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Full text of "Estudios sobre el cultivo de la caña de azúcar"

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I 



\.*' 



A^^ 






\ 






ESTUDIOS 



80BBB EL CULTIVO 
DÉLA 



Caña de Azúcar. 




I 



ESTUDIOS 



Cultivo de la Caña de Azúcar, 

Pluviometría del Estado de Morelos, 

Drenaje, 

Abonos propios para dicho cultivo, 

meteorología 

y física agrícolas, 

ESCRITOS 



Ángel Ruiz de Velasco. 



CUEBNAVACA. 
Imprewta del Gobierno del EIstado, 

DmiaiDA POR LUIS ». MIRANDA. 



5.3 



*n.' 



V, 



'P//'7J¿¿ ~/Ji^ 



Al Sr. Gral. D. Jesús H. Preciado, 

Gobernador constitucional del Estado de Morelos. 



Con verdadero sentimiento de respeto y simpatía he tenido 
el gusto de acudir al Sr. Gral. D. Jesús H. Preciado, digno Go- 
bernador de este adelantadísimo Estado de Morelos, para pro- 
curar su valioso apoyo en la empresa, para mí solo muy ardua, 
de la impresión de mis Estudios sobre el Cultivo de la Caña 
de Azúcar. 

El Señor General como persona ilustrada y convencido de la 
importancia que tiene en nuestro país toda iniciativa que tien- 
da á ayudar al desarrollo de la riqueza agrícola y mejoramiento 
de nuestra industria, apoyó mi deseo, procurándome los medios 
que necesitaba con los recursos que cuenta la Imprenta del 
Estado. 

Doy infinitas gracias al Señor Gobernador y espero que mis 
buenos deseos, acompañados de la relación que expongo en mis 
Estudios, alentarán á muchas personas que con mas conocí* 
mientes y verdadera suficiencia, ayudarán á nuestra Patria ea 
las dificultades económicas en que se encuentra, divulgando los 
conocimientos adquiridos por la ciencia y el trabajo práctico, en 
la agricultura, el comercio y la industria. 



(Qién^e/ <^íímz^ t^ We^co. 



Cuemavaca, Enero 1 de 1894. 



A 



Al Sr- D. Ramón Portillo y Gómez, 

VICÍl-CÓNSUL DE ESPAÑA, 

Distinguido agricultor, Propietario de la Ha^nda de 
San Antonio del Puente, Estado de Morelos, tiene el honor 
de dedicar estos Estudios, en testimonio de alta considera- 
ción y sincera amistad 

S.S. 



Cuemavaca^ Enero 1 de 1894» 



A 



PRÓLOGO. 



De acuerdo con la iniciativa que han tenido varios notables» 
escritores, que efectivamente responde al deseo de todos los 
ciudadanos que sienten el purísimo y noble amor á la Patria 
en todas sus manifestaciones, y que requiere actualmente et 
auxilio de todas las facultades en la lucha económica que sos- 
tenemos, creo cumplir con mi deber, trayendo en estas páginas 
la exposición detallada del cultivo y elaboración de uno de los 
productos más ricos y de cuya abundancia resultará la creación 
de otras varias industrias importantes, facilitando asi el objeto- 
que anhelamos. 

Es indudable que la Agricultura es la base de nuestra rique- 
za nacional, y todos los esfuerzos que se hagan en el sentido de 
su desarrollo y de su prosperidad, deben ser acojidos por todos 
los hombres sensatos como único medio práctico para hacer 
cesar la constante penuria del Erario. En esta convicción me 
atrevo á presentar al público estos Estudios sobre el Cultivo de 
la caña y Elaboración del azúcar, que representan el estado ac- 
txLol de la práctica y de los progresos de la ciencia en la indus- 
tria azucarera. 

He creído deber seguir en sus partes fundamentales á los 
autores mas distinguidos y mas modernos, y por el plan gene- 
ral como por el gran desarrollo que he dado á numerosas ma^ 
terias, me parece haber conseguido formar un trabajo originaL 



— 2— 

Por un arreglo sistemático y claro de la materia he buscado 
una clasificación fácil en el vasto dominio del cultivo y de la 
fabricación azucarera; como este trabajo ha sido bastante labo- 
rioso, si se notan alojunas repeticiones necesarias en el curso 
del libro, el lector notará también que no las hubiera evitado 
sin perjudicar k la claridad del texto. 

He dividido estos Estudios en cuatro partes: "Cultivo de la 
Caña de azúcar," "Estudios sobre los Abonos químicos propios 
para el Cultivo de la Caña de azúcar, ti "Meteorología y física 
agrícola," y "Elaboración del azúcar. n 

Mi objeto es dar á conocer de un modo cómodo, es decir, cla- 
ro, sencillo y práctico, el estudio minucioso y detallado de «estas 
materias tan esenciales en Ag^ricultura y que generalmente, en 
muchas partes, si no están abandonadas, se consideran con al- 
gún desdén. Sin embargo, nada hay mas importante para un 
agricultor que debe conocer todos los elementos que rodean las 
tierras que trabaja, que contribuyen á su beneticio y de cuya 
atención inteligente obtendrá los buenos resultados que espera. 
. He tratado de formar una obra principalmente práctica, se- 
gún la naturaleza de nuestro suelo, concretándome á este me- 
dio en todas las operaciones de cultivo y fabricación, dejando 
aparte otro género de consideraciones, pues el interés del lec- 
tor, no está, en materia industrial, en los detalles de estilo, en 
las formas convencionales adoptadas 6 rechazadas por el escri- 
tor didáctica; se trata de saber lo necesario para entregarse 
fructuosamente á la práctica de una industria determinada, y 
BO se pueden adquirir estos datos indispensables mas que*si- 
guiendo un orden metódico, fuera del cual todo sería embrollo 
y confusión. He querido evitar este escollo y á pesar de algu- 
nas repeticiones he preferido ligarme menos á una especie de 
corrección superficial, á una elegancia prevista y enteramente 
ficticia, á fin de exponer los principios tal como son, como re- 
sultan de los hechos, á fin de que el lector pueda consultarlos 
más cómodamente y deducir con menos tensión de espíritu las 



— 3- 

consecuencias aplicables. En esto estriba el grado de utilidad 
de un libro, y no he obedecido en la distribución de esta obra 
y en los detalles que contiene mas que á la sola consideración 
de la utilidad práctica que debe resultar. 

Ruego á mis lectores se sirvan excusar cierta petulancia que • 
resulta al mezclar los difíciles estudios meteorológicos con la 
sencillez de los trabajos agrícolas, como parecen á primera vis- 
ta; sin embargo, si tenemos en cuenta que es tan útil y tan ne- 
cesario poseer algunas nociones bien fundadas sobre el ambienté- 
que nos rodea, sobre las múltiples influencias que ejercen en 
nuestio organismo y en toda la naturaleza, por tantos estilos, 
todos los elementos de que se compone la ciencia meteorológi- 
ca, no extrañarán haya reunido todos los datos posibles, pues 
el examen de los efectos originados por la naturaleza de los 
distintos agentes que pueden obrar en diferentes circunstan- 
cias en toda clase de cultivos y durante el desarrollo de las ca- 
ñas, constituye uno de los estudios de mayor importancia. 
Desgraciadamente un particular encuentra serios obstáculos 
para realizar esa serie de investigaciones y tiene que refepirsé 
á los trabajos de las personas especialistas, competentes, que 
tienen también la misión de advertir á todos los ramos de las 
ciencias, y principalmente á las que están en contacto inme- 
diato con la practica, y esta eis de tal importancia como la agri- 
cultura, para hacer útiles las investigaciones científicas. 

He tratado también de dar el mayor desarrollo posible al es- 
tudio sobre los abonos necesarios al cultivo de la caña de azú- 
car, que creo de capital importancia, pues aunque los terrenos 
son todavía muy fértiles, sin embargo, si se tiene en cuenta 
que los estamos trabajando desde el tiempo de Hernán Cortés, 
sin devolverles á penas con los riegos y guarda-rayas mas que 
una pequeña parte de lo que vamos sacando, concluirán pronto 
en bajar rápidamente su producción. Además, no solamente la 
caña, sino todos los vegetales que esplotamos para nuestra sub- 
sistencia en diferentes pantos de la nación, necesitan su nutri- 



-4— 

cion, que no les devolvemos generalmente en otros estados en 
ninguna forma. 

La extensión de nuestro territorio es tan vasta y tan variada 
en sus climas y terrenos, que el método de cultivo en el Estado 
de Morelos no podría servir de norma para muchos puntos de 
la nación; así es que he ensanchado la serie de observaciones y 
de estudios á todos los climas de donde he podido conseguir 
suñcientes datos, y cuyas condiciones se acercam más á las de 
*^ este Estado y de nuestras costas, como en Yucatán, cuyos pro- 
cedimientos se asemejan al método de cultivo seguido en la 
Isla de Ouba. 

El cultivo y la extracción del azAcar se hacen actualmente 
en el Estado de Morelos, con toda la perfección de que son 
susceptibles, teniendo en cuenta la falta de combustible en la 
fabricación, que impide el empleo de ciertos aparatos modernos 
perfeccionados, en la mayor parte de las haciendas. El cultivo 
es tan minucioso y conforme á todos los principios de agrono- 
mía, que puede asegurarse no le aventaja ninguna nación del 
mundo, en igualdad de circunstancias. 

Si no se han introducido mejoras en la parte de abonos, no 
ha sido por falta de ilustración y actividad, sino porque los que 
hasta ahora se han propuesto resultan escasos y caros. Yo creo 
que del estudio que expongo en esta obra sobre dicha materia 
se puede sacar algún provecho, y estoy seguro que aplicando 
el buen criterio y conocimientos de los hacendados, ni el tiempo 
ni el trabajo quedarán perdidos. 

Cualquiera persona inteligente y versada en Agricultura que 
al visitar estas haciendas vea la incesante labor que se hace, 
observe la regularidad, profundidad y limpieza de los surcos, 
los múltiples detalles de atención constante para la distribu- 
ción de las aguas, el desarrollo de la planta que demuestra en 
su estructura, como en un libro abierto, si el que dirige las ope- 
raciones comprende sus necesidades y las satisface, cualquiera 
que vea á todo el personal trabajar cada uno en su puesto, con 



— 5— 

método y conocimiento, comprendere en seguida el constante 
«ifán, energía y actividad que son necesarios, y el puesto culmi- 
nante que ha sabido conquistarse este Estado por su inteligente 
laboriosidad. No creo exagerado decir, que si los otros Estados 
de la República estuvieran tan adelantados como éste, podria- 
mos competir en riqueza y laboriosidad con la nación norte- 
americana! 

No es, pues, por atraso 6 por falta de civilización, Qomo di- 
cen algunas personas que no juzgan bien por ineptitud ó por 
malicia, que dejan de hacerse ciertas mejoras, no es porque no 
*e quiera y no se sepa progresar; no es porque el calor de esta 
tierra entorpezca nuestro espíritu y nuestros miembros, pues 
es posible que el Estado de Morolos sea la comarca agrícola en 
donde se trabaje con más afán y conocimiento, desde el rio 
Bravo hasta Santiago de Chile. No falta inteligencia, ilustra- 
ción, espíritu progresivo y dotes de energía, actividad, econo- 
mía, unidos k una acrisolada honradez de buen cristiano y á un 
«ivismo intachable, pues cumple sus obligaciones de ciudadano 
oon toda exactitud siempre que llega el caso, y satisface pun- 
tualmente al Erario sumas enormes en proporción de sus cortas 



' > dimensiones territoriales 



Es, pues, indudable que la ciencia agricola progresa diaria- 
mente en este Estado, y el agricultor y el fabricante siguen sus 
evoluciones, poniendo en práctica sus doctrinas, y por ellas 
conseguirá el adelanto del cultivo y de la industria tropicales, 
guardándose y manteniéndose la prodigiosa fecundidad con 
que Dios ha dotado á este hermoso país. 

En el estudio sobre los abonos, necesarios al cultivo de la ca- 
ña de azúcar, me ha parecido de verdadera oportunidad y del 
mayor interés presentar y recordar á los agricultores y á los in- 
dustriales los invariables principios del eminente sabio de 
inolvidable memoria, el químico francés Mr. Chevreuil, decano 
que fué de los químicos de Francia. Estudiándolos, el agricul- 
tor industrial obtendrá fructuosas enseñanzas; asegurará al mé- 



•"ce- 
llos, para los ensayos que .emprenda, una dirección sensata, j 
lejos de dejarse llevar de aplicaciones inconsideradas de ciertos 
abonos que producen tan crueles desengaños, de reclamar la 
'perfección hacia todo y contra todo, sin discutir los hechos, de 
arrojar hoy lo que se alababa ayer, seguirá una vía sensata, 
suave y prudente, en la cual tendrá por guía los trabajos de los 
Maestros y por antorcha la Ciencia Agrícola, pues los espíritu* 
pequeños, estrechos é incompletos quedan solos para descono- 
cer y discernir el alcance y el valor práctico de los principio* 
y de las doctrinas. 

Antes de terminar estas líneas, advierto á mis lectores, que 
gran parte de los estudios contenidos en este libro, son debidos 
á mi hermano D. Felipe Ruiz de Velasco, ingeniero agróiK)mo 
de la Escuela de Agricultura de Gembloux, Bélgica, actual ad- 
ministrador de la Hacienda de Zacatepec (Estado de Morolos.) 
propiedad del distinguido agricultor Sr. D. Alejandro de la 
Arena, y que me ha ayudado en la formación de esta obra, no 
pudiendo escribirla directamente, como hubiera deseado, á 
causa dé i»us muchas ocupaciones. 



i 



<Q^ae/(^^i^ €^ We^co. 



Á 



~r— 



Historia de la caña de azúcar. 

La caña de azúcar es originaria de tres partes del mundo: Asia, 
Oceanía y América. 

Su cultivo en la China y la India Oriental, remonta á tal antigüe- 
dad, que 8u origen se pierdo con el origen de la historia de estos 
paises. 

Los egipcios y griegos, parece que no la conocieron hasta el tiem* 
po en que Alejandro penetró en el corazón de la India. 

En los escritps de Teofrasto, de Lucano y de Séneca, se hace men- 
ción de un jugo azucarado y dulce, de una especie de miel producida 
por las cañas Indias y Warron lo atestigua igualmente. Este jugo 
dulce y suave sería el azúcar de caña; pero la descripción de sal in* 
dia, blanca, azucarada, extraida de las cañas, así como resulta de 
las expresiones de Dioscorides, de Plinio, de Pablo de Eguía y de 
Oaliano, no deja ninguna duda sobre el conocimiento que tenían los 
antiguos del azúcar cristalizado. 

No queda rastro alguno de los métodos que seguían para obtener 
«1 azúcar en estado concreto, y el uso de este producto estaba limí- 
tado á la medicina entre los griegos y los romanos. 

Desde las comarcas asiáticas en doiide crecía sin cultivo, la caña 
de azúcar, en las riberas Sagradas del Ganjes, en Mesopotanía y 
probablemente en toda la parte meridional mas allá de la China, el 
descubrimiento de esta preciosa planta se propaga á la Arabía 'E^- 
^iz, la Siria y el Valle del Nilo y después al resto de África. Tene- 
mos suficientes razones para creer en la existencia de esta caña en 
todas las comarcas tropicales antes de la época moderna, comproba- 
da por los historiadores, y citaremos el caso de atribuirse á Enrique 



~8— 

de Portugal la introducción del cultivo de la cafía en Ta isla de M». 
dera (1420) y un pasaje de Plinio en que expone que las islas For- 
tunadas (Canarias) producian azúcar en su tiempo. 

Después de Jesucristo parece que los árabes la trajeron á Sicilia, 
en donde se cultivaba con gran actividad en el año de 1148. Laffl- 
tau, refiere la donación hecha por Guillermo II rey de Sicilia, al 
convento de San Benito, de un molino para moler caña de azúcar, 
con todos sus derechos, obreros y dependencias. Esta donación tie- 
ne la fecha de 1166. £1 misma Laffltau cree que la cafia de azúcar 
puede haber sido traida á Chipre y á Sicilia en tiempo de las Cru- 
zadas. £i monje Alberto Alquensio, en la descripción ^\^e dá de lo» 
procedimientos empleados en San Juan de Acre y Trípoli para ex- 
traer el azúcar de caña, refiere que los soldados cristianos faltos de 
víveres, chupaban cafía de azúcar par & apaciguar el hambre y la sed. 

En lo que sí no cabe duda es, que los árabes la llevaron á la pe- 
nínsula española y muy particularmente por la misma época en que 
fué llevada á Sicilia, pues Abuzacharia, escritor célebre de la raza 
iurabe establecida en España, publicó en el siglo XII una obra de 
agricultura en la que se extiende largamente sobre la caña de azú- 
car. Por otra parte, no cabe duda que en los reinos de Granada» 
Murcia y Valencia, tenian los moros grandes plantíos de caña y sa- 
caban grandes cantidades de azúcar. Tan cierto es esto y q^ eran 
tan hábiles en este cultivo é industria, que cuando la raza gótica 
los acabó de arrojar de España, se dispuso que permaneciesen algu- 
nos de ellos en Motril, para dirigir y aprovechar los plantíos de caña. 

En el siglo XV, D. Enrique, regente de Portugal, hizo llevar la 
caña de Sicilia á Madera, aunque Herrera cree que la llevó de Es- 
paña. 

Loa testimonios mas auténticos y los hechos mas irrecusables es- 

« 

tableeen que la cafía de azúcar existia en Amériofi y crecía natu* 
raimante antes dd Descubrimiento del Nuevo Mundo; sin embargo, 
parece igualmente demostrado que Cristóbal Colon transportó este 
vegetal y que los españoles importaron en América el arte de fabril 
qar el azúcar, que era completamente desconocido de los indígenas. 
Los conquistadores se dedicaron á multiplicar la caña en todos 
kMsi lugares en donde no existía, y sus esfuerzos fueron coronados 



A 



— 9- 

con tal éxito, que en 1506 la industria del azúcar estaba ya en era 
de prospetidad en Santo Domingo. 

En fin, en 1643 á fin del siglo XYII, las colonias españolas, in- 
glesas, francesas, holandesas, etc. de la América, generalizaron el 
cultivo de la caña, y en pocos años, el Nuevo Mundo se puso en con* 
diciones de abastecer al Antiguo Continente con cantidades consi- 
derables de un producto que hasta entonces no habia entrado en la 
alimentación y no era considerado mas que como sustancia farma- 
céutica. 

Cuando los viajes de Cristóbal Colon, estaba aclimatada la caña 
y cultivada en Canarias, al grado de que estas islas y Madera pro- 
veían casi exclusivamente todo el azúcar que se consumia en Europa» 

No cabe duda de que la caña existía naturalmente al estado sil 
vestre en América. 

El padre Labat, en una obra publicada en 1742, cita el testimo- 
nio del viajero inglés, Tomks Gage, que hizo un viaje k nuestra país 
en 1728 y que pone la caña de azúcar en el número de las provi- 
siones con que lo proveyeron los indios caribes de la Guadalupe. 

También cita á Juan de Lery, ministro calvinista que en 1556 
fué en busca del comendador de Villegagnon al fuerte Colgny, edi- 
ficado en una isla de Rio Janeiro y asegura haber encontrado gran 
cantidad de caña dulce en varios lugares de las inmediaciones de 
aquel rio, en donde no habian penetrado los portugueses. 

Francisco Jiménez, en un tratado de plantas de América, dice 
que la caña de azúcar crece naturalmente á orillas del "Rio de la 
Plata, donde adquiere considerable elevación. 

El padre Hennequen y algunos otros viajeros certifican también 
la existencia de la caña de azúcar en los países que se extienden á 
orillas y á la embocadura del rio Missisipí. 

Juan de Laet, dice haberla visto silvestre en la isla de San Vi- 
cente. 

Todo esto confirma que la caña de azúcar es también indígena 
de nuestro continente, á pesar de la respetable opinión del Barón 
de Humboldt, que la pone entre las plantas desconocidas de los ha- 
bitantes de ese continente y de las islas vecinas, antes del descubrí^ 
miento de la América. 

2 



-10— 

Por otra parte, Pedro Mártir, en el tercer libro de su década, es- 
tirito durante la segunda expedición de Cristóbal Colon, que tuvo 
lugar de 1492 á 1495, refiere que ya en esta época el cultivo de l^i 
cafla estaba en corriente en Santo Domingo, lo que hace sospechar 
muy verosímilmente, que habia sido traida por Cristóbal Colon, 
junto con otras producciones de España y de Canarias en su pri- 
mer viaje, puesto que ya en el segundo se fija y llama la atención 
sobre lo extendido que estaba este cultivo. 

M. B. Edwards, concillando todas las opiniones, supone que la 
cafia de azúcar crecía naturalmente en muchos lugares del Nuevo 
Mundo; pero que Cristóbal Colon, que debía necesariamente igno- 
rarlo, trajo planta de Canarias en su primer viaje. Esta explicación 
parece ser la verdadera. 

Todos los historiadores de la cafia de azúcar incurren en la falta 
de atribuir al medio del siglo XVII la época de la introducción de 
la cafia en México, lo cual comprueba una verdad que todos palpa- 
mos k cada paso, y es la ignorancia en que han estado y aún están 
los europeos, de las cosas relativas á este país. 

D. Lúeas Alaman, en la 4? página de su VI disertación, dice que 
Hernán Cortés intentó cultivar en Coyoacan la caña de azúcar trai- 
da de la isla de Cuba, al trapiche que estableció en Tuxtla en la 
costa de Veracruz, y por la cláusula 40 del testamento, se ve que 
con este objeto dio el mismo Cortés tierras en las inmediaciones de 
aquella villa, á su criado Bernardino del Castillo, que estableció allí 
un ingenio. Pero el objeto preferente de Cortés fué siempre las pro- 
piedades de Cuernavaca y Cuantía, mucho mas desde que estableció 
eu residencia en la primera de estas poblaciones. 

Contiguo á ella formó la hacienda de Tlaltenango, siendo el pri- 
mero que introdujo el cultivo de la cafia en la Tierra caliente del 
Sur, como lo había sido también en la costa de Veracruz. 

La situación de este establecimiento en las lomas que forman el 
descenso del valle, exponía la caña á helarse frecuentemente, y por 
este motivo o abandonó su hijo D. Martin, cuando adquirióla ha- 
cienda de Atlacomulco, que todavía poseen sus descendientes, á la 
que trasladó todos los aperos de Tlaltenango, en cuyo sitio aún se 



—11— 

ven las ruinas de los antiguos edificios frente al santuario de aquel 
nombre. 

En Yucatán, sí parece cierto que la caña no fué introducida sino 
hasta después del medio siglo XYII. El padre Gogolludo, que es- 
cribió en Campeche el año de 1655, al enumerar los diversos culti- 
vos de aquella época, no menciona todavía el de la caña de azúcar. 
No es probable que olvidara una planta de tal importancia, por lo 
que es de creerse que hasta después no se introdujo allí su cultivo. 

Todo esto que llevo dicho se refiere á la caña asiática llamada 
criolla. En cuanto á la variedad llamada caña de Otaiti no fué re- 
conocida hasta 1778, cuando el capitán Gook, descubriendo varias 
islas de la Polinesia, la encontró en la isla de Tai ti ú Otahiti. De 
aquí la llevaron los navegantes Bougainville y Blig á Antigona, 
una de las pequeñas Antillas y después k Jamaica, en donde se ha 
extendido mucho. De Jamaica pasó k la Habana y de allí á noso. 
tros: de modo que generalmente se reconoce por nuestros labradores 
con el nombre de caña habanera. Los Sres. Humboldt y Bonplan 
describieron en sus viajes una variedad de color morado que crece 
en Batavia, en la isla de Java, una de las que componen la Malesia 
en la Oceanía. Fué traida á América en 1778, primero á las islas y 
luego al continente. En el distrito de Rio Verde se cultiva en bas- 
tante cantidad una sub-variedad que se llama veteada, jaspeada, 
pinta, alistonada ó de cinta, la cual describiré en el artículo siguien- 
te. Estas variedades han sido traídas de Jamaica al continente. 



II 

Varios climas en que se cultiva la caña de azúcar. 

En el hemisferio septentrional, el cultivo de la caña se practica 
hasta cerca de los 37 grados de latitud en el Sur de Europa, en 
Andalucía [Mklaga]; en los Estados Unidos se detiene entre los 34 
y 35 grados sobre el litoral (Carolina); pero en el interior, bajo la 
influencia de los vientos fuertes que corren sin obstáculo en el in. 
menso valle del Misisipí, no se extiendo más allá de los 32 grados 



-12 — 

En el continente asiático se cultiva la caña hasta cerca de los 31 
grados en la provincia de Ohe-Ohiang. Descendiendo por el lado 
del hemisferio austral, se van estrechando ó reduciendo los límites 
de la cafía cada vez más; en África el cultivo mas meridional está 
en Natel bajo de los 30 grados; en la América del Sur se detiene 
por la costa occidental en el desierto de Atacama [20 k 25 grados 
latitud] en la costa oriental, entre los 26 y los 27 [provincia de 
Santa Catalina], j en el interior, de los 25 á los 26 grados solamen> 
te [Paraguay.] 

Lo temperatura media de las zonas en que se cultiva la caña va- 
ría de 19 á 30 centígrados, prosperando especialmente en aquellos 
puntos donde encuentra la planta sacarina una temperatura media 
de 22 á 25 grados. Al calcular la suma de grados calórifícos que 
recibe la cafia antes de su recolección, se han observado diferencias 
muy notables, debidas en parte á las especiales aptitudes de cada 
variedad, y sobre todo á que en ciertos localidades se beneficia antes 
de su completa madurez. Así vemos que en la Tierra caliente las 
cañas se recolectan al cabo de diez y ocho ó veinte meses de cultivo, 
con una temperatura media de 22 grados próximamente, absorbien- 
do un total de 11,880 á 14,520 grados/ mientras que en Andalucía, 
con una temperatura media de 19 grados, la caña se explota al cabo 
de diez 6 doce meses tan sólo de cultivo, en los que no recibe por 
consiguiente más que 6,500 á 6,800 grados. La caña no puede ser 
cultivada con éxito, sino en las regiones donde la temperatura me- 
dia no desciende, en primavera y estío, de 19 á 20 grados. Los 
vientos secos y ardientes, los violentos y recios, así como las gran- 
des humedades y las heladas, perjudican macho á tan delicada 
planta. 

III 

Descripción y caracteres botánicos. 

La caña de azúcar. ^^Arcendo sacarífera sacharum de Lineo, aa- 
carofiarum de Necker. Pertenece á la familia de las Gramíneas de 
Jussieu, género sacármeos de Kunth, Amandia diginia en el siste- 
ma sexual. 



I 



r -13- 

13e una raíz ó zoca geniculada y fibrosa, echa varios tallos de trik 
lado y radículas ramosas del otro, que chupan y beben los jugos 
nutritivos de la tierra. 

Sus tallos son lisos, articulados y divididos por nudos más ó me- 
nos cercanos en parte que se llaman canutos ó cañutos. De estos, se 
«cuentan generalmente en una caña madura de 40 k 60. lios nudos 
^ue dividen perfectamente la caña en una dirección perpendicular k 
«u longitud, aislan físiológieamente les cañutos, de manera que la 
vida en cada uno de ellos es independiente de la de sus vecinos: asC 
>ea que pueden muy bien estar enfermos ó atacados por insectos dos 
cañutos separados por otro ú otros que pueden estar sanos y conti- 
nuar viviendo. 

En los nudos de la caña toman nacimiento dos órganos de suma 
importancia. 

En primer lugar, las hojas de la planta que naciendo en dicho 
punto suben algún trecho, envainando al tallo y caen luego k uno 
y otro lado, pues son alternas, hablando botánicamente. 

Estas hojas tienen dos usos prin<;ipales, que son la respiración y 
la protección de la parte tierna del vastago. 

La hoja ya crecida tiene otro efecto útil, y es que por su sombra 
ahoga el desarrollo de cualquier vegetal que naciendo al pié de la 
€aña, le quisiera robar parte de los jugos que le pertenecen. 

La forma de las hojas es alargada; son de media á una vara de 
iargo, con los bordes duros, estriadas, vellosas y con un nervio lon- 
gitudinal en el centra 

El vello de la hoja ya seco, forma una espinita que llaman aquí 
ahiuite y que molesta mucho k los que la manejan, como la espinita 
de la tuna. 

En segundo lugar, al nivel de los nudos, nacen unas yemas que 
80 llaman grillos ó pistones, que quedan rudimentarios mientras vi- 
ve la planta, pero que después de cortada y puesta en las condicio- 
nes que adelante indicaré, dan lugar k un nuevo individuo, y son las 
que sirven en las variedades cultivadas para perpetuar la especie. 

Los cañutos, cuyo tamaño varía de dos á ocho pulgadas, están 
formados de un tejido recticular, que visto con el microscopio, pre- 
senta en un corte el mismo aspecto de celdillas exágonas de un pa- 



—14— 

nal de abejas, las cuales están llenas del jugo sacarino. £1 eolor de 
este tejido es blanco y su consistencia es blanda y mas esponjosa k 
medida que se extiende mas al centro del tallo. Este tejido está 
cubierto por una epidermis dura, siliciosa y como barnizada, verde- 
blanca, amarillosa, morada ó violeta, según las variedades de la 
caña. Esta epidermis tiene una gran cantidad de materia pegajosa, 
semejante á la cera, que se ha llamado cerosina; á ella debe la caña 
su lustre y aspecto barnizado. Se encuentra además sobre la epi- 
dermis y cerca de los nudos, un vello, ya blanco, ya negrusco, que 
contiene también alguna cantidad de cerosina que se pega en las 
manos. 

Cuando la caña florea, echa en la extremidad un vastago recto, 
perpendicular y sin nudos, que se llama flecha y que lleva en la 
punta ó un pináculo ó penacho de pequeñas flores sedosas y blan- 
quiscas. ' 

Cada flor tiene un zurrón con dos c&lices, tres estambres y dos 
estilos, cada uno con su estigma plumoso. El fruto es una semilla 
oblonga envuelta en dos vulvas. Guando ésta llega á su completa 
madurez, sirve muy bien para sembrarse y reproducir la especie» 
pero generalmente en las variedades cultivadas, la semilla aborta y 
siempre se reproducen por estacas ó renuevos. 

YarirdAdbs. La caña presenta muchas variedades, pero al caña- 
vero sólo le importa conocer las cinco siguiente&r 

1. Oafia criolla. (Sacharum qficinarumj que es verdaderamente 
la asiática y la que se cultiva en nuestro país. Crece de seis á doce 
pies de altura y no engruesa mucho. Cuando está madura, indus- 
trialmente hablando, su tallo se pone pesado, quebradizo y de un 
amarillo paja. Esta caña á pesar de los siglos que lleva de cultivar- 
se aquí, jamás ha degenerado; aunque no crece mucho, dá un jugo 
muy sacarino y la calidad de su producto es superior al.de las otras 
cañas. 

Tarda de quince á diez y seis meses para su completa madurez, y 
es muy delicada á la acción del frió y á la seca. 

2. Caña Otahiti. [Sacharum otahiten8e\ generalmente llamada 
entre nosotros caña habanera blanca por haber sido traida de aque- 
lla isla.* es mas alta, con cañu titos mas largos y mas gruesos, es más 



-> 



—15— 

fácil de cultivar, resiste mejor que la criolla al frío y á la seca, dá 
ua producto mucho mayor que la primera, aunque de una calidad 
inferior, y es más precoz ea su madurez, pues en algunos terrenos, 
al afio y aún k los doce ó catorce meses está completamente en sa- 
cón industrial Es muy diversa ea la caña la madurez real ó botá- 
nica, de ia industrial. En aquella el tallo se pone seco y propende 
á ponerse fistuloso, como en muchas gramíneas: en ésta el tallo de- 
fe© estar lleno de jugo y este jugo contenor la mayor cantidad posi- 
ble de azúcar. Se dá muy bien en los terrenos empobrecidos por 
largos años de cultivo de la caña criolla. Pesa una tercera parte 
más que ésta, dá un quinto más de jugo y un sexto más de azúcar 
Entre nosotros se ha extendido mucho su cultivo; pero desgracia- 
damente en muchas partes se ha enfermado, degenerando, á un gra- 
do, que no sirve ni para pasturas de animales. 

Veremos en su lugar las causas y los medios de combatir esta en- 
fermedad. 

3. Oaña violeta. (Sacharum violecíceum de Humboldt, Bompland 
y Tusiac) llamada también cafia de Batavia, por el lugar de donde 
es originaria. Tiene la epidermis del tallo, violeta, y las hojas mo- ' 
radas. Es mas precoz que las anteriores, resiste mejor al frió y á la 
seca. Tiene una gran cantidad de azúcar incristalizable, lo que la 
hace preferir para las fermentaciones. Es mas dura que las anterio 
res, y si no se corta á su tiempo se pasa prontamente, secándose su 
médula y dando muy poco producto. 

4. Cafta veteada, alistonada, jaspeada, pinta, cinta. {Sacharum 

« 

versicolor), Subvariedad de la anterior; tiene el tallo ya en sazón, 
color amarilo paja, con unas cintas muy hermosas de color rojo vio- 
Iota perfectamente recortadas; sus hojas son verdes. Se cultiva en 
gran cantidad en la Luisiana, donde se prefiere á causa de su pre- 
cocidad y de su resistencia á la acción del frió. Introducida recien- 
temente en el distrito de Rio Verde, se éstk propagando y exten- 
diendo allí su cultivo. 

Se supone que puede ser una hibridación de la caña habanera y 
de la violeta; pero evidentemente no es así, pues la hibridación de 
estas dos cañas da lugar á la variedad siguiente: 



— 15- 



5. Gaña cristalina. (Sacharum luhridatum). En las Antillas se^ 
obtiene esta variedad artificial, poniendo en los surcos, al tiempo de^ 
sembrar, trozos superpuestos de semilla violeta 7 de semilla haba- 
nera. Se escogen anualmente los individuos en que se nota mayor 
fusión en el color y caracteres, y repitiendo esta operatsion en tres- 
plantíos, es decir, durante tres años, se llega á obtener una varie- 
dad que tiene los caracteres siguientes: 

En un buen terreno llega á crecer hasta cuatro metros y aun más;, 
es mas gruesa que las dos variedades que la han producido. El co- 
lor de las hojas es verde oscuro, más anchas y más largas que las de 
las otras cañas. Los tallos son de un color verde manzana y el vello* 
ó bozo cercano á los nudos, es blanco, cuyo color, sobre el verde del 
tallo, le dk una apariencia trasparente ó cristalina. Se ha realizado 
eon buen éxito esta hibridación ei^ la Tierra caliente del Sur de 
México. • 



—17- 



Conclusiones generales 

sobre los climas propios al cultivo 
de la caña de azúcar. 



Los climas, con sus diferencias de sequedad j de humedad 
son influencias generales que no está en manos del hombre re- 
gular según sus deseos. 

Si las condiciones generales ó normales no se han cumplido 
debidamente ó si falta alguna de ellas ó se presenta en una 
época inoportuna, como la caña necesita para llegar á su com- 
pleto desarrollo una larga duración, su textura queda modifica- ^ 
da, su producto debilitado, su riqueza es inferior y los nudos 
son muy frecuentemente un indicio de esas malas influencias, 
por su número y su agrupación. Por esta razón aludimos en el 
prólogo al desarrollo de la planta, que demuestra en su es- 
tructura como en un libro abierto si el que dirige las opera- 
ciones comprende sus n-ecesidades y las satisface. 

Según las circunstancias se emplean medios artificiales para 
moderar ó producir esos efectos. 

Los riegos, en los puntos en donde el sistema es practicable, 
suplen parcialmente la falta de las aguas pluviales. 

La aeréacion de las cañas, obtenida por medio del deshoje 
oportuno, permite aún aumentar la c£mtid9.d de calor y de luz 
necesarias a la madurez de la planta* 

CUMAS. 

Los climas situados en la zona ecuatorial é intertropical han 
conservado como un privilegio natural el cultivo de la caña de 
azúcar; sin embargo no se les debe conceder; exclusivamente 

3 



—18-. 

esta ventaja, pues como ya veremos mas adelante, la caña de 
azúcar se produce muy bien en la Luísiana (América del Nor- 
te) en unas condiciones climatéricas completamente excepcio«' 
-nales, y precisamente esta diferencia tan notable es uno de íos 
principales motivos que nos han inducido k dar algunas noti- 
cias sobre otras regiones azucareras. 

Las diversas influencias que hemos estudiado del suelo, de 
las lluvias, de los abonos, podrán variar según el clima, así co- 
mo también, el mismo modo de cultivar, no es umversalmente 
aplicable. 

Las condiciones climatéricas son, sobre todo, los elementos 
determinantes de una vegetación satisfactoria. Ellas pueden 
también modificar la calidad de las cañas, su producción, su ri- 
queza. En España, como decimos al principio de esta obra, se 
cultivó la caña en la edad media; dando magníficos resultados 
en calidad y cantidad, y actualmente se sigue explotando en la 
provincia de Málaga; en la Guadalupe (1), (pequeñas Antillas) 
y sobre todo en la Isla de Cuba da productos maravillosos. 

La latitud, la situación geográfica de una localidad, no nos 
parecen, como se admite bastante generalmente, autorizar á 
fijar con absoluta certeza el logro ó la pérdida de un cultivo 
determinado. 

Clasificando por latitudes intermediarias las localidades en 
que el cultivo de la caña está en plena actividad, encontramos, 
^separándonos del Ecuador: 

r40" 

TT • r • XT ^ 3 30° Luisiana, España. 
Hemi8fenoNorteJ2(j. ^^ je Cuba'. Egipto. 

\ W Antillas, Cochinchina. 
Ecuador. O** Guyana, 

r 10° Brasil, Java. 

TT ' f ' Q 3 ^^** Perú, Maurice, Beunion. 

nemisteno bur < g^o j^^p^^ j^^^^ Queensland (AustraUa.) 

( 40° N. Gales del Sur (Austral^) Tasmania. 

(1) La Guadalupe ee una colonia francesa. 



A 



-.19— 

Hay que observar que exceptuando la región central y me- 
ridional del Egipto, de la Luisiana, de la Australia y la misma 
de la América del Sur, incluyendo: Per6, Bolivia, Chile, Re- 
pública Argentina, Uruguay, Paraguay, el cultivo de la caña 
epta confinado precisamente en las zonas de donde se ha ex- 
cluido el cultivo del trigo. 

Los límites del cultivo de la caña exactamente conocidos son 
los siguiemtes; 

36° en latitud por el hemisferio Norte. 
31" id. id. Sur. 

Si tratamos de generalizar las mas ventajosas influencias 
estimaremos: 

1° Que bajo el punto de vista de la humedad, cuarenta dias 
de temperatura caliente y lluviosa, uniforme, favorecen nota- 
blemente el nacimiento de la planta, su germinación y la pro- 
ducción de las primeras hojas, tanto sobre las cañas plantadas 
como sobre los retoños. 

2° Que, relativamente al calor, cinco meses de una tempe- 
ratura media de 30°, sin exceso de aguas pluviales, procuran á 
la caña el mas perfecto desarrollo y hacen una buena zafra. 

3° Que en relación de la luz, se necesitan, por lo menos dos 
meses de intensidad solar regular. 

Estas tres condiciones deberian sucederse normalmente, pero 
no es así en los actos de la naturaleza, contrariados por las per- 
turbaciones atmosféricas variables é imprevistas. Así vemos 
que la caña necesita más tiempo para su completa madurez y 
satisfacer á la vez al agricultor y al industrial. 



—20— 



INTRODUCCIÓN. 



He creído conveniente principiar el estudio minucioso del cultivo 
de la caña dando una rápida ojeada sobre las principales operacio- 
nes que se efectúan actualmente en el cultivo de la caña de azúcar 
en las haciendas del Estado de Morelos ayudando también mis ex- 
plicaciones con las que publicó en su opúsculo hace algunos años, el 
Sr. D. Ramón Portillo y Gómez y obteniendo asi el conjunto de lof 
diferentes trabajos que actualmente se practican, con tan buen 
acierto. 

De este modo quedan especificadas ks varias labores que sirven 
dé norma en esta comarca y podremos entrar en el análisis detalla- 
do de cada operación, desarrollando el estudio teórico y práctico de 
esta materia, dándole toda la amplitud necesaria, para que con el 
completo conocimiento de todos los elementos que entran porlana- 
turaleza^en dicho cultivo, se puedan perfeccionar los diferentes tra- 
bajos agrícolas y conseguir con economía resultados más lucrativos. 

La parte relativa al cultivo, escrita por el Sr. D. Ramón Portillo 
y Gómez, parecerá quizás una repetición de lo que expongo en pri- 
mer lugar y sería naturalmente inútil una de las dos, pues versan 
sobre el mismo asunto, si yo no quisiera mas que hacer una simple 
relación, peí o como se trata de un estudio y en este caso dos opi- 
niones no estkn demás, al contrario se enlazan y ayudan para acla- 
rar hasta los puntos mas fútiles, quizás para algunos pero muy nece- 
sarios en el terreno práctico, insisto en presentar las dos versiones, 
en la seguridad de que las personas conocedoras han de aplaudir la 
intención práctica que me guia. 

Labranza del campo. 

Antes de pasar á exponer la manera práctica de preparar conve- 
nientemente el terreno, de hacer los barbechos, plantar la cafia, los 
regos y las escardas, y hacer el corte, de describir los labores de las 
socas y la patología de la cafia, diré que no se crea uniforme el sis- 



- 11^ 

tema labrantío en todas partes y que hay tales diferencias, que no 
'OS fácil dar una descripción general que abarque todos los procedi- 
mientos. 

Haré lo posible, aunque sea con algunas digresiones, por dar una 
idea del cultivo en otros lugares. Mucho quedará tal vez^ sin decir * 
se y no poco tendrán que objetarme personas más prácticas y ver- 
fiadas en estos trabajos agrícolas. Si así Ío hicieren, muy grato me 
será, aunque me demuestren que he errado, el ver que se aolar^ un 
punto del cultivo de la caüa y que persoaas mas idóneas que yo 
contribuyen al objeto que me he propuesta 

Mas adelante al concluir nuestra narración sobre el cultivo de la 
•caña, hemos intercalado copia de los apuntes publicados por el Sr. 
D. Ramón Portillo y Gómez propietario de la hacienda de el Puente 
en este Estado de Morolos, con objeto de que nuestros lectores ten- 
gan k la vista varias opiniones y sobre todo la que mas estimamos, 
lá de dicho Señor, por ser la mks verdadera y mas ajustada k las 
'Costumbres de este pais. 

El plan de riegos marcado en «sos apuntes es el que guía normal- 
mente en todas las haciendas de este Estado y con este creemos que 
^a suficiente para formarse una idea general, pues los riegos varia- 
rán -en cada terreno según «I clima, su composición, cantidad de 
ugua indispensable, etc., condiciones, todas eilas que varían también 
en esta haciend€^ pero no de tal modo, que sean muy diferentes en 
«fita cañada de Cuemavaca, 

Cultivo de la caña de azúcar. 

Pocos cultivos han de varíar tanto como el dé la caña de azúcar, 
«egun los países, climas, latitudes, terrenos y otras circunstancias 
accidentalds. 

Lo que se hace á orillas del Nilo no se hace en América. En la 
Habana no se practica lo que en México. En Yucatán y Rio Yer- 
de varia un tanto el sistema, y aún en cada plantío, en particular- 
se puede asegurar que se modifican mks ó menos los procedimientos. 

Esta gran variedad no se crea hija del capricho; la necesidad ha- 
ce nacer estas modifíoacicMies, lo cual haremos pdpable con algunos 
ejemplos. 



—22- 

La caña de azúcar, planta sumamente jugosa y por consiguiente 
lüdrófíla, se acerca mucho por su constitución y caracteres á las 
plantas acuáticas. De aqui resulta que en principio general, necest- 
tan riegos frecuentes y abundantes. Asi se practica en los distritos 
de Ouernavaca, Morelos y Rio Verde, en los que por lo menos cada 
quince ó veinte días se riegan los plantíos. 

£n Ouba, por la forma alargada y angosta de la isla y estar ro- 
deada de mares, el rocío matutino es tan ábundantiC que jamás se 
necesita regar la cafía. Entre estos dos estremos, es claro que pue-^ 
den encontrarse todos los medios imaginables. 

Pondremos otro ejemplo. La caña de azúcar es una planta vivaz, 
hablando en general; pero en el Sur de México es anual, ó cuando 
más bisanual, por Jo que aquí tiene que plantarse afío por año, 
mientras que en Cuba, Yucatán, Rio Verde y Jalapa resiste varios 
cortes. 

Este número varía mucho, pues aunque generalmente es de tres 
k siete, hay casos extraordinarios, como uno en Yucatán,. en que el 
plantío llevaba veintiocho años de dar la zafra anual. 

En toda la pendiente Oeste de la cordillera de los Andes, la caña 
dura solamente un afio, mientras que en la pendiente Oriental dura 
mucho mas tiempo. Parece que esto lo confirma lo que he visto y 
podido investigar de Rio Verde, Jalapa y Yucatán, situados al Este 
respecto de lo que pasa en Cuautla, Cuernavaca y Sur de Morelia, 
situados al Oeste de la cordillera. Parece ser debido esto á los ro- 
cíos abundantes que del Golfo se levantan, y por el movimiento 
diurno de la Tierra y los vientos alisos que vienen á bañar la fal. 
da Oriental de los Andes, mientras que la falda Occidental queda 
sin este beneficio, que no puede esperar por su situación, ni del Gol- 
fo ni del Océano Pacífico. 

Por esto y otros ejemplos que podría citar, se ve que el cultivo 
de la caña está bajo la influencia de multitud de circunstancias cli- 
matéricas. 

La temperatura, la humedad ó sequedad del clima y del terreno, 
la variedad de caña que se cultiva, y entre nosotros hasta la posi- 
ción que guarda respecto de la cima de la cordillera, influyen en la 



—23— 

manera áe vivir de ]a planta y niodifícan por oonsiguiente los pro- 
cedimientos del cultivo. 

El agricultor que quiera verdaderamente llamarse así, debe por 
tanto estudiar todas estas «circunstancias, pues de lo contrario, se 
expone á padecer una equivocación, tanto mas trascendental, cuanto 
que no solo expondría á fracasar una expeculacion, sino que sufrien* 
do un desengaño, propendería á creer que las innovaciones, aún las 
fundadas en los príneipios racionales y científicos de la agricultura 
y de la economía rural, son peligrosas, y que lo mejor es no cambiar 
ni alterar lo que se ha kecho hasta aquí en muchas partes, es decir, 
la rutina. 

Desgraciadamente, á esta opinión se inclinan la mayor parte de 
los labradores puramente prácticos; y el que escribe algo sobr« cual- 
quiera ramo que pueda llegar á sus manos, es necesarío que expli- 
que claramente hasta donde llega la generalidad de ciertos prínei- 
pios, cuáles están mas sujetos á excepciones y el modo de poderlas 
preveer. 

Es necesarío además que presenté procedimientos prácticos del 
-cultivo en distintos lugares y posiciones climatéricas, pues así fie 
podrk tener á la vista un método que asemeje y cuadre mas á las 
^circunstancias particulares que se tienen á la mano. 

Por último, debo reasumir en una especie de código, las reglas ge- 
nerales según las cuales debe proceder el práctico en sus mejoras y 
debe guiar sus prímeros pasos el no experímentado. 

Preparación de las tierras para los barbechos. 

La labranza en el sentido mas lato del término, es decir, inclu- 
yendo en olla no sólo los labores con el arado sino con todos los 
instrumentos propios para desagregar el subsuelo, tíene por resul- 
tado final: 

1. Pulverizar, ahuecar, esponjar el suelo con el objeto do facilitar 
la acción de ios agentes atmosféricos, y de propender al desarrollo 
fácil y continuo de las raíces. Para conseguir siempre ios efectos 
mks benéficos, se deben varíar las operaciones que se ejecutan para 
alcanzarlos; según !« naturaleza de la planta cultivada, las propie- 
dades físicas y composición química del suelo y Bub-suelo, conside- 



-fi- 
jados de lina manera absoluta y también con relación k las labores 
anteriores, el clima, etc. 

2. Mezclar intimamente todas las partes de que se compone e) 
terreno, de suerte que, presentando en toda su masa una composi* 
cion uniforme y propiedades lísieas iguales, puedan hta plantas des- 
envolverse de una manera continua, sin que, en las interrupciones 
producidas al' llegar al seno de algún depósito* de naturaleaa distin- 
ta, extraigan kw raices cuerpos nocivos á la vegetación, b que traa» 
tomen de cual^ier modo la marcha de la evolución de la planta^ 
dando origen á manchas en las hojas, concreciones, etc. : la absor- 
ción puede también alterarse en virtud de nueva» y diferentes pro- 
piedades físicas, que distingan les medios recorridos por las raice» 
en pos de sus alimentos. Obtener este resultado será tanto mas de 
desear, cuanto t^ae por labores profundas se hayan traído á la su- 
perficie las capas inferiores del suelo 6 las superiores del sub-suelo,. 
y además en les casos en que se desee disl^ibuir cen igualdad co- 
rrectivo y aboBOB en todo el terrenOr 

3'. Traer á la superficie una porción del terreno inferior, con eV 
fin de meteorizarlo' por la acción del aire y de meprarla por medio- 
de los abenoB y correctivos, obteniendo- por último resultado un 
aumento en el espesor y homogeneidad de la capa vegetal,, y el apro* 
vechamiento de gratn número* de suetaneias contenidas' en las capa» 
del sub-suelo; La meteorizacion del terrenobasidoconeideradatan 
importante y la práctica ha demostrado de tal ,modo sus buenos 
efectos, que muchos agricultores,, exagerando sus beneficios, han 
sostenido que las abanos correctivos leerán completamente inútiles, 
pues s^un ellos, las plantas sólo reclaman para vegetar con vigor 
tina tierra bien aereada por medio de labores repetidas^ 

Este sistema fué puesto en {H'áctica al principio con resultado» 
brillantes, y mas tarde con un fin desastroso por el célebre agróno- 
mo inglés Tull. 

4. Facilitar el escutrimiento inferior de las aguas, y absorber, 
introducir y guardar la humedad por cuyo medio se mantienen en- 
jutos los terrenos húmedos, y convenientemente humedecidos los 
que son demasiado secos, resultados epuestoiB á primera vista, los 
cuales se obtienen sin embargo, ahuecando^ el terreno, pseaaaise 



—25— 

aumenta su fertilidad y se disminuye su capilaridad. De estas dos 
acciones combinadas resulta la regularidad de agua conservada por 
el terreno, y puesta á la disposición de las plantas. 

Por poco que otras circunstancias favorables se unan á este do- 
ble y simultáneo efecto, se obtendrá por resultado fínal la frescura^ 
es decir, ese estado benéfico del suelo, en el cual las plantas en todo 
tiempo reciben la humedad necesaria para el completo ejercicio de 
las funciones que desempeñan sus organismos. 

5. Extirpar las malas yerbas, arrancándolas de raíz, y extrayén- 
dolas por medio de las gradas, puestas en acción en la oportunidad 
conveniente. Cuando se trata especialmente de cañaverales demoli- 
dos, que se labran con el objeto de sembrar de nuevo cafía en ellos, 
por medio de las labores se deben extraer las capas viejas, las cua^ 
les unidas en montones es útil quemarlas y aprovechar sus cenizas 
como abonos. Si. no se tuviere este cuidado, las capas viejas impe 
dirán mecánicamente el desarrollo de las nuevas y además perde- 
ríamos los elementos fertilizantes contenidos en ellas, sin contar que 
también pueden ser útiles para la quema de la arcilla. 

Reconociendo la importancia de los fines que nos proponemos con- 
seguir al ejecutar las labores consideradas en todos sus detalles y 
amplitud, es claro que, á menos de no mostrarnos inconsecuentes 
con las ideas que dejamos expuestas, no podemos aconsejar que se 
descuide la realización de las operaciones encaminadas á producir 
semejantea beneficios. 

Tampoco debemos dejar de insistir acerca de la necesidad de sa- 
near el terreno por medio del drenaje, rompiendo el subsuelo; ni 
mucho menos olvidaremos aconsejar el uso de los correctivos, abonos 
sólidos y líquidos, el regadío, &c., en una palabra, todas las prácti- 
cas de la agricultura progresiva, sin el auxilio de las cuales no se 
pueden conseguir ni grandes ni seguras cosechas. 

Demostrada la conveniencia de mezclar íntimamente todas la» 
partículas del terreno, pasemos á bosquejar el cuadro de las labore» 
que es preciso verificar en un terreno desmontado y apto á permitir 
el trabajo para adecuarlo á la sementera de la caña. 



-26- 



BARBECHOS. 

Cerca: El valhtdo ó cerca en el Sur de M^ico, varía según las 
t^ircunstancias y materiales con que cuentan los hacendados; pero 
la mayor parte son tapias que llaman tecorrales formadas de piedras 
sobrepuestas y las cuales tienen la ventaja de que aunque se de- 
rrumben, el material queda en el sitio y no hay mas que levantar 
ó sobreponer las piedras. 

Barbechos: Cercado y descepado el terreno para que obre bien el 
arado, debe tomarsf» la tierra en buen punto de humedad, es decir, 
que no esté fangosa ó encharcada, ni seca, para que el arado al rom- 
pvr el terreno, comience desde luego á desmoronar. 

Si la tierra está fangosa, el surco se va cerrando, y puede decirse 
que el barbecho en este estado, es tiempo perdido. Si al contrario 
está muy seca, no penetra bien el arado y levanta terrón. 

Cuando se supone que la tierra está en un término medio de hu- 
medad, de manera que facilitando la entrada de la reja no impida 
el desmoronamiento del terreno, la víspera de que entre el grupo 
de yuntas necesarias 6 disponibles para el efecto, se mandan algu- 
nas á cortar las vesanas ó melgas; es decir, se mandan señalar con 
el arado los espacios de terreno que, por el conocimiento práctico, se 
sabe que pueden servir de tarea á la yunta y al gañan. 

Al cortar las vesanas se observará eistrictamente que si hay sur 
cada ó tronconada de cafía vieja, se ponga la dirección de la raya 
diagonal al surco antiguo, pues esto facilfla la acción del arado. 

Después de esto se procede á dar la priinera w^lta ó primer Jie» 
rro. Al entrar las yuntas á esta operación se tendrá mucho cuidado 
de que la tierra se vaya volteando hacia el punto de donde recibe 
agua la suerte. Explicaré esto más claramente. En todo terreno la 
acción lenta de los riegos propende á arrastrar la tierra arable hacia 
las partes inferiores y á desnudar el subsuelo, por cuya razón todas 
las labores que se ejecuten para prepararlo al plantío de caña, deben 
tener una tendencia contraria. Esto se consigue, haciendo que la 



-27— 

primera raya (jue se abra en cada vesana sea la mas alta y mas cer- 
cana al punto por donde bebe agua la suerte. Las siguientes rajaff, 
que deben precisamente caer en el labio mas bajo de la anterior- 
mente abierta, dan necesariamente por resultado que la tierra" cae á 
la raja ya abierta, y al fin de la operación, en todo el terreno, ha 
habido una traslación hacia arriba de la capa movida por el arado. 

En toda esta operación se debe procurar que el barbecho vaya tan 
delgado, que el arado trace exactamente el labio de la raya sin que 
queden medios, ó sea espacios sin romper, redondeando la yunta las 
piedras, peñascos ó troncones que haya en las suertes 6 machuelos, 
sin permitir que el gañan pase á otra melga sin que el operador ó 
capitán la revise y vea que está labrada á toda su satisfacción. 

Debe procurarse igualmente que el arado vaya limpio, quitándole 
las raices, varas y basuras que atascan la reja, pues esto impide que 
penetre y desentrafle el terreno. Esta limpia de arado debe hacerse 
fuera de la suerte para irla limpiando de. basura. 

Concluido de labrar, se deja prudentemente pasar unos dias para 
que el barbecho pudra y desfleme. 

Después, tomando siempre el terreno en buen punto sin dejar 
endurecer, ó como llaman, clavar el barbecho para que no levante 
terrón el arado y penetre con facilidad, se comienza la seguncUt vuel- 
ta ó el segundo fierro, mandando las yunta» un dia antes de vesa- 
near, es decir, á trazar nuevas vesanas en una dirección oblicua á 
las anteriores, para que la tierra vaya quedando bien batida, <bc., 
tendrá el mismo cuidado de comenzar en cada vesana por la raya 
mas alta, para que la tierra, al ir volteando, sufra un movinúento 
ascendente, como queda dicho anteriormente. 

Del mismo modo y con las mismas reglas se dará una tercera, 
abriendo cada vec mas el arado para que desentrañe mas profunda- 
mente el terreno. Pero no es bastante con esto: se tiene que dar 
por último otra vuelta. Generalmente no se dan mas que cuatro ñe- 
rvos y cinco en casos especiales, con buenos arados. Siendo la cuarta 
precisamente dirigida del lado donde bebe agua la suerte al extremo 
opuesto, la cual vuelta llaman vulgarmente larga, y por último, la 
quinta que llaman pareja, en una dirección perpendicular ó forman- 
do cruz con la anterior, j en la cual se procura al cerrar la vesana 



—28— 

tapar la última raya con la cabeza del arado, acostada, para que no 
queden puntos bajos y desigualdades que detengan y encharquen 
el agua. 

Como se puede inferir por la descripción de las operaciones an- 
teriores, el objeto de los barbechos es mover la tierra vegetal, batirla 
j desmenuzarla en una profundidad suficiente, para que las labores 
posteriores sean fáciles, para que la atmósfera ventile y mejore el 
terreno; y sobre todo, para que la caña pueda sin dificultad distri- 
buir y multiplicar sus raíces, y que sus yemas, tiernas y débiles al 
principio, no encuentren obstáculo á su crecimiento en un terreno 
duro y mal preparado; por lo que toca al empeño y gasto invertido 
en estas primeras operaciones, es suficientemente compensado por la 
multiplicidad y vigor de los hijos, que nacen con desahogo y en con- 
diciones favorables para su crecimiento y robustez. 

Por estos motivos es también importante, que después de dados 
los cuatro fierros, todo el terrón que quede sin desmoronar, se des- 
menuce y pulverice con cuidado, de manera que al fin de estas ope- 
raciones quede la suerte con una superficie igual y la tierra batida 
y finalmente dividida. 

Modo de trazar los surcos:— ^Surcada. 

Después de esto, se procede á abrir los surcos que han de servir 
para plantar la caña. Entre nosotros, estos surcos se hacen con el 
arado, de la manera siguiente: 

Se traza el primero en la mitad de la suerte, para lo cual se es- 
tudia la inclinación del terreno, de manera que el surco no quede 
ni muy pendiente, ni tan horizontal que el agua no pueda correr en 
los riesgos. A uno y otro lado de ese surco central se siguen abrien- 
do los demás, entrando en cada uno tres yuntas;^ la primera que se 
llama rayadora^ con un travesano de yerbas ó palitos de media 
vara dé longitud, que sale una cuarta de vara por cada lado; la se- 
cunda que va inmediatamente detras y que se llama repaso lleva 
una orejera, y la tercera 6 final, que lleva también orejera y un 
muchacho sentado, para aumentar el peso, la cual sirve para igua- 
lar bien el surco y formar bien el camellón k uno y otro lado. Des- 
pués de surcada la suerte, se pasa al redondeo^ es decir, á establecer 



- 29— 

«n la cabecera, por donde bebe agua la suerte, un par de caños, pa* 
Tálelos entre si y más 6 menos perpendiculares á los surcos. Este 
<!año toma en el Sur de México los nombres de apantU y contra- 
'ttpantle, y se hacen también con las mismas yuntas que llevan las 
«nismas distancias. 

Se procura dejar en los costados de la suerte un carril de tres va- 
ras ó más para que puedan circular ias carretas, animales y peones 
indispensables para las labores siguientes, y también para poder ais- 
iar mas fácilmente las suertes en caso de incendio, el cmal no es raro 
acontezca cuando la. cafia estk en sazón y se encuentra cubierta de 
4la8ol ú hoja seca. También con el arado abren en la parte inferior 
de los surcos caños de desagüe llamados acholokrae, paralelos con 
los apantles y casi perpendiculares á k)s surcos. 

Todos estos caños ó regaderas para recibir el agua y para darle 
fialida, aunque se trazan con las yuntas, se les dá siempre una mano 
•de coa para que queden perfectamente hechos y regulares: pues im- 
f)orta mucho ser dueño del agua en «i momento de ios riegos. Deben 
ponerse además con la corriente necesaria para que no resbale el 
agua ni ae encharquen las cabeceras de los surcos, pues esto perju- 
"dicaria á la planta. 

Respecto á la corriente que á^oe darse á los surcos y regaderas, 
•el principio que fíja la corriente consiste en tenei en cuenta que el 
agua por un lado ni arrastre la tierra por tener demasiada corriente 
y descubra la caña, ni por otro lado tampoco se detenga y estanque 
<ie tal modo que no circule, y humedeciendo demasiado la tierra ha- 
^a podrir la semilla ó detenga el desarrollo de la caña. 

Pendiente que puede darse á los surcos, 

39gun observaciones especiales hechas con el nivel^ por D, Felipe 

Ruiz de Velasco, 

Terreno arenoso 0,"00l0 por metro. 

Tierra revuelta O, 0010 ti " 



Arcillo arenoso 
Atocle 



1». 



0025 II it 



Arcillo pura, 

(Barro cocido,] J> O, 0050 m h 

ó terrenos húmedoe. 



—50— 

Las regaderas cortan los surcos sigaiendo ]a pendiente máxima 
del terreno, es decir, casi perpendicalarmente á la dirección de la» 
curvas de nivel, pues de lo contrario, las primeras porciones del te- 
rreno que reciben el agua, absorberían una gran cantidad y aun se 
formarían .filtraciones en los surcos vecinos, antes que el fin de elloa 
ó las colaSf como se llaman, hubiesen recibido la porción necesaria 
de agua. 

Por otra parte, en el plantío de caña, como una capa delgada del 
terreno ha de cubrir las estacas ó semillas, se necesita que el agua 
marche con lentitud en los surcos, pues de otro modo, muchas por- 
ciones de la planta quedarían descubiertas por la corriente j todas 
ellas se perderían si no se tomaba de nuevo el trabajo de cubrirlas. 

Es por tanto indispensable que el agricultor, estudiando lo poro . 
so y absorbente de sus terrenos, ya por analogia-con otros iguales 
que posee, b ya experímentalmente, fije el tanto por ciento que de- 
be darse de desnivel en sus suertes á los surcos y regaderas; y una 
vez conocido esto, trace el surco de enmedio que ha de servir de 
ncM'ma, sirviéndose de un nivel y un estadal y no de la simple yista 
como generalmente se hace; pues esto por habilidad y práctica que 
se tenga, da lugar k equivocaciones muy notables y no poco onero- 
sas para los intereses del especulador. 

En cuanto á la distancia que deben guardar los surcos entre sí, 
generalmente se admite como suficiente, vara y cuarta. Pero si esto 
es bueno en nuestro plantio de caña criolla, la cual como hemos 
visto, es la mka pequeña y menos desenvuelta, no lo es igualmente 
en los plantíos de caña Otahiti, cafia veteada y caña cristalina, las 
cuales, teniendo un desarrollo más considerable, necesitan mayor 
espacio para extender sus hojas y tallos, y tener lugar suficiente 
para la ventilación y respiración; pues son estas circunstancias in. 
dispensables para el crecimiento, salud y madurez, no sólo de la cafia, 
sino de todo el vegetal. 

En Yucatán, en la extensión de un mecate que debemos recordar 
tiene 24 varas, se abren doce surcos para la cafia veteada y diez para 
la habanera, y si el terreno es fértil solamente ocho ó nueve. 

El Sr. Saury Méndez dice, que generalmente se ponen diez surcos 
al mecate, lo que da un espacio de dos varas y cuarta del centro de 



-31- 

xin surco al otro, y t^ue los que por capricho ó malos informes lian 
puesto catorce ó diez y seis sarcos, han sufrido un quebranto gran- 
de; pues desde la segunda ó tercera Cosecha adelgaza tanto la cafia, 
que parece zacate. 

De todo esto, lo que debemos inferir es, que la distancia de surco 
á surco debe ser proporcionada al desarrollo de la cafía y adecuada 
á su ventilación, sin excederse más allá de lo necesario, pues en este 
caso habria desperdicio de terreno, y gasto supérfluo en preparar, 
barbechar, escardar, etc. una superficie mucho mayor que la real men- 
te empleada. En este último caso, hay también otro inconveniente y 
es el que continuando la acción solar en los entre*8urcos, la forma- 
-cion de la yerba que hace necesarias las escardas, es interminable; 
mientras que en una suerte convenientemente labrada y en la que 
la distancia de los surcos está bien calculada, deja un momento en 
que la sombra de las hojas de la caña y su extensión, impiden en lo 
«ucesivo la formación de la yerba, y evitan los gastos de escardas 
|>osteriores. 

En los países privilegiados para la cafia, en que el rocío matutino 
•es suficiente para sus riegos y no se necesita estudiar la inclinación 
del terreno para trazar los surcos, la dirección de ellos está someti- 
<la á consideraciones útiles para la planta. Así, en Yucatán, se es- 
tablece que la dirección de los surcos debe ser de Norte k Sur, pues 
ios vientos frescos y húmedos que allí reinan desde Octubre hasta 
Marzo, son muy benéficos para la planta en un clima de fuego. 

En el Sur de México y sobre todo en el distrito de Rio Verde, 
donde los vientos del Norte son arrasantes y congelan no pocas ve* 
■ees la cafia, la dirección de los surcos, si estuviera en nuestra mano 
elegir, probablemente seria lo contrarió k lo que se prefiere en la 
península yucateca y en algunas haciendas, que prueba más y más 
lo que influyen las circunstancias climatéricas en los procedimientos 
de cultivo. Se puede decir, sin embargo, por regla general, que sien- 
do la ventilación una de las circunstancias indispensables á la vida, 
desarrollo y salud de la caña, se estudiaran los vientos reinantes^ 
para que en lo posible la dirección de los surcos favorezca la circu* 
lacion de los aires benéficos,, é impida al contrario la de los dafiosos 
y arrasantes. 



—32— 

El plantía de la caña en surcos longituilinales, como llevo expli- 
cado, no es general en toda» partes. En muchas como en la Huaa^ 
teca, se hacen hoyos solaD>ente para recibir la caña. En Nueva—* 
Granada j varias colonias la pvimera operación que se hace par» 
plantar un campo de cañas, consiste en cavar fosas de 489 milíme- 
tros [18 pulgadas] de longitud, 325 milímetros (12 pulgadas) de 
latitud y 162 milímetros [6 pulgadas] de profundidad.* 

La tierra que saca el azadón se coloca sobre el borde^ para que 
después sirva para tapar la planta. El centro de una fosa dista del 
de la contigua de l'^O á 1"62. Se conserva esa distancia para que 
el aire pueda circular entre las cañas y favorecer su madurez. 

Por un lado las fosas están separadas por un intervalo desnudo, 

y por otro la tierra que ha producido la cava. Elsta disposición, 

cuando la suerte está labrada por entero, forma especies de surcos, 

cuya elevación presenta una profundidad de 406 á 487 milímetros 

(15 á 18 pulgadas), aunque no se haya penetrado realmente mas 

que 217 milímetros (8 pulgadas). A.biertas las fosas como he dicho« 

se d-eja algün tiempo la tierra expuesta al sol y al aire,, para hacerla 

mas ligera y ventilarla. 

Un campo de cañas plantado de esta manera debe presentar el 

aspecto de matas aisladas, como las de un campo labrado en tablero 

ó ajedrezado cono dicen los agricultores. 

Cualquiera que sean las ventajas de este sistema de plantío, se 
comprende desde luego que no puede realizarse por medio del ara- 
do y que nuestro sistema le aventaja mucho, tanto por lo económico, 
cuanto por el descanso y desahogo que procura k los trabajadores. 

La economía del uso d^l arado es tan notable, que en Yueatan, 
á pesar de ser el trabajo del indio mayo tan barato, resulta mas ven - 
tajoso según el cálculo y comparación siguientes: 

Cien mecates cuadrados, á razón de 12 surcos por mecate, contie 
nen 1,200 surcos. El indio mayo, con la coa, los labra á razón de f 
surco, lo que da un total de 3,600 cuartillas, ó sean 112 pesos 50 
centavos, por surcar los cien mecates cuadrados. Usando del arado, 
dos hombres con una yunta hacen cinco mecates diarios. Cada hom- 
bre gana 18 centavos, lo que hace un gasto diario de 36 centavos. 
Haciendo cinco mecates diarios, claro es que en 20 dias harán cien 



—33— 

mecates, lo que da un gasto de 36, 20=» 720 centavos, 6 sean 7 pe- 
&QS 20 centavos; pero como el surco en Yucatán, después de rayado 
.se repasa, debemos duplicar esta partida para tener el gasto total, 
el cual será por consiguiente de H pesos 40 centavos, que restado 
de 112 50, dá un residuo de 98 10 que economizan usando del 
arado. 

Este sistema de surcos continuos para plantar la caña j que lla- 
man en Yii^atan chahhiluum^ ha sustituido casi completamente, al 
llamado ¿acAá, y que consistía en ir abriendo Una serie de agujeros, 
oblicuos para colocar las estacas de caña casi verticalmente. Se ve 
la analogía que tiene este sistema con el modo acostumbrado en 
muchos puntos de la Huasteca, y que he visto ensayar en el distri- 
to de Kio Verde. Produce buenos resultados, y puede tener su apli- 
cación en los terrenos ásperos y quebrados donde no pueda obrar 
el arado. 

Todas las operaciones preparatorias de la siembra de cafia, que 
acabo de describir, pueden y deben hacerse con más facilidad y per- 
fección, sustituyendo á nuestros instrumentos antiguos de labranza 
•otros de mas reciente invención y de un efecto mks pronto y eficaz, 
como hacemos ya con los arados americanos. 

Siembra de la caña. 

Lo primero que debe hacerse antes de sembrar, es elegir la varie- 
dad de cafia que más conviene al terreno y demás circunstancias 
que se poseen. 

Debemos recordar las prineipales cmalidades de las cinco varieda- 
ded de cafia que pueden cultivarse. 

1. La cafia criolla da la mejor azücar que tenemos; pero es deli- 
cada y produce poco. Necesita terrenos ricos y jugosos. 
# 2. La cafia habanera da mayor producto y es menos delicada; 
pero degenera. Se da bien en terrenos empobrecidos por la cafia 
criolla. 

3. La cafia veteada es más precoz que las anteriores, y resiste 
bien al frió y á la seca. 

4. La cafia morada es aún más resistente que la anterior al frió 
y á la seca; pero da un guarapo de color. 



v^ 



—34— 

I 

5. La cafia cristalina parece reunir las cualidades de riqueza j 
resistencia al frió 7 á la seca de las dos variedades que la preceden. 

Como ya hemos dicho, la caña puede reproducirse igualmente por 
semillas que por estacas; pero como es raro que aquellas lleguen á 
madurar, pues generalmente abortan, se usa en todas partes la siem* 
bra por estacas. 

Oomunmente se toma para plantar la punta ó cabeza de la cafia, 
llamada también cabo, ragua 6 cogayo, que es la parte más apropó- 
sito para este objeto, por tener mayor número de yemas en menor 
espacio, porque siendo tierna y jugosa, prende y echa raíces con fa- 
cilidad y por no ser útil para molerse. Algunas veces se toma en 
Noviembre para planta, la soca ó renuevo del plantío cortado en 
Febrero, que reúne también las condiciones antedichas, de multi- 
plicidad de yemas, por tener cañutos pequefios. 

En Yucatán prefieren por lo común la caña nuevamente retoña- 
da; pero algunos siembran nehueck (caña vieja) por tener los cañu- 
tos pequeños y dar por consiguiente mayor número de hijos. 

¿Pero no será esto en detrimento de eu salud y lozaníal 

Evidentemente así es, y la planta debe tomarse de la punta, 6 de 
la caña nueva y tierna, pues nacen mas pronto los hijos y son más 
robustos y lozanos. 

En Rio Yerde siempre se usa de la punta de la caña para semilla. 

Cualquiera qne sea la caña que se haya elegido, se debe limpiar 
quitándola todo el tlasol, y los trozos largos y curvos se dividen en 
el centro para que puedan asentar bien en el fondo del surco. 

Preparada de este Hiodo la semilla, que así llaman generalmente 
á las estacas que se plantan, se procede á colocarla en el fondo de 
los surcos, teniendo cuidado de que las yemas vayan quedando á 
uno y otro lado y no unas arriba y otras abajo, y de que la punta 
de ellas se dirija hacia la parte de donde bebe agua la suerte. « 

Hay varios modos de colocación de las estacas, los cuales pueden 
reducirse á los siguientes: 

Cordoncillo. 

Cadenilla ó chalchiluum de los mayos. 

Petatillo. 

Por estacas ó xtacché de los mayos. 



.-35— 

En clavo ó sistema huasteco. 
Oblicuo 6 sistema de las colonias. 
Alterno y 
En diagonales. 

Describiré un plantío de cordoncillo^ que es el mas usado, y des» 
pues haré ver la diferencia y caracteres que tienen los demks. 

Limpia y escogida la semilla que tenga la yema sana y en buen 
estado, se comienza á poner en el surco, empezando por la parte alte 
de la suerte: se tiene cuidado de que el trozo siguiente quede sobre, 
puesto en la extensión de dos cañutos al anterior, y asi sucesiva- 
mente, por lo que toca la linea ó cordón de cafia puesto en un surco, 
debe presentersé en una disposición imbricada. 

Al hacer esto operación debe cuidarse de que la cafia vaya que- 
dando bien asentada, es decir, que no le falto tierra por abajo y los 
lados, por lo que el guarde siembra ó capiton, antes de toparse la 
planta, debe recojerla y examinar si está bien puesta, si las yemas 
tienen la posición y dirección antes dicha, pues entonces todavia es 
tiempo de corregir los defectos que se noton. 

Después de esto se procede á topar, tomando tierra de los lados, 
procurando que sea de la parto inferior para no desbaratar los ca- 
mellones ó entresurcos. 

En cuanto á la cantidad de tierra que ha de cubrir la planto, casi 
todos los labradores están de acuerdo que apenas ha de ser de dos 
á tres pulgadas, y esto lo apoyan en el justo razonamiento de que 
es preciso oponer la menor resistoncia posible ol nacimiento de las 
yemas. 

Sin embargo, otros agricultores creen que debe cubrirse la cafia 
hasto llegar al surco, pues según su opinión, las lluvias aplanan la 
tierra, y la cafia se encuentra á cubierto del calor del sol, que la 
seca y fermenta. Algunos por falto de esto precaución, han perdi- 
do parte de sus siembras por seguir la antigua costumbre de cubrir 
apenas la semilla con dos pulgadas de tierra. 

Esta opinión contradictoria pudiera esplicarse, por ser de tom- 
poral los torrenos á que se refieren, y por ser excesivamento cálido e^ 
clima en el cual han hecho sus observaciones. 
Entre nosotros, la regla general es cubrir muy poco lo semilla, é 



-36—. 

inmediatamente después de tapada se procede á regar. Es tan im- 
portante el riego inmediato al plcuitío, que por eso se comienzan á 
poner por la parte superior de la suerte, pues apenas concluida la 
tarea debe seguirse el riego el mismo dia; 7 si una tarea quedó k me - 
dias por concluirse la luz, se le da agua á la parte hecha, que debe 
ser la superior. 

Al regar, debe tenerse gran cuidado de que el agua no forme 
acholóles^ es decir, que no pase de un surco á otro, j de que no que* 
den sin regar las colas ó el fin de los surcos. • 

A los ocho, diez ^ doce dias de asentada la caña, se dá otro riego, 
según sea el terreno y temperatura, aunque haya humedad, puea 
importa mucho refrescar la planta. 

Gomo he dicho, este sistema de cordoncillo es el más general- 
mente empleado en nuestras tierras cañeras; pero explicaré en qué 
consisten los otros, que pueden tal vez tener sus aplicaciones según 
las circunstancias y localidades. 

£1 de oadeniUa 6 chalchiluum consiste en ir colocando en el fondd 
del surco dos líneas de cañas paralelas 7 juntas, tocándose los ex 
tremes de Isls estsucas sin imbricarse, como sucede en ai sistema an- 
teripr. 

£1 de petatillo consiste en tres lineas de caña, las dos extremaft 
continúas 7 en contacto los extremos de las cañas como en la cade- 
nilla. La interna 6 intermedia no continúa sino formada de trozos 
de caña, puestos solamente en los lugares en que corresponde un 
contacto de las cañas extemas, á las cuales vienen á servir como de 
empalme. 

£1 xtacché ó por estacas consiste en la siembra de trozos de caña, 
que se colocan casi perpendicularmente al horizonte, en hoyos ver- 
ticales un poco oblícuo& 

£1 de clavo ó huasteco consiste en poner verticales las estacas, 
ya en hoyos aislados, ya en surcos profundos. 

£1 oblícíio 6 sistema de las colonias españolas, consiste en colocar, 
en las fosas que hemos dicho, trozos de caña bajo un ángulo de 45** 
poco más ó menos, de manera que un extremo de la caña queda en 
el fondo de la fosa, y el otro toca la superficie del terreno. 

£1 alterno, empleado en Yucatán, consiste 6n ir poniendo trozo ^ 



• 

4a caña qixe se cracea 6 pasen uno o dos caflütos, pen» fia im1[>rica' 
dos como en el cordoncillo, sino alternos, como se ven pintadats ea 
las láminas de una mettcana, 

For último el de diagonaleSy empleado también en Yucatán, con- 
siste en ir poniendo, casi atravesados al surco, trozos de caña que 
<io se tocan en ningún punto, pero que tienen la oblicuidad necesa- 
ria para que, nacida la planta y visto él surco de frente, no se per- 
ciba ningún claro. 

Conocidos ya por lo que he 4icho, los distintos modos qua kay de 
•colocar la caña en el fondo del surco y la manera de «ubrirla y darle 
«US dos primeros» riegos, pasaré á tratar de un punto interesante, á 
saber: en xjué época del año se hace el plantío en distintas partes y 
«n cuál es la más conveniente y racional hacerla 

En el ^r de Méx^ioo y en Yucatán generalmente, se planta en 
la segunda mitad del aHo, es decir, de 4gosto en adelanta 

£n el distrito de Rio Verde y la Luisiana se planta en los prime- 
ros meses, jsiempre antes de Agosto, para poderla cosechar al aña 

£s fácil darse cuenta de esta variedad. En Yucatán, Guemava- 
«a y Cuantía, la caña está en el campo diez y ocho meses, sin que 
«el invierno le haga impresión ni daño alguno, por lo qué él agricul- 
tor, calculando la época de la safra ó corte, que debe sep'en la ésta* 
<ñon de secas, no del año siguiente, sino del posterior al siguiente, 
tiene que hacer su plantío diez y ocho meses antes, es dedr en Sep- 
tiembre poco mks ó menos del año anterior á la zafra. 

Además, en Yucatán, como casi todos los terrenos son de tempo- 
ral^ se elige para el plantío el tiempo de las lluvias ó el do los Nor- 
tes. Puede decirse que allí es posible plantarla desde el mes de Ju- 
nio hasta Noviembre. Entre estos extremos varía la costumbre se- 
^un la localidad, y se advierte que la época mas propia para la 
siembra de la caña en la península yacateca, es en Agosto si el te- 
rreno es kancabchéf y en Septiembre si es aJccdché ó jfosckom, porque 
tarda mas la vegetación de la caña en el primero que eñ los según* 
dos. Algunos acostumbran sembrar á la caída de las lluvias con 
buen éxito; pero la experiencia -demuestra que las plantas sembra- 
das en esta época son de menos duración, lo cual se atribuye al es- 



—38- 

todo de Ift semilla, que ha pasado toda la estación del Terano* %in 
sembrarse. 

La costumbre de Bio Verde y de la Luisiana de sembrar á prin^ 
cipios del año, es hija de la neoeódad. Siendo en estos puntos e) 
invierna bastante riguroso, para no permitir la permanencia de la 
eafia en el campo, hay precisión de ganar tiempo, para que en el 
afio mismo llegue la planta al mayor grado posible de madurez. Por 
esto se elige de preferencia, semilla precoz, y se siembra lo más 
temprano que se puede. Se comprenderá también que este plantío, 
en los meses de mayor sequedad, secamente puede tener higar en los 
terrenos de regadío. 

Mr. Jeney ctrltivador de caña muy instruido, y que fué largo tiem* 
pa propietario de Nueva-Granada, hace observaciones muy justas 
sobre el plantío de la caña, las cuales concuerdan en gran parte con 
la práctica observada en el distrito de Rio Yerde y la Luisiana. 
Según él, los seis primeros meses se emplean en todos los trabajos 
de fabricación y de campo, inclusive el plantío. Los trozo» ó esta- 
cas cortadas en Febrero se plantan en Mayo ó Junics lo que trae la 
necesidad de cosechar la soca á los once meses de nacida, y la plan- 
tilla 6 primera cafía k loe doce meses, en vez de cosecharla á les 
quince 6 diez y ocha En tres razones principales funda su sistema: 

1. En que las cañas, pasado el duodécimo m.eS, si bien maduran 
algo por la punta, en la base degeneran, pudren ó secan, lo cua], 

según él, está compensado. 

2. En que la estación de lluvias, que comienza al tiempo de na- 
cer la planta, va creciendo de Agosto en adelante lo mismo que la 
caña, la cual puede resistir las fuertes lluvias de Septiembre y Oc- 
tubre, por ser crecida y vigorosa, llegando por fin k buena madurez 
de Febrero en adelante, que es cuando reina una estación mas seca 
y mks á propósito para la zafra ó corte. 

3. Que de esta manera, año por afio se corta todo el campo, y 
únicamente se tiene que reponer el sexto ó quinto del plantío, se- 
gún lo que dura la caña en tal ó cual lugar. 

Por todo esto se ve que no hay mes del año en el que no se plante 
caña en alguna parte; pero creo que se pueden establecer dos cate- 
gorías de lugares cañaveres, y son los de secano y los de regadío* 



—59- 

Ea aqueHoa debe subordinarse la época del pianito á la estación 
<de lluvias, y en estos debe procurarse que se haga el plantío á prin- 
cipios del año, pues st es cierto que pasado el duodécimo mes, la 
•caña ya no medra ó medra muy poco, conviene evidentemente plan- 
tar la caña en los meses de seca, para cortarla en los mismos meses 
del año siguiente. 

Convendrá, mucho que los agricultores del Sur de México y de 
l^ucatan, despojados de toda prevención, estudiasen el punto, pues 
«i es exacta esta opinión, podrian duplicar sus productos haciendo 
una zafra anual de dos terceras partes de^us campos, y no tener, 
>como ahora sucede, tan sMo una tercera parte en corte, pues las 
otras dos están ocupadas, la una por la cafta plantada en el año an- 
terior, y que ha de cortarse el año siguiente, y la otra, en prepara- 
tivos del plantío que se hace en Septiembre. 

En los países donde «e siífre un invierno -riguroso, no puede ha- 
íber duda de que el plantío, para lograrse, debe hacerse en los pri- 
meros meses del año, y debe escogerse una semilla precoz y resisten- 
te á la intemperie. Aun asi sucede no pocas veces que cae una hela« 
^a destructora, y el agricultor ve en una noche destruidos todos sus 
planes y esperanzas. Para estos casos, conviene tener un trapiche 
poderoso y un número considerable de calderas de -evaporación, ipues 
moliendo rápidamente la cafia antes que se aeedifíque, preduce un 
Jugo de buena calidad, que puede, después de hecbo piloncitlo, servir 
para fabricar aguardiente ó para fermentaciones. Pero no quiero 
anticipar lo que pertenece, á la parte fabril. 

Sa planta la caña en la época que conviene según la localidad, y 
dados los riegos de que he hablado, el primero «en el mismo dia que 
se planta y el segundo k los ocho, diez ó doce dias, se procede á dar 
las labores de cultivo. 

Labores del cultivo. 

A los •odho dias del riego antedicho, se dá -con coas la primera 
«scarda, procurando en ella batir el camellón h entresurco; es decir, 
aflojarlo conservándole su forma, y á la planta quitarle toda la yerba, 
alejándole la misma tierra que tenia por ambos lados, y cuidando 






-40- 

nrttckó de no tirar ni lastimar la yema^ que asf se llama el gí%f,lo 
a]go crecido ó reventado. 

Guando se considera aterrada la semilla, se da k la vez un recer« 
te por ambos lados para que afloje. 

Las escardas, que generalmente son cinco, conviene darleus cada 
quince dias, interpolando dos riegos de la manera siguiente; uno* 
inmediatamente después de terminada la labor, & eujo riego llaman 
asentadura y el otro k los ocho dias. 

.En estos riegos se hace correr ya el agua en do» surcos seguidos^ 
es decir, por 80 varas y no por 40 como en el plantío. Para esto, 
el regador tiene que borrar con la coa un apantle intermedio, J k 
esta operación llaman mancornar los apantles. 

Si á la segunda ó tercera escarda se nota que no ha nacido nü>- 
guna semilla, debe rese^nbrarse mnj cuidadosamente, remendando* 
todas las faltas. A esta operación llaman en las colonias recorrer 

* • 

el plantío. 

A los quince dias de la quinta escarda, y después de los dos riegos- 
consiguientes, se dan los primeros arados. La cafSa debe tener en- 
tonces cerca de una vara. El arado entra llevando un travesano de' 
varitas de medio geme por donde va mas cercano k la cafia; y u]> 
geme del lado contrario, si está chica la caña; pero si ya está de- 
buen porte, deben ir los arados abriendo exactamente enmedio al- 
camellon y el travesano, saliendo una porción por ambos lados. 

Esta operación, que sin duda puede hacerse mejior con arados de- 
doble vertedera, tiene por objeto batir el camellón, arrimar tierra & 
la cafia, sepultar la yerba existente y destruir los insectos y sus^ 
madrigueras. En algunas partes llaman k esta labor tapatie. 

Después de terminada, se dan, como en las escardas, dos riegos,, 
uno de asiento y otro á los ocho dias, y ya en estos riegos se hace 
correr el agua por tres surcos seguidos, es decir, por 120 varas, para 
lo cual el regador tiene que borrar otro apantle intermedio. 

A los quince dias de los primeros arados se da una quita tierra: 
con coa, cuya operación consiste en volver á formar el camellón in- 
termedio á los surcos, casi como estaba antes de los primeros arados, 
y se dan después tres riegos, la asentadura inclissive. 

Bi durante este tiempo se forma yerba, se da una escarba ó ra»' 



—41- 

« • 

paáMa^ <|tle es lo mismcs y á los vdinte días se procedo k dar los 
segundos arados. . i « ^ « 

Ebtos segundos arados so dan lo mismo que los primeros^ divi- 
diendo el camellón medio á medio con el arado que Hevá un trave- 
sano, ó mejor doble vertedera» para cubrir el pié de la cafia. 

Este beneficio tiene por último resultado», además de lo que he 
dicho habluido de los primeros arados^ el de dar un apoyo sólido á 
la planta, que puede resistir los vientos y credimiénto sin caerse, j 
además produce el desarrollo de algunas yemas del pié, lo que au- 
menta el número de hijos^ y pof consiguiente el rendimiento del 
terreno. 

D&pues de esta labor se riega la suerte con solo un apantle in- 
termedio, y euando la planta ha encañado, sé endereza la suerte) es 
decir^ se hace el riego corrido de punta á punta, borrando el único 
apantle intermedio que habia quedado. 

Para enderezar la suerte, se recortan y recomponen el apantle y 
contra apantle, se alza' y aplana él cataellon divisorio y se estable- 
cen achacualea ó subdivisibnes que surtan los doce surcos que se 
llaman tendidas. > ^ ; 

La aohólólera' [oafio de desagiie] también se recompone y aplana, é^ 
igualm^ite los surcos. ' 

Estos tan 'filólo en una extensión de cuatro varas por el lado de 
lod apántilós y en uM'tOxtension de éotí á t^es Varas fw el lado de * 
la achololféra. Gomo he diéfa^ se bof ra también el apanUe interme- 
dio para que' el agua tío encuentre tropieoo y oorra libremente de un^ 
extremo apotró de la- suerte. 

Terminada ésta operación ded plantío, ya no se d^ regar cons- 
tantemente^ pues terminado el riego de la última suerte, se vuelve 
á comenzar por la primera» y en algunas partes á tarde y á mañana '< 
se tiende el agua»' teniendo solamente cuidado de no recomenzar, ' 
sino hasta que ha salido por la achololeva toda el agua tendida. 
' Al dar estos riegos de punta á punta se tendrá cuidado de que el' 
enderezador vaya guiando el agua, para que no salte de un surco á 
otro. Y no se crea bastante el ób'sérViír tíú saiida k la achololera por' 
le» dode surbosqae están funcionando, pael bieá puede suceder que- 
en medio del plantío salga de un wstrdOy iliguiéndó wiA fMsa rataí' 



»• 



» 



'/ 



—42- 

para volver á entrar al mismo en un punto mas bajo, dejando por* 
clones sin regar, que se secarían infaliblemente si no se remediara 
este defecto. Por esta razón debe hacerse un registro escrupuloso 
después de cada riego, para asegurarse del curso regular del agua. 

Esta sene de riegos se continúa por lo común sin interrupción, 
hasta que se juzga estar la cafia en sazón para cortarse, en cuyo 
tiempo se retira el agua por 8, 15, 20 dias, un mes y aun dos, para 
obtener un guarapo mas sacarino. 

Guando la planta ha encañado y tomado tal desarrollo, que sus 
hojas é hijos cubren y quitan toda acción solar al terreno, ya no se 
forma yerba, y las escardas son inútiles. Sin embargo, cuando por 
<;ualquier circunstancia estando ya la suerte enderezada, se observa 
que nace alguna yerba, se procede á dar una escarda ó limpia á ma- 
no, ejecutada por muchachos, los cuales descomponen menos, con 
los pies, los surcos ya establecidos, y por esta razón hay menos pe- 
ligro de hacer defectuoso el curso del riego. La escarda, ejecutada 
por hombres y con coas, en cierto tamaño de la caña, seria v^rda* 
deramente imposible. 

Todo el sistema de riegos de que he hablado, debe, como es de 
suponerse, modificarse mucho según el terreno, el clima y las cir- 
cunstancias meteorológicas. Recordaré que en Cuba y algunas otras 
colonias, no se riega jamás la caña por la mano del hombre, y la na- 
turaleza se encarga de hacerlo suficientemente por medio del rocío 
matutino. En Rio Verde, también he dicho antes, que en los terre- 
nos que reciben humedad de traspore ó filtrado no se necesita otra 
especie de riego. En Ouernavaca y Cuantía se puede asegurar que, 
apesar de ser la regla general lo que llevo descrito, ha de haber te- 
rrenos que necesiten menos agua que otros, por lo que en este punto, 
como en casi todos los demás que he tratado, la regla general es es- 
tudiar la necesidad local y satisfacerla con oportunidad. Esto toca 
<al labrador instruido y práctico. 

« 

Corte de la caña. 

Lo primero que debe hacerse para cortar un campo de cañas, es 
retirarle el riego desde ocho hasta sesenta dias, según el estado de 



~48- 

humedad que guarde la planta y el terreno. Esta suspensión de riO' 
go toma ea tierra caliente el nombre de desflemo^ 

Para conocer si la caña está en sazón, se examina su tamaño^ 
color, estado de la hoja y consistencia. ¡Cuánto mas valdría aplicar 
un procedimiento sacarimetro que diera á conocer el máximun po- 
sible de saturación de aquella variedad en el terreno dado! 

(Jn procedimiento empiríco, pero muy generalmente empleada, 
consiste en tomar una caña bien limpia y tirarla lo mas alta posible: 
si al caer se rompe en pedazos^ se considera que está tierna, y si no 
se rompe, se declara en sazón. 

£1 Sr. á.burtal, opina, que por lo que respecta á la madurez de 
la cafia, los mejores indicios son el secarse y caerse las hojas. Se* 
gun el mismo sefior^ pasado el duodécimo ó decimotercio mes, la 
cafia deja de medrar, por lo que establece <K>mo principio general el 
corte anual, calculando siempre, que venga á caer en la estación de 
secas, pues ú cayese en la de lluvias, no podria haber un deaflemo 
conveniente, y la cafia se cortaría muy acuosa. 

Las observaciones de este agricultor son tan interesantes para ^ 
corte de la cafia que no puedo menos de copiarlos. Dice asi: 

La formación de los cafiutos de la cafia es tanto mas pronta, y su 
grueso y largo tanto mas considerables, cuanto mas favorable es la 
estación y mas adecuado el terreno á su cultivo. El prímer cafiuto 
que én razón de las circunstancias que acabamos de citar se deja 
ver tres, cuatro ó cinco meses después del plantío, conserva siempre 
su lugar cerca del suela De él nace el segundo, del segundo el ter. 
cero, y así sucesivamente. Cada semana poco más ó menos dando 
su nudo, se ve también cada semana caer una hoja seca. Una cafia 
de treinta y dos cafiutos, buena para cortarse, tiene de veinticinco 
á veintiocho nudos despojados naturalmente de sus hojas, en tanto 
que aunque próximas á caer ya, la conservan aun los cinco ó seis 
cafiutos que les siguen; los demás guarnecidos de sus hojas verdes, 
forman el cogollo, el cual se tiene que cortar por encima de la últi- 
ma (hoja seca). En una (^afia de dos metros y medio á tres metros, 
nacida en terreno húmedo, pero no anegado, es decir, en el terreno 
mas favorable al mas pronto y mas rápido nacimiento de la cafia, 
puede el número de los nudos útiles, subir hasta cuarenta y hasta 



—44— 

oincueota. £a u& terreno de esta eipeoie, el prioier nudo está ion* 
mado al fin del tevoer mes, y á veees quince cUas antes, si imvweem 
la estación. En estos ter^^enos las cafias que no se cortan hasta los 
trece ó catorce meses, «uel^n podrirse é agositarse según el afio, si 
as lluvioso ó seco en extrenq. 

En buen terreno, bien expuesto, poco hiíme^o y metido on labor 
jBon algunos aftos de anterioridad* las callas .tendWUi de tfeinta y 
acho á cuarenta nudo» en una i^j^ura de metro y medio; y la^ore- 
isiéndQl^el tiempo, fácilmente ecbarón nudo^ á los tre^^ meses, ó k 
jnas tardar á principios del cuarto. Cortadas á los catorce á quince 
^oaeses, podrá entre ellas haber muchas podridas ó secas, según la 
estaeioQ. 

PlantadajS en terreno seco aunque bue^o, ^iu^ estiereol, pero bien 
.trabajadp» y suponiendo quo venga el tiempo, muy bien, habrá cafias 
que lleguen á l«i altura de 1*, ó 1" 30 con treinta y jpuatro. nudos, 
fie los cuales,, los primeros se dejarán ver k los cufitro;me8ef| 4 cua* 
tro meses, y piedio, y á estas oi^as perjudicará la falta de agua, si 
pava cortarlas .9p aguarda .á .quince meses. ,, . , 

, En un terreíao más seco, más árido, sobre todo^ cuando (^1 trabajo 
y li^ estación no compensan las desventajas del tern^i^o, ks cafias 
tíenen apenas.de veinticuatro á veintíooho nudof, repartidos en una 
longitud de sesenta y cincos. cen.^imetroa. , Los nudos^49 estas cafias 
qp se forman .hasta los oinoo mases y á veces mas tarde, y se* des^ 
can á los quince. ^ 

, Lo importante, do estiE^í oh^ervacipne* e%que, Ga.lcu]ando el nú- 
mero de semana» por el numero de cañutos que se forman en la cafia 
según los terrenos, y afiadiendo .las semanaf que tarda en aparecer 
el primer caftuto, se llega al resc^ltado de que.pasi i^iempre al afio, 
jpoco. má^ ó menos, está la cafia completa en su desarrollo y Iwena 
ya para ,eíMrijars,e, 

, Otra observaeioi^ del S<r. Aburtal es, que li^ sequedad de la esta- 
oion, que va. auujientc^ndo desde Enero hasta Abril, y no la edad de 
la cafia, es la única ci^iisa por lo cua,l en Enero, 1490 litros de jugo 
dan comunmente 18& litros de azúcar y miel; en Febrero, de 214 á 
242; e,n Mar^ de ^42 |k 2^0, y, en^ A)>vi\f atgn^ias treces 298. Se ve 
claramente por estas observaciones lo que influye tener algún tien^- 



—48— 

po á la eafta priv-ada del agua para obtener un jugó mas concentra- 
do y de más fácil elaboración. De aquí la gitande importancia del 
desflemo. 

Decidido ya el ooórta y desflemada la suerte, debe tener d guarda- 
coite especial cuidado de que los machetes cafieros sean delgadojí 
para que no pesen y que estén, bifin afilados para que no astillen la 
troncada. Previa esta precaución, hará qoie cada megttejbero se haga 
«argo de dies sureos. De estos ^^ van cortando seis del centro y en 
tos dos que quedan en cada orilla se va reuniendo y, fonnando ca- 
mellón con el tlasoL « 

Debe cortarse la cafia ai rae d^ ia tierrsf, repararle el cogollo, sin 
dejarle á éste dulce, lo oaal seria pérdida;. ni á la cafia cogollo, lo 
cual podia muy bien alterar el producto y hacer difíciles y laborio- 
aas las operaciones de fabricaron. 

La calla debe limpiarse p$i€eotamente, en términos de dejarla co- 
no un otate, porque el tlasol mancha el asdoar. 

Zafra— Limpiar 6 destlasolar las cañas. 

En el cultivo de nuestra preciosa gramínea sacarina, lo mismo 
que en los cuidados que presiden á la explptacion de otros organis- 
mos vegetales, existen algunas operaciones qne k primera vista por 
to común, se califíeair de minuciosas, poco importantes, y hasta se 
juzgan ruinosas, pues se dice que no retribuyen los jornales desti- 
nados á realizarlas; mas si se examinase con reflexión la materia, fá- 
iñlmente se vendría en conocimiento de que esas prácticas, menos 
atendidas, merecen ocupar un lugar preferente entre las tareas que 
constituyen un buen sistema de cultivo. 

Entre las prácticas mas despreciadas, á pesar de su importancia, 
debemos colocar el acto de deshojar, limpiar ó destlasolar las oafias; 
vamos rápidamente k poner en evidencia la utilidad de la operación 
-mencionada. 

Los desvelos del fabricante de azúcar deben siempre propender á 
extraer la mayor porción posible de la materia primera que le su- 
ministra di agricultor, y la atención principal de éste debería cons- 
tantemente ir encaminada á disponer todas las circunstancias, de tal 



-4«- 

suerte que en el organkimo vegetal se formase la raayor cantidad 
de azúcar, y ésta contenida en jugos de donde se extrajese con fa* 
cilidad. 

Semejante resultado es conseguido preparando y manteniendo el 
terreno en buenas condiciones, sembrando la cafia de tal modo que. 
se desarrolle con entera libertad, etc. y por fin, facilitando por t^os 
los medios posibles la acción de los agentes atmosféricos. 

A reserva de ampliar á su tiempo las razones que vamos k expoi> 
ner, diremos que las acciones atmosféricas pueden considerarse: 1? 
Como dando lugar k reacciones entre los líquidos y sólidos de la 
planta y el medio gaseoso en el cual se halla. 29 Los fluidos impon- 
derables determinan, facilitan 6 excitan esos fenómenos químicos y 
otros actos vitales. 

Las hojas de las cañas, mientras que se mantienen verdes, con- 
tribuyen eficazmente al desenvolvimiento general de la planta; mas 
así que han llenado todos los fines confiados k sus tejidos, se secaa 
y se desprenden, dejando desde ese momento el tallo libre. Ahora 
bien: desde ese instante, al través de la corteza del cañuto comienza 
á verificarse una serie de fenómenos, los cuales reclaman la presen* 
eia de la luz y del calor; sin contar que esos mismos fluidos, además 
de los referidos efectos, por decirlo así, locales, contribuyen á otros 
comunes á todos los aparatos del vegetal. Todas esas aceiones se 
aunan más ó menos directamente, y contribuyen, en mayor ó menor 
grado, al desarrollo de la planta, encaminándola al apogeo de des- 
envolvimiento, á la madurez^ en cuyo estado contiene el máximun 
de azúcar disuelto en el jugo más puro; pues la naturaleza se ha en- 
cargado de esa defecación previa. El color de la cafia, su sonoridad, 
su dureza y su mayor pesoj bajo el mismo volumen, indican desde 
luego que cuando se encuentra libre de hojas secas, madura miis y 
en menos tiempo, y luego el examen de sus jugos demuestra que 
contiene gran cantidad de azúcar, la cual se extrae empleando me> 
nos cal, etc. 

Las hojas deben separarse cuando se hallen completamente secas, 
pues de lo contrario, no sólo se privará al cañuto de un órgano in- 
dispensable para su desarrollo, sino que además se desgarraría áu 
corteza^ determinando así todas las alteraciones qjoe tienen lugar 



~47- 

tan pronto como 9e pone en contacto directo, por descontinuidad de 
tejido, la atmósfera con los órganos de la cafta. A todos los argu- 
mentos que venimos exponiendo, preciso es afiadir, que las hojas, al 
secarse, devuelven al resto del organismo parte de los principios 
que las constituian cuando se encontraban verdes. Esta operación 
es en extremo fácil de practicar, ya sea sencillamente tirando las 
hojas con las manos, ya empleando ligeramente garabatos auxiliares» 
La razón indica que semejante tarea debe comenzarse tan pronto 
como se muestran hojas secas, y conviene que se repita en distintos 
intervalos de tiempo, tantas veces como fuere necesario. Guando las 
hojas secas se desprenden, y aun se puede hacer pasar el arado por 
el campo, conviene abrir un surco y enterrarlas en él; mas tarde, en 
la época en que semejante tarea no es posible, es preciso dejar los 
órganos separados en el cafiaveral, donde preparan un colchón, so- 
bre el cual descansará la cafia cuando se tienda á impulsos del vien- 
to y de un propio peso. La cafia, así aislada de la tierra, se conserva 
mejor, no se pica ni se arraiga con tanta facilidad. 

Ademks, libre la macolla de todas las hojas secas, por lo menos 
de aquellas que cubrían su pié, se pueden cortar con mas facilidad 
todos sus tallos. Por otra parte, las cañas cuyas hojas parecen adhe- 
ridas, suelen prestar abrígo á animales nocivos: también se enraizan 
y producen retoños aéreos por la humedad que mantienen esas hojas 
secas, las cuales, por decirlo asi, establecen las condiciones del aco- 
do: todas, circunstancias que contribuyen á alterar los jugos en la 
zoca. Pero prescindiendo de todos esos beneficios, tomando sólo en 
cuenta las ventajas que reporta la acción de destlasolar con respecto 
á la madurez de las cañas, podemos sostener que es trabajo en 
extremo átil, pues retribuye todas las tareas con un producto mu- 
cho mayor. Todo lo que contribuya á madurar la caña es en extre- 
mo útil, pues determina una economía incalculable en la mano de 
obra, y un gran aumento en los productos brutos. 

El dia que la operación que venimos aconsejando sea apreciada 

cumplidamente, se ver4 que es tan provechosa y necesaría como las 

«scardas, cuya utilidad nadie pone en duda; mas para obtener de 

ella todas las ventajas posibles, es preciso verificarla con oportuni" 

. dad, y repetirla siempre que se juzgue conveniente. Estando sem- 



-íf 



» c: 



bi^da Ia cftfia en líneas snfieiéntomeote separadas, la x^racíon qae 
nos octt{^ eá en extremo sen^la^ j puede ^jeeütartfe 4m poco tieüi*' 
¡to por los obreros más débiles de la fi&ca; 

En Lúisiána esta operaexon de destlazóla^ (deifollonar) e^ áltá^ 
uBíénte apt^ciada, j sólo m«rüed á ella pédtía la caña obnse^ir bajd^ 
aquel clima eh tan corto tiempo como él de que dis|>oi!te para de»* ' 
envoirerse, todo el desarrollo qtzé obtiene. 

Es cierto qñe en nuestro país se hecesi^fca menos que en otro dé^- 
tltizolar la cafla; niás ja qtíe podemos gozar de tah poderosos agéntéá 
como él calor y lá luz, debeniós apróTechár en beneficio tiuestfo -tb' 
dfts sus acciones. * ' 

Sin embargo de mostramos partidarios, en la generáliclad de los 
ca8os, de la práctica de destlazolar ó desfollonar ó limpiar, no pode- 
mos menos de convenir en que esa operación puede ho ser útil cuán- 
do se trate de determinada variedad dé caña, qué crezca éóbre un' 
sUélo y clima particulares; observación muy Ímpo1*tánté, sobré' todo 
cuando se desee destinar la caña para' semilla. 

Seamos más explícitos: En las comarcas expuestas á grandes se- 
quías, en los terrenos expuestoil á perdeir prontameíite la humedad, 
en las tierras mal labradas j desprovistas de freácura ¿aturál, no 
conviene en nuestro clima destlazolar las cañas, á menos que se pue- 
da gozar de los beneficios de los riegos. Y téngase muy^ presente 
que la separación que media entre las hileras es muy dfgna de ser 
atendida cuando se trata de enralecer laa cañas. 

« 

Agregaremos aún» que la» siembras de primavera, «pe debea ser 
cortadas á fines de la inmediata zalra^^ reclaman más imperiosameh • 
te la operación de separar las hojas seeaa, las cuales, envolviendo el 
tallo, retfitf'dan su madurez. Es preoiso, pue8,< tomar en considera- 
cion la variedad de la caña, las propiedades del terreno, las condi- 
ciones meteorológicas, las circunstancias del oultivoy la caña de 
planta que más lo ha menester, etc. 

En snino, ddspü^al^i^on táno IXfa campos de oafia, es én alto grado 
importainte pftra conseguir la madures é iguy desarrolla de ixido^ 
los tullbs dé la macolla. • ^ • 



Siega ó corte de las cañas. 

£1 agricultor entendido que (»iltiva la <safia con el objeta de con* 
seguir el mayor beneficio posible de sxl trabajo, y el más erecido ii>> 
teres del capital invertido en su industria, debe propender, no sólo 
á qiie la yema ú ojo que siembra le produzca un tallo vigoroso, sino 
también que de los gérmenes mibterráneos de éste broten nuevas oa- 
fias, las cuales á su tumo oríginen potentes vastagos, lo que logra» 
rk cuidando que todas y cada una de esas caftas nazcan con vigor j 
se desarrollen con lozania, teniendo individualmente una existencia 
propia asegurada, independiente é» la& otras, despides de transcu- 
rrido -cierto tiempa En otros términos: es preciso ^disponer la cepa 
para que fNroduzca nuevos, abundantes y fecundos ^retofios i^e se 
deseuTiielvan por completo, y que lleguen todos á su apogeotde des- 
arrollo sin vivir los unos á expensas de los otros, j por lo tanto, sisk 
perjudicarse mutuamente en su crecimiento; de tal suerte, que el 
desarrolk) simultáneo de todos excite él desenvolvimiento de cada 
uno, y éste á «a vez contribuya al de todos. 

Por lo contrario, les que siguiendo practicas erróneas, lejos de 
favorecer ¡esa multiplicación continua, independiente, eficaz y vigo- 
rosa, hacen que las cafias, tributarias unas de otras, vivan á ezipen* 
«a mutua, se exponen á ver perecer sus -sembrados antesdel tiempo 
que les hubiese asegurado el conjunto de las demks condiciones en 
que vegetan, por favorables que puedan ser. Entonces tienen que 
recurrir á siembras totales [de firme], ó parciales (resiembra.) 

Los hechos desastrozos á que .aludimos provienen algún tanto de 
los arries de etxña, ejecutados sin juicio recto; mas antes de exami- 
nar los efectos consiguientes á esa operación practicada con torpe- 
za, creemos útil, para mayor esclarecimiento de la materia, comenzar 
por hacer mención de una serie de fenómenos, cuyo estudio hemos 
principiado recogiendo al intento ^numerosas observaciones y em- 
prendiendo variados experimentos. 

Guando una planta se desarrolla normalmente, todos y cada uno 
de sus órganos toman :de la savia lasarte de alimento que necesitan 
para llenar por compktosus funciones; mas jcuando se necesitanlas 

7 



-•60— 

funciones de alguno de sus aparatos, naturalmente las otras se eje- 
cutan con menos amplitud, no pudiendo disponer para su ejercicio 
de todas las materias de que han menester, las cuales han sido, por 
decirlo así, usurpadas por el órgano excitado en detrimento de los 
demás que constituyen el vegetal. 

Si, por el contrario, se hace desaparecer parte de los órganos que 
viven á expensas del alimento común, los que quedan, forzosamen- 
te, si «la cantidad de sustancias nutritivas no disminuye, crecen^con 
más lozanía, porque proporcionalmente tienen á su disposición ma- 
yor dosis de materias que les sean útiles. 

La operación que disminuyendo el número de órganos rompe el 
equilibrio natural, y tiene por objeto suministrar k las partes que 
quedan toda la savia dtsstinada antes á la totalidad de las que exis- 
tían primitivamente, constituye la poda. La poda reconcentra, por 
decirlo así, en ciertos órganos todas las fuerzas de la vegetación ini- 
cialmente repartidas, en los que en el estado normal formaban la 
planta. 

Abandonadas á sus propias fuerzas las cafias, se desarrollan, da- 
' do caso que para ello se encuentren en las condiciones idóneas, de 
manera que todos sus órganos funcionan por igual y llegan á su com- 
pleto desenvolvimiento en el tiempo y limites que la naturaleza le 

ha marcado, disponiendo al efecto su estructura orgánica. Las ye* 
mas ú ojos de que mas tarde han de brotar nuevas cañas, crecen 

lentamente en los límites que su condición les señala, guardando 

armonía con todas las otras funciones que se oper-an, ó tienen lugar 

en los organismos á que pertenecen. 

En la generalidad de los casos, y en el estado normal, esas yemas 

ú ojos se desenvuelven lentamente, y sólo cuando todas las funcio- 

'Ues de las c;añas se han llenado por completo^ brotan para producir 

á su tumo tallos bien desarrollados. 

Examinemos con algunos pormenores este fenómeno: Cuando flo- 
rece la caña, al ca^o de cierto tiempo se desprende el güin, de ma- 
nera que el tallo sufre una verdadera poda; no es extraño, pues, 
que k»s ojos ó yemas superiores broten y se desarrollen, producien- 
do retoños ó Jdjoa aéreos. Mas si se tiene cuidado de examinar una 
caña hacia principios del mes de Noviembre ó á fines de Octubre 



—61— 

cuando se encuentra próxima á agüinar, se verá^ descubriendo cui. 
dadoáamente el tallo, que á partir de cierto punto, las yemas co. 
mienzan á mostrarse de mks en más desarrolladas; las hojas que 
componen esas yemas no se replegan tanto sobre ellas mismas, no 
son tan córneas 6 membranosas, se alargan, y la yema adquiere un 
tamaño algunc^ veces superior al largo del cañuto, sobre cuyas pa- 
redes se nota un profundo canal, destinado á dar cabida al botón 
foliáceo: desde cierto punto comienza á disminuir el desarrollo de 
las yemas, hasta que se notan cañutos desprovistos de yemas. El 
número de estos cañutos desprovistos do- yemas, por lo común es de 
cinco, y el sexto se alarga en extremo, soportando en su ápice la 
flor; otras veces sólo existen cuatro cañutos sin yemas, y el güin 
brota al quinto. 

Mas puede suceder y á menudo se observa, que las yemas se des- 
arrollan en las cañas en pié k expensas de ellas, cuando se encuen- 
tran detenidas en su crecimiento por algún obstáculo, tal como el 
cogollo tronchado, su perforación por algún insecto, la caña picada 
en su interior por animales, etc. La separación del cogollo se nota 
con frecuencia en la orilla de los cañaverales, donde algún animal 
pudo troncharlo. 

Guando las cañas caen al suelo y descansan sobre él por alguna 
parte, suelen producir raíces, y entonces, por lo común, también 
brota el ojo correspondiente al nudo que las produjo. Mas adelante 
estudiaremos por completo las causas de la producción de los reto- 
ños aéreos de primero y segundo orden. En estos casos los jugos 
destinados al desarrollo de todos los órganos de la caña afluyen pro- 
porcionalmente en mayor cantidad k las yemas que se desenvuelven, 
pudiendo entonces adquirir dimensiones considerables y así consti- 
tuir cañas completas, las cuales, á su vez, por las mismas causas son 
capaces de hacer. crecer sus yepaas y originar nuevos retoños aéreos. 

Pero se nos preguntará: ¿qué relación ó conexión existe entre la 
poda, la producción de los retoños aéreos y el corte de las cañas? A 
primera vista se creería que no hay lazo alguno que una fenómenos 
al parecer tan distintos; mas cuando se examina atentamente la ma 
tecia, forzoso es reconocer que en último resultado la operación que 
se practica al cortar las cañas no es más que una especie de poda, y 



—52-- 

que,] generalmente, cuando se lleva á cabo sin cuidado alguno, se 
favorece en alto grado el desarrolló de los retoños aéreos. 

En electo, una vez que se juzga que las' cafias han llegado á su 
completo crecimiento, y que por lo tanto encierran el mkximun de 
azúcar, se procede á su corte para conducirlas á las máquinas des- 
tinadas k extraer de ellas la materia sacarina que contienen. En la 
tierra queda el pedazo inferior de la cafia, fiel -depositario de los ór* 
ganos que han de dar origen k nuevos tallos, provisto de todas las 
raíces que sirvieron para alimentar la planta, las cuales, continúan • 
do sus funciones, hacen llegar esos jugos nutritivos en mayor can- 
tidad á las yemcu que se en<^entran sobre la cepa, si bien es cierto 
que el auxilio de esos órganos no es indispensable; para que la yema 
brote, le son suficientes las materias contenidas en el cañuto del 
oafio subterráneo. Las yemas, mejor nutridas, se desarrollan, y al 
cabo de cierto tiempo brotan; constituyendo retoños, que k su turno, 
por el desenvolvimiento de sus propias yemas, dan origen k hijos, 
etc. Ahora bien: mientras menos yemas quedan en esas cepas ó ta- 
llos subterráneos, mejor serán alimentadas, porque todas las mate- 
rias extraídas por las raíces se distribuirán en un corto número, á 
la par que mientras más pronto adquieran raíces propias, más tem- 
prano se procurarán una alimentación individual, y por consiguiente 
se desenvolverán con más facilidad y vigor. 

Guando se corta la caña dejando parte de ella sobre la superficie , 
sucede que las yemas capaces de desarrollarse, que se hallan sobre 
esos troncos, al cabo de cierto tiempo brotan y producen retoños, 
que viven exclusivamente k expensas de las cafias madres, pues no 
poseen, ni mas tarde poseerán, órganos propios de alimentación. 
Esos retoños aéreos no dan origen á hijos productivos, ni tampoco 
crecen con gran lozanía. 

Si la producción de la caña sobre otras cafias no tuviese influen- 
cia alguna sobre la vida de lo? tallos que han de nacer de las yemas 
subterráneas, no habría inconveniente en dejar algunos ojos sobre la 
superficie del terreno; pero no sucede así: las cafias aéreas se oponen 
hasta cierto punto al nacimiento de las que parten de la tierra, por- 
que se apoderan algún tanto de los alimentos que les estaban desti- 
nados. Por esta razón, las yemas situadas debajo de la tierra, dado 



—68 ~ 

caso que «e desarrollen en su totalidad y engendren vastagos, éstos 
siempre son débiles, porque al superior, el aéreo, extrae i su favor 
gran parte de ios alimentos que deberían repartirse por igual, y en 
mayor cantidad en los primeros tiempos de la vida de los retoños; 
loa vastagos que nacen de la tierra tienen que extraer de ese medio 
los alimentos que trasmiten á los retoftos aéreos al través del tallo 
<le la cafia. Ahora bien/ esas cañas, producidas bajp semejantes con- 
«diciones, son raquíticas, ahijan poco, y si al año siguiente se las 
^orta de nuevo, dejando pedazos fuera de la tierra, la causa depau- 
perante har& sentir por segunda vez su acción y naturalmente las 
•cañas serán más pequeñas. Los efectos continuados de esa causa 
concluyen por hacer perecer la cepa. 

El gobte de las cañas debe efectuarse por lo menos k flor de 
tierra, si no es posible hacerlo debajo de la superficie. Para ejecutar 
• la operación conviene emplear obreros inteligentes, adiestrados al 
efecto y bien vigilados. Antes de proceder al corte, es necesario des- 
cubrir bien el pié de la caña, apartando del todo la paja que pueda 
cubrirlo; entonces se procederá á la sección usando machetes ú hojas 
aceradas muy cortantes y ligeras, de modo que con un solo golpe 
4}mede la caña dividida, sin necesidad de tener que repetirlo. £1 
corte debe ser limpio, sin rasgaduras de ninguna especie. Hemos 
descrito la siega de la cafia tal como debiera hacerse; mas en la ge- 
neralidad de los casos no es dado realizarla de ese modo. Guando la 
caña está tendida, es imposible penetrar en los cañaverales ni se 
distingue k qué cepas pertenecen los tallos. En este caso, el obrero 
corta primero un trozo de caña en la parte superior, separa el cogo- 
llo, busca en seguida la macolla, la limpia y entonces corta la caña 
al nivel de la superficie ó más abajo. 

Sabemos que se ha intentado construir asgaderas de caña y sin 
pretender que semejante adelanto sea imposible de conseguir, cree- 
mos que será difícil para aquellas variedades de caña que alcanzan 
grandes dimensiones, y presentan, por tanto, tendencia á encamarse. 
El que haya visto un campo de planta de diez y ocho meses, debe 
comprender que allí es imposible que trabaje máquina alguna. De 
acuerdo con estas ideas, creemos que para cortar la caña criolla y 
la morada de Batavia, quizás se construirán máquinas apropósito 



-Sa- 
que sieguen con perfección, aunque siempre haya que emplear la 
fuerza del hombre para cortar el cogollo, y quizás aun para perfec- 
cionar el corte. 

En las líneas anteriores nos propusimos explicar la producción de 
los retoños aéreos que se notan en las cafias cortadas, dejando pe- 
dazos de ella sobre la superficie de la tierra: hemos considerado este 
hecho como un mero efecto; que debe clasificarse entre lo» resulta- 
dos que se obtienen podando los vegetales. 

Hemos examinado las causas que determinan la producción de 
los retoños aéreos, verdaderas ramas de las cañas; réstanos ahora 
señalar las condiciones en que esas causas pueden obrar para ori- 
ginar sus efectos. 

A nuestro juicio, para que el fenómeno tenga lugar, es necesario 
que concurran los requisitos siguientes: 1* que las cañas se hayan 
cortado en toda la fuerza de su vida, pues de lo contrario, las ye- 
mas inferiores, ó han desaparecido, ó se desarrollan con dificultad. 
En el primer caso, no pueden de ningún modo desenvolverse órga- 
nos que no existen: en el segundo, como el desarrollo es muy labo- 
rioso, las yemas subterráneas tienen el cuerpo necesario para ger- 
minar, y desde entonces se hace mas difícil el crecimiento de las 
yeipas que viven en el medio atmosférico. 2" Es preciso que las ca- 
ñas crezcan á expensas de un suelo muy feraz, que pueda ofrecer 
un exceso de materias alimenticias k todos los órganos. 3*' Conviene, 
para la aparición del fenómeno que estudiamos, que las cañas se 
hayan sembrado primitivamente, ó se encuentren en sazón á los 
cortes sucesivos, enterradas á una pequeña profundidad, pues así el 
número de yemas es mas limitado, y por consiguiente, menor es el 
número de órganos que tienen que vivir juntamente á expensas de 
los jugos suministrados por las raíces y el tallo subterráneo de la 
cepa común. 4® Es preciso que vivan rodeadas de las condiciones 
atmosféricas mas propicias, para que tengan lugar las variadas evo- 
luciones que deben verificarse en sus organismos, merced á las 
cuales alcanzan el grado de desarrollo á que están llamadas por la 
naturaleza. 

Veamos ahora cuales son los efectos á que da lugar el corie de- 
fectuoso de las cañas, cuando varían las condiciones indispensables» 



—55- 

para que se originan los resultados que hasta aquí nos han ocupado. 

Guando se cortan las cañas dejando pedazos de ellas sobre la su- 
perficie de la tierra, sucede á menudo, bajo jciertas condiciones que 
mas adelante enumeraremos, que esos troncos no tardan mucho tiem* 
po, perdiendo gradualmente el agua que contienen, en desecarse. 
Si la desecación se limitase tan solo á la parte que se halla sobre la 
superíicie de la tierra, lejos de ser un mal, seria un bien, pues se 
opondria á la formación de los retoños aéreos; mas, lejos de dete- 
nerse, prosigue su marcha, y va tomando de las partes inferiores 
subterráneas, el líquido que las vivifica; de manera que, al cabo de 
cierto tiempo, se seca por completo la cepa, y muere con ella toda 
la esperanza del agricultor, de ver aparecer los vigorosos retoños 
que aseguran su zafra. 

La desecación de las cepas cortadas torpemente tiene lugar en las 
circunstancias siguientes: 1* Cuando las cañas vegetan en tierras 
poco feraces, y dispuestas por sus propiedades físicas á perder con 
facilidad el agua necesaria á la vida do la planta. En efecto, mien- 
tras mas tarde la cepa en retoñar, mas tiempo estará expuesta k la 
«ccion de la causa destructora ó debilitante; mientras mas fácil 
mente pierda la tierra su agua, mas pronto perderk la caña el ma- 
nantial de donde pueda extraer el líquido destinado á reemplazar el 
que pierda, sin contar que á su vez puede, tomando agua de la caña, 
propender á su desecación. 2® Guando las cañas se siembran ó se 
hallan enterradas á una pequeña profundidad. Entonces la parte 
«ubteiránea, teniendo dimensiones mas cortas, pierde mas pronto el 
agua que abrigan sus órganos. S** Guando no sobrevienen lluvias 
benéficas después de la siega. 

Debemos añadir, que aun aquellas cepas que en semejantes cir- 
cunstancias no perecen, y que á primera vi&ta se creería que se en- 
cuentran al abrigo del influjo funesto de la desecación, producida, 
ó mejor dicho, favorecida por el corte defectuoso, llevan en todo su 
ser, durante toda su vida, el sello del mal que les atacó. En efecto, 
de las poco numerosas que se salvan, gran parte de ellas brotan ori- 
ginando débiles vastagos; que no se desarrollan con gran lozanía y 
por k> tanto, no ahijan como hubieran podido efectuarlo en condi- 
ciones favorables. 



—56— 

Ta dijimos que el medio mas eficaz de evitar Jo» males que aca^t- 
bhmóá dé enumerar, consistía en verificar la opevacion del modo» 
conveniente; mas como no siempre es posible que se ejecute, presi- 
diendo á ella todas las reglas necesarias, ya por impericia ó pot mala- 
voluntad de parte de los trabajadores, creemos que para precaver 
esos resultados desastrosos, se deberían cubrír con tierra las cepaSf 
á medida que se cortan. A prímera vista parece difícil que se pue«- 
da llevar á buen fin semejante operación, pues se juzga que deman^ 
da una gran mano de obra; pero examinando atentamente la mate- 
ría, se descubre al punto que es fácil de conducir á feliz término,. 
y que reclama pocos jornales. Nadie negará nuestro aserto, Cuando 
digamos que se pueden cubrír con tierra las cepas cortadas, usando 
pequeños arados de una sola vertedera, tirados por un solo animal, 
el cual sería guiado por un muchacho de 12 á 15 aflos. 

Detenidamente nos hemos ocupado con anteriorídad de laS cir* 
cunstancias que con venia tener presentes al practicar la siega de lais 
cañas. Pensamos añadir al examen del punto, algunas ideas rela- 
tivas á la elección del período mas oportuno de la vida d« la planta 
para proceder al corte, obteniendo el doble beneficioso resultado, de* 
Un iñáximun de producto sacaríno, j al mismo tiempo dejando dis- 
puestas las cepas de una manera propicia para que, merced á unía- 
nueva vegetación, puedan poblarse los cañaverales dé fuertes y vi- 
gorosos retoños, lo cual necesaríamente supone que se encuentren 
aquellas, en aptitud de tríunfar de las circunstancias adversas, y^ 
que asimismo sean capaces dé aprovecharse por comf>leto de todaa 
las ventajas. En términos mas precisos, tratamos de determinar la 
época de la evolución de la caña en que, cortada, nos ^proporcione el 
mayor rendimiento y quede asegurada al campo á una larga exis- 
tencia, bien entendido que ésta siempre será relativa á sus circuas- 
tancias especiales. 

' Cualquiera que sea en último análisis la esencia de las funciones 
que tienen lugar en el organismo de las cañas, es evidente que los 
aparatos en ellas destinados á la elaboración del azúcar necesitali 
antes de todo estar constituidos, y en seguida, para llenar los filies 
que les encomendó la naturaleza, exigen que se les suministre en la 
cantidad conveniente todos los cuerpos necesarios para entrar en 



— &7— 

cumplida ejerckio en las coQ,diciones idóoieaSé Durante, los piriixieffoa 
tiempos de la vida de laa cafl^, la &>f macioQ de Iqs apcyrtt^a es hk 
foj^cion Q^aa activa,. y en cierto perioidp podem^^ asegurar ^e esk^ 
liuica q^e tiene lugar, propendiende á ella todas k» fnersas de 1% 
economía vegetal; mas tarde,, uoaa vez %tte esos eicaientes kan sido 
establecida, comienza k verifibcarse la segunda iuneiony mm direeta- 
mente^(3wrgada de elabore»* el principip sacarino. 

Si a(dwtio9os que baya perfecto equilibrio y airmonia» 4ura«kte 
todas, las eveluQiones de la vida de laioaUa^ entre la absoreioa de loar 
alirneuitoa constitutivos y laa funcionas principales^ del vegetal* ea 
dajTO que no en^entrajToi^os nada de insóUto^ y todot marchará d€^ 
consuno para que se alcancen loafínes ordinarios de la ecomomia» 
Mm si, por el Qontraiio, aumenta sobremanera la asimila^ioni de loa 
alimentos, y eatoa son en algian tanto estimulantes^ disminuyendo^ 
por moUyoa especiales la, actividad de las funciones,, 6 bíea no reci- 
biendo VLj^ exeitacíon- simultánea^, se verá que. esos principios bluh 
ti^itivoa son empleados en desenvolver algunos órganos distintos, d^ 
aquellos que. en las circunstanciE^ normales, estáa Uami^os4 pro-< 
áfitfíU Bg,^(>ñ3P en una épo!ca determinada. En tales; casos Uñ yemasn 
ü, ojos subterráneos, aéreos, crecen con notable actividad, y origináis 
Ujos ó retoños aéreos 6 terrestres. 

Una vez que las, oafias ban llegado k, su i^ogeo de desarroUo^v 
cUjandotodos.sus.órganosban desempeñado por completo ed conjunta 
de. las funciones qjae estaban á su cargp^. es evidente, que cualquiera 
quQ sea la naturalessa y proporción de las sustancias qjoe se i&tro- 
.duzcan en su economía, ni se agregsi. nada á loe órganps^ ni tampoco^ 
se formará por ellos- un átomo más de azúcar. Entonces las sustaU'» 
ciss extraídas de la tierra, por las raptes, y las que se forman en los 
órganos foliáceos,, á expensas de los cuerpos que contienen el aire, 
son empleadas, no ya en elaborar el azúcar por medio de los apara? 
tos para ello dispuestos, ni mucho menos en constituir ó restaurar 
Iqs órganos, sino en. promover el desenvolvimiento, en parte de las 
yemas de los tallos: aéreos, y también de Ips ojos.de los tallos sub- 
terráneos. 

£1 desarrollo de esas dos especies de yemas, en. semejante caso, eS 
npcivo^ no sólo con respecto á la producción del azúcar, sino aun a. 

8 



—58— 

te atiende k la saerte fatura del cafiaveral. Oon respecto á los ojos 
aéreos, diremos que su desenvolvimiento es peijudicial desde luego, 
porque nunca proporcionan cañas perfectamente sazonadas, y ade- 
más, porque su aparición determina un cambio notable en la natu- 
raleza de los principios contenidos en la cafia. 

Por otra parte: para llegar al tamafio que alcanzan, faan tenido 
que tomar para si parte de los jugos que con mas utilidad habrían 
sido empleadas únicamente en determinar el crecimiento de las ye- 
vías subterráneas. En cuanto á la producción de los retofios subte- 
rráneos, antes que se hayan cortado las cañas de cuyo pié brotan, 
expondremos que á mas de no nutrirse por completo, pues las yemas 
aéreas les roban parte de los alimentos, tampoco disponen del tiem- 
po suficiente para desarrollarse y ser cortados ep estado de madu^ 
rez, cuando se siega la macolla en que se encuentran. Guando se 
corta un cañaveral, se siega todo al mismo tiempo; de manera que 
debemos examinar cual será la suerte de esos reliónos prematura- 
mente divididos por el machete. Para mayor claridad, dividiremos 
los renuevos, que nos ocupan, en dos grupos. En el primero, coloca- 
remos aquellos que han obtenido un crecimiento bastante avanzado, 
y que ofrecen algunos cañutos aparentes; en el segundo pondremos 
los que aun no han adquirido un desarrollo tan adelantado. Al 
cortar los renuevos del primer grupo, naturalmente se les siega al 
través de los cañutos que presentan, y por fuerza no pueden conti- 
nuar la vegetación de la caña; lo único que debemos esperar es que 
broten renuevos de las yemas del tallo subterráneo. Ahora bien 
todos los males que hemos enumerado, consiguientes al corte defec- 
tuoso de las cañas, se mostrarán, por poco que la siega haya estado 
ejecutada bajo los mas sanos principios; y aún, añadiremos en este 
último caso, si el terreno no es fértil, y si las condiciones atmosfé* 
ricas no son muy favorables, con dificultad brotarán numerosos y 
robustos renuevos de semejante cepa. Examinando lo que resultará 
al cortar los renuevos del segundo grupo, encontraremos que si se 
les siega muy k la superficie de la tierra, por el punto en que ya 
presentan un tierno cañuto provisto aún de su hoja, no pueden re- 
toñar sino por el tallo subterráneo, lo cual lo coloca en la situación 
en que se hacen sentir con mas fuerza los accidentes que mas arriba 



—69— 

dejamos seflalados, si se les corta muy eerca del último cañuto foF<* 
mado, dado el caso de ser las condiciones favorables, el rollo interno 
de hojas, es decir, el botón ó yema terminal, desenvolviéndose, co- 
mienza á mostrarse como cuando se siembran hijo» de plátano^ pero 
como esas hojas no se hallan aún suficientemente robustecidas para 
resistir k la acción del Sol, por lo común su£ren mucho, se desarro- 
llan mal y lentamente, y en numerosas ocasiones las quema el calor, 
las achicharra, algún insecto puede comerse el botón ó yema termi* 
nal, y entonces se forman retoños aéreos, que también aparecen si 
se retarda por cualquier motivo el crecimiento de la caña; por fín>, 
si se les corta á cierta altura, la» hojas que se muestran por la fuer- 
za de la vegetación son bastante vigorosas y bien organizadas para 
resistir á la acción del sol, y si bien siempre se detiene en algo el 
crecimiento de la caña, al cabo, si las circunstancias son favorabiesi, 
concluye por desenvolverse lozanamente; de todas maneras^ cuando 
se poda una caffá por el paquete foliáceo, los cañutos que [se forman 
correspondientes á las hojas cortadas son mas cortos que aquellos 
que se desenvuelven después, y también que los que existieron an- 
tes, de tal suerte, que por situación de los cañutos de menores di- 
mensiones se puede determinar el periodo del desarrollo de la caña 
en el cual se podó. 

Se puede comparar este desarrollo de las partes foliáceas de la 
caña al efecto que se nota cuando se retira una serie de tubos de 
dimensiones distintas, contenidos unos dentro de otros. Si supone- 
mos que al mas interno sea el que se puede extender mks^ es claro 
que cuando se alargue toda la serie, como un anteojo, presentarian 
en su conjunto el mismo aspecto que nos muestra el fenómeno del 
desenvolvimiento de la caña cortada á cierta altura. 

Tomando en cuenta las razones que hemos aducido en el cuadro 
exacto que acabamos de trazar de los inconvenientes anexos al corte 
de las cañas verificado inoportunamente, se nos podria contestar: no 
se evitaría gran parte de esos males conservando los retoños al prcto* 
ticar el corte? Para no segarlos seria preciso un cuidado extremo, 
que encarecería mucho la mano de obra, sin contar que en varios, ca- 
sos sería imposible; por otra parte seria necesario modificar el modo 
de acarrear la caña fuera de los cañaverales, y además habría que ^s> 



<3olooar hoBjes á pastar en ¿i vastrojo y disponer la paja de una ínk- 
tiera mas mañosa; por último, sería urgeote emplear obreros inteli- 
gentes, 7 ejercer sobre «ilos tina continua vigilancia. Es cierto que 
Kútichos de estos requisitos, tarde ó temprano, tendrán que fijar la 
Sktenoion de ios hacendados, pues faltando k ellos se exponen á ma- 
les de cofisideraeion; pero %ún suponiendo que todo lo que hemos 
apuntado se llevase á debido efecto útilmente, siempre resultarla 
que nuestros cañaverales presentarían una vegetación eti alto grado 
desigual; de tal modo, que cuando debiéramos proceder al corte de 
uüa fracción de él, otra de sus partes aún no estaría en sazim para 
ser coi'tada, Además, esos retoños producirían sombra y detendrían 
notablemente el desarrollo de los otros que mas tarde apereciesm. 
ÍA.8Í; el partido mas prudente es evitar, en cuanto sea posible, eli- 
giendo el momento mas oportuno, que aparezcan esos renuevos con* 
denados k ser prema/turamente cortados. Para evitar interpii^taóio- 
&es erróneas, para de antemano desvvmecerlas, crecíaos útil advertir 
que estos renuevos pueden aparecer, y en realidad aparecen düraüte 
todas las épocas de k existencia de la caña. 

En los primeros tiempos crecen y se desarrollan á la vez que Ifei '^ 
-cAfia madre efectúa su desenvolvimiento, de manera que poco mks 
ó menos son coetáneos en la madurez, y se cortan en sason en el 
abismo mOmetito* 

Mae tarde decrece notablemente la producción de esos retoños, y 

ios que se presentan se desenvuelven poco y muy lentamente, por 

^ue todas las fuerzas y alimentos de la planta se consagran al cfd- 

*éimiehto del tallo principal. Por fin, euando la Oáña ha llegado á SU 

^apogeo d« desarrollo, á su completa madurez, los medios que antes 

la hacían crecer se aplican á desenvolver los retoños, que entonces 

^Skp^recen én knayor número, y reciba una alimentación mas direc- 

^ta y suStáticiosa, sin que por eso llegueh á aloan^ar, por falta de 

^tiempo, el guado de desarrollo conveniente cuando se corta la cafta 

inbdütu íaún np descompuesta ó alterada del todo. Muchos de esos 

Mtóños pereden, pues no sólo les falta la alimentación del terreno» 

ilkio que también la sombra producida por las hojas perjudica eti 

<^to grado. Guando se de^aja tin cañaveral antes dé llegar á su 

4iltímo tdnno de deísarrollo, se ve el número crecido do esos rotónos 






-«1- 

«Bárehftos, que han pehecido, 6 bien se encuentran algunos tallen 
<;úya yema terminal se ha podrido y entonces suelen verse retoños 
déteos sob)rdf^los. 

Para concluir la enuthOi^acion de los males consiguientes al corté 
«le las cafias después de su completa madufez, añadiremos que por 
lo común kk caña, sobria tbdo si es de pldñta, y sembrada en tierirá 
^u<dva y ierkz, se pica, se voltelá., y ál llegar en contacto con el isue- 
Ib echa raices, tódó lo cual contribuye á alterar sus jugos, disminu- 
yendo la cantidad de aiúdar qüb contienen, y engendrando cuerpos 
que hacen más difícil su elaboración. 

En resumen, cortar las cañas mucho tieiüapb después dé i^u com- 
pletsk madurez, origina lids perjuicios siguientes: 19 Altera los jugos 
4^6 la eafia, disminuye su rendimiento, entorpece la elaboiración del 
azúcar y suministra UU producto dé infetiér calidad. 29 Se pierden 
por compkto los primeros esfuerzos de la vegetación y demás dé- 
tneiitos de vida, en detrimento del desarlrolio del retoñó. 39 Oorta^ 
éoa los renuevos en tiempo prematuro, pueden estar expuestos á no 
desenvolverse otra vez 6 á no producir retoños subsiguientes. 

Los argumeñtds presentados en las líneas anteriores, hasta cierto 
punto, pódriah evitarnos «1 trabajo de considerar las consecuencias 
4 que da lugar el corte de las cañas antes do haber llegado á su com- 
pleta madurez, pues necesariamente ienemds que incurrir en repe- 
ticiones «qüizk fastidiosas para los lectores; pero como el jisunto és 
importante, creemos ojpórtüño manifestar rápidamente de nuevo que 
ias callaB cortadas én esta época no han tenido aüñ tiempo ni de 
<jrecer tpi de elaborar perfectamente sus jugos; y además es preciso 
<$6rtarlás con gran regularidad, y, si posible es, verificar el corte 
<;ücindo ^tén próxiiiias las aguas, dado el caso de que no se pueden 
tegar leís ciampos para estimular asi la nueva vegetación. £)ecimós 
qué éS necesario que él corte sea miiy regular, porque como ya he- 
mos tenido ocasión de señalar ciertas veces, las cañas tiernas son 
tufas Susceptibles de dar origen á los accidentes desgraciados que se 
ifiigue á los cortes defe<^tuosós. 

Dé todo lo qué antecede se deduce necesariamente que las cañas 
débén cortarée en plena madurez, si sé quiere conciliar el máximum 
dé ^rodtlccfion dé azúóar óon él vigor y número de los retoños que 



-ca- 
se produzcan después de la siega. Postergar sin medida el corte á I» 
madurez, ó adelantarlo sin consideración, es igualmente perjudicial». 

Bien conocemos que en la pr&ctica, aunque nuestrohprincipio sea^ 
incontrovertible, no siempre será fácil acomodar á él las operacio- 
nes; pero una vez que sea admitido, bien se puede, en circunstan- 
cias especiales, adelantar b atrasar bastar cierto punto el corte, sin 
que por esa se experimenten los malea estremos ocmsiguientes á la. 
negación absoluta de la proposición que hemos deseado establecer^ 

Tan convencidos estamos de la importancia de semejante deter* 
minacion en algunos casos particulares, qne estamos persuadidos d& 
que sólo el juicio de un agricultor esperimentado en su localidad 
podrá decidir con acierto si le conviene adelantar ó atrasar algún 
tanto el corte para evitar ciertos malea Todos loe tallos de uiía 
misma cepa no se encuentran en iguales circunstancias; todos no se 
hallan igualmente desarrollados, todos no parten de la misma pro- 
fundidad, etc. por tanto, al proceder al corte, no todos experímen^ 
tan igual suerte; unos mueren, otros se reaniman y producen reto» 
fios. Ya que no es posible evitar el n^l de un raedo absoluto, se 
debe tratar de corregirlo, colocando la cepa después del corte bajo 
los reqiaisitos mas favorables: asi será preciso cubrirla con tierra^ 
regarla, etc. 

Por la relación que tiene con el anteriM* asunto, creemos oportuno 
presentar algunas observaciones referentes á los casos desagradables 
de incenclio en los cañaverales. Guando un campo de cafia ha sido 
quemado durante la molienda 6 en tiempo muerto, sobre todo si 
llueve, para favorecer la aparición 7 desarrollo de los retofios; de lo 
contrario, las cafias en pié continúan tomando parte de los jugos, 
que de otro modo habrían sido empleados en hacer germinar y cre- 
cer las yemas subterráneas. Los jugos que suben k esas cafias, ó de- 
terminan en parte el desarrollo de las yemas dotadas aún de vida 
[nos contraemos á las que no han sufrido un deterioro notable por 
la acción del calor] ó perdiendo su parte acuosa, se acumulan y al- 
teran en el espesor de sus tejidos. Por otra parte, esas cafias, una 
vez que se han secado por completo, son mas tarde difíciles de cor- 
tar, y naturalmente puede sufrir la cepa por el movimiento que re- 
cibe al hacerse el corte,, en ciertas circunstancias,, pues quizás en 



—68-. 

«ftras, es imposible que su movimiento sea ventajoso para romper las 
raíces y estimular la formación de otras nuevas. 

Hemos creido conveniente apuntar estas ideas, porque muchas 
personas están persuadidas de que es en alto grado -útil, cuando se 
quema un cañaveral, no cortar la cañ% pues suponen que sus jugos 
descienden, y que son aprovechados para el desarrollo del retoño, á 
pesar de la altoracion profunda que sufren. Oon respecto á esta úl- 
tima circunstancia debemos advertir que cuando la caña de algún 
plantío quemado va á ser aprovechada para elaborar sus jugos, con* 
viene cortarla lo más pronto posible para evitar mayores alteracio- 
nes de sus jugos. Hemos tratado de poner en evidencia que existe, 
liasta cierto punto, una circulación general ai través del tallo subte- 
rráneo, la cual establece la más estrecha y continua dependencia em- 
tre todos los tallos de una cepa; apesar de nuestro sentir, no cree- 
mos oportuno, en las circunstancias en que se encuentra un caña- 
veral quemado, dejar las cañas en pié. Suponiendo que la circulación 
al través del tollo subterráneo, se siga produciendo, lo cual dudamos; 
«stomos persuadidos de que lo único que se lograría sería difundir 
líquidos nocivos á la vegetación. 

Guando nos ocupamos en examinar las ventajas é inconvenientes 
de las siembras de frío y las de prímavera, tuvimos ocasión de tra- 
tar muchas de las materías anteriores. Séanos permitido agregar 
que todas las causas que contribuyen k que las cañas se desenvuel- 
van mal, favorecen los inconvenientes anexos al corte, pues en los 
tallos mal nutridos es donde mas se muestran los efectos que hemos 
estudiado. Así, defectos en la preparación del terreno, faltas en las 
siembras, cultivo eto., son otros tontos motivos que militan en co- 
mún para hacer sufrír en mayoi grado los efectos desastrozos de los 
cortes. 

Estas operaciones apuntodas por el Sr. Beynoso no son aplicables 
en la cañada de Guernavaca, pues la planta no aguanta más de dos 
cortes, pero son de mncha utilidad para Yucatán y otros puntos del 
país en se hacen seis y ocho cortes de la misma planta. 

£1 €r. Reynoso se refiere á la Habana, pero nos ha parecido ha- 
cer presente qus indicaciones uue pueden ser útiles en alguna otra 
parte. 



Operaciones que se deben ejecutar después de las 

si^g^as ó corle. 

"R^^TBi^o: Después^ de cortada la cf^f&a par^ ser eooducidifk á lo» 
lagares en que se l}a,ii de extraer y elabopaír m^ jugoa, queda el caxo' 
po, s^bre todo, en siembras, quie han logradp^ al^a^zai; imi de9i^rrQl]o? 
completo, cubierto, de. rastrojp^ el cual proviene de. las hpjas secaS' 
4^sprendidas naturalícente de la cafla, de otras que se le quitan en 
el acto de cortarlas, de parte del cogoU^ y, en fia, de alguna ci^ft 
olvidada ó juagada in#iL 

La aglomeración d^ este rastrojo, si, bii^ presenta algunas, ven-, 
tfl^aa, también, oñreoe serios inconvenientes; de modo que. es preciflO" 
proceder con tacto, para ppd^i? aprovecbfiki; aquellas y evitar éstos. 

Yéamos ^las ventaje» que nos reporta ese> conjunta de hojas: 1«. 
Mantiene, en el terrenO: cierta humedad en, extremo propicia ij d^s*. 
envolvimiento de las plantas» poniendo, obstáculo no sólo á laevapo*. 
ración rápido» originada por. el calor solar, sino aún h la producida 
por las corrientes. 4^ aire. 2. Impide, hasta cierto punto, que b», 
desarrollen entre las cañas plantas ext^pa&as c^pacea de abaorver la% 
matexdas que aquellas puedan, y necesitan extraer de la tierra. 3; 
l^or su descomposigipn suipinistran un rico abono,, el mantillo^ cx^ 
yas propiedades hemos ya detenidamente estudiado. 

Los incon venientes acarreados por uca gran cantidad de rasfttro- 
jo, son los siguientes: 1. AL mismo tiempo q]ae se oponp k toda ve- 
getación extrafia y nociva, pone obstáculo i^l libre y conveniente 
desarrollo de los. tiernos retoños, los, cuales brotan del tallo subte- 
rráneo de li^ cepa, que se acaba de. cortar. 2. Disminuyendo notable- 
mente la. evaporación de las aguas, favorece la pQrmftJiencia de ellasr 
en los terrenos bajos, que naturalmente están dispuestos á conservar 
una dosis de líquido aquoso, perjudicial á la vida de las plantas. Es- 
ta humedad^ unida k la faljba de calor, por defecto, de la. penetración, 
áp los rayos solares, obra al mismo tiempo para oponerse al desarro* 
111o normal de la caña. 3. Ho penetrando y circulando el aire, ni, la 
tierra puede recibir su benéfico influjo,. ni los líquidos en ella con- 
tei^idps tienen ocasión de absprberlo, para trasmitirlo á las raices. 4v 
En ciertos casos esa paja suministra quizá una cantidad de mau-. 



- 65— 

tillo perjudicial 5. En fin, brinda guarida y condiciones de vida h, 
los animales que atacan la caña. 

La sencilla enumeración de todas esas circunstancias prósperas y 
adversas hace comprender con euknta cautela debemos proceder al 
tratar de conseguir por cualquier operación la justa proporción de 
rastrojo, que nos produzca las ventajas mencionadas, eliminando los 
inconvenientes relatados. 

Uno de los inconvenientes mas graves que origina la acumula- 
ción de estos despojos vegetales es oponerse al desarrollo de los re- 
toños, inconveniente que se manifiesta en todos los extremos. La 
operación que se practica para hacer desaparecer el obstáculo que 
detiene el desarrollo de la caña, consiste en a&m*, desarrimar, me" 
near, jalar la paja; trabajo que, como indican los nombres que lle- 
va, se reduce á desviar la paja al rededor de la cepa, para que ésta, 
no estando oprimido por aquella, pueda producir nuevos vastagos, 
y dado caso que ya hayan brotado éstos, se encuentren en las me- 
jores condiciones para su desarrollo. 

• 

Quema de los cañaverales. 

La quema de los cañaverales cortados procura beneficios de con- 
sideración, pues liberta á las tiernas plantas de la acción nociva de 
la paja, destruye animales,' algo obra físicamente sobre el terreno, . 
enriquece el suelo con sales solubles, etc., pero de ninguna manera 
debe abrigarse el funesto error de creer que semejante práctica, Ue^ 
Tada á efecto de una manera continuada y exclusiva, pueda consti- 
tuir un sistema de cultivo. Es útil por cierto tiempo y en determi- 
nada medida; no enriquece al campo con nada nuevo, no le pro- 
porciona sino sus propios recursos, siquiera acelere y facilitci su 
absorción. 

Tan cierto es cuanto acabamos de manifestar, que precisamente 
en los campos bien abonados, en las tierras muy fértiles, en los plan^ 
tíos mas vigorosos, es donde mejor se notan los beneficios de la que 
ma de los cañaverales; así se hacen entrar en el terrena sales solu- 
bles inmediatamente absorbibles, las cuales excitan la vegetación 
promueven el vigoroso desarrollo de las cañas, propenden k que sus 
jugos sean mas sacarinos y puros. Mas no debe olvidarse que esa 

9 



—66— 

*eoccitacion j demás efectos es originada con los propios elefnentos 
del suelo; al cabo de algún tiempo los efectos serian menos notables 
7 el terreno se encontraría esterilizado. Para conseguir todas las 
ventajas de esta práctica, es preciso combinarla con el uso acertado 
de las demás mejoras, es decir, empleo de los abonos y correctivos, 
• Fegadío, etc., etc. 

Los buenos efectos que se notan después de quemar un campo de 
caña en -buenas condiciones, muestran hasta la evidencia el papel 
importante que desempeñan las sales alcalinas con respecto á la ve- 
getación de la caña, punto acerca del cual hemos insistido con fre- 
cuencia. Un campo quemado en circunstancias favorables, puede al 
afio siguiente rendir más y proporcionar jugos de más fácil elabo- 
ración. 

Acarreo de la caña, sistema de tareas. 

En la época anterior á las básculas y todavia en las haciendas que 
no la han adoptado, el corte y acarreo de la caña dan lugar á con- 
tinuas y acaloradas disputas entre dependientes y trabajadores, 
siendo estos últimos los que marcaban el tanto mas ó menos de la 
cargada del carro, supuesto que la tarea se hace por viajes. 

Cuando se quisieron establecer las básculas por primera vez en 
, una que otra hacienda del Estado, los operarios no comprendiendo 
«el bien que á eUos mismos se les bacía, se declararon en huelga por 
algunos dias y aun dictaron á los hacendados su abolición: hubo 
pues que volver al sistema de viajes, y la báscula quedó convertida 
«n un mueble inútil. 

Más tarde, en 1874, entre las haciendas que quisieron implantar 
]a ipejora de la báscula, se distinguió entre ellas la de San Vicente, 
de D. Fio Bermejillo, que fué la. primera que lo intentó; hubo unos 
■dias de huelga y sólo á fuerza de la energía y prudencia del Admi- 
nistrador en aquella vez, la hizo adoptar á los operarios, se les con- 
venció que además de ser equitativo el sistema ganaban diariamente 
mucho más que con el sistema de viajes. Los operarios ateniéndose 
á los resultados, no sólo la adoptaron sino que fué necesario cuidar 
por extremo opuesto á la tarea de viajes, que no cargaran tanto los 
carros para no maltratar las mulas^ porque de 40 á 50 arrobas que 



-67— 

oargaban antes, con las básculas habría carros que cargaban 120 ó 
130 arrobas en cada viaje. 

Las ventajas que obtuvieron los trabajadores de San Yicente ga- 
nando doble jornal que anteriormente, lo mismo que los carretone- 
ros y alzadores, pues ganaban según la cantidad de arrobas que 
cortaban, facilitó á los dueños de las haciendas el establecimiento 
definitivo de las básculas. 

Las ventajas obtenidas con las básculas, son las siguientes: 

Equidad completa entre las haciendas y los trabajadores, evitan- 
do numerosos casos de disgusto y desorden. 

Economía para las haciendas de un 20 por 100 en los gastos de 
corte, acarreo y alzada de la caña. 

Ocupación de menor número de brazos, lo- que Hacen cien opera- - 
rios con la tarea por viajes, ganando tres ó cuatro reales diarios, 
con la báscula bastan sesenta que los sustituyan, ganando seis y 
siete reales. 

Menos número de carros y muías: 25 carros con la tarea-por arvo- 
bas, sustituyen á 40 que se necesitan por ejemplo, con 1» tarea por 
viajes. 

Mejor tratamiento para la mulada por el menor número de viajes 
y por consiguiente menos carreras desaforadas para completar la ta- 
rea; porque si por ejemplo se necesita echar catorce viajes del cam- 
po á la finca, con la báscula bastan ocho para traer ignal cantidad 
de caña, y esto sin alterar las dimensiones de los carros. 

Mejor limpia de la ca£ia por el interés del operario en cargar ma- 
yor número de arrobas. 

Sin embargo de las veotajas mencionadas, hay haciendas que no 
han adoptado la báscula sin comprenderse el motivo, ateniéndose 
mejor á otro sistema que creen bueno, y es el de "líasn componién- 
dose de cierto número de varas de mecate ó cordel que tienden en el 
centro del carro, hasta cerrar el lío que dé dicha medida. Esto 
además de ser bromoso, tiene los mismos inconvenientes que el sis- 
tema de viajes. 

Hubiéramos querido hacer una demostración en números, respec- 
to á la economía que decimos se obtiene con las básculas; pero no 
podría ser exacta para todas las haciendas, supuesto que cada una 



-68 - 

de ellas establece el precio de la tarea, de 100 arrobas de cafía que 
.es la base, con 6 sin faena de meter bagazo á las hornallas, ó por 
la diferencia según el tamaño y clase de la caña; la economía pues 
que indicamos de un 20 por 100 en los gastos, es un término media 
En la mayor parte de las haciendas se paga generalmente nueve 
centavos (45 céntimos de peseta) por cien arrobas de caña, plantilla,, 
es decir, de primera siembra, y doce centavos (60 céntimos de pese- 
ta) la soca. 

Alzadores. 

£1 número de alzadores ó cargadores empleados en descargar, 
arreglar en montones, llevar la caña al trapiche, ha de ser con arre- 
glo al corte de caña que se va haciendo diariamente, porque como 
este trabajo se hace por tarea, ya por arroba ó viajes de los carros, 
resulta que por querer hacer mayor número de tareas y porque to- 
dos á la vez quieren descargar sus carros frente á la puerta del tra 
piche, sufre mucho estropeo la caña cuando dichos alzadores no se 
dan abasto. Sin embargo en las haciendas bien dirigidas, cada ca 
rretonero tiene un alzador; cuando llega el carro, después de pesa- 
do, vuelca el carro formando báscula de adelante k atrás, y el alza- 
dor se encarga de levantar la carga poco á poco en porciones y for- 
mar un montón contra el muro. 

De este montón van sacando la caña los trapicheros á medida 
del trabajo. 

En el Estado de Puebla, en una hacienda de azúcar se ha intro- 
ducido una mejora que no carece de utilidad, y es la siguiente: An- 
tes de cargar se coloca una reata en el centro del carro, suficiente 
para soportar toda la carga; concluida de cargar, se cierra el lío for- 
mando un solo manojo. En el patio de la hacienda hay una especie 
de percha en tramos suficientes con ganchos que puedan subirse y 
bajarse por medio de reatas y carretillas, y al pasar el carro, que se 
conduce con todo el cuidado necesario, queda enganchado el paque- 
te de caña, suspendido mientras el alzador lo baja. Esta mejora 
reúne á la vez, la ventaja de la prontitud de descargar los carros y 
no maltratar la mulada con la caída del carro. 

Como el espacio que ocupa la oficina del trapiche debe ser exten- 



-69- 

«o, debe procrararse que en las tablas de cafta que van formkndóse 
diariamente, no vayan dejando cafia rezagada debajo y renovando • 
solamente la de encima. Cada montón principiado debe concluirse 
antes de principiar otro. De esta manera se evita la merma que su- 
f re el jugo de la cafia, y á veces hasta su descomposición que natu- 
ralmente resalta cuando ya cortada la cafia está varios dias sin mo- 
lerse, máxime si se expuso mucho rato al sol el dia que se cortó. 

La práctica de cada lugar es lo que aconseja la cantidad de caña 
<que debe ir cortándose diariamente para no tener ni caña rezagada, 
y con esto una merma «n el jugo, ni dar lugar por otro lado^ á in- 
terrupciones en Ut molienda cuando no hay suficiente cafia cortada. 

Cultivo de la soca. 

[cuerna VACA.] 

La soca, en fincas qu« gozan de temperatura conveniente, merece 
toda atención en su cultivo, puesto que con gastos incomparablemen- 
cr menores que los que origina el cultivo de la planta, produce poco 
meaos <|ue ésta, y si los costos del cultivo se comparan con los pro- 
ductos, no creemos aventurarnos al afirmar que la ventaja es noto- 
ria en favor de la soca. 

Al tiempo de cortar la cafia se cuida que el machetero dé el corte 
lo mas bajo que sea posible hasta á flor de tierra. Debe tenerse cui- 
dado de que los carros entren á cargar la cafia por las "duchasir de 
tlasol que forma el machetero al limpiar la cafia, y que los carreto- 
neros pongan el carro en dirección de la salida antes de que esté 
cargado á fin de evitar el estropeo del tronco, que es notable cuan- 
do se deja á voluntad del carretonero la entrada y salida de los ca- 
rros. Concluida de cortar una suerte, se saca el tlasol con horquillas 
4 los carriles mas próximos, ó se quema después con las precaucio- 
nes ante-dichas de aislar el fuego para que no se propague á los 
campos y en las primeras horas del dia cuando no sopla el viento 
oon fuerza. 

Sacando ó quemando el tlasol, algunos agricultores rasuran los 
troncos de las cañas que han quedado fuera de la tierra, para cuya 
operación se sirven de una coa acerada bien afilada; esta operación 
es fácil pero se hace rara vez. 



~70- 

A continuación se dá un riego de bastante volumen poniendo eB 
agua de puntai pero al dar el segundo riego se abren los apantles y 
regaderas. 

Sabido es que en la soca viene el ahijarmenta h los pocos dias del 
primer riego, y por regla general mas lozano y grueso que el de la^ 
caña sembrada, así como en todas sus evoluciones es mas violenta 
la zoca, así es que antes de necesitar otro beneficio, ya se ve el sur- 
co poblado de plantas en buenas condiciones. 

Para asegurar su desarrollo se hace necesario mejorar las condi- 
ciones de la tierra bastante agotada de sus mejores jugos por el 
tiempo que alimentó á la planta eortada, cuyo tiempo puede esti- 
marse en diez y siete y diez y ocho meses; al efecto se extiende al 
pié de la nueva planta, estiércol en cantidad regular y á continua- 
ción se dan dos arados bien abiertos, á fín de desmenuzar cuanto se 
pueda el camellón que se encuentra apretado; en el surco que for 
man los dos arados se tiende una cantidad de estiércol igual al sur 
co y después se da un riego con tierra, que se repite con el intervalo* 
conveniente. Después se da quita tierra dejando al pié de la plant^ 
y sobre la majada, una mitad de la tierra removida, armando con 
la otra parte el camellón que qiseda bastante alto por la majada 
acumulada en su lugar. 

El violento crecimiento de la soca, exige mayor humedsul, y para 
dársela se mancuernan los apantles á juicio del agricultor; cuando 
la yerba lo hace necesario, se da una mano de escarda y después de 
los riegos que le siguen se repiten los dos arados para que la tierra 
quede perfectamente removida y se facilite el enraizamiento de la 
nueva planta, sin los cuales lucharía entre la dureza de aquella por 
la falta de los beneficios preparatorios como son los de barbecho; se 
da la quita tierra formando el camellón como la vez anterior y se 
despacha con una segunda y última mano de escarda cuando á su 
vez la necesite. 

Como puede advertirse, la soca requiere menos beneficios que la 
planta y esto es debido al más rápido crecimiento de aquella; evi 
tándose los gastos de barbechos, siembra, algunas manos de escarda 
y costo de semilla. 



~71- 

La madurez de la soca facilita su rápido y violento crecimiento, 
^e manera que pueda cortarse en sazón Á los doce meses, siendo pre- 
ferible prepararla para comenzar temprano la molienda que dejar, 
con tal fín, cañas rezagadas que por lo común al molerse están pa- 
gadas y por eso producen una clase inferior de azúcar. Preparán- 
dose socas del destronque ó corte de semilla, que se hace en los me- 
ses de Agosto á Septieníbre, puedan cultivarse para molerlas en 
Octubre ó Noviembre del siguiente año, con indecibles ventajas, así 
en cantidad como en calidad de frutos. 

« 

Las socas que pueden beneficiarse hallándose en tierras sueltas, 
son preferibles á las que estén en barros, pues estos por lo general 
y salvas las excepciones, consecuencias de gran fertilidad, son mas 
resistentes al cultivo y las cañas crecen menos, no obstante y cuan- 
tío no sea posible elegir, deben siempre cultivarse socas, atendién- 
dolas con el mismo cuidado que á la planta. 

Después de la segunda mano de escarda se procede á los riegos 
<ie la misma manera que para con la primera planta, observando los 
mismos procedimientos para prepararla al corte, pues una vez dis- 
puesto el campo, debe tener las mismas atenciones que la primera 

Cultivo de la resoca. 

Se practica enteramente igual al de la soca, siendo notable que la 
prontitud y lozanía con que crece y se desarrolla la caña es supe- 
rior k la de la soca, por cuyo motivo creemos no se debe abandonar 
su cultivo sino extenderlo á la mayor escala posible. 

Por lo general se ha abandonado el cultivo de la resoca dejándola 
para pastos del ganado, pero creemos que el agricultor que se dedi- 
ca á su cultivo, podrá apreciar debidamente sus ventajas. La pro- 
ducción por término medio en las fincas del Estado es de veinte 
arrobas de azúcar y treinta y cinco de miel por tarea de siembra, que 
ya queda dicho se compone de veinticinco surcos de treinta y siete 
varaos y inedia de largo. 

Enfermedades y enemigos de la caña. 

1. Alargamiento vicioso. — Si se observa este vicio en la caña 
después de dar los segundos arados, se procura no quitar completa- 



—72— 

mente Iiei tierra al pié de la caña, sino únicamente dar una raspadí 
lla^ dejando por lo menos la mitad de la tierra que faa arrimado eB 
arado. De esta manera se consigue prestar un apoyo á la caña quer 
por su crecimiento prematuro, propende á acostarse en los entre— 
surcos, k) cual la arruina y pudre. Cuando apesar de esta precaución 
cae alguna, se la debe levantar, y amarrándala algunas varas trans- 
versales, fijarla por medio de tutores. Importa mircbo esto, pues» 
aun cuando sea muy poca la que ha caído, basta para entorpecer 
los riegos é impedir que la vista recorra libremente los entresurco» 
7 se pueda vigilar el curso del agua. 

Para evitar que siga el mal, lo mejor es castigar la planta reti- 
rando el riego, ó retardándolo más ó menos tiempo, según se obser- 
va la fuerza anormal del crecimiento. 

2. El calzón db sequedad. — Esta enfermedad parece consistir 
en una madurez prematura de los primeros cañutos de la caña; de 
manera que apenas comienza á crecer, empieza á secar el tlasol del 
pié y le forma un botón 6 nudo que le impide desarrollarse. 

Todos convienen en que el mejor remedio es darle un riego pesa- 
do, y estando la tierra en punto, darle dos arados y luego un par 
de riegos también abundantes, con intervalo de ocho dias. 

En cuanto al bien que reporta la caña de este beneficio, no todoa 
lo estiman de la misma manera. Los que simplemente atribuyen el 
calzón á una sequedad de la hoja, creen que^ los riegos y el tapapié 
tienen por objeto remojar el tlasol, para arrancarlo después en la 
quita tierra. Los que consideran la enfermedad como una madurez 
anticipada del pié de la caña, creen que con estos beneficios lo que 
se hace, enterrando y regando abundantemente el pié de la caña, e» 
poner la parte madura en las mismas condiciones que la semilla 6 
estaca. En efecto, )a parte cubierta echa radículas y se convierte 
en capa subterránea. 

3. Calzón de agua. — Se llama así una enfermedad de la caña 
en la que se pone el pié encarnado y parece^epender de exceso de 
humedad, por lo que debe estudiarse mucho en ciertos terrenos la 
inclinación del surco para que no se detenga el agua, sino que eorra 
libremente. 



-73- 

Se aconseja para remediar este mal dar dos arados, y sin regar, 
quitar tierra en seco; cuyas operaciones deben violentarse para que 
quede tiempo de dar las demás labores ordinarias. 

4. DbgenebAgion de la gaü^a — Esta enfermedad, observada por 
Mr. Maillefert en el Sur de MéxicOt y que atacó á la caña de Otai- 
hiti, la compara este señor á la que ha sufrido la viña en Francia. 
La degeneración llega á tal grado, que últimamente ya no servia ni 
para pasturas de animales. 

Muchos labradores volvieron á plantar caña criolla, pero Mr. 
Maillefert se propuso mejorar la planta, de la misma manera que 
las especies animales, por el cruzamiento. 

Con este objeto sembró en un mismo surco caña violeta y de 
Otaihiti, alternando las estacas, pero bien en contacto. 

Volvió el segundo año á sembrar las cañas que habían cambiado- 
algo de color, desechando las puramente violetas y las de Otaihiti. 
Entonces la fusión fué más marcada. 

Repetida del mismo modo la siembra, al tercer año habia cam- 
biado enteramente la naturaleza de la caña; era una variedad nueva. 

En cuanto á los caracteres de la nueva caña comparada con la 
antigua, trascribo aquí lo que dice Mr. Maillefert: 

"iLa caña de Otaihiti crece 2" 50, á 3*00, gruesa O" 05 de diá 
metro. En cada nudo tiene un círculo de hojas, y debajo de éstas, 
junto al nudo, hay un polvo negro que pasa con el jugo y dificulta 
la desecación. Ya madura, tiene la caña un color amarillo paja 
subida 

"La caña nueva ó cruzada, tiene los caracteres siguientes: En un 
buen terreno crece á la altura de cuatro metros y aún más. Es mas 
gruesa que las dos especies que la han producido. Su color es verde 
manzana y sus hojas verde oscuro, mas anchas y mas largas que le ib 
de las otras especies, y en los nudos, en vez del polvo negro que se 
encuetra en la habanera, existe un bozo ó vellito blanco que sobre el 
verde da la apariencia transparente. 

Este cambio de color en el vellito, de negro. 6 blanco, es para Mr 
Maillefert^ un signo tan cierto del cambio operado en la variedad 
como el color del tallo y su mayor crecimiento. 

El polvo negro de la caña habanera no es el producto del polvo 

10 



-74— 

de la tierra y del agua, puesto que la nueva variedad, sometida á 
las mismas intemperies, no le tiene. 

«íEsta variedad resiste al frió y á la seca, como la caña violeta: 
siendo mas larga y mas ancha que la caña habanera, produce mayor 
cantidad de jugo de muy buena calidad, y su miel fermentada dá 
un aguardiente de primera clase, n 

;■ ; Como se ve, el cruzamiento es el mejor remedio contra la dege- 
neración de la caña. 

HIELOS. 

En Morelos, Ouernavaca y Yucatán, es raro que los hielos sean 
bastante fuertes para destruir un campo de cañas. No sucede así en 
Rio Verde y los distritos cañeros del Norte, en donde no es raro ver 
acabar en una noche un plantío considerable. 

El medio mejor de combatir este accidente es dar humazos. 
■ Explicaré en lo que consiste esta operación. 

Luego que la estación enfria al grado de temerse una helada, se 
dispone al lado de la suerte de donde vienen los vientos arrasantes 
un cordón de ramas, basura, hojas secas, etc., para que los vigilan 
tes, en el momento oportuno, le prendan fuego. Por supuesto que 
este combustible debe estar bastante retirado del plantío, para no. 
exponerlo á un incendio. (1) 

£1 resultado de esta práctica, que á primera vista parece insufi- 
ciente 6 hija mas bien de la rutina, es bueno á no dudarlo. Los hor. 
télanos lo usan, muy comunmente con buen éxito, para defender 
del hielo sus árboles frutales. 

Pero, cómo explicar su benéfica influencia? El calor que irradia 
de aquella hoguera longitudinal, por intenso que se le suponga, no 
es posible que alcance hasta los confines de una suerte un poco gran- 
de, y sea la causa de libertarla del hielo. 

El hecho, sin embargo^ es cierto y lo he visto confirmado en un 
tratado europeo de horticultura. 

Aventuraré una explicación que me parece racional. Por poca 
práctica que se tenga en la observación de los fenómenos meteoro- 
lógicos, se habrk notado que los hielos sobrevienen siempre con un 

(1) Véase la tercera parte de Meteorología "Badiacion nocturna y heladas nocturnas,!! 



■ 75- 

cielo limpio y raso y nunca con nieblas. Es tan conocido esto de las 
gentes del campo, que durante las noches más frias de invierno, 
cua)ido se ven aparecer en el horizonte nubarrones, los labradores 
descansan tranquilos y no temen la helada. Pero si pasada la media 
noche observan el horizonte limpio y raso, se preparan á dar el hu- 
mazo antes de despuntar la aurora, que es cuando la baja de tem 
peratura es mas considerable y cuando se congela la savia de las 
plantas. 

Se sabe también que la irradiación del calor terrestre durante la 
noche es mayor al través de una atmósfera libre que al través de 
una cargada de nubes, y menos permeable por tanto. Se sabe, ade- 
más, que un cuerpo, cambiando de estado, al dilatarse, roba caló- 
rico, y al condensarse lo abandona. 

De todos estos fenómenos físicos bien establecidos, creo que pue- 
de derivarse una explicación muy natural del benéfico resultado que 
produce el humazo. 

Situado el combustible en el lado, bien conocido por la práctica, 
de donde vienen los vientos arrasantes, el humo que produce la 
combustión, en vez de elevarse verticalmente, se extiende hori- 
zontalmente, formando un manto sobre el plantío y dando los dos 
resultados siguientes.* 

19 Evitar la irradiación terrestre, como lo hacen las nubes. 

29 Después de salir de la hoguera muy dilatado el calor, se va 
condensando k medida que se aleja del foco de producción, lo cual 
puede originar la emisión de calor latente. 

Estas creo que son las principales causas de la acción de los hu- 
mazos, sin que deje de contribuir algo el calor que comunique la ho 
güera al aire que corre sobre ella, y la irradiación que debe haber 
aunque muy débil, á larga distancia. 

INCENDIO. 

Una suerte en sazón es un alimento sustancioso para el fuego. 
El tlasol y el azúcar del jugo son dos grandes elementos de combus 
tion; de manera que una vez comenzado el incendio, no es posible 
apagarlo. 



-76- 

Lo único que puede y debe hacerse es aislar la parte que se está 
quemando, abriendo prontamente un carril amplio k corta distancia, 
7 dejar que consuman las llamas la parte segregada. 

Previendo esto, se separan en muchas partes las suertes ó ma- 
chuelos con carriles de cierta amplitud; pero á los vigilantes sobre 
todo toca el tener sumo cuidado en no hacer lumbre cerca del plan- 
tío, y no dar lugar á un accidente, que mas que medios de comba- 
tirlo, lo que necesita es evitarse con precauciones cuidadosas. 

Cuadrúpedos. 

Entre los cuadrúpedos que dañan las suertes, podemos distinguir 
los de gran tamaño, como el venado, el zorro, el coyote y el puerco 
de monte; y los pequeños como el conejo, la tuza y la rata. 

Para los primeros basta observar en las cercas y tecorrales el pun 
to por donde generalmente entran, ó los hrincaderoa^ como dice la 
gente de campo, y asecharlos con un buen rifle ó disponerles una 
trampa, estacas, lazos matreros, ú otros medios de estos para que 
caigan y dejen de hacer mal. 

En cuanto á los cuadrúpedos pequeños cuy9 tamaño los pone más 
al abrigo de la vigilancia, son por consiguiente más dañinos, y ne- 
cesitan de mayor artificio para destruirse. Hablo sobre todo, de la 
rata, pues el conejo y la tuza no perjudican tanto, ni abundan como 
aquella. Debe sin embargo, asechárseles junto á las cercas, que es 
generalmente donde se abrigan y viven, saliendo con regularidad á 
la salida y puesta del sol. Una escopeta y un buen perro son sufi- 
cientes para ahuyentarlos. 

No Fucede así con la rata, animal difícil de perseguir, y que hace 
mucho destrozo en los plantíos, royendo el pié de las cañas y dis 
poniéndolas á la fermentación acida. 

Se las hace perseguir en algunas partes por la gente del campo 
Se adiestran perros de cierta raza para cazarlas. Se llevan culebras 
k las suertes infestadas, pues estos reptiles les hacen una guerra en- 
carnizada. 

Pero el mejor medio de destruirlas, si no en su totalidad, en su 
mayor parte, consiste en quemar el tlasol, después del corte, de la 
circunferencia al centro, habiendo tenido la precaución de dejar en 



—77— 

«nedio un haz de cañas para que allí se refugien y reúnan k mayoir 
parte. 

LARVAS. 

Existen dos que atacan á la caña, uixa es ei gusano nizticuile ó 
-gallina ciega^ la cual se cria en la tierra y ataca la raíz de la caña. 
Para evitar esta plaga, se debe tener cuidado de no sembrar^maíz en 
ias suertes. Guando y« existe, un buen riego Ifii hace desaparecer. 
La otra^s el gusano clalavfdté 6 zaratán^ el cual taladra los cañutos 
de la cafia y penetra hasta su médula. Lo mpjor para evitar su des- 
arrollo, es la ventilación y el aseo. 

mSECTOS. 

Los insectos que atacan la caña son dos, el pulgón y la hormiga. 
El primero del orden de los hemípteros, ataca á veces en gran nú- 
mero durante la primera edad de la planta, Riegos y escardas cui- 
dadosas son el mejor remedia En cuanto á las hormigas, que k ve- 
ces suelen ser una terrible plaga en las suertes, hay una manera de 
destruirlas y es la siguienta* 

Se toma un poco de yerba de la Puebla (senecio canicida)^ bien 
seca, y se pulveriza en un mortero juntamente con piloncillo ó azú- 
car. Se espolvorea la mezcla al rededor del hormiguero. Al dia si- 
guiente no aparece una sola hormiga. A poco tiempo las larvas 
existentes producen una nueva cria, que debe atacarse de la misma 
manera. Dos 6 tres veces de la aplicación del antídoto, son sufícien- 
tes, para que no vuelva k mostrarse la plaga. 

Este procedimiento, muy conocido en San Luis Potosí, lo he em- 
pleado yo mismo, y me he convencido de su eficacia, por lo que me 
atrevo á recomendarlo á los agricultores prácticos. 

Modo de operar la determinación media de la riqueza 
sacarina de una caña de azúcar. 

Se toma la caña tal como se descarga de las carretas para la mo- 
lienda. Si es recta, se mide fácilmente con una vara, en pies, pul- 
gadas y líneas; si fuese tortuosa lo mejor será ir aplicando en su 



—78— 

largo, con cuidado, un hilo grueso que se adaptará perfectamente á 
todas las sinuosidades de la caña. 

Cortando luego el hilo y midiéndolo, se sabrá el largo exacto de 
la caña y la tercera parte del hilo medido será la que deba aplicar- 
se de un extremo á otro, señalando cada tercio con un cuchillo, de 
modo que pueda cortarse luego la cafía en tres trozos, que serán 
realmente iguales en su longitud, bien que á veces no lo aparezcan 
k primera vista. 

Obteniendo asi exactamente el tercio medio de la caña, que es en 
el que se puede juzgar de la riqueza sacarina media, se pesará y ano- 
tará su peso. Luego se cortará en dos ó tres trozos, sin necesidad 
de igualdad, y se pondrá á secar en la estufa k una temperatura que 
nunca debe pasar de 105° de centígrado, ó sea 221** de Farenheit 

Al cabo de tres horas de desecación, se rajarán los trocitos á lo 
largo, cortándolos antes perpendicularmente k su eje, para no tener 
que rajar cañitas de tanta longitud y porque la separación del azú- 
car con el agua hirviendo se hará luego tanto mejor cuanto más di 
vid ida esté la caña. 

Hecho esto, se pondrá la caña menuda sobre un marco cubierto 
de una tela rala, para que sea permeable al calor de la estufa. Allí 
se dejará la cafía hasta el dia siguiente, sosteniendo todo el tiempo 
que dure el trabajo una temperatura que no varíe mucho de 90 á 
100° del centígrado y nunca pase de 105°. Este es el último límite, 
pues aproximándose á 10*" c, hay como un principio de torrefacción 
manifiesta. Si cuando esto sucede se observa la caña con el micros- 
copio, se nota que la celdilla que contiene el azúcar está blanca y 
transparente, mientras que en su interior contiene una sustancia 
como ambarina, que es la materia sólida del jugo teñida de amarillo 
por la acción del fuego. 

Al dia siguiente, es decir, á las doce horas de estar al calor de la 
estafa, se notará que los palitos de caña se rompen dando un chas 
quido seco. Esta es una prueba segura y práctica de que ya no tie- 
ne agua, asi es que si se pesa entonces, se observará que en su ex 
posición sucesiva al calor de la estufa, pierde muy poco ó ya no- 
pierde nada de su peso. Fijándose en esta observación se abrevia 
tiempo y se evita el tedio consiguiente á tener que repetir diez ó 



—79 

«doce veces ua análisis para averiguar el estado de la caña, cual seria 
preciso hacerlo, si no se fíjara este límite que señala el término de 
la operación. 

Secada ya la caña, esto es^, cuando con el intervalo de una hora 
dé estufa, á una temperatura de 100 á 105* centígrados, el peso no 
varía respecto del anterior notado, se echa toda ella en una cápsula 
de porcelana ó en una cazuela de barro, y acaba de llenarse con 
agua destilada. 

En tal estado, se hace hervir hasta que se reduzca el agua á la 
mitad de su volumen, se decanta entonces sobre un lienzo <S colador 
para recojer los pedacitos que en su descenso pudiera arrastrar el 
agua, se renueva el líquido y se prosigue del propio modo tantas 
veces como se necesite, hasta que oprimiendo un poco de la caña 
ontre los dientes, sin mascarla, no deje sabor alguno dulce. 

Hecho esto, se vierte todo ello en un lienzo, se lava con agua 
f ria, se esprime bien y se hace un hatillo que se suspende al aire li- 
bre para que se oree. Cuando ya se ha escurrido y evaporado gran 
parte del agua adherente k la caña, se pone á secar en la estufa con 
las precauciones ya indicadas, y el último peso de la cantidad de le- 
ñoso, despojado de todo el azúcar y materias solubles. 

El peso anterior á la maceracion da la cantidad de toda la mate- 
ria sólida, y por sustracción del correspondiente á la <^ña fresca, la 
pérdida del agua en la desecación. 

No es conveniente dividir la caña desde el principio de la opera- 
ción en menudos pedazos, pues se demuestra con experimentos prác- 
ticos y numéricos que la acción del cuchillo en el estado fresco de 
la planta, esprime y evapora un poco el jugo, lo que altera la exac 
titud del análisis consecutivo. 

Bien tomados los pesos, tanto en el análisis de los terrenos como 
<en el de la caña, no resta mas que por medio de las proporciones 
geométricas, ó como generalmente se dice, por la regla de tres, cal- 
cular el tanto por ciento de cada componente. 

Así, por ejemplo, supongamos que los 150 gramos de tierra no 
han dejado por medio de la levigacion 66 gramos de arena seca, y 
que los 84 gramos restantes de barro y humus mezclado, pierden por 



—so- 
la caTcínacion Z3 gramos de peso/ tendremos en los 150 gramos de 
tierra seca y tamizada: 

Arena, Barr». Humus ^ 

66 + 51 + 33 - 150 
Y para obtener el tanto por ciento de estos com]^)onentes^* hare- 
mos las proporciones siguientes: 

!• 150 : 100:: 66 :x = 44 
2* 150 : 100 : : 51 : X = 34 
3* 150 : 100 : : 33 : X = 22 

Por lo que tendremos la siguiente composición sobre 100. 

Arena - 44 

Barro , . ,,. 34 

Humus 22 



Total.... 100 

La corrección del agua que pierde el barro al color rojo, y que 
bemos dicho es un diez por ciento de barro no calcinado, lo hare- 
mos de la manera siguiente: 

Si el barro antes de la calcinación pesara 100 gramos, después de 
calcinado debería pesar solamente 90; por lo que si hubiéramos ob- 
tenido al fin del análisis 90 gramos de barro, la pérdida de agua- 
hubiera sido 10: es así que hemos obtenido 34 de barro, luego pode 
mos hacer la proporción siguiente: 

Gram. cent. 

90 : 34 : : 10 : X = 3, 77 

Cuya cantidad debemos sustraer de las 33 partes de humus, pues 
como éste lo hemos calculado por la pérdida en la calcinación, claro 
es que le hemos dado de mas la cantidad de agua que el barro aban- 
dona k la temperatura del color rojo. 

En cuanto k la caña, pondremos también un ejemplo para aclarar 
las dudas de los poco versados en esta especie de trabajos. 

Se ha tomado una caña habanera cuyo tercio medio pesa 221 grs; 

Por la desecación en la estufa con las debidas precauciones, este 
peso se reduce á 58,5 de materia sólida, la cual, hervida y agotada 
con agua destilada, se redvce á 29 de leñoso. 



-8t— 

Bmlrayetipo los 58.5 de materia sólida del peso total 221, obtea» 
drémoEí 162.5 por peso de agua, y sQstrayendo los 29 de leftosod« 
los 58.5 de materia sólida, obtendremos 29^5 qae representa la cay»- 
tidad de aerear. 

Pór le que en tos 221 gramo» de «altet habrá: 

AgtíB^ Azúcar. LeSoso. 

W2.5 + 29.5 + 29 - 22i 

Y paira o^btener el tan^o por ciento haremos las tres proporeíoaea 

siguientes: 

1* 221 : 100 :: 162.5 : x = 73.5 

2^ 221 : 100 : : 29.5 : x ^ 13.4 

^ 221 : 100:: 29 :x :». 13.1 

P(Ar lo qne tendremos la siguiente composición sobre 100: 

Agua . , 73.5 

Aásúcar 13.4 

Leñoso.., 13.1 



^*wa 



100 
^na observación importante en el análisis de la caHa» es prope* 
der á él inmediataisiente después de cortada, pues dejando pasar aU 
'gon tiempo, la evaporación natural del jugo.prodiice un cambio en 
las proporciones de sus componentes; de manera, que mientras^maft 
tiempo lleva de, cortada mas cantidad. de^azúpar apaQace;en^ i^- 
lisis, lo cual induce necesariamente k gmves errores. 

Bara termioutr este artículo, pondremos las conchtsicmes que.el 
Sr. Oasaseca, eminente agricultor espaliol, ha deducido de inus^traba^ 
jos y que apoya mi treinta y seis análisis qua publica en «a memora» 

1. Xa eafia blanca^ (de Otaihiti. 6 habanera) degenera .^ los. terre- 
nos colorados y -mulatos, particularmente si están crU9a49s,;Vol.nén- 
dose m^ lefiósay^ menos (azucarada, porcuy^ rsAoniSerjLa mae;^»9»- 
yenieate. Bosera^ar «n ellos maS'que eaSa eristaUna y cinta. 

2. Que para fonnar cabal idear4e la ooo^posicipn q^iiiiai(Bak4e-la 
cafia de azúcar, es preciso examinarla en sus tres tercios. 

3. Que do este exkmen. resfultan las obseifvaciones.siguie^tee: 

A. En la caña Uanoa analizada, se halla, repartida el f^uaisii 
proporción aritmética creciente del pié al cogollo, y en Jaai^tnui.fia. 

11 



-82— 

pecies, si la proporeion no es rigorosamente exacta, se aproxima 
tanto á serlo, que debe suponerse ser una l^y de la organización del 
vegetal semejante distribución matemática. 

B. £1 azúcar existe en mayor cantidad en el pié que en el resta 
de la caña, así es que vá en disminución hasta concluirse el primer 
tercio; pero si se toma el término medio del segundo tercio j el tér- 
mino medio del tercero, se obtienen cantidades de azúcar casi igua- 
les, de donde resulta que desde el nacimiento del segundo tercio 
hasta el cogollo^ la distribución del azúcar es casi uniforme. 

O. En los dos primeros tercios de la caña, cortados desde el pié, 
la cantidad de leñoso, término medio, es casi constante, pues la mis- 
ma cantidad, con corta diferencia, da el primer tercio que el según- 
uo; pero con el último tercio disminuye rápidamente hasta el cogo- 
llo, y por eso se encuentra una cantidad bastante menor de sustan- 
cia leñosa en el término medio del tercio superior que en los dos 
primeros. 

D. Por último, la cantidad de azúcar del tercio medio es próxi- 
mamente el término medio de toda la caña. 

4. Si no fuera por los nudos, la caña de azúcar presentaría las * 
mas veces una relación constante entre el azúcar y el leñoso 

5. Los nudos no tienen igual cantidad de agua que el resto de la 
caña. 

6. Que siendo la cantidad de azúcar del tercio medio de la caña 
la expresión casi completamente exacta de la riqueza sacarina me- 
dia de toda ella, será preciso analizar el tercio medio, para averi 
guar el valor sacarino de la planta. 

7. Que conformándose con las reglas que se prescriben y sin más 
que un poco de esmero, sabiendo pesar, secar y hacer hervir la caña 
con agua destilada, y ejecutando los cálculos de proporciones geo- 
métricas, sumamente sencillos, pues se reducen á multiplicaciones y 
divisiones de decimales, podrá siempre el hacendado reconocer con 
sabrada exactitud la riqueza sacari/na media de una caña de eu^ 
campos. 

Para que pueda servir de término ()e comparación, pongo en se- 
guida la composición media de la ci^a, resultado del análisis de va- 
ríos químicos. 





—83— 

La caña habanera está compuesta sobre cien partes, de 

A^a : . . .. 

Azúcar 16.6 V 100 

Lefioso 

La cafia hibridada ó cristalina, de 

Agua 

ABÚcar 17.4 5^ 100 

Lefioso 

La cafia veteada ó cinta, de 

Agua... 69.0) 

Azúcar 18.4 V lOO 

Lefioso 12.6) 

Según Mr. Mac Oulloh, de los Estados Unidos, la cafia contiene 

sobre cien partes: 

Agua 70.0) 

Azúcar 17.6 V 100 

Lefioso 12.4) 

Según Mr. Dupuy, la cafia en general, pues no especifica la espe- 
cie, contiene: 

Agua 72.00) 

Azúcar 18.20 V 100 

Lefioso 9.80 ) 

\ Según Mr. Peligot, la cafia de la Martinica, contiene 

Agua 72.10) 

Azúcar 18.00 V 100 

Tejido y sales 9.90 j 

Seguñ Mr. Dupuis, la cafia contiene 

Agua 72.00 

Azúcar 17.00* ,^^ 

Tejido y sales 10.20^ ^"" 

Pérdida 0.80 

No han sido estos sefiores los únicos que han analizado la cafia; 
pero bastan los resultados anteriores para que el agricultor tenga 
un punto de comparación eu sue( experimentos y análisis. Por ellos 
80 ve que la cantidad de azúcar oscila entre 16 y 20 por ciento y 
que estos cambios dependen en gran parte de la calidad de los te* 
Frenos y de la variedad de la cafia, dos puntos que importa mucho 
estudiar en la práctica. 



—SÍ- 
CULTIVO DE LA CAÑA DE AZÚCAR 

1S.NLA 

HACIENDA DEL PUENTE, 

(estado de MORELOS), 

'propiedad del Sr. D. Ramón Portillo y GtouMz é hijoa. 



INTRODÜGCION. 

Me permito, con autorización del autor, copiar f ntegro el opúscu- 
lo impreso escrito por nuestro amigo y distinguido caballero español 
el Sr. D. Ramón Portillo 7 Gómez, propietario de la hacienda del 
Puente, en el Estado de Morelos, 7 una de las personas mas ilustra- 
das 7 competentes de este Estado, para que nuestros lectores puedan 
formarse pleno juicio dé todas las operaciones que se efectúan en el 
cultivo de la caña de azúcar en esta cañada de Ouemavaca. 

En la mayor parte de laa haciendas se observan con poca dife- 
rencia las mismas reglas de cultivo; pero ha7 algunas en las que^ ce. 
mo «n la del Sr. Portillo, todos los cuidados son. tan escrupulosos 7 
la atención tan sostetiida, que pueden .7 deben servir de norma k to- 
das las personas sensatas, na solamente bajo el punto de vista de la 
inteligente dirección, sino por esa constante laboriosidad de que 7a 
ha7 desgraciadamente tan pocos ejemplos que imitar. 



Cultivo de la caña üe a2Vcar ex el Estado de Mobelos. 

Ouemavaca, Yautepec, Morelos, Tetecala 7 Jonacatepec son los 
oinco distritos ' que forman este Estado,. 7 en todos ellos se cultiva 
la caña de azúcar, en las> temperaturasf templada 7 caliente; pudien- 
do estimarse la distinción establecida de 20* á 24*"* de temperatura 
^edia, puestoque su'mázimutn es 36° 7 el mínimum 12* 

En los meses: de Dioiembro7 Enero son mu7. pocos los dias que 
en algunas hora» al amanecer 7 en la noche se disfruta el mínimum. 
Por el contrario, el máximum se tiene en Los. meses de Abril, Ma70 
7 Junio, en ks fincas del Sur, 7 en las que están más próximas . al 
Norte de donde comienza- á cultivarse la caña, se tiene una gradúa* 
dion de 30. 



— «5— 

Dabieado eivtendeEsa que he fijado la graduacipa atorafférioa, tpr 
mada en una pieza ventilada, con el termóiPQtro pentígra^o. 

£q el Estado se eo^plota esta planta en ^2 ^noas, hiendo 6 que 
labran panela, j en 25 se benefioia ^zúc^3c m pfine^ b pilonejEf. 

Todas las dedicadas (l la elaboración de asiicar tien^ii motores hi- 
dráttlioos para exprimir el jugo de la cafia, j cincp dje las dedicadas 
á labrar panela emplean fuer?^ animal para dar^pyi^^ntp á sus 
^rapii^s, los cusdes, en unas y otras, aon horizontales. 
. Las fincas d^dicadas á labrar panela expripoen desde 50,000 1^ 
«pequeflas, hasta 2;00,000 arrobas de caña las loayores; las qae for- 
man panes, como de m&jor importancia, en una zaira exprín^QU 
«Usde 300,000 bastadlos y medio millones 4e arixibaBla que m^s. 

Para cultivar la cafiaae «nploa el ri^igo en todo el Saltado, por- 
que es común se verifique el temporal de aguas en .el transcurso de 
los meses de Junio á Octubre; algunos afiosse aAtic^)a en Mayo ó 
ae demora hast^ifines, de Junio^ y por el contrario, £naUza en Octu- 
bre ló se prolonga hasta Noviembre; siendo .probable á casi acgtMTp 
que en los meses denominados de secas no llueve, por cuya razop es 
la época Bseogida .para la r^scoleccion de la cafiajr elaboración de. Sjas 
irutoB. 

De las fín<^u9.azucareraF,solo dos. tienen .aparato de vapor cQn-4o- 
lecacion, clarificación, triple e£(Scto, tacho al yacfb y filtros de negrp 
animal; hay otras con: aparatos de vapor, defecaQiqn, clariificacion y 
concentración al aire libre y. por ¡fuego directo. 

A/pesar de loa varios sistemas y procedimientos, Iqs re«fultad(>s 
son .generalmente, si no iguales, muy parecidos, puesto que todos 
obtienen buenas y incalas , clames, y muchas veces distiiitas con l^s 
mismos aparatos,.que los comunmente obtenidos en ellos. 

Las cañas por lo general están en buenas cQi^diciQBLes^.su ju^ 
con una densidad de 10 á 12 grados Baumé, y.un.crecimi^litP de 3 
á4 metros. 

Los in^nios ó haciendas están, al cuidado de un adinínist^d^pr, 
cuyo sueldo es de 1,500 á 3,000. pesos anuales, y algunos tienen un 
tanto por ciento sobre las utilidades; un segundo. con 500 k 1,000 
pesos;. un. jpurpac^ encargado de la caja y contabilidad con. 400 á 
800 pesos, y un ayudante que disfruta de 150 á 300 pesos. £!stp8 



— Sé— 

ettatfo dependientes ocupan la casa habitación de la fínca^ se les pro^ 
porciona una asistencia decente 7 el número de criados suficiente á 
su servicio. Se aumenta un ayudante en las fincas de mayor escala^ 

La administración ocupa subalternos llamados mayordomo, capi-^ 
tenes, caporal y vaqueros; los primeros- encargados de cumplir las 
órdenes sobre el cultivo y recolección de la caña, y los segundos de- 
dicados al cuidado de los animales que posee la finca. 

En tiempo de zafra se ocupan un maestro con sus ayudantes para 
la elaboración, y otro encargado de la purga del azúcar. 

TckiOs los subalternos mencionados son salidos de la clase opere» 
ría, puestos y dirigidos por el administrador. 

Este es la persona generalmente formada por la prkctíca^, y des- 
pués de haber sido ocho ó diez afios dependiente en las escalas de 
ayudante, purgador y segundo, porque se encuentra en la necesidad 
de dirigir todas y cada una de las labores de la finca, y aun de pre- 
senciar personalmente muchos de sus trabajos, si ha de prometerse 
un buen resultado en el negocio que se le tiene confiado; y si bien 
es secundado por sus compañeros en la parte económica y por los 
subalternos en la agrícola, tiene mayores dificultacles de serlo en la 
parte industrial, cuyas atenciones especiales no puede tener, tente 
porque la multitud de trabajo que sobre él pesa k> deja fatigado^ por 
muy enérgico y activo que sea, como porque carece de los conoci- 
mientos necesarios. Aquí se han formado dependientes que pueden 
dirigir la parte económica, el cultivo y la recolección de la caña, 
cuyas atenciones se estiman por principales, pueste que sin buenas 
plantas, no se obtienen abundantes cosechas, y sin acierto económi- 
co los productos serian muy costosos; así es que se han tenido por 
secundarios y se ha descuidado el formar personas que llenen la» 
necesidades de la industria y maquinaria. 

Este última es hoy inconcusamente mejor, pero mas complicada 
y difícil que la usada antes para hacer la zafra, y cuyas piezas se fa- 
bricaban por los mismos operarios de la finca, razón por la que se 
marchaba sin entorpecimiento alguno, pues como después- de hacer 
sus piezas dé refacción las montaban y á su cuidado quedaban, te- 
nían de su mecanismo perfecto conocimiento y vencian pronte y fá- 
cilmente cualquiera dificultad que se les presenteba. 



-87- 

Las siembrais de caña comunmente terminan á fín de cada afio^ 
!por lo que desde principios del siguiente la administración cuida de 
<que el campo próximo á sembrarse esté libre de toda humedad que 
pueda venirle por derrame ó filtración de algún apantle ó cauce que 
conduzca agua; procurando estén los terrenos perfectamente secos 
hasta la llegada de las lluvias. 

También dispone la reposición de las cercas para impedir sean 
pisados por los animales los terrenos ya barbechados. Asimismo 
ordena, cuando llega él temporal, se arranquen todos los arbustos 
nacidos j crecidos en el terreno que va á sembrarse de cafia, cuya 
operación se llama descepar j se practica con tUtlacko, instrumento 
-que al mismo tiempo tiene la forma de hacha-azada. 

Desde los primeros dias en que se da fin á la zafra, si otros tra* 
l)ajos no requieren la atención, se procede á la limpieza de patio y 
canales, sacando á los campos que van & labrarse los estiércoles, pa- 
chaquil, ó sea bagazo menudo, cenizas de los combustibles y la ar- 
cilla que sirvió á dar purga al azúcar, distribuyéndolos convenien- 
temente en los lugares que se desea abonar. 

Estas materias son las que á este fin se acostumbra emplear en 
las fincas d-el Estado; también se hace uso de las tierras que se sacan 
de las cajas de los apantles cuando se limpian, y no se desaprove- 
chan los enlames, ya de los rios cuando los hay y se pueden obtener, 
ó ya de los apantles, qxie siempre traen revuelta el agua cuando son 
fuertes las crecientes en los rios ó las corrientes de las lluvias, depo- 
sitándose en ellos, les dan las tierras que naturalmente arrastran á 
8U paso. En el lugar que corresponde se verá cómo se hace en estas 
fincas para que en él fondo de los surcos queden depositados los en- 
lames con el riego. 

Campos. — Damos el nombre de campos á la porción de terreno 
cercado de piedra en que una finca divide sus tierras para el meior 
aprovechamiento de ellas. 

Oada hacienda, según su posición y necesidades, forma tres, cua- 
tro, cinco ó mks campos que subdivide en stiertea y tareas al sembrar. 

TlA siembra anual se divide generalmente ocupando una parte de 
dos, tres ó mas campos de los que tiene, por razón de ser su ele- 
mento principal el agua, que no siempre se tiene á discreción y pre- 



^ 



^88- 

dis'á iíÁí&tBe en diferente^ Itigares, pot lo cuál eie hác^ indispensabler 
Hfayati á s^rvit én laá suertes de otros campos lois remaneiítes dé las 

iéuEBTs. — Se da él nombre de stierte á una porción de terreinb y 
se la destina como distintivo un nombre de santo, héroe ó de capri- 
cho. No puede precisarse ni su figura ni sus dimensiones, porqué 
dependen éstas de la configuración del terreno; pero suponiendo un 
espacio de terreno cuya longitud sea de 500 varas y su ancho dé 
80, tendriamos una suerte de 40,000 varas cuadradas de superficie: 
surcada á lo largo y á una vara de ancho el surco, tendría 80 sur- 
cos de 500 varas; tirando rayas de 40 en 40 varas por su ancho 
perpendiculares al surco, sacaría 12 que se llaman regaderas ó apan- 
tles: 25 surcos de 40 varas hacen una tarea, ó sean 1,0(K) varas 
éuadradas de superficie. 

!Babbechab. — Se da principio á ^barbechar al comenzar las llu- 
vias, si trabajos más perentorios no lo impiden á la finca, y en al- 
gunas se dá el prímér barbecho al campo en tiempo de secas el año 
anterior.* útil y conveniente seria seguir este sistema, si se pudiese 
efectuar k la vez que se atienden los trabajos de la recolección, prin- 
cipalmente en los terrenos planos y de mucho fondo, sería utiíisimo* 

Paira labrar la tierra se emplea generalmente el arado del país, 
el de una ala ó vertedera llamado de "Allenn del número 10^, tira 
do por dos bueyes; cuando carece de este apero, ó lo tiene en mal 
estado, se ayuda con tiros de muías, á las que se ponen arados del 
número 19, si el terreno es algo fuerte. 

Generalmente los barbechos se comienzan por el campo cuyas tie» 
rras son mas francas, para terminar por las que conservan más hu- 
medad. 

Los barbechos que se dan al terreno que se prepara á sembrar 
son cuatro, llamados: el primero, romper; el segundo, asegundar; el 
tercero, vuelta largfii, y el cuarto, pareja. 

A todo el terreno se da la primera, ó se» el primer fierro/ ú los 
cuarenta dias mas ó menos se repite el segundo, siguiendo él níis- 
-mo orden empleado para el primer fierro, -á no* ser que-cireau^taai' 
cias de yerba d humediui recomienden modifiísarlo. 



-99- 

A medkdos de Agosto se eomienza k dar el tercer fierro; en las 
suertes á dondB se dio print^ipio al barbecho, después de terminadas 
la primera y la segunda, ó la tercera si el tiempo lo permite, se les- 
da el cuarto fierro, 6 sea la pareja. 

Estos fierros se dan poniendo la dirección del primero, diagonal & 
la que tenía el surco del año anterior; el segundo diagonal al pri- 
mero; el tercero en la dirección que deba tener el surco, y el cuailx) 
perpendicular al tercero. 

fistos son los usos generalmente seguidos, pero la administración 
obra según se lo exigen las circunstancia?. 

Muchas fincas siguen usando el arado del país; cofno auxiliar; ge- 
nerdizando su empleo para el último fierro, por séf él que más pro- 
fundiza, á la vez que deja el terreno mks parejo; pero sn uso es casi 
indispensable en los terrenos pedregosos. 

Dispuesta la tierra con los ya dichos cuatis fierros, quitada dé su 
superficie la yerba seca que pudiera tener, sólo falta surcarla; pero 
como es de. vital importancia parael desarrollo de la planta que va k 
cultivarse, que esté la surcada convenientemente hecha, se aoostum . 
bra.ea eatas fincas, cuando su administrador tiene los conocimiento^ 
sufídentes, que personalmente las dirija, haciendo que frecuentemen- 
te las vigile, el mayordomo; aun cuando después de trassada' la primers 
línea, quede la surcada al cuidado de un capitán^ y para ejecutarla^ 
se emplean, los gañanes ma» inteligentes y cuidadosos, asícoiho loeí 
bueyes mas obedientes, mansos' y fuertes. 

£1 momento mas oportuno de surcar es cuando la tierra' est£í en' 
buen punto, permitiendo que al cortarla el arado se formé un caba. 
llon; ó camellón blando y suelto^ y ptteda el sembrador con flrcllidad, 
al golpe de pala que dá^ cubrir con lar tierra la sékttilla dép<ñitadá 
en di surca 

Faba surcar iina«uerte, se toma comunmente el- ponto cétitríccl 
de la: cabecera, ^ sea de la parte mas elevada del terreno; Eid<;élóean 
nwraa^ á distancias convenientes, hasta > su final en la dirección que 
debe llevar el surco; el que debe tender siempre á cortai^ él declive 
del terreno. Toma el capitán la yunta mas obediente y adiestrada 
y*' corta lá- primera raya; cortáda^ésta^ vtielvé la yuntay (»ittíinando 
con un buey dentro de la primera^ corta/ indefectibktoénié, á diiM 

12 



—90-- 

tancia de una vara, otra raya igual, puesto que el yugo á que están 
uncidos los bueyes tienen dicha medida, desde su centro al de la 
gamella^ ó sea el sitio que cubre la testera del buey. Entrega el ca* 
pitan la yunta al gañan que debe guiarla y se dedica al cuidado de 
la surcada, tanto en sus accidentes, como en que se active. 

£1 número de yuntas, que para esta operación se dedican, varía 
según Iflus exigencias. Mas para dar una idea de las necesarias, y del 
empleo que se les dá, nos figuraremos necesitar diez y siete para 
hacer una surcada conveniente, según el número de sembradores 
con que contamos, ó según la siembra diaria que necesitamos hacer 
para terminar á buen tiempo la total del año. 

De las diez y siete yuntas pondremos cinco cortadoras con arado 
del país, con una pequeña orejera; cuatro repasadoras con el mismo 
arado y orejera un poco mayor, ó arado de doble vertedera; cuatro 
ahondadorae con arado del país bastante abierto, y las cuatro res- 
tantes con arados de doble vertedera, de mayor ancho las alas. 

Las yuntas cortadoras trazan, cortan ó marcan la dirección del 
surco; las repasadoras pasan sobre la raya cortada, anchándola; las 
ahondadoras la profundizan, y las últimas, llamadas cajonetrerae, 
perfeccionan el surco, levantando con las grandes alas del arado el 
camellón, hacen espacioso k la ve2 que profundo el surco, para cuyo 
objeto se colocan unos niños de cinco á siete años sobre el arado: 
cuando la yanta llega á los finales de la suerte, los niños se bajan y 
sirven para ayudar al gañan atajando los bueyes, y haciendo no se 
desvíe, al dar principio á la formación del nuevo surco, el buey que 
debe caminar sobre el que se acabó de hacer. 

Se aumentó una yunta más en las cortadoras, por no ser siempre 
posible llevar la surcada en líneas paralelas que conserven la decli- 
nación del tanto por ciento que debe llevar el surco, para que la co- 
rriente del agua corresponda á las necesidades del terreno; y para 
vencer sus accidentes, es preciso dar & los surcos tan caprichosas va- 
riaciones, que enumerarlos aquí sería prolijo, al par que imposible; 
por esto únicamente hablaré de ellas someramente y en las formas 
genenjes. 

, En un terreno cuyo declive natural comienza en la cabecera, y 
está perfectamente igual y marcado, ninguna dificultad se presenta, 



—91— 

y su surcada es por consiguiente paralela al primer surco trazado, 
llamado maestro; pero si á la derecha, en la cabecera, un lado se 
aplana ó baja, el terreno presenta una dificultad ó imperfección, que 
se vence con surcos más cortos llamados conconetes en favor, porque 
saliendo de la cabecera terminan en el surco donde comienza la 
irregularidad. 

Si por el contrario, la parte aplanada se encuentra al lado iz- 
quierdo, se ponen los mismos surcos cortos, que por nacer del surco 
entero y terminar en la achololera, se llaman en contra. 

Guando en los pies la imperfección citada está á la izquierda, los 
conconetes que la corrigen, son en fayor, siendo en contra si está á la 
derecha. 

Guando en el centro ó en otro lugar del terreno se presenta un 
bajo, se tira un surquito en forma de arco, que saliendo del i^urco 
que se acaba de hacer, termina en el mismo; el pequeño se llama 
pañíielo, y se pone con objeto de evitar se interrumpa la inclinación 
marcada á la surcada. Gon estos surcos pequefios, aplicados con 
aeierto, se consigue que el agua tenga siempre la corriente que ne. 
cesite el terreno, y que la surcada tome la figura de sus accidenta 
ciones. 

Guando se termina de surcar una suerte, se le señala su exten- 
sión; se cortan dos rayas en la cabecera, á distancia de cinco cuartas 
una de otra, llamada la primera, ó sea la de la parte .exterior, apan- 
tle, destinada k llevar el agua que recibe del apantle principal para 
riegos de la suerte; y la segunda recibe el nombre de tenapantle ó 
contrapanth: su destino es el de recibir el agua que le suministra el 
apantle anterior, limitando la cantidad que de ella deben tomar los 
surcos, para cuyo objeto se divide en tendidas de diez ó doce surcos. 

Al fin de la suerte, ó s6a en sus pies, se traza una raya que sirve 
de receptáculo á las aguas que salen de los surcos; llámase acholo- 
lera, y sirve su cauce para llevar estos remanentes, ya á otras suer- 
tes que vayan á regarse, ó al apantle principal, que las lleva con el 
mismo objeto, á otro campo sembrado. 

Ya dije que una tarea de siembra se compone de 25 surcos de 40 
varas; esta medida longitudinal se llama apantko; varias haciendas 
etnplean de 37 y 44 ese apantlea 



-92- 

SüRCADA. — Cortadas las rayas para el apantle, tenapantle y acho- 
lolera, se divide la suerte en rayas de Ja medida que se use el apan- 
tleo para formar sus tareas; las rayas dichas se llaman apantles, 
cauces ó regaderas, porque antes de nacer la caña, y algunos mesea 
después, sirven para dar riegos á los espacios de terreno entre ellas 
comprendidos. Estas regaderas se van uniendo, es decir, se inter- 
rumpen, juntando los camellones separados por ellas á los anterio- 
res: esta unión se conoce con el nombre de mancuerna^ y se practica 
cuando se desea recorra el agua mayor distancia, 

A los riegos que se dan, unidos dos apantles ó sea recorriendo el 
agua 80 varas, se llaman de una mancuerna: si la suerte tiene ocho 
regaderas, y se unen cuatro, el riego es de mitad^ y si -todas se unen, 
como el riego se hace desde el tenapantle hasta la achololera, se 
llama á^ punta. 

Las mancuernas procuran hacerse cuando los surcos están más 
consolidados, y tienen por objeto proporcionar á la planta la mayor 
]|iumedad, que va necesitando á medida de su crecimiento y al mis- 
mo tiempo obtener economía en regadores. Por estas razones, si el 
terreno lo permite, se da una extensión á las suertes hasta de 24 
regaderas. 

Las yuntas surcadoras forman las rayas destinadas para apantle, 
tenapantle y achololera; una cortadora traza el apantleo medido por 
el mayordomo y capitán. Los jóvenes operarios, llamados regadores, 
perfeccionan los cauces con sus coas, y se auxilian del tlalacho si la 
consistencia del terreno lo exige; forman tonuí y compuerta en el 
apantle principal, uniéndolo al de la suerte por un pequeño cauce 
llamado sangradera, que abren en el carril 6 espacio de terreno libre 
que queda al rededor de las suertes, para facilitar el tránsito de la 
gente y animales de servicio. Al recorte ó perfeccionamiento de los 
citados cauces se llama redondeo. 

He tomado, al hablar de la surcada, la medida común de los yu- 
gos; pero debo advertir que varias haciendas los emplean de nueve 
á diez cuartas, cuando desean que los surcos tengan un ancho de 
cuatro y media á cinco cuartas, y por regla general, el surco más 
ancho conviene al mejor terreno y al mejor calor. 

En la hacienda del Fuente empleo yugos de doce cuartas, con 



—98— 

<:il:geto de "hacer «n algunas suertes siembra de dos lineas en el surca; 
ijr para formarlo, hago pasar sobre la rafa que traza el arado corta- 
clor, un repaso deble vertedera, kiego uno con orejera, después un 
^diondador con doble reja, en seguida >un arado de orejera con dieE 
^ seis pulgadas horizontales eñ su parte baja, y por liltimo, un arado 
-de dos rejas que marca dos svrquMK» pequeños dentro del grande, á 
-distancia de catorce pulgadas uno de «tro, j sirven para que sobre 
<«llos se coloque la semilla. Les operarios llaman arwUia á estod 
«rados. 

D. Cristóbal Sarmina, administrador de k. ha^cienda dé Atlihua. 
yán, hace ig^al siembra, dando á los surcos un ancho de cinco 
cuartas. 

Época DE 2<A SIEMBRA. — La stembra oomienca ha hacerse en al- 
onas haciendas á mediados de Agosto, pero en la generalidad se 
da principio á fines de este mes ó primero» dias de Septiembre. 

Se toma para semilla una cafía lozsma y tierna, escogiéndola déla 
siembra que se* hizo el año anterior, y en los lugares que presten 
«mayor comodidad d.1 acarreo. También suélese emplear soca ó cafía 
«de segundo afío, cuando se encuentra on circuiiótáncias de buen 
^desarrollo y tierna; pareciendo su uso mas conveniente que el de Iíbi 
plantilla, porque teniendo el cttfíut» mas cortoj se obtiene^n el mis- 
«dO espacio de terreno mayor nacimiento. En uno y otro caso, los 
•administradores precavidos escogen para semilla los plantones me* 
Jor desarrollados que tienen; y si hacen aiembra cuando ha princi- 
piado la recolección, aprovechan para hacerla la punta ó parte mas 
<tiema de la caña que cortan. A mi juicio, en igualdad de circunar* 
tancias, se debe preferir para semiUa la cafía producida en terrenos 
<q^e tengui principios alcalinos^ 

Designase con el nombre á& de^ranqu>e el lugai* donde at Vñ'k 
tomar la semilla; á él concurren los sembradores,- cortan la caña al 
f>ié, la despu^ntan, la despojan á mano de las hojas secas ó tlasól que 
tiene adheridas, y cargándola en muías, la coiíducen á la suerte, que 
va á sembrarse; si la cafía está demasiado larga,, la trozan dej4nd(^« 
ttn tamafío que no exceda de cuatro á cinoo ouartas; Para que las 
muías que conducen la semilla no estropeo la surcada, cuida' el oa^ 



i 



-94— 

pitan encargado de contar y señalar ]as tareas, que los sembradores 
entren guiando sus muías por las regaderas, al lugar que les señala 
por tarea, en donde descargan la semilla; entregan las muías al 
arriero, que recogiéndolas las vuelve al destronque para que otros 
sembradores trasporten su semilla. Guando se termina de llevar la 
semilla del destronque, los arrieros cargan todo el zacate 6 cogollo 
de la caña que se juntó al efecto, por uno ó dos peones en el des- 
tionque, y lo llevan k la finca para manutención de los animales 
que emplea. 

. £1 capitán cuida de comenzar la siembra por el primer apantle ó 
sea el de la cabecera de la suerte, para que el riego de asiento pueda 
hacerse si es posible, al terminar la siembra diaria. 

Luego que él sembrador tiene su semilla en el lugar señalado por 
el capitán, toma una pala de madera, puntiaguda ó en forma de cora- 
zón, limpia con ésta el fondo del surco, echando al inmediato la tie- 
rra; tiende horizontal mente la caña, poniendo hacia la entrada del 
agua las puntas, y cuidando de ciarle dulce, es decir, que se crucen 
los extremos, pasando de una ó otra dos cañutos; acabado de tender 
el primer surco, echa en él la tierra que saca del inmediato que va 
á sembrar, y asi prosigue l^asta el último; avisa al capitán, y si éste 
aprueba el trabajo en vista de que los cañutos de la caña eetán bien 
pasados con los de la otra, toma el sembrador la pala, y corriéndola 
por las paredes del camellón, termina por tapar la semilla con una 
capa de tierra de una pulgada ó más. 

Esta forma de siembra se llama de cordón. Guando en los luga- 
res en que se cruzan dos cañas de las que forman el cordón, se co- 
loca otra, la siembra se llama de medio-petatillo, y si se colocan dos 
cordones unidos y paralelos, se llama de petatillo. La que se hace 
^n las haciendas de Atlihuayán y el Puente deberá llamarse doble 
ó á dos cordones, por estar estos á distancias uno de otro de 14 
pulgadas. 

Hasta como por el año de 1840 no se conocía en el Estado otra 
dase de caña que la criolla ó de Gastilla, venida de España. Por 
aquel año, el finado D. Hermenegildo Feliu introdujo en la hacien-' 
da de Chiconcuac, la morada, morada veteada y de Otaiti, llamada 



^j 



—95— 

habanera blanca; después el finado Sr. Lie. D. Manuel María tra- 
^bal trajo á la Hacienda de San Nicolás, k cristalina. 
4 Rápidamente se extendió el cultivo de las cañas morada y vetea- 
da, empleándolas en los terrenos mezclados de cal y en los húmedos: 
La de Otaiti se generalizó en los fuertes, donde al principio se pro- 
dnjo muy bien, pero después de algún tiempo comenzó á enfermarse. 
La cristalina probó bien en toda clase de terrenos. 

Hoy el mayor cultivo es de morada, veteada y cristaUna.* la mo- 
rada se siembra en corta escala, porque se le atribuye tener menos 
jugo que las otras y que en un tiempo más corto se endurece. La 
criolla se conserva por uno que otro hacendado en dos ó tres suertes, 
habiendo dejado su cultivo, tanto por ser la mas delicada, como por 
la especialidad de terrenos que necesita, y sobre todo por lo muy 
perjudicada, pues que la roban en grandes cantidades. 

En ninguna de las prácticas empleadas en el cultivo de la cafia 
«n este £stado, difieren tanto las opiniones de lo» propietarios y ad« 
ministradores, como en el punto de riegos, disintieado en la ^poca^ 
forma, extensión que debe correr el agua y apreciación de lo verifi- 
cado. Yaría tanto el criterio de cada uno, que regando todos, lo ha- 
cemos en diferente forma, á diferente distancia y en diferentes 
épocas, pudiendo decirse que sólo hay mas conformidad ea el primero, 
llamado <MÍerUo de siembra: se hace por apantle, siguiendo el orden 
de la siembra, y cuando ésta termina. 

Los regadores cuidan no se troce el surco en algún camellón que 
tenga el agua; al terminar el riego cubren perfectamente la semilla 
y la pisan para que unida á la tierra no tenga facilidad de doblarse, 
forma á la que tiende después de recibir la humedad y al principiar 
su germinación, saliendo su extremo tierno fuera de la tierra, y se 
llama cola de pato; y en la segunda escarda la quita el tareano. 

Siéndome muy difícil extenderme tratando de los riegos, por las 
desacordes opiniones que los agricultores tienen en el Estado res- 
pecto á ellos, me limito á acompañar este Informe con un cuadro de 
los riegos practicados en cuatro suertes, una cuyo terreno de poco 
fondo (seis pulgadas) es arenoso; otra cOn bastante fondo y f ormijida 
de arcilla y arena; otra de poco fondo con tierras negras mezcladas 
con cal¿ y otra cuyo terreno plano y de mucho fondo es arcilloso. 



Bebo hacer eonstar que, después de veinte años de ver cnTtívar 
la caña, me decidí á seguir el sistema que la tabla de riegos indica:; 
intes se regaba por el sisteima generalmente usado; hoy repito do» 
veces mh» el riegc^ hago recorra el agua mayores distancias, y en* 
época que antes se juzgaba inoportuno. 

Para contar con el agua q^e necesito para seguir i»r propósito he- 
disminuido una cua^rta parte de la siembra acostumbrada, y no* 
obistante, lar finca produce una mitad máa que áates, lo que me per- 
9iite decir he logrado con el aiitmento de agua un producto doblef- 
«Jt anterior» 

En terrenos ricos en jugo deben economizarse riegos. 

Después del primero y segundo riego*, donde el terreno no es muy" 
húmedo y el administrador es tímido en el emplea del agua, se dá> 
una mano de coa, llamada escarda ó raapadilla. El operario que 1» 
practica, nombrado tarearM, va corriendo la coa sobre las paredes^ 
del camellón y en la superficie libre del surco, cuidando de no dañar 
el nacimiento de la cafict, en cuyo* sitk) emplea la punta de la herra- 
mienta para cortar la yerba nacida. 

Esta labor se dá con los instrumentos de limpiar la yerba y de*' 
qiuitar una corteza q^ue forma la humedad en la cajia del surco y en 
las paredes del camellón: 

En las fincas del Sur en donde hay mas calor y los terrenos son 
generalxnente mas francos, pe dan cuatro raspadillas; en las situada» 
ál Norte los terrenos conservan mas tiempo la humedad^ y necesita 
dárseles siete ú ocho. 

En las dos primeras escardas se ordena en varias fincas se le» 
ponga cordón; lo qfue ejecuta el tareano, formando á distancia de 
tres pulgadas del nacimiento de la pIantl^ una línea de incisiones 
eon la punta de la coa, ^ue hace aparecer la parte sembrada como 
aislada en el centro del surco. 

El beneficio de raspadilla no presenta dificultad alguna ea sui 
aplicación, por indicarlo al ojo menos práctico, el crecimiento, abun- 
dancia de yerba, á la vez que el desarrollo de la planta. 

La economía de esta lajbor sólo la proporción» la temperatura, y 
por esto, en la§i fínpas del Sur dan cuatro, mientras que en la» al Korte^ 



-97- 

dan siete ú ocho. En las primeras en que la planta violentamente 
crece y se desarrolla, cubre mas pronto con sus hojas el surca é im- 
pide con su sombra el crecimiento de la yerba, necesita pocas manos 
de coa; pero en las segundas, en que la planta crece menos robusta 
j necesita mas tiempo para su desarrollo, dilata más bajo la acción 
del sol el surco y crece por mas tiempo la yerba, haciendo neoesa 
rias mayor número d<:} escardas. 

A los tres meses de sembrada la caña se le da generalmente un 
beneficio de arado, que consiste en pasar dos veces ó tres el del 
país, destrozando en su largo el camellón. 

Cuando el surco es más ancho, se procede en igual forma, pasan- 
do un tercer arado ó vuelta por el centro del camellón, para des- 
truirlo completamente. Esto se practica igualmente en surcada an* 
gosta en algunos terrenos por causa de algún atraso en la planta' ó 
por afición á dar un riego ó dos por el surco, accidentalmente for- 
mado al dividir el camelloni Tanto después de este riego, como 
cuando no se dá, vuelve el tareano á retirar la tierra que el arado 
arrimó al pié de la planta, formando de nuevo y en. el sitio que ocu- 
paba el camellón, operación que toma el nombre de quita tierra, 

A los cuatro 6 cinco meses se repiten las mismas operaciones de 
arados y riegos con tierra^ según lo ya indicado; pero cuando se dan 
estos segundos beneficios se atiende k que si los terrenos del plantío 
tienen declive y el surco siempre ha sido puesto cortando esta in- 
clinación, al quitar la tierra forma el tareano el camellón rozando 
la planta, y si el declive es mayor se aproxima más á ella. Estas 
formas se las conoce por dar media tierra^ ó tierra arrimada. 

Cuando los terrenos son planos, unas veces queda la caña en el 
centro del surco y otras no. Cuando se quiere hacer lo primero, al 
dar quita tierra se hacen los camellones como estaban al sembrar; 
pero sí es conveniente se quede la planta en el camellón, hasta per 
feccionar la obra de los arados, tanto mas perfecta si fueren tres 
pasadas destruyendo el camellón, puesto que el del centro haría se 
aproximase á los pies de la cafía la tierra que de ambos lados le arri- 
mó en las vueltas anteriores. Quedando el pié de la caña cubierto 
de tierra ó encamellonado, da paso á la corriente del agua el sitio 
que ocupó el destruido camellón. Antiguamente se llamaba á la 

13 



. 98 — 

Operación descrita zapatilla 6 sacar la caña del agua; hoy se cono- 
ce por aporcar. 

Llevo dicho que se da dos veces el beneficio de arado, y debo afíá. 
dir que hay algunos que lo dan por tres veces; así como yo no lo doy 
sino una entre los cuatro ó cinco meses de nacida la caña, dejando 
en los terrenos inclinados media tierra que una mano de coa poste* 
rior aumenta, y en los planos siempre dejo la cafia encamellonada; 
pero si al dar el arado, el macollo no ha desarrollado lo bastante, 
dejo la tierra aproximada dos pulgadas á la planta, doy los riegos 
que juzgo necesarios, y cuando el desarrollo se ha ejecutado, hago 
que los tareanos con sus coas la arrimen bien, dejando la planta en 
el camellón, quedando éste achatado con objeto de que el agua empape 
el lugar en que se encuentra el pié de la caña. Algunos dan figura 
circular á la aporcada; pero en este caso el agua corre más profunda, 

Dado el primer beneficio de arado, los regadores redondean la 
suerte componiendo el apantle, tenapantle y achololera que destruyó 
el arado; mas en el segundo, como ya en lo sucesivo no hay que re- 
petir esta operación, se procede á formar el azaciuil^ que consiste eu 
poner un tegido de ramas y tlasol, detenido por pequeñas estacas, 
en el borde de la achololera, donde los surcos terminan y sirve para 
formar un ligero remanso que impide á el agua arrastfar la tierra 
del surco, k la vez que permite aprovechar los enlames que trae el 
agua en la estación de las lluvias. 

Se practican estas operaciones en el mes próximo ó en el que las 
lluvias comienzan, con objeto de preparar los campos para recibirlas, 
y para evitar que interrumpida.s las corrientes aumentadas con el 
agua del cielo, descompongan los camellones; se hace que los rega- 
dores den caja suficiente al apantle de la suerte, que al tenapantle 
se le dé un ancho proporcional, que comenzando pof la entrada per- 
feccionen los surcos levantando el camellón, despojándolo de la yer- 
ba, reforzando las mancuernas, en fin, recorriéndolos todos y en toda 
su esttension para que el agua sin desviarse por alguna mancuerna 
débil, yendo á aumentar la del surco inmediato y dejando sin riego 
la cola ó trayecto que dejó de correr. Estas operaciones se llaman 
cabeceo^ enderezada 6 despacho del campo. 

Son indispensables estas operaciones con los objetos indicados, 



- 99— 

asi como para la forma en que se dan los riegos en esta época, por* 
que estando mancornadas de punta las saertes, principia k dormirles 
el agua; es decir, que los diez ó doce sarcos á que dije ya se llaman 
tendida, permanecen con agua durante doce horas, á cuyo término 
se cambia á la inmediata por igual espacio de tiempo. 

Despachado el campo, se tiene cuidado únicamente de impedir 
que la yerba llene los carriles, de conservar los puentes que cubren 
los apantles y caños ó sangraderas/y sobre todo, mudar el agua á 
las tendidas de las suertes. 

Para estos trabajos se destinan varios operarios con su capitán; 
Uámanse planteraa, á los cuales el administrador ordena, según su 
sistema de riegos, hagan el cambio de las tendidas. 

En esta forma comunmente se practica el cambio: si la suerte 
tuviese doce tendidas, si se desea que el agua las bafie cada seis dias, 
se muda ó cambia una en la mañana y otra en la tarde; si se quiere 
sea cada tres dias, se pondrá agua en dos, mudándolas en iguales 
horas, y si se pretende que un dia s( y otro no tengan riego, con po- 
ner tres se conseguirá el objeto. 

Estos riegos se continúan hasta quince, treinta ó mas dias antes 
de dar principio á la recolección, según la clase de terreno, atendien- 
do á que en este espacio se consolide el suelo y tengan menos difi- 
cultades las carretas para cruzar sobre él al conducir la caña cor- 
tada á la finca. 

Hay veces que con objeto de anticipar ó violentar la madurez, se 
retira anticipadamente el agua á la caña. 

Cuando el plantío está en sazón, ó antes si las circunstancias lo 
exigen, se principia la recolección de la caña, comenzándose comun- 
mente en Diciembre. 

El corte lo efectúan los macheteros, llamados así por el instru- 
mento de que se sirven; la forma peculiar de los mctchetea es de un 
puño cilindrico, del que se desprende una hoja ancha de forma de , 
gancho ó garabato muy cortante: la punta en semicírculo se llama 
gavilán. 

Vigila el segundo acompañado de un guarda-corte este trabajo, 
y señala k cada machetero diez surcos, para que siguiendo su direc- 
ción corte la caña que su espacio contenga; les recomienda que 



-100- 

medida que avancen limpien el espacio indicado llamado ¿tichaf reu- 
niendo en cierta porción de él el tlasol/ que el corte lo hagan al ras 
del terreno; que al despuntar, ó separar el zacate, no dejen unido á 
él uno ó algunos cañutos formados de la caña, ni que a esa dejen la 
parte tierna del cogollo ó zacate. 

Difíjpilmente y con grandes disgustos se conseguía antes la limpia 
de la caña, tan conveniente para que al molerla no se hagan botones 
en el trapiche con. el tlasol que lleva adherido, así como para que 
éste no absorba una parte del jugo. Hoy que se ha introducido en 
casi todas las fincas el uso de la báscula, se ha mejorado; pero queda 
aun mucho que desear. 

El segundo, reparte los viajes que debe cortar cada machetero, y 
cuida que los carguen con regularidad, les carguen su caña los carre- 
teros que para conducirla se destinan; hace que no quede caña cor- 
tada en las suertes que va terminando.* para este servicio se destinan 
cuatro muchachos que acompañan los carros, levantando la caña que 
al caminar cae en la suerte ó en el camino á la tinca: se llaman 
pepenadores; los vigila el gibardacamino ó los capitanea de carreta- 
9ierQ8; estos subalternos de la administración están encargados de 
buscar los conductores suficientes á la dotación de carros; de cuidar 
no estropeen las muías y bueyes en el servicio; de turnar ayudando 
al carretonero que le toca, á conducir el maíz á los pesebres para la 
manutención de los animales; de hacer que el hatero cure los ani- 
males lastimados, y en fin, de hacer que salgan temprano al trabajo. 

En el corte se ponen j untadores de zacate y se destinan carros 
que lo conduzcan á la finca, pues como dije al hablar del destronque, 
se emplea. para la manutención de los animales de la finca 

Las carretas aquí usadas son ligeras y tiradas por cinco muías, 
dos de tronco en las varas y tres de guías; en los lugares pantanosos, 
pedregosos ó difíciles, se ayudan con yuntas de bueyes llamadas 
botoneras. 

El conductor de las carretas es nombrado carretonero: enguarnece 
entre cinco y media y siete de la mañana; pésase en la plataforma 
de la báscula con carro y tronco para conocer la tarea y se marcha 
cU corte: le dice el segundo el nombre del machetero donde debe 
cargar, coloca el carro h distancia conveniente de la caña cortada 



— 1«1— 

por el nombrado, se sitúa sobre la rueda á horcajadas, apoyando tm 
pié en la maza y el otro en la vara, se vuelve hacia el machetero, 
quien levanta en brazadas regulares la cafia, poniéndola, horizontal 
á la altura de su cabeza, se inclina un poco el carretonero, la tomSi 
«on los brazos paralelos, la suspende, se yergue, da media vuelta y 
la arroja al fondo del carro, quedando sus puntas con dirección al 
tiro y la otra hacia la testera, parte descubierta por donde se des- 
carga. 

En esta forma sigue llenando el carro hasta, sus bordes ó sean los 
tendales, echa unas brazadas sobre el cerrador de adelante y otras 
sobre el del descargue; pone mas caña en la parte delantera ó en el 
medio para equilibrar él peso; como su. volumen aabre¿iale de la aU 
tura del carro, se le llama colmo j clava en el centro y á los lados 
unas cañas que nombra estacas y ata con una cuerda 6 recala el colmo, 
quedando a^ listo para dirigirse á la íinca; camina hacia ella, pesa 
en la báscula el carro en la forma antes dicha^ dice al dependiente 
encargado de ella el nombre del machetero que cortó, la suerte donr 
de fué cortada y el suyo: dirígese k descargar junto á la puerta del 
trapiche: lo verifica soltando una reata que tiene atada en el carro 
en forma de estrella en la parte testera y descubierta; levanta ja 
cinta de madera llamada cerrador^ puesta sobre los tendales y en la 
que se sujeta la parte superior de la estrella; suelta los bragueros ds 
tumbar^ que son dos cuerdas fijas por un extremo á la vara situada 
entre el tronco, y por el otro extremo que pasa bajo los brazuelos 
de las muías, sujetadas á la vara de afuera, para que el peso de las 
muías no permita que con el movimiento al caminar se levanten 
las varas, y perdido el equilibrio del carro, haciendo su armazón 
juego en su punto de apoyo que es el eje, se vaya, en forma de ba* 
lancin, el viaje hacia atrás de cuyo sencillo mecanismo se hace uso 
para descargar la caña. Una vez caída la caña, torna á su posipion 
el carro, el carretonero, auxiliado por el alzador, que es el operario 
que la lleva del lugar en que cayó al trapiche, colocándola 6n un 
sitio llamado cañera El carretonero ata los bragueros y estrella, 
regresando al corte tantas veces como viajes tiene señalados por ta- 
rea; esta varía según la distancia á que está el corte, abundancia de 
macheteros ó exigencias de la zafra. 



El alzador conduce la caña descargada levantándola á brazadas 
que miden bus fuerzas y poniéndola sobre un hombro la lleva al ca- 
ñero, donde la coloca horizontal mente y por grados la eleva en forma 
de un plano inclinado á la altura que los tejados permiten; siendo 
curioso verlos con cuanta agilidad trepan cargados, y sólo la cons- 
tante práctica puede hacer coloquen de tal manera la caña, que la 
superficie inclinada sobre que caminan no tenga movimiento con su 
peso, permitiéndoles escalar su altura. 

Tanto el machetero como el carretero y el alzador, hacen su tra> 
bajo por tarea y tienen su respectiva boleta en la que el dependiente 
de la báscula pone las cantidades que cortan, conducen y alzan. El 
importe de sus respectivos jornales los satisface el purgador los sá- 
bados en la tarde; igual pago hace en dicho dia á los dependientes, 
mayordomo, capitanes, A;., k. 

La gente operaría ocurre los martes al anochecer á recibir lo que 
llaman socorro, y que equivale á una cantidad un poco mayor que 
el jornal que ganó el lunes. 

Si se desea cultivar zoca ó caña de 2^ año, se quema el tlasol que 
queda en la suertes cortadas; terminado el fuego, se les pone agua; 
los regadores que lo ejecutan reconstruyen el surco en las partes 
que ha sido maltratado por las carretas, lo limpian subiendo al ca- 
mellón las cenizas y puntas que habiendo quedado con zacate no se 
quemaron bien, y en fin, arreglan la suerte para que el agua corra 
sin tropiezos. 

Guando se han dado uno ó dos riegos, se acostumbra á dar es* 
carda 6 arado: si se da la primera labor, se procura echar la tierra 
sobre el camellón; si se emplea el segundo, se procede en todo como 
sí fuer» plantilla. 

Dado este beneficio, se acostumbra abrir nuevamente regaderas 
para que los beneficios se den por apantles. 

Las necesidades del terreno y la planta determinan las siguientes 
labores de coa y arado, procediendo en la forma que al cultivar la 
plantilla se siguió. 

El que esta escribe, después de quemada U suerte, acostumbra 
tegar de punta, y en esta forma da todos los riegos siguientes, y como 
al despachar el campo deja la caña encamellonada, limítase k bene* 



—103— 

ficiar la zoca con cuatro ó cinco manos de coa; en cada una de ellas 
procura se arrime la tierra al pié de la planta. 

En los terrenos muy ricos del Estado suelen darse tres cortes á 
la cafía. 

Algunas veces en los plantíos se presenta un desarrollo exhube- 
rante, que si no es propiamente una enfermedad, si es causa de que 
4in campo sufra un considerable quebranto, debido á que echándose 
h3 acostándose muy temprano, entorpece el paso del agua para la 
^atención general de la suerte; además, las yemas 6 botones que re- 
posan sobre la tierra germinan, y faltos de transpiración abortan, 
"enraizando únicamente; el ratón troza muchos cañutos de la planta, 
y todas estas circunstancias producen que los jugos se descompongan 
y den malas clases de azúcar. 

Para detener este mal, ya que impedirse no se puede, hasta cierto 
punto, se pone con menor frecuencia agua, y se procura al terminar 
el cultivo, dejarla bien encamellonada. 

Algunos para impedir que la caña echada, entorpezca las corrien- 
tes de los apantles y achololera, así como el tránsito por el carril, 
la levantan, deteniéndola con unos carrizos horizontales, que sus- 
penden atándolos k otros, puestos de distancia en distancia, como 
estacas: llámase á esta operación, latear. 

Guando en los terrenos ricos la detención de riegos es e:!tcesiva, 
la planta se cria débil en su base, y á la llegada de las aguas, que la 
humedad no está á medida del agricultor medroso, desarróllase la 
cafia en su parte alta; esto hace que al impulso de los vientos se 

acueste^ vencida la parte delgada por la robusta ó frondosa, produ- 
ciendo con su cafída los males indicados, y además una pérdida en 
gtosor y crecimiento. 

Estas consideraciones rae hacen no detener el desarrollo de los 
campos, sino en casos muy especiales. La caña de azúcar, cuyo des- 
arrollo parece efectuarse formando cañutos al crecer, padece un 
quebranto en ellos, cuando por falta de riego, carece el terreno de la 
humedad suficiente k dar vida á la planta; y así se observa que, 
cuando por descuido, temor ó falta de brazos, dilata más dias de lo 
conveniente de uno k otro riego, el cañuto, aunque no se ve, ha de- 
bido formarse durante esta época, falto de tamaño ó robustez, que- 



—104- 

dfflndo k su circunferencia, pegadas las hojas, prematuramente' secssv 
que lo rodean. 

Este estado de la caña recibe aquí el nombre de encahonada por 
resequedad. 

Si la persona que dirige los sembrados no califica bien la circuns-^ 
tancia anterior, le sucede que, como al recibir humedad la planta 
falta demasiado tiempo de riego, cambia de pronto el color de lacr 
hojas verdes que tiene al pié, en amarillo; con estas indicaciones cree 
qu« el agua que dio como remedio á la planta, la ha perjudicado, y 
vuelve á detener, demorando por tiempo mayor, los riegos; y como» 
cada uno de los quer aplica produce las mismas manifestaciones, \& 
hace suponer está la caña enferma, y trata de remediar dando una 
mana de dos arados^ después de ello da un riego con tierra, la deja^ 
asolear, con objeto, según se dice, que se caliente; dan quitatierra y 
repiten el riego. Otros dan dos riegos con tierra. 

El que da dos riegos con tierra, como estos han sido verdadera- 
mente de anego, la tierra conserva por mucho tiempo la humedad,, 
y á la planta se le ve tomar nuevo vigor. El que da un riego sin re- 
petirlo cuando la tierra está algo oreada, no consigue su objeto coma 
el primero. 

Guando la planta ha sido detenida por el temor, el que da un rie- 
go, como el que da dos en el curso del cultiva, volverán á incurrir en: 
el mismo mal, y á na tener terrenos muy ricos ó feraces, siempre' 
levantarán campos poco desarrollados. Ahora bien.* este eakon apa- 
rece aunque los campos hayan sido suficientemente atendidos de 
agua, cuando han sida sembrados de mediados de Julio á mediados 
de Septiembre, debido á que en Diciembre y Enero la temperatura 
es muy fria para la caña, la que teniendo cuatro ó cinco meses á& 
edad, ha comenzado á formar sus cañutos y en ellos experimenta el* 
misHK) efecto que la temperatura dicha causa en las cañas sembra- 
das el año anterior, es decir, la llamada Tnadurez; mas como esta 
madurez es prematura en la planta que se está cultivando, sufre una 
detención en su desarrollo, pierde muchos de sus hijos ó macollos y 
presenta á la vista los caracteres que indican la resequedad; circuns- 
tancia que hace á muchos confundir estos respectivos estados, obli- 



—105— 

gándolos k emplear sin fruto los beneficios que acostumbran dar á 
ios terrenos resecos. 

En la hacienda del PuenJ^e hago llevar una nota precisa de los 
riegos que se dan; á ella recurro cuando me parece ver que la planta 
padece por falta de agua, y su indicación me sirve para aminorar la 
distancia de uno á otro riego; esta circunstancia frecuentemente me 
ocurre por tener terrenos muy accidentados, en cuyas partes altas 
necesitan un riego intermedio de dos que reciben los bajos. Par^ 
determinar en esto, recuerdo el estudio que hice sobre los barbe- 
. chos, de la humedad que las lluvias les producian, y en los surcos las 
imperfecciones que pudieron haber sacado en su declinación, y así 
riego con mayor ó menor frecuencia; pero no varío el cultivo con 
otros beneficios que los regulares. 

Cuando el frió produce en mis campos la detención de la planta, 
espero únicamente lá temperatura templada para regar ^or tendidos 
y dar al terreno unA humedad siempre igual, y conseguir de esta 
manera aumente el desarrollo al par que el macollo. 

La resequedad de un campo puede ser producida por la demasia- 
da declinación del surco; y entonces como no puedo prometerme 
corregir su imperfección, aminoro el mal obstruyendo la corriente, 
poniendo de distancia en distancia algún obstáculo al paso rápido 
del agua, ó doy un corte al surco superior, uniéndolo al inferior diá 
gonal mente, para que detenida la corriente en este, séale forzoso 
desaguar en el superior, y el remanso producido quite la violencia á 
la caída del agua. Estas uniones, al trozar el surco por defectuoso 
en su inclinación, se conocen con el nombre de svhidas y las empleo 
igualmente, pero en sentido inverso; cuando en el surco quedan al- 
gunos lugares en que el agua se detiene ó empoza, para darle. co- 
rriente, y las llamo tuníhas. 

Si estas operaciones las he practicado antes del arado, como «e 
destruyen á su paso, vuelvo á repetirlas antes de dar el riego. 

Hay otro mal que se llama calzón, por humedad ó aguachinarse 
la cafía; las más de las veces me ha parecido dar equivocadamente 
este nombre al ya citado de resequedad ó madurez anticipada; pero 
existe realmente, y es producido por la mucha humedad ó ciénega 
en los terrenos, ó la surcada se ha puesto con mucho peso, y k veces 

14 



- 106— 

«in poderlo evitar, cuando la suerte no ha sido bien aplicada: para 
remediar esta circunstancia, se procura hacer el riego méts ligero, lo 
<iue se consigue después del riego de asiento, y arlando la forma, es 
decir, en vez de principiarlo por el primer apantle y el primer surcó, 
se recorta la regadera mas próxima á la achololera y por ella se riega 
^\ último surco; cuando salió, se tapa, toma el agua el penúltimo, y 
«sí sucesivamente se riega el último apantle: de igual manera se 
practica en las regaderas intermedias, hasta llegar al apantle que 
toma agua del tenapantie. 

Aunque á primera vista parece y efectivamente lo es, que cuanto 
mayor trayecto recorre el agua es mas la humedad que produce, 
también es que, frecuentemente, la continuación detenida de laa 
aguas en las regaderas, suele producir mayor mal. con las humedades 
que causa, y en vista de esto, por mi parte, procuro, á medida que 
la planta brota y el calor aumenta, ir alargando los riegos; y aun 
cuando vea hay tiumedad en el terreno, en cuanto noto que en 
el lugar donde está depositada la semilla, se orea, procuro repetir el 
i^ego, y tengo para mí que en una temperatura de 27 á 30* se pue- 
de con confianza aplicar el agua con frecuencia. 

Algunos afios llega k helar ligeramente en el Estado en los luga- 
res en que se cultiva la cafia, notándose heladas mas fuertes en laa 
liaciendas situadas al Norte y Oriente, acaso en las últimas por la 
proximidad al PopocatepetL 

Guando, por las indicaciones del tiempo, se teme este mal, los 
administradores cautos procuran reunir algunas yerbas ó ramazones 
•en los carriles del campo nuevo, con objeto de que cuando el peligro 
está próximo ó parece seguro, se incendian en las altas horas de la 
noche, y con el fuego y humo se disminuye el mal. 

Si cae hielo en las plantas nuevas, quema sus hojas: si esto ha 
lido de consideración, se cortan con una hoz ó cuchillo, hasta donde 
han sido perjudicadas, y luego que es posible, se dan dos arados, 
continuando el cultivo como de costumbre. 

Las plantas grandes 6 del año anterior, resisten mas la helada; 
pero cuando llega á dañarlas, si es posible, se cortan, y si no, se les 
aumenta agua. 

En las haciendas que disfrutan una temperatura mas caliente y 



— IW— 

los terrenos son mas franeos, suele aparecer eh gusano, sobre todo 
en algunos campos y suertes que parecen propensos & producirlo. 
Para evitar su aparición, es preciso mayor atención en tener con 
suficiente 7 regularizada humedad el terreno; y si llega á aparecer 
por un descuido, algunas veces independiente de la voluntad, es 
preciso redoblar la regularidad y atención de los riegos, así como 
dar dos arados y dos ó más riegos con tierra. 

En los meses de Diciembre y Enero suelen caer algunas lloviznas, 
ó cuando menos aparecen nublazones ó cerrazones, en cuya circuns- 
tancia es conveniente que en campos con suficiente humedad, se dé 
mayor dilación que la ordinaria á la repetición de agua; pero si el 
plantío está reseco cuando caen, debe observarse con mucha atención 
y dar riego, para impedir la especie de fermentación que producen 
k la planta las humedades que dichas lluvias dan al terreno; y si 
caen cuando se acaba de regar un terreno plano y húmedo, es pru- 
dente anticiparle mano de coa ó arado. 

Hago constar que en la nota de riegos que acompaño, la menor 
frecuencia que indican los meses ya dichos, no es debida á la causa 
que acabo de referii*, sino k la falta de regadores que la pizca ó co- 
secha del maÍ2 distrajo de mi fínca^ pues que en el afio no ha llovido 
desde Noviembre hasta Junio. 

Guando los terrenos son excesivamente húmedos, se ha procurado 
sanearlos con cafios subterráneos hechos de piedras, tejas grandes 
y ladrillos; en la actualidad la hacienda de 2#acatepec de la propie- 
dad del Sr. D. Alejandro de la Arena y administrada entendida y 
diligentemente por el Sr. D. Felipe Buiz de Yelasco, ingeniero 
agrónomo, recibido en el Instituto de Agricultura de Gembloux en 
Bélgica, propiedad y dirección del Estado Belga^ emplea, hace al. 
gunos años, el drenaje para desecar sus terrenos. 

Permitiéndome manifestar lo que opino, expongo que todas las 
fincas que tengan terrenos de fondos planos y húmedos, deben sa. 
nearlos por el sistema que emplea' el Sr. Jtuiz de Yelasco, porque 
á la vez que vencen las dificultades que para cultivar la caña en 
ellos tienen, obtienen un aumento en el producto de una sola siem. 
bra que remunera el costo; y se comprende, puesto que jpara el buen 
desarrollo de la planta se necesitan terrenos permeables que penni* 



— 108— 

taq repetirse seguidamente los riegos. En comprobación de lo que 
expongo, diré que, por hacer una experiencia, ha puesto en terreno 
permeable, agua durante doce, horas, desde que la cafia tenia seis 
meses de edad, cambiando las tendidas alternativamente por el mis- 
mo espacio de tiempo, y he obtenido magnificas plantas. 
' Cuando la finca se ve contrariada por los elementos y otras cau- 
sas que le produzcan atraso en sus labores, debe modificarlas y apro- 
vechar alguna holgura para continuar las que tuviere atrasadas, 
evitando ctín la mayor atención hacer labores defectuosas; y aun 
cuando la siembra no la termine en Diciembre sino en principios de 
Marzo inmediato, puede prometerse buen resultado, pues atendida 
con la mayor puntualidad, como la favorecen cuatro meses de calor, 
son suficientes para que la caña cierre según lo tengo experimentado. 

Por abandono ó presunción no debe dejarse de llevar nota de las 
labores que diariamente se practiquen en los campos, porque son un 
consultor para resolver dudas, muy útil para el que quiere adelantar 
y afirmar sus juicios. 

Debe meditarse al hacer variaciones en el cultivo acostumbrado 
en cada finca, asegurándose primero con pequeños experimentos, del 
resultado de la innovación, para no aventurar los resultados de 
una zafra. 

El agua aplicada á los sembrados en forma conveniente y opor- 
tuna, asegura la cosecha, asi como la buena surcada y la siembra 
hecha con semilla tierna. 

No debe sembrarse mas caña que aquella á que los elementos de 
la finca pueden atender oportuna y convenientemente. 

Una misma suerte me ha producido, mal preparada y mal cui<^ 
dada, dos, por ejemplo, y bien atendida, seis. 

No he hablado de resiembras porque no hay lugar á ellas em- 
pleando semilla tierna, teniendo bien preparado y surcado el terre- 
no; más en casos fortuitos se necesita, y entonces con labor de mano 
8e rompe el terreno y se repone la semilla donde falta 6 se hubiera 
dciñado. 

El cultivo de la cafía fué planteado aquí por los españoles com- 
pañeros de.D. Fernando Cortés; su hijo D. Martin fundó la finca 
que - hoy conservan sus descendientes en explotación y que se en- 



—109— 

QUentra situada como á tres mil varas al Orienté de esta Oiiidad dé 
Ouernavaca. 

He querido dar una idea de lo que aquí se hace en el cultivo de 
la cafia, para que se observe la variedad que hay con lo practicado 
«en otros lugares de la Hepública, y aun diferente de lo que en la 
misma España se usa, que fué de donde nos vino el conocimiento de 
esta planta, porque allí sufrió iQtermitencia su explotación, mientras 
aquí ha continuado, aunque poco á poco. 

Los diferentes climas requieren diferentes tratamientos en la 
aplicación del agua, preparación de terrenos, época y forma de siem- 
bra y cantidad de tierra que debe cubrir la caña; por eso es conve- 
niente saber lo que en otros lugares se practica, para cuerdamente 
experimentarlo. 

■ ■ • ■■» I 

Suerte de Santo Tomás. 

Campo 9b Ti«axala. 
Tierra areillosa de fondo con mezcla de a/rena. 

ÍKm. Um»«8, Años. Üiegott Núfntriofi. Esoa/rdat, Númer^ 

18 Octubre . 1883 Siembra. 

18 II II Asiento de siembra. 1 

23 II II Raspadilla 1 

26 11 II De un apantle. .... 2 

3 Noviembre ti De dos apantles ... 3 

7 H ti Parcial 4 

13 II II De dos apantles.... 5 
16 it II Parcial. 6 

24 II II EaspadiU^ 2 ^ 

19 Diciembre n De dos apantles 7 

5 M II Parcial 8 

11 II II Dedos apantles... 9 

14 it it Parcial ip 

20 II tt De cuatro apantles. 11 ^ 

* * * _ 

22 II ti Raspadilla 3 

^24 H ti De cuatro apantles. 12 ' 

28 fi tt ídem ídem ídem.,.. 13 



-lio— 

DAm; M4§e§, Afíúi, Biegoi, Númerút. Aeardat^ Númerm* 

3 Enero 1884 De cuatro apantles. 14 

5 if II Parcial 15 

8 II ir De cuatro apantles. 16 

11 H II ídem Ídem Ídem.... 17 

14 I»' n Parcial 18 

16 i« tt De cuatro apantleSbr 19 

18 n II Raspadilla 4 

19 if fi De cuatro apantlesr 20 
23 II II ídem idem idem..^. 21 

26 ir ir Parcial 22 

29 %\ II De cuatro apantle& 23 

19 Febrero (1) n ídem idem idem. . . 24 

5 it II ídem idem idem. . . 25 

7 II II Raspadilla 5 

10 ir n Asiento de arado.... 26 

14 II II De cuatro apantlies. 27 

16 ,r II Por mitad 28 

19 ir II ídem idem. .* 29 

23 11 rt Quitatierra 6 

23 II II Por mitad 30 

26 II II ídem idem..., 31 

19 Marso' n Ídem idem 32 

4 11 n ídem idem. 33 

6 •» II Parcial 34 

8 11 ri Por mitad 35 

10 II ri Parcial 36 

11 II II Por mitad 37 

14 (» II ídem idem. 38 

17 I» 11 ídem idem 39 

SI »i ti ídem idem 40 

24 II II ídem idem 41 

26 II II ídem idem 42 

29 II II ídem idem 43 

(1) £1 dia 8 S6 le did el arado con orejera y no habiendo desarrollado bastante 
«t maoolloi Ae le did coa. 



iHat, üetta. 


AlUn. 


30 


II 


Zl M 


if 


1 y 2 Abril (1) 


M 


6 


M 


•9 


II 


12 


H 


14 .1 


f1 



• —111— 

RC¿^9i, Números. Eiearduts, Jíúmerm, 

Por mitad. . ,.. ..... 44 

ídem Ídem . . Baspadilla 

Parcial 45 

De punta 46 

ídem Ídem 47 

ídem ídem 48 

De punta y duerme. 49 



Suerte de San Enrique. 

Oampo de la Capilla. 
Terreno arcilloso. Plano. 

JHat, M$9$é\ Año». Bisgoi. Kúnuro§, Xatardoi. Númmti 

27 Octubre 1883 Siembra. 

27 n tt Asiento de siembra. 1 

9 Noviembre if De un apantle. .... 2 

1$ 1t M 

21 II M De dos apantles.... 3 
13 Diciembre n ídem ídem 4 

15 H « Baspadilla 1 

17 II «I De dos apantles ... 5 

22 II f I Parcial 6 

24 ti II De dos apantles.... 7 

31 if fi ídem idem 8 

4 Enero 1884 |Baspadilla 

5 II 11 De dos apanües 9 

11 it II ídem ídem.. 10 

17 II 11 ídem idem 11 

26 II II ídem idem 12 

29 if ft Parcial..., 13 

1 P Febrero n De dos apantles ... 14 

4 11 II , Baspadilla 

ti) Se despachó de sus beneficios el día 20 de Julio; sacó seb tendidas, cam* 
biindose el agua á las dos. 



—112—- 



ÍHat. 


Meses. 


AHw. 


6 


Febrero 


1884 


11 


II 


11 


16 


tr 


II 


20 


it 


11 


25 


ti 


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26 


II 


II 


\? 


Marzo 


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7 


11 


II 


8 


II 


II 


11 


ir 


it 


15 


II 


ri 


20 


it 


II 


24 


II 


11 


28 


II 


II 


29 


II 


II 


\9 


Abril 


II 


5 


ir 


II 


7 


ir 


II 


9 


ir 


• II • 


11 


ir 


II 


13 


II 


II 


15 


IV 


11 


17 


ir 


II • 


19 


ir 


II - 


21 


II 


II ' 


23 


ir 


»i 


26 


II 


II ■ 


28 


ir 


II - 


2 


Mayo (2) 


II 


4 


ti 


tt 


6 


II 


II 



Biegos. Númtrot. Escardas.. 

De dos apantles .... 15 
ídem Ídem 16 

ídem Ídem 17 

Asiento de arado... 18 



íiümeros:^ 



Quitatierra 5 {1} 



Raspadilla 7 



Por mitad 19 

ídem ídem 20 

ídem ídem 21 

Por mitad 22 

ídem ídem ^. 23 

ídem ídem. ....... 24 

ídem ídem 25 

De pttiita 26 

Parcial 27 

De punta 28 

ídem ídem 29 

DepñTita 30 

Idemidem 31 

ídem ídem 32 

ídem ídem 33 

ídem ídem 34 

ídem Ídem 35 

Idemidem 36 

ídem ídem 37 

Idemidem 38 

Idemidem 39 

ídem ídem '40 

ídem ídem 41 

De punta y duerme. 42 



(1) Dada con orejera, perfecdionando c6n coa, para encatnellonar la caña. 

(2) Se despachó de sus beneficios el día 17 de Julio: naco diez y nueve tendidas, 
caniliíáñdose elagíia á las cinco. 



113 



Suerte de San Nicolás. 

Campo db Tlaxala. 
Tierra arenosa delgada^ de seis pies de fondo, 

Dieu. Me—i. Añw. RUgo»^ N-úmeros. Bicardat. Número 

11 Octubre 1883 Siembra. 

11 11 II Asiento de siembra. 1 

19 II (I De un apantle 2 

25 fi M Dedos apantles... 3 

27 «I II Raspadilla 1 

30 M II De dos apantles 4 

I 6 Noviembre u ídem ídem idem ... 5 

10 11 II Raspadilla 2 

11 II it Dedos apantles... 6 

13 II if ídem idem 7 

16 it •( ídem idem 8 

30 II (1) M ídem idem 9 

4 Diciembre n De cuatro apantles . 10 

6 II II ídem idem idem 11 

11 II II ídem idem idem. .. 12 

15 II II Raspadilla 3 

18 II it De cuatro apantles. 13 

21 M II ídem idem 14 

26 11/ II ídem ide.m 15 

31 II II ídem idem. ....... 16 

2 Enero 1884 Parcial 17 

4 II II Raspadilla 4 

5 II II De cuatro apantles. 18 
8 »t II ídem idem 19 

lili II ídem idem 20 

14 M II ídem idem 21 

17 II 11 ídem idem 22 

19 ti . II ídem idem... 23 

22 II M ídem idem 24 

24 .1 I, Parcial 26 

26 II II .. Quitatierra5 (2) 

29 II 11 Asiento de arado. ^.. 26 



(1) Demorando el riego por falta de brazos. 

(2) Arrimada de un lado inmediatamente después de arado. 



15 



nica. 


Meut. 


2 Febrero 


5 




7 




12 




16 




1^ 




22 




26 




28 




29 




3. Mam, 


5 


II 


6 


II 


8 


II 


10- 


II 


12 


II 


14 


II 


17 


II 


19 


II 


21 


II 


23 


II 


27 


II 


28^ 


II 


29 


II 


31 


M 



—114— 

Año*,, HútQM. Números. EneardM. Númerog. 

18«4 Por mitad 27 

II Ideaii ideal!. ...... 28 

II ídem Ídem 29 

ir ídem Ídem 30 

II De punta 31 

II ídem ídem. 32^" 

II Idemídem,, , 3^ 

11 I4eiaidem 34 

„ , . . Baspadilla 6 

M Da punta^ 35 

II ídem ídem 36 

II ídem. idam. ....... 37 

II Parcial ^^ 

II De punta 39 

II ídem ídem. 40 

II Parcial 41 

I» De punta 42 

it ídem ídem 43 

II Parcial. 44 

II De punta 45 

II Idém idém 46 

II Idém ídem 47 

,1 Raspadüla 7 (1) 

II De punta 48 

II De punta' 7 duerme. 49 



4 Octubre 
4 

12 
17 
20 

30 

5 Noviembre 



Suerte de la Viieaiim; 

Campo de la Tbjonkra. 
Tierra negra delgada, con mezcla de cal. 

AHfi^ Bi90». Núvmro». EteardOM. Númtfoi^ 

1883^ Siembra.' 

Asiento de* siem^pa. 1 ' 

De un< apantle 2 

„. Raspadilla 1 

De dos apantlé&i ... 3 

ídem idem«. . . ^ 4 

ídem ídem'.. 5 

Parcial 6 



II 
II 



li- 
li 
II 



(1) Se despachó de sus beneficios el dia 12 de JuUó; saco 10 t mdidas, cambian- 
el agua á las cuati-o. 



- 115— 

Dioi, M€Mt. Aho», Riego». Húm&ros. Emsarda». Númeri». 

8 Noviembre m De dos apantles — 7 

10 M fi , Raspadüla 2 

14 II M Dé dos apantles 8 

20 11 fi ídem ídem 9 

1 P Diciembre n De^cuatro apantles. 10 

7 11 II . , Raspadüla 3 

13 II II De cuatro apantles. 11. ^ 

1(8 II II ídem idem.. ..... 12' 

22 M II ídem idém 13 

26 11 II ídem idem. 14 

29 it II Raspadüla 4 

5 Etiero 1884 De cuatro apantles. 1^ 

7 II '• ídem idem 16.^ 

9 11 it ídem idem 17 

12 II «I ídem ideiái 18^ 

15" II ij ídem idem: 19 

24- II II .^ :. Qaitatierra 5 

25 II II Asiento de arado... 20 

30 ,11 <i De cuatro apantles. 21 . 

3 Febrero n Por mitad 22 

5" II II láera idem^ 23*' 

8 m" II Idemidfem 24^ 

li- 11 II De, puntal ........ 25 

15 M 41 ídem idem 26^ 

17 II II ídem idem 27 

ál „ ff ídem idem. 28 

23 'ii « ídem idém.. 29 

24 M 1' Raspadilla 6 ' 

26 II 1' • De punta. 30, 

28 II 41 ídem idem 31 

3. Marzo m ídem idem 32 

6' II 11 • ídem idem' 33^ 

8' H ti Idiámidem. 34 

10 II 11 ídem idem 35' 

13 it II ídem idem 36 

15 « M ídem idem 37 

if „ II ídem idem SS 

20 1. II De punta y duerme. 39 

5AbrU(l) it Raspadüla 7 

(1) Se despachó de sus beneficios el dia 2 de Julio; saco dos tendidas, no cam- 
biaiidoBe el agrua por no haber bastante. 



116- 



OBSERVAOIOm 



Para terminar el conjunto de datos propios y de nuestro distin- 
guido amigo el Sr. D. Ramón Portillo 7 Gómez, creo deber advertir 
á mis lectores, que el agricultor cañavero se encuentra muchas veces 
en circunstancias que no le permiten conseguir el estricto cumpli- 
miento de las reglas de práctica y de tecnología aunque sean muy 
prudentes y muy sabias. En este caso es preciso inspirarse en la ob- 
servación y los constantes detalles de todos los dias deben dirigir su 
criteiio para conocer las modificaciones que debe introducir en las 
operaciones de labranza; pero, nunca, en ningún caso, deberá decidir 
una operación, sin previa justificación apesar de algunos datos con^ 
vincentes. Debo, pues, recomendar la mas exquisita prudencia k los 
agricultores; su negociación se apoya en dos bases serias: la tecno- 
logía y la experiencia, que se completan la una con la otra. Así, pues, 
si ocurre que alguno de tantos consejeros, demasiado celoso, pretendo 
tener razón en sus opiniones, es bueno principiar por averiguar lo 
que puede saber esa persona, después cuáles son los resultados que 
obtiene ó ha obtenido cuando ha estado en plena libertad de obrar á 
8U g,u8to. Oon estas dos premisas, se comprende que un buen con- 
sejo pueda ser emitido por un ignorante ó una persona inexperi- 
mentada y que no se deba rechazar una idea de antemano, á menoa 
que no sea enteramente ilógica y contraria á la práctica. 

Entonces se tiene ya, para comprobar ó ensayar esa idea, los in- 
formes que se adquieren en los conocimientos generales de agricul- 
tura, en la composición física y química del terreno que se va á^ 
trabajar. Si se coordinan racionalmente todas las consideraciones^ 
^jne de hay se derivan, es muy raro, por no decir imposible, dejarse^ 
alucinar y cometer errores de cierta gravedad. 



SEGUNDA PARTE. 



pluviometría 



DEL 



ESTADO DE MORELOS. 



(HACIEIA DE-ZACATEPECJ 



meteorología y Fim 

agrícolas. 



I * 



—117— 



Influencia de las lluvias sobre las cosechas 
ó recolección de la caña de azúcar. 

La pluviometría es una de las observaciones meteorológicas cuya 
importancia científica aumenta por la utilidad agrícola que resulta. 

Hemos afiadido á los datos pluviométricos de la Hacienda de 
Zacatepec, todos los demás concernientes á la meteorología que nos 
han parecido necesarios, pues la coordinación regular de estos valo- 
res constituirá para cada localidad, una historia meteorológica cuyo 
estudio será siempre muy interesante é instructivo considerándolo 
bajo el punto de vista del régimen de las lluvias y de los otros me- 
teoros en los campos y de su acción sobre el cultivo de la caña. 

En principio, puede asegurarse, que la lluvia, es, en los climas 
tropicales, uno de los principales factores de la producción de las 
cosechas. En nuestro país, la temperatura no tiene fluctuaciones 
muy irregulares, al contrario se mantiene en límites próximamente 
iguales. La suma de calor recibido puede, sin gran error, conside- 
rarse igual anualmente. 

Dé esto se deduce que el exceso de cigtm, destruye la relación ven 
tajosa k la vegetación, que debe existir entre el calor y la humedad, 
domo también la escasez pone á la cafía en lucha con uh elemento 
cuya acción se ejerce en todo su poder, no teniendo el correctiva 
inmediato de las aguas meteóricas y perecería sin el auxilio 'de los 
riegos. 

La acción combinada del calor solar y de la humedad, pi*oduce la 
exhuberante vegetación que reina en nuestras haciendas. Si el maíz, 
el trigo y otros cereales, pueden en ciertos puntos dé nuestro país^ 
concluir en algunos meses el ciclo de su vida normal, dar dos cose- 
chas por afío, hay que atribuir este resultado k las mismas causas, 
excesivo calor, humedad regular. 

La reunión de los datos que damos en buestras notas meteoroló- 
gicas, permite observar con claridad una de las causas de la varia- 
ción del resultado obtenido. ^ 

16 



—118— 

La nmltíplicacion de estas evaluaciones, dará sobre cada hacienda, 
el medio racional de apropiar y de utilizar los abonos, que indicamos 
en la parte correspondiente, para el cultÍTO de la cafia de azúcar, de 
modificar el drden de los cultivos ea tiempo determinado^ de pre- 
parar los campos mas convenientes al cultivo de la cafia y de preca* 
Terse contra ciertas influencias perturbadoras que sobrevienen pe- 
riódicamente. 

£1 comercio y la expeculacion sacarim ciertas ventajas, pues pstos 
datos autorizan k deducir una lypreciacion bastante exacta de los 
resultados probables de la cosecha. 

Extendiendo el carácter de estas observaciones á la determinación 
ó al m^ios á la verificación de leyes generales, se compr^Mle que 
los efectos en las localidades bastante próximas unas de otras, va- 
riables en cuanto á la suma total, son muy sensiblemente propor- 
cionadas. 

A pesar de alf^unas desigualdades, cuya explicación es fácil com- 
prender, la relación de estos meteoros se mantiene en una notable 
regularidad por cada mes, considerada, á tal punto que, bajo re 
serva de influencias que vamos á sefialar, se podria aplicar la ley de 
la proporcionalidad de las alturas de la lluvia á las observaciones 
mensuales. 

No hay duda que la posición de los terrenos, relativamente á los 
vientos lluviosos, ejerce una influencia considerable sobre la distri- 
bución de la lluvia, y que en este caso, la atracción debida á la 
altitud interviene muy poco. 

La altitud de los lugares, la vecindsd 6 la lejanía de las montafias, 
de los bosques ó del mar, son, con la dirección de los vientos, influen. 
cías generales que conviene tener en cuenta. 

Asi, cuando se aproxima uno al mar, dirigiéndose hacia el Sur ó 
eliSur-Este, se«ncnentran alturas pluviométrícas muy elevadas y 
superiores k las observadas hkcia el Norte. 

La depresión del suelo y su desigualdad constituyen también in 
flaeocias topográficas que es preciso no descuidar. 

A estas múltiplee causas hay que atribuir las diferencias que 
puedan encontrarse en las observiiciones de otras haciendas situadas 
fuera del perímetro de diez kilómetros de eí|ta finca. Estas varia- 



—119- , 

clones específicas están compensadas por las xliferencias sucesivas, j 
la relación total semestral llega á igualar cada una de las haciendas 
estudiadas. 

Ya se comprenderá que la multiplicidad de observaciones hechas 
en una localidad, en una hacienda ó en una fábrica, autorizan á de- 
ducir un coeficiente aplicable á la expresión de los resultados pro- 
bables, normalmente, durante el cultivo; que sobre estas bases, se 
pueda también preveer la importancia probable de los resultados 
agrícolas. Se conseguirá este objeto, reuniendo muchas observaciones 
clasificadas por categorías de localidades, á fin de sacar el resultado 
medio, aplicable á cada una de ellas. 

Una vez conocido el resultado y sometido anualmente k la com- 
probación, teniendo en cuenta las influencias especialmente anor- 
males, la modificación llegará á ser para el administrador ilustrado 
de una negociación agrícola é industrial, un guia fecundo en útiles 
enseñanzas. 

Siguiendo mensualmente las observaciones sucesivas, se podrá au- 
gurar sobre la cosecha futura y formarse un juicio anticipado, bas- 
tante correcto, sobre sus resultados. 

No tenemos la temeridad de asegurar la absoluta realización de 
esos cálculos; pretendemos, solamente, que tienen una parte útil li- 
mitada, que es preciso comprender y discernir, nos contentamos con 
llamar la atención de los pacientes observadores, de los mismos in- 
teresados para indicar el camino que consideramos mas racional. 

Terminaremos estas observaciones recordando la acción que ejer- 
cen los bosques sobre el reparto de las lluvias, sobre el poder refri- 
gerante de los bosques, sobre su efecto moderador durante los fuertes 
calores, sobre la aereacion general que resulta para una comarca. 

Experimentos muy exactos han demostrado que la evaporación es 
siete veces menos viva en los bosques que fuera de ellos. 

En seguida se comprenderá la ventaja que presentan como cubier- 
tas laa hojas y las pajas secas de las cañas, oponiendo un obstáculo 
k la evaporación demasiado activa con los fuertes calores. 



- 120— 



Los Pluviómetros. 

Medir la cantidad de agua meteórica que cae en un lugar deter- 
minado durante la lluvia, nieve, granizo ó nevisca, es asunto de 
grande importancia para el estudio climatológico de dicho lugar. 
Oonsíguese esto con los instrumentos conocidos con los nombres de 
pluviómetros, udómetros 7 omtrómetros, cuya significación es la 
misma. 

El pluviómetro mas sencillo, se compone de una vasija de forma 
cilindrica que tiene á un lado un tubo acodado y en su parte superior 
un embudo cónico que recoge el agua caída por la abertura exterior. 
£1 nivel del agua en el tubo lateral, dá en milímetros el espesor de 
la capa de agua caída, £1 cero de la escala está k nivel de un dia- 
fragma que tiene un agujero en medio: antes de hacerse una obser- 
vación, debe llenarse de agua el instrumento hasta este nivel. Oon 
un aparato dispuesto de este modo, no se pueden medir mas que 
cantidades de lluvias poco abundantes, puesto que lo que se valúa y 
se lee es la altura misma de la capa de agua. 

Para obtener mas precisión en las lecturas, se suele dar al cilindro 
en que se recoge el agua, una sección mucho mas peqnefla que la 
sección recta del embudo, es decir, que la superficie en que cae el 
agua. Por lo común el círculo del pluviómetro tiene 226 milímetros, 
ó bien una superficie de etiatro decímetroa cuadrados. Tomando 75 
milímetros, 5 como diámetro del cilindro, la superficie del agua que 
se recoja en él, será diez veces menor que la del embudo y su altura 
diez veces mayor. Por consiguiente los milímetros leídos en la escala 
serán décimos de milímetro de. agua caída. No hay para que decir 
que se podría tomar cualquiera otra proporción para las secciones. 

£1 receptor del pluviómetro debe estar situado en sitio descu- 
bierto, de modo que el depósito no esté resguardado por ninguna 
parte de la última lluvia y la reciba, cualquiera que sea la dirección 
del viento que la impele. Por lo común, se le pone de modo que su 
abertura esté á 1" 50 ó 2 metros del suelo. Si se le pusiera dema- 
siado bajo, podria introducirse en él agua de la que salpica la mis« 
ma lluvia, y en invierno estaría expuesto á algún percance. 



—121— 

Hay varios plnviómetros, «1 decuplicador de Tomelot, el pluvió- 
metro totalizador de Hervé-Mongon y el pluviómetro anotador del 
•observatorio; que son muy exactos, pero bastante complicados rela- 
tivamente para el objeto que se desea. Así, en la Hacienda de Za- 
catepec, se emplea el que hemos descrito y produce resultados muy 
suficientes. Generalmente colocamos estos aparatos en el pretil de 
la azotea de la casa habitación, bien sujetos para que no los descom- 
pongan las inclemencias del tiempo. 

En los siguientes cuadros totalizadores verán nuestros lectores el 
resultado de las observaciones hechas por D, Felipe Ruiz de Velasoo 
«obre la cantidad de agua caída durante la temporada de aguas de 
ios años 1890 y 1891, en un perímetro de diez kilómetros de la Ha- 
cienda de Zacatepec. Mas adelante veremos detalladamente la can* 
tidad de lluvia caída diariamente. 



PROMEDIOS MENSUALES 

OK LOS días de lluvia Y CANTIDADKS DB ESTA, CAÍDAS 

en la Hacienda de Zacatepeaen 1890. 



Total de aguA en 
Núm. de días. mílímetroa. 



Abril 1 

Mayo 8 

Junio 17 

Julio 15 

Agosto ,. 18 

Septiembre 20 

Octubre ^ 9 

Noviembre 4 

Diciembre 1 



0. 


015 


0. 


122 


0. 


163 


0. 


106 


0. 


178 


0. 


226 


0. 


066 


0. 


042 


0. 


012 



93 0. 920 



—122- 
PROMEDIOS MENSUALES 

DE LOS días de LLUVIA T CAlffTIDADES DE ESTA, CAÍDAS" 

en la Hacienda de Zacatepec en 1891. 



Total de a^n* e» 
Núm. de dias. milímetros. 



• • 



Abril 

Mayo 9 0. 028 

Junio 22 0. 260 

Julio 16 0.248 

Agosto 15 0. 183 

Septiembre.... ,, 4 0. 069 

Octubre 2 0. 091. 

Noviembre 4 0. 022 

Diciembre 4 0. 020 

76 a 921 



PBOMEDIOS MENSUALES 

Dfi. LOS días de lluvia T CANTIDADES DE ESTA, CAÍDAS 

en la Hacienda de Zacatepec en 1892. 

Total de agua «ik 
Núm. de dias. milímeoos. 

Abril........ 1 0. 012 

Mayo 6 0. 201 

Junio 9 0. 192 

Julio 15 0. 138 

Agosto 15 0. 186 

Septiembre 18 0. 200 

Octubre 11 0. 084 

Noviembre 5 0. 062 

Diciembre .• 1 0.008 

81 1. 083 



123 -- 

Se necesitaría macho mayor número de observaciones para demos- 
trar la generalidad de la misma ley meteorológica en todo el Esta- 
do, pero las que aquí indicamos, son aplicables k todos los resultados 
que acabamos de consignar, relativamente á las cantidades de lluvia 
caída en la Hacienda y en un perímetro de die2 kilómetros. No hay 
nada tan variable como el fenómeno que nos ocupa; las condiciones 
que dan lugar á su mayor ó menor frecuencia ó abundancia cambian 
de un punto á otro, á menudo poco distantes entr^ sí. Sin embargo, 
basándose, como hemos indicado, en las observaciones pluviométri- 
cas hechas en varias haciendas, de las diferentes zonas, se conoce- 
rían ciertas influencias generales. 

En nuestrs^ regiones tropicales, las lluvias suelen ser muy copio 
sas y caen períódicamente con gran regularidad; su frecuencia y 
abundancia son mayores en la zona de las calmas, es decir, en el 
punto de encuentro de los alisios del Nordeste y de los del Sudeste. 
Oontrastándose alH mutuamente las dos masas de aire, se elevan, 
arrastrando consigo á las altas regiones toda la humedad de que se 
han cargado al ponerse en contacto con las aguas calientes de los 
mares de los trópicos. La corriente ascendente, tiene^ especialmente, 
gran fuerza durante el dia, en que la activa la inmensa radiación 
solar. Al llegar á las regiones elevadas del aire, el enfriamiento con- 
densa los vapores ^n densas nubes que no tardan en resolverse en 
lluvias torrenciales. Parte de la noche, la atmósfera está despejada, 
j al amanecer, el cielo perfectamente puro; mas al medio dia apa- 
recen las nubes y, al caer la tarde, llueve sin cesar hasta media no- 
che próximamente. El fenómeno ocurre con esta regularidad desde 
Acapulco á Yeracruz, es de^r, desde el mar Pacífico al Atlántico. 
Según la época del añOj esta zona sube ó baja al Norte ó al Sur del 
Ecuador, alcanzando en Agosto su posición mas boreal, y seis meses 
después, en Febrero, su posición mas austral. Fuera de la zona de 
las calmas de la región oceánica, es decir, en los puntos de los tró- 
picos en que soplan los alisios, las lluvias son por el contrarío poco 
abundantes, meaos en las cercanías de las tierras elevadas. 

En los continentes y en el Ecuador, el año se divide en dos esta- 
ciones secas y en dos lluviosas, correspondiendo siempre estas á la 



-124— 

mayor altura zenital del Sol, que es el factor principal de la corrien- 
te ascendente y de las lluvias que son su consecuencia. A medida 
que se aumenta la distancia al Ecuador, las dos estaciones lluviosas 
tienden á confundirse, * y el año no se divide mas que en una esta- 
ción seca, durante la cual no hay nubes en el cielo, y otra lluviosa, 
que se distingue entonces por la extraordinaria abundancia de agua 
caida.. 
Con frecuencia tienen también las lluvias en estas zonas, según 

< 

hemos visto ante% una gran regularidad cuotidiana; la noche y la 
mañana estkn exentas de ellas; pero k partir de las cuatro ó las cinco 
de la tarde, empiezan los chubascos, de suerte que la cantidad medía 
de agua caída se distribuye también con desigualdad según las horas 
del dia. 



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Nublado. 

Despejado. 

Nublado. 

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Nublado. 

Despejado. 

Nublado. 

Despejado. 

Llovizna. 

Nublado. 

Lluvia. 
Despejado. 

Lluvia. 

Despejado. 

ídem. 

ídem. 

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Presión 
atmosférica 
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Estado del 
cielo. 


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Despejado. 
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II 

Nublado. 
Despejado. 

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ídem. 
•I 
Despejado. 

ídem. 

II 
II 


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ídem, 
ídem. 
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Dirección 

délos 

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Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


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Estado del 
cielo. 


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Dirección 

délos 

Tientos. 


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Presión • 
atmosférica 
Barómetro, 


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Estado del 
cielo. 


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Nublado. 
Despejado. 
Poco nub. 

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Dirección 

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Barómetro. 


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sure. 


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Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


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Dirección 

délos 

vientos. 


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Higróme- 

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Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


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Despejado, 
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Intensidad. 


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27.95.00 

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Dirección 

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Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


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Tientos. 


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atmosférica 
Barómetro, 


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II 


II 

Nublado. 
Despejado. 

ii 

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Despejado. 

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ídem. 

ídem. 

ídem. 
Nublado. 
Poco nub. 

ídem. 
Despejado. 

Lluvia. 
Despejado. 

ídem. 

Ídem. 


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Dirección 

délos 

vientos. 


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Presión 
armoaíérica 
Barómetro. 


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cielo. 


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Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


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Dirección' 
de los Intensidad, 
▼lentos. 


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Higróme- 

tro Saos- 

sure. 


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Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


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i 


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Estado del 
cielo. 


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Direceion 

délos 

Tientos. 




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Prerion 
atmosférica 
Barómetro. 


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Fecha. 


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Dirección 

délos 

▼lentos. 


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Hlgróme- 

tro Saús- 

sure. 


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—153— 



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Estado del 
cielo. 


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Despejado. 

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Dirección 
. délos 
vientos. 


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Higróme- 

tro Saus- 

sure. 


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CO0000>OkOt^O»Q00000CO<O00Q000t^9dQ0<O00tft«>^ 


Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


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kCdoto»o^kCdiocO^<oo^iooioio^^^)Ok¿d0<d 

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1 


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i-Hf-i =1-1 =1-1 =1-1 =»-i =r-i =1-1 =f-i =€^ =<M rci = 

« 



2é 



—164 



.2 


• 


Estado del 
cielo. 




1 


« 


Dirección 

délos 

vientos. 


• 


Hidróme- 
tro Saus- 
sure. 


C5|(MOOCMOO(M<MO -Cí 

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Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


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TEMPERATURA. 


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1 




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Fecha. 


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—157— 



1 


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Estado del 
cielo. 


d 

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Q 


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1 


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Dirección 

délos 

vientos. 


• 

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« 

OC<*Ot>**^C^C^»-lO'^CqCÍOC<IOb-Oi-H 
OOO-t^t^OOO^OdOVt^OOO^OOftC^OOl^l»^ 

• 


Presión 

atmosférica 
Barómetro. 


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(M = r = r= rrsrrrrr === = 




i 
1 

d 

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d 

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00 O 00 Oa '«* 00b-t3i OOCSOOOOOOiOOOOO 


Horas. 


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z r =S = c = -OQO ^O ^O . - - 

OQ "" C^-CQ CO *" CO "■ CO -- — — 


& 


C0-^»O?0í^000iO«-H 
<N t oq = <M r cq r <m r cq r (?í r cO reo r 



2S 



—158— 



ti 



14 



Evaporación. 


) 


Estado del 
cielo. 


Despejado. 

Despejado. 

Nublado. 

Despejado. 


í 

1 


<M oiaflS eSaeíoÍeJgflieJaaaSgaSc80 
i¿d .•'Hog .go)*r«g.^og.r4a)a>ga;T'Qo 


Dirección 

délos 

vientos. 


¡55 ^' ^- &:' w ^" g¿ 1 ¡zl ^* ¡5^ ^ 1 ^- ¡ü,- 1: ^ i ¡^- w 52,- 


Higróme- 

tro Saus- 

sure. 


•• 

tQC<l*^Cq(M(Mt^OO(N»0<MC<1^0^C<ICqO^O 


Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


t^(MOC<10COOO'^OO^OOOOCO<MO'^00»0 

^O CP ^© 5Q ^ ^^ ^ ^ ^ ^^ '«fl 5£) ^ ^ 5Q ^ ^ ^ ^ ^ ^ 


• 

H 


• 

1 


0000>C»COOOOí^OOt*»OeOCO»ÍÍt^00500r-iO»-« 
i-lCO<N<MeOCOr-iC^!-HCqi-íC<ICOC9i-»COi-iC^C^COC<l 


• 


OOOOOOOO-^OOt^eOíOt^OOOfc^Ot^OiOOOO 


Horas. 


s á a áBáéáádúáááádé á é á á 

- -00 - - -OOO - - »o - -O -O - -O - 

"" "" JO — — — gQ gQ 5Q — — -^ — — Qt^ " C^ " " CO "■ 

^o:»«oaícoa><«jHO>c0a>coa>^'ocoQ6<óo:rcoc^cg 

»-4 


Fecha. 


o f^ 

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—169- 




Estado del 
cielo. 


O 

s, á s á a á á á s s á s á á á á á á a á á a á 


• 

1 
1 


iáiáiiáiáááiaiiiáiéáiéi 


Dirección 

délos 

Tientos. 




Higróme- 

tro Saus- 

sure. 


t^OiOOQO -OOC»QOt^OO ~ Oi !>► 00 t^ 00 00 00 0> t* C» t* 00 


Presión 
atmosférica 
Barómetro. 


00e0^OO00t^O»O.-4OO(M00OC0C0»O(MC'lOííir-l 
CO o <0 ^ ^ ?0 ?0 o CO ?0 CO CO ^ <0 ^ ^ <0 CD <o ^ ^ ^o co 


i 

p 


1 
1 

1 


0>COt^i-iOOí^t^«5ííi«5000COOOOCMOt^t*OiO»í5 
(NCq(MC9CO(N(Mi-i(M(NCq<M(MCq(M(NCO(MC^i-li-HC^Cl 


I 


00>00ir-l0i-«00i0000a0i000t^»-«t-00000000i 
CO(MCO<MCOCOCOCO(MC<lCO(M(M<MCO(MCOC^CO(M<M<M<M 

» 


1 


áaáááBúñd^áááñáádáááááá 

ocoi-H^o^coaícoa^ cóa> ^a:>* cóa> co od ^ a> o r-i ^o 

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i 



—160— 



3 



I 



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«-•QDO^OOOCOC^COOe^OOOiO 

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¿ 



*'s;c:c*r^«i r^r^ír^í ^ 



:^< r: 5< r «i r 



ESTUDIOS 

SOBRE 

LA LLUVIA. 



nube, i^ lug^ 4 quQ, 9e forman gotiteA m twto' T^luqijaoyMta T ^' 
ma^iAdp pel|l^da^ fax» «ontUmar snspc^odid^ «mii el »¥Wb ^Mt«t gotMi 
caaa eu k «utpec&eij^. 4el «uu^lp. origÜMm^»: fl f^qi^mi dftU ttawt. 
Kstp 9im>p)Q)e ^\M| li^ t^jgg^perajbmsk d^ k nut^. m «UfR^viwr ii k da te 
cQQgel^iQa. Sd la« pArtícttla» ««ivQfim OlMbia 4 Wi^ ^«isip«F«ifciif|k im« 
bajjQ^ 4^^. 0^ jpíftSMK al esMp a<Ui4o!, «0, «ristj9J(ipiN(ít j^ fjPftiM^a wa^ mnlie 
4e l^ielQ 6üe oieve. Cjoaclen^A^as Im p4urti{cuto lüélidae^» «Bipat da^ 
lia^iadQ yoln^mospa p^ra cQati?a«tar h^m^y^M^mf^^ci^iim^Tm 
8e at^ yímíw epi s^ (^da. oAfaa, ígHalvQkiQ^ £mii^ wjbói^aa taet hmm. 

4. yeoea c^fpoQte^^^ que 9áis> interyiex^u aü^piMMi, 4e ailto». OMMlifW- 
Aes» y q^9 con Im gQtw de, Uuviai ae. vímdk» «oyos d<$ pi^#. en i»q. 
porción yam^le, l^ ^iehht ca I«gar 4a. iB^fOÑnfwnm. é la atanéa^híE» 
f de traofllofin»]^ en. nabe^ c^ k vocea también «» fenm A»ii«l^ 
fina ; peneitraAte. q^ue ae lUgi^ik ¿{«i;¿82»tik 

Vista, á cierta diataAQÍai en. el hori^spnte, una nube: <|«<a. ^e.^f^ 
auelve en ViMym, padece cenfijindid» pon el 90^; loa x;eguer<üa. ^^gár 
sado9 y vapores, ca^j^e^do oblicuamente. ae^;uA la direocio^ d^ idm- 
to, enturbian la transparencia del aire é impidien djüatin^r loa qikr 
jetos situados detrás de ellos. Oon frecuencia acontece qi^e eatos 
rastros ó regueros no llegan hasta el suelo, lo cual indioa <)Ue la? 
gotas, encontrando capas distantes del punto de saturación qj^ue co- 
rresponde á su teqiperatura, se evaporan j desaparecen;^ en esjbe oAr 
so no hay lluvia sino para las capas de aire mas próximas á la. bfl^ 
de la nuba Compréndese también que haya gotas, que siendo baa . 
tante voluminosas, al escaparse de la nube lluviosa, disminuyen pro. 
gresivamente y llegan al suelo mucho mas pequeñas que en su punto 
de partida. Pero sucede lo contrazio ai lascivas ipleñore» del aire 

26 



— 162— 

'esrtán más húmedas y más frías que aquellas de donde emana la llu- 
via; las gotas aumentan, condensando en su superficie el exceso de 
vapor de estad capas sobresaturadas, y en este caso la lluvia es mas 
copiosa abajo que arriba. 

No se puede poner en duda la influencia de la dirección del viento 
en la producción de la lluvia, j cuando sopla del mar hacia el inte- 
rior de las tierras, en cualquier clima que sea, no tarda en llegar la 
lluvia. La esplicacion de este fenómeno es muy sencilla. La mayor 
.parte de les tiempos lluviosos tienen por causa los vientos de entre 
Sur y 'Oeste. Mientras duran los de la región opuesta que traen 
-consigo masas de aire secas de resultas de su paso por los continen. 
teSj en donde, en virtud de condensaciones sucesivas, se desembara. 
.ean del vapor de agua de que estaban cargadas primitivamente, el 
tiempo es bueno y seco y el cielo está despejado. Tan luego como 
soplan los vientos de Sur á Oeste, se ven aparecer los primeros ci* 
rrus precursores de un cambio de tiempo; empezando la condensa- 
ción en las paites más elevadas y más* finas del aire. Afluyen las 
masas de aire húmedas procedentes del Océano, las cuales tienen 
qu9 subir por la pendiente de los continentes hacia los que se diri- 
gen, y á medida que van subiendo, la disminución de presión las 
obliga k dilatarse, correspondiendo k esta dilatación, según lo hemos 
indicado ya, un consumo del calor que traen consigo. Bajo el punto 
de saturación, la humedad se condensa en nubes cada vez mas espe ■ 
sas, hasta que estando ya el aire sobresaturado, no pueden formarse 
nuevos vapores. Entonces comienza la lluvia, estando su duración 
en proporción con la cantidad de vapores traídos y con la duración 
de lx>s vientos que los renuevan. 

Si el viento húmedo tropieza en su marcha con obstáculos, como 
cadenas de montañas, el aire en movimiento se eleva sobre sus lade- 
ras hasta sus cumbres, en donde la temperatura puede estar bastante 
baja para que el vapor oondensado se cristalice, formando copos de 
nieve. 

Apropósito de este caso, citaremos la teoría que hace treinta años 

i 

desarrolló un escritor francés, Mr. Babinet, en un folleto sobre el 
riego del globo, que resumimos aquí: 



—163— 

nloiS masas de aire de los mares y de las llanuras Uevadas por 
^as corrientes atmosféricas hacia las montañas, se corren por sus la- 
mieras, y por consiguiente se elevan á alturas inmensas. Entonces es- 
tas masas se dilatan y se enfrian prodigiosamente: 200 metros de 
elevación dan ya 3 grados de frió: juzgúese por esto del que debe 
resultar de una elevación igual ¿ la de los de la Cordillera occiden- 
tal de las dos Américas. Esta es la causa de que las cordilleras sean 
la cuna y origen de los grandes ríos, y sin necesidad de recorrer el 
globo entero, vemos que los Alpes de Europa dan, con el viento hú- 
medo del sudoeste, nacimiento á dos grandes ríos.* el Ródano j el 
Bhin. Con el viento del Este, estos mismos Alpes hacen que se de- 
posite el agua que alimenta la inmensa cuenca del Danubio, y final- 
mente, con el viento cklido y húmedo del Sur, el elevado antemural 
de los montes que están al Korte de Italia hace que se deposite to- 
da el agua de la cuenca del Pó y de los demás tributarios del Adríá* 
tico.» 

Volviendo al curso de nuestro texto, recordaremos que hay un 
i'efran conocido que dice üuvia pequeña disipa fñerUo grande, que 
es la expresión inversa de lo que suele suceder cuando sobreviene 
la lluvia en las circunstancias de que acabamos de hablar. Y en 
•efecto, cuando la velocidad del movimiento aereo disminuye 6 se 
anula, las masas de aire que se han quedado inmóviles, forman á 
■modo de una barrera para las que aún no han terminado su carre- 
ra; éstas se elevan, se dilatan y se enfrían, y el vapor de agua que 
depositan en el seno de un aire saturado ya, suscita la lluvia, que 
•quizás dimane también de la cesación de movimiento, es decir, de la 
supresión de una de las causas de suspensión de las nubes. 

A veces acontece, que al terminar un dia húmedo y caluroso, 
caen gotas de lluvia de un cielo puro y sin nubes. Dase el nombre 
de serene á este fenómeno, que tiene su esplicacion en el enfriamiento 
fie las capas de aire después de ponerse el sol. Anteríormente he- 
mos visto que, en ciertas circunstancias, las altas regiones del aire 
contienen cristales de hielo, finas agujas bastante separadas entre sí 
y que por esta causa no alteran la trasparencia del aira Al descen- 
der por la tarde estas partículas ó capas mas calientes, deben derre- 



tirse formandb gotitas j cfier en el suelo. Esta es la sencilla espu- 
tación ¿el serenó* 

AMion ctel agua en la v69elaci(m. 

La acción de las lluvias ó ¿^ las aguas de riego en la vegetacipi» 
és muy compleja. £t ajguá és indispensable á to(^ planta viviente.- 
ITecesita ^ara ct'écer, desarrollarse y morir, una ci^tidad determi- 
i^ádá dfe csúrbóno, éé niárógénóy de áaoe y de ótri^ vanas sustancifi^ 
mineratés, qué et ám*e y lá ^e^ra la procuran; ademáás las radiacio' 
neis solares cóinünlcan lá suma de trabado lihninoso necesario para 
¿Qover éstos matérfates. Pero aun cuando todc» esos elementos es- 
tuvieran ál alcancé de la planta en proporción superior k sus nece- 
sidacfes, no périi^i íitílés siqib ácompáfíados del agí^a necesaria para^ 
i\x preparación én la iienrfi y su introducción en el orgi^nismp yege' 
tal, para él trasporte de los principios elaborados de las hojas en las 
cuales sé ha efectuado esta elaboración en los órganos destinados á 
darles su forma definitiva. 

X4ks %«iai aqm el od^fcni ordini^rio y liatimi dé lat agoaa que 
m^9i3\ ^ suelo. CluimdQ ^Q 4^ Stofieientes, ae siqpiea ecua los ñegoB^ 
foi todos los puntos en donde \qs veciivsos locales ó el oÉitado de ade* 
][{|ntamiento de la a^gp^icultora pw^aaitei^ repunrip ^ eat« precioso aux}- 
1^1^. fin los oampoii da oaAn ep.d^ a^baotulsa necesidad oontar eon üm* 
^Qf^ian^l abuüfduite 4e agi^a piMÑi el i^ego, pneft esto i^nta reqitie- 
fs UQa GfiBtidiu} d^ ^^ U^^i^o abundante y tan oobstanté que se 
}^e(]|a utilizar en Qualquier momento que se neoeaita Además en el 
intervalo d^ G|ie9. y o>Qhp á y^te meses que tarda la eafia eb 
fuedar en sa^Oin, hs^y largos períodoa de tiempo de iBeG«a qoe impo» 
sibilitarian el desarrollo de la vegetaeiosn. 

\^n plant^ de cafl^ situados cerc^ del mi^r» coma ei^ ^s eosifas & 
^n la Isla de Cuba» Vif^ necesitan las aguas de riego, p^ee; la abui^ 
daQtísima evaporficioQ q\ie se pro^Hce duraQte el dia seresuelvepor 
la noche en un abundant{8Íi;no rpcio, muy aufíciente pare>. mantener 
\9f cafia en ^a su lozanía. 

lios riegos se regulan s^gun las Piecesidadea^ ciiandp aa puedes^ 
practicar. El terreno, la estación, la plaij^ta, la fa^e de su vegetar 
cion son con el estado general del cielo y la temperat9r% las eir- 



• 165- 

cunstancias más inflajentes en el buen éxito de la f»t>daookHi ve- 
getal. 

Pero las aguas no operan solamente por ellas mismas, es decÍTi 
que sus efectos no se deben únioamente á la humedad, sino á la di- 
solución de diversos productos minerales, cuyo papel es muy impor- 
tante en agricultura. 

Las regiones intertropicales, están divididas en una ó dos esta- 
ciones húmedas, alternando con una ó dos estaciones casi déspro- 
vistas de agua de lluvia, y la vegetación sufre estas intermitencia^ 
en un especie de marasmo que corresponde al tiempo de secas en 
ves d^ invierno que no existe. La zona de los desieitos sin agua no 
es menos fértil por si misma, y los oasis se desarrollan con los pue- 
blos de mka ó menos importancia, como sucede en Chihuahua, Ooa. 
buila. Nuevo León, etc. y en todas partes en donde las aguas sub- 
terráneas, pueden llevar á la superficie la cantidad necesaria para 
suplir con los riegos la eatrema carestía de las aguas del cielo. En 
este caso el cultivo se especializa, por decirlo así, á causa de la alta 
temperatura, por la continua sequedad del aire y por la extremada 
rapidez de la evaporación. No basta» en efecto, procurar agua á las 
raíces, además es necesario que estas últimas tengan un poder de 
absorción ci^paz de reemplazar las pérdidas efectuadas por la super- 
iicie de las hojas; para cada planta hay un límite inferior y un lí- 
mite superior á la evaporación, límites que no se deben traspasar 
demasiado tiempo, aunque la humedad del suelo sea conveniente. 

Cantidad de agua absorbida por las plantas. 

Los fisiólogos que han estudiado la transpiración de las plantas, 
se han propuesto descubrir, especialmente, su mecanismo y las con* 
dicíones de calor y de luz bajo cuya influencia se resuelve este fe- 
nómeno. Hay que distinguir dos casos esencialmente diferentes. 

Las plantas vivas ewiporan al aire como las plantas muertas, co- 
mo la tierra, como un suerpo cualquiera que contenga mas ag^a que 
aire ambiente. Esta evaporación se efectúa por la noche como du- 
rante el día, en la oscuridad como en plena luz; su actividad de- 
pende de la temperatura, del viento, de la humedad del aice,<de la 

27 



-166- 

'pro{$6i'cion de agua contenida en la planta, del grado de peiineabi- 
lidad de su epidermis; es un hecho completamente físico. Por esta 
vía la planta pierde agua incontestablemente durante los dias de 
escasez; puede perder también durante cierto número de noche». 
¿En qué proporciones? Nadie lo sabe, porque creemos que ninguna 
tentativa se ha hecho para aislar, una de otra, las dos causas de 
consumo del agua por las plantas. En los dias lluviosos, en las no- 
ches de rocíos abundantes,' la planta puede ganar, si el día anterior 
se había debilitado. 

A la evaporación, fenámeuo puramente físico, va unida la tram- 
piradoriy fenómeno fisiológico de otra naturaleza, que no se produce 
mas que bajo la influencia de la vida y bajo la acción de la luz; fe- 
nómeno independiente de los vientos' 7 del estado higrométrico del 
aire, que no podemos comparar mejor que al fenómeno delíranspi- 
ración cutánea én los ^animales. Cuando el sudor aparece en la áu- 
perfície del cuerpo, la causa es interna y no extema. Sin duda si el 
airé es seco y agitado, las gotitas de sudor pueden irse evaporando 
á medida que tienden á formarse de nuevo, mientras que en el aire 
inmóvil ó saturado puedan aumentar de volumen y resbalar; pero 
la excreción del agua á través de los poros de la epidermis es extra- 
fia á la humedad del aire que cambia solamente la apariencia exte^^ 
rior y los efectos fisiológicos: 'evaporándose el sudor á medida que es 
escretado, va dejando los productos sólidos que tiene en disolución, 
mientras que el sudor que sigue escurriendo los arrastra consigo. 

Lo mismo sucede en las plantas. Por los poros de su epidermis, ó 
mejor por sus estómates, excretan, fisiológicamente, agua que el aire 
disuelve k medida que aparece, ó que forma en la superficie de las 
hojas gotitas más ó menos voluminosas, ó que, en fin, arroja por 

una contracción fisiológica de los estómates. 

¿La transpiración cutánea de las plantas, independiente de la hu* 
medad del aire, está influida por el calor? Es probable, á pesar de 
que no se ha dado todavía ninguna demostración directa y precisa; 
pero está incontestablemente dominada por la acción de la luz, co- 
mo lo han demostrado los experimentos de Guettard en 1748, y 
<iomo lo han demostrado los experimentos de M. Deherain. 



-167— 

Mr. Guettard había colocado tres ramas de morella, enredadera, 
ordinaria (dulcamara), en tres globos de vidrio cerrados, después de 
introducida la planta. Uno de los globos estaba expuesto al sol sin • 
ningún abrigo; el segundo estaba á la sombra de una servilleta, cu- 
yas cuatro esquinas se anudaban en cuatro puntales; el tercero que- 
daba cubierto con una servilleta colocada directamente sobre el vaso - 
Del 10 de Septiembre, á las siete de la mañana, hasta el 16 á la 
misma hora, la rama del globo descubierto había transpirado 82 gr. 
83; pesaba 13 gr. 45. La del globo que estaba en la sombra de la 
servilleta pesaba 13 gr. 39; había dado por transpiración 43 gr. 02. 
La del globo que estaba completamente cubierto no había transpira- 
do más que 14°, y sin embargo pesaba 15 gr. 41. 

Yo no me esperaba, dice Mr. Guettard, á ver una diferencia con- 
siderable entre los pesos del licor transpirado de la rama del globo 
que estaba en plena luz á la que estaba solamente & la sombra. 
Guando vi el resultado, me imaginé que la acción inmediata del sol 
pódia ser necesaria para aumentar la transpiración, y que una planta 
que estuviera en un lugar mas caliente, pero privado de los rayos 
del sol, podía transpirar menos que en un sitio mas frió, pero que 
recibiera esos rayos. 

Mr. Deherain ha operado como Mr. Guettard en vaso cerrado^, 
introduciendo las varas ó las hojas de una planta viva 6 fresca^ en 
un tarro ó en plena tierra, en un globo de vidrio cuyo orificio se 
cerraba en seguida con un tapón agujereado ó hendido para darpa. 
so á la vara. La evaporación no era, pues, apreciable, y el peso del 
agua transpirada se observaba por el aumento de peso del vaso. 



—168— 
Hé ftqni el resumen de k» resaltados obtenidos: 

Naturalesa de la EXPOSICIÓN. Temperatura Pesos de la Agua 

Idanta. de la planta. hoja. transpirada. 



(Sol 28 

N« 1. Trigo.. . . ^ Luz difusa. 22 

(Oscuridad 22 

(Sol 19 

N® 2. Cebada.. -| Luz difusa 16 

(Oscuridad 16 

NO a Trigo.... {Stri¿^r.:: ?; 

{SoL 26 

Luz difusa. 22 

Oscuridad 22 



o 



o 



o 



o 



o 
o 
o 
o 



Or. 


Or. 


2.419 


0.882 


1,920 


0.177 


3.012 


0.011 


1.510 


0.742 


1.215 


0,180 


1.342 


0,023 


1.850 


0.718 


2,470 


0,028 


1.750 


0,703 


1.810 


0.060 


1,882 


0.007 



Aunque Mr. Deherain no ha hecho análisis mas que con cereales, 
sin embargo la demostración es suficiente para poder apreciar el va- 
lor de la influencia de la luz en la vegetación en general, y particu- 
larmente en la caña de azúcar que necesita toda. la intensidad de 
la luz. 

Los resultados obtenidos en este cuadro son tanto mas concln- 
jentes, que en el experimento nüm. 3, la temperatura al sol no era 
mas que de 22 grados como á la sombra en el experimento nüm. 1, 
j que la transpiración en este último caso ha sido cuatro veces mas 
débil que en el primero. 

En la oscuridad, la evaporación ha sido siempre muy. escasa; si 
no ha llegado k ser nula, es porque la oscuridad no ha sido comple- 
ta, y que, además, la excitación luminosa persiste algún tiempo 
después que la causa ha dejado de existir. 

A fin de demostrar que la transpiración es debida k la luz y no á 
la temperatura, Mr. Deherain colocó el tubo que contenía las hojas 
de trigo en una manga atravesada por una corriente de agua k una 
temperatura media de 15V 

En el sol, la transpiración fué de O gr. 939 por hora y por gramo 
de hoja; en la oscuridad producida por una envoltura de papel ne- 
gro, no fué mas que de O gr. 016. 



Hablando reemplazado el agua por el hielo fundido, el agua trans- 
pirada al sol fué de 1 gr. 088 por gramo de planta. Ko debe tomarse 
•este ensayo al pié de la letra y suponerse que el frió favorece la 
transpiración. 

Mr. Deherain no espüca la inteüsidad ni la naturaleza de los ra- 
yos transmitidos á través del agua 6 del hielo, y sabemos que esta 
intensidad es muy variable de uno á otro día y de una hora á otra. 
Además, estando encerrada la planta en un pequefto espacio á cero 
grados y quedando á una temperatura mas elevada del flujo de la 
«avia y la acción de los rayos solares, debe reaparecer la evapora- 
ción y añadir su efecto al de la transpiración. 

Si se juntan estos diversos resultados de la acción comprobada de 
la luz en el trabsjo de asimilación y de organización de las plantas, 
f)uede muy bien deducirse que la transpiración está unida de ana 
manera intima al mismo acto del desarrollo átil de la planta. 

£1 vegetal expulsa de sus tejidos el agua que los lle&a y que in- 
trodujo las materias salinas indispensables k su organización. De 
ese modo facilita la introducción de nuevas cantidades de agua por 
las raices, y al mismo tiempo, de nuevas provisiones de materias 
«alíuas. La actividad de este doble movimiento está en relación con 
el agente que regula el trabajo de organización. Pero una condición 
necesaria es que el agua no falte k la planta y que tenga siempre 
suficiente cantidad á su disposición. 

Estudios sobre el agua atmosférica. 

La atmósfera contiene cantidades muy variables de vapor de 
agua; el aire contiene también siempre alguna cantidad, pero rara, 
vez queda saturado. 

£1 agua y el hielo se transforman gradualmente en vapor á cnú- 
quiera temperatura. Los mares, los ríos, la tierra, siempre m^ & 
menos húmeda y todos los aeres vivientes, exhalan sin cesar en la 
i^tmósfera vapor de agua que se resuelve ulteriormente en lluvia i 
nieve, en nieblas ó rocío. 

El vapor de agua, en efecto, presenta esta particularidad, además 
común á todos los vapores, que un espacio dado no puede contener 



—170— 

mkñ que un peso determinado por la temperatura del espacio, tanto 
más grande que esta temperatura es más elevada. Cualquier canti- 
dad de vapor sobreafiadida sin elevación de temperatura daría lu- 
gar inmediatamente á una condensación de vapor en forma de agua 
ó de hielo; toda baja de temperatura producirá el mismo efecto si el 
aire está saturado, ó la aproximará de su punto de saturación si es- 
tá lejos. 

Para saber si el aire contiene vapor de agua se echa en un vaso 
de cobre ennegrecido por la parte exterior, un poco de hielo ó me- 
jor una mezcla de hielo triturado y de sal. Inmediatamente el va- 
por de agua existente en la atmósfera va á depositarse sobre la su- 
perficie negra del vaso y se congela, de tal suerte que el vaso negro 
aparecerá blanco. 

Para dosar este vapor de agua, se emplean diversos procedimien- 
.tos de los cuales el más sencillo consiste en recoger esta agua y pe- 
sarla. Mr. Boussingault hace pasar un volumen determinado de aire 
por tubos llenos de piedra pómez embebida de kcido sulfúrico y pe- 
sados de antemano. La diferencia del peso de estos tubos, antes y 
después del experimento, da el peso del agua retenida. 

Este método imaginado por Mr. Brunner, tiene el inconveniente 
de durar varias horas, pues el aire debe atravesar lentamente los 
tubos de desecación, y por consiguiente no puede aplicarse más que 
accidentalmente en las estaciones meteorológicas. 

Los Higrómetros. 

En los observatorios meteorológicos, se evalúa, varias veces al 
dia, la cantidad de vapor de agua que contiene el aire. Los instru- 
mentos que se emplean en esta determinación se llaman hygrtme- 
tros (ugroa, húmedo; metron, medida) aychrómetros (güeros^ frío, 
húmedo; metran, medida) hygrómetros condensadores. 

XJn gran número de sustancias, que llaman hygroscópicaSf son 
sensibles á las variaciones de la sequedad ó de la humedad. Los ca- 
bellos, en particular, se alargan cuando el tiempo es húmedo, y se 
encogen cuando el tiempo es seco. Se concibe, pues, que las dilata- 
ciones 6 las contracciones de este cabello ó de sustancias anklogas. 



'• 



—171— 

ipüeclan permitir medir la cantidad de vapor de agua contenida en 
el aire. Gasbois empleaba tripas de gusanos de seda; Huth^ frag- 
mentos de piel de rana; Wilson, vejigas de rata; Mayer de Verone, . 
la membrana interna de las cascaras de btievo; Oazalet, kilos de 
seda; Luc, cilindros de marfíl; Franklin, fibras de caoba, etc. 

En 1775, Saussure construyó un hygrómetro de cabello que lleva 
su nombre y que se emplea actualmente. Los alargamientos muy 
débiles del cabello está a amplificados de una manera muy sencilla^: 
el cabello, fijado á una de las extremidades está enrollado en la otra . 
extiemidad á una polea de doble cuello que lleva una aguja larga 
móvil con ella y se mueve ante un arco graduada 

Sobre este segundo cuello de la polea pasa un hilo de seda termi- 
nado por un ligero peso destinado á mantener tendido el cabello* 

Estando el instrumento suspendido en una epruveta conteniendo 
agua; pero de modo, se sobreentiende, que el hygrómetro no toque « 
al agua, se marca cien sobre una división del arco graduado delante 
del agua en donde se detiene la aguja. Estando el instrumento co- 
locado en un sitio perfectamente seco, se marca cero sobre la nueva 
€Íi visión en donde se detiene la aguja. 

Se divide en 100 partes iguales el arco que separa los dos puntos 
de detención que acabamos de establecer. Saussuse empleaba dos 
'<;abellos largos, lisos y sedosos, cortados en una cabeza viva y sana. 
Es preciso principiar por desengrasarlos: Saussure los cosía en un 
forro de tela; los hacia hervir durante ^ minutos en una legia de 
carbonato de sosa, y los dejaba enfriar guardándolos en la solución. 

Esto higrómetro presenta sin duda preciosas ventajas bajo el do- 
ble punto de vista de la sencillez de la consti^uccion y de la obser^ 
vacion; pero tiene ciertos inconvenientes: <il cabello es delicado, fá- 
cil de romper y deteriorar; la polea no tarda en engrasarse al aire y 
«n presentar resisten<nas qne falsean las indicadones del instru- 
mento; dos higrómetros no dan dos indicaciones idénticas, es preciso 
tener para cada uno una escala especial de graduación, etc. Arago 
propuso reemplazar el cabello por un manojo de tres ó cuatro cabe- 
llos reunidos. Mr. Marie Davy toma por sustancia higroscópica una 
crin de caballo sacada de un arco de violin nuevo 



—172- 

* 

Generalmente se tiene más confianza en el instrumento ITainado 
tyehdmetro. Este instrumento, imaginado por el físico escocés Les- 
lie y modificado por August de Berlin, se compone sencillamente de^ 
dos termómetros muy sensibles y perfectamente de acuerdo, colo- 
cados el uno al lado del otro, pero el depósito de uno de ellos est&- 
siempre mojado. Este i&ltimo termómetro, marca vna temperatura 
siempre más baja que la del depósito en seco. La diferencia derestas 
temperaturas permite determinar el estado hygroméfcrico del lugar.- 

Pero el sycrómetro, que es muy sensible durante el verano, lo es> 
mucho menos en los tiempos frios, y sus indicaciones se suspenden 
algunas veces durante las heladas. 

Pesa del vs^r de agua. 

Según los cálculos de Danton, la atmósfera debe contener, por 
término medio 0.0142 partes de su peso de agua. Así, el oxígeno 
y el ázoe forman ellos solos las 99 centésimas y media de nuestra 
atmósfera; sobre la otra media centésima 9 décimas son vapor de- 
agua; el resto e» ácido carbónico. 

Esta cantidad de vapor de agua suspendida en el aire, es esencial- 
mente variable^ según las estaciones, latemperaítura, la altitud, la si- 
taacion geográfica, los vientos, etc. 8e ha demostrado que la canti- 
dad de vapor de agua es sumamente peqnefka cuando el viento sopla 
entre el Norte y el Nordeste; aumenta cuando vuelve al Este, al 
Sureste y al Sur, y alcanza su raázimun entre el Sur y el Sureste, 
para disminuir de nuevo al pasar al Oeste y al Noroeste. 

La humedad del aire aumenta desde la superfíce del suelo hasta 
mil metros; después, partiendo de esa altura, disminuye sensible- 
mente á medida que se eleva. Hé aquí* he indicaciones obtenidas 
por Mr. Glaisher en su célebre ascensión en globo: al salir, el higró- 
metro marcaba 60; á 500 metros, 70; k 1000 metros, 72; después, á 

2000 metros, 60; k 3000 metros, 48; k 5000 metros, 36; en fin, á 6500 
metros, 16. 

El aire no contiene generalmente más vapor por la tarde b por 

la mañana que durante el dia^ y muchas veces contiene menos; pero 

como es más frío, estk más cerca do su punto de saturación y paree» 
más húmedo. 



£1 graclo higrométríco de un lugar vanará, piles, en general, etl 
sentido inverso de la marcha de la temperatara. Estará en su máti- 
mun á la salida del sol, en el momento mks frío del día; alcanza su 
minimun hacia las dos ó las tres, en el instante más ealiente del 
dia. Los mismos efectos generales se manifiestan en el curso del 
año. El grado higrométríco es máximun en invierno; es mínindrun 
en verano. Pero los hechos particulares están frecuentemente en 
contradicción con esta regla, y sus anomalías dianas son las que 
nos indican el estado probable del tiempo. 

El grado higrométríco del aire es bastante unixorme en la super- 
ficie de los mares. En ésta el aire está siempre cerca de sü punto de 
saturación, sobre todo á cierta distancia de las costas, á pesar de 
que el agua salada no da tanto vapor como el agua pura á tempe 
ratura igual. 

Este grado higrométríco es al contrario muy varíable en la super- 
ficie del suelo, en donde la evaporación es por término medio menor 
que sobre el agua. De ahí resulta que la dirección de donde sopla 
el viento en un lugar ejerce una gran influencia sobre el grado de 
humedad que se encuentra en él y sobre la rapidez de la evapora, 
cion que produce. 

El aire al subir en la atmósfera se enfría necesariamente por el 
solo hecho de su ascensión; su grado higrométríco aumenta, pues, 
con la altura^ hasta la capa de condensación. En la capa de las nu- 
bes, está casi saturado; pero más arriba no lo está, y en las grandes 
alturas su sequedad és frecuentemente extrema. Los efectos serán, 
pues, inüy váríados en las montañas elevadas, según el estado gene- 
ral del tiempo y la dirección de las vertientes por Velación á la del 
viento. El aire estará siempre más húmedo sohte las vertientes ex- 
puestas al viento reinante que sobre las vertientes contrarías. Las 
brísas de tierra y de mar, de montañas y de valles, modifican igual- 
mente las condiciones nortñales de la humedad en el aire. 

Evaporación de la superficie del suelo. 

La velocidad de evoporacion del agua depende de varías circuns- 
táücilis. En igualdad de t!ondiói)oties es más gtahde con él agua pura 

28 



-174— 

que en el agua mezclada con otras sustancias. Sin embargo, la tierra 
embebida de agua evapora casi como el agua pura, teniendo la mis- 
ma temperatura. Es preciso que haya llegado á un grado de seque- 
dad bastante adelantado para que la evaporación de su agua se ami- 
nore en una proporción muy notable. Es verdad que durante el dia 
la temperatura de la superficie de la tierra es generalmente más 
elevada que la del agua, y que algunos grados de calor demás bas- 
tan para acelerar la evaporación en una proporción considerable. 

La evaporación depende, además, del grado higrométrico del aire 
y de la rapidez con la cual este aire se renueva y de su grado de 
agitación. Citaremos algunos casos con este objeto. 

Aire saturado á 5 grados contendría cerca de 7 gramos de agua 
por metro cúbico. Si su estado higrométríco es de 4- centesimos no 
contiene realmente mas que 2 g., 8: la diferencia es de 4 g. 2. 

Aire saturado á 35 grados contendria 38 gramos de agua. Si su 
estado higrométríco es el mismo que arriba, 40 centesimos contie- 
nen realmente 15 gr. 2: la diferencia es de 22,8 en vez de 4 gr. '9. 
El grado de agitación del aire y su estado higrométríco no cambian; 
los poderes evaporantes del aire á las temperaturas de 5 y .de 35 
grados serán entre ellos como los números 4^2 y 22,8: la evapora- 
ción serk de cinco veces mas activa en el segundo caso que en el 
primero. 

Si en nuestro aire á 35 grados, cuyo estado higrométrico es de 
40 centesimos y cuyo poder evaporante se cifra en 22,8 , colocamos 
un cuerpo húmedo á la temperatura de 40 grados, el aire que con- 
fína este cuerpo participará de su temperatura, su poder evaporante 
subirá de 22,8 á 34, porque el aire saturado á 40 grados contiene 
vapor en la proporción de 49 gr. 22, en vez de 38 gramos por metro 
cúbico. 

Por otra parte, el aire en el cual se efectúa la evaporación recibe 
un suplemento de vapor. Si se estanca, su grado higrométríco sube 
y su poder evaporante baja; si al contrarío es renovado rápidamente 
se presenta siempre en el mismo estado alrededor del cuerpo que 
evapora. 

Pero es preciso que hagamos observar inmediatamente que en to- 



—176^ 

do lo que precede no heraos tenido en cuenta mas que la evapora- 
ción de los cuerpos húmedos, tales como el agua y la tierra. 

La evaporación de las plantas está sometida á otras leyes: es un 
fenómeno fisiológico y no un hecho físico. No depende del estado 
higrométrico del aire, sino del grado de luz que alumbra á la planta. 

Ya hace tiempo que se ha tratado de medir el poder evaporante 
del aire en la superficie del suelo, y el empleo de depósitos de eva. 
poracion en el observatorio de Faris alcanza á los años que han se 
guido su fundación, hacia el fin del siglo XVIÍ. 

Una de las observaciones mas completas de este género, es debi- 
da á Mr. Gasparin. El instrumento que empleaba, bajo el nombre 
de atmidómetro ó de evaporómetro, se componía de un vaso de me- 
tal de 10 decímetros cuadrados, de 50 centímetros de profundidad, 
cuyos bordes exteriores estaban rodeados de una borra de lana para 
impedir su calentamiento por el sol. Además el vaso estaba coló, 
cado en el centro de un cuadro de madera de un metro de lado, 
atravesado por un agujero cuadrado de la dimensión del vaso eva- 
poratorio. cuyos bordes apenas tocaba. Este cuadro estaba forrado 
de un canevá» sobre el cual se pegaba un papel de tintura color gris 
claro, destinado á evaluar las gotas de agua que el viento podria le- 
vantar de la superficie del líquido. Hacia uno de los ángulos del 
vaso se encontraba una punta móvil, que por medio de un tornillo 
podía bajar hasta la superficie del agua para medir la cantidad, cuya 
superficie también se había rebajado por la evaporación. Un termó- 
metro daba la temperatura del agua. 

Las observaciones hechas por Mr. Gasparin con este instrumento 
le han demostrado que cuando el cielo está claro ó uniformemente 
cubierto de un ligero velo, la evaporación aumenta en cantidades 
proporcionales á la velocidad del viento, y que un viento que tenga 
una velocidad de 8 á 9 leguas por hora sería suficiente para hacerla 
triple de lo que es en un aire enteramente en calma. No Sucede lo 
mismo cuando el cielo se cubre de gruesas nubes, espesas, cúmulus^ 
frecuentemente tempestuosas. En este caso la evaporación se ace- 
lera en una proporción tanto mas notable que estas nubes con- fre- 
cuencia son precursoras de la lluvia. Este hecho importante se 
atribuye k la electricidad del aire. 



-176- 

La expariencia ha demostrado, desde hace mucho tiempo, que una 
agua electrizada se evapora mucho mas de prisa que una agua que 
DfO esté electrizada. La intervención de la electricidad del aire en 
la evaporación del suelo parecerá, pues, tanto mas plausible, que 
los cúmulu8 están frecuentemente cargados de cantidades conside- 
rables de electricidad^ Pero estas mismas nubes acusan al mismo 
tiempo un movimiento vertical en la atmósfera, movimiento casi 
insensible para nosotros, y cuyo efecto es llevar de abajo á arriba 
las capas de aire que se cargaron de vapores al contacto del suelo y 
de reemplazarlos por otras capas traidas de regiones superiores por 
contracorrientes. Esta clase de movimiento favorece mas la evapo- 
ración que un transporte horizontal, dejando la misma masa de aire 
más ó menos tiempo en contacto con la superficie de las aguas. 
También es probable que la electricidad de nuestras máquinas no 
acelere la evaporación mas que á causa de las corrientes de aire que 
produce alrededor de los cuerpos electrizados. 

Nada prueba que la electricidad representa un papel directo en 
la tendencia del agua á transformarse en vapor. 

£1 método usado por Mr. Gasparin, conforme además con lo que 
se acostumbra en casi todas partes, presenta algunos graves incon- 
venientes y dos atmidómetroe colocados á corta distancia uno de 
otro estarán lejos de producir resultados iguales. £1 grado de ca- 
lentamiento de la superficie del agua que evapora, modifica en una 
enorme proporción las pérdidas comprobadas, y esta temperatura 
cambia mucho con las dimensiones y con las condiciones de insta- 
lación de los aparatos. M. Piche ha propuesto reemplazar el atmi- 
dómetro por un simple tubo de vidrio que se llena de agua cada 
mañana y que se vuelca después de haber aplicado sobre su abertu- 
ra un disco de papel secante. £1 papel se embebe de agua que se 
evapora gradualmente, dejando en el tubo un vacío cuyos progresos 
se miden fácilmente. La temperatura del papel húmedo está deter- 
minada por el termómetro mojado del 8Íchr6metro\ puede pues de- 
terminarse exactamente, encontrándose en condiciones de uniformi- 
dad t^ grandes como es posible. Este instrumento puede observarse 
seis ó siete veces al dia, pues su gran sensibilidad permite seguir 
paso á paso la marcha de la evaporación, en las diversas fases del dia. 



—177- 

A^i, el evaporómetro dá la medida del poder evaporante del aire 
y Ho la de las tierras áridas -ó cultivadas. Oada porción de tierra 
tiene su temperatura particular y, además, su estado de sequedad é 
<le kumedad, cambia según los tiempos y los lugares. A la evapora- 
ción del suelo, se aQade la de las plantas que nutre, y «sta última es 
todavía mal conocida. Sin embargo, sobre estos puntos kay ciertos 
<latos que importa recordar -en espera de resultados mas completes. 

Frío producido por la evaporación. 

TTn kilogramo de agua, para transformarse en vapor, absorbe y 
hace pasas* al estado latente, sin que se modifique su temperatura, 
una cantidad de caW igual á la que sería necesaria dar á 53S kilo- 
gramos de agua para calentarla de un grado. 

El vapor que se desprezKle de un suelo !iúmedo tiende pues k en- 
friarlo, ó al menos ie impide calentarse tanto como lo karia estando 
«eco. También, fuera de su facultad más 6 menos grande de absor- 
ber el calor solar, las tierras son más ó menos frescas ó calientes 
bajo un mismo cielo, según que estén más ó menos kámedos y que 
abandonen más é menos lácimente su agua k la atmósfera. Sin em- 
bargo, «e entiende frecuentemente de otro modo en -el lenguaje or' 
<iinario de los agricultores. Sin que la temperatura intervenga de 
un modo muy marcado, se dice que un terreno es ardiente cuando 
«US reservas de agua son insuficientes para las necesidades de las 
plantas qu« tiene; se dice al contrario que es frió cuando la vegeta- 
oion carece de excitante 

Debemos distinguir la evaporación del suelo de la planta que nu* 
tre. La tierra no puede devolver su agua á la atmósfera más que en 
forma de va>por. La evaporación del suelo desaparece completamen- 
te en un aire saturado. No sucede lo mismo respecto á las plantas 
que emiten agua en un espacio lleno de vapor, casi como en un aire 
seco. Ciertos árboíes expulsan su agua por los estomates en forma 
de gotitas muy finas, pero sin embargo visibles á la simple vista, y 
el suelo que recubren está tapizado de pequeñas manckas oscuras 
piocedentes de estas gotitas. En la mayor parte de los casos, e 
. agua emitida por las hojas se evapora sobre la misma hcja, al menos 



éii fa caípa de aire que la limita y el resultado físico^ la aBsorcfow 
de] calor, es casi la misma. 

El calor adquirido en la superfíci€ del suelo y de las plantas por 
el agua que se evapora, vuelve a quedar libre y sensible en el ter- 
mómetro cuando el vapor vuelve al estado de agua ó de nieve. Pero' 
]fk condensación no se opera en los lugares en donde la evaporación 
se ha producido; generalmen^te se efectúa en las altas regiones deP 
aire. La temperatura de estas regiones se encuentra aumentada, 
pero sin alcanzar el grado termométrieo del suela L© lluvia es pues- 
una causa de enfriamiento por sí misma y por la evaporación ulte. 
rior que alimenta. 

lios riegos producen efectos del mismo género, y k) mismo sucede 
también en las praderas y en los bosques. La evaporación en un 
terreno sin vegetación no es mas que superlicial; no es mas que len- 
tamente extrae el' agua de las capas profundas. La yerba la absorbe 
por sus raices y la esparce en el aire por sus hojas, aunque exceptúan 
do la lucerna, no alcanza mas que á cortan profundidades, el árboF 
b'tja más, y aun admitiendo que los bosques retrasen la salida de las 
aguas pluviales á la superficie del suelo y favorezcan la embebicion 
de este último, no tardan en quitarle una parte de su humedad 
para arrojarla á la atinósfer» Por igual motivo se produce la fres^ 
cura en verano; 



METEOROS ACUOSOS. 

Vapores. 

El vapor de agua es invisible y no enturbia la transparencia del 
aire mientras conserva su estado gaseoso, pero toma diversos aspee 
tos, ya sea que vuelva al estado líquido en forma de glóbulos muy 
finos, huecos 6 llenos, que se llama vapor vesicular, sea que pase al 
estado sólido en forma de finas agujas de hielo que se confunden 
comunmente á distancia, con el primer estado. La reunión de efetoa 
glóbulos ó de estas agujas en masas difusas y muy poco densas, 
forma lo que se llama en lenguaje ordinario los vaporen que arrojan 



- 179 -- 

Qia velo blanquesino sobre el cielo. Guando la concentración es msos 
acentuada y que se percibe á distancia, se tienen las nubes. Si se 
coloca el observador en medio de estas nubes «ipareoen en forma de 
nieblas. La nube y la niebla ro difieren en ef ecte el uno del otro 
•mas que per la distancia desde donde se observa, y al elevarse en la 
atmósfera, la niebla que nos rodeaba se vuelve nube, sin cambiar 
fiada en su naturaleza. 

Que los glóbulos de vapor condensado se reúnan eo gotitas más 
voluminosas, se obtiene la lluvia más ó menos menuda; que los cris- 
tales de hielo se extiendan ó se solden entre ellos, se obtiene la 
nieve; que los copos sean arrastrados por el viento y se formen en 
una atmósfera caliente enlriada súbitamente y revuelta por nna 
tempestad kuracanada, se forma el granizo. 

Efecto de las nieblas. 

Las nieblas, san perjudicar por sí mismas á la€ plantas Á las cuar 
les procuran, al contrario, un contingente amoniacal apreciable, 
ejercen una acción «nal sana en el hombre y en los animales, pue¿ 
fuera del exceso de humedad que presentan, retienen cerca del suelo 
una gran parte de los miasmcus que este deja escapar, y además, la 
dirección de las corrientes descendentes -que acompañan su forma- 
ción arrastra hacia abajo los miasmas que durante el dia se han di- 
seminado en la atmósfera. Su acción queda concentrada de este 
modo. 

Las nubes. 

En las frías malianas de invierno, paeden v«rse desde la cúspid« 
de las montañas, los valles cubiertos de una espesa niebla simulan- 
do una vasta capa de agua Cuando los rayos solares comienzan á 
calentar la atmósfera, la capa unida se atormenta, una especie de 
olas se elevan poco á poco, profundos valles se dibujan, y girones 
rasgados se separan arrastrados á lo largo de las montañas por las 
corrientes ascendentes que se producen. 

Otras veces mientras que la atmósfera de la llanura tiene una 
transparencia perfecta, se ven masas nebulosas formarse en la cús- 
pide de las altas montañas y quedar como inmóviles mientras que 



á Bü laido otras nuf>JB8 separadas corren rápidamente arrastradas puf 
)o8 vientos. Las nubes inmóviles no k> están mas que en apariencia^ 
£1 vapor elevado desde el valle á esa» altas regiones se va conden- 
sando, pero á medida que se produce el vapor vesicular desaparece 
con el viento ó queda transfornado de nuevo en vapor^ La nube- 
marca e) lugar frió, pero abrigado^ en donde se opera la eondensacioD 
temporal; sus elemrentos se renuevan sin cesar^ 

Cualquiera causa que tienda k desigualar ó desnivelar las tem 
peraturas sobre la superficie del suelo, ajuda á la formación de co" 
fríentes ascendentes locóles y á la producción de nubes aisladas. 
Estas nubes son también frecuentes basta en k» patees en que no 
llueve casi nunca. Las m«s pequeftas islas de los mares tropicale» 
están coronadas de nubes que se dibujan k los lejos ante los exper^ 
tos ojos de los navegantes. 

A primera vista, parece que deberían distfbguírse las nubes de la» 
nieblas, no tan solo por su elevación en las capas superiores de la 
attüó^era, sino también jpor su forma más definida. Las nieblas na 
suelen t^er cotitorn6s marcados, límites bien determinados, lo cual 
eonsiste las más de las veces eh que coük) esthmos metidos en el 
seno de la nebulosidad, no podemos ju'zgar de sú forma exterior. 
Por otra parte, hay con frebuencia en las capas elevadas del aire 
nubes de forma vaga, indistinta j observampois t&mbieti, especial- 
fnent« sobre las corrientes de agua que crazahí Ids valles, nieblais que 
rasan la superficie del sirelo y que úa embargo tienen perfectamentiB^ 
limitados sus contornos^ Cuando por las mafianas se extienden en 
los paises montafiosos espesas nieblas en las partes inferiores del aire^ 
se las ve muy pronto subir por las laderas de las colinas, elevarse 
poco hasta mas allá de su cuitobre, y adquirir á medida que se ale- 
jan, toda la apariencia de las nubes ordinarias. Las personas que 
lian subido algún monte y se faan visto envueltas en esas nieblas 
transformadas en nubes, se encuentran á su vez en el seno de upa 
nebuloisidad que tiene todos los caracteres de las nieblas del valle^ 
Por consiguiente, parece que no haya lugar á establecer distinción 
alguna entre ambas clases de meteoros, pudiendo decirse que si la» 
nieblas son las nubes de las capas próximas al suelo, las nubes son 
las nieblas de las altas regiones del aire« 



—185— 

*8e dividirán mil porciones según los valles^ sino que también pare- 
cerá que caen detrás de los obstáculos, en el moyimiento tumultuoso:- 
que resulta, lad iíheas de ms^or velocidad oscilan en la euperfície. 
del suelo; cada punta pasa por alternativas de calma 7 de agitacion« : 
Parecidas alternativas, pero menos rápidas, se producen también en 
los océanos El aire corre menos pronto en su -superficie que en laa 
alturas; se producen también remolinos en el sentido vertical como 
en el sentido horizontal, y además los movimientos envolventes no 
ipueden conservar la verticalidad^ de su eje en esas eondidones de 
desigual velocidad de transporte de las capas aéreas superpuestas. 
La parte superior ó media del eje adelanta sobre la parte infmor, 
y Quando el desacuerdo llegue á eierto límite, la porción. supecior 
del eje se separa, continúa su camino bajándose gradualmente Jiáeia; 
el suelo, y <suando lo ha alcanzado los mismos efectos se producen* 
El viento redobla á cada contacta; se suaviza en cada -división. 

Los montones de polyo ó de nieve, se producen, sobre toák>, bi^o 
el vienta de* los abrigos, es decir, detrás de ellos con relación al 
vienta.. XTa.poco más lejos, allí en donde el viento, le^ant^do por 
el obstáculo- vuelve, á caerá! suelo, la superficie terrestre queda re? 
vuelta;: la tierra levantada, las plantas ¡descf^lzadas de tierra y alga- 
ñau veces d^sfliraigada^ Generalmente, detrás de ios abrigos, , y á. 
cie^.dÍ9i»aoii^,,eB ^ dpi^.pau^^n los n^^ypresdesó]^ . . 

lia violencia del viento adquiere en nuestro país y en ciertos mo- 
mentos una energía extraordinaria, y lo mismo sucede en las Anti* 
Uas con los huracanes y los tifones en la India. Los destrozos que 
producen se aumentan muchas veces con temblores de tierra, á los 
cuales se atribuyen las tempestades, mientras que el examen de los 
hechos demuestra que estas tempestades existían antes y después y 
que ellas son, al contrario, las que determinan una ruptura del equi- 
librio terrestre lentamente preparado. 

Influencia de las moles montañosas sobre 
la temperatura de los vientos. 

8e atribuye muchas veces una influencia exagerada k las nieves 
que cubren las altas mesetas de las montañas sobre los vientos que 



—182— 

eiones; al bajar hasta encontrar capas mas calientes ó mas secas, sa 
base inferior se disuelve á pasar al estado de vapor invisible, al paso 
que la superior crece en virtud de nuevas condensaciones. De este 
modo puede parecer que conserva la misma altura. 

1a influencia de las corrientes, ya sean ascendentes j verticales, 
ó bien horizontales, puede contribuir asimismo k mantener las nubes 
en suspensión en el'aire. Fresnel ha aducido también otra causa, in- 
dependiente de toda hipótesis sobre fa constitución física de las par- 
tículas que componen U' nube, bien sean glóbulos de agua, vapor 
vesicular ó cristales de nieve sumamente sueltos. 

(i Compréndese, dice, -que déla extraordinaria división del agua 
sólida ó líquida de la nube resulte un múltiple contacto del aire con 
esta agua, susceptible de que la caldeen los rayos del sol y los lumi- 
nosos y caloríficos que proceden de la tierra, y que en consecuencia, 
el aire comprendido «n el interior de la nube, ó ^muy próximo k su 
superficie, esté mas caliente y dilatado que el circundante; deberá, 
pues, ser mas ligero. Resulta también de nuestra hipótesis sobre la 
gran división de la materia de la nube, que las partículas que la 
componen pueden estar muy juntas, no dejando entre sí mas que 
pequeños intervalos, y ser no obstante muy finas relativamente á 
estos intervalos; de suerte que el peso total del agua contenida en 
la nube sea una reducida fracción del peso total del aire que ésta 
encierra, y bastante exigua para que la diferenciare densidad entre 
el aire de la nube y el ambiente compense con creces el aumento de 
peso que resulta de la presencia del agua líquida ó sólida. Guando 
el peso total de esta agua y del aire -contenido en la nube sea menor 
que el de un volumen igual del aire <2ircundante, la nube se elevará 
hasta llegar k una región de la atmósfera en que haya igualdad en- 
tre ambos pesos.* entonces quedará en equilibrio. Véase, pues, que 
la altura k la que tenga efecto este equilibrio dependerá de la tenui- 
dad de las partículas de la nube y de los intervalos que las separan.it 

Fresnel hace observar además que ha de efectuarse lentamente la 
salida del aire cálido y dilatado fuera de la nube, y aun entonces 
resulta de ella una corriente ascendente, que tendiendo k levantar 
las partículas de la nube, contribuye á su elevación. Su tempera- 
tura interior disminuye de noche, pero tan despacio que la nube 



J 



—183*—- 

baja coa gran lentitud en razón de la inmensa -extensión dé «u str- 
perfície relativamente á su peso; esta es una causa que, sin contri- 
buir á la elevación de la nube, interviene poderosamente en su sus- 
pensión. La vuelta del sol la hará ocupar de nuevo su altura de la 
víspera, siempre que los vientos ú^ otros fenómenos meteorológicos 
no hayan cambiado las circunstancias atmosfmcas y^as condieio^ 
nes de equilibrio. 

Acción de las nubes sobre el calor solar.-^ 

Además de las lluvias cuya acción sobre la* vegetación es t&Ht 
eficaz, las nubes producen atro efecto no menos importante. Gon- 
tienen la radiación nocturna y templan el frío de las nochBS; Duran «. 
te el dia interceptan los rayos solares, enfrían la temperatura' de la 
luz y disminuyen su acción sobre las plantas. Sin embargo este úl- 
timo efecto no es tan considerable como podria creerse cuando' el 
cielo no está cubierto completamente. En la somrbra^ proyectada por 
por una nube, es interceptada la acción directa del sol, pero esta 
nube, si no es muy densa y las nubes cercanas nos envian la luz 
que, sin ellas, no nos llegaría. Asi suplen en parte á la pérdida 
que ocasiona la sombra. Los más altos grados de claridad, marcados 
por el actinómetro, corresponden á ciertos dias nublados. En esos 
dias es cuando se activa más la evaporación de las plantas, que es 
más alta la temperatura, más penosa y cuando son más frecuentes 
los asoleamientos. 

Vientos locales. 

Todas las montañas dan lugar á verdaderas brísas locales debida» 
á la desigualdad de las temperaturas. Durante el dia, el suelo ca- 
lentado por los rayos solares, está más caliente que el aire ambiente. 

El aire, directamente en contacto con él, participa^de este exceso- 
de temperatura y siendo más ligero, sube. Una brisa ascendente 
se eleva también á lo largo de los flancos de las montañas. Por la 
noche se produce un fenómeno inverso; el suelo se enfria más qiae 
el aire, una brisa descendente sucede á la primera. La brisa ascen- 
dente, lleva k las altas regiones el calor y la humedad que ha toma- 
do del suelo durante su estanciai 1» brisa descendente trae al llano- 



Á> 



—188— 

> «TarioB .kilómetros, la capa de aire asceniiente se divide en doscapo»" 

horizontales, presentándose en la direceion de ios <los .polos, 
L £1 movimiento ascensional asi producido,' da^ingav en la supeirfí- 
K «ie del suelo ó del mar k una aspiración de los doa. lados del Ecuador 
. térmico. Otras dos capas horizontales,. rasando la superficie del -glo- 
bo, se dirigen de las regiones templadas hacia la zona central. Esto» 
últimos, por su misma posición, pueden observarse diariamente: és- 
tas conatitujen. los vientos alisios. Las dos capas superiorerque, en 
6u parte mas elevada, escapan ordinariamente á^las comprobaciones 
.. directas, toman. el nomb^ce de eontra^alido» superiores. 

' Hasta aquí, elcii-cuito no^estk completo.. Se cierra háci»' las. re- 
I: giones tropicales por el descendimiento gradual de los .contra^alisios 
superiores que vienen á fundirse en los alisios para alimentarlos. 

La principal fuerza motriz del conjunto de la atmósfera reside en 

la, capa ecuatorii^l aspendente, en su elevada temperatura y en la 

^, . gran masa de vapor que acarrea; esta capa, netamente .definidfi y 

¡r limitada, sus peregrinaciones en la proxinüdad del Ecuador jboq re* 

, guiares como la marpha del sol. 

I, Los alisios .y los coptra-alios presentan el mismo grado de regu- 

, , laridad en la projimidad del. Ecuador térmico; p^o k medidí^ que 

, . se aleja de esta, región central, Jas causeas perturbador^, son más 

^ . numexiosas y encuentran menos obstáculos á su acción. Xa^ c^psa 

tropicales que dl^scienden de los contra-aliseos superiores, hacia los 

alisios son difusas y presentan una gran movilidad. Oon frecuencia 

franquean bruscamente y sin causa apreciable para nosotros, anchos 

, espacios en latitud, de donde nace la variabilidad de nuestros climas. 

Esta seria la situación si la tierrat estuviera inmóvil en el espacio 
:.> y si fuera el sol el que diera vueltas i^rededor de ella. La rotación 
i diurna de la tierra alrededor de su eje, conservando sifsmpre al doi- 
».. ble circuito los :oaractere8 generales que hemos indicado, le imprime 
otros de otro orden que vamos á reasumir. ' . • 

Las paralelas geográficas no tienen todas éí mismo radio y el mis^ 
mo desarrollo en largura. Van disminuyendo del Ecuador álbs po- 
los,- y la disminución es tanto más rápida ^es cuanto- se aproxima 
más de estos últimos. Como todos los puntos d% la superficie tesres* 
tre efectúan una rotación completa en el mismo periodo de 24 horas. 



-rsi— 

Acontecer á« menudo en los Bierinosos días de la estación* caiurosa» 
que la atmosfera esti completamente despejada á la salida del sol, 
sin que ninguna partícula nebulosa empafie el azul del cielo. Sin 
embargo, á medida que el sol va remontándose, se ven aparecer po- 
co á poco enla^ alturas, ligeras nubéculas que van tomando cuer- 
po, se reúnen y á veces acaban por cubrir una gran extensión del 
cielo en medio'del dia. 

La formación de estas nubes se explica perfectamente, atribu- 
yéndolfi k las corrientes ascendentes de aire cálido que hemos des- 
crito ya. Elsta» corrientes arrastran consigo el vapor de agua de 
que estaban cargadas; al llegar k las alturas, la dilatación ocasiona- 
da por la disminución de presión produce un descenso de tempera- 
tura^ el aire cae bajo el punto de saturación, y el vapor de agua que 
co^ti^ne^ ^e precipita, dando prige,ná una nube que aumenta con la 
reunión de nuevos vapores, condensados como los primeros y por la 
misma causa. 

Foi' una razón opuesta, se ven nubes, formadas en las altas re- 
giones, que se disipan, sin resolverse en lluvia y sin que el viento 
se las lleve lejos de nuestra vista. Para comprender este fenómeno, 
basta considerar que una elevación de temperatura hace, pasar de 
nuevo al estado de vapor invisible el vapor condensado. por el en- 
friamiento, r . . 

El caldeo puede tener por causa la acción directa de los rayos 
solares ó el paso de la nebulosidad al través de capas más calientes. 

Para terminar lo que teníamos 'que exponer acerca de las nubes, 
diremos aígo sobre la causa de su suspensión en el aire. Para expli- 
car esta suspensión se discurrió la hipótesis de las vesículas 6 esferas 
liquidas huecas, y aun se supuso que estas estaban llenas de un gas 
ñas ligero que el aire. Por lenta qué pueda ser la caída de las go- 
titas acuosas de que están formadas las nubes, siempre acabarían 
por caer, y la lluvia acompafiaria k todas éstas hasta su completa 
desaparición. Pero no sucede asL. Oierto es, que las nubes no están 
inmóviles en la atmósfera, sino que suben ó bajan según las circuns. 
tancias, encontrando capas de aire de diferentes temperaturas y más 
6 menos húmedas. Toda nube sufre continuos aumentos y disminu- 

29 



tAn pasado por sobre dé sub cimas. Esta influencia es real en cfer^ 
tos casos, cuando las nieves comieazan á fundir, no por la acción 
del sol, sino por el propio calor del aite. Este aire pierde entonces 
una parte de su calor, y esta pérdida puede quedar sensible á pesar 
del recalentamiento que resulta ulteriormente de la baja del viento 
en la llanura. El efecto, es entonces análogo al que se resiente por 
Ift noche en la mayor parte de los valles que se extienden bajo las 
pendientes de las mesetas. La radiación nocturna baja de la tem- 
peratura^ del suelo de estas mesetas y la del aire que las recubre. 
Este aire frío desciende á los valles y produce la impresión que le» 
ha hecho dar el nombre en ciertos países de valle» del enfriamiento, 
Pero hay otros casos, al contrario, en donde el paso de los viento» 
sobre las crestas de las montañas m&s elevadas y cubiertas de nieve 
es para ellos un manantial de calor á su vuelta en la llanura. 

Un ejemplo numérico hará comprendiBr nuestro pensamiento: 

Imaginemos que una masa de aire esté poco cargada de humedad 
para que en su ascensión no dé lugar á ningún depósito de vapor 
de agua; supongamos, además, que su temperatura no baje por el 
solo efecto dé la ascensión más que de un*grado por cada 100 me- 
tros recorridos vertical mente. A 1000 metros de altura su tempe- 
ratura habrá bajado de 10 grados. Si entonces vuelve á bajar á su 
nivel primitivo, gamark un grado por cada cien metros recorridos 
en la vertical^ volverá pues á tpmar su primer temperatura con su 
primer nivel. 

Supongamos, al contrario, que durante su ascensión, el airé se 
despoja de una parte de su vapor en forma de lluvia 6 de nieve. 
Esta condensación dé vapor habrá sido acompañada de un despren- 
dimiento de calor latente compensando las pérdidas debidas á la 
expansión del aire durante su subida. En vez de bajar de lO grados 
la temperatura de este aire habrá quizás bajado solamente de 5? 
Fero en el periodo de bajada el recaléntaraiento será parecido en los 
dos casos, al menos que algunas nubes, restos de lluvia, no se fun- 
dan en el aire caliente y no detengan su recalentamiento. Si este 
recalentamiento fuera de 8 grados solamente en vez de 10^ todavía^ 
teBdriamoB^ 3 grados dé beneficio.- 



—187— 

La& mon tafias son, pues, frecuentemente una causa de calor lÜ 
mismo tiempo que de sequedad, por sus vertientes opuestas á los 
vientos lluviosos; un» causa de calor y de lluvia en las vertientes 
«xpuestas á estos vientos. 

Circulación general de la atmósfera. 

Los vientos que soplan en la superficie de la tierra son de una 
•extrema variabilidad, sea en su dirección, sea en su fuerza. Mien- 
tras han sido estudiados de una manera local sin unir los hechos 
observados en un punto con los que se producen en otros lugares, 
«e han perdido en un dédalo del cual era imposible salir. Al con- 
trario, el día en que todas las miradas se han fijado sobre el coa- 
Junto del globo, se ha visto desarrollar una circulación regular déla 
atmósfera en la superficie de cada uno de los dos hemisferios, y los 
mismos accidentes que entorpecen frecuentemente este movimiento 
regular se han mostrado sumisos á leyes fáciles de retener en su 
<;arácter general. 

En ctra parte examinaremos en su conjunto y en sus principales 
detáHes la doble circulación aerea y marina, pues no podriamos, sin 
salir de nue§tro plan, entrar en largos detalles, y por ahora nos con- 
tentaremos con reasumir brevemente los principales rasgos: 

Ecuador térmico: es la región del globo en donde la temperatura 
es más elevada; se extiende de la América al África á través de los 
Océanos, entre los dos isotermas de 25 grados y varía algo en el 
<;arso de las estaciones. Sube hacia el Norte en verano, baja hacia 
ol Sur en invierno, siguiendo do un poco lejos la marcha del sol en 
los dos hemisferios* 

Sobre toda la prolongación del Ecuador térmico y particularmente 
«n las partes de los océanos que atraviesa y en donde los movimien- 
tos aéreos son mas libres, el aire muy recalentado se eleva en masa 
hacia las altas regiones de la atmósfera y forma lo que se llama la 
capa ecuatorial ascendente, de la cual veremos mas lejos sus pro- 
piedades. 

Alisios contra-alisios. 

Llegada á cierta altura que nos es desconocida, pero que pasa de 



-18*— 

el trio que lia recogido danmte la noche al saelo enfriado por la 
radiación. 

Las bríiai de tierra y de mar qae soplan sobre las costas tienen 
un origen análogo. La temperatara del saelo cambia mucho del dia 
á la noche: la del mar varía poco. Durante el dia, el suelo está más 
caliente que el mar; el aire en él es ascendente 7 atrae la brisa de 
mar que refresca la atmósfera. Sucede lo mismo durante la noche, 
en sentido inverso. Estos son fenómenos locales extrafios á la cir- 
culación general de que hemos tratado más arriba. 

Estas diversas brisas al combinarse con los vientos generales y 
con la dilatación del aire en los meridianos por donde pasa sucesi- 
vamente el sol, producen la rotación diurna comprobada en muchas 
localidades. Se dice que entonces el viento da vueltas con el sol. 

Progresión Ue los vientos. 

Oon bastante frecuei;'^ia se ven transportarse los vientos *en la 
superficie del gl^ en sentido contrario á su dirección. Un viento 
"del norte, por ejemplo, comenzará á soplar en el mediodía de una re • 
gion; antes de propagarse en el Norte. Se explica este fenómeno por 
la producción fie centros c|e aspiración debidos á diversas influen- 
cias y especialmente al vacío producido por las condensaciones de 
vapores. Oasi siempre efijtop vientos, no son en realidacf más que 
vientos de remolinos ó bien vientos envolventes que pertenecen á 
un torbellino cuyo centro cambia progresivamente. En este último 
caso, los vientos que soplan en la dirección del transporte del eje, 
progresan en el sentido en que soplan; los vientos opuestos progre- 
san al revés de su propio movimiento. 

Los vientos soplan rara vez de un modo igual y continuo; resien- 
ten numerosas intermitencias en su fuerza y hasta en su dirección. 
Los vientos que demuestran las nubes presentan más regularidad, 
salvo en les tiempos de tempestad, y es que nada estorba en los 
movimientos del aire en las regiones elevadas, lejos de las asperezas 
del suelo. Las resistencias que estos movimientos producen en la 
superficie de la tierra hacen por efecto producir también muy gran- 
des irregularidades en la marcha de los vientos superficiales. No 
solamente estos últimos seguirán las líneas de menor resistencia y 



BVL velocidad debe vaiiar según su distancia .al Ecuador y en la mis- 
ma proporción que los radios de los círculos que describe. 

En el mismo Ecuador, la veloeidad es de 416 leguas por hora en 
éí sentido del Oeste al Este; no es mayor de 273 leguas en Faris; (*) 
desciende k 238 leguas en Newcastie sobre el 55^ grado de latitud^ 
en el mismo polo es nula. Un cuerpo en reposo aparente en New- 
castie se mueve, pues, en realidad con una velocidad de translación 
de 336 leguas 4)or hora en el sentido del Oeste al Este. Imaginemos 
que se le transporta bruscamente á París, cuya velocidad de trans- 
lación en el mismo sentido es de 273 leguas. Entonces cuando Pa- 
rís haya recorrido 273 leguas, el otro no habrá recorrido más que 
238; se encontrará, pues, atrasado de 35 leguas; y como París pare- 
cería inmóvil, se nos figuraría que el cuerpo marchaba de Este á 
Oeste, en sentido contrario de la rotacicm terrestre, con una veloci- 
dad de 35 leguas por hora. La inversa sueedería con un cuerpo que 
se supusiera bruscamente transportado de París á Newcastie; pa- 
rocería animado de una velocidad de translación de 35 leguas por 
hora en el sentido del movimiento terrestre, es decir, del Oeste al 
Este. 

Toda masa de aire que tiende k aproximarse así del BcuadQr j 
alejarse de los polos, inclina^al mismo tiempo hacia el Oeste. Toda 
masa de aire que tiende á alejarse del Ecuador y á aproximarse de 
los polos, inclina al mismo tiempo hacia el Este. 

Los alisios que reinan en la superficie del globo de los dos lados 
del Ecuador no marcharán, pues, como lo habiamos supuesto prime- 
ramente, del N. al S. e^ maestro hemisferio y del S. al N. en q1 he- 
misferio opuesto. Los unos y los otros irán al Oeste. 

Llegados á la c^pi^ ecu^tprif^l s^oendente, estos alisios conservan 
una part^ 4q s^ velocidad c^dquirid^ en el sentido 4el Es^te al Oeste 
y van ¿ inundar la Améñcft del S\ir ei:^ donde ae encueptra el ño* 
más ya^to c(el globo. 



(*) Aludo al meridiano de Paria porque en aquella ciudad tomé tos datos que 
marco en el texto. 

so 



-so- 
corriente ecuatorial. 

Los contra- alisios superiores guardan quizás al -principio una 
<porcion-de su velocidad; pero como marchan del Ecuador hacia los 
polos, no -tardan en cambiar poco á poco hkcia el Este, y cuando ba- 
jan hacia la superficie de la tierra constituyen la gran corriente que 
domina en esos climas y que se designa con el nombre de corriente 
ecuatorial del S. O. á causa de su dirección general y de su lejano 
origen. 

La corriente ecuatorial del S. O.no contiene la totalidad de las 
masas de aire arrastradas por los contra-aliños superiores. Una 
parte de estas masas de aire vienen directamente k fundirse en los 
alisios de -donde proceden y bajo la influencia de los obstáculos que 
oponen las corrientes á su libre desarrollo, completan la circulación 
local de cada uno de los áw grandes océanos; pero otra parte más ó 
menos grande de estas ix^asas de aire franquean estos obstáculos y 
llevan su contingente á otros depdsito& Sin duda, el equilibrio se 
establece sien^pre entre la cantidad de aire que la capa ascendente 
vierte en los contra-alisios superiores y la que le llevan los alisios 
inferiores; pero por una^Mrte las corri^ites superiores pueden re- 
partirse en dos porciones desiguales.y variables entre los dos hemis- 
ferios; y por otra parte, cada uno de -estos dos hemisferios puede 
contribuir en proporciones desiguales y variables también á la ali- 
mentación de la capa ascendiente por los alisios. Todas las partes 
del globo son así solidarías las unas de las otras, y los cambios in> 
t^esantes del estado del tiempo bu la superficie de nuestro país, cam- 
bios que uno tiende, íá pesar suj^, á unir k influencias locales, tienen 
un origen bastante mas lejano. 

Si, sin ocupamos de las corríetítes que se producen en el hemis- 
ferio á una altura que no podemos alcanzar, observamos solamente 
los liechos comprobados en la superficie del globo, encontramos prí< 
•meramente, cerca del Ecuador^ una zona llamada de calmas ecuato- 
rialeSf porque el aire ascendente no tiene mas que una velocidad 
horizontal muy débil. Podría decirse casi también zona de brisas 
variables, zona de las nubes, délas lluvias j delfts tempestades per- 
petuas. El calor es allí sofocante^ aunque en la misma superficie del 



.V 

I 



—191— 

mar la temperatura sea quizás un poco menos -alta que en otra'parte^* 
á causa de la presencia de las nubes; pero la temperatura media de^- 
la column» de aire que descansa en su superficie está eb su máxi- 
mum, la humedad es muy penetrante y el barómetro generalmente 
está bajo. 

De cada lado de la zona ecuatorial se encuentran las dos zonas 
alisias, de vientos regulares, de cielo casi siempre puro, en donde 
las lluvias son casi desconocidas. 

Mas allá, encontramos otras dos zonas llamadas de las caUn/M 
trepieales, en donde la presión barométrica está en su máximun. El 
cielo está generalmente nublado, pero sin lluvia. 

Mas allá todavía, hacia las regiones templadas, reina el contra- 
alisio, bajado de las a]tas regiones de la atmósfera hacia la «upeirfí- 
f . cié del suelo, que recorre horizontalmente en vastas extensiones á lo 

que se llama la corriente ecuatorial. Las lluvias son allí frecuentes, 
sin tener ni la abundancia ni la continuidad que presentan en la 
zona ecuatorial ascendente. Numerosos accidentes, teniendo todos 
el carácter de movimientos envolventes ó de torbellinos, se produ- 
cen en este contra-alisio y se propagan con él, sembrando á su paso 
las tempestades, las lluvias y los huracanes. 

El sol, cuya acción produce en resumen todos estos- efectos, cam- 
bia en la superficie del globo' según el curso de las estaciones. Está 
cerca del polo Norte durante la primavera y el verano; se aleja du- 
rante el otofio y el invierno. El Ecuador térmico, las calmas, ecua. 
toriales, los alisios, las calmas tropicales, la corriente ecuatorial, le 
siguen de lejos en su marcha y reciben de él un balanceo regular 
del Norte al Sur y del Sur al Norte. 

Añadamos, en fin, á las causas generales^ que acabamos de revi- 
ar, que nuestro hemisfeiio, en sus regiones polares, se enfria mucho 
en invierno y se recalienta en verane, mientras que sucede lo con- 
trario en el hemisferio opuesto. Bajo la influencia de las dilatacio- 
nes y de las contracciones que resoltan en su volumen, una parte 
de la atmósfera viaja de un polo al otro en el transcurso de un afio. 
Los alisios y los contra alisios reciben alternativamente un debili- 
tamiento ó un aumento de intensidad particularmente sensibles en 
el otoQo y en la primavera. Todas estas causas generales imprimea 



un carácter especial al régimen de los yientos y de las Mnvias en- 
carfa región, y dominan todas las causas accidentales y locales^ cuya' 
influencia aparece solamente en el detalle de los fenómenos. 

Temperatura del aire. El termómetro. 

Cuando colocamos diferentes cuerpos eti nuestra mano, nos pro- 
ducen sensaciones de calor ó de frió. La causa que áh á estos cuer- 
pos la propiedad de parecemos calientes ó fríos, se llama calar. Sin 
embargo esta impresión no nos permite tener una idea exacta del 
estado calorífico del cuerpo, pues es variable con las circunstanciiEUi; 
la misma agua puede parecernos caliente en verano y fria en in- 
vierno. Las sensiaciones caloríficas dependen evindente mente del 
estado calorífico de nuestro cuerpo. Así, se han debido buscar los 
medios de medir, hasta cierto punto, el calor que tienen diversas 
sustancias. Estít probado que el calor dilata los cuerpos y se hlan 
podido^ encontrar ciertas sustancias que se dilatan regularmente 
cuündo se las somete á un calor progresivamente creciente. Se com- 
prende que se haya podido hacer servir estas dilataaciones k la me* 
dida de las temperaturasi No describitámos, ahora, los numerosos 
instrumentos que se emplean en estas medidas; nos limitaremos á 
algunas indicaciones sobre el que es mas generalmente adoptado: el 
termómetro de mercurio. 

Entre los líquidos cuya dilatación per-raite evaluar fácilmente las" 
temperaturas^ se esoojeel mercurio: primero, porque su dilatsicion es 
muy regular; segundo, porque gracias á su muy grai^de conductibi- 
lidad y á su débil calor específico, es decir, á la poca cantidad de 
calor que necesita para que suba su temperatura en loa medios en 
que se coloca; tercero, porque se le purifica fácilmente lavándolo con 
ácido asótico; cuarto, en fin, porque no se congela masque á tempe- 
raturas sumamente bajas. 

Supondremos que nos han remitido un termómetro bien construid 
do: su tutx), colocado sobre el depósito del líquido^ tiene un canal 
interior muy fino y perfectamente cilindrico; ha sido dividido muy 
exactamente en partes de igual volumen; el mercurio ha sido puii- 
ficado; el aire ha sido completamente expelido del instrumento. Me* 



tienáo el tetmbmetró eñ hielo qué se estí^ deshaciendo ó fundiendo 
tsé há marcado cero en el punto donde ha bajado el termómetro; co- 
locando el termómetro en el vapor de Una agua calentada hasta la 
ebullición bajo una presión atmoáf erica dé 760 milímetros, se ha 
marcado 100 eñ ol punto en donde se ha detenido el mercurio. 

Estos dos puntes O y 100 son obmpleéamente arbitrarios; la tem* 
peratura cero ne Indica una falta completa de calor, todavía tiene, 
puesto qué hay necesidad dé prolongarlo bajo el punto de partida 

dé las divisiones del tubo; se han escogido estos dos puntos k causa 
de la facilidad que hay para determinarlos. La escala centígrado, 
la que hemos adoptado, se debe á un físico sueco, llamado Gelsius. 
Durante mucho tiempo, se dividió en 80 partes la distancia que se- 
para las extremidades de la ooluiyna mercurial cuando se introduce 
el instrumento en el hielo al estarse deshaciendo y en el vapor de 
agua hirviendo: esta escala sé debe al físico Reaumur. En Inglaterra 
emplean todavía hoy la escala Earenheit, cuyo cero correspondo 
á la división del tubo en la que se detiene el mercurio cuando so 
mete el instrumento en una mezcla de pesos iguales de sal amonia- 
co y de nieve; en la nieve fundente, este termómetro marea 32 gra- 
dos y en el vapor de agua hirviendo 212 grados. 

En la comparación de las tres escalas, centígrados, Reaumur y 
Farenheit, 20 grados centígrados, por ejemplo, corresponden pues 

20 X 8ÍÓ 20 X 180 

¿ ó 16 grados Reaumur y á32 + ó 32 + 36, es 

100 100 

decir 68 grados Farenheit. 

Aunque el isercurio no entra en ebullición mas que á 350 grados, 
no se puede contar sobre sus indicaciones mas allk de 100 grados, á 
•oausa de la variación de su coeficiente de dilatación; solidificándose 
ol mercurio hacía 40 grados bajo ceiró, sé ve que el termómetro de 
mercurio no puede emplearse útilmente mas que para medir las teta- 
peraturaa entre 40 y 100 grados. 

Uñ termómetro debe poseer dos cualidades: debe ponerse pronto 
en equilibrio de temperatura con los cuerpos; su depósito debe pueá 
aer pequefio, á fin de que la masa del mercurio que se calienta sea 
peqiiefta; debe presentar grandes variaciones de volumen para muy 



—19*— 

débiles variaciones de temperatnra: su varilla debe ser muj capilar. 

Todos los termómetros con mercurio concuerdan en cero y en 100 
grados, puesto que se han marcado estas divisiones en las misma» 
condiciones; sin embargo, por una parte, el cero varía de lugar al- 
gunas veces bajo la influencia de un trabajo molecular que se opera 
en el vaso, y debe comprobarse algunas veces este punto inicial; por 
otra parte, dos termómetros que conouerden á cero y á 100 gradoa 
no son mas comparables en el intervalo, á causa de las variaciones 
desiguales de la dilatación de los vasos, y se debe, cuando se emplea 
un instrumento, haberlo comparado antes con un termómetro etalon, 
es decir, perfectamente al corriente. 

En las estaciones meteorológicas, se tienen tres termómetros: el 
que acabamos de decribir, un termómetro de máxima y un termóme 
tro de mínima. 

Estos dos últimos instrumentos no dan mas que la mas alta y la 
mas baja temperatura del dia, por medio de disposiciones qu^e luego 
esplicarémos. 

Los meteorologistas de algunos de los principales observatorios 
de Europa se han limitado ó abstenido, durante cierto tiempo, de 
observar el termómetro en cada una de las 24 horas del dia. Si cada^ 
dia se añaden las 24 horas obtenidas de este modo y se divide 1& 
suma por 24, se tendrá lo que se llama la temperatura media del dia. 
Si se divide la suma de las temperaturas medias de los diferentes 
dias de un mes por el número de los dias de este mes, se tendrá la 
temperatura media del mes. En fin, si se divide por 12 la suma d^ 
las temperaturas medias de los meses, se tiene .la temperatura me-^ 
dia del año. 

Temperatura propia del aire. 

Es difícil determinar la temperatura propia del aire de una ma- 
nera precisa. A cada instante del dia ó de la la noche, esta tempe- 
ratura depende: de una parte de la cantidad de calor que toma el 
aire por su contacto con los objetos vecinos cuando estos objeto» 
están mas calientes que él, y del que extrae k las radiaciones que la 
atraviesan. Por otra parte depende de la cantidad de calor que 
abandona el aire por vía de radiación directa, y del que pierde por el 



^, 



— 19S— 

Contacto con los objetos que lo circundan, cuando estos objetos estiua 
mas fríos que él. 

La temperatura indicada por un termómetro expuesto al aire 
queda sujeta á las mismas condiciones generales. 

Respecto á la ventaja ó á la pérdida de calor por su coQtacto coa 
el aire, esta pérdida y esta ventaja, siendo proporcionales á la dife- 
rencia de las temperaturas, el termómetro quedará un poco retrasa- 
do. Guando sube, queda mas abajo de la temperatura del aire; cuando 
baja, queda un poco abajo. Siempre serk la diferencia tanto más 
débil qub en cuanto la masa del termómetro sea menor y que el aire 
esté mas agitada 

Respecto á las radiaciones, las influencias son de un orden mas 
variable y mas elevado. El aire que tiene un poder absorvente con- 
siderable cuando se le considera en grandes espesores, no ejerce mas 
^ue un poder muy débil -eñ un espesor de algunos metros solamente. 
<iuedi^ pues poco influida su temperatura por las radiaciones que lo 
atraviesan. Estas radiaciones, al contrario, son detenidas por el ter- 
mómetro que las aprovecha, y cuya temperatura se eleva en propor* 
ción durante el dia. Durante la noche los rayos de calor y de luz 
difusa desaparecen casi completamente; pero entonces el termómetro 
y los objetos terrestres son los que irradian más que el aire y cuya 
temperatura baja más que la temperatura del aire. 

Sin embargo no debe exagerarse la importancia de estas diversas 
causas de error que una buena colocación del termómetro puede re- 
ducir á límites bastante extrechos. Así y para quedar bien al co* 
niente de estos detalles, convendrá que digamos algunas palabras 
acerca de las precauciones especiales que requiere el uso del termó- 
metro en los sitios en que se quieran hacer las observaciones de 
«ierta precisión, como sucede en las haciendas á establecimientos 
agrícolas, qvk están bien dirígidos y montados según lo requieren 
las necesidades progresistas de la agricultura. 

Aquí solo nos referimos k la temperatura del airia. Ya sabemos 
que debe entenderse por temperatura del aire en un puntó y en un 
momento dados la que tiene el medio fluido en una extensión sufi- 
cientemente grande al rededor del lugar en que se hace la observa- 
ción. Así pues, importa, en el mas alto grado^ que la instalación dé 



^ 



- isiff— 

Tes m8trumentp& sea tal, que no los afecte la acción ^e las cansan 
puramente particulares y capaces de alterar las indicaciones (}el ftpft: 
rato t^rmométrico. Estas causas se pueden enumerar como sigue; 
Primero: la radiación directa de un manantial de calor, y princi- 
palmente del soL Segundo.* la radiación indirecta i> pqr reflexión 
procedente de objetos próximos, del suelo desnudo^ ¡de paredes .cal- 
deadas por el sol, <kc. Tercero: las corrientes accidei^tales de aire 
estílente ó frió. Cuarto: por último, el enfriamiento motivado por If^ 
evaporación, cuando el depósito del termómetro no está perfecta- 
mente seco. 

Si se trata de una observación aislada y accidental, ^ue se haya 
de hacer lejos de la finca, se averigua la temperatura verdadera del 
aire, y se evitan las anteii(Mres causas de error, vi^liéndose del teV' 
múmeiro honda, 

^s un p^^u^fio termópoetro de mercurio qc^^ se ata á Ifi pup^ di^, 
un'cprdpn y se íe.hace dar rápidas yueit^ en el air^, teniendo eni|t 
inano la otra punta, con lo qual 9) in^truiifiento 99 pone en contactp 
con una masa de aire constantemente renovada, y el efecto de este 
confiactq pre4omi^a notablemente sobre los de la ra4iacion. Sin em- 
bargo, lo mejor es efectuar esta c^p^racion k la SQmbca y repetirla^ 
basta que, despuejjs dQ consultarlo clps ó tres veces, sq v.^a que ppi^rea 
ei mismo número de grados con i^na ó dos décio^as d^ ^^^F^^^l^*^ 
Según Bravais, ^1 teripómetrp honda marpa Ufia jbe.mperajbura qi;e 
difiere ligeramente de la de un termómetro pilPfto á 9^l)iertp: un 
poco inferior durante el dia, y ^Igo superior de noche. La difereí^; 
cia máximum se obtiene á mediodía, hora del máximum de luz. Da* 
rante el dia el termómetro hondf^ ápesar de la corriente ^e aire qiie 
se establece artificialmente á su alrededor, da indicaciones mas altas 
que el termómetro fijo, que p|iesto á citbiertp no está Cft rf|UPÍQ&, 
con el horizonte. 

Sin duda las radiaciones son un ^l^m^nto i^pteprplógicp, ^ n^QC^ 
tan p^e^ciíjl^ de ppijocer, cowo. la t^mp^fttura prppijp; del ^e; pero 
psff^ obtener ^t^» re?ultefip8| es neppsario eyaluiirlQii el i^np y fi 
otTff por distintps ii^ét9^% aislfoido su^ ^f<^o;to8. 

Bajo elpuntp de yí^í^ de }a v^getacipn, los extremos ^rn^qrpó- 
triiqpstjene^n 1ípag?jan impp^tepci?, al menos ton grjifd^ 90150 Ift 



—187—. 

temperatuRa -media ^el dia. Al|pintt8liot«8:deieaiiarclukó debeltfdM 

bastan algunas veces, «n.pRmavera,:para'dettrair las^ooseohas aae- 

^ jor preparadas; los asoleamientos en la época de echar la flor ó de 

fractifiear poeden- peodadr igaalmente^^piuéeB pequieios. "Asi casi 

todos los observadores han adoptado el uso de los termómetros k 

máxima y mínima, ann cuando hagan sus observacionet en horas 
fijas. 

Bltonndmetfa4niltttma es un termómetro de ^odiol que con- 
tñne en su varilla ?un pequefto kidice esmaltado. ^Bste instrumento 
debe cdoe«ne>horiiontiüaeBtó;yine9iMr ligeramente indinado sobre 
et horizonte, el depésitoabajo^ paraevitar que las gotitardé alcohol 
se separen'de li^ columna y lulseén asi lae indicaciones. 'Para expe- 
rimeatárlo^ ite levanta 'él itistnimeñto ^oon el depósito amiba para 
ÍHM3er'iMbalttr el índioeró'depóBito hasta la extremidad 'de la colum- 
na, despue» se le vuelvek colocar en su posición horizontal. A me- 
dida q^tte^ el^^terttlóBQíetro bajadumote la noche, el índice vuelve 
atr&8;q«eda;ml oontrarío, -en' su' sitio cuando el ter móm e tro sobe, y 
'tttiestra^BSÍ erputtto'ttas^bajo al cuál ha bajado la temperatura. 

El 'termómetro- áiNddsiTiM es un "termómetro de mercurio de un 
'empleo ^más^tielicado ^e' el -anterior. El mejor es el llamado de 
Walférdin. 'LaHsod'umna de mercurio está dividida en su extremidad 
libre, por una burbujita de aire que separa un índice de algunos 
centímetros de largo. Guando sube la temperatura el índice es em- 
pujado hacia adelante; cuando baja el índice queda en- »\ sitio y 
muestra el grado que alcanzó. Este termómetro tiene el mooa ve* 
niente de estropearse fácilmente durante el tmn^vorte. Es muy? fá- 
cil ponerlo en buen estado, pero es una qperacion: :que se neceóta 
haber visto hacer y haberse ejercitado. En el termómetro ármáxtoia 
de Negrettí, la división de la columna se hace por^si misaia eniuna 
estrechez practicada en el punto de unión de la columna y del 'de- 
pósito. La columna se-alarga á medida que la^^ temperatura soba; 
queda en su sitio cuando la temperatura baja Despuoi' de ileer< el 
g^ado del t^mómetec^ se le levanta cen el depósito abajo» y iportme- 
dio de algunos golpecitos con el dedo» se hace pasara el merouido al 
depósito. Este instrumento plstoncaalgimas veces, leadeeir^-iqueau 
colamna sube por sacodidaa debidas á las gotítaad6»merowrio< 

81 



# 



._198— 

salen del depósito para afiadirse á la colnmna. Es un defecto al que 
se debe atender cuando se eligen los aparatos. 

Variaciones diurnas de la temperatura del aira 

Nadie ignora que el momento del dia en que el calor es mas fuer* 
te, nó es precisamente el de la mücbd de aquél, por mas que al medio 
día esté el sol en el punto culminante de su carrera. Guando hace 
mas calor es por la tarde. Asi también, tampoco está el aire mas 
frió precisamente á media noche, y las personas madrugadoras saben 
que su enfriamiento es mayor un popo antes de la salida del sol. 
Pero las impresiones personales no bastan para determinar los mo 
mentos precisos del máximum y del minimun del calor del aire y la 
marcha de la temperatura en estos puntos extremos, sino que se ha 
de consultar el termómetro, y esto á intervalos bastante cortos y 
durante un espacio de tiempo suficientemente largo, para que resul- 
ten eliminadas las variaciones accidentales. Observar k cada hora 
es una tarea sumamente pesada y laboriosa, aun concretándose á las 
horas del di& , Con, respecto á esta clase de trabajos, citase la serie 
horaria formada por Oiminello, meteorologista de Fadua, el cual 
consultó el termómetro diez y seis meses consecutivos desde las cua- 
tro, de la maftana hasta las once de la noche, y aun agregó k ella de 
vez en cuando otras observaciones nocturnas. 

He aqui cual es la ley de estas variaciones: 

Oada día de veinticoatro horas comprende un máximum y un mi- 
nimun de temperatura. El máximun ocurre á eso de las dos.de la 
tarde, y el mínimum cosa de media hora antes de la salida del soL 
Pero estos instantes varían durante el transcurso del afio; en in- 
vierno, la hora del mái^ímum está mas cerca del medio día, y por ei 
contrario mas lejos en verano: así también la hora del mínimum está 
mas próxima á la salida del sol Qn verano que en invierno. Luego 
veremos cuales son las razones de estas diferencias. 

Hepresentando por un«i curva ias variaciones diurnas de la tem- 
peratura en las distintas horas del día y de la noche, veremos que 
esta curva cambia progresivamente de forma y de extensión, según 
los meses y las estaciones, según los lugares, su posición geográfica 



199 — 

ó física y la altitud del punto en que está instalado el termómetro. 
Y no tan sólo cambian las horas del máximum y del mínimun con 
las circunstancias 6 condiciones que acabamos de enumerar, sino 
también la amplitud de las oscilaciones ó la diferencia de los< extre- 
mos diurnos de temperatura. 

Oon\riene tener en cuenta que esta curva representa la marcha 
para cada hora del día y de la noche, el promedio de las tempera- 
turas observadas á esta hora durante toda la serie de los diez y seis 
aflos de observación que han servido para el trazado de dicha curva. 
En realidad las horas del máximum varían durante el afio, suce- 
diendo lo propio con aquellas en que se observa la temperatura me- 
dia diurna; el promedio de la mafiana mas retrasado en invierno se 
observa á eso de las diez en Enero y á las siete en Julio. 

Las circunstancias locales pueden cambiar un poco la posición de 
las temperaturas extremas; así es que en la proximidad del mar las 
brisas marinas alcanzan al medio día el máximum termométrico del 
día. Las brisas de las montañas producen efectos del mismo género, 
pero en sentido inverso, en los sitios elevados. Pero dejando aparte 
por un momento estas condiciones locales, generalmente se observa 
que la diferencia media entre la máxima y la mínima diurnas, es 
tanto mas grande que en cuanto se penetra mas adelante al interior 
de los continentes y que se aproxime de las regiones ecuatoriales. 
En la misma zona, de las lluvias ecuatoriales, disminuye al contrario 
á causa de las nubes permanentes que cubren el cielo. 

Estos diferentes movimientos del termómetro corresponden k 
cambios necesarios en los usos de diversos países. 

Las temperaturas bajas, pero poco variables, durante el día, en los 
climas del ^Norte, no exigen las mismas precauciones que la frescura 
de las noches, sucediendo á los fuertes calores del día en los países 
cálidos como el de este Estado de Morolos, situados á cierta distan- 
cia de los océanos. En cambio, esta frescura de las noches nos deja 
descansar de un calor cuya continuidad seria difícil soportar. Efec- 
tos análogos se hacen notar en la vegetación. 

Según las investigaciones actinométricas mas recientes, las capas 
mas elevadas de la atmósfera absorven una mínima cantidad del ca 
or solar; á la altitud, por ejemplo del Fopocatépetl, la intensidad 



^ aoa— 

de la.ndiaoioii tiene *án los diez y seis séptimos aproximadamente 
4el valor qae poeeia.á.stt entrada en la atmósfera; á ]a de 1,200 me 
tros todaviik no ha perdido mas que un quinto; por último, á 60 
metoos de altitud, sobre el nivel del mar, sólo está reducida á un 
tercio; de suerte que el caldeo directo de todas las capas atmosfóri- 
oaa, casi nulo para las capas superiores, no ha empezado á ser efec- 
tivo sino en un espesor que cuando más puede valuarse en la quin. 
ooagésima parte det espesor total. 

Esto se- comprende, pues, como sabemos: el aire puro es diatér- 
mano; «e caldea muy- poco por radiación directa^ y parece probado, 
especialmente por los experimentos de Tyndall, que debe la mayor 
parte de su poder absorbente k los vapores que tiene en suspensioui 
ácido carbónico y vi^r de agua. 

CkHno las capas más bajas son las que las contienen en mayor 
abundaneÍA, fácilmente se comprende que sean las primeras que se 
ealienten y con más fioerza, ya por. la acción directa de los rayos so- 
lares, ó ya por la radiación del suelo con el cual están además en 
contacto. Estas capas, una vez caldeadas, transmiten su calor á las 
%ne tienen aobve ellas, por conductibilidad y por convención á la 
vez, sobre todo por este último modo de propagación. Asi es como 
la- atmósfera se caldea progresivamente por efecto de las radiaciones 
oaiorificas del aoL 

Pero al mismo tiempo que croee la temperatura del suelo y del 
aire, ocurre un fenómeno inverso que propende á bajarla, y cuya 
causa está en la radiación de la superficie terrestre, así como en la de 
las capas atmosf éricaá, que envían al espacio cierta porción del calor 
que les ha transmitido el sol. De este cambio recíproco entre el sol 
la tierra,, la atmósfera, y el espacio, cambio que se efectúa á todas 
las horas del dia y de la noche, resulta la temperatura que marca 
un termómetro situado en un punto del medio aéreo. Mientras el 
calor recibido en este punto predomina sobre el radiado ó perdido, 
la tempMiitura del aire vá decreciendo de un modo continuo, hasta 
el momento en que igualándose estas dos cantidades se llega al máxi- 
mun. Ahora bien: desde la salida del sol, hasta el medio diá, ins- 
tante en que el astro llega á su mayor altura sobre el horizonte, la 
intensidad del calor solar va creciendo^ por dos razones.* la primera, 



porqti« el espesor de las capas atravesadas va disminuyendo mis y 
más; y la segunda, porque la extensión de la superficie caldeada por 
un haz calorífico de sección dada, es tanto menor cuanto monos oblí» 
cuamente dá el has en el suelo, y per consiguiente es tanto mAyor 
la. cantidad de calor recibida por la unidad de superficie. 

Pasado el medio dia, la intensidad de la radiación solar empiezv 
á disminuir, sin embargo, aún continúa prevaleciendo la cantidad de 
calor recibida sobre la que se pierde por via de radiación, y sigue 
acumulándose. Esto nos explica por qué el máximun termométrico 
se observa después del medio dia, á la 1 ó 2 de la tarde en invierna 
un poco después en verano, en que el sol se remonta á mayor altu- 
ra sobre el horizonte, quedando por consiguiente su acción calorífica 
más tiempo preponderante. 

Transcurrido el momento del mkximun, el fenómeno sigue una 
marcha contraría; la intensidad iie la radiación solar disminuye po- 
co k poco hasta el momento de la puesta del sol. Desde entonces la 
radiación va prevaleciendo y U temperatura baja progresivamente. 
Tan luego como el sol está debajo del horizonte, como ya no hay 
nada que compense el enfriamiento, el calor acumulado durante ei 
dia, se disipa más y más, hasta el momento en que los rayos solares, 
traspasando de nuevo las capas atmosféricas, inician un nuevo pe<> 
riodo diurno. De este modo se vé cómo la temperatura no tiene ca- 
da dia mas que un máximun y un mínumun, y por qué se presenta 
^ primero algún tiempo después de medio día, y el segundo poce 
«ntes de la salida del sol. 

Ahora, debemos apresurarnos á añadir que no ocurre todo con la 
regularidad que supone la explicación precedente, pues median mu- 
<:has causas que modifican transitoriamente la marcha diurna de la 
temperatura, y el estado más ó menos puro del cielo y más ó menos 
cargado de nubes, la calma ó agitación del aire, su sequedad ó su hu- 
medad, intervienen, ya sea para favorecer ó ya para interceptar las 
radiaciones solar y terrestre. Los esfuerzos de estas influencias opues- 
tas aumentan unas veces y reducen otras la amplitud de la oscila- 
ción termométrica, y á menudo cambian las horas en que se produ • 
cen las máximas y las mínimas. Pero todas estas irregularidades 



accidénteles desaparecen, tan luego como se consideraB loe prone* 
diof horarioe de nn periodo de tíempo bastante largo. 

La marcha dinma de la temperatara es la misma, 6 poco menos, 
en todas las latitudes, en las regiones tropicales, en las zonas tem- 
pladas, donde quiera que el sol sale' y se pone en el intervalo de 
Teinticuatro horas. Pero las amplitudes de la oscilación son muy de- 
siguales de un punto á otro. Entre los trópicos, en nuestro país, la 
oscilación es casi constante todo el afio, lo cual se explica por las 
escasas variaciones que ocurren en las alturas meridianas del sol 
y en la duración de su presencia sobre el horizonte. En las inme- 
diaciones de las costas, las brisas marinas que comienzan á soplar ¿ 
eso del mediodía, hacen que baje la temperatura lo bastante para 
que se adelante ]a hora del mkximun, entonces k veces precede al 
momento del paso por el meridiano 

Las diferencias entre la amplitud de variación diurna según la 
latitud, en invierno y en verano, se explican fácilmente por la du- 
ración relativa de la presencia ó de la ausencia del sol sobre el ho- 
rizonte. La situación geográfica influye también, aunque de otro 
modo, en esta amplitud. Si la estación que considera está cerca del 
mar, la desigualdad de temperatura entre el dia y la noche es me- 
nor que si se trata de un punto situado en el interior de las tierras. 
Para darse cuenta de esta influencia basta recordar que el aire de 
las capas inferiores se caldea en gran parte por su contacto con la 
superficie del suelo y por la radiación calorífica de éste. Ahora bien, 
para que el agua de los mares se eleve cierto número de grados, ne- 
cesita mucho más calor que las partes sólidas de las superficies de 
las tierras; por consiguiente se caldea mucho más despacio bajo la 
acción de los rayos solares, y también se enfria con menos rapidez 
de noche. Su radiación es así mismo menor, resultando de aquí que 
el aire en contacto con el mar se caldea y se enfría monos pronto 
que el que está en contacto con las regiones continentales; las dife- 
rencias de temperatura entre el dia y la noche son pues, á latitud 
igual, menos en las estaciones marítimas que en las situadas en el 
interior de las tierras. 



-203— 

Variaciones mensuales. Temperatura media. 

Sus variaciones. 

Las variaciones di'arnas de que acabamos de hablar se deben ai 
iDOvimiento de rotación de ía tierra: un mismo punto del globo es 
desigualmente calentado por el sol en las diferentes horas del día. 
Pero la tierra está animada de un movimiento de translación alre- 
dedor del sol y describe su trayectoria en un afio. El sol ocupa, pues, 
<son relación á cada punto del globo, posiciones variables de un dia 
al otro del afio, los rayos que envía son más ó menos oblicuos, el 
•calor es variable; esto es lo que constituye el fenómeno de las esta- 
ciones. 

La definición de la temperatura media es análoga á la de la pre- 
sión media atmosférica. Si se observa el termómetro á intervalos 
' iguales y sucesivos, por ejemplo, á cada una de las horas del dia y 
de lá noche, y si se divide la suma algebraica de los grados obser- 
vados por su número, se tendrá la temperatura inedia del avre. De 
igual modo se tendrá la temperaiura media mensual tomando el pro- 
medio de los promedios diurnos para todos los dias del mes, y si se 
hace la misma operación para todos los dias del afio, se tendrá la 
temperatura media anual del lugar. No hay nada mas sencillo ni 
fácil de comprender, pero tan poco hay nada de tan prolija ejecución. 

Fuera de esto, todo se refiere i encontrar la temperatura media 

del dia. Como la lectura de 24 observaciones horarias sería pesada 

•^n demasía, se ha procurado simpli€car, reducir el número de estas. 

La experiencia ha demostrado que se podia conseguir de vari^w 

modos. 

Las mas de las veces bastan tres observaciones y -en muchos paí- 
ses se escogen las horas siguientes: 6 de la mafiana, 2 de la tarde y 
10 de la noche, mediando por consiguiente un intervalo deShoras^ 
Si estas horas se reducen á dos, se pueden hacer á las 8, 9 ó 10 de 
la mafiana y á las mismas horas de la noche, considerándose la pri- 
mera de éstas series como lo mas corriente. 

En algunas partes, agregan siempre á los termómetros ordinarioflb 
los de máxima y mínima, que así como los anotadores, permiten co. 
aocsr la temperatura «Das elevada y la mas baja d^ dia. ¿No puede 



- £04-. 

oeducvae la tempeí atara media de esta» temperatoras e xtr enwar, to- 
mando la mitad de lo que ambaa sumen, ó sea su Mmisumat La 
experiencia ha demostrado 'qae de este modo se obtiene un prome* 
dio aproximado, que si bien difiere poeo del verdadero, no es en ri- 
^r este último. Puede hacerse «so, sin embargo, délas máximas 7 
dé las miniottuí; pero entonces para que resulte la temperatura me-* 
dia diurna, hay que agr«|gar al mínimun el producto del exceso del 
máximun sobre el mkúiBun por un ooefíoiente que varia de ua mes 
á otro, 7 que úaicamenl^ ia experiencia puede dar á conocer. 

Oaalqaiera que sea el método «doptado^ para averiguar la tempe 
NKtura media de «n punto^ es ¿ndudaUe que los promedios mensua 
les 7 anuales serim tanto mas exactos cuanto mayor espacio de tíem- 
fo comprenda la sene -de obaervacimiea. Si esta se compone de un 
ni&mero aufieíente ^afida, el promedio: partioaiar de cada día, de 
toada mes, dd i^lo misaM>, dará la temperatura propiftde cada una 
de estas divisiones del tieiapo, cada vez mas exentando las infuen- 
')eiaa«pertuÉbadoras aoeidentales, 7 asi'se^adrá la que se llama tem* 
'^atura ^Mrmal diurna, iaaas«al:7 anual. 

Tomándola serie 4e temperaturas normales diurnas ó solamente 
las mensuales 4e «n lugar determinado^ como elementos de las cnr. 
▼as capaces «le repieseoAar la mardha de la temperatum en didio 
•lugar, podffémos venir efi conocimiento tie las varíaoíoiios 7 de la 
peidodioidad en el cursado las estaciones, 7 reconocer el víncalo que 
bs une en su causa común, la acción calorífica de los rayos solares. 

La ^^i^icaoion de estas vanaoiones es enteramente análoga á la 
•4|ae hemos dado para la marcha diurna del termómetra A partir 
de Enero, loe dias empiezan á crecer, y el sol, que está de dia en dia 
>mas tiempo solnre el horizonte, se eleva al mismo tiempo á mayores 
alturas; las causas de caldeo del suelo y de la atmósfera, van au- 
mentando diariamente, al paso que, siendo las nodws mas cortas, 
ditnninaye la radiación nocturna, causa principal del en£riamienta 

La época en que es mayor la intensidad de la radiación solar, es 
el dia del solsticio de verano. Luego, durante cierto tiempo, el cal- 
deo diurno predomina sobre la radiación de las noches, y sigue 
acumulándose el calor hasta el momento en que hay equilibrio y 
oeurre el máximum. Para loa fenómenos térmíces de la a^gunda 



J 



mitad del afio y para la éixxm del mánimoni' se ¡raede dar lar mkms 
eirplioaoion, auoque en sentido iirveno. De^ne» del solsticia d^ iti^ 
vierno^ la^ péürdida» del calor ocoMOQada* por la radiación, predomna 
todavía algan tiempo, por aer máa largaa las noches, sobro el caldeo 
del dta, qao al principio a u monta de- un- moda casi impereeptíble. 

Variaciones anuales de la temperatura del aire. 

La variación media anaal de lá temperatura del aire sigue, en 
cnanto á su amplitud, una ley casi inversa de la variación diurna 
£^ casi nula '6 muy débil en las regiones ecuatoriales y aumenta ráí- 
pidamente k medida que se adelanta hálña lo9 pafees frioa. Sin em- 
bargo notaremos que, en igualdad' do^lktitud; el mar obra en el mi» 
mo sentido sobro las temperattmn' anuales que^sobre Iks temperato» 
ras diurnas; la oscilación térmométríca disminuye bajo su indáen» 
cia; aumenta cuando se aUija d^^Ha^par» peneta:*aral intenOr délte 
grandiés contínentes. 

Debe tenerse en cnentli que 4a temperatura media tie^un aHb"^ dS^ 
fiere á otro en la superficie terrestne y quedi» seneiblemeivto eonstan- 
te en el mismo lugar. Estas temperaturas disminuyen á medida que 
nos alejamos del Ecuador. 

He aquí las graduaciones obtenidas en las capitales mas impoi^ 
tantes, colocadas en orden de la dimiimcion de sus distancias al 
Ei^uador: 

San Fetersburgo .... Sj^'S Bruselas .••«.. lX)/di 

OkistiaBÍa &, O Paris. 10, 7. 

Oopenliague 7, 6. Gonstantiiiopja» 10, 3^ 

BerHn d^ O Madrid 14^ 3 

Lóndues d^ 8 México. 16^ Zi 

Temperaturas medias anuales. 

Las temperatunsA medias anuales se obtienen bAciendo la suma de 
laa teii^>eraturaa mediaa de cada uno. de los.diasdel.afio y diiridioa- 
do la suma por el número de días. Algunas vecea también,, dospio^ 

32 



-.206- 

de haber determinado la temperatura media de cada uno de los doce 
qiesecí, se hace la suma que se divide por doce. Así se atribuye el 
Anismo peso á todos los mese^fá pesar de la desigualdad de su dura<r 
pión; pero el error cometido es demasiado pequeño y se puede dejar, 
. Las temperaturas medias anuales distan mucho de tener el mismo 
interés, bajo el punto de vista agrícola, que las observaciones direc- 
tas ó términos medios diurnos, y casi también que las mensuales. 
Los tiempos relativamente f rios ó calientes se enredan de tal modo, 
en el transcurso de un mismo año, que casi se compensan. Sin em- 
bargo, la compensación no es nunca completa, y en los sesenta y ocho 
últimos afios, de ISO^i k 1872, la temperatura media anual ha sido 
die^ veces mas baja de 10 centígrados y ha subido tres veces á 12 
grados. La variación mas importante es la que han presentado los 
4llos 1829, cuyo término medio ha sido de 991, y 1834 cuya media- 
na también ha sido de 1293. El equilibrio se establece casi en un 
«corto número de afios, y los resultados medios que se obtienen ad- 
quieren una gran importancia bajo el punto de vista del reparto 
general del calor en la superficie del globo y de la determinación de 
las causas que modifican este reparto. 

Líneas isotermas y líneas ¡soleras. 

Las líneas que unen todos los puntos del globo, cuya temperatura 
;anual es la misma, se llaman líneas isotermas. Se llaman líneas iso» 
ehimencLS y líneas isoteras las que unen los puntos del globo que 
tienen la misma temperatura media en invierno ó igual temperatura 
media en verano. 

Las líneas isotermas no son exactamente paralelas al Ecuador. 
Estas líneas, en nuestro hemisferio, se inclinan hkcia el Sur; al 
Oeste de Europa son mas altas que al Este. A la inversa de los iso- 
termas, los isoteras tienen una tendencia á subir hacia el Polo. 

La inspección de la carta ó plano de los isotermas, que no nos es 
posible copiar aquí, demuestra que las diferencias de latitud no in- 
tervienen solas en el reparto del calor en la superficie de la tierra. 

En el interior de las tierras se calientan mucho mas en verano 
que el mar y las costas que baña; al contrario, en invierno, es el mar 
que se enfria menos. 



-207— 

Las plantas sensibles al frío, que no exijan, sin embargo, un gran 
<$a]or en verano, no podrán elevarse hacia el Norte sobre las costáé 
oocidentales, mas bien que en el interior de las tierras. 

Las plantas que no se resientan tanto del ¿no, necesitan muchb 
calor en verano para madurar; podrán al contrarío subir mas 'arriba 
hacia el Norte en el interior del continente que sobre las costas. ' 



TEMPERATURAS DEL SUELO. 



Acción del calor del suelo. 

La proporción de calor tomado por la atmósfera á los rayos sola- 
res que la atraviesan, estando repartida en toda la extensión de la 
masa gaseosa, no produce mas que una elevación de la temperatura, 
poco sensible. No sucede lo mismo con los objetos terrestres. Una 
parte de los rayos que reciben, es rechazada al espacio; es á causa 
de estos rayos reflejados en todos sentidos que se hacen visibles. La 
mayor parte es absorbida pqf su superficie ó el efecto producido afi 
localiza y se acumula, produciendo una elevación de temperatura más 
ó menos fuerte. En este contacto con los objetos es, sobre todo, que 
el aire se calienta en sus capas inferíores. Al contrarío, también es 
por su contacto con los mismos objetos que se enfría durante las 
noches. 

£1 grado de calor á que llega un cuerpo bajo la acción de los ra- 
yos solares, varía según la naturaleza de este cuerpo, su estado, sus 
dimensiones, el grado de agitación del aire que le rodea, el empleo 
que hace del calor recibido. 

Movimiento del calor en el suelo. 

£1 calor absorbido por la superficie de la tierra, penetra muy len- 
tamente en las capas inferiores. Según los trabajos de M. Fourier, 
su velocidad de penetración sería de 5 centímetros diarios. Esta can. 
tidad puede ser que sea exacta para ciertos terrenos completamente 
secos ó para las capas profundas. 



- ao8— 

Las Aguaa pluviales y las que el>suelo retiene por capilaridad, re- 
presentan un papel notable en la propagación del calor en la tierra. 
Las aguas de lluvia, al infiltrarse -en las capas inferiores, llevcm una 
jparte del calor de las capas superiores que han atravesado. Por otro 
Jado, una especie de destilación se produce de las capas más calien- 
tes hacia las más frías, j el vapor, así ^formado, en las primeras ^ 
condensado en las segundas, trasporta con ellas su calor latente. 

Las variaciones diurnas y anuales de la temperatuia, se dejan sen» 
tir en la parte superficial de la tierra, .pero se borran rápidamente 
k medida que se penetra más adelante en él suelo. 

En nuestros climas intertropicales, la variación anual desaparece 
k una profundidad de-lSá 20 metros. En los climas del Norte es 
de 20 á 25 metros, como en los Estados Unidos, el Ganada, la Si- 
beria > 

lia oscilación diurna déla temperatura, por la brevedad de su 
'periodo, no puede ser sensible mas que á corta profundidad. 

Apesar de la lentitud con que se mueve el calor en las capas te- 
rrestres, las fluótuaciones termométricas, en la capa removida por él 
arado, siguen, sin embargo, aproximadamente las del aire, mientras 
'la temperatura es superior .á cero grados. 

La humedad del suelo retraza su caldeamiento y su enfriamiento 

mdemás de la influencia de ia evaporación. I^a conductibilidad del 

^uelo está, sin '^embargo,. aumentada, por la presencia del agua, pero 

8u capacidad calorífica y por consiguiente, la suma de calor que le 

es necesaria para subir de un |;rado, -se encuentra aumentada en 

¿mayor proporción. La evaporación que se produce por la planta ó 

,;;por el suelo, suaviza por otva .parte el recalentamiento y acelera el 

enfriamiento, quitando al suelo el calor, -bf^o forma ^laten te. Desde 

que la temperatura desciende bajo cero, otro fenómeno interviene. 

El agua del'Sttélo ipaca<<iongelar8e ain cambiar úe temperatura debe 

..^rder -.tanto calor como le sei^a necesario, para calentarse a 79 igra- 

idos. Kecetsita mucho tiempo .pava oonsaoiir este calor, y ^neceúla 

itambien mucho .para volvesloá-adquirir^despues de la -helada 4mt«s 

HÁe iirokver «aLestado de agua. 



Acción y ^profundidad úe las heladas en el suelo. 

M. Flaugergues propuso tomar como medida del rigor del frió, el 
«spesor del hielo formado en la sup^fície de una agua tranquila y 
iprofunda. M. Gasporin prefería romper cada día el hielo formado 
«n un vaso abierto, abrigado de la radiación, en sus paredes latera- 
les, por Baedio de la paja. Cada dia medía el espesor de la capa de 
hielo*formada. Este procedimiento es mas cómodo que él de Flauger- 
gues y ptted« «aa fácilmente compararse así mimo, dependiendo A 
cífecto producido de las dimensiones del vaso j de su modo de ins- 
talación. Los nesultad«s obtenidos de este modo variarán mucho, 
sin embargo, de un lug«r á étpo, aunque estén muy próximos los dos. 
Así se podrá conocer la intensidad y la duración del frío en el pun. 
to en donde han sido obtenidos; pero el efecto producido en el suele 
dependerá además de la naturaleza y del estado de la tierra. 

Flaugergues pretende que una cubierta de nieve de 0?*30 de es- 
pesor no detiene la velocidad de penetración del frió en la tierra. 
'Los experimentos de Mr. Boussingault contradicen este resultado. 
El uno y el otjro tienen, razón sin embargo, según las condiciones d^ 
experimento. La nieve obra de un modo muy sensible como cubierta 
durante las noiihes claras; su acción es débil ó nula durante las no- 
•ehea cubieftafi ó nébdlosas Lo mismo sucede, pero en sentido con- 
trario cuando el sol brilla en un cielo limpio y completamente diá- 
fano. La nieve modera, pues, el frió nocturno y éí calentamiento 
diurno de las capas inferiores. Aldemás tiene la ventaja de espesar 
\% eostra terrestre y por consiguiente de procurarle una teraperatum 
invariable; en 'fin, dando humedad al suelo, aumenta su capacidad 
^calorífica y por consiguiente la lentitud de su enfriamiento. 

Pero 'todos estos resultados cambian- con latemperatura del suele 
cuando cae la nieve. 81 en este momento está ya helado el suelo, él 
efecto protector de la nieve será mucho mas notable que en las con* 
liciones opuestas. No hablamos aquí mas que del efecto 'termomé- 
trico y no de la acción que la helada produce en las raíces de la« 
plantas. La helada en una tierra mojada es mucho mas grave que 
en una tierra bien enjugada, porque la expansión del hielo esmais 
^pronunciada y que' ks raices apretadas con el hielo pueden romper 

'«eláóiliiieiitea 



—210— 

Medida de las temperaturas del suelo. 

Antes de terminar este estudio, describiremos brevemente ISs ins- 
trumentos que se emplean para medir las temperaturas del suelo á 
diversas profundidades. 

Ouando se quiere alcanzar á varios metros ó á varias decenas de 
metros, el mejor procedimiento consiste en hacer uso del terraóme-- 
tro eléctrico de M. Becquerel. EUte termómetro consiste en dos hi- 
los de cobre 6 de hierro que se soldán el uno al otro en sus dos ex- 
tremidades, que se mantienen separadas en todo el resto de su lar 
gura por cubiertas aisladoras de guta-percha v ckftamo embetunado. 
Se baja una de las soldaduras á la profundidad que se quiere á un 
agujero de sonda que se rellena en seguida con betún ó cemento 
fluido. La otra soldadura se coloca en un vaso cuya temperatura se 
baja 6 se sube gradualmente hasta que desaparezca todo rastro de 
corriente eléctrica. En este momento las dos soldaduras están exac- 
tamente al mismo grado, j se comprueba con un buen tern>6metro 
ordinario. Este procedimiento es muy ingenioso, y lo describimos 
nada mas que con objeto de darlo á conocer para cuando fuese ne- 
cesario en algún trabajo especial, pues respeto k la agricultura y so- 
bre todo en el cultivo de la caña de azúcar que es planta superfí- 
cial, no tiene empleo, y generalmente no interesa mas que á la física 
del globo. 

En la capa terrestre ocupada por las raices de las plantas, se em- 
plean los termómetros ordinarios, cuyo depósito se introduce en el 
suelo á la profundidad que se desea observar, y cuya varilla es bas- 
tante larga para que sus divisiones queden sobre la superficie del 
suelo. Esta disposición es excelente; pero exige que el termómetro 
esté colocado en un sitio fijo y puesto al abrigo de cualquier acci- 
dente. 

En la práctica ordinaria, la siguiente disposición puede dar bue- 
nos resultados. Tomemos un cilindro de madera ó de cristal, largo 
de 30, 40 ó 50 centímetros, según la profundidad que queremos al- 
canzar, de un diámetro exterior de cinco ó seis centímetros, atrave- 
sado de parte á parte, en el sentido de su largura, de un agujero 
bien cilindrico de cerca de tres oentimetros de diámetro. Termine- 



—211— 

mos este tubo ea su parte inferior por uu cono hueco de hierro 6 d« 
cobre y armemos su extremidad superior de una volante exterior. 
Así tendremos uua cubierta mal conductora del calor, que podremos 
fácilmente enterrar en el suelo, sobre todo si está removido, y que 
se puede quedar indefínidemente ó trasportar de una parte á otra, 
según las necesidades de la observación. Para juzgar mas cómoda- 4 
mente de la profundidad á la cual se ha bajado el cono, podremos 
grabar sobre su cara exterior una escala graduada en centímetros. 

Tomemos, por otro lado, un termómetro ordinario, con depósito 
esférico, graduado con cuidado; introduzcamos en su varilla un buen 
tapón de corcha, bien apretado, lo mas largo que se pueda, de un 
diámetro un poco menor que la cavidad del cilindro, ua poco apun-t 
tado en su parte inferior para que sujete una parte del depósito del 
termómetro; después cubramos el depósito y el tapón con una do- 
ble ó triple franela, de modo que el corcho revestido de ese modo, 
resbale frotando suavemente en la cavidad cilindrica. 

En este caso, tendrá sobre todo por objeto dejar bastante juego 
entre los dos cilindros, para que una deformación ó hinchamiento 
de la madera no imposibilite la maniobra del cilindro interior, nq 
permitiendo los movimientos del aire en el aparato. Un buen tapón 
acabará de cerrar el tubo de madera, y un ligero a\irigo, así como, 
un tarro volteado, le preservará de la lluvia. , 

Temperaturas de los vegetales. 

A los fenómenos de orden puramente físico presentados por el 
aire ó por la tierra, se unen en los vegetales, fenómenos de orden 
fisiológico, propios para modificar los resultados observados. 

Las plantas tienen Oipecialmente por misión crear productos or- 
gánicos en los cuales almacenan una porción de la fuerza viva que 
el sol les envía en forma de luz y de calor, y de ponerla así k la dis 
posición de los animales que la consumen en forma de alimentos. 
Pero los vegetales consumen también una cierta cantidad para su 
pn^io uso, particularmente en aquellos actos que atañen á la con- 
servación de la especie. £1 grano en germinación, la flor, sobre todo 
ea el momeuto de la fecundación, la fruta durante sa madürezi ab- 



- flí- 

íiorben oxigena y desprenden &cido carbónioo ooma los aníonle»; 
eome ellos también, desprenden caler. 

En el bo8(|ne, en las hojas, los inismos efectos se reprodncen, pera 
eon mas lentitud, y durante el día están cubiertos por el electo in- 
verso qa» acompafia el trabajo de asimilación bajo la aedon de 1» 
htík Debemos, pues, preguntarnos cnál es el grado de importancia der 
esta producción de calor vegetal y si la planta puede, como el ani- 
mal, recibir una temperatura <:^x¡e le sea propia. 

De LamsTch y de OiKndt>lle fueron los prímeros^ que faanr sellalada 
ttn desprendimiento de calor en el <wrum. Es bastante intenso, en 
efecto, en el momento de la emisión del polen para poderse comprobar 
fácilmente, Ségnn Senebier, la elevación de la temperatura es de 7*" 
sobre la* temperatura ambiente. Oon la flor de un- eakuiktm primaii- 
Jkium vigoroso, la elevación dé lá temperatura ha> sidl> de 4 k 5 gra- 
dos. Murray, Yan Beck y Bergsma extendieron sos investágacionea 
á las flores de otras p]anta& Obtuvieron resultados^ análogos aunque 
menos de sa rr ol lados. Los efectos están mas marcadba en li» flores 
•encillas' qvo en las flores dobles, másren los ókrganoa machos- que en 
Ibs órganos hembras. 

Pera en general, fuera de- la fecundación, acto* vital por ezceléo- 
eia^ el calor desprendido en los vegetales es tan dHfl, tan leniX) en 
producirse, que no inflbye mas que dé un modo imperceptible en 
su temperatura Esta está, pues, ligada á la temperatura del aire y 
k la del suelo. La temperatura del suelo determina la de las raices, 
y puede modificar la de las ramas atravesadas por la savia ascen- 
dente. 

La temperatura de las partes aéreas está determinada por la del 
aire, salvo las variaciones hechas por las radiaciones solares y por la 
evaporación foliácea; 

Los primeros experimentos hechos^ con precisión sobre la tempe- 
ratura de los árboleSj se deben á Plelet y Mauriee, y sus diversos 
resultados á una consecuencia raruy natural. El calor propio del tron* 
Go de los árboles es casi nulo; este calor lo toman primeramente del 
aire y después del suelo. Siendo el tronco mal condtrctorj las fluor 
tuaciones de la temperatura exterior penetran lentamente, como en 
el interior del suelo^ en este se estacionan y se debilitan. Por otfo* 



--213— 

lado, el tronco es el canal común de la savia qne sube k las hojas, j 
esta savia extraída del suelo tenía ya la temperatura. A medida quie 
sube, tiende á equilibrarse con la temperatura del air$, j esta pre* 
domina cada vez mas á medida que se aproxima de las ramas f de 
las hojas. Antes de salir el sol, y aún algún tiempo después, k tem- 
peratura central disminuye del pié del árbol á su cúspide, y sucede 
lo contrario en el resto del dia. En el primar caso^ el suelo en don- 
de están enterradas las raíces está mas caliente que el aire; está mas 
frío en el segundo. Además está probado que, en el dia, la tempe- 
ratura de una sección adelanta tanto mas sobre la temperatura de 
las secciones inferiores, que el calor ambiente es mas fuerte. 

En fin, Mr. Bameaux ha matado por envenenamiento algunos 
árboles sobre los cuales operaba; inmediatamente las fluctuaciones 
del calor se aumentaron considerablemente. La acción de la saviá^ 
que regularizaba las'temperaturas del árbol por las del suelo, se en- 
contraba entonces interrumpida» 

Estos diversos resultados han sido comprobados por numerosos 
experimentos hechos con mucho cuidado por Mr. Becquerel, por 
medio de su termómetro eléctrico. También ha demostrado, cuanto, 
en ciertas circunstancias, las variaciones de temperatura pueden ser 
considerables en árboles de pequeñas dimensiones, aislados de otro« 
árboles y expuestos en pleno sol en un lugar abrigado del Norte. 

Los experimentos hechos por Mr. Becquerel en el jardín de plan- 
tas, muestran que la temperatura del aire que rodea la cima de un 
castaño es mas alta durante el dia y en la tarde que la del aire to- 
mado á cierta distancia del árbol. Las hojas absorben los rayos so* 
lares, no los emplea todos en su trabajo fisiológico, se calienta ma» 
que el aire al cual trasmite su exceso de calor. Después de un dia 
caliente y con una noche serena la frescura llega lentamente bajo 
de los árboles. Es preciso, primeramente, que se enfrie el ramaje y 
cuando la radiación nocturna le ha quitado su exceso de calor, pre- 
serva todavía de este manantial de frío los objetos que cubre. 

Lo mismo sucede en los campos y en las praderas que no son muy 
húmedas; durante el dia, la temperatura es mas alta á nivel de las 
plantas que á algunos metros de altura; pero lo es mucho menos que 

• 33 



—214— 

'Bobre un suelo sin vegetación y secó dbtádo de igual poder absor- 
'bente. 

Durante la noche sucede lo contrario. Los vegetales tienen un 
«poder radiante igual k su poder absorbente. La radiación nocturna 
les quita rápidamente su calor superficial y su calor profundo si es- 
*tán al aire sin el abrigo de su ramaje. 

Mr. WeHSj al principio del siglo, había notado que, en una pra- 
dera, por la noche, con un cielo sin nubes y con un tiempo de cal- 
ma, los termómetros colocados sobre la yerba indican una tempera- 
tura mas baja que á uno ó dos metros de altura, y que la diferencia 
puede subirá 7 ú 8 grados. I^a capa de aire que baña la yerba si- 
^ue su grado de calor, quedando un poco retrasada sobre ella; pero 
4a diferencHa entre las dos temperaturas en contacto puede ser to- 
davía de 2 kS,"* Los 4 ó 5 grados se reparten en la capa de aire que 
descansa inmediatamente encima. Estas cantidades varían mucho 
con el estado del cielo y'el grado de agitación del aire. 

HELADAS EN LOS ARBOLES. 

Durante los fríos del invierno, cuando la circulación de la savia 
está suspendida, se produce un efecto análogo al que se observa en 
los árboles muertos. La influencia de la temperatura del suelo, trans- 
portada por la savia, desaparece; las variaciones de temperatura de 
da madera son mucho mas fuertes. Son menores, sin embargo, que 
las del aire á causa de la mala conductibilidad de la madera por el 
calor. Un frío brusco y poco durable no se hace sentir en un tron- 
co de árbol mas que á muy débil profundidad. El calor latente des- 
prendido por el agua que se congela se añade á la falta de conduc- 
tibilidad de la madera para limitar su varíacion de temperatura. 
Pero de ahí no resulta mas que un retraso, y si el frió se prolonga 
el árbol se hiela. Desde entonces obedece mas rápidamente á la ac- 
edan refrigerante del aire exterior. 

Efecto de ios vientos en ia vegetación. 

Los vientos moderados son útiles al agitar las plantas; favorecen 
■a evaporación foliácea y la circulación de la savia; parecen fortifi- 
car sus fibras; ayudan á la dispersión del polen y la fecundación pa- 



rece mas^ eompíeta para Ifts plantas qae no están' enteramenISe abrí" 
gadas. En fín, Mr. Gasparín^ pensaba que. tendían á arraigar los ye • 
getales con más-' solidez. 

La planta se alimenta en el aire por sus hojas como en el suelo- 
por sus raices. Toma en el aire el carbono del kcido carbónico 7 el 
ázoe del amoniaco y ácidos azótico 7 azoados. Luego estos produc- 
tos son poco abundantes 7 quedarían pronto agotados en un aire en 
calma. La renovación del aire lleva al mismo tiempo el renuevo dé 
la provisioiv de ázoe asimilable que contiene. No se puede decir na-- 
da absoluta43ajo esto punto de vista. Los ácidos azótico 7 azoados • 
se forman en el seno del aire bajo la acción de la electricidad atmos*^ 
f erica. Los que nacen en el suelo por vía de nitrifícacion quedan 
fijos en él, ó si son arrastrados por las lluvias no se evaporan con 
ellas. La agitación dd aire no puede, pues, tener * otro efecto mas 
que el* dé ponerlas en contacto con los aparatos foliáceos. Para el 
amoniaco 7 el ácido carbónico puede haber otra causa. .Su oiígen. 
está en el suelo. Los terrenos ricos pueden desprender proporciones 
notables de dichos gases, qja^en un aire absolutamente en calma 
quedan á la disposición de -las plantas quQ estas tierras alimentan, 
mientras que la agitación disemina el álcali en el aire ó sobre los ^ 
campos vecinos. -Es importante distinguir en la acción de los vien- - 
toa lo que se debe ásu fuerza mecánica 7 lo que* corresponde á otra^ 
causa. 

Cuando en un país los vientos soplan habitualmente en una mis- 
ma dirección 7 con fuerza, las plantas sufren en su crecimiento, se . 
encorvan bajo el viento 7 conservan esta dirección inclinada aún eñ 
los vientos de calma. Las mas fuertes raíces se encuentran del lado , 
(puesto, como para retener mejor en el suelo el árbol inclinado. El . 
movimiento dado á las fibras de las plantas es para ellas una causa 
de fuerza, ó es preciso buscarla exclusivamente en una evaporación 
mas activa de las hojas mas directamente atacadas por el viento, ó, 
mejor todavía, las mas expuestas á la acción de la luz por la misma , 
posición que les da el viento? 

El cáñamo cultivado en algunos puntos da una hilaza mu7 bur-, 
da, mientras que en otros es mucho mas fina. Es mas bien cuestión . 
de calor, de- luz 7 de agua mas que de viento» 7 7a se sabe como en. 



-216— 

un mismo logar , ]o^ afios influyen sobre la calidad de ciertos pro- 
ductos^ según que sean mas secos ó húmedos. 

Sin embargo, hay plantas que, por su organización, no pueden 
soportar la acción de los vientos un poco fuertes, y á los cuales, en 
los países en que están expuestos á sufrirlos hay que darles un abri- 
go, fiay otras que soportan difícilmente el contacto de los polvos, 
granos silíceos, 6 materias salinas que el viento levanta del stí€lo ó 
del mar. Fuera de estos hechos y dé los destrozos que los vientos 
violentos pueden causar en las cosechan que han alcanzado cierto 
grado de desarrollo, las calidades de los diferentes vientos importan 
mas que su velocidad. 



SECCIÓN DEL CALOR SOBRE LA VEGETACIÓN. 



Limites de las temperaturas necesarias á las plantas. 

Las plantas no tienen la facultad de producir el calor que nece- 
sitan para cumplir sus funciones; están bajo la dependencia, como 
16 hemos visto anteriormente, de las temperaturas del aire y del 
suelo en donde viven. Su vegetación está, pues, limitada á las re- 
giones en las cuales las fluctuaciones termométricas están encerradas 
tfa ciertos límites variables con las especies ó variedades vegetales. 

Estos límites son, sin embargo, diñciles de determinar de una 
manera precisa, porque varían mucho con las circunstancias en las 
cuáles se producen. La vida de las plantas se compone, en efecto, de 
una serie de fenómenos compkjos que no son influidos todos de la 
misma manera por la temperatura. En vez pues de observar en masa 
su acción sobre una planta en particular, sería preferible aislar cier- 
tos grupos de fenómenos, de estudiar la influencia que el calor ejerce 
sobre ellos, y comparar los efectos observados con las condiciones 
'climatéricas de diversas regiones del globo. 

El grado de calor necesario á los primeros desarrollos del germen 
varían mucho de una especie á la otra sin estar siempre en constante 
proporción con la que exige el crecimiento de la planta, su florescen- 
cia, su fructificación. La temperatura necesaria á la elaboración de 



—217— 

%os principios eoniAitutiyos del vegetal no es la misma que aquella 
'en qiie se efectúa el empleo de estos principios para el desarrollo de 
^ds tejidos. Muchas plantas, por otra parte, parecen tomar un desa- 
rrollo normal siii poder alcanzar la fase de la florescencia 6 de la 
ifj^uctifícadon; otras faltarán un cfima|demftsiado templado de ciertos 
íprin<npios especiales que en un clima más caUente desarrolla abun- 
«ds&ntemente entre ellas; otras, en fln, someticas k una evaporación 
demasiado activa, no tienen las cualidades que se requieren. Todos 
•estos son puntos sobre les cuales la práctica procura los informes , 
iiecésários á falta de datos teóricos suficientes; pero la experiencia 
sé adquiere muchas veces á costa de sacrificios. 

De un modo general podemos decir, sin embargo, que la mayor 
p&rté de las plantas no principian á vegetar mas que cuando la tem- 
peratura es de varios grados sobre cero y cesan de vivir pasando de 
^0 grados centígrados. El primer límite, es verdad, parece presen- 
tar numerosas excepciones. Muchas comienzan á mostrar sus boto- 
nes sobré la nieve. Pero estas plantas han hecho durante la estación 
*de calor una provisión de principios organizados guardados reserva- 
jámente en las partes subterráneas; pueden utilizar esta reserva de 
£ores sin que, á esta temperatura de cero grados, sea puesto enjue- 
go el poder de asimilación. 

Ciertas plantas microscópicas de las|familias dé las algas y de las 
cetas, parecen, sin^embargo, desarrollarse regularmente sobre la nie- 
ve, ó al menos recorrer en ella la primer fase de su existencia. La 
temperatura de cero grados no es pues por si sola un límite absolu- 
to al desarrollo de toda vida vegetal; pero la acción que esta tempe- 
ratura ejerce sobre el agua, uno de los principales agentes de la ve- 
getación, sería suficiente para suspender la mayor parte de las fun- 
ciones orgánicas, si todo en la naturaleza no estuviera coordinado 
por otra parte. 

Igualmente se encuentran algunos rastros de vida en las aguas» 
de ciertos manantiales de aguas termales de elevada temperatura, 
pero en los dos límites de la escala, estos rastros desaparecen rápi« 
damente. Vamos á examinar separadamente, en tanto como lo per- 
mitan ios datos de la ciencia, las principales funciones de las plantas. 



—218- 

Efectos del calor sobre la vegetación. 

Ko teniendo datos más precisos, tenemos los efectos observados? . 
en las condiciones ordinarias de cultiva A medida que sube la tem- « 
peratura, si se procura á la planta una humedad correspondiente al 
desarrollo de su evaporación, la vegetación se acelera y es mas exhu- 
berante. En estas condiciones las partes herbáceas y las ramas se 
desarrollan ampliamente y nuevos botones no cesan de formarse y , 
de romperse. Si algunos florecen, dan pocas flores, la savia es ince- 
santemente aspirada hacia arriba por el brote y alargamiento de sus 
nuevos botones. El crecimiento en altura, no disminuye mas que k 
medida que, siendo igual la tempecatura ó aumentando todavía, la 
humedad disminuye y deja de ser superfina. Entonces los botone»- 
florecen completamente y concluyen por fructificar. 

Mr. Gasparin señala un hecho que debe tenerse en cuenta, dice» 
"que cada vegetal exige para alcanzar su completo desarrollo y avk< 
completa madurez una sucesión de calor que no estk exactamente 
expresada por las temperaturas medias. Necesita» además, los tér- 
minos medios de máxima proporcionados k las necesidades de sus 
órganos. 

Perjuicios producidos por el exceso de calor. 

Mr. Sachs ha conservado durante 45 minutos un pié de nicotiana 
rústica, teniendo cinco 6 seis hojas, en una atmósfera calentada k 
cuarenta y cinco grados sin que la planta haya sufrido nada Des- 
pués de exponerla durante quince minutos á un aire calentado á 
cincuenta y un grados, la planta pareció primeramente intacta, pero 
al cabo de seis dias, las hojas desarrolladas se descoloraron un poco 
y las mks jóvenes perecieron mas tarde. El mismo experimento re- 
petido en gran número de vegetales condujo á los mismos resultados; 
una temperatura de cincuenta y un grados durante algunos minu- 
tos, fué siempre mortal; una temperatura de dos á tres grados sobre 
cero pueden soportarla durante algún tiempo, sin inconvenienter 
si no falta la humedad. La muerte, cuando se produce, parece oca- 
sionada por la desorganización de las células vegetales. Los granos^ 



—219— 

^ecos pueden soportar una temperatura más elevada que una planta 
impregnada de jugos. 

El calor rara vez es perjudicial por sí mismo en ciertos climas. 
En nuestro país, en loa tierras calientes no es tanto el calor como 
la falta de agua que entorpece la vegetación. Sin embargo, un gra- 
do de calor que sufre accidentalmente una planta podrk compróme- 
•ter su existencia ó modificar la naturaleza de sus productos si es 
demasiado prolongado ó demasiado repetido. Existe, para el cultivo 
de cada especie vegetal de los climas templados, un límite meridio- 
nal como un límite septentrional que no puede pasar á menos de 
subir á alturas que pongan la temperatura en condiciones favorables. 

Perjuicios producidos por exceso de frió. 

Los efectos del frío sobre las plantas son mas conocidos que los 
• de un calor extremo, porque son más frecuentes en los países que 
marchan á la cabeza del progreso, y en donde se encuentran además 
de las mayores facilidades para el estudio experimental las primeras 
eminencias científicas que dedican una atención especial á los fenó- 
menos de la naturaleza en todas sus manifestaciones. 

Los efectos del frío parecen contradictorios cuando no se tienen 
en cuenta las condiciones en las cuales se producen. 

Cuando la temperatura de una planta desciende bajo el límite en 
donde puede vegetar, el trabajo vital se detiene de un mqdo más ó 
menos completo; pero la planta no estk precisamente estropeada; 
frecuentemente la vegetación vuelve con nueva actividad desde que 
la temperatura es favorable. Para producir lesiones orgánicas en la 
planta, es preciso, ordinariamente, una baja de temperatura de bas- 
tante número de grados bajo el limite en que vegeta, ó "^bien la 
reunión de circunstancias particulares que dependen de la fase de 
vegetación k donde ha llegado la planta y de la rapidez del deshielo. 

Cierto número de plantas en los países c&lidos perecen de frío, 
antes de llegar á cero grados. 

Generalmente se atribuye k la expansión del hielo en el momento 
en que se forma, el mal causado á las plantas por el frío. Esta ex- 
plicación no es aplicable á todas las especies. 



- 220- 

Por tma parte, el agua tiene la propiedad, hasta cuando es pura^ 
efe conservar el estado líquido á varios grados bajo cero; puede al- 
canzar diez 6 doce grados sin congelarse cimndo estk encerrada en 
tubos estrechos, cerrados 7 abrigados de las agitaciones del aira Lo» 
Riismo sucede 7 con mas razón, con el agua cargada de materias en^ 
disolución. Las plantas matadas por un frío — uno 6 dos grados — 
han sucumbido sin haberse formado hielo en sus tejidos. 

Por otra parte, gran numero de plantas pueden convertirse en un 
pedazo de hielo que las vuelve frágiles como vidrio, pueden quedar 
atravesadas por agujas de hielo como una hernia y por consiguiente 
haber lacerado sus tejidos, sin que el individuo helado cese de ve- 
getar regularmente cuando sube la temperatura. Durante el invier- 
no, en los bosques de los paisesírios se oyen una especie de detona 
eiones ó fuertes chasquidos producidos por árboles que estallan in- 
teriormente bajo el efecto de la helada. Gomo el frío* j el hielo no- 
penetran mas que capa por capa, las capas exteriores están ya rígi- 
das cuando las partes interiores tienden k dilatarse á su vez: de ahí 
proviene el rompimiento violento del árbol. No por eso deja de con- 
tinuar viviendo, y la lesión no aparece mas que varios años después, 
cuando se corta el árbol. Los árboles viejos, no son tan fáciles de- 
desorganizar como las plantas jóvenes; pero se ven plantas helarse- 
y deshelarse sin quedar estropeadas. Parece, pues, que la muerte de 
un vegetal por el frío se deba menos á las desgarraduras de orden 
puramente mecánico, que á un fenómeno fisiológico análogo al que 
produce la gangrena en un miembro helado: las partes que han sido 
tocadas se desorganizan mientras que el resto de la hoja, deshelán- 
dose lentamente al aire frió, no sufre. Las manzanas, las patatas, 
las cabezas de col, pueden helarse sin gran perjuicio, con tal que se 
deshielen muy lentamente. Según el repetido Mr. Sachs, las cédu- 
las de las plantas heladas están en un estado particular que las> 
vuelve mucho mas permeables á los líquidos; las materias albumi 
nosas con que están tapizadas; la celulosa, con cuya membrana está 
formada, se concreta por el frío y el agua de constitución se separa; 
entonces tienen una gran tendencia á vaciarse. *La mayor parte 
pierden este estado anormal cuando llega un deshielo muy lento> 
pero si la temperatura sube al punto de restablecer el movimiento 



- 221— *^ 

' vital antes que láá células hayan vuelto á tomar su estado norünal, 
se vacian y mueren. Esta esplioácion, muy ingeniosa, és problemen- 
te la verdadera; el físiologista aíleman reconoce, sin embargo, que 
debería ser confirmada por observaciones microscópicas directas que 
faltan todavía. Sea lo que sea, el deshielo parece mas temible que 
la misma helada; y el peligro final es tanto más grande cuanto que 
la planta coatiene mas agua en pequefio volumen. Así, la caña de 
azúcar es una de las plantas que mas expuestas están á perecer con 
una helada, y este es uno de los principales motivos qu6 impiden su 
cultivo en climas mas ñ*ios ó mas expuestos á los cambios br úseos > 

-de temperatura. Sin embargo, hay excepciones, como la del cultivo 
de la caña en Ntieva-Oríesms, como dijimos al principio de este 
libro. 

Perjuicios causados por las heladas nocturnas. 

En las regiones ecuatoriales, la temperatura varía poco de una 
estación á la otra; pero varía mucho del día á la noche. En la In- 
dia se puede obtener hielo artificial colocando una taza de agua, 
poco profunda, en un lecho de paja poco apretado: el enfriamiei|ta 
por vía de radiación nocturna es allí muy activo durante las noches 
I8in nubes. A medida que se sube hacia el Norte, los inviernos son 
"^da vez mas rígfurosos, pero la fluctuación termométrica del día á 
'la noche es cada vez mas débil, porque las noches de verano son 
cortas y el cielo es rara ve2 de una pureza comparable k la de los 
países meridionales. La lejanía de los mares aumenta esta fluctua- 
ción; su proximidad la disminuye. 

Ouando los fríos de primavera se deben á la acción persistente de 
los vientos del Norte, se extienden sobre vastas regiones; pero en 
general en cada lu'^ar el mal está disminuido por la sequía que 
acompaña ordinariamente esta dirección del viento. Al contrario, 
el frío puede llegar á ser muy rudo y ocasionar verdaderos desas- 
' tres á pesar de la sequía. líos medios de preservación por las nubes 
'^artificiales quedan entonces sin eficacia. 

Cuando la helada se produce después de lluvias más ó menos 
abundantes, encuentra las plantas- en un estado que las hace mas 
sensibles al frío. En algunos minutos "una cosecha entera puedd^^ 

34 



-282— 

<)a9dar comprometida irremediablemente. El mal está entonces lo* 
oalizado poco más ó menos, y puede combatirse la causa con mas 
ventaja. 

La escarcha es el resaltado del enfriamiento de los objetos terres- 
tres, producido por la radiación nocturna. Esta supone un cielo puro, 
un aire suavemente agitado y una temperatura ya un poco baja du- 
rante el dia. Estas condiciones se realizan para nosotros en los Es- 
tados fronterizos -de Chihuahua, Ooahuila y Nuevo León, y siguien- 
do al Norte por las orillas del Mississippi, cuando lo atraviesa en 
primavera ala entrada de los calores, alguna fuerte borrasca. 

Mientras la linea recorrida por el centro de sus movimientos en» 
volventes se extiende en la dirección general del Oeste al Este pa- 
sando por el Norte, el tiempo queda caliente y lluvioso. Después 
de cada vez que pasa el viento sube hacia el Noroeste y el termó- 
metro baja; pero pronto un segundo movimiento envolvente, suce- 
diendo al primero, el viento retrograda al Suroeste, el termómetro 
sube y el cielo se cubre. 

En esta situación no hay peligro bajo el punto de vista de las he- 
ladas nocturnas; pero es raro que el curso de la primavera no «ea 
interrumpido por una situación muy diferente. En esta estación, «n 
efecto, la atmósfera que cubre el hemisferio Norte comienza á ca- 
lentarse de un modo bastante rápido, mientras que un efecto inverso 
le produce en el hemisferio opuesto. Un movimiento general de la 
atmósfera se efectúa del Norte al Sur, y la corriente ecuat(»ial 
tiende k infligirse hacia el Mediodía. 

A la llegada de un movimiento en vol trente, el termómetro sube 
mientras estamos colocados en un medio círculo meridional, en don- 
de el viento sopla de las regiones Sur k Suroesta £1 agua y el ca- 
lor dan una impulsión k la vegetación. Pero desde que el centro del 
•movimiento envolvente ha pasado' cerca de nosotros, la escena cam- 
bia, la temperatura baja, el cielo se descubre, la radiación nocturna 
«B tanto mas activa que el aire quedó mas puro con las lluvias an* 
teriures, y la helada aparece. Es, pues, muy esencial vigilar de cerca 
el estado del cielo y de los vientos durante el periodo crítico. La 
proximidad de una borrasca envolvente se anuncia por una subida 
temporal del barómetro, al mismo tiempo que el calor sube y que el 



—223 - 

cíelo se descubre. Parece la llegada del buen tiempo: entonces* el 
viento sopla suavemente del Sur, más ó menos inclinado al Este ó 
al Oeste; pero pronto baja el barómetro: se entra entonces en el cir* 
culo de acción del disco envolvente. El viento inclina hacia el Oes- 
te; el cielo se carga de nubes. £1 barómetro continúa bajando hasta 
que el centro se aproxima de nosotros; al mismo tiempo el termó- 
metro comienza á bajar. Desde que el barómetro concluye de bajar, 
los vientos unen el Oeste inclinándose hacia el Norte; la baja ter- 
mométrica se acelera, al mismo tiempo que el barómetro sube y que 
el cielo se descubre: la helada es inminente. 

Esto no quiere decir que no pueda aparecer mas que en este caso; 
pero esa es una condición eminentemente favorable k su produc- 
ción, pudiendo producirla ella sola y no haciendo mas que fortificar 
las otras. 

Importa, pues, seguir atentamente el barómetro, observar con 
cuidado la dirección que llevan las nubes, ayudándose para esta ob- 
servación con puntos fijos ó reparos cuando existen varias capas de 
nubes superpuestas; las mas bajas tienen en efecto un movimiento 
en apariencia mas vivo que las nubes mas elevadas, y pueden pro- 
ducir una ilusión relativamente á la dirección seguida por las últi- 
mas. La aparición de los cirrus, nubes ligeras y muy elevadas, es 
una especie de garantía cuando van del Suroeste hacia el Noroeste. 

Además, en este examen, se debe consultar también la impresión 
que nos produce el aire al descubierto. Esta impresión puede ser, 
sin embargo, equivoca, y sería preferible colocar sobre el suelo, ex- 
tendido horizontalmente al aire libre y lejos de todo abrigo, un ter* 
mómetro de mercurio ó de alcohol y consultar sus indicaciones. 

Los hechos mas raros pueden producirse en la distribución de la 
helada. En las comarcas vitícolas, en Parras (Estado de Coahuila), 
hemos visto dos viñedos próximos, situados en apariencia en los mis- 
mas candiciones, el uno helado y el otro sin perjuicio ninguno. En 
esta forma ocurre anualmente en los años de heladas nocturnas, en 
varias propiedades de aquel distrito. Las causas de estos accidentes 
son numerosas. 

La temperatura del aire á uno ó dos metros sobre el suelo, puede 
no bajar de 5 ó 6 grados sobre cero, y sin embargo helarse las plan- 



—224— 

tas, porque con un cielo puro^ limpio, sin nubes, Ja temperatura def 
' las plantas puede bajar á 7 ú 8 grados mas abajo que la tempera- 
tura del aire; pero el mas pequeño obst&culo que se oponga á la ra- 
diación reduce mucho esta diferencia termométrica. Un velo de va- 
. ppr, casi imperceptible k la simple vista, estorba sensiblemente la 
radiación nocturna. Por otra parte, á igual grado de pureza del 
cielo, dando lugar k igual diferencia, la temj^eratura de las plantas 
descenderá tanto mas abajo que la temperatura del aire será menos 
i elevada. Luego, en los países en que el suelo es más ó menos oudu- 
loso, el aire que se enfria por su contacto con el suele tiende á ba- 
' jar hacia los pantos mas bajos, siguiendo las direcciones sinuosas 
>. presentadas por las lineas de mayor pendiente. La temperatura 
' puede, pues, variar de. varios grados de un punto kotro en un mis- 
mo pedazo de terreno, y cuando se está cerca del límite de la hela 
da, estas variaciones pueden atraer otras que les correspondan en el 
efecto sufrido por la planta. Supongamos al mismo tiempo que el 
ftire se encuentra k una temperatura cercana del punto de rocío, un 
aumento en la baja del termómetro que deberá atraer una baja igual 
•en la temperatura de la planta, podrá producir un efecto inverso, 
; porque una nube vaporosa se habrá formado. 

Los sitios bajos se hielan con mas frecuencia que los puntos mas 
elevados, porque el aire enfriado en estos últimos desciende á los 

• pnmeros; pero puede suceder lo contrario, porque una baja dema- 

• fiado marcada en la temperatura del aire Habrá hecho nacer en el 

• fondo una niebla que ¿abrá detenido la radiación nocturna de las 
: plantas que viven en ella. El aire será mas frió que sobre el sitio 

Iklto, pero la planta estará menos fria. Añadamos á esto que la he- 

* 

f lada no es el hecha mas peligroso, y que el deshielo es todavía mas 
temible si es demasiado violento; luego causas análogas á las que 
i han retrasado la helada pueden retrasar el deshielo y hacer pasar 
. desapercibido el primer accidente. 

Perjuicios producidos por el hielo y el deshielo 

del suelo. 

• • Las plantas poco sensibles por sí mismas á la helada pueden, sin 
.• iOmbargo, sufrir en su aparato radicular. 



I 1 



2»- 

' 1 • • • 

^ Al helarse el saelo, aumenta tanto mas s^i volumen aparente, que 
^6 mas'compacto y mas impregnado de a^^ua, sea por su naturaleza, 
<x)mo las tierras arcillosas, sea por efecto de las lluvias anteriores. 
La superficie del suelo tiende á levantarse y las raices poco profun- 
"das pueden quedar rotas. Al tiempo del deshielo, la tierra se pulve- 
riza y las raicecillas poco profundas pueden quedar al aire ó enoon 
trarse en una tierra porosa y demasiado poco consistente, que en- 
tonces es necesario arreglar para devolverla la compatibilidad nece- 
saria. Por otra parte, los hielos y los deshielos sucesivos favorecen 
la desagregación de las rocas de las arenas de las tierras demasiado 
compactas y contribuyen á renovar las materias solubles arrastra- 
das por las aguas ó absorbidas en las cosechas precedentes. 

-• * ' » 

Acción de la luz sobre la vegetación. 

Cierto número de plantas parásitas no necesitan para vegetar 
mas que un calor más ó menos elevado, sin la intervención de la luz; 
algunas se estropearían mas bien por la acción de este agente que 
serian ayudadas en su desarrollo. Estas plantas no producen mate* 
rias orgánicas; asimilan, transforman y consumen la inatería orgá- 
nica formada por el individuo sobre el cual viven. 

Lo mismo sucede con los granos de las plantas aereas durante su 
período de germinación; pero desde que las plantillas salen de tierra, 
la luz les es tan necesaria como el calor. 

Una planta verde no aumenta en peso útil mas que á la condi- 
•cion de absorber carbono, hidrógeno y ázoe, tomados al ácido car 
bonico, si agua y á los productos azoados. Luego este trabajo no se 
efectúa mas que bajo la influencia de la luz favorecida por <:una tem- 
peratura conveniente. La planta puede crecer, sin embargo, y au- - 
mentar de volumen, k pesar de la insuficiencia de la luz y también 
•en una oacurídad completa; pero lo hace utilizando la suma de ma- 
taría orgánica elaborada bajo la acción de la luz y conservada en 
«US tejidos. En cuanto concluye la reserva, la planta se detiene r 
muere. Aún mas, ana porción de este reserva es consumida por la 
respiración, de modo que la planta, aunque sigue aumentando de 
▼olúmeniL disminuye sin embargo de peso útil; su aumento de peso 
«párente es debido al agua de la cual está impregnada. 



—226— 

> 

Órgano receptor deA (rabsyo lummoso. 

célalas de clorofila que constitnyen las partea verdes de las 
plantas, son los órganos encargados de recibir el trabajo laminoso y 
de emplearlo en la formación de los principios orgánicos que la 
planta debe constrtoir. El desprendimiento de oxigeno, consecuen* 
cia de la asimilación^ no se completa mas que en las célalas de clo- 
rofila aisladas ó reunidas en tejidos y nanea en las otras partes del 
organismo que desprenden al contrario ácido carbónico. 

Mr. OlÓez ha demostrado que las hojas de diversos colores qa» 
eliminan oxígeno^ no lo deben mas que á los granos de clorofila qut 
contienen. 

Los granos de clorofila destinados á utilizar el trabajo luminoso^ 
le desarrollan á su vez bajo la misma influencia. Un corto nún^ro 
de plantas pueden verdear en una luz casi nula; pero, por la mayor 
parte, los granos no se desarrollan enteramente mas que bajo la 
acción de una luz bastante intensa. Bsta luz necesaria no es» sin 
embargo, suficiente; es preciso añadir una temperatuia conveniente» 

La clorofila ejerce un poder absorbente muy intenso sobre tos la. 
yos luminosos, y sobre todo sobre los rayos mas refrangibles del es- 
pectro, azules, violetas, ultra violetas. La clorofila refleja la luz verde 
y deja pasar la roja. Al mirar por trasparencia, en un diafanoscopo^ 
hojas superpuestas en cantidad variable de diferentes plantas, se 
ven colorarse primeramente en verde bajo un débil espesor, después 
en rojo bajo uu espesor mas grande. Las hojas de las plantas se 
presentan mal en fotografía; absorben todos los rayos Qictivos que 
atraviesan el espesor de su epidermis. Sin embargo, á pesar de este 
poder electivo que ejercen sobre los rayos mas refrangibles, son to- 
davía los rayos mas luminosos y los mas abundantes que producen 
la asimilación y el verdor mas rápidos. 

La acción en algún modo creadora de la luz no se ejerce mas que 
■obre la clorofila viviente. La clorofila extraída de las hojas por el 
alcohol amarillea pronto á la luz solar, y mas lentamente á la luz 
difusa Los rayos mas luminosos del espectro son aquí todavía los 
mas activos. 



-227- 

"La clorofila viviente se reabsorbe, en los tejidos vivientes, caati 
4o falta la lus, y también cuando ésta es en cantidad insuficiente:; 
•en fin, bajo la acción de un sol ardiente, la coloración verde de cier- 
tos, plantas palidece para volver á tomar su intensidad normal desde 
<)ue la luz se debilita. Encontramos, pues, ahi en presencia dos 
fuerzas opuestas, «uy a reunión constituye el fenómeno de asimila- 
ción: una fuerza que tiende á producir la clorofila, encargada de re- 
cibir el trabajo luminoso, una fuerza que tiende á utilizar este tra- 
bajo por la transformación del órgano que la ha recibido. Esta mu* 
tabiHdad de la clorofila es la que bace un órgano esencial de nutH- 
cion de los vegetales. 

Las flores, los frutos y generalmente todas las partes no colorea- 
das de verde en las plantas, se desarrollan en diferentes condicio- 
nes; no asimilan, no producen, pero transforman y consumen. Estas 
partes se forman á costa de los principios organizados bajo la in- 
fluencia de la luz y conservadas en la planta. Asi es como se des- 
«arrollan bajo de tierra botones.* de hyacinta oriental, de tulipán, de 
«rocus, de iris. . . . que pueden dar flores perfectas en una obscuri 
dad completa. Estas flores han tomado su sustancia en la bulba ó 
tubérculo; pero si falta la luz á las hojas, la provisión, agotada, no 
40 renueva mas y la planta perece. 

Así, cuando una flor de hojas verdes ha preparado sus botones, 
la obscuridad no detendrá el desarrollo de estos, si la planta pudo 
hacer una provisión suficiente de los productos que la flor le pedirá. 
Después de la florescencia, la planta colocada de nuevo en la luz no 
perecerá si la flor no la ha estropeado demasiado y si puede reparar 
•el tiempo perdido para reconstituir su reserva. Bajo este punto de 
vista, la planta se comporta como el animal que puede vivir de sU 
propia sustancia, en ciertas condiciones y en ciertos límites, y cuan- 
do la alimentación es nula é insuficiente. De ahi la influencia tan 
variada que el reparto del calor y de la luz en el curso de la eúh 
tencia de una planta ejerce sobre las diferentes especies. Para unas» 
oon poca reserva, el calor y la luz deben crecer á medida que la 
planta, formando sus flores y sus frutos, debe j>roporcionar para un 
consumo mas abundante. Para las otras, con mucha reserva, des- 
pués de la florescencia, es cuando la asimilación se desarrolla para 



-228- 
abaiitecer la fructificación j preparar los Baateriales de la florescett* 

I 

cia siguiente. • ' 

Debemos recordar aquí que bajo el nombre de luz no entendemos- 
solamente la de las radiaciones solares que impresionan la vista. 
Los rayos que nos envía el sol estando dispersados por el prisma^ 
dan un espectro mas alargado que la parte visible para nosotros. 
Los que son menos refractados impresionan mucho el termómetro^ 
mientras que el ojo humano no se siente afectado, quizás porque sus- 
rajos son detenidos en gran parte por los humores del ojo. Los que 
están mas refractados son ya invisibles para nosotros cuando toda- 
vía impresionan las placas daguerrienas ó las sustancias fotográfí- 
cas. Se dice que el sol nos envía rayos luminosos, rayos caloríficos 
y rayos químicos. No son tres clases de rayos: son tre» aspecto» bajo 
los cuales se pueden observar, según los efectos que producen en 
tal ó cual circunstancia determinada. Debiamos haber dicho, en vez 
de luz, radiaciones solares, si no hubiéramos preferido no separar- 
nos del lenguaje ordinario. 

Medida de las radiaciones solares. 

Las radiaciones solares que representan en nuestros campos un 
papel tísencial, y que seria útil evaluar de una manera precká, ya 
han sido objeto de numerosos estudios Se han propuesto . y puesto 
en practica para medir su cantidad diversos procedimientos que va- 
mos á esplicar rápidamente. Los instrumentos empleados son los 
actinómetros. El actinómetro ó también pireliómetro^ se compone 
fie una caja circular de fondo plano, llena de agua, y en la cual una 
de los fondos está ennegrecido con negro de humo. Un termómetros^ 
cuyo depósito penetra en el agua de la caja, indica la temperatura. 
£1 aparato está expuesto al sol durante cinco minutos, de manera 
quf^ los rayos caigan de á plomo sobre el fondo ennegrecido de la 
caja. Se anota el número de grados de la temperatura del agua, que 
habrán subido bajo la acción solar; después, para corregir el resul- 
tado obtenido del enfriamiento producido por el contacto del aire, 
ge interceptan los rayos solares, y se anotan cuando baja la tempe- 
ratura durante otros cinco minutos. 
• £1 aparato de M. Potiillet, muy exacto, tiene sin embargo el in- 



conveniente de exigír^mÜesipo bastante la^go para la obseryaoion, 
-j algunos cálcttlos..para decbícir el resultado que se busca. No es uh 
kistmmento de observación corriente,, y «i dá la radiación ^ directa 
del? sol, no hace la^ parte de los rayos difusionados por la. atmósfera; 
luego unos y otros tienen su importancia en la veigetacion. 

M. de Gasparin ha sustituido á la caja delrpireliómetrOi X|ue es 
preciso orientar k cada observación, una esfera de madera 6 de me- 
'tal ennegrecido éxteriohiíente, y al interior de la <}Ual 6e encüéátra 
un termómetro. 

Esta esfera, expuesta ál aire libre, ea un lugar* desabrigaido^ está 
siempre dispuesta para la observación. También h{ty un termómetro 
de depósito esférico igualmente ennegrecido^ y .que, colocado hori- 
zontalmente^ ó mejor, colocado vertiéaltíiente^ con el depósito arri- 
ba^ presentaría constantemente este depósito á los rayos del cíelo. 

Este aparato tiene el inconveniente de que la cubierta ó el depó- 
sito del cual se mide el calentamiento, está expuesto á la accion'de 
los vientos, que, se^un su^fuenea, tienden á reducir el cklentamiento. 
Bs difidl apreciar el error .que de ahí resulta. 

Calor y luz én'ía átfhósftra. 

Antes-de^ terminar esta parte'de nuestra obra, vamos á dar*i|Jgu- 
nar breves explicaciones sobre el calor y la luz en la atmósfera, para 
fijar completamente la atención en el estudio de cieírtos impoctantes 
detalles. 

£sl)6Ctra solar. 

Él astro radióso' alrededor del cual {(Ira^tanláCí plantas, notf cKs- 
pensa el balor y 1» luz.' Ouando' se examina el* híiz dé luz emanado^ 
del sol, se le encuentra formado dé cierto ¿úméró de' rayos colorea- 
dos^ que sobreponiéndose dan luz blanca. Gadá uno' de sus' rayos 
tiene propiedades especiales, y Newton ha démoistradoiqué haciendo 
atravesar uña serie' dé rayos solát'es áfkWrésIdétin prismáile' vidrio, 
los 'diversos rayos sé sepárán'loá lirios dé ios otros, dándO' tma ima- 
gen coloreada qué se llama el espedirá sobar. ^ Se distinguen en éÉte 
espectro los siete <K>lore8 siguientes; violeta, ' índigo, azul, verde, 
amarillo, rojo. 

85 



asó- 
los rayos caloríficos. 

lEl aire puro y el seco es enteramente trasparente para el oalof ; 
es decir, que los rayos solares lo atraviesan sin calentarlo. En las 
altas montañas el aire es frió, mientras que el sol envía sus ardien- 
tes rayos; durante el verano, basta ponerse á la sombra para sentir 
el frió de la atmósfera. 

La tierra absorbe, al contrario, estos rayos caloríficos, y cuando 
el sol desciende bajo el horizonte, la tierra envía por radiación al 
espacio el calor que acumuló durante el dia. Si no existiera la at- 
mósfera ó si estuviera siempre seca, las variaciones de temperatura 
en la superficie terrestre se operarían bruscamente, sin transición. 

£1 aire contiene siempre, en más ó menos cantidad, vapor de 
agua. Considerando este hecho como definitivo, podemos reconocer 
que esta agua modifica considerablemente las propiedades del aire. 
Mr. Tyndalle ha demostrado que el vapor de agua que contiene la 
atmósfera ejerce sobre el calor radiante una acción setenta y dos 
veces mas grande que la del aire. No solamente el vapor de agua 
permite al aire absorber parcialmente los rayos caloríficos emanados 
del sol^ sino también impide el brusco, en Criamiento de la tierra, ab. 
sorbiendo una parte del calor desprendido por el sol. «10 por 100 
•por lo menos del calor que la tierra tiende irradian en el espacio, 
dice Tyndall, ^^uedan interceptados por los diez primeros pies de 
aire húmeck) que rodean su superficie, n Una consecuencia importati-^ 
te puede deducirse de esta observación. En las noches claras, la baja 
del termómetro, que mide la energía de la radiación, está determi- 
nada por la cantidad de vapor de «gua que se encuentra en el aire. 
A más vapor, monos enfriamiento. Así es que muchos agricultores 
han tratado de preservar sus cosechas de las heladas tardías del mes 
de mayo, formando, por la combustión de los aceites pesados, nu\>es 
artificiales que se oponen á la radiación del sol. 

El vapor de agua que absorbe ávidamente el calor, debe también 
irradiarlo. Mr. Tyndall esplica, por la radiación del vapoi^ de agua, 
.las fuertes lluvias repentinas, frecuentes en los trópicos. 

Utilidad del vapor de agua. 

Si quitáramoi al aire que cubre la tierra el vapor de agua que 






\ 



231— 

contiene, se produciría en la superficie- éel suelo una pérdida de ca> 
lor parecida á la que acaece en las grandes alturas. La' puesta del 
sol seria seguida de un rápido enfriamiento; la diferencia, entre la 
máxima y la mfnima mensuales, de temperatura, sería enorme. 

La supresión, durante una sola noche, del vapor de agua conte- 
nido en la atmósfera, seria acompafiada de la destrucción de todas 
lap plantas que haría perecer la helada. En el desierto de Sahara, en 
donde ía tierra ea de fuego y el viento dé Uama, el frió de la noche 
es muchas vecea muy penoso y difícil de soportar. 

Se ve, en esta comarca tan caliente, formarse el hielo durante hk 
noche. En una palabra, se puede predecir con seguridad, en cual- 
quier parte en que el aire sea seco, la escala de las temperaturas será 
muy considerable. Añadamos que la atmósfera puede estar cargada 
de vapor de agua^ aunque muy clara, pues una gran transparencia 
por la luz és perfectamente compatible con una gran opacidad por 
el salor. 

LA LUZ. 

El aire es casi completamente trasparente á la luz, sobre todo- 
después que las lluvias han arrastrado sobre el suelo los polvos- que 
tiene en suspensión: sin embargo, sea á causa de estas materias que 
flotan en el aire,, sea sobre todo á causa de la presencia del vapor de 
agua, la atmósfera no se limita k dejar pasar los rayos que le llegan 
del soL 

Biot decia muy bien: i>El aire es alrededor de la tierra como una 
especie de velo bvülante que multiplica y propaga la luz del sol por 
una infinidad de repercusiones. A causa de él vemos la luz cuando 
el sol no aparece todavía en el horizonta Después de salir este as- 
tro, no hay lugar tan retirado, con tal que el aire pueda introdu- 
cirse, que no reciba luz aunque los rayos del sol no lleguen directa 
mente. Si no existiera la atmósfera, cada punto de la superficie te^ 
rrestre no recibiría mas luz que la que le viniera directamente del 
sol ... . El sol, aunque cerca del horizonte, brillaría con toda su 
luz, é inmediatamente después de ponerse, quedariamos sumidos en. 
una obscuridad absoluta." (Flammarion.) En las altas montafias, e& 



donde: el aire está yaKenraveeido^ el godev^luiDiiiosad^^ la.i^nód^ra 
es tan débil que á 2úk sombra^ pued» apm'evbir9%¡aBieHrdhfi:$n.plm0í 
medio dki, 

La-atoóafera ejero» sobre lea nyoaliimiBOBQB.qu^ r9aiW49:los 
aatma» aAimpea.isaUtipl0%,ciLja.eB^94io es^ deloM^yi^ ú^lb^^ O^aii- 
doi.ae> introduce en ua vaso de i^na, bien Ilen^, twii^ i^^g^A ^^ inado' 
rm pareoatque está^oevisBid* <5 rot%í U I^MTte q.i;i^ se l)|e^V^ ^ ^ U- 
quído no es mas rq«e la. pfoleipigiiMdieii^ de \bl,xíí(¿a. S^e^ Av^ ^AtfSn^es^. 
que la imagen de esta re^ wtk refipoQtoíi». Ou9.^dQ U^ b^, de lyi^ 
cae sobre la superficie de uii liquido, otra porción penetra en el líqui- 
do y e^.refir^^íieidou 

La BBVRiLOC»»K — 'La.lua que penetra en Uato<^era ^pfi^]^ 
ealoa.dos fenómenoB; ré^égeia» y r^acoMH» P&r efee^tci de 1«^ refrac- 
ción, los astros no nos apureoen en el sitio ea que r^ipente est&a; 
todos se aproYimasi 9A>ze»ii, (1) y^ta^to mAs qiie i|e acer^fj^u al h^? 
rízonte. Se comprende que los astrónomos necesitan conocer laposi- 
cion exacta de los astros; así corrigen todas sus observaciones de 
la refracción, por medio de tablas especiales. En el zenit la refrac- 
ción es nula; e8ide?33rd á 30° del zenit; de VAOT, 6 A 60°] de íi^W, 
3 a) horizonte. 

Gracias á la refracción atmosférica el sol nos pareee. visible poc 
la mafiana; antes que^realtnente esté encima del horBonte, y qne 
le apercibamos todavía por lá tarde, algunos instantes después 
que se ha puesto. Es la misma causa que engañando nuestros sen^' 
tidos, nos bace atribuir á los objetos elevados» á lae montaflaS) por 
ejemplo, alturas considerables que no tienen en realidad: 

Estos fenómenos de refacción se observan siempre cuando un ra* 
yo luminoso pasa de qn medio á otro de densidad diferente. Asi «n 
las regiones meridionalejs, en donde el sol está muy recalentado, las 
capas de aire que próximas á la tierra tienen densidades muy dési* 
guales, los rayos luminosos spn refractados considerablemente; hasta 



<1) El zenit es el punto del cielo visible, que encontnaia, si fuera prolongad», 
la línea vertical de un lugar. Esta veiü^al enjcontrarfia evidentABieintel» bóveda 
celeste «n dos ppiaibQs; uno ooJocad^ eftcinc^ de pja^tra^ qalit^z^ el p^ debajo. 
El primer punto se llama zenit, el seg^undo se llama nadir. 



«l'ptmto (3ls.q,u? iQP Q^etos t^i^res^rps apercibido* por el ojo »^ dan^ 
VLUA segunda imkgen que parece colocada encima de la primera^ 

"el asua. Este fenóoienQ es conocido con el nombre de mirag^, 

SaUwdo <tel eapjWítePiSoJíii^ djyeemp^^ue,!» luz r^^tadajt tr»; 
vés djBi utt pi^igmarck vidw si^^e^P&íMpMdi^á esL^va^cÍpS; ra^ofi colg-, 
r0adiwi. Un. íepííff^eniQ d«), i^ijl^ci «éacíP^ se. Q^^^rva Q^f^o^iv^ rgj^c^;, 
solares tocan las gotas de lluvia en s«spensioi^ en.el, aíre(. Se ap^iy 
cibe, destacándose sobre el cielo, uno ó varios arcos coloreados, pre- 
sentando diversas apariencias: en la parte interior del arco mas ele- 
vado, se ve una banda roja, en la parte exterior aparece una banda 
violeta, y, entre los dos, una serie de bandas n\ás ó menos distintasi 
coloreadas con los otros cinco colores del prisma. Guando esMoble 
el arco, el orden de ios colores está invertido en el arco inferior: el 
rojo está en la parte convexa, el violeta en la parte cóncava. £s e) 
feaómeno del arc(h-ir%s^ 

La beflbxion. — Si la atmósfera dejará pasar, los rayos emana- 
dos del sol, sin enturbiarlos, lo que llamamos el cielo estaría sumi- 
do en la mayor obscuridad; el sol se destacaría, luminoso, sobre f<m- 
do negro, y las estrellas serian constantenente visibles. El cielo nos 
parece generalmente azul k medio día; ¿de dónde viene este color? 
Las partículas incoloras que existen en la atmósfera reflejan los ra- 
yos solares; pero reflejan desigualmente los diversos rayos que com- 
ponen un haz de luz blanca. Los rayos azules son reflejados pre- 
ferentemente. M. Tyndall ha hecho, para demostrarlo, un experi- 
mento interesante. En un tubo de vidrio introduce una mezcla de 
aire y de vapor de nitrato de butyl, mezcla muy verificada^ no ejer- 
ciendo mas que una presión de 1^00 de atmósfera. En esta mezcla 
gaseosa, envía un haz de luz eléctrica: el interior del tubo alcanza 
poco á poco gradualmente un azul espléndido. Para hacer este ex- 
perimento se pueden emplear otras sustancias incoloras dotadas de 
propiedades químicas y ópticas diferentes; en todo caso, la nube 
nacierU€y presentará este espléndido azul. Guando se quita azul á la 
luz blanca, el haz queda de color anaranjado; es el color del cielo en 
el horizonte á las horas de aurora ó de crepúsculo, cuando la capa 



—234— 

atmosférica, atravesada por la .luz, está en sq máximum de es-> 
pesor. 

El vapor de agua es el más importante en estos fenómenos de 
coloración, y cuando se condensa formando lo que se llama vapor 
vesicular, enturbia lá transparencia de la atmósfera. Por eso los la- 
bradores 7 los marinos se engañan rara vez sobre el tiempo proba - 
bl)B del dia siguiente^ observando únieamente el color del cielo al 
«alir Y al ponerse el sol. 



^ 



i^t^i 



OPERACIONES 

DE DHEITAJE, 

HECHAS EN LOS TERRENOS 

DE LA 

HACIENDA DE ZIACAT.EPEC, 

(Estado dr Morelos,) 

por ü Ingtniero agnmMno D. Felipe Ruiz de VeUuúo, 
adminittrador de dicha hatienda. 



— á37- 




iostancias del Sr. D. Ramón Portillo j Góme^ propietaria 
de la Hacienda del Puente en este Estado, tengo el honor 
de escribir las siguientes líneas sobre los trabajos de drenaje que se 
practican en esta Hacienda, para unirlas á su opúsculo sobre el 
cultivo de la caña de azúcar. 

Desde hace muchos afios, en nuestro país, como en varias partes 
de Europa, se han ensayado una porción de procedimientos para 
secar ó sanear las tierras pantanosas sin obtener resultados realmen- 
te satisfactorios. En algunas haciendas, sé que se han practicado 
saneamientos haciendo zanjas y colocando en su fondo, para facilitar 
la salida del agua, piedra menuda^ cascajo, ladrillos y tejas; en estas 
condiciones el agua disminuía, pero no desaparecia por completo; los 
trabajos eran sumamente costosos y de poco ó ningún provecho. En^ 
Zacatepec se luchaba mucho con estas dificultades; cada afio aumen* 
taban las ciénagas inulilizando los mejores terrenos, sin poderlo re< 
mediar; se temia que continuando así^ la mayor parte de la Hacien- 
da se convirtiese en un gran pantano, que se debia abandonar, 
causando, como es natural, grandes pérdidas á su dueño. En estas 
circunstancias, de acuerdo el propietario y el administrador, resol- 
vieron practicar el saneamiento tal como se hace en Inglaterra y 
Bélgica, adonde esta operación recibe el nombre de dram^ drenaje y 
drenaje en castellano, caracterizándose y distinguiéndose esencial- 
mente este método de los antiguos^ sobre todo por emplearse para 
dar salida al agua, tubos de tierra cocida, que son mas baratos, 
presentan mi^or duración, se colocan mas fácilmente y con menor 
costo que los ladrillos, tejas y piedras. Otra cosa importante que 
lo distingue es la profundidad á que se colocan esos tubos, pues 
mientras que estos se ponen á un metro* veinte centímetros, por tér 
mino medio, los ladrillos <Scc. solo se han puesto á 80 centímetros, de 
donde proviene una desigualdad de acción notable, que hace desa- 
parecer á un metro veinte la humedad, pues á ochenta centímetros 
solo disminuye. Necesitaría escribir mucho para dar una idea per- 

36 



-2S8- 

tecta del drenaje,' pero creo que se podrá juzgar ampliamente de esa 
operación examinando el pianito que adjunto, que es uno de los mu- 
chos que he hecho en esta finca. En él se vé la dirección de las ca- 
fierías que muestran las líneas encarnadas, dirigidas siempre perpen- 
dicularmente á las curvas de nivel, ó sea siguiendo la mayor pen- 
diente que ofrece el terreno. Las' distancias que guardan entre sí 
éátán indicadas por los números acules y las profundidades de las 
éMerías por los números negros. Las cañerías parciales reciben gene- 
ralmente tubos de cinco centímetros de diámetro, y desaguan por 
grupos, según las cantidades de agua ó los accidentes de terreno, ea 
otarás cañerías de mayor diámetro, llamados colectores, marcadas 
con color azul que á su vez arrojan el agua k las barrancas ó á las 
paiH^s bajas de la tierra. La extremidad de cada colector, se recibe 
con mampostería. haciendo una pequeña pared ó casilla, para evitar 
"^ue la tierra de los taludes, al nivelar los tape ó las aguas de riego 
á la larga arrastren la tierra que tapa los tubos y desarregle el 
trabajo. 

En cuanto á los resultados, tengo la satisfacción de poder asegu- 
rar que son tan completos y brillantes como los..que se han obtenido 
en Inglaterra y Bélgica. Los terrenos que no eran mas jque pesti- 
lentes focos de emanaciones palúdicas, cuya yerba no servía siquiera 
para alimentar al ganado y sólo aloyaban entre sus tulares, patos, y 
venados, oambiaron por la acción del drenaje, en solo dos ó tres me- 
ses, de tal modo que se pusieron á la altura de las tierras de. primera 
clase para el cultivo de la caña. 

Añadiré que con esta importante mejora obtuvimos una disminu- 
ción de fiebres intermitentes en los habitantes de la finca, mejorando 
en general las condiciones sanitarias. 

Estas dos ventigas, por sí solas, son bastante considerables para 
llamar la atención sobre esta clase de trabajos, y me permitiré omitir 
otiras aunque importantes, no tan notables como son las de evitar 
el exceso de humedad que provenga de riegos mal dados; los de po- 
der emplear en terrenos más bajos el agua que sale de las cañerías, 
el aumento de fertilidad por la aereacion del terreno ¿bc 

f'Ei.IPS XtUIZ DB VlLASOO. 



-239— 



DRENAJE. 



Idea general. 

La operación del drenaje, en los terrenos pantanosos, consiste exr 
la apertura de zanjas generalmente paralelas entre sf y distando 
unas de otras de 7 á 12 metros, cuya profundidad, variable, es por 
término medio de 1°'20, vertiendo las aguas que recogen en otra 
zanja colectora, que á su vez se derrama en un canal de desagüe. 
En el fondo de la zanja se colocan tubos de tierra cocida, en forma 
de cañerías, y después se borran las zanjas abiertas quedando el* te- 
rreno seco y perfectamente unido. 

Esplicaciotí de la palabra drenaje: Esta palabra proviene del 
verbo inglés to drain que significa secar d sanear por medio de ca- 
ñerías subterráneas. No habiendo en castellano una palabra especial 
que exprese claramente esta operación, la aceptan algunos escritores 
que' han tratado de esta materia, hasta que la academia de la lengua 
le dé su verdadero nombra 

Benéficos resultados obtenidos por medio del drenaje: Si se exa- 
mina la importantísima cuestión de la salubridad pública se observa 
que los trabajos de drenaje practicados en grande escala, tienen po.- 
derosa y decisiva influencia en la higiene de la localidad. Las obser- 
vaciones hechas en Inglaterra y Escocia, bajo este punto de vista, 
no dejan ninguna duda: las fiebres, reumas y otras enfermedades 
son mucho menos frecuentes, desde que la agricultura hizo desapa- 
recer el agua estancada de las tierras. En esta hacienda, se nota de 
un modo evidente la influencia de estos trabajos sobre la salud dé 
sus habitantes, las fiebres intermitentes disminuyen rápidamente, y 
pocos son ya Iof operarios que sufren estas enfermedades relativa- 
mente á los de las haciendas y pueblos vecinos. 

Es sorprendente y rápida la acción del drenaje sobre h>s terrenos ' 
cenagosos. Guando se han establecido las cafierías subterráneas 
conforme k los principios que la ciencia enseña, interceptan eomple 



- 240 - 

iAmente la ascensión del agua que bajo la presión del punto de su 
erigen subiría á la superficie del terreno; éste, de pantanoso y po- 
roso que era, se convierte en terreno firme, se seca pronto. En los 
terrenos impermeables que han sido dreneados, las aguas pluviales 
en vez de resbalar por la superficie ó estancarse, penetran en el suelo 
y lo humedecen uniformemente; estas aguas no son completamente 
puras, absorben al atravesar la atmósfera diversas sustancias como 
nitrógeno, ácido carbónico, amoniaco, ácido nítrico, con que impreg- 
nan el terreno al penetrar libremente en él y llevándolas hasta las 
raices de las plantas para que sirvan á su nutrición; cada lluvia, 
pues, enriquece el terreno dreneado. Tan pronto como el agua aban- 
'dona el terreno, lo reemplaza el aire atmosférico, penetrando toda la 
•fierra dreneada, adonde se queda hasta que una nueva cantidad lo 
expulse. De ese modo los terrenos muy arcillosos, compactos, son 
accesibles al aire y al agua, lo cual modifica ventajosamente su es- 
tado físico y su fertilidad. Además, el agricultor puede disponer de 
mas tiempo para labrar sus tierras; no se ve obligado á arar cuando 
'la tierra no permite el trabajo, puesto que el agua sale pronto y se 
•puede labrar después de copiosas lluvias. 

Con el drenaje se suprimen las numerosas zanjas ó acequias que 
-se ven en los terrenos cenagosos, los cuales además de los gastos 
constantes de limpieza y renovación son un peligro permanente para 
el ganado. La ganancia sola, de la superficie que se adquiere supri* 
^miendo las zanjas abiertas, es digna de tenerse en cuenta. 

Regulariza muy bien los riegos que por descuido ó por ignorancia 
ae han dado á las plantas con demasía; las plantas que en otros te- 
rrenos sufririan, no resisten ese mal efecto, pues todo exceso de hu 
medad desaparece pronto. 

En las tierras húmedas, los abonos artificiales pierden mucho de 
BU acción fertilizadora; esto no sucede en los terrenos dreneados, 
pues allí dichos abonos obran de un modo más rápido y completo. 

Puede asegurarse que un terreno húmedo, bien saneado, sufre la 
misma transformación que si se le colocase en un clima mas cálido 
de donde está situado, y esto es importantísimo para plantas que 
como la cafia de azúcar tanta diferencia manifiestan en corta dis- 
tancia, con solo dos ó tres grados de calor que haya, de más ó de 



—eu- 
menos; la tierra aprovechando mas el calor del sol, hace que se des- 
arrollen las plantas con más rapidez y lozanía. En fin, los árboles 
<le las tierras saneadas «recen sanos, rectos, su corteza es lisa y sin 
parásitos; los frutales dan frutos precoces y de mejor calidad. 

Cpmo sale el agua de las tierras por medio 

del drenaje. 

Es evidente que si en un vaso lleno de agua se practica un ori 
íicio á la mitad de su altura, por ejemplo, sale el líquido por capas 
«ucesivas, las inferiores las primeras; y sale el líquido con tanta 
mayor fuerza cuanto mayor es íbl altura del agua sobre el orificio 
hasta llegar á un momento en que el nivel del líquido llega k enra- 
sar een ia abertura. La salida del agua es debida, primero, al mismo 
{)eso del agua que gravita sobre lo moléculas mas bajas y las obliga 
4 salir; y segundo, á la diferencia de presión atmosférica entre el 
interior y el «xterior del vaso. Üe un modo análogo se verifica la 
«alida del exceso de agua en los terrenos pantanosos; él tubo que se 
introduce, mantiene un vacío constante, un orificio, como en el vaso 
que aquí es el terreno húmedo, por donde se escapan- sucesivamente 
capas de agiia, hasta llegar cerca de los tubos; digo cerca, porque el 
agua encuentra cierta resistencia. ipArs. circular en la tierra á la cual 
se adhiere con más 6 menos fuerza y esta resistencia como no puede 
ser destruida mas que por un exceso de presión (la cual disminuye 
á medida que baja el agua) llega un momento en que ya no es bas- 
tante fuerte y el agua queda á cierta altura sobre los tubos, altura 
que aumenta hacia la distancia media entre dos tubos, formando dos 
planos inclinados. 

Ssta altura es evidentemente mayor en los terrenos arcillosos que 
en los arenosos. La resistencia no es la única causa que impida la 
completa bajada del agua hasta el nivel de los tubos, hay otra no 
menos digna de tenerse en cuenta, y. esta es la capit^ridad cuya 
fuerza no se puede destruir. La capilaridad es la que hace subir los 
líquidos mucho más de su nivel, como sucede cuando mojamos sola- 
mente la punta de un pedazo de azúcar en el café y que al poco 
tiempo lo observamos impregnado hasta la otra extremidad; la mis- 



—242 - 

isa causa hace elevar el petróleo por medio de la mecha desde ef 
fondo del depósito hasta el lugar donde brilla la llama. El mismo 
fenómeno y la misma causa se producen en los terrenos húmedos, 
el agua se sostiene á cierta altura á pesar de la presencia de los tu- 
bos que no tienen ninguna fuerza de atracción particular y única- 
mente sirven para favorecer la acción de la gravedad del agua. Se 
entiende, que también varía la altura del agua debido á la capila- 
pidad, según los terrenos, subiendo más en los más compactos. 

He creido necesaria esta ligera explicación para que se comprenda 
bien el modo de funcionar el drenaje, pues^hay personas que tienen 
ideas muy erróneas sobre esta operación. Reasumiendo estos renglo- 
nes diré que el drenaje obra mediante la acción de la gravedad del 
agua, cuya fuerza es en parte destruida por la resistencia de la tierra 
y la capilaridad. 

Formación del plano de drens^. 

Fara conducir los trabajos de drenaje con el mejor éxito, es pre- 
ciso levantar un plano exacto del terreno, en donde figuren por 
medio de curvas de nivel y se noten fácilmente las menores ondú, 
laciones del terreno y se conozca su inclinación y distancias á loa 
diferentes puntos de desagüe; en. el plano se señalan las partes má» 
húmedas, las diferentes elases de terreno arenoso, arcilloso ó pedre^ 
goso, <&c. &c. Una vez obtenidos esos datos se procede á la forma- 
ción detallada del plano, principiando por fijar.- Primero, la direc- 
ción de las cañerías parciales ó de saneamiento y después loa colec- 
toras. Segundo, la dirección que se dá en general á las cañería» 
parciales, es la que presente la mayor pendiente del terreno, la cual 
es siempre perpendicular á las curvas del nivel; mirando un plano 
de drenaje como el adjunto, se notará la forma del terreno por las 
distintas direcciones que afectan las cafterfaa en él indicadas. Entre 
la multitud de razones que asisten para proceder así, citaré sólo 
algunas.* Dando á las cañerías la mayor pendiente, sale el agua rá- 
pidamente de los tubos, impidiendo las obstrucciones que pudiera 
haber y permiten emplear un tubo de menor diámetro como si se 
colocase en cualquiera otra dirección. Ademks, pueden ponerse las 



J 

I 



«cafierias á mayor dÍEttancia entre si que ú se adoptase la dirección 
transversal á la pendiente; de lo cual resulta que con el mismo gasto 
se obtiene mayor superficie dreneada y mks eficazmente. Los colec- 
tores tienen por objeto evitar la multitud de salidas que habria en 
los lugares de desagüe si cada caftería saliese sola, los colectores 
recogen todas estas cafterífts en una so^ lacilitando asi la vigilan- 
«cia y conservación de todo el sistema. Por consiguiente, ocupan los 
oolecteres los sitios más bajos del campo, formando un ángulo agu- 
do coa isa cañerías de saneamiento. Segundo, la segunda cuestión 
que se debe resolver, es la profundidad á la que se han de colocar 
los drenes; por regla general, diré que se debe dar la mayor prof un-- 
didad que permita el terreno. Mientras más hondas estén las caftetfías 
-mas baja el agua en el terreno, y por consiguiente pueden colocarse 
k mayor distancia unatf de otras. De esto resulta que el drenaje 
profundo es más eficaz y económico que el superficial. Siempre que 
üo se pueda profundizar á más de 0^80 centiraetros, es inútil el dre. 
naje, por las dos causas de que hablé: la resistencia de la tíerra y la 
oapilaridad que mantienen el agua á esta altura sobre los tubos. Yo 
he dreneado por término medio á 1™20 de profundidad, lo menos k 
O»80 y lo más á li>^60. Mucho podria decir sobre este punto que es 
impartantísimo, pero me abstengo, porque no lo creo oportuno en 
este ligero escrito. Tercero, la diHancia que debe existir entre las 
- cañerías es otra de las cosas de primera importancia que es preciso 
-€yar con habilidad. Sí la distancia es muy grande entre dos cañerías 
se obsenra en el «entro una mancha de humedad á donde vegetan 
'mal las plantas; esta- distancia depende, pues^ de la clase de tierra; 
'«n las arcillosas, que son más compactas, se juntarán más que en 
4as «renosas donde la resistencia que opone la tierra al agua es 
«^enor; depende mucho de la prc^undidad que se pueda dar, como 
'dije mas arriba; puede aumentar la distancia entre las cañerías sub- 
^terrkneas á medida que crece la profundidad. 

La pendiente del terreno influye igualmente. Este bs un punto 
Hjue hay que estudiar en el mismo terreno, al principio por medio 
'de experimentos y luego ya la práctica permite resolver sin necesi- 
dad de esos datos, el problema. En un mismo terreno la distancia 
fiaría. Yo he colocado hs cafierías excepcionalmente 4 3 metix» y ^ 



— Í44— 

tmas de oti^; lo más & 20 metros y como término medio á 7. Ccranr^ 

to, la pendiente que tendrán las cañerías será la mayor que presente 

el terieno, pera que arrastre el agua con fuerza todo obstáculo que' 

tienda á obstruirlas. Gomo aumenta la profundidad y á veces e» 

preciso reducir la pendiente, diré que puede edoptarse^ con los tubos, 

un término medio de 0™005 por metro, puede llegarse á dar hasta 

0*»0005 pero esto es ya muy poco y expuesto. Tercero, el diámetro* 

de los tubos que se adopta, depende de la pendiente, de la cantidad 

de agua, del terreno, del agua que dá en los riegos y lluvias, del 

largo de las cañerías. Si se adopta un dikmetto pequeño es precisa 

colocar muchos colectores, si uno grande, hay un exceso de material 

y por consiguiente de costo. Hago uso de tubos de 0>^5 para la» 

cañerías parciales y de 0">08 y O"'! O para colectores. £i largo de 

cada tubo es de 0™30. < 

Sexto, la l&ngüud que tendrá cada serie de cañerías varia con e) 
grado de humedad del terreno, y del diámetro de los tubos que se 
adopten. Cuando las cañerías son demasiado largas^ se dividen en* 
dos partes por medio de colectores. No se poede precisar nada sobre- 
esté particular por estar sometido á multitud de variaciones. Sin 
embargo, no conviene, en terrenos de regadío, prolongarlos mas allli 
de cien metros, sobre todo si no son muchas las sangraderas que re- 
cibe un colector. Lo mismo puede decirse de los colectores, cuando^ ' 
estos tienen forzosamente que ser muy largos, se establecen de tre- 
cho en trecho unos pozos de mampostería á donde se dá al agua una 
caída. Estos pozos de observticion sirven para reunir varios colectores 
en uno sólo; de esa manera puede vigilarse mejor la corriente de) 
agua y limpiar las cañerías de que hemos hablado. 

Una vez resueltos los seis puntos, se dibujan en el plano las dife- 
rentes de las cañerías parciales y los colectores con su profundidad, 
distancia, átc &c. Para mas facilidad, adopté la escala de un milí- 
metro por metro ^ las lineas que representan las cañerías con tubos 
de 0°*05 les doy un color encarnado, y azul k la de los tubos de 8 y 
10 centímetros, diferenciándose estas dos por ser una línea llena y 
la otra punteada. 

Las distancias entre las cañerías, están marcadas con tinta azul, 
la longitud con tinta encarnada y la profundidad con tinta negra. 



dft^ei'piaiía^ y palrá^tié el^encttrpfftáaqñécttida directamente del irá- 
b«rJ!O/.p«eiÍ»x3Jbtf«l^lasL0ÍMceí'^ qhe sé leí metida. El plano* - 

eat' de prifitfsr&'iiediBgidMl mM tarde, düftttdo sé pírOdü^e alguna obs- 
tnicci^Dy . pttes don' sft 'a«xáHo paede ehcontraiiíe protitoel sitió dél*^ 
aceidenter 

El plano, que a^^iamos^* Ueaé* descritais lee idea» es^est&s ah- 
teriormeDtey.paF» que pueda» c^ii^enddrlte nié«>>fik6i]:Bd^nte. 

Práctica del drenaje. 

El capitán de loe (^raidos marca en elterrelio toda» las Unfeas 
de cañería 7 colectores contenidas en el piatio, partí 'Cuyamedieíott 
empJiea una cadenas de diez, ó-veinte á^veitítioioeometros/j distrib«^ 
ye k cada peón según lo q^ éste pueda ó quiera- baceír^ pues-es'op«»>'' 
ración que se hace por tarea ó destajo» El trabaj<>' priacipiia por^lás*^ 
partes mas bajas, p^mero el colector de cada seiie dé-zaajas ydes* 
pues las zanjas, y: en estas avanzan de abajo p^ra^rríba^* de modo,' 
que el agua que sale, .no estorba sino qpe escurre á» medida 'que sé^ 
filtra por laspfkrede» de la zanja* Antes de prineip^a^ áí>abrir éf$tas,-. 
se señala por medio de un cordel ele 30lt 40 metros^' la dirección áé'r 
la zanja, y. con la pala á derecha é izquierda -de la •]kie%'Se n)arda»« 
otras dos lmeaS| entre las cuales está -comf^endida la- aneburá qué^" 
tendrá la zanjm y^queg^neraln^ente no pasa de'0>°4^» Las palaÉ? 
empleadas para-este trabs^sonde fierro - y. de do» tamafiosj la^pri*- 
mera sirve para cortarilas des primeras capas' de tienda -y tienen 
0^50 de largo ppr O^^^lS^deauehoy yr la ségundai^es de las inÍBtecMK> 

diraelMiionée/ sóky que^está teroffnada «u esi^téüsidád infériót en'uñ ' 
medio pnntode 0»08 á^0^12.d^ diámetro. 

Se próeede-áHlft^ he^^ravár' da^laizanj»- enr^tres' v^^Sj^ sáOttud^^á'Ié^^ 
largo'dela lifteatl^tizadaléprímeiia capa/qo^ esdeliairgodélapiáíláj!'' 
y dtídiattdo'dedin^iM» l^B'^bm-déti, d«<DM>do^qu« atfiáeairTá séguiidÉ'- 
capgi d» tietrAtve'reéézca^.la^^mjai'jU'míHtñOen látéféé^A; Bitá.^ 
últ«)»«lt^iáí^ué»exige^tóda^laMbiii«tád'del ^opérávlbj pótr^ureír^^' 
ciso^>paela>EaiaJB-'de:Oi>^l^'qu(^tieÍMr? airrlba;- quedé redtfeidá «r^diá«^ 
methy de^ tub0'q«eí¡8ervflrtáP<iMbdy»,'dé mod«»4|Ué eft^^^ ténga-^fá^ 
gui»«mo^iMé«lélatnra]^e»ei''fiíii^^ aHettMü^» 

37 



-.246— 

es.pveciso.que e&ta canal sea recta y con una pendiente uniforme -en 
toda su extensión. Los operarios dedicados k estas faenas es preciso 
que sean robustos é inteligentes á la vez, porque es un trabajo muy 
fuerte hecho bajo los rayos del sol y en una atmósfera saturada de 

humedad y de miasmas palúdicos; en cuanto k la inteligencia, es 
preciso que comprendan y sepan llevar á cabo esta delicada opera- 
'cion. Hechas las zanjas, se procede á la entubacion, rectificando 
antes la pendiente que se ha señalado, para lo cual se observa aten- 
tamente la corriente del agua en el fondo de la zanja y además las 
miras y nivel de albafiil que se emplean. 

Al acarrear los tubos para el terreno, se distribuyen colocando 
uno por uno al lado y á lo largo de las zanjas y no por montones, de 
modo que así no sobren ni falten. El peón entubador limpia perfec- 
tamente la canal, en donde se colocan los tubos, por medio de unos 
instrumentos especiales llamados dragas, de toda la tierra suelta 
que haya quedado, y se principia á entubar comenzando por las par- 
tes más altas de la zanja; el peón tapa la extremidad del primer 
tubo con un pedazo de ladrillo, para que no se introduzca la tierra, 
lo coloca en el fondo, apretándolo con el pió é inmediatamente at 
tubo siguiente, adaptando perfectamente la extremidad de un tubo 
con la del otiso,'de modo que se correspondan perfectamente; los de- 
más tubos se ponen del mismo modo unos detrás de otros formando 
asi una cañería. Entre tubo y tubo no se colocan anillos de unión, 
como se hacia antiguamente, no es necesario. Sobre la cafieiía for- 
mada se hecha una ligera capa de zacate ó de paja de arroz para 
impedir la penetración en la cañería, al principio, de la tierra muy 
suelta. Oon la tierra mas seca que desprende uno con la pala de las 
paredes de las zanjas se tapan los tubos. Esta tierra, mas seca se 
comprime con los pies un poco sobre la entubacion para que el agua 
que pudiere filtrar no lo haga con demasiada rapidez y no arrastre 
consigo tierra ensolyando los tubos. La misma operación se verifica 
oon los colectores, los cuales también se principian á entubar por la 
parte alta. La unión entre las cañerías parciales y el colector se 
hace perforando el tubo colector con sus agujeros suficientemente 
:grandes para recibir la extremidad del tubo mas chico de la cañería 
parcial. El ángulo bajo el cual se verifica esta inserción ha de ser 



—247— 

«gudo, de modo que al salir el agua de las cafterias parciales no in- 
terrumpan la corriente del colector. Al ultimó tubo de éste, al He 
gar al desagüe se le recibe con mampostería, liaciendo un pequefio 
pilar para que el hUo que en él se coloca esté siempre á la vista y 
no lo tape la tierra que les pudiese rodar sobre él y obstruir todo á 
la larga. Generalmente se procura que varios colectores salgan en 
un mismo punto para facilitar la vigilancia. 

Ventajas que representa el empleo de los tubos 
sobre las tejas, ladrillos, piedras, &o., &c. 

No es indiferente adoptar cualquiera de estos materiales para co- 
locarlos en el fondo de la zanja de drenaje, por esa razón sefialaré 
rápidamente la superioridad de los tubos de tierra cocida y de sec- 
ción circular, sobre los ladrillos, tejas, <&c. 

Según dice Mr. Leclere, en su notable obra sobre el drenaje, ha- 
blando sobre este punto: "que él drenaje con tubos cuesta cerca de 
la mitad del que se hace con piedras, la tercera parte del hecho con 
ladrillos; las dos terceras partes del que se consigue con ladrillos 
huecos y los cinco sextos del que se hace con tejas, it Los tubos sobre 
todo, son los más baratos, menos pesados, mks fáciles para cómodos 
acarreos, son los que ocupan menos sitio en el fondo de las zanjas, 
permitiendo por consiguiente disminuir el número de metros cúbi- 
cos de tierra que se extrae, con lo que están menos sujetos á obs- 
truirse, y los que presentan entre todos la mayor probabilidad de 
duración, ademks su manejo y colocación en el fondo de la zanja es 
sumamente fácil y rápida. Por estas persuasivas razones y otras 
muchas, el drenaje con tubos ha sido umversalmente adoptado de 
preferencia á los otros sistemas. 



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índice 



Páginas. 

Prólogo 1 

Primera parte. 

HÍBioria de la caña de acucar , 7 

Vanos climas en que se cultiva la caifla de azúcar^ 11 

Descripción y caracteres botánicos 12 

Conclusiones generales sobre los climas propios al cultÍTO de 

la caña ^e azúcar . , 17 

Climas 17 

Introducción 20 

Labranza del campo 20 

Cultivo de la cafia de azúcar 21 

Preparación de la tierra para los barbechos. 23 

Barbechos 26 

Modo de trazar los surcos , 28 

Pendiente quej)uede darse á Iqs surcos 29 

Siembra de la cafia 33 

Labores del cultivo ^9 

Corte de la cafia 42 

Zafra.— -Limpiar ó destlasolar las cafias 45 

Siega ó corte de las cafias , .;.. 49 

Operaciones que se deben ejecutar después de los riegos ó corte.. 64 



Faginas. 

Quema de los cañaverales 65 

Acarreo de la caña, sistema de tareas 66 

Alzadoies 68 

Cultivo de la soca. (Ouernavaca.) 69 

Cultivo de la resoca , 71 

Enfermedades y enemigos de la caña 71 

Hielos 74 

Incendio 75 

Cuadrúpedos .' 76 

Larvas 77 

Insectos 77 

Modo de operar la determinación medía de la riqueza sacarina 

de una cafia de azúcar 77 

Cultivo de la caña de azúcar en la Hacienda del Puente 84 

* Segunda parte. 

Pluviometría del Estado de Morelos. (Hacienda de Zacate- 
pee.) Meteorología y física agrícolas. — Observación 116 

Influencia de las lluvias sobre las cosechas ó lecoleccion de la 

caña de azúcar , 117 

Promedios mensuales de los días de lluvia y cantidades do agua 
caídas en la Hacienda de Zacatepec, afios de 1890-91-92. 

Tablas de observaciones 125 

Estudios sobre las lluvias 161 

Acción del agua en la vegetación 164 

Cantidad de agua absorbida por las plantas. 165 

Estudios sobre el agua atmosférica 169 

Los higrómetros 170 

P«so del vapor de agua 172 

Evaporación de la superficie del suelo , . .% 173 

Frió producido por la evaporación 177 

Meteoros acuosos. — Vapores 178 

Efecto de las nieblas 179 

Las nubes 179 

Acción de las nubes sobre el calor solar 183 



« 



tl*H 



Páginas. 

Vientos, locales 183 

Progresión de los vientos 184 

Inñuencia de las moles montañosas sobre la temperatura de 

los vientos ' 185 

Circulación general de la atmósfera 187 

Alisios, contra-alisios • • • • 187 

Corriente ecuatorial 190 

Temperatura del aire. El termómetro 192 

Temperatura propia del aire 194 

Variaciones diurnas de la temperatura del aire 198 

Variaciones mensuales. Temperatura media. Sus variaciones.. 203 

Variaciones anuales de la temperatura del aire 205 

Temperaturas medias anuales 205 

'P Líneas isotermas y líneas isoteras 206 

Temperatura del suelo. Acción del calor del suelo 207 

Movimiento del calor en el suelo 207 

Acción y profundidad de las heladas en el suelo 209 

Medida de las temperaturas del suelo 210 

Temperaturas de los vegetales 211 

Heladas en los árboles 214 

Efecto de los vientos en la vegetación 214 

Sección del calor sobre la vegetación Límites de las tempera- 

I turas necesarias á las plantas 216 

I Efectos del calor sobre la vegetación 218 

.Perjuicios producidos por el exceso de calor 218 

Perjuicios producidos por el exceso de frió 219 

Perjuicios causados por las heladas nocturnas 221 

Perjuicios producidos por el hielo y el deshielo.... 224 

Acción de la luz sobre la vegetación • 225 

Órgano receptor del trabajo luminoso 226 

Medida de las radiaciones solares 228 

Calor y luz en la atmósfera 229 

Espectro solar 229 

Los rayos caloríficos 230 

Utilidad del vapor de agua 230 



V 4