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LA CULTURA ARGENTINA" 



DOMINGO F. SARMIENTO 



VIAJES 



111 



ESTADOS UNIDOS 




administración: 

VACCARO. Avenida de Mayo 838, - Buenos Aires 

1922 



D D i Y e r s i t )r of California, Los Angeles 




The 



Fritz L. Hoffmann Collection 



A Gift of 



Olga Mingo Hoffmann 



1994 



ESTADOS UNIDOS 



DOMINGO F. SARMIENTO 

Nació en San Juan el 15 de febrero de 1811. Aprendió primeras 
letras en la Baduela de la patria; en 1821 no consiguió una beca para 
el seminarlo de Loreto, de Córdoba ; clrcnstancias adversas Impidiéronle 
continuar sus estudios en el Colegio de Ciencias Morales, de Buenos 
Aires. En 1826 se dedicó a enseñar loa primeros rudimentos del saber 
a los mocetones do San Francisco, en San Luis. Vuelto a San 
Juan (1872) vióse obligado a ganarse el sustento trabajando como 
dependiente en un almacén ; en sus momentos librea leyó las cartillas 
de ciencias y artes que estaban allí de venta. Desde esa fecha hasta su 
muerte vivió estudiando y enseñando. 

Afiliado al unltarilsmo, desde 1829, tocóle emigrar a Chile. Allí 
fué maestro do escuela municipal en una aldea, abrió un despacho de 
bebidas, fué dependiente de comercio, trabajó en una mina, hasta re- 
gresar a San Juan (1837). Tuvo entonces ocasión de ensanchar sus 
conocimientos, y dos años más tarde organizó un colegio y fundó un 
periódico. El Zonda, cuya publicacón le costó la cárcel. Emigró a Chile 
en 1840. En Valparaíso fué redactor de El Mercurio y en Santiago 
fundó El Nacional. En 1842 organizó la Escuela Normal de Precepto- 
res, de que fué director, sin apartarse del periodismo de combate. 
De 1845 a 1848 viajó por Burqpa y Estados Unidos, continuando a su 
regreso las tareas educacionales y periodísticas. En 1852 se Incorporó 
al ejército de Urquiza, apartándose d© éste poco después de caer Rosas. 
Emigró nuevamente, y en Chile rompió su amistad con Alberdl, para 
siempre. Con varia fortuna política fué muchas veces diputado, senador, 
ministro, gobernador de San Juan (1862-1864) y Presidente de la 
República (1868-1874). Fué repetidamente Director y Superintendente 
do Escuelas, provincial y nacional, tocándole sostener luchas memorables 
con los partidos reaccionarios, en defensa de la escuela laica. 

Su enorme labor escrita (Obras Completas, LII volúmenes) es. 
en grandísima parte, periodística y de oportunidad. Sus otaras princi- 
pales son: Factmdo (1845), De la educación popular (1848), Argirópolis 
(1850), Recuerdos de Provincia (1850), Comentarios de la Constitu- 
ción (1853), Conflicto y armenias de las razas en América (1883), etc. 

Su característica fué la lucha por la educación pública. Por el 
número y la variedad de sus iniciativas, no tiene parangón con ningún 
otro americano ; su eficacia como agitador de espíritus fué absoluta, ejer- 
citando para ello sus dos vocaciones fundamentales: el magisterio y el 
periodismo. Centuplicando su vida en un perenne afán de aprender y 
enseñar, dejó rastro firme en cuantas cosas posó su mano. 

El 11 de septiembre de 1888, falleció en el Paraguay, donde fuera 
«n busca de remedio a sus achaques. La posteridad, unánime, le ha 
señalado como el más eminente de los argentinos. 



LA CULTURA ARGENTINA" 



DOMINGO F. SARMIENTO 



VIAJES 



III 



ESTADOS UNIDOS 




ADMINISTRACIÓN : 

VACCARO, Avenida de Mayo 638. — Buenos Aires 

1922 



/"• 



■yÍ33: 



V; / 



ESTADOS UNIDOS 

Señor don Valentín Ahina. 

Noviembre 12 de 1847. 

Salgo de ios Estados Unidos, mi estimado amigo, en aquel 
estado de excitación que causa el espectáculo de un drama 
nuevo, lleno de peripecias, sin plan, sin unidad, erizado de 
crímenes que alumbran con su luz siniestra actos de heroísmo 
y abnegación, en medio de los esplendores fabulosos de decora- 
ciones que remedan bosques seculares, praderas floridas, 
montañas sañudas, o habitaciones humanas ' en cuyo pacífico 
recinto reinan la virtud y la inocencia. Quiero decirle que salgo 
triste, pensativo, complacido y abismado; la mitad de mis 
ilusiones rotas o ajadas, mientras que otras luchan con el 
raciocinio para decorar de nuevo aquel panorama imaginario en 
que encerramos siempre las ideas que no hemos visto, como 
damos una fisonomía y un metal de voz al amigo que sólo por 
cartas conocemos. Los ¡Estados Unidos son una cosa sin modelo 
anterior, una especie de disparate que choca a la primera vista, 
y frustra la espectación pugnando contra las ideas recibidas, y 
no obstante este disparate inconcebible es grande y noble, subli- 
me a veces, regular siempre; y con tales muestras de perma- 
nencia y de fuerza orgánica se presenta, que el ridículo se 
deslizaría sobre su superficie como la impotente bala sobre las 
duras escamas del caimán. No es aquel cuerpo social un ser 
deforme, monstruo de las especies conocidas, sino como un ani- 
m?,l nuevo producido por la creación política, extraño como 
aquellos magaterios cuyos huesos se presentan aun sobre la 
superficie de la tierra. De manera que para aprender o contem- 



o DOMINGO F. SARMIEIfTO 

piarlo, es preciso antes educar el juicio propio, disimulando sus 
aparentes faltas orgánicas, a fin de apreciarlo en su propia índole, 
no sin riesgo de, vencida ]a primera extrañeza, apasionarse por 
él, hallarlo bello, y proclamar un nuevo criterio de las cosas 
humanas, como lo hizo el romanticismo para hacerse perdonar 
sus monstruosidades al derrocar al viejo ídolo de la poética 
romano - francesa. 

Educados Vd. y yo, mi buen amigo, bajo la vara de hierro 
del más sublime de los tiranos, combatiéndolo sin cesar en 
nombre del derecho, de la justicia, en nombre de la república, 
en fin, como realización de las conclusiones a que la conciencia 
y la inteligencia humana han llegado, Vd. y yo, como tantos 
otros nos hemos envanecido y alentado al divisar en medio de 
la noche de plomo que pesa sobre la América del Sur, la aureo- 
la de luz con que se alumbra el Norte. Por fin, nos hemos 
dicho para endurecernos contra los males presentes : la república 
existe, fuerte, invencible; la luz se irradiará hasta nosotros 
cuando el Sud refleje al Norte. ; Y cierto, la república es! Solo 
que al contemplarla de cerca, se halla que bajo muchos respectos 
no corresponde a la idea abstracta que de ella teníamos. Al mis- 
mo tiempo que en Norte América han desaparecido las más 
feas úlceras de la especie humana, se presentan algunas cica- 
trizadas ya aun entre los pueblos europeos, y que aquí se 
convierten en cáncer, al paso que se originan dolencias nuevas 
para las que aun no se busca ni conoce remedio. Así, pues, 
nuestra república, libertad y fuerza, inteligencia y belleza; 
aquella república de nuestros sueños para cuando el mal aconse- 
jado tirano cayera, y sobre cuya organización discutíamos can- 
dorosamente entre nosotros en el destierro, y bajo el duro agui- 
jón de las necesidades del momento; aquella república, mi 
querido amigo, es un desiderátum todavía, posible en la tierra, 
si hay Dios que para bien dirige los lentos destinos humanos, 
si la justicia es un sentimiento inherente a nuestra naturaleza, 
su ley orgánica y el fin de su larga preparación. 

Si no temiera, pues, que la citación diese lugar a un con- 



ESTADOS UNIDOS 5 

cepto equivocado, diría al darle cuenta de mis impresiones en 
los Estados Unidos, lo que Voltaire hace decir a Bruto: 

Et je cherche ici Rome, et ne la trouve plus! 

Como en Roma o en Venecia existió e! patriarcado, aquí 
existe la democracia; la República, la cosa pública vendrá más 
tarde. Consuélenos, empero, la idea de que estos demócratas 
son hoy en la tierra los que más en camino van de hallar la 
incógnita que dará la solución política que buscan a obscuras los 
pueblos cristianos, tropezando en la monarquía como en Europa, 
o atajados por el despotismo brutal como en nuestra pobre 
patria. 

No espere que dé a Vd. una descripción ordenada de los 
Estados Unidos, no obstante que he visitado todas sus grandes 
ciudades, y atravesado o seguido los límites de veinte y uno de 
sus más ricos Estados. Quiero seguir otro camino. A la altura 
de civilización a que ha llegado la parte más noble de la especie 
humana, para que una nación sea eminentemente poderosa o 
susceptible de serlo, se requieren condiciones territoriales que 
nada puede suplir permanentemente. Si Dios me encargara de 
formar una gran república, nuestra república a notis, por ejem- 
plo, no admitiría tan serio encargo, sino a condición de que me 
diese estas bases por lo menos: espacio sin límites conocidos 
para que se huelguen un día en él doscientos millones de habi- 
tantes; ancha exposición a los mares, costas acribilladas de 
golfos y bahías; superficie variada sin que oponga dificultades 
a los caminos de hierro y canales que habrán de cruzar el es- 
tado en todas direcciones; y como no consentiré jamás en su- 
primir lo de los ferrocarriles, ha de haber tanto carbón de 
piedra y tanto hierro, que el año de gracia cuatro mil setecien- 
tos cincuenta y uno, se estén aún explotando las minas como 
el primer día. La extrema abundancia de madera de construc- 
ción sería el único obstáculo que soportaría para el fácil des- 
cuajo de la tierra; encargándome yo, personalmente, de dar 
dirección oportuna a los ríos navegables que habrían de atra- 



10 UOMIXOO F. SARMIENTO 

vesar el país en todas direcciones, convertirse en lagos donde 
la perspectiva lo requiriese, desembocar en todos los mares, 
ligar entre si todos los climas, a fin de que las producciones de 
los polos viniesen en vía recta a los países tropicales y vice 
'versa. lluego para mis miras • futuras pediría abundancia por 
doquier de mánnoles, granitos, porfiros y otras piedras de can- 
tería, sin las cuales las naciones no pueden imprimir a la tierra 
olvidadiza el rastro eterno de sus plantas. 

¡País de Cucaña! diría un francés. ¡La ínsula Barataría! 
apuntaría un español. ¡ Imbéciles ! Son los Estados Unidos, 
tal cual los ha formado Dios, y jurara que al crear este pe- 
dazo de mundo, se sabía muy bien él, que allá por el siglo 
XIX, los desechos de su pobre humanidad pisoteada en otras 
partes, esclavizada, o muñéndose de hambre a fin de que 
huelguen los pocos, vendrían a reunirse aquí, desenvolver- 
se sin obstáculo, engrandecerse, y vengar con su ejemplo a la 
especie humana de tantos siglos de tutela leoiiina y de sufri- 
mientos. ¿Por qué no descubrieron los romanos aquella tierra 
eminentemente adaptada para la industria que ellos no ejerci- 
taron, para la invasión pacífica del colono, y tan pródiga de 
bienestar para el individuo? ¿Por qué la raza sajona tropezó 
con este pedazo de mundo que tan bien cuadraba con sus ins- 
tintos industriales, y por qué a la raza española le cupo en suer- 
te la América del Sur, donde había minas de plata y oro e 
indios mansos y abyectos, que venían de perlas a su pereza de 
amo, a su atraso e ineptitud industrial? ¿No hay orden y pre- 
meditación en todos estos casos ? ¿ No hay Providencia ? Oh ! 
amigo. Dios es la más fácil solución de todas estas dificultades. 

Olvidé pedir para mi república, y lo hago aquí para que 
conste, que se me dé por vecinos pueblos de la estirpe española, 
México por ejemplo, y allá en el horizonte, Cuba, un itsmo, etc. 

No soy. yo el primero que ha sido sorprendido por és'e 
apropósito de la naturaleza en los Estados Unidos. Un compa- 
ñero de viaje escribía a uno de sus amigos de Europa : 

"No tengo noticia de lugar alguno donde Dios se haya 



ESTADOS UNIDOS 11 

sobrepasado a sí mismo como aquí. Estaba muy dz buen humor, 
sin duda, cuando bosquejaba estos grados o° a 6° de longitud, 
Este y Oeste de Washington. Esto es bello y trazado con soltu- 
ra ! Cada río tiene seis millas de ancho, cada lago cuatrocientas 
por lo menos de circunferencia ; por todas partes bosques in- 
mensos de árboles en perfecta armonía con el paisaje. Ni una 
sola colina, ni una sola isla árida; vegetación por todas partes, 
como allá en sus montañas de los Pirineos". 

En cuanto a la ordenación general de este país, daré a Vd. 
algunas ligeras nociones. Supóngase un espacio cuadrado de 
tierra que mida dos millones y medio de millas cuadradas, 
bañados por mares diversos hacia el Sur, oriente y occidente. 
Al Norte un río, salido de una cadena de lagos tan capaces 
como el mar Caspio, sierviéndole de límite , y proporcionándole 
una línea de navegación desde lo más recóndito del interior, 
hasta las costas del Atlántico. Mas como la boca del San Lo- 
renzo, que es aquel río término, cae fuera de los límites de los 
Estados, a la altura de Mont,real, se dirige hacia el Sur no más 
ancho que un río, al lago Champlain, hasta tocar casi con las 
fuentes de Hudson, que. por este medio ofrece al emporio de 
• Nueva York comunicación acuática con los lagos y el alto y 
bajo Canadá. 

Como el cuadrado que nos hemos trazado es poco menos 
grande que la Europa, necesitaba en teoría una arteria interior, 
por donde hubiese de circular y penetrar la vida. Para llenar 
este requisito, desde las inmediaciones del lago Erie, se despren- 
de hacia el Sur el Mississipi, el más caudaloso río de la tierra, 
y corriendo en seguida navegable por mil quinientas millas, 
incorpora en su caudal las aguas del Ohio, el Arkansas, el Illi- 
nois, el Missouri, el Tenessee, el Awash y muchos otros que 
de oriente y occidente, vienen alternativamente arrastrando so- 
bre sus turbias ondas los productos de las plantaciones más re- 
motas, hasta el Golfo de México. Porque hay esto de notable 
en la distribución de las aguas de Norte x\mérica, que las unas 
se reúnen en un inmenso receptáculo y marchan al oriente re- 



12 DOMINGO K. SARMIENTO 

unidas en el San Lorenzo: las otras se dirigen hacia el Sur, 
y se aglomeran en el Mississipi, no quedando independientes 
de aquellos dos grandes sistemas de desagüe, sino el Hudson, 
el Potomack y el Susquehuanah. 

Muy bisónos se habrían mostrado los yankees, si no hubie- 
sen completado por canales el conocido plan de la Providencia, 
de manera que las mercadería del Canadá tengan camino acuá- 
tico a Nueva York o a Orleans indistintamente, recorriendo 
para ello una línea de navegación interna, mayor que la que la 
que media entre America y Europa. Por otra parte, como un 
estado americano ha de vivir necesariamente de la exportación 
de sus materias primas, sus cereales y peleterías, su exposición 
debe ser de preferencia al Atlántico; y su necesidad primera, 
que de todos los puntos converjan y concurran sus vías de co- 
municación a las bocas y orificios de aquel inmenso pólipo, cuya 
simple estructura no ofrece sino tubo intestinal y bocas. Pero 
supóngase que el estado de larva ha de pasar por diversas trans- 
formaciones, hasta entrar en la familia de los animales más 
perfectos, y dotados de diversos sistemas, sanguíneo, nervioso, 
digestivo, etc. ; entonces la vida se hace más complicada, y el 
animal no existe ya para la boca, sino la boca para el animal. 
La vida interna haciéndose más complicada exige vasos secre- 
torios, donde se preparen mejor los alimentos; lo que equivale 
a decir, porque ya la alegoría fastidia, que con el exceso de la 
población y el desarrollo de la riqueza, nace una industria na- 
cional, y el estado, sin disminuir su movimiento de exportación 
e importación, adquiere, al fin, una vida interna que necesita 
satisfacer por sí mismo y para sí mismo. La China en Asia, la 
Alemania y la Francia en Europa, dan un ejemplo de esta vida 
interior, que da pábulo a industrias poderosas, y mayor acii 
mulación de riquezas. Cuando este caso llegue para los Estados 
Unidos, se concibe que las ciudades del litoral no serán los 
únicos focos de riquezas, pues para promediar las distancias, 
habrá en el centro del Estado, nuevos focos industriales que 
derramen e irradien a los extremos, los productos del trabajo 



ESTADOS UNIDOS 13 

nacional. Ahora, busque Vd. en el mapa de los Estados Unidos 
un punto a propósito para esta secreción interna, reur.iendo 
además las condiciones de viabilidad y abundancia de elemen- 
tos de fabricación, hierro, maderas, carbón, etc. Si Vd. no lo 
encuentra tan pronto, yo se lo indicaré. Hacia Ip interior de la 
Pensilvania, los ríos Ohio, AUenghany y Monontgahella se re- 
unen para dirigirse aí Mississipi, la grande arteria qup d'stri- 
buye y concreta como hemos visto el movimiento interior. 

En la confluencia de estos ríos está situada Pittsburg. que 
por canales artificiales y ferrocarriles comunica con Baltimore 
en la bahía de Chesapeake, Filadelfia, New York, Boston al 
Norte. Removiendo un poco la superficie de la tierra sobre 
que está fundada Pittsburg, se encuentra un manto de carbón 
de piedra, el cual se extiende unas catorce mil millas cuad'-adas, 
esto es, un espacio un poco menor que la Inglaterra entera. Por 
todo el país circunvecino y a orillas de los ríos, los prop^'-^tarios 
pueden bajo el hogar doméstico, abrir una boca de mina, para 
e>'t-aer esta substancia, alimenticia de fábricas ; y en Marieta 
hemos descendido del vapor y atravesado dos calles de la ciu- 
dad, entrándonos sin más rodeos en una mma de carbón bitu- 
minoso, que del interior de una colina sacaban en carretillas 
de mano, para |iacerlo derramarse en seguida, hasta sobre la 
cubierta del buque que atracan a la orilla del río a recibirlo. De 
alH en caravanas de angadas informes, que sin velas, ni remos, 
se abandonan a merced de la corriente de los ríos, va el carbón 
hasta Nueva Orleans, a hacer concurrencia ventajosa a la lejía 
que se corta en los inmediatos bosques y cuyo precio se regula 
por el salario diario del leñador. Esto por lo que hace al carbón, 
que en cuanto al hierro se le encuentra en igual abundancia 
por todas partes, y gracias a estas envidiables ventajas de po- 
sición, Pittsburg se alza hoy en medio de las selvas america- 
nas, envuelta en su denso manto de humo hediondo y espeso, 
que la hace llamar ya el Birminghan yankee, y será el Londres 
futuro, por la multitud de sus fábricas, sus algodones, que re- 
montan desde Nueva Orleans, para ser allí pintados o tejidos 



14 nOAIISGO F. SAnMIENTO 

por mecanismos que avanzan en perfección casi siempre a los 
inventos europeos. Con^.o una muestra de lo que puede ser 
Pittsburg, recordaré que a fines del siglo pasado, el territorio 
adyacente estaba aún en poder de los salvajes; en 1800, conte- 
nía ya, 45.000 habitantes, y en 1845, montaba la población a 
dos millones. 

Como la población de los Estados Unidos avanza -hacia el 
Pacífico setecientas millas de frente por año, más tarde será 
necesario un foco industrial todavía más adentro, a cuyo fin se 
lia dispuesto que donde el Misouri, que corre unas 1.200 millas, 
se echa en el Mississipi, y no lejos del punto en que de la parte 
opuesta desemboca el Ohio, haya otro depósito de carbón de 
piedra que, a lo que ha podido averiguarse hasta ahora, ocupa 
v.n área de cosa de 60.000 millas cuadradas ! 

Yo no quiero hacer cómplice a la Providencia de todas las 
usurpaciones norteamericanas, ni de su mal ejemplo, que en un 
período más o menos remoto, puede atraerle, unirle política- 
mente o anexarle, como ellos llaman, el Canadá, México, etc. 
Entonces, la unión de hombres libres principiará en el Polo 
Norte, para venir a terminar por falta de tierra en el itsmo de 
Panamá. 

Para entonces estarán los lagos en el centro de la unión gi- 
gante, y para entonces también el Estado de Michigan, envuelto 
como una península por el lago del mismo nombre, el Hurón, 
el Saint - Clair, y la base del Erie, podrá dar fructuosa ocupa- 
ción al enorme depósito de carbón que contiene en su centro. 
En espectaciórí de aquel suceso, y por aquellos mares de agua 
dulce, empieza ya a surgir del haz de la tierra,.B,uffalo, ciudad 
que sin haber sido aldea siquiera, contaba hace un año 30.000. 
habitantes, y contará hoy 50.000, según los términos de la pro- 
gresión yankee. Un camino de hierro, que desde Albany atra 
viesa sin pretensión alguna cinco grados de longitud, derrama 
en sus calles todos los días una avenida de hombres, que desde 
Europa, y remontando el Hiídson, vienen a escogerse, entre los 
bosques intermediarios, algún pedazo de tierra donde fijar una 



ESTADOS UNIDOS 16 

nueva familia, como aquellas* razas de Sem y de Jafet, que par- 
tían desde la Babel antigua a repartirse entre sí la tierra despo- 
blada. Igual confusión de lenguas entre los que llegan ; si bien 
la tierra les imprime la suya a poco andar, y como el agua fro- 
tando las superficies angulosas de diversas piedras conforma 
los guijarros cual si fueran una familia de hermanos, así, re- 
uniéndose, mezclándose entre sí esas avenidas de fragmentos de 
sociedades antiguas, se forma la nueya, la más joven y osada 
república del mundo. ¡ Oh ! Cuánta verdad tangible hay en los 
misterios morales de nuestra raza; cuántas relaciones íntimas, 
inevitables, muestran las cosas físicas! La libertad emigrada 
al norte da al hombre que llega alas para volar; ruedan to- 
rrentes humanos por entre las selvas primitivas, y la palabra 
pasa muda sobre sus cabezas en hilos de hierro, para ir a acti- 
var a lo lejos aquella invasión del hombre sobre el suelo que 
le estaba reservado; del espíritu envejecido y experto sobre la 
materia inculta aun, y esperando, desde ab initio, que se le dé 
forma. Franklin, como Vd. sabe, fué el primero que tomó en 
sus manos el terrible rayo, y lo explicó al mundo asombrado. 
Partiendo del descubrimiento de Franklin (hablo en el sentido 
práctico del pararrayos, con que él dotó a la humanidad), Vol- 
ta. Oersted, Alexander, Ampere, Arago, habían escrito ,y ten- 
tado mucho sobre la telegrafía eléctrica, cuando Morse, nor- 
teamericano, hizo sus ensayos mediante los 30.000 pesos que el 
congreso de los Estados Unidos dio para costearlos. ¿No es 
singular que haya cabido a los Estados Unidos la gloria de ha- 
ber inventado el pararrayos y el éter sulfúrico, para ahorrar 
dos grandes males a la humanidad, e impreso a los movimien- 
tos del hombre rapideces planetarias, con la aplicación del va- 
por hecha por Fulton y con la telegrafía eléctrica por Morse? 
En Francia dejé líneas de telégrafos de este género en vía de 
ensayo, de Rúan a París, de París a L,ille, y esto para el servi- 
cio del gobierno. En los Estados Unidos había en el momento 
de mi salida : de Nueva York un círculo que liga con Washing- 
ton, Baltimore, Filadelfia, y vuelve a Nueva York, 455 millas; 



16 DOMINGO F. SABMTENTO 

Otro anillo que liga a Nueva York, New Haven, Hasford, 
Sprlngfield, Boston, y vuelve a Nueva York, 452 millas. Una 
línea a Albany que parte desde el mismo centro, 150, y de allí 
extiende un brazo a Buffalo, 250 millas. Otra a Rochester, 
252; otra a Montreal, 205. La diligencia que lleva diariamente 
la correspondencia por toda la Unión recorre 142.295 millas, y 
853 millas describen los canales artificiales. Rodean los esta- 
dos 3.600. millas de mar y 1.200 de lagos. Nueva York sirve 
de puerto de navegación interna de t;íos, canales y lagos de 
3.000 millas; Nueva Orleans a otra de 20.000, subdividida en 
ríos navegables, y que uniéndose por el Missisipi. con los lagos 
y el San Lorenzo, puede producir la más pasmosa línea de cir- 
cunnavegación interior y fluvial. 

La naturaleza había ejecutado las grandes fracciones del 
territorio de la Unión; pero sin la profunda ciencia de la ri- 
queza pública que poseen los norteamericanos, la obra habría 
quedado incompleta. Desde Filadelfia a San Luis, como de 
Buenos Aires a Mendoza, atraviesa el estado una gran ruta na- 
cional, porque en este sentido el país no es viable por canales, 
pues los declives de las aguas se inclinan al Sud y al Este. Pero 
del lago Erie, desciende un canal navegable, que, uniéndose 
al Ohío entre Cincinati y Pittsburg, trae con fletes ínfimos los 
productos del extremo norte del lago superior y del Canadá 
hasta Nueva Orleans. Del extremo este del mismo lago Erie 
parte otro canal, que, después de haberse puesto en contacto 
por una ramificación con el lago Ontario, a la altura de Troya 
desemboca en el Hudson, y liga por agua a Chicago, que está 
a 14 grados de distancia al occidente, con Nueva York y Que- 
bec. Desde Pittsburg parte un canal faldeando los montes Alie- 
ghanies, que pone en contacto acuático a Filadelfia en el Atlán- 
tico, con Nueva Orleans en el Golfo de México, describiendo 
una ruta a través del continente, de más de mit leguas. Inútil 
sería detenerse en las líneas de caminos de hierro, que com- 
pletan en parte las de lagos, o se cruzan con ellas, facilitando 
a cada Estado, a cada ciudad y a cada aldea, las comunicacio- 



ESTADOS UNIDOS 17 

lies baratas, rápidas, diarias, fáciles, al alcance de todas las for- 
tunas, apropiadas a todas las mercaderías. Tocqueville ha di- 
cho que los caminos de hierro bajaron de un cuarto los costos 
de transporte. Los canales han abolido casi el flete, pues ape- 
nas es sensible; y, sin embargo, tal es la afluencia de produc- 
tos, que, estas obras, producen al Estado millones de renta 
anual. 

Del aspecto general del país, o de su arquitectura, como 
distribución de los medios de acción puestos por Dios y utili- 
zados y completados por el hombre, pasaré sin transición a la 
aldea, centro de la vida política, como la familia lo es de la 
vida doméstica. Los Estados Unidos están en ella con todos' 
sus accidentes, cosa que no puede decirse de nación alguna. La 
aldea francesa o chilena es la negación de la Francia o de Chi- 
le, y nadie quisiera aceptar ni sus costumbres, ni sus vestidos, 
ni sus ideas, como manifestación de la civilización nacional. 
La aldea norteamericana es ya todo el Estado, con su gobierno 
civil, su prensa, sus escuelas, sus bancos, su municipalidad, su 
censo, su espíritu y su apariencia. Del seno de un bosque pri- 
mitivo, la diligencia o los vagones salen a un pequeño espacio 
desmontado en cuyo centro se alzan diez o doce casas. Estas 
son de ladrillo, construido con el auxilio de máquinas, lo que da 
a sus costados la tersura de figuras matemáticas, uniéndolos 
entre sí con argamasa en filetes finísimos y rectos. Levántanse 
aquéllas en dos pisos cubiertas de techumbre de madera pinta- 
da. Puertas y ventanas pintadas de blanco, sujetan y cierran 
cerraduras de patente; y stores verdes animan y varían la re- 
gularidad de la distribución. Fijóme en estos detalles porque 
ellos solos bastan para caracterizar un pueblo y suscitan un cú- 
mulo de reflexiones. La primera que me ha embargado al pre- 
senciar tanta ostentación de riqueza y de bienestar, es la que 
suministra la comparación de las fuerzas productivas de las 
naciones. Chile, por ejemplo, y lo que es aplicable a Chile lo 
es a toda la América española, Chile tiene millón y medio de 
habitantes. ¿En qué proporción están las casas, que de tales 



18 DOMIlíOO F. SARMIENTO 

merezcan el nombre, con las familias que lo habitan? Pues cv» 
los Estados Unidos todos los hombres viven en casas, tales 
como las que he delineado al principio, rodeados de todos los 
instrumentos más adelantados ■de la civilización, salvo los 
pioneers que habitan aun los bosques, salvo los transeúntes que 
se albergan en inmensos hoteles. De aquí resulta un fenóme- 
no económico que apuntaré ligeramente. Supongo que veinte 
millones de norteamericanos habiten un millón de casas. ¿ Cuán- 
to capital invertido en satisfacer esta sola necesidad? Fabri- 
cantes de ladrillos a la mecánica han hecho con sus productos 
fortunas colosales; fábricas de cerrajería de patente venden 
sus obras por cantidades cien veces mayores que en cualquiera 
otra parte del mundo, para servir a menor número de hombres. 
Las estufas de hierro colado que se aplican al uso doméstico 
en todas las aldeas, bastarían a dar movimiento y ocupación a 
las fábricas de Londres; y el avalúo de las casas que habitan 
los norteamericanos en las aldeas, no diré más pobres, porque 
el término es impropio, equivaldría a la riqueza territorial e 
inmueble de cualquiera de nuestros estados. 

•La .cocina, más o menos espaciosa, según el número de in- 
dividuos de la familia, consta de un aparato económico de hie- 
rro fundido, fonnando parte de él un servicio completo de ca- 
cerolas y de utensilios culinarios, todo obra de alguna fábrica 
que se ocupa de este ramo. En algún departamento interior se 
guardan arados del autor francés que los inventó, y el instru- 
mento de agricultura más poderoso que se conoce : su reja abre 
un surco de media vara de ancho ; una cuchilla movible va ro- 
zando las yerbas, y el menor esfuerzo del labrador la aparta 
del encuentro del tronco de un árbol. Su ligera obra de made- 
ra está constantemente pintada de colorado, y los arneses de 
los caballos que lo tiran son de obra de talabartería, lustrosa 
siempre y con hebillas amarillas y adornos en bronce para ajus- 
tarlos. Las liachas de la casa son también de patente y de la 
constmcción más aventajada que se conoce ; pues el hacha es 
la trompa del elefante del yankee, su mondadientes y su dedo. 



ESTADOS tJNIDOS Id 

como entre mosotros el cuchillo, o la navaja entre los españo- 
les. Una carretela de cuatro ruedas, ligera como las patas de 
un escarabajo, siempre barnizada y lustrosa corno recién saca- 
da de la fábrica, con arneses brillantes, completos y tales como 
no los llevan iguales los fiacres de París, facilitan la locomo- 
ción de los habitantes. Una máquina sirve para desgranar el 
maíz; otra para limpiar el trigo; y cada operación agrícola o 
doméstica, llama en su ayuda el talento inventivo de los fabri- 
cantes. El terreno adyacente a la casa y que sirve de jardín de 
horticultura, está separado de la calle o camino público por una 
balaustrada de madera, pintada de blanco en toda su extensión 
y de la forma más artística. No se olvide Vd, que estoy des- 
cribiéndole una pobre aldea que aun no cuenta doce casas, ro- 
deada todavía de bosques no descuajados y apartada por cen- 
tenares de leguas de las grandes ciudades. Mi aldea, pues, tie- 
ne varios establecimientos públicos, alguna fábrica de cerveza, 
una panadería, varios bodegones o figonerías, todos con, el 
anuncio en letras de oro, perfectamente ejecutadas por algún 
fabricante de letras. Este es un punto capital. Los anuncios en 
los Estados Unidos son por toda la Unión una obra de arte, y 
la muestra más inequívoca del adelanto del país. Me he diver- 
tido en España y en toda la América del Sud, examinando 
aquellos letreros donde los hay, hechos con caracteres raquí- 
ticos, jorobados y ostentando, en errores de ortografía, la igno- 
rancia supina del artesano o aficionado que los formó. 

El norteamericano es un literato clásico en materia de 
anuncios, y una letra chueca o gorda, o un error ortográfico 
expondría al locatario a ver desierto su mostrador. Dos hote- 
les ha de haber por lo menos en la aldea para alojamiento de 
los pasajeros; una imprenta para un diario diminuto, un ban- 
co y una capilla. La oficina de la posta recibe diariamente los 
periódicos de la vecindad o las grandes ciudades, a que están 
subscriptos los aldeanos; y cartas, paquetes y transeúntes han 
de llegar y salir de ella diariamente; pues el transporte de la 
mala, aun a los puntos más distantes, se hace en vehículos de 



20 nOMINGO F. SARMIKNTO 

cuatro ruedas y con comodidades para pasajeros. Las calles, 
que se van delineando a medida que la población crece, tienen 
como las grandes ciudades, treinta varas de ancho, inclusas las 
aceras de seis varas que deben quedar dé cada costado, som- 
breadas por líneas de árboles que desde luego plantan. El cen- 
tro de la calle es, mientras no hay medios de empedrarlo, un 
ciénago en que hozan todos los cerdos de la aldea, los cuales 
ocupan tan encumbrado lugar en la economía doméstica, que 
sus productos en toda la Unión corren parejas con los culti- 
vos de trigo. 

Y como es regla que según el nido ha de ser el pájaro, diré 
una palabra sobre el villano. Si es bodegonero, almacenero o 
de otra profesión secundaria, su traje diario se compone de 
las piezas siguientes : botas charoladas, pantalón y frac de paño 
negro, chaleco de raso ídem, corbata de gró, un pequeño cas- 
quete o gorrita de paño; y pendiente de un cordón negro, un 
chisme de oro que representa un lápiz o una llave. En la pun- 
ta de este cordón y muy sumido en el bolsillo está la pieza más 
curiosa del traje del yankee. Si Vd. quiere estudiar las trans- 
formaciones que el reloj lia experimentado desde su invención 
hasta nuestros días, pida Vd. la hora a cuanto yankee encuen- 
tre. Verá Vd. relojes fósiles, relojes mastodontes, relojes fan- 
tasmas, relojes guarida de sabandijas, relojes de tres pisos, in- 
flado, con puente levadizo y escalera secreta, para descender 
con linterna a darles cuerda. El padrón del reloj de Dulcama- 
ra, en el Elixir de Amor, emigró con los primeros puritanos, 
y sus descendientes gozan del derecho de ciudadanía, y están 
alistados en el partido temible de los natiiñstas, que profesan 
las doctrinas del americanismo más exaltado. Cada buque que 
llega de Europa trae centenares de estos emigrantes, los cuales, 
vendidos a la mejor postura en Nueva York, Boston, Nueva 
Orleans, Baltimore, desde el precio de doce reales para arriba, 
proveen a esta demanda nacional y popular de relojes. Tiene 
el yankee una cartera en el bolsillo, y al acostarse en la cama 
traza a la ligera jeroglíficos que indican el camino que tiene 



ESTADOS UNIDOS 21 

trazado a bus acciones del día siguiente. No se crea que hay 
exageración en esta común distribución de los medios civiliza- 
dos a las aldeas como a las ciudades, y a los hombi'es de todas 
clases. Tomo a la ventura las villitas más pequeñas, cuya des- 
cripción me cae a la mano. Bennington contiene un consistorio, 
una iglesia, dos academias (colegios), un banco y cerca de 
300 habitantes. 

Norwich, en la orilla derecha del Connesticut, contiene 
varias iglesias, un banco y 700 habitantes. 

Haverhill tiene un consistorio, un banco, uaa iglesia, una 
academia y sesenta casas, etc. 

Hacia el Oeste, donde la civilización declina, y en el Par 
West, donde casi se extingue, por el desparramo de la pobla- 
ción en las campañas, el aspecto cambia, sin duda : el bienestar 
se reduce a lo estrictamente necesario, y la casa se convierte 
en el log housc, construido en veinticuatro horas, de palos su- 
perpuestos y cruzándose en las esquinas por medio de muescas ; 
pero aun en estas remotas plantaciones, hay igualdad perfec- 
ta de aspecto en la población, en el vestido, en los modales, y 
aun en la inteligencia; el comerciante, el doctor, el shcriff, el 
cultivador, todos tienen el mismo aspecto. El campesino es pa- 
dre de familia, es propietario de doscientos acres de tierra o de 
dos mil, no importa para el caso. Sus instrumentos aratorios, 
sus engines, son los mismos, es decir, los mejores conocidos; 
y si acierta a darse en la vecindad un mitin religioso, de lo pro- 
fundo de los bosques, descendiendo de las montañas, asomán- 
dose por todos los caminos, veráse los campesinos a caballo en 
grandes cabalgatas, con su pantalón y su frac negro, y las ni- 
ñas con los vestidos de los géneros más frescos y las formas 
más graciosas. A bordo de un vapor en una larga navegación, 
habíame tocado de vez en cuando acercarme a un sujeto perfec- 
tamente vestido y que se hacía notar por el cortés desembarazo 
de los modales. Una mañana, al acercarnos a una ciudad, le vi, 
no sin sorpresa, sacar de su camarote un caja, templarla y 
comenzar a tocar la llamada, invitando al engandhe a los jóve- 



22 DOMINGO F. SARMIENTO 

nes del lugar. Era tambor ! A veces la cadena del reloj caía so- 
bre el parche y embarazaba momentáneamente el juego de los 
palillos. La igualdad es, pues, absoluta en las costumbres y en 
las formas. Los grados de civilización o de riqueza no están 
expresados como entre nosotros por cortes especiales de vesti- 
do. No hay chaqueta, ni poncho, sino un vestido común y has- 
ta una rudeza común de modales que mantiene las apariencias 
de igualdad en la educación. 

Pero aun no es esta la parte más característica de aquel 
pueblo: es su aptitud para apropiarse, generalizar, vulgari- 
zar, conservar y perfeccionar todos los usos, instrumentos, pro- 
cederes y auxilios que la más adelantada civilización ha puesto 
en manos de los hombres. En esto los Estados Unidos son úni- 
cos en la tierra. No hay rutina invencible que demore por si- 
glos la adopción de una mejora conocida; hay por el contra- 
rio una predisposición a adoptar todo. El anuncio hecho por un 
diario de una modificación en el arado, por ejemplo, lo trans- 
criben en un día todos los periódicos de la Unión. Al día si- 
guiente se habla de ello en todas las plantaciones ,y los herre- 
ros y fabricantes han ensayado en doscientos puntos de la 
Unión esta práctica. Id a hacer o a esperar cosa semejante en 
un siglo en España, Francia o nuestra América. 

El diccionario de Salva, porque el de la Academia iio hace 
fe hoy, dice, definiendo la palabra civilización, que es "aquel 
grado de cultura que adquieren pueblos y personas, cuando 
de la rudeza natural pasan al primor, elegancia y dulzura de 
voces y costumbres propio de gente culta". Yo llamaría a esto 
civilidad; pues, las voces muy relamidas, ni las costumbres en 
extremo muelles, representan la perfección moral y física, ni 
las fuerzas que el hombre civilizado desarrolla para someter 
a su uso la naturaleza. 

Después de las aldeas de los Estados Unidos, llama de 
preferencia la atención del viajero el movimiento de los cami- 
nos que las unen entre sí, ya sean carriles, macadamizados, fe- 
rrocarriles o ríos navegables. Si Dios llamara repentinamente a 



ESTADOS UNIDOS 23 

cuentas al mundo, sorprendería en marcha, como a las hormi- 
gas, a los dos tercios de la población norteamericana, de donde 
resulta lo mismo que he dicho de los edificios ; pues viajan- 
do todos, no hay empresa imposible ni improductiva en mate- 
ria de viabilidad. Ciento veinte leguas de camino de hierro 
se hacen en veinticuatro horas, desde Albany hasta Bu f falo por 
doce pesos ; y por quince, inclusas cuatro opíparas y suculen- 
tas comidas diarias, dos mil doscientas millas de navegación 
de vapor en diez días, desde Cincinnati hasta Nueva Orleans, 
por los ríos Ohío o Missisipi. El vapor o el convoy del ferro- 
carril atraviesa bosques primitivos, entre cuyas enramadas, 
obscuras y solitarias, teme el viajero meditabundo ver aparecer 
el último resto de las tribus salvajes que no hace diez años lla- 
maban a aquellos paraje^ las cacerías de sus padres. 

'La concurrencia de los pasajeros permite la baratura del 
pasaje; y la baratura del pasaje tienta a viajar a los que no 
tienen objeto preciso para ello ; el yankee sal^ de su casa a res- 
pirar un poco de aire, a tomar un paseo, y hace de ida y vuel- 
ta cincuenta leguas en un vapor o un convoy, y vuelve a con- 
tinuar sus ocupaciones. Cuando el ojo certero de la industria 
descubre un trayecto de ferrocarril, una asociación lo abre lo 
suficiente para indicar la ría ; de los árboles volteados se hacen 
las líneas del futuro ferrocarril, poniéndoles sobrepuestas plan- 
chuelas delgadas de hierro. El convoy se lanza con tiento al 
principio, equilibrándose, aquí caigo, allí levanto sobre esta pe- 
ligrosa vía; los pasajeros llueven de todas partes y con los pro- 
ductos que dejan, se construye entonces el verdadero camino, 
nunca seguro, por no hacerlo costoso, lo que no aumenta en 
mucho el número de desgracias. El convoy es siempre cómodo, 
espacioso, y si los cojines no son tan muelles como los de la 
primera clase en Francia, no son tampoco tan estúpidamente 
duros como los de segunda en Inglaterra ; pues en los Estados 
Unidos, no habiendo sino una clase en la sociedad, la cual la 
forma el hombre, no hay tres y aun cuatro clases de vagones, 
como sucede en Europa. Pero, donde el lujo y la grandeza ñor- 



24 DOMINGO K. SAESriKNTO 

teamericanas se ostentan sin rival en la tierra, es en los vapo- 
res de los ríos del norte. Cloacas o cascaras de nuez parecerían 
a su lado los que navegan en el Mediterráneo. Son palacios flo- 
tantes de tres pisos, con galerías y azoteas para pasearse. Brilla 
el oro en los capiteles y arquitrabes de las mil columnas que, 
como en el Isaac Nezvton, flanquean cámaras monstruos, ca- 
paces de contener en su seno al senado y cámara de diputados. 
Colgaduras de damasco artísticamente prendidas disimulan los 
camarotes para quinientos pasajeros, comedores colosos con 
mesa sin fin de caoba bruñida y servicio de porcelana y plata 
para mil comensales. Puede este buque recibir dos mil pasaje- 
ros ; tiene 750 lechos, 200 camarotes independientes ; mide 341 
pies de largo, 85 de ancho, y carga además 1.450 tonelauas. 

El vapor Hendrick mide 341 pies de largo y 72 cíe ancho; 
tiene 150 camarotes independientes; 600 lechos con colchones 
de pluma, dando acomodations en general para dos mil pasa- 
jeros, todo por un dólar, corriendo la distancia de 144 millas. 
Un habitante de Nueva York va a Troya o Albany en la no- 
che ; habla por la mañana del día siguiente con su corresponsal, 
y en la tarde está en Nueva York de regreso, a vacar de las 
ocupaciones del día, habiendo hecho en la interrupción de diez 
o doce horas de tiempo hábil, cien leguas de camino. El sud- 
americano que acaba de desembarcar de Europa, donde se ha 
extasiado admirando los progresos de la industria y el poder 
del hombre, se pregunta atónito al ver aquellas colosales cons- 
trucciones americanas, aquellas facilidades de locomoción, si 
realmente! la Europa está a la cabeza de la civilización dei 
mundo, Marinos franceses, ingleses y sardos, he visto expresar 
sin disimulo su asombro de encontrarse tan pequeños, tan atrás 
de este pueblo gigantesco. 

Hay en aquellos buques del Hudson un sancta sanctorum, 
en cuyo recinto no penetra el ojo del profano, una morada mis- 
teriosa, de cuyas delicias puede cuando más tenerse sospechas 
por las bocanadas de perfumes que se escapan al abrirse mo- 
mentáneamente la puerta. Los norteamericanos se han creado 



ESTADOS UNIDOS 25 

costumbres que no tienen ejemplo ni antecedentes en la tierra. 
La mujer soltera, o el hombre de sexo femenino, es libre como 
las mariposas hasta el momento de encerrarse en el capullo do- 
méstico para llenar con el matrimonio sus funciones sociales. 
Antes de esta época viaja sola, vaga por las calles de las ciu- 
dades y mantiene amoríos castos a la par que desenvueltos a 
la luz del público, bajo el ojo indiferente de sus padres. Reci- 
be visitas de personas que no se han presentado a la familia, y 
a las dos de la mañana vuelve de un baile a su casa acompañada 
por aquel con quien ha valseado o polkeado exclusivamente 
toda la noche. Los buenos puritanos de sus padres la hacen 
bromas a veces con el tal, de cuyos amores han sido instruidos 
por la voz pública, y la taimada se complace en derrotar las 
conjeturas, desmintiendo la evidencia. 

X Después de dos o tres años de flirtear, este es el verbo 
norteamericano, bailes, paseos, viajes y coqueterías, la niña 
de la historia, en el almuerzo y como quién no quiere la 
cosa, pregrnta a sus padres si conocen a un joven alto, ru- 
bio, maquinista de profesión, que suele venir a verla, de 
vez en cuando, todos los días. Hacía un año que estaban 
esperando esta introducción. El desenlace es que hay en 
la familia un enlace convenido, de que se da parte a los 
padres la víspera, los cuales ya lo sabían por todas las 
comadres de la vecindad. Celebrado el desposorio, los no- 
vios toman en el acto el próximo camino de hierro, y salen 
a ostentar su felicidad por bosques, villas, ciudades y ho- 
teles. En los vagones se les ve siempre a estas encanta- 
doras parejas de jóvenes de veinte años, abrazados, repo- 
sándose el uno en el seno del otro, y prodigándose caricias 
tan expresivas que edifican a todos los circunstantes, ha- 
ciéndoles formar el propósito de casarse inmediatamente, 
aun a los más contumaces solterones. No pu''de hacerse en 
términos más insinuantes que esta exposición al aire libre 
de las embriagueces matrimoí^iales, la propaganda del ca- 
samiento. Debido a esto es que el yankee no llega nunca 



2C iioiHi.M.u i<. .sAuiini;jNiO 

a la edad de veinte y cinco años sin tener ya una familia 
numerosa ; y yo no me explico de otro modo la asombrosa 
propagación de la especie en aquel suelo afortunado. En 
1790 la población constaba de cerca de cuatro millones; 1800, 
cinco millones; 1810, siete millones; 1820, nueve millones; 
1830, doce millones ; 1840, diez y siete millones ; 1850, contará 
veinte y tres millones. La inmigración influye en estas cifras ; 
pero en proporciones limitadas. El inmigrante no es un animal 
prolífico, hasta que ha recibido el baño yanktíe. 

Volviendo, pues, a los millares de novios que andan 
enardeciendo y vivificando la atmósfera con sus hálitos de 
primavera, los vapores del Hudson y de otros ríos clásicos 
les tienen preparados departamentos ad hoc. JClámase este re- 
cinto la cámara de la novia! Vidrios de colores esmaltados 
imprimen a la discreta luz que penetra en ella, todos los 
suaves colores del iris ; lámparas rosadas arden por la 
noche ; y de noche y de' día el perfume de las flores, las 
aguas odoríferas y los aromas que se queman aguzan la 
sed de placer que consume a sus escogidos moradores. I^as 
fábricas de París no han creado damascos ni muselinas 
suficientemente costosas, para envolver entre sus sueltos 
pliegues y bajo techumbres doradas ías legítimas saturnales 
de la cámara de la novia. Después de haber visto la cascada 
del Niágara, bañándose en las fuentes termales de Sara- 
toga, pasado en revista cien ciudades y recorrido mil leguas 
de país, los novios vuelven, después de quince días, exte- 
nuados, maravillados y contentos, a aburrirse santamente 
en el hogar doméstico. La mujer ha dicho adiós para siem- 
pre al mundo, de cuyos placeres gozó tanto tiempo con en- 
tela libertad ; a las selvas frescas de verdura, testigos de 
sus amores, a la cascada, a los caminos y a los ríos. En 
adelante, el cerrado asilo doméstico es su penitencia per- 
petua; el roasbeef su acusador eterno; el hormigueo de 
chiquillos rubios y retozones, su torcedor continuo ; y un 
marido incivil, aunque good naíured, sudón de día y roncador 



ICSTAUOS UNIDOS 27 

de noche, su cómplice y su fantasma. Atribuyo a aquellos 
amores ambulantes en que termina el flirteo americano, la 
manía de viajar que distingue al yankee, de quien puede 
decirse que nace viajero. El furpr de viajar crece en pro- 
porciones espantosas año por año. Los productos de todas 
las obras públicas, ferrocarriles, puentes y canales en los 
diversos estados, en 1844, comparados con los de 1843, 
mostraron un aumento de cuatro millones de dóllars; lo 
que hizo subir en solo aquel año de ochenta millones el 
valor de los trabajos, computando el rédito al cinco por 
ciento. Sabe de memoria todas las distancias, y a la vista 
de una ciudad, en los vagones o en los vapores, hay un 
movimiento general de echar mano a la faltriqviera, des- 
doblar el mapa topográfico de los alrededores y señalar con 
el dedo el punto de la cuestión. Una sola casa de Nueva 
York ha vendido en diez años millón y medio de atlas y 
mapas para el uso popular. Es seguro que en Paris no hay 
ningTina que haya hecho emisión igual para proveer al 
mundo entero. Cada estado tiene su carta geológica, que 
muestra la composición del suelo y los elementos explo- 
tables que contiene ; cada condado su carta topográfica en 
diez ediciones diversas de todos los tamaños y de todos los 
precios. Apenas se tiró el primer cañonazo en la frontera 
mejicana, la Unión fué inundada por mülones de mapas de 
Méjico, en los cuales el yankee traza los movimientos del 
ejército, da batallas, avanza, toma a la capital y se esta- 
ciona allí, hasta que las nuevas noticias venidas por el telé- 
grafo, lo orientan sobre la verdadera posición de los ejér- 
citos, para hacerlos marchar de nuevo, con el dedo puesto 
en el mapa y a fuerza de conjeturas y cálculos, lo pone 
a la hora de ésta dentro de la ciudad de Méjico. Los mejicanos 
pueden ir a recibir lecciones de los leñadores yankees sobre 
la topografía, producciones y ventajas del país que sin co- 
nocer habitan, 

Pero continuerjios un poco describiendo la fisonomía 



28 IKJAIINGO F. HAKMIENXO 

de los caminos. Kn los lagos y en otros ños de mayor 
longitud que ei Hudson, los vapores se acercan a los ba- 
rrancos en puntos determinados, para renovar su provisión 
de leña, operación que se hace en menos tiempo que el 
cambio de muías en las postas españolas o la renovación 
de pasajeros. Del centro de un bosque secular y por sendas 
alhenas practicables, vese salir una familia de se oras en 
toilette de baile, acompañadas por caballeros vestidos del eterno 
frac negro, variado a veces por un paleto, y cuando más 
ttn anciano con surtú de terciopelo a la puritana; cabellos 
blancos y largos hasta los hombros, a lo Franklin, y som- 
brero redondo de copa baja. El carruaje que los conduce 
es de la misma construcción y tan esmeradamente barni- 
zado como los que circulan en las calles de Washington. 
Los caballos con arneses relucientes, pertenecen a la raza 
inglesa, que no ha perdido nada de su esbelta belleza ni 
de su árabe conformación al emigrar al nuevo mundo ; por- 
que el norteamericano, lejos de barbarizar como nosotros 
los elementos que nos entregó al instalarnos colonos la 
civilización europea, trabaja por perfeccionarlos más aún y 
hacerles dar un nuevo paso. El espectáculo de esta decencia 
uniforme, y de aquel bienestar general, si bien satisface el 
corazón de los que gozan en contemplar a una porción de 
Ja especie humana, dueña en. proporciones comunes a todos, 
de los goces y las ventajas de la asociación, cansa, al fin, 
la vista por su monótona uniformidad; desluciendo el cua- 
dro, a veces, la aparición de un campesino con vestidos 
desordenados, levita descolorida y sucia, o frac hecho ha- 
rapos, lü que trae a la 'memoria del viajero el recuerdo de 
los mendigos españoles o sudamericanos, de tan ingrata 
apariencia. No hermosean el paisaje, por ejemplo, aquellos 
trajes romanescos de la campiña de Ñapóles; el sombrero 
con pluma empinada de las aguadoras de Venecia; la man 
tilla de las manólas sevillanas; ni las vestiduras recamadas 
de oro de las judías de Argel u Oran. La Francia misma. 



K8T\D0S UNIDOS 29 

que manda a todos los pueblos el despótico decreto de tsus 
modas, entretiene al viajero con las cofias de las mujeres 
de campaña, invariables y características en cada provin- 
cia, llegando en las inmediaciones de Burdeos a asumir la 
aterrante altura de dos tercios de vara sobre la cabeza, 
como aquellas peinetas formadas de la concha de un galá- 
pago entero, que llenas de orgullo llevaron en un tiempo 
las damas de Buenos Aires; analogía que unida a los pa- 
bellones y espuelas chilenos, me ha hecho sospechar que 
el espíritu de provincia, de aldea, es por todas partes fe- 
cundo en cosas abultadas! • 

Una paisanota de los Estados Unidos se conoce apenas 
por ío sonrosado de sus mejillas, su cara redonda y regor- 
deta y el sonreír candoroso y hebété que la distingue de las 
gentes de las ciudades. Fuera de esto y un poco de peor 
gusto y menos desenfado para llevar la cachemira o la 
manteleta, las mujeres norteamericanas pertenecen todas a 
una misma clase, con tipos de fisonomía que por lo general 
honran a la especie humana. 

En este viaje que con usted, mi buen amigo, ando ha- 
ciendo por todas partes en los Eslados Unidos, ya sea que 
nos paseemos en las galerías o sobre la cubierta de los 
vapores, ya sea que prefiramos el más sedentario vehículo 
de los ferrocarriles, al fin hemos de llegar, no diré a las 
puertas de una ciudad, frase europea y que está indicando 
las prisiones de que están circundadas, sino al desembar- 
cadero, desde donde, con trescientos pasajeros más, iremos a 
acuartelarnos en uno de los magníficos hoteles cuyas carrozas 
con cuatro caballos y domésticos elegantes, si no queremos 
seguir a pie la procesión con nuestro saco de viaje bajo el 
brazo, nos aguardan a la puerta. Al acercarse el vapor en 
que descendía el Mississipí, volviendo una de las semicir- 
culares curvas que describe aquella inmensa cuanto quieta 
mole de agua, nos señalaron en el horizonte, dominando 
masas escalonadas de bosques matizados por el otoño y 



30 DOMINGO F. SARMIEírrO 

a cuya base se extienden en líneas de esmeralda las dila- 
tadas plantaciones de azúcar, la cúpula de San Carlos, con- 
soladora muestra, después de 700 leguas de agua y bosque, 
de la proximidad de Nueva Orleáns ; y aunque el aspecto 
del paisaje circunvecino no favorece la comparación, la 
vista de aquella lejana cúpula me trajo a la memoria la 
de San Pe^ro en Roma, que se divisa desde todos los pun- 
tos del horizonte como si ella sola existiese allí ; mostrán- 
dose tan colosal a veinte leguas, como no se la cree cuando 
es considerada de cerca. Por fin, iba a ver en los Estados 
Unidos una basílica de arquitectura clásica y de dimen- 
siones dignas del culto. Alguien nos preguntó si teníamos 
hotel para nuestro alojamiento, indicándonos el de San 
Carlos, como el más bien servido. Desde la cúpula, añadió, 
podrán ustedes tener al salir el sol el panorama más vasto 
de la ciudad, el río, el lago y las vecinas campiñas. El San 
Carlos que alzaba su erguida cabeza sobre las colinas y bos- 
ques de los alrededores, el San Carlos que me había traído 
la reminiscencia de San Pedro en Roma, no era más que una 
fonda ! 

He aquí el pueblo rey que se construye palacios para 
reposar la cabeza una noche bajo sus bóvedas; he aquí 
el culto tributado al hombre, en cuanto hombre, y los pro- 
digios del arte empleados, prodigados para glorificar a las 
masas populares. Nerón tuvo su Domus Áurea; entre los ro- 
manos, los plebeyos tenían sus catacumbas tan sólo para 
abrigarse ! 

Nuestra admiración en nada disminuyó al acercarnos 
a la base del soberbio palacio que envidiaran muchos prín- 
cipes europeos, y que en los Estados Unidos, a excepción 
del Capitolio de Washington, monumento alguno civil o 
religioso le es superior en dimensiones y buen gusto. Sobre 
una subconstrucción de granito, destinada a bodegas y al- 
macenes, se alza un basamento de mármol blanco, que sirve 
de base a doce columnas estriadas de orden compósito, y 



ESTADOS UííIDOS 31 

seis de las cuales, avanzándose sobre el plan general, sos- 
tienen un bellísimo frontón. El lienzo de las murallas que 
a ambos lados continúan el frontispicio, contiene entre la 
altura correspondiente a la que media entre el basamento 
y el arquitrabe de las columnas, cuatro órdenes de pisos, 
conservando, sin embargo, sus ventanas proporciones arqui- 
tectónicas. Debajo del, pórtico formado por el frontón está 
la estatua de Washington jupiterino, que guarda la entra- 
da, la cual conduce a una espaciosa rotonda, pavimentada 
de mármol, y que corresponde a la gran cúpula que reposa 
sobre ella. En este espacioso recinto están distribuidas 
mesas recargadas de colecciones de periódicos de toda la 
Unión 3^ los de Europa de quince días anteriores. 

Las oficinas de la contaduría de la casa ocupan el 
frente ; escalas soberbias se enroscan en el aire sobre sí 
mismas cual serpientes de bronce, para dar ascenso en 
todas direcciones a las habitaciones superiores, hasta la 
misma cúpula, rodeada de una galería de columnas corin- 
tias, en que termina el monumento. Profusa y ordenada 
turba de sirvientes están prontos a obedecer la menor in- 
dicación del viajero ; y una chimenea que puede contener 
una tonelada de carbón de piedra, le entretiene y conforta 
en el invierno, mientras se registra su nombre en el gran 
libro, siempre abierto para este fin, y se le señalan habi- 
taciones a donde transportar su equipaje. Una iluminación 
de gas poderosa distribuye por mil picos esparcidos en 
todo el ámbito del edificio torrentes de luz solar, A la iz- 
quierda se extiende hacia el fondo de la construcción el 
comedor, rodeado de columnas, alumbrado por. arañas co- 
losales de bronce, y suficientemente ancho para contener 
tres mesas de caoba que corren paralelas a lo largo del 
salón una distancia de algo menos de media cuadra. Sete- 
cientos comensales se reúnen en torno de estas mesas en 
el invierno, época de mayor actividad y concurrencia en 
Nueva Orleans. El interior del edificio corresponde en lujo 



32 UOMlfíOO F. SABMIEfíTO 

a estas colosales exterioridades. Mi compañero de viaje, 
dominado por ideas sociales de un orden superior, se había 
en conversaciones anteriores, mostrado puntp menos que 
indiferente sobre las ventajas de este o el otro sistema de 
gobierno. Pero, al recorrer las calles internas que dan co- 
municación a centenares de habitaciones, decoradas estas 
con todas las gradaciones de lujo que pueden exigir la con- 
dición diversa de Jos huéspedes, y que según él, se exten- 
dían a distancias fabulosas, estoy convertido, me decía, por 
la intercesión de San Carlos; ahora creo en la república, 
creo en la democracia, creo en todo; perdono a los puri- 
tanos, aún aquel que comía salsa de tomate crudo con ta 
punta del cuchillo y antes de la sopa. Todo debe perdo- 
nársele, sin etnbargo, al pueblo que levanta monumentos 
a la sala de comer, y corona con una cúpula como ésta la 
cocina ! 

El San Carlos, no obstante ser el San Pedro de los 
hoteles, no es por eso ni el más espacioso ni el más sólido 
de" los palacios populares, si bien ha costado 700.000 duros 
su construcción. Cada gran ciudad de los Estados Unidos 
se envanece de poseer dos o tres hoteles monstruos, que 
luchan entre sí en lujo y confort, menudeando al pueblo a pre- 
cios ínfimos. El Astor-Hotel en Nueva York es una soberbia 
construcción en granito que ocupa con su mole un costado 
de la plaza de Washington ; y en ninguno de los templos 
que abundan en aquella ciudad se han invertido mayores 
sumas. Después que he visitado los Estados Unidos, y 
visto los resultados obtenidos allí espontáneamente, me he 
formado una rara preocupación, y es que para saber si una 
máquina, un invento, o una doctrina social es útil y de 
aplicación o desenvolvimiento futuro, se ha de poner a 
prueba en la piedra de toque de la espontánea aplicación 
de los yankees. Los hoteles hacen hoy un papel primordial 
en la vida doméstica de las naciones. Los pueblos estacio- 
narios, como la España y sus derivados, no necesitan hotel. 



ESTADOS UNIDOS 33 

bástales el hogar doméstico ; en los pueblos activos, con 
vida actual, con porvenir, el hotel estará más arriba que 
toda otra construcción pública. Hace cien años el hotel 
se conocía apenas en París, y no lo era en^ todo el resto 
de la Europa. Hace 40 años que Fourier basaba su teoría 
social en cuanto a habitaciones, en el falansterio, o el hotel, 
capaz de contener dos mil personas, proporcionándoles co- 
modidades que no puede obtener la familia aislada en el 
hogar doméstico. La prueba de que Fourier no andaba 
errado, es el hotel norteamericano, que siguiendo la sim- 
ple impulsión de conveniencia, ha tomado ya la forma mo- 
numental y dimensiones punto menos que f alansterianas . 
Las iglesias cristianas subdivididas en sectas en los Esta- 
dos Unidos, de catedrales que eran antes, han descendido a 
capillas. Las flechas del templo bajan a medida que las creen- 
cias se subdividen, mientras que el hotel hereda la cúpula del 
tabernáculo antiguo, y toma las formas de las termas de los 
emperadores, donde la importancia del individuo ha llegado a 
la altura de la democracia norteamericana. La arquitectura 
religiosa continúa secándose y marchitándose, al paso que la 
arquitectura popular improvisa en todos los Estados Unidos, 
formas, dimensiones y ordenanzas que acabarán por serle pe- 
culiares. El banco americano es una construcción sólida como 
la caja de hierro, con frontis jónico, y si no es jónica la cons- 
trucción, es egipcia. ¿Por qué caen los yankees en estos ór- 
denes tan macizos, para encerrar la caja de hierro? Sobre 
todos los monumentos americanos se alza un pararrayos; y 
domina ya el uso arquitectónico de poner en la cúspide de las 
cúpulas, a guisa de pináculo, la estatua de Franklin, soste- 
niendo el pararrayos. Ya tenemos, pues, un Mercurio, en- 
cargado de guardar el asilo doméstico, o una Santa Bár- 
bara abogada contra rayos! Si los americanos no han crea- 
do, pues, un orden de arquitectura, tendrán, por lo menos, 
aplicaciones nacionales, carácter y forma sugeridos por las 
instituciones políticas y sociales, como ha sucedido con to- 



o 4 DOMI.NGI) I'. SAUMIKNTO 



das las arquitecturas que nos ha legado la antigüedad . Una 
rara confusión reina hoy en Europa sobre la aplicac:ión de 
las bellas artes. El restablecimiento y reparación de las 
catedrales góticas, ha seguido al movimiento de la litera- 
tura llamada romántica. El panteón creado por la Repú- 
blica francesa ha quedado acéfalo, como si esperara aun 
tiempos mejores para llenar su objeto. El templo áe la 
gloria edificado por Napoleón, la construcción más griega, 
más olímpica que yieron nunca romanos o franceses, es 
hoy el templo de la Magdalena, cuya arquitectura risueña 
3' plácida parece burlarse de las lágrimas de la arrepentida 
lyoreta de Jerusalén; y las imágenes de la virgen y de los 
santos han ido a confundirse en los museos, y tenerse hom- 
bro con hombro con las estatuas de los dioses paganos, o 
las desnudeces de la pintura profana, en Roma, Londres, 
Dresde, o Florencia. En los Estados Unidos las formas 
exteriores se apropian a los objetos del culto, perdóneme 
la expresión. El Banco en jónico; el hotel en corintio a 
veces, y monumental siempre, y el inventor del pararrayos 
tiene ya su puesto elevado y su función arquitectónica, y 
hasta el piñón de la arquitectura romana ha sido prolon- 
gado, para hacer de él la imagen de la mazorca de maíz, 
símbolo de la agricultura americana. 

En cuanto a la distribución interior del grande hotel, 
nada de más normal que la ordenanza común a todos estos 
establecimientos. A la entrada un pórtico, que contiene las 
oficinas de administración. Un registro en que el huésped 
entrante inscribe su nombre, y a cuyo margen el oficinista 
anota el número 560, o 227, que es el de la cámara que se 
le destina, y^ cuya campanilla, como todas la de la casa, 
cae en cerradas hileras a la misma oficina. En el vestíbulo 
están fijados todos los carteles de la ciudad para conoci- 
mientos del viajero. La representación teatral, el mecting, el 
sermón del día, los vapores que parten, el movimiento de 



ESTADOS UNIÜO.S 35 

los caminos de hierro, etc. En un salón inmediato está 
el gabinete de lectura cjue contiene los principales diarios 
de la Unión y las últimas fechas de Europa. Un salón de 
fumar, y cuatro o cinco salas de conversación y de recibo, 
completan por esta parte las comodidades públicas de la 
casa. Baños termales están a toda hora a disposición de los 
huéspedes. Las señoras tienen igualmente sus salones de 
recibo y de tertulia, decorados con gracia y lujo. Dos o 
tres pianos entran en el material de estos establecimientos. 
A las 7 y media de la mañana la vibración insoportable del 
hong-hong chino, recorriendo todas las galerías de comuni- 
cación, avisa a los habitantes que es llegada la hora de 
jwnerse de pie. A las ocho nuevo y más prolongado ru- 
mor anuncia estar el almuerzo servido. La turbamulta de 
los conventuales acude', se precipita de cada una de las 
avenidas, hacia la entrada del inmenso^ refectorio. Aquí 
principia a mostrarse la vida de este pueblo tan serio cuando 
ríe como cuando come. Donde todos los hombres son igua- 
les al i'iltimo individuo de la sociedad, no hay protección 
para el débil, por la ' misma razón que no hay jerarquías 
que separen a los poderosos. ¡ Ay de las mujeres en este 
acto solemne de la soberanía popular ! si los reglamentos 
provisorios del hotel no viniesen en su ayuda : 

" Art. I.? Nadie podrá sentarse a la mesa común, has- 
ta que las damas, con sus consortes, o deudos, hayan ocu- 
pado la cabecera y costados contiguos de la mesa. , 

" Atr. 2° Se suplica al público que no fume ni masqu« 
tabaco en la mesa. 

" Art. 3.'' A im golpe de campanilla los varones se 
sentarán en los asientos que quedaren." 

Sobreentendidas estas disposiciones, el pueblo gastró- 
nomo se alinea detrás de los asientos, con ambas manos 
puestas sobre el espaldar de la silla, y por derecha e iz- 
quierda vista al sirviente que ha de administrar el apete- 
cido companillazo. Toma este el sonoro instrumento en 



36 DOMINGO F. SARMIENTO 

mano, y la noble línea se conmueve ; al menor movimiento 
indicativo de la campana, los cuerpos describen ondulacio- 
nes como las espigas de trigo al más ligero soplo de la 
brisa. Alzase la campanilla en actitud de sonar, y una 
descarga cerrada de sillas removidas con estrépito acom- 
paña, si no precede al retintín chillón del cobre agitado, e 
instantáneamente un fuego graneado de platos, cuchillos 
y tenedores que se chocan entre sí, se prolonga durante 
cinco minutos, pudiendo por el rumor tempestuoso que se 
difunde por el aire, saberle a media legua a la redonda que 
se come en un hotel. Imposible seguir con la vista las 
evoluciones que se suceden en aquella batahola, no obstan- 
te la actividad y destreza de cincuenta domésticos, que tra- 
tan de dar cierto orden acompasado al destapar de las 
viandas, o al verter té o café. El norteamericano tiene des- 
tinados dos minutos para almorzar, cinco para comer, diez 
para fumar o mascar tabaco, y todos los momentos desocu- 
pados para echar una ojeada sobre el diario que usted está 
leyendo, único diario que le interesa puesto que otro está 
ya ocupado de él. 

Almuerzo, lunch a las once, comida, y el té, son las 
cuatro colaciones de ordenanza de aquellas comunidades 
que se renuevan todos los días, sin que la regia estorbe el 
que se administre el almuerzo a las cinco de la mañana para 
los que han de partir en un vapor o convoy matinal, ni 
falte nunca una refacción servida para todos los que llegan, 
no imperta la hora del día o de la noche. Y luego, ¡qué 
incongruencias ! ¡ qué incestos ! ¡ y qué promiscuaciones en 
los manjares! El yankee pur sang, se sirve en un mismo plato, 
conjunta o sucesivamente, todas las viandas, postres y 
frutas. Hemos visto a uno del Par-West, país de dudosa si- 
tuación, como el Ophir de los fenicios, principiar la comi- 
da por salsa de tomates frescos, tomada en cantidad enorme, 
sola y con la punta del cuchillo! Patatas dulces con vina- 
gre ! Estábamos helados de horror, y mi compañero de 



ESTADOS TJNIUOS 37 

viaje lleno de g-astronómica indignación al ver estas abo- 
minaciones: y no llueve fuego del cielo, exclamaba: los 
pecados de Sodoma y Gomorra debieron ser menores que 
los que cometen a cada paso estos puritanos! 

En los salones de lectura, cuatro o cinco/ moscones se 
le apoyarán pesadamente en los hombros para leer el mis- 
mo trozo de la letra menudísima que está usted leyendo. 
Si baja usted una escala, o quiere* introducirse por una 
puerta, por poca que sea la concurrencia, el que se suceda 
lo empujará por apoyarse en algo. Si fuma usted tranqui- 
lamente su cigarro, un pasante se lo sacará de la boca para 
encender el suyo, y si usted no anda listo para recibirlo, 
se encargará él en persona de metérselo de nuevo en la 
boca. Si tiene usted un libro en las manos, con tal que lo 
cierre un poco para mirar hacia otra parte, su vecino se 
apoderará de él para leerse dos capítulos de seguida. Si 
los botones de su paleto tienen relieve de cabezas de ve- 
nado, caballos o javalíes, cuantos lo noten vendrán a re- 
correrlos uno a uno, haciendo girar la persona de usted 
de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, para mejor 
inspeccionar el museo ambulante. Últimamente, si usted 
lleva barba completa en los países del Norte, lo cual indica 
que es usted francés o polaco, a cada paso se encuentra 
encerrado en medio de un círculo de hombres que lo con- 
templan con curiosidad infantil, llamando a sus amigos o 
conocidos para que satisfagan de cuerpo presente su nove- 
dosa curiosidad. 

Todas estas libertades, bien entendido, puede usted 
tomárselas con los otros a su vez, sin que nadie reclame 
de ello ni dé el mejor síntoma de serle desagradable, Pero, 
donde el genio y los instintos nacionales brillan en su ver- 
dadera luz, es en las actitudes yankees en sociedad. Esto 
merece algunas explicaciones. En un pueblo que como éste 
avanza cien leguas de frontera por año, se improvisa un 
estado en seis meses, se transporta de un extremo a otro 



38 DOMIXdO F. RAKAÍIKNTO 

de la Unión en algunas horas, y emigra al Oregon, deben 
gozar de tan alta estima los pies, como la cabeza entre los 
que piensan, o el i^echo entre los que cantan. En Norte 
América verá usted muestras a cada paso del culto reli- 
gioso que la nación tributa a sus nobles y dignos instru- 
mentos de riqueza: los pies. Conversando con usted el 
yankee de educación esmerada, levantará él un pie a la al- 
tura de la rodilla, sacarále el ziapato para acaricia,rlo, y 
oir las quejas que contra el excesivo servicio puedan po- 
ner los dedos. Cuatro individuos sentados en torno de una 
mesa de mármol pondrán infaliblemente sus ocho pies sobre 
ella, a no sier que puedan procurarse un asiento forrado en 
terciopelo, que en cuanto a blandura prefieren los yankees 
el mármol. En el Fremonthotel, de Boston, he visto siete 
dandies yankees en discusión amigable, sentados como si- 
gue : dos con los pies sobre la mesa ; uno con los dichos 
sobre el cojin de una silla adyacente; otro con una pierna 
pasada sobre el brazo de la silla propia ; oíro con ambos 
talones apoyados en el borde del cojín de su propia silla, 
de manera de apoyar la barba entre las dos rodillas; otro 
abrazando o empiernando el espaldar de la silla, de la mis- 
ma manera que nosotros solemos apoyar el brazo. Esta 
postura imposible para los otros pueblos del mundo, la he 
ensayado sin éxito, y se la recomiendo a usted para ad- 
ministrarse unos calambres en castigo de alguna indis- 
creción; otro, en fin, si no están ya los siete, en alguna otra 
posición absurda. No recuerdo si he visto norteamerica- 
nos sentados en la espalda de silla con los pies en el cojin : 
de lo que estoy seguro es que nunca vi uno que se preciase 
de cortés en la postura natural. El estar acostados es el 
fuerte de la elegancia, y los entendidos reservan este rasgo 
de buen gusto para cuando hay damas, o cuando un locó- 
foco oye un spcech ivigh. El secretario de la legación chilena, 
al llegar a Washington, tuvo necesidad de hablar a un dipu- 
tado. Acude al Capitolio, se informa de su asiento durante 



ESTADOS UNIDOS 39 

la sesión, llega, al fin, hasta el punto donde Mr. N. ron- 
caba profundamente acostado en su asiento con las pier- 
nas extendidas sobre el asiento de su vecino. Hubo de 
despertarlo, y una vez entendido sobre el asunto que lo 
traía, se acomodó del otro lado, esperando, sin duda, que 
concluyese el interminable discurso de algún orador de 
opinión contraria. Los americanos, en política y religión, 
profesan el admirable y conciliante principio de que no debe 
discutirse sino con los que son de su propia secta u opi- 
nión. Este sistema se funda en el pleno conocimiento de 
la naturaleza humana. El orador yankee se esfuerza en 
confirmar a los suyos en sus creencias, más bien que en 
persuadir a los contrarios, que duermen en el entre tanto, 
o piensan en sus negocios. La conclusión de todo esto es 
que los yankees son los animalitos más inciviles que llevan 
fraque o paleto debajo del sol. Así lo han declarado jueces 
tan competentes, como el capitán Marryat, Miss Trolop y 
otros viajeros ; bien es verdad que si en Francia, y en In- 
glaterra, los carboneros, leñadores y fogoneros se sentasen 
a la misma mesa, con los artistas, diputados, banqueros y 
propietarios, como sucede en los Estados Unidos, otra opi- 
nión formarían los europeos de su propia cultura. En los 
países cultos, los buenos modales tienen su límite natural. 
El lord inglés es incivil por orgullo y por desprecio a sus 
inferiores, mientras que la gran mayoría lo es por brutalidad 
e ignorancia. En los Estados Unidos la civilización se 
ejerce sobre una masa tan grande, que la depuración se 
hace lentamente, reaccionando la influencia de la masa gro- 
sera sobre el individuo, y forzándole a adoptar los hábitos 
de la mayoría, y creando, al fin, una especie de gusto na- 
cional que se convierte en orgullo y en preocupación. Los 
europeos se burlan de estos hábitos de rudeza, más apa- 
rente que real, y los yankees, por espíritu de contradicción, se 
obstinan en ellos, y pretenden ponerlos bajo la égida de 
la libertad y del espíritu americano. Sin favorecer estos 



40 DOMINGO F. SABXISNXe 

hábitos, ni empeñarme en disculparlos, después de haber 
recorrido las primeras naciones del mundo cristiano, estoy 
convencido de que los norteamericanos son el único pueblo 
culto que existe en la tierra, el último resultado obtenido 
de la civilización moderna. . 

Los americanos en masa llevan reloj, en Francia no 
lo usa un décimo de la nación. Los americanos en masa 
visten fraque y los otros vestidos complementarios, aseados 
y de buena calidad. En Francia viste blusa de anquín los cua- 
tro quintos de la nación. 

Usan los yanlíees, en masa, cocinas económicas, arado 
Durand y coche. Habitan casas cómodas, aseadas. El jor- 
nalero gana un duro al día. Tienen caminos de hierro, ca- 
nales artificiales y ríos navegables, en mayor número y re- 
corriendo mayores distancias que toda Europa junta. La 
estadística comparativa de los caminos de hierro era como 
sigue: En 1845: Inglaterra, 1800 millas; Alemania, 1339; 
Francia, 560; Estados Unidos, 4000; lo que equivale a 86 
millas en Inglaterra por cada millón de habitantes; 16 en 
Francia, 222 en los Estados Unidos. Sus líneas de telégra- 
fos eléctricos están hoy, únicas en el mundo, puestas a dis- 
posición del pueblo, pudiendo en fracciones inapreciables 
de tiempo, enviar avisos y órdenes de un extremo a otro 
de la Unión. 

El único pueblo del mundo que lee en masa, que usa 
de la escritura para todas sus necesidades, donde 2000 pe- 
riódicos satisfacen la curiosidad pública, son los Estados 
Unidos, y donde la educación como el bienestar están por 
todas partes difundidos y al alcance de los que quieran ob- 
tenerlo. ¿Están uno y otro en igual caso en punto- alguno 
de la tierra? La Francia tiene 270.000 electores, esto es, 
entre treinta y seis millones de individuos de la nación más 
antiguamente civilizada del mundo, los únicos que por la 
ley no están declarados bestias; puesto que no les reco- 
noce raza para gobernarse. 



ESTADOS UNIDOS 41 

En los Estados Unidos, todo hombre, por cuanto es 
hombre, está habilitado para tener juicio y voluntad en los 
negocios políticos, y lo tiene, en efecto. En cambio, la Fran- 
cia tiene un rey, cuatrocientos mil soldados, fortiñcacio- 
nes de Paris que han costado dos mil millones de francos, 
y un pueblo que se muere de hambre, Los norteamericanos 
viven sin gobierno, y su ejército permanente monta sólo a 
nueve mil hombres, siendo necesario hacer un viaje a pun- 
tos determinados para ver el equipo y apariencia de ios 
soldados norteamericanos; pues que hay familias y aldeas 
de la Unión que jamás han visto un soldado. Muciios 
vicios de carácter tachan los europeos y aun los sudame- 
ricanos a los yankees. Por lo que a mí respecta, miro con 
veneración esos mismos defectos, atribuyéndoselos a la 
es]>ecie humana, al siglo, a las preocupaciones hereditarias 
y a la imperfección de la inteligencia. Un pueblo compues- 
to de todos los pueblos del mundo, libre como la conciencia, 
como el aire, sin tutores, sin ejército, y sin bastillas, es 
la resultante de todos los antecedentes humanos, europeos 
y cristianos. Sus defectos deben, pues, ser los de la raza 
humana en un período dado de desenvolvimiento. Pero 
como nación, los Estados Unidos son el último resultado 
de la lógica humana. No tiene reyes, ni nobles, ni clases 
privilegiadas, ni hombres nacidos para mandar, ni máqui- 
nas humanas nacidas para obedecer. ¿No es este resultado 
conforme a las ideas de justicia y de igualdad que la cris- 
tiandad acepta en teoría? El bienestar está distribuido con 
más generalidad que en pueblo alguno; la población se 
aumenta según leyes desconocidas hasta hoy entre las 
otras naciones ; la producción sigue una progresión asom- 
brosa. ¿No entrará, como pretenden los europeos, por nada 
de esto la libertad de acción, y la falta de gobierno? Dícese 
que la facilidad de ocupar nuevos terrenos, es la causa de 
tanta prosperidad. Pero, ¿por qué en la América del Sud, 
donde es igualmente fácil y aun más ocupar nuevas tierras. 



42 DOMINGO F. SARMIENTO 

ni la población ni la riqueza aumentan, y hay ciudades y 
aun capitales tan estacionarias, que no han edificado cien 
casas nuevas en diez años? Aun no se ha hecho en nación 
alguna el censo de la capacidad inteligente de sus moradores. 
Cuéntase la población por el número de habitantes, y de 
las cifras acumuladas deduce su fuerza y valimento. Acaso 
para la guerra, mirado el hombre como máquina de des- 
trucción, puede ser significativo este dato estadístico; mas 
una peculiaridad de los Estados Unidos hace que aún en 
este caso falle el cálculo. Un yankee para matar hombres 
equivale a muchos de otras naciones, de manera que la 
fuerza destructora de la nación puede contarse en doscien- 
tos millones de habitantes. El rifle es el arma nacional, 
el tiro al blanco la diversión de los niños en los estados 
que tienen bosques, y cazar ardillas a bala en los árboles, 
tostándoles las patas para no lastimar la piel, la destreza 
asombrosa que adquieren todos. 

La estadística de los Estados Unidos muestra el nú- 
mero de hombres adultos que corresponden a veinte mi- 
llones de habitantes, todos educados, leyendo, escribiendo, 
y gozando de derechos políticos con excepciones que no 
alcanzan a desnaturalizar el rigor de las deducciones: el 
hombre con hogar, o con la certidumbre de tenerlo; el 
hombre fuera del alcance de la garra del hambre y de la 
desesperación; el hombre con esperanza de un porvenir tal 
como la imaginación puede inventarlo; el hombre con sen- 
timientos y necesidades políticas; el hombre, en fin, dueño 
de sí mismo, y elevado su espíritu por la educación y el 
sentimiento de su dignidad. Dícese que el hombre es un 
ser racional, por cuanto es susceptible de llegar a la adqui- 
sición y al ejercicio de la razón ; y en este sentido país nin- 
guno de la tierra cuenta con mayor número de seres ra- 
cionales, aunque le exceda diez veces en el de habitanes. 

No es cosa fácil mostrar cómo obra la libertad para 
producir los prodigios de prosperidad que los Estados Uni- 



ESTADOS UNIDOS 48 

dos ostentan. ¿La libertad de cultos puede producir ri- 
quezas? ¿Cómo obra la facultad de ir a esta u otra capilla, 
de creer en este o en el otro dogma para desenvolver fuer- 
zas productoras? Para cada secta religiosa las otras son 
como si no existieran, y por tarito, la libertad es nula en 
sus efectos para cada una separadamente. Los europeos lo 
atribuyen a las facilidades que ofrece un país nuevo, con 
terrenos vírgenes y de fácil adquisición, lo cual fuera ex- 
plicación satisfactoria, si la América del Sud, cuan grande 
es, no tuviera mayor extensión de terrenos vírgenes, igual 
facilidad para obtenerlos, y sin embargo, atraso, pobreza e 
ignorancia mayor, si cabe, que la que muestran las masas 
europeas. Luego, no basta la circunstancia de ser países 
nuevos en cuya extensión pueda dilatarse la esfera de acción. 

Muchas veces me ocurrirá acudir a este censo moral c 
intelectual para tratar de explicar los fenómenos sociales 
que sorprenden en América. Ahora, sólo estableceré un he- 
cho, y es que la aptitud de la raza sajona no es tampoco 
explicación de la causa del gran desenvolvimiento norte- 
americano. Ingleses son los habitantes de ambas riberas 
del río Niágara, y sin embargo, allí donde las colonias in- 
glesas se tocan con las poblaciones norteamericanas, el ojo 
percibe que son dos pueblos distintos. Un viajero inglés, 
después de haber descripto varias muestras de industria y 
progreso del lado americano de la cascada, añade: 

"Ahora estoy de nuevo bajo la jurisdicción de las leyes 
y del gobierno inglés, y por tanto, ya no me creo extran- 
jero. Aunque los americanos en general son civiles y afa- 
bles, sin embargo un inglés, extranjero en medio de ellos, 
es importunado y disgustado por sus jactancias de proezas 
en la última guerra, y su superioridad sobre todas las otras 
naciones, asentando como un hecho incuestionable que los 
americanos sobrepasan a todas las otras naciones en vir- 
tud, saber, valor, libertad, gobierno y toda otra excelencia. 
No obstante, por más que merezcan el ridículo por este fla- 



44 DOMINGO F. SARMIENTO 

co, yo no puedo menos de admirar la energía y espíritu de 
empresa que muestran en todo, y deploro la apatii del go- 
bierno inglés con respecto a la mejora de estas provincias. 
Una sola mirada echada sobre las riberas del Niágara basta 
para mostrar de qué lado está el gobierno más efectivo. 
Del lado de los Estados Unidos se levantan grandes ciu- 
dades, numerosos puertos con muelles para protegerlos en 
las radas, o diligencias corriendo a lo largo de los caminos; 
y la actividad del comercio mostrándose en todas direccio- 
nes. En el lado del Canadá, aunque dividido por el cauce de 
un río, en un antiguo establecimiento, y al parecer con mejor 
tiefra, hay sólo dos o tres almacenes, una taberna o dos, un 
puerto tal como Dios lo hizo y sin obras que lo defiendan; 
uno o dos buquecitos anclados, y algún desembarcadero 
accidental . " 

Otro viajero, después de describir varias muestras de 
la industria creciente del lado americano, añade "el país 
que atravesamos (del lado canadiense) estaba muy avan- 
zado en las cosechas, sin que se viesen señales de intentar 
recogerlas. Donde quiera que nos deteníamos para mudar 
caballos, nos asaltaban bandas de chicuelos vendiendo man- 
zanas, y por la primera vez vimos de este lado algunos 
mendigos". No hace mucho tiempo que una grande inmigra- 
ción venida del Canadá volvió a emigrar a los Estados Uni- 
dos. Los caminos de hierro, como medio de riqueza y ci- 
vilización, son comunes a la Europa y a los Estados Uni- 
dos, y como en ambos países datan de ayer solo, en ellos 
puede estudiarse el espíritu que preside a ambas sociedades. 
.En -Francia los trabajos de nivelación, como todo lo que 
constituye el ferrocarril, son cuidadosamente examinados 
por los ingenieros antes de ser entregados a la circulación; 
verjas de madera resguardan por ambos lados sus bordes; 
dobles líneas de rieles de hierro fundido facilitan el mo- 
vimiento en opuestas dirección ; si un camino vecinal atra- 



ESTADOS UNIDOS 45 

viesa el trayecto, fuertes puertas resguardan su entrada, ce- 
rrándose escrupulosamente un cuarto de hora antes que 
lleguen los vagones, a fin de evitar accidentes. De distan- 
cia en distancia, por toda la extensión del camino, están 
apostados centinelas que descubren el espacio y anuncian 
con banderolas de diversos colores si hay peligro u obs- 
táculos que detengan el convoy, que no parte del desembar- 
cadero sino cuatro minutos después que una falange de vi- 
gilantes se ha cerciorado de que todos los transeúntes ocu- 
pan sus lugares, las puertas están cerradas, y el camino 
expedito, y nadie cerca ni a una vara de" distancia del paso 
del tren. Todo ha sido previsto, calculado, examinado, de 
manera de dormir tranquilo en aquella cárcel hermética- 
mente cerrada. Veamos, ahora, lo que pasa en los Estados 
Unidos. El ferrocarril atraviesa leguas de bosques, primi- 
tivos, donde aún no se ha establecido morada humana. 
Como la empresa carece de fondos, los rieles son de ma- 
dera, con una planchuela de fierro, que se desclava cotí 
frecuencia, y el ojo del maquinista escudriña incesante- 
mente por temor de un desastre. Una sola línea basta 
para la ida y venida de los trenes, habiendo ojos de buey 
de distancia en distancia donde un tren de ida aguarda 
que pase por el costado opuesto el otro de vuelta. Un alma 
no hay que instruya de las accidentes ocurridos. El ca- 
mino atraviesa las villas y los niños están en las puertas 
de sus casas o en medio del camino mismo atisbando el 
pasaje del tren para divertirse ; el camino de hierro a más 
de calle es camino vecinal, y el viajero puede ver las gentes 
que se apartan lo bastante para dejarlo pasar, y continuar 
en seguida su marcha. En lugar de puertas en los caminos 
vecinales que atraviesa el ferrocarril, hay simplemente una 
tabla escrita que dice tengan cuidado con la campana cuando 
se acerque; jeroglífico que previene al carretero que lo abrirá 
en dos si se ha metido inprudentemente de por medio en 
el momento del pasaje del tren, que parte lentamente del 



46 DOMINGO F. SABMIENTO 

embarcadero, y mientras va marchando «altan a bordo los 
pasajeros, descienden los vendedores de frutas y perió- 
dicos, y se pasean de un vagón a otro todos, por distraer- 
se, por sentirse libres, aun en el rápido vuelo del vapor, 
L,as vacas gustan de reposarse en el explayado del cami- 
no, y la locomotora norteamericana va precedida de una 
trompa triangular que tiene por caritativa misión arrojar 
a los costados a estas indiscretas criaturas que pueden ser 
molidas por las ruedas, y no es raro el caso de que algún 
muchacho dormido sea arrojado a cuatro varas por un 
trompazo de aquellos que salyándole la vida le rompen o 
dislocan un miembro. Los resultados fisicos y morales de 
ambos sistemas son demasiado perceptibles. La Europa, 
con su antigua ciencia y sus riquezas acumuladas de siglos, 
no ha podido abrir la mitad de los caminos de hierro que 
facilitan el movimiento en Norteamérica. El europeo es 
un menor que está bajo la tutela protectora del estado; 
su instinto de conservación no es reputado suficiente pre- 
servativo; verjas, puertas, vigilantes, señales preventivas, 
inspección, seguros, todo se ha puesto en ejercicio para con- 
servarle la vida; todo menos su razón, su discernimiento, 
su arrojo, su libertad; todo, menos su derecho de cuidarse 
a sí mismo, su intención y su voluntad. El yankee se guar- 
da a sí mismo, y, si quiere matarse, nadie se lo estorbará; 
si se viene siguiendo el tren, por alcanzarlo, y si se atreve 
a dar un salto y cogerse de una barra, salvando las ruedas, 
dueño es de hacerlo; si el piiluelo vendedor de diarioa, lle- 
vado por el deseo de expender un número más, ha dejado 
que el tren tome toda su carrera y salta en tierra, todos 
le aplaudirán la destreza con que cae parado, y sigue a pie 
su camino. Hé aquí como se forma el carácter de las na- 
ciones y como se usa de la libertad. Acaso hay un poco 
más de victimas y de accidentes, pero hay en cambio hom- 
bres libres y no presos disciplinados, a quienes se les ad- 
ministra la vida. La palabra pasaporte es desconocida en 



ESTADOS UNIDOS 47 

los Estados, y el yankee que logra ver uno de estos pro- 
tocolos europeos en que consta cada movimiento que ha 
hecho el viajero, lo muestra a los otros con señales de ho- 
rror y de' asco. El niño que quiere tomar el ferrocarril, el 
vapor o la barca del canal, la niña soltera que va a hacer 
una visita a doscientas leguas de distancia, no . encontrarán 
jamás quién les pregunte con qué objeto, con qué permiso 
se alejan del hogar paterno. Usan de su libertad y de su 
derecho de moverse. De ahí nace que el niño yankee es- 
panta al europeo por su desenvoltura, su prudencia caute- 
losa, su conocimiento de la vida a los diez años. ¿Cómo le 
va a usted en su negocio, le preguntaba Arcos, mi compa- 
ñero de viaje, a un listo muchachuelo que nos hacia el in- 
ventario comentado de los libros, periódicos y panfletos que 
se empeñaba en hacernos comprar? Va bien; hace tres 
años que gano mi vida en él y tengo ya 300 pesos guar- 
dados. Este año reuniré los quinientos que necesito para 
hacer compañía con "Williams y poner una librería, y ex- 
plotar todo el Estado. Este comerciante tenía de nueve' a 
diez años. ¿Es usted propietario, preguntábamos a un mo- 
cetón que viajaba al Far-West? Sí; voy a comprar tierras; 
tengo 600 pesos ! 

Al lado del trayecto del camino de hierro va el telégrafo 
eléctrico, que por ahorrar camino a veces, se separa de la vía 
ordinaria, se hunde en la espesura de los bosques y lleva a 
doscientas leguas las noticias más interesantes. Cuando en 1847 
se hacían en Francia entre Rúan y París los primeros ensayos, 
la prensa anunciaba la existencia de 1.635 naillas de telégrafos 
en los Estados Unidos ; cuando yo llegué había 3.000 millas ; 
y mientras atravesé el país que media entre Nueva York y 
Nueva Orleáns, se formó una asociación y se puso en actividad 
una línea entre la primera de aquellas ciudades y Montreal 
en el bajo Canadá, a donde había estado yo quince dí?.s antes. 
Hoy habrá 10.000 millas, y dentro de poquísimos años, medirán 
los telégrafos las mismas ochenta mil millas que recorre la 



48 DOMINGO V. SABMIENTO 

posta. En Francia el telégrafo es para el uso del gobierno, es 
asunto de estado; en los Estados Unidos, es simple negocio 
de movimiento y actividad, y se le aceptarían correspondencias 
a la administración tan sólo porque paga el porte. ¿ Puede lle- 
gar a más alto punto el extravío de las ideas, que hace que 
los liberales, los republicanos, consientan en Francia en este 
monopolio, y en carecer de los medios de comunicación más 
expeditos? En Harrisburg, población de 4.500 almas, el telé- 
grafo eléctrico tenía empleo diario para traer apurado al encar- 
gado de servicio, mientras que en Francia, aun no había podido 
hacerse un miserable ensayo. Hago estas comparaciones para 
mostrar la diversa atmósfera en que se educa el pueblo y la 
energía moral y física que desenvuelve. En Francia hay tres 
categorías de vagones, en Inglaterra cuatro ; la nobleza se mide 
por el dinero que puede pagar cada uno, y los empresarios 
para envilecer al hombre que paga poco, han acumulado como- 
didades y lujo en la i.' clase, y dejado tablas rasas, estrechas 
y duras para los de 3.'. No sé por qué no han puesto púas en 
los asientos para mortificar al pobre. En los Estados Unidos 
el vagón es una sala de veinte varas de largo y espaciosa de 
ancho, con asientos de espalda movible, de manera de formar 
corrillo cuatro asientos, volviéndose dos a opuesto lado, con 
una callejuela de por medio para facilitar el movimiento, y 
abiertos los vagones por ambos lados, de manera que el curioso 
pueda trasladarse del primero al último, durante la marcha,, y 
el aire penetre libremente por todas partes. Las comodidades 
y los cojines son excelentes e iguales, y por tanto el precio del 
pasaje es el mismo para todos. Me han mostrado a mi lado el 
gobemador de un Estado, y las callosidades de las manos de 
mi otro vecino me revelaban en él un rudo leñador. Así se 
educa el sentimiento de la igualdad, por el respeto al hombre. 
La aristocracia veneciana estableció la igualdad en la adusta 
pobreza de las góndolas por no herir la envidia de los nobles 
pobres; la democracia de Norte América ha distribuido el 
confort y el lujo igualmente en todos los vagones para alentar 
y honrar la pobreza. Estos solos hechos bastan para medir la 



ESTADOS UNIDOS tí 

V vi 
libertad y el espíritu de ambas naciones. El Times decía una 
vez que si la Francia hubiese abolido el pasaporte, habría hecho 
más progresos en la libertad que no los ha hecho con medio 
siglo de revoluciones y sus avanzadas teorías sociales, y en los 
Estados Unidos pueden estudiarse los efectos. 

He aquí un débil cuadro del espectáculo de la libertad en 
Norte América. En medio de las ciudades el hombre se cría 
salvaje, si es posible decirlo; la mujer de cualquiera condición 
que sea, vaga sola por las calles y los caminos desde la edad 
de doce años, flirtea hasta los quince, se casa con quien quiere, 
viaja y se sepulta en el nuevo hogar a preparar la familia; el 
niño acude desde temprano a las escuelas, se familiariza con 
los libros y las ideas de los hombres ; es el mismo hombre hecho 
a los quince años, y desde entonces toda tutela desaparece a 
su vista. No ha visto soldados, no conoce gendarmes; eí motín 
de las calles lo divierte, lo exalta y lo educa ; sus pasiones se 
desenvuelven en toda su lozanía y vigor; tiene una profesión 
y se casa a los veinte años, seguro de sí mismo y de su por- 
venir. El progreso general de la Unión lo arrastrará en despe- 
cho suyo y avanzará sus negocios propios. Y entonces, cuántos 
sueños grandiosos agitan para llegar a la fortuna ! ¿ Es arte- 
sano? Una grande asociación, una fábrica para cubrir los esta- 
dos con los productos de su arte, o bien un invento europeo 
aún no introducido en el país, o una mejora sobre los aparatos 
conocidos o una invención nueva, porque nada arredra hoy al 
yankee. Largo tiempo he creído que el patrimonio norteameri- 
cano era y sería por muchos años apropiarse, apoderarse de los 
progresos de la inteligencia humana. La ciencia europea inven- 
ta, y la práctica americana populariza la cocina económica, el 
arado Durand, la locomotora, el telégrafo. Nada más natural, 
y sin embargo, nada hay menos exacto. Los datos estadísticos 
colectados en estos últimos años, muestran que diez partes 
de los inventos y mejoras adoptados en Inglaterra son de origen 
norteamericano. Han modificado la máquina de vapor; mejo- 
rado la quilla del buque; perfeccionado el vagón, a punto de 
exportarse estos artículos para la Europa misma, y preferirse 



50 DOMINGO F. SAEMIEITTO 

en Rusia y otros puntos los empresarios y artífices americanos 
para todo lo que constituye la viabilidad. El puente yankee de 
madera, que a veces atraviesa doce cuadras en un río y soporta 
los trenes cargados de productos agrícolas, sobre pedestales y 
armazón al parecer deleznable, es, sin embargo, el fruto del 
más profundo estudio de las leyes de la gravitación, de la reper- 
cusión, elasticidad y equilibrio de las fuerzas combinadas. El 
artífice yankee posee ya el .puente reducido a arte mecánica, 
y lo alza donde quiera a prueba de torrentes, huracanes y 
pesos enormes. La mitad de los aparatos de labranza son in- 
vención de su ingenio, y el molino de vapor, como la barrica 
en que envasija las harinas, son la obra de sus fábricas y de 
sus combinaciones para producir inmensos resultados con limi- 
tadísimos medios. 

Pero donde más brilla la capacidad de desenvolvimiento 
del norteamericano, es en la posesión de la tierra, que va a 
ser el plantel de una nueva familia. En medio de la civiliza- 
ción má3 avanzada, los hijos de Noé- se reparten la tierra 
despoblada, o los Nemrod echan los fundamentos de una 
Babilonia. Dejo a un lado los que siguen el paso ordinario de 
las sociedades que se dilatan, agregando a la villa naciente 
una casa nueva, a la heredad labrada nuevos campos rosados. 

El Estado es el depositario fiel del gran caudal de tierras 
que pertenecen a la federación, y para administrar a cada uno 
su parte de propiedad, no consiente ni intermediarios especu- 
ladores, ni oscilaciones de precios que cierren la puerta de la 
adquisición a las pequeñas fortunas. La tierra vale diez reales 
el acre; y este dato es el punto de partida para el futuro pro- 
pietario. Hay un procedimiento en la distribución de las tierras 
de cuya simétrica belleza sólo Dios puede darse de antemano 
cuenta. 

El Estado manda sus ingenieros a delinear las tierras 
vendibles, tomando por base de la mensura un meridiano del 
cielo. Si a cien leguas de distancia al sur o al norte ha de 
medirse otra porción de tierra, los ingenieros buscarán el 
i^í'smo meridiano, para que un día, dentro de dos siglos quizás 



ESTAIVOS UNIDOS 51 

aparezcan completas y sin interrupción aquellas líneas que han 
venido dividiendo el continente en zonas, cual si fuera una 
pequeña heredad. Esta agrimensura rectilínea es privativa del 
genio americano. La propiedad en la provincia de Buenos Ai- 
res, en aquella pampa lisa como la mesa del geómetra, fué 
forjada por el genio de Rívadavia a encuadrarse en paraleló- 
gramos, triángulos y figuras de fácil conmensuración, de ma- 
nera que se reprodujesen sin esfuerzo en el mapa que daba 
el departamento topográfico cada diez años, pudiendo por la 
comparación de las varias ediciones, estudiarse a vista de ojo 
el movimiento de la propiedad, buscando un término medio de 
extensión, subdividiéndose por las particiones entre herederos 
las grandes propiedades, acumulándose las pequeñas, por la ne- 
cesidad de apropiarlas a la cría del ganado. 

El error fatal de la colonización española en la América 
del Sur, la llaga profunda que ha condenado a las generaciones 
actuales a la inmovilidad y al atraso, viene de la manera de 
distribuir las tierras. En Chile se hicieron concesiones de gran- 
des lotes entre los conquistadores, medidos de cerro a cerro, 
y desde la margen de un río hasta la orilla de un arroyo. Se 
fundaron condados entre los capitanes, y a la sombra de sus 
techos improvisados, debieron asilarse los soldados, padres del 
inqnilino, este labrador sin tierra, que crece y se multiplica sin 
aumentar el número de edificios. El prurito de ocupar tierras 
en nombre del rey hizo apoderarse de comarcas enteras, distan- 
ciándose los propietarios, que en tres siglos no han alcanzado 
a desmontar la tierra intermediaria. La ciudad por tanto que- 
daba en este vasto plan suprimida, y las pocas aldeas de nueva 
creación después de la conquista han sido decretadas por los 
presidentes, contándose cien por lo menos en Chile de este ori- 
gen oficial y ficticio. Ved cómo procede el norteamericano, 
recién llamado en el siglo XIX a conquistar su pedazo de 
mundo para vivir, porque el gobierno ha cuidado de dejar a 
todas las generaciones sucesivas su parte de tierra. La cons- 
cripción de jóvenes aspirantes a la propiedad se apiña todos 
los años en torno del martillo en que se venden las tierras 



52 DOMINGO F. SARMIENTO 

públicas, y con su lote numerado parte a tomar posesión de su 
propiedad, esperando que los títulos en forma le vengan más 
tarde de las oficinas de Washington. Los más enérgicos yan- 
kees, los misántropos, los selváticos, los quatters, en fin, obran 
de una manera más romanesca, más poética o más primitiva. 
Armados de su rifle se enmarañan en las soledades vírgenes; 
matan por pasatiempo ardillas que triscan con su movilidad 
incansable entre las ramas de los árboles; una bala certera 
vuela al firmamento a precipitar un águila que cernia sus alas 
majestuosamente sobre la verdinegra superficie que forman 
las copas de los árboles ; el liacha, su compañera fiel, cuando 
no fuere más que por ejercitar las fuerzas, ha de echar cedros 
o robles al suelo. En estas correrías vagabundas, el plantador 
indisciplinado busca un terreno fértil, un punto de vista pinto- 
resco, la margen de un río navegable, y cuando se ha decidido 
en su elección, como en las épocas primitivas del globo, dice 
esto es mío, y sin otra diligencia toma posesión de la tierra en 
nombre del rey del mundo, que es el trabajo y la voluntad. 
Si algún día llega hasta el límite que él ha trazado a su pro- 
piedad la mensura de las tierras del Estado, la venta en almo- 
neda sólo servirá para decirle lo qué debe por lo que ha culti- 
vado, según el precio a que se vendan los adyacentes campos 
incultos; y no es raro que este carácter indómito, insocial, al- 
canzado por las poblaciones" que vienen avanzando sobre el 
desierto, venda su quinta y se aleje con su familia, sus bueyes 
y caballos, buscando la apetecida soledad de los bosques. El 
yankee ha nacido irrevocablemente propietario; si nada posee 
ni poseyó jamás, no dice que es pobre, sino que está pobre ; 
los negocios van mal ; el país va en decadencia ; y entonces los 
bosques primitivos se presentan a su imaginación, obscuros, so- 
litarios, apartados, y en el centro de ellos, a la orilla de algún 
río desconocido, ve su futura mansión, el humolde las chime- 
neas, los bueyes que vuelven con tardo paso al caer de la tarde 
al redil, la dicha, en fin la propiedad que le pertenece. Desde 
entonces no habla ya de otra cosa que de ir a poblar, a ocupar 
tierras nuevas. Sus vigilias las pasa sobre la carta geográfica, 



ESTADOS UNIDOS 68 

computando las jornadas, trazándose un camino para la carre- 
ta ; y en el diario no busca sino el anuncio de venta de terrenos 
del Estado, o la ciudad nueva que se está construyendo en las 
orillas del lago Superior, 

Alejandro el Grande destruyendo a Tiro, tenía que devol- 
ver al comercio del mundo un centro para reconcentrar las 
especies del Oriente, y desde donde se derramasen en seguida 
por las costas del Mediterráneo. La fundación de Alejandría 
le ha valido su renombre como muestra de su perspicacia, no 
obstante que las vías comerciales eran conocidas y el istmo de 
Suez la feria indispensable entre los mares de la India y la 
Europa y el África de entonces. Esta obra la realizan todos los 
días Alejandros norteamericanos que vagan en los desiertos 
buscando puntos que un estudio profundo del porvenir señala 
como centros futuros del comercio. El yankee, inventor de 
ciudades, profesa una ciencia especulativa, que de inducción en 
inducción, lo conduce a adivinar el sitio dónde ha de florecer 
una ciudad futura. Con el mapa extendido a la sombra de 
los bosques, su ojo profundo mide las distancias de tiempo y 
de lugar, traza por la fuerza del pensamiento el rumbo que 
han de llevar más tarde los caminos públicos; y encuentra en 
su mapa las encrucijadas forzosas que han de hacer. Precede 
a !a marcha invasora de la población que se avanza sobre el 
desierto, y calcula el tiempo que empleará la del norte y el 
que necesita la del sur, para acercarse ambas al punto que 
estudia, que ha escogido en la confluencia de dos ríos nave- 
gables. Entonces traza con mano segura el trayecto de caminos 
de hierro que han de ligar el sistema comercial de los lagos 
con su presunta metrópoli, los canales que pueden alimentar 
los ríos y arroyos que halla a mano, y los millares de leguas 
de navegación fluvial que quedan en todas direcciones some- 
tidas como radios del centro que imagina. Si después de fijados 
estos puntos, halla un manto de carbón de piedra, o minas de 
hierro, levanta el plano de la ciudad, la da nombre y vuelve 
a las poblaciones, a anunciar, por los mil ecos del diarismo, el 
descubrimiento que ha hecho del local de una ciudad famosa 



g4 DOMINGO F. SARMIEÍÍTO 

en el porvenir, centro de cien vías comerciales. El público lee 
el anuncio, abre el mapa para verificar la exactitud de las 
inducciones, y si halla acertados los cálculos, acude en tropel 
a comprar lotes de terreno, cual en los que han de ser 
tajamares y muelles, cual en derredor de la plaza de Wáshing- 
íon o de Franklin; y una Babel se levanta en un año, en medio 
de los bosques, afanados todos por estar en posesión el día que 
lleguen a realizarse los grandes destinos predichos por la cien- 
cia topográfica a la ciudad. Abrense en tanto caminos de 
comunicación; el diario del lugar da cuenta de los progresos 
de la sociedad, la agricultura comienza, álzanse los templos, 
los hoteles, los muelles y los bancos ; puéblase de naves el 
puerto, y la ciudad empieza en efecto a extender sus relaciones, 
y a hacer sentir la urgencia de ligarse por caminos de hierro o 
canales a los otros grandes centros de actividad. Cien ciuda- 
des en los lagos, en el Missisipí y en otros puntos remotos, 
tienen este sabio y calculado origen, y casi todos justifican 
por sus progresos asombrosos, la certeza y la profundidad 
de los estudios económicos y sociales que les sirvieron de 
origen. 

Dos clases de seres humanos conozco, entre quienes 
sobrevive aún en medio de nuestra actual mesura de carácter 
moral, el antiguo espíritu heroico de las primeras edades de 
los pueblos. Los presidiarios de Tolón y de Bicerte, y los 
emigrantes norteamericanos; todo el resto de la especie 
humana ha caído en la atonía de la civilización. Las hazañas 
de Francisco Pizarro o las de los Argonautas la* reproduce 
a cada momento la audacia inaudita del presidiario liberto; 
valor, constancia, sufrimiento, disimulo y yiolación de toda 
ley moral, de todo principio de honor y de justicia; todo es 
igual, sin que esto excluya cierta grandeza de alma, cierta 
inteligencia profunda en los medios, que está revelando el 
genio humano mal empleado, el Alejandro pervertido y ocu- 
pado en matar a unos pocos transeúntes en lugar de asolar 
naciones y metrallar a millares, lo que ya cambia la escena y 
los nombres, guerra, conquista, etc. 



KftXAixja UNIÓOS 56 

En los Esiados Unidos aquellos caracteres acerados, que 
hay distribuidos al uno ,por ciento en todas partes, se entre- 
gan a sus instintos heroicos, sin nombre aún, para establa- 
cerse y multiplicarse. El espíritu yankee se siente aprisio- 
nado en las ciudades; necesita ver desde la puerta de su 
casa la dilatada y sombría columnata que forman las encinas 
seculares de los bosques. 

¿Por qué se ha muerto el espíritu colonizador entre nos- 
otros, los descendientes de la colonización oñcial? Desde 
Colón hasta una época no muy remota sin duda, la fundación 
de una ciudad española era solo un escalón para apoyar la 
invasión de otros puntos apartados. La ocupación del Perú 
traia aparejada la expedición de Almagro: cuando Mendoza 
se defendía contra los araucanos en el sud, destacaba al 
oriente sesenta lanceros al mando del capitán Jofré, para ir 
a asomarse al otro lado de los Andes, y fundar dos ciudades, 
San Juan y Mendoza, solitarias en medio de desiertos, a la 
orilla de los dos ríos que hallaron. 

Contaré a usted el sistema entero de estas empresas que 
requieren Hércules para realizarlas, y verá usted si merecen 
desprecio por los motivos y por los medios, aquellas hazañas 
de nuestros conquistadores de Sud América. Sabe usted cuánta 
irritación hubo, y cuánta necedad dijeron de una y otra parte 
en la cuestión de límites del Oregón. Todo quedó en paz des- 
pués que americanos e ingleses se hubieron racionalmente 
entendido, menos el espíritu yankee, que, como el cóndor la 
sangre, había husmeado, en la discusión, tierras laborables, 
ríos, bosques, puertos. La discusión comienza de nuevo en 
los diarios sobre la posibilidad de sorberse el comercio de la 
China por el Oregón; sobre la facilidad de abrir un camino 
de hierro de ocho días de marcha, desde el Pacífico al Atlán- 
tico, y la ventaja de tomar el pan caHente aún salido de Cin- 
cinnati, vía Oregón, y otros mil tópicos, mverosímiles y 
absurdos para otro que no sea el yankee, habituado a no 
creer imposible nada, desde que se puede concebir, él, que 
desde luego tiene adiestrada su mente a concebir proyectos. 



56 DOMINGO F. SABMIEKTO 

Cuando la opinión está formada y designados los rumbos que 
deben seguirse para ir a aquel Eldorado remoto, se indica 
la estación oportuna para emigrar, y el punto de partida, y el 
día designado por algunos emigrantes que invitan a todos 
los aventureros de la Unión para acompañarlos en la gloriosa 
jornada. El dia del rende z vous, vense de todos los puntos 
del horizonte llegar hileras de carros, cargados de mujeres, 
niños, gallinas, ollas, arados, hachas, sillas, y toda clase de 
objetos de menaje; acompáñanles arreas escasas de bueyes 
apestados y muías y caballos rengos y mancos que forman 
parte muy trabajada de la expedición, y sobre todo este con- 
junto, dominando las caras bronceadas, acentuadas y serias 
de los yankees vestidos de paleto, levita o fraque raído, con 
un rifle que le sirve de bastón, y la mirada tranquila del 
puritano y del chacarero. 

Si he de darle una idea exacta de estas emigraciones y del 
espíritu yankee, necesito desde este momento ajustarme al 
hecho, -y seguir los incidentes diarios de una, entre ciento, de 
estas estupendas marchas por el desierto, sin soldados, ni 
guardia, ni empleado público, ni autoridad humana que les 
ligue a la Unión que dejan sin pesar estos hijos de Noé. 

En mayo de 1845 habían pasado por Independence, último 
término poblado del Estado de. . . varias tropas de carros, 
que de a veinte y ocho, que de a treinta y ocho, que de a 
ciento, dirigíanse con cortos intervalos hacia el Oregón. El 
día 13 varias de estas partidas reunidas en número de ciento 
setenta carros de la descripción arriba dicha, viéronse ya 
rodeadas a la distancia de indios que rondaban por asaltar 
el ganado mayor que montaba a cosa de dos mil cabezas, lo 
que hizo pensar que era ya tiempo de organizar la colonia, y 
constituir el estado ambulante; puesto que los oficiales y 
empleados públicos hasta entonces en ejercicio, debían ter- 
minar sus funciones en Big-Soldier. Los dos empleados que 
deben en primer lugar nombrarse son el piloto (baqueano) y 
el capitán. Todo el camino se ha venido tratando en las con- 
versaciones de los carros y a la orilla del fuego en los aloja- 



ESTADOS UJíIDOS 57 

mientos, de esta suprema cuestión, y las candidaturas rivales 
formando sus partidos. El 13 de mayo, cada carro lanza a la 
arena dos hombres, por lo menos, a reunirse en asamblea 
electiva. Dos candidatos para piloto se presentan; es el uno 
un tal Mr. Adams, que había entrado tierra adentro hasta el 
fuerte Laramie, poseía el derrotero {mmiing) de Gilpin, y 
tenía consigo un español que conocía el país; Mr. Adams, 
además, ha sido uno de los que más han contribuido a excitar 
la fiebre del Oregón, esto es, el deseo de emigrar. Mr. Adams 
pide 500 pesos por servir de piloto si la honorable asamblea 
se digna elegirlo. 

Mr. Meek es un viejo montañés del corte del Trampero de 
Cooper; ha pasado muchos años en los Montes Rocallosos 
como traficante y trampero, y ha propuesto, como el otro, 
pilotearlos hasta el fuerte Vancoveur, por 250 pesos, de los 
cuales sólo pedía 30 pesos. Se hace moción para postergar 
hasta el día siguiente la elección, cuando se ve ai yiejo Meek, 
venir a escape en su caballo, los ojos y la mano vueltos hacia 
el campo. Los indios se llevan el ganado, dice con precipita- 
ción; la asamblea se disuelve, y cinco minutos después estaba 
convertida en escuadrón de caballería armado de rifle y daga, 
y marchando en buen orden sobre el enemigo. A distancia de 
dos millas divisa una aldea de indios; la soldadesca se echa 
sobre los ivigmanis, y los indios sobrecojidos de espanto, las 
mujeres llorando, los niños escondiéndose, no saben que ima- 
ginarse de aquel ataque de los caras pálidas. Los jefes indios 
se presentan a ofrecer la pipa de paz, y protestan enérgica- 
mente contra la imputación que pesa sobre ellos. Un desga- 
ritado que venía llegando a la aldea es cogido y llevado preso. 
Nómbranse jueces, y el prisionero se presenta a la barra. 
Preguntado, lisa y llanamente, si es criminal o no, contesta 
con un gruñido de terror. Su causa se instruye en forma 
entonces ; se oyen las deposiciones de los testigos, y no siendo 
suficiente la evidencia de los cargos alegados contra él, se le 
absuelve completamente, quedando probado por el contrario 
que ha sido una falsa alarma para posponer la elección. Se- 



58 DOMINGO F. SAB^IENTO 

renados los espíritus, y depuestos los rifles, vuelve la sociedad 
a constituirse en asamblea electoral, y se procede a votación, 
de la que resultan electos, el trampero Meek como piloto y 
Mr, Welch capitán, con los demás empleados necesarios para 
el buen gobierno, tales como tenientes, sargentos, jueces, 
etc. La marcha principia el 14 de mayo. Cinco millas el 16. 
El 17 se separan 16 carros, y se reúnen al cuerpo principal. 
El 18 alcanza a un wigwam de los indios Cavv, rateros 
insignes que se conducen honorablemente con la" sociedad 
y la proveen de víveres en cambio de productos de la 
Unión, El 19 la minoría vencida en las elecciones protesta 
contra la voluntad de la mayoría. Para satisfacer las am- 
biciones burladas se conviene en dividir la masa en 3 cuer- 
pos, cada uno de los cuales elegirá sus propios jefes y 
oficiales, no reconociéndose otra autoridad general que la 
del piloto y la de Mr. Welch. x^ntes de separarse se convino 
pagar el piloto, y para ello, se nombra un tesorero, quien 
después de dar las fianzas correspondientes, procede a co- 
lectar los fondos ; algunos se niegan redondamente a pagar, 
y otros ex ciudadanos no tienen blanca. Después de haber 
arreglado satisfactoriam.ente éstos y otros puntos, se procede 
al nombramiento de oficiales para cada uno de los tres gru- 
pos, haciéndose en cada uno reglamentos respecto al buen 
gobierno de la compañía, y la marcha continiia el 20, El 2,3 
el piloto avisa que el punto donde se hallan es el último 
donde pueden procurarse repuestos para ejes y pértigos 
para las carretas. El camino se va midiendo con una ca- 
dena diariamente, y se lleva un diario de todo lo ocurrido, 
aspecto del país, accidentes, pasto, leña, agua, maderas, 
ríos, pasajes, búfalos, etc., torcaces, conejos, etc. etc. Junio 2: 
una compañía propone desligarse del compromiso en que están 
de aguardarse en las marchas. La moción es. rechazada. 15. 
Alto. Una m.anada de búfalos cae a tiro de rifle, matan algu- 
nos y hacen charque. La escena que el campo presenta en este 
momento está así descripía en el diario de viaje: "Los cazado- 
res, volviendo con las reses, algunos erigiendo palizadas, otros 



ESTADOS UNIDOS 5d 

secando carne. Las mujeres unas estaban lavando, planchando 
otras, muchas cosiendo. De dos tiendas, flautas hacían oir sus 
desusadas melodías en aquellas soledades; otras se oía cantar; 
tal lee su biblia, tal otro recorre una novela. Un predicador 
campbellista entona, por fin, un himno preparatorio para el 
oficio religioso". Junio 24 : llegan al fuerte Laramie, 630 millas 
distante de Independence. 

Durante dos días se ocupan en renovar las herraduras 
de los caballos, y reuniendo entre todos provisiones, azúcar, 
café, tabaco, dan un paquete a los indios siomos, precedido 
de un parlamento. "Hace tiempo, dijo el jefe indio, que 
algunos jefes blancos pasaron Missouri arriba, diciendo que 
eran amigos de los hombres de piel roja. Este país perte- 
nece a los pieles rojas, pero sus hermanos blancos lo atra- 
viesan cazando y dispersando los animales. De esto modo 
los indios pierden sus únicos medios de subsistencia para 
sostener a sus mujeres e hijos. Los niños del hombre rojo 
piden alimento, y no hay alimento que darles. Era costum- 
bre cuando los blancos pasaban, hacer presentes de pól- 
vora y plomo a sus amigos los indios. Su tribu es nume- 
rosa, pero la mayor parte de la gente ha ido a las monta- 
ñas a cazar. Antes que los blancos viniesen, la caza era 
mansa y fácil de coger; pero ahora los blancos la han es- 
pantado; y el hombre rojo necesita trepar a las montañas 
en su busca; el hombre rojo necesita largas carabinas 
ahora." Un yankee que para el caso hace de jefe blanco, 
se expresa en estos términos. "Nosotros vamos viajando a 
las grandes aguas del Oeste. Nuestro gran Padre poseía 
un extenso país allí, y vamos yendo a establecernos en él. 
Con este fin traemos nuestras mujeres y nuestros hijos. 
Nos vemos forzados a atravesar por las tierras de los hom- 
bres rojos, pero lo hacemos como amigos y no como ene- 
migos. Como amigos les damos una fiesta, les apretamos 
la mano y fumamos con ellos la pipa de paz. Ellos saben 
que venimos como amigos trayendo con nosotros nuestra» 



80 LOMIIÍQO F. SARMIENTO 

mujeres e hijos. El hombre rojo no lleva sus squaivs al 
combate; ni las caras blancas tampoco. Pero amigos como 
somos, estamos prontos para volvernos enemigos ; y si se 
nos molesta castigaremos a los agresores. Algunos de nos- 
otros piensan volverse. Nuestros padres, hermanos e hijos, 
vienen en pos de nosotros, y esperamos que los hombres 
rojos los traten con bondad. Nosotros nos conducimos pa- 
cíficamente; dejadnos partir. No somos traficantes y no tene- 
mos ni pólvora si plomo que dar. Vamos a arar y plantar 1 1 
tierra ! . . . 

Septiembre 3. "Caminamos este dia quince millas hasta 
Malheur. En este lugar se abre el camino en dos, y es 
muy temible para los inmigrantes el tomar mal camino. 
Meek, que había sido contratado como nuestro piloto al 
Oregon, indujo a cerca de doscientas familias, con, sus va- 
gones y ganado, a seguir por el camino de la izquierda, 
diez días antes de nuestra llegada a la encrucijada. Por 
largo trecho encontraron un camino excelente, con abun- 
dancia de pasto, leña y agua ; en seguida dirigieron su mar- 
cha a unas montañas estériles donde por muchos días care- 
cieron de' agua, y cuando la encontraban era tan mala que 
ni aun para el ganado era potable. Pero, aun así, era fuerza 
hacer u§o de ella. La fiebre que se llama de campamento 
estalló bien pronto. 

"Al fin llegaron a un ciénago que intentaron en vano 
atravesar; y como viesen que se extendía mucho hacia el 
Sud, no obstante el parecer del baqueano Meek, endere- 
zaron al río de las Caídas, que recorrieron para arriba y 
-para abajo, buscando vado, que no se encontró en ninguna 
¡parte. Sus sufrimientos aumentaban de día en día, pues 
sus provisiones se iban concluyendo rápidamente, el ga- 
nado estaba exhausto, y muchos de los que formaban la 
caravana padecían enfermedades graves. Al fin, Meek les 
informó que estaban a dos días de distancia solamente de 



ESTADOS UNIDOS 61 

Dalles. Dos hombres salieron a caballo en busca de la 
estación de los Metodistas con provisiones para dos días. 
Después de haber caminado diez días sin parar, lle- 
garon a Dalles; en el camino un indio les dio un conejo y 
un pescado, y con este alimento hicieron los dos su jornada 
de diez días. Cuando llegaron a Dalles, sus fuerzas estaban 
tan estenuadas, que sus miembros se habían empalado, y 
fué necesario desmontarlos del caballo. En este lugar en- 
contraron un viejo montañés, llamado el negro Harris; que 
se ofreció a conducirlos, saliendo con varios otros en busca 
de la compañía perdida, a la que hallaron reducida a la 
última extremidad, exhausta por las fatigas, y desesperan- 
do ya de salir a los establecimientos. Encontróse un lugar 
por donde el ganado podía atravesar a nado el río, después 
de lo cual era preciso hacerlo subir un ascenso casi perpen- 
dicular. Mayores dificultades había para pasar los carros. 
Una larga cuerda fué echada a través del río, atando fuer- 
temente sus puntas de ambos lados en las rocas. Un carrj 
liviano fué suspendido con correderas en la cuerda, y con 
cuerdas para llevarlo a uno y otro lado del río; esta especie 
de cuna (andarivel), servía para trasportar las familias de 
un lado a otro del río con toda seguridad. El pasaje de este 
río ocupó algunas semanas. La distancia a Dalles era de 
35 millas, adonde llegaron del 13 al 14 de octubre. Como 
20 habían perecido víctimas de las enfermedades, y otros 
murieron después de haber llegado . . . 

Setiembre 7. "Este día viajamos cerca de doce millas. El 
camino es hoy más áspero que ayer. A veces va por el fondo 
de un torrente, a veces por el faldeo de una montaña, tan 
rápido que se necesitan dos o tres hombres trabajando del 
lado de arriba para sostener el equilibrio de los carros. El 
torrente y camino están tan encajonados en montañas, que 
en varios puntos es casi imposible' continuar. VÍ3tas_ las 
montañas desde este punto, parecen murallas perpendicu- 
lares y por tanto lisas. Alegran de vez en cuando la vista 
algunos grupos de cedros macilentos; pero en el torrente 



62 ' DOMINGO í*. SARMIENTO 



es tal la espesura de las malezas espinosas, que es casi 
imposible pasar... pero sabiendo que los que nos han pre^ 
cedido han vencido estas dificultades, hacemos el último 
esfuerzo y pasamos. 



Noviembre i." "Ahora estamos en el lugar destinado, 
en un período no distante, a ser un punto importante en la 
historia comercial de la Unión como centro del comercio de 
la China y de la India. Atravesando el bosque que se ex- 
tiende al Este de la ciudad, vimos la ciudad de Oregon y 
las caídas de Villa-Mate, al mismo tiempo. Tan llenos de 
gratitud nos sentíamos de haber llegado a los estableci- 
mientos de los blancos, y de admiración a la vista del volu- 
men de las aguas de las cataratas, que la caravana hizo alto, 
y en este momento de felicidad repasamos con el pensa- 
miento todos nuestros trabajos, con más rapidez que lo que 
la lengua o la escritura pueden hacer. Desde Independence 
hasta el Fuerte Laramie, 692 millas; de allí al Fuerte Hall, 
585 ; al Fuerte Rois, 281 ; a los Dalles, 305 ; de Dalles a la 
ciudad de Oregón, 160 millas, haciendo la total distancia 
de despoblado 1960 millas." 



"Tanto tiempo habíamos permanecido entre los salva- 
jes, que nuestra apariencia se asemejaba mucho a la de 
ellos; pero cuando hubimos cambiado de vestido y afeitá- 
donos al uso de los blancos, no nos podíamos reconocer 
unos a otros. Largo tiempo habíamos hecho vida común, 
sufrido juntos privaciones y penas, y en los peHgros con- 
tado con la ayuda común. Los vínculos de los afectos se 
habían estrechado entre nosotros, y cuando hubimos de se- 
pararnos, cada uno sentía desgarrársele el corazón ; pero 
como ya habíamos roto otros vínculos más fuertes aún, 
cada uno tomó su partido, y en algunas horas nuestra com- 



ESTADOS UNIDOS %3 

pañía se dispersó tomando cada uno diferentes direccio- 
nes." (i). 

Cuando uno lee la narración de aventuras como estas, 
se siente sin duda orgulloso de pertenecer a la raza humana. 
Ninguna de las grandes pasiones que han obrado los prodi- 
gios de la historia, está aquí en juego para fanatizar el espí- 
ritu : ni la desesperación de los restos del grande ejército, 
ni el amor a la patria de los lo.ooo espartanos echados' entre 
los bárbaros, ni la sed de oro, de gloria y de sangre de los 
conquistadores españoles. Hombres de aquel temple tenían 
en los Estados tierras de propiedad pública para afincarse ; 
familias que los ayudasen ; ganados para auxiliarse en las 
rudas labores de la tierra. Atraviesan 600 leguas de desier- 
tos para realizar una grande idea, ellos, el desecho del pue- 
blo norteamericano, quieren que la Unión ostente sus es- 
trellas en el firmamento del Pacífico, que se realice el sueño 
dorado de acercar la India y la China, y arrebatar estos mer- 
cados a la Inglaterra. Se sacrifican, pues, a una idea de por- 
venir nacional, porque el yankee no ignora que la primera 
generación de las nuevas plantaciones, abona solo la tierra 
con su sudor para que gocen las venideras; y cuando en el 
Oregón se han reunido algunos centenares de familias, los 
jefes, dejando a un lado el hacha con que destruyen lenta- 
mente los bosques para labrarse un campo, y crear su pro- 
piedad, se reúnen en asamblea deliberante', "con el objeto 
de fijar los principios de libertad civil y religiosa, como la 
base de todas las leyes y constituciones que puedan en ade- 
lante adoptarse", y estatuyen: 

"Artículo I." Ninguna persona que se conduzca de una ma- 
nera regular y ordenada, será molestada a causa de su modo 
de adoración o sus sentimientos religiosos. 

"Art. 2." Los habitantes de dicho territorio gozarán 
siempre de los beneficios del escrito habeos corpas, del juicio 



(1) Journal of Travels oves the Rockap JHountains lo thx Xmtth 
of the Columbio Rivcr, made the yeara 1845 o«d 1S4<(. 



64 DOMINGO F. SABMIEITTO 

por jurados, de una proporcionada representación del pue- 
blo en la legislatura/, y de procedimientos judiciales confor- 
mes a la secjela de las leyes ordinarias. Todas las personas 
podrán' dar fianzas, excepto por delitos capitales y cuando 
ias pruebas sean evidentes, y las presunciones graves. Nin- 
gún hombre será privado de su libertad sino por juicio de 
sus pares, o la ley de la tierra. . . 

"Art. 3." Siendo necesarias para el buen gobierno y fe- 
licidad de la especie humana, la religión, moralidad e ins- 
trucción, serán siempre fomentadas las escuelas y lodos los 
medios de educación. 

"Art. 5." Ninguna persona será privada de llevar armis 
para su propia defensa ; no se autoriza pesquisas ni registros 
sin motivo fundado ; la libertad de la prensa no será restrin- 
gida; ni el pueblo será privado del derecho de reunirse paci- 
ficamente a discutir los asuntos que halle por conveniente. 

Art. 6." Los poderes del gobierno serán divididos en 
tres distintos departamentos: el legislativo, el ejecutivo y el 
judicial, etc., etc." 

Ley de tierras; "Toda persona que posea o en adelante 
pretenda poseer tierra en este territorio, designará la exten- 
sión de su propiedad por medio de límites naturales, o por 
mojones en las esquinas y sobre los costados del lote, y hará 
registrar la extensión y lírtiites de tal lote en la oficina del 
escribano del lugar, en un libro que será llevado para aquel 
objeto, en el término de veinte días después de hecho el pe- 
dido; proveyéndose, que los que están en posesión del terri- 
torio, tendrán doce meses contados desde la sanción de esta 
ley. para hacer ia descripción del lote de tierras en el libro 
de los regis'ros; proveyéndose, además, que el dicho poseedor 
declarará él tamaño, forma y ubicación del terreno. 

"2.° Todo poseedor, en los seis primeros meses después 
de registrado su lote, habrá hecho permanentes mejoras en el 
terreno, ya edificando o cercando, o bien ocupando el terreno 
en un año de la data del registro; o en caso de no ocuparlo. 



ESTADOS UWID08 65 

pagar en tesorería cinco pesos anuales, y en caso de no ocu- 
parlo o no pagar la suma antedicha, el título será considerado 
como abandonado ; proveyéndose que los no residentes en este 
país no pueden aprovechar de esta ley; y proveyéndose, ade- 
más que los residentes en este territorio que se ausentasen 
por negocios particulares por dos años, podrán conservar la 
propiedad pagando cinco pesos anuales al tesoro. 

"3." Ningún individuo podrá tomar posesión de más de un 
cuarto de milla cuadrada, o 640 acres, en una forma cuadra- 
da u oblonga. Ningún individuo podrá poseer dos lotes a un 
mismo tiempo. 

"S."* Las líneas de los límites de todos los lotes se confor- 
marán tan aproximadamente cuanto sea posible con los puntos 
cardinales." (i) 

Este pueblo, lleva, como Vd. ve, en su cerebro, orgánica- 
mente, cual si fueran una conciencia política, ciertos princi- 
pios constitutivos de la asociación : la ciencia política pasada 
a sentimiento moral complementario del hombre, del pueblo, 
de la chusma ; la municipalidad convertida en regla de aso- 
ciación espontánea ; la libertad de conciencia y de pensamien- 
to; el juicio por jurados. Si quiere Vd. medir el camino que 
ha andado aquel pueblo, reúna Vd. un grupo, no del vulgo de 
ingleses, franceses, chilenos o argentinos, sino de las clases 
cultas, y pídales de improviso que se constituyan en asociación, 
y no sabrán que se les pide, cuanto y más fijar con precisión, 
como aquellos aventureros del Oregón, las bases en que ha de 
reposar el gobierno de una sociedad que va a nacer, y que, 
por la distancia y los desiertos que la dejan separada del 
resto de la Unión, queda de hecho y de derecho desligada de 
la patria común. (2) Algunos años más tarde de estos rudi- 
mentos dispersos, surgirá un territorio; y del territorio un 



(1) Ley orpánlca del Ore^^n, sancionarla el 5 ele julio de 1845. 

(2) El presidente de Estados Unidos, en el Mensaje de 1848, pedía 
que se invlta.se a los habitantes del Ore^i^n a entrar en relaciones con 
la Unión y reconociesen la autoridad común, como un territorio. 



66 DOMINGO F. HABMIFNTO 

Estado para aumentar una nueva estrella en la constelación 
de los Estados Norteamericanos, con sus mismas leyes, sixs 
prácticas, sus instituciones civiles y políticas, y sobre todo, 
con su carácter peculiar de nacionalidad, marcado con el sello 
enérgico de aquel coloso. 

Hay un fenómeno que se realiza en los Estados Unidos, 
y que no obstante de referirse a principios fundamentales inhe- 
rentes a la especie humana, no ha sido hasta hoy de una ma- 
nera precisa establecido. Hasta de palabra adecuada carecen 
para indicarlo los idiomas. Pretender señalarlo en dos pági- 
nas seria el Índice o el plan de un gran libro. ¿Qué es la 
moral? El código de preceptos que ha dado en seis mil años 
el contacto de un hombre con otro, a fin de que vivan en 
paz sin hacerse mal, amándose, procurándose el bien. La mo- 
ral que nos liga a Dios por nuestros padres, está después de 
Confucio, de Sócrates y Franklin, adivinada, encontrada. Si 
algo le falta para ser perfecta por el estudio humano y los 
sentimientos del corazón, la revelación la completa en cuanto 
a la parte de los hombres más desligada de nosotros mismos, 
que es el prójimo, el extranjero, el enemigo, clasificaciones 
que distinguen tres grados de separación ; por las leyes d 
prójimo es indiferente; el extranjero, la tela de que se hizo 
siempre el esclavo; para el enemigo, cesan todos los víiKulos 
de la familia humana, la muerte está pronta para él, sin re- 
mordimiento, con gloria. Cuando el hombre se ilanrie el ene- 
migo, entonces deja de formar parte de nuestra especie ; ni 
las leyes, ni religión alguna han podido hasta hoy ndda contra 
los efectos morales de esta clasificación. 

Pero la moral se refiere a las acciones de los iadividuos 
solamente. ¿Cómo se llama aquella otra parte de la vida de! 
hombre, en cuanto a miembro de un rebaño, de una colmena, 
o de una bandada, puesto que pertenece a la especie de los 
animales gregarios? Preguntádselo al czar de Rusia, a un 
lord del parlamento, a Rousseau, a Rosas, a Franklin, y 
cada uno os dará ;m bellísimo sistema de política, esto es. 



K8TAD0S UNIDOS 67 

de preceptos, de obligaciones, derechos y deberes que sirvan 
de regla a los individuos en relación con la masa, con la so- 
ciedad. Los unos pretenderán que el uno que gobierna hará 
para el bien común todo lo que le dé la gana ; otros sosten- 
drán que los lores son los que tienen el derecho de hacer su 
soberana voluntad, y no faltará quien sostenga que cada 
individuo tiene su parte de ingerencia en los negocios de 
todos, bietr que esto dependerá de la cantidad de bienes que 
haya acumulado, o bien del estado de su razón. La política 
humana, pues, no ha hecho tantos progresos como la moral, 
y puede ser todavía puesta aquella ciencia primordial en el 
número de las especulativas, no obstante referirse al he- 
cho más antiguo, más duradero, más actual, que es la so- 
ciedad en que vivimos. A la especie humana en general le 
falta un sentido, si es posible decirlo. A la conciencia que regla 
las acciones morales entre los hombres, falta añadir otra 
cosa que indique con la misma seguridad los deberes y de- 
rechos que constituyen la asociación, la moral en grande, 
obrando sobre millones de hombres, entre familias, ciuda- 
des, estados y naciones, completada más tarde por las leyes 
de la humanidad entera. La ciudad de Atenas parece que 
había adquirido este sentimiento ; más tarde lo tuvieron los 
patricios romanos; pero aquéllo lo destruyeron éstos, hi- 
riéndolo por la abertura que deja hasta hoy la moral, a 
saber, por la clasificación del enemigo; y a los últimos los des- 
truyó j dispersó la plebe, que adquiría a la sombra del patri- 
ciado el mismo sentimiento, y por los extranjeros, que de 
enemigos conquistados, pisaron a sentir la gana de formar 
parte del senado romano. 

Perdóneme Vd. esta tirada pedantesca, sin la cual no 
puedo explicar mi idea. La población en masa de los Estados 
Unidos ha adquirido este sentimiento, esta conciencia 
política, pues no sé qué nombre darle. El cómo lo ha ad- 
quirido lo barruntará Vd. eo la historia de los Estados Uni- 
dos por Bancroft. Es un hecho que se ha venido preparando 



68 DOMINGO F. SABMIENTO 

de cuatro siglos ; es la práctica de doctrinas y partidos ven- 
cidos y rechazados en Europa, y que con los peregrinos, los 
puritanos, los cuáqueros, el hateas corpus, el parlamento, el 
juri, la tierra despoblada, la distancia, el aislamiento, la na- 
turaleza salvaje, la independencia, etc., se ha venido des- 
envolviendo, perfeccionando, arraigando. En Inglaterra hay 
libertades políticas y religiosas para los lores y los comer- 
ciantes; en Francia para los que escriben o gobiernan; el 
pueblo, la masa bruta, pobre, desheredada, no siente nada 
todavía sobre su posición como miembros de una sociedad; 
serán gobernados monárquicamente, aristocráticamente, teo- 
cráticamente, según lo quieran, o 'no puedan resistirlo, los pro- 
pietarios, los abogados, los mili' ares, los literatos. 

En Norte América, el yankee será fatalmente repu- 
blicano, por la perfección que adquiere su sentimiento polí- 
tico, que eS ya claro y fijo como la conciencia moral ; porque 
es de dogma que la moral es adquirida, sin lo cual la reve- 
lación era inútil, y no se ha hecho re /elación alguna a los 
hombres para guiarse en sus relaciones con la masa. Si 
una parte de la Union defiende y mantiene la esclavitud, 
es. porque en esa parte la conciencia moral en cuanto al 
extranjero de raza, aprisionado, cazado, débil, ignorante, 
está en la categoría del enemigo, y por tanto, la moral no le 
favorece ; pero, en todos los demás Estados, en todas las 
clases, o más bien, en la clase única que forma la sociedad, 
el sentimiento político, que debe ser inherente al hombre, 
como la razón y la conciencia, está completamente desen- 
vuelto. De aquí nace que donde quiera que se reúnan diez 
yankees, pobres, andrajosos, estúpidos, antes de poner el 
hacha al pié de los árboles para contruírse una morada, se 
reúnen para arreglar las bases de la asociación ; un día lle- 
gará en que no se escriba este pacto, porque estará sobre- 
entendido siempre: y este pacto es, como ha visto usted en 
la ley orgánica del Oregon, una serie de dogmas, un decá- 
logo. Cada uno creerá lo que cree; cada uno nombrará 



ESTADOS UNIDOS 69 

quien haya de gobernarlo; cada uno dirá de palabra y por 
escrito su pensamiento; será juzgado por un jurado, y se 
le admitirá fianza de cárcel segura por todo delito que no 
merezca pena capital. 

Pero esta parte es solo la que puede formularse, que 
hay otra que está en las ideas y en las adquisiciones hechas; 
y es la más digna de estudiarse. Por ejemplo: un hombre 
no llega a la plenitud de su desenvolvimiento moral e inte- 
ligente sino por la educación ; luego la sociedad debe com- 
pletar al padre en la crianza de su hijo. Las escuelas gra- 
tuitas son coetáneas y a veces anteriores a la fundación de 
una villa. La sociedad necesita tener una voz suya, como 
cada individuo tiene la que le sirve para expresar sus sen- 
timientos, opiniones y deseos ; luego habrá meetings y cá- 
mara de representantes que enacte todos los quereres, y 
prensa diaria que se ocupe,de los intereses, pasiones e ideas 
de grandes masas. Como la sociedad, aunque naciendo en 
el seno de los bosques, es hija y heredera de todas las ad- 
quisiciones de la civilización del mundo, aspirará a tener 
desde luego, o lo más pronto, posta diaria, caminos, puertos, 
ferrocarriles, telégrafos, etc., y de pieza en pieza llega us-^ 
ted hasta el arado, el vestido, los utensilios de cocina pJer- 
feccionados, de patente, el último resultado de la ciencia 
humana para todos, para cada uno. 

Estos detalles, que pueden parecer triviales, constitu- 
yen, sin embargo, un hecho único en la historia del mundo. 
Vengo de recorrer la Europa, de admirar sus monumentos, 
de prosternarme ante su ciencia, asombrado todavía de los 
prodigios de sus artes; pero he visto sus millones de cam- 
pesinos, proletarios y artesanos viles, degradados, indig- 
nos de ser contados entre los hombres ; la costra de mugre 
que cubre sus cuerpos, los harapos y andrajos de que vis- 
ten, no revelan bastante las tinieblas de su espíritu; y 
en materia de política, de organización social, aquellas ti- 
nieblas alcanzan a obscurecer la mente de los sabios, de los 



70 DOMINGO F. SAHMIENTO 

banqueros y de los nobles. Imagínese usted veinte millones 
de hombres que saben lo bastante, leen diariamente lo 
necesario para tener en ejercicio su razón, sus pasiones pú- 
blicas o políticas; que tienen que comer y vestir, que en la 
pobreza mantienen esperanzas fundadas, realizables de un 
porvenir feliz, que alojan en sus viajes en un hotel cómodo 
y espacioso, que viajan sentados en cojines muelles, que 
llevan cartera y mapa geográfico en su bolsillo, que vuelan 
por los aires en alas del vapor, que están diariamente al 
corriente de todo lo que pasa en el mundo, que discuten 
sin cesar sobre intereses públicos que los agitan vivamente, 
que se sienten legisladores y artífices de la prosperidad na- 
cional; imagínese usted este cúmulo de actividad, de goces, 
de fuerzas, de progresos, obrando a un tiempo sobre los 
veinte millones, con rarísimas excepciones, y sentirá usted 
lo que he sentido yo, al ver esta sociedad sobre cuyos edi- 
ficios y pjazas parece que brilla con más vivacidad el sol, 
y cuyos miembros muestran en sus proyectos, empresas y 
trabajos una virilidad que deja muy atrás a la especie^ 
humana en general. Los norteamericanos sólo pueden ser 
comparados hoy a los romanos antiguos, sin otra diferencia 
que los primeros conquistan sobre la naturaleza ruda por 
el trabajo propio, mientras los otros se apoderaban por la 
guerra del fruto creado por el trabajo ajeno. La misma supe- 
rioridad viril, la misma pertinencia, la misma estrategia, la 
misma preocupación de un porvenii de poder y de grandeza. 

.Su buque es el mejor del mundo, el más barato, el 
más grande. Si en alta mar encontráis en un día de bolina 
una nave que cruza arrebatada por la borrasca, cuyas boca- 
nadas inflan a reventar las velas, juanetes, alas y arrastra- 
doras, el capitán francés, español o inglés de vuestro bu- 
que que ha tomado rizos a la vela mayor, os dirá a qué 
nación pertenece ; os dirá, rechinando los dientes de cólera que 
es yankee ; lo conoce en el tamaño, en la audacia, y más que 



ESTADOS ÜSIDOS 71 

todo en que pasa rozando su buque sin izar la bandera para sa- 
ludarlo. 

En los puertos o docks europeos vuestra vista trope- 
zará con un departamento especial en que están reunidas 
fragatas colosales, que parecen pertenecer a otro mundo, 
a otros hombres; son los buques yankees que principiaron 
por agrandarse para contener mayor número de balas de 
algodón }'• han concluido por hacer un género en la cons- 
trucción naval. Quince buques de vapor de los que hacen 
el servicio del Hudson, unidos por sus quillas y proas des- 
criben una calle de madera de una milla de largo. Si en 
un día de tempestad veis en el Havre o en Liverpool un 
buque empeñado en tomar la mar, es un buque yankee que 
tenía anunciada para aquel día su salida, y que el honor al 
pabellón, la gloria de las estrellas de su bandera, le prohi- 
ben aguard:ir, como lo harán los buques de otras naciones, 
a que el viento abonance. ¿Qué buques son los que per- 
siguen las ballenas en los mares polares? Son casi exclu- 
sivamente los norteamericanos; y dentro de ese casco soli- 
tario, de aquel squatter de las aguas, encontraréis una tripula- 
ción escasa, que no bebe licores, porque pertenece a la so- 
ciedad de templanza, hombres endurecidos en las fatigas, 
que arrancan a los peligros de la muerte un peculio para 
^establecerse en los Estados cuando vuelvan, para tomar un 
lote de tierra y labrarse una propiedad y levantar una casa, 
y contar a sus hijos alrededor de la estufa de hierro colado 
sus aventuras de mar. El año pasado la reina Victoria se' 
paseaba en su suntuoso yachi, acompañada del príncipe 
Alberto, por la bahía de Falmouth. Los buques todos es- 
taban empavesados para honrar a las regias visitas. Sobre 
el tope del palo mayor de una fragata norteamericana veía- 
se un marinero yankee parado en un pie, balanceándose 
con el buque que se mecía sobre sus anclas y tendiendo al 
aire su sombrero en una m^ano en señal de saludo. He 
aquí la expresión jeroglífica de la marina yankee. La reina 



72 líOMIIfQO F. SABMIEWTO 

se enfermó a la vista de aquel espectáculo. Un marinero 
inglés hubo, picado de amor nacional, de repetir la prueba. 
La reina lo prohibió con sus señales de espanto. ¿Lo ha- 
bría hecho? No lo hizo, y eso basta. Era una imitación de 
la audacia ajena; el hombre es capaz de eso y mucho 
más; pero sólo el genio de un pueblo inspira la idea y el coraje, 
de ejecutarlo. 

Me detengo en este punto de la marina ^norteamericana, 
porque el buque es para el- yankee su medio internacional, 
la prolongación de su nación para ponerse en contacto con 
todas las otras de la tierra; y en ésta época de movimiento 
universal, el pueblo que tenga buques más ligeros, de cons- 
trucción más barata y por tanto de fletas menos subidos, 
es el rey del universo. En el Mediterráneo, en los mares 
de la India y el Pacífico, anulan, suprimen y alejan de día en 
día toda otra marina y todo otro comercio que el suyo. Oh, 
reyes de la tierra, que habéis insultado por tantos siglos a la 
especie humana, que habéis puesto el pie de nuestros esbirros 
sobre los progresos de la razón y del sentimiento político de los 
pueblos revolucionarios, dentro de veinte años, el nombre de la 
República norteamericana será para vosotros como el de Roma 
para los reyes bárbaros. Las teorías, las utopías, de vuestros 
filósofos, desacreditadas, ridiculizadas por la tradición, la legi- 
timidad, el hecho consumado, bien entendido que apoyados en 
medio millón de bayonetas, para que el ridículo sea eficaz, 
encontrarán el hecho también luminoso y triunfante. 

Cuando los Estados de la Unión se cuenten por cente- 
nares, y los habitantes por cientos de millones, educados, 
vestidos y hartos, ¿qué vais a oponer a la voluntad tan so- 
berana de la gran República en los negocios del mundo? 
Vuestros guardianes de pordioseros? Pero os olvidáis de 
las naves americanas que os bloquearían en todos los ma- 
res, en todos los puertos! Dios ha querido, al fin, que se 
hallen reunidos en un solo hecho, en una sola nación, la 
tierra virgen que permite a la sociedad dilatarse hasta el 



ESTADOS UNIDOS 73 

infinito, sin temor de la miseria; el hierro que completa 
las fuerzas humanas; el carbón de piedra que agita las 
máquinas; los bosques que proveen de materiales a la ar- 
quitectura naval; la educación popular, que desenvuelve 
por la intrucción general la fuerza de producción en todos 
los individuos de una nación; la libertad religiosa que atrae 
a los pueblos en masa a incorporarse en la población ; la 
libertad política que mira con horror el despotismo y las 
familias privilegiadas; la República, en fin, fuerte, ascen- 
dente como un astro nuevo en el cielo ; y todos estos he- 
chos se eslabonan entre sí, la libertad y la tferra abundante; 
el hierro y el genio industrial ; la democracia y la superio- 
ridad de los buques. Empeñaos en desunirlos por las teo- 
rías y la especulación ; decid que la libertad, la educación 
popular, no entran por nada en esta prosperidad inaudita, 
que conduce fatalmente a una supremacía indisputable;' 
el hecho será siempre el mismo, que en las monarquías euro- 
peas se han reunido la decrepitud, las revoluciones, la po- 
breza, la ignorancia, la barbarie y la degradación del mayor 
número. Escupid al cielo, y ponderadnos las ventajas de 
la monarquía. La tierra se os vuelve estéril bajo las plan- 
tas, y la República os lleva sus cereales para alimentaros; 
la ignorancia de la muchedumbre sirve de base a vuestros 
tronos, y la corona que orna vuestras sienes brilla cual 
flor sobre ruinas; medio millón de soldados guardan el 
equilibrio de los celos y de la envidia de unos soberanos 
con otros, mientras la República, colocada por la Provi- 
dencia en terreno propicio, como colmena de abejas, ahorra 
esas sumas inmensas para convertirlas en medios de pros- 
peridad que da su rédito en acrecentamiento de poder y 
de fuerza. Vuestra ciencia y vuestras vigilias sirven sólo 
para aumentar el esplendor de aquélla. Sic vos non vobis in- 
vengáis telégrafos eléctricos para que la unión active sus 
comunicaciones ; sic vos non vobis creasteis los rieles para que 
rodasen las producciones y el comercio norteamericano. 



74 DOMINGO F. SARMIENTO 

Franklin tuvo la audacia de presentarse en la corte más 
fastuosa del mundo con sus zapatos herrados de labriego 
y sus vestidos de paño burdo; vosotros tendréis un día 
que esconder vuestros cetros, coronas y zarandajas dora- 
das para presentaros ante la República, por temor de que 
no os ponga a la puerta, como a cómicos o truhanes de car- 
nestolendas. 

¡ Oh ! me exalta, mi querido amigo, la idea de presentir 
el momento en que los sufrimientos de tantos siglos, de 
tantos millones de hombres, la violación de tantos princi- 
pios santos, por la fuerza material de los hechos elevados 
a teoría, a ciencia, encontrarán también el hecho que los 
aplaste, los domine y desmoralice. El día del grande escán- 
dalo de la República fuerte, rica de centenares de millones, 
no está lejos! El progreso de la población norteamericana 
lo está indicando; ella aumenta como ciento, y las otras 
naciones sólo como uno; las cifras van a equilibrarse y a 
cambiar en seguida las proporciones; y ¿estas cifras numé- 
ricas no expresarán lo que encierra en sí de fuerzas produc- 
toras y de energía física y moral del pueblo avezado a las 
prácticas de la libertad, del trabajo y de la asociación? 

AVARICIA Y MALA FE 

Tan fatigado lo considero de seguirme en estas excur- 
siones que al rápido andar de las ideas hago por los extre- 
mos aportados de la Unión, tras de alguna manifestación 
de la vida de este pueblo, que para su solaz quiero en 
adelante, en vías de puntos de descanso, poner epígrafes a 
las materias que iré tratando. Usted ha comprendido, sin 
duda, que el que precede anuncia que voy a hablar del carác- 
ter moral de esta nación. En aquellas dos palabras se re- 
asume, en efecto, el reproche que hacen, más bien diré, el 
tizne que afea el carácter moral yankee, y el entusiasmo por 
las instituciones democráticas se resfría al ver las brechas 



F.8TADOS UNIDOS 



que a la moral individual hacen, y no hay pueblo medio 
civilizado que no se sienta superior a los yankees por este 
lado al menos, al revés de las grandes naciones antiguas 
y modernas, de Roma y la Inglaterra, en que el Estado era 
un bandido famoso, mientras los individuos que lo com- 
ponían practicaban las virtudes más austeras. 

L,os Estados Unidos como gobierno son irreprochables 
en sus actos públicos, mientras que los individuos que lo 
forman adolecen de vicios repugnantes de que se creen menos 
sujetas las demás naciones. ¿Dependerá esto de una pecu- 
liaridad de la raza sajona? ¿Vendrá de la amalgama de tantos 
pueblos diversos? ¿Será fruto ingrato de la libertad y de la 
democracia ? 

No se espante si muestro que a esta última causa más 
que a otra ninguna atribuyo el mal moral que aqueja a 
aquellos pueblos. La avaricia es hija legítima de la igual- 
dad, como el f ríbude viene ¡ cosa extraña al parecer ! ! de la 
libertad misma. Es la especie humana que se muestra allí, 
sin disfraz alguno, tal como ella es, en el período de civi- 
lización que ha alcanzado, y tal como se mostrará todavía du- 
rante algunos siglos más, mientras no se termine la pro- 
funda revolución que se está obrando en los destinos hu- 
manos, cuya delantera llevan los Estados Unidos. 

El mundo se transforma, y la moral también. No se 
escandalice usted. Como la aplicación del vapor a la loco- 
moción, como la electricidad a la transmisión de la pala- 
bra, los Estados Unidos han precedido a todos los demás 
pueblos en añadir un principio a la moral humana en rela- 
ción con la democracia. ¡Franklin! Todos los moralistas 
antiguos y modernos han seguido las huellas de una moral 
que, dando por sentada, por fatal y necesaria la existencia 
de una gran masa de sufrimientos, de pobreza y de abyec- 
ciones, localizaba el sentimiento moral, dando por atenua- 
ciones la limosna del rico y la resignación del pobre. Desde 
las castas inmóviles de indios y egipcios, hasta la escla- 



76 DOMINGO F. SARMIEHTO 

vitud y el proletariado normal de la Europa, todos los sis- 
temas de moral han flaqueado por ahí. Kranklin ha sido 
el primero que há dichot bienestar y virtud; sed virtuo- 
sos para que podáis adquirir; adquirid para poder ser vir- 
tuosos. Mucho se aproximaba Moisés en sus doctrinas 
morales a estos principios, cuando decía: honrad a vues- 
tros padres para que así viváis largo tiempo sobre la tierra 
prometida. Todas las leyes modernas están basadas en 
este principio nuevo de moral. Abrir a la sociedad en masa, 
de par en par, las puertas al bienestar y a h riqueza. 

Allá va el mundo en masa, y sabe Dios los dolores 
que va a costar habituar a los goces de la vida, despertar 
la inteligencia de esos millones de seres humanos que du- 
rante tantos miles de años han servido para abrigar con 
el calor de sus enirañas los pies de los nobles que volvían 
de la caza. ¿Qué es el capital? preguntan hoy los ecor^o- 
mistas. El capital es el representante del trabajo de las 
generaciones pasadas legado a las presentes; tienen ca- 
pitales los que han heredado el fruto .á&l trabajo df los 
sigios pasados, como las aristocracias, y los que lo han 
adquirido en este y el pasado siglo con los descub* Imioiitos 
de las ciencias industriales y las especulaciones del comer- 
cio; es decir, poquísimos en proporción de la masa pobre 
de las naciones. He aquí, en mi humilde sentir, el origen 
de ^a desenfrenada pasión norteamericana. \ einte millo- 
nes de seres humanos, todos a un tiempo, están haciendo 
capital, para ellos y para sus hijos; nación quc; nació ayer 
en sjek) viigen y l quién los siglos pasa 1 )S no le hal^i.-i 
dejado en herencia sino bosques primitivos, ríos inexplo- 
rados, tierras incultas. Despertad en Francia o en Ingla- 
terra, por ejemplo, esos veinte millones de pobres que tra- 
bajando veinte horas diarias, se amotinan por conseguir 
solamente que el salario les baste para no morir de ham- 
bre, sin aspirar a un porvenir mejor, sin osar soñarlo si- 
quiera, como pretensiones impropiaá de su esfera; ¡Mjned 



ESTADOS UNIDOS 77 

a los rotos de Chile en la alta esfera de las especulaciones, 
con la idea fija de hacer pronto una fortuna de cincuenta 
mil pesos, y veréis mostrarse entonces las pasiones infer- 
nables que están aletargadas en el ánimo del pueblo. El 
roto os pide diez reales por el objeto que venderá por uno, 
si le ofrecen uno, y todavía os habrá engañado. Un chileno 
cree honrada a la masa de su nación por serlo él y por des- 
precio al miserable roto, que, sin embargo, forma la gran ma- 
yoría. Tal es la explicación del fenómeno que llama la atención 
en los Estados Unidos. Toda la energía del carácter de la 
nación en masa está aplicada a esta grande empresa de las 
generaciones actuales, acumular capital, apropiarse e? mayor 
número de bienes para establecerse en la vida. La revolución 
francesa vio por otro camino, aunque conduciendo al mismo 
fin, desenvolverse la energía moral de la nación; la gloria 
militar puesta al alcance de quién supiera conquistarla, el 
bastón de mariscal en I9 boca de los cañones del enemigo, y 
sabe usted los prodigios obrados por aquella nación. 

El norteamericano lucha con la naturaleza, se endurece 
contra las dificultades por llegar al supremo bien que su 
posición social le hace codiciar : el bienestar ', y si la moral se 
pone de por medio cuando él iba a tocar su bien, ¿qué ex- 
traño es que la aparte a un lado lo bastante para pasar, o la 
dé un empellón si persiste en interponerse? Porque el norte- 
americano es el pueblo, es la masa, es la humanidad no muy 
moralizada todavía, cubierta allí en todas sus graduaciones 
de desenvolvimiento bajo una apariencia común. ¿Quién es 
este hombre? se preguntará usted en cualquiera parte del 
mundo ; y su fisonomía exterior le responderá : es un roto, un 
labriego, un mendigo, un clérigo, un comerciante. En los Es- 
tados Unidos todos los hombres son a la vista un solo hombre, 
el nor'eamericano. Así, pues, la libertad y la igualdad produ- 
cen aquellos defectos morales, que no existen tan aparentes 
en otras partes, porque el grueso de la nación está inhabili- 



78 DOMINGO r. SABMIENTO 

tado para manifestarlos. ¡Qué escándalo dieran si llegasen de 
improviso a ser picadas por la tarántula ! 

Contribuyen a hacerlo más manifiesto las peculiaridades 
de la organización de aquel país. Es tal el sentimiento de 
vida que se experimenta en los Estados Unidos, tal la con- 
fianza en el porvenir, tal la fe que se tiene en los resultados 
del trabajo, y tan grande la esfera del movimiento, que el 
crédito reposa en la existencia del individuo más bien que 
en la garantía de la propiedad. Un hombre trabajando ad- 
quirirá infaliblemente. La estadística de la progresión en que 
va la riqueza lo demuestra; luego, todo hombre que trabaja 
tiene crédito. Ejemplo: un individuo remonta el Mississipi 
en un vapor y propone la compra de 4000 barricas de harina. 
El vendedor dice su precio y queda aceptado, después de 
preguntar quién es el banquero del comprador.' El vendedor 
escribe a Nueva York al banquero indicado, pidiendo la sol- 
vibilidad ''del individuo, y con la respuesta : posee 4000 pesos, 
crédito bueno, el contrato queda concluido a cuatro m.eses 
de plazo, a pagar en Londres, donde se venderá la harina 
al banquero del vendedor. Llegado el término del contrato 
el vendedor ve el precio corriente de las harinas en Londres, 
en la época en que ha debido efectuarse la venta y ya sabe 
a qué atenerse en cuanto a la solvibilidad de su deudor. 
¡Cuántos tropezones ha dado un yankee para llegar a tener 
fortuna! Aquí llamamos quiebras; allá negocios frustrados so- 
lamente, que irritan la actividad en lugar de paralizarla. 

Cuando el especulador es un Estado, el picaro se pre- 
senta más desfachatado. El Estado agencia capitales en In- 
glaterra para abrir caminos de 'hierro, los obtiene y realiza 
su empresa ; pero como es un Estado naciente del Oeste, donde 
!a población y la riqueza no son grandes, los peajes no pro- 
ducen por largos años el interés del dinero, el Estado deudor 
promete, aplaza de hoy a mañana el pago sinceramente, 
miente, en seguida, por necesidad, se enfada de que le estén 
exigiendo, y últimamente, un día amanece de mal humor, 



ESTAIIOS UNIDOS 79 

pone a la puerta al acreedor importuno, y le declara en sus 
propias barbas, y a la faz de todo el mundo, que repudia la 
deuda, es decir que no paga. ¿Demandarlo? ¿Ante quién? He 
aquí el primer picaro que se presenta en el mundo, que no 
conoce juez en la tierra; el pueblo soberano. El Presidente, 
el Congreso, el Juez supremo .nada pueden contra esta clase 
de bellacos. El gobierno mismo del Estado nada puede; ni 
la clase culta y por tanto con vergüenza, porque emanando 
el poder del voto de la muchedumbre ignorante y bribona, no 
acepta esta contribucipn nueva para pagar la deuda con- 
traída. Así se han conducido Mississipi, Illinois, Indiana, 
Michigan, Arckansas y algunos otros más. ¡ Qué bulla han 
metido los banqueros en Londres con aquella magnífica mues- 
tra de la más insigne felonía! Y, ¿qué remedio? 

Aquí principia el reverso de la medalla. Los diarios de 
Europa hacen llover como sobre Sodoma y Gomorra el fuego 
de la execración universal, y los Estados alzados se ríen con 
insolencia de tales bravatas. Mas en los Estados que no han 
participado del crimen, principia una reacción en nombre de 
la dignidad nacional, del honor de la Unión mancillado, y los 
delincuentes soberanos empiezan a ponerse serios. Una línea 
de circunvalación se establece en tomo de ellos, y desde allí 
la opinión pública los fulmina a mansalva. La clase ilustrada 
de los Estados que han repudiado las deudas siente la indig- 
nidad del procedimiento; pero ¿qué hacer contra la mayoría 
que lo sostiene? Un diario entra tímidamente en la cuestión; 
copia como por incidente algún artículo censorio. Desde lue- 
go reconoce que dadas las circunstancias en que el Estado 
se halló, y la insolencia de los ingleses, hizo perfectamente 
bien, y les ha dado una lección severa, para que en adelante 
respeten mejor la dignidad de un Estado soberano (tram- 
poso). Pero las circunstancias empiezan a cambiar felizmente 
la propiedad se desarrolla rápidamente. ¿No convendría, to 
re peal la repudiación? Al menos reconsiderar el asunto, arbi- 
trar medios, etc.? 



so UOMIKQO r. SABMIENTO 

El pueblo soberano oye ya sin enojarse, Al día siguiente 
le insinúan ideas de honor, sentimientos de generosidad, 
hasta que al fin la opinión pública se forma, la reprobación 
excitada afuera halla ecos en el Estado, un sentimiento de 
vergüenza apunta en los semblantes; voces enérgicas se levan- 
tan en la minoría del Congreso, el movimiento se generaliza, 
y el Estado criminal vuelve sobre sus pasos, entabla negocia- 
ciones con los banqueros defraudados, y concluye por reco- 
nocer por- legítima la deuda del capital, y ofrece un 6o por 
ciento de los intereses. Otro Estado, no habiendo podido ter- 
minar el canal en que invirtió los capitales, pide que se le den 
las sumas necesarias para llevarlo a cabo, y pagará todo. Un 
Estado, en fin, permanece inerte en despecho del clamoreo 
universal, porque es muy pobre, muy apartado, y no se admire 
usted, muy bruto. 

Esto último requiere exphcaciones. 

geografía moral 

H^abía pintado el plan iconográfico de la viabilidad de los 
Estados Unidos, que si no es la base de la prosperidad de aquel 
país, es su instrumento, como los dedos del hombre son los 
fieles ejecutores de su pensamiento. Hay, también, una geo- 
grafía moral en aquel país, cuyas facciones principales necesito 
señalar. Conocido el suelo, verá usted las corrientes civiliza- 
doras que llevan a todos los extremos de la Unión la mejora, 
la luz y el progreso moral. 

Conoce usted la historia y la colocación de los trece Es- 
tados primitivos de la Unión americana. Dos siglos habían 
depositado allí las grandes ideas políticas y religiosas que la 
Inglaterra había arrojado sucesivamente de su seno. Bancroft 
ha hecho el inventario de esas ideas, colocándolas cada una en 
la localidad que ocuparon desde su establecimiento, con los 
peregrinos en la Nueva Inglaterra, con los cuáqueros en la 
Pensilvania, con los católicos en el Maryland. Aquella colo- 
nización fué menos de hombres que se trasladaban de un país 



ESTADOS UNIDOS 81 

a otro, que de ideas políticas y religiosas que pedían aire y 
espacio para explayarse. Sus frutos han sido la república ame- 
ricana, frutos muy anteriores a la revolución francesa. La de- 
claración de los derechos del hombre hecha por el Congreso 
de los Estados Unidos en 1776, es la primera página de la his- 
toria del mundo moderno, y todas las revoluciones políticas 
que se seguirán en la tierra, un comentario de aquellos sim- 
ples dogmas del sentido común. 

La declaración de la independencia fué como aquel creced 
y multiplicaos de Dios a los hebreos. Desde entonces las ideas 
y los hombres se pusieron en marcha hacia el interior; la re- 
pública empezó a parir territorios que se convertían luego -en 
Estados, como un pólipo que ectja al costado de su tronco nue- 
vas ramas. Observe el movimiento de las repúblicas sudame- 
ricanas desde su independencia adelante, y verá cuan notable 
es la diferencia. Chile subdivide sus antiguas provincias, pero 
sin aumentar ni el territorio poblado, ni el número de Sus ciu- 
dades. Las antiguas Provincias Unidas del Río de la Plata ven 
desmembrarse su territorio, y de sus fragmentos constituirse 
estados raquíticos y absurdos, mientras que las provincias que 
aún quedan llevando el nombre argentino, se despueblan de 
día en día, extinguiéndose sus antiguos ^ planteles de ciudades 
como luces que se apagan. Maine tenía, por ejemplo, en 1790, 
96.000 habitantes; 151.000 en 1800; 228.705 en 1810; 400.000 
en 1830; 501.793 en 1840. Nueva York teriía 340.120 en 1790; 
586,766 en 1800; 959.949 en 1810; 1.372.812 en 1820; 1.918.608 
en 1830; 2.428.921 en 1840. 

Pero a este movimiento de concentración se añade otro 
de dilatación. Mississipi aparece en 1800 con 8.850 habitantes; 
en 1840, contaba ya 375.651. Arkansas no suena hasta 1820, 
en que presenta una población de 14.273 habitantes; en 1840 
tiene cerca de cien mil. Indiana contaba en 1810, 4762; treinta 
años después, 685.866. Últimamente Ohio, que en 1800 regis- 
tró una población de 40.365, contaba en 1840 un acrecenta- 
miento de más de millón y medio. Asómbrese usted de este 



82 DOMINGO F. SARMIENTO 

diluvio de hombres que los primeros colonos en un desierto 
ven llegar y establecerse en los alrededores. Me han mostrado 
un hombre que no era viejo, el cual había visto nacer, desen- 
volverse y crecer uno de aquellos grandes estados, ¿De dónde 
salen estos hombres, desde que ya no hay Deucaliones que los 
produzcan tirando piedras hacia atrás? La inmigración euro- 
pea figura en segundo plano en estas sucesivas inmigraciones, 
por más que aparentemente sea su número muy considerable. 
Los Estados viejos o adultos enjendran a los que van apare- 
ciendo. El indian hatter, odiador del indio, va adelante, espar- 
ciendo los miembros de esta singular secta ins'intiva, que tiene 
por único dogma perseguir al salvaje, por único apetito el ex- 
terminio de las razas indígenas. Nadie lo ha mandado; él va 
solo al bosque con su rifle y sus perros a dar caza a los salva- 
jes, ahuyentarlos y hacerles abandonar las cacerías de sus pa- 
dres. Detrás vienen los squatters, misántropos que buscan la 
soledad por morada, el peligro. por emociones, y el trabajo de 
desmontar por solaz. Siguen a distancia los pioners abriendo 
las selvas, sembrando la tierra y diseminándose en una grande 
esfera. Vienen en seguida los empresarios capitalistas con emi- 
grantes por peones, y fundando ciudades y aldeas según que 
los accidentes del terreno lo aconsejan. Sobre estos cuadros 
viene en seguida a colocarse la inmigración propietariar, me- 
cánica, industrial, joven, que se desprende de los Estados an- 
tiguos a buscar y crear la fortuna. 

En esta expansión de la población norteamericana se 
muestran grados de civilización muy marcados, desapareciendo 
casi del todo en los extremos, al oeste por la diseminación de 
los habitantes y la rudeza de las ocupaciones campestres, al 
sur por la presencia de los esclavos, y por las tradiciones es- 
pañolas o francesas. Medio siglo bastaría para que la barbarie 
incurable de nuestras campañas argentinas se mostrase en las 
extremidades de la Unión, si los elementos vivos de regenera- 
ción que encierra aquel país no constituyesen un flujo y reflujo 



ESTADOS UNIDOS 83 

que tiene en actividad toda la masa, y evita que las partes le- 
janas o aisladas se estagnen y degeneren. 

La inmigración europea es allí un elemento de barbarie, 
quién lo creyera! El europeo, irlandés o alemán, francés o 
español, salvo las excepciones naturales, sale de las clases me- 
nesterosas de Europa, ignorante de ordinario, y siempre no 
avezado a las prácticas republicanas de la tierra. ¿Cómo hacer 
que el inmigrante comprenda de un golpe aquel complicado 
mecanismo de instituciones municipales, provinciales y nacio- 
nales, y más que todo, que se apasione como el yankee por 
cada una de ellas, y las crea ligadas con su existencia y como 
parte de su ser, de tal manera que si descuidara ocuparse de 
ellas y de los intereses a que se ligan, temería que su vida y 
su conciencia estaban a un tiempo en peligro? ¿Cómo habi- 
tuarlo al meeting a que cada instante recurre el pueblo para 
expresar his sentiment; y una vez expresado, una vez votados 
una serie de and to be furtlier resolved, sentir aquel desahogo 
y como descargo de un peso que experimenta el norteameri- 
cano, comq si hubiera producido un hecho, o desvanecido la 
opinión que combate? Así es 'que los extranjeros son en los 
Estados Unidos la piedra de escándalo, y la levadura de co- 
rrupción que se introduce anualmente en la masa de la sangre 
de aquella nación tan antiguamente educada en las' prácticas 
de la libertad. El partido zvJiig, que es la parte más racional 
de la nación, ha intentado muchas veces poner trabas a la in- 
migración, y sobre todo prolongar por muchos- años el apren- 
dizaje, que requiere el uso de los derechos políticos. El par- 
tido natiyista, hoy extinto, trató de crear una especie de fana- 
tismo nacional, parecido, aunque por motivos contrarios, a 
nuesíro americanismo ; pero disiparon luego el interés de cada 
Estado naciente los primeros nubarrones de preocupación que 
empezaban a levantarse, ¡Los Estados antiguos podían pres- 
cindir de los extranjeros, pues que ya estaban densamente po- 
blados y ofrecen poco aliciente a los advenedizos. No así los 
estados del oeste, que pusieron desde entonces en pública su- 



84 ' DOMINGO F. SARMIENTO 

basta la ciudadanía, bajando a porfía los años de residencia y 
excusando requisitos para obtenerla. 

Contra esta relajación de la disciplina de los mayores y 
la más sensible que trae la diseminación de la población de las 
campañas, la organización social de aquel país tiene medios 
eficacísimQS y que ya hubieran producido sus resultados, si 
no fuese una obra interminable mientras continúen llegando 
i barban de Europa por centenas de miles, y hayan acres de 
bosques por descuajar por millares de millones. Estas fuerzas 
de atracción, depuración y pulimento, son tan importantes que 
me permitirá usted irlas enumerando. 

La posta diaria es la que más sensiblemente obra. La 
posta sonará a las puertas áe cada aldea lejaqa y depositará en 
ella, en algún papel público, un tópico de conversación, y una 
noticia de las novedades de la Unión. Usted concibe que es 
imposible barbarizarse donde la posta, como una gotera diaria, 
está disolviendo toda indiferencia nacida del aislamiento. No 
olvide que esta posta recorre 134.000 millas, y que en partes 
tiene por auxiliar el telégrafo. 

Paso por alto la influencia civilizadora e irritante de la 
prensa periódica. 

El juicio por jurados llama a los hombres de las campa- 
ñas a cada instante a reunirse, para juzgar causas criminales, 
y el payo juez oye la acusación y la defensa, pesa las razones, 
compulsa leyes, se habitúa a su mecanismo y juzga con toda 
seguridad de conciencia. El hábito del jurado ha creado el 
crimen civil, impune, horrible, que se llama la Ley de Lynch. 
Como Jesús decía: "Donde quiera que estaréis reunidos tres 
en mi nombre, yo estaré con vosotros", la Linch's lazu ha dicho 
al yankee de los bosques : "Donde quiera que os reunáis siete 
en nombre de la voluntad del pueblo, la justicia será con vos- 
otros". Guárdese usted en el Far-West o en los Estados de 
esclavos de encontrarse con siete hombres reunidos y provocar 
sus pasiones. Será, usted colgado por aquellos jueces, más te- 
rribles y más arbitrarios que los jueces invisibles de los tribu- 



ESTADOS UÑIDOS S5 

nales secretos de la Alemania antigua. La ley lo permite, y 
aquellas conciencias torvas ^quedan exentas de todo remordi- 
miento, ni más ni menos que el inquisidor español que veía 
arder la víctima que con sus ardides había llevado a la hoguera ; 
así la religión y la democracia caen en el crimen cuando se exa- 
geran sus principios y sus objetos. 

No ejerce menor influencia civilizadora la elección de pre- 
sidente. El norteamericano hace cincuenta elecciones al año. 
Derrotado en el consejo de instrucción pública, se echa con el 
mismo ardor en la de sacristán de su capilla; si pierde ahí, 
espera con redoblado encarnizamiento la de attorney, la de 
diputados para su Estado o la de gobernador. No lo exalta 
menos la que requiere la renovación de las cámaras, e incuba 
un año entero su ojeriza contra un candidato para la presiden- 
cia y su amor por otro. Entonces la Unión se agita por sus 
cimientos ; los sqiiatters salen de los bosques como sombras 
evocadas por un conjuro. La suerte de cada uno de aquellos 
galápagos, está comprometida en el éxito; amenaza no sobre- 
vivir al triunfo del candidato wigh, cual si dijéramos retró- 
grado; y si el escrutinio deja burladas sus esperanzas, aprieta 
los puños se alejan en dirección a su morada, jurando desqui- 
tarse en la elección de pastor de su doctrina. 

La elección de presidente es, pues, el único vínculo que 
une entre sí a todos los extremos de la Unión, la preocupación 
nacional única que conmueve a un tiempo a todos los hombres 
y a todos los Estados. La lucha electoral, es, por tanto, un des- 
pertador, una escuela y un estimulante que hace revivir la vida 
adormecida por las distancias y la rudeza del trabajo. 

Pero el mayor de todos los reactivos constituyelo el sen- 
timiento religioso. Pasma, sin duda, a un católico tibio que 
llega de nuestros países ver la escala extensa y elevada en que 
la religión obra, en medio de aquella extrema libertad. Desde 
luego la Biblia está en toda la Unión, desde el logehouse del 
bosque hasta los hoteles de las grandes ciudades, obrando en 
bien y en mal, los efectos de su lectura diaria. Digo en mal, 



S6 DOMINGO F. SABMIENTO 

porque el apego a la letra del texto produce consecuencias 
desastrosas en los ánimos estrechos. Sábese que en la nueva 
Inglaterra rigieron por mucho tiempo las leyes de Moisés; tal 
era y es aún la idea de la perfección inmaculada de cada frase 
y de cada versiculo de la Biblia, A bordo de un buque se ha- 
blaba de las maravillas del cloroformo. Un médico aseguraba 
que podia aplicarse sin peligro a los alumbramientos. — ¿Y 
usted lo aplicará a su mujer? preguntaba un puritano presente. 
— ¿Por qué no? — Pues yo no lo haria, replicó seriamente el 
interlocutor. — Eso depende del grado de confianza de cada 
uno en su eficacia. — No, señor; el Génesis dice: parirá la mujer 
con dolores; y usted contraria la voluntad de Dios. Como se 
ve, la cuestión del cloroformo era mirada por el lado de la 
conciencia, y medida su bondad en el cartabón de la Biblia. 

El acento nasal de los yanquis, más pronunciado en el in- 
terior, viéneles de la lectura cotidiana de la Biblia; pero en 
despecho de estos pequeños inconvenientes, produce, por otra 
parte, resultados inmensos. La historia aunque trunca, los pre- 
ceptos de la moral, las frases evangélicas, se pegan a la mente 
' del lector ; y la plática del pastor se refiere cual comentario a 
aquellos puntos que el oyente conoce _y sobre cuya significación 
su ruda mente pedia esclarecimientos. La lluvia de la palabra 
cae entonces sobre terreno abierto y sediente, y no como la de 
nuestros predicadores ordinarios, que la arrojan al viento en 
las plazas públicas, condimentándolas no pocas veces con gro- 
serías para que sirvan éstas de mordiente al caer sobre las na- 
turalezas brutas del pueblo. La polémica de las sectas da más 
animación y actuahdad a estas lecturas, y la vida entera de un 
hombre no basta para penetrar en los misterios que encierra en 
inmenso catálogo su libro sagrado. Sesenta y siete colegios de 
teología difunden por toda la Unión la ciencia religiosa, mien- 
tras que alcanzan apenas a diez los consagrados a las leyes, 
produciendo, sin embargo, un número de más de veinte mil 
abogados. El número de obras originales sobre aquel punto 66 
tres veces mayor en los Estados Unidos que el de otras consa- 



ESTADOS UNIDOS 87 

gradas a investigaciones de la ciencia. Esta peculiaridad nacio- 
nal hará de aquel pueblo una entidad aparte en el mundo mo- 
derno. 

Para mantener el fuego sagrado, hay en viaje permanen- 
te por las campañas remotas, millares de pastores viajeros, 
que pasan toda su vida en misión; hombres rudos y enérgicos 
que llevan a todas partes la agitación, despiertan los ánimos., 
excitándolos a la contemplación de las verdades eternas. Son 
éstos verdaderos ejercicios espirituales, como los de los cató- 
licos; más espirituales aún, pues, sin amedrentarlos con las 
-penas del infierno, el pastor o los pastores reunidos en un mi- 
tin religioso, al aire libre o en algún galpón improvisado, sa- 
cuden las embotadas inteligencias de los campesinos, les pre- 
sentan la imagen de Dios en formas grandiosas, inconcebibles ; 
y cuando el estimulante ha producido su efecto, envían a las 
mujeres al bosque de un lado y a los hombres del otro, para 
que mediten a sus solas, se encuentren en presencia de sí mis- 
mos viendo su nada, su desamparo y sus defectos morales. 

Los resultados de esta curación moral son extraños e in- 
explicables. Las mujeres entran en delirio, se tuercen y revuel- 
can por el suelo, echando espumarajos ; lloran los hombres y 
aprietan los puños, hasta que, al fin, un himno religioso, ento- 
nado en coro, empieza, lentamente, a dulcificar aquellas santas 
amarguras ; la razón recobra su imperio, la conciencia se 
aquieta y tranquiliza, y una. profunda melancolía se pinta en 
los semblantes, mezclada de síntomas de bondad moral, como 
si hubiese robustecídose el sentimiento de lo justo con aquel 
vomitivo aplicado al espíritu. Los profanos que han presencia- 
do estas escenas en las campañas, atribuyen aquellos efectos 
singulares de la palabra a la excitación que producen sobre el 
cerebro las ideas elevadas, en personas que por la monotonía de 
la vida aislada que llevan, pasan meses enteros sin experimen- 
tnr emoción alguna de placer ni de dolor. Es aquel un drama 
entre Dios y la criatura, cuyas peripecias tienen despierto al 



88 DOMINGO F. SARMIENTO 

auditorio que es la parte más activa de la representación. Aca- 
so el cerebro tiene movimientos y revoluciones como otros ór- 
ganos del cuerpo humano también. Pero en todo caso el habi- 
tante del Far West en nada se parece al bárbaro pastor o al 
labrador de nuestras campañas, pues que está abundantemente 
preparado para oir la palabra divina por la lectura de la Biblia 
y por los comentarios teológicos de los divinistas, Pero lo que 
de todo esto importa para mi objeto, es que mediante los ejer- 
cicios religiosos, las disidencias teológicas y los pastores am- 
bulantes, aquella grande masa humana vive toda en fermen- 
tación, y la inteligencia de los más apartados habitantes de los 
centros se conserva despierta, activa, y con sus poros abier- 
tos para recibir toda clase de cultura. A semejanza de una cu- 
ba, que no im.porta la calidad del líquido que encierre, se man- 
tiene ajustada y apta para servir; mientras que si se le deja 
vacía, las duelas se tuercen, los arcos se aflojan y queda con 
la acción del tiempo y las fluctuaciones de la intemperie, in- 
utilizada para siempre. 

Pero abra Vd. paso, todavía para un elemento civilizador, 
el más activo que mantiene la vida en aquellos pueblos, reli- 
gioso, político, industrial, lleno del espíritu antiguo de las ce- 
lonias, como, asimismo, accesible a todos los progresos de la 
inteligencia moderna, el descendiente de los viejos peregrinos, 
el heredero de sus tradiciones de resignación y de endurecimien- 
to al trabajo manual, el elaborador de las grandes ideas socia- 
les y morales que constituyen la nacionalidad nortemaricanv'»., 
el habitante, en fin, de los Estados de la Nueva Inglaterra, 
Maine, New Hamphire, Massachusetts,etc. Pie aquí la raza 
bramínica de los Estados Unidos. Como los bracmanes des- 
cendiendo de las montañas del Himalaya, los habitarntes de 
aquellos antiguos Estados, se diseminan hacia el C/este de la 
Unión, educando con su ejemplo y sus prácticas a los pueblos 
nuevos que surgen sin pericia y sin ciencia sobre la faz de U 
tierra apenas desmontada. Recuerda Vd. que los peregrinos 



KSTAI)08 UNIDOS 89 

eran ciento cincuenta sabios, pensadores, fanáticos, entusiastas, 
políticos, emigrados y probados por todas las calamidades que 
pueden caer sobre los hombres; recuerda Vd., sin duda, que 
no quisieron que con ellos se embarcase un sirviente al alejarse 
de las costas de la Europa, resueltos como estaban a labrar 
la tierra con sus propias manos y no reconocer desigualdades 
sociales en la nueva patria que iban a buscar en la América: 
recuerda Vd., que se sentaron todos debajo de una encina de 
donde hoy está Boston, y después de dar gracias al Dios de Is- 
rael por su feliz arribo, discutieron las leyes que se darían para 
gloria de Jehová y su libertad personal; recuerda Vd., por fin, 
que esos hombres en aquella época establecieron escuelas públi- 
cas, obligando a cada padre, tutor o patrón de niños, a darles 
educación elemental para el espíritu y un oficio manual para 
el sustento del cuerpo. Pues bien, los hijos de aquella escogida 
■porción de la especie humana, son aun hoy los mentores y los 
directores de las nuevas generaciones. Créese que más de un 
millón de familias descienden, en toda la Unión de aquella no- 
ble estirpe. Ellos han impreso en la fisonomía del yankee aque- 
lla plácida bcndad que se nota en la clase más educada. Ellos 
llevan a toda la Unión la aptitud manual que hace de un nor- 
teamericano una maestranza ambulante; la energía férrea para 
luchar con las dificultades y vencerlas ; y la aptitud moral e 
intelectual que lo pone al nivel, si no en la línea superior, a 
lo mejor de la especie humana. Estos emigrantes del Norte 
disciplinan las poblaciones nuevas, les inyectan su espíritu en 
los mítines que presiden y provocan ; en las escuelas, en los 
libros, en las elecciones y en la práctica de todas las institucio- 
nes norteamericanas. Las grandes empresas de colonización y 
ferrocarriles, los bancos y las sociedades, ellos las inician y lle- 
van a cabo. Así es que la barbarie producida por el aislamiento 
de los bosques, y la relajación de las prácticas republica- 
nas, introducidas por los emigrantes, encuentran en los descen- 
dientes de los puritanos y peregrinos un dique y un astringente. 



90 DOMINGO F. SARMIENTO 

Hay, pues, flujo y reflujo, entre estas dos fuerzas contra- 
rias; y por más que fuera rápida la dilatación de la Unión y 
la mezcla y yustaposición de los pueblos, ellos acabarían, al fin, 
por dar homogeneidad al todo y conservarle el tipo original y 
nuevo, tradicional y progresivo que distingue a aquel pueblo. 
¿Sucede cosa igual en el resto del mundo en formas tan per- 
ceptibles y constantes? 

Acaso, creerá Vd. que aquellos instrumentos de pulimento 
y purificación nacional, a fuer de herederos de las antiguas 
creencias de los peregrinos, mantienen la inmovilidad de lais 
-ideas y constituyen una secta aparte. Bajo el aspecto religioso, 
los Estados Unidos presentan el mismo espectáculo que las 
costumbres, y que la superficie de la tierra. En ninguna parte 
del mundo puede decirse con más propiedad que Dios está he- 
cho a imagen y semejanza de los hombres. Los norteamerica- 
nos tienen de Dios las ideas elevadas que de su esencia nos 
han transmitido los hebreos por medio del cristianismo; pero 
las sectas religiosas y las prácticas se adaptan allí a la inteli- 
gencia popular, descienden a una especie que llamaría feti- 
quismo si tuviese por símbolos ídolos o manitúes ; y se eleva 
hasta la filosofía pura, el deísmo, sin perder su carácter pro 
fundamente religioso, y aun sin salir de las grandes fórmulas 
morales del cristianismo. Como en todos los pueblos eminen- 
temente religiosos, hay hoy en este momento en los Estados 
Unidos, santos, profetas, enviados de Dios, descensión y ascen- 
sión visible del Espíritu Santo, y comunión entre el cielo y la 
tierra. Hay religiones nuevas, que están naciendo y prome- 
tiendo absorber toda la tierra; los mormones, son de ayer, y 
sus inspirados y pontífices hacen milagros ; testigo de ello que 
durante mi residencia en los Estados Unidos, un profano des- 
cubrió que la luz pálida que arrojaba el sem.blante del santo 
varón, procedía de una fricción que se había dado con fósforo. 
El venerable pontífice no se dio por vencido, diciendo que to- 
dos los milagro* habían sido preparados así, ni sufrió en 1© 



ESTADOS UNIDOS 91 

menor la fe y fervor de los creyentes, que hoy ascienden a 
más de ciento cincuenta mil. 

Hay religiones danzantes, y los fieles, después de haber 
oído la oración del pastor, se lanzan a bailar hasta que el nu- 
men del baile se despierta, y el cuerpo se lanza a hacer cabrio- 
las frenéticas, e indescriptibles. Entonces créese iluminado el 
paciente, que cae al fin extenuado y demente. Como he visto 
en el baile Mabille, de París, a la Reina Pomaré, la Rigolette, 
y otras celebridades hacer diabluras, no me dejo atrapar fá- 
cilmente por estas manifestaciones del Espíritu Santo. Sobre 
estas capas inferiores del culto en los Estados Unidos descue- 
llan disidencias cristianas más respetables, tales como baptis- 
tas, metodistas, presbiterianos, congregacionalistas, cristianos, 
episcopalistas, luteranos, alemanes reformados, católicos ro- 
manos, amigos, universaUstas, unitarios y otras sectas, entre 
las cuales yo incluiría los deístas puros; pues, tal es el espíri- 
tu religioso y tolerante de aquel país, que la negación de toda 
religión, lo que nosotros llamamos la impiedad, forma una sec- 
ta aparte contra la cual nadie levanta la voz. Como una mues- 
tra de los proporciones que guardan estas divisiones, apuntaré 
que los baptistas tienen 1.130 iglesias y 4.907 pastores; los 
episcopalistas 950 iglesias, servidas por 849 pastores; los cató- 
licos 912 iglesias con 545 sacerdotes; los unitarios 200 igle- 
sias con 174 pastores, guardando todos los -demás una propor- 
ción descendente, según su colocación. 

He dicho tolerante en el sentido genuino que los america- 
nos dan a esta palabra. Las sectas religiosas, forman en los 
Estados Unidos verdaderas cofradías y naciones religiosas, no 
obstante estar entremezcladas en las ciudades y en los campos. 
El médico, el escribano, el proveedor de carne, el boticario de 
la casa, y aun el botero, ihan de ser de la misma creencia de quien 
lo ocupa. Hay guerra sorda, proselitismo, en este sentido. Pero 
la tolerancia se muestra en la impasibilidad con que un meto- 
dista oiría contradecir sus dogmas por un católico y viceversa; 



92 DOilI-XGO F. -jai-llí-NíO 

porque en los Estados Unidos los católicos que profesan por 
dogma la intolerancia religiosa, son como aquellos tigres sin 
uñas ni dientes que solemos criar en las casas. No se ha oído 
hasta ahora que un católico haya mordido a nadie en Estados 
Unidos, donde hallan muy buena la libertad religiosa de que 
disfrutan a sus anchas, no sin salvar almas todos los años de 
los engaños falaces del tentador. 

Este caos religioso, aquellas cien verdades contradictorias 
están, a su vez, sufriendo una elaboración, lenta, es verdad, 
pero segura, ascendente. Mientras la barbarie mormónica hace 
sus progresos la filosofía religiosa de los descendientes de los 
peregrinos viene de alto abajo descendiendo hasta hs profun- 
didades de la sociedad, acercando las disonancias que separan 
todas las disidencias, echando entre elhs blandas ligaduras que 
concluyen por estrecharlas, y que terminarán al fin en absor- 
berlas en el unitarismo, secta nueva, panteísta, en cuanto ad- 
mite todas las disidencias y respeta todos los bautismos, por 
cuyo intermedio se ha transmitido la gracia, y elevándose a re- 
giones más encumbradas, desprendiéndose de toda interpreta- 
ción religiosa, concluye por reunir en un sólo abrazo a judíos, 
mahometanos y cristianos, prescindiendo de milagros y minis- 
terios, como cosas que no cuadran con la forma orgánica que 
Dios ha dado al espíritu humano, y clasificándolos en el nú- 
mero de las figuras de la retórica. La moral del cristianismo 
como expresión y regla de la vida humana, como punto de re- 
unión asequible y aceptable por todas las naciones, he aquí el 
único dogma que admiten, ccmio la virtud y la humanidad el 
único culto y la única práctica que prescriben a los creyentes. 

Esta filosofía religiosa se extiende con rapidez en los seis 
Estados de Nueva Inglaterra, tiene su centro en Boston, la 
Atenas norteamericana, y cwno propagadores a los hombres 
más sabios de los Estados. 

Como Vd. ve, el espíritu puritano ha estado en actividad 
durante dos siglos, y marcha a darse conclusiones pacíficas, 



ESTADOS rXIlX)S 98 

conciliadoras, obrando siempre el progreso sin romper en gue- 
rra con los hechos existentes, trabajándolos sin destruirlos vio- 
lentamente, como lo emprendió la filosofía nacida del catoli- 
cismo en el siglo XVIU, y que tan poco camino ha hecho. Si 
recuerda el espíritu religioso que campea en los escritos de 
Franklin, notará que estas manifestaciones tienen anteceden- 
tes en la filosofía de buen sentido que inició aquel grande hom- 
bre práctico. ^ 

Concluyo de todo esto, mi buen amigo, en una cosa que 
hará pararse los pelos de horror a los buenos yanquis, y es 
que marchan derecho a la unidad de creencias y que un día no 
muy remoto la Unión presentará al mundo el espectáculo de 
un pueblo católico devoto, sin forma religiosa aparente, filó- 
sofo sin abjurar el cristianismo, exactamente como los chinos 
han concluido por tener una religión sin culto, cuyo grande 
apóstol es Confucio, el morahsta que con el auxilio de su ra- 
zón dio con el axioma: No hagas lo que no quieras que te ha- 
gan a ti mismo, añadiéndole este sublime corolario: y "sacri 
ficate por la masa". 

Si tal sucediera, y debe suceder, cuan grande y fecundo 
habrá de ser para la humanidad el experimento hecho en 
aquella porción que dará por resultado la dignificación del 
hombre por la igualdad de derechos, la elevación moral por 
la desaparición de las sectas religiosas que ahora lo subdivi- 
den, enérgico por las facultades físicas, y eminentemente ci- 
vilizado por la apropiación a su existencia y bienestar de 
todos los progresos de la inteligencia humana. Norteameri- 
cano es el principio de la tolerancia religiosa que está inscripto 
en todas las constituciones y pasado ya a axioma vulgar; ti 
Norte América fué por primera vez pronunciada esta palabra 
que debía restañar la sangre que la humanidad ha derramado 
a torrentes, y venido destilando hasta nosotros desde los pri- 
meros tiempos del mundo. Católicos, cuáqueros, calvinistas, 
todas estas variantes de una misma fe, venían a las colonias 
norteamericanas, a yuxtaponerse, sin mezclarse, prevaleciendo 



94 DOMINGO F, SABanEHTO 

los odios que íiabía engendrado la lucha en la Europa. Los 
padres peregrinos eran los más celosos exclusivistas, porque 
habían atravesado el mundo, dice Bancroft, para gozar el pri- 
vilegio de vivir por sí mismos. La guerra religiosa, la perse- 
cución había ya estallado entre aquellos miserables restos de 
un naufragio común, despedazándose entre sí, en lugar de 
prestarse mutuo auxilio y amparo para resistir a la desgracia. 
Perseguían en Europa los anglicanos a los disidentes; los ca- 
tólicos a los herejes; quemaban a porfía la Inquisición y Cal- 
vino, papas y reyes, mahometanos y cristianos, de manera 
que usted no sabía adonde darse vuelta sin riesgo de que lo 
hiciesen biftec. En Febrero de 163 1, llegó a América un 
joven maestro lleno del espíritu de Dios, y dotado de precio- 
sos dones . Llamábase Rogerio Williams . Tenía entonces 
poco más de treinta años; pero su alma había madurado ya 
una doctrina que le aseguró la inmortalidad, al mismo tiempo 
que su aplicación ha dado paz religiosa al mundo americano. 
Era puritano y venía huyendo de la persecución de la Ingla- 
terra; pero sus agravios personales no habían sido parte a 
obscurecer su clara inteligencia. La profundidad de su es- 
píritu le había descubierto la naturaleza de la intolerancia, y 
él, sólo él, llegó al principio que es su único remedio efec- 
tivo. Anunció su principio bajo la simple proposición de san- 
tidad de conciencia. El magistrado civil podía reprimir el 
crimen, pero jamás dar reglas a la opinión; castigar los de- 
litos, pero nunca violar la libertad del alma. Esta nueva con- 
tenía en sí misma una reforma completa de la jurisprudencia 
teológica, borrando del código de las leyes el delito de felo- 
nía por no conformidad; extinguiendo las hogueras que por 
tanto tiempo había tenido encendidas la persecución; dero- 
gando toda ley que hiciese obligatoria la observancia religio- 
sa; aboliendo los diezmos y toda contribución forzosa para 
el sostén de la iglesia; dando igual protección a toda forma 
de fe religiosa, sin permitir que la autoridad del gobierno 
civil se alistase contra la mezquita del musuluián, contra el 



BtTADOS VKIOOS H 

altar del adorador del fuego, la sinagoga judía, o la catedral 
romana . 

Los principios de Roger Williams lo pusieron en perpe- 
tua lucha con el clero y gobierno de Massachussetts . Wi- 
lliams no pactaba con la intolerancia, porque decía: la doctri- 
na de la persecución por causas de conciencia es evidente y 
lamentablemente contraria a la doctrina de Cristo Jesús. 

Los magistrados insistían en exigir la presencia de todo 
hombre en el oñcio divino, Williams reprobaba la ley, miran- 
do como una abierta violación de los derechos de un hombre 
compelerlo a unirse con aquellos de creencia diversa; arras- 
trar al templo a los incrédulos o mal querientes, era santifi- 
car la hipocresía. Una alma incrédula, añadía, está muerta 
en pecado, y forzar al indiferente en una creencia a entrar 
en otra, es como mudar de mortajas a un cadáver. Nadie 
debe ser obligado a adorar, por mantener una creencia, sin 
su propio consentimiento. 

Qué, le contestaban los puritanos, ¿el trabajador no me- 
rece su salario ? — Que se lo pague el que lo ocupa, replicaba 
el heresiarca de la tolerancia. Su perspicacia le hizo desde 
entonces prever la influencia de sus principios en el gobierno 
de las sociedades. En los últimos días de su vida confirmó 
sus primeras ideas diciendo : "será un acto de misericordia y 
de justicia para las naciones esclavizadas romper el yugo de 
a opresión del alma, como es de fuerza obligatoria, hacer que 
codos y cada interés y conciencia preserven la libertad y la 
paz comunes" (i). 

¡Y la luz fué! Desde Williams acá unos más pronto, 
otros más de mala gana y refunfuñando, han tenido que apa- 
gar sus tizoncitos y dejarse de esa bufonada de mal género 
que consiste en quemar hombres para mayor honra y gloria 
de Dios. 

No tengo con qué acabar cuando yo entro en el campo 

(1) Hletory of the United St(ft»e, by Georg» Banoroft. 



96 roiriNoo f. sarmiento 

de la teología; me vuelvo yankee como usted ve, y hasta gan- 
goso me pongo al leer estos razonamientos. Pero mal que le 
pese, tengo aún que apuntar una de las fuerzas de regenera- 
ción, propaganda y auxilio al moroso que tienen en movi- 
miento la inteligencia en Norte América y fuerzan a marchar 
adelante a los rezagados. Su origen y su forma es religiosa, 
si bien sus efectos se hacen sentir en todos los aspectos socia- 
les. Hablo del espiritu de asociación religiosa y filantrópica, 
que pone en actividad millares de voluntades para la conse- 
cución de un fin laudable y consagra caudales gigantescos a 
la prosecución de su obra. En este punto el norteamericano 
se ha creado necesidades espirituales tan dispendiosas e im- 
prescindibles como las del cuerpo mismo, y esta provisión de 
necesidades del ánimo, aquel tiempo, trabajo y dinero emplea- 
do en dejar satisfecho un deseo, una preocupación, muestra 
cuan activa es la vida moral de aquel pueblo. ¿Quién pudiera 
ser más infatigable propagandista que el católico exclusivo 
para quien no hay salvación fuera de la iglesia, y está en 
posesión de una verdad, de que ve a tantos millares de sus 
semejantes extraviados? Preguntadle al clero más intolerante 
cuánto dinero gasta de su bolsillo para proseguir la reducción 
de los infieles, la moralización de las masas. Poquísimo, por 
desgracia, y ese poco no es debido al sentimiento religioso que 
lo anima, sino a las cualidades personales y a las predisposi- 
ciones de ánimo del que se consagra a las obras de propaganda 
y filantropía. ¿A quién le ha ocurrido en la América espa- 
ñola intentar una cruzada contra la borrachera? En Estados 
Unidos se cuentan ya por millares los propagandistas celo- 
sos de la templanza, y por cientos de miles los que han subs- 
cripto la obligación de no probar licores, hasta que la raza 
humana se cure de esta enfermedad que desbarata toda eco- 
nomía y destruye toda moralidad. 

El norteamericano satisface deberes, y lleha necesidades 
de su corazón y de su espíritu con su dinero; y si hubiera 
de formar su presupuesto anual de gastos diría loo en comer 



ESTADOS UNIDOS 97 

y vestir, 20 en propagar las buenas ideas religiosas, 10 para 
obras de filantropía, 50 para fines políticos, 20 para civiliza- 
ción de los bárbaros . Así distribuida la inversión del fruto 
del -trabajo, se permite la libertad de mostrarse egoísta, duro 
e interesado. 

La Sociedad americana de templanza data desde 1826 y 
ya en 1835 había en el país ocho mil sociedades, con millón y 
medio de miembros. La caridad por los borrachos nó se li- 
mita a buenos ejemplos. Cuatro mil destiladores de aguar- 
dientes desmontaron sus alambiques, ocho mil comerciantes 
se abstuvieron de vender licores, y mil doscientos buques se 
hicieron a la vela sin provisión de aguardiente. La legisla- 
tura de Massachusetts prohibió la venta de líquidos alcohó- 
licos por menos de 15 galones. The tract soctety, que tiene por 
objeto moralizar las clases ambulantes, como los marineros y 
'Otros, publicó en 1835 cincuenta y tres millones de páginas. 
La Sociedad americana de escuelas dominicales, formada en 
1824, recolectaba diez a' os después 136.855 pesos en un año, 
había hecho 600 publicaciones diversas, y estaba en contacto 
con 16.000 escuelas, 115.000 maestros, cerca de 800.000 dis- 
cípulos . 

La Sociedad bíblica americana ha recibido desde su fun- 
dación hasta ahora poco, dos millones y medio de pesos, y 
abandonado a la circulación cerca de cuatro millones de ejem- 
plares de la Biblia. Omito hablar a Vd. de las misiones en el 
Occidente, en cuyos países una sola de ellas mantiene 308 
misioneros, 478 escuelas, 17 imprentas, 4 fundiciones de tipos 
para imprimir libros en idiomas ignorados aun de nombre 
en Europa. Los resultados de las misiones americanas en 
Sandwich los conocemos todos para que haya de detenerme 
sobre ellos, pues mi ánimo al recordar todas estas sociedades 
es sólo hacer sensible una de las muchas fuerzas civilizado- 
ras que están en continua acción para mejorar moral, religio- 
sa y políticamente la condición del pueblo. No es raro ver 
un banquero como Girard, que deja millón y medio de duros 



98 DOMINGO F. SARMIENTO 

para que se funde un colegio en que se eduquen jóvenes bajo 
ciertas condiciones por él prescriptas, y otros filántropos que, 
como Franklin, dejen un fondo para que dentro de dos siglos 
se disponga de los intereses capitalizados. En todo este enor- 
me y complicado trabajo nacional, verá Vd. predominar una 
grande idea, la igualdad; un sentimiento, el religioso, depura- 
do de las formas exteriores; un medio, la asociación, que es 
el alma y la base de toda la existencia nacional e individual 
de aquel pueblo. 

ELECCIONES 

Dos cosas me habían hecho desear inspeccionar personal- 
mente los Estados Unidos. La colonización y la práctica del 
sistema electoral ; el modo de poblar el desierto, y la manera 
de proveer al gobierno de la sociedad. Sobre lo primero mis 
deseos quedaron satisfechos, y pude ver claro, y darme cuen- 
ta de todo el mecanismo. Un hecho al parecer tan espontá- 
neo, tan irregular, encierra, sin embargo, una teoria, una 
ciencia y un arte. Hay un sistema de principios, de leyes y 
de reglas para colonizar prósperamente, de cuya infracción 
u olvido han resultado todas las poblaciones raquíticas de 
nuestros países. Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, 
Valparaíso, son ciudades posteriores a la formación de las 
colonias españolas. Toda la ocupación de la América del Sur 
está montada en los errores más garrafales en el arte de 
poblar; y la mitad de los desastres de nuestras repúblicas es- 
taban ya preparados por el sistema de colonización espa- 
ñola. Era esta una mina que debió reventar con el fuego de 
la independencia. Mis aserciones las justificaré en un trabajo 
especial sobre los sistemas y medios de población y ocupa- 
ción del territorio. Creo con esto haber llenado un vacío en 
nuestros conocimientos americanos. 

No anduve tan feliz en materia de elecciones. Es cosa 
ésta para vista, pues por lo que hace a principios generales, 
cada Estado, y la constitución de los Estados Unidos en ge- 



ESTADOS UNIDOS 99 

neral, dan idea insuficiente. Durante mis rápidas excursiones 
en aquel país, no me cupo en suerte ver elecciones sino una, 
en Baltimore, de mayor autoridad, equivalente a la de lord 
mayor de Londres, a lo que creo. Era preciso haber pre- 
senciado muchas elecciones, en distintos lugares y con diver- 
sos objetos, para penetrar en la práctica de las instituciones 
norteamericanas, el juego de las pasiones politicas, y las 
combinaciones de los partidos. ¿Puede haber materia de es- 
tudio político más grande que la del medio preciso, exacto, 
de hacer llegar a los destinos públicos el hombre más apto 
para desempeñarlos? Podemos estar seguros de haber con- 
ñado la ejecución de un cuadro, de un palacio, de una nave 
al primer artista o constructor de la tierra; pero, ¿podremos 
acercarnos siquiera a la verdad cuando se trata en un Estado 
de confiar a un individuo, diputado, presidente o corregidor, el 
encargo de producir el mayor bien posible para toda una so- 
ciedad, y, acaso, para generaciones y para la humanidad 
entera? El sistema electoral es, todavia, un caos por desembro- 
llar; un germen apenas fecundado, y sólo en los Estados Uni- 
dos se ha desenvuelto lo bastante por una práctica compara- 
tivamente larga. 

El único incidente electoral que presencié fué el empeño 
de los diarios demócratas en exaltar a los irlandeses emigran- 
tes contra el candidato del partido whig, invitándolos a que 
se reuniesen con los demócratas en la elección . Este espec- 
táculo no era por cierto muy edificante. La chusma irlandesa, 
apenas llegada de Europa, es allá lo que en Chile son los ro- 
tos, y al juicio de uno y otros, echado en la balanza en cuanto 
conocimiento de la conveniencia pública, no le da, sin duda, 
mucha importancia. 

No pudiendo de propia experiencia transmitirle mi juicio 
sobre lo que no vi en materia de elecciones, lo suplo extrac- 
tando de los viajes del frenologista Combe, cuanto a este res- 
pecto ha dejado escrito. Es un buen testigo, y su saber, el 
ser inglés, amar la república, y una imparcialidad y franqueza 



100 DOMINGO V. SARAÍIENTO 

sincera, lo hacen un juez competente y una autoridad. Lo 
que sigue es una traducción de este autor: 

"A lo que he podido comprender, los candidatos para los 
empleos del lEstado no van de puerta en puerta a solicitar 
votos en Massachussetts, como lo he visto en Escocia. Esta- 
mos en vísperas de una elección anual, y se han convocado 
meetings preparatorios por cada uno de los partidos de la 
ciudad. Estos eligen para representante delegados prepara- 
torios de todas las asambleas, y preparan una lista de candi- 
datos para ser propuestos a su partido, como personas com- 
petentes para llenar el empleo vacante. Elámanse estas listas 
tickets. El ticktet whig como el ticket democrático se anun- 
cian por los diarios de los respectivos partidos, siendo el uno 
sostenido, y atacado el otro con todos los hechos, argumen- 
tos, agudezas y aun me temo que por todas las invencio- 
nes, falsedades, que el talento y la malicia de cada partido 
puede aducir en sostén de sus propios candidatos y en des- 
doro de los contrarios. Debemos deplorar el olvido de la ver- 
dad, cortesia y delicadeza que estas luchas traen en la 
prensa pública, sin embargo de que todos los que se han mez- 
clado en la vida pública saben que prácticas semejantes des- 
honran en una grande extensión la prensa británica. 

"Los votantes están registrados en un libro y la ciudad 
y condados divididos en distritos de convenientes dimensio- 
nes, en cada uno de los cuales se establece una mesa y se 
anuncia públicamente. Los electores acuden a estas esta- 
ciones el día de las elecciones; cada uno anuncia su nombre 
al empleado encargado del registro; y si está, en efecto, regis- 
trado, el votante pasa a la urna y deposita en ella su lista 
impresa y se retira. Numerosos partidarios de cada bando 
asisten para impedir las tentativas de votar bajo un nombre 
falso. Ningún hombre puede votar dos veces, porque es bo- 
rrado en el registro desde que aparece la primera vez. El 
voto no está firmado por el votante, porque esto traicionaría 
el secreto de su voto; pero le miran prolijamente la mano, 



ESTADOS UNIDO» 101 

para que no introduzca dos o más tickets en la urna. Al nn de 
la elección los tickets son examinados, y después de una com- 
probación de los votos, hecha por empleados nombrados al 
efecto, quedan electos los candidatos que tienen mayoría ab- 
soluta sobre el número total de votantes. Si un individuo no 
está satisfecho con el ticket de su partido, puede borrar al- 
gunos nombres y substituirlos con otros de su elección. 
Como, por lo general, no hay concierto entre los que tales al- 
teraciones hacen, rara vez \'en electos a sus candidatos, no 
consiguiendo otra cosa que debilitar a su propio partido. 
Estos votos son mirados como separados, y técnicamente se 
les llama extraviados. Alguna vez acontece que haya dos o 
más tickets, conteniendo cad^ uno de ellos listas de diferen- 
tes candidatos, y si cada una de estas listas se presenta en 
número igual, el resultado es que no hay elección. Cada lista 
puede ser sostenida por un tercio o menos de votantes; y 
como por la ley es esencial para que haya elección una ma- 
yoría sobre todos los votantes, ningún candidato es electo. 
Entonces se señala día para proceder a nueva elección. Me 
he asegurado de que la intimidación en el sentido inglés de 
la palabra, es desconocida. Si se intentase causaría mucha 
alarma y sería resistida con buen éxito. El voto de cada 
hombre es conocido de su partido, y aunque cada individuo 
tiene en su poder medio de ocultarlo, pocos o nadie lo hacen. 
Xo hay conm.oción ni excitación hostil en las elecciones. 

"He hecho repetidas investigaciones sobre el mecanismo 
interno puesto en operación antes de las elecciones, y me 
han informado qne es el siguiente: cada partido nombra co- 
misiones en cada distrito para solicitar votantes. Conversan 
con ellos con respecto al mérito de los candidatos presentados 
en su ticket, a fin de persuadirlos a que vayan a votar por 
ellos. Los miembros ricos subscriben una suma de dinero 
para pagar los gastos de discursos, impresos, avisos, salones 
para los meeiings, y aun carruajes para traer los enfermos 
a las mesas en cada elección. El número de votantes son la 



102 DOMIXGO F. SARMIENTO 

mitad o los dos tercios de todos los que tienen derecho de 
votar, a no ser en ciertas ocasiones de grande excitación, en 
que casi todos toman parte. Los abogados toman una gran 
parte en las elecciones; pero el clero y los médicos casi no se 
ocupan de esto. Pueden algunos individuos de entre aquellas 
profesiones hacerlo, pero éstas son excepciones de la regia 
general. <Los que conocen los movimientos del mecanismo po- 
lítico en Inglaterra, reconocerán a este respecto la semejanza 
entre uno y otro país. Me han asegurado que en los Estados 
Unidos la urna no ofrece protección ninguna al votante. Sá- 
bese perfectamente por quién vota cada individuo; y no hay 
intimidación, porque el hombre que amenazase a otro con. las 
consecuencias de votar en tal sentido, sería deshonrado públi- 
camente. Los políticos consideran que nosotros, los ingleses, 
damos mucha importancia a la urna en Inglaterra, y me ase- 
guran que ella no protege al votante como esperamos. Pero 
no conocen la condición de abyecta dependencia de muchos 
de los votantes ingleses, ni la violencia que se practica sobre 
sus conciencias; no comprendiendo la indulgencia con que son 
mirados en Inglaterra los intimidadores". 

Elección en el Estado de Nueva York. Hoy llegó a Bos- 
ton la noticia de las elecciones de los miembros de la legislatu- 
ra, gobernador, etc., de Nueva York: 

"El partido ivhig sacó a la plaza dos piezas de artillería 
de bronce pertenecientes al Estado, e hiciéronse salvas. Con 
tanta simultaneidad y presteza fueron disparados ambos ca- 
ñones, que por lo pronto creí que era todo un parque de 
artillería. Preguntando cómo los cañones del Estado podían 
ser prestados para celebrar un triunfo de partido, se me dijo 
que estaban igualmente al servicio del partido opuesto cuando 
tenía alguna victoria que celebrar. 

"Hoy visitamos a Salem, una ciudad marítima a cosa de 
14 millas de distancia de Boston, más abajo de la bahía de 
la costa del Norte. Era día de elecciones en el Estado. Yo 
visité una de las mesas y encontré hombres a la puerta te- 



ESTADOS C.VIUO.S 103 

niendo las listas de los candidatos rivales, y ofreciéndolas a 
cada votante en el acto de entrar. No sin dificultad pude 
persuadirles de que yo no era votante. El votante se presenta 
al secretario de la mesa y anuncia su nombre; búscase éste 
en el registró, se marca, echa el voto en la urna y se va. 
Todo se hallaba tranquilo, y sólo unos cuantos individuos esta- 
ban estacionados en el lugar de la votación, conversando y 
calculando las probabilidades. 

"Las elecciones de Boston han sido publicadas, y a con- ' 
secuencia de una escisión del partido whig con motivo de 
la licence-law, aquel partido ha perdido por una gran dife- 
rencia. Por la ley, debe concurrir mayoría sobre el número 
de electores para que haya elección. Tres listas de candida- 
tos se presentaron en las mesas. Una por los candidatos de- 
mocráticos ; otra por los whigs que eran contra la lincence-laiv 
(ley prohibiendo vender aguardiente por menos cantidad de 
quince galones) y otra por los whigs, sin expresión de opinión 
alguna sobre aquella cuestión. Sólo aquellos individuos cuyos 
nombres se hallaban en ambas listas whigs tuvieron mayoría 
sobre el número de votantes y fueron electos. Debe haber 
una nueva eleccción para los que tenían menos, y que no son 
electos por tanto. 

"Espero con toda confianza que como el partido zvhig ha 
triunfado en el Estado de Nueva York, propondrá y sancio- 
nará un hill para que se establezca un registro de votantes en 
aquel Estado, en donde actualmente no sólo prevalece el su- 
fragio universal (excluyendo pobres de solemnidad y difa- 
mados), sino que la calificación se hace en las mesas, circuns- 
tancia que ha conducido a las más groseras falsificaciones, y 
dado lugar a prácticas vergonzosas en la última elección, par- 
ticularmente en la ciudad de Nueva York". 

"Alborotos en Harrisburg. Harrisburg, una villa a orillas 
del Susquehannah, cerca de ciento cinco millas de Filadelfia, 
es la capital política de la Pensilvania, en donde tiene sus 
sesiones la legislatura del Estado. La legislatura se reunió a 



104 DOMINGO F. 3ABMIí:ntO 

principios de Diciembre; pero, a consecuencia de una disputa 
con respecto a un informe, dos speaker fueron elegidos, y r>e 
organizaron dos cámaras de diputados. Esto se hizo tranqui- 
lamente. Sin embargo, cuando comenzó la sesión anual del 
Senado en la tarde del mismo día, estaba reunido im atropa- 
miento con el intento de imponer a aquel cuerpo la marcha 
que había de seguir. El Senado postergó sus sesiones, y el 
atropamiento organizó una comisión de saliiación, que diri- 
• gía sus procedimientos . El desorden reinó por algunos días 
sin que ninguna de las dos cámaras de la legislatura pudiese 
celebrar sesiones con regularidad. "La cámara ejecutiva, y 
el departamento de Estado fueron cerrados, dice el goberna- 
dor Ritner, y la confusión y la alarma prevalecieron en el 
asiento del gobierno". La milicia fué convocada, y obedeció 
a la intimación. Su presencia sin derramar sangre, disipó 
todo lo que mostraba síntomas de violencia declar3da, y bajo 
su protección los miembros de la legislatura quedaron en li- 
bertad de arreglar a su modo sus propias diferencias. 

"Grande era la excitación, no sólo en Harrisburg, pues 
el asunto despertó por toda la Unión un vivísimo interés. 
Quien no esté habituado con el pueblo y las instituciones, se 
habría imaginado al recorrer los inform.es de los diarios, que 
había comenzado en Pensilvania una nueva revolución y una 
guerra civil ; mas estas impresiones se desvanecen viendo las 
cosas de cerca. En cuanto me fué posible entenderlo, los 
motivos de la disputa eran los siguientes: Una enmienda 
importantísima a la Constitución del Estado había sido últi- 
mamente adoptada por el pueblo, la cual debía tener efecto 
el I de Enero de 1839. Debe tenerse presente que las re- 
cientes elecciones acababan de dar preponderancia al parti- 
do democrático en los tres ramos de la legislatura; y cuando 
el gobernador democrático Porter entró en funciones en Ene- 
ro, hubo muchos cambios de em.pleados whigs para instalar 
en su lugar a sus oponentes. Los partidos, sin embargo, es- 
tán de tal manera contrabalanceados, que la lucha por el po- 



ESTADOS UNIDOS 105 

der es de vida o de muerte, y no hay resorte legal y político 
que no se toque por el partido whig para mantenerse en los 
empleos, y por los demócratas para expulsarlos. I^a sala de 
representantes se compone de cien miembros. De éstos hay 
electos sin disputa: 

Miembros democráticos 4S 

Id. whig 44 

Mientras hay ocho asientos del couda/do 
de Filadelfia disputados y pretendidos 
por ambos 8 

100 

*'E1 condado (sin la ciudad) está dividido en diez y siete 
distritos, y cada distrito nombra una persona, en todo diez 
y siete individuos, cuyo deber es hacer el escrutinio de los 
votos. Los diez y siete jueces reunidos examinaron los votos, 
recibieron pruebas, oyeron consejos de ambas partes, y por 
una mayoría de diez votos contra siete desecharon los votos 
de los liberales del Norte, y preñrieron los ocho candidatos 
democráticos. Pasaron al secretario de Estado estos miem- 
bros, como debidamente electos. Según ellos, la forma legal 
de pasar el informe estaba llenada; a saber, dieron certifi- 
cado de que las personas nombradas tenían el mayor núme- 
ro de votos para sus respectivos oficios, y que ellos, los jue- 
ces, los declaraban estar debidamente electos. La minoría, 
sin embargo, era de opinión que conforme a la ley, la mayoría 
de los diez y siete jueces había excedido sus poderes constí 
tucionales, declarando quiénes eran los electos. Según su in- 
terpretación de la ley, los diez y siete eran meros oficiales 
ministeriales, cuyos deberes eran sólo de escribanos, y con- 
sistían en sumar el total de votos sufragados por cada can 
didato en su distrito, e informar de ello a los oficiales corres 
pondientes. La ley no les da poder para desechar el voto de 
un distrito o de parte de un distrito. La minoría whig, por 
tanto, dio un certificado a los siete candidatos suyos, de con 
formidad a su manera de ver la ley, y lo despacharon inmc- 



106 DOMINGO F. SAHMIEIÍTO 

diatamente al secretario de Estado, que era también whig. 
Este certificado llegó antes del de los demócratas, y cuando 
el último llegó, se negó aquél a recibirlo alegando que ya 
había recibido un informe, que era su deber presentar a la 
Sala, dejándole a ésta la incumbencia de obrar según Yo cre- 
yese conveniente. Según la ley, los individuos que traen cer- 
tificado de los oficiales que extienden el informe, toman sus 
asientos y votan hasta que sean desposeídos por un -voto de 
la Sala, a petición de sus oponentes. Si estos siete whig hu- 
biesen entrado en la Sala de representantes y votado, habrían 
dado a su propio partido una mayoría temporal por lo menos, 
y bajo su ascendiente nombrado un speaker (presidente), un 
secretario, y acaso un tesorero de Estado y im auditor, ade- 
más de un senador del Estado de Pensilvania al Congreso de 
los Estados Unidos. 

"El partido democrático, considerándose en posesión botm 
fide de la mayoría de votos, y de haberse hecho un informe 
legal, no quería someterse a ser desposeído de sus ventajas, 
por lo que él designaba como un fraude whig; mientras que 
los whig, creyéndose tener certificados en regla, insistían por 
ocupar sus asientos hasta que sus oponentes obtuviesen una 
decisión de la Sala rechazando sus pretensiones. 

"Fácil es colegir la magnitud de los desórdenes que se 
siguieron a este conflicto. Los dos partidos estaban casi con- 
trabalanceados, y sus temores y esperanzas excitados profun- 
damente. El pueblo mismo es el poder dominante, y cuando 
está excitado, no teme responsabilidad alguna legal, .sino que 
lleva a efecto sus deseos y convicciones en el modo que mejor 
cuadra a las exigencias del momento. Apelará a las leyes 
cuando el mal de que se queja no se hace irremediable con 
la demora; pero, en el caso presente, si los demócratas hu- 
biesen dejado a sus oponentes tomar posesión de sus asien- 
tos, el daño se habría perpetrado ipso jacto, y recurrieron a 
nn alboroto para impedirlo. En cualquier país de Huropa, 
(¿qué diremos del resto de América?) un asalto tumultuoso 



ESTADOS UNIDOS 107 

sobre la legislatura, si hubiese tenido efecto, habría sido el 
precursor de una revolución; pero aquí es un suceso de im- 
portancia muy subalterna. En los Estados Unidos una revo- 
lución no puede conducir a otra cosa que a la pérdida de la 
libertad. El sufragio es punto menos que universal, y el pue- 
blo dige, directa o indirectamente, no solamente la legisla- 
tura, sino todos los empleados del "Estado. Las imjiginacio- 
nes más desarregladas no pueden idear una forma más de- 
mocrática de gobierno; y como no hay clase aristocrática 
que tenga intereses separados ni sentimientos diversos de 
los del pueblo que pudiese usurpar el poder, una revolución 
conduciría al despotismo. Los Estados están muy lejos de 
aquellas condiciones en que el despotismo se hace posible. 
No hay una multitud pobre, ignorante y sufriente, que un 
ambicioso pueda arrastrar a prestarle su fuerza física para 
echar por tierra las libertades de su país. Una gran porción 
de electores son dueños de fincas, mientras que la más hu- 
milde dase posee propiedad y algún grado de inteligencia. 
Todos han sido educados en el amor, no sólo de la libertad, 
sino también del poder. No hay desórdenes sociales di^os 
de mención, y los que existen no son de naturaleza de indu- 
cir a los ricos a desprenderse- de su libertad, a trueque de 
asegHrar la salvación de sus vidas y propiedades. General- 
mente hablando, la justicia de hombre a hombre es hecha 
bien y ejecutada vigorosamente. Solamente cuando el go- 
bierno obra contra el pueblo, o el pueblo está poseído del 
frenesí de hacer mal por medio de los tumultos, se sienten 
débiles los poderes ejecutivo y judicial. Estas ocurrencias 
son raras y nacen de causas temporales y específicas. No hay 
descontento general, reforzándose secretamente hasta que se 
halla en actitud de estallar por entre de las junturas que 
la ley deja, buscando desagravio en la anarquía y en el derra- 
mamiento de sangre. Toda injusticia es sentida, y proclamada 
por mil lenguas a guisa de trompetas, pintándola con las for- 
mas más execradas; y como el pueblo domina absoluta- 



108 DOMINGO F. 8AKMIKÍÍTO 

mente en la legislatura y en el ejecutivo, no puede durar hasta 
hacerse verdaderamente formidable. Mirados a la distancia 
los gobiernos de los Estados particulares, pueden aparecer 
tan débiles que se crea a la sociedad constantemente ex- 
puesta a la anarquía; pero cuando se examina de cerca la 
condición del pueblo, se ve que faltan los elementos de anar- 
quía. Estos gobiernos apoyados en los intereses populares^ 
en la inteligencia popular y la voluntad popular, tienen una 
base tan ancha, que en las presentes circunstancias de la 
nación es imposible trastornarlos, y como el poder de recons- 
trucción está constantemente presente, aunque fuesen dislo- 
cados en algunas de sus partes, se reúnen con una rapidez, 
y reaccionan con una actividad que muestra los más fuertes 
indicios de salud y de vigor, 

"Una democracia es un rudo instrumento de regla en ei 
estado presente de las costumbres y de la educación en les 
Estados Unidos, y no he encontrado aún un radical inglés 
que haj^a tenido el beneficio de cinco años de experiencia, 
que no haya renunciado a su creencia, y cesado de admirar 
el sufragio universal. Pero la grosería de la máquina y su eiV 
cacia son cosas diferentes. Es grosera porque la masa del. 
pueblo, aunque inteligente en comparación con las masas 
europeas, está aun muy imperfectamente instruida, cuando 
sus conocimientos y su cultura se miden con los poderes que 
tiene que manejar. Es eficaz, sin embargo, es sólida en su 
estructura, y sus bases son fuertes. 

'Xeo sin alarma las relaciones de los tumultos de Harris- 
burg, y el llamamiento de las tropas de los Estados Unidos 
para reprimir la rebelión, como la llaman muchos diarios, y 
de la marcha de mil hombres de milicia al lugar de los dis- 
turbios. Yo sé que los tumultuarios tienen fincas, tiendas, 
mujeres, hijos y otras relaciones, y que tienen un gran cui- 
dado de sus vidas e intereses; de antemano, calculaba que, 
por grandes que sean los gritos y las amenazas, no habrá ni 
derramamiento de sangre, ni destrucción de propiedad. Y así 



KSTAOOS UNIDOS 109 

sucedió en efecto. Los tumultos han desaparecido; la legis- 
latura sigue sus deliberaciones en paz, y ya empieza todo el 
mundo a admirarse de que haya pasado toda aquella bulla". 

"Derecho de sufragio de Pensilvania. — Últimamente ha 
sido adoptada una enmienda a la Constitución por el pueblo 
de Pensilvania, por la cual se hace depender el derecho d-i 
sufragio de una residencia de un año en el Estado, en lugar 
de dos que se necesitaban antes, y de diez días de residencia 
del votante en el distrito en que ha de votar, cosa que no se 
requería, y en el pago de una contribución del Estado o del 
condado. Requiérense ambas contribuciones, pero toca a la 
legislatura determinar la clase de pruebas por las cuales se 
han de acreditar aquellos requisitos y aquella residencia. Las 
personas de color residentes en el Estado, aunque libres y 
pagando contribuciones, son privadas del derecho de votar. 
Antes de la enmienda no habían palabras especiales para 
excluirlas; pero pocos se aventuraban a reclamar su privi- 
legio, tan inveterada es la preocupación contra ellos. 

"El gobernador Ritner, en su Mensaje, urge con fuerza 
sobre la necesidad de dictar leyes que regularicen las elec- 
ciones, para prevenir los fraudes que hasta ahora han preva- 
lecido. Añade que otra razón exige ahora una legislación más 
estricta y especifica sobre ese asunto : "El número de em- 
pleados que deben ser elegidos por el pueblo dará a las elec- 
ciones más interés, y a cada voto individual mayor valor 
presente y local que el que antes tenía, y sujetará, en conse- 
cuencia, el poder del votante individual, que se ha hecho hasta 
hoy el poder directo, a mayor peligro de fraude y de malas 
prácticas que antes, cuando su influencia era más remota". 

*' Apuestas sobre las elecciones. — Ritner a ade: "Yo reco- 
miendo fuertemente la sanción de una ley más efectiva contra 
las apuestas sobre elecciones, cuya práctica fonua la más 
perniciosa clase de juego. Las apuestas en el juego de otras 
clases sólo perjudican a las partes mismas, mientras que 
éste hace una herida a los derechos de todos, y destruye la 



lio IJO&TINGO F. SABMrEVTO 

confianza que cada ciudadano tendría en las decisiones de 
la urna". 

"No sólo es así, sino que también destruye la confianza 
de los hombres honrados en la naturaleza humana misma. 
Cuando la masa del pueblo a quien se le ha confiado el poder 
soberano, puede permitir a uno de sus propios miembros 
convertir el sagrado encargo de elegir gobernadores, magis- 
trados y legisladores en materia de juego, se muestra indigna 
de la libertad. La existencia de ima práctica semejante en 
tal extensión que requiera la interposición legislativa, repre- 
senta una pintura humillante del ascendiente del espíritu de 
avaricia y especulación, sobre la moralidad y la razón, en 
una porción al menos del pueblo de este Estado. El más vio- 
lento calumniador no podría inventar cargo que afectase más 
profundamente el carácter moral, y que más poder tuviese 
para destruir la confianza de los extranjeros en las institu- 
ciones de Pensilvania, como esta reconocida bajeza. Un pue- 
blo se está preparando para el despotismo cuando convierte 
las franquicias electorales en un mero asunto de especula- 
ción pecuniaria. Pero el sentimiento público se sublevó en 
virtuosa indignación contra práctica tan deshonrosa, y, como 
tendré en adelante ocasión de observarlo, la suprimió bajo 
las penas más severas". 

Elección civil de Nueva York. — La elección de Mayor y 
consejeros para la ciudad de Nueva York acaba de terminarse. 
El partido democrático ha quitado el poder a los ivhigs y anda 
ahora celebrando su triunfo. 

"Es esta una revolución en, la opinión, que ha dejado a 
todo el mundo lleno de admiración. 

"La elección es el asunto universal de conversación. Un 
periódico hace en estos términos la pintura de aquella escena: 
"Los loco- focos andan triunfantes por todas partes, sonriendo 
con todas sus infernales bocas. Al concluir la elección del 
martes pasado, viendo el diablo que él había metido en ello 
la cola, empiezo a alegrarse también, y atrajo una de esas 



ESTADOS UNIDOS 111 

tormentas nordeste que causan centenares de enfermedades 
de consunción, y traen por millares el fastidio y los diablos 
azules. ^:Pero qué cuidado se les da a los loco-focos de la 
lluvia, ni de mojarse? Cuando ellos ganen en otra región 
futura la caliente mansión que les aguarda, tendrán sobrado 
tiempo de secar sus andrajosos trapos, ante el fuego que 
jamás se extingue. Nunca sé vio Tammany-Hall y sus alre- 
dedores en tales éxtasis de contento. Las miríadas de los 
loco- focos, tan numerosas como las langostas de Egipto, 
estaban ayer en completo éxtasis en toda la ciudad. Lluvia, 
golpes, harapos, ¿quién cuida de eso? decían. Hemos apo- 
rreado a los condenados whigs, y esto basta". 

"Créese, generalmente, que en el presente caso han sido 
empleados medios deshonrosos por ambos partidos para ganar 
las elecciones. No hay registro de votantes en la ciudad, y 
el título de cada uno que pretende votar es determinado en 
la mesa. Ciudadanía y residencia son las principales califica- 
ciones. Se dice que un gran número de extranjeros han sido 
admitidos a votar por una de las cortes de ley, sin que tuvie- 
sen los requisitos legales. Se ha asegurado que los inmigrantes 
gobiernan la ciudad, con exclusión de los nativos, y se pide 
una residencia más larga y se desearía imponerla, como un 
título a la ciudadanía. También se han cometido fraudes en 
la ley que requiere residencia en un barrio, como calificación 
para votar. Cuando un partido había obtenido una fuerza 
supernumeraria de votantes legales en un barrio, pero encon- 
trádose débil en otro, había trasladado una porción de su 
número del barrio fuerte a dormir una sola noche en el 
Darrio débil: se habían presentado al día siguiente en la mesa, 
y jurado que eran residentes en él, votado, y vuelto inmedia- 
tamente a sus casas. De este modo violaban el espíritu, pero 
no la letra de la ley. Llaman a esta operación colonizar. Los 
hombres virtuosos de ambos partidos admiten que se debe 
poner término a todos estos fraudes, o la urna será una mera 
farsa; con este motivo dicen: "el que más maula hace, reúne 



112 DOMINGO F. RARMXEN'l'O 

más dinero, compra y coloniza, gana elecciones". Por esto se 
pide que haya una ley de registro. 

"Estas contiendas conducen sin referencia a principios 
morales, a desmoralizar todas las clases, y hacen un duradero 
daño a una república que no tiene otra áncora de salvación 
que la virtud de sus ciudadanos. Introducir la inmoralidad 
en las elecciones es hacer traición a su país. Verdad es que 
esta es la única forma en que un americano pueda cometer 
aquel crimen. 

"Al mismo tiempo que condeno aquellas inmoralidades 
republicanas, debo hacer justicia a las instituciones ; pues 
antes de la próxima elección se dictó una ley muy restrictiva 
para curar estos males, y ambos partidos admitían que había 
producido sus deseados efectos. Una ley de registro había 
pasado antes de mi salida, de manera que la reproducción 
de aquellos abusos era imposible. De este modo mientras 
que lamentamos las aberraciones de los americanos, no debe- 
mos cerrar los ojos a su tendencia a rectificar sus propios 
errores, y corregir los extravíos en el sendero del deber". 

"Ley de elecciones. — El 7 de mayo sancionó la legislatura 
de Nueva York una ley para remediar los abusos que se per- 
petraba en las elecciones. Por ella se dispone que toda per- 
sona que jure falso en cuanto a su calificación será criminal 
de perjurio, y las personas que indujeren a otros a jurar en 
falso, serán criminales de soborno de perjurio, y ambos cas- 
tigados en conformidad. 

"Las personas que tratasen de influir a un elector o apar- 
tarlo de votar, pagarán una multa que no baje de 500 pesos, 
o sufrirán una prisión que no exceda de un año, o amba.i 
penas a un tiempo. Eas personas que voten u ofrezcan votar 
en un barrio que no sea el suyo propio, o más de una vez en 
una elección, serán castigadas con prisión o multa en ambos 
casos. Los habitantes de otro estado que voten en este serán 
criminales de felonía, y serán puestos en la prisión de Estada 
por un término que no pase de un año". 



ESTAC03 UNIDOS 113 

"Elección de Nueva York. — El partido democrático ha 
triunfado en la elección de los miembros para la legislatura 
de la ciudad de Nueva York por una mayoría de mil qui- 
nientos. Los diarios de aquella ciudad de ambos partidos re- 
conocen que la elección ha sido conducida con orden y deco- 
ro, y que el resultado expresa francamente la opinión de la 
mayoría. Esta elección tuvo lugar bajo la ley enmendada: las 
elecciones civiles del pasado abril habían sido señaladas por 
deshonrosa corrupción en general, y perjurios de ambos par- 
tidos. 

"En el Estado de Nueva York, los whigs han elegido el 
gobernador y los electores de ambas cámaras de la legisla- 
tura; de modo que los demócratas sólo tienen ascendiente 
en la ciudad". 

"Elección de Boston. — Hoy es el dia de hacer elección 
en Boston para gobernador y otros empleados del Estado, y 
para miembros de la legislatura; y yo fui a una mesa a ob- 
servar los procedimientos. Había orden y buen humor; pero 
la opinión está profundamente dividida sobre la ley que 
prohibe la venta de licores al menudeo, y estas diferencias 
van a obrar sobre la legislatura por medio de la urna elec- 
toral. Ya he mencionado que por sólo la agitación moral, la 
causa de la temperancia había hecho tan grandes progresos 
en Massachusetts, que en 1838 la legislatura sancionó una 
ley a la cual concurrieron whigs y demócratas, prohibienflo 
la venta de todo licor que contuviese alcohol, en menor 
cantidad que quince galones, excepto con licencia especial ; 
que muchos amigos de la temperancia se opusieron a ella 
desde el principio, porque llevaban las cosas demasiado ade- 
lante, y por ser errónea en principio. En la mesa de las 
votaciones encontré un ticket regular whig, conteniendo una 
lista de puros whigs; un ticket demócrata, con una lista de 
puros demócratas, ambos sin referencia a la cuestión de 
temperancia; un ticket unión liberal, conteniendo puros 
candidatos whigs, pero una mitad partidarios y otra adversa- 



114 DOMINGO F. SARMIENTO 

riüs de la temperancia, o como decía, con mucha gracia, un 
amigo "un ticket compuesto de un vaso de ron y otro de 
agua alternativamente". Había un ticket whig temperante, 
cuyos candidatos eran todos whigs y abogados de la tempe- 
rancia; un ticket democrático temperante, en el cual todos 
eran demócratas partidarios de la temperancia. A más de 
estos había un ticket liberal whig, uno independiente demo- 
crático, otro unión temperancia, y otro abolición, no siéndome 
posible saber el significado preciso de muchos de ellos. El 
resultado de esta elección en todo el Estado fué que el gober- 
nador whig Eduardo Everett fué removido, y Mr. Marcus 
Morton, un juez demócrata, fué • nombrado gobernador por 
una mayoría de uno; los whigs conservaron su ascendiente 
en el senado y en la sala de representantes sólo por una dimi- 
nuta mayoría; y, cuando se reunió la sala, su primer acto 
fué abolir la ley sobre el menudeo de licores espirituosos casi 
a la unanimidad". 

Bl presidente de los Estados Unidos. — En marzo de 1839 
debe expirar el primer término de oficio de M. Van-Buren, y 
una nueva elección de presidente tendrá lugar en 1840. 
Desde que llegamos a los Estados Unidos los diarios whigs 
habían opuesto a Mr.' Clay como el candidato para la presi- 
dencia por parte de los whigs, a Van-Buren nombrado por 
los demócratas para ser reelecto. Los whigs han tenido una 
convención de delegados de todos los Estados en Harrisburg, 
en Pensil vania, en la cual dejaron a un lado a Mr. Clay y 
nombraron al general Harrison, residente en North-Rend en 
el Estado de Ohío como su candidato, y a Juan Tyler de Virgi- 
nia para la vicepresidencia. Mr. Clay ha escrito una hermosa 
carta renunciando a sus pretensiones y aconsejando unanimi- 
dad en las filas whigs en favor de Harrison y Tyler. Los 
delegados, al regresar a sus estados respectivos, convocan a 
los miembros de su partido a un mceting, para explicarles las 
razones que han guiado a la Convención en la elección hecha. 
Retínense, entonces, meetings de ciudad y de condados, a los 



ESTADOS UNIDOS 115 

cuales se comunican estas explicaciones. Por medio de este 
mecanismo los whigs de todo este vasto país son invitados 
a comenzar las operaciones bajo este mismo espíritu para 
asegurar el éxito del objeto de esta elección. Los demócratas 
siguen una marcha semejante; pero, como están en el poder, 
su conducta es más bien defensiva que agresiva". 

"La falta de un libro de registro de votantes es induda- 
blemente un defecto en la ley de elecciones de Nueva York; 
pero, si algún partido político propusiese tal arreglo, sería 
acusado por el otro de querer restringir los derechos popu- 
lares, y hacer de ello capital político. En la ciudad de Nueva 
York, sin embargo, prevalecía el partido democrático en 
1839, mientras que el partido whig dominaba en la legisla- 
tura del Estado. Los whigs se aprovecharon de la oportuni- 
dad suministrada por los groseros fraudes practicados en la 
elección municipal de Nueva York, para sancionar una ley 
mandando se llevase un registro de electores en aquella ciudad. 
No lo habrían hecho así para el Estado, porque el grito de 
derechos populares se habría levantado contra ellos con éxito, 
mientras que nada perdían en la ciudad por pertenecer ya a 
sus oponentes. Por tanto, estableciendo un registro para 
aquella ciudad, hacían el bien que les era posible, esperando 
ocasión de hacer extensiva la ley a otros lugares". 

"Para adquirir popularidad es preciso buscar la opinión 
pública por su lado flaco. Ya he descripto a la gran mayoría 
de los votantes americanos como jóvenes ardientes, llenos 
de impulso, activos y prácticos, pero deficientes de miras, 
profundas y extensas, y también incapaces de proseguir un 
bien distante en medio de obstáculos y dificultades. También 
dejo establecido que su educación, en proporción de los 
poderes que ejercen y de los deberes, es muy defectuosa. 
Para ganar el favor de un pueblo en esta condición de ánimo, 
no basta por sí misma la actual capacidad para conducirse 
con honradez e independencia en el desempeño de los desti- 
nos públicos; debe, además, dirigirse a sus sentimientos predo- 



116 DOMINGO V. SAKMIEKTO 

minantes, participar de sus aversiones y predilecciones capi- 
tales, y adherirse con ardor a la causa o al partido que sabe 
gozar de más alto favor. 

"El puede representar su propia capacidad para el empleo, 
y su certificado será recibido, con tal que bajo otros respectos 
su conducta y principios sean aprobados. Si en el desempeño 
de sus funciones se condujese muy mal, será depuesto del 
empleo al fin del término por el cual fué elegido; pero la más 
sabia y concienzuda ejecución no le asegurarán en lo general 
mantenimiento en el empleo, si aboga públicamente por sus 
opiniones impopulares, aunque no tengan relación con su 
empleo, o si pertenece a un partido que haya perdido el favor 
público, o sido despojado del poder. 

"El mejor remedio que puede proponerse para los males 
descriptos, me parece que consiste en una educación más 
alia, y en dar mayor preparación a los electores; si ellos 
hubiesen sido más completamen'e instruidos en su juventud 
con respecto a las leyes que reglan la prosperidad de las 
naciones como también' en las cualidades del espíritu hu- 
mano, y en la indispensable necesidad de que los empleados 
públicos tengan integridad y juicio para el recto manejo de 
los negocios, entonces exigirían de - sus hombres públicos 
más capacidad para captarse el favor popular, y de este modo 
se conservarían en posesión de los empleos hombres útiles y 
fieles". 

"La excitación del espíritu público durante la lucha por 
la presidencia es grande y universal; la lengua deja de expre- 
sar y los oídos de escuchar otras palabras que aquellas que 
se refieren a la elección ; la prensa brama bajo el peso del 
asunto, y todas las funciones de la vida parecen estar consa- 
gradas a este objeto. La elección del presidente engendra 
mucha borrachera y desorden, fraudes, mentiras, soborno, 
seducción e intirtiidaciones ; pero, también, produce muchísimo 
bien. Las medidas del gobierno son severamente examina- 
das por la razón, como también interpretadas por las pasio- 



KSTADOS UNIDOS 117 

nes; toda la Unión es conmovida por un solo interés, y la 
impresión de que todos pertenecen a una nación se agita 
vivamente. Por un momento se olvidan los intereses locales 
y una sola pulsación vibra desde el Maine al Missisipí. Mi 
temor es que sin la repetición de estas elecciones, el pueblo 
de los diversos Estados llegaría rápidamente a mirar a los 
otros como extranjeros, llevándolo, insensiblemente, a aflojar 
los lazos que ligan a una gran nación. Las elecciones de 
miembros para el congreso no producen este efecto; porque, 
aunque aquella asamblea es nacional, cada uno de sus 
miembros representa una sección del país. Sólo el presidente- 
deriva del poder del pueblo de toda la Unión". 

"En la elección que tuvo lugar en noviembre de 1839, se 
trajo a las mesas del escrutinio en Nueva York la cuestión 
de la moneda corriente. Las divisas de los partidos eran por 
una parte bancos y papel-moneda, y por la otra metálico, y 
una ley que proveyese de tesoreros en cada Estado. Estas 
son cuestiones sobre las cuales Adams Smith, Ricardo, Mac 
CuUoch, y los más profundos economistas han diferido en 
opinión. ¿Vuestra educación os habilita para entenderlas y 
decidirlas ? j No ! Y sin embargo vuestro pueblo obra, entienda 
o no entienda. Vota en favor de los sostenedores del papel, 
y el papel florece. Si sucede lo contrario, llevan al poder a 
los partidarios del metálico, y el papel y el crédito desapare- 
cen. Hace el pueblo experimentos. Pero ¡qué experimentos! 
¡Cuántos millares de individuos y de familias son arruinados 
por la violencia de cada cambio!'* 



INCIDENTES DE VIAJE 
NUEVA YORK 

Mis aventuras de viaje en los Estados Unidos no merecen 
intercalarse entre la3 reflexiones que el espectáculo de aquel 
país me ha sugerido, por lo que sólo referiré a usted algu- 
nas que creo pueden interesarle. Tomando balance a mi 
bolsa en Paris, hallé los últimos días de julio que me queda- 
ban escasos cosa de 600 duros. El viaje a través del itsmo 
sólo cuesta 700, y aún me quedaba por visitar la Inglaterra. 
Esta quiebra, que defraudaba parte de mis esperanzas, agu- 
zaba como sucede siempre los deseos. No ver la Inglaterra, 
ni el Támesis, ni aquellas fábricas de Birminghan ni Mán- 
chester! No entrar en aquel océano de casas de Londres, ni 
ver los bosques de mástiles de los docks de Liverpool ! . . . 
¡Maestro de escuela en viaje de exploración por el mundo 
para examinar el estado de la enseñanza primaria, y regre- 
sar a América, sin haber inspeccionado las escuelas de Ma- 
sachusetts, las más adelantadas del mundo! A caza de datos 
sobre la emigración, que había querido estudiar en África: 
¿podría darme cuenta de ella, sin visitar los Estados Unidos, 
el país a donde se dirigen todos los años doscientos mil emi- 
grantes? Republicano en perspectiva y con la presencia de 
la resurrección de la república en Francia: ¿volvería sin ha- 
ber visto la república única, grande y poderosa que existe hoy 
en la tierra? 

Luego, donde la realidad flaquea, la imaginación continúa 



ESTADOS CNÍDOS 1Í& 

la obra. Si llegare a la Habana siquiera, alli me ingeniaría, 
para pasar a Venezuela, donde, por la prensa, la enseñanza y 
otras trazas, me haría de recursos y de relaciones, para atra- 
vesar el continente hasta Bogotá, y de allí hasta Quito a aso- 
mar al fin la cabeza en Guayaquil, realizando por economía 
de medios, el viaje más novedoso y sorprendente que haya 
hecho americano de nuestros días. Los fenicios que circun- 
navegaron el África, se detenían, al decir de Herodoto, de 
distancia en distancia, a sembrar trigo y cosecharlo para con- 
tinuar su viaje. ¿ Por qué no me detendría yo en Caracas, por 
ejemplo, a enseñar mis métodos de lectura, borrajear páginas 
en la prensa, abrir cursos pedagógicos, y cosechar unos cuan- 
tos pesos, para irme arrastrando poco a poco hacia los climas 
del sur, de donde había partido? 

Por otra parte, volver por el Cabo Hornos a Chile era 
tan prosaico y tan desairado efecto hacía en la carta náutica 
que tenía abierta por delante, que cogiendo a dos manos mi 
valor de calavera por reflexión, y bien pesado el pro y el con- 
tra, resolví no sólo visitar la Inglaterra, los Estados Unidos, 
el Canadá, y México, y más si en ello me venía la fantasía, a 
fin de completar la idea que de largo tiempo halagaba mi 
codicia, de hacer un viaje en derredor del mundo civilizado 
¿Qué podría objetarse a este plan? Marcharía con el .reloj en 
una mano y la bolsa en la otra, y donde esía antorcha se me 
apagare... me quedaría a obscuras, y a tientas y con maña 
buscaría mi camino hasta Chile. 

Tranquilizado con estas ideas, paséeme holgadamente en 
Londres, recorriendo despacio la línea de ferrocarriles, que 
por Birmingham, Manchester, conduce a Liverpool donde 
paré ocho días con el joven argentino emigrado D. N. de la 
Riestra y establecido de muchos años en una casa de comer- 
cio. Erribarquéme en el Montesuma, buque de gran calado, 
paquete de vela que hacía once millas a la menor brisa, y 
que llevaba cuatrocientos ochenta emigrantes irlandeses a 
Norte América. Mi poco ejercicio en el inglés nie hizo tratar 



120 DOMINGO F. aAKMIENTO 

de cerca a una familia judía que hablaba el francés. Una 
vez, al salir de la cámara, como no acertase a abrir la puerta, 
un pasajero me dijo en español: tire usted que está abierta. 
Era Mr. Ward, de la casa de Huth Gruning de Valparaíso, y 
desde entonces pude creerme, gracias a sus deferencias, 
libre de perderme, desconocido en el nuevo mundo que iba 
a visitar. Un senador de los Estados Unidos regresaba de 
Europa, y conocía a Mr. Horace Mann, el célebre secretario 
del Board de Instrucción Pública de Massachusetts, y como 
llovida del cielo me venía una carta de introducción para 
este eminente maestro, pudiendo eft ella Mr. Ward responder 
que conocía la misión y la idoneidad del recomendado. JMi 
camino se aclaraba^ poco a poco, y todo temor, salvo el de 
flaquearme la bolsa, 'iba por grados desapareciendo. 

La vida de mar es poco coniábile. Por las tardes me acer- 
caba a la cubierta, a donde salían como ralas de sus cuevas 
los infelices irlandeses, desnudos, inacilentos, animada su 
existencia por la esperanza de ver, en la tierra prometida, 
el término de sus miserias. Emigraban viejas sexagenarias, y 
un ciego mendigo tocaba por las tardes la zampona, para 
que bailasen damas mugrientas, chupadas y desmelenadas, 
con galopines en cueros o cubiertos de andrajos, lo que no 
estorbaba que se agrupase en torno de aquellas parejas con 
figuras de convalecientes de hospital, un público con trazas 
de turba de casas de corrección. Habíales entrado la gana 
de morirse y seis u ocho cadáveres se arrojaban al mar algu- 
nos días, sin que el baile de la tarde estuviese por eso menos 
concurrido. 

Llegamos al fin a la rada de Nueva York, que por sus 
ensenadas y profundidad, como por la belleza del paisaje, 
recuerda, con colores más suaves y formas menos grandiosas, 
la de Río de Janeiro. La vista de esta naturaleza plácida des- 
pierta involuntariamente en el ánimo el recuerdo de los carac- 
teres de Washington y de Franklin, prosaicos, comunes, sin 
brillo, pero grandes en su sencillez, good-natHred sublimes 



FsTAiws rxinos 121 

a fuerza de buen sentidu, de laboriosidad y honradez. Iba 
preparado al espectáculo, y no me sorprendieron ni las colinas 
hermosísimas cubiertas de bosques, ni las caletas, canales y 
ensenadas que rodean la ciudad, llenas de barcas y cruzadas 
por centenares de vapores. Nueva York es el centro de la 
actividad norteamericana, el desembarcadero de los emigran- 
tes europeos, y por tanto, la ciudad menos americana en su 
fisonomía y costumbres de las que presenta la Unión. Barrios 
enteros tienen calles estrechísimas y desaseadas, alineadas de 
casas de mezquina apariencia. Los cerdos son personajes 
obligados de las calles y escondrijos, donde nadie les disputa 
sus derechos de ciudadanía. Ocupa el centro de la parte más 
hermosa de la ciudad el Broad-Way, la calle ancha que toca 
por un extremo en Garden Castle, y en su desenvolvimiento 
enseña Trinity Church, templo gótico de hermosa arquitectura 
y de cierta magnificencia, cosa rara en los Estados Unidos. 
Ha sido construido por acciones, como todas las grandes em- 
presas norteamericanas. Hay en el Broad-Way hermosos edi- 
ficios particulares, un bazar en mármol blanco, que se cree 
no tiene rival en Europa, y un teatro en construcción para 
ópera italiana. En una hora conté en el Broad-Way 480 ca- 
rruajes entre ómnibus, carros y coches que pasaban frente a 
la ventana de mi Boarding-house. Por la noche dábase el 
Heniaui en un teatro improvisado en Garden Castle, y allí 
nos reunimos seis sudamericanos : Osma del Perú ; el joven 
Alvear argentino; el señor Carvallo y su secretario de lega- 
ción, mi amigo Astaburuaga, y un recién llegado, que a poco 
se introdujo en. la conversación, preguntando: ¿conocen uste- 
des a un señor Sarmiento, que debe haber llegado de Europa? 
Era don Santiago Arcos, quien, reconociéndome por el tal, me 
dijo que venía desde Francia en mi seguimiento, que desde 
allí seríamos inseparables hasta Chile, y que éramos amigos, 
muy amigos de mucho tiempo, acompañando estas palabras 
con aquel reír de buena voluntad que tiene, y que haría des- 
armar la extrañeza más quisquillosa. 



122 DO.VflXGO F. SARMIKIÍTO 

La prima donna cantó por añadidura, el jaleo, dirigiendo 
a nuestro grupo desde las tablas palabras en español que le 
fueron contestadas con una cuchufleta de manólo, de manera 
que estaba, por decirlo así, en país de lengua castellana y de 
relaciones antiguas, pues que al joven Osma lo había cono- 
cido en España, y vuéltolo a encontrar en Londres, si no me 
engaño. Hasta las antiguas glorias de la patria y sus actuales 
miserias encontraba allí representadas en el general Alvear, 
con quien, allanadas ciertas dificultades de etiqueta, y merced 
a reticencias convencionales, pasé tres días oyéndolo hablarme 
de los pasados tiempos. El general Flores, del Ecuador, había 
también recalado por allí, asaz mohíno y cariacontecido, de 
lo que nos divertíamos Osma y yo por los malos ratos que le 
habíamos dado en Madrid. 

Nueva York es la capital del más rico de los Estados 
americanos. Su municipalidad sería, por su magnificencia, 
comparable sólo al Senado romano, si no fuese ella misma 
compuesta de un Senado y una Cámara de Diputados que le- 
gislan sobre el bien de medio millón de ciudadanos. Sólo la de 
Roma le ha precedido en la construcción de gigantescas obras 
de utilidad pública, si bien de los restos de los famosos acue- 
ductos que traían el agua a la ciudad eterna, ninguno ha ven- 
cido dificultades tan grandes, ni empleado medios más adelan- 
tados. El acueducto de Crotón ha costado a la ciudad de Nueva 

York trece millones de pesos; prodúcele una renta anual de 
seiscientos mil, y sus habitantes pueden en el cuarto piso de 
sus casas disponer de cuanta agua necesitan torciendo una 
llave. El acueducto de Crotón comienza en el río Crotón, que 
corre a cinco millas del Hudson en un condado vecino. El dam 
o depósito de agua, que de él se ha formado para dar igualdad 
a la masa de aguas, tiene 250 pies de largo, 70 de ancho en el 
fondo, 7 arriba, y 40 de alto, construido todo de piedra y ce- 
mento. Forma un lago dentro de estas paredes de granito, 
cuya área cubre cuatrocientos acres de terreno, conteniendo 
500 millones de galones de agua. Desde este gran depósito 



ESTADOS UNIDOS IM 

parte el acueducto perforando las montañas, o sostenido por 
arcadas sobre los valles como los acueductos romanos de Sc- 
govia y la Sabinia, dejando bajo puentes altísimos paso a 
los torrentes que atraviesa. Antes de llegar al río Harlem, 
trae así recorridas treinta y tres millas. El acueducto es de 
piedra, ladrillo y cemento, abovedado por arriba y por abajo, 
con 6 pies 3 pulgadas de ancho abajo, y 7 pies 8 pulgadas en 
lo alto de las murallas del costado, y 8 pies 5 pulgadas de 
alto. I^leva desde 13 y media pulgadas por milla, y descarga 
60 millones de galones de agua cada veinte y cuatro horas. 
Sobre el río Harlem pasa en un magnífico puente de piedra 
de 1450 pies de largo con 14 pilares, ocho de los cuales sos- 
tienen arcos de ochenta pies de abertura, y otros de cincuen- 
ta, con superposiciones de 114 pies sobre el nivel del agua. 
El canal pasa aquí en tubos de hierro colado que dos hombres 
alcanzarán apenas a abrazar. El receptáculo que recibe las 
aguas en la calle 86, a 58 millas "del de Crotón, cubre 35 
acres, y contiene 150 millones de galones. El depósito de 
distribución sobre el monte Murray, calle 40, cubre cuatro 
acres, es de piedra y cemento y a cuarenta y cinco pies sobre 
el nivel de la calle, y contiene veinte millones de galones. 
Desde allí sp distribuye el agua por toda la ciudad en tubos 
de hierro, colocados en la tierra a suficiente profundidad para 
que el agua no se hiele en el invierno. Los tubos de 6 a 36 
pulgadas de diámetro miden 170 millas; el agtia sube a los 
pisos de las casas, y hay otros tubos para volver a la tierra 
la,s aguas sucias. El derecho que la Municipalidad cobra sobre 
el agua basta para pagar el interés de 13 millones de capital 
invertido, los salarios de los empleados y dejar una utilidad 
anual de más de medio millón, ahorrando a los vecinos los 
millones que gastaban antes en proveerse de agua de calidad 
menos exquisita que la de Crotón. 

Hacían más gratas las emociones que el examen de la 
grande obra del acueducto me causaba, los inteligentes comen- 
tarios, y las explicaciones de incidentes prolijos que a medida 
que recorríamos los hermosos alrededores de Nueva Yoi-k, me 



124 DOMINGO F. SARMIENTO 

iba haciendo don Manuel Carvallo, enviado extraordinario de 
Chile en Washington. La solicitud de este amigo, pues desde 
entonces nos hemos dado este nombre, me sacaba de aquella 
especie de desamparo en que creía encontrarme entre los pue- 
blos del Norte de América, de lo que había sufrido moral- 
mente y mucho en el norte de Europa. Con él visité el Saint- 
James-College de los Jesuítas, donde estudiaban varios jóvenes 
chilenos, las fábricas de caotdhouc, donde se confeccionaban 
puentes militares impermeables y equipos completos de cam- 
paña, como asimismo todo aquello que en monumentos, cons- 
trucciones y establecimientos merecía ser conocido del viajero. 

Con su simpático secretario Astaburuaga emprendíamos 
las correrías de detalle, sazonadas por recuerdos de Chile, y 
animadas por la comunicativa cattserie de dos amigos que 
vuelven a verse después de algunos años. Llevóme a visitar 
el cementerio Greewdoa, separado de Nueva York por un 
canal . 

Abraza el cementerio un espacio inmenso de terreno en 
el estado de naturaleza. Accidentado por ligeras ondulaciones, 
ofrece una variedad de aspecto que cambia a medida que se 
penetra en su solitario recinto. Bosques seculares sombrean 
los terrenos bajos y aún las aguas de las lluvias se depositan 
en lagunatos y zanjas. Un camino espacioso para carruajes 
serpentea sin sujeción a merced de los accidentes del suelo; 
las yerbas del campo crecen a sus anchas en matorrales y 
arbustos, y en lo alto de las pequeñas colinas descuellan, ya 
aislados, ya en grupos, arbolillos graciosos de los que for- 
man la variada flora norteamericana. Allí, en el seno de la 
Naturaleza, reposan, en sepulcros desparramados a discreción 
por la vasta superficie, las cenizas de los que quisieron dejar 
algún rastro sobre la tierra de su efímero pasaje. A la sombra 
de una encina secular se abriga una tumba de estilo gótico; 
una linterna de Diógenes corona un montículo, y en el fondo 
de un vallecito, entre arbolillos vistosos, se muestra un tem- 
plete griego, depositario de un sarcófago. ¿ No es cierto que 



KSTADOS UNIDOS lÜ* 

este sistema de cementerios a la rústica, verdadero campo de 
los muertos, infunde sentimientos de plácida melancolía, ali- 
gerada por la conleinplaciún de la Naturaleza, volviéndole a 
ella los restos orgánicos de ella recibidos, para que disponga 
sin sujeción y a su arbitrio nuevas combinaciones y nuevas 
existencias? AI menos esta impresión ntej causaba la vista, 
desde alguna parte elevada del cementerio, apoyado en un 
sepulcro,* de Nueva York coronada de humo, y Brooklyn su 
vecina, la Bahía hermosa con sus grupos de buques cual bos- 
que de invierno, y los estrechos agitados por la marea que 
levantan los poderosos vapores, terminando la perspectiva el 
océano, límite natural de cosas terrenas, frontera de lo infi- 
nito e imagen imperfecia de la inmensidad. 

El santuario de mi i)eregrinación era Boston, la reina de 
las escuelas de enseñanza primaria, si bien cuando objetos 
de estudio nos lle\an a un punto, es permitido hacer un rodeo 
en busca de sitios pintorescos. Para ir a Boston, pues, porque 
está al naciente del Hudson, dispuse mi derrotero por Búfalo 
que está exactamente al Oeste. La cascada de Niágara y los 
célebres lagos estaban de por medio, y no había que trepidar 
en más o menos dóllars, no obstante el estado angustiado de 
la plaza, que no tenía víveres (hablo de mi bolsa), sino ^xira 
contados días. Embarquéme en Nueva York a las siete de la 
ma'ana para Albany (144 millas, un j^eso) a donde llegué 
a la tarde, pocos momentos antes de la partida del tren de 
Búfalo (325 millas, doce pesos), en todo 469 millas en vapor 
o camino de hierro, y tres días de marcha, con descansos de 
un cuarto de hora de distancia en distancia para comer y 
almorzar . 

El Hudson es poética, histórica y comcrcialmente hablan- 
do, el centro de vida de los Estados Unidos, Camino de Boston, 
de Montreal. de Ouebec. de Búfalo, del Niágara y de los 
lagos; arteria principal por donde fluyen los productos del 
Canadá, Verraón, Massachusetts, Jersey y el estado de Nueva 
York; sus aguas están de continuo Hteralmente citbiertas de 
naves, a punto de hacerse obstrucciones de la vía, como en 



126 DOMINGO F. SAB>IIÉN'rO 

las calles de las grandes ciudades. Los vapores se cruzan 
como exhalaciones meteóricas, y los remolques traen consigo 
una feria de buques amarrados a sus costados que levantan 
con sus quillas una verdadera marea a su frente. Catorce 
naves cargadas preceden y siguen al motor, ocupando una 
ancha superficie del río. L^os vapores de transporte asumen en 
los ríos norteamericanos la forma y la elevación de casas flo- 
tantes de dos pisos, con azotea y corredores. 

Dan nuevo realce al espectáculo, de suyo grandioso por 
las formas ^colosales de estos hoteles ambulantes, la apariencia 
culta, esmerada y aun ceremoniosa de los pasajeros, pues es 
práctica general de hombres y de mujeres ponerse vestidos 
de fiesta para hacer expediciones por agua o ferrocarriles, si 
bien la fría reserva del carácter yankee y 6U sociedad im- 
primen a estas grandes reuniones cierta fisonomía uraña que 
en Europa sería tachada de aristocrática, siendo considera<la 
en el lugar de la escena por testigos europeos, como selvática, 
cuando solo es en verdad reserva necesaria. Las damas ocupan 
la parte anterior de los grandes salones y son el objeto de 
atenciones oficiales. Dan todavía más animación a estos va- 
pores la colocación de los prácticos y timonel a la proa del 
buque, en lugar alto y aparente, y a veces debajo de un ele- 
gante kiosco, dirigiendo, por cadenas que mueven un torno, 
el timón del buque, desde donde pueden descubrir a cada 
instante su ruta, cual si fueran realmente la cabeza y el alma 
inteligente de aquella máquina. La campana suena a cada 
biomento, anunciando la proximidad de un lugar del tránsito, 
para que se preparen a desembarcar los que se dirigen a él. 

Desde lo alto de la azotea del buque, dominando ambas 
riberas, el viajero ve desfilar delante de sí, villas risueñas, 
montículos coronados por edificios y árboles, y a sus costados 
centenares de buques de todas formas y dimensiones que 
hacen su camino en sentido opuesto en aquella calle pública, 
inmensa, resplandeciente y tersa como un espejo. Así pasan 
revista, desde la salida de Nueva York, al océano, la bahía 
con su movible panorama de buques, y las pintorescas islas, 



ESTADOS UNIDOS 127 

estrechos y canales. La ciudad de Jersey, en frente del embar- 
cadero, la roca de Weehoovvken, que sale exabrupto de entre 
las aguas y sirve de base a una villa edificada en su cumbre, 
pintoresco término avanzado a la entrada de las Pausadas, 
que son una muralla perpendicular de rocas acantiladas, que 
se alzan cuatrocientos y quinientos pies sobre la superficie 
de las aguas, y costea el río por espacio de veinte millas. 
Este accidente de la naturaleza da al paisaje una grandiosidad 
indescriptible, mientras, por el otro lado, la ribera ostenta 
villas, ciudades, arboledas, colinas y bosques que mantienen 
la animación y despiertan la curiosidad. Alguna ruina también 
corona alguna altura, y los nombres de Hamilton y Washing- 
ton son recordados por algunas piedras subsistentes de fuertes 
tom.ados y destruidos durante la guerra de la independencia. 
Monumentos vivos son, empero, Westpoint, la academia mi- 
litar en cuyo recinto 230 cadetes guardan permanentemente 
el fuego sagrado de las tradiciones y la ciencia de la guerra. 
El asilo de los huérfanos, el hospital de locos y otros edificios 
públicos prestan, desde las alturas, sus formas griegas a la 
decoración del río que se las disputa al Rhin en belleza, y 
que no tiene rival sino en la China en actividad y movimiento. 
Al fin se presenta Albany, la capital política del estado 
de Nueva York, porque parece que los congresos yankees hu- 
yen del bullicio de las grandes ciudades. Los edificios públicos 
corresponden al título de capital, aún más que a la extensión 
de la ciudad la importancia de sus edificios particulares. El 
camino de hierro recorre desde allí 325 millas al oeste, pa- 
sando por Amsterdam, Jonda, Utica, Roma, Verona, Man- 
lius, Siracusa, Camillus, Séneca, Itaca, Watterloo, Genova, 
Viena, Víctor, Byron, Batavia, Alejandro, Attica y otras mu- 
chas ciudades que reúnen en una línea los nombres de ciuda- 
des, países y hombres de diversos tiempos y lugares. 

Búfalo, término del viaje, está en el extremo este del lago 
Erie, que lo es, a su vez, de la navegación del Hurón, el Mi- 
chigan y el Superior. La emigración alemana, sobre todo. 



128 DOMINGO V. sAi!xrn;.\iO 

ataca esta línea de navegación por Chicngo. que está al ex- 
tremo oeste del Michigan y en contacto con las cabeceras del 
Mississipi ; y por Búfalo, que sirve de centro a la navegación 
del Ohio por el canal de Claveland y del Hudson ]X)r el canal 
del Erie. La vista de esta ciudad, estrecha para el número 
de habitantes que contiene, me hizo un efecto singular. Una 
turba de buques de vapor dejaba escapar de sus chimeneas la 
gruesa mole de humo del fuego que aún se está encendien- 
do. La descarga de pieles de búfalo, y otras producciones del 
comercio con los salvajes, contrariaba el movimiento de la. 
procesión de pasajeros que se dirigen al puerto, mientras que 
volviendo la vista a la ciudad, descubríanse sobre lo alto de 
los edificios centenares de hombres ocupados afanosamente en 
construir edificios nuevos, agrandándose la ciudad de impro- 
viso para satisfacer a las necesidades de una población que 
cada año aumenta de veinte mil almas. Búfalo tiene a su 
alcance, como todos los centros predestinados de comercio 
futuro en la Unión, un depósito de carbón en la península 
que forma el Michigan y el contiguo Hurón. 

De Búfalo adelante las obras humanas, ferrocarriles, vi- 
llas nacientes y plantaciones nuevas, deslucen las sublimes 
obras de la naturaleza. Desde allí al norte principia el pedazo 
más bello de la tierra. El río Niágara sale del Erie manso y 
cristalino, reflejando en sus ondas rododendrones y encinas 
entremezcladas, formando a los lejos lontananzas azuladas de 
selvas primitivas, bajo cuyas esi)esuras pueden aún verse los 
rastros misteriosos del mocasin del indio indómito. Ábrese en 
dos al formar la grande isla, y recoge luego sus aguas para 
prepararse al sublinie juego de aguas que comienza en los 
Rápidos, y termina en la Cascada. El rumor lejano de este 
salto portentoso, la neblina que se alza en el cielo de partí- 
culas acuáticas, la excitación que causa la proximidad de 
sensaciones de largo tiempo esperadas y presentidas, traen al 
viajero desasosegado y acusando de lentitud al tren que lo 
arrastra. Llégase por fin a Niagara-Falls. villa que alimenta 
la concurrencia de curiosos, desde donde el redoble pavoroso 



ESTADOS UMÜOS 129 

de la caída atruena los oídos, el torbellino de agua se hace 
más visible, descollando blanquecino sobre las copas de los 
árboles ; y entre los claros que sus troncos dejan a medida 
que uno se acerca, divísase contrastando con la opacidad de 
la enramada sombría, algún pedazo de rápidos, como un 
fragmento de plata bruñida. Son estos rápidos cascadas sub- 
acuáticas en que la enorme masa del Niágara viene despeñán- 
dose, sobre un lecho de rocas escarpadas, que no se presentan 
a la vista, y que dan al agua un blanco marmóreo. Mil trágicas 
aventuras han ocurrido, desde el cazador indio que distraído 
un momento por el ardor de la persecución sintióse llevado 
de la corriente en su frágil piragua, y después át esfuerzos 
sobrehumanos para resistirla, apuró su calabaza de aguardien- 
te, y de pie con los brazos cruzados se dejó llevar a la cata- 
rata, que ni los cadáveres entrega de sus víctimas, hasta los 
presidiarios que apoderados de un vapor, no supieron gober- 
nar y vieron descender la mal dirigida nave a los rápidos y 
la catarata, sepultándolos para siempre el abismo sin fondo 
que ha excavado la caída. Hablábase del reciente fin de un 
niño caído en los rápidos y que ya tenían de la mano en la 
isla de la Cabra, que promedia las dos caídas, volvióseles a 
escapar. 

Describir escena tan estupenda sería empefo vano. Lo 
colosal de las dimensiones atenúa la impresión de pavor, como 
la distancia de las estrellas nos la hace aparecer pequeñas. 
Cítanse con elogio los versos que el espectáculo insprró a una 
señorita . 

Flow on for ever, in thy glorlous robe 
Of terror and beauty. God hath set 
His rainbow on thy forehead; and the cloud 
Mantled around thy feet. Awe he doth give 
Thy voice of tundcr, powcr to speak to Hím 



130 no.Mixuü F. .sAit:>iifc.NiO 

Eternally — bidiiing the lip of man 
Ke«p silence; and upon thine altar pour 
Incensé of awe-struck praise (1). 

Teníatne por pasajero pasablemente erudito en punto .1 
cascadas. Había visto la de Tivolí, tan bella, tan artística y 
tan poéticamente acompañada de recuerdos históric9s ; la del 
Rhin, la más grande que ocurre en Europa, y aquellas cien 
que alegran el paisaje suizo en los Alpes. La de Niágara, 
empero, sale de los términos de toda comparación; es ella sola 
en la tierra el más terrífico espectáculo. Sus dimensiones 
colosales, la enormidad de las masas de agua, y las líneas 
rectas que describe, le quitan, empero, toda belleza, inspirando 
sólo sensaciones de terror, admiración y aquel deleite sublime 
que acusa el espectáculo de los grandes conflictos. Imaginaos 
un río cristalino, como el Bío-Bío, descendiendo de golpe de 
un plano superior a otro inferior. Cortado el borde perpen- 
dicular mente, el agua describirá un ángulo recto al cambiar 
dei plano horizontal al vertical, y desde allí, después de re- 
volverse sobre sí misma en torbellinos plateados, seguirá el 
nuevo plano inferior con la misma mansedumbre que antes 
de caer. La belleza de la cascada la hacen las puntas de rocas 
salientes, que fuerzan el agua a retroceder, lanzarse en el aire, 
subdividirse en átomos e impregnarse de luz. 

La vista de las otras cascadas me había hecho sonreír de 
placer; más en la del Niágara sentía que las piernas me tem- 
blaban, y aquella sensación fiebrosa que indica que la sangre 
se retira de la cara. Llegándose a ella por la isla de la Cabra, 
que la subdivide en dos, el ánimo viene alegremente prepa- 
rado por la escena menos tumultuosa que presentan los ráni- 



(1) Fluye por siempre, cubierta con tu felorieso ropaje de terror y 
de beldad. Puso Dios sobre tu frwite el iris, y uiin uube envuelve cual 
manto tus pies. Te (3i6 su voz de trueno con pofler ile hablarle eterna- 
mente, s«llajido el labio humano, condeuaJo a guardar silencio, confen- 
tándoB» con derrame r í;obre tu altar el incleí!?'-» ■'•:■ ?" hija, a'íoraclín 
del telTor. 



KSTADOS UNIDOS 131 

dos, en que el Niágara desciende cincuenta pies en una milla. 
El bosque primitivo que cubre la isla y oculta tras su ramaje 
la vecina ciudad, la perspectiva aguas arriba en que el río 
viene caracoleando, presenta uno de esos golpes de vista risue- 
ños, virginales, tan comunes en los Estados Unidos. La cas- 
cada inglesa tiene la forma de una herradura y cuatro cuadras 
de desenvolvimiento, sin accidento ni interrupción alguna. La 
cascada del lado americano tiene doscientas yardas de ancho 
y esto la hace llamar la chica. En ambas cae el agua desde 
165 pies y el canal excavado en la roca que la recibe, tiene cien 
varas de profundidad y ciento treinta de ancho. Al ver escri- 
tas estas cifras averiguadas por mensura, nótase la incompe- 
tencia del ojo humano para abrazar las grandes superficies. 
San Pedro, en Roma, aparece una estructura de dimensiones 
naturales, y la cascada del Niágara se achica a la simple vista 
])ara ponerse al nivel de nuestra pequenez. 

El espesor de la masa de agua es de 21 pies, de manera 
que no pudiendo atravesarla la luz, conserva su color verde 
en el centro de la caída. Este accidente, que revela a los ojos 
la magnitud de la escena, aumenta el pavor que inspira. Vésela 
desde una linterna o garito construido en la isla de la Cabra; 
vésela mejor todavía porque se llega al borde de ella desde 
el lado inglés, desde donde el ojo puede perfilar la línea ver- 
tical de la caída y medir el abismo que gruñe como una 
tormenta de rayos, o un aguacero de ca'^onazos a sus pies. 
Vésela en todo su esplendor y magnificencia desde a bordo 
de un ^•ap!)r que sube todos los días del lago Ontario, llega 
cargado de pasajeros hasta cien yardas de distancia de la 
caída, detiénese allí con su motor listo para contrariar la 
íi'.racción de los remolinos, tirita el casco sobre aquella agua 
atormentada, y es^Jimiando como si estu\aera en delirio, y 
vuelve atrás con los pasajeros, satisfechos ya de emociones 
terríficas. Pero, la cascada no se siente, no se palpa, sino 
deccndiendo al abismo que le sirve de base,' envolviéndose 
para ello en capotes de goma elástica y dejándose conducir 
de la mano por un guía del^ajo de la caída misma, donde se 



132 DOMINGO V. SAKMIKNTO 

lia practicado un camino en la roca, con pasamanos de fierro, 
que garantizan de las caídas ocasionadas por la presencia de 
centenares de anguilas mucosas y resbaladizas que se acogen 
entre las sinuosidades de la roca. Colocado en el fondo de 
esta singular galería, aturdido, anonadado por el ruido, reci- 
biendo sobre su cuerpo la caída de gruesos chorros de agua, 
ve delante de sí una muralla de cristal, que creyera dura y 
estable si las filtraciones de goteras no causaran la presen- 
cia del líquido elemento. Salido de aquel húmedo infierno, 
volviendo a ver de nuevo el sol y el cielo, puede decirse que 
el corazón ha apurado la sensación de lo sublime. Una ba- 
talla dd doscientos mií combatientes no causará emociones 
más profundas . 

Del lado inglés hay un magnífico hotel y un museo, don- 
de se muestran búfalos vivos y se venden esponjas de mar y 
coral petrificados, que se desprenden del suelo en que está 
la cascada. Aquello fué fondo de mar en otro tiempo. 

Distingüese esta caída de las otras del mundo en que 
está situada en el centro de una llanura, sin que a primera 
vista se descubra la causa de su existencia. Descendiendo, em- 
pero, hacia Ontario, el fenómeno se explica fácilmente. El 
lago Erie está en el centro de una plataforma espaciosísima 
sin accidente alguno. Este llano es la superficie superior de 
una meseta, cuyo borde está cerca del Ontario, el cual está 
situado sobre otra meseta inferior. La diferencia de nÍA'el que 
hay entre uno y otro lago es de 300 pies ; y la caída del rio 
Niágara que los une entre sí, debe hacerse necesariamente 
en el borde del banco o meseta superior, que está no lejos de 
las márgenes del Ontario. Pero la caída se encuentra siete 
millas más arriba, y la roca está excavada en un profundo 
zanjón de la altura de la caída. La catarata ha ido, pues, 
cambiando de lugar, o más propiamente hablando, va lenta- 
mente en marcha hacia el Erie. adonde llegará un día. Basta- 
ría fijar, por medio do la observación, la distancia que avanza 
al año la catarata, derrumbando o carcomiendo la roca que 
le sirve de lecho, para sacir una parte de la cronología del 



K.ijT.SDOS VMUOS 13?. 

globo. Según el geólogo Lyell, itdmiendo que solo uu pie re- 
troceda por año, ha necesitado 39.000 años para llegar desde 
el borde de la escarpa que está cerca de la ciudad de Queen- 
íown. Pero modifican este cálculo las diferencias de la altu- 
ra de la caída en cada uno de los lugares de su estación, y la 
diversa resistencia que han debido oponerle la mayor o me- 
nor adherencia de las rocas que va encontrando. La prime- 
ra vez que un europeo ha descripto la cascada, ha sido en 
1678, que lo fué por unos misioneros franceses que levanta- 
ron de ella un diseño. Otra descripción hay de 1751; pero 
las observaciones geológicas no comienzan sino de una época 
muy reciente. Desde 1815 adelante las dos caídas han ido 
alterando su forma por el derrumbe de enormes trozos de 
rocas, y desde 1840 la isla de la Cabra ha i^erdido algunos 
acres de terreno. 

Mr. Lyell descubrió hasta cuatro millas más abajo del 
lugar de la caída, el lecho antiquísimo del río sobre la super- 
ficie de la tierra y aun a ma3'or altura de la que hoy tiene 
el Niágara. Las conchillas fluviátiles que se encuentran en 
bancos de residuos en la isla de la Cabra, se hallan pertene- 
ciendo a las mismas especies y épocas, en una línea hacia el 
Ontario que señala la dirección que llevaba el río. Tenemos, 
dice este geólogo, en el costado de los barrancos que va de- 
jando d Niágara, un cronómetro que mide ruda, pero sig- 
nificativamente, la inmensa magnitud del intervalo de años 
que separa el tiempo presente de la época cu que el Niágara 
corría por muclias millas más al Norte sobre la superficie de 
la plataforma. Este cronómetro nos muestra cómo los dos 
sucesos que creemos coetáneos, la desaparición de los masto- 
dontes y la época de la primera población de la tierra por el 
hombre, pueden estar a distancias infinitamente remotas una 
de otra. ^i\ geólogo, añade, puede cavilar sobre estos acon- 
tecimientos hasta que lleno de espanto y de admiración, ol- 
vida la presencia de la catarata misma, y deia de percibir 
el moi-imiento de sus aguas, ni oye su estampido al caer en 
i'-\ profundo abismo. Pero, así que sus pensamientos vuelven 



184 DOiVlIJVGO F. SABMIENTO 

al momento presente el estado de su espíritu, las sensaciones 

despertadas en su corazón se hallarán en perfecta armonía 

con la grandiosidad y belleza de la gloriosa escena que lo 
rodea . 

CANADÁ 

El ferrocarril que corre al costado del zanjón formado 
poi" la cascada hasta Queenstown, cerca del Ontario, lleva los 
pasajeros que se dirigen hacia Quebec o el lago de Cham- 
plain. Después de haber saboreado aquel magnífico espectácu- 
lo, iba yo en mi banco rumiando las emociones pasadas, y 
dejando escapar, de vez en cuando, alguna exclam.ación de 
la admiración que había experimentado. Un yankee, que me 
escuchaba con la plácida frialdad que distingue a este tipo 
de hombre, me mostró la cascada, bajo un punto de vista nue- 
vo. Bcaiitiful! Beautiful! decía,* y para explicarme su mane- 
ra de sentir la belleza, añadía: esta cascada vale millones. Ya 
se han puesto algunas máquinas a lo largo de los rápidos, de 
donde poi^ canales poco costosos se sacan caídas de agua 
para darles movimiento. Cuando la población de los Estados 
se aglomere hacia este lado, el inmenso caudal de agua de la 
cascada americana puede ser subdividido, y desviándolo, por 
canales que corran sobre el terreno superior, traerlos a des- 
cargarlo al cauce inferior del Niágara, a los puntos donde se 
hallen establecidas máquinas de tejidos y de otras indus- 
trias. ¿Se imagina usted — me decía — que pueden usarse mo- 
tores de agua de la fuerza de cuarenta mil caballos si se ne- 
cesita? Entonces el Niágara será una calle flanqueada por 
ambos lado? de siete millas de usinas, cada una con su caída 
de agua del tamaño que la necesite el motor. Los buques 
vendrán a atracar a la puerta y llevar por el San Lorenzo, 
el Champlain, o el canal de Oswego, las mercaderías a Euro- 
pa o a Nueva York. Beiutiful! Beautiful! añadía, extasiado 
en la aplicación útil de aquella mole enorme de agua, que hoy 
sólo sirve para mostrar el poder de la Naturaleza. Yo creo 



BfiTADOS UNIIXM 185 

que los yankees están celosos de la cascada y que la han de 
ocupar, como ocupan y pueblan los bosques. 

Pasando de un ferrocarril a otro, en medio de bosques 
todavía despoblados, atravesando villorrios apenas diseñados, 
sin poderse uno dar cuenta cómo pueden andar vagones por 
aquellas soledades desamparadas, se pasa a uno. de Stages, 
diligencias que remiendan intervalos sin rieles, y en Queens- 
town va a alojarse a bordo del vapor que espera el tren para 
descender el Ontario, tocando en Oswego, boca del canal que 
liga este lago con el canal que une el Ontario con el Hudson. 
Van Burén, el expresidente, promoviendo la abertura de este 
canal auxiliar, dio valor a unos terrenos que poseía en las 
inmediaciones, sin que nadie haya criticado su procedimiento 
de egoísta; pues el canal completaba, realmente, el estupendo 
sistema de comunicaciones acuáticas de que he hablado en 
otro lugar. 

El país está aún despoblado por esta parte; el vapor del 
Ontario se acerca a los barrancos, adonde salen los paisano- 
tes de fraque y las mozas envueltas en cachemiras a tomar 
pasaje. Divísanse a lo lejos aisladas en el bosque aquellas 
cabanas de troncos de árboles superpuestos, o de tablas des- 
coloridas, que sirven de morada por los primeros años al 
plantador que recién está descuajando el bosque. El paisaje 
conserva toda la frescura virginal que Cooper ha pintado en 
aquellos inimitables! cuadros del Ultimo Mohicano. Ya he 
dicho a Vd, que desde Búffalo hacia esta parte está el peda- 
zo más bello de la tierra. Sin la petulante lozanía de los tró- 
picos y sin la fría severidad de los bosques del Norte de la 
Europa, mézclanse en la escena ríos como lagos, lagos como 
mares, rodeados de una vegetación primorosa, artística en 
sus combinaciones y grandiosa en su conjunto. Traíame 
arrobado de dos días atrás la contemplación de la Naturaleza, 
y, a veces, sorprendía en el fondo de mi corazón uri senti- 
miento extraño, que no había experimentado ni en París. 
Era el deseo secreto de quedarme por ahí a vivir para siem- 



1S6 liOMJXOD r. SAüMlKXTO 

pre, hacerme yankee, y ver si podría arrimar a la cascada 
alguna pobre fábrica para vivir. ¿Fábrica de que?... Y aquí 
el deleite de tan bella vida se me tornaba en vergüenza, acor- 
dándome de aquellos ostentosos letreros chuecos que había 
visto en algunas aldeas de España, Fábrica de fósforos. ]\ 
qué fósforos! ¿Enseñar o escribir qué con este idioma que 
nadie necesita saber? Para curarme de estas ilusiones y re- 
cuperar mi alegría, no necesitaba más que tomarle el peso a 
mi descarnada bolsa, y echar una ojeada sobre mi contadu- 
ría en general para no volver a pensar más en ello. 

Al vaciarse el Ontario en el río San Lorenzo hay un 
punto que se llama Thousand Islands. las mil i.slas, que no 
son menos las que están aglomeradas en un corto espacio. La 
escena fluvial más bella que la Europa presenta es el Rin 
desde Maguncia y Colonia abajo. Yo lo había recorrido 
hasta Harlem, frontera de la Holanda, desde donde por 
Utrecht va un camino de hierro hasta Amsterdam, y de allí 
por La Haya se desciende a Rotterdam para tomar el Es- 
calda, que conduce a Amberes y a Bruselas. Embellecen el 
Rin las tradiciones alemanas, los castillos feudales que aun 
coronan las alturas,; las ciudades renanas que ostentan la es- 
tatua de Gutenberg, y la catedral de Colonia, Fluye el río 
silencioso por entre quebradas sa'udas y obscuras, sale a ex- 
playadas que espacian la vista y enseñan las agujas de las 
iglesias de las aldeas, y los viñedos que se esparcen enanos y 
casi rastreros por los faldeos de las circunvecinas montañas. 
Más allá, y aproximándose a la Holanda, el terreno baja, el 
río se ensancha, los molinos de viento se suceden a los casti- 
llejos, y los ciénagos holandeses reciuieren los canales que 
surcan el país en todas direcciones y los pasmosos diques que 
oponen su hombro al porfiado y poderoso embate del océano, 
superior en el nivel. 

En el San Lorenzo, la naturaleza, desnuda de todo atavío 
de arte humano, se presenta a luchar con toda comparación 
posible. Aquí la escena se dilata hasta donde la vista alcan- 
za, sin encontrar, sin embargo, objeto que introduzca la mo- 



ESTADOS UNIDOS 137 

notonía. El pasaje por entre las mil islas es un sueño de 
hadas. Era el otoño, y los árboles de la flora americana es- 
taban ya matizados de colores de ópalo, amarillo y púrpura, 
que tanto codician los pintores para las escenas rústicas. Hay 
la encina norteamericana y otros árboles que se tiñen de rojo 
puro, y tan subido que desde leguas atraen la mirada por su 
extrañeza. De este ropaje estaban vestidas las islas, grandes 
algunas como para contener una aldea, y tan pequeñas otras 
que parecían una canastilla de flores flotando sobre las aguas. 
El San Lorenzo vuelve a hacer rápidos saltos de distancia 
en, distancia, lo que da a sus aguas cristalinas un blanco es- 
maltado y sin espuma, por estar a mucha profundidad las 
rocas que quiebran el agua. La corriente del río se presenta, 
entonces, como un ancho reguero de plata, accidentado por 
aquellas cucas islas que traen al espectador alborotado, cam- 
biando la escena a cada paso, agrupándose en formas y en 
cadencias caprichosas, descubriendo nuevos horizontes a cada 
paso, hasta no entenderse en el laberinto que forman. Cuan- 
do el vapor va a entrar en los rápidos, el maquinista detiene 
el motor, la corriente de aquel canal de molino arrebata el 
buque, y el piloto con mano firme lo endilga por entre los 
escollos y remansos que se forman en aquella catarata con- 
tinua. No sé si me han engañado; sesenta millas hacemos, 
di joños el piloto, mirando sin pestañear un pasaje difícil que 
teníamos por delante. El tren expreso entre Manchester y Li- 
verpool hacía también 6o millas. Llégase a Kingston, ciu- 
dad del Alto Canadá, cómjsranse manzanas por hacer alguna 
cosa, y la noche mediante, llégase a Montreal, la ciudad fran- 
cesa de esta parte de las colonias británicas. 

El 'hotel Donegana. espacioso como nuestros claustros y 
arreglado en todo como los grandes hoteles norteamericanos, 
acoge al pasajero derrengado y mal traído, a merced de va- 
gones, stages complementarios y vapores. El hon-hong no 
falta para triturarle al infeliz los nervios. 51 se obstina en 
clon-nir una hora más. 



188 DOMINGO V. SARMIENTO 

¡Montreal, qué joya para figurar en impresiones de via- 
je! Dumas ignora el tesoro que hay allí sepultado a sólo diez 
u once días de vapor de Francia. Es la ciudad más adelan- 
tada del mundo en cuanto a la aplicación y generalización de 
los medios más perfectos de construcción civil. Las casas son 
de piedra de cantería o ladrillo. T^as techumbres están cubier- 
tas de un manto de zinc, lo que da a la ciudad un aspecto 
reluciente. El pavimento de las calles todas es de palo a pique 
como el que se ha ensayado en París en frente de la Opera 
Cómica, y construido bajo el mismo principio, y las aceras 
son de tablones atravesados y montados sobre barrotes que 
permiten al agua escurrirse- por debajo. Bajo este respecto 
Montreal es la ciudad más altamente civilizada que existe en 
-el globo; pero hay un aspecto moral por donde es una cu- 
riosidad fósil digna de observación. 

Sábese que el Alto y Bajo Canadá fué cedido a la "Ingla- 
terra per Luis XIV, al fin de las desastrosas guerras que 
amargaron el ocaso de sus días e hicieron pagar caro a 
la Francia el orgullo de sus reyes y la arrogancia de sus ejér- 
citos; triste y merecido fin que tienen esos triunfos con que 
la fortuna engalana los primeros pasos de la vida de los ti- 
ranos. La vejez trae sus arrugas, la conciencia sus remordi- 
mientos, y el cansancio y la extenuación de los pueblos la 
debihdad que da reparación a los ofendidos. Con Napoleón 
repitióse el mismo cuento y con nuestro imbécil se reprodu- 
cirá el mismo hecho, muy a expensas nuestras. 

¡ Vuelvo siempre a mis carneros ! La población francesa 
de Montreal lloró, como Cartago condenada a la destrucción, 
el día en que se le anunció que había sido tratada como mer- 
cancía, entregada cual vil rebaño a la odiada Inglaterra. Pero, 
el llorar y el mesarse los cabellos en nada cambiaba la situa- 
ción que la madre patria les hacía, y hubieron de resignarse 
a su suerte desamparada. Desde entonces se rompió el víncu- 
lo que los ligaba a la madre patria y no oyeron hablar más 
de la Francia. Sus revoluciones posteriores, la república, el 
imperio, la restauración y la casi restauración, han pasado 



ESTADOS UNIDOS 139 

sin que el vulgo sepa de tan grandes sucesos, sino de oídas, 
aquello más notable ; pero sin sucesión, sin formar ya parte 
de la historia nacional. 

Los libros franceses dejaron de penetrar en la colonia 
inglesa, y todo progreso en las ideas, toda novedad literaria 
o filosófica dejó para los infelices de ser continuación y con- 
secuencia de aquel movimiento de ideas que comenzó en el 
reinado de Luis XIV y continuó con Rousseau, Voltaire y el 
siglo XVin. Para los franceses de Montreal, pues, la Fran- 
cia, la única Francia posible, es la Francia del gran rey con 
su corte de Versalles, su etiqueta y su lujo asiático; los úni- 
cos poetas, Corneille y Racine ; las únicas glorias militares, 
las del gran Conde, Catinant, Villars y Turena. El canadiense 
es ceremonioso como un cortesano antiguo, y tan quisquillo- 
,so en punto a hidalguía, que la genealogía de las familias es 
allí espejo que no ha de empañar ni por el contacto mácula 
alguna. Viviendo bajo la dominación inglesa de un siglo 
a esta parte, las madres no enseñan a sus hijas el inglés, para 
ponerlas en la imposibilidad de oír a los odiosos opresores de 
su raza; cuando en las calles se pregunta a los paseantes algo 
en inglés, puede desfilar toda la población por delante, sin 
que haya una persona de origen francés que se dé por enten- 
dida de lo que se le pregunta. Hablad en francés y entonces 
las miradas se vuelven de todas partes, los semblantes sonríen 
y la buena voluntad y el deseo d'etre agréable vese pintado 
en la blanda ondulación de cada músculo. "¡Ah! seHor, me 
decía un joven, con voz conmovida, viene usted de Francia ; 
qué feliz es Vd. ! ¡ Oh, la Francia, nuestra patria ! ¡ Si supiera 
ella lo que ha hecho, entregándonos a los ingleses! Ya se ha 
arrepentido, ¿no es así? Porque ni aun en sus reproches 
querrían ofender a este tipo de la nacionalidad de su raza. 

La religión se ha hecho un arma de oposición a los do- 
minadores, y el catolicismo una trinchera adonde se ha aco- 
gido toda la vida de este pueblo desmembrado. El catolicismo 
cuan estable es en sus dogmas, ha marchado, sin embargo, 
con los siglos, y afectando nuevas formas, para adaptarse a 



l40 DOÜilXOO F. «ÁBVIENTO 

las nuevas 'instituciones. Si queréis volver una página de un 
siglo de su historia y verlo tal cual era, después de salido de 
la Edad Media, id a Montreal y lo encontraréis en todo su 
primitivo candor, lleno de savia y de fuerza y concentrando 
en sí, como en España en tiempos de la reina Isabel, el pa- 
triotismo, el poder, y la fuente del heroísmo. Hacia la base 
del monte que da nominación a la ciudad, se levanta una her- 
mosa casilla de ladrillo rodeada de árboles y colocada en una 
pequeña elevación del terreno que la hace más pintoresca. 
Esta casa, que me había llamado la atención, tiene tapiadas 
las puertas y está abandonada. Preguntando a un canadien- 
se el motivo de lo que veía, ¡Que no sabe! me dijo, la casa 
del Judío. Y bien. — Del alma en pena, le revenant. Un ju- 
dío (si esta apelación no es, como lo sospecho, todavía una 
muestra del viejo catolicismo) un judío era el dueño de esa 
casa. Una noche, tarde de la noche, oyóse un tiro. Al día si- 
guiente los vficinos lo encontraron muerto, suicidado. Sus 
compatriotas quisieron ocupar la casa; pero el alma del con- 
denado volvía a su habitación todas las noches, revolvía pa- 
peles, oíanse gemidos y ruidos de cadenas. En vano han que- 
rido después habitar la casa; esto hace ya veinte años, algunos 
vecinos pobres han intentado ocuparla. El alma del conde- 
nado vuelve; las luces se apagan solas, y comienzan los ge- 
midos y el ruido de cadenas. La autoridad ha mandado al fin 
amurallar las puertas, por miedo que la casa se convierta en 
guarida de ladrones". 

Yo escuchaba maravillado este cuento, que me traía a la 
memoria escenas de mi infancia, oyendo horripilado historias 
de ánimas y aparecidos, y miraba a mi hombre de hito en 
hito para ver si creía realmente lo que me estaba contando, 
y si no concluía como algunos clérigos en Roma que le en- 
señan a uno la mesa con tres patas en que almorzaba Jesu- 
cristo con San Pedro y San Juan, y que concluyen por reírse 
de la conseja cuando uno les- pone cierta cara. Esta vez, em- 
pero, había en la voz y en lo profundo de los ojos del narra- 
dor tal convicción, que mostrar duda siquiera habría sido 



MTADO» UNIDO» 141 

desmoralizarlo, porque la sencillez de su espíritu, la sanción 
dada por todos, aun por la autoridad, a esta tradición, no le 
habrían dejado sospechar que hubiera ningvín ser racional que 
dudase de la posibilidad de tales sucesos. 

Sobrevino el domingo y me dirigí a la catedral para visi- 
tarla. Jamás había podido imaginarme espectáculo más im- 
ponente. Habíame' enfriado Roma con su Semana vSanta y 
sus ceremonias. San Pedro es en esos días, conio siemprcf, un 
suntuoso desierto. Los romanos preguntan: ¿I-í,a estado Vd. 
en San Pedro? ¿Ha visto al Papa? — Ellos no van nunca a la 
gran basílica y pocas veces a las demás iglesias. Si en Roma 
sucede eso, imagínese lo que sucederá en Francia, España y 
el resto de la Italia. No recuerdo dónde he encontrado en 
diversas iglesias tres sacerdotes que decían misa sin un solo 
oyente o alguna vieja mendiga por todo acompañamiento. 

En la gótica catedral de Montreal había ese domingo de 
quince a veinte mil almas oyendo la misa mayor. La pobla- 
ción católica no se desobliga del precepto, sino oyendo^ la 
misa episcopal, pontificada con una pompa sencilla, servida 
I)or setenta y dos acólitos, monacillos y oficiantes que pude 
contar por los bonetes en forma de conos truncados y altos 
de una tercia que llevaban los oficiantes. No ofreciendo sufi- 
ciente espacio el pavimento de la catedral para tanto con- 
curso, se han adaptado a las naves exteriores, dos anchas ga- 
lerías salientes que hacen dos corridas de palcos por ambos 
lados de la iglesia; y las cuatro y el piso estaban llenas. Pre- 
dicaba a la sazón el cura la plática doctrinal; un profundo si- 
lencio reinaba en aquella inmensa congregación, y una seño- 
ra que me veía de pie, con los ojos y con la mano me invitaba 
cortésmente a tomar asiento a su lado, en las lunetas de ma- 
dera que cubren toda la superficie del vasto edificio, más 
ancho que la catedral de Santiago. Esto que veía entonces, 
sucedía siempre y las acomodaciones de la iglesia me lo de- 
cían demasiado. 

Al día siguiente encontré en las calles larga procesión 
de niños en dos filas y precedido por una cruz con paño lie- 



142 i:(>.\!iN(¡n r. sAn^ríKNio 

vada por un clérigo, (lue se dirif^ían a la iglesia cantando en 
coro las alabanzas, seguidos del cura y sotacuras, a oír la 
misa diaria, antes de entrar a las clases. El cura, como fué 
práctica en los antiguos tienij^os, es el maestro de escuela de 
la parroquia, y los sotacuras son sus ayudantes si es nume- 
rosa. Adoctrínalos con amor en todas las creencias ; for- 
tifícalos contra toda innovación peligrosa y contra toda ti- 
bieza que pueda dar entrada en sus almas al odiado protes- 
tantismo de sus amos. Asi el catolicismo se ha endurecido y 
reconcentrado para hacer trente a la destitución de la raza 
y del idioma, y se apega a las añejas prácticas y aun a las 
supersticiones más frivolas por no dar su brazo a torcer. 
Todo esto es santo, bello, tierno, patriótico y ortodoxo, sin 
duda. Pero, ¡ah, que está de Dios que no ha de haber cosa 
cumplida en este mundo ! Los católicos de Montreal poseen 
y cultivan una ignorancia desesperante. Alejados de la admi- 
nistración, porque temen contaminarse si aceptan empleos, 
viven ajenos de todo movimiento de la vida pública. Al lado 
de los yankees, gobernados por la Inglaterra, no j)r)seen nin- 
guna industria, cultivan mal la tierra, y la pobreza, la obscu- 
ridad, la nulidad y la miseria los viene cercenando y estre- 
chando de todas partes. Hoy vende una familia patricia su 
casa que compra un comerciante inglés, y mañana sus hijos 
están en la indigencia, y como no tienen ni instrucción ni ha- 
bilidad manual, concluyen sus nietos por ser mozos de cordel 
o domésticos. Calcúlase que en im siglo más habrá desapa- 
recido este pueblo, incapaz de vivir en la sociedad actual y 
obstinado por patriotismo en perpetuar un modo de ser que 
lo aniquila lentamente. 

Los ingleses, en tanto, se desenvuelven por el comercio, 
por el ejercicio del poder, por la inmigración y por la vida 
británica, tan llena de expansión y actividad. Agitan los ingle- 
ses la separación de la metrópoli y maldicen el día que ven- 
cieron a Montgomery, que les traía la independencia. 

Montreal es un emporio de las peleterías del Norte, y los 
almacenes están llenos de la variedad infinita de produccio- 



ESTADOS UNIDOS 143 

nes que forman este ramo. Después de haber visto aquella 
ciudad encantadora y que bajo las formas más modernas en- 
cierra la población más vieja, hube de dirigirme a Quebec, 
donde quería examinar una caserna que el gobierno inglés 
había establecido para recepción de inmigrantes irlandeses. 
Dáseles alií ración y ocupación diaria hasta que se les destina 
a los terrenos que se han señalado para las nuevas plantacio- 
nes. A veces creo que no debemos pensar en cosas nuevas, 
sino buscar dónde está ya realizada la idea que nos embarga. 
Traía desde Alemania el pensamiento de estas grandes hos- 
pederías, para acoger inmigrantes en nuestros países, y ha- 
blándole de ello a Astaburuaga en Nueva York, indicóme la 
existencia de ésta. Al tomar pasaje en . San Lázaro abajo, 
vínome el remordimiento de aquella prodigalidad de dinero 
con que iba haciendo mis viajes, cual, si fuera un príncipe 
ruso. Siete pesos debía costarme de ida y vuelta la excursión 
a Quebec, duplicado de Montreal, ciudad menos bella y pue- 
blo menos virgen que el que había visto, j Siete pesos ! Tomé 
un vapor para atravesar el San Lorenzo con asiento en el fe- 
rrocarril de la Pradera, que lleva a orillas del lago Chara- 
plain, camino de Nueva .York, tomando a lo largo el larguí- 
simo lago, viendo aproximarse las costas, alejarse o cruzarse 
puntas de tierra entrantes y ensenadas, variándose el pano- 
rama con una movilidad infinita, hasta que llega a Whitehall, 
donde se toma pasaje por un canal que conduce a Troya, 
desde donde el camino de hierro lleva a Boston, fin de má 
excursión por este lado. Reasumamos la parte económica del 
viaje. De Búfalo a la cascada, camino de hierro, i peso, 22 
millas. De Niágara Falls a Lewiston, camino de hierro, stage, 
6 pesos, 31 millas. Lago Ontario a Montreal, vapor, 10 pesos. 
De Montreal a la Prairie, vapor y ferrocarril, i peso. De la 
Prairie, Lago Champlain a Whitehall, i peso; diligencia a 
Troya, 3 pesos ; ferrocarril a Grcenbush, 3 pesos. 



i 4-1 DOMINGO F. SABMIEKTO 



BOSTON 



La ciudad puritana, la Menfis de la civilización yankce. 
tenía 18.000 habitantes en 1790, 33.000 en 1810 y 114.360 
en 1845. La ciudad está fundada sobre una península, cuyo 
istmo de una milla sirve de principal comunicación con el 
continente,' si bien muchos puentes echados sobre la bahía 
interior establecen nuevas líneas de contacto. Suaves colinas 
accidentan el suelo y dan a la perspectiva puntos de vista 
agradables. Vive aún la encina a cuya sombra se reunieron 
los Peregrinos para darse las leyes fundamentales. En Boston 
sé dictó aquella famosa ley de educación pública general \- 
obligatoria de 1676, que ha preludiado a la habilicación dei 
género humano. En Boston se reunieron en meetings los co- 
lonos y resolvieron no pagar el derecho del te, abstenerse 
del uso de esta infusión y arrojar al mar las cajas de te del 
estanco. En Boston se disparó el primer fusilazo en la guerra 
de la Independencia. En Boston están las escuelas públicas 
convertidas en templos por la magnificencia de su arquitec- 
tura, y cada viviente paga un peso anual por educar a los hi- 
jos de sus semejantes, y cada niño pobre consume al año 
siete pesos de renta pública para educarse. En Boston esíá 
la sede y el centro del unitarismo religioso, que propende a 
reunir en un centro común todas las subdivisiones de secta 
y elevar la creencia al rango de filosofía religiosa y moral. De 
Boston, en fin. salen esos enjambres de colonizadores que 
llevan al Far West las instituciones, la ciencia y la práctica 
del gobierno, el espíritu yankee )' las artes manuales que pre- 
siden a la toma de posesión de la tierra. Cuatro líneas de 
vapores lo ligan con la Europa. Un ferrocarril corre la costa 
hasta Portland en el Maine; otro hasta Concordia lo pone en 
comunicación con el Estado de Nueva Hamphire; otro con 
Troya y sus líneas y canales afluentes; tres con Nueva York, 
completándose con líneas de navegación por mar o por la 
sonda de Long Island. Sus hoteles son el primor de los Es- 



ESTADOS UNIDOS 145 

tados Unidos y el Fremont Hctcl pasa ])or superior a todos 
en elegancia y confort. 

Había llegado de noche y entregádonie a ese sueño de 
ganapán que termina las trasnochadas e incomodidades de 
un afanoso viaje. A las tres de la mañana me despiertan gol- 
pes redoblados a mi puerta, y uníi risa prolongada y burlona 
que apenas podía contenerse. Acababa de llegar en la noche; 
alma nacida podía saber que ya me hallaba en Boston, y sin 
embargo, el burlón repetía muñéndose de risa: Abra, Sar- 
miento, soy yo. — ¿Quién es yo? — Y creía hacerme deses- 
]>erar. — Yo, Casaffoust. 

Una noche en Ñapóles tomaba helados en un café con 
un joven francés. Como viese entrar a un individuo, djje a mi 
compañero en francés: Aquel joven es americano, del me- 
diodía, es de Buenos Aires. ¿Hay, realmente, un tipo nacio- 
nal argentino? Ruguendas sabe reproducirlo con el lápiz, y 
yo esta vez acertaba a conocer por la fisonomía a un compa- 
triota. Acercóse con reserva, miróme con frecuencia y al fin 
se aventuró a decirme : ''Creo, señor, haberle oído que soy 
americano". En efecto, era porteño, uno de esos caracteres 
enérgicos que se abren paso en el mundo por su propio es- 
fuerzo. Salido joven de su país, se había establecido en Río 
de Janeiro, pasado a Valparaíso, Bolivia y Lima, y última- 
mente asentádose en la América Central, donde, habiendo en- 
grosado su fortuna, había empezado a creer que el mundo no 
estaría satisfecho si él no lo recorría. Despedímonos en Ña- 
póles y nos encontramos de nuevo en Roma. Allí tomó él 
para Trieste y yo debía salir más tarde para l^lorencia. Al 
entrar en un café en Venecia, Casaffoust nos tapó la puerta; 
acababa de desembarcar. No debíamos vernos más. El día 
que llegué a París lo encontré de manos a boca en el bulevar 
América. En el hotel donde un mes después fui a alojarme 
en Londres, encontré a Casaffoust, que comía a la sazón. 
¡ Era éste un fantasma que me perseguía ! Después de cruzar 
los brazos uno y otro para contemplarnos con extrañeza, nos 
echábamos a reír de esta singularidad. Desde IvOndres par- 



146 DOMINGO r. SARMIENTO 

tió al fin para Belice en el Istmo, desde donde debia arribar 
a Costa Rica. No quiso dirigirse, como yo se lo aconsejaba, a 
los Estados Unidos, La noche que, llegaba yo a Boston, par- 
tía él del mismo hotel, y mientras pagaba su cuenta, leía en 
el libro de pasajeros, abierto ante sus ojos, D. F. Sarmiento, 
eiitre los últimos llegados. Suspendió su viaje, acompañóme 
dos días, y nos separamos prometiéndonos con las mayores 
veras, no volvernos a encontrar más, porque aquella tenaci- 
dad me iba ya dando que pensar. Esta vez lo hemos cumpli- 
do : no nos hemos visto más . 

El principal objeto de mi viaje era ver a Wr. Horace 
Mann, el secretario del Board de Educación, el gran reforma- 
dor de la educación primaria, viajero como yo en busca de 
métodos y sistemas por Europa y hombre que al fondo inago- 
table de bondad y de filantropía reunía en sus actos y sus 
escritos una rara prudencia y un profundo saber. Vivía fue- 
ra de Boston, y hube de tomar el ferrocarril para dirigirme 
a Newton East, pequeña aldea de su residencia. Pasamos lar- 
gas horas de conferencias en dos días consecutivos. Contóme 
sus tribulaciones y las dificultades con que su grande obra 
había tenido que luchar, por las preocupaciones populares so- 
bre educación, y los celos locales y de secta, y la 7ne2quindad 
democrática que deslucía las mejores instituciones, l^a legis- 
latura misma del Estado había estado a punto de destruirle 
su trabajo, destituirlo y disolver la comisión de educación, 
cediendo a los móviles más indignos, la envidia y la rutina. 
Su trabajo era inmenso y la retribución escasa, enterándola 
él en su ánimo con los frutos ya cosechados y el porvenir que 
abría a su país. Creaba allí, a su lado, un plantel de maestras 
de escuela que visité con su señora, y donde, no sin asombro, 
vi mujeres que pagaban una pensión para estudiar «natemá- 
ticas, química, botánica y anatomía, como ramos coraplemen- 
tarios de su educación. Eran niñas pobres que tomaban di- 
nero anticipado para costear su educación, debiendo pagarlo 
cuando -se colocasen en las escuelas como irr.c'íra*: y romo 
los salarios que se pagan son subidos, el negocio era stguro 



K-STADOS l".1Il)0a 147 

y lucrativo para los prestamistas. Gracias a sus desvelos, el 
Estado de Massachusetts, de que es Boston la capital, con- 
tenía en 1846, en las trescientas nueve ciudades y villas que lo 
forman, 3475 escuelas públicas, con 2589 maestros hombres 
y 5000 maestras, asistidas por 174.084 niños'. Observe Vd. 
que el número de maestros de escuelas es mayor en este Es- 
tado que el monto total del ejército permanente de Chile, y 
<'l tercio del de todos los Estados Unidos. 

Iv* población del Estado es de 737.700 habitantes, y los 
niños en estado de asistir a la escuela, 303.877. 

Las rentas destinadas para sostener la educación pública 
son 650.000 pesos, recolectados por contribución de escue- 
las ( I ) . V\.demás de las escuelas hay en Massachusetts yy co- 
legios públicos incorporados, con 3700 estudiantes y 1091 co- 
legios y escuelas particulares, con 24.318 discípulos, los cua- 
les pagan 277.690 pesos por la enseñanza que reciben. 

Además de estas pasmosas sumas, cada localidad posee 
fondos cuyos j)roductos están especialmente destinados a la 
enseñanza. Estos fondos producían quince mil pesos de cen- 
so, a los que se añadían más de ocho mil pesos de sobrantes 
de rentas ordinarias que eran aplicadas por la administración 
a este santo objeto. 

Para más ilustración de mi asunto, añadiré a Vd. que 
tste Estado sólo tiene siete mil quinientas millas cuadradas o 
treinta leguas de ancho sobre sesenta y tres de largo. En 
este reducido espacio hay, como he dicho, más de setecientos 
mil habitantes, -dueños de trescientos millones de pesos. 

Usted ve, mi querido amigo, que estos yankees tienen el 
derecho de ser impertinentes. Cien habitantes por milla, cua- 
trocientos pesos de capital por persona, una escuela o cole- 
gio para cada doscientos habitantes, cinco pesos de renta 
anual para cada niño, y además los colegios; esto para pre- 
l^arar el espíritu. Para la materia o la producción tiene Bos- 



(1) Esto «currla en 1S48 ; ia renta había aacenáido a 800.000 
píaos. — El Á. 



Í18 DOMINGO F. SARMIENTO 

ton una red de caminos de hierro, otra de canales, otra de 
ríos, y una linea de costas; para el pensamiento tiene la cá- 
tedra del evangelio y cuarenta y cinco diarios, periódicos y 
revistas; y para el buen orden de todo, la educación de to- 
dos sus funcionarios, los nieetings frecuentes por objeto de 
utilidad y conveniencia pública y las sociedades- religiosas, 
filantrópicas y otras que dan dirección e impulso a todo. 
¿ Puede concebirse cosa más bella que la obligación en que 
está Mr. Mann, secretario del Board de Educación, de viajar 
una parte del año, convocar a una reunión educacional a la 
población de cada aldea y ciudad adonde Ue^a, subir a- la tri- 
buna y predicar un sermón sobre educación primaria, demos- 
trar las ventajas prácticas que de su difusión resultan, esti- 
mular a los pobres, vencer el egoísmo, allanar dificultades, 
aconsejar a los maestros y hacer las indicaciones, proponer 
las mejoras en las escuelas que su ciencia, su bondad y su 
experiencia le sugieren? 

En los alrededores de Boston, a distancia de doce millas, 
unido a la ciudad por un camino de hierro parg^ las personas 
y por un canal para las materias primas, está Lowell, el 
Birminghan de la industria norteamericana. Aquí como en 
todas las cosas, brilla la soberana inteligencia de este pueblo. 
¿Cómo luchar con la fabricación inglesa, producto de in- 
gentes capitales empleados -en las fábricas, y de salarios ínfi- 
mos pagados a un pueblo miserable ^^ andrajoso? Dícese que 
las fábricas aumentan el capital, en razón de la miseria po- 
pular que producen. Lowell es tm desmentido a esta teoría. 
Ningunas ventajas o escasísimas llevan a los ingleses en el 
costo de la materia prima; pues, tanto vale llevar a Londres 
o a Boston por mar las balas de algodón de la Florida; pero 
las diferencias de salarios son enormes, y sin embargo, los 
tejidos de Lowell sostienen la concurrencia con los ingleses 
en precio, y les aventajan de ordinario en calidad. ¿Cómo 
han hecho este prodigio? Apurando todos los medios inteli- 
gentes de que el país es tan rico. El obrero, el maquinista 
son 'hombres educados ; su trabajo, por tanto, es perfecto, sus 



ESTAIXIS UNIDOS 149 

medios ingeniosos; y pudiencio calcular el tiempo y el pro- 
ducto, producen mayor cantidad de obra y más perfecta. 

Las hilanderas y trabajadoras son niñas educadas, sen- 
sibles a los estímAilos del deber y de la emulación. Vienen de 
ochenta leguas a la redonda a buscar por si medios de re- 
unir un pequeño peculio; hijas de labradores, más o menos 
acomodados, sus costumbres decorosas las ponen a cubier- 
to de la disolución. Buscan plata para establecerse, y en los 
hombres que las rodean no ven sino un candidato a marido. 
Visten con decencia, llevan media de seda los domingos, som- 
brilla y manteleta en la calle; ahorran ciento cincuenta o 
doscientos pesos en algunos años y se vuelven al seno de su 
familia, en aptitud de sufragar los gastos de establecimiento 
de una nueva familia. Para obtener estos resultados hay en 
Lowell hoteles cómodos y espaciosos que dan de comer y 
alojamientos económicos a los obreros, disponiendo de biblio- 
tecas, diarios y aun pianos para las niñas que saben su poco 
de música. De todo el_mal que de los Estados Unidos han 
dicho los europeos, de todas las ventajas de que los america- 
nos se jactan y aquéllos les disputan o afean con defectos que 
las contrabalancean, Lowell ha escapado a toda crítica y ha 
quedado como un modelo y un ejemplo de lo que en la in- 
dustria puede dar el capital combinado con la elevación moral 
del obrero. Salarios respectivamente subidos producen allí 
mejor obra y al mismo precio que las fábricas de Londres, 
que asesinan a las generaciones. 

Estos tejidos de Lowell, como los de Pittsburg y de dos- 
cientas fábricas que se levantan en diversos puntos del te- 
rritorio de la Unión, entran por poco todavía en la masa de 
productos fabriles que inundan los mercados del mundo. Se 
consumen la mayor parte en el interior del país, y aun en esto 
los Estados Unidos presentan uno de esos resultados que 
muestran en cifras luminosas cuánto es el bienestar de que 
goza la masa de la población. Datos estadísticos de Francia 
muestran que aquella nación sólo consum.e al año un metro 
de tejidos de algodón por persona, y la Irlanda una y media 



150 DOMINGO F. SARMIENTO 

yardas, mientras que los Estados Unidos consumen veintiuna 
y media yardas por persona, lo que liace suponer que no íiay 
ganapán que no tenga sábanas y varias mudas de camisas. 
De este dato los publicistas norteamericanos sacan una con- 
clusión que no deja de tener su valor. En lugar — dicen -r— 
de buscar mercados en el exterior para nuestras fábricas, 
traigamos población para nuestros bosques. Si nosotros hu- 
biéramos de proveer de tejidos de algodón a la Irlanda, que 
tiene cuatro millones de habitantes, habríamos suplido a sus 
necesidades con seis millones de yardas de tejidos; tnien- 
tras que para consumir esos mismos seis millones, son bas- 
tantes 285.714 inmigrantes, qué es poco más o menos la 
cifra de la inmigración anual. Veinte años de inmigración 
nos darán colocación «para ciento veinte millones de yardas 
de tejidos de algodón. 

El consumo de los otros artículos manufacturados está 
en igual proporción con los tejidos de algodón. El año 1842 
se introdujeron en los Estados once millones de pesos en te- 
jidos de lana, veinte y un millones en 1836, bien que en 1840 
y 1842 anduvo de ocho a nueve millones. En 1839 ccnsu- 
inieron veinte y un millón de pesos en tejidos de seda, quin- 
ce millones en 1841, y nueve en 1842. Nueve millones de 
tejidos de hilo en 1836, cerca de siete millones en 1841, ha- 
biendo bajado a tres y medio en 1842. A este enorme con- 
sumo de productos europeos corresponden cifras no menos 
abultadas de producciones nacionales. Calculábase para el 
año 1843 como producto anual de la agricultura, 65.387.597 
dólares; de manufacturas, 239.836.224 dólares, y del comer- 
cio, 79.721.086. 

Hasta el año. de 1825 no se había estampado en los Esta- 
dos Unidos una sola yarda de calicó (quimón). En 1836 se 
importaron de Inglaterra ciento cincuenta millones de yar- 
das, lo que según el censo de 1840 que dio diez y siete millo- 
nes de habitantes, toca a cada mujer (el tercio del número 
tal) dos vestidos de a diez varas. En 1842 los estampados 
norteamericanos subieron a la enorme suma de ciento cin- 



ESTADOS UNIDOS 151 

cuenta y ocho niiílones de yardas, habiendo descendido la 
importación inglesa a sólo quince millones. Las manufactu- 
ras de los Estados de Nueva Inglaterra proveian en 1845 ^^ 
mercado a un tercio del algodón que cosechan los Estados 
del Sur, y los obreros consumían más harina y granos que 
la cantidad exportada por el puerto de Nueva York. 

M. Mann me favoreció con muchas cartas de introduc- 
ción para sabios, pedagogistas y hombres notables. Su nom- 
bre solo, era ya por todas partes un pasaporte para mí. Tuve 
una larga conferencia con uno de los ministros de Estado, 
quien me proveyó de una orden para que se me entregasen 
varias colecciones de libros y documentos públicos que me po- 
nían al corriente del estado de la educación en Massachusetts 
y después de ver cuanto digno encerraba la ciudad de ser 
visto, plíseme en camino para Nueva York, por una serie de 
ferrocarriles y vapores combinados, que me pusieron no sé 
cómo, de día y de noche marchando, en el desembarcadero 
de Nueva York. 

BALTIMORE, FILADELFIA 

Lleno aun de las emociones de este viaje, el más impre- 
sivo que puede hacerse en quince días, viendo aún en mi ima- 
ginación la cascada de Niágara, asistí a una representación 
del genial Tom Pucc, el enano de 25 pulgadas de alto. 

Don Santiago Arcos me aguardaba con impaciencia para 
que emprendiéramos el viaje de regreso a Chile. Cada vez 
que me hablaba de. este asunto, poníale yo la cara de un mi- 
nistro del despacho, cuando no sabe si se acordará o no lo 
que de él se solicita. Abríamos el mapa, trazábase la ruta, y 
ya estábamos punto menos que en marcha, sin que yo diese 
síntomas de convenir en nada. Hubimos al ñn de explicar- 
nos. Yo tenía en caja veintidós guineas y como treinta pa- 
peles de a un peso, ni un medio más, ni un medio menos. Al 
fin cogí a dos manos mi resolución y expuse mi situación 
financiera con toda la dignidad de quien no pide ni acepta 



152 DOMINGO F. SARMIENTO 

auxilio, intimando mi ultimátum de separarme desde la Ha- 
bana, para seguir mi camino por Carracas. Arcos me había 
escuchado con interés y aun le tentaba la perspectiva de 
atravesar las soledades tropicales de la América del Sud, co- 
rrer aventuras ignoradas, pasar trabajos y no contar sino 
consigo mismo para sobreponerse a ellos; pero el lado ro- 
manesco y varonil de su carácter no es menos aparente que 
la jovialidad y franqueza que lo distingue. Cuando yo me es- 
peraba ofrecimientos y protestas, salióme con un baile pan- 
tomímico y un reír a desternillarse, que me puso en nuevos 
gestos de dignidad, ¡ Qué bueno — decía saltando y riendo — 
pues si yo no tengo sino cuatrocientos pesos! Hagamos com- 
pañía y donde se concluya el capital de ambos, proveeremos 
según lo aconseje la gravedad del caso. 

Dispusimos, pues, que yo continuaría pronto mi ruta a 
Washington por Filadelfia y Baltimore, nos daríamos cita 
en Filadelfia para emprender la jornada por Harrisburg y 
Pittsburg, para descender el Ohio y el Mississipi hasta Nue- 
va Orleáns, distante 22.234 millas del lugar donde nos ha- 
llábamos; y acercándose la hora de la partida del tren de la 
mañana para Filadelfia, hice aprisa mi maleta y la entrega 
de billetes y guineas para que las cambiara, prestándome en 
cambio treinta o cuarenta dólares para gastos de la excur- 
sión. Este pequeño incidente es, sin embargo, el origen del 
más espantable drama de que he sido víctima en mis viajes. 

Lo fatigaría a Vd. si continuase describiéndole ciudades 
notables; pero Filadelfia y Baltimore son tipos de la construc- 
ción civil de los iEstados Unidos que, a diferencia de Nueva 
York, conservan toda su originalidad. Tienen los americanos 
el don de reducirlo todo a arte, y aplicar el sentido común y 
los cálculos de la conveniencia a todas las cosas. Conoce 
Vd. nuestras ciudades sudamericanas cortadas todas por un 
mismo padrón, en calles a distancia de ciento cincuenta va- 
ras, de doce de ancho, y cortándose en líneas rectas. Este 
damero parécenos el bello ideal de la perfección. Pero pro- 
póngase Vd, ir del centro en una dirección oblicua, o para 



ESTADOS UNIDOS 153 

V 

ñjar más los términos, si las calles corren de Sur a Norte y 
de Este a Oeste, ¿cuánto espacio se necesita andar para lle- 
gar el extremo Sudeste o Nordeste? Claro está que el doble 
de la distancia que hay en línea recta, porque es necesario 
hacer zi-zag de calle en calle, por el ángulo de cada cuadra 
a fin de buscar la diagonal. La manzana de ciento cincuenta 
varas da en el centro setenta y cinco de fondo a cada solar ; 
espacio más que suficiente para tener viña, hortaliza y ar- 
boleda en el interior de la casa; pero acumulándose la po- 
blación, este centro de las cuadras es un terreno inútil y que 
fuerza a tomar a las habitaciones un frente en proporción, y 
diseminar las casas. Después vienen los tubos de hierro para 
distribuir el agua potable, los cañones de gas, etc., y se en- 
cuentra que los costos para superficies tan grandes exceden a 
los posibles de los vecinos. Los norteamericanos han inven- 
tado su plan de ciudades en atención a todas estas circuns- 
tancias. La manzana tiene o puede tener 140 varas de largo, 
pero sólo le dan 30 ó 50 de fondo, de manera que dos casas 
pueden dar frente a ambas calles, y poblar bien la ciudad. 

Como la calle es materia de comodidad pública y de re- 
creo, tiene de ordinario treinta varas, flanqueada a distan- 
cia de cinco o seis de los edificios, de árboles coposos, que 
esparcen sombra en todas direcciones. Las aceras son por 
tanto calles separadas e independientes de la central, ancha 
de veinte varas, que está abandonada a carros, jinetes, óm- 
nibus y aun a ferrocarriles, que todos tienen espacio para 
moverse. Crúzanse éstas en ángulos rectos; altérnanse en 
anchas y angostas; intercéptalas de vez en cuando una ancha 
calle transversal que conduce a los ángulos extremos de la 
ciudad ; cambia de plan y dirección todo el sistema de calles ; 
redúcense más aun las manzanas cerca de los puertos, y, por 
todas partes presentan las calles asonadas un bosque de ár- 
boles, que cierran a cierta distancia la perspectiva, y por 
sobre sus copas las cúpulas de los bancos o de los hoteles, 
las agujas de los templos y los frontispicios de los edificicís 
del Estado. Nada hay más holgado, aireado ni silvestre que 



154 DO-MINGO F. ñAUMf.EríTO 

estas calles de árboles y de casas, en que el movimiento de 
los otros es una cosa que no nos atañe ni interesa. 

En Baltimore tomé el ferrocarril de Washington, y a 
poco andar cata que venía en dirección opuesta y por los mis- 
mos rieles otro tren de vagones. Grande alboroto adentro. 
¡ Qué sacar de cabezas por las ventanillas, qué abrir de oja- 
•zos, al mirarnos unos a otros, qué agitar de pañuelos, en fin, 
en ambos trenes, temerosos de que fuesen a darse una topada 
y quedáramos todos hechos tortilla! Era el caso que con las 
avenidas, se había desgringolado un puente, y el tren que 
venía era el que había salido de Baltimore el día anterior. 
Tuvimos que echar pie a tierra, y entre todos los pasajeros, 
metidos en el fango, levantar punto menos que en peso la 
locomotora y el tender y traerlos a la culata del tren para 
que desde allí volviéramos a Baltimore. 

No se podía ir a Washington, porque en los Estados Uni- 
dos, si no hay camino de hierro, o canal o río, no se cree 
viable la tierra de otro modo. Improvisóse en el acto un 
vapor que debía llevar los pasajeros por un río hasta cierto 
punto; de allí tomar un fragmento de ferrocarril; pasar a 
pie una distancia, tomar otro ferrocarril y embarcarse en otro 
y entrar en Washington por la bahía de Chesepeake y el río 
Potomack. El vapor, de la Bahía era un cascarón de formas 
abominables y de mal talante, lleno de camarotes superpues- 
tos en seis o siete pisos, como las gavetas de un inmenso ar- 
mario. El stezvard me señaló el mío en el quinto piso; pa- 
sóse el día en mirar el paisaje, sobrevino la noche, solicitó- 
me el sueño, y como las gallinas que miran de hito en hito 
la rama donde han de posarse, anduve a vueltas un rato, has- 
ta que resolví emprender la jornada de llegar a mi camaro- 
te, subiendo por los otros a guisa de lagartija. Iba ya a medio 
camino, cuando empieza abajo im rumor de voces y de risas, 
que se convertía por segundos en un crescendo universal. Yo 
seguía tranquilo mi ascenso, y ya ponía una pierna dentro 
de mi agujero, cuando alguien me toma de la otra y me 
dice qué sé yo qué barbaridades en el tono natal del yankee. 



ESTADOS UKIDOS 155 

Vuelvo la vista y veo, ¡ oh, rabia ! que era yo el objeto de la 
risa de trescientos gaznápiros. El tal me disputaba el lugar: 
liabíale colocado un pañuelo en señal de posesión, y liacía 
rato que me estaba haciendo oposition, sin que yo interrum- 
piese mi ascenso. Imagínese usted, amigo, mi situación en 
aquella postura incongruente, expuesto a la vergüenza pú- 
blica, hecho el objeto del ridículo de aquella turbamulta. 

No había más remedio que descolgarse, ocultar la cara 
entre ambas manos, atravesar la muchedumbre y tirarse al 
agua. Yo hice algo mejor. Bájeme, en efecto, dirigíme rá- 
pidamente a una luz que estaba por ahí, y poniéndome en 
lugar donde los rayos me iluminasen perfectamente la cara, 
con voz llena y estridente, con semblante contenido, pero se- 
vero, dije, dirigiéndome a la multitud que aguardaba alguna 
nueva peripecia para reírse más: Señores! Si hay entre vo- 
sotros alguno que entienda español o francés, hágame la gra- 
cia de manifestarse, porque necesito explicarme, dar y pe- 
dir inmediatamente una satisfacción. Un profundo silencio 
se había hecho en el intertanto. Los que no sabían el francés 
en que hablaba, para no dar materia nueva al ridículo con mi 
mal inglés, se miraban unos a otros, mientras que allá en el 
fondo oí quedo repetir mis palabras traducidas al inglés. La 
escena había cambiado completamente; el yankee es bueno 
de corazón, y todos sintieron que me había llegado al alma 
aquella broma, que no tenía malicia de su parte. Acercáronse 
algunos, dándome cordiales explicaciones, vino el opositor al 
hueco y me dijo en tono blando lo que sucedía, abandoné yo 
mi posición de gato acosado, y fui a dormir en un espacioso 
camarote que en cambio me dio el steward, que en pública au- 
diencia había declarado que él me había asignado el camaro- 
te disputado. El día siguiente páselo tranquilo mirando las 
cosías de Virginia, llanuras espaciosas, cultivadas en parte, 
y en parte cubiertas de sotillos, hasta que remontando el Po- 
tomack llegamos a un barranco, con honores de puerto ma- 
yor de Washington, la capital de los Estados Unidos. 



156 DOMINGO F. SARMIENTO 

WASHINGTON 

Sobre una eminencia que domina el panorama adyacente 
se alza el Capitolio Americano, cuya primera piedra colocó 
Washington en 1793. Este monumento es la capital de los Es- 
tados Unidos, que no reconocen otra institución madre que 
el congreso. Reunirse para deliberar sobre todas las cuestio- 
nes que afectan al interés de más de uno, es el instinto na- 
cional del pueblo norteamericano. La naciente colonia de Vir- 
ginia, fundada por una compañia de Londres, a quien el rey 
había hecho una gran concesión de tierras, había, después de 
muchas vicisitudes, caído bajo el gobierno provisorio de un 
tal Argall, hombre violento y rapaz, que para hacerse obede- 
cer de los colonos proclamó la ley marcial. El trabajo de los 
colonos era confiscado en favor del gobernador, y en casti- 
go de ligeras faltas imponía meses de trabajo forzado en sus 
haciendas. Las violencias del gobierno, la trasplantación de 
la tiranía a América contenían la emigración europea, mien- 
tras que los colonos, desalentados por los sufrimientos mo- 
rales de la opresión, empezaban a desmayar en su ruda tarea 
de descuajar la tierra. Entonces los colonoá elevaron su voz 
para pedir a la compañía de Londres desagravio; y acusaron 
a Argall de defraudar a la compañía misma, mientras daba 
rienda suelta a sus pasiones sobre los colonos. Después de 
acaloradas luchas sus quejas fueron oídas, Argall depuesto 
y desaprobado, y en su lugar enviado Yeardley, un Wash- 
ington que tomó a su cargo echar los cimientos de la futura 
organización de los Estados Unidos. 

Así, pues, la arbitrariedad de los gobernantes que cual 
polilla se había introducido en América entre los bagajes de 
los primeros colonos, fué extirpada antes que lograse fecun- 
dar los huevos en la patria americana; y la ocupación cons- 
tante de los colonos desde entonces, en cada punto de ítts na.- 
cientes plantaciones, fué combatir ya las pretensiones de los 
gobernadores enviados por la corona; ya negar el exequátur 



ESTADOS UNIDOS 157 

a las pragmáticas y decretos de los reyes mismos de Ingla- 
terra cuando invadían sus libertades ; ya, en fin, oponerse a 
los avances del parlamento inglés, cuya autoridad en materia 
de impuesto no reconocieron jamás, por no estar las colonias 
directa y debidamente representadas en el parlamento. La re- 
volución de la independencia fué el último acto del drama 
principiado en 1618 en Virginia, y que concluyó en 1774, con 
la última batalla de la guerra de la independencia. 

¡ Esto sucedía en 1618, a principios del siglo XVII, cuan- 
do la Europa, sin exceptuar a la Inglaterra, yacía entregada 
al desenfreno de la regia autoridad, y la hoguera y el hacha 
del verdugo, la confiscación y el saqueo, eran el castigo, más 
que del crimen de la debilidad de las víctimas. Puso Yeard- 
ley ordenen todas las cosas, libertando al diminuto plantel de 
colonos de todas las cargas hasta entonces impuestas, y que 
no fuesen estrictamente necesarias para la conservación y ade- 
lanto de la colonia. La autoridad del gobernador fué limita- 
da por un consejo, que tenía el derecho de revocar aquellas 
disposiciones que juzgase injustas o perjudiciales, y los colo- 
nos mismos fueron admitidos a participar en la legislación. 
En el mes de junio de 1619, fué convocado en Jamestown el 
primer congreso americano, la primera representación popu- 
lar, compuesta del gobernador y, su consejo, y de los diputa- 
dos por cada uno de los once miserables villorrios que com- 
ponían entonces la colonia de Virginia, para discutir en él 
cuanta materia pudiese ofrecer medios de mejora y progre- 
so para la naciente colonia. La compañía de Londres, y no el 
rey, debía ratificar las leyes así sancionadas. Aquella nación 
con congreso y consejo de estado componíase tan sólo de 
seiscientas personas entre niños, mujeres y hombres, en 1619; 
y en 185 1, en otra parte del suelo americano, las hay de mi- 
llones de hombres que no habían tenido fuerza ni dignidad su- 
ficiente para poner límites racionales al poder inquisitorial y 
destructor que los domina. Aquella fué, pues, la aurora de la 
libertad norteamericana; los colonos llenos de entusiasmo y 



158 DOMINGO F. SAK^TIEKTO 

con el ánimo abierto a todas las esperanzas "empiezan a edi- 
ficar casas, y sembrar trigo", seguros ya de tener una patria 
que no había por qué temer abandonarían jamás. 

Las legislaturas -entran desde los principios en la organi- 
zación de casi todas las colonias, y se reúnen congresos entre 
varias de ellas, para resistir a las incursiones de los salvajes 
o mandar expediciones de milicias combinadas para escar- 
mentarlos. Washington en una época posterior hizo conocer 
así a los Estados los talentos militares que más tarde puso al 
servicio de la libertad de su patria. Cuando aun el pensamien- 
to de separarse de la Inglaterra no había apuntado en cabeza 
alguna, las diversas colonias enviaban diputados a congresos 
generales para acordar la marcha que debía seguirse, a fin de 
resistir las pretensiones del parlamento inglés, como habían 
resistido al Largo Parlamento, y como era la tradición cons- 
tante de la tierra. Durante la guerra de la independencia, el 
congreso emigraba de \in punto a otro, y los soldados amoti- 
nados, cobrando sus salaries, era al congreso a quien dirigían 
sus quejas y sus amenazas. Todavía después de asegurada la 
independencia, el congreso fué asaltado en Annápoles, que ^e 
servía de asiento, y entonces Washington, dícese que sin otra 
idea política que la necesidad de fijar el lugar de su residen- 
cia, indicó a Washington para que reposase aquel tabernáculo 
de la alianza, como Salomón construyó un templo en Jerusa- 
lén para el arca que contenía los libros de la ley del pueblo 
hebreo. 

En los Estados Unidos no hay capital propiamente dicha, 
o, más bien, según la acepción latina que damos nosotros a 
esta palabra. Descúbrese esto al contemplar la comparativa 
soledad de aquel monumento, arrojado como por acaso en el 
centro de la villa, que no es centro d.e nada, ni del país, ni 
de la inteligencia, ni de la riqueza, ni de la cultura, ni de las 
vías comerciales. Colocada sobre la margen izquierda del Po- 
tomack, a 120 millas más arriba de su desembocadura en la 
bahía Chesapeacke, ni el nombre de puerto merece el desier- 



ESTADOS üNinO.'! IZ'.) 

lij embarcader(í dónele atracan al.^^unos buques. Hl distrito 
de Columbia es la provincia de sesenta millas cuadradas que 
le queda, de las cien que originariamente le concedieron los 
vecinos Estados de Maryland y de Virginia. Esta última 
retiró, el año pasado cuarenta millas que estaban al lado opues- 
to del río y que la capital germen no puede fecundar; y trein- 
ta y cinco mil liabitantes es toda la población del Estado, de 
la cual hay reunida en la capital más de veinticinco mil. Como 
se sabe, el congreso es el soberano de este territorio. 

La ciudad está rodeada de una serie de colinas de aspec- 
to alegre, cubiertas de verdura, y en algunos de sus declives 
cultivadas. El terreno mismo de la ciudad es elevado, ocu- 
pando el centro el capitolio, desde donde parten calles con 
dirección a los cuatro puntos cardinales, dividiendo la ciu- 
dad en manzanas cuadradas como nuestras poblaciones. Las 
calles llevan el nombre de los diversos Estados de la Unión, 
y las principales de entre ellas, tienen cuarenta y cinco a cin- 
cuenta varas de ancho. La mayor parte de ellas apenas están 
trazadas, i:)ero la de Pensilvania, que conduce del capitolio a 
la casa del presidente, tiene aceras de nueve varas de antího 
enlozadas y con líneas de árboles de ambos costados. En tor- 
no del capitolio se extiende un jardín de veintidós acres de 
terreno, adornado de gran variedad de árboles, y animado 
por el bullicio de fuentes cristalinas, de modo que aquel lu- 
gar, es también, a más de los altos fines de su existencia, un 
paseo que atrae a los habitantes y transeúntes por la belleza 
de la situación. 

El edificio pertenece al orden corintio y está construido 
con la hermosa piedra blanca norteamericana que llaman 
frcestonc. Está situado sobre una eminencia y ele\'ado 78 pies 
sobre la altura de la marea, y se compone de un edificio cen- 
tral, dos alas y una proyección en el costado oeste, presen- 
tando un frente de 352 pies, incluyendo las alas, Al este el 
frontón tiene 65 pies de ancho, sobre el cual se avanza un pór- 
tico de veintidós columnas de 38 pies de alto. La gran cúpula 



160 DOMINGO F. SARMIENTO 

central tiene 120 pies de alto, y la rotonda que forma en el 
interior 90 de diámetro, adornada con esculturas, y altos re- 
lieves. En el ala del sud está la cámara eii que se reúne la 
Sala de Representantes, de forma circular de 96 pies de diá- 
metro y 60 de alto, cubierta por una cúpula que sostiene vein- 
ticuatro columnas de jaspe americano con capiteles de már- 
mol blanco de Italia, Al lado opuesto, en una rotonda algo 
semejante, pero de más pequeñas dimensiones, se congrega el 
Senado; y en un piso inferior y menos ornamentado, tiene sus 
audiencias la Suprema Corte de los Estados unidos. Hay, 
además, sesenta departamentos para reunión de las comisio- 
nes, y residencia de empleados del congreso. Una muralla de 
piedra rodea el edificio; un depósito de gas provee a la ilu- 
minación especial de todo el espacioso monumento, pudiendo 
alimentar seis mil picos que se encienden para las ilumina- 
ciones; y en aquellos momentos estaba para terminarse el apa- 
rato para colocar sobre la cúpula central, en un mástil de diez 
y seis varas de alto, una luz eléctrica que debía iluminar la 
ciudad y acaso el distrito de Columbia entero. ¡ Bello símbolo 
por cierto, de la misión de aquella casa, desde cuyo recinto 
sale la luz de la inteligencia, iluminando toda la nación! Acor- 
dábamonos con Astaburuaga, quien me servía de cicerone en 
el examen del edificio, de aquella camarilla de diputados que 
habíamos dejado en Chile, en la que los representantes están 
ensacados en una especie de vainas laterales, o si pudiese lle- 
varse la comparación a terreno irrespetuoso, cual bostitas de 
cordero en una tripa, i-epitiéndonos al oído el viejo adagio: 
ruin es el que por ruin se tiene. Los locos en Londres, en Ge- 
nova y otros puntos de Europa, moran en palacios más nobles 
que el que cubre a nuestros congresos en América. 

Pues que ya he empezado a describir edificios, concluiré 
con los pocos que llaman !a atención del viajero en la presunta 
capiial de los Estados Unidos. White House, la casa blanca 
como la llama el pueblo, es el palacio presidencial, y está 
colocada en la parte aun desierta de la población, en el punto 



ESTADOS UXIDOS 161 

donde se citizan las calles de Pensilvania, Virginia, Connesti- 
cut, New York y Vermont, rodeada de un parque de veinte 
acres de terreno, y sobre una elevación de cuarenta y cuatro 
pies sobre el rio. El frontis que sirve de entrada por la pla- 
za de Lafayette hacia el norte, y el que da al sur sobre el 
jardín, domina el hermoso [panorama de la ciudad, el río Po- 
tomack, las costas de Maryland y de Virginia. .En el freni:e 
del norte hay un hermoso pórtico que reposa sobre cuatro 
columnas jónicas. Una intercolumnación exterior sirve para 
poner a cubierto los carruajes de los visitantes. El espacio 
interme<liario está destinado para el tránsito a pie, y una ele- 
vada plataforma conduce de ambos lados a la puerta de en- 
trada. El interior del palacio está pasablemente ornamentado, 
aunque no tanto cuanto correspondiera al presidente de los 
Esíados Unidos. El servicio de palacio es modesto, y aun mez- 
quino en las exterioridades. Vese al presidente paseándose solo 
por las hermosas avenidas del jardín adyacente; uno o dos 
porteros en librea, únicos servidores que el Estado pone a su 
servicio, no siendo permitido al presidente tener guardias en 
torno de su persona. El presidente recibe sin ceremonia a los 
que desean verlo, y hay un día de la semana, y dos o tres 
días del año, en que todo estante o habitante tiene derecho de 
entrarse liasta la habitación del presidente. El 4 de julio la pla- 
za de Lafayette se llena de carruajes de los visitantes en 
aquel día de felicitaciones ; descienden éstos del carruaje, y 
tras ellos el cochero, que encomienda los caballos a algún 
muchacho mediante algunos centavos. El presidente está en 
aquellos días en verdadera exhibición ; los cocheros se abren 
paso por entre la multitud haciendo resonar sobre el pavimento 
de mármol sus botas herradas, llegan ante el presidente y 
le tienden una mano callosa que aprieta la suya fuertemente 
y la sacude mirándole la cara y riéndosele con fisonomía bo- 
naza, provocativa, y satisfecha; tornan a sus caballos, vol- 
viendo de vez en cuando la cara para mirar al presidente, a 



162 DOMINGO F. SARMOíNTÜ 

obtener un último piping, de gusto y de felitación. ¡Pobre 
presidente de la democracia! 

Hacia el lado oriente del VVhite House hay extensos edi- 
ficios, y otros dos hacia el occidente, los cuales están desti- 
nados para las oficinas' de los ministros de hacienda, guerra y 
marinad La Posta general es un palacio del orden corintio ; 
y la tesorería ostenta una columnata de 457 pies de largo. La 
oficina de patentes, depósito de modelos de inventos, con un 
pórtico imitado en la forma y en la extensión del Partenón 
de Atenas, tendrá, cuando se terminen las alas, cuatrocientos 
pies de largo, encerrando en la parte concluida un salón de 
275 pies de largo y 65 de ancho. 

Hay, además, en Washington 30 templos de diversas 
congregaciones, doce colegios (academias), una universidad, 
tres bancos, dos asilos para huérfanos, un consistorio mu- 
nicipal, un hospital, una penitenciaria, un teatro y algunos 
edificios particulares, que dan cierta apariencia a aquel plan- 
tel de la ciudad. 

Mi residencia en Washington fué uno de aquellos oasis 
de felicidad íntima, doméstica, en que el corazón se lleva la 
mayor parte, y que tan preciosos son para el que vaga por 
luengas tierras. El señor Carvallo, enviado extraordinario de 
Chile, se obstinó en darme hospitalidad en la casa de' su em- 
bajada; su señora me prodigó cuantas atenciones puede ha- 
cer recordar la familia, y si algo faltara para estar a mis an- 
chas, mi amigo Astaburuaga, secretario del agente chileno, 
me acompa aba a todas partes, poniendo a mi disposición 
su práctica y conocimiento de Washington. Así él podía mos- 
trarme en la avenida de Pensilvania, entre las jóvenes tran- 
seúntes que llamaban nuestra atención, cuál era la hija de 
un senador, la de un banquero, una simple modista u otra 
persona menos calificable. La sencillez del vestido, sus pa- 
seos y trajines por las calles, sin nadie que las acompañe, y 
el detenerse aun a mirar cualquier cosa que llame la aten- 
ción, dan una idea del decoro de las costumbres norteameri- 



ESTADOS UNIDOS 163 

canas, y de aquella libertad de que goza la mujer soltera en- 
tre ellos. 

Quería mi amigo Astaburuaga ponerme en contacto con 
el redactor del Wáshmgton Intelligencer, diario muy impor- 
tante-de la capital, por tanto, de oposition entonces, pues en 
aquel momento dommaban en el gobierno con Mr. Tayior 
los demócratas. Encontrárnoslo en campo abierto sobre el 
terreno destmado a ia fundación de un colegio, para cuyo sos- 
tén legó un ciudadano millón y medio de pesos, rodeado de 
siete u ocho jóvenes, y ocupados en discutir las bases, a lo 
que supe después, de un gran proyecto. Mr. Jonhson, el 
diarista, era el presidente de edad nombrado para presidir a 
la instalación. Acércamenos nosotros, a distancia comedida, 
espex^ando que la sesión se levantase, temerosos de ser impor- 
lunüs, como cuando nuestras gentes rezan, que debe esperarse 
a que se santigüen para saludarlas. Dirigíalas el presidente 
la palabra; coniesiaba alguno; replicaba un tercero ea tono 
sentencioso y frío, y oídos los pareceres, el presidente so- 
metía a votación la materia, contando los gangosos yeSj yes, 
nay, yes, nay, y declarando cuál era el punto sancionado. Re- 
pitióse vanas veces el procedimiento, y el fuego graneado 
yes, nay, nay, yes, yes, terminó, al fin, el asunj'to. Entonces, se 
acercaron a Astaburuaga, sucediéronse las reciprocas presen- 
taciones de costumbre, y supe, andando la conversación, que 
se habían reunido allí para echai^ los cimientos de una asocia- 
ción con el grande objeto de... jugar a la bocha! Oh! los 
yankees ! 

Habíase, pues, propuesto, discutido y aprobado con una 
fuerte mayoría de dos o tres votos. — i." presidente, que lo 
fué Mr. Jonhson; local, aquel donde estaban reunidos; hora 
de reunión, las cuatro de la tarde; extensión del juego, reglas, 
arbitración en los casos litigiosos, multas por infracción, etc. 



164 DOMINGO F, .SARMIKIÍ'iO 

Era y es Mr. Jonlison (i) un sujeto de cuarenta años, hijo 
de un general de la independencia del mismo nombre, culto 
de modales e instruido, cual correspondía al director de un 
diario trascendental. Pasamos días enteros en discusiones las 
más acaloradas sobre un punto, en que no habría esperado 
contradictores en los Estados Unidos, a saber, la democracia 
y la república. Mr. Jonhson estaba bajo la pata del partido 
demócrata que domina desde la presidencia Polk, y ofendido, 
desmoralizado por la tiranía de sus opresores, porque en los 
Estados Unidos la mayoría dominante en el gobierno es im- 
placable e intolerante, maldecía de la república, de la demo- 
cracia y de aquella licencia ignorante y brutal que se decora 
con el nombre de libertad. El mérito obscurecido, y eso es 
cierto; el interés público descuidado, y eso también es cierto 
en muchos casos; los servicios olvidados o miserablemente re- 
tribuidos, cosa que es de regla en los Estados Unidos; en fin, 
la pasión de partido sirviendo de criterio y de peso y medida 
para juzgar de todos y de todo; el charlatanismo preferido 
a la ciencia, y las pasiones menos justificables sirviendo de 
impulso a la dirección de la opinión pública, todas estas ta- 
chas y otras muchas que afean las democracias, las pasaba 
en revista para hacerme detestar aquella libertad de que yo 
me mostraba tan apasionado. Cuando yo m^e empeñaba en con- 
tradecirlo, me decía con sinceridad : "lo que yo quiero es que 
Vd. no se alucine con esta apariencia de orden, de prosperi- 
dad y de progreso, y los atribuya a la forma de gobierno. Bajo 
esta corteza no encontrará sino miserias, pasiones indignas, 
ignorancia y caprichos. Lo que yo me propongo es que no 
vaya Vd. a la América del Sud a proponernos por modelo de 
gobierno". Otras veces, más aplacado, me confesaba que la 
exasperación en que lo tenía la tiranía del partido contrario, 



(1) Ahora ea t-mpIeaUo d© una oflcina, y está, a lo que A»tabu- 
riiaga me encrlbe, en todo «u «.poeao, puea domina «1 partido 
whlg. — Kl a'^tor. 



feSTADOS UNIDOS 165 

a él que era hijo de un general ilustre, a él que estaba por la 
educación preparado para ocupar en la sociedad lugar mejor, 
ofuscaba, a veces, su razón y le hacía exagerar los incon- 
venientes muy reales del gobierno popular. Sin embargo, de 
estas atenuaciones, diferíamos en puntos esenciales. Sostenía 
él, por ejemplo, que la libertad es en las naciones una de las 
faces que recorren. La libertad engendra la licencia; la licen- 
cia trae la anarquía; la anarquía el despotismo. Aquí hay un 
momento de alto; mientras el despotismo se consolida, mien- 
tras teme, es cruel, sanguinario y desconfiado. Cuando está 
de todos aceptado, entra en una época de indulgencia y de 
tolerancia que hace nacer el bienestar, y da lugar al desarro- 
llo de todas las facultades físicas y morales de los hombres. 
Con la civilización y la seguridad, la libertad se desenvuelve, 
el pueblo conquista uno a uno sus derechos, discute en se- 
guida el principio de la autoridad que lo gobierna, y de la 
extrema libertad pasa a la licencia, y de ahí a la anarquía, 
volviendo a recorrer aquel ciclo fatal en que está encerrada 
eternamente la vida de las naciones. 

Esta doctrina, que la primera vez que se presentó obtuvo 
de su autor un pomposo título de la scienza nuova, puede 
apoyarse con un poco de maña y de sagacidad en la historia 
de todos los pueblos, desde Grecia y Roma hasta los tiempos 
modernos; y uno y otro la invocábamos en nuestro apoyo, 
ludhando, a brazo partido, en la polémica y disputándonos, 
palmo a palmo el terreno en cada hecho de aquellos que, sin 
poner en duda su autenticidad histórica, traducíamos de di- 
verso modo. 

Mi argumentación iba por otro camino. La humanidad, 
decía yo, que es el conjunto de las sociedades, tiene en la 
historia su alto, en las épocas su ancho, y su organización 
íntima en la vida de cada pueblo. Aseméjase el mundo mo- 
ral al mundo físico. La historia de la tierra se encuentra en 
las capas geológicas que revelan el mundo monstruoso que 
ha precedido al nuestro ; si se la toma desde los polos hacia 



IM OOMIIftiO F. BAttMIZXTO 

el Ecuador, mostrará las graduaciones de temperatura y de 
vegetación que diversifican su especie; y si la consideramos 
desde los valles, remontando hacia la cumbre de las mon- 
tañas, nos ofrecerá el mismo fenómeno de graduación de cli- 
mas y de producciones. 

La historia e?, pues, la geología moral. Veamos si sus 
capas diversas han experimentado mejora y progreso. Supon- 
gamos un día antiguo en que la tierra se nos presenta poblada. 
¿Qué es lo que vemos? Casi todo el globo sumido en la bar- 
barie; imperios poderosos cuyas facciones, si no es la con- 
quista y la violencia, no alcanzamos a discernir bien. Al fin, 
la Grecia, una mínima porción de la tierra, brilla por la li- 
bertad, la democracia, las bellas artes y la ciencia. No en- 
tremos en detalles. Roma se asimila a la Grecia, destruye a 
Cartago y somete al mundo. Pero Roma desenvuelve la no- 
ción del derecho y extiende su práctica por toda la tierra 
culta, que es, sin embargo, una peque.a fracción del globo. 
Como los romanos a los griegos y al Egipto, los bárbaros de 
todos los extremos del imperio romano se los absorben a 
ellos; esto es, se asimilan a él, se agregan a la masa civilizada. 
La edad media es la obra de fusión. A fines del siglo XV 
la Europa entera está en posesión de las conquistas hechas 
por el pensamiento humano durante cuatro o seis mil años. 
Con el renacimiento concurren Lutero, Galileo, Colón, Bacón 
y otros. La América se agrega a la masa de pueblos civiliza- 
dos, y en esta parte se pone en práctica la noción del dere- 
cho que está en todos los espíritus y cuyo desarrollo emba- 
razan aún en Europa las escorias que ha dejado la edad 
media. Lleguemos de un golpe al siglo XIX, y abramos el 
mapamundi. ; Dónde están los bárbaros? Guarecidos en las 
islas, trabajados por la Rusia en las estepas de la alta Asia 
o sepultados en el interior inaccesible del África, La parte 
civilizada y en posesión más o menos de la libertad, o en vía 
de completarla, es la mayoría de la humanidad, mayoría 
numérica, mayoría moral, de fuerza, de inteligencia y de 



ESTADOS UKIDOS 167 

goces. Tiene hoy en su poder la parte más rica, más tem- 
plada, más productiva del globo; tiene el cañón, el vapor y la 
imprenta para someter el resto salvaje del mundo, asimilár- 
. selo o aniquilarlo. En vista de este espectáculo, ¿cómo se 
quiere someter a un ciclo el movimiento social de las nacio- 
nes, comparándolas con los ejemplos truncos, aislados, que 
nos han deiado las naciones antiguas? Si hubiera un ciclo 
tal, es preciso convenir en que, asi como se ha agrandado 
inmensamente la esfera de las naciones que tienen que reco- 
rrerlo a un tiempo, asi deben ' ser largas las épocas en que 
se han de suceder las diversas faces ; y yo me río de la gene- 
ral tiranía que ha de pesar sobre el mundo desde la India y 
los confines de la Rusia hasta los Montes Rocallosos en Amé- 
rica dentro de mil millares de años. 

Ahora miremos a los pueblos por su espesor o su orga- 
nización íntima, aunque no sea posible considerarlos sin rela- 
ción a las épocas históricas. Pero supongamos un pue- 
blo de Italia que se perpetúa en un punto del territorio 
desde las épocas históricas; la población de Fiézzole, por 
ejemplo, que es florentina, toscana, y ha< sido romana, 
etrusca, pelasga, autóctona e indígena, si no ha tenido 
otros nombres intermediarios. ¿Cómo eran estos pueblos 
y cómo son? ¿Qué transformaciones han experimentado? 
Primero antropófagos; en seguida haciendo sacrificios 
humanos en los templos, más tarde haciendo esclavos a 
los prisioneros en la guerra, y ejerciendo la guerra de 
pillaje v de devastación como industria y ocupación. Los 
conquistadores se distribuyen el suelo conquistado y lo? 
hombres ; nacen las aristocracias y el pueblo siervo, la 
chusma ignorante y sujeta a la tortura en los tribunales 
de justicia, a la miseria y la degradación. El cristianismo 
encontró al m.undo organizado así. Pongámonos ahora a 
contemplarlo desde el siglo XTX, y desde los Estados 
Unidos, desde el seno de esta comarca que usted maldice 
como el prototipo del desorden moral y político. No hay 



168 DOMINGO r. SABMIENTO 

guerra, no hav señores ni aristocracia ; no hay pueblo en 
el sentido romano ; hay la nación, con igualdad de dere- 
chos, con industria personal para vivir, con máquinas 
auxiliares del trabajo, ferrocarriles, telégrafos, prensas, 
escuelas primarias, colegios, asilos, hospitales, penitencia- 
rías, etc., etc. Observe la organización íntima de esta parte 
de la humanidad, de esta Ática moderna que ocupa, sin 
embargo, medio continente ; y cuan atrás supongamos al 
resto de las naciones, no se necesita mayor esfuerzo de 
ánimo para suponer que han de llegar a ese grado de habi- 
litación de todos los individuos de la sociedad, porque 
todas están labradas por las mismas ideas y las mismas 
instituciones. Desdé que haya una escuela en una villa, 
una prensa en una ciudad, un buque en el mar y un hospi- 
cio para enfermos, la democracia y la igualdad comenzarán 
a existir. El resultado de todo esto es que la masa en 
elaboración es inmensa, que no ha}"- naciones o pueblos 
propiamente dichos y que la libertad individual está en 
cada punto del globo apoyada por la humanidad civilizada 
entera; y cuando hubiese un pueblo que se inclinase a 
entrar en el ciclo fatal del despotismo que se les asigna, 
el espectáculo, la influencia de cien otros que entran en el 
período de libertad lo retendrían en la fatal pendiente. El 
primer periodo del ciclo fué la antropofagia. ¿Qué pueblo 
ha vuelto a recorrerlo una vez salido de él? El último es 
la democracia. ¿Qué pueblo ha sido demócrata en el sen- 
tido moderno y con los medios organizados hoy de hacerlo 
efectivo la prensa y la industria y un mundo civilizado en 
el exterior que le sirva de atmósfera favorable y que haya 
salido de ese terreno para fundar monarquías aristocráticas? 
¿Las repúblicas italianas? 

Sobre este tópico nos batíamos sin cesar Mr. Jonshon 
y yo. A veces me decía : "Nada fueran las masas ameri- 
canas, si no viniesen todos los años trescientos mil salvajes 



ESTADOS UNIDOS ^ 189 

uc Europa que echan a perder la fusión y hacen de la 
mejora de la opinión una cántara de las Danaides". 

— ¡Ah, si tuvieran ustedes, como nosotros en Sud 
América, que luchar con una masa en la cual el europeo, 
tan atrasado como lo encuentran ustedes, es un elemento 
precioso y escaso de civilización y de libertad ! . . . 



EL ARTE AMERICANO 

A quince millas de distancia de Washington está 
Mount-Vernon, la morada y la tumba de aquel grande 
hombre que la humanidad entera ha aceptado como un 
santo, grande por la virtud y el más grande de los hom- 
bres por haber puesto la piedra angular al edificio de la 
nación iinica del mundo que ve claro su porvenir y cuyo 
porvenir es el bello ideal de la grandeza de las naciones 
modernas. Tomo una descripción que encuentro a mano 
del santuario yankee, de aquella Santa Caaba, de plácido 
recuerdo: "Después de haber cabalgado un corto espacio 
por medio de bosques, que de vez en cuando se abren en 
oasis de culturas aisladas, mi amigo me señaló una piedra 
hundida en el terreno al lado del camino, que, según me 
dijo, marcaba el principio de la quinta de^ Mount-Vernon. 
Todavía marchamos dos millas antes de ver la puerta y la 
morada del portero. Después de haber entrado, recorri- 
mos una distancia de cerca de media milla ; y el camino 
de carruajes seguía atravesando un terreno mu}-^ -variado 
y sombreado por árboles grandes en toda la lozanía de los 
bosques. Cruzamos un torrente, pasamos un arroyo, sin- 
tiéndonos tan en medio de la naturaleza primitiva que la 
vista de la casa y el huerto que la rodea casi hizo sobre 
mi ánimo el efecto de un encuentro inesperado. La apro- 
ximación a la casa se hace por el frente del oeste. La 
puerta del gran patio da a una extensa habitación en la 



170 DOMINGO y. SARMIENTO 

cual entramos. No fué el hábito, sino un sentimiento más 
y más profundo, el que me hizo quitar el sombrero de la 
cabeza y marchar con precaución como si pisara una tierra 
sagrada... Las piezas de la casa son espaciosas y campea 
cierta elegancia en su acomodo ; pero el conjunto es nota- 
ble por su extrema simplicidad. Todo cuanto la mirada 
abraza parece respirar la santidad de aquellas reliquias 
públicas, y todas las cosas se conservan casi en el mismo 
estado en que Washington las dejó. Todo americano, y 
principalmente, los jóvenes que visitan este lugar, expe- 
rimentan una fuerte impresión que durará toda su vida... 
A cierta distancia de la casa, en un lugar retirado, está la 
tumba nueva de la familia, compuesta de una simple 
estructura de ladrillo con una puerta de hierro, por entre 
cuyas rejas se divisan dos sarcófagos de mármol blanco, 
el uno al costado del otro, los cuales contienen los restos 
de Washington y de su mujer. La antigua tumba de' 
familia en que estaba colocado al principio, estuvo en una 
situación más pintoresca, sobre una colina dominando el 
panorama de Potomack; pero la presente está más retirada, 
lo que fué. una razón para determinar los deseos del hom- 
bre modesto". 

¡Cuánto arte no se descubre en la colocación de esta 
tumba, cuánta grandeza en su obscuridad, y cuan ameri- 
cano y nacional, es aquel acompañamiento de bosques 
primitivos, torrentes agrestes y arroyuelos en el estado de 
naturaleza! Esta es la artística morada de Washington, el 
plantador norteamericano, el genio de la democracia ape- 
nas posesionada de la naturaleza inculta. Adriano estaba 
bien en la que hoy es. el castillo San Angelo; Rafael en 
la Rotonda de Agripa, que él puso sobre pilares en San 
Pedro; Napoleón bajo la cúpula de los Inválidos; pero los 
manes de Washington habrían vagado largo tiempo en re- 
dedor de su sepulcro si le hubiese faltado la perspectiva 
y la sombra de los árboles seculares de los bosques, ro- 



ESTADOS UNIDOS 171 

deando el asilo doméstico y combinando la naturaleza in- 
culta con el fruto del trabajo personal del norteamericano. 
Y, sin embargo, Washington, el héroe de la indepen- 
dencia norteamericana, el fundador del pueblo trabajador 
y positivo, estaba destinado, también, a inspirar el senti- 
miento de las bellas artes a los hijos de los puritanos, y 
volver a esta familia, descarriada por preocupaciones re- 
ligiosas, el camino en que la humanidad ha marchado 
siempre, desde el fetiche informe' que adora en su infan- 
cia, hasta las Pirámides de Egipto, el Coliseo romano, el 
Partenón, o el moderno San Pedro. Las ruinas d-e Palen- 
que, las esculturas encontradas por Stephen en Centro 
América, como las estatuas de Miguel Ángel o las pintu- 
ras de Rafael, son todas páginas de un mismo libro, que 
señalan el día en que cada nación tuvo conciencia de sí 
misma y perpetuando la. memoria de lo pasado o endure- 
ciendo en piedra o en bronce una idea, empezó a mirarse 
viva en las edades futuras, legando a las venideras gene- 
raciones monumentos, estatuas y obras públicas que de- 
mandan siglos de' elaboración. A veces me ocurre la idea 
de que tanto hicieron los egipcios trabajar a los hebreos 
cautivos en la construcción de pirámides y otros monu- 
mentos, que cuando aquella chusma se sublevó y tomó el 
desierto, juró no permitir que en ía tierra de promisión 
que iban buscando, se levantasen monumentos ni se eri- 
giesen estatuas, acordándose, sin duda, de los palos que 
les habían dado los sobrestantes egipcios. ¿Cómo expli- 
carse de otro modo el horror a los templos y a las imá- 
genes que muestra Tvliñsés, el discípulo de los sacerdotes 
egipcios? El arte es la realización del hombre, es el hom- 
bre mismo, puesto que, no siendo, al parecer, necesario a 
su existencia, como lo muestran los demás animales, es, 
sin embargo, la preocupación más constante desde la vid:i 
salvaje hasta el pináculo de la civilización. Tengo para mí 
que Roma ha muerto sofocada por los monumentos, qve 



172 uoMlxoo y. .sauaiíknto 

éste es el fin de las grandes ciudades de la historia y que 
París ha de acabar por fin por cuajar su suelo de monu- 
mentos públicos, de manera que al final de los siglos la 
población se acoja a las catacumbas, que minan el suelo, 
por no haber espacio para ella sobre la superficie de la 
tierra. Cuando se dice que los primeros cristianos se ocul- 
taban en las catacumbas de Roma, huyendo de la perse- 
cución, me parece que se toma un hecho por otro. La 
exploración de aquellas inmensas cavernas y perforaciones 
muestra hoy al arqueólogo los restos de tres siglos de 
arte cristiano primitivo, lo que prueba que durante tres si- 
glos y hasta la destrucción de la ciudal monumental por 
Atila, la plebe romana vivió alojada en las catacumbas, 
donde tenía sus templos, plazas subterráneas, mercados y 
cementerios. Es ridículo pensar que en una ciudad vivan 
escondidos durante tres sí.q:1os cientos de miles de habi- 
tantes, que a cada momento necesitan ponerse en contacto 
con el exterior, para proveer a sus necesidades. 

Mahoma y los protestantes no deben citarse en materia 
de bellas artes como una nueva aberración de la naturaleza 
htunana, puesto que la obra de estas dos reacciones en contra 
no son más que recrudescencias de la ojeriza de Moisés contra 
las pirámides, a causa del mal trato dado a los hebreos; gato 
escaldado, en materia de asentar piedras. 

Los norteamericanos creeií que no tienen vocación 
artística, y afectan desdeñar las producciones del arte, 
como fruto de sociedades viejas y corrompidas por el lujo. 
Yo he creído, sin embargjo, sorprender el sentimiento pro- 
fundo, exquisito, de lo bello y de lo grande de este pueblo 
que marcha de carrera en busca del bienestar material, y 
va dejando a su paso incompletas todas sus obras y a me- 
dio hacer. ¿Qué no entra por nada en el sentimiento del 
bello ideal, la beldad moral? ¿Qué pueblo del mundo ha 
sentido más hondamente esta necesidad de confort, de de- 
cencia, de holgura, de bienestar, de cultura de la inteli- 



r.sTADOs x;nidos 173 

gcncia? ¿Qué pueblo lia sentido más horror por el espec- 
táculo de lo feo, la pobreza, la ignorancia, la borrachera, 
la degradación física y moral, que es como la corteza y la 
primera apariencia de las sociedades europeas? En Roma, 
de entre' los monumentos y las basílicas se alargan ma- 
nos muy cuidadas pidiendo limosna. 

No hablaré de los hoteles, bancos, iglesias, embarca- 
deros y acueductos que en toda la Unión asumen fornvas 
monumentales; mucho menos de las columnas, obeHs^cos 
de cierta grandeza y elevación que en honor de Washing- 
ton y de Franklin se alzan en Boston, Filadelfia y Nueva 
York. Todas estas son muestras, o más bien, productos 
artísticos, pero que no revelan el sentimiento norteameri- 
cano del arte. Los europeos emigrados ahora dos siglos. 
o emigrando actualmente, comunican por fuerza y como 
necesidad de existencia los medios artísticos que poseen. 
Pero no es este el arte americano, pues que no doy este 
nombre sino a la manifestación ¿e aquella constante y 
seguida aspiración de ' un pueblo en prosecución de una 
idea nacional, que existe y se revela en cada hombre, por 
generaciones sucesivas. Llamóle arte, no a los grados de 
civilización de los diversos pueblos, sino al genio, al 
carácter nacional en cuJanto reviste formas tangibles y 
afecta su historia. ¿Cuál era el arte' romano? Sin duda 
que no se dará este nombre a los diversos órdenes de 
arquitectura, a la estatuaria y demás decoraciones, cuyas 
formas habían adoptado de los griegos, imitándolas, entre- 
mezclándolas, y adaptándolas a sus trabajos. Llamo arte 
romano a aquel sentimiento grandioso que hacía concebir 
las Termas, el Coliseo, la tumba de Adriano, los acue- 
ductos de Segovia y el anfiteatro de Nimes ; al espíritu 
monumental y dominador de la tierra y de los obstáculos 
que ella oponía a la continuidad y facilidad de dilatación 
y permanencia de la grande y perseverante idea artística 
romana, la incorporación de la tierra conocida baio el 



174 DOMINGO r. ?SAfiMIEWTO 

dominio de sus leyes, y la adopción de los cultos, de las 
civilizaciones y de las costumbres de todos los pueblos. 
Una revolución interna, la elevación de la plebe, y otra 
externa, la incorporación de los bárbaros, destruyeron la 
obra romana, como ima plétora a que no pudo resistir 
aquel cuerpo que tenía que digferir un mundo de un golpe. 

Acaso los yankees están amenazados de sucumbir bajo 
el peso de una elaboración interna tan amenazante como 
la de la plebe romana. Todos tiemblan hoy porque aquel 
coloso de una civilización tan completa y tan vasta no 
vaya a morir «n las convulsiones que le prepara la eman- 
cipación de la raza negra; incidente de una magnitud ame- 
nazante, y sin embargo, tan extraño a la civilización nor- 
teamericana en su esencia, como sería extraño a las leves 
internas de nuestro globo el que un cometa de los milla- 
res que andan errantes por el espacio, se estrellase con- 
tra él un día y lo hiciese periclitar. 

¿Dónde está, pues, el genio artístico americano? No 
leios del Capitolio de Washington en una casita modesta. 
sobre' un bufete de madera de pino sin barnizar, mostrá- 
ronnos a mí y a mi amigo Astaburuaga, quien me con- 
ducía a aouel retrete^ un modelo de un monumento que 
debía erigirse a la memoria del héroe norteamericano. 
La construcción se compone de un gran edificio de for- 
mas jónicas de cuyo centro se eleva una aguja. Según 
la escala que tiene al T>ie el diseño, mide en alto todo él. 
dos metros más que la pirámide de' Cheops en Egipto. 
La arquitectura es una combinación, más o menos feliz, de 
formas v géneros conocidos, herencia de todos los pue- 
blos civilizados. Lo que en aquel monumento hay del 
genio yankee es la altura, es decir, el sentimiento nacio- 
nal de sobrepasar en osadía a lá especie humana entera, 
a todas las civilizaciones y a todos los siglos. Dos me- 
tros más alto que el monumento más alto construido por 
los hombrea, he aquí el sentimiento de lo grande, dé lo 



ESTADOS XJKIDOS 176 

sin rival que caracteriza a aquel pueblo; sentimiento que 
ha preludiado o seguido a las más grandes épocas que ha 
alcanzado alguna porción del género humano. A este 
mismo sentimiento obedeció el pueblo que construyó las 
pirám.ides ; ese mismo sentimiento aconsejó hacer del 
monte Athos una estatua de Alejandro, cuya mano ten- 
dría las fuentes naturales del río; ese sentimiento, en fin, 
inspiró la idea del coliseo de Nerón, el coliseo su vecino, 
y ese sentimiento dirigió la construcción de San Pedro en 
Roma, él camino del Simplón, etc., etc. 

La idea de elevar aquel monumento a Washington, 
ha sido acogida en la Unión con entusiasmo febril, nada 
más que porque respondía a la aspiración nacional de so- 
breponerse a las demás naciones (i). Vese este espíritu 
en la arquitectura naval. El buque que no mide dos mil 
quinientas toneladas no merece llamar la atención ni en- 
greír al pueblo como un trofeo -de su gloria. ¿Qué dijera 
Colón que atravesó el océano en carabelas de ochenta to- 
neladas, si viera flotar sobre las aguas aquellos monstruos 
que pueden esconder en su seno cincuenta mil quíntales 
de nieve o de granito, porque granito canteado y nieve, 
son dos mercaderías de exportación de que los norteame- 
ricanos hacen un comercio de algunos millones ? . . . Hace 
cosa de diez años que atormenta a los yankees la idea de 
atravesar el continente americano con un camino de hie- 
rro desde Nueva York hasta el Oregon, uniendo el Atlán- 
tico con el Pacífico, e interponiéndose ellos entre la Euro- 
pa y el Asia, de manera de pasarles con la derecha a los 
ingleses lo que con la izquierda hubiesen cogido en las 



(1) El monumento está ya en vías cl« ejecución y asonibroiam^nte 
avanaaúo, ««san lo anuncian los diarios. En 1843 ni loa clmlantoa 
•ataban Indicaclos aún. pu«« la prMtaaa da la aj^cucldn «a otra da laa 
condicionas rlal art» ysTikeí». — Neta rf«? avtor, 1850. 



176 UOMINOO F. SABMIENTO 

costas de la China y del Japón (i). No han inventado, sin 
duda, los americanos ni el camino de hierro, ni el buque, 
ni el orden jónico; pero suyas son las colosales aplicacio- 
nes y los perfeccionamientos que introducen diariamente 
en su construcción; pues si no han podido mejorar ros 
órdenes arquitectónicos, algo de un carácter nacional les 
han añadido a los conocidos, como la estatua de Franklin 
sosteniendo el pararrayos en el pináculo de las cúpulas, 
como ya lo he indicado antes, y la mazorca de maiz como 
coronación y remate, en lugar del piñón antiguo. El em- 
barcadero de los caminos de hierro, el viaducto, el puente, 
el hotel y otras construcciones, que reclaman las nece- 
sidades de nuestra época, pueden dar en los Estados Uni- 
dos formas arquitectónicas desconocidas en los siglos pa- 
sados y que estereotipen un carácter peculiar a cada clase 
de monumento. 

La Darte económica del monumento de Washington 
revela otro de los signos del genio artístico de los yan- 
kees. Levántase aquella obra colosal, por medio de una 
suscripción popular de solo algunas monedas de cobre por 
individuo. Así cada año la nación en masa trae a los pies 
de la estatua del grande' hombre, tipo del- bello ideal na- 
cional, un tributo espontáneo de gratitud y alabanza ; y en 
este punto pueden darse por vencidas todas las naciones 
de la tierra. Todos los monumentos del mundo están ama- 
sados con lágrimas e iniquidades; y el mismo San Pedro 
de Roma, no es gloríam Dei la que enarra, sino la perver- 
sidad y las extorsiones de sus ministros. Roma contiene 
hoy en monumentos, como ahora dos mil años, la sangre 
y los despojos de la tierra. Versalles, el Escorial, el Arco 
de l'Etoile, todos los monumentos del mundo protestan 



(1) Esta ifJea es muy anterior a la adquisición de California, y la 
de ponerse on contacto con la China y la India, como de loa «ecreto» 
móviles populares de la Kucrra de Méjico, que les trajo aauella con- 
qulsta. — Nota del autor. 



K3TAD0S UNIDOS 177 

contra el despotismo de quien fueron antojo y vanidosa 
ostentación.. Pero el monumento de Washington es tan 
puro, como la idea inmortal que representa. Las genera- 
ciones pueden sucederse embelleciéndolo de año en año 
por siglos enteros, sin que una ide'a triste acongoje el 
ánimo del espectador más complacido que asombrado. 
Veinte millones de ciudadanos felices hoy, mañana cien- 
to, consagran una ínfima parte de su trabajo a solemnizar 
el más noble y el más grande de los recuerdos históricos, la 
personificación de la dignidad moral más alta que se haya 
ofrecido a la especie humana. ¿Qué es Napoleón mirado 
desde esa altura? El último y el más sublime de los ban- 
didos que han asolado la tierra y cubiértola de cadáveres, 
para poner su orgullo en lucha con la obra de la perfec- 
ción social que destruyó con la república, ¿Qué es Was- 
hington sepultado al lado de su mujer en un obscuro y 
solitario rincón de la casa que habitó? El genio de la huma- 
nidad moderna, el principio de una era que asoma, y que 
ya deja marcado al mundo el camino de justicia, de igual- 
dad y de trabajo laborioso que seguirá. 

Deben decorar el interior del monumento de Was- 
hington, piedras e inscripciones \ enviadas por todos) los 
Estados de la Unión, las ciudades y las corporaciones, y 
sociedades científicas, filantrópicas, y aún industriales (i). 
Aquel sistema de contribución popular y espontánea para 
la realización de un pensamiento nacional, constituye, a 
mi juicio, la muestra más clara de la existencia de un sen- 
timiento artístico nacional. No sé si hay en Europa pue- 
blos que en masa se apasionen por la realización de una 
idea, si no son los franceses de cierta clase, y lo que ha he- 
cho en la edad media el catolicismo, por medio de las cor- 
poraciones de artesanos, Pero en los Estados Unidos, si 
este' sentimiento no está del todo desenvuelto en la masa 

(1) California ha mandado ya sus cuarzos entrftmezclados ele oro.' 



178 DOMINGO P. SAUMIBirrO 

de la nación, lejos de morir como el bello espíritu cristiano 
de la edad media, está en germen apenas, y toma cada 
día formas más aparentes. No hay ciudad de alguna im- 
portancia que no tenga en los Estados Unidos su rudi- 
mento de museo, en que están bárbaramente mezcladas 
obras de arte, curiosidades traídas por los navegantes, ob- 
jetos de historia natural, y aún representaciones grotescas 
de escenas ocuridas en los mares u otros puntos y que. 
han preocupado al público. Esas colecciones se enseñan al 
curioso por una retribución, y aquella retribución forma 
un capital que se emplea incesantemente en enriquecer, em- 
bellecer y completar las colecciones para excitar más y más 
la curiosidad. Durante mi permanencia en Nueva York, es- 
taba en exhibición una bellísima estatua en mármol de Carra- 
ra, ejecutada en Roma por Poper, joven artista norteameri- 
cano de rara habilidad, iva estatua representaba una cautiva 
georgiana, no siendo más que una Venus con cadenas. Era, 
acaso, la vez primera que los puritanos veían expuesta una de 
esas bellas desnudeces lemenues con (|ue tanto se íamiiianza 
uno, ennobleciéndose el pudor, en los museos de Italia y de 
Francia. Los primeros días hubo grande escándalo; pero con- 
cluyeron al fin las gazmoñas por levantar los ojos y habituarse 
a contemplar la beldad artística en aquel espejo de mármol. 
El resultado fué que la exposición de la estatua tomó el cami- 
no de hierro, y fué de ciudad en ciudad exhibiéndose a los 
ojos rudos del pueblo, y reuniendo, en cambio de sorpresas, 
cuchicheos y admiraciones de los espectadores, sendos pesos 
fuertes; por manera que el artista obtuvo en recompensa de 
su talento, más de lo que Canova u Horace Vernet obtuvie- 
ron nunca por sus más afamados capi d'opera. Estas costum- 
bres y esta ovación popular prometen al arte americano estí- 
mulos más poderosos, gloria más retumbante que la que los 
reyes de la tierra han podido conceder jamás, gastando en 
fomentar las bellas artes rentas que no son suyas, y que arran- 
can para sus placeres el sudor de los pueblos. No es esta una 



ESTADOS UNID08 l79 

paradoja; hase comprobado ya que los gastos que hacen por 
suscripciones gratuitas en Norte América los ciudadanos y 
aun las señoras para costear los trabajos de los astrónomos de 
Cincinnati, exceden en mucho a las rentas acordadas por el 
gobierno inglés para los mismos fines. No está, pues, lejos el 
día en que los grandes artistas europeos vengan tras del lucro 
a pasear por los Estados Unidos sus obras maestras, reco- 
giendo pesos a millares mientras el gusto nacional se educa, 
y más tarde codiciando la ovación que al talento haga un pue- 
blo, juez competente ya en materia de arte. Las cantatrices 
y bailarinas célebres empiezan a mostrar el camino que más 
tarde seguirán los pintores y los estatuarios. Tan genial es 
aquella ambulancia del arte en Norte América, que no hace 
muchos años hubo un teatro magnifico, construido sobre un 
buque que iba dando funciones a ambas márgenes de un río, 
a medida que llegaba a una villa o ciudad de consideración. 

Tienen los norteamericanos costumbres públicas y priva- 
das que se prestarían al desarrollo de las artes. La vida afa- 
nosa que llevan y la excitación de los negocios los fuerza a 
viajar continuamente, mostrando cierta necesidad de emocio- 
nes, de ver y de agitarse, que los lleva en romería a la cascada 
del Niágara, a los lagos y a las ciudades de la costa. Esta par- 
te antigua de la Unión ejerce sobre la población del interior 
una grande influencia moral, como que allí está el centro del 
movimiento inteligente y mercantil, y la sede del gobierno; y 
como todas las familias del interior son originarias de los an- 
tiguos Estados, los ojos se vuelven siempre hacia la patria 
primitiva, embelleciendo los recuerdos, la carencia de los go- 
ces a que los padres estuvieron habituados. 

Washington, la capital nominal de la Unión, aprovechará, 
sin duda, en un porvenir próximo, de estas disposiciones del 
espíritu nacional, si el Capitolio, el Museo de Inventos y el 
monumento elevado a Washington, hubiesen de ser acompa- 
ñados por otras atracciones que hiciesen al fin de la capital 
un centro de espectáculos que muevan la curiosidad de los 



180 DOMINGO F. SARMIENTO 

v-iajeros y despierten el nacionalisnio. Residencia de los Sena- 
dores, ministros y altos funcionarios, como asimismo, de los 
representantes de las otras naciones, Washingtton podría em- 
bellecer sus veladas con la ópera, y las artes dramáticas y co- 
reográficas, si las ideas religiosas no opusiesen a ello fuertes 
obstáculos . 

Añádase a esio que el sentimiento de unidad, de centrali- 
zación, V de dirección, lucha con desventaja contra la energía 
individual y local, base de la organización política de aquel 
país, y resultado del espíritu protestante. No conozco hecho 
en contrario, si no es el Board de Educación cíe Massachusetís, 
que ha logrado al fin tíobreponerse a las resistencias y espon- 
taneidad local en materia de enseñanza, imprimiendo una im- 
pulsión científica y sistemada a la educación general del Es- 
tado. ¿ Podría extender esta influencia sobre toda la Unión, 
partiendo de un centro iinico y oficial? Si tal sucediera, lo 
que es obra del tiempo, diríase que se obraba una revolución 
radical en la vida de aquel pueblo. El movimiento de mejora 
y sistema en la educación primaria principió en Boston: Nue\ 
York, Maine y los demás Estados, hasta los del Oeste, pu- 
siéronse luego en movimiento; pero, cada uno de por sí, adop- 
tando variantes y aplicaciones, según lo aconsejaba la direc- 
ción impresa a la opinión. Es posible que aquellos Estados 
lleguen a tener al fin una legislación idéntica, sin ser por eso 
común, ni ligada a un centro general. La civilización y el po- 
der de los individuos es igual a la suma de los individuos que 
la componen ; pero no es esa suma, representada por el Estado, 
como nos lo dictan nuestras ideas latinas en materia de go- 
bierno. La estadística, los monumentos, todo se hace por agre- 
gaciones parciales; y tal es la idea de la negación de la perso- 
nalidad del Estado, que después de una guerra se venden en 
pública subasta los buques, los fusiles y los cañones que 
sirvieron para hacer efectiva la fuerza nacional. 

En despecho de todo esto, los americanos han tenido la 
pretensión de honrar un arte nacional, llamando tal a los pro- 



ESTADOS UNIDO» 181 

cluctos artísticos salidos de ingenios americanos. Idea mez- 
quina para nación tan cosmopolita, y emigrada de los antiguos 
pueblos europeos. Los norteamericanos debieran, como na- 
ción, emprender la conquista de los monumentos de las artes 
de Europa. A cada momento se anuncia en Venecia. eu Ge- 
nova y en Florencia la venta de Museos particulares que cuen- 
tan Ticianos, Españolettos, Carrachos y aun Rafaeles. Los 
franceses han saqueado la España de Murillos, Zurbaranes y 
Velázquez. v aun la Irlanda se ha enriquecido- de bellezas ar- 
tísticas, mientras que los cónsules bárbaros de Norte América 
no sienten siquiera la tentación de Marcelo al ver las estatuas 
de Corinto. Cien mil pesos anuales destinados a la adquisición 
de las obras de los maestros antiguos y modernos, echarían en 
los Estados Unidos la base del futuro arte americano. En 
Francia, cuan adelantada es aquella nación en las bellas artes, 
pues lo es más que la Italia, siéntese la necesidad de traspor- 
tar en copia al menos todos los grandes modelos del arte ex- 
tranjero. Washington debiera enseñar las imitaciones perfec- 
tas y como para servir de escuela, de la Rotunda de Agripa, 
del Partenon de Atenas, de la Catedral de Rúan, como mode- 
lo del gótico, y de media docena más de edificios célebres. 
Así se convertiríia en capital artística aquella aldea buena 
para nada y rebelde al tiempo y al progreso, que agranda y 
embellece a vista de ojo todas las ciudades americanas; pues 
Washington, no siendo centro comercial ni naciendo el movi- 
miento político de su seno, adonde viene, por el contrario, 
desde afuera, está condenada a no ser nunca gran cosa, si no 
se apodera del único principio orgánico que ella puede centrali- 
zar, que es la impulsión artística v la concentración monumen- 
tal que trae a la nación a un centro común de vanidad, de glo- 
ria y de veneración. 

Hay ya un establecimiento en Wasíliinglon, que atrae las 
miradas de toda la nación, el cual es visitado diariamente como 
escuela nacional. La Oficina de Patentes encierra en un mu- 
seo de modelos la historia de los progresos que la?j artes in- 

10 



182 DOMINGO F. SABMIENIO 

dustriales han hecho desde su creación. Trece mil quinientas 
veinte y tres patentes por invenciones v mejoras se habían 
otorgado hasta 1844, perteneciendo al año de 1843 quinientas 
treinta y una. En este ramo de la actividad inteligente del 
país han procedido, como debieran proceder en todo lo que 
tiene relación con la cultura, a saber : importando primero, 
plagiando, saqueando a las otras naciones para enriquecer de 
datos su espíritu, y obrar después. Los resultados no se han 
hecho aguardar. De un extracto del informe sobre exporta- 
ción de máquinas hecho en 1841 ante la Cámara de los Co- 
munes en Inglaterra resulta que preguntado el informante si 
la Inglaterra "debe de una manera notable a los extranjeros in- 
venciones en maquinaria, fué respondido: "podría decir que la 
mayor parte de los nuevos inventos últimamente introducidos 
en las fábricas de este país, vienen de afuera; pero necesito 
hacer comprender que no son mejoras en máquinas, sino in- 
ventos enteramente nuevos. Hay ciertamente muchos perfec- 
cionamientos emanados de este país, pero temo que la mayoría 
de las invenciones realmente nuevas, esto es, ideas nuevas en- 
teramente en la aplicación de ciertos procedimientos, por má- 
quinas nuevas, o por medios nuevos, traen su origen de fuera, 
y principalmente, de América." 

Esta confesión de la Inglaterra de su esterilidad en la 
maquinaria, v de la invasora fecundidad de su ioven rival, es 
el grito lúgubre de los náufragos que saben que no hay soco- 
rro posible. Norte América invade hoy al mundo, no ya con 
productos e inventos, sino con ingenieros, artífices y maqui- 
nistas que van a enseñar las artes de producir mucho a poca 
costa, osarlo todo v realizar maravillas. 

He insistido en aquel extraño atraso artístico, fruto de 
preocupaciones heredadas, porque, no sólo en las artes útiles, 
sino en los trabajos de la inteligencia, los norteamericanos em- 
piezan a tomar una posición propia. Conoce usted a Cooper, 
a Washington Irving, a Prescott, a Bañero ff y Sparks, como 
historiadores de primer orden de las cosas americana», osanda 



ESTADOS UNIDOS 183 

algunos de ellos emprender la aclaración de algunos episodios 
de la historia europea; pero aun es más grande el número de 
escritores de renombre que han tratado las cuestiones especula- 
tivas de filosoíia, economía política y teología. Baste decir 
que en doce años hasta 1842, se han publicado ciento seis obras 
originales sobre biografía; ciento dieciocho sobre geografía e 
historia americana; noventa y una sobre lo mismo con respec- 
to a otros países ; diez y nueve de filosoíia ; ciento tres de poe- 
sías ; y ciento quince novelas, mientras que casi en el mismo 
tiempo trescieritas ochenta y dos obras origixiales americanas 
habían sido reimpresas en Inglaterra, y aceptadas por aquel 
público mismo oue veinte años antes preguntaba por boca de 
ima revista; ; quién lee libros americanos? Oradores y estadis^ 
tas como íEverett. Webster, Calloum, Clay. los poseen iguales 
solo en la Francia y la Inglaterra, siendo de notar que el brillo 
en los trabajos históricos y en la elocuencia empieza a ser 
como en Francia, escalón que conduce al poder y la influencia 
sobre la opinión pública. T^s viajeros, los naturalistas, ar- 
queólogos de cosas americanas, geólogos y astrónomos que em- 
prenden, enriquecer, y aun rehacer la ciencia, abundan com- 
parativamente, mostrando por los resultados que obtienen en 
sus tral>aios, que están mucho más adelantados que lo que la 
Europa tmbiera creído, a no tener a cada momento que acep- 
tarlos . 

Diráme usted <[ue toda esta reseia de los prc^resos inte- 
lectuales dé los americanos no tiene nada de común con Was- 
hington, la desierta capital; pero, ¿dónde colocar estas remi- 
niscencias y cómo darles cuerpo y imidad sí n*> se inventa un 
centro a que referirlas? . 

- Mi permanencia en Washington se prolongó de un día 
más sobre el tiempo convenido con Arcos, pues nos habiamos 
dado cita últimamente en Harrisburg en el United-States-Ho- 
fel, que yo había señalado como pimto de reunión. 

Hube de regresarme a Baltimore v de alH tomar el ferro- 
carril que conduce a aquella citídad : y no bien hube Hegado 



184 POMINGO F. SABitlKNTO 

a la posta, empecé a inquirirme del Unitcd-States-Hotel. 
\ Cuál fué mi sorpresa al saber que eii Harrisburg no había 
hotel con aquel nombre! Como en toda ciudad norleamericana 
hay uno que lo lleva, yo había dado a mi futuro compañero 
de viaje cita al que suponía debía haber en Harrisburg. Co» 
trabajo pude indagar el paradero de Arcos, que había dejado 
escrito en el libro del hotel de la posta, estas lacónicas pala- 
bras, dirigidas a mí: "Le aguardo en Chamberburg." Asaz 
mollino y cariacontecido por este contratiempo me dirigí a 
Chamberburg, donde, después de recorrer las posadas con in- 
quietud creciente, nadie supo darme noticia de la persona por 
quien preguntaba, tanto más cuanto que hablando Arcos el in- 
glés con una rara perfección, y gangoseándolo por travesura 
cuando se dirigía a norteamericanos, nadie, ni los mismos que 
habían hablado con él, me daba noticia del joven español por 
quien yo preguntaba en un inglés que hacía estremecer las fi- 
bras a los pobres vankees . Entreteníame aun la esperanza de 
que estuviese en los alrededores cazando, pues en nuestro pro- 
grama de viaje entraba una expedición campestre en los Mon- 
tes Alleghanies. Al fin supe que había dejado en la posta una 
esquela, en que me repetía lo de Harrisburg : "Lo aguardo en 
Pittsburg". ¡MaUíeureux! exclamé yo acongojado. ¡Cincuen- 
ta legua? de Chamberburg a Pittsburg, los Alleghanies de por 
medio, diez pesos de pasaje en la diligencia, y no cuento sino 
con tres o cuatrp en el bolsillo, suficientes apenas para pagar 
el hotel en que estoy alojado! Supe, pidiendo detalles circun.s- 
tanciados sobre la indiscreta partida de mi intangible precur- 
sor, que no habiendo en el saco de heno que lleva encima para 
proveer a los caballos, y que allí debía viajar dos días y dos 
noches, impulsado a tanto sacrificio por la inquietud juvenil de 
una sabandija incapaz , de aguardar en un lugar ocho horas, 
que era la diferencia de tren a tren que nos llevábamos en el 
camino de hierro. Heme aquí, pues, en el corazón de los Es- 
tados Unidos, como quien dice tierra adentro, sin un medio, 
liaciendome entender a duras penas y rodeado de aquelías ca- 



ESTADOS UNIDOS 185 

ras impasibles y heladas de los americanos. ¡Qué susto y qué 
aflicciones pasé en Chamberburg ! A cada momento llamaba 
al dueño del hotel y de palabra y por escrito le exponía mi 
situación. — Un joven que va adelante lleva mi dinero, sin sa- 
ber que no traigo el necesario para los gastos de camino. Me 
piden diez pesos de pasaje en la posta y no tengo sino cuatro 
para pagar el hotel. Pero tengo algunos objetos de valor in- 
trínseco en mi maleta y quiero que la posta los retenga hasta 
que haya cubierto mi pasaje en Pittsburg. — El posadero, al 
oír esta lamentable historia, se encogía de hombros por toda 
respuesta. Contaba mis cuitas al maestre de posta y se queda- 
ba mirándome como si no le hubiese dicho nada. Dos días 
de continuo suplicio y de desesperación habían pasado ya, y 
lo peor era que no había asiento en la diligencia, por venir to- 
dos contratados desde Filadelfia, como complemento del ca- 
mino de hierro ciue termina allí. Al fin me sugirieron escribir 
a Arcos por el telégrafo eléctrico, lo que hice en cuarenta pa- 
labras por valor de cuatro reales, y en los términos más sen- 
tidos. No obstante aquel laconismo telegráfico, "no sea usted 
animal" . . . era la introducción de mi misiva, y le contaba lo 
que por su indiscreción me sucedía. — ¿Dónde está el sujeto 
a quien se dirige? — En el United-States-Hotel, contesté yo, 
dudando ahora si en Pittsburg habría un hotel de aquel nom- 
bre; y para no darme un nuevo chasco, indiqué que se le bus- 
case en todos los hoteles más aparentes de la ciudad. 

Tardaba la respuesta a mi impaciencia y a mi miedo de 
no dar con aquel calavera, y no despegaba los ojos de la ma- 
quinita que con golpecitos redoblados indicaba a cada momen- 
to el paso de misivas a otros puntos, y que no se anotaban allí, 
por no venir precedidas de la palabra Chamberbursr y la se al 
preventiva v convencional para llamar la atención del oficinis- 
ta. Voy a preguntar, me dijo; y tocando a su vez su aparato, 
se sucedieron golpecillos, con cuya mayor o menor duración 
trazaba el punzón maecnetizado a cincuenta leguas la pregunta 
cue se hacía desde Chamberburg. — ¿Qué hay del joven Ar- 



186 IMJMl.NCÍi y. SAKMlKNrO 

eos que se mandó buscar?... Y un momento después... se- 
ñal de atención a Chaniberburg. . . Contestan, me ú.\)0 el ofi- 
cinista, acercándose al aparato; y el punzón de C^baraberburg^ 
trazaba sus puntos sobre tira de papel que el ciÜTKlro va des- 
arrollando poco a poco. ¡Qué hubiera dado por leer yo mis- 
mo aquellos caracteres que consisten en puntos y límeas, obra- 
dos i>or la presión en la superficie blanca del papel. Conclukla 
la operación, tomó la tira de papel y leyó : "No .«^.e le encuen- 
tra en ninguna parte. Se ha mandado de nueve» a buscarlo". 
• — Dos horas después nueva interrogación, nuevo martirio de 
aguardar un sí o un no de que dependía el sosiego o la deses- 
i:>eración. y nuevo y definitivo. . . no hay tal individuo. . . ! 

Quedé punto menos que si me hubiese caidt» un rayo . 
Ivntonces, interesándose en mi suerte y haciendo conjeturas el 
hostelero, nombró a Filadelfia. '¡Cómo Filadelíia! le inte- 
rrumpí yo; es en Pitísburg dorxle está Arcos y dojxle han de- 
bido buscarlo. — Acabaremos, me respondió; come es en Fi- 
ladelfia <londe se })aga la diligencia, el oficinista <iel íelégrafí* 
tía creído que es allí donde itsted - recomienda (\ue ie tomen 
pasaje; but no jnattcr, voy a corregir el error; y dirigiéndose 
a la puerta se detuvo, y señalando a la oficina me «lijo: ya 
cerraron, hasta mañana a las ocho. . . Las grandes pasiones 
del ánimo no pueden desahogarse sino en el idioma patrio. \ 
aunque el inglés tiene un pasable goádaní para casos especia- 
les, preferí el español que es tan rotundo y sonortt pjara lanzar 
un ahullido de rabia. Los yankees están poco haÍjitna<los a la> 
manifestaciones de las pasiones meridionales, y el huésped, 
oyéndome maldecir con excitación profunda en idioma extra- 
ño, rrie miró espantado ; y haciéndoirie seña con la mano, como 
í^ara que me detuviera im momento antes de mortlerlos a todo- 
o suicidarme, salió corriendo a la calle, en Iniscí» sin duda de 
algtin alguacil f>3ra que me aprehendiese. ¡ Fsto sólo me falta- 
ba ya ! } aquella idea me. volvi<) repentinan->€nte la ct^mpostura 
que en mi aflicción había jierdido por un ntotinentc. Minuto» 
después volvió a entrar acompañado de un sujeto fjBf traía l:< 



KSTADOM j;ft(IX>H 187 

pluma a la oreja y que cotí frialdad tnc preguntó en ingle- 
primero, en francés en seguida, y luegu alguna i>alabra en 
español, la causa de mi turbación, de que lo había instruido el 
lx)vsadero. Contéle en breves palabras lo que me pasaba, indi- 
({uéle mi t>rocedencia y destino, suplicándole intercediese en la 
posta ¡jara que se tomase mi reloj 3' otros objetos en rehenes 
hasta haber satisfecho' en Pittsburff el pasaje. El individuo 
aquel me escuchó sin que un músculo de su fisonomía impasi- 
ble se moviese, y cuando hube acabado de hablar, me dijo en 
francés: — Señor, lo único que puedo hacer... (¡Qué intro- 
ducción! me dije yo para mi coleto y tragando saliva...) lo 
único (}ue puedo hacer es llagar el hotel y el pasaje de usted 
hasta Pittsburg, a condición de que llegado usted a aquella 
ciudad, haga abonar en el Mcrchants-Manufactory-hank, en 
cuenta de I^esley y Cía. de Chaml:)erburg, la cantidad que usted 
crea necesario anticiparle aquí. — Tuve necesidad de tomar una 
larga aspiración de aire para res])onderle : pero, señor, gracias ; 
pero usted no me conoce, y si puedo darle alguna garantía. . . 
— No vale la pena ; personas en la situación de usted, señor, 
no engañan nunca ; y diciendo estas palabras se despidió de 
mí hasta más tarde. Comíme en seguida un real de manzanas, 
jDties que hambre era lo que había despertado la serie de emo- 
ciones porque había pasado durante tres (iías. Aproveché la 
tarde en recorrer la ciudad y alrededores ; necesitaba camiriar, 
agitar mis miembros para creerme y sentirme dueño de raí 
mismo. En la primera noche se me apareció mi ángel custodio, 
cargado de libros ; traíame un tomo de Quevedo, otro del 
Tasso en italiano y uno o dos mamotretos en francés para que 
me distrajese. Consagróme algunos momentos hablando alter- 
nativamente en español y en francés; díjome que conocía el 
latín y el griego, inquirióse sobre algunos detalles de mi viaje 
y me deseó buena noche al retirarse. 

Al siguiente día volvió y me dio cuatro billetes de a cinco 
pesos, no obstante mi empeño de devolverle uno por innece- 
sario; y como ya se retirase, regresó diciéndome casi rubori- 



188 DOMWGO F. SAEMIKNTO 

zado: Usted me perdone señor, pero se me ha quedado otro 
billete en el bolsillo que ruego a usted agregue a los anteriores. 
Este hombre había excedido más de la suma que yo había 
indicado, porque en resumidas cuentas yo solo necesitaba diez 
pesos. Comorendí el sentimiento delicado que lo impulsaba e 
hice una débil resistencia a recibirlo, aceptándolo con cordiali- 
dad. La diligencia partió al fin, y yo volví a mi estado de 
quietud de ánimo ordinario, complaciéndome de haber tenido 
ocasión, aunque tan penosa para mí, de dar lugar a manifes- 
tación tan noble, y simpática como aquella del caballero Lesley. 
La noche sobrevino, apareció la luna plácida en el horizonte, 
y la diligencia empezó a remontar, pausadamente, los montes 
Alleghanies. Cuando habíamos llegado a la parte más elevada, 
bajaron algunos pasajeros, y una voz de mujer dijo en francés 
dentro de la diligencia : bajen a ver el paisaje que es bellísimo. 
Aprovécheme de la indicación, descendí tras los otros, y pude 
gozar en efecto de uno de los espectáculos más bellos y apa- 
cibles de la naturaleza. Los montes Alleghanies estás cubiertos 
hasta la cima de una frondosa y espesa vegetación ; las copas 
de los árboles de las lomadas inferiores, iluminadas de lo alto 
por los rayos de la luna, presentaban el aspecto de un mar 
nebuloso y azulado, que por el cambio continuo del espectador 
iba desarrollando sus olas silenciosas y obscuras, sintiéndose. 
sin embargo, aquella excitación que causa en el ánim^o la vista 
de objetos que se conocen y comprenden, pero que no pueden 
discernirse bien, porque el órgano no alcanza! o la luz eí< 
incierta y vagorosa. 

Al llegar a una posada, después de habernos recogido a 
nuestro vehículo, la misma voz dijo, siempre en francés: aquí 
se desciende a tomar algo, porque marcharemos toda la noch'^ 
sin parar. Bajé yo, en consecuencia, y presentándose a la 
puerta una señora, ofrecíla la mano para que se apoyase. 
Volvimos a poco a tomar nuestros asientos, continuóse el 
viaje, y empezaba a sentir somnolencia, cuando la misma voz 
de antes, y que era la señora aquella, me dijo con timidez: 



■8TAD0S UNIDOS 189 

creo, señor, f¡ue usted se ha visto en algunas dificultades. 
— ¡Yo! No, señora, contéstele perentoriamente, y la conver- 
sación terminó ahí; pero mientras yo recapacitaba sobre esta 
pregunta, la señora añadió con visibles muestras de turbación: 
Usted me dispense, señor, si le he hecho una pregunta indis- 
creta, pero esta mañana en Chamberburg, me hallaba por 
casualidad en una pieza, desde donde no pude dejar de oir 
lo que contaba usted a un caballero.— Eñ efecto, señora, pero 
usted supo, sin duda, que todo quedó allanado. — ¿Y qué piensa 
usted hacer, señor, si no encontrase a su compañero en Pitts- 
burg? — Me asusta usted, señora, con su pregunta. 'No he 
pensado en ello, y tiemblo de sospechar que tal cosa sea 
posible. Me volvería a Nueva York o a Washington donde 
tengo conocidos. — ¿Y por qué no continuaría su viaje ade- 
lante? — ¿Cómo he d? engolfarme en un país desconocido, 
se". ora, sin fondos? — Le decía a usted esto, porque mi casa 
está cinco lesruas más acá de Nueva Orleans, y deseaba ofre- 
cérsela a usted. Desde allí puede usted tomar noticia de su 
amigo; y si no lo encontrase, escribir a su país y aguardar a 
que le manden lo que necesita. — La noble acción de Mr. Lesley 
había, según lo visto, sido cont^iosa. Aquella señora lo había 
oído todo, y quería a su vez completar la obra. Esta reflexión 
Bie vino antes, tocado como estaba por el buen proceder, de 
Qtra a que, su sexo podría haber dado pretexto; la señora me 
dijo en seguida, acaso para responder a la posibilidad de una 
sospecha, que hacía seis semanas que acababa de perder a su 
marido, y que iba a poner orden en los negocios de su casa 
de Orleans. Acompañábala una hijita de nueve años y ambas 
vestían de luto completo. Era la madre, pues, y no la mujer, 
la que ofrecía el asilo doméstico a un desconocido que debía 
también tener madre; y obedeciendo a esta idea que santificaba 
h. oferta y la aceptación, traté en adelante a la señora con 
«leños reserva, seguro, sin embargo, de que no llegaría el caso 
por ella previsto. 

Llegamos a Pittsburg, y la señora me hizo prevenir que 



ISM) noMlNoo y. sarmiento 

partía por un vapor y^ que si aceptaba su ofrecimiento fuese 
a tomar pasaje en el mismo vapor. Salí a buscar a Arcos en 
el United States-Hotei ; porque ¿dónde había de encontrarlo 
sino allí? Afortunadamente para mí había en efecto en Pitts- 
burg un holel de los Estados Unidos, donde encontré a mi 
Arcos, que a la sazón escribía en los diarios un aviso, previ- 
niéndome su paradero y justificándose de lo que ya empezaba 
a sentir por mi demora, que había sido una niñería. Venía 
dispuesto a reconvenirlo amisj^able, i>ero seriamente ; mas, me 
puso una cara tan cómicamente angustiada al verme, que hube 
de soltar la risa y tenderle la mano. Salimos juntos inmedia- 
tamente, y contándole mi historia en el camino nos diriijimos 
al vapor Martha Washington, en que había toinado pasaje la 
señora, a fin de darla las gracias y prevenirla de mi hallazgo, 
para que no partiese con el temor de que quedase yo aislado. 
En efecto, no bien hube puesto el pie en la espaciosa cámara 
del buque, cuando del extremo oí.uc^to, levantóse !a señora que 
había estado en acecho aguardándome, y dirigiéndose hacia mí 
con disimulo, fingió darme la mano, para pasarme oculta- 
mente un bolsillo de oro. Preséntele sin aceptarlo la buena 
pieza que me acompañaba y que había ocasionado todas aque- 
llas tragedias, y ambos la dimos un millón de gracias por su 
solicitud; y como si la ingratitud fuera la recompensa de tan 
desinteresado proceder, he olvidado su nombre, habiéndonos 
separado en Cincinnati para no volvernos a ver más. 



CINCINNATI 

De Pittsburg, que no tuve tiempo de examinar, el vapor 
por 5 pesos lleva al viajero a Cincinnati cuatrocientas cincuen- 
ta y cinco millas Ohio abajo. El magnífico rio da nombre al 
Estado, si bien principia a ser navegado desde la Pensilvania. 
Otra vez he hablado de la riqueza de aquel suelo privilegiado. 
dónde sobre lechos inconmensurables de carbón bituminoso. 



ESTADOS UNIDOS 191 

se extienden llanuras de bosques y de cultivo, accidentadas 
or montes que esconden el hierro en sus flancos, y de cu>'a.s 
faldas fluyen canales como el Ohio que se liga al Mississipi y 
sus afluentes, v somete un mundo al alcance de sus manu- 
facturas . 

Para darle noticia del progreso asombroso del estado del 
Ohio, debo principiar por el sicut erat in principio, es decir, 
el asijecto del país ayer no más. Este estado se extiende unas 
40.000 millas cuadradas desde la margen del Ohio hasta el 
lago Erie, al norte. La parte sur y este del terreno del Ohio 
es llano v fértilísimo; el resto, accidentado de montículos, en- 
cierra valles hermosos, sabanas, pantanos, y terreno quebra- 
do. La cantidad de tierras arables se reputa en 35,000 millas, 
c\ resto es la parte cenagosa, quebrada o estéril. Hasta 1840 
la parte labrada no pasaba de 12,000 millas. El primer esta- 
blecimiento se hizo en 1788 en Marieta. La población cristia- 
na se presentó en el Estado en 1802, en número de 50.000 
habitantes. En 1810 había aumentado a 230.760; en 1820, a 
937.679; y en 1840, a más de un millón y medio. Hoy tiene 
más de dos millones. No soy yo ahora quien hace esta compa- 
ración. Copio de un librejo. "Dícese que el territorio de los 
Estados Unidos es un noveno o. cuando más un octavo de la 
|)arte del continente colonizado por los españoles. Sin em- 
bargo, en todas aquellas vastas regiones conquistadas por Cor- 
tés y Pizarro no pasan de dos millones de habitantes de san- 
gre pura española, de manera que no sobrepasan en mucho en 
número a la población del Ohio en medio siglo, y quedan muy 
atrás en riqueza y civilización". Si la observación no es del 
todo exacta el aumento de población de la América española 
desde aquella éjx)ca es sin duda infinitamente inferior. Mé- 
jico y la República Argentina han disminuido el número de 
sus habitantes; bien es verdad que es artículo orgánico de la 
constitución política de los nuevos estados sudamericanos ig- 
norar siempre cuántos bípedos habitan el país. Nuestros go- 
biernos sabrán un día oficialmente cuántas estrellas hay en el 



192 DOMINGO y. SARMIENTO 

cielo, como los niños traviesos suelen deshojar una rosa para 
saber cuántos pétalos tiene; pero saber cuál es el número de 
habitantes de su país, ¡fi done! Un gobierno descender a tan 
mezquinos detalles! Toda la organización norteamericana 
reposa en el censo decenal y en el catastro de la propiedad ; 
y hay reglas para calcular cada día el aumento de población, 
y sus resultados tienen certeza administrativa. El censo de 
1850 está calculado en veinte y dos millones (i); el de 
1860 en veintinueve; el de 70 en treinta y ocho millones; el 
de 80 en cincuenta millones; el de 1890 en sesenta y tres 
millones, y el de 1900 en ochenta millones. Habrá error quizá 
en un pico de diez o veinte millones de más. 

El valor de los productos del Ohío ascendió en 1840 a 
circumcirca de veinte millones de duros, entre los cuales figu- 
raban cinco millones de cecinas y animales domésticos, y cinco 
millones de artículos manufacturados. Como la población de 
aquel Estado es aproximadamente la que se le atribuye a 
Chile (porque la verdad es un secreto que Dios se reserva 
entre los inexcrutables de su política á lui) juzgará usted que 
Chile ha debido producir veinte millones, todos los a "os que 
hace que está teniendo millón y medio de habitantes. Es 
verdad que no contentos los habitantes del Ohío con las faci- 
lidades que les ofrece su río, han abierto siete canales nave- 
gables que penetran en el país, los cuales producían de beneficio 
ochenta y ocho mil pesos en 1843, Y ciento setenta y dos mil 
seiscientos cincuenta y nueve en 1844, ^sto es, el doble del 
año anterior, lo que prueba que la cantidad de productos había 
doblado de un año a otro. 

Este Estado se halla problado generalmente por los nuevos 
inmigrantes compuestos de alemanes, irlandeses y otras nacio- 
nes. Estos labradores aumentan en número todos los días, 
y forman una mayoría sobre los yankees pxir sana, de donde 
resulta que les ganan siempre las elecciones, unidos los extran- 



(1) ría pagaxiO a) rerifioftrlo da ralntitrés. — El aiUor. 



ISTADOS UNroOS li)o 

jeros de origen al partido demócrata. Esto desespera a los 
puritanos, pues que siendo por lo general muy ignorantes los 
europeos, y en gran número calólicos de Irlanda, lo que no 
constituye una • patente de sapiencia, se oponen a todas las 
mejoras útiles, y se niegan a contribuir para escuelas, canales, 
caminos, mostrando la mayor indiferencia por la llegada de 
cartas y periódicos, "al mismo tiempo, dice un autor, que 
están siempre dispuestos a dar sus votos a los demagogos, 
que estarían prontos a hundir el país en la más violenta carrera 
de cambios políticos". Esta coincidencia con ciertos países 
que nosotros conocemos, me hace creer que cuánto más igno- 
rante y menos dispuesto a promover las mejoras útiles, es un 
pueblo, más aspira a cambios políticos, como aquellos animales 
despeados que dejan el camino trillado por mejorar, y se meten 
en la pedrazón y en los derrumbaderos. 

Para azuzar a estos demócratas indisciplinados hay la 
Stump oratory, así llamada por la ocurrencia de algún candi- 
dato papular de treparse a la copa de un árbol para dirigirse 
a su rudo auditorio. Un viajero inglés refiere en estos térmi- 
nos el discurso que le contó uno de estos personajes. "Un 
labrador que entró en el coche de Worcester, habló con ve- 
hemencia contra la nueva tarifa, que dijo, sacrificaba los agri- 
cultores del Oeste a los manufactureros de Nueva Inglaterra, 
quienes querían forzarlos a comprar sus efectos hechizos, 
mientras que las materias primeras de Ohio y del Oeste esta- 
ban excluidas del mercado de Inglaterra. Elogióme las ven- 
tajas de que gozaba en los Estados Unidos, compadeciéndose 
de la rna^a del pueblo inglés, privada de sus derechos políticos 
y expuesta a la opresión y tiranía del rico. Con la mira de 
distraerlo, le dije que un día antes había visto en la ciudad 
de Columbus, a un ministro predicando en idioma v\/ elche ante 
tina congregación de trescientas personas; que estos y oíros 
pobres labradores irlandeses y alemanes eran ignorantes de 
las leyes e instituciones norteamericanas, y personas sin edu- 
cación alguna, y que cómo se les había de permitir influir y 



194 DUHINaO F. SACMIEnrO 

dominar en las elecciones como sabia que lo acababan de hacer 
<ín Ohio. Sobre este tópico me espetó una oración, cuyo tema 
fué la igualdad de derechos de todos los hombres, la división 
que algunos querían establecer entre los antiguos y los nuevos 
plantadores, la buena política de recibir a los inmigrantes 
cuando la población era escasa, la ventaja de las escuelas co- 
munales, y últimamente ei mal de dotar universidades, que 
dijo son í/n nido de <tristócratas. 

Este odio popular contra las universidades no quita que 
haya, y muy bien dotada, una universidad en Atenas, otra en 
Oxford, otra en Willoughly; siete colegios en varias otras 
ciudades; varios institutos teológicos; setenta y cinco acade- 
mias, y cinco mil doscientas escuelas. 

La ciudad principal de este Estado es Cincinnati, cuya po- 
blación es de cincuenta mil habitantes, y está situada en la 
abertura de un valle delicioso formado por colinas que van 
ascendiendo suavemente hasta la altura de trescientos pies, 
enseñando en sus flancos grupos de árboles y aun manchas 
de bosque . La ciudad está situada en dos terraplenes uno más 
alto que el otro quince a veinte varas. En el desembarcadero 
la playa está cubierta de losas liasta la pane más baja del 
río, y hay muelles cuya superficie sube y baja con la marea. 
Las calles están sombreadas de árboles y muy bien pobladas 
de edificios. Sus comunicaciones con el interior las facilitan 
canales que la ligan con el lago Erie y el canal Wabasch. Hay 
además, ferrocarriles, caminos macadamizados y vecinales. El 
canal Whitewater se extiende yo millas al interior. Como 
es bueno saber lo que puede hacerse en treinta años, recor- 
daré a usted que esta ciudad fué reconocida tal en 1819 y 
fmidada aldea en 1789. De su puerto parte un vapor diario 
para Pittsburg, y otros para San Luis, Nueva Orleans río 
abajo, también diariamente. Diligencias hacen la traresía en- 
tre las vecinas ciudades en todas direcciones. Hay cuarenta 
iglesias, un teatro, un museo, una oficina de venta de tierras 
del Estado, cuatro mercados, y un consistorio. La ciudad se; 



KSTADoa uNri>o.s 195 

suple de agua del río, levantada por poderosas máquinas de 
vapor. 

Pero lo que más distingue a Cincinnati son el crecido nú- 
mero de sociedades literarias, científicas y filantrópicas, de 
las cuales haré a usted breve mención, tanto más que en ade- 
lante me absteiKÍré de entrar en estos detalles. Me complazco 
ea cnvmíerar los elementos que entran en la composición y 
en la vida de la sociedad americana, aun en estos Estados 
de ayer, porque la comparación puede ser para nuestros com • 
[>atriotas una útil enseñanza. Un viajero inglés, Roberson (i) 
hablando de Corrientes y Entre Ríos, en la República Argen- 
tina, dice : "Me espanta al contemplar estos bellos países, 
considerar lo que han dejado de hacer los españoles en tres 
siglos". La idea es sublime y profunda. ¿Lo {\nc no han 
hecho en tres siglos ! E.spanta, en efecto. Eí colegio de Cincin- 
nati fundado en 1819 tiene excelentes tierras y un hermoso 
edificio en el centro de la ciudad. El colegio de WowHvard 
y el de San Ja\ñer, fmidado por los católicos, y el seminario 
presbiteriano tiene dieciséis mil volúmenes en sus bibliotecas, 
dotación y profesores correspondientes a los ramos de ense- 
ñanza. El colegio de medicina del Ohio, fundado en 1825. 
í)osee hermosos edificios y está bajo la dirección de un con- 
sejo de directores ; tiene dos mil volúnjenes y aparatos com- 
pletos de anatomía, anatomía comparada, cirugía, química y 
materia médica. El colegio de jurisprudencia está relacionado 
con el de Cincinnati. El instituto de mecánica fué creado en 
1829 para instrucción de mecánicos, y da cursos de artes ) 
ciencias; posee importantes aparatos de física y química, una 
biblioteca y un salón de lectura. En una de sus salas se reuiK' 
la Academia Occidental de Ciencias Naturales ; en otro salón 
se tiene una feria anual para fomento de las artes y de his 
manufacturas. Una escuela normal para instrucción de maes- 
tros fué establecida en 1821 . 



IT) J.fttf'ri.- 011 the Paraguay). 



196 DOMINGO F. SABMIF.WTO 

L,a biblioteca mercantil para jóvenes dependientes tiene 
un salón de lectura y dos mil volúmenes. La biblioteca de 
aprendices cuenta mayor número de volúmenes. Hay dos asi- 
los católicos, el asilo para huérfanos y una casa de pobres, 
Los establecimientos que no son sostenidos por asociaciones 
espontáneas, costéalos el Estado con rentas especiales cobra- 
das para el objeto. En materia de rentas de escuejas la ley 
'obliga a contribuir el sostén de las que existen, aun a aquellos 
pobladores que están diseminados entre los bosques. Los posee- 
dores de vastas extensiones de territorio desierto están ade- 
más obligados a contribuir a todas las cargas del Estado, y 
cuando están ausentes y atrasados en el pago, el sheriff toma 
una porción de terreno y la vende en pública subasta. De este' 
modo la ley cuida de que los propietarios ricos no monopolicen 
la tierra, esperando sin cultivarla aprovechar del valor acce- 
sorio y progresivo que le va dando el tiempo. La ocupación 
de este país empezó desde las márgenes del Ohío hacia el Nor- 
te. Cuando se terminó el canal de Ene, que ponía en comuni- 
cación el Ohio con lagos, el Hudson, Nueva York y el Atlán- 
tico, otro movimiento de población comenzó a invadir desde 
el lago Erie hasta el Sur, quedando un inmenso bosque en el 
cenlro para dar colocación sucesiva a las generaciones veni- 
deras, pues la previsión de la ley de hacer pagar su parte de 
impuesto a los poseedores, hace que pocos quieran hacer la 
adquisición, si no es con el ánimo de trabajarlas inmediata- 
mente. 

Cincinnati es el emporio de la explotación de los cerdos, 
y hay una clase de sociedad a quien dan el apodo de la aris- 
tocracia de los .puercos, por haberse enriquecido con esta in- 
dustria. Anualmente se salan en los saladeros de Cincinnati 
doscientos mil puercos, y llegada la estación de la cosecha, 
puéblanse los establos de madera de los alrededores y acuden 
dé toda la Unión los compradores de manteca, jamones, etc. 
Apenas es posible creer a qué sumas enormes da origen esta 
industria. Lo más notable es que en Cincinnati los puercos vi- 
ven por millares en las calles sin propietario particular. Los 



ESTADOS cNinos 197 

vecinos lonian uno para engordar en sus casas, los niños se 
montan en ellos si los logran coger, y la policía manda matar- 
los cuando se propagan demasiado. Cincinnaii es, pues, el país 
donde se amarran los perros con longaniza y no se las comen. 
Cuatro o cinco días pasamos con Arcos en Cincinnati de- 
jándonos llevar por el placer de recorrer sus calles y alrede- 
dores, visitar su museo, y holgamos en el jar niente del tu- 
rista. En Cincinnati fué donde Arcos, viendo a un pacífico 
yankee que leía su Biblia, sentado a la puerta de; su tendejón, 
se paró delante de él, le sacó de la boca el .cigarro que fu- 
maba, prendió el suyo, volvió a metérselo, y siguió su camino 
sin que el buen hombre hubiese levantado la vista, ni hecho 
otro movimiento que abrir la boca para que le ensartaran el 
cigarro. Paciencia, hermano, en cambio de alguna imperti- 
nencia vuestra. 

Embarcámonos en un vapor de grandes dimensiones y el. 
tercero que descendía el Mississipí desde que se tuvo noticias 
de que habían ya cesado los estragos de la fiebre amarilla, 
periódica en Nueva Orleáns, en el verano. De Cincinnati a 
aquella ciudad hay 1548 millas, que se hacen en once días 
de navegación de vapor, marchando de día y de noche sin 
otros intervalos que los necesarios para cargar leña, o can; • 
biar pasajeros en las ciudades y embarcaderos del litoral. Cua- 
tro comidas abundantes y opíparas se sirven, contando con el 
lunch; y viaje, comida y servicio de once días cuesta quince 
pesos, algo menos que lo que se pagaría por vivir el mismo 
tiempo en un hotel. 

Poco diré a usted de las ciudades a cuyos puertos y mue- 
lles va sucesivamente atracando el vapor en el trayecto, pues 
que en ninguna permanecimos lo suficiente para conservar ni 
aun reminiscencia distinta de ella, Marieta, Luisville, Roma. 
Cairo, se suceden de día en día, hasta que el país bárbaro', el 
Far West, empieza, y la escena recobra su carácter agreste 
y semisalvaje. 

El viaje del Mississipí es uno de los más bellos y que más 
duraderos y más plácidos recuerdos me haya dejado. El ma- 



198 DOMINOO F. SARMIENTO 

jestuoso río desciende onduíando blandamente por el seno 
del valle más grande que existe en la tierra. La escena cam- 
bia a cada ondulación, y un ancho moderado del más grande 
de los ríos permite que la vista alcance en esta y la otra ri- 
bera, a calar por entre la sombría enramada de los bosques, 
y esparcirse en las sabanas y aberturas que hace la vegeta- 
ción mayor de vez en cuando. El encuentro de un vapor es 
un incidente deseado, por la proximidad y rapidez del pa- 
saje, mientras que la vista cae desde lo alto de las gakrías 
del palacio flotante, sobre una escuadra de angadas <|uc des- 
cienden a merced de la corriente cargadas de carbón de pie- 
dra; se ve más allá un falte o mercachifle que va en su bu- 
quecillo de vela, vendiendo al detalle por las vecinas aldeas 
sus chismes y baratijas. Descender a las ciudades y aldeas 
adonde el vapor toca, correr por las calles, meternos en «na 
mina, curiosearlo todo, comprar manzanas y bizcochos, con 
el oído atento a la campana que anuncia la próxima partida, 
era regalo y codiciada variante que no dejábamos de añadir a 
nuestras emociones, como nunca dejábamos de saltar sobre un 
barranco, ganar el bosque y correr un rato, mientras el vapor 
estaba cargando leña para quemar en sus hogueras. 

Arcos, que había principiajdo nuestra asociación con una 
niñada, se propuso en aquellos días conquistar mi afecto, ha- 
ciendo ostentación de cuanto salero y jovialkiad hay en so 
carácter, alimentados por un inagotable repertorio de cuen- 
tos absurdos, ridículos, eróticos, tales cuales sólo sabe ateso- 
rar la juventud calavera de París o de Madrid. íbamos con 
esto de zambra y fiesta permanentes, a punto de ser conoci- 
dos y notadas por trescientos pasajeros del vapor. 

Servíase a bordo la mesa tres veces para dar abasío a tan 
crecido número de comensales, y como todos se atropellasen 
para tomar asiento en la primera, nos quedamos el segundo 
día para la segunda, la que dejamos el tercero para estar a 
nuestras anchas, hasta que al fin nos arreglamos a comer en 
la cuarta con los criados, en la que nos iba perfectamente, 
prc^ngando la sobremesa los dos solos por horas como k> 



ESTADOS UNIDOS 1»9 

habríamos hecho en el Astor-Hotel. Gustáronnos las melazas 
que los primeros días sirviéronnos de postre, y como faltasen 
al quinto, reclamamos pidiendo la presencia de las melazas; 
razón por la que un mozo descendía corriendo en los desem- 
barcaderos a comprarla en los bodegones vecinos, "para los 
señores españoles que se enferman — decía — si no comen 
melazas''. Hablábamos recio en español en la mesa, y reía- 
mos con tal desenfado que atraíamos en torno nuestro un 
círculo de huasos ya hartos, a vernos comer, gozándose en 
nuestro inextinguible buen humor. Una mañana Arcos la 
emprendió con un bonazo de ministro protestante. — Señor, 
le decía, ¿de qué profesión es usted? — Presbiteriano, señor. 
—Dígame, ¿cuáles son los dogmas especiales de esta creen- 
cia? Y el padre procedía bondadosamente a satisfacerlo. 
— Pero Vd., señor, decía i.\rcos con aire convencido, y como 
si ambos estuvieran de inteligencia, usted no cree nada de 
eso por supuesto. Es Vd. demasiado sensato para poner fe 
en esas bromas. — Las facciones del infeliz sometido a tor- 
tura semejante, se contraían como cuando nos pisan un callo. 
El buen clérigo se ponía de todos colores, y medio indignado, 
medio suplicante, hacía profesión de fe solemne de su creencia. 
Pero el implacable y serio burlón le replicaba con un aplomo 
imperturbable: — ¡Comprendo, comprendo! Vd. predica y 
sostiene ante el público esas doctrinas; vive Vd. de ello y la 
dignidad de su carácter así lo exige; pero aquí entre nosotros, 
vamos, yo sé lo que hay en plata. 

Otra vez estaba rodeado de un grupo de yankees horripi- 
lados de oírlo, y levantando más y más la voz, para que el 
escándalo fuese mayor. — ¡Gobierno, decía, es el del Empe- 
rador de Rusia ! ¡ Eso sí que es un gobierno ! Cuando un gene- 
ral delinque o desagrada a su soberano, se le desatan los cal- 
zones y se le dan quinientos azotes ! ¡ Pero estas repúblicas ! 
esto es un escándalo y un desorden. ¿Q\ié significan vues- 
tras elecciones, y qué sabe Vd. ni Vd., añadía, dirigiéndose 
a éste o al otro de sus auditores espantados, lo que conviene 
al Estado, cuándo debe hacerse la guerra y cuándo la paz? 



200 no>n?;oo i\ sabmíjbnto 

«~ .» 

Al pueblo sólo le toca pagar los gastos de la corte del sobera- 
no, que gobierna por derecho divino . . . 

Y esto dicho con una seriedad y una afectación de estar 
de ello convencido, que aquellos hombres se hacían cruces de 
oírlo; y pasada la tormenta se lo señalaban unos a otros, 
mostrándolo como a un animal extraño, un ruso o un loco 
peligroso. Todo esto para reír después y alimentar la franca- 
chela. ¿No se le antoja una vez persuadir a una cuarentona 
llena de colgajos y de colorete, que yo era sobrino de Abd- 
el-Kader que viajaba de incógnito, favoreciendo esta broma la 
circunstancia de ser el único en aquellos parajes que llevara 
la barba entera y la birreta griega? Habíala ya medio persua- 
dido, hablábale en español para que ella creyese que era el 
árabe, exagerando el sonito de la J, y se empeñaba en que 
me pusiese albornoz para completar el chasco. 

Más tarde me mostró este, joven la parte seria de su ca- 
rácter, que no es menos notable por el buen sentido que lo 
caracteriza, a lo que se añade mucho trato de la sociedad y " 
rara habilidad de revestir las formas populares en lenguaje y 
porte, cualidades que con su instrucción en materias econó- 
micas, lo harían un joven espectable si supiese dominar I 
impaciencias de un espíritu impresionable que no contienen 
ideas fijas y sentimientos de moralidad teórica, aunque su 
conducía sea regular. Necesito añadir estas rectificaciones por 
temor de que sin ellas hiciese pasar plaza de truhán en mi 
narración a un compañero de viaje que me acompañé cuatro 
meses y me prestó amigables servicios. 

La vecindad de Nueva Orleáns se deja presentir por al- 
teraciones visibles en la materia de la cultura y por ia forma 
de los edificios. Divísanse haciendas, y en ellas líneas de ca- 
suchas de madera de la misma forma y capacidad todas, mos- 
trando que el libre albedrío no ha presidido a su construc- 
ción. La tierra está dividida en lotes más grandes; la pobla- 
ción rural aislada desaparece; y las raras habitaciones que 
de cuando en cuando se presentan, asumen formas y exten- 
sión que acusan la presencia de una aristocracia campestre. 



ESTADOS UNIDOS 201 

Aquellas casitas iguales son, en efecto, las habitaciones de 
los señores amos. Esta es la aristocracia de las balas le 
algodón y de las bolsas de azúcar, fruto del sudor de los 
esclavos. ¡Ah, la esclavitud, la llaga profunda y la fístula in- 
curable que amenaza gangrenar el cuerpo robusto de la Unión ! 
¡ Qué fatal error fué el de Washington y de los grandes filó- 
sofos que hicieron la declaración de los derechos del hombre, 
al dejar a los plantadores del Sur sus esclavos; ¿y por qué 
rara fatalidad los Estados Unidos, que en la práctica han 
realizado los últimos progresos del sentimiento de igualdad y 
de caridad, están condenados a dar las postreras batallas con- 
tra la injusticia antigua de hombre a hombre, vencida ya en 
lodo el resto de la tierra? 

La esclavitud de los Estados Unidos es hoy una cuestión 
sin solución posible ; son cuatro millones de negros, y dentro 
de veinte años serán ocho. Rescatados, ¿quién paga los mil 
millones de pesos que valen? Libertos, ¿qué se hace con esta 
raza negra odiada por la raza blanca? En tiempo de Wa- 
shington y treinta años después, el cinismo de la teoría no 
venía a justificar en el ánimo de los amos la codicia de la prác- 
tica; pero hoy la esclavitud está \ apoyada en doctrina, porque 
se ha hecho el alma de la sociedad que la explota. Entonces 
era más reducido el número de esclavos, y por tanto má 
cancelable económica y numéricamente. Mientras tanto 1:, 
esclavitud tiene en los Estados yankees genuinos, y éstos son 
los más ricos, poblados y numerosos, antagonistas implaca- 
bles, fanáticos. El espíritu puritano de igualdad y de justicia 
se eleva en el Norte a la altura de un sentimiento religioso. 
Abominan de ella como de una lepra y de una mancha que 
deshonra a la Unión, y en su ardor predican la cruzada con- 
tra los reprobos que explotan la abyección de una raza mal- 
decida . 

Echárnosles en cara a los norteamericanos su perpetua- 
ción. ¡Dios mío! vale tanto como afligir y humillar las cana- 
del padre virtuoso, echándole en cara los desmanes de su hijo 
pródigo. La esclavitud es una vegetación parásita que la co- 



202 DOMINGO F. SABMIBTTTX) 

Ionización inglesa ha dejado pegada al árbol frondoso de las 
libertades americanas. No se atrevieron a arrancarla de raíz 
cuando podaron el árbol, dejando al tiempo que la matase, y 
la parásita ha crecido y amenaza desgajar el árbol entero. 

Los estados libres son superiores en número y riqueza a 
los estados de esclavos. En el Congreso, en las leyes no con- 
quistará la esclavitud un palmo de terreno más al Norte de 
la línea que el hecho existente se ha trazado. Si la guerra 
sobreviene, ¿los negros irán a batirse con los blancos para 
evitar que les quiten sus cadenas? ¿Los amos formarán ejér- 
citos para guardar sus esclavos ? La separación en estados 
libres y en estados esclavos, tan cacareada por los estados del 
Sur, traería la desaparición de la esclavitud. Pero, ¿adonde 
irían cuatro millones de libertos? He aquí un nudo gordiano 
que la espada no puede cortar y que llena de sombras lúgu- 
bres el porvenir tan claro y radioso sin eso de la Unión Ame- 
ricana. Ni avanzar ni retroceder .pueden; y mientras tanto 
la raza pulula, se desenvuelve, se civiliza y crece. Una guerra 
de razas para dentro de un siglo, guerra de exterminio, o 
una nación negra atrasada y vil, al lado de otra blanca la más 
poderosa y culta de la tierra. 

Desde Pittsburg hasta Nueva Orleáns habíamos atravesa- 
do diez estados de los que no entraron en la primitiva fede- 
ración. La ciudad de Nueva Orleáns es la capital de la Lui- 
siana, originariamente francesa y cuya promiscua población 
se compone hoy de criollos americanos, españoles y franceses. 
La apariencia de la ciudad desde el puerto es magnífica, y los 
vapores sólo, que están de continuo en sus ancladeros por 
centenares, bastan para revelar la actividad comercial de sus 
habitantes. Puede decirse que el vapor se inventó para el 
Mississipí. Antes de su aplicación a la navegación fluvial, 
echaban meses y meses las raras barcas que remontaban los 
ríos, como sucede hoy en el Paraná y Uruguay; los buques de 
alta mar cruzaban piuchos días en el golfo de Méjico ace- 
chando la ocasión favorable de tomar la difícil entrada del 
caudaloso río que a muchas leguas de la costa lleva aún su 



' ' ESTADOS XTNIDOS 203 

cauce en el fondo del mar flanqueado de bancos peligrosísi- 
mos. Inventóse, empero, el vapor, y bandadas de remolques 
remolinean en la embocadura para lanzarse en el golfo, ape- 
nas divisan en el lejano horizonte una vela. Millares de va- 
pores recorren el río arriba, dispersándose hacia todos los 
rumbos de horizonte, siguiendo las vías acuáticas en que ipor 
centenares se subdivide el canal principal a medida que se le 
incorporan ríos tributarios; y cuando el valle del Mississipí 
esté ocupado por el hombre, espantará, sin duda, la masa de 
productos que vendrá a acumularse en Nueva Orleáns, que- 
dando estrecho el canal anchuroso que desde aquella ciudad 
conduce al golfo para la no interrumpida procesión de buques 
que han de ir a desparramarse como puñados de granos en 
la inmensidad del océano, porque el Mississipí es la única sa- 
lida que ofrece un mundo entero. 

Desgraciadamente, Nueva Orleans está incurablemente en- 
ferma ; la fiebre amarilla aparece periódicamente en su re- 
cinto todos los años desde tal día del año, hasta tal otro, 
mata a los que no huyen del seno de la ciudad, y vuelve a 
convalecer y restablecer su salud hasta la misma época del 
año siguiente. A una legua de la ciudad la salubridad es com- 
pleta, y ni por contagio alcanza aquel azote periódico. Tenía 
en 1840 ciento dos mil habitantes, número que no aumenta 
en grandes proporciones, no obstante ser el desembarcadero 
de la emigración francesa. 

Residimos en Nueva Orleáns diez días hasta contratar pa- 
saje para la Habana en un malísimo y pestilente buquecillo 
de vela, que como la falúa del Mediterráneo que me condujo 
de Mallorca a Argel, llevaba su carga de cerdos, con el adi- 
tamento de tres o cuatro tísicos moribundos, que partían con 
nosotros camarotes estrechísimos, calientes y llenos de tela- 
rañas. El mundo norteamericano concluía, y principiába- 
mos a sentir con anticipación las colonias españolas adonde 
nos dirigíamos. 



índice 

Pág. 

Doming-o P. Sarmiento 4 

Estados Unidos 7 

Avaricia y mala fe 74 

Geografía moral gO 

Elecciones 9S 

Nueva York US 

Canadá 134 

Boston 144 

Baltimore, Filadelfia 151 

Washington 156 

El Arte Americano 1G9 

Cincinnati 190 




J^/Y^^ieáoia^ 






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Revista de Filosofía— tJt!fra?k, ciencias, Educación 



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Jtian Ai». Gutiérrez. — Origen de la enseñanza pública superior. 
Juan M". Gutiérrez. — Ensayo sobre Juan Cruz Várela. 

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Vicente Fidel López. — Manual de la Historia Argentina. 
Vicente Fidel López. — La novia del Hereje o la Inq. en Lima. 
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Capitán Andrews. — Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica. 
Capitán F. B. Head. — Las Pampas y los Andes. 
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Basilio Hall. — El General San Martín en el Perú. 
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Domingo F. Sarmiento. — Viajes, I. De Valparaíso a París. 
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Ángel Justiniano Carranza. — La revolución del 39. 

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Aristóbulo del Valle. — Oraciones Magistrales. 
Aristóbulo del Valle. — Discursos Políticos. 

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Florentino Ameghino. — Antigüedad del Hombre en el Plata. (I). 
Florentino Ameghino. — Antigüedad del Hombre en el Plata. (II). 
Vicente G. Quesada. — Vida intelectual en la América Española. 
Vicente G. Quesada. — Historia DlplomAtica Sud-Amerlcana. 
Vicente G. Quesada. — La Política del Brasil en el Río de la Plata. 
Vice7itfí O. Quesada. — La Política Imperí;: lista riel Brasil. 
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Domingo F. Sarmiento. — Argirópolis. 

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Martín García Mérou. — Estudios Americanos. 
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Miguel Gané. — ^Prosa Ligera. 

* Miguel Cañé. — Charlas literarias. 

* Miguel Cañé En Viaje (1881-1882). 

Miguel Cañé. — Notas e impresiones. 

Miguel Cañé. — Enrique IV de Shakespeare. 

Miguel Gané. — Ensayos. 

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Florentino Ameghino. — Doctrinas y descubrimientos. 

Luis M. Drago. — Los hombres de presa. 

Fray Mocho (José S. Alvarez). — Memorias de un vigilante. 

Fray Mocho (José S. Alvarez). — Un viaje al país de los matreros. 

Fray Mocho (José S. Alvarez). — En el mar austral. 

Fray Mocho (José S. Alvarez). — Cuentos. 

Fray Mocho (José S. Alvarez). — Salero criollo. 

* Agiístín Alvarez. — La creación del mundo moral. 

* Agustín Alvarez. — ¿Adonde vamos? 

* Agustín Alvarez — Manual de patología política. 

* Agustín Alvarez. — Educación Moral. — Tres repiques. 
Agustín Alvarez . —South América. 

Agustín Alvarez.— L.a, transformación de las Razas en América. 
Agustín Alvarez. — Historia de las Instituciones Libres. 
Agustín Alvarez. — La herencia moral de los pueblos americanos. 
Juan B. Ambrosetti. — Supersticiones y leyendas. 

* Florencio Sánchez.- — Barranca Abajo. — -Los muertos. 

* Evaristo Carriego. — Misas herejes. — La canción del barrio. 
» Raquel Oamaña.— Pedagogía social. 

Raquel Camaña. — Dilettantismo sentimental. 
Carlos ürtiz.- — El poema de las mieses. 
Carlos Ortiz. — Rosas del Crepúsculo. 

* José de Matxirana. — Naranjo en flor. 

José de Maturana. — Canción de Primavera. 

♦ Títulos agotados. 



Pedidos a VAOCARiO: lAv. de Mayo 638 — Buenos Aires