modelos de la antigüedad , verdadero fundamento 
de nuestra cultura literaria; por último, la deificación de la pasión, que ya no se 
considera en las ficciones poéticas como uno de los elementos destinados á provo- 
car el interés, á revelar los secretos del corazón, á servir de vebículo á documen- 
tos saludables y doctrinas consoladoras : sino como un poder irresistible ante d 
cttii emntrdeceti los iftefeériéS; tnlas^ cortip^oirtisos' más ^oteinied; 

él deátinb delá Iral^eídiá ^ga, reáoft6'iii\^il^;y fortntó^ qiié pl^éclpitíi al 
hüij^^é á^sSf^ ístí^'fen el ttb^^ ^l#íett,-jr'qt<8'tó-<*egA'ihá^tft e\ éiWfemode 
hiÉtíéAé AtsciftíúeetW Veátl^ ,í^y ' (te «t>ttsiderttkéi cbttio -irfia iítjtíwift^, cütii^ no es 
mak tj*fe titi JíferV^rsoí/tídilior titt jti^et*í (M cfeiállhiy y t^úvidú fe' és de «tis tritoiria- 
lés extráVíósL' '■ '''"••''••''«'■-*• *'•■ ^ .-'»:í''.i >* ■:-• '>!• i^'Á j>'- •• t;! !!•.• ;¡^'M vi'- i i 

Gomo si tícyiAbfés^éiiio^^bdíátiiBflé eótt- ésrtá ihadá -dé nüKdadés jdéSdtímOd j)ara 
ettTilecíer lá Htéftitórtí >í[íie jpr^éiseñtó' áhteí^ ál imiBfdS cóé orgullo^ M' mxArPék de 
GérvíáíitiésiyLéon', dllrsi^dosí mantas tttJsíiqüéjatt^détitie á pf^op^sito» ¿Ofe %%ifídá abs-^ 
tfeiiidci dé haMaip étíh ártweWcftHi qüé^^=priécedi,'lf>o^ tnefixjed áía giBnért- 
fidád coa \ne 'ddmiiiáh ,^ tiéüeii' áetkahól uú Itf^i- á^te 6tt' él téaitálog^ dé' íiuestras 
Méüái3ih(\iÚ^éé ellas Íef*1á''¿3éítí^tíí)fflVphi^ tá Tfmlftié^ 

díel sígfó; la léüaVdbrá *il km Méá¿, ijngratídccíettdt) dtíáméaiftidartente éf rírtriW dé 
iátó ínííoraciíoñteá con qiié; *eiíWá teem^httA(yh''c^(i(íÉMáMfk2L4í^^ la atítigua 
Tíí<*íA^qüfaÍy teíi ^ honibiNeíái' áltoiiído «tf pütí^tóíá^^ de *di^- 

fincibá^ife 'y ^mjíleodv á'foi^íjfb^^ 

dti^aVégéttt oscííiraihétíté'íftí él're]fiítt^ Atoé^iééf; ó^M^tiibdéi^ 
féraál' Diel mlsndo^Ytíél^^ %t^er«€Í<)í[i')itéf^á;'éón¥i^tlb trm^tidádériMs it^ 
sípidas, en conceptos grandiosos é inníéiiád^v'^ (HiiisfiMMi'ta hbidbrM'idé'prítMét' 
orden, los prosistas mas ramplones, y los versificadores mas incorrectos y vulgares. 
Se escribe 'y'«bMpdtíé>én'tfei á<iiia«()tdád>bá}d élyú^-^e un culteranismo de pésimo 
gusto, que ni siquiera es ingenioso y erudito como el de Góngora: fraseologia que 
nd'«S'baá(9nté'deMttt«r'()ai'*>q«íe «^'té ítuM^ Háflftt* fénrpidte^ Ai'' ba»tattl« iiH^lec- 

Vá»>ifot«hKlolá 
i«ilWietttes"^Me 

1/áto'dáá(^^«'talWbgii«A$t6i(3ld»(|^«^^ y<4a6f é^t^kv^dfüfft Viti^idáeá' d« 

^>h)}J¿o#>áidi(i'««8(l^,-<li»tl*^^(irádW,!^'«6 llkt<»dedHd^<'>áfis'«fcát»;é^y:»ti' pidét\ 
y^W'^m ^<i«std'^<UfiWii¥Íta«l«iíil^otéiri»i>^ to^KMié «iiiirttt';c6Mo(llMgai4&iy Wki 
4t)db lá[ (fd^JM'U i^Tttíti^*f1^^tímti^jf)kéf»iVÍ\ Hb(]M«'<}U«^se'4i{ft^'^>fó'(jt<e 
-íií^4ldifta(-déia%e4^d(4n«dt6^>Mtor«»i<Uaié((Ülá féctiflál^ (te'ifAp^tóá^iíi^ráUí^'y- áé 
¡igUík (ifl<«1l8d«/>c««k^<)dsajl«difl«a '«Aisabéi^V'if ««ia«dqUcr4dAreiiMt^«|ilMe«''gy8M: 
ip«li« !4«(|íj-eilialf«t|)idl]*'^á0>^élfR)é <t@il«^íÉléi^^(MM»e«tíMtei¡1(iegft'{|<i§¡^!(iii ^tlfitéíité des- 
'Vái»(¿á9r •)[ ni&g{)8«,'pé'^éi^i¿i^(é'l4 tt«áo»,>^1ta(ilíllro»ais(>fo^(tliitti^ etf f e««ptdhilb 



vil. 

Lá otra maníai á c(ue hemos aludido, es la iiuiUicioQ, en la que pecamos do- 
blementei^esoo^eDdo mabs modelos, y ^copiáodplos áa tino ni laboriosidad. Eu 
'iodos tiempos ha sido el privilegio del genio dejar, á la : posteridcid U hereAciia de 
sns prodócciones, no solo para serVir dé reciito y admiÁcion :á las generaciones 
Alturas^ sino para trazar el sendero^ por donde transUeo loa que aspireft i -ñumos 
triunfos. , .' » t 

Mas no se alcanza aquel rango elevado .en las categorías de la humanidad, sino 
por medio de una perüeccion acrisolatia por la opinión de los sabios y la veneración 
de los pueblos; m> sino cuando llega á ser inequívoco^ uñánáme y desinteresado el 
aplauso; cuando es irresistible la impresión, y cuando la crítica enmudece, cómo 
desarmada por la feliz consumación det plan y el esmerado primor de la ejecución 
que lo desempeña. ..• 

En eldia, por el «ontrario, volviendo la eiBpalda á las produeeioaes que han 
atravesado los sidosir y cuyo mérito lia sancionado la admiraóoa «deloSrj hombres 
mas ilustres de ks gett^raciones pasada^i , se postra alucinada nuestra juventiiid 
ante los ídolos quefaft fabricado Uimoda, .y que, peffeoederQs como ella, y firájiles 
como sus caprichos, se hundirán mañana» sl^a^ no se han jmndido i algunos: de 
ellos, en eloLvido, y en labefa de la sáiira. En JU na4on mi&tna en. que. estos 
abortos han falido á luz.» no solo ^*acila.la opinión da- la. mayoría sobre. lajieaUfica* 
€Íoa que merepen, sino que lareiNrobacion de.los hembreSí.seyejFo^, y juiciosos lesi 
lia señalado el lugar poc4> bonorifico que iim die ocupar ««q. el. porvenir. Y noso* 
tros deslumhrados por un falso brillos aüoixlidoa por, ql claifMir de la muetiedum'* 
bre, tomamos por obras maestras las que alo son ma^.q^iej tentativas!. «v^niuradas; 
y por frutos de una • inspiración ¡vertladerl^ las qu^ oi^Jo. don sino dje |il^ ^mhieion 
ridicula y de una fantasía. desarreglada*; .. . ! • i .- < 

¿ Y cómo se imita? Copiando: y copiando cofi todas las desventajas que na- 
cen de la diferencia de idioma v costumbres y tra^Hciooes^ de 1^ pipecipkaGion de 
un trabajo de jornalero, necesario quizás para salisiaoer bis eiijencias del.di^; con 
todos los ioeonvcnientes de una educación literaria /defectuosa, incompleta; y su** 
perficial; sin los auxiliosde lá compatrón entre lo$ modelos escojidos^ y los que 
han producido oirás tna^ y otras r<^ione^« Cuadra . aJMStadamenta ¿estos prole* 
tartos de la república Utertyrjtaikit descripción que hace nuestro gran .yives. de al- 
gunos escritores doi su tiempo: ZkoerpiMM.^ sumpmM, únnd, j»a/jam coviptZanr; 
et ut fmrii mmen mffugUmt^'mUari.vócaitUii tU fures /iirm ddcuiii amwetCAr toUere. 

,1^ tal modo.nos;hemAsaeo^mbradoi0siehuoM^^ que tras* 

curren lod anos y/ se multiplican )aSj puUicacioi^es^.sin que i^ d^ut]|ra«,4n.j|0 qu^ 
hemos qiMiiidd Uamarjno^imieajiQ. literario, «wt traza de originsdidadv.íq Vote esr 
poQtán6o>4e ingirió, de imaginación,, iin resto de aquella .íecupdidQ4j<v!f>fÍ!ra|)Ie,^qMe 
nesdté'lfihtáilefnhradía^ein otros tie#npo^ y qu0 «no. osab^/qQ^rpofl,l9ft; inaii <^tíf 
camizados enemigos de nuestras glorias. Parece que estamos con la plitima:^^, la 
mano agualdando ^ :? er ,por 4onde desfHí^tan |^fb «scritotcs,4el r.eÍQO . > f)cino%; para 
apoderamos rinmedíatweii^a i d«il^uadráíqii^iitr^f^t.y;aGon)Dd^)« oi9|l. óbien.i 
unesin^ 4ía^o^Q«e^i^\:tdanH>Sf;4M0 p^teiiral^ajo tnM^uko y. trivial do pprtenece á 






í^ De causis carruptarum artium IV. 3. . ; '•. ^ 



vin, 
ki literatura, y qae no tiene derechos al título de literato el que limita sus labores á 
estas translaciones violentas y apresuradas; olvidamos que la nacionalidad es tan 
esencial á la literatura como á la política, y que no se abdica en ninguna deaque» 
lias dos regiones, sin deshonra y vilipendio; olvidamos, en fin, el sabio documento 
de Quintiliano: nihil crescit sola mitatione (1) verificado al pié de la letra en el esp- 
iado presente de las letras españolas, en que lejos de haber crecido ios rudimentos 
de buen gusto v de sana critica que algunos españoles introdujeron bajo los reina- 
dos de Carlos ÍII y sn succesor, los vemos en la actualidad desdeñados, y casi mit- 
rados como restos de barbarie y síntomas de imbecilidad, por una generación ex«- 
traviada y mestiza. 

Estos males son de mas gravedad que la que quizás presentan á la vista de un 
observador superficial é ignorante: no solo porque, como ha dicho una mujer céle- 
bre, la liUr^Uura es la expresión de la sociedad^ por donde podemos calcular la idea 
que tendrán las otras naciones del grado de nuestra civilización si la juzgan por las 
obras que pone en ^rculacion nuestra imprenta: sino porque influyen de: un modo 
eficaz y directo, y por medio de asociaciones intelectuales, constantes é irresistibles, 
en muchas de las condiciones esenciales á la dignidad y á la ventura de los pueblos. 
La literatura es la atmósfera en que se mueven y de qiie se alimentan todos los 
actos exteriores de la inteligencia y de la razón. Vimda ú oscurecida por elementos 
imparos> esta impureza se comunica necesariamente á todo lo que participa de su 
acción ó recibe sus impulsos. Asi la vemos perfecciónala 6 corromperse, ampliarse 
ó restrinjirse, convertirse en órgano ó vehículo de los sentimientos mas nobles y de 
los pensamientos mas elevados, ó en intérprete de vicios y de sofismas, á medida 
que los pueblos suben ó bajan en la escala de la riqaeza, de la mm*alidad, del buen 
gobierno y del orden público. La historia filosófica y literaria del mundo, no es mas 
que una perpetua confirmación de estas verdades. Juzguemos si quier de su solidez 
por nuestra experiencia personal. ¿Qué concepto formaríamos de la ilustración de 
un gobierno, cuyos documentos de oficio estubiesen impregnados de incorrección, 
oscuridad, redundancia y barbarismo? ¿Sería ese concepto el mismo que aiTojan de 
sí documentos firmados por un Campomanes, nn Canning 6 un Guizot? ¿Nos fi- 
guraremos un sistema de administración de justicia tau perfecto y tan acorde con 
ios preceptos de la rectitud y dé la filosofía, en tribunales aturdidos por alegatos 
groseros, incultos, redundantes y pueriles, como en aquellos erí que resonaban las 
frases armoniosas de Cicerón? Y aun elevándonos hasta la religión misma, que por 
cierto no esquiva las flores délas letras humanas, los sermones de Juan de la Cruz 
y Bossñel ¿no presentan á nuestra imajinacion la congregación de fieles en que se 
pronunciaron, algo mas sincera en sus creencias* mas fiel observadora de los pre- 
ceptos del Evanjelíó y mas fervorosa en las prácticas piadosas, que la que alimenta 
su vida espiritual coii sermones, en que el desaliño del estilo rivaliza con b trivia- 
lidad de laisdoctrinas y la torpeza de la dicción, con la insubstancialidad de los do- 
cumenten? ; 

Descendiendo ahora de la altura en que se colocan aquellos grandes departa- 
mentos de la composición literaria, al género mas asiduamente frecuentado en nues- 
tros dias por la mayoría de lectores, es decir, la literatura lijera y de pura imajina- 



[1) fíe insUl. oral. X. 2. 



IX. 

cíon, doloroso es ciertamente observar el bondimieiilo ea que se ha sumido el in* 
genio español, que tan esquisitoe goees de esta dase ha suministrado al mundo» j 
qoe'boy se abuidona sin pudor ni remordimiento á un cinismo artístico y moral» 
caja probable transcendencia es un asunto inagotable de qveja y lemor para todos 
los que aman sinceramente á su patria. Y apartando la vista de una de las ddá 
consideraciones qoe acabamos de indicar; dejando para trabajos mas séños y me- 
ditados el eximen de las consecuencias de estos deplorables abusos con rei^)ecto 
á los sentimientos religiosos y á las buenas costumbres, y fijándonos exdusivamenCe 
en las cualidades exterioresv que comprenden el estilo, la dicción y el lenguaje ¿pue* 
<len leerse sin rubor y sin lástima las producciones destinadas al recreo de la ju« 
ventud y del bello sexo, y* que podrían también suministrar una distracción grata en 
las amarguras de la vejez; y en las fatigas de ocupaciones serias y de funciones la* 
boríosas? ¿Qné denuncian esas obras sino es la pobreza mental de los que \fLS fa- 
brican, la ignorancia mas compleüi de la índole del idioma, de los elementos del 
arte de decir, déla decencia y de la armonía? ¿Quéefeao producen las que logra» 
excitar la atención, sino es consolidar las equivocadas nociones qoe prevalecen so- 
bre k) bueno y lo bello en materia artística, alejar al público del sendero por donde 
han caminado las artes desde que las purificó el genio de Grecia, habituar el corazón 
y el atendimiento á vivir de alimentos que los estragan y pervierten, y proscribir^ 
nos de la sociedad intdectual que forman entre sí la» naciones aventajadas, de 
cuyo comercio recíproco de producciones literarias y científicas nos vemos, liace 
macbos anos^ completamente excluidos? 

Las causas que nos ban conducido á este abajamiento, son notorias á todo el 
que haya reflexionado sobre las vicisitudes por las que la nación ba -pasado desde 
los primeros anos de este siglo. «La naturaleza, dice Cicerón, no obra por lo común 
ostentando una profusión y una mudanaá repentina. Cuando obra con empeño, em- 
pieza preparando lentamente lo qpe destina á una larga duración. » (1) Procediendo 
en sentido contrario, nosotros hemos emprendido á la vez todas las ramificaciones 
de la literatura, sin la ioiciacion previa de una enseSanza sólida, metódica, gradual, 
y fundada en preceptos y en ejemplos. Es incomprensible que -en medio de tantos 
adelantos, y en la fermentación de innovaciones y mejoras que por todas partes agita 
la sociedad, hayamos retrocedido en esteratno, del término i que Hegaroñ nuestros 
predecesores. La explicación de ios autores clásicos, sin la cual el estudio de las 
humanidadeaao pu^ ser mas que una mera rutina, ha desaparecido; hace muchos 
años de nuestros métodos de ensenanaa. Sin embargo, ya desde et siglo XV; esta 
práctica, universalmente s^ida en las naciones extrañas, lo era también por los es- 
pañoles, y en etla sobresalió, dentro y fuera del reino, el ilustre Antonio de Nebrija. 
«Este gran humanista* dice uno de sus encomiadores, expHcó publicamente eu la 
Uníverádad de Salamanca las obras de los autores de primer orden (oticfonim m^g- 
morum libra$). No se rebajó á enseñar las reglas gramaticales, ni los rudimentos del 
arte.» {%) Sus discípulos adoptaron este náufjto sistema, y muy particularmente los 
que obtuoieron cátedras en Alcalá, donde escojian, con especial preferencia, para 
sus lecciones y comentarios verbales, las obras de Valerio Flaco y Silio Itálico, las 



(1) D9 OrMlore UL 78. 

(2) FroHcUei MarUni IauHúíh, Oraíio fMica Salmañticm AuMlcfr» ÁnUmh^eM^itemi, 



Filípicas de Cicc9ron> y la Eneida (1) ¿Góoio será posible adelantar un paso en las 
pellas letras shk un oooociraiento profundo, de la antigüedad» sía la análisis íitoeótica 
y meditada de la/» producciones que la representan » y nos la lian transtnitido? Mien- 
tras nuestra calilira eoaiinée siendo^ como lo ha sido desde sp origen, y loes en los 
tiempos presentes, un reflejo de Grecia y Aoma, ó retrocedensos hacia la liaiiiarie 
de las naciones que éxtinguierMí aquellas dos grandes lumbreras, ó tenemos que 
identificarnos en lo posible con el espiritu y la Índole de^ idioma, las léyes^las insti» 
tocíones y la histana 'de los que nos abríeroa el mundo de la idtdyeneia»^ Asi es que 
en todo tiempo» y eft toda jiacion cívilisada» se ha tiazado uiía.aocbaí línea divisoria 
entre el hombre de ingenio y el literato; entre las dotes naturales^ por eminentes 
queseao» abandonadas á s«i propio inipulso,:y,3Qóiifiadaf>4 su direoekii espontánea, 
y las que han recibido el saludable freno de la disoiplina.yideláprendízage. «Los 
mas espléndidos diamaoies, dice:Uii profrádo.e^ritor) inglés > no brtllan sino des- 
pnes de pulidos: asi en el hombt^, qué sede kidckmto de.manos de la, naturaleza, 
las cualidades mas felices y mas nobles se deCerióran y degeoerah^, si la mente no 
llega á doUarse al molde ,de las reglas y de lasídoetjrinasw En las personas que han 
libado á la-virilidády sin «aquel preparativo, todas las disposiciones^ que en otilas 
circunstancias habrían llegado á ser dotes sobresalientes, se hallan oscurecidas y 
.6Cli|>sadas. .Los relámpagos >que salen de sus pensamientos descubren una grandeza 
irregular y. desproporcionada; los esfueczos de su razón, ana ehergta descarriada, 
y ud poder viciado y itorcido^ Si algo noble y elevado sei/columhra.en su estructui*a 
intelectual, pronto se echa de ver un no sé quedo incertidumbü^id^desigualdad^ 
de desentono^ que está muy lejos de ser lo. que !Bn< el idioma dé. l^s. artes se llama 
natural, ingénut y oeucillo. La naturaleza es sin duda urníagían ONueslra; pero silo 
que es Basural. nj>>seí!cukiva y lnodificasilece8ariamente^egenera;ea^^^ 
Abandonado á si mismo, el saelomas.fórtili ptodnce ptaotasmaléficaa.y* espinosas: 
la mano inteligente y laboriosa del hombreas la* que sáJbie:aplícar aqjuellos jugos nu» 
tritil^'os» al cceeimiealo de frutóos preciosos y saludables JT'.'.. 

Harta estra^e^ producirán estas, verdades en.los .queúestan Qa posesión del 

puesto de escrMoriCs públíeos^ ^mípados :(||izás ellos mismos t de U facilidad con que 

J^a aseendidoá unacaijegomapcá^Hodos Uttilos.,respetable;iqueha costado penosos 

sudores y iargoQ pr^parátiiios á tablea hop^bres de Calentó real y de cobqiencia recta, 

y que ^eUoBbancobseguidor.como dice el 'ya: citado Luis Vives^de eievtos escritores 

.d.< .SR tiem|>P>. toniandode.Jos estudios lo estrictamente oeoesarip para llegar .en 

..})revisiitio tien^M) ál ¿n que se pi^oponea; M odipUcendum frmiituUm íomtnú finem 

mte^i^ id* idilutn d4 Mv4ü$ idesumwUf per qu0d^brm$9ime9 . quo -inlfindítmt, per^Sf 

jMiart¿¿/(2Í). cMio.i^ laa lett*ds pudieran: pfestarseá«servir;purameate!4e labor mercef 

ns^ria ¿de mediOa.de^^sfacer. uná.;vaiúdad pueril^ncomo sino-iipiudierit'refrenatfso 

.e|i, pr^riu>\de escritbir á ^tad^ trance, eft toJo^ [tiempo, sin coaociioí^ntos «iiádAiradas 

ipoiV^l .estadÍ6t,4p4r:Jb.e?^iencÁa .j^fior. j^iihediiaeioQ; como sí el/ai:(e' de , escribir 

j)piii(sra'Mtia;de las (adquisiciones mas;:dirifáles.y respihoWid^ cabntus eáríqueeen 

^et eq^ndimieoto,! bástanle: pior. si ^sota á> ^ocUpaif ímiiehos anos d«f:piv»clioaM ej^icicio 



(1) Lóense estos pormenores y otros muy inlcrcsanles sobre csle mismo asunto, en la Epístola de- 
dicatoria de la edición de los Argonautas de Valerio Flaco, por Lorenzo Bdbo\ltD. ¥úátó dc^Lerma. 



XI. 

y ensayo, aun en los que los emprenden ampliamente provistos de teoría y de 
lectura. 

Tiempo es ya de reparar el daño, quizás inevitable, que nos han hecho las re- 
vueltas y trastornos de que tan fecundas han sido las eras que hemos alcanzado, y 
de restituir á las obras del ingenio la nobleza y dignidad á que son tan acreedoras 
por los resultados que están destinadas á producir, por el carácter que dan á la so- 
ciedad en que se publican, y por las prerogativas singulares de las facultades y ap- 
titudes que se emplean en su elaboración. Mas esta regeneración tan deseada por 
los verdaderos amantes del saber, no puede ser obra de un esfuerzo repentino, ni 
de una resolución enérjica y perentoria. El gobierno mismo, á quien toca promover 
y conservar la ilustración pública, y entre cuyos deberes ocupa un lugar importante 
la dirección y el arreglo de la enseñanza, solo tiene á sus alcances los medios de 
disponer desde lejos los instrumentos con que se han de propagar algún dia ideas 
mas acertadas y principios mas sanos que las pequeneces y fruslerías que hoy usur- 
pan entre nosotros el nombre y las funciones de la Literatura. A quien correspon- 
de repeler esta invasión corruptora, es á la opinión; y como quien la vicia es el ali- 
mento que diariamente se le ofrece, el arbitrio mas eficaz para reformarla, debe sin 
duda ser el suministrarle en su lugar, otro de mas sazonado condimento, y de cua- 
lidades mas seguras y salutíferas. Muy apropósito vienen, para el logro de estos fines, 
los Ensayos que se han reunido en los presentes volúmenes. Prescindiendo del estilo 
en que están escritos, que por sí solo es una lección práctica de correcta elocución, 
pureza, elegancia y armonía, sus asuntos abrazan muchas de las mas importantes 
cuestiones de la Literatura didáctica y de la crítica. Fiel á las doctrinas mas sólidas 
y á las nociones de buen gusto mas acrisoladas, el autor, representante de una épo- 
ca que dejará trazas luminosas en la historia literaria de España, no ha doblado la 
cabeza á los deleznables idtilos que ha entronizado la moda; y lejos de ceder al tor- 
rente que nos arrebata, opone á sus estragos los principios eternos de lo bueno y 
de lo bello, fortificados con el apoyo de la filosofía y con las lecciones de la expe- 
riencia, y afianzados en sus propios aciertos como poeta, como maestro y como 
escritor. 

Estas son las consideraciones que han movido á los Editores, á emprender la 
presente publicación: y si, como tales, abrigan el deseo y la esperanza de una aco- 
jida correspondiente á su mérito, como españoles y como aficionados á todo lo que 
eleva el espíritu, perfecciona el ingenio y rectifica el gusto, aconsejan á la juventud 
estudiosa la frecuente lectura de unas pajinas, en que hallará, cuando menos, co- 
piosos impulsos que la inciten á caminar por la senda en cuyo término ha conse- 
*guido el autor su bien merecida fama, y el aprecio con que la opinión galardona 
sus trabajos. 



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DE MéJL IIHPORTAMCIJl 



DEL 



SSHDIO FILOSÓFICO DE US HUMAHIDADES. 



Hl Gvadalhorce , periódico literario de Málaga , en un articulo escelente y escrito 
con mucha filosofía , cuyo titulo es El Culteranismo , después de hacer el merecido 
elogio del genio poético de Góngora en sus buenas composiciones, le proclama 
por gefe de la secta de los culteranos , y ánade : c es difícil esplicar cómo un 
poeta en cuyas primeras obras se admiran los rasgos de un genio superior , la belleza 
en la espresion , la exactitud en las proporciones , y todas las cualidades necesarias 
para ser colocado, si no en el primer lugar , á lo menos al nivel de los mas distingui- 
dos nombres que han ennoblecido nuestro Parnaso , pudo caer en tales estravagan- 
cias , y olvidar tan ingratamente aquellos mismos principios que le ofrecieron tantos 
triunfos y tanta gloria. > 

En efecto, tiene sobrada razón el periódico que citamos. No hay dos escritores mas 
distantes entre si que el Góngora de las Soledades y el de algunos romances , sonetos 
y letrillas. Son el mediodía en todo su esplendor , y la noche mas oscura* Sin em- 
bargo , nosotros emprendemos buscar la esplicacion de este y otros fenómenos litera- 
rios de la misma especie , problemas que el autor del articulo ha abandonado , por 
no ser de propósito , á los que ((uieran resolverlo. 

£1 siglo XVI produjo no solo grandes genios en todos los ramos de la literatura, 
sino también grandes humanistas ; pero muy pocos filósofos. £1 Tostado , Nebrija, 
Simón Abril , Arias Montano , y en general todos los que escribieron en aquella glo- 
riosa época sobre gramática , retórica y poesia , lo hicieron copiando á Aristóteles, 
Horacio , Cicerón y Quintiliano , sin elevarse al principio filosófico de donde se deri- 
vaba la mayor parte de las reglas que promulgaron aquellos insignes lejísladores de 
las bellas letras ; y no es estraño que pareciese incontestable en ellas el imperio de la 
autoridad , cuando lo era en los mismos estudios filosóficos. Fue conocida , pues , la 
belleza por instinto é inspiración , no por examen ni raciocinio. Se sabia el arte, 
pero no la ciencia de la poesia. 

1 



L2] 

Es verdad que al siglo del genio sucede comunmente el de la filosofía ; pero esto 
era imposible en España. Nuestras instituciones severas se oponían á la propagación 
del espíritu filosófico y de examen. Sacrificóse al deseo de conser\'ar la pureza de la 
fe toda esperanza de progreso intelectual. Temit^ronse, y no sin razón, todos los 
infortunios sociales que eran consecuencia en otros paises del desprecio de la auto- 
ridad , y se dio á esta una grande fuerza legal hasta sobre el pensamiento. Esta fa- 
cultad activa del alma quedó casi sin ejercicio , y no tuvimos después de la época del 
genio sino los delirios del genio estraviado. 

En cuanto á las bellas artes puede decirse que no han comenzado á estudiarse 
filosóficamente sino á fines del reinado de Luis XIV. El examen y análisis de la be- 
lleza , el instinto poético convertido en idea , las armonías del mundo físico é inte- 
lectual con el corazón y la fantasía del hombre , la deducción , en fin , de las reglas 
artísticas , de estas importantes discusiones , son cosas desconocidas hasta la época 
que hemos señalado. Asi es que, mas ó menos, se observa estraviado ó debilitado 
el genio después de los intervalos brillantes de su gloría. Las musas griegas casi en- 
mudecieron después del reinado de Alejandro. La poesía y elocuencia latina se cor- 
rompieron después de Augusto, y hasta el idioma perdió su majestad y gallardía. 
Las novedades injeniosas de Marini sucedieron en Italia á los nobles acentos del 
Tasso. Y nosotros ¿no vemos al lado de los grandes monumentos de nuestra arqui- 
tectura, los ridículos delirios del churriguerismo con poca diferencia de tiempos? Xo 
hay remedio : el genio se estravia, si no se ve auxiliado por el estudio filosófico de las 
artes. 

Y asi debe «uceder* El genio no se plega fácilmente á la autoridad ; solo reconoce 
y recibe el yugo de la razón. Si este noHe es conocido , ni Aristóteles ni Horacio le 
impedirán abrirse sendas inusitadas , aunque terminen en horrendos precipicios. 
Quiere ser orijinal ; quiere alhagar con novedades ; quiere manifestar su indepen- 
dencia y su atrevimiento , y nada respeta , sino á la razón cuando la puede conocer. 
¿Por qué ha sido tan difícil en Francia sustituir á las ideas del buen gusto los de- 
lirios de la escuela moderna? ¿Por qué el triunfo de esta ha sido tan efímero? Por los 
gi'andes escritores que en aquella nación trataron filosóficamente la poesía: por los 
Batteux, los André , los Marmontel , los Laharpe. Basta leerlos de nuevo para que la 
razón recobre sus derechos , y para convencerse de que la belleza es independiente 
de los caprichos de la moda y de la animosidad de los partidos políticos. 

Lope de Vega fue la primera víctima de la falta de buenos estudios de humanida- 
des en España. A haberlos conocido , jamás hubieran mirado ni él ni sus contempo- 
ráneos como un gran mérito su inespUcable facilidad en hacer versos , ni el inmenso 
número de los que publicó: jamás hubiera dado á luz sin corregirlas tantas com- 
posiciones , plagadas frecuentemente de prosaísmo , de erudición indijesta y de pen- 
samientos falsos ó pueriles. 

£1 artículo que hemos citado cree que la costumbre de escribir prosa en verso, 
introducida por Lope y aplaudida por sus contemporáneos , indignó el genio superior 
de Góngora , y le movió á dirijirse al estremo opuesto. Nosotros somos de la misma 
opinión. Huyendo de la trivialidad cayó en la afectación ; y fue por desconocer los 
limites que el arte impone á la elocución poética ; por ignorar la diferencia que hay 
de la nobleza á la oscuridad del estilo ; porque no se habia aun discutido ni dedu- 
cido de sus verdaderos principios la unión de la sencillez con la sublimidad , de la 
sobriedad en los adornos con la riqueza , del uso de los tropos con la claridad. 

Lo mismo podemos decir de Quevedo , que aumentó los vicios de nuestra poesía, 

{a suficientemente corrompida , con el gusto de los equívocos y de los juegos de pala- 
ras que introdujo* Apoderóse de los genios españoles el furor de mostrar sutilezas; 
y nada se dijo sino de una manera ingeniosa, desconociendo la máxima filosófica, tan 
sabida ya , de que el mayor esfuerzo del arte es ocultar el arte mismo. 

La poesía castellana , abrumada de tantos delirios , llegó casi moribunda hasta la 
mitad del «iglo pasado ; el gongorismo, la cultalatiniparla, los equívocos y los eoti- 
ceptillos fueron entregados al desprecio que merecían ; pero se verificó una reacción 
lamentaUe- En odio de aquellos vicios se volvió á la trivialidad , que con el nombre 
de sencillez resucitó é hizo de moda D. Tomás Iriarte. Cometióse ademas una injus- 



[3] 

ticía ; fueron mirados con ciesden v se condenaron casi todos los autores de nuestro 
teatro , ¿por qué? porque se creyó que la esencia del drama consiste en la verosimi- 
litud material ; error producido por la falta de buenos estudios ; error en sentido con- 
trario , pero «que tiene el mismo orijen , del que ahora cometen muchos , adoptando 
los aspavientos « y hasta la inmoralidad del drama de nuestros dias* 

Tantos y tan lamentables errores se podrían evitar propagando los verdaderos 
elementos de la ciencia poética* Fúndase, como todas las que pertenecen al hombre, 
sobre un sentimiento universal. Consérvese puro este sentimiento, y no se pierda 
nunca de vista en todos los preceptos y reglas , y no se escribirá el Arte de injeniot de 
üracian, ni el Arle poética de Rengifo ; ni se buscará lo sublime en lo oscuro, ni en la 
lengua francesa las inspiraciones de la poesía española. 



DE LOS SENTIMIENTOS HUMANOS. 



ARTÍCULO I, 



üi 



NA de las mas espléndidas demostraciones de la existencia de Dios es la admirable 
correspondencia que se observa entre los sentimientos , deseos y necesidades del hom- 
bre , y las leyes del mundo físico, moral é intelectual. £s imposible que hubiera esta 
correspondencia, esta relación intima enlre necesidades y deseos poruña parte, y por 
otra faut^tades y objetos estraordinaríos destinados á satisfacerlos , á no existir una 
íoteülencia suprema que estableció aquellas relaciones y armonías. £1 que dotó al 
hombre de la vista, le cercó también de una esfera de luz, sin la cual fueran inútiles 
Ittr ojos. El que puso el oído en la cabeza humana, creó también el aire , vehículo de 
4m sonidos. Un mismo entendimiento soberano fue el que escitó el hambre en el estó- 
mago del niño reciennacido , y abrió las fuentes del primer alimento en los pechos 
de sa madre. Este examen , que podríamos estender á todas las necesidades físicas y 
materiales del hombre , prueba que sin una providencia que hubiese adaptado á cada 
iaslínto los medios de satisfacerlo , seria imposible la existencia del universo. 

£1 misma razonamiento puede hacerse con respecto á los sentimientos de una cla- 
BC mas elevada. No hay ningún deseo moral de los que son innatos y generales y no 
pertenecen á la clase de facticios y creados por ki sociedad, que no tenga facultad y 
objeto que lo satisfaga. Digalo el sentimiento del amor , considerado asi física como 
moralmente: dígalo el de la amistad, mas puro, mas desinteresado, mas noble: dígalo 
el de la curiosidad , para cuya satisfacción se han concedido al hombre las facultades 
de abstraer y analizar : dígalo en fin el sentimiento social , impreso igualmente en to- 
dos loa hombres , y que «e satisface cercenando una parte de la libertad natural , para 
bacer mas agradable y fructífera la que se conserva en el orden civil , bien como se 
podan en un árbol algunas ramas y se asegura asi en las guias el firuto mas abundante 
y saibonado. 

De estas consideraciones se deduce por legítima analojia que el sentimiento reli- 
fioao, tan innato y general como los otros ya citados , ha de corresponder como eHos 



á un objeto fuera de nosotros que lo satisfaga; y pues los hombres sienten la necesi- 
dad de que exista una divinidad , indudablemente existe Dios. Esta prueba , que 
los moralistas y teólogos deberán desenvolver mas estensamente , pero que nosotros 
no hacemos mas que indicar, por no ser ese nuestro propósito en este articulo, no ha 
sido hasta ahora esplicada con el rigor demostrativo que merece. Tertuliano la indica, 
pero con la concisión rígida y nerviosa de su estilo, y Lactancio Firmiano la amplifica 
mas bien que la demuestra , porque era mas retórico que filósofo. 

Pero ella misma nos servirá de ejemplo para conocer mejor la economía de los 
sentimientos humanos, que es ahora nuestro principal objeto, y al mismo tiempo des- 
vanecerá una objeción que puede hacérsele; objeción que ya satisfizo sin responderla 
el elocuente Tulio, cuando dijo que no hay nación que no sepa que hay Dios, aunque 
ignore cuál conviene adorar. 

Es indudable la generalidad del sentimiento que eleva á Dios el corazón humano; 
pues para aniquilar su influjo se necesita un gran trabajo intelectual, que pervierta el 
entendimiento con sofisterías, ó una continua serie de malas acciones, que corrompan 
el corazón , y á veces uno y otro ; y aun asi es corto, cortísimo, quizá cero el número 
de los hombres íntimamente persuadidos xle la no existencia del Ser Supremo. Algu- 
nos la niegan por orgullo ó despecho , mas no por eso dejan de creerla. Otros dudan, 
y creen satisfacer á su conciencia , permaneciendo en esta duda, que no es tan fácil 
como necesario deponer. Pero estas cscepciones y anomalías nada prueban contra la 
universalidad del sentimiento. Lo que todos los hombres sienten, sin necesidad de es- 
fuerzos de raciocinio , de estudios de conocimientos , de vicios ni de virtudes ; lo que 
todos conocen y espresan naturalmente, ignorantes y sabios , desde el gañan hasta el 
rey , en todos los países , en todas las regiones del universo y en todas las épocas de 
la historia , sea cual fuere el grado de su civilización ó de su barbarie , eso es lo que 
nosotros creemos sentimiento innato y general , y tan general é itinato es el sentimiento 
religioso como el de la propia conservación. Si nada prueban contra este los suicidas, 
menos probará contra aquel el corto número de los que son ó se llaman ateos. 

Pues ¿cómo es, dirán algimos, que siendo universal el sentimiento religioso, no lo 
es el conocimiento del verdadero Dios , á quien debe dirijirse? Ppr la misma razón que 
un hombre ama muchas veces á una persona indigna de su carino ; por la misma ra- 
zón que se equivoca frecuentemente- en los medios de su felicidad. £1 instinto es cierto 
y seguro en el hombre, como en los demás animales; pero la razón que dirije al 
primero, está sujeta al error; mucho mas cuando la ofuscan otras pasiones ú otros sen- 
timientos del corazón humano. Asi dice muy bien Cicerón: que todas las naciones re- 
conocen la divinidad por instinto , aunque su razón no alcance á distinguir cuál es el 
verdadero Dios. Tratemos de esplicar este fenómeno de la certeza del sentimiento 
reunida á la falibilidad del raciocinio. 

Los instintos son anteriores en el hombre á las ideas ; para el ejercicio de los pri- 
meros, basta sentir; para adquirir las segundas, es necesaria la análisis. Ahora bien, el 
instinto guia con seguridad al objeto , y como inspirado por la naturaleza no puede 
engañar ; pero la análisis puede hacerse bien ó mal : en el primer caso perfecciona el 
sentimiento ; en el segundo lo falsea y desnaturaliza. Esto se ve claramente en el ejem- 
plo que nos hemos propuesto. No se necesitan grandes esfuerzos de raciocinio para 
ligar á la idea del ser independiente (que es la primera que tenemos de Dios) la de su 
unidad , omnipotencia , libertad y bondad. Y sin embargo , ¡qué absurdos tan horren- 
dos se han creído de la divinidad! Se la ha supuesto dividida en los grandes señores 
del Olimpo como la soberanía en réjimen feudal : se la ha aplacado con víctimas hu- 
manas : se han quemado en sus aras los niños por las manos mismas de sus padres: 
se ha limitado su poder á determinadas partes del universo : se les ha sometido á la 
ley del destino , que en esle caso venia á ser el verdadero Dios ; en fin , se les han 
atribuido todos los vicios y maldades humanas. No hablemos de la apoteosis del cro- 
codilo , del puerro , de la cebolla y de tantos otros dioses como criaba el Egipto en 
.sus huertos. ¿ De dónde procedieron las estravagancias de la superstición ó los furores 
del fanatismo ; de dónde en fin tantos errores , que hicieron dudar á Plutarco si eran 
mas vilipendiosas para la deidad las falsas creencias que el ateísmo? No de otra causa 
.sino de análisis mal hechas. £1 sentimiento era recto; pero fueron mal elegidos los 



[51 

objetos del culto, y Lucrecio se engañó mucho cuando atribuyó al primero lo que solo 
fué efecto de los estravíos de la razón en el célebre impio verso : 

cTantum relígio potuit suadere malorum.» 
€ tamaños males persuadió á los hombres 
la religión, > 

c ¿Porqué, pues, se nos preguntará, ha auerido la naturaleza que ademas del 
instinto seguro, tuviésemos por guia la razón falible?» Esto es lo mismo que pregun- 
tarnos porqué el hombre es libre, £1 instinto ciego nos dirijiria bien , pero sin mérito 
6 demérito de parte nuestra. La Providencia ha querido que nuestra felicidad depen- 
diese de nosotros; y esto no podia ser sin libertad, deliberación é inteligencia* Noso- 
tros no indagamos sus motivos: nos basta conocer el hecho, aunque no dejaremos de 
decir de paso que toda la dignidad del hombre , toda su superioridad sobre los demás 
seres que percibimos en el universo, está fundada en su razón y en su conciencia. 

Siendo, pues, un hecho indudable la existencia de los sentimientos y la déla razón, 
conWene ahora examinar la economía respectiva de estos dos poderosos agentes. 



ARTICULO II. 



E 



NTRAMOS ahora en la cuestión mas difícil y espinosa de toda la Psicologia , cual 
es la de la conversión de los sentimientos en ideas ; ó lo que es lo mismo , del empleo de 
las operaciones de la análisis en el mecanismo del instinto. 

Para darnos mejor á entender, usaremos de un ejemplo tomado de un sentimiento 
natural y primitivo , cual es el del hambre. £1 niño reciennacido siente la necesidad 
de alimentarse , y la siente enérgicamente; pero ni tiene idea de ella , ni del objeto, 
ni de los medios de satisfacerla. £s claro que si no se le pusiese junto á los labios el 
alimento, crecería á cada instante su suplicio ; pero sentiría solamente , no conocería. 
¿Se satisface su necesidad ? Queda contento hasta que sienta de nuevo el mismo esti- 
mulo. Cuando el hambre le aqueja, llora; cuando está harto, no piensa en el porvenir. 
Sus lágrimas y quejidos en el primer caso, son el medio de que se vale la naturaleza 
para espresar el dolor de una necesidad no satisfecha : su imprevisión en el segundo 
roaniCesta que no tiene idea de cuanto pasa por él : no sabe qué es hambre , ni qué 
es alimento , ni qué son lágrímas, ni qué es dolor. El instinto se desenvuelve , el en- 
tendimiento yace todavía dormido. 

¿Cuándo comienza á despertar? Cuando ya puede distinguir las diferentes partes 
que le sirven para nutrirse , los labios, la lengua, el paladar, y las cualidades sen- 
dMes del ama que le cria y del alimento que recibe. Entonces empieza á adquirir 
ideas muy importantes para él , individuales, es verdad, pues aun no tiene voces con 
qué ospresarlas; pero de las cuales se da cuenta á sí mismo. Entonces ya distingue 
fj seno que lo nutre, de los demás objetos ; distingue al ama de las demás personas, 
la mega con sus gritos; ama sus caricias como precursoras del alivio que va á tener 
MI necesidad. La acción del instinto va cesando , y empieza la de la intelijencia ; ó 
por mejor decir, la razón perfecciona el instinto. 

Cuando se le desteta, y se le ofrecen nuevos alimentos, se estiende notablemente 
la esfera de sus ideas , y á favor del lenguaje de acción y del oral, se generalizan sus 
concepciones , y son mas complicadas las análisis. Si las hace bien , es premiado con 
el placer de alimentarse sabrosamente ; si mal , castigado con el dolor de comer 
ana cosa desagradable y desabrida, ó de quedarse con su hambre. 

El momento preciso que separa las operaciones del instinto de las de la análisis 
et a<|nc4 en que puede ya el niño darse cuenta á sí mismo de sus estudios y descu- 
brímienlos; ó lo que es lo mismo, en que tiene eonciencia de su acción intelectual. 



[61 . 

Pero para tener conciencia os preciso que analice y distinga los ohjelos y las cuali- 
dades de ellos qué han de saciar su necesidad. 

Conforme va creciendo en edad , van tomando mas generalidad y fuerza las ideas 
relativas á este instinto ; su previsión se ha ido aumentando por grados ; y ya hom- 
bre, solicita satisfacer esta nueva necesidad con tal ahinco , que en algunos llega «1 
convertirse su solicitud en el triste tormento de la avaricia ; aprende el dogma del 
réjimen para que no se convierta en daño del cuerpo el alimento destinado á la re- 
posición : sabe distinguir los que son sanos y nutritivos de los débiles ó perniciosos: 
en fin , si adquiere principios de anatomía y medicina , conoce cuanto se sabe hasta 
ahora en el adniirable fenómeno de la nutrición. 

Establezcamos, pues, como un principio cierto que los instintos del hombre se lle- 
gan d convertir en ideas en virtud de repetidas análisis hechas sobre los objetos á que 
se dirijen, y que esta conversión comienza á verificarse cuando el hombre puede ya 
darse cuenta á si mismo de sus meditaciones sobre la materia ; porque no hay idi.'a 
sin análisis anterior , ni análisis sin atención. 

Algunos podrán decir que describiendo el sentimiento que primeramente se des- 
envuelve en el hombre, hemos descrito á nuestro placer la historia del alma en una 
edad de la cual nadie se acuerda. Pero lo mismo acontece con otro instinto que es 
desconocido hasta que comienza la juventud ; y si hemos citado con preferencia el 
primero , es porque puede describirse con menos peligro. 

Obsérvese que la atención que presta el alma á los objetos, y el estudio que hace de 
ellos, se debe en la primera edad de la vida á los deseos escitados por la necesidad: 
pero no tarda mucho en desenvolverse el sentimiento de la curiosidad, que es uno de 
los mas activos , y que convierte en placeres los afanes del trabajo intelectual . 

La misma análisis que hemos hecho acerca de un instinto material , puede estee- 
derse á los morales ; bien que estos se desenvuelven mas tarde y con menos rapidez, 
porque el primer cuidado de la naturaleza es desenvolver el hombre físico , que ha 
de servir de instrumento al intelectual. 

£i instinto de la amistad es innato en el hombre , y todos pueden acordarse de 
aquella feliz época de la vida en que elijió entre sus compañeros de niñez á alguno 
que fuese el confidente de sus breves penas , de sus bulliciosos placeres , de sus ideas 
y sentimientos infantiles. Obsérvase que las amistades contraidas en la primera c^lad 
son mas firmes y duraderas; señal de que la simpatía, sentimiento ciego, dirijc al 
hombre con mas seguridad que el raciocinio en una edad mas avanzada. Pero el 
niño tiene un amigo antes de que sepa lo que es amistad , antes de conocer las pren- 
das que deben examinarse para elejirlo , antes de considerar las obligaciones que se 
contraen por este vínculo sagrado. Todo esto se aprende después en virtud de aná- 
lisis , raciocinios y esperiencias. 

El hombre tiene el sentimiento innato de su independencia , al cual están unidos 
los de amor , gratitud y veneración á las personas de quienes depende y que le hacen 
bien. Este es el germen del sentimiento relijioso, que solo empieza á desenvolverse 
cuando la dependencia sucesiva de su nodriza , de sus padres y de los demás hom- 
bres le obliga á reconocer un Ser independiente , del cual dependen todos los demás, 
Pero desde este punto hasta la idea de Dios y de sus atributos, hay una escala in- 
mensa de raciocinios que recorrer; y esta escala se hace mucho mayor cuando ha de 
elejirse entre todas las creencias la única que tiene los caracteres evidentes de la 
verdad. 

Se ve , pues , que los instintos materiales , y después los morales, son impulsos 
innatos que nos guian á los objetos que han de satisfacerlos : que estos impulsos, 
ciegos como los de los animales , hasta que el hombre adquiere la conciencia de sus 
actos,, y unidos ron el dolor, con el placer y con la imprevisión , nos inclinan sin 
embargo á estudiar nuestras facultades intelectuales y físicas , y á examinar los ob- 
jetos de nuestras necesidades y el modo de satisfacerlas : que en virtud de repetidas 
análisis logramos aplicar la razón al sentimiento , y á convertirlo en idea : y en fin, 
que de estas ideas , diversamente combinadas , resultan las teorías y las ciencias. Asi 
se han formado la Teolojía, la Moral , la Política , la Química , las Matemáticas etc. 
Todas sin escepcion han nacido de una necesidad , de un impulso dado para satisfa- 



cerla , y del trabajo de la intelijencia ejercido igualmente sobre los sentimientos , las 
facultades y las ideas. 

Lo que sucede al hombre individualmente , sucede también á las naciones. ¿Por 
mié los ejipcios fueron los primeros entre todos los pueblos de la antigüedad en cul- 
tivar la Geometría? Porque les era preciso restablecer anualmente los lindes de las 
heredades , derribados por las inundaciones del Nilo. La corta estension de su terreno 
obligó á los fenicios á adelantarse á las demás naciones en la navegación ; asi como 
el cielo despejado de Caldca convidó á sus habitantes al estudio de la Astronomía. 
¿ Por qué las naciones del norte son , generalmente hablando , mas hábiles que las 
del mediodía en las artes mecánicas , y las meridionales las cscedeu en las que se re- 
fieren á la poesia ? El primer fenómeno se esplica por la necesidad de suplir , bajo 
un cielo nebuloso y oesapacible , con los placeres facticios de la sociedad , los que 
niega ingrata la naturaleza ; y el segundo por el corto número de necesidades de los 
habitantes de los paises cálidos, y aun por la misma neglijencia, hija del escesivo 
calor y de la sobriedad que los inclina A buscar en su fantasía una nueva clase de 
placeres. 

Diremos también de paso que en nuestro entender la gran cuestión filosófica mo- 
vida en el día entre los que se llaman impropiamente snisualislas y espiriíualisím^ 
pudiera recibir mucha luz de la teoría que acabamos de esponer. Locke, Condillac, 
Destutt Tracy y I^romiguiére han esplicadocon mucha sagacidad, aunque con ui^ 
nomenclatura bastarda v espuesta al error , los fenómenos d^ la intelijencia , y han 
formado la ciencia de la Ideoiojía. Pero ¿se conoce con ^lla todo el hombre? No.. 
Resta la esplicacion de los sentimientos innatos. Las facultades de atender ^ abstraer y 
analizar bastan para conocer el orijen de las ideas; pero ¿por dónale conoceremos el 
de los instintos que les son anteriores? ¿Pueden estos reducirse á un impulso ó poten- 
cia primitiva como el sistema planetario? ¿Cómo obran? ¿Cu4l es la esfera de acción 
de cada uno , y qué modificaciones reciben uqos de otros ? Cuestiones son estas que 
no pertenecen á la Ideoiojía , y dejan un vastísimo campo abierto á las indagaciones 
de los psicólogos. 



AETICULO ni. 



Vormat enkn natura prítu nos ioiiu ad otnoeBí 

Foit|inarutn h^bituni.... 

Pcwt eflért anhni motus interprete ling:ua. 

UotAC. 



jLá) que dice el gran filósofo Horacio de los afectos humanos , sentidos primero y 
después espresados , debe entenderse también de todos los sentimientos que obran 
sobre el alma antes que el hombre pueda someterlos al raciocinio , que es el lenguaje 
dd entendimiento; pues analiza como el oral, y frecuentemente hace uso de este para 
dirfjir mejor su análisis. 

HeaMM dado á esta teoría toda la estension y claridad de que es susceptible en los 
dos artleulos anteriores. Ahora tratamos de aplicarla al $eniimienlo poético, esto es, 
de lo bello y de lo sublime, tan innato en nuestra alma como los demás que hemos 
esaatinado. Es claro que el hombre ha recibido numerosas impresiones cpie le agra- 
das 6 euUan naicfao antes de ser capaz de espiicarlas; y enf algunos no llega nunca 
este caso. Se contentan con gozar sin someter al raciocinio sus (daceres, ya porque no 

I recibida la instrucción conveniente, ya por no haberse aprovechado de ella. 

Mas no adnúte duda que este sentimiento es capaz de educación como todos los 



demás; sufre la ley del análisis, puede ser bien ó mal dirijido; admite perfección ó 
degradación. Se convierte^ pues^ en idea , y de ella resulta una ciencia y un arte. 

Este sentimiento no comienza A desenvolverse hasta que el hombre toca ya los 
confines de la adolescencia. A la verdad, ha recibido antes impresiones de los objetos 
sublimes y bellos : su imajinacion ha creado fantasmas, semejantes á las cosas que 
mas la han alhagado ; pero estas imájcnes y aquellas impresiones tienen todavía mu- 
cho de setmtal: aun los afectos del corazón no han purificado la mezcla material de 
las primeras sensaciones de la niñez; solo cuando el joven empieza á sentir un en- 
canto indefinible, y que no puede referir á ninguno de sus sentidos, sino que pene- 
tra toda su existencia y se fija en su fantasía , al contemplar las bellezas de la natu- 
raleza y del arte ; solo entonces se despierta en él el instinto poético. Y observemos 
que los objetos bellos hacen mas impresión á los principios que los sublimes : pare- 
ce que el alma es mas sensible á la regularidad, á la variedad, al colorido , que á 
los movimientos enérjicos y desordenados, que escitan ideas de sublimidad, las cuales 
no consiguen dominar el alma hasta que la imajinacion es ya bastante fuerte para 
sentirlas, comprenderlas y elevarse con ellas á las rejioncs celestiales. El sentimiento 
de lo sublime es lo mas apartado que hay en el hombre de lo material y terrestre. 
Es, por decirlo asi , el otro polo de su existencia. 

El corazón y la fantasía , cuando han adquirido este nuevo elemento de vida , se 
entregan casi esclusivamente al placer de disfrutarlo. ¿Quién podrá espresar las sen- 
saciones vagas y misteriosas, que esperimenta el alma del joven al contemplar el es- 
pectáculo variado del campo en una hermosa mañana de primavera ó en una tarde 
apacible del otoño, al ver el curso eterno de los rios, los diversos juegos de las 
fuentes y arroyuelos, los matices de las flores que entapizan el prado, ó bienios 
corpulentos árboles, que descuellan cargadas sus ramas del sabroso fruto? 

Mas si ostenta naturaleza sus escenas sublimes; si el rayo rompe el seno á la nube, 
ó el mar embravecido pugna por superar el freno de blanda arena que el Hacedor le 
impuso ; si el espectáculo magnífico y callado del firmamento brilla con sus innume- 
rables estrellas , que son otras tantas columnas luminosas, que guian la vista en el 
camino de la inmensidad; si desvanece toda esta pompa la luz del astro del dia, mil 
veces mas hermoso y sublime que todo el firmamento, para dejar después un resplan- 
dor templado y apacible en el disco arjentado de la luna, las emociones, sin dejar 
de ser agradables , toman un carácter nuevo de dignidad. El alma se eleva sobre la 
altura de esos cielos : el pensamiento vuela mas allá de esos astros y de esos espacios: 
siente la dignidad de su ser, al cual no pueden encadenar ni la tierra, ni el giro del 
sol , ni los límites impuestos por el Señor á la creación entera. 

Las artes reproducen á su vista estas bellezas, y se goza en su representación. En 
fin , el mundo moral se abre á su fantasía, y sus emociones son entonces mas severas, 
pero mas agradables; porque siente su importancia; porque están en armonía con el 
sentimiento de la virtud ya desenvuelto en su alma. 

Si el hombre , al ver el espectáculo de la naturaleza física y moral , no hiciese 
mas que sentir impresiones y gozarlas ó reproducirlas por instinto , no habría ciencia 
que formase el gusto ; no habria arte que dirijiesc el genio ; y eso es cabalmente lo 
que prelenden los caudillos de la actual escálela romántica, que lo dan todo á la sen- 
sación ó al impulso , y nada á la razón. 

Pero la naturaleza humana es constante siempre y conforme consigo misma. Asi 
como el sentimiento moral desenvuelto y estudiado dio oríjen á la ciencia de las cos- 
tumbres , asi el instinto poético , bien examinado , lo dio á la ciencia de las huma- 
nidades. No creemos (jue el hombre sienta una emoción , sea la que fuere, por mu- 
cho tiempo , sin pedirse cuenta á sí mismo de ella, de su causa, de sus modificacio- 
nes , de la esencia y accidentes de los objetos que la causan : no creemos que nues- 
tra alma se contente con gozar ; necesita ademas conocer. 

Por esa razón no aceptamos las definiciones que Hugo Blair da d h bello y álom- 
hlime : no hace mas (¡ue tomarlas de los efectos que causan en nosotros ; ó lo que es lo 
mismo , asigna el hecho , y le da un nombre. Esto no basta para satisfacer la curio- 
sidad. El hombre quiere siempre hallar la razón suficiente, que justifique los movi- 
mientos de su corazón y de su fantasía. Decir que es bello lo gm agrada á nuestra ima- 



[9] 

jinacion , y que es sublime lo que eleva nuestra alma , es esponer á uno y otra á cor- 
romper sus sensaciones, á complacerse con lo deforme como si fuera belfo , y á entu- 
siasmarse con lo bajo y ridiculo como si fuera sublime. 

£1 hombre empezó, pues, á examinar las formas de los objetos que producen en 
él las dos impresiones de belleza y de sublimidad, y no le fue dificil hallar cuáles 
eran estas formas esenciales ; porque ya lo hemos dicho , no hay en nosotros instinto 
alguno que no halle su justiGcacion en las leyes del mundo físico y moral. ¿Cuál es 
la que justifica el sentimiento poético? £1 principio del orden , sin el cual nada puede 
haber bello, agradable y elevado. 

Ya en otros artículos hemos probado que el orden , la unidad y la variedad son 
las fuentes del placer que nos causa la belleza , y que. la presencia de un gran poder 
puesto en ejercicio es la forma del sublime. No insistiremos, pues , sobre esta mate- 
ria. Bástanos haber probado que el sentimiento poético, bien estudiado , se convierte 
en la idea del orden. 

Sobre ella se funda la ciencia de las humanidades ; á ella se reducen todos sus 

Principios ; á ella todas las reglas de la Música , de la Pintura , de la Oratoria y de la 
oesia. Aun la espresion de las pasiones vehementes, que por su naturaleza debe ser 
desordenada, está sometida sin embargo á la misma idea. Nada es mas contrario al 
orden que manifestar el delirio de la pasión con semblante tranquiló ó con frases 
alambicadas. 

Hé aqui por qué todos los incidentes de un drama deben dirigirse á un punto co- 
mún que constituye la unidad de interés : por qué los caracteres deben conservarse 
iguales á pesar de la diversidad de las circunstancias : por qué en el desorden mismo 
de los i>ensamientos c^ue ajitan al poeta lirico, ha de haber una cadena oculta , pero 
perceptible , que los ligue entre si : por qué el orador no ha de emplear los medios 
de persuadir hasta estar seguro de haber logrado la convicción... Pero ¿por qué nos 
cansamos? No hay regla alguna en las bellas artes, que no se deduzca mediata ó in- 
mediatamente del principio de la unidad. 

El sabio CoiidiUac se quejaba de que no era posible analizar la belleza. Esto es 
verdad hasta cierto punto. Entregad una rosa al botanista para que la analice, y ve- 
réis cuál queda. La análisis de un objeto bello no consiste en la separación material de 
lius partes , sino en el examen de ki influencia que ejerce cada una en la belleza del 
conjunto , de modo que quitada una de ellas , quedará menos bello el total. Por ejem- 
plo , en este verso de Lope de Vega hablando de Dios : 

El que freno dio al mar de blanda arena. 

¿Quién nos quita observar el contraste entre la blandura de la arena y la dureza del 
freno impuesto á un monstruo tan terrible como el marJ Estas análisis no deslustran 
las bellezas artísticas , y son muy útiles para formar el gusto y dirijir el genio. 

Concluyamos , pues, que en el hombre todo empieza por el instinto , y todo se 
perfeccioDH por la razón. 




[10] 



DEL SENTIMIENTO DE LA BELLEZA. 



ARTICULO I. 



\JRANDES afanes y vijilias han consagrado los filósofos al estudio de las facultades 
del alma, que tienen por ohjeto la generación, la espresion j la deducción de nuestras 
ideas ; pero son pocos , muy pocos , los que se han dedicado al estudio de los sentí- 
«lientos. Se han hecho progresos muy apreciablcs en Ideolojia , Gramática y Lógica: 
Bo puede decirse otro tanto de la ciencia de las afecciones de nuestra alma : contentos 
con reconocer y sentir su existencia , solo han buscado los medios de contenerlas den- 
tro de los limites de la razón por medio de la filosofía moral. 

Tanto empeño en un trabajo y tanta neglijencia en otro prueban evidentemente 
que la primer ciencia es mucho mas fácil que la segunda , y que hay medios mas 
espeditos para observar atentamente los fenómenos de la intelijencia cuando investi- 
ga la verdad, que los de la voluntad cuando busca el bien ó huye del mal. 

Añádase á esto que concurren frecuentemente de tal manera , que suelen confun- 
dirse las ideas y los sentimientos. En los estudios mas abstractos , el de Matemáticas 
por ejemplo , hay por lo menos un sentimiento que nos guia, y es <^ de la eurüm- 
dad , que es innato en el hombre. La curiosidad satisfecha es la fuente del placer que 
esperimentamos cuando homo» entendido y resuelto bien un problema de Geometría 
ó de M^ánica. Pero otro placer de diferente especie es el que resulta de compren- 
der bien una teoría entera , contemplando el enlace maravilloso , el encadenamiento 
bien concertado de los diversos pensamientos que la componen. £1 sistema de la 
atracción newtoniana que sometió á una sola y ünica ley todos los movimientos pla- 
netarios , es el ejemplo mejor que puede presentarse de la belUza de la verdad; por- 
que es imposible estudiarle y abrazar con el entendimiento todas sus partes sin 
sentir una impresión de la misma especie que la que causa un hermoso edificio ó 
una escelente composición poética. 

Esto placer que sentimos al percibir muchas verdades enlazadas íntimamente en- 
tre si procede del sentimiento de la belleza , innato como el de la curiosidad , como 
el social , como el relijioso en el alma humana ; porque basta que un sentimiento, 
que una facultad sea común á todos los hombre», y que en todos obre de una misma 
manera , para inferir lejítimameilte que es cráiiátural en nosotros ; y pues no hay 
ninguno insensible á la impresioff de liibekkidí^ debemos mirar el placer que de su 
contemplación resulta como inher^lHtf á^ MMtM naturaleza. 

Al sentimiento de la belleza designaron \úS latinos con la voz judicium , discerni- 
miento : los pueblos modernos le llaman gusto. Ambas voces son defectuosas : la pri- 
mera por ser harto vaga , y por denotar una operación puramente intelectual : la se- 
gunda es trasladada y metafórica. Será preciso usarla para conformarnos al lenguaje 
común. 

La diferencia entre las ideas y los sentimientos es visible: las primeras son resul- 



[11] 

lados del trabajo del alma : las segundas afecciones y cualidades suyas. Por este mo- 
tivo conocemos tan bien la generación , combinación y deducción de nuestras ideas, 
j hemos hecho tan pocos progresos en la teoría de los sentimientos , que es, por de* 
cirio de paso , la piedra de escándalo entre las dos sectas de filosofia racional que 
dividen hoy la república de las ciencias. La análisis que tan felizmente se aplica al 
estudio de las ideas : el lenguaje perfeccionado que tan metódicamente representa 
aquella análisis no son fáciles de emplear en el estudio de las afecciones del alma. 
£1 sentimiento es un gas que se evapora cuando queremos separarlo , ó un rayo que 
recorre en un solo instante toda la estension del firmamento. ¿Quién podrá detenerlo 
ú oprimirlo para someterlo á la lenta operación de nuestra intelijencia? 

Y esta dificultad se hace mayor en el gusto , porque su objeto es la belleza, cua- 
lidad aérea, impalpable, sensible solo al alma, pero que parece que huye de noso- 
tros como la mariposa apenas queremos analizaría. ¡Cuántas veces la sentimos, sin 
que nos sea posible definirla ! ¡ V cuántas ni aun podemos espresar el sentimiento 
que nos ajita al contemplarla ! 

Sin embargo , en la ciencia de la poesía , asi como en todas , es menester partir 
de un punto conocido , evidente , de un hecho atestiguado por nuestra misma cbn- 
ciencia , y este lo tenemos. Existen en la naturaleza algunos seres , algunas combi- 
naciones de seres capaces de cscitar en nuestra alma cierta sensación de placer, 
que ni pertenece á los sentidos, ni á las demás pasiones conocidas del ánimo, sino 
solo á la imajinacion alhagada. Llamamos belleza á la propiedad que tienen aquellos 
seres de escitar en nuestra imajinacion , y solo en ella , un gozo tranquilo y agrada- 
ble , ó bien una conmoción vehemente que nos eleva por medio de la admiración á 
ana rejion intelectual ó moral mas noble y grande que la que comunmente habita- 
mos. Las palabras de que nos hemos valido para esplicar el hecho fundamental de 
la ciescia poética , si no son las mas propias , son en nuestro entender suficientes 
para caracterizar las diversas impresiones que causan en nosotros los objetos bellos 
y sublimes de la naturaleza. 

El placer producido por la belleza pertenece esclusivamente á la imaginación ; y 
de aqui resulta que solo las sensaciones de la vista y del oido son las que procedien- 
do de los sentidos estemos, hacen en nosotros la impresión de la belleza. £1 olor de 
una rosa é el sabor de un escelente manjar son placeres harto sensuales para que 
merezcan ^ titulo de helloi. El alma los goza sin que se afecte la iTantasía , cuyas 
firuiciones resultan siempre de las armonías que descubre entre las ideas que forma y 
combina , y los objetos á que las refiere. 

No negaremos que el placer que resulta de oir un buen trozo de música sea sen- 
tmL\ pero este placer no pertenece á la imaginación, hasta que ella se apodera, 
por decirlo asi , de los sonidos , y los obliga á decirle , á espresarle alguna cosa. Si 
nada le dicen pronto se fastidiará de aquel placer meramente sensual , como sucede 
con todos los de su especie ; pero si le espresan una serie de ideas ó de sentimientos 
queda complacida ó elevada , percibiendo la correspondencia entre lo que oye y lo 
que siente. Lo mismo puede decirse de los sonidos ya suaves, ya sublimes, de los 
objetos de la naturaleza. 

La vista , el mas espiritual , por decirlo asi , de nuestros sentidos , es el que nos 
proporciona mayor número de bellezas , asi de la naturaleza , como del arte. En 
efecto, solo hay una bella arte para el oido , que es la música; y para la vista hay 
tres : pintura , arquitectura y escultura. El placer que resulta de ver un hermoso 
jardin apenas es sensual ; casi todo es de la imajinacion , que observa complacida las 
diversas relaciones de color , situación , mayor ó menor claridad y oscuridad en los 
árboles, flores y plantas , fuentes y cenadores. 

Vengamos ya á la belleza moral , á es^ impresión inefable y deliciosa oue nos 
causa la contemplación de las acciones virtuosas , heroicas y sublimes. Aqui el senti- 
miento de la belleza se liga y aun se confunde con el sentimiento social y con el 
relijioso. A este placer se deben los prodyios mas grandes de las artes. 

Concluiremos con la belleza por la cual empezamos , que es la de la verdad. Los 
mismos geómetras distinguen entre varías soluciones de un problema , la que es mas 
eUgants; esto es , la que enlaza los datos y las incógnitas con mas clarídad y al mis- 



[12] 
mo tiempo con mas generalidad. La bdleza intelectual (porque realmente existe) re- 
sulta del enlace , de la armonía entre las diversas partes de un pensamiento ; armo- 
nía y enlace que percibe la imajinacion, cuando ya el entendimiento le ha presentado 
bien analizada toda la teoría. 

Hemos recorrido las diferentes especies de bellezas, que la naturaleza nos ofrece, 
ó puede crear el arte : hemos notado el carácter distintivo de la impresión que todas 
ellas nos causan , y el del sentimiento que las goza. Hemos dado , pues, un gran paso 
en la ciencia del gusto. Falta otro que dar , y es , examinar si hay en los seres mis- 
mos alguna cualidad independiente del placer que producen en nosotros los obje- 
tos bellos , por la cual se constituyan tales , esto es , dignos de cscitar en nosotros 
aquella sensación agradable. Otro dia examinaremos esta importante cuestión. 



ARTICULO n. 



XjN muchos de nuestros artículos anteriores hemos procurado demostrar que la tmt- 
dadj á que se someten las diferentes partes de un todo , es la esencia do la nelleza ; y 
hemos también aplicado este principio al colorido, á la forma, al movimiento, al so- 
nido , á la intelijeocia /á la virtud. En todas estas diferentes especies de bellezas he- 
mos observado un carácter que les es común ; y es, que las diversas ideas que compo- 
nen las del objeto bello, estén sometidas á una misma ley , siempre sentida por la 
imajinacion, y algunas veces conocida y analizada por el entendimiento. 

Este principio será mas perceptible, haciéndonos cargo de algunas objeciones que 
han opuesto contra él personas muy instruidas , y á las cuales es obligación nuestra 
satisfacer. 

La primera de estas objeciones es la siguiente: cSi la unidad es la esencia de la 
belleza, ¿cómo es que hallándose siempre esa cualidad en el cuerpo humano no son 
bellos todos los hombres? » Nosotros negamos el supuesto. ¿ Podrá decirse que hay 
unidad en el rostro al cual le falta un ojo , aunque bellísimo en las demás formas? Esto 
nos recuerda los dos dísticos latinos , escritos, según se dice , por un jesuíta (porque 
nunca los hemos visto impresos) , á una madre y á su hijo, entrambos tuertos, aun- 
que hermosos en la forma y el color de su rostro : 

Lumine Acón dextro, capta est Leonida sinistro, 

£t poterat forma vincere uterque deas : 
Parve puer , lumen quod habes concede parenti : 

Sic tu caBCus Amor , sic erit illa Venus. 

{Carece el niño Acón del diestro ojo : 
Leonida del siniestro ; mas superan 
En hermosura entrambos á las diosas. 
Niño , el ojo que tienes^ da á tu madre; 
Serás tú el ciego Amor^ será ella Venus.) 

La injeniosa donación que aconseja el poeta, restablecería la unidad que faltaba en 
entrambos rostros , y completaría la belleza. 

Pero sin que haya deformidad por falta de órganos , puede haberla por defecto ú 
esceso de colorído , por hundimiento de las formas redondas , como sucede en los an- 
cianos , por falta de animación en los músculos ó en los ojos, como acontece en las 
caras (|ue llamamos abobadas , aunque confesemos que son hermosas ; en fin , por 
cualquiera de los defectos contrarios á la unidad que pone en armonía , no solo las di- 



[131 
ferentes partes del rostro ó del cuerpo , s»ído el color, los movimientos , la espresion. 
Alabamos muchas veces la belleza del semblante , y reprendemos la poca proporción 
de su loiyitud con el cuerpo : la bella estatura y formas de un hombre nos agrada ; pero 
nos disgusta la torpeza y mal aire de sus movimientos. 4 Hermosos ojos, decimos, tiene 
esa mujer ; pero ni el color ni la forma de su rostro son buenos. • En general , siem- 

Sf 6 que aplaudimos, siempre que seíitimos lo bello, es porqué observamos cierta ley 
e armonía, que reduce á la unidad nuestras sensaciones. Lo que censuramos es inar- 
mónico : no está en la simetría correspondiente. 

Otra de las objeciones es que c un cuadro compuesto de figuras humanas , bellísi- 
mas si se quiere ; pero todas en la misma actitud, con el mismo vestido y espresando 
el mismo sentimiento, no seria bello, aunque tuviese unidad. 1 Esta no debe llamarte 
unidad y sino igualdad. No puede haber unidad sino en diferentes objetos sometidos á 
una ley común ; pero en el caso citado no son diferentes los objetos ni las ideas que 
escitan. El que pintase á las hijas de Danao, enteramente iguales, y dando muerte de 
una misma manera á sus recien desposados, también iguales, haría un cuadro 
muy ruin. 

Es claro que la variedad es necesaria en las artes y en la naturaleza; pero esta 
variedad ha de hallarse reducida á la unidad ; si no , desaparece la belleza. Pintemos 
en un cuadro diferentes personajes sin relación alguna entre sí , sin un vínculo común 
que justifique su coexistencia : el cuadro será tan defectuoso como el de las figuras se- 
mejantes. 

Coocluyamos, pues, que la armonía no Consiste en dar perpetuamente un mismo 
sonido , sino en producir una serie de sonidos tales , que el oido los someta fácilmente 
á las leyes de la música. Los intclijentes las conocen : los que no lo son las sienten. 

Mas dificil es señalar los límites entre la belleza y la sublimidad , sobre los cuales 
versa la tercera objeción. Parece imposible, en efecto, hallar la ley de la unidad en 
objetos que superan la capacidad de nuestra alma , y no se someten , por decirlo así, 
al compás mezquino de nuestra imajinacion. Dimensiones sin tiérmino, masas inmen- 
sas , acciones y cualidades superiores á las de la humanidad , la oscuridad , el silencio, 
la nada, las potestades invisibles, en fin, el Ser supremo, no presentan ciertamente 
caracteres de variedad reducida á unidad. 

Mas si ellos no los presentan, ¿será imposible hallarlos en las ideas que de estos 
sublimes objetos nos formamos? San Agustín llama á Dios belleza antigua y siempre nue^ 
va. £1 Ser supremo es sencillísimo en su esencia : ¿ lo es la idea que de él forma nues- 
tro entendimiento: lo es la imagen que se graba en nuestra fantasía ? £1 primero obra 
por medio de la análisis , y la segunda dá cierto relieve sensible, aunque vago, á las 
ideas que produce aquella análisis. La omnipotencia , la inmensidad , la misericordia, 
la justicia y los demás atributos del Ser independiente, ¿no son las ideas componentes 
de la que tenemos formada del objeto mas sublime de la naturaleza ? ¿Hay ó no unidad 
que las enlace? 

Los objetos bellos en moral son los que se conforman con las leyes establecidas por 
el Criador en este orden ; y en esta conformidad consiste la unidad que los hace be- 
llos. Si llegan á ser sublimes, no por eso falta esta unidad. Nuestra alma , elevándose 
al contemplar las acciones heroicas , conoce mejor la ley moral á que están sometidas, 
y se halla capaz de- imitar el sublime sacrificio de los Decios, ó la confianza no menos 
sublime de Alejandro en su médico y amigo. La sublimidad (isica tiene también su 
unidad en la correspondencia de los efectos con los poderes que los han producido. 
La idea de la nada es sublime , porque nos muestra el Poder soberano que sacó de 
ella todas las cosas. El silencio y la oscuridad no serian objetos capaces de sublimidad 

Sara el sordo y el ciego de nacimiento : ¿ por qué? Porque el hombre privado de aque- 
os dos sentidos no podría formar el contraste éntrela animación y hermosura visible 
del mundo con la imájen de la nada que presentan los parajes oscuros y silenciosos. 
«Pero ¿y el desorden?» Un montón inmenso de peñascos hacinados por un terre- 
moto es ciertamente un objeto sublime : ¿dónde está su belleza? En las ideas de orden 
fisico ffue asocia inmediatamente nuestra fantasía á aquel caos , á aquel montón de 
partes incoherentes. 

Para convencerse de esto, basta observar que si encontramos en una habitacian to- 



dos los muebles acumulados sin orden ni concierto , este espectáculo no nos parecerá 
iMims^ porque basta el poder y la travesura de un niño para producirlo; ni bdio^ 
porque no nos recordará ideas de orden. No sucede asi en los estragos de la natural»* 
za : el poder que los produce es demasiado grande para que no procuremos ligarloa 
con las ideas del orden físico á que está sometido el universo ; y aun casi siempre ha- 
llamos en estas ideas la esplicacion de aquel aparente desorden , como por ejemplo, 
cuando nos convencemos de que las tempestades purifioan la atmósfera; 

Nos parece , pues , que todos los objetos bellos tienen por forma la unidad , y que 
si no es fácil hallarla y delinearla en los objetos sublimes que tienen una belleza de 
orden superior , no es difícil de encontrarla en las ideas que de estos objetos forma 
nuestra alma, elevada por el sentimiento de la sublimidad. 



ARTICULO III. 



Omnis pukritudinis forma uniías est, 

San Agustín. 



L 



LAMAMOS Mío á todo lo que escita eli nuestra imajinacion cierto placer con inde- 
pendencia absoluta de los sentidos, que alhaga ó engrandece el alma, y en el cual 
toman parte , no solo el entendimiento, sino también el corazón; de modo que esta 
clase de impresiones son verdaderos sentimientos , si bien como las demás pasiones 
humanas se hallan necesariamente mezcladas con ideas. AJiiora tratamos de averiguar 
si en los objetos que producen esta especie de sensaciones existe alguna forma ó carác- 
ter distintivo , que los haga esencialmente capaces de escitarlas: esto es, esencialmente 
beüo$ ; ó bien si la belleza es meramente hija del hábito , del capricho ó de la moda, 
sin que pueda asignarse ningún principio fijo, ningún criterio seguro para distinguirla 
en los objetos mismos. En una palabra , si puede ó no racionalmente haber disputa 
sobre los gustos, como puede y debe haberla sobre las verdades. 

Empecemos por notar un hecho, y es que la naturaleza no nos ha impreso en vano 
ningún sentimiento ni físico ni moral. A todos ellos corresponden objetos capaces de 
satisfacerlos , esto es , que tengan condiciones de existencia tales que con ellas satisfii* 
gan nuestros deseos. ¿El hombre (para no poner mas que un ejemplo) siente la necesi- 
dad y el placer de comer? Pues existen en la naturaleza alimentos que la satis&gan y 
lo esciten. Podrá equivocarse eo la elección de ellos , y decidirse por los mas endebles 
ó menos sanos ; pero si los estudia mejor conocerá cuáles son los mas á propósito para 
su nutrimento. 

La comparación no puede ser mas exacta , y es fácil conocer que puede aplicarse á 
todos los sentimientos innatos del hombre ; él de la belleza lo es : ha de existir, pues, 
en los objetos que nos parecen bellos alguna condición que lo promueva; la dificultad 
consiste en hallar esta condición , y en determinarla con exactitud. 

Podemos vencer la dificultad examinando con atención cuál es la propiedad de los 
objetos bellos que nos agrada ; esto es , cuál es la propiedad que , suprimida ó modifi- 
cada, cesa ó se debilita la ilusión de la belleza. Esta propiedad será evidentemente su 
carácter esencial. 

Empecemos nuestro examen por el mas sencillo de todos los objetos bellos, que es 
la verdad. Es cierto que la adquisición de una nueva idea agrada al alma, porque sa- 
tisface el sentimiento innato de la curiosidad ; mas no toda verdad conocida escita el 
sentimiento de la belleza en nuestro corazón. No basta para eso un conocimiento aislado; 



[16] 
es necesario un sistema de verdades enlazadas entre si con cierto vinculo común, como 
por ejemplo , la teoria de la fórmula del binomio en el Algebra , ó de la atrac- 
ción planetaria en la mecánica celeste. Cuando el alma percibo un gran número 
de ideas encadenadas entre si por una ley general que las domina, entonces no 
tolo se complace en ver saciada su curiosidad; se agrada ademas de esto en ver un 
solo y único principio, dominando mucbos y variados fenómenos del mundo fisico 
ó dd intelectual. 

Pwece , pues , que la propiedad que eleva las verdades á la clase de bellezas es la 
fiMilidad de reducirlas á cierta unidad^ esto es, de someterlas á un solo principio 
común. G)mo el bombre no puede raciocinar sino por inducción y analojia, el des* 
cubrimiento de una ley general, desconocida antes, que evita el trabajo de la pri- 
mera, justifica la segunda y facilita la percepción de las relaciones mutuas entre un 
todo y sus partes, debe ser muy agradable á la intdlijencia bumana. 

No solo, pues, hemos visto que la unidad es el carácter de la belleza inteUclual, 
sino también bemos adivinado el motivo por qué lo debe ser. Descúbrase, por ejem- 
plo, en un sistema como el planetario de Ticho-Brahé, la falta de esta unidad: 
obsérvense fenómenos que no puedan esplicarse por el principio establecido en él; 
y el disgusto que al momento afectará al alma anunciará suficientemente la ausen- 
cia de la belleza, que desaparece siempre de adonde falta la unidad. 

Si de la belleza intelectual pasamos á la moral, encontraremos el mismo prin- 
cipio, pero en una escala mas elevada: todas las acciones virtuosas nos agradan y 
nos conmueven, porque todas están íntimamente enlazadas con el órdm^ que es, 
según la sublime espresion de Milton, la eterna ley del cielo, £1 sentimiento relijioso 
y el social, comunes á todos los hombres, han acostumbrado á las almas bien naci- 
das, á referir sus acciones y las agenas, á aquella regla invariable del mundo mo- 
ral. La conformidad de una acción con lo que debe ser es la única fuente de su 
belleza ó de su sublimidad, y por tanto del placer y admiración que nos inspira. 

No es difícil de observar la misma regla de la unidad en la belleza musical. Para 
que una serie de sonidos sea agradable, es preciso que su sucesión esté sometida 
á ciertas leyes invariables: esto es, evidente asi en la música como en la versifica- 
ción. La lectura y la declamación obedecen también á reglas ciertas. Si muchas 
voces ó instrumentos suenan á la par, ¿quién se atreverá á decir, sin el riesgo de 
ser tenido por loco, que cada una de euas y de ellos pueden sonar arbitrariamen- 
te y como se quiera? Ni baste decir que las disonancias agradan tal vez; porque 
tainbíen se siguen en el uso de ellas reglas determinadas que no es licito traspa- 
sar. Son como las sombras en la pintura, necesarias para el efecto general del cuadro, 
y smetas por consiguiente á la ley común de su composición. 

En cuanto á la belleza visible es mas difícil de encontrar en ella el principio de 
la «nidad: tanta es la profusión con que la ha dispensado y esparcido el autor de la 
nitnnileza. Sin embargo, lo simetría del cuerpo humano, la armonía de sus diferen- 
tes miembros, su aptitud para las diversas funciones que tienen que ejercer, no 
dija duda que asi en él, como respectivamente en los de los demás animales, está 
observada ki ley de la unidad; porque no debemos engañarnos: el tipo de la belle- 
za se encuentra en todos ellos; y si el sentimiento de ella es nulo en algunos, como 
em las bestias feroces ó en los insectos dañinos ó inmundos, es porque el terror, el 
miedo ó el asco son sentimientos mas enérjicos, y no nos permiten contemplar la 
simetría de partes , y el conjunto bien ordenado de un tigre, de una hiena ó de 
OMi araña venenosa, como hacemos con un caballo, un perro ó un gilguero. 

Esta misma ley de simetría y de aptitud existe en los vejetales; y si no es tan be- 
llo el reino mineral, escepto en sus variadas y hermosas cristalizaciones, es por(|ue 
Güta en él el principio de la unidad con respecto al sentido de la vista, que correjido 

L ensenado por el tacto, es el que juzga »d las dimensiones, de las distancias y de 
\ figuras. 
cPéro á lo menos, se dirá, la belleza del colorido no depende de ninguna ley.» 
fiám» no? fines de dónde procede que ciertas mezclas de colores nos agraden mas 

r( oCras? ^or qué en las mejillas de un joven nos complace mas el color sonrosa- 
que el amarillento? ¿Por qué preferimos las gradaciones y rebajos de los coló- 



[16] _ 

res á SU repentina oposición? Existen en los colores, asi como en los sonidos, cier- 
tas armonías que sabe apreciar bien la vista ejercitada; y si los sabios ó los ar- 
tistas no han hallado hasta ahora la ley fundamental de estas armonías del mundo 
visible, también eran desconocidas antes de Pitágoras las del mundo acústico, y ao 
por eso dejaban de existir. Prueba de que las hay es que el arle las produce por 
mstinto. 

Pero acaso se querrá saber cómo se veriGca en un solo color el principio de 
la unidad. Nosotros negamos el hecho. No puede existir un solo color sino en un 
punto indefinidamente pequeño de un objeto. -El de cada uno de los puntos in- 
mediatos ha de ser precisamente diverso, porque presenta al rayo de luz que en él 
se quiebra una superBcie diversamente inclinada. La diferencia será muy corta á 
la verdad; pero existirá, y de ella nace que decimos de una tela, por ejemplo, que 
tiene bnen encarnado; y de otra, que le es inferior en d colorido. ¿Porqué? Por- 
que los diversos rayos colorantes que la primera envia á nuestra vista, aunque 
diferentes, tienen entre sí cierta armonía que los mezcla agradablemente, y en la 
segunda hay disonancias y oposiciones. Un ejemplo que puede aclarar esta idea, es 
la tinta de China bien ó mal gastada en un dibujo. 

Vemos, pues, que á la idea de la belleza, ya intelectual, ya moral, ya sensible, 
están ligadas la de orden, unidad, armonía, simetría, palabras que todas se redu- 
cen á la de unidad. El orden es la unidad de la belleza moral: la armonía de la 
musical: la simetría de la que consiste en las figuras y en dimensiones. 

Podemos, pues, deducir que la unidad es el principio fundamental de la belle- 
za en las obras del Hacedor supremo; principio que desenvolvió y demostró el 
primero de todos San Agustín. Falta que verifiquemos su exactitud en las obras 
del arte. 



ARTICl LO IV. 



SláL hombre no se ha contentado con ver y gozar las bellezas que le presentan el mun- 
do físico y moral : lia querido también multiplicar sus goces por la ambición. No le 
fué difieii conocer (¡ue si existia en su alma un sentimiento innato de lo bello y de lo 
sublime, existia también la facultad de reproducirlo bajo diferentes formas. £1 mismo 
entusiasmo que le producían los objetos dotados de aquellas cualidades , conmovien- 
do su fantasía é hiriendo su corazón , era por decirlo asi una fuerza creadora, que le 
incitaba á repetir aquellas imágenes halagüeñas, aquellos afectos elevados, que tanto 
placerle habían producido. Esta fuerza creadora, hija del entusiasmo propio, que 
impele el alma á la representación ideal de la belleza, para escitar el entusiasmo age- 
no, es lo que se llama inspiración poética ; y fué la madre de las bellas artes, 

¿ De qué instrumento se valieron primero los hombres para reproducir los efectos 
de la belleza? Del mas universal, del mas conocido , del mas espedito de todos , del 
lenguaje. Asi es que encontramos la poesía, propiamente dicha, y la versificación en 
todos los pueblos, aun desde los primeros rudimentos de su civilización. Mas diremos: 
debieron á la poesía su civilización misma. Díganlo las fábulas ingeniosas de los grie- 
gos, que atribuyeron á la lira de Anfión la construcción de un^ ciudad, y á la 
voz de Orfco y de Arion, la potestad sobre los riscos, árboles y monstruos: esto es, 
sobre los hombres feroces y bárbaros, mas duros que los peñascos y las alimañas. 
Díganlo los bardos de los pueblos septentrionales , que suavizaron sus costum- 
bres con sus cantos : díganlo los himnos religiosos de los hebreos : dígan- 
lo , en fin , las naciones bárbaras , descubiertas y visitadas por Cook en las 
islas de Occeanía y en las que yacen cercanas al estrecho de Aniau. En to- 
das partes se han celebrado , se celebran y se celebrarán con versos la re* 



[17] 
, las TÍrtudcs, el valor y los sentimientos mas tiernos ó mas sublimes del/ 
on humano. Existe, pues, en el hombre la facultar de pof'tizar, y pues es ge- 
, forzosamente ha de ser innata: su orijen es el instinto del placer, pero su 
í en la sociedad tiene un alcance diflcií de medir á primera vista; pues á na* 
enos se dirijo que á suavizar las costumbres sin enervar las almas, y á for* 
;r el corazón quitándole la dureza de la barbarie. 

I muy probable que la música y la poesía fueron hermanas gemelas. El idio- 
le los pueblos primitivos era pobre, atendido el corto número de ideas de los 

hablaban; pero enérjico, acentuado, armonioso; pues debia representar pa- 
B fuertes y frecuentes conmociones de la fantasía, que se ajita mas en los 
>res ignorantes para ouienes todo es nuevo, todo es digno de admiración. No 
lificil adaptar á un lenguaje de esta especie los tonos musicales, que ñá- 
mente produce la voz humana , acompañada de algunos instrumentos que los 
sen. 

II oratorio nació de la poesía misma, ó por mejor decir, se confundió con ella 
ite el primer periodo de la civilización; pero no constituyó un arte sepa- 

hasta que los pueblos tomaron por guia de sus acciones y de sus juicios á 
2on con preferencia á la imajinacion y á los afectos. La introducción de este 
9 elemento, el raciocinio separó las dos artes; pero no tanto que no admita 
ocuencia, aunque con cierta sobriedad, los ornamentos de la poesía, 
a arquitectura, como arte de necesidad, fue por lo menos coetánea; pero como 

arte les fue posterior. Hay mucha diferencia de la cabana de los cazadores y 
\ tiendas de una tribu nómada, al Partenon de Atenas ó al templo de Diana efesina. 
a pintura fue muy posterior á la poesía , y la escultura en su estado de per- 
>n, lo fue á la pintura. Los instrumentos de que se valen estas dos artes, suponen 

1 grado bastante superior de prosperidad y de conocimientos en el pueblo que 
iltiva. 

a diferencia esencial entre las bellezas de la naturaleza y las del arte consiste 
>s principios: uno, que las primeras se presentan por si mismas, y en las otras 
»ible el designio del artista: la naturaleza nos ofrece el espectáculo de un her- 

jardin, de la mar embravecida, del alma sublime (luchando con la fortuna. El 
r nos dice: yo representaré esos cuadros por medio de colores^ sombras y luces: y el poe- 
y pintaré con palabras todos esos objetos. 
1 otro principio de diferencia es : que las bellezas de la naturaleza son orijin»- 

las del arte solo son su iniitacion, su reflejo. Mas no se crea por eso que el 
es un mero copiador, un mero retratista. Es obligación suya perfeccionar y 
diecer la naturaleza. £1 poeta y el pintor deben reunir en el objeto que des- 
D todos los rasgos de belleza, que pueden convenirle. Por eso Ju venal llama 
xt á una tempestad muy horrorosa: 

Si cuando poética surgit 

tempestas. 

^ todas maneras siempre es cierto que existe en el artista un cierto designio, 
cierta idea que domina el plan de composición y los pormenores de ejecución 
a obra. Este designio se nos revela apenas la vemos ó leemos su titulo, si 
imposición literaria. Para su buen efecto se necesitan, pues, dos condiciones: 
era; que el designio se dirija á un objeto bello, noble ó sublime: segimda; 
ni el plan, ni los pormenores desmientan nunca ni contradigan el designio 
autor. 

^ara que el objeto sea interesante es necesario que tenga los caracteres de 
za sensible, moral ó intelectual que ya hemos descrito en nuestros artícu« 
mteriores; pero aquí añadiremos que los objetos terribles y horrorosos de la 
raleza pueden ser agradables en la imitación, asi por el contraste que forman 
otros, como por la habilidad del artista en describirlos; y como entonces no nos 
Irán ni miedo ni horror aquellas copias, escitan el sentimiento del placer que 
niimos objetos nos causarían si no nos atemorizasen. 

3 



[18] 

¿Puede decirse lo mismo de los objetos asquerosos? No. Confesamos no tener d 
estómago bastante fuerte para complacernos en la fccdissima proluties do las har- 

Eias de Virgilio, ni en cierto pasaje de la noche de los batana del Quijote* Cele- 
rarcraos cuanto se quiera la habilidad del pincel de Cervantes: pero no aplicare- 
mos^ la vista ni la fantasía á aquella parte de su cuadro. 

¿Por qué no nos gustan en la escena los caracteres enteramente viles? porque 
son asquerosos y escitan la náusea moral. Y por el contrario, vemos el retrato 
de un tirano, j aun sentimos el terror facticio que nos inspira, con cierto placer. 
Pero un tirano es un monstruo y un hombre vil un escuerzo. 

Veamos ahora en qué consiste la belleza del designio artista: esto es, de la com- 
posición y ejecución. Siempre que una y otra sean conformes al objeto que se quie- 
re describir : siempre que contribuyan á aumentar el interés que nos inspira» gra- 
bándolo con mas fuerza en nuestra fantasía y promoviendo los sentimientos que el 
artista solicita de sus lectores ó espectadores, se produce en los ánimos de estos la 
impresión agradable que es el tributo exijido por la belleza. 

Si el tono y el estilo de la obra no corresponden al objeto; si está sobrecarga- 
da de adornos estrauos que no le pertenecen; si la multiplicidad de los incidentes 
confunde y oscurece el interés principal; si cada parte del cuadro no contribuye á 
aumentar gradualmente este interés, abandonamos disgustados el espectáculo ú la 
lectura. Lo mismo nos sucede si notamos en el autor pobreza de invención, re- 
peticiones, inverosimilitudes, indecencias, falta de adornos é innelegancia. 

La perfección de una obra artística cor.siste, pues, asi como las bellezas na- 
turales, en la correspondencia de las parles con el todo , de tal manera que el interés 
se sostenga y se aumente en toda la composición. Pero esta correspondencia no es mas 
que el orden, la armonía, en una palabra, la unidad. Y en efecto, ¿qué otra cosa es 
el designio de una obra sino la subordinación de todas sus partes á una idea, á un 
pensamiento, á un interés principal? Y ¿ no consiste en esta subordinación el mérito 
de una pintura, de un edificio, de un drama, de una epopeya? 

Conviene, pues, á las bellezas del arte el mismo principio que á las. de la na- 
turaleza, el axioma de S. Agustín: Omnis pulcriludinis forma uniías estj es general á 
todos los objetos bellos. 

¿Pero podrán comprenderse también bajo esta forma los objetos sublimes? A la 
verdad, ellos producen también placer, tanto en la naturaleza como en el arte;, 
pero es de diferente especie; el de Ja belleza es tranquilo, suave, y deja al alma en 
una serenidad gozosa: el de la sublimidad la ajita, la inquieta ai mismo tiempo que 
la eleva. Horacio ha descrito muy bien esta situación cuando suponiéndose inspira- 
do por Baco dice: 

c.recenti mens trepidat metu 
Plenoquc Bacchi pectore turbidum 
IcBtatur > 

En otro artículo réremos si es posible reducir esta clase de bellezas al principio 
general que hemos espuesto. 



DEL PBIRGIPIO DE IHITAGION. 



Ut pktura poesis est, 

JuN vano han querido negar algunos humanistas, entre ellos Hugo Blair, á quien de» 
be tan escelentes observaciones la teoría de las bellas letras, el principio de la imiMi- 
don insinuado por Aristóteles j Horacio» j desenvuelto j demostrado hasta la evid«ii* 



cia por el abate Battcux. Todos, aun los mismos adversarios del principio, exijen co- 
mo primera calidad del poeta, que sepa piniar; y ¿qué otra cosa es la pintura sino una 
imitación? 

Vuelva á leer cualquiera la descripción de las bodas de Camacho el rico, del apara- 
to rústico, pero abundante y limpio de la comida, la hambre de Sancho, en la cual es- 
tan ciertamente simbolizadas las que pasaria el inmortal Cervantes. Es menester (jue 
no ten^a imajínacion ó que esté mas repleto que el autor del Quijote, aquel á quien 
por lo menos no se le abra el apetito leyendo tan hermoso capitulo. ¿Porqué? Porque 
(Cervantes era poeta; porque sabia pintar con palabras. La batalla del Vizcaíno, los 
lances de la venta, la descripción de la edad de oro, la de los ejércitos ímajinarios, 
¿por qué nos encantan sino porque parece que estamos viendo los objetos? 

Lo mismo decimos de cualquier otro pasaje de buena poesia, esto es, de verdadera 
descripción y pintura que encontremos en los buenos escritores de todas las naciones é 
idiomas. Analícese el mérito de una composición literaria, esto es, destinada al placerde 
la imaginación, y veremos que en último resultado viene á parar en la perfección de 
la pintura que se ha hecho. 

En efecto, por masque en la crítica literaria se use con preferencia de las voces 
ambiciosas crear y creación, el genio nada crea, y tan nada, que le es imposible producir 
una sola belleza, cuyo tipo no exista en el universo. Sus ficciones mismas, los mis- 
mos dioses de la mitolojía, que fueron en gran parte obra de los poetas, son cam- 
poncionesy no creaciones de la imajinacion, que como el químico puede descomponer 
las cosas en sus elementos, y componerlas á su arbitrio bajo ciertas leyes; pero no 
crear nuevos elementos. 

I^s antiguos, mas modestos que nosotros, se contentaban con llamar invención á 
las figuras y fábulas poéticas, igualmente que á los argumentos oratorios. La imaji- 
nacion busca y halla en el basto espectácnlo del mundo físico y moral todos los ele- 
mentos que convienen á su asunto: esc es el mérito de la invención. Coordinarlos des- 
pués debidamente ese el mérito de la composición. En fin , los espresa de la manera 
mas exacta y enérjica: ese es el mérito de la espresion y del estilo. 

En todas estas tres partes es fácil reconocer el principio de imitación. Por me- 
dio de la invención se toman de la naturaleza los rasgos que han de caracterizar la 
belleza, la composición los reúne, el estilo los espresa. 

No se pide mas al poeta. Tenemos modelos, disposición y espresion, y por con- 
siguiente imiiacion. Esto mismo hacen la pintura y la escultura; y nadie les ha qui- 
tado hasta ahora el titulo de artes imilativas. 

Nadie pone en duda que la poesía dramática imita; pero algunos preguntarán: 
¿qué es lo que imitan la oda, el epigrama, la elcjía y el poema didáctico? Resdoo- 
derémos que todo. 

¿Qué es la oda, désele la forma que se quiera, ó el nombre que se adopte? La 
espresion de un sentimiento, ya vivo, impctuo.^io, y movido por un objeto como era 
entre los antiguos, ya causado por reflexiones filosóficas y morales; ya ardiente y 
desenfrenado; ya mas dulce y tranquilo. Pues ahora bien: si *el poeta quiere jus- 
tificar el sentimiento de que hace confidencia al lector, mas decimos, si quiere que 
el lector no se reconozca engañado, es menester que pinte con rasgos fogosos , ani- 
mados y correspondientes á la pasión que lo ajita las cualidades del objeto que se 
ha apoderado de su fantasía ó de su corazón, ó bien el orden de sensaciones y de ideas 
qoe han producido la exaltación de su ánimo. Va describa, ya raciocine es menester 
que trasmita á sus lectores las afecciones de su alma. Para eso hade presentar los ob- 
jetos que las han causado como éilos ve, porque los hombres solo se mueven por sim- 
patía: luego ha de pintarlo que tiene en su imajinacion, es decir, ha de imitar los mo- 
delos que le ha presentado la naturaleza. 

Lo mismo decimos del poema didáctico. ¿Quién lee á Columela, sino los que 
qvieren estudiar la historia del arte precioso de la agricultura, y conocer el estado 
en qnc se hallaba entre los romanos? Pero las Geórjicas de Virjilio serán elernamen- 
le el encanto délos que se aplican á la literatura romana, por la perfecx^ion del 
«tUo« esto es, por el arte de convertir en cuadros animados, y dar un colorido mo- 
ral á los preceptos de la ciencia del labrador. Nos bace interesante y amable todo Jo 



[20] 
que trata, porque todo lo presenta á la vista como cq un lienzo. El lector de Lucre- 
cío devora con fastidio la csplicacion del sistema de los átomos, de la panspermia da 
la homcomeria^ del universo formado por el concurso fortuito. Pero sale de su letar- 
go al ver la descripción de la peste de Atenas, ó de IGjenia degollada por órdeo de 
iu padre ante los altares, ó del poder de Venus que vivifica el universo. ¿Por qué? 
porque en estos pasajes se vuelve á encontrar con el escelen te poeta en lugar del per- 
verso físico y peor ideologista. 

La epístola no merecerá el trabajo de escribirse en verso, si no ban de decirse en 
ella mas que los cumplimientos y vaciedades que por lo regular llenan las cartas co- 
munes ; porque en cuanto á los negocios domésticos, ni aun los poetas de profesión 
acostumbran á escribirlos sino en humilde y rastrera prosa. La epístola , ya moral, 
ya satírica , si ha de interesar no puede hacerlo sino describiendo los hombres y los 
caracteres con rasgos que los graben profundamente en los ánimos de los lectores, co- 
mo Rioja á los hipócritas y Juvencil á Mesalina. 

Hasta el humilde epigrama necesita de imitar, y de imitar bien, alguna ridiculez 
humana, si es jocoso; ó si es serio, el objeto sobre que versa. En general nada nos in- 
teresa en poesía, sino lo que afecta la ímajinacion; y nada puede afectarla imajínacion 
sino lo que está descrito, pintado, imitado, en fin, con gracia, con soltura, con 
exactitud. 

No se crea inútil esta teoría en la práctica del arte; porque el principio de imitación 
dá esta consecuencia útilísima. El raciocinio no es elemento de la poesía. Todas las ope- 
raciones del alma deben revestirse en las bellas artes del colorido de la iroajinacion. 
El que no acierte á darlo á los objetos que retrata, escriba en prosa. 



DS LA SUBLIMIDAD. 



fjNTRE las bellezas que adornan la naturaleza y que imita el arte , se distinguen al- 
gunas por la impresión diferente que nos causan. La imajinacion siente placer al com- 
templarlas; pero no aquel placer tranquilo y suave que sentimos á la vista de un her- 
moso jardín, de un edificio bien proporcionado ó de una composición elegante. El 
gozo que producen los objetos sublimes va acompañado de cierta ajitacion é inquietud. 
Él alma no puede permanecer, por decirlo asi, en su situación habitual: busca una 
esfera mas elevada , desde la cual pueda percibir un espectáculo demasiado grandioso 
para sus fuerzas ordinarias; y al remontarse sobre ellas i esperimenta el terror propio 
del que se entrega á un elemento desconocido. Por eso se llaman sublimes los objetos 
que producen esta clase de sensación ; y sublimidad la cualidad en virtud de la cual 
son capaces de producirla. 

Esta sensación y el placer que de ella resulta , mayor ciertamente que el que pro- 
ducen los objetos que no son mas que bellos , es esclusiva de la imajinacion , y no 
pertene á los sentidos. Generalmente se contrapone la belleza á la sublimidad , y no 
sin razón , atendidos los diferentes efectos que nos causan. Scipion , devolviendo la 
hermosa esclava á su esposo, es un modelo de belleza moral : Codro, sacrificándose 
por su patria, llega en la misma línea á lo sublime. La acción del romano es bdla: la del 
rey ateniense heroica. Un arroyuelo que corre suavemente halagando las flores de sus 
márgenes , es un objeto bello : un torrente impetuoso que desciende de las cumbres» 
arrebatando en su carrera troncos , cabanas y ganados , es un objeto sublime. 



Pero si se observan con raa» atención están diferencias, se verá que la sublimidad 
es una contraposición de la belleza, sino una adición. £1 verdadero contrapuesto 
de la belleza es la deformidad. 

¿Qué es lo que se añade á las ideas de la Belleza para producir las impresiones pro- 
pias de la sublimidad? La percepción de un gran poder puesto en ejercicio. Vemos 
que mucbos objetos sensibles á la vista se elevan desde bellos á sublimes solo con el 
aumento de las dimensiones ; y al contrario , reduciéndolas á módulo mas pequeño, 
descienden do sublimes á bellos. El templo de S. Pedro en Roma , reducido á menor 
tamaño, carecería de la sublimidad de masa, que es propia de su gigantesca mole; 

Gro la belleza de sus proporciones subsistiría. Tna acción virtuosa no es mas que 
lia , cuando no supone un grande sacriGcio , un grande esfueno del alma ; pero será 
aablime, si para ejecutarla se necesita un corazón magnánimo y que sabe triunfar 
de los afectos mas cnérjícos del corazón humano. ILl que socorre al indijente, y el que 
perdona al homicida de su hijo, hacen dos acciones, ambas bellas^ porque ambas «s* 
tan en armonía con los principios universales del orden social ; pero la acción del se* 
gando, ademas de bella , es sublime, porque para ejecutarla se necesita un esfuerzo 
muy estraordinario de virtud. 

Esto es tan cierto , que los objetos mas sublimes de la naturaleza pueden perder 
este carácter al describirlos , si el autor no sabe espresar la idea de un poder superior 
puesto en ejercicio. Procuraremos darnos á entender con un ejemplo. Uno de los asun- 
tos que escitan mas en nuestra imajinacion la impresión de la sublimidad , es el infinito 
poder y al mismn tiempo invisible y misterioso para nosotios, aunque indudable, que 
con un solo acto de su voluntad sacó todas las cosas de la nada. V sin embargo, esta 
frase : d la voz del Criador se mMleció el orbe con los esplendores de la luz , por mas ele- 
gante y magnífica que sea , no hace en la imajinacion un efecto sublime. Se espresa 
á la verdad el poder de Dics, mas no lo hace sentir el escritor. Comparemos 
esa frase con la espresion de Moisés : dijo Dios : hágase la Ivz , y la Ivz fue hecha, y se 
verá que el testo sagrado , en su concisión , en su sencillez y en su forma dramática, 
aos pone , por decirlo asi , de bulto el poder del Criador , y la prontitud con que su 
voluntad es obedecida. 

Igual mérito tiene esta otra espresion : tocas los montes y humean {tangís montes et 
fumigant), para significar el poder de Dios sobre el corazón del hombre. Y obsérvese 
que si hubiera dicho , tocas los montes y arden , no habria espresado tan enérjicamente 
el pensamiento. La llama podria ser no mas que superficial , como la de un edificio 
abrasado por las puertas. £1 humo supone que el centro de las montañas está ardiendo, 
cuando Dios ha tocado su cima , y anuncia por consiguiente una acción mas intima, 
mas pronta , mas poderosa. Igual reflexión nos sujieren las palabras de Jeremías ha- 
Uando de las puertas de Jerusalen , derribadas por el Señor en su ira : Defixce sunt in 
térra portee ejus : clavadas yacen sus puertas en el suelo. Cayeron con tal violencia , que 
quedaron clavadas en la tierra, ¡t^on cuánta mas viveza pinta esta frase el poder, el 
enojo del que las derribó, y la dificultad de restituirlas á su sitio, que si hubiera dicho 
sencillamente , yacen sus puertas derritadasl Esta espresion sería bella , mas no sublime* 

Nadie estrañará que hablando de la sublimidad se dé la preferencia á los ejemplos 
tomados de la Biblia , que es el mas sublime de todos los libros, no por ser el mas 
antiguo , no por ser de un pueblo nómada y sin civilización , como han querído decir 
algunos, sino porque su autor y su objeto es el mas sublime de todos, esto es, el 
verdadero Dios. 

Todas las reglas que han dado los autores de poética para la espresion del subli- 
ve, deducidas de la naturaleza y de la observación , confirman la doctrina que acába- 
nos de dar; á saber: que todo lo sublime es bello ^ aunque no todo lo bello sea sublime. 
La frase en que se quiere encerrar un pensamiento sublime ha de ser, dicen, sencilla, 
concisa, ha de contener las circunstancias mas propias para que resalte la sublimidad, 
esto es , para que se haga mas sensible la grandeza del poder que obra. Concluyen 
observando que la impresión del sublime es demasiado violenta para que sea durade- 
ra, y asi que no se debe prolongar escesivamente. Todas estas reglas, que son muy 
ciertas, y que pueden aplicarse á lus ejemplos ya citados, y á otros innumerables 
que pudiéramos presentar, prueban que los objetos sublimes tienen una clase particu- 



[22] 
lar de belleza, correspondiente á la idea asociada de un gran poder: idea que puede 
desaparecer de la espresion , como ya hemos visto , sin que el objeto pierda por eso 
su belleza. 

De aqui se infiere que en las bellezas sublimes existe el mismo principio de uni- 
dad que constituye las otras; pues la idea del poder , que es la que conmueve y eleva 
nuestra alma, no despoja al objeto de sus relaciones armónicas con el orden fisico y 
moral del universo. Se ha celebrado, y justamente, como sublime este verso d« 
Racine: 

Celui qui met un frein a la furettr des flott 

pero ya antes habia dicho lo mismo nuestro Lope de Vega con mas sublimidad : 

El que freno dio al mar de blanda arena, 

• 

£1 epiteto blanda hace resaltar mas el poder y sabiduría divina , que con una ca- 
dena tan débil sujeta un elemento tan poderoso. Este verso eslá en la Corona Trájieoj 
poema de cinco cantos y cerca de mil octavas , en las cuales quizá no se encontrará 
otro verso bueno , sino el que hemos citado. 

Uno y otro son sublimes sin dejar de ser bellos, porque el objeto que describen 
esta enlazado con los principios del orden físico del universo. En cuanto á las bellezas 
morales , por mas que se eleven al mas alto grado de sublimidad, ¿podrán sin dejar 
de ser bellezas separarse del orden moral ? ó en otros términos , ¿podrán dejar de estar 
en armonía con los sentimientos relíjíoso y social, innatos en el hombre? 

Tiempo es ya de que hagamos una breve enumeración de los principios que he- 
mos espuesto hasta ahora. El hombre tiene la facultad de percibir, de discernir y de 
gozar los objetos bellos de la naturaleza , y de los imitados que le presenta el arte. A 
esta facultad llamamos gmío. Los placeres que proporciona existen todos en la imajina- 
cion , y nada tienen de sensuales. Las bellezas sublimes se caracterizan por la idea 
asociada de un gran poder puesto en ejercicio, idea que comunica al placer del gusto 
cierta conmoción inquieta que eleva el alma. . 

£1 hombre tiene también la facultad de reproducir por la imitación los objetos be- 
llos de la naturaleza. La poesía , tomada en su acepción mas general , comprende el 
sentimiento del gusto y la actividad del genio que reproduce las bellezas escogiéndo- 
las* La diversidad de las artes de imitación depende solo del instrumento que cada 
una toma para imitar. 

El orden físico , moral é intelectual del universo encierran el tipo de todas las be* 
llezas posibles. Asi la forma característica de lo bello es la unijad , esto es , la reduc* 
cion al orden. liemos demostrado este principio universal en todas las bellezas de la 
naturaleza y del arte. 

Hemos probado, pues, que la poesía, considerada general y especulativamente , es 
la psicolojia de un sentimiento y de una facultad del hombre, diversa de las demás; 
tiene un objeto determinado y fiji (la imitación de la belleza): tiene varios instrumen- 
tos para lograr este objeto. Es^ pues, una ciencia, de que son auxiliares las que se 
refieren á los instrumentos de In imitación, y cuyos principios esenciales deducidos 
de la observación y del raciocinio han de referirse precisamente á la impresión qne 
causan en nuestra fantasía los objetos bellos, y á las calidades mismas de estos 
objetos. 




[Mi 



DE LA mCIA DEL CRISTLWHO 

EM liA IiITF.RATURJL« 



JLa enseñanza de la moral no pertenece á ninguna relijion sino á la cristiana. Todas 
las creencias del gentilismo admitieron en el antiguo orbe griego y romano , y admiten 
hoy en los pueblos idólatras del Asia , templos, solemnidades , sacrificios, procesiones 
y un largo ritual de ceremonias ; pero ninguna tiene enseñanza moral ; en ninguna es 
parte esencial del sacerdocio la misión de anunciar al pueblo las verdades morales, 
como consecuencia de los principios relijíosos. La predicación es esclusivamente del 
cristianismo. 

No es dificil de advinar la razón de este privilegio. Las demás relijiones tie- 
nen dogmas, pero sin coherencia alguna con la moral, cuando menos, y cuando mas, 
contrarios á ellas. No son ciertamente muy edificantes las costumbres ni las acciones 
que la mitolojfia atribuye á Júpiter, á Venus, á Marte y á los otros Dioses que adora* 
ban Grecia y Roma, á los cuales se asociaban dignamente por medio de la apoteosis 
los emperadores difuntos. Pero los dogmas del cristianismo tienen una alianza intima 
con la moral universal del género humano: todos ellos nos prueban el amor de Dios 
á los hombres, y el que los hombres deben á Dios, y por consiguiente á sus hermanos, 
hijos del mismo padre celestial. £1 axioma luminoso de la caridad, convertido en un 
sentimiento sagrado, dio base é impulso á la ciencia de las costumbres: la llevó de un 
solo paso á su perfección, y la hizo popular; pues lo que antes ni podian obrar ni en* 
tender los varones mas virtuosos ni los filósofos mas sagaces del gentilismo, lo supo 
después y lo practicó el mas ignorante de los hijos de la iglesia* 

La predicación de la divina palabra, ejercida y recomendada por el salvador, por 
los Apóstoles y por la iglesia en todos los siglos es una parte esencial de la misión del 
sacerdocio cristiano: porque si esta misión tiene por objeto la santificación de las al- 
mas,- claro es que debe convencer el entendimiento de las verdades relijiosas y mora* 
les que tan enlazadas están entre si, y persuadir la voluntad á la práctica de las virtu* 
des. La relijion de la intelijencia debe dirijirse á aquellas dos facultades que son las 
principales del hombre. 

La elocuencia sagrada es, pues, un genero de literatura debido única y esclusiva- 
mente al cristianismo. En nada se parece á los demás géneros oratorios, conocidos de 
los antiguos. Los afectos que debe escitar, son de diferente especie: su objeto es per* 
suadir la práctica de verdades, ciertamente conocidas de los oyentes, pero nutica sufi- 
cientemente apreciadas; sus medios consisten en mostrar la armonía de la creencia con 
los principios de la virtud; y su lenguage es superior al de los hombres. 

Pues existe una elocuencia cristiana, claro es que hade existir también una poesía 

Iue merezca el mismo nombre. No sabemos cuál genio maligno inspiró á Boileau cuaa- 
ta su Ark poética escribió los siguientes versos: 

De la fai d' un ehrétien le$ myiiéres íerribUs 
D' omemenU egayé$ n« sont poinU iusceptibUt. 



[24] 

Cuyo sentido es que los tnisierios terribles de la fé no reciben adornos poéticos. Y sia 
embargo Boilcau habia leído los cánticos é himnos de la Escritura santa, había leído 
los profetas, y por consiguiente habia visto los misterios, no solo terribles^ sino tambíeD 
consoladores de nuestra relijion , presentados con todos los adornos de la poesía mai 
sublime. 

Lo mas que puede decirse para disculpar á aquel insigne humanista es que no se de- 
ben introducir en la Epopeya cristiana los objetos de nuestra relijion como Homero y 
Virgilio introdujeron sus dioses; y que si Boileau quiso esciuir las creencias cristiaaas 
del poema épico, no fue su intención destruir la poesia lírica sagrada, cuyos grandes 
modelos presentábala Biblia. Pues entonces, ¿porqué en seguida de los dos versos ya ci- 
tados añadió los siguientes? 

L'emngile á Vesprilt n^offre de tous eótés 
Que penitence áfaireet tourments meriíés. 

El evangelio solo presenta la penitencia que es menester hacer y la pena debida á nuesirm 
delitos. Estos dos versos escluyen toda esperanza de unir la poesía á la relijion. 

Y sin embargo el evangelio conserva los cánticos de Zacarías y de Simeón, el himno 
de la Virjen Madre , y nos dice que el mismo Jesús recitó un himno concluida la últi- 
ma cena. 

¿Qué cegedad, repetimos, fue la de Boilcau? La penitencia es necesaria , dice» 
Pues bien ; una magníGca oda de David está consagrada á este sentimiento , asi 
como otras lo están á la humildad, al temor santo, á la obediencia, á la resigna* 
eion , á la esperanza , en fin , á todos los afectos cristianos. ¿ Quién veda que ins- 
piren á un corazón poético cantos fervorosos á imitación de los del Rey de SionlCoii* 
vengamos en que debemos llorar nuestros crímenes, y estremecemos á la consideracioo 
de las penas merecidas por ellos; pero ¿nos está prohibido fijar la consideración en la 
piedad divina, en el amor del Salvador, en el precio sagrado de la redención y en los 
santos misterios que diariamente lo aplican? ¿No decía ese mismo David, pecador y ar- 
repentido j yo cantaré en eterno las misericordias de Dios? 

Y volviendo á la epopeya , tampoco nos parece justa la reQcxion de Boileai». Pocos 
adosantes de que escribiese su arte poética, habia aparecido en Inglaterra d Paraiso 
perdido de Milton , que no introduce la divinidad á guisa de máquina , sino como objeto 
principal de la composición, y que verificó con suma dignidad lo que al humanista franj- 
ees parecía indecoroso. Creemos que Boileau ni conocía este poema, ni aun el idioma 
en que está escrito. A quien tuvo presente para criticarle, fue á Tasso ; pero sin rason 
en nuestro entender : porque el asunto de la Jerusalen es altamente cristiano. Mas justa 
nos parece la acusación que hace á Ariosto de haber mezclado las creencias cristianas 
con las milolójicas. El poeta , que al descubrirlas hazañas de Pelayo ó de Fernando el 
Santo, hiciese intervenir en su poema los seres sobrenaturales, seria muy digno de elo- 
jio ; pues aquellas empresas deben parecemos aceptas á Dios , y aborrecidas de las po- 
testades del infierno. 

Boileau, maestro do la Europa literaria durante el siglo de Luis XIV, fue desobe- 
decido en este precepto, por su amigo íntimo Hacine, que cantó en la Átalia y la Ester 
al Dios de Abraham ; por Hacine el hijo , que compuso muchas odas sagradas y dos 
poemas didácticos sobre asuntos relijiosos: por Juan Bautista Rousseau, que siguió y 
escedió al hijo de Hacine ; en fin , por el mismo Voltaire, que por no dejar ningún gé* 
ñero de poesia sin emprender, introdujo la relijion en la Henriada, 

En nuestros dias ha aparecido Chateaubriand , que ha hecho un gran bien á la lite- 
ratura y un gran servicio á la relijion, escribiendo su inmortal obra del Genio dd cris* 
tianismo , consagrada á demostrarlos tesoros de poesía , encerrados en los misterios, en 
las ceremonias, en las virtudes de nuestra creencia. ¿Y habremos de renunciar á estos 
tesoros? ¿Qué cosa será capaz de inspirar la fantasía de un astista , si los objetos relijio- 
sos no la elevan? Nada es mas prosaico que la incredulidad. 

Acabamos de demostrar que el cristianismo introdujo en la literatura dos géneros 



[«S] 

ite iiuovos, á saber: la elocuencia del pulpito j la poesía sagrada: géneros 
ente diversos de los demás conocidos hasta entonces , ya en su objeto , ya 
dios artíscos. No seria difícil continuar esta investigación con respecto á las 
lias artes, y averiguar los progresos que debieron á la relijion la arqui- 
a pintura, la escultura y la música, aplicadas á los asuntos relijiosos, en los 
laron un nuevo carácter un nuevo colorido, una manera desconocida de 

iiora nos proponemos adelantar nuestras indagaciones, y considerar este 
jo un punto de vista mas general. Queremos averiguar la influencia del 
10 en toda la literatura; aun en aquellos ramos que no tienen conexión in- 
3n la relijion , como son la elocuencia deliberativa, la del foro, la historia, 
la novela y todas las clases de poemas comprendidos bajo el nombre de 
ofanas. 

:to, no es dudable que el cristianismo, produciendo como produjo en el mun- 
s grande, la mas importante de las revoluciones intelectuales y sociales, de- 
ir á los hombres á uiirar toda la naturaleza en general y cada objeto en 

de una manera muy diversa. Las impresiones del alma fueron diferentes, 
as precepc iones como en los afectos; porque se asociaban á un sistema de 
iosas enteramente contrario al interior. £1 hombre lleva siempre consigo 
irtes la imájen de los objetos que mas vivamente hieren su fantasía, y nada 
las esta potencia del alma que la relijion. £1 cristiano no dejaba de serlo 
o considerase objetos de otro orden, aun cuando estudiase la física ó la hÍ9- 
M^ á S. Agustin, y se verá en cualquiera de sus obras que á los ojos deestees- 
loctor, tan admirable por su saber como por el temple de su alma tierna y 
, no hay objeto en el mundo físico, no hay hecho en él histórico que no 
» de emblema para algunas de las verdades del cristianismo, 
nómeno debe ser mas común en el poeta que en el filósofo, como quie- 
lendcncia natural de la fantasía, á la cual obedece aquel esclusivamen- 
mar el universo, y dar vida y acción á todos los seres. ¿Qué veia el poe- 
ilismo en el plácido arrolluelo que serpenteaba por el valle? La morada de una 
fica, que dispensaba frescura alas flores y plantas, y abrevadero al pastor y al 
»nde mitigasen su sed. Pero esta halagüeña idea no es la del poeta cris- 
a él aquel objeto tan gracioso, tan apacible no es mas que la imájen del 
itivo que vá á perderse en el Occéano de la eternidad. La violeta pudo 
t^irjilio adorno en un canastillo de flores; para nosotros es mucho mas: 
olo di* l.'i humildad cristiana. Los jentiles animaron el universo físico , su- 
> poblado d(* deidades subalternas: la poesía cristiana desterró estas falsas di- 
y consideró la naturaleza bajo un aspecto mas severo, mas moral, mas filo«> 
las las criaturas llevan en sí mismas el sello de la bondad del Hacedor, y ik 
npo el de su propia caducidad , el de su propia nada. S. Juan de U Cruz,. 

mejores poetas que honran nuestra literatura , espresó felicisimamente la 
(a en los siguientes versos : 



Mil gracias derramando 

Pasó por estos sotos con presura: 

Y yéndolos mirando , 

Con sola su figura, 

Vestidos los dej&de su hermosura. 



ble traducir mas poéticamente la espresion del Génesis: H vidit Deus quoí 
: (y vio Dios que era bueno lo ciue habia creado). £1 Hacedor, comunicando sa 
as criaturas con solo verlas, con solo su presencia, es una imájen de las mas 
d mismo tiempo de las mas atrevidas que pueden presentarse. Pues en esta 
tá encerrado el pensamiento cristiano acerca de la belleza física dd 



Veamos á Calderón, cuyos pensamientos son siempre poéticos, aunque por la 
eorrupcion del ^sto de su tiempo, no siempre lo sea la frase, espresando la ca- 
ducidad de la hermosura corporal. 

No se alabe la hermosura; 
Pues de dos veces muriendo 

Una con el dueño nace 

Y otra yace sin el dueño» 

Pensamiento orijinal feliz á estar menos sutilmente espresado. Nosotros hemos pro* 
curado prerifrasearlo del modo siguiente: 

Todo acaba: y dos muertes el destino 
Reservó para íí, triste hermosura: 
Una del tiempo al hierro diamantino^ 
Otra en la tumba oscura. 

Se vé, pues, que el mundo físico es para el poeta cristiano símbolo perpetuo de 
verdades morales. Así no solamente toma sus corporaciones para describrir al hom- 
bre del universo material, como han hecho todos los poetas de todas las naciones, 
sino también las toma del mundo intelectual para describrir el físico. Calderón lla- 
ma al Sol eclipsado en medio del dia en la muerte de Jesús, joven infeliz: y com- 
para el trastorno universal de la naturaleza en aquel momento, d la casa de un prin^ 
cipe difunto. Entrambos sistemas de seres , materiales j morales son constantemente 
para la poesía cristiana metáforas reciprocas el uno del otro. 

Si venimos ya al hombre, excelsa y principal obra de la creación, como no 
puede dudarse de la gran modiGcacion que produjo el cristianismo en sus afectos y 
en sus ideas, tampoco pueden ya cantarse estos por el poeta de la misma manera 
que en los siglos de la gentilidad. Aclararemos nuestra idea con un solo ejemplo, y 
este lo tomaremos de la pasión del amor, la mas universal en el género humano, 
y al mismo tiempo la mas celebrada de todos los poetas en todos los siglos y na- 
ciones. 

£1 matrimonio se ha mirado siempre sea la que fuere la relijion del pais, co- 
mo un vinculo sagrado á los ojos del cielo y de la tierra; pero solo el cristianis? 
mo lo ha considerado como un contrato entre dos personas iguales. La mujer no era 
para los jentiles sino un instrumento, poco mas estimado, poco mas estimable que 
un esclavo. £1 amor, pues, que cantaron sus poetas, que representaron sus trájicoi 
y cómicos, no era mas que una pasión Gsioiójica, y en vano buscaremos ni en Safo 
ni en Horacio, ni en Ovidio algún pasaje que nos dé idea de este sentimiento mo* 
ral, unido á la virtud, que han descrito Petrarca, Tasso, Lope, Racine v Calderón, 
y que ha pintado tan admirablemente Chateaubriand en su poema de los Mdrtirei. 

Pero desde que proclamó el Evanjelio la igualdad de la mujer al hombre; desde 
que el hombre comprendió que era el compañero y el protector, no el amo, y mu- 
cho menos el tirano de su consorte, el amor, objeto antes de mero placer sensual, se 
convirtió en un sentimiento profundo y moral, ligado con el honor, enlazado con la 
virtud; porque desde entonces la mujer virtuosa fue la gloria de su marido; porque 
en la compañera de la vida se exijieron otras cualidades que en una esclava do- 
méstica. 

No nos detendremos, porque ya en muchos^e nuestros artículos lo hemos repe- 
tido, en la diferente manera de espresar los afectos humanos, ya virtuosos, ya per- 
versos, que introdujo el cristianismo. Obligando al hombre á leer con mas severidad 
en su corazón, obligó también al poeta, ya elejíaco, ya dramático, á describrir las 
lides interiores del ánimo entre la razón y las pasiones, entre la maldad y el temor 
del remordimiento, entre el vicio y la virtud. 

£1 cristianismo, pues, no solo sujirió nuevos géneros de literatura, sino amplió y 
perfeccionó lo que existían en la descripción de todos los objetos así del mundo físi- 
co como del moral. 



[27] 



BEL SEÑOR MARTÍNEZ DE LA ROSA, 



JCiL autor comienza observando y caracterizando la gran revolución social que 
produjo el cristianismo , y su influencia necesaria en el estudio de la filosofía j 
de la oratoria, á la cual presentó una nueva y estendida escena en \a doeumcia 
$agrada, hija primogénita del evangelio, como la llama el Sr. Martines de la 
Rosa. 

Esplica después el gran beneficio que hizo la relijion á la literatura, congo*- 
vando en medio de la demolición sucesiva del imperio y á pesar de las invasio- 
nes de los bárbaros , el depositó de la lengua latma , y los libros , monumentos 
y artes de la antigua civilización. 

Una sola frase del autor contiene materia para un gran volumen. cAl recor- 
dar , dice , el cuadro que han bosquejado los historiadores y cronistas mas inmediatos 
á aquellos rudos tiempos, asómbrase la imajinaríon y el corazón se estrecha al consi- 
derar qué hubiera sido de la civilización del mundo , si no hubiera existido en el se- 
no mismo de las sociedades un principio de vida tan fecundo como el que desarrolló 
el cristianismo.! En efecto , nosotros eremos que á no haber existido entonces la doc- 
trina evangélica, el occidente europeo, tratado como después lo fueron Rusia, Po- 
lonia V Hungría por los mogoles , hubiera vuelto á la barbarie, cuando menos de los 
tiempos primitivos de Grecia. 

lioscribe después los efectos, útiles á la civilización, que produjeron las Cruzadas^ 
•empresa, dice, poco conforme con sus sanas doctrinas» (del cristianismo). Cuestión 
es esta que se ha movido muchas veces y que otras tantas se ha decidido en sentidos 
contradictorios. No dudaremos esponer nuestra opinión, aunque no sea enteramente 
conforme la del ilustre escritor que analizamos. 

En la época que comenzaron las Cruzadas, era la Europa una república confede- 
rada, semejante al imperio germánico que ha fenecido en nuestros dias; su gefe era 
el sumo Pontífice; su nombre, la Cristiandad; el título para pertenecer á ella, el bau« 
tismo y la fé cristiana. Opuesta á tan grande y poderosa nación había otra, que aun- 
que separada en diversos estados , tenia un vínculo común , que era la doctrina del 
mentido profeta de la Meca. Los mahometanos se habían hecho grandes y poderosos 
invadiendo países cristianos. Desde el istmo de Suez hasta el Atlántico, desde el mar 
Negro hasta el de Arabia, desde el estrecho de Hércules hasta el Loira, y desde Malta 
kasta cerca del Tiber había llegado victoriosa la media luna; y si la espada de Car- 
los Martol , los esfuerzos de los cristianos de España y la energía de los papas, habían 
libertado la cristiandad ya casi moribunda, el peligro podía renovarse. Todavía poseían 
bs maihometanos gran parte de nuestra península, toda el África, el Egipto, la siria, la 
Natolia, y podían fácilmenteserreforzados por las tribus numerosas y fanáticas de África 



[28] 

y de Arabia , como efectivamente lo fueron en España , con grave detrimento del rei« 
no de Castilla, por los almorávides, almohades y benimerinos. 

Ahora bien: ¿cómo puede creerse contraria á las doctrinas del evangelio la defen- 
sa que hizo la cristiandad contra las invasiones del mahometanismo? ¿Puede la reli- 
jion que profesamos, vedar la defensa de la libertad, de la independcndia , de los ho- 
gares, de la familia y de los templos y demás objetos del culto público? No: noso- 
tros no creemos como Rousseau que una sociedad de verdaderos cristianos haya de de- 
jarse subyugar como un rebaño de corderos. Los fieles primitivos se dejaban degollar 
por dar testimonio de su fé; pero también vertían su sangre por la patria en guer- 
ras que no eran tan justas como la de la cristiandad, invadida por el islamismo 
agresor. 

Entre los efectos de las Cruzadas no fue el de menos importancia haber llamado 
la atención de los musulmanes hacia la cuna y centro de su poder, y haber libertado 
para siempre á la Italia de su continuo susto. Si Constanlinopla se hubiera vuelto á 
unir al centro de la cristiandad, no hubiera caido en poder de los turcos. 

Hemos hablado del espíritu de la prensa, no de su dirección y manera de ejecución; 
en estas puede tener mas lugar la critica que en el primero. La guerra era justa: ¿se 
dirijió é hizo como debia? Esta es una cuestión de numerosos pormenores que no es 
posible ventilar aquí. Acaso los yerros que en esta parte se cometieron hayan dado 
lugar á la opinión del Sr. Martínez de la llosa. 

Esperamos que nuestros lectores nos perdonarán esta digresión puramente histé* 
rica, y no creerán que por ella hemos faltado á nuestro instituto. £1 examen filoso- 
fíco de un punto de historia pertenece también á la literatura. 

Llegando el autor á los tiempos mas cercanos á la restauración de las letras, atri- 
buye el renacimiento de la poesía dramática en Europa á los misterios , representacio- 
nes relijiosas , que fueron y debieron ser el primer tipo en una sociedad senciUa, 
poco instruida todavía, y adherida firmemente á su creencia. 

Esplica después admirablemente la diferencia entre el drama griego y el moder- 
no: el primero encerrado como envn carril y entre el dogma relijioso del fatalismo, y 
el político del odio á la monarquía : el segundo, suelto y desembarazado por el prin- 
cipio cristiano del Ubre advedrio, f profundiza mas hondo en los senos del corazón hu- 
mano, sorprende hasta el menor impulso de las pasiones, y retrata luego á la vista 
de los espectadores una lucha mas interesante (y mas verdadera) que ía del débil 
mortal con el ignexorable destino: la lucha del hmnbre dentro del hombre mismo, ^ 

Aplica este mismo principio, en nuestro entender con suma verdad, al mundo 
poético de los griegos, material, visible, palpable , animado y lleno de seres sobre- 
naturales, comparado con el de los cristianos , que nada ó poco dice á los sentidas; pe- 
ro dice mucho al corazón y á la inteligencia. Sus cuadros no son tan halagüeños y fes- 
tivos como los de la mitolojía; pero son mas dignos del hombre que siente y que 
medita. 

El autor, á quien ocupaciones de otro genero no han permitido consagrarse al 
examen de esta materia con mas detenimiento, confía sin embargo , y con razón , ha- 
ber dado á- conocer el objeto con estas breves pinceladas. Nosotros nos complacemos 
en ver comprobadas por un humanista tan justamente celebrado, las opiniones, que 
aunque no con tanta elocuencia, hemos emitido en nuestros dos artículos anteriores 
sobre esta misma materia. 



[29] 



DE LA INFLUENCIA DEL GOBIERNO 








Hemos dicho en uno de nuestros artículos que el influjo del gobierno político 
en los placeres de la imajinacion y de la intelijencia no puede ser sino indirecto; 
Y lo hemos probado con la sencilla reflexión de que el poder público no puede tener 
otro objeto que el bien material de la sociedad, llay sin embargo quien crea que las 
recompensas concedidas al genio influyen en la perfección de la literatura. 

Pero nosotros no miramos esas recompensas como estímulos, sino como una 
maestra de aprecio de los trabajos del genio. El gobierno que las distribuye se hon- 
ra á si mismo; pero ni paga al artista, harto premiado con el renombre que su glo- 
ría le ha adquirido, ni lo estimula; porque el impulso para producir nace del poe- 
ta mismo. Tan imposible lees al genio reprimirse para no presentar la belleza que 
concibe, y reproducirla con los yersos ó los pinceles, como á la roca desgajada de 
so asiento dejar de precipitarse al yaile. 

Los premios. concedidos á las bellas artes son un elemento de civilización: prue- 
ban el valor que los gobiernos y las naciones dan á las producciones que son su de- 
licia y su gloria. Mas aunque falten no por eso deja el verdadero artista de prose* 
guir su carrera. £1 Quijote se escribió en un estado de fortuna muy próximo á la mi- 
sería; y el actor de los Lmiada» murió en un hospital, aunque después se le dio un 
magníGco sepulcro, por lo cual dijo muy oportunamente nuestro f.ope de Vega. 

Decid si algun filósofo lo advierte: 
¡qué disparates son de la fortuna, 
hambre en la vida y mármol en la muerte? 

Al contrarío vemos la poesía, sumamente honrada en el reinado de Felipe IV, 
que también hacia versos, si no nos engaña la tradición que le hace autor de las 
comedias impresas en su tiempo con el anónimo un ingenio de esta corte; y sin embar- 
go ni los premios generosos del rey, ni su favor, ni su protección pudieron pro- 
ducir mas que las pobres comedias de Mendoza, los versos gongorinos de Villame- 
diana, los prosaicos de Rebolledo y las rimas sutiles y descoloridas del príncipe de 
Esquilache. Es verdad que Felipe IV y Mariana de Austria apreciaron y premia- 
ron á Calderón ; pero este genio estaba ya formado cuando se presentó en la 
corte. 

Guando el gobierno premia las artes, sigue en la distribución de los beneficios 
y «I la elección de los agraciados el gusto dominante de la época: así se vio per- 
vertido el buen gusto en España, y perfeccionado en Francia casi al mismo tiem- 
po bajo dos monarcas igualmente apreciadores del genio y de la poesía como fue- 



[30] 

ron Felipe IV y Luis XLV. Aun mas: en España en el mismo reinado se conser- 
vó el buen gusto en pintura y arquitectura , que no decayeron hasta el fin del si- 
glo; y la poesía se precipitó en los abismos que le habian abierto Góngora, Quevedo 
y aun el mismo Lope. Mas influencia tuvieron Paravicino y Gracian para corrom- 
per nuestra literatura, que auxilios pudo prestarles la liberalidad del gobierno; y no 
es estraño , cuando los mismos distribuidores de los premios eran idólatras del len- 
guaje culto, de los conceptos alambicados , de los equívocos y do las demás pestes 
del gusto, que introdujeron aquellos hombres de gran talento, y de péximo juicio. 

En la corte de Augusto fueron generosamente recompensados Virgilio , Horacio y 
otros poetas que perfeccionaron el gusto y el idioma. Pero se habian formado en el 
estudio de los modelos griegos, á los cuales debieron su delicadeza y aticismo. An- 
tes de Augusto tenían ya los romamos á Tercncío, á Ennio, á Cátulo, á Lucrecio; tenían 
á César , modelo de estilo histórico ; y en fin , á Cicerón , el hombre mas universal 
de su época, y cuyas inspiraciones oratorias fueron quizá las que formaron el siglo 
do Augusto; y bien conocido es el premio que recibió del colega de Marco Antonio. 

Veamos , ya que las recompensas de los gobiernos no pueden tener ni han teni- 
do una influencia directa en la perfección del gusto ni en las producciones del genio, 
si por lo menos lá forma del gobierno puede tenerla en algunos ramos de la litera- 
tura. Se cree con bastante generalidad que la oratoria necesita para su perfección de 
un gobierno libre de los debates de la tribuna. Nosotros estamos persuadidos de que 
esto es verdad, no en cuanto á la oratoria en general, sino en cuanto á los géneros 
á que se dá mas importancia en los gobiernos populares, á saber: el deliberativo y 
el forense; pero principalmente el primero. 

En efecto, dónde no hay teatro es imposible que se perfeccione el arle de la de- , 
clamacion. Donde no hay tribuna pública es imposible que se formen oradores en 
el género deliberativo. A la verdad , en los consejos de los príncipes mas absolutos 
se delibera , se discute, se examinan contradictoriamente las opiniones, y no será raro 
que la elocuencia asegure el triunfo. Pero aquellas oraciones tan desmayadas aun en 
la pluma de Famiano Estrada , que quiso prestarles toda la elocuencia de que era ca- 
paz , ¿qué son en comparación de los movimientos oratorios que inspira en la tribuna 
el espectáculo de una nación representada por sus prohombres , la independencia del 
orador, su importancia política, y hasta la oposición misma de sus adversarios? To- 
das estas circunstancias son otros tantos aguijones del genio, y el que en aquella si- 
tuación no produzca cosas escelentes, viva seguro de que no será nunca buen orador. 

Por una razón semejante se cree justamente el gobierno libre como el mas á pro- 
pósito para producir grandes oradores forenses. Se estudia en él mas el espíritu y la 
letra de las leyes : se da mas importancia á la vida , al honor , á la propiedad del ciu- 
dadano. Son mas comunes en él los peligros jurídicos por la enemistad de los partidos, 
que hace que aun en causas meramente civiles se introduzcan consideraciones políti- 
cas. Pero debe confesarse que en la Europa moderna se ha procurado desterrar la po- 
lítica del santuario de la justicia, y las leyes dejan á los jueces mucha menos latitud 
para dar su fallo que en Grecia y Roma , lo que con gran ventaja de la humanidad ha 
cortado en gran parte el vuelo á la elocuencia del foro. Muy raros son los casos en que 
un abogado ó un fiscal puedan emplear con oportunidad los movimientos oratorios que 
admiramos en Cicerón defendiendo á Tito Ennio ó acusando á Verres. La lójica ha 
jiido siempre el principal fundamento de la elocuencia; pero en el dia puede decirse 
que es casi esclusivo. 

Asi es que aun en monarquías absolutas han brillado grandes oradores forenses. 
Rasta citar los nombres ilustres de Daguesseau , Cochin y Servan. Y aunque su elo« 
cuencia sea mas templada que la de Cicerón , no por eso es menos brillante. A la ver- 
dad , la forma de gobierno no permitía que Francia tuviese en tiempo de Luis XIV 
oradores de tribuna ; pero no hay en todos los que han ennoblecido la de Inglaterra 
nada que comparar en cuanto al nervio de la espresion y movimiento de los afectos 
con Bosáuet ni con Massillon. Estos dos grandes hombres habian recibido de la natura- 
leza el genio de la elocuencia ; y son tan grandes en el género que cultivaron como 
Cicerón y Demóstenes en el suyo. 

Concluyamos, pues, que no puede nunca ser grande ni directa la influencia M 



[31] 

gobierno ni en la perfección del gusto ni en las producciones del genio. Esto don de 
la naturaleza se manifiesta espontáneamento en virtud de su carácter espansivo ; mas 
no lo crean los premios , ni las calamidades y persecuciones lo oprimen ; y si la forma 
del gobierno le cierra algunos caminos del templo de la gloria , él sabrá abrirse otros 
nuevos y desconocidos. 

El impulso indirecto mas útil que puede dar en esta materia la autoridad pública 
es la multiplicación de los museos y bibliotecas, en que la juventud pueda estudiar 
los grandes modelos de belleza. Ellos son los que despiertan y estimulan el genio. 

En cuanto á las recompensas, son un deber de toda nación civilizada, y las creemos 
mas gloriosas al gobierno que las dá , que al artista que las recibe. 



oi^^ái^(S) ii(3^?\irii»> 



DE LA 



LITERATURA EUROPEA 



■ ^ ^ €■■ 



ARTÍCULO I. 



l^A litoratura actual es bajo tocios aspectos una consecuencia inmediata é inevitable 
del espíritu que inspiró á los pueblos el filosofismo del siglo XVlli. El genio pereció 
á manos del materialismo, porque no hay genio sin entusiasmo, y por consiguiente 
sin convicciones y creencias. Por otra parle , desprovisto de todo principio moral y 
relíjioso , no dejó á la sociedad mas vínculo que la política ; y nada es mas propio que 
la política para adormecer la imajinacion y secar la fuente de los afectos. Y debe ser 
asi. La ciencia del gobierno de los hombres tiene principios exactos y consecuencias ri- 
gorosas confirmadas por la esperiencia histórica. Su estudio debe hacerse esclusiva- 
mento con el raciocinio , y desgraciado de aquel que ya en la teórica , ya en la prác- 
tica de esta ciencia dé lugar ó a las pasiones ó á los vuelos de la fantasía. No aprenderá 
maa que desatinos; no hará mas que cometer errores funestísimos. 

Ademas, la política que predicaba aquella secta filosófica era disolvente: con el tí- 
tulo de reformadora aspiraba á destruir todo lo que existia, sin duda con el intento de 
levantar sobre las ruinas del edificio social que habia entonces, otro , que á pesar de 
haberse amasado sus materiales con tanta sangre y tantas lágrimas, aun no ha salido de 
cimientos. ¿Cómo podrían los ánimos invitados á la reforma del mundo aplicarse al 
iBeno y apacible estudio de las letras, á la contemplación pacífica de la belleza ideal? 
La reforma halló, como era de esperar, oposiciones: la guerra civil y la estranjera con- 
virtió la atoncion hacia los campos de batalla , á las fases políticas que la victoria y la 
Ibrtana daban á los pueblos. ¿Era esta ocasión oportuna , ni teatro á propósito para los 
mblimes arrebatos del genio? 

Ya se quejaba Madama Stael á principios del presente siglo de la falta absoluta de 
iiqpiracion qyLe se notaba en las producciones literarias de su época. Afectábase entón- 
fH lo grandioso y lo sublime ; mas solo habia hinchazón y frases sonoras. Fue tal la 



desventura de los tiempos , que el capitán mas ilustre de la historia , y quizá el genio 
político mas grande no halló sin embargo quien le cantase dignamente, y de tal ma- 
nera que sus versos igualasen la inmortalidad del héroe. Y no es estraño : para can- 
tar es menester fé , y no la había en las obras de aquel hombre estraordinario. La es- 
periencia justificó el cauto temor de las musas. Un momento desgraciado derribó aquel 
poder colosal , del cual solo ha quedado un nombre. Pero esc nombre vivirá tanto 
como el género humano. 

Horacio miró como contrarios al genio los escesivos placeres de los sentidos, y los 
cuidados esclusivamente consagrados al aumento ó conservación de los bienes de for- 
tuna. Nadie negará que tuvo razón. Los placeres sensuales enervan el vigor de la ian- 
tasía, y embotan la sensibilidad del corazón ; y el amor esclusivo del dinero destruye 
sin esperanza todos los sentimientos generosos y sublimes. Un alma, corroida por cual- 
quiera de estos dos vicios, la sensualidad ó la avaricia, ¿se halla en disposición de 
entregarse á la contemplación de la bella naturaleza , y al estudio de sus relaciones y 
armonías? Pues bien : la filosofía del siglo XVI H , demoliendo poco á poco todas las 
ilusiones, todas las ideas, todos los sentimientos del corazón humano, y no dándole 
al hombre otro destino que el de buscar sus bienes materiales , y por consiguie;nte el di- 
nero , que los representa todos, dio necesariamente un golpe mortal al genio, y le hizo 
incapaz de conocer y de reproducir la belleza. 

La política tiene y debe tener por único objeto el bien estar material de los aso- 
ciados. Asi lo ha dicho Hossuet , uno de los mas grandes geoios que han existido en 
el mundo, y el gobierno debe dejar á cada uno los medios de procurarse la felicidad 
moral , intelectual y poética , ya en el estudio ó práctica de la literatura y de las bellas 
artes, ya en el conocimiento de las ciencias, ya en el ejercicio de la virtud. El go- 
bierno no puede influir sino de una manera muy indirecta en las sensaciones interio- 
res ó individuales de los ciudadanos. Su acción directa es puramente material. Pero 
cuando todos los hombres son llamados al estudio de las combinaciones políticas; cuan- 
do hasta convida á él la ambición honrada y el deseo de hacer bien á su patria , las 
almas llenas de ideas de esta clase , que han de ser materiales por necesidad , mal po- 
drán vivir habitualmente en el mundo de la imajinacion, que es el de los poetas. 

El amor, pues, de la sensualidad, la codicia y la política han contribuido sobre 
manera á apagar el fuego del injenio. Sin embargo , es menester confesar que á pesar 
de todos estos principios contrarios á los progresos de la literatura, han existido y 
existen todavía almas privilejiadas , sensibles á la voz del entusiasmo. Pero aun en es- 
tas se deja sentir la funesta influencia del siglo , de este siglo de ambición tan presun- 
tuosa como precipitada. Cuando se han destruido todos los móviles morales que influ- 
yen en el corazón humano , no queda mas que uno, que es la ambición del mando ó 
de la gloria , ó quizá de uno y otra. Las revoluciones han enseñado cómo se hace en 
breve tiempo una gran fortuna; cómo se asciende á grandes dignidades; cómo se ad- 
quiere mucha nombradía. El espectáculo de estas grandes mudanzas de la suerte, pre- 
sente siempre á la vista de los hombres , exalta filcílmente la fantasía de los que sien- 
ten en sí mismos la enerjía suficiente para entrar en esta carrera de anhelo y de pro- 
greso. Aumentan este impulso las numerosas ocasiones que se ofrecen en tiempo de 
calamidades públicas de hacer servicios á la patria en los diversos ramos de la admi- 
nistración. Hablamos solo de la ambición honrada , porque esa es la única que en nues- 
tro entender puede caber en almas generosas. 

Pues ahora bien : esta ambición pasa como por contajio de las clases consagradas á 
los empleos públicos á las de los artistas y literatos. El deseo de distinguirse y de so- 
bresalir los devora ; y este deseo los aguija á presentarse á recibir aplausos antes de 
que sus genios hayan llegado á su perfecta madurez. Felizmente para la pintura, es- 
cultura y música no puede prescíndirse en estas artes de un aprendizaje necesario, 
del estudio de las formas de los objetos, de los efectos déla perspectiva, de los colo- 
res y de los sonidos ; estudio que exijiendo algún tiempo obliga al genio á enfrenar su 
ardor prematuro de gloria, á replegarse isobre si mismo, á reconocer sus fuerzas, á 
aprender el uso de ellas. ¡ Desgraciada poesía, para cuyo ejercicio no se necesita mas 
que papel, tinta y pluma! La mas bella de las artes puede impunemente ser violada 
por cualquier atrevido que lo emprenda. 



[33] 

triste facilidad hace que apenas se sabe componer un verso se espone en cual- 
e las numerosas reuniones literarias un enjambre de jóvenes , capaces al- 
ie honrar la patria con su genio bien dirijido ; pero que al escribir sus pri- 
isayos , publicados con harta precipitación , no pueden tener ni el debido es- 
I idioma que no han estudiado^ ni la corrección y lima [tan necesaria en las 
injenio, ni el conocimiento práctico del hombre y desús afectos, ni en fin, 
od de ideas filosóficas , que tan presentes tenia Horacio cuando llamaba á la 
I cel principio y la fuente» de escribir bien , y remitia á sus alumnos á la lée- 
los discípulos de Sócrates. Deja fray Gerundio los estudios y se mete á Predicador. 
crean que un buen poeta necesita menos instrucción que un buen orador 
ifiesto indicio de no conocer la elocución ni la poesia. 
esta objeccion la salvan Cácil mente diciendo que el poeta no necesita de nin- 
dio; que sale inspirado desde el seno de su madre; que la inspiración suple la 
los conocimientos ; en fin, ^ue debe cumplir con la misión misteriosa que se le 
, y que no debe dejar de cantar desde que se siente con disposición para ello, 
se les replica con la autoridad de Aristóteles, Horacio , Boileau. ¿Qué es pa- 
a autoridad? Este desprecio de todo lo que han dicho, de todo lo que han me- 
uestros mayores es otro de los beneficios debidos á la secta filosófica del siglo 

• 

verdad , no seremos nosotros los que concedamos tanto al principio de la au- 
que querríamos aplicarlo en toda su rijidez al estudio de las humanidades, 
es de sacudir su yugo, es menester examinar los preceptos , ver si están ó no 
es ron la razón filosófica propia de la ciencia , estudiar los modelos , conocer y 
s bellezas y sus defectos. ¿Esto es lo que hace nuestra juventud actual, des- 
ra de los idiomas subios y del patrio , y que va á buscar en los poetas france- 
ia los giros de que usan en sus composiciones ? 



ARTICULO n. 



encia del genio poético , el fermento político introducido hasta en la literatura, 
Qcion ambiciosa y el desprecio á los estudios y modelos literarios , consecuen- 
isdel espíritu filosófico del siglo anterior, han introducido en la república de 
\ una anarquía muy semejante á la de las ideas morales al fin de dicho siglo. 
y ya cierto y seguro : todo es problemático : se han falseado hasta los sentí- 
prímitivos é indelebles del corazón humano, y la mayor monstruosidad , asi 
tura , como en moral y en política , encuentra quien la aplauda , quien la en- 
[uien se desviva por imitarla. Tan cierto es que la poesía es el reflejo de la so- 
y aue el giro de las ideas y de los sentimientos se ha de hallar necesariamente 
itado en las composiciones que hablan al corazón y á la imajinacion. 
has veces hemos repetido, en el examen que hemos hecho del carácter actual 
*o , que nosotros no tanto atendemos á las formas dramáticas , como al resulla- 
pieza ; esto es , á los sentimientos que deje en el corazón , y á los impulsos 
k la fantasía leida ó representada. Lo mismo decimos de la lírica y de la epo- 
í mismo de la sátira y de la elejia. Algunos han creído hacer un grande esfuer- 
tnio renunciando á las formas clásicas del teatro francés. ¡ Qué pobreza ! ¿ Y eso 
oríjinalidad? ¿Pues quién ignora que es un plagio de Shakespeare y de Calde- 
ro lo que no han podido hacer es , renunciando á aquellas formas , hacernos 
ir lágrimas por la suerte de un padre abandonado, como el rey Lear , por una 
;rata ; presentarnos el grandioso carácter de un marido , como D. Gutierre 
le Solís , que venga su honor ultrajado ; elevar nuestras almas á la altura de 

5 



[34] 

un héroe como el Serlorio de Corneille, ó enternecerla con los gemidos de una madre 
üílijida como la Andrómaca de Hacine. No nos cansemos: la variación de las formase 
que dan tanta importancia nuestros dramáticos actuales, es una cosa indiferente. Gal- 
<icron y Moreto hubieran hechizado también á su sij^lo , aunque la moda les hubiese 
obligado á obedecer ostriclauícnte las unidades de Boileau ; y Corneille y Racine ha« 
hieran sido también dos grandes poetas trájicos, aunque hubiesen adoptada las liceD- 
cias de Lope. Tenian genio, y al genio no le asustan las dificultades , ni él abusa de 
la facilidad. 

Otro tanto diremos de las formas líricas. Algunos creen haber hecho una innovación, 
variando de metros en la oda : cosa tan antigua por lo menos como Sófocles , Eurípi- 
des y Píndaro , y que en Francia ni aun tiene el mérito de la novedad, pues la puso 
en práctica Racine en los coros de la Alalia y de la Ester ^ y Juan Bautista Rousseau en 
muchas de sus composiciones. Solo reparan en estas niñerías los injenios que no son 
capaces de elevarse á otra rejion. 

Vengamos ya al fondo de los pensamientos, en el cual hay una diferencia muy no- 
table entre los poetas del día y sus antecesores. También se sentirá en esta parte la 
funesta influencia de la época. Las revoluciones nos han dado el espectáculo triste, pero 
muy á propósito para escarmentar á los pueblos de la inmoralidad atrevida, elevada 
al poder, la cual en semejante caso no procura, como en otras ocasiones, encubrir 
con ninguna especie de velo su nativa deformidad. Sí : la generación actual y la pasada 
han sido testigos de lo que son capaces los hombres , cuando empeñados en hacer des- 
preciables y en romper todos los vínculos sociales, no reparan en medio alguno para 
conseguir su objeto. 

£1 odio á todo lo que sea ó parezca reüjion , á las distinciones concedidas al méri- 
to y á la virtud y perpetuadas á las familias, á los tronos, y en general, á toda espe- 
cie de gobierno legal , ha sido por muchos años un sentimiento bastante común en 
Francia, y en otros paises á imitación de la Francia. Su terrible violencia produjo la re- 
volución y ensangrentó la Europa. Y ruando ya empieza á calmarse esta infernal pa- 
sión; cuando los pueblos movidos por la espericncia, el desengaño, la razón moral y 
la política han llegado á conocer la utilidad , la necesidad misma de aquellas institu- 
ciones, y que su destrucción es mil veces mas funesta que los mismos abusos insepa- 
rables de cuanto ha de pasar por manos de los hombres, una nueva escuela dramática, 
siguiendo los pasos de Schillcr , Allicrí y Clienier , se empeña en desdorar, envilecer 
y hacer aborrecibles nombres célebres en la historia, corporaciones respetables y co- 
sas y personas por todos títulos venerables , sin atender á ningún freno de decen- 
cia , exajerando los hechos, calumniando cuando no hallaban en la historia crímenes 
bastante odiosos que atribuir á sus personajes , y á veces contra el testo mismo de la 
historia , y en (in , ocultando cuidadosamente el bien que hicieron. 

Pero aun cuando no calumnien, aunque sean hombres justamente execrados en la 
memoria de los humanos, como los de Nerón ó de Alejandro VI, ¿qué placer ó qué 
utilidad pueden recibir los espectadores de ver á semejantes monstruos pintados con la 
mayor exajeracion posible? Porque esta no falta nunca ; y ningún tirano hay tan cruel 
en los anales del mundo , ni ningún demagogo tan [ververso en sus revoluciones, como 
los que describen nuestros nuevos poetas. Y si á esto se añade el furor de colocar casi 
siempre al héroe entre el crimen y el suicidio , y la manía de someterle á las pasio- 
nes , que siempre triunfan , y sin lucha , de la razón, no podrá desconocerse en la li- 
teratura dramática actual la hija del materialismo de Diderot, educada entre los 
monstruos de la revolución francesa , sin ideas morales, sin sentimientos de honor, sin 
creencias relijiosas. 

Dirán (|ue la descripción bien hecha de los hombres malvados es útil para conocer 
y detestar la perversidad, y correjirsc. Nosotros lo negamos; primero, porque no 
admite la naturaleza humana el grado de perversidad que atribuyen estos dramáticos 
á sus héroes: segundo, porque nadie se corrijo de aquellos vicios de que no se crea 
capaz. No hay ninguna mujer que se parezca á Lucrecia Borjia: no hay ningún hom- 
bre que se crea capaz de la perversid¿»d de Antony. ¿Y cómo , aunque luera asi , se ha 
de correjir el espectador de los vicios coronados con cierta aureola brillante y casi 
disculpados? ¿No es este camino mas á propósito para hacer malvados á los hombres 



[35] 

Sor medio dei teatro, como ya hemos Visto desgraciadamente, que para correjirlosf 
bsérvese que la mayor parte de los espectadores pertenecen á la clase media de la so- 
ciedad ; es decir, no se hallan ni en la esfera del poder, en la cual tiene muy poca 
influencia la moral de la escena , ni en la clase ínfima, donde la miseria y la &lta de 
educación suelen producir maldades y delitos. El auditorio generalmente se compone 
de la clase mas culta é instruí Ja de la sociedad ; y va al teatro , no á estremecerse con 
)as caricaturas de la perversidad , ni á asquear las horruras morales de la naturaleza 
humana , sino á recibir las impresiones plácidas de la benevolencia y de la compasión, 
á admirar los rasgos sublimes ó las escelentes máximas, á temer ios frutos infauston 
de las pasiones exaltadas, ó bien á reírse de los vicios y locuras de la especio huma^^ 
na , y tal vez de los suyos propios. Los personajes que ahora se presentan horrorizan, 
y el horror no es una pasión teatral , aunque el terror lo sea. 

En nada se conoce mas la falta de genio que en la exajeracion , porque el princi- 
pal carácter de lo bello y de lo sublime es la sencillez. Él verdadero genio da á sus 
cuadros proporción , armonía, naturalidad: la presunción quiere siempre ocultar su 
falta de oríjmalidad dando á todos los objetos dimensiones gigantescas. Se creen gran- 
des, porque nada de lo que pintan tiene su modelo en ia naturaleza, y orijinales por- 
que son absurdos. 

Háse introducido en la nueva literatura la costumbre de despreciar los géneros bu- 
cólico y épico, y aun el lírico lo han reducido á una esfei^a sumamente mezquina. Cual 
£6 la de aglomerar cuadros y reflexiones sin orden ni trabazón , sin cadena oculta que 
ligue los pensamientos de la oda , sin objeto final que sirva de móvil y de término á 
los sentimientos ni á las ideas del poeta. Repiten el famoso soneto de Lope de Vega, 
que después de haber descrito muy minuciosa y poéticamente un prado y una laguna, 
roDduye asi ; 

Y en este prado y liquida laguna^ 
Para decir ventad como hombre honrado^ 
Jamds me sucedió cosa ninguna. 

El desprecio de los géneros de poesía, que arriba citamos, tiene su oHjen eti el 
que se profesa generalmente á todo lo que no es de la época actual. Quieren elevarse 
deprimiendo á sus antecesores. Basta que aquellas composiciones poéticas fuesen en- 
salzadas en otro tiempo ; ó por mejor decir , basta que ellos no se sientan capaces de 
bacerlai, ni aun de emprenderlas , para que las crean despojadas de mérito. Sin em- 
bargo , la admiración de las acciones heroicas es natural al hombre, y le son tanto 
roas agradables las descripciones de la vida campestre , cuanto le separa mas de ella la 
escesiva civilización. Replican que los cuadros épicos y bucólicos , á fuerza de ser co- 
munes están ya gastados. Lo mismo* podría decirse de las pinturas del Ticiano ó de 
Morillo. En las bellas artes lo bello nunca se gasta\ ó habitemos de reducir las produc- 
moes del genio á la ruin suerte que tienen los pasajeros caprichos de la moda. 



ARTICULO in. 



LjA prensa periódica , que tan grandes servicios hace á la humanidad bajo otros as- 
pectos, es funestísima á la literatura, no solo por la precipitación con que es menester 
Cferíbir para los diarios , y que no permite correjir , y á veces ni aun meditar lo que 
le escribe , sino también por la facilidad que ofrece á los genios aun no formados y sin 
iistmccioQ de presentar al público sus indijestas é incorrectas composiciones, de satis- 
facer sa presunción Juvenil y de hacerse incorrejibles. Hemos sido testigos de un so- 



[36] 

ceso lamenlable, ocurrido por esta sed prematura de gloria que atormenta á los jóve~ 
nes. Uno de ellos, de muy corla edad, se suicidó en París porque le silvaron el pri* 
uicr drama que había dado al teatro. Ejemplo terrible de los funestos efectos de la in- 
credulidad unida al orgullo. 

No ignoramos que la palabra corrección disgusta á los que creen que para ser poeta 
bastan el genio y la inspiración. Vollaire, que fue desgraciadamente el maestro de su 
siglo en muchas cosas que no sabía ; pero á quien nadie podrá negar el mérito de ha- 
blar sido el primer literato de su tiempo , da en esta materia una máxima muy nota- 
ble : debemos compotier con todo el estro de la inspiración ; mas debemos correjir con toda la 
frialdad de la critica, £1 genio mas grande , los pensamientos mas felices no produciráo 
sino mamarrachos insufribles , si no vuelven al yunque los versos inarmónicos , las 
ideas mal esplicadas, las frases viciosas, las espresíones desmayadas, inoportunas ó 
impropias. ¿Por qué nos desagrada tanto la lectura seguida de Lope de Vega, el poe- 
ta que mas se ha entregado á su genio y que menos ha correjido? Porque sus versos 
escelentes están mezclados con defectos insufribles , que llegan algunas veces hasta la 
absurdidad. 

Es un delirio creer que el periodo poético sale, como Minerva armada de la cabeza 
de Júpiter, enteramente perfecto de la pluma del poeta. Tal vez sucede asi ; pero en 
muy raras ocasiones. Lo mas común es ocurrir un escelenle pensamiento , y haber de 
luchar largo tiempo para espresarle debidamente, ya con la díGcultad de la ríaiay 
del metro, ya con el lenguaje mismo para arrancarle, digámoslo asi, las voces mas 
gráficas ó las frases mas armoniosas. Añádase , que á pesar de toda esta contienda y 
trabajos , es menester que aparezca el periodo poético tan fácil como si hubiera ocur- 
rido repentinamente. La inspiración pues , es para el pensamiento : la perfección del 
lenguaje es hija de la lima. Esta distinción importante no es conocida de los que afec- 
tan creer que los versos mejores son los que primero ocurren. Para convencerlos de lo 
contrarío basta observar que ninguna composición improvisada ha merecido todavía 
pasar á la posteridad ; ni se conoce ningún poema digno de la atención del público , en- 
tre los que componen los poetas llamados improvisadores. Volvamos á nuestro propósito 
del cual nos ha separado la necesidad de probar la importancia de la corrección. . 

La división en partidos de la actual república de las letras (si puede llamarse repá" 
blica la que en realidad no es mas que anarquía) ha aumentado los males, no se trata 
ya de ser buen poeta ó buen escritor , sino de ser clásico y romántico. La polémica de 
los partidos, en política y en literatura , es la comidilla de los que no tienen genio ni 
para gobernar ni para escribir. Se desciende muy pronto á personalidades en estas espe- 
cies de contiendas ; y ya se sabe lo que sirven las personalidades para la perfección de 
los estudios. 

£1 desprecio que tan públicamente se hace por una de estas dos escuelas de las re- 
glas y principios que forman el arte y la ciencia de las humanidades , y de los modelos 
que nos han dejado los grandes hombres que nos antecedieron promueve la ignoran- 
cia, y multiplícalos monstruos. Se quiere que la poesía sea entre todas las bellas artes 
la única que no necesite de estudios, y la mas noble, la mas sublime de todas puede 
ejercerse por cualquier ignorante , aun por el que no conoce el idioma en que versifica. 
£s imposible decir un desatino mas solemne. 

Algunos lo disculpan , observando que esta es una reacción propia de la época , en 
venganza de la injusticia con que sus contrarios los clásicos desconocieron en el último 
tercio del siglo pasado el mérito de nuestros escritores dramáticos del siglo XVU. No- 
sotros somos los primeros en censurar esa injusticia ; pero ¿cuándo se ha visto que la 
iniquidad de un partido santifique la reacción del opueSlo? Tú has despreciado d Calderón 
y d Lope ; pues yo desprecio d Corneille xj d Racine. Esta es la lójica de las verduleras ¿Con- 
viene á.los hombros que tratan de literatura y de crítica literaria? ¿No seria mucho 
mejor que celebráramos en cada uno sus aciertos y censurásemos sus faltas? 

A la verdad, causa enojo oir á Montiano y Luyando , autor de dos trajedias detes- 
tables , decir en los prólogos , tan soporíferos como las trajedias , mil necedades con- 
tra nuestro antiguo teatro. Nos fastidiamos al leer en el prólogo que puso Moratin el 
padre á su triste comedia de La Petimetra , declamaciones contra las de Lope de Vega. 
¿ Ni quién sufrirá á Velazquez , en el indijesto compendio que escribió de la historia de 



a poesía castellana, lomar el lono luajistral y juzgar desatinadamente de lo que ni enc- 
endió ni fue capaz de entender? Estas críticas eran injustas, porque eran estúpidas. 
las no por eso bemos de tener por perfectos á los autores criticados. Son dignos de 
iota el prosaismo tan común de Lope, la inmoralidad de Tirso , el gongorismo habi- 
oal de Rojas , las simetrías de Calderón , las cbocarrerias , tal vez sustituidas por Mo- 
eto á la verdadera sal cómica. £stos defectos notó nuestro Luzan con sumo talento é 
mparcialidad, y estos defectos dieron lugar ú las críticas impertinentes de sus suceso- 
es. En Corneille y Hacine se ban notado también defectos; pero ni de unos ni de otros 
lemos de desconocer por estos lunares las escelentes prendas que poseyeron. La justi- 
!Ía literaria consiste en decir la verdad toda entera cuando se juzga á an escritor. Nada 
¡s roas mentiroso que una inedia verdad. 

En cuanto á las regias, nuestra opinión es que las bay , como en la pintura y en 
a música. Sin reglas no bay arte. Acaso tal vez se ban dictado algunas que no se de* 
locen con todo rigor de los principios de la ciencia de la belleza. : tal vez los escfi- 
ores ado<^nedos , que se ban dedicado á colectarlas sin talento ni principios, tan su- 
lersticiosos adoradores de Aristóteles y Horacio, como incrédulos son sus adversarios, 
layan promulgado como regla infalible lo que aquellos citaron solo como un uso ad- 
DÍtido. Sirva de ejemplo la división del drama en cinco actos , que Horacio recuerda 
•olo como una costumbre del teatro latino , aunque no faltan razones filosóficas para 
ustiGcarla ; pero no para bacerla tan obligatoria que sin ella sea despreciable una tra- 
edia ó una comedia bien escrita. Confesaremos , pues, sin dificultad que se ban dado 
romo cánimes inviolables los que realmente no lo son; pero aseguramos al mismo tiem- 
K> que es falso todo cuanto se ba dicbo de que ponen trabas al genio. Aseguramos 
Das, y es que son favorables al poeta mucbo mas que esa ilimitada libertad que tao 
gratuitamente les ba querido regalar la nueva escuela. 

El verdadero genio triunfa de todas las dificultades , y producirá siempre grandes 
(osas á pesar de los obstáculos que se le opongan. Hemos visto á los príncipes del tea- 
ro francés superar cuantos obstáculos les opusieron las leyes severas que tenia en 
iquella nación la poesía dramática , auo cuando todas esas leyes no fuesen , rigorosa- 
Dente bablando, obligatorias. £1 teatro español del mismo tiempo, mas libre de ata- 
luras literarias, no desconocía sin embargo las de la moral y de la política. Uno y otro 
irodujeron composiciones escelentes. En el dia el drama ba roto todos los frenos , j 
;qué es lo que produce? ¿Qué uso bace el genio de tanta libertad como ba adquirido/ 
lespeñarse. 

Las reglas dan cierto estímulo para vencer los obstáculos que ellas mismas presen- 
an ; el talento se replega sobre sí mismo ; adquiere nuevas fuerzas ; medita, combina 
1 plan ; y porque trabaja mas y estudia mejor la materia , siente mas vcbementes ins- 
liraciones , y asi llega á la perfección. El genio libre traslada al papel lo que primero 
e ocurre ; no corríje ; no contempla su asunto ; marcba á su alvedrío vagamente y sin 
lireccion , y siempre falta á sus producciones la consistencia que resulta de las dificul- 
ades previstas y vencidas. 

Hemos procurado esponer las diferentes causas que ban producido la anarquía que 
e nota actualmente en la literatura , y que tienen suma conexión con la que se nota 
tn el orden social. La principal de ellas, y que comprende á todas las demás, es la es- 
asez del genio, la cual es producida por el carácter materialista que dieron á su época 
M filósofos del siglo pasado. Felizmente la sociedad va , aunque paulatinamente , re- 
obrando bajo formas políticas mas protectoras las ideas morales que antes la soste- 
liao , y las creencias que se solicitó en vano destruir para siempre. Cuando se bayan 
estaurado enteramente , volverá á brillar el genio poético con nuevo esplendor, y los 
fíenos estudios restablecidos perfeccionarán el buen gusto casi desconocido en nues- 
ros diaf . 



lasi 



DE LOS ARTÍCmOS GRAMTICALES. 



JuOS nombres qac imponemos á las susUincias , ó son individuales « ó abstractos. 
Los primeros desi$^nan suficientemente el objeto, y no tienen necesidad de ningún 
aposito para espresarlo. Alejandro, César, Koma , Madrid no necesitan de articulo. 

Lo mismo podemos decir de los nombres propios de provincias ó de partes del 
mundo, como Europa , Alemania, Andalucía, Italia. Sin embargo, el uso que fre- 
cuentemente se burla de las leyes de la lójica , permite que tal vez se les anteponga 
el articulo la femenino; bien que debemos tener presente que nuestro idioma no gusta 
de esta aposición. Rara vez la usaron los escritores de nuestro buen siglo. En francé* 
es mas común. 

¿ Procede el uso del artículo en este caso de suponer entendido el sustantivo mv- 
vincia que se calla , diciendo , por ejemplo, la Andalucía , la Francia , en lugar de ia 
provincia de Andaliicia , la corotia de Francia f ¿O bien de suponerse la palabra república^ 
en atención á que se usa con mas frecuencia de articulo, cuando la palabra se toma, 
no por el territorio mismo, sino por el estado? Porque nadie dice: tx>y d la Franeia\ 
pero pocos dejan de decir : la Francia esta dispiiesla d sostener la causa de los griegos. 

En los nombres propios de los rios es mas común el uso del artículo en las lenguas 
modernas ; y aunque Argensola baya dicho poéticamente : 

No sufre Ibero mdrjenes ni puente : 

lo común es decir : el Ebro , el Tajo , el Tiber. Aqui se conoce claramente la elipsis do 
la palabra rio, que se sobreentiende. 

Finalmente, en algunas provincias suelen anteponer el artículo femenino á los 
nombres de las mujeres , cuyo uso adoptó Fr. Luis de León en la traducción de las 
églogas de Virjilio. Los nombres propios de mares casi se miran como adjetivos: el 
Océano , el Bdltico , el Mediterrdneo son espresiones usuales , en las cuales se omite el 
sustantivo mar, asi como en los de montes se suprime este. 

Estos caprichos y anomalías del lenguaje nada prueban contra el principio lójico;' 
á saber : que los nombres individuales no necesitan de artículo. 

No asi los nombres abstractos de género , especie ó calidad , ó de los seres creados 
por la imajinacion , como animal , hombre^ verdura , muerte. Cada uno de ellos repre- 
senta, no un individuo existente en la naturaleza, sino una fórmula general, en la 
cual se comprenden muchos individuos , ó una cualidad común á toda la especie. La 
palabra vid es una especie de fórmula algebraica , en la cual están comprendidos to- 
dos los arbustos que gozan de ciertas cualidades comunes y conocidas : cuando el vo- 
cablo prudencia representa una sola calidad común á muchos individuos. Todo el sa- 
ber bumano consiste en hacer bien estas clasificaciones , asi como todos los errores 
proceden de falsear la significación que se haya dado á estas fórmulas. 



ora bien : cuando sea necesrio reducirlas á quo signifiquen un solo indi^ 
ual no queremos , ó no podemos , ó no debemos representar por un nom-* 
ual , es menester que espresemos esta reducción por un signo , que es el 
rticuio , pues , es aquel signo por el cual limitamos á significar uno ó mu- 
dúos , las fórmulas generales que representan una especie ó un género, 
isidad de los artículos procede de lo imposible que es crear nombres indi- 
1 todas las clases de objetos. Sí se dan nombres propios á los individuos de 
humana ; si entre los árabes se dan á los caballos por el aprecio p^rticu- 
e noble animal les merece , no es posible hacer lo mismo en las otras es- 
cn las de áf boles, plantos, flores, etc. 

I , aun en la misma csperie humana muchas Teces no conocemos d nom- 
dei individuo : otras m> queremos por desprecio ó por ira pronunciarle, 
p^nos reces no debemos^ como cuando queremos espresar un soto indi- 
*o sin determinar cuál es , en cujo caso el articulo toma el nombre de 

la bien la naturaleza del articulo, y su división en definido é indefinido» 
esplicar cuáles son los que tenemos en castellano , que seguramente son 
que se asignan en las gramáticas vulgares. 

opresión apósita al nombre apelativo, que sirva para reducirlo á significar 
uo fijo j determinado , es articxdo definido. 

) que compré : voy á mi casa : estuve en tu campo : dame esa espada : aquH 
c vino : esta fuente: su serenidad me admira , son frases en las cuales los 
"scrilos en bastardilla, son verdaderos artículos; pues no tienen mas uso 
ir á significación individual las voces genéricas que afectan. En vano se 
*aen ademas consigo las ideas de posesión ó de situación relativa al que 
ue así son adjetivos ; porque no son esas ideas las que se quieren espre^ 
es , sino valerse de ellas para coartar la significación del nombre. Cuando 
le mí libro; si bien supongo que el libro me pertenece, no quiero hacer 
opiedad, sino darle á la voz genérica libro nnn señal que distinga el indi- 
ue hablo, (aiando quiero fijar la atención sobre la pertenencia , digo : dá- 
>ro, que es mió, en cuyo caso mto no es artículo, sino adjetivo de po- 

smo modo , cuando digo : mira esos campos , el aposito no hace mas que 
s ; pero cuando Orosman , presentando el cadáver de Jaira á su hermano, 



Mírala : ¿ no es esla ? 



esía^ que encierra un terrible sarcasmo, no es ya artículo, sino un adjetivo 
a. 

imáticos lian llamado muy impropiamente pronombres posesivos y démos- 
los que nosotros llamamos adjetivos de posesión y de situación, porque 
na verdadera cualidad. 

visto que en unos casos son meros artículos, r en otros adjetivos, y el 
i bastado para que se distingan en la pronunciación ; porque en el primer 
i llevan acento , y en el segundo si, como puede verse en los siguientes 



Id y disfrutad nuestras heredades, 

o ; porque nuestros es aqui artículo , y no tiene acento. Al contrario 

Estos campos ton nuestros , disfrutadlos 
ílabo y tiene acentuada la sesta , porque nuestros es adjetivo. 



Del mismo modo 



no es verso , y lo es : 



[40J 



Ven d disfi^tar estas diversum^t 



Son lot alhagos estos , ó perjuro , etc. 



Artículos indefinidos son los que desig:nan un solo individuo; pero sin determinar^ 
lo* Un príncipe ha venido : he visto algunos soldados : leí unos libros. 

La supresión de todo artículo denota siempre una parto ó porción indeterminada; 
de modo que equivale á un artículo indefinido ó partitivo. Como en estos ejemplos: 
Ddmepan: (rdme libros: necesito dinero. Estos ejemplos son fáciles de comprender. 

No lo es tanto el uso del artículo definido ó indefinido en algunas frases en que 
no tiene los oficios que acahamos de espresar , por conservarse en el nombre toda 
tu generalidad. De esta especie son las proposiciones en que se afirman propiedades 
esenciales de los objetos , en las cuales se usan ó se suprimen á voluntad los ar* 
ticulos. 

Isla es un terreno cercado de agua : el circulo es el espacio encerrado dentro de la ctmm- 
ferenciai un hombre es un animal dotado de razón» 

Estas varías maneras de designar en estos casos el nombre con artículo definido 6 
indefinido ó sin él . nos parece que son un medio mas de que se vale el lenguaje 
para denotar lo esencial que es el atributo al sujeto ; pues en parte ó en todo , defi- 
nida ó indefinidamente, siempre se corresponde é identifica con él. 

Cuando dirijimos la palabra á un objeto cualquiera se suprime el artículo ; pues 
entonces bastante individualizado está con hablarle. ^Vsí en castellano , siempre que 
se usa de la interjecion o unida á un nombre no se pone el articulo. Al contrario 
sucede muchas veces en francés : \0h le coqain I ¡O picaro ! 

Los nombres abstractos de cualidades llevan ante sí el artículo definido ó indefi- 
nido , según las circunstancias. Dícese : la verdura del prado : una verdura muy agrada^ 
lile : campos de verdura. En este caso el uso ó la supresión del articulo produce efectos 
análogos al de los nombres genéricos ó específicos. 

En poesía debe usarse con mucha sobriedad del artículo indefinido, cuyo sonido 
«*s desagradable en castellano , ademas de hacer la frase prosaica. Un , unos , algun^ 
algunos rara vez producen buen efecto en la versificación. Hacemos esta advertencia 
porque los vemos prodigados por los poetas de nuestros dias, que tienen á gala no 
l(»er á León , Herrera ni Ilioja , y se estasían ante Vjclor Hugo. 



(t^ucáttoit c^eL oetív lí 



ti I tico. 



11 A\' entre los escritores de gramática general una disputa muy reñida acerva ái 
la naturaleza del verbo , elemento esencial de la oración. Unos lo contemplan coma 



[41] 

espresion compuesta de otras dos, que son, el verbo ser llamado sustanitvOf y base 
común de todos los verbos, y de un adjetivo que representa calidad, acción ó pasión. 
Descomponen , por ejemplo , la espresion yo amo en estas dos : yo soy amante , ó mejor, 
yo soy amando : esto es , yo existo amando. Si se les dice que ningún idioma admite 
esta descomposición sino en muy raros casos , responden que no por eso deja de des- 
componerse asi la idea, aunque el genio del lenguaje común no la admita. En el idio- 
ma hablado no podrá hacerse esa descomposición ; pero sí en el idioma pensado. 

Otros , atendiendo al oríjen del lenguaje y al modo probable y natural con que se 
formó , atribuyen la invención de los verbos al deseo de suplir con la voz el gesto 
con que antes se indicaba la acción ó la pasión. £1 verbo rogar, por ejemplo, fue 
posterior al gesto de un suplicante que representaba su significado , y que lo repre- 
senta todavía cuando el que oye no entiende el idioma del que habla. Bajo este pun- 
to de vista es imposible dar un elemento común á todos los verbos , como quiera que 
cada uno ha procedido de la diversidad de las acciones , situaciones y propiedades 
que el hombre observa , y que quiere espresar , primero con el lenguaje de acción 
y después con el oral. Aun hay mas. I^s verbos que representan ideas mas abstrac- 
tas y generales han debido ser los últimos que se inventasen ; pues los objetos sensi- 
bles é individuales han sido los primeros en llamar la atención asi de los individuos, 
como de los pueblos. Es preciso que haya adelantado la civilización para inventar las 
yocessabery ignorar ^ meditar ^ abstraer ^ opinar y otras que suponen el uso frecuente 
del raciocinio y una intelijencia cultivada. Ahora bien : no hay ninguna idea mas 
abstracta ni mas general que la de la existencia ; por tanto el verbo ser que la repre- 
senta , fue uno de los últimos que se inventaron , y su uso no llegó á hacerse tan ge- 
neral como ahora lo es , sino cuando el lenguaje empezó á pulirse y perfeccionarse. 
Compruébase esta teoría con el estilo de la Sagrada Escritura en los libros del Anti- 
guo Testamento , en los cuales no hay elipsis mas frecuente que la omisión del ver- 
bo sustantivo. ¿Cómo, pues, ha de ser base de todos los verbos el que fue posterior 
en su creación á la mayor parte de ellos , si no á todos ? 

En nuestro entender esta disputa no procede sino del diverso aspecto, bajo el cual 
ha considerado esta materia cada uno de los contendientes. Si atendemos al oríjen 
y formación del lenguaje ; si estudiamos el genio de los diferentes idiomas , es claro 
que ni existió al principio , ni es posible , generalmente hablando , la resolución de 
los verbos en el sustantivo y un adjetivo , participio ó gerundio. Pero si atendemos 
á la deducción filosófica de las ideas, es indudable y evidente aquella resolución. 

Cuando dijésemos : el sol ilumina la tierra , no puede negarse que en la palabra 
ilumina, ademas de los accidentes gramaticales de voz, modo, tiempo, número y 
persona (que son indiferentes en esta cuestión] hay encerradas dos ideas : la primera 
es la de la existencia del sol , y la otra la manera de existir el sol , que es iluminando 
la tierra. Ambas las afirmamos del supuesto de la oración, y la afirmación de una y 
otra está incluida en el verbo , ó absolutamente como en el ejemplo actual , que es 
del modo indicativo, ó relativamente á otras circunstancias como en los demás modos- 
Ambas, pues, son esenciales al verbo. Sin la segunda no hay acción, pasión ni pro- 
piedad atribuida al sol : sin la primera no hay afirmación. Usemos si no del gerundio 
ó del verbal que representan meramente la acción : digamos : el sol iluminador de la 
Herraj ó el sol iluminándola tierra , y quedará el sentido incompleto, porque nada 
hasta ahora se ha afirmado del sol. 

Enhorabuena, pues, se nieguen los idiomas á admitir esta descomposición: en- 
horabuena sea mal dicho el ¿al es iluminante la tierra ó de la tierra , ó el sol es iluminan» 
do la tierra : enhorabuena las frases el sol es iluminador de la tierra^ el sol está iluminando 
la tierra signifiquen en ciertos casos una cosa diferente de la que indica la oración que 
nos ha servido de ejemplo. No por eso deja de ser cierta la existencia de las dos 
ideas. Es, pues, cierta en filosofía la opinión del verbo único. Decimos en filosofía, 
esto es ; en el análisis de las ideas que contiene todo verbo. 

Toda oración es la espresion de un juicio, es decir ; de aquel acto del entendimien- 
to por el cual concebimos que una idea está incluida en otra. En esta parte las ideas 
de acción son lo mismo que las de pasión ó de propiedad ; de todas puede afirmarse 
é negarse que estén incluidas en la de un sugeto. Una misma es la esencia de los 

6 



[42] 
juicios espresados en estas dos proposiciones : el sol es centro de los movimientos planeta^ 
rios , el sol ilumina la tierra , aunque la primera sea , como dicen los gramáticos , ora- 
ción de verbo sustantivo , y la segunda de verbo activo. ¿Por qué? porque el verbo 
activo encierra necesariamente en su idea la del verbo sustantivo. 

Lo mismo podemos decir del verbo pasivo. Aun en los idiomas que tienen voz 
pasiva puede descomponerse el verbo en cuanto á las ideas ; y en los que no tienen 
aquella voz se descompone también en cuanto á la espresion: Manlio fue precipitado 
de la roca Tarpeya representa verdaderamente la pasión de Manlio. Los enemigos del 
verbo único no lo quieren asi , y dicen que el participio prccipiíado no denota acción 
ni pasión , sino el estado en que quedó aquel héroe después de su suplicio , y com- 
prueban su dictamen en el nombre de participio de pretérito que se ha dado á ios pa- 
sivos, por cuanto se reGeren siempre á una acción anterior. Sea así; pero tampoco 
nos negarán que por la figura metonimia es fácil tomar el efecto por la causa, y 
espresar con la voz que significa el estado , la misma acción que sufrió y que prodigo 
aquel estado. Así vemos que la lengua latina , en la cual hay tiempos que tienen pa- 
siva y tiempos que no , da á unos y á otros el mismo réjimen. Tan de pasiva es esta 
oración , dux á militibus interfectus est , como esta , ditx á militibiis interficitur. Una mis- 
ma es la construcción de una y otra , y en castellano son sinónimas estas dos frases; 
el general fue muerto por los soldados: los soldados mataron al general. Si el participio 
muerto solo representa un estado y no una acción sufrida , ¿cómo se le da el réjimen 
por los soldados? Ix>s verbos que solo representan una situación , ^omo amanecer^ e»- 
tar ^ crecer j vivir ^ morir y envejecer y otros muchos no admiten réjimen sino figura- 
damente. 

£s muy común en las lenguas hacerse propias por el uso las espresiones que se 
introdujeron en virtud de alguna traslación ó de otra figura. Sirvan de ejemplo las 
voces que representan operaciones del alma, introducidas primero metafóricamente, 
y que después han llegado á ser tan propias , que el lenguaje no las admite ya en su 
primitiva significación. ¿Quién llama en el dia discttrso al acto de correr de una parte 
á otra, ni reflexión , como no sea en física , al rechazo de los cuerpos elásticos )f Los 
participios pasivos que empezaron significando una situación, han llegado , pues, á 
representar muy propiamente una pasión. 

Es innegable , pues , que la idea de la existencia entra en la composición de to- 
dos los verbos activos ó pasivos , y que ideolójicamente hablando , no hay mas que 
un verbo , siendo los otros compuestos de este verbo y de un adjetivo , puédase ó no 
hacer esta descomposición en los idiomas. 

Mas no por eso se crea que adoptamos la idea de Destutt-Tracy , de que sería muy 
conveniente la creación de un idioma filosófico; esto es, arreglado á las nociones de 
la gramática general. Aquel profundo metafisico conocía muy bien la deducción y 
espresion de las ideas ; pero ignoraba ó manifestó olvidar la ideolojía peculiar de la 
imajinacion y de los afectos. £1 hombre necesita de estos, porque son sus fuerzas 
.vitales; de aquella, porque es la fuente de sus placeres mas puros, inocentes y 
agradables ; y Jas especulaciones de la filosofía áridas en comparación de los mo- 
vimientos animados de la fantasía y del corazón, no le harán renunciar al idioma 
ardiente , figurado , armonioso y arrebatador que les es propio. Asi se esplica por 
qué todos los idiomas sin escepcion han conservado las interjeciones , voces las menoi 
filosóficas posibles, pues por sí solas nada a/ia/úan. 

Y asi se esplica también por qué es tan dificil reducir á un sistema ideolójico 
los idiomas; porque si se esceptúan un corto número de reglas generales, todos 
ellos han sido producto de la imajinacion , de las pasiones y de las necesidades hu- 
manas , tan variadas en las diferentes naciones. El filósofo puede y debe analizar 
las operaciones de la mente en la formación de las ideas , juicios y raciocinios; pero 
los que crearon los idiomas ¿hablan hecho esta sabia y profunda análisis? 



[43] 



DNIVERSil ¥ CONSECUENTE! 

COLECCIÓN DE VOCABLOS DE DUDOSA ORTOGRAFÍA. 



c^of^ 2¿J, ^i^oUa ^aic€€e (/e/ ^om, ^grtWi . 1839. 



U£ estos dos opúsculos sobre nuestra ortografía nos ha parecido mas interesante el 
primero que trata de la acentuación. Como es sumamente breve , y solo presenta re- 
bultados sin teoría ninguna anterior, ni pruebas de los principios que establece, es 
fácil que al dar cuenta de estos opúsculos , caigamos en algunos errores que una mas 
lata espiicacion pudiera habernos evitado. 

Pondremos un ejemplo de esta diGcuItad. £1 autor dice que cno se usa ya del acento 
^rave , ni de la sinéresis; pero que deberían usarse.» Nosotros no estamos convencidos 
ni de la necesidad ni de la conveniencia de estos dos signos ; pero acaso si se hubieran 
propuesto algunas |*azones, desistiriamos de nuestra opinión. 

En cuanto al acento grave, al cual llama dominante grave ó deíofw bajo , no hace mas 
fue poner este ejemplo : ¿Vendré ó qué haré! en el cual acentúa la última del primer fu- 
turo con acento agudo , y la última del segundo con grave. No hallamos en la pronun- 
riacion de estas dos palabras motivo alguno para la diferencia : tampoco la hallamos ni 
en el uso común ni en el de las personas instruidas. Si los signos acentuales deben ser 
imájenes de la pronunciación , donde esta no varía debe conservarse el mismo signo. 

La sinéresis nos parece inútil : i .^ porque la te después de ^ lo es , y debería supri- 
mirse. ¿De qué sirve un signo que nada representa en la pronunciación, y no hace mas 
que aumentar esta regla en la ortografía : no suena la u después de q* ^.° porque des- 
pués de g en las sílabas gue^ gui^ donde realmente es útil la u , basta dar por regla ge- 
neral la pronunciación de estas sílabas, y señalar con la diéresis los casos de excepción. 

Agrédanos todo lo que contribuya á homologar los signos con la pronunciación. 
Nosotros quisiéramos que se adoptase generalmente el uso de escribir con i latina la 
conjunción copulativa y, como lo hace nuestro autor ; pero no sabemos por qué ha de 
escribirse diflongo , triftongo , cuando la pronunciación castellana es diptongo^ triptongo. 
Es ya tarde para restituir la pronunciación griega ó latina de estas palabras. 

El autor hace una escelente observación sobre la vocal dominante , que e$ la mas 
Ikna , en los diptongos y triptongos. Esta observación es muy útil en la poesía en el 
uso de los asonantes. Por ejemplo , no pueden ser asonantes albeitar y herida ; pero sí 
aibeitar y perra, lina de las reglas que establece es, que entre la t y la ti es la mas llena 
h que esté posterior : mas nos parece que esta regla sufre una escepcion en la voz des- 
eifido , que es asonante de mudo y no de herido^ aunque algunos lo usan de esta última 
manera. 

£d cuanto á las palabras agudas , hace distinción el autor entre las agudas y las a^ti- 
Otimas, Estas segundas parece que son las que acaban en vocal acentuada , y las prime- 
ras las que acaban en consonantes ó en diptongo, cuya última vocal no es la llena, como 
Sabau. En efecto Sabau es asonante de los agudísimos Alá , allá , Sabá, Conocemos el 
prícipio filosófico de donde procede esta diferencia. Las consonantes y las segundas vo- 



[U] 

cales de los diptongos en fin de dicción han de quitar parte de su fuerza á la vocal sobre 
que carga el acento. Pero si bien apreciamos en lo que merece esta observacioa , y 
puede contribuir al estudio de los elementos del habla , no la creemos útil en la prác- 
tica, ni mucho menos nos parece conveniente inventar un signo nuevo para consig- 
narla. Nuestra razón es la siguiente : 

Cuando pronunciamos estas dos palabras amar^ amarán nos basta saber por los signos 
y reglas ortográficas que las últimas silabas son agudas para cargar sobre ellas el 
acento , que es cuanto debe exijirse de la ortografía, aunque después al pronunciarlas 
no sea posible que suene tan aguda la primera como la segunda. /Por qué , pues , he- 
mos de emplear un signo nuevo para hacer una cosa que no es posible dejar de hacerla? 
Simplifiquemos la enseñanza. Mas no por eso omitirá el buen profesor advertir esta di- 
ferencia á sus alumnos. 

£n la versificación, donde es mas necesario el conocimiento de los acentos, el mismo 
efecto hacen las voces agudas que las agudísimas , en cuanto á la medida y á los he- 
mistiquios : por tanto es también inútil para ella la duplicidad del signo. 

No nos parece igualmente filosófica la división dé las voces graves ó llanas^ (como 
las llama nuestro autor), en graves terminadas en vocal y en graves terminadas eo 
consonante ; porque en unas y otras es siempre el mismo el valor de la sílaba acentua- 
da , sin admitir menoscabo alguno por la consonante final , que está demasiado lejana 
de ella para afectarla. Igualmente suenan las penúltimas de padre y de cárcel, Pero nos 
agrada la distinción de los esdrújulos en los que tienen acentuada la antepenúltima , y 
los que llevan el acento en una silaba anterior , como habiéndoselas^ quítaselos. £1 autor 
llama á estas voces esdrtijulisimas ; pero como no conocemos ninguna en castellano, sino 
las que llevan al fin los pronombres enclíticos tn«, nos etc., nos parece conveniente 
que se advirtiese que no hay palabras de esta clase en nuestro idioma , sino por aquel 
accidente gramatical. Trae un ejemplo, quilándosenoslo , que rara vez tendrá lugar en 
el uso de nuestra lengua ; porque es raro que un verbo pueda rejir tres casos di- 
ferentes. 

£n cuanto á las voces que el autor llama rquivocas dominantes , están bien advertidas 
en la ortografía para que se sepan distinguir los casos en que deben llevar acento ; mu- 
cho mas, cuando varias de ellas son monosílabas. £s indispensable saber cuándo carga 
el acento, y cuándo no , en las palabras se, «i, cotno^ donde^ y otras. Lo mismo decimos 
de las que el autor llama equivocas antesumisas que son las mismas que las anteriores 
cuando no llevan acento. £stas reglas y la de las pequeñas inequívocas pueden someterse 
á una ley general, y es: que no se pronuncian acentuadas las voces que representan ar- 
tículos , preposiciones ó conjunciones ; porque estas voces nada significan por si mis- 
mas , y hacen esperar siempre un nombre ó un verbo , al ciial se incorpora su pro- 
nunciación. £1 autor indica esta regla al fin de la pajina cuarta y principio de la quin- 
ta. Somos de su opinión en cuanto á suprimir el acento en las vocales a , e , i , o , u, 
cuando la primera es preposición, y las otras cuatro son conjunciones. 

Hechas estas observaciones sobre la pronunciación de las palabras , pasa el autor á 
esplicar las reglas ortográficas, que se reducen á las siguientes. 

Acentuar las voces agudísimas , esto es, las agudas que acaban en vocal, las graves 
que acaban en consonante , las equívocas y las esdrújulas. £sta es la regla general. 

Las escepcione^^ se dirijen á evitar superfluidad ó ambigüedad. La primera es no 
acentuar , por motivo de la consonante final , las palabras acabadas en s , como los 
plurales de los nombres, ni los patronímicos ó nombres propios acabados en ez ó en «r, 
como Ramírez , Benitez : ni los tiempos de los verbos acabados en n. £sta escepcion se 
4|uebranta muchas veces, como la de la s en los plurales ; pues se escribe cafés^ meditm 
del verbo medir. Mejor hubiera sido añadir á la regla general que los plurales llevan 
acentuada la misma sílaba que lo está en el singular , á cuya regla no conocemos mas 
«scepcion que la de carácter caracteres , y que en los verbos , cuando para evitar ambi- 
güedad se acentué una sílaba , debe seguir acentuada en todas los personas del mis- 
mo tiempo. 

Otra escepcion es la de los pretéritos en la que , fuera del caso de ambigüedad j no 
es menester acentuar. 

Otra: la de los superlativos regulares , que es supérfluo acentuar. 



[45] 

Otra : la de los vocablos compuestos, como los advervios en mente ^ que tienen dos 
acentos en la pronunciación, y conviene marcar el primero. 

Hemos dejado para el fin las dos escepciones relativas á las vocales unidas por ser 
las mas importantes , y no muy conocidas. 

Las reglas son estas : i .* Cuando de dos vocales finales no dominantes la primera no 
estniu, la palabra es esdrújula, y debe acentuarse la antepenúltima: como dreoy 
héroe , etéreo. Si la primera es » ó u , la voz acaba en diptongo , y es grave , como gra- 
cia j Virginia , mutua, 

2.* La t y u dominantes , inmediatas á otra vocal , ó precediéndose una á otra, 
deben a<;entuarse , como ganzúa alegría, ¿No pudiera omitirse el acento por eecepcion 
en los desilabos graves , como púa , rio (nombre y verbo), Clio , en los cuales es su- 
pérfluo, escepto el caso de ambigüedad , como creo^ creó. 

Estas son las observaciones que nos ba sujerido la lectura^ estudio de este peque- 
ño cuaderno , cuyo objeto es sumamente recomendable , pues se dirije á simplificar á 
nuestra ortografía. 

£1 segundo cuaderno muestra cómo deben pronunciarse muchas voces exóticas, 
ya de nuestro idioma , ya de otras lenguas , muertas y vivas , introducidas en el cas* 
teliano. Esta instrucción es muy útil , pues deben acentuarse de la manera que las 
pronunciamos. Solo barémos aquí una reflexión que no dirije al autor de estos opús- 
culos , sino á los escritores que miran como un sacrilejio escribir los nombres de otras 
naciones, sino como en ellas se escriben , sin atender al uso de nuestros buenos hablis- 
tas. No escribirán Renato por Rané , ni Burdeos por Bordenaux , ni Juan por John, 
aunque les costara un ojo de la cara. Nosotros creemos, que si bien acomoda seguir la 
escritora y pronunciación estranjera en las voces que aun no se han aclimatado en 
nuestra lengua , no así en las que ya están consagradas por el uso. Seria una insensatez 
escribir ó pronunciar en castellaao London , Bayone^ Rhone , Maint , WanauZy en lugar 
de Landres , Bayona , Ródano , Maguncia , Varsovia. 



DE LAS FIGURAS DE PALABRAS. 



^E dá este nombre á las variaciones que se hacen en la fí*ase, sin producir alteración 
alguna en los pensamientos. Cuando se comete un tropo hay variación no solo en las 
voces, sino también en las ideas, pues estas se modifican espresadas por otras nuevas. 
Las voces trasladadas recuerdan por lo menos objf^tos en que no pensábamos al conce- 
bir el pensamiento principal, y recuerdan ademas la relación que tienen con él: así solo 
por un estrado abuso del lenguaje han podido llamarse figuras de palabras. Pero las 
gramaticales nada añaden ni quitan á las ideas; y solo mudan las voces. 

Sio embargo, esta mutación, que parecerá insignificante al ideólogo, no lo esalhu- 
numista, ni lo debe ser. La armonía de la sentencia depende en gran parte de las letras 
yaoenipa que componen las palabras; el lenguaje propio y esclusivo de la poesía se 
complace en las trasposiciones atrevidas, en la supresión ó repetición de voces, en 
eonstnicciones desusadas que no se atrevería á emplear el prosista, en fin, en el uso de 
palabras ya anticuadas, que dan á la fi'ase cierto sabor de venerable sensillez. Judicium 
«Mrnim mperbum^ dice Quintiliano. £1 juicio del oido es muy delicado: y las voces, y no 
los pensamientos, son las que hacen impresión sobre el oido. No hay, pues, una pedan- 
Ittia mas insufrible que burlarse de la solicitud con que los buenos escritores han pro- 



[46] 
curado en todas las naciones sobornar al juez de primera instancia en todas las compo- 
siciones literarias: cslo es, al oido. Quien desprecia ese cuidado no escribirá Dunca co- 
mo Cicerón, Fenelon ó Hacine. 

La teoría del Hipérbaton ó transposición, está muy ligada con los principios de la 
ideolojía, aunque parezca contraria á ellos. Claro es que en toda oración, esto es^ en to- 
do Quieto enunciado^ debe presentarse antes al entendimiento la idea, de la cual se afir- 
ma alguna cosa, después sus accesorios y modificativos, y en último lugar aquella que 
afirmamos de la idea. Las palabras naturalmente deben seguir este orden regularé ló- 
jico, cuando solo se trate áe juzgar: así como cuando raciocinamos, colocamos el con- 
secuente después del antecedente: esto es, primero enunciamos la proposición que con- 
tiene á la otra, y después la que percibimos que está contenida en la primera. Asi se 
procede en matemáticas, cuyo lenguaje es altamente lójico, no solo porque se versa 
sobre objetos exactamente mensurables, sino también porque no pueden escitar pasio- 
nes que conmoviendo el corazón, perturben por consecuencia el orden tranquilo con 
que el entendimiento percibe y coloca las ideas. Rousseau ha dicho, y no fue esta una 
de sus paradojas, que si hubiesen existido hombres interesados en negar la propiedad 
del cuadrado de la hipotenusa, no hubieran faltado escritos y argumentos con- 
tra ella. 

Hemos csplicado el orden regular y lójico de la oración; pero este curso tranquilo, 
monótono y constante desaparece apenas la fantasía ó el corazón se sienten conmovi- 
dos. Entonces deja de ser natural la filiación de las ideas; y lo que verdaderamente exi- 
jen la pasión ó la imajinacion, esto es, la naturaleza del hombre, es que se coloquen 
los objetos y las voces que los representan, no según su dependencia ideolójica, sino 
según el grado de interés que escitan en el que habla. Este nuevo órJen, dictado por 
la pasión ó la fantasía, es el que se consigue espresar por medio de la trasposición. 

No todas las lenguas tienen igual libertad é iguales recursos para trasponer las 
palabras. Los humanistas han observado que las lenguas antiguas, formadas en épocas 
en que los hombres raciocinaban menos y sentían mas, son las que avlmiten mejor el 
hipérbaton, fenómeno que comprueba la teoría que hemos esplicado anteriormente. 
También se ha observado, y la razón lo dicta, que los idiomas, mas libres de artículos, 
preposiciones y verbos auxiliares, se prestan mejor á alterar el orden de la colocación; 
y nuestro Luis de I^eon arrostró una empresa superior á las fuerzas de la lengua caste- 
llana, cuando en los \omhres (le Cristo se empeñó en comunicarles el genio traspositivo 
de la latina. En efecto, el castellano, aunque menos trabado que otros idiomas moder- 
nos, sin pasiva, con verbos auxiliares, con artículos y sin declinaciones no podrá jamás 
competir en esta parte con el bello lenguaje de los señores del mundo, libre y majes- 
tuoso como ellos. 

Pero un hecho, tan averiguado é indudable , como decisivo en la' materia, es que 
no hay idioma alguno , por esclavo que sea de las leyes de su gramática, que no baya 
ronccdiílo el pernuso mas ó menos lato de trasponer á sus poetas. Si nosotros no pode- 
mos decir, como Tomé de Burguillos hablando de un gato enfurecido; 

En una de fregar cayó caldera , 

podemos con León llamar á Dáfnis 

De hermosa grey pastor muy mas hermoso. 

¿Por qué se permite á los poetas la trasposición que en prosa sería justamente cen- 
surada? Porque si esta figura se opone á la lójica de las ideas , es muy conforme á la 
de las pasiones ; y el lenguaje poético es el idioma de la pasión , ó por lo menos de la 
fantasía exaltada, 

El Arcaísmo , ó el uso de voces anticuadas pertenece también al dominio de los 
])oetas, aunque no esté prohibido á los oradores, ni á los escritores de otros géneros 
('n prosa. El principio es que las palabras y locuciones antiguas dan dignidad al lengua- 
je ; pero en esta parte, como en casi todas las demás de la literatura, la dificultad está 
en la feliz aplicación , en el tino y acierto de la introducción. 



[47] 
rgo , puede asegurarse por regla general, que seráa felices los arcaísmos 
representen con una voz ó frase do buena formación y sonido lo que se- 
aclual de la lengua requeriría un giro ó Tulgar, ó prosaico, oque destru- 
lia. No aconsejaría mos á nadie que dijese maguer en lugar de la espre* 
i bien : pero ¿por qué no ha de decirse asaz en lugar de bastante 6 harto^ 
icos? ¿Ño es mejor el caeci en un prado de Berceo , que vine d parar d un 
ienen de malo las flores bien olientes de aquel anliquisimo poela? Pero lo 
)do depende del tino y del juicio. £1 estudio de nuestro idioma puede y 
ionar á nuestros poetas el uso y rehabilitación de muchas voces y frases, 
en el polvo de los arcaísmos, y que no debieron serlo nunca ; porque se 
iin tener otra cosa que poner en su lugar. Dígalo si no la neglijencia con 
erder en nuestro idioma el régimen de los participios activos, 
supresión es una figura que no ha tenido su orijen en el deseo de la 
10 en la propensión natural al hombre de evitar el trabajo inútil. Usamos 
en los raciocinios mas abstractos, aun en el lenguaje de las ciencias. 
Lucíamos cuatro frases seguidas , aun en el uso común de la vida , sin 
is voces , que aunque necesarias para el completo sentido , las suple fácil- 
nos oye. 
5 , hablando á su hijo : 

Disce puer , virtutem ex me, verumque , laborem 
Fortunam ex alus. 

La virtud y la gloria de mi aprende : 

y de oíros la fortuna. 

erbo aprende^ está suprimido en la segunda frase. Rioja dice, hablando 
lOma: 

Que no os perdonó el hado , no la suerte^ 
¡Ayl ni por sabia d ti , ni á ti por fuerte. 

Ueza de una elipsis muy oportuna se añade la de la repetición que no lo 

^uras de palabras tienen por único- objeto la armonía : tales son la sina- 

•is, la sínco|)a y la apócope. En prosa solo pueden emplearse en los casos 

itido el uso ; como del hombre en lugar de el hombre , norabuena^ por en- 

idalgo en vez de hijodealgo , algún por alguno. Pero en verso se estiende 

icia. 

i no solo se comete , sino casi siempre es de rigoroso precepto en cuanto 

mo silaba para el verso la de la vocal elidida. 

Estos , Fdbio , ¡ay dolor! que ves ahora. 

rso la última silaba de Fabio no se cuenta. 

) se permite algunas veces ; pero solo en voces compuestas de preposi- 

pio y cuando esta no es necesaria : como sangrentada por ensangrentada. 

IS licencias y otras de la misma especie , se necesitan ejemplos ó modelos 

<ío así para la sinalefa, cuyo objeto es evitar el hiato que producirían dos 

las , si ambas tuviesen igual valor en el verso. 

>s agregar á las ya mencionadas otras licencias , como la introducción de 

s latinas ; tal es la de Luis de León : 

Que tienen y los motiles sus oídos 

ica también , como el et pospuesto d« los latinos ; la adición de letras 
lio ó al principio de las palabras , y otras muchas de que se valen los 
ur á su idioma un carácter particular, y dialioguirlo del de la prosa. Pero 



i 

I 



[48] 
aquí debemos hacer una advertencia muy importante, y es: que el dialecto poético de 
la lengua castellana está ya fijado ; y que es imposible hacer en él innovaciones de que 
no encontremos modelo ó ejemplo en los poetas del siglo XVI. Las lenguas no tieneo 
una perfectibilidad indefinida. Cuando llegan á cierto punto no es lícito alterarlas. 



DE LAS FIGDRAS DE RACIOCM. 



■=SKi(2$»»:;5> 



ARTICULO I. 



JuLÁMAMSE asi aquellas formas particulares qne se dan al pensamiento , cuando 
el ánimo , libre de pasiones , quiere demostrar una verdad , y esponerla con toda li 
claridad y enerjia posibles. Tales son el símil , la antítesis , la interrogación en ma- 
chos casos, la polisíndeton, la asíndeton, la suspensión , la gradación y algunas otras 
de su clase, de que generalmente se usa para dar vigor y elegancia al razonamiento. 
Esplicada la naturaleza y uso de estas figuras no será dificil conocer la de las otras 
que pertenecen á la misma especie. 

£1 símil ó la comparación puede tener dos objetos : el uno , ilustrar el pensa- 
miento, el otro, embellecer el estilo. En el primer caso es figura de raciocinio: en 
el segundo de fantasía , y pertenece á la segunda clase de las figuras. 

Un célebre publicista lia dicho que la comparación no es razón; y es imposible negar 
este axioma. Por consiguiente el símil no se emplea en demostrar, sino en dar luz j 
esplendidez al pensamiento , haciendo que intervenga en él la imajinacion. El filósofo 
que comparó el avaro á un cerdo, animal inmundo, ó incómodo durante su vida; 
pero que con su muerte regocija á todos, nada pretendió demostrar; pero dio muy bien 
á entender la bajeza, estupidez y resultados mas comunes de aquel vicio. ¿Deque ma- 
nera? Llamando la fantasía en auxilio déla razón ^ y presentando bajo un símil , cuya 
exactitud es imposible desconocer, toda la fealdad de pasión tan soez. El mismo efecto 
produce la hermosa comparación de Kioja. 

¡Que calladn que pasa las montañas 
El aura respirando mansamente! 
¡Qué garrida y sonante por las cañas! 

w 

i^ montaña es el varón verdaderamente bueno; la caña el hipócrita; y el aura 
la virtud. 

Para que en las obras de raciocinio sea admitida y valedera la comparación , es ne- 
cesario , pues , que contribuya á ilustrar el pensamiento , y á darle el aspecto bajo el 
cual quiere presentarle el escritor : que no se alargue demasiado ni se estienda á otras 
circunstancias mas que las que quieren espresarse , (precepto á que se falta en poesia; 
porque en ella la comparación es figura de adorno, y no de raciocinio): que no se re- 
pitan demasiado , ni se hagan sin necesidad las comparaciones , porque cuando se ra- 
ciocina no se trata de mostrar ingenio , sino de esclarecer el asunto : que no se 
tomen los símiles de objetos mas elevados ó mas bajos que el que se compara, ni muy 
semejantes y obvios, ni muy separados , y por tanto dificilesde entender, con respecto 
al asunto , ni en fin de objetos obscenos ó nauseabundos que ofendan la decencia ó el 



[M] 

estómago. Los limites de la comparación , mirada como figura de. raciocinio , son pre- 
cisamente los que indique la necesidad. No es licito pasar mas adelante. 

Mucho mas hay que decir del símil , considerado como figura de imajinadon ; pero 
lo resenramos para cuando se trate de esta clase. 

La comparación se funda en la semejanza de dos objetos : la antitesis en su oposi- 
ción. Pero esta sola no hasta para formar antitesis : ' se necesita ademas que las n^ases 
en que se espresan las dos ideas contrapuestas , se pongan juntas, y sean iguales ó casi 
iguales en tamaño. Puede haher contraste sin antitesis , como en la sublime espresion 
de Séneca : cRes est sacra miser.» El infeliz e$ una coia sagrada. La oposición entre el 
hombre infeliz y abatido por el infortunio , y la reverencia y veneración que exije 
para él nuestro filósofo es evidente : mas no hay contraposición intentada y marca- 
da , no hay antitesis. La habría si dijésemos : todos desprecian al infeliz ; pero todos (ie- 
Ineran reverenciarle. 

Este ejemplo basta para probar que puede existir el contraste de las ideas sin 
haber figura : observación importante ; porque la antitesis es por sí misma una forma 
escesivamente brillante y las mas veces afectada del discurso , y por tanto incompa- 
tible con la pasión cuando los afectos, señaladamente los tiernos y melancólicos, nunca 
se espresan mejor que por los contrastes. Chateaubriand, en su genio del cristianismo ha 
caracterizado por ellos el estilo de Yirjilio , el mas sensible , el mas tierno , y al mis- 
mo tiempo el mas profundo de los poetas de la antigüedad. Parece aue este digno 
émulo de Homero , conociendo la nada de todas las cosas humanas se dedicó á espli- 
car ^T negaciones y esto es, por lo que no son, los objetos de los sentimientos que 
describe, y de aquí nace aquel colorido inesplicaible de profunda melancolía que toman 
bajo su pincel las pasiones tiernas. 

En dfecto , obsérvese que casi todas las frases de grande efecto en este poeta son 
negativas» Tal es aquel verso de Dido, próxima á morir; 

Dulces exutia , dutn fata Deusque sin^nt 

y que tan bella y tiernamente tradujo nuestro Garcilaso 

ó dulces prendas..., 

\ Dulces y alegres cuando Dios querial 

Evandro , viendo muerto á su hijo Palante, esclama: 

Non haec , oh Palla , dederas promissa parenti 
No prometiste asi , Pelante mió. 

La madre de Eurialo , viendo la cabeza destroncada del hijo , dice : 

cTunc illa senectae 

sera me® requies?» 

lEste descanso d mi vejez guardaban 

Pero ¿qué nos cansamos en hacinar ejemplos? ¿No vale por todos la célebre espresion 
Ei campos ubi Troja fuit? cLos campos donde Troya fué.» £1 artificio , si asi puede lla- 
marse , del poeta de Mantua para describir las pasiones consiste casi siempre en ma- 
nifestar el contraste entre lo que es , y lo que fué ó lo que debiera ser , ó en fin lo 
que se esperaba ó se deseaba que fuese. 

El contraste, pues, de las ideas, cuando no se las contrapone simétricamente , es 
propio del lenguaje apasionado ; pero apenas aparece esta simetría : apenas se presen- 
ta la antitesis dejamos de creer en la pasión ; porque ninguno que esté fuertemente 
ooomovido se entretiene en simetrizar frases , ni en contraponer palabras á palabras. 
Ni ano los vuelos de la imajinacion admiten ese estudio. 

El radocÍQÍo si ; porque los pensamientos reciben á veces mucha luz de sus contra- 

7 



[50] 
ríos , asi como también la reciben de sus semejantes; y nunca parecen mas contrartai 
dos ideas que cuando se encierran en dos frases contrapuestas y de casi i^al estension; 
porque juzgamos mejor de la oposición entre ellas cuando en todo aparecen iguales, 
menos en aquello en que se oponen . 

Los ejemplos de la antítesis son muy frecuentes en los buenos escritores. La mas 
célebre es, sin disputa, la de Juliano. Diciéndole á este emperador uno de sus adula- 
dores , si bastase negar el critnen , iiadie seria culpado : respondió ; si bastase acusar ^ nadk 
sei'ia inocente. 

Esta figura tiene el artificio muy á las claras ; y por tanto no conviene prodigarla. 
Su regla esencial es que la oposición en que se funda ocurra naturalmente y no sea 
buscada con afectación , como la del epigrama de Ausonio : 

Infelix Dido , nuUi bene nupta marito; . 
Hoc pereunte fugis , boc fugiente peris. 

Dido infeliz en maridos , 

Pue.'i ninguno te conviene : 

Al morir el uno , huyes ; 

Al htiir el otro , mueres. 



ARTICULO II. 

JLa interrogación no es figura , sino modo común de bablar , cuando se pregunta lo 
que se ignora ; pero lo es de raciocinio , y muy cnórjica , cuando se pregunta lo que 
se sabe ; mucbo mas si la pregunta se bace al que es de contraria opinión. Adquiere 
el argumento mayor fuerza , por dos razoces : la una , porque parece que se pone en 
manos del adversario la decisión del asunto: la otra, porque supone en el que habla 
una profunda convicción de la verdad ó de la justicia de su causa. 
Cuando Priamo pregunta á Sinun 

Quo moiem lianc inmanis equi statuere? quis auctor? 
Quidve pctunt? qiia; religio? aut quas machina bclli? - 

¿Para que levantaron esa mole 

del inmenso caballo ? ¡/¡uién la hizo^ 

6 con que fin? ¿es mdquina de guerra 

ó religioso ro/o? 

pregunta sencillamente lo que ignora á quien cree capaz de responderle ; pero cuando 
Lucrecia responde á Colatino que le preguntaba por su salud : tMinimé: quid enim 
salvi esl mulirri amis.'ia pudicilia'h «qué salud puede haber en una mujer que ha perdido 
la honestidad?» esta última pregunta es una verdadera figura de elocución , y la usa 
para afirmar con mas ahinco lo que su esposo sabia tan bien como ella. 

La interrogación es una figura común en las disputas , principalmente si son un 
poco acaloradas como las del foro y de la tribuna. Para que esté bien introducida son 
necesarias dos condiciones : la primera es que no se repita demasiado , porque no pa- 
rezca amanerado el estilo, observación que debe tenerse presente en todos los giros y 
formas de la sentencia : la segunda y mas principal es, que cuando se cometa la inter- 
rogación sea con la certidumbre de dejar á su adversario sin respuesta. Tal fue la 
magnífica interrogación de Cicerón , defendiendo á Quinto Ligarlo delante de César 
contra el acusador Tuberon , que habiendo llevado las armas contra el dictador , no 
tenia pudor , después de restituido á su gracia , de acusar á quien nunca fue tan ene- 
migo suyo como el : Quid enim^ Tubei'o^dist rictus Ule tuusin acie pliarsalica gladius agdfotf 
cuJHs latus Ule muero pefebat? qui sensns erat armonim tuorum'f qiue tua mens? ociiíi? manus? 



[511 

ardor animi? quid eupieba$? quid optabas? cPorque ¿qué solicitaba tu acero desnudo en la 
iMtalla de Farsalia/ ¿á qué pecho dirijias su punta? ¿á qué fin manejabas las armas? 
¿cuál era tu iotencioa? ¿qué buscaban tus ojos , tus manos , tu ánimo enardecido? ¿qué 
querías? ¿qué deseabas?» 

A veces la interrogación es figura vehementísima de pasión ; como la de Dido, figu- 
rándose el peligro de acometer á Eneas enmedio de los troyanos. 

¿Quem metui montura? 

Si el morir era cierto ¿qué temiaf 

En efecto, no es ajena la interrogación de la lójica délas pasiones; y en estos casos 
obra por simpatía , cuando es bien introducida. Todas las almas responden á placer del 
que las pregunta apasionado. 

La Polisíndeton ó la Asindenton , esto es , la acumulación ó supresión de las con- 
junciones son figuras de que se hace frecuente uso. Pero es menester discernir los 
casos en que conviene una y otra. Cuando queremos espHcar la rapidez con que pasan 
los objetos, ó se aglomeran los sucesos, la pluma del escritor, arrebatada por las ideasi 
deja olvidadas las partículas , que por su naturaleza son menos esenciales en el len- 
guaje j como se verifica en la espresion de César , al dar cuenta al senado de la guerra 
del Ponto : veni^ tidij vid.* IJegué, vi^ vencí: O la estanza de fray Luis de León, in- 
citando al rey Rodrigo á la defensa de su nación : 

Acude , acorre , vuela , 

traspasa la alia sierra , ocupa el llano , 

no perdones la espíela , 

no des paz á la mano^ 

menea fulminando el hierro insano. 

Pero cuando acomoda al escritor llamar la atención sobre cada uno de los obje- 
tos que presenta, multiplica para separarlos las conjunciones ó bien alguna otra parte 
de la oración que produzca el mismo efecto , por medio de la figura llamada Repe- 
tición. Cicerón dice al sedicioso Catilina, que la patria le aborrece y le teme, y 
aüade : iHujus tu ñeque auctoritatem verebere^ ñeque judicium sequere^ ñeque vim pertimis- 
ces? ¿7m ni respetarás su autoridad, ni seguirás su dictamen , ni temerás su poder? 

La gradación consiste en dar cada vez mayor vigor al pensamiento , y aun aco- 
moda que las frases vayan también aumentando y se hagan cada vez mas llenas y 
sonoras, para auxiliar con la armonía el aumento que toma la sentencia. 
Virgilio dice: 

Arma velit , poscatque simul , rapiatque juventus 
Quiera las armas y las pida al punto 
y la fogosa juventud las tome. 

La suspensión consiste en recorrer las diferentes respuestas que pueden darse á 
una cuestión , demostrando brevemente la insuficiencia de todas , escepto de la que 
dá al fin el mismo escrítor. La Preterición en suponer que se omiten muchas ideiss, 
cuando realmente se insiste en ellas , aunque vigorosa y concisamente. La Corrección, 
eo enmendar artificiosamente lo que se ha dicho para buscar una palabra roas pro- 
pia , ó una idea mas luminosa. La Concesión , en suponer verdaderas algunas propo- 
rciones del adversario para confundirle mejor. Pero estas figuras y otras muchas 
están sometidas á las reglas generales que ya hemos espuesto, á saber: i.' que no 
sean estudiadas: 2.' que no se repita una sola con demasiada predilección : 5.' que 
aazcan de la misma materia natural y oportunamente. 

Estas reglas pudieran reducirse á una sola: solicitese la enerjia del pensamiento y d$ 
k fra$e antes que la elegancia. Esta vendrá después. 

Podemos también contar entre las figuras del raciocinio las mismas formas que 
lotlójico6 le han asignado, á saber: el En tí mema, el Sorites, el Dilema, y tal 
vez el Silojismo. Pero son estas maneras de decir tan artificiosas , sedaladamenle la 



[42] 

juicios espresados en estas dos proposicioDes : el sol es centro de los movimientos pUmUor 
rios , el sol ilumina la tierra , aunque la primera sea , como dicen los gramáticos , ora- 
ción de verbo sustantivo , y la segunda de verbo activo. ¿Por qué? porque el verbo 
activo encierra necesariamente en su idea la del verbo sustantivo. 

Lo mismo podemos decir del verbo pasivo. Aun en los idiomas que tienen voz 
pasiva puede descomponerse el verbo en cuanto á las ideas ; y en los que no tienen 
aquella voz se descompone también en cuanto á la esprcsion: Manlio fue precipitado 
de la roca Tarpeya representa verdaderamente la pasión de Manlio. Los enemigos del 
verbo único no lo quieren asi , y dicen que el participio precipitado no denota acción 
ni pasión , sino el estado en que quedó aquel héroe después de su suplicio , y com- 
prueban su dictamen en el nombre de participio de pretérito que se ba dado áios pa- 
sivos, por cuanto se reGeren siempre á una acción anterior. Sea así ; pero tampoco 
nos negarán que por la figura metonimia es fácil tomar el efecto por la causa, y 
espresar con la voz que significa el estado , la misma acción que sufrió y que prodigo 
aquel estado, ¿isí vemos que la lengua latina , en la cual hay tiempos que tienen pa- 
siva y tiempos que no , da á unos y á otros el mismo réjimen. Tan de pasiva es esta 
oración , dux a militibus interfectas est , como esta , dux á militibiis interficitur. Una mis- 
ma es la construcción de una y otra , y en castellano son sinónimas estas dos frases: 
el general fue muerto por los soldados: los soldados mataron al general. Si el participio 
muerto solo representa un estado y no una acción sufrida , ¿cómo se le da el réjimen 
por los soldados? Los verbos que solo representan una situación, ^omo amanecérmeos 
tar ^ crecer f vivir ^ morir j envejecer y otros muchos no admiten réjimen sino figura- 
damente. 

Es muy común en las lenguas hacerse propias por el uso las espresiones que se 
introdujeron en virtud de alguna traslación ó de otra figura. Sirvan de ejemplo las 
voces que representan operaciones del alma, introducidas primero metafóricamente, 
y que después han llegado á ser tan propias , que el lenguaje no las admite ya en su 
primitiva significación. ¿Quién llama en el dia discurso al acto de correr de una parla 
á otra, ni reflexión, como no sea en física , al rechazo de los cuerpos elásticos )f Los 
participios pasivos que empezaron significando una situación, han llegado, pues, á 
representar muy propiamente una pasión. 

Es innegable , pues , que la idea de la existencia entra en la composición de to- 
dos los verbos activos ó pasivos, y que ideolójicamente hablando, no hay mas que 
un verbo , siendo los otros compuestos de este verbo y de un adjetivo , puédase ó no 
hacer esta descomposición en los idiomas. 

Mas no por eso se crea que adoptamos la idea de Destutt-Tracy, de que seria muy 
conveniente la creación de un idioma filosófico; esto es, arreglado á las nociones de 
la gramática general. Aquel profundo metafisico conocía muy bien la deducción y 
espresion de las ideas ; pero ignoraba ó manifestó olvidar la ideolojia peculiar de la 
imajinacion y de los afectos. £1 hombre necesita de estos, porque son sus fuerzas 
. vitales ; de aquella , porque es la fuente de sus placeres mas puros , inocentes y 
agradables ; y las especulaciones de la filosofía áridas en comparación de los mo- 
vimientos animados de la fantasía y del corazón, no le harán renunciar al idioma 
ardiente , figurado , armonioso y arrebatador que les es propio. Asi se esplica por 
qué todos los idiomas sin escepcion han conservado las inlerjeciones , voces las menos 
filosóficas posibles, pues por sí solas nada a/ia/¿:;(zn. 

Y asi se esplica también por qué es tan dificil reducir á un sistema ideolójico 
los idiomas ; porque si se esceptúan un corto número de reglas generales , todos 
ellos han sido producto de la imajinacion , de las pasiones y de las necesidades hu- 
manas , tan variadas en las diferentes naciones. El filósofo puede y debe analizar 
las operaciones de la mente en la formación de las ideas , juicios y raciocinios; pero 
los que crearon los idiomas ¿hablan hecho esta sabia y profunda análisis? 



[43] 



DNIVERSil Y CONSECDENTEi 

COLECCIÓN DE VOCABLOS DE DUDOSA ORTOGRAFÍA. 



c^o^ ^, i^^oUh ^aiC€€e (/í/ ^ata, ^grtWi . 1839. 



Di 



'£ estos dos opúsculos sobre nuestra ortografía nos ha parecido mas interesante el 
primero que trata de la acentuación. Como es sumamente breve \) y solo presenta re- 
sultados sin teoría ninguna anterior , ni pruebas de los principios que establece , es 
fácil que al dar cuenta de estos opúsculos , caigamos en algunos errores que una mas 
lata espiicacion pudiera habernos evitado. 

Pondremos un ejemplo de esta diGcultad. £1 autor dice que cno se usa ya del acento 
grave , ni de la sinéresis; pero que deberían usarse.» Nosotros no estamos convencidos 
ni de la necesidad ni de la conveniencia de estos dos signos ; pero acaso si se hubieran 
propuesto algunas |*azones, dcsisliriamos de nuestra opinión. 

En cuanto al acento grave, al cual llama dominante grave ó detono bajo , no hace mas 
que poner este ejemplo : ¿Vendré ó qué haré! en el cual acentúa la última del primer fu- 
turo con acento agudo , y la última del segundo con grave. No hallamos en la pronun- 
ciación de estas dos palabras motivo alguno para la diferencia : tampoco la hallamos ni 
en el uso común ni en el de las personas instruidas. Si los signos acentuales deben ser 
imájenes de la pronunciación , donde esta no varía debe conservarse el mismo signo. 

La sinéresis nos parece inútil : i .^ porque la u después de 7 lo es , y debería supri- 
mirse. ¿I>e qué sirve un signo que nada representa en la pronunciación, y no hace mas 
que aumentar esta regla en la ortografía : no suena la u después de qi ^.° porque des- 
pués de g en las sílabas gue , gui , donde realmente es útil la u , basta dar por regla ge- 
neral la pronunciación de estas sílabas, y señalar con la diéresis los casos de excepción. 

Agrédanos todo lo que contribuya á homologar los signos con la pronunciación. 
Nosotros quisiéramos que se adoptase generalmente el uso de escribir con i latina la 
conjunción copulativa y, como lo hace nuestro autor ; pero no sabemos por qué ha de 
escribirse diftongo , triftongo , cuando la pronunciación castellana es diptongo^ tríptongo. 
Es ya tarde para restituir la pronunciación griega ó latina de estas palabras. 

El autor hace una escelente observación sobre la vocal dominante , que es la mas 
Urna , en los diptongos y triptongos. Esta observación es muy útil en la poesía en el 
oso de los asonantes. Por ejemplo , no pueden ser asonantes albeitar y herida ; pero si 
albeitar y perra, lina de las reglas que establece es, que entre la t y la u es la mas llena 
la que esté posterior : mas nos parece que esta regla sufre una escepcion en la voz des- 
ctddo , que es asonante de mudo y no de herido^ aunque algunos lo usan de esta última 
manera. 

£d cuanto á las palabras agudas , hace distinción el autor entre las agudas y las agu- 
iiiimas. Estas segundas parece que son las que acaban en vocal ¿icentuada , y las prime- 
ras las que acabañen consonantes ó en diptongo, cuya última vocal no es la llena, como 
Sabau. En efecto Sabau es asonante de los agudísimos Aid , alid , Sabd. Conocemos el 
prícipio filosófico de donde procede esta diferencia. Las consonantes y las segundas vo- 



[44] 

cales de los diplongos en fio de dicción han de quitar parte de su fuerza á la vocal sobre 
que carga el acento. Pero si bien apreciamos en lo que merece esta observación , y 
puede contribuir al estudio de los elementos del habla , no la creemos útil en la prác- 
tica, ni mucho menos nos parece conveniente inventar un signo nuevo para coosig- 
narla. Nuestra razón es la siguiente : 

Cuando pronunciamos estas dos palabras amar^ amarán nos basta saber por los signos 
y reglas ortográficas que las últimas silabas son agudas para cargar sobre ellas el 
acento , que es cuanto debe exijirse de la ortografía, aunque después al pronunciarlas 
no sea posible que suene tan aguda la primera como la segunda. /Por qué , pues , he- 
mos de emplear un signo nuevo para hacer una cosa que no es posible dejar de hacerla? 
Simplifiquemos la enseñanza. Mas nu por eso omitirá el buen profesor advertir esta di- 
ferencia á sus alumnos. 

£n la versificación, donde es mas necesario el conocimiento de los acentos, el mismo 
efecto hacen las voces agudas que las agudísimas , en cuanto á la medida y á los he- 
mistiquios : por tanto es también inútil para ella la duplicidad del signo. 

No nos parece igualmente filosófica la división dé las voces graves ó llanas , (como 
las llama nuestro autor), en graves terminadas en vocal y en graves terminadas en 
consonante ; porque en unas y otras es siempre el mismo el valor de la sílaba acentua- 
da, sin admitir menoscabo alguno por la consonante final, que está demasiado lejana 
de ella para afectarla. Igualmente suenan las penúltimas de padre y de cárcel, Pero nos 
agrada la distinción de los esdrújulos en los que tienen acentuada la antepenúltima , y 
los que llevan el acento en una silaba anterior , como habiéndotelas^ quiíagelos. £1 autor 
llama á estas voces esdrujulisimas ; pero como no conocemos ninguna en castellano, sino 
las que llevan al fin los pronombres enclíticos tnf , nos etc. , nos parece conveniente 
que se advirtiese que no hay palabras de esta clase en nuestro idioma , sino por aquel 
accidente gramatical. Trae un ejemplo, quUdndosenoslo , que rara vez tendrá lugar en 
el uso de nuestra lengua ; porque es raro que un verbo pueda rejir tres casos di- 
ferentes. 

£n cuanto á las voces que el autor llama equivocas dominantes^ están bien advertidas 
en la ortografía para que se sepan distinguir los casos en que deben llevar acento ; mu- 
cho mas, cuando varias de ellas son monosílabas. £s indispensable saber cuándo carga 
el acento, y cuándo no , en las palabras se, si^ como^ donde^ y otras. Lo mismo decimos 
de las que el autor llama equivocas antesumisas que son las mismas que las anteriores 
cuando no llevan acento. £stas reglas y la de las pequeñas itiequivocas pueden someterse 
á una ley general, y es: que no se pronuncian acentuadas las voces que representan ar- 
tículos , preposiciones ó conjunciones ; porque estas voces nada significan por si mis- 
mas , y hacen esperar siempre un nombre ó un verbo , al cual se incorpora su pro- 
nunciación. £1 autor indica esta regla al fin de la pajina cuarta y principio de la quin- 
ta. Somos de su opinión en cuanto á suprimir el acento en las vocales a , e , i , o, u, 
cuando la primera es preposición, y las otras cuatro son conjunciones. 

Hechas estas observaciones sobre la pronunciación de las palabras , pasa el autor á 
esplicar las reglas ortográficas, que se reducen á las siguientes. 

Acentuar las voces agudísimas , esto es, las agudas que acaban en vocal, las graves 
que acaban en consonante , las equívocas y las esdrújulas. £sta es la regla general. 

I^s escepcione^^ se dirijen á evitar superfluidad ó ambigüedad. La primera es no 
acentuar , por motivo de la consonante final , las palabras acabadas en s , como los 
plurales de los nombres, ni los patronímicos 6 nombres propios acabados en ez ó en «r, 
como Ramírez , Benitez : ni los tiempos de los verbos acabados en n. £sta escepcion se 
4|uebranta muchas veces, como la de la s en los plurales ; pues se escribe cafés^ median 
del verbo medir. Mejor hubiera sido añadir á la regla general que los plurales llevan 
acentuada la misma sílaba que lo está en el singular , á cuya regla no conocemos mas 
«scepcion que la de carácter caracteres , y que en los verbos , cuando para evitar ambi- 
güedad se acentué una silaba , debe seguir acentuada en todas los personas del mis- 
mo tiempo. 

Otra escepcion es la de los pretéritos en la que , fuera del caso de ambigüedad , no 
es menester acentuar. 

Otra; la de los superlativos regulares , que es supérfluo acentuar. 



[45] 
^Ira: la de los vocablos compuestos, como los advervios en mente, que lieoen dos 
;os en la pronunciación, j conviene marcar el primero. 

íemos dejado para el fín las dos escepciones relativas á las vocales unidas por ser 
las importantes , y no muy conocidas. 

as reglas son estas : i .* Cuando de dos vocales finales no dominantes la primera no 
li 11 , la palabra es esdrújula, y debe acentuarse la antepenúltima: como área, 
, etéreo. Si la primera es i ó u , la voz acaba en diptongo , y es grave , como gra- 
Virginia, mutua, 

.* La t y u dominantes , inmediatas á otra vocal , ó precediéndose una á otra, 
Q acentuarse, como ganzúa alegría. ¿No pudiera omitirse el acento por escepcion 
y» desílabos graves , como púa , rio (nombre y verbo), Clio , en los cuales es su- 
uo , escepto el caso de ambigüedad , como creo, creó, 

stas son las observaciones que nos ha sujerido la lectura^ estudio de este peqae- 
laderno , cuyo objeto es sumamente recomendable , pues se dirije á simplificar á 
Ira ortografía. 

i segundo cuaderno muestra cómo deben pronunciarse muchas voces exóticas, 
9 nuestro idioma , ya de otras lenguas , muertas y vivas , introducidas en el cas* 
10. Esta instrucción es muy útil , pues deben acentuarse de la manera que las 
unciamos. Solo haremos aqui una reflexión que no dirije al autor de estos opús- 
i , sino á los escritores que miran como un sacrilejio escribir los nombres de otras 
»nes , sino como en ellas se escriben , sin atender al uso de nuestros buenos hablis- 
^o escribirán Renato por Rané, ni Burdeos por Bordenaux , ni Juan por John, 
ue les costara un ojo de la cara. Nosotros creemos, que si bien acomoda seguir la 
tara y pronunciación estranjera en las voces que aun no se han aclimatado en 
tra lengua , no así en las que ya están consagradas por el uso. Seria una insensatez 
bir ó pronunciar en castellaao London , Bayone, Rhone , Maint , Warsauz, en lugar 
óndres , Bayona , Ródano , Maguncia , Varsovia, 



DE LAS FIGURAS DE PALABRAS, 



ste nombre á las variaciones que se hacen en la frase, sin producir alteración 
\ los pensamientos. Cuando se comete un tropo hay variación no solo en las 
o también en las ideas, pues estas se modifican espresadas por otras nuevas, 
trasladadas recuerdan por lo menos objf^tos en que no pensábamos al conce- 
amiento principal, y recuerdan ademas la relación que tienen con él: así solo 
rano abuso del lenguaje han podido llamarse figuras de palabras. Pero las 
?s nada añaden ni quitan á las ideas; y solo mudan las voces, 
largo, esta mutación, que parecerá insignificante al ideólogo, no lo es albu- 
lo debe ser. I^ armonía de la sentencia depende en gran parte de las letras 
ue componen las palabras; el lenguaje propio y esclusivo de la poesía se 
Q las trasposiciones atrevidas, en la supresión ó repetición de voces, en 
es desusadas que no se atrevería á emplear el prosista, en fin, en el uso de 
mlicuadas, que dan á la frase cierto sabor de venerable sensillez. Judicium 
um, dice Quintiliano. El juicio del oido es muy delicado: y las voces, y no 
tos, son las que hacen impresión sobre el oido. No hay, pues, una pedan- 
fríble que burlarse de la solicitud con que los buenos escritores ban pro- 



[46] 
curado en lodas las naciones sobornar al juez de primera instancia en todas las compo- 
siciones literarias: cslo es, al oido. Quien desprecia ese cuidado no escribirá nunca co- 
mo Cicerón, Fenelon ó Racíne. 

La teoría del Hipérbaton ó transposición, está muy ligada con los principios de la 
ideolojía, aunque parezca contraria á ellos. Claro es que en toda oración, esto es, enlo- 
do Juic/o enunciado^ debe presentarse antes al entendimiento la idea, de la cual se afir- 
ma alguna cosa, después sus accesorios y modificativos, y en último lugar aquella que 
aflrmamosde la idea. Las palabras naturalmente deben seguir este orden regular ó ló- 
jico, cuando solo se trate de juzgar: así como cuando raciocinamos, colocamos el con- 
secuente después del antecedente: esto es, primero enunciamos la proposición que con- 
tiene á la otra, y después la que percibimos que está contenida en la primera. Así se 
procede en matemáticas, cuyo lenguaje es altamente lójico, no solo porque se versa 
sobre objetos exactamen^ mensurables, sino también porque no pueden escitar pasio- 
nes que conmoviendo el corazón, perturben por consecuencia el orden tranquilo con 
que el entendimiento percibe y coloca las ideas. Rousseau ba dicho, y no fue esta una 
de sus paradojas, que si hubiesen existido hombres interesados en negar la propiedad 
del cuadrado de la hipotenusa, no hubieran fallado escritos y argumentos con- 
tra ella. 

Hemos csplicado el orden regular y lójico de la oración; pero este curso tranquilo, 
monótono y constante desaparece apenas la fantasía ó el corazón se sienten conmovi- 
dos. Entonces deja de sernatnral la filiación de las ideas; y lo que verdaderamente exi- 
jen la pasión ó la imajinacion, esto es, la naturaleza del hombre, es que se coloquen 
los objetos y las voces que los representan, no según su dependencia ideolójica, sino 
según el grado de interés que escitan en el que habla. Este nuevo órJen, dictado por 
la pasión ó la fantasía, es el que se consigue espresar por medio de la trasposición. 

No todas las lenguas tienen igual libertad é iguales recursos para trasponer las 
palabras. Los humanistas han observado que las lenguas antiguas, formadas en épocas 
en quo los hombres raciocinaban menos y sentian mas, son las que aJmiten mejor el 
hipérbaton, fenómeno que comprueba la teoría que hemos esplicado anteriormente. 
También se ha observado, y la razón lo dicta, que los idiomas, mas libres de artículos, 
preposiciones y verbos auxiliares, se prestan mejor á alterar el orden de la colocación; 
y nuestro Luis de León arrostró una empresa superior á las fuerzas de la lengua caste- 
llana, cuando en los Nombres de Cristo se empeñó en comunicarles el genio traspositivo 
de la latina. En efecto, el castellano, aunque menos trabado que otros idiomas moder- 
nos, sin pasiva, con verbos auxiliares, con artículos y sin declinaciones no podrá jamás 
competir en esta parte con el bello lenguaje de los señores del mundo, libre y majes- 
tuoso como ellos. 

Pero un hecho, tan averiguado é indudable, comq decisivo en la' materia, es que 
no hay idioma alguno , por esclavo que sea de las leyes de su gramática, que no haya 
concedido el permiso mas ó menos lato de trasponer á sus poetas. Si nosotros no pode- 
mos decir, como Tomé de Burguillos hablando de un gato enfurecido; 

En una de fregar cayó caldera , 

podemos con León llamar á Dáfnis 

De hermosa grey pastor muy mas hermoso. 

¿Por qué se permite á los poetas la trasposición que en prosa sería justamente cen- 
surada? Porque si esta figura se opone á la lójica de las ideas , es muy conforme á la 
de las pasiones ; y el lengu<ije poético es el idioma de la pasión , ó por lo menos de la 
fantasía exaltada, 

El Arcaismo , ó el uso de voces anticuadas pertenece también al dominio de los 
poetas, aunque no esté prohibido á los oradores, ni á los escritores de otros géneros 
en prosa. El principio es que las palabras y locuciones antiguas dan dignidad al lengua- 
je ; pero en esta parte, como en casi todas his demás de la literatura, la dificultad está 
en la feliz aplicación , en el tino y acierto de la introducción. 



[47] 

Síd embargo , puede asegurarse por regla general , que serán felices los arcaísmos 
siempre que representen con una voz ó frase de buena formación y sonido lo que se- 
gún el estado actual de la lengua requeriría un giro ó vulgar, ó prosaico, ó que destru- 
yese la armonía. No aconsejaríamos á nadie que dijese maguer en lugar de la espre- 
sion poética si bien : pero ¿por qué no ha de decirse asaz en lugar de bastante ó hartOy 
que son prosaicos? ¿Ño es mejor el caed en un prado de Berceo , que vine á parar á un 
pradol ¿Qué tienen de malo las flores bien olientes de aquel antiquísimo poeta? Pero lo 
repetimos : todo depende del tino y del juicio. El estudio de nuestro idioma puede y 
debe proporcionar á nuestros poetas el uso y rehabilitación de muchas voces y frases, 
sepultadas ya en el polvo de los arcaísmos , y que no debieron serlo nunca ; porque se 
han perdido sin tener otra cosa que poner en su lugar. Dígalo si no la neglíjencía con 
que se dejó perder en nuestro idioma el régimen de los participios activos. 

Elipsis ó supresión es una iigiira que no ha tenido su oríjen en el deseo de la 
elegancia, sino en la propensión natural al hombre de evitar el trabajo inútil. Usamos 
de ella aun en los raciocinios mas abstractos , aun en el lenguaje de las ciencias. 
Apenas pronunciamos cuatro frases seguidas , aun en el uso común de la vida , sin 
omitir algunas voces , que aunque necesarias para el completo sentido , las suple fácil- 
mente el que nos oye. 

Eneas dice , hablando á su hijo : 

Disce puer , virtutem ex me, verumque, laborem 
Fortunam ex alus. 

La virtud y la gloria de mi aprende : 

y de otros la fortuna. 

en donde el verbo aprende ^ está suprimido en la segunda frase. Rioja dice, hablando 
de Atenas y Roma: 

Que no os perdonó el hado , no la suerte^ 
¡Ayl ni por sabia á ti , ni á ti por fuerte. 

donde á la belleza de una elipsis muy oportuna se añade la de la repetición que no lo 
es menos. 

Muchas figuras de palabras tienen por único- objeto la armonía : tales son la sina- 
lefa , la aféresis , la síncopa y la apócope. En prosa solo pueden emplearse en los casos 
que ha permitido el uso ; como del hombre en lugar de el hombre , norabuena , por en- 
horabuena , hidalgo en vez de hijodealgo , algún por alguno. Pero en verso se estiende 
mas esta licencia. 

La sinalefa no solo se comete, sino casi siempre es de rigoroso precepto en cuanto 
á no contar como sílaba para el verso la de la vocal elidida. 

Estos , Fdbio , ¡ay dolor! que ves ahora. 

En este verso la última silaba de Fabio no se cuenta. 

La aféresis se permite algunas veces ; pero solo en voces compuestas de preposi- 
ción al principio y cuando esta no es necesaria : como sangrentada por ensangrentada. 
Pero para estas licencias y otras de la misma especie , se necesitan ejemplos ó modelos 
autorizados. No así para la sinalefa, cuyo objeto es evitar el hiato que producirían dos 
vocales seguidas, si ambas tuviesen igual valor en el verso. 

Pudiéramos agregar á las ya mencionadas otras licencias , como la introducción de 
conslruccioaes latinas ; tal es la de Luis de León : 

Que tienen y los montes sus oidot 

donde y significa también , como el el pospuesto de los latinos ; la adición de letras 
al fio , enmedio ó al principio de las palabras , y otras muchas de que se valen los 
peetas para dar á su idioma un carácter particular, y distinguirlo del de la prosa. Pero 



[48] 
aquí debemos hacer una advertencia muy importante, y es: que el dialecto poético de 
la lengua castellana está ya fijado ; y que es imposible hacer en él innovaciones de que 
no encontremos modelo ó ejemplo en los poetas del siglo XVI. Las lenguas no tienen 
una perfectibilidad indefinida. Cuando llegan á cierto punto no es licito alterarlas. 



DE m FIGURAS DE MCIOCIO. 



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ARTICULO I. 



JuLÁMAMSE asi aquellas formas particulares qne se dan al pensamiento , cuándo 
el ánimo, libre de pasiones , quiere demostrar una verdad, y esponerla con toda la 
claridad y encrjia posibles. Tales son el símil, la antítesis , la interrogación en mu- 
chos casos , la polisíndeton , la asindcton , la suspensión , la gradación y algunas otras 
de su clase, de que generalmente se usa para dar vigor y elegancia al razonamiento. 
Esplicada la naturaleza y uso de estas figuras no será difícil conocer la de las otras 
que pertenecen á la misma especie. 

Él símil ó la comparación puede tener dos objetos : el uno , ilustrar el pensa- 
miento, el otro , embellecer el estilo. En el primer caso es figura de raciocinio : en 
el segundo de fantasía , y pertenece á la segunda clase de las figuras. 

Un célebre publicista ha dicho que la comparación no es razón; y es imposible negar 
este axioma. Por consiguiente el símil no se emplea en demostrar , sino en dar luz j 
esplendidez al pensamiento, haciendo que intervenga en él la imajinacion. El filósofo 
que comparó el avaro á un cerdo, animal inmundo, é incómodo durante su vida; 
pero que con su muerte regocija á todos, nada pretendió demostrar; pero dio muy bien 
á entender la bajeza, estupidez y resultados mas comunes de aquel vicio. ¿De qué ma- 
nera? Llamando la fantasía en auxilio déla razón, y presentando bajo un símil , cuya 
exactitud es imposible desconocer, toda la fealdad de pasión tan soez. El mismo efecto 
produce la hermosa comparación de Uioja. 

¡Que callada que pasa las montañas 
El aura respirando mansamente! 
¡Qué gárrula y sonante por las cañas! 

IjSl montaña es el varón verdaderamente bueno; la caña el hipócrita; y el aura 
la virtud. 

Para que en las obras de raciocinio sea admitida y valedera la comparación , es ne- 
cesario , pues , que contribuya á ilustrar el pensamiento , y á darle el aspecto bajo el 
cual quiere presentarle el escritor : que no se alargue demasiado ni se estienda á otras 
circunstancias mas que las que quieren espresarse , (precepto á que se falta en poesía; 
porque en ella la comparación es figura de adorno, y no de raciocinio): que no se re- 
pitan demasiado , ni se hagan sin necesidad las comparaciones , porque cuando se ra- 
ciocina no se trata de mostrar ingenio , sino de esclarecer el asunto : que no se 
tomen los símiles de objetos mas elevados ó mas bajos que el que se compara, ni muy 
semejantes y obvios, ni muy separados , y por tanto difíciles de entender, con respecto 
al asunto , ni en fin de objetos obscenos ó nauseabundos que ofendan la decencia ó el 



[49] 
estómago. Lo§ limites de la comparación , mirada como figura de. raciocinio , son pre* 
cisamente los que indique la necesidad. No es licito pasar mas adelante. 

Mucho mas hay que decir del simil , considerado como figura de imiyinadon ; pero 
lo resenramos para cuando se trate de esta clase. 

La comparación se funda en la semejanza de dos objetos : la antitesis en su oposi- 
ción. Pero esta sola no basta para formar antitesis :*se necesita ademas q^ue las frases 
en que se espresan las dos ideas contrapuestas , se pongan juntas, y sean iguales ó casi 
igudes en tamaño. Puede haber contraste sin antítesis , como en la sublime espresion 
de Séneca : cRes est sacra miser.» El infeliz es una casa sagrada. La oposición entre el 
hombre infeliz y abatido por el infortunio , y la reverencia y veneración que exije 
para él nuestro filósofo es evidente : mas no hay contraposición intentada y marca- 
da , no hay antitesis. La habría si dijésemos : todos desprecian al infeliz ; pero todos de^ 
bitran reverenciarle. 

Este ejemplo basta para probar que puede existir el contraste de las ideas sin 
haber figura : observación importante ; porque la antitesis es por si misma una forma 
escesivamente bríllante y las mas veces afectada del discurso , y por tanto incompa- 
tible con la pasión cuando los afectos, señaladamente los tiernos y melancólicos, nunca 
se espresan mejor que por los contrastes. Chateaubriand, en su genio del cristianismo ha 
caracterizado por ellos el estilo de Yirjilio, el mas sensible , el mas tierno , y al mis- 
mo tiempo el mas profundo de los poetas de la antigüedad. Parece aue este digno 
émulo de Homero , conociendo la nada de todas las cosas humanas se aedicó á espli- 
car for negaciones f esto es, por lo ^ue no son, los objetos de los sentimientos que 
describe, y de aqui nace aquel colondo inesplicaible de profunda melancolía que toman 
bajo su pincel las pasiones tiernas. 

En efecto , obsérvese que casi todas las frases de grande efecto en este poeta son 
negativas. Tal es aquel verso de Dido, próxima á morir; 

Dulces exuvia , dum fata Deusque sinehant 

j que tan bella y tiernamente tradujo nuestro Garcilaso 

ó dulces prendas,,,, 

\ Dulces y alegres cuando Dios querial 

Evandro , viendo muerto á su hijo Palante , esclama : 

Non h»c , oh Palla , dederas promissa parenti 
No prometiste asi , Pelante mió. 

La madre de Eurialo , viendo la cabeza destroncada del hijo , dice : 

cTunc illa senectse 

sera me» requies?» 

lEste descanso d mi vejez guardabal 

Pero ¿qué nos cansamos en hacinar ejemplos? ¿No vale por todos la célebre espresion 
Ei campos uhi Troja /utí? cLos campos donde Tro^fa fué.» El artificio , si asi puede lla- 
marse , del poeta de Mantua para describir las pasiones consiste casi siempre en ma- 
nifestar el contraste entre lo que es , y lo que fué ó lo que debiera ser , ó en fin lo 
que se esperaba ó se deseaba que fuese. 

El contraste, pues, de las ideas, cuando no se las contrapone simétricamente , es 
propio del lenguaje apasionado ; pero apenas aparece esta simetría : apenas se presen- 
ta la antitesis dejamos de creer en la pasión ; porque ninguno que esté fuertemente 
oomnovido se entretiene en simetrizar frases , ni en contraponer palabras á palabras. 
Ni ano los vuelos de la im«Jinacion admiten ese estudio. 

El raciocinio si ; porque los pensamientos reciben á veces mucha luz de sus contra- 

7 



[50] 
ríos , asi como también la reciben de sus semejantes; y nunca parecen mas contrarías 
dos ideas que cuando se encierran en dos frases contrapuestas y de casi igual estension; 
porque juzgamos mejor de la oposición entre ellas cuando en todo aparecen iguales, 
menos en aquello en que se oponen . 

Los ejemplos de la antítesis son muy frecuentes en los buenos escritores. La mas 
célebre es, sin disputa, la de Juliano. Diciéndole á este emperador uno de sus adula- 
dores , 8i bastase negar el crimen , nadie seria culpado : respondió ; si bastase acusar ^ nadie 
seria inocente. 

Esta figura tiene el artificio muy á las claras ; y por tanto no conviene prodigarla. 
Su regla esencial es que la oposición en que se funda ocurra naturalmente y no sea 
buscada con afectación , como la del epigrama de Ausonio : 

Infelix Dido , nulli bene nupta marito: . 
Hoc pereunte fugis , boc fugiente peris, 

Dido infeliz en maridos , 

Pues ninguno te conviene: 

Al morir el uno , hnyes ; 

Al huir el otro , mueres^ 



ARTICULO IL 

JLiA interrogación no es figura , sino modo común de bablar , cuando se pregunta lo 
que se ignora ; pero lo es de raciocinio , y uiuy cnérjica , cuando se pregunta lo que 
se sabe ; mucho mas si la pregunta se hace al que es de contraria opinión. Adquiere 
el argumento mayor fuerza , por dos razoces : la una , porque parece que se pone en 
manos del adversario la decisión del asunto: la otra, porque supone en el que habla 
una profunda convicción de la verdad ó de la justicia de su causa. 
Cuando Priamo pregunta á Sinon 

Quo molem hanc inmanis equi statuere? quis auctor? 
Quidve petunt? qua? religio? aut quai machina bclli? - 

¿Para que levantaron esa mole 
del inmenso caballo ? iquie'n la hizo^ 
ó con qué fin? ¿es máquina de guerra 
ó religioso votol 

pregunta sencillamente lo que ignora á quien cree capaz de responderle ; pero cuando 
Lucrecia responde á Colatino que le preguntaba por su salud : tMinimc: quid enim 
salvi est mulirri nmissa pudiciíia?* <qué salud puede haber en una mujer que ha perdido 
la honestidad?» esla última pregunta es una verdadera figura de elocución , y la usa 
para afirmar con mas ahinco lo que su esposo sabia tan bien como ella. 

La interrogación es una figura común en las disputas, principalmente si son un 
poco acaloradas como las del foro y de la tribuna. Para que esté bien introducida seo 
necesarias dos condiciones : la primera es que no se repita demasiado , porque no pa- 
rezca amanerado el estilo, observación que debe tenerse presente en lodos los giros y 
formas de la sentencia : la segunda y mas principal es, que cuando se cometa la inter- 
rogación sea con la certidumbre de dejar á su adversario sin respuesta. Tal fue la 
magnífica interrogación de Cicerón , defendiendo á Quinto Ligario delante de César 
contra el acusador Tuberon , que habiendo llevado las armas contra el dictador , no 
tenia pudor , después de restituido á su gracia , de acusar á quien nunca fue tan ene- 
migo suyo como él : Quid enim^ Tubero^ districtus Ule tuus in acie pharsalicagladius agehatt 
cuJHS latus Ule muero petebat? qui sensus erat armomm tuorum? quee tua mens? oculi? manus? 



[511 
ardor auimi? quid cupiebas? quid optábate? c Porque ¿qué golieitaba tu acero desnudo en la 
batalla de Farsalia/ ¿á qué pecho dírijias su punta? ¿á qué fin manejabas las armas? 
¿cuál era to intención? ¿qué buscaban tus ojos, tus manos , tu ánimo enardecido? ¿qué 
querías? ¿qué deseabas?» 

A veces la interrogación es figura vehementfsima de pasión ; como la de Dido, figu- 
rándose el peligro de acometer á Eneas enmedio de los troyanos. 

¿Quem metui montura? 

Si el morir era cierto ¿qué temia? 

En efecto, no es ajena la interrogación de la lójica délas pasiones; y en estos casos 
obra por simpatía , cuando es bien introducida. Todas las almas responden á placer del 
que las pregunta apasionado. 

La Polisíndeton ó la Asindenton , esto es , la acumulación ó supresión de las con- 
junciones son figuras de que se hace frecuente uso. Pero es menester discernir los 
casos en que conviene una y otra. Cuando queremos esplicar la rapidez con que pasan 
los objetos, ó se aglomeran los sucesos, la pluma del escritor, arrebatada por las ideas, 
deja olvidadas las partículas , que por su naturaleza son menos esenciales en el len- 
guaje , como se verifica en la espresion de César , al dar cuenta al senado de la guerra 
del Ponto : veni^ vidi , vid,» Llegué, vi^ venci: O la estanza de fray Luis de León, in- 
citando al rey Rodrigo á la defensa de su nación : 

Acude , acorre , vuela , 

traspam la alta sierra , ocupa el llano , 

no perdones la espuela , 

no des paz á la mano ^ 

menea fulminando el hierro insano. 

Pero cuando acomoda al escritor llamar la atención sobre cada uno de los obje- 
tos que presenta, multiplica para separarlos las conjunciones ó bien alguna otra parte 
de la oración que produzca el mismo efecto , por medio de la figura llamada Repe- 
tición. Cicerón dice al sedicioso Catilina, que la patria le aborrece y le teme, y 
añade : iHujus tu ñeque auctoritatem verebere^ ñeque judicium sequerCy ñeque vim pertimes' 
res? iTú ni respetarás su autoridad, ni seguirás su dictamen, ni temerás su poder? 

La gradación consiste en dar cada vez mayor vigor al pensamiento , y aun aco- 
moda que las frases vayan también aumentando y se hagan cada vez mas llenas y 
sonoras, para auxiliar con la armonía el aumento que toma la sentencia. 
Virgilio dice: 

Arma velit , posea tque simul , rapiatque juventus 
Quiera las armas y las pida al punto 
y la fogosa juventud las tome. 

La suspensión consiste en recorrer las diferentes respuestas que pueden darse á 
una cuestión , demostrando brevemente la insuficiencia de todas , escepto de la que 
dá al fin el mismo escritor. La Preterición en suponer que se omiten muchas ideas, 
cuando realmente se insiste en ellas , aunque vigorosa y concisamente. La Corrección, 
en enmendar artificiosamente lo que se ha dicho para buscar una palabra mas pro- 
|Ha, ó una idea mas luminosa. La Concesión , en suponer verdaderas algunas propo- 
siciones del adversario para confundirle mejor. Pero estas figuras y otras muchas 
están sometidas á las reglas generales que ya hemos espuesto, á saber: i* que no 
sean e»tudiadas: 2." que no se repita una sola con demasiada predilección : 5." que 
nazcan de la misma materia natural y oportunamente. 

Estas reglas pudieran reducirse á una sola : solicitese la enerjia del pensamiento y de 
Im frote antes que la elegancia. Esta vendrá después. 

Podemos también contar entre las figuras del raciocinio las mismas formas que 
loilójicos le han asignado, á saber: el Entimema, el Sorítes, el Dilema, y tal 
vez el Silojismo. Pero son estas maneras de decir tan artificiosas , señaladamente la 



[62] 



DE LA ORATORIA SAGRADA. 



AUTICULO I. 

VjONSIDKKAKKMOS en eslc arliculo la elocuencia del pulpito bajo el aspecto litera- 
rio solamente, sin hablar de sus relaciones con la relijion y la teolojía ; porque ei 
cuanto á esta última baste decir que debe saberla muy á fondo el predicador; en cuanto 
á ]» primera , nos contentaremos con observar que entre todas las creencias el cris- 
tianismo es la única que haya exijido de sus sacerdotes la predicacious Y es predmqns 
fuese así ; pues es la única que tiene un objeto moral , y se dirije esclusivameale á 
perfeccionar el alma del hombre. Asi la elocuencia sagrada es un género de Hleratan 
desconocido antes de la promulgación del evanjelio. 

Pero este género ha sufrido varias alteraciones, como todos los demás, relativas 
á las mudanzas de Ins tiempos y de las costumbres. En los primeros siglos del cristia- 
nismo fue la elocuencia del pulpito muy sencilla : carecia de movimiento de los afeo- 
tos; de los cuadros animados y vigorosos que exaltan la fantasia ; de la armonia estu- 
diada de palabras y frases; de flores y adornos retóricos ; en fin , de todos los embelle- 
cimientos que pudiera darle el talento de los hombres. Keduoiase á la esposicion dd 
dogma y de la moral , hecha casi siempre con espresiones tomadas de la Escritora 
Santa. Parece que los primeros Prelados de la iglesia temian añadir nada á la palabra 
divina. Quedaremos admirados si comparamos los frutos abundantísimos de la predi* 
cacion en aquellos tiempos con la tenuidad y sencillez de los medios oratorios que st 
empleaban : y no es posible desconocer la mano de la providencia del Señor , que no 
quiso que se debiese la conversión del mundo á la fuerza de la sabiduría ó de la elo- 
cuencia humana , sino solo al vigor y santidad de la doctrina evanjélica. 

Cuando la relijion cristiana, después de grandes y sangrientas persecuciones, hubo 
triunfado del poder de los Césares, del orgullo filosófico y de todos los cálculos de la 
prudencia del siglo ; cuando se contó en el número de los fieles á los emperadores , á 
los cónsules , á los grandes, á los sabios y á los poderosos del mundo, cesó, por de- 
cirlo asi , en el orbe romano el ministerio del api}$iolado ^ y comenzó el de la)pf«rfiAi- 
rion. No se trataba de convertir á la fé, sino de fortalecer en ella á los oyente» , mas 
cruel y peligrosamente acometidos de los vicios , hijos de la prosperidad , que antes 
por la persecución, anunciadora de la palma del martirio. Fue preciso, pues, poniendo 
siempre en el primer lugar que se le debe , la fuer/a inefable y misteriosa de la pa^ 
labra de Dios, base fnndamentaf de las doctrinas, desenvolverla y aplicarla en el len- 
guaje que hiciese mas impresión en la masa de los oyentes. La iglesia honró con su 
aprobación aquel enlace de la sencillez evanjélica con los movimientos varoniles y se- 
veros de la verdadera elocuencia ; aquella espresion suave de la acción de la gracia; 
aquella manera nueva de embellecer la virtud que admiramos en las homilías de los 
Agustinos , Basilios y Crisóstomos. 

Si las leemos con atención, observaremos que aquellos venerables Prelados, modelos 
do la santidad y de la sabiduría cristiana, en nada se apartaron del candor evanjélico 
primitivo. Generalmente hablando, se reducían á esplicar las divinas escrituras yá 
deducir de ellas reglas y preceptos de moral ; y para hacerlas perceptibles y amables 



[63] 

e valían do todos los medios propios de la elocuencia humana. ¿Por qué Labia de 
legái seles lo que fue concedido á Séneca , á Sócrates , á Cicerón? £1 lenguaje y la fia- 
ibra eia común á estos filósofos paganos y á los oradores del cristianismo. Lo que era 
peculiar á estos , y lo que caracteriza su ministerio no era el don del habla 9 común 
I todos los hombres , sino las ideas y las doctrinas. 

El predicador evanjélico debe enseñar al ignorante , fortalecer al débil , levantar 
il caído , sostener al que está en pié : en una palabra, hacerse iodo para todoi, según la 
«presión de S. Pablo. De aquí es la necesidad de presentar las verdades cristianas 
Mjo diversos aspectos y formas , esplicarlas con claridad , mostrar con ardor su im- 
KMTtancia , y no debilitar en ningún caso su alta dignidad. Cumplir estas varías oblig*- 
iones de su ministerio, valiéndos del lenguaje y de los medios que la esperiencia de 
odos los siglos ha designado como mas oportunos para convencer y persuadir , 00 
» mas que poner el don de la palabra , recibido de la naturaleza , á disposición de 
a gracia divina : de la cual , y de ella sola debe esperar el orador el fruto abundante 
r saludable de sus tareas. 

£q las Homilías ya citadas casi siempre era dado el asunto ó argumento de la ora- 
joo por el pasiye de la escritura que se trataba de esplicar. Asi el plan era sencillísi*- 
M y sin artificio. Si cabía algún embellecimiento , era en las figuras de elocución. 
jm padres de aquellos siglos las usaron, con mucha sobriedad. £1 mayor adorno y 
|ae mas frecuentemente se nota en sus oracianes es el de la introducción del estilo 
^ aun de las palabras mismas del testo sagrado , muy oportunamente injeridas en 
na exortaciones. Ya esplicarémos después la razón de esta costumbre que ba durado 
lula boy y durará hasta la consumación de ios siglos. 

Eolre las tinieblas de la edad media se conservó el cristianismo y con él la civiliza* 
ion* Los oradores sagrados recordaron sin cesar á pueblos feroces é ignorantes lo 
|«e debían á Dios y á sus prójimos. Esta voz no se cansó de clamar en el caos intelec- 
nal, moral y político en que se hallaba la Europa, hasta que los elementos déla nueva 
reaeion se desenvolvieron , la virtud recobró sus derechos , las ciencias brillaron y la 
nafquia desapareció. 

£oiónces la predicación de la divina palabra, aunque sin alterarse en el fondo, ad» 
ailió formas diferentes. Tratábanse en el pulpito las materias políticas porque el cris- 
ianismo había sido en los siglos anteriores un poder político. Pronunciábanse en aquel 
afar sagrado elojios fúnebres , oraciones gratulatorias por los sucesos prósperos : di* 
yiaose inyectivas contra los enemigos del eslado: en una palabra, era el pulpito, como 
a había sido en los siglos bárbaros • la tribuna nacional ; y aun en el dia , aunque 
iQB QMnos frecuencia y ciertamente con mas decoro y dignidad , se dicen oraciones 
la esta especie en la cátedra del Espíritu Santo : bien que los buenos oradores dan 
íempre á estas materias profanas el aspecto moral, bajo el cual debe contemplarlas el 
Kunbre relíjioso. 

Eo cuanto á los asuntos puramente cristianos , se dividieron los sermones en doc- 
rinalesó catequísticos', morales y panejiricos. Los primeros tienen por único objeto 
a eoseñanza de la doctrina cristiana : los segundos , la convicción de las verdades 
vanjélicas, y sobre todo la persuacion á la* práctica de las virtudes. Los panejiricos, 
specie de imitación del género , que los antiguos llamaron demostrativo , consistieron 
a celebrar algunos de les misterios de nuestra relijion ó las virtudes de los héroes del 
riatíanismo. 

Esta misma división existe hoy. Pero sea el asunto el que se fuere , subsiste la cos- 
ambre antigua de esplicar en el sermón un testo , el cual indica el aspecto bajo el 
nal quiere el orador considerar la materia de que trata. Pero se ha introducido el uso 
e dividir los sermones en partes ; y aun los oradores franceses han llevado hasta el 
iceso con frecuentes subdivisiones esta costumbre. £1 exordio,- la proposición del ar- 
:umento , la aplicación del testo y el plan de la oración separan ya mucho nuestra 
ctoal forma da predicación de la que aa iiaó en la iglasia antas de la irrupción de 
m bárbaros. 

Pero el fondo es el mismo, y el mismo el carácter de esta nuevo género de elo- 
fia»cía» £a divina ptUa^a , prtdicada y éi$fmmta 99n 4i§nidai y ftekemeneia constituye en 
( dia la asaocia de I06 buenos sermaaaa , coopto eoArtiioia aotíguamanta la de laa bua« 



ñas Homilías* No puede ser otra cosa la predicación cristiana : no puede haber doi 
oratorias sagradas, una de los siglos primitivos y otra de los siglos modernos. 

Si se nos preguntase cuál de las dos formas nos parece preferible, responderiamof , 
que si la primera, por la dignidad y santidad del predicador, cuya presencíasela en 
un verdadero sermón , podia ser mas ventajosa en los siglos en que estuvo en práctica, 
ahora , siendo el uso de la predicación mas frecuente , nos parece mejor la seganda 
bajo el aspecto literario. No hay ya como entóneos un prelado en cada pueblo de 
al¿una consideración. Los deberes del episcopado se han hecho mas ostensos , y ha sido 
forzoso delegar el ministerio de la palabra. Pueden asi los oradores trabajar mejor sas 
obras , y por consiguiente predicar con mas truto. Por otra parte , la unidad de arga* 
mentó , que se exije con mas rigor en un sermón que en una Uomilía , da proporcioQ 
al predicador á ceñir mas sus ideas , y limitándolas á un solo objeto , puede inosbir 
mejoría conexión íntima que hay éntrelas doctrinas dogmáticas y las morales; co- 
nexión que prueba á los ojos de la razón humana , tan descontenladiza en naestn» 
días, la excelencia del cristianismo. 

Considerada la oratoria sagrada como un ramo de literatura , es claro que los on* 
dores franceses llevan en él la palma á los de otras naciones. Ni Italia, ni España, ni 
Inglaterra tienen nada que oponer á la elevación de Bossuet, á la unción de Massillon, 
á la elegancia de Flechier , á los movimientos atrevidos de Bribaine , ni á la l^jiei 
de Bourdaloue. Los ingleses han renunciado á todo lo que sea movimiento de afectos; 
y sus oraciones , que ademas se leen y no se pronuncian , son mas bien discursos doc- 
trinales sobre algún punto relijioso , que espresiones vehementes de los sentimíenloi 
del corazón. No sabemos decir si esto procede del carácter de controversia que impri* 
mió la reforma á los predicadores, ó del deseo de imitar el método de los siglos anti- 
guos , ó la índole misma de la nación , que no se presta fácilniente sino á aquéUai 
ideas do que está íntimamente convencida , y que mira como inútiles los medios de 
persuasión, cuando se han empleado con felicidad los del convencimiento. 

£n España se observa en esta clase de literatura un fenómeno muy raro. Naeslros 
escritores relijiosos son elocuentísimos en los libros que escribieron sobre la moral 
cristiana. En las obras de Granada , León , Avila, Puente y Chaide hay un repertorio 
admirable de pensamientos cristianos muy bien desenvueltos , con todos los adornos 
que puede admitir la elocuencia del pulpito , y con toda la noción de que necesita. 
Pero estos mismos que predicaban tan bien en sus libros, cuando hablaban al pue- 
blo , olvidaban , por decirlo así , su elocuencia , y se reducían al ministerio de va 
catequista. No podemos atribuir esta conducta sino al deseo de acomodarse á la capa- 
cidad del vulgo , generalmente muy poco instruido en España. Bossuet y MassOloa, 
predicando en la corte de Luis XIV , tenían por oyentes los hombres mas sabios de 
su siglo. Nuestros Granadas y Chaides no tuvieron un teatro tan ventajoso; pero leían 
fibras las personas mas instruidas de España. Por eso escribieron mejor que predicaron. 



ARTÍCULO II 



K 



L sermón se distingue de los demás géneros de oratoria , en que generalmente 
hablando se dirijo mas bien á la persuacíon que á la convicción. Pocos serán, entre 
los que concurren á oír á un predicador, los que no estén convencidos de las ver- 
dades y doctrinas que promulga; pero son muchos los que, creyéndolas y confesándolas 
f-on su entendimiento y con su boca, no se resuelven á arreglar á ellas su conducta. Ni 



(65 J 
lasU conocer la verdad : es meDester amarb y hacerla iriuníar de las pasiones, fisla 
s la condición del hombre , descrita aun en los tiempos de la filosofía pagana por 

poeta: 

Video meliora proboque, 

Deteriora sequor. 

(Conozco las virtudes , las apruebo^ 

y sigo la maldad.) 

or consiguiente , el ministerio de la predicación que se dirije á la perfección moral 
el bojBibre , no tanto debe versarse acerca de las máximas como de los sentimientos: 
i fuena no está en la lójica que demuestra , sino en la persuaden que conmueve, 
a elocuencia del pulpito , en la parte que es puramente humana y depende del talen- 
» , del trabajo y del estudio del orador , debe dar al pensamiento cristiano los estí- 
lulos necesarios para que no se quede en el entendimiento del oyente, sino conmueva 

1 fantasía y penetre en su corazón. 

Esto es sumamente dificil , y tanto mas, cuanto todos los sermones, señaladamente 
m morales, ban de versar por necesidad sobre asuntos conocidos del auditorio, 
íllados á fuerza de repetirse y por lo mismo casi incapaces de admitir , ni aun en la 
irmat , el mérito de la orijinalidad ; cuando por otra parte carecen del interés mate- 
al y sensible, que dá taa vasto campo á la elocuencia del foro y á la de la» tribuna: 
lando no se puede ni se debe descender á descripciones particulares que parecerian 
¡tratos dispuestos para satisfacer la malignidad de los oyentes mas bien que para cor- 
jirlos y edificarles : en fin, cuando la generalidad misma de \ós asuntos parece que 
! niega á admitir los embellecimientos que podrian tener cuadros particulares. 

Necesario es , por ejemplo , predicar con frecuencia á los fieles el precepto de la 
iriáiad. Así se ha hecho y se hará y se deberá hacer en la iglesia cristiana. Pero ¿dónde 
tá el predicador , que pueda decir : Vo predicaré can tiovedad acerca de esta mrtud : yo 
Qondré nueoas motivos : yo incitaré con nuevos motimientos el corazón de los oyentes? Todo 
iá dicho ya , y no es posible ni aun inventar una frase nueva en materia tan deseo- 
icida. Y sin embargo es menester no dejar de predicar acerca de esta primera virtud 
ú cristianismo, opportuné : importune, 

£s verdad que las máximas relijiosas y morales son del mayor interés para el hom- 
'e: es verdad quede la obediencia á ellas depende su felicidad presente y futura: 
mbien es cierto que á ninguna cosa se adhieren con mas firmeza los individuos y los 
leblos como á su relijion ; pues á ella están ligados el consuelo en las adversidades y 
fi esperanzas mas importantes. Estas son disposiciones felices que el orador cristiano 
I debe olvidar para valerse de ellas en tiempo y ocasión oportuna. Pero las pasiones 
imanas destruyen por otra parte la obra de la fé: se creen verdades y se obra contra 
las* La importancia é interés de las máximas cristianas casi desaparecen en nuestro 
^azon ante los prestigios de la vida. La creencia es un acero embotado : el miniate- 

del predicador es afilarlo y hacer que hiera. 

I.as reflexiones anteriores son suficientes para indicar las reglas que deben seguirse 

1 ia práctica de la predicación, reducidas todas á este principio: penetrar losam- 
os de los oyentes de la siiblimidad é importancia do las verdades relijiosas ; y evitar 
lidadosamente al tratarlas la vaguedad y la generalidad. Para lo primero debe insis- 
"se en cada virtud que sirva de asunto, en las miras del Señor, que nos han sido re- 
Jadas acerca de ella, y en la perfección que adquiere con su práctica el alma del 
imbre. 

La vaguedad es un defecto bastante común en los que se dedican al ministerio del 
ilpito. Es ya proverbial la censura que han merecido muchos sermones de comen- 
r por la creación del mundo y acabar por el dia del juicio. Es necesario, si no se quie- 
confundir las ideas ni perder el fruto de la oración , ceñirse estrictamente al asunto 
! que se trata , desentrañarlo completamente , y atacar á un mismo tiempo el racio- 
lio , la imajinacion y los afectos , que son las tres fortalezas que ha de rendir el (|ue 
úera apoderarse de los ánimos. £1 que desee, por ejemplo, recomendar la virtii 

la humildad , no ha de mezclar con ella ni el elojio ni la persuasión de otraa vir- 
des , aunque pueda muy bien insistir en la necesidad de ser humilda para poseerlas 

9 



[66] 
realmente. Al contrario , debe esplicar circunstanciadamente los frutos preciosos de 
la humildad, las aberraciones y desventuras del orgullo su contrario : los conandos^la 
tranquilidad, la sublime, verdadera grandeza que comunica al alma, y en fia , cmals 
la acerca al divino modelo que quiso que de él la aprendiésemos. Emprendiendo arte 
camino es seguro que no faltarán pensamientos al orador , aunque no salga del cir* 
culo de su asunto : la sagrada Escritura, los Padres , los libros piadosos , y su tidento 
se los sujerirán en abundancia. 

Pero cacaso no será orijinal en sus ideas.» Esto bien puede suceder; porque an 
moral y eii relijion es ya casi imposible encontrar un pensamiento que no dejando de 
ser verdadero , sea nuevo. Las máximas universales se agotan pronto en cualquier aa* 
teria que se trate. Asi el orador cristiano debe aspirar , si no á ser orijinal en elfiMldt, 
porque casi siempre será imposible , á serlo por lo menos en la manera de tratar m 
asunto , evitando hasta cierto punto el escollo de la generalidad^ que es otro de loe me 
pueden oponerse al buen éxito. Decimos hasta cierto punto porque menester es que jm 
máximas virtuosas se demuestren y se persuadan : pero ¿quién quita que se preseolMi 
en cuadros animados que conmuevan la fantasía? ¿que se citen ejemplos oportunos lo- 
mados ya de la Biblia , ya de la historia eclesiástica? ¿que se penetre en el coraioa del 
hombre y desenvolviendo sus dobleces se patentice á cada uno de los oyentes cuál ei, 
la verdadera causa que le retiene en los lazos del vicio y le impide seguir el camiao de 
la virtud y de la perfección? ¿que se le indiquen los medios de vencerfeste obsláodo 
que parece insuperable? ¿que se contraponga en fin , á la descripción horrible de h 
maldad la hermosa perspectiva de un alma adornada y fortalecida por las virtudesf De 
esta manera podrá ser orijinal el predicador; y para ello aun le restan otros mediei 
que su talento le sujerirá , como por ejemplo , el del carácter de su auditorio. No se 
debe predicar del mismo modo en una aldea que en una corte ; y un orador hábil 
puede valerse , como hizo el P. Bridaine , de esta diferencia , para presentar bi^ aa 
aspecto nuevo las verdades del cristianismo. 

En los sermones panejíricos puede tener mas amplitud el orador ; pues en los de 
los Santos ha de entrar como parle integrante de la oración, un resumen de su irida ; y 
no es indiferente la manera de hacerlo , pues de él ha de depender el elojio de m 
virtudes mas escelsas , y la revelación de los designios de la Providencia en la santa j 
laboriosa carrera por la cual le condujo. En los sermones , cuyo asunto sea un mistorio 
de la relijion, cabe, ademas de la esposicion, el pensamiento moral, encerrado ea d; 
porque , como ya hemos dicho , no hay ningún dogma de cuantos se nos manda creer 
que no tenga una conexión inmediata con la virtud. 

Mas libre corre la elocuencia sagrada en los elojios fúnebres , en las oraciones gn* 
tulatorías y en otros asuntos que no dicen tanta relación con la moral relijiosa. Pero ea 
ellos deberá guardarse el orador de parecer un solo momento alejado de su ministarie 
ú olvidado de las verdades eternas. Léase á Bossuet , y se verá de qué manera eolatt 
la narración de los acontecimientos humanos con las ideas cristianas. c¡Oh reina! ¡oh 
madre! ¡oh esposa , digna de mejor fortuna , si las fortunas de la tierra valieran algo!» 
Asi dice después de haber enumerado los infortunios de María Enriqueta , esposa del 
infeliz Carlos I de Inglaterra ; y esta sublime corrección indica de qué manera puedea 
atreverse los oradores sagrados á describir los sucesos transitorios del mundo en la cá- 
tedra de la eternidad. 



ARTICULO Itl. 



rlABIENDO yá esplicado con suficiente estension el espíritu y las ideas qué deben do> ' 
minar en este género de elocuencia pasemos á tratar de la distribución y del estilo. 
No somos enemigos de la división del sermón en partes; pero tampoco la creemol; 



i 



[*'l ... 

de obligación; y ademas juzgamos que las subdivisiones, tales coma las han usado al- 
gunos predicadores franceses > lejos de dar reposo á la atención de los oyentes y poner 
en orden sus ideas, cansan la memoria con la multiplicidad de los aspectos bajólos 
cuales se considera el pensamiento principal, y lo confunden y oscurecen en vez de 
ilustrarlo. Dan también á la oración el carácter de una discusión lójica y de mero ra- 
ciocinio , carácter que solo podría sufirirse en los sermones catequísticos. 

Bien parece una división cuando el asunto la ofrece por si mismo, aunque se es- 
tienda á tres partes. Mil ejemplos tenemos de esto en los buenos predicadores ; pero 
imponerle al orador sagrado la obligación de dividir precisamente el sermón , aun 
cuando la materia ni el testo lo permitan, es obligarle á buscaren una sutileza los 
medios, no de dividir^ sino de desquebrajar su oración con ofensa del buen gusto, y lo 
que es mas , con grave perjuicio del buen éxito ; porque todo lo que huela á dialéc- 
tica en un sermón está fuera de su lugar. Hay algunas divisiones , que aunque na- 
turales son demasiado obvias , y están ya muy trilladas. ¿Quién no conoce, tratán- 
dose de la muerte , la división de partes en la muerte del justo y la del pecador? Sin 
embargo , por muy conocidas que sean nos parecen mejor , porque de ellas puede sa- 
carse fruto , que las que se fundan en una distinción demasiado abstracta é inopor- 
tuna que solo sirva para indicar las pausas del predicador. 

Es loable y santa la costumbre de invocar al fin del exordio la intercesión de la 
Vírjen madre de Dios. En nuestra opinión , cuando ninguna circunstancia accidental 
dé materia al exordio será mejor el que se deduzca de la esplicacion dogmática del 
asunto y de la esposicion del testo que sirve de tema. Esté es el medio mas oportu- 
no para hacer propio el exordio. En él deberá hacerse la división cuando haya lu- 
gar á ella. 

En cuanto á la parte de las pruebas es menester que el predicador sepa distinguir 
entre su ministerio y el del teólogo. A este toca esponer , demostrar , convencer : la 
cátedra del doctor debe resonar con los argumentos que triunfiam del entendimiento : la 
del orador sagrado con los motivos que subyugan el corazón. Deberá, pues , presen- 
tar las pruebas de tal manera , que al mismo tiempo que convenza la razón gane los 
afectos. 

¿Ea lícito emplear en la oratoria sagrada los conocimientos filosóficos? Sí : porque 
hay almas sobre las cuales produce mucho efecto el uso de la razón natural. Pero los 
argumentos que se tomen de la moral filosófica deben ser siempre modificados y per- 
feccionados por la evanjélica. Bueno es que los fieles sepan que la virtud es natural' 
bínente amable ; poro es menester decirles al mismo tiempo que sin la luz de la relijion 
no puede el hombre practicarla fácilmente, ni elevarse á su perfección. Es menester 
distinguir lo que hacen los gentiles de lo que el Salvador mandaba á sus apóstoles. Un 
orador cristiano puede tal vez hablar el lenguaje de Sócrates , Cicerón y Séneca ; pero 
ha de ser para elevarse inmediatamente al del Evanjelio , y mostrar la superioridad 
de sus preceptos sobre los de la razón humana , Única antorcha que guiaba á aquellos 
filósofos. 

I^as narraciones , cuando ocurren en el sermón , deben ser concisas , porque no se 
crea que el orador se complace en desplegar su talento para narrar ; y veroHmiltSy con- 
dición necesaria de toda narración. No le basta ser verdadera , es preciso ademas que 
unos sucesos se espliquen por otros sí ha de producir el efecto que se desea. 

La parte patética es la principal de la oratoria sagrada , cuyo objeto es como ya 
hemos dicho , la conmoción. Nada diremos sobre ella porque todo sería inútil para el 
predicador á quien su corazón no enseñase cuándo y en qué partes de su oración debe 
conmover los afectos cristianos. Nadie ignora que el epílogo , donde se ha de asegurar 
el triunfo exije mayor calor y movimiento. 

Réstanos hablar del estilo. La predicación es la que necesita mas corrección y cui- 
dado en esta parte ; porque si se escusan muchos defectos en el que nos habla de in- 
tereses materiales ó litijiosos, nada se perdona al que viene á persuadirnos en nombre 
del Señor , la práctica de las virtudes. Para ese son las censuras y los ludibrios de 
los que poseen ó creen poseer la prudencia del siglo. ' 

Los sentimientos cristianos son de dos clases en cuanto al efecto que producen en 
el alma : la elevan sin orgullo los unos ; los otros la enternecen y suavizan sin debi«^ 



lidad. Lo sublime de las ideas relijiosas carece necesariamente de soberbia ; pues por 
mas que se remonte el pensamiento , ¿cómo puede contemplar el hombre la grandca 
de Dios , sin sentir al mismo tiempo su propia misería y la nada de cuanto el mondo 
llama grande? ¿ni cómo puede haber debilidad en los afectos tiernos de amor , gra- 
titud , consuelo y esperanza , si ellos comunican al alma la firmeza necesaria para la 
práctica de las grandes virtudes? 

La naturaleza, pues, de estos sentimientos indican el carácter del estilo propio 
de la oratoria sagrada , verdaderamente simbolizado en el pannl y el león de Sansón. 
Sus dotes esenciales son la fuerza y la dulzura : comprendidas bajo el nombre de m- 
cion con que se designa en los sermones buenos la calidad de atraer y fortíficar hs 
almas. 

Pero no nos engañamos. Ni la sabiduría ni la elocuencia del siglo pueden , Áwo 
muy débilmente , comunicar ese carácter á las oraciones sagradas. Es menester formar 
el estilo sobre el único modelo que puede haber en esta materia , que es la palabra de 
Dios. Es menester que el orador sagrado se penetre del estilo de la Biblia : de aqnelli 
sencillez sin la cual no hay sublimidad : de aquel candor , que inspira á uo mismo 
tiempo cariño y confianza: de aquella fílosoña práctica que hac« fácil y amable el yv* 
<>:o de la virtud : de aquellas máximas que sin necesidad de pruebas conTencen A 
corazón antes que el entendimiento, y le hacen csclamar; Dioa entd aqtd, y yo nolo 
sabia : en íin , de aquella elocuencia inanalizable y misteriosa 4]iie sin los adornos, la 
pompa y los artificios de la del siglo , subyuga suavemente los ánimos y les da valor y 
fortaleza para triunfar dé las pasiones de carne y sangre. 

Lo repetimos : no creemos que la oratoria sagrada pueda tener otro estilo , sino el 
uc esté calcado en el de la Santa Escritura. No por eso opinamos que un sermón haya 
e ser un tejido de versículos tomados del antiguo y nuevo testamento. Algunos lo han 
hecho así y no han producido buen efecto; porque se ha conocido el trabajo y la 
afectación , enemigos mortales de la elocuencia. Lo que aconsejamos es que el pre- 
dicador , sin atenerse precisamente á las palabras , conserve el espíritu de los libros 
sagrados , que habrá bebido en su frecuente lectura , sin dejar por eso de citarioi 
y esplanarlos cuando se presente la ocasión oportuna. 

De aquí es que tanto en las homilías de los padres de la iglesia , como en loa ser- 
mones de los predicadores modernos, se ha usado siempre el lenguaje de la Biblia, sin 
que sea posible trocarle por otro , á no ser que se quiera cambiar el carácter dé la 
oratoria sagrada. De aquí procede también que los idiomas de las naciones criitii- 
nas se hayan enriquecido con un gran número de frases y modismos de la lengua hebrea. 

Nosotros , para caracterizar el estilo de la oratoria sagrada , nos hemos valido so- 
lamente de razones tomadas de la análisis literaria aplicada á la moral relijiosa* Pw 
no hay predicador que pueda presumir de sí ser capaz de espresar las verdades evaa- 
jélicas en mejor lenguaje que el mismo Evanjelio. Tampoco hay ninguno que ignore 
(|ue las grandes promesas , hechas al ministerio de la predicación , son bajo la oon- 
dicion de que se predique la palabra divina. Es imposible , pues, que se preariada 
en la oratoria sagrada de la letra y del espíritu ; y por consiguiente del estilo de h 
Escritura. 



i 




j 






[69] 



SERMÓN 

QTTX PIUDDZOO SXT ZaA OATSSDS^AZa DS SSTZZaZiA 

en acnon de gracias. 



IKiiii niANiJEi. liOPEE CErcRo*— Cerilla ^ 1899. 



A 



L mismo timupo que publicábamos nuestras ideas y observaciones sobre la oratoria 
sagrada , llegó á nuestras manos este sermón, en el cual dio el orador una prueba in- 
signe de las doctrinas que espusimos. Cuanto recomendamos en aquellos artículos se 
halla puesto en práctica en esta oración. 

Peroantes de examinarla no podemos menos de observar que este sermón no solo 
ea UD buen escrito, sino una buena acción. £1 nombre del Sr. Cepero es ya histórico; 
y DO menos que su instrucción , su amor á la patria , su espíritu relijioso nunca des- 
meotído, y su afecto á la verdadera libertad han contribuido á hacerlo célebre las 
persecuciones de que ha sido victima. Pues bien; esc mismo hombre, calumniado, 
preso por muchos años y segregado de la sociedad , es el que levanta su voz con una 
enerjía verdaderamente apostólica , predicando la paz á favor de los mismos que le 
pefsigoieron y aherrojaron ; y si no de las mismas personas , porque acaso ya no exis- 
tirán , á favor por lo menos de los que pensando y obrando como ellas, hubieran he- 
cho lo naismo en igualdad de circunstancias. E^te el caso de decir que la presencia sola 
id frtdicador equivale á un sermón. Hemos querido anticipar esta observación , porque 
para nosotros los intereses de la virtud son muy superiores á los de la literatura; y 
también porque queremos dar al ilustre orador una prueba pública de que no fue po* 
sible á sus oyentes, ni lo será á sus lectores , desconocer el único argumento que él 
omitió eo su oración , y que generalmente es el mas fuerte de todos , á saber: H del 
Imeneiemplo. 

El asunto del sermón, reducido á la acción de gracias por un acontecimiento fausto 
para la patria no pertenece en el fondo á la doctrina moral ni al dogma evanjélico. Es 
de circunstancias puramente humanas y del orden político ; pero el orador ha sabido 
convertirlo en un asunto esclusi va mente relijioso , apoderándose de la idea de la /mije, . 
consecuencia del suceso que sirve de materia al discurso. Su división es natural : los 
bienes déla paz y de la caridad forman un contraste de que debia aprovecharse aun 
involuntariamente el que hubiese de tratar este asunto. Pero el mérito de la idea 
está en su desempeño. 

Agrádanos infinito ver en el principio de la primer parte muy bien desenvueltas las 
ideas filosóficas de los estoicos acerca del orden moral y físico del universo, ilustradas 
deanes y libres de la contradicción entre lo que es y lo que debieran ser , por las lu- 



[70] 
ees de la relijion, ante las cuales desaparece toda dificultad ; porque ella y sólo ella es- 
plica por qué se introdujo en el mundo el pecado y con él todos los males. Esta con- 
versión de los pensamientos filosóficos en cristianos es muy útil; porque eo electo, 
¿qué otra cosa es el cristianismo sino una filosofía mas elevada, mas completa , mas 
práctica? 

La espresion seréis como dioses , que movió á la desobediencia á nuestros primeros 
padres , la aplica el orador muy oportunamente á todos los que por diferentes medios 
nan procurado introducir la discordia en nuestra patria , y por consiguiente trastor- 
nar la paz política , imájen del orden moral del universo. El pensamiento del trastor- 
no del orden físico, si hubieran trascendido á él los efectos funestos del pecado, es 
magnífico ; y aunque no nuevo , está presentado con novedad , introdaciendo la voz 
del Hacedor , que acusa al hombre de ser el único infractor del orden y unidad que 
estableció en el mundo su mano omnipotente. 

Se reconoce también el orador cristiano en la sublime idea de atribuir á la inocencia 
de nuestra lejítima reina Isabel 11 las misericordias del Señor en haber concedido i 
España la pacificación de las Provincias Vascongadas y la esperanza de una reconcilia- 
ción universal. La razón humana busca los motivos de los fenómenos políticos en h 
acción de las causas morales. Pero es superior á ellas la ley de la Providencia , que 
todo lo ha hecho para el triunfo de la virtud; y solo el pensamiento cristiano pdede 
elevarse á la contemplación de esta ley. 

Aniquila también los argumentos de los que quieren llamar falsa aquella paz, por 
la misma declaración del Señor que aprobó la hecha entre Simón Macabeoy Demetrio, 
rey de Siria , y elijió para enviar á la tierra el Verbo rejenerador , la que piuo el 
mundo c^n manos de Augusto : paz anunciada por todos los profetas. No debe aten- 
der el que quiera estudiar los designios de la Providencia divina á los medios de que 
se valen los hombres , cuya vista es tan corta como débil su brazo, sino á las miras 
del Altísimo , reveladas por los sucesos. El delito mas grave que se ha cometido en el 
mundo , el deicidio, produjo la salud del género humano. 

No se ha desdeñado nuestro orador de anatematizar como un elemento de diacor- 
dia la escisión literaria de nuestra época en la parte que tiene relación con lascostam- 
bres. c También, dice, á favor de tantos disturbios, se disfrazó la discordia con el pom- 
poso manto de la filosofía , de la civilización y del buen gusto; y trayendo de la otra 
parte del Pirineo folletos y novelas inmundas, corrompió la moral y ha degradado 
nuestra juventud incauta hasta el punto de trocar la gravedad que la distinguía en la 
frivolidad mas ridicula y caricata....» ;Tan cierta es la unión que tienen entre sí la 
verdad, la virtud y la belleza! El verdadero buen gusto es la virtud de la imajinacion. 
Si esta se pervierte, no están muy seguros ni el corazón ni el entendimiento. 

Hablando de nuestra amada Reina , dice : esta nos ha preservado de la usurpación, 
que enmascarada con la hipocresía legal, relijiosa y política , ha trabajado de tantas ma- 
neras para arrancarle la corona ; y si los nu^'.ve años que nuestra augusta Reina cumple 
en este día, consagrado por la iglesia á la memoria del tan santo como ilustre y bizano 
caballero español el cuarto duque de Gandía , no le permiten aun dirijir la nave del Es- 
tado, su inocencia tan injustamente perseguida atraerá sobre su reino las bendiciones 
del Cielo , de las cuales empezamos á participar en esta paz que celebramos hoy. Li 
inocencia de Isabel nos la ha alcanzado del Omnipotente, Por muchos años nos hemos pre- 
guntado llenos de amargura como en otro tiempo Jeremías : ¿quién nos traerá la paz? 
¿Quién irá á rogar por ella? Quis ibit ad rogandum pro pace? ¿Quién? La inocente Isabel. > 
El recuerdo del santo caballero español San Francisco de Borja es precioso en esta 
ocasión ; porque la causa de la hija de cien reyes debe ser defendida por todos los que 
conserven en su corazón alguna centella del antiguo honor castellano. Nos acordamos 
de que hablando á fines de i 853 con una persona , á quien poco después persiguió in- 
justamente como carlista la bárbara intolerancia de los partidos hasta obligarla á espa- 
triarse , nos dijo : No sé si triunfará ó no Don Carlos ; solo seque la causa de Isabel II debe 
»er la de todos los caballeros. Y en efecto, jcuán pocos son los que pertenezcan a esta 
clase , que la hayan abandonado! ¡Honor á los dignos descendientes de los Córdobas y 
los (ruzmanes! 

El epílogo es una fervorosa apostrofe al santo rey y protector de España Fernán* 



[71] 
do III Y cuyas venerables ceoizas descansan á poca distancia de la tribuna evanjélica 
donde se predicó el sermón. El Sr. Cepero ha llenado en él los deberes de buen ora- 
dor, buen español y buen sacerdote cristiano. 



ARTICULO 



1»K dV §IJSCRITOR NSIi TIJEM^O. (1) 



•^* 



Señares Redactores del Tiempo : 

Jl].CY Señores mios : Acabo de leer en su apreciable periódico de hoy 22 un artículo 
qoeá mi corto entender abunda en equivocaciones, tanto históricas como teolójicas; 
por lo cual les suplico á Yds. admitan las siguientes preguntas , que dirijo respetuo- 
samente á su autor. 

tConformándome enteramente con el dictamen del Sr. Martinez de la Rosa de que 
la emprena de las Crusuidas fue poco conforme con las sanas doctrinas del cristianismo, 
y. mirándola f cuando menos , como un delirio del fanatismo , desearía que el articu- 
lista tuviese la bondad de aclarar los puntos siguientes : 

i.* Que en el año de 1095, cuando se celebró el concilio de Clermont, las nacio- 
nes europeas eran una sola república confederada^ semejante al imperio germánico. Yo 
las había tenido por mucho mas distintas é independientes entonces que ahora. 

2.* Que el gefe de esta república era el Papa , y por una consecuencia inevitable, 
los reyes sus feudatarios. Deseo saber si esta confederación pontifical existe todavía. 

3«* Que el Ututo para pertenecer á la confederación de naciones europeas era el 
bautismo. Esta proposición parece incompatible con las palabras de nuestro Redentor: 
Regnvm meum nonest de hoc mundo , y contradictoria $ los hechos de la historia. 

4.* Que toda la Europa conocida se incluía en la cristiandad , y que esta guerra 
sagrada era puramente defensiva. Si no me engaño, el Papa queria reclamar para st 
DO solamente la Palestina , sino todos los varios territorios asiáticos y africanos, poseí- 
dos entonces por los mahometanos. i,Fué justa esta ambicionl 

5.* Que las guerras relijiosas de los siglos XI, XII y XIII fueron todas de^ 
femivas. 

6** Que atacando á Jerusalem diferentes ejércitos y bandos de europeos , las mas 
veces muy desconcertadamente , llamaron la atención de las potencias mahometanas 
á la cuna y centro de sus dominios, esto es , á Arabia. 

7/ Supuesto que Roma fuera centro de la cristiandad , ¿por qué no pudo prestar 
á Sicilia y á España protección y defensa contra los mahometanos? 

Confieso que los gobiernos europeos debian concertar medidas prudentes para la 
defensa de sus estados ; mas no creo que una guerra fanática , cuyos objetos principales 
eran tomar el sepulcro de nuestro Redentor, sin embargo de no saber nadie si se con- 
servaba el mismo sepulcro en que habia yacido , y el de esterminar á los infieles en 
logar de procurar su conversión por los mismos medios santos que usaron los primiti- 
vos cristianos, cumpliendo el mandamiento del Salvador, Euntes in mundum universum^ 
prmdicaU Evangelium omni creaturas . no creo , digo , que semejante guerra pueda ser 
justificada por las Sagradas Escrituras, que en esta ocasión el señor articulista no ha ci- 
tado. Esperando que dicho señor nos complazca con otra instructiva digresión para re- 
solver las espresadas dudas , tengo el honor de ser de Yds. S. S. S. Q. S. M. B. 

(IJ En el TiSHPo , periódico que se publicaba en Cádi2 en el año de 1859 , se insertaron este y 
Ws siguientes articnlos , que le sinren de contestación ; lo cual se advierte para la oportuna intelijencia. 



[72] 



naSPirSST^ AZa ▲ZlTZOTTZaO iJür?BHZO£U 



ARTÍCULO I. 



JuL Sr. Martínez de la Rosa, en un escrito recientemente publicado, dijo que 
( la empresa de las Cruzadas era poco conforme á las sanas doctrinas del crii- 
tianismo.» Nosotros aGrmamos que no podia calíGcarse como contraria á las má- 
ximas del Evanjelio una guerra en que los cristianos defendian su independencia, 
sus bienes , sus templos y sus familias contra un enemigo siempre invasor y mu- 
chas veces victorioso, que se habia engrandecido conquistando provincias , estados t 
naciones de la creemna evanjélica. 

Un suscritor del Tiempo, cuyo articulo se insertó íntegro en el referido perió- 
dico, maniGesta que se conforma enteramente, en la cuestión ya esplicada, otm 
ol dictamen del Sr. Martínez ^e la Rosa. No tenemos motivo para quejarnos de 
esta preferencia. Auade que en su opinión nuestro artículo abunda en equivocacionef 
históricas. Podrá ser; porque no hemos recibido el don de la infalibilidad. Uero to 
que no puede ser , y contra lo que protestamos con toda la enerjia de que somos ca- 
paces es contra las e(¡ui vocaciones leolójicas que también pretende atribuirnos; por- 
que siendo nuestra creencia la misma que la de la iglesia católica , no pueden caber 
en ella errores ni equivocaciones. 

Nosotros quisiéramos que el suscritor hubiese meditado mejor el valor de las pa- 
labras de que usa. Una equivocación teolójka equivalía no há muchos anos á una pro- 
posición delatable, y constituía un gran peligro. Aquellos tiempos han pasado; pero 
siempre lo es para que los que han procurado como nosotros conservar ilesa la fé 
de sus padres, rechacen con vigor una denunciación semejante. También lo es deque 
nadie haga esas inculpaciones , tan comunes en otra época , sin tener de su parte un 
motivo evidentemente justo. 

Veamos, en tin, si lo tiene el suscritor. En primer lugar nuestro articulo no 
contiene mas que una máxima teolójica, á saber: que la gmrrajmta no es contraría é 
las doctrinas del Evanjelio, ¿Esta proposición es errónea ó equivocada? No : solo pue- 
den impugnarla ; solóla han impugnado los cuákeros. Aun cuando el suscritor nos 
demostrase hasta la evidencia que la guerra de las Cruzadas fiíe injusta , no podría 
acusarnos de una equivocación teolójica , sino de un error histórico , ó cuando mas 
político. 

En segundo lugar , nosotros dijimos que el titulo para pertenecer á la cristiandad, 
esto es , á la confederación de las naciones europeas era el bautismo yla fé cristiana. 
Esto lo aGrmamos ánicaraente como un hecho histórico. (Ya examinaremos á su tiem- 
po si lo sentamos con razón ó sin ella). ¿Qué tiene que ver este hecho con la teolojial 



[731 

Tampoco onlendomos que aplícncíon ton^^a aquí el irginn)) nwtm non r.it de hoc nunuh, 
I^ Iglesia es una comunión espirihial , pero vwhle: ¿y no ha podido siicí*der , y no ha 
sucfMÜdo efectivamente, que los gobiernos civiles no quieran admitir al goce de los 
derechos de la ciudadanía sino á los que llevaban el signo esterior del cristianismo? 
¥m este caso la Iglesia no dej('> nunca de ser una asociación espiritual; pero el Kstado 
no quiso reconocer otros ciudadanos sino los que fuesen hijos de la Iglesia. 

En tercer lugar, en un artículo puramente histórico habria sido necedad citar la 
Sagrada Escritura, que en ningún pasaje habla de mahometanos ni de cruzados. Por 
otra paf le , la predicación del Evanjelio pertenece al sacerdocio : la defensa de la na- 
ción <i la república. 

Nuestro razonamiento se redujo á este simple silojismo : 

La guerra justa no se opone «'i las doctrinas del Evanjelio : 

La guerra de los cruzados contra los m-ihometanos fue justa : 

Luego la guerra de los cruzados contra los mahometanos no se opone á las doc- 
trinas del Evanjelio. 

En este silojismo solo la mayor pertenece á la moral cristiana. Si nos hemos 
equivocado en ella , respf>ndan por nosotros todos los autores de teolojía que la admi- 
ten V la aprueban. 

fel testimonio regnum mnim twn cxf dt hoc mundo no puede ser contrariado porque 
se siente y esplique un hecho que se verificó en la edad media. 

Ven fin, en un articulo piira mente histórico, y cuyas pruebas delwn ser déla 
misma especie no hemos debido apoyarnos en testimonios de bi Escritura. El sus- 
critor no tienf» razím en echarnos en cara esa omisión. 

liemos probado , pues , que de nuestra paile ni ha liobido eitiHvo<*aíMon teolójíca, 
ni yerros de fé. 

Desvanecida esa acusación, para nosotros la mas impoiiante de todas, y la únira 
en que tenemos innieliato interés, examinaremos parte por parte y muy detenida- 
mente el artículo de nuestro suscritor. 

Llama á la empresa de las Cnizadna « el delirio del fanatismo cuando menos.* No 
ignoramo.s que ese es el lenguaje de Vojlaire, i\e\ Citndor y aun de todo el filosofis- 
mo ilel siglo XVIII. Pero creemos que nuestro suscritor no deberia imitarlo. Somos 
españoles y no debeyíOA la existencia de nuestra nación sino ú un fanatismo de la 
misma e^ecie, tí\ de Pelayo,. al de Garci-Gimeoez , al de Iñigo Arista; por(|ue no nos 
equivoquemos, el pensamiento de \o» hc^roes que ñmdnron nuestra patria , era es- 
rlu.sivamente retijio^n. \ no existir la diverjencia de ciilt<»s entre árabes v cristianos, 
la suerte do España hubiera sido la misma que la del Oriente y la del África , en 
flondr esta diverjencia cesó mas pronta que en nuestra península. 

Pelayo creyó oponerse con un corto número de hombres A las falanjes que en 
fres años arruinaran la poderosa monarquía de lo> vi.si gados. Su fanatistnoora, pues, 
mas delímnte que el de los cruzados ; pue& estos acometan al .Vsia con todas la» 
fuerzas de Europa. 

Entre los mahometanos era un principio de relijlon conquistarlos pueblos, y 
condenarlos al ilotismo rivil v político, si no admitían la ley del Pi'ofela. En todas 
Jas empresas de alguna consideración promulgaban /(/ Gazla ó espedícion contra los 
infieh^. en la cual no podia esceptiiarse de ser soldado ningún musulmán que pudie- 
se. ¿Ern fanat'mno marchar contra una relijlon (|ue tenia semejante dogma , y que lo 
practicaba con tanto peligro de la cristiandad? /, O debía la Europa dejarlos contH 
miar en sus proyortos de invasión , sin oponerles mas que luisiímeros? 

I^is cnizadas r^rntra los mahometanos no fueron, pues, el delirio del fanatismo. 
/Oiipremos una prceba de ello? Los españoles no cedian á ninguna nación de Europa 
en espíritu relijioso, en fanatismo si se quiere. Sin embargo, no tomaron la cruz 
para las espediciones de l'ilramar. Fernando III el Santo , instado par su primo San 
Luis d<* Francia á pasar á la Tierra Santa , respondió : en fíapaüa /i/^ij también mahn- 
v^eíanm fjue combatir. Esta prudencia no se aviene bien con el delirio del fanatismo, 

I^ cuestión de la edad media era política, á saber: si habían de dominar en 
Europa los mahometanos, ó las naciones cristianas. Las cruzadas decidieron esta 
cuestión. 

10 



[74] 



ARTICI LO n. 



LiL rosU» (1c osle artículo os una srric de pro{;un(as , inudias de ellas inútiles pan 
la cuesliou de que f^a trata. Las exaiiiinaréinos una por una. 

K^a primera es si en la época del concilio de (^Jeruiont las naciones europeas oran 
una sola república confederada , semejante al imperio p^ermilnico. Yo ¡a* había Imidn, 
afjaile , por muvho mas disiinlas e hulrpendinttcü entonce;^ i/ue ahora. Mucho se iHiuivuca 
nuestro pre|;unlador. Ahora se unen \ se separan las naciones por sus intereses ins« 
toriales, hien ó mal entendidos. Entonces se dividían <1 veces por la misnia rausa; 
pero pronto las uuia el vínculo común del cristianismo, que era el espíritu general 
de todas ellas. 

Nosotros comparamos la confederación cristiana de la edad media ni imperio 
germánico, y en efedo , tienen bastante semejanza, esc«5pto el poder del {[[efe. Nin» 
|;un emperador de Alemanío ha sido tan poderoso como los Sumos Pontilices desde 
Gre^rorio Vil hasta Bonifacio VIH. La misma espediciou de las cruzadas, fuese buena 
6 mala, justa ó injusta, delirante ó jui(!¡osa , prueba el inmenso poder de liorna en 
las naciones de la cristiandad. Pniébanlo ademas la libertad de las -repúblicas de Ita- 
lia contra las pretensiones de los emperadores de las casas de Franconia y de Su'»via. 
Pruébanlo tantas muestras de sumisión y de res|)et<» de los reyes y de las naciones á 
la Santa ^aW; tantas órdenes como emanaron de esta á los gobiernos, y que los go- 
biernos obedecian : pruébaiilo, en lin, los mismos abusos que hizo Uoma de su po* 
der, y que no siempre se le han echado en cara con injusticia; porque el abuso su- 
pone la fa(!ultad , por lo menos de hecho , (pie es la que aqui'dispulamos. 

Ks imposible dar un paso en la historia de la edad media sin encoutrairnos con 
este poder colo^^aí^ como le ha llanrido un <*élebre poeta de nuestros dias; con este po- 
der , no solo espiritual, sino también p<dílico y civil ; con este poder, que intervenía 
en todas las acciones, en todos los tratados, en todas las determinaciones de alguna 
consideración, señaladamente si eran generales á toda la cristiandad. 

£n el imperio gernuUiico no tenia <'l emperador tanta autoridad sobre sus podero- 
sos asociados los elect(»res de llaaiiover , Hrandembur^ro v Haviera. Los revés de Bu» 
ropa en la edad media estaban mucho mas sometidos al padre común de los fieles ; y 
la obediencia al PajM no se limitaba entonces *á solo (*l respeto espiritual tributado al 
Sumo Pontífice. 

Evislia, pues, una autoridad que dominaba espiritual , civil y politicamente toiIo 
el orbe cristiano, y que enlazaba entres! t<Klas las naciones. Kste es un hecho que á 
cada paso confirma la hisl(»ria , \ (|ne confiesan todos los historiadores, asi los ami- 
gos como los enemigos de limna. ¿ Ks culpa nuestra, si el hecho es cierto, haberlo 
presentado bajo su verdadero punto de vista ? 

¿Cuáles son las causas de este hecho? De la historia misma constan; pero si hu- 
biéramos de espresarlas aqni nos se))arar¡amos de nuestro intento, y esiTibíriamos 
un libro en lugar de responder li un articulo. 

SECitNn.i i»HKiii:>T.4. Si el gefe de esta república era el Papa, y por conserucnría 
inevitable los reyes sus feudatarios. Deseo saber , añade con irrisión que nos abstene- 
mos de calificar , si esta cotí federación pontifical v.risie lodacia, 

Claro es que el Papa era el gefe de la república cristiana; pero no' es constntencia 
inevitable que los reyes fuesen feudal^irios suyos. Koma cristiana no ctmociú el rt^jinien 
feuda! de los bárbaros. Su autori lad s(d)re los roes ora mas hivn /ribnnicia ú de velo, 
que monárquica ó imperativa. Los gefV*i» de la^ naciones no estaban obligados con 



rr.tprrlo «il P«i|)a á (ríbiilo ó vasnllnjo ; nitis ImciaD nuirlio caso de sus anioncstano- 
ne« V amcn.r/as , j f;onera1 mente obeclerian. 

Podíamos eMMisarnos de respomlcr .1 la segunda parte de la pre^riinta , que semeja 
bastantemente A la» (pie suelen hacer de improviso los jueces, porque uo estamos 
díspuertton A reconocer el tribunal de nuestro pre{2:unlador. Sin euibarj^o , portpie 
esa misma pregunta pudiera hacerla algún lector no tan instruido como él , diremos 
qUe el orgullo imprudente de Bonifacio VIII, la traslación déla Sede Pontificia Á Avi- 
ilnn , el ciMua de Occidente, y mas que todo, los progresos délas naciones y de los 
gobiernos en las artes y ciencias ( progresos debidos sin dispula á los Sumos Pontifi^ 
ees'; demolieron paulatinamente el poder político de Roma cristiana. Este poder nació 
y creció entre las tinieblas de la ignorancia: las naciones se emanciparon cuan- 
do aquellas tinieblas se desvanecieron. En la edad media fue necesaria la teocra- 
cia ; porque los bárbaros no pueden recibir otro yu^o j!oH/íco que el de la relijion. 
Cuando los pueblos llegaron á poderse gobernar por si mismos , volvió el principio 
cristiano á ser lo que antes era , á saber: el ájente mas poderoso de moral y de ci- 
vilización. 

V después de todo, ¿quinos importan estis cuestiones subordinadas? ¿qué im- 
porta saber cuándo acabó ó comenzó ese poder? Mientras nuestro adversario no nos 
demuestre que Im Crnzarlai fueron una emprem injunla , nada ha hecho contra nuestra 
aserción; porque tampoco versa la cuestión sobre la lejitimidad, carácter ó atribu- 
ciones del poder político que ejerció Homa pontifical , sino sobre la posición mótua 
on que se hallaban entonces las dos potencias que se disputaban el imperio, la cris- 
tiandad y el mahometismo. Aqui , aqui está la dificultad : pruébesenos que el Sumo 
Pontífice debió contentarse con enviar misioneros á lofi maíiometauos mientras ellos 
enviaban ejércitos contra la cristiandad , y entonces daremos por perdi<la nuestra 
causa. Pruébesenos qiu* debió dejarse á los mahometanos en pacifica posesión de la 
mitad de España, de parte de Italia , de toda el .Vfrica , de todo vi Oriente que en- 
tonces poseían. Pruébesenos que los Fernandos }' Alonsos de Castilla hicieron muy 
nial en rei*on(|uistar la Península, y peor Isabel y Carlos V en haber perseguido á 
los inahonuHanos en el África misma. Demuéstreseuos que la célebre victoria de 
túpanlo que arruinó la supremacía marítima délos turcos, y la no menos famosa 
jornada de Viena que quebrantó su potencia continental , fueron actos de fanatismo 
y delirio, y entonces confesaremos que también lo fueron las Ouzadns. En efecto, 
el mismo principio político, el mismo espíritu reüjioso dictó todas estas empresas, 
A saber : refrenar unos hombres cuya relijion mandaba la invasión y la conquista. 
V si las Ouzadas no fueron tan bien dirijidas como la armada de la Santal Liga ó los 
puerrenis de Sobieski, la culpa es de los tiempos, pero no de la causa que se defen- 
día. Leónidas pereció en las Termopilas, y Temístocles triunfó en Salamina : la 
muerte del primero es tan gloriosa como el laurel del segundo, Anibos pelearon por 
la independencia de su patria. 



ARTICILO III. 

TKRCKRA PRECINTA. Si el tílulo para pertenecer á la confederación de naciones eu- 
ropeas era el bautismo. 

No solo el bautismo , sino también la fé cristiana. Un gentil ó un mahometano no 
eran considerados en ninguna parte como individuos de la asociación civiP, ó sino, dí- 
ganlo los moros de paz que quedaron sometidos en España en muchas de las provincias 
conquistadas por los reyes de (iaslilla y Aragón. ¿Qué esenciones, qué privilej ios tenían? 
G«to en CManto á los que no habían nacido en el seno del cristianismo. En cuanto a 



[76] 

los apósta(ns, todas las nai'iones do Europa los condenaban á las ponas mas duras de 
sus (*ódi((os criminales. £1 que estaba fuera de la i{(lesia estalla fuera de la ley. Re- 
pelimos segunda vez que solo señalamos los hechos, sin calificarlos > sin deiii(fñar sui 
causas. 

>'iies(ro suscritor dice que eso era contraiio á las palabras del Salvador: mi rrim 
no es dee:ftr mundo. Si el testo estuviera bien aplicado , querria decir que las naciones 
europeas hicieron muy mal en escluir déla ciudadanía á los disidentes ; mas noque 
el hecho es falso. Pero el testo está mal traido al caso presente como va henos 
probado en otra parle. £1 reino de la iglesia no es de este mundo ; pero oí gobierno 
político si : y ¿quién podrá quitar á las naciones el derecho de poner condiciones á 
la ciudadanía ? V si entonces quisieron todas componerse esi*lusivainonlo de cristia- 
nos, ¿se |Kjdrian alegar en contra las palabras de Jesucristo , las cuales se dirijená 
solo caracterizar m reino , esto es, la Iglesia? 

£1 dominio político de los Obispos y después de los Papas , fue una necesidad so- 
cial de aquellos siglos bárbaros, (^esó la barbarie , v cesó el poder temporal de la Igle- 
sia. Pero siempre se conservó el mismo el reino cíel Sahador, que es eterno. 

Dice (|ue nuestra aserción es contraria d Im hecho* de la historia. Quisiéramos que hu- 
biese citado alguno , desde unes del siglo XI hasta el XVI , que contrariase nuestro 
principio. £n la primer época eran \ a cristianas, ademas de tlastilla, Navarra v 
Aragón , Fraiuria , Inglaterra y Alemania, las tres monan|uías de Kscandinavia, á 
saber: Dinamarca, Noruega } Suecia. Tugría \ Polonia lo eran también: llusia esta- 
ba fuera del orbe europeo, pero también había recibido de t^onstantinopla la té del 
Oucíficado. ¿£n cuál de estos pueblos fueron admitidos los mahometanos ó his ido- 
latras á la participación de los derechos poiiiicos? ¿En cuál de ellos fue licita la a|His- 
tasía? Que se nos diga. 

cc.iRTA PoiiCiOTA. Si tofla la Europa conocida se incluia en la crisliandad. ,Si 
escoplo algunos distritos (|ue carecían de los primeros elementos de la c¡\ilizacion, 
como Prusia, Livonia, parle de Líluania } Laponia.) Añade: ^esia tjhvrra mtijruda fm 
¡iuramcnle defensiva? A esto respondemos «pie xi. 

£n el siglo Vil salieron de Arabía los tliscipulos de ^lahoma predicando su relijíoa 
á fuego Y sangre , y en el espacio de poco mas de un siglo conquistaron y souietierou 
desde eí Indo hasta el Loira. ¿Cómo deberá llamarse la guerra diríjida á desposchio- 
narlos de sus conquistas? /Podrá caracterizarse con.o guerra de ayrcaioH y 6 c«>iuii 
guerra de defcnaa í La justicia en casos semejantes está siempre á fa>or del injusta- 
mente invadido , y la cristiandad lo fue. 

Nuestro adversario equivoca la guerra ofvnfitn con la áce«¡)edÍcion: pero esta mu- 
chas veces es solo defensiva. Agatocles, oprimido en Sicilia por los cartajinoses, sa- 
lió con su armada de Siracusa , si» presentó sobre (tártago y aterró á los enemigos. 
Las espediciones á la Tierra ríanla tenían por objeto acabar con la |)olencia mahome- 
tana en el mismo centro de sus dominios , ó por lo menos , ponerla en catado de qua 
no infundiese temores á la cristiandad. £1 primer objeto no pudo lograrse ; pero el 
segundo se llent) completamente; pues Italia no volvió á ver los escuadrones de b 
nKHÜa luna, y en £spaña fue decayendo de día en día la potencia musulmana. 

Si las espediciones de las t'ruzadas hubieran sido mas felices , claro es que so hu- 
biera ]M)dido T se hubiera debido acabar con un eiiemigí» irrectmciliable que tantos 
males había causado á £uropa. ¿No acabaron con Napoleón en 181 i > 18l«'> las po- 
tencias conjuradas contra él.'' V ¿a(|uella guerra » annc|ue de espedicion , no S4> carac^ 
terizó como dcfcnífical £1 mejor medio de defenderse es reducir á la nulidad el ¡loder 
del enemigo. 

£1 preguntador añade: csi no me engaño, el Papa quería reclamar para si no so- 
lamente la Palestina , sino todos los varios territorios asiáticos } africanos poseídos 
entonces por los mahometanos. ¿Fnejtuda ala ambición ? 

Nuestro suscritor se engaña ciertamente , y aunque no se engañase , nada de eso 
viene al caso en la cuestión presente. Pudieron los Pontífices manifestar una ambi- 
ción desmesurada, y sin embargo ser jnmiisima la guerra contra los intieles. ¡Cuántas 
>eces se ha sostenido con malos medios una escelente causa! 

Pero se engaña , repetimos , como él luismo teme con razón. No qtjl Roma taa 



Arria «|iic desease pana si territorios apartados sin tenor fuerzas ni ejérrilos jiropids 
Con que S4>stenerse en ellos. Asi es que los eíiineros estados de Jerusalen , Antioquia, 
l-jtesa V de otros territorios, fundados por las Cruzadas, se dieron á varios gefes, sin 
que el Papa reclamase n«*ida del pais conquistado, antes bien procuró siempre con 
tildas sus tuerzas enviar auxilios á los principes crí.st¡anos de lltramar. 

I JO (|ue Roma rectlamó siempre en las conquistas hechas ó que se hiciesen en 
África V en Asia fue la suprema inspección de que entonces gozaba en toda la cris- 
tiandad sobre los negocios civiles y políticos de alguna ini|K)rtanc¡a. "Esta pretensión 
no piNlia ser injasla , pues era conforme al derecho público de aquellos siglos. I)e esta 
ventad tenemos un in.s¡gne ejemplo en el célebre meridiano de Alejaiulro VI , tiradi» 
para seiiarar las posesiones españolas de las portuguesas en entrambas Indias. Esto 
^e verihcó en uiui época en que ya el |)oder político de los Papas ni aun era sombra 
de lo que había sido tres siglos antes. Sin embargo , dos podemsas naciones se some- 
tieron á este arbitraje , que solo era un resto imperfecto de la anligira autoridad que 
i*onc4Hli(i á la Santa Sede el derecho común de las naciones europeas, 

Kn el dia panH*erian estrañiis \ aun risibles las pretensiones de esta espiH'ie. Kti< 
iónei^ fue acatada y obedecida la determinación de liorna. Pero el m(*jor metlio de 
no acertar nada en materias históricas ni ¡Militicas es juzy:ar una época ó una nación 
por las ideas de otro pueblo ó de otro siglo. 



ARTICULO IV. 



mKi;i*?iT i SÉPTIMA. Supuesto que Roma fuera centro de la cristiandad, ¿por qué 
DO pudo prestar á Sicilia y á hispana protección y defensa contra los nialnimetanos.'' 

El supuesto es falso y la pregunta estd hecha de una manera confusa , ipte hace 
imposible responder á ella sin distinguir las épocas. 

I .** 1^1 Sanüi Sede de Roma ha sido de.s4le el siglo de los Apóslides el rni- 
fnt de la imidad de la Iglesia, y por consiguiente del crislianismo; pero hasta el si- 
glo \f no tuvo otro carácter sino el del poder espiritual; y asi no pudo impedir ni auxi- 
liar á España ni á los demás paises cristianos invadidos por los musulmanes mas que con 
•US oraciones y con sus ruegos á los monarcas y á los pueblos poderosos. I^s ín\asiones 
de los mahometanos eu Eunqia se \erilicaron en el siglo viii y el i\. 

i.* tunando se reunió ¡I la Sede de Roma el poder político que ya hemos defínido, so- 
bre la cristiandad (t\ ¿quién duda que auxilió poderosamente con su influencia la no- 
ble empresa de los Reyes de España, empeñados en restaurar su patria y libertarla del 
yugo sarraceno? El que negase este hecho incontestable mostraria en eso solo su igno- 
rancia de nucM*'a lii«iloria. H.i<t:i hojear «-^ .Mariana para encontrar nunirrcisos t(*viiiiM). 
aíos de los eticact^i auxilios que recibieron los Rejres cristianos en Espaiui dei poder 
pontifical. 

El mismo (¡regorio Víí, que creó este poder, y su sucesor l-rbano II , ^titnr de his 
Cruzada:^, autorizaron á los Reyes de Aragón para liacer uso de lus bienes etle>iá>l¡(^-4)S 



I Se excH'ptúu el imperio «ic Oricntr , quo colocado en iinn extremidad de Europa « y konielido ul 
nsiii:t, fii rucofiucia vi poder «■spiritii.'il iii el t4;iii|K*ml d«% lloina. Pero aunque erísliaiiu , las lbnua% «if »u 
irobieriio, s»is iostuiribres aP'niiiKidas , mi or^^ulloy %\i dt*bilidad Ic asvoujabau niasá uum uaiiouuiicuul, 
%iin' á niugnaa de \m qui* entonóos !>>rinal>au «.I mundo europeo. 



en sus g 1101 ras contra los moros. Iguales conrosionofi se hiñeron ilrspiios á una y otra 
inonan|iiia en el curso de la reconquista; y nadie ignora que toda la parte que cobrall 
del (lie/.nio la liacionda de Es|Kiiia, con lo» diferente» nonilirest de subsidio , csciisado, 
tercias, novenas etc. ; y que la qne devengaban los partícipes legos á Ululo de servirim 
iieclios al Estado, precedían de bolas pontificias, en qne se concedieron A los Re}es 
auxilios para hacer la guerra i\ los inlieles, y iiiedicn* para premiar con el caudal de la 
l(¡le>ia á los guerreros que en las lides se distinguían. 

<luán ¡iup<irtantes fuesen estos socorros nadie puede dudarlo; como tampoco que 
según las ideas de aquellos siglos solo residía en el Papa la autoridad de di»|ien»árfos* 
Pero aun hubo mas. 

En el ano de 1 1 IS habiendo puesto sitio Á Zaragoza Alonso el Batalhidor, Jlej ile 
Aragón, el Papa (¡elasio 11 concedió indulgencia plenaria (esto es, una especie de cnf« 
zada; á los que pilleasen en aquella guerra ; lo que aumentó considerablemente el pJit- 
cito cristiano con un gran número de guerreros que acudieron de Francia, aseguró la 
victoria, produjo la conquista de aquella importante plaza, y arrojó i\ los miisiilinancs 
de la linca del Ebro. Igual indulgencia se publicó en favor de los que favoreciesen i Iim 
templarios, cuando se establecieron en Aragón en la guerra contra los infieles, ritima- 
mcnte se concedió por punto general á todos los tpic peleasen contra los malioniclanos 
de España. Las tres órdenes militares de Santiago, AícAntara y (^alatrava, que tan po- 
derosamente contribuyeron á la victoria de la causa nacional , fueron institutos relijio- 
sos aprobados, y aun promovidos poi' Houia. 

Ei mayor peligro (¡ue corrió Custilia después déla erección de la monarquía , fue in- 
dudablemente ia espedicion délos aimoiíades i\ principios del siglo \IH. El celebre his- 
toriador I). Kodrigo, arzobispo de Tolcilo, pasó entonces á Koma como embajador de 
Alonso V|[[. y consiguió no solo indulgencia, sino también cruzada para aquella guer- 
ra: li) que reforzó con gente muy eseojida de Erancia y de otras parles el ejército que 
consigtiió la señalada victoria de las Navas. Semejantes auxilios recibió de Roma la cris- 
tiandad do España, ya en las con!|u¡st;is de Valencia y Andalucía, ya en la guerra que 
se terminó con la batalla del Salado. Sil ves y Lisboa fueron rendidas con el sf»corro de 
los cruzados ingleses, flamencos y sajones, que pas<mdo ála Tierra Santa, y rogados por 
los lieyes de Portugal creyeron, y con razón, que no faltaban á su instituto favorecien- 
do á los cristianos de Lusítania. 

Si á esta eflcaz cooperación con hombres y dinero se añade la intervención contfni» 
y pacifica de la santa Sede por medio desús legados para terminar Lis guerras «pie so- 
lian siiscilarsc entre los principes cristianos de Mspaña, se conocerá con cuánta lijere- 
xa é ignorancia de la historia se ha querido suponer (pie Koma no auxilió á los españo- 
les en su gnerra de ocbo si<;los contra los musulmanes. 

En cnanto á Sicilia nada tenemos que decir , sino (¡ue cuando los moros se apode- 
raron de ella en el siglo ÍX, los Papas no tenían aun poder político, y harto hacían en 
excitar á los romanos á que defendiesen su territorio invadido por otros musuIíiKines. 
Dos siglos después, cuando los n(»rmandos rec(»nqinsLaron la isla con poilcroso ejc^mto, 
no necesitaban de otro auxilio de parle del Sumo Pontífice, sino la paz que les concedit», 
y sin la cual no hubieran podido hacer su espedicion. 

Se ve, pues, por nuestras respuestas, que la mayor parte de las preguntas « que se 
nos han hecho, ademas de suponer mucha ignorancia en la historia déla edad media, 
no han tenido otro objeto que el de denigrar en cuanto ha sido posible la causa política 
del cristianismo contra la media luna. El misino preguntador sin esperar las respuestas 
(lo que prueba en él una opinión ya lija é inmudable; confiesa que <los (lobicrnos ea- 
roporrs debieron concertar medidas prudentes para su defensa.! Luego la guerra era 
justa por su misma confesión. Si lo ora , ¿cómo la llama faiuitical ¿cómo dice que no 
puede justificarse por las escrituras, cuando en ninguna parte de ellas está condenada 
la güera, hecha justamente y defendiéndose de un invasor , ó reclamando de él los ter- 
ritorios que ha usurpado? 

IHce qne no se sabia dónde esLnba el sepulcro úe\ Salvador, por cuya libertad pelea- 
ban los cristianos, Nosotros no lo creemos. Desde la muerte de Jesús nunca han faltado 
en aquella ciudad discípulos de la cruz, y por tanto no nos persuadirá nadie á que no 
se hubiese conservado por tradición la noticia del sitio en que estuvo aquel sagrado y 



[79] 
precioso monumento. ^[Querrá liacer álos cristianos un nuevo cargo porque descasen te- 
ner en su poder aquel territorio , honrado con los misterios de la vida , pasión y 
muerte dt*l Redentor ^ y que los mahometanos no poseían sino con el título de la fuerza 
brutal? ;Querrá que hubiesen renunciado ^ los sentimientos relijiosos que escitan ios 
nombres de aquellos lug:ares? ¿No dijo Dios por Isaías que el sepulcro del Redentor seria 
giorioitol 

En 6n , es falso que el objeto de las cruzadas fuese exterminar lo$ wfUlegí porque el 
objeto de una guerra nunca es csterminar al enemigo, sino someterlo y reducirlo d la 
impotencia de que nos dañe. Causa hastío tener que rechazar acusaciones tan falsas co« 
mo absurdas. El verdadero fanatismo fue el de ios árabes , que salieron de sus desier- 
tos con el objeto de someter el mundo á la ley de su profeta, llevando por único argu- 
mento la espada. Porque fanatmno es la pasión que nos lleva á matar, *Á esclavizar , ó 
á reducir al ilotismo político y poner bajo tributo al hombre que no acepta nuestra 
creencia. Los cruzado)^ no iban á cniímtir^ sinoá castigar á los que habían querido con- 
vertir con el alfange á los pueblos cristianos; y á restaurar lo t|ue bajo tan fanático ^ve- 
testo habían quitado á la cristiandad. 

Rjsta ya : cree:nr)s que henos esplícaJo suíicientemente nuestras ideas acerca de las 
célebres espedicíones conocidas con el nombre de cruzaJas. Si nos liemos estendido 
tanto, no ha sido á la verdad por refutar á un adversario, sino porque creemos conve- 
niente y aun necesario presenturlis baj«i su verdadero punto de vista ; y proh-ir que los 
Sumos Pontífices, aconsejando á Europa que tomase las armas contra el mahometismo, 
le aconsejaron una cosa justísima : (|tie pudo y deb¡6 dar este consejo, por la suprema 
inspección que entonces le conipelia como gefe espiritual y temporal de la cristiandad: 
que el éxito de una empresa no i*s el mejor argumento para condenarla ó aplaudirla: 
que debieron haberse adoptado otros medios de ejecución, que la hubieran hecho me- 
nos costosa y mas útil ; y cu fin, que t'> los los sarcas!nos de los escritores protestantes 
contra Roma ni de los incrédulos del siglo XVIII contra el cristianismo, jauías pro- 
barán que i^ fanal ira ú injnstfa la guerra c|ue se haceá un pueblo de ladrones para (|ue 
restituya lo que ha roha^lo. Hueno es convertirlos por la persuasión, y en ningún siglo 
ha dej.ido Rtuna de enviar misioneros á los países infieles, inclusos los mahomelanos; 
pero también es bui*no que el tintnhrc dc/iiinda su casa. 



DE LAS OBRAS HISTÓRICAS. 



ARTICILO I. 



L 



A historia es, de totlos los géneros de literatura prosaica, el que mas se acerca ú 
la oratoria , así como la novela i\ la poesía. Exíjese del historiador , aun mas que 
del íil(>s«>fo , elegancia sostenida sin afectación , pureza y corrección de lenguaje , ar- 
monía V rotundidad en la frase. Pero estas dotes deben estar unidas á la mucha so- 



hr¡r.l;nl (mi H uso ác los aplomos , v jzran tino y oconoinici rn su distribución. Es muy 
difíril ser elefante* sin dejar de sor senrillo, \ eslc es precisa mente cl problema qiie 
debe ri'solver lodo escritor de obras Iiístóricas. 

Nosotros no bablarémos aquí de las prendas que ñh'ilmente se conciben como 
necesarias en toda historia : bi veracidad , la imparcialidad , }:rande instrucción en 
ios liechos . muclio discernimiento crítico , sanos principios en moral, polttira \ lo- 
jislacíon. Msias cualidades no pertenecen á la literatura propiamente dicha; {lerteiu*- 
cen á la filosofía y Á la erudición , y deben suponerse en todo escritor liistfiric«>. Si 
no las tiene , por mas cle(ranle <|ue sea su estilo, por csnu*rada que sea 8U plociicion, 
podrá adquirir, como el abate Saint lleal , la reputación de un novelista agradable; 
mas no podrá elevarse á la dignidad de historiador. 

Pero no hay duda que, aunque el escritor posea los dotes filosóficos que arabaiims 
de mencionar, no podrá dar á su libro la fama é interés que merecería por el fomlo 
de las cosas , si el desaliño del estilo ó la incorrección del lenj^uaje lo hace no miIo 
desagradable en la lectura, sino también confuso y difícil de entender; 6 bienafrC' 
lando ornamentos ambiciosos, ajenos de la noble sencillez con que debe es|Kinersf> la 
verdail. Ni un historiador debe ser tan descarnado como las antiguas crónica», ni 
tan el<>\ado y pomposo como la Kneida ó la Jliada. 

Tollos los escritos históricos de cualquier clase que sean constan de un elemen- 
to común . hi ¡Hirrarion. Por consiguiente, las reglas literarias á que están somelido» 
son tres: el integres, la verosimilitud y la unidad ; á las cuales debe satisfacer la nar- 
ración d(* un hecho cualquiera , so pena de desagradar. Si el escritor no sabe inspi- 
rar interés á lo que cuenta; si lo cuenta de tan mala traza, que aunque .sea veníail 
nos parezca finjido ; en fin , si las diversas partes de la narración están dislocadas t 
mal unidas entre si es imposible qiu' el libro nos inslniva ni nos deleite. 

Kl inten's de la narraeion histórica no resulta solamente déla naturaleza de U 
obra. Claro está que, siendo iguales todas las demás rosas se interesarla mas un lec- 
tor con la historia de su naeion que con la de los pueblos eslranjeros. Pero aqui lia- 
blauíos del interés que resulta de la manera de contar . del colorido casi dramáti<'0 
que los grandes escritores saben dar á su narración . del arle de graduar la elocuen- 
eia á la importancia de los sucesos. Parécenos qin» estanuis asistiendo á la represen- 
la('i(Hi <le un drama cuando leemi)s en Tilo Livio la espulsion de los Tarquinios, la 
retirada de la plebe al monte Síigrado, la raida de los denMuviros, las campanas do 
Annibal en Italia , la derrota de los cartajincses en el Me(ánrf). Tiene este inimitahle 
historiador el arte de inspirarnos por la sne»rte de Hoina en a(|iiellas <liversas rirciins- 
tanrias el mismo interés (]ne tuvieron en las é{)0('as que ileserihe los ciudadanos déla 
capital futura del niundo. Sentimos las misin:is congojas tpie ellos en el peligro, la 
misma alegría en el triunfo, y durante la lectura somos romanos. 

I'n historiador de nuestro siglo, Karamsiii . en la historia (l(* Husia , su patria. 
se asinieja mucho á Tilo Livío en esla dolf», ¡inncijialuM^nte cuando describe á los 
rusos \enidos y esclavizados por los nuigc>Ir>. y despu(*s >engando su humillarion 
pasada en la batalla del Tañáis bajo el mando del vab-roso Uemelrio Donski. 

Nuestro Mariana, desma\a(lo á veces cuando desrribe suresos de poca importan- 
cia , recobra todo su vigor en la narración de» la reslauruMon de .Nslurias por Pela\e. 
de las conquistas de Toledo, Zaragoza, Valencia, Sevilla \ (iranada. y de las batallas 
de las Navas y del Salado. Kn estas circunstancias rrílicas es un gran pintor. 

Lo> historiadores griegos y romanos, para dar á su narración un aspecto mas dra- 
mático , solían poner razonamientos escritos por ellf)s mismos en boca de los per.**?»- 
naj(*s históricos. Algunos críticos haii censin*ado esta costumbre como opuesta á la 
\(*nlad. 

Nosotros no opinamos del mismo modo. Knhorabuena que cuando conste de la his- 
toria lo que dijeron no .se alteran sus |):ilabras; pero ctiaiuh» mi consta /qué incon- 
veniente hay en hacerlos decir lo <|ue realmente dijenm , aun(|ue sea con diversas vo- 
ces? Es claro que Lucrecia antes de darse la muerte dio <'uenta á su padre y mari- 
do del atentado de Sexto Tarquinio. Ks claro que .lunio Rrulo descubru) en aquella 
Cíicena lan cruel (¡ue su imbecilidad rvi\ finjida. ¿Oué crimen cometió Tilo lj\¡o con- 
tra ia >erdad histórica, poniendo en boca de ambos personaje^^ palabras conforiui*s á 



[81] 

SU situación , á sus sentimientos y á su carácter? No hay, pues, infracción de verdad, 
y se añaden á la narración bellezas que la hacen doblemente interesante. 

Salustío , que puso en boca de Catón y de César dos oraciones en sentido opuesto 
sobre el castigo de los cómplices de Caliliua , no faltó en nada á la verdad, aunque 
fuesen ambas compuestas por él. Hubiera faltado al primer deber de un historiador, 
si hubiese puesto en boca de Cicerón una oración diferente de la que arrancó á este 
cónsul la indignación viendo entrar á Catilina en el Senado. Así es que ni la sosti- 
tuyó por otra , ni la insertó en su historia , y se contentó con decir que Cicerón hizo 
una oración escelente y útil á la república. Allí no le fue lícito inventar, porque 
eran conocidas las palabras qiie el cónsul habia pronunciado. 

La belleza no disculpa al historiador que falta á 4a verdad ; pero cuando esta 
q[ueda ilesa no sabemos por qué ha de privarse al escritor , no ya de un artificio 
inocente para hacer alarde de sus prendas oratorias, motivo que siempre nos pare- 
cerá futiU sino de un medio muy oportuno para aumentar el interés de la narración, 
dándole carácter dramático. 

Mas para que esta licencia , que según nosotros debe permitirse á los historiado- 
res , se use con derecho es menester : primero , que conste que el personaje históri- 
co habló : segundo , que no se sepan literalmente las palabras que mjo : tercero , que 
se pongan en su boca las que exija la situación, su carácter y la serie de los sucesos. 
Sería una necedad que el historiador de las campañas de Bonapartc en Italia inven- 
tase arengas á los soldados franceses para ponerlas en boca de aquel general ; pues 
se sabe que no les arengó, sino les hizo proclamas. Pero Mariana no cometió ningu- 
na falta poniendo oraciones en boca del rey D. Rodrigo y de Tarif antes de la bata- 
lla del Guadaletc, y de D. Pelayo incitando á los asturianos á que restaurasen la mo- 
narquía. Véase si les hizo decir lo que debían , atendidas las circunstancias en que 
se hallaban; y estemos ciertos de que^ si no lo dijeron con las mismas palabras, lo 
dirian con otras. 

Cuando el pensamiento es el mismo la variación de las voces no es importante. 
¿Se culparía de falta de veracidad á un español que, escribiendo la historia de Fran- 
cia, tradujese en su lengua el célebre dicho de Enríque lY : mivez mon panache blancl 
¿Se exijiria del escritor que dejase estas palabras en francés, porque el rey no las dijo 
en castellano ? ¿ Pues qué mas tiene traducir el pensamiento de un idioma á otro, que 
de una frase á. otra dentro de un mismo idioma? 



ARTICI LO IL 



JLA segunda cualidad necesaria á la narración , bien oratoria , bien histórica , es la 
verosimilitud. Sin ella pierde su lustre la verdad misma. 

La verosimilitud se conseguirá siempre que se cspliquen bien las causas de los 
acontecimientos : estas consisten en los caracteres de los personajes , en el espíritu de 
las naciones , en sus intereses políticos ó industriales, en la forma de su gobierno. 
Suelen combinarse con estos elementos permanentes los juegos de la fortuna ; pero 
femejante combinación contribuye más bien á acelerar el desenlace que á producirlo. 
Sería muy poco instruido en la historía romana el que atribuyese la caida de su prí* 
mer monarquía al despotismo de Tarquinio el Soberbio , ni al atentado de su hjjo 
contra Lucrecia. El trono fue minado por sus cimientos desde la ley de Servio Tulio, 

44 



[82] 

quo puso todo el poder lejislativo en manos de los patricios. Donde quiera que haya 
una aristocracia poderosa y hereditaria junto á un trono electivo e» in^ponble que 
no sucumba la autoridad real. Díg^anlo sino Roma, Venecia y Polonia.' Pero no pue* 
de negarse que la maldad de Sexto Tarquinio aceleró el triunfo del patriciado. 

£1 espíritu de los pueblos es una de las causas mas comunes de los sucesos. Lw 
castellanos de Enrique IV el Impotente , (|ue peleaban con desventaja contra los 
moros granadinos , treinta años después trmnfaban en Italia de los franceses y de 
los suizos. ¿Por qué? IN)rque el espíritu belicoso de la nación , adquirido en orho si- 
glos de perpetua lid ; pero dirijido sinicslramenle biicia las divisiones y guerras intes- 
tinas , puesto en actividad y bien guindo por los Reyes católicos , debió naturalmente 
dar la superioridad á los ejércitos españoles. 

El carácter de los personajes es un elemento igualmente poderoso. Catilioay Ce- 
sar aspiraron á tiranizar la república. El primero sucumbió ante el patriotismo y vi- 
jilancia de un cónsul no militar. Cesar triunfó de Pompeyo. El espíritu del pueblo 
romano en a([ue11a ('*poca era bastante favorable á una y otra empresa ; pero Catili- 
na no era mas que un malvado , y Cesar , á pesar de sus vicios, un grande hombre. 

Por esta razón miramos no solo como un adorno , sino como una necesidad de la 
historia los retratos que suelen hacer los historiadores de los hombres ilustres. 
Prescindiendo de las bellezas de elocución que caben en ellos, y del placer con qne 
vemos descritas las virtudes y vicios de los personajes histr^ricos es casi imposible 
comprender bien los sucesos sin conocimiento de los caracteres , señaladamente en 
las épocas en que un hombre solo ha dominado todo un siglo. Y aunque estas no 
son comunes en la historia universal lo son sin embargo en la particular de las na- 
ciones. 

Es imposible en ciertas épocas comprender cómo se han establecido en otros 
tiempos ciertas instituciones repugnantes á la razón y que parecen absurdas. Con 
nuestra civilización y nuestras ideas de justicia nos parece imposible que haya po- 
dido e<?tablecerse y durante tantos años el sistema feudal. Obligación es del historia- 
dor de la edad media esplicar cómo la situación en que se hallaron los pueblos bár^ 
baros del Norte, después de conquistadas las provincias del imperio de Occidente, 
hizo no solamente verosímil , sino hasta cierto punto necesario aquel orden social 
que ahora nos parece, y con razón , tan monstruoso , pues reunía en sí solo todos 
l»s males del despotismo y de la ananiuía. Otros muchos fenómenos , igualmente 
inverosímiles en apariencia, ocurren en la historia , que no pueden esplicarse sin 
el examen filosófico de sus causas. Este examen es un deber moral y literario del 
historiador. 

La unidad hace mas enlazados y por consiguiente mas perceptibles y verosí- 
miles los acontecimientos. E.vainiíunulo con cuidado la historia de una nación, se 
verá que á lo menos en largos periodos se ha visto sometida á un principio general 
(pie domina en todos ios sucesos. Este prin<'ipio general constituye la unidad históri- 
ca. Todos los anales de Roma están comprendidos en estas dos palabras: república 
roiiqnisíadora . Los progresos de sus con(|u¡stas «lesde que aseguró su libertad , la caída 
de la república apenas tuvo á sus pies casi todo el mundo civilizado, el establecimien- 
to del imperio militar, la mina de este imperio cuando las naciones bárbaras fueron 
sus aliadas , las principales victorias, derrotas y revoluciones de los romanos están 
contenidas, como en un germen, en el nomhre del jnwhlo rey (jueles dio Virjilio. 

Ks fácil de hallar esta unidad indagando el espíritu que ha animado á las nacio- 
nes; porque este espíritu , aunque tal vez se altere ó se dejenere, nunca llega á bor- 
rarse enteramente , como se vé en la aversión de los españoles á la dominación es- 
Iranjera. La España del siglo XIX es muy diversa de la de Viriato, Pelayo é Iñigo 
Arista ; sin embargo , ha hecho tantos esfuerzos para sostener .su independencia, como 
los héroes de la edad antigua y media. 

Cuando el espíritu de una nación se corrompe , es muy difícil de encontrar la 
unidad , porque entonces se establece la lid de los principios, y generalmente acaba 
p<u' triunfar el último, ó á lo menos por modificar notablemenie al primero. ¿Quién 
reconoce en los romanos degradados de Honorio el patriotismo, el valor, la alta po- 
lítica , no ya de los Camilos y Escipiones ; pero ni aun de los Trajanos y Antoninos, 



[83] 

ni aun los vicios brillantes de los Césares y Antonios ? En lugar de las pasiones pú- 
blicas dominaban los intereses y placeres privados. ¿En qué parte encontraríamos 
entonces algún príncipio de unidad? Lo mismo puede decirse de los griegos bajo los 
sucesos de Alejandro. El principio democrático , que fue el alma de las repúblicas 
griegas , y que dio á su bistoria breves , pero gloriosas pajinas , existia solamente en 
la Academia , en el Pórtico , en las escuelas nlo«ó6cas. Disputaban fervorosamente 
sobre abstracciones ; pero ya se habia abandonado la escena pública. 

Obsérvese que para que un principio pueda constituir unidad bistórica es me- 
nester que sea moral , esto es , que se enlace con las ideas comunes y generales de la 
nación, sea parte de su intelijencia y ájente babitual de sus acciones. No basta un 
impulso accidental dado por un grande hombre ó por las circunstancias del momen- 
to. Arato prolongó algún tiempo la vida de la libertad en los pueblos de Grecia , ó 
mas bien operó gatbdnicameníe sobre la libertad que ya era cadáver. Adquirió gloria 
para si; pero no resucitó el estinguido espíritu democrático. 

Hemos manifestado los medios de dar interés , verosimilitud y unidad á las nar- 
raciones históricas. No deben contarse ni todos los hechos, ni todas las circunstan- 
cias. Es menester gran tino en la elección. Nosotros aconsejaríamos que se omitie- 
sen los que no añadan interés ni contribuyan, aunque sean verdaderos , á hacer mas 
verosímil la narración ó á justiGcar el principio de la unidad. Pero esta regla tiene 
escepcion en las obras de erudición bistórica. 

Késtanos que hablar de las sentencias morales y políticas. Es indudable que pro- 
ducen mejor efecto las que van incorporadas en la narración misma del suceso que 
las sujíere. Siempre desagrada que el historiador la interrumpa para afectar la pro- 
fesión de predicador moral ó político. ía) mejor sería presentar con tal arte los 
acontecimientos , que el lector por sí mismo dedujese la máxima sin que el escritor 
se la advirtiera. 

Se ha celebrado mucho, y con razón, el pasaje de Tácito [camsce odü eo acriores 
fuia iniqufei el odio era tanto mayor cuanto era injusto] : sentencia que está embebi- 
da en la misma narración , como esta otra de Salustio : [saltare magis quam neceste est 
probw: bailaba mejor de lo que conviene á una mujer honesta.) ¡Qué bien pinta 
nuestro Hurtado de Mendoza á ima coqueta cuando dice que eraamt^a de ganar to- 
iHfff'tde* »/ dr con^rvaUas, 



[841 



LOS CONDES DE BARCELONA VINDICADOS, 

Y CRONOLOGÍA Y GENEALOGÍA DE LOS REYES DE ESPAÑA, 

CONSIDERADOS 

COMO MRm MPEIIENTES DE SU UMi. 



Dos tontos en %."" wnajor.^Barceiona. 194S< 



ARTICULO I. 



IfXliÉVEXOS á dar cuenta de esta obra no solo su mérito é importancia , sino tam* 
bien el pesar que nos ha causado verla aparecer casi sin ser divisada entre los rápidos j 
terribles sucesos de estos últimos años. Es verdad que ellos absorvian todavía atención 
de nuestros compatriotas; pero también lo es que, si hay algún estudio intimamente U* 
gado con el evánien ó dirección de los movimientos políticos de ios pueblos es el de 
la historia , señaladamente el de la nacional ; porqué los documentos y máximas que 
de ella se deducen, siendo osperiraentales y prácticos, son los mas á propósito para 
conocer los medios verdaderos de gobierno y de libertad. Nos parece una contradiC' 
cion que, cuando la escena política sufre tantas alteraciones, no fijen principalmente 
la atención los escritos históricos. 

La obra de que hablamos hoy tiene por objeto , según indica su mismo titulo» 
ilustrar los principios de una de las soberanías mas ilustres de la España cristíaiía 
en la época de la reconquista , y de un pueblo , que aunque unido primero con el 
reino de Aragón, é incorporado después con este en la grande monarquía españda, 
conservó sin embargo largo tiempo sus leyes , usos y fueros particulares , y aun no 
ha renunciado todavía á su antiguo carácter y fisonomía especial. Pero con la nacioB 
catalana ha sucedido lo mismo que con la navarra, asturiana y aragonesa : son poco 
conocidas las fuentes de donde procedieron y se aumentaron estos raudales para for- 
mar después el inmenso rio. 

Es , pues,* altamente patriótico y digno de un español el fin que se ha.propuesto 
el Sr. Rofarrnll. Aclarar las dudas y dificultades históricas con instrumentos verídicos» 



[85] _ 

buscados y examiuados con la mayor laboriosidad ; condenar al olvido las consejas 
populares ; proclamar la probabilidad donde no fuese posible la certeza , y poner en 
evidencia la cronolojia y succesion de los condes de Barcelona, es haber hecho ala 
historia nacional , á la patria y á todo el orbe literario un eminente servicio. 

£1 autor por la naturaleza de sus estudios y por su posición social se ha hallado 
en circunstancias muy á propósito para llenar dif^namentc la obligación que se habia 
impuesto. Aficionado á los estudios históricos, ligado por el vinculo.de la amistad 
literaria á todos los que en España siguen esta laboriosa y para ellos infructifera car- 
rera , individuo de la Real Academia de la Historia , de la de Buenas Letras de Bar- 
celona y de otras corporaciones sabias , y archivero mayor en el Real y general de 
la Corona de Aragón , ha tenido gusto , instrucción y medios para consultar el gran 
número de documentos que inserta en su obra , y en los cuales funda sus asercioaes. 

Esta obra se presentó á S. M. en 1855 solicitando el permiso de la dedicación, 
que fue concedido previa censura , tan favorable como justa , de la Academia de la 
Historia ; mas no pudo ver la luz pública hasta tres años después. 

Está dividida en cuatro períodos : 
A .<* El de los condes de Barcelona desde Wifredo el Velloso , que nuestro autor 
señala como el primer soberano independiente de la marca. 
^.* De los condes de Barcelona reyes de Aragón. 

5.® De los condes de Barcelona reyes de España de la dinastía de Austria. 
4.* De ios condes de Barcelona reyes de España de la dinastía de Borbon. 

Antecede una introducción en que espone brevemente el oríjen del condado de 
Barcelona , conquista y gobierno en sus principios , después feudo de la corona de 
Francia, y últimamente soberanía independiente de *el¡a. 

Acompañan dos cuadros muy interesantes y bien hechos: uno contiene el árbol 
genealójico de los condes , y otro el facsimile de sus firmas. Antecede á la obra el su- 
mario cronolójico de Cataluña de D. J. M. Vaca de Guzman, escrito en verso , aun- 
que rectificados algunos errores de hecho. Los amantes de los estudios históricos no 
agradecerán mucho al Sr. Bofarrull que les haya regalado esta composición ajena, 
que carece de todo interés historiográfico ; pero los amantes de la buena poesía le 
hubieran agradecido en gran manera que les hubiese evitado leer versos, hijos de los 
del P. Isla en el Compendio de la Historia de España, que felizmente nadie lee ya. To- 
dos hubieran querido mas bien un sumario escrito por el mismo autor en su prosa 
modesta, clara y corriente. Pero dejemos reposar las cenizas de los muertos. 

Es claro que de los cuatro periodos en que se divide la obra , el primero, por ser 
el mas antiguo y del cual hay menos documentos , es el mas abundante en dificulta- 
des. £1 Sr. Bofarrull disuelve muchas, y esclarece con muy sana criti(?a la oscura his- 
toria de aquellos tiempos , cotejando frecuentemente las aserciones de los cronistas 
del principado de Cataluña con los instrumentos orijinales , y confirmándolas ó im- 
pugnándolas. Es imposible seguirle en estas discusiones que constituyen el mérito 
principal de la obra, sin copiar pliegos enteros. Contentarémonos , pues, con dar 
una noticia de los principales descubrimientos debidos en esta parte tan interesante 
de nuestra historia á su sagaz laboriosidad. 

I .* La existencia ignorada hasta ahora de Senicfrcdo , conde de Urjel , hijo de 
Wifredo I el Velloso , y deducida por el Sr. Bofarrull del cotejo de signos, firmas y 
rúbricas. 

2.® La de Mirón I , conde de Barcelona , hijo y succesor de Suiniario , y nieto de 
Wiíiredo, que reinó juntamente con su hermano Borrell H , deducida del mismo co- 
tejo. A este Mirón habian confundido los historiadores con otros príncipes del mismo 
nombre y parientes suyos , condes de Cerdeña y Besalú. 

5.® Las victorias del conde Wifredo el Velloso contra los moros arrojándolos del 
Monserrate , del condado de Ausona y de gran parte de Cataluña , como también la 
áacendencia. probable de dicho conde de Carlos Martel , tronco de la dinastía carlo- 
ringia en Francia. 
4.* La ei^istencia de un hermano suyo llamado Seniefredo. 
5.* La falsedad de todos los heehos que se cuentan de Wifredo I, Felá 
casamiento con una hija del Balduino, conde de Flandes. Wioidilda» 



I 



[76] 

los api'istaías, todas las naciones de Europa los condenaban Á las penas mas duras t!e 
Mih ródi(^os cri mínales. £1 que estaba fuera de la ¡{(lesia estalla luem de la le}'. Ke- 
potínios sejrunda vez que solo señalamos los hechos, sin calificarlos} sin designarnii 
cansas. 

Nuestro suscritor dice que eso era contraiio á las palabras del Salvador: mi iWm 
vo es dr csfr mutido. Si el testo estuviera bien aplicado , (pierria decir que las narioms 
europeas hicieron muy mal en eschiir déla ciudadanía Á los disidentes ; inaa noque 
el hecho es falso. Pero el testo está mal Iraido al caso pre.<iente como va hemn 
prohado en otra parte. El reino de la iglesia no es de este nmndo ; pero oí ¡(obierao 
uiljtico sí : V ¿quilín podrá quitará las naciones el derecho de pimer condiciones á 
a ciudadanía? V si entonces quisieron to<tas (componerse esclusivainenle de erúuií- 
nos, ¿se ¡Hidrian alegaren contra las palabras de Jesucristo, las cuales se diríjcná 
holo caracterizar m reino , esto es, la Iglesia? 

Kl dominio político de his Obispos v después de los Papas , fue una necesidad so- 
cial de aquellos siglos bárbaros, (leso la barbarie , v ces(') el poder tempi>ral de la Igle- 
sia. Pero siempre se conser>ó el mismo el reino cfel Sal>a(!or, que es eterno. 

Dice que nursira aneiritm es contraria á (oh hrrhon de (a Imloria. Qwx^ievmwoii que hu- 
biese citado alguno , desde fines del siglo \l hasta el WI , que contrariase nuosüv 
principio. En la primer época eran \ a cristianas , ademas de ('iistilla, Navarra f 
.\ragon , Fraiu;ia, Inglaterra v Alemania, las tres monanpiias de Esi*andína\ía, á 
saber: Dinamarca, Noruega } Suecia. Tn^iria v Polonia lo eran también: Uusia esta- 
ba fuera del orbe europeo, pero también habia rccihido de Conslantinopla la fé dH 
tirucilicado. ¿En cuál de estos pueblos fueron admitidos los mahometanos ó his ¡dú- 
latras á la participación de los derechos políticos? ¿En cuál de ellos fue licítala a|KLS- 
lasía? Que se nos diga. 

(CARTA PBKGCM'A. Si toda la Europa conocida se incluia en la crisliaudad. ^Si 
escepto algunos distritos (|ue carecían de los primeros eienientos de la c¡\ ilizacion, 
como Prusia, Lívonia , parte de l/ituania } Laponia.) .Vñade: ¿cx/ci ijuerra nwjrada fne 
puramente defensiva? A esto resp4)ndemos que xt. 

En el siglo VII salienm de Arabia los discípulos de Mahoma predicando su relijíoa 
á fuego Y sangre , v en el espacio de poco uuis de un siglo con(|uistarou v soiuelieruu 
desde el Indo liastíi el Loira, ¿ilómo deberá llamarse la guerra dirijida á desposc^ío- 
narlos de sus conquistas? /Podrá caracterizarse ctui.o ;¡ucrra de ayrvsioM ^ 6 coiuv 
guerra de defensa í La justicia en casos semejantes está siempre á fa\or del injusta- 
nuMite invadido , } la cristiandad lo fue. 

Nuestro adversario equivoca la guerra ofvnfirn con la dceít¡)edÍ€Íon: pero estaniiH 
chas veces es solo defensiva. .Vgatocles . oprimido en Sicilia por los carlajineses, sa- 
lió con su armada de Siracusa , se presentó sobre Cartago v aterró á los enemigos. 
Las espediciones á la Tierra ^)anta tenian por objeto acabar con la potencia luuhume- 
tana en el mismo centro de sus doutinios , ó por lo menos, ponerla en c>stadu i\^ qur 
no infundiese temores á la cristiandad. El primer objeto no pudo higrarse; fiero el 
segundo se llenó completamente; pues Italia no >ol\ió á \er los e.scuad roñes de la 
nuMÜa luna , y en España fu<> deca vendo de dia en día la potencia musulmana. 

Si las espediciones de las tlruzadas hubieran sido mas felices , claro es que S4* hu- 
biera |H>dido Y se hubiera debido acabar con un enemigo írr€>c(mcíliable que lautos 
males habia causado á Empopa. ¿No acabaron con Napcdeon en IKI i \ 181 Tí las po- 
tencias conjuradas contra él.'' V ¿aquella guerra » aunque de espedicion , no si> carac- 
terizó como defenaival El mejor medio de defenderse es reducir á la nulidad el |ioder 
del enemigo. 

El preguntador añade: csi no me engaño, el Pana queria n^clamar para sí no so- 
lamente la Palestina , .sino todos los varios territorios asiáticos y africanos |iosoido« 
entonces por los mahometanos. ¿Fne Justa esta ambición 1 

Nuestro suscritor se engaña ciertamente, v aunque no se engañase, nada de eso 
viene al caso en la cuestión presente. Pudieron los Pontífices manifestar una ambi- 
ción desmesurada, y sin embargo ser jWiV/i/m la guerra contra los infieles. ;Cuáutas 
veces se ha sostenido con malos niedius una esrelente causa ! 

Pero se engaña , repetimos , como él mismo teme con razón. No era Roma tan 



Af^íii i[iie desease para sí territorios apartados sin tener fuerzas ni ejérrilos propios 
con ([ue S4)stenerse en ellos. Asi es que los efímeros estados de Jerusalen , Antioquía, 
lulesji V de otros territorios, fundados por las Cruzadas, se dieron á varios gefes, sin 
que el Papa reclamase nada del pais conquistado , anles bien procuró siempre con 
UMlas sus fuerzas enviar auxilios á los príncipes cristianos de Tltramar. 

Ijo que Roma reclamó siempre en las conquistas liecli<is ó (|ue se hiciesen en 
África V en Asía fue la suprema inspección de que entonces gozaba en toda la cris- 
tiandad sobre los negocios civiles y políticos de alguna im¡H)r(ancia. Esta pretensión 
no pcMÜa ser injusla , pues era conforme al derecho póblico 4le aquellos siglos. De esta 
venlad tenemos un insigne ejemplo en el célebre meridiano de Alejandro VI , tirado 
fiara seiiarar las posesiones españolas de las portuguesas en entrambas Indias. Esto 
¡ac verificó en una época en que ya el poder político de los Papas ni aun era sombra 
ele to que habia sido tres siglos antes. Sin embargo , dos poderosas naciones se some- 
lieron á este arbitraje , que solo era un resto imperfecto de la anligira autoridad que 
i*onr4Hlió ¡I la Santa Sede el derecho común de las naciones europeas, 

Kn el dia parecerían estranas y aun risibles Lis pretensionin» de esta especie. Eti- 
tóiiei^ fue acatada y obedecida la determinación de Roma. Pero el mejor medio de 
no acertar nada en materias históricas ni políticas es juzgar una época ó una nación 
|Nir láÁ ideas de otro pueblo ó de otro siglo. 



ARTlCLf.O IV. 



FiiKi;c?(TA SKPTiMA. Supuesto que Roma fuera centro de la cristiandad, ¿por qué 
DO pudo prestar á Sicilia y ¿i España protección y defensa contra los malidmetanos.'' 

El supuesto es falso y la pregunta está hecha de una manera confusa , que hace 
imposible responder á ella sin distinguir las épocas. 

I .** I^'i Santa Sede de Roma ha sido desile el siglo de los Apóstides el raí- 
'rtf de la unidad de la Iglesia, y por consiguiente del cristianismo; pero hasta el si- 
clo \i no tuvo otro carácter sino el del poder espiritual; y asi no pudo impedir ni auxi- 
liar á España ni á los demás paises cristianos invadidos por los musulmanes mas que con 
iu« oraciones y con sus ruegos á los monarcas y á los pueblos poderosos, l^s invasiones 
ie los mahometanos en Eunqia si; veriíicaron en el siglo vni y el ix. 

i.* Cuando se reunió á la Sede de Roma el poder político que ya hemos definido, so- 
tire la cristiandad (l\ ¿quién duda que auxilió poderosamente con su influencia la no- 
t>le empresa de los Reyes de España, empeñados en restaurar su patria y libertarla del 
fugo sarraceno? El cpie negase este hecho incontestable mostraría en eso solo su igno- 
"Sincia de nuestcn lii«i|í>r¡a. R:i<ta liojis-ir :\ Mariana para encontrar nuni<*r(k>os te^linio- 
líü» de los elicaces auxilios que recibieron los Re^es cristianos en España del poder 
K>n tífica I . 

El mismo Gregorio Vlí , que creó este poder, y su sucesor Irliano II , autnr di» |;i< 
>uzadas, autorizaron á los Reyes de Aragón para liacer uso de los bienes etle>iá>l¡^(jS 



'f Se exceptúa e\ imporío de Oricnti*, qiii* colocado en iinn extremidad d«* Europa, y M>fnelJi!o :il 
ísuin, fii reconocí;! i*! poder t*spiniii:il iii el loiii|>or:il iht Uoiiia. IVro auiiqiio eriütiuno , las foniiUN lit* :»ii 
obieriio, suii i a^tu>i4brer> ur<>i)iiir.i(lus. su or(;ullo5 s\i debilidad le aHcmejalMU uiasá kua uaiiouoiIcMi;.!, 
lue á blu'^iiM de I.m qtfc; cutóaooN .'^nnaUtu A muudo europeo. 



en sus giKM'ras contra los moros. Ignalrs cuncrsionos se Iiinoron «lespiies á una y oln 
monariiuia on el i'iirho de la reconquisla; y nadie ignora qne toda la parle que Gobnilil 
del diezmo la liarien<la de li<|»aña, con lo» diferente» nombres de subsidio, cscusado, 
tercias, novenas etc.; y que la que devengaban los partícipes legos á titulo de servirioi 
liedlos al Estado, precedian de bulas pontilirias, en que se ronredieron A los Rejes 
auxilios para hacer la guerra A los iulieles, y medio» para premiar con el caudal deh 
Iglesia á los guerrents que en las lides se distinguían. 

i Alan importantes fuesen estos socorros nadie puede dudarlo; como lampoeoque 
según las idnas de aquellos siglos solo residía en el Papa la autoridad de d¡!i{>enwrlos* 
Pero aun hubo mas. 

En el ano de 1118 habiendo puesto sitio á Zaragoza Alonso el BalalUidor , Itey it 
Aragón, el Papa (¡elasio 11 concedió indulgencia plenaria {esto es, una especie de crd« 
zada; á los ({uc peleasen en aquella guerra ; lo que aumentó considerablemente el pj(T- 
cito cristiano con un gran número de guerreros <|ue acudieron de Francia , asegun) h 
victoria, produjo la conquista de aquella imuorlante plaza, y arrojó ú los musulmanes 
de la linea del Ebro. Igual indulgencia se publicó en favor de los que favoreciesen álm 
templarios, cuando se esUiblecieron en Ar.igon en la guerra contra los infieles, ritinui- 
mente se concedió por punto general ;\ todos los que peleasen contra los maliomelanos 
de España. Las tres órdenes militares de Santiago, Alcántara y ('.alatrava, que lao po- 
derosamente contribuyeron á la victoria de la causa nacional, fueron institutos relijio- 
sos aprobados, y aun promovidos por Honia. 

El mayor peligro que corrió Castilla después déla erección de la monarqufa, fue in- 
dudablemente la espediciou délos almohades i\ principios del siglo Xllí. El célebre his- 
toriador I). Rodrigo, arzobispo de Toledo, pasó enl(M)ees Á Koma como emb.ijadiir de 
Alonso Vllt, y consiguió no solo indulgencia, sint» tainhion cruzada para aquella guer- 
ra: lo que reforzó con gente muy eseojida de Francia y de otras parles el ejército que 
consiguió la señalada victoria de las Navas. Semejantes auxilios recibió de Koma la cris* 
tiandad de España, ya en las conipiisUis de Valencia y Andalucía, ya en la guerra qiic 
se terminó con la batalla del Salado. Silves y Lisboa fiienuí rendidas con el sm^orro de 
los cruzados ingleses, flamencos y sajones, que pas<mdo ala Tierra Santa, y rogados por 
lo> lieyes de Portugal creyeron, y con razón, que no faltaban á su instituto favorecien- 
do á los cristianos de Lusitania. 

Si á esta eficaz cooperación con hon^bres y dinero se añade la intervención continua 
y pacifica de la santa Sede por medio desús legados para terminar las guerras queso- 
lian suscitarse entre los príncipes cristianos de E^ipaña , se conocerd con cuánta líjerc- 
za é ignorancia de la historia se ha querido suponer (pie Koma no auxilió á los españo- 
les en su guerra de ocho siglos contra los musulmanes. 

En cuanto á Sicilia nada tenemos que decir, sino que cuando los moros se apode- 
raron de ella en el siglo I\ , los Papas no tenían aun poder político, y harto hacían en 
excitar á los ronianos á que defendiesen su territorio invadido por otros musulmunrs. 
Dos siglos después, cuando los normandos reconquistaron la isla con poderoso ejército, 
no neceMtaban de otro auxilio de parte del Sumo Pontííice, sino la paz que les concediót 
y sin la cual no hubieran podido hacer su espediciou. 

Se ve, pues, por nuestras respuestas, que la mayor parte de las preguntas, que se 
nos han hecho, ademas de suponer murha ignorancia en la historia déla edad media, 
no han tenido otro objeto que el de denigrar en cuanto ha sido posible la causa política 
del cristianismo contra la media luna. El misiuo preguntador sin esperar las respuestas 
(lo (]iie prueba en él una opinión ya fija é inmudable; confiesa (pie «los (lobieruos en- 
ropoos debieron concertar medidas prudentes para su defensa.» Luego la guerra era 
justa por su misma conf(;sion. Si lo era , ¿cómo la Wawa fandtical ¿cómo dice que no 
pu(*de justificarse por las escrituras , cuando en ninguna parte de ellas estsí condenada 
la güera , hecha jiistamente y defendiéndose de un invasor , ó reclamando de él los ter- 
ritorios que ha usurpado? 

líice qne no se sabia dónde ostaba el .<rpulrro {\e\ Salvador, por cuya libertad pelea* 
han los cristianos. Nosotros no lo creemos. Desde la muerte de Jesús nunca han faltado 
en a(|uella ciudad discípulos de la cruz , y por tanto no nos persuadirá nadie á que no 
se hubiese conservado por tradición la noticia del sitio en que estuvo aquel sagrado y 



[79] 
redoso monumento. ;^uerrá liacer álos cristianos un nuevo cargo porque de>oasen te- 
PT en su poder aquel territorio , honrado con los misterios de la vida , pasión y 
inerte df>l Redentor, y que los mahometanos no poseían sino con el título de la fuerza 
rnlal? /Querrá aue hubiesen renunciado i los sentimientos relijiosos que escitan los 
cimbres de aquellos lugares? ¿No dijo Dios por Isafas que el sepulcro del Redentor wria 
'orííMo? 

En 6n , es falso que el objeto de las cnizadas fuese esferminar lo$ infídein porque el 
bjeto de una guerra nunca es csterminar al enemigo, sino someterlo y reducirlo á la 
npolenria de que nos dañe. Causa hastio tener que rechazar acusaciones tan falsas co- 
to absurdas. El verdadero fanatismo fue el de los árabes , que salieron de sus desier* 
rs con el objeto de someter el mundo á la ley de su profeta, llevando por único argu- 
lento la espada. Porque fanatismo es la pasión que nos lleva á matar, á esclavizar, ó 
reducir al ilotismo político y poner bajo tributo al hombre que no acepta nuestra 
rerncia. Los cruzados no iban á conm'tir^ sinoá castigar á los que habían querido con- 
t*rlir con el alfange á los pueblos cristianos; y á restaurar lo t{ue bajo tan fanático ^ve- 
íslo habian quitado á la cristiandad. 

Rista ya : cree:nos qne he.nris esplícaJo suficientemente nuestras ideas acerca de las 
¿lebres espediciones conocidas con el nombre de cruzadas. Si nos hemos ostcndido 
into, no ha sido á la verdad por refutar á un adversario, sino porque creemos con ve- 
ente y aun necesario presentirlas bajo su verdadero punto de vista ; y proh-ir que los 
imos Pontífices, aconsejando á Europa que tomase las armas contra el mahometismo, 
aconsejaron una cosa justísima : qui* piído y debió dar este consejo, por la suprema 
ispeccion que entonces le coiiipetia cnuio gefe espiritiial y temporal de la cristiandad: 
ue el <W¡to de una cniprosa no es el mrjor argumento para condenarla ó aplniídirla: 
lie debieron haberse adoptado otros medios de ejecución , que la hubieran hecho me- 
9S costosa y mas útil ; y en ^\n , que Ií los los sarcas'.nos de los escritores protestantes 
>ntra Roma ni de los incrédulos del siglo XVIIi contra el crístianisiuo , jauías pro- 
anin que i^s fanática ó injusta la guerra que se haceá un pueblo de ladrones para(|iie 
fstituva lo que ha robadlo. Hueno es convertirlos por la persuasión, y en ningún siglo 
a dejado Roma de enviar misioneros á los países infieles, inclusos los mahometanos; 
ero también es bueno (¡iic rl hombre defitnda m cam* 



DE LAS OBRAS HISTÓRICAS. 



ARTlClLtJ I 



.^A historia es, de todos los géneros de literatura prostiica, el que mas se acerca á 
I oratoria , así eonu» la novela Á la poesía. Exíjese del historiador , aun mas que 
1*1 filtisiifo , elegancia sostenida sin afectación , pureza y correcci^m de lenguaje , ar- 
lonía V rotundidad en la frase. Pero estas dotes deben estar unidas á la mucha so- 



tuvo edad para ello: cu (in, paüó á la Tierra Santa, donde murió peleando por la causl 
de la criftliandad , dejando á h. Uauíon , que fue después apellidado el tirande , la pa- 
cifica posesión de su condado. 

1^ dicho hasta aquí son hechos indudables, fundados en documentos irrecunbleí 
que cita el Sr. Bofarriili. La cuestión es esta : ¡fué culpable D» Bereiujud en H a$e$inato ét 
su hermano i). Hainont 

Si hubiésemos de estar á la máxima mi bono fueril ; si debiésemos atribuir todo de- 
lito, cuyo autor se ignora , al que tuviese ínteres en cometerlo, no hay duda qiw 
debieron suscitarse contra H. Berenguel lejítimas sospechas, lauto mas fundada» euanlo 
eran públicas las desavenencias y aun el rencor y niala vttluntad ^como dice una de las 
escrituras de conciliación) que habia entre los dos hermanos. Estas sospechas se snici* 
laron efectivamente , y aun hubo confederación de algunos magnates de (üntalunapara 
tomar á su cargo la tutela del huérfano y perseguir y castigar á lt>s asesinos. Pero este 
proyecto, di riji Jo principalmente contra Berenguel, á quien localm impedir las con- 
federaciones de esta especie no tuvo consecuencias: aun(|ue la animosidad de loseoii^ 
federados era tal , que desciinfiando en sus pruínas fuerzas , querían llevar la causa 
á un tribunal eslranjero , cual era el de Alonso \ 1 de Castilla , tribunal tan poco cono- 
cido de ellos, que á este rey le dan en el acta el título de Conde. 

IVro la veraz é inflexible historia no juzga |M>r sos{ieclias ni por resentimienloi 
hijos de las pasiones momenl.lneas de los hombn!s. Sus sentencias producen dema- 
siado honor ó infamia á los nombres sobre (|ue recaen, para que puedan nunca fun- 
darse en argumentos tan falibles. Asi el Sr. Bofarrull, en cuya opinión fue h. 'Reren* 
guel culpable en el asesinald Je su hermano, cita testimonios mas decisivos cuya fuera 
DOS proponemos examinar. 

Estos iustruuicnlos son: 1.**. el acta de incorporación del monasterio de S. Lorenzo 
del Monte al de ó. Cucufate del Valle , hecha por el conde I). Bamon Berenguel 111, 
hijo del conde asesinado, y sobrino y pupilo de B(M-enguel , en \i)\)H, épfK*a muy re- 
ciente , y en la cual vivia aun y estaba en Palestina su tio y tutor. En ella llaumá 
Berenguel fraíricida , y le atribuye con el nombre de parricidio el as(*sinato de su her- 
mano. Debe' observarse que por el tenor de la cláusula parece que se quiere inferir de 
este delit(» ser nula y de ningún valor una donación que Berenguel hizo poél parríri' 
dium al abad Tomeriense : tiKuo esta consecuencia v,s ilejilima , pues Berenguel nunca 
dejó de ser conde de Barcelona hasta (pie partió á la Tierra Santa , estamos autoriza- 
dos para creer que las sospechas de que ya hemos hciblado se miraron como certeiss 
para irriüir la citada donación. Lo mas que prueba este documento es la opinión que 
el hijo del conde, iu(u*rto alevosamente, y sus cortesanos y amigos tenían acerca del 
porpretaJor del honiioiJío ; y no es estrauo que la tuviese tocándole de tan cerca y 
estando roJeado de l-)S eneuii;:os de su tio. 

Ei :2.° es uuasenleacia dada en 1 157 por los jueces de corte de l^rida en un pleito 
feudal, en la cual se dice por incidencia que < Berenguel mató á su hermano y por 
eso fué convencido y comprobado como homicida y traidor en la corte de AlfonsOí 
rey de los castellanos» ; «como saben, añade, muchos hombres de esta tierra.i El 
claro que esta opinión histórica , después de mas de (><) años del suceso, esto es, da 
la convicción de Berenguel en la corte de Castilla , no procedió sino de haber supuesto 
realizado el proyecto de la confederación, que se formó después del asesinato |iara lle- 
var la causa al tribunal de Alonso VI. ¿Cómo un hecho üm notable y ruidoso, y al 
mismo tiempo tan glorioso para la corona de Castilla, como reconocerla por jiíez de ua 
príncipe soberano acusado de parricidio por sus vasallos, no dejó vestijío alguno ni 
en la historia ni en losmonumentcK» c^tstellanos? ¿Pues ipié, semejante acusación y con- 
vicción pudo verificarse sin obligar á ello á B<>renguel por la fuerza de las armas, sia 
ima gran conmoción de toda f^taluña/ Berenguel, político, vigoroso, valiente, ¿se 
babria entregado como un cordero á discreción de sus acusadores, habria aceptado el 
juez que le quisieron dar , estranjero, y qiie ademas ningún interés tenia en juaegarlo? 
;.Y porqué los c^italanes no se aprovecharon para acusarlo y juzgarlo de la época en 
que fue prisionero del Cid Cauipea<lor? /.Porqué el autor de la historia latina y coetá- 
nea del Cid , y por consiguiente nada amigo de Berenguel , antagonista del Campeador, 
nu da eu ninguna parte el nombre de fraíricida al soberano de Barcelona? ¿Por qué en 



r9i] 

fin, los que IraUíron de confHdorarse , mii«»rlo el conde D. Rnmon y para perseguir á 
»u» asesinos no designaron á lieren^cuel? ¿Pudo hacerse después de un reinado glorioso 
de catorce años lo (pie no liabia poditlo lograrse recien cometido el crimen , caliente 
aun la sangre del desgraciado principo , llena de sospechas no infundadas la nobleza 
de Calaluna , é iucierlas todavía las riendas del gobierno en las manos del supues- 
to asesino? 

3.® El roartirolojio de Gerona , que señalando el dia en que murió D. Ramón, 
afiade ; que «fue asesinado en el collado de Astor por su heimano con sus traidores. > 
Esita espresion tiada prueba , mientras no se sepa la época en que se escribió; solo in- 
flara una opinión que era común entre los enemigos de Ik^renguel , y que se embelle- 
ció con el cuento del capiscol de Gerona , que en las exequias del desgraciado principe 
iiitDfa pudo entonar la antífona tuboeniie taiuti Iki , y cantó sin poderse reprimir : Ubi 
mt AbH fruter tma? 

Por otra parte la conducta de Rerenguel parece irreprehensible durante su gobierno 
j tutela de su sobrino. Nunca se casó, ó al menos careció de succesion. Tuvo en su po- 
der á su pupilo , al que trató como á su futuro snccesor, como si fuera su hijo , y le 
abandonó sus estados cuando pasó á la Tierra Santa ; porque nosotros no creemos, 
mientras no se nos presenten documentos mas decisivos , su absurdo viaje á Toledo 
para ser juigado * convencido y depuesto. 

Sin embargo, hay en la conducta de Berengnel una mancha conocida y cierta que 
no es fácil de disipar, y fue: no siendo él el asesino, el poco cuidado que tuvo en des- 
nibrir y perseguir á los que lo habían sido ; neglijencia que dio motivo á los amigos 
de l>. Kamon para confederarse contra los alevosos, y justa causa para que sospecha.sen 
de él mismo. Esta neglijencia pudo tener su oríjen en la mala voluntad que se tenian 
his dos hermanos y no en la complicidad del homicidio. 

Nosotros no nos atrevemos , pues, á absolver á Berenguel , ni á libertar la memo- 
ria de este principe ilustre de un titulo tan odioso como el de fratricida ; pero nos 
parece que hasta ahora no hay documentos históricos bastante ciertos y convincentes 
para condenarlo. Tuvo desde el principio de su reinado en compañía de 1). Ramón un 
|iartido poderoso contra si : este partido halló campo abierto para desencadenarse con- 
tra él después que pasó á la Tierra Santa : á pesar de sus enemigos, la nobleza catala- 
na le reconoció como tutor del hijo de su hermano y como soberano suyo : reinó ca- 
torce anos con gloria, acrecentando sus dominios á costa de los sarracenos, mante- 
niendo el pais en paz y justicia , y cuidando de sn pupilo como si fuese hijo suyo. No 
rreenios que los catalanes hubieran sufrido su dominación por tanto tiempo á estar 
cierto y averiguado el delito. 

Rojas , que de todos nuestros autores cómicos es el que manifestó mayor talento 

Cara los asuntos trájicos , escribió una comedia con el título del Cain de Cataluña , en 
I cual iiay algunas escenas verdaderamente terribles y dignas de Melpomene. D^fi- 
garó, según la libertad propia de los poetas, la historia cierta ó supuesta del fratrici- 
dio, suponiéndolo cometido en vida del oonde i>r Hamon el Viejo, padre de- los dos 
feuMios. 




[92] 



COBIERNO 

DEL SESOR rey don CARLOS III, 

Ó IIV(9TR1I€€10IV KESEKTAOA 



PARA DIRECCIÓN DE LA JUNTA DE ESTADO 



QUE CREÓ ESTE MONARCA : 

{Daba á in} i^ox ül* Slnbics iltttticL 

TOMO EH OCMTAVO FRA?VCK!$«— JP#fW«^ JSS8* 



^i.-^f a 



ARTICULO I. 

J^L nombre del Sr. Miiriel os batíanle conocido en la Europa culta por su eirdente 
obra L.Es¡)agne jíov4 le$ roii d^la mai:ton (k fíourbim, V no m\ razón la llaiDamoa «wjftf; 
piieá aunque en ella se encuentre la Iradnccion de la obra inglesa, que lleva el niMino 
título de (luillermo <'oxe « las numerosas notas y capítulos adicionales con que la ha 
enriquecido , señaladamente en la historia de (^Arlos III , le dan una parte no pei|iieña 
en la gloria de esta producción literaria. Ahora completa con la presente obra el cua- 
dro de aquel reinado , iiiagnííico y precioso para los españoles. 

El objeto principal de este libro es la publicación de la uiftruvcion trM'rvada^ escrita 
por el conde de Florida Rlanca , primer ministro de aipiel sabio monarca , y aprobada 
por el rey , en la cual se comunicaron á la Junta de estado todas lasnocion<>s pertene- 
cientes á la administración pública. La Junta fue creada el año de 1787. Con razón, 
pues , la intitula el Sr. Aluríel Gobierno de Cdtio.< ///, siendo como es el resultado de 
todas las idt*as adquiridas durante el periodo en que reinó , y la espresion , dlgámnaio 
asi, de cuanto habia hecho antes y niedit¿iba hacer en lo succesivo para la pro.speríd«d 
de la monarquía. Nada manifiesta mejor que esta instrucción los sentimienloa patrió- 
ticos de aquel buen rey. cLa circunstancia de rescirvada, dice con mucha razón *el 
Sr, Muriel, que tiene la ímirviccioa trasmitida á la Junta de estado, la realza en grai 
manera 4 porque no puede caber en ella la sospecha de que haya sido disfrazada la 



[M] 

vrrtLid por torcidos finos, como sucede á veros con otros documentos (i mnnifíostos, 
publicackis {lOT: los.gpbjcrnoi^ para consolar á contonlar <*V los, pueblos , cncnbi-í(*nfif» las 
desgricm qtKi padecen ií pciiilándóles los desaciertos úi\ los. que los ríjen. Bn la íh»- 
trwscioa no bay ní> puede' babér sino verdad espuesta ron candor y bucMiafi^ Allí el 
Miborano, como cabi^za (|ue es de la gran familia que se llama oslado, presenta «1 su 
consejo la verdadera situación en que se bailan los negocios , y le Irasuiite sus mas 
irilímos pensamientos acerca do ellos , sin atlornos estiuiiados y sin mas artificios re- 
tóricos que el deseo del acierto, quo es de suyo tan elocuente.... l>e todo habla la 
iitKfntcciwi llanamente y sin disfraces.» 

Ilemfis copiado estas palabras de la tN/rWiMriVwi que antecede «i la obra , y que 
nos ha jKirecído uno de los mi^jores troxos que se lia van escrito de filosofía liist()rica. 
Kl autor describe con facilidad , pero reducido el cuadro del reinado de («arlos III , y 
Iribnta á las virtudes de esle principe y al talento de su primer uiiriislro los elojíos 
meriN-idos , sin olvidar no obstante sus defectos y los yerros que se rometieron. 

lie aquí la descripción que bace del cankcler de l;i loolucicm de Francia, t Desde 
el punto (|ue comc*iix6 la reforma frantr^'sa se vi'Uó ya de ver el alan con que ios enemi- 
gos de la monarquía y de la relijion trabajaban por (Irslniirlas : ;,cómn, pues, la tcni- 
¡leslad que se i Imi formando allende de los monlrs Pirínros, dojiíría de causar sohn*- 
«ialtos á uiinistr4'»s , á quienes estas dos instituciones b.'ibian parcrido con razón basta 
entonces los uniros «ijentcs de la felicidad del pucbb» <^paa<d.... con i)aso lento, pero 
M*giiro , habrían adelantado los ministros en el camino de las relbrnias, á no haberles 
asustado la revolución de Francia. Para lograr la prosperidad del país no habría sidi» 
necf*sario entonces atravesar por un horroroso caos.... Kiitrr los gra\('s eri<)r(\s á que 
suele s(T arrastrado el enlendimiento del homhre no se seriabn^í nin<;uno mas funesto 
que el |Niralelismo de la libertad civil y de la relíjion; puesto que no ba podido hahcr 
nunca, ni es posible que haya jamas, no diré libertad , (kto ni orden , ni felici<lail , ni 
justicia en los est^ulos de gobierno , ya absoluto , ya representativo, en dondr faltan 
bis creencias relijiosas: verdad que se halla estampada en los añales de todas las na- 
ciones.... 1^ revolución francesa lomó des.lc su orijen el cariicler de reforma radical, 
y á inuy pm*o tiempo se alxó ya descaradamente contra lis ideas rel¡jiosa«.* 

¡Gstraña incons4*cueiicia por cierto! querer plantear relornias para mejorarla suerte 
<le los pueblos, y destruir al mismo tiempo la base mas sólida en (|iie estriba no solo 
el orden público, sino hasta la ¡miz y bienestar pers^mal dt> cada uno de los individuos 
que componen la repúblíra. N(» puede gloriarse hi generación presente de (jue esii» 
rouipb*taiiK'nte de4»vam*cido este error , si bien la verthhl va reeobra.alo algniia |.art4; 
de su inifierio; pero basta tanto que aquel no sea eslir|)a lo 4lel to(h» , claro e>ia <pie 
ilevjín los <*stadosensu seno un cánrer venenosoy uiortífero que los (raerá infatibh'menle 
é su jierdicion. ¿lie qué sirven los adelantamientos y mejoras materiales de que somos 
deuibircs á los conocimientos cientirR-os, si carecemos de la ¡lerfercion moral? V ¿cómo 
podremos llegar á conseguirla dejando sin resolurion las cuestiones importantes que 
ño puede resolver la raxon sin el auxilio del rristianismo.^ >'o es p'>sible re<'ono/ca 
ni ubligacioniw, ni >iuculos sociales sobre la tierra el que no sabe por qué fines ha 
\enídfi á ella; el que ignora la nobleza de su s^r , los designios de su creaeÍ4in.... § 

El autor atribuye justamente el espíritu antirelijioso de la revolución fraiu'esa al 
lilosotíMno que la habia prec^etlido; el cual, queriendo dar alguna basa ^ la moral 
pública, la bascó > la propuso en el ínteres individual, con tan buen éxito, f|ue no 
nubo ninguno de los dis<ripulos de Diderot. Voltaire, IÍelv<v*io y liolbnrli , que no 
intÍMíjinr en Ja revolución jmr x«r cuenta , si*gun la enérjíea espresion de Pi^ault l.ehriin. 
El fi#/cirK «s «ua voz que Codos entienden en un sentido muy diverso del de llolliaeh, 
a^í como la p ilabra dMie tiene generalmente una signitiracion dLslitifa de la que te díií 
E|>icuro. No pueden sit basas de la moral e>as frases á las cuales es fácil de acomodar 
el sumido que quieran darles las pasiones. Ese es el grave daúo que resulta de tomar 
un corolario pur un principio* 1^ >irlud es níU y agnuialtlr Mdire bi tierra ; pero no 
firtiriHlc ni de la utilidad ai del deleite, ponpie su orijen está en el rielo. El mora- 
li«Ca no conoció sn ciencia basta que se le revelaron mis fundamentos cel<*stfalcs, asi 
MNno el cosmógrafo nosupo medir el globo que habitamos ni surf*ar los piélagos, basta 
qn-.' aprendió el secreto de los movimientos siderales y planetarios. 



En las p.V|¡nas i^ y sig^iiionlos ile 1n inirodiicrion ejerce ci Sr. Mnriel la il«»bi<1a te* 
vrriitad coiilra el modo eoii que se ejecutó la espiilsion de los jeMiilas. ConGeM i|iie 
(lárlos 111 , aterrado por las snjeslioiies del p^irlido filoíu'iiico de Francia, cuyo óryami 
era el diiipie de ('Jioíseiil, no mostró en eslaiM'Hsion su reclilud fienional, y S4)loaleD- 
dio al rios;;o ¡uiajinario que se^nn le dijeron corría su corona. Impugna víciorioM* 
mente las calumnias que entonces se propai{an>n , y que en iiuetitro» día» lia |ini|9U« 
rado renovar una novela del frénero de las históricas; tales ihiuio la infliieoru da h 
compañía en las sediciones de Madrid contra el ministro Squilace, ¡«m I^vaptUiniaB* 
t(»s (|ue se supusi(*ron en América , el pmyeclo de fundar allí una uioiian|iifai etc. Y 
no poripie el aul4>r deje de conocer que exislian motivos fundadiM» para la abulicion da 
aquel instituto , sino porque d(Mde estingiiir una orden relijiosa liasta la crueldad da 
conducir á todos sus indivifluos como reos de estado desde sus conventos A loa puertai 
Y desde estos á Italia, i&in meilios ni socorros por mucho tiemof) hasta que te ie« bisa 
una mezquina asi(;nacion, hay enorme distancia , y im rey hábil y ami^ de lajua^ 
ticia , como era Carlos lil , no debió haberla recorrido. 



ARTICULO 11. 



f JtUA de las acusaciones mas severas que hace el autor al (i;obiernno de CárloalUf 
es haber auxiliado la causa de los anglo-americanos contra su metrópoli , y por consi* 
guicnte haber tremolado en el nuevo mundo la bandera de la inde|iendencia para «lU 
propias colonias. Esta acusación es justa ; porque el suicidio no es permitido ni á loa 
estados ni á los particulares; y fue uu verdadeio suicidio haber fundado lio antece- 
dente como aquel para la emancipación de la América española ; y tanto mas decisivo 
cuanto se ofendía con él á una nación como la inglesa ^ poderosísima en la inar y que 
lio olvida filcilmente sus injurias. 

No ignoramos que está en la esencia de toda colonia emanciparse á su tiempo. Im 
pueblos de la autigüedad conocieron esta verdad mejor que los modernos ; y asi laa 
metrópolis dejaban independientes á sus hijas a|>enas podian estas sostenerse sin se 
auxilio, siguiendo la ley de la naturaleza que reclama la independencia de loa bijoa 
cuando ya no necesitan de los padres. -Esta conducta fue premiada con el respeto y 
amor que las colonias griegas y romanas profesaron á la patria de donde habían pro- 
cedido. La auxiliaban en sus calamidades; eran sus aliadas en la guerra y en la pas;. 
tenian sus mismos dioses y sacrificios , y nunca olvidaban las obligaciones filiales. Se- 
rán muy raras las escepciones c|ue se encuentren en la historia antigua á este becbo; 
general. 

Mas no podia aplicarse este sistema á los pueblos modernos sin algunas reslriccio- 
ncs . y menos á la España que nunca consideró sus posesiones en América como 
ionüiítj sino como proviiteh» de la metrópoli , sometidas al mismo réjimen bajo ley 
riviles/cuya justicia es ya generalmente reconocida. La emancipación era un 
mal para la misma América , cuyos habitantes aun no habian aprendido á ser iodepen- 
dientes, y para la nación española, cuyos intereses estiban entonces laa ligados á k 
conservación de las colonias. Pero aun cuando no existiesen estos dos motivos , lo cier« 
to es que el gobierno de Carlos IH quería ciertamente conservarlas; y no es sabio ni 
previsor el gobernante que da un paso tan funesto como el de auxiliar á loa Estados 



Unidos de América contra los mismos intereses que él cree que debe sostener. Así es 
que el conde de Aranda , por mas afecto que fuese á las ideas lilosófít'as de su si{;lu, 
miró como una grave imprudencia que nos costaría la Amér¡c4i hacer causa coiiin» 
con la nuera república. No es buen modo de conservar ilesa la casa propia aumentar el 
fuego que abrasa la del vecino. 

Este yerro político sube mas de punto, ti se consideran los principios en que se fun- 
daba la emancipación de los angloamericanos ; poniue se trataba uaila menos que de 
consolidar una república conforme á las ideas (ilosóbcas del siglo, que si en el Norte- 
América, por raiones fáciles de conocer, no produjeron sus terribles efectos, cobrando 
con aquel ejemplo nuevas fuerzas, causaron en Francia la mas terrible esplosion. Y sin 
embaído , Luis XVI y Carlos III favorecieron un uioviuiienlo tan peligroso. El pri- 
mero pagó con su cabeza, el segundo en sus descendientes y su nación aquel yerro 
irravisimo. Engañólos el odio, péximo consejero: ü trueque de ver descaecida á 
Inglaterra, se espusieron á tantos riesg(»s; bien que debe decirse (|ue el gobierno 
francés , mas espuesto á la iníluencia de los principios revolucionarios , fue uiuclio 
mas imprudente que el es|ianol en haber avivado el incendio que amenazaft>a devo- 
rar ú Europa. 

Tales si>n las ideas políticas que desenvuelve el señor Miiriel en la censura de aque- 
lla o|M9racion. No es enemigo de las reformas en a.lininistraciun y en política ; pero sí 
lo es del gobierno de la multitud , esto es, de la anarquía que destruye y no edifica; 
y cree que las mejores reformas son aquellas en (|ue la sabiduría del hombre loma por 
auxiliar la acción lenta, pero segura del tiempo. 

A dos causas atribuye en el epilogo de su introducción la decadencia de Espafia 
después del reina4lo de («Arlos Ili: la pn>ic¡pal y mas inmediata, según él, fue el 
advenimiento de Carlos IV, y la privanza del princi|)e de la Paz: la segunda, la re\o- 
lucion francesa. Sin la primera, <un pueblo olM'dieote , dice, fiel , amante de sus re- 
yes, lleno de celo por la conservación de Ins instituciones nacionales, seuNiítoy since- 
ramente relijioso ofrecía , puesto en man<is de ministros instruidos y esperinienlados, 
medios preciosos de defensa contra el huracán que amenazaba á la nación, t En cuanto á 
la influencia de la segunda dice de esta suerte : «la revolución francesa, á la ¡«ar de al- 
gunas ideas provechosas para el bienestar material de los honibris, propagó errores 
perniciosos en gran manera, alz«1ndose descaradauu^nte contra las instigaciones nioucir- 
[uiras no menos que contra la creencia relijiosa. Fue este aconlei*inru*nto funesto para 
i|)ana; porque sin él habría seguidf»-caininando gradualmente por la senda de las re- 
formas útiles, y habría mejorado su estalo social, (^uanüís ideas pn»vechosas lian sido 
proclamadas y difundidas en los tiempos modernos , fitras tantas habrían sido también 

Ehmteadas en el suelo español por nuestros sabios ministros , sin temor de los venda- 
ales y furiosos movimientos de la turbulenta democracia , ni del soplo helado y mor- 
tífero del escepticismo filosófico. Pero la vecindad de las dos naciones y la frecuente 
ooniunicaciou entre ellas que el sistema político , seguido largo tiempo por el gobier- 
no, habla hf*cho m:K íntima y amistosa, no podían menos de traer, y trajeron con 
efecto á Espaila, el conlajio de las ideas de los novadores, es decir, los principios 
subversivos de toda sociedad. Cuando la república frnnresa venció con las armas ú los 
que querían detenerla en el movimiento de su revolución, ató al rey de Espafia á su 
carro de triunfo , y con el mentido nombre de aliado hi/o de él un verdadero esdnvo. 
l^ssJe entonces Esi^ana no fué ya masque uno de los sa(eiile.'<i del nuevo pl.'irieta. Kn tal 
dependencia claro está que el torrente de las malasideas había de destruir tarde ó 
temprano entre nos tiros los diques qn<* le conlei*inn.i 

Tales son los pensamientos que sujíere al autor la comparación entre el estado de 
fuerza y prosperidad á que llegó la inoiiarquíaen*el reinado de Carlos III y el inmenso 
cúmulo de males que siguieron después y cuyas tristes conse<*uencias sentimos todavía. 
Rii todas las pajinas de la //i/rw/fimon brilla el amor de la patria y de la humanidad, 
como también el estudio profundo de la historia y de la política , las ideas mas ¡lustra- 
das y los scntimifíiilos mas nobles. Este trozo deiie ser leído y estudiado por todos los 
que quieran conocer bien el pt*riodo á que se n'fiere y aun el que le siguió ; pues 
contiene en germen toda la clave de la historia contemporánea. 

El Sr. Muriel ha puesto á la Jnsiruccion varias notas, sumamente curiosas, por 



qu 



[961 
conlcMior sucesos no conocidos hasta ahora , para aclarar ó conGrraar aIgmuK pualM 
l.islóricus ó polilicos. 

iMilro «*llu*( merocon particular atención la de la pajina 135 sobre TofS iBédtns de 
asegurar con iiidependencia la subsistencia del rlert) « y la de la p^ina 'S^S , relativa 
á la ad(|uisiriou eventual de Por(u$ral por uuhIío de una succesion, <1ji reunión, din^ 
de las do!» coronas do lis|)aña y Portugal fue uno de los fines que el gobierno de Cir- 
ios l\' tuvo para determinar Á las cortes de Madrid á que esnusiesen foriualiuento al 
rey la ne'^esidad de abolir la Icff ndlíra 6 el auto acordado de I7I5..,. Desuleetaoo 
de ITHi. en (|ue se celebraron los matrimonios de la infanta Ihiña Carlota con I), Juan, 
priuri[M« del lirasil , y <lel infante I). (¡abriel con Doña Mariana de Portugal « tuvo ya 
liarlos III pensamiento de que se reuniesen un dia los dos reinos en alguno de loapria- 
cipes que naciesen de estos enlaces; pensamiento patriótico en verdad , y hounwci en 
gran manera para este soberano....! 

1^ causa <Íel secreto que se observó acerca de la abo1i(>ion del auto acordado, fiíe, 
sfgun el autor, la ninguna necesidad que habia, teniendo Carlos IV succcsion irarfinil, 
de arrostrar las ccrntestaciones con los gabinetes de París y de Ñápeles. Kn efecto, d 
señor .Muriel ims da la noticia , hasta ahora no publicada y de que Luis XVI, habien- 
do traslucido la deliberación de las cortes de.l7K9« envió ór^len al duque de la Vau- 
guyon , su embajador en Madrid , para que protestase contra la abolición de la ley 
sálica. Kl rey de las Dos Sicilias , i\ quien llegó también la noticia délas intenrloan 
del gobierno español, envió con el mismo objeto al principe de Castelcicala. Peroestai 
protestas y redaniariiuies no se verilicaron , á lo menos de oUcio, por cuanto qq k 
promulgó la Profjmddca sanción^ 



E PADRE JUAR DE HABIARA. 



I^CIEN sepa qne este insigne literato español emprendió y llevó á cabo en el siglo XVI 
ia historia general de España , no podrá menos de admirarse, atendida la época en que 
escribió, de su inmensa erudición, de su incansable laboriosidad , de la corrección y 
austeridad de su lenguaje , y aun de la crítica y filosofía con que desempeñó au obra, 
muy superiores á lo que podia esperarse en su tiempo y en sus circunstancias indi- 
viduales. 

Tal ha sido el juicio que de él y su obra han formado todos los que han escrito de 
uno y otra, no solo nacionales, sino también estranjeros. V muy justamente. No debe* 
mos olvidar que su hhíon'a general de España fue la primer obra de esta clase qué apa» 
recio en la Europa moderna después de la restauración de las letras : que es una de lai 
obras clásicas de la lengua y de la literatura española, y por ella si' aclimató entre nosotras 
el pincel de Tito Livio : que en la gravedad de las sentencias y en la descripción de 
los caracteres compite á veces con Tácito; en tin, que Mariana no perdonó ni á tra- 



[97] 
bajo ni á investigaciones para dar á su libro toda la perfección que podía tener en 
su siglo. 

& verdad que han escrito después de él acerca de la historia de nuestra nación 
muchos insignes historiógrafos que le han impugnado. El marques de Mondejar, 
Perreras y otros han notado diferentes yerros de sucesos , de fechas y de orden en nues- 
tro insigne historiador, líasele acusado también de haber dado demasiado lugar en su 
historia á los sucesos eclesiáslicos y á consejas tradicionales. También se le ha defen- 
dido de estas dos inculpaciones. La primera es inju.sta ; pues nadie ignora que en la 
edad media el clero se hallaba en el primer grado de la escala política , y los aconte- 
cimientos que le pertenecían eran de suma importancia para el resto de la nación. 
f^ segunda se ha hecho también á Tito Livio , y quizá con razón á uno y otro ; pues 
aunque las fábulas históricas sean muy á propósito para conocer el espíritu de la época 
eo que se inventaron y creyeron , no es licito á un historiador juicioso presentar como 
acontecimientos reales los cuentos inventados á placer por sus abuelos. Sin embargo, 
aun en esta parte pudo Mariana presentar dos razones que lo disculparan, f^ primera 
es haber repetido no una sola vez en su obra: mas cosas escribo que creo. La segunda ha- 
ber algunas cosas de las que copiaba de otros autores que hubiera sido peligroso en su 
siglo no solo negarlas, pero aun omitirlas. ¿Qué historiador se hubiera atrevido, por 
ejemplo , en el siglo XVI á pasar en silencio las fábulas en que se fundaba entonces y 
se continuó fundando- mucho después la costumbre del voto de Santiago? 

Asi es que los mismos historiógrafos que han impugnado á Mariana, no han deja- 
do de reconocer por eso el mérito que adquirió en un siglo de poca crítica y filosofía 
en haber formado una historia de la nación, despojada de gran parte de las fábulas 
antiguas, aunque no pudiese de todas. La obra de nuestro historiador ha sido y es to- 
davía el único libro clásico de historia general de nuestra nación , que poseemos ; y 
á pesar de sus defectos de crítica , como tal lo esliman los literatos nacionales y es- 
tranjeros. 

Estaba reservado á la época actual el singular fenómeno de un historiador no es- 
pañol , que emprendiendo escribir la historia de nuestra nación , comienza por vili-* 
pendiar el nombre respetable de Mariana, y por insultar á un varón tan benemérito 
de nuestra literatura , y cuya reputación es de tres siglos á esta parte verdaderamente 
europea. En el Prospecto de la traducción de la Historia de España del Sr. Carlos Ro- 
mey , impreso en Barcelona , se inserta traducido el prólogo del autor, y hemos leído 
con indignación las siguientes espresiones : cLo que ha desconceptuado y casi envile- 
cido á los escritores de la escuela de Mariana es la desfachatez increíble con que están 
afirmando hechos de su invención , poniendo en boca de los personajes sus propias 
aprensiones ó las de su tiempo y falsificándolo y estragándolo todo sin autoridad y sin 
primor. Por tanto el primer paso fundamental.... es en algún modo.... no hacer caso, 
por ejemplo , refiriéndose á España , de Mariana ni de Ferreras>.... Es imposible, de- 
cimos nosotros , llevar la desfachatez á un grado mas alto en un estranjero que se pro- 
pone escribir la historia de nuestra nación. ¿Si creerá el Sr. Romey ensalzar el mérito 
de su historia deprimiendo el de nuestro historiador? ¿Ignora por ventura que escri- 
biendo en la época actual con tantos y tan grandes auxilios, se le agradecerá poco 
el hacerlo bien, y no se le perdonará ningún defecto cuando á Mariana debieron 
perdonársele todos los suyos en atención al siglo en que escribió , y apreciarse mucho 
las cosas buenas que en gran número contiene su obra? 

¿Podría el novel historiador indicar los hechos de propia invención que Mariana in- 
sertó en su historia? ¿Quién hasta ahora le ha injuriado con el epíteto de falsificador? 
Purgó la historia patria de un gran número de patrañas , como puede conocerse cote- 
jando su libro con las crónicas anteriores. Si dejó todavía algunas consejas , mas bien 
copiadas que creídas como él mismo dice, ¿son de invención suya, ó tomadas de escri- 
tores antiguos? Harto hizo para su tiempo : si en el nuestro puede hacerse mas , ¿es 
este motivo para calumniarle é insultarle? 

Mariana imitó á Tito Libio poniendo en boca de los personajes razonamientos con- 
formes á sus ideas é intereses. No entramos en la cuestión de si esto es licito ó no á 
un hislorindor. Solo queremos que el Sr. Romey nos cite un solo razonamiento de estos 
en que se hallen las ideas de Mariana ó de su siglo en lugarde las del interio o i loff » 



[98] 

Pero estamos seguros de que no lo hará. Mariana era harto buen huinainista , y conocii 
harto bien la historia para atribuir á Pelayo las ideas de Felipe II , ni ¿ Abeo Tarif Im 
de un relijioso del siglo XVI. Hizo lo mismo que Tito Livio : estudió los caracteres y 
los espresó por medio de discursos. Lo mismo pudiera censurarse á Solis eo su hii* 
toria de la Conquista de Nueva España , y sin embargo Solis , no se sabe por qué, me- 
rece el aprecio del Sr. Romey ; pues mas abajo llama á España, como por elojio. Patria 
de los Cervantes , Herreras y Solises. 

Lo que prueba hasta que punto ignora el Sr. Romey nuestra literatura es ver 
juntos é incluidos en una misma proscripción los nombres de Mariana y de Ferrvtvf, 
cuando son bajo todos aspectos enteramente opuestos. Si se consideran en cuanto al 
estilo y lenguaje, Mariana es uno de los padres do la lengua, cuando es dificil bailar 
cosa peor escrita en castellano que los anales de Ferreras. Pero si alcndemoa esclusi- 
vamente á la exactitud histórica , como proclama el Sr. Romey , hay mucha mas crí- 
tica , muchas mas fábulas exterminadas, muchos menos errores cronolójicos en la obra 
de Ferreras que en la de Mariana. No es esto decir que estimemos al primero ni aun 
como historiador mas que al segundo , sino que Ferreras escribió mas de un siglo des- 
pués , con mas auxilios, con el arle critica mas adelantada , y aun puede decirse, eon 
mas libertad : asi tenia mas medios de hacer bien lo que es mas fácil de hacer en la 
historia , á lo menos en nuestros dias , que es el examen y el criterio do los hecboi. 
Ferreras no es, pues, ni escritor de la escuela de Mariana, ni se le parece en nada, ni le 
es igual en las dotes ó los defectos de un historiador; ¿por qué, pues, se le pone Janlo 
á él sino porque se desconoce el carácter y el mérito de estos dos escritores? 

Hemos observado en el PróUtgo de la nueva Historia de España lo que hemos nota- 
do casi siempre en todos los ¡escritos estranjeros, cuando hablan de nuestras cosas, 
sumo desden , suma ignorancia y suma osadía en las decisiones. ¡Plegué á Dios que d 
defecto del Prólogo no se le pegue á la obra! 

Nosotros hemos llevado muy á mal que se haya procurado aprender nuestra elo- 
cución poética en las composiciones de los actuales poetas franceses , introduciendo en 
la lengua de Rioja frases y giros propios enteramenle de aquel idioma. Lo único que 
nos quedaba que ver es que se estudiase la historia de España, no en Mariana ni en 
ninguno de nuestros historiadores, sino en una obra escrita en Paris. 



mmm A m editores 



DE LA 






^S% ^S^'^'V 



E 



L Sr. Romey en el Prólogo de su Historia de España insultó á Mariana. Nosotros k 
defendimos , .y los editores de Romey en español han llevado á mal nuestra defensa. 

Hicimos un examen bastante detenido de las prendas y de los defectos del padre de 
la historia española. Admiramos , como todos los hombres algo versados en la litera- 
tura histórica , el grande mérito de su obra , comparado con el siglo en que se escri- 
bió : notamos sus errores , y los disculpamos como era justo hacerlo , con la falta 
de crítica , de filosofía, de recursos históricos y libertad que habia en su época. ¿Quién 
se atrevería á exijir de Arquimedes lo que hoy debe ex^jirse de un mediano profesor 
de matemáticas? 



(991 
' ' ''''i^i^Vih^Wíái^ de la nottf (Te fá¡MJ^mn^^ú»m'mU'málñ^ 
.i afirmamos que en los raa^onamientos. que pone en boca def'stts personajes, jamas faltó 
al'éS^^^^^^ nuestra his- 

Í!^BlÍleh4^^^ lado dtí ItfádtfMi^j ^>oM«i4ii' celebraba á 

SolW Íiiit|ii^a()or roas raod^YMÍi'i!'i^éiN3'^l'cual se pueden haeerloát mtítflM' cargos que 
él hace al'óbjeto de su averáótt. ' "' ."' »'í oI»íimi.> n. 

Estas reflexiones no admitían r'es(^aesta alguna; así es ({tté'llM-edíloreg del Romey 
DO la dan en su remitido insertó en el Tiempo del H de Enenol. 'Ni s6' hacen cargo de 
la diferencia que nosotros establecimos entre el principio del sífk> XVII y el del XIX, 
dí responden al desafío que hicimos al Sr. Romey de señalar un solo hecho falsificado 
á Mobiendas por Mariana , ni un solo razonamiento en que no estén bien conservadas las 
ideas y el carácter del que habla. En está parle se contentan con repetir las acusacio- 
nes del Prólogo , como si á ellos ó á Romey se les hubiese de creer sobre su palabra. 

A falta de razones traen en su artículo muchas lindezas que no vienen al caso. Nos 
dicen que c hemos dado muestras de sobrada precipitación arrojándonos á tildar la obra 
de Romey antes de haberla leido.» Esto es falso. Nada dijimos en nuestra defensa con- 
tra la nueva historia de España , ni una palabra , ni una coma, ni un tilde. Lo que 
censuramos fue el Prólogo , la petulancia con que está escrito y el espíritu ridículo 
de presunción con que se quiere el Sr. Romey engrandecer á costa de un nombre res- 
petable y de una obra que en su tiempo fue un verdadero progreso. Que nos citen los 
editores una sola espresion nuestra contra la obra : todas fueron contra el autor. Antes 
bien, dijimos que no seria de estrañar que ahora se escribiese mejor la historia de Es- 
paña que en tiempo de Mariana. Así esa acusación de los editores contra nuestro artí- 
culo es infundada , y no sabemos de dónde proceda ; porque nosotros nos espresamos 
con bastante claridad. 

Dicen que cignoramos los adelantos que ha hecho la escuela histórica en estos 
tiempos, y los principios que ha sentado diamelralmente opuestos á los de Mariana.... > 
¿Qné principios históricos son esos , señores editores? ¿Pueden ser otros que los de la 
veracidad , la verosimilitud , la unidad y la dignidad y corrección del estilo? Pues es- 
tas máximas son conocidas desde el tiempo de Cicerón. Lo que se ha perfeccionado 
mucho es el arte crítico y la filosofía política. No se debe culpar á Mariana de que en 
su tiempo estuviesen ambas ciencias en la infancia. El fue uno de los que mas contri- 
buyeron entonces á que adelantasen ; y asi su obra fue recibida con universel aplauso 
de toda Europa. 

Dicen que Mariana embrolló á sabiendas las relaciones de la iglesia visigoda con 
el obispo de Roma (I) y otros puntos importantísimos. Nosotros negamos redondamente 
esta aserción. A Romey ó á sus editores toca prob9r no solo que Mariana fue un mal 
historiador , sino también un mal hombre. 

Nos causa á un mismo tiempo lástima y risa el que para denigrar á Mariana le 
llamen teólogo j jestiita. No faltan, á la verdad, algunos pedantes para quienes el nom- 
bre de teólogo es un titulo de pro^^cripcion no mas de porque asi lo declaró la escuela 
del siglo XYIIÍ. Pero es muy difícil de probar que la instrucción en la filosofía cris- 
tiana pueda ser un obstáculo para escribir bien la historia , y mucho mas la de una 
nación como la espjñola , que ha debido su existencia y su engrandecimiento al cris- 
tianismo. Mariana fue jesuíta. ¡Terrible delito! pero para expiarlo citaremos la per- 
secución que sufrió en que estuvo á pique de perecer: los honores de la prohibición 
que obtuvo su obra De re je ei regís insliíutione^ y la nota general en que incurrió su his- 
toria de Elspaña por la escesiva acritud y entereza con que habló de ciertos hombres y 
de ciertas cosas , muy delicadas de tocar en su tiempo. Era imposible entonces ser mas 
lü^eral é independiente , y dudamos mucho que Romey haya hecho tantos sacrificios per- 
sonales á la verdad y á la justicia. 

Lo mas ridículo de todo es la gran prueba de los tres mil suscritores que dicen que 
tiene la traducción. Eso se dice á los niños , no á quien sabe que el Zurriago tuvo mas 



(I) Asi llaman los escrítoret protestantes ¿los succesores de S. Pedro. 



[lOOJ 

de seis mil. Esta comparación no es nuestra : la sujiere naturalmente el argumento dp 
que se valen los editores. "•' *' ''*' ''• ■' ' ' 

Hablando con formalidad : será , si se quiere , muy buena y rccomelidflblélfl-iffñi- 
loriade Bfparia de Romcy. Nada dijimos contra ella en nuestro articulo t, <(ki0' aparea- 
tan responder y no responden. Nada decimos tampoco contra ella en la presente con- 
testación. Cuando la hayamos leído, podramos hacer juicio de su mérito. Pero desde 
ahora podemos suponer , sin contradecir lo que antes dijimos, que es superior á la de 
Mariana : que es la mejor , la mas perfecta posible : que no es dado á las fuerzas de 
la intelijencia humana producir sobre la materia un libro mas escelente. Después de 
estas concesiones , después de otras muchas mas que acerca del mérito de la susodicha 
historia haremos , si es menester clamaremos todavía y levantaremos un grito de in- 
dignación contra los que digan , sean franceses ó españoles , que Mariana falsificó á 
sabiendas la historia y atribuyó sus propias ideas , ó las de su estado, ó las de su siglo, 
á los personajes históricos que introduce hablando ; y estén seguros los editores que 
este grito no se acallará hasta que se nos citen los pasajes de que constan la falsifica- 
ción á sabiendas y la impropiedad de los razonamientos. 

Defender un nombre respetable y celebrado en toda Europa contra los insultos de 
un rival poco generoso no es preocupación , ni añeja ni reciente , señores editores. La 
verdadera preocupación es creer que en llamando á un sabio teólogo y jemita , se le ka 
condenado ya al desprecio. 

El articulo á que respondemos acaba por uno de aquellos truenos, tan comunes en 
la literatura actual. Díccseque da historia de Uomey representa una idea grande, filo- 
sófica , humana, que andando el tiempo producirá su efecto.» xlJiui hiMoria que repre^ 
senta una ideal ¡qué castellano , Dios mió! No parece sino que la idea es un dratna , y la 
historia el actor. Querrá decir que de la obra se deduce una idea etc.; á que en toda 
la obra domina una idea etc. Pero nos quedamos sin saber qué idea es esa. Mas al fin, 
andando el tiempo producirá su efecto. Esperemos, pues > y entre tanto conténteme* 
nos con el sublime pensamiento que resulta del libro de Mariana, á saber: que um 
nación , atando defiende *u independencia y su cuito, es invencible» 



COLECCIÓN DE CORTES 



POR LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. 

ClJADEItNO 9». 
Corles de Patencia de ÉSSS. 



ARTÍCULO 1. 

£¿S superfino hablar de la utilidad de esta publicación, tan necesaria para conocer 
la historia de nuestras leyes y costumbres políticas , civiles y administrativas. Es im- 
posible resolver, sin el auxilio de las actas de Cortes , un gran número de cuestionesi 
relativas á nuestra antigua constitución ; y es de grande importancia para un pueblo 
libre conocer los limites que sus mayores pusieron á la autoridad pública y á la misma 
libertad , esto es , de qué manera dieron solución al gran problema de la libertad y 
del orden , aun no bien resuelto todavia. Cuantos mas datos se reúnan acerca de esta 



[101] 
importante materia, tantas mas luces se adquirirán para la decisión. En nuestro en- 
tender deben darse gracias al sabio cuerpo que publica las actas de nuestras antiguas 
Cortes Y por haber proporcionado á todos los bombres que gustan de instruirse , un 
gran número de materiales históricos , no asequibles hasta ahora sino á costa de mu- 
cho dispendio y solicitud ; asi como es digna del mayor elojio la constancia con que 
prosigue esta empresa» á pesar de las dificultades que ofrece en la época actual la falta 
de recursos. 

£1 cuaderno 28 que acaba de llegar á nuestras manos contiene los ordenamientos 
hechos por el rey D. Juan I de Castilla en las Corles de Palencia de 1388. Concurrieron 
á ella los tres Estamentos del reino ; pues aunque en el preámbulo no se enumera el 
clero , en una de las peticiones se habla del Obispo de Calahorra y de los Arzobispos de 
aquel, como uno de los comisionados por las Corles para tomar cuentas á los recauda- 
dores de la real hacienda , y de estos como jueces en caso de ocurrir dificultades en 
la operación , lo cual parece indicar que el clero fue también convocado á dichas 
Cortes, üel Arzobispo de Santiago y del Obispo de Calahorra se dice espresamente 
que se hallaban en el Congreso. 

Las peticiones procedieron solamente del cuerpo de procuradores del reino , pues 
se dice en el titulo : Capítulos qve los procuradores de las villas é lugares de los regtws de 
nuestro Segnar el Rey presentaron d la su merced é en su presencia , é dé los procuradores^ é 
condes^ ericas homes, etc. Y en el preámbulo del segundo ordenamiento dice el mismo 
rey : Facemos vos saber ^ que estando Nos en estas Cortes j que agora fesiemos aqui en Palen^ 

eia nos fueron presentcúdas por los procuradores de las dichas cibdades é villas ciertas peti^ 

dones generales etc, Apesar de esto, no dejaron de pedir los procuradores del reino algu- 
nas ventajas á £aivor de la grandeza , lo que no es de estrañar en una época en que las 
autoridades populares estaban casi todas en poder de los nobles. 

Las formas , pues , de estas Corles fueron sumamente respetuosas y monárquicas, 
como en todas las del siglo XiV, en el cual se reconocia al rey como única fuente de 
lejislacion, y se le pedian las leyes como una merced ; pero no nos acordamos de haber 
visto las actas de otras en que los procuradores del reino conociesen mejor su misión 
y la desempeñasen con mas entereza. 

Todos saben que el único fecho legal que reconocia en aquella época la autoridad 
del rey, eran los subsidios que las Corles podian negar ó conceder. D. Juan I, que se 
vio un momento dueño de casi todo Portugal , deshecho su poderoso ejército en la ba- 
talla de Aijubarrota, y obligado á volver fujitivo á Castilla tuvo que sostener una 
guerra larga , desventajosa y sin termino contra su rival el Maestre de Avis , á quien 
los portugueses elijieron rey. Esle, arrogante con la victoria, pero temeroso siempre de 
los derechos de su hermana Doña Beatriz , mujer de su competidor, suscitó contra Cas- 
tilla al duque de Lancaster , príncipe de la sangre real de Inglaterra, que en defensa de 
los derechos de su esposa , hija de 1). Pedro el Cruel , tomó las armas contra la dinastía 
de Trastamara , reinante en Castilla y auxiliado por los portugueses penetró en Ga- 
licia. Esta guerra se hizo con poca ventaja del duque, y no fue difícil persuadirle á que 
transijiese por una suma de dinero y por el casamiento de su hija Doña Catalina de 
Lancaster con el príncipe 1). Enrique, hijo y heredero de D. Juan. El matrimonio se 
celebró en Palencia el mismo año de i 588 , y el rey habia reunido las Cortes para pe- 
dirles la cantidad que debia darse al duque. 

Mas parece que antes, sin autorización alguna, habia exijido algunas cantidades 
para el mismo objeto: asi á lo menos se infiere de la respuesta de los procuradores á 
la petición de subsidios. Su tenor es el siguiente : c primeramente, segnor, la cuantía 
de los francos que demandastes para pagar la deuda del duque de Alencastre , en esto 
vos ftuen conciencia que si los avedes demandado , é non son pedidos , que sea vuestra 
merced de los non demandar otra vez ; é si los demapdastes é cobrados son é despen- 
didos, dánvoslos é otorganvoslos en ésta manera.» 

El sentido natural de estas palabras es, que el rey sin haber pedido aquel dinero 
á las Cortes le habia sacado ó demandado por contribuciones , aunque los procura- 
dores , en señal de respeto , usan de la frase condicional : mas no por eso dejan de 
facer conciencia al rey , esto es , de darle un voto de censura , como se dice ahora , y de 
suplicarle que no lo vuelva á hacer otra vez. Sin embargo, le conceden la suma, si 



e«tá ya cobrada y esjwndida ; pero bajo condiciones bastante severas. Su primera e$^ que 
no vuelvan á pasar por dicha suma los pueblos que ya han pagado en esta razón. Sañu- 
da , que los recaudadores y tesoreros del rey den cuentas de las cantidades redbidaí 
por ellos desde las Corles de Se^rovía, celebradas alj^unos anos antes. Tercera, que la 
comisión creada para tomar las cuentas se componga de seis individuos que los mii- 
mos procuradores indicaren al rey. Cuarta, que si se ofrecian diíicuUadcs ó dispulas 
fuesen decididas por los arzobispos : parece (]ue por esta frase se indica á los prela- 
dos de Toledo y de Santiago , muy poderosos en estos tiempos. Quinta, que la con- 
tribución fuese percibida en la ciase de moneda (|ue los mismos procuradores desig- 
naren. Sesta , que el rey prometiese bajo su palabra no distraer á otros objetos d 
producto de aquella drerama , y que nombrase seis hombres buenos para que le die- 
sen el debido destino. Séptima, que si sobrase algo de las contribuciones, se aliyiase 
en la misma cantidad al reino de sus gravámenes , faciéndole conciencia de cumplirlo 
asi, y protestándole que en lo succesivo llamase á Cortes según la costumbre de sis 
reinos. Octava , que sirviesen también para aliviar á los pueblos las ganancias de 
las casas de moneda. Novena, que se designasen sueldos á los comisionados para to- 
mar las cuentas. 

Tantas y tan severas precauciones, tomadas contra la propensión natural de los 
gobiernos á aumentar en cuanto les sea posible los ingresos en el erario, prueban 
dos cosas: la primera, que nuestra antigua Constitución, aunque altamente monáF* 

Juica , pues los castellanos llamaban al rey su Señor natural, poseia sin embargo me- 
ios hábiles para enfrenar las demasías del poder , cortar los abusos y exijir la res- 
ponsabilidad á los ajentes del gobierno. Los procuradores hablaban con respeto; pero 
sin ocultar nada de lo que sentían. En la monarquía mas libre de las que hoy existen 
en Europa se miraria como un lenguaje grosero é intolerable el de imponer coiidi- 
ciones al rey para darle subsidios. Pero en el sistema moderno no se hallan los mo- 
narcas en contacto inmediato con los cuer(ios deliberantes como en nuestras CdrtCf 
antiguas. Esto era consecuencia necesaria de no conocerse todavía el poder minisiarM,. 
La segunda consecuencia es que se habrían cometido en el siglo Xlü grandes 
abusos sobre la imposición, cobranza y destino de las contribuciones. El cetro de Pe* 
dro el Cruel fue de hierro para todas las clases del Estado, (^ayendo en manos de 
Enrique, su hermano y asesino, pero mas hábil que él, no ofendió á la nobleía 
que habia quitado la corona á Pedro ; pero veja las clases inferiores del pueblo, tanto 
por los privilejios onerosos que concedió el nuevo rey á sus amigos, como por los 
impuestos que eran necesarios para pagar las sumas debidas á sus aliados y sostener 
la guerra contra Portugal. La n<ic¡on lo toleraba todo acostumbrada al despotismo 
del reinado anterior. Juanl, hijo y succesor de Enrique, principe bueno y generalmente 
amado , pero poco instruido en el arte de gobernar, permitió abusos y demasías con 
tal que le diesen dinero para levantar el grande ejército que llevó al degolladero de 
'\ljubarrota. En las Corles de Pahmcia de 158S se restableció el orden y se censura- 
ron y corrijieron las vejaciones de los reinados anteriores. 



ARTICLLO 11 

JLi<!)S procuradores de estas Corles dieron pruebas de patriotismo y de valor civioOy 
censurando el cobro, de subsidios no pedidos, exijiendo la aplicación esclusiva de 
un impuesto estraordinario al objeto de su destino , provocando el examen de las 
mentas atrasadas y protestando contra la omisión de la corona en convocar las 
Cortes. 

Las demás peticiones de aquel Congreso no hacen mucho honor ni á sus sentí* 
mientes de justicia ni á sus conocimientos administrativos ; bien que en lo segundo 
fue mas disculpable que en lo primero. La economía era una ciencia desconocida en 
aquel siglo: la justicia es un sentimiento de todas las épocas y naciones. 

Una de las peticiones es que se mande reducir al principal el pago de las deudas 
contraidas por los cristianos que hablan tomado dinero á iogro de los judíos. Funda* 



[103J 

se la petición en que los deudores , tanto por los daños sufridos, como por los tribu* 
tos que tenian que pagar, hallándose en grande necesidad de dinero, recibian la 
ley de sus acreedores , y se veían obligados á otorgar carias de debdo ó pagarés , por 
el dos tanto ó tres tanto que el principal. 

Obsérvese que esta petición solo se hace contra los acreedores judíos, y no con- 
tra los acreedores cristianos , de cuya clase debería entonces haber muchos en las 
ciudades ricas y mercantiles de los reinos de Castilla. No puede menos de confesarse 
que los judíos , muy propensos á los contratos usurarios , aumentarían en gran can- 
tidad la usura de los préstamos por la dificultad de la cobranzli. Esta misma peti- 
ción prueba cuan espuestos estaban sus capitales y sus bcneíicios lícitos en manos 
dejos cristianos. 

La respuesta del rey , aunque no tan injusta como la petición , es también con- 
traría á los principios de equidad , y prueba que entonces se miraba como usura toda 
ganancia producida por el alquicer ó arrendamiento del dinero. Dice en su respues- 
ta á las Cortes que siempre que fuese probado , como se acostumbra probar legal- 
meote entre cristianos y judíos, que el contrato fue usurario^ que se pague solo el 
principal y no las usuras (aquí por usura se entiende cualquier interés del dinero aun- 
ase no sea exorbitante) ; que si se probase que el contrato fue de verdadera deuda 
sin usura, que se pague toda la cantidad contenida en la carta de deuda , y que si 
no se pudiese probar ni lo uno ni lo otro, se paguen solo las dos terceras partes de 
loque diga la carta, pero con Ja obligación de pagar dentro de cierto término; 
pasado el cual, no gozarán los deudores de esta merced que les ues facemos á costa de los 
acreedores. El rey la limita á las deudas contraidas en el año de I088 hasta el día de 
la fecha y en el anterior, guiándose en esto por un instinto ciego de justicia. Los 
deudores antiguos y morosos, retardando la paga por mucho tiempo, habrían causado 
á los acreedores incomodidades que era justo que satisficiesen, y después de conce- 
dido el privilejio (porque no se le puede dar otro nombre) no debían gozar de él los 
que contrajesen nuevas deudas. 

Es indudable que tanto en la petición como en la respuesta influían el odio y la 
aversión general contra los judíos, uniros acreedores cu} os títulos de deuda se in- 
validaban en parte. Pero se nota mucho mas el espíritu de fanati.^nio en los que pi- 
dieron , que en el que concedió con tales restricciones y formalidades que dan á en- 
tender haber concedido á disgusto suyo y violado la justiria por no luchar de frente 
contra la intolerancia. Sirva este ejemplo de advertencia á los que quieren acusar A 
los gobiernos de haber inoculado á los pueblos el odio fanático contra los de diversa 
relijion . 

Mas justas son las mismas C^értes pidiendo que los jueces del rey no pudiesen 
citar á sus tribunales á los vecinos de otros pueblos sin ser antes demandados ante 
su propio juez ; que no se observen los privilejios concedidos por el rey y por su pa- 
dre D. Enrique á algunas personas para que no pagasen pechos , y que se confirma- 
se la rebaja concedida por el rey á los vasallos de la corona de cuatro doblas en el 
servicio de aquel año. El rey n^spondió evasivamente á la primera de estas peticio- 
nes diciendo que lo consultaría ron í^u consejo. £n aquella época quería la corona 
avocar á la corte casi todos los negocios contenciosos del reino para dar mas es- 
plendor y autoridad al consejo de Castilla , que tardó poco en nacer. El privilejio 
de que se quejaban en !a segunda petición, fue reducido á la contribución de las mo- 
nedas , y la rebaja de que habla la tercera fue confirmada. 

Se reconocen las preocupaciones económicas de aquel siglo en la petición aue se 
hiio al rey para que no concediese las cartas y alvaláes , en virtud de las cuales es- 
traian del reino los agraciados con ellas oro , plata , cabalgaduras é ganados (en lo cual 
tenian razón por ser un privilejio abusivo) , y para que nombrase alcaldes y guardas 
de sacas. 

Quejáronse también los procuradores de que en clos regnos era gran fallecimien- 
to de oro é de plata por los beneficios é dignidades que las personas estranjeras han 
en las eglesias de nuestros regnos, de lo cual viene á Nos grant deservicio ; é otro- 
sí que las eglesias no sont servidas según deven , é los estudiantes nuestros natura- 
les non podian ser proveídos de los beneficios que vacan por razón de las gracias 



En las p.ijinas ÜS y signlonfos de 1n ínlnuliicrion ejorce ol Sr. Mnriel la iMñila ite* 
verídnil riinlra el iihkIo con qn» se ejecutó I» espiilsion de los jesiiiüift. ConGesa que 
liarlos III , alerraiio por las siijeslioneft del parlídii Hlosi^lieo de Franeia, cuyo ArnaiHi 
era el dii(|ije de (llioíseul, no iiiastró en esUiiM*Hsion su rt^clilnd perKonal, y sciloalMH 
«lió al nes*;o iniajinario que segiin le dijeron corría su corona, liHpU|:na vivloriiMih 
mente las calumnias que entonces 8e propaj^aron « y que en iiuentro» días lia |ifni«u* 
j'ado renovar una novela del frénero de las históricas ; tale» como la iiiflu«^iicia da b 
coinjiañía en las sediciones de Madrid contra el ministro S(|u¡lnce « loft h^vapUmiiaa* 
t(»s que se su|)usi(íron en Amerita , el pmyecto de fundar allí una iiioiiarc|iiia ele. V 
no porque el autor deje de conocer que existían motivos funitados para la abuíkion da 
aquel instituto , sino porque desde estinguir una orden relijiasa liasta la crueblail de 
conducir á todos sus mdividuos como reos de estado desile sus convenios A loa piiarlm 
y desde estos á ft^itia, i\n roe<lios ni socorros por mucho tiempo hasta que ae lex híse 
una mezquina así^rnacion, hay enorme distancia , y un rey háhil y amigo de laja»? 
ticia , como era Carlos UI , no debió haberla recorrido* 



ARTÍCULO II. 



o 



TKA de las acusaciones mas severas que hace el autor al gobiernno de CárloiIUf 
es haber auxiliado la causa de los an^lo-americanos contra su metrópoli , y por consi* 
{;uiente haber tremolado en el nuevo mundo la bandera de la indefiendencia para mm 
propias colonias. Esta acusación es justa ; porque el suicidio no es permitido ni A loa 
estados ni d los particulares; y fue un verdadeio suicidio haber fundado lin antera* 
dente como aquel para la emancipación de la Anaárica española ; y tanto mas decLuvo 
cuanto se ofendia con él á una nación como la inglesa 9 poderosísima en la mar y qua 
110 olvida bcilmente sus injurias. 

No ignoramos que está en la esencia do toda colonia emanciparse á su tiempo. Loe 
])ueblos de la autigüedad conocieron esta verdad mejor que los modernos ; y asi las 
metrópolis dejaban independientes á sus hijas apenas podian estas sostenerse sin 
auxilio , siguiendo la ley de la naturaleza que reclama la independencia de los h^ 
cuando ya no necesitan de los padres. -Esta conducta fue premiada con el respeto y 
amor que las colonias griegas y romanas profesaron á la patria de d«»nde habían pro- 
cedido. La auxiliaban en sus calamidades; eran sus aliadas en la guerra y en la pai;. 
tenian sus mismos dioses y sacrificios , y nunca olvidaban las obligaciones filiales. Se- 
rán muy raras las escepciones que se encuentren en la historia antigua ¿ este hecho- 
general. 

Mas no podia aplicarse este sistema á los pueblos modernos sin algunas restriccio- 
nes , y menos á la España que nuqoa consideró sus posesiones en América como csa- 
lonia», sino como provincioi de la metrópoli , sometidas al mismo réjimen bajo leyes 
civiles , cuya justicia es ya generalmente reconocida. La emancipación era un gra%a 
mal para la misma América , cuyos habitantes aun no hablan aprendido A ser iodepea- 
dientes, y para la nación española, cuyos intereses estiban entonces tan ligados A la 
conservación de las colonias. Pero aun cuando no existiesen estos dos motivos , lo cier- 
to es que el gobierno de Carlos lU queria ciertamente conservarlas ; y no es sabio ni 
previsor el gobernante que da un paso tan funesto como el de auxiliar A loa Estados 



J95] 

Unidos de América contra los mismos intereses que él cree que debe sostener. Así es 
que ei conde de Aranda , por mas afecto que fuese á las ideas iilosófícas de; su sijrlo, 
miró como unagrave imprudencia que nos costaría la América hacer causa coniiiii 
eon la nueva república. Ño es buen modo de conservar ilesa la casa )»roi)ia aumentar el 
fuego que abrasa la del vecino. 

Este yerro político sube mas de punto, si se consi«leran los princi|>io8 en que se fun- 
daba la emancipación de los anglo-americanus ; porque se trataba uada menos que de 
consolidar una repáblica conforme á las ideas íibMólicas tiel siglo, que si en el Norte- 
América, por razones fáciles de conocer, no produjeron sus terribles efectos, cobrando 
eon aquel ejemplo nuevas fuerzas, causaron en Francia la mas terrible explosión. V sin 
embargo , Luis XVI y Carlos III favorecieron un inovímíenlo tan peligroso. El pri- 
mero pag«> con su cabeza, el segundo en sus descendientes y su nación aquel yerro 
fFavfsinio. Engaitólos el odio, pé\iiuo consejero: á trueque de \er descaecida á 
Inglaterra, se espusieron á tantos riesgos; bien que detie decirse que el gobierno 
francés , mas espuesto á la influencia de los principios revolucionarios , fue uniclio 
mas imprudente que el esfiariol en haber avivado el incendio que amenazaba de\o- 
rar á Eiiro|Ki. 

Tales sf>n las ideas políticas que desenvuelve el señor Miiriel en la censura de aque- 
lla operación* No es enemigo de las reformas en a.lniiiiislracion y en política ; pero sí 
lo es del gobierno de la multitud , esto es, de la anarv|uía que destruye y no edifica; 
y cree que las mejores reformas son a(|uellas en que la sabiduría del hombre loma por 
auxiliar la acción lenta , pi^ro segura del (¡enipo. 

A dos causas atribuye en el e|iilogo (!e su introducción la decadencia de España 
después del reinado de (birlos 111: la priücipai y mas inmediata, según él, fue el 
advenimiento de Carlos IV, y la privanza del principe de la Paz: la segunda, Ja reso- 
lución francesa. Sin la primera, «un pueblo obedieüte , dice, fiel , amunle de sus re- 
yes, lleno de celo por la conservación de las instituciones nacionales, sensito v since- 
ramente relijioso ofrecía , puesto en inan(»s de ministros instruidos > esperinientados, 
medios preciosos de defensa contra el huracán (pie amenazaba ala nación.» En cuanto á 
la influenciado la segunda dice de esta suerte: «la revolución frauccsa, á la («ar de al- 
gunas ¡deas provechos«is para el bienestar material de los hombres, propagó errores 
perniciosos en gran manera, tilr^indose descaradamente ccmtra las instigaciones nionár- 

Íuiras no menos que contra lacn*encia relijiosa. Fue este aconte<*iniienlo funesto para 
•iliana; porque sin él habría seguido-caminando $?radualmenle |H)r la senda de las re- 
formas útiles, y liabria mejorado su esta lo social. (Cuantas ideas prnvechosjis lian sido 
proclamadas y difundidas en los tiempos uiodern(»s , otras tantas habrían sido también 

t tanteadas en el suelo español por nuestros sabios ministros , sin temor de los venda- 
ales y furiosos movimientos de la turbulenta democracia , ni del soplo helado y mor- 
tífero del (sceplicismo filosófico. Pero la ve<*indad de las dos naciones y la frecuente 
comunicación entre ellas que el sistema político , seguido largo tiempo por el gobier- 
no, babia hfM*ho m'i< íntima y amistosa, no podían menos de traer, y trajeron con 
efecto á España, el contajio de las ideas de los novadores, es decir, los principios 
subversivos de toda sociedad. Cuando la república franresa venció con las armas ú los 
que querían detenerla en el movimiento de su revolución, ató al rey de España á su 
carro de triunfo, y con el mentido noud)re de aliado hi/o de él un verdadero escla\o. 
Ilesde entóiires Es|»aMa no fué ya mas que uno de los sa((*iites fiel nuevo planeta. Kn tal 
dependencia claro está que el torrente de las malas ideas había de destruir tarde ó 
temprano entre nos itros los diques qm* le conterian.i 

Tales son los pensamientos que sujiere al autor la comparación entre el estado de 
fuerza y prosperidad á que llegó la monarquía en*el reinado de Cirios 111 y el inmenso 
cúmulo de males que siguieron después y cuyas tristes consecuencias sentimos todavía. 
En todas las pajinas de la íntrofhtrrion brilla el amor de la patria y de la humanidad, 
como también el estudio profundo de la historia y déla |»olítica, las ideas mas ilustra- 
das y los sentimientos mas nobles. Este trozo debe ser leído y estudiado por todos los 
que quieran conocer bien el pt'ríodo á que se n*fíere y aun el que le siguió; pues 
contiene en germen toda la clave de la bistoría contemporánea. 

El Sr. Muriel ha puesto á la Inilrnccion varias notas , sumameate curiosas , por 



rocí 

i. 

contfMM'r siiceüos no conocidos hasta ahora , para aclarar ó confirinar algiUMS pnUí 
l.Ulfirícu> ó |Hilítí('<»s. 

Kiilre f*lla*( iiien*cpn (vartinilar atención la dt* la p^ína 135 sobre Tos lücdim ib 
aM*»(irar limi ínili»pendi*neia la subsistencia del clero « y la delap^ina 243 « relatiTa 
a la ait(|ii¡Mrion cveuliial de IVirtiifral ptir mintió «le una Miccesion, tlji reiinion« dkf^ 
dr !;!*• tUts nironas de tis|iaíi» y IWliigal fue uno de lf>s fine» que el gobierno lie Glr« 
lo> l\' tuvo ¡Kira determinar Á las cortes de Madrid á que esnusiesen fornuilinMite al 
re> l.-i nc.'tsídad de abolir la Irtj Miltra 6 el auto acor Jado de I713..*« l)ctfdeel«io 
de ITHf . en que se celebraron los matrimonios de la infanta Doña Carlota con l)« Jmn, 
prínrípe del lirasil , y del infante I). (labriel con IK>ria Mariana de Portugal « tuvQ ja 
liarlos III peiisiimiento de que se reuniesen un día l(»sdns reinos en alguno de loaprla* 
ri(H*> que nariesen de estos enlaces; pensamiento patriótico en verdad , y hoonfete ca 
gran manera para este soberano.... • 

1^ «-suisa del secreto que se otxservó acerca de la abolición del auto acordado^ fiW| 
i^guu el autor, la ninguna necesidad que liabia, teniendo Carlos IV sucHrcsion Yanmil, 
lie arrostrar las contestaciones con los gabinetes de Paris y de Ñapóles. Kn cfei'to, el 
M'iMir Muriel n<is da la noticia , hasta ahora no publicada , de que i^uísXVI, habien- 
do traslucido la deliberación de las Cfirtes de.l7K9, envió órflen al duoue de la Vau- 
gu>on, su embajador en Madrid, para que protestase contra la abolición de la Iry 
sálica. \i\ rey de las tíos Sicilias , á quien llegó también la noticia de las intencioafi 
dfl {¡obierno español, envió con el mismo objeto al prínci|ie de i^stelcicala. Pero estai 
protestas Y recia mariones no se \ criticaron, á lo menos de oficio, por cuanto QQ se 
promulgó la Progmádca sanción. 



EL PADRE JUAR DE HAfilARA. 



IjClEN sepa qne este insigne literato español emprendió y llevó á cabo en el siglo XVI 
la historia general de España, no podrá menos de admirarse, atendida la época en que 
escribió, de su inmensa erudición, de su incansable laboriosidad , de la corrección y 
austeridad de su lenguaje , y aun de la crítica y filosofía con que desempeñó au obray 
muy superiores á lo que podia esperarse en su tiempo y en sus circunstancias indi- 
v¡duaU>s. 

Tai ha sido el juicio que de él y su obra han formado todos los qne han escrito de 
uno y otra, no solo nacionales, sino también estranjeros. V muy justamente. No debe- 
mos olvidar que su hhtoria general de Empatia fue la primer obra de esta clase que ana* 
recio en la Europa moderna después de la restauración de las letras : que es una de las 
obra^ clásicas de la lengua y de la literatura española, y por ella sé aclimató entre nosotreí 
el pincel de Tito Livio : que en la gravedad de las sentencias y en la descripción dé 
los caracteres compite á veces con Tácito; en tin, que Mariana no perdonó ni á lra« 



[97] 
lajo n¡ á investigaciones para dar á su libro toda la perfección que podia tener en 
u siglo. 

Bs verdad que han escrito después de él acerca de la historia de nuestra nación 
luchos insignes historiógrafos que le han impugnado. El marques de Mondejar, 
'erreras y otros han notado diferentes yerros de sucesos , de fechas y de orden en nues- 
ro insigne historiador, líasele acusado también de haber dado demasiado lugar en su 
listona á los sucesos eclesiásticos y á consejas tradicionales. También se le ha defen- 
ido de estas dos inculpaciones. La primera es injusta ; pues nadie ignora que en la 
dad media el clero se hallaba en el primer grado de la escala política , y los aconte- 
imientos que le pertenecian eran de suma importancia para el resto de la nación. 
A segunda se ha hecho también á Tito Livio , y quizá con razón á uno y otro ; pues 
unque las fábulas históricas sean muy á propósito para conocer el espíritu de la época 
D que se inventaron y creyeron , no es lícito á un historiador juicioso presentar como 
eontecimientos reales los cuentos inventados á placer por sus abuelos. Sin embargo, 
un en esta parte pudo Mariana presentar dos razones que lo disculparan. La primera 
s haber repetido no una sola vez en su obra : mas cosas escribo que creo. La segunda ha- 
«r algunas cosas de las que copiaba de otros autores que hubiera sido peligroso en su 
íglo no solo negarlas, pero aun omitirlas. ¿Qué historiador se hubiera atrevido, por 
]emplo , en el siglo XVI á pasar en silencio las fábulas en que se fundaba entonces y 
e continuó fundando -mucho después la costumbre del voto de Santiago? 

Asi es qué los mismos historiógrafos que han impugnado á Mariana, no han deja- 
o de reconocer por eso el mérito que adquirió en un siglo de poca crítica y filosofía 
n haber formado una historia de la nación, despojada de gran parte de las fábulas 
ntíguas, aunque no pudiese de todas. La ubra de nuestro historiador ha sido y es to- 
avfa el único libro clásico de historia general de nuestra nación , que poseemos ; y 
pesar de sus defectos de crítica, como tal lo estiman los literatos nacionales y es- 
ranjeros. 

Estaba reservado á la época actual el singular fenómeno de un historiador no es- 
pañol , que emprendiendo escribir la historia de nuestra nación , comienza por vili- 
lendiar el nombre respetable de Mariana, y por insultar á un varón tan benemérito 
e nuestra literatura, y cuya reputación es de tres siglos á esta parte verdaderamente 
uropea. En el Prospecto de la traducción de la Historia de España del Sr. Carlos Ro- 
ney , impreso en Barcelona , se inserta traducido el prólogo del autor, y hemos leido 
on indignación las siguientes espresiones : «Lo que ha desconceptuado y casi envite- 
ido á los escritores de la escuela de Mariana es la desfachatez increíble con que están 
{firmando hechos de su invención , poniendo on boca de los personajes sus propias 
¡prensiones ó las de su tiempo y falsificándolo y estragándolo todo sin autoridad y sin 
irímor. Por tanto el primer paso fundamental.... es en algún modo.... no hacer caso, 
»or ejemplo, refiriéndose á España, de Mariana ni de Perreras».... Es imposible, de- 
rimes nosotros , llevar la desfachatez á un grado mas alto en un eslranjero que se pro- 
K>De escribir la historia de nuestra nación. ¿Si creerá el Sr. Komey ensalzar el mérito 
le su historia deprimiendo el de nuestro historiador? ¿Ignora por ventura que escri- 
nendo en la época actual con tantos y tan grandes auxilios, se le agradecerá poco 
^1 hacerlo bien , y no se le perdonará ningún defecto cuando á Mariana debieron 
lerdonársele todos los suyos en atención al siglo en que escribió , y apreciarse mucho 
as cosas buenas que en gran número contiene su obra? 

¿Podría el novel historiador indicar los hechos da propia invención que Mariana ín- 
ertócn su historia? ¿Quién Ihista ahora le ha injuriado con el epíteto de falsificador? 
Nirgó la historia patria de un gran número de patrañas , como puede conocerse cote- 
ando su libro con las crónicas anteriores. Si dejó todavía algunas conseja , mas bien 
tifiadas que creídas como él mismo dice , ¿son de invención suya , ó tomadas de escri- 
ores antiguos? ilarto hizo para su tiempo : si en el nuestro puede hacerse mas , ¿es 
«te motivo para calumniarle é insultarle? 

Mariana imitó á Tito Libio poniendo en boca de los personajes razonamientos con- 
brmes á sus ideas é intereses. No entramos en la cuestión de si esto es licito ó no á 
ID historiador. Solo queremos que el Sr. Romey nos cite un solo razonamiento de estot 
« que se hallen las ideas de Mariana ó de su siglo en lugarde las del ioterloeutor. 

1? 



[98] 

Pero estamos seguros de que do lo hará. Mariana era harto buen humanista , y conodi 
harto bien la historia para atribuir á Pelayo las ideas de Felipe II , ni á Aben Tarif lai 
de un relijioso del siglo XVL Hizo lo mismo que Tito Livio: estudió los caracteres y 
los espresó por medio de discursos. Lo mismo pudiera censurarse á Solis en su h¡^ 
toria de la Conquista de yueva España , y sin embargo Solis , no se sabe por qué, me- 
rece el aprecio del Sr. Romey : pues mas abajo llama á España, como porelojio, Áfria 
de los Cervantes , Herreras y Solises. 

Lo que prueba hasta qué punto ignora el Sr. Homey nuestra literatura es ver 
juntóse incluidos en una misma proscripción los nombres de Jl/ariatia y de Femnt, 
cuando son bajo todos aspectos enteramente opuestos. Si se consideran en cuanto al 
estilo y lenguaje, Mariana es uno de los padres de la lengua , cuando es diGcil hallar 
cosa peor escrita en castellano que los anales de Perreras. Pero si atendemos esclufi- 
vamente á la exactitud histórica , como proclama el Sr. Romoy , hay mucha mas cri- 
tica , muchas mas fábulas exterminadas, muchos menos errores cronolójicos en la obn 
de Perreras que en la de Mariana. No es esto decir que eslimemos al primero ni aun 
como historiador mas que al segundo , sino que Perreras escribió mas de un siglo des- 
pués , con mas auxilios, con el arte crítica mas adelantada , y aun puede decirse, coa 
mas libertad : asi tenia mas medios de hacer bien lo que es mas fácil de hacer en la 
historia , á lo menos en nuestros días , que es el examen y el criterio de los hechos. 
[*\>rreras no es, pues, ni escritor de la escuela de Mariana, ni se lo parece en nada, ni le 
es igual en las dotes ó los defectos de un historiador; ¿por qué, pues, se le pone Junto 
á él sino porque se desconoce el carácter y el mérito de estos dos escritores? 

Hemos observado en el Prólogo do la nueva iJisloria de España lo que hemos nota- 
do casi siempre en todos los ¡escritos cstranjeros, cuando hablan de nuestras cosas, 
sumo desden , suma ignorancia y suma osadía en las decisiones. ¡Plegué á IMos que el 
defecto del Prólogo no se le pegue á la obra! 

Nosotros hemos llevado muy á mal que se baya procurado aprender nuestra elo- 
cución poética en las composiciones de los actuales poetas franceses , introduciendo en 
la lengua de Rioja frases y giros propios enteramente de aquel idioma. Lo único que 
nos quedaba que ver es que se estudiase la historia de España, no en Mariana nica 
ninguno de nuestros historiadores, sino en una obra escrita en Paris. 



RESPUESTA A IOS EDITORES 



DE X.A 






^%^ '^'ft^^'V, 



E 



L Sr. Romey en el Prólogo de su Historia de España insultó á Mariana. Nosotros le 
defendimos , y los editores de Romey en español han llevado á mal nuestra defensa. 

Ilicimos un examen bastante detenido de las prendas y de los defectos del padre de 
la historia española. Admiramos , como todos los hombres algo versados en la litera- 
tura histórica , el grande mérito de su obra , comparado con el siglo en que se escri- 
bió : notamos sus errores , y los disculpamos como era justo hacerlo , con la fidta 
de crítica , de fllosofia, de recursos históricos y libertad que habia en su época. ¿Quién 
•e atreverla á exijir de Arquimedes lo que hoy debe exijirse de un mediano profesor 
temáticas? 



'^''ViSÍf\e'\i1SkWrA^^ dé la nota de ftíjñj^dat^iiS&élki&úU' osadía le impone Romey: 




Soits hiitfiriadbr roas modéfrt'é'í'/pé'i^o ül'cual se pueden haeef'toáf mi^os' cargos que 
él hace al'objeto de su aversión.' ' '-^ o|.jj:..« » «\ 

Estas reflexiones no admitían respuesta alguna; asi es qné' ItM editores del Komej 
no la dan en su remitido inserto en el Tiempo del I i de Enero. Ni se hacen cargo de 
la diferencia que nosotros establecimos entre el principio del siglo XVII y el del XIX, 
ni responden al desafío que hicimos ai Sr. Romey de señalar un solo hecho faUificado 
á Éolnendeu por Mariana , ni un solo razonamiento en que no estén bien conservadas las 
ideas y el carácter del que habla. En esta parte se contentan con repetir las acusacio- 
nes del Prólogo , como si á ellos ó á Romey se les hubiese de creer sobre su palabra. 

A bita de razones traen en su articulo muchas lindezas que no vienen al caso. Nos 
dicen que c hemos dado muestras de sobrada precipitación arrojándonos á tildar la obra 
de Romey antes de haberla leido.» Esto es falso. Nada dijimos en nuestra defensa con- 
tra la nueva historia de España , ni una palabra , ni una coma , ni un tilde. Lo que 
censuramos fue el Prólogo , la petulancia con que está escrito y el espíritu ridiculo 
de presunción con que se quiere el Sr. Romey engrandecer á costa de un nombre res- 
petable y do una obra que en su tiempo fue un verdadero progreso. Que nos citen los 
editores una sola espresion nuestra contra la obra : todas fueron contra el autor. Antes 
bien, dijimos que no seria de estrañar que ahora se escribiese mejor la historia de Es- 
paña que en tiempo de Mariana. Asi esa acusación de los editores contra nuestro arti- 
culo es infundada , y no sabemos de dónde proceda ; porque nosotros nos espresamos 
con bastante claridad. 

Dicen que f ignoramos los adelantos que ha hecho la escuela histórica en estos 
tiempos, y los principios que ha sentado diamelralmente opuestos á los de Mariana.... > 
^né principios históricos son esos , señores editores? ¿Pueden ser otros que los de la 
veracidad , la verosiuiilitud , la unidad y la dignidad y corrección del estilo? Pues es- 
tas máximas son conocidas desde el tiempo de Cicerón. Lo que se ha perfeccionado 
mucho es el arte critico y la filosofía política. No se debe culpar á Mariana de que en 
su tiempo estuviesen ambas ciencias en la infancia. El fue uno de los que mas contri- 
buyeron entonces á que adelantasen ; y asi su obra fue recibida con universel aplauso 
de toda Europa. 

Dicen que Mariana embrolló á sabiendas las relaciones de la iglesia visigoda con 
el obispo de Roma (I } y otros puntos importantísimos. Nosotros negamos redondamente 
esta aserción. A llomey ó á sus editores toca probar no solo que Mariana fue un mal 
historiador , sino también un mal hombre. 

Nos causa á un mismo tiempo lástima y risa el que para denigrar á Mariana le 
llamen teólogo j jemita. No faltan, á la verdad, algunos pedantes para quienes el nom- 
bre de teólogo es un título de proscripción no mas de porque asi lo declaró la escuela 
del siglo XVÜI. Pero es muy difícil de probar que la instrucción en la filosofía cris- 
tiana pueda ser un obstáculo para escribir bien la historia , y mucho mas la de una 
nación como la española , que ha debido su existencia y su engrandecimiento al cris- 
tianismo. Mariana fue jesuíta. ¡Terrible delito! pero para expiarlo citaremos la per- 
secución que sufrió en que estuvo á pique de perecer: los honores de la prohibición 
que obtuvo su obra De rege et regis inalitutioney y la nota general en que incurrió su his- 
toria de España por la escesiva acritud y entereza con que habló de ciertos hombres y 
de ciertas cosas , muy delicadas de tocar en su tiempo. Era imposible entonces ser mas 
liberal é independiente , y dudamos mucho que Romey haya hecho tantos sacrificios per- 
sonales á la verdad y á la justicia. 

Lo mas ridiculo de todo es la gran prueba de los tres mil suscritores que dicen que 
tiene la traducción. Eso se dice á los niños , no á quien sabe que el Zurriago tuvo mas 



iV. kú llanuin los escritores prolesUDles álos succesores de S. Pedro. 



[lOOJ 

de seis mil. Esta comparacioo no es nuestra: la sujiere naturalmente el argumeptodp 
que se valen los editores. wu-iu^iií -ji oi.. 

Hablando con formalidad : será , sí se quiere v nioy buena y recoiikdiidMl6l«*2liÉ- 
toriade España de Romey. Nada dijimos contra ella en nuestro artículo ti ^é* apim- 
tan responder y no responden. Nada decimos tampoco contra ella en la presente coa^ 
testación. Cuando la hayamos leido, podremos hacer juicio de su mérito. Pero desde 
ahora podemos suponer , sin contradecir lo que antes dijimos , que es superior á la de 
Mariana : que es la mejor , la mas perfecta posible : que no es dado á las fuerzas de 
la intelijencia humana producir sobre la materia un libro mas escelente. Después de 
estas concesiones , después de otras muchas mas que acerca del mérito de la susodicha 
historia haremos , si es menester clamaremos todavía y levantaremos un grito de in- 
dignación contra los que digan , sean franceses ó españoles , que Mariana falsificó á 
sabiendas la historia y atribuyó sus propias ideas , ó las de su estado, ó las de su siglo, 
á los personajes históricos que introduce hablando ; y estén seguros los editores que 
este grito no se acallará hasta que se nos citen los pasajes de que constan la &lsifica- 
cion á sabiendas y la impropiedad de los razonamientos. 

Defender un nombre respetable y celebrado en toda Europa contra los insultos de 
un rival poco generoso no es preocupación , ni añeja ni reciente , señores editores^ La 
verdadera preocupación es creer que en llamando á un sabio teólogo yjemila , se leba 
condenado ya al desprecio. 

El artículo á que respondemos acaba por uno de aquellos truenos, tan comunes en 
la literatura actual. Dicese que tía historia de Uomey representa una idea grande, filo- 
sófica , humana, que andando el tiempo producirá su efecto.» ilJna historia que repre* 
senía tuia ideal ¡qué castellano , Dios mió! No parece sino que la idea es un drama , y la 
historia el actor. Querrá decir que de la obra se deduce una idea etc.; á que en toda 
la obra domina una idea etc. Pero nos quedamos sin saber qué idea es esa. Mas al fin, 
andando el tiempo producirá su efecto. Esperemos, pues , y entre tanto contentemos 
nos con el sublime pensamiento que resulta del libro de Mariana , á saber : que kimi 
nación , cuando defieíide su independencia y su culto, es invencible. 



COLECCIÓN DE CORTES 



POR LA REAL ACADEHIA DE LA HISTORIA. 

cva»e;rivo «s. 

Cortes de JPatencia de 1399. 



ARTICULO I. 

JuS superfino hablar de la utilidad de esta publicación, tan necesaria para conocer 
la historia de nuestras leyes y costumbres políticas , civiles y administrativas. Es im- 
posible resolver, sin el auxilio de las actas de Cortes , un gran número de cuestiones, 
relativas á nuestra antigua constitución ; y es de grande importancia para un pueblo 
libre conocer los límites que sus mayores pusieron á la autoridad pública y á la misma 
libertad , esto es , de qué manera dieron solución al gran problema de la libertad y 
del orden , aun no bien resuelto todavia. Cuantos mas datos se reúnan acerca de esta 



[101] 
orlante materia , tantas mas luces se adquirirán para la decisión. En nuestro en- 
hr deben darse gracias al sabio cuerpo que publica las actas de nuestras antiguas 
tes , por haber proporcionado á todos los hombres que gustan de instruirse , un 
1 número de materiales históricos , no asequibles hasta ahora sino á costa de mu- 
dispendio y solicitud ; asi como es digna del mayor elojio la constancia con que 
ñfae esta empresa» á pesar de las dificultades que ofrece en la época actual la falta 
leeorsos. 

El cuaderno 28 que acaba de llegar á nuestras manos contiene los ordenamientos 
hos por el rey D. Juan I de Castilla en las Cortes de Falencia de 1388. Concurrieron 
Ja los tres Estamentos del reino ; pues aunque en el preámbulo no se enumera el 
o , en una de las peticiones se habla del Obispo de Calahorra y de los Arzobispos de 
d* como uno de los comisionados por las Cortes para tomar cuentas á los recauda- 
es de la real hacienda , y de estos como jueces en caso de ocurrir dificultades en 
operación , lo cual parece indicar que el clero fue también convocado á dichas 
tes. üel Arzobispo de Santiago y del Obispo de Calahorra se dice espresamente 
t se hallaban en el Congreso. 

Las peticiones procedieron solamente del cuerpo de procuradores del reino , pues 
liee en el título : Capiíulos qve los procuradores de las villas é lugares de los regnos de 
firo Segnor d Rey presentaron d la su merced é en su presencia , é dé los procuradores^ é 
ie$9 é ricos homes, ele, Y en el preámbulo del segundo ordenamiento dice el mismo 
: Facemos vos saber ^ que estando Nos eti estas Cortes j que agora fesiemos aqui en Palen^ 
... nos fueron presentadas por los procuradores de las dichas cibdades é villas ciertas peti^ 
«t generales etc. Apesar de esto, no dejaron de pedir los procuradores del reino algu- 
ventajas á £aivor de la grandeza , lo que no es de estrañar en una época en que las 
mdades populares estaban casi todas en poder de los nobles. 
Las formas , pues , de estas Cortes fueron sumamente respetuosas y monárquicas, 
lo en todas las del siglo XIV, en el cual se reconocia al rey como única fuente de 
dación, y se le pedian las leyes como una merced ; pero no nos acordamos de haber 

las actas de otras en que los procuradores del reino conociesen mejor su misión 
> desempeñasen con mas entereza. 

Todos saben que el único fecho legal que reconocia en aquella época la autoridad 
rey, eran los subsidios que las Corles podian negar ó conceder. D. Juan I, que se 
un momento dueño de casi todo Portugal , deshecho su poderoso ejército en la ba- 

1 de Aljubarrota, y obligado á volver fujitivo á Castilla tuvo que sostener una 
rra larga , desventajosa y sin término contra su rival el Maestre de Avis , á quien 
portugueses elijieron rey. Este, arrogante con la victoria, pero temeroso siempre de 
derechos de su hermana Doña Beatriz , mujer de su competidor, suscitó contra Cas- 
; al duque de Lancaster , príncipe de la sangre real de Inglaterra, que en defensa de 
derechos de su esposa , hija de 1). Pedro el Cruel , tomó las armas contra la dinastía 
Prastamara , reinante en Castilla y auxiliado por los portugueses penetró en Ga- 
\. Esta guerra se hizo con poca ventaja del duque, y no fue difícil persuadirle á que 
isíjiese por una suma de dinero y por el casamiento de su hija Doña Catalina de 
caster con el príncipe D. Enrique , hijo y heredero de D. Juan. El matrimonio se 
bró en Patencia el mismo año de i 588 , y el rey había reunido las Corles para pe- 
es la cantidad que debia darse al duque. 

Mas parece que antes , sin autorización alguna , había exijido algunas cantidades 
i el mismo objeto: asi á lo menos se infiere de la respuesta de los procuradores á 
sticion de subsidios. Su tenor es el siguiente : c primeramente, segnor, la cuantía 
9s francos que demandastes para pagar la deuda del duque de Alencastre , en esto 
fosen coticiencia que si los avedes demandado , é non son pedidos , que sea vuestra 
ced de los non demandar otra vez ; é sí los demapdastes é cobrados son é despen- 
f, dánvoslos é otorgan voslos en ésta manera.» 

SI sentido natural de estas palabras es, que el rey sin haber pedido aquel dinero 
B Cortes le había sacado ó demandado por contribuciones, aunque los procura- 
8, en señal de respeto, usan de la frase condicional : mas no por eso dejan de 
conciencia al rey , esto es , de darle un voto de censura , como se dice ahora , y de 
icarle que no lo vuelva á hacer otra vez. Sin embargo, le conceden la suma, si 



e«tá ya cobrada y espendida ; pero bajo condiciones bastante severas. Su primera esi, qie 
no vuelvan á pasar por dicha suma los pueblos que ya han pagado en esta razón. Segui- 
da , que los recaudadores y tesoreros del rey den cuentas de las cantidades recibidas 
por ellos desde las Cortos de Segfovia, celebradas algunos anos antes. Tercera, que la 
comisión creada para tomar las cuentas se componga de seis individuos -que los mis- 
mos procuradores indicaren al rey. Cuarta, que si seofrecian diticultudos ó dispalas 
fuesen decididas por los arzobispos : parece que por esta frase se indica á los prela- 
dos de Toledo y de Santiago , muy poderosos en estos tiempos. Quinta, que la con- 
tribución fuese percibida en la clase de moneda que los mismos procuradores deaíf- 
naren. Sesta , que el rey prometiese bajo su palabra no distraer á otros objetos el 
producto de aquella drcrama , y que nombrase seis hombres buenos para que le die- 
sen el debido deslino. Séptima, que si sobrase algo de las contribuciones, se aliviase 
en la misma cantidad al reino de sus gravámenes , faciéndole conciencia de cumplirlo 
asi, y protestándole que en lo succesivo llamase á Cortes según la costumbre de sis 
reinos. Octava , que sirviesen también para aliviar á los pueblos las ganancias de 
las casas de moneda. Novena , que se designasen sueldos á ios comisionados para to- 
mar las cuentas. 

Tantas y tan severas precauciones, tomadas contra la propensión natural de los 
gobiernos á aumentar en cuanto les sea posible los ingresos en el erario, pruehai 
dos cosas: la primera, que nuestra antigua Constitución, aunque altamente monár- 

Juica , pues los castellanos llamaban al rey su Señor natural , poseia sin embargo nie- 
ios hábiles para enfrenar las demasías del poder , cortar los abusos y exijir la res* 
ponsabilidad á los ajenies del gobierno. Los procuradores hablaban con respeto; dno 
sin ocultar nada de lo que sentían. En la monarquía mas libre de las que hoy existes 
en Europa se miraría como un lenguaje grosero é intolerable el de imponer condi- 
ciones al rey para darle subsidios. Pero en el sistema moderno no se bailan los mo- 
narcas en contacto inmediato con los cuerpos deliberantes como en nuestras Cortes 
antiguas. Esto era consecuencia necesaria de no conocerse todavía el poder minisiarid. 
La segunda consecuencia es (]ue se habrían cometido en el siglo XLtl grandes 
abusos sobre la imposición, cobranza y destino de las contribuciones. El cetro de Pe- 
dro el Cruel fue de hierro para todas las clases del Estado. Cayendo en manos de 
Enrique, su hermano y asesino, pero mas hábil que él, no ofendió á la noble» 
que había quitado la corona á Pedro; pero veja las ciases inferiores del pueblo^ tanto 
por los privílejios onerosos que concedió el nuevo rey á sus amigos, como por lof 
impuestos que eran necesarios para pagar las sumas debidas á sus aliados y sostener 
la guerra contra Portugal. La nación lo toleraba todo acostumbrada al despotismo 
del reinado anterior. Juan I, hijo y succesor de Enrique, príncipe bueno y generalmente 
amado , pero poco instruido en el arle de gobernar, permitió abusos y demasías con 
tal que le diesen dinero para levantar el grande ejército que llevó al degolladero de 
Aljubarrota. En las Corles de Patencia de 1588 se restableció el orden y se censura- 
ron y corrijieron las vejaciones de los reinados anteriores. 



ARTICULO 11. 

JLOS procuradores de estas Cortes dieron pruebas de patriotismo y de valor cívicOi 
censurando el cobro. de subsidios no pedidos, exijiendo la aplicación esclusiva de 
un impuesto estraordinario al objeto de su destino , provocando el examen dé las 
cuentas atrasadas y protestando contra la omisión de la corona en convocar las 
Cortes. 

Las demás peticiones de aquel Congreso no bacen mucho honor ni á sus senti- 
mientos de justicia ni á sus conocimientos administrativos ; bien que en lo segundo 
fue mas disculpable que en lo primero. La economía era una ciencia desconocida eo 
aquel siglo: la justicia es un sentimiento de todas las épocas y naciones. 

Una de las peticiones es que se mande reducir al principal el pago de las deudas 
contraidas por los cristianos que habian tomado dinero á logro de los judíos. Funda- 



[103J 

petición en que los deudores, tanto por los daños sufridos, como por los tribu» 
le tenia n que pagar, hallándose en grande necesidad de dinero, recibian la 
e sus acreedores , y se veían obligados á otorgar cartas de debdo ó pagarés , por 
8 tanto ó tres tanto que el principal. 

isérvcse que esta petición solo se hace contra los acreedores judíos, y no con- 
« acreedores cristianos , de cuya clase debería entonces haber muchos en las 
les ricas y mercantiles de los reinos de Castilla. No puede menos de confesarse 
t>8 judíos , muy propensos á los contratos usurarios , aumentarían en gran can- 
la usura de los préstamos por la díGcultad de la cobranza. Esta misma peti- 
»nieba cuan espuestos estaban sus capitales y sus beneficios lícitos en manos 
cristianos. 

I respuesta del rey , aunque no (an injusta como la petición , es también con- 
á los principios de equidad , y prueba que entonces se miraba como usura toda 
cía producida por el alquicer ó arrendamiento del dinero. Dice en su respues- 
ift Cortes que siempre que fuese probado , como se acostumbra probar legal- 
' entre cristianos y judíos, que el contrato íne usurario ^ que se pague solo el 
pal y no las usuras (aqui por usura se entiende cualquier interés del dinero aun- 
> sea exorbitante) ; que si se probase que el contrato fue de verdadera deuda 
ara, que se pague toda la cantidad contenida en la carta de deuda , y que si 
pudiese probar ni lo uno ni lo otro, se paguen solo las dos terceras partes de 
diga la carta, pero con la obligación de pagar dentro de cierto término; 
í el cual, no gozarán los deudores de esta merced que les nes facemos á costa de los 
ores. El rey la limita á las deudas contraidas en el año de Jo88 hasta el dia de 
la y en el anterior, guiándose en esto por un instinto ciego de justicia. Los 
res antiguos y morosos, retardando la paga por mucho tiempo, habrían causado 
icrecdores incomodidades que era justo que satisficiesen , y después de conce- 
I prívilejio (porque no se le puede dar otro nombre) no debían gozar de él los 
»ntrajesen nuevas deudas. 

indudable que tanto en la petición como en la respuesta inQuian el odio y la 
>n general contra los judíos, únicos acreedores cu} os títulos de deuda se in- 
ban en parte. Pero se nota mucho mas el espíritu de fanatifrmo en los que pi- 
, que en el que concedió con tales restricciones y formalidades que dan á en- 
haber concedido á disgusto suyo y violado la justicia por no luchar de frente 
la intolerancia. Sirva este ejemplo de advertencia á los que quieren acusar á 
biernos de haber inoculado á los pueblos el odio fanático contra los de diversa 
1. 

8 justas son las mismas Cortes pidiendo que los jueces del rey no pudiesen 
i sus tribunales á los vecinos de otros pueblos sin ser antes demandados ante 
pió juez ; que no se observen los privilejios concedidos por el rey y por su pa- 
Enrique á algunas personas para que no pagasen pechos , y que se confirma- 
ebaja concedida por el rey á los vasallos de la corona de cuatro doblas en el 
o de aquel año. £1 rev respondió evasivamente á la primera de estas peticio- 
ciendo que lo consultaría con su consejo. En aquella época quería la corona 
á la corte casi todos los negocios contenciosos del reino para dar mas es- 
r y autoridad al consejo de Castilla , que tardó poco en nacer. El prívilejio 
se quejaban en !a segunda petición, fue reducido á la contribución delasmo- 
V la rebaja de que habla la tercera fue confirmada, 
reconocen las preocupaciones económicas de aquel siglo en la petición que se 
rey para que no concediese las cartas y alvaláes , en virtud de las cuales es- 
del reino los agraciados con ellas oro , plata , cabalgaduras é ganados (en lo cual 
razón por ser un prívilejio abusivo) , y para que nombrase alcaldes y guardas 
la. 

ijáronse también los procuradores de que en dos regnos era gran fallecimien- 
ro é de plata por los beneficios é dignidades que las personas eslranjeras han 
.iglesias de nuestros regnos, de lo cual viene á Nos grant deservicio ; é otro- 
las eglesiasno sont servidas según deven, é los estudiantes nuestros natura- 
podían ser proveídos de los beneficios que vacan por razoa de las gracias 



[104] 
que nuestro sennor el Papa fase á los cardenales é á los otros eslranjeroft, por lo 
cual nos pedien por merced (]ue quisiésemos tener en esto tales maneras como tie* 
nen los Reys de Francia c de Araron é de Navarra que non consienten que otros setn 
beneGciados en susre$2:nos salvos los sus naturales.» 

Esta queja prueba hasta qué punto se estendia entonces la autoridad de la corte 
de Roma para el nombramiento de benefícios en el reino de Castilla , sumamente ra- 
trinjida después por los concordatos. La queja era tanto mas justa , cuanto ya esta- 
ban en honor los estudios eclesiásticos en £spaaa , y podia haber hombres aptos para 
desempeñar el ministerio sacerdotal , como muy oportunamente advierten los pro- 
curadores; cuando en los tiempos anteriores á la fundación de la universidad de St- 
lamanca el clero castellano era muy if^norante, y ofrecía á la c6rte de Roma uapre* 
testo el mas especioso para apoderarse de los nombramientos y agraciar -con los be- 
neficios de Castilla á los estranjeros. 

. El rey D. Juan I respondió á esta petición cque nos plassc ver sobre esto é orde- 
nar é tener todas las mejores maneras que Nos podiéremos , porque los nuestros na- 
turales ayan las dinidades é beneficios de nuestros regnos, é non otros eslrannoi 
algunos.» 

Los reyes de Castilla hubieran de muy buena gana abolido la costumbre introda- 
cida de los nombramientos á dignidades y beneficios hechos en Roma. £1 aboso de 
nombrar casi siempre á estranjeros, y la decadencia del poder temporal del troao 
pontifí(!Ío causada por los desórdenes del cisma de Occidente , proporcionaban oca- 
sión favorable para adquirir en esta y otras materias una justa y debida independea* 
cia que al fin se consiguió ; pero entonces de todos los estados que componían laPi^ 
iiínsula española solo el reino de Castilla tenia los moros por fronterizos y peleaba 
ron ellos ; y como en esta guerra que se miraba como santa , y con motivo de ella, 
ó tomándola por preteslo pedian bulas á Roma para recibir subsidios de los ecle- 
siásticos , no se atrevian á disgustar aquella corte , de la cual mas tarde ó mas tem- 
j)rano habian de tener necesidad. Este temor dictó la respuesta del rey á la petidoa 
de las Cortes : respuesta que nos parecería evasiva á no ser tan conforme lo qne ea 
ella se prometía á los intereses de la nación y de la corona , y si no viésemos que 
desde aquella época empezaron á emanciparse nuestros reyes de la sujeción á R«m 
en materia de nombramientos á beneficios eclesiásticos- 



CUADERNO 29. 
CORTES DE TORO DE 1369 



JCiL ordenamiento publicado en estas Cortes tiene la particularidad de que una parte 
de él consta, como en otros Congresos, de peticiones délos procuradores y de respues- 
tas del rey, y otra de decretos y leyes del monarca dados por sí y ante si ^ sin otra re- 
serva que la de haberse querellado las (fortes de que non se cumplía la justicia camodibia, 
y que los precios, trabajos y jornales estaban muy caros. Merecen evaminarse con de- 
tención entrambas partes, porque dan mucha luz acerca de las costumbres y lejislacioa 
de aquella época. No se debe olvidar (¡ue entonces se estaba reponiendo Castilla* de 
la horrenda guerra civil entre D. Pedro el Cruel y su hermano D. Enrique de Tras- 
tamara. Este fratricida subió al trono, j con su firmeza y cordura calmó los áni- 
mos , restituyó la paz al estado , y al reino la superioridad que antes tenia sobre las 
demás potencias de España. 

Pero aun no se habia restablecido el desorden interior orijinado del gobierno 
tiránico y desconcertado de D. Pedro, y de la anarquía que produjo la guerra. Buen 



[i031 

Silgo son de ello lait continuns y rcpetidnfl roríamacionoA de las Cortes contra la 
ala administración de justicia , y la rep<*ticion de las' mismas' leyes dadas con frc- 
lencia , mas no bien obe<1ecidas, por el mismo Enrique II. 

Exi las Cortes de Toro de 1500 concnrrieron , sepin se dice en el preámbulo, la 
lina doña Juana, el principe heredero I). Juan, I). Tello y l>. 8anclio, hermanos 
j rey , y bastardos como él de I). Alonso el XI, el arzbbispo de Tole<lo, al cnal 
• da el titulo de Primado tU (an HUpanias , otros prelados , ricos-hombres é hijos- 
ligo, y los procuradores de rr/^inaü de las ciudades, villas y lugares; lo que indi- 
i que no se convocó á todos los procuradores de todas las ciudades de voto en 
tries : nueva prueba de que los Congresos solo se componían , y esto á arbitrio del 
y, de los que é! convocaba. 

1^ primer ley 6 reglamento qne se publicó en estas Cortes fue la del arreglo de 
latida de la casa real , y su severidad maniliesta la grandeza de los crímenes que 
I cometían. Se impone la pena de muerte al qne matare ó hiriere en la corte ó 
1 BU jurisdicción , igualmente que al que hurtare , robare ó violare. Los que saca- 
»n espada ó cuchillo para pelear tendrán pena de mano cortada. 
- Ix> absurdo de estas penas aplicadas á delitos tan diferentes en gravedad y sin 
(pecific^r los grados de malignidad que pudiera haber en el delincuente, prueba 
in evidencia que se castigaba con ellas , no tanto el crimen, como la osadia de tro- 
eterlo á la vista del rey. Queríase infundir un gran respeto á la primera majis- 
atura del estado , fuente de toda justicia, y no sabia hacerse sino agravando in- 
istamente las penas. Acaso no había entóneos otro medio moral de obrar (*on vio- 
ncía sobre ánimos acostumbrados á las atrocidades pasadas; pero la humanidad 
(pugna que se refrenen los delitos con atrocidades nuevas. 

Basta para conocer la perversidad de costumbres en aquella ¿poca saber que ba« 
¡a caballeros y hombres poderosos, los cuales cometían robos y violencias , y se re- 
raban para sustraerse á la justicia v gozar tranquilamente el fruto de sus malda- 
M á los castillos y fortalezas, ya (fel rev, ya de los señores; y que era tanto el 
rror de los majistrados que fue necesario en este reglamento imponer penas á los 
caldea que no hiciesen pesquisas de estos crímenes ni persiguiesen á los malhe- 
Bores. \ no solo en estas Cortes de Toro so tomaron disposiciones contra estas vio- 
nrias ; fueron delatadas en otros muchos Congresos de aquel siglo , y promulgadas 
yes contra esta clase de crímenes. ÍJi repetición de la ley prueba siempre su inefi- 
iría y la continuación de los actos criminales que reprime. Renuévase también en 
ite reirianiento la disposición de que los alcaldes del tribunal del rey pertenezcan 
las diferentes provincias del reino , y que los de cada u.ia entiendan en los pleí- 
w V causas que provengan de ella. 

t'arece que se habia introducido la costumbre de que los alguaciles del rey co- 
rasen diezmo de los embargos, testamentos y asientos; pues se prohibe espresa- 
lente en este reglamento. También se prohibe á los mismos alguaciles prender ni 
loiar prenda á los que trajesen á la corte cosas que vender., á no ser en virtud de 
•ntencia del alcalde. Este fue un privílejio concedido al mercado del pueblo donde 
itaba el rey, y en favor de Icm( que a.sistían cerca de su persona. 

Uno de los artículos mas importantes es prohibir que se sellasen con el sello de 
I ]nfrH/a(¿ (esto es, por la vía reservada) las cartas de perdón, justicias, mercedes 
í foreras, sino con el sello mayor ó del reino. I^s que llevasen el primer sello so 
edaran por nulas , y al que las sellase se le priva del empleo. El sello de la purí-i 
ad con los abusos que se hacían de él convertía al gobierno monárquico en des-? 
ótico. Parece que era costumbre firmar el rey v la reina las cartas de justicia ó 
ireras; pues Enrique II manda: dos alvaláes díe justicia ó foreras que Nos é la 
cioa libráremos , que sean obedecidas é non cumplidas (fWise que gustaba mucho á 
ite monarca y que repitió en varias de sus leyes) mas que vayan al nuestro chancellér 
á los nuestros oydores , é que les don sobre ello aqqellas cartas que entendiereis 
Qe son derechas. > 

Pero lo que nos parece mas estraordinarlo es que la reina por si sola podía dar 
Ivaláei de mercedes y de perdones; pues hablando de esta especie de cartas, man- 
ando qne refrende las qnas el tesorero y las otras el canciller , usa de estas espresÍQ« 

U 



rio6i 

ncs disyiinlivas : Ofmsí , la* alviildr$ de merrrdü* que Xw ó la Reina diéremoi efe.; j des- 
pués: ()tro$ij laa alcaldes de ¡terdon que \ü*diistTm(U ó la Reitia ele. 

Parece , pues , que la reina Ihifia Juana , mujer tie KInríque II espedia CMrlttde 
mercedes y de perdón. ¿Fue esto peculiar á la cilada reina por el amorqiio omw* 
ianlenienle le profesó su marido , aunque no fue muv distint^nido por 5U fidcKdad 
rou\ugal, 6 bien hubo oirás reinas que tuvieron ifrnal autoridad? i>. Enrique liaUi 
deello romo de una cosa usada en su si|rlo. V sí fue uso, ¿euAnto tiempo duróeila 
costumbre/ No sabemos. Sea como fuen' , vemos el ejemplo de la mujer de un rff 
que ejerce las dos alribucÍ4>nes mas bellas de la corona ; el derecho de hacer mercedñ 
y el de. usar de clemencia. Es verdad que no podria lia(*erlo sino con beneplácito del 
luarido ; mas no consta en ningún documento este benephk'íto. 

Concluido el re^^lauíenlo sobre la justicia , sijruc otro cu>o objeto ea nada menos 
que poner prmo á todos los géneros que se vendian y compraban en España. El 
una verdadera tarifa de posturas muy útil |iara hact^r conocer la supina ignorancti 
iiel siglo XIV en la ciencia et'onómica y administrativa , y también para adquirir no- 
ticias estadísticas y eruditas sobre los princi|)ales artículos del consumo del reino y 
sobre sus precios, listablece posturas para los lacréales y el vino asi en la nlrte como 
en las provincias , haciendo escepciones en algunos puntos, sin duda por la mayor 
facilidad ó dificultad del transporte. 

Pasa después á poner ¡irccio á las telas para vestidos : notamos ron adiniracioa 
qut; .todas eran importadas del estranjero, la mayor parte de ellas de Flaudes« ma- 
chas de Francia, algunas de Inglaterra, tronío seria alMurdo decir que ent^Vnoes no 
existían fabricas de [lafios \ lienzos en Ks¡»:iñ;i , podemos inferir (pie solo se puso 
precio «i las telas de que usaban los cortesanos , ó que se reservaron los frénerotf 
del pais para la desatina I a resolución de que habla reinos después. Pero siempre et 
cierto que la corle se vestía de lelas estranjeras y trai las con un sobrecargo consi- 
derable por el ))re<*io del tr.'uisporte de los (merlos de Fiaiides. 

A los regatones conocidos \ a |M>r esle nombre en aquella época v perspirnidos le 
les prodigaban con toda liberaliilad los veinte y los cincuenta azotes |H»r las infrac- 
ciones a la tarifa. 

Eslabi<*cese tlespues la del jornal de los braceros , la de los precios de los zapalof 
y de los «Micros ^ la del trabajo de los alfajfaiex ó sastres, herreros, armeros, silleros^ 
pellejeros, plateros, tejeros, ¡u'íK'Ío de los bue\es, etc. Cuando se acab > la paríemria 
al reda<;lor de la ie\ y vio el cúmulo inmenso de cosas que aun faltalian por valuar, 
se le ocurrió el iua\or dislate legislativo que |>udiera caber en una imajinacion de- 
lirante, y fue dar po:l(>r > facultad á los comisarios (|ue nombrase el rey para úeM^ 
nar el valor ({ue debian tener legalmeiite los objetos venales que no ne eniinriassa 
en el reglaiiienlo. Fácil es de ver (pie no habría entfuices en España un oficio uiai 
lucrativo ni mas solicitado que senii^jantes comi.síones. ¡V castas leyes S4* hacina áM* 
licitud y con aprobación, ó á lo nuMtos con el consentimiento de las Cr^rtcs! ¡ Y á sa 
vista se vulneraban legalmentolos derechos mas sagrados déla propiedad del trabajOv 
tan sagrada por lo menos como la quemas! 

¿Qué decimos : los derechos de la propiedad y del trabajo? I^ seguridad pentf- 
nal y la libertad de industria fueron violadas para sostener tan desatinado regla- 
mento. G>nvencido el lejislador de que sus artículos, chocando con uumerosoii inte- 
reses individuales , siistraerian á- muchos del ejercicio (le sus profesiones, mandó por 
un oíriMfi que los que «ovieron é usaron fasta af|ui de los oíicios é mesterea aobre» 
dichos (') de otros cualesquier (|ue usen de ellos : é si por ventura no lo quiaicren 
facer, que los nuestros oüciales los apremien |ior pena arbitraria.» Todo corre pa- 
rejas en el reglamento: la ignorancia econc^mica; la violación de toda justicia, la 
destrucción de toda libertad. Tan cierto es (pie los |)ueblos ignorantes jamas se apro- 
vCc^harán ni harán buen uso de las garantías |>olitica» por estensas que sean. Porque 
solo de ignoraiu'ia acusamos á nile^t^» legisiatlor. Seria una calumnia atribuir ma- 
las intenciones Á aquel rey ni á aquellas Córt(\s. 

Felizuienle el reglamento no debia durar mas que un ano: creemos que se puso 
en práctica, porque han quedado tristes vestijiosde él en las posturas de aüeslras 
mercados que hau llegado hasta nuestros dia:^ sin mas utilidad que la de dar de oo- 



[107J 
I los rojidorcs Iiambricnlos y desmoralizados á cosía de vendedores j com- 
iros. 

US peticiones de las Oírles que están al fin del ordenamiento, son mas jiiicios.is. 
lanto á las deii<las de los jiidios contra los cristianos se pidió próro^i^a ú favor 
(deudores y el rey la concedió. Oira de las peticiones demuestra un metlio de 
«lóncTes se usaba para sustraerse al servicio de los {gravámenes públicos, y era 
r el titulo de moHethnp del rey. I). Enrique mandó liuccr pesquisa de los mone* 
supuestos, esto es , que no trabajaban ó trabajaban muy poco en sus casas de 
Kla. 

a mejor de estas peticiones es cque los pesos <^ las medi.las de todos los nnes- 
rognos fuesen todos unos.» \i\ rev mandó que se restableciese el re^rlainento de 
\o el Onceno sobre esta materia. Si* ve, pues, que nuestros antepasados fijaron[su 
ion en esta parte importante de la e<ronomía pública; pero las costumbres y 
jeranza del fraude pudieron mas que las lejres, y loiavía es descada la rc- 
■• 



ARTICULO I. 



rE cuaderno contiene dos documentos interesantes. El primero es el ordéna- 
lo de prelados hecbo en las t cortes de Toro de -1571 , y las Cortes de Burfifos 
Tadas en Burgos dos años después. Entrambos documentos pertenecen al reina- 
e Enrique 11. 

íl ordenamiento de preladon se llama asi porque se compone de las peticiones de 
ibis[ios y monasterios , resp^mdidas y otorgadas por el rey. I^i introducción es 
» sigue: c Sepan cuantos este cuaderno vieren como Nos I). Enrique , por la gra- 
le Dios , Key de Castilla , de León , etc. , |>or razón que en las Cortes que Nos 
IOS en Toro , los arzobispos f^ obispos é procuradores de las iglesias é monaste- 
de nuestros regnos nos fesieron sus potisiones , á las cuales Nos respondimos 
«la manera.» 

II tenor de esta frase da oríjcn á una cuestión de liistoria constitucional. /Asis- 
n á estas (>)rtes los ricos hombres y los pnK*uradores de las ciuilades ó no? Si 
ieron, es evidente que no tomamn parte en la discusión ; pues solo se mencionan 
leticiones de los prelados y las respuestas del monarca. Si no asistieron, es prue- 
i> que el rey componía A su placer el i>)ngreso de todos tres brazos, de dos ó de 
solo. Es fuera de toda duda qne á estas Cortes de Toro asistieron procuradores de 
^l€»iai y íle loa moiinsteriotí , cosa inusitada en los Congresos ordinarios, 
bi cuanto al hecho de la asistencia |K>día sostenerse que la frase <*n /a« Cortes 
iosfnimoMeii Toro indica un tx>ngreso plenario con asistencia de los tres esta* 
ton. Mas razón nos parece qne tendría el que dedujese de la introdm*cion que 
asistieron los eclesiásticos por la costumbre observada en los preámbulos de 
nerar todas las clases que concurrian á las Cortes. Peni si concurrieron los otros 
brazos, su presencia fue completamente inútil para este ordenamiento, y esta 
(O hizo como si no existiesen. 

i cada nuevo cuaderno de Cortes que da á luz la Academia de la Historia, se forlifi- 
mas y mas los siguientes hechos de nuestra historia política: primero , que la 
lárquía de León y Castilla fue en sus principios rigorosamente aristocrática hasta 
gio XI por lo menos : segundo , que desde el siglo XIU lo mas tarde gozaba el 
de la potestad lejislativa en toda su plenitud : tercero , que la liln^rlad consistía 
ledir leyes que los monareas daban á trueque do subsidios; cuarto, que jamas 
o ley formal acerca de las personas ó clases de que había de componerse el 
preso. La costumbre era qoe el rey convocase arbitrariamente. Es verdad que 



[108] 

las circunslancias le obligaban á convocar los que sí no eran llamados podrían ha^ 
corlo oposición oii las cuestiones de subsidios. 

No traía el ordenamiento que analizamos de ninguna de estas cuestiones # j csls 
no¿ |M>rsuade mas do que solo asistieron eclesiilsticos á estas Corles de Toro de 1371. 
Esta ley es relativa á las franquicias, libertades v fueros de las iglesias que solisi 
violar los hombros poderosos en aquel tiem|>o. Iguales quejas é iguales onienainiea- 
tos hemos visto en otros cuadernos desde el reinado de Alonso \l ; lo que prneiía 
que los ricos hombres de fiastilla no em|H3zaron á afei^tar las costumbres tiránicsi 
del feudalismo sino desde la sublevación de Sancho el Bravo contra su padre. Pan 
tenerlos á su devoción les concedió una prepotencia que costó mucho trabajo repri- 
mir á Alonso XI. Aumentada después con la guerra civil entre I). Pedro el Cruel y 
su hermano Enrique U , se renovaron los mismos des;ifiioros y las mismas leves re* 
presivas hasta el reinado de Isabel la Católica, que abriendo á la nobleza dcCasCüla 
un nuevo sendero de gloria, tuvo el arte de someterlo al yugo de las leyes y dein- 

Ecdir que buscase medios de adquirir poder en las turbulencias y calamidades pá- 
licas. 

La primer queja que dieron los prelados fue por la usurpación de la jur&sdiorioB 
eclesiüstica que hacian no solo los sefiores, sino también los oidores de las audiencias 
reales, avocando á sus respectivos tribunales pleitos y cuestiones que perlenecian á la 
jurisdicción espiritual y temparal do los obispos, y también citando Á los clérigos anís 
dichos tribunales y separándolos de sus jueces propios. El rey mandó que el derecho 
de la iglesia sea guardado ; pero c les rogamos , añade , quol nuestro derecho é la 
nuestra jurisdicción la quieran ellos g.iardur.» No ponéosla cortapisa con respecto i 
las jurisdicciones señoriales. 

La queja y la respuesta del rey manifiestan no solo el respeto con qne se trataba 
entóneos á los obispos {Ica rvfjamfut, dice el lejislador], sino que eran freciienlcs las 
usurpaciones recíprocas de jurisdicción entro las autoridades civil y eclesiástica. 
Este conflicto, que en el dia nos parecerá ostravaganle después de los conconiaios 
celebrados entro los gobiernos y la <;órte de Koma para deslindar una y otra Jarif- 
diccion, y do los nrogresos que ha hecho la ciencia del derecho , debia ser uiuy co- 
mún en el siglo \1V^, en el cual conien/ó la reacción contra el poder polilico dd 
clero , tan grande en los siglos de la edad media. Pero la ignorancia subsistía auSv 
y el ataque y la defensa hubieron de traspasar con frecuencia sus justos limites» 
como sucede en todas las reyertas de jurisdicción. 

Quéjanse también ios prelados do que los señores impcdian que se ejecutasen las 
sent4!ncias do los tribunales eclesiásticos , tomaban y embargaban las tierras y rentas 
de las iglesias y monasterios, v echaban tributos á los clérigos contra derecho « f 
para que los pagasen los prendian , insultaban y aun atormentaban. El rey uianA 
cenar tales injusticias. 

l^s clérigos por privilejios antiguos oslaban libres del servicio de aposentamiento» 
cscepto en los casos do viajo del rey , reina ó infante. El rey mandV guardarles este 
privilegio frecuentemente vulnerado. En cuanto á la queja de que los merinos en- 
traban en los lugares de señorío eclesiástico , y de que los concejos ejercian la Ju- 
risdicción i'h'ú en dichos lugares contra los privilejios del clero, el rey mandó qoe 
presentasen dichos privilejios, y quejas audiencias diesen órdenes couiornic al tenor 
de ellos* 

Otra petición manifiesta las costumbres del tiempo. Los hombres poderosos solian 
ir á las iglesias y uionasterios con grande acom|>añauiiento , y comer y beber lo que 
hallaban y robar hasta los ornamentos. 

En la respuesta á la petición undécima está rec<mfK*ído el principio de la propoi^ 
eionalidad en el reparto do las contribuciones. Pero éstrañamos enconlrar esta peti^ 
cion entre las del cloro, porque estando entonces exentos de pechos» mas bieneoí^ 
venia á los pueblos y ayuntamientos quejarse de la desigualdad. 

La última petición contieno una noticia muy curiosa, cual es la del arriendado 
la pena pecuniaria debida por permanecer escomulgado. Por una ley de Alonso XI 
incurria en ella aquel sobro quien había caido sentencia de escomunion, si en el téi^ 
mino de treinta días no daba satisfacción para que se levantase la censura. La multa 



[1091 

umenUba á proporción del lidro|K> tpie duraba el estado de esconiiinion. T^s 
idos dicen c que algunos arriendan las dichas penas • é confeclian así los deseo- 
:ados por poco precio , é les quitan las dicbas p mas por ruoj^o de algunos ornes, 

alcalles ó justicias que han á faser csecusion de las dichas penas, son remisos.» 
iqui una institución moral convertida en especulacícm rentística. Es verdad que 
Ijen del abuso se derivaba del derecho público do la edad medía , según el cual 

«o ftNtneeia d la iglesia , ulaba fuera de la ley ciciL 

ARTÍCULO II. 



las Cortea de R:)rgos de 1573, celebradas bajo el rey Enrique TI , que forman el 
documento del cuaderno 50 , se llama al Congri*so en el preámbulo aytuUaiHienío. 
\ procuralon^s , continúa , de las ciudades é villas é lugares de nuestros regnos 
se ayuntaron coiintisco en el dicho ayuntamiento nos fesieron sus peticiones.» Pa- 
» piies, que solo asistió á estas Curtes el estamento popular. 
A la primera petición se incluye la promesa general de guardar fueros y privi- 
I que no tuvo dificultad en hacer el rey; mas no a<xciió á la consecuencia que 
lia deducían los procuradores : c é otrosí, que no pagasen empréstitos nin en 
• pechos algimos los lijosdalgo , é caballeros , é escuderos , é duennns é doncellas 
s nuestros regnos, porque non fuesen quebrantados los sus privillejos en el núes- 
iempo.» Enri(|ue 11 habla establecido para subvenir á las necesidades del erario 
npráiiiio forzoso , y mandado que todos lo pagasen sin escepcion de privilejio ó 

a jurisprudencia de los procuradores á Curtes era muy natural y de buena lójica; 
ue si los privilejios estaban exentos de los gravámenes públicos, siéndolo el 
ibitito, no estaban obligados á pagarlo. Los principios del gobierno eran otros, 

el monarca respondió: cé á lo que dicen que los lijosdalgo, é caballeros, é es- 
ros, é duennas é doncellas que les fuesen guardados sus privillejos que non em- 
üico, á esto res|N>ndemos que el cmpréMilo nones pecho ^ ca todo orne es tenudo 
mprestar , é demás que ge lo han de pagar , é por esto non se quebrantan sus 
llejos. » 

e ve, pues, primero, que los empréstitos forzosos, tan célebres en los úllimos 
d«l l>¡n*ctorio de la república francesa , son mas antiguos de lo que algunos 
i: segundo, que diciendo que no es pecho el empréstito, creyó el re^' con esta mu- 
n de nombre tener derecho para restrinjir el de los príviíejiados: tercero, que 

á todos sus subditos obligados á pagar el empréstito : cuarto , que la considera- 
[leí reembolso le parecía suGciente prueba de que, pidiendo prestado por fuerza, 
ifrínjia ningún privilejio. 

odo esto era absurdo en justicia y en administración. Pudo ser engañada la 
lleí de aquellos tiem|M)s con la variación de nombre y con la promesa de pagar 
que se persuadiesen á que el empréstito no era una contribución, y á que po^ 
I rey pedirla cuando quisiese y de quien quisiese sin autorización de las (borles. 
km prf)gresos de la ciencia e<*.onómica y la csperiencia han herbó ver que todo 
éslito \a forzoso , ya voluntario , es un verdadero gravamen para el pueblo. 
» que los gobiernos parlamentarios de nuestros dias no reconocen en el trono la 
irativa de hac*er empréstitos sin anuencia y autorización del poder lejislaiivo. 
kf de dónde se deduce la máxim.i de que todo orne es lewido de emprestar f El rey, 
I parece , quería estable«rer como principio que, si bien no estaban obligados 
leolos á pagar pechos y tributos sino cuando ios votahan las C'Vrtes, esta res« 
on no debía entenderse con los empréstitos. Este era un motlo inilirecrto de ha- 
ueüo al gobierno del haber de los ciudadanos y de barrenar la única garantía 
»ertad que ex istia entonces. 

I promesa de pagar, que podía muy bien ser ilusoria, es la máscara con que 
bre aquella violencia. Pero aunque fuesen reembolsados los acreedores, ¿en 
principio de justicia cabe privarlos del uso de los capitales prestados y del 



hon^ndo qiio con ellos podrían «idfftiirir li:ist<i In ópora del reoinholM>? ObiH^rvefe 
qiu* nadn so habla del interés del empn*slilo, y es muy veroitiiníl que no se le MÍ{^ 
im) : primero, porque en aquellos tiempos se hubiera tenido por nsiim: ürfrnniio, 
porque Á haberlo asi^rnado no desaprovecharía el rey esta razón plausible para dis* 
nilfiar su conducta cuando eeh6 mano de otras visiblemente desatinadas. 

I.a verdad es que Enrique II se hallaba escasísimo de dinero después da la 
cruel guerra ci\il que puso en su frente la corona, después do las merretleí 
onerosas al puebh» y al estado que hubo de hacer Á los nobles que hnbian se- 
guido su causa , después, en fin, de las cuantiosas sumas que pagó al cuerpo auxi- 
liar francés qiu; mandaba el célebre I)ugues4^|in. Ademas de las ncf*esídadcs corrien- 
tes del erario se vio en la necesidad de emprender una guerra dispendiosa, aanqne 
feliz, contra Portugal. No podían auuumtarse los tributos A los pueblos abruniadüs 
de las cargas ordinarias v enflaqui^cidos por la guerra. Kecurríó, pues « al emprés- 
tito como un medio de salir del apuro. Sus razones eran malas; pero la necesidad 
del dinero era urjente v reconocida. Por eso se sufrió no solo el gravamen, sino 
también la pésima jurisprudencia con (¡iie se quiso justificar. 

La petición XHl y su respuesta prueban la siuiacion triste de la corona en aqne* 
lia época, l/os |>rocuradores se (piejan de hal)erse enajenado del señorío del rey mu- 
chos lugares, villas y ciudades, y pasa<lo al dominio de los ricos hombres, caballeros, 
escuderos y ricas fembras, y piden que vuelvan A la corona , ó lo que era lo mismo 
en aquellos tiempos en toda Eun)pa, al imperio déla ley y del derecho comaa. 
El rey les responde : < fasta aqui non podímos excusar de faser meree<l á los qne 
nos servieron (en la guerra civil contra su hermano l>. Pedro). Promete para losii^ 
eesivo observar el principio tutelar de la conserva(*ion de los bienes de la corona. 

En otras peticiones se conoce el abuso (pie hacían de su poder los ricos hombm 
T demás privilejiados; echaban tributos arbitrariantente en las aldeas y arrabales 
(le los pueblos realengos ; pretendían que se esteiidiesen las franquicias y privílcjioi 
que gozaban d sus paniaguados (comensales); cxijian el derecho de yantar y oíros 
tributos de los ve<*inos de algunos pueblos realengos so color de que eran vasallos 
suyos , aunque domiciliados en sitios sometidos ú la jurisiliccion real ; impedían ea 
estos .sitios el ejercicio de la justicia del rey , y procuraban introducir su dominio 
particular; en íin , se apoderaban de parte del territorio de las |K)blac¡ones perte- 
necientes al rey, fimdahan en ellas fortalezas y exijian tributos, señaladamente do 
portazgos. El rey respondió lomas favorablemente que podia á estas peticiones, T 
se conoce en las respuestas el temor que tenia , cuaiulo aun no estaba bien consoli- 
dada su autoridad, de chocar de frente con las pretensiones y demasías de los rióos 
hombres. 

La petición IV se repitió en otras Cortes del mismo siglo y del anterior; porqne 
los reyes solían enviar cartas y órdenes para que las mujeres se casasen con los boiih 
Lres designados en dichas cartas. I). Enrique dijo en la n»spuesta que, sefrun eramh 
torio el todos , jamas habia dado en esta materia cartas de orden , sino solo de reeo- 
mcndacion. En Inglaterra en los mismos tiempos era lA rey arbitro de las herederas 
nobles y ricas, huérfanas de padre, en cuanto á los enlaces. Era imposible queea 
aquella época de predominio feudal dejase de tener la corona alguna intervencioa 
en esta clase de contratos , que podia aumentar el poder y riquezas de los vasallos 
que se manifestaban hostiles al rey , ó de los que eran sus servidores. En el día U 
ley ó la costumbre de España es que los grandes casen en virtud de permiso real. 

Coucluirénms nuestras observaciones con la partición relativa al voto de Santia- 
go. Los procuradores dicen cque en todos los tionipos pasados nunca le pagaron eo 
algún lugar de nuestros regnos, salva en algunos lugares del regno de Ijooñ que pa- 
gaban cada pechero que labrase con bues, seis celemines de pan é non otra -cosa*... é 
Sueños pedían por mercet que pues en algunos de los tiempos pasados non sedeoMa* 
ara , nin cojiera , nin pagara el dieho trebuio^ que agora denuindaliaa wnetameMt d- éldm 
procurador del arzobispo de Santiago^ édean é cabillo , que lo non o viesen.... que Díoanoa 
quería que ninguno diese limosna contra su voluntad. > 

Estas palabras son terminantes, y sí les hemos de dar entero crédito, detienÉ Qam 
en el siglo XIV la iutrodqccioo y geqeralízacion del voto de Santiago b^jo la forma qao 



iiió (Icspiics. El rey respondió ácsta |ielícion iquc pues el pleito ostalia pendiente en 
ludienria re^il, que lo lihrent segtiii que fallaren por de recluí • » En eíeclo los procu- 
íiirets de Avila i»e habían provisloanle dicho tribunal contra las preten»ioiies de la 
[•sia y arzobispo de S.inlia^o. Esta petición es u.i q:ii*vo dato pie debe añadirse á 
\Ut» romo 86 han reunido para resolver la célebre cueitiou histérica del voto de 
ntiugo. 



^ ^ 



ARTICULO L 



lOS iloctiinento» que contieno este cuaderno son el ordenamiento de Chatieillrria , h«H;ho 
las Oírles de Ui'irjros ile t~>7i, y otro hecho en las (birles de li'irgos de L>7i) acerca 
íiM deudas de los judíos. Ainb«)s pertenecen al reinado de Enri(|uc H. 

£1 preánib'ilo del príuiero tiene la <¡n<;(i1ari(lad de no citar las Cortes, ni enumerar 
I f|tie asistieron á ellas , ni sejruir (*n la redacción de las leyes la forma ordinaria de 
liciones y respufvstas ; de ni«')do (|ue á no decirse en el (Micahezamienlo que esta ley 
chaiici Hería fue lie('ha en las C('Mies de i^úrgos, se tendría mas bien por un decreto 
il, que por unxcglameuto hecho en tVirtes. 

El rey dice en el preámbulo : fst'pades que por razón que no fue dicho que algu- 
s de los nuestros oficiales de la nuestra corte, é de las dichas cibdades é villas é íu- 
rv» de los nuestros r<*gnos, que usaban de sus oficios como non debien.... de lo cuál 
quejaron de ello al}|^unos nuestros vas«illos é (»lras perdonas, es la nuestra merceletc.» 
! iiiihIo que no se hace mención de ({nejas ni de pciiciones de los procuradores de 
rtrs, como en otros ordenamientos. Solo se enuncia v\ abuso, sin nombrar ni ca- 
lcar á los (lenunciad(»res. Después del preámbulo comienzan las leyes. 

Esiií onlenamicnloes muy á |)ropósito para dará ron h'vv las costumbres diplomá- 
as df* aquella é{NM*a , y los medi>>s de obviar los abusos (pie se habian introducido 
r ei desórdtüi de los lienip<}s anttMÍores. Lr>s oficiales iW ('háncilleria, notarios y 
rrihanos liabian aumentado las tarifas de las cartas y alvaláes sobre lo que se pagaba 
rüu expedición en tiempo de Alonso el Onceno, que di6 también reglas en esta ma* 
ia, y á cuyas resoliicionej« procunV D. Enrique arreglar las su}as. 

f>>nsta dcesle orJenamiento , (|ue exisáó en (bastilla la digaiilad de Canciller « ó 
frdaMHiogí pero nunca tuvo ni el prestijio ni la celebridad qikc en Francia , Ingla- 
■ni y Alemania, donde fueron siempre, y aun lo son en el día, grandes dignatarios 

Ia corona. Consta también de la ley tercera que estaban arrendados los derechos <le 
mcillería ; pues sfí manda ((ue .solo el arrendador Ueüe caria$ scliadas , excepto en el 
lo ñ^ deber alguna cantidad al (ianciller á á sus oficiales ; en cuyo caso podrán osl(ts 
:jir curtan cuyos derechos asciendan ñ la cantidad de la deuda , e'iwti ma.*. 

Ikwpiies de algunas disposicionei» iimiv minuciosas acerca del lu;:ar donde había de 
larse y el sitio donJe debia colocarse el porten» ib» la caiicilleria , pasa el lejisla lor 
eiialar la tarifa de los derechos de sello , correspondientes á cada especie de alvaláes: 
n cuyo motivo enumera estas diferentes especies ; lo que hace este documento muy 
ricMO para los que quieran estudiar la antigua forma de nuestra adininistrncion. En- 
! m^M clases de cartas se refieren las de iweldo concedido por el rey , los atvalsles <le 
rrg§ de caballeros , de merced otorgada 6 de quitación (esto es , de darse el rey por 
|9kIo de un servicio ú obligación cuiiiplida) de tos priviU^jíos y ccmcesiones de \tlla; 
lea 6 lugar á alguna persona i^a estos alvaláes se exime de pagar derecho^) : de so- 
srarCaii , que según creemos , eran las órdenes de repi»sicion de alguna provi<Iencia 
leriur reconocida después por injusta ; de tenencias ouceJídas por el re) ; de rentas 



M<21 

reales, de perdón , de moneda, esto es, de servicio pecuniario [Hlgsda^ SeOaUi des- 
pués los derechos que han de devengar los alguaciles y ballesteros del rey f de lá» can- 
tidades que entregaren, ya de las rentas reales cobradas, ya á los acreedores manda- 
dos pagar por sentencia judicial. 

lia ley vijésinia de este ordenamiento prueba que desde el tiempo de Alomo el On- 
ceno por lo menos , rejin ya el derecho pagado por el carcelaje á los carceleros: exa^ 
cion que nos pnrece injustísima. 

1^ cárcel se h;i (establecido para que la sociedad estuviese segura de que el pre- 
sunto reo no se libraría de la pena que la ley ha señalado á su delito, si efertivamenle 
es declarado culp.-ihle por la sentencia del tribunal. Pero hasta la sentencia do es de- 
lincuente, ni acreedor á ningún castigo. Sufre, es cierto, la perdióla de su libertad: 
mas n(» como una pena, sino como una precaución. Todo lo que agrave esto sufií- 
miento, ya por sí bast^mte grave, es un acto de injusticia. 

Supongamos que el preso resullasc inocente en la discusión judicial , y que la sen- 
tencia lo declanise así, ¿(juic^n poilr«1 resarcirle el carcelaje, las esposas, los gríilos, los 
cepos , la mansión en calabozos húmedos y fétidos y tantos otros medios que se han 
inventado para atormentar al que la ley aun no ha declarado digno de pena? Consta de 
una comedia de tamizares (El faho Nimno de PortugaC) que en su tiempo por lo menos 
se daban ntairu cuartón por quitar los grillos al que salía de la corcel. No sabemo«li 
costumbre actual sobre esta materia, ni sobre otras relativas á las prisiones. Pero 
creemos que aun no ha hecho entre nosotros muchos progresos la ciencia adminis- 
trativa en el capitulo de las cárceles. 

Nosotros reconocemos el derecho de la sociedad á asegurarla persona del presnnln; 
pero al mismo tiempo reconocemos y n'clamamos del gobierno, representante de la lo- 
ciedad la estricta obligación de no adijir mas al preso de lo que exija aquel derecho.» 
£1 gobierno debe pagar los ministros de la cárcel , sus gastos de construcción y renn- 
racion, y en fin, cuanto conduzca para lograr la seguridad. ¿Por qué se ba de exijir 
del preso el derecho de carcelaje? por ventura , ¿se ha aposentado por su voluntad ea 
aquella mansión? IHrán que las cadenas , grillos, calabozos, etc. son necesarios pan 
asegurarlo: pero /por qué? Porque no se ha tenido cuidado de construir las cárceles de 
manera, que sin dañar en nada á la salubridad de los tristes que han de habitarlas, 
fuese imposible de combinar y de ejecutar todo proyecto de evasión ó de comunicar 
con los de fuera en los casos que la ley exije la incomunicación. 

Bástale al encarcelado la pérdida de su libertad, la separación de so familia y de 
sus amigos, la ansiedad por el resultado del juicio, el enorme precio á que se le ven- 
den los menores servicios que se le hacen ; mas no se aumente su aflicción. Sean á 
rosta del gobierno , no á la suya , todos los medios de precaución que se tomen. Es 
un principio bárbaro, (|ue si bien se ha borrado de los códigos, subsiste aúnenla 
práctica, empezar á castigar al que aun no ba sido declarado culpable, desde el me- 
mento que entra cu la prisión. 

La ley X VIH de este ordenamiento trac la tarifa de los derechos que debían llevar 
los escribanos de las ciudades, villas y lugares por los documentos y escritos de dif^ 
rentes especies. Se restablece el mismo arancel que había mandado observar el rey 
1). Alonso el Onceno , cuyo ordenamiento se inserta á la letra en dicha ley. Ya en 
aquel tiempo habia escribanías y notarías arrendadas , y los arrendadores habían an- 
mentado arbitrariamente los precios de las escrituras. Este abuso dí6 orijen al oid^ 
namiento del rey D. Alonso. 

ARTÍCULO II. 

XjL segundo documento , publicado en este cuaderno , contiene las peticiones y lei'OS 
de las Cortes de Burgos de 1577 , celebradas por el rey I). Enrique II. E^te Congreso 
fue plenario; pues según el preámbulo, concurrieron á él coudcs, prelados, ricos 
hombres, hijosdalgo , y procuradores de las ciudades. De las personas de alta gerar^ 
quía , solo $e citan el infante ü. Juan, hijo primojénito del rey, y el marques de 
Villena. 



[113] 

Esto documenlo ofrece la particularidad que de las leyes que so hicierou entonces 
r se comprenden en él , unas fueron á petición de las Cortes , oirás se derivaron de la 
«ponlánea voluntad del rey sin excitación alguna. Las materias á que se reGeren son 
as deudas de los cristianos á los judíos y moros, asunto que volvia muchas veces á las 
}órtcs, como al Senado de Roma la abolición de las deudas de los plebeyos; la venta 
lelos bienes de los merinos y de los ricos hombres; extracción de oro y de otros ob- 
elos fuera del reino ; alcaldías de rentas ; apelaciones á la justicia real. En muy pocas 
le eslas leyes están observados los principios eternos y universales de justicia. 

En la primer petición expusieron las Cortes que por la miseria de los tiempos an* 
eriores muchos cristianos, deudores de los judíos, habian firmado en la obligación 
leí pago cantidades mucho mayores que las recibidas ; y que si se les constriñese á 
lagarlas quedaría la tierra yerma y miserable. El rey mandó que se rebajase la ter- 
cera parte de las deudas, y que las otras dos se pagasen á plazos bastante largos; que 
lo gozasen de este beneficio los que no pagasen á los plazos concedidos; pero que en 
lingun caso fuesen valederas las penas contenidas en las cartas de obligación para los 
asos de insolvencia. En la segunda ley , á petición de las Cortes , se prohibió toda 
isura á los judíos y moros. Establecióse también que si el acreedor aseguraba que 
oda la cantidad contenida en la escritura de obligación habia sido entregada al deu- 
lor, se ex ijiese juramento á este, y en caso de jurar ser cierto lo que el acreedor 
bcia , estuviese obligado á pagarlo todo sin quita alguna: ley absurda , como todas las 
{ue colocan al hombre entre su interés y la relijion del juramento; y ademas inútil, 
orque el hombre , incapaz de jurar en falso , es también incapaz de defraudar á su 
creedor. Por la petición XU se restableció la proscripción de seis años para las deudas 
e los cristianos á los judíos. Por la X , que no pudiesen los judíos ser mayordomos 
e ningún, rico hombre , caballero , ni escudero. Por la XI, se relevó á los ayunta- 
lieolosde los pueblos 'de la pena de seis mil maravedís de omenY/o, que pagaban antes, 
i DO hallaban al asesino de un judio que se encontrase muerto en su jurisdicción. 

El rey , de motu propio suyo, prohibió en las leyes 2.' y 5.' que ni los judíos ni los 
loros pudiesen hacer cartas de obligación por deudas contra cristianos ; que ningún 
icribano pudiese dar fe de ellas; y en una nota, puesta al fin de este cuaderno de 
érles, añadió que no pudiesen hacerse dichos contratos ni aun con testigos: bien 
ue en la misma nota se revocan eslas leyes con respecto á los moros , menos odiosos 
DtÓDces que los judíos. 

Las leyes y peticiones anteriores muestran el estado social de aquella época. La 
lasa de la riqueza territorial estaba , aunque muy mal repartida , en manos de los 
rislianos : la industria agrícola en las de los moros que vivían sometidos , y la co- 
lercial en las de los judíos. Estos eran necesariamente mas ricos, por lo menos en me- 
dico 9 y se hallaban mas que los otros en estado de prestar á los cristianos , que ge- 
eralmente tenían necesidad de numerarios: los propietarios, porque apenas alcanzaban 
18 rentas para el lujo de vanidad que tenían que sostener en la corte ; los pobres, por 
is necesidades continuas que les acarreaba su situación , aumentadas con el estado de 
uerca perpetua contra los moros, y no pocas veces de guerra civil ; y losayuntamien- 
My órdenes militares, por los gastos continuos de armamento. La exactitud de losju- 
loa eo sus cuentas, que en ellos era una virtud necesaria, y mas que lodo, la facili- 
ad con que anticipaban capitales al gobierno y á los señores, hizo que casi todos los 
mpleos de hacienda pública y las tesorerías y mayordomías de los ricos hombres caye- 
ín en sus manos. Reunieron, pues, por el comercio, por la administración de rentas 
por sus préstamos grandes caudales. Eran despreciados : estaban condenados al ilo- 
smo político y civil ; pero poseían casi lodo el comercio del reino. 

£sle estado de cosas duró hasta el siglo XIV. Entonces empezó á no ser profesión 
iclusiva de los castellanos la de las armas. Algunos se dedicaron á las arles : otros 
¡ eomercto , aunque sin el conocimiento y la economía propios de los israelitas. Las 
Midaa se aumentaron en las turbulentas minorías de Fernando IV y Alonso XI: em- 
BzaroQ á ser primero envidiados y poco después odiados los acreedores. Pidiéronse en 
a Cortes oo una sola vez , rebajas de deudas. Alonso XI las concedió : los judíos , por 
inseguridad del pago, aumentaron el ínteres del dinero prestado, y por tanto, la 
iflcultad del pagamento , y el odio y la aversión universal contra ellos. Enrique II en 

15 



[114] 
las (fortes de que damos cuenta en este articulo , privó de fuerza legal á los contratos 
de deudas de los judíos contra los cristianos. Nosotros consideramos como efecto de 
esta ley absurda la efervescencia del odio contra aquella infeliz nación , que se mani* 
festó en los siglos XIV y W en sediciones , tumultos y matanzas. 

£n efecto , aquella ley no impidió que los judíos fuesen ricos ; pues el mismo En- 
rique que les prohibió ser mayordomos de los grandes señores, los conservó en la ad- 
ministración de las rentas reales , y ademas no podian quitárseles los beneficios que 
reportaban del comercio. Nada, pues, perdieron de su opulencia; pero no fueron ja 
prestamistas, porque mal se atreverían á prestar sin la garantía del pago, que la ley 
les habla quitado. £1 pueblo miserable , fanático , y que hasta entonces los había to* 
lerado , porque encontraba en ellos auxilio para sus necesidades , comparaba so pro- 
pia miseria con la riqueza que suponia , y no sin razón, en una raza contraria ademas 
por su creencia relijiosa. Empezó á escandecerse contra ella. A los homicidios parti- 
culares , que debieron hacerse mas comunes después de suprimida en estas Cortes la 
garantía del omesillo^ succedieron los degüellos en masa y los saqueos de las juderías eo 
las grandes ciudades, y llegó el furor á tal estremo, que los reyes católicos D. Fernando 
y Doña Isabel , monarcas iirmes , pero prudentes, no hallaron otro remedio al espíritu 
de sedición que tomaba por motivo ó por pretesto á los judíos, que espelerlos del reino. 

Nosotros observamos que en los tiempos anteriores á la ley de Enrique II , los cas- 
tellanos ,- sin ser menos fanáticos, sin despreciar ni odiar menos á los judíos como 
enemigos de la relijion, nunca sin embargo los persiguieron ni les hicieron mal: aniM 
bien vivian con ellos en buena armonía. Deben, pues, atribuirse el furor y los desór^ 
denes posteriores á la ley que rompió el único vinculo social entre cristianos é israe- 
litas, á saber : el auxilio que recibían los primeros de los segundos por medio de loi 
préstamos. 

La petición III de estas Cortes revela una costumbre tan estraordinaria como in- 
justa. Los bienes de los deudores de la corona, después de apreciados , se \endian á 
las personas pudientes que el rey nombraba , y que no podian escusarse de comprar- 
los. Las Cortes piden que cese esta arbitrariedad y que se vendan á pública subasta. 
D. Enrique accedió á esto , pero añadió que en caso de no hallarse comprador volun- 
tario que diese el precio conveniente, se obligase; á comprarlos á los mas ríeos éaboñaio& 
del pueblo. 

llízo.se también rebaja á las deudas del pan del año anterior que habia sido escaú- 
simo, tanto que en él se había obligado al deudor de una carga de pan á pagar por 
ella seis cargas. El rey mandó que estas deudas se pagasen en dinero al precio que te- 
nia el pan cuando se contrajeron. 

Las leyes de la petición V y VI son mas justas. La primera manda que los merinos 
no persigan sino en virtud de querella ó en los casos infragranii, Por la VI prometed 
rey solicitar del Papa que no nombre para los beneGcios del reino eclesiásticos estran- 
jeros. La ley de sacas de la petición VH adolece de los vicios comunes á todas las de 
su especie. La mas importante y justa de cuantas se hiciron en estas Cortes es la de la 
petición XIII. El rey toma bajo su protección á todos los vasallos de los señores qM 
apelen á su tribunal. Este derecho de apelación ha existido siempre en España, y que- 
rían barrenarle los nuevos agraciados por las célebres mercedes enriqueuas, maltraUín- 
do á los apelantes. 




[i 15] 

COMPENDIO 

DE LA 





£I^^^S^9^8m^m 



MAgTÁ L@@ TD¡II¡«1!?>@@ ©i Ay@(y)ST@ 



por ím. íHanuel Sitoela. — .^.^ /^^. 



ARTÍCULO I. 



STA obra fue escrita por un español iastruido, á quien las tempestades políticas de 
istra patria arrojaron á paises estranjeros, y fue escrita en una época en. que ya po- 
juzgarse con imparcialidad el pueblo y la república de Roma. En el primer tercio 
siglo XIX no eran ya de moda ni las ridiculas declamaciones de Mercier contra el 
íriUi dominador de la ciudad del Tiber , ni la manía de tomarla asi á ella como á 
lu» por modelos de los gobiernos libres ; manía que produjo el hermoso verso de 
poeta francés del tiempo de la revolución: 

¿Qui me delivrera des grecs et des romains? 
Salgamos ya de griegos y romanos. 

Los progresos del espíritu filosófico y el estudio de la historia, emprendido en núes- 
» días sin pasiones, han enseñado que no era muy de envidiar, y sobre todo, que no 
iplicáble en nuestras sociedades modernas la libertad de que se gozaba en las anti- 
18 repiiblicas , y que si Roma conquistó el mundo, este resultado fue producido por 
lecesidad y no por la elección. 

Bi Sr. Sil vela se hallaba, pues, en situación de juzgar mejor que los compendiadores 
la historia romana que le habían antecedido; y asi, su obra es mejor en nuestro en- 
der que las que hasta ahora poseíamos de la misma clase; y creemos que tiene mucha 
on cuando dice en el prólogo : « me queda la convicción íntima de que son peores 
lOtos (libros) conozco en su género.» 

Es obra orijinal de un español , aunque impresa en país estr^njero , y asi debe reda- 
rla nuestra literatura. Es dasi desconocida en nuestra patria : por eso nos creemos en 
lUigacion de dar cuenta de ella y del resultado de nuestro examen y estudio» No es 
compendio como el de Goldsmilh : tampoco es una historia : es mas bien un tratado 
ire la historia romana , y estamos seguros que después de leido y estudiado se leerán 
iitodiarán con mucho fruto los historiadores romanos. 

Empecemos por un punto que el Sr. Silvela examina con suma sagacidad, y es el 
la potencia lejislativa del pueblo romano. Todos convienen en que la ciudad, reuní- 
en comicios, ejercía el poder lejislativo ; pero el autor cree con la autoridad de Dio- 
io de Ualicaroaso y de Livio que su facultad en esta parte no fue omnímoda y abso* 
K basta la ley del dictador Publilio Filón , por la cual se hicieron los plebiscitos obli- 
orios para todas las clases del estado. Dice, pues, que antes de esta ley los plebisci- 
DO obligaron á los senadores, y que en los primeros tiempos de la monarquía* y de 
república el Senado sancionaba y convertía en ley las detennioaciones del pueblo: lo 
3 es muy conforme tanto á las espresiones de los bistoriadoros ya citados, como á la 
«Nrídad oue Rómillo quiso depositar en el Senado, y á la que esta corporación aristo- 
tica se abrogó cuando, espelidos los Tarquinos, cayó en su mano todo el gobierno de 



la república. No somos de su misma opinión en cuanto á que se decidiesen en el Senado 
todos los negocios judiciales ; pues en la célebre causa de Horacio el hijo , no se reco- 
noció mas autoridad que la del tribunal del rey y la del pueblo, al cual apeló aquel ilus- 
tre delincuente. Parece cierto que por la constitución de Rómulo, el supremo poder ju- 
dicial , en los casos de apelación, residia en los comicios. Después los tribunos de la ple- 
be lograron que se estendiese á los casos de primera instancia. 

£1 Sr. Silvela toca, aunque levemente, uno de Ins puntos mas importantes y menos 
conocidos de la constitución de Roma, cual es el de la cotnposicion del Senado. Sabido es 
que durante muchos años, este cuerpo, que era como el cimiento de la república, se 
componía de individuos de las familias patricias, y que su dignidad era hereditaria , vi- 
talicia y esclusiva. Mas aim asi faltan muchas cosas por saber acerca de la manera de 
ser recibidos en el Senado los que tenian derecho para ello. 

Parece, y el mismo autor lo cree cierto, que la constitución reservaba á los reyes el 
derecho de dar á las familias la dignidad senatorial, y de convertir los plebeyos en pa- 
tricios. Rómulo nombró los cien primeros senadores; él ó Tacio . rey de Cures, oíos 
dos de común acuerdo elijieron los otros ciento de la nación sabina que se agregaron 
después de hecha la paz entre los dos pueblos; y Tarquino el antiguo el tercer ciento, 
que se llamó de las familias menores. El número de senadores quedó fijado á trescientos 
durante muchos años. Pero después de abolido el trono, ¿quién tuvo el derecho de nom- 
brar para las plazas de senadores que vacasen por la estincion de alguna familia patrida? 
¿fueron los cónsules, el Senado mismo, ó el pueblo? ¿Y en este caso era preciso nombrar 
el nuevo senador de los colaterales de otra rama patricia, ó era lícito elejirle de noa 
familia plebeya? ¿Qué se hacia , ^n fin, cuando el censor degradaba á alguno de la clase 
de senador? ¿Se dejaba su plaza vacante hasta que se restableciese en otro censo, cuando 
ya hubiese correjido su conducta , ó bien no era permitido dejar va<:as las plazas de do- 
tación del Senado. 

Otra dificultad ocurre combinando la teoría delasucccsion éntrelos romanosconlos 
principios de la institución senatorial. Se sabe cuan sagrado era en aquella república el 
derecho de adopción. ¿Se estcndia también á la dignidad de senador, de modo que on 
patricio adoptando á nn plebeyo, le hacia heredero de su dignidad ? ¿Quedaba privado 
de ella el hijo de un senador, si era desheredado ó adoptado en una familia plebeya? Na- 
da sabemos sobre estas cuestiones; la única noticia que se nos ha conservado es que los 
hijos de los senadores, antes de sor recibidos en el Senado, asistían á sus sesiones en ca- 
lidad de oyentes y se les encar^^aba el mas inviolable secreto. 

Pero llegó en fin un tiempo en que la composición del Senado sufrió modificacio- 
nes mas notables. En la larga lid que sostuvo la plebe contra el cuerpo patricial para qoe 
se la hiciese participe de las majistraluras de la república, hubo una especie de transac- 
ción en que los plebeyos cedieron el nombre y los patricios el poder. Establecióse «rae 
no se nombrasen cónsules^ dignidad que los nobles querían esclusivamento para si, sino 
tribunos militares con poteslad consular^ que fuesen en mayor número que dos (y tal vez 
llegaron hasta ocho) y que pudiesen ser nombrados los plebeyos para este destino. Al 
pricipio no lo consiguieron : el pueblo no se atrevia á nombrar personas no acostumbra- 
das al mando, hasta que las sujcstiones de los tribunos de la plebe y el mérito recoDOci- 
do de algunos plebeyos consiguieron que se les pusiese al frente de la república* 

Ahora bien , el nombre no hace al caso: los tribunos militares eran entonces la ma- 
jistratura superior; pues ejercian la potestad consular; por tanto convocaban y presidian 
el Senado. Viéronso, pues , por necesidad al frente de esta corporación hombres plebe- 
yos. ¿Eran tenidos por senadores? ¿Ejercian esta autoridad durante toda su vida? ¿La 
dejaban en herencia d sus hijos? Parece que sí, al menos si hemos de juzgar por lo que 
sucedió después cuando se abrieron á la plebe las puertas de todas las majistratnras en 
la última dictadura de Camilo. 

Pero aun todovia quedan otras cuestiones no resueltas. Claro es que las dignidades 
de pretor urbano, de cónsul y de dictador traían consigo como un resultado necesario 
la entrada en el Senado, Pero ¿sucedía lo mismo con las preturas de provincia , la coa^ 
tura y la edilidad urbana? Tampoco lo sabemos. 

Cuando después de los tribunados de ios Gracos cesó el imperio de la ley, y empeló 
el de los procónsules ; cuando los senadores dejaron de ser notados por la censura , y 



[ií7] 
«mpezaron á ser degollados y proscritos por los ^efes de los partidos, no es tan impor* 
iDte ni tan dificil saber lo que sucedió. Mario , Sila, César y Augusto , después de mu- 
ilada aquella ínclita corporación por medio de las proscripciones , la restableeian con 
US amigos y allegados. Esto se concibe fácilmente. Lo arduo es dar una bistoria com- 
pleta y exacta de la ley política de Roma , relativa á la composición del Senado. No be- 
nos querido omitir estas dudas, porque nada es sin interés de cuanto pertenece á una 
ofititucion , desconocida en los pueblos de oríjen griego , y á la cual debió el romano 
a fisonomía peculiar, que ya en mal ó ^a en bien , le distinguió entre los pueblos de la 
loligüedad. 



ARTICULO n. 



V 



ENGAMOS ya á una de las materias mejor tratadas en este libro , á saber : el orijen 
le la lejislacion política de los romanos, tan alabada por Dionisio de Halicarnaso, á 
:uyos ojos Rómulo no fue solamente un béroe , sino un sabio y casi un dios. £1 señor 
le Sílvela cree que la mayor parte de estos elojios y de esta admiración es debida á los 
foscos, pueblo de civilización mas antigua que los romanos. cComunicando, dice, los 
tMCoa y tirrenos en los siglos que precedieron á la fundación de Roma con los pue- 
Uos mas sabios del Asia , el África y la Europa , el estado de su civilización no era in- 
biior al que presentan estos diferentes pueblos en aquella época : si los romanos acu* 
lieroD á los etruscos para las principales construcciones , con que adornaron la na- 
neóte capital del mundo : si de ellos tomaron , según Floro , las fasces y las enrules, 
• pretesta y losánulos, es decir, el orden gerárquico de la majistratura y susinsig- 
lias : si de ellos recibieron los auspicios y agüeros , es decir, casi todo el fondo de su 
rclijion.... ¿por qué no nos será permitido , como conforme á todas las reglas de buena 
critica , suponer que de los mismos etruscos recibieron los romanos una buena parte de 
manto en su organización social, su lejislacion y su política admiramos con razón en 
la historia de los primeros tiempos de esta ciudad famosa?....» 

Esta reflexión tiene para nosotros mucba fuerza , y no podemos dejar de mirar á 
loa romanos como los alumnos de los etruscos que les fueron anteriores en civilización. 
Bo cuanto á la organización política, la naturaleza ba impreso un mismo tipo para 
todos los pueblos que empiezan. Rey , Magnates y Pueblo: be aquí los tres elementos 
generales del poder en todas las naciones al empezar su carrera política ; bien sea en 
los bosques de Germania , bien en los lagos del Norte-América , bien en los pensiles 
M Asia , ó en los arenales de la Arabia. Esta es la forma de gobierno que sucede siem- 
bre á la primitiva y patriarcal , por la razón incontestable de ser la que mas se le acerca. 

Esplica después el autor con mucha sagacidad el oríjen del espíriiu belicoso de los 
*OBUinos. cTan difícil ere que Rómulo hiciese admitir á los hombres de quienes se ro- 
teó un despotismo sin freno , como imposible el que de repente estableciese entre 
dios todas las instituciones y artes pacíficas de los etruscos , y con ellas el principio de 
MPOtperídad de su colonia naciente.... Hombres cuyo título de adquisición era la fuer- 
ai, y que con ella debían procurarse mujeres , terreno, producciones del suelo y de la 
odostría : hombres que por consiguiente no podían menos de ser un motivo de inquie- 
nd continua para sus vecinos , estaban reducidos por la necesidad de su situación á no 
Ifjar las armas de la mano , y á formar una asociación guerrera que debía ser entera- 
Dente exterminada , ó acabar al fin por dominarlo todo.» 

Hablando del reinado de Numa , dice : «el sabio autor del Espíritu de las leyes no 
ee ha parecido ni tan justo ni|tan profundo, como lo es ordinariamente, cuando habían- 
lo de este príncipe se contenta con presentarle como muy á propósito para haber dejado 
i Roma reducida á una oscura mediocridad. En mi entender, el reinado largo y paci- 
loede Numa fue hasta necesario para que Roma dejase de ser y parecer un campo de 
Mitalla , una asociación pura de guerreros condenada por necesidad á perecer ; y para 
[ve en las dulzuras déla paz se formase una generación nueva, que mas accesible y 
DÉoeJable se prestase á la feliz transición qne debia convertir el salteador en propie- 
ario , el bandido en soldado , el hombre violento y brutal en subdito de la ley , en ciu-^ 



[118J 

dadano.... Sin el dios Término y la Buena fé, Júpiter Estator no habría bastado á de- 
fender el capitolio....» Estas reflexiones nos parecen muy exactas : la filena sola no 
crea naciones, ni puede existir orden social sin creencias. 

Son también muy atinadas las observaciones del autor acerca de la dictadura: cno 
vio el pueblo , dice, que el nombramiento de un majístrado revestido de todos los po- 
deres era conm la elección de un rey absoluto.... Xo obstante, aunque el pueblo toe 
en el principio atraído artificiosamente á lo que no conocia , como el éxito justificó las 
ventajas de la institución , puede con razón decirse que la sostuvo la esperiencia de so 
propia utilidad ; y si bien por un lado esta utilidad, nunca desmentida bástalos úlkiiiios 
y mas corrompidos tiempos de la república , es por decirlo asi , una confesión , un ciato 
testimonio de la insuiiciencia , del peligro de los gobiernos populares, también por otn 
parte la bistoria de los dictadores, que reprimidos por la corta duración de su majistra- 
turn , jamas abusaron de su ilimiUido poder , prueba la necesidad de que instituciones j 
leyes sabias refrenen la facilidad de abusar que lleva consigo un poder sin límites.» Ea 
efecto la dicludura fue siempre saludable en Uoma : dejó de estar en práctica cuando 
cesaron los peligros , ya de los enemigos esteriores , ya de las discordias intestinas ; y 
cuando estas volvieron en los tribunados de los Gracos, no se pensó en recurrirá aqudla 
antigua institución , que ya hubiera agravado el mal en vez de correjirlo. Habiánse per- 
vertido las costumbres ; y si se presentaban algunos varones, muy raros á la verdad, á 
los cuales pudiera haberse coniiado sin peligro el poder absoluto, ¿qué podían em- 
prender contra la dictadura de ¡techo que minaba los cimientos de la libertad romana, á 
saber ; contra el proconsulado? Los hombres mas virtuosos de los últimos tiempos de la 
república, los Mételos , los Catones , los Cicerones nada podian contra la prepotencia 
do los Marios , Silas, Pompeyos y Césares, elevados succesivamente al poder por una 
clientela numerosa , ávida de dinero y turbulenta. Ya no quedaba ningún lugar pan 
la virtud. 

No hubo, pues, en aquellos aciagos días dictadura legal : el poder giraba de mas 
manos á otras á merced de la violencia y de la astucia , dejando en todo el imperio 
sangrientos vestijios de su ira. Es verdad que Lucio Cornelio Sila tomó el titulo de dic- 
tador ; pero esta palabra nada añadió al poder de aquel hombre que había diezmado 
impunemente la república con sus tablas de proscripción. César tomó dos veces el mis- 
mo título , y le gozaba cuando fue asesinado ; pero la primera había ya arrojado á 
Pompeyo de Italia, y la segunda cenia los tristes laureles de Farsalia, de Tapso y de 
Munda. Estos dos hombres estraordinarios adoptaron un nombre que se liallaba consa- 
grado en los fastos de su nación; pero no debieron á él , como los Camilos y los Fa'. 
bios , ni su poder ni su autoridad. 

Augusto, mas cobarde y mas precavido , aparentó respetar el ridículo decreto que 
dio el Senado después de la muerte de César, aboliendo la dictadura, y creyendo necia-, 
mente que se destruía la tiranía destruyendo las letras con que se escribe una palabra. 
£1 hijo adoptivo de este grande hombre quería mandar, bajo un título desconocido, á 
los antiguos romanos para que se ignorasen los límites de su poder; y asi insistió en 
los dos nombres de príncipe y de emperador , que hasta él no fueron mas que honorí- 
ficos, y que él convirtió en majistratura suprema. El de emperador ó general victorio- 
so era conocido de las tropas: el de príncipe, en el Senado. Asi reunió la fuersa poli- 
tica y la militar , sin que ni él ni sus succesores echasen nunca menos el t-itulo de 
dictador. 

El Sr. Silvela parece creer (|ue el Senado nombraba este majístrado y el pueblo 
conGrmaba el nombramiento. Pero en los tiempos de Lucio Papirio Cursor no sucedía 
asi. Según la narración de Tito Livio el Senado daba un decreto ó senatus-consulto , 
por el cual declaraba que se debia nombrar dictador : mas quien había de nombrarle 
era uno de los cónsules , bien que el Senado le indicaba oticiosamente á quién gustaría 
que se elíjiese. La ceremonia se hacia de noche y en silencio , como para indicar el 
de las leyes al crear un poder tan estraordínario , y el cónsul pronunciaba el nombre 
del elejido con la mayor solemnidad. 

Es verdad que el célebre Quinto Fabio Máximo, cuya prudente circunspección salvó 
á Roma después de la rota del Trasímeno , recibió del pueblo la dignidad dictatoria}; 
pero no en propiedad. Tito Livio dice que, muerto uno de los cónsules en la batallat 



[119] 
liando ausente el otro, y no pudiendo enviársele mensajero ni carta por hallarse Italia 
cupada por los ^ércitos carlajineses, y no jmdiendo el pueblo crear dictador , se recurrió 
uo arbitrio no usado hasta entonces , y fue que el pueblo creó por dictador á Quinto 
abio Máximo , y general de la caballería á Quinto Minucio Rufo. Los dictadores or-> 
inarios creaban este lugarteniente: mas no se permitió su nombramiento á un dicta-* 
or en comisión; y aun mas adelante repartió el pueblo toda la autoridad entre el gefe 
el subalterno: lo que no podría haber hecho con la dictadura en propiedad. 

Parece, pues, que al Senado tocaba mandar por un decreto que se nombrase dictador; 
á uno de los cónsules, el que designase el Senado, clejirle y crearle, sin mas limita*- 
íon que la de que hubiese de ser varón constdart ó que hubiese ejercido el consulado: 
ae el dictador asi creado nombraba su lugarteniente con el titulo de general de ia 
iballeria; y que su autoridad no reconocía otros límites sino el de no poder salir de 
talia y no tener mas que seis meses de duración. 



ARTICULO lU. 



E 



L Sr. Silvela cita la tercer dictadura de Mamerco el ano de 5*29 de Roma, como he- 
ha por el pueblo, en satisfacción de la injuria que había sufrido de los censores, de- 
[rodándole poco antes hasta la clase de erario. Es verdad que en aquella ocasión elpue- 
ilo pidió á gritos la dictadura indignado contra los tribunos militares con potestad 
«insular, derrotados por los veyentinos á causa de la desunión que había entre ellos. 
Sa muy verosímil que los romanos designasen por dictador á Mamerco , el mas escla- 
ecido guerrero que tenía entonces la república ; pero era tan grande en Roma el res- 
leto á la parte ceremaníal'de las leyes, que no se atrevieron á nombrarle por no haber 
dmtules aquel año , hasta que los augures decidieron que podía ser nombrado el dicta- 
[or por tribuno militar. Aulo Cornelío Coso , tribuno á quien había tocado el gobierno 
le la ciudad , fue quien nombró á Mamerco. 

Reiiríendo la muerte de Tiberio (jraco, primer triunfo sangriento, primer víctima 
le la violencia brutal en las disensiones civiles de que fue teatro Roma , espone los pa- 
os por donde esta república , corrompida por la victoria y la opulencia , pasó de la 
»rimera aristocracia esclusiva á la del mérito y de los servicios, y malogró esta reforma 
on la perversidad délas costumbres. Comparando una nobleza con otra dice: cá una 
lobleza virtuosa succedió una nobleza ríca que empezó á defenderse de diferente modo. 
41 primera oponía sus virtudes y se defendía por el respeto : la segunda corrompió con 
n oro , armó el pueblo contra el pueblo y comenzó á querer suplir con el terror aque- 
ta augusta consideración que poco á poco iba dejando de inspirar. » 

Tiene mucha razón el Sr. Silvela en mirar la guerra social como una &lta de poli- 
Ica y de justicia en el Senado de Roma. Los campanos, samnítes , marsos« daunos y 
pillos peleaban al lado de las lej iones romanas en todos los campos de batalla adonde 
M llevaba la política y la ambición de los dominadores del Tiber. ¿Con qué apariencia 
e justicia se negaba el derecho de ciudadanía en Roma á los que contribuían tanto 
orno los romanos mismos, ó quizá mas, al engrandecimiento del imperio? Y ¿podia 
BT conveniente á los intereses del Senado una guerra en que toda la sangre que se der- 
unase había de pertenecer á la república? ¿Y cuál era el deiíLo de aquellos pueblos 
ino el deseo de ligar su suerte á la de Roma con mas intimidad? ¿Qué daño podían 
acer desterrados , por decirlo asi , á las últimas tribus de ciudadanos? Roma les con- 
edería muy poca intervención política en su gobierno ; y sin detrimento del imperio 
inaban ellos mucho con las prerogativas y los derechos civiles inherentes al titulo de 
íudadano romano. 

Acaso no ha habido en los anales sangrientos de la historia ejemplo de guerra seme- 
laU}, emprendida no con el objeto de conquistar ó de defenderse, sino de perder la 
idependencia propia por pertenecer á una nación estrafia. Esta reflexión daba nuevas 
lenas á la solicitud de los aliados , y parecia justificarla aun á los ojos de los mismos 
únanos. Asi es que fue emprendida con disgusto del pueblo , continuada sin tesón y 
incluida apenas se hallaron medios decorosos para hacer la paz con cada uno de los 



filOl 

bonpfirio qiio con ellos podri.in ndqtiirir liast.i la espora dol rfH^mbolM»? Ob!U.'rvi>M 
tpic niuhi so hnbln del interés df>l empnmilo , y es muy verosimíl que no se le asif^ 
u6: primero, ponpie en a((nellos t¡einpf)s se hubiera tenido por iisiim: RPfnimIo, 
porque ú haberlo asijrnado no desaproverharia el rey esta raxon plausible para dís* 
culpar su eondiicta cuando ecli6 mano de otras visiblemente desatinadas. 

La verdad es que Enrique II se hallaba esrasisimo de dinero despneii de b 
cruel (Tuerra (*¡\¡] (pie puso en su frt^nte la corona, después de las morceJei 
onerosas al pueblo y al estado que hubo de hacer A los nobles que habían se- 
{;uido su causa , después, en fin, de las cuantiosas sumas que pa^^ó al cuerpo aii\i- 
¡iar francés que mandaba el célebre l)u^uese|in. Ademas de las necesidades irorrien- 
tes del erario se vio en la n(M?esidad de emprender una fcuerra dispcMidiosa , aanqae 
feliz, contra Portugal. >'o podian aumentárselos tributos á los pueblos abnimailos 
de las carjrns onlínarias v enflacimTidos por la {ruerra. Uecurrió, pues, al empré^ 
tito como un medio de salir del apuro. Sus razones eran malas; pero la necesidad 
del dinero era urjente y reconocida. Por eso .se sufrió no solo el gravamen, sino 
también la pésima jurispnidencia con que se quiso justifu^ar. 

La pelicitm XHl y su respuesta prueban la situación triste de la corona en nqne* 
lia época. Los procuradores se quejan de liabcrse enajenado del señorío del rey mu- 
chos lujrares, villas y ciudades, y pasado al dominio de los ricos hombres, caballeros, 
escuderos y ricas fembras, y piden que \uelvan A la corona , ó lo que era lo mismo 
en aquellos tiempos en toda Kuro|>a , al imperio de la ley y del derecho coman. 
El rey les responde : c fasta aqui non pod irnos e.scusar de faser merced á los qne 
nos servieron (en la (ruerra ci\íl contra su bermano l>. Pedro). Promete paralosne- 
cesivo observar el principio tutelar de la conserva(^ion de h>s bienes de la comna. 

En otras peticiones se conoce el abuso (pie haciaii de su poder los ricos hombres 
y demás privilejiados; echaban tributos arbitrariamente en las aldeas y arrabala 
ele los pueblos realengos ; pretendían que su estendiesen las franquicias y priTÍlcjkM 
(pie {rozaban d sus paniaguados (comensales]; cxijian el derecho de yantar y otros 
tributos de los vecinos de algunos pueblos nsilengos so ndor de que eran vasalhn 
suyos , aunque domiciliados en sitios sometidos á la jurisdicción real ; inipcdian en 
estos sitios el ejercicio de la justicia del rey , y procuraban introducir su dominio 
particular ; en fin , se apoderaban de parte del territorio de las poblaciones perte- 
necientes al rey, fundaban en (^llas fortalezas y evijian tributos, siM'iahidamente fie 
portazgos. El rey respondió lo mas favorablemente que podia á estas peticiones, T 
se conoce en las respuestas el temor (pie tenia , cuando aun no estaba bien consoli- 
dada su aiitoridad, de chocar de frente con las pretensiones y demasías de los ricos 
hombres. 

La petición IV se repitió en otras Cortes del mismo siglo y del anterior ; porqae 
los revés solían enviar coartas y (ordenes para que las mujeres se casasen con los hoah 
hres designados en dichas cartas, i). Enri((ue dijo en la respuesta que, segun 
torio á todos , jamas había dado cu esta materia cartas de órilen , sino solo de 
mendacion. En Inglaterra en los mismos tiempos era iú rey arbitro de las beredens 
nobles y ricas, huérfanas de padre, en cuanto á los enlac(>s. Era imposible qneet 
aquella época de predominio feudal dejase de tener la corona alguna intcrveacioa 
en esta clase de contratos , que podia aumentar el poder y riquezas de los vasallos 
que se manifestaban hostiles al rey , 6 de los que eran sus servidores. En el dia h 
ley ó la costumbre de España es que los grandes casen en virtud de permiso real. 

Concluiremos nuestras observaciones con ]a partición relativa al voto de Santit" 
go. Los procuradores dicen cque en todos los tionipos pasados nunca le pagaron ea 
algún lugar de nuestros regn(»s , salva en algunos lugares del regno de l..eon quepa* 
gabán cada pechero que labrase con bues, seis (celemines da pan ^ non otra'oofla«...4 

Sueños pedían por mercet que pues en algunos de los tiempos pasados non sedemaa 
ara , nin cojiera , nin pagara el dieho irebiUo ^ que agora demamlnhan mtevatñenuiéékkB 
proairador del arzobispo de Santiago^ édean éoabillo , que lo non o viesen.... que Dioanoa 
quBria (pie ninguno diese limosna contra su voluntad.» 

Estas palabras son terminantes, y sí les hemos de dar entero crédito, deberá QaiflB 
en el siglo XIV la introducción y geqerali^Kicion del voto de Santiago b^o la fonaut qae 



¡ó después. El rey refspnniUó áoftta |>elíc¡on «que pues el pleito oslaba peiidioiüe eii 
idíenría real, <|ue lo lihrent se|[;iiii que fallaren por derecho. » En efeclo los procu« 
re« de Avila i»e habían provisto ante dicho Iríbunal c<Mitra las prelcn^iones de la 
ia y arzobispo du Saniia^^o. Esta petición es u.i niu^vo dato pie debe añadirse á 
iH eoino se han reunido para reiolver la célebre cuesilíou histórica del voto de 
iogo. 



ARTICULO I. 



ÍS doeuinenti>» que contiene este cuaderno son el ordmamlnUo de ChanriUrria , hecho 
as Corles de Urir<;os de 157 i, y otro hecho en las (Vjrles de B'írg.is de 1370 acerca 
M deudas de los judíos. Ambos pertenecen al reinado de Enr¡(|Uc lí. 
El preáuib'ilo del priint^ro tirne la ^ingnlaridad de no citar las Cortes, ni enumerar 
i|iie asistieron á ellas , ni sejruir en la redacción de las leyes la forma ordinaria de 
eiones y respuestas ; de modo que á no decirse en el iMicabezamiento que esta ley 
iiancilleria fue hecha en las Corles de üúrg^os, se tendría mas bien por un decreto 
, que por un xi*^lameuto hecho en (V>rles. 

El rey dice en el preiimbulo : cs(*|)ades que por razón que no fue dicho que al^u« 
de los nuestros oficiales de la nuestra corle, é de las dichas cibdades é \ illas é íu- 
<8 de los nuestros r4*f|:nos, que usaban de sus oficios como non <leb¡en.... de lo cuál 
nejaron de ello al}^u nos nuestros vas^illos é otras personas, es la nuestra mércetele.» 
luiifhi que no si* hace mencitm de quejas ni de pelici(mes de los procuru<lores de 
leii, como en otros ordenamientos. Solo se ennnci-j v\ abuso, sin nombrar ni ca* 
ar á los (fenunciadoivs. Después del pre«imbuh) comion/..in las leyí»s. 
Este ordenamíenloes muy á propósito para dará con ic(*r las costumbres diplomá- 
s de aquella épora , y los medios de obviar los abusos (]ue se liahian introducido 
el desorden de los tiempos anleriores. Los oficiales t!e cháncillería , notarios y 
¡baños ludiian aumentado las tarifas de las cartas y alvaláes sobre lo que se pagaba 
su expedición en tiempo de Alonso el Onceno, que dio también reglas en esta ma* 
I , y á cuyas resoluciones procuró D. Enrique arreglar las suyas. 
l^nsta de este ordenamiento , (|ue e\isíió en ('astilla la dignidad de Canciller , ó 
"éaMoBx pero nunca tuvo ni el prestijio ni la celebridad que en Francia , Ingla- 
■ j Alemania, donde fueron siempre, y aun lo son en el dia, grandes dignatarios 
hi corona. Const;i también de la ley tercera que estaban arrendados los derechos de 
ncillería : pues se manda que solo el arrendador Uevie caria$ lidiadas , excepto en el 
> He deb<*r alguna rantitlad al (Canciller ó ñ sus oficiales ; en cuyo caso podr.in estos 
if curtas» en vos derechos asciendan ñ la cantidad de la druda , f'iwii mm. 
IKwpues de algunas disposiciones muy minuciosas acerca del lugar donde liabia de 
irse y el silio iloiide debia ctdocarse el portero de la cancillería , pasa el Icjisla lor 
íialar la tarifa de los derechos de sello , correspondienles á cada especie de alvaláes: 
eiiyo motivo enumera estas diferentes especies; lo que hace este documento muy 
oso para los que quieran estudiar la antigua forma de nuestra adminislrncion. En» 
putas clases de cartas se refieren las de wfldo concedifln por el rey , los alvaláes de 
nei de caballeros , de merced otorgada ó de qitiiachn ;eslo t*s , de darsi* el rey por 
ido de un servicio ú obligación cumplí<la) de los privilejios y c<mcesiones de \itla; 
m ó lugar á alguna persona ^á estos alvaláes se exime de |>agar derechos) : de so* 
srlM , que según creemos , eran las órdenes de rep<»sicion de alguna procidencia 
iriur reconocida después por injusta ; de tenencias ouceJidas por el re) ; de reutas 



rH2i 

reñios, de penion , de moneda, esto es, de servicio pecuniario pagftflo^ Seilala des- 
pués los derechos que lian de devengar los alguaciles y ballesteros del rey ^ de Im cíb- 
tidades que entregaren , ya <le las rentas reales cobradas , ya á ios acreedores maodt* 
dos pagar por si^ntcncia judírial. 

La ley víjésima de este ordenamiento prnolia que desde el tiempo de Alomo el Oo* 
ceno por lo menos , rejia ya el dci'echo pagado por el carcelaje á los carceleros ; exa^ 
cion que nos parche injuslísima. 

\^ cárcel se ha t^stablecido para que la sociedad estuviese segura de que el pre- 
sunto reo no se libraría de la pena que la ley ha señalado á su delito, si efertívarornle 
es declarado culpable por la sentencia del tribunal. Pero hasta la sentencia no es de- 
lincuente, ni acreedor ¿ ningún castigo. Sufre, es cierto, la pérdida de su líberlad: 
mas no como una pena , sino como una precaución. Todo lo que agrave este sufri- 
miento, yn por sí bast^rnte grave, es un acto de iojustiria. 

Supongamos que el preso resultase ¡nocente en la discusión judicial , y qne la sen- 
tencia lo declarase así, ¿quién podrá resarcirle el carcelaje , las esposas, los grillos, los 
cepos , la mansión en calabozos húmedos y fétidos y tantos otros medios que se haa 
inventado para atormentar al que la ley aun no ha declarado digno de penat Consto de 
una comedia de (^.añi/ares (El falso JVanrin de PoríugaC) que en su tiempo por lo menoi 
se daban cualm cuartos por quitar los grillos al que salía de la corcel. No sabérnosla 
costumbre actual sobre esta materia, ni sobre otras relativas á las prisiones. Ptoni 
creemos que aun no ha hecho entre nosotros muchos progresos la ciencia adminis- 
trativa en el capitulo de las cárceles. 

Nosotros reconocemos el derecho de la sociedad á asegurar la persona del presonlo; 
pero al mismo tiempo reconocemos y reclamamos del gobierno, representante de la so- 
ciedad la estricta obligación de no allijir mas al preso de lo que exija aquel dereelio.» 
El gobierno debe pagar los ministros de la cárcel , sus gastos de construcción y reps- 
racion, y en iin, cuanto conduzca para lograr la seguridad. ¿Por qué se ha de exijir 
del preso el derecho de carcelaje? por ventura , ¿se ha aposentado por su voluntad ea 
aquella mansión? Dirán que las cadenas , grillos , calabozos, etc. son necesarios pan 
asegurarlo: pero /por qué? Porque no se ha tenido cuidado de construir las cárceh» de 
manera, que sin dañar en nada á la salubridad de los tristes que han de habiUrlas, 
fuese impo.sible de combinar y de ejecutar todo proyecto de evasión ó de comunicsr 
con los de fuera en los casos que la ley exije la incomunicación. 

Bástale al encarcelado la pérdida de su libertad, la separación de so fannilia y da 
sus amigos, la ansiedad por el resultado del juicio, el enorme precio á que selevea- 
den los menores servicios que se le hacen ; mas no se aumente su aflicción. Seaa á 
costa del gobierno , no á la suya , todos los medios de precaución que se tomen. El 
un principio bárbaro, que si bien se ha borrado de los códigos, subsiste aun eala 
práctica, empezar á castigar al que aun no ha sido declarado culpable, desde el omh 
mento que entra cu la prisión. 

La ley XV'ilI de este ordenamiento trac la tarifa de los derechos que debian llefsr 
los escribanos de las ciudades, villas y lugares por los documentos y escritos de difc* 
rentes especies. Se restablece el mismo arancel que habia mandado observar el rey 
1). Alonso el Onceno , cuyo ordenamiento se inserta á la letra en dicha ley. Ya ea 
aquel tiempo habia escribanías y notarías arrendadas , y los arrendadores hablan ao- 
mentado arbitrariamente los precios de las escrituras. Este abuso dió oryen ai orde* 
namiento del rey I). Alonso. 

ARTÍCULO n. 

XjL segundo documento , publicado en este cuaderno , contiene las peticiones y bm 
de las Cortes de Burgos de 1577 , celebradas por el rey l>. Enrique II. E^le CongrM 
fue plenario ; pue^ según el preámbulo, concurrieron á él condes, prelados, ricoi 
hombres, hijosdalgo , y procuradores de las ciudades. I)e las personas de alta gerai^ 
quía , solo $e citan el infante D. Juan , hijo primojénito del rey, y el marqaesdi 
Villena. 



Esle documenlo ofrece la particularidad que de las leyes que se hicieron entonces 
y se comprenden en él , unas fueron á petición de las Cortes , otras se derivaron de la 
espontánea voluntad del rey sin excitación alguna. Las materias á que se refieren son 
las deudas de los cristianos á los judíos y moros, asunto que volvia muchas veces á las 
Cortes, como al Senado de Roma la abolición de las deudas de los plebeyos; la venta 
délos bienes de los merinos y de los ricos hombres; e\tracci(m de oro y de otros ob- 
jetos fuera del reino ; alcaldías de rentas ; apelaciones á la justicia real. £n muy pocas 
Je estas leyes están observados los principios eternos y universales de justicia. 

£n la primer petición expusieron las Cortes que por la miseria de los tiempos an- 
teriores muchos cristianos, deudores de los judíos, habían firmado en la obligación 
del pago cantidades mucho mayores que las recibidas ; y que si se les constriñese á 
pagarlas quedaría la tierra yerma y miserable. El rey mandó que se rebajase la ter- 
cera parte de las deudas , y que las otras dos se pagasen á plazos bastante largos; que 
DO gozasen de este beneficio los que no pagasen á los plazos concedidos; pero que en 
ningún caso fuesen valederas las penas contenidas en las cartas de obligación para los 
casos de insolvencia. £n la segunda ley , á petición de las Cortes , se prohibió toda 
usura Á los judíos y moros. Establecióse también que si el acreedor aseguraba que 
toda la cantidad contenida en la escritura de obligación habia sido entregada al deu- 
lor, se exijiese juramento á este., y en caso de jurar ser cierto lo que el acreedor 
leeia , estuviese obligado á pagarlo todo sin quita alguna: ley absurda , como todas las 
|ue colocan al hombre entre su interés y la relijion del juramento; y ademas inútil, 
)orque el hombre , incapaz de jurar en falso , es también incapaz de defraudar á su 
icreedor. Por la petición XII se restableció la proscripción de seis años para las deudas 
le los cristianos á los judíos. Por la X , que no pudiesen los judíos ser mayordomos 
le ningún. rico hombre, caballero, ni escudero. Por la XI, se relevó á los ayunta- 
BÍeotos de los pueblos 'de la pena de seis mil maravedís de omesiiloj que pagaban antes, 
i oo hallaban al asesino de un judío que se encontrase muerto en su jurisdicción. 

El rey , de molu propio suyo, prohibió en las leyes 2." y 3." que ni los judíos ni los 
Boros pudiesen hacer cartas de obligación por deudas contra cristianos ; que ningún 
«cribano pudiese dar fé de ellas; y en una nota, puesta al fin de este cuaderno de 
¡arles, añadió que no pudiesen hacerse dichos contratos ni aun con testigos: bien 
|ue en la misma nota se revocan estas leyes con respecto á los moros , menos odiosos 
(otóoces que los judíos. 

Las leyes y peticiones anteriores muestran el estado social de aquella época. La 
nasa de la riqueza territorial estaba, aunque muy mal repartida , en manos de los 
ristianos : la industria agrícola en las de los moros que vivían sometidos , y la co- 
nercial en las de los judíos. Estos eran necesariamente mas ricos, por lo menos en me- 
Uíco , y se hallaban mas que los otros en estado de prestar á los cristianos , que ge- 
lanlmente tenían necesidad de numerarios: los propietarios, porque apenas alcanzaban 
08 rentas para el lujo de vanidad que tenían que sostener en la corte ; los pobres, por 
is necesidades continuas que les acarreaba su situación , aumentadas con el estado de 
aerea perpetua contra los moros, y no pocas veces de guerra civil ; y losayuntamien- 
ocy órdenes militares, por los gastos continuos de armamento. La exactitud de los ju- 
los en sus cuentas, que en ellos era una virtud necesaria, y mas que todo, la facili- 
ad con que anticipaban capitales al gobierno y á los señores, hizo que casi todos los 
oipleos de hacienda pública y las tesorerías y inayordomías de los ricos hombres caye- 
en en sus manos. Reunieron, pues, por el comercio, por la administración de rentas 
por sus préstamos grandes caudales. Eran despreciados : estaban condenados al ilo- 
ismo político y civil ; pero poseían casi todo el comercio del reino. 

Este estado de cosas duró hasta el siglo XIV. Entonces empezó á no ser profesión 
alusiva de los castellanos la de las armas. Algunos se dedicaron á las artes : otros 
1 comercio , aunque sin el conocimiento y la economía propios de los israelitas. Las 
eodas se aumentaron en las turbulentas minorías de Fernando IV y Alonso XI: em- 
eiaroo á ser primero envidiados y poco después odiados los acreedores. Pidiéronse en 
is Cortes no una sola vez , rebajas de deudas. Alonso XI las concedió : los judíos , por 
lioseguridad del pago, aumentaron el interés del dinero prestado, y por tanto, la 
ificultad del pagamento , y el odio y la aversión universal contra ellos. Enrique II en 

15 



las (fortes de que damos cuenta en este artículo , privó do fuerza legal á los contratos 
de deudas de los judíos contra los cristianos. Nosotros consideramos como efecto de 
esta ley absurda la efervescencia del odio contra aquella infeliz nación , que se roani» 
festó en los siglos WV y XV en sediciones, tumultos y matanzas. 

£n efecto , aquella ley no impidió que los judíos fuesen ricos ; pues el mismo En- 
rique que les prohibió ser mayordomos de los grandes señores, los conservó en laad* 
ministracion délas rentas reales , y ademas no podían quililrselcs los beneficios que 
reportaban del comercio. Nada, pues, perdieron de su opulencia; pero no fueron ya 
prestamistas, porque mal se atreverían á prestar sin la garantía del- pago, que la ley 
les babia quitado. £1 pueblo miserable , fanático , y que hasta entonces los habla to- 
lerado , porque encontraba en ellos auxilio para sus necesidades , comparaba so pro- 
pia miseria con la riqueza que suponía , y no sin razón, en una raza contraria ademas 
por su creencia relijiosa. Empezó á escandecerse contra ella. A los homicidios parti- 
culares , que debieron hacerse mas comunes después de suprimida en estas Cortes la 
garantía del omesillo^ succedieron los degüellos en masa y los saqueos de las juderías ea 
las grandes ciudades, y llegó el furor á tal estremo, que los reyes católicos D. Fernando 
y Doña Isabel , monarcas firmes , pero prudentes, no hallaron otro remedio al espíritu 
de sedición que tomaba por motivo ó por pretesto á los judíos, que espelerlos del reino. 

Nosotros observamos que en los tiempos anteriores á la ley de Enrique 11 , los cas- 
tellanos, sin ser menos fanáticos, sin despreciar ni odiar menos á los Judíos como 
enemigos de la relijion, nunca sin embargo los persiguieron ni les hicieron mal : antas 
bien vivían con ellos en buena armonía. Deben, pues, atribuirse el furor y los desór- 
denes posteriores á la ley que rompió el único vinculo social entre cristianos ó israe- 
litas, á saber : el auxilio que recibían los primeros de los segundos por medio de los 
préstamos. 

La petición lU de estas Cortes revela una costumbre tan estraordinaria como in- 
justa. Los bienes de los deudores de la corona, después de apreciados , so vendían á 
las personas pudientes que el rey nombraba , y que no podían escusarse de comprar- 
los. Las Cortes piden que cese esta arbitrariedad y que se vendan á pública subasta. 
D. Enrique accedió á esto , pero añadió que en caso de no hallarse comprador voluo- 
tario que diese el precio conveniente, se obligase á comprarlos á los mas t*ico$ éabonaé» 
del pueblo. 

Iltzose también rebaja á las deudas del pan del año anterior que había sido escasí- 
simo, tanto que en él se había obligado al deudor de una carga de pan á pagar por 
ella seis cargas. El rey mandó que estas deudas so pagasen en dinero al precio que te- 
nia el pan cuando se contrajeron. 

I^s leyes de la petición V y Vi son mas justas. La primera manda que los merinos 
no persigan sino en virtud de querella ó eu los casos infragranii. Por la VI promete el 
rey solicitar del Papa que no nombre para lus beneficios del reino eclesiásticos estran- 
jeros. La ley de sacas de In petición Vil adolece de los vicios comunes á todas las de 
su especie. La mas importante y justa de cuantas se hiciron en estas Corles es la de la 
petición XIII. £1 rey toma bajo su protección á todos los vasallos de los señorea que 
apelen á su tribunal. Este derecho de apelación ha existido siempre en España, y que- 
rían barrenarle los nuevos agraciados por las célebres mercedes enriqueñas, maltratan- 
do á los apelantes. 




[115] 

COMPENDIO 

DE LA 





IHIASTA L@® TDI[^Jaí>@@ ©H Ay@(y)§T@ 



por W. iHanuel Sitoela^ — ^.^^ /éjj,. 



ARTÍCULO I. 

CáSTA obra fue escrita por un español íastruido, á quien las tempestades políticas de 
nuestra patria arrojaron á paises eslranjeros, y fue escrita en una época en. que ya po- 
día juzgarse con imparcialidad el pueblo y la república de Roma. En el primer tercio 
del siglo XIX no eran ya de moda ni las ridiculas declamaciones de Mercier contra el 
espirita dominador de la ciudad del Tiber , ni la manía de tomarla asi á ella como á 
Atenas por modelos de los gobiernos libres ; manía que produjo el hermoso verso de 
un poeta francés del tiempo de la revolución: 

¿Qui me delivrera des grecs et des romains? 
Salgamos ya de griegos y romanos. 

Los progresos del espíritu filosófico y el estudio de la historia, emprendido en nues- 
tros días sin pasiones, han enseñado que no era muy de envidiar, y sobretodo, que no 
es aplicable en nuestras sociedades modernas la libertad de que se gozaba en las anti- 
guas repúblicas, y que si Roma conquistó el mundo, este resultado fue producido por 
la necesidad y no por la elección. 

El Sr. Sil vela se hallaba, pues, en situación de juzgar mejor que los compendiadores 
de la historia romana que le habían antecedido; y asi, su obra es mejor en nuestro en- 
tender que las que hasta ahora poseíamos de la misma clase; y creemos que tiene mucha 
razón cuando dice en el prólogo : « me queda la convicción intima de que son peores 
cuantos (libros) conozco en su género.» 

Es obra orijinal de un español , aunque impresa en pais estr^njero , y así debe recla- 
marla nuestra literatura. Es Casi desconocida en nuestra patria : por eso nos creemos en 
la obligación de dar cuenta de ella y del resultado de nuestro examen y estudio. No es 
un compendio como el de Goldsmilh : tampoco es una historia : es mas bien un tratado 
sobre la historia romana , y estamos seguros que después de leido y estudiado se leerán 
y estudiarán con mucho fruto los historiadores romanos. 

Empecemos por un punto que el Sr. Silvela examina con suma sagacidad, y es el 
de la potencia lejislatíva del pueblo romano. Todos convienen en que la ciudad, reuni- 
da en comicios, ^ercia el poder lejislativo; pero el autor cree con la autoridad de Dio- 
nisio de Ualícaroaso y de Lívio que su facultad en esta parte no fue omnímoda y abso- 
luta hasta la ley del dictador Publilio Filón , por la cual se hicieron los plebiscitos obli- 
gatorios para todas las clases del estado. Dice, pues, que antes de esta ley los plebisci- 
tos no obligaron á los senadores, y que en los primeros tiempos de la monarquía>y de 
la repikbliea el Senado sancionaba y convertía en ley las determinaciones del pueblo: lo 
que es muy conforme tanto á las espresiones de los historiadoros ya citados, como á la 
autoridad que Rómillo quiso depositar en el Senado, y á la que esta corporación aristo- 
crática se abrogó cuando, espelídos los Tarquinos, cayó en su mano todo el gobierno de 



la república. No somos de su misma opinión en cuanto á que se decidiesen en el Senado 
todos los negocios jndicíales ; pues en la célebre causa de Horacio el hijo , no se reco- 
noció mas autoridad que la del tribunal del rey y la del pueblo, al cual apeló aquel ilai- 
tre delincuente. Parece cierto que por la constitución de Rómulo, el supremo poder ju- 
dicial , en los casos de apelación, residía en los comicios. Después los tribunos de la ple- 
be lograron que se estendieso á los casos de primera instancia. 

El Sr. Silvela toca , aunque levemente, uno de los puntos mas importantes y menoi 
conocidos de la constitución de Roma, cual es el de la composición del Senado. Sabido es 
que durante muchos años, este cuerpo, que era como el cimiento de la república, se 
componia de individuos de las familias patricias, y que su dignidad era hereditaria , vi- 
talicia y esclusiva. Mas aun asi faltan muchas cosas por saber acerca de la manera de 
ser recibidos en el Senado los que tenian derecho para ello. 

Parece, y el mismo autor lo cree cierto, que la constitución reservaba á los reyes el 
derecho de dar á las familias la dignidad senatorial, y de convertir los plebeyos en pa- 
tricios. Rómulo nombró los cien primeros senadores; él ó Tacio , rey de Cures, ó los 
dos de común acuerdo elijieron los otros ciento de la nación sabina que se agregaron 
después de hecha la paz entre los dos pueblos; y Tarquino el antiguo el tercer ciento, 
que se llamó de las familias menores, £1 número de senadores quedó fijado á trescientos 
durante muchos años. Pero después de abolido el trono, /quién tuvo el derecho de nom- 
brar para las plazas de senadores que vacasen por la estincion de alguna familia patricia? 
¿fueron los cónsules, el Senado mismo, ó el pueblo? ¿Y en este caso era preciso nombrar 
el nuevo senador de los colaterales de otra rama patricia , ó era licito elejirle de una 
familia plebeya? ¿Qué se hacia , -en fin, cuando el censor degradaba á alguno de la dase 
de senador? ¿Se dejaba su plaza vacante hasta que se restableciese en otro censo, cuando 
ya hubiese correjido su conducta , ó bien no era permitido dejar vacas las plazas de do- 
tación del Senado. 

Otra dificultad ocurre combinando la teoría déla succesion éntrelos romanos con los 
principios de la institución senatorial. Se sabe cuan sagrado era en aquella república el 
derecho de adopción. ¿Se estendia también á la dignidad de senador, de modo que un 
patricio adoptando á un plebeyo, le hacia heredero de su dignidad ? ¿Quedaba privado 
de ella el hijo de un senador, si era desheredado ó adoptado en una familia plebc^ra? Na- 
da sabemos sobre estas cuestiones: la única noticia que se nos ha conservado es que los 
hijos de los senadores, antes de sor recibidos en el Senado, asistían & sus sesiones en ca- 
lidad de oyentes y se les encar^raba el mas inviolable secreto. 

Pero llegó en fin un tiempo en que la composición del Senado sufrió modificacio- 
nes mas notables. En la larga li<l que sostuvo la plebe contra el cuerpo patricial para qae 
se la hiciese partícipe de las majislraluras de la república, hubo una especie de transac- 
ción en que los plebeyos cedieron el nombre y los patricios el poder. Establecióse que 
no se nombrasen cónsules^ dignidad que los nobles querianesclusivamento para sí, sino 
tribunos militares con potestad constdar^ que fuesen en mayor número que dos (y tal vez 
llegaron hasta ocho) y que pudiesen ser nombrados los plebeyos para este destino. Al 
pricipio no lo consiguieron : el pueblo no se atrevía ú nombrar personas no acostumbra- 
das al mando, hasta que las sujesliones de los tribunos de la plebe y el mérito reconoci- 
do de algunos plebeyos consiguieron que se les pusiese al frente de la república. 

Ahora bien , el nombre no hace al caso: los tribunos militares eran entonces la ma- 
jistratura superior; pues ejercían la potestad consular; por tanto convocaban y presidian 
el Senado. Viéronse, pues , por necesidad al frente de esta corporación hombres plebe- 
yos. ¿Eran tenidos por senadores? ¿Ejercían esta autoridad durante toda su vida? ¿La 
dejaban en herencia á sus hijos? Parece que sí, al menos si hemos de juzgar por lo que 
sucedió después cuando se abrieron ú la plebe las puertas de todas las majistraturas en 
la última dictadura de Camilo. 

Pero aun todovia quedan otras cuestiones no resueltas. Claro es que las dignidades 
de pretor urbano, de cónsul y de dictador traían consigo como un resultado necesario 
la entrada en el Senado, Pero ¿sucedía lo mismo con las preturas de provincia , la coes> 
tura y la edilidad urbana? Tampoco lo sabemos. 

Cuando después de los tribunados de los Gracos cesó el imperio de la ley, y empezó 
el de los procónsules; cuando los senadores dejaron de ser notados por la censura, y 



[Í17] 
empelaron á ser degollados y proscritos por los ^efes de los partidos, do es tan impor" 
aote ni tan dificil saber lo que sucedió. Mario , Sila , César y Augusto , después de mu- 
ilada aquella indita corporación por medio de las proscripciones, la restabiecian con 
(US amigos y allegados. Esto se concibe fácilmente. Lo arduo es dar una historia com- 
pleja y exacta de la ley política de Roma , relativa á la composición del Senado. No he- 
mos querido omitir estas dudas , porque nada es sin interés de cuanto pertenece á una 
insütucion , desconocida en los pueblos de oríjen griego , y á la cual debió el romano 
la fisonomía peculiar, que ya en mal ó ya en bien , le distinguió entre los pueblos de la 
lolígüedad. 



ARTICULO n. 



V 



ENGAMOS ya á una de las materias mejor tratadas en este libro , á saber : el oríjen 
de la lejislacion política de los romanos , tan alabada por Dionisio de Halicarnaso , á 
cuyos ojos Rómulo no fue solamente un héroe , sino un sabio y casi un dios. £1 señor 
de SiWela cree que la mayor parte de estos elojios y de esta admiración es debida á los 
etniS(H>s, pueblo de civilización mas antigua que los romanos. cComunicando, dice« los 
tascos y tirrenos en los siglos que precedieron á la fundación de Roma con los pue- 
blos mas sabios del Asia , el África y la Europa , el estado de su civilización no era in- 
ferior al que presentan estos diferentes pueblos en aquella época : si los romanos acu- 
dieroD á los etruscos para las principales construcciones , con que adornaron la na- 
dante capital del mundo : si de ellos tomaron , según Floro , las fasces y las cúrales, 
h pretesta y los^ánulos, es decir, el orden gerárquico de la majistratura y sus insig- 
nias : si de ellos recibieron los auspicios y agüeros , es decir, casi todo el fondo de su 
relijíon.... ¿por qué no nos será permitido , como conforme á todas las reglas de buena 
critica , suponer que de los mismos etruscos recibieron los romanos una buena parte de 
cuanto en su organización social , su lejislacion y su política admiramos con razón en 
la historia de los primeros tiempos de esta ciudad famosa?....» 

Esta reflexión tiene para nosotros mucha fuerza , y no podemos dejar de mirar á 
ios romanos como los alumnos de los etruscos que les fueron anteriores en civilización. 
Eo cuanto á la organización política, la naturaleza ha impreso un mismo tipo para 
todos los pueblos que empiezan. Rty , Magnates y Pueblo: he aquí los tres elementos 
gaoerales del poder en todas las naciones al empezar su carrera política ; bien sea en 
los bosques de Germania , bien en los lagos del Mor te- América , bien en los pensiles 
liei Asia , ó en los arenales de la Arabia. Esta es la forma de gobierno que sucede siem- 
pre á la primitiva y patriarcal , por la razón incontestable de ser la que mas se le acerca. 

Esplica después el autor con mucha sagacidad el oríjen del espíritu belicoso de los 
romanos. cTan difícil ere que Rómulo hiciese admitir á los hombres de quienes se ro- 
deó un despotismo sin freno , como imposible el que de repente estableciese entre 
ellos todas las instituciones y artes pacifícas de los etruscos , y con ellas el principio de 
prasperídad de su colonia naciente.... Hombres cuyo título de adquisición era la fuer- 
la , y que con ella debían procurarse mujeres , terreno , producciones del suelo y de la 
industria : hombres que por consiguiente no podían menos de ser un motivo de inquie- 
tad continua para sus vecinos, estaban reducidos por la necesidad de su situación ano 
lejar las armas de la mano , y á formar una asociación guerrera que debia ser entera- 
nente exterminada , ó acabar al fín por dominarlo todo.» 

Hablando del reinado de Numa , dice : cet sabio autor del Espíritu de las leyes no 
BM ha parecido ni tan justo ni|tan profundo, como lo es ordinariamente, cuando habían- 
lo de este príncipe se contenta con presentarle como muy á propósito para haber dejado 
I Roma reducida á una oscura mediocridad. En mi entender, el reinado largo y pací- 
loo de Numa fue hasta necesario para que Roma dejase de ser y parecer un campo de 
batalla , una asociación pura de guerreros condenada por necesidad á perecer ; y para 
foe en las dulzuras déla paz se formase una generación nueva, que mas accesible y 
iiaoejaUe se prestase á la feliz transición qne debia convertir el salteador en propie- 
arío , el bandido en soldado , el hombre violento y brutal en subdito de la ley , en ciu» 



[118J 

dadano.... Sin el dios Término y la Buena íé, Júpiter Estator no habría bastado i de- 
fender el capitolio....» Estas reflexiones nos parecen muy exactas: la fuerza aola no 
crea naciones, ni puede existir orden social sin creencias. 

Son también muy atinadas las observaciones del autor acerca de la dictadura: cno 
vio el pueblo , dice, que el nombramiento de un majistrado revestido de todos loa po- 
deres era como la elección de un rey absoluto.... ^'o obstante, aunque el pueblo loe 
en el principio atraído artificiosamente á lo que no conocia, como el éxito justificó lu 
ventajas de la institución , puede con razón decirse que la sostuvo la esperiencia de su 
propia utilidad; y si bien por un lado esta utilidad, nunca desmentida bástalos últimos 
y mas corrompidos tiempos de la república , es por decirlo asi, una confesión , un dato 
testimonio de la insuíiciencia , del peligro de los gobiernos populares, también por otn 
parte la historia de los dictadores, que reprimidos por la corta duración de su majistra- 
tura , jamas abusaron de su ilimitado poder , prueba la necesidad deque inslituciooes y 
leyes sabias refrenen la facilidad de abusar que lleva consigo un poder sin límites.» El 
efecto la dictudura fue siempre saludable en liorna : dejó de estar en práctica cuando 
cesaron los peligros , ya de los enemigos estcriores , ya de las discordias intestinas ; y 
cuando estas volvieron en los tribunados de los (iracos, no se pensó en recurrir á aquella 
antigua institución , que ya hubiera agravado el mal en vez de correjírio. Habíanse per- 
vertido las costumbres ; y si se presentaban algunos varones, muy raros á la verdad, á 
los cuales pudiera haberse confiado sin peligro el poder absoluto, ¿qué podiao ean- 
prender contra la dictadura de hecho que minaba los cimientos de la libertad ronuma, á 
saber ; contra el proconsulado? Los hombres mas virtuosos de los últimos tiempos de k 
república, los Mételos , los Catones , los Cicerones nada podian contra la prepoteack 
de los Marios , Silas, Pompeyos y Césares, elevados succesivamente al poder por un 
clientela numerosa , ávida de dinero y turbulenta. Va no quedaba ningún lugar pan 
la virtud. 

No hubo, pues, en aciuellos aciagos dias dictadura legal : el poder giraba de unas 
manos á otras á merced de la violencia y de la astucia , dejando en todo el imperio 
sangrientos vestijios de su ira. Es verdad que Lucio Cornelio Sila tomó el titulo de dic- 
tador ; pero esta palabra nada anadió al poder de a(|uel hombre que habia diezmado 
impunemente la república con sus tablas de proscripción. César tomó dos veces el mis- 
mo título , y le gozaba cuando fue asesinado ; pero la primera habia ya arrojado á 
Pompeyo do Italia, y la segunda ceñía los tristes laureles de Farsalia, de Tapso y de 
Munda. Estos dos hombres estraordinarios adoptaron un nombre que se hallaba consa- 
grado en los fastos de su nación ; pero no debieron á él , como los Camilos y ios Fa- 
bios , ni su poder ni su autoridad. 

Augusto, mas cobarde y mas precavido , aparentó respetar el ridículo decreto que 
dio el Senado después de la muerte de César, aboliendo la dictadura, y creyendo necia- 
mente que se destruía la tiranía destruyendo las letras con que se escribe una palabra. 
El hijo adoptivo de este grande hombre quería mandar, bajo un título desconocido, á 
los antiguos romanos para que se ignorasen los límites de su poder; y asi insistió ea 
los dos nombres de principe y de emperador , que hasta él no fueron mas que honorí- 
ficos, y que él convirtió en rnajistratura suprema. El de emperador ó general victorio* 
so era conocido de las tropas: el de príncipe, en el Senado. Asi reunió la fueraa poli- 
tica y la militar, sin que ni él ni sus succesores echasen nunca menos el titulo de 
dictador. 

El Sr. Silvela parece creer que el Senado nombraba este majistrado y el pueblo 
confirmaba el nombramiento. Pero en los tiempos de Lucio Papirio Cursor oo siicedk 
asi. Según la narración de Tito Livio el Senado daba un decreto ó senatus-consolto , 
por el cual declaraba que se debía nombrar dictador : mas quien habia de nombrarle 
era uno de los cónsules , bien (|ue el Senado le indicaba oficiosamente á quién gustaría 
que se eliji&se. La ceremonia se hacia de noche y en silencio , como para indicar el 
de las leyes al crear un poder tan estraordinario , y el cónsul pronunciaba el nombra 
del elejido con la mayor solemnidad. 

Es verdad que el célebre Quinto Fabio Máximo, cuya prudente circunspección salvó 
á Roma después de la rota del Trasimeno , recibió del pueblo la dignidad dictatorial; 
pero no en propiedad. Tito Livio dice que, muerto uno de los cónsules en la batalla^ 



[119] 
estando ausente el otro, y no pudiendo enviársele mensajero ni carta por bailarse Italia 
ocupada por los ^ércitos cartajineses , y no pudiendo el pueblo crear dictador , se recurrió 
á UQ arbitrio no usado basta entonces , y fue que el pueblo creó por dictador á Quinto 
Fabio Máximo , y general de la caballería á Quinto Minucio Rufo. Los dictadores or* 
dinarios creaban eslc lugarteniente: was no se permitió su nombramiento á un dicta* 
dor en comisión; y aun mas adelante repartió el pueblo toda la autoridad entre el gefe 
y el subalterno: lo que no podria haber hecho con la dictadura cu propiedad. 

Parece» pues, que al Senado tocaba mandar por un decreto que se nombrase dictador; 
y á uno de los cónsules, el que designase el Senado, clejirle y crearle, sin mas limita* 
cíoo que la de que hubiese de ser varón consular, ó que hubiese ejercido el consulado: 
que el dictador asi creado nombraba su lugarteniente con el titulo de general de la 
caballería; y que su autoridad no reconocia otros limites sino el de no poder salir de 
Italia y no tener mas que seis meses de duración. 



ARTICULO IIL 



El 



iL Sr. Silvela cita la tercer dictadura de Mamerco el año de 529 de Roma, como he- 
cha por el pueblo, en satisfacción de la injuria que habia sufrido de los censores, de- 
gradándole poco antes hasta la clase de erario. Es verdad que en aquella ocasión el pue- 
blo pidió á gritos la dictadura indignado contra los tribunos militares con potestad 
consular, derrotados por los veyentinos á causade la desunión que habia entre ellos. 
Es muy verosímil que los romanos designasen por dictador á Mamerco , el mas escla- 
recido guerrero que tenia entonces la república ; pero era tan grande en Roma el res- 
peto á la parte ceremanial' de las leyes, que no se atrevieron á nombrarle por no haber 
cdmules aquel año , basta que los augures decidieron que podia ser nombrado el dicta- 
dor por tribuno militar. Aulo Cornelio Coso , tribuno á quien habia tocado el gobierno 
de la ciudad, fue quien nombró á Mamerco. 

Refiriendo la muerte de Tiberio Graco, primer triunfo sangriento, primer victima 
de la violencia brutal en las disensiones civiles de que fue teatro Roma , espone los pa- 
sos por donde esta repoblica , corrompida por la victoria y la opulencia , pasó de la 
primera aristocracia esclusiva á la del mérito y de los servicios, y malogró esta reforma 
con la perversidad de las costumbres. Comparando una nobleza con otra dice : cá una 
nobleza virtuosa succedió una nobleza rica que empezó á defenderse de diferente modo. 
La primera oponía sus virtudes y se defendía por el respeto : la segunda corrompió con 
su oro , armó el pueblo contra el pueblo y comenzó á querer suplir con el terror aque- 
lla augusta consideración que poco á poco iba dejando de inspirar. » 

Tiene mucha razón el Sr. Silvela en mirar la guerra social como una Calta de polí- 
tica y de justicia en el Senado de Roma. Los campanos, samnites , marsos, daunos y 
ápulos peleaban al lado de las lejioncs romanas en todos los campos de batalla adonde 
los llevaba la política y la ambición de los dominadores del Tiber. ¿Con qué apariencia 
de justicia se negaba el derecho de ciudadanía en Roma á los que contribuían tanto 
como los romanos mismos , ó quizá mas , al engrandecimiento del imperio? Y ¿podia 
ser conveniente á los intereses del Senado una guerra en que toda la sangre que se der- 
ramase habia de pertenecer á la república ? ¿ Y cuál era el delito de aquellos pueblos 
sino el deseo de ligar su suerte á la de Roma con mas intimidad? ¿Qué daño podían 
hacer desterrados , por decirlo asi , á las últimas tribus de ciudadanos? Roma les con- 
cedería muy poca intervención política en su gobierno ; y sin detrimento del imperio 
ganaban ellos mucho con las prerogativas y los derechos civiles inherentes al título de 
ciudadano romano. 

Acaso no ha habido en los anales sangrientos de la historia ejemplo de guerra seme- 
jante, emprendida no con el objeto de conquistar ó de defenderse, sino de perder la 
independencia propia por pertenecer á una nación estraña. £sta reflexión daba nuevas 
líiarzas á la solicitud de los aliados , y parecía justificarla aun á los ojos de los mismos 
romanos* Asi es que fue emprendida con disgusto del pueblo , continuada sin tesón y 
concluida apenas se hallaron medios decorosos para hacer la paz con cada uno de los 



[1 20J 
pueblos, á quienes se concedió separadamente el derecho por que auhelabao. Esta fue 
la primer guerra en que el Senado romano cedió en la realidad, aunque dictó al pare- 
cer las condiciones del tratado. Fue también muy infausta porque en ella se ensayaros 
los guerreros de Italia á verter sangre de sus amigos y allegados en los campos de ba- 
talla. No tardaron en derramar la de sus conciudadanos y parientes. 

Acomoda examinar si el Senado se dejó guiar por algún principio político para ne- 
garse á la ostensión del derecho de ciudadanía , ó solo por una oposicioa ciega y de 
instinto á las pretcnsiones de los tribunos déla plebe, que desde Cayo Sempronio Graco 
no habian cesado de prometer aquel derecho á los pueblos de Italia , y aun de conce- 
derlo á los que podian. El objeto de los tribunos era evidentemente aumentar en los co- 
micios las masas populares sometidas á su influencia. Pero los senadores mas perspica- 
ces que ellos, mas desapasionados y sobre todo mas prudentes, pudieron conocer que 
estendiendo el territorio de la república, y aumentando con tanta amplitud el número 
de ciudadanos, era imposible conservar el réjimen republicano. 

La constitución del mundo civilizado era antónces como sigue. El imperio romano, 
esto es , el mando y dominio de los romanos se estendia desde la embocadura del Tajo 
hasta el Tauro , y desde los Alpes hasta el desierto de Libia; pero la república romana, 
esto es, la congregación de los señores del orbe estaba limitada con pocas escepciooes 
al territorio de Roma. Asi es que las formas de su gobierno podian conservarse repu- 
blicanas mientras durase este orden de cosas. J^os demás pueblos sometidos con el títu- 
lo de aliados eran independientes en cuanto á su ri\jimen interior. Pero estendiendo á 
Italia el derecho de ciudadanía (el cual , según era fácil de prever y según sucedió, no 
tardaría en propagarse á toda la ostensión del imperio), ya era imposible , alteradas las 
relaciones del mundo con su capital , gobernarlo desde ella sin concentrar el poder ea 
una sola mano. La república podia con sus ejércitos contener en la dependencia A los 
pueblos inferiores en fuerzas y en derechos; mas no podia gobernar á sus iguales. Ahora 
bien, el Senado romano no quería que la república se convirtiese en monarquía, pri- 
mero; porque él mismo con esta mutación se convertiría de cuerpo soberano que era 
en un simple consejo de estado : segundo, porque las aristocracias conservan con mai 
firmeza que las democracias el principio de libertad , que para ellas lo es también, do 
dignidad, de poder y de gloria. 

No creemos tampoco que los Gracos , los Saturninos y demás tribunos que lanzaron 
la tea incendiaria en los pueblos aliados de la república, quisiesen el gobierno militart 
único concentrado que era posible en Roma. Solo decimos que estos tribunos acalora- 
dos, deseosos de adquirir prosélitos, no previeron que solicitaban adquirirlos á cosía 
de la libertad de su patria ; pues nadie ignora (|ue la ostensión del derecho de ciudada- 
nía fue una de las causas que aceleraron la época de la esclavitud. El Senado vio mai 
lejos que los majistrados populares ; mas no le valió, porque ya estaba escrito en el li- 
bro del destino y en el de la razón que era imposible que permaneciese libre una na- 
ción conquistadora y corrompida. La di'predacion del mundo debia ser espiada coala 
sangre y por la mani> de los mismos depredadores. 

Concluiremos nuestras observaciones acerca de esta obra, llamando la atención so- 
bre el juicio que forma el Sr. Silvela del sanguinario Sila , juicio exactísimo y digno 
de un alma poseída de la mas justa indignación al contemplar las atrocidades de aquel 
monstruo. Sin embargo , no nos parece igualmente justa su opinión acerca del autor 
del Espirita délas (eijrs^ que atribuyó á aquel celebre dictador miras políticas* En nues- 
tro entender las tuvo, y no podia dejar de tenerlas un hombre de su temple y de su ca- 
pacidad militar y política, bien que erróneas , como son todas las de todos los que on- 
plean la proscripción como medio de gobierno. Mas diremos en favor de nuestro autor: 
nosotros creemos que Sila se ocultaba á sí mismo la atrocidad de su instinto sanguina» 
rio , que era el verdadero móvil de sus acciones , con la idea , falsa sin duda, de que 
hacia un bien á la república. Mas no puede negarso que su objeto constante fue acabar 
con el espíritu sedicioso de los tribunos de la plebe, miserables ajentes en aquella época 
de cuantos aspiraban al poder por medio de los trastornos, y concentrar toda la auto* 
ridad pública en e! Senado. El mas cruel de los tiranos abdicó la tiranía cuando ereué 
haber conseguido su fin. Décimos creyó porque no lo consiguió en la realidad, por la 
razón sencillísima de que eran ya incompatibles en Roma el orden y la república. 



[121] 
La obra qiio hemos an.ilizado nos parece muy recomendable , tanto por ser orijinal 
«española y estar bien escrita, como porque es en la que á nuestro parecer se desen- 
vuelven con mas Gii>so(ía las diferentes frases de la república dominadora del mundo. 



T!M[E)l!)©©[l@I^J 



DE LA 



BZS70RIA. BS ZaA HSTOZaTTOZOXr 7HiLXr0333A, 

l)e(i)a por El* Sebastian illiñano. 



l^A revolución francesa es uno de aquellos sucesos que bacen vivir á las naciones mu- 
chos siglos en pocos años. La velocidad con que se succedieron las fases y escenas de es- 
te gran drama : el movimiento perpetuo de las pasiones políticas que ajitaron el mundo 
desde el foco de la civilización: las situaciones estraordinarias é imprevistas: poderes 
colosales, levantados y caídos en breve tiempo t ejemplos de magnanimidad , de peque- 
nez y bajeza, de sublimes virtudes, de horrendas liíaldades: la mas completa versatili-r 
dad en las ideas : la mas terrible división en los ánimos y en los intereses: el caos en el 
mundo intelectual, en el moral y en el político : en fin, cuanto apenas se podria ver en 
los anales sangrientos de la historia anticua y moderna se halla reunido en la de algu- 
nos años que duró la revolución. 

La historia de M. Thíers tiene ya una celebridad europea bien merecida. Ademas 
del estilo animado y nervioso con que está escrita , manifiesta en su autor el estadista 
]irofundo que sabe reconocer la causa y filiación de los sucesos, los intereses, aciertos 
y errores de los partidos, y el carácter |K)IíIíco que cada época grabó en los hombres que 
dominaron en ella; porque aun el mismo Bonaparte fue esclavo de los acontecimientos 
mismos que parecía dirijir. En la revolución francesa los hombres fueron muy pocos: 
las cosas lo hicieron todo. Era imposible en 1792 que el poder dejase de caer en un de- 
mócrata exajerado y sanguinario, asi como en 1799 nadie podia mandar sino un guer- 
rero hábil y afortunado. 

Decir que el magnífico cuadro formado por M. Thíers es de grande utilidad á las 
naciones y á los gobiernos seria decir una cosa harto trivial. Los documentos que pre- 
senta son admirables para conocer el manejo de los partidos, el efecto de las pasiones 
políticas: la hipocresía con que se afectan doctrinas para conseguir intereses: la facili- 
dad en exajerar las ideas mas útiles y justas; y el poder májicodeias palabras que sir- 
ven de bandera á la multitud, aunque cada uno de los que las proclaman las entienda 
de diferente modo. 

Pero no es tan trivial decir auo el cuadro de la revolución se ha presentado mas 
bieo para escarmiento que para imitación, mucho mas cuando creemos haber reconoci- 
do en algunos hombres influyentes de las revoluciones de otros países cierta tendencia 
que tenemos por ridicula , á parodiar cuanto se hizo en la francesa. Cualquiera que lea 
con atención la obra de M. Thíers reconocerá fácilmente que la revolución se estravió 
rati desde sus mismos principios. Sea la culpa de quien fueie, esto no debe ser imitado^ 
Todo el que evoca las pasiones populares sera víctima de ellas, y no solo él sino tam- 
bién la patria. Pero hay otra razón mas para que no se admita en revoluciones el 
príóeipi«) de imitación. Cada pueblo tiene diferente espíritu , diferentes ideas , diversa 

IG 



posición. V asi, aun cuando nada hubiese reprensible en la revolución francesa^ no pii« 
dieran ser aplicables sus pasos á los que diese en otra nación. Por ejemplo , la aristo- 
cracia de aquel pais en el anticuo réjitnen tenia poder político sin prendas para go* 
bernar; tenia orgullo sin las cualidades que pudieran disculparlo. La revolución la echó 
por tierra. ¿ Deberá hacerse lo mismo en otro pais donde la aristocracia, sin alríbiirio- 
nes políticas, sin derechos feudales, sin ofender ü nadie con su altivez ha sido la pri- 
mera en saludar el estandarte de la libertad? No lo creemos. 

Apenas comenzó la revolución de Francia comenzaron también las empresas para 
escribir su historia. Los mas conocidos de estos frutos verdaderamente prenialuros son 
la obra de Fantin (fes Odoavdn y la de Los dos amujos de la librrlnd, Pero era necesaria 
una previsiof. , superior d la humana para dar á los sucesos coetáneos su verdadero 
valor y alcance , y mas cuando en aquellos tiempos de tiranía democrática se gnanla- 
ria bien un escritor pi'iblico de no manifestarse succesi va mente poseído de las pa- 
siones que dominaban en las diferentes épocas. M. Thiers describió la revolución cuan- 
do ya estaba concluida, á lo menos en su efecto mas notable, que fue la efervescencia 
de las pasiones populares. La revolución francesa terminó en Honaparte, asi como la 
de Inglaterra en Oomwell. 1^ describió sin pasión de ningima especie, con la impar- 
cialidad propia de un filósofo , y con la s«in:acidad de un hombre de c&tado que sabe 
mirar los sucesos desde un punto de vista írencral. 

Poco tenemos que decir acerca cíela Traduecion anunciada en el Tiempo del 5 de Mayo 
de I8i0. El Sr. Miuano ha dado ya prm*bas en varios de sus escritos, de estilo fácil, cor- 
recto y puro ; sus relaciones con el ilustre autor de la obra orijinal le permitirán ea-' 
riquecerla con notas, asi biográficas como políticas, (|ue suban de punto el interés de 
la traducción , mucho mas cuando á ella se añadan las de las Historias del consulado y 
del imperio del mismo autor, que no tardarán en ver la luz pública. 

Las noUis políticas han de recaer sobre el espíritu mismo de la obra ; y con ellas 
puede el traductor ser muy ii(il á sus conciudadanos, mostrándoles \os* verdaderos prin- 
cipios de la liberta 1 política, compatible con el orden, cuya ignorancia dio uiolivu á la 
tendencia lamentable y anárquica que tomó la revolución francesa , y que lomarán to- 
das las rev(duciones poliliva$ cuando se conviertan en socialfs. 

Las notas biográíicas tienen üiuibien un interés de primer orden bajo el aspecto 
moral. En ellas podrá verse de qué manera las pasiones políticas alteran el carácter de 
los hombres. /Quién , por ejemplo, podría adivinar antes del hecho que Danton, ins- 
truido, de condición suave, amable, y bien admitido en la sociedad culta , sería el au- 
t:)r de los horribles asesinatos, conocidos con el nombre áe seplembrizacioneil ¿Oque 
r:)naparte, exaltado patriota y mal visto después del Termidor, por sus relaciones 
con el hermano de Kobespierre, hubiese de ser algún dia el restaurador de las insli* 
tuciones monán|uicas en Francia ? 

Xoses permitido, pues, (|(ie esperemos en la traducción anunciada una obra útil 
é interesante ^n todos tiempos ; pero mucho mas en las circunstancias actuales de 
nuestra patria y cuando tanüi necesida 1 tenemos de las lecciones de la historia. Noso- 
tros nos proponemos estudiarla tomo á lomo, y dar cuenta á nuestros lectores de las 
ideas que nos sujiera su estudio. 

TRATADO DEL DERECHO PENAL, 

por jfM. HosHÍ f iradiiciflo ni castelíiuio ¡H^r n. Caye^ 
iano Coriesm Tomo. M.—JMadriit^ ÉSaO. 



AUTÍCLXO L 



[123] 

análisis. Una cadena de verdades, en las cuales no se equivocan los colóranos como 

Erincípíos, ni las aplicaciones accidentales como objeto primario de los sentimientos, 
aren de este precioso libro una de las producciones mas importantes de la t^poca 
actual. 

Antecédele una introducción en que se refiere el oríjen y las diversas vicisitudes 
del derecho penal: describe el estado en que se halla en el dia, lo que le falta para 
su perfección, los obstáculos que se oponen á ella y los medios de removerlos. 

Después de describir rápidamente la influencia política y moral que ejerce en los 
pueblos la administración de justicia, esta}>le(^e como primer principio que todo sis- 
U*ma penal debe tener por objeto la conservación del orden mct^al entre los hombres; 
¡Mirque este orden es el primero y lUtimo fín de todas'las instituciones políticas y so- 
ciales; está grabado en los sentimientos universales de la humanidad , y es conforme 
á las nociones que tenemos de la Providencia divina , ya por la razón natural, ya por 
la revelación. Por consiguiente, toda teoría penal que sé funde sobre la xüilidad pública 
ó privada, sobre el cálculo mal ó bien he<'ho de intereses , de placeres y de dolores, es 
necesariamente manca é imperfecta, v puede conducir, y ha conducido efectivamente 
á errores lamentables. A la \erdad , fa justicia es útil á los hombres ; pero no es jus- 
ticia jiorque es útil, sino es útil porque conserva el orden moral, porque obedece A 
las relaciones inmutables del mundo intelectual. No tomemos como principio lo que 
solo es* consecuencia. La' civilización material con sus intereses y comodidades no es 
un fin ; es solamente un medio para perfeccionar la existencia moral del hombre. 

liescribe después las relaciones del sistema penal con la civilización de los pue- 
blos, y bosqueja filosóficamente los diferentes caracteres que ha tenido en las dife- 
rentes (apocas v diversos grados de cultura. En la infancia de las sociedades , dice, 
casi se confun(fc el derecho de castigar con el derecho de defen$a personal , que es 
esencialmente individual, transitorio y bestial en su acción. La venganza se mezcla 
también con la penalidad en estas épocas 

Pero en el segundo grado de la civilización cuando empiezan á desvanecerse los 
sentimientos y pasiones personales y á establecerse ideas de orden público^ el carác- 
ter dominante de la justicia fue la reparación , no la espiacion : tratóse prin(ipaU 
mente de satisfacer á la parte agraviada. De aquí el sistema de las composiciones por 
dinero , según el cual se valúan aritméticamente las ofensas hechas á los sentimien- 
tos mas dulces ó la satisfacción de los mas enérjicos y peligrosos del corazón huma- 
no. Pero á lo menos era conocido el gran principio de (pie la adminislracion de la 
justicia pertenece al poder social. 

Ix»s progresos de la civilización hi<*ieron conocer la necesidad de conservar la 
tranquilidad pública, que es la condición necesaria de todos los bienes que goza la 
sociedad. Entonces se miraron los delitos, y señaladamente los políticos, como otros 
tantos atentados mas ó menos graves del individuo contra la comunidad. Esta idea 
rompió necesariamente la relación natural entre ( 1 delito y la pena ; porque el de- 
lincuente, considerado como enemigo de todos, oprimido |)or la ira universal , por 
el temor de que uuedasen impunes los alentados contra la seguridad común , por la 
necesidad del sosiego y por el espíritu de venganza, no fue á los ojos del lejislador 
un hombre aue debia espiar su maldad, .sino una víctima que habia de -sacrificarse 
para escarmiento de los demás. Era preciso defender la sociedad , y no se creyó in- 
útil ninguna precaución que contribuyese á hacer mas segura la defensa. En esta 
época fue, pues, la ley pena cruel y caprichosa; confundió el delito con el pecado; 
anadió á la crueldad de los castigos formas ridiculas; creó delitos imajinarios; so 
complació en los suplicios ; atormentada con la insuficiencia de los medios que tienen 
los hombres para descubrir el delito, llamó al cielo en su socorro, é inventó el duelo» 
Im juicios de JJíom y el tormento. 

«A nosotros, dice Mr. Uossi , que vivimos en el seno de una civilización mas 
adelantada y profundamente progresiva, nos es fácil condenar desdeñosamente estos 
actos de una justicia penal inculta v semibárbara todavía.» Pero al mismo tiempo 
añade que en vez de hacer la crílfca del derecho penal de la edad media, debería- 
mos aplicarnos á correjir el de nuestros días, en el cual hay muchas cosas que las 
luces uel siglo no pueden tolerar. Con este motivo entra en el examen de la lejislacion 



[114J 
las Corles de que damos cuenta en este articulo , privó de fuerza legal á los contratos 
de deudas de los judíos contra los cristianos. Nosotros consideramos como efecto de 
esta ley absurda la efervescencia del odio contra aquella infeliz nación , que se mani- 
festó en los siglos XIV y XV en sediciones, tumultos y matanzas. 

£n efecto , aquella ley no impidió que los judíos fuesen ricos ; pues el mismo £o* 
rique que les prohibió ser mayordomos de los grandes señores, los conservó en la ad- 
ministración de las rentas reales , y ademas no podían quitárseles los beneficios que 
reportaban del comercio. Nada, pues, perdieron de su opulencia; pero no fueron ya 
prestamistas, porque mal se atreverían á prestar sin la garantía del- pago, que la lej 
les había quitado. £1 pueblo miserable , fanático , y que hasta entonces los habia to- 
lerado , porque encontraba en ellos auxilio para sus necesidades , comparaba sa pro- 
pia miseria con la riqueza que suponía , y no sin razón, en una raza C(»ntraria ademas 
por su creencia relijiosa. Empezó á escandecerse contra ella. A los homicidios parti- 
culares , que debieron hacerse mas comunes después de suprimida en estas Cortes la 
garantía del omesUlo^ succcdieron los degüellos en masa y los saqueos de las juderías eo 
las grandes ciudades, y llegó el furor á tal estremo, que los reyes católicos D. Fernando 
y Dona Isabel , monarcas iirmes , pero prudentes, no hallaron otro remedio al espíritu 
de sedición que tomaba por motivo ó por pretesto á los judíos, que cspelerlos del reino. 

Nosotros observamos que en los tiempos anteriores á la ley de Enrique II , los cas* 
tellanos , • sin ser menos fanáticos, sin despreciar ni odiar menos á los judíos como 
enemigos de la relijion, nunca sin embargo los persiguieron ni les hicieron mal: anlei 
hien vivían con ellos en buena armonía. Deben, pues, atribuirse el furor y los desór- 
denes posteriores á la ley que rompió el único vinculo social entre cristianos ó israe- 
litas, á saber : el auxilio que recibían los primeros de los segundos por medio de los 
préstamos. 

La petición III do estas Cortes revela una costumbre tan eslraordinarla como in- 
justa. Los bienes de los deudores de la corona, después de apreciados , so vendían á 
las personas pudientes que el rey nombraba , y que no podían cscusarse de comprar- 
los. Las Cortes piden que cese esta arbitrariedad y que se vendan á pública subasta. 
D. Enríque accedió á esto , pero añadió que en caso de no hallarse comprador voluo- 
tarío que diese el precio conveniente, se obligase á comprarlos á los mas ricos éaboñoé» 
del pueblo. 

Ilízo.se también rebaja á las deudas del pan del año anterior que habia sido escasi* 
simo, tanto que en él se habia obligado al deudor de una carga de pan á pagar por 
ella seis cargas. £1 rey mandó que estas deudas se pagasen en dinero al precio que Ke^ 
nía el pan cuando se contrajeron. 

Las leyes de la petición V y VI son mas justas. La primera manda que los merinos 
no persigan sino en virtud de querella ó en los casos infragranti. Por la VI prometed 
rey solicitar del Papa que no nombre para los beneficios del reino eclesiásticos estraa- 
jeros. La ley de sacas de In petición \ll adolece de los vicios comunes á todas las de 
su especie. La mas importante y justa de cuantas se hiciron en estas Cortes es la de la 
petición XIII. £1 rey toma bajo su protección á todos los vasallos de los señorea que 
apelen á su tribunal. Este derecho de apelación ha existido siempre en España , y que- 
rían barrenarle los nuevos agraciados por las célebres mercedes enríqueñas, maliraUm- 
do á los apelantes. 




[115] 

COMPENDIO 

DE LA 




IHIASTA L@a TDEff^JO!F>@@ ©H A(i!)@iy)§T@ 



por W. iHanuel Sitoela^ — £ír^ ^éj^. 



ARTÍCULO I. 



Bsi 



»TA obra fue escrita por un español iastruido, á quien las tempestades políticas de 
loestra patria arrojaron á países estranjeros, y fue escrita en una época en. que ya po- 
lia juzgarse con imparcialidad el pueblo y la república de Roma. En el primer tercio 
leí siglo XIX no eran ya de moda ni las ridiculas declamaciones de Mercier contra el 
tspirita dominador de la ciudad del Tiber , ni la manía de tomarla asi á ella como á 
Atenas por modelos de los gobiernos libres ; manía que produjo el bermoso verso de 

in poeta francés del tiempo de la revolución: 

* 

¿Qui me delivrera des grecs et des romains? 
Salgamos ya de griegos y romanos. 

Los progresos del espíritu filosófico y el estudio de la historia, emprendido en nues- 
ro6 días sin pasiones, han enseñado que no era muy de envidiar, y sobretodo, que no 
s aplicable en nuestras sociedades modernas la libertad de que se gozaba en las anti- 
:üas repúblicas , y que si Roma conquistó el mundo, este resultado fue producido por 
a necesidad y no por la elección. 

El Sr. Sil vela se bailaba, pues, en situación de juzgar mejor que los compendiadores 
le la historia romana que le babian antecedida; y asi, su obra es mejor en nuestro en- 
ender que las que hasta ahora poseíamos de la misma clase; y creemos que tiene mucha 
azon cuando dice en el prólogo : « me queda la convicción íntima de que son peores 
mantos (libros) conozco en su género.» 

Es obra orijinal de un español , aunque impresa en pais estr^njero , y asi debe recia- 
narla nuestra literatura. Es Casi desconocida en nuestra patria : por eso nos creemos en 
a obligación de dar cuenta de ella y del resultado de nuestro examen y estudio. No es 
in compendio como el de Goldsmith : tampoco es una historia : es mas bien un tratado 
obre la historia romana , y estamos seguros que después de leido y estudiado se leerán 
r estudiarán con mucho fruto los historiadores romanos. 

Empecemos por un punto que el Sr. Siivela examina con suma sagacidad, y es el 
le la potencia lejislativa del pueblo romano. Todos c(»nvienen en que la ciudad, reuní- 
la en comicios, ejercía el poder lejislatívo ; pero el autor cree con la autoridad de Dio- 
liaio de Uaiicaroaso y de Livio que su facultad en esta parte no fue omnímoda y abso- 
uta basta la ley del dictador Publilio Filón , por la cual se hicieron los plebiscitos obli- 
pitorios para todas las clases del estado. Dice, pues, que antes de esta ley los plebisci- 
oft no obligaron á los senadores, y que en los primeros tiempos de la monarquía>y de 
a república el Senado sancionaba y convertía en ley las determinaciones del pueblo: lo 
|ue es muy conforme tanto á las espresiones de los bistoriadoros ya citados, como á la 
lutoridad aue Rómülo quiso depositar en el Senado, y á la que esta corporación aristo- 
crática se abrogó cuando, espelidos los Tarquinos, cayó en su mano todo el gobierno de 



la república. No somos de su misma opinión en cuanto á que se decidiesen en el Senado 
lodos los negocios jndiciales ; pues en la célebre causa de Horacio el hijo , no se reco- 
noció mas autoridad que la del tribunal del rey y la del pueblo, al cual apeló aquel ilus- 
tre delincuente. Parece cierto que por la constitución de Rómulo, el supremo poder ju- 
dicial , en los casos de apelación, residia en los comicios. Después los tribunos de la j^e- 
be lograron que se estendiese á los casos de primera instancia. 

El Sr. Silvela toca , aunque levemente, uno de los puntos mas importantes y meaos 
conocidos de la constitución de Roma, cual es el de la composición del Senado, Sabido ei 
que durante muchos años, este cuerpo, que era como el cimiento de la república, se 
componia de individuos de las familias patricias, y que su dignidad era hereditaria, vi- 
talicia y esclusiva. Mas aun asi faltan muchas cosas por saber acerca de la manera de 
ser recibidos en el Senado los que tenian derecho para ello. 

Parece, y el mismo autor lo cree cierto, que la constitución reservaba á los reyes el 
derecho de dar á las familias la dignidad senatorial , y de convertir los plebeyos en pa- 
tricios. Rómulo nombró los cien primeros sen<idores; él ó Tacio , rey de Cures, ó los 
dos de común acuerdo clijieron los otros ciento de la nación sabina que se agregaroo 
después de hecha la paz entre los dos pueblos; y Tarquino el antiguo el tercer ciento, 
que se llamó de las familias menores, £1 número de senadores quedó fijado á trescientos 
durante muchos años. Pero después de abolido el trono, ¿quién tuvo el derecho de nom- 
brar para las plazas de senadores que vacasen por la estincion de alguua familia patricia? 
¿fueron los cónsules, el Senado mismo, ó el pueblo? ¿Y en este caso era preciso nombrar 
el nuevo senador de los colaterales de otra rama patricia, ó era lícito elejirle de nna 
familia plebeya? ¿Qué se hacia , -en fm, cuando el censor degradaba á alguno de la clase 
de senador? ¿Se dejaba su plaza vacante hasta que se restableciese en otro censo, cuando 
ya hubiese correjido su conducta , ó bien no era permitido dejar vacas las plazas de do- 
tación del Senado. 

Otra dificultad ocurre combinando la teoría déla succesion éntrelos romanos con los 
principios de la institución senatorial. Se sabe cuan sagrado era en aquella república el 
derecho de adopción. ¿Se estendia también á la dignidad de senador, de modo que un 
patricio adoptando á un plebeyo, le hacia heredero de su dignidad ? ¿Quedaba privado 
de ella el hijo de un senador, si era desheredado ó adoptado en una familia p1eb<^T Na- 
da sabemos sobre estas cuestiones; la única noticia queseóos ha conservado es que los 
hijos de los senadores, antes de ser recibidos en el Senado, asistían á sus sesiones en ca- 
lidad de oyentes y se les encardaba el mas inviolable secreto. 

Pero llegó en fin un tiempo en que la composición del Senado sufrió modificacio- 
nes mas notables. En la larga lid que sostuvo la plebe contra el cuerpo patricial para que 
se la hiciese partícipe de las majistraturas de la república, hubo una especie de transac- 
ción en que los plebeyos cedieron el nombre y los patricios el poder. Establecióse qae 
no se nombrasen cónsules^ dignidad que los nobles querian esclusivaraenlo para si, sino 
tribunos militares con potestad considar^ que fuesen en mayor número quedos (y tal vez 
llegaron hasta ocho) y que pudiesen ser nombrados los plebeyos para este destino. Al 
pricipio no lo consiguieron : el pueblo no se atrevía á nombrar personas no acostumbra- 
das al mando, hasta que las sujestiones de los tribunos de la plebe y el mérito reconoci- 
do de algunos plebeyos consiguieron que se les pusiese al frente de la república. 

Ahora bien , el nombre no hace al caso: los tribunos militares eran entonces la ma- 
jistratura superior; pues ejercían la potestad consular; por tanto convocaban y presidian 
el Senado. Viéronse, pues , por necesidad al frente de esta corporación hombres plebe- 
yos. ¿Eran tenidos por senadores? ¿Ejercían esta autoridad durante toda su vida? ¿La 
dejaban en herencia á sus hijos? Parece que si, al menos si hemos de juzgar por lo que 
sucedió después cuando se abrieron á la plebe las puertas de todas las majistraturas en 
la última dictadura de Camilo. 

Pero aun todovía quedan otras cuestiones no resueltas. Claro es que las dignidades 
de pretor urbano, de cónsul y de dictador traían consigo como un resultado necesario 
la entrada en el Senado, Pero ¿sucedía lo mismo con laspreturas de provincia, la coas* 
tura y la edílidad urbana? Tampoco lo sabemos. 

Cuando después de los tribunados do los Gracos cesó el imperio de la ley, y empezó 
el de los procónsules; cuando los senadores dejaron de ser notados por la censura, y 



[117] 
empelaron á ser degollados y proscritos por los ^efes de los partidos, no es tan impor" 
Mñie oi tan dificil saber lo que sucedió. Mario , Sila, César y Augusto , después de mu- 
ilada aquella indita corporación por medio de las proscripciones , la restablecían con 
ras amigos y allegados. Esto se concibe fácilmente. Lo arduo es dar una historia com- 
pleta y exacta de la ley política de Roma , relativa á la composición del Senado. No he- 
DOS querido omitir estas dudas, porque nada es sin interés de cuanto pertenece á una 
institución « desconocida en los pueblos de orijen griego , y á la cual debió el romano 
la fisonomía peculiar, que ya en mal ó ya en bien , le distinguió entre los pueblos de la 
iotigüedad. 



ARTICULO n. 



V 



ENGAMOS ya á una de las materias mejor tratadas en este libro , á saber : el orijen 
de la lejíslacion política de los romanos , tan alabada por Dionisio de Halicarnaso , á 
cuyos ojos Rómulo no fue solamente un héroe , sino un sabio y casi un dios. £1 seííor 
de Silvela cree que la mayor parte de estos elojios y de esta admiración es debida á los 
elmscos, pueblo de civilización mas antigua que los romanos, t Comunicando, dice, los 
tMCOs y tirrenos en los siglos que precedieron á la fundación de Roma con los pue- 
Mos mas sabios del Asia , el África y la Europa , el estado de su civilización no era in- 
iMÍor al que presentan estos diferentes pueblos en aquella época : si los romanos acu- 
dieron á los etruscos para las principales construcciones , con que adornaron la na- 
ciente capital del mundo : si de ellos tomaron , según Floro , las fasces y las cumies, 
la pretesta y losánulos, es decir, el orden gerárquico de la majistratura y sus insig- 
nias : si de ellos recibieron los auspicios y agüeros , es decir, casi todo el fondo de su 
relijion.... ¿por qué no nos será permitido , como conforme á todas las reglas de buena 
critica , suponer que de los mismos etruscos recibieron los romanos una buena parte de 
cuanto en su organización social , su lejislacion y su política admiramos con razón en 
la historia de los primeros tiempos de esta ciudad famosa?....» 

Esta reflexión tiene para nosotros mucha fuerza , y no podemos dejar de mirar á 
loa romanos como los alumnos de los etruscos que les fueron anteriores en civilización. 
En cuanto á la organización política, la naturaleza ha impreso un mismo tipo para 
todos los pueblos que empiezan. Rey , Magnates y Pueblo : he aquí los tres elementos 
generales del poder en todas las naciones al empezar su carrera política ; bien sea en 
los bosques de Germania , bien en los lagos del Norte-América , bien en los pensiles 
del Asia , ó en los arenales de la Arabia, l^ta es la forma de gobier&o que sucede siem- 
pre á la primitiva y patriarcal , por la razón incontestable de ser la que mas se le acerca. 

Esplica después el autor con mucha sagacidad el orijen del espíritu belicoso de los 
romanos. tTan diGcil ere que Rómulo hiciese admitir á los hombres de quienes se ro- 
deó un despotismo sin freno , como imposible el que de repente estableciese entre 
ellos todas las instituciones y artes padGcas de los etruscos , y con ellas el principio de 
prosperidad de su colonia naciente.... Hombres cuyo título de adquisición era la fuer- 
za, y que con ella debían procurarse mujeres, terreno, producciones del suelo y déla 
industria : hombres que por consiguiente no podían menos de ser un motivo de inquie- 
tad continua para sus vecinos, estaban reducidos por la necesidad de su situación ano 
dejar las armas de la mano , y á formar una asociación guerrera que debia ser entera- 
mente exterminada , ó acabar al fin por dominarlo todo.» 

Hablando del reinado de Numa , dice : tel sabio autor del Espíritu de las leyes no 
me ha parecido ni tan justo ni|tan profundo, como lo es ordinariamente, cuando hablan- 
do de este príncipe se contenta con presentarle como muy á propósito para haber dejado 
i Roma reducida á una oscura mediocridad. En mi entender, el reinado largo y paci- 
fico de Numa fue hasta necesario para que Roma dejase de ser y parecer un campo de 
batalla , una asociación pura de guerreros condenada por necesidad á perecer ; y para 
que en las dulzuras déla paz se formase una generación nueva, que mas accesible y 
nanejable se prestase á la feliz transición qne debia convertir el salteador en propie- 
iario , el bandido en soldado , el hombre violento y brutal en subdito de la ley , en ciu«> 



[118J 

dadano.... Sin el dios Término y la Buena fé, Júpiter Estatorno babria bastado á de- 
fender el capitolio....» £stas reflexiones nos parecen muy exactas : la fuera sola no 
croa naciones, ni puede existir orden social sin creencias. 

Son también muy atinadas las observaciones del autor acerca de la dictadura: ino 
vio el pueblo , dice , que el nombramiento de un majistrado revestido de todos los po- 
deres era como la elección de un rey absoluto.... Xo obstante, aunque el pueblo toe 
en el principio atraído artificiosamente á lo que no conocia, como el éxito justificólas 
ventajas de la institución , puede con razón decirse que la sostuvo la esperiencia de so 
propia utilidad ; y si bien por un lado esta utilidad, nunca desmentida bástalos últimos 
y mas corrompidos tiempos de la república , es por decirlo así , una confesión , un ciato 
testimonio de la insuticiencia , del peligro de tos gobiernos populares, también por otn 
parte la bistoria de los dictadores, que reprimidos por la corta duración de su majístra- 
tura , jamas abusaron de su ilimitado poder , prueba la necesidad de que instituciones y 
leyes sabias refrenen la facilidad de abusar que lleva consigo un poder sin límites.» Ea 
efecto la dictudura fue siempre saludable en Roma : dejó de estar en práctica cuando 
cesaron los peligros , ya de los enemigos esteriores , ya de las discordias intestinas ; y 
cuando estas volvieron en los tribunados de los Gracos, no se pensó en recurrir á aqadla 
antigua institución , que ya hubiera agravado el mal en vez de correjirlo. llabiánse per- 
vertido las costumbres ; y si se presentaban algunos varones, muy raros á la verdad* á 
los cuales pudiera haberse confiado sin peligro el poder absoluto , ¿qué podian en- 
prender contra la dictadura de hecho que minaba los cimientos de la libertad romana, á 
saber ; contra el proconsulado? Los hombres mas virtuosos de los últimos tiempos déla 
república, los Mételos , los Catones , los Cicerones nada podian contra la prepotenck 
de los Marios , Silas, Pompeyos y Césares, elevados succesivaniente al poder por uat 
clientela numerosa , ávida de dinero y turbulenta. Ya no quedaba ningún lugar pan 
la virtud. 

No hubo, pues, en aquellos aciagos dias dictadura legal : el poder giraba de uaas 
manos á otras á merced de la violencia y de la astucia , dejando en todo el imperio 
sangrientos vcstijios de su ira. Es verdad que Lucio Cornelio Sila tomó el titulo de dic- 
tador ; pero esta palabra nada añadió al poder de aquel hombre que habia diezmado 
impunemente la república con sus tablas de proscripción. César tomó dos veces el mis- 
mo titulo , y le gozaba cuando fue asesinado ; pero la primera habia ya arrojado á 
Pompeyo de Italia, y la segunda cenia los tristes laureles de Farsalia, de Tapao y de 
Munda. Estos dos hombres estraordinarios adoptaron un nombre que se hallaba consfr* 
grado en los fastos de su nación ; pero no debieron á él , como los Camilos y los Fa^ 
bios , ni su poder ni su autoridad. 

Augusto, mas cobarde y mas precavido , aparentó respetar el ridículo decreto que 
dio el Senado después de la muerte de César, aboliendo la dictadura, y creyendo necia- 
mente que se dcstruia la tiranía destruyendo las letras con que se escribe una palabra. 
El hijo adoptivo de este grande hombre quería mandar, bajo un titulo desconocido, á 
los antiguos romanos para que se ignorasen los límites de su poder; y asi insistió ea 
los dos nombres de príncipe y de emperador , que hasta él no fueron mas que faonorf- 
ñcos, y (|ue él convirtió en majistratura suprema. El de emperador ó general victorio- 
so era conocido de las tropas: el de príncipe, en el Senado. Asi reunió la fuerna poli- 
tica y la militar , sin que ni él ni sus succesores echasen nunca menos el título de 
dictador. 

El Sr. Silvela parece creer que el Senado nombraba este majistrado y el pueblo 
confirmaba el nombramiento. Pero en los tiempos de Lucio Papirio Cursor no sucedía 
asi. Según la narración de Tito Livio el Senado daba un decreto ó senatus-consulto , 
por el cual declaraba que se debia nombrar dictador : mas quien habia de nombrarie 
era uno de los cónsules , bien que el Senado le indicaba oficiosamente á quién gustarii 
que se elijiase. La ceremonia se hacia de noche y en silencio , como para indicar d 
de las leyes al crear un poder tan estraordinario , y el cónsul pronunciaba el nombre 
del elejido con la mayor solemnidad. 

Es verdad que el célebre Quinto Fabio Máximo, cuya prudente circunspección salvó 
á Roma después de la rota del Trasimeno , recibió del pueblo la dignidad dictatoria; 
pero no en propiedad. Tito Livio dice que, muerto uno de los cónsules en la batalia. 



[119] 
indo ausente el otro, y do pudiendo enviársele mensajero ni carta por hallarse Italia 
peda por los qjércitos carlajineses , y no pudiendo el pueblo crear dictador , se recurrió 
D arbitrio no usado hasta entonces , y fue que el pueblo creó por dictador á Quinto 
>io Máximo , y general de la caballería á Quinto Minucio Rufo. Los dictadores or- 
arios creaban este lugarteniente: mas no se permitió su nombramiento á un dicta- 
en comisión; y aun mas adelante repartió el pueblo toda la autoridad entre el gefe 

I subalterno: lo que no podría haber hecho con la dictadura en propiedad. 
Parece» pues, que al Senado tocaba mandar por un decreto que se nombrase dictador; 
uno de los cónsules, el que designase el Senado, clejirle y crearle, sin mas limita*- 

II que la de que hubiese de ser varón conmiar, 6 que hubiese ejercido el consulado: 
i el dictador asi creado nombraba su lugarteniente con el título de general de la 
«lleria; y que su autoridad no reconocía otros límites sino el de no poder salir de 
ia y no tener mas que seis meses de duración. 



ARTICULO III. 



L Sr. Silvela cita la tercer dictadura de Mamerco el año de 529 de Roma , como he- 
I por el pueblo, en satisfacción de la injuria que habia sufrido de los censores, de- 
idíándole poco antes basta la clase de erario. Es verdad que en aquella ocasión elpue- 
> pidió á gritos la dictadura indignado contra los tribunos militares con potestad 
liuhir, derrotados por los veyentiuos á causade la desunión que habia entre ellos, 
muy verosímil que los romanos designasen por dictador á Mamerco , el mas escla- 
;ido guerrero que tenia entonces la república ; pero era tan grande en Roma el res- 
to á la parte ceremanial'de las leyes, que no se atrevieron á nombrarle por no haber 
\$ules aquel aüo , hasta que los augures decidieron que podía ser nombrado el dicta- 
r por tribuno militar. Aulo Cornelio Coso , tribuno á quien habia tocado el gobierno 
la ciudad , fue quien nombró á Mamerco. 

Refiriendo la muerte de Tiberio Graco, primer triunfo sangriento, primer victima 
la violencia brutal en las disensiones civiles de que fue teatro Roma , espone los pa- 
por donde esta república , corrompida por la victoria y la opulencia , pasó de la 
mera aristocracia esclusiva á la del mérito y de los servicios, y malogró esta reforma 
I la perversidad de las costumbres. Comparando una nobleza con otra dice : cá una 
bleza virtuosa succedió una nobleza rica que empezó á defenderse de diferente modo, 
primera oponía sus virtudes y se defendía por el respeto : la segunda corrompió con 
oro , armó el pueblo contra el pueblo y comenzó á querer suplir con el terror aque- 
augusta consideración que poco á poco iba dejando de inspirar.» 
Tiene mucha razón el Sr. Silvela en mirar la guerra social como una falta de poli- 
I y de justicia en el Senado de Roma. Los campanos, samnites, marsos, daunos y 
líos peleaban al lado de las lej iones romanas en todos los campos de batalla adonde 
llevaba la política y la ambición de los dominadores del Tiber. ¿Con qué apariencia 
justicia se negaba el derecho de ciudadanía en Roma á los que contribuían tanto 
no los romanos mismos , ó quizá mas , al engrandecimiento del imperio? Y ¿podia 
eonveniente á los intereses del Senado una guerra en que toda la sangre que se der- 
lase habia de pertenecer á la república? ¿Y cuál era el delito de aquellos pueblos 
9 el deseo de ligar su suerte á la de Roma con mas intimidad? ¿Qué daño podían 
«r desterrados , por decirlo asi , á las últimas tribus de ciudadanos? Roma les con- 
ería muy poca intervención política en su gobierno ; y sin detrimento del imperio 
laban ellos mucho con las prerogativas y los derechos civiles inherentes al titulo de 
dadano romano. 

A<:aso no ha habido en los anales sangrientos de la historia ejemplo de guerra seme- 
t4iy emprendida no con el objeto de conquistar ó de defenderse, sino de perder la 
ependencia propia por pertenecer á una nación estraña. Esta reflexión daba nuevas 
ñas á la solicitud de los aliados , y parecía justificarla aun á los ojos de los mismos 
lanos. Asi es que fue emprendida con disgusto del pueblo , continuada sin tesón y 
cluida apenas se hallaron medios decorosos para hacer la paz con cada uno de los 



[120J 
pueblos , á quienes se concedió separadamente el derecho por que anhelabao. Está fiíe 
la primer guerra en que el Senado romano cedió en la realidad , aunque dictó al pare- 
cer las condiciones del tratado. Fue también muy infausta porque en ella se ensayaroa 
los guerreros de Italia á verter sangre de sus amigos y allegados en los campos de ba* 
talla. No tardaron en derramar la de sus conciudadanos y parientes. 

Acomoda examinar si el Senado se dejó guiar por algún principio político para ne- 
garse á la ostensión del derecho de ciudadanía, ó solo por una oposición ciega y de 
instinto á las pretensiones de los tribunos de la plebe, que desde Gayo Sempronio Graco 
no habian cesado de prometer aquel derecho i\ los pueblos de Italia , y aun de conce- 
derlo á los que podían. El objeto de los tribunos era evidentemente aumentar en los co- 
micios las masas populares sometidas á su iuQuencia. Pero los senadores mas perspica- 
ces que ellos, mas desapasionados y sobre todo mas prudentes, pudieron cooocer que 
estendiendo el territorio de la república, y aumentando con tanta amplitud el número 
de ciudadanos, era imposible conservar el réjimen republicano. 

La constitución del mundo civilizado era antónces como sigue. El imperio romano, 
esto es , el mando y dominio de los romanos se estendia desde la embocadura del Tajo 
hasta el Tauro , y desde los Alpes hasta el desierto de IJbia; pero la república romana, 
esto es , la congregación de los scfiores del orbe estaba limitada con pocas escepciones 
al territorio de lloma. Asi es que las formas de su gobierno podian conservarse repu- 
blicanas mientras durase este orden de cosas. Los demás pueblos sometidos con el titu- 
lo de aliados eran independientes en cuanto á su réjimen interior. Pero estendiendo á 
Italia el derecho de ciudadanía (el cual, según era fácil de prever y según sucedió, no 
tardaría en propagarse á toda la estension del imperio), ya era imposible , alterifdaslai 
relaciones del mundo con su capital , gobernarlo desde ella sin concentrar el poder ea 
una sola mano. La república podia con sus ejércitos contener en la dependencia á los 
pueblos inferiores en fuerzas y en derechos; mas no podia gobernar á sus iguales. Ahora 
bien, el Senado romano no queria que la república se convirtiese en monarquía, pri- 
mero ; porque él mismo con esta mutación se convertiría de cuerpo soberano que 
en un simple consejo de estado : segundo, porque las aristocracias conservan con 
firmeza que las democracias el principio de libertad , que para ellas lo es también, do 
dignidad , de poder y de gloría. 

No creemos tampoco que los Gracos , los Saturninos y demás tribunos que lanzaron 
la tea incendiaria en los pueblos aliados de la república, quisiesen el gobierno militar, 
único concentrado que era posible en Roma. Solo decimos que estos tribunos acalora- 
dos, deseosos de adquirir prosélitos, no previeron que solicitaban adquirirlos á coala 
de la libertad de su patria ; pues nadie ignora que la ostensión del derecho de ciudada- 
nía fue una de las causas que aceleraron la época de la esclavitud. El Senado \íó mas 
lejos que los majistrados populares ; mas no le valió , porque ya estaba escrito en d li- 
bro del destino y en el de la razón que era imposible que permaneciese libre una na- 
ción conquistadora y corrompida. La depredación del mundo debia ser c*piada coala 
sangre y por la man:) de los mismos depredadores. 

Concluiremos nuestras observaciones acerca de esta obra, llamando la atención so- 
bre el juicio que forma el Sr. Silvela del sanguinario Sila , juicio exactísimo y digno 
de un alma poseída de la mas justa indignación al contemplar las atrocidades de aquel 
monstruo. Sin embargo , no nos parece igualmente justa su opinión acerca del autor 
del Espirita de las feíjrs^ que atribuyó á aquel célebre dictador miras políticas. En nues- 
tro entender las tuvo, y no podia dejar de tenerlas un hombre de su temple y de su ca- 
pacidad militar y política, bien que erróneas , como son todas las de todos los que em- 
plean la proscripción como medio de gobierno. Mas diremos en favor de nuestro autor: 
nosotros creemos que Sila se ocultaba á sí mismo la atrocidad de su instinto sanguina- 
rio , que era el verdadero móvil de sus acciones, con la idea, falsa sin duda, de que 
hacia un bien á la república. Mas no puede negarse que su objeto constante fue acanar 
con el espíritu sedicioso de los tribunos de la plebe, miserables ajenies en aquella época 
de cuantos aspiraban al poder por medio de los trastornos, y concentrar toda la auto- 
ridad pública en el Senado. El mas cruel de los tiranos abdicó la tiranía cuando ereyá 
haber conseguido su fin. Décimos creyó porque no lo consiguió en la realidad, por la 
razón sencillísima de que eran ya inconipatibles en Roma el orden y la república. 



[121] 
La obra que hemos analizado nos parcrc muy reconiendabir , tanto por ser oríjinal 
española y estar bien escrita, romo porque es en la que Á nuestro parecer se destín- 
vuelven con mas ülosofia las diferentes frases de la república dominadora del mundo. 



Tns/a[6)3J)©©o@[Ki 



I)E LA 



SZ3T0RZA Ca LA HSTOZaTTOZOXr FHA1T9S3A, 

l)ecl)a por ÍD» Sebastian íttiitano. 

JLjA revolución francesa es uno de aquellos sucesos que liacen vivir á las naciones mu- 
chos sighis en pocos años. La velocidad con que se succedieron las fases y escenas de es- 
te gran drama : el movimiento perpetuo de las pasiones políticas que ajitaron el mundo 
desde el foco de la civilización: las situaciones estraordinarias é imprevistas: poderes 
colosales, levantados y caidos en breve tiempo: ejemplos de magnanimidad , de peque- 
nez y bajeza, de sublimes virtudes, de horrendas maldades: la mas completa versatili-^ 
dad en las ideas : la mas terrible división en los ánimos» y en los intereses: el caos en el 
mundo intelectual, en el moral y en el político : en fin, cuanto apenas se podría ver en 
los anales sangrientos de la historia antigua y moderna se halla reunido en la de algu- 
nos años que duró la revolución. 

La historia de M. Thíers tiene ya una celebridad europea bien merecida. Ademas 
del estilo animado y nervioso con que está escrita , manifiesta en su autor el estadista 
profundo que sabe reconocer la causa y filiación de los sucesos, los intereses, aciertos 
y errores de los partidos, y el carácter |>olítico que cada época grabó en los hombres que 
tlominarcm en ella; porque aun el mismo Ronaparte fue esclavo de los acontecimientos 
mL<mos que parecia dirijír. En la revolución francesa los hombres fueron muy pucos: 
las cosas lo hicieron todo. Era imposible en 1792 que el poder dejase de caer en un de- 
mócrata exajerado y sanguinario, asi como en 171)9 nadie podia mandar sino un guer- 
rero hábil y afortunado. 

Ilecir que el magnífico cuadro formado por M. Thiers es de grande utilidad á las 
naciones y á los gobiernos seria decir una cosa harto trivial. Los documentos que pre- 
senta son admirables para conocer el manejo de los partidos, el efecto de las pasiones 
polilicas: la hipocresía con que se afectan doctrinas para conseguir intereses: la facili- 
dad en exajerar las ideas mas útiles y justas; y el poder májicodelas palabras que sir- 
ven de bandera á la multitud, aunque cada uno de los que las proclaman las entienda 
de diferente modo. 

Pero no es tan trivial decir que el cuadro de la revolución se ha presentado mas 
bien para escarmiento que para imitación, mucho mas cuando creemos haber reconoci- 
do en algunos hombres influyentes de las revoluciones de otros paises cierta tendencia 
que tenemos por ridicula, á parodiar cuanto se hizo en la francesa. Cualquiera que lea 
con atención la obra de M. Thiers reconocerá fácilmente que la revolución se estravió 
casi desde sus mismos pnncipios. Sea la culpa de quien fueie, esto no debe ser imitado*. 
Todo el que evoca las pasiones populares sera victima de ellas, y no solo él sino tam- 
bién ki patria. Pero hay otra razón mas para que no se admita en revoluciones el 
principio de imitación. Cada pueblo tiene diferente espíritu , diferentes ¡deas , diversa 

ÍG 



posición. V asi, aun cuantío nada hubiese reprensible en la revolución francesa, no pu- 
dieran ser aplicables sus p.isos á los que diese en otra nación. Por ejemplo , la aristo- 
cracia de aquel pais en el ant¡<;uo redimen tenia poder político sin prendas para go- 
bernar; tenia orgullo sin las cualidades que pudieran disculparlo. La rcvolticion la echó 
por tierra. ¿Deberá hacerse lo mismo en otro pais donde la aristocracia, sin alribucio- 
nes políticas, sin dereclios feudales, sin ofender á nadie con su altivez ha sido ia pri- 
mera en saludar el estandarte de la libertad? No lo creemos. 

Apenas comenzó la revolución de Francia cou)enzaron también las empresas para 
escribir su historia. Los mas conocidos de estos frutos verdaderamente premaluros son 
la obra de Fnntin dcx Oiloards y la de Los dos amhjos de la Ubcrtnd. Pero era necesaria 
una previsiof. , superior A la humana para dar á los sucesos coetáneos su verdadero 
valor y alcance , y mas cuamlo en aquellos tiempos de tiranía democrática se guanla- 
ria bien un escritor piiblico de no manifestarse succesivamente poseído de las pa- 
siones que dominaban en las diferentes épocas. M. Thiers describió la revolución cuan- 
do ya estaba concluida, á lo menos en su efecto mas notable, que fue la efervescencia 
de las pasiones populares. La revolución francesa terminó en Honaparte, asi como la 
de Inglaterra en Oomweil. 1^ describió sin pasión de ninguna especie, con la impar- 
cialidad propia de un fdósofo, y con la sagacidad de un hombre de estado que sabe 
mirar los sucesos desde un punto de vista general. 

Poco tenemos que decir acerca déla Traducción anunciada en el Tiempo del 5 de Mayo 
de I8i0. El Sr. Mifiano ha dado ya pruebas en varios de sus escritos, de estilo fácil, cor- 
recto y puro ; sus relaciones con el ilustre autor de la obra orijinal le permitirán ea-' 
riquecerla con notas, asi biográíicas como políticas, (|ue suban de punto el intercede 
la traducción , mucho mas cuando á ella se añadan las de las Historias del consulado y 
del imperio del mismo aut(»r, que no tardarán en ver la luz pública. 

Las notas políticas han de recaer sobre el espíritu mismo de la obra; y ron ellai 
puede el traductor ser muy úíil á sus conciudadanos, mostrándoles lo» verdaderos prin- 
ripios de la liberta 1 política, compatible con el orden, cuya ignorancia dio motivo á la 
tendencia lamentable y anárquica que tomó la revolucicm francesa , y que lomarán to- 
das las revoluciones ¡mi ii iras cuando .se conviertan en st>cialfs. 

Las notas biográficas tienen también un interés de primer orden bajo el aspecto 
moral. En ellas podrá verse de (jiié manera las pasiones políticas alteran el carácter de 
los hombres. /Quién , por ejemplo, podria adi\inar antes del hecho que Danton, ins- 
truido, de condición suave, amable, y bien admitido en la sociedad culta , seria el ao- 
t:)r de los horribles asesinatos, conocidos con el nombre ác sepiembrizaciotienJ ¿O que 
K;>naparte, exaltado patriota y mal visto después del Termidor, por sus relaciones 
con el hermano de Hobespíerre, hubiese de ser algún dia el restaurador de las insti- 
tuciones mona n| nicas en Francia ? 

Nos es permitido, pues, (|iie esperemos en la traducción anunciada una obra útil 
é interesante en todos tiempos ; pero mucho mas en las circunstancias actuales de 
nuestra patria y cuando tanta necesida 1 tenemos de las lecciones de la historia. Noso- 
tros nos prop.)nemos estudiarla tomo á tomo, y dar cuenta á nuestros lectores de las 
ideas que nos sujiera su estudio. 

TRATADO DEL DERECHO PENAL, 

por JM. ttossi 9 tradHckdo al cíMtelfnno por n. CVfffe- 
iano VorléB. Tomüíp. M.—JMadrM^ ÉSao. 



<o»90H< 



AUTÍCLLO L 

XjSTA obra es una demostración práctica del íriro grave y verdaderamente filosófico 
que toman los estudios en nuestro siglo, m:iy diferente del que seguian en el pasado, 
cuando la sutileza de injenio era tenida por filosofía y el sofisma sentimental por 



[123] 

málisis. Una cadena de verdades, en las cuales no se equivocan los colorarios como 
iríncipíos, ni las aplicac'unies accidentales como objeto primario de los sentimientos, 
lacen de este precioso libro una de las producciones mas impoi-tantes de la c^poca 
ictual. 

Antecédele una introducción en que se refiere el oríjen y las diversas vicisitudes 
leí derecho penal: describe el estado en que se halla en el dia, lo que le falta para 
u perfetrion, los obstilculos que se oponen á ella y los medios de removerlos. 

Ik^pnes de describir rápidamente la influencia política y moral que ejerce en los 
meblos la administración de justicia, est¿i})lece como primer principio que todo sis- 
ema penal debe tener por objeto la conservación del orden mcral entre los hombres; 
M>rque este orden es el primero y i^ltimo fm de (odaslas instituciones políticas y so^. 
iales; está grabado en los sentimientos universales de la humanidad , y es conforme 
I las nociones que tenemos de la Providencia divina , ya por la razón natural, ya por 
a revelación. Por consiguiente, toda teoría penal que se funde sobre la utilidad pública 
i privada, sobre el cálculo mal (V bien hecho de intereses , de pLiceres y de dolores, es 
lecesar lamente manca é imperfecta, y puede conducir, y ha conducido efectivamente 
I errores lamentables. A la \erdad , la justicia es lUil á los hombres ; pero no es jus- 
icía ¡)orque es útil, sino es útil porque conserva el urden moral, porque obedece á 
as relaciones inmutables del mundo intelectual. No tomemos como principio lo qiie 
olo es* consecuencia. I^' civilización material con sus interi^ses y comodidades no es 
m fin ; es solamente un medio para perfeccionar la existencia moral del hombre. 

Describe después las relaciones del sistema penal con la civilización de los pue- 
des, y bosqueja filosóficamente los diferentes caracteres que ha tenido en las dife- 
entes épocas y diversos grados de cultura. En la infancia de las sociedades , dice, 
asi se confunde el derecho de castigar con el derecho de dcfniM personal , que es 
esencialmente individual, transitorio y bestial en su acción. La venganza se mezcla 
ambien con la ])rnatidad en estas épocas 

Pero en el segundo grado de la civilización cuando empiezan á desvanecerse los 
entimientosy pasiones personales y á establecerse ideas de urden público, el carác- 
er dominante de la justicia fue la reparación , no la espiacion : tr-atóse prindpaU 
aente de satisfacer á la parte agraviada. De aqui el sistema de las composiciones por 
linero , según el cual se valúan aritmélicamente las ofensas hechas á los sentimien- 
os mas dulces ó la satisfacción de los mas enérjicos y peligrosos del corazón húma- 
lo. Pero Á lo menos era conocido el gran principio de ([uc la administración de la 
usticia pertenece al poder social. 

IxíS progresos de la civilización hicieron conocer la necesidad de conservar la 
mnquilidad pública, que es la condición necesaria de todos los bienes que goza la 
ociedad. Entonces se miraron los delitos, y señaladamente los políticos, como otros 
antos atentados mas 6 mem»s graves del individuo contra la comunidad. Esta idea 
ODipió necesariamente la relación natural entre ( 1 delito y la pena ; porque el de- 
incuente, considerado como enemigo de todos, oprimido por la ira universal , por 
4 temor de que quedasen impunes los alentados contra la seguridad común , por la 
lecesidad del sosiego y por el espíritu de venganza, no fue á los ojos del lejislador 
m hombre (lue debia espiar su maldad , sino una víctima que habia de -sacrificarse 
Kira escarmiento de los demás. Era preciso defender la sociedad , y no se creyó in- 
itil ninguna precaución que contribuyese á hacer mas segura la defensa. En esta 
fpoca fue, pues, la ley pena cruel y caprichosa; confundió el delito con el pecado; 
iñadió á la crueldad de los castigos formas ridiculas; creó delitos imajinarios; se 
t>mplació en los suplicios ; atormentada con la insuficiencia de los medios que tienen 
os hombres para descubrir el delito, llamó al cielo en su socorro, é inventó el duelo» 
0$ juicios de I)ioM y el tormento. 

cA nosotros, dice Mr. Uossi , que vivimos en el seno de una civilización mas 
idelantada y profundamente progresiva, nos es fácil condenar desdeño'samente estos 
ictos de una justicia penal inculta v semibárbara todavía.» Pero al mismo tiempo 
iñadc que en vez de hacer la crítica del derecho penal de la edad ipedia, debería- 
nos aplicarnos á correjir el de nuestros días, en el cual hay muchas cosas que las 
UCC8 uel siglo no pueden tolerar. Con este motivo entra en el examen de la lejislacion 



criminal do los ingleses; critica la profiisiun con que en ella se prodigran la pena ue 
muerto, la de azotes, la do oonfiscacion , la atrocidad del suplicio de los traidores 
V otros vestijios de la rusticidad ai)ti{i[ua.' t Sin embarco, dice nuestro aiiCor . cuan- 
do Samuel Romilly propuso sustituir una forma de ejecución capital menos atroi, 
su |)ropos¡cion fue desodiada por setenta y tros votos de ciento y trece. El pueblo in- 
fries no es por eso menos del parecer de Komilly, y on I.S^Olo probó cuando el supli- 
cio do Tbisllewood (1). Ahora todos saben que la ley no será cumplida y que no po- 
dría serlo; poro los sabios del parlamento, esos boudiros (i^raves que creen forniAl- 
mcnte haber dado una escelente razón cuando han diclu»: cnolumus le^cs An|[(li« 
mu tari » {no queremos que se tnmlen las leyen de Lifflaierra), prcíieren dejar al verdugo el 
cuidado de mirar en su pais por la humanidad.» 

Examina después el derecho penal que actuahrtente rije en Francia, mas huma- 
no y racional que el del antijruo réjimen , pero que se resiente <lel carácter violento 
<lel poder imperial que creó nuevas bastillas y restauró la confiscación : censura la 
división de los actos punibles en crímenes, delitos y contravenciones , porque el c<»- 
digo la deriva , no de la culpabilidad de la a<M;ion, sino de la pena que se le impone: 
critica la dureza de las ponas contra los cómplices , contra los destruct<ires de la pro- 
piedad del estado , y la teoría do la muerlo civil, «principio tan razonablo, dice, 
como puede serlo la idea de suponer quo lo que existo no existe, que un vivo es un 
muerto.» l|;ualmonto nota los dof(^ctos de los códipos de Suiza y de Prusia. Pasa des- 
pués al examen de los cóili^os de procodimiontos de estos diversos p^iises , y observa 
con un tino semejante al de Montesquieu his ventajas ó inconvenientes de sus dispo- 
siciones. Kl resultado de osla digresión es la necesidad absoluta de poner en armonii 
el derecho penal con la actual civilización de ios pueblos. 

No croe sin embar<;o que puedan hacerse nola!)!os mejoras de este derecho en los 
estados sometidos al p[obiorno absoluto, poniuo bajo osle réjimen han de i*cder al 
recelo y A las sos|)oclias iM poder todas las consideraciones de la justicia. Su estn*Ua 
polares su segurida<l individual, y se cura poco de las relaciones eternas del mundo 
moral, f.o mismo <lice do los (robiornos deman:ójicos y revolucionarios, en donde no 
hay mas princi|)io de conducta cu lojislacion, en diplomacia, en administración que 
el interós del partido douiiiiaiile. 

AUTÍCl LO n. 

LIlMOS cuenta de la introducción de este libro en el artículo nnterif»r : pasemos ya 
al examen del cuerpo do la obra. El aulor empieza por buscar el oríjon M tUrrrht de 
msfigtir, qut* es la cuestión fundamental do la ciencia. Sin ella su trabajo solo perte- 
neceria al arto ó la profesión del jurisconsulto. 

Las condiciones esenciales que la conciencia y la razón univers.il de los Iiombrei 
exijen del castigo para tenerlo por justo son dos: primera , que sea merecido: segun- 
da , que sea im¡Miesto \h}V el «tr/xTior. E\ mal que se causa al delincuente debe ser ei- 



[í] Artun» Tisilfwood proros:»l>:i los |M-íiuifMos do l:i di'nia;;o¡ia mas dt»sí»nrn*n:ida , y proclaniú sus 
opinioiit's cou suma (>.>a(lía coa iiiolivo (!•• lus IiiiimiUos ocurridos en MaiH'li(\st4T vn la r|HH*:i dt* la crisis 
roiiu it-ial qu<' sufrió Inglaterra dt'spiios do la pax de 1815. Fue |)n\so. acusado do hahor escilado al 
puoiilo á la rolu'lion y doclarado no criminaL Alj^uno!» uioscs dospuos dosafíó al lonl Sidiiioulh que en 
iitinistro , y á quioii (ivia cau^a iU* sn priMOii. Fuo |)ros<» secunda vox , y á |hm*o tioiufio puesto en li- 
iHM'iad. Kl ¿lí d(* foltron» do 1820 a*} puso al froiito (\i* una (-oii>|»ir:i(-MMi , oa\o ohjcto (Tsi :i.sesiiiar é los 
fiiiiiistros quo <lot»iaii r(*unirsi> ou casa ik* uuo do olios. La poiida luvo uolicia del oroyi^oio • se antiH|)« 
á ól . y d(ís¡iuo!» do uu oouihalo n^ñidísiuio on quo Tliistlowood niritó á uno do los (^uartlias de lnraiiü*iiii 
fuorou prosos nu4*vo de los conjurados. Tlli^ll(r^vood, quo soo.scajM') dol co'.id>al<*. fuo porsogiiidu y pn*M 
tiiuhion. C(Midonós4'le á la ¡lona do los traid(»n>s cimi cualit» do sus cóinplicos ; poro, cuando despiifst d¿ 
aliorcíidos, les cortó ol \orduj;o las calH'/^is, ol horror y la iiidíj^nacitMi del puoblo que usistia al triste 
o.>|x^rtácuIu llo;;ó á tal cstaMuo , quo uo se «'jecuto la divisiou vn cuartos de los cadáveres que está 
picsaita por la ley. 



[125] 

piarioH del mal que cl dclinciienlc niísmo causó. Todos creen justo volver pena por 
maldad. Pero nadie puede imponer pena sino pov c\ superior. Nadie censura al padre 
que corrije con el casli^o Lis travesuras de su hijo: seria mirado con horror el hijo 
que hiciese mal á su padre, aunque este fuese delincuente. 

Sí h:iscamos, pues., el o/-í/>m del derecho de castiij^ar, no cTcamos haberlo encon- 
trado, si es incompatible con estas dos condiciones : mal merecido éimjmesto por la aulO' 
ridad Ifjiíima^ ó no está inliinamenle enlazado con ellas. 

Pasa después Mr. Uossi al examen de los sistemas inventados para estaltlerer 
aquel oríjen, y los divide en dos clases : primera, de ¡os que lo hu.scan en la idea de 
la jusficia: segunda, de los que lo deducen de la idea de la utilidad . 

A esta segunda clase períenecen, se^run él, los (|uc infieren el derecho de castijiar 
}'a del de la propia di*fensa que el individuo ha cedí(!o al cuerpo social, }a del que 
cada ciudadano tiene sobre sí mismo y que en caso .le ser delincuente enlre(ra ú la 
comunidad en consideración de las (rrandisimas ventajas que lo^rra perteneciendo A 
ella, \a del derecho de defensa que el poder social iejitimamenle constituido ad- 
quiere como cu rpo moral, ya del derecho á la reparación del mal causado por el 
agresor, ya en fin , de los resultados útiles y aun necesarios á la sociedad que produ- 
ce cl ejcH-cicio de la justicia. 

Todos ejitos sistemas prescinden altamente del sentimiento y de la idea de lo 
ju$ío: MI basa es la utili<lad: el hienestar, cl interés, el placer. «Al ver, dice, un 
jiaríidario del principio del interés caininar al cadalso á uno de sus semejantes , su 
idea dominante es \s^ necesidad del suplicio de aquel infeliz, para que los (|ue lo 
im|)i>nen puedan trabajar, dormir, andar, en una palabra, gozar sosegadamente y 
sin temor alguno. • 

l>csput^ de destruir con sólidas y victoriojSiis razones, tomadas de lo mas seguro 
que ha\ en el hombre, á sainar, sus sentimientos, divide la cuestión en dos parles: 
^1 interés individual y la utilidad general. 

En i!í\ sistema del interés indivi'lual no puede defínirse de qué parte está la aupe' 
rioridad^ si de la del reo ó la del poder. Claro es que el interés del primero es mucho 
ma\or que el del segundo. Al majislrado y á la sociedad no importa mucho que el 
dclüicuente se escape del suplicio: para el delincuente el derecho <le escaparre es el 
mas sagrado, si el derecho estriva en el interés. Ademas en este sistema el hombre 
no conuMe maldades sino errores de cálcilo, v se le castiga por haber omIti<Io en su 
es¡HN*ulacion algunos elementos netv.'iarios. Kn el suplicio ej'¡ia su falta de ha!)ilídad 
ó de previsión, no su infrarcion contra el «irden moral. No se supone /ítívt//V/o su 
ciH'azun y sino eífuintcadon sus juicios, tls cieno que en toila mala acción hay un tjtrro; 
¡MTii /de dónde procede este yerro? ¿De ina<iverlencia? ¿de ignorancia? No: procede 
del perverso hábito de considerar todas las cuestiones bajo el aspecto que halaga 
mas nuestras pasiones desenfrenadas, y de prescindir altamente de todo motivo vir- 
tuoso. Se comete el delito porque el hombre arroja de sí, ct)mo moscas iniportunas, 
t<NÍas las in;ipi raciones de la virtud. Pero si la virtud no es mas que un cálculo bien 
hecho de interés, ^ por que es general en los hombres la noción del deb4*r y del rc- 
monlimiento / ¿Es un crimen tan grande equivocarle? ¿Siente remonlimientos el 
comerciante (|ue, por haber errado un guarismo en el presupuesto de una especula- 
cion« pierde en ella en lugar de ganar? 

Tauípoco puede sostencTse el principio de la utilidad general, esto es, del mayor 
bieti |»osible del ma^or número de ciudadanos, .si [wr bien solo se enlien.len los in- 
teres<*s y placeres materiales. Ksle principio escliiye, como el del interés indi\idual, 
todo sentimiento de justicia, toda noción de orden moral, toda máxima superior á 
la exíslencia física del hombre. No hay entre ambos sistemas otra diferencia sino que 
en el primero la unidad, esto es, el indiv .iuo es todo, y en el segumlo es na\la, 
V solo se atiende al númerq. Pero el número crea fuerza , no drrerlu). I>e U teoría de 
la ma}or utilidad del mayor número, cuyo reprc^sentante es siempre el gobierno, 
han nacido las jimias de seguridad pública, los juzgados escepcionales, las coinisio- 
ne» estraordinarias y los tribunales revolucionarios. ¿Cuál ha sido el motivo ó el pre- 
testo de esas creaciones monstruosas erijidas por la injimticia para oprobio é ignomi- 
nia de la especie humana? £1 bien público , la salud de! estado, la seguridad. Salus 



[1261 
popili mprcma Icx esio. No : primero debo perecer todo ol jc^nero humano antes que 
un inocente suba al cadalso. Un juez inicuo condenó á muerte al santo de los sanloi 
proclamando la atroz máxima : ctmvinie qve muera vno por lodo rl jweldo. Esta proposi- 
ción fue verdadera en otro sentido mas «alto , pero no en el que él la pronunció. Ro- 
bespierre , el mismo que después proclamó la existencia de Dios y la inniortaiidad 
deJ alma , cuando se trató de asesinar á Luis XVI prescindió de todas las máximai 
de justicia universal ,} se contrajo á este horrible entimema : m muerte e$ úlH d h 
rí'voli.rion: muera pacn. 

Hay alguna cosa. superior á todos los intereses materiales de los hombres , y esta 
cosa es la justicia, que no puede estar fundada sobre el bienestar del mayor número. 
Aun(|ue la esclavitud doméstica sea utiüsiina á la airricultura , á las artes, Á Iu« 
placeres , al bienestar del ina>or número, /dejará por eso de ser la ignominia délos 
pueblos donde está vijcnte? ¿Ijejará de clamar nuestro sentimiento interior, noefjnt' 
lo tratar d mi hermano eomo uua bestia t 

El número no es mas que una fi'irmula , dice el Sr. Rossi , inventada para editar 
la repetición de la unidad , y nada puede añadir al derecho de un individno ; por 
tanto el sistema de la utilidad del mayor número viene á reducirse siempre al sísl^ 
ma del interés individual. Pueden resultar de uno v otro combinaciones mas ó menos 
bien entendidas de intereses coincidentes, opuestos ó diversos; pero nunca obliga- 
ciones ni derechos : estos han de derivarse de un principio mas alto que el bienestar 
material. La utilidad general piiede y debe poner limites ai derecho penal; pero 
nunca servirle de principio. 

En efecto , no todas las infracciones del orden moral , aunque diurnas de espiacion, 
pueden ni deben ser castigadas por el lejislador. La justicia eterna se estiende ¿ to- 
dos, pero la humana no : su jurisdicción es mas corta y se limita al dif/rtí jtocicr/de 
un estado. Por consiguiente la sanción legal solo debe recaer sobre los actos que son 
contrarios á este orden. £n este sentido v solo en él puede decirse que la vtiiulad ti^ 
nvral sirve de límite á la autoridad del lejislador y del majistrado; mas nunca puiide 
ser>¡rle de base. 

Toda acción pecaminosa ataca el orden moral ; ni todas pueden ser averignadas 
} descubiertas sino solo aquellas (¡ue dejan vestijios del tránsito de la maldad, ni 
todas tampoco ofenden el orden de la sociedad , cuya con.^ervacion estil á cargo del 
poder lejítimo. Pero ahora no se indagan los límites del derecho de castigar, sino su 
fundamento. 

Pa.sa después á probar que este fundamento no puede ser el derecho de defensa, 
ni individual , ni colectiva. La defensa individual cesa por su misma naturaleza cnan- 
do cesa la agresión ó su peligro, y entonces es precisamente cuando comienza la 
acción fe la j'isticia. La defensa ctdectiva no puede ser sino contra los agresores 
futuros, y en este caso la justicia no miraría el castigo del delincuente sino como un 
simple medio de aterrar á ios que propendiesen á imitarle: asi la justicia carecería 
de moralidad ; y como los crímenes mas atroces son los que se cometen con me- 
nos frecuencia aun en el estado eslralegal, debería imponerse menos pena al parri- 
cida que al asesino. Este segundo delito es mas temible para la sociedad que el pri- 
mero , porque hay mas asesinos (|ue parricidas. 

Todos estos sistemas, que convierten la justicia en un mero instrumento polilico, 
la falsean y degradan. 

I>espues de refutar el sistema que supone al hombre en el estado natural con d(^ 
recho á castigar á otro hombre que cometa una maldad , y el del convenio ó pacto 
en virtud del cual den los individuos al poder social aquel derecho, deduce el derecho 
de castigar de la existencia del orden moral que nos revelan á un mismo tiempo 
nuestros sentimientos , nuestra razón y nuestra conciencia , combincido con la líber* 
tad , y por consiguiente la re^poumbitidad del hombre. Si podemos ser inocentes d 
criminales, ha de haber una justicia que premie nuestras buenas acciones y castigue 
las malas. 

Pero el hombrees soeiable por su naturaleza. El estado social es una obligación j 
im derecho para él. Pero la sociedad se comjmne <le tres elementos: cimíadanos. 
leyes, poder; ó en otros términos, ív/ítí/o, órdm , autoridad eonservadora : tres cosas 



fl27] 
todas justa», porque todas se derivan del sentimiento social innato en el Iioiubre. 

Akora bien, las relaciones que crea el orden social ó son entre un estado y otro, 
ú entre un estado y los individuos que le componen, ó entre los individuos mismos, 
y estas rclacioniis ó son de hostilidad, ó deauxiliu, 6 de indiferencia. De aqui na- 
ce» el ttrrrcho de la guerra entre los estados, derivado del derecho de defensa ; el derecho 
dr castigar de un estado ó del poder que lo conserva sobre sus individuos que le hos- 
tilicen; y el derecho de decidir entre sus individuos cuando no esleu acordes unos 
con otros. 

VX derecho de castigar %Q ÚQtw di ^ pues, de la justicia eterna que premia la virtud 
y rasti^ra la maldad, aplicada con las restricciones coavenientes al orden social , cuya 
existencia y conservación son necesarias para la perfección del hombre. 



ARTICULO III. 



T 



0])f)S los pueblos y naciones , sea cual fuere su creencia y su forma de urobierno, 
han admitido sin discusión el principio de que el mal hecho d la sociedad debe ser caiti" 
gado por el poder cotvmrcador de la misma sociedad. Ksta uiáxiuia ha sitio reconocida |)or 
la razón universal del género humano, con anterioridad á toda teoría, á todo sis- 
tema rdos<)lico, político ó administrativo, señal cier{.a deque está irrabada en los 
ánimos de todos los hombres. Mr. Hossi ha tenido el mérito de buscar su orijen 
donde realmente está, que es en los sentimientos innatos del cerrazón, descartando 
los erróneos y débiles fundamentos (|ue quiso darle la falsa filosofía del si^^lo XVIII. 
Ue|>etiréinos en compendio los raciocinios de nuestro autor para dejar bien fijas las 
ideas en esta importante materia. 

El hombre tiene el sentimiento innato de lo justo y de lo injusto: luego existe un 
orden moral. 

£1 hombre es intelijente y libre : luego conoce cuando se conforma y cuando se 
aparta de las leyes del orden moral. 

l'na de estas leyes es que el mal delns ser expiado. £1 hombre la siente y la recono- 
ce; sin ella no heririnn los puTiales del remordimiento. 

£1 hombre es sociable: luego reconócela existencia de la r/>/>tí/y/iVYi. aunque solo 
S4»a patriarcal á de familia; reconoce la existencia de las leyes, es decir, el orden 
sitcial, y reconoce la existencia de la autoridad pública encargada de conservar 
el orden. 

£1 orden social no es, pues, otra cosa que el orden moral aplicado á la república: 
toda infracción del orden social debe ser castigada: ¿por quién? por la autoridad 
encargada de sostenerlo. £xiste, pues, en el poder social derecho de caniiyar á los de- 
lincuentes sin que sea necesario buscar el oríjea d:* este derecho ni en la utilidad 
pública , ni en el estado anterior á la sociedad , esta<lo <|ue nunca ha existido, ni 
en ninguna convención humana. £ste derecho se deriva inmediata^nenle <le esta ley 
del mundo moral: el mal deb.' ser expiado. Tal es la teoría (|ue desenvuelve el autor 
en el primer libro de su obra. 

En el segundo comienza, digámoslo asi, la ciencia cuyos cimientos ha echado en 
el anterior, y trata del (hálito. I)a este nombre á la infracción imjn:íahle, rapaz de str 
estitnada ¡H>r lajattticia humana é i nerita ble ¡sin la sanción jtenal , de un deber útil para la 
cfMsrrrarion del orden público , y cuyo cumplimiento tienen derecho de exijir la stH:iedad ó sus 
indieidyos. 

En esta definición la infracción de un deber es el género, y las demás circunstancias 
son la diferencia que caracteriza la cosa definida. 

Toda acción contraria al orden moral es infracción de un deber para con Dios, 
p ira con nosotros mismos ó para con nuestros semejantes. Todas estas infracciones 
M>n pecados^ pero no todas son delitos, £1 hombre es res¡K>asable de to.las ante la jus- 
ticia divina ; pero la jurisdicción de la humana tiene limites m:is estrechos , designa • 
dos por las demás [partes de la definición, escepto la imputabilidad , que también es 
necesaria para constituir el pecado. 



Despiios osplica cada una do oslas oirninstanoias. La priir.rra osqifc la infractioo 
dol dohor punía ftr e*(m(ula por la jvftiría twmatta ; esto os : qiio el lojísladof anlOF de 
rolooar una amen inmoral en ol oatAlopo do lo» dolilos ha do formar idoa <*\afll 
dol mal qiio so liaco con olla ü la sociedad, v compararle con los iDconvotiiehten que 
ptiode producir su casl¡{;o. t Si los lojisladtuVs, dice Kossi , lnibi(*sen tenido sieniprf 
prosonlt* esta... condición dol dolilosocial, no oxislirian muchas leyes en los aiiah*s del 
derecho criminal; entre oirás no se encontrarían cíorlas leyes relativas al desafío.i Se 
ve, |)Uos, que se adopta el principio do la necesidad y de la coticrnietina\ mas no p¿Ri 
dar un fundamento, sino para señalar un limito al (Itrerho de ra^titjar. 1^ jiislieia drl 
hombre no pucMlo tenor tanta est€*nsion como la dol cielo, y dehe terminarse donde 
cose la atilidad. Mas nunca pmulo recaer sino sobro acciones ccmlrarias al orden nw»- 
ral: orden cuva existencia se nio{ra en el sistema de los intercs<'s materiales. 

\o ha dr haber otnt medio para erilar la infrmcrion t^ino la Miieioñ penal. Deberán, 
pues , oscluirse <lol código penal las acciones reprensibles sometidas á la sanción na- 
tural como la intemperancia , ó á la sanción ri^lijiosa como los malos pensamientos 
consentidos; las qne ol irobierno puede impedir por medidas (rubornativas, eonio la 
mondi;ruez v^dunlaria; las que pu(M¡e reparar la justicia civil, como la dcnegarion 
de una deuda. 

Kl drlnr iiifrinjido ha de iter útil para la rotaterrarion del orden púhlieo ; pues esla nlí- 
Hilad designa el límite donde se separa el delito propiamenle dicho de la inmorali- 
dad. Aunque to<lo acto iliciCo no deja (W producir siempre al^run dano á la sociedad, 
á voces es oslo <laño tan corto que seria mayor el que produciría la aplicación de la 
pona. El lojisla lor criminal no defiendo ol orden moni/ dol universo, sino el Arden 
público do la societlad : es menester no olvidar en nin(;un caso esta distíneion. 

El del/er vitdado ha de ner exijible ó retpterihle, es decir; su \iolacíon ha de scrtetm 
de un derecho. Asi la infraociou de los <loboros para con Dios (V para eonsi^ro mi«mu 
no pertenece Á la jurisdicción de la justicia humana. Los «loberos rolijiosos infrínji- 
dos no se cídocan en la clase do los dtditos, sino cu;mdo comprometen el orden so- 
cial ; en este caso tiene derecho la sociedad «Ji exijir el cumplimiento de aquellos 
deberos. 

E » fm , ol derecho vi lado lia de pertenecer al cuerpo norial ó d «m indirUíuw. íte 
a(|ui nace la distinción de los delitos públiros y privados, (¡ue se deriva de la misma 
naturale/a de las cosas. 

Nos hemos detenido tanto en las dos cuestiones del oríjon del derecho de c<i8li(nir 
y <lo la esencia del delitOy pon|ue son capitales en la ciencia do la lejislaoion crimi- 
nal. La prinu'ra nos hace conocer la Ivjilinúdad de la justicia humana: la segunda los 
limites <lo su acción. 

El rosto de este primer tomo, aunque de suma utilidad para ol lejislador v juris- 
consulto , no presenta un campo tan vasto al tilnsofo, aunque siempre llama ía aten- 
ción la saj^acidad con que analiza nuestro sabio escritor todas las materias que trata. 

En l(vs capítulos si^Miiontos de este se|;undo libro trata del mal pn>dueido por el 
delito y déla impulabilidad. 

Mr. Kossi divide el mal en físico, moral y mi.«(to. El primero no constitujo delito. 
El hijo, que mala á su padre por casualidad y sin tpierer, no es parricida. Tampoco 
puede la justicia humana conocer do los actos que producen solo un mal moral; }' 
ol autor reserva para cuando trate de los actos internos y ptrparatof ios la cuestión dfl 
(]ue ha tomado una resolución criminal , persiste en ella y está próximo á poneria 
en ejecución. 

El mal misto de moral y físico que el hombre se haga i\ si mismo , como el sni- 
cidio y la mutilación, no portonoco tampoco ú la jurisdiocion hiimana^sino en el caso 
do que le haya hecho con intención de no$;arso á un servicio que la sfH'iedad tie- 
ne (lorecho d exijir de él , como el soldado (|ue se mutila por inutilizarse para la 
milicia. 

Cuando el mal físico de la acción inmoral recae sobre otro individuo, es menester 
valuarle. Aqiii entra el autor en una análi.sis lar<;a \ difícil on que nos es imposible 
sopiirlo , y de la cual resulta la división que hace de los delitos on cuatro clases, á 
saber: contra las personas, contra el cuerpo social, contra la propiedad privada, 



[129] 
contra la propiedad pública , y sa subdivisión según la naturaleza de los bienes que 
atacan. 

£n los últimos capítulos trata de la imputabilidad , la cual se deriva de la mora- 
lidad del ajenie, esto es, de su intélijcncia y de su libertad, y se agrava según el 
conocimiento que tenga de la ley moral, de la ley positiva, y según las circunstan- 
cias del hecho anuncien menos provocación y mas reflexión para cometer el crimen- 



ARTICULO I. 

JLiSTE segundo tomo contiene la conclusión del libro 11 en que se trata del ddiio; 
el libro III que habla de las penas , y el IV y último donde se examina la naturaleza 
y caracteres de la ley penal. 

En el tomo anterior se esplicó la definición del delito por sus cualidades esenciales, 
su división en clases y su imputabilidad. Este comienza esplicando los medios de justifi- 
cación y disculpa la varía naturaleza de los actos que constituyen el delito, y de la par- 
ticipación en él: grandes y diftcíles cuestiones, tanto en la teoría como en la práctica 
del derecho penal ; pero que nosotros no podemos hacer mas que indicar, dando , aun- 
que imperfectamente, á conocerá nuestros lectores una obra tan importante. 

Se justifica un acto, criminal en la apariencia cuando el ájente al tiempo de 
cometerlo se halla en un estado tal que destruye toda su moralidad. Se disculpa 
cuando el estado en que se halla el ájente le hace acreedora la mitigación ó á la esen- 
cion absoluta de la pena legal. La justificación declara inocente al que obró el acto, 
como sucede al que mata á otro en defensa justa de su propia vida. La disculpa dis- 
minuye ó aniquila la pena ; mas no establece la inocencia moral del reo. 

Las causas que justifican ó disculpan el acto dañoso son: primera, la lejitimidad 
del hecho: segunda, la ignorancia: tercera, el error: cuarta , la violencia. La causa 
de lejitimidad justifica los actos del soldado, del ájente de policía, del ministro de 
justicia que cumplen las órdenes legales de sus superiores y llenan un deber. 

Pero idd)en ohedecene sin excepción alguna todas las órdenes del superior 1 Esta es la 
gran cuestión de la obediencia pasiva ^ de que tanto se han valido las pasiones políticas 
en un estremo para afirmar el despotismo del poder, en otro para debilitar los vín- 
culos del orden público. 

M. Rossi demuestra que un inferior, por serlo no renuncia al sentido común, 
y que hay casos en que obedecer la orden del gefe sería renegar la intelijencia, como 
por ejemplo, si el coronel mandase al soldado matar á un niño de pecho que está dur- 
miendo. 1^ doctrina de la obediencia pasiva es, pues, incomprensible en moral. Es 
también absurda en la práctica ; pues de ella se inferiría que el soldado puede ase- 
sinar al rev, si se lo manda su cabo de escuadra. 

Distingue el autor tres órdenes de hechos: primero, los mandados por la lev 
aunque sea inicua ; el ciudadano que la cumple no queda espuesto á responsabi- 
lidad penal : segundo, las formas que la ley establece para su cumplimiento; el infe- 
rior no es responsable cuando se le manda según dichas formas: tercero, los actos 
que la ley ha dejado á la libre voluntad del superior. Si este en casos de esta especie 
manda una cosa evidentemente criminal, el inferior que le obedezca tiene par- 
ticipación en el delito. 

M. Rossi no se hace cargo de un argumento acaso el mas fuerte que pueden ob- 
jetar los defensores de la obediencia pasiva , y es : que c si el inferior se constituye 
juez de la lejitimidad del acto que se le ha mandado, podrá á veces, por error ó 
malicia, suponer ilejítimo lo que no lo es. » Este argumento que milita con mucha 
razón en todas las ocasiones en que el ciudadano quiere constituirse á si mismo acu- 

17 



[130] 

sador , juez y verdugo , no tiene fuerza alguna en el raso presente. Su obediencia 
ó desobediencia han de ser juzgadas primero en el tribunal de su conciencia, j 
después en el de la justicia humana. Ni ante el uno ni ante el otro podrá discaipar 
su inobediencia con el pretesto de que la órdeh fue inmoral;, ¡ci efectivamente no 
lo fue. 

Oespues de examinar } distinguir los efectos de la ignorancia, del error y de la 
violencia en la juslifícacion ó disculpa de las acciones humanas, pasaá analizarlos 
diferentes actos que constituyen el delito. Su principio fundamental es este: ia jutíiek 
humana no puede castigar itino cuando infiera ron ccrlidumbrc moral de log actos etíerio- 
res la resolución interior de cometer el crimen. Solo entonces puede imputar el hecho 
criminal. 

Empieza por distinguir los actos internos de los estemos, y entre los estemos los 
actos preparatorios de los de ejecución. En fin, la ejecución puede ser suspendida A 
frustrada. 

En cuanto á los actos internos no pueden estar sometidos i\ la ley penal por la 
imposibilidad de conocerlos, mientras no los revele algún acto esterior. Por mas pro- 
bable que parezca, en cin^unstancias dadas, que se ha tomado la resolución de co- 
meter el crimen , no puede existir ni la certidumbre moral ni la legal, porque no 
existe ningún acto esterno de donde pueda inferirse. 

Llámanse actos prejmratorios del delito aquellos cim los cuales el delincuente f« 
pone en estado de hacer su obra de iniquidad ; pero sin haberla comenzado todavía. 
Estos actos pueden ser 6 inocentes en sí mismos, ó constituir otro nuevo delito ; pero 
de ningún modo revelan la resolución de cometer el que con ellos se prepara, be ha 
comprado el veneno : se ha echado en el vaso. Hasta ahora no te ha infrinjide nwpm 
derecho : hasta ahora no se ha empezado la acción de envenenar. Luego ios actos 
preparatorios no pueden ser castigados por la ley penal , y solo tiene la sociedad el 
derecho de aplicar las medidas preventivas de policía , si las encuentra capaces de 
prevenir el delito que los actos preparatorios pueden hacer que se tema ó se sospe- 
che. Solo pueden someterse algunos de estos actos que tienen una relación mas inti- 
ma con el delito ala justicia criminal, imponiendo al acusador la obligación de 
probar por otros medios que ex istia la resolución de cometerlo. Las propuestas acep- 
tadas ó no aceptadas de cometer un crimen , las tramas culpables conocidas por pala- 
bras ó por escritos están en este caso ; pues por mas relación que tengan con el acto 
criminal, no lo comienzan, sino lo preparan. 

Actos de ejecución son aquellos en que empieza ya á atacarse un derecho. El vaso 
de veneno se presenta á la víctima: bébalo, ó no hay tentativa de delito : ha comenza- 
do el acto criminal y revela la intención del ájente. Bébese el veneno y produce so 
efecto : hé aqui el crimen conmmado. El veneno no produce su efecto ó no es bebido: 
lié aqui el vrinwn fnislrado. El envenenador antes de que se beba, movido de la pie- 
dad ó del remordimiento ó del temor , declara la traición é impide que se consomé 
la catástrofe : lié aqui el delito suspefidido. 

M. Hossi opina que la pena correspondiente á los actos succesivos de cjecudon 
debe ser correspondiente á la gravedad de ellos, esto es, tanto mayor cuanto mas 
.se acerquen á la consumación ; poro siempre menor que la del delito consumado. 
El delito su.spendido por la acción voluntaria del actor no es > a delito, y no debe 
castigarse, l^s actos ya ejecutados podrán ser delitos de otra clase y merecer cas- 
tigo ; pero no el que corresponde al delito que se quería cometer : en fío , el deli- 
to frustrado parece que merecería la misma pena que el consumado ; pero c vál- 
gale también, dice el autor, al delincnente la buena fortuna de su víctima.» Fúndase 
en que el reo en este caso no tiene que expiar los goces criminales que esperaba de 
su delito, y en que los hombres son muy induljentes con el que no logró el radique 
deseaba hacer. 

Ninguna de estas razones nos parecen fuertes. Esa induljencia no es moral; solo 
es producida por la alegría de que la víctima se hubiese salvado; y cuando los hom- 
bres están alegres no son muy severos. La expiación no recae ni debe recaer sobre 
los goces criminales mezclados siempre de angustias , que son su expiación en esta vida* 
sino sobre la infracción del orden moral que debe ser restablecido por la pena. Dis- 



[13Í] 

paré mi escopeta contra otro hombre á quien deseaba matar; el tiro no salió ó se 
erró : tan homicida soy como si hubiera atravesado el corazón á mi enemigo . 

Concluye este capítulo con la pariieipaeion en el delito , la cual divide en coddin- 
cuencia (voz que será necesario admitir en nuestra lejislacion criminal) y camj^ieidad, 
y censura los códigos que han confundido en una sola estas dos especies de parti- 
cipación. 

Llama codelincueníes á todos los que han sido autores de la resolucUm criminal ó de 
su ejecución. Establece , pues , tres clases de codelincuencia : los provocadores direc- 
tos del delito que han sido autores de la resolución sin tomar parle en la ejecución; 
los que sin haber cooperado á la resolución han tomado voluntariamente parte en la 
ejecución , y los que han cooperado á la resolución y á la ejecución , llamados co- 
munmente autores principales. Cómplices son los que, sin ser autores de la resolución 
ni de la ejecución, han ayudado á una ó á otra , ó á ambas, física y moralmente. El 
autor señala con mucha exactitud el grado de responsabilidad que compete á cada 
clase de delincuencia ó de complicidad. 

Es escusado decir que nuestro autor reGere las muchas y variadas cuestiones que 
presenta su obra á los principios jenerales que sentó en el tomo I y que ya hemos 
espuesto. De ellos deduce todas sus conclusiones ; y solo por haberlos visto mal apli- 
cados, á ntiestro parecer, nos hemos separado de la opinión de M. Rossi en la cues- 
tión del delito frustrado. 



ARTÍCULO II. 



E 



L libro III de esta obra esplica la naturaleza, efectos y cualidades de la pena. 
Después de su definición , el mal causado por el poder social al perpetrador de un delito^ 
pasa el autor á esplicar su fin. Este es el cumplimiento de la justicia social , la con- 
servación del orden público. Cualquiera otro fin que se atribuya á la justicia huma- 
na en la imposición de la pena es secundario. Las tres condiciones esenciales de la 
pena legal son: primera, que castigue el mal con el mal: segunda, que castigue 
solamente al autor del delito : tercera , que lo castigue en proporción del derecho 
violado. 

Son efectos de la pena la instrucción y el temor. Instruye á toda la sociedad, por- 
que manifiesta inmediata é imperativamente las leyes del orden moral relativamente 
á sos aplicaciones al orden público. Aterra, ya al mismo delincuente, ya á los que 
se hallasen inclinados á imitarle. Previene , pues, los delitos^ porque obliga á los hom- 
bres á estudiar y respetar el orden moral, y porque aterra á los que no quieren ins- 
truirse ó tienen una perversidad superior á la instrucción. 

Se ve, pues, que la utilidad de la pena es un corolario, no un principio de su 
esencia. El autor cita la enmienda del delincuente como un efecto mas deseable que 
seguro del castigo. Con este motivo se estiende acerca del sistema penitencial de las 
cárceles, que hasta ahora, según M. Rossi, no ha producido resultados satis- 
factorios. 

Otros efectos de lá pena son : el sentimiento de seguridad que da al cuei^po so- 
cial, y la satisfacción de la conciencia pública ofendida por el delito. Esta satisfac- 
ción procede del deseo del bien y de la conservación del orden que es general á to- 
dos los individuos de la sociedad. 

Pasa después á la gran cuestión de la proporción entre la pena y el delito. Reco- 
ooce lá imposibilidad de resolverla por el simple raciocinio , porque en las ciencias 
morales no hay un tipo, no hay una unidad como en las Matemáticas. Serian necesa- 
rios tres datos que no existen: primero, la ecuación entre un delito dado y su pena: 
segundo , la escala de relación de los delitos : tercero , la de las penas. 

Recurre , pues , á la conciencia del género humano para aproximarse en cuanto 
sea posible á la verdad. cLa relación, dice, que percibimos entre el mal moral y el 
padecimiento de su autor. ... en cada caso particular son hechos de conciencia , ver- 
dados sentidas é irrecusables» de intuición , como las llama mas arriba. Por consi- 
guiente aconseja al lejislador que en esta parte procure estudiar el espíritu de la na- 



[132] 

cioD , la hisloria del país , la estadística de las causas criminales para no contrariar 
la conciencia pública que siempre es el resultado de estos principios : primero , la 
ma vor ó menor enerjía del impulso criminal que varia sej^un el grado de civilización: 
segundo, la mayor ó menor probabilidad de que se cometa el delito: tercero, la 
gravedad del mal producido por éi : cuarto , el ¡leligro en que pone á la sociedad j 
el temor que inspira. 

J.as cualidades de la pena deben ser las siguientes : 

Personales^ esto es, deben recaer solamente sobre el autor del delito. Es verdad 
que toda pena produce efectos perniciosos á victimas inocentes. Un reo condenado 
al último suplicio puede dejar en el desamparo á su mujer v á sus hijos. Pero no es 
la ley la que quiere este mal indirecto, sino el delincuente cuando se arrojó acome- 
ter un crimen merecedor de aquella pena. 

Motriles y es decir, aquellas que no despierten pasiones en otros hombres, como la 
conGscacion ; ni se opongan á la enmienda posible del delincuente , como las infa- 
mantes. 

Divisibles en cuanto sea posibh^ para poder atender á las circunstancias atenuantes 
y agravantes , y al mayor ó menor grado de la sensibilidad del reo. 

Reparables o remisibles para el caso de la reposición de la sentencia ó del uso dá 
der(*cho de clemencia. 

Insínicíivas y satisfactorias , esto es, deben tener analojía con la naturaleza del de- 
lito. Mas esta relación ha de ser intrínseca como la privación de derechos politicof 
al ({ue lia usurpado cargos públicos , ó la mulla al reo de estafas ; mas no material 
como seria quemar al incendiario , ó dar veneno al emponzoñador. 

Ejemplares ^ esto os j públicas, solenmcs y que produzcan en el delincuente on 
mal que aterre á los que quisieran imitarle. 

En íin , correctivas ó capaces de producir la enmienda dc*l reo ó por temor ó por 
convicción. 

De estas cualidades las mas esenciales á la pena son que sea personal, monU y ■ 
ejemplar; porque por ellas se restablete el orden moral (|ue violó el delito. I^s oirás 
condiciones son propias para correjir en muchos casos la falibilidad de la justicia 
humana , ó para otros fines útiles Á la sociedad. 

Ks llegado ya el <mso de examinar las diferentes especies de penas contenidas en 
los códigos, y empieza M. Rossi por el examen de la pena capital. 

Ante todas cosas debe averiguarse si es lejitima , esto es , si el poder social tiene 
derecho de imponerla. El argumento de M. Rossi ú favor de este derecho no tiene 
réplica. Esta pena ha sido impuesta por todos los lejisladores ; está escrita en Codos 
los códigos, y se ha aplicado en todas las naciones. Ahora bien : todo el género hu- 
mano puede íiaber estado equivocado y estarlo aun sobre una cuestión de física y de 
astronomía, no sobre un hecho de conciencia. El sentimiento universal de los hom- 
bres en sociedad da A esta el derecho de esterminar al parricida, al asesino, al en- 
venenador. Nada puede oponerse contra este hecho (|ue prueba el derecho por ser 
producto de la conciencia humana. 

Vengamos al raciocinio. La vida , como lodos los «lemas bienes del hombre, pue- 
de ser objeto de \a ¡)enali(lad, siempre que ofrezca materia á la expiación, es decir, 
siem|»re <|ue c(mserve analojía y proporción con el delito. El padre de familias^qne 
mata á un hombre por <lrfender la vida de su hijo 6 el honor de su mujer, cumple 
una obligación. La justicia social cumple la suya, cuando impone la pena merecida foír 
el delincuente , y no tiene otro medio de defender la sociedad. 

.\o por eso niega el autor cuan grande abuso se ha hecho y cuánto se ahiísa aun 
<le la pena capital. Desea como nadie que se Ixu're de los códigos; pero antes se ne- 
cesita que los progresos de la civiliza<rion moral de los pueblos hagan muy raros loi 
crímenes que está destinada á «-astigar y prevenir. 

Viniendo á las cualidades de esta pena se ve que i^s jfcrsonal y ejemplar por el ter- 
ror <|ue inspira. En cuanto á su moralidad puede escitar pasiones muy funestas cuan- 
do se aplica mal. 1^ pena capital im|uie$ta al robo sin asesinato multiplica los asesi- 
natos y disminuye los [procesos de robo. El salteador, á quien la ley avisa que nada 
gana con respetar la vida del robado, tiene un fuerte incentivo para esterminar el 



[133] 

estígo de su crimen. Impuesta la misma pena á los delitos puramente políticos , da 
in grande impulso á la calumnia, á los furores de los partidos, á los aduladores del 
»oder. M. Rossi cree que cuando un delito político no se complica con el asesinato, 
1 robo y el incendio ó algún otro crimen de una categoría diferente , no debe impo-^ 
lérsele el último suplicio. Esta opinión , contraria á la de Beccaria, que solo admite 
a pena capital en los delitos de estado , pueba la diversidad de principios de ambos 
»obHcistas. £1 primero se funda en la conciencia pública menos vulnerada por los 
lúmenes políticos que por el asesinato, el incendio y el veneno. £1 segundo en la 
itílidad del orden político establecido. La pena capital es el máúnmo de las penas , y 
ole debe aplicarse á los mas graves atentados contra la moral , y en los casos en que 
B sociedad exije la mayor represión posible. 

I^ pena de muerte demasiado prodigada, mucbo mas si la precedo mutilación ú 
itro tormento , ó si es lenta y terriblemente dolOTOsa ^ bace las naciones bárbaras y 
anguinarias porque se acostumbran al espectáculo de ver sufrir al hombre. También 
MHoducen otro efecto moral sumamente pernicioso, y es la impunidad de los delitos. 
iadie «e atreve á declarar , ni á acusar , ni á condenar cuando el resultado ba de ser 
levar al delincuente al -cadalso por un delito que la conciencia pública no cree me- 
«cedor de tanta pena. 

No sucede lo mismo cuando la pena capital se impone por grandes atentados 
lontra la humanidad. En estos casos es menester reprimir mas bien que escitar la 
ndignacion del público , de los testigos y de los jueces. Entonces es la pena eminen- 
emente ejemplar , y no pocas veces reconoce su justicia el mismo infeliz que ha de 
iufirirla. Cuando el delito está bien probado , el suplicio es merecido, y si se impone 
a pena de muerte pronto y sin crueldad , la sensación de terror saludable que espe- 
íroentan todos es solemne y útilísima. 

No siendo reparable ni remisible la pena de muerte, opina el autor que ninguna 
¡enlencia capital debería ejecutarse sin la previa revisión del poder que tenga la pre- 
figattva del derecho de clemencia. 

f^s demás penas corporales inferiores á la de muerte son inmomles» La intensidad 
le muchas depilas depende del verdugo. Y en general imposibilitan en una nación 
)ien moríjerada, ó cuando menos instruida y dotada del sentimiento del honor, la 
¡nmienda del delincuente, que ya estigmatizado por la ley, no podrá encontrar ni 
iMvío ni trabajo , ni amor-, ni amistad sino en hombres tan inmorales como éL La 
niama observación hace M. llossi sobre las penas infamantes. 

Pero contra estas hace otra objeccion todavía mas fuerte. £1 poder social no poe- 
te disponer del espíritu público para infrínjirlo como pena. I^ opinión que de un 
lombre formen .sus conciudadanos no depende ni de la ley ni de la sentencia del juez; 
bepeade solo del juicio que formen de sus acciones y costumbres. La pena infamante 
!Stá de mas cuando -el delito es de aquellos que suponen un alma bajamente inmoral, 
iomo el hurto , el daño hecho alevosamente^ el falso testimonio , la calumnia. I^ 
tena infamante no produce su efecto cuando el delito inspira mas horror « indigna- 
;ion que desprecio, ó es producido por la exaltación de pasiones no reprimidas. 

Trata después del encarcelamiento , que es la pena por cscelcncia en las naciones 
ivilizadas; pues priva del bien de la libertad que es el mayor de los sociales. £1 
lator entra en este capítulo en una larga discusión acerca del sistema penitencial de 
•a cárceles , y espone esc(*lentes ideas sobre esta materia , que actualmente llama la 
itencion de todos los publicistas y filósofos. 

Restan la multa y el destierro en sus diferentes especies. Proscribe muy justa- 
Dente la confiscación y las multas exorbitantes que se acerquen á ella. Censura las 
Quitas que son parte alicuola del capital ^ poco onerosas para los muy ricos , y gra- 
es para los que son menos; y concluye á favor del establecimiento de un máximo y 
le un minimo , y de la disminución de las multas por infracciones pequeñas, c Estas 
nnUas , dice , no deben ser penas, sino avisos, i 

La locomoción ó la translación obligada del delincuente de un punto á otro la cree 
noy oportuna para los delitos puramente políticos, porque esta pena tiene analojía 
on el impulso criminal , esto es, con la ambición , y asegura la sociedad contra la 
urbulencia ulterior del delincuente. 



[134] 



ARTICULO IIL 

JuL cuarto y últiino libro de este tratado habla de la ley penal^ su necesidad, foriuaciott 
y composición. * 

La justicia humana no castiga todos los actos inmorales, sino solo aquellos quek- 
frinjen derechos exijiblcs y que no pueden sostenerse de otra manera sino por la ley 
penal. £1 derecho de castigar se funda en dos elementos, el detito y la necesidad de cas- 
tigarlo. El primer elemento es conocido, lijo é invariable: el segundo puede admitir mo- 
dificaciones. La ley penal es, pues, variable por su esencia misma; pues depende de la 
situación moral y de las circustancias en que se halla la sociedad. 

No hay cosa mas inocente que pasearse do noche; pero el que prevea que por las cir* 
cunstancias particulares de la ciudad su salida á aquellas horas ha de producir desórdenes, 
cometerá un acto inmoral, siá pesar de su convicción se pasea. Pero ¿podrá castigarle 
el poder social por aquella inmoralidad? No, si no existe una ley que lo prohiba; por- 
que podrá responder, con verdad ó sin ella: yo creía hacer una acción inocente. Y ¿quién 
le probará lo contrario no existiendo otro testigo que su conciencia individual? 

.Mas: aun cuando la inmoralidad del acto sea notoria y no pueda terjiversarse podrá 
decir el delincuente, si no hay ley: es verdad que he obrado mal; pero no crei hacer wn greaí 
daño á la sociedad^ pites no ha prohibido esta acción. Y ¿quién le probará que miente? M. Rottí 
añade á estos argumentos, que no tienen réplica, el del carácter/;rfVf nliw> que tiene la ley 
penal, para probar la necesidad de comprender en ella todos los delitos, especiBcando ras 
penas; y deduce el principio (conservador á un mismo tiempo déla moral, del orden y déla 
libertad; d nadie debe castigarse sino por actos previstos en la ley. La equidad natural de los jue- 
ces y majistados era buena para los tiempos primitivos de la civilización, en los ciulet 
la única garantía era la probidad personal del que juzgaba y sentenciaba. Entonces no ha- 
bia leyes^ sino usos: entonces se seguia en las sentencias el impulso de la conciencia púb)ka, 
bien ó mal interpretada. Ya hemos salido de aquellos rudimentos: ya es necesario que 
los oráculos de la conciencia los dé el Icjislador , y que sean esplícitos , claros y termi- 
nantes. 

Mas no por eso se crea que si es necesaria la promulgación de la ley que declara el ie^ 
lito^ lo es igualmente la determinación de la cantidad fija de pena que debe imponérsde. 
cLos que asi piensan , dice el autor, han hecho de cada ley un lecho de Procusto, donde 
tiene que acomodarse de grado ó por fuerza cada caso particular.» Es necesario que 
el lejislador deje al juez la latitud competente, dentro de ciertos límites, en la especie de 
pena que corresponda á cada delito. Esta debe á la verdad designarse en la ley : porqoe 
;,quién sin estremecerse dejaría al juez la facultad de elejir entre la pena de muerte j 
la de encarcelamiento, entre la deportación y la multa? Pero en las penas dicisiltlei^ se- 
ñalados el mdximo y el mínimo de ollas, puede y debe dejarse al majistrado la eleccioo 
de la cantidad para ocurrir á los diversos casos y circunstacias que la ley no ha podido 
prever. 

Examina después quién debe ser el lejislador penal, y no duda en decidirse por \m 
congresos represen la ti vos. En cierto grado de civilización podría un hombre instruido» 
independiente y de probidad formar buenas leyes civiles. La teoría de las obligaciones 
y derechos se funda en principios fijos é invariables, fáciles de aplicar alas nuevas com- 
binaciones de intereses que sean creados por la sociedad. No asi la ley penal , fundada en 
dos hechos, la conciencia y las necesidades sociales. 

En cuanto al principio moral, atacado por el delito, corre tanto mas riesgo de ser 
adulterado por las pasiones humanas, cuanto mas se separe su examen de la conciencia 
pública y se reduzca á la indicídnal. Pero prescí ndase del peligro de las pasiones: sup^yogaso 
al individuo, á quien se dácl cargo de lejislador, inaccesible á todo afecto que no sea 
el de la justicia: se caerá siempre en el inconveniente de introducir en la lejislacioo penal 
del espíritu de sistema que pondrá sus conclusiones facticias en lugar de inspiraciones 
comunes de lo bueno y do lo justo. (In sectario del sistema de la ulilideui solo calculará 
<*1 mal material de las acciones. El que esté persuadido de la gran importancia del comer- 



[I35J 

cío y de la industria para los progresos físicos y morales del hombre, dará «na gravedad 
moral ei^ajeradaá los cif'imenes de falsificación, piratería y fabricación de falsa mo&eda. 
Eiqae es muy relijioso, traspasará probablemente los límites de la sociedad para invadir 
el territorio de las conciencias, y castigará los actos inmorales aunque no tenga el orden 
público necesidad de castigarlos, c Escójase, añade, al contrario un hombre de la escuela 
del siglo XyiII,ymuy probablemente la relijion se arrastrará cautiva á los pies de una 
política invasora , ó á lo menos el culto esterior y sus ministros estarán fallos de protec- 
ción. § Esto en cuanto á la moralidad de la ley penal. 

Y en cuanto á su neeendad ¿dónde está el hombre de estado, el filósofo profundo, el 
erudito laborioso que pueda jactarse de conocer todas las exijencias sociales, todos los he- 
hos que las revelan, todos los sucesos que las demuestran, mucho mas cuando eslas exi- 
jencias son por su naturaleza variables? Para conocer el verdadero estado moral de la so- 
ciedad , que es uno de los doa elementos esenciales de la ley penal , es necesario el 
examen y la confrontación de muchos testimonios diferentes; y ni uno ni otro puede 
conseguirse sino en una asamblea lejislativa suficientemente numerosa. 

Dnpnes de esplicar quién debe ser el lejislador, pasa á espUcar cómo debe hacerse la 
ley, y examina en primer lugar la cuestión de la codificación , esto es, si conviene para 
reformar la lejislacion penal formar un código completo de juna vez, anulando todas las 
leyes anteriores, ó bien hacer la reforma por niedio de leyes parciales y succesivas. £1 
autor se decide por este segundo método, y solo cree aplicable el primero en un pais falto 
de leyes penales, ó cuya lejislacion criminal se creyese muy mala. 

Pero si parte de la lejislacion es buena, seria un desatino derribar lo que existe, lo 
que ya está identificado con las ideas y costumbres del pueblo, solo por el gusto de for^ 
Mnar un edificio de nueva planta, cuya base sea un sistema^ y por consiguiente dé ocasión 
agraves errores, aun prescindiendo del notable daño de obligar á los jueces y abogados 
á estudiar una jurisprudencia nueva. Cuando se corrije una mala ley se alteran respecto 
á los casos que á ella he refieren, las doctrinas de los letrados : eslo es fácil, y ningún 
jurisperito se quejará de ello. Pero altérese toda la lejislacion, aun en la pa^te que tie- 
ne buena, y habrán de aprender de nuevo su oficio. 

Añádase á esto la dificultad, ó por mejor decir, imposibilidad de que un Congreso 
lejislativo concurra verdaderamente á formar un código entero. Una ley pucd(> ser discu- 
tida , examinada bajo todos sus aspectos y votada en conciencia con conocimiento de 
causa. Un código no se adoptará nunca sino por un voto de confianza concedido al redactor 
7 á la comisión. 

Ademas, si el código civil puede hasta cierto punto ser eterno é inmutable, no asi el 
código penal, sometido á las exijencias y necesidades sociales, esencialmente variables. 
Eo el concepto de hacer inmutable la obra , cson , dice , dos absurdos del mismo género 
iiD código y un diccionario de la academia.» Confesamos que no hemos entendido bien 
eata comparación de M. Rossi. Es posible que el redactor de un código piense en hacer 
una obra muy duradera. Es una autoridad lejitima; y sus decisiones tienen fuerza de ley, 
mientras no haya otra autoridad semejante que las derogue. No tienen ese carácter los 
diccionarios de las lenguas. Los cuerpos sabios que los publican consignan en ellos las 
decisiones del uso actual: cQuem penes arbitrium est , et jus et norma loquendi» y por 
consiguiente reconocen la autoridad superior del uso, la proclaman y son , por decirlo 
asi , su poder ejecutivo. ¿Llega á desusarse ó perderse una voz, corriente antes y admi- 
tida en el lenguaje? El diccionario advierte á los que quieran hablar bien el idioma, que 
aquella voz es desuñada ya, ó está anticuada. ¿Introdúcese en el lenguaje y en el uso de los es- 
critores instruidos alguna palabra nueva? El diccionario la inserta, y esplica su valor. ¿Se 
muda la significación de un vocablo? El diccionario lo avisa. Parécenosquc es imposible 
á los diccionarios aspirar á la inmortalidad. No conocemos, pues, qué relación ó se- 
mejanza tiene un libro sometido esencialmente al uso , la cosa mas variable y caprichosa 
que hay entre los hombres, con un código cuya anulación no puede ser efecto sino del 
efercicio posterior de la autoridad lejislativa. Tampoco entendemos cómo puede ser 
ridiatlo el diccionario de un idioma. Por mal hecho que esté, siempre será necesario 

Cra los que quieran aprender aquella lengua , y útilísimo cuando menos para los que 
sepan. Es verdad que solo dice que es ridículo en cuanto aspire á la inmutabilidad. 
Pero ¿cuál es el diccionario que tiene esa pretensión? 



[136] 

Los (los últimos capitules de la obra esplicaa lo que debe contener la ley penal * y 
cómo debe redactarse y componerse; cuál debe ser la latitud concedida al juei; cuándo 
conviene definir los delitos; cuándo no, y cómo deben redactarse los artículos relativos 
á la participación en el delito, á las circunstancias atenuantes y agravantes, justifica- 
ción y disculpa. 

No nos atrevemos á decir que bemos dado una completa descripción de esta esceleotc 
obra ; pero sí que lo hemos procurado. Nuestra costumbre, cuando tenemos que dar 
cuenta délos libros de esta clase, es estudiarlos, meditarlos y escribir los pensamientos 
que ha dejado en nuestra alma. Otros seguramente harán mejor este estudio; pero alo 
menos no será inútil indicarles nuestras ideas, que podrán después comparar con las 
suyas. 

pon D. 71^0191390 ICASí^lOmZ DS LA ROSA. 



E 



7/1 tenui labor ; ai icnuis non gloría. 



L cantor , dotado de una voz de grande alcance, hace mayor esfuerzo cuando tiene 
que reprimirla que cuando la desplega en toda su estension. El insigne poeta, que supo 
conmover los mas íntimos senos del corazón con los acentos lamentables de Edipo y oon- 
las heroicas calamidades de Zaragoza : el ilustre orador que ha ennoblecido la tribuna es- 
pañola con su varonil é independii^nte elocuencia: el sabio publicista, que ha examina* 
do y espuesto las necesidades y tendencia de la é|)oca actual, abandona ahora el puñal 
de Melpom'ene, la lira de Píndaro, el punzón de Tulio y la pluma de Montesquieu , y 
reduce las dimensiones de su intelijencia á la estrecha capacidad de los niños, á quie- 
nes habla y á quines hace hablar, y la reduce con la envidiable facilidad que es d ca- 
rácter distintivo de sus obras. Estamos persuadidos á que ninguna le habrá costado tan- 
to trabajo como esta. Es fácil al que está dotado de genio poético elevar el tono á la 
altura de su imajinacion: es fácil al hombre instruido y versado en las discusiones pot^ 
ticas y filosóficas, adoptar el giro, ya lójico, ya oratorio, que corresponda á la sítnaeioa 
y al pensamiento. Sabe que habla á hombres, y que le lian de entender. Pero espraiar 
ideas morales y relijiosas, es decir, de un orden altísimo, de manera |que se bagan inte- 
lijibles á la tierna razón de los niños, y que estos puedan percibirlas por sentimieBiD, 
mas bien que por raciocinio, es obra harto difícil, y que supone en el que la emprende 
y la desempeña debidamente un grande conocimiento del instinto moral del hombre, 
única facultad desenvuelta en la edad para la cual escribe. 

La prosa y los jversos contenidos en este librito, sin dejar de tenerla dignidad cor- 
respondiente á sus argumentos, están dotados de la sencilla injenuidad que es propia 
de la infancia. Pero dentro de este círculo tan estrecho , se descubren bellezas, capaees 
de ser sentidas por los mismos niños y de indicarles las ideas del buen gusto al mismo 
tiempo que las de la virtud ; ideas que están mas enlazadas entre sí de lo que gene* 
raímente se cree. Pueden servirnos de ejemplo algunos de sus proverbios , como este: 

Dios al bravo mar enfrena 
Cotí muro de leve arena. 

Los epítetos bravo y leve forman un contraste que será fácil hacer conocer al nifio de 
menor capacidad. Lo mismo podemos decir de otros proverbios en que la intencioB 
poética está tan bien espresada, que no es posible desconocerla. Tales son: 

ÍM gloría que el malo ostenta^ 
No es corona , sino afrenta. 



ri37] 

Quien su cpiera no enfrena^ 
Lleta en la culpa la pena. 

Lo mismo hemos advertido en las demás composiciones poéticas. Véase sino está es- 
tarna en el Himno d la Virgen Santisima: 

Cándido como la nieve 
Conserta mi corazón^ 

Y el alma sencilla y pura 
' Libre de vicio y de error. 

Como del cielo el rodo 
Caiga en mi tu bendición , 

Y nacerán las virtudes 
Como en el campo la flor. 

Esta es la poesía del sentimiento candoroso: esta es la única de que es capaz la in- 
iaocia. 

En las redondillas, donde se describen las estaciones del año, hay mas movimiento 
y adornos poéticos; pero el autor ha tenido buen cuidado de anteponer á cada roman- 
cito una breve esposicion en prosa, con la cual el niño podrá muy bien comprender 
el sentido de los versos. Si en los del invierno dice: 

Ye te descubro , Señor ^ 
Cuando al son del roneo trueno 
Abre la nube su seno 

Y arde en vivo resplandor, 

m 

Ya antes ha leido en el discurso que antecede : las tormentas limpian la atmósfera 
de vapores pestilenciales , y á veces producen la benéfica lluvia , con que se refresca 
el ambiente y se fertiliza la tierra. 

Las narraciones del nacimiento de Moy^es y del sacrificio de Isaac están muy bien 
cacrítas, y sus asuntos bien elejidos; pero el Sr. Martinezde la Rosa conocerá fácilmen- 
te que faltan otras para completar el libro de los niños; y no estrañará que se espere de él 
la oescripcion del gran sacrificio, figurado en el de Abrahara,y del nacimiento del gran 
Libertador, figurado en Moyses; y todo para el uso de la infancia. 

Los últimos romances en que se da una descripción sucinta de Espada , cual pue- 
deo comprenderla los niños , son dignos del escritor patriota que quiere gravar en los 
tierBOft ánimos de sus lectores el conocimiento y el amor de la patria. 

Pero basta ya de análisis cuando se trata de una obra cuyo principal mérito no es 
Uteraríe, sino moral; y no consiste tanto en el acierto de la ejecución como en el ob- 
jeto que se ha propuesto su autor. £1 Sr.- Martinez de la Rosa proclama este gran prin- 
cipio social : el sentimiento relijioso es la basa de la moral; y en su libro se descubre en to- 
dais partes la intención de ligar á este sentimiento las máximas mas importantes y las 
virtudes mas útiles al género humano. Ante este gran proyecto desaparecen , y 
deben desaparecer todas las pretensiones al mérito literario. 

Nosotros nos atreveremos á dar algún desenvolvimiento á la idea que el autor no hi- 
zo mas qne indicar, porque no escribía un tratado de psicolojia , sino un prólogo para 
los niftos. 

Eo la tierna edad se desenvuelven y fortalecen casi simultáneamente tres instintos 
connaturales al hombre: el de su conservación y felicidad , el de la sociedad, y el de su depen- 
dencia del Ser Supremo é independiente. La generalidad de estos tres instintos, de estos tres 
leotioiientos en todos los hombres de todas las épocas y pueblos, prueba que son titna- 
losj €9 decir , que no los deben ni á la educación , ni á las preocupaciones, sino á su 
misma naturaleza. 

Pero es muy diversa la enerjia de estos sentimientos en razón de la mayor ó menor 
cercania de sus objetos al hombre mismo. £1 de la felicidad es vivísimo: no lo es tanto 

18 



[138] 

el (le la sociabilidad: el rrlijiom es mas débil porque su objeto es invisible. Sin embargo, 
la razón nos dicta, cuando somos capaces de escucharla , que del tercer sentimiento 
penden los otros dos; porque él nos revela las leyes del mundo social , y lo que debe- 
mos bacer para ser felices nosotros mismos. 

Siendo esto asi , es necesario que la educación se anticipe , aun antes que la rana 
pueda estraviarse , á colocar el sentimiento relijioso en el lugar que le corresponde, 
esto es , en el primero , y á bacer ver la dependencia que de él tienen tudas las virtu- 
des sociales, todos los medios de felicidad (|ue se ban concedido á la naturaleza huma- 
na. Es menester derivar de la relijion y ligar con ella todos los afectos benévolos y e^ 
pansivos, la detestación de todas las pasiones ruines y rencorosas, todos nuestros de- 
seos justos, todas nuestras esperanzas lejítimas. 

V esto es lo que á cada paso se nota en el libro de los niños. 1^ idea de Dios domi- 
na en todas sus pajinas ; el amor del prójimo y los afectos dulces y sociales están unidoi 
á ella, y la felicidad prometida á la virtud. E^te orden de ideas bonra al mismo tiem- 
po el discernimiento y el cora zondel Sr. Martínez déla Rosa; y coloca su libro en la 
clase de los que deben servir para la educación moral de la niñez. 



DICTÁMENES Y LEYES ORGÁNICAS» 

Ó ESTUDIOS PRÁCTICOS DE ADMINISTRACIÓN. 
POR D» FRANCISCO ACCSTiN MLTEi^A* Madrid, 1839. 



XjL autor , diputado á Cortes en varias lejislaturas, ha satisfecho en esta obra una de 
las mas urgentes necesidades do la época presente, á saber: la de crear el gobierno , que 
puede decirse no existe en Espada. Tenemos á la verdad una Constitución, que ha or- 
ganizado el poder, designado su centro, sus atribuciones, sus límites; pero ¿tiene el poder 
los medios y la fuerza necesaria para moverse dentro de esos límites y cumplir esas atri* 
buciones? No: porque no existen leyes orgánicas que le pongan en contacto con las ma- 
sas, y bagan su acción segura é indefectible. Tenemos á la verdad generales para el ejér- 
cito; pero faltan oficiales y los cuadros están vacíos. Nuestra Icjislacion municipal y pro- 
vincial es un anacronismo : pertenece á otra época , á otras ideas • á otro sistema » en 
pugna con el de la Constitución do 1857 : pugna que conocieron muy bien lasCórtH 
constituyentes , y la consignaron en los artículos 70 y 71 del código fundamental. 

Estas razones, tomadas de laescelente introducción de este libro, y que le sirve de 
alma , y la consideración de lo poco estudiada y conocida que es entre nosotros la ciea- 
cia de la administración , ban movido al Sr. Silvela á presentar de una manera práctica 
las cuestiones que faltan aun por resolver en nuestra patria , y los principios sobre que 
debe girar su resolución. 

Las cuestiones son cuatro , todas capitales para la existencia del gobierno , y asi la 
obra está naturalmente dividida en cuatro parles. 1^ primera es la de la adminiMtniekm 
municipal: cita la ley do 18 de Julio do 1857 sobre atribuciones municipales en Francia^ 
á la cual antecede la ley de 21 de Marzo de 1855 sobre organización municipal en d 
mismo reino , y el dictamen de la comisión sobre la primera de estas dos leyes. 

La segunda es la de las Diputaciones provinciales: contiene el dictamen de la comi- 
sión especial sobre el proyecto de ley de organización y atribuciones de las di- 
putaciones provinciales, leido en la sesión de 12 de Mayo de 1858 del Coogre- 
so de diputados de España, con el articulado de dicho proyecto de ley; las leyes 
de 10 de Mayo de 1858 sobre atribuciones, y de 22 de Junio de 1859 sobre organiza- 



[139] ... 

don de los concejos de departamento en Francia, y el dictamen de la comisión sobre la 
primera de estas dos leyes. 

La tercera es sobre tribunales adminUtraíivos ó con$*jo8 de provincia» Trac el proyecto 
de ley presentado por cl autor al Congreso de diputados de España ep i2 de Noviembre 
de 1858 con la esposicion de los motivos. 

En fin , la cuarta contiene el proyecto de ley sobre gobiernos políticos , presentado en 
la misma fecha al Congreso de diputados de España, con la esposicion de los motivos, 
uo articulo de un periódico de Madrid sobre la necesidad de suprimir las intendencias, 
la noticia de la visita del gefe político do Avila á su provincia, y la instrucción á los sub- 
delegados de fomento , del SO de Noviembre de 1835. 

Sigue después un apéndice con el proyecto de ley, presentado al Senado en 29 de Ene- 
ro de i839, sobre la creación de un consejo de Estado; al cual proyecto antecede el dic- 
tamen déla comisión sobre él, con cl decreto de 18 de Setiembre del mismo año, reorga- 
nizando el consejo de Estado en Francia , y con un articulo sobre los ministerios y otro 
sobre las direcciones generales. 

Tales son las materias que abraza este tratado práctico de administración. Las notas 
y esplicaciones del autor contienen las doctrinas y principios pertenecientes á esta cien- 
cia tan vasta é importante , como poco conocida entre nosotros. A mayor abundamiento 
trae al fin un prontuario de la lejislacfoñ administrativa vijente , y una nota de los li- 
bros y autores que debe leer , estudiar ó consultar el que quiera dar su voto con cono- 
cimiento de causa en las cuestiones gubernativas que aun están por decidir en España. 

El Sr. Silvela reconoce la falta que liay en nuestra nación de buenos estudios admi- 
nistrativos, c A haberlo permitido nuestras fuerzas , dice en la introducción, hubiéra- 
mos emprendido escribir unos elementos de administración ; pero desconfiando por una 
parte , y con sobrada razón , de nosotros mismos ; y por otra persuadidos de que enme- 
dio de la ajilacion de los ánimos los estudios puramente teóricos ó especulativos consi- 
guen rara vez fijar la atención , al paso que la captan no poco los do aplicación , hemos 
preferido formar una colección de proyectos y leyes espíicadas por sus motivos.» Esta 
segunda razón nos convence mas que la primera; porque contra la modestia , aunque 
laudable, del autor militan las sabias y profundas observaciones diseminadas en toda 
la obra. 

En la Introducción ventila la célebre cuestión de derecho público acerca de la elec- 
ción de los majistrados presidentes de las municipalidades, concede influencia en ellas á 
los ajentes responsables del gobierno , y disipa las objecciones de la opinión contraria. 
Su principal razón es que si el rey es el gefe del poder ejecutivo , no puede admitirse 
la existencia de una majistratura que tenga atribuciones ejecutivas y que sea al mismo 
tieinpo independiente de la corona. 

En el dictamen de la comisión francesa sobre la ley de atribuciones municipales^ mani- 
fiesta el Sr. Silvela en una nota (pág. 46) no ser de la opinión del relator cuando atri- 
buye á la municipalidad decidir sobre los gastos de reparo ó construcción de las Casas 
Consistoriales. A nosotros nos parece, aunque el autor no da allí razón alguna, que est04 
gastos deben incluirse en la clase de obligatorios. No es decencia que una municipalidad 
carezca de domicilio: ni debe permitirse la ruina ó el deterioro de los edificios públicos. Ijí 
Cámara francesa opinó del mismo modo. 

En el mismo dictamen ( pág. 57) se opone 'en la nota segunda á la disposición de la 
ley francesa que atribuye á los consejos de prefectura el derecho de autorizar á los pue- 
blos para intentar acciones en justicia. El Sr. Silvela manifiesta su opinión mas adelante 
eo la pág. 216 y siguientes, y es: que este derecho no perteneciendo al orden judicial, 
poes no hay actor ni reo en el caso de pedir licencia para pleitear, sino al principio de 
tutela j protección que debe el gobierno á todos los particulares y á todas las corpora- 
dones, debe residir mas bien en el gefe político, oido el tribunal administrativo, que en 
este mismo tribunal. 

En la nota de la pág. 2S9, tratándose de la ley de ¡gobiernos políticos manifiesta el 
Sr. Silvela preferir el título de Gobernador de provincia al de gefe político y al de gober» 
núdoreitü. En efecto, el epíteto del primero estrecha mucho las atribuciones del gefe, 
qne comprenden cuantas relaciones tiene el ciudadano con la sociedad, no solo en el 
orden político , sino en el económico militar y civil. El de gobemadot ettÜM refiere por el 



[130] 

sador, juez y verdugo , no tiene fuerza alguna en el caso presente. Su obediencia 
ó desobediencia han de ser juzgadas primero en el tribunal de su conciencia, s 
después en el de la justicia humana. Ni ante el uno ni ante el otro podrá discalpaV 
su inobediencia con el pretesto de que la órdeh fue inmoral;', td efectivaiucnte no 
lo fue. 

Después de examinar y distinguir los efectos de la ignorancia, del error y de h 
violencia en la jusüíicacion ó disculpa de las acciones humanas, pasaá analizarlos 
diferentes actos que constituyen el delito. Su principio fundamental es este: ia jvtíiek 
humana }w puede castigar sino cuando infiera con certidumbre moral de los actos e>fmo- 
res la resolución interior de cometer el crimen. Solo entonces puede imputar el hecho 
criminal. 

Empieza por distinguir los actos internos de los estemos, y entre los estemos los 
actos preparatorios de los de ejecución. En íin^la ejecución puede ser suspendida ó 
frustrada. 

En cuanto á los actos internos no pueden estar sometidos á la ley penal por la 
imposibilidad de conocerlos, mientras no los revele algún acto csterior. Por mas pro- 
bable que parezca , en circunstancias dadas, que se ha tomado la resolución de co- 
meter el crímen , no puede existir ni la certidumbre moral ni la legal, porque no 
existe ningún acto esterno de donde pueda inferirse. 

Llámanse actos preparatorios del delito aquellos con los cuales el delincuente se 
pone en estado de hacer su obra de iniquidad ; pero sin haberla comenzado todavía. 
Estos actos pueden ser ó inocentes en si mismos, ó constituir otro nuevo delito ; pero 
de ningún modo revelan la resolución de cometer el que con ellos se prepara. Se ha 
comprado el veneno : se ha echado en el vaso. Hasta ahora tío se ha infrinjide ni»pm 
derecho : hasta ahora no se ha empezado la acción de envenenar. Luego los actos 
preparatorios no pueden ser castigados por la ley penal , y solo tiene la sociedad el 
derecho de aplicar las medidas preventivas de policía , si las encuentra capaces de 
prevenir el delito que los actos preparatorios pueden hacer que se tema ó se sospe- 
che. Solo pueden someterse algunos de estos actos que tienen una relación mas inti- 
ma con el delito á la justicia criminal , imponiendo al acusador la obligación de 
probar por otros medios que existia la resolución de cometerlo. Las propuestas acep- 
tadas ó no aceptadas de cometer un crímen , las tramas culpables conocidas por pala- 
bras 6 por escritos están en este caso ; pues por mas relación que tengan con el acto 
criminal , no lo comienzan, sino lo preparan. 

Actos de ejecución son aquellos en que empieza ya á atacarse un derecho. El vaso 
de veneno se presenta á la victima: bébalo, ó no hay tentativa de delito : ha comenza- 
do el acto criminal y revela la intención del ájente. Bébese el veneno y prodoce su 
efecto : hé aqui el crímen consumado. El veneno no produce su efecto ó no es bebido: 
hé aqui el crimen ftvsírado. El envenenador antes de que se beba, movido de la pie- 
dad 6 del remordimiento ó del temor , declara la traición é impide que se consume 
la catástrofe : hé aqui el delito suspefidido. 

M. Kossi opina que la pena correspondiente á los actos succesivos de ejecución 
debe ser correspondiente á la gravedad de ellos, esto es, tanto mayor cuanto mas 
se acerquen á la consumación ; pero siempre menor que la del delito consumado. 
El delito suspendido por la acción voluntaria del actor no es ya delito , y no debe 
castigarse. lx)s actos ya ejecutados podrán ser delitos de otra clase y merecer cas- 
tigo ; pero no el que corresponde al delito que se quería cometer : en fin , el deli- 
to frustrado parece que merecería la misma pena que el consumado ; pero c vál- 
gale también, dice el autor, al delincuente la buena fortuna de su victima.» Fúndase 
en que el reo en este caso no tiene que expiar los goces criminales que esperaba de 
su delito, y en que los hombres son muy induljenles con el que no logró el mal que 
deseaba hacer. 

Ninguna de estas razones nos parecen fuertes. Esa induljencia no es mora/; solo 
es producida por la alegría de que la victima se hubiese salvado ; y cuando los hom- 
bres están alegres no son muy severos. La expiación no recae ni debe recaer sobre 
los goces criminales mezclados siempre de angustias , que son su expiación en esta vida* 
sino sobre la infracción del orden moral que debe ser restablecido por la pena. Uii- 



[13Í] 

paré mi escopeta contra otro hombre á quien deseaba matar; el tiro no salió ó se 
erró : tan homicida soy como si hubiera atravesado el corazón á mi enemigo . 

Concluye este capítulo con la participación en el delito , la cual divide en coddin^ 
atencim (voz que será necesario admitir en nuestra lejislacion criminal) y complicidad^ 
y censura los códigos que han confundido en una sola estas dos especies de parti- 
cipación. 

Llama codelincuentes á todos los que han sido autores de la resolución criminal ó de 
su ejectícioH. Establece , pues , tres clases de codelincuencia : los provocadores direc- 
tos áA delito que han sido autores de la resolución sin tomar parle en la ejecución; 
los que sin haber cooperado á la resolución han tomado voluntariamente parte en la 
ejecución , y los que han cooperado á la resolución y á la ejecución , llamados co- 
munmente autores principales. Cómplices son los que, sin ser autores de la resolución 
ni de la ejecución, han ayudado á una ó á otra , ó á ambas, física y moralmente. El 
autor señala con mucha exactitud el grado de responsabilidad que compete á cada 
clase de delincuencia ó de complicidad. 

Es escusado decir que nuestro autor reGere las muchas y variadas cuestiones que 
presenta su obra á los principios jenerales que sentó en el tomo I y que ya hemos 
espuesto. De ellos deduce todas sus conclusiones ; y solo por haberlos visto mal apli- 
cados, á nuestro parecer, nos hemos separado de la opinión de M. Rossi en la cues- 
tión del delito frustrado. 

ARTÍCULO II. 

J2iL libro III de esta obra esplica la naturaleza, efectos y cualidades de la pena. 
Después de su definición , el mal causado por el poder social al perpetrador de un delito^ 
pasa el autor á esplicar su fin. Este es el cumplimiento de la justicia social , la con- 
servación del orden público. Cualquiera otro fin que se atribuya á la justicia huma- 
na en la imposición de la pena es secundario. Las tres condiciones esenciales de la 
pena legal son : primera , que castigue el mal con el mal : segunda , que castigue 
solamente al autor del delito : tercera , que lo castigue en proporción del derecho 
violado. 

Son efectos de la pena la instrucción y el temor. Instruye á toda la sociedad, por- 
que manifiesta inmediata é imperativamente las leyes del orden moral relativamente 
á sos aplicaciones al orden público. Aterra, ya al mismo delincuente, ya á los que 
se hallasen inclinados á imitarle. Previene , pues, los delitos^ porque obliga á los hom- 
bres á estudiar y respetar el orden moral , y porque aterra á los que no quieren ins- 
truirse ó tienen una perversidad superior á la instrucción. 

Se ye, pues, que la utilidad de la pena es un corolario y no un principio de su 
esencia. El autor cita la enmienda del delincuente como un efecto mas deseable que 
seguro del castigo. Con este motivo se estiende acerca del sistema penitencial de las 
cárceles, que hasta ahora, según M. Rossi, no ha producido resultados satis- 
factorios. 

Otros efectos de la pena son : el sentimiento de seguridad que da al cuei^po so- 
cial , y la satisfacción de la conciencia pública ofendida por el delito. Esta satisfac- 
ción procede del deseo del bien y de la conservación del orden que es general á to- 
das los individuos de la sociedad. 

Pasa después á la gran cuestión de la proporción entre la pena y el delito. Reco- 
noce lá imposibilidad de resolverla por el simple raciocinio , porque en las ciencias 
morales no hay un tipo, no hay una unidad como en las Matemáticas. Serian necesa- 
rios tres datos que no existen : primero , la ecuación entre un delito dado y su pena: 
segundo , la escala de relación de ios delitos : tercero , la de las penas. 

Recurre, pues, á la conciencia del género humano para aproximarse en cuanto 
sea ¡losíble á la verdad. « La relación , dice , que percibimos entre el mal moral y el 
padecimiento de su autor. ... en cada caso particular son hechos de conciencia , ver- 
dades sentidas é irrecusables» de intuición , como las llama mas arriba. Por consi- 
guiente aconseja al lejislador que en esta parte procure estudiar el espíritu de la na- 



cion , la hisloria del pais , la estadística de las causas criminales para no contrariar 
la conciencia pública que siempre es el resultado de estos principios: primero, la 
mayor ó menor enerjia del impulso criminal que varia según el girado de civilización: 
segundo , la mayor ó menor probabilidad de que se cometa el delito : tercero , la 
gravedad del mal producido por él : cuarto , el peligro en que pone á la sociedad t 
el temor que inspira. 

Las cualidades de la pena deben ser las siguientes : 

Personales^ esto es, deben recaer solamente sobre el autor del delito. Es verdad 
que toda pena produce efectos perniciosos á víctimas inocentes. Un reo condenado 
al último suplicio puede dejar en el desamparo á su mujer y á sus hijos. Pero no es 
la ley la que quiere este mal indirecto , sino el delincuente cuando se arrojó á oome- 
ter un crimen merecedor de aquella pena. 

Motriles, es decir, aquellas que no despierten pasiones en otros hombres, como la 
confiscación ; ni se opongan á la enmienda posible del delincuente , como las inft- 
mantés. 

Dimibles en cuanto sea posible para poder atender á las circunstancias atenuantes 
y agravantes , y al mayor ó menor grado de la sensibilidad del reo. 

Reparables o remisibles para el caso de la reposición de la sentencia ó del uso dd 
derecho de clemencia. 

Lisínicíivas y satisfactorias , esto es, deben tener analojia con la naturaleaa del de- 
lito. Mas esta relación ha de ser intrínseca como la privación de derechos políticos 
al ({lie ha usurpado cargos públicos, ó la multa al reo de estafas; mas no material 
como seria quemar al incendiario , ó dar veneno al emponzoñador. 

Ejemplares ^ esto cu y públicas, solemnes y que produzcan en el delincuente un 
mal que aterre á los que quisieran imitarle. 

En fin , correctivas ó capaces de producir la enmienda del reo ó por temor ó por 
convicción. 

De estas cualidades las mas esenciales á la pena son que sea personal, mortU y 
ejemplar; porque por ellas se restablece el orden moral que violó el delito. Las otras 
condiciones son propias para correjir en muchos casos la falibilidad de la justicia 
humana , ó para otros fines útiles á la sociedad. 

Es llegado ya el caso de examinar las diferentes especies de penas contenidas en 
los códigos, y empieza M. Kossi por el examen de la pena capital. 

Ante todas cosas debe averiguarse si es lejitima , esto es , si el poder social tiene 
derecho de imponerla. £1 argumento de M. Aossi á favor de este derecho no tiene 
réplica. Esta pena ha sido impuesta por todos los lejisladores ; está escrita en todos 
los códigos, y se ha aplicado en todas las naciones. Ahora bien : todo el género hu- 
mano puede haber estado equivocado y estarlo aun sobre una cuestión de física y de 
astronomía, no sobre un hecho de conciencia. El sentimiento universal de los hom- 
bres en sociedad da A esta el derecho de esterminar al parricida, al asesino, al en- 
venenador. Nada puede oponerse contra este hecho que prueba el derecho por s«r 
producto de la conciencia humana. 

Vengamos al raciocinio. La vida , como todos los demás bienes del hombre, pue- 
de ser objeto de la penalidad^ siempre que ofrezca materia á la expiación , es decir, 
siempre que conserve analojia y proporción con el delito. El padre de familias, que 
mata á un hombre por defender la vida de su Jiijo ó el honor de su mujer, cumple 
una obligación. La justicia social cumple la suya, cuando impone la pena merecida pw 
el delincuente > y no tiene otro medio de defender la sociedad. 

.No por eso niega el autor cuan grande abuso se ha hecho y cuánto se abusa aun 
de la pena capital. Desea como nadie que se borre de los códigos ; pero antes se ne- 
cesita que los progresos de la civilización moral de los pueblos hagan muy raros los 
crímenes que está destinada á castigar y prevenir. 

Viniendo á las cualidades de esta pena se ve que es personal y ejemplar por el ter- 
ror que inspira. En cuanto á su moralidad puede escitar pasiones muy funestas cuan- 
do se aplica mal. La pena capital impuesta al robo sin asesinato multiplica los asesi- 
natos y disminuye los procesos de robo. El salteador, á quien la ley avisa que nada 
gana con respetar la vida del robado, tiene un fuerte incentivo para esterminar el 



[133] 

testigo de su crimen. Impuesta la misma pena á los delitos puramente políticos , da 
un grande impulso á la calumnia, á los furores de los partidos, á los aduladores del 
poder. M. Rossi cree que cuando un delito político no se complica con el asesinato, 
el robo y el incendio ó algún otro crimen de una categoría diferente , no debe impo-» 
nérsele el último suplicio. Esta opinión , contraría á la de Beccaria, que solo admite 
la pena capital en los delitos de estado, pueba la diversidad de principios de ambos 
publicistas. £1 primero se funda en la conciencia pública menos vulnerada por los 
erimenes polilicos que por el asesinato, el incendio y el veneno. £1 segundeen la 
utilidad del orden politice establecido. La pena capital es el máximo de las penas , y 
solo debe aplicarse á los mas graves atentados contra la moral , y en los casos en que 
la sociedad exije la mayor represión posible. 

La pena de muerte demasiado prodigada, mucho mas si la precede mutilación ú 
otro tormento , ó si es lenta y terriblemente dolorosa ^ hace las naciones bárbaras y 
sanguinarias porque se acostumbran al espectáculo de ver sufrir al hombre. También 
producen otro efecto moral sumamente pernicioso, y es la impunidad de los delitos. 
Nadie *e atreve á declarar , ni á acusar , ni á condenar cuando el resultado ha de ser 
llevar al delincuente al -cadalso por un delito que la conciencia pública no cree me- 
recedor de tanta pena, 

No sucede lo mismo cuando la pena capital se impone por grandes atentados 
eontra la humanidad. £n estos casos es menester reprimir mas bien que escitar la 
indignación del público , de los testigos y de los jueces. Entonces es la pena eminen- 
temente ejemplar , y no pocas veces reconoce su justicia el mismo infeliz que ha de 
sufrirla. Cuando el delito está bien probado , el suplicio es merecido, y si se impone 
la pena de muerte pronto y sin crueldad , la sensación de terror saludable que espe- 
rimentan todos es solemne y útilísima. 

No siendo reparable ni remisible la pena de muerte , opina el autor que ninguna 
senlencia capital debería ejecutarse sin la previa revisión del poder que tenga la pre- 
rogatíva del derecho de clemencia. 

Las demás penas corporales inferiores á la de muerte son inmorales. La intensidad 
de muchas de ellas depende del verdugo. Y en general imposibilitan en una nación 
bien moríjerada, ó cuando menos instruida y dotada del sentimiento del honor, la 
enmienda del delincuente , que ya estigmatizado por la ley , no podrá encontrar ni 
alivio ni trabajo , ni amor^ ni amistad sino en hombres tan inmorales como éh La 
misma observación hace M. llossi sobre las penas infamantes, 

Pero contra estas hace otra objeccion todavía mas fuerte. £1 poder social no pue- 
de disponer del espíritu público para infrinjirlo como pena. La opinión que de un 
hombre formen sus conciudadanos no depende ni de la ley ni de la sentencia del juez; 
depende solo del juicio que formen de sus acciones y costumbres. 1^ pena infamante 
está de mas cuando el delito es de aquellos que suponen un alma bajamente inmoral, 
como el hurto , el daño hecho alevosamente^ el falso testimonio , la calumnia. 1^ 
pena infamante no produce su efecto cuando el delito inspira mas horror é indigna* 
cion que desprecio , ó es producido por la exaltación de pasiones no reprimidas. 

Trata después del encarcelamiento , que es la pena por escelencia en las naciones 
civilizadas; pues priva del bien de la libertad que es el mayor de los sociales. El 
autor entra en este capitulo en una larga discusión acerca del sistema penitencial de 
iaa cárceles , y espone escelen les ideas sobre esta materia , que actualmente llama la 
atención de todos los publicistas y filósofos. 

Restan la multa y el destierro en sus diferentes especies. Proscribe muy justa- 
mente la confiscación y las multas exorbitantes que se acerquen á ella. Censura las 
multas que son parte alienóla del capital^ poco onerosas para los muy ricos, y gra- 
ves para los que son menos; y concluye á favor del establecimiento de un máximo y 
de un mínimo , y de la disminución de las multas por infracciones pequeñas, c Estas 
multas , dice , no deben ser penas^ sino avisos. > 

La locomoción ó la translación obligada del delincuente de un punto á otro la cree 
muy oportuna para los delitos puramente políticos, porque esta pena tiene analojía 
con el impulso criminal , esto es, con la ambición , y asegura la sociedad contra la 
turbulencia ulterior del delincuente. 



[134] 



ARTICULO IH. 

JLjL cuarto v úlüino libro de esle Iratado habla de la ley pénala su necesidad, formaciott 
y composición. 

La justicia humana no castiga todos los actos inmorales^ sino solo aquellos quek- 
frinjen derechos cxijibles y que no pueden sostenerse de otra manera sino por la ley 
penal. £1 derecho de castigar se funda en dos elementos, el delito y la necesidad de cas- 
tigarlo. El primer elemento es conocido, íijo é invariable: el segundo puede admitir mo- 
dificaciones. La ley penal es^ pues, variable por su esencia mUma; pues depende de la 
situación moral y de las circustancias en que se halla la sociedad. 

No hay cosa mas inocente que pasearse do noche; pero el (|ue prevea que por las cir- 
cunstancias particulares de la ciudad su salida á aquellas horas hade producir desórdenes, 
cometerá un acto inmoral, siá pesar de su convicción se pasea. Pero ¿podrá castigarle 
el poder social por aquella inmoralidad!'^ No, si no existe una ley que lo prohiba; por- 
que podrá responder, con verdad ó sin ella: yo creía hacer uiuí acción inocente, Y ¿quién 
le probará lo contrario no existiendo otro testigo que su conciencia individual? 

Mas: aun cuando la inmoralidad del acto sea notoria y no pueda terjiversarse podrá 
decir el delincuente, si no hay ley: es verdad que he obrado mal; yero no crei hacer wn graií 
daño á la sociedad^ pues no ha prolUbido esta acción. V ¿(¡uién le probará que miente? M. Roisi 
añade á estos argumentos, que no tienen réplica, el del carácter pret^/i/tm> que tiene la ley 
penal, para probar la necesidad de comprender en ella todos los delitos, especificando sus 
penas; y deduce el principio conservador á un mismo tiempo déla moral, del orden y déla 
libertad; d nndie debe castigarse sino por actos previstos en la ley. I^ equidad natural de los jue- 
ces y majistados era buena para los tiempos primitivos de la civilización, en los cuales 
la única garantía era la probidad personal del que juzgaba y sentenciaba. Entonces no ha* 
bía leyes^ sino usos: entonces se seguia en las sentencias el impulso de la conciencia púbVcSt 
bien ó mal interpretada. Ya hemos salido de aquellos rudimentos: ya es necesario que 
los oráculos de la conciencia los dé el lejislador , y que sean esplicitos , claros y termi- 
nantes. 

Mas no por eso se crea que si es necesaria la promulgación de la ley que declara el Í9^ 
litn^ lo es igualmente la determinación de la cantidad tija de pena que debe imponérsele. 
cLos que asi piensan , dice el autor, han hecho de cada ley un lecho de Procusto , donde 
tiene que acomodarse de grado ó por fuerza cada caso particular.» Es necesario qus 
el lejislador deje al juez la latitud competente, dentro de ciertos limites, en la especie de 
pena que corresponda á cada delito. Esta debe á la verdad designarse en la ley : porque 
;.quién sin estremecerse dejaría al juez la facultad de elejir entre la pena de muerte y 
la de encarcelamiento, entre la deportación y la multa'/ Pero en las penas divisibles^ se- 
ñalados el máximo y el mínimo de ellas, puede y debe dejarse al majistrado la elección 
de la cantidad para ocurrir á los diversos casos y circunstacias que la ley no lia podido 
prever. 

Examina después quién debe ser el lejislador penal , y no duda en decidirse por les 
congresos represeniativos. En cierto grado de civilización podría un hombre instruido» 
independiente y de probidad formar buenas leyes civiles. La teoria de las obligaciones 
y derechos se funda en principios fijos é invariables, fáciles de aplicar á las nuevas com- 
binaciones de intereses que sean creados por la sociedad. No asi la ley penal , fundada en 
dos hechos, la conciencia y las necesidades sociales. 

En cuanto al principio moral, atacado por el delito, corre tanto mas riesgo de ser 
adulterado por las pasiones humanas, cuanto mas se separe su examen de la conciencia 
piiblica y se reduzca á la individual. Pero prescíndase del peligro de las pasiones: supóngase 
al individuo, á quien se dáel cargo de lejislador, inaccesible á todo afecto que no sea 
el de la justicia: se caerá siempre en el inconveniente de introducir en la lejislacion penal 
del espíritu de sistema que pondrá sus conclusiones facticias en lugar de inspiraciones 
comunes de lo bueno y de lo justo. Un sectario del sistema de la utilidad solo calculará 
el mal material de las acciones. El que esté persuadido de la gran importancia del comer- 



[I35J 
CÍO y de la industria para los progresos físicos y morales del hombre , dará una gravedad 
moral ei^ajeradaá los crimenes de falsificación, piratería y fabricación de falsa moneda. 
£1 que es muy relijioso, traspasará probablemente los limites de la sociedad para in\'adir 
el territorio de las conciencias, y castigará los actos inmorales aunque no tenga el orden 
público necesidad de castigarlos, c Escójase, añade, al contrario un hombre de la escuela 
del siglo XyiU[,ymuy probablemente la relijion se arrastrará cautiva á los pies de una 
política invasora , ó á lo menos el culto esterior y sns ministros estarán fallos de protec- 
ción. § Esto en cuanto á la moralidad de la ley penal. 

Y en cuanto á su necetidad ¿dónde está el hombre de estado, el filósofo profundo, el 
erudito laborioso que pueda jactarse de conocer todas las exijencias sociales, todos los he- 
hos que las revelan, todos los sucesos que las demuestran, mucho mas cuando eslas exi- 
jencias son por su naturaleza variables? Para conocer el verdadero estado moral de la so- 
ciedad , que es uno de los doa elementos esenciales de la ley penal , es necesario el 
examen y la confrontación de muchos testimonios diferentes ; y ni uno ni otro puede 
conseguirse sino en una asamblea lejislativa suficientemente numerosa. 

Dnipnes de esplicar quién debe ser el lejislador, pasa á espHrar cómo debe hacerse la 
ley, y examina en primer lugar la cuestión de la codificación , esto es, si conviene para 
reformar la lejislacion penal formar un código completo de jiina vez, anulando todas las 
leyes anteriores, ó bien hacer la reforma por niiedio de leyes parciales y succesivas. £1 
autor se decide por este segundo método, y solo cree aplicable el primero en un pais falto 
de leyes penales, ó cuya lejislacion criminal se creyese muy mala. 

Pero si parte de la lejislacion es buena, seria un desatino derribar lo que existe, lo 
que ya esiá identificado con las ideas y costumbres del pueblo, solo por el gusto de for^ 
mar un edificio de nueva planta, cuya base sea un mlema^ y por consiguiente dé ocasión 
á graves errores, aun prescindiendo del notable daño de obligar á los jueces y abogados 
á estudiar una jurisprudencia nueva. Cuando se corrijo una mala ley se alteran respecto 
á los casos que á ella í^e refieren, las doctrinas de los letrados : esto es fácil, y ningún 
jurisperito se quejará de ello. Pero altérese toda la lejislacion, aun en la pa^te que tie- 
ne buena, y habrán de aprender de nuevo su oficio. 

Añádase á esto la dificultad, ó por mejor decir, imposibilidad de que un Congreso 
lejislativo concurra verdaderamente á formar un código entero. Una ley puedo ser discu- 
tida, examinada bajo todos sus aspectos y votada en conciencia con conocimiento de 
causa. Un código no se adoptará nunca sino por un voto de confianza concedido al redactor 
y á la comisión. 

Ademas, si el código civil puede hasta cierto punto ser eterno é inmutable, no asi el 
código penal, sometido alas exijencias y necesidades sociales, esencialmente variables. 
En el concepto de hacer inmutable la obra , cson , dice , dos absurdos del mismo género 
uo código y un diccionario de la academia.» Confesamos que no hemos entendido bien 
esta comparación de M. Rossi. Es posible que el redactor de un código piense en hacer 
una obra muy duradera. Es una autoridad lejitima; y sus decisiones tienen fuerza de ley, 
mientras no haya otra autoridad semejante que las derogue. No tienen ese carácter los 
diccionarios de las lenguas. Los cuerpos sabios que los publican consignan en ellos las 
decisiones del uso actual: cQuem penes arbitrium est , et jus et norma loquendi» y por 
consiguiente reconocen la autoridad superior del uso, la proclaman y son , por decirlo 
asi , su poder ejecutivo. ¿Llega á desusarse ó perderse una voz, corriente antes y admi- 
tida en el lenguaje? El diccionario advierte á los que quieran hablar bien el idioma, que 
aquella voz es desusada ya, ó está anticuada. ¿Introdúcese en el lenguaje y en el uso de los es- 
cntores instruidos alguna palabra nueva? El diccionario la inserta, y esplica su valor. /Se 
muda la significación de un vocablo? £1 diccionario lo avisa. Parécenos que es imposible 
á los diccionarios aspirar á la inmortalidad. No conocemos, pues, qué relación ó se- 
mejanza tiene un libro sometido esencialmente al uso , la cosa mas variable y caprichosa 
que hay éntrelos hombres, con un código cuya anulación no puede ser efecto sino del 
ejercicio posterior de la autoridad lejislativa. Tampoco entendemos cómo puede ser 
ridiculo el diccionario de un idioma. Por mal hecho que esté, siempre será necesario 

Cra loa que quieran aprender aquella lengua , y útilísimo cuando menos para los que 
sepan. Es verdad que solo dice que es ridículo en cuanto aspire á la inmutabilidad. 
Pero ¿cuál es el diccionario que tiene esa pretensión? 



[136] 

Los dos últimos capitules de la obra esplican lo que debe coDlener la ley pcDal^i 
cómo debe redactarse y componerse; cuál debe ser la latitud concedida al juez; cuándo 
conviene definir los delitos; cuándo no, y cómo deben redactarse los artículos relativoi 
á la participación en el delito, á las circunstancias atenuantes y agravantes , juslifica- 
cion y disculpa. 

Xo nos atrevemos á decir que hemos dado una completa descripción de esta esceleote 
obra ; pero sí que lo hemos procurado. Nuestra costumbre, cuando teneanos que dar 
cuenta délos libros de esta clase, es estudiarlos, meditarlos y escribir los peosamienlM 
que ha dejado en nuestra alma. Otros seguramente harán mejor este estudio; pero alo 
menos no será inútil indicarles nuestras ideas, que podrán después comparar con las 
suyas. 

POH D. FRAUOZSOO XAAHTZUBZ DS ZaA ROSA. 

In ienxii labor ; ai tennis íwn gloria. 

ÍljL cantor, dotado de una voz de grande alcance, hace mayor esfuerzo cuando tiene 
que reprimirla que cuando la desplega en toda su ostensión. El insigne poeta, que supo 
conmover los mas íntimos senos del corazón con los acentos lamentables de Edipo y coih 
las heroicas calamidades de Zaragoza: el ilustre orador que ha ennoblecido la tribuna es- 
pañola con su varonil é independit^nte elocuencia: el sabio publicista, que ha examina* 
do y espuesto las necesidades y tendencia de la época actual, abandona ahora el puñal 
de Melponoiene, la lira de Píndaro, el punzón de Tulio y la pluma de Montesquieu , y 
reduce las dimensiones de su intelijencia á la estrecha capacidad de los niños, á qoie« 
nes habla y á quines hace hablar, y la reduce con la envidiable facilidad qu« es el ca- 
rácter distintivo de sus obras. Estamos persuadidos á que ninguna le habrá costado lau- 
to trabajo como esta. Es fácil al que está dotado de genio poético elevar el tono i la 
altura de su imajinacion: es fácil al hombre instruido y versado en las discusiones poli- 
ticas y filosóficas, adoptar el giro, ya lójico, ya oratorio, que corresponda á la sitaaeioa 
y al pensamiento. Sabe que habla á hombres, y que le han de entender. Pero esprenr 
ideas morales y relijiosas, es decir, de un orden altísimo, de manera |que se hagan int»* 
lijibles á la tierna razón de los niños, y que estos puedan percibirlas por sentimienlo, 
mas bien que por raciocinio, es obra harto díficíl, y que supone en el que la emprende 
y la desempeña debidamente un grande conocimiento del instinto moral del hombre, 
única facultad desenvuelta en la edad para la cual escribe. 

La prosa y los ¡versos contenidos en este librito, sin dejar de tenerla dignidad eor» 
respondiente á sus argumentos, están dotados de la sencilla injenuidad que es propia 
de la infancia. Pero dentro de este circulo tan estrecho, se descubren bellezas, capaees 
de ser sentidas por los mismos niños y de indicarles las ideas del buen gusto al mismo 
tiempo que las de la virtud ; ideas que están mas enlazadas entre si de lo que gene- 
ralmente se cree. Pueden servirnos de ejemplo algunos de sus proverbios , como este: 

Dios al bravo mar enfrena 
Con muro de leve arena. 

Los epítetos bravo y Uve forman un contraste que será fácil hacer conocer al niño de 
menor capacidad. Lo mismo podemos decir de otros proverbios en que la inteDCión 
poética está tan bien espresada, que no es posible desconocerla. Tales son: 

ím gloria que el malo ostenta^ 
No es corona , sino afrenta. 



[137] 

Quien su cplera no enfrena^ 
Lleva en la culpa la pena. 

Lo mbino hemos advertido en las demás composiciones poéticas. Véase sino esta es- 
tarna en el Himno d la Virgen Santisima: 

• 

Cándido como la nieve 
Conserta mi corazón^ 

Y el alma sencilla y pura 
' Libre de vicio y de error. 

Como del cielo el rodo 
Caiga en mi tu bendición , 

Y nacerán las virtudes 
Como en el campo la flor. 

Esta es la poesía del sentimiento candoroso: esta es la única de que es capaz la in- 
fancia. 

En las redondillas, donde se describen las estaciones del ano, hay mas movimiento 
y adornos poéticos; pero el autor ha tenido buen cuidado de anteponer á cada roman- 
cito una breve esposicion en prosa, con la cual el niño podrá muy bien comprender 
el sentido de los versos. Si en los del invierno dice: 

Ye te descubro , Señor ^ 
Cuando al son del ronco trueno 
Abre la nube su seno 

Y arde en vivo resplandor, 

• 

Ya antes ha leido en el discurso que antecede : las tormentas limpian la atmósfera 
de vapores pestilenciales , y á veces producen la benéfica lluvia , con que se refresca 
el ambiente y se fertiliza la tierra. 

Las narraciones del nacimiento de Moyses y del sacrificio de Isaac están muy bien 
eierítas, y sus asuntos bien elejidos; pero el Sr. Martinezde la Rosa conocerá fácilmen- 
te que futan otras para completar el libro de los niños; y no estrafiará que se espere de él 
la oeacrípcion del gran sacrificio, figurado en el de Abrahara,y del nacimiento del gran 
Libertador, figurado en Moyses; y todo para el uso de la infancia. 

Loa últimos romances en que se da una descripción sucinta de España , cual pue- 
deo comprenderla los niños , son dignos del escritor patriota que quiere gravar en los 
tieriioa ánimos de sus lectores el conocimiento y el amor de la patria. 

Pero basta ya de análisis cuando se trata de una obra cuyo principal mérito no es 
literario y sino moral ; y no consiste tanto en el acierto de la ejecución como en el ob- 
jeto que se ba propuesto su autor. El Sr. Martinez de la Rosa proclama este grao prín- 
cifno social : d sentimiento relijioso es la basa de la moral; y en su libro se descubre en to- 
das partes la intención de ligar á este sentimiento las máximas mas importantes y las 
virtodetBias útiles al género humano. Ante este gran proyecto desaparecen, y 
debea desaparecer todas las pretensiones al mérito literario. 

Nosotros nos atreveremos á dar algún desenvolvimiento á la idea que el autor no hi- 
zo mas qae indicar, porque no escribía un tratado de psicolojia , sino un prólogo para 
los nifios. 

En la ttema edad se desenvuelven y fortalecen casi simultáneamente tres instintos 
conoatorales al hombre: el de su consercacion y felicidad , el de la sociedad , y el de su depen- 
dencia del Ser Supremo é independiente. La generalidad de estos tres instintos, de estos tres 
sentimientOB en todos los hombres de todas las épocas y pueblos, prueba que son tnna- 
tos^ es decir, que no ios deben ni á la educación , ni á las preocupaciones, sino á su 
misma oaturaleza. 

Pero es muy diversa la enerjía de estos sentimientos en razón de la mayor ó menor 
cercasia de sos obfetos al hombre mismo. 11 de la felicidad es vivísimo: no lo es tanto 

18 



el (le la sociabilidad: el rdijioso es roas débil porque su objeto es invisible. Sin embargo, 
la razón nos dicta, cuando somos capaces de oscucbarla , que del tercer sentimiento 
penden los otros dos; porque él nos revela las leyes del mundo social , y lo que debe- 
mos hacer para ser felices nosotros mismos. 

Siendo esto asi, es necesario que la educación se anticipe, aun antes que la razoa 
pueda estraviarse , á colocar el sentimiento relijioso en el lugar que le corresponde, 
esto es , en el primero , y á bacer ver la dependencia que de él tienen tudas las virtu- 
des sociales, todos los medios de felicidad que se han concedido á la naturaleía huma- 
na. Es menester derivar de la relijion y ligar con ella todos los afectos benévolos y ci- 
pansivos, la detestación de todas las pasiones ruines y rencorosas, todos nuestros de- 
seos justos, todas nuestras esperanzas lejí timas. 

V esto es lo que á cada paso se nota en el libro de los niños. La idea de Dios domi- 
na en todas sus pajinas ; el amor del prójimo y los afectos dulces y sociales están unidof 
á ella, y la felicidad prometida á la virtud. Este orden de ideas honra al mismo tiem- 
po el discernimiento y el cora zon del Sr. Martinez de la Rosa ; y coloca su libro en la 
clase de los que deben servir para la educación moral de la niñez. 



DICTÁMENES Y LEYES ORGÁNICAS, 

Ó ESTUDIOS PRÁCTICOS DE ADMINISTRACIÓN, 
POR D» FRANCISCO ACCSTiiv ML^Ei^A* Madrid, 1839. 



fiL autor , diputado á Cortes en varias lejislaturas, ha satisfecho en esta obra una de 
las mas urgentes necesidades de la época presente, ü saber: la de rmir el gobierno , que 
puede decirse no existe en España. Tenemos á la verdad una Constitución , que ha or- 
ganizado el poder, designado su centro , sus atribuciones, sus limites; pero ¿tiene el poder 
los medios y la fuerza necesaria para moverse dentro de esos limites y cumplir esas atri- 
buciones? >io: porque no existen leyes orgánicas que le pongan en contacto con las ma» 
sas, y hagan su acción segura é indefectible. Tenemos á la verdad generales para el eJéT' 
cito; pero faltan oficiales y los cuadros están vacíos. Nuestra I ejislacion municipal y pro- 
vincial es un anacronismo: pertenece á otra época , á otras ideas, á otro sistenM» en 
pugna con el de la Constitución de 1857 : pugna que conocieron muy bien las Cortes 
constituyentes , y la consignaron en los artículos 70 y 7i del código fundamental. 

Estas razones, tomadas de la cscelente introducción de este libro, y que le sirve de 
alma , y la consideración de lo poco estudiada y conocida que es entre nosotros la cien- 
cia de la administración , han movido al Sr. Sil vela á presentar de una manera práctica 
las cuestiones que faltan aun por resolver en nuestra patria , y los principios sobre que 
debe girar su resolución. 

Las cuestiones son cuatro , todas capitales para la existencia del gobierno , y asi la 
obra está naturalmente dividida en cuatro partes. I^ primera es la de la admiMstraekm 
municipal: cita la ley do 18 de Julio de 1857 sobre atribuciones municipales en Francia, 
á la cual antecede la ley de 21 de Marzo de 1855 sobre organización municipal en el 
mismo reino , y el dictamen de la comisión sobre la primera de estas dos leyes. 

La segunda es la de las Diputaciones provinciales: contiene el dictamen de la C(Mni- 
sion especial sobre el proyecto de ley de organización y atribuciones de laa di- 
putaciones provinciales, leido en la sesión de 12 de Mayo de 1858 del Congre- 
so de diputados de España, con el articulado de dicho proyecto de ley; las leyes 
de 10 de Mayo de 1858 sobre atribuciones, y de 22 de Junio de 1859 sobre organiza- 



[Í39] ... 

cion de los concejos de departamento en Francia, y el dictamen de la comisión sobre la 
primera de estas dos leyes. 

La tercera es sobre iribunaUs administrativos ó consejos de provincia. Trae el proyecto 
de ley presentado por cl autor al Congreso de diputados de I&paña en i 2 de Noviembre 
de 1838 con la esposicion de los motivos. 

En fin , la cuarta contiene el proyecto de ley sobre gobiernos políticos , presentado en 
la misma fecha al Congreso de diputados de España, con la esposicion de los motivos, 
UD articulo de un periódico de Madrid sobre la necesidad de suprimir las intendencias, 
la noticia de la visita del gefe político de Avila á su provincia, y la instrucción á lossub* 
delegados de fomento , del 20 de Noviembre de i 835. 

Sigue después un apéndice con cl proyecto de ley, presentado al Senado en 29 de Ene- 
ro de 1839, sobre la creación de un consejo de Estado; al cual proyecto antecede el dic- 
tamen déla comisión sobre él, con el decreto de 18 de Setiembre del mismo año, reorga- 
nizando el consejo de Estado en Francia , y con un artículo sobre los ministerios y otro 
sobre las direcciones generales. 

Tales son las materias que abraza este tratado práctico de administración. Las notas 
y esplicaciones del autor contienen las doctrinas y principios pertenecientes á esta cien- 
cia tan vasta é importante , como poco conocida entre nosotros. A mayor abundamiento 
trae al fin un prontuario de la lejislacíoñ administrativa vijente , y una nota de los li- 
bros y autores que debe leer , estudiar ó consultar el que quiera dar su voto con cono- 
cimiento de causa en las cuestiones gubernativas que aun están por decidir en España. 

El Sr. Silvela reconoce la falta que hay en nuestra nación de buenos estudios admi- 
nistrativos, c A haberlo permitido nuestras fuerzas , dice en la introducción, hubiéra- 
mos emprendido escribir unos elementos de administración ; pero desconfiando por una 
parte , y con sobrada razón , de nosotros mismos ; y por otra persuadidos de que enme- 
dio de la ajitacion de los ánimos los estudios puramente teóricos ó especulativos consi- 
guen rara vez fijar la atención , al paso que la captan no poco los do aplicación , hemos 
preferido formar una colección de proyectos y leyes esplicadas por sus motivos, t Esta 
segunda razón nos convence mas que la primera ; porque contra la modestia , aunque 
laudable, del autor militan las sabias y profundas observaciones diseminadas en toda 
la obra. 

En la Introducción ventila la célebre cuestión de derecho público acerca de la elec- 
ción de los majistrados presidentes de las municipalidades, concede influencia en ellas á 
los ajentes responsables del gobierno , y disipa las objecciones de la opinión contraria. 
Su principal razón es que si el rey es el gefe del poder ejecutivo , no puede admitirse 
la existencia de una majistratura que tenga atribuciones ejecutivas y que sea al mismo 
tiempo independiente de la corona. 

En el dictamen de la comisión francesa sobre la ley de atribuciones municipales^ mani- 
fiesta el Sr. Silvela en una nota (pág. 46) no ser de la opinión del relator cuando atri- 
buye á la municipalidad decidir sobre los gastos de reparo ó construcción de las Casas 
Consistoriales. A nosotros nos parece, aunque el autor no da allí razón alguna, que estos 
gastos deben incluirse en la clase de obligatorios. No es decencia que una municipalidad 
carezca de domicilio: ni debe permitirse la ruina ó el deterioro de los edificios públicos. I^ 
Cámara francesa opinó del mismo modo. 

En el mismo dictamen ( pág. 57) se opone 'en la nota segunda á la disposición de la 
ley francesa que atribuye á los consejos de prefectura el derecho de autorizar á los pue- 
blos para intentar acciones en justicia. El Sr. Silvela manifiesta su opinión masadelante 
en la pág. 216 y siguientes, y es: que este derecho no perteneciendo al orden judicial, 
pues no hay actor ni reo en el caso de pedir licencia para pleitear, sino al principio de 
tutela j protección que debe el gobierno á todos los particulares y á todas las corpora- 
cianes, debe residir mas bien en el gefe político, oido el tribunal administrativo, que en 
este mismo tribunal. 

En la nota de la pág. 259 , tratándose de la ley de jgbbiernos políticos manifiesta el 
Sr. Silvela preferir el título de Gobernador de provincia al de gefe político y al de gober» 
nadereivii. En efecto, el epíteto del primero estrecha mucho las atribuciones del gefe, 
qoe comprenden cuantas relaciones tiene el ciudadano con la sociedad , no solo en el 
orden político , sino en el económico militar y civil. El da gobernador ettilse refiere porel 



[140] 
contrario á esta última clase de relaciones y parece cscluirlaspolíticas, 
y económicas. El título de gobernador de provincia comprende todas sus atribuciones sia 
olvidar ninguna , y al mismo tiempo su jurisdicción , sin que puedan confundirse con la 
de los gobernadores militares , á quienes siempre se añade ademas de su epitclo pro- 
pio el nombre de la pinza, distrito ó territorio á que se estiende su gobierno. 

Por una consideración semejante, esto es , por la exactitud de la nomenclatura qui- 
siéramos nosotros que se suprimiese el epíteto constitucional que en nuestro lenguaje 
oficial tienen algunas autoridades como los alcaldes y ayuntamientos. ¿Puede existir ¿d- 
guna autoridad pública que no sea constitucional, esto es, que no deba su or^eny 
sus atribuciones á la ley fundamental? No. Luego aquel adjetivo es una verdadera redun- 
dancia. Y ¿por qué se aplica á unas autoridades y á otras no? ¿Por qué no se dice minis- 
tro con^/Z/uciona/ de la gobernación ó director consiihmonul de caminos y canales, cuan- 
do estas autoridades se derivan de la misma fuente que todas, á saber: de nuestro có- 
digo constitucional; sin ser posible que se deriven de otra parte? ¿Se teiue que supri- 
miendo el epíteto sean menos respetadas las majistraturas municipales, peor obedeadas 
sus órdenes? Nosotros creemos que no liay razón fundada para semejante temor* 

.\os parece que no puede existir otro motivo justo de conservar aquel epíteto, sino 
el de distinguir los majislrados á que se aplica de lo que eran antes de las épocas cons- 
titucionales. Pero la misma razón babria para las demás autoridades del estado, y ade- 
mas seria insuficiente, líarto distinguirá la historia unas épocas de otras: los nombres 
no se imponen, por otra parte, para que sirvan de aviso A los historiógrafos , sino para 
caracterizar las cosas. Cuando se pronuncia la palabra alcalde^ nadie ignora el oríjen y 
atribuciones de esta autoridad : ninguna nueva idea añade, ningún aumento da á su 
jurisdicción el adjetivo comtidtcwnaL 

En la última nota de la pág. 515 establece el autor el orden en que deben discutir^ 
se y votarse las leyes orgánicas que nos hacen falta, y que son el objeto de estos estu- 
dios. 1^ primera de todas es la ley de ayuntamientos , por constituir ellos la unidad 
primitiva del cuerpo social. A esta debe seguir la de diputaciones provinciales , múlti- 
plo-facticio , pero necesario para la división del trabajo administrativo, acompañada 
de la de gefes políticos ó gobernadores de provincia que le está íntimamente ligada. 

Debería seguir á estas la del consejo de estado, si fuera cierta la opinión de los qne 
(juieren atribuir á los tribunales de justicia todas las materias contenciosas. Pero ya se 
ha demostrado antes con muchas y convincentes razones, que los negocios adminislra- 
tivos, sujetos á dudas y contestaciones, necesitan de tribunales especiales para su solu- 
ción ; y debiendo ser el consejo de estado el que juzgue en última instancia, es preci- 
so constituir antes de él los consejos ó tribunales administrativos de provincia. Por- 
que «¿qué se diría , añade, de un lejislador que empezase por crear un tribunal supre- 
mo de justicia , sin cuidarse , sin anunciar siquiera , sin pensar en la creación de juiga- 
dos de primera instancia nide audiencias?» 

El capitulo intitulado de los mini^ierios comprende no pocas páginas (desde la 324) 
todo lo que importa saber en esta parle, según el sistema que nos rije. Manifiesta el ca- 
rácter ejemiivo de la autoridad real; de qué manera se ejerce este poder por medio de 
los ministros y cómo la responsabilidad de estos permite que permanezca ilesa é invio- 
lable, material y moralmente, la persona del rev. Estas ideas , aunque comunes y faasla 
triviales para los hombres instruidos, deben sin embargo inculcarse y repetirse en (a- 
vor de los que no tienen la competente ilustración. 

Mas no son tan vulgares las observaciones del autor acerca de la importancia de la 
firma del ministro en los reales decretos; de los actos ministeriales, que se ejecutan por 
delegación, y que entre nosotros se caracterizan por la inútil frase: de real arden ed. 
de la iniciativa apárenle y visible^ que nunca es del rey: de la formación del consejo de 
ministros para los asuntos graves y de ínteres transcendental, y mas que todo, déla im- 
portancia del consejo de estado, al cual puede apelarse, como sucede en Francia, de 
las determinaciones ministeriales. cEn otra ocasión, dice, nos hemos lamentado deque 
las diputaciones provinciales resuelvan , sin nllerior trcurso^ asuntos que merecen ó mas 
bien que exijen una segunda instancia; y de que, abusando de esta inicua Acuitad,, 
ejerzan un despotismo tanto mas insoportable cuanto es menos ilustrado. Ahora en csle 
lugar clamamos contra la tiranía ministerial que ni aun tiene, como ha tenido sien- 



[141] 
VK España « el freno de cuerpos consultivos numerosos y respetables que ilustra- 
la razón del ministro ó la conciencia del monarca.' En este particular todo lo hemos 
nido sin haber fundado nada. Cita en la nota, como ejemplo digno de imitación, 
il marqués de Vallgornera, que suplió esta falta , siendo ministro de la gobernación, 
nedio de una junta consultiva que creó para aquel ministerio. 
?rata después con la misma concisión de las direcciones generales de los ramos 
ida ministerio , y refuta la opinión de los que las tienen por inútiles* Al contrarío, 
el Sr. Silvela que siendo imposible reunir en un solo hombre los conocimientos es- 
líes de todos los ramos de un ministerio ; no siendo tampoco fácil aplicar la dc|^ida 
ñon á los multiplicados espedientes de tan diverso orijen y carácter, es conveniente 
cada ramo de suficiente eslension é importancia tenga un director que despache 
el ministro los asuntos de importancia; pero solo sea arbitro en aquellas materias 
{ocios que la ley le hubiese terminantemente confiado. El dogma de la responsabi- 
I ministerial lo exije asi. 

U autor concluye su obra, aconsejando el establecimiento de un código administra- 
que esté en armonía con las luces del siglo y con los principios de libertad procla- 
06 en nuestra ley fundamental y de una jurisprudencia administrativa , de que ca re- 
ía; pues las decisiones del antiguo Consejo de Castilla sobre estas materias, ni es- 
in los motivos , ni son siempre las mismas en casos idénticos. 
lemos estudiado esta obra, y nos ha parecido escelen te y útilísima; y deseamos, 
[ue no lo esperamos, que su publicación inspire en todos los ánimos el amor al es- 
I de la ciencia administrativa, que en nuestro entender es la verdadera ciencia po- 
u En efecto, si el objeto de esta es distribuir los poderes de tal manera que sean 
isibles el despotismo y la anarquía , el de aquella es preparar al hombre por medio 
i independencia doméstica , á gozar los frutos del orden y de la libertad; y cuando 
wabre carece de esta independencia, cuando su industria y sus bienes están ataca- 
dor una viciosa administración, en vano se dirá que es Ubre en los códigos ni en los 
Micos. Pero aun hay mas. 

^ ciencia política tiene que considerar como un elemento necesario el espíritu, las 
(9 las preocupaciones mismas, y en fin, los intereses de los ciudadanos. Lo que pien- 
V desean ó necesitan muchos hombres debe ser estudiado, advertido y respetado 
ú lejislador político, lie ahí procede que acaso no hay cuestión alguna pertenecien- 
la iK>lítica que no se haya hecho célebre en los anales del mundo por escisiones pe- 
ana, dejeneradas frecuentemente en horrendas guerras civiles, 
aa materias adipinistrativas son de muy diferente índole. Su ciencia participa mas 
arácter délas ciencias exactas; sus raciocinios, versándose sobre objetos masmate- 
I y sensibles que las teorías del poder, llevan consigo la convicción. Quitar trabas 
1¿ á la industria, facilitar los medios de comunicacion,establecer reglas justas para 
ontribuciones de dinero y de sangre , dejar á la municipalidad y á la provincia el 
5jo de sus intereses locales bajo la vijilancia y protección del gobierno central , son 
tiones que todos entienden, que todos resuelven de una misma manera, escepto 
ue tienen interesen que se oscurezca la verdad. ¿Puede decirse otro tanto de las 
iones políticas? No. Este aúo cumple medio siglo que la Europa se afana en sacar 
rdad política del pozo de Demócrito. ¿Ha salido todavía? 

*ero en compensación vemos que los dogmas de la ciencia administrativa son ya teni- 
omo ciertos é inconcusos, y aplicándose con felicidad al gobierno de los pueblos, han 
iO¥Ído los adelantamientos de la libertad política y civil , promoviendo la indepen- 
ín individual f sin la cual son aquellos imposibles. Decimos individual^ poraue el 
lo de la administración es establecer sobre sus verdaderas bases las mutuas oblíga- 
», los mutuos derechos del ciudadano y de la sociedad; y estas bases no pueden 
iras sino la igualdad de protección , la libertad de persona y bienes basta donde lo 
lile la protección que debe el ciudadano á la sociedad , y la instrttccion que debe 
» á cada uno según sus necesidades. Sin estos principios no hay administración , no 
gobierno, no hay comunidad , propiamente dichas. Tan protejido debe estar eljor- 
el bracero como la heredad del propietario, como la caja del comerciante. ¿Cómo, 
, no es el principal objeto del estudio de la juventud 7 de los hombres de estado la 
ia que produce bienestar , libertad y orden? 



[142J 

Porque para nosolros son mas interesantes las pasiones (^ue lamon: pon|ii0 dmí 
agradan mas las ronmociones violentas que el tranquilo ejercicio delaínCdíjmcnitfi^ 
que en las cuestiones administrativas nada hay personal , nada que halafue nocslnn 
aversiones ó simpatías, en fin, porque no se prestan ni á la bárbara intolerancia, ai i 
la nomenclatura , mas bárbara todavía de los partidos. 

Nosotros no esperamos felicidad para nuestra patria mientras no reamos que d 
objeto principal de las discusiones públicas y particulares ^ empleadas hoy esclusÍTaiAeii* 
te en las cuestiones políticas, llega á ser el examen de las verdades relativas á la ciea* 
cia d.e la administración. En ellas y solo en ellas está nuestro verdadero progreso. 



LEGCIOIS ELEMENTALES DE AmOlllA, 

por M. ^rago, 



V t^%v 



/^cr £¿). iSa^/a^io (Soi/oí. <9?Cai)wí). 4 83o. (O- 



11 L autor de estas lecciones , esplicadas en el Real Observatorio de París, es uno 
de los hombres mas merecidamente celebres en Francia por sus conocimientos en las 
ciencias naturales y exactas; pero este Tratado Elemental de Astronomía no tiene 
por objeto ensenar (xmipieiamenie la ciencia de los astros , sino aficionar á su estudio 
las personas que componen la sociedad culta, haciéndoles ver su alcance y dominio* 
V el estado de perfección á que ha llegado en el dia. Asi que no hay que esperar en 
este libro el aparato de cálculos , ya aljebráicos , ya numéricos , que son necesarios 
para resolver el gran problema que el cielo presenta á la tierra , á saber : dada k 
jfosicion del observad4)r , detenninar el anpecto qve ofrecerdn d m rixta los astros , y al con- 
(rario. El objeto del autor de estas lecciones no ha sido formar un astrónomo, sino 
indicar 4a importancia y los recursos de esta ciencia á los que no lo son. Esta obra 
elemental se asemeja á la de la pluralidad de losmund(>s de Fontenelle en el fin que se 
propone ; pero es mas metódica , mas estensa y sobre todo mas sabia. No se hallarán 
en olla tantas bellezas de estilo ; pero se aprenderán mas cosas y mejor. 

Cuando la materia es fácil de entender y demostrar emplea M. Arago razona- 
mientos rigorosos, como en la demostración del método que ha usado para determi- 
nar la magnitud de la tierra, las latitudes y lonjitudes geográficas , la aberración de 
las fijas y otros muchos elementos astronóniíicos ; pero cuando el objeto de la leodon 
es uno de aquellos que necesitan cálculos largos y dificiles, ó combinaciones geomé- 
tricas muy complicadas , como la demostración do las leyes de Keplero supuesto d 
principio de la atracción , ó la teoría de los eclipses, ó la de las órbitas planeturiai 
ó cometarias, entonces se contenta con enunciar los resultados , no sin indicar, aun- 
que brevemente, el camino por donde han podido obtenerse. El mérito principal de 
estas lecciones consiste en presentar la ciencia en el estado en qne ahora se halla á 



(1) Vó.idesr fii Cúdi/. en lu libreiiu de llorlal t compañía. 



[143] 
iin lector medianamente instruido en geometría , é incitar á los ánimos capaces del 
cniuaiíamo que inspiró á Ovidio cuando dijo 

Felices anim» quibus hasc cognoscere primum 
Et domos superas scandere cura fait. 

Feliz la mmU$ qw é la cumbre etérea 

Otó eubir: 

m 

« 

á que emprendan el estudio de la Astronomía , que es entre todos el que mas prueba' 
la superioridad y la noble osadía de la intelijcncia bumana. 

Empiezan estos elementos por una breve csplicacion de los instrumentos astro- 
nómioos, para la cual espone como preliminar necesario las leyes de la reflexión y 
refracción de la luz. Da después una idea del oríjen y progresos de la astronomía y 
de su aplicación á la náutica. Pasa á las voces y denniciones principales de la cien- 
dsL , examina los fenómenos del movimiento diurno y del propio de los planetas , y 
la manera de referir los astros á puntos y circuios de la esfera, como también la 
variación de los fenómenos celestes con respecto á la posición del observador en la 
tierra. 

Trata particularmente de las estrellas fijas , de los planetas , de los cometas ; de 
qué manera se Lan podido calcular las distancias de los planetas y cometas al sol y 
á la tierra ; espone el verdadero sistema del mundo , y demuestra el movimiento 
diurno de la tierra por tres argumentos tomados, el primero de la naturaleza de la 
fuerza centrifuga , el segundo de la propagación succesiva de la luz , y el tercero de 
la aberración de las fijas. Concluye con las relaciones que hay entre la atmósfera y las 
apariencias celestes , y la csplicacion de las correcciones del Calendario. 

£1 traductor ha añadido notas físicas y astronómicas en varias parles de la obra, 

5 rué nos han parecido muy sabias y oportunas, señaladamente la 7.* en que esplica el 
enóroeno de las inttrferenetas en la luz. 

M. Arago parece creer (páj. i 7) la vuelta que los fenicios daban al África nave- 
gando desde el mar llojo por el cabo de Buena Esperanza y por el estrecho de Gi- 
braltar hasta la embocadura del Nilo , en cuyo viaje , dice , gastaban tres años. Esta 
es una cuestión de historia y de geografía antigua , que ha sido muy debatida en* 
tre los eruditos y los espositorcs de la Sagrada Escritura. Nosotros no creemos que 
pudieran hacer esta navegación en el corto término de tres años , cuando sabemos 
por .Vrriano que nos ha conservado el Periplo de Nearco, cuánto tardó este general 
de la armada de Alejandro el Grande en un viaje mucho mas corto y en época en 
que la navegación estaba mas adelantada. Para pasar desde la embocadura del Indo 
á la del Eufrates empicó la armada macedónica mas de seis meses. Ademas el Peri- 
plo de llannon, cartajinés, solo llega, según la versión mas seguida, hasta lo que 
hoy es Sierra l..eona ; por tanto se ha de hacer probable la circunnavegación de los 
fenicios, se ha de demostrar antes, como han asegurado algunos escritores sin pro- 
barlo • que la mitad meridional del África estaba entonces sumerjida en el mar. 

£1 traductor, al esplicar en su nota (4) (pág. 248) la diferencia entre la latitud y 
lonjitud geográficas y las de los astros, parece atribuirla á que el Ecuador celeste 
no ett un círculo fijo en el cielo éiitrellado , como lo es la eclíptica , y por eso, dice» 
«e ha elejido esta para ^ hiciese el oficio del Ecuador. Pero debemos considerar que an- 
tes que se hubiese conocido el fenómeno de la mutación ni adoptado el movimiento 
de traslación de la tierra era practicado de los astrónomos el método de las lonjitu- 
des y latitudes de los astros. Sujiriólo en nuestro entender; primero , la utilidad de 
marcar el movimiento del sol en el mismo circulo que describe aparentemente; se- 
gando, la de conocer las alturas de la luna sobre el plano de dicho circulo ; pues es- 
tando en él ó muy próximo á él es cuando se verincan los eclipses; tercero , la de 
«eguir el movimiento de los demás planetas en la eclíptica , de la cual se separan 
poco • para señalarle después con mas facilidad en sus órbitas respectivas. Asi vemos 
que los planetas se refiieren ordinariamente á la elíptica cuando las estrellas fijas 
«e refieren casi esclusivamente al Ecuador por medio de su declinación v ascensión 
recta » sin que obste para eso ni la mutación ni el movimiento annuo de la tierra; 



[lU] 

pues es fáril corregir estos dos elementos astronómicos de mutación v aberracRM. 

Por lo demás , la trigonouiclria esférica siiniiikistra medios para halísir la lo^jitiid 
y latitud de un astro , dadas su declinación y ascensión recta ó al contrario : probie- 
inas que se reducen á una simple permutación de coordenadas circulares. 

La definieron de la Elipse (pág. 27) no nos parece exacta. Todo plano oblicuo áli 
bas<* del cono se ha de cortar con ella si se prolonga. Si se quiso decir que no »t eork 
con rifa dentro dd cono , tampoco es exacto. Tii plano oblicuo á la base que tuviese eos 
su circunÍQrem'ia un punto común , baria también en el cono una sección eliplica. 
La mejor definición es : una sección del cono becha por un plano oblicuo ¿ la base, 
y que corte todas las generatrices. 

Kntre todas las lecciones nos ban parecido mas interesantes por las observaciones 
curiosas que contienen , la 9." en que trata de la tierra, y la 11.* en que habla muy 
detenidamente de los cometas , y de la influencia que puedan tener ó bajan tenido 
estos cuerpi>s celestes de nuestro globo. 

Concluiremos haciendo una reflexión que nos ba sujerido el estado actual de la 
civilización. Hay profesiones en las cuales es indispensable el estudio profundo de li 
astronomía ; \Híro no hay ninguna persona culta á la cual sea licito ignorar en el día ' 
basta qué punto han llegado los descubrimientos de los sabios en una ciencia taa 
importante como encantadora , y mucho menos incurrir en los errores y preocupa- 
ciones vulgares acerca del movimiento é influencia de los astros. Para evitar aque- 
lla ignorancia vergonzosa y estos errores no menos ridículos , apenas conocemos oa 
libro mas á propósito que el del Sr. Arago ; pues solo requiere algunos conocimientos, 
y aun esos no muy abstrusos, de aritmética y de geometría. 



A LAS SLVOl'INAS OPERANDO, 

Ó TRATADO TEÓMCO Y ESPERIMENTAL 

sobre et trabado de ia» fuerza», 

pot cL cotoiicL Oj. jote í)c>> Odtwic^cO. 

Madrid, 1839. 



JuL Sr. (Jdriozola couipleta con esta obra , fruto de sus viajes en los países estran- 
jeros , las teorías estsUicas que espuso en su Tratado de Mecánica impreso en Madrid 
cu 18^:2. l>ec;imos que el nuevo libro es complemento del anterior, porque en valde 
serian las doctrinas científicas si no hubiesen de ponerse en práctica , ó si al poner- 
las quedasen desmentidas; y nadie ignora ya que en las ciencias físico-matemáticas 
.s<; presi'inde en teoría de muchos elementos imposibles de apreciar por solas las com- 
binaciones aljebráicas, y que es preciso determinar valiéndose de la esperiencia. 
Va\ la mecánica sobre todo hay muy pocas fórmulas , ó quizá ninguna, en las cuales 
no sea necesaria la introducción de un coeficiente numérico , cuyo valor no se baila 
sino en virtud de muchos y repetidos esperimentos. Por eso la mecánica aplicada ci 
una ciencia ya tan vasta y voluminosa, que uno solo de sus ramos, el del trabajo 
de las fuerzas en las máquinas, objeto de la obra que anunciamos, llena un tomo 
en i.° de 400 pajinas de letra no muy gruesa. 

El autor presenta con mucha razón este libro como la ciencia dinámica de la ma-' 



[1*5] 

quinaria. En efecto, la estátira se contenta con el examen de las condiciones de 
equilibrio en las máauinas , tanto simples como compuestas. Pero raro es el caso de 
aplicación en que solo se quiera producir equilibrio: toda máquina tiene por objeto 
la producción de un movimiento en detcrmmada cantidad y (fircccion. Por tanto las 
eruaciones estáticas designan , cuando mas , el limite del cual no pueden bajar las 
fuerzas qae deben emplearse ; pero si se ha de producir cierta cantidad de movi- 
miento, son necesarias condiciones y ecuaciones dinámicas, es decir, que determi- 
nan el valor de las fuerzas que ha de ser superior á aquel límite, capaz del efecto 
deseado , y propio para consultar á un mismo tiempo á la utilidad y á la economía, 
ya del trabajo .» ya del agua, vapor ú otro ajenie cualquiera que se emplee en lugar 
de la fuerza humana. 

El Sr. Odríozola , para hacer estensa la utilidad de su libro á los que se dedican 
á la práctica de la maquinaria sin haber penetrado los misterios de la análisis iníi- 
nitesinial , espone primero las doctrinas de una manera clara , intelijible , pero sin 
demostraciones rigorosas, y probándolas- solo por analojía, y después las reproduce 
bajo formas mas sabias, pero solo accesibles á los que poseen aquella preciosa cla- 
ve de los conocimientos matemáticos. Nosotros no podemos negar nuestro elojio á 
este doble trabajo. Bueno es, y aun de absoluta obligación en una obra de matemá- 
ticas, la demostración rigorosa de los teoraroas; mas ¿debe privarse de los conoci- 
mientos tcóri(*os al maquinista aplicado , al fabricante hábil, al práctico laborioso, 
solo porque le falten alas parn elevarse á toda la altura de un geómetra consumado? 
No. Seria desconocer el interés mismo de las artes, en cuya aplicación y ejercicio 
interviene siempre un gran número de personas , á las cuales conviene instruir, 
si no es posible en los principios mas abstractos, por lo menos en sus consecuencias 
inme«liatas, y iwbre tolo en sus resulta ios. Para que un an|!iitecto describa una 
elipse no es de absoluta necesidad que sepa demostrar la igualdad del eje mayor con 
la suma de los radios vectores en esta cnrva ; y para que un marino haga uso de las 
tablas de la ecuación del tiempo , tampoco es necesario que sepa construirlas. 

El autor comienza su obra por la defínicion esencial de toda ella , que es la del 
trabajo de una fuerza. Llámase así el protlucto de la fuerza por el espacio que hace 
correr en su dirección al punto sobre el cual se aplica. Ksla cimtidad de trabajo es 
por consiguiente pro|)orcional al cuadrado de la velocidcid , lo que dirime de una 
manera clara y luminosa la célebre y antigua cuestión sobre la valuación de las 
fuerzan, como demuestra el Sr. Odriozota en la nota de la pág. G7. Esta disputa da 
lugar á la absurda nomenclatura de fuerzan titas y fuerzan mtierlas; sin embargo , los 
matemáticos han conservado la primera de estas dos denominaciones para denotar 
la cantidad de trabajo de una fuerza puesta en actividad y que produce un movi- 
miento. 

Apenas nos es l-'cilo ya seguir al autor en sus especulaciones, de las cuales seria 
impo.sible que diésemos idea en un breve articulo ni aun á los lectores mas instruidos 
en estas materias ó mas alicionados á ellas. Nos reduciremos, pues, á presentar la 
nota de los asuntos de que trata en las dos secciones de que consta la obra. 

En la primera esplica la ecuación que existe entre los trabajos de todas las fuer- 
zas que obran simultáneamente sobre una má([uina, y los medios de valuar el tra- 
bajo empleado , el perdido y el utilizado en cada caso , como también las fuerzas, 
las velocidades y los espacios : demuestra después rigorosamente por medio del cál- 
culo integral la ecuación de las cantidades de trabajo , y las moditicaciones que su- 
fren f^tas cantidades en los cuerpos cuyas partículas están sometidas á reacciones 
miiluas, como sucede en los cu'Tpos elásticos, ya sólidos, ya fluidos. Concluye con 
la esplicacion de niuchas voces relativas á las máquinas , y de los efectos de su di- 
ferente organización. 

En la segunda sección aplica estos principios á la cantidad de trabajo de las dife- 
rentes potencias que se usan en la práctica, á saber: la fuerza del hombre; la do 
las bestias; la del agua , aplicada á las ruedas hidráulicas, ya verticales, ya horizon- 
tales, bien obre como motor, bien como resi.<stente ; la elástica del aire; la del vien- 
to ; la del va|M)r del agua. Concluye examinando el trabajo de las fuerzas resistentes 
de las máquinas, como son la del rozamiento y la de la rijidez de las cuerdas. 

fO 



[146] 

Es ocioso advertir que cada ano de los arUculos, qae hemos citado, está escrita 
majistralmcnte y con Inda estcnsion, no solo en ia parte de las demostraciones tnali- 
tícas, sino tan)l)ien en la de los espcrimenlos prflcticos, que sirven para delenninar 
los coeficientes numéricos. Hay copiosas aplicacionesy muy importantes á todo genera 
de máquinas y motores. 

Esta obra* es una prueba evidente contra los que creen inútiles para las artes j 
para la industria humana las sublimes especalaciones de las matemáticas. El racioo* 
uio de los que asi juzgan, (que no son pocos, ni hombres ignorantes, aunque si Ci 
esta clase de estudios) se reduce á creer que en sabiendo los resultados de la teoría, 
poco importa que esta no se conozca. Eso podrá ser cierto tratándose de un mero ma- 
nipulador. Pero si no hubiese sabios que perfeccionasen las doctrinas físicas y mate- 
máticas, ;qué adelantamientos podrian hacer las artes en la práctica? Este argumes* 
to es irresistible, porque lo confirma la esperiencia. ¿Cuáles son los paises en qae la 
industria hace mas pro^rresos? Aquellos en que las ciencias exactas están en mas esti- 
mación, y forman una parte esencial de la educación literaria. 

Otros creen útil á la verdad el estudio de las matemáticas sublimes, pero asegnraa 
que la mayor parle de sus teorías carecen de aplicación. Cuando vean en esta obra lle- 
na de intpjrracioues, (operación la mas difícil de la análisis) sus aplicaciones inmedia* 
tas á la valuación del trabajo perdido: cuando consideren que de una combinación al- 
gebraica depende el modo de hacer mas ó menos útil el trabajo de una máquina y de 
economizar tiempo y dinero, cosjis tan aprecíables en nuestro siglo positivo, conoceráa 
con cuánta razón se dedican los geómetras á perfeccionar los métodos analíticos» y le 
convencerán de este gran principio* ninguna verdad hay que ademas del placer talslecliNrf f 
tublime que produce m conocimiento, no sea úlil prácticamente al género humanom 

La materia de este libro es poco sabida en España, donde, que nosotros sepamos. 
no se ha publicado hasta la presente ninguna obra que trate de las máquina» en mo- 
vimiento. Este es un justo motivo mas para recomendarla, no solo á los que pnedaa 
tener necesidad de sus principios en la fabricación y uso de las máquinas, sino tam- 
bién á los sabios que hayan estudiado estas doctrinas en libros estranjeros, y qoo se- 
guramente se alegrarán de verlas aclimatadas en nuestra patria. 



TRATADO ELEMEIITAL DE FlSIGA 

TRADUCIDO AL CASTELLANO, DE LA CUARTA EDiaON, 
y eonsiderabtemente aumentado 

POR D. FRANCISCO ALVAREZ. PROFESOR DE MEDICINA Y CIRÜ.'IA. 

Madrid, 1839. 

U NO de los grandes inconvenientes de los tratados de flsica es la necesidad de ao- 
mentarlos continuamente en razón de los progresos rápidos y diarios que hace la cien- 
cia de la naturaleza. Hemos visto succederse con prontitud unas á otras á muy peque- 
ños intervalos las obras de Munschenbroek, Nollet, Sigaud de la Fond, Brisson y Li- 
bes. Todos fueron muy célebres cada uno en su época: apenas son leidos ni aun consal- 
tados en el dia. La física es una monarquía que hace grandes conquistas; pero los re- 
yes duran poco. A cada nueva adquisición se hace preciso elejir nuevo monarca. 



[Ii7] 

El Sr. Alvares ha procurado, en cuanto le ha sido posible, prolongar la vida del 
tratado que da ahora á luz, traducido del francés. En primer lugar ba elejido por tes- 
to las lecciones dadas en el colejio Real de Enrique IV, por M. Despretz, uno de lus 
profesores mas estimables que florece en la actualidad, y físico de gran reputación: ha 
elejido ademas, romo debia hacerlo, la edición mas moderna de su curso, con las adi- 
cionesy rectificaciones que el autor ha tenido que hacera las anteriores, en vista de los 
nuevos adelantos de la ciencia. En segundo lugar, al fin de la obia, ha añadido muchas 
observaciones y noticias físicas, sacadas de otros tratados, y que contribuyen á presentar 
la ciencia en su estado actual y cual puede presentarse en un tratado elemental. 

Ninguna de las materias que componen en el dia esta vasta enseñanza deja de es- 
tar esplicada en este tratado ; pues las que pertenecen á las ciencias astronómicas , hace 
ya mucho tiempo que no se incluyen en las obras de física. Es ya la astronomía una fa- 
cultad demasiaJo estensa por si , y se halla en un estado harto grande de perfección 
para subordinarla á otra. Üebennis, pues, agradecer al Sr. Alvarez que en un cua- 
dro de regular ostensión nos haya presentado la masa actual de conocimientos que po- 
itee la intelijeucia humana acerca de los cuerpos. 

La obra empieza por la enumeración y distinción de las propiedades generales de la 
materia: continúa con la Mecánica, esto es , con la ciencia del'mo\imienlo en los cuer- 
pos asi sólidos como fluidos , y en cada articulo demuestra las leyes generales de la na- 
faraleza, deducidas como corrmiponde á un físico, de los esperimenlos ilustrados con 
el auxilio del cálculo. Las máquinas y apiiratos para hacerlos están descritos con suma 
claridad. Entre los fenómenos capilares el que mas nos ha llamado la atención es el de 
h forma de hi|)érbola equilátera que toma el agua entre dos láminas de vidrio vertica- 
les que formen un ángulo muy agudo. Ks muy notable que hallándose tan prodigadas, 
Eor decirlo asi , en la naturaleza las demás curvas de segundo grado, sea tan rara la 
ipérbola que solo la hemos notado en este caso , y en la curva que describe el es- 
tremo de la sombra de un estilo durante el dia. 

Á la Mecánica ó Hidráulica sigue la teórica del calor, que por sf sola es ya una vas- 
ta ciencia con inmensas aplicaciones prácticas, señaladamente á la dilatación de los só- 
lidos y rarefacción de los fluidos, tan necesarias de valuar en los instrumentos geodé- 
sicos y astronómicos y en los aparatos de la física. Se esplican ademas con suma eslen- 
sion lo fenómenos del enfriamiento , de la conversión de los sólidus en fluidos y de los 
fluidos en vapores. Con esta leoria están ligadas las de la bumedad del aire, y las del 
vapor, ya se le considere como un cuerpo sometido á las esperiencias físicas, ya co- 
mo un ájente mecánico, llállanse naturalmente eñ estos capítulos las descripciones y 
usos de las diferentes especies do termómetros, higrómetros, barómetros, máquiíia 
pneumática, bombas y máquinas de vapor. 

Sigúese el tratado de la electricidad en que concluye el primer tomo. Comienza el 
segundo con el del magnetismo , esplicando las semejanzas de estas dos fuerzas mis- 
teriosas. 

Sigue después la Acústica, ó ciencia de los sonidos. Se demuestran las leyes ge- 
nerales de su velocidad , de su propagación y de su representación por números, de la 
cual dependen los elementos de la música. Concluye esta materia con la esplicacion de 
los órganos de la voz y del oído. 

El tratado de Óptica comprende, ademas de las doctrinas ya conocidas hace tiempo, 
los fenómenos de la luz últiuiamente observados. Tales son, la determinación de las 
potencias refractivas de los gases, y de los índices de refracción de un gran número 
de sustancias sólidas : la esplicacion del fenómeno del espejeo , frecuente en Kjipto , y 
que se ha observado algunas veces en el mar y aun en los lagos de grande estension, la 
invención de los gariómetros y de las cámaras claras^ el principio de las interferencias ^ ó 
la oscuridad producida por la reunión de dos rayos luminosos en determinadas circuns- 
tancias , que es la mas fíierte objeccion contra el sistema de la emisión de la luz : las 
adiciones hechas en nuestros días á la teórica de la doble refracción, fenómeno ob- 
servado por Bartholin y esplicado por Huyghens ; la invención de los mirómetros de 
doble imájen: la polarización de la luz y su aplicación al método de comparar las in- 
tensidades de las luces. Este ramo concluye por un tratado completo de la difracción. 

El último de los ramos de física de este tratado es !a Meteorolojia, que algucos 



[148] 
autores lian omitido, con muy poca razón, en sus obras elementales. Los fenómenos 
(juti en él se obstírvan y se esphcan , no solo se presentan á la vista de todos , sino io- 
íiiiyendo mas ó menos en la abundancia ó esterilidad de las cosechas y en la salubri- 
dad pública, son también objeto del interés, del terror, de la esperanza « y aun to- 
davía de la superstición. Conviene, pues, enunciar sus causas; lo que basta para disi- 
par los errores, y preocupaciones vulgares. Entre estos ft^nómenos es notable el de li 
«aida de los aeroliían 6 piedras llovidas, asi por la identidad de su composición con las 
masas de hierro aisladas, como por los sistemas inventados para esphcar su existen- 
cia. ¿Son lanzadas por los volcanes de la luna 6 de la tierra ; ó bien proceden de algu- 
nos pequeños planetas, que hallándose en la atmósfera terrestre y girando con increí- 
ble celeridad, debida á su aproximación á la tierra , se inflaman rozando con el aire 
y caen por su pesantez? Tal es la cuestión que M. Despretz entrega á las esneculario- 
nes de los físicos. Mas importante es, y no menos curiosa « la investigación de la tem- 
peratura media en los diversos paises del globo , y su comparación con las líneas de 
latitud y de las nieves eternas. 

Concluye la obra con algunas addiciones, en las cuales el traductor ha procurado 
reunir las observaciones mas recientes sobre las materias físicas, aun las que ya faaa 
sido conocidas y ventiladas por los autores antiguos. Por ejemplo , cita en cuanto i li 
divisibilidad de la materia, un artículo de Peclet, en que este autor concluye que la 
materia no ca* dicisiblc ha:t(a el infiíiiln^ esto es, no i*si i ndrfinúiamenie ditmble^ pues rfi- 
viiiion infinila es una contradicción en los términos. Donde hay sucresion no hay, pro- 
piamente hablando , infinidad y sino i ndr fin icion, Peclet trae como prueba la solución 
de la sal en agua en partículas tan pe<|uerns, que no las puede distinguir la vista, 
ni aun con el auxilio del microscopio mas graduado. Ni» sabemos por qué duda Pe- 
clet si entonces ha llegado ó no la materia á su divisicm infinitesimal , cuando esta ei 
imposible. Pruébase muy bien la asombrosa divisivilidad de la materia : demuéstra- 
se también que después de haber llegado á las partes mas pequeñas, tienen estas to- 
davía capacidad de ser divididas; pero el término de la divisibilidad está en la fuerza 
dicidenít de la naturaleza, que ha de reconocer forzosanienle un líniile del cual no |)0- 
drá pasar. Es útil conocer este límite 6 aproximarse á él en las diferentes divisiones 
que producen en los cuerpos las fuerzas físicas ó quiuiicas. 

Los conocimientos matemáticos necesarios para estudiar con utilidad esta obra so 
pasan de las nociont^s de aritmétira , álgebra y geometría elementales; pues aunque 
trae fórmulas y cálculos diferenciales, es solo en las notas para demostrar los resul- 
tados del testo. Asi se ha procurado eslender la utilidad de este tratado al mayor 
número posible de personas. 



lEVA mma m las obras festivas, 

EN PROSA Y VERSO, 



ARTJCILO I. 



X ENEMOS á la vista la primer entrega de esta edición, que será preciosa, no solo 
porque estará adornada c(m 2,000 láminas , sino también porque ha de contener mu- 
chas piezas inéditas del autor, y ha de ser ilustrada con notas. Estas serán de 1). Ra* 
silio Sebastian Castellanos; los grabados de I). Vicente Castello, y la edición dirijida 
por el artista í). Antonio Uotondo. La publicación de las obras festivas de Quevedo ha 
comenzado por el Sneíw de las calaviras. El papel es escelente, la ejecución tipográ' 
íicii csiiicfadisiiía, y las láminas representan muy bien aquellas imájenes ideales que 



circulaban por la cabesa del autor cuando escribiai j¡ fijan la \;agiiedad de sus rasgos 
morales ó saUricos. 

Debemos esperar que las notas serán importantes y curiosas para nuestra bístoria 
lilarariat si hemos de Juzgar por la noticia nada vulgar, que los editores nos dan en 
<el prólogo sobre k Perinola^ obra inédita de Quevedo, y de la respuesta publicada en 
^'alencia en 4'()55, que dio Juan Pérez de Montaiban A la crítica que hizo el autor, de 
su Para todos. 

Sillo nos resta, pues, demostrar la importancia de esta edición y la oportunidad de 
su lujo, por el mérito del autor, que estudiado literariamente, es uno de los fenóme- 
iios mas estraordinarios de nuestro rarnaso. 

lk>n Francisco Quevedo fue uno de los literatos mas instruidos do su siglo, y ha 
dojado en sus obras vestijios de sus estensos cunocimientos asi en las ciencias ci>mo en 
Las lenguas sabías y en todo género de literatura. Esto en cuanto á sus estudios* Pero 
ftu condición le llevaba irresistiblemente al género satírico , único eu que se distin- 
fliiió: pues sus composiciones serias ^ ya en verso, ya en prosa, aunque muchas de 
ollas no carezcan de mérito , mal pueden compararse con las de los poetas y escri- 
tores del siglo anterior , ni aun con las mejores de su propio siglo. La celebridad de 
Quevedo es enteramente debida á sus escritos festivos. 

Pero el talento de la sátira era el menos á propósito fiara la sociedad espadóla dé 
su tiempo, pundonorosa , incapaz de sufrir injurias , dispuesta siempre á vengarlas. 
Queve<lo era mordaz ; no podia refrenarse , cuando se le presentaba la necedad ó 
el vicio, en describirlo con las armas del ridículo, iiubo, pues, de contentarse con 
exhalar su bilis contra las clases inferiores de la sociedad. í>e a(iui tantos romances 
contra los valentones, rufianes, rameras y terceras: de aqui la descripción de sus rui- 
nes hazañas y de sus infortunios, que pinta constantemente risibles. Mas no siempre 
se contuvo en les términos de la prudencia : no siempre dirijió su ballesta satírica 
contra personas yetases, que no leian, ó aunque leyesen, no inspiraban el temor 
de la venganza. Tal vez se atrevió á los jueces, á los ministros, á personas constitui- 
das en dignidad ; y su pi*ligro en estos ataques era tanto mayor cuanto la convic- 
ción ó la gratitud le habían hecho defensor aci'rrimo del celebro duque de Osuna, 
virey que fué de N'ápolcs, y que después murió preso y desgraciado en su castillo 
de la Alameda. Puede decirse que sus elojios de aquel magnate contribuyeron tanto 
como sus sátiras á las calamidades y prisiones que sufrió. 

Entre sus composiciones satíricas hay algunas en que imitó muy bien á Juvenal , á 
ffuien parecía estudiar con mas gusto que Horacio, y enri.,ueció nuestro idioma con 
frases tomadas de aquel gran maestro. Pero no tardó en volar por sí mismo, y en 
formarse una elocución propia suya y esclusiva, tanto, que cuantos han querido ¡mi- 
larlo se se han despeñado miserablemente. Dígalo I). Diego de Turres y Villarocl, 
que fue el que mas se empeñó en asemejar su estilo al de aquel modelo, y solo 
consiguió fastidiar á cuantos le han Icido ó tengan paciencia para leerle en lo veni- 
dero. Quevedo tiene este punto de contacto con C<Tvantes : no puede ser imitado. 

Su estilo es indefinible. Por una parte parece que se presta á la crítica por sus 
equivocos, por sus alusiones frecuentemente oscuras , por sus hipérboles descabella- 
das, por sus pensamientos sucios ú obscenos; pero cuando queremos examinar sus 
composiciones á la luz severa de la razón , entra la risa que excitan sus versos ó su 
¡irosa , y el juez queda desarmado. Así tal vez el padre que quiere castigar una tra- 
vesura de su hijo , convierte el enojo en risa , si la ha hecho el niño con chiste y 
donaire. 

¿Quién puede analizar, ni por consiguiente definir su estilo? En cuanto al len- 
guaje , es puro , correcto , rigorosamente castellano; su versificación, fácil; su pro- 
sa, mas cuidadosa del pensamiento que de la armonía. Pero la espresion es siempre 
oríjinal, inesfierada , y no pocas veces profundamente moral, sin perder por eso nada 
de su facilidad. Nos hace reír mas y de mas buena gana que otros escritores; pero la 
risa que excita no es de benobolencia , sino caustica y mordaz , como las frases 
qie la excitan. 

Esto es cuanto podemos decir del género de Quevedo. Solo falta que justifique* 
coo citas nuestro juicio , resultado del estudio que hemos hecho de sus obras. 



[tSOl 
Un amigo nuestro , excelente literato , y que ha estudiado también cuidadosamente 
á este autor, da á su estilo el epíteto de grotesco^ que nos parece bastante propio; por^ 
que asi como á los adornos de esta clase en las bellas artes sería una neceoad apli- 
carles los principios severos de las reglas, asi es imposible también, cuando se lee*á 
Quevedo, medirle por las reglas eomunes de la literatura. cPues dígase que es nia« 
lo , como hizo el padre Bouhours con la canción: 

Al infierno el tracio Orfeo etc. > 

Pero ¿cómo hemos de decir qne es malo lo que nos hace reir, mal qué nos pese, j 
¿ despecho de todas las reglas y preceptos? Solo podremos decir que puc» nos agrá* 
da , algo hay en ello de bueno; y en efecto no es dificil encontrarlo y aun analizar- 
lo según el principio común de aquellos preceptos y reglas, contra los cuales parece 
que peca el escritor. 

Y en primer lugar diremos , que entre todos los géneros de obras literarias, la 
sátira es el que admite mejor la oscuridad y la sutileza. Pasujes hay en iuvenal que 
no es posible entender á la primera ó segunda lectura, y no por alusiones á osos j 
costumbres de su siglo, ignorados de nosotros, sino por la concisión nerviosa de sv 
estilo, y por el velo, á veces demasiado tupido, con que cubre sus pensamientos. 
Persio es un verdadero enigma qne es necesario estar continuamente adivinando. 
Hay dos razones filosóficas para que la sátira sea mas sutil y epigramática que los 
demás géneros: la complacencia del lector cuando le cuesta trabajo comprender el 
rasgo maligno y al fin lo penetra , y la especie de pudor con que es necesario cnbrir 
ciertos vicios , aun cuando se proponen como víctimas al escarnio público. Bsto ea 
cuanto á las alusiones oscuras de que hace frecuente uso nuestro Que vedo. 

En segundo lugar, no podia prescindir este insigne escritor del tuno de la so- 
ciedad culta en su siglo. Sea que los escritores la corrompieron, ó que ella corrom- 
piese el gusto de los escritores, es indudable que el equivoco era uno de los recur- 
sos de la discreción. Quevedo, pues, usó de él, algunas veces con prudencia y felici- 
dad : otras, no tanto. Pero ¿quién le culpará de haber hablado el idioma de su tiem- 
po y de la sociedad que frecuentaba , mucho mas cuando sacó de él tanto partido? 

Estas dotes de su estilo, ó buenas ó disculpables en el género satírico, ni pue- 
den ni deben tener lugar en el género serio. Mucho nos reimos cuando para dar á en- 
tender la nariz desmesurada de un hombre, dice: 

t Erase un hombre á una nariz pegado 
Las doce tribus de narices era » 

aludiendo á la opinión vulgar de que los judíos son todos narilargos. Pero nos dis- 
gusta cuando en un soneto, para mostrar que las horas que pa^an nos quitan parle de 
la vida , exajera la espresion hasta decir: 



c Sepultureras son las horas. 



ARTICULO 11. 

JjASTA leer algunas de las letrillas ó romances satíricos de Quevedo, para conocer fl 
modo injenioso y orijinalcon que espresaba los pensamientos. ¿Quiere hacor burla de 
las exajeraciones de los amantes cuando ponderan su pasión? Bástale una sola frase: 

c Desde que os vi en la ventana 
ó dando ó tomando el sol , 
descabalé la asadura 
por daros el corazón. » 



[151] 

lé aqoi de qué manera describe )a coadicioo avara y rapiñadora de uoa tía, y ade* 
tercera : 

cDame naeyat de lo tia^ 

aquella águila imperial 

que asida de los escudos 

en todas partes está.» 

^a metáfora consiste en el doble sentido de la palabra aeudo , que puede ser de ar« 

» ó una moneda. 

Trata de pintar la codicia de una mujer 1 Dice asi : 

cLa morena que yo adoro 
y mas que á mi vida quiero , 
eo verano toma acero 
y en todos tiempos el oro. 

li eitá resuelto á guardar su dinero de las manos de las barpias, y á no comprar con 
I arrepeotímiento : 

c Vuela , pensamiento , y diles 
á los ojos que mas quiero , 
que bay dinero. 

Del dinero que pidió 
á la que adorando estás, 
las nuevas le llevarás , 
pero los talegos no. 

A los ojos que en aairallos 
la libertad perderás, 
que b^y dineros les dirás; 
pero no gana de dallos. 

Si con agrado te oyere 
esa esponja de la villa , 
que hay dinero bas de decilla , 
y que \ay de quien le diere!» 

¡o esta última redondilla juega con el doble sentido de la voz ay. Esponja dé ¡a tiüa 
célente perífrasis de una cortesana codiciosa y de nombradla. 
^s tribulaciones que le causa la rivalidad de un ginovés» que entonces eran los co- 
piantes mas ricos, las espresa asi: 

fA la que causó la llaga 
que en mi corazón renuevo , 
yo la quiero como debo 
y un gi noves como paga. 

Ved en qué vendré á parar 
compitiendo su poder, 
bacíendo yo mi deber , 
y él haciendo su pagar. 

Mal en oponerme bago , 
siendo de bolsa tan leve, 
á quien ni teme ni debe , 
yo míe ni temo ni pago. 

¿Óuál tendrá mas opinión 
con ella en la poesia 
yo con una letra mia, 
ó él con dos de Besanzon? 

Mirad, pues, á quien oirá, 
si en el reloj que rc^ak , 



[I52Í 
mi roano es la que señala « 
y la suya la que da. 

¿Cómo la podré agradar 
los deseos avarientos , 
si voy á contarla cuentos 
y él da cuentos á contar? 

El da joyas yo billetes, 
y andamos por los lugares > 
él con dares y tomares, 
yo con dimes y diretes.» 

No hay locución familiar en el idion»a de qiie no se valga á favor del equivoco é 
de la alusión. En una de sus jácaras un condenado á galeras, dice : 

«En víanme por diezaAo» 

( sabe Dios quién los verá) 

á que dándola de palos 

agravie toda la mar.» ' 

Otro niCan preso, exajera asi lo que ha dado qire trabcijar á lajusticiat 

< Los diez años de mi vida 

los he vivido hacia atrás, 

con mas grillos que el verano, 

cadenas que el Escorial. 

Mas alcaydes he tenido 

que el castillo de Milán , 

ma» guardas que el monumento , 

mas hierros que el Aleoraa, 

mas sentencias que el derecho ,. 

mas causas que el no pagar, ^ 

mas autos que el día del Corpus > 

mas njistros que el Misal , ' 

mas enemigos que el agua , 

mas corchetes que un gabán , 

mas soplos que lo caliente , 

mas plumas que el turnear.» 

Esta abundancia picaresca , que á los severos censores de las obras de injenio p9* 
drá parecer escesiva, es el carácter especial de Qucvedo en sus composiciones festival' 
No la reprenderemos nosotros; porque ademas de manifestaHr la fecundidad de su io« 
jenio, la clase de obras en que la emplea no merece la austeridad de la crHici. 
Todo el que hace reir, tiene razón. 

Pero á lo menos , esta misma injeniosidad de Quevedo nos manifiesta la difereacia 
entre su género y el de Cervantes. El autor del Quijote presenta á la imajinacion los 
personajes y sucesos risibles , y los grava en ella , es un gran pintor y todo lo descri- 
be. No así Quevedo : sus chistes y sales escitan nuestra risa; pero nada se queda eo la 
fantasía, ni es posible que se quede, porque su ridículo consiste en alusiones y equivo* 
COS. Esta es , si no nos engañamos , la causa de la justa preferencia que ha dado la repú* 
blica de las lelrtis al manco de Lepanto. Eu cuanto á genio y talento no podremos de* 
cidir cuál es mayor, el del que nos agrada sin ofendícr la razón y el buen gusto, ó el 
del que nos agrada las mas veces á despecho de entrambos. 

(«itarémos en otro género su imitación del célebre pasaje deJuvenal contra Mesalioa* 

¿Cuándo insolencia tal hubo en Sodoma? 
que en viendo al claro emperador dormido» 
cuyo poder el mando rije y doma. 



[153] 

La emperatriz tomando otro vestido, 
se fuese á la caliente mancebía 
con el nombre y ei liábito finjido?. 

Y en entrando / los pechos descubria 
y al deleite lascivo se guisaba 
ansí., que á las demás empobrecía. 

£1 precio infame y vil regateaba , 
hasta que el tayta de las hienas brutas 
á rccojer el címbalo tocaba 

Todas las celdas y asquerosas grutas 
cerraban antes que ella su aposento, 
siempre con apariencias disolutas. 

Hecho liabia arrepentir á mas de ciento 
cuando cansada se il>a, mas no harta, ii 

El testo de Ju venal es aun mas obsceno ; pero de aquella obscenidad que hace odio- 
so y detestable el' vicio, aunque la castidad délas \eoguas modernas no la permitan. 

Estos versos y otros muchos prueban cuan grande era el talento deQuevedo parala 
sátira clásica , sin necesidad de equívocos, ni juegos de palabras. 

ARTÍCULO IIL 

LáS las composiciones festivas de Qiievedo en prosa se nota el mismo carácter que en 
las de verso, aunaue usa con mas sobriedad de los equívocos. Sit estilo es nervioso y su 
sátira amarga. Tal vez en medio de la obra, que parece mas jocosa, mezcla reflexiones 
morales ó políticas, perfectamente desenvueltas, y muy orijinales. ¿Quién creyera , por 
ejemplo, encontrar en una obra satírica, cuyo título están bajo y trivial como clEnírc 
metido^ la Dueña yei Soplón, observaciones nuevas y muy juiciosas sobre el gobierno de 
Roma en los últimos dias de la república, puestas en boica de Cesar, quejándose deque 
le hubiesen asesinado?! Yo soy, dice, el gran Julio César. Bruto y Casio me mataron á 
puñaladas con pretesto de la libertad, siendo persuasión de la envidia y codicia de estos 
perros, ej uno hijo y el otro confidente. No aoorrecieron estos infames el imperio, sino 
al emperador. Matáronme porque fundé la monarquía, no la derribaron, antes apresura- 
damente ellos mismos instituyeron la succesion. Mayor delito fue quitarme á mi la vi- 
da, que quitar yo el dominio á los senadores, pues yo quedé emperador, y ellos traido- 
res: yo fui adorado del pueblo en muriendo, y ellos fueron justiciados en matándome... 
¿Estaba mejor el gobierno en muchos senadores que le supieron perder que en un capi- 
tán que lo mereció ganar? ;£s mas digno de corona quien preside en la calumnia y es 
docto en la acusación que el soldado, gloria de su patria y miedo de los enemigos? ¿Es 
mas digno del imperio el que sabe leyes que el que las defiende? Este merece hacerlas, 
y los otros estudiarlas. ¿Libertad es obedecer á la discordia de muchos, y servidumbre 
atender al dominio de uno? ¿A muchas codicias y ambiciones juntas llamáis padres, y 
al valor de uno, tiranía? ¿Cuánta mas gloría será al pueblo romano haber tenido un hijo 
qne hizo á Roma Señora del mundo, que unos padres que la hicieron con guerras civí- 
iifs madrasta de sus hijos? Malditos, mirad cual era el gobierno de los senadores, que 
habiendo gustado el pueblo de la monarquía, quisieron antes Nerones, Tiberios, Calí- 
gulas ó Eliogábalos que Senadores. > 

Esta última reflexión prueba cuan bien estudió Quevedo la historia de Roma en los 
Hltimos sollozos de su libertad. Solo puede culparse la censura de Bruto, qne no fue 
envidioso ni ambicioso, sino necio. Pero César, si se había de sostener el carácter que 
W da el autor , no podia hablar de otra manera. 

En la composición intitulada la Fortuna con sao hay un gran número de reflexiones 
morales y políticas, en las cuales campea el buen juicio y la severidad de Quevedo. Tal 
vez están revestidas las sentencias graves y serias con el traje grotesco que solia dar á 
sus pensamientos satíricos. Hablando de los tiranos, cita la definición de Aristóteles. Es 
tirano quien mira mas d m provecho particular que al común» Y continúa Quevedo : c quien 

20 



[151] 
5;np¡ore do algunos que no se comprendan en esta defínicion, lo venga diciendo y le 
darán su hallazgo.» 

De Luis XIII , rey de Francia , dice que 710 ^ limpiaba de privados. En efecto los tuvo 
toda su vida y no reinó un solo momento. Para burlarse do los títulos nominales del 
duque do Saboya se espresa asi: c padece achaques de rey de Chipre, es molestado de 
recuerdos de Señor de Ginebra , y adolece de soberanía desigual éntrelos demás poten- 
tados. > De un ministro recién elevado dice que antes de presentarse á recibir pretCD- 
dientes se da un baño de cara de mánnol. Moteja enérjicamente uno de los mas grandes 
abusos que ha habido en la administración de la justicia criminal , Á saber: la larga du- 
ración de los procesos si el reo tiene dinero, diciendo: donde d dinero acaba ^ el verdugo 
empieza. Concluiremos estas citas con una muy notable de la Fortuna con seno. Supone 
un potentado hablando con sus aduladores, «i quienes dice: ^Aflijido me tiene Iq pérdida 
de las dos naves mias. En oyéndole se aOlaron los aduladores de embeleco, y revistién- 
doseles la misma mentira, dijeron unos, que antes la pérdida le habia sido de autori- 
dad y á pedir de boca, y que pí)r útil debiera haber deseádola; pues le ocasionaba cao- 
sa justa para romper con los amigos y vecinos que le habian robado , y que por dos \» 
tomaría doscientas.» ¿Quién no ve en este diálogo una trova mal disimulada de la mane» 
racon que el conde duque de Olivares anunció á Felipe IV la rebelión deí duque deBn- 
ganza y la pérdida de Portugal, pidiéndole albricias por la ocasión que se le ofrecía de 
confiscar los estados del duque? 

A mas llegó aun la osadía deQuevedo en este pasaje. Prosigue así: «otros (lisonjeros) 
dijeron que ha sido en la pérdida glorioso su celo y lleno de majestad, porque aquel 
era gran príncipe que tenia mas que perder.» Sabido es que el sobrenombre de Granie 
que díó la adulación á Felipe IV, lo convirtió la sátira , justa en aquella ocasión, en lu- 
dibrio, diciendo que fue grande como un hoyo, por la mucha tierra que le quitan. ¡Ah 
Qtievedo! si te hubieras contentado con tus jácaras y lelrillns contra taberneros, escri- 
banos, rameras y ruQunes no hubieras pasado parte de tu vida en las prisiones ó en el 
destierro. 

En la primer entrega de la edición que hemos anunciado de las obras festivas de 
este escritor, empieza el Surño de fas Calaveroít^ visión fantástica, en que se supone que 
todos los muertos son llamados por orden de Júpiter al juicio de Kádamanto. Está llena 
de la sal característica de Que vedo. Pondremos algunos ejemplos de ella. 

< Lo que mas me espantó fué ver los cuerpos de dos ó tres mercaderes que se habían 
vestido las almas del revés, y tenian todos los cincos sentidos en las uñas de la mano 
derecha.» 

ct'na dama, que habia sido casada siete veces, iba trazando disculpas para todos loi 
maridos.» 

cTn juez, que lo habia sido, estaba enmedio de un arroyo lavándose las manos, y 
esto hacia muchas veces. Llegúeme á preguntarle por qué se lavaba tanto, ydíjomeqne 
en vida, sobre ciertos negocios, se las hablan imtado, y que estaba porfiando alli por 
no parecer con ellas de aquella manera delante de la universal residencia.! 

«Iba sudando un tabernero de congoja , y á mí me pareció que le dijo un verdugo: 
harto es que sudéis ajua , 1/ no nos la vendtis pttr vino. Uno de los sastres, pequeño de cuerpOi 
redondo de cara, malas barbas y peores hechos, no hacia sino decir: ^f¡ué pude hurtar 
yo^ si andaba siempre nvtrie'ndome de hambre.^ V los otros le decían (viendo que negaba ser 
ladrón) qué cosa era despreciarse de su oficio.» 

tTras ellos venia la locura con sus cuatro costados, poetas, músicos, enamorados 
y valientes» 

< Pilatos se andaba lavando las manos muy aprisa para irse con sus manos lavadas 
al brasero.» 

ct'ayéronsele (á un maestro de esgrima) en el suelo por descuido los testimonios, J 
fueron á un tiempo á levantarlos dos Furias y un alguacil, y él los levantó primero que 
las Furias.» En este pasaje hay dos rasgos satíricos : uno el de la lijereza délos alguaciles 
en recojer todo lo que contribuye á acriminar: otro fundado en el equivoco de la pala- 
bra tesfimonio. 

cPues enseno á matar, bien puedo pretender que me llamen Galeno, que si mis be* 
ridas andubieran en muía, pasaran por médicos.» 



[1551 
t Enfadóse el avarieDlo, y dijo: ii no lie de enirat\ no gastemos tiempo (que hasta aquc< 
lio rehusó de gastar). > 

Bastan estos ejemplos para conocer el carácter de la elocución deQuevedo. Hahién- 
dose impuesto la obligación de ser siempre chistoso, sutil y mordaz, fue imposible que 
lüvif^sen igual mérito todas sus sales satíricas; pero es preciso confesar que casi siempre 
agrada aun á los lectores de gusto mas severo. Sus espresiones gráticas, como azuzar 
íefiigos^ despreciarse de su oficio^ vestirse kts almas al retci, y otras muchas que él inventó, 
fioo al mismo tiempo que cstraordinarias, iujeuiosasy propias. 



DE LA NOVEXiA. 



E 



^L Semanario Pintoresco español (que por decirlo de paso, es en nuestra opinión uno 
de los mejores periódicos literarios de España) inserta en su número G.** del afio de 1840 
la sesión de la seccioa literaria del Ateneo español, celebrada el *25 de Enero del mismo 
año, y en la cual se ventiló la cuestión siguiente: Paralelo entre las modernas nótelas Imtó^ 
ricas y ías antiguas caballerescas. Los discursos de los señores que opinaron sobre esta in- 
teresante ciiestion están llenos de buena y profunda lilosofia literaria é histórica, y da- 
mos gracias al editor del Semanario por haberlas dado á la luz pública, suplicándole que 
no deje de hacer lo mismo, siempre que le sea posible, con las sesiones que celebre 
eo lo succesivo la clase de literatura del Ateneo. 

£1 objeto de la cuestión no era tanto examinar el mérito comparativo de los libros 
de caballería y de las novelas de Walter Scott como indagar las causas que dieron naci- 
miento y celebridad á estos jéneros y á otros, como también las que han influido en la 
decadencia de unos y el triunfo efímero de sus succesores. 

Los señores que opinaron primero procuraron desenvolver estas causas, y lo hi- 
cieron con suma sagacidad. Opúsoseles que un escritor de novela no tiene otro objeto 
que el de diieitar^ y no miras políticas, rélijiosas ni morales. Esto es verdad; pero como 
no es posible deleitar á una nación, sin presentarle los objetos bellos bajo el punto de 
vista que ella los concibe, deaqui nace que es necesario examinar para juzgar del mé- 
rito de una composición ó de un jénero, el espíritu del siglo en que fue célebre aquel Je- 
naro ó aquella composición. Las escepciones de esta regla son nniy raras, porque sen 
muy pocos los hombres como Homero, Virjilio y Cervantes, que saben escribir para 
toda la humanidad. 

Nosotros consideraremos la cuestión literariamente , y procuraremos explicar la 
esencia de la novela , ya sea la de Waltet Scott, ya la de los siglos feudales. 

Dos son ios elementos esenciales de la novela , sea cual fuere su clase , el interés y 
lo maratilloso. Entendemos por maravilloso no solo la intervención de los seres sobreña* 
tunales, como los dioses de la antigua mitolojia, ó los magos y hechiceros de la edad 
media, sino también las coincidencias estraordinarias, las aventuras no comunes, los 
lances apurados, los grandes peligros evitados por felices circunstancias , en fin , todos 
Jos incidentes que sin necesidad de recurrir á la acción del cielo, son aunque naturales, 
muv raros. 

Sin interés y sin maravilloso no hay novela; y esto es tan cierto que los griegos, los 
mas sencillos de todos los escritores, aspiraron á interesar en las suyas por medio de 
sucesos ya sobrenaturales, }a inesperados. Dígalo sino el Tedjenes y Cariclea de Helio- 
doro, obispo de Trica, ciudad de Tesalia , que tenemos muy bien traducido en nuestro 
idioma por Castillejo. 

Los libros de caballería debían agradar á una sociedad que tenia todas las virtudes 
y vicios de la niñez, como fue la de la edad media, candida , crédula y valiente. En di- 
chos libros está prodigado lo maravilloso á manos llenas ; pero el interés es muy corto, 
casi nulo, menor aun que el de los cuentos de encantamiento con que se aduerme á los 
aiños. El tejido de dichos libros es uno mismo : aventuras y combates perpetuos , en 
Hue tríunla el héroe, ó por el valor de su brazo ó con el auxilio de algún májico. Noto- 



«a en estos libros el interés de humanidad, pero ni aun el qae pudiera inqii- 

jinbres del tiempo en que se publicaron. La repetición de iiecbos semejanto 

Jiosa y moniUona su lectura para nosotros: nadie puede leerlos sino con el ob- 

•cojor notas eruditas ó gramaticales. Pues lo mismo sucedería á nuestros anl^ 

, y si los leyeron y los celebraron, no fue por lo bien. coordinado de la fábula, 

r el aliciente de lo maravilloso. 

^'f^aron las naciones europeas á la edad de la adolescencia intelertuat; despreciaroa 
iif^^ /uctes de su niñez, y buscaron entretenimientos mas dignus de su capacidad. Ei^ 
lónces comenzaron la novela satírica y la de costumbres, siendo en nuestro entenderlos 
españoles los primeros que las escribieron con perfección, porque no creemos que haya 
quienquiera comparar á Habelais con Cervantes, que le fue [wsterior, ni aua-cOn el 
Conde Luranor que le antecedió un siglo. 

Cuando la falsa política y la mentida filosofía .se apoderaron de la sociedad , precisa 
fue que la novela siguiese el mismo giro. Se pusieron, pues, en estos libros de éntrete» 
nimicnto, para recreo de una sociedad pervertida, todos los venenos de la irrelijíon^de 
la inmoralidad y de la anarquía de las ideas: llegóse al último grado de cinismo y deli- 
bricidad , basta qnc al (in se consiguió realizar las infernales crfaciones del filosofismo. 

Tras de la locura vino el escarmiento, y la novela varió de forma como la sociedad. 
Pero la política hizo á los hombres mas austeros y descontentadizos aun en la elecrioa 
de sus placeres. Algunos escritores, principalmente mujeres, emprendieron resucitar 
el sentimentalismo de Rousseau ; pero ya no se creia en él, porque nadie sentía. \ fuer- 
za de haber agotado en valde toda especie de .sensaciones fuertes, habían perdido las al- 
mas su elasticidad. Era ya pcisada la hora en que toda Europa se interesó por Ciam 
Jíarlotcc hasta tal punto, que su autor recibió muchas cartas en que le pedían que ñola 
asesinafe 'd\ fín de la novela. 

£n estas circunstancias s^ presentó Walter S<*ott y dijo: cUmgo recojidas observacio- 
nes exactas y numerosas .sobre las costumbres de la edad media. ()s las daré en novelas. 
;,Quercis? > <5i, respondió la sociedad fastidiada de inmoralidad y de exajeracion de sea- 
timientos. A lo menoa sabrc'moa algo de nuratron aiite¡Himdo«. » Y en efecto, eso es lo que com* 
tituye el mérito de las obras de eslc escritor; pues ni es muy feliz en los desenlacen, 
ni es grande el interés de sus fikbulas. Pero sus escenas y diálogos s<m magníficos; y de^ 
pues de Orvantes es el primero de los escritores no\elescos. 

Antes deWaIter Scott se escribió la historia en novelas, desíigurándola como mada- 
ma Scudery, ó embelleciéndola como nuestro Montengon, á quien solo faltó escribir 
mejor el castellano para ser un novelista estimable. Pero el autor escocés tiene un né» 
rito que sobrevivirá á sus novelas, yes la descripción de costumbres históricas. El géne- 
ro que ha descubierto es muy diíicil; pon|ue evijc de los que hayan de cultivarlo, 
ademas de las dotes de imajinacion, un estudio muy profundo de las antigüedades de 
su patria, y del espíritu y de las costumbres de la edad media. 

;,<Jué género succederá á este que se va agotando no por faltado mies,sinode buenas 
operarios? No sabemos: en el dia queremos mas bien ver las costumbres de otros siglo* 
que las del nuestro; tales .son ellas, sin poesia, sin fé, sin ccmvicciones. Pero como d 
actual estado de la sociedad no puede .ser duradero, vendremos últimaroento á parar 
en la novela satírica y en la de costumbres, únicos géneros que pueden ya agradar- 
nos: y si no hay quien las escriba bien, las leeremos mal escrit<is .porque no se c*scBsa 
l(>er novelas mientras haya Jóvenes de ambos sexos, felices, cuando á lo menos vea 
respetada en ella la moral. 

l¡)3 2iai a^D y^iü a2¿i'5Í>ii32il, 



ARTICILO I. 



C 



ON esta espresion compuesta, cuyas voces parece que so escluyen una y otra, sesig* 
niíican aquellas fábulas, en las que, atmipie haya aventuras é incidentes finjidos, per- 
tenece sin embargo á la verdad histórica el cuadro en que se ajustan. 



[157] 

E\ orijcn de estos libros de entreteniniienCo pertrncce á la edad media ; pi:es aun- 
el Tedgenes y Carklea de lleliodoro, obispo de Trica, ciudad de Teitalia, es la mas 
iriia de las novelas heroicas, todo allí es fiiijtdo. Se habla , es verdad, en ella de 
reina de Ejipto y otra de Etiopia; pero ninguna de las dos existió en la Lisloria. 
eoece, pues, dejando aparte la superioridad del inlerés y de la elocución, aKutisnio 
>ro que Amadis de Gaitla^ Armidisde Grecia, Etjdandian^ Tirante el Blanco ^ Palmer in 
tglalerra, y otros héroes fabulosos áe ios luiros de caballrría. 
So puede decirse otro lauto de la histoiia fabulosa de<l¿irlo Md|rno y sus doce pares, 
rey Artus de Inglaterra, de Bernardo del Girpio y del i^d Gunpeador. Aunque los 
IOS y las aventuras sean por la mayor parte flnjidas, n*<*aeniiin enibargosobr4*rinni«- 

históricos, sobre épocas que han existido, sobre sucesos verdaderos. Estos libn^s 
ponen la «popeya de la edad media. En los que todo es falso, y nada auxilia la 
¡inacion para sufionerse en €l mundo de la realidad, no sirvieron ni aun para con- 
ar las tradiciones populares, sino solo para alhagar la grosera y dócil fantasía de 
(tros antepasados. 

Ilestniídos estos monstruos, y sepultados en el olvido por la pluma de Cervantes, 
■sorilores de novelas se dedicaron al género moral ó satírico: tal vez al género he- 
»ea que se ejercitó también el autor del Quijote, como lo prueba su Pérsiles y St*- 
iinda. Aparecieron entonces \a^.noceia« de Dona María de Zayas, el e*aidero Marca* 
Ibregon^ el IHaJbío Cojuelo^ la picara Juntiña^ Guzwan de Alfarache, y otras muchas: 

oo nos acordamos de ningvna novela histórica, escrita en español en Jos siglos 
'. y Wli. Si hubo alguna, debió ser su mérito tan tenue que no dejó vestijio de 
xislencia en la literatura nacional; sin mas esce|»4'ion acaso (|ue las guerras civiles de 
Htda, de Hita. 

Las primeras novelas de esta clase que tuvieron celebridad en la Europa moderna 
ie la restauración de las letras, fueron las que escribieron en la época brillante de 
• XIV, Madama ^cuderi y otros muchos autores novelistas. Este género fue muy 
i vado durante la S4*gunda mitad del si^k) XVII en Francia y en otras partes de Eu- 
I adonde se estendió entonces r«ipidam<^to el gusto de la literatura francesa. 
ÍQ estas composiciones había siempre un fondo de verdad histórica, en cnanto á los 
sos; carecían de magos, nigromantes, encantamentos, mónstrtios y vestiglos, cu\a 
a había pasado ya; pero los caracteres de los persoucijes estaban horriblemenle 
jurados. 1^ moda era tomar los héroes de los nombres mas celébreos de la historia 
;« y romana; pero ni Ciro, ni Alejandro, ni tllelia, ni Horacio eran otra cosa mas 
caballeros de la corle de Luis XIV. Cusí t^^das las fábulas versaban sobre intrigas 
ros«is: pa^Miies, versos, citas, disfraces, celos, dosaíios eran las principales octipa- 
eai de los Brutos, Sostenes y Escévolas. V aun esto no era orijinal. Va Calderón en 
romedias había convertido toda la antigüedad griega y romana, y aun los mismos 
» del Olimpo, en damas y galanes de la corte y de la villa de Madrid. Esta preo- 
icion por lo presente, este deseo de reducir «1 su módulo todo lo pasado, influyó aun 
I mismo Hacine; y fue necesaria toda la perfección de su estilo para que los críticos 
:eses h* perdonasen algunos rasgos de la galantería de su siglo puestos en boca de 
léroes de la antigrie<lad. 
lambí^fn cayeron los monstruos de Scudery á la voz del terrible Boitoau: y mucho 

aun .li desenfreno de las costumbres que se introdnjo en Francia en la primer 
d del >íl:ío Wlll, desenfreno que convirtió la galantería decente en inmunda diso- 
in. Los que ((iiieran conocer el carácter de estas novelas históricas, puedi'u cor.sul- 
Ui Camudra^ la única de ellas que en nuestro entender se ha traducido al cas- 
no. 

Lpareció Telemaco^ y se dudó por mucho tiempo si debía colocarse entre las nove- 
1 entre las epopeyas. Su objeto conocido, muy distante de la futilidad del género 
rtidery, ora nada menos que enseñar .1 reinar. Notóse en él ademas de la escelen - 
variada elocución, la verdad con que estaban pintadas las costumbres, usos y ca- 
ires de ia época que desiTÍbía. Entonces se puede <lecir que nació la verdadera no- 
histórica. Fenelon tuvo imitadores mas ó menos felÍ4'es. El Seikon es una rapsodia 
rible: \ts viajes de Aiilenor y el Filarle* pintan con mucha naturalidad las c<»stum- 
griegas; señaladamente el primero es muy feliz cu describir la insustancialidad in- 



[148] 
autores han omitido, con muy poca razón, en sus obras elementales. Los fenómenof 
nue en él se observan y se esplican , no solo se presentan á la vista de todos , sino in- 
íiuyendo mas ó men(»s en la abundancia ó esterilidad de las cosechas y en la salubri- 
dad pública, son también objeto del interés, del terror, de la esperanza, y aun to« 
d'avia de la superstición. (Conviene, pues, enunciar sus causas; lo que basta para disi- 
par los errores, y preocupaciones vulgares. Entre estos H^nómenos es notable el de la 
«aida de los aerolilt)» ó piedras llovidas, asi por la identidad de su composición con las 
masas de hierro aisladas, como por los sistemas inventados para esplicar su existen- 
cia. ¿Son lanzadas por los volcanes de la luna 6 de la tierra ; ó bien proceden de algu- 
nos pequeños planetas, que hallándose en la atmósfera terrestre y girando con increí- 
ble celeridad, debida á su aproximación á la tierra , se inflaman rozando con el aire 
y caen por su pesantez? Tal es la cuestión que M. Despretz entrega á las especulario- 
nes de los físicos. Mas importante es, y no menos curiosa, la investigación de la teni- 

1)eratura media en los diversos paises del globo, y su comparación con las líneas de 
atitud y de las nieves eternas. 

Concluye la obra con algimas addiciones, en las cuales el traductor ba procurado 
reunir las observaciones mas recientes sobre las materias físicas , aun las que ya bao 
sido conocidas y ventiladas por los autores antiguos. Por ejemplo , cita en cuanto i b 
divisibilidad de la materia, un articulo de Peclel, en que este autor concluye que la 
materia no es dichlhU' haMa el infinito^ esto es, no es i ndr/iit idamente dicmble^ pues 0- 
vUion infiniía es una contradicción en los términos. Donde hay succesion no hay, pro- 
piamente hablando , infinidad, sino i nde fin irion, Pedet trae como prueba la solucioa 
de la sal en agua en partículas tan pequeñis, que no las puede distinguir la \isla, 
ni aun con el auxilio del microscopio mas graduado. No sabemos por qué duda Pe- 
clet si entonces ha llegado 6 no la materia Á su división infinitesimal , ruando esta es 
imposible. Pruébase muy bien la asombrosa divisivilidad de la materia : demuéstra- 
se también que después de haber llegado ¿k las partes mas pequeñas, tienen estas to- 
davía capacidad de ser divididas; pero el término de la divisibilidad está en la fuera 
divideute de la naturaleza, que ha de reconocer forzosamente un liuiile del cual no po- 
drá pasar. Es útil conocer esle límile ó aproximarse á él en las diferentes divisiooes 
que producen en los cuerpos las fuerzas físicas ó químicas. 

Los conocimientos matemáticos necesarios para estudiar con utilidad esta obra no 
pasan de las nociones de aritmética , álgebra y geometría elementales; pues aunque 
trae fórmulas y cálculos diferenciales, es solo en las notas para demostrar los resul- 
tados del testo. Asi se lia procurado estender la utilidad de este tratado al mayor 
número posible de personas. 



lEVA EOn DE LAS OBRAS FESTIVAS, 

EN PROSA Y VERSO, 

DB D. FHUSaiaOO QTTBTBDO ? TZZaZaB9A&k 



ARTICI'LO I. 

X ENEMOS á la vista la primer entrega de esta edición, que será preciosa, no solo 
porque estará adornada con 2,000 láminas, sino también porque hade contener mii' 
chas piezas inéditas del autor, y ha de ser ilustrada con notas. Estas serán de I). Ba* 
siliu Sebastian Castellanos; los grabados de I). Vicente Caslello, y la edición dirijitla 
por el artista 1). .Vntonio Kolondo. La publicación de las obras festivas de Quevedo ba 
comenzado por el Sueño de las calavera*. El papel es escelente, la ejecución tipogri- 
fu-a csniíMadis'iMa, y las láminas representan muy bien aquellas imájenes ideales qut 



flW] _ ^ 

circulaban por la cabea del autor cuando escríbia, y iijan la \;aguedad de sus rasgos 
inórales ó salirícos. 

Debemos esperar que tas notas serán importantes y curiosas para nuestra historia 
literaria, si hemos de juzgar por la noticia nada vulgar, que los editores nos dan en 
<*i prólogo sob^e k Perinola, obra inédita de Queveejo, y de la respuesta publicada en 
Valencia en i<)35, que dio Juan Pérez de Montalba» A la crítica que hizo el autor, de 
su Para iodos* 

S«»lo nos resta, pues, demostrar la importancia de esta edición y la oportunidad de 
sn lujo, por el mérito del autor, que estudiado literariamente, es uno de los fenóme- 
nos mas estraordinarios de nuestro rarnaso* 

Jkín Francisco Quevedo fue uno do los literatos mas instruidos de su siglo, y ha 
dejado en sus obras vestijios de sus extensos conocimientos asi en las ciencias ci»mo en 
las lenguas sabias y en todo genero de literatura. Esto en cuanto á sus estudios. Pero 
»u condición le llevaba irresistiblemente al género satírico, único en que se distin- 
guió: pues sus composiciones serias^ ya en verso, ya en prosa, aunque muchas de 
ellas no carezcan de mérito , mal pueden compararse con las de los poetas y escri- 
lores del siglo anterior , ni aun con las mejores de su propio siglo. La celebridad de 
(Juevedo es enteramente debida á sus escritos festivos. 

Pero el talento de la sátira era el menos á propósito |>ara la sociedad española dé 
5U tiempo, pundonorosa , incapaz de sufrir injurias , dispuesta siempre á vengarlas. 
Quevedo era mordaz ; no podia refrenarse, cuando se le presentaba la necedad ó 
el vicio, en describirlo con las armas del ridículo. Hubo, pues, de contentarse con 
exhalar su bilis contra las clases inferiores de la sociedad. Í)e a(|ui tantos romances 
contra los valentones, rufianes, rameras y terceras: de aqui la descripción de sus rui- 
nes hazañas y de sus infortunios, que pinta constantemente risibles. Mas no siempre 
se contuvo en les términos de la prudencia : no siempre dirijió su ballesta satírica 
contra personas y clases, que no Ician, ó aunque leyesen, no inspiraban el temor 
de la venganza. Tal vez se alrevió á los jueces, á los ministros, á personas constitui- 
das en dignidad ; y su peligro en estos ataques era tanto mayor cuanto la convic- 
ción ó la gratitud le habían hecho defensor acérrimo del célebre duque de Osuna, 
\irey que fué de Nápolcs, y que después murió preso y desgraciado en su castillo 
de la Alameda. Puede decirse (|ue sus elojios de aquel magnate contribuyeron tanto 
como sus sátiras á las calamidades y prisiones que sufrió. 

Entre sus composiciones satíricas hay algunas en que imitó muy bien á Jn venal-, á 
quien parecía estudiar con mas gusto que lluracio, y enri,,ueció nuestro idioma con 
frases tomadcis de aquel gran maestro. Pero no tardó en volar por si mismo , y en 
formarse una elocución propia suya y esclusiva, tanto, que cuantos hun querido imi- 
larlo se se han despeñado miserablemente. Dígalo 1). Diego de Turres y Villaroel, 
que fue el que mas se empeñó en asemejar su estilo al de aquel modelo , y solo 
consiguió fastidiar á cuantos le han Icido ó tengan paciencia para leerle en lo veni- 
óero. Quevedo tiene este punto de contacto con CaTvantes : no puede ser imitado. 

Su estilo es indefinible. Por una parte parece que se presta ú la crítica por sus 
equívocos, por sus alusiones frecuentemente oscuras , por sus hipérboles descabella- 
das, por sus pensamientos sucios ú olíscenos; pero cuando queremos examinar sus 
composiciones á la luz severa de la razón , entra la risa que excitan sus versos ó su 
I»rosa, y el juez queda desarmado. Así tal vez el padre que quiere castigar una tra- 
vesura de su hijo , convierte el enojo en risa , si la ha hecho el niño con chiste y 
donaire. 

¿Quién puede ana1¡z«ir, ni por consiguiente definir su estilo? En cuanto al len- 
guaje , es puro , correcto , rigorosamente castellano; su versificación, fácil; su pro- 
sa, mas cuidadosa del pensamiento que de la armonía. Pero la espresion es siempre 
oríjinal, inesperada , y no pocas veces profundamente moral, sin perder por eso nada 
de su facilidad. Nos hace reir mas y de mas buena gana que otros escritores; pero la 
risa que excita no es de beneholencia , sino caustica y mordaz , como las frases 
que la excitan. 

Esto es cuanto podemos decir del género de Quevedo. Solo falta que justifique* 
moscón citas nuestro juicio, resultado del estudio que hemos hecho de sus obras. 



[1501 

Un amig;o nuestro , excelente literato , y que ha estudiado también eoidadoaamente 
á este autor , da á su estilo el epíteto de grotesco^ que nos parece bastante propio; por* 
que asi como á los adornos de esta clase en las bellas artes sería una necedad aplí* 
caries los principios severos de las reglas, asi es imposible también, cuando se lee'á 
Quevedo, medirle por las reglas oomunes de la literatura. cPues digase qae es ma* 
lo 9 como hizo el padre Bouhours con la canción: 

Al infierno el trado Orfeo etc. > 

Pero ^cómo hemos de decir que es malo loque nos hace reir, mal que nos peae, y 
á despecho de todas las reglas y preceptos? Solo podremos decir aue pues nos agra- 
da , algo hay en ello de bueno; y en efecto no es difícil encontrarlo y aun analiar- 
lo según el principio común de aquellos preceptos y reglas, contra los cuales parece 
que peca el escritor. 

Y en primer lugar diremos , que entre todos los géneros de obras literaríaSf la 
sátira es el que admite mejor la oscuridad y la sutileza. Pasajes hay en Juvenal qae 
no es posible entender á la primera ó segunda lectura, y no por alusiones á usos y 
costumbres de su siglo, ignorados de nosotros, sino por la concisión nerviosa de sv 
estilo, y por el velo, á veces demasiado tupido, con que cubre sus pensamientoi. 
Persio es un verdadero enigma qne es necesario estar continuamente adivinando. 
Hay dos razones filosóficas para que la sátira sea mas sutil y epigramática qne los 
demás géneros: la complacencia oel lector cuando le cuesta trabajo comprender el 
rasgo maligno y al fin lo penetra , y la especie de pudor con que es necesario cobrir 
ciertos vicios , aun cuando se proponen como victimas al escarnio público. Bsto en 
cuanto á las alusiones oscuras de que hace frecuente uso nuestro Quevedo. 

En segundo lugar, no podia prescindir este insigne escritor del tono de la so« 
ciedad culta en su siglo. Sea que los escritores la corrompieron , ó que ella corrom- 
piese el gusto de los escritores, es indudable que el equivoco era uno de los recur- 
sos de la discreción. Quevedo, pues, usó de él, algunas veces con prudencia y felici- 
dad : otras , no tanto. Pero ¿quién le culpará do haber hablado el idioma de su tiem- 
po y de la sociedad que frecuentaba , mucho mas cuando sacó de él tanto partido? 

Estas dotes de su estilo, ó buenas ó disculpables en el género satírico, ni pue- 
den ni deben tener lugar en el género serio. Mucho nos reimos cuando para dar á en- 
tender la nariz desmesurada de un hombre, dice: 

c Erase un hombre á una nariz pegado 
Las doce tribus de narices era» 

aludiendo á la opinión vulgar de que los judíos son todos narilargos. Pero nos dis- 
gusta cuando en un soneto, para mostrar que las horas que pa>an oos quitan pane de 
la vida , exajera la espresion hasta decir: 



f Sepultureras ion las horas.» 



ARTICULO IL 

JjASTA leer algunas de las letrillas ó romances satíricos de Quevedo, para conocer el 
modo injeniuso y orijinaicon que espresaba los pensamientos. ¿Quiere hacer burla de 
las exajeraciones de los amantes cuando ponderan su pasión? Bástale una sola frase: 

«Desde que os vi en la ventana 
ó dando ó tomando el sol , 
descabalé la atadura 
por daros el corazón.» 



[1511 
lé aqui de qué rnaaera describe )a coadicioo avara y rapiñadora de uoa tía, y ade* 
tercera: 

cDame naeyat de lo tía « 

aquella águila imperial 

que asida de los escudos 

en todas partes está.» 

jB metáfora consiste en el doble sentido de la palabra neudo , que puede ser de ar« 

, ó una moneda. 

Trata de pintar la codicia de una mujer 1 Dice asi : 

cLa morena que yo adoro 
y mas que á mi vida quiero , 
eo verano toma acero 
y en todos tiempos el oro. 

Si eitá resuelto á guardar su dinero de las manos de las barpias , y á no comprar con 
1 arrepeotímienlo : 

c Vuela , pensamiento , y diles 
á los ojos que mas quiero , 
que bay dinero. 

Del dinero que pidió 
á la que adorando estás» 
las nuevas le llevarás , 
pero los talegos no. 

A los ojos que en mirallos 
la libertad perderás , 
que b^y dineros les dirás; 
pero no gana de dallos. 

Si con agrado te oyere 
esa esponja de la villa « 
que hay dinero bas de decilla , 
y que ¡ay de quien le diere!» 

Sn esta última redondilla juega con el doble sentido déla voz ay. Esponja dé ¡a tilia 
tcelentc perífrasis de una cortesana codiciosa y de nombradla. 
!^s Iríbülacioncs que le causa la rivalidad de un ginovés» que entonces eran los co- 
cianícs mas ricos, las espresa asi: 

€ A la que causó la llaga 
que en mi corazón renuevo , 
yo la (|uiero como debo 
y un gi noves como paga. 

Ved en qué vendré á parar 
compitiendo su poder, 
baciendo yo mi deber , 
y él baciendo su pagar. 

Mal en oponerme bago , 
siendo de bolsa tan leye, 
á quien ni teme ni debe , 
yo aue ni temo ni pago. 

¿¿uál tendrá mas opinión 
con ella en la poesia 
yo con una letra mia, 
ó él con dos de Besanzon? 

Mirad, pues, á quien oirá, 
si en el reloj que rq^ala ^ 



[152Í 
mi mano es la qiie señala « 
y la suya la que da. 

¿Cómo la podré agradar 
los deseos avarientos , 
si voy á contarla cuentos 
y él da cuentos á contar? 

El da joyas yo billetes, 
y andamos por los lugares > 
él con daros y tomares, 
yo con dimes y diretes.» 

No hay locución familiar en el idion»a de qiie no se valga á favor del equivoco é 
de la alusión. £n una de sus jácaras un condenado á galeras, dice : 

«Envianme por diez aAo» 

( sabe Dios quién los verá) 

á que dándola de palos 

agravie toda la mar.» " 

Otro ruCan preso, exajera asi lo que ha dado qire trabajar á lajusticiat 

f Los diez años de mi vida 

los he vivido hacia atrás, 

con mas grillos que el verano, 

cadenas que el Escorial. 

Mas alcaydes he tenido 

que el castillo de Milán , 

mas guardas que el monumento , 

mas hierros que el Aleoraa, 

mas sentencias que el derecho ,. 

mas causas que el no pagar, ' ~1 

mas autos que el dia del (^rpus> 

mas njistros que el Misal , ' 

mas enemigos que el agua , 

mas corchetes que un gabán , 

mas soplos que lo caliente, 

mas plumas que ol turucar.» 

Esta abundancia picaresca , que á los severos censores de las obras de injenio p9* 
drá parecer escesiva, es el carácter especial de Qucvedo (»n sus composiciones festival' 
!Vo la reprenderemos nosotros; porque ademas de nianifestaHr la fecundidad de su ÍD« 
jenio, la clase de obras en que la emplea no merece la austeridad de la crHicf. 
Todo el que hace reir, tiene razón. 

Pero á lo menos , esta misma injeoiosidad de Quevedo nos manifiesta la difereaeiB 
entre su género y el de (Cervantes. El autor del Quijote presenta á la imajinacion los 
personajes y sucesos risibles , y los grava en ella , es un gran pintor y todo lo descri- 
be. i\o así Quevedo : sus chistes y sales escitan nuestra risa; pero nada se queda eo la 
fantasía , ni es posible que se quede, porque su ridícuk) consiste en alusiones y equívo- 
cos. Esta es , si no nos engañamos , la causa de la justa preferencia que ha dado la repá* 
blica de las lelnis al manco de l^epanto. En cuanto á genio y talento no podremos de* 
cidir cuál es mayor, el del (|ue nos agrada sin ofeniler la razón y el buen gusto, ó el 
del que nos agrada las mas \eces á despecho de entrambos. 

(«itarémos en otro género su imitación del célebre pasaje deJuvenal contra Mesaliot- 

¿Cuándo insolencia tal hubo en Sodoma? 
que en viendo al claro emperador dormido, 
cuyo poder el mando rije y doma. 



[153] 

La emperatriz tomando otro \estido, 
se fuese á la caliente inancebia 
con el nombre y el hábito finjido?. 

Y en entrando ,* los pechos descubría 
y al deleite lascivo se guisaba 
ansi., que á las demás empobrecía. 

£1 precio infame y vil regateaba , 
hasta que el taytade las hienas brutas 
á rccojer el címbalo tocaba •.•• 

Todas las celdas y asquerosas grutas 
cerraban antes que ella su aposento , 
siempre con apariencias disolutas. 

Hecho liabia arrepenlir á mas de ciento 
cuando cansada se iba, mas no harta. ^i 

El testo de Juvenal es aun mas obsceno ; pero de aquella obscenidad que hace odio- 
so y detestable el' vicio, aunque la castidad délas \eoguas modernas no la permitan. 

Estos versos y otros muchos prueban cuan grande era el talento deQuevedo parala 
sátira clásica^ sin necesidad de equívocos, ni juegos de palabras. 

ARTÍCULO m. 

Un las composiciones festivas de Qiievedo en prosa se nota el mismo carácter que en 
las de verso, aunaue usa con mas sobriedad de los equívocos. Su estilo es nervioso y su 
sátira amarga. Tal vez en medio de la obra, que parece mas jocosa, mezcla reflexiones 
morales ó políticas, perfectamente desenvueltas, y muy orijinales. ¿Quién creyera , por 
ejemplo, encontrar en una obra satírica, cuyo título están bajo y trivial como elEntre^ 
welido^ ¡a Dueña y d Soplón^ observaciones nuevas y muy juiciosas sobre el gobierno de 
Roma en los últimos dias de la república, puestas en bcHca de César, quejándose deque 
le hubiesen asesinado?cYo soy, dice, el gran Julio César. Bruto y Casio me mataron á 
puñaladas con pretesto de la libertad, siendo persuasión de la envidia y codicia de estos 
perros, e.l uno hijo y el otro confidente. No aborrecieron estos infames el imperio, sino 
al emperador. Matáronme porque fundé la monarquía, no la derribaron, antes apresura- 
damente ellos mismos instituyeron la succesion. Mayor delito fue quitarme á mi la vi- 
da, que quitar yo el dominio á los senadores, pues yo quedé emperador, y ellos traido- 
res: yo fui adorado del pueblo en muriendo, y ellos fueron justicicidos en matándome... 
¿Estaba mejor el gobierno en muchos senadores que le supieron perder que en un capi- 
tán que lo mereció ganar? ¿Es mas digno de corona quien preside en la calumnia y es 
docto en la acusación que el soldado, gloria de su patria y miedo de los enemigos? ¿Es 
mas digno del imperio el que sabe leyes que el que las defiende? Este merece hacerlas, 
y los otros estudiarlas. ¿Libertad es obedecer á la discordia de muchos, y servidumbre 
atender al dominio de uno? ¿A muchas codicias y ambiciones juntas llamáis padres, y 
al valor de uno, tiranía? ^Cuánta mas gloría será al pueblo romano haber tenido un hijo 
que hizo á Roma Señora del mundo, que unos padres que la hicieron con guerrascivi- 
iifs madrasta de sus hijos? Malditos, mirad cual era el gobierno de los senadores, que 
habiendo gustado el pueblo de la monarquía, quisieron antes Nerones, Tiberios, Calí- 
gulas ó Eliogábalos que Senadores.» 

Esta última reflexión prueba cuan bien estudió Quevedo la historia de Roma en los 
últimos sollozos de su libertad. Solo puede culparse la censura de Bruto, qne no fue 
envidioso ni ambicioso, sino necio. Pero César, si se había de sostener el carácter que 
1^ da el autor , no podia hablar de otra manera. 

En la composición intitulada la Fortuna con se$o hay un gran número de reflexiones 
morales y políticas, en las cuales campea el buen juicio y la severídad de Quevedo. Tal 
vez están revestidas las sentencias graves y serias con el traje grotesco que solía dar á 
sus pensamientos satíricos. Hablando de los tiranos, cita la definición de Aristóteles. Es 
tirano quien mira mat d m prottcko particular que al común, Y continúa Quevedo : c quien 

20 



5;iip¡erc de algunos que no se comprendan en esta definición, lo venga diciendo y le 
darán su hallazgo.» 

De Luis XIII, rey do Francia, dice que no fe limpiaba de privados, T,n etecio\os tuvo 
toda su vida y no reinó un solo momento. Para burlarse do los títulos nominales del 
duque de Sabova se espresa asi: c padece achaques de rey de Chipre, es molestado de 
recuerdos de Señor de Ginebra, y adolece de soberanía desigual éntrelos demás poten- 
tados. > De un ministro recien elevado dice que antes de presentarse á recibir preten- 
dientes ^ da un baño di' cara de mdnnoL Moteja enc^rjicamente uno de los mas grandes 
abusos que ba babido en la administración de la justicia criminal , á saber: la larga do- 
racion de los procesos si el reo tiene dinero, diciendo: donde el dinero acaba j el rrrdugo 
empieza. Concluiremos estas citas con una muy notable de la Fortuna con seito. Supone 
un potentado bablando con sus aduladores, á quienes dice: tAflijido me tiene Iq pérdida 
de las dos naves mías. Kn oyéndole se aOlaron los aduladores de embeleco, y revistién- 
doseles la misma mentira, dijeron unos, que antes la pérdida le babia sido de autori- 
dad y á pedir de boca, y que por útil debiera haber deseádula; pues le ocasionaba cau- 
sa justa para romper con los amigos y vecinos que le babian robado , y que por dos les 
tomaría doscientas.» ¿Quién no ve en este dialogo una trova mal disimulada de la mane- 
ra con que el conde duque de Olivares anunció á Felipe IV la rebelión deí duque deBrí* 
ganza y la pérdida de Portugal, pidiéndole albricias por la ocasión que se le ofrecía de 
conCjscar los estados del duque? 

Á mas llegó aun la osadía deQuevedo en este pasaje. Prosigue así: «otros (lisonjeros) 
dijeron que ba sido en la pérdida glorioso su celo y lleno de majestad, porque aquel 
era oran principe que tenía mas que perder.» Sabido es que el sobrenombre de Grande 
que dio la adulación á Felipe IV, lo convirtió la sátira , jnsta en aquella ocasión, en lu- 
dibrio, diciendo que fue grande como un boyo, por la mucha tierra que le quitan. ¡Ah 
(Juevedo! si te hubieras contentado con tus jácaras y lelrillns contra taberneros, escrí- 
banos, rameras y rufianes no hubieras pasado parte de tu vida en las prisiones ó en el 
destierro. 

£n la primer entrega de la edición que hemos anunciado de has obras festivas de 
este escritor, empieza el Swño de las Calaveras^ visitm fantástica, en que se supone que 
todos los muertos son Ilauíados por orden de Júpiter al juicio de Kádamanto. Está llena 
de la sal característica de Quevedo. Pondremos algunos ejemplos de ella. 

< Lo que mas me espantó fué ver los cuerpos de dos ó tres mercaderes que se habiao 
vestido las almas del revés, y tenían todos los cincos sentidos en las uñas de la mano 
derecha.» 

cl'na dama, que babia sido casada siete veces, ¡ba trazando disculpas para todos loi 
maridos.» 

cl'n juez, que lo babia sido, estaba enmedio de un arroyo lavándose las manos, y 
esto hacia muchas veces. Llegúeme á preguntarle por qué se lavaba tanto, y dijome que 
en vida, sobre ciertos negocios, se las liabian untado, y que estaba porfiando alli por 
no parecer con ellas de aquella manera delante de la universal residencia.» 

<lba sudando un tabernero de congoja , y á mí me pareció que le dijo un verdugo: 
harto es que sudri:t a>jnn , 1/ no non la vendáis por vino, L'no de los sastres, pequeño de cuerpo, 
redondo de cara , malas barbas y peores hechos , no hacia sino decir: ¡qué pude hurtar 
yo^ si andaba siempre mnrimdoine de hambre f V los otros le decían (viendo que negaba ser 
ladrón) qué cosa era despreciarse de su oficio.» 

cTras ellos venia la locura con sus cuatro costados, poetcis, músicos, enamorados 
y valieiites» 

tPilatos se andaba lavando las manos muy aprisa para irse con sus manos lavadas 
al brasero.» 

cl^ayéronsele (á un maestro de esgrima) en el suelo por descuido los testimonios, y 
fueron á un tiempo á levantarlos dos Furias y un alguacil, y él los levantó primero que 
las Furias.» En este pasaje hay dos rasgos satíricos : uno el de la lijereza délos alguacdef 
en recojer todo lo que contribuye á acriminar: otro fundado en el equivoco de la pala- 
bra testimonio. 

cPues enseño á matar, bien puedo pretender que me llamen Galeno, que si mu he- 
ridas andubieran en muía, pasaran por médicos.» 



■n 



[155] 

t Enfadóse el avaricDlo, y dijo: ti no fie de entrar^ no gastemos tiempo (que hasta aquc^ 
lio rehusó de gastar). > 

Bastan estos ejemplos para conocer el carácter de la elocución deQuevedo. Ilahién- 
dose impuesto la obligación de ser siempre chistoso, sutil y mordaz, fue imposible que 
tuviesen igual mérito todas sus sales satíricas; pero es preciso confesar que casi siempre 
agrada aun á los lectores de gusto mas severo. Sus espresiones gráticas, como azuzar 
ie$ligo$^ despreciarse de su oficio^ vestirseías almas al revéi, y otras muchas que él inventó, 
son al mismo tiempo que cstraordinarias, iujeuiosasy propias. 



DE LA NOVXXA. 



E 



liL Semanario Pintoresco español (que por decirlo de paso, es en nuestra opinión uno 
de los mejores periódicos literarios de España) inserta en su número 6.*" del ano de 1840 
la sesión déla seccioa literaria del Ateneo español, celebrada el 'So de Enero del mismo 
año, y en la cual se ventiló la cuestión siguiente: Paralelo éntrelas modernas novelas hiM^ 
ricas y ías antiguas caballerescas. Los discursos de los señores que opinaron sobre esta in- 
teresante cqestion están llenos de buena y profunda iilosofía literaria é histórica, y da- 
mos gracias al editor del Semanario por haberlas dado á la luz pública, suplicándole que 
DO deje de hacer lo mismo, siempre que le sea posible, con las sesiones que celebre 
eo lo succesivo la clase de literatura del Ateneo. 

£1 objeto de la cuestión no era tanto examinar el mérito comparativo de los libros 
de caballería y de las novelas de Walter Scott como indagar las causas que dieron naci- 
miento y celebridad á estos jéneros y á otros, como también las que han influido en la 
decadencia de unos y el triunfo efímero de sus succesores. 

Los señores que opinaron primero procuraron desenvolver estas causas, y lo hi- 
cieron con suma sagacidad. Opúsoseies que un escritor de novela no tiene otro objeto 
que el de ddeitar^ y no miras políticas, rélijiosas ni morales. Esto es verdad; pero como 
no es posible f/^/fiV(ir á una nación, sin presentarle los objetos bellos bajo el punto de 
vista que ella los concibe, de aqui nace que es necesario examinar para juzgar del mé- 
rito de una composición ó de un jénero, el espíritu del siglo en que fue célebre aquel jé- 
cieroó aquella composición. Las escepciones de esta regla son muy raras, porque s^n 
muy pocos los hombres como Homero , Virjilio y Cervantes , que saben escribir para 
toda la humanidad. • 

Nosotros consideraremos la cuestión literariamente, y procuraremos explicar la 
esencia de la novela , ya sea la de Waltet Scott, ya la de los siglos feudales. 

Dos son ios elementos esenciales de la novela , sea cual fuere su clase , el interés y 
lo maravilloso. Entendemos por maravilloso no solo la intervención de los seres sobreña* 
iurales, como los dioses de la antigua mitolojia, ó los magos y hechiceros de la edad 
media., sino también las coincidencias cstraordinarias, las aventuras no comunes, los 
lances apurados, los grandes peligros evitados por felices circunstancias , en fin , todos 
Jos incidentes que sin necesidad de recurrir á la acción del cielo, son aunque naturales, 
muy raros. 

Sin interés y sin maravilloso no hay novela; y esto es tan cierto que los griegos, los 
mas sencillos de todos los escritores, aspiraron á interesar en las suyas por medio de 
sucesos ya sobrenaturales, >a inesperados. Dígalo sino el Teájenes y Cariclea de Helio- 
doro, obispo de Trica, ciudad de Tesalia , que tenemos muy bien traducido en nuestro 
idioma por Castillejo. 

Los libros de caballería debian agradar á una sociedad que tenia todas las virtudes 
y vicios de la niñez, como fue la de la edad media, candida , crédula y valiente. En di- 
chos libros está prodigado lo maravilloso á manos llenas ; pero el interés es muy corto, 
casi nulo, menor aun que el de los cuentos de encantamiento con que se aduerme á los 
BÍños. El tejido de dichos libros es imo mismo: aventuras y combates perpetuos, en 
iiue triunfa el héroe, ó por el valor de su brazo ó con el auxilio de algún májico. Noto* 






[J56] 

ia en estos libros el interés de humanidad, pero ni aun el que pudiera iuffí' 

.)mbres del tiempo en que se publicaron. La repetición de bechos semejantes 

Jiosa y niontUona su lectura para nosotros: nadie puede leerlos sino eco el ob- 

^■cojer notas eruditas ó gramaticales. Pues lo mismo sucedería á mieslros anl»- 

, y silos leyeron y los celebraron, no fue por lo bien, coordinado de la fábula, 

r el aliciente de lo maravilloso. 

.'garon las naciones europeas á la edad de la adolescencia intelectual; despreciaron 
^y•.^ /uctes de su niñez, y buscaron entretenimientos mas digmis de su capacidad. En- 
tonces comenzaron la novela satírica y la de costumbres, siendo en nuestro entenderlo» 
españoles los primeros que las escribieron con perfección , porque no creemos que haya 
quien quiera comparar á Rabelais con Cervantei», que le fue posterior, ni aun-cOn el 
Conde Lucanor que le antecedió un siglo. 

Cuando la falsa política y la mentida filosofía se apoderaron de la sociedad , precito 
fue que la novela siguiese el mismo giro. Se pusieron, pues, en estos libros de entrete- 
nimiento, para recreo de una sociedad pervertida, todos los venenos déla irrel¡jion,de 
la inmoralidad y de la anarquía de las ideas: llegóse al último grado de cinismo y de la- 
bricidad , hasta qnc al fin se consiguió realizar las infernales cr^acioiie^ del filosofismo. 

Tras de la locura vino el escarmiento, y la novela varió de forma como la sociedad. 
Pero la política hizo á los hombres mas austeros y descontentadizos aun en la elección 
de sus placeres. Algunos escritores, principalmente mujeres, emprendieron resucitar 
el sentimentalismo de Rousseau ; pero ya no se creía en él , porque nadie sentia. Á fuer^ 
za de haber agotado en valde toda especie de sensaciones fuertes, hablan perdido las aj- 
inas su elasticidad. Era ya ¡Kisada la hora en que toda Europa se interesó por 67aint 
Harlotce hasta tal punto , que su autor recibió muchas cariasen que le pedian que ñola 
asesinase 'd\ fin de la novela. 

£n estas circunstancias se presentó Walter Scott y dijo: c tengo recojidas observacio- 
nes exactas y numerosas sobre las costumbres de la edad medía, ih las daré en novelas. 
/Qiiereis? > <5i, respondió la sociedad fastidiada de inmoralidad y de exajeracion de sen- 
timientos. A lo menos sabremos algo de miestros ante¡)asados, » V en efecto , eso es lo que cons- 
tituye el mérito de las obras d«! este escritor; pues ni es muy feliz en los desenlaces, 
ni es grande el interés de sus fclbulas. Pero sus escenas y diálogos son magníficos ; y de^ 
pues de Cervantes es el primero de los escritores novelescos. 

Antes deWaIter Scott se escribió la historia en novelas, desfigurándola como mada- 
ma Scudery, ó embelleciéndola como nuestro Montengon, á quien solo faltó escribir 
mejor el castellano para ser un novelista estimable. Pero el autor escocés tiene un mé* 
rito que sobrevivirá á sus novelas, y es la descripción de costumbres históricas. El géne- 
ro que ha descubierto es muy diücil ; porcpie exije de los que hayan de cultivarlo, 
ademas de las dotes de imajinacion, un estudio muy profundo de las antigüedades de 
su patria, y del espíritu y de las costumbres de la edad media. 

/Qué género succederá á este que se va agotando no por faltado mies, si no de bnenm 
operarios? No sabemos: en el día queremos mas bien ver las costumbres de otros siglos 
qne las del nuestro ; tales .son ellas, sin poesía, sin fé, sin convicciones. Pero como d 
actual estado de la sociedad no puedo ser duradero, vendremos últimamente á parir 
en la novela satírica y en la de costumbres, únicos géneros (jue pueden ya agradar- 
nos: y si no hay quien las escriba bien, las leeremos mal escritas .porque no se escasa 
](MT novelas mientrcis haya jóvenes de ambos sexos, felices, cuando á lo menos vea 
re.<ipetada en ella la moral. 

l¡)2 2iil Síí)y'23.ii S13¿J:S¿a23il, 



ARTICILO r. 



c 



OX esta espresion compuesta, cuyas voces parece que se cscluycn una y otra, se«g- 
nifican at|ueilas fábulas, en las (¡iie, aun(|ue haya aventuras é incidentes finjidos^ per^ 
tencce sin embargo á la verdad histórica el cuadro en que se ajustan. 



[157] 

El orijcn de cs(os libros de entretenimiento pertenece á la edad media ; pi:es aun- 
que el Tedgmes y Cariclea de lleliodoro, obispo de Trica, ciudad de Te»alia, es la mas 
anlifTiía de las novelas heroicas, todo allí es finjido. Se habla, es verdad, en ella de 
una reina de Ejipto y otra de Etiopia; pero ninguna de las dos existió en la historia. 
Pertenece, pues, dejando aparte la superioridad del interés y de la elocución, aKmisnio 
irénero que Amadit de Garda ^ Amad is de Grecia, Es¡dandian^ Tirante el Blanco^ Palmer iii 
de inglftlerra, y otros héroes fabulosos de los liltros de cabal liTía. 

N<i puede decirse otro tanto de la historia fabulosa de(];irlo Magno y sus doce pares, 
del rey Arius de Inglaterra, de Bernardo del Carpió y del íaú (Campeador. Aunque los 
hechos y las aventuras sean por la mayor parte Gnjidas, re<*aen<iín enitiai-gosobrr noni* 
bre^ históricos, sobre épocas que han existido, sobre sucesos verdaderos. Kstos líbn^s 
componen la «popeya de la edad media. En los que todo es falso, y nada auxilia la 
imajinacíon para su|>onerse en €l mundo de la realidad, no sirvieron ni aun para con- 
senar las tradiciones populares, sino solo para alhagar la grosera y dócil fantasía de 
nuestros antepasados. 

Destruidos estos monstruos, y sepultados en el olvido por la pluma de Cervantes, 
los esorílores de novelas se dedicaron ai género moral ó satírico: tal vez al género he- 
roico eo que se ejercitó también el autor del Quijote^ como lo prueba su Pérsiles y Se- 
jísmnnda. Aparecieron entonces las.nocela* de Doña María de Zayas, el emcudero Marmn 
de ObreQon^ el Diablo Copíelo^ la picara Juftina^ Guzwan de Aifarache, y otras muchas: 
mas no nos acordamos de ningana novela histórica, escrita en &spañol en Jos siglos 
XV^I y KVII. Si hubo alguna, debió ser su mérito tan tenue que no dejó vestijio de 
«u existencia en la literatura nacional; sin roas esce^ion acaso que las yuerrws civiles de 
Crattada, de Hila. 

Las primeras novelas de esta clase que tuvieron celebridad en la Europa moderna 
desde la restauración de las letras, fueron las que escribieron en la época brillanie de 
l^iis \i\\ Madama ^cuderi y otros muchos autores novelistas. Este género fue muy 
«oltivado durante la s(>gunda mitad del siglo Wll en Francia y en otras partes de Eu- 
ropa adonde se estendió entonces r«1pidamiHite el gusto de la literatura francesa. 

En estas composiciones había siempre un fondo de verdad histórica, en cnanto á los 
sucesos; carecían de magos, nigromantes, encantamentos, nión.«itr<ios y vestiglos, cu\a 
inihia había pasado ya; pero los caracteres de los person«iJ4*s estaban horrihieniente 
dt^ligurados. La moda era tomar los héroes de los nombres mas célebn*s de la historia 
fíriega y romana; pero ni Ciro, ni Alejandro, ni (^lelia, ni Horacio eran otra cosa nías 
que caballeros de la corte de Luis \IV« Gisi todas las fábulas versaban sobre intrigas 
auiorosjis: papeles, versos, citas^ disfraces, celos, desalios eran las |)riiicipales ocupa- 
ciones de ios lirutos. Sostenes y Escévolas. V aun esto no era orijinal. Va Calderón en 
sus comedias había convertido toda la antigüedad griega y romana, y aun los mismos 
dioses del Olimpo, en damas y galanes de la corte y de la villa de Madrid. E*;ta preo- 
cupación por lo presente, este deseo de reducir á su módulo todo lo pasado, influyó aun 
«n el mismo Hacine; y fue necesaria toda la perfección de su estilo para que los críticos 
franceses li* perdonasen algunos rasgos de la galantería de su siglo puestos en boca de 
Jos héroes de la antigüe<lad. * 

También cayeron los monstruos de Scudery á la voz del terrible Boileau: y mucho 
mas aun .1) desenfreno de las costumbres que se introdujo en Francia en la prim«*r 
fuiljid del M<^ XVtil, desenfreno que convirtió la galantería decente en inmunda diso- 
lución. Los que quieran conocer el carácter de estas novelas históricas, pued«*n cor.siil- 
4ar la Camadra^ la tínica de ellas que en nuestro entender se ha traducido al cas- 
tellano. 

Apreció Telemaco^ y se dudó por mucho tiempo si dehia colocarse entre las nove- 
las ó entre las epopeyas. Su objeto conocido, muy distante de la futilidad del género 
de Scudery, {?ra nada menos que enseñar .1 reinar. .Notóse en él adenuH» de la escelen- 
ie y \ariada elocución, la verdad con que estaban pintcidas las costumbres, usos y ca- 
racteres de ia época que describía. Entonces se puede decir que nació la verdadera no- 
vela histórica. Fenelon tuvo imitador«'s mas ó menos felices. El Sethon es una rapsodia 
insufrible: %n tiages de Anienor y el Filíele* pintan con mucha naturalidad las costum- 
bres griegas; scfuiladamente el primero es muy feliz en describir la insustancialidad ín- 



jcniosa i!e hs atcniersrs del siglo do Pénelos. Pero nin^mn d» estas obra» puede 
(-()in pararse ni en el estilo, ni en la verdad, ni en la erndieion al Viaje drijóce» Anear* 
j(is á (i recia; por(pie bajo las formas novelescas es nn libro destinado no Utiilo al placer 
como á In instrucción. 

Kntrclanlo los in(rlescs cnUivabnn con felicidad la novela de costnmbr««. Fieldin; 
\ Uirhnrdson dieron á los usos v caracteres británicos una celebridad europea. Wallfr 
Scotl, dotado de una erudiccion inmesa y capaz del trabajo nece.*ia rio para adquirirá; 
aí'oclo á las antijzuas tradiciones de Escocia su patria; entusiasta del heroísmo coa que 
sus paisanos se babian consa^rrado d la causa perdida de los Estiiardos; atento obser> 
vador de las tenaces resistencias que opiisieion por mucho tiempo las costumbres feo- 
dales y las preocupaciones locales de Kscocia á los progresos de la civilización; y en 
íin, hábil é injenioso escritor, halló en la novela histórica el modo mas sencillo y a|:ra- 
dable de dar interés á sus noticias eruditas, y de trasmitir á la posteridad sus ídieas . 
sentimientos y juicios acerca de las diferentes épocas de la historia déla Gran Bretaña* . 
y de los personajes célebres que las ilustraron. Pintó los tiempos de Ricardo I, de Isabel* 
de Maria lilstuarda, de los puritanos, de los jacobitas, descendió hasta la descrípcioB 
de los usos y costumbres de las clases inferiores de la nación con tanta escrapulosidad* 
que no parece posible negarle el mérito de la exactitud, mucho mas cuando todos sos 
compatriolas, jueces los mas competentes en esta materia , han convenido en reco* 
nocerlo. 

Waller Scott es, pues, el padre verdadero de la novela histórica tal como debe ser. 
En manos de Fenehuí y de Jiarihelemy no fue mas que un instrumento para otros Gnes 
que arriba indicamos. Kn el novelista escoceses i'lla el objeto principal* y scbaabier^ 
to un campo inmenso, muchomas vasto que el de la historia, para alha^^ar la imaji- 
nación de los lectores. Este escritor nos hace viajar, di<;ámoslo asi , por las edades pa- 
sadas. Nos describe costumbres, usos y caracteres de otros siglos, de la misma manera 
que un viajero hábil y concienzudo pinta los de las naciones que ha visitado, y ana- 
(íiendo á la verdad de las descripciones el interés y afrrado do las aventuras j aun del 
iTiaravilJoso, cumple la [rrando obligación de todo escritor, deseoso de vivir en la pos* 
t(*rida(U (|U(? es ilririiar aprovechando. 

El único defecto (|ue se nota en este insigne novelista es la frialdad de las catástrofes: 
pocas veces están bien preparadas. Kl interés novelesco (|ue pocos han sabido manejar 
como él, llega siempre á su ma\or grado comedio ó á los tercios de la novela: hacía 
vi íin descaece, ó porque el autor se cansa , ó porque cuando ya descrito lo que que* 
ria, abandona la fábula y el ínt<*rés de ella á su suerte. 

En la reseña que hemos hecho, aunque sumariamente, de los escritores que se 
han dedicado á la novela histórica, no hemos incluido á Madama (lonlis, ni á Madama 
r.ottin, aunque escelentes novelistas, porque ni en una ni en otra.se reconócela inten- 
ción de describir los usos, costumbres é ideas de las épocas á que pertenecen sus hé- 
roes. Lo< caballeros ikl Cime »/ Uia Cruzadas tienen un interés novelesco, superior qniíá 
al que inspiran los héroes de Walter Sc<itt; pero mas bien se describen en ambas los 
afectos generales de la humanidad, que los sentimientos propios y peculiares de utt 
período. Fáltales el colorido del siglo: nos interesamos por los personajes; pero no 
venios, como en el novelista escoces, la escena donde se hallaban en toda su verdad» 
])orque no era ese el objeto de las autoras. 

Walter Scott ha impuesto una obligación muy dura á todos los que pretendan imi- 
tarle. Es impo.sible ser novelista en su género sin llenar las condiciones siguientes: 
\ .% un profundo conocimiento de la historia del periodo que se describe: i2.% una ve- 
racidad indeclinable en cuanto á los caracteres de los personajes históricos: 3.*, igual 
escrupulosidad en la descri|icion de los usos, costumbres, ideas, sentimientos, y hasU 
en las armaduras, trajes y estilo v giro de las cantigas. Es necesario colocar al lector 
en medio <le la sociedad que se pinta: es necesario que la vea, que la oiga, que la 
ame ó la tema, como ella fue con todas sus virtudes > defectos. Los sucesos y aven- 
turas pueden ser linjidos, pero el espíritu <le la época y sus formas esteriores deben 
describirse con suma exactitud. En este sentido no hay escritor wa» clcuico que Walter 
Scolt, porque no perdonará ni una pluma en la garzota del yelmo de un guerrero» 
ni una cinta en el >estido de una hermosa, y a^i debe ser, si se quiere coiioccr cnme- 



[1591 

dio del interés novelesco las sociedades que ya lian pasado: si se quiere dar al lector 
el placer y la utilidad de hallarse. enmedio de los hombres qtie le lian precedido. 

Estas son las condiciones esenciales de la novela histórica. Es necesario, i>ucs, para 
llenarlas, hacer antes un estudio profundo de la época que ha de describirse. ¿Em- 
prenden este trabajo tos actuales escritores de este género de novelas? 

ARTÍCULO II. 

Sucedió con este p<^nero lo que sucede generalmente con todas las obras de entre^ 
tenimiento. El verdadero genio las crea, y la mediania ó la ineptitud las desacredita. 
Eülo ha sucedido en todos tiem|>os; pero debe ser mascomtm en nuestro siglo, porque 
«hora en todo se especula; y apenas una cosa es de moda llueven empresarios que 
por interés ó por ambición la bcnefirian ó por mejor decir la exajeran y ridiculizan. 
Walter Scott esrrttiió novelas históricas, cuyo mérito es reconocido. Eslo basta para 
que no haya hijo de buen padre que no se crea llauíado á fastidiar la edad presente 
(porque á la futura no llegarán sus producciones) con los delirios de su fantasía. En 
Taño se les dirá que si Fenelon, fiartelemy y el novelista escocés han con.seguido tan 
jnsta celebridad, la deben á sus vastos conocimientos en la erudición y en la historia. 
£1 genio, responden, no necesita de enseñanza ni de trabajo: bástale su misión de en- 
señar al género humano. Con ella se forman los poetas, los novelistas, los escritores 
que son la delicia de la humanidad. Este lenguaje, mezcla ridicula de fatuidad y de 
nipocresia, es muy diverso del tono modesto, noble y no pocas veces chistoso de los 
prólogos de Walter Scott; el cual proclamó, no una sola vez, como al mejor escritor 
en su género, al inmortal Cervantes. 

Para dar un ejemplo de la manera con que en el dia se escriben las novelas histó- 
ricas, citaremos una que se inserta en el folletín de la Prefije, perifklico de Paris, de 
los días 36 de Mayo último y siguientes. Su título es el ¡lijo de la vntdednra df barqtiillnit: 
su autor^ S. Enrique Berthoud. ¿Quien creeria que en un asunto tan tenue se ocultara 
nada menos que la terrible sombra de Felipe liY Pero esa es otra moda d<>l dia, amino- 
rar y envilecer todo lo que ha habido grande en las edades que nos han precedido. 

l>f*sfle el principio ya da muy fundadas sospechas de inexactitud el autor de una 
novela histórica, cuando toma los personajes de una nación que no es la siiva; porque 
no puede suponerse en él un conocimiento profundo del periódico «jue va á dchcribir. 
Eslo es cierto hablando en general; y mucho mas cierto hablándose de un escritor 
francés con respecto á la historia de España ; porque no conocemos un solo autor de 
aquella nación que haya comprendido bien la nuestra. Sabemos que Walter Scott 
describió en una desús novelas le corte de Luis Xt; y á nuestro entender la desiTi- 
bié muy bien, aunque en esta materia estamos dispuestos á someter nuestro juicio 
ai de los franceses instruidos. Pero Walter Scott escríbia concienzudamente, v habia 
estudiado con cuidado el periodo de que hablaba. Veamos si el autor del Hijo de /arrii- 
Mura de biirqitiUos ha hecho lo mismo con respecto á los reinados de Felipe H y Fe- 
lipe III. 

Fácilmente le perdonamos que suponga á Felipe II homicida de su hijo el prín- 
cipe 1). Oírlos; pu(*s aun(|ue el hecho es falso, se ha re[)eIido tantas veces por los 
historiadores que eran enemigos personales suyos v de nuestra nación, que no pue- 
de culparse de esta suposición á un novelista del siglo XIX; {Hinpie la misma gene- 
ralidad del error sirve de escusa á los pintores y á los poolas. Mas digno de censura 
es que suponga al mismo rey culpable en la muerte de su espo.sa Isabel de la Paz; 
porque hay un argumento muy fuerte contra esta calumnia, y es la predilección co- 
nocida de Felipe á tsabel Clara Eugenia, hija <le entrambos , y todos los que conoz- 
4tan el carácler de aquel monarca, y aun el que han qiuTÍdo atribuirle sus enemigos, 
hallarán muy improbable su amor decidido á una hija, cuya madre pereció, según 
dicen, victima de sus celos. No está en la naturaleza que se ame con tanto estremo 
el fruto de una mujer que ha dado lugar á tan crueles sospechas. 

Fero lo que no puede disimularse es que le atribuya también la muerte de su 



[ICO] 

murta esposa Dona Ana de Austria. Esta imputación infame es enteramente gratuita. 
Ana , educada con )a sevaridad propia de í^u familia y de su pais, no presentó dI 
pudo presentar uin^run motivo á la suspicacia de su marido. Hermosa, fecunda, do- 
tada de dignidad y de virtudes cristianas, no cuenta la historia que le diese otro pe> 
sar sino el de su temprana muerte, quescesplica con bastante probabilidad por su 
i-oHiplexion delicada, sus frecuentes partos, y sobre todo la cruel enfermedad qse 
tu\o después de uno de ellos, déla cual estuvo deshauciada, y convaleció casimí- 
la(;rosamenle. (lastaba casi todo el tiempo en bordar con sus damas, y aun quizá 
se conserve la coljradura que se ponia en la capilla real en los dias de mayor lu* 
cimiento y que del nombre de su artífícese llamaba colgadura de Doña Ana, Acom- 
pañó al rey en 15^0 á Badajoz, <;uando la espcdiciou de Portugal. Felipe cayó enfer* 
iiio, y su esposa manifestó el deseo de que el cielo tomase su vida, dejando' salva la 
del rey. Asi se veriiicó. El rey convaleció, y Ana contrajo la enfermedad que la lle^'ó 
al sepulcro. Su esposo no pasó después de su muerte á otras nupcias, apesar de ha- 
berla sobrevivido 18 anos. 

Imputar, pues, á Felipe II la muerte de esta esposa, á todas luces tan amable, » 
suponerle no solo despojado de todo sentimiento de humanidad, sino tanibieu deseo- 
tiüo comim; lo que nadie ha creido jamas de este monarca. Los hombres como él do 
cometen atrocidades iniíliles. 

Pero esto es nada. La osadía de nuestro novelista llega hasta suponer que el casa- 
miento de Felipe III, hijo y h<Tedero del 11, con Margarita, archiduquesa de Aus- 
tria, fue clandestino, se hizo en Madrid viviendo Felipe 11 y sin su noticia, en vir^ 
tud del amor que esta princesa había ins|)irado al joven principe cuando este viajó 
por Austria; en fm, que Felipe 11, en su lecho de muerte, aprobó aquella unión, no 
por complacer á su hijo, sino por castipir á su nuera, permitiendo que fuese la mujer 
del mas bajo y despreciable de los hombres ; porque tal pinta al virtuoso é inocente 
Felipe 111. 

En todo esto no hay una sola palabra de verdad , todo es fínjido; y aquí la ficción 
no sirve para producir bellezas, sino para presentar monstruosidades murales, que 
ni aun tienen el mérito de la enerjia que suele ennoblecer aun á los crímenes. Feli- 
pe 111 jamas salió déla península, ni siendo príncipe, ni siendo rey. Su casamiento con 
Margarita de Austria fue tratado por su padre Felipe II de la manera que se tra- 
tan los de ios principias. El re\ de España pidió para su hijo una de las dos archidu- 
quesas Leonor ó Margarita. Maria de Haviera, madre de ambas, elijió á la menor, 
que era Margarita, porque su complexión, mas fuerte, daba esperanzas de mas se- 
guridad en la siiccesion. Y Margarita, á quien el novelista francés pinta como UM 
iiiiijer liviana, ambiciosa é intrigante, quedó tan sobrecojida de la elección que la 
ele>aba al trono mas poderoso entonces de la tierra , que suplicó á su madre que en- 
riase en su lugar <1 su hermana mayor. Felipe 11 falleció cuando ya Margarita se 
liabia |)uesto en camino para pasar á España en compañía del archiduque Alberto, 
(sposo de la infanta dona Isabel Ciara Eugenia. El Papa Clemente VIII salió á ciim- 
I linientarla á su paso por Ferrara, y la casó por poderes. Pasó después á Genova 
lionde se embarc('>, tomó tierra en Vinaroz y se ceh^braron en Valencia las bodas de 
Felipe III y las de su hermana la infanta fsabel Clara. Margarita hizo á su marido 
|)adn* de numerosa y florida succesion ; pero falleció después de doce años de matri- 
monio, á los :27 de su edad , llorada de su esposo que no volvió á casarse, y de todo 
(1 reino (|ue la adoraba por sus prendas, por su amabilidad y por su inexausta b^ 
neíicencia. 

Y ¿es esta la primera aiistriaca que tendió lazos al príncipe de España para co- 
jerle en sus redes, y satisfacer así su ambición: que no desdeñó la galantería de un 
grande de España que podia serle útil; que casó clandestinamente con Felipe III «vi* 
viendo todavía su padre, y en Madrid, donde habia vivido para atraerle á tan ridi- 
cula unión? ¿Y á este cúmulo de delirios se atreve á llamar ai/er(/o/a el novelista de 
nuevo cuño? ¿Cuól ha podido ser su intención al escribir tan infames patrañas? ¿Cuál? 
La de contribuir con su óUolo á la buena obra de deshonrar los reyes y las familias 
reales; y realzar las virtudes del hijo de la que vende barquillos con el contraste de 
los vicios y maldades de los grandes del siglo. Para un objeto tan edificante todo es 



licito /todo es honrado; hasta el oprobio moral de la calumnia : hasta el oprobio lite- 
rario de la ignorancia en la historia. 

ARTÍCULO 111. 

JjASTAN los absurdos históricos ya notados para convencernos déla snpina ignorancia 
del autor déla novela citada. Mas si á lo menos hubiese tenido mas felicidad en la 
descripción de los caracteres j de las costil mlires: si hubiese siquiera consultado á 
los novelistas y dramáticos españoles, fíeles ecos de las ideas y sentimientos de aqnet 
s¡|;lo , se le hubieran podido perdonar á favor de la fidelidad de las descripciones , los 
disparates de la romposirion de la fübula. Pero nada hay de eso. Los caballeros de 
la corte en aquella época eran modelos de lealtad, de valor, de respeto á las damas, 
de honor y de generosidad; y los dos que introduce el novelista pueden aprender del 
hijo de la barquillera le<TÍones de todas aquellas virtudes: tan tiraidos son, tan bajos, 
pérfidos y despreciables. ¿Quién es un conde de Fuentes, á quien pinta viejo y ridi- 
culamente enamorado de .Margarita, cuando nadie ignora que se veneraba entonces 
la sangre de nuestros reyes con un respeto relijioso? Y ¿cuál era el gran preboste de 
la corte de Felipe 11? ¿Cree el autor, ó ha querido hacer creer á sus lectores que 
el empleo de verdugo era una dignidad en el palacio de España como lo fue en el 
de Luis XI? Y /(juién le ha dicho que el duque de Lerma no fue mas que un intri* 
gante subalterno , un caballero indigno, capaz de favorecer el matrimonio clandes- 
tino del heredero de la corona para granjearse su gracia, y de malquistar después á 
Margarita para quitarle toda participación en el gobierno, participación que ninguna 
reina de España solicitó ni obtuvo desde Isabel la Católica hasta Mariana de Austria* 
segunda esposa de Felipe IV? 

Estamos lejos de mirar al célebre valido de Felipe III como un modelo de mi» 
nistros; pero si no tuvo ideas exat^tas, muy poco generalizadas entonces en materia 
de administración interior : si dejó cundir el cáncer del lujo y de la ociosidad que 
empezaba ya á devorar á España: si aumentó con la espulsion de los moriscos el atraso 
de la agricultura; en fin , si se valió de esta medida política {y esta es la principal 
acusación que puede hacérsele) para enriquecer á sus amigos y criaturas , la historia 
imparciai no pueble negarle el mérito de haber sabido poner límites á las adquisicio- 
nes de la monarquía, y de haberla conservado en el puesto que la dejó Feli|)e II, es 
decir, en el principal de Europa. El que terminó sin menoscabo del honor nacional, 
la guerra de Flandes ([uc devoraha nuestra población y nuestros tesoros : el que sos- 
tuvo nuestra supremacía política en Francia, ílalia y .Vlemania : el que se opuso cons- 
tantemente á los esfuerzos del duque de Osuna , del marqués de VÜlafranca y de 
otros guerreros ilustres que deseaban dar nuevos aumentos á la monarquía, ya de- 
masiado grande, por el espíritu que aun conservaban de la escuela política y mili- 
tarde Carlos V, no era cierlamimle un intrigante subalterno. Su divisa lue conservar lo 
adquirido y esa era la máxiuia mas saludable para España en aquella época. Ojala la 
hubiese adoptado su succesor el conde duque de Olivares, cuyo furor belicoso fue la 
causa de i\ue decayese el poder Español. 

Pero á ninguno trata con mas injusticia el novelista francés que á Felipe III. Sa- 
bemos que educado en la ríjida corle de su padre, profesaba el mayor respeto y ve- 
neración á este monarca. Pero ¿qué hecho, ó qué esprcsion suya puede justihcar el ca- 
rácter, bajamente tímido, <pie se le atribuye en la anécdota*Í Ninguno, absolutamente 
ninguno. Cuando ascendió al trono gobernó su inmensa monarquía con apacibilidad 
y justicia. Poseía en alto grado las virtudes cristianas; era sevcrísimo para sí mismo; 
pero manso y benigno para los demás. Ningún acto de rigor que pudiera parecer 
cruel; ninguna sedición qne perturbase la tranquilidad pública; ningún desorden ó 
desgracia notable mancilló su reinado, sino la espulsion de los moriscos , cuyas causas 
políticas mejor apreciadas en aquel siglo que en el nuestro, no es necesario referir 
aquí. 

Felipe III no poseia, es verdad, de las calidades propias de un rey, mas que el 



[162] 

«mor de la jn^lírin. Pero esta era nafíciente entonces en unanacion quieta, leal 7 fa- 
lerosa, t con un minislro que coincidia con »u monarca en el sistema político cim res- 
pecto á*^ las demás poloncias de Europa. El defecto principal de uno y otro fue la falta 
de ideas en niateria de administración; pero esta ignorancia era entonces común. Sa 
reinado no fue tan brillante como el de su padre y abuelo: mas tampoco fue tan infe- 
liz como el de su hijo y el de su nieto. Ni puede culparse enteramente á Felipe III de 
falta de enrrjia: la tuvo y muy señalada, cuando apartó de su gracia al privado, que 
recelando ser derribado, aceleró su ruina por la precaución que tomó de envolverse ea 
la púrpura cardonali<!Ía. Felipe se ofendió de esta desc^onfianza, v de la independencia 
personal que con el nuevo título adquirió el duque de Lerma. fa espresion pues del 
de Osuna, que llamaba á este rey el tambor mayor de la monarquía, no era exacta. Era 
solo un despique de que no se le permitiese encender nuevas guerr;i8 en Italia. 

Mejor descrito, bajo cierto punto de vista, se halla en la novela el carácter de Fe- 
lipe II; no porque creamos las atrocidades ni la malignidad que se le atribuyen, pero 
suyo era el espíritu de dominación y la enerjia do un alma nacida en el mando 7 acos- 
tumbrada á el, que el autor pinta en su lecho de muerte. Felipe tuvo la desgracia de 
que se creyesen todas las maldades que sus enemigos le acumularon, porque colo- 
cado perpetua ni on le en el poder, nunca se olvidó de que era rey para descenderá 
ser hombre. Poseía grandes prendas y virtudes de monarca; mas no cultivó las de la 
humanidad. Asi fue mas respetado que querido. 

Dudamos mucho que hubiese asistido á un auto de fe\ que es el primer episodio da 
la novela. Seguramente no honran á nuestra nación aquellas tristes escenas ; pero la 
que no tenga manchados sus anales con el fanatismo y la intolerancia, que nos tire la 
primer piedra. Los furores de los anabaptistas de Alemania, de los puritanos de Ingla- 
terra y de los católicos y hugonotes en Francia derramaron mucha mas sangre y causa- 
ron mayores estragos en estos países que la inquisición en España. El mal peculiar y 
esclusivo de la inlolcrancia española fue el obstáculo <iuc aquel tribunal opuso i los 
progresos del entendimiento humano. Asi las otras naciones, apenas el cansancio délas 
calamidades, y el escarmiento les quitaron las armas de la mano, caminaron con pasos 
rápidos en gobierno, arles, ciencias y civilización; y España , que había sido la prime- 
ra en casi todos los ramos del saber, se quedó atrás á luuy larga distancia , apesarde la 
profundidad en eltalentoyde la lozanía en la imajinacion quecaraclerizaá sus habitantes. 
Pero volvamos á nuestro propósito, ha novela de que hablamos es falsa entera- 
mente en los hechos de la historia, falsa en la descripción de los caracteres, falsa en la 
de los usos y costumbres. Y sin embargo su autor tiene pretensiones de novelista históri- 
co; pues la Wama a nerdnia^ y cita en su apoyo un cronista desconocido, llamado Derhampt^ 
de cuya existencia, á vista de tantas falsedades , se nos permitirá que dudemos. No doi 
parece que es esta la manera de iuiilar á Walter ScoU. 

Acaso se responderá á nuestra censura que es lícito al poeta y al novelista dettfigwrer 
los hechos. Nosotros no les concedemos uias licencia que la de rnibelteccHos , añadiendo 
episodios probables que se liguen é incorporen con ellos. Todavía es menos licito det- 
ligumr los caracteres: nos reiríamos d<'l (|ue nos pintase á César cruel ó á Nerón clemente. 
Hay dos razones muy podero.sas para no conceder semejante licencia. 
La primera es, ([ue lc»s nombres de los personajes históricos se han llegado ya h 
identificaren el leiiguiije común con las cualidades dominant«^s en su carácter, de mo- 
do qiu)se usa frecuentemente por antonomasia de los primeros para denotar las segun- 
das. Ahora bien, ni al poeta ni al novelista es licito alterar el valor recibido de las vo- 
ces. Jamas se podrá pintar á Aquíles cobarde, por la misma razón que no se puede decir 
de un cobarde á no ser irónicamente, <>« \m if¡iiilrs, 

Ijk segunda razón es todavía de mas importancia si comparamos el inmenso número 
dolos lectores de novelas con el c Ttisimode los ()ue estudian la historia. Los primeros 
no ven en las obras, enteramente finjidas, como Tomás Jones, Pérsiles, (irandisson, mas 
()ue libros de entretenimiento; pero si la novela es histórica no tienen medios de evitarlos 
eiTores en que los hagan caer sucesos desíigiirados ó caracteres mal descritos, y asi una 
gran parle de la sociedad culti se imbuirá de preocupaciones ridiculas ó perniciosas eo 
laatcria de historia ó de moral ; porque, generalmente hablando , no se falsifican los lie- 
dlos ni ios caracteres históricos, sin» pira pervertir las ideas ó lus sentimientos mora- 



[1 68] 

les. Pero «un caando Mmejante falsificación no prodajeae otro mal qoe d de prooa* 
far errores históricos , ya este es por si bastante considerable. ¿Cuántas lectoras na* 
brá en Francia (▼ por desgracia aun en Es|>aña) que fiadas en el folletín de la PreM^ 
7 eo el historiador Dechamps , creerán liviana y perversa mujer á la esposa de Fe* 
Kpe III, euyas virtudes inmortalizó nuestro Jáuregui en una escelentc canelo»! 



LEYEIAS ¥ NOVELAS JEREZANAS. 



E 



SJE libro contiene tres novelas, cuyos titules son: El Pendón y hnGitamm^ El 
€rUtiano y la Mora. 

EX objeto dd autor ba sido sin duda dar noticia, con el prelesto de escribir no- 
velas, de varios hechos históricos interesantes , y describir las costumbres de las ^m>- 
ras á que se rePiercn sus fábulas ; en tina palabra , introducir en nuestra literatura 
el f enero de Walter Scott. In magnis voluUsesat est. 

Este género tiene dos condiciones esenciales : la verdad en los hechos histiórícos 
y en la descri|)cion de las costumbres , y el interés en la fábula. Nosotros somos mas 
capaces de juzgar este libro bajo el segundo aspecto que bajo el primero, porque 
la erudición es riqueza de muy pocos , y los sentimientos de la humanidad son co- 
munes á todos los hombres. 

Todas tres novelas nos han inspirado interés ; pero mas que todas la última, en 
la cual lidia el valor y el mérito contra el fanatismo relijioso , exaltado por la des- 
gracia. £1 amor del cristiano y la mora interesa por las circunstancias estraordina- 
rias en que nació , por su pureza y verdad , y por los peligros y obstáculos que se 
opusieron á él ; mas no por eso deja de conmover el corazón el carácter indomable 
de Abenjuc , qne ahoga todos los sentimientos de la naturaleza por obedecer á otros 
mas imperiosos en una alma sincera y bárbara como la suya : el fanatismo y la 
venganza. 

I^ acción de los Gitanos viene á ser en el fondo la de la Gitanilla de Cervantes. 
La del Pendón está bien dirijida ; pero los episodios son demasiado largos, y muv 
innoble el rival de Fernandez. Tiene mucho mérito el artificio de ^fartin para haceV 
que su amo fuese al castillo de Gigouza, donde debia perder la libertad de sn co- 
razón. 

Los diálogos son vivos , los caracteres bien sostenidos , la elocución fácil , gracio- 
sa , y generalmente hablando , correcta , mas correcta que la que suele usarse en las 
obras españolas de esta clase. Son muy raras las espresiones que indican en el autor 
la costumbre de leer novelas francesas ó traducidas del francés. 

Está bien pintado el orgullo y pundonor de los caballeros de aquella época; pero 
ron licencia del autor nos parece que la gente ordinaria del siglo á que se refiere 
en el Pendón no tenia las pésimas costumbres ni la abyección que se le atribuye. 
Este abatimiento é inmoralidad, e^iai pillería , que nos parece la voz propia, no es 
de aquel siglo : pertenece á épocas posteriores , y corresponderia mejor á vasallos y 
Tíllanos de algún Señor feudal de Francia ó de Italia en la edad media , que á los 
■vecinos de Jerez , cuando esta dudad era frontera de los moros. 

Es menester no equivocarse. Nada de cuanto digan ó finjan las historias y nove- 
las francesas ó inglesas sobre el feudalismo de la edad media puede aplicarse á los 
ricos hombres y caballeros castellanos. Jerez , ciudad realenga, con su réjimen mu- 
nicipal , con su milicia concejil , acostumbrada á pelear diariamente con los moros, 
debía contener en su seno una población valiente, laboriosa , morijerada y poco de- 



[tU] 

pendiente do la nobleza. Es pintura miij fiel de la época la parte que lomó el pneUo 
en la reyerfn de los rnballoros que disputaban sobre cuál habia de llevar el pendón 
en la procesión , mas no lo es la bistoria de los tornilleros que vuelven fujitivos éá 
campo á robar j emborracharse. No basta que un suceso sea probable para que 911 
inserte en esta clase de novelas : es menester que sea <;onformc á las costumbres del 
tiempo ; j dificilmento se probará que en el si);lo XIV habia esa especie de pillos en 
Jerez. 

Mejor y con mas verdad están descritas en la segunda novela las costumbres de 
los gitanos , que desde que aparecieron en el occidente europeo no han variado de 
carácter ni de hábitos; y en la tercera el odio y la intolerancia del vulgo cristiano á 
los sectarios de Mahoma. 

í^a principal enhorabuena que podemos dar al autor es la de haber inspirado el 
principal interés á favor de las personas virtuosas, y no haber presentado á sus lec- 
tores cuadros de atrocidades gratuitas; pues las de Abenjuc están suficientcmeati 
fundadas en la venganza del honor y ea la barbarie del fanatismo. Tampoco aoslit 
aflijido con el espectáculo degradante del hombre moral , vencido si€*mpre en la la- 
cha de la pasión con el deber: espectáculo tan común en las novelas y dramas que 
ahora se llaman romdnticat. Ia>s af(H;tos que intervienen en las novelas de este to- 
mito son el amor verdadero, el valor generoso, el patriotismo; y el resultado y la 
<'atástrofe , asi como las reftexioncs , son siempre favorables á los seatimieotos vir- 
tuosos. 

Insistimos tanto en la necesidad de respetar y favorecer en esta clase de compo- 
siciones populares la virtud y las buenas costumbres, porque estamos persuadidos de 
que son los libros que mas frecuentemente lee la juventud. V en vano se dirá que 
para ella solo son objeto de un entretenimiento sin consecuencia. No puede carecer 
nunca de importancia moral la descripción del hombre, de sus sentimientos , de sos 
prendas y de sus debilidades. Está en manos del escritor de una novela , si tiene d 
tálenlo de su profesión , dirijir, aunque solo sea por algunos momentos, el instinto 
moral de sus lectores , que son casi todo el bello sexo y casi todos los jóvenes del 
varonil. Esta dirección puede ser buena ó mala; puede influir en el giro que tornea 
las máximas y sentimientos individuales; puede en ciertas circunstancias decidir de 
la suerte futura del lector. No nos es desconocido el carácter que imprimió á la Jp- 
ventud española la le<*tura de los libros de caballerías. Tampoco ignora nadie el f^ 
simo efecto de ciertas novelas que bajo el prelesto de inocular el sentinumtali$mo^ pre- 
sentan á la iniajinacion exaltada del joven un mundo ideal , cuyo menor inconve- 
niente es hacerle desconocer la sociedad verdadera en que se vea obligado á vivir. 
Seria necesario el genio de Cervantes para presentar bajo el aspecto ridiculo que tie- 
nen los Quijotes de uno y otro sexo , que ha vuelto locos el furor de la tensibUidad* 

£1 autor en el prólogo que antecede á sus novelas inserta dos diálogos entre él 
y dos literatos, uno clásico y otro romántico , á los que supone infatuados y locoi 
por sus respectivos sistemas. Sucedió lo que sucede en casos de la misma especie, J 
siempre que hay pugna de partidos. El primero condenó sus novelas por clásicas y el 
segundo por románticas. La verdad es que una y otra espresion es impropia. Aooete 
rmndntica es un pleonasmo; porque ¿á qué ha de parecerse una novela mas bien qae 
á una novela/ \rmnah). El epíteto dánico m\ ha aplicado á muy pocas composiciones 
de este género , como son las nomla$ de Ccnmiites , el Telénaco de Fenelon y algunas 
otras que son modelos de lenguaje, y que no pueden dejar de estudiar los qué quie- 
ran aprender el idioma del pais en que se escribieron. Toman el nombre de cldsicat 
de las clases de lenguas y de literatura en las cuales se estudian. Y esto bastará para 
convencerse del poco conocimiento y la ninguna oportunidad con que han aplicado 
sus denominaciones nuestros modernos humanistas. Es verdad que si examinamos sa 
manera de escribir no parece que han saludado los escritores clásicos del idioma cas* 
tollano. 

No contaremos en el número de estos al autor de las presentes novelas ; pero di- 
remos en obsequio de la verdad y de la justicia, que esceptuadas algunas frases et- 
cesivamente triviales y alguna otra que nos parece galicismo , su dicción es bastante 
correcta , mérito muy raro en el día y de primera necesidad en libros de entreten!- 



ri65i 

¡enCo ; lo que unido al interés de las fábulas, áJa Tiveza de los diálogos y á la ver- 
d j nobleza de los sentimientos , bace su lectura agradable» 



OE u poesía considerada como ciencia. 



...Vrqne enim eoacluikre Trrtooi 

BOftAT. 

I ASTA ahora los quemas honor han hecho á la poesía la han considerado como 
: arte; y todos conocen la secta nueva de |>octas, que ñi aun romo arte quiere con- 
lerarla ; pues nie^i^a la existencia de las regias , y no reconoce mas principio de 
7ríbir en verso que lo que sus adeptos llaman inspiración, genio^ entima«mo , y algu- 
«ffitwion, no sabemos de quién. Dejémosles, pues, la libertad de delirar á todo su 
bor; y convencidos nosotros de que nada bueno pueden hacer los hombres en nin- 
ina línea sino sometiéndose á ciertos y determinados métodos , examinemos si las 
^as del arte de la poesia pueden deducirse de algún principio general que la eleve 
la dignidad de ciencia. 

Mas para emprender esta investigación se necesita subir á un punto de vista mas 
neral y elevado , y dar á la palabra poeHa una significación mas lata f{\\o. la que 
neralmente se le atribuye. Es necesario prescindir del instrumento de que se vale 
poeta propiamente dicho, que es el lenguaje, y considerar su profesión como el 
te en general de describir lo bello y lo sublime , y de halagar y elevar el alma con 
B descripciones , ya sean hechas con la voz hablada y escrita, ya con los sonidos 

la música , ya con el buril , ya con los pinceles , ya en fin , con las simetrías geo- 
Hricas. 

Consideradas las bellas artes bajo este aspecto, y no reconociendo entre ellas mas 
ferencia que la del instrumento con que describen, es claro que para profesar digna- 
snte cada una ha de combinarse el conocimiento del objeto que se proponen todas, 
laber: la belleza y la sublimidad con el conocimiento de ios medios peculiares de 
scripcion propios de aquella arte. 

Y existiendo reglas y principios ciertos para la construcción de las frases en el 
kgnaje , para la cortibi nación de los sonidos en la música , para las proporciones de 
geometría , para la mezcla de los colores y para la representación de las perspec- 
aa en la pintura , nadie podrá negar que el instrumento de cada arte supone una 
íncía particular para su conocimiento, y un arte respectivo y reglas competentes 
ra la prácti<*a. 

Acaso no tendrán dificultad en confesar esto los que quieren introducir la anar* 
la en la república de las bellas artos : acaso concederán que el pintor necesita de 
geometría descriptiva , el poeta de la gramática , y el músico de la acústica , esto 
, que tienen necesidad de conocer , no estas ciencias en toda su profundidad y es- 
ision , sino los principios generales que suministran á las artes. Pero lo que ellos 
ieren que sea mirado como un dogma inconcuso es que el sentimiento y espresion 
lo bello y de lo sublime en cualquier arte es obra esclusiva del genio y de la ins- 
racion ; en una palabra , que la belleza no está sometida á reglas , y que no hay 
>ncia de la belleza. 

Ambas aserciones son inexactas : la primera , porque si bien las reglas no pueden 



servir p^ra crear los pensamientos de una ooDtposicion , ajadan infinito é 
los debidamente, mostrando los escollos que deben evitarse: y la segunda, poraneM 
hay sentimiento alguno del corazón humano que no pueda y deba ser objeto de las 
investigaciones de la filosofía racional , j por consiguiente que no produzca un rama 
de esta vastísima ciencia. 

¿Existe en el hombre el sentimiento de la belleza y de la sublimidad? 4 Hay ea 
los objetos de la naturaleza sometidos á nuestra contemplación cualidades en virtud 
de las cuales existen en nosotros las impresiones de lo bello y de lo sublime/ ¿Posee 
el hombre la facultad de trasmitir á sus semejantes por diversos medios y con dis- 
tintos instrumentos las impresiones que los objetos de la naturaleza han producida 
en él? ¿Puede su imajinacion, elijiendo diversos rasgos y cualidades del variado es- 
pectáculo del universo , crear seres ideales que produzcan en el ánimo impresiones 
de la misma especie (|ue los objetos bellos y sublimes de la naturaleza? Pues si as 
puede negarse que existe este sentimiento y estas facultades, forzoso será también 
confesar que debe ser estudiado y reducido á principios el sistema de hechos y fenó- 
menos psicolójicos á que da motivo la propiedad que tiene nuestra alma de sentir y 
reproducir la belleza y la sublimidad. Este sistema constituye la ciencia de la poesía 
considerada en su generalidad : ciencia que se semeja mucho á la ideolojia , con h 
diferencia de que esta se versa acerca de ideas, y aquella acerca de sentimientos é 
imájenes: ciencia mas dificil, porque el criterio de la belleza no se fija por racioci- 
nio como el de la verdad , y es mas delicado y fujitivo ; pero ciencia no menos cierta 
,^ exacta , pon|ue se funda en hechos que pasan en nuestro interior , y de los cualer 
todos tenemos conciencia. 

Todos, sí: porque ¿dónde está el hombre tan semejante á la fiera, que 00 se haja 
complacido algunas veces en observar la beldad que el Hacedor ha prodigado tái 
generosamente en los divfrsos seres de la creación? /Qué alma que no se eleve ten- 
diendo la vista á la inmensidad del firmamento? Aun mas diremos : ese genio poé- 
tico , esa facultad de reproducir las impresiones agradables ó enérjicas , ese enlusiai- 
mo , esa inspiración á la cual quieren algunos atribuir esclusivamente todo lo bueos 
que se haga en las artes , eso don del ciclo , en fin , es mas común y general de lo 
que se cree. Existen muy pocos hombres que no hayan sentido nunca hervir en si 
pecho el fuego de la inspiración. Cuando algún afecto poderoso se apodera del alma, 
se espresan los labios (^on lodo el calor de la elocuencia, y tal vez con todo el estro 
de la poesía. Y ademas, ¿no sabemos que el lenguaje délos pueblos en su infandi 
es mas animado, es mas figurado, es mas poético, precisamente porque siendo es 
aquel periodo mas ignorantes, tiene mas acción sobre ellos el sentimiento y la 
fantasía? 

Existe, pues, la ciencia poética; pues es universal en el género humano el sen- 
timiento de lo India y de lo sublime y la factiltad de reproducir sus impresione». 
Responder que .sin esta ciencia ha habido grandes poetas es no decir nada. También 
se ha raciocinado en el mundo , y .se ha raciocinado bien , antes de que fuese co- 
nocido ni aun el nombre de la lójica. También .se han medido terrenos y levantado 
edificios antes de (jue s<' escrihie.sen elementos de geometría. ¿'Diremos por eso que 
la geoinelria y la lójica son ciencias inútiles? ¿No es este el caso de clamar coa el 
anciano de Trreiu'io : homo mim; fuimatñ nihU a me aUenum ¡ttUot ¿(^ómo puede dcjarito 
.ser importante para el hombre nada de lo que pasa en el interior del hombre? 

Si existe una ciencia de la poesía , existe también un arte de ella y las corres- 
pondientes reglas, porque es imposible quédelos principios de una ciencia no w 
deduzcan métodos prácticos v lejítimos para hacer bien lo que puede hacerse bien 
ó mal. Estas reglas son las mismas (|uese deducen de la naturaleza de los sentimieo" 
tos humanos y de la del instrumento c(m que se espresan: estas reglas son las quo 
siguieron por instinto, aua(|ue todavía no existie.se el arte, los llomeros, los Pílpaf, 
y los Vates v J^ardos primitivos de los pueblos. P(^ro el instinto es una norma muv 
poro segura en las naciones cultas que están ya escesivamente lejanas del candor é 
injcnuidad de la naturaleza. Ademas, los pueblos civilizados quieren filosofarlo lodo. 
¿ |)or qué, pues, se les ha de impedir el derecho de raciocinar acerca de las fuentes 
de sus placeres intelectuales? 



[ivn 

ero que' no* ereia safidentopara la bovdM de una compo8Í«*ioo alfuiios 
deacrípcioneg. felices , reasumió toda esU doctrina cuando dijo c 

■ 

Rtm libi toeratiem poierufU otündert charla. 

recto, el eistüdio del hombre, objeto principal de la filosofla de Sdcrate», 
sde auxiliar del genio poético. Sin aquel estudio la inspiración tvda , como 
el mismo Horacio , no podrá dar á luz bellezas del prirocr orden. 
\ tiempo , pues, de que cese esa nueva preocupación nacida en nuestros dias, 
*ne inútil el estudio y las reglas para sobresalir en la poesía ; y sí semejante 
I podria ni aun decirse de un pintor, de un músico , de un arquitecto , ¿cómo 
que se diga de los que se ejercitan en pintar ven describir por mediodel len- 
orqne el objeto de todas las bellas artes os el mismo : y ¿por qué no ha da 
ario para la mas noble de todas el estudio que lo es para las demás? 



DE U SUPUESTA MISIÓN DE LOS POETAS. 



. .•.tAnimU naíum inveniumque poema jutandU. > 

Horacio. 



de ser bastante ridicula la pretensión de algunos de los corifeos del nuevo 
ismo, atribuyendo la facultad de poetizar á una misión recibida no se sabe de 
aes aunque ritan la naturaleza ^ el genio y la inspiración , no por eso es mejor 
la autoridad que llama y elijc al poeta. Nosotros sabemos que el genio, 
por la instrucción , enardece la fantasia , la presenta cuadros orijinales y 
, la enseña á vencer los obst<1cu1os y á ospresar dignamente lo que ha con- 
.a inspirarion en las bellas arles no es otra cosa sino el calor y la osadía de 
iientos que elevan el alma del artista <1 una esfera nueva , desde la cual des- 
objetos qiio en ima situación tranquila ni aun podria descubrir. También 
({úe la naturaleza escita al verdadero poeta á cantar lo que siente y lo que 
no solo para su complacencia propia , sino también para la de la sociedad 
ive. 

teoría es clara y nada misteriosa cuando se definen ron exactitud las voces, 
ibemos cómo pueda llamarse misión el impulso natural á describir las belle- 
naturnlezn, á presentarlas bajo el aspecto mas ventajoso, á concebir y es- 
ías orijinales , vigorosas y sublimes. La misión supone una autoridad que 
{uc encarga la ejecución de una cosa. /Cuál es esta autoridad? ¿La natura- 
o la naturaleza movió igualmente á hacer versos á Homero y á Querilo , á 
á Ravío, á Boileau y á Cotin, á Calderón y al maestro Cabezas, el mas 
o de nuestros poetas cómicos, ¿Por qué la naturaleza imprimió tan fuerle- 
el ánimo del gran Cervantes el deseo de versificar , aun después de desen- 
le solicitaba 

la gracia qw no quiso darle el ciclo? 

tenia mas derecho de creerse enriado para ser poeta que el autor del Qui- 
do de la imajinacion mas vehemente, mas rica , mas variada que ha visto 
ca de las letras. 

'legos y los romanos que tenian un dios de la poesía, nueve musas, una 
as ciencias, un Parnaso y una fuente Castalia , podían creer en esa misión. 



fl6S] 

I)c aquilas espresiones e»/Z>fti4tn nobU,invifd Minerva, eütpirate etmenit, mumrum atte irdoi ; 
y otras semejantes que se bailan á cada paso en los poetas latinos. Ovidio , Virgilio 
y Horacio podían creerse enviados de Apolo, sacerdotes de las musas, inspirados por 
un Dios , asi como César creía en su fortuna j Bruto en su mal genio. Pero nuestras 
creencias no permiten semejante suposición ; y cuando nuestros poetas , tratando de 
asuntos relijiosos, invocan la asistencia de los seres sobrenaturales, como los Aoje* 
les , los Santos ó la Divinidad misma , no es para conseguir una inspiracioii egpuM 
del cielo, sino para espresar dignamente las que ya hemos recibido de la fé. 

Se ha querido comparar la inspiración poética á la que recibieron del mismo 
Dios los profetas y autores inspirados de los himnos y cánticos de la Escritura. Esta 
pretensión , que si se manifestase seriamente podría llamarse blasfema y sacrilega, 
es por lo menos soberanamente necia. Los escritores sagrados recibieron verdadera- 
mente una misión ; mas no porque sus composiciones sean ftoétuxa , se ha de inferir 
(|ue todo poeta es también enviado. Esto merece alguna esplicacion. 

El tono de la Biblia es generalmente sencillo en las narraciones, nervioso y ss* 
vero en los consejos morales, enardecido, vehemente y sublime en los cánticos y 
])rofecias. La inspiración divina era en cada uno de estos caso« lo que dehitf ser 
atendido al objeto de la obra , á saber: dar noticia de los hechos pasados, ó instruir 
al hombre en sns deberes, ó ajustar á la música las alabanzas del Altísimo, ó des> 
correr al génefo humano el velo de lo futuro. Asi ni el Génesis , ni él Levitico, oí 
los libros de los Beyes, ni los Sapienciales son poéticos. Toda la pompa de la poesía 
se reservó para los cánticos, lo que á nadie causará estrañeza, y para las profecías 
que i)or sii carácter particular e\ijen también el lenguaje de la imajinacion y de lof 
sentimientos. 

En efecto , un hombre que descubre en la edad venidera sucesos que interés» 
á su nación , 6 llenos de maravillas y de místenos , no puede espresarsc en el idioma 
tranquilo y sosegado del raciocinio. Era imposible que Jeremías vaticinase sin lágri- 
masía próxima ruina de Jerusalen, ni que entreviese sin grave conmoción de so 
fantasía el gran misterio de la pasión , simbolizado también en aquel suceso. Isaías 
ccaiiji'liza mas bien que profetiza los sufrimientos del hombre Dios; pero so estilo, 
muy diferente del de Juan , participa del pasmo y del dolor que la contemplacios 
del gran sacrificio debió causarle. 

Asi fue como la misión divina y la poesía se hallaron reunidas. Pero qnerer apli- 
car aquella voz sagrada al impulso que incita á cualquier versificador á cantar bies 
ó mal asuntos ó relijiosos ó profanos es un abuso de las palabras que debe repri- 
mirse , y que solo ha podido tener su oríjen en el carácter ambicioso del siglo. Se- 
mejantes locuciones corresponden muy bien á la presuntuosa osadía que se va ha- 
ciendo de moda en todas Lis clases y profesiones. 

La verdadera misión del poeta es la que le designó Horacio: animis jufcandU^' f^ 
crear el ánimo: y todo el que la cumpla dignamente tendrá por bien empleado el tra- 
bajo y el tiempo que le hayan costado sus composiciones. Es'te objeto es muy noUe, 
pues aumenta, sin menoscabo de la virtud, la corta masa de placeres que es dado 
al hombre gozar sobre la tierra. 

Pero algunos nos opondrán una objeccion que no carece de fuerza, c El objeto, 
nos dirán, que habéis atribuido á la poesía es harto frivolo y mezquino. Esta divina 
arle con el hechizo de sus formas, con la májia de la versificación, con la sublimi- 
dad de las ideas da , por decirlo asi , una nueva vida á la verdad , y la hace accesi* 
ble, no solo al entendimiento, sino á la fantasía y al corazón. Hay verdades, como 
son las morales relijiosas, que en vano serán conocidas del hombre sino se le hacen 
amables, y este debe ser el objeto , la verdadera misión del poeta, obligar á la so- 
ciedad á (|ue ame la virtud y le rinda sus homenajes. Un verso feliz grava mejor 
una máxima importante de moral ó de política que un tratado científico de cual- 
(|uiera de estas ciencias.» 

No quiera Dios (|i]e nosotros desterremos la virtud de la poesía , ó que aplauda- 
mos á los que abusan de este arte para hacer descripciones inmundas ó para incul- 
car máximas inmorales y pernicio.sas. Mas diremos: no puede haber belleza en una 
composición contraria á las buenas costumbres; porque la deformidad moral os 



[1691 

la mayor de todas, y basta á destruir todos los ras^s bellos del cuadro mejor acabado. 
Mas DO por eso bemos de trastornar los priAeipios, ni colocar los que solo son coro- 
larios, al frente del sistema de doctrinas. El objeto primario de las bellas artes es agra^ 
dar; es halagar la imajinacion del hombre con la descripción de la belleza: para conse- 
guir este objeto, en la pintura de las acciones, costumbres y sentimientos humanos, no 
puede prescindirse de la virtud: asi es una consecuencia necesaria, |»ero no un principio, 
en las composiciones poéticas el respeto á la moral, la espresion enérjica de los afectos 
virtuosos, el embellecimiento de las máximas nobles y generosas, en una palabra, el 
triunfo de la bondad y la detestación del vicio. 



CSL USO DS LiS ?Á33LiS ICITCLÚJICiS E» Li FOSSU ÍC73ÍL. 



R 



lASTA ahora no se habia creido que fuese un acto de profesión de paganismo intro- 
ducir en la poesía los nombre* armoniosos de las deidades griegas y romanas. Asi el ro- 
mántico Lope como el clásico Corneille hicieron uso de las fábulas mitolf^jicas. Calde- 
rón se atrevió á mas; pues afianzado en la autoridad de los escritores que han conside- 
rado los dioses y héroes del gentilismo como deríraciones corrompidas de la historia 
hebrea, en muchos de sus autos sacramentales, como el verdadero JHon Pan^ Andrómeda 
y Peneo^ lo$ Encantos de la cidpa, presentó la fábula como símbolo de la verdad. 

Las descripciones de los poetas líricos ó épicos de la moderna edad desde Tasso 
basta Melendez en todas las naciones europeas están llenas de los nombres do Marte, 
Júpiter, Venus, Cupido, Minerva, de sus atribuciones respectivas. Je alusiones á las 
pasiones humanas que representan. Todos han embellecido sus composiciones con las 
consejas injeniosas y brillantes de la civilización griega y romana. No sabemos que á 
ninguno haya reprendido la iglesia ni castigado la inquisición por haber usado esta cla- 
se de adornos en sas poemas. 

Pero el moderno romanticismo, que tan poco mirado y escrupuloso es en materias 
de moral, relijion y política, ha querido, no sabemos por qué, lanzar un terrible ana- 
lema contra las fábulas mitolójicas y desterrarlas de la poesía. Las razones en que se 
funda, son dos:l.*, que nadie cree en aquellos dioses: 2.V que ya fiístidian, por haber- 
se agotado los pensamientos y descripciones que podrían sujerir. Ambas razones nos 
parecen insuficientes. 

Nadie cree en éUoi, Esto es verdad, considerados como dioses: esto es, como partíci- 
pes en mayor ó en menor grado de la naturaleza divina que los gentiles juzgaron erra- 
damente divisible; pero si solo se les considera como lo que realmente fueron, á saber: 
principes y princesas de diferentes puntos de Grecia, ó personificaciones de los grandes 
fenómenos de la naturaleza, ó símbolos ingeniosos de las pasiones humanas, tuvieron 
para el historiador una existencia verdadera, y la tienen ideal para el poela y para el 
moralista. ¿Porqué se habia de prohibir á León, hablando de Saturno, civilizador de 
la Italia primitiva, 

Rodéase en la cumbre 

Saturno, padre de lo* siglos de orol 

¿Por qué á Balbuena la bellísima descripción que hace del Sol cayendo en el mar Atlán- 
tico, 7 que comienza 

Ya Febo sobre el mar del pardo moro 
Templaba el rojo carro las centellast 

¿Por qué á Calderón, suponer que Prometeo, hurtando on rayo al Sol y animando coa 
él su estatua, mostró á los hombres 

Que quien da las ciencias^ da 
Yida al barro y luz al almaJ 

09 



[1G0] 

marta esposa Dona Ana de Austria. Esta imputación infame es enteramente gratuita. 
Ana , educada eon la sevarídad propia de su familia y de su pais, no presentó dí 
pudo presentar ningún motivo á la suspicacia de su marido. Hermosa, recnnda, do- 
tada de di{;nidad y de virtudes cristianas, no cuenta la hfsloria que le diese otro pe- 
sar sino el de su temprana muerte, queseesplica con bastante probabilidad persa 
coniplexíon delicada, sus frecuentes partos, y sobre todo la cruel enfermedad qae 
tu\o después de uno de ellos, déla cual estuvo deshauciada, y convaleció casi mi- 
lagrosamente. (i<istaba casi todo el tiempo en bordar con sus damas, y aun qniíl 
se <'onserve la colgadura que se ponía en la capilla real en los días de mayor lii* 
cimiento y que del nombre de su artiíice se llamaba colgadura de Doña Ana, Acom- 
pauó al rey en 15N0 á Badajoz, cuando la expedición de Portugal. Felipe cayó enfer* 
iiio, y su esposa manifestó el deseo de que el cielo tomase su vida, diñando salva la 
del rey. Así se verificó. El rey convalecu^, y Ana contrajo la enfermedad que la llevó 
al sepulcro. Su esposo no pasó después de su muerte á otras nupcias» apesar de ha- 
berla sobrevivido 18 anos. 

Imputar, pues, á Felipe 11 la muerte de esta esposa, á todas luces tan amable, n 
suponerle no solo despojado de todo sentimiento de humanidad, sino también deseiH 
tido común; lo que nadie lia creido jamas de este monarca. Los bombres como él do 
cometen atrocidades inútiles. 

Pero esto es nada. La osadia de nuestro novelista llega basta suponer que el cau- 
miento de Felipe III, hijo v heredero del II, con Margarita, archiduquesa de Aus- 
tria, fue clandestino, se hizo en Madrid viviendo F*eli|»e U y sin su noticia, en vir^ 
tud del amor que esta princesa habia inspirado al joven príncipe cuando este vii^ó 
por Austria; en fín, que Felipe II, en su lecho de muerte, aprobó aquella unión, no 
por complacer á su hijo, sino por castigar á su nuera, permitiendo que fuese la mujer 
del mas bajo y despreciable de los hombres; porque tal pinta al virtuoso é inocente 
Felipe IIL 

En todo esto no hay una sola palabra de verdad , todo es fínjido; y aqni la GccioD 
no sirve para producir bellezas, sino para |)resentar monstruosidades murales , que 
ni aun tienen el mérito de la enerjia que suele ennoblecer aun á los crímenes. Feli* 
pe 111 jamas salió déla península, ni siendo principe, ni siendo rey. Su casamiento coa 
Margarita de Austria fue tratado por su padre Felipe II de la manera que se tra* 
tan los de los principias. El re\ de España pidió para su hijo una de las dos archído- 
quesas Leonor ó Margarita. Maria de Iki viera, madre de ambas, elijió ú la menor, 
que era Margarita, ponjue su complexión, mas fuerte, daba esperanzas de mas siy 
guridad en la succesion. V Margarita, <i «¡uien el novelista francés pinta como uní 
mujer liviana, ambiciosa é intrigante, quedó tan sohrecojida de la elección qucla 
ele>aba al trono mas poderoso entonces de la tierra , que sufdicó á su madre que co- 
piase en su lugar A su hermana ma>or. Felipe if falleció cuando ya Margarita le 
liahia puesto en camino para pasar á España en compañía del archiduque Alberto, 
( sposo de la infanta doña Isabel (^lara Eugenia. El Papa Clemente VIII salió á cum- 
lamentarla Á su ¡laso por Ferrara, y la casó por poderes. Pasó después A (lénova 
donde se embarc('), tomó tierra en Vinaroz y ¿^e celebraron en Valencia las bodas de 
Felipe III y las de su hermana la infanta ísabel Clara. Margarita hizo á su marido 
pa<lre de nimierosa y florida succesion ; pero falleció después de doce años de matri- 
monio, á los :27 <lesu edad, llorada de su esposo que no volvió á casarse, y de todo 
i\ reino que la adoraba por sus prendas, por su amabilidad y por su inexausta be- 
neficencia. 

V ¿es esta la primera austríaca que tendió lazos al príncipe de España paraco- 
jerle en sus redes, y satisfacer así su ambición: que no desdeñó la galantería de uo 
grande de España que podia s<'rle útil; que casó clandestinamente con Felijie III, vi- 
viendo todavía su padre, y en Madrid, donde habia vivido para atraerle á tan ridi- 
cula unión? ¿V á este cúmulo de delirios se atreve á Wanvdr anecdola el novelista de 
nuevo cuño? ¿Cuál ha podido ser su intención al escribir Um infames patrañas? ¿Cuál? 
La de contribuir con su óMo á la buena obra de deshonrar los reyes y las familias 
reales; y realzar las virtudes del hijo de la que vende barquillos con el contraste de 
los vicios y maldades de los grandes del siglo. Para un objeto tan edificante todo es 



ito.Hodo es honrado; hasta el oprobio moral de la calumnia : hasta el oprobio lite< 
ío de la ignorancia en la historia. 

ARTÍCULO III. 



ASTAN los absurdos históricos ya notados para convencernos déla supina if^norancia 
I autor de la novela citada. Mas sí á lo menos hubiese tenido mas felicidad en la 
scripcion de los caracteres j de las costumbres: si hubiese siquiera consultada á. 
i novelistas y dramáticos españoles, fieles ecos de las ideas y sentimientos de aqaeí 
:1o , se le hubieran podido perdonar á favor de la fidelidad de las descripciones , los 
«paratcs de la composición de la fábula. Pero nada hay de eso. Los caballeros de 
corte en aquella época eran modelos de lealtad, de valor, de respeto á las damas, 
honor y de ^generosidad; y los dos que introduce el novelista pueden aprender del 
¡o de la barquillera lecciones de todas aquellas virtudes: tan tímidos son, tan bajos, 
rfidos y despreciables. ¿Quién es un conde de Fuentes, á quien pinta viejo y ridi- 
lamente enamorado de Margarita , cuando nadie ignora que se veneraba entonces 
sangre de nuestros reyes con un respeto relijioso? Y ¿cuál era el gran preboiie de 
corte de Felipe II? ¿Cree el autor, ó ha querido hacer creer á sus lectores que 
empleo de verdugo era una dignidad en el palacio de España como lo fue en el 
Luis XI? Y /quién le ha dicho que el duque de Lerma no fue mas que un intri* 
nte subalterno , un caballero indigno, capaz de favorecer el matrimonio clandes- 
lo del heredero de la corona para granjearsesu gracia, y de malquistar después á 
irgarita para quitarle toda participación en el gobierno, participación que ninguna 
ína de España solicitó ni obtuvo desde Isabel la Católica hasta Mariana de Austria, 
gunda esposa de Felipe IV? 

Estamos lejos de mirar al célebre valido de Felipe III como un modelo de mi» 
stros; pero si no tuvo ideas exactas, muy poco generalizadas entonces en materia 
! administración interior : si dejó cundir el cáncer del lujo y de la ociosidad que 
opezaba ya á devorar á España: si aumentó con la espulsion de los moriscos el atraso 
I la agricultura; en fin , si se valió de esta medida política {j esta es la principal 
usacion que pumle hacérsele) para enriquecer á sus amigos y criaturas, la historia 
iparcial no puede negarle el mérito de haber sabido poner límites á las adquisicio- 
fs de la monarquía, y de haberla conservado en el puesto que la dejó Felipe II, es 
•cir, en el principal de Europa. El que terminó sin menoscabo del honor nacional, 

guerra de Fiandes ([uc devoraba nuestra población y nuestros tesoros : el que sos- 
vo nuestra supremacía política en Francia, Italia y Alemania : el que se opuso cons- 
ntemente á los esfuerzos del du([ue de Osuna , del marqués de Vülafranca y de 
ros guerreros ilustres que deseaban dar nuevos aumentos á la monarquía, ya de* 
asiado grande, por el espíritu que aun conservaban de la escuela política y mili- 
r de Carlos V , no era ciertamente un intrigaiUe subalterno. Su divisa fue conservar lo 
\qu¡rido y esa era la máxima roas saludable para España en aquella época. Ojala la 
ibiese adoptado su succesor el conde duque de Olivares , cuyo furor belicoso fue la 
lUsa de que decayese el poder Español. 

Pero á ninguno trata con mas injusticia el novelista francés que á Felipe III. Sa- 
lmos que educado en la ríjida corte de su padre, profesaba el mayor respeto y ve- 
*racion á este monarca. Pero ¿qué hecho, ó qué espresion suya puede justiücar el ca- 
téter, bajamente tímido, que se le atribuye en la anécdota**. Ninguno, absolutamente 
nguno. Cuando ascendió ai trono gobernó su inmensa monarquía con apacibilidad 
justicia. Poseía en alto grado las virtudes cristianas; era severísimo para sí mismo; 
*ro manso y benigno para los demás. Ningún acto de rigor que pudiera parecer 
uel; ninguna sedición qne perturbase la tranquilidad pública; ningún desorden ó 
agracia notable mancilló su reinado, sino la espulsion délos moriscos, cuyas causas 
>líticas mejor apreciadas en aquel siglo que en el nuestro, no es necesario referir 

]UÍ. 

Felipe III no poseia, es verdad, de las calidades propias de un rey, roas que el 

21 



[162] 

amor de la jn.^líHA. Pero esta era naiiiáente enlónreí en imanación quieta, leal y va- 
lerosa, T con tin niiníslro que coincidia con su monarca en el sistema poliliro eom reip 
pecto á las lienias potencias de Europa. £1 defecto principal de uno y otro fue la falta 
de ideas en materia de administración; pero esta ignorancia era entonces común. Sv 
reinado no fue tan brillante como el de su padre y abuelo: mas tampoco fue tan infe- 
liz como el de su hijo y el de su nieto. Ni puede culparse enteramente á Felipe III de 
falta de encrjia: la tuvo y muy sefialcida, cuando apartó de su gracia al .privado, que 
recelando ser derribado, aceleró su ruina por la precaución que tomó de envolvenw en 
la púrpura cardenalicia. Felipe se ofendió de esta desconfianza, y de la índependeDcia 
personal que con el nuevo titulo adquirió el duque de Lerma. La esprcsion pues del 
de Osuna, que llamaba á este rey el tambor mayor de la monarquia^ no era exacta. Era 
solo un despique de que no se le permitiese en<'endcr nuevas guerras en Italia. 

Mejor descrito, bajo cierto punto de vista, se halla en la novela el carácter de Fe- 
lipe II; no porqne creamos las atrocidades ni la malignidad que se le atribuyen, pero 
suyo era el espíritu de dominación v la enerjía do un alma nacida en el mando y acos- 
tumbrada á el, que el autor pinta en su lecho de muerte. Felipe tuvo la desgracia de 
que se creyesen todas las maldades que sus enemigos le acumularon, porque colo- 
cado perpetuamente en el poder, nunca se olvidó de (|ue era rey para descenderá 
ser hombre. Poseía gi'andes prendas y virtudes de monarca; mas no cultivó las de la 
humanidad. Asi fue mas respetado que querido. 

Dudamos mucho que hubiese asistido á un auto de fé^ que es el primer episodio de 
la novela. Seguramente no lu>nrnn á nuestra nación aquellas tristes escenas ; pero la 
que no tenga manchados sus anales con el fanatismo y la ¡ntolcrancia> que nos tire la 
primer piedra. Los furores de los anabaptistas de Alemania , de los puritanos de Ingla- 
terra y de los católicos y hugonotes en Francia derramaron mucha mas .^ngre y causa- 
ron mayores esUfigos en estos |)aises que la inquisición en España. El mal peculiar y 
esclusivo de la intolfraucia española fue el obstáculo que aquel tribunal opuso á los 
progresos del entendimiento humano. Asi las otras naciones, apenas el cansancio délas 
calamidades , y el escarmiento les quitaron las armas de la mano, caminaron con pasos 
rápidos en gobierno, artes, ciencias y civilización; y España , que habia sido la prime- 
ra en casi todos los ramos del saber, se quedó atrás á muy larga distancia , apesarde la 
profundidaden eltalentoyde la lozanía en la imajinacionqueairacterizaá sus habitantes. 
Pero volvamos á nuestro propósito. La novela de que hablamos es falsa entera- 
mente en los hechos de la historia, falsa en la descripción de los caracteres, falsa en h 
de los usos y costumbres. Vsin embargo su autor tiene pretensiones de novelista históri- 
co; pues la llama í//i(Yv/o/a, y cita en su apoyo un cronista desconocido, llamado Derhnmp$^ 
de cuya existencia, á vista de ii\n\iiü falsedades , se nos permitirá que dudemos. No aof 
parece que es esta la manera de imitar á Waller Scott. 

Acaso se responderá á nuestra censura que es lícito al poeta y al novelista denfigvrar 
los hechos. Nosotros no les conce<lenios mas licencia que la de embellecerlos, añadiendo 
episodios probables que se liguen é incorporen con ellos. Todavía es menos lícito dei' 
figutvr los caracteres: nos reiríamos del <|ue nos pintase á César cruel ó á Nerón clemente. 
Hay dos razones muy poderosas para no conceder semejante licencia. 
La primera es, (¡ue los nombres de los personajes históricos se han llegado ya A 
identificaren el lengUcije común ctm las cualidades dominant<\s en su carácter, de mo- 
do que se usa frecuenlcaiente por antonomasia de los primeros para denotar las segun- 
das. Ahora bien , ni al poeta ni al novelista es licito alterar el valor recibido de las vo- 
ces. Jamas se podrá pintar á.V<|uiles cobarde, por la misma razón que no se puede decir 
de un cobarde á no ser irónicamente, r« mi iquilen, 

ÍJk segimda razón es todavía de mas ímporLincia si comparamos el inmenso número 
de los lectores de novelas con el c ;rtísimode los que estudian la historia. Los primeros 
no ven en las obras, enteramente íinjidas, como Tomás Jones, Pérsíles, tirandisson, mas 
<|ue libros de entretenimiento; pero si la novela es histórica no tienen medios de evitarlos 
errores en que los hagan caer sucesos desfigurados ó caracteres mal descritos, y asi uoa 
gran parte de la sociedad culta se imbuirá de preocupaciones ridiculas ó perniciosas en 
materia de historia ó de moral ; porque, ü^eneralmcnte hablando , no se falsifican los he- 
(líos ni los caracteres históricos, sin.) pira pervertir las ideas ó lus sentimientos mora- 



[168] 

M. Faro aan cuando semejante falrificacion no prodojese otro mal qne el de prona- 
ar errores históricos , ya este es por si iiastaate considerable. ¿Cuántas lectoras ha* 
ffA en Francia (y por desgracia aun en España) que fiadas en el folletin de la Pretse 
en el historiador Dechamps , creerán liviana y perversa mujer á la esposa de Fe* 
ipe UI, euyos virtudes inmortalizó nuestro Jáuregui en una escelentc cancioal 



LEYENDAS ¥ NOVELAS JEREZANAS. 

MADRID, t«S«. 



E 



SJE libro contiene tres novelas, cuyos títulos son: El Pendón, Lm Gitana, El 
"Jnsiiano y la Mora. 

El objeto del autor ha sido sin duda dar noticia , con el pretesto de escribir no» 
alas, de varios hechos hislóricos interesantes, y describir las coslumbrcs de las épo- 
as á que se refieren sus fábulas ; en tina palabra , introducir en nuestra literatura 
i género de Walter Scott. In magnis toluissesat est. 

Este género tiene dos condiciones esenciales : la verdad en los hechos hisCórkos 
' en la dcscriiicioii de las costumbres , y el interés en la fábula. Nosotros somos mas 
apaces de juzgar este libro bajo el segundo aspecto que bajo el primero, porque 
B erudición es riqueza de muy pocos , y los sentimientos de la humanidad son co- 
Dones á todos los hombres. 

Todas tres novelas nos han inspirado interés ; pero mas que todas la última, en 
I cual lidia el valor y el mérito contra el fanatismo relijioso , exaltado por la des- 
racia. El amor del cristiano y la mora interesa por las circunstancias estraordina- 
ias en que nació , por su pureza y verdad , y por los peligros y obstáculos que se 
pusieron á él ; mas no por eso deja de conmover el corazón el carácter indomable 
le Abenjuc , qne ahoga todos los sentimientos de la naturaleza por obedecer á otros 
aaa imperiosos en una alma sincera y bárbara como la suya : el fanatismo y la 
enganza. 

La acción de los Gitanos viene á ser en el fondo la de la Gitanilla de Cervantes, 
«a del Pendón está bien dirijida ; pero los episodios son demasiado largos , y muv 
nnoble el rival de Fernandez. Tiene mucho mérito el artificio de Martin para' haceV 
|ue su amo fuese al castillo do Gigonza, donde debia perder la libertad de sn co- 
aion. 

Los diálogos son vivos , los caracteres bien sostenidos , la elocución fácil , gracio- 
a , y gencrahncntc hablando , correcta , mas correcta que la que suele usarse en las 
>bras españolas de esta clase. Son muy raras las espresiones que indican en el autor 
a costumbre de leer novelas francesas ó traducidas del francés. 

Está bien pintado el orgullo y pundonor de los caballeros de aquella época ; pero 
on licencia del autor nos parece que la gente ordinaria del siglo á que se refiere 
'n el Pendan no tenia las pésimas costumbres ni la abyección que se le atribuye. 
!ste abatimiento é inmoralidad, esta ;>i//frúi, que nos parece la voz propia, no es 
le aquel siglo : pertenece á épocas posteriores , y correspondería mejor á vasallos y 
villanos de algún Señor feudal de Francia ó de Italia en la edad media , que á los 
recinos de Jerez , cuando esta ciudad era frontera de los moros. 

Es menester no equivocarse. Nada de cuanto digan ó finjan las historias y nove» 
as francesas ó inglesas sobre el feudalismo de la edad media puede aplicarse á los 
icos hombres y caballeros castellanos. Jerez , ciudad realenga, con su réjimen mu- 
licipal , con su milicia concejil , acostumbrada á pelear diariamente con los moros, 
lebia contener en su seno una población vaiionte, laboriosa , moríjerada y poco de- 



poD(Hente do la nobleza. Es pintura miij fiel de la época la parle que tomó el pnelib 
on la reverla do los caballeros que disputaban sobre cuál había de llevar el pemlon 
en la ¡irocesíon , mas no lo es la historia de loi tornilleros que vuelven fujitivos del 
campo á robar j emborracharse. No basta que un suceso sea probable para qoeie 
inserte en esta clase de novelas: es menester que sea conforme á las costumbres dd 
tiempo ; j díGcilmente se probará que en el siglo XIV habia esa especie de pillos ta 
Jerez. 

Mejor }' con mas verdad están descritas en la segunda novela las costumbres de 
los gitanos , que desde que aparecieron en el occidente europeo no han variado de 
carácter ni de hábitos; y en la tercera el odio j la intolerancia del vulgo cristiano á 
los sectarios de Mahoma. 

La principa] enhorabuena <fue podemos dar al autor es la de haber inspirado el 
principal interés á favor de las personas virtuosas , y no h«iber presentado ú. sus lec- 
tores cuadros de atrocidades gratuitas; pues las de Abenjuc están suficienlcmeste 
fundadas en la venganza del honor y en la barbarie del fanatismo. Tampoco noshi 
aflijido con el espectáculo degradante del hombre moral , vencido siempre en la lu- 
cha de la pasión con el deber: espectiiculo tan común en las novelas v dramas que 
ahora se llaman romdntirat. Los afectos que intervienen en las novelas de este U>- 
mito son el amor verdadero , el valor generoso , el patriotismo ; y el resultado j U 
<*atástrofe, asi como las refiexiunes, son siempre favorables á los senlimienlos vir- 
tuosos. 

Insistimos tanto en la necesidad de respetar v favorecer en esta clase de compo- 
siciones populares la virtud y las buenas costumbres, porque estamos persuadidos de 
que son los libros que mas frecuentemente lee la juventud. Y en vano se dirá que 
para ella solo son objeto de un entretenimiento sin consecuencia. No puede carecer 
nunca de importancia moral la descripción del hombre, de sus sentimientos, de siu 
prendas v de sus debilidades. Está en manos del escritor de una novela , si tiene d 
talento Je su profesión , dirijir, aunque solo sea por algunos momentos, el instinto 
moral de sus lectores , que son casi todo el bello sexo y casi todos los jóvenes del 
varonil. Esta dirección puede ser buena ó mala; puede influir en el giro que tornea 
las máximas y sentimientos individuales; puede en ciertas circunstancias decidir de 
la suerte futura del lector. No nos es desconocido el carácter que imprimió á la j|i- 
ventud española la lectura de los libros de caballerías. Tampoco ignora nadie el pé- 
simo efecto de ciertas novelas que bajo el pretesto de inocular el teniimenialUmo^ pre- 
sentan á la imajinacion exaltada del joven un mundo ideal, cuyo menor inconve- 
niente es hacerle desconocer la sociedad verdadera en que se vea obligado á vivir. 
Seria necesario el genio de Cervantes para presentar bajo el aspecto ridiculo que tie- 
nen los Quijotes de uno y otro sexo , que ha vuelto locos el furor de la $enítilnlidad» 

El autor en el pnUogo que antecede á sus novelas inserta dos diálogos entre él 
y dos literatos, uno clásico y otro romántico , á los que supone infatuados y locos 
por sus respectivos sistemas. Sucedió lo que sucede en casos de la misma especie, J 
siempre que hay [)ugna de partidos. El primero condenó sus novelas por clásicas y el 
segundo por románticas. La verdad es que una y otra espresion es impropia. Aom/a 
rimuintica es un pleonasmo; porque ¿á qué ha de parecerse una novela mas bien que 
á una novela '( joman). El epíteto dásko se ha aplicado á muy pocas composicionei 
de este género , como son las novdas de Cervantes , el Teiémaco de Fenelon y algunas 
otras que son modelos de lenguaje, y que no pueden dejar de estudiar los qué quie- 
ran aprender el idioma del pais en que se escribieron. Toman el nombre de cidticai 
de las clases de lenguas y de literatura en las cuales se estudian. Y esto bastará pan 
convencerse del poco conocimiento y la ninguna oportunidad con que han aplicado 
sus denominaciones nuestros modernos humanistas. Es verdad que si examinamos sn 
manera de escribir no parece que han saludado los escritores clásicos del idioma cas- 
tellano. 

No contaremos en el numero de estos al autor de las presentes novelas ; pero di« 
remos en obsequio de la verdad y de la justicia, que esceptuadas algunas frases es- 
cosivamente triviales y alguna otra que nos parece galicismo , su dicción es bastante 
correcta , mérito muy raro en el día y de primera necesidad en libros de entreten!- 



[1651 
«lieiito ; lo que anido al interés de las fábulas, á Ja Tiveza de los diálogos j á la ver 
ÚMÚ 7 jioblcza de los sentimientos , hace su lectura agradable» 



DE LA POESÍA CONSIDERADA GOMO CIENCIA. 



...Fequc enim oondudere Tcrsam 

BOMT. 

El ASTA adóralos quemas honor han hecbo á la poesfa la han considerado como 
on arte; y todos conocen la secta nueva de poetas, que ñi aun como arle quiere con- 
siderarla ; pues niega la existencia de las reglas , y no reconoce mas principio de 
«scribir en verso que lo que sus adeptos llaman iMpiracion, genio^ eniuina¡mo, y algu- 
nos ntMion, no sabemos de quién. Dejémosles, pues, la libertad de delirar á todo su 
Mbor; y convencidos nosotros de que nada bueno pueden hacer los hombres en nin- 
guna linea sino sometiéndose á ciertos y determinados métodos , examinemos si las 
reglas del arte de la poesía pueden deducirse de algnn principio general que la eleve 
á íi dignidad de ciencia. 

Mas para emprender esta investigación se necesita subir á un punto de vista mas 
general y elevado , y dar á la palabra poesia una significación mas lata que la que 
generalmente se le atribuye. Es necesario prescindir del instrumento de que .se vale 
él poeta propiamente dicho, que es el lenguaje, y considerar su profesión como el 
arte en general de describir lo bello y lo sublime, y de halagar y elevar el alma con 
sus descripciones , ya sean hechas con la voz hablada y escrita , ya con los sonidos 
de la música, ya con el buril , ya con los pinceles , ya en fin , con las simetrías geo- 
métricas. 

Consideradas las bellas artes bajo este aspecto, y no reconociendo entro, ellas mas 
diferencia que la del instrumento con que describen, es claro que para profesar digna- 
mente cada una ha de combinarse el conocimiento del objeto que se proponen todas, 
á saber: la belleza y la sublimidad con el conocimiento de los medios peculiares de 
descripción propios de aquella arte. 

Y existiendo reglas y principios ciertos para la construcción de las frases en el 
leftguaje , para la coúibmacion de los sonidos en la música , para las proporciones de 
la geometría , para la mezcla de los colores y para la representación de las perspec- 
tivas en la pintura , nadie podrá negar que el instrumento de cada arte supone una 
ciencia particular para su conocimiento , y un arte respectivo y reglas competentes 
para la práctica. 

Acaso no tendrán dificultad en confesar esto los que quieren introducir la anar- 
qnfa en la república de las bellas artes: acaso concederán que el pintor necesita de 
la geometría descriptiva, el poeta de la gramática, y el mú.sico de la acústica, esto 
es , que tienen ne<*esidnd de conocer , no estas ciencias en toda su profundidad y es- 
lension, sino los principios generales que suministran á las arles. Pero lo que ellos 

Juieren que sea mirado como un dogma inconcuso es que el sentimiento y esprcsion 
e lo bello y de lo sublime en cualquier arte es obra esclusiva del genio y de la ins- 
piración ; en una palabra , que la belleza no está sometida á reglas , y que no hay 
ciencia de la belleza. 

Ambas aserciones son inexactas : la primera , porque si bien las reglas no pueden 



i4»rvir para crear los penMunientoa de ana composición , ajudan infinito é 
los debidamente, mostrando los escollos que deben evitarse: y la segonda, poraQeai 
haj sentimiento alguno del corazón humano que no pueda j deba ser objeto de las 
iüvcsligacioncs de la filosofía racional , j por consiguiente que no produzca anrams 
de esta vastísima ciencia. 

¿Existe en el hombre el sentimiento de la belleza y de la sublimidad? ¿Hay (■ 
los objetos de la naturaleza sometidos á nuestra contemplación cualidades en virtnd 
de I<is cuales existen en nosotros las impresiones de lo bello y de lo sublioief ¿PMet 
el hombre la facultad de trasmitir á sus semejantes por diversos medios y con dis- 
tintos instrumentos las impresiones que los objetos de la naturaleza han producid» 
en é\1 ¿Puede su imajinacion, elijiendo diversos rasgos y cualidades del variado es- 
pectáculo del universo , crear seres ideales que produzcan en el ánimo impresioaei 
de la misma especie que los objetos helios y sublimes de la naturaleza? Pues sí os 
puede negarse que existe este sentimiento y estas facultades , forzoso será tambici 
confesar que debe ser estudiado y reducido á principios el sistema de hechos y fenó- 
menos psicolójicos á (|ue da motivo la propiedad que tiene nuestra alma de sentir y 
reproducir la belleza y la sublimidad. Este sistema constituye la ciencia de la poeiia 
considerada en su generalidad : ciencia que se semeja mucho á la ideolojía» coaU 
diferencia de que esla se versa acerca de ideas, y aquella acerca de sentimientos^ 
imájenes : ciencia mas dificil , porque el criterio do la belleza no se fija por racioci- 
nio como el de la verdad , y es mas delicado y fujitivo ; pero ciencia no menos cierta 
y evacta , por4|tio se funda en hechos que pasan en nuestro interior , y de los cualeí 
todos tenemos conciencia. 

Todos, sí: porque ¿dónde está el hombre tan semejante á la fiera, que uosc haya 
complacido algunas veces en observar la beldad que el Hacedor ha prodigado tía 
generosamente en los diversos seres de la creación? ¿Qué alma que no se eleve tea* 
dicndo la visLi á la inmonsidad del firmamento? Aun mas diremos: ese genio poé- 
tico , esa facultad de reproducir las impresiones agradables ó enérjicas , ese entusias- 
mo , esa inspiración á la cual quieren algunos atribuir esclusivamcnte todo lo boeoo 
que se haga en las artes , ese don del cielo , en fin , es mas común y general de fe 
que se cree. Existen muy pocos hombres que no hayan sentido nunca hervir en n 
pecho el fuego de la inspiración. Cuando algún afecto poderoso se apodera del alma, 
se espresan los labios con todo el calor de la elocuencia, y tal vez con todo el estro 
de la poesía. V ademas, ¿no sabemos que el lenguaje de los pueblos en su infiíncia 
es mas animado, es mas figurado, es mas poético, precisamente porque siendo en 
aquel periodo mas ignorantes, tiene mas acción sobre ellos el sentimiento yh 
fantasía? 

Existe, pues, la ciencia poética; pues es universal en el género humano d sea- 
timiento de lo bollo, y de lo sublime y la facultad de reproducir sus impresiones. 
Responder que sin esla ciencia ha habido grandes poetas es no decir nada. Tamhieii 
se lia raciocinado en el mundo , y se ha raciocinado bien , antes de que fuese co- 
nocido ni aun el nombre de la lójica. También se ban medido terrenos y levantado 
ediíiríos antes de que se escribiesen elementos de geometría. ¿'Diremos por eso que 
la geoinotria y la lójica son ciencias inútiles? ¿iNo es este el caso de clamar coa el 
anciano de Terencio : linmo sinn; hutnaid níhil á me alieiunn puio'i ¿Cómo puede dejarde 
ser importante para el hombre nada de lo que pasa en el interior del hombre? 

Si existe una ciencia de la poesía , existe también un arte de ella y las corres^ 
pendientes rehilas , porí}ue es imposible quede los principios de una ciencia uo w 
deduzcan métodos prácticos y lejítimos para hacer bien lo que puede hacerse bies 
ó mal. Estas reglas son las mismas ([uese deducen de la naturaleza de los seutimiea-' 
to.*$ humanos y de la del instnimenlo con que se espresan : estas reglas son las que 
si^ruicron por instinto, anii(|ue todavía no existiese el arte, los Uomeros, los Pilpay, 
y los Vates y Bardos primitivos de los pueblos. IVro el instinto es una norma muy 
poro segura en las naciones cultas que están ya escesivamente lejanas del candor é 
iiijcnuidad de la naturaleza. Ademas, los pueblos civilizados quieren filosofarlo todo. 
¿ jior (|ué, pues, se les ha de impedir el derecho de raciocinar acerca de las fuentes 
de sus placeres intelectuales ? 



Herarñi que* no' ereia suficiente para la boidád de una composíHon algunos 
«no» 6 deacripcionea. felices , reasumió toda esta doctrina cuando dijoc 

Rem tibí ioerúiiem poieruni otUndere charla. 

Ea efecto « el estudio del hombre, objeto principal de la filosofía de Sócrates, 
i el grande auxiliar del genio poético. Sin aquel estudio la inspiración rvda , como 
la llama el misaio Horacio « no podrá dar á luz bellezas del primer orden. 

Ya ea tiempo , pues, de que cese esa nueva preocupación nacida en nuestros dias, 
4f0B supone inútil el estudio y las reglas para sobresalir en la poesía ; y si semejante 
«lelirio no podría ni aun decirse de un pintor, de un músico , áv un arquitecto , ¿cómo 
ae tolera que se diga de los que se ejercitan en pintar ven describir por medio del len- 
iniajcf Porque el objeto de todas las bellas artes os el mismo: y ¿por qué no ha da 

necesario para la mas noble de todas el estudio que lo es para las demás? 



DE LA SUPUESTA MISIÓN DE LOS POETAS. 



. .• . « Animis natum inveniumque poema jutandis, > 

UOAACIO. 

lio deja de ser bastante ridicula la pretensión de algunos de los corifeos del nuevo 
romanticismo, atribuyendo la facultad de poetizar á una mmon recibida no se sabe de 
quién ; pues aunque ritan la naturaleza , el genio y la inspiración , no por eso es mejor 
rono<*ida la autoridad que llama y clijc al poeta. Nosotros sabemos que el genio, 
auxiliado por la instrucción , enardece la fantasía, la presenta cuadros orijinales y 
animados, la enseña á vencer los obstáculos y á espresar dignamente lo que ha con- 
cebido. 1^ inspiración en las l>eI1as arles no es otra cosa sino el calor y la osadia de 
los .sentiiuientos que elevan el alma del artista <1 una esfera nueva , desde la cual des- 
cribe los objetos que en una siluacion tranquila ni aun podría descubrir. También 
sabemos que la naturaleza escita al verdadero poeta á cantar lo que siente y lo que 
iroajina , no solo para su complacencia propia, sino también para la de la sociedad 
en que vive. 

E^ta teoría es clara y nada misteriosa cuando se definen con exactitud las voces. 
Mas no sabemos cómo pueda llamarse misión el impulso natural á describir las belle- 
zas de la naturaleza, «1 presentarlas bajo el aspecto mas ventctjoso, á concebir y es- 
presar ideas orijinales , vigorosas y sublimes. La misión supone una autoridad que 
nieta , J que encarga la ejecución de una cosa. /Cuál es esta autoridad? ¿La natura- 
leza? Pero la naturaleza movió igualmente á hacer versos á Homero y á Querilo , á 
Virjilio y Á Bavio, á Boileau y á Cotin, á Calderón y al maestro Cabezas, el mas 
desatinado de nuestros poetas cómicos. ¿Por qué la naturaleza imprimió tan fuerte- 
mente en el ánimo del gran Cervantes el deseo de versificar , aun después de desen- 
gañado que solicitaba 

la gracia qve no quiso darle el ciclo? 

¿y quién tenia mas derecho de creerse enriado para ser [)oeta que el autor del Qui- 
jote, dotado de la imajinacion mas vehemente, mas rica , mas variada que ha visto 
la república de las letr.is. 

I^>s griegos y los romanos que tenian un dios de la poesía, nueve musas, una 
diosa de las cieiicias, un Parnaso y una fuente Castalia , podían creer ea esa misión. 



mt 



^sta obra es propiedad délos 
Sres. Calvo'-Rubio y CJon^mOj 
quienes perseguirán ante la ley 
al que la reimprima. 



IBStSÜ^(D0 



LITERABIOS T GBlTIGOS 



POB 



D. ALBERTO LISTA T ARAGÓN, 



©©N ^M ^ñéL©®@ 



POR 



{H. Jo0e Jaaqmn ¡re Mox^. 



TOMO SECilJIínDO. 



CALVO-RUBIO Y COMPAÑU, EDITORES: 

Plaai átl Silencio» ■*!■. SS. 

1844. 




.í ).i 



Diiuwimcioi 



a^ixs^iasiiiiüsiü^ 



ARTICULO I. 

X RES son los metros mas comunes en nuestra poesía: el verso de once sílabas, el de 
riele y el de ocho. El primero se cree mas propio páralos asuntos serios y sublimes, ya 
esté solo, ya mezclado con el de siel«. Esté acomoda mas á la poesía lijera, graciosa y 
festiva. El de ocho, aunque muy perfeccionado por nuestros antiguos cómicos, tiene 
rin embargo demasiada facilidad, ocurre con demasiada frecuencia en la prosa española, 
para que se le juzgue propio de los asuntos graves. Generalmente se aplica á la sátira, 
á la burla, á los géneros familiares. 

Esta diferencia no es absoluta ni exacta, como no lo son las que hacen los hombres 
en el estudio de la naturaleza y de las artes. IXuestros buenos poetas han escrito fami- 
liarmente en endecasílabos, y sublimemente en versos de siete y de ocho silabas; mas 
no podrá negarse que apesar de estos esfuerzos del genio, cada uno de los metros cita- 
dos tiene el carácter que le hemos atribuido; asi como el hexámetro, el dístico y el yam- 
bo latino tienen los que le atribuye Horacio en su epístola á los Pisones, apesar de que 
él mismo estaba escribiendo aquella carta familiar en el verso heroico del idioma de la 
capital del mundo. 

En castellano la multiplicidad de cesuras y variación de acentos del endecasílabo se 
proporciona mejor á los diversos movimientos de las grandes pasiones, desordenados 
por su naturaleza, que la monótona armonía de los versos cortos casi imposible de variar. 
Al contrario, la lijereza del eptasilabo se presta mejor á los asuntos festivos, y la marcha 
igual y pausada del metro de ocho sílabas á los sentimientos tranquilos y á la espresion 
familiar de las ideas y sentimientos. Se ve, pues, que la distinción que hemos hecho no 
es arbitraria, pues nace de la misma construcción de los metros. 



[6] 
Y para que se entieuda mejor lo que hemos dicho del endecasílabo, distingoirémoi 
dos clases de versos de esta especie: el mdeccuUabo propio y el sdfico. La marcha de uno 
y otro es muy diferente; porque el sáfico tiene acentuadas las silabas cuarta y octava, y 
el endecasílabo propio la sesta. 

cUuesped eterno del abril florido» 
es un sáfico. 

cEl dulce lamentar de dos pastores» 
es endecasílabo propio. 

De lo dicho se infiere que este verso tiene una sola cesura, la que puede estar en U 
sílaba misma acentuada, si es la última de una palabra a(?uda, como sucede en el infini^ 
tivo lamentar del verso anterior, ó bien en la séptima, si la acentuada es la penúltim 
de una palabra grave, como en el aiá\eThio juntament$ áe este otro: 

cSalicio juntamffi/e y Nemoroso^» 

Infiérese también que el verso de siete sílabas entra en la composición del endecaá- 
labo, como parte alicuanta, ó como quebrado, como le llama con mucha razón el Sr. lllt^ \ 
tinez de la Kosa> y esto, sea el hemistiquio de final grave (V agudo. Tan eptasilabo es 

cEl dulce lamentar» 
como 

tSalicio juntamente: » 

porque la sílaba aguda en final de verso equivale á dos. 

Por la misma razón el verso sáfico debe tenor dos partes alicuantas: una es el veno 
de cinco sílabas y el de nueve. • 

f Dulce vecino de la verde selva» 

tiene los dos quebrados 

c Dulce vecino» 

y 

c Dulce vecino de la verde» 

Cuando la octava acentuada en el sáfico es final de palabra aguda, el quebrado da 
nueve sílabas queda en ocho con la última aguda, como en 

f Huésped eterno del abril florido» 

É 

cuyo quebrado de nueve sílabas, es 

fl Huésped eterno del abril» 

Del mismo modo el pentasílabo se reduce á cuatro silabas con la final aguda^ cuando 
es final la cuarta acentuada del sáfico. 
El pentasílabo de 

c Verde laurea que coronando á Febo» 

es 

€ Verde laurel.» 

El pentasílabo, que tiene la última palabra grave, y acento en la primer silaba, le 
llama adónico^ á imitación del verso griego y latino que constaba de un dáctilo y un es- 
pondeo; porque al oido italiano y el español lo misipo suena 

c Céfiro blando» 



m 

Dile que moerot 

fNobilélethum» 
cTemplaque Yestse.» 

DOS hecho esta advertencia porque hemos vislo varias odas sáficas, esto es, com- 
( de tres sáficos y un adónico, en las cuales este último no lo es, porque la prí- 
ílaba no está acentuada: 

«Pesares tristes» 
«Amof es tiernos» 

«pío» son Tersos de cinco silabas; pero no son adonices por faltarles la medida 
i castellano se asimila al dáctilo. 

)imos qne se aáimilay porque en vano se han querido introducir en nuestra pro* 
os pies latinos. La lengua española desconoce los espondeos, pirriquios y ana- 
solo el número de silabas y la colocación de los acentos deciden de su versifica- 
fas diremos: cuando recita un español versos latinos, se guia por los acentos y 
ibas, de tal modo que á nuestro oido tan hexámetro es este verso 

cTitire, tu patula^ recubans sub tegminefagi» 
este: 

cTitirus, tu patula recubans sub tegmine fagi» 

^escindiendo de los solecismos, baria rechinar la oreja de un romano. La razón 
toda la prosodia latina se funda en la cantidad de las sílabas que ellos conocian 
ociaban. Nosotros tenemos también largas y breves: mas no las distinguimos ni 
uamos en la pronunciación sino por los acentos. Pueden hacer mas sonoro ó mas 
)1 versos por lo cual miramos la prosodia del Sr. Sicilia como una obra muy apre- 
; pero no pueden influir en que conste ó no conste. 

)mos visto, pues, que en el verso endecasílabo castellano ó ha de estar acentuada 
a silaba, ó la cuarta y la octava. Con ninguna otra combinación consta el verso, 
le permitirse á no ser que quiera imitarse con él algún sonido ó movimiento, como 
3 en esie de Uernandez de Velasco: 

c Consigo raudos arrebatarían» 

olo tiene acentuada la cuarta, y con el cual se ha significado la velocidad de los 
»s desenfrenados cuando ajitan los mares, las tierras y los cielos. 



ARTÍCULO IL 

'ES de pasar adelante, conviene fijar la atención en otra tercera especie deendeca- 
,ya desusado y desterrado de nuestra poesía, aunque no nos parece que lo está de 
iana, y que era común entre nuestros poetas del siglo XVL Tal es el verso de 
silabas, que tiene acentuada la cuarta y la séptima^ como el siguiente de Garcilaso: 

¿Tus claros ojosa ^i^n los volviste?» 

ite tiene por quebrados el pentasílabo, y el verso de ocho sílabas, que es entre 
el que se aviene peor con el endecasílabo. 

I cuarta y la séptima acentuadas forman una armonía semejante al sonido vulgar 
gaita gallega, y está muy distante de la marcha llena y grave del endecasílabo y 
ifico. El mismo defecto hallaba Huerta en el célebre verso de Iríarte; 

cLas maravillas de aquel arte canto» 



España , consulerados como soberanos ¡ndepenJientes de su marca. Por 
D. Pr(')S|>ero de BofarrulI v Mascaro. Dos tomos en 8.° mayor. — Barce- 
lona 1843. Art. I. . . ' 81 

Alt. II 87 

Ari. Ilí 89 

(fol>iei'no del Señor Rey D. Carlos III, ó instrucción reservada para direccioa 
de la Junta de Estado que creó este Monarca: dada á luz por D. Andrés 

Muriel. Un tomo en 8." francés. — Paris, 1838. Art. 1 92 

Art. 11; 91 

El Pailre íuan de Mariana 96 

Respuesta á los editores de la Historia de España, por Romey. .... 98 
Colección de Cortes, publicada por la Real Academia de la Historia. Cuaderno 

28. Cortes de Falencia de 1388. Art. 1 100 

Art. II. . 102 

Cuaderno 29. Cortes de Toro de 1369. 101 

Cuaderno 30. Art. 1 107 

Art. II 109 

Cuaderno 31. Art. I. 111 

Art.n i« 

Com|)ondio de la Historia Romana hasta los tiempos de Augusto: por D. 

ManuelSilvela.— Paris, 1839. Art. 1 115 

Art. II 117 

Art. III 119 

Traducción de la Historia de la revolución francesa, de M. Tliiers, hecha por 

D. Sebastian Miñano 121 

Tralado del derecho penal, por M. Rossi, traducido al castellano por D. Ca- 
yetano Cortes. Tomo I. — Madrid, 1839. Art. I. . . . ... 122 

Art. II 12* 

Art. III • 127 

Tomo 11. Art. 1 129 

Art. II. . 131 

Art. III 13* 

Libro de los niños, por D. Francisco Martínez de la Rosa.- — Madrid, 1839. 136 
Colección de proyectos, dictámenes y leyes orgánicas, ó estudios prácticos de 

Administración, por D. Francisco Agustin Silvela. — -Madrid, 1839.. . . 138 
Lecciones elementales de Astronomía, j)or M. Arago, traducidas por D. Ca- 
yetano Cortés— Madrid, 1839 142 

Mecánica aplicada á las máquinas operando, ó tratado teórico y esperimeotal 
sobre el trabajo de las fuerzas, por él coronel D. José de Odriozola. — 

Madrid, 1839 14* 

Tratado elemental de física, por M. Despretz. Traducido al castellano, de la 
cuarla edición y considerablemente aumentado por D. Francisco Alvarez, 

profesor de medicina y cirujía. — Madrid, 1839. 146 

Nueva edición de las obras festivas de D. Francisco Quevedo y Ville- 
gas. Art. 1 148 

Art. II ; . . 150 

Art. IH 153 

De la Novela • . 155 



De la amela iMSttfñea. Art. 1 156 

Arl. II 159 

Alt. 111 • 161 

Le)eBdas y novelas jerezanas. — Madrid, 1838 163 

De la poesía considerada como ciencia. 165 

De la supuesta misión de los poetas 1 67 

Del uso de las fábulas mitoiójicas en la poesía actual 169 

De las costumbres en la |K)esia« • *...i71 



.^.^^K -5. 







"-i^ 




LITERARIOS Y CRÍTICOS 



D. ALBERTO LISTA Y ARAGÓN. 



[12] 



RESPUESTA Á UN ARTÍCULO 

DE LA REVISTA DE MADRID, 



ÍjN los números del Tiempo del 10, 13 y iO de Agosto de ^840, insertamoi tra 
artículos sobre la versificación castellana. Eq el primero de ellos distinguimos dos dases 
de versos endecasílabos, el endecasílabo propio y el sáfico, dando el primer nombre 
al que tiene acentuada la scsta sílaba , y el segundo al que tiene acentuada la cuarta y 
octava. I^ Revista de Madrid del raes de Octubre, en un artículo sobre el verso mánot 
silabo castellano, llama á nuestra distinción descabellada^ incongruente y absurda. La cen- 
sura no puede ser mas agria: falta saber si es justa. 

Nosotros no tratamos entonces de demostrar nuestra distinción ; la propusimos como 
im ¡Mstulado ,digÁmos\o así, necesario para esplicar la diferencia de movimiento arnióni- 
co que admite nuestro verso endecasílabo ; pero esta misma necesidad es una demostra* 
cion. Impórtanos muy poco que haya cincuenta años ó un siglo, que se conoció la dis- 
tinción que establecimos ; pero la fecha que se asigna en la invista es favorable á 
nuestra causa; pues solo de cincuenta anos á esta pártese han estudiado entre nosotros 
las humanidades con alguna filosofía. 

La cuestión se reduce á lo siguiente : estos dos versos endecasílabos 



cEI dulce lamen/arde dos pastores» 
«Uuéspedf/frno del \bril florido» 



;, tienen igual armonía ó no? Los acentos esenciales , esto es , los que caracteriían las ce- 
suras, y por consiguiente los quebrados de estos versos ¿están colocados igualmente ó not 
Basta cou el oidoy con la vista para responder. 

Preguntamos mas: ¿hay otra combinación posible de acentos esenciales en el ende- 
casílabo? No. Los acentos en las tres primeras sílabas ni forman cesura ni quebrado. La 
combinación de la cuarta y séptima acentuadas no se admite ya en nuestra poesía. La 
de la cuarta y sesta acentuadas sin estarlo la octava, forman un endecasílabo malo, co- 
mo este, citado en el artículo á que respondemos: 

tGala de Mayo, rosa purpurina. » 

Ks malo, porque engaña al oido, acostumbrado á un acento en la octava después deotro 
en la cuarta; porque el acento que cae en la sesta obliga á hacerla cesura en la séptima, 
cuando el sentido y el acento en la cuarta han hecho ya otra. El acento mas natural 
del endecasílabo es el de la sesta, que divide el verso con la posible igualdad. Cuando 
existe ' es 9I dominante : si forma esdrújulo, estará mas lejana su cesura dein qÜAta y 
será el verso mejor, 

c Dióles Mengibar ínclita corona > 

i * 

Luego si no hay mas que estas dos diferencias en el endecasílabo, menestar ea 
distinga dos especie.^^ de versos endecasílabos el que escriba sobre la versificacioa mili 
na: uno acentuado en la scsüi : otro en la cuarta y en la octava.^ Parécenoa qnjakMla 
aquí hemos observado las condiciones lójicas de una buena división. 




\\¿^^..t 



LITERABIOS T GBÍTIGOS 

D. ALBERTO LISTA T ARAOON, 

©©Sü WM lp|gS[L©@© 

W. losé Joaquín üt Mota. 



L 



Tomo sEemrDO. 



CALVO-RUBIO Y COMPAÑU, EDITORES: 
Vl«n «el 8IMMI*, mtm. II. 



ailiKtUlo niieslra vcrsifícatiorr. Xo nos era posible seguirlo en las victsiCudes qneMilrió 
al formarse la lengua y poesía ilaliana ; pero podíamos reconocer la difereocM de bio« 
\imirnto en este metro, según la diferente colocación de los acentos; y esa fue la que 
noá dedicamos á examinar; porque esta era la única investigación útil é importante 
que cabía en la materia. 

En el articulo de la liceísta se esplica una nueva distinción del endecasílabo, al cual, 
en>irtudde su orijen, Wsima fdfiroi fundada no en la diversa armonía que resulta de 
la varia colocación del acento, sino en la construcion primitiva del slifico griego y latino. 
Examinemos, pues, esta división. 

La distinción que en dicho artículo se señala á los versos endecasílabos ó sáGcos 
(pnes lodo es uno en aquel sistema fundado en el oríjeo de nuestro verso heroico; es la 



sij^uieute: 



Sáficos verdaderos ó propios : 
Sáfícos inq)ropios. 

Llama sáfícos verdaderos ó propios á los que empiecen por un adónico español ^ esla 
rs , qiio tengan acentuada la primera y la cuarta con el hemistiquio en la quintil. 
Sáficos impropios son todos los demás endecasílabos. 
Ejemplos de sálicos verdaderos : 

i Huésped eterno del Abril florido» 
con la octava acentuada . 

c Diales Menguar ínclita corona » 
con la sesta acentuada. 

Ejemplos de sáficos impropios : 

c Vital aliento de la madre Venus » 

con la cuarta y la octava acentuada. 

c El dulce lamentar de dos pastores : » 

con la se.Ma sola acentuada. 

Dos son los inconvenientes de e<ta división: l.% confundir en una sola dase verMi 
de muy diferente armonía, como son los dos últimos que hemos citado, cuyos hemisti- 
quios son muy diversos En la clase de sáficos propios sucede lo mismo: ¿quién do co- 
noce la diferencia del movimiento en estos dos versos: 

c Gala del Maya , rosa purpurina , 
cuando el orgullo de Dupont rindieron. » 

¿Ouién ño siente el diverso efecto de la sesta y do la octava acentuada? 

:2." La necesidad de que el sáfico verdadero comience por un adónico español: nece* 
sidad , que según hemos probado, no conoció Villegas, el primero que seguo nuestras 
noticias dio el nombre de sá/ico á cierta clase de versos endecasílabos. En sus sáGcosee 
>en constantemente acentuadas la cuarta y la octava, pero no la primera : asi no eiguié 
la ley de comenzar por un adónico. 

V en nuestro entender hizo muy bien. Ni los griegos ni los latinos comenauíron iut 
sáficos por un adónico: solo emplearon este metro en el cuarto verso de la estrofa sáfica. 
¿ Por qué, pues, se han de someter á esta ley los sáficos españoles para merecer el titula 
degenuinos? 

Se dirá que nosotros leemos el principio de un sáfico latino como un adóñko espa- 
ñol, por cuanto la primer sílaba de aquel metro es larga, por ser la |priuiera de un tro- 
queo: y nosotros confesaremos que esto es cierto: mas lo mismo nos sonaría el veno. 
sáfico, aunque la primera fuera breve , porque las primeras sílabas del endeGasfilalNi 
español no mfluyen en su armonía, por cuanto las cesuras na se forman aUi» Lo 
suena para nosotros. 



ri5] 

* € Dentera sacras jacultus arces» 

it 

< Grávida sacras jaculatus arces. > 

< Pues y ¿por qaé, se nos objetará , exíjimos que el cuarto verso de la estrofa sáfíca, 
a «<M#iico español?» Porque en las latinas era adónico latino: porque es verso mas 
Tto j el acento de la primera silaba influye en su armoní»; porque acomoda, ha* 
endo de estar acentuada la cuarta, penúltima del adónico, ahajar lo mas posible el otro 
ento, y en fin, porque asi lo hizo Villegas^ que fué el que primero acostumbró los 
dos españoles á esta clase de estanzas. 

No hay, pues, contradicción ninguna en la distinción que hicimos del adónico y el 
^ntasilabo: porque en nuestro mentir basta el pentasílabo |)ara formar el sáfíco, con tal 
le también esté acentuada la octava, aunque exíjimos el adónico para concluir la es- 
ofa. VilU*gas, imitando á los antiguos, no exijíó el adóniro para comenzar el sáfico: 
morqué lo hemos deexijir nosotros, mnclio mas cuando el acento es insignificante en 
primer sílaba de nuestro verso heroico? 

1^ diferencia, pu(*s,qKe hay éntrelos dos sistemas de distinguir los versos endecasí- 
bos, espücados en el artículo de la fíechfa^ y el nuestro, consiste en que el primero se 
nda en semejanzas accidentales del sáfíco español con el latino, y el segundo en la po- 
!Íon de los acentos dominantes, y por consiguiente en la diversa armonía del metro, 
ink^enos este fundamento mas importante que el primero. 

liablando del verso de ocho silabas, espusimos dos opiniones acerca de su orijen, 
16 unos señalan en el hemistiquio árabe, otros en el segundo hemistiquio de los e\á- 
etros groseros de la edad media ; y manifestamos que nos parecía mas probable esta 
gunda opiuion. Kn el artículo de la RecÍHía se dice: cEl octosílabo castellano procede 
iduda del coriámbico trímetro latino, etc.» Mas que dudoso nos parece esto; porque 
t la época en que comenzaron á hacerse versos castellanos de ocho sílabas, ¿quién co- 
ncia, quién leia los vei^sosdc Horacio del mismo número de sílabas? Obsérvese ademas 
e el coriámbico trímetro aparece siempre acompañado y mezclado con otros metros; 
iodo el octosílabo español es casi el elemento único de nuestros antiguos romances 
antigás. Parécenos, p*jes, probable que el vulgo, cuyo metro favorito es, lo forjase 
los finales de exámetros, ya latinos, }a castellanos, muy comunes en aquella época : 
te ortjen, á lo menos de los exámetros escritos en latín bárbaro y corrompido, pudo 
bien ser general á los octosílabos franceses é italianos: así como debe referirse á este 
'O y no al coriánibiro de Horacio, con el cual no tiene relación alguna, sino el nú- 
I de silabas, el célebre himno dé la Secuencia del oficio de difuntos. Los himnos 
iásticos en sálicos y adónicos del breviario conservaron este metro en la edad de la 
iric: pero ¿dónde se conservó el coriámbico trímetro? 

ntos de dar fín á este articulo debemos hacer una protesta. No nos ha movido á es- 
to ni á insertarlo el deseo de entablar una polémica , aunque fuese solo literaria , 
Reri.<ta de Madrid. El (|ue ha escrito esta Respursta^ ha sido redactor de aquel perió- 
K)r tantos títulos aprecíable, y ha profesado y profesa verdadera amistad y sumo 
I á los (|«ie lo fueron después. Pero viéndose censurado con tanta severidad como 
la, y designado por su nombre mismo, le ha sido forzoso manifestar que su sis- 
1 la cuestión presente , no carece de sólidos fundaiuentos, y que si ha errado ha 
lor lo menos razones que disculpen su error. 



DEL LENGUAJE POÉTICO. 



ARTICUIX) I. 



se apodera del poeta la inspiración, se presentan á su fantasía los objetos 
describir bajo un aspecto nuevo y antes desconocido; porque no descubre 



y«n reluciónos somctid.'is al análisis y á la combinación del ontendimienlo , sino ifhá* 
jciK's (¡lio pintan, rasaos y lincamientos que entretallan. Siente en su iiiiajiíif'icíün 
cierta efervescencia que quiere trasmitir á sus lectores , y para conseguirlo no halla 
medio mas oportuno, ni lo bav , que espresar bien lo que siente. No trata, pues, 
de coordinar las ideas según el orden lójico de su deducción ; no trata dc^ buiíear los 
pensamientos que prueben una verdad : lo que se siente está suficientemente pnn 
Lado; sino los que mejor contribuyan á gravarla en el ánimo, á escitar conuiociooes 
y sentimientos. 

Cuéntase que un geómetra , asistiendo á la representación de una escclente tra- 
jedia al concluirse dijo : y ¡qué prucha esto? Para él nada á la verdad ; pero ú los que 
le overon demostn^ su pregunta , que á fuerza de cultivar esclusívamente 8n facul- 
tad analítica babia perdido los sentimientos comunes de la bumanidad.asi como otnM 
sabios, por entregarse demasiado al estudio han perdido la vista. 

La iniajinacion y el corazón tienen , pues , su particular idioma : el que sabe ha- 
blarlo es poeta, 'tienen también su lójica y análisis particular; pero no osla del 
raciocinio. Descríbase inoportunamente el arco Iris , como dice Horacio , y se notará 
al instante la incongruencia. )*lsnrese el actor Irájico su desesperación en antitesis si- 
inetrizadas, y se adormecerán los espectadores. 

El estilo poético, destinado á espresar imájenes y sentimientos, debe ser esencial- 
mente distinto del oratorio , del histórico, del tilosóíico , que demuestran , rac'ioeinau 
\ analizan. Mu él la elección y disposición de los pensamientos debe ser adaptada al 
íin i\\w se propone el poeta , que es (tí/radar conínovipndo. 

Pero pasando ya de los pensamientos á las palabras, esto es, del f9lUo propia- 
mente dicho al kutjuajr , ¿ha do distinguirse el dialecto de la poesía del do los otro» 
géneros'/ esta es cuestión importante , y que nos proponemos examinar. 

Si atendemos á los hechos, es indudable que. la respuesta debe ser afirmativa. No 
hay ninguna de las lenguas conocidas, en que el lenguaje poético no se diferencie,,^» 
mas, \ a menos, del de la prosa. No hablaremos del idioma griego, que nos es mnv p<N*o 
conocido, auu(|ue sepamos por los informes de los mejores helenistas, y por el mis- 
mo testimonio de Aristóteles, cuan comunes eran en su poesía lo.s arcaísmos en 
^üces \ constrnc(*iones, el uso dolos diferentes dialectos, la transposición , las eon- 
tiaccionos , los nmdismos, en fin , que podían usarse en verso y no en pro.<a ; asi 
corno ciertas esprosiones de esta no podían emplearse en la poesía. Si de la lengua de 
Atonas pasamos á la de los latinos que nos es mas bien conocida , vemos los mismos 
caracteres en el lenguaje de ^'irjijio y Horacio, aumentados con muchas conslniceio- 
nos tomadas del idioma griego , como nmlus mnnbra , y ([uc no eran permitidas en 
prosa. 

Vengamos ya á las lenguas modernas. La poesía italiana admite contracciones 
que no son permitidas sino on la poesía : la inglesa tiene muchas palabras que no se 
usan en prosa, y que en los diccionarios mismos so potan como poéfiras: la francesa, 
quizá la mas pobre do todas en esta parte, tiene por lo menos cierta facilidtid de in- 
vertir y de cometer elipsis en el verso, que parecerían violentasen el lenguaje des- 
atado. La española, en fin, usa en su poesía de mayor libertad en las transposirío- 
uos y arcaísmos, asi como en las figuras de dicción, que consisten en quitar, aña- 
dir ó transponer silabas ó letras á las palabras. Tiene también voces que no son per- 
mitidas en la prosa ; asi como igualmente uspresioncs y modismos familiares que son 
mirados como indignos del verso. 

Parece, pues, que la misma naturaleza inspira nuevo lenguaje , asi como nuevos 
pensamientos á los poetas; pues vemos en todos los idiomas una diferencia tan no- 
InbiO en el dialecto de la poesía con respecto al de la prosa. Veamos, pues, si pó- 
denlos hallar algún principio filosófico que esplique este fenómeno general. 

\'M cuanto á la ira nf posición, que es una dclascualidades principales del lenguaje poé- 
tico, no es dificil conocer de dónde procede. En poesía no se observa el orden lójico ni 
gramatical délas ideas, sino el del interés que inspiran. De a([ui es que cada palabra de- 
bo colocarse donde produzca el mejor efecto posible, ya por las ideas que se le asocien. 
\a por su mi.sma armonía. Asi seda por regla general de buena versificación que 
so procure concluir los versos con una ' voz principal , como verbo ó sustantivo, y 



no con iin adjetivo ó un adverbio. Ademas todos los buenos poetas ban atendido cui- 
dadosamente á la armonía, ya en cuanto al sonido general, ya en cuanto ala imitación 
tlel objeto que se describe con los sonidos mismos, siempre que sea posible: ya en fin á 
la conveniencia de los tonos con el pensamiento. Ideas placenteras y balagüeñas deben 
espresarse con sonidos suaves, fáciles y tranquilos: pasiones vehementes y sentimien- 
tos impetuosos con cortes violentos y rápidos. Mas para que el poeta pueda hacer esto, 
necesita de cierta libertad en las construcciones , de cierta facilidad para trasladar las 
palabras de un sitio á otro. Hé aqui el orijen del hipérbaton, que en todos los idiomas 
es mas atrevido en el verso que en la prosa. La naturaleza que inspira al cantor colocar 
las voces según el orden de interés que tienen los objetos que representan , le ins- 
pira también colocarlas donde formen una armonía mas agradable ó mas signifi- 
cativa. 

El arcaísmo , ó la introducción de voces ya desusadas en prosa, dá al lenguaje 
cierto sabor de antigüedad venerable y de candor, que lo hace muy á propósito 
para la poesía , porque recuerda los tiempos primitivos en que se raciocinaba menos 
que se scntia. Al mismo tiempo son voces , generalmente hablando, mas pintorescas 
y que hablan con mas viveza á la fantasía, que las que ha introducido en su lugar 
un lenguaje mas culto y modesto. También por mas inusitadas llaman mas la aten- 
ción y graban mas profundamente la idea. Por todas estas razones se ha mirado el 
arcaismo en todas las naciones como una licencia concedida á los poetas. 

Los griegos y latinos la tenian también de componer voces nuevas con elementos 
ya conocidos , aunque los primeros con mas latitud que los segundos. Esta libertad 
no se ha conservado en las lenguas modernas que proceden de la latina , aunque la 
tienen las de orijen teutónico como la inglesa. En la poesía castellana no se usan mas 
voces compuestas no admitidas en prosa , sino las que proceden del latin , como armt- 
poienítj bdigero^ ignífero y otras semejantes. Las que son de composición castellana, 
como biennacido , recienvenido , son comunes al verso y á la prosa . 

Las figuras que consisten en la alteración , supresiva ó aumento de letras y síla- 
bas pueden haber tenido su orijen en la licencia que se ha concedido á los poetas 
para que conste el verso ó para que sea mas armonioso sin alterar el sentido. Es na- 
tural que haya sido esta licencia mas lata en la época en que empezaba á perfeccio- 
narse el lenguaje , que después cuando ya estaba fijado. Entonces, por ejemplo, pudo 
haberse introducido fácilmente decir felice por feliz. Ahora no se permitiría ya escri« 
bir udgare ftor vulgar. 

Los giros V voces reservados para la poesía forman la mayor y mas escogida parte 
del tesoro de la dicción (loética. Cuando Luis de León dijo 

«Que tienen y los montes sus oidos»» 
y Góngora 

«Desnuda el pecho anda ella,» 

enriquecieron el lenguaje poético con dos giros hermosísimos. Las voces crinado^ rie^ 
lar y otras muchas que no se emplean en prosa, forman el diccionarío de la poesía. 
Debemos advertir que hay muchas palabras descríptivas, que aunque propias, de 
buena formación y sonido y de muy buen efecto en la poesía , no pertenecen sin 
embargo al lenguaje poético, porque pueden también emplearse en la prosa. Sírva- 
nos de ejemplo la octava siguiente de Balbuena , en que imita un pasaje de Yirjilio: 

«Es fama que de un rayo poderoso 

En aquellas cavernas soterrado 

Está el gigante Encelado espantoso 

De todo el monte altísimo cargado: 

Del pecho resoplando pavoroso 

Humo , fuego y azufre requemado; 

Y al anhelar del pecho que rehierve. 

La tierra tiembla en torno, y el mar hierve.» 

3 



[18] 

Toda la octava es poética en cuanto á su esülo ; pero las palabras aUi$imo , cargado^ 
pavoroso , requemado , tiembla , /uVrr^; , aunque gráficas y perfectamente colocadas , no 
pertenecen al lenguaje poético , porque pueden usarse en prosa y en la misma acep- 
ción. Lo que hay de dicción poética en esta octava son : el participio soterrado : el 
réjimen de un rayo poderoso : las transposiciones del segundo , cuarto y quinto verso: 
resoplando y al anhelar , no usados en prosa en esa acepción : el anticuado rehiervf ; j 
en ún , la espresion adverbial en torno , reservada para la poesía. 

Parece, pues, que el principio general que justiGca el uso del dialecto poético, 
es la novedad y enerjia que comunica al estilo, sin faltar por eso á los limites que 
ha puesto el uso á la infracción de las reglas de la gramática ; y esta habrá sido li 
razón por que todas las lenguas , ya con mas , ya con menos latitud , han permitido 
ciertas licencias al lenguaje de la imajinacion y de las pasiones. 

ARTÍCULO IL 

XjNTRE los antiguos poetas castellanos fiolo hay dos que se hayan dedicado á for- 
mar el dialecto poético de la lengua , que son Juan de Mena y Fernando de Herrera. 

Los poetas castellanos anteriores al siglo XV en que floreció el Ennio español, ni 
podian perfeccionar el lenguaje de la poesía , ni aun formar el proyecto de darle un 
(xirácter distinto del de la prosa. La razón es evidente. Ni aun el mismo idioma esta- 
ba todavía formado. Es cierto que aparece ya en el libro de las Partidas con dotes 
muy estimables : dignidad « precisión , número y aun adorno. Pero aquel libro fué 
un fenómeno estraordinario. ^Vsi como se adelantó en gran manera á todos los escri- 
tos anteriores, asi también fué muy superior á los que se le siguieron en el si- 
XIV, y solo en el XY empieza á notarse una dicción que iguale ó aventaje á la suya 
en soltura y gallardía. 

Podemos, pues, asegurar que el idioma castellano no empezó á fijar su construc- 
ción , y por consiguiente á ser un idioma formado, hasta el reinado de Juan U. 
Ahora bien , cuando la dicción prosaica era aun grosera é indijesta , no era posible 
dar á la poética un carácter fijo y definitivo. Prescindamos ya de los primeros rodos 
ensayos de nuestra poesía, de los poemas del Cid y del conde Fernán González: aun- 
(|uc hablemos de Bcrceo y del arcipreste de Hita , ¿quién negará que sus versos , tal 
vez muy poéticos en cuanto al pensamiento, están escritos en un lengUcijc mas tosco 
y dipsaliñado que la prosa del marqués de Santillana y del bachiller de Cibdad Real? 

Pero esta prosa tiene ya la misma construcción que la que se habló en el si- 
glo XVI , aunque conserva en los accidentes muchos vestijios de rusticidad, que fae- 
ron ¡)oco á poco desapareciendo. Entonces fué la ocasión oportuna de darle también 
su verdadera construcción al lenguaje poético castellano : y eso fué lo que solicitó 
Juan de Mena. Cotéjense sus composiciones con las de los poetas coetáneos suyos , J 
so conocerá fácilmente esta intención. Las estanzas de Jorjc Manrique, tan elegan- 
tes , tan melancólicas , no presentan el menor vestíjio de semejante proyecto. Los 
pensamientos son nobles y dignos de la poesía; las voces pertenecen todas al lengua- 
je común , y no hay ninguna que no se pudiera hallar en los escritores prosistas de 
aquella época. No asi las poesías de Juan de Mena, donde se hallan muchas voces, 
la mayor parte tomadas del latín , que ni entonces ni después se usaron en prosa. 
Basta para convencerse de ello leer las muestras que do este poeta presenta el señor 
Quintana en su colección , y se verán las siguientes espresiones, inventadas de pro- 
pósito por él para hacer poético su lenguaje : 

«nuevos yerros» 
«la noche pasada hacer los planetas» 
«con crinen tendidos arder los cometas» 
«las aves nocturnas y las funéreas. * 

Las voces cdrbasos, el Birseo muro , abusioties , la menstrua luna , tientan por procQ** 



[19] 
rar, pruitia^ semilunio, y otras muchas aglomeradas en pocos versos, no usadas nunca 
en la prosa castellana , anuncian muy á las claras en el poeta cordobés la intención 
de crear un dialecto poético , aunque todavía tenia que luchar su grande genio con- 
tra la rusticidad del lenguaje. 

Pero en ninguno de sus coetáneos, ni en Juan de la Encina, ni en Boscan, ni en 
Garcilaso que aclimató en España el metro y carácter de la poesía italiana , se des- 
cubren señales de semejante idea. El primero, y acaso el único del siglo XYI, que]tomó 
á su cargo continuar el proyecto de Juan de Mena, fué Fernando de Herrera, el mas 
esmerado sin disputa en cuanto al lenguaje de todos los poetas de aquel tiempo. 

Herrera emprendió su obra con mas tino , con mas conocimiento del arte y con 
mas caudal de erudición que su antecesor, el cual apenas había hecho otra cosa 
que introducir voces latinas no usadas antes. El poeta sevillano tomó de esta lengua 
menos palabras y mas giros y modismos; aumentó la libertad de las transposiciones, 
de las JBguras de dicción y de los arcaísmos ; y puso sumo cuidado en el escojimíento 
de las palabras, especialmente las gráficas y descriptivas, y creó nuestro lenguaje 
poético tal como existe en el día. No dudamos asegurarlo asi , porque no hay ninguna 
licencia délas que usa Herrera que no sea permitida en la actualidad: mas no se 
«uele usar de ellas con tanta frecuencia como él lo hizo. 

En efecto., su frase , siempre engalanada y artificiosa , aunque siempre bella, 

f presenta vestijios del trabajo ; y los versos buenos han do tener la apariencia de 
a inspiración espontánea. Esto no es de estrañar. La lengua , aunque ya formada, 
no tenia aun aquella flexibilidad que adquirió después en las plumas de Rioja , Ar- 
gnijo , Cervantes , (considerado como prosista) y Lope de Vega , que prefiriendo la 
facilidad á todas las dotes poéticas , díó el pernicioso ejemplo de hacer versos sin 
poesía. Si Garcilaso tuvo también que hacer esfuerzos , muchas veces inútiles , para 
doblegar el idioma á los sentimientos de ternura candida y sencilla que respiran 
sus églogas , ¿ cuánta mayor dificultad debió encontrar Herrera que solicitaba no 
solo domarlo sino formarlo de nuevo ? 

Rioja disminuyó algún tanto la ostentación del lenguaje poético , y se aplicó mas 
cuidadosamente á la armonía , al escojimiento de palabras pintorescas y al arte de es- 
presar poéticamente pensamientos filosóficos. Mas no por eso despreció el dialecto de la 
poesia ; antes lo empleó con tanta felicidad, que en sus versos vienen como nacidas 
aquellas espresiones, que aunque hermosas y oportunas, parecen buscadas en Herrera: 

< ¡ Cuan callada que pasa las montañas 

El aura respirando mansamente! 

¡ Qué gárrula y sonante por las cañas ! » 

¿Quién fija la atención en las tres voces poéticas que contienen estos versos , ni en 
la elipsis del tercero? Pero cuando Herrera comienza su hermosa oda á D. Juan de 
Austria : 

«Cuando con resonante 

rayo y furor del brazo impetuoso 

á Encelado arrogante 

Júpiter poderoso 

despeñó airado en Etna cavernoso:^ 

Todo el artificio de la frase poética se deja sentir : los epítetos resonante y eaxiernoso, 
la supresión del artículo antes de Etna, y el hipérbaton del objeto del verbo colo- 
rado primero que el sugeto. \ 

I^ manera de Rioja fué mas imitada de Arguijo , Jáureguí y Góngora cuando son 
bnenos, del bachiller Francisco de la Torre y Balbuena, que enriquecieron el idio- 
ma poético con un gran número de espresiones descriptivas : en fin , por todos los 
poetas á quienes no arrastró la contajiosa facilidad de Lope de Vega. Usaron de 
las licencias adquiridas por el gefe de la escuela sevillana , mas ninguno se atrevió 
á prodigarlas; porque no se debe llamar lenguaje poético la oscuridad afectada ni 



\ 



\ 



.f20] 
las metáforas atrevidas de Góngora , ni la introducción sin tino ni medida de voces 
latinas, que adoptaron los sectarios de la latiniparla. 

I.a poesía, la elocuencia y el idioma se corrompieron en el siglo XYII. En el XVIII 
se introdujo entre nosotros la literatura francesa ; y no puede negarse que en com- 
pensación de otros inconvenientes debimos á ella el conocimiento de los verdaderos 
principios de la elocución poética , y el estudio , tantos años interrumpido , de nues- 
tros buenos poetas del siglo XVI. Lu/an , hombre de mas gusto que genio , enseñó ¿ 
estudiarlos de nuevo y á imitarlos no sin felicidad. Siguiéronle el P. González, Mo- 
ratín el padre é Iglesias desprovistos también de genio (este último robó sin piedad 
al bachiller de la Torre y á iialbuena]. Al fin apareció Melendez, y las musas caste- 
llanas volvieron á repetir los sones de sus antiguos vates. 

Melendez no puso grande atención al dialecto poético en sus primeras compo- 
siciones , consagradas casi todas al amor. Después fué mas atrevido , pero sin desfi- 
gurar el idioma. No asi Cienfuegos, ante cuyos pensamientos colosales desaparecía 
liasta la gramática. Sus imitadores no han contribuido á justificar su manera. 

Se ve , pues , que en el dia nuestro lenguaje poético está reducido al que nos legó 
Herrera , pero usado con la prudente frugalidad de Rioja. En lo que hay mas li- 
hertad es en los arcaismos: no tanta en el uso de las figuras de dicción, y menos 
aun en las transposiciones después que Tomé de Burguillos ó Lo\}C de Vega escribió 
rstos versos en la. Gatomaquia : 

«En una de fregar cayó caldera, 
(trasposición se llama esta figura).» 




poético tan abundante y vanado como el de Jos griegos: 
pero el que basta para no envidiar á ninguna de las lenguas modernas, inclusa b 
inglesa, siempre que se maneje con talento y prudencia. 



DE LA ELOCUCIÓN POÉTICA. 



ARTICULO I. 

Lista es una de las malerías mas difíciles de tratar en literatura. Horacio, que es 
sin disputa el mejor maestro de poética conocido en el siglo brillante de los latinoSf 
cuando llega á tocarla, so contenta con espresar sus ideas por medio de metáforas, y 
iKj la desentraña íilosóiicamente, cosa que por decirlo de paso, no .se exijia ea su 
l*en)po. 

< Pnnnun egn me illorum^ quibua dederim esse portas^ 
Eacerpam numero : ñeque enim coucludere verstmi 
Direris esse satia ; ñeque si qitis scribat tiíi nos 
Serinoni propriora , pufes kunc esse poefxtm. 
Ingenium rni .<?í7, aii mens divinior , aique os 
Magna sonatunim, des nominis hujus honorem,* 
((Vo me borro del número de aquellos 
A los cuales confieso por poetas, 
Xo Tjasta componer versos que consten; 



[21] 
Y si alguien, como yo, los escribiere 
En estilo á la prosa semejante, 
No pienses que es poeta. De este nombre 
Solo darás la gloria al que posea 
(jcnio , mentó divina y voz sublime). » 

Entra después en la cuestión de si la comedia es poema ó no , y parece inclinarse 
á la negativa : pues aunque tal vez se eleva un poco el lenguaje en los trozos en que 
habla la pasión , como cuando un padre reprende los vicios de «u hijo , sin embar- 
go , nunca sale del tono ni de las ideas de un padre verdadero en la misma situación: 
lo que puede conocerse, añade, en que destruyendo el artifício y el hipérbaton de 
los versos cómicos , lo que resulta es prosa pura ; cosa que no sucede on im pasaje 
venladeramente poético de la epopeya ó de la oda. 

Estas reflexiones de Horacio son preciosas, y nos obligan á admirar «1 instinto 
admirable de su gusto , que le dictó por sentimiento la diferencia esencial entre la 
elocución poética y la prosaica. Si es posible deducirla á priori de principios filosó- 
ficos, es imposible describirla con mas claridad ni exactitud. Aspiremos,. pues, á la 
gloria de interpretarle^ ya que él mismo nos ha impedido la de sentar las reglas; 
porque lo hemos dicho, y lo volvemos á repetir, en materia de buen gusto será 
siempre necesario recurrir á las máximas del poeta de Venusa. 

Tres cosas son las que requiere Horacio en el verdadero poeta para que se dis- 
tinga de un prosista: 

cGenio^ mente divina, voz sublime:» 

pslo^s, disposición para sentir y ser inspirado por la belleza ó la sublimidad; enten- 
dimiento capaz de contemplarla y de hallar las relaciones que la forman ; lenguaje y 
ai-mooia á propósito para espresarla. De estcrs tves elementos se compone la elocu- 
ción poética. 

.No basta sentir y gozar la belleza ideal : es necesario hallarse inspirado por ella, 
competido á reproducirla; es preciso verla en nuestra fantasía, al mismo tiempo que 
oiwa sobre el corazón, pintándose en aquella y dominando en este, y pugnando por 
lanzarse de nuestros labios bajo las formas nuevas que le hemos prestado. La opera- 
ción del genio es misteriosa , como todas las de la naturaleza cuando transmite la 
vida. Nadie la ha espresado mejor que el poeta de Sion cuando dice; escápase de mi 
rurazon el oanto de la felicidad : eruetnail cor meiim verbttm bonum. 

La inspiración produce nccesíniam en te las ideas y pensamientos que nuestro au- 
tor llama divinos, porque se apartan de la combinación sabida y usual de las refle- 
xiones humanas. Las ideas poéticas, generalmente hablando, no se presentan bajo 
formas analilicas, ni se deducen del raciocinio : son verdaderos cuadros, verdaderas 
im.ijenes que el poeta percibe por intuición , ó bien que conmueven sus afectos, y le 
inspiran el idioma propio de cada uno de ellos. La mente </tvtna del poeta es el alma 
de su elocución : es la quería á su estilo el carácter verdaderamente poético: porque 
es la que diferencia los pensamientos en su esencia y en su giro de lo que deben ser 
en Jos escritos prosaicos. 

En ^u esencia. Los otiadros , las imájenes y los sentimientos pertenecen á un mun- 
do ideal, muy diferente del común, sobre que se versan ordinariamente nuestras fa- 
cultades intelectuales. En este nuevo universo, creado por la poesía, todo es vida, 
iodo es acción. Los montes se conmueven , los elementos tienen sensibilidad , ^os ani- 
males raciocinan^ y hasta las ideas generales formadas por nuestra facultad de abs- 
traer, tienen propiedades humanas : nos oyen , nos hablan , nos consuelan , nos re- 
prenden. Es \\!rdad que el buen poeta sabe conservar relijiosamente la verdad intrín- 
Keca 6 ideal de las cosas : sabe espresar , pero sin descubrir su artificio , las relaciones 
i'onstantes que existen entre esc mundo fantástico y el verdadero : mas no ])or eso 
dejan de pertenecer á él los pensamientos con que esplica la idea principal ; pensa- 
tuienUis que son los que en cualquier género caracterizan el estilo. 



no serían estos versos do una sílaba, sioo de dos; porque en nuestra versificación, toda 
silaba final de verso en palabra aguda, equivale, como ya hemos dicho, á dos sílabas, 
l^os de dos sílabas apenas pudieran seguirse unos á oíros sin que pareciesen de cuatro, 
como estos: 

c Penas 

graves 

sufres, 

hombre: 

penas 

graves 

sufra 

yo» 

l>;is palabras de una ó de dos sílabas no han figurado en la versificación castellana, 
sino en los ecos^ especie de juego de mal gusto, del cual vemos ejemplos en Calderón, 
en Lope y hasta en Haltasar de Alcázar. £1 poeta pregunta, el eco responde, yá veces 
las respuestas de este reunidas forman sentido completo. 

Tampoco conocemos, sino en este caso, versos de tres sílabas, que nos parcceriaa 
hemistiquios de uno de seis, como estos: 

i Alabas 
alegre , 
jilguero 
veíoz, 
al alba 
que nace 
primicia 
del sol.» 

Estos ocho versos de tros silabas son visiblemente cuatro de seis. 
Lo mismo podríamos <lerir del verso de cuatro sílabas con respecto al de ocho; pero 
aquel ya e\istc por sí solo eii las coplas de pie quebrado, ya grave, ya agudo. 

cCóino se pasa la vida, 
cómo se viene la muerte 
tan callando,* 
«Cualquiera tiempo pasado 

ei mejor. » 

Produce buen efecto después del octosílabo por sor su parte alícuota. Podemos dedr, 
pues, (|ue el trlrasiilalH) es el metro castellano de menor número de filabas, 

llay versos de 5, <», 7, 8, 9, 10 y 11- sílabas. Mas allá no hay metros; pues el de \i 
se compone necesariamente de dos de O, y el de 14 de dos de 7. Nadie, que nosotrosse- 
pamos, ha usado ni aun examinado el de la. Parece que este es el término desde el cual 
en adelante no puede ya el oído percibir la medición del verso. No ignoramos que el 
«irabe tiene versos de 10 sílabas y el francés de 1 i: pero estos suenan como dos de 7 y 
aquellos como dos de 8. Los latinos los tenían de mas silabas, pues el hexámetro podía 
llegar hasta 17, y este de Horacio 

Solciíur acris hijems grata vice veris et Favoni 

tiene también 17. Pero los latinos no valuaban sus versos por sílabas, sino por pies. 

El verso de cinco sílabas y el de seis son por su brevedad, propios para la endecha 
ó canto dolorido y triste. Sienta muy bien el pentasílabo después del endecasílabo td/ko* 
cuyo quebrado es: pero ¿porqué en este caso ha de ser adónico^ esto es, ha de tener acen- 
túa Ja la primera? Bus:¡uen los intelijentes en música la razón filosófica de esta anomalía: 



[II]. 

mientras nosolró» la alribuimos á la costumbre introducida por los que están habituados 
á las estrofas sáficas de los latinos. Porque este es un principio que debe tenerse siem- 
pre presente en materia de versificación. No hay que engañar al oido cuando se le ha acos- 
tunibrado d una tensacion. Todo lo que la desmienta ó la varié, le desagrada. Pondremos 
por ejemplo los pies quebrados de cinco silabas en las coplas de ocho, que desagradan, 
porcjue el oido espera uno de cuatro: bien que en este casv> se puede asignar una razón 
musical, y es que el de cinco no es quebrado del de ocho* 

Los de 7 y 8 silabas son en los que mas brilla la gentiléxa y gallardía de las musas 
castellanas. El de 7 , compañero frecuentemente del endecasílabo cuyo quebrado es, 
le auxilia notablemente en la espresion de los sentimientos enérjicos y elevados, sirvo 
para templar su tono» dar pausa á su armonía, y ó bien' terminar la eslanza con un pen- 
samiento concisamente espresado, ó bien proporcionar desde él un nuevo vuelo de la 
imaji nación. 

Generalmente se cree que el verso de 8 sílabas es el hemistiquio del árabe de l(r, 
que los conquistadores de España nos dejaron. Esta opinión es muy probable; pero no 
esplíca por qué este metro es común á la poesía francesa y á la italiana. Los que han 
olMervado ]que los hexámetros latinos acaban casi todos en versos de 8 silabas, han 
dicho que este procedió de los leoninos de la edad media, imitados, aunque con suma 
rudexa, en las primeras poesías de nuestro idioma. En el poema del Cid se encuentran 
estos versos: 

€l)e los sos oíos lan fuerte mienlre lorando 
£ sin (aleones é stit adtores mudado»» 

\ otros muchos de esta medida. 

Entre estas dos opiniones puede adoptarse la que mas acomode á cada lector: noso- 
tros nos inclinamos mas á la segunda, porque esplíca mejor la generalidad de este me- 
tro en la Europa. No puede el verso de 8 sílabas traer su oríjen del griego , donde se 
encuentran algunos de esta medida, porque los latinos, que son los que debieran habér- 
noslo transmitido, no lo adoptaron. 

£1 verso de 9 sílabas es rarísimo en espafíol , y muy dificil de construir. En la 
poesía francesa es por el contrario muy común: mas no conocemos ninguna composición 
castellana hecha en él; sino tal cual verso intercalado con otros metros. Sin embargo, 
como quebrado del sálico pudiera reunirsele , asi como el de 7 sílabas al endecasí- 
labo propio. Los siguientes versos , traducidos de iguales metros franceses, 

• c Verde enramada, tu frondoso abrigo 
oculte al prado mi dolor: 
sé de mi llanto eterno y fiel testigo: 
pues que lo fuiste de mi amor.t 

no suenan tan mal que deba desesperarse de hacer uso de los versos de 9 silabas 
en combinación con los sáficos. 

Los versos de 10 sílabas, como estos, 

« 

cA mi dueño le be dado la mano 
Parte, pues, dulce bien de>mi vida» 

liento la particularidad de oo hacer el hemistiquio en el medio, á pesar de que es par 
el número de silabas. Los italianos lo usan mucho en los compases rápidos de las ca* 
batinas. 

Nada diremos del endecasílabo, porque hemos hablado largamente de él en los dos 
artículos anteriores. 



[12] 



RESPUESTA Á UN ARTICULO 

DE LA REVISTA DE MADRID, 



1!jN los números del Tiempo del 10, 13 y iO de Agosto de 1840, insertamos treí 
artículos sobre la ver$ificacion castdlatm. En el primero de ellos distinguimos dos cbseí 
de versos endecasílabos , el endecasílabo propio y el sáfico, dando el primer nombre 
al que tiene acentuada la sesta sílaba, y el segundo al que tiene acentuada la cuarta y 
octava. I^ Revista de Madrid del raes de Octubre, en un artículo sobre el verso etuketf^ 
filaba castellano, llama á nuestra distinción descabellada^ incongruente y abswáa. La eeo- 
sura no puede ser mas agria: falta saber si es justa. 

Nosotros no tratamos entonces de demostrar nuestra distinción ; la propusimos como 
iin /lo^/f/ Wo,dig<1moslo así, necesario para esplicar la diferencia de movimiento armóni- 
co que admite nuestro verso endecasílabo ; pero esta misma necesidad es una demostra* 
cion. Impórtanos muy poco que haya cincuenta años ó un siglo, que se conoció la dis- 
tinción que establecimos ; pero la fecha que se asigna en la ñemsla es favorable á 
nuestra causa; pues solo de cincuenta años á esta pártese han estudiado entre nosotros 
las humanidades con alguna filosofía. 

La cuestión se reduce á lo siguiente : estos dos versos endecasílabos 

cEl dulce lamen/arde dos pastores» 
< 11 uésped eterno del A6r(7 florido » 

¿tienen igual armonía ó no? Los acentos esenciales , esto es , los que caracteriían las ce- 
suras, y por consiguiente los quebrados de estos versos ¿están colocados igaalmenCe ó Dot 
Basta con el oidoy con la vista para responder. 

Preguntamos mas: ¿hay otra combinación posible de acentos esenciales en el ende- 
casílabo? No. Los acentos en las tres primeras silabas ni forman cesura ni quebrado. La 
combinación de la cuarta y sc^ptima acentuadas no se admite ya en nuestra poesía. La 
de la cuarta y sesta acentuadas sin estarlo la octava, forman un endecasílabo malo, co- 
mo este, citado en el artículo á que respondemos: 

tGala de Mayo, rosa purpurina. > 

Es malo, porque engaña al oido, acostumbrado á un acento en la octava después deotio 
en la cuarta; por(|ue el acento que cae en la sesta obliga á hacer la cesura en laséptímaf 
cuando el sentido y el acento en la cuarta han hecho ya otra. El acento mas oatunl 
del endecasílabo es el de la sesta, que divide el verso con la posible igualdad. Cuando 
existe ' es el dominante: si forma esdrújulo, estará mas lejana su cesura déla qóiala y 
será el verso mejor, 

c Dióles Mcngibar ínclita corona > 

Luego si no hay mas que estas dos diferencias en el endecasílabo, menester et Ota 
distinga dos especies de versos endecasílabos el que escriba sobre la versificación caftalla- 
na: uno acentuado en la sesta : otro en la cuarta y en la octava.^ Pereceóos que bails 
aquí hemos observado las condiciones lójicas de una buena división 



[13] 

En cuanto á los nombres que les hemos impuesto, esa es cuestión meramente de px- 
hibra$^ como nos parece que lo es toda la impug^nacien que se nos hace en la Recisia, 
Sin embargo , daremos razón de la nomenclatura que hemos adoptado. 

irOs primeros versos que hemos hallado en nuestros poetas con el nombre de gáficosy 
siendo endecasilabos, son ios célebresy bien conocidos de 1). Esteban Manuel de Villegas; 
pues los que con el titulo de sd/ioosadónicoB puso Lope de V^ega al fin del primer acto de la 
Üoi'otéa^ son deli silabas, sin que se alcance el motivo de aquella singular denominación. 

Ahora bien, estudiando el artificio de los versos de Villegas, hemos observado que 
su ley constante es tener acentuadas la cuarta y la octava. El articulo de la Revhta, que 
exíie la acentuación de la primer silaba para que un verso castellano sea propiamcnie 
Báfico, dice que á Villegas iscle fué el mMo ql cielo cuando escribió 

c Vital aliento de la madre Venus. » 

Pero la verdad es que Villegas no tuvo por necesaria la acentuación de la primera: 
pues en aquella composición hay muchos versos donde falta, y no es solo el que se cita 
en la Rc^oUía, Ninguno de estos, 

t Si de mis ansias el ardor supiste, • 
c Asi los dioses con amor paterno, t 
cAsí los cielos con amor benigno,» 
c Jamas el peso de la nube parda , » 
c Entre tus plumas de color nevado, > 
«Y entre tus uñas de granates llevas.» 

ni de otros 16 que no citamos por evitar prolijidad, en dos composiciones no muy lar- 
gas, tienen acento en la primera. Villegas, pues, no lo creyó necesario. Mas nunca falta 
en la cuarta ni en la octava. 

Estos versos de Villegas se han llamado siempre 9áf.c6% por todos los humanistas es- 
pañoles. Xo créimos, pues , cometer un yerro, llamando %áfico al endf^casílabo de cuar- 
ta y octava acentuadas. Ni nosotros , ni los que antes de noj^otros han usado de esta de- 
nominación , ni el mismo Villegas que según parece, la introdujo, han querido dar á 
esta palabra otro valor que el de la semejanza que tiene el verso así acentuado con el 
sonido del metro latino del mismo nombre, pronunciado á la española. Usamos, pues, 
de esta voz en el sentido que siempre se ha usado entre los que hablan y escriben de 
estas materias. 

Al endecasílabo acentuado en la sesta le llamamos endecasílabo propio^ porque 
tratándose de una versificación que consiste en el número de sílabas y en la colocación 
de los acentos, es el que lo tiene en el sitio mas natural que es enmedio del verso. Asi 
es que el quebrado mas propio del endecasílabo es el eptasílabo formado por el acento 
en la sesta. El verso sáfico, aunque endecasílabo también, ni tiene la misma armonía, ni 
los mismos espacios musicales, ni el hemistiquio natural del otro. 

Esto hemos dicho en defensa de nuestra nomenclatura ; pero lo repetimos , esa es 
cuestión muy subalterna y de ninguna ó poca importancia. Llámeseles como se quiera, 
con tal que se reconozca la diferencia esencial que hay entre ambas especies de verso. 

En el artículo de la Recisia seestraña que confesando nosotros que el endecasílabo 
tuvo su orijen en el sáfico griego , no reconozcamos como sdficos , todos los endecasí- 
labos italianos , franceses y españoles. 

Pero la culpa no es nuestra , sino del uso común que solo llama sáficos á los cons- 
truidos de cierto modo , y á los demás los llama simplemente endecasílabos. Ademas, 
los primeros poetas italianos tomaron de los latinos el número de sílabas; mas no toma- 
roa su cantidad , elemento prosódico que perdieron al formarse las lenguas modernas. 
Es oatural que en los primeros endecasílabos procurarían imitar el sonido de los latinos; 
pero en breve conocieron que variando la colocación de los acentos sallan nuevos rit- 
mos dependientes de ella y no despreciables para la armonía. Todavia conservan los 
italianos la combinación de lacoarta y séptima acentuadas que nosotros hemos abandonado. 

Distinguimos, pues j los endecasílabos no tomando por base su orijen^ sino el estado 



adiial (lo nllo^(^a vcrMricarion. Xo dos era posible seguirlo en las vicisiludes qnera&rió 
al formarse la lengua y poesía ilaliana ; pero podíamos reconocer la difereDCMi de mo- 
\imirn(o en este metro, segiin la diferente colocación de los aceolos; y esa fue la que 
ííon dedicamos á examinar; porque esta era la única investigación lUU é iniporUiDte 
que cnhia en la materia. 

lln el articulo de la Kcvisia se esplica una nueva distinción del endecasílabo, al cual, 
en^irtudde su orijen, llama .<a/7ro: fundada no en la diversa armonía que resulla de 
lu varia colocación del acento, sino en la construcion primitiva del sAlico griego y latino. 
Kxaminemos, pues, esta división. 

La distinción que en dicho artículo se señala á los versos endecasílabos ó sáGcos 
(pnes todo es uno en aquel sistema fundado en el orijen de nuestro verso heroico) es U 
sii^uieute: 

Sáfícos verdaderos ó propios : 
Sáfícos impropios. 

Llama sáfícos verdaderos ó propios á los que empiecen por un adonico español , esla 
rs , que tengan acentuada la primera y la cuarta con el hemistiquio en la quintil. 
Sálicos impropios son todos li>s demás endecasílabos. 
I^emplos de sálicos verdaderos : 

c Huésped eterno del Abril florido » 
con la octava acentuada. 

c Diüleí Memjihar ínclita corona » 
con la sesta acentuada. 

Ejemplos de sáfícos impropios : 

c Vital aliento de la madre Venus » 

con la cuarta y la octava acentuada. 

c £1 dulce lamentar de dos pastores : > 

con la sesta sola acentuada. 

Dos son los inconvenientes de esta divitüion: 1.°, confundir en una sola elase verM» 
de muy diferente armonía, como son los dos últimos que hemos citado, cuyos bemisli" 
quios i^oii muy diversos En la clase de sáfícos propios sucede lo mismo: ¿quién noca- 
noce la diferencia del movimiento en estos dos versos: 

c Gala del Mayn, rosa purpurina, 
cuando el orgullo de Dupont lindieron. > 

¿Ouién no siente el diverso efecto de la sesta y de In octava acentuada? 

^." 1^ necesidad de que el sáfico verdadero comience por un a(/ó/iicr> e.spañol : nece- 
sidad , que según hemos probado, no conoció Villegas, el primero que según nneslrat 
noticias dio el nombre de íáfico á cierta clase de versos endecasílabos. En sus sáGcos tt- 
Acn constantemente acentuadas la cuarta y la octava « pero no la primera : asi no siguió 
la ley de comenzar por un adonice. 

V en nuestro entender hizo muy bien. Ni los griegos ni los latinos comensearon sos 
sáfícos por un adónico: soloemplearon este metro en el cuarto verso de la estrofa sálica. 
¿ Por qu<'\ pues, se han de someter á esta ley los sáfícos españoles para merecer el titula 
degenuinos? 

Se dirá (|ue nosotros leemos el principio de un sáfíco latino como un adánieo espa- 
ñol, por cuanto la primer silaba de aquel metro es larga, por ser la |príuiera de un tro- 
queo ; y nosotros confesaremos que esto es cierto: mas lo mismo nos sonaría el veno. 
sáfíco, aunque la primera fuera breve , porque las primeras sílabas del endecasílaba 
español no influyen en su armonía, por cuanto las cesuras no se forman allí» Lo 
suena para nosotros. 



c De&tera sacras jacultus arces» 
que 

€ Grávida sacras jaculatus arces. > 

< Piios y ¿por qué, se nos objetará , exijimos que el cuarto verso de la estrofa sáíica, 
sea «f/óiiico español?* Porque en las latinas era adónico latino: porque es verso mas 
rorto y el acento de la primera sílaba influye en su armonín; porque acomoda, ha- 
biendo de eslar acentuada la cuarta, penúltima del adónico, alejar lo mas posible el otro 
acento, y en fin, porque asi lo hizo Villegas, que fué el que primero acostumbró los 
oidos españoles á esta clnse de estanzas. 

No hay, pues, contradicción ninguna en la distinción qué hicimos del adónico y el 
pentasílabo: porque en nuestro sentir basta el pentasílabo t)ara formar el sáíico, con tal 
que también esté acentuada la octava, aunque oxijimos el adónico para concluir la es- 
trofa. Villt^gas, imitando á los antiguos, no exijió el adónico para comenzar el Scáfíco: 
¿porqué lohemr>s deexijir nosotros, mucho mas cuando el acento es insignificante en 
la primer silaba de nuestro verso heroico? 

1^ diferencia, pues, que hay éntrelos dos sistemas de distinguir los versos endecasí- 
labos, espiicados en el artículo de la Hechfa^ y el nuestro, consiste en que el primero se 
funda en semejanzas accidentales del sáfico español con el latino, y el segundo en la po- 
sición de los acentos dominantes, y por consiguiente en la diversa armonía del metro. 
Pari'^eenos este fundamento mas importante que el primero. 

Hablando del verso de ocho silabas, espusimos dos opiniones acerca de su oríjen, 
que unos señalan en el hemistiquio árabe, otros en el segundo hemistiquio de los exá- 
metros groseros de la edad media ; y manifestamos que nos parecía mas probable esta 
segunda opíuion. En el artículo de la Rccisla se dice: cEl octosílabo castellano procede 
fin duda del coriámbico trímetro latino, etc.» Mas que dudoso nos parece esto; porque 
en la época en que comenzaron á hacerse versos castellanos de ocho sílabas, ¿quién co- 
nocía, quién leia los vei*sosde Horacio del mismo número de silabas? Obsérvese ademas 
<|uc el coriámbico trímetro aparece siempre acompañado y mezclado con otros metros; 
ruando el octosílabo español es casi el elemento único de nuestros antiguos romances 
y cantigas. Parécenos, p*ies, probable que el vulgo, cuyo metro favorito es, lo forjase 
de los finales de exámetros, ya latinos, ya castellanos, muy comunes en aquella época : 
y este ortjen, á lo menos de los exámetros escritos en latin bárbaro y corrompido, pudo 
también ser general á los octosílabos franceses é italianos: así como debe referirse á este 
metro y no al coriámbico de Horacio, con el cual no tiene relación alguna, sino el nú- 
mero de sílabas, el célebre himno de la Secuencia del oficio de difuntos. Los himnos 
(M'iesiásticos en sálicos y adónicos del breviario conservaron este metro en la edad de la 
barbarie: pero ¿dónde se conservó el coriámbico trímetro? 

Antes de dar fin á este artículo debemos hacer una protesta. No nos ha movido á es- 
cribirlo ni á insertarlo el deseo de entablar una polémica , atmque fuese solo literaria , 
con (a Rertítta de Madrid, El que ha escrito esta Rexpuesta^ ha sido redactor de aquel perió- 
dico, por tantos títulos apreciable, y ha profesado y profesa verdadera amistad y sumo 
aprecio á los que lo fueron después. Pero viéndose censurado con tanta severidad como 
injusticia, y designado por su nombre mismo, leba sido forzoso manifestar que su sis- 
tema en la cuestión presente, no carece de sólidos fundaiuentos, y que si ha errado ha 
tenido por lo menos razones que disculpen su error. 



DEL LENGUAJE POÉTICO. 



ARTÍCULO h 



A.PENAS se apodera del poeta la inspiración, se presentan á su fantasía los objetos 
que ha de describir bajo un aspecto nuevo y ánies desconocido; porque no descubre 



( 



[-28] _ 
iifeclacion de elegancia, y que nada calla ni dico por respeto A conveniencias sociales, 
^o^ las prendas características de los libros poéticos <le la escritnra:']o son lambien de 
vran parte de las poesías árabes^ persas é índicas, qne benios leidoen traducciones htj- 
rlias en las lenguas modernas de Europa. Tales son también los dotes ilatiirales de la 
poesía priiriiliva de las naciones; como liemos visto en las traducciones de algunos píMV 
mas de los pueblos bárbaros del Océano pacílico y de la América septentrional. 

Solo en la poesía di abe de la edad media encontramos el cuidado de la espresion, 
el de la clefxancia, las pretensiones en ün que son propias de Un poeta en una nación 
'ivilizada. Pero entonces lo eran los mabometanosv á lo menos cuanto podían permitír- 
selo sus creencias relijiosas y políticas, y su moral doméstica; porque es indudable qcie 
la poligamia y la esclavitud, el despotismo y el fatalismo son muy poco á propósito para 
c¡\ilizar las naciones. Sin embargo los árabes ¿le llaround Alrascbid subian mucho nías 
que los paladines de Carlomagno, por mas que Europa contuviese entonces el gran 
principio civilizador; pero oprimido por costumbres é instituciones bárbaras. Léanse 
Jas traducciones de nuestro insigne orientalista Conde, insertas en su llUíoria de Int 
ára¡fe.< dv España^ y se verá que si bien so conserxan en aquellas poesías las dotes prin- 
cipales de la oriental primitiva, se vislumbra sin embargo en ellas la delicadeza dW 
trato cortesano^ el lujo y pompa de las cortes mahometanas, y aun tal ve/ la galantería 
que suele servir de velo y de sepulcro al auu>r en los pueblos harto cixilizados. 

Pero á pesar de esUi pe([ueña anomalía, el tipo prímiti\o peruKinece. La poesía 
árabe, aunque u)as culta dopues de los Iriunros del i.slamismo, se acercó masque otra 
alguna al lenguaje del antiguo testamento, porque el Coran, libro sagrado de los maho- 
metanos^ imitó el estilo do la Biblia. Maboma afectó el tono inspirado de los Isaías y 
Ágeos: en la parle moral de su libro tomó por modelos á los libros .<apivncía{e.<; y mis 
canl(»s á la di\iniilad están Iknos del fuego y aun de los pensamientos <|ue brillan en 
las composiciones líricas de la es<rritura. Por esta razón se ha dicho que el poeta de la 
Meca formó su relijion de tro/os del judaismo y del cristianismo. 

Observamos que de todos los géneros <le poesía conocidos entre los griegos, los ro- 
manos y las naciones modernas de Europa, no hallamos mas que cuatro en los pueblos 
orientales: rl apoiofjo <» la parábola^ la xnla^ la einjia, y la cyloga: mas no sabemos que se 
hayan ejercitado en el drama, en el |M)ema épico, en el didáctico^ tal como lo concebi- 
mos nosotros, ni en la sátira. Paiecn; que la oda, el mas sencillo de todos^ pues solo con- 
siste en la espresion de un afecto, es el mas adaptable al carácter peculiar de su genio. 
Hemos leído que los chinos tienen dramas, y tan largos ({ue suele durar un día entero 
su representación; pero no creemos que los tengan los indios. Es cierto que los árabes 
no los tienen, y que no los tuvieron los hebreos. (Juizá entre los mahometanos estéo 
prohibidas por un principio de su relijion las representaciones escénicas. 

S¿ vf's pues, que la poesía oriental es primitiva hasta en la particularidad de ser toda 
lírica. Algunos cantos que pudieran graduarse de epkos^ no lo son: están escritos como 
los asiáticos, con demasiada exaltación, para que puedan asimilarse á las narraciones df 
lloinero y de Virjilio% 



ARTÍCULO lU 

Ué las literaturas modernas ningunas conócen^ós qne háyánton>iado tanto de la poesía 
oriental como la inglesa y la española. Los franceses han tenido excelentes poetas sa- 
grados: basta nombrar á Juan Bautista Hónsseau y á los dos Hacines padre é hijo para 
convencerse de ello. Pero en ninguno de estos aparece el estilo dramático y sencillo de 
los cánticos del antigno testamento, sino acaso en algnnos pasajes de la Alalia de Racioe* 
Siempre conservaron el carácter urbano y elegante, pero sin movimiento ni libertada 
de la focsía franceM. 

El idioma inglés, mas atrevido y mas poético, tomó fácilmente las formas bíblicas* 
apenas apareció el sublime >rilton, inspirado por el ángel de Sion. Este insigne génio^ 
después de haber empapado, por decirlo así, sus alas en las aguas del Jordán, corou" 
nicó á su poema las dos prendas mas notables del orientalismo, el atrevimiento y la sen-' 



Ae entonces se llenó la poesía inglesa de frases y giros hebraicos, que lienen 
imacion aun en las comfyosiciones proGinas^ 

ñero de nuestros pootas que ennquedó el Parnaso español con csprcsionos 
fué el divino lleiTera; pero soVo «n t;om posiciones sagradas ó á las cuales 
IOS se pudiese dar un colorido relijioso. £n las demás siguió la manera de Pe- 
a cual fué adicto mas de lo qoe convenia á la elevación de su genio. Los poe- 
consultarse á si mismos antes de emprender y decidirse mas por el senti- 
e por la costumbre de admirar é imitar , que puede ser laudable en los es- 
'o perniciosa cuando se quiere remontar el vuelo. Herrera, que cuando cantó 
dora> no hizo mas que seguir desmayadamente al amador de l^ura^ se so- 
él tanto como el vuelo del águila al de la tímida paloma, cuando aplaude la 
e Lepanto ó lamenta la derrota de los portugueses en las orillas del Luco. 
10 escribió mas que dos composiciones de esta clase, y en casi toda su carrera 
ligó su genio gigantesco á encerrarse en las reducidas dimensiones del plato- 
.i agotado ya por'el cantor de Vauclus¿i? 

stas dos composiciones son de las mas clásicas de nuestra poesía y de las mas 
estudiarse. No es nuestro ánimo analizarlas; sino solo mostrar cuáles son las 
ros hebraicos, con que enriqueció nuestro dialecto poético: parale» cual, 4ierá 
señalai'los con bastardilla, 
'ancion á la Victoria de Lepanio se bailan las siguientes: 

€ Cantemos al Seüor^ que en la llanura 
venció del ancho mar al trace iiero: 
Tíí, Dios de las batallas^ tú eres diesira^ 
4aíud y gloria nuestra. • 

€Sus escogidos príncipes cubrieron 
los abismos del mar, y descendieron^ 
ata I piedra en el profimdox y tu ira luego 
los tragó, como ansia seca el fuego» , 
«Derribó con los brazos suyos graves 
los cedros mas escelsos de la cima. » 
« livbiendo age ñas aguas, i 
« Temblaron los pequeiíos, confundidos 
del impío furor suyo: <üz'j la frente 

contra ti^ Seíior Dios 

y los armados brazos estendidos, 
moció el airado cuello aquel potente: 
cercó su corazón de ardiente saiia.» 
« Y de armas de tu fe y amor se visten: 
Dijo aquel insolente y desdeñoso: 
¿:Vo conocen mis iras estas tierras? 



;,o valieron sus pechosl 

¿Ouién las pudo librar?... • 

iPodrdsu Dios^ podrá por suerte ahora 

guardallas de mi diestra vencedora? 

Su Homa, temerosa y humillada, 

los cánticos en Idgrímas convierte» 

£lla y sus hijos tristes mt ira esperan.» 

«£1 cuello con su daño al yugo inclinan, 
y me dan, por salvarse, ya la mano^ 
y su valor es vano; 
que sus luces cayendo se oscurecen. . 
Sus fuertes á la muerte ya caminan, 
sus virjenes están en cautiverio. » 
« Jú, Señor, que no sufres que tu gloría 
usurpe quien su fuerza osado estima 



fSO] 

precalrriendo en vanidad y en i/yt, 

rfiír siiberbio mira: 

no dejes que los tuyos así oprima, 

y rn $h8 cuerpo* cruel las fieras cebe: 

que hecho ya su oprobio y dice: ¿Dónde 

el Dios (le estos está? ¿De quién se esconde?»-' 

t Vuelve el brazo Imdidoj 

contra este, que aborrece ya ser hombre, 

y hs honrasy que celas tü^ consiente.» 

« Ijeranió la cabezaje! poderoso^ 
que tanto odio te tiene: en nuestro e*trag^ 
jutffó el consejo y contra nos pensaron. 
Venid y dijeron ^ y en el mar undoso 
hayamos de $u sangre un grande lago: 
desliagamos d estos de la gente 
y el nombre de su Crií/o juntamente. 
Hártenle en muerte suya nuestros ojos. 
Vinieron de Asia y portentosa Egilo 
f /»/* los erguidos cuellos^ 
y prometer osaron con sus manos 
ffíreuder nuestros fines , 
nuestros niños prender y las doncellas. » 

€ Puesta en silencio y en temor la tierra, 
y cesaron los nuestros valeroi>os 
y callaron » 

t Cual león d la presa apercibida 
»in recelo los impios esperaban 
á los que /m, Señor ^ eres escudo. 
\ Sus manos á la guerra compfisisíe 
y s^ts brazos fortisimos pusiste 
como el arco acerado: » 

^Turbáronse lo.* grandes y 
riudiéron.H temblando; 
que mil huyendo de uno se pasmaron. 

Tal en tu ira y tempestad seguiste^ 
y su faz de ignominia convertiste. 

Quebrantaste al cntel dragón 
Itciio de miedo torpe en sus entrañas, ^ 

«Hoy se vieron los ojos humillador 
drl sublime txtron y su (;raude/a; 
que tú solo. Señor, fuiste exaltado; 
que tu dia es llegado.» 

»Mas, tú, Grecia 

Porque ingrata tus hijas adornaste 
en adulterio infame á una impia gente, 

llega á tu cerviz con diestra fuerte 
la aguda espada suya > 

< Llorad , naves del mar, que es destruida 
vuestra vana soberbia » 

«¿Quién contra la espantosa tanto pudott 

Se YO, pues, que la canción está como empedrada de hebraísmos. No dejar^tnol 
notar que fray Luis de León aunque trató asuntos relijiosos, aunque tan sabio ^ 
lengua hebrea, aunque tradujo el libro de Job y muchos salmos, tiene menos raff^s 
poesía oriental en todas sus obras que esta sola canción de Herrera. 



[31] 

ARTÍCULO III. 

XCEPTO Herrera , ninj^nnodelospoelas de nuestro buen siglo se ^/ropusoenriqucror 
loe.sin cistellana con jiros lomados de la oriental. Va liemos visto que no lo Lizo León, 
esar de que su estado, sus conoi^imientos en la lengua hebrea }* el tono candoroso 
su elocución le convidaban ¿I ello. Calderón tiene algunos pasajes de la Escritura birn 
lucidos en sus autos sacramentales: mas no por eso lii/.o alarde dol estilo oriental: 
frase, su. estilo son siempre tomados del idioma poético de los españoles. 
Después de la restauración del buen gusto en España en el siglo XVllI, poros, muy 
os han cultivado la poesía oriental. Entre ellos merecen citarse como modelos la oda 
Melendez, intitulada El irwnfo'aparcnie (le los ñutios^ y las dos del sabio y modesto 
II José Híddan Á la Venida del Eapirilu Sanio y á la Besuireccion de Jcsiurisío^ inserías 
el cuarto tomo de la segunda edición de la colección de poetas castellanos del Sr. ijuiíi- 
a. Las citas son inútiles después de las que hemos hecho de la canción de U<*rn>ra. 
Aa leerlas para conocer en ellas el tono desusado de la poesia hebrea, tan diíérente 
la nuestra. 

Mas útil nos parece detenernos á examinar qué asuntos son los que en nue.stras ten- 
is modernas pueden tratarse en estilo oriental, y de qué manera puede aclimatarse 
re nosotros. Estamos persuadidos de que en los asuntos relijiosos puede y aun debe 
optarse el tono de la poesía hebrea, que consagrada esclusivamente á Dios, conserva 
*andor genial de los sentimientos, tales como los inspiró la ley natural á los primeros 
riarcas. Es imposible espresar la admiración, la gratitud, la esperanza, el amor, el 
4ir y demás afectos relijiosos con mas vehemencia, con roas verdad que en los libros 
Hicos de la Biblia. La literatura moderna, procurando adornar los pensamientos, los 
•virtúa: se complace en ampliar los cuadros y debilita su efecto: evita cuidado.sa- 
nte la incorrección y la grosería, y presenta la idea desmayada y sin vigor. No así 
poetas hebreos: no se aterraban con las palabras bajas, si eran propias: formaban 
ajenes que con un solo rasgo pintaban el objeto :.no embellecimientos buscaban pres- 
tos <í traídos lejos. Por eso su espiesion era tierna, vehemente, sublime: porque era 
Jftdera. 

Siendo Dios el objeto mas sublime de la naturaleza , basta para dar á entender los 
itimientos (pie escita la contemplación relijiosa, presentarlos como existen, sin adorpi^s 
baja<los, sin escoji miento de frases. Esta es una de las leyes de la sublimidad en el 
'rito. Puede decirse que ni las lenguas griega y romana , ni los idiomas modernos 
non espresiones hechas para pintar esta sencillez sublime, sino las que han tomado 
la hebrea. 

No en vano, pues, la presentamos como el tipo de la poesía oriental, que debe em«. 
>arse en los asuntos pertenecientes á la relijion. Pero aun hay mas. 
La lengua hebrea, superior en esta parte á las demás del mundo, tiene dos clases 
lírica relijiosa; la del poeta propiamente dicho y la del profeta. El primero se supone 
(pirado por sus sentimientos, que le escilan á cantar: su pensamiento y sus voces son 
a verdad dictados por el mismo Dios, pero siempre en armonía con el sentimiento ins- 
tado también del cielo. La situación del profeta es diversa : sus voces tienen un objeto 
terminado, cual es el anuncio de lo futuro. Su lenguaje no siempre está sujeto como 
del pnela , á las le}es de la versificación; pero su estilo es poético, porque es inspirado. 
Los Salmos y los diversos cánticos de la Escritura son poesías, rigorosamente ha- 
indo, hechas para cantar, como el célebre himno de Moyses después del paso del mar 
o, que es la composición lírica mas antigua que conocemos: tienen todas las prendas, 
>e someten á todas las leyes de la versiticacion hebraica. El habla de Jacob .1 sus hijos 
tiempo de morir y las obras de Isaías y demás profetas, pertenecen á la segunda clase 
lírica. Algunas veces se mezclan ambas, como es fácil de reconocer en el cántico de 
bacue en los trenos de Jeremías, y sobre todo en el sublime Salmo 21; profecía tan 
ra y evidente de los padecimientos del Salvador, como la de Isaías que se ha compa* 
lf> con razón á la narración evangélica. 

M se crea que la sublime poesia de los hebreos peque por monotonía , como quiso 
^' á entender Vollaire, á quien no bastaron sus profundos conocimientos como huma- 



32] 

i)>\ii |;;n.'t(i(>lriiii ó por lo monos acallar sus preocupaciones anlirelijiosas. Hay entir 
I(» pDrla^liebriros <;raniJe diversidad de estilo y tono. De la ternura melaDcólica de 
Ji^i eiiKíis ;i la manera osada y caustica de Kzequiel hay inmensa distancia. Los SalniM 
(!i* David se distinguen fácilmente délos de Asaf; los primeros son roas »navesy patéticos 
f oiuo del hombre hecho sfjun el corazón de Dios; los so^^undos mas magníficos. El senti- 
miento domina en los primeros: en Asaf las imájenes. Los cánticos de Moyses respinn 
la dignidad de un.lejislador: los escritos de Isaías parecen narraciones históricas. 

Solo ha> una particularidad en la poesía hebrea que no puede ser imitada por lus 
modernos. ^lada verso se divide en dos ¡Kirtes de las cuales la primera espresa el pensa- 
miento, y la se<;unda lo confirma ó modifica. Pongamos algunos ejemplos de esta forma 
c.ira< tcrislira de la- versificación hebrea. 

í Cfjpfi cnairatU fjlorUnn De i 

rf ojíera man^m ejii.< nnuníiaf firmamenívm . » 

(l.a gloria del Señor cuentan los cielos, 

> el firmamento, su creadora mano.) 
« /// e,v¡tu Jsvael de Eaijjfo, 

dnnwsi Jacob de populo bárbaro.^ 
(Cuando salió Israel del fit-ro Egipto, 

> del bárbaro pueblo su familia.] 

füair diré que esta forma de la poesía hebrea tuvo su orí jen en la manera de cantar 
los tersos á do^ coros, ó á una vox y un coro, alternados: de modo que era necesario 
suponer que el sí'gnndo con\enia en algún modo con la idea del primero. Pero en nui?*- 
tías composiciones, que ó no se cantan ó se cantan de otro modo, no hay necesidad de 
obser\ar la lev de la repetición del pensamiento que era esencial |»ara los israelitas. 

Pasemos ya de los asuntos relijiosos á los profanos. No creemos que sea oportuna la 
ifuitacion del estilo oriental, sino cuando se trate de materias en que intervengan de al- 
gjina manera personajes de aquella rejion. Víctor Hugo en su oriental de un árabe Iw- 
hlando á su caballo, tiene razón en imitar los jiros de la poesía de aquel pueblo: pen> 
liaría muy mal el poeta andaluz que comparase los ojos de una hermosa gaditana á lo.«de 
la línrela, ó su ruello á la Torre «iel oro de Sevilla, como el pastor de los cantares com- 
paró el de su amada á una torre de marfil. 

Oueda la parte mas difícil, que es la buena imitación del estilo oriental en nuestra 
poesía. IVro desgraciadamente no hay reglas para esto. Es de aquellas cosas que están 
reservadas esclusivainente al genio. Si hay algún consejo posible, es el estudio profundo 
de nuestra lengua poética, y desús inmensos recursos. Solo así podrán acomodarse bien 
en ella los jiros y espre>iones de la oriental. Así lo hizo Herrera: así Melendez; y si lo hi- 
< icron con felit idad, debido fué á su grande tino y maestría en el manejo de la lengitf- 



DE LA POESÍA PASTORAL. 



^1 es moda en el dia hablar contra el uso de las ficciones milolójicas en poesía, no lo 
es mrnos burlarse de líis composiciones pastorales. Pero debemos ser justos: nocsri 
romanticismo quien ha proscrito á estas: ya eran mal vistas desde que comenzó U 
rexolucion francesa, y se apoderó de los ánimos el genio de la política, qtie es el enemigo 
natural de la poesía. I^os románticos actuales no desdeñan la égloga, sino porque Teó- 
ciito } Virjilio escribieron algunas. Si no fuera por esta razón, la apreciarían mucho; 
pues nadie ignora que la ganadería y pastoreo estuvieron en honor durante la edad 
media, así entre bn castellanos como entre los árabes. Pero Virjilio r Teócrilo so* 
poetas cldsivof, y es cosa ya decidida que nada bueno pudieron hacer, y que es mcnea- 
li»r huir como de una serpiente de todos los géneros en que se ejercitaron. 



[33] 

Mas lójíca es la oposición contraía poesía pastoral de los que entregados á las pasio- 
nes esclusivamente sensuales y al bullicio de los placeres de la sociedad, ridiculizan la 
descripción de los sentimientos puros y candorosos de la naturaleza, que son el tesoro 
de la poesía bucólica. Estos hombres por lo menos desprecian lo que no sienten, ni 
pueden sentir; y su desprecio no procede de una preocupación injusta, sino de su in- 
capacidad de percibir las bellezas de la vida campestre. No es culpa de un sordo el 
que no haga caso de la música. 

No obstante es un fenómeno bastante singular que en ninguna nación haya comen- 
zado la poesía bucólica sino en la ópoca de su mayor opulencia y engrandecimiento. 
I'n solo poema de esta espe(*íe se halla en los libros sagrados de los hebreos, y es el 
Cántico de lo* Cánticos, al cual consideramos ahora no mas que como una composición 
poética: sabemos que fué escrita en la época mas brillante de aquella monarquía, y por 
nn rey, cuando era ya pasado d ti(*mpo de la vida patriarcal. No se encuentran poesías 
de este jénero entre los griegos hasta los tiempos del mayor esplendor de Siracusa. 
Viijilio escribió sus églogas en la corte de Augusto: y la Italia era centro de la civili- 
zación europea, de las artes y do la opulencia, cuando Tasso y Guarini la encantaron 
con el Áminía y con el Pastor Fido, ilasta el reinado voluptuoso de Carlos II no se 
conoció la poesía pastoral en Inglaterra, ni en Francia tuvo el tono de decencia conve- 
niente hasta el siglo de Luis XIV. 

En nuestra España apenas se encuentran una ü otra cantilena en el género pas- 
toril, ya en las obras del arcipreste de Hita, ya en las poesías del siglo XV. En esta 
época llamaban esclusivamente la atención los conceptos de la gaya ciencia. Pero re- 
pentinamente Juan de la Encina introdujo los pastores en los palacios de los príncipes 
y señores, con tal fortuna, que á fínes del reinado de Fernando el Católico casi toda 
nuestra literatura vistió pellico y tomó cayado. Garcilaso, príncipe de la poesía cas- 
tellana, se ejercitó casi esclusivamente en la égloga, y no porque le faltase genio para 
la lírica, como lo prueba su oda á la Flor de Gnido, Disfrazábanse los amores pala- 
ciegos en traje pastoril, como se ve en el mismo Garcilaso, y es mas que probable 
((ue las novelas bucólicas del fMstor de Filida, de la Constante Amarilis, las tres de la 
Diana enamorada y otras muchas de menos nombrcidía, tuvieron su fundamento en la 
verdad. Obsérvese que en el siglo XVI era España la nación mas poderosa de Europa. 

Envista, pues, de un fenómeno tan constante, cual es la aparición de la égloga pre- 
cisamente en el tiempo en que las naciones, habiendo llegado á un alto punto de engran- 
decimiento, y si se quiere de corrupción, han perdido de vista la naturaleza y suspla- 
L*eres candorosos y sencillos, podremos inferir que esta coincidencia no es casual, y que 
tiene un motivo digno de ser indagado. 

A nosotros nos parece que no puede asignarse otro sino la naturaleza misma de la 
poesía, la cual se complace en describir, no las escenas, las acciones y los sentimientos 
fí que estamos acostumbrados, sino un mundo ideal, en el cual se perfeccione y se em- 
bellezca todo. Ahora bien, la vida pastoril era en la aurora de la civilización la pro- 
fesión casi general de los hombres, y no podia tener poetas bucólicos, porque nunca 
^ describe lo que se está viendo. Pero cuando en virtud de los progresos de la civili- 
zación, que trajo nuevos gocesy nuevas pasiones, se adoptó un modo facticio de vivir, 
mas separado, mas lejano del espectáculo continuo de la naturaleza y de Igs afectos 
!|ue inspiraba, la existencia campestre dejó de ser prosaica, se convirtió en un mundo 
ideal, y entró en el dominio de la poesía. 

I^ civilización, como todas las mejoras humanas, produjo bienes inmensos: mas 
no puede negarse que el mismo aumento de la industria y de las riquezas, la misma 
perfeixion de las leyes y de la policía y aun los mismos progresos de las ciencias, pro- 
[X>rcionando mayores comodidades, mayores y mas vivas fruiciones, privaron al hom- 
bre de aquel placer puro, tranquilo y exento de cuidados, que es el carácter distintivo 
lie la vida pastoral. Pues el hombre, celoso siempre de conservar sus goces, qui.so con- 
servar este aunque solo fuese en pintura, por la misma razón que se llenan de paisajes 
las paredes de nuestras habitaciones. De aqui nace en nuestro entender el placer que 
aos priMluce la poesía bucólica. Nos es útil, porque sin obligarnos á perder los bienes 
;le la civilización, nos halaga con la pintura agradable de otro estado de cosas mas 
lonforine á los afectos primitivos de la naturaleza, y hasta cierto punto produce el 

5 



[34] 
"buen cfeclo moral de tem|[>lar las pasiones facticias que suelen ser nuestro tormento. 
y algunas veces nuestra ruma, en el estado social. 

De aqui nace también el principio adoptado como regla en todas las composiciones 
bucólicas, á saber, que no se han de describir los pastores como son en el cUa los qnp 
guardan ganados, smo como nos figuramos que serían los de las épocas patriarcales, 
esto es, con <;ierto grado de cultura, pero sin las pasiones facticias que ha inspirado 
el estado de sociedad. Queremos ver reunidos en los interlocutores de la égloga li 
sencillez de los sentimientos primitivos, el injénio natural y la elegancia dala espresion, 
rosas no fáciles de combinar, y acaso esta dificultad y los defectos de ejecución en mu- 
chos poetas bucólicos, han contribuido en este siglo, de mas critica que genio, al des- 
crédito de la musa pastoral. 

Tcócrito, en efecto, es demasiado grosero, de cuyo defecto le corrijió su imitador 
Virjilio. La época de Luis \IV apenas tiene nada apreciable en este jénero, sino al- 
gunas composiciones de Madama DeshouHeres; y es fuerza confesar que los pastores 
espai^olcs son harto ingeniosos, si se esceptúan los de Garcilaso. No puede decirse otro 
tanto de los deTasso, que atinó con el verdadero carácter de esta clase de poesia. 

Llevóla al mas alto grado Gesner, abriendo una mina inagotable de riqueza, y con- 
sagrando la musa bucólica á la descripción de la virtud. l<no de los grandes titules do 
gloria de nuestro Meicndez es haber imitado dignamente al Tcócrito de Helvecia. 

No disminuvamos el número de nuestros placeres: no renunciemos Á un género, 
que nos pinta al hombre considerado en una posición interesante,y en la cual realmentr 
ha existido. No despreciemos una clase de poesia que refresca nuestra imajinacioo, 
acalorada por el movimiento tumultuoso de la sociedad, y nos traslada á las escenas 
apacibles y tranquilas déla naturaleza. Si vamos al campo á recrearnos, ¿con qué jus- 
licia so quiere proscribir la égloga que nos lo representa?. 



DBZa HOIAAITVZOZSIAO. 



ARTÍCrLO 1. 

1 ARECEque en un siglo tan ilustradocomo el nuestro, precedido de otros enquebn- 
;con y las ciencias han hecho notables adelantos, no debieran por lo menos pronuncíanr 
palabras, á las cuales no correspondiese una idea fija, un valor determinado y conocido. 
Sin embargo de esto, y á posar do tantos buenos libros como hay de gramática general 
y deidcolojia, se ha hecho de moda la voz romanticiínno y el adjetivo romcíftlico de dondr 
<e deriva, sin que hasta ahora se hayan dado sus definiciones ni fijado las ideas qn« If» 
íorro.<iponden . 

V á la verdad no es empresa fácil. La palabra ?*oma/i/iro no pertenece á nuestro idioma 
ni al francés. Es propia del ingles de donde ha .sido importada á otras lenguas. itoaMR- 
líe en el idioma británico quiere decir lo ¡t