(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Biodiversity Heritage Library | Children's Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Estudios sobre la historia de América, sus ruinas y antigüedades, comparadas con lo más notable que se conoce del otro continente en los tiempos más remotos y sobre el orígen de sus habitantes"

ESTUDIOS 
SOBRE LA HISTORIA DE AMÉRICA, 

sus RUINAS y ANTIGÜEDADES. 



ESTUDIOS 



HISTORIA DE AMERICA, 



sus RUINAS 



y ANTIGÜEDADES. 



comparadas con lo mis notable 

qn« se conoce del otro Continente en los tiempos más remotos, 

y Bobre el origen de sus habitantes, 



roB 

MANUEL LARRAINZAR. 



TOMO II. 



MÉXICO. 

Imprenta de Villanueva y Villaget.iú. 

Calle del Cinco de Mayo, núm. 4. 
1875. 



El autor de la obra se reserva todo derecho sobre su publicación, 
reimpresión y traducción, dentro y fuera de la liepública Mexicana. 



B. VILLAGELIU Y CCMP.-EOITORES. 



ADVERTENCIA. 



iijN el Prologo de esta obra se lia dado á. cono- 
cer el plan que me he propuesto en su redacción, 
el desarrollo que daría á mis ideas^ y por consi- 
guiente cuanto ella debe con tener. Creo, sin embar- 
go, conveniente manifestar, al principiar este se- 
gundo volumen, que aunque toda la obra debe 
comprender lo más notable que en punto á ruinas 
y antigüedades existe en nuestro territorio, figu- 
rando en ellas las de cada uno de los Estados de 
la República, las de la América Central, las de la 
América del Sur y las de los Estados Unidos del 
Norte, para que abrace todo el Continente america- 
no, el tomo primero solo se ha contraído á las rui- 
nas del Palenque por el lugar preeminente que 
ocupan entre todas las de dicho continentey y por- 
que teniendo un tijjo que les es propio, y las dis- 
tingue de las demás, debia comenzar por ellas las 
investigaciones que me proponía desarrollar, acom- 

E8TUDI0S — TOMO II — 2 



VI 

pañcindolas, al comenzar ^ juicio com^garaUxio , de 
las indicaciones que era preciso hacer para exami- 
nar después, con todo el acopio de datos que esto 
proporcionara, la cuestión de origen, que es el ob- 
jeto de la segunda parte. 

Este orden me ha parecido conveniente para 
que las construcciones antiguas j cuanto les con- 
cierne vayan presentándose en su lugar respectivo 
con la correspondiente separación, según su im- 
portancia, sin mezclarlas ni confundirlas entre sí, 
pero sin perjuicio de tocar anticipadamente^ y 
cuando la materia lo requiera, algunos puntos, en 
que por las analogías ú otras circunstancias, era 
preciso hacerlo, sin esperar que les llegara su tur- 
no en el orden sucesivo de exposición. 

Ya se ha visto cuan notable es lo que en esas 
ruinas se presenta, y las consideraciones á que dan 
lugar. Esto se irá haciendo más patente con las ob- 
servaciones que seguirán presentándose, á medida 
que se avance en el cxíimen 'particular de cada uno 
de los objetos que contienen, y lo que se exponga 
respecto de las otras, cuya importancia aparecerá 
también en todo su conjunto y enhices que puedan 
tener. 

Las ruinas del Palenque y las americanas en 
general contienen, como dice Mr. Larenaudiere , 
muchas cosas que son todavía misterios (1), y por 
eso es tan interesante su examen. 



(1) L'univers. Mexique el Guatemala. París, 1843, 
pág. 325—326. 



VII 

En mis investigaciones y análisis he procurado 
valerme de los medios que sujiere la arqueología 
en todos sus ramos y combinaciones. Abrazando 
como se ha insinuado ya, la vida y la ciencia de 
los pueblos de la antigüedad, su constitución ci- 
vil, política y religiosa, la memoria de los acon- 
tecimientos y de las personas, las obras del arte, 
los usos, las costumbres, y la vida privada en 
todos sus detalles, se llega por medio de ella al 
conocimiento de los 2)rogresos de la humanidad 
desde el principio del mundo, desde la cuna del 
género humano. Ya se deja entender de cuan 
alto interés y mérito es cuando osa ciencia se apli- 
ca á cada nación en particular, cuando sus re- 
sultados se comparan y combinan con lo quo se 
descubre en las demás, y la serie de noticias y co- 
nocimientos que todo esto debe producir. Por eso 
se ha dividido en varias clases, y se ha dado á 
esos trabajos diversas denominaciones, tales como 
las de arqueología literaria, paleográfica y diplo- 
mática, artística, monumental y mecánica, con to- 
das sus divisiones. 

En los puntos que me he propuesto examinar, 
nada he omitido de cuanto de ella pudiera utilizar- 
se, para que con estos trabajos vaya formándose la 
arqueología americana, tan poco cultivada y cono- 
cida, apesar del interés que inspira, y de la altíi 
importancia que tiene. Por eso es, que después de 
hacer la descripción de las expresadas ruinas del 
Palenque, he comenzado inmediatamente en algu- 
nos puntos al juicio comparativo con las más nota- 



VIII 

bles de la antigüedad que se conocen en el otro 
continente, para seguir en todo lo demás, y llenar 
así el cuadro que me he propuesto trazar en el cur- 
so de esta obra; íntimamente persuadido de que en 
esta materia como en otras, hay todavía mucho 
quehacer, pues además de lo que avanzan y descu- 
bren, aun en lo ya conocido, una observación cons- 
tante y un examen prolijo, como lo enseña la ex- 
periencia; Séneca ha expresado esta misma con- 
^dccion en las siguientes palabras. «Multum, mul- 
« tum adhuc restat operis, multumque restabit, 
« nec ulli nato post mille soecula precluditur oca- 
« sio alipuid adhuc adjiciendi» (1). 

Notorio es el progreso de las ciencias físicas y 
morales, y el perfeccionamiento sucesivo de las ar- 
tes, de las obrab y de todo lo conocido. Nada pue- 
de creerse agotado, y mucho menos en materia de 
investigaciones y de cosas poco conocidas. Nues- 
tras Tui7ias y antigüedades, como ha dicho muy 
bien uno de los escritores antes citados (2) , son los 
restos de una civilización extinguida, que ha ocu- 
pado tan poco la atención de los hombres compe- 
tentes, «que puede decirse que el campo de lasan- 
« tigüedades americanas está todavía por rosar, )^ 
y como presenta variedad en su conjunto, en su ca- 
rácter, y en la época de las construcciones, se hace 

(1) Séneca, Epist. 46. 

(2) Mr. Larenaudiere. L'univcrs, Mexique et Guate- 
mala, loco citato. 



IX 

preciso darles en su examen é investigación el or- 
den sucesivo y metódico que se ha indicado. 

Esto me ha inducido á reservar para este segun- 
do tomo el examen de las demás construcciones, pa- 
ra no dar al primero demasiada extensión, termi- 
nar todo lo relativo á la arquitectura, y proseguir 
después con la escultura y cuanto le es anexo en 
el examen de las figuras descritas, con todo lo de- 
más que se ha indicado en el plan general de la 
obra, procurando la mayor concisión posible, para 
no decir más que lo absolutamente indispensable, 
conforme al precepto de Quintiliano, de no decir 
más ni menos de lo que conviene: «Quantum opus 
est, cuantum satis est» (1). 

(1) Quintil, imtit. orat. lib. 1, cap. 2. 



CAPITULO XVII. 



1 . Examen de otras construcciones en este continente, 
comparadas con las de las naciones antiguas. Los tem- 
plos. Notable templo construido en Gholula y deidad 
á que estaba consagrado. Los de Teotihuacan: número 
que habia en México: descripción del de Huitzilopocli- 
tli. Los de Texcuco. El del sol en la América del Sur: 
los de la Florida. — 2. Comparación de estos templos con 
los de la antigüedad: los de Egipto: los de Siria y la 
Arabia: el de Belo en Babilonia: el de Diana en Efcso: 
otros templos griegos: descripción del de Salomón: el 
de Lsambul en Nubia: los de Lucqsor y Gaanack y 
otros notables. Capillas monolitas de SaisyButor. — 
3. Comparación entre estos templos, el del Palenque 
y los demás de este continente: lo que de ella resulta: 
rasgos de semejanza entre el palacio del Palenque y 
el templo de Belo. — 4. Se dá lijera idea de las habita- 
ciones particulares, de varios edificios públicos de los 
indios, y de algunos palacios y casas de los nobles. 
Recuerdos que exitan. Gasas de los pobres y de los 
ricos. — 5. Obras y trabajos de arquitectura conocidos 
por los mexicanos. — 6. Resto de construcciones su- 
yas: comparación con las del Palenque. 



§1- ■ 

Si para acabar de formarse una idea del estado 
de la arquitectura en este continente, no se limita 



— 2— 

el examen solo á las ruinas del Palenque, sino que 
se extiende á las construcciones que se encontra- 
Lan en pié en tiempo de su descubrimiento, podrán 
hallarse puntos de comparación que ilustren la 
cuestión de origen. 

Entro estas construcciones, las que se presentan 
desde luego en primera linea en todos los paises, 
son los templos destinados á tributar culto al Ser 
Supremo, según las crencias y ritos respectivos. 
El número que habia en esta parte del continente, 
cuando fué descubierto por los españoles, era con- 
siderable. Dice Torqilemada que pasaban de cua- 
renta mil, y Clavijero supone mayor número aún, 
pues no habia lugar habitado que no tuviese uno 
siquiera, ni pueblo de alguna extensión, donde no 
hubiera muchos (1 ) . . 

Figuraban entro los más notables los de Cholula. 
Teotihuacan y México. 

Era Cholula, como dicen los escritores de Amé- 
rica, y antes se ha expresado, lo que la Meca para 
los musulmanes, y Jerusalen para los cristianos, 
la ciudad santa, la ciudad sagrada, notable por la 
grandeza y multiplicidad de sus templos, así como 
por la pompa de sus fiestas. Respetada de los pue- 
blos y de los reyes, venian á rendirle homenaje 
desde los puntos más distantes: las romerías se mul- 

(1) Clavijero. Historia antigua de México, lib. 6^ pá- 
gioa 248. 



— 3— 

tiplicaban de una manera prodigiosa, y su santua- 
rio se enriquecia con las ofrendas reales y las de los 
particulares, las cuales consislian en oro, plata, pie- 
dras preciosas, plumas, mantas ú otros varios ob- 
jetos, y se confirmaban en ella las señorías. Su co- 
mercio era extenso; sus estofas do algodón con di- 
bujos primorosos, y sus tejidos de pelo de conejo y 
de liebre, eran las más bellas, lo mismo que sus va 
sijas, incomparables por la finura y el brillo de 
su pintura, y sus obras de carey y platería. Notable 
era también por- su teatro y su música (1). 

En esta ciudad se levantaba en honor de Quetzal, 
coatí el monumento más colosal de Nueva España, 
capaz, según el barón de Humboldt (2), de rivali- 
zar por sus dimensiones con las antiguas pirámi- 
des de Egipto, d las cuales se parece en la forma. 
Su forma es como todos los teocallis ó templos mexi- 
canos según se ha dicho antes, la do una pirámide 
truncada, con cuatro caras vueltas hacia los cuatro 
puntos cardinales, dividida en su altura en otros 
tantos pisos ó tramos, con un suntuoso templo en 
la cima, en que se hallaba colocada la imagen del 
dios del aire, de facciones toscas, con una especie 
de mitra en la cabeza, que remataba en un pena- 
cho de plumas escarlatas, adornado el cuello con un 
reluciente collar de oro; de las orejas pendían pre- 

(1) Brasseur de Bourbourjj. Historie des nalions civi- 
lisées du Mexique, lib. 7, cap. 2, páj. 420. — Diccionario 
de Historia y Geografía, palabra Gliohila. 

(2) Humboldt. Vue des cordillieres, pág. 27 y sigs. 

ESTUDIOS — TOMO II — 3 



—4— 

ciosas turquesas; en una mano empuíiaba un cetro 
adornado de piedras, y en la otra llevaba un escu- 
do primorosamente pintado, que era el símbolo de 
su gobierno sobre los vientos (1). Es dudoso, según 
se ha indicado, si el interior de la pirámide es una 
colina natural, aunque parece más verosímil que 
sea una composición artiñcial de tierra y piedras, 
cubierta por todas partes de ladrillos y de arcilla 
(2). Hay señales de que tenia en el exterior relie- 
ves que el tiempo y los elementos han borrado. La 
altura de la pirámide es de ciento sesenta y siete 
pies, y su base mil cuatrocientos veinte y tres pies 
de largo^ que es el doble, como ya se ba dicho, de 
la que tiene la gran pirámide de Cheops. La base; 
que es cuadrada, ocupa treinta y cuatro acres, y la 
cumbre más de un acre. Clavijero dá á este teoca- 
lli ciento noventa y cuatro varas de altura. Hum- 
boldt ciento sesenta y dos pies, y mil trescientos 
cincuenta y cinco de largo en el lado de la base, y 
Bretón cuatrocientos treinta y nueve metros de lar- 
go, y cincuenta y cuatro de altura perpendicular. 
Dice Veytia que este monumenio fué construido vi- 
viendo Quetzalcoatl, á quien pintan como hombre 
blanco y barbado, vestido de un traje talar Manco 
sembrado de cruces rojas (3) . 

(1) Prescolt. Hist. de la conq. de México, Ub. 3, cap. 
6. — Torquemada. Monarq. ind., lib. 3, cap. 13. — Gamar- 
go. Hist. de Tlaxcala. 

(2) Prescott. Hist. delaconq.de México. 

(3) Diccionorio de Historia y de Geografía, palabra 
Gholula. 



El conquistador de Gholula D. Gabriel de Rojas 
describe el monumento en 1581 de la manera si- 
guiente: 

« En esta ciudad no hay más fortaleza que un 
« cerro antiquísimo^ que está dentro de ella /¿ec/to 
« á mano^ todo de adobes, que antiguamente esta- 
« ba hecho en redondo, y ahora con las cuadras de 
« las calles está cuadrado^ tiene el pedestal de bo- 
« jeo 2;400 pasos comunes; tiene de alto este pe- 
« des tal cuarenta varas; encima del cual pueden 
« caber diez mil personas; después vá subiendo el 
« cerro en redondo de enmedio de este pedestal 
« otras cuarenta varas; de manera que todo su alto 
« son ochenta varas, á la sumidad del cual puede 
« subir un hombre á caballo; en lo alto de él está 
« una placeta muy llana en que pueden caber mil 
« hombres; y en medio de esta placeta está puesta 
« una cruz grande de madera con el pié y gradas 
« hechas de cal y canto en el propio lugar que en 
« tiempo de gentilidad estaba el ídolo chiconauh- 
« quiaull como está dicho» (i). 

Los dos famosos templos de Teotihuacan consa- 
grados al sol y á la hma^ que sirvieron de modelo 
á los demás templos, tenian en su base ó cuerpo 
inferior, como se ha visto al hablar de las pirámi- 
des, el primero ciento veinte toesas de largo y 
ochenta y seis de ancho, y el segundo ochenta y 

(1) Diccionario universal de Historia y Geografía, pa- 
labra Cbolula. 



seis toesas de largo y setenta y tres de anclio, de 
cuatro cuerpos con sus respectivas escaleras (i). 
Su elevación perpendicular era, según un escritor, 
de cincuenta y cuatro metros el uno, y el otro cua- 
renta y cuatro, calculando la base del primero en 
doscientos ocho metros de largo (2). Contaban cuatro 
plataformas principales, cada una de ellas dividida 
en pequeños escalones, cuyos restos aún se distin- 
guen. Su núcleo es de barro mezclado con piedras 
pequeñas. Está revestido de un muro de tezontle. 
El escritor citado considera esta construcción muy 
parecida á una de las pirámides de Sakhara, que 
tiene seis plataformas, y que según el viaje de Po- 
kocke es un conjunto de polvo amarillo revestido 
por fuera de piedras en bruto. «La cumbre del tem- 
« pío más grande, según Prescott (3), dicen que 
« estaba coronada por un templo, en el cual habia 
« una colosal imagen de la deidad patrona, el sol, 
{( hecha de piedra, y de una sola pieza, y que mi- 
« raba hacia el Oriente. Su pecho estaba cubierto 
« de una lámina hr uñida de oro y plata, en la cual 
« se reflejaban los primeros rayos del sol levante. 
« Un anticuario del siglo pasado dice haber visto 
« los fragmentos de la estatua, que aún existia en- 
« tera cuando entraron los españoles en el país; pe- 

^1) Clavijero. Ilist. ant. de México, Hb, 6, pág. 247. 

(2) Álbum mexicano. — Diccionario de Historia y Geo- 
gra, palabra Pirámides de San Juan Teotihuacan. 

(3) Prescott. Hist. de la conq. de México, lom, 2, lib. 
5, cap. 4, pág. 66. 



« ro quo fué demolida por el infatigable obispo Zu- 
ce márraga, cuya mano destructora fué más falal 
« que la del tiempo mismo para los monumentos.» 

En México sólo, según afirman algunos autores, 
habia más de dos mil teocallis ó casas de Dios. El 
principal estaba consagrado á Ruitzilopochtli , Dios 
de la guerra. Comenzó por una pobre cabana, y 
se levantó después majestuoso entre los edificios 
de la gran ciudad. Clavijero nos habla en su obra 
inmortal do^us dimensiones y suntuosidad (1). 
El muro que lo rodeaba de ocho pies de alto era de 
piedra y cal, y el patio dentro del recinto interior 
del muro estaba empedrado con piedras lisas y bru- 
ñidas: tenia cuatro puertas que conducian alas cal- 
zadas principales. El vasto edificio, que se alzaba 
en medio del patio, era cuadrilongo, y estaba re- 
vestido de ladrillos cuadrados é iguales. Tenia cin- 
co cuerpos casi de una misma altura, y desiguales 
en longitud y latitud. El primero media de Levanto 
á Poniente más de cincuenta toesas, y cerca de cua- 
renta y tres de Norte á Mediodía. El segundo era 
una toesa menos largo que el inferior, y otra me- 
nos de ancho. Los otros iban disminuyendo en 
las mismas proporciones, de modo que sobre cada 
cuerpo habia un espacio ó corredor^ por el cual po- 
dían andar tres y aun cuatro hombres de frente gi- 
rando en torno del cuerpo superior. Las escaleras 

(t) Ilist. ant. de Mé.^ico, tom. 1, lib. 6, pág. 240 y 
sig. 



•— 8— 

situadas al Mediodía eran bien trabajadas^ y cons- 
taban de ciento catorce escalones, cada uno del alto 
de un pié. Sobre el quinto y último cuerpo habia 
una plataforma ó atrio de cuarenta toesas de largo, 
y treinta y cuatro de ancho. En la extremidad orien- 
tal, se alzaban dos torres á la altura de cincuenta y 
seis pies ó poco mas de nueve toesas, cada una di- 
vidida en tres cuerpos: el inferior de piedra y cal, 
y los otros dos de madera bien trabajada y pintada. 
El cuerpo inferior ó base, era propiamente el sa7i- 
tuario, donde habia un altar de piedra de cinco pies 
de alto. Uno de estos santuarios estaba consagrado 
á Huitzilojmcliili y otro á TezcatUpoca. Los otros 
cuerpos servían para guardar los utensilios del cul- 
to y las cenizas de algunos reyes y señores. Las 
dos torres terminaban en hermosas cúpulas de ma- 
dera. «En el atrio superior estaba el altar de los sa- 
« criñcios ordinarios, y en el inferior el de los sa- 
« orificios gladiatorios. Delante de los dos santua- 
« rios habia dos hogares de piedra de la altura de 
« un hombre, y de la figura de las piscinas de nues- 
« tras iglesias, en los cuales de día y de noche se 
« mantenía fíiego perjoétuo.yy La altura del edificio 
no era menos de diez y nueve toesas, y con la de 
las torres pasaba de veintiocho. 

Cerca del templo habia un osarlo que en la par- 
te inferior tenia 154 pies de largo. Se subia á la su- 
perior por una escalera de treinta escalones. Eran 
tantos los cráneos conservados en estos edificios, 
que algunos españoles contaron en una parte de 



— 9— 

ellos hasta ciento treinta y seis mil, según asegura 
Clavijero (1). 

En la descripción que Prescott ha hecho del tem- 
plo mayor, encontramos, que la pared que lo cir- 
cundaba, estaba adornada exteriormente con ser- 
pienies realzadas; que sobre cada una de las cua- 
tro puertas que miraban á los cuatro puntos prin- 
cipales de la ciudad, habia una especie de arsenal 
lleno de armas y pertrechos de guerra; que en las 
paredes de los santuarios estaban esculpidas figu- 
ras que representaban el calendario ó acaso las ce- 
remonias del ritual; que Huitzilopochtli tenia en 
la mano derecha un arco, en la izquierda un haz 
de flechas doradas con una leyenda mitológica- al 
rededor de la cintura estaba enroscada una serpien- 
te enorme de piedras y perlas; en el pió izquierdo 
veíanse plumas de colibrí, y suspendida al cuello 
U7ia cadena de corazones de oro y plata, emblemá- 
tica de los sacrificios en que tanto se gozaba el 
dios; que el santuario adyacente consagrado ixl^es- 
catlipoca con tenia la imagen de esta deidad crea- 
dora del mundo, de piedra negra bruñida, adorna- 
da con oro y plata y cuyo ornamento principal era 
un escudo pulimentado como un espejo, emblema 
de que todas la& cosas se reflejaban en ól (2). 

Aprovechándose el abate Brasseur de Bourbourg 



(1) Ilist. ant. de México, tom. 1, lib. 6, pág. 246. 

(2) Prescott. Historia de la conquista de México, tom. 
1, Hb. 4, cap. 2. 



—10— 

de todos los datos reunidos por Las-Casas, Torq ne- 
niada, Acosta, Gomara y Clavijero, ha hecho tam- 
bién una descripción circunstanciada de este tem- 
plo, y dice que la base del teocalli tenia una exten- 
sión de 300 pies sobre 11)0 de ancho (1). 

En Tezcuco babia igualmente muchos templos. 
El principal era el que Nezahualcoyotl consagró á 
Tezcatlipoca y á HuitzilopocMU. Enfrente de és- 
te construyó después otro dedicado al Creador invi- 
sible del universo, que según un manuscrito de 
Pomar (2) y la opinión de IxñixocliÜi (3) , era una 
vasta pirámide con cuatro órdenes de terrazas de 
una altura considerable. «En la puerta, dice el 
« abate Brasseur (4), se elevaba en el centro de la 
« plataforma una torre de nueve pisos, figurando los 
« nueve cielos. El coronamiento que representaba 
« el divino cielo estaba pintado de negro por fuera 
« y sembrado de estrellas; interiormente se halla- 
« ba encrustrado de oro, pedrería y plumas precio- 
« sas, y consagrado al dios desconocido^ que no 
« estaba representado por ninguna figura, termi- 
« naba por tres puntas. En el noveno piso se en- 
« contraba un instrumento llamado cUililitli que 
« dá su nombre al templo y á la torre. Entre otros 



(1) Brasseur de Bourbourg. Historie des nationscivi- 
lisées du Mexique, tom. 3, íib. 12, cap. 6. 

(2) Relaciou de la ciudad de Tetscuco enviada a S. M. 

(3) Historia de los cliichimecas, tom. 1, pág. 45. ' 

(4) Historie des nations civilisées du Mexique, tom. 3, 
lib. 11, cap. 1. 



—11— 

« instrumentos de música que se habian reunido 
« allí, liabia una especie de vasija de metal llama- 
« da tetzilacatl, que se tocaba como las campanas 
« por medio de un martillo del mismo metal. Se 
« tocaban todos los instrumentos cuatro veces al 
« dia, y el chilitl á la hora que oraba el rey.» 

Dando el abate una ida general de esta, clase de 
construcciones, dice (1) que el cuerpo principal de 
los teocallis era una pirámide cuadrada, por lo re- 
gular oblonga, compuesta de muchas bilada^s que 
parecen como otras tantas pirámides sobrepuestas, 
de las cuales la última está como tronchada en la 
punta. 

En todos las ciudades de cierta importancia^ el 
teocalli estaba erigido en el centro de un gran patio, 
formado por los edificios destinados á las diferentes 
ceremonias del culto, á la habitación de los sacer- 
dotes, de las vestales y de -los jóvenes empleados 
en el servicio del santuario. 

El templo del Sol es en la América del Sur uno 
de los más notables de este continente. Balbi lo 
considera el más suntuoso y magnífico de todos los 
construidos en aquella parte de la América, y uno 
de los más ricos que ha habido en el mundo. Sus 
cuatro paredes estaban tachonadas con planchas de 
oro. El ídolo que en él se veneraba representaba 



(1) Historie des nationsciviliséesduMexique, tom. 3, 
lib. 12, cap. 6. 

ESTUDIOS — TOMO II — 4 



—12— 

el Sol, colocado sobre unaplancMdeoro. La ima- 
gen era toda de una pieza; el rostro redondo, ro- 
.deado de rayos y de llamas. A.los lados se halla- 
ban colocados los cuerpos de los incas embalsaína- 
dos, sentados en tro7ios de oro con la cara bácia la 
puerta del Poniente, excepto el de Bayna-Caipac 
cuyo rostro estaba vuelto hacia la imagen. Tenia 
el templo otros adornos de oro y puertas cubiertas 
de este metal. El techo era de madera. No cono- 
cían los peruanos el uso de la teja ni del ladrillo. 
A un'lado habia un patio cuadrado con un pretil 
adornado de oro, y al rededor cinco capillas, consa- 
grada la primera á la luna. Las puertas y paredes 
de ésta tenian láminas de plata, y la cara de la lu- 
na, representada por un rostro de mujer, era igual- 
mente de plata. A uno y otro lado de la imagen 
se conservaban los cuerpos embalsamados de las em- 
peratrices: la de Mamaoello, madre de Suayna-Ca- 
pac tenia la cara mirítndo al ídolo. La segunda ca- 
pilla consagrada á Venus; las pléyadas y todas las 
estrellas en general, estaban adornadas de plata 
como la anterior. La tercera artezanada de oro, 
estaba dedicada al trueno, al relámpago y al rayo. 
En la cuarta también de oro se veneraba el Arco- 
Tris, y la quinta enriquecida come las otras, era la 
sala de audiencia de los sacerdotes que servían en el 
templo (1). 

(Ij Adrián Balbi. Abrege de geographie. Ameriqne 
du Sud, Perú. — Garcilazo de la Vega, primera parte de 
los comentarios reales etc.^ lib. 3, cap. 20 y 21. 



—13— 

En la historia de la conquista de la Florida se 
encuentra la descripción de los templos, uno de 
ellos tallado en la roca de ^orma oval de doscientos 
pies de largo y ciento veinte de alto, al cual le en- 
traba la luz por una abertura en medio del tecbo, 
y en él se tributaba culto al sol. 

• El otro de estos templos llamado Talo-Meco ser- 
via de sepulcro á los caciques ó principales del país: 
veíanse en el muchas cajas de madera sobre ban- 
cos al rededor de la pared: tenia cien pies de largo 
sobre cuarenta de ancho, y una altura proporcio- • 
nada, cubierto de cañas y adornado el techo de 
conchas de diferentes tamaños vistosamente coloca- 
das, y figurando festones que descendían de arriba 
á abajo. 

En las puertas á la entrada del templo había es- 
tatuas gigantescas de madera colocadas en huera 
de mayor á menor, las primeras de ocho píes de 
alto y las demás un poco menos, armadas con cla- 
vas, las segundas con mazos de armas en la mano, 
las terceras con remos y las últimas con hachas de 
cobre. 

En lo alto de las paredes había una cornisa de 
conchas y festones de perlas. Debajo del cíelo raso 
y de esa comisa veíanse dos órdenes de estatuas 
puestas una sobre otra, de hombres y mujeres, ca- 
da una con su nicho; los hombres llevaban armas 
en la mano y las mujeres nada. 

El espacio que medía entre las imágenes de 



los muertos y los dos órdenes de estatuas, estaba 
sembrado de escudos de diversos tamaños: en el 
centro del templo había tres hileras de cajas con 
perlas, las más grandes servían de base á las me- 
dianas^ y éstas á las más pequeñas^ y además pa- 
quetes de pieles de gamuza. 

Al rededor del templo había un grande almacén 
dividido en ocho salas llena'S de armas: había en 
la primera largas picas herradas con cobre; en la 
segunda clavas ó masas; en la tercera mazos de 
armas; en la cuarta venablos adornados con borlas; 
en la quinta varías especies de remos; en la sexta 
arcos y flechas muy hermosas; en la -sé tima rode- 
las de madera y de cuero adornadas de perlas y 
borlas de color; y en la octava escudos de cañas 
muy bien tejidas, adornadas con borlas y granos 
de perlas (1). 



§2. 



Con estos datos y los que ya tenemos sobre el 
templo de las ruinas del Palenque, podría formar- 
se un juicio comparativo en la parte arquitectónica^ 
trayendo á la memoria algunos de los más célebres 
de la antigüedad, sobre los cuales se han hecho 
frecuentes alusiones en esta obra. 

Según la idea que de los templos egipcios nos 

(1) Garcilazo de la Vega. Hist. de la conq. de la Flo- 
rida. 



—15— 

dá Strabon, consistian en un gran espacio empe- 
drado de una media yugada de ancho, y tres ó 
cuatro veces más largo. De allí se pasaba á un 
gran vestíbulo, después á otro y finalmente á un 
tercero^ cerca del cual había un atrio amplio delan- 
te del templo, en cuyo fondo se veia un edificio de 
mediano tamaño, que era propiamente el templo, 
sin estatua* alguna; y si las había, eran figuras de 
algunos anímales sagrados, adorados por los egip- 
cios. Los bosques sagrados, los atrios, los pórticos 
y las arboledas eran augustos y majestuosos. 

Dice S. Clemente Alejandrino (1) que eran no- 
tables y hermosos estos bosques, atrios y pórticos 
que rodeaban los templos. Los atrios y vestíbulos 
estaban adornados de columnas magníficas, las pa- 
redes revestidas de raras y preciosas piedras, el 
interior del templo brillante de oro, de plata, ó del 
rico metal conocido por electro^ y los lugares más 
secretos cubiertos con paños de tapicería tejidos de 
oro. 

Describe Diódoro de Sicilia (2) el templo ó mo- 
numento que hizo fabricar Osimandias rey de Egip- 
to, que tenía diez estadios en cuadro. La entrada 
primera estaba construida con piedras de diversos 
colores; tenia dos yugadas de largo y cuarenta y 
cinco codos de alto. Al entrar se veia un espacio de 
cuatro yugadas en cuadro, rodeado de galerías cu- 

(1) S. Clemente Alejandrino. Paedagoge, lib. 3, c. 2 

(2) Diódoro de Sicilia, lib. 2, cap. 1. 



—16— 

biertas y sostenidas por columnas de una sola pieza, 
de diez y seis pies de alto, y trabajadas figurando 
animales, según el modo y gusto antiguo; de este 
patio se entraba á otro mayor lleno de esculturas 
y columnas, todavía más ricas y hermosas que las 
otras. Veíanse allí estatuas colosales y la descrip- 
ción de la guerra de OswiancUas contra los Bac- 
trios. En el fondo se encontraba un templo donde 
estaba representado, sobre madera esculpida, un 
congreso de jueces: el presidente, colocado en me- 
dio de todos, tenia la imagen de la verdad pendien- 
te del cuello. A la salida babia otro edificio gran- 
de sobre una gran plaza, adornado con columnas 
y galerías, y más distante la biblioteca con esta 
inscripción: «Z¿t medicma del alma.y) Existia tras 
de esa biblioteca un templo de Júpiter y Juno, con 
veinte asientos, y la estatua del rey fundador. 

Hablando Rufino (1) del templo de Serapis en 
Alejandría, dice que estaba elevado sobre un gran 
terraplén becbo á mano de hombre con extraordi- 
nario trabajo, al cual se subía por cien gradas de 
piedra; y estaba sostenido por arcos y bóvedas sub- 
terráneas, que servían para diferentes usos del tem- 
plo. Situado en el centro, y rodeado de grandes y 
magníficos pórticos, tenia muchos órdenes de ha- 
bitaciones para los ministros. Ninguna cosa había 
que igualase la belleza y magnificencia de este lu- 
gar. El exterior estaba adornado de columnas de 

(1) Rufino. Hist. lib. 2, cap. 22. 



—17— 

preciosos mármoles, y el interior revestido entera- 
mente de oro, plata, ú otros metales que formaban 
una cubierta general: el oro estaba debajo, la plata 
encima, y los otros metales cubrían uno y otro. Es- 
te edificio, por lo que se vé, era de arquitectura grie- 
ga del tiempo de los Tolomeos. 

El templo, de Júpiter Ammon, según Quinto 
Curdo (1), estaba en medio de los bosques, y ser- 
via de fortaleza á los pueblos circunvecinos. Tres 
grandes paredes formaban su cerco. En la prime- 
ra se veia un antiguo-palacio donde habitaban en 
otro tiempo los reyes del país; en la regunda las 
viviendas de las mujeres é hijos de los príncipes, 
así como el templo y oráculo de Ammon\ y en la 
tercera estaban los alojamientos de los guardas y 
soldados del príncipe. 

Los templos de la Siria y de la Arabia eran del 
níl^mo gusto que los del Egipto: los antiguos ára- 
bes no tenían templos, ni tampoco los más de los 
otros pueblos (2) . 

El templo dedicado á la diosa de Siria en la ciu- 
dad de JBierójpoUs era de los más célebres de todo 
el Oriente. Luciano (3) dice que estaba situado eu 
medio de la ciudad sobre una pequeña altura, cer- 

í (1) Quinto Gurcio, lib. 4. 

(2) Biblia de Vence. Disertación sobre los templos 
de los antiguos, § 13. 

(3) Luciano De dea Syr. 



—18— 

cado por doble muro, con atrio y vestíbulo. Sus 
puestas eran de oro, metal que brillaba en todos sus 
puntos. En el fondo del templo babia una especie 
de cámara con dos estatuas de oro, una de Juno 
sentada sobre dos leones y la otra de Júj^iter sobre 
toros: á la izquierda se veia un trono vacío desti- 
nado al ^ol; después el de Apolo. 

Tenemos en Arabia en la Meca el famoso templo 
de la Caoba ^ que según la tradición de los árabes 
era el Santuario destinado desde tiempo inmemo- 
rial á los sacrificios y á la oración y á todo lo más 
solemne en el antiguo y nuevo islanismo construi- 
do por Abraliam é Ismael. 

Situado en la parte meridional de la ciudad de 
Medina al pié de la montaña^ ocupa una extensión 
considerable^ cerrada con pórticos, que por fuera 
tenían el aspecto de simples murallas sin niugun 
adorno, de quince á veinte pies solamente de ff!e- 
vacion, formadas de mármol blanco tallado en pie- 
dras cuadradas todas iguales, de dos codos por cada 
lado: el espesor de las murallas es de cuatro codos, 
coronadas por cúpulas doradas que cubren por den- 
tro toda la extensión de los pórticos. 

El espacio encerrado dentro de esta muralla, for- 
ma un cuadrado de ocbenta toesas por cada lado; 
el interior no pasa de setenta y cinco toesas; en ca- 
da ángulo se eleva un edificio en forma de Mina- 
rate con tres balcones en pisos diferentes^ á los cua- 
les se bube por una escalera interior^ destinados á 



—19— 

llamar desde allí al pueblo á la oración en las ho- 
ras del dia y de la noche en que ésta debe practi- 
carse. 

Sobre cada minarate, hay una aguja de doscien- 
tos pies de alto, que remata en una punta dorada 
sobre la cual hay una media luna: los balcones en 
la noche se vén iluminados por muchas lámpa- 
ras. 

Entre cada uno de estos minarates, y en medio 
de la fachada exterior de la muralla, hay un estan- 
que ó pila de doce toesas de frente revestido de már- 
mol con algunos pies de profundidad con agua 
traida por un acueducto, de la cual se sirven para 
las puriñcaciones legales, necesarias entre los i/w- 
sulmanes antes de sus rezos y oraciones. 

La muralla tiene tres puertas para entrar al pór- 
tico, una en el centro y dos en las extremidades, 
y cerca de cada minar ate\ sus batientes son de 
cobre. 

Una vez dentro del pórtico se descubre una cavi- 
dad ó espacio hueco de mil doscientas toesas de su- 
perficie, á la cual se baja por diez y seis escalones 
de mármol; y allí, en medio de ese espacio se en- 
cuentra un edificio de estructura particular^ cua- 
drado, más alto que ancho y largo, en el cual no 
se vé más que una estofa negra, de que están cu- 
biertas las paredes, á excepción de la plataforma 
que es de planchas de oro, y ésta es la humilde casa 
de Ahraham construida en el tiempo de sus perse- 

ESTUDIOS — TOMO II — h 



—.20— 

cusiones^ cuando era peregrino y^errante sobre la 
tierra: y es la casa conocida bajo el nombre de Caoba 
ó casa cuadrada, objeto de veneración de los árabes ^ 
y á la cual dirijen sus más ardientes votos. 

El material de que está hecha la casa es de pie- 
dras del país unidas y ligadas por una simple ar- 
gamasa de tierra roja, que se ha endurecido con el 
tiempo: está perfectamente orientada; su altura es 
de veinticuatro codos sobre su base; su longitud 
de N. á S. es de veinticuatro codos, y de O. á P. 
veintitrés. La terraza de que está cubierta es de 
piedras planas revestidas de oro: el medallón que 
sigue al derredor de esta terraza es también de oro 
macizo. 

El lado oriental de este edificio es una abertura 
en forma de puerta, por donde le entra la luz; no 
está al ras de la tierra, sino cuatro ó cinco codos 
más alta, y cerrada por dos batientes de oro maci- 
zo adheridos á la pared por goznes ó pernos del mis- 
mo metal; el umbral es una sola piedra sobre la 
cual los peregrinos humilUan su frente, y la besan 
con el mayor respeto. 

El edificio está cubierto por fuera con una colga- 
dura negra; pero deja ver la balaustrada, que se 
eleva al rededor de la plataforma superior, y debajo 
de ella se coloca una banda de tejido de oro al re- 
dedor de todo el edificio. 

Hacia la parte Sudeste, según la descripción de 
Reland, hay una piedra gruesa, que parece ser un 



—21— 

bloco de mármol negro sin pulir ni tallar, ala que 
se dá el nombre de piedra santa; parece ser resto 
de algún antiguo simulacro conservado por la su- 
perstición de las promesas o'r«í 65: creen algunos que 
pudiera estar consagrada á Saturno y otros á Ve- 
nus-^ y aunque Aíahoma destruyó los Ídolos, no se 
atrevió á tocar éste, y se contentó con suponerle un 
origen religioso persuadiendo á sus discípulos que 
los pecados de los hombres hablan privado esta pie- 
dra de su blancura, y que no la tomarla sino des- 
pués del juicio final, que debia purificar toda la na- 
turaleza. 

Por el mismo lado oriental se vé otro edificio cua- 
drado, cuyas faces tienen diez codos cada una, y 
otros tantos de elevación: el techo colocado sobre 
cuatro columnas, situadas en los cuatro ángulos 
del edificio, es plano y de tres pisos; hay en el últi- 
mo una pequeña cúpula dorada con una media lu- 
na, que cubre una piedra famosa en la cual se cree 
ver los vestigios impresos de los pies de Abra/iam. 

Sobre este edificio, tirando hacia el Norte, véese 
otro antiguo con una puerta bastante elevada y 
una escalera á la entrada de diez y ocho gradas, 
que conduce á una tribuna cubierta por una pi- 
rámide desde la cual los Imanes tienen la cos- 
tumbre de predicar al pueblo. A poca distancia y 
hacia el Norte se vé el fin de la columnata^ que 
forma el cerco interior de la Caaba: enfrente déla 
parte oriental hay una puerta antigua, en la cual 



—22— 

Malioma hacia fijar sus ordenanzas religiosas y ci- 
viles, y cuyas llaves estaban confiadas hace mu- 
chos siglos á la tribu de los lioraiohites. 

A la izquierda y á treinta codos de distancia se 
encuentra un grande edificio cuadrado con dos 
puertas y dos ventanas: el techo es dorado y con 
cuatro pisos coronado por una cúpula y una me- 
dia luna; dentro de este edificio está la principal 
abertura del pozo llamado Zemzen que la tradi- 
ción y doctrina de los Musulmanes supone ser el 
mismo que el ángel descubrió á Agar madre de 
Ismael cuando fueron arrojados al desierto. 

Más abajo hay otros dos edificios de la misma 
forma; y del lado del Norte un marco de mármol 
de seis codos de alto semicircular. 

Pero lo que más llama la atención de los espec- 
tadores, es la columnata dispuesta en círculo al re- 
dedor de la Caoba ^ que llena casi las tres cuartas 
partes del círculo en una extensión de setecientos 
ochenta codos ó mil trescientos sesenta y tres pies, 
adornado con cincuenta y dos columnas de már- 
mol blanco de veinte codos de alto, con una espe- 
cie de turbante por capitel y sin base, juntas unas 
y otras por una balaustrada, sobre la cual hay co- 
locada una tablilla para dos mil lámparas de plata, 
que se encienden por la noche: en la parte supe- 
rior de las columnas unidas por medio de barras de 
plata, hay colgadas con cadenas de oro lámparas, 
que se encienden también de noche, además de la 



—23— 

que está colgada al rededor del monumento de 
Ahraham y los otros edificios. 

Fuera de la columnata hay otros tres edificios 
cuadrados y abiertos, sostenidos por columnas, cu- 
yos tubos son de diferentes formas, que sirven pa- 
ra las tres principales sectas del mohometismo. 

La vista que presenta el templo por fuera es 
magnifica: véense en la parte superior arcadas de 
cincuenta y cinco columnas por cada lado, distantes 
diez y ocho pies unas de otras; el ancho de las ga- 
lerías es de diez y ocho pies; la bóveda y las arca- 
das aparecen muy rebajadas, lo que haria presentar 
un aspecto muy bajo, si no fuera por las cúpulas, que 
forman el techo de plomo dorado, veintisiete por 
cada Jado^ con dos arcadas cada una, que terminan 
en una media luna, lo que les dá una altura de 
veintidós pies sobre el entablamiento. Las colum- 
nas que cierran las arcadas son doscientas veinte, 
las cúpulos ciento ocho sin comprender los cuatro 
grandes minarates, y las arcadas doscientas diez 
y seis (i). 

Herodoio (2) ha descrito el templo de Beto en 
Babilonia del que ya se ha hablado antes. Dice que 

(1) Ilist. gen. des cerem. mours ct coutumes relig, 
de tous les peuples du monde rcpresentées en 243 figu- 
ras desinées de la main de Bernard Picard, avecdesex- 
plic. hist. et cur. par M. l'Abbé Banier de l'Acad. rey. des 
inscrip. et belles arts, et par M. l'Abbé le Mascrier, lom. 
U, chap. 2, citando á D'IIerbelot, Bibl. orient. — Baulain- 
villiers vie de Mahomet, y Gagnier vie de Mahomet. 

(2) Herodoto. lib. 1, cap. 181—182. 



—24— 

era de figura cuadrada, de dos estadios, ó doscien- 
tos cincuenta pasos de extensión. En medio se ele- 
vaba una torre, cuya base tenia un estadio, ó cien- 
to veinticinco pasos. Sobre esta torre habia otras 
ocho. En la primera que estaba en el mismo pla- 
no del pórtico, se advertía una figura de oro, que 
representaba á Júpiter sentado, una gran mesa 
también de oro, silla y escabel con los pies del mis- 
*mo metal, y por delante un altar igualmente de 
oro, con otro más grande para ofrecer sacrificios 
perfectos ó de animales cebados. En la última tor- 
re con que remataba el edificio, babia un templo, 
donde se admiraba una almohada magnífica y una 
núa de oro, sin estatua alguna. Calmet en su di- 
sertación sobre la torre de Babel, dice como se ha 
visto, que en vez de almohada habia una cama bien 
cubierta, destinada para una mujer escojidaporel 
dios Belo con quien venia á pasar la noche. A los 
cuerpos ó torres de este edificio se subia por esca- 
lones formados en la parte exterior. DMoro supo- 
ne que en el remate de este templo estaban coloca- 
das las estatuas de Júpiter, de Jmio y de Rea, en 
lo cual difiere de Herodoto, y que el edificio esta- 
ba hecho de ladrillo y de betum (i). 

(1) Ya se ha insinuado que se ha creído que esa torre 
es la misma que Nemrod fabricó después del diluvio, 
Sivil. apud Joseph autiq. 1. 4 — Euseb 1. 9, Picpar. Otros 
la atribuyen á Belo, Quint Gurt. 1. 5. A-bídin ex Maya- 
then apud Euseb. Rop. 1. IX. Otros á Semíramís, Diód. 
Clesias. Slrab. y otros á Nabucodonosor, Dav. IX — 27 
Joseph Antiq 1. X 11. 



—23— 

Según Vitruvio (1) como se ha visto en la des- 
cripción que se ha hecho antes el templo de Diana 
en Efeso era sin contradicción uno de los más her- 
mosos que se erigieron en la antigüedad. Tenia 
al rededor dos órdenes de columnas. Su longitud 
era de cuatrocientos veinticinco pies sobre doscien- 
tos veinte de ancho. De las muchas columnas que 
hahia en el templo, ciento veintisiete de sesenta 
pies de altura hablan sido donadas por otros tan- 
tos reyes; trabajadas con un gusto esquisito y cu- 
biertas con admirables bajo-relieves, y sus puertas 
eran de maderas preciosas (2) . 

Respecto de los templos de los griegos, la idea 
y forma, como dice Barthelemy, la hablan tomado 
de los egipcios, pero dándoles proporciones más 
agradables, ó á lo menos más análogas á su gus- 
to (3) . Cuatro eran los más famosos en que esta- 

(1) Vitruvio, lib. 3, cap. 19. 

(2) Los diseños y planos primitivos de este templo se 
atribuyen á Ctiéiphon ó Cherciphron. Doscientos años 
lardó su construcción. Encerraba riquezas inmensas: 
la estatua primitiva de Diana era de ébano según Pli- 
nio, de cedro según Vitruvio, y de oro según Jenofonte. 
Deseando Erostrato inmortalizar su nombre, incendió 
el edificio, como se ha dicho, la noche del 6 de Junio del 
año 386 antes de Jesucristo, dia en que nació Alejan- 
dro Magno. Nerón lo despojó de todas sus riquezas; los 
escitas lo arruinaron, y los godos lo saquearon é incen- 
diaron el año 263 de nuestra era. 

(3) Barthelemy, Viage del jóyen Anacarsis, tom. 2, 
cap. 12, pág. 208. 



—26— 

taban representados los principales órdenes de ar- 
quitectura, el de Diana en Efeso, considerado co- 
mo una de las siete maravillas del mundo; el de 
Apolo en la ciudad de Mileto, tan notable y visto- 
so como el anterior, con sus columnas de orden 
dórico; el de Ceres y Proserpina en Eleusis de 
orden dórico también, y tan extraordinariamente 
grande que podia contener treinta mil personas; el 
de Júpiter Olímpico en Atenas, de orden corintio, 
comenzado por Pisistrato y concluido trescientos 
años después: pocos liabia que en magnificencia 
pudieran igualarle. 

En la época de los emperadores romanos fueron 
reedificados muchos de estos templos, que el tiem- 
po ó las llamas hablan destruido ó deteriorado, ta- 
les como el de Baco, Gércb y Proserpina, que les 
consagró el dictador Posthumio,'el de FJora por los 
ediles Lucio y Clareo Publicio y el de Jano cons- 
truido por Dulio (1). 

Hizo -Vespaciano edificar el de la Paz, que fué 
uno d^ los más notables de Roma (2). Encontrá- 
base en él la gran columna de mármol que Paulo 
V mandó después trasportar y colocar en Santa 
María la Mayor. 

En el incendio ocurrido en tiempo de Nerón fue- 
ron enteramente consumidos, según Tácito (3), los 

(1) Tácito. Hist. lib. 2, n" 4. 

(2J Id. id. lib. 5, n° 52. 

(3) Annal, tom. 4, lib. 15, n° 41. 



—27— 

más antiguos monumentos religiosos, el que Ser- 
vio Tulio habia erigido á la Luna, el grande altar 
y templo consagrado a Hércules por Evandro, el 
de Júpiter Stator dedicado por Rómulo, y el de Vesr 
ta con los dioses penates. 

El templo de Salomón, al que Tácito llama m~ 
mensos o'pulentim templuiri, sobre el cual he becbo 
ya algunas indicaciones, estaba edificado como se 
ha dicbo sobre el monte Moria en una explanada 
de quinientos codos en cuadro (i ) . Se subía al atrio 
por gradas y tenia cuatro puertas. Dividíase en 
tres partes principales; el santuario, de veinte co- 
dos de ancho, cuarenta de largo y veinte de alto; 
y el "vestíhclo, oblongo, con diez codos de ancho, 
veinte de alto y veinte de largo. El edificio todo 
tenia setenta codos de largo, veinte He ancho en el 
interior y treinta de alto. Había en tres de los la- 
dos apartamentos de tres altos, que formaban un 
gran cuerpo de habitaciones con ventanas y tres 
órdenes de columnas unas sobre otras. Los sacer- 
dotes tenían allí sus viviendas y las demás servían 
para almacenes. Dos vastos atrios rodeaban el 
templo. 

Dice Bretón, que Josefo reputaba este edificio co- 
mo el más admirable en su arquitectura y grande- 
za. Estaba construido con piezas de mármol de cua- 
renta cubitos de largo, doce de espesor y ocho de 

(1) Ezequiel, 42—16. 

ESTUDIOS — TOMO II — 6 



—28— 

alto, UDÍdas con tal firmeza, que parecían, una sola 
masa. Había en él mil cuatrocientas cincuenta y 
tres columnas de mármol de Paros, y dos mil nove- 
cientas seis pilastras de tanta mole, que tres hom- 
bres apenas podían abrazarlas. Salomón comenzó 
la obra el segundo mes del ano cuarto de su reina- 
do, cuando se cumplían cuatrocientos ochenta de 
la salida de Egipto, y la concluyó en el octavo mes 
del año undécimo, quedando perfecta en el espacio 
de siete años, aunque en rigor fueron siete y me- 
dio (1). Fué admirado este templo como una de 
las maravillas del mundo, destruido por los cal- 
deos, reedificado en el mismo sitio por Zoróbabel, 
profanado por Antioclio Fpifa^iio, fortificado por 
Judas Machaveo y robado y destruido por Tito á 
los quinientos ochenta y seis años de su fundación. 
En el lugar en que estaba hubo de construirse la 
mezquita de Omar. 

Hay otro munumcnto de la antigüedad, que es 
el famoso templo /¿'Mm&íí/ en la Núbia, como se 
ha indicado ya, comparable con los más hermosos 
de Egipto. Debemos á Belsonila. descripción de es- 
te templo. El vestíbulo tiene cincuenta y siete 
pies de largo, y cincuenta y dos de ancho, soste- 
nido por pilastras cuadradas entre la primera puer- 
ta y la del S'cheor: cada pilastra tenia una figura 
esculpida; esta especie de cariátides, cuya cabeza 
llegaba hasta la bóveda, se parecen á las de Medí- 

(1) 3 Rey 6, I. 38. 



—29— 

neir-Abbu; los pedestales tienen cinco y medio pies 
cuadrados. Arriba lo mismo que sobre las paredes i 
tenia7i esculpidos geroglí fieos del mejor estilo, ó al 
menos más atrevidos que los geroglificos ordina- 
rios de Egipto, tanto por lo que respecta al templo 
como por lo escojidode los asuntos, pues represen- : 
tan batallas, asalto de castillos fortificados, triun- 
fos alcanzados por los etiopes, sacrificios, etc. En la 
segunda sala de veintidós pies de alto, las paredes 
estáiF igualmente cubiertas de geroglificos bien 
conservados. Cuatro pedestales de cuatro pies cua- 
drados sostenían la bóveda. En la extremidad del 
santuario se levantaban cuatro figuras colosales 
cuyas cabezas afortunadamente no han sido daña- . 
das. Entre los objetos representados en las pare- 
des se distinguen los siguientes: un grupo de etio- 
pes prisioneros; un héroe que amenaza con la lanza 
á un hombre, mientras otro ya muerto se encuen- 
tra tirado á sus pies, y el asalto de un castillo for- 
tificado. La fachada del monumento es magnífica: 
cuenta ciento diez y siete pies de ancho y noventa 
y siete de alto; entre la cornisa y la puerta hay se- 
senta pies seis pulgadas, la puerta tiene veintidós 
pies de alto, con cuatro enormes figuras sentadas 
á su ingreso, de las cuales la más colosal represen- 
ta á Osiris, teniendo á su lado una figura simbó 
lica ^elta hacia él; arriba hay una cornisa con 
geroglíficoSj-molduras y adornos, y sobre ella una 
fila de veintiún monos sentados de seis pies de al- 
to y seis de distancia de uno á otro. 
Entre las ruinas de Tébas en Egipto se vén to- 



—30— 

davía con admiración los restos de los templos de 
Luqsor y Camak, de los cuales se lia dado algu- 
na idea al hablar de la arquitectura egipcia. 

El primero según Belsoni, presentaba á los ojos 
del viajero una.de las moles más expléndidas de 
la grandeza egipcia con su 2')'i'Opileo, sus dos obe- 
liscos, sus estatuas colosales, sus enormes colum- 
nas, la variedad de los apartamentos, con el sa7i~ 
tuario dentro, sus bellos frisos y sus columnas ma- 
ravillosas descritas por Hamüton^ y quesegutllas 
medidas tomadas por Lindray tenian once pies de 
diámetro, con estatuas sepultadas en parte, que le- 
vantándose setenta pies de la tierra, y treinta que 
se calculan ocultas en ella, resultan de cien pies de 
alto. 

A poca distancia de este templo se encuentra el 
de Carnak, aun más maravilloso por la grandeza 
de sus dimensiones. Denon lo describe así; «De 
« las cien columnas de solo el pórtico, las más pe- 
« quenas tienen un diámetro de siete pies y medio 
« y las más grandes de doce, el espacio ocupado 
« por la circunvalación del templo contenia lagos 
«y montañas.» Sus dimensiones según Belsoni 
eran ciento diez pies por trescientos veintinueve. 
La altura de sus columnas sesenta pies sin contar 
el pedestal: ciento treinta y cuatro eran lasque 
sostenían el techo, esculpidas y pintadas de varios 
colores. 

Hay otros varios templos notables como el de la 
isla de Fil(B consagrado á Hathos, el de Edfú á 



—al- 
una triada compuesta de Ea^Hat, Eathor y Har- 
sant-To, el de JEsnek á CiiafL y Dakke en Núbia. 

Llaman también la atención en clase de cons- 
trucciones antiguas las dos capillas de una sola 
piedra ó monoUtas traídas sobre el Nilo desde Ele- 
fantina, que Amasis bizo trasportar, para que fue- 
sen colocadas la una en Sais y la otra en Butos, 
sobre lo cual escribió una Memoria el conde de 
Caylus llena de erudición y de curiosos cálculos y 
detalles. La de Sais era de quinientas setenta mil 
trescientas treinta y tres libras; calcúlese el peso 
y el tamaño da la máquina y buque destinados á 
ese trasporte, y el número de bombres y años em- 
pleados en esta operación. Las proporciones del 
Moco que formaba el templo ó capilla colocada en 
Butos eran aproximadamente do peso siete ú ocbo 
veces mayor que el del bloco de Sais (I), 



§3. 



Deteniendo ahora la consideración en todo lo 
expuesto, resalta desde luego á la vista la falta de 
semejanza marcada entre los templos que se ban 
descrito y el del Palenque, y los demás de este 
continente, pues carecian de atrios, pórticos, ves- 

(1 ) Memoires de literarure tires des registres de l'Aca- 
demie royale des inscriptions, tom. 15, p;ig. 46. 



—32— 

tíbulos y galerías: no hay en lo general arcos, co- 
lumnas y bóvedas subterráneas, excepto las de Mi- 
lla de que antes se ba hablado, ni estatuas colosa- 
1-s, ni adornos de metal, ni se hallaban rodeados 
de bosques sagrados. No dejan, sin embargo, por 
eso de notarse algunos puntos de contacto, tales 
como la extensión y capacidad que algunos tenían, 
el empedrado, la forma piramidal como en Egipto, 
el uso de piedras de grandes dimensiones, escali- 
natas, ó gradas exteriores como en el de Serapis, 
pilastras en vez de columnas como en los templos 
de Núbia, con figuras esculpidas, y geroglíficos, 
ó caracteres en las paredes. 

Si se comparan las ruinas del Palenque con el 
templo y torre de Belo, según el diseño que hizo 
grabar el Conde de Caylus, y se vé en el tomo lo 
de la Historia de la Academia real de Inscripciones 
y Belfas letras pág. 56, sa notarán algunos rasgos 
de semejanza, tales como el ser la base cuadrada y 
estar orientada, los varios cuerpos de que el edifi- 
cio se compone, qué van en diminución, aunque 
ésta en el templo de ^elo es más gradual, y no tan 
destacados aquellos, como aparece en el Palenque, 
con ventanas en cada uno de esos cuerpos. Las es- 
caleras son como las del templo mayor de México 
dedicado á HuitzüopoclitU. La descripción, empe- 
ro, que hacen algunos escritores de las diversas 
clases de animales, que se encontraban en el inte- 
rior del templo de Belo, y las estatuas con alas, con 
dos caras, con cuernos de camero, pies de caballo 



-33— 



j tales como los mitólogos pintan á los ipocentau- 
ros, no conviene con el aspecto interior de las rui- 
nas del Palenque. 



§4. 



Si de los templos se desciende á las habitaciones 
particulares y edificios públicos, se verá, que al 
penetrar los españoles en el imperio de Moctezu- 
ma, encontraron en Zempoala casas hechas de cal, 
piedra y ladrillos secados al sol, y las más humil- 
des de adobe, techadas unas y otras con hojas de 
palma (1): la del cacique era de cal y canto, á ]a 
cual se subia por una escalera de varias gradas. 

En Istapalapa admiró Cortés la belleza dé ar- 
quitectura de algunos edificios. Eran de piedra, 
los techos de cedro y las paredes tapizadas de al- 
godones finísimos de brillgintes colores (1). Hablan- 
do de los que tenia el Señor de aquel lugar, dice: 
que eran grandes y bien labrados, así "de obra de 
cantería como de carpintería y suelos,- en muchas 
partes altos y bajos jardines de árboles y ñores olo- 
rosas, albercas de agua dulce muy bien labradas 
con sus escaleras hasta el fondo, una muy grande 
huerta junto á la casa, y sobre ella un mirador de 

(1) Prescolt. Historia de la conquista de lIéxico,*tom. 
1, cap. 7, pág. 246.. 
(1) Id., id., id., lib. 3, cap. 8, pag. 397. 



—34— 

muy hermosos corredores y salas, con paredes de 
cantería y un aoiden al rededor enladrillado y tan 
ancho, que podían ir por él cuatro personas paseán- 
dose, tenia «de cuadro cuatrocientos pasos, que 
« son en torno mil seiscientos» (1). 

La casa del cacique de Iluaxtepec estaha rodea- 
da áejardmes, que ocupaban dos leguas, con ca- 
sas de recreo y numerosos estanqiies llenos de va- 
rias clases de peces. Los jardines estaban planta- 
dos de árboles, arbustos y matas exóticas é indíge- 
nas, notables por su hermosura y fragancia, ó por 
sus propiedades medicínale?, y dispuestos científi- 
camente. En esos jardines sobresalía una inteli- 
gencia en la horticultura, y un buen gusto desco- 
nocido entonces hasta de las más cultas sociedades 
de Europa (2) . 

Los templos y edificios principales en las inme- 
diaciones de ]México estaban cubiertos de una es- 
pecie de estuco duro, blanco, que n^lucia como es- 
malte, cuando lo herían los rayos del sol (3) . 

El palacio de Áxayacatl, donde fué alojado Cor- 
tés y sus tropas, era muy amplio, tapizados los 
mejores aposentos de hermosas telas de algodón* 



(1) Gayangos. Cartas y relaciones de Hernán Cortés 
al emperador Carlos V. 2* Carta, pág. 83. 

(2) Prescolt. Historia de la conquista de México, tom. 

2, lib. 6, cap. 2, pág. 158. 

(3) Prescott. Historia de la conquista de México, lib. 

3, cap. 9, pág. 402. 



—33— 

con bancos de madera de.una sola pieza, lechos de 
liojas de palma entretejidas, y cobertores y cielos de 
algodón (t). 

El palacio de Moctezuma era una reunión vasta 
S irregular de edificios bajos de piedra, construidos 
con tetzo)itle, adornado con mármol. En la facha- 
da, encima de la puerta principal, estaban escul- 
pidas las- armas é insignias de Moctezuma, que 
era una águila con un ocelotl en las garras. «En 
« los patios, dice Prescott, habia muchas fuentes de 
« aguas cristalinas, alimentadas por el copioso de- 
« pósito del cerro de Chapultepec y que á su vez 
« abastecían más de cien bafios, que habia en eJ 

« interior del palacio Los aposentos eran 

« muy extensos aunque no muy altos. El artesón 
« era de fragmentos de cedro, primorosamente la- 
« bradop, y el piso estaba tapizado de esteras de pal- 
« ma. El tapiz de las paredes consistía en telas de 
«algodón ricamente teñidas, pieles de animales ó 
« estofas de plumaje, trabajados imitando pájaros^, 
« flores ó insectos, con tal primor y profusión, 
« que bien pudieran competir con las tapicerías de 
«Flandes» (2). 

Tenia también Moctezuma dentro y fuera de 
México muchas casas de placer. Las de dentro 



(1) Prescott. Historia de la conquista de México, tom. 
1, lib. 3, cap. 9, pág. 409. 

(2) Id., id., id., id., pág. 413. 

ESTUDIOS — TOMO II — 7 



—ac- 
ias consideraba [Cortés tan maravillosas, que no 
encontraba en España semejantes. En una de ellas 
había ¡un jardín con miradores; las losas eran de 
mármol y jaspe; tenia dos estanques para toda cla- 
se de/animales acuátiles; á las aves se les daba el 
mantenimiento que les era propio, inclusas las do* 
rapiña, estando todas al cuidado de trescientos 
hombres; otros trescientos tenían á su cargo los 
leones, tigres, lobos y otros animales, mantenidos 
con gallinas: tenia también una casa con hom- 
bres y mujeres deformes, y gentes que los cuida- 
ban (1). 

El abate Brasseur de Bourbourg ha hecho una 
descripción de los palacios de Moctezuma^ valién- 
dose al efecto de las noticias que contienen las obras 
de Torquemada, Herrera, Gomara, Bernal Díaz 
del Castillo, y Cortés. Según ella, la reunión de 
edificios que formaban su mansión ordinaria esta- 
ba poco distante del gran templo. Eran de tetzon- 
tle colorado, de grande extensión, con veinte fuer- 
tas. Habia en lo interior tres vastos patios con fuen- 
tes. El mármol, el póríido y el alabastro tecali se 
mostraban bajo todas las formas en los apartamen- 
tos y en los pórticos, en el piso bajo y en el supe- 
rior. Los techos y plataformas eran de madera du- 
ra y preciosa, llenos de obras maestras de escultu- 
ra y carpintería aztecas. «Más de cien cámaras ó 



(1) Gayangos. Cartas y relaciones de Hernán Cortés 
al emperador Carlos V, Carta 2» 



•• • —37— 

« salones, más de cíen baños, lin contar las salas 
«de armas, componian esta 'suntuosa habitación, 
a El oro, la plata y las plumas disputaban el espíen-^ 
« dor á los mármoles de \o?,pórUcos, con tapiceíias 
« soberbias y esteras de una finura admirable. Só- 
« bre las paredes y ventanas se extendían estofas 
« no menos maravillosas /?c»^/' la belleza del tejido, 
« la elegancia de los dibujos, que por la riqueza de 

« los colores En lo interior se quemaban 

« sin cesar en millares de br asemilles perfumes, que 
« esparcian un olor embriagante (1). Tres milper- 
« sonas estabanr diariamente empleadas en el ser- 
« \dcio del monarca, en este número más de mil 
« mujeres, que hacian parte de su serrallo, sacadas 
« de la primera nobleza de Anáhuac. El resto de 
«la casa real se componía de los miembros del 
« Consejo, de los oficiales de la guardia, de admi- 
« nistradores y empleados de toda especie, ,servi- 
« dores y gentiles hombres de cámara (2). Sobre 
u la puerta principal del palacio una especie de gri- 
« fo de formas fabulosas, aUbgando un tigre, repre- 
« sentaba la divisa de los hijos do Acar/iaiñchtli. 
« Los techos del palacio formaban una serie de in- 
« mensas terrazas, algunas de las cuales eran - 
u tan extensas, que habrían podido combatir allí 

(1) Torquemada. Monarquía indiana, lib. 3, cap. 23. 

(2) Gomara. Crónica de N. España, etc., cap. 67 — 71. 
Herrera. Hist. general d« las Indias occidentales, déc. 
2, lib. 7, cap. 9. 



—38— 

« en justa á la vez treinta hombres á caballo» (1). 
Otro edificio con pórticos de alabastro, paredes 
y estanques, estaba destinado á las aves, cuyas plu- 
mas servían para los cuadros ó estofas de mosaico, 
y -se empleaban en su cuidado trescientas personas. 
Vastas construcciones formaban la casa real de fie- 
ras, que tenia á su servicio muchas personas, y 
donde estaban reunidas todas las especies vivien- 
tes, cuadrúpedos, reptiles, peces y anfivios de Mé- 
xico, y países lejanos sujetos al imperio. A poca 
distancia de allí se veia una colección horrible, 
compuesta de enanos, pigmeos, jorobados y todas 
las deformidades que presenta á veces la natura- 
leza (2). 

AI rededor de estas casas de fieras y dé volátiles 
estaban los jardines, donde se cultivaban todas las 
familias de vegetales y de arbustos odoríficos, y 
todas las variedades medicinales: sotos siempre 
verdes decoraban de trecho en trecho una sombra 
profunda sobre los auiales, regados por aguas cris- 
talinas traídas. por coiMuctos subterráneos á las 
fuentes de mármol y de pórfido (3) . * 

No eran menos notables el palacio y otros edifi- 

(1) Brasseur deBourbourg. Historie des nations ci- 
vilisées du Mexique, tom. A, lib. 13, chap. 1. 

(2) Bernal Diaz. Hist. de la conq. cap. 9;). — Loreuza- 
iia. Cartas de Cortés, fol. 111. 

(3) Brasseur deBourbourg. Historie des nations civi- 
lisées du Mexique, tom. 4, liv. 13, cliap. 1. 



—so- 
cios en la ciudad de Tescuco. El destinado á la re- 
sidencia y á las ceremonias públicas tenia, según 
Prescott (1), mil doscientas treinta y cuatro varas 
de Oriente á Poniente, y novecientas setenta y ocho 
de Norte á Sur. Estaba rodeado de una cerca de 
argamasa y ladrillos sin cocer, la mitad tenia seis 
varas de grueso y nueve de altura, y la otra mitad 
el mismo grueso y quince de altura. Dentro de 
este recinto habia dos plazas: la una que servia de 
mercado, y al rededor de la otra estaban las cáma- 
ras de los diversos consejos y las salas de justicia. 
Habia, además, en dicho palacio habitaciones para 
los embajadores, y extranjeros, así como un gran 
salón donde se retiraban los poetas y sabios á es- 
tudiar, ó á conversar bajo sus pórticos de mármol. 
En esta parte del palacio estaban también los ar- 
chivos de monuHientos. 

«La descripción de esta mansión real, dice el 
« abate Brasseur (2) con la de sus patios y sus pór- 
« ticos, sus galerías y sus vastas salas, sus jardi- 
« nes adornados de estatuas, de ricas pajareras, de 
« estanques, de lagos artificiales, de sus inmensas 
x( rocas esculpidas con sus escaleras gigantescas, 
« ocupa casi un volumen entre las obras de Ixtli- 
«Xóchitl.)) 



(1) Prescott, Historia de la conquista de México, tom. 
I, cap. 6, 

(2) Brasseur de Bourbourg. Historie des nalioní ci- 
viUsées du Mexique, tom. 3, liv; 11, chap. 1. 



—40— 

En la sala principal estaba el ieoinpaipcm, que 
era un sillón con respaldo de oro macizo, incrus- 
trado de turquesas, y otras piedras preciosas, con 
una mesa pequeña, en que se veia un broquel, una 
masa, un carcax y detrás un cráneo humano, que 
tenia encima una esnieralda de forma -piroAnidal 
con el penacho tecpilatl, que era adorno de cabe- 
za de los reyes de Anáhuac. Servían de tapiz pia- 
les de tigre y de león, y estofas tejidas de plumas 
de águila real, y las paredes estaban cubiertas con 
colgaduras de coneyo de toda clase de colores, re- 
presentando animales, pájaros y i^lantas. La silla 
estaba debajo de un dosel de plumas magníficas, 
sobre el cual habia un manojo de rayos de oro y 
pedrería. La sala tenia tres divisiones. La prime- 
ra estaba reservada al rey, y las otras klos catorce 
asignatarios, que conocían en uaion de otros fun- 
cionarios de los negocios civiles y criminales; los 
seis primeros ocupaban la segunda y los ocho res- 
tantes la tercera. 

Además de éste tenia Nazahualcoyotl otros pa- 
lacios. «Los más célebres eran los de Acatalalco, 
Tepatzin y 2'ezcotzinco. Estaban los dos primeros 
situados á orillas del lago, donde se velan hermo- 
sos edificios con acueductos, fuentes, estanques, 
baños y laberintos. Cultivábanse alU toda especie 
de árboles y ñores, que el rey hacia venir de las 
provincias más distantes de la capital. Pero de to- 
dos los jardines, los más afamados eran los de Tetz- 
contzinco: estaban escalonades en terrazas sobre 



—il- 
la pendiente de la montaña del mismo nombre; se 
subia á ]a cima por grandes escaleras talladas en 
la roca; un acueducto conduela aguas considera- 
bles que se distribuían en cascadas y surtidores 
de diversas alturas» (1). 

La descripción que hace Prescott de este retiro 
ca7npestre es encantadora. Las escaleras por las 
cualeíi se subia á los terrados vestidos de jardines, 
eran de quinientos veinte escalones, algunos cor^ 
tados en la viva peña. El acueducto que conduela 
el agua tenia algunas millas de largo, atravesaba 
el valle j y el se^rro y estaba sostetüdopor enormes pi- 
lares de manipostería. En los bosques liabia^¿)rí¿- 
cos^ pabellones de mármol con baños cavados en 
la roca. El palacio se levantaba en la base del co- 
llado con narcos esbeltos y espaciosas galerías, y> en- 
vuelto por los perfumes de los jardines. Este reti- 
ro se hallaba como á dos leguas de Tezcuco (2) . 

El serrallo estaba en el palacio principal de Tez- 
cuco, «tan magnífico y lleno de belleza, dice Pres- 
te cott^ como el de un sultán de oriente » Todo el 
edificio constaba de trecientas habitaciones, algu- 
nas de cincuenta varas en cuadro, y se dice que se 
emplearon en su construcción doscientos mil ope- 
rarios (3). 

(1) Brasseur de Bourbourj. Historie des nalions ci- 
vilisées du Mexique, tom. 3, liv. 11, chap. 1. 

(2) Prescott. Historia de la conquista de México, tom. 
1, lib. 1, cap. 6. 

(3) Id., id., id., id. 



—42— 

Al leer la descripción de estos Palacios, se vie- 
nen naturalmente á la memoria algunos de los más 
notables de la antigüedad, entre otrob el de Semí- 
ramis en Babilonia, y el de los Césares en Roma en 
el Palatino, que como se ha dicho fué tomando in- 
mensas proporciones hasta tocar con el monte Es- 
quihno, y según la descripción que se ha hecho, en 
esa prodigiosa extensión se comprendian baños, es- 
tanques, y un gran número de edificios, de manera 
que parecía más bien ciudad, que la mansión de uno 
solo. ReconstruyóNeron el palacio de Augusto, y con 
tanta magnificencia, que se llamó como se ha dicho 
casa de oro, adoMus aurea.y) Habia en él salas, gale- 
rías y estatuas: brillaba el oro por todas partes, has- 
ta en el pavimento; el mármol, el bronce, los ricos 
tapetes, y preciosos ornamentos decoraban su recin- 
to; era una maravilla, permaneciendo absortos y 
extaciados los sentidos entre tantos objetos grandio- 
sos y por mil títulos sorprendentes. 

Las habitaciones de los nobles entre los indios 
eran bajas, rara vez de más de un piso, de forma 
cuadrangular, de azotea, con patios en el centro, 
rodeados do hermosos pórticos de pórfido, y de jas- 
pe, con pilas, fuentes, y en algunas con jardi- 
nes (1). En la ciudad do México eran de una pie- 
dra porosa y colorada (tezontle), cercados los techos 
con parapetos. De trecho en trecho «se encontraba 
« una grawplaza con sus por Heos de piedra ó estuco, 

(1) Prescott. Historia de la conquista de México^ tom. 
l.lib. 4, cap. 1, pag. 430. 



—43— 

c( Ó un templo piramidal de dimensiones colosales, 
« coronado de altísimas torres, y con altares donde 
« ardia una llama inextinguiblen (1) ; . La ca- 
lle real se extendía en linea casi recta varias mi- 
llas. La población no bajaba de sesenta mil casas 
con trescientas mil almas, y üil vez más (2). La 
ciudad tenia tres leguas de circunferencia (3) . 



§5. 



Para acabar de formarse una idea exacta de su ar- 
quitectura, es preciso tener presente que los mexi- 
canos fabricaban arcos y bóvedas, que bacian uso 
de (!r)rnisas, y otros adornos, que sus columnas 
eran cilindricas ó cuadradas, pero sin chapiteles. 
El techo de las casas era de cedro, de abeto, de 
ciprés, de pino ó de ajametl\ las columnas de pie- 
dra ordinaria y en los palacios de mármol, y aun 
de alabastro, que algunos españoles creyeron jaspe. 
Se servían también de ladrillos cocidos, y hacian 



(1) Prescott. Hist. delaconq. de México, tom. 1, lib. 
3, cap. 9, pág. 406. 

(2] Id., id., id., id., lib. 4, cap. 1, pág. 432.— Pe- 
dro Mártir De orvo novo, dec. b, cap. 3. — Gomara, Cró- 
nica etc. pág. 78. — Herrera, Hist. general, etc., dec. 2, 
lib. 7, cap. 13. 

(3^ Prescott. Hist. de la conq. de Méx., lom. 1, 
pág. 433. 

ESTUDIOS — TOMO II — 8 



—44— 

USO de la cal. Cortaban y trabajaban las piedras con 
instrumentos de piedra, entre otros el mármol, 
jaspe, alabastro, ó ^Ys/Z^ (1). 

Las casas de los pobres eran de cañas y ladrillos 
crudos (adobes), con el techo de heno ú hojas de 
maguey: las de los ricos eran de piedra y cal, con 
dos piezas, salas, cámaras bien distribuidas, y pa- 
tios; de azotea, con paredes blancas, bruñidas y 
relucientes, el piso liso é igual; algunas estaban 
coronadas de almenas, y tenian torres, estanques 
y jardines, sin puertas de madera, sino solo corti- 
nas. 



§6. 



Hacia el grado veintinueve de latitud poco más 
Óménosá2o0 millas de Chihuahua, rumbo al No- 
roeste, se encuentran los restos de un vasto edifi- 
cio al que se dá el nombre de Casas Grandes. Se su- 
pone construido por los mexicanos en su peregrina- 
ción. Tiene tres pisos y azotea, sin puerta ni entrada 
en el piso inferior, sino en el segundo, necesitándo- 
se de escalera para penetrar á él. En el centro hay 
una elevación que se presume seria para colocar cen- 
tinelas y descubrir á lo lejos al enemigo. El plan de 
construcción es el mismo de los edificios que se 

(1) Clavijero. Historia antigua de México, lib. 7, pag. 
376 y si^s. 



—45— 

vén en Nuevo México: piedras grandes y vigas 
de pino bien trabajadas. 

Comparando esto con las ruinas del Palenque, 
se nota: 

1° Que los edificios están hechos de piedra. 

2° Una construcción en el centro para observar 
al enemigo cuando se acerque, como la torre en 
las ruinas del Palenque, si es que tenia este des- 
tino. 

3° La entrada en el segundo piso al que se sube 
por escaleras de piedra. 

Pero hay una notable diferencia, y es que en esos 
edificios habia vigas, y en los del Palenque no se 
ha encontrado ninguna. 



CAPITULO XVIII. 



Analogías en orden á la arquitectura: no se parece 
la del Palenque ala griega, ni á la romana, ni á la gó- 
tica, ni á la árabe, ni á la china, ni á la hindú: califi- 
cación de Dupaix — 2. Sentir del barón de Plumboldt 
respecto de los teocallis: juicio formado por Mr. War- 
den: parecer de Mr. Farcy: originalidad que encon- 
traba Mr. Lenoir en las obras del Palenque: opinión 
de Stephens y de Mr. Larenaudiere. — 3. Carácter pecu- 
liar de su arquitectura. — 4. Rasgos de analogía entre 
oslas ruinas y las construcciones de Egipto; juicio de 
varios sabios sobre esta semejanza que aparece igual- 
mente en las demás construcciones de este continente. 



§t 



Examinadas en lo particular y en todos sus deta- 
lles varias obras de arquitectura, se vé por lo ex- 
puesto, que la del Palenque no se parece, como ya 
se lia dicho untes, á la griega, cuyas torneadas co- 
lumnas y vistosos capiteles tanta impresión hacen 
á la vista, ni á la romana tan suntuosa y olegante. 



—48— 

ni á la gótica llena de algunas imperfecciones, ni 
á la árabe, á la que no faltan formas preciosas que 
descubren atrevimiento y cierta perfecccion en la 
ejecución, ni á la china cargada de adornos fantás- 
ticos, ni á la hindú formada en el corazón de las ro- 
c^s por grandes excavaciones; y aunque la vista 
del Palacio en el Palenque hizo creer á Del Rio 
que se acercaba á la gótica; Dupaix que lo exami- 
nó despacio es de contrario sentir. «Las obras pa- 
ce lencanas, dice, son originales y no son deudoras 
« á ninguna nación de las celebradas del orbew (1). 



§2. 



Verdad es que esta opinión se encuentra en opo- 
sición con la de otros autores respetables, que han 
creido ver en los edificios del Palenque varios pun- 
tos de semejanza con los de otros pueblos. El ha- 
ron de Hxiniboldt cree que los teocalUs de los indios 
tienen mucha semejanza con los templos griegos: 
hace expresa mención en este punto del templo de 
Júpiter Belo^ según la descripción de Herodoto y 
Diódoro de Sicilia (2), y cree así mismo que. la 
ciudad destruida del Palenque habia sido obra de 



(1) Dupaix. 3*""* expedition. 

(2) Vue des cordilleres et monuments indigencs de 
TAmerique par Mr. le barón de Humboldt. 



-49- ^ 

los toltecas y azteccas. 3Í)\ Prescott como se ha 
visto^ encuentra los templos mexicanos parecidos 
en su forma á las 2ini\g\m.?, pirámides de Egipto (i) . 
Examinando Wo/rden la colección de antigüedades 
mexicanas, descubre algunos rasgos de semejanza 
con varias naciones ^antiguas, pero coníiesa que la 
escuela de México es distinta de la del Palenque (2) . 
Admirador entusiasta de las antigüedades mexica- 
nas, Mr. Charles de Farcy^ no ha encontrado da- 
tos seguros, á pesar de sus sabias investigaciones, 
para fijar una opinión cierta sobre este punto, y 
cree que los monumentos antiguos examinados por 
Dupaix tienen una arquitectura distinta de la del 
resto del mundo (3) : descubre también diferencias 
muy marcadas entre la arquitectura mexicana y la 
del Píilenque. {^) Tenemos todavía un observador 
profundo, Mr. Alexan&re Lenoir, cuya oi-inion es 
tan respetable, y que ha llevado sus investigaciones 
á todos los punios que pudieran arrojar alguna luz, 
y después de manifestar que existe alguna analogía 
entre los monumentos de varias naciones conocidas 
como los asirlos, los griegos, los romanos, los ja- 
poneses, los egipcios principalmente, y las de los 
antiguos americanos, viene á concluir en la origi- 



(1) Hist. delaconq. de México, tom. 1, cap. 3. 

(2) Rapport de Mr. Warden sur la collection ct des- 
seins d'antiquiiés mexicainés executés par Mr. Franck. 

(3) Dlscour sur les deux questions ppoposées au con- 
grés historique par Mr. Charles Farcy, 

(4) Discours preliminarie par Mr. Charles Farcy. 



—50— 

nalidad de las obras del Palenque, diciendo; «el 
« arte del Palenque es un arte excepcional, como 
« la nación del Palenque fué una nación distinta.» 
(1) JStepheyís, que exprofeso se propuso examinar 
esta cuestión, es de parecer que estas ruinas «no 
« se asemejan á las obras de los griegos y los ro- 
« manos, y que en Europa nada hay parecido á 
(( ellas» (2) . LarenaucUere repite casi á la letra es- 
ta opinión de Stepliens (3) . 



§3. 



De esta variedad de opiniones, y en medio de la 
oscuridad y confusión de muchas de ellas, resulta 
confirmada la opinión de que la arquitectura del 
Palenque tiene un carácter que le es propio, un 
(carácter particular. En todas sus obras se encuen- 
tra empleada la cal y canto, como materiales de 
construcción, sin hacer- uso para nada del ladrillo, 
conocido desde los tiempos más remotos, ni de la 
madera, que desde la cuna del mundo ha sido uno 
de los materiales de que se ha hecho uso en las 
construcciones. Allí los templos son cubiertos, sin 
bóvedas, con techos horizontales, ó angulares en 

(1) A. Lenoir. Disoours, íig. 27 — 28. 

(2) Stephens. lacidenls oflravelin Yucatán, Ghiapas, 
etc., lom. 2, cap. 26. 

(3) L'univers. Mexique et Guatemala, pág. 327. 



—51— 

forma de caballete^ sin columnas que lo sostengan, 
notándose, como dice Mr. Lenoir, la solidez (1). 
Después de reputar Stephem estas ruinas por úni- 
cas en su especie, sin parecido alguno con las de 
otros pueblos conocidos, ni aun con las de los egip- 
cios, de las cuales las cree desemejantes, dice «que 
forman un nuevo orden entera y absolutamente 
anómalo.» (2) 



§4. 



A pesar de todo esto, preciso es confesar que en- 
tre las ruinas del Palenque y lo que conocemos de 
Egipto, hay rasgos de analogía, que si no consti- 
tuyen una identidad bien marcada, prestan sobra- 
do fundamento para suponer que los que habitaron 
el Palenque poseyeron muchos de los conocimien- 
tos que fueron desarrollándose y perfeccionándose 
en Egipto, hasta el grado de producir estas obras 
admirables, cuyos restos se encuentran en la Nú- 
bia, sobre las márgenes del Nilo y en otros lu- 
gares célebres. Cierto es que hay todavía pocos 
datos reunidos que pudieran ilustramos sobre es- 

(1 ) Les characteres generaux des edifices de Palenque 
sont la simplicité, la gravité, la solidité. — A Lenoir. — 
Discours et examen des planches, núm. 124. 

(2) Stephens. Incidents oftravel, etc., tom. 2, cap. 26. 

ESTUDIOS — TOMO II — 9 



—52— 

te punto que de algún tiempo á esta parte viene 
ocupando á los sabios; pero las notables investi- 
gaciones de Mr. Lenoir, las noticias interesantes 
de Mr. Warden, el examen atento de Mr. Farcy 
y las juiciosas observaciones de Baradere y Saint- 
Priest forman ya un foco de luz, que reunido á 
otras obras de eminentes escritores, han becho 
avanzar el entendimisnto más allá de lo que era de 
esperarse, en vista de lo poco que se ba becbo por 
conocer mejor las antigüedades del Nuevo Mundo. 

Algunos de estos sabios, en medio de la lucba 
de encontradas opiniones, de multitud de compa- 
raciones y conjeturas diversas, ban dejado escapad 
su juicio sobre la semejanza de los monumentos del 
Palenque con las obras de los egipcios. Así lo ba 
expresado Charles de Farcy, uno de los que con 
mayor esmero ban estudiado nuestras antigüeda- 
des, ó idéntica opinión se encuentra expuesta por 
el barón de ffimiholdt, que fué de los primeros que 
llamaron la atención sobre estas ruinas, á pesar de 
no baberlas visitado durante su viaje en América, 
en que recogió tantos datos, bizo tantas observa- 
ciones, y la dio á conocer, rica y hermosa como ella 
es, en todo el mundo. 

En efecto, aun prescindiendo de los principios 
y reglas generales de construcción, comunes á to- 
das las naciones, bailamos que los edificios del Pa- 
lenque estaban construidos sobre terrenos elevados 
artificialmente, que la forma piramidal prevalece 
en ellos, que se emplearon en su construcción, co- 



—53— 

mo materiales principales, la cal y canto y lajas 
enormes, de que estaban cubiertos los suelos, te 
chos y paredes; que en las dimensiones se parecían 
también á las egipcias, lo mismo que en el uso de 
pilastras y en la solidez de las obras, pues todavía 
se conser^'an á pesar del trascurso de tantos siglos, 
pudicndo en este punto equipararse, según dice 
Mr. Zenoir, alas más antiguas del mundo. En los 
templos de Egipto no habia madera, como lo afir- 
ma íVAgincourt (1), y en los edificios del Palen- 
que no se ha descubierto basta ahora ni un pedazo 
siquiera de ella. 

Podria por medio do otras comparaciones sacarse 
rasgos de semejanza, dignos de fijar la considera- 
ción; veríamos cómo el techo del templo de Júpiter 
Ammon, cerca de Syouah, está cubierto de piedras 
enormes de veintiséis pies de ancho y veintitrés de 
largo cada una (2) , y el palacio de A^idera con pie- 
dras de seis á siete pies de ancho y un largo pro- 
porcionado (3) , lo mismo que el palacio del Palen- 
que cuyo techo está también formado de lajas, al- 
gunas de un tamaño considerable; veríamos las 
paredes de los palacios, templos y demás monu- 
mentos públicos egipcios como en Karnak, JEsnelí, 

(1) D'Agincourt. Storia deirarte col mezzo del mo- 
numenli. — Iníroduzione . 

(2) Champolioü. Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 1, § 9, pág. 26. 

(3) Paul Lúeas, tom. 3, pág. 3. 



—54— 

Andera y en los hipogeos que se hayan en las in- 
mediaciones de BeniSasan, cubiertas de cartones 
y steles de geroglíficos, lo mismo que en las rui- 
nas del Palenque^ veríamos cerca de las figuras que 
adornan las pilastras en Benderah, Luqsor y otros 
edificios, geroglíficos colocados á un lado, ó sobre 
la cabeza, y esto mismo se advierte en las pilastras 
que adornan el palacio del Palenque; veríamos, 
en fin, una semejanza casi idéntica entre los res- 
tos del Palenque y el palacio diQA7idera sobre cuya 
puerta, según la descripción de Granger (1), hay 
un gloio alado parecido al que se encontró enttfe 
los escombros de las ruinas de Ococingo, con un 
buen pórtico, y paredes, tanto las exteriores como las 
interiores de los cuartos cubiertas de arriba á aba- 
jo de geroglíficos, con una hermosa cornisa todo al 
rededor y en el cual hay, como en el palacio del 
Palenque, una cámara muy oscura adornada con 
muchas figuras esculpidas en bajo relieve; notán- 
dose, además, que las que se hallan en un edificio 
arruinado cerca de Luqsor, se presentan de perfil, 
que es la manera como se encuentran grabadas to- 
das las del Palenque y Ococingo. 

Estos rasgos de semejanza con la arquitectura 
egipcia se encuentran también en otras construc- 

(3) Granger. Voyage eu Egypte, pág. 43. «Sur la por- 
te qui á 20 pieds du haut et 10 de large on voit une ma- 
niere d'ecusson. compossé d'un glove soutenu pardeux 
especes de lottes posees sur un champ d'asur et mode 
de deux alies etendues.» 



—55— 

ciónos de este continente, tales como la forma fi- 
ramidal de ios teocallis mexicanos y la de los tem- 
plos de los egipcios, los empedrados, el uso do la- 
drillos cuadrados para el revestimiento de algunos 
edificios, y el verse muchos de ellos cubiertos en 
Egipto de terrazas ó azoteas, como las q;ue se en- 
cuentran en la antigua ciudad de México. 



m 



CAPITULO XIX. 



1 . Escultura de las ruinas del Palenque: naturaleza del 
arte, su antigüedad y progreso. — 2. Escultura asiáti- 
ca. — 3. La egipcia: estatua de Sesostris en el museo 
de.Turin: sarcófago deRamses en el museo del Lou- 
vre: el de Arthout en el de Londres: leones de la fuen- 
te de Moisés en Roma, — 4, Escultura griega: cau- 
sas que influyeron en su perfección: juicio del conde 
de Caylus. — 5. La escultura entre los israelitas. — 6. 
Carácter de la escultura etrusca. — 7. Estatuas de los 
godos. — 8. Examen de la escultura entre los roma- 
nos: estatua de Apo-io y cabeza de Nerón en el museo 
del Vaticano: cabeza de Popea y estatua de Agripi- 
na en el del Capitolio: cabeza de Adriano en el de 
Borghese: Antinoo en la mlla Mondragone: sarcófa- 
gos notables: juicio de Winckelman sobre el Apolo de 
Belvedere. — 9. Influencia de la idolatña en la escul- 
tura y su antigüedad. — 10. Comparación de las obras 
del Palenque con las de las naciones de la antigüedad: 
rasgos que se descubren en las figuras de los palen- 
canos, y adelantos que suponen en otros ramos. 



§1- 

Al recorrer el campo, en que pueden encontrar- 
se algunos rasgos más de semejanza con los pueblos 
de la antigüedad, vamos á ocuparnos de la escul- 
tura, que es una de lasarles más importantes. Las 



figuras de las ruinas del Palenque, los trajes y 
adornos que llevan, los geroglíficos y molduras gra- 
bados en piedra, son otras tantas fuentes de donde 
pueden sacarse grandes conjeturas, que nos acer- 
quen tal vez á la certidumbre. 

Nótase desde luego el adelanto á que babian lle- 
gado estos trabajos entre los palencanos: sus figu- 
ras, lejos de tener la imperfección que indica el prin- 
cipio del arte en las épocas remotas de los pue- 
blos de la antigüedad, dan á conocer, por el con- 
trario, los progresos que babian becbo, y el tiem- 
po que llevaban de ejercitarse en esta clase de 
obras. 

La escultura, como todas las artes, fué muy im- 
perfecta en su origen. Su antigüedad en el Asia y 
en Egipto aparece testificada, por la Escritura (1), 
Herodoto (2) , y Diódoro de Sicilia (3) . Ha sido, sin 
embargo, necesario el trascurso de mucbo? años, 
para que bajo el cincel y el martillo del escultor se 
animen los objetos, que el arte ba procurado figu- 
rar, y que nos arrabatan de admiración, viendo re- 
producido en el tosco y duro mármol la reprenta- 
cion viva del pensamiento y, de las pasiones bu- 
manas con todos sus caracteres, el traslado fiel, la 
expresión animada del amor paterno, de la piedad 
filial, de la ternura, del valor guerrero, de la cari- 



(1) Éxodo, c. 29, V. 4. 

(2) Herodoto, 1. 2, n. 4—149. 

(3) Diódoro 1. 1, p. 19—62, 1. 2, págs. 122 y 123. 



— b9— 

dad ardiente, de la amistad sincera, de todas las 
afecciones del corazón y de todos los recuerdos del 
espíritu, de manera que cuando la escultura ha lle- 
gado á su perfección resaltan en ella no solo las 
proporciones, la armonía, la belleza y la gracia, 
sino, lo que es aún más difícil, los afectos del sdma. 
Dividen algunos la escultura en tres ramos: la 
plástica, ó arte de modelar; la estatuaria ó arte de 
fundir estatuas en bronce ú otro metal, y de formar- 
las de mármol: la toréutica, ó arte de esculpir ó 
más bien de tallar figuras en relieve sobre mate- 
rias duras. Los primeros trabajos en cada uno de 
estos ramos fueron sumamente imperfectos^ siendo 
necesario el trascurso de mucho tiempo y la tras- 
misión sucesiva de los conocimientos que iban ad- 
quiriéndose, para llegar al estado en que aparecen 
más florecientes. En Asia y en Egipto fué donde 
se dieron los primeros pasos, perfeccionándose pau- 
latinamente las obras que se hacían, pero en Gre- 
cia fué donde llegó á su mayor altura, lustre y 
explendor. 



52. 



Respecto del Asia, Diódoro (1) nos habla de los 
bajos relieves y estatuas que adornaban el palacio 
de Semiramis, y las estatuas de oro de Júpiter ^ 

(1) Diódoro, 1. I,pásf3. 121 y 122. 

ESTUDIOS — TOMO 11—10 



—60— 



Juno y Rliea^ que mandó colocar en el templo. 
Homero (1) habla también de la estatua de Miner- 
va, aunque sin detalles que den á conocer el gus- 
to y progreso que se hubiesen hecho entonces. 



§3. 



Las ricas colecciones que he examinado en las 
bibliotecas públicas y en los Museos de Europa, me 
han facilitado el poder juzgar por mí mismo del 
carácter de las figuras y estatuas de los egipcios. 

Después que éstos hubieron de producir obras 
verdaderamente admirables de arquitectura, y te- 
ner una celebrida* I justamente adquirida, no sobre- 
salían en la Cbc altara. Eran sus estatuas de mal 
gusto, sin expresión, sin una actitud natural, que 
indicase el ingenio del arte. Vista una estatua, no 
se hacia necesario ver más, para juzgar del estado 
del arte. Las formas, por lo común, eran colosales, 
pues mostraban grande inclinación á las figuras 
gigantescas, para dar á sus obras un carácter dura- 
ble é imponente por las proporciones y la materia. 
Por lo regalar, eran cuadradas, con los brazos col- 
gados y unidos al cuerpo, con las piernas y los pies 
juntos, actitud que las privaba de gracia y soltura, 
así como de aquella noble expresión que imita á 

(1) Homero, Iliada, 1. 6, v. 302. 



—el- 
la naturaleza en sus más agradables actitudes, su- 
jetándolas á una especie de dureza é inmovilidad, 
ya estuvieran en pié ó sentadas. Sus posiciones 
aparecían forzadas, careciendo de ñexibilidad, aun 
en aquellas partes del cuerpo donde se hace preciso 
el movimiento, y no habia en ellas, por último, ni 
animación, ni vida. 

Los egipcios empleban en la escultura toda cla- 
S3 de materias, el mármol, el alabastro, la serpen- 
tina, el lapislázuli, el granito y el pórfido. Al- 
gunas de sus estatuas tenian cabezas de hombre, 
otras de animales, muchas con los pies reunidos, 
y adornados aveces de diversos atributos, con una 
especie de collar en relieve, la mayor parte desnu- 
das, ó con una especie de delantal con pliegues. 
No hacían en sus ídolos variación alguna, por hon- 
rar á la antigüedad y por su ¿ ran respeto á las ca- 
sas sagradas. 

La estatua de Sesostris en el Museo de Turin es 
de las mejores en su género. En el Museo del Lou- 
vre se encuentra el sarcófago de Ramses V 6 sea 
Amenofis, (1493 años antes de J. G.) que presenta 
la escultura egipcia en que ya hay mucho que ad- 
mirar. Es notable también el del faraón Artliout 
que se halla en el Museo de Londres. Se creen de 
escultura egipcia los dos hermosos leones coloca- 
dos en la fuente de Moisés en Roma cerca de las 
temías de Dioclesiano, que llaman la atención por 
su completo^reposo. 



-62— 



§4. 



Los griegos, que recibieron de los egipcios sus pri- 
meros conocimientos, se contentaron al principio 
con imitarlos, mostrando como ellos inclinación por 
las estatuas gigantescas (1). Fueron después apar- 
tándose de una imitación servil. Aprovechándose 
de todos los adelantos de los egipcios y fenicios, así 
como délas ventajas que les proporcionaba su clima, 
sus producciones y los- objetos que á cada paso se 
presentaban á su vista, llevaron su progreso hasta 
producir esas obras maestras del arte, que tanto 
excitan la admiración y que en el trascurso de los 
siglos apenas se han aproximado á ellas los más 
célebres artistas de los tiempos modernos, sin haber 
podido excederlas jamás. Sus progresos no fueron, 
sin embargo, rc\pidos. Pasaron trescientos años, 
desde la llegada de Cecrops, y la época áQ Dédalo, 
en que comenzaron á desaparecer las imperfeccio- 
nes, variando la actitud de las figuras y dándoles 
la expresión de que carecían. Fueron de barro sus 
primeras obras en bajo relieve, apKcando después 
el cincel á la madera, de que eran sus estatuas, 
pues según Pausamas antes de la guerra de Troya 



(1) Strabon, 1. 17, pág. llo9.— Pausanias, 1. 3, c. 19, 
pag. 257. 



—63— 

todavía no las trabajaban de piedra, aunque no fal- 
tan autores que afirmen lo contrario, apoyándose 
en algunos pasajes de Homero. 

El conde de Caylus, hablando de los progresos 
de la escultura en Grecia, dice (1): Esas bellas pro- 
porciones, si fuera permitido decirlo, que corrigen 
la naturaleza, y sirven para dar más elegancia á la 
expresión; esa bella facilidad, ese hermoso trabajo, 
esa beUa elección de la materia, ese feliz balanceo 
y agradable contraste oculto con tanto arte; esa 
hermosa simplicidad, que por sí sola conduce á lo 
lo sublime; esa variedad tan exacta en la nobleza 
de las pasiones; esa conveniencia en la expresión 
de los músculos y de la carne, siempre conforme 
con la edad y el estado de las personas; la divini- 
dad, en íin, representada, llegaron á ser la mane- 
ra y modo de obras casi generales de los escultores 
griegos. Las piezas, que afortunadamente nos han 
conservado los romanos, nos sirven todos los dias 
de regla y de estudio, pues son todavía más, el ob- 
jeto de nuestra admiración. 

Algunos distinguen cuatro períodos en la escul- 
tura griega. El estilo antiguo en que sus obras te- 
nían mucho de las egipcias. El llamado por. algu- 
nos de la grandiosidad^ en el cual figuran /'iíZmí, 



(1 ) Memoires de literature, tirées des registre de l'Aca- 
demie des inscriptions et belles lettres, tom, 48. De l'ar- 
chitecture ancienne par le Comte de Gaylas, pág. 516. 



escultor de Atenas, que ejecutó sus dos grandes 
obras de Minerva y á.Q' Júpiter Olímpico en oro y 
marfil, ccisíderadas como el prodigio del arte. El 
llamado de la belleza por los contornos dulces y sua- 
ves de las estatuas, y su gracia y morvidez. Licipo 
figuró en este período, Polideto también y Sicio- 
ne llevó el arte á su más alto grado de perfección: 
fué rival de Fídias; su obra más notable es la Ju~ 
no de Argos^ de tamaño colosal; estaba sobre un 
trono, con la cabeza ceñida do una corona, encima 
de la cual se veian esculpidas las horas y las gra- 
cias, en una mano tenia una granada y en la otra 
un cetro; era de oro y marfil, como las de Jícpiter 
y Minerva de Fidias. Se dice que Alejandro el 
Granule ordenó que solo tuviesen el derecho de re- 
tratarlo Apeles en la pintura, Pergotele para escul- 
pirlo en piedras preciosas y Leucipo para hacer su 
estatua de bronce. El cuarto período, llamado de 
imitacio7i, porque no pudiendo exceder los esfuer- 
zos para la perfección hechos en el tercero, se limi- 
taron solo á imitarlo. Figuraron en este período 
Perilio, autor del toro de Falarias; Ctecilia, del 
gladiador moribundo, que se admira en el Museo 
Gapitolino; Carete, del coloso de Rodas; y Apolodo- 
ro y Táurico hermanos, autores del toro Farne- 
ció."* 

Al hablar de los célebres escultores griegos, no 
pueden omitirse los nombres de Praxiteles, de 
quien se conserva un sátiro y un cupido, reputa- 
dos como obras de un mérito indisputable, y de 



—65)— 

S copas, tan afamado por sus trabajos en el templo 
de Diana enEfeso, y en el famoso mausoleo man- 
dado construir por la reina Árterjiisa, así como por 
su Venus y que tiene el primer lugar entre sus obras. 
El grupo de Laocoon, que se considera como un 
trabajo acabado, fué becho por Agesañdro, PoUdo- 
ro y Athenodoro\ la Vé^ius de Médicis se atribuye 
á Cleomeneo, hijo de Apollodoro; es desconocido el 
autor del Apolo de Belbedere. 



§5. 



Entre los israelitas, á pesar de lo inflexibles que 
eran en punto á estatuas, según Tácito (1), pues no 
las sufrían en sus ciudades, y ni la consideración 
á sus reyes, ni el respeto á sus emperadores, eran 
capaces de obligarlos á recibirlas (2) , por lo cual 
mucbos dicen que no babia entre ellos escultores, 
vemos, sin embargo ;, que fundieron el becerro de 
oro, que en los extremos de la Arca de Alianza bizo 
Moisés colocar dos querubines de oro, y que en la 
construcción del Tabernáculo, Besciliel y Olidb fue - 
ron escojidos para inventar y ejecutar todo lo que 
el arte puede hacer con el oro, la plata, el bronce, 
el marfil, las piedras preciosas y diferentes made- 
ras (3). 

(1) Tácito. Hist., 1. b. 

(2) Orígenes, 1. 4, contra celsum. 

(3) Éxodo, 31—1. 



—66— 



§6. 



Los etruscbs fueron copistas de los egipcios. Por 
eso las posturas de sus figuras eran siempre dere- 
chas, forzadas y toscas, con los brazos y piernas 
inmobles, carácter común á los primeros ensayos 
del arte en todos los pueblos faltos de instrucción 
y de instrumentos (1). La disposición de los paños 
ó vestiduras era siempre austera, fieras las actitu- 
des de los hombres y de las mujeres, las articu- 
laciones y los músculos se presentan con exagera- 
ción. La energía era el carácter distintivo de la es- 
cultura etrusca, como la belleza lo era en la grie- 
ga. En sus obras se encontraban, sin embargo, 
cosas que admirar: su escultura guardaba un me- 
dio entre la de los egipcios y la de los griegos; bas- 
tante conocida es la belleza de sus vasos. 



§7. 



Las estatuas de los godos adolecían de muchos 
de los defectos de las de los egipcios, con los bra- 
zos colgando á lo largo del cuerpo, y las piernas y 

(\) D'Aguincourt. Stoná dell arte col mezzo dei mo- 
numenti, yol 3. pag. 15, 



—67— 

pies uno contra otro, sin gesto, compostura ni ele- 
gancia. 



§8. 



Entre los romanos la escultura era una mezcla 
de estilo griego y etrusco. Sus primeros ensayos 
fueron imperfectos, careciendo por mucho tiempo 
de estilo propio. Eran sus estatuas al principio de 
tierra, pintadas de un color rojo. Sus obras de es- 
cultura no comenzaron á llamar la atención sino 
cinco siglos después de la fundación de Roma. Apro- 
vechándose do los conocimientos de los pueblos 
que conquistaban, supieron producir obras dignas 
de los modelos que se habian propuesto imitar. 
Llaman mucho la atención en el Museo del Vatica- 
no la estatua de Apolo y una cabeza de Nero7i^ lo 
mismo que en el Capitolio una cabeza de Pojypea 
y la estatua de Agripina. La cabeza de Adriano 
de la colección Borgliese, y el Antínoo que se vé 
en la villa Mondragone cerca de Frascati, son obras 
notables del arte. Hemos visto en los tiempos mo- 
dernos á Miguel Ángel reproducir con el cincel los 
rasgos inmortales de las obras déla más bella épo- 
ca de Grecia. Existen en los Museos otras obras 
antiguas de reconocido mérito, y algunos sarcó- 
fagos, tales como el que se creo que contuvo el 
cuerpo de Santa Elena, y el que está ala entrada 
dei Vaticano, que se presume ser de una hija de 
Co7istantino el Grande. Estos sarcófagos son de 

ESTUDIOS — TOMO II — 1 1 



—68— 

un trabajo acabado, por las bajo relieves, que dan 
á conocer todos los adelantos que en aquellos tiem- 
pos babia hecho la escultura. El Apolo de Selbe- 
dere, que cuenta más de tres siglos de estar en el 
Museo Vaticano, presenta según Winkelman la más 
sublime belleza ideal (1). 



§9. 



En todas esas naciones, la idolatría contribuyo 
mucho á los progresos de la escultura. Puede de- 
cirse que nació con ella, pues toca con la más re- 
mota antigüedad , con la época de Abrahmn y de Ja- 
coi, en que el culto de los ídolos ya estaba exten- 
dido en los pueblos del Asia y del Egipto. Esta 
antigüedad se encuentra apoyada en el testimonio 
de la Escritura (2), y de varios autores profanos 
como Herodoto (3) y Diódoro (4). Tosca y grosera 
era al principio: el ídolo de Juno, tan reverencia- 
do entre los argivos estaba hecho de un trozo de 
madera, rudamente labrado, según Pausanias (5); 
no obstante, la historia también nos habla de los 
presentes que Eliezer ofreció á Rebeca, de la arca 

(1) Storia dell Arli, 1. X, chap. 5. 

(2) Éxodo, cap. 20, v 4. — Josué, cap. 24, v. 14. 
(e) Herodoto, 1. 2, n. 4, ^ págs. 3 y 149, 

(4) Diódoro,]. 1, págs. 19 y 63, 1. 2, págs 122 y 123. 

(5) Pausanias, 1. 2, cap. 19. 



—69— 



de alianza, del palacUum de los troyanos, y otras 
obras que dan más aventajada idea del estado del ar- 
te en aquellos tiempos. 



§ 10. 

Pero así como hablando de la arquitectura del 
Palenque no quise ponerla en parangón en punto 
á belleza y perfección con los edificios de Atenas ni 
de CorintOj ni con las obras maestras de Grecia en 
iiQVír^o á.Q Per íclcs, así me guardaré mucho al ha- 
blar de su escultura, de citar los trabajos acabados 
de Fídias y de Policleto, ni de la perfección del ar- 
te, como aparece bajo los pinceles de Zeuxis y Par- 
rosto. Para buscar analogías de cuanto se ha encon- 
trado en el continente americano, no tanto debe 
ocurrirse á Grecia y á Roma, pueblos relativamen- 
te modernos donde las artes habían llegado á su 
mayor complemento, sino á otros más remotos, que 
tocan más de cerca las primeras edades del mundo. 
Juzgando, sin embargo, por las obras de que se ha 
hecho mención encontradas en las ruinas del Pa- 
lenque, se nota que no son el resultado de la escul- 
tura en su infancia, sino ya bastante adelantada, 
con el auxilio de otras artes y procedimientos que 
deben haberla precedido. 

Sus figuras son en efecto, perfectas, sus propor- 
ciones exactas, su actitud noble y desembarazada/ 



—70— 

animada su expresión, manifiesto el intento del 
artista, y conocida su habilidad hasta en los más 
pequeños detalles. Es superior la escultura palen- 
cana á la egipcia (1), y superior á los primeros en- 
sayos de muchos pueblos del Asia y de Europa. 
Ella indica que los conocimientos que poseían los 
palencanos en este ramo, ó los hablan adquirido 
de alguna nación ya muy adelantada en la carre- 
ra déla cultura, ó eran debidos á sus propios esfuer- 
zos, lo cual probaria larga existencia, pues no se 
llega rápidamente á la perfección. Los progresos 
en las ciencias y en las artes son el resultado de 
repetidos ensayos, de un conjunto de circunstan- 
cias favorables, y en suma, la obra lenta del tiem- 
po. Los defectos é imperfecciones de las obras de 
los griegos no comenzaron á correjirse sino trescien- 
tos años después del arribo de Cecrops y las prime- 
ras colonias egipcias y fenicias. En las figuras de los 
palencanos se descubren rasgos atrevidos de per- 
fección, hay en ellas vida y movimiento, almenes 
cuanto es posible en esa clase de trabajo; sus par- 
tes son no la imitación imperfecta que se contenta 
con seguir los contornos de un objeto, sino la que 
expresa lo más notable, lo que el ojo ejercitado y 
la mano hábil de un artista saben únicamente tra- 
zar. 
Si todo esto se descubre .en los bajos relieves del 



(1) Dupaix encuentra alguna semejanza en la actitud, 
contornos y- aspecto de las estatuas del Palenque con 
las egipcias, 2°"*® expedition, 63. 



—71— 

Palenque y Ococingo, es forzoso concluir que el di- 
bujo, el grabado en hueco, la cinceladura en ma- 
dera, y otros procedimientos que á éstos han debi- 
do precederles, hablan llegado allí aun grado bas- 
tante adelantado, hasta producir las obras de que 
nos ocupamos. Esto se conocerá mejor haciendo 
un examen más detenido de ellas, que nos condu- 
cirá á las reflexiones y conjeturas á que natural- 
mente inclina sobre el pueblo que las ejecutó. 



CAPITULO XX. 



1 . Ángulo facial que distingue á las figuras del Palen- 
que: juicio que sobre esto han formado el barón de 
Humboldt y otros escritores: lo que expone Stephens: 
opinión de Kingsborough. — 2. Los cráneos, observa- 
ciones de Mr. Morton, Gamper yCramer: práctica de 
los indios de amoldar la cabeza: juicio de Pintland y 
otros autores sobre los cráneos del Perú. — 3. Clasifi- 

' cacion de razas: trabajos de Gramer: sistema de Blu- 
membach^ de Linch. — 4. La raza americana. — o. Ca- 
racteres de los habitantes del Palenque deducidos de 
las figuras que los representan: facciones de la ca- 
ra. — 6. Rasgos distintivos de la raza americana según 
el B. de Humboldt: calificación de Mofras. 



§1- 

Uno de los rasgos, que más distinguen las figu- 
ras del Palenque de las de los pueblos conocidos, 
es el aplastamiento del hueso frontal ^ hasta formar 
un ángulo facial de cerca de cuarenta y cinco gra- 
dos^ según Stephens (1). Midiéndolo desde la co- 
ronilla hasta la extremidad de la nariz, describe 

(1) Stephens. lucidenls of travel etc., tom. 2, cap. 16. 



—74— 

una curva, que equivale á la cuarta parte deL cír- 
culo (1). Tal singularidad ha hecho creer al barón 
de Híimholdt y á otros autores, que han fijado en 
esta circunstancia su consideración, que la raza de 
los habitantes del Palenque era distinta de todas 
las conocidas en el mundo (2). El mismo" autor ha- 
ce mención ¿e la costumbre que habia entre mu- 
chos de los habitantes del Nuevo Mundo, de aplas- 
tar, comprimiendo entre almohadas y tablas de ca- 
beza, la frente de los niños (3). Warden cree po- 
der explicar esta costumbre, consultando la histo- 
ria del Asia y como originaria de esta región. En 
Constantinopla se preguntaba, inmediatamente des- 
pués del parto, qué forma se deseaba que se diera' 
á la cabeza del recien nacido (4). Hipócrates decia 
que ningún pueblo tenia la cabeza más larga (ma- 
crocéfalo) que una nación establecida cerca del 
Ponto-Euxino. Los capadacios venidos de Arme- 
nia^ eran macrocéfalos. 

Gongetura Stephens, que ese ángulo facial, tan 
marcado en los palencanos, proviene del mismo 
procedimiento, que empleaban loschactaws.yotros 
indios, comprimiendo y aplastando la cabeza de los 

(1) Dupaíx, S^'"^ expedition, n°*27y 28.— Charles Far- 
cy. Discours, ele. 

(2) Humholdt. Vuedes cordilleres. — Dupaix, lugar ci- 
tado. 

(3) Humboldt. Viaje á las regiones equinoxiales del 
Nuevo Mundo, tom. 4, lib. 6, cap. 25, pág. 110. • 

(4) Revista enciclopédica, palabra crdnmm. 



—7»— 

niños (1), aunque es preciso advertir que, áapesar 
de esta práctica, los chactaws no se parecian á las 
figuras del Palenque, que han dado ocasión al exa- 
men de los naturalistas. Mofras dice que tenian 
también esa costumbre los del Perú, el Brasil y los 
caribes de las Antillas (2). Se asegura también lo 
mismo respecto de algunas tribus de la Carolina y 
de Nuevo México (3). 

Sobre esta materia es digno de notarse lo que se 
lee en la obra de antigüedades de Lord Kinsbo- 
rotigh. «La fisonomía de estas figuras, dice, es 
muy peculiar y notable^ no es europea, ni africana 
ni traemos á nuestra memoria facciones de alguna 
nación de la antigüedad, cuyos bustos de mármol, 
bronce, ó pórfido, tales como aquellas con que los 
egipcios construían sus obras importantes, nos ha- 
yan dado conocimiento. Parecen ser asiáticos, pe- 
ro la vigorosa estatura, y grandes narices de esta 
tribu no prueba que ellos procedan de algunas de 
las regiones del Norte, tales como los tártaros 6 
Kamchatliüs , y algunos adelantan hasta ¡Sangalien 
y las islas del Norte del Japón, para descubrir los 
antepasados del pueblo que en edades más remotas 
colonizó á Yucatán, ni tampoco so parecen á los 



(1) Slephens. lacidenls of Iravel in Ghiapas, etc., 
lom. 2, cap. 16. 

(2) Mofras. Exploration du territoire derOregon, ded> 
Galifomies, etc., tom. k, cap. 11. '•' 

(3) History of American indianbyAdair. Dr. Scoules. ' 
Zoological Journal, vol. 4, pág. 304. 

ESTUDIOS — TOMO II — 12 



—76— 

chinos, ni á los del Hindostán. La Asia, pues, de 
este cabo del golfo de Persia, yquizá la región de 
Palestina, fué la colmena de donde vino ese en- 
jambre á inundar á América con inauditas super- 
ticiones, y á enlazar con las sencillas tradiciones de 
los indios la historia osoura de sus propios anales 
fabulosos.» 



§2: 



El examen de los cráneos, su forma y otras va- 
riedades que presentan, han ocupado la atención 
de muchos hombres eminentes. Tres son los mé- 
todos de investigación que se han puesto en prác- 
tica: el de Ca^nper examinando y midiéndolas fa- 
ces laterales; el de Blumeniach observando el con- 
torno y la extensión del arca, vista la cabeza por la 
parte superior, colocadoel ojo á alguna distancia de 
la coronilla; y el de OwenViQuáo los cráneos por aba- 
jo, después que se ha separado la mandíbula infe- 
rior. De este examen han resultado varias obser- 
vaciones, á que hubieron de darse diversas aplica- 
ciones; una de ellas es la que expresa Cramer de 
la manera siguiente: «El carácter fundamental 
sobre que se apoya la distinción de las naciones, 
puede hacerse sensible á los ojos por medio de dos 
líneas rectas, la una desde elmeato auditivo á la 
base de la nariz; la otra tangente hacia arriba, ala 
salida de la frente y hacia abajo en la parte más 



—77— 

prominente de la mandíbula superior. El ángulo 
que resulta del encuentro de estas dos líneas, vista 
la cabeza de per^l, constituye, puede decirse, el 
carácter distintivo de los C7'dneos, no solamente 
cuando se comparan entre las diversas especies de 
animales, sino también cuando se consideran las 
diferentes razas humattas.y) La belleza comparativa 
del europeo sobre otras razas la bace consistir es- 
te autor, en la diferencia que existe en e\ ángulo de 
la cabeza, pues las del negro africano y elkalmu- 
co presentan un ángulo de setenta grados, al paso 
que en la cabeza de los bombres de Europa el án- 
gulo es de ocbenta grados; haciendo depender la 
belleza absoluta de algunas obras de la estatuaria 
antigua, como en la cabeza de Apolo y de Medusa 
de Suocles, de la abertura aún más grande del án- 
gulo. 

Mr. Morton es de los que con mayor esmero 
ha aplicado toda su atención á esta materia. En 
cuatrocientos cráneos de las tribus septentrionales 
y meridionales de América que examinó, resultan 
ciertos rasgos de conformidad, aplicables á las na- 
ciones antiguas y modernas de nuestro continente, 
como consta de los cráneos de los cementerios pe- 
ruanos, de las tumbas mexicanas y de los túmulos 
déla América del Norte. Esto bastaría por sí solo, 
aun cuando no se tuvieran otras constancias, para 
formar un sistema y constituir una" raza distinta 
délas demás, ó que, en el curso de los tiempos ha 
tenido grandes modificaciones respecto de la pri- 



—78— 

mera, que haya servido de tronco y de donde trai- 
ga su procedencia. 

Comparando la descripción que hace Mr. Mor- 
ton (1) con lo que resulta de la simple vista délas 
figuras del Palenque, se observan ciertas diferen- 
cias que corroboran el juicio que se ha emitido 
acerca de ellas, ó que por lo menos lo dejan vaci- 
lante é indeciso; pues no aparecen ni esa redondez 
tan marcada del cráneo, ni los huesos salientes de 
las mejillas, ni anchas las ventanas de la nariz, ni 
otras particularidades que hace notar. 

Respecto de la modificación del ángulo facial, 
expone también la práctica que ha prevalecido en- 
tre muchas délas tribus aborígenas, lo mismo que 
en México, en el Perú, en las islas Caribes, el Ore- 
gon, y algunas de las tribus que antes se hallaban 
establecidas á orillas del golfo de México, de amol- 
dar la cabeza, dándole formas caprichosas con los 
procedimientos de que hacian uso al efecto. (2) 

Los natcliez desde tiempo inmemorial aplanaban 
la cabeza de sus hijos, de que resultaba la defor- 
midad de una prolongación del cráneo hasta ter- 
minar en una punta. Los chacfaws le daban la mis- 



il) Phisical type of the american indians by George 
Morton. Inserto en la obra titulada Historical and sta- 
tiscal information respecting the history, condition, and 
prospectus of indian tribes. 

(2) Morton Phisical typs etc. — págs. 323 y sig. 



—To- 
ma forma. Igual costumbre tenían los waxsarvs, 
(1) los miiskagees ó creelis, los caéawha, los atéa- 
capas, chatsaps, Mllemoolis , cMcMtalis , kalapoo- 
yahz j otros. 

Pinlland, Fiedemann, Tchudi y Knox opinan 
respecto de los cráneos peruanos, que estas defor- 
midades ó conformación de la cabeza no provenían 
del arte, sino de alguna peculiaridad original ó 
congenital. Este fué también el sentir de Mr. Mor- 
ton al publicar su Cránea americana^ pág. 38, y 
le hizo creer en una raza más antigua que las tri- 
bus incas, pero varió de concepto al examinar una 
serie de cráneos sacados de las tumbas del Perú, y 
los estudios posteriores que hizo. 

El resultado que Mr. Morton obtuvo en sus ob- 
servaciones fué en los más casos un ángulo facial 
de 76 I grados, la medida más baja de 70 y la más 
alta 36 grados, en todos los cráneos examinados; 
pocos pasaron de 80 grados y muchos menos de 
73° (2). 



§3. 



Para clasificar la especie humana, ó investigar 
las razas diferentes que pueblan el mundo, se han 

(2) Lawson. Ilistory of Carolina, pág. 33. 
(1) Mortoa Phisical typs etc., pág. 331. 



—so- 
propuesto, varios sistemas. Unos han lomado por 
base el tinte del cutis y el color del pelo, otros co- 
mo Powuall (1) sugirieron la idea de observar la 
configuración del cráneo, que Cramer la redujo á 
ciencia, tomando el ángulo facial por criterio. (2) 

Blume7ibach^ que sobre esto hizo un estudio de- 
tenido, divide las razas en tres clases: la circacia- 
na, central ó blanca; la etiópica negra; y la mon- 
gólica amarilla, tomando por base la figura del 
cráneo y el color de los cabellos, del cutis y del 
iris del ojo. Mr. Lincli solo admite tres razas pri- 
mitivas, la de los mongoles, malais y america- 
nos. (3) 

La raza americana ha sido clasificada por algu- 
nos entre la malesa, otros Ja consideran como una 
degeneración de la etiópica y mongólica. Bory de 
Saint Vicent la enumera entre las especies de la 
australiana. (4) l)esmoulÍ7is forma de ella una es- 



(1) Nueva colección de viajes. Londres, 1763, tom. 2, 
pág. 73. 

(2) Disertación física sobre las diferencias reales que 
presentan las fisonomías en los hombres de los diver- 
sos países. Wrech, 1751. 

(3) Mr. Linck Der Urwelt. 

(4) Diccionario clásico de hist. nat., tom. 7, París, 
1835. 



—81— 

pecie particular. (1) Lesson la reputa como una 
rama de la hiperboria ó esquinal. (2) Klaproth no 
la admite como raza distinta. César Cantil cree 
que «las variedades de la especie humana no son 
« más que alteraciones causadas por el clima, por 
« el modo de vivir, y por resultas de enfermedades 
« esporádicas que han llegado á hacerse heredila- 
«rias,» (3) y que no provienen por consiguiente 
de diversidad de origen. 

Gran variedad de opiniones se nota sobre este 
asunto. Camper funda su sistema en las lineas fa- 
ciales, que combate Omeyi, Blumenhach en su Nor- 
ma verticalis, al que se oponen algunas obj ede- 
nes, lo mismo que al de Mor ton. Prichard, (4) al 
ver la deformidad que presenta la diversidad de 
razas las reduce á dos categorías, la Vella y Id^fea. 
Golineau, que en su magnífica obra (5) se propu- 
so examinar la cuestión, las reduce á tres solamen- 
te^ la blanca, la negra y la amarilla, sin tomar la 
car?iac¿o?i^ov rasgo distintivo, designando bajo el 
nombre de blancos la raza caucasa, semítica, ja- 
phética, llama negros á los chamilas y amarillos 
ijawies) la rama altaica, mongol, finesa y tárta- 
ra; tales son, dice, los tres elementos puros y pri- 

(1) Historia natural de las razas Immanas — 1816. 

(2) lyianual de mammalogía, 1847. 

(3) Historia Universal. Parle 1, lib. 1, cap. 3. 

(4) Historie nalurelle de riiomme. 

(5) Essai sur i'incgalité des races huinaincs, Cliap. 12 
Paris, 1853. 



—82— 

mitivos de la humanidad, no reputando á los sal- 
vajes de América de piel roja ó cobriza, como un 
tipo puro y primitivo. En el continente america- 
no coloca, sin embargo, el sitio primordial de la 
especie amarilla. (1) La raza malaya la considera 
como el producto de laseangre negra mezclada con 
el tipo amarillo, (2) y los elementos fundamenta- 
les de la población europea [lejauoie et le hlanc) 
dice, que se combinaron muy al principio de una 
manera muy complexa, (3) concluyendo de todo 
que los indígenas de América son de raza mongo- 
la diferentemente afectada con la mezcla y a de ne- 
gros ó de malayos. (<i) 



§b. 



En las figuras del Palenque, exceptuando esa 
particularidad del ángulo facial tan notable, en to- 
do lo demás se advierten los caracteres de una ra- 
za bien formada, y de buena estatura. Las figuras 
están trabajadas con maestría, no solo por la regu- 
laridad y exactitud en las proporciones, naturali- 
dad en las actitudes, flexibilidad en los movimien- 



(1) Gobineau. Essai surrinegalités des races, chap. C. 

(2) ídem, idem, idem, tom. 2, lib. 3, chap. ü. 

(3) ídem, idem, idem, tom. 3, lib. 5, chap. 7. 

(4) ídem, idem, idem, tom. 4, lib. 6, chap, 7. 



—83— 

tos, y musculaciones, y viveza en la expresión, 
sino por la habilidad con que están labrados los 
adornos, y los varios ropajes, y atavíos con que es- 
tán cubiertas. Compréndese en todo la intención 
del artista por la naturalidad con que está eje- 
cutado. 

Examinando atentamente las facciones de la ca- 
ra, se nota que tienen las narices muy largas, 
los labios gruesos y entreabiertos, dos de las figu- 
ras, que se hallan á los lados de la escalera princi- 
pal del Palacio, con los labios á manera de los de 
la raza etiópica ó africana, y en algunos más regu- 
laridad, sin rasgo notable caraterístico; de modo 
que no se encuentra en ellas la belleza de la raza 
caucasa ó blanca, con su cabeza ovalada bien for- 
mada, su frente prominente y su barba más salida 
que la boca; ni la cara chata, y los huesos de los 
carrillos realzados de la raza mongola; ni la nariz 
aplastada y los labios gruesos de la raza etiópica: 
tienen caracteres peculiares, rasgos que les son 
propios, un tipo particular que los distingue de los 
demás, como lo tienen los edificios en que están 
esculpidas, de suerte que, si como es de creerse, se 
parecen en todo á los antiguos habitantes de aque- 
llos lugares, debe concluirse que formaban ima ra- 
za distinta, que se ha perdido en el silencio y as- 
pereza de esos bosques, por acontecimientos ente- 
ramente desconocidos. 



ESTUDIOS — TOMO 11 — 13 



—84- 



§6. 



Para complemento de esta materia, haré men- 
ción de lo que sobre la raza americana en general 
han dicho otros dos autores recomendables. 

Dice el harón de Humholdt lo siguiente (1): ((Se 
pueden dividir los naturales del Nuevo Mundo en 
dos porciones muy desiguaLes en número; pertene- 
cen á la primera los esquimales de Groeland, del 
Labrador, y de la costa septentrional de la bahía 
(iQRudsonj los habitantes del estrecho diQBeliering^ 
de la península de Alasha y del golfo del príncipe 
Guillermo. La rama oriental y la occidental de esta 
raza polar, los esquimales, y los tehuagazes están 
unidos por la más íntima analogía de lenguas, á pe- 
sar de la enorme distancia de ochocientas leguas 
que los separan, cuya analogía se extiende, según 
se ha probado de una manera indudable, hasta los 
habitantes del Nordeste del Asia, pues que la len- 
gua de los teliutclies en las bocas del Anadyr tie- 
ne las mismas raíces que la lengua de los esquma- 
les que habitan la costa de América opuesta á la 
Europa. Los teliutclies son los esquimales del Asia; 
su raza ocupa solamente el litoral, y se compone 
de itchiofagos, casi todos de una estatura menor 
\ 

(1) Viajes á las regiones equiuoxiales del Nuevo 
Mundo, tom. 2, lib 3, cap. 9, pág. Ib4. 



—85— 

que la de los demás americanos, vivos, volubles, 
y habladores; sus cabellos son negros, derechos, y 
aplastados; pero su piel es originariamente blan- 
quimosa, lo cual es muy caractcríslico en esta raza, 
que designaré con el nombre de esquimales tehuga- 
res. Es positivo que los niños de los groelandeses 
nacen blancos, algunos conservan su blancura, y 
aun en los más tostados se vé á veces aparecer el 
rojo de la sangre en las mejillas». 

«La segunda porción de los indígenas de la Amé- 
rica encierra todos los pueblos que no son esquima- 
les tehugares, comenzando desde el rio de Cook 
hasta el estrecho de Magallanes. Los hombres que 
pertenecen á esta segunda rama, son más grandes, 
más fuertes y aguerridos, más taciturnos, y ofre- 
cen también mucha variedad en su color. En Mé- 
xico, el Perú, Nueva Granada, Quito, en las orillas 
del Orinoco, del Amazonas, y en todos los puntos 
de la América meridional que he examinado, tan- 
to en las llanuras, como en las alturas Mas, los 
niños indios á la edad de dos ó tres meses tienen 
la misma tez bronceada que se vé en los adultos.» 

«En el Nordeste de la América, al contrario, se 
hallan tribus en las cuales son los niños blancos, 
y toman en la edad viril el color bronceado de los 
indígenas del Perú y de México.» 

Duflot de Mofras (1) dice: «Entre los indios de 

(1) Exploration du lerritoire de rOregon. de Galifor- 
nie, et de la mer Vermeille, tom 4, chap. 11. ^'^ 



—so- 
la cosía del Nordeste se encuentran dos razas dis- 
tintas: la del Norte que habita desde el estrecho de 
Beliering hasta las márgenes del rio Colombia, y 
la del Sur, que ocupa la región meridional del 
Oregon y la California hasta el rio Colorado y la 
Alta Sonora, La primera presenta más especial- 
mente el tipo asiático. Los indios que la componen 
son de talla mediana, tienen la cara ancha^ la fren- 
te deprimida, los juanetes del carrillo salidos, los 
ojos muy apartados y rasgados en forma de almen- 
dra, la nariz aguileña, la boca grande, y la barba 
terminando en punta. La segunda se acerca más 
al tipo europeo. La talla de estos indios es más ele- 
vada, tienen la frente más derecha, y el ángulo fa- 
cial más abierto; solo en un número, los labios 
y la nariz son lijeramente achatados. La raza 
meridional es aún más negra que la del Norte, pe- 
ro su mezcla aunque más oscura, no tiene nada 
de lo brillante que distingue á las naciones africa- 
nas, y no podria compararse mejor que álos tintes 
mates producidos por la aguada ó tinta negrusca. » 



CAPITULO XXI 



1-. Vestidos de las figuras del Palenque: el de los hom- 
bres: su comparación con los usados en las naciones 
antiguas: el de las mujeres: comparación con las de 
la antigüedad. — 2. Descripción de los diversos tra- 
jes que usaban los habitantes de esta parte del con- 
tinente americano: traje militar del rey: vestido or- 
dinario y común del pueblo: el de los ricos y perso- 
nas de distinción: el de los jefes aztecas: el de Moc- 
tezuma: el usado por los Toltecas 5 Ghichimecas: el 
de los chibchas. — 3. Vestidos usados en varias na- 
ciones de la antigüedad. — 4. Semejanzas: diversos 
trajes de los indios de Ghiapas. — 5. Conjeturas sobre 
las telas que usaban en estos vestidos: antigüedad de 
los tejidos de lino: cultivo "del algodón en América: 
tejidos de Gholula: uso de la seda: la lana, su anti- 
güedad y uso en tiempo de los patriarcas: datos de 
Clavijero sobre tejidos: uso que se hacia de las pie- 
les. — 6. Observaciones que se deducen de lo ex- 
puesto. 



§1 



La mayor parto do las figuras que se encuen- 
trau en los bajos relieves del Palenque están ves- 
tidas. Aun las que parecen desnudas, llevan cu- 



--88— 

bierta alguna parte del cuerpo, como lo exigen el 
pudor y la decencia. Las diferencias bien marca- 
das que se notan en los trajes, hacen que por ellos 
puedan conocerse los dos sexos. 

Por lo regular el vestido de los hombres consta 
de varias piezas: una que llevan muy ajustada al 
cuerpo, como lo indican el remate- de las mangas, 
el que se descubre en los tobillos, y los pliegues 
que forma en algunas partes, á manera de una 
camisa, y pantalones muy pegados á la piel; otra 
que cubre la cintura, á manera de brial, ó una es- 
pecio de faldellin corto, cargado de bordados, cor- 
dones, ú otros adornos, atado á la cintura con un 
cingulo; y un jubón, ó cota que les cubre el pecho 
y la espalda, más ó menos, con adornos sencillos, 
ó sin ellos. 

Este traje es vistoso, pero pocas analogías pue- 
den sacarse de él; pues no se parece ni al cluni- 
dion y túnicas que llevaban los babilónicos, ni á 
la toga y túnica de los romanos, (1) con ninguna 
de las alteraciones que tuvo, pues era ancha, sin 
mangas y talar^ (2) y los romanos tampoco cono- 
cieron los calzones, abrigando sus muslos y pier- 
ñas, en lugar de ellos, con fajas ó tiras de lien- 
zo. (3) 

(1) Los magistrados llevaban la toga pretesta y los 
senadores el clavicm. 

(2) Gacciatore, Atlante Storico, pág. 165. 

(3) Suet. Aug. 82. — Octavius Ferrarius de re vestia- 
ria, lib. 1, cap. 3 y 6. 



—89— 

Tampoco se parecían ni á la epltatile (1) ni al 
diploís, que era una especie de capa, ó la kena (2) 
ni al -polliuin de los griegos, ni á la túnica y man- 
to de los hebreos, al had y al schesh de |que habla 
Moisés, (3) ni á la calasiris de los egipcios, (4) 
aunque es á lo que más se acerca el traje de esas 
figuras. Formaba un estilo particular, y no hay 
en ellas rasgos de identidad, que nunca podrá cons- 
tituirla el uso del cingulo, por ejemplo, que es co- 
mún á los habitantes de muchas naciones de la 
antigüedad. En los viajes ó en campaña lo lleva- 
ban los hebreos sobre la túnica: el de los grandes, 
ricos, y especialmente el délas mujeres^ eran pre- 
ciosos y magníficos. «Los de los sacerdotes eran 
largos y anchos, de un tejido precioso y de muchos 
colores, semejantes á los que traen hoy los orien- 
tales.» (b) 

No hay indicio de que en el Palenque, sus ha- 
bitantes se vistiesen de pieles, como lo hacían los 
persas y los galos, (6) los scitas (7) y los etiopes, 

(1) Esta especie de capa ó manto servia para envol- 
verse, como se vé eu la estatua de Perseo; los guer- 
reros lo llevaban envuelto en la mano, según Polux. 

(2) Gacciatore. — Nuevo Atlante, pág. 165. — Oetavius 
Fcrrarius de re vestiaria, lib. I, cap. 3y G. 

(3) Levílico XVI. 

(4) Ilerodoto, lib. 2. cap. 21. 

(5) Biblia de Vence. Disertación sobre los antiguos 
vestidos hebreos, tom. 12, § 3, pág. 27. 

(6) J. César. Goment., lib. VI. 

(7) Justin., lib. 3, hist. Sénec, Epíst. 90. 



—90— 

constituyendo el traje ordinario de los profetas, 
aunque no faltan algunas fíguras que las llevan 
en aquellas ruinas, de la manera que se hará. no- 
tar después para deducir algunas conjeturas. 

El vestido de las mujeres no consta de tantas 
piezas. Solo consiste por lo regular en una cami- 
sa, que les cubre la parte superior del cuerpo; de 
la cintura para abajo un brial lleno de cordones, 
formando mallas y otros adornos, que lo hacen muy 
vistoso, atado á lá cintura con un cingulo bordado, 
cuyos extremos cuelgan con gracia por delante y 
á los lados. Tampoco en esta especie de vestidos 
se encuentran semejanzas, pues no se parece á la 
stola y manto que usaban las romanas, terminan- 
do en una larga cola, (1) asemejándose únicamen- 
te en ser unos y otros bordados con guarnición 
ancba abajo; (2) ni al ciólas que también usaron, 
ni á la túnica que llevaban como los hombres, 
porque en esas figuras el traje nace de la cintura 
á manera de enaguas^ aunque más estrecho que 
éstas, y lleno de adornos, haciéndole más vistoso 
el cintuTon ó faja con que le ataban, el cual usaban 
también las romanas, sin distinción de solteras y 
casadas; (3) ni al pephmi que en general usaban 
las griegas, (4) ni al airoso y elegante vestido de las 



(1) Cacciatore. Atlante Storico, pág. 303. 

(2) Adams. Antigüedades romanas, págs. 224 y 226. 

(3) Maro. XIV, Ibl. 

(4) Ov. Amor, 1, 7, 46. Cacciatore. Nuevo Atlante, 
pág. 105. 



—91— 

Ateniensas (1) ni al extremadamente sencillo y sin 
adornos de las esparciatas; (2) ni á la. palla de ]os 
latinos; ni á la túnica con que se cubrían las mu- 
jeres del pueblo de Israel que tenian mangas y ga- 
lones en el remate; (3) ni, en fin, al de las otras 
naciones conocidas. El adorno de cabeza no érala 
stephana ó corona griega, ni el opisthosphe7idone 
de que haiblan Aristófanes y Polux^ (4) y descri- 
bió Eustacio. (o) Son, en fin, tan peculiares los 
trajes de esa raza desconocida, y tan generales los 
ra sgos de semejanza, que de ellos Jio puede sacar- 
se ima conjetura fundada. 



§2. 



Danos noticia Clavijero de los diversos trajes 
que usaban los habitantes de esta parte del conti-' 
nente americano. El traje ^militar de un rey me- 
xicano era una armadura con ciertas insignias, 
unas medias botas, cubiertas de planchuelas de 
oro paralas piernas, llamadas coj¿?/¿w¿í^Z;» en los 
brazos adornos del mismo metal, ó braceletes de- 



(1) BartbGlemy. Viaje de Anacarsis, 1. 2, c. 20, pág. 
297. 

(2) ídem, idém, idem, tom. 4, cap. 48, póg. 176. 

(3) Biblia de Véucí?. Üiserlacion sobre los vestidos de 
los antiguos hebreos, lom. 2, § 2, pág. 25. 

(4) IV, 96. 

(5) V, 7. 

ESTUDIOS — TOMO H — 14 



—92— 

nominados matemecatl; pulseras de piedras pre- 
ciosas llamadas onatemecatli^ pulseras de piedras 
preciosab llamadas matzapestU\ una esmeralda en- 
garzada en oro en el labio inferior^ que se llama- 
ba tentatl\ pendientes de lo mismo para las orejas 
denominados nacoclitli\ una cadena de oro y pie- 
dras, esto es un collar, cozcopetlatl\ y en la cabe- 
za un penacho de plumas, que caian sobre la es- 
palda, "y era la principal insignia llamada qnacMe- 
tli (1). 

El vestido ordinario y común del pueblo se re- 
duela al majtlatl ó faja, y al timatli ó capa entre 
los hombres; al cueitl, ó enaguas, y buepilli, ó ca- 
misa sin manga entre las mujeres. Eran hechos 
de pita de maguey, palma de monte, ó tela de al- 
godón; el de los ricos era de esta tela más fina y de 
varios colores. 

Los que salieron en unión de varias partidas de 
indios al encuentro de los- españoles, al acercarse 
á Zempoala, y que parecían ser de las primeras fa- 
milias, «estaban cubiertos, dice Prescott, de túni- 
«cas de finísimo algodón, y de ricos colores, que les 
« bajaban desde el cuello, y entre la clase baja des- 
ee de la cintura hasta los tobillos. Los hombres ves- 
te tian una especie de capa á la morisca, y un ce- 
«ñidor ó cinturon. Tanto los unos como los otros 
« llevaban adornos de oro y sarcillos del mismo 

(1) Clavijero. Hist. Nal. de México, tom. 1, lib. 7, 
pág. 330. 



—93— 

« metal en las orejas y narices, que estaban tala- 
«dradas.» (1) 

Los jefes aztecas, dice el mismo autor, que sa- 
lieron al encuentro de Cortés cuando hubo de en- 
trar á México, «venian vestidos de gala, y según 
« el uso del país: traian maxtlatl, ó calzón de al- 
te godon en torno de la cintura, y una ancha capa 
« de la misma tela, ó de plumas, flotando gracio- 
« sámente sobre las espaldas. En el cuello y los 
« brazos traian collares, y braceletes de turquesas, 
« á veces mezcladas con plumas; y de las orejas, 
« del labio inferior, y aun de las narices, pendían 
« piedras preciosas, ó cadenas de oro fino.» (2) 

Los habitantes de la ciudad de México mostra- 
ban cierta superioridad en el modo de vestir res- 
pecto de los de las ciudades de orden inferior. «El 
tliiiíaiU, ó capa suspendida de los hombros y ata- 
da al cuello, hecha de algodón de distinto grado 
de finura, según las proporciones de su dueño, y 
el amplio calzón ceñido á la cintura, estaban ave- 
ces adornados con ricas y elegantes figuras, y guar- 
necidos de flecos ó borlas. Las mujeres vestían 
basquinas de diferentes tamaños, con flecos muy 
ricamente adornados, y á veces traian encima una 
larga túnica que les llegaba hasta los tobillos: en 



(1) Prescolt. Hist. de la conq. de México, tom. 1, cap. 
7, pág. 245. 

(2) ídem, ídem, ídem, tom. 1, lib. 3, cap. 9, pág. 403. 



—94— 

las clases altas estos vestidos eran de algodón fi- 
namente tejidos y hermosamente bordados. (1) No« 
se usaban allí como en otras partes de Anáhuac 
velos de hilo de maguey, sino que llevaban la ca- 
ra descubierta con el pelo suelto, flotando sobre las 
espaldas. 

Hablando del traje de Motezuma, emperador de 
México, dice el mismo Prescott, que «vestía la ga- 
llarda y ancha capa cuadrada llamada tilmatli^ de 
algodón finísimo con las puntas bordadas y anuda- 
das al cuello: unas sandalias con suelas de oro y 
con los cordones que las ataban á los tobillos, tren- 
zados con hilo del mismo metal, defendían sus 
pies. Tanto la capa, como las sandáfias^ estaban 
salpicadas de perlas y piedras preciosas, entre las 
cuales se hacían notables la esmeralda y el chal- 
cMvitl, una piedra verde, la más estimada entre 
los aztecas. Su cabeza no traíanlas adorno que un 
fenaclw de plumas verdes, que flotaban ó pendían 
hacia atrás, insignia más bien que regía, propia 
de los guerreros.» (2) 

Estas indicaciones de Clavijero y de Prescott 
se vén comprobadas con lo que respecto de trajes, 
vestidos y adornos, se encuentra diseminado en 
las obras de los autores que se han ocupado de las 

(1) Prescott. Hist. de la conq. de México, tom. 1, lib. 
■ 4, cap. 2, pág. 447. 

(2) 'Prescott. Hist. de la conq. de México, tom. 1, lib. 
3, cap. 9, pág. 404. 



—95— 

cosas de América. El vestido de los hombres de 
condición ordinaria entre los tol tecas, consistía, 
según el abate Brasseur de Bourhourg, (1) en un 
taparabo, ó pequeño calzoncillo, y en una capa, 
ó manto de algodón. En tiempo de frió se ponian 
una túnica sin mangas, que les bajaba hasta la ro- 
dilla. Su calzado eran unas sandalias de nequen. 
Las mujeres usaban un huipilj ó camisa de man- 
gas cortas hasta más abajo de la cintura, y enci- 
ma una enagua ajustada, más ó menos larga á su 
gusto. Guando sallan se cubrían con un manto, 
fondo blanco, adornado de dibujos de todos cqIo- 
res, que les llegaba hasta más abajo de los ríño- 
nes, con una especie de capuchón á la morisca, 
llamado iorquezal. (2) 

Los sacerdotes estaban vestidos de ropa Mga 
negra hasta arrastrarla, con el pelo largo y tren- 
zado, caido sobre la espalda; solo se calzaban para 
salir. 

Los reyes se vestían unas veces de blanco y otras 
de un amarillo oscuro con franjas de mil colores. 
Sus calzoncillos y túnicas bajaban hasta las rodi- 
llas. Las suelas de sus coturnos eran de oro. Se 
adornaban con collares, pendientes de oro y pie- 
dras preciosas y otras joyas. Teman en sus pala- 
cios para recrearse vastos jardines, bosques, árbo • 

(1) Historie des nalions civ-ilisées du Mexique, tom. 
1, lib. 3, chap. 2. 
{2} Ixtlixochitl. Ilist. 4. Relación. 



—se- 
les de toda especie, aves y animales diversos. No 
podian tener más que una mujer, ni volverse á 
casar. 

De los chichimecos y teo-chichimecos, dice el 
abate Brasseur de Boiirhourg^ antes citado, que se 
vestían de pieles leonadas con el pelo fuera en el 
estío, y por dentro en el invierno, á fin de garan- 
tirse contra el frió. (1) En las gentes ricas estas 
pieles eran curtidas, ó adornadas con arte. Usaban 
también telas de neq^ieti. Los j.efes se vestían con 
piel entera de animal, sir^iéndosede la cabeza como 
de un casco, con la cola tirada liácia atrás hasta 
los ríñones, lo cual les daba un aspecto formidable. 
De una oreja á otra se ponían una gran diadema 
de plumas en forma de abanico sobre lo alto de la 
fre'hte^ con un penacho que caia hacia atrás, como 
una cola de pájaro entre las espaldas. El casco es- 
taba adornado algunas veces de un esj) ej o pequeño \ 
otros lo llevaban en la cintura, otros atrás para 
que pudieran mirarse en él los que los seguían. Usa- 
ban también como adornos piezas de metal ruda- 
mente trabajadas, piedras finas, y collares de wam- 
pum ó Conchitas; los más ricos tenían braceletes, 
y otras alhajas artísticamente cinceladas. 

Entre los neo-granadinos los chihchas usaban 
uua especie de túnica de algodón hasta poco más 
abajo de la rodilla, y unos mantos cuadrados^ que 



(1) Hisioire des nations civilisées du Mexique, tom. 
2, lib. 6, chap. 1. 



—97— 

les servían de capa, con nn casquete de piel de ani- 
males feroces, con plumas en la cabeza. En clase 
de aderesos usaban medias lunas de oro y plata so- 
bre la frente, braceletes de cuentas do piedi^a ó hue- 
so y además adornos de oro en las narices y orejas. 
Se pintaban el rostro y el cuerpo con achiote {lexa 
(rrellana) y jagua, que era un color negro de mu- 
cha duración. Las mujeres usaban una manta cua- 
drada en que se envolvían, atándola en la cintura 
con una faja ancha, y sóbrelos hombros otra man- 
ta más pequeña, prendida en el pecho con un alfiler 
de oro ó plata con cabeza como cascabel. Hombres 
y mujeres usaban el pelo largo, los primeros hasta 
los hombros y las segundas más suelto todavía (1). 



§3. 



Si d.e este examen pasamos al délos vestidos usa- 
dos en las varias naciones de la antigüedad, encon- 
tramos que los de los medos eran anchos y largos 
hasta arrastrarlos, con grandes mangas. Se deja- 
ban crecer el cabello, y llevaban en la cabeza una 
tiara ó especie de bonete puntiagudo (2) . 



(1) Uricoechea. Memoria sobre las antigüedades neo 
granadinas, inserta en el Boletin de geografía y estadís- 
tica, tom. 4, pág. 128. 

(1) Xenofonte, 1. 1, pág. 127.— Plutarco deFort-Aleí, 
págs. 329 y 330. 



—98— 

El vestido de los egipcios era sencillo. Los hom- 
bres llevaban una túnica de lino bordada, con una 
franja ^ue les llegaba hasta las rodillas y una es- 
pecie de manto de lana blanca (1). Las personas 
de distinción usaban trajes de algodón y col' ares 
preciosos. Pharaon hizo vestir á José con ropa de 
algodón, y puso en su cuello un collar de oro (2). 
La clase popular usaba generalmente por vestido 
una túnica corta llamada m/¿?52>e5, ajustada con un 
cinturon sobre las caderas, con mangas cortas á 
veces, guarnecidas de franjas en el vuelo (3) . Las 
mujeres usaban con la túnica anchos vestidos de 
lino ó algodón listados, blancos ó de color, con 
mangas, y en la cabeza, orejas y manos llevaban 
diadema, bucles y anillos (4). A^2><?/¿er refiriéndose 
á JDiódoro (b) dice que los atitiguos reyes de Egip- 
to tenian la costumbre de vestirse con las pieles de 
varios animales, como de toro, león, culebra etc., 
para conciliai:se el terror ó la admiración de sus sub- 
ditos, ó p'or cualquiera otra causa y razón miste- 
riosa. 

El traje primitivo de los griegos, era una túni- 

(Ij Génesis, c. 39, v. 12.— Heredóte, 1. 2,n. 37y 81.— 
Éxodo, c. 9, V. 31 . — Bianchini, storia univ. ps. 556 y 507. 

(2) Génesis, c. 41, v. 42. 

(3) Historia descrip. y piut. de Egipto por Ghampo- 
lion, iom. 1, pág. 359. 

(4) Gampolion, Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 1, pág. 270, 

(5) Edipo, cap. 16. — De Diis. Syrorum. 



—99— ■ 

ca muy larga, y un manto cogido'con un broche. 
El vestido de üUces^ según Homero (1), se compo- 
nía de un manto de púrpura bordado /y de una tú- 
nica de estofa muy fina. Los trajes de las mujeres 
eran muy largos, y desde los tiempos heroicos usa- 
ban adornos de oro, braceletes guarnecidos y are- 
tes de tres almendra?. 

Entre los Romanos la toga en los hombres, y la 
stola bordada y con ancha guarnición en las muje- 
res, era el vestido que acostumbraban (2). Los 
•primeros Uebavan sobre la" toga el galán cuando 
iban á los espectáculos, para preservarse del frio^^^ 
y cubrian su cabeza con el pileo. Usaron después 
debajo de la toga una túnica que les llegaba hasta 
las rodillas, con el cin turón ó ceñidor, {cingiihm, 
cintuSy zona, velhaltum ), y en los últimos tiera-' 
pos sobre la túnica llevaban la penula, especie de 
capa ó sobretodo muy corto y estrecho, con capu- 
cha (3) . Las matronas romanas usaban la mit'/'a, 
que era una faja con que rodeaban su cabeza (4). 
Llevaban también las mujeres- el a¿í^«r que ora 
un vestido redondo muj' corlo, y túnica y cintu- 
ron.(j). 



(í) Odisea, 19, v. 220. 

(2)- Adams, Antigüedades romanas, lom. 3, págs. 221 
y 220. 

(3) Suet, Ñero 48. Pliu. 24, Ivi. 

(4) Colee, de antigs. grieg. y rom. deGrevio y Groiio- 
vio, lib. 1 , cap. 

('ó) Juv, VI 258.— Suet, col. 52. 

ESTUDIOS — TOMO II — \'6 



—100- 



El vestido de los patriarcas consistia en una tú- 
nica con mangas largas sin pliegues, y una espe- 
cie de capa de una sola pieza (i). 



§ 4. 



LorH Kinshorougj citando al P. Oarcla (2), en- 
cuentra semejanza entre el vestido de los indios, 
especialmente el de los Peruanos con el de los Ju- 
díos, que consistia en una túnica, ó camisa pareci- 
da á una sobrepelliz, sin mangas, y sobre ella en- 
vuelto un manto; con sandalias en vez de zapatos. 
El cíngulo formó, según Gomara, por algún tiem- 
po, parte del traje de los indios. El mismo Lord 
KinshoroMg encuentra, que el teuctli ó corona se 
asemeja más al adorno de la cabeza de Aaraon, 
que á la mitra episcopal, pues no era más qué una 
lámina de oro, de seda ó listón, que usaban el rey y 
los sacerdotes. Observa también que los mexicanos, 
como los judíos, usaban franja y bordado al rededor 
del vestido, y cita un maníiscriío, en que se veia 
un sacerdote con vestido igual al su?no sacerdote 
de los judíos, el Ffod de lino, el pectoral y la guar- 
nición de granados; aunque vemos en varios au- 
tores que todos los sacerdotes de los hebreos usa- 
ban dos turneas, una superior, y otra inferior, que 

(1) Génesis, cap. 37, v. 31, cap. 9,v. 32, cap. 49, v. 11. 

(2) García, Origen de los indios, lib. 3, cap. 2. 



—101— 

el Efod^ que llevaban sobre el pecho^ era un teji- 
do de oro, y el racional consistía en doce piedras 
preciosas, en que estaba esculpido el nombre d^ 
cada una de las doce tribus^ y una plancha con 
las palabras urim y tummin, esto es, doctrÍ7ia y 
verdad. 

El sacien de los sellas era un vestido con man- 
gas, que les llegaba hasta las rodillas. 

Algunos hombres estudiosos creen ver rasgos 
de semejanza entre los trajes de los indios y algu- 
nas naciones antiguas de Oriente, entre otros el 
abate Brassetcr de Bourhourg, que es de los que 
más recientemente se han*ocupado de esta clase de 
investigaciones. «Examinando, dice (1), los tra- 
jes de uno y otro sexo en los bajos relieves que ador- 
nan todavía un gran número de ediñcios antiguos 
en Ghiapas, Yucatán y la América Central, se en- 
contrará generalmente una gran semejanza con 
los que todavía usan los indios de nuestros días, 
y una analogía también muy marcada con los de 
juchas naciones antiguas de Oriente. La estofa 
rayada de uno ó muchos colores, conque las mu- 
jeres se envuelven todavía al rededor del cuerpo 
ajustándola en la cintura, como una enagua, que 
baja más ó menos hasta la rodilla, se encuentra ser 
exactamente la misma que la que se vé en las ii7uí~ 
ge?ies de Isis y de las mujeres egi2)ciasy> . 

(1) Historie des Daiions civilisées du Mexique, tora. 2, 
chap. 2, pág. 67 y 68. 



—102— 

«En los (lias camunes se contentan cuando salen 
con cubrirse la cabeza con un velo, que desciende 
Imsta bajo del pecbo, y entonces la semejanza es 
fan sorprendente, que más de una vez nos bemos 
detenido para mirarlas, aunque durante mucbos 
años las bajamos tenido constantemente ante los 
ojos. En los dias de fiesta agregan á este traje, 
como en otro tiempo, una especie de túnica con 
mangas cortas y ancbas de una tela fina, adornada 
de dibujos y bordados diversos, que comienzan 
desde el cuello, y cuelgan un poco más bajo de 
la cintura.» 

«En los tiempos de su prosperidad se adornaban 
los brazos con braceletes con pedrería engastada, 
pendientes en las orejas, sortijas cinceladas con 
arte, y otras joyas no menos preciosas. Tenian 
los cabellos largos^ y peinados con mucbo esmero, 
y se adornaban la cabeza con un pedazo de estofa, 
cuya forma en un gran número de lugares recuer- 
da la ¿"«Z^^^^íí^^ er7?)?c¿(í)). 

«Las mujeres yucatecas eran generalmente her- 
mosas, y según uno de los historiadores de este 
país, (Gogolludo, Hist. de Yucatán) más agrada- 
bles y graciosas que las españolas: amaban los per- 
fumes y las flores, se untciban con esmero lodo el 
cuerpo, y se bañaban con frecuencia por gusto, y 
por limpieza » . 

Un campo más vasto presentan, alas investiga- 
ciones y juicio comparativo del homJ)re observa- 



—103— 

(lor, los diversos trajes que usan los indios del Es- 
tado de Ghiapas, en que se encuentran seme- 
janzas tan sorprendentes con los de los griegos, y 
otras naciones, que podian tomarse como un dato 
que contribuirla poderosamente á ilustrar muchos 
hechos históricos; pero la raza actual que puebla 
estos lugares no es descendiente de la que pobló las 
ruinas del Palenque, sino de las que emigraron de 
diversas partes del continente, mezcla de las que 
sucesivamente fueron dominando en él. Más ade- 
lante será esto quizá objeto de nuestro examen. 



§^;. 



No puede saberse la clase de telas que los anti- 
guos habitantes de estas ruinas emplearían en sus 
vestido^, pero juzgando por lo que presentan los 
bajos relieves, e| de creerse que fuesen de algodón, 
por los pliegues y ondulaciones que tienen, pues 
aunque los tejidos de lino eran conocidos desde la 
más remota antigüedad, especialmente por los 
egipcios (1), encuyopais, según Moisés, era culti- 
vada la planta desde tiempo inmemorial (2j, el al- 
.godon le precedió, y en América y en climas co- 
mo los del Palenque, su cultivo es conocido y fácil, 



(1) GhampoUon, Hist. de. se. y piat. de Egipto, tom. • 
l,pág. 298. 
(2j Galmet, tom. 2, pág. 351 y 3b3, tom. 7,páff. 144. 



—104-- 

y abundantes las cosechas qne de él sé levantan. 
Esto hace suponer que lo empleaban en fabricar 
lienzos á proposito para vestirse, y lo prueba el uso 
tan general que de él hicieron todas las razas que 
poblaron este continente, como los de Cholula, que 
sobresalían en hacer estofas de algodón y de hilo 
de maguey. Quién sabe si la seda también les fué 
conocida y usasen de ella en los adornos y vestidos 
de gala; pues nadie ignora que en la India se fabri- 
caban tejidos de seda, cuando ni aun noticiado ella 
tenian muchas de las naciones antiguas. Asegura 
Plinio que comenzaron á fabricarse en la isla de 
Coz (1); en Roma, no se conocieron hasta fines de 
la República (2) . 

La. seda que usaran podia ser ó de los capullos for- 
mados por los gusanos de seda, que en muchas par- 
tes de la India se criaban en las mismas moreras, 
ó del árbol que la produce, el cual no es difícil de 
encontrarse en los feraces bosques de Chiapas. Por 
lo menos yo he visto allí y en otros varios pun- 
tos de tierra caliente un árbol, que produce capu- 
llos como los del algodón, pero de una materia ex- 
tremadamente fina, y en el tacto aún más suave 
que la seda común. 

Nuda difícil es también que empleasen la lana,- 
tan conocida y usada por los pueblos de la antigüe- 
dad, quizá antes que el algodón. Bajo el gobierno 



(1) Plinio XI 22. s. 26. 

f2) Adams, Antigüedades romanas, tom. 3, pág. 261. 



—ios- 
patriarcal, los. pueblos de la Mewpotania y de la 
Palestina cuidaban de trasquilar sus ganados (I), 
de cuya lana y pieles se servían para usos domés- 
ticos, y á los hombres les fué prohibido por Pha- 
raon llevar vestidos tejidos de lana y lino (2) , lo 
cual prueba su antigüedad. 

Hago estas observaciones, porque las creo fun- 
dadas, á pesar de que respecto de algunas obra en 
contra lo que con relación á la tejeduría dice Cla- 
vijero: pues según él^ los habitantes de esta par- 
te del co atinente americano carecían de lana^ de 
seda común, y cáñamo, supliendo la lana con al- 
godón, la seda con plumas, el cáñamo con icjastl 
ó palma de montaña, y con diferentes especies de 
maguey (3). 

De las pieles hacian también uso para cubrirse, 
y se tenia seguramente en mucho el llevar las de 
algunas lleras, como leopardos, leones y tigres; 
pues era prueba de valor cubrirse con los despo- 
j os de estos animales feroces, que habían sucum- 
bido bajo la fuerza del hombre. Una de las figu- 
ras del Palenque, como se ha visto, tiene cubierta 
la cintura para abajo con una piel de leopardo, y 
otra lleva una de tigre en forma de casulla, y am- 
bas por sus atavíos indican ser personas de gran- 



(1) Génesis, cap 31, v. 9, y cap 38, v. 12. 13. 
("2) Deuteronomio» cap 22, v. 1 1 . 
(3) Clavijero, Historia Antigua de México, lib. 7, pájf. 
382. 



-106— 



de importancia. En la antigüedad hubo varios pue- 
blos que se vistiesen de pieles; Juvenal nos habla 
de los mansos, herm'cíos y vestimos (1). 



§fi- 



De todo esto se colije cuan distantes se halla- 
ban los Palen canos del estado primitivo, en que son 
desconocidas las prácticas comunes de los pueblos 
ya civilizados. Habitaban en palacios, y los ador- 
naban con obras de dibujo, grabado y pintura: 
cubrian su cuerpo, no con costras de árboles, ho- 
jas y juncos entretejidos, como íx&q^mva S t'radoéj 
Séneca, y otros autores de muchas naciones en su 
estado de ignorancia y de barbarie (2), ó con pie- 
les de animales casi sin preparación alguna, ó por 
lo menos muy imperfecta, como Lucrecio, Biódoro, 
Plutarco y Patisanias lo afirman de varios pueblos 
antiguos (3), y todavía se vé entre algunos salva- 
jes ó tribus errantes en América, sino con tejidos 
que les cubrian sus carnes, y les servia para pre- 
sentarse con gracia y elegancia: no eran vestidos 
rústicos y sencillos, sina de diversos cortes y figura, 

(1) Juvenal, XIV. 19o. ' * ' 

(2) Strabon, 1. ll,pág. 781.— Séneca, Ep. 90, pág. 406. 

(3) Lucrecio, 1. 6, v. 101 1 .— Diódoro, 1.1, págs. 1 2 y 28. 
]. 2, pag. 151.— Plutarco, tom 2,*pág. C46.— Pausa- 
nias, 1. 10, cap. 38.— Virgilio, Georg 1. 2, v. 383.— Mar- 
tina, Historia de la China, tom. 1, pag.20. 



—107— 

inventados por el gusto, y cargados de adornos y 
bordados. De manera que el arte de tejer, tan co- 
nocido entre los pueblos más cultos de la antigüe- 
dad (1), se bailaba entre ellos muy adelantado, y 
respectivamente lo estaban también el bordado y 
todas las demás que le son anexas. 

De aquí provienen los muchos y agraciados 
adornos de los trajes palencanos, inventados segu- 
ramente para distinguirse y atraerse el respeto y 
consideración de los demás. Aunque no es fácil 
por ellos solos juzgar con toda seguridad la clase 
á que pertenecen, puede conjeturarse por los ata- 
víos ó insignias de algunos, si son militares dis- 
tinguidos, ó si pertenecen á la clase sacerdotal, ó 
á la gerarquía del orden administrativo. Puede de- 
cirse lo mismo de las mujeres^ que se diferencian 
por su rango de la clase común del pueblo, ó escla- 
vos, y que es fácil percibir entre las figuras ves- 
tidas con mas sencillez, ó casi desnudas. 

Entre los indios, solo los nobles podían llevar 
en la ropa adornos de oro y de piedras preciosas (2) . 



(1) Platón, de ley, 1. 3, pág. 80o. 

(2) Clavijero, Hist ant. de México, tom. 1, lib. 7. 



ESTUDIOS — TOMO II — 16 



CAPITULO XXII. 



1 . Antigüedad del bordado: materiales y colores que se 
. empleaban y firmeza que se les daba.^ — 2. Lujo y os- 
tentación que se nota en los vestidos de las figuras 
del Palenque": uso de las franjas en los vestidos: tra- 
jes de la clase popular en Egipto: semejanza con el 
que se vé en las figuras del Palenque: cinturon que 
tienen éstas y su carácter particular: semejanza con 
el de las figuras egipcias: su uso entre los romanos y 
los griegos. — 3. El calzado: materia, de. que se hacia 
al principio y lo que era en los tiempos antiguos: lep- 
taschides: sandalias con suela de madera: coturnos: 
uso del calzado entre los egipcios, griegos y babilo- 
nios: opinión de Bochart y de Bincio sobre el de los 
hebreos: especie de calzado que usaban los romanos: 
color del zapato según el sexo, clase y condición. — 
4. Variedad del calzado en las figuras del Palenque 
y su descripción. 



§1. 



Es muy antiguo el uso de bordar las estofas, ya 
sean de lino, seda, lana ó algodón. En tiempo de 
Moisés estaba ya muy adelantado este arte, usado 



— no- 
no solo entre los hebreos, sino en los pueblos del 
Asia. Se habla en el Éxodo de la agradable varie- 
dad de bordados y tejidos de diversos colores (1). 
Los vestidos del gran sacerdote y los velos del ta- 
bernáculo estaban bordados (2) . Dice Homero^ que 
Helena bordaba maravillosamente, lo mismo que 
Andromaca, representando en sus obras los com- 
bates sangrientos entre griegos y troyanos (3) . Es 
sabida la fama que tenian las mujeres de Sidon por 
su habilidad en bordar y mezclar en los tejidos ri- 
ca variedad de colores, que tanto contribuía á la 
belleza (4). 

El descubrimiento del arte de bordar con la agu- 
ja se atribuye á los fenicios; por eso á los vestidos 
bordados los llamaban afprincipio 2)7¿n<7Zí?«íJ5 (b). 

Para el bordado se hacia uso del oro y de las pie- 
dras preciosas, como el safiro, rubí, esmeralda, to- 
pacio y amatista. Entre los varios colores que se 
empleaban para dar mayor mérito á las obras, el 
más apreciado era el púrpura, especialmente la de 
Tiro, á pesar de conocerse el azul celeste; el viole- 
ta, naranjado, escarlata, carmesí y otros, á los cua- 
les daban ñrmeza y estabilidad por medio de di- 
versas operaciones, en que entraban como ingre- 



(1) Éxodo, c. 26, V. 1 y 31. 

(2) Éxodo, c. 28, V. 8, cap. 39, v. 3. 

(3) Iliada, 1. 3, v. 125. 

(4) Iliada, 1. 6, v. 289. 

(5) Plinio VIII, 48, s. 74. 



—lu- 
dientes algunos minerales y plantas, hojas y cor- 
tezas de árboles, de manera que sin conocer las 
preparaciones química^ que hoy se emplean, se lo- 
graban colores tanto ó más firmes que los presen- 
tes (1). 

Todo esto era muy costoso, y su uso estaba re- 
ducido por tanto á las personas ricas ó constituidas 
en dignidad, como sucedía entre los babilonios, 
donde seguramente habia llegado este arte de ador- 
nar los vestidos con bordados de varios colores^ oro 
y piedras preciosas, á un grado muy adelantado 
respecto de las demás naciones. 



(1) El arte de teñir es muy antiguo. Habla Moisés de 
estofas teñidgis de azul celeste, púrpura y escarlata. El 
segundo de estos colores se descubrió en el reinado de 
Phenix XII, rey de Tiro, según Casíqfíoro, más de IbOO 
años antes de Jesucristo: otros creen que lo fué en tiem- 
po de Minos /rey de Creta, 1439 años antes de la era 
cristiana; pero los más lo atribuyen á Hércules Tirio. 
Los mejores mariscos de que se sacaba este color se en- 
contraban cerca de la isla, donde se fundó la nueva Ti- 
ro. La Cochinilla fué desconocida por los antiguos. La 
escarlata es de un rojo vivo y brillante; se daba anti- 
guamente por medio de unos pequeños granos berme- 
jos, que se encuentran sobre una especie de encina, ar- 
bolillo m\r$ común en la Palestina, en la isla de Creta 
y otros lugares: estas escrccencias son ocasionadas por 
las picaduras de unos gusanitos llamados por los árabes 
Kermes, y por otros granos de escarlata ó vermellon. 



—•112— 



§2. 



En las figuras del Palenque notamos este lujo y 
ostentación en los trajes, los cuales no solo están 
ricamente bordados, formando dibujos agraciados 
y vistosos^ sino adornados con franjas en las ex- 
tremidades^ cintas y rnallas con piedras valiosas, 
especialmente en las figuras que parecen de per- 
sonajes ilustres ó personas constituidas en digni- 
dad. Dedúcese de esto naturalménta que procedían 
de una nación en que ya estos usos se hallaban es- 
tablecidos, y cuyo gusto en las arles era exquisito. 

-Los egipcios usaban franjas en el remate de sus 
vestidos (1); Cbampoliondescribiendo'el traje de la 
clase popular di c;e: ^ddicldise popular usaba general- 
mente por vestido una túnica corta de lino llamada 
calasires, ajustada con un cin turón sobre las cade- 
ras, con cortas mangas á veces, y guarnicio7ies de 
franjas en el vuelo» (2). Esto á la verdad tiene una 
gran semejanza con lo que vemos en las figuras 
del Palenque. 
Los romanos tuvieron en grande estima los teji- 

(1) Génesis, c. 39, v. 12.— Horodoto, 1. 2.. n. 37 y 
81. — Éxodo, c. 9, V. 31 .— Bianchini, Storia Xírav. págs. 
536 y 567. 

(1) Ghampolion. Hist. pint. y dcscrip. de Egipto, tom. 
1, pág. 269. 



—na- 
dos mezclados de varios colores, oro, etc. Usaron 
vestidos bordados que llamaban ^/¿rí^2o;ze5, por el 
motivo que antes hemos indicado, y atálicos los 
que tenian oro (1)^ porque decían que el rey Átalo 
los inventó. Pero como eran muy caros, su adqui- 
sición solo estaba reservada á los ricos, que podian 
emplear en esto crecidas sumas y vivían con mag- 
nificencia. 

Es de notarte que una de las partes del vci-tido 
en las figuras del Palenque én que más esmero se 
advierte, ya por su forma, sus adornos ó exquisito 
bordado, es el ciníuron. No es el cordón sencillo ó 
el simple cinto, con que los hebreos se sujetaban 
la túnica, los egipcios el vestido que usaban, y los 
asiáticos para estar más desembarazados y dar ma- 
yor gracia á las telas de que se servían en. sus tra- 
jes, sino una especie de cíngulo, cuyas extremida- 
des, que á veces rematan en una borla grande, les 
cae por delante formando lazos complicados y ai- 
rosos, con muchos adornos y otros también á los 
lados, dejando ver la hermosa ancha faja bordada 
que cubre la cintura. Digna es de observarse cier- 
ta especie de semejanza que en esto se encuentra 
con las figuras egipcias, pues aunque en los cintu- 
rones ó cingulos no hay completa identidad, se vé 
en algunas de éstas caer hacia adelante hasta cer- 
ca de los pies por entre las piernas, y también ha- 
cia los lados, no discrepando mucho, aun en su for- 
ma y bordados, unas de otras. 

(í) Proper, III, 18, 19. 



—114— 

Los romanos usaron también de cinturon ó ce- 
ñidor para sujetarse la túnica, en tiempo en que se 
vistieron con ella, tanto los hombres como las mu- 
jeres (1) , pero no era esta parte del traje Jo que más 
llamaba su atención, sino la toga en aquellos y en 
éstas el ciclas. No obstante, el que no llevaba cin- 
turon le tenian por afeminado, despreciando así á 
los africanos que no lo usaban (2) . 

Entre los griegos se ataban también los vestidos 
con un ceñidor; los atenienses y los esparciatas usa- 
ban al efecto de unas cintas con mucha gracia. 

Esta elegancia que se nota en el vestido en las 
figuras del Palenque indica cultura, y puede ser- 
virnos para conjeturar su buen gusto^ la delicade- 
za y dulzura en sus costumbres, la decencia y 
compostura en sus modales; y en ñn, cierta supe- 
rioridad; porque es difícil que el pueblo que en lo 
exterior gasta tanto esmero, deje de tener cuanto 
acabamos de indicar. 



§3. 



El uso del calzado no ha sido común á todos los 
pueblos^ ni á todos los tiempos. Comenzó cuando 
los hombres iban saliendo del estado salvaje en 

(1) Marc. XIV, 151.— Ovidio, Amor 1, 7, 46. 

(2) SU III, 2, 36.— Plauto Peen V. 2, 48. 



—na- 
que habían vivido, y procuraban sustituir la como- 
didad al abandono, satisfaciendo las necesidades 
de la vida. 

Es de creerse, sin embargo, que no seria de 
los últimos usos que se hayan adoptado, pues- 
to que el calzado tanto defiende los pies de las in- 
jurias que pueden recibir, y contribuye mucho á 
faciKtar la marcha, especialmente en los tiempos 
primitivos, en que la caza era una de las preferen- 
tes ocupaciones de los hombres. 

Gomo por mucho tiempo se ignoró el arte de sua- 
vizar las pieles y de curtirlas, es de * uponerse, 
que el calzado se baria al principio de cuero bruto, 
según quedaba después de despojar de élá los anima- 
les y ponerlo á secar, hasta que en fuerza de algu- 
nos procedimientos se le llegó á quitar su dureza, 
y por último á ponerlo . flexible y adaptable á va- 
rios usos, iiaciéudose desde entonces más general 
por la comodidad que prestaba. 

En los tiempos antiguos estaba reducido el cal- 
zado á una especie de sandalias, que solo defen- 
dían la planta del pié, y "se aseguraban con unas 
correas en la garganta del mismo. -Se ensuciaban 
al andar, con el lodo y el polvo, y de aquí provino 
la costmnbre de lavar los pies á los viajeros, luego 
que llegaban á hospedarse en alguna casa, repu- 
tándose este acto como ünO de los primeros cuida- 
dos y muestras de atención que se les debían. 
Así vemos que entre los hebreos jamás faltábanlos 

ESTUDIOS — TOMO ÍI — 1 7 



—116-*- 

patriarcas á este acto de liospitalidad y cortesía (1). 
. Los leptaschides era eJL' calzado más noble del 
género de sandalias, compuesto de nna suela sujeta 
á los pies con .muckos cordones y sin palos (2) . 
Pollux habla también de sandalias con suela de 
madera de cuatro dedos de espesor con correas do- 
radas (3). Los cazadores antiguos usaban cotur- 
nos como los que 'tiene una de las Dianas del Mu- 
seo Vaticano {L). 

Los egipcios andaban también calzados, peroles 
zapatos. d^ las mujeres eran, tan pequeños, que ape- 
nas podián tenerse en pié, arbitrio' de que se valían 
para obligarlas á estar -dentro de casa, ó bien- las 
manteniáii con los pies desnudos. En su fabrfca^ 
cion hicieron uso alguna vez del -fü'pirus, y de 
las hojas de palma entretejidas (5). • . 

Desde los tiempos heroicos los griegos • usaban 
zapatos, pero 'solóle servían de ellos para salir fuera 
de casa (6) . Los de ],os hombres eran una especie de 
botines de cuero crudo de buey, que cubría el pié 
y parte de la pierna (7). El de los atenienses era 



(1) Génesis, c. 18, v. 4,c. 19, v. 2,c. 24, v. 32. ♦ 
{2} TPollux,,lib. 7, chap, 2'i,§ 93. 
(3) ídem, jdem, idem. 

f4) Visconti, Museo Pió Clemjeiilino^ tóm. 1. pl. 3ü, 
pág. 259. 

(5) Plutarco, tom. 2, pág. 124. 

(6) Theith, 1. 3, c. 7, pág. 331. ■ • • 
\l) Odisea^ 1." 24, v. 227. " • 



• —117— 

elegante, é mdicaba un pueblo que conocía y po- 
nía en práctica las comodidades de la vida: las 
•mujeres lo usaban de difbrentes colores, y ador- 
nado, de planchas- d.e márfilj piata^ oro y piedras- 
preciosas;- Licurrjo solo permitió á los espartanos 
usar calzado, cuando salían á la guerra ó á la caza, 
y cuando viajaban de noche: era de cuero encar- 
nado, y cubría todo el pié;, el de las mujeres casa- 
das y viudas era un poco más alto; el que usaban 
las doncellas era parecido en la altura á un coturno,-^ 

El calzado de los hahilonios solo tenía una sue- 
la muy delgada y lijera, atado con correas- como 
lo usaban los hebreos (1). Pretende Boohart ^\iq 
éstos andaban por lo común descalzos (2), pero 
Binco sostiene Jo contrario (3)., añadiendo- qué su 
calzado no era enteramente cerrado, sino que dejaba 
ver el pié y una parte de la pantorrílla (4) . 

Los romanos, en fin, usaban varias especies de 
calzados (o), dos con especialidad, el zapato llama- 
do calseViS , pXdA(i por delante con. correa, cordón ó 
cinta (6) , y la sandalia, llamada solía que sólo cu- 
bría la planta del pié, y se sujetaba con correas (7) . 



(1) Strabon, 1. 16, p-ág. 1082-. 

(•2) Jerazai, pág. 1, lib. 2, cap. 50. ■■ - ^ . 

(3) Biiicü; de caléis hebreofum, lib. 1, cap. 1, art. 7.. 

(4) ídem, idém, ibem, lib. 1, cap. 2.- . " 

(5) Cicerón, Fine. v. 32. 

(6) Cicerón, de Div, II. 40.— Mart, II 29. 57. ' . 

(7) Gellio, XIII21.— Plinio, XXXTV 6, s. 14.. 



^lis- 
Usaban el primero cuando se presentaban de toga 
(1), y el segundo por lo común los dias de fiesta 
(2) , pero se exponían á pasar por afeminados los 
que sallan en público con ellas (3), y se las qui- 
taban para comer (4). 

El calzado de los hombres era negro por lo 
regular, aunque algunos lo llevaban rojo, ó color 
de escarlata (b). El de las mujeres blanco (6), y 
á veces encarnado, color de púrpura ó amarillo (7). 
Unos y otros eran bordados con oro, plata^ perlas 
y piedras preciosas en tiempo de los emperadores. 
(8) . Era el de los senadores distinto del de los 
demás ciudadanos, de color negro, y les llegaba 
basta media pierna, con una media luna de oro ó 
plata en lo más alto del pió (9). El de los militares 
era una bota, ó armadura, para defender la pier- 
na llamado o ¿?re (10) , y el llamado cáliga guarneci- 
do de clavos que llevaban los simples soldados (11). 

(1) Plinio Epis, VIL 3.— Suet, Aug. 63. 

(2) Horacio Sat, II 8, 77, Ep. 1, 13. 15. 

(3) Tito Livio, XXIX. 19.— Suet, cal. 32. 

(4) Mart. IIL 50. 

(5) Mart. II, 29 8. 

(6) Ovidio, Art. am. III, 271. 

(7) Virgilio, Ec. VIL 32.— En. 1, 34.— Gátulo, 52. 9. 
— Pers. V, 169. 

(8) Plinio IX, 35 36.— Plácito Base, II, 3, 39.— Séneca; 
22. 12. 

(9) Horacio Sat, 1, 6, 27.— Juvenal, VII,192. 

(10) Tito Livio, IX. 40. 

(11) Juvenal, XVL 24.— Suetonio, Aleg. 25. 



■—119— 

Usaban los trájicos una especie de'calzado de talón 
alto cothurnus, coturno, inventado por Esquilo (1) 
y los cómicos el llamado socum, zueco, ó borcegui 
(2) . La gente del campo usaba una especie de galo- 
chos, como los pobres, y los habitantes del anti- 
guo lacio unas abarcas llamados _pe/'í??¿e5, de cuero 
sin curtir, lo mismo que los marcios, hermisos y 
vestinos cuando llevaban vestidos de pieles. 



§^. 



En las figuras del Palenque se nota variedad 
en los calzados, lo cual indica que conocían varias 
especies de ellos. En unas es sola la sa?idal¿a, que 
apenas resguarda la planta del pié, atada con una 
correa ó cordón, cuyo remate es un lazo gracioso, 
que cae sobre el empeine del pió. En otras es una 
especie de caclej como el que usan actualmente los 
iniios, ó abarca que cubre la planta y el talón 
hasta el tobillo, dejando descubiertos los dedos y 
el- resto del pié, atado con una correa que parece 
estar unida á dos orejas, que cubren el talón, pues 
no se descubre bien, si á manera de los cacles pasa 
por entre el dedo pólice del pié, atravesando el 
empeine para mejor asegurar el calzado, y sin cuyo 

(1) Virgilio, Eg, VIII. 10. Juvenal, VIII. 229.— Mari, 
III. 20, IV. 49, V. 5, VIII. 3.— Horacio, od. 11, 1. 12. 

(2) Vjrgilio, En. VIL 90. 



—120—. 

arbitrio es- difícil servirse de él, pero siempre re- 
matando en uñ lazo gracioso, ó á veces algún otro 
adorno. • En otras parece que. el calzado es una es- 
pecié de borceguí ó botín, ya qUe les cubre sino 
toda Una gran parte del pie y la pantorrilla, con 
remates, vistosos y ajustados con correas, y aun 
parece que con una especie de botón. Algunas tie- 
nen los pies enteramente desnudos, con especiali- 
dad las que por su traje y aspecto manifiestan ser 
mujeres. 



CAPITULO XXIII. 



1 . Los cascos de las figuras del palenque: los usados por 
muchos pueblos de la antigüedad; sus adornos y ana- 
logías. que de ellos resultan. — 2. El copilli de los 
ludios y coronas de la antigüedad. — 3. Uso de collares 
én los pueblos antiguos:" conocimientos "que supone ■ 
§u.fat)ricacion: el que se tenia de los metales desde 
antes del diluvio: su fundición, afinamiento y separa- 
ción; invención de algunos instrumentos: uso del co- 
bre y del fierro: metales de que hacian uso los mexi- 
canos: hachas de cobpe encontradas en los sepulcros 
de los peruanos; uso del cobre én tiempo dé Homero 
y del fierro en Egipto y la Palestina: invención de la. 
metalurgia: antigüedad de los adornos de oro y plata: 
cjllares de oro y piedras preciosas. — 4. Adelantos de 
la platería en los tiempos antiguos: collareíí usados 

. por los egipcios.' valor y. estimación de las piedras pre- 
ciosas desde entonces y conocimiento que se tenia 
del modo de cortarlasy pulirlas.— 5. Aplicación de lo 
expuesto á las figuras del Palenque, y observaciones 
sobre la antigüedad de sus habitantes, su adelaqto y 
cultura. — Progresos de la platería entre los indios: 
'obras admirables de oro y plata en el Perú: piedras 
verdes de que hacían uso los indios.— 7. Brazaletes, 
su uso en la antigüedad: los tienen las figuras del Pa- 
lenque: adelantos que esto prueba y observaciones á 
que dá lugar. 

. §í. ' ■ . 

Los cascos que cubren la cabeza de algunas fi- 
guras en el Palenque, son uno de los atavíos que 



—122— 

más llaman la atención. No es fácil designar la 
materia de que estarían heclios, porque nada se sa- 
be de esta nación misteriosa. Los velites-, soldados 
romanos, lo usaban de piel de alguna fiera, para 
parecer más terribles (1), otros lo llevaban de co- 
bre ó bierro, y les bajaba basta los bombros (2). 
Los de. la primera especie fueron muy usados en 
todos los pueblos antiguos, y es creíble que de es- 
to fuesen los de los palencanos, pues en algunos de 
ellos se vé la figura de animales, parabacerse más 
temibles ó como insignias de su valor. 

No es igual en todas estas figuras la forma dé los 
cascos. En algunas es omo un solideo ^ en otras 
como una mitra ^ en otras como la tiara y el cida- 
ris de los persas (3), ó como el (/orro de los frigios, 
y algunos tienen una forma* particular. En unas, 
altos como los de los galos, según Diódoro^ y en 
las más adornados con penacbos de plumas muy 
vistosas, que en nada se parecen á las que adornan 
las cabezas de las figuras egipcias, notándose más 
bien analogía con la garsota {crista) de los solados 
romanos, que era de plumas de varios colores (4). 
Una de las figuras tiene en la parte superior del 



(1) Polibio, C 20. 
(i) Flor, IV, 2. 

(3) Los persas llevaban en la batalla una especie de 
sombrero ó gorro llamado tiara, según Herodoto.- — Hi§t. 
lib. 7, cap. 61. — Los caldeos lo usaban también, según 
S. Gerónimo. — Goraent in Daniel, cap. 3. 

(4) Adams. Antigüedades romanas, tom. 3, pág. 109. 



—123— 

casco un pez, así como otros varios distribuidos en 
él y es de notarse que los mirmillones, que eran 
una clase de gladiadores romanos, usaban un cas- 
co cuyo remate superior era un pez (1)-. 

Los bajos relieves nos dan á conocer el esmero con 
que los palencanos adornaban sus cascos ó morrio- 
nes, pues en efecto es quizá la parte más vistosa de 
su traje. Aparecen no solo con penachos de plumas, 
que por lo* regular están inclinadas hacia atrás, sino 
con cintas, cordones, borlas, florones y algunas co- 
mo hojas espatuladas ó láminas de metal sobrepues- 
tas con gracia y simetría. Tienen, además, cincela- 
duras, que indican un trabajo esmerado, como el 
que se descubre en los broqueles y armaduras de los 
guerreros, cuyas hazañas han cantado Homero y 
Virgilio con lenguaje divino, que penetra ei cora- 
zón y embarga el entendimiento. 

El casco 6 mo7Tion palenca7io no tiene viscera, 
es despejado en su frente, pero en algunos la parte 
de atrás llega hasta el cuello, colgando sobre la es- 
palda varias cintas, que se desprenden de él y que 
forman parte de su adorno. Los grabados de los 
cascos son de formas caprichosas, aunque la de al- 
gunos animLÜes que en ellos se descubren, pueden 
indicar algún designio. Nada hay, por último, 
comparable en lo que conocemos do la antigüedad 
con estos cascos ó morriones tan elegantes y visto- 
sos de los palencanos. No se parecen ni al gorro ó 

(1) Adams. Anligiledades romanas, tom. 3, pág. 53. 

ESTUDIOS — TOMO II — 18 



—124— 

bonete que usaban los sacerdotes egipcios, ni á la 
tiara de los medos, ni al apex de los flaminsos, ni al 
casco de los hebreos, ni á los adornos que se descu- 
bren en algunas estatuas asiáticas, ni al mocUtmi, 
ni al poIuSj ni al calatus, ni á otra especie de cas- 
cos, gorros ó bonetes con que están cubiertas las 
cabezas de las figuras antiguas. 

El modium, emblema de la riqueza y de la abun- 
dancia (1), es el que se vé en la cabeza de la esta- 
tua de Pintón en el Museo del Vaticano y en casi 
todas las divinidades asiáticas, como la de Júpiter 
Labrad eo de Milasio, la Juno de Samos, la Neme- 
sis de Smirna y . la Diana de Perga y Efeso (2) ; el 
foUis sobre la de la Fortuna; y el calatus que figura 
como de torres sobre las de otras divinidades. Del 
gorro ó bonete egipcio, que no se parece ni al mo- 
dium, ni al calatus, dá una idea el que lleva una 
estatua que describe Visconti (3). Diódoro habla 
de este distintivo de los sacerdotes egipcios (4) y 
también Clemente de Alejandría (5). El casco que 
tiene i/2";^err¿í en el bajo relieve del candelabro en- 
contrado en la mlla Adria7ia de que también se ha 
ocupado Visconti (6), con triple cimera sostenida 



(1) Visc'^nti. Museo Pío Glemenlino, tom. 2, plan- 
cha 1, pág. 18. 

(2) Id., id., pág. 22. 

(3) Museo Giementino, tom. 2, plancha 16. 

(4) Biódoro I, 87. ■ 

(5) Clemente de Alejandría, 1, 6. — Stromaton, cap. 4. 

(6) Museo Giementino, tom. 4, plancha 1, pág. 56. 



—125— 

por una esfinje, como la de la Minerva del Panteón 
con la egida que le cubre el pecho y la espalda: y 
e^ que lleva Marte sos tenido por un grifo, adornado 
además de otros animales, dan á. primera vista un 
cierto aire de semejanza, aunque remoto, con las 
figuras del Palenque, lo mismo que los grandes 
penachos de los coribantes que se vén en* el mismo 
bajo relieve. 

Entre los indios, los nobles y oficiales se ador- 
naban la cabeza con hermosos penachos; eran de 
varios colores, y algunos tenian adornos de oro y 
piedras preciosas (1). 

El Barón de Humboldt habla de la cofia que tie- 
ne un busto de basalto de una princesa azteca, pa- 
recida, aunque con alguna ú otra diferencia, al velo 
ó calajiUda de la cabeza de Isis, Sphinx, Antinous 
y otras estatuas egipcias (2). 



§2. 



El <?0jt?¿7// era una especie de mitra que servia, 
de corona á los reyes de México; tiene en el fondo 
alguna semejanza, pero no identidad, con las co- 
ronas conocidas de la antigüedad. 



(i) Clavijero. Ilist. ant. de México, tom. 1, lib. 7i 
pág. 330. 
(2) Hamboldt. Vue des cordillercs. 



—126— 

No eran éstas al' principio más que un hilo ó 
banda llamada diadema, que cenia la cabeza de los 
sacerdotes y los reyes, con la cual sujetaban el ca- 
bello. Se adornaron después con hojas de flores y 
piedras preciosas. La del Sumo Sacerdote de los ju- 
díos rodeaba la parte inferior de Ja mitra, atada por 
atrás con una plancha de oro, en que estaban gra- 
badas estas palabras: (kSanctum Domine. y^ 

De cuatro clases fueron las coronas que usaron 
los emperadores romanos: la de laurel; la radiata 
adornada con doce rayos, perlas y piedras precio- 
sas; y la que era como una especie de bonete. Los 
primeros que se atribuyeron el uso de la radiata, 
que era con la que se adornaban las estatuas del 
Sol, de Jújñter, y otras divinidades, fueron algu- 
nos reyes de Oriente. La usaron también en Fgip- 
io. El primero que la obtuvo en Roma fué Julio 
César. 

Las coronas fueron privativas de los dioses, y 
eran solo de verdura. Isis aparece coronada de es- 
pigas, Saturno de hojas tiernas ó de pámpanos; 
Júpiter de encina, y de laurel; Juno de hojas de 
membrillo, Baco de uvas y de pámpanos, y algima 
Vez de yedra; Céres de espinas, Pintón de ciprés, 
Minerva de yedra, de olivo, ó de hojas de mo- 
ral; la Fortuna de hojas de abeto; Apolo, Caliope, 
y Clio, de laurel; Cibeles y Paii de pino, con tor- 
res la primera; Luciría de diétamo, Hércules de ála- 
mo, Venus de mirto y de rosas. Minerva y las Gra^- 
cias, de olivo; Vertumio de heno, Romana de frutas, 



—127— 

los dioses Lares de mirto, y de romero; Flora y 
\!x^ Musas de florea, y los Ríos de cañas. 

Las coronas no solo eran adorno de los dioses y 
los reyes, sino que sirvieron también para premiar 
y recompensar el mérito. 

La corona oval se componía de ramos de mirto ó 
arrayan, destinada á los generales, que sin efu- 
sión de sangre triunfaban de los enemigos. La na- 
val estaba formada de un círculo de oro, rodeada 
de proas y popas do navios y galeras, y con ella se 
premiaba á los que abordaban primero las naves 
enemigas. La castrence, hecha de palas y estacas 
sobre un circulo de oro, se concedía á los soldados 
cuyo valor facilitaba la entrada al campo enemigo. 
La mural, compuesta de un círculo de castillos al- 
menados de oro, estaba destinada para los que es- 
calaban una plaza ó castillo, y elevaban el estan- 
darte en las murallas. La cívica^ de ramas de encina 
verde, era la recompensa del ciudadano romano, 
que defendía la vida de otro ciudadano en sitio ó en 
batalla. La iriunfal, compuesta de hojas de laurel, 
ser\áa para el general victorioso en los combates. 
La obsidional, entretejida de grama y yerbas sil- 
vestres, se concedía al general que obligaba al ene- 
migo á levantar el campo. La olímpica, hecha de 
cogoyos de olivo, se empleaba para premiar al que 
se manejaba á satisfacción de la patria, en las co- 
misiones de paz y concordia entre dos enemigos. 

Las coronas que obtenían los vencedores en los 
juegos olímpicos eran de olivo silvestre ó de laurel; 



—128— . 

la de los juegos plticos de una rama del querem (BS- 
culus la corona, y luego de laurel; las de los jue- 
gos menores fueron primero de olivo, después de 
apio y por último de pino. 

La corona de oro éntrelos griegos y romanos era 
una recompensa extraordinaria al valor: los que la" 
obtenían podian llevarla en los espectáculos y de- 
más reunión es públicas . 

Entre los indios era del todo desconocida la co- 

i. 

roña con el uso y aplicaciones que acaban de indi- 
carse, y éste es un dato, con otros varios en la cues- 
tión de origen y procedencia. No sucede lo mismo 
con la diadema, que era, según un escritor, «una 
« especie de venda ó cinta tejida de lana, lino ó se- 
« da que usaban en lo antiguo los soberanos, como 
« símbolo ó distintivo de su alta dignidad. La dia- 
« dema cenia la frente del soberano, y generalmen- 
« te se ataba por detrás de la cabeza, colgando los 
« extremos sobre la espalda; otras veces quedaban 

« éstos pendientes á los dos lados de la cabeza 

« Los soberanos áe, Persia y América anadian la dia- 
« dema á sus tiaras.» 



§3. 



Los collares son una especie de adorno que se 
encuentran en uso entre los pueblos más antiguos 
del mundo. Supone, como todos los de su especie. 



-^129— 

conocimientos que lian debido precederle, tales co- 
mo el de los metales, su fundición y su trabajo, 
por medio de instrumentos adecuados al efecto, co- 
mo el martillo, el cincel y la lima, lo mismo que 
el adelanto en otras artes de gusto, que ban becbo 
entrar á los pueblos en el lujo y la ostentación. 

Se sabe que antes del diluvio eran conocidos los 
metales, y que el fierro se trabajaba y empleaba en 
varios usos (i). Este fué uno de los conocimientos 
útiles que se perdió en aquella catástrofe univer- 
sal, pues como dice Platón, el mundo estuvo pri- 
vado algún tiempo de los metales (2). Sin embar- 
go, pocos siglos después del diluvio su uso era ya 
conocido en Egipto y la Palestina. En la Escritu- 
ra se dice que Abraham era muy rico en oro y pla- 
ta, y que compró á Heth un sepulcro en cuatro- 
cientos sidos (3) . Joh babla de probar el oro por el 
fuego (4) , y Diódoro opina que los egipcios traba- 
jaban el oro de mina (o). Su descubrimiento se de- 
be, tal vez al deslave producido por las corrientes 
impetuosas, que depositan arenas y granos de oro 
én el lecbo arenoso de algunos rios, ó á la fuerza 
de alguna ráfaga ó súbito impulso del rayo, ó bien 
á la pura casualidad. La observación constante, las 



(1) Génesis, cap. 4, v. 22. — ^Bianchini, Storia univ. 
tom. 1, dec. l,cap. b, § 2', pág. 193. 

(2) Platón, de leg, 1. 3, pag. 805. 

(3) Génesis, c. 23, v. 16. 

(4) Génesis, c. 43, v. 12. 

(5) Diódoro, 1. 3, pág. 182. 



—130-:- 

tentativas y ensayos repetidos dañan después re- 
sultados más ventajosos, hasta producir conoci- 
mientos perfectos en el ramo. Esta es la historia de 
casi todos los descubrimientos. 

Pero no bastaba conocer los metales para produ- 
cir obras de platería, como vasos, ú otros muebles 
y adornos. Era preciso para esto la fundición^ el 
afinmniento ^ lix separacioíi, y otras operaciones sin 
las cuales nada puede hacerse. Se cree que lo pri- 
mero se debió al incendio de los bosques, fundién- 
dose el metal contenido en el terreno que ocupaban 
y corriendo sobre su superficie (1). Puede haber 
sido también efecto de la explocion de los volcanes, 
y en algunos casos no ser esto necesario, por en- 
contrarse el oro puro., como se ha verificado en al- 
gunos países, según el testimonio de Aristóteles^ 
Diódoro, Strabon y otros muchos autores antiguos 
y nlodernos (2). El afinamiento y scimr ación vi- 
nieron después, cuando el uso de los metalas era 
mayor, cuando los hombres se hallaban ilustrados 
por la esperiencia, y cuando repetidos ensayos les 
habían sujerido algunos procedimentos que, aun- 
que imperfectos, correspondían al objeto, tales co- 
mo el mezclaren la fundición ciertas tierras, sales 
ú otros metales, como el plomo y el estaño, de cu- 



(1) Lucrecio, 1. 5, v. 12 y 41. 

(2) Aristóteles. DeMirab. auscult. p. 1153. — Diódoro, 
1. 2, pág. 161, 1. 3. pág. 203.— Plinio. 1. 3b, sec. 20y 21. 
págs. 616y 618.— StraboD, 1. 3, pág. 219, 1. 4, págs. 
290 y 319. 



—131— 

ya. mezcla hicieron uso los egipcios según Diodo- 
ro (1). El azogue aún no era para esto conocido. 

Tal vez se sirvieron los hombres al principio de 
piedras y guijarros para trabajar los metales, pero 
después se valdrian al efecto de ellos mismos. , Atri- 
buian á Vulcano, uno de sus primeros soberanos, 
la invención del martillo, del yunque y de las te- 
nazas (2).. En el cap. 41, v. lo y 20 de Job se ha- 
bla del martillo y del yunque. Como prueba délos 
progresos del arte pueden citarse las armas que se 
usaban en la Palestina pocos siglos cl,espues del di- 
luvio. Abraham iba á hacer uso de su espada para 
inmolar á Isac (3) , y los patriarcas hacian trasqui- 
lar sus ovejas (4) . Los egipcios usaron del oro y del 
cobre para fabricar instrumentos de agricultura ('ó) , 
El uso del cobre precedió al del fierro^ empleándo- 
se en todo lo que por lo común se aplicaba éste; 
(6) fabricándose con él no solo armas, (7) sino va- 

(1) Diódoro,]. 3, pag. 182. 

(2) Suidas, 1. 2, pág. 8o. 
f3) Génesis, c. 22, v. Ifi. 

(4) Génesis, c. 31, v. 19, c. 38, v. 12. 
. (5) Diódoro, 1. l,.pág. 19. 

(6) Hesiodo, Teog. v. 722 y 726. — Lucrecio, lib. .b, v. 
128G. — Varron, apudAug. de civ. Dei, lib. 7, cap. 24. 
— Isid, oríg. K 8, c. 11, p. 71, 1. 16, c. 19 y 20, 1. 17, 
c. 20. 

(7) Homero.— Iliada, 1. 4, v. 511-, 1. 13, v. 612, 1. 23, 
V. 560 y 561.— Odisea, 1. 21, v. 423.— Hesiodo, Theog. 
V. 316.— Platón in Thes. pág. 17.— Pau sanias, 1. 3, c. 3, 
pág. 211. 

ESTUDIOS — TOMO II — 19 



^132— 

fias herramientas (1). Sucedió lo mismo entre los 
romanos: las armas y herramientas que de ellos 
quedan son de cobre (2). El conocimiento del fier- 
ro y su aplicación vino mucho después (3) ; es el 
metal más difícil de fundir. Los peruanos y los me- 
xicanos no lo conocieron, y en su lugar aplicaban 
el oro, la plata y el cobre á muchos usos. En tiem- 
po de Homero se usaba mucho el cobre para la fá- 
brica de armas y herramientas, como se vé por las 
citas que de él se han hecho; en América sucedia 
otro tanto (4), y en otras naciones también. En los 
sepulcros de ios antiguos habitantes del Perú sé 
han descubierto hachas de cobre. 

Apesar de esto, atendiendo á la Sagrada Escritu- 
ra, se nota en varias partes, que se conocía y usa- 
ba del fierro en Egipto y Palestina (o). Habla 
Moisés de su dureza, (6) y de minas de ese metal 
(7) dice que el lecho de Og, rey de Bazan, era d^ 



fl) Homero, Iliada, 1. 5, v. 722.— Odisea, 1. 3, v. 244. 

(2) Dionisio Hahcarnaso, 1. 4, pág. 221. — Tito Livio, 
I. 1, núm. 43. 

(3) Hesiodo Theog. v. 722, 726, 733.— Lucrecio, 1. 5, 
V. 1286. — Varron, Apud Aug. de civ. Dei, 1. 7, cap. 24. 

(4) Acosta. — Historia natural de las Indias, 1. 4, c. 
3, fol. 132. 

(o) Job, cap. 19, V, 24, c. 20, v. 24, c. 28, v. 2, c, 40. 
V. 13. 

(6) Deut. c. 8, V. 9. 

(7) Levítico, c. 26, v. 19. Deuteromonio, c. 28, v. 23 
y 48. 



—133— 

fierro (1). Desde entonces ya se fabricaban espadas 
de fierro (2), cuchillos (3), hachas (4), é instru- 
mentos para tajar piedras (b), lo cual prueba mu- 
chos ensayos y adelantos. Tubalcain f ué el inven- 
tor de la metalurgia (6), y en apoyo de lo expues- 
to pueden citarse varios autores profanos, que depo- 
nen sobre el conocimiento que en Asia y en Egip- 
to se tenia del arte de trabajar el oro y la plata (7) . 

No es estraño, pues, ver usados entre estas mis- 
mas naciones, desde la más remota antigüedad, 
multitud de adornos de oro y plata, porque era re- 
sultado preciso de sus progresos en todas las artes 
que con asombro vemos establecidas en ellas. El 
uso de collares de oro y piedras preciosas no ha 
sido exclusivo de ningún pueblo, de modo que pu- 
diera servirnos para sacar analogías. Cuando Pha- 
raon elevó á José á la dignidad de primer minis- 
tro suyo, le entregó su anillo ^ y le hizo poner un 
collar de oro (8). Las personas de distinción entre 
los egipcios llevaban collares preciosos. En los pue- 
blos de la Palestina se usaban también. Las mu- 



(1) Deut. c. 3, V. 11. 

(2) Números, c. 35, v. 16. 

(3) Levít., c. 1, V. 17. 

(4) Deut. c. 19, V. 5. 

(5) Deut. c. 27, v. 5. 

(6) Génesis, c. 4, v. 21 y 22. 

(7) Diódoro, 1. 2, págs..l22 y 123, 1. 1, pág. 19.- 
Plinio, 1. 31, seo. 15, pág. 614. 

(8) Génesis, c. 41, v. 42. 



—134— , 

jer^s entre los griegos los llevaban de oro desde los 
tiempos heroicos (1). Las romanas los usaban igual- 
mente do oro, ó piedras preciosas (2). Aunque lo 
más, regular era que los honibres llevasen al- cue- 
llo alguna cadena a modo de trenza, como dice Vir- 
güio (3), ó de sortijas según Tito Limo (4), ó un 
anilló grande de oro (5) ; también se ponian colla- 
res de oro, ó piedras preciosas (6), y éste era uno 
de los premios que los generales distribuian á los 
oficiales y soldados que se distinguían y se ha- 
cían acreedores á esta señal de consideración, lle- 
vándolos con -cadenas que les colgaban hasta el pe- 
cho (7). ■ 

Las cadenas de oro trenzadas que por lo común 
llevaban los romanos, llamábanse torq^iies\ el círcu- 
lo de oro ó gala, círcuhcs auri ó aures (8); la com- 
puesta de anillos catena^ catella ó catonula. Los 
aretes con que se adornaban las matronas romanas 
se llamaban incmres. Si eran de perlas margari- 



(1) Odisea, 1. 11, v. 32o y 326.— Eliano, var. hist. 1. 
1, c. 1. — ^Pausanias, 1. 9, c. 41, pág. 796. 

(2) Virgilio, Eneida 1, 658.— Ovidio, Met.'X. 264.— Ci- 
cerón, Verr. IV, 18. ■ 

(3) Virgilio, Eneida XII, 351. 

(4) Tito Livio, XXXIX, 31. 

(5) Virgilio, Eneida V, 559. 

(6) Suet. Galb. 18-.— Ovidio, Met. X, 116.— Plinio, IX, 
35. 

(7) Tácito, Anal. 2, 9, III,- 2T.— Sil. leal. XV, 52. 

(8) Virg. Am., v. 559. 



—135— 

toe, Mecos ó uniones, y llevaban tres ó cuatro en ca- 
da oreja. Se ponían también cadenas como los hom- 
bres (1), y en el vestido una especie de collares (2), 
ó franja bordada, ó faja tejida do oro, ó una orla de 
púrpura cosida al vestido (3) . Las atenienses se 
adornaban la cabeza con joyas (4) , aretes en las ore- 
jas, collares en el cuello y se ataban sus túnicas 
con hebillas de plata ú oro (t^). 

Todo esto convence de la antigüedad de este uso 
en muchos pueblos, especialmente en los del Asia 
y Palestina, que por ser los primeros poblados, y 
donde existieron potencias opulentas, fueron don- 
de más progresos hicieron todas las artes, no solo 
las de primera necesidad, sino las de lujo, que na- 
cen y se desarrollan en medio de la abundancia. 



§4 



La platería fué una de éstas. Los aretes y ani- 
llos de oro que Eliccer regaló á Rehecdi {^), los va- 
sos de oro y plata que los israelitas sacaron presta- 



(1) Tit. Liv., lib. 30, c. 9.— Orasio. Epíst. 17, b5. 

(2) Val. Mass. V, Fr. 2. 

(3) Schaliei. ia Juvenal, II, 12-5. 

(4) Thucid. lib. VI, 61. 

(5) Achiar Var. hist. lib. 2, c. 18. — Pesialosi, Real 
Museo Borbónico tom. 1, tav. 40, págs. 191 y sig. 

(6) Génesis, c. 24, v. 47. 



—136— 

dos de Egipto (1), la rueca de oro y la cesta de pla- 
ta que Alcampra, mujer del rey de Tebas regaló a 
Helena (2) , las alhajas que los hebreos ofrecieron á 
Moisés para fabricar lo necesario al servicio divino, 
el adorno ó corona de oro que tenia al rededor el ar- 
ca de alianza, y el candelabro de siete brazos (3) , el 
broquel de Aquiles en que se empleó el cobre, el es- 
taño, el oro, la plata, y en el que el dibujo, los gra- 
bados y la cinseladura excitaban la admiración (4); 
el áQ Néstor j la armadura.6^te<?c?, y las varias obras 
de que habla Hornero (o), son otros tantos hechos, 
que prueban de un modo irrefragable los conoci- 
mientos, que ya en aquellos tiempos se tenia de la 
metalurgia, y los adelantos de la platería. 

Dice ChamjJoUon que los egipcios usaban collares 
decuentas de cornalina, barro vidriado, perlas y 
piedras preciosas, y de oro con broches (6). «.Isaías 
«hace una enumeración de los adornos que usaban 
« las doncellas de su tiempo, collares, braceletes, 
«pulseras, sortijas, anillos, aretes, agujas de ca- 
« beza, mitras, cadenas de oro, perlas que pen- 



(1) Éxodo, cap. 12, v. 3o. 

(2) Odisea, hb. 4, v. 125. 

(3) Éxodo, cap. 25, v. 11 y 31. 

(4) Iliada, 1. 15. 474 475. 

(o) Iliada, 1. 18, v. 192 y 193, 1. 11, v. 19, 1. 23, v. 745. 
—Odisea, 1. 4, v. 615, 1. lo, v. 416 y 459, 1. 6, v. 232. 1. 
23, V. 159 160. 

(6) Ghampolion, Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 1, pág. 278. . 



—137— 

« dian sobre la frente, espejos, listones y cintas» (1) 
El uso de los anillos era antiquísimo según 
Kirclwmn {^) . Entre los hebreos, étruscos, egip- 
cios, griegos y romanos, los llevaban por dignidad 
ó por adorno. Mario, según Plinio, fué el primero 
que lo usó de oro. Los habia también de piedras 
preciosas y era grande en esto el lujo entre ios ro- 
manos. Scifion él africano lo usaba de sardónica 
y Lúculo de esmeralda (3) . Los anillos con selló se 
llamaban cetype. El sello de Augusto al principio 
era una esfinge. En la India Oriental tenian la cos- 
tumbre de llevar anillos en la nariz, en los labios, 
las mejillas, las orejas y la barba (4). En Améri- 
ca se agujeraban los indios los labios y las narices 
para adornarse y colgar de ellas turquesas, y otras 
piedras preciosas, según asegura Sahagun (o) . 

Pero no es esto solo. Los collares y otros ador- 
nos y obras, en que se aplicaban las piedras precio- 
sas, dan á conocer el valor y estimación con que 
se veian estas producciones de la naturaleza, y ej 
conocimiento que se tenia del §.rte de cortarlas y 
pulirlas, hasta hacerlas aparecer brillantes, hermo- 
.sas y como joyas sumamente apreciables. Verdad 
es, que el corte y pulimento de los diamantes fué 

(1) Biblia de Vence, tom. 2. — Dicert. sobre los vesti- 
dos de los antiguos hebreos, § 5, pág. 32. 

(2) De aun, cap. 2. 

(3) Gorsi, Delle pielrc antiche, cap. 15 — 16. 

(4) Moroni, Dic. de erud ecles. parol. anillo 

(s) Hist. gen. de Nueva Esp., tom, 2, lib. 8, cap. 9. 



—138— 

inventado ppr Luis de Berquin^ natural de Bru- 
gés, en 1476 (1); pero ya desde el tiempo de Moi- 
sés se conocían en parte estos procedimientos y aun 
ánteS; piies sé montaban y engastaban piedras pre- 
ciosas y se grababa en ellas, como se vé en el 
Eplior y q\ Racional dioi gran sacerdote Aaron, de 
que nos babla la Escritura (2). El primero conte- 
nia dos ónix móntalas en oro (3) ,. y el segundo 
doce piedras preciosas de diferentes colores, gra- 
bados en ellas los nombres de las doce ' tribus (4). 
Este trabajo supone el uso de herramientas adecua- 
das, práctica y conocimientos artísticos de varios 
géneros, á lo cual darian origen el estado brillante 
en que algunas de estas piedras suelen encontrar- 
se en su estado primitivo, según algunos natura- 
listas, (5) bien sea en las minas de metales, (6) en 
los ríos, (7) ó en la superficie de la tierra, deposi- 
tadas por los torrentes (8). So sabe también que 



(t) Merveille des Indcs orientales par Berquiu, pág. 13. 

(2) Éxodo, cap. 28.-*-Job, cap. 28, v. 6. 

(3J Éxodo, cap. 28, v. 9. 

(4) Éxodo, cap. 28, v. 17. " • 

- (5) Tavernier, t. 2, 1. 2, c. IC, pág. 177, c. 17, p. 283. 
— Marielte, Traite des pierres gravees, tom. 1, p. 155. 

(9) Theophrasto de lapid, pág. .396. — Icid orig, 1. IG, 
cap; 7. — Pliüio, 1. 37, sec. 1 5 y 32. — Soliu, cap. 1 o, pág. 26. 

(7) Strabon, 1. 2, pag. 156. — Theophrasto de lapid. 
pág. 396. — Colonne, ílistoirenaturelle, tom. 2, pág. 301. 

(8) Alonso Barba, tom. 2, pág. 71 . — Hisloire genérale 
des voyages, tom. 8, pág. 549. — ülloa, Voyage.tom. 1, 
pág. 393. 



—139— 

según Plinio, las mejores esmeraldas, que se co- 
nocían y de que se hacia uso, eran las á^Scitia y 
Egipto^ (1) así como de las de otros países. La sor- 
tija que PoUcrates arrojó al mar, y que se encontró 
en el vientre de un pez, era de esmeralda. 



§8- 



Aplicando todos estos hechos á las figuras del 
Palenque, se viene en conocimiento, que el estar 
algunas de ellas adornadas con collares, prueba que 
BUS habitantes descendían de un pueblo que había 
salido ya de su infancia, que sus usos y costumbres 
no eran los de las hordashabitantes de los bosques, 
que sus conocimientos en las artes no estaban redu- 
cidos á la satisfacción de las primeras necesidades, 
Sino que avanzados en cultura^ habían entrado en 
el dominio del lujo, al cual no se llegci sino en la 
madurez, y por último, que entre los palencanos 
s& conocían los metales, su usa y aplicación, el mo- 
do de elaborarlos, y también el valor de las piedras 
preciosas, el arte de cortarlas y pulirlas, no menos 
que ■ el de engastarlas, fundir, grabar y hacer va- 
rias obras de oro y plata-. Los collares y cadenas 
que tienen esas figuras de bajos relieves, algunas 
con retratos, medallas y pendientes, que caen so- 
bre el pecho, así lo indican, mostrando un gusto 

(1) Plinio, Hb. 37, sec. 16. 

ESTUDIOS — TOMO II — 20. 



—140— 

delicado, un trabajo exquisito, un conocimiento en 
la metalurgia, platería, lapidaría y ramos que le 
son anexos, que no pueden menos de persuadir la 
virilidad y cultura de un pueblo que llevaba mu- 
cho tiempo de vivir en sociedad, que tenia palacios 
en lugar de cabanas, observatorios en lugar de 
eminencias naturales, y que vestía con lujo y os- 
tentación, en vez de cubrir su desnudez con hojas, 
ó pieles sin curtir de los animales que cazaban. 

El uso de collares y adornos de varios géneros lo 
vemos establecido en los pueblos de la antigüedad, 
pero en pueblos que ya formaban un cuerpo de na- 
ción, en la Asia y el Fgipto, donde se levantaron 
imperios poderosos, gobiernos fuertes, ciudades 
opuJentas, cuyo brillo vino ¿reflejarse en el Occi- 
dente, dando origen á tantas naciones, cuya mar- 
cha desde una débil colonia, hasta el grado más 
alto de prosperidad excita la admiración del filóso- 
fo observador. 



§6. 



En comprobación de lo expuesto, y de los adelan- 
tos que habia hecho la platería en este continente 
cuando fué descubierto, tenemos el testimonio de 
los escritores de las cosas de América. Dice Clavi- 
jero que «los fundidores mexicanos hacían con el 
« oro y la plata las imágenes más perfectas de los 



—141— 

« objetos naturales» (1). Los plateros de Madrid, 
segnn B o ¿uri/ii (2), viendo algunas piezas y bra- 
celetes de oro con que se armaban los reyes y capi- 
tanes indios, confesaron que eran inmitablesen Eu- 
ropa. Hablando Oviedo de las joyas de Moctezuma 
dice: «yo vi algunas piedras jaspes, calcidonias, 
« jacintos, comióles e plumas de esmeraldas, é otras 
« de otras especies labradas ó fechas, cabezas de 
« aves é otras hechas animales, é otras figuras, que 
« dudo haber e?i España, ni en Italia, quien las su- 
(i pieraluicer con tanta perfecciona (3). Tenia Moc- 
tezuma, dice Cortés, «contrahechas de oro y plata 
« y piedras, y plumas, todas las cosas que debajo 
n del cielo hay en su señorío, tan al natural lo de 
« oro y piata, que no hay plato o en el mundo que 
« mejor lo hiciese; y lo de las piedras que no basta 
« juicio á comprender se hiciera ta7i perfecto; y lo 
a de pluma, que ni de cera, ni en ningún traslado 
« se podria hacer tan maravillosamente» (4). 

Los objetos de oro y plata con piedras preciosas 
engastadas, que Cortés envió á Carlos V de que 
hablan Gomara y Clavijero, en cuya lista se enu- 
meran collares, braceletes, y muchas piezas curio- 



(1 ) Clavijero, Historia antigua de México, tom. 1 , lib. 7 
pág. 373. 

(2) Idia, etc., pág. 78. 

(3) Oviedo" Historia de las Indias, lib. 33. 

(4) Gayangos, Cartas y relación de Hernán Cortés, § 4. 
— Segunda carta-relacion de Hernán Cortés al Empera- 
dor, fecha en Segura de la Sierra á 30 de Octubre de 1 520. 



—142— 

sas, alienaron de admiración á los artífices euro- 
« peos, los cuales, como aseguran muchos escrito- 
« res de aquel tiempo, declararon que eran real- 
« mente inimitaUesy) (1). 

D. Lúeas Alaman^ ha publicado como apéndice 
á sus Disertaciones sobre la historia de la Repúbli- 
ca mexicana, varios documentos interesantes, entre 
los cuales se encuentra la^ «Memoria de las joyas, 
« rodelas y ropas remitidas al Emperador Carlos 
« V por D. Fernando Cortés y el ayuntamiento 
« de Veracruz con sus procuradores Francisco de 
« Montejo y Alonso Hernández Portocarrero, de 
« que se hace mención en la carta de relación de 
« dicho ayuntamiento de 10 de Julio de 1520.» 

Como objetos destinados á tan alto Señor, para 
darle á conocer las tierras descubiertats, y someti- 
das á su dominio, es de creerse que se haya escoji- 
do lo mejor, y puede por ellos juzgarse del estado 
de las artes entre los mexicanos, especialmente de 
la platería. 

Entre esos objetos figuran: 

1® Una rueda de m'o grande, con una figura de 
monstruo en ella, labrada toda de follaje, la cual 
pesó tres mil ochocientos pesos de oro. Era la mejor 
pieza, y el mejor oro que aquí se habia encontrado. 



(1) Clavijero, Historia autlgua de México tom. l,oap, 
7, pág. 373. 



—143— 

2° Dos collares de oro y 'pedrería, uno de ocho 
hilos con doscientas treinta y- dos piedras colora- 
das, y ciento sesenla y tres verdes, colgando de la 
orla de dicho collar veintisiete cascabeles de oro, 
y en medio cuatro figuras de piedras grandes eri- 
gastadas en oro; de las dos de en medio colgaban 
siete pujantes, y de las otreis los cuatro pujantes 
más doblados. El otro collar tenia cuatro hilos con 
ciento dos piedras coloradas, y ciento setenta y dos 
que parecían verdes; al rededor de dichas piedras 
veintiséis cascabeles de oro, "y diez piedras grandes 
engastadas en oro, de que colgaban ciento cuaren- 
ta y dos pujantes también de oro. 

4° Cuatro pares de antiparras, dos de hojas de 
oro delgadas, con una guarnición de cuero de ve- 
nado amarillo, y las otras dos de hoja de plata 
delgada, con una guarnición de cuero de venado 
blanco, y los restantes de plumaje de diversos co- 
lores bien trabajadas, de cada uno de los cuales col- 
gaban diez y seis cascabeles de oro, y guarnecidos 
de cuero de venado colorado. 

5° Cien pesos de oro para fundir. 

6° En una caja, una pieza grande de plumajes 
forrada en cuero, que en los colores parecían w^^tr- 
tas atadas en dicha pieza, y en el medio una pa- 
tena grande de oro, que pesaba sesenta pesos de 
oro, y una pieza de pedrería azul, un poco colora- 
da, y al cabo de ella otro plumaje colgante. 

7° Un moscador de plumajes de colores con trein- 
ta y siete verjitas cubiertas de oro. 



-^144— 

8° Una pieza grande de plumajes de colores, 
que se ponían en la cabeza con sesenta y ocho pie- 
zas de oro al rededor que será cada una tan grande 
como medio cuarto, y debajo veinte tor recitas de 
oro. 

9° Una ristra de pedrería azul, con una figura 
de monstruos en medio, forrada en cuero, quepa- 
rece en los colores martas con un plumaje peque- 
ño. 

10'^ Cuatro harpones de plumajes, con sus pun- 
tas de piedra atadas con un hilo de oro, y un 
cetro de pedrería con dos anillos de oro, y lo de- 
más plumaje. 

11° Un bracelete de pedrería, y una pieza peque- 
ña de plumas negras y otros colores. 

12° Un par de zapatones de cuero, que en los 
colores de él parecen ^¿¿írteí, y las suelas blancas, 
cosidas con hilos de oró. 

13° Un espejo puesto en una pieza de pedrería 
azul y colorada, con un plumaje pegado, y dos ti- 
ras de cuero pegadas, y otro cuero que parecía do 
marta.- 

1 4° Tres plumajes de colores de una cabeza gran- 
de de oro que parece de caimán. 

15° Unas antiparras de pedrería azul, forradas 
en cuero, que por los colores parecían martas, con 
quince cascabeles de oro. 



—145— 

16° Un maní'pulo de cuero de lobo, con cuatro 
tiras de cuero, que parecen martas. 

17° Unas barbas puestas en plumas de colores. 

1 8° Dos plumajes de colores con pedrería. 

19° Otros dos plumajes de colores para dos pie- 
zas de oro, que se ponían en la cabeza, hechas á 
manera de caracoles grandes. 

20° Dos pájaros de pluma verde con sus píes, 
picos, y ojos de oro, que se ponían en una pieza de 
oro, que parecían caracoles. '' *•" 

21° Dos güariques grandes de piedra azul para 
la cabeza grande del caimán. 

22° Una caja cuadrada con una cabeza de cai- 
iflan de oro. 

23° Un capacete de pedrería azul, con veinte 
cascabeles de oro al rededor, y dos cuentas encima 
de cada cascabel, y dos guariques de palo con dos 
chapas, de oro. 

24° IjiidL pájara de plumas verdes con los pies, 
pico y ojos, de oro. 

2o° Otro capacete de pedrería azul, con veinti- 
cinco cascabeles de oro, y dos cuentas encima de 
cada uno, también de oro, colocados al rededor, 
con guariques de palo, y chapado oro, y un pájaro 
de plumaje verde con los pies, pico y ojos de oro. 

26. En una havu de caña dos piezas grandes de 



--146— 

oro, que se ponían en la cabeza, á manera de ca- 
racol, con guariques de palo, y chapa de oro, y 
. dos pájaros de plumaje verde con los pies, pico y 
ojos de oro. 

27. Diez y seis rodelas de pedrería con plumas 
de colores al rededor, y una tabla ancha esquina- 
da de pedrería con plumajes de colores, y en me- 
dio una.. cruz. de rueda, aforrada en ¿aero con colo- 
res como martas. 

28. ün cetro de pedrería colorado, á manera de 
culebra, con la cabeza, dientes y ojos, que parecen 
de nácar,- y el puño guarnecido con cuero pintado, 
del cual colgaban diez plumajes pequeños. 

29. ün moscador de plumas puesto en una ca- 
ña, guarnecido de cuero pintado, hecho a manqj;a 
de veleta, con una copa de plumaje y otras muchas 
plumas verdes largas. 

30. Dos aves hechas de hiló y de' plumajes, con 
los cañones de las alas, cola, uñas de los pies, ojos 
y los cabos de los picos de oro puestas en sendas 
cañas cubiertas de oro, plumas blancas y amari- 
llas debajo, entremezcladas, y cierta argentería de 
oro entre las plumas, de cada una de las cuales 
colgaban siete ramales de pluma. 

31. Cuatro pies á manera de lizas, puestas en 
sendas cañas cubiertas de oro, con las colas, aga- 
llas, ojos y boca de oro, en las colas plumajes ver- 
des, y en la boca sendas copas de plumas de coló- 



—147— 

res, con cierta argentería de oro, colgando de cada 
una seis ramales de plumas de colores. 

32. Una verjita de cobre forrada en cuero, con 
una pieza de oro, á manera de plumaje, y encima 
y alDajo otras de colores. 

33. Cinco moscadores de plumas de colores, cua- 
tro de ellos con diez cañoncitos cubiertos de oro, y 
uno con trece. 

34. Cuatro hartones de pedernal blanco, pues- 
íx)s en cuatro varas de plumaje. 

3b. Una rodela grande de plumajes, guarnecido 
el envés con un cuero de un animal pintado, y en 
el campo en medio una chapa de oro con o tías 
cuatro chapas en la orla, formando todas una 
cruz. 

36. Una pieza de plumaje do colores, á manera 
de media casulla, aforrada en cuero de animal pin- 
tado, con trece piezas de oro en el pecho muy bien 
asentadas. 

37. Otra pieza de plumajes de colores, de la cual 
colgaban dos orejas de pedrería, con dos cascabe- 
les y dos cuentas do oro, con un plumaje encima 
de plumas verdes, y debajo unos cabellos blancos 
que colgaban. 

38. Cuatro cabezas de aiiinmleSj dos parecían de 
lobo, y las otras dos de tigre, con cueros pintados, 
y cascabeles de metal colgando. -.umMS'Wbn e 

ESTUDIOS — ^TOMO II — 21 



—148— 

39. Dos cueros de animales pintados, que pare- 
cen de gato cerval, aforrados en mantas de algo- 
don. 

40. Un cuero bermejo y pardillo, y otros dos que 
parecen de venado. 

41. Cuatro cueros de venados pequeños, de que 
se hacen guantes. 

42. Dos libros de los que usaban los indios. 

43. Media docena de moscadores de plumas de 
colores. 

44. Una poma de plumas de colores con argen- 
tería. 

4b. Una rueda de -plata grande, que pesaba cua- 
renta y ocho marcos de plata, y braceletes, y hojas 
batidas, que pesaban un marco cinco onzas cua- 
tro adarmes, una rodela grande, y otra pequeña 
del mismo metal, con peso de cuatro marcos dos 
onzas, y otras al parecer también de plata, que pe- 
saban un marco y siete onzas. 

46. Dos piezas grandes de algodón, tejidas de la- 
bores de blanco y negro muy ricas. 

47. Dos piezas tejidas de pluma, otra de varios 
colores, y otras de labores, colorado, negro y blan- 
co, sin aparecerías labores por el envés. 

48. Otra pieza de labores, y en medio ruedas ne- 
gras de plumas. 



—149— 

49. Dos mantas blancas en unos plumajes teji- 
das. 

bO. Otra manta cxmíiesecülos^ y colores pegados. 

51. Un sayo de hombre. 

b2. Una pieza blanca, con una rueda grande de 
plumas en medio. 

53. Dos piedras de guascasa pardilla, con unas 
ruedas de pluma, y otras dos de guascasa leonada. 

54. Seis piezas de pintura de pincel, otra pieza 
colorada con unas ruedas, y otras dos piezas azules 
de pincel, y dos camisas de mujer. 

55. Once almaisares. 

56. Seis rodelas con chapa de oro, cada una de 
ellas, y media mitra también de oro (1) 

Al hablar Prescott de la embajada, que Mocte- 
zuma 11 envió á Cortés con varios regalo?, dice 
que eran « escudos yelmos y corazas cubiertas de 
« láuiinas de plata, y con adornos de oro puro; co- 
(í llares y braceletes del mismo metal; sandalias, 
« abanicos, penachos, y crestones de variadas plu- 
« mas, mezcladas con hiios de oro y plata, y salpi- 
« cadas de piedras preciosas y de perlas, pájaros 
« y otros animales perfectamente imitados en oro y 
« plata, de una hechura acabada; cortinas, frazadas, 



(1) Alaman, disertaciones sobre la Historia de Méxi co 
lom. 1, apéndice, 2, 



—150— 

« y túnicas de algodón tan fino como la seda, y de 
« ricos y variados colores, entretejidos de plumaje, 
« que rivalizaba con la pintura más delicada. A 
« más de esto habia más de treinta tercios de algo- 

«don Pero lo que principalmente llamaba la 

« atención eran dos láminas circulares de oro y pla- 
« ta del tamaño de la rueda de un coche: la una de 
« ellas, que representaba al Sol, tenia esculpidas 
<( plantas y animales, que seguramente simboliza- 
« ban el siglo de los aztecas; tenia treinta palmos 
« de circunferencia, y estaba valuada en veinte 
<( mil pesos de oro. La rueda de plata del mismo 
« tamaño que la otra^ pesaba cincuenta marcos (1). 

En la obra del P. Sahagun (2) se especifican los 
objetos que formaban el primer presente, y eran: 

1 . Una máscara labrada de mosaico de turque- 
sas, con una culebra doblada y retorcida en ella, 
formada de las mismas piedras, unida a una coro- 
na de ricas plumas, que lenia una medalla de oro 
redonda y ancha, de la cual se desprendían nueve 



(1) PrescoU, Hist. de la Gonq. de México, lom. 1, lib. 
2, cap. 6, pág. 227. 

— Bernal Diaz, Hist. de la Gonq. de México, cap. 39. 

■ — Oviedo, Hist. de las Indias, lib. 33, cap. 1. 

— Las Gasas, Hist. de las Indias, lib. 3, cap. 120. 

— Gomara, Grónica, cap. 27. 

— Herrera, Hist. gen., déc. 2, lib. 5, cap. 15. 

— Robertson, Hist. de América, tom. 2, nota 75. 

(2) Sahagun, Hist. de la Conq. de México, tom. 4, 
lib. 12, cap. 4. 



—151— 

sartales de piedras preciosas, que echadas al cue- 
llo cubrían los hombros y toc'o el pecho. 

2. Una rodela grande de piedras preciosas, con 
unas bandas de oro de arriba á abajo, y otras de 
piedras atravesadas sobre las de oro. De la rodela 
salia una bandera de ricas plumas, con. una meda- 
lla grande de mosaico, para ponerla sobre los lo 
mos. y sartales de piedras preciosas con cascabeles 
de oro, que se ataban á la garganta de los pies. 

3. My^ cetro de obispo todo labrado de obra de 
mosaico de turquesas, y la vuelta arriba era la ca- 
beza de una culebra revuelta ó enroscada. 

4. Unas colaras cómalas grandes señoras se las 
suelen poner. 

o. Los ornamentos de Tecastlipoca, que era una 
cabellera de pluma rica, que caia hasta cerca de la 
cintura, sembrada de estrellas de oro; orejones de 
oro con case beles de oro también; y unos sarta- 
les de car acólitos marinos, blancos y hermosos, de 
los cuales colgaba un cuero como^eío, con muchos 
cascabeles, sembrados y colgados por todo él. 

6. Un coselete de tela blanca pintada, bordada 
la orilla abajo con plumas blancas. 

7. Una manta rica de tela azul claro, labrada 
con muchas labores de azul muy fino, que se po- 
nía en la cintura atada por las esquinas, y una 
medalla de mosaico para sobre los lomos. 



—152— 

8. Sartales de cascabeles para la garganta de los 
pies, y unas co taras blancas. 

9. Los ornamentos y atavíos del dios Tlalacan- 
tecutli, que era una máscara con su plumaje y ban- 
dera, como la anterior, orejones de ChalcMviÜ, 
con culebras dentro de la misma piedra, un coséis- 
te pintado de labores verdes, y unos sartales ó 
collar de piedras preciosas, con la manta, meda- 
lla, cascabeles y báculo de que se ha becho men- 
ción. 

10. Ornamentos del mismo Quetzalcoatl, que 
consistían en una mitra de cuero de tigre, con una 
capilla de plumas de cuervo que colgaba de ella, 
adornada de Mi\chalchivitl^Vdi.ndiQ, orejeras redon- 
das de mosaico de turquesas, con un grabado de 
oro, cascabeles de oro para los pies, rodela de plu- 
mas ricas, báculo de mosaico de turquesas con pie- 
dras preciosas, ó perlas en la vuelta de arriba, y 
unas Cutaras. 

\ 1 . Una mitra de oro, á manera de caracol ma- 
risco, con unos ropajes de plumas ricas. 

12. 0\xd, mitra de oro, y varios objetos y joyas 
de oro. 

El segundo regalo que envió Moctezuma al mis- 
mo Cortés, se componía de estofas y adornos de 
metal, que no valían menos de tres mil onzas de 
oro. y además cuatro piedras preciosas de conside- 
rable tamaño, parecidas á las esmeraldas, llama- 



—1 Ba- 
das por los naturales chalchuites, muy estimadas 
entre ellos. (1) 

Hablando el mismo autor de la comitiva de Moc- 
tezuma, cuando salió á encontrar á Cortés, dice 
que « la litera imperial deslumhraba con sus h^Vr- 
« ñidas lammas de oro, llevándola en hombros los 
« nobles, así como también un dosel ópaliode vis- 
« tosas plumas, salpicado de piedras preciosas y 
« guarnecido de plata.» 

El tesoro de Axayacail, padre de Moctezuma, 
que éste puso á disposición de Cortés, para que 
junto con los impuestos recojidos en su imperio, 
fuese remitido al rey de España, como un presente 
y señal de vasallaje, consistía en tal abundancia 
de oro, que se formaron tres montones, parte fun- 
dido en granos brutos, parte en barras, y el resto, 
que era lo más, en utensilios, adornos y juguetes 
curiosos, é imitaciones de aves, insectos y flores, 
todo ejecutado con rara fidelidad y primor; en co- 
llares, braceletes, abanicos y otras curiosidades, 
en que el oro y rico plumaje estaban salpicados de 
perlas y piedras preciosas, « siendo muchos de es- 
« tos objetos más admirables por su manufactura 
« que por el valor de los materiales.» El importe 
de todo, reducido á moneda común, era de un mi- 
llón cuatrocientas diez y siete mil libras esterlinas, 
ó sean más de siete millones de pesos (2) . 



(1) Prescolt, Hist. df la Conq. de México, tom. 1, lib. 
2, cap. 6, pág. 233. 

(2) ídem, idem, tom. 1, lib. 4, cap. 5 



—154— 

Si se dá crédito á todo lo que sobre el Nuevo Mun- 
do han escrito algunos autores, asombrará no solo 
la riqueza encontrada en él; sino también las obras 
ejecutadas con los metales preciosos. En el Perú 
las paredes del templo estaban cubiertas con lámi- 
nas de oro y engastadas en ellas turquesas y esme- 
raldas. La estatua del ¡Sol deslumhraba por el bri- 
llo del oro de que estaba formada. Cerca del tem- 
plo babia fuentes^ cuyos tubos y tazas eran de oro. 
El jardin del templo de Cusco era todo de oro y 
plata y así eran los jardines de las casas reales del 
país. «De ambos metales babia una infinidad de 
plantas, árboles, flores, reptiles, pájaros y anima- 
les de toda especie. Ilabia campos sembrados de 
granos de oro, en los que estaban algunas legum- 
bres, leñeras y barras de oro y plata, colocadas or- 
denadamente unas sobre otras; estatuas grandes 
de hombres, de mujeres y de niños; graneros don- 
de los granos eran también de oro puro. Los vasos 
del teiñpló eran todos de esta materia, como tam- 
bién los instrumentos, que se empleaban en al 
agricultura. Todos los templos del Perú estaban 
edificados como el de Cusco, y faltaba poco para 
que las casas de los Incas no fuesen tan ricas como 
los templos. Las piedras se unían mutuamente con 
oro, plata y plomo juntamente fundidos. Atabali- 
pa, rey del Perú, ofreció á Pizarro, general de los 
españoles, darle por su rescate tantos vasos de oro 
y plata cuantos fuerain necesarios para llenar la sa- 
la donde estaba, ó según otros, todo el patio cua- 
drado del palacio de Caxamalca^ hasta la altura 



—188— 

que pudiera marcarse con la mano. Aceptó Pizar- 
ro estas ofertas, y Atabalipa las satisfizo.» (1) 

Muchos de estos ol)jetos dan á conocer los';cono- 
cimientos que poseian los indios en el benefidio de 
los metales, y en el arte de cortar y pulir las pie- 
dras preciosas, lo cual era común á varias partes 
de este continente. (2) El barón de Humboldt ha- 
bla de las piedras verdes conocidas con «1 nombre 
de amazonas, muy estimadas por los indios, en 
forma de cilindros percepolitanos^ taladradas lon- 
gitudinalmente, y cubiertas de inscripciones y fi- 
guras, á las que atribulan varias virtudes contra 
todo mal de nervios ó picaduras de serpientes, y 
las esmeraldas perforadas y esculpidas, que se en- 
cuentran en las cordilleras de la Nueva Granada 
y de Quito. El ^ulto á estas piedras, así-como las 
virtudes benéficas atribuidas al jade y al hemati- 
tes, los asemejan á los habitantes de los montes de 
Tracia(3). 

Los braceletes son otro de los adornos má's usa- 



(1) Biblia de Vence. Disertación sobre las riquezas de 
David, tom. 6, § 10, pág. 473, citando á Cheverau. 

— Historia del mundo, tom. 4, lib. 8, cdp. 3, pág. 238. 

(2) Historie genérale des voyages, tom. 13, págs. 578 
y 579. 

(3) Humboldt, viaje á las regiones equinoxiales, tom. 
3, 1. 7, cap. 22, pág. 243. 

ESTUDIOS — TOMO II — 22 



— 18G-- 

dos por los pueblos de la antigüedad. Los egipcios 
los llevaban de oro, plata, marfil, bronce con es- 
maltas, etc (1). Entre las alhajas que los hebreos 
ofrecieron á Moisés á fin de fabricar lo necesario 
para el servicio divino, se enumeran braceletes, 
aretes y otras varias. Los habitantes del Asia 3Ie- 
nor y de la Palestina seadornaban con ellos (2) . En- 
tre los griegos los usaban las mujeres muy rica- 
mente trabajados (3). Entre los romanos era ador- 
no común á uno y otro sexo, enumerándose entre 
los premios que se daban á los militares por sus 
servicios ó acciones distinguidas; adornábanse con 
ellos el brazo {k), y los ostentaban con orgullo en 
los espectáculos y juntas públicas (o). Las matro- 
nas romanas usaban también braceletes en el hí)m 
bro izquierdo, con el slroyliium que les cubría el 
peoho y les servia de coree (6) . Los galos llevaban 
igualmente braceletes, según S trabón^ así como 
otros varios pueblos. 

Lo mismo que se ha dicho de los collares, puede 
tener lugar respecto de este otro adorno ó distinti- 
vo que vemos en las figuras del Palenque cerca del 



(1) Ghampoliou. Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto. 
(2; Números, c. 31, v. 50. 

(3) Odisea, 1. 11, v. 32o y 32G. 

— Pausanias, 1. 9, cap. 41, pág. 796. 

(4) Tito LLvio, X, 44. 

(5) Tito Livio, X, 47. 

(6) Fert Plaut, Ment, III, 3, 4. 



—157— 

puño, á no ser que sea el remate gracioso de las 
mangas Ael vestido, aunque lo más seguro sea lo 
primero. Tales usos revelan los adelantos de es- 
tos habitantes, más civilizados que los de algunas 
de las naciones que poblaron este continente, y que 
fueron sucediéndose unas á otras, basta la llegada 
de los españoles. Rizóles perder la conquista su 
propia fisonomía^ ahogándose en sangra sus glo- 
rias^ sus usos y costumbres, y desapareciendo el 
pueblo querías persoDiñcaba. ¡Ojalá se hubieran 
^conservado, y estudiado mejor sus tradiciones, sus 
escritos, su vida y sus costumbres, para revelar al 
mundo verdades, que tal vez han quedado ocultas 
para siempre bajo un'velo impenetrable! 



CAFITULOXXIV 



1 . Figuras notables del Palenque: piel que llevaba una 
de ellas sobre la espalda: funciones de los sacerdotes 
egipcios y trajes é insignias con que se distinguían. 
— 2. Bajo relieve encontrado en un hipogeo de Ávidos: 
su semejanza con otro de las ruinas: comparaciones: 
— '3. Indicaciones sobre otras de las figuras notables 
y conjeturas á queda lugar todo su conjunto. — 4. Pie- 
dra en cuyo centro se encuentra colocada la cruz: el 
Tau de los egipcios y el Lingan de los indios: signi- 
ficación que tenia la cruz en varios pueblos de la an- 
tigüedad: lo que era en tiempo de Abraham: el patí- 
bulo de -la cruz: conocimiento que se tenia de ella an- 
tes de Jesucristo: cruces encontradas en otros lugares 
del continente. — o. Lo que era entre los indios. — 6. 
Importancia del bajo relieve indicado: palabras con 
que los egipcios expresaban el aumento J crecimien- 
to del Nilo: su significación en el sánscrito j manera 
como figura en el culto hindú: coincidencia de las 
ceremonias de los indus y las figuras egipcias. — 7, 

• Fragmentos de un globo alado encontrado en las rui- 
nas de Ococingo. 



Entre las figuras de las ruinas del Palenque, de 
que antes se ha hablado al hacer su descripción, 
hay algunas que por el lugar en que se haQan co- 
locadas, por su posición, su aspecto^ sus vestidos, 



—160— 

SUS adornos y otras circunstancias llaman extraor- 
dinariamente la atención. Encuén transe también 
entre ellas objetos que merecen un detenido exa- 
men. 

Una de estas figuras se hace notable por la mag- 
nificencia, riqueza y elegancia con que está vesti- 
da» por las insignias que lleva, y por la multitud de 
adornos que la cubren, en que-se distinguen joyas 
y piedras preciosas, así como magníficos y sobre- 
salientes bordados. Varios geroglíficos ocupan la 
parte superior de la piedra en que está esculpida. 
El calzado de este personaje tiene la misma forma 
que el cacle, que nsan los indios; pero.adornado en 
la orilla y en la parte de atrás, con pedrería ó pie- 
zas pequeñas de metal, y probablemente con algu- 
nos bordados: le cae una cinta formando un lazo so- 
bre el empeine; del tobillo para arriba suben dos 
cintas anchas bordadas, sembradas de trecho en 
trecho de pedrería, tachuelas, 6 pequeñas láminas 
de metal simétricamente colocadas, cruzándose una 
sobre otra hasta llegar á la rodilla, en que rematan 
por delante en una especie de anillo, formando 
así sobre la pantorriila un adorno muy vistoso. 

Otra de las figuras .que más fijan la atención por 
su traje, el gusto y delicadeza de algunos adornos, 
especialmente los del casco ó turbante que cubre la 
cabeza, es la que por el lugar donde está colocada, 
y por su aspecto parece ser un sacerdote delareU- 
gion de los antiguos habitantes del Palenque. El 
vestido es ajustado al cuerpo, con remates muy 



—161— 

graciosos en los puños de las mangas, y cerca de 
los tobillos, plegados, adornados con cintas y bor- 
dados, cuya descripción queda ya hecha. Llama 
la atención la piel que cubre su espalda, á manera 
de una casulla, sujeta por delante con anchas cin- 
tas bordadas y llenas de pedrería, de las cuales se 
desprenden unas como tocas ó toallas que llegan 
hasta las rodillas, precisamente lo mismo que con 
la delantera de las castillas. 

Esa forma es atendible, y también lo es la. piel de 
que está hecha esta parte del vestido, por las de- 
ducciones que de todo esto pueden hacerse. Se sa- 
be que los sacerdotes egipcios no estaban reducidos 
en sus funciones á solo el servicio de los templos, 
como entre los griegos, sino que formaban uri cuer- 
po de Estado, que gobernaba por decirlo así, á los re- 
yes y á los pueblos en nombre de los dio ses , tenien 
do el monopolio de la administración de justicia (1 ) . 
Usaban trajes que los hacían respetables y excita- 
ban la veneración de los puebles, trayendo colga- 
das al cuello figuras de dioses y diosas, collares 
y anillos en los dedos; y como los atributos de Ost- 
ris eran el thireo, la piel de Pantera y la capa, era 
la insignia . de sus sacerdotes una jñel de pantera 
echada sobre la túnica de lino (2). 



(1) Ghampolion. Historia descriptiva y piutoresca de 
Egipto, tom. 1, pág. 173. 

(2) Ghampolion. Historia pintoresca y descriptiva de 
Egipto, tom. 1. pág. 177. 



—162- 



§2. 



En un hipogeo de la ciudad de A vidos del antiguo 
Egipto se encontró, entre las ruinas, un bajo relie- 
ve en piedra calcárea, en que se tributa culto y 
ofrecen sacrificios á Osirís y á Isis, y que por la 
faja de caracteres de que está circundado, los gru- 
pos que se vén encima y al lado de las figuras, 
así"como otros objetos que contiene, es de grande 
interés. Uno de éstos, que más llama la atención, 
^?>\(X.cruz con asa, que tiene una figura en la mano 
derecha, que algunos creen ser el mlómeiro^ ins- 
trumento con que se medían las inundaciones del 
Nilo, de las cuales dependía como es bien sabido", 
la fertilidad del Egipto. Otro es la iriel de jf an- 
tera, que tiene sobre el vestido de lino el sacerdo- 
te en el acto de hacer el sacrificio, ó algún otro ac- 
to religioso á los genios ó deidades que tiene en 
frente, pues hace Ubacio7ies sobre un altar, cerca 
del cual se halla en pié (1). 

Sorprendente es el aire de semejanza, qué en su 
conjunto presenta á primera vista este bajo relie- 
ve con el encontrado en las ruinas del Palenque, 
del cual se ha hecho mención.' Hay en éste también 
un sacerdote en el acto de ejecutar alguna función 
religiosa, ó hacer alguna ofrenda, cubierto igual- 

(1) Pistolosi. Real Museo Borbónico, tom. 2,.pág. 10. 



—163— 

mente con una piel de pantera, leopardo ó tigre. 
La cruz que en aquel lleva en la mano una de las 
figuras, en éste se vé en el centro, pues aunque 
aquella tiene asa, sabido es que lo esencial en el 
Tau de los egipcios era la forma de una X, que te- 
nia la asa unida y era enteramente extraña al ge- 
roglífico. En uno y otro bajo relieve se vén arriba 
grupos de caracteres al lado de las figuras. Todo es- 
to si bien no constituye una perfecta identidad, dá 
por lo menos materia á conjeturas muy fundadas. 
Entre los monumentos que se refieren á la déci- 
ma octava ó décima nona dinastía (137b á 1180 
años antes de Jesucristo) se encuentran represen- 
tados los aJ)isÍ7iios de una manem, que tiene tam- 
bién golpes de semejanza con estas figuras del Pa- 
lenque, tales como la Í2^;2?>¿i de muselina traspa- 
rente, que les llegaba hasta las rodillas, atada á 
la cintura con una correa de cuero, ricamente do- 
rado y pintado. Vimpiel de leopardo sobre las es- 
paldas hacia las veces de capa; teman collares que 
les colgaban sobre el pecho, braceletes en los pu- 
ños, zarcillos de metal en las orejas y la cabeza 
cargada de plumas de avestruz. Aunque esto no 
puede decirse que fuese conforme al gusto egipcio, 
no podrá negarse que de él pro venia y que se des- 
cubre la imitación en las partes principales del 
vestido, como la túnica y el ceñidor; pues la piel de 
leopardo está tomada de los negros hirofantas (1). 

(l) Gobiaeau. Essai sur rinegalité des races humai- 
nes, tom. 2, 1. 2, chap.'8. ■ 'i- . 

ESTUDIOS — TOMO II — 23 



—164-^ 



§ 3. 



Ya hemos visto, además, que otra delasñguras 
del Palenque lleva una piel que bien podia ser de 
leopardo^ envuelta de la cintura para abajo, con 
zarcillos, un collar de piedras y un casco muy vis- 
toso y bien adornado, con un bastón misterioso en 
la mano, del cual parece que forma parte otra pie- 
za que sostiene con la otra mano, en la cual se vén 
uñ husto ó retrato en el centro, y un poco más aba- 
jo una cabeza deforme. 

Deponen los autores que en los pueblos de la an- 
tigüedad las personas distinguidas portaban un 
bastón y aun un cetro (1), cuyo uso quedó después 
reducido á solo los reyes (2). El que tiene esta fi- 
gura parece más bien un estandarte, pero sea lo 
que fuere, esto indica que es personaje des tinguido 
y que el uso de pieles de animales feroces era una 
distinción de la clase constituida en dignidad. 

El tuho, que lleva en la boca la figura de que 

(1) Herodoto, 1. 1, n. 9í). 
—Strabon, 1. 16, p. 1130. 

(2) Los indios cuando viajaban acostumbraban llevar 
un bastón negro y liso, que decian ser la imagen de su 
dios TecateutU, y con él se creian seguros de todo pe- 
ligro. En varias partes conservan todavía esa costum- 
bre. 



—1 es- 
principalmente nos hemos ocupado, puede también 
significar sus altas funciones, como la propagación 
de la palabra consagrada á las hazañas, grandes 
hechos y verdades interesantes. Es harto conoci- 
da la reputación que en la antigüedad disfrutaban 
los sacerdotes, en quienes estaba depositado el sa- 
ber, los grandes descubrimientos, los sucesos más 
importantes, especialmente entre los egipcios; y de 
consiguiente á ellos solos les era permitido trasmi- 
tirlos á otros países y á las futuras generado nes 
Esta función bien puede expresarse por el instru- 
mento que aquella figura lleva en la boca y del 
cual salen unas como anchas cintas ó llamas, em- 
blema con que se ha significado la propagación de 
la palabra, y por eso la Fama la pintan los mito- 
logistas con un clarín en la boca. 



§4. 



Aún más digna de profunda meditación es toda- 
vía la hermosa piedra de las ruinas del Palenque, 
á que antes se ha hecho alusión, en cuyo centro se 
encuentra colocada unac/'wc:, tan marcada en su for- 
ma y proporciones, que no puede equivocarse con 
ninguna otra cosa. 

El gusto exquisito, el esmerado trabajo de este 
bajo relieve, la profusión de sus adornos, las figu- 
ras notables colocadas á uno y otro lado, respeta- 



—166— 

bles por su aspecto, su trajo y sus funciones, así 
como la multitud de símbolos, emblemas y gerog- 
líficos que la rodean, indica la importancia que 
daban á la cruz que se baila en el centro. 

Nada de esto babria, si ella significase, como en- 
tre los üzaeses, un instrumento de suplicio, por me- 
dio del cual se bacian perecer las víctimas agoni- 
zantes entre crueles dolores y borribles tormentos. 
Menos puede reputarse por un signo astronómico, 
como quiere 3Ir. Waldech (1), ni como una figura 
geométrica (2), pues aunque según i/r. A. Lenoir, 
la cruz que se forma en el cielo, por la unión de 
la eclíptica y el ecuador, fija la primavera y el oto- 
ño, y los sacerdotes egipcios babian consagrado es- 
tos signos, esto no exijia tanto aparato, como con 
el que está representada, ni tanto esmero y cuida- 
do en todo lo que en esta lámina se vé trazado ni 
mucbo menos esos personajes, cuya actitud indica 
el acto de hacer una ofrenda, ó de practicar alguna 

ceremonia digna del objeto á que se destinaba. 

» 
El Tau entre los egipcios, que tenia la figura de 
T, cuando iba acompañada de una asa ó empuña- 
dura, que es la manera común como se encuentra 
en sus monumentos en esta forma -f, representa en 
opinión de algunos una llave, símbolo del Sol. 



(1) Voyage pittoresque et archeologiquc dans lapro- 
vince de Yucatán, pag. 23. 

(2) Lenoir. Examen des planches, 3«"'«exped. fig. 40. 



—167— 

De la Croce (1) y S'aMoski (2) creen, que no es 
más que el emblema del Phalus, opinión criticada 
por el sabio Raffei (3) . Hay, sin embargo, cierta 
semejanza entre el Tau de los egipcios y el Lin- 
fjuam de los indios, que es entre ellos el 5^/7?^í)^/¿«- 
lico^ signo de la virtud fecundante y generadora 
atribuida á las aguas del Nilo. 

Al bablar Yisconti de una estatua del Museo Pió 
Glementino, considera el tau con asa, como em- 
blema de la fuerza vivificante y generadora, que 
era particular de I/orus (4), aunque después en 
una adición dijo, que no era míis que una llave, em- 
blema que los griegos hablan puesto en manos de 
muchas de sus deidades (b) . 

Se ha creido también que el tau con ana pueda 
servir para indicar el planeta Venus. Es de la más 
remota antigüedad y se halla en una piedra graba- 
da que existe en el Museo Romano, colocado cerca 
del Sol y sobre una medalla egipcia acompañando 
al Dios Apis. 

Vése, por tanto, que cualquiera que sea la signi- 
ficación que se le dé en alguno de los sentidos ex- 



fl) Histoire du cristianisme üaus les Indes, 1. 6. 

(2) Pantheon Agryp, 1. II, chap. 7, § 6. 

(3) RaíTei. Osservazk)nisopraalcunimonumcnti,pág. 
53. 

(4) Visconli. Museo Pió Glementino, tora. 2, pág. 148. 

(5) Id., id., id., id., pág. loO. 



—168— 

presados, no puede convenir á la que forma el ob- 
jeto de este examen. 

En el templo principal de Núbia hay una cruz 
sobre el emblema que representa la unión de las 
estaciones entre sí (1), pero está colocada de un mo- 
do sencillo, sin ese aparato ó importancia que tiene 
la del Palenque. Los signos astronómicos nunca se 
han anunciado con tanta ostentación, ni han sido 
objeto de culto. En todos los zodiacos de la anti- 
güedad los vemos usados como cualquier otro sím- 
bolo ó geroglífico, con que se dan á conocer los ob- 
jetos que representan. 

Tampoco puede tenerse la cruz como emblema 
exclusivo de la fé cristiana^ para deducirse^ por su 
existencia en las ruinas, de que ó la población del 
Palenque es posterior al establecimiento del cris- 
tianismo, ó que esta religión no era desconocida á 
sus habitantes con todos sus misterios, incluso el 
de la redención, como se han esforzado en probar 
multitud de escritores, pretendiendo hallar algunas 
de estas noticias en los escritos, tradiciones y prác- 
ticas de los habitantes del Nuevo Mundo, hasta 
asegurar como probado que JSanto Tomás predicó 
el Evangelio en estas regiones (2) . 

Boturini es uno de esos autores que creen en la 
venida de Santo Tomás á América antes dre su des- 



(Ij Gage. Voyage en Nuble, planche 8. 
(2) Torquemada,t. 3, lib. 19, caps. 48 y 49. 



—169— 

cubrimiento^ y que predicó el evangelio en el Pe- 
rú y en la Nueva España (1). Hizolo también en 
el Brasil según Tomás Boselo (2) y Malimida (3) 
citados por iSolórsano (4). Respecto del Perú lo 
afirma igualmente ei Sr. Piedrahita, obispo de 
Panamá, expresando algunas particularidades y di- 
ciendo que unos le llaman Nemquetaha, otros Ba- 
cMca y oivo^ iSude {^. El Sr. Montegro, obispo 
de Quito, lo presenta como una tradición ú opinión 
común entre los indios (6). Esta tradición existia 
también en e\ Paraguay (7). El Padre OrdoñezYé 
en los emblemas de Quetzalcoatl y CvcJmlclian de 
los mexicanos y Chiapaneses, representados el li- 
naje, los becbos y la predicación de Santo Tomás. 
pretendiendo apoyarla en las profecías de los sacer- 
dotes de Yucatán y los itzaeses, referidas por V¿- 
llagutierrcs en su Historia de la conquista de la 
provincia de Itza, lib 1 , cap. 4 , § 11 por Fray Die- 
go Cogollndo, Historia de Yucatán lib. 2, cap. 1 i , 



(1) Boluriiii. Idea de una hist. gen. déla America. Sep. 
§16, n. 5. 

{2j Lib. 4. desig". ecles., cap. 3, pág- 132, lib. ü. cap. 
12, pág. 207. 

(3) Lib. 3, cap 2o. 

(4) De jure ind. loni. 1, cap. 1, u. 33, pág. 13. 

(5) Historia de la conquista del nuevo reino de Gra- 
nada, cap. 3. 

(6) Itinerario para párrocos de indios, lib. 2, Irat. 8, 
u. 8, pág. 279. 

(7) Arias Montano Phaleg. Honcio. De orig. Americ. 
lib. 1, cap. 2. 



—170— 

y ^ov Herrera, déc. 4, lib. 10, cap. 4, pág. 164. 
Por extrañas que parezcan las opiniones de Ordo- 
ílez sobre éste y otros puntos, no puede negarse 
que hay ingenio, agudeza y esfuerzo en la razón 
para apoyarlas. 

La cniz era conocida por los pueblos más anti- 
guos del mundo, especialmente por los de Egiipto 
y la India (1). Entre los primeros se reputaba la 
cruz con asa, conforme liemos indicado, como el 
emblema de la vida celestial ó divini, y así vemos 
en los monumentos egipcios, que sus dioses lalle- 
vaÍ3an casi siempre en la mano (2) , considerándo- 
se como uno de los caracteres, que distinguen á los 
principales de ellos (3) . 

Ya antes habia observado el Sr. Núñez de la Ve- 
ga, obispo de Chiapas, que en algunos geroglííi- 
cos de los egipcios estaba representada la ir 2í 2; mu- 
chos anos antes de la venida de Jesucristo, y en ella, 
c( la salud y vida qué habia de dar Dios á los honi- 
M bres, permitiendo que así fuese para que creye- 
<( sen más fácilmente en Cristo crucificadoy) (4). 
En las piedras que formaban el cimiento del templo 
de Sera'pis se halló esculpida la cruz. 

(1 j Mr. Leuoir. Exám. du planches cap. n. 5. 

(2) Ghampolion. Hist. descrip.ypiíjt. de Egipto, tom. 
1, pág. 193. 

(3) Ghampolion. Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 2, pág. 197. 

(4) Núñez de la Vega. Constituciones diocesanas, 1. 1, 
til. 2, n. 102. . . 



—171— 

Gomo instrumento ó medio de castigo era tam- 
bién conocida, según se ha indicado^ en tiempo de 
Abraliam. Niño suspendió de ella k 2'arno ó Ta- 
fin, rey de Medea, conforme al testimonio de Dió- 
doro (1). El patíbulo de la cruz se acostumbraba 
entre los persas, los egipcios^ los africanos, los ma- 
cedonios, los griegos y los romanos (2). En la Es- 
critura bajo la palabra 7;¿i¿z&w/o seliabla de la criiz^ 
según se colije de los capítulos 7, 8, 23, de los Nú- 
meros y del libro de Esther. 

Así es gue, si muchísimos anos antes de la ve- 
nida de Cristo había sido conocida por varios pue- 
blos, tomándola por signo de distintos objetos, pre- 
ciso es convenir en que no puede cansiderarse co- 
mo emUema exclusivo de la fé cristiana^ ni su exis- 
tencia en algunos monumentos antiguos es prueba 
de la predicación del Evangelio, como algunos han 
creído; juicio que también ha formado el sabio y 
exacto observador Mr. Lenoir al examinar el bajo 
relieve en que se halla representada en las ruinas 
del Palenque (3) . • 

No es solo en estas ruinas donde se ha encontra- 
do la crnz^ bajo la forma que so ha visto y delinea- 



• (1) Lib. 2 de su Biblioteca, pá"<?. 01. 

(2) Marti'netti. Tesoro delle antichitajudaiclie.caldei, 
indiani etc.. tom. 1, § 24, pág-. 283. 

— Justo Lipsio. Tratado de la cruz, lib. 1, cap. 1 1. 

(3j A. Lenoir. Examen des planches, 3*"'*expedition, 
íig. 40. 

ESTUDIOS — TOMO II — 24 



—172— 

da en sus caracteres, ó figurada en las paredes de 
sus edificios. Los historiadores hablan de algunos 
lugares de este continente donde los españoles en - 
centraron muchas, y observaron la gran venera- 
ción que de ellas tenian los indios. 

Así lo refieren Cogoíludo respecto de Yucatán (1 ) ; 
elP: Mártir de Cumaná (2); torquemada, Burgoa, 
García y el P. Brulio de Guatulco (3); el P. Román 
del Paraguay, (4) y Gomara y otros autores de 
las encontradas en varias partes (íj) . 

En la isla de Cozumel, descubierta por Juan de 



(IJ Historia de Yucatán, tom. 1, Ub. 4, cap. ^. 

(2) Pedro Mártir. Occean, déc. 7.1ib. 4, cap. 1. 

(3) Toríiuemada. Mon. ind., tom. 3, lib. 15, cap. 4y. 
— Bürgoa Gcog. disc. V, cap 09. 

— García Prado, del Evang. lib. 5, cap. 'ó. . 

— Brulio. Ilist. de S. Agustin del Perú, lib. Ij cap. ü. 

(4) Conquista espiritual del Paraguay, §§ 23 y 25. 

(5) Hist. de la conquista de Hernán Cortés, lom 1/ 
cap. 14. 

— Hornio. De orig. Americ, lib. 1, cap. 2. 

— Solórsaao. De jur iad., hb. 1, cap. 1'4, n. iíG. 

— ^^Laet. In Disert. cont. Grot., fol. G4 3^ Gü. 

— SaaTcdra. Peregr. Ind. cont. 1, fol. 22 y 28. 

—García. Orig. de los Ind., lib. 4, cap. 20, p;'jg. 189 
y 23, pág. 243 y 24, § 1^2, pág. 300» 

— Garcilazo déla Vega, tom. 1, lib. 1, capí G. 

— Torquemada. Mon iud., tom. 1. lib. 4, cap. 4, íü- 
lio 352. 

— Clavijero. Hist. ant. de México, tom. 1, lib. 4. pág. 
231. 



— 173— • . 

Gjijalya, dice Herrera que habia un templo, que 
entre otros llamó la atención de los españoles cuan- 
do arribaron allí, por su forma^ que era«una tor- 
cí re cuadrada, ancha del pie y hueca en lo alto, 
« con cuatro grandes ventanas, con sus corredores, 
t< y en lo hueco que era la capilla e staban ídolos, y 
« á las espaldas estaba una sacristía, á donde se 
« guardaban las cosas del servicio del templo; y al, 
« ]^ié de éste estaba un cercado de piedra y cal alme- 
« nado y enlucido, y en medio una cruz de cal de 
« tre^ varas en alto, á la cual tenían jior el Dios de 
« la Lluvia, estando muy certificados que no les 
« faltaba, cuando devotamente se la pedían: y en 
« otras partes de esta isla y en muchas de Yucatán 
« se vieron cruces de la ínisnut manera, y pintadas, 
«y no de latón,- porque nunca lo hubo, como dice 
« Gomara, sino de piedra y palo^» (1) y en Campe- 
che también. 

Este autor del cual tomó probablemente Herrera 
lo que antes se ha copiado, describe el templo de la 
isla de Cozumel ó Ácu'zamitl, como él la llama, y 
la cruz allí encontrada á la ciial dá diez ¡labnos de 
alto (2). 

Torquemada habla también del templo y cri(z de 

(1) Herrera. Hist. de lasiad, occid. Déc. 2, lib. 3, cap. 
1, pág. 50 y 60 y lib. -2, cap. 17, pág. 48. 

(2) Hist. de la conq. de llern. Corté.s, loiii. l,cap. 12, 
pág. 22. 



. • __i74-- 

la expresada isla de Gozumel en los mismos téTmi- 
nos que Herrera (1). ■■ 

Veytia menciona igualmente lo que acerca de 
ella queda referido por Gomara y por Herrera, y 
dice que « se hallaron cruces eii Ghollolan, en To- 
ce lian, en Tezcoco y otras partes, y generalmente 
« era tenida la señal de la cruz por Dios de la llu~ 
: « vía entre todos estos natíiralesy> (2) . 

Refiere el mismo autor citando al P. García, á Fr. 
Esteban de Salazar y al P. Galancha que en la sier- 
ra de Meztitlan se descubrió una cruz, que por el 
lugar en que se hallaba, su forma y el color llama- 
ba mucho la atención; pues estaba situada en una 
punta de la sierra, en la peña tajada en lugar altí- 
simo y casi inaccesible, relevada -á la mano dere- 
cha del risco, y á manera de tau^ en esta forma T 
labrada á cuadros, como tablas de ajedrez, un cua- 
dro de color de la peña que es blanquísima, y otro de 
un muy perfecto azul, de un codo .de alto, á juzgar 
por la vista á gran distancia, « y en frente de ella 
.« una media luna del mismo tamaño, á la mano iz- 
« quierda de la peña, relevada también en ella y 
« labrada también de los mismos cuadros y colo- 
f< res» (3). Boturini vio esta cruz. 



(Ij Torquemada. Mon. ind., Ub, 4, cap. 4, pág. 352. 

(2) Veytia. Hist. ant. de México, tom. 1, cap. 16. pág. 
108, 

(3) Veytia. Hist. ant. de México, tom. l,cap. 16, pág. 
171 y 172. 



—175— 

Clavijero hace mención en una nota, no solo de 
las cruces de Yucatán, sino de las de la Migteca, . 
Querétaro y Tepic, y la de l'ianquistepéc descubier- 
ta por i9o^wr¿/«' (1). 

« Los Incas, dice Warden, tenianiína cvíczáQ un 
« mármol muy hermoso, ó de jaspe el más puro, 
^-cperfecta/niente imlida y hecha de una sola pieza; 
'« tenia tres cuartas de ana de largo y tres dedos de 
(t ancho, y estaba colocada en un lugar sagrado dé 
« Palacio Como tm objeto de gran veneración. Los 
« españoles la enriquecieron de oro y de piedras, y 
« la colocaron en la catedral de Cuzco. (Garcilazo de 
«la Vega, lib. 2, cap. 3). Mr. Ranking cree muy 
« probable que esa crw^haya sido llevada por Man- 
« co-Capac; porque en el siglo XIÍI se encontraban 
« muchos cristianos de toda la secta de los Nesto- 
« ríanos al servicio de los Mogoles (Marco Polo, 
«vol. 1, piíg. 501). 'El conquistador deí reino de 
« Bengala fue un cristiano» (2) . 



§rj 



Tenemos ya, pues, algunos datos para juzgar, 
que la cruz entpe los indios no era una figura ca- 

(1) Clavijero, Hisl. aat. de México, tom. I, lib. 4, pág. 
231. 

(2) Warden. Recherches sur les antiquités de l'Ame- 
rique, chap. 0. . 



•—176— 

prichosa, uña delineacioíi geométrica, un signo 
astronómico, ni representaba tampoco un instru- 
mento de suplicio, sino que era un objeto de vene- 
ración y respeto, ya figurándose por ella el Dios de 
la lluvia, como en la isla de Cozumel, ó ya repre- 
sentando la vida celestial, cOmo entre los egipcios, 
ó ya en fin otro objeto respetable. Ese mismo sig- 
no, que entre los egipcios era emblema de la vida 
celestial, llegó á ser con el tiempo el de la salvación 
del género humano, y por consiguiente, el de ía 
bienaventuranza eterna. Cree Mr. Lenoir que en- 
tre los palencanos tenia un sentido simbólico como 
entre los egipcios. (1) El abate Brasseur de Bour- 
bourg dice que estos símbolos eran considerados 
en México y en la América Central como qI signo 
de la lluvia y de la germinación, lo mismo que en 
Egipto, y adorados como el de la generación uni- 
versal. (2) Asegura Ixtlixocbifl que un b-ombre 
llamado Quetzalcolmatl, según unos, y Hu,emac 
según otros, «fué el primero que plantó y adoró la 
ficruz qué se llamó quialmiztcotl chicahualizteotl, 
«ó tonocaqualiuitl, que quiere decir Dios de las llu- 
uvias ó de la salud, y árbol del alimento y de lavi- 
da.y> (3) Si es esto cierto, se tendrá una explica- 
ción natural de la cruz encontrada en las ruinas del 



(1) A. Lenoir. Examen des planches de la 3*'"®' ex- 
pedition, etc., íig. 34. 

(2) Recherches sur les ruines de Palenque, pág. 23. 

(3) Historia de los chichimecas, traducida por Ter- 
naux, lom. l,pág. 3. 



—177— 

Palenque, y también de que Quetzalcolniatl fué 
de los que allí llegaron, de donde salió para ve- 
nir á los lugares en que aparece fundando á Teo- 
tiliuacan. 



§6. 



No es, pues, de admirarse que este hermoso re- 
lieve haga en las ruinas un papel tan notable, y 
ocupe un lugar tan distinguido. El edificio 'aisla- 
do en que se le ha encontrado, levantado sobre un 
cerrito de piedras sueltas de construcción artificial, 
y de forma piramidal; el estar incrustado en lapa- 
red llenando todo su frente, y en la pieza del cen- 
tro que puede considerarse como la principal; los. 
ricos y esmerados adornos con que el ediücio estaba 
embellecido, entre los cuales se encuentran/ como 
se ha dicho, ñgnvas de plantas y /llores; las gran- 
des molduras de estuco, y la rica ornamentación, 
cuyos restos se descubren en esa misma pieza; las 
losas de asomlrosa magnitud con caracteres^ que 
allí se ven; y los personajes, tan notables de que se 
ho, hecho mención; todo indica la importancia de 
este monumento, y que tal vez él solo podría" bas- 
tar para revelar la paocedencia y origen de los ha- 
bitantes del Nuevo Mundo, si plenamente llegara 
á acertarse en la solución, ó explicación de su con- 
tenido. 



--178— 

• Ya se ha visto, que la cruz con asa entre los egip- 
cios se consideraba como miUema de las inunda- 
ciones del Nilo, del cual dependía su fertilidad^ y 
los bienes todos que" de ellas resultaban. Era el 
instrumento con que se median, y se anunciaba al 
pueblo el progreso y aumento de ese grande é im- 
portante acontecimiento, pues no por ser común ú 
ordinario, dejaba de considerarse como origen de 
la mda y felicidad de aquella nación. Usaban los 
egipcios, para expresar este aumento ó crecimien- 
to del rio, de la palabra canol), (1) convertida en 
canopos por los griegos, que era míí jarro ó cánta- 
ro de agua, empleando para marcarlo la figura X 
ó una tfi pequeña, (2) que con el tiempo no es de 
admirarse haya dejado de ser entre los. egipcios un 
me^ro signo, convirtiéndose en una deidad k quien 
tributasen culto. 

Esta misma palabra por la analogía del lengua- 
je se encuentra en el sánscrito trasformada en 
cnmhli, con la cual se significaba un jarro ó vaso 
que dio nombre en el zodiaco hindú al signo aqua- 
rius. «Este cuynhh G'hat'a, ó jarro, dice Paterson, 
«(3) es el objeto principal en la celebración del cul- 

( 1) Asiatic. recherches or transactians of Ihe society 
uoi'litud in Bengal for iquiriug into the history and aii- 
tiquilíes, the arls, Sciences, and literature of Asia. Lon- 
don 1798. vol. 8, § 3, pág. 75. J. D. Paterson arlicle .oí 
the origin of the Hindú religión. 

(2) J. D. Paterson, id., id. 

(3) Id., id., id. 



—179— 

ato hindú. Se le considera como casi la misma Dei- 
<ídad. No pueden dispensarse de ella, al paso que 
«pueden omitir enteramente la imagen de Durga.» 
Los vaislinavas hacen uso del vaso sagrado mar- 
cándolo de esta manera rH- l^o^saivas lo seílala- 
ban con un doble triángulo ^V; uno .de los trián- 
gulos signiñca.5í'u¿í, que reúne en sí los tres gran- 
des atributos de la pureza, la verdad y la justicia; 
el otro triángulo es su concierto con los mismos 
caracteres y atributos (i) Los adoradores de sacti, 
ó el principio hembra, señalaban el jarro con esta 
figura ¿^ ^ á cuyas señales seles llama yaw^r¿í, y 
son caracteres geroglíñcos, de los cuales se encuen- 
tra gran variedad (2) . . 

Es de notarse la coincidencia sorprendente que 
ha^ entre las ceremonias del hindú y las figuras 
egipcias, hasta constituir una identidad, quQPater- 
son explica, considerando que esta ceremonia se 
verificaba en el equinoccio autunal, en cuyo tiempo 
prevalece la estación de las tempestades é inunda- 
ciones, y supone que son sojuzgadas durante el 
paso del Sol por los signos Zeon y Virgo. ¡Quién 
sabe si el hermoso relieve de que nos ocupamos, 
representarla, supuestas todas las circunstancias 
que se han especificado, esta ceremonia religiosa, 
y si la cruz que se halla en el centro es el ca/iob de 
los egipcios, y f! cumbh de los hindus es la deidad 



(1) Asiatic. Recherches, etc., etc. Patersonetc, etc. 
{2) Id., id., id., id., id. 

ESTUDIOS— TOMO 11—23 



. —1 so- 
que por su beneficencia y nobles caracteres era ob- 
jeto de culto y veneración! 

No será fuera de propósito^ hacer mérito, por vía 
de ilustración, de la cruz que entre los bandd'has 
era un emblema favorito, y de la cual brotaban ho- 
jas y flores,- colocadas, como entre los católicos, so- 
bre un monte calvario: era la C7'4iz de los mani- 
queos. El árbol de la vida, ó del conocimiento, el 
tambu lo representaban siempre en la forma de una 
cruz mamQuea. Este árbol lo llojaeibem el árbol di- 
vino, el árbol de los dioses, el árbol de la vida y del 
conocimiento, productivo de todo lo bueno y de-, 
seable, colocándolo en el Paraíso terrenal (Agapi- 
tus ap. Photius Bibliot. 403), sostiene que esté ár- 
bol divino fué el mismo Cristo (1). 

En el Artista, « revista mensual de bellas astes 
y literatura dirijidapor Jorge Hammecken y Me- 
xia y Juan M. Villela», que se publica en esta 
capital (México) apareció el mes de Febrero de 4874 
un artículo de D. Manuel Orozco y Berra bajo el 
título de nÁlgo acerca de la civilización mexicana 
« y de la cruz del Palenque, y^ que contiene aprecia- 
ciones que coinciden en parte con algunas de las 
indicaciones que se han hecho: cita á Dupáix, Hum- 
boldt y Prescott. 

El primero dice lo siguiente: 

« Bien mirada y sin preocupación no es en ri- 

(!) Asiaüo reserches, vol. 10, % 2, pág. 123. 



--181-- 

« gor la Santa cruz latina que veneramos» (1), y 
no vé en ella ni la cruz griega, »í« ni la latina f. 

El segundo tenia noticia de esta cruz del Palen- 
que; pues poseia una copia del bajo relieve: no en- 
contraba perfecta su forma, que croia era más bien 
como la del tau, y en virtud de ella dice que no le 
parecía que pudiera caber duda alguna «acerca de 
« una figura simbólica en forma' de cruz era un 
«objeto de veneración:» que entre los geroglí fieos 
aztecas, el que designa el Sol en sus cuatro movi- 
mientos recordaba la forma de una cruz (2) : la en- 
contró, en el MS. Borgiano,fol. 47, MS. n. 210, 
y aparece en su obra « vues descordill, et mondes 
(ípeup. americ, pl..37, fig. 8:» era un emblema 
egipcio: en las medallas de Sidon del siglo 3 se vó 
una cruz en el remate del bastón que Astarté tiene 
en la mano; « y en Scandinavia un signo del alfa- 
« l)eto rwwiVo figuraba el martillo de Thor muy pa- 
« recido á la cruz del relieve del Palenque: sé mar- 
« caba con esta runa en los países paganos los ob- 
a jetos que se querían sacrificar.» 

El tercero, expone que según el testimonio de 
los conquistadores la cruz era objeto de culto en el 
Nuevo Mundo (3) . 

Después de extenderse el autor de dicho artículo 

(1) Dupaix. 3 Exp. u. 40, lám. 36. 

(2) Humboldt. Hist. de la Geogr. du Nouveau conti- 
nent., tom. 2, nota G, pág. 3o4. 

(3) Prescott. Historia de la conquista de México, tora. 
t, Apénd. parte primera, pág. 303, nota 24. 



—182— 

en varias observaciones, para llenar el objeto que 
en él se propuso tratar, dice lo siguiente (1): 

« La cruz es un signo conocido desde muy re- 
tí moto. Entre las naciones arianas significaba las 
<i dos maderas con que se encendía el fuego sagra- 
« do, a^ni^ haciéndose uso déla ^sldibTdipromatha 
« de que se deriva el nombre Prometheo. Fué ob- 
« jeto de culto en Egipto y en Siria.» 

Inserta después testualmente las palabras del co- 
mentador de Dupaix, y son las siguientes: 

«Esta cncz, incontestablemente anterior arcris- 
<r tianismo no puede tener relación alguna con la 
a religión de Cristo: se sabe además, que este sig: 
« no se encuentra frecuentemente en las antigüe- 
« dades de Guatemala y de Yucaían, y según al- 
«gunos autores que han escrito acerca de aquellos 
« antiguos paises, la cruz representaba la divini- 
<i dad de las lluvias. y> 

« Se podrá suponer, que esta ñgura, revestida de 
« un carácter sagrado, es como el Tau ó cruz con 
« asa de los egipcios, y que aparece también en los 
« monumentos de la India, aunque con algunas 
« modificaciones. Lo dijimos ya, y lo repetimos, 
« esta cruz está en el cielo formada por la reunión 
« de la eclíptica con el ecuador, fijando despuntes 
« importantes del ano, la primavera por la presen- 
tí ciadel Sol en la constelación de Aries, que está 

(1) Artículo cit. El Artista, pág. 263. 



—183— 
« acostado sobre esta unión crucial, y el otoño por el 
« descenso que el Sol hace en el signo de Virgo, co- 
« locado en el segundo signo crucial. Los sacerdo- 
« tes egipcios consagraron estos símbolos astronó- 
« micos, y para designar la primavera ponian en 
« la mano de Osiris la -cruz con asa, y para carao- 
« terizar el gtoño la ponian en la mano de Isis, 
<í anunciando así la inundación del Nilo.y> 

La cruz con asa ó el Tau en mano de Isis indica 
« el tiempo de lluvia en Abisinia, del mismo modo 
« que anuncia la inundación en Egipto. En Garta- 
« sse, Núvia, se vé un bajo relieve en el templo 
«principal, en el cual hay una cruz esculpida ba- 
(f jo el emblema que figura la unión dé las estacio- 
« nes por el nudo que forman las grandes divini- 
a dades egipcias, Isis y Scité madre de la natura- 
a loza. Este signo es en la India la mujer del dios 
(iDjagarnatha, es decir el lingam: es sabido quo 
a el Tau era símbolo del Phalus, do Osiris, ó da la 
« fecundación» (I). . 

Expone después el Sr. Orozco y Berra que, Mis- 
« to Lipcio encuentra entre los símbolos egipcios 
« uno que se interpreta ü/íZfl^ futura (2), y se en- 
« cuentra la cruz con asa en Champolion (3) . La 

(l) A. Leuoir. Aat. mex. Parallel des ano. mon. mex, 
avec ceux de l'E^ipie etc., pág. 79. 

(2j Justus Lipsius. Tractatus de cruce. Lat. París 
1598, lib. 3, cap. 6. 

(3) Precis du sist. üerog. des anee, ejipl., París 1828. 



—184— 
« figura del signo no es siempre la misma; ya to 
« ma la figura t+-i de la cruz llamada china; ya se 
«complica de e sta otra manera *llC| como se vé 
« en un vaso de térra cota encontrado en Squier (1) , 
«en Centro América. El signo cíclico de la fies- 
« ta del fuego nuevo entre los Aztecas^ es el Tau, 
« aunque en posición invertida (2). 

La cruz se mezcla en la arquitectura y ornamen- 
tación de los templos hiidhicos: muchos son cruci- 
formes y tienen cruces en las esculturas que ador- 
nan los muros y pedestales de las estatuas (3) . Exis- 
ten puntos palpables de semejanza entre las insti- 
tuciones, las prácticas y las ceremonias del J)ud^ 
Msmo en la parte exterior con la de la iglesia ca- 
tólica (4). - • 

, La cruz del Palenque, dice el autor del artículo 
antes citado; anterior al nacimiento de Jesucristo, 
las instituciones y creencias semejantes á los cris- 
tianos de las primitivas tradicciones de los Quichés 
indican una comunicación por las costas occiden- 
tales con las orientales de Asia (S), y hace mención 
en su apoyo de las opiniones de Humboldt y de 
Prescott. 



(1) Orozco y Berra. Art. y lug. citado. 
" (2) Nicaragua its. people etc., N. York, lom. 2, pág. 
92. 

(3) t\ T. B. Clavel. Hist. pitoresque dea reJig., tora. 
1, pág. 330. 

(4) Orozco y Berra, art. cit. pág. 270. 

(5) Orozcp y Berra, art. citado, pág. 270. 



— Í8S— 

Se ha hablado antes de la cruz encontrada en la 
isla de Cozumel; los abates Banier y Mascrier en 
su « Historia general de las ceremonias, prácticas 
« y costumbres religiosas de todos los pueblos del 
<i mundo,)) al hacer algunas indicaciones sobre la 
religión délos pueblos de Campeche, Yucatán, Ta- 
basco, Cozumel etc., dicen que en 'esa isla « el dios 
« de la lUivia era adorado hajo la forma de la cruz 
« y que en tiempo de seca iban en procesión á rq- 
« garle para que hiciera llover)^ (1).. 

En el culto tolteca y mexicano, dice el Abate 
Brasseur que la cruz era el emUema de la lluvia (2) . 

Varia era, como se ha visto, la significación que 
este símbolo tenia entre los ejipcios: el P. Kircher 
cree que no significaba precisamente entre ellos la 
vida celestial, como pretenden buidas, Rufino y 
otros autores; sino el movimiento y difusión de la 
mente divina en la producción de todas las cosas. 
« Divine Mentis in rerum omniumproductio7ie mo~ 
« kim et diffucionenu (3). 

Se le vó múltiple en su forma en la escultura sa- 
grada: cuando aparece con dos líneas heterogéneas 

(1) Hist. gen. des cerem. meurs et cout. religde tou3 

lespeuplesduiloüde etc., par-M.l'Abé Binier et par 

l'Abbé Mascrier, lom. 7, Part. I*"" chap. 9. 

(2) Hist. des nat. civilises du Mexique et de rAmeri- 
qúe céntrale, toln. 1, chap. 3, pág. 90. 

(3) Abhanasii Kircherí e S. J. Sphenix Myatagaga. 
Para. 3, oaput. 3. 



—186— 

circulares y rectilíneas, como ésta 2 ^^^ astróno- 
mos egipcios significaban á Mercurio; el circulo 
denotaba la difusión de la Divina Mente en el mun- 
do sidéreo, y por la cruz la difusión en los elemen- 

tí)S. 

Lo egipcios Veian con suma veneración estos ca- 
racteres misteriosos, no tanto por los que contenían 
cosas ocultas, sino principalmente, por cierta sim- 
patía natural que creían podían atraer los genios 
celestes maléficos. 

Kircher se estiende sobre esta materia, dando á 
conocer que, Cuando los egipcios querían significar 
todo el efluvio ó comunicaciOii de las fuerzas en el . 
mundo elemental, trazaban unr- cruz para signifi- 
car la fecundidad del e'spíritu qu ) todo lo penetraba; 
y de donde la tomaron los grie¡ :os por símbolo de 
*7(^ww5 para expresar la gene: ación de la diosa, 
y cuando lo presentaban esparcido y diseminado 
por todas las partes del mundo, y que se viera el 
espíritu, el alma del mundo, el Sol dando á cada 
uno la forma, vida, esencia y duración que le era- 
propia, le agregaban el semicírculo de la luna dlo^ 
cuernos, del car 7ier o. 

Maricilío (1), dio á esto una explicación más. cla- 
ra y extensa, manifestando la combinación de sig- 
nos ó caracteres, y el papel y lugar prominente 
que entre ellos bacía la crí^^; reputándola como, la 

(1) Lib. 3. 



—187— 

figura de la fuerza y de la fortaleza, y llegan á 
significar la tida futurxi cuando la esculpían en el 
pecho áQ Ser apis. 

Todos estos datos podrán servir de mucho, cuan- 
do combinados con otras observaciones se examine 
la cuestión de origen. 






Al tratar en este capítulo de las figuras notables 
de las ruinas, mé parece oportuno volver á llamar 
lá.-atencion sobre el. fragmento de un adorno de es- 
tuco . que se encontró sobre una de las puertas in- 
teriores de las r aínas de Ococingo, á manera de 
un globo en el centro, según la parte que de él 
queda; del cual nace una ala grande que se cono- 
ce por los diversos órdenes de plumas que la com- 
ponen. 

Nadie dejará de conocer, aun llevado por la pri- 
mera impresión, la semejanza que hay entre este 
adorno,, y el globo alado 6?e? >S'orde los egipcios. 
Tanto en uno como en otro el ala nace de cerca del 
globo que o(Jupaer centro, sirviendo de adorno ala 
parte súpérior;de las puertas, aunque. con la dife- 
rencia' de que en Ococingo está sobre una interior, 
y entre los egipcios ocupaba el pilono, como se ve 
en el gran templo de la isla de Philp^ en el de 
.0?nbos, Denderah, en Medinel Abou, el palacio de 
Louqsor y otros edificios .y templos de Tébas. . Es 
•preciso también advertir que las plumas en el de 

ESTUDI08— 'TOMO IT — IC 



—168— 

Ococingo están volteadas, y no se descubren cerca 
del globo restos de las serpientes, que tiene este 
adorno entre los egipcios. Hay, además, en el de 
Ococingo, tres ordenes de plumas, así como otros 
adornos, y en el gloho alado del Sol solo dos, acer- 
cándose más en su figura á la de una ala. Por no- 
tables, sin embargo, que sean estas diferencias, las 
cuales prueban realmente que no hay completa 
identidad, no puede por esto negarse la semejanza 
que en uno y otro se advierte, y que podrá quizá 
servir para formar fuertes conjeturas, en unión de 
otros datos que ministran los restos de estas ruinas 
poco conocidah (1). 

El glol)o teñido de colorado y amarillo, con alas 
de<:plegadas era entre los egipcios el símbolo y em- 
blema del dios Thoth Jeracocefalo ó Ennete Tri- 
mengisto, que representaba la sabiduría divina; j 
era considerado como el imtitutor de los demás dio- 
ses (2), el protector de las ciencias, el inventor de 
la escritura y artes útiles, en una palabra, como 
el organizador d^ la sociedad humana (3) . 

(1 ) En lá plancha XII de la colección de Waldeck se 
descubre un globo alado bajo el pié derecho de una fi- 
gura en los bajo relieves que contiene. 

(2) Erasmo Pistolesi. Real Museo Borbónico, tom. 3 
lav. O, pág. 131 y tav. 16, pág. 202. 

(3) Ghampolion. Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 2, pag. 386. 



CAPITULO XXV. 



1 . Estuco usado por los palencanos: uso que de él ha- 
ciau los egipcios: su empleo eu Asia v otros países. — 
2. El grabado: grabado en hueco: Bajos relieves en 
Egipto y otras naciones. — 3. Bajos relieves notables 
de los griegos y romanos. — 4. El bajo relieve en las 
ruinas del Palenque: su carácter y adelanto que reve- 
lan las obras en ellas ejecutadas: comparación con las 
de los egipcios: causa por qué entre éstos lo mismo 
que entre los mexicanos se mantuvo estacionaria la 
escultura: opinión de Stephens: postura de las figuras 
del templo de las Lajas eu las ruinas del Palenque y 
su semejanza con las egipcias: otras semejanzas no- 
tables. — o. Bajo relieve encontrado en Zaehila. — 6. 
Figuras que se vén en el claustro de Bolonia y en la 
fachada de la catedral de Módena. 



§1- 



El estuco es uno de los procedimientos que más 
usaron los palencanos para embellecer sus obras. 
Casi lodos los bajos relieves que decoran sus pare- 
des son de estuco, que tan á propósito es para la va- 
riedad de dibujos, los caprichos del arte y las más 
hermosas formas. Una gran parte de esas obras 



—190— 

está ya destruida; por lo que queda puede juzgarse 
cómo eran las demás. Quizá eu ellas estaba conte- 
nida mucha parte de la historia de este pueblo, tal 
vez perdida para siempre, porque fragmentos mu- 
tilados, solo servirán para hacer deducciones y con- 
jeturas. más ó menos fundadas, cuando un genio, 
priviligíado como el de Chamjpolion áescxibTaila. 
significación dé los caracteres palencanos (1), des- 
cifre sus grandes steles, explique sus figuras, des- 
criba minuciosamente sus cuadros, deduzca de ellos 
el estado de la civilización y de las artes, y descor- 
ra el velo que hoy roba á nuestros ojos lo que fué 
el pueblo que habitó estas ruinas. 

La blancura dureza y finura, que se nota en los 
bajo relieves de los palencanos, hacen creer que 
era el estuco de que se vallan el mismo de los ro- 
manos, compuesto de mármol blanco y cal, aun- 
que puede ser también de yeso y aguacola, mez- 
cla que aún se emplea en la actualidad en obras 
de esta clase. Los egipcios hacian uso de uno y 
otro (2), y asi lo indican los relucientes adornos. 



(1 ) El abate Brasseur deBourbpurg dedicó últimamen- 
te á esto todos sus esfuerzos, y con el auxilio de la obra 
del P. Landa que publicó, sobre las caracteres de las rui- 
nas de Yucatán, así como otros datos y noticias que se 
procuró en las bibliotecas de España, pensaba dar cima 
á este trabajo, y aun llegó á dar á luz una obra que en 
estos momentos no tengo á la vista. 

(2) Ghampolioa. Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 1, pág. 308. 



—191— 

que. se han encontrado entre las ruinas y escomr 
bros de sus templos y palacios. Es de suponerse 
que esta mezcla, ú otro género de argamasa seme- 
jante, fuese euipleada en los pueblos del Asía, y to- 
dos los demás, donde las artes habían hecho algu- 
nos progresos, atendiendo á la magnificencia de 
sus edificios, á la profusión de sus adornos, y al es- 
mero que ponían en todo lo que contribuía á em- 
bellecerlos. 



§2. 



A los adelantos del dibujo debió seguirse nece- 
sariamente el grabado, que tiene más realce, y dá 
á conocer mejor los contornos de las figuras. Afir- 
man varios escritores que los antiguos habitantes 
de Egipto no sabían trabajar en bajo relieve, sino 
solo grahar en hueco, considerando lo primero co- 
mo invención más moderna, pero es fácil concor- 
dar esta opinión con la descripción que se nos ha- 
ce de sus movimientos, á menos que no haya en 
ella toda la exactitud y fidelidad necesarias. Re- 
cordamos, por ejemplo, la que hace PaiU Lúeas diQ 
las ruinas de Andera (1), la de Granger (2), á 
quien se elogia de discreto y puntual hasta en los 

(1) Voyage de Paul Lupas, tom. 2. páj?, 37. 
)2) Grager. Voyage en Egypte, pág. 43. 



—192— 

detalles^ y la que nos han trasmitido dos misioneros 
sobre las ruinas que se hallan cerca de Lnqsor en 
los alrededores de Tebas (1); pues todos deponen de 
la existencia de Mjo relieves, asi como de los graba- 
dos enhueco, aunque en la descripción del mauso- 
leo de Osimandias solo se habla de éstos últimos. 

Difícil es fijar con precisión la época en que co- 
menzó cada una de estas dos especies de grabado. 
Es de creerse que conocida la una, poco se tardarla 
en pasar á la otra. Fl grabado en hueco produce el 
bajo relieve, cuando se aplica el molde á la arcilla, 
argamasa, metal ú otra cosa dispuesta para produ- 
cir el objeto que contiene; pero tenemos una auto- 
ridad de gran peso, que es la de ChampoUon, el sa- 
bio intérprete del Egipto, quien al hablarnos de los 
hipogeos del Valle de Biban el Molouli dice: « los 
« numerosos bajo relieves que encierran estas tum- 
« bas» (2) , dándonos la descripción de la que per- 
tenece al faraón i2¿i^«5C5, hijo y sucesor de Meca- 
moun. Con este testigo tan autorizado é intacha- 
ble, no cabe ya duda del uso que hacian los egip- 
cios del bajo relieve para la decoración de sus edi- 
ficios, asi como para trasmitir á la posteridad he- 
chos y sucesos memorables. Dice D' Agincourt ({mq 
eran inclinados á los medio relieves, porque sobresa- 
liendo los bordes de la incavacion defendían los 



(1) Voyagés publiés par Thevenot, torn. 2. 

(2) Ghampolion. Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 1, pág. 81. 



—ios- 
relieves de todo choque y detrimento (1). Los tajo 
relieves, que algunos llaman anaglyphaj otvos to- 
reumata, aunque este nombre solo se aplica á los 
ejecutados en metal, y los griegos y latinos typhis, 
eran una especie de escultura (2), siendo de creer- 
se que lo mismo sucedería entre los hebreos^ asi- 
rlos, y demás pueblos del Asia; y después entre 
los griegos y romanos como lo indican sus obras, 
y los minuciosos datos que de ellos nos han con- 
servado. 

El grabado sobre piedra, que es lo que particu- 
larmente se llama glíptica, se supone que nació ei 
Egipto. En Asia se han encontrado trozos de ella 
anteriores al reinado de Alejandro. Los fenicios, 
los hebreos y algunos otros pueblos de Oriente lo 
aprendieron de los egipcios, que lo ejecutaban en 
piedras, ó en cristales, trasmitiéndose después, 
primero á los griegos, y en seguida á los roma- 
nos. 

Inmenso es el número de jii^dras grabadas de 
todas las nacionss que han llegado hasta nuestros 
días. Los que se distinguieron en este arte, fue- 
ron: Teodoro de S amos, Pyrgoteles, Policleto, Apo- 
linodes y Diosorides, originarios de Grecia, que 
vinieron á establecerse en Roma; pero el gravado 

(1) D'Agiucourl. Storia dell'arle col mezzo dei mo- 
numenti etc., vol. 3, pág. 11. 

(2) Visconti. Museo Pió Glementino, lom. 4, prefacio 
pág. 5. 



en piedras preciosas no reapareció sino hasía el 
tiempo de Lorenzo de Médicis, sobresaliendo en- 
tonces el célebre florentino Juan delle Cornivale. 

En el hajo relieve los objetos resaltan mas ó me- 
nos sobre el fondo, al cual se adhiere la obra. Es 
quizá la primera producción de la escultura. «En 
la India, el Egipto, y la Persia, los muros ex- 
teriores ó interiores.de los templos y palacios esta- 
ban cubiertos de lajos relieves , así como áegerog- 
tíficos entallados en la piedra, de manera que pa 
recian hundidos en el campo que los rodea. Esta 
deprecion presentaba la doble ventaja de asegurar 
la conservación del objeto representado, y de eco- 
nomizar el trabajo largo y penoso que habría sido 
necesario, para quitar toda la porción de piedra só- 
lida, de modo que la parte esculpida estuviera en 
relieve en el fondo. Si se considera que muchos de 
los monume7itos egipcios son de granito, se pensa- 
rá que esta consideración debia entrar en mucha 
parte en los motivos del partido, tomados á este 
respecto.» • 

Los griegos, en vez.de decorar el frente de sus 
templos con solo "bajos^relieves, colocOih^-úi en él fi- 
guras, lo cual era más económico y niás cómodo, 
porque el artista podia trabajarlas" en su casa. El 
frontis del Pantenon de Atenas así estaba decorado. 
La toréutica, ó fabricación de los bajo relieves en 
mármol, se llevó en Grecia á la mayor perfección. 

(1) PÍinio. 84, cap. 8/sec. 19, § 1. . 



— IOS— 

Phidias fué según PH71Í0, (1) el primero que hizo 
obras de esta clase; Policleto las perfeccionó. 

Los egipcios daban muy poca salida á las figu- 
ras de sus Mjos relieves, y para forinarles campo, 
se contentaban,, como se ha indicado, con cavar los 
contornos. En los bellos siglos de la escultura, los 
griegos cavaban un campo proporcionado á las fi- 
guras; el relieve de las del friso del Partenon es 
aplastado. 

La descripción del hroquel de Aquiles hecha por 
Uomero prueba la anligüedad de los bajo relieves 
en metal. Alcon de'Mileo en Sicilia es según Ovi- 
dio el artista más antiguo de lajo relieves cincela- 
dos en vasos de plata (2) . 



§3. 



De los griegos, donde se conocían medio siglo 
antes de la guerra de Troya, fueron célebres los ba- 
jo relieves de Phidias (3), los de Alcanienes en el 
templo de Júpiter Olímpico (4) , los de Praxiteles 
en el templo de Hércules (S) y los do Prosseas y 



(1) PUdío. 84, cap. 8, sec. 19. § 1. 

(2) Ovidio Metamorfosis, 1. 13, pág. 679. 

(3) Pausanias, Ática 24. 

(4) Pausaniai. id. I XI. 

(5) Pausanias. Beclica, XL 

ESTUDIOS — TOMO II — 27 



—196— 

Á)id7Yi^¿enes ei'\eltQm])lo de Delfos (1). Decoraban 
también con ellos en mármol el frente de los alta^ 
res, y los sfelcR ó ciws de los sepulcros (2), 

Los romanos usaron de los bajo relieves en los 
arcos de triunfo, para eternizar la memoria de sus 
victorias^ y eñ las columnas, á que se dio el nom- 
bre de eochlides en forma espiral destinadas al mis- 
mo objeto, como la Trajana y Antonina en Roma, 
levantadas para rivalizar con los obeliscos egij'icios, 
que he contemplado desde sus bases, extasiada el 
alma en grandes recuerdos. En tiempos posterio- 
res los usaban también en los sarcófagos destina- 
dos á contener los restos mortales de los difuntos, 
en lugar de los vasos en que se guardaban las ce- 
nizas (3). 

Los Persas, ejecutaban en la.s montañas bajos 
relieves: el de Bi-Sidoun tenia cincuenta metros de 
altura; era un grupo de prisioneros, hay en oíins- 
cripciones cuneiformes sobre siete columnas con 
noventa y nueve líneas cada una, destinadas sin 
duda á perpetuar la memoria de algún grande acon- 
tecimiento (4). 

Mr. Callier habla de otros bajos relieves de esta 

(1) Pausanius. Phoci.a XIX 
Prefacio, pag. 14. 

(2j Viscouti oeuvres; Museo Pío Clemenliuo, tora. 4, 
prefacio, pag. 14. 

(3) Viscouti. Museo Pío Clemcntino, tom. 4, Prefacio» 
págs. 18 y 19. " 

(4) Flaudin. Voyage en Persa. 



—197— 
clase, que se véná tres les leguas de Beyroutli (1). 

Chardin, Le BruD y Niebuher nos han conserva- 
do muchos bajo relieves de los- muros do Tschelmi- 
nás de la antigua Persépolis, 



§4, 



En las ruinas del Palenque se vó usado el hajo 
relieve^ no solo en la multitud de adornos de estu- 
co de varias formas que decoran sus paredes, sino 
en las figuras esculpidas en piedra, dando así lu- 
gar á que pueda juzgarse mejor de su perfección, 
de la exactitud y belleza de sus proporciones, do 
BUS. bien acabados contornos, y de la expresión y 
nobleza de sus facciones. 

No puede negarse que todo esto es el resultado 
del buen gusto, y del grado de adelanto de los pa- 
lencanos, usando para la belleza do sus edificios 
de los mismos medios, que pusieron en práctica las 
naciojies más célebres é ilustradas de la antigüe- 
dad, y quizá con ventaja, porque muchas de sus 
obras, especialmente Jas figuras, están delineadas 
y grabadas con más perfección que las de Egipto, 



(1) Voyage en Asie Mineuret ca Arabio. Seanco pu- 
bliquc de Tlnslitut 2, m^i. 1834. 



que, como es bien sabido, es la fuente donde be- 
bieron las demás naciones los conocimientos, que 
después las hicieron tan célebres. 

Pero no es éste solo el punto de semejanza que 
en esta línea se encuentra entre las ruinas dal Pa- 
lenque y lo que conocemos de Egipto. Ya se ha- 
brá advertido, que el mayor número de las figu- 
ras del Palenque están grabadas de perfil, y esto 
mismo han notado varios de los viajeros^ que visi- 
taron las ruinas sorprendentes que se hallan en las 
cercanías de Téhas (1). Igual cosa observa íS tra- 
bón respecto de uno de los monumentos de Luqsor 
•y en la descripción que D'Agincourt hace de los 
bajo relieves egipcios en esa postura, parece que 
era la favorita para ellos (2) , y se está viendo en 
las del Palenque. 

Algunas de las piedras esculpidas que decoran 
el edificio principal de estas ruinas contienen, co- 
mo en las de Téhas, muchas figaras colocadas en 
hilera y en diferentes posturas, y es extraordina- 
rio, que fuese efecto de la casualidad encontrar en 
las rainas de ambos pueblos un mismo modo de 
presentar sus figuras. 

• 

Atendiendo, por otra parte, á lo bien formadas 



(1) Collection des voyages publiée par Thevenot, 
lom. 2. 

(1) D'Agincourt, Storia dell'arte colmezzodei monu- 
minli etc., tom. 4, Pref. pág. 8. 



—199— 

que son, "á la flexibilidad de sus miembros y á la 
exactitud de sus proporciones, se advierte semejan- 
za coií las egipcias, pues en los bajo relieves pa- 
lencanos se encuentran algunas bien trazadas, que 
indican bastante el adelanto del arte, aun en sus 
ídolos, no obstante que entre ellos lo mismo que 
entre los mexicanos, la escultura sé mantuvo esta- 
cionaria en los objetos relativos á la religión, por- 
que reputaban obligación sagrada copiar sin varia- 
ción alguna lo que recibían de sus antecesores. 
No era lícito á los egipcios, dice Platón (I) intro- 
ducir cosa alguna de nuevo, ó pensar en otras, y 
lo mismo sucedía, sugun el harón de Ilumholdt en 
México y en" el Indostan, pues todo cuanto perte- 
nece al rito de los aztecas y de los hindus estaba- 
sujeto á leyes inmutables (2). 

Para convencerse de lo expuesto, bastará citar 
la descripción, que hace ChampoUon, de las repre- 
sentaciones, que adornan las paredes de la gran sa- 
la de S'peo ó templo de Ihsamhv.l, cavado en la 
montana en que se nota mucho movimiento, y gru- 
pos de figuras de grande efecto y animación, asi 
como la del gran palacio de Medinet Babou^ en 
que todo es colosal y admirable, especialmente los 
cuadros del segundo patio, en que brilla toda la 

(1) Lib. 2 de las leyes. 

(2) Humboldt. Ensayo sobre el reino de la Nueva 
España, tom.1, lib. 2, cap. 6, pág. 191. 



—200— 

grandeza faraónica (1), y cuya descripción admi- 
i^a por todo cuanto en ella so contiene. 

Mas, á pesar de todo, no encuentra Stejpliens^^ 
mejanza alguna entre la escultura egipcia y la del 
Palenque (2) , asentando que tampoco la hay con 
la délos HinÁus^ porque los objetos de éstos en lo 
general son más feos, « son representaciones de só- 
a res humanos torcidos, deformes y no naturales, 
« muy frecuentemente con muchas cabezas, tres ó 
« cuatro brazos, ó piernas, separados del mismo 
« cuerpo» (3). 

Hay una cosa digna de notarse, y es que las ñ- 
guras del tenvployie las Lajas en estas ruinas del 
Palenque, están todas de frente, y llevan en la ma- 
no una especie de ramo, ó cosa que indica ser al- 
guna ofrenda, como antes se ha dicho. Quizá seria 
una de las prácticas religiosas de ese pueblo, acom- 
pañada de otros ritos, que nos son desconocidos. 
Se sabe que á los judíos les estaba mandado llevar 
en las manos ramas d(; árbol, como una ceremonia 
religiosa (4), y en sus templos ofrecían joyas, flo- 
res é incienso, adornándolos con ramas de árboles. 
Entre los romanos los altares se cubrían con hojas 



(1) Champolion. Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 1, págs. 243, 335 y 336. 

(2) Stephens. Incidcnts of travel etc.. tom. 2, cap 26, 

(3) Id., id., id., id., id. 

(4) Lcvítico, cap. 23, vers. 40, 



—201— 
y verbena (I), j se adornaban con flores (2). Lo3 
indios también adornaban sus templos con flore?, 
ratíias de árboles y joyas. 

El aire de semejanza, que se advierte en lo gene- 
ral entre las figuras del Palenque y las de Egipto, 
resalta más cuando be fija atentamente la vista en 
ellas. Véese entre las contenidas en la obra de 
Champoh'on la lámina XIII donde aparee 3 un rey 
armado, sentado en su carro: entre sus adornos bay 
un rico collar y geroglificos al lado, como en las 
del Palenque. Én la lámina XVI se vé el rey com- 
batiendo en persona con arco, flechas y carcax; en- 
frente bay geroglificos. En la lámina XV, que po- 
ne á la vista el. acto de presentar unas ofrendas al 
gran dios de Tébas, adornado de collar, se vén al- 
gunas en forma de cruz: el mismo rey tiene una 
en la mano, y sobre su cabeza hay geroglificos. 



§0. 



Habla Dnpaix de un bajo relieve encontrado en 
Z achila cuya descripción ha hecho Gondra (3). 

(Ij Adams. Antig. rom. torn. 2, pág. 397. 
—Virgilio. Eueida XII 120. Horat. od. IV 11, 7. 

(2) Ovidio Trist. III, 13 15. 

— Stat. Theb. 8, 298. Selio 16 30. 

(3) Gondra. Explicación de las láminas pertenecien- 
tes & la historia déla conquista, tom. 4, lám. 15, pág. 64. 



—202— 

Está grabado en una losa muy dura y pesada, de 
tres cuartas de longitud, una tercia de ancho, y tres 
pulgadas de canto. Contiene, dentro de una orla 
en cuadro, cuatro figuras sentadas y perfiladas, y 
en el centro una ara con dos figuras en cada lado. 
Tienen alguna barba, en el tocado de una apare- 
cen dos hojas de palma, semejante al que los sa- 
cerdotes egipcios llevaban al ejercer sus funciones 
religiosas en la temporada de las cosechas. «La in- 
« signia del dios, á quien adornan, y que cubre el 
« ara, es muy semejante al adorno que termina el 

« tocado ó el bonete del sacerdote Así también 

« en el Egipto se vén figuras á un mismo tiempo 
« sobre el altar de Osiris, y sobre la mitra del sa- 
« cerdote que celebra, las hojas de plátano (de lo- 
«tus), y de frutos que le estaban consagrados. ?> 



§6. 



Para complemento, y por lo que pueda influir 
en las ulteriores indagaciones que se hagan, haré 
notar que en la figura I tabla 70, que nos ha adi- 
do D' A ffincourt (IJ, véese una figura en el claus- 
tro de San Esteban de Bolonia, que se halla en 
la cornisa de la columna, y que por su actitud, su 
forma y aspecto, se parece á la que sirve de apoyo 

(1) D'Agiücourt. S loria deH'aríe ele, pág. 226. 



—203— 

á uno de los personajes que figuran en el bajo re- 
lieve en las ruinas del Palenque (Lám. núm. 29). 
Igual semejanza se nota en la que forma parte de 
la base de una columna de la fachada de la Cate- 
dral 'de Módena, que D'Agincourt presenta bajo el 
número 4, y las encontradas en las ruinas (Lámi- 
nas 9 y 34); pues tanto la una como la otra, se 
apoyan sobre figuras de animales que representan 
algún mueble que los tuviese. 



ESTUDIOS — TOMO II — 28 



CAPITULO XXVI 



1 . Las estatuas entre los antiguos. — 2. Su carácter en- 
tre los egipcios: colosos del Amenophion de Tébas: 
estatua parlante deMemnon: la de Sesostris: colosos. 
— 3. Antigüedad de la estatuaría: su uso en el Asia 
y otras naciones: las más notables por su objeto, por. 
ia' materia de que estaban hechas ó por los artistas 
que las ejecutaron: las de Grecia y sus escultores no- 
tables: las de los romanos. — 4. Estatuas encontradas 
en el Palenque y Ococingo: comparación con una es- 
tatua egipcia de las más notables, y semejanzas que 
se advierten: observaciones sobre el instrumento den- 
tado que tiene sobre el pecho, y la insignia que lleva 
en la mano: adornos que tienen las figuras en la ta- 
bla Isiaca y monumentos publicados por Gaylus: cor- 
don y tau que llevaban los sacerdotes: la efigie en el 
pecho de la sacerdotisa de Cibeles. — 5. Observaciones 
sobre los pantalones que se notan en la expresada 
estatua del Palenque. — 6. No se han tncontrado en 
las ruinas cariátides ni atlantes. — 7. La escultura en- 
tre los mexicanos: ídolos en laftsla de Cozuniel: efigie 
de Quetzalcoatl: de Huitzilopochtli: colección en pie- 
dra eu el Museo de México de ídolos y otros varios 
objetos. — 8. Nacas del Peten. — 9. Estatua de la co-- 
lección de Waldeck. 

§1. 

Las estatuas formaban entre los antiguos una 
parte principal de las decoracioüoí de sus grandes 



—206— 

obras de arquitectura. Los templos, los palacios, 
los edificios públicos, eran los sitios en que se ad- 
miraba el trabajo de artistas célebres que. toman- 
do por maestra á la naturaleza, procuraban imitar- 
la en sus obras bellas. Sin embargo, llevados ma- 
chas veces del gusto dominante, de ideas de gran- 
deza, de lo estupendo y maravilloso, se separaban 
de ella, dando á sus trabajos un aire fabuloso ó 
ideal, defectuoso en sí, pero que en los tiempos en 
que se ejecutaron constituían el mérito del artista. 



§2. 



Entre los egipcios la forma colosal, idea que to- 
maron de los etiopes, según Diódoro citado por 
Biancliini (1), era el gusto dominante. Por eso 
sus estatuas tienen grandes dimensiones, como se 
vé en los dos célebres colosos qua adornan el ^»te- 
nophion de Tebas, de cerca de sesenta pies de al- 
tura, formados de uffa sola piedra de arenisca mar- 
mórea, sacada de las canteras de la Tebaida supe- 
rior, y trabajadas con esmero, escrupuloso cuida- 
do y elegancia (2) , lo mismo que la famosa está- 



(1) Bianchini. La Storia Universale provata coa mo- 
numenli, tom. 2, cap. 18, § 8, pág. 134. 

(2) Ghampolion. Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 1, pág. 108. 



—207— 

tuaparlaíite de Mcmnon, de que nos hablan aS'^/íí- 
bon y Pmisanias. Son igualmente notables las que 
adornaban el gran templo de /*/¿^¿i en Menfis, en- 
tre las cuales se cuenta la de Sesostris .de treinta 
codos de altura, según el testimonio de Rerodoto 
y Diódoro de, Sicilia, otra estatua pequeña de es- 
te mismo rey, toda de granito negro, de seis á sie- 
te plés de altura, existente en el Museo de Turin, 
que Champolion reputa como ¡a obra 7nO£Stra de 
la escultura egipcia^ describiéndola en sus más pe- 
queños detalles (1); y por último, las demás esta- 
tuas de los reyes erigidas en los patios de los tem- 
plos egipcios. 

Los atributos que se notan en las estatuas son el 
cetro ^ la cruz con asa, el sistro, el vas^x^Se con- 
tenia agua del Nilo, la flor de.loto, el collar, ó ua 
retrato incrustado, ó un bajo relieve. Las sirve de 
base un pedestal cuadrado con geroglíücos. 

En cuanto á los adornos con que estaban sobre- 
cargadas, observa Viseonti (2) que nada hay que 
se parezca dlmodium de las antiguas divinidades 
asiáticas; no obstante, el busto de SerajAs estrella- 
do, que aparece en la citada colección (3), tiene el 
inodium sobre la cabeza, y el do Isis la flor de lo- 
to sobre una media luna (4) . 

(Ij Champolion. Historia descriptiva y piutoresca de 
Egipto, tom. 2, pag. 522. 
(2) Museo Clementino, tom. 2, pág. 23. 
(3)"ldem, idem, tom. 6, plancháis, pág. 106. 
(4) ídem, idem, plancha 16. 



--208— 

Además de las grandes estatuas de Sesostris, 
Mem7ion, y la que se halla en uno de los templos 
de Tobas, son de mencionarse entre los colosos el 
que fué trasportado á Roma en tiempo de Augus- 
to y colocado en el gran Circo, de ciento veinti- 
cinco pies sin el pedestal, y los dos que se encuen- 
tran á una legua de la orilla occidental del Nilo, 
en frente de Luqsor^ y á algunos centenares de pa- 
sos de Mediyiet-Ahou, en medio de la llanura, sen- 
tados, con las manos sobre las rodillas y la vista 
vuelta hacia el Oriente; son conocidos con los nom- 
bres de Chama y Tama: su altura desde los pies 
hasta el vértice de la cabeza es de quince metros 
cincuenta y nueve centímetros, ó de ocho pies sin 
el pedestal, que tiene doce pies de alto; lo que les 
da una elevación de sesenta pies. La longitud del 
dedo do en medio de la mano es de cuatro pies cin- 
co pulgadas: pesa el pedestal y el coloso unidos, 
L30S,992 kilogramos, ó 2 611,995 libras. 

La estatuaría, empero, no salió del estado de 
imperfección que en sus obras se nota, debido en 
parte á la falta de conocimientos anatómicos, pero 
principalmente á las leyes, que no permitían álos 
artistas hacer alteración alguna en lo que habían 
practicado sus predecesores, sino que debían su- 
justarse alas mismas reglas y principios, siendo 
ésta la causa porque sus estatuas tenían en las for- 
mas y posiciones una tiesura desagradable, (1) y 

(1) Pistolesi. Museo Borbónico, tom. 8, tav. 4fi, pág. 
297 y 298. 



—209— 



se las vé privadas de movimiento, con los brazos 
colgados *á los lados y pegados al cuerpo. 



§3. 



Son las estatuas tan antiguas como la idolatría, 
á laque tal vez debieron su origen. Al principio 
serian de barro; de estas obras imperfectas se si- 
guieron las de madera, piedras duras y metales. 
Decia Praxiteles, que de los moldes de barro na- 
ció el arte de hacer fíguras en mármol y bronce, 
y adelantando en su ejecución, llegóse á producir 
con el tiempo las inmortales obras de los griegos y 
romanos. 

Decorados estaban los suntuosos edificios del 
Asia con estatuas; no habia ciudad célebre que no 
las tuviera. En el palacio de Semíramis en Babi- 
lonia se admiraban las estatuas de bronce de Júpi- 
ter, 'Belo, Niño, de la misma Semíramis, y de los 
principales oficiales del Estado (1). Hizo colocar 
también esta célebre soberana en uno de los tem 
píos tres estatuas de oro maciso: la de Júpiter^ de 
cuarenta pies de alto, en la posición de un hombre 
que marcha; la de Rhea, sentada sobre un carro do 
oro con dos leones en sus rodillas, y dos enormes 
dragones de piala al lado; y la de Juno^ que tenia 

(1) Diódoro, lib. 2, pág. I2l y 12'2. 



—210— 

agarrada con la mano derecha una culebra por la 
cabeza, y en la izquierda un cetro lleno de piedras 
preciosas (i). 

Contrayéndose Eomero al palacio de Alcinous, 
dice que en él había estatuas de oro (2) , y habla 
también de otras que entre los troyanos eran vis- 
las con mucha estimación y respeto. Apolodoro da 
idea del Palladüim, que según algunos críticos era 
la estatua de Minerva de que habla Hornero (3j . 

En la Grecia, país clásico de las artes, es donde 
en este punto hay muchísimo que admirar. Vemos 
en Atenas, Esparta, Gorinto, Sicione, Samos y en 
otras ciudades, prodigadas las obras de escultura 
en los templos, en los pórticos, en las plazas y 
otros lugares públicos. El culto de los dioses se 
excitaba por este medio. La memoria de los gran- 
des sucesos se perpetuaba así, trasmitiéndola á to- 
das las generaciones. El ejemplo de los grandes 
hombres, célebres por sus virtudes, servicios é 
ilustración, estaba siempre á la vista del pueblo, 
para que los imitase y no olvidara la gratitud que 
les debía. Esas obras ejecutadas con esmero, ser- 
vían también de modelo á los artistas, que en el 
arte deseaban perfeccionarse. En el conjunto de 
ellas se admiraban las estatuas de los dioses y de 
los héroes que más se han atraído la admiración: 

(1) Diódoro, lib. 2,pág. 123. 

(2) Odisea, 1.7, v. 100. 

(3) Iliada, 1. 6, v. 306. 



—211— 

veíase á Pindaro coronado con una diadema y su 
lira en la mano, en la Puerta de Pecilo en Atenas 
la majestuosa estatua de Solón, lo mismo que otras 
muchas que inmortalizaron á Praxíteles, Policle- 
to, Fidias, Trasimedes, Alcameno y otros varios 
escultores que dieron vida con su cincel á tantas 
estatuas consagradas por la admiración, la piedad 
y la gratitud. Citaremos entre otras la Véoius de 
Guido del primero, la Juno de Argos del segundo, 
el Júpiter Olímpico del tercero, y el Esculapio de 
Epidauro del cuarto. Las obras de escultura de los 
griegos nadie las lia excedido; á los primeros cono- 
cimientos que recibieron de Egipto y Asia, unieron 
sus propios esfuerzos, y se hicieron inmortales. 
Provenia la belleza de las estatuas griegas del em- 
peño con que los artistas la procuraban: habiauna 
ley entre los tebanos, según Pislolesi (1), en que 
se ordenaba á los pintores y estatuarios diesen á 
sus figuras la mayor belleza posible, bajo graves 
penas pecuniarias. 

Entre las obras mas antiguas de escultura de 
Grecia, enumeranse: 

La estatua de Juno en Samos hecha en tiempo 
de Proeles por Smilis. 

La de Minerva en el Acrópolis de Atenas, ejecu- 
tada por Endocus. 

{1} Pislolesi. Real Museo Borbónico, lom. 1, tav. 5, 
pág. 47. . 

ESTUDIOS — TOMO 11 — 29 



—212— 

El combate de Hércides y Antiope en bronce, 
que existia en Olimpia. 

La caja ó cofre de Cypselo, que se considera ce- 
rno la más antigua. 

De mencionarse son también los nombres de los 
escultores más antiguos y notables de esa nación. 

Plinio nombra entre ellos á Dipoenus y á Sey- 
Ih's, á Bíipalus y á AntJieremts. 

Phidias^ hijo de Gharminus y discípulo de Age- 
ladas, de Argos y de Hippias, fué en tiempo de 
Pericles el que llevó en Grecia la escultura al más 
alto grado de elevación: trabajó en bronce, en mar- 
fil y en mármol; fué también pintor, y entre sus 
obras más notables menciónanse el Júpiter de 
Olimpia y la Minerva delParthenon de Atenas. 

Alcaménes se distinguió mucho; tenia según 
Pausanias, el primer lugar después de Phidias, 
que fué su maestro: notable es su yé7ius en los jar- 
dines, 

Ctesilaus fué también escultor notable: sus A7na- 
zonas en bronce, destinadas al templo de Diana en 
Efeso, se reputaban como las mejores después de 
las ejecutadas por Phidias y por Polycletes. 

De Myrou se citan obras de mucho mérito. 

Polycletes fué uno de los más grandes artistas, 
natural de Sicyone, y discípulo de Ageladas, flore- 



—213— 

ció 432 años antes de Jesucristo. Entre sus obras 
menciónanse como las más notables la estatua de 
Juno de Argos, de marñl y oro; la de D Móceme- 
nos^ su DoryplorOj sus Canephoros, un Hércules 
y la conocida bajo el nombre de Apaxijomenos: eje- 
cutaba las manos con una belleza admirable. 

Scopas, natural de la isla de Paros, floreció cer- 
ca de boO años antes de la era vulgar: se citan co- 
mo obras notables suyas algunos bajo relieves, y 
la Venus desnuda, superior según algunos á la eje- 
cutada por Praxíteles. 

Pí'axüeles, á quien se atribuye el bello estilo, 
vivió casi 400 años antes de la era vulgar: sus 
obras han sido objeto de admiración y de los más 
grandes elogios; entre las que ejecutó en bronce 
cítanse un sátiro llamado Períboelos, una Venus, 
un Apolo j el Fauno encantador que se vé en el 
Museo Napoleón bajo el número l>0, en la sala de 
las estatuas: bizo dos Venus, una desnuda y otra 
vestida. 

Zi/cipo, nacido en Sicyone, contribuyó mucho 
á los progresos de la escultura: floreció, según Pli- 
nio, en la 114 olimpiada: se Je atribuyen muchas 
obras de bronce, entre las cuales figuran un coloso 
de Júpiter de cerca de 4S pies de alto. Alejandro 
le escojió para hacer su estatua en bronce. 

Admirables son entre las obras de la escuela 
griega el Apolo de Belvedere con el chlamy sobre el 
brazo que se vó en el Museo ÍTapoleon bajo el nú- 



—214— 

mero 137, y aparece grabado en el Museo Clemen- 
tino, tom. 2, pl. 14 y IS, y en la racoUa de MafFei 
pl. 2. 

El Gl-xdiadoT Moribundo grabado en el Museo 
Capitolino, tom. 3_. pl. 67 y G8. 

La Yénus de Médicis, obra de Cleomenes, gra- 
bada en Maífeij pl. 37. 

El Mercurio que bajo el número 129 aparece en 
la misma colección. 

Baca llamado el Sardan''ipalo, grabado en la 
pl. 41 del tomo 2 del Museo Pió Clementino. 

La áriadna entre los grabados del mismo Mu- 
seo número 44, y en el de MaíFei pl. 8^ de la que 
hay una copia en bronce en las TulJerías, y la de 
i/(?/efí^?^í(9 grabada también en el primero bajo. el 
número 117, pl. 34, y en el segundo, pl. 141. 

En el Museo Napoleón se bailan también las es- 
tatuas de Demóstenes, Menandro, y Pasiiidipo ba- 
jo los números 72, 76 y 77, sentadas. 

Después de los griegos poco tendremos que ad- 
mirar entre los romanos, que fueron sus discípu- 
los. Sus obras, sin embargo, son dignas de la 
época de su poder y grandeza, cuando hartos de 
conquistas, fatigados con la guerra y el aparato 
bélico, consagráronse á la literatura y bellas artes, 
especialmente á ñnes del siglo V, después de ha- 
ber sojuzgado la Etruria, y aproveobádoso de los 



—210— 

despojos de la Grecia y de Sicilia. Estaba Roma 
llena de estatuas; las habia no solo en los templos 
y lugares públicos, sino también en las casas (1). 
No las tuvieron en sus templos, sino hasta el rei- 
nado de Tafquino el mayor, ciento setenta aüos 
después de la fundación de Roma (2). Hablando 
Petronio del número de estatuas de los dioses, di- 
ce que Roma contenia más dioses que habitantes. 
Pero después de haber hablado de las obras grie- 
gas, poco se encuentra que admirar entre los ro- 
manos imitadores suj^os: nación guerrera en que 
el ruido de las armas, las victorias y la conquista 
la embriagaban, ocupándola casi exclusivamente 
por mucho tiempo, hasta que el infortunio vino á 
hacer desaparecer su gloria y su poder, dejándo- 
nos solo su nombre y la fama de sus acciones. 

No será, sin embargo, del todo fuera de propó- 
sito consignar aquí algunas observaciones que la 
den algún tanto á conocer. 

En las obras ejecutadas en tiempo de los prime- 
ros emperadores, nótase en la fisonomía marcado 
el carácter de los personajes, tales como seeticuen- 
tran descritos en la historia: véese en Augusto la 



(1) Cic. Verr. Ib5. 

— Hor. Od. II, 18. 

— Juv. VII, 182. 

(2j Plutarco. Dionisio Halicarnaso. 

— Tertul. Apolog, c 2b. 

— Aug., 1. 4 de civit, c. 21. 



—216— 

fiereza de su triunvirato; en Agripa al hombre 
pensador y de un valor experimentado; el furor de 
Lima, la impudicia de Julia, un aire amenazante 
en Callgula, la estupidez en Claudio, y en Nerón 
los rasgos del asesino de su madre. 

Notables son por el estilo y perfección los bus- 
tos de Adriano, Septimio Severo^ Antonino Pió, 
Lucio Vero, Elio César, Caracalla, y Claudio Al- 
bino, que bajo los números 83, 18b, 188, 189, 192, 
194 y 204 se vén en el Museo .Napoleón; y la esta- 
tua de Augusto grabada en el 2° volumen del Mu- 
seo Clemenlino, y la de Trajano bajo el número 
73, que se halla en la sala de los Hombres Ilus- 
tres del Museo Napoleón. 

La primera estatua de plata que se hizo en Ro- 
ma fué la de Augusto, y la primera de oro se colo- 
có en el punto más elevado del Capitolio, y tenia 
esta inscripción: «A Cornelio Syla^ emperador 
afortunado.» La del emperador Nerón, colocada 
cerca de la tribuna de las arengas, era de plata y 
pesaba mil libras; la que estaba en el Capitolio en- 
frente del templo de Júpiter era de oro. Calígula 
ordenó que se le erijieran estatuas de este metal, 
lo mismo que Domiciano. La que votó el Senado 
k Marco Aurelio era también de oro; Id, diQ Cómodo 
pesaba mil libras. La de Faustina en el templo de 
Venus era de plata. 

Calígula ordenó que se le erigieran estatuas de 
oro y plata. 



—217— 



I 4- 



Tales son las obras de estatuaría de algunas na- 
ciones célebres de la antigüedad. Si la mano del 
tiempo hubiera respetado los monumentos de los 
habitantes del Palenque, tal vez entre ellos exisli- 
rian hoy estatuas en que tendríamos que admirar, 
como en sus bajos relieves, los progresos que ha- 
blan hecho en este ramo. Solo tres se han encon- 
trado: dos en las ruinas de Ococingo de que hace 
mención Dupaix (1), y una en las del Palenque, 
cuyo grabado figura en la obra de Stephens (2). 

Las dos primeras son de una piedra de color c^ 
niciento. Representa la una el cuerpo entero de 
un hombre sin cabeza, y así mutilado^ tiene vara 
y media pulgada de altura, con los brazos cruza- 
dos sobre el pecho, como en una postura reveren- 
cial, vestido de una túnica larga, y sobre ella un 
escapulario, qvLCi^aiTece ináicdiV qI traje de alguQ 
sacerdote gentilicio en opinión de Dupaix: está 
apoyada sobre un pedestal, con el que forma un 
todo de dos varas de alto. La otra representa el 
cuerpo de una mujer, á quien faltan la cabeza, 

(1) 3««»*exp., n. 15 y 16. 

(2) StephcDS. Incidents of travel etc.. vol. 2, cap 20, 
pág. 348. 



—218— 

pies y manos, vestida de túnica con una especie 
de falda, dividida delante, á manera de cortina, 
con una especie de delantal, que le baja hasta los 
pies, adornado con gracia y simetría. Ambas en 
sus formas aparecen bien hechas, sin defecto no- 
Uble, como lo tienen las de los hindús, algunas 
egipcias, ú otras que indican los primeros ensayos 
del arte. Habia otras en el mismo sitio hechas pe- 
dazos, y enteramente desfiguradas. 

La del Palenque estaba completa, tirada en el 
suelo y oculta bajo la tierra que sobre ella habia 
ido acumulándose. Es mayor que las dos anterio- 
res, pues tiene de alto diez pies y seis pulgadas, 
y en ella llaman la atención varias cosas que ya 
se han indicado antes, y de que ahora se hará men- 
ción más especifica. En primer lugar se echa de 
menos la fisonomía peculiar de las figuras del Pa- 
lenque, tan marcada^ que nó puede confundirse 
con otra alguna. Es redonda la cara, sin esa larga 
nariz, que proviene del grande ángulo facial, que 
se advierte en las demás; no tiene orejas, y en el 
extremo del brazo, que por su tamaño y disposi- 
ción corresponde á la mano, no hay dedos, ni se- 
ñal que los hubiese habido; tampoco los hay en los 
pies, que carecen de las dimensiones regulares. 
Probablemente tuvo la estatua desde el principio 
estas imperfecciones, porque si proviniesen de la 
injuria del tiempo, con mayor razón habrían desa- 
parecido otras partes más delicadas en el trabajo. 
En segundo lugar se observa un tocado en la cabe- 



— «lo- 
za, que no tiene la más pequeña semejanza con*el 
de las otras figuras de las ruinas. Es una especie 
de morrión alto, estendido á los lados, cuya parle 
trasera cao sobre Jos hombros, con dos agujeros 
cerca del lugar de las orejas, que evidentemente 
forman parte del morrión, por estar desapartados 
de la cara. El collar que adorna su cuello es liso, 
distinto también de los que tienen las demás figu- 
ras, y le cuelga sobre el pecbo un instrumento den- 
tado , que parece apoyado por la mano derecha*. El 
traje no se vé tan pegado al cuerpo, y la parte que 
cubre las piernas tiene toda la forma y exterior de 
im pantalón, con unos faldoncitos atrás, que le 
cnen de la cintura, baístante visibles por lo que ¡se 
descubre á los lados. 

Comparando esta estatua con el monumento 
egipcio que se halla én el Museo de Turin, que yo 
he visto, y del cual Chamimlionhd. dado una copia 
en su obra, lámina 8o, se descubre %ina sernejfm- 
za]sorjyr endenté, que excita al exááieny á la más 
profunda meditación. Es un grupo de dos figuras 
de piedra calcárea blanca cristalizada, que repre- 
sentan, la principal al áio^ AmonRa, y la que es- 
tá cerca de él en pié al faraón Horus; tallada en la 
misma piedra. Al primer aspecto percíbese un 
golpe de semejanza entre el tocado de la estatua 
del Palenque y el de las egipcias. A unas y otras 
les cuelga hasta los hombros, y es alto y ancho, 
siendo de advertir que el de aquella tenga la mis- 
ma figura que el uroevs, que era entre los egipcios 

ESTUDIOS — TOMO II — 30 



—220— 

símbolo del poder supremo, y con el que está ador- 
nado el tocado real de Honts, que difiere del de 
Amo/i Jia, y aunque el collar que cuelga sobre el 
pecho es liso, también lo es el que tiene Horus en 
otros pasajes de su historia, en que está represen- 
tado de diversas maneras. Llevan ambos en la 
inano lo crnz con argolla (1). 

Difícil es formar una conjetura probable acerca 
del instrumento dentado , que tiene sobre el pecho, 
pues llama mucho la atención el encontrarlo del 
todo idéntico entre los geroglíficos egipcios en mu • 
chas inscripciones, especialmente en la tahla ge- 
nealógica de Ahidos, que es el bajo relieve que cu- 
bre la pared de una de las salas, y en todos los que 
acompañan las representaciones del rey Horus. 

\'éese entre los signos y geroglíficos que cubren 
los obeliscos trasladados á Roma, á saber, el Fia- 
minio, el Lateranense, el Salustino ó Ludovisio, 
el Constantinopolitano y el Mahutoeus, á cuj'o 
examen consagró el P. Kircher sus esfuerzos in- 
telectuales, derramando mucha luz sobre estos mo- 
numentos de la antigüedad. 

Algunas observaciones importantes se encuen- 
tran consignadas en su obra titulada «Romani co- 
llegi societatis Jesu Musoeum celeberrimum» &c.; 
pero en su aSpUinga Mistagogar^ es donde apare- 



(Ij Champoliou, Historia descriptiva y pintoresca de 
Egipto, tom. 2, pag. 478. . 



—221— 

ce un examen más detenido de los geroglíficos y 
signos diversos usados por los egipcios; y allí se 
registra el que tanto se asemeja al instrumento 
dentado de que antes se ha hecho mención, que es 
xl i^Pentapyryon, id est, catenoe terrestrium, ve- 
i< getalium, animalium, hotninum, et geniorum 
« receptacula, secundum términos suos replentis 
'( et conservan tis (1). 

Se encuentra también una vez en la inscripción 
de la Roseta. Todo esto servirá después para ulte- 
riores investigaciones. 

Respecto de la insignia que tiene en la otra ma- 
no, y que representa un busto con adornos gerog- 
líficos, que cuelgan hasta tocar el pedestal, en el 
cual hay grabados otros varios: tal vez será el de 
alguna divinidad ó rey; pues los sacerdotes y al- 
tos personajes llevaban por lo común alguna in- 
signia, que indicaba <á quien servian, ó estaban 
consagrados. Entre los egipcios la imagen de la 
diosa Thmei, emblema de la verdad, pendia del 
cuello de los jueces, pues reglaba y dirijia las ope- 
raciones de los del Amcuti, que pronunciaban los 
terribles juicios sobre el destino délas almas. Ha- 
blan Diódoro y Eliano de la que llevaba el juez 
supremo (2). Algunos llevaban o(ro adorno pen- 



[\) Alanasii Kircheri c Soc. Jesn Spliinx Mystagoga, 
etc., Pars. 3, cap. 2. 
(2) Diódoro I, 48. 
—Eliano II, 14. 



^222— 

diente del cuello^ que les cubría también el pecho, 
como se vé en la tabla Isíaca, y en los monumen- 
tos publicados por Caylus, y un delantal raj^ado, 
que so cree era de palma ó papiro. Los sacerdotes 
tenian una especie de cordón, que pendia de la ^ 
parte de atrás del delantal, y les caia entre las 
piernas, y un tau en la mano izquierda. La sacer- 
dotisa de Cibeles que se halla en el l\Iuseo Vatica- 
no, y de que se ocupa Vísconti {\), tiene colgada 
al cuello una efigie que parece ser la de Júpiter. 
Estos adornos pectorales, que no son comunes, se 
han observado también en el Arquigalo CapitoU- 
no, como en el simulacro mutilado de una sacer- 
dotisa de C¿¿'e/e5 (2). Según algunos escritores, 
los sacerdotes y sacerdotisas de la madre Idea, 
acostumbraban llevar es las pequeños imágenes so- 
bre el pecho (3) . Los griegos las llamaban Pros- 
íethidea. 



D. 



Resta hacer una observación, y es la do tenor 
la estatua T^ailenCiina. jmntalojies, cuyo traje, según 
los escritores de la antigüedad, era desconocido en 



(2) Visconii. Musco Pió Clementino. 

(3) Montfaucon. A. E. tom. 1, pág. 1. pl. 
[2) Dionisio Halicarnaso, lib. 2. 

— Euseb. Prop. Evanjj., lib. 2, cap. 8, 



—223— . 

aquellos tiempos. No hay, en efecto, noticia.de 
que se usaran ni en Egipto, ni en la Palestina, ni en 
los pueblos de Asia. Se asegura que tampoco eran 
conocidos de loá griegos do los tiempos heroicos, 
ni de los romanos. El encontrarlos, pues, en una 
estatua del Palenque, puede dar materia á curiosas 
investigaciones. 



§ 6. 



Es por último de observarse que entre todas las 
figuras y estatuas de estas ruinas, no se ha encon- 
trado la especie de cariátides, cuya invención so 
atribuye á los egipcios (1), ni los llamados atlan- 
tes por los griegos, ielamorcs por los latinos, que 
eran figuras humanas puestas en lugar de susten- 
táculos naturales, si se exceptúan las que sirven 
de apoyo á algunas que están en pie, de que se ha 
hecho mención antes. 



§7. 



La escultura entre los mexicanos estaba más 
adelantada que la pintura. Sus estatuas eran por 



(1) Pompouio Mela De situ, orbis, lib. 1, cap. 9. 
— Sophocles. Oedip. Colon, v. 350. 



—224— 

lo común de piedra ó de madera, y las hadan tam- 
bién de barro (1). No se servían para trabajarlas 
de instrumentos de fierro, sino solo de piedra. Ex- 
presaban todas las actitudes y posturas, y guarda- 
ban las debidas proporciones. La opinión de Mr. 
Aubín les es muy favorable, pues hablando de sus 
obras de escultura dice: «Muchas de estas piezas, 
c< comparables por la ejecución á todo lo que la 
w edad media había producido de más perfecto en 
« Europa, contrariaban la opinión generalmente 
« admitida del estado estacionario del arte indíge- 
<■( na» (2). 

La destrucción de ídolos efectuada en los tiem- 
pos primitivos de la conquista, hizo desaparecer 
obras que habrían exparcido mucha luz sobre la 
estatuaria entre los indios, marcando el grado de 
adelanto á que habían llegado, de modo que tiene 
uno que atenerse á los pocos datos que se encuen- 
tran exparcídos en los escritores de aquel tiempo. 

En la isla de Cozumel, según CogoUudo (1) y 
lo que antes se ha expuesto, habia un templo de 
Ahhulneh de una extensión considerable, en que 
se admiraba la estatua del dios que allí se adoraba, 
de una talla cousiderahle, vestida como gv.errern 



(1) Glavigero. Historia aütigua de México, lom. 1, 
lib. 7, pág. 372. 

(2) Mr. Aubin. Memoire sur l'ecriture figuratire, etc. 
etc., des mexlcaines. 

(3) Cogoyudo. Historia de Yucatán, lib. 4, cap. b. - 



con una flecha en la mano, hecha de tierra cota, 
hveca, y sentada sobre una especie de altar ani- 
mado á la pared, que permitia la entrada á ella de 
un sacerdote por una cámara secreta abierta en la 
espalda de la estatua, siempre que se trataba de 
pronunciar algún oráculo. 

El Museo de México posee una copia de la efigie 
de Quetzalcoatl, cuyo original es de harro cocido, 
de una tercia y dos pulgadas de altura, y una ter- 
cia y una pulgada de ancho. Esta pieza es de mu- 
cha importancia, por el papel que hace el persona- 
je en la historia antigua, y de que tanto se han 
ocupado los escritores. La tradición lo pinta con 
cara blanca y barba, viniendo con extranjeros cu 
yos vestidos eran negros. Apareció por primera 
vez en Pámico\ se le creia el gran sacerdote de 
Tula, y fundador, en diversos lugares, de congre- 
gaciones religiosas. Los sacrificios que ordenaba, 
para honrar á la humanidad, eran de flores y fru- 
tos. En Yucatán se le llamaba Cuculcan y en 
Tlaxcalay l\\\QzoÍ7.mGoComextle{\). Dejó á Méxi- 
co con el designio de volver á TlapaUan^ y en su 
viaje desapareció á orillas del Coatzacoalco. 

Posee también el espresado Museo otro monu- 
mento notable que representa á IIuif:i1opochth\ 
Dios de la guerra de los Azteca?, en el cual creen 
algunos que estaba personificado el sol, el diossu- 

(1) Torquemada. Monarquía iudiaua toni. 2, lib. lu, 
cap. 31, pág. 228. 



—226— 

premo, el moderador de la naturaleza, semejante 
al Cneph de los egipcios, q\ chiven de los indios y 
el dios criador de los japoneses. Es de aspecto fie- 
ro e inclinado á la ferocidad. Presidia la guerra 
como el Marfe de los griegos y él Onohuris de los 
egipcios. 

Hay, además, en el mismo Museo una copiosa 
colección en piedra y en barro de varios objetos y 
curiosidades antiguas, que representan deidades, 
diosos penates, retratos de hombres y mujeres, é 
imitación de varios animales. 



§8. 



En una expedición que d Sr. Fajardo hizo al 
Pete?i~'It:a, para ñjar los límites entre México y 
(juatemala, se encontraron varias nacas ó idoUllos. 
Uno dé ellos representa la urna funeraria del ca- 
dáver de una niiía: piros dos los retratos de un an- 
ciano y "de una matrona; y otra que parece ser de 
una deidad ó ídolo con una especié de turbante, 
con una máscara sobrepuesta, y dos sonajas en 
ásmanos. La impresión que produce la vista de 
estas figuras es la de mucha semejanza con las- 
egipcias. Tal circunstancia y la de haber sido en- 
contradas en el- /'í^^/f, cuyos habitantes, se supo-' 
ne, que son descendientes de los que poblaron á 
Yucatán y al Palenque, son de tenerse en consi- 
deración para la cuestión de origen. 



—227— 



S 9. 



En la colección de Waldech, últimamente publi- 
cada, figura una es faina (plancha 2o) que se habia 
tenido como una estatua aislada, pero él asegura 
que eran dos que servían de cariátides á la plata- 
forma de la puerta del templo. 

•También entre éstas se ha encontrado alguna 
semejanza con las de los egipcios, Fl harón de 
Uumholdt (1) observa que la cofia, que tiene el 
busto de basalto de Mxid^ princesa azteca, se parece 
al Velo ó caJantica de la cabeza de Isis, Sphinx, 
Antinous^ y otras muchas estatuas egipcias. 

(i) Vues des cordilleres. 



ESTUDIOS — TOMO 11—31 



CAPITULO XXVII. 



Falla de pinturas eu las ruiuas como ornato de 
los edificios: dala del arle de pintar. — 2. Gonocimien- 
lo é invención de la pintura atribuida á los egipcios. 
— 3. Conocimiento de los colores, la pintura y el ar- 
te de iluminar: antigüedad de éste último.— 4. Su 
principio y progreso entre los griegos: sus pintores 
más afamados. — o. Provecho que sacaron los roma- 
nos de los adelantos de los griegos: perfección de los 
modernos. — 6. La pintura entre los etruscos. — 7. 
Restos de pintura descubiertos eu las ruinas del Pa- 
lenque.- — 8. Pinturas encontradas en las ruinas de 
Yucatán. — 9. Uso que hacian de los colores los tzen- 
dales y mexicanos. — 10. Estado de la pintura entre 
pslos últimos y las demás naciones de Anáhuac: pér- 
dida de manuscritos importantes en que se emplea- 
ha, y la de otros monumentos de la antigüedad. — 1 1 . 
Pinturas y manuscritos que se salvaron. — 12. Coló 
res de que hacian uso los mexicanos y tzendales; y lo 
que era en general la pintura entre los indios. 



§1. 



No es extraíi ) que en las i-uluas del Puleiique y 
Ococingo no se encuentren aino algunos restos de 
pintura^ Cüaiidó bg sabe íjüe este uñe, píopiamen- 



—230— 

te hablando, data del tiempo de los griegos, que 
siendo el resultado de los progresos en el dibujo, 
no ha podido llegarse á practicarlo, sino después 
de muchos descubrimientos é invenciones, que 
han sido siempre obra lenta del tiempo, del esfuer- 
zo del entendimiento, y de un concurso de cir- 
cunstancias, que no es común se encuentren reu- 
nidas. 

El dibujo debi(3 su origen á la casualidad, la es- 
cultura á la religión, la pintura á los progresos de 
las demás artes (1). 

La pintura se cree que nació en Grecia. Sin em- 
bargo, Diódoro Sículo habla de varias pinturas 
mandadas ejecutar por Semíramis en Babilonia. 



§2. 



Verdad es que algunos colores que se han en- 
contrado en las ruinas de Egipto, tales como el azul 
celeste en el mausoleo do Osymandias, y otros 
muy vivos y relucientes en el Palacio de Andera, 
que Granger cree que era el templo de Isis, así co- 
mo varios pasajes de la Iliada y de la Odisea de Ho- 
mero mal entendidos y aplicados, han dado lugar 



(1) Bartelemy. Viaje del joven Anacarsiá, tom. 3, cap. 
37, pág. 356. 



—231-^ 

a suponer que la pintura, propiamente dicha, era 
conocida de los egipcios desde los tiempos más re- 
motos. Atribúyeáe á ellos su invención fundándo- 
se en la opinión de Plinio (1); pero es preciso con- 
venir en que tal juicio es poco seguro, pues se cree 
que estos monumentos egipcios, después que Cam- 
bises, I52a años antes de Jesucristo, dejó en ellos 
impreso el sollo del fuego y devastación, fueron 
en parte reparados por los griegos en tiempo de 
los Ptolomeos y sus sucesores, cuya conducta imi- 
taron más tarde los romanos, pudiendo haberse em- 
pleado entonces esos colores y hecho otros reparos, 
que han dado ocasión á juicios erróneos de parte de 
los que, sin fijar en esto su consideración, han te- 
nido indistintamente por obra de losegipciob todo 
lo que entre esas ruinas se encuentra. 

Respecto de los pasajes de Homero, de ellos no 
puede deducirse con claridad, que se empleasen 
los colores por medio del pincel, para representar 
los objetos tales como aparecen en la naturaleza, 
que es lo que constituye el arte de pintar. Ningu- 
na mención se hace de cuadro alguno, ni de figu- 
ra trazada de esta manera. Obras tan solo de bor- 
dadura ó de platería es lo que se cita para sostener 
aquella opinión, queriendo persuadir que la pin- 
tura ha debido precederles, como si estuviesen tan 
intimamente enlazadas, que no pudieran existir 



(1) Plinio. 1. 7, sec. o7, p. 417. L. 3o, scc. 5, p. 682. 
— Isid. Orig. 1. 10, c. 16. 



—232-- 

la una sin la otra. Bien puede un objeto ser repre- 
sentado con todas sus proporciones y formas, sin 
marcarse éstas por medio de los' colores, con que 
en la naturaleza se encuentran revestidas: para lo 
primero no se necesita más que dibujarlo, para 
lo segundo son necesarios otros conocimientos y 
prácticas que han debido ser posteriores. 



Podrá decirse que desdo los primeros tiempos 
se conocían ya varios colores, como el azul celes- 
te, la púrpura, la escarlata, no siendo remoto que 
conocidos estos colores se emplearan para dar á 
las figuras más realce y vida, y se pintaran con 
ellos otros objetos. De esta manera resultarla te- 
ner el arte una antigüedad mucho mayor que tra- 
yendo su origen de los griegos; pero es preciso 
distinguir, como lo hace Barthelemy, (1) la pin 
tura propiamente tal, y el arte de iluminar. La 
primera, que consiste en copiar fielmente la na- 
turaleza, requiere muchos esfuerzos, grandes co- 
nocimientos, y progreso en las demás artes, mien- 
tras la otra, que es solo la aplicación de colores 
sobre las paredes, cielos rasos de los templos, y pa- 



(1) Bartelemy. Viaje del joven Anacarsis> tom. 3, cap* 
37, pág. 338. 



—233— 

lacios, y sobre los geroglíñcos, y figuras de hombres 
y animales, lia sido practicada en varias naciones 
desde la más remola antigüedad. Los egipcios pre- 
tenden haberla conocido seis mil aílos antes que 
los griegos ( I ) , lo cual parece excesivo; pero no tie- 
ne duda, que el medio de que se valieron para ex- 
presar sus pensamientos fueron las figuras, des- 
pués los geroglíñcos, y más tarde las letras ó ca- 
racteres alfabéticos. Hacian mucho uso de la pin- 
tura, y el interior de sus casas estaba adornado 
con obras do este arte, en que se advertia gran 
variedad de colores brillantes y bien combinados. 
Los griegos conocian ya la pintura en tiempo de 
la guerra de Troya, opinión conforme á la de Aris- 
tóteles, que cree anterior á dicha época su inven- 
ción (2), contra la de Teofrasto y otros que juzgan 
fué posterior. (3) 



§ 4. 



Sea de esto lo que fuere, los griegos tuvieron 
en la pintura una larga infancia, como en las de- 
más artes, y sus progresos fueron posteriores á la 
guerra de Troya, hasta llegar á producir asombro 
la perfección con que sus artistas animaban con el 



(1) Pliuio, 1. 'Jy, spc. o, p. G8. 

(2) Aristóteles. Apud. Plin., 1. 7, p. 417. 

(3) Teophraslo. Apnd. Plin., 1. 7, p. 417. 



—234— • 

pincel las producciones más hermosas de la natu- 
raleza. Ápolodoro enseñó á expresar las formas 
(1); Parrasio, la simetría (2); Zeuxis, la verdadera 
belleza ; Apeles aprendió lodo lo que tenia de aven- 
tajado Pánphlo su maestro, á quien excedió cier- 
tamente (3); i^y -o /o^^/¿ 65, se hacia notable por lo 
acabado de sus obras {:^)\ Nlcias, por sus golpes 



(Ij Plutarco le atribuye el claro oscuro: PZ¿;í¿o ha- 
ce de él grandes elogios, «fué el i»rimero, dice, que con 
«justo título contribuyó ú la gloria del pincel.» 

(2) Conlemporíineo de Zeuxis; «fué, en opinión de 
« un escritor notable, el primero que observólas bellas 
« proporciones; sus figuras í-.e distinguían por la finura 
« de las facciones, la expresión espiritual, lo hermoso 
« del pelo, y lo acabado y exacto de los colores:» entre 
sus cuadros notables se mencionan el demos, ó pueblo 
de Atenas, ea que se veia retratado su carácter y sus 
rasgos notables. Athleta corriendo con ardor al com- 
bate; y otro en el momento de dejar las armas, y que 
se creía verle peleando su Telepho, su AcJiihs, y su 
Agamenón. 

(3) Era de la isla de Cos, según unos, y de Efeso se- 
gún otros; discípulo de PanpJiilins, de tanto mérito, 
que excedió á todos los pintores que le habían precedi- 
do. — Alejandro quiso que solo él tuviera el permiso de 
retratarlo: su obra principal fué una Vémis Anadyo- 
iuenes; pero tenia otras muy notables como el cuadro 
de la calumnia, del cual ha hecho una descripción Lu- 
ciano; el de Alejandro lanzando el rayo; la imagen de 
la Guerra; Castor y Polux; Archelao con su mujer y su 
hijo; y Aniigono armado de coraza á caballo. 

(4) Era de Rodas, contemporáneo de Apelles', entre 



^285— . 

de luz y sus sombras (1), y Arístides por la expre- 
sión del alma que comunicaba á sus pinturas (2). 
La distribución de las luces y las sombras se debo 
á Apolodoro y á Zeuxis. Dá á conocer el mérito de 
este último su célebre ramo de uvas, al cual enga- 
ñados acudían á picar los pájaros; pero fué aún 
mayor el de Parrasio, pues habiendo pintado un 
relo delicado á manera de cortina, hizo que Zeuxis 
se engañará creyendo que ocultaba un hermoso 
cuadro, de manera que si Zeuxis habia logrado en 
ganar á los pájaros, Parrasio lo habia forzado á 
engañarse á sí mismo (3) . 



los varios cuadros que pintó, tales como el de Xausi- 
caá, el de Philiscus poeta trágico ocupado ea compo- 
ner una tragedia, un atleta, Aüligono, Alejandro y el 
dios Pan, el más notable era Talysus, en el cual traba- 
jó 7 afios, y fué colocado en Roma en el templo de la 
Paz. 

[ I ) Piulaba las mujeres con mucho esuiero y procu- 
raba que las figuras apareciesen desprendidas ó muy 
salien tes del cuadro, Ulises'. evocando las sombras de 
los muertos, es uno de sus buenos cuadros; así como 
también una Diana, una Galypso. Andrómeda y Ale- 
jandro. 

(2) Era de Tebas: fué el primero, según Pliuio, quien 
pintó el alma, los sentimientos y las inquietudes del 
espíritu: son notables su Biblis muriendo de amor por 
su hermano Caunus; un viejo que enseña á un joven á 
tocar ía lira; y su enfermo de que se han hecho gran- 
des elogios. 

(3) Zeuxis fué discípulo de Demofilo, de Himeray de 

ESTUDIOS — TOMO II — 32 



.236— 



§ S 



Los romanos se aprovecharon de todos los adelan- 
tos de los griegos y produjeron obras maestras en 
este ramo. Ocupados en los primeros tiempos en la 
guerra, dejaron trascurrir más de 400 años sin 
cultivar las bellas artes: \di pintura entre ellos no 
tuvo entonces importancia alguna^ ni se hicieron 
notables en ella; su cultivo y sus progresos vinie- 
ron después; puede decirse que comenzó 300 años 
de la era cristiana, cuando ya hablan sojuzgado 
muchos pueblos, cuando sus conqtiistas les hablan 
proporcionado todas las ventajas del triunfo. Fa- 
vius, Pacuvms. y Turpülus fueron los primeros 
que se dieron á conocer por algunas obras, y des- 
pués Marcus, y Liidms Acctius Priseus\ á que se 
siguieron otros muchos. La Grecia fué, ccnio se 
ha indicado antes, la que le proporcionó grandes 
ventajas, y ya se ha visto en tiempos posteriores 
el grado de perfección á que llegó en manos do 
Miguel Ángel, Rafael, Guido Reni y otros artislas 



Neseas de Thasos, cuyo gran talet to consistía cu el ¿<?- 
llo ideal en la representación de las mujeres, como lo 
indican su Penelope y su Helena. Notables son su Jú- 
piter sobre un trono rodeado de todas las otras divini- 
dades, y su Hércules niño aplastando dos serpientes. 



—237— 

célebres como él Tizia7w, que según Agincourt (1) 
alcanzó tanta perfección en el colorido, como el 
Corregió en el claro-oscuro. El colorido formado 
de los tinteá y medios tintes es la magia de la 
pintura, que produce el embeleso y la admiración, 
cuando se contemplan las obras maestras del arte; 
es el que hace resaltar los demás caracteres y cir- 
cunstancias que constituyen su mérito. 

El pincel de Rafael era apropósito para dar á co- 
nocer los sentimienlos apasionados y los grandes 
caracteres, y después de él A?imbal Caracho] el de 
Corregió se distinguió por la belleza y la gracia 
de las formas, los colores, la luz y las sombras; 
y el del Tiziano por la verdad de la representa- 
ción. 

La antigüedad no alcanzó lo que desde los siglos 
XV y XVI no han dejado de admirar los ojos más 
ejercitados, que lian seguido paso ápaso la marcha 
y los progresos del arte. De las pinturas antiguas 
puede juzgarse por ¿ilgunos frescos que aún se vén 
en las termas, en los baños, en los sepulcros, y al- 
gunas otras que se han encontrado en Pompeya, 
el Herculano, Resina y otros lugares; lo demás so 
sabe por la descripción que han hecho los autores 
que las alcanzaron; y por ellos pueden calificarse 
las obras de Cleanthes, de Corinto, de Philodesei 
egipcio, de Telephones de Sycione, de Ardius, y 

(1) Agincourt. Sloria delle arti, vol. o, pág. 349. 



—238— 

de Polígnoto que trabajó en los Poesiles de Atenas, 
y se atrajo tanta fama con su notable cuadro del 
•Sacrificio dePolizeno sobre el sepulcro de Aquiles, 
lo mismo que Timanthe con su Ajax^ el sacrificio 
de Efigenia^ y %\i Palamües muerto por traición; 
y por último, entre otros varios Cleophanes, á quien 
se debe el uso de un solo color en el fondo, á Enavr- 
rus el dar á conocer el sexo, y á Cimon de C leona, 
los músculos y vasos sanguíneos, y el dibujo más 
perfecto de los miembros y del ropaje. 

Del estudio detenido de las obras antiguas se de- 
duce, que el primer designio en la pintura fué sin 
duda imitar á la naturaleza en los colores y en las 
formas, y agradar; sus efectos después fueron sien- 
do más pro\^cbosos, pues ha pasado á inspirar el 
gusto por el bien y lo bello, y á producir sensacio- 
nes morales de diversas clases. Saliendo la pintu- 
ea del mundo físico, y penetrando en el mundo 
moral, el pintor se ha ido convirtiendo en émulo 
del poeta épicb y del poeta dramático, del historia- 
dor, del orador y del filósofo; y por medio del pin- 
cel han podido darse á conocer las pasiones, los vi- 
cios, las virtudes, el carácter de las pasiones; y 
bajo este punto de vista ha llegado á ser de mucha 
utilidad é importancia: antes sus efectos eran más 
limitados, como aparece desde los primefos pasos 
que se dieron hasta llegar á los tiempo^ rbás avan- 
zados. 



—239- 



§ r,. 



Los Etruscos, según Plinio, cultivaron, la pintu- 
ra antes que los griegos y los romanos: Winhel- 
maii cree que esto fué desde los tiempos más re- 
motos: cerca de Tarquina existian sepulcros ador- 
nados de pinturas (I ) . 

Entre los egipcios la pintura se mantuvo siem- 
pre inferior á la escultura, por muchas de las cau- 
sas que probablemente influyeron en el atraso en 
que ésta también permaneció de continuo. Limi- 
tábanse por lo regular á cubrir de un solo color ol 
objeto que representaban, y los que preferían pa- 
.'réce que eran el verde, amarillo, colorado y azul, 
según Rosellini (2) , sin graduación de sombras, 
porque como arte poco conocían la pintura, ó igno- 
raban el claro oscuro, que hace resallar y aparecer 
desprendidas las figuras; no puede disputárseles, 
sin embargo, el haber sido el más antiguo de los 
pueblos conocidos que la practiron (3); todas sus 



(1) Winkelman. Ilist. de l'Arl., liv. 8, cap. 2, § 20 et 
suiv. 

(1) Roscllini. Monumenti dell Egipto. 

(3) Millia» Dice, dos Beaux-arts, peinture, iom. b, 
pág. 166i 



—240— 

figuras eran de perfil, y solo trazaban los contor- 
nos. 

Denon (1) ha hecho conocer las pinturas de los 
sepulcros de Tébas, las armas de que hacían uso, 
las cotas de maya, las pieles de tigre, sus arcos, 
flechas, careases, picas, dardos, espadas, cascos, 
látigos, Scc, sus campos sembrados, los instru- 
mentos aratorios de que se servían, y los de músi- 
ca y de suplicio usados entre ellos. 

Los Persas aprendieron de los artistas egipcios, 
hicieron mosaicos, y en lo que más sobresalieron 
fué en los tapices bordados. 

Entre los hindus, la pintura se reduela á repre- 
sentar figuras religiosas monstruosas, animales 
fantásticos, ídolos con muchos brazos y cabezas, 
y costumbres y retratos, como aparece en la colec- 
ción de M. Tersan, v en la de M. Dow (2). 



§7. 



En las ruinas del Palenque se descubren, entre 
el muzgo y el color producido por la humedad y 
filtraciones de Jas aguas, algunos restos de pintu- 
ra, empleada no solo en lo material dé los edificios, 



(t) Voyage daas la Basse et Hautc Egipt. 

(2) Hist. de rindoustan. — Londres. 3 vol. en 4« 



— Sil- 
Bino para dar vida á otros objetos, como cuadrúpe- 
dos, pájaros, flores y frutas, en los cuales se nota 
inteligencia según depone el capitán Dupaix (1). 
Stphens dice que el frente del edificio principales- 
taba cubierto de estuco y pintado (2). En otra par- 
te descubrió restos de colorado, azul, amarillo, ne- 
gro y blanco (3). En una de las paredes descostra- 
das reconoció basta seis capas de yeso, cada una 
con los restos de los colores con que fueron pin- 
tadas para su mayor belleza. Más adelante, ha- 
blando del edificio donde estaba el hermoso graba- 
do de la cruz, descubrió entre los adornos, varias 
figuras de estuco, plantas y flores, pero muy ar- 
ruinadas (4). Se sabe también que en una de las 
excavaciones que hizo el capitán Del Rio encontró, 
entre otras cosas, en un vaso ó bote de barro una 
hola de bermellón (o). Esto prueba del modo más 



(1) Dupaix. 3'^"'® expedilloii, n. 41, 42 y 43. 

(2) «The building \vas constructerl of stoue, wilh a 
inoulor of lime and saud, and the whole front was co- 
vered wilh stucco and painled.)^ — Stcphens. Incidents 
of travel, etc., vol. 2, chap. 18, pág. 310. 

(3) «It was painted and in diíferent places about il 
we discovered the remains of red, bluc, jcllow. blank 
and while.» — Stophens. Incidents, etc., vol. 2, chap. 
18, pág, 3M. 

(4) "TheroofWas incUned. and in the sides were 
lichly ornaincnted with stucco figures, plants and flo- 
wers; bul mostly ruiued." Slephéns, Incidents of tra- 
vel, etc., vol. 2, chap. 20, pág. 347. 

(b) Viaje del capitán Del Rio. 



—242— 

eoncluyente. que la pintura era conocida y usada 
por los palencanos, aunque no es fácil juzgar por 
estos vestigios del estado que entre ellos guardaba. 
Es de creerse que estuviera en proporción con las 
demás artes, y que los conocimientos que poseían 
en este ramo los debiesen á4os que traerían con- 
sigo, tomados de los primeros ensayos del arte, y á 
los que ellos se procurarían después con sus pro- 
pios esfuerzos, la práctica, y dedicación continua. 



§8. 



En Yucatán, en las ruinas de Chichen-Itza vio 
Stephens una porción de pinturas. Eran figuras en 
varías actitudes. Notábanse en el tocado de la ca- 
beza algunos gorros, y aun cascos, ó especie de tur- 
bante persa. Los colores empleados en estas pin- 
turas eran el amarillo, colorado, azul y rojizo mo- 
reno, con el cual representaban la carne huma- 
na (1). 

En las de Kawick encontró una pintura miste- 
riosa. Era una figura humana rodeada de geroglí- 
ficos. Los colores eran vivos, dominando entre 
ellos el colorado. La figura tenia 30 pulgadas de 



(1) Stephens. Iiicidents of tFvivel i n Yucatán, vol. 2, 
chap. 17. 



alto y 18 de ancho, hallándose en el ángulo de un 
cuarto (1). 

En las ruinas de Xul, también de Yucatán, des- 
cubrió otras pinturas en un arco cubierto con figu- 
ras de perfil, que le trajeron á la memoria las pro- 
cesiones fúnebres de las paredes en las tumbas de 
Thebas. Habia en un cuarto algunas con adornos 
de plumas y otras con una especie de gorro, ama- 
nera de torre, llevando sobre la cabeza una espe- 
cie de canasta; dos de ellas apoyadas en las manos 
con los pies en el aire y todas pintadas de colora- 
do (2)/ 



§S>- 



Los tzendales como los mexicanos, empleaban 
los colores en sus geroglíücos, cartas topográficas, 
mapas y escritos memorables. Sus obras no indi- 
can que el arte estuviese en la infancia, al me- 
nos no parecen imperfecciones notables (3). 



(1) Stephens. locidenls of Iravel iii Yucatán, vol. 
2, chap. 4. 

(2) Incidents of Iravel in Yucatán, vol. 2, chap. 5. 

(3) Eq opinión de Lord Kingsborough las pinturas 
de Yucatán de diferente estilo que las mexicanas, son 
bien dibujadas, guardando exacta proporción con las 
partes del cuerpo humano. Delicadas en su ejecución, 
prueban que el país, á que se refieren, habia alcanzado 
cierto grado de perfeccionamiento en algunas artes. 

ESTUDIOS — TOMO II — 33 



—'244— 



§Í0. 



Délos mexicanos y demás naciones de Análiuac 
se sabe que no estaban atrasadas en la pintura 
Hacian uso de ella para su historia, expresándolo? 
sucesos memorables^ como las que se encuentran 
en la colección de Mendoza, y en la obra de Geme- 
lli; para su mitología, astronomía, cronología, to- 
pografía, corografía, leyes y gobierno; y finalmen- 
te, para veneración, recreación y gusto, como los 
retratos ó imágenes de sus dioses, reyes, varones 
ilustres, plantas, animales, ú otras producciones 
naturales conque adornaban sus palacios. La ma- 
yor parte de este tesoro se perdió. En vano se bus- 
ca con ahinco tan preciosos monumentos, pues un 
celo indiscreto entregó á las llamas lo que debía ha- 
berse conservado para conocer mejor al pueblo que 
se destruía á sangre y fuego, dejando por todas par- 
tes huellas de devastación y de muerte. 



§11. 

Salváronse, sin embargo, de esta ruina algunos 
monumentos, pinturas y manuscritos, que hoy 
sirven de comprobante á lo que se ha escrito sobre 



—245— 

estas comarcas, y que aún encierran mucho de lo 
que no es todavía bastante conocido. 

Entre las pinturas más notables que se salvaron 
y han sido examinadas, se enumera la que repre- 
senta el diluvio y división de los idiomas. Estaba 
hecha sobre papel de maguey, y tenia una vara 
menos tres pulgadas de largo, y dos tercias menos 
pulgada y media de ancho. Se publicó una copia 
en el Giro del Mu/ido de Gemelli Carreri, y en la 
obra grande del barón de Humboldt, plancha núm. 
32. Suscitáronse dudas sobre su autenticidad, pe- 
ro el Sr. Gondra, que se ocupó de esta materia, 
añrma que habia pinturas entre los aztecas, mix- 
téeos, zapotecos, tlaxcaltecas y michoacanos, que 
representan el mismo acontecimiento (1). 

Otra de las pinturas ó manuscritos notables que 
aún existen es el «Viaje de los Aztecas desde Az- 
tlan,» también en papel de maguey bien batido. 
Tiene seis varas, diez y siete pulgadas de largo, y 
ocho pulgadas tres líneas de ancho. So conserva 
en el Museo de -México. 

Zos Códices Mexicanos que existen en Europa, 
son los siguientes: 

I .° La colección de pinturas del Escorial, que 



(Ij G'judra. Explicaciou de las Liminas perteno 
cienles á, la Ilisloria lutigua de México, loiii. 3, lára. 
l,pág. 5. 



—246— 

es un tomo en folio: parecen ser libros astrológi- 
cos ó rituales de ceremonias religiosas. 

2.° El de Bolonia. Tiene once palmos romanos, 
y parece contener constelaciones astronómicas. 
Está en el Instituto de Ciencias deaquelJa Ciudad. 

3.° La colección de Viena. Tiene sesenta y sie- 
te páginas y está dividida en tres partes. La pri- 
mera presenta la historia déla dinastía azteca has- 
ta la fundación de Tenocbtitlan en 13215 y la muer- 
to de Moctezuma II en 1520. La segunda es una 
lista de los tributos que cada provincia y cada pue- 
blo pagaban á los soberanos aztecas. La tercera 
pinta la vida doméstica y las costumbres de aque- 
llos pueblos. El Virey de México, Don Antonio de 
Mendoza, que envió esta colección á Carlos V, hizo 
agregar una explicación en mexicano y español á 
cada página. 

4.» El Códice Borgiano de Veletri. Es, en con- 
cepto del Barón Humboldt, el más bello de todos. 
Tiene más de doce varas de largo en sesenta y seis 
páginas. Contiene un almanaque ritual y astro- 
nómico^ y está en piel de vciiado ó pergamino. 

^° La colección que se conserva en la Biblio- 
teca real de Berlin. Consta de diferentes pinturas 
aztecas, que reunió el Barón de Humboldt durante 
su permanencia en Nueva España, y son listas de 
tributos, genealogías, historia de emigraciones y 
un calendario. 

6." Aunque la Biblioteca del Vaticaiio eu Roma 



—247— 

posee varios códices mexicanos, el de que habla 
Acosta y Kircher, que lie visto y registrado varias 
veces durante mi permanencia en aquella capital, 
tiene ochenta y seis páginas. Compónese de go- 
roglíficos que designan seis períodos, que forman 
ciento sesenta y seis pequeños cielos, ó dos mil 
doscientos noventa dias. Zoega y Fabrego miran 
este códice y el de Veletri como un tonalamatl, 6 
almanaque ritual. 

1 ." El Código Telleniano de la Biblioteca de Pa- 
rís, es un precioso libro en que están copiados mu- 
chos manuscritos mexicanos. Cada figura está 
acompañada de muchas explicaciones escritas, á 
lo que parece en épocas diferentes, tanto en mexi- 
cano como en español. Contiene además un alma- 
naque ritual, un libro de astronomía y una histo- 
ria mexicana desde el año de 1197 hasta el de 1561-. 
El almanaque tiene las doce divinidades toltecas y 
aztecas, y las fiestas principales de los diez y ocho 
meses del año: el libro de astronomía indica los 
dias indiferentes, felices ó desgraciados, y entre 
estos once que los mexicanos consideraban como 
los más peligrosos para la tranquilidad doméstica: 
la historia encierra hechos y acontecimientos muy 
notables, y están comprendidos trescientos s<;sen- 
ta y cuatro años en los anales del imperio mexi- 
cano. 



24t— 



§12. 



Los mexicanos en sus pinturas hacian uso de va- 
rios colores; entre los que empleaban los tzenda- 
les, daban una decidida preferencia al rojo, que lo 
extraían del acidóte. Es probable que los granos 
de este arbusto, molidos y reducidos á masa con 
la mezcla del ax ó alguna otra sustancia^ forma- 
sen las bolas de bermellón que Del Pao encontró 
en las ruinas. También es probable que usaran 
para ese color del palo de Campeche ó del Brasil, 
que tanto abunda en sus bosques, ó bien de un ar- 
busto llamado tezoatl, que mezclado con alumbre ó 
una tierra mineral, produce un colorado muy li- 
no. Para el azul usarían del añil (1), ú otras plan- 
las quedan este color, más ó menos subido, al cual 
eran igualmente bastante inclinados. Para eJ ama- 
rillo se valdrían del ocre ó del jugo del jochípalli, 
planta conocida de los mexicanos. Para el negro 
del cuícolote, fruto de un árbol muy común en 
aquellos lugares, del que basta boy se bace tinta 
para escribir; ó del carbón de ocote mezclado con 



(\) Esta planta era conocida entre los mexicanos 
con el nombre de guiliquilipitzana. Raynal se engañó 
al creer que habia sido trasportada de la India Oriental 
al Nuevo Mundo, según manifiesta Clavijero en su 
Hist. Ant. de México, tora. 1, lib. 7, pág. 368. 



—249— 

otras sustancias. Finalmente, para el blanco del 
tizate, en lengua mexicana tizatl, ó del yeso, pues- 
to qufo lo usaban para sus bajo-relieves y obras de 
estuco. Se ignora de qué procedimientos se val- 
drían para dar consistencia á estos colores, pero es 
de suponerse que no les fuera desconocido el me- 
dio de mezclar al efecto algunos jugos glutinosos 
de plantas, frutos, ú otras cosas semejantes. Los 
mexicanos hacian uso del tzaitlitli y aceite de 
cliia (1). 

La pintura entre los indios, apoyada en las tra- 
diciones y en los cánticos formaban su bistoria. 
Tenian, además, otro medio de conservar la me- 
moria de los sucesos, según se ba dicho, y eran 
bilos do diversos colores anudados de difei entes 
modos, que los peruanos llamaban guipos, y los me- 
xicanos, nepoliualtzitzin. Las pinturas entre és- 
tos no eran sin embargo una bistoria ordenada y 
completa, dice Clavijero (2), sino solo monumen- 
tos ó apoyos de la tradición. 



(1) Clavijero. Historia Antijul de México, toiii. 1, 
lib. 7, pág. 369. 

(2) Clavijero. Historia Antigua de México, tora. 1, 
lib. 7, pág. 370. 



CAPITULO XXVIII. 



1. Escritura palencana. Medios que se usaron antes de 
la escritura para conservar la memoria de los suce- 
sos. — 2. Práctica de los chinos. Los quipos de los pe- 
ruanos. Los nepahueltzitzin de los mexicanos. — 3. 
Primeros ensayos que se hicieron y progresos que 
fueron lográndose en la escritura. — 4. Geroglíficos. 
— 5. Escritura silábica. Su invención. Época eu que 
se verificó. Países en que hubo primero de conocer- 
se, y cómo fué extendieudose y perfeccionándose. — 
6. Sistema gráfico y simbólico. — 7. Escritura ideográ- 
fica y simbólica. — 8. Número de geroglíficos entre 
los egipcios. Su escritura hierátiCH. Establecitiiiento 
de la dcmótica y fonética, — 9. Variedad de opiuioues 
sobre el origen de la escritura, y otros puntos con- 
cernientes á ella,— 10. Escritura del Palenque. — 11. 
La.s inscripciones de Egipto y cómo fueron descifra- 
das. — 12. Obstáculos y dificultades con que se tropie- 
za para obtener igual resultado respecto de los ca- 
racteres del Palenque. Su naturaleza y forma en que 
se presentan: comparación con los egipcios. Trabajo 
y tiempo empleados por Ordoñez para entender un 
manuscrito que llegó á sus manos. 



§1 



Pasemos ahora al examen de la escritura palen- 
cana. Entre los medios de conservar la memoria 

EÍTÜDIOS — TOMO 11—34 



—252— • 

(ie los acontecimientQS notables, y de. trasmitirlos 
hasta la más remota posteridad, ninguno hay quo 
pueda compararse con la escritura. No solo dá idea 
completa del suceso ó hecho que se reñere, con to- 
das sus circunstancias, sin que una vez consigna- 
do haya lugar á duda ó error; sino que es el más 
fácil, el más capaz de llenar su objeto, y el 
menos expuesto á alterarse en el trascurso del 
tiempo. . 

Antes de conocer la escritura, los medios de que 
para esto se vallan los hombres eran la tradición 
y los monumentos. El primero, ya sea por sim- 
ples relaciones, ó por cánticos, como lo verilica- 
han los egipcios (1), los fenicios (2), los árabes (3), 
los chinos (4), los galos (o), los griegos (6), los 
mexicanos (7) y los peruanos (8), ó por medio de 
la trasmisión sucesiva de unas personas á otras, 
cual lo vemos con mucha frecuencia. El segundo 
es muy imperfecto por sí solo, y expuesto á per- 
derse, como se han perdido los más clásicos de la 
antig"üedad; y se hacia por la erección de un altar, 

- '■- iior 
(Ij Glem, Alex. Stromv, 1. 6, pág:. 757. 
(2) Sañchoraiat. Apud. Euseb,, 1. 1, pág. 38. 
.(3) Job, c. 30, V. 24. 

(4) Lelr. edif., t. 19, pág. 477. 

(5) Tacit. de mor germ., n. 2. 
(fi) Tacit. Anal., 1. 4, n. 43. 

(7) Theod. de Bry. Rer. Amor.", t. 2, part. 4, p. 123. 

(8) Hi.stoire des Incas, tom. 1, pág. 321, t. 2, pág. 56 
y57. . 



—253— 

iirx poste, un montón de piedras, ó por la planta- 
ción de un árbol. Hó aquí los arbitrios de que se 
valian los primeros hombres para perpetuar los 
hechos más remarcables de su tiempo, y de los 
que con otros igualmente imperfectos, se valen los 
pueblos incultos, sumergidos en la barbarie, don- 
de es absolutamente desconocido el arte de pintar 
la palabra, y representar de esta manera el suceso, 
cuya memoria quiere trasmitirse á otros para que 
sea conocido. 



§2. 



La imperfección do estos medios hizo que algu- 
nos pueblos adoptasen además otras prácticas auxi- 
liares y supletorias, (ales como IsíOlQ cordones anu- 
dados, de que se sirvieron los chinos, mucho an- 
tes que entre ellos se conociese la escritura, colo- 
cando los nudos á ciertas distancias y entrelazán- 
dolos de manera, que por un sistema combinado 
diesen á entender lo que se queria. (1) 

Cuando los españoles descubrieron la América, 
encontraron establecido este mismo uso entre los 
peruanos, tan perfecto, que servia de registro pú- 
blico para los n nales del Estado, las observaciones 

(1) Martiüi. Hist. de la Ghiu.'i, t. 1, pAg. 21. 



—254— 

astronómicas, los tributos é impuestos, y para tras- 
mitir á los diversos pueblos del imperio, á largas 
distancias, las noticias que querían, usando al 
efecto nudos grandes y pequeños, que pintaban 
de varios colores, y los enlazaban y combinaban 
entre sí, conociéndose coa el nombre de qicipos (1), 
y entre los mexicanos con el de nepahueUzitzin (2) . 



§3. 



La imperfección de tales prácticas trajo la nece- 
sidad de buscar un medio, más pei^manente de fi- 
jar las palabras. Después del trascurso de mucbos 
años de meditación constante, y de varias tenta- 
tivas, se llegó á adoptar el arbitrio de trazar los 
mismos objetos materiales ó sensibles que querían 
representarse, de manera que el dibujo y la pin- 
tura contribuyeron eficazmente á la adopción de 
este género de escritura, que nada tenia de inge- 
nioso, pues lo más natural y sencillo, cuando se 
desea dar á conocer un objeto material, es presen- 
tarlo á la vista, sin que sea necesaria otra cosa pa- 



(1) Hisloire des Incas, 1. 2, pág. 27 y 53. 
— Conquista del Perú, t. 1, pág. 22. 

— Acosta. Historia de las Indias, 1. 6, c. 8, fol. 285. 

(2) Clavijero. Historia Antigua <ie México, t. 1, lib. 
7, pág. 371. 



—255— 

ra excitar la idea y traerlo á la memoria. Asi lo 
practicaron los chinos, los egipcios y los fenicios. 
Este método, embarazoso de por sí, algo se sim- 
plificó, pintando, en lugar de todo el objeto, los 
rasgos principales de él, pasando de aquí á los sig- 
nos arbitrarios para representar también las ideas, 
que no podían sensibilizarse por medio de imáge- 
nes ú objetos materiales. 



§4. 



De esta práctica se originó la invención do los 
(jeroglíficos que se atribuye á los egipcios, aunque 
Fourmont, (1) apoyado en Diódoro de Sicilia, y 
Vives, afirma que los recibieron de los Ethiopes. 
Diódoro Sículo dice, en efecto, que las letras délos 
Etiopes y los geroglíficos de los egipcios, eran do 
una misma especie, y así lo cree también Leudol- 
pho (2), unas y otras eran según el primero de es- 
tos autores (3), «mu}^ semejantes á varios animales, 
a á los miembros de los hombres y herramientas de 
u los artífices, pues que en ellos no so declara, ni 
« perfecciona la oración, que intentan hacer, com- 



(1) Memoires de rAcademie royale des iuscriptionset 
belles lettres, tom. 7, pág. 50o. 

(2) Diódoro Sículo. Bibliot., lib. 3., ful. 144. 

(3) la comm. ad. hist, Etiop. cap. 1, lib. 1, fol. 54. 



—236 — 

« poniendo sílabas, sino la significación dé imáge- 
« nes pintadas, y trasladándolas esculpidas á la 
í( memoria con el ejercicio. « (1) 

Era en ól tanto más profunda esta confitsion, 
cuanto que creia que los egipcios habían sido una 
colonia traida por Osiris de Etiopia, de la cual te- 
nían su origen no solo las imágenes y letras que 
recibieron de ella, sino muchas leyes y costumbres 
que guardaron. Los Etiopes se creian la gente más 
antigua del mundo, atribuyéndose, según Giraldi- 
no, treinta mil años de antigüedad (2). 

Sanchoniaton afirma, según Ensebio, que esta 
manera de escribir habia sido enseñada por Teutot 
ó Mercurio, que fué contemporáneo de Osiris, y así 
lo creian también los Egipcios (3) . 

Lo que no tiene duda es, que de esta práctica hi- 
cieron uso también otras naciones de la antigüe- 
dad, adoptándose varios métodos, que sucesiva- 
mente fueron perfeccionándose. 

El principio era uno mismo, y consistía en re- 
presentar con una sola figura muchas cosas. Asi 
lo procticaron con más ó menos variación los cM- 



(1) Diódoro Siculo, loco cilato, fol. 14o. 

(2) Alex. Giraldino. iu Itiner. ad Región, sub. Equiu. 
Plag. coustit., lib. 3, fol. 41 y lib. 4, fol. G4 y lib. 6, 
fol. 10. 

(3) Platón, píig. 374. 
— Plut., tom. 2, p. 738. 



—257— 

nos en el Oriente, los mexicanos en Occidente, los 
scytas en el Norte (1), los indios^ los fenicios, los 
etiopes (2), los clruscos (3), y los salvajes de África 
y América (4). Los árabes tuvieron también su es- 
critura misteriosa. 

Los geroglí fieos presentan originariamente un 
carácter figurativo, dando solo idea del objeto re- 
presentado, pero sin cualidad ninguna adicional, 
como el tiempo, lugar ú otras. Para hacer apare- 
cer las ideas adicionales, é individualizar los obje- 
tos, fué preciso usar de signos distintivos, toman- 
do algunas de las cualidades naturales, tales como 
el color, posición, 6cc. De la unión de los signos 
figurativos y distintivos provino la escritura sim- 
bólica, que fué el segundo paso que se dio en el 
sistema gráfico^ y de él hicieron uso los onexica- 
líos. Vinieron después los signos enigmáticos, in- 
ventados para expresarlas ideas metafísicas, echan- 
do mano de analogías-^ fueron, por tanto, arhitra- 
rios, convencionales, y especiales. Los egipcios y 
los chinos hicieron uso de este sistema, que por la 
combinación de los tres medios indicados llegó á 
ser ideogríifico, expresando las ideas por medio de 
imágenes y retratos, ó de imégenes símbolos. 



(1) Essai sur les hieroglyphcs, pág. 47. 

(2) Diódoro, 1. 3,pAg. 176. ' " 

(3) Essai sur les hieroglyphes, pág. 46. 

(4) Letlres edif., tom. 57, paj. 2o8. 



— 258- 



§5. 



Tal era el género de escrilura que en aquellos 
tiempos se usaba, tan oscuro é imperfecto por las 
diversas significaciones que se podian dar á los 
geroglificos; pero que sirvió de mucho para ulte- 
riores progresos. Ocurrióla idea feliz de represen- 
tar con signos, no ya el objeto mismo, sino el so- 
nido articulado con que se expresaba, y al efecto 
se inventaron ciertos caracteres que, unidos entre 
si, pintasen exactamente la palabra, reducida en 
los tiempos primitivos á muy pocos sonidos articu- 
lados, lo cual facilitaba en gran manera el modo 
de darla á conocer, ya de viva voz, ya por escri- 
to. Algunos llaman á este inéíoáo escritura 'Silábi- 
ca, porque se empleaba un solo signo para cada sí- 
laba. Atribuyele su invención á los asirios, así 
como su variación y perfección á los fenicios (1). 

Era éste ya un paso mu 3' avanzado en los pro- 
gresos del entendimiento humano. Faltaba, sin 
embargo, todavía asombrar al mundo con la sim- 
plificación de este método hasta donde fuera posi- 
ble. Así se verificó, y un genio feliz halló en fin 
el modo fácil y sencillo de lograrlo, obteniendo el 
asentimiento general. Tal es la escritura alfahé- 

(5) Diódoro, 1. b, pág. 390. 



tica, en que usándose de signos para expresar ais- 
ladamente las vocales, y uniéndose á los demás in- 
ventadas para los otros sonidos articulados, hubo 
de llegar á representar con toda precisión y exac- 
titud, cuanto puede ocupar á la inteligencia hu- 
mana. 

Como los gQroglí fieos no eran unos mismos en 
todas las naciones, tampoco lo fueron los signos 
empleados en la escritura silábica, ni es entera- 
mente igual la alfabética] pues además de la con- 
formidad que su invención requiere, los caracteres 
que han usado varias naciones, han conservado 
rasgos de esas diferencias primitivas, como se ad- 
vierte en las lenguas orientales comparadas con las 
del Occidente, aunque en el fondo no se alterase el 
principio de que todas partían. Por eso se advier- 
ten diferencias en el modo de trazar los caracteres 
y colocarlos: unos los colocan en líneas perpendi- 
culares, ó de arriba á abajo, como los chinos, japo- 
neses, tártaros, los naturales de Filipinas, los ha- 
bitantes de Ceilan, y los etiopes antiguos, y otros 
horizontalmente. Los egipcios, asirlos, persas, fe- 
nicios, árabes, hebreos y caldeos, escribían do 
derecha á izquierda, movimiento embarazoso ó ir- 
regular, á diferencia de los abisinios, brachma- 
nes, malabares, javanés, sianeses, los del Thi- 
bet, Boutan, antiguos germanos, griegos, lati- 
nos, eslavones, godos, y la mayor parte de las 
naciones de Europa, que escriben de derecha á 

ESTUDIOS — TOMO II — 3j 



—seo- 
izquierda, modo más natural y expedito. (1). 
No se sabe á punto fijo quién fué el inventor del 
alfabeto, ni la época en que se verificó el descubri- 
miento, sobre lo cual hay entre los autores opinio- 
nes encontradas. Lo que puede asegurarse es, que 
nació en alguno de los países más civilizados, don- 
de mayores progresos habia hecho el entendimien- 
to humano. Es de suponerse que fuera en uno de 
los que primero se poblaron. Así, pues, so cree 
que fué inventado el alfabeto^ ó por los asirlos, ó 
por los egipcios, mucho ánles de la época en que 
éstas y otras naciones brillaran con todo su expíen - 
dor. 

Según Tácito (2), Plinio (3) y Lucano (4), la Fe- 
nicia y el Egipto fueron los países donde se inven- 
to, después del trascurso de muchos ailos en que 
le habia precedido la escritura simbólica, y cuando 
ya ambas tenían nombre é importancia. En tiem- 
po de Job era ya conocida en la Arabia, y Moisés, 
al hablar de ella, lo hace en términos que revelan 
que su invención no era moderna, como puede 
verse en varios pasajes de la Sagrada Escritura (íj) . 



fl) Memoires de TAcademie des inscriptious el belles 
Ictres, lom. 7. Reflexiones de Mr. Freret sur les prin- 
cipes generaux deFart de'eorire, pág. 328. 

(2) ¿.nal. XI. 14. 



(3] VII. 56. 
























(4) III. 220. 
























(5) Éxodo, c. 1 


.7, V 


. 14, 


C. 


34, 


V. 


27, 


c. 


24, 


, V 


. 4y 


28 


— Xúmeroís, c. 


23, 


T. 1, 


, c. 


17, 


V. 


18. 


c. 


31, 


X. 


17y 


26, 



--261— 

Una parte de los críticos cree que los caracteres de 
que se valió Moisés, son los mismos que los de los 
fenicios, que antiguamente eran idénticos. Reco- 
noce Warbutoii (1) como probable, que Moisés ad- 
quirió en Egipto el conocimiento de las letras, por- 
que el alfabeto hebreo, que empleó para componer 
el Pentateuco, es mucho más extenso que el que 
Cadmo llevó á Grecia, suponiéndose que cambió la 
forma de las letras egipcias, para que la escritura 
simbólica no recordara la superstición é idolatría. 

Al principio solo era conocida la escritura alfa- 
bética en Egipto y algunos pueblos del Asia, entre 
los cuales se comprende la Fenicia, situada sobre 
la costa occidental del mar de Libia. De aquí pasó 
á la Grecia el año de io94 con la colonia de feni- 
cios, que condujo Cadmo á la Beoda (2), llevando 
este presente sublime, que ha cambiado la condi- 
ción del género humano (3) . Si á Cecrope era ya 
deudora la Asia de la civilización de Egipto, á Cad- 
mo le debió la Grecia entera el estado floreciente á 



(\) Easayo sobre los «ícroglí fieos egipcios, cap. 41. 
pág. 171 y sig. 

(2) Pliuio, 1. 7, sec. o7, pág. 412. 

— Bartelemy. Viaje del jovou Anacarsis, lom. I. in- 
troducción, leparte, pág. 12. 
— Heredólo, 1. 5, n. b8. 
— Diódoro, 1. 3, p i;r. 230. 
— Euseb. Prosp., cvan., 1. 10, c. 5, pág. 473. 

(3) Herodoto fija este aconteciraiento l.hno años an- 
tes de la venida de Cristo. 



--^62— 

que después llegó. Perfeccionóse -el alfabeto délos 
fenicios, pues en el usado en la mayor parte de los 
pueblos de Oriente no se expresaban las vocales de 
¡a escritura; debiéndose, según Dionisio, á Lino, 
maestro de Orplieo, esta clásica innovación. (1) 
Plutarco dice que la tetrada multiplicada cuatro 
veces dio las primeras letras llamadas fenicias á 
causa de Cadmo; á las descubiertas después Pala- 
medes añadió cuatro, y más idiráe S imojiides otras 
cuatro (2) . Con caracteres alfabéticos estaban es- 
critas las leyes que Solo'/i publicó el año 1594 antes 
déla era cristiana; y se han encontrado inscripcio- 
nes en lengua egipcia anteriores á Moisés: tan an- 
tiguo así era su uso. De la Grecia recibieron los 
latinos esta especie de escritura (3) , trasladada por 
Evandro, (4) y de éstos los pueblos de Europa. 



§S. 



De todo lo expuesto.se deduce que la reproduc- 
ción del pensamiento por medio de si (/nos rejore- 
sentativos ha. tenido tres épocas bastante marca- 
das. La primera, en que se hizo Uso de geroglífi- 



(1) Dionisio apud Diódoro, 1. 3, pág. 36. 

(2) Plutarco Sympos, IX. tom. 8, ^ks^. 945. 

(3) Tácito, Anal., 1. 11, n. 14. 

(4) Tito Livio, 1,7. 



—263— 

coSf más ó menos parecidos ó conexos con los ob- 
jetos que querían representarse; después la escri- 
tura silábica^ que fué un paso más avanzado para 
simplificar este medio de comunicación; y por úl- 
timo la escritura alfabética, que es el esfuerzo 
más grande de la inteligencia humana, que tanto 
ha influido en la suerte del mundo, obrando prodi- 
gios, elevando al hombre á toda la altura de su 
dignidad, conduciéndolo á esos progresos é inven- 
ciones que causan pasmo y admiración, y han he- 
cho florecer los imperios, manifestando de cuánto 
es capaz la obra más perfecta de la creación. Los 
voces se formaban por semejanzas é imitación, en- 
contrándose de esta manera alguna analogía entre 
ellas y las cosas que por su medio querían signi- 
ficarse. 

Se conoce desde luogo, que el trazo de la figura 
de los objetos materiales fué el primer paso que 
^Q aló QJiQÍ sistema gráfico, para fijar el pensa- 
miento por medio de figuras que lo representasen. 
Mas como esto solo podía servir páralos objetes en 
general, bien pronto se conoció la necesidad de in- 
ventar algún medio, como se ha indicado, para 
singularizarlos, y evitar el error de confundir to- 
dos los de una misma especie, y la imperfección 
que de allí resultaba. Esto dio origen á los símbo- 
los, que unidos á las principales figuras, presen- 
taban la idea más completa, procurando siempre 
que entre el símbolo y lo que representaba hubie- 
ra alguna analogía ó semejanza, y no fuera ente- 
ramente arbitrario. 



—264— 



§ 7. 



Tal sistema elevado ya á este ^rado, si bien con 
algunas imperfecciones para representar los obje- 
tas materiales^ era ineñcaz ó insuficiente para las 
ideas puramente metafísicas, conociéndose la nece- 
sidad de adoptar signos arbitrarios^ aunque siem- 
pre se buscaba cierta analogía con algún objeto 
material. Esta escritura ideográfica obró una re- 
volución importante en el sietema gráfico: pero 
como sus resultados no podían sermásquelocaleb, 
como nacidos de un arreglo convencional, salidos 
de estos límites eran completamente enigmáticos 
pa;*a los demás. Se trató de simplificar el método 
y de allanar en lo posible semejantes dificultades 
é inconvenientes, y de estos esfuerzos nació la es- 
critura alfabética compuesta de signos fonéticos, 
que representaban no ya los mismos objetos, sino 
los sonidos con que se expresaban, y con los cua- 
les se formaban los idiomas de las naciones. Así 
como las palabras eran el signa de los pensamien- 
tos, ocurrió la idea de que los signos escritos lo 
fuesen directa ó indirectamente de las ideas, y de 
esta manera se estableció esa relación íntima entre 
el idioma y la escritura, que fué la variación más 
perfecta que se bizo en el sistema gráfico, adopta- 
da generalmente como uaa de esas invenciones fe- 



—863— 

lices que tienen el ascenso de la razón humana. 
Necesario fué sin embargo el trascurso de muchos 
años y esfuerzos extraordinarios de 'a inteligencia, 
para llegar á esta teoría tan exacta y ventajosa, 
que con un corto número de signos representa los 
sonidos y combinaciones infinitas de palabras, fra- 
ses é ideas, que es el resultado más grandioso á 
que podia llegarse. 



§8. 



Lntre los egipcios ascendía á ochocientos el nú- 
mero de cdiTSccíéves geroffUficos (1), de Jos cuales 
se formó después la escritura hierática, que eta 
una verdadera taquigrafía, 6 los signos abrevia- 
dos de los ge7'ogli fíeos (2), y por último la demóti- 
ca, que solo se diferencia de la anterior en el nú- 
mero menor de caracteres ó signos, que se emplea- 
ban en el uso común (3). En la práctica usaban 
los egipcios de todos los signos para escribir, esto 
es, de los gerogl't fieos, simbólicos, y fonéticos. En 
tiempos posteriores vino á reasumirse en las nacio- 
nes en uno, que es el alfabeto, dando al sistema 
gr tífico el último grado de simplificación . 



(1) Champoliou. Hist. pint. y descrip. de Egipto, to- 
mo 1, pág. 3j8. 

(2) ídem, ídem. 

(3) ídem» ídem. 



—266— 

Este orden y admirable concierto que se encuen- 
tra en la escritura que usaron los egipcios, y la se- 
rie de sus progresos; nos induce á creer que fué 
Egipto la cuna de la escritura alfabética, de dondo, 
se comunicó á las demás naciones sucesivamente, 
lo cual está apoyado en el juicio de los escritores 
antiguos más célebres. «Toda la antigüedad grie- 
*i ga y romana, dice Champolion (1), Platón, Ta- 
ce cito, Plinio, Plutarco, Diódoro de Sicilia, y Var- 
M ron, atribuyen á Egipto la invención de la es- 
« cri tura alfabética.» Fija Schoolcrafí (2) la in- 
vención de las letras en Egipto mil ochocientos 
veintidós años antes de J. C: el descubrimiento se 
verificó trescientos treinta y un años antes de la 
era del Éxodo. Moisés mil cuatrocientos noventa 
y un años antes de J. C, estaba muy versado en 
el uso de un alfabeto de diez y seis consonantes. 



§9- 



Lo expuesto parece lo más fundado y verosímil 
que puede establecerse sobre e&ta materia, atendi- 
da la gran variedad de opiniones que reina entro 



(1) Champolion. Hist. desc. y piut. de Egipto, tom. 
1, pág. 345. 

(2) Schoülcraft, Historical and slatiscal iuformation 
respccting the hislory, coBdition and prospectus of Ihe 
indian tribes of the United States, § 2, pág. 346. 



—267— 

los autores que se han ocupado de ella^ especial- 
mente sobre quien fué el que inventó la escritura, 
el país en que primero apareció y el tiempo en que 
comenzó á hacerse uso de ella. Nada ha podido 
hasta ahora descubrirse y fijarse con certeza: todo 
lo que existe es imperfecto, incompleto y destitui- 
do de pruebas, en que pueda descansarse con toda 
seguridad. 

Court de Geielm, al ocuparse de esta materia, 
dice lo siguiente: «Todo lo relativo al or/^e;^ de la 
« escritura no es sino una serie de problemas más 
« oscuros, ó más difíciles de resolverlos unos que 
« los otros.» (1) 

Algunos autores judíos comprenden la escritura 
entre las cosas creadas por Dios la tarde del primor 
sábado. 

NicJioh (2), Caffarel {^) y Poxtel {U) la reputan 
como don de Dios. 

Otros la atribuyen á Adam, tales como Saeclii- 
nus, ÁltediuSj Baulduc (o), y Mathias Bel (6). 
El Tostado cree que usó letras, y escribió algunas 



(1) Court de Gebelin. Monde primitif. Orig. du lang. 
et de Tecrit., liv. 5, sec. 1, chap. 2. 

(2) De litteris inventis. Lond., 1711. 

(3) Curiosités inouies. Paris, 1129. 

(4,^ De Foeuicium litteris. Par. 1552., cap. 4. 

(5) De Ecclesia ante Mosem. 

(6) De velene literatura Hunno. Scythica, 1720. 

ESTUDIOS — ^TOMO II — 3G 



«-268— 

cosas (1), y del mismo pareceres D. Gabriel Alva- 
rez Pellicier (2). 

Otros la consideran anterior al diluvio, citando 
en su apoyo la tradición de los orientales, y las co- 
lumnas de Seth^ á cu^^a opinión se inclinan San 
Agustín (3), Dnisins (4), MalU7ikrot (o), Gonzá- 
lez ['o), Parson {!) j Slmetford [?s). 

Este último cree que la escritura alfabética es 
posterior al diluvio y á la dispersión de las gentes. 

Clíper la considera anterior á Moisés y aun á 
Joseph; pues según él las órdenes expedidas por 
éste á las provincias egipcias, selladas con el ani- 
llo real, estaban escritas con caracteres alfabéti- 
cos (9). Salden cree que era ya conocida cuando 
nació Jíoisés (10). 

A este tenor podrían citarse otras muchas opi- 



^1) Abulenor Supr. Deutoroii. Cap. 32. 

(2). Hist. de la Igles. y del Mundo, lib. 1, cap. 22, ful. 

223. "-v: -■;■-;■. 

(5) Cité de Dieu, liv. 5, chcap. 23. • 

(4) De hebraica antiquitate. 

(5) De nalivit. litter. c. 2. 

(fi) De duplici térra, pág. 139. 
(7) Remaines of Japhet, chap. XI. 
(8j ílist. sacre et profane, tom. 1, liv. 7, pág, 233. 
Leyde, 1736. 
^9) Letre á la Croco. Let. 53. 
(10) Otia Theologica. Amster., 1084, en 41 Disert. 



—269— 

niones; pero solo haré mención de las siguientes. 
« Los Pelasffos, ó los pueblos de la dispersión, 
M dice Mazocchi (1), llevaron^ consigo á Grecia y 
« á Etruria las letras, invención divina, que les 
(( liabia sido trasmitida por los que^habian sobre- 
« vivido al diluvio.» 

Bianconi, que habia hecho un estudio detenido 
sobre esta materia, se expresa así: «Todo parece 
« probar que las letras fenicias ó hebreas son tan 
<( antiguas como el género humano, ó al menos 
(( anteriores á la dispersión de las gentes; porque 
« vemos que, los pueblos situados al Oriente y Oc- 
« cidente de los Hebreos y de los Plienicios, em- 
c< picaban las mis?nas letras*) (2). 

Pliíiio unas veces atribuye la invención de las 
leiras á los Phenicios, lo mismo que la astrono- 
mía, la navegación y el arte milílar (3), y otras á 
los Asirios, donde siempre hablan sido conoci- 
das Oí). 

iiSuidas asegura que Adam fué el inventor de 
K las artes y de las letras; pero á pesar de su auto- 
« ridad la mayor parte de los sabios está dividida 
« entre los Asirios y los Jügípciosi^l mayor nii- 



1) Rcchcrches sin- Irs iircmifics tablee d"li(.iVcléo, 
pág. 120. Xül.i 7. ?vapl., 77ÜU, iu íol. 

(2) De aniiquil. liller, p. 64. Bonona, 1748. 

(3) Hist. Xat., lív. o, chap. lí. 

(4) ídem, liv. 7, chap. Ii6, 



—270— 

« mero está por estos últimos, arrastrados por Pla- 
« ton, Diódoro, Cicerón, &c., que hablan de Tliot 
« ó Mercurio como inventor de las letras, y como 
« el que distinguió las vocales de las consonantes. 
« Platón llama también á Mercurio el ilustre fa- 
« bricador y djpadre de las letras. yy (1) 

Kirclier reputa al alfabeto de origen egipcio (2) . 

Wachter ha querido probar que la escritura al- 
fabética nació en Egipto antes que la geroglifica, 
y que fué llevada á Caldea por Belo, á Siria por 
Agenor, padre de Cadnius, y á Atenas por Cec- 
rops (3). 

Brosses, citado por Couré de Gebelin, después 
de dividir la escritura en seis órdenes: 

i*' La imagen aislada; 

2° Las imágenes seguidas, á la mexicana; 

2° Los simbolos alegóricos ó geroglíñcos, repre- 
sentaciones de las cualidades, á la egipcia; 

4° Rasgos representativos de las ideas ó carac- 
teres, á la china; 

5'' Rasgos representativos de las sílabas, á la 
siamese; 



(1) Gourt de Gebelin. Monde primitif., etc., Ub. o, 
sec. 2, chap. 1. 

(2) CErlipe, Egyptien in foL, tom. 1. 

(3) Natura?, et scripturoe concordia. Leipcick, 1752. 



—^271— 

6° Los caracteres alfabéticos v destacados, a la 
europea (1); 

Se adhiere á creer que la escritora simbólica, 
compuesta de geroglíficos, es necesariamente más 
antigua que laliíeral, y dice respecto de ésta, «qae 
« no puede indicar en qué tiempo ni por quién ha 
« sido introducida; pero que se puede dejar á los 
« Phemcios gozar, según la tradición más común , 
« la gloria de haber inventado este bello arte de la 
^^ escritura org tínica. Ellos son al menos los in- 
« ventores de ella á nuestro juicio, aílade este es- 
« critor; pues que consta que fueron los que con 
« sus viajes la extendieron en los países más occi- 
« dentales.)) (2) Admite, en fín, la idea do que 
« las figuras simbólicas han dado paso á las figu- 
« ras literales, fi (3) 

Ingeniosos son los sistemas inventados por Van- 
Helmont (4), Wachter (b) y iVelme (6) sobre la 
forraacion del alfabeto, atribuyéndolo unos á la 
forma que toma la lengua al pronunciar la letra; 
otros á la nariz; otros á la garganta (7); y no es 

(1) Mechanismc du laug, toin. 1, pág. 310, 462 

(2) Mechan i s me du lang., tom. 1, pAg. iio. 

(3) ídem, pág. 450. 

(4) Alphabeti veri naturalis hebraici delincatio, etc. 
Sulzbaci, 1667. 

(o) Nat. et script. concordia, chmp. 2, 3. 
(6)^Essai sur la recherchc de Torig. et des clem. des 
lang. etdcs lit. Lond., 1772. 
{!) Gourt. de Gebelin. Monde primitif. etc., chap. 2. 



—272— 

menos ingenioso lo expuesto sobre esta misma ma- 
teria por M. Ronland Jones (1). 

Si en medio de estos sistemas diversos^ y con- 
tradictorios algunos, se prosigue el examen sobre 
la marcha de la escritura después de su invención, 
se tropezará también con la misma variedad de 
opiniones y dificultades, que dejan inciertos mu- 
chos puntos. 

Court de Gebclia cree que la escritura lúe efec- 
to de la casualidad, y enteramente arbitraria (2), 
fundada sobre la i)nitacion,\o mismo que el len- 
guaje (3), y que en una y otro eran precisos dos 
sentidos, propio ó físico el uno, y figurado el 
otro (4); lo cual es conforme con lo que asientan 
Clemente de Alejandría (o), Horo Apoion (6). 
Warbuton (7) y Malespines (8); dice además, que 
Ja escritura en su origen fué gero(jlífi.ca (9), que 



(Ij Hierogliüc. or a Gram., inlrod. to an uiiiv. hie- 
rogl. lang. — Lond. 17G8. 

(2) Monde primilif. Oríg. du \dí\v¿. et de recriture, 
lib. i>. sec, 1, chap, 3. 

(3) ídem, idcra.chap. i>. 

(4) ídem, idem, chap. 6. 

(5) Stromater cu- loa Tapisieries, liv. 5, píig, 686 et 

F'Uiv. 

(6) Geroglyphica avec cometil. de J. Coru Paw. 

(7) Legalion de Moj'ses. 

(•8) Essai sur les Uierogljphes Egypliens. 
(9) Gourt de Gebclin. Monde primitif, etc., chap. 4> 
pág. 401. 



—273-- 

üonsislia en pintar los objetos, y la alfabética los 
sonidos de la voz; reputa este último por gerogli- 
fico también, y juzga que al principio solo se com- 
puso de diez y seis caracteres, y que su invención 
no se debió a los egipcios, sino que fué Cadmea ú 
Oriental, y conocida antes d-e la dispersión de los 
pueblos (i), encontrándose desde la más remota 
antigüedad entre los chinos, los fenicios, los egip- 
cios, los griegos, los caldeos, los etruscos y los he- 
breos (2); este concepto vuelve á repetirlo. (3) dán- 
dole á Ja escritura una antigüedad de /i,300 años 
antes de J. C-, y separándose de los que la fijaban 
en Cadmo para la Grecia, y en Moisés para el 
Oriente, y considerando á la ffe7V r/Ufica aníerior k 
la alfabética. 

]\I. Guignes cree que la geroglifica fué la de los 
primeros hombres, conservada con más cuidado 
por los egipcios lo mismo que su idioma, en el 
cual se encuentran los orígenes de las otras len- 
guas orientales (4). 

Digno es, por último, de consignarse aquí el pa- 
caje de Lucano, que dice lo siguiente (o): 



()) Court de Gebelin. Monde, etc.. chap. 4. p¿g-, 4U-J, 

(2) ídem, idem, pág. 407. 

(3) ídem, chap. 14, píig. 423. 

(4) Mem. de iascr., tom. 34. pág. 13, edil, in 4^ 

(5) Pharsalia, liv. 5, v. 220 ct suiv. 



—274— 

«Phoenicis primi, fámoe 

si creditur, ausi 
Mansuram rudibus vocem 
signare figuris. 
' Nondum flumineas 

Memphis continere biblos 
Npverat, et sacris tan- 

tam volucresque fercque, 
Sculptaque servabant 

mágicas animalia linguas.» 

«Los Phenici(3s, si se cree la fama, fueron los 
« primeros que se atribuyeron fijar la palabra por 
« figuras materiales. Menfis no sabia todavía com- 
(( poner libros con plantas, que crecen sobre las ori- 
u Has de sus rios; sus lenguas mágicas no eran con- 
« servadas sobre el mármol, sino por figuras de 
y aves y animales.» 

Este pasaje de Lucano ha dado lugar á varias 
interpretaciones: creen unos ver indicada en él la 
invención do los geroglíficos^ y otros la de las le- 
tras. Hugo (1) es de la primera opinión, y también 
el P. García (2), refiriéndose á varios autores. Pu- 
nió (3), Quinto Curcio, (4) Postel (S), Waiton (G). 



(1) Gap. 10, ex Püii., lib. 7. cap. 5G. 

(2) Oriíí. de las Jnd., lib. 4, cap. 22, § 1 

(3) Ilist. Nat., lib. D, cap. 12. 

(4) Lib. 4. 

(5) De litro. Phenic. 

(6) Proleg. bibl. poligl. 3. n. j. 



—275— 

Bochart (l),y Vosio (2) dicen queZucano habla de 
letras y no de figuras significativas de cosas: lo 
mismo opinan Mela (3) y Grocio (4). 

En apoyo de esta opinión puede también citarse 
á Crísias (o), cuyo pasaje traducido por Casauho- 
no (6), es de esta manera: «Phenicum inventum 
(ditera nempe loquax,» ó como áicQ Natal Co- 
M mite: «Phenicum inventum literi verbi lo- 
quax (7).» 



§10. 



Con estas nociones preliminares podrá ya for- 
marse un juicio de la clase de escritura que usaban 
los palencanos, de que todavía quedan algunos res- 
tos. Las investigaciones que hasta ahora se han 
hecho sobre ella no han dado un resultado satis- 
factorio, que rasgue completamente el velo que las 
oculta á la inteligencia humana. ' Se tienen, sin 
embargo, algunos materiales, que pueden contri- 
buir á un éxito feliz. El infatigable abate Brasseur 



(t) Geog. sacr. 

(2) De Art. gramen. lib. 1, cap. 7. 

(3) De situ orbis, lib. 1, cap. 12. 

(4) Yn Nolis ad Lucan. fol. 118 y 119. 

(5) Arheneus, lib. 1, Delen. napsph. 

(6) Yü Animadv. ad Arlhen. cap. 22. 

(7) In Vers. Alhen.. lib. 1, cap. 25, fol. 47. 

ESTUDIOS — TOMO H — 3" 



—276 — 

de Bourhourg procuró derramar nueva luz sobre 
las cosas de América, escudriñando los archivos 
donde pudieran encontrarse algunos dalos, exami- 
nando cuidadosa y atentamente sus historiadores, 
estudiando sus costumbres y leyes, recogiendo sus 
tradiciones y buscando en todas partes monumen- 
tos, papeles y manuscritos que pudieran ilustrarle. 
Esto le hizo descubrir en la Biblioteca Real de His- 
toria de Madrid un precioso é importante manus- 
crito de Fray Diego de Landa^ que con el título 
de «Relación de las cosas de Yucatán,» dióá luz en 
1864, acompañado de varios documentos históri- 
cos y cronológicos, y una gramática y vocabulario 
de la lengua maya, y contiene la nomenclatura 
completa de los sigíios del calendario maya^ que 
tanto contribuirápara descifrar las inscripciones in- 
crustadas en los edificios de Yucatán, que ocupan 
un lugar tan notable éntrelas ruinas del continen- 
te americano. Ha reunido á ellos los 5///?205 que 
constituyen el alfabeto, el cual, aunque incomple- 
to, es de grande importancia é interés; pues con su 
auxilio podrán leerse quizá los caracteres de que 
están cubiertas las ruinas, no solo de Yucatán, si- 
no también las del Palenque, Cojmn y Quirigua, 
si llega á descubrirse entre ellos semejanza é iden- 
tidad, como aparece á primera vista en el aspecto 
que presentan todas estas ruinas. Puede, pues, 
considerarse como la primera clave de esas inscrip- 
ciones misteriosas, según el juicio del mismo aba- 
te Brasseur de Bourhourg, que habia comenzado 
ya algunos trabajos comparando estos caracteres 



—277— 

con los del Códice Mexicano núm. 2 de la Biblio- 
teca Imperial de Paris, y con el que reprodujo 
loi'd Kinshorough en su obra de antigüedades, 
habiendo encontrado todos los del calendario re- 
producidos por Lauda y cerca de una docena de sig- 
nos fonéticos. Si estos trabajos, y los esfuerzos que 
continúen haciéndose, llegan á tener el mismo re- 
sultado que los do Champolioii respecto de los ca- 
racteres egipcios, se llegará á un descubrimiento 
de la más alta importancia, revelándose al mundo 
los grandes misterios, y quizá la historia de un 
pueblo que dejó esculpida en piedra la memoria de 
su existencia. 



§ 11. 



Después que Egipto dejó de brillar con todo su 
explendor, y fué presa de la tiranía y rapacidad do 
los conquistadores, que entregándolo á las llamas 
y destruyendo sus monumentos, intentaron borrar 
hasta su memoria, un velo misterioso cubria su 
historia. Entre sus ruinas se veian numerosas ins- 
cripciones, que nadie entendía, y que por largo 
tiempo fueron objeto del examen y meditación de 
los sabios. Multiplicábanse las tentativas, se fati- 
gaba en vano 1 1 ontendimienLo, se hacian compa- 
raciones, se formaban ingeniosas combluaciones , 
y al levantar la mano de ese trabajo, solo se tenia 



—278— 

la convicción de su mayor dificultad, y casi impo; 
siWe descifracion. 

Conocidos son los trabajos de Caiisini (1), deVa- 
leriani (2), de Horopollini (3), y de Heorger (4), 
sobre esta materia. Entre los sabios ilustres que 
con más empeño se consagraron al servicio de Egip- 
to, se enumeran también Ror- Apollo, al que se 
deben muchos destellos de luz sobre la interpreta- 
ción de los geroglíficos, y á Anastasio Kirclier, sa- 
bio jesuíta que escribió su (í^spMngx mistagogaí) (b) 
y su (iMuseum collegi romanh') (6). Estos escritos, 
y los de varios viajeros ilustrados, los de i/)*. Fou- 
ricr, y los trabajos de Belzoni, ban contribuido 
mucho á la ilustración de la materia, pero han sido 
precisos todos esos esfuerzos reunidos, y el trascur- 
so de muchos siglos, para rasgar el velo misterio- 
so que substraía de la inteligencia humana los sig- 
nos de que usaron los egipcios para expresar sus 
pensamientos. Tan alta gloria estaba reservada al 



{\) Causiüi. Simbollica Egypliorum sapientia. Pari- 
siis, 1641. 

(2) Pielry Valeriani. Ilieroglyphica. Francfurti, 1678. 

(3) Horopollinis. Hieroglyphica gr. lat. cum integris 
observationibus et notis diversorum. Curante de Paw 
Tiay ad Rhen, 1727. 

(4) Heorger Hieroglyphica. Amsterdam, 1744. 

(5) Athanassii Kircheri é Societate Jesu Sphiogx 
mistagoga. Amsterdam, 1676. 

(^) Romani collegi socictatis Jesu Museum, etc. 
Amsterdam, 1678. 



—279— 

inmortal ChampoUon, que después de veinticinco 
años de incesantes meditaciones y trabajo, de una 
atenta y profunda comparación, del examen de mu- 
chos datos, y de una constancia extraordinaria en 
sus tareas analíticas, aprovechándose de cuantas 
luces se hablan esparcido sobre el Egipto, especial- 
mente de los escritos del Dr. Yoting, que en 1813 
descubrió el valor alfabético de los signos gcrogli- 
ficos grabados sobre el obelisco de Phile, que ex- 
presaban los nombres de Plolomco y de Bcrenice, 
y rectiíicando lo que este descubrimiento tenia do 
defectuoso, y dándole todo su desarrollo, logró al 
íin en Francia, por medio de la inscripción do la 
Roseta (1), encontrar la clave del sistema gráfico 
de los egipcios. En 1822 pudo ya publicar el resul- 
tado de sus trabajos, explicando el alfabeto egipcio, 
que ponia al alcance de todos las numerosas ins- 
cripciones de este pueblo antiguo, que fué el fanal 
que iluminó al mundo entero. En la <iffístoria 
descriptiva y pintoresca de Egipto, y) lamina 22, se 
ha publicado ese alfabeto completo con su corres- 
pondencia; descubrimiento feliz, que basta por si 
solo para formar una do las épocas más notables 
del saber humano. Con su auxilio no escapará ya 
á las investigaciones del sabio ninguna de las ins- 



(1) La roí<?/a es un bloco de basalto negro con una 
inscripción en caracteres gcroglificos demóticos y grie- 
gos, descubierta por los trabajadores de una de las divi- 
siones del ejército francés, al cavar los cimientos del 
fuerte Saint-Jnlien. Se halla en el Musco Británico. 



—280 — 

cripciones, que aún se conserven entre las ruinas 
de aquella célebre nación. Lo mismo sucedió con 
lis inscripciones de Palmira. Más de un siglo ha- 
bía trascurrido en inútiles esfuerzos para descifrar- 
las, hasta que el abate Barthelemy, acostado cons- 
tancia y extraordinarios afanes, encontró la clave, 
descubriendo que participaba del alfabeto hebreo y 
siriaco, explicándolo todo con grande erudición (1). 



§ 12. 

Quizá otro tanto sucederá al fin con las ruinas 
del Palenque y Ococingo, á lo cual contribuirían 
los últimos trabajos que se han emprendido, y los 
descubrimientos que se han hecho. Se examina 
con asombro lo que queda, y al fijar la vista en sus 
grandes sleles, en Jos caracteres que se hallan gra- 
bados cerca de sus figuras, una ansiosa curiosidad 
se apodera del genio investií^ador, pero solo, aban- 
doijado á sus propíos esfuerzos, el desaliento pene- 
tra en su corazón, porque no encuentra aún datos 
bastantes que le guien en medio de las conjeturas, 
que se agolpan y se suceden unas á otras como va- 
nas ilusiones. 

Para interpretar el antiguo Egipto, se contaba 
(1) Goguct. Origine dea loisj iom. 1, lib> % pág. 38?^ 



—281— 

con las noticias esparcidas en las obras de los res- 
petables escritores de la antigüedad, con las inves- 
tigaciones del diligente üerodoto, que mereció de 
Cicerón el glorioso titulo de padre de la bistoria, 
que examinó el Egipto, la Persia, la India, la 
Arabia y la Scytia, y cuyas narraciones ban sido 
coníirmadas después con las luces de los siglos pos- 
teriores; estuvo -en Tébas, Heliopolis y en mucbos 
de los países, provincias y ciudades de que bace 
mención, procurando beber en fuentes puras las 
noticias que nos ba trasmitido. Se contaba con las 
noticias geográficas é bistóricas de Sí rabón, que 
viajó y examinó con escrupulosa curiosidad el 
Asia, el Egipto y la Grecia, no contentándose con 
lo que encontraba escrito en otros autores sobre los 
países que describe. Se toma el cúmulo de datos, 
que en fuerza de continuos trabajos é investiga- 
ciones, por espacio de treinta anos, reunió el pro- 
fundo Diódoro Slculo. Se contaba con los célebres 
estudios sobre la bistoria de Egipto de Manelhon, 
para los cuales consultó los anales más antiguos 
de la nación, examinó las tradiciones, registró los 
monumentos clásicos, y reunió cuanto podiadar á 
conocer á este gran pueblo. Se contaba, íinalmen- 
te, con los trabajos emprendidos por el bistoriógra- 
fo Sanchoniaton .sobre la Fenicia, y los áeJíeroso 
sobro los caldeos, así como con. las luces de los sa- 
bios, que con sus escritos ban ensancbado en to- 
dos los ramos la esfera de los conocimientos buma- 
nos. 

¡Cuánta diferencia respecto del Paloiquef Para 



—282— 

el examen é interpretación de esas ruinas pocos ó 
ningunos datos existen. No ha muclio tiempo que 
han comenzado á íijar las miradas de los hombres 
ilustrados. Aún no son conocidas en todos sus de- 
tallos. Las relaciones que se encuentran en los his- 
toriadores de América sohre los sucesos de la con- 
quista, con cuanto pudieron reunir sohre la historia 
antigua del puehlo conquistado, la religión, las 
prácticas^ y los usos y las costumbres que halla- 
ron establecidas, no ministran la luz necesaria pa- 
ra juzgar con acierto sobre cuanto encierra este 
continente. ¡Quizá muchos de los datos, cuya fal- 
ta hoy tanto se deplora, perecieron en medio del 
incendio, de la sangre y devastación, con que mar- 
caron su conducta los conquistadores del Nuevo 
Mundo, y los que llevados por un falso celo reli- 
gioso cooperaron á tales actos de barbarie, compa- 
rables á los de Camhises cuando entró en Egipto á 
sangre y fuego, entregó Tahas al pillaje de sus 
soldados, destruyó sus templos, incendiólas habi- 
taciones, profinó las tumbas do los reyes, derribó 
sus monumentos, y dejó una huella de sangre y 
de exterminio, que perpetuó entre sus moradores 
su memoria excecrable. 

La destrucción de los ídolos, la ruina de los tem- 
plos gentiles, el destrozo de las pinturas," mapas, 
libros y manuscritos, que poseíanlos antiguos ha- 
bitantes de este continente, nos privaron de mu- 
chos conocimientos útiles, del tesoro de noticias 
que en ellos se encontraban, y de la revelación de 
los misterios que por todas partes se presentan to- 



r-283— 

davía en el Nuevo Mundo, dejando perplejo al sa- 
bio en medio de sus profundas investigaciones. No 
hay, sin embargo, que desesperar en esta empresa 
gloriosa. Mucho ha de avanzarse, y tal vez se lo- 
grará realizar de una manera satisfactoria lo que 
hizo Champolion respecto del Egipto que se sepa 
con certeza qué pueblo habitó las ruinas del Palen- 
que, cuál fué su historia, desde cuándo fijó su mo- 
rada en este Continente, qué acontecimientos me- 
morables acompañaron su existencia y produjeron 
su aniquilamiento, y por último, cuáles eran su 
feU^ion, sus prácticas y costumbres, con todos los 
detalles de su vida privada. 

Mucha parte de esto se lograría sin duda, si pu- 
dieran leerse las inscripciones que decoran las rui- 
nas. Fijando en ellas atentamente la vista, se des- 
cubre la perfección con que están trazadas las di- 
versas figuras con que se expresan las ideas, la 
regularidad en los trazos, la hermosa forma de al- 
gunos, la finura de cincel con que muchas están 
esculpidas, y las ideas de delineacion, exactas pro- 
porciones, y variedad que en ellas se descubren. 
En las inscripciones del Palenque se observa lo 
mismo que en la de los obeliscos egipcios, el uso 
de cartones, 6 grumos de signos g ero gli fieos ins- 
critos dentro de un cuadrado, y colocados en líneas 
verticales, ú horizontales, como lo están en las 
steles, ó lápidas llenas de caracteres, y en los que 
tienen las figuras cerca de sí. 

En cuanto á la forma hay tal variedad, que puede 
asegurarse que no se vén dos cartones enteramente 

ESTUDIOS — TOMO 11—38 



—284— 

iguales. Aun cuando se encuentren signos qno, 
examinados aisladamente, se parecen á los inscri- 
tos en otros cuadrados; ya unidos ó combinados 
entre sí forman un conjunto diverso. Entre estos 
signos hay algunos que, considerados separada- 
mente, se parecen á otros de los egipcios, como la 
especie de instrumento, ó trabajo de escultura, que 
se vé en la mano de la estatua que se encontró en 
las ruinas, y tiene la misma figura que uno de los 
caracteres con que se denotaba al dios Ammon^ so- 
bre lo cual se han hecho antes algunas indicacio; 
ues; pero de estos pequeños rasgos de identidad, 
uo puede deducirse tal semejanza, que dé lugar á 
creer que tuviesen una misma significación, por- 
que es perceptible la variedad que existe en la ma- 
yor parto de los signos empleados en su escritura 
por uno y otro pueblo. La clave del uno en mane- 
ra alguna puede servir para descifrar los caracte- 
res del otro. Tal diferencia la han conocido los 
sabios escritores, que ex-profeso han meditado so- 
bre esta materia. Encuentra Dupaix originalidad 
peculiar en los del Palenque, y no teme asegurar 
u que no tienen conexión alguna con las letras sim- 
« bólicas de los antiguos egipcios» (1). Este es el 
juicio que también formó Mr. Lenoir al examinar- 
lo, no encontrando analogía entre los geroglíficos 
del Palenque y los de Egipto y México (2) . 



(1) Dupaix, S*"»» expedition, núms. 41, 42 y 43. 
(2J A. Lenoir. Examen des planches 3"°*eip., núms. 
41, 42 y 43. 



No puede, sin embargo; negarse que entre unos 
y otros existe una semejanza originaria, aunque 
difieran en la forma, atendiendo á los varios pun- 
tos en que parece convienen uno y otro sistema 
gráfico^ pues ya hemos visto que empleaban pus 
caracteres en inscripciones, con que adornaban las 
paredes interiores de sus edificios, las fachadas de 
algunos, y los monumentos que levantaban para 
perpetuar la memoria de los sucesos; que los en- 
cerraban, cómelos egipcios, en pequeños cuadros, 
á los cuales se les ha dado el nombre de carlou- 
ches, que se dice contienen nombres propios ex- 
tranjeros á la lengua egipcia; que los colocaban 
también al lado de sus figuras, explicando lacóni- 
camente la historia del personaje ó suceso á que 
hacian alusión; y que así como los sacerdotes egip- 
cios los empleaban para escribir los anales de su 
nación, sus observaciones astronómicas, los descu- 
brimientos que se hacian en las ciencias y en las ' 
artes, en una palabra, para todo lo que era digno 
de conservarse, el mismo uso hacian probablemente 
los palencanos, pues aunque en las excavaciones y 
reconocimientos que se han hecho no se ha en- 
contrado manuscrito alguno, es cosa probada que 
en los pueblos más antiguos de Chiapas se conser- 
vaban tradiciones, que indican el uso que hacian 
sus progenitores de la escritura para perpetuar los 
grandes sucesos públicos, escribiendo los fastos do 
su imperio, y 1,(- cosas que acaecían más notables 
ó dignas de saberse. 

Uno de estos manuscritos vino á poder del cañó- 



nigo Ordoñez de CMapas, y asegura que para des- 
cifrar y llegar á entender el texto y poligrafía de 
ese manuscrito, le habia sido preciso consagrarse 
por espacio de treinta años al estudio y medita- 
ción, haciendo numerosas investigaciones, adqui- 
riendo gran caudal de noticias, examinando el ge- 
nio ó índole, usos y costumbres de los pueblos de 
indios^ que cubren esta parte del continente ame- 
ricano^ y aprendiendo sus idiomas. Solo en fuerza^ 
de tanta constancia é inmenso trabajo, logró des- 
cifrar, según él mismo afirma en un manuscrito 
suyo> que tuve á la vista, los símbolos, geroglífi- 
cos y emblemas, sin especificar, empero, nada, ni 
entrar en explicaciones que reservaba para una 
obra que tenia ánimo de escribir. Suponía que 
esos caracteres eran fenicios, y que habían sido 
trasladados á esta región por los egipcios. No me 
ocuparé por ahora en calificar la fuerza de seme- 
* ^ante aserción, y las muchas observaciones á que 
dá lugar; basta para mi intento citar el hecho de 
la existencia de manuscritos con cifras y signos 
g ero gil fieos, que hablaban, del gran pueblo que ha- 
bitó las ruinas del Palenque. 

Si en lugar de entregar á las llamas se hubie- 
ran conservado los que entre los indios encontra- 
ron los primeros sacerdotes, que les predicaban la 
fé, procurando con empeño su conversión; si se 
hubieran estudiado los libros en que estaba con- 
signada su historia, sus cuadernillos, calendarios, 
y repertorios escritos en su idioma, muchos de los 
cuales recogió el Sr. Núñez de la Vega, obispo do 



—287— 

Chiapas y Soconusco, durante el tiempo que estu- 
vo gobernando la diócesis, tendríamos hechos en 
vez. de conjeturas, noticias exactas en lugar de de- 
ducciones más ó menos probables, y quizá el len- 
guaje escrito de los palencanos en signos tan va- 
rios y bien trazados, no seria hoy un enigma ante 
el cual se estrellan las m'ás sagaces tentativas del 
entendimiento humano. Poseriamos entonces la 
ciencia cierta del uso que hacian de la escritura, no 
solo en las inscripciones que contienen las lápidas 
de las ruinas, sino en libros formales para conser- 
var la historia de los sucesos, así como lo más dig- 
no de saberse, teniendo este dato más para juzgar 
sin equivocación de su semejanza con los egipcios. 
¡Deplorable aberración, que por extirpar la idola- 
tría, se destruyeran aquellos preciosísimos monu- 
mentos para la ciencia! 



CAPITUO:XXIX 



1. Continuación del mismo asunto. Uso qufi hacíanlos 
paleucanos de signos geroglíficos, simbólicos y fono 
ticos. — 2. Como procediau los egipcios. — 3. Género 
de escritura propia de los palencanos. No tenian no- 
ticia de la escritura alfabética. Consecuencias impor- 
tantes que de esto se deducen. — 4. Opiniones qu'e se 
han expresado respecto de la escritura alfabética — 
5. Tipo de originalidad de los caracteres del Palen- 
que. Rasgos de semejanza éntrelos fenicios, griegos 
y latinos, estudios hechos, sobre el alfabeto fenicio, 
y su comparación con los de otros pueblos: compara- 
ciones. Alfabeto de lus abisinios y brachmines. Es- 
critura de los pueblos de Malabar, Bengala, Boutan, 
el Thibet y otros; de los tártaros orientales, guebros 
y seracabios. Comparación de los del Palenque cou 
ios conocidos, y lo que de esto resulta. Juicio de Shc- 
malz. — 6. Origen del lenguaje escrito de los abisi- 
nios. — 7. Examen analítico de la escritura de varias 
naciones, los que sobre esto dicen el P. García, 
Herrera, Torquemada, Sahagun, Acosta, Garces 5 So- 
lórzano, estudios arqueológicos de D. J. M. Melgar. 
Observaciones deD. Manuel Orozco y Berra. — 8. (je- 
roglíficos palencanos y mexicanos. Trabajos de Mr. 
Aubin. Caracteres de Yucatán. Geroglíficos de los 
zapotecos. Semejanzas. Escritura usada por las tri- 
bus de la América del Norte. La del Perú: lo que so- 
bre esto exponen Acosta, Garcilazo de la Vega y Her- 
rera. 

§ 1. 

Pasando con estos datos á examinar cuidadoia- 
mente los signos empleados por los palencanos en 



—290— 

la escritura, se deduce que hacían uso, lo mismo 
que los egipcios, de tres clases de signos: geroglí- 
ficos^ simbólicos y fonéticos. 

Gomo los geroglíficos, según se ha dicho, no son 
más que la reproducción de las formas del objeto 
que quiere expresarse, presentándolo á la vista, ó 
completamente trazado, ó solo sus partes principa- 
les para darlo á conocer, se descubren en los cario- 
?ies (1) delospale)icanoscdi.veiSliu.mdLn3i.s, ojos, pies, 
brazos y otras partes del cuerpo, y la figura de al- 
gunos animales, ú otros objetos materiales. 

Este sistema, imperfecto por su propia natura- 
leza, no podía servir sino para expresar un núme- 
ro reducido de conceptos, y exigía naturalmente 
el uso de signos simbólicos, que son los que por 
medio de objetos materiales expresan otros concep- 
tos, buscando analogías más ó menos directas, ó 
inmediatas entre el objeto y el concepto expresado. 
Así, para indicar una familia, pintaban un árbol, 
cuyo tronco representaba el ^¿^í?recí?m«;^, y las ra- 
mas y frutos los parientes por línea recta y trans- 
versal. Con este mismo signo significaban un pue- 
blo, ó una nación, compuesta de muchos pueblos, 
pero añadiéndole tantas piedras, 6 lajas, cuantas 



(1) Los cartones egipcios son un grupo de signos ge- 
roglíficos contenidos en un pequeüo cuadrado, formado 
por dos líneas verticales ú horizontales, unidas por los 
extremos, y que se apoyan sobre una base rectangular, 
según la definición de Champolion, 



— 291-- 

' iudades, lugares ó villorios intentaban simbolizar, 
por eso se vén antes con caracteres otros signos 
como ramos, cerros y otros. El símbolo, usado por 
los mexicanos para significar el siglo, era el sol 
medio eclipsado por la luna y circundado de una 
serpiente, del cual usaban también los egipcias y 
los caldeos. 



%% 



Los egipcios, procediendo de la misma manera, 
pintaban un gavilán para expresar la velocidad, 
porque esta ave vuela con mayor rapidez que nin- 
guna otra, también ora, según Champolion, el sím- 
bolo del dios Sol (1) . La mano derecha, con los de- 
dos extendidos, significaba la liberalidad, y lat-r- 
quierda, teniéndolos recojidos, la cco?iomía de la 
avaricia. El cocodrilo ve^veseníeLbOiSiem^vé el mal 
(2). El ojo ináiceíbtiíngilancia, el que guarda la jus- 
ticia y cuida del cuerpo; un ojo abierto, colocado en 
la extremidad de un bastón, designaba idi pruden- 
cia en el gobierno de un Estado, y la providencia 
de los 'dioses en el régimen del universo (3). El 
curso oblicuo de las estrellas era representado p0;r 

(1) Hist. descrip. y pint. de Egipto, lomo L pág. 40. 

(2) Meraoires de literature tires des registres de l'Aca- 
demie royal de lascriptions et Belles lettres. Disert. 7, 
l'origiue des Elhiepes dansl'AfriquepDrMr. Fourmont 
le cadet, tom. 7, pág. 50o. 

(3) ídem, ídem. Reüexions sur les art. escrita por Mr. 
Freret, tom. 9, pág. 328. 

ESTUDIOS — TOMO II — 39 



—292— 

serpientes; el sol por un escarabajo (1), y así otras 
cosas que no podían expresarse con el objeto mis- 
mo, por ser incorporales, como las relaciones y ac- 
ciones de los seres, las ideas, los sentimientos, las 
pasiones. Los sacerdotes eran los únicos que le- 
mán la ciencia de este género de escritura, que se 
llamaba sagrada, (2) y quesegun Fourmont(3) y 
Vives, (4) como se ha dicho, recibieron los egipcios 
de los etiopes; así sucedió también con las letras 
Amonianas, las sagradas de Babilonia, y las de la 
ciudad de Meroe (b) . 

Los varios sentidos en que estos símbolos po- 
dían tomarse, los hacían dudosos é inciertos, ex- 
poniendo al lector á caer en tantas equivocaciones 
oomo sentidos admitía el signo simbólico. Era, 
pues, necesario remover este inconveniente, y dar 
á la escritura mayor exactitud y perfección, y esto 
se lograba con los sif/nos fonéticos ó articulados . 
que representaban no lob mismos objetos, sino las 
voces usadas en el idioma para expresarlos, por 
cuyo medio, combinándolos entre sí, podía sin em- 

(1) ídem, ideiii. Memoire daus la quelie apees avoir 
esaminé rorigine des lettres Phenicies, etc., par Mr. 
de Guignes, toio. 50, pág. 20, 

(2) Memoires de literaturc, etc., tom. tí, pág, 4ü. Di- 
sert. de Mr. l'Abé Anselme. Des monumeuts qu'ont 
supleé au defaut de rccriture. Marz 26, 171Í5. 

(3) ídem, ídem, ídem, tom. 7, pág. 30]. 

(4) Vives. Opera omnia, lib. 1, tom. O, cap. 1, pág. 
10. 

(5) Fancüurt. Enciclopedia, tom. s. 



—293— 



barazo de ningan género expresarse todos los coH' 
cseptos, como actualmente se hace con el alfabeto, 
que es el último grado' de perfección á que ha lle- 



gado la escritura. 



§3. 



La multitud de signos que, mezclados con ge- 
roglííicos y figuras simbólicas, se descubren en las 
inscripciones de las ruinas del Palenque, conven- 
cen del uso que de ellos hacian lospalencanos, re- 
sultando de su combinación su género de escritura. 
Aunque entre los signos de que ésta se compone y 
los de los egipcios no haya una completa conformi- 
dad, formándose su sistema gráfico de caracteres 
ejpistálicos, geroglí fieos y siin'bóUcos, comoeldeloB 
egipcios, tienen este rasgo muy marcado deseme- 
janza; pues no puede creerse que fuese casual esta 
coincidencia. 

una deducción cierta puede hacerse de todo lo 
expuesto, y es que la escritura alfabética era des- 
conocida de los habitantes del Palenque, y de con- 
siguiente, su existencia es anterior á la época en 
que se verificó este descubrimiento. A no ser así, 
sus caracteres se parecerían á los de alguna de las 
naciones conocidas del mundo, y en cuyos anales 
podemos leer su origen, marcha y progresos, has- 
ta tocar con los tiempos modernos. 



—294— 



§4. 



No se sabe á punto fijo, según antes se ha indi- 
cado, quién fué el inventor de la escritura al fahé- 
iica. Se ha visto también la gran variedad de opi- 
niones que se encuentra en los autores sobre es- 
te punto; paes hay entre ellos, como se ha dicho, 
quien la suponga coetánea con la creación, ó por 
lo menos con los tiempos primitivos del mundo, y 
en sentir de San Agustín y otros padres de la Igle- 
sia, Dios comunicó á Adán el arte de escribir (1). 
Tostado y Pellicier apoyan la opinión del uso que 
hizo Adam de las letras (2) . José f o atribuye su 
invención á Setli, {suidas in verh. Seth) y Gene- 
brando á EnocJi (3). Otros no consideran este in- 
vento, sino como un grande esfuerzo de la inteli- 
gencia humana, al cual se llegó por grados, y des- 
pués de haber practicado los diversos medios, que 
se conocen, de dar á entender los pensamientos por 
escrito. Lucano lo atribuye á los fenicios, como se 
ha visto (4), Diódoro de Sicilia á los sirios (b), y 



(1) S. Agustín. QuoBSt 69, in Exod et lib. 18 decivit. 
Dei. cap. 39. — Calmet, Dic. § 5, verb. littera, § invent, 
liter. 

(2j Historia de la Iglesia y el mundo, lib. 2, cap. 22. 

(3) Lib. 1, Chron. pág. 6. 

(4) Pharsal. lib. 3, v. 220. 
(^) Diódoro de Sicilia, 1. ?>. 



—295— 

Calmet dice, que cuando esto se verificó, no era 
conocido entre los egipcios, ni el uso diQ\ papel, ni 
e\áQ\Qi'¿> gerogli fieos (1). En tiempo de Jacob lo 
era y&lsi escritura alfabética, y entre los egipcios 
estaba en uso en tiempo de Thaut. 

Por detenida y escrupulosamente que se exami- 
nen los autores que se ban ocupado de esta mate- 
ria, se vé por lo expuesto que no es fácil deter- 
minar la época en que se inventó el alfabeto, ni la 
nación que tuvo la gloria de bacer un ballazgo de 
esta naturaleza. Convienen sí, en que todas las 
probabilidades se inclinan á favor de los asirios ó 
egipcios, no obstante las pretensiones de otros pue- 
blos, especialmente las que tienen los chinos á la 
antigüedad y primacía en el conocimiento é inven- 
ción de los más importantes y raros descubrimien- 
tos en las ciencias y en las artes. Plinio, aunque 
cree que los asirios fueron los inventores, dá á co 
nocer la variedad é incertidumbre de opiniones que 
sobre esto babia (2). Han supuesto algunos, que la 
invención se debe á los armenios^ pero se ba adver- 
tido la semejanza que tienen con los caracteres grie- 
gos (3), así como los fenicios eran, según Bscali- 
gero^ apoyándose en las creencias de Ensebio, los 

fl) Calmet, Dio. § 5, verb. littere, § honorem. 

(2; Literas semper arbitror assirias fui.sse sed alii 
apud Egyptie a Mercurio seu Gellius, alii apud Syros 
repertus volunt. Useque in Gretiam intullisse Phenice 
Gadnius. 

Plinio, 1. 7, cap. 56. 

f3) Journal des savants.— 1738, pág. 390. 



—296- 

mismos que usaban los samaritanos. Tácito {i). 
Plinio (2), y Lucano (3) sirven de testo á muchos 
para atribuir á Fenicia y á Egipto la invención de 
las letras. 

Quinto cursio, hablando de la famosa ciudad de 
Tiro dice que los Phenicios inventaron las letras, 
ó enseñaron su uso. — «Si famcelibet credere, hice 
'( genus literas aut docuit, aut dedieit (4). 

Cadnio las introdujo en Grecia como 1300 años 
antes de la venida de Cristo, en número de diez y 
seis, las cuales eran las siguientes a, b, g, d, e, i, 
k, 1, m, n, o, p, r, s, t, u. Pahmedes añadió la 
ts, d B, f j. Swionides la x, e larga, ps, y o larga 
(S), Plinio afirma que los alfabetos griegos y lati- 
nos eran originariamente de diez y seis letras (6) 
Eusebio dice también que el primero no contenia 
al principio más que ese número de letras (7). Los 
gramáticos latinos a.seguran lo mismo, y Bianconi 
también (8) shuckford solo cuenta diez y seis (9) . 
Los Orientales, tal vez los Phenicios, bien pronto 
tuvieron 3 más que pasaron i\ lo? griegos, y eran 

f1) Tácito, An. XI, M. 

(2) Plinio, VIL oG. 

(3) Lucano. III, 220. 

(4) PJinio, VII, lib. 4, cap. 1. ' 

(5) Plinio VII, 56, 157, Higin. Fab. 277. 

(6) Hist. nal., lib. 7, chap. 56. 

(7) Chron, u. 1617. 

(8) De antiq. litt., p. 47. 

(9) Histoire du monde saóré et profane, tom. 1, págr. 
252. 



—297— 

iiamados episenioiis , y son. el vea7i, la tsade y el 
kaph de los orientales (1). 

Los Hebreos y los demás Orientales ios aumen- 
taron hasta veinte y dos (2) . 

Muchos asignan dos épocas al alfabeto griego-, 
el Pelasgo y el Cadmo: el primero solo constaba de 
diez y seis letras, y el segundo de veintidós ó vein- 
dcuatro (3). 

Bouhier admite el alfabeto de veintiséis letras 
anterior á Cadmo, y su uso entre los Pelasgos, que 
eran los primeros pueblos de Grecia y una parte 
de la Italia (4). 

No laltan autores juiciosos, que tengan por fal- 
so el aumento de tales letras. Lo que no puede du- 
darse es que Moisés encontró ya perfeccionada la 
lengua hebrea, y usada la escritura alfabética: el 
libro de Jol fué compuesto 2000 años antes de J. C 
y 1000 antes de Homero. 

La mayor parte de los cristianos creen que los 
caracteres de que se sirvió Moisés fueron los mis- 
mos de los fenicios. Esta opinión tiene apoyo en lo 



ilj Court de Gebelin. Monde primitif. ele, liv. 5, sec 
% chap. 15. 

(2) ídem, idem, idem. 

(3j Ídem, idem, chap. 16, pág. 427. 

(4) Recherches et disertations sur Heredóte, pág. 
148. 



—298- 

quehan escrito sobre este ^unio ScaHge?'0, Bocar- 
to, Vosio j otros, pero hay discrepancia sobre el 
origen de los expresados caracteres fenicios. Los 
atribuyen algunos á los caldeos ó "asirlos, quienes 
los comunicaron á los fenicios, los cuales, propa- 
gándolos en las naciones extranjeras, se atribuye- 
ron el honor de la invención. Aseguran otros por el 
contrario, que los asirlos y los caldeos los recibie- 
ron de los fenicios (1 ) , lo mismo que los egipcios 
en opinión de Lucano; pues éstos, antes de ellos, 
no usaban otra clase de escritura que animales y 
figuras mágicas esculpidas en piedra. 

Naturalmente se deduce de estos hechos, que 
ios que construyeron los monumentos del Palen- 
que vinieron á este continente, como se ha insinua- 
do ya, antes que se conociese la escritura alfabéti- 
ca, ó de nación donde aun no se usaba, pues de 
lo contrario habrían tenido algún conocimiento, 
como la colonia fenicia que conducida por Cadyno 
la introdujo en Beocia, y Bvandro de la Grecia la 
llevó al Lacio, según 7^iio Limo (2). Si esos ha- 
bitantes descendían de Egipto, Fenicia, Asirla ú 
otra de las naciones donde más se aumentó el gé- 
nero humano, y mayoies progresos hablan hecho 
las ciencias y las artes, su venida es probable que 
toque á los tiempos más remotos, anteriores á la 
época en que se supone conocida la escritura entre 

(1) Galmet. II tosoro delle antichitá sacre é profane, 
tom. 1, pág. 91. 

(2) Tit. Liv. I, 7. 



—299— 

los hebreos, esto es, más de 2,000 años antes de J. 
C. Lo otro no es de suponerse; pues poseyendo 
tantos conocimientos, como lo indican los restos 
de sus obras, no es de creerse que trajeran su ori- 
gen de algún pueblo oscuro ó inculto, y si no lo 
era, la escritura alfabética no podia serle desconoci- 
da, y debió ser uno de sus principales conocimien- 
tos. 



§6. 



En este supuesto, ningún dato podria ser más 
seguro para averiguar la edad y origen de sus ha- 
bitantes que éste, comparando sus caracteres con 
los de los pueblos conocidos de la antigüedad , pues 
aunque, según Mr. de Guigncs^ del examen atento 
que liabia hecho de diversas lenguas y caracteres, 
resultaba la convicción deque todas tenian un orí- 
gen común, esto es, que las unas descendían de 
las otras de una manera indirecta, pero difícil de 
descubrirse, por las alteraciones que habían tenido 
con la mezcla de otras lenguas, (1) siempre que- 
dan algunos rastros con ios cuales podia hacer- 
se la comparación. Pero sucede en esto, como 
en todo lo demás, que los caracteres del Palenque 
tienen iin tipo de or¡f/inalídad que asombra ver- 



il^ Memoires de lilteralure &., tom. SO, pag. 3 . 

ESTUDIOS— TOMO H — 40 



—300— 

(laderamente. Se notan los rasgos de semejanza 
que hay entre las letras de los fenicios y las de 
los griegos, y las de éstos y los hitinos, y por con- 
siguiente las de las naciones de Europa; las ins- 
cripciones fenicias se encuentran parecidas al an- 
tiguo alfabeto hebreo, y las cartaginesas á las fe- 
nicias; (1) los caracteres de las tablas eugii/iinas 
insertas en Oniter, y las que se hallan en algunos 
monumentos cerca de Siena, se parecen á las le- 
tras samaritanas ó fenicias (2); se ha descubierto 
en fuerza de estudio y aplicación, que el alfabeto 
de los abisinios ó etiopes, que constaba de doscien- 
tos caracteres, no difiere mucho de los hraltmines 
ó brahmanes j queiema.cerca.de doscientos cua^^en- 
ta; se conocen las afinidades que existen en el 
género de escritura de los pueblos de Malahai, 
Bengala, Bou tan, el Thibet, Ceylan, Siana, Ja- 
va, y otras naciones y el de los antiguos griegos, 
los rasgos de semejanza de la escritura corrieníe 
de los tártaros orientales con la de los guebros, 
sirocaldeos, y antiguos árabes, y la desemejanza 
de las letras etiópicas y de las fenicias y hebreas, 
en que algunos hablan creido encontrar puntos 
de contacto. 

El alfabeto fhenicio, sobre el cual han derrama- 



(t) Cesar Gaiitú. Historia Universal, lib. 2, cap. 1. 

(2) Memoires de literalure tirées des registres de V 
academie des iiiscriplions et belles lellres, tom. 2, 
pag. 310. 



—sói- 
do tanta luz las investigaciones y trabajos del Aba- 
te Bnrthelemy {{), del Dr. Switon (2), y las pos- 
teriores de Pelleriu (3) y de Dutens (4), ha sido 
objeto de estudios comparativos de mucha impor- 
tancia. Court de Gebelin dice acerca de él lo si- 
guiente: 

«Arrojando una mirada sobre estos alfabetos 
phenicios de Siria, Creta, Malta, Sicilia, España, 
« etc., se reconoce siempre el alfabeto primitivo, 
« á pesar de las formas diversas, que necesaria- 
« mente han debido tomar en el curso de tantos 
(( siglos, caracteres empleados en tantos lugares di- 
« f eren tes: estas diferencias, que no quitan nada 
« á la relación común, son también una contirma- 
« cion de que todos los alfabetos vienen de nn mis- 
« Olio origen; pero que á pesar de las variedades 
« que so perciben en ellos, no son, cuando se les 
(( compara, más que modificaciones de un mismo 
« carácter. Mientras más se reúnen los alfabetos 
u antiguos, más se les verá aproximarse y depo- 
i< ner altamente esta verdad incontestablb^ que no 
» existió más que im alfabeto 'primitivo, del cual 



(1) Mem. de l'Acad. des Inscr. ct Bel. Let. 
— Journal des Savans. 

(2) Transaclions philosophiquos. 

(3j Recueil de Mcdaillcs iii 7, vol, del Abate Pérez 
Bayer. 

— Disert. en seguida del Saluslio español. 

(i) Explicatioñs de quelques medailles. Lond., 1773, 
1774. 



—302— 

« han venido los demás, y que subsiste al través 
c( de toda la extensión del antiguo continente des- 
c( de las costas de la China hasta las de Portu- 
« gal (1).)) 

Para poner de manifiesto este concepto, figuran 
en su obra varias planchas, en que aparecen com- 
parados con el siriaco y el hebreo los alfabetos 
phenicio, hebreo de las medallas^ el bastulo, el 
ctrusco, y griego de las inscripciones de Lacede- 
monia que tienen oOOO años, el irlandés, el theu- 
ton y el thibetano, que se escriben de derecha á iz- 
quierda (2), y el phenicio, el hebreo, el zend y el 
pehlvi, el indio, el siriaco X)2 años antes de J. C. 
el mendien 277 años de J. C, el cuphico^ el árabe, 
el palmirianO;, el armenio, el etiópico, el copio y el 
alphilas, que se escriben de derecha á izquierda, 
(3) ocupándose en los capítulos 17, sec. 2, y /i, 
sec. o, del libro 5, en el análisis, desarrollo y de- 
mostración del concepto antes indicado, y de todo 
lo relativo á las planchas 4 y í) en que se dá á co- 
nocer, en la primera, el alfabeto geroglífico y pri- 
mitivo de IG letras, y las correspondientes en ca- 
racteres chinos, españoles, hebreos de las meda- 
llas, phenicios, hebreos cuadrados, griego antiguo, 
y etrusco, y en la segunda, los chinos, los fenicios 



(1) Gourl de Gcbclin. Moüdc primilif. etc., liv. 5, 
sec. 3, chap. 4. 

(2) Id. id. pl. G. 

(3) Id. id. pl. 7. 



de España, hebreo de las medallas e inscripciones, 
fenicios de JNÍalta, samari taños, hebreo cuadrado, 
griego antiguo y etrusco; de iodo lo cual deduce 
la grande relación que existe entre la mayor parte 
de los alfabetos orientales antiguos ó modernos y 
el siriaco, que dice puede considerarse como el 
origen de lodos ellos ( 1 ), y para hacer resaltar más 
este concepto, agrega que hay letras siriacas que 
son exactamente las mismas que las fenicias y 
hebraicas, y que el antiguo persa, que comprende 
el zend y el pehlvi se parece también al siriaco: An- 
quetil encuentra muchas relaciones entre el zend 
y ei pehlvi y las de Georgia y Armenia (2). 

VA Samkrelon^ alfabeto de los Brainines de la 
India, que lo reputan como el más antiguo, com- 
puesto de tío caracteres, trae su origen, según el 
mismo Court de Ocbclin, ilel siriaco y del hebreo, 
con los cuales tiene mucha relación (3). 

También lo traen del antiguo siriaco, según el 
expresado autor, los alfabetos mongoles dados 
á conocer por el sabio Bayer\ lo mismo que el,de 
Tibet^ que Georgio cree procedente del oriental {\). 

Mas respecto de los caracteres del Palenque, ha 



(1) Id, id. üb. i;, sec. 3, chap. 4. 

(2) Mera, de l'Acad. des luscr. el Bel. lel„ tom. 56. 

(3) Court de Gebeliu, id. liv. 5, sec. 3, chap. 4. 

(i) Alphabetuní TangulaDum sive Tibetanura etc.—" 
Fr» August» Antón Georgüi— Rom., 176?, in i'^, 



—304— 

sucedido lo que con los caracteres chinos^ que ape- 
sar de lo que acerca de ellos expone Court de Gebe- 
lin, en opinión de otros escritores no se parecen 
á ninguno de los conocidos, y que ese pueblo, cu- 
ya existencia toca con las primeras edadades del 
mundo, cuyo or ir/en se ignora, y que por más de 
un titulo es tan singular y notable, se le ha en- 
contrado por muchos sabios una tan gran confor- 
midad en varias cosas, que han llegado á supo- 
nerlo una colonia salida del Egi-pto (1). 

En la escritura del Talenque no se descubre 
ninguna semejanza con la hebrea, ni con la sama- 
ritana, la etiópioca, la fenicia, la sánscrita, la 
árabe, la china, ni á la de los alihancs. No se pa- 
rece á las letras púnicas, ni á los caracteres sibe- 
rianos de que nos habla Gilberto Cubero en su 
carta 88, á Otón tSpcrling, inserta en el suple- 
mento de Juan Polcno al «Tesoro do antigüedades 
romanas y griegas» tomo /i, página 27'ó, tablas 1, 
2, 4; y lo que es más notable, ni con la, mexicana, 
aunque Stcphens cree lo contrario (2) pues parece 
natural, que siendo habitantes do un mismo con- 
tinente, y no muy distantes unos do otros, su es- 
critura, si no era la misma, debia tener rasgos 
muy marcados de semejéinza. Por último, tampoco 



(1) Memorics de lillcralurc. Discrlation de Mr. Gui- 
gucs, lom. üO, pág. lo. 

(2j Slephens. Incidcnts of travel in Central America, 
Oliiapas and Yucatán, tom. 2, cap. 26, pag. 4b5. 



—305— 

es igual á la egipcia, no obstante que bajo diversos 
respectos tiene tantos puntos de contacto, al grado 
de sorprender el aire de semejanza que se encuen- 
tra, como se ha dicho, entre las inscripciones de 
estas ruinas con las del templo de Carnalty por la 
manera con que están colocadas las íiguras, y por 
las leyendas geroglííicas al lado de ellas, con otros 
rasgos que no se escapan á un examen detenido y 
á un ojo escudriñador. 

Observando atentamente los geroglí fieos conte- 
nidos en los obeliscos Mahntahú y Medid, tales 
como se hallan representados en la obra de ^lon- 
seííor Bianchini (1), q\ Pan filio, el Lakranense y 
el Flaminio, y los que Kircher ha consignado en 
sus trabajos anticuarios, entre otros el Celimonfa- 
no, qXLíuIovíco, el Oonsfantinopolitano, el de Flio- 
polis y el Barherino, nótase que los signos ó ge- 
roglíílcos forman grupos por cuadrados ó circula- 
res; es decir, no están aislados, como las letras, y 
se hallan escritos en líneas verticales de arriba 
abajo, lo cual les dá un aire de semejanza con los 
del Palenque, que aparecen encerrados también en 
cuadrados compuestos de varios caracteres. Es de 
advertirse igualmente que el obelisco Pan filio es- 
tá coronado en uno de sus lados con oX globo alado, 
que, como se ha visto por los fragmentos que se 
encuentran en las rimias de Ococingo, coronaba 



(1) Sloiia uuiversale provala cou mouuraeuli é figú- 
rala cou siuboli degli anliclii. lom. G, tav. 7 y 8. 



— 30G— 

una de las puertas que quedan en pié. En el 0^»^- 
lisco lateranense se vé uno ú otro de los caracté- 
racteres parecidos á los del Palenque, y señalada- 
mente éste P" ^^ que es como una especie de ins- 
trumento, que tiene pegado al pecho y apoyado por 
la mano derecha, la única estatua que hasta ahora 
se ha encontrado en las ruinas, sohre el cual se han 
hecho ya algunas indicaciones. 

Ente las letras etruscas se vé una de es la forma 
0£ que algo se parece tamhien á uno de los ca- 
racteres del Palenque. En el famoso bajo relieve 
del apoteosis de Homero^ que describe Visconii, 
(1) se encuentra una flgura que algunos toman 
por Bias, hijo de Apolonio, que está apoyada so- 
bre una trípode^ cuyo remate ó parte extrema su- 
perior en esta forma ^S se asemeja un poco á al- 
guno de los caracteres del Palenque. 

Necesario es en todo esto, tener presente las al- 
teraciones que en el trascurso del tiempo puedan 
haber lenido los caracteres, y obrado en ellos tal 
cambio, que no sea fácil solo por lo que queda des- 
cubrir el origen de lo que ¡¡rimitivamente serian; 
pues sabemos que las lelras latinas fueron, con 
corta diferencia, de la misma figura que las (frie- 
(jas^ y es de presumirse que éstas fuesen seuiejan- 
tes á las de los fenicios, de quienes las recibieron, 



(1) Museo Pío Gleraenlino, tom. 1, plancha B. pág 
B52. 



—307— 

y así de las demás, con las alteraciones que sufrie- 
ron sucesivamente. 

Los cartones del Palenque^ tales como están, no 
^on, según se ha dicho, parecidos á los conocidos 
de las naciones de la antigüedad, y aunque hay 
entre ellos signos que aislados tienen semejanza 
con algunos egíycios y griegos^ esto solo ha dado 
margen á que se formen juicios encontrados. Su- 
poniendo unos, como el Padre Ordoñez^ que los 
(caracteres del Palenque, si no traen su origen de 
los fenicios, son egipcios, á quienes se cree dieron 
hospitalidad los antiguos habitantes de estas rui- 
nas, recibiendo de ellos en recompensa su mitolo- 
gía, su historia y su filosofía simbólica (1), mien- 
tras que otros se imaginan que son griegos, opi- 
nión de que hace mérito el Padre García^ refirién- 
dose á lo que un mestizo le contó de los letreros, 
que había en unos edificios muy fuertes de cal y 
canto en la Provincia de Chiapas, en los pueblos 
lacandones (2), que no pueden ser otros más que 
las ruinas del Palenque. Mucho más distan de los 
caracteres cuneiformes, y otros de los que menos 
se asemejan á los de los egipcios y fenicios, de 
manera que, juzgando por los caracteres mismos, 
es más fundado atribuirles un origen rgipcio, al- 
terados en su forma, ó por falta de exacto conoci- 
miento de ellos; ó por el trascurso del tiempo, que 



(1) Ordonez. MS. citado. 

(2) García. Oríjren de los indios, lib. 4, cap. 21. 

ESTUDIOS — TOMO II — 41 



—sos- 
ha obrado esos cambios en la escritura de todas las 
naciones. 

Son muy dignas de tenerse presentes acerca de 
esto, las dos cartas escritas á Champoliou por el 
profesor R. Sclmialz, en que describiendo ¡as fi- 
guras geroglíficas de diferentes clases, encontra- 
das en los reinos de Guatemala y Yucatán, dice 
que el sistema gráfico de los monumentos de Oto- 
lun cerca del Palenque, «son parecidos á los gru- 
« pos alfabéticos usados por los antiguos libros 
« egipcios, persas, y también el último sistema 
« gráfico de los chinos inventado por Ses-Kooug.r) 
y que en los manuscritos de los mayos y guate- 
maltecos se usaban símbolos cursivos en grupos, 
semejantes á algunos demóticos egipcios, y mu- 
chas modificaciones de los antiguos alfabetos grá- 
ficos. En la segunda do estas cartas trata del al- 
fabeto Otolun comparado con el de Zihia (1). 



§ c. 



En apoyo de lo expuesto puede citarse lo que 
algunos dáMos sabios orientalistas han descubier- 



(1) Atlantic Journal, 1832, de que se hace mención 
en la obra de Buschmam «De los nombres de los luga- 
res aztecas,» inserta en el tomo 8" del Boletín de la So- 
ciedad Mexicana de Geogra fia y Estadística, páginas 
29—91 . 



—309— 

to respecto del lenguage escrito de los abismios^ 
llamado etiópico, que no es sino un dialecto del 
(iniigiio caldco, y hermano áeiarábir/o hebreo, por 
la multitud de palabras idénticas que en ellos se 
encuentran y por la semejanza en la construcción 
gramaticcd, por escribirse de la izquierda á la de- 
recha, como todos los caracteres indios, y por unir- 
se como en /Hvanaf/arl las vocales á las consonan- 
tes, formando un sistema silábico extremadamen- 
te claro y conveniente, y más simple que el siste- 
ma de las letras, tal como aparece en la gramáti- 
ca del sánscrito. (1) 

No teniendo loB abisiníos de origen árabe sím- 
bolos propios para representar sonidos artirulados, 
los tomaron de los fáganos, llamados por los grie- 
gos trogloditas, á causa de que habitaban en ca- 
vernas naturales, ó escavaciones hechas por ellos 
en las montañas, quienes se supone fueron los 
primeros habitantes de África, donde con el tiem- 
po edificaron magníñcas ciudades, fundaron semi- 
narios para el adelanto de las ciencias y de la fi- 
losofía, y fueron si no los inventores, los intro- 
ductores de los caracteres simbólicos. (fLos ethiopes 
tí de Meroe eran el mismo pueblo que ios egipcios, 
í( y por consiguiente que los primeros hindus.» (2) 



(1) Asialic researches, vol. 3, pág. 4, 

(2) ídem, Tol- 3, pág. 5. 



-310- 



§7. 



Vénse confirmadas estas observaciones con el 
examen analítico de la escritura de los pueblos de 
que se ha hablado. La egipcia según se ha visto, 
la formaban tros clases, la demótica^ la hierática 
y la (jeroglifica. De la primera, con cuyo auxilio 
se expresaban los nombres propios, solo se lian 
descubierto cxmrenla letras, muchas de ellas tie- 
nen una semejanza sorprendente con los caracte- 
res semíticos, y los de los antiguos i)ersas. La se- 
gunda^ compuesta de lincamientos que en su aspec- 
to difieren de los otros. La tercera que son la repre- 
sentación do objetos naturales^ ó artificiales. (1) 
Todas proceden en líneas horizontales, y cuando 
hay muchos caracteres colocados unos sobre otros, 
deben leerse de arriba á abajo. Los geroglííicos 
están dispuestos por lo general en columnas ver- 
ticales, y se suceden paralelamente de derecha á iz- 
quierda. Eran una ciencia misteriosa según Dió- 
doro de /Sicilia, ignorada enteramente del vulgo, 
y reservada á la clase sacerdotal, en la que se tras- 
mitía su conocimiento de padres á hijos. No re- 
presentaban sonidos sino objetos, como dice iS. 
Clemente, obispo de Alejandría. 

(1) Klaprolh. Grammah'e genérale, theorie des signes, 
pág. 29 y 30. 



—311 — 

La r.bv ////'/ íi de la Indias cuyo origen se pierde 
en la oscuridad de los tiempos, llegó á ser tan per- 
fecta y tan admirable, que Je atribidan un origen 
divino, y la llamaban d/ivanafjare, ó escritura de 
los dioses. De ella so deriva la de Tihcí, la de las 
islas de Ccijlan, y Lis demás que forman el <ur1i/í- 
piélayo meridional del Asia. De este alfabeto se 
sirven con preferencia para escribir el sauscrilo, 
que es la lengua sagrada de los hindus. Su direc- 
ción vá de izquierda á derecha, y so compone de 
calor ce vocales y diplongos y Ircinla y cualro cou- 
soiíanles: el alfabeto lubetano era do izquierda á 
derecha. 

Va\ sanscriío están redactados los libros sa- 
grados de los liindus, los vedas y los irwranas, 
sus comentarios, las leyes do Meiií', las grandes 
obras de filoso fia, y el liamayan y Mahablwrah' . 
grandes poemas de los indios. Ofrece analogías 
singulares con el zend^ parsi^ eslavon^ lati/i, yrie- 
(jo, [lóUco, tudesco é irlandés, y en general con los 
iáiom.dCn 'indo-yermáuícos. «Es notable por su llt'\i 
bilidad armónica y por la perfección de su sistema 
gramatical, pero es muy complicado.» Su alfabe- 
to es más lilosófico y razonado que el pUcnicio- 
y riego', su primera serio se compone de nazales 
largas y breves; la segunda de consonantes gutu- 
rales, y sus modificaciones k, k'h, g, g'h, ng; la 
tercera de las iKdalah's con las precedentes tch, 
tcli'h, dj, dj'h, ng; la cuarta de las cereh rales, á 
saber^ t, tli, d, d'h, n; la quinta de las dentales i, 



—312— 

th, d, d'h, u; la sexta de las labiales p, p'h, b, b'h, 
m; la sétima las semivocales g, r, 1, v; y la octava 
las silvantes y aspiradas s', ch, s^ h, 6cc. 

La escritura apitigua de los ¡lersas son los carac- 
teres cuneiformes de «las inscripciones cuyos tra- 
zos tienen la forma de clavos, ó de jmnta de una 
flech(f, y que se encuentran sobre los más antiguos 
monumentos de Id. Asia Persiana, sobre los ladri- 
llos de Balnlonia^ y sobre una multitud de peque- 
ños cilindros, que representan objetos que tienen 
relación con el culto y los misterios de las anti- 
guas creencias de este país.» (1) 

Mr. Gotefrend llegó en 1802 á descifrar algu- 
nas palabras de inscripciones cuneiformes , pero 
sus trabajos son poco conocidos, y han sido califi- 
cados de defectuosos ó incompletos; quiso después 
rehacerlos Mr. ^Saint-Mariin, pero se necesitan 
todavía investigaciones muy extensas; publicó sin 
embargo, un alfabeto de veinticinco letras. Los 
descubrimientos posteriores que se han hecho, in- 
dican cinco especies de escritura, y esto se halla 
comprobado con los ladrilloS' de Babilonia y las 
inscripciones encontradas por el Dr. iSchulz en las 
ruinas de la antigua ciudad de fumamos en Ar- 
menia. 

La escritura zend y j^ehlmi, en que están escri- 
(l) Klaprolh. Grammairc genérale, etc., pág. 62. 



—sis- 
tos los libros de los ff nebros, ó adoradores del sol, 
que existen todavía en Pcrsia y en la India , tie- 
nen identidad con el antiguo alfabeto persa, ex- 
traído por el ilustre Silvestre de Sacy de las ins- 
cripciones y medallas del tiempo de los Sassani 
des, cuya dinastía acabó con la conquista de la 
Persia por los árabes, á pesar de que este alfabeto 
«no muestra ninguna afinidad con los caracte- 
res de las inscripciones cuneiformes de Perséjjo- 
lis.» (1). 

En los alfabetos sassa/iíde, zend, y pehlnn se 
encuentran cinco letras, que tienen alguna rela- 
ción con los axvüicíévcs pahnirianos^ hebreos, y 5/- 
riacos; diez y seis que presentan semejanzas sor- 
prendentes con caracteres de origen hindú. Cree 
por tanto Mr. Klaprotli, que el antiguo persa no 
es de origen semítico, sino que tiene el mismo orí- 
gen que el diva-nagari y el 2^011 de la India. 

La eseritura armenia se componía primitiva- 
mente de treinta y seis letras, á las que se agre- 
garon después dos más. Se escribe de izquierda á 
derecha. 

La gem^giana consta de treinta y ocho letras, 
gran número de ellas se parece á las del divar^ia- 
gari. 

La escritura etiópica se compone de treinta y 
(1) Klaprolb. Grammaire genérale, etc., pág. 67. 



• 



—314— 

ocho letras primitivas, que llevan en sí la a bre- 
ve, aumentadas con sesenta trazos, que indican 
otras vocales, otras seis clases de sílabas. Sigue 
la dirección de izquierda á derecha. ((Pudiera ser, 
dice Kloprotli, que fuese muy antigua, ó que se 
derivara de un carácter hace tiempo perdido.» (1) 
Ya se ha visto lo que acerca de ella piensan algu- 
nos orientalistas. 

La manera más antigua do escribir era de dere- 
cha á izquierda: así lo practicaban también los 
hítnoSf y la conservaron los etruscos. 

Las letras samaritanas eran como las antiguas 
griegas y los caracteres rúnicos. Se atribuyen á 
una lengua, que parece ser la céltica. Se las en- 
cuentra grabadas en las rocas ^ ficdras y hastones 
en Dinamarca, Noruega y la Tartaria septentrio- 
nal. Según unos fueron llevadas por OMn^ y se- 
gún otros, no son más que letras griegas mal for- 
madas. 

Al recorrer los alfabetos de las naciones anti- 
guas, nótase en ellos mucha variedad no solo en 
los caracteres do que liacen uso, sino en el núme- 
ro y orden con que los colocaban: en las orienta- 
les era esto último muy remarcable; veíase por 
ejemplo que en la nación lartara-mancjicu tienen 
el siguiente alfabeto ó abecedario: n, k, h, p, s, t. 



(1). Klaprotli. Gramm. geu., ele. pág. 8Í5— 88. 



— 31í¡— 

1, m, y, r, f, w, z. &cc. La japona y, m, k, f, 
1, a, X, i, b, n^ c, v, t, 8cc. La tibetana, k, ch, th, 
pb, tz, r, b, I, p, ñ, n, ni, v, y, 8cc. En los al- 
fabetos de las naciones del Indostan, Ava, Pegu, 
y Siam, aparecen en este orden: k, g, ñ, ch, t, tb, 
d, db, n, p, pb, b, bb, m, y r, 1, v, y en el Etió- 
pico tienen este otro, b, 1, bb, m, s, r, k, b, tb, 
n, a, c, Y, á. z, &:c. (1) 

Esta variedad proviene en parte, como manifies- 
ta el Abate Hervas, de que « todas las naciones 
orientales, desde la Armenia y Georgiana bácia 
Oriente, usan á lo menos dos clases de alfabetos: 
uno de ellos es sagrado, y otro civil; porque juz- 
gan que las cosas de religión no se deben escribir 
con las letras con que se escriben Las cosas civiles: 
asi también los hebreos escribían las cosas sagra- 
das con las letras que llamamos bebreas, y las co- 
sas profanas con la sama ritan a. Los Japones úe- 
nen varias clases de alfabetos, y on Pjersia basta 
abora es común el uso de variedad de ellos. Ge- 
líieUi dice (2) que estuvo en Persia, y que en ésta 
se usaban once clases diversas de alfabetos.» (3) 



(1) líf'rvás, (Ialálo;jo do las leiigiias, loni. G. Iral. 3, 
cap. ü, p. 144. 

(2) Giro dil Moiulo di l'iaiiriM m C, u i. ri, \o!. '1. V\h 
!, cap. í>, p. 140. 

(3j Catálogo de las leuguas do las naciones couoci- 
das, etc.: su autor, el Abale D. Lorenzo ITorvas. loni. 
C, trat. 3, secc. 1, cap. 5, pág. 14i) y 148. 

ESTUDIOS — TOMO II — 42 



—316. 

Este mismo autor publicó una colección de alfa- 
betos célticos, y de su comparación con los de otros 
pueblos; y en la semejanza de culto religioso y de 
escritura entre los irlandeses, caldeos y persas, vio 
confirmada « la transmigración que los irlandeses, 
según SLi historia antigua y tradición, hicieron 
desde los países orientales á los Caldeos y Persas 
hasta los más occidentales de Europa.» (1) 



§8. 



En cuanto á los geroglííicos, el uso general que 
todos los pueblos han hecho de ellos, impele á creer 
que los Palencanos tendrían los suj'os; pues asi lo 
indican los vestigios que quedan en sus edificios 
arruinados. Esto es tanto más cierto, cuanto que en 
los demás habitantes, que poblaron este continen- 
te, se encuentran usados. Los Mexicanos se vallan 
como los Egipcios, de figuras de animales, miem- 
bros del cuerpo humano, instrumentos, armas, 
plantas, árboles, y otros objetos maleriales para 
representar, ó los mismos objetos, ó simbolizar con 
ellos otras cosas, con que guardaban más ó menos 
analogía. (2) 



[\) Obra y lugar citado, pág. 140. 

(2) García. Origen do los ludios, lib. k, cap. 22. § 7. 



— 317— • 

El pasaje de la obra del P. García en que se vén 
consignados estos conceptos, dice á la letra: 

« Los Mexicanos usaron de todas las figuras que 
tuvieron los Etiopes, Egipcios y Fenicios, sin fal- 
tarles las que parecían letras, y todo lo declaraban, 
faltando en su recta pronunciación la b, d, f, g, 
r, s, y, según Betancoxv)\ y aun hoy se venen sus 
pinturas animales, aves, perfectos, imperfectos, y 
divididos, miembros de hombres, como cabezas, 
manos, pies; instrumentos, armas, árboles, rami- 
lletes, y otras cosas, conqueexpUcahansustanciaU 
mente cuanto imaginaban y querían que entendie- 
sen los ausentes y venideros. y 

M Todas las referidas fiyuros^ y otras harto no- 
tables, se vén en los lifrros 7nexicanos, que publi- 
có Pwr/¿rt>s' (1), y después Tevenot (2) en el se- 
gundo volumen de las Relaciones, y Gemelli (3) 
en el Siglo Mexicano y en el Viaje de los ^lexica- 
nos. En el centro del Siglo se vén figuras que se 
parecen á la Dalcth, al Caph, y Resch hebreas; al 
modo que en los tambores mágicos, de que usan 
los Lapones, se hallan entre las figuras Un y otras 
unidas á diferentes lincas, que parecen letras, é 
igualmente significaban con las demás figuras, y 
cada una puede significar una sentencia de muchas 

(1) Ex versione hispánica. &c. 

(2) Tom. 2. Relat. varior. Ilincr. &c. 

(3) Gire dil Mondo, lib. 1, cap. 5, fol. 68, y cap. 3, 
pág. Cu 



—sis- 
palabras, como entre los indios dice Lael, lo cual 
acredita, que la semejéinza de letras no las exclu- 
ye de ser íiguras.» 

Más adelante (1) dice lo siguiente: 

« Se hallaron entre los Mexicanos y otras nacio- 
nes ce Nueva España lihros en que estaban pinta- 
das historias, divisiones de gentes, de tiempos, de 
provincias, las leyes, y otras artes, con notable 
destreza^ aunque como muchos signiñcaban 'ki 
sticeso, causaron variedad en su historia.» 

Para acabar de formarse una idea de la clase de 
escritura de que hacian uso los Mexicanos, debe 
tenerse muy presente lo que en otro lugar expone 
este mismo autor, manifestando que « si el ser de 
los geroglíficos^ como dice Walton, consiste en te- 
ner alguna cosa oculta, la escritura de los indios 
tiene tantas, que después del desvelo de muchos 
hombres curiosos, doctrinados do los indios, aún 
no han podido entender muchos» (2); lo mismo 
sucedió á los primeros religiosos que vinieron a 
Nueva España: velan íiguras ridiculas y mons- 
truosas, que creian eran ídolos ó supersticiones, y 
quemaron muchos lihros, « Si hubieran discurri- 
do, dice el P. García, que debajo de aquellas es- 
pantables figuras podían ocultarse las antigüeda- 



(1) (iarcia. Oríy. de los Ind., Ub. 4, cap. 23, pág. 246. 

(2) García. Oríg. de los Ind., lib. Ij cap. 24, § 1, pá- 
gina 2^1 i 



— 3iy— 

des, historias, costumby^es y leyes de los indios, las 
habrían guardado y conservado, co7no lo hicieron 
después que las conocieron^ aplicándose con gran- 
de anhelo á buscar y a penetrar las pocas que es- 
condieron los indios )) (i) 

« Gonvéncense que en todas las j^j/zi^í^ríis ó ca- 
racteres de los indios hay alguna inteligencia ocitl- 
ta de voz, cosa, oración ó suceso, que es el oficio 
que (sin alendeí á la significación de la voz) te- 
nían al principio los geroglí fieos de los Ejfipcios y 
Etiopes, los cuales con el tiempo y el estudio fue- 
ron aumentando especies bien difíciles (como se 
vé en JamUico) (2), y explicaciones que los in- 
dios materialísímos, faltos de doctrina^ no pudie- 
ron extender, ó no advirtieron, más que discurrir 
cómo habían de formar imagines para las cosas 
que no las tenían.)) (3) 

xVlgunas de estas figuras eran muy picUdas, y 
conformes con lo que explicaban, y otras toscas y 
menos propias, ('i) 

En Herrera encuén transe también algunas in- 
dicaciones sobre esta materia. « Niní^una de estas 



(1) García, loco cilalo. 

(2) De Misteris, soc. 7, cap. 2 ct scp. 

(3) (jarcia, loco áutes citato. 

(4) García. Oríg; de los ludij lib. 4^ cap. 22, § 7j páj: 
333. 



—320— 

naciones indianas, dice, usó de letras, ni de escri- 
tura, sino de signos y figuras.» 

<í Conservaban las naciones de Nueva España Zíi 
memoria de sus antiguallas. En Yucatán y en 
Honduras liabia unos libros de hojas, encuaderna- 
dos, en que tenian los indios la distribución de sus 
tieuipos, y conocimiento de las plantas y anima- 
les, y otras cosas naturales. En la Provincia de 
México tenian su librería, historias, y calendarios 
con que pintaban; los que tenian figuras, con sus 
piopias imagines, y con otros caracteres los que 
no tenian imagen propia, y así figuraban cuanto 
querian.yy (1) 

Tenemos además la autoridad del Obispo de 
Tlaxcala 1). Julián (íarcés, y la de 1). Juan Solór- 
zano, quienes hablando de lo que practicaban los 
Mexicanos para trasmitir alguna cosa notable, di- 
ce el primero, que «pintaban, no escribían; esto 
es, uo usaban letras, sino imagines, cuando que- 
rían manifestar a los ausentes alguna cosa memo- 
rable, ó lugar y tiempo;» (2) y el segundo dice, 
que «los Mexicanos si no significaban y conserva- 
ban con letras lo que tenian por memorable, las 
suplían con imágenes y figuras, y los del Perú 
con quipos. y) (3) 

(1) Ilist. de las Ind. Occ.,déc. 3, lib. 2, cap. 18, p. 75. 

(2) Epist. ad Paulo 3, apud D. Solorz. de jur. Ind., 
lib. 2, cap. 8, n. 70. 

(3) De jur. Ind., iom. 1, cap. 8, n. 96. 



—321 — 

Respecto de los de Nicaragua dice Herrera lo si- 
uniente: (I) 

«Tenian por h'fra^ las figuras de los de Culiía, 
y los libros do papel y pergamino un palmo de 
ancho y doce de largo, y doblados como fuciles, 
adonde señalaban por ambas partes de azul, colo- 
rado, y otros colores, las cosas memorables que 
acontecian allí. Tenían pintadas sus leyes y ritos 
con gran semejanza de los Mexicanos » 

Eran de dos clases los jeroglíficos mexicanos. 
Representaban unos los mismos objetos, como sus 
dioses, sus reyes, sus personajes, animales y pla- 
netas, costas marítimas, curso de los ríos, ú obje- 
tos topográficos, como el croquis de una población, 
la carta de una provincia, etc. Otros eran la repre- 
sentación simbólica de las ideas, los hechos, acon- 
tecimientos que recordaba la historia, y lodo lo 
más interesante del país, los rituales de su culto, 
los códigos de sus leyes, los juicios de sus tribu- 
nales, las ordenanzas de policía, los tributos, la 
genealogía de las principales familias, ios rasgos 
científicos de la astronomía, su calendario, y mu- 
chas antigüedades y poesías. Tenían, además, 
para esto una especie de escritura fonética, según 
se ha comprobado con el testimonio casi unánime 
de los historiadores y los códices, pinturas y ma- 
nuscritos que han llegado á nuestras manos. 

(Ij Hist. de lasInd.Occ, déc. 3, lib. 4, cap. 7. p. 121. 



322 

Al hablar LasCasas de los que en los reinos de 
Nueva España tenían á su cargo las funciones de 
cronistas é historiadores, de lo que contenían sus 
trabajos y composiciones, y de la manera como los 
desempeñaban, hasta formar una verdadera histo- 
ria; pues comprendía lo más escencial aun aten - 
didas las reglas que para escribirla se observan , 
dice, «aunque no tuviesen una escritura como nos- 
« otros, tenian, sin embargo, sus figuras y carac- 
« teres, con cuya ayuda entendían todo lo cpie que- 
iirian, y de esta manera tenian ^\x?> grandes li- 
« bros compuestos con un artiñcio tan ingenioso y 
« tan hábil, que podemos decir que nuestras le- 
« tras no les fueron de mmj grande utilidad.^) (1) 
\\\ vio algunos de esos libros, y también escribir 
á los mismos indios. 

Torquemada habla también de las figuras y ca- 
racteres de que se componía su escritura. (2) Sa- 
//¿í/7?//¿ hace igualmente mención de ella (3), y Acos- 
ta dice, que «las cosas que tenian figuras y gerog- 
« micos las pintaban con sus propias imágenes, y 
« para las cosas que no habia imagen tenian otros 
« caracteres significativos de aquello, y con este 
« modo figuraban como querían. » (^i) 

(1) Hist. apolo^. (le las Ind. Occ., lom. h, cap, 235. 
MS. 

(2) Monarquía Indiana, lib. 1, cap. 11. 

(3) Hisl. gen. de las cosas de Nueva España, loni. 1. 
Prólogo, pág. f\, y tom. 3, lib. 1, cap. 20, § 13. 

(4) Hist. Nal. y mor. de las Indias, lib. G, cap. 7. 



—323— 

El pasaje de Torquemada en que más expresa- 
mente habla de esto, es como sigue: 

« Los moradores antiguos de ella (Nueva Espa- 
« ña) no Unían letras^ ni las cortt)cian; así tampo- 
« co no las historiabsin. Verdad es que usaban de 
n Hit modo de escritura (que eran pinturas) con 
(( las Guales se entendían; porque cada una de ellas 
« significaba íí?¿¿í cosa; y á veces sucedía, que una 
« sola figura contenia la mayor parte del caso suce- 
« dido ó todo^ y como este modo de historia no era 
w común á todos, solo eran los Rabinos y Maestros 
u de ella^ los que lo eran en el arte de jiintar: y á 
« esta causa sucedia, que la manera de \Q?>cnracté- 
(( res y figuras no fueran conocidas y de una mis- 
ce ma hechura en todas: ])orlo cual era fácil variar 
<( el '}uodo de la historia. \ muchas desarrimarla 
« de la verdad, y aun a¡iiirliirhf dd lodo.ys (i). 

La manera como escribian eni, seguu (i roció (2) . 
de abajo para arriba, aunque habia oti'os en Amé- 
rica que lo hacian en sentido inverso: tenian, di- 
ce este autor, libros como en la China; y de todo 
estose han sacado ari-ninr^Tilíi y.ww la cuestión 
de origen. 

Sobre esta maiicia <U' c-i-iibii' \\'di^^ ^n. Acu'^ii v\\\ 
pasaje del uíimIo <Íl;ii¡.'ii(c (ü) 



(1) Torquemada. Moii. luJ., loni. 1, lib. 1. cap. 11. 

(2) I^acl. Kesp. ad disril. ^ccuiul. llii"imis (¡ralü de 
orig. uent. americ. &r.. [i. "7. 

(3) Iliát. N;it. V iiioi,.l ,lr 1,1: lihl., l(,!ii. '_'. lil>. <;.caji. 
9, pág. 10*1. 

ESTUDIOS — loMu II — í:: 



—324— 

« Su modo (de los indios) no era escribir ren- 
glón seguido, sino de alto á abajo, ó á la redon- 
da. Los latinos y griegos escribian de la parte 
izquierda á la derecba, que es el común y vul- 
gar modo que usamos. Los bebreos al contrario, 
de la derecha comienzan bácia la izquierda; y así 
sus libros tienen el principio donde los nuestros 
acaban. Los chinos no escriben ni como los grie- 
gos, ni como los bebreos, sino de alto abajo: por- 
que como no son letras, sino dicciones enteras, que 
cada una figura ó carácter significa una cosa, no 
tienen necesidad de trabar unas partes en otras, y 
así pueden escribir de arriha ahajo. Los de Méxi- 
co, por la misma razón, no escribian en renglón de 
un lado á otro, sino al revés de los chinos, comen- 
zando de abajo iban subiendo, y de esta suerte iban 
en la cuenta de los días, y de lo demás que notaban, 
aunque cuando escribian en sus ruedas ó signos, 
comenzaban de en medio, donde pintaban el sol, 
y de allí iban subiendo por sus años hasta la vuel- 
ta de la rueda. Finalmente, todas cuantas dife- 
rencias se hallan en escrituras: unos escribian de 
la derecha á la izquierda: otros de la izquierda á 
la derecha: otros arriba abajo: otros de abajo arri- 
ba, que tal es la diversidad de las imágenes de los 
hombres.» 

Gomara dá también una idea de la escritura me- 
xicana. 

« No se han hallado dice, letras hasta hoy en 
las Indias, que no es pequeña consideración; so- 



—325— 

lamente hay en la Nueva España unas figuras que 
sirven por letras, con las cuales notan y entien- 
den cualquier cosa, y conservan la memoria y 
antigüedades; semejan mucho d los (jeroglíficos 
de Egipto, mas no encubren tanto el sentido, 
aunque ni debe ni puede sérmenos. Estas figuras 
que usan los mexicanos por letras son grandes, y 
así ocupan mucho; entállanlas enjyiedras y made- 
7^as, pínta?ilas en paredes, en papel que liace^i de 
algodón y lio jas de matl: los libros son grandes, 
cojidos como pieza de paño, y escritos por ambas 
azeSj haylos también arrollados como piezas de 
jergón: no prouuncian b, g, r, s, y así usan mu- 
cho de p, c, 1, X, esto es la lengu.!X mexicana y ná- 
huatl, que es la mejor, más copiosa, y más enten- 
dida que hay en Nueva España, y que usa por fi- 
guras.)^ (1) 

Por último, Clavijero al hablar de la pintura 
éntrelos mexicanos, dice, « que no tenían aque- 
llos pueblos otros historiadores que sus pintores, 
ni otros escritos que las ¡cinturas en que conserva- 
ban la memoria de los sucesos. » (2) 

Las clases de pinturas que se encontraron entre 
ellos eran muchas, como se ha insinuado ya, 
« imágenes ó retratos de sus dioses y hombres 

(1) Gomara. Ilist. de la Gonq. de Hernando Cortés, 
lom. 1, cap. 8 i. 

(2) Clavijero. Hisl. anl. de México, lom. 1, lib. 7, 
pág. 365 y 366. 



—326— 

ilustres, ó de animales y plantas de que es- 
taban llenos los palacios reales de México y de 
Texcoco. Otras eran Mstórícas, que expresaban 
sucesos memorables^ como los trece primeros de 
la colección de Mendoza, y la del viaje de los Az- 
teques que se halla en la obra del viajero Geme- 
lli. Otras wMológicas^ en que se representábanlos 
misterios de su religión, y á esta clase pertenecen 
las del volumen que se conserva en la gran Biblio- 
teca del Instituto de Bolonia. Otras eran códigos^ en 
que estaban compiladas sus leyes, sus ritos, sus cos- 
tumbres, y los tributos que los pueblos pagaban, 
como son todas las de la colección de Mendoza desde 
la décimácuarta hasta la sexagécima tercia. Las ha- 
bla cronológicas, aslronómícas y astrológicas, en 
que se figuraban su calendario, la posición de los as- 
tros, los aspectos de la luna, los eclipses y los pronós- 
ticosmetereológicos» .... otras, en íin, eran topográ- 
ficas y cor o gráficas, las cuales servían no solo pa- 
ra determinar la extensión y lindes de sus posesio- 
nes, sino la situación de sus puebios, la dirección 
de las costas y el curso de los rios. (1) 

Los trabajos de Mr. Aubiu sobre esta materia 
son interesantes, y de ellos resulta comprobado el 
concepto de que los mexicanos conservaban con 
caracteres y figuras sus recuerdos históricos. (2) 



(1) Clavijero. Hisi. ant. deMéx., t. 1, pág. 366 y 367. 

(2) Memoria sobre la pintura didáctica y la pintura 
figurativa de los mexicanos. Paris, 1849. 



—327— 

Respecto de los antiguos habitantes de Yucatán, 
además de Acosta, en la parte de su obra en que 
habla do ios « libros de hojas á su modo encuader- 
nados, en que tenian los indios sabios la distribu- 
ción de sus tiempos, y conocimientos de plantas y 
animales, y otras cosas naturales, y sus antigua- 
llas, cosas de grande curiosidad y diligencia, » con- 
tamos con el testimonio respetable de Landa, que 
dice « usaban de ciertos caracteres ó letras, con 
los cuales escribían en sv.s libros sus cosas anti- 
guas y sus ciencias, y con ellas ^ y figuras^ y c^- 
gunas señales en las /i guras, entendían sus cosas, 
y las daban á entender y enseñaban. Halláronse 
gran número de libros de estas sus letras, y por- 
que no tenian cosa en que no hubiese superstición 
y falsedades del demonio, se les quoiuirnji lodos. 
lo cual á maravilla sentían, y les daba pona.» (1) 

Hace el mismo autor algunas indicacioiu's muy 
interesantes sobre esos caracteres. Señala veinti- 
séis signos con su valor fonético correspondionlo 
en nuestro abecedario, y de el resuKa, qui '/• s 
signos corresponden á la c , dos á la />, d'>s á la /, 
dos á la o, dos k la x, dos a la /', y los que expre- 
san la c, t, e, h, i, ca^ k, m, //, y>, ])p. ru^ hv , y z. 
No aparecen signos correspondientes á la d . /' y, 
_/, >7, q, /•, 6\ V, y hay ^uio para la silal)a ca y airo 
para la cu. Este descubrimiento es de suma im- 

(1) Landa. Relación de las cosas de Yucatán,! 41, 
pág. 316. 



—328— 

portancia, pues con su auxilio y algunos otros tra- 
bajos podrán leerse algunos manuscritos antiguos, 
y descifrarse las inscripciones que aún se conser- 
van en aquellos grandiosos monumentos 

Tal descubrimiento pone de manifiesto, además 
de los otros datos que poseemos, la poca exactitud 
con que Sahagun, hablando de los indios, dice lo 
siguiente: 

« Estas gentes no tenian letras, m caracteres al- 
gunos, ni sabian leer ni escribir^ comunicaban por 
imágenes y pinturas, y todas las antiguallas suyas 
y libros que tenian de ellas, estaban pintados con 
figuras é imágenes de tal manera, que sabian y 
tenian memorias de cosas que sus antepasados ha- 
blan hecho, y dejado eyi sus a?iales por más de mil 
años atrás, antes que viniesen los españoles á esta 
tierra. Be estos libros y escrituras los más de ellos 
se quemaron, al mismo tiempo que se destruyeron 
las otras idolatrías; pero no dejaron de quedar mu- 
chas escondidas, que las hemos visto, y aun aho- 
ra se guardan, por donde hemos entendido sus an- 
tiguallas )) (1) 

Los indios, además de las figuras c imágenes, 
usaban de otros signos, y no es cierto, por tanto, 
que no tuvieran caracteres alfjunos: las paredes de 



(1) Hisl. gen. de las cosas de Nueva España, lom. 3, 
cap. 27, pág. 80. 



—329— 

las ruinas de Yucatán y del Palenque^ llenas es- 
tán de ellos, y las de Copan, Quirigua y otras en 
que se vén inscripciones, también lo atestiguan. 

El Abate Brasseur dé Bourboiirg no solo cree 
que los americanos tenian una escritura fonética, 
(!)• « sino que los signos de \ücscrilurafi(jurativa 
de México, propiamente dicha, y los geroglificos 
egipcios, son los que más se acercan (2): el signo 
que entre los egipcios representaba las ciudades 
principales, era idéntico al que se vé con la misma 
forma en el Códice Vaticano, y en los manuscri- 
tos Letellier y Troano.» (3) 

En cuanto á los códices, pinturas y manuscritos 
que existen, basta hacer mención de la colección 
de pinturas del Escorial, la de Viena, Berlin, los 
Códices de Bolonia, del Vaticano, de Veletri, el 
Telleriano Kunensii que posee la Biblioteca de Pa- 
rís, V en clase de manuscritos el Teo-Amoxtli. y 
otros de que nos hablan los historiadores. 

Se ha dado recientemente noticia de otro Códi- 
ce geroglífico mexicano, que poseía una familia 
residente en Sevilla, que en remuneración de al- 
gunos servicios, y como obsequio valioso, pasó á 
manos del Sr D. Juan de Tro y Orlalano, Archi- 



(1) Popel vuh, &c. Pref.. pág. 8 y sig-. 

(2) Quaire lettres sur leMexique. París, 18C8. Lettre 
4. § 20, pág. 38G. 

(3) ídem, Ídem, § 5, pág. 34. 



—330— 

vero de la Real Biblioteca de la Historia y Profe- 
sor de Paleografía de la Universidad de Madrid, 
sobre el cual Labia comenzado ya algunos traba- 
jos, y encontrado noticias importantísimas sobre 
la historia antigua de México. 

Este Códice fué conocido por el diligente y mu}' 
entendido Abate Brasseur de Bourbourg, quien 
según una correspondencia que se lia publicado, 
penetrado de su importancia, lo presentó á Napo- 
león III, y éste dispuso que se sacara una copia 
cromo-litográfica, para que figurara entre' los do- 
cumentos que debían acompañar la memoria que 
se presentaría por la comisión científica que vino 
á México encargada de explorar el país y sus an- 
tigüedades. 

La obra se llevó á cabo por los más notables ar- 
tistas franceses, bajo la inspección y dirección de 
Mr. Leonee Angrand, persona muy ilustrada, y 
fué revisada y corregida por el Abate Brasseur, y 
por los que compusieron la expresada comisión 
científica. 

Pocos ejemplares se imprimieron; pero es tan 
maravillosa la identidad de la copia con el origi- 
nal, « estando exactamente reproducidos^ además 
de los colores, los más pequeños detalles del ori- 
ginal, aun los que nada tienen que ver con el tex- 
to, como son el color y número da fibras del pa- 
pel, que se han descubierto por haberse arrancado 
la pintura en algunos puntos de las hojas,» que 



—331 — 

el autor de esa correspondencia no ha vacilado en 
asegurar, «que no se advierte la menor diferencia 
después de un detenido examen de una y otra,» 
que habia visto reunidas. 

El Ministro de México en Madrid hizo esfuerzos, 
hegun se afirma, para adquirir el original; pero no 
le fué posible: porque el Sr. Tro tenia el proyecto 
de traducirlo, y hacer sobre él algunos estudios, y 
lo más que pudo conseguir, por conducto de Mr. 
Angrand, fué un ejemplar de la copia sacada, des- 
tinada á la Biblioteca Nacional de México; cop'ia 
que parece ha remitido ya el Ministro; y el origi- 
nal queda en poder de la familia del Sr. Tro. que 
quiere conservarlo como un recuerdo. (1) 

El llamado por el Abate Brusseur Codex CM- 
malpojwca, que es la « Historia de la Nación Me- 
xicana en lengua náhuatl del año de 1576,» no 
lo considera el Abate como historia verdadera^ si- 
no como geológica, por el doble sentido que en su 
concepto entraña, i^l) 

No me propongo hacer por ahora el análisis y 
examen crítico de ese Códice^ ni emitir opinión 



(1) Noticia tomada de la carta que apareció en «El 
Porvenir» del 23 y 24 de Marzo de esté año, 187G: pe- 
riódico político, científico y literario que se publica en 
México. Año 3, núm. C04 y GOo. 

(2) Pieces justificatives n. 1. Prologue, p. 401. 

ESTUDIOS — TOMO 11—44 



—352- 

alguna acerca de su contenido; pero sí puedo desde 
luego afirmar que, si la traducción quede él se ha 
hecho descansa sobre fundamentos que merezcan 
fijar la atención; si como él cree contiene la histo- 
ria geológica más completa del cataclismo que 
abismó la mitad del continente americano, escrita 
por los Mexicanos ó sus predecesores hace más de 
seis mil afios; y si la parte donde sucedió esto fue- 
ron las Antillas j entonces lo que por ese escrito se 
habrá obtenido, sin contrariar la historia, sería lle- 
Vcir las consecuencias más allá de lo que sin in- 
conveniente puede sostenerse; seria la comproba- 
ción no de que la civilización haya tenido su orí- 
gen en América, como pretende el expresado Aba- 
te, sino la existencia de la Atla?itida, que se halla 
apoyada en escritos respetables de la antigüedad ; 
y esto daría la solución de la cuestión de origen de 
la población de América, con el fácil tránsito áella 
de los habitantes del antiguo mundo y los anima- 
les y producciones que se han encontrado, y délas 
analogías y semejanzas que se descubren en los 
restos que quedan, y en rodo lo demás que testifi- 
ca y descubre la historia de estos pueblos compa- 
rada con lo que nos es conocido de los más céle- 
bres de la antigüedad en sus más remotos tiem- 
pos. 

D. J. M. Melgar y Serrano; dedicado á los estu- 
dios arqueológicos, ha hecho varias publicaciones 
importantes íntimamente conexas con lo que se 
trata en este capítulo, y que prestan sobrada ma- 



—333— 

teria para ejercitar el ánimo de los hombres ins- 
truidos. 

Una de ellas es el u Examen comparativo entre 
los signos simbólicos de las teogonias y cosmogo- 
nías antiguas, y los que existen en los manuscri- 
tos mexicanos publicados por Kingsboroug, y los 
bajos relieves de Chichen-Itza,» que dio á luz en 
Veracruz en 1872, Imp. del «Progreso,» de R. 
Laine y Comp., calle de Salinas núm. 784. 

En este escrito dice, que á su juicio existe una 
exactitud sorprendente entre dichos objetos y los 
shnbolos usados en las teogonias y cosmogonías an- 
tiguas (i), y para fundar sus observaciones se va- 
le de las obras de Mr. Dupuis sobre el origen de 
los cultos, en lo cual emplea cerca de veintiuna 
páginas de su opúsculo, que consta de veintiséis. 

En la lámina 43 del MS. del Museo Borgia que 
existe en el Colegio de la Propaganda de Roma, 
vé, en los signos y figuras que contiene, represen- 
tada la idea cosmogónica de la miion de Urano y 
Gea, ó el equinoccio de la primavera, el de otoño y 
el solsticio de invierno; en la lámina 62 del mismo 
manuscrito, el conejo ó Urano fccunda.ndo á la 
rana ó Gea en las cuatro estaciones: en la hoja pri- 
mera del MS. de Dresde el Toro Mitriaco; en la 18 
columna 47 el conejo atravesado y derramaítdo su 

(1) Pág. 4. 



—334— 

saiígre para redimir al mundo del mal: en la co- 
lumna 36 del mismo Códice la serpiente en varias 
faces de la luna^ y las estrellas: en la 61, el conejo 
ó el dios bueno atacado yor la serpiente, ó el dios 
malo: en el MS. Troano, lámina IS, el campo en 
la primavera, ó Urano con su gran falo: en la 13 
el escorpión que tiene al conejo amarrado con una 
cuerda; y en la 18 el conejo con cola de escorpión 
y una espada en la punta, que mata á otro conejo, 
y representa la conclusión del imperio del mal, pa- 
ra que el mundo sea redimido por la sangre derra- 
mada por el del bien. 

Pasa en seguida a examinar la fotografía de 
una pared de las ruinas de Chichen-Itza en Yuca- 
tan, y descubre en las diversas figuras que apare- 
cen en ella, y de cuya descripción se ocupa, el 
equinoccio deotoTio: entre esas figuras y signos ha- 
ce notar la gran culebra con la lengua hifureaday 
un sinnúmero de colas, á un hombre con barba lar- 
ga, vestido talar, y una especie de mitra, rodelas, 
dardos y una tea ó incensario; á otro hombre sin 
barbas y con gorra adornada de plumas, vestido ta- 
lar, y dardos en la mano, y hojas saliéndole de la 
boca; otro en fin, con facciones de oiegro ó etiope, 
gorra y plumas, adornos en los oidos, y dardos é 
incensario en las manos. Vé en toda esta serie el 
solsticio de invierno á media íioche, y en los tres 
hombres representadas las razas blanca, india y 
negra. (1) 

(1) Pág. 21, 22 y 23. 



—330— 

Para dar más fuerza á sus observaciones cita va- 
rios pasajes del Popoi-buh, MS. Quiche, publicado 
por el Abate Brasseur de Bourbourg, y siguiendo 
la descripción que hace de las figuras y signos, de- 
duce de las series de que se compone el equinoccio 
de la primavera^ el solsticio de verano, y en la cu- 
lebra adornada de plumas á Queizalcoatl, gran sa- 
cerdote de Serapis ó del SoL (1) 

Me abstengo por ahora de toda apreciación, y de 
emitir opinión alguna sobre este trabajo, y las in- 
dicaciones hechas por el autor; mi objeto al hablar 
de ellas ha sido únicamente darlas á conocer y que 
se tengan presentes en las ulteriores investigacio- 
nes que se hagan, y en la cuestión de origen, de 
que más adelante me ocuparé. 

Otro tanto digo respecto de otro opúsculo del Sr. 
Melgar publicado también en Veracruz, en la im- 
prenta de R. de Zayas, el año de 1873, titulado: 
« Juicio sobre 16 que sirve de base á las primeras 
teogonias, traducción del manuscrito mayo perte- 
neciente al Sr. Miró: observaciones sobre algunos 
otros datos encontrados en los monumentos y ma- 
nuscritos mexicanos, que prueban las comunica- 
ciones antiquísimas que existieron entre el nuevo 
y el viejo mundo, por J. M. Melgar.)) 

Comienza en este opúsculo por copiar la cita que 
(1) Pág. 24 y 2o. 



— 33G— 

hace el Abate Brasseur de Bourbourg de un pasa- 
je de la obra de Ixilüxochitl, en la que hace men- 
ción de las historias que poseían los Toltecas desde 
la creación del mundo, y del Teo-Amoxtli, li- 
bro divino en que por medio de pinturas se ha 
cia constar las persecuciones que hablan sufrido, 
sus trabajos, prosperidades y sucesos dichosos, la 
dinastía de sus reyes y príncipes, las leyes y el 
gobierno de sus antepasados, las sentencias anti- 
guas y buenos principios, la descripción de los 
templos y de los dioses, los sacriíicios, ritos y ce- 
remonias, y lo que concernía á la astrología, filo- 
sofía, agricultura y demás artes, tanto buenas co- 
mo malas, « reasimiiendo casi todas las ciencias y 
la saMduría, su buena y mala fortuna, sin contar 
una porción de otras cosas» eran en fin, según el 
autor citado, la.^ pinturas sagradas guardadas en 
los archivos reales de la ciudad de Texcoco, y que- 
madas por orden del primer obispo de México; des- 
cribe después con vivos colores las erupciones vol- 
cánicas y los terribles trastornos que pasaron en la 
tierra, por todo lo cual y por su aspecto terrífico 
fueron adoptados como base de las pri?neras teo- 
gonias; toma algunas ideas de un opúsculo de Gri- 
mar publicado en 1 867, y después de copiar a la 
letra algunos pasajes de Gourt de Gebelin (1), de 
Donfour en su Historia de la prostitución (2) déla 

(1) Mundo primitivo. Prehm. tom 9, pág 51 y 4,pág. 

228. 

(2) Gap. 14, pá?. 216. 



—337— 

historia cliichimeca de Ixtlilxocliitl, y del Popol- 
buh ó libro sagrado de los Quichés sobre la crea- 
ción (1), la fecundación (2), la destrucción de los 
hombres por las aguas (3), y la personificación de 
las fuerzas subterráneas (4), y de recordar la opi- 
nión que en otro escrito habia emitido sobre comu- 
nicaciones de los fenicios y escandinavos con esta 
parte del continente americano, venidos los unos 
por el Atlántico y los otros por la Islandia/ y tra- 
yendo negros los primeros, que en su opinión fue- 
ron los que fundaron el Palenqne (5) ; maniQesta 
que en el tomo ^i, lámina Iti de la obra deKinsbo- 
roug ha hallado la copia de la base de la pirámide 
de XocMcalco, en que se vé claramente la cfran 
culebra ctihierta de phimas, ó Serapis « con el sig- 
no arriba de los cuatro puntos cardinales, los tres 
círculos, signos de la Trinidad, con la planta re- 
presentando la primavera, y tres caracteres en es- 
ta forma OqlJ, que son fenicios legítimos, cuyo 
significado es «ro,» nombre del aS'o/, (G) que «á 
los escandinavos, magos ó caldeos, pertenecen el 
huevo cosmogónico, la pared de Chichen-Itza, con 
el mito Zoroástrico de los tres magos,» 8cc., que 
en el códice de Dresde está el Toro Mitriaco, co- 



(1) Gap. 1. 

(2) Gap. 2. 

(3) Cap. 3. 

(4) Gap. 4. 
(üj Pág. 11. 
(6) Pág. 11, 



—338 — 

mo se ha dicho, y en el Troano, el escorpión signo 
(le otoño, matando la liebre, signo de primavera, 
que reemplazaba á Tauro entre los Toltecas (1 ) . 

Habla en seguida del MS. Miró publicado par- 
te de él por la Ilustración de Madrid en su núme- 
ro 29, de 15 de Mayo de 1871, y cuya traducción 
hecha por él aparece en este opúsculo: « Se comien- 
za á leer de derecha á izquierda por el último ren- 
glón, y se sigue subiendo; hay una interrupción 
que es donde aparece el Sol. En la parte de arriba 
es en la que está el hombre.» 

En ese MS. se cree haber encontrado la «descrip- 
ción del hundimiento de la Atlantida, y formación 
de la corriente de agua caliente que vá del Ecua- 
dor al Polo, llamada Oulf Streeni; pero descrito 
con tal veracidad, que el lector cree contemplar 
aquel terrible trastorno.)) 

Dá á este manuscrito el primer lugar, calificán- 
dolo como el más antiguo, cuando servían de Mse 
las fuerzas telúrgicas, y el jigante estaba di vinisa- 
do: el Troano ocupa en su concepto el segundo 
lugar, en el cual dice, que aunque se mencionan 
algo los trastornos de la naturaleza, se trasportan 
al cielo los mitos; y el tercero el de Dresde, « que 
ya es un curso astronómico seguido.» 

Hablando luego de los caracteres "timyos, « en- 
(i; Pág. 12. 



—339-- 

cuentra en ellos, dice, tal sello de 'prioridad en su 
origen, que se inclina uno á creer que son de los 
primeros inventados: no como los hebreos, los fe- 
nicios, los griegos, ele, (pie son signos, cuyas for- 
mas no presentan semejanza con objetos naturales, 
aqíieUas eran figuras humanas, en su magor parte, 
es decir, lo primero que debió ocurrir al hombre 
imitar.» (1) 

Respecto de la pared de Cliiclten-Ifza, juzga; 
'( que no hay ningún monumento de mayor im- 
portancia para dar á conocer con claridad las bases 
en que los antiguos fundaban sus teogonias y cos- 
mogo7iías.^-> (2) 

En los idiomas azteca y mayo existen los voca- 
blos Atlantic y Atantic que definen perfectamente 
las condiciones de la Atlantida. 

Sobre comunicaciones con los fenicios, tiene 
como pruebas su escritura en Xochicalco, su Alfa y 
Omega en los manuscritos de Oxford (3) ; « la es- 
critura muy primitiva como la de los mayos; la 
medalla encontrada en el Palenque y la pared de 
Chichen-ltza; «tengo, dice, el huevo cosmogónico 
en piedra, representando los dos mitos, el de la 
creación y el de la generación: tenemos el Popol- 
buh ó libro sagrado de los Quichés; Génesis gran- 

(1) Pág. antes citada. 

(2) Pág. 13. 

(3) Tomo 1 de Lord Kingsboroug. 

ESTUDIOS — TOMO H — 45 



—340— 

dioso, y que bajo el disfraz de la fábula pinta la su- 
cesión de formación del planeta, los trastornos 
que sufrió, y que sirvieron de base á las teogonias 
de todos los pueblos del mundo: tenemos los ona- 
miscritos mexicanos publicados por Kinsborougb, 
el Troano, y el Miró; y á mi modo de \qv tenemos 
los idiomas Mayo y Azteca, fuente donde lal vez 
deben encontrarse datos preciosos sobre los tiem- 
pos preMstóricos . Y respecto al Troglodita^ ú 
hombre primitivo ó de las cavernas, tengo su 
imagen en un ídolo encontrado cerca de Tlalisco- 
yan.» (1) 

« En la parte de Yucatán y Chiapas. añade, que 
es donde existen los nombres de provincias de 
Persia, como Mix tan, Cawistan, Kabul etc., hay 
un idioma que se llama Zendal: el idioma sagra- 
do de los Persas en el cual escribió su libro Zo- 
Toastro, llamado Zend Avesta, también se llama 
Zend. ¿No será significativa esta coincidencia?» 

(i Tengo otras observaciones que hacer, continúa 
diciendo. Los antiguos después de designar la luz 
visible con las letras A O le agregaban la vocal 
del Sol, que es Y, lo que hace Yao^ de donde vie- 
ne el Yoiipiter de los griegos, y el Yak de los he- 
breos: en el idioma que se usaba en el Palenque 
hay Yalahan, Gran Señor, Príncipe, Rey, aplica- 
do á la divinidad. ¿Si se simplificara el sonido no 

(1) Pág. 13. 



—341— 

se tendría Yahari, casi el mismo que el de Fao?yi 
« ¿No indica esto un origen semejante?» (1) 

Encuentra también analogía en el número 13, 
que era simbólico para los toltecas^ aztecas etc. ; 
el primer mes mexicano comenzaba por el primer 
día cipactU hasta el 13 de Abril: su año se compo- 
nía de 20 trecenas, que son 13 meses ó 260 días, ^ 
meses y 5 días más, que con los nemontemí hacían 
1 05 días, que son 8 trecenas, y para su corrección 
bisestil usaban del número 13 (2): índica la cau- 
sa porque en su concepto tenían ese número como 
simbólico ó cabalístico citando un pasaje de Marco 
Polo, (3) y cree por último lógico suponer que los 
que pudieron escapar del hundimiento de la Atlán- 
tica se refugiaron en América. (4) 



Hay en todas estas indicaciones puntos, que en 
curso de 
respectivo. 



el curso de esta obra se considerarán en el lugar 



Prosiguiendo adelante en la investigación de to- 
do lo relativo á la escritura usada por los habitan- 
tes de este continente, diremos que los geroglifi- 
cos que usaban los zapotecos eran según Dupaíx (5) 



(1) Pág. 14. 

(2) Pág. 14. 

(3) Tomo 1, cap. 30, pág. 63. 
f4) Pág. 16. 

f5) Dupaíx. 2'='"° expeditiOD,!!. 14. 



—342— 

distintos de los mexicanos, y no lia fallado quien 
encuentre algunos rasgos de semej anza con los de 
los egipcios. Examinando la clase de escritura usa- 
da por los pueblos situados al Norte de Alema- 
nia se ha encontrado, que los la/pones y los saiyio- 
y celos tenian una escritura geroglííica semejan- 
te á la de los mexicanos y egipcios, hallándose 
en la ^^ihcriaj monumentos que prueban que el 
uso de esta escritura ha estado muy extendido 
en todo el Norte de Europa y del Asia. Los anti- 
guos scaldos ó pictos del Norte tenian sus letras 
rúnicas en número de diez y seis que todavía se 
usan en Islandia, y que se vén en Sv.ccia en ins- 
cripciones muy antiguas. Estas letras que no se pa- 
recen ni en la figura, ni en el orden, ni en el valor 
numeral, ni en el nombre, á las de los griegos y ro- 
manos, podian servir en Alemania para conservar 
las antiguas tradiciones. Los sajones y los daneses 
conocían es la escritura, y se han encontrado algu- 
nos manuscritos de ella en Inglaterra. (1) 

Sobre esta materia tenemos algunas observa- 
ciones recientemente hechas por D. Manuel Oroz- 
co y Berra (2) : comienza por establecer la diferen- 



(1) Observations sur la religión des galois ct sur dos 
gerinains par Mr. P'reret, tome 41, pag. 23 des Memoi- 
res de lilleratiire lirées des registres de rAcademie des 
Inscriptions et Belles letlres. 

(2) El Artista. Febrero de 1874. Algo sobre la civili- 
zación mexicana y la cruz del Palenque, pág. 98 y sig. 



—343— 

cia que existe entre las escrituras geroglífica de 
México y la de Yucatán. « Los gerogiiíicos -azte- 
cas, dice, tienen su delincación peculiar, y se com- 
ponen de caracteres mímicos, simbólicos, ideo- 
gráficos y fonéticos, mezclados según lo piden el 
arte á que estaban sujetos y la índole gramatical 
del idioma nahua; signos, distribución, elemen- 
tos, valores fónicos, no pueden ser confundidos 
• •on otros. En la escritura yucateca cambia to- 
do, desde la forma de los signos, el dibujo mus 
artístico, y de una manera absoluta en que según 
la autoridad del P. Landa, (1) quien ha dado el 
abecedario de estos caracteres, son en totalidad f o- 
j ícticos. Existe entre ambas la diferencia de una es- 
critura incompleta en estado de elaboración y una 
escritura jíC/'/cí^te entre signos arbitrar ios de va- 
lor ocvXío, y q\ alfabeto dewta lengua.n 

Dase á esta escritura yucateca el nombre de es- 
critura calculi forme (2), ó en forma de cálculo, y 
el Sr. Orozco cree que á este género pertenecen los 
códices de Dresde (3), de la Biblioteca imperial (4) 



(1) Belatioa des choses de Yucatán de Diego de Lau- 
da, pág. 320. París, ISGi. 

(2) Leen de Rosny. Les ccritures figuratives et ge- 
rogliphiques des difíerentes peuples anciens et moder- 
nes, pág. 10. París, 1870. 

(3) Anliquities of México. Kiusboroug, tom. 3. 

(4) Manuscrit dit mexicain n.' 2 de laBiblioteque im- 
periale photographice. Paris, 1864. 



—344— 

de Paris, el Troano (1) y el manuscrito Miró (2), 
y que los monumentos y códices, en que se en- 
cuentra esta clase de escritura, no corresponden á 
la misma época, ni al mismo . pueblo, « y pudiera 
acontecer no estar escritos en la misma lengua,» 
(3) y aunque para apoyar esto último indica la 
existencia en la península y comarcas adyacentes 
de pueblos con lenguas diversas, no me parece es- 
to bastante fundado, atendiendo la íntima relación 
que existe entre la palabra y la escritura y la ma- 
nera casi contemporánea y uniforme con que' el 
lenguaje y la escritura han ido desarrollándose en 
todos los países y pueblos del mundo, según el 
sentir de los escritores que se han ocupado de esta 
materia; y parece deducirse aun del pasaje mismo 
de Stephens que cita (4); pues al dar este escritor 
á conocer el lieclio importante de que los geroglí- 
ficos de] Palenque son los mismos que los de Co- 
pan y Quirigua, dice que aunque el país interme- 
dio lo ocupan ahora razas de indios, que hablan 
•muchas lenguas diferentes y enteramente inteligi- 
bles por cada uno, hay motivo para creer que todo 
el país estuvo ocupado por la misma raza que ha- 



(1 ) Publicado por el A. Brasseur de Bourbourgh. Imp. 
irap., 1860. 

(2) Ilustración de Madrid. Marzo 15 de 1871, n. 29. 

(3) El Artista, loco citato, pág. 100. 

(4j Stephens. Incidents of travel in Central America, 
Chiapas and Yucatán, voi. 2, cap. 20, pag. 343. 



— 34D-- 

biaba la propia lengua, ó que tenia al menos los 
mismos caracteres escritos. 

Confiesa el Sr. Orozco que no tiene noticias res- 
pecto de los caracteres yucatecos (1), y en cuanto 
ii los (¡ero gil fieos f oí tecas, comparándolos con los 
caracteres antiguos de la escritura cMna^ los re- 
puta idénticos, fuera de los evidentemente repre- 
sentativos ó figurativos iguales en ambas, vé en 
todo esto una verdadera filiación, y conjetura que 
a los chinos comunicaron su escritura á la Améri- 
ca, antes de abandonar del todo sus cuerdas anu- 
dadas y estancarse en los caracteres ideográficos. 
Su enseñanza se modificó según la índole de cada 
pueblo; los feruanos no pasaron de los qitipos; los 
toltecas llegaron á los signos simbólicos, ideográ- 
ficos, y hacian esfuerzos para seguir á los fonéti- 
cos; se alzaron los mayos basta el alfabeto. Debe 
esto entenderse, admitiendo que ]a primitiva en- 
señanza se dio á los pueblos prehistóricos.» (2) 

^lás adelante dice lo siguiente: 

« Volviendo á mi tema, la civilización mexicana 
y la palencana, se distinguen especialmente por el 
tiempo, por la escritura, y por el lenguaje. Son 
diversas también por la arquitectura, diferencián- 
dose por el plan, la distribución, los adornos, el 



(!) El Artista, art. citado, pág. 100. 
(2) ídem, idem, pág. 102. 



—346— 

arco y la bóveda en los ediñcios, como se infiere 
de IsiS ¡nntícras y de los relieves, eran igualmente 
distintas las fisonomías de los pueblos, los trajes ó 
insignias; no aparecen como idénticos los dioses, 
y sus ti adiciones son disímbolas: en sn7)ia, en ota- 
da se relacionan. La civilización palencana fué 
primero que la tolteca; aquella venia en decaden- 
cia cuando ésta florecía; no se pusieron en contic-' 
to sino para sustituirse la una á la otra. Es ab- 
solutamente falso que los mayas sean toltecas, y 
aun cuando asienta lo contrario el MS. Pérez, es- 
to se debe entender como ya dije, cual una remi- 
nicencia del escritor, que olvidando la civilización 
primitiva, encontraba en verdad que los toltecas 
eran los autores de la nueva por él encontra- 
da.» (1) 

Hé asentado á la letra este párrafo por lo que en 
él se dice de la escritura, que es á lo que se con- 
trae únicamente este capítulo. 

Ya antes había diclio que « la civilización repre- 
sentada por Quirigua y Copan, el Palenque, Chi- 
chen-ltza y Uxmal es absolutamente diversa de la 
tuUeca, llamada después azteca ó mexicana)^ . . . 
y que « la escritura geroglífica de Méxi- 
co y la de Yucatán, son cosas completamente di- 
versas, no tienen otro punto de contacto que la es- 
critura, ^^ (2) 



(Ij El Artista, loco citato, pág. 107. 
(2) Id., id., pág. 99. 



Las tribus de la América del Norte tenian regis- 
tros liistóricos y tradicionales de los acontecimien- 
tos, y se vallan para ellos de geroglíficos ó símbo- 
los sobre madera, cantera, pieles, &:c . Su sistema 
gráfico, según Rafinisque, diferia del de los mexi- 
canos (1), y dice que probablemente fué importa- 
do del Asia. Puede compararse con los símbolos de 
los kuriles, yacuts y koriak indicados por Hum- 
boldt. 

En el Perú, en vez de escritura, se servían de 
qwqyos, como se ha dicho, y de guijarros, y granos 
de maíz, para conservar la memoria de los sucesos, 
según Montesinos (2). Acosta dice (3) que los pe- 
ruanos no se servían de letras, caracteres, cifras, 
ó pequeñas íiguras, como los chinos y los mexica- 
nos, sino en parte de figuras más groseras que las 
de éstos, y en parte de quipos de hilo, y piedras 
pequeñas, para conservar lo que querían retener 
en la memoria. Los anales de Quito, refiere Ve- 
lasco (-4), se reducían á ciertas tablas de madera, 
de piedra, ó de arcilla, divididas en muchos com- 
partimientos, en los cuales colocaban pequeñas 
piedras de tamaño y color diferente, y talladas con 
arte por hábiles lapidarios. Por la combinación de 

(1) Tbe American uatiüus, Scc, tom. 1, pág. 122 y 
sig. 

(2) Memorias históricas sobre el Perú, trad. de Mr. 
Ternaux. 

(3) Hist. Nal. y moral, lib. 6, cap. 8. 

(4) HisttDria de Quito, trad. de M. Ternaux, p. 1,1. 85, 

ESTUDIOS — TOMO 11—46 



—348— 

estas piedras coaservaban su historia y hacian to- 
da clase de cálculos. 

El pasaje de Acosta antes citado es digno de in- 
sertarse á la letra; dice así: 

K Son qíñpos unos memoriales ó registros hechos 
de ramales en que diversos ñudos y diversos colo- 
res significan diversas cosas. Es increíble lo que 
en este modo alcanzaron, porque cuanto los labros 
pueden decir de historias, leyes, ceremonias, y 
cuentas de negocios, todo eso suplen los quipos tan 
puntualmente, que admira. Habia, para tener es- 
tos qui'pos ó memoriales, oficiales diputados, que 
se llaman hoy dia Quipe Camayo, los cuales eran 
obligados á dar cuenta de cada cosa, como los es- 
cribanos públicos de acá, y así se les debía de dar 
entero crédito; porque para diversos géneros, co- 
mo de guerra, de gobierno, de tributos, de cere- 
monias, de tierras, hahia diversos quipos ó rama- 
les^ y en cada manojo de éstos tantos ñudos, ñu- 
ditos é Minios atados, unos colorados, otros ver- 
des, otros azules, otros blancos, y finalmente, tan- 
tas diferencias, que así como nosotros de veinti- 
cuatro letras, guisándolas en diferentes maneras, 
sacamos tanta infinidad de vocablos, así éstos de 
sus ñudos y colores sacaban innumerables signifi- 
caciones de cosas . » (1 ) 

Garcilazo de la Vega habla de ios quipos en va- 
(1) Acosta. Hist. Nat. y mor. de las Ind., lib. 6, c. 8. 



—349— 

rías partes de su obra (1): en los capítulos 8 y 
O del libro 6, manifiesta cómo contaban por medio 
de ellos, y la fidelidad que babia en lo qne de este 
modo practicaban los contadores. í<Quipu, dice, 
quiere decir añudar, y ñudo, y también se toma 
por la cuenta, porque los ñudos la daban de toda 
cosa. Hacian los indios hilos de diversos colores, 
unos eran de un color solo, otros de dos colores, 
otros de tres, y otros de más, porque los colore*s 
simples y los mezclados, todos tenian su significa- 
ción de por sí: los hilos eran muy torcidos, de tres 
ó cuatro liñuelos y gruesos como un huso de hier- 
ro, y largos de á tres cuartas de vara; los cuales 
ensartaban en otro hilo por su orden á la larga, á 
manera de rapacejos. Por los colores sacaban lo 
que se con tenia en aquel tal hilo, como el oro por 
el amarillo, y \di plata por el blanco, y por el colo- 
rado la gente de guerra, » 

« Los que no tenian colores, iban puestos por su 
orden, empezando de los de más calidad, y proce- 
diendo hasta los menos, cada cosa en su género, 
como en las mieces y legumbres. Pongamos por 
comparación las de Espeúla, primero el trigo, lue- 
go la cebada, luego el garbanzo, haba, mijo, Scc.» 

» Y así también, cuando daban cuenta de las ar- 
mas, primero ponían las que tenian por más no- 



(1) GomeDtarios reales que tratan de los Incas, &c.. 
Parte prim., lib. 2, cap. 26, ylib. o. cap. 10. 



— 3b0— 

bles, como lanzas, y luego dardos, arcos y flechas, 
portas y hachas, hondas, y las deniás armas que 
tenían.» 

« Y hablando de los vasallos, daban cuenta de 
los vecinos de cada pueblo, y luego en junto los de 
la Provincia. En el primer hilo ponían los viejos 
de sesenta años arriba; en el segundo los hombres 
maduros de cincuenta arriba; y el tercero conte- 
nia los de cuarenta; y así de diez á diez años has- 
ta los niños de teta. Por la misma orden contaban 

las mujeres por las edades 

había hilitos delgados para significar las viudas ó 
viudos. 

« Los ñucos se daban por su orden de unidad, 
decena, centena, millar, decena de millar, y pocas 

veces pasaban á la centena de millar» 

pero si había necesidad, también la 

► contaban, porque en su lenguaje podían dar todos 
los números. 

« En lo más alto de los hilos ponían el número 
mayor, que era el decena de millar, y más abajo 
el millar, y así hasta la unidad.» 



Los encargados de estos ñudos ó quipus se lla- 
maban Qtcipucamayu. 

«Estos asentaban por sus ñudos el tributo que 
daban cada año al Inca, poniendo cada cosa por 



—351— 

SU género, especies y calidades. Asentaban la gen- 
te que iba á la guerra, la que moria en ella, los 
que nacian y fallecían en el año, por. sus meses. 
En suma decimos, que escribían en aquellos ñu- 
dos todas las cosas que consistían en cuenta de 
números, basta poner las batallas y reencuentros 
que se daban, basta decir cuántas embajadas ha- 
blan traído al Inca, y cuantas pláticas y razona- 
mientos habla hecho el rey; pero lo que contenia la 
embajada, ni las palabras del razonamiento, ni 
otro suceso historial, no podian decirlo por los ñu- 
dos;)-) sino que usfiban de otros arbitrios, tales co- 
mo encomendarlos á la memoria de los quipucama- 
yus, para que por iradiciotí se trasmitiesen de pa- 
dres á hijos; encargándose al efecto los Amantas, 
que eran sus ñlósofos y sabios de ponerlas en pro- 
sa en cuentos historiales, para que pasando de ma- 
no en mano se conservase la memoria; ó forman- 
do alegorías; los Raravicus, que eran los poetas, 
componían con el mismo objeto versos breves y 
compendiosos. « En suma, decían en los versos 
todo lo que no podian poner en los ñudos. . . . 
y de esta manera guardaban la me- 
moria de las historias;» porque no tenian letras: 
lo que consistía en viva voz ó por escrito no podia 
referirse por los ñudos; <.(porque clñudo dice el nu- 
mero, más no la ¡glabra.)) 

Los quip%icamayii por los ñudos, los liilos y los 
colores, y con el favor de las cuentas y la poesía 
escribían y retenían la tradición de los hechos. 



—352-- 

Esta fué la manera de escribir que los Incas tuvie- 
ron en su República.yi 

« Por la misma orden daban cuenta de sus leyes 
y ordenanzas, ritos y ceremonias, que por el color 
del hilo, y por el número de los ñudos, sacaban 
la ley que prohibía tal ó cual delito, y la pena 
que se daba al quebrantador de ella. Decian el sa- 
crificio y ceremonia que en tales fiestas se hacian 
al Sol. Declaraban la ordenanza y fuero, que ha- 
blaba en favor de las viudas ó de los pobres, ó pa- 
sajeros; y así daban cuenta de todas las demás co- 
sas, tomadas de memoria por tradiciones.» (1) ... 



En Herrera encuéntrase también lo siguiente, 
al hablar de los usos y costumbres del Perú: 

« Para tener cuenta y razón, usaron, dice, los 
que llaman quipos, y tenian un aposento colgado de 
ellos, que servían de libros: éstos son unos rama- 
les de cuerdas, anudados con diversos nudos, y di- 
versos colores, con lo cual suplían cuanto podian 
decir, historias, leyes, ceremonias y cuentas de ne- 
gocios, con mucha puntalidad; y para tener estos 
quipos habia oficiales señalados que hoy dia se lla- 
man Qioipo Camayo, los cuales como los escribanos, 
eran obligados á dar cuenta de cada cosa, y se les 

(\) Garcilazo de la Vega. Comentarios reales que tra- 
tan del origen de los Incas, reyes que fueron del Perú, 
&c. Primera parte, lib. 6, cap. 8 y 9. 



—353— 

daba entero crédito, porque para guerra, tributos, 
gobierno y cuentas, hahia diversos qicipos; y así 
como nostros con veintitrés letras sacamos tantos 
vocablos, así los indios con sus midos y diferen- 
cia de colores, sacaban inmimerahles significacio- 
nes de cosas y así nunca los indios tu- 
vieron letras, sino cifras ó memoriales en la for- 
ma dicha.» 

« Las letras se inventaron para referir y signi- 
ficar inmediatamente las -palahras, éstas son seña- 
les de los conceptos, y las letras 2) las palabras se 
ordenaron para dar á entender las cosas, y las se- 
ñales que no significan inmediatamente palabras, 
sino cosas, no son letras. )) (1) 



(1) Ilist. gen. de los hechos de los castellanos en las 
islas y tierra firme del mar océano. Déc. 5, lib. 4, cap. 
l,pág. 84. 



CAPITULO XXX. 



, Continuación del mismo asunto. Inscripciones en 
piedra. — 2. Uso de planchas de metales y tablitas de 
madera para grabar en ellas los caracteres; de hojas 
de palma y corteza de árboles. Libros de los itzae- 
ses, mapas y otros escritos de los de Chiapas y Gua- 
temala — 3. Antigüedad del papirus. El pergamino. 
Papel de algodón y de lino. — 4. Materia de que se ha- 
cia entre los mexicanos. Libros de hojas de órooles 
encontrados por los rusos en 1721. — o. Observaciones 
á que dá lugar la invención y uso del papel. 



§1 



Resta ahora examinar si las inscripciones de pie- 
dra pueden presentar algún otro dato más, para 
juzgar sobre su origen y antigüedad. 

ESTUDIOS — TOMOII — 47 



—356— 

Reducido al principio el conocimiento de la es- 
critura á un corto número de personas, era limita- 
do el uso que se hacia de ella. Ha sido necesario 
el trascurso de muchos siglos, y la invención del 
alfahetOj para verla tomar esa extensión prodigio- 
sa, que ha llenado de luz al mundo, á lo que en 
gran parte contribuyó mucho la invención del pa- 
pel, facilitando las copias y su adquisición, y dis- 
minuyendo el alto valor que todo esto tenia an- 
tes. 

El primer uso que se hizo de la escritura, fué 
sustituirla á los medios imperfectos que tenian los 
pueblos para conservar la memoria de los hechos 
más notables. Ya no se pensó en levantar un mon- 
tón de piedras, en sembrar un árbol, erigir una 
simple columna, ó componer algunos cantares, si- 
no en hacer inscripciones en las rocas y piedras, 
para perpetuar la memoria de los hechos, como lo 
practicaron los egipcios, los pueblos del Norte y 
otras naciones. Después pasaron á erigir colum- 
nas para escribir en ellas los sucesos notables. 
Eran, según se ha indicado, los registros en que 
se conservaban las leyes (1), los tratados (2), la 



(1) Deuteronomio, c. 27, v. S 

— Platón in crit., p. 1,107. 

— Dion. Halicarn., 1. 4, p. 240. 

(2; Strabon, t. 3, p. 259, 1. 10. p. 68^. 

— Plut., t. 2, p. 292. 

—Paus., 1. 5, c. 12 y 23, 1. 8, c. 2ü. 



—357— 

historia de los acontecimientos (]) y los descubri- 
mientos importantes (2); de modo que la piedra y 
el ladrillo fueron la primera materia en que se es- 
cribió al principio, conforme lo testifican Josefo 
(3), Tácito (4), y Lucano (b), y lo vemos compro- 
bado por la relación que nos hacen los autores de 
algunos hechos, muchos de los cuales los tomaron 
de las inscripciones mismas que encontraron en 
monumentos erigidos al efecto. • 

Sin necesidad de aglomerar muchas autorida- 
des sobre este uso de los pueblos antiguos, solo ci- 
taremos en comprobación las dos columnas, una 
de piedra y la otra de ladrillo, en que los hijos de 
Seth grabaron los conocimientos que hablan ad- 
quirido, para que no se perdieran con el diluvio, 
(6) las que se velan exparcidas en Armenia, país 
donde se detuvo el Arcado Noó, con inscripciones, 
según refiere Mase Chonorense (cap. lo, pág. 40), 
las de Hér cides y Sesostris, levantadas para per- 



(1) Herod. 1. 2, n. 102 y lOG, 1. Á, n. 87. 
— Diód., 1. 1, p. 65 y 07, 1. 5, p. 368. 
—Tácito. Anal. 1. 2, u. 60. 

(2) Proclus in Tim., 1. 1, p. 31. 

— Galin. adv. Julián, c. 1, t. 9, p. 376. 

(3) Josefo. Antiq. Jud. 1. 4. 

— Adams. Antig. rom., tom. 4, pág. 98. 

(4) Tácito. Anal II. CO. 

(5) Lucano. III. 223. 

(6) Asiatic researches, vol. 3, pág. 5. 



— 3b8— 

petuar la memoria de sus famosas expediciones (1), 
muchas observaciones antiguas astronómicas de 
los babilonios grabadas sobre ladrillos (2), la co- 
lumna de piedra en que estaba escrita una ley 
de Teseo, que se conservaba todavia en tiempo de 
Demóstenes; los preceptos y doctrina de Mercurio 
Trimegisto grabados en gerogliíicos (3), y los mo- 
numentos más antiguos de literatura cbiiia graba- 
das en piedra. (4) 

Bien sabido es que los preceptos del Decálogo 
y las leyes de Moisés estaban escritos sobre pie- 
dra. (5) 

Josué, después de la toma de la ciudad de Sai, 
escribió el Deutcronomio al rededor de un altar 
que erigió al Señor. «Et scripsit super lajndes Deu- 
teíonomium » 5cc. (6). 

Cerca de Budda se encontró una columna mo- 
numental con una inscripción en sánscrito. (7) 



(1) Diódoro, 1. 1, p. 23 y G5, 1. 3, p. 243, 1. 4, p. 254. 
— ApoUod.. 1. 2, p. 100, 1. 3, p. 142. 

(2) Plinio, 1. 7, p. 413. 

(3) Manetho ap, Sincoll, p. 40. 
(4j Lettre.s edif., t. 19, p. 479. 
(b) Éxodo X. 28. 8. 

(6) C. 8. V. 32. 

— Deuleronomio, c. 27, v. 8. 
— Josué, c. 8. V. 32. 

(7) Asiatic researches, vol. 1, § 4, p. 131, 



—359— 

En Cande-Uda hay grabadas rocas, que no en- 
tienden los malabares, ni gentros. Hánse encon- 
trado gran número de ellas de tiempo inmemorial 
en los monumentos egipcios, etruscos, griegos y 
latinos. (1) Entre los primeros^ vénse geroglíficos 
suyos escritos en los obeliscos y pirámides, en las 
puertas de los templos, en las cámaras ó aposen- 
tos, en las salas y gabinetes, y en las paredes. 
Así aparece comprobado en el Levítico, 26, 1,: 
Ezequiel, c. 7, v. 10 — 12, y lo testifican los restos 
que se presentan á la vista, en los cuales se ha 
ejercitado tanto el talento de los sabios. (2) 

Habla Porfirio de algunas columnas antiguas 
de la isla de Creta, en que estaban escritas las ce- 
remonias de los sacrificios de los corihaoites, para 



(1) Martiuetti. CoUezioDe clasica, t, 2, § 24, p. 26. 

(2) Hierogliphyca iasculpebantur etiam in lapidibus 
cubiculis, et conclavibus, ut scimus ex sacro texlu ex 
quo supra. Ex Mane thon et Diódoro seimus slelis (aj 
iusculptc. Hace i>telae de quibus passim mentis fit, non 
omnes erant columne propíQ dicte, cum stelo dicuntur 
eliam lajiides formen qiiadratcB, in quibus res memoratu 
digne inscribebatur uli refert Scholiastos Sophoclis 
apun Tamblosum Panth. lib. 5, cap. 5, § 13. (b) 



[a] Stela 6 Stele segua Plinio, es el pilar, padrea 6 columna en 
que se graba alguna cosa paia memoria de las gentes. Dic. lat. de 
Balbuena. 

[b] Martinetti. Collezionc clasica, tom. 6, nota al párrafo 4, en 
que inserta el opúsculo del P. Nic. Consini. Do hiercgüñÍB, pág, 95 



—seo- 
celebrar las fiestas de Cibeles. Las leyes, los tra- 
tados y las alianzas, como se ha dicho, se graba- 
ban sobre columnas, lo cual según Tucydides tam- 
bién se practicaba en África. 

Aun en este continente se encontró establecido 
el uso de escribir en rocas, piedras y lozas. Refie- 
re Cieca que en unos edificios antiguos del Perú, 
cerca de Guamanga, á la orilla del rio Vinaque, se 
halló una losa en la cual habia ciertas letras que 
parecían griegas. (1) 

El Barón de Huinboldt, habla de la tepu7nere- 
ma ó roca pintada que se halla á algunas leguas de 
la Encaramada en medio de una sabana, y de otras 
que bajando el Orinoco se observan en las rocas 
inmediatas á grande altura, y cerca también del 
CariqvÁare. (2) 

En una peña con un pico, cerca de la ciudad de 
Zamora, habia esculpidos cuatro renglones, cada 
uno de vara y media de largo, cuyas letras tam- 
bién parecían griegas. (3) Lamida dice (4) que en 
la plaza de Mayapan existían siete ú ocho piedras 
de diez pies de largo cada una, bien labradas, que 
tenian algunos renglones de caracteres ya gas- 



(1) Crónica del Perú, Parle primera, csp. 87, p. 160. 

(2) Ilumboldt. Viaje á las regiones equinocciales, 1. 
3, lib. 8, cap. H), pág. 11. 

(3) García. Origen de los indios, lib. 4, cap. 21. 

(4) Relación de las cosas de Yucatán, § 9, p. í>2. 



—sol- 
tados por el agua, que se creía contenían la me- 
moria (le la fundación y destrucción de la ciudad. ' 
Katun era el nombre que se daba á las piedras gra- 
badas que contenían las fechas y las inscripciones 
relativas á los acontecimientos históricos, y se 
incrustaban en las paredes de los edificios públi- 
cos, (i) 

El coronel D. Juan üalindo, que visitó y exami- 
nó las ruinas del Palenque , aprovechando la opor- 
tunidad de hallarse cerca de ellas, de comandante 
del distrito del Peteti, asegura en las observaciones 
que en 1831 dirigió á la Sociedad de Geografía de 
París, que á una legua distante de Tenosiqv.e, so- 
bre el borde del río Usumasinta hay undi piedra mo- 
numental^ que contiene caracteres, que quizá se- 
rán inscripciones. 

Mr. Tomará ha reconocido caracteres libios en 
uno de los túmulos del valle del Oliio en los Esta- 
dos Unidos de América (2) ; en Massachusetts existe 
un monumento geroglítico llamado Writing-roch 
ó dighton-rock; que es una roca guies situada al 
Este de la embocadura del rio Tautoyi con caracte- 
res ininteligibles esculpidos, (3) que ha dado lugar 



(1) Gogoyudo. Hist. de Yucatán, lib. 4, cap. 4. 

(2) Historical and statiscal informationrespectingthe 
hist. and. prosp. of the indian tribes, t. 1, n. 18, p. 37. 

(3) Mr. Warden. Recherches sur les antiquilés de 1' 
Amerique du Nord, chap. 3. 



— 3G2— 

á mil conjeturas, creyendo Mr. Yuter y Manlton que 
eran de origen fenicio (1), y también M. Gebelin, 
considerándolas Matlden como impresos por los 
Atlantides el año del mundo 1902; otras se han 
encontrado en el Estado de Rodé Island, en New - 
'p07't, en Connecticut, en StaUeroh^ en el de Ver- 
mont en Brotlelwrough , y en el septentrional y 
parte occidental del lago Erie con muchas inscrip- 
ciones. 

El conservar la memoria de algún suceso por me- 
dio de inscripciones en las rocas era usado comun- 
mente entre los egifcioB: muhas de estas inscrip- 
ciones se han encontrado en las rocas de Isamhouh 
y las que se hallan desde Pñoe á Sijena sobre su- 
cesos militares, tales como la victoria ganada á los 
Libios por Tonthemois I y la conquista de los etio- 
pes por Amenofis III (Memnon) (2) En el monte 
Sínaise han encontrado también algunas. 

Se ha hecho por un escritor (3) la observación, 
de que en la raza de los asirios habia la propen- 
sión de esculpir fíguras c inscripciones en la su- 
perficie y en la pendiente de las montañas. Las 
paredes las llenaban de escenas históricas, cere- 



(2}History of tb€ State of New York by Mr. Yaler 
and Maltón, p. Sfi. 

(2) Champolion. Hist. desc. y pint. de Egipto, t, 2, 
pág. 254 y 250. 

(3) Gotíiueau. Essai sur rinegalité des races humai- 
nes, t. 1, liv. 2, chap. 2. 



— 3t>3— 



monias religiosas, y detalles de la vida privada, 
esculpidas en el mármol y en las piedras. 



§2. 



Este fué por mucho tiempo el único medio que 
se empleaba para escribir. Después comenzaron á 
usarse planchas de algunos metales, cuya fundi- 
ción y preparación era ya conocida, tales como el 
cobre (1) y el plomo. (2) 

Los artículos de la liga ofensiva y defensiva que 
los Romanos celebraron con los Judies, cuando 
Judas Macabeo les envió una embajada, se escri- 
bieron sobre tablas de bronce, y así fueron envia- 
das á Jerusalem. (3) 

Empleáronse igualmente tablitas de n^adera dis- 



(1) Tito Livio. III. 57. 
—Tácito. An. IV. 43. 
—Ovidio, Met. 1. 1. 

(2) Plinio. XIII. 2, secc. 21, p. 689. 
—Job. XIX. 23 y 24. 

— Paus., 1. 9, c. 31. 

(3) Machab., c, 6, citado ea la Hist. gen. des cerem, 
et moeurs de cout, relig. de lous les peup, du mond., 
&c., par M. il. l'Abbe Banier y l'Abbe Mascricr, tom. 6, 

'"°Partie, chap. 32, pág. 150. 

ESTUDIOS — TOMO II — 48 



—364— 

puestas al efecto. (1) Los romanos las untaban de 
cera, y escribían en ellas con punzones de hierro, 
cobre, ó hueso: reunidas y atadas formaban un li- 
bro llamado codex (2) ó coudex. Alas tablitas suce- 
dieron las hojas de palma, y en seguida lá corteza 
finay delgada de los árboles. (3) El tilo, el fres- 
no, el castaño, el álamo blanco, el olmo, Scc, sir- 
vieron para esto. (4). 

Plinio dice, que antes del uso del papel se es- 
cribieron los mandamientos públicos en plomo, y 
los particulares en hierro. 

Tito Livio (5) habla de ciertos libros de tela lin- 
tei libri, en los cuales se escribían los nombres de 
los magistrados y la historia de la Repi'iblica. 

Si el grabar los gerogiíficos y caracteres en pie- 
dra, era tan general entre los pueblos de la anti- 
güedad, hasta el grado de estar ya en uso antes 
del diluvio (G), no puede servirnos de dato para 
juzgar de dónde traería su origen esta misma prác- 



(i; Isaías. XXX. 8. 

— Horatio. Art. poet. 3Í^J. 

— Galmet, t. 1, p. 32. 

(2) Varroii, lib. 3. De vita populi roraani. 
— Séneca, lib. de brevitate vite, cap. 21. 

(3) Plinio, lib. XIII, cap. H. 

(4) Bibjia do Vence. Disertación sobre la materia y 
forma de los libros, tom. 11, § 3, pág. 33. 

(5) Tito Livio. Déc. 1, 1. 4 y 10. 
(6j Josefo. Antiq. lib. 11, cap. 3. 



—36b— 

tica adoptada por los palencanos, y solo podemos 
deducir su muclia antigüedad, puesto que fu^ 
abandonándose á medida que se iba extendiendo 
la escritura, y empleándose otras materias para los 
escritos de aquel tiempo. 

Si sobre los habitantes del Palenque nos hubie- 
se quedado algo más que las ruinas que nos ocu- 
pan, podria saberse á punto cierto, qué otra clase 
de materias usaban para escribir, pues aunque es 
presumible que empleasen en esto las hojas y cor- 
tezas de los árboles, la piel ce los animales, lien- 
zos y tablitas enceradas, porque todos estos medios 
se usaban desde la más remota antigüedad, (1) y 
fueron conocidos y empleados muchos de ellos por 
los mexicanos y demás razas que habitaron este 
continente (-); podria ministrarnos alguna luz pa- 
ra las observaciones que se hicieran fundadas en 
tales datos; pero nada se ha encontrado ni descu- 
bierto hasta ahora, y es preciso reducirse á puras 
conjeturas, que nos aproximen más ó menos á la 
verdad. 

El papel que usaban los mexicanos, según Clor 



(\) Plinio, 1. 13, sec. 21. 

— Isidor. Orig. 1. 6, c. 12. 

— Galmet. t. 3, pág. 4S. 

(2) Acosla, 1, 7, c. 24. 

— Conquete du Pnru, t. I, p. 21. 

— Voyage daus la baye de Iludsoü, 1. ", p. 271 c 



—366— 

vijerOj era de cierta especie de maguey, de palma 
d& isjotl, de la corteza sutil de ciertos árboles pre- 
parada con goma, de seda y algodón, y de pieles 
adobadas; lo conservaban en rollos ó plegado como 
hiomhos. 

ViUaguiierre depone de la existencia entre los 
üxaeses de libros hechos de corteza de árboles, en 
cuyas hojas, que á manera de biombo se cerraban, 
abrían ó desplegaban, estaban escritas sus histo- 
rias con figuras y geroglíficos. (1) El P. Román 
en su República de los indios, foL 64, citando al 
P. Jiménez dice, que los dominicos de Chiapas y 
Guatemala entregaron á las llamas varios mapas 
del diluvio y otras antigüedades de los indios. 
Boturini deplora esta destrucción de mapas y esta- 
tuas, como la pérdida de un gran tesoro literario. 
(2) Los mayas, ó antiguos habitantes de Yucatán, 
hacian j?¿íj;eZ, según Landa (3), de las raíces de 
un árbol, al que daban un lustre blanco. La for- 
ma de sus libros era larga, colocando entro desta- 
blas muy galanas las hojas en que escribían, áo- 
hldiáaLS con pliegues, escritas de una y otra parte 
en columnas, según los pliegues. Llamábanse es- 
tos libros Analti. 



(1) Villagutierre, 1. 7, cap. 1, § 20. 

(2) Boturini. Idea de una hist. gen., etc., n. 19, pág. 
120. 

(3) Landa. Relación de las cosas de Yucatán, § 7, 
pág. 44. 



—367— 

« Independientemente de las leyendas grabadas 
sobre piedra, y sobre madera, dice Morelet (1), 
existian entre los mayas verdaderos libros, en que 
figuraban la marcha de las estaciones, los anima- 
les, las plantas útiles, y la topografía del país.» 

Stephem dice (2) , que en Mani (Yucatán) fue- 
ron quemados en 1571 interesantes monumentos 
ó Uhros escritos en antiguos caracteres, que conte- 
nian sin duda datos históricos de mucha impor- 
tancia. 

El respetable testimonio de los historiadores 
prueba, como se ha visto, la existencia antiguado 
Uhros en este continente, ó lo que es lo mismo, 
que la escritura habia salido ya de su primitivo 
estado, y que más extendida, habia superado la 
dificultad que al principio embarazaba tanto su 
uso, conociéndose el empleo de varias materias pa- 
ra consignar en ellas los hechos, por medio de ca- 
racteres permanentes y duraderos. Si los habitan- 
tes del Palenque hicieron uso de esos medios, que- 
da todavía por resolver si desde el principio traje- 
ron consigo su conocimiento, ó si lo adquirieron 
después con la comunicación casual, ó reiteríída, 
con alguno de los pueblos del mundo antiguo que 
entonces existian con explendor. 

(ij Voyage dans rAmerique céntrale, lisie de Cuba 
el le Yucatán, t. I, chap. 8, p. 101. 

(2) Incidents of travel in Yucatán, vol. 2, chap. IN 



--3'68— 



No hay noticia de que el pai')el fuese conocido, 
á pesar de la grande antigüedad del que se hacia, 
bajo el nombre de fa'pirus ó MUos de los egipcios; 
pues según CJiampolion se han encontrado, her- 
méticamente cerrados y depositados en las tumbas, 
contratos escritos en papirus con caracteres egip- 
cios anteriores á Moisés, y cuya data no baja de 
3,b00 años. 

«El fapirus era una especie de caha^ que crece 
á las orillas del Nilo. El tronco de esta planta se 
compone de muchas hojas, puestas unas encima 
de otras, y se desprenden y separan con una espe- 
cie de aguja. Se las extiende después sobre una 
tabla mojada de la anchura que se queria dar á la 
hoja; se cubre esta primera lámina con una capa 
de cola muy lina, ó de agua cenagosa del Nilo, 
calentada y preparada con este objeto; después se 
pone una segunda lámina de hojas de papel sobre 
esta cola^ y se deja secar todo al sol. Las hojas del 
papiru, que están más próximas al corazón de la 
planta, son las más linas, 3' se hacia de ellas el pa- 
pel fino, que se llama papel de Augusto, -papirus 
Augusto. Las hojas que estaban inmediatamente 
después de estas primeras, servían para hacer un 
papel menos fino que tenia el nombre de papel de 



—369— 

J ulio, papinis Julio. El Emperador Claudio inven- 
tó una tercera especie menos fina que el papel de 
Augusto, y menor grano que el de Julio, y se lla- 
mó papel de Claudio, pap/ras (Haudio.)> (1) 

Conquistado el Egipto por ios árabes é interrum- 
pido su comercio con Europa y el imperio de Cons- 
tan tinopla, con quienes habia estado en relación, 
se escaseó el papel, y se le sustituyó por de pron- 
to con el per [lamino (2) , llamado así por la ciudad 
á&Pérfiíniío, úhienrjiemhrana, porque es hecho del 
cuero que cúbrelos miembros de los animales. 
Atribuyen algunos su descubrimiento á haberse 
prohibido por uno de los Ptolojneos la extracción 
del papel de todos sus dominios, con objeto de pri- 
var de él á Fiütiencs, rey de Pérgamo, á causa de 
el empeño que en él notaba por aumentar sus bi- 
bliotecas. (3) Sin embargo, el crecido costo del 
pfi'fioi/iitirt^xl^x dificultad de conseguir todo el 
que se necesitaba |)ara el consumo, hizo que bien 
pronto se empleara el papel de aU/odon, el cual se- 
gún Ada7ns ya se conocía desde tiempo inmemo- 
rial en la India y en la China, de donde pasó á la 
parte oriiMilal de Europa, y después á España, 
Francia, e Italia. (4) Opina Juan Andrés que el 

(1) Biblia de Veucé. Disertación sobre i ; ria y 
íorma do los libros antiguos, v^ 4, pág. 34. 

'^'2) Juan Andrés. Origen, progresos y estado actual 
de la literatura, tom. 1, cap, 7, pág. 209. 

(3) Adaras. Antigüedades romanas, tom. 3, pág. 102. 

(4) ídem, Ídem, pág. 104. 



--370— 

papel fué inventado en la China, y en las provin- 
cias más orientales del Asia, y se hacia de algodón 
y seda. (1) Mo7itfaucon cree que el uso del papel 
de algodón comenzó en el imperio de Oriente el si- 
glo IX, (2) de cuya opinión es tamhien MaíTei. (3) 
Afirman algunos que á principios del siglo VIII, 
esto es el año de 706, fué introducido en Meca. Dil- 
Ralde, hablando de la China dice, que desde el si- 
glo VII, ya se pagaba al emperador tributo por el 
papel que se hacia de capullos de seda, (4) que de 
China se introdujo en Persia, de ésta á Meca en 
706, y después á los demás países á donde fué co- 
nocido. 

El papel de algodón fué llamado cliarta Bomby- 
ciña. Es mejor que el hecho de papinis, más pro- 
pio para escribir y de mayor duración. El manus • 
crito más antiguo de papel de algodón se cree que 
és de IOdO. Montfaucoíi cita documentos escritos 
en papel de algodón en los años de 1 1 02 y 1 11 2 (o) . 
Tirahosclii dice que el painel de lino, se debe á la 
ciudad de Trevige y á Pace de Taviano, y que 



(1) Juan Andrés. Origen y progresos de la hteratu- 
ra, tom, 1, cap. 10, pág. 370. 

(2) Monfaucon, Paleografía griega, 1. 1, cap. 2. Aca- 
demie des inscriptions, tomo 9. 

(3) MaíTei. Historia diplomática, pág. 77. 

(4) Du-Halde, tomo 2, 

(5) Paleografía griega, lib. 1. cap. 2. Disert, sobre el 
papel, tomo 9. 



—371— 

empezó á usarse á mediados del siglo XIV. (1) Es- 
caligero pretende que el papel de lino fué inven- 
tado por los alemanes. (2) Por los códices más an- 
tiguos, de que hacen mención los autores, encon- 
trados en Inglaterra, It<alia, Alemania, y Francia, 
parece qne el papel de Uno q^ del siglo XIII, no 
obstante que los más de ellos son del XIV. 

Las investigaciones del docto Mayans, del eru- 
dito Bayer, y otros, dan á conocer cuan antiguo es 
en España el papel común y el de lino. /Sarmien- 
to fija su introducción en 1260. En la ciudad de- 
Xa ti va, del reino de Valencia, babia una fábrica 
de papel, según el testimonio de un geógrafo an- 
tiguo y de un autor árabe, y se cree que fué de Z/- 
no^ por la abundancia con que se producia en esta 
ciudad, donde no se introdujo el algodón sino has- 
ta el siglo XIV. (3) 

Alemania, Inglatera, é Italia buscan la antigüe- 
dad de su papel entrado el siglo XIV. La Francia 
cuenta un manuscrito disputado del siglo XIII. 
La España conserva muchos de este mismo siglo, 
y no pocos del siglo XII, en los archivos y biblio- 
tecas públicas y privadas. (4) 



(1) Storia della lilteratura itaUana. tom. b, Ub. 1, 
cap. 4. 

(2) Apud. Fabr. BibH. ant., pág. 21. 

(3) J. Andrés. Historia do la literatura, tom. 1, cap. 
10, p. 392. 

(4) ídem, idem. 

ESTUDIOS — TOMO II — 49 . 



§4, 



Entre los mexicanos el papel se hacia de pen- 
cas de maguey^ que echaban á podrir y sacaban 
nn hilo, que lavado y ya blando, extendían para 
componer el papel de que liacian uso, grueso ó 
delgado, según el destino que le daban, bruñén- 
dolo después para poder hacer en él sus pinturas. 
Usaban también de hojas de palma delgadas y 
blandas como la seda. (1) 

Sobre esto tenemos también la autoridad respe- 
table de dos escritores notables, Clavijero y Pres- 
cott. 

Clavijero dice (2) que « pintaban sobre papel, ó 
pieles adobadas, ó telas de hilo de maguey, ó de 
palma llamada icjotl. Hacian el papel con hojas 
de cierta especie de maguey, macerándolas antes 
como cáñamp, y después lavándola^ extendién- 
dola y puliéndola. También lo fabricaban con la 
palma icjotl\ con la corteza sutil de ciertos árbo- 
les preparada con goma; con seda, con algodón, y 



(1) Bolui'iüi. Catálogo del Museo Histórico, § último, 
n. 2. 

(2) Clavijero. Hist. ant. de México, tom. 1, lib. 7, 
pág. 567. 



—373— 

con otras materias, aunque ignoramos las mani- 
pulaciones que empleaban en este género de ma- 
nufactura.» El papel, que de esta manera se fa- 
bricaba^ era bastante semejante al cartón de Euro- 
pa, mucbo más blando y liso y podia cómodamen- 
te escribirse en él. Los pliegos eran muy grandes, 
y los conservaban en rollos ó plegados como los 
biombos. 

Prescott majúíiesía (1) que «sus manuscritos 
estaban hechos en telas de diferentes clases: unas 
veces de algodón, otras de pieles de animales per- 
fectamente preparadas; para escribirlo se vallan de 
una composición de miel ij goma, pero para las 
obras más finas usaban de hojas hechas con el 
agave americano, llamado por los naturales ma- 
guey, que crece con abundancia en las mesas cen- 
trales de México. Fabricaban con él una especie 
áa pergamino parecido aipapirus de los egipcios, 
y cuyo papel, cuando estaba bien fabricado y pu- 
limentado, dicen que era más suave y hermoso que 

el pergamino. » Algunas veces las 

hojas estaban enrolladas; pero más frecuentemen- 
te formaban volúmenes de un tamaño moderado, 
entre dos tablas de madera, lo cual les daba el as- 
pecto de un libro. 

Habia gran copia de estos manuscritos , que fue- 



(1) Prescolt. llist. de la Conq. de México &c., 1. 1 
lib. 1, cap. 4, pág. 60. 



—3 Vi- 
rón quemados y destruidos como se ha dicho, por 
el celo indiscreto de algunos prelados religiosos, y 
por la ignorancia y superstición de los conquista- 
dores, que no conocían el valor de este tesoro en 
los anales de la humanidad. 

Los itzaeses, como se ha visto, tenian libros he- 
chos con cortezas de árboles, cuyo uso en el anti- 
guo mundo se remonta á los siglos más remotos, 
pues en el libro de Job se habla de rollos de ellas 
destinadas á escribir. (1) 

Al pasar las tropas rusas en 1721 por el pais de 
los calmucos, encontraron una librería cuyos vo- 
lúmenes estaban compuestos de hojas de árboles, 
con un barniz que hacia aparecer blancos los ca- 
racteres que, reconocidos en Paris, resultaron ser 
tibetanos. (2). 



§ 5. 



De estos hechos puede inferirse con algún fun- 
damento, que no siendo conocido el papel en estas 
regiones, la época en que fueron pobladas es ante- 



(1) Job. 31— 3o— 80. 

(2) Tomo 3 de las Ins. de la Academia Real de las 
iasciipciones citado por Martinetli en su Gollezionc 
cUeicft, 1. 1,§24, pág. 856. 



/— 37:ó— 

rior á este precioso descubrimiento, y con poste- 
rioridad no tuvieron relación con las naciones don- 
de su fabricación y su uso eran conocidos; pues in- 
dudablemente babrian adquirido este conocimien- 
to. Y con tanta más razón así hubiera sucedido, 
cuanto que en muchas partes abunda la materia 
de que podia ser fabricado; y tal abundancia, se- 
gún acontecía en los países conünantes de Egipto 
y Arabia, donde el algodón según Plinio (1), era 
producto común de un arbusto, que allí se daba 
con facilidad, habría influido en que de él se hi- 
ciera el papel, como se verificó entre los árabes. 
No puede eso, pues, atribuirse á otra cosa, ya que 
entre los habitantes de América hemos encontra- 
do algunos de los conocimientos que poseían las 
demás naciones, y aun prácticas, usos y costum- 
bres notoriamente suyas. 

Pondré fin á este capitulo haciendo mención de 
algunas inscripciones: la antigüedad registra mu- 
chas^ bien notables por cierto bajo el punto de vis- 
ta gráfico é histórico, que el tiempo y los trabajos 
arqueológicos han ido descubriendo. 

En el templo de Apolo Amycleo en Laconia, cons- 
truido 200 años antes de la guerra de Troya, des- 
cubrió el Abate Foiirmont una de caracteres grie- 
gos en bustrofeda traducida por el Abato JSarthc- 



(1) Plinio, XIX, cap. 1. 



—376— 

lemy (1 ) ; se hallaron después otras de la misma cla- 
se en las propias ruinas de Amyclea; especialmen- 
te la de un bajo relieve en mármol de un joven 
atleta que dio á conocer Bernard de la Bastie (2); 
la que copió Tournefort de la base de una estatua 
de la isla de Deler, y que se vé en la Paleografía 
griega de Montfaucon; (3) las encontradas en la 
vía Apia sobre dos columnas del tiempo de Anto- 
nino Pío, para dar á conocer la relación de las letras 
áticas con las romanas: (4) y la descubierta por 
M. Galland en 1671 en una iglesia de Atenas. (5) 

En caracteres orientales se han encontrado al- 
gunas muy interesantes, que han sido objeto del 
estudio é investigaciones de los hombres de le- 
tras, entre otras la fenicia hallada en las ruinas de 
Citium, cuya explicación se debe al Abate Barthe- 
lemy en 1758 (6), de que se ocupó el Dr. Swinton, 
lográndose la ventaja de conocer por ella doce le- 
tras del alfabeto fenicio. 

Otra inscripción también /e;¿¿>/<^ conservada en 
Malta publicada en 17o3 (7), dio ocasiona unadis- 

(1) Mem. de l'Acad. des Inscr. etBel. Let., t. 39,pág. 
129 et suiv. 

(2) Nouv. tresar des inscrip. antiq. de Muratori, 1. \, 
pl. 2. 

(3) Palcographie grequo, pág. 122. 

(4) ídem, idem, pág. 141. 

(5) ídem, idem, pág. 135. 

(6) Mem. de la Acad. des Inscrp. ct Bell. Lclr., t. 30. 

(7) Mem. de Trevoux, 1736. 



—377— 

cusion científica entre varios literatos de aquella 
época, inclusos el Dr. Swinton y el Abate Barthe- 
lemy. 

No son menos interesantes las ;;¿^/w^erM?^íí5, con- 
tenidas en la obra de Dawkins y Wood (1), y otras 
explicadas por el Abate Bartli en sus investigacio- 
nes sobre el alfabeto y la lengua de Palmira, y por 
elDr. Swinton en las Transacciones filosóficas (2). 
y las encontradas por Pococke en el monte Si- 
nai. (3) 

Muchas de estas inscripciones lian sido de gran- 
de utilidad, y en medio de las tinieblas que rodean 
las primeras edades del mundo, se obtiene por me- 
dio de ellas <( un rayo de luz y un misterio me- 
nos,» como dice el Abate Barthelemy, (4) que tan- 
to se dedicó á esta clase de investigaciones. 

Los momimentos rúnicos presentan igualmente 
en esta línea cosas dignas de notarse: las rocas de 
S\iecia estaban llenas de ¡//sfripcíoues, algunas 
muy antiguas; Wormices hizo de ellas una colec- 
ción, (b) 



(1) Ruines de Palmyre. — Lond. 1753. 

(2) Transad. Philos., tom. 48— 1734, pág. 698—71 7 y 
an. 1766, p. 4. 

(3) Tom. 1 de ses Voyages,.pl. 44 — 45. 

(4) Mem. de la Acad. des Insc. et Bel. Let., tom. 4o 
in 13, p. 200. 

(5) Dánica Litteratura. 1630 in fol. 



—378— 

De mencionarse son las romanan é itálicas de 
tiempos remotos, tales como la de Duilios, á quien 
se erigió el célebre monumento conocido con el 
nombre de Columna Rostral, por la victoria naval 
que alcanzó sobre los cartagineses; la de Cor- 
nelio 8ci]}ion, venidas de Corsé y Alerie, del 
templo de la Tempestad, encontrada en Roma en 
1 615 al hacerse escavaciones cerca déla Puerta 
Carpena, y la ^^AtilioCalatino, quien mereció los 
elogios de Cicerón, basta llamarlo el « primero de 
su siglo.» 

Pasaré por alto, por no extenderme demasiado, 
otras inscripciones etruscas y pelásgicas, y las 
contenidas en las medallas griegas, hebraicas, sa- 
mari tanas, caldeas, ¡íartas, oseas, phenicias, y 
romanas, de que se han ocupado los sabios intér- 
pretes que tanto han enriquecido con sus obser- 
vaciones la historia y la literatura. 



CAPITULO XXXI. 



, Falta de datos sobre el sistema numérico de los pa- 
lencanos: el de los tzendales: el de los egipcios: los 
i,'riegos: origen de las cifras actuales: imperfección 
de la numeración antes de la propagación de las ci- 
fras. — 2. Aserciones de Paw: sistema numérico de 
los mexicanos y de los otomíes: el de los albauos, y 
de un pueblo de Tracia. — 3. Antigüedad de la nume- 
ración: su invención: su progreso entre los griegos. 
— 4. Procedencia délas cifras do los árabes: opinión 
de Huet acerca de esto. — 5. La falta de los signos de 
los palencanos priva de un dato importante para juz- 
gar: signos de los egipcios: semejanza entre su modo 
de contar y el de los tzendales. — G. los mexicanos se 
valieron para esto de geroglíficos, los peruanos de 
quipos, los tzendales de los signos con que escribían: 
los griegos y las demás naciones no tuvieron por mu- 
cho tiempo caracléres numéricos. 



§1 



La ignorancia de lo que contienen los caracteres 
grabados en las ruinas del Palenque, y la falta de 
datos sobre sus habitante?, nos impiden también 

ESTUDIOS — TOMO II — 50 



—380— 

juzgar acerca de su sistema numerario. Suponien- 
do, sin embargo, que fuese el mismo, ó parecido 
al que usaban los pueblos que componían la Pro- 
vincia de Tzendales, puede afirmarse que con él 
podia contarse y expresarse cualquiera cantidad, 
por grande que fuera. En su idioma tenian pala- 
bras que combinadas entre sí, abrazaban todos los 
números con que hoy se expresan las cantidades 
en las naciones cultas. Su sistema numérico se 
componía de números menores y mayores, que 
más propiamente pueden llamarse simples y com- 
puestos. Los primeros son desde uno hasta diez, y 
los segundos desde diez para arriba. No se sabe 
que tuviesen signos particulares para escribir las 
cantidades; y si no los tenian, es indudable que 
tampoco conocieron el uso y valor de la posición 
de los números, y la progresión décupla ^ que tan 
sencillo, fácil y admirable hace el sistema actual 
de numeración. Lo ignoraban los egipcios; los grie- 
gos recibieron de los árabes las cifras de que hoy 
se hace uso; y puede decirse, que hasta que se pro- 
pagaron éstas no salió el sistema de numeración 
de la imperfección que tenia. En tiempo de Aris- 
tóteles ya casi todas las naciones usaban diez nú- 
meros para contar. 

El modo como lo verificaban los tzendales, era 
expresar el número hasta diez con el nombre cor- 
respondiente, y de diez para arriba contaban acom- 
pañando éste con uno de los simples, que desig- 
naba las unidades. Asi para expresar once, decian 



—381— 

diez y uno; doce, diez y dos; trece, diez y tres, 
hasta llegar á veinte, que expresaban con la pala- 
bra tah ó tom. Seguían el mismo órden^ aüadien- 
do los números simples hasta contar otros veinte. 
A esta cantidad de cuarenta la llamaban dos vein- 
tes; á la de cincuenta, cinco veintes; á la de se 
senta, seis veintes, hasta llegar ¿i cuatrocientos, 
que expresaban con la palabra voc ó vac^ que era 
un sontle. De esta cantidad para adelante seguían 
el mismo sistema hasta llegar á ochocientos, que 
componiaii dos sondes, continuando la cuenta por 
sontles hasta ocho mil, que eran veinte sontles, y 
llamaban xiquípil. Cuando llegaban á cuatrocien- 
tos xiquipiles, llamaban un sontle de xiqíiipües. 
Asi seguían multiplicando hasta llegar al xiquiiñl 
de xiquijyiles, como nosotros hasta el cuento de 
cuentos. 

Los mayas ó indios de Yucatán, contaban de 
cinco en cinco, y de cuatro cincos hacian veinte: 
sus caracteres eran veinte: los primeros de los cua- 
tro cincos que formaban veinte, servían como nues- 
tras dominicales para comenzar todos los primeros 
dias de los meses de á veinte dias. (1) 



(1) Landa. Relación de h\s cosas de Yucatán, § 34, 
pág. 206. 



"382- 



§ 2. 



A algunos parecerá improbable este sistema^ es- 
pecialmente para los que hayan leido la obra de 
Paw, titulada «Investigaciones Filosóficas,» en la 
cual tuvo la audacia de asegurar, que en ninguna 
de las lenguas de América sepodia contar más allá 
de tres. Respecto de los mexicanos hizo una ex- 
cepción en otra parte de su obra, diciendo que con- 
taban hasta diez. Clavijero lo ha confundido. Bas- 
taba para hacerlo la simple aserción de este sabio, 
tan instruido en la historia antigua de América; pe- 
ro quiso hacer más patente su error, presentando 
el sistema numérico, tal como lo usábanlos mexi- 
canos, con las palabras de que se vallan para ex- 
presar las cantidades en todas sus combinaciones; 
y nos ha dado la figura de los caracteres numera- 
les de que se vallan para expresar todas las canti- 
dades. (1) Afirma, además, que tenia los nombres 
numerales de la lengua araucana y de la otomi, 
que á pesar de ser reputada por una délas más im- 
perfectas, podia expresarse en ella todo número de 
millones. (2) 



(1) Clavijero. Hist. ant. de México, t. 1, lib. 7, pág. 
370. 

(2) ídem, ídem, tom. 2, disert. 6, pág. 278. 



—383— 



El sistema numerario de los albanos, según Stra- 
bon, no pasaba de ciento. (1) 

En Tracia habia un pueblo tan rudo que no sa- 
bia contar más que basta cuatro. (2) 



La numeración es muy antigua entre las nacio- 
nes. Difícil es designar la época de su invención, 
que unos atribuyen á los egipcios, tan adelantados 
en la astronomía, para cuyos cálculos es indispen- 
sable la aritmética (3), y otros á los fenicios, pue- 
blo dado al comercio, ('i) Es presumible que los 
babilonios la conocieran, así como los chinos, que 
desde los tiempos más remotos ya tenian nociones 
de ella, (b) Los griegos la perfeccionaron mucho, 
dando á conocer multitud de operaciones, y com- 
binaciones curiosas y útiles. Sus prog'resos ha- 



(1) SlraboD, lib. 11, pág. 7G7. 

(2) Barthelemy. Viaje del joven Anacarsis, t. 3, cap. 
31, pág. 161. 

(3) Platón inPhedra, pág. 1240. 
— Laert. in proem. sign 11, p. 8. 

(4) Strabon, lib. 17, 

— Porfirio in vita Pybgoi. 
— Proelo Comer, in Eud. 

(5) Martini, Hist. de la China, 1. l,pág. 38, 



■—384— 

brian sido más rápidos si por mucho tiempo no 
hubieran ignorado las cifras árabes; pues para ex- 
presar la unidades, decenas, y centenas^ usaban 
de diferentes letras, y esto hacia embarazosas y 
complicadas las operaciones. 



§4. 



Estas cifras que los árabes tomaron de los indios 
en el siglo VIII (1), y que después se extendieron 
por toda la Europa^ formaron una verdadera revo- 
lución en las matemáticas. Creia Huet que no 
traian su origen ni de los árabes ni de los indios, 
sino que eran caracteres griegos alterados^ y cor- 
rompidos por la ignorancia de los escribientes (2) ; 
pero su opinión está en contradicción con la de 
muchos escritores respetables, entre otros Kir- 
cher (3), y Papebrochio (4), refutándolo el Abate 
Juan Andrés con sólidos y fundados razonamien- 
tos. (S) 



(1) Juan Andrés. Origen y progresos de la literatu- 
ra, tom. 7, cap. 2, pág. 09. 

(2) Huet. Dem, Evang. prop. IV 

(3) Kircher Arlmet, part. 1, cap. último. 

(4) Papebrochio. Tract. prel. ad tom. 3, maj paser 13. 
(b) Juan Andrés. Origen, progresos y estado actual 

de la literatura, tora. 1, cap. 10, pág. 407 y sig. 



—385— 

Al recorrer el sistema numérico de los pueblos 
de la antigüedad, se encuentra uno con la prefe- 
rencia y predilección que tenia el número doce en 
muchos de ellos. 

Este número, puede decirse que era sagrado y 
misterioso en toda la antigüedad. Doce eran los 
signos en que estaba dividido el cielo: doce los 
grandes Dioses de Egipto, que de él recibieron 
Grecia y Roma. tSolon adoptó este número duode- 
cimal, y lo mismo Platón: Licurgo dividió su Re- 
pública en doce tribus; los Etruscos en doce canto- 
nes: Y Chin á la China en doce Tclieoii. 

Los pueblos del Norte tenían sus doce aros ó 
Senado de grandes dioses, cuyo jefe era Odin: los 
Japoneses también contaban en su mitología doce 
dioses: los pueblos de la ^/w/m formaban una con- 
federación de doce ciudades; y doce ciudades de la 
Jonia se reunieron para formar un templo común. 

Lob Romanos colocan doce altares al pié de Ja- 
no, genio tutelar, y cabeza de las revoluciones ce- 
lestes, y doce escudos sagrados en el templo de 
Marte. 

Varron habla de las doce diosas y de otras doce 
deidades miradas como genios tutelares de la agri- 
cultura. 

Los Babilonios, según Herodoto, hicieron de 
doce codos la famosa estatua de oro macizo, que 
colocaron en su templo. 



—386— 

Cecrops dividió á los Atenieses en cuatro partes 
ó trlhis, y á cada una de éstas las subdividió en 
tres pueblos, que formaban el número doce^ que 
era el de los signos del Zodiaco. 

Doce eran los Kctores que instituyó Rómulo pa- 
ra acompañar siempre al primer magistrado de los 
romanos. 

Adriano erigió en Jerusalen un soberbio edifi- 
cio llamado Dodecapilone ó sea templo de doce 
puertas. 

En el apoteosis del rey del Japón, hacen pasar 
el cadáver sucesivamente por doce sepulturas, se- 
gún el P. Kircher cuya ceremonia se asemeja al 
apoteosis de Hércules, de que hace mención San 
Ciernen te de A lejandría . 

Los antiguos pitagóricos eligieron el dodecaedro 
para representar el mundo, « y los antiguos astró- 
logos, dice Ifjimo lo han reducido todo al número 
doce, sean meses, signos del Zodiaco ele, doce eran 
las esferas, doce los genios que presidian al orden 
del rmmdo, doce los rios del infierno, según la mi- 
iologia de los píieMos septentrioíiales, y doce las 
potencias de los maniqueos, llamados Foni.y> 

También el número siete se miraba con singu- 
lar veneración, reputándose como complemento de 
una cosa á que nada falta. 

"■Ahraliam hizo un presente á Ábimelec de sie~ 



^387— 

te carneros para que se ofreciesen en holocausto al 
tSeíior: los amigos de Joh, aunque no eran hebreos 
sino idumeos, ofrecieron en sacrificio siete becer- 
ros y siete carneros. David hizo inmolar el mis- 
mo número de víctiíjias en la traslación del Arca: 
la Semana es de siete (lias: siete semanas designan 
la fiesta de Pentecostés: en el Apocalipsis vemos 
siete candeleros, siete sillas, sirte á/n/eJes, siete es- 
trellas etc. 

El número siete se toma por un número inde- 
terminado, ó por lo mismo que muchas veces ó mu- 
chos (1); así traduce la Vulgata (2): setenta veces 
siete es un modismo para denotar siempre, como 
se vé, (3) y también en Job: en este sentido se di- 
ce en castellano pagar con las setenas. (4) 

En América se vé también esta predilección por 
un número determinado. Algo se ha hablado de 
esto en uno de los capítulos anteriores, dando á co- 
nocer el papel principal que hacia el número 13 



(1) P>. cxvii. 04. 
—Lev. XXVI. 28. 

(2) I Reg. ii— 5. 

(3) Gen. IV. 24. 
— M?th. XVIIÍ. 22. 
(/í) Ruth. IV. lo. 
— Prov. XXVI. It). 
— ?s. XI. T. 

— Jor. XV. 9. 

— Math. XVIII. 22. 

ESTUDIOS — TOMO II — bl 



—388-. 

en todos sus cálculos y arreglos cronológicos, con- 
siderándolo como siml3Ólico y cabalístico. 

Entre los indios que poblaron la península de 
Yucatán era sagrado este número, y «procuraron 
usarlo y conservarlo ingeniosa y constantemente 
sometiéndole todas las divisiones que imaginaron 
para concordar y arreglar sus calendarios al curso 
solar; así es que los días, años y siglos fueron con- 
tados por períodos de trece partes » (1) como se ha 
hecho no lar respecto de los aztecas y toltecas. 



§ o. 



Si los palencanos usaron de algunos signos pa- 
ra expresar los números, y nos fueran conocidos," 
podrían servirnos de dato para juzgar, comparan- 
do su sistema numérico con el de los egipcios, ú 
otros, y deducir su antigüedad. Los egipcios en 
épocas remotas usaron de signos simbólicos, hie- 
ráticos, y demóticos, para expresar las cantida- 
des. Con los primeros tenían que repetir un signo 
muchas veces; por ejemplo para escribir nueve, re- 
petían muchas veces el signo de la unidad. Con 
los segundos' se abreviaba más, pero era necesario 
combinar repitiendo varios números, para escribir 
algunas cantidades. Con los terceros era lo mis- 
mo. Entre este modo de contar de los egipcios y 

(1) Cronología de Yucatán de D. Juan Pió Pérez. 



— asó- 
los tzendales se descubre alguna semejanza, mas 
en los caracteres del Palenque no se encuentran 
signos numéricos parecidos á los que aquellos usa- 
ban. 

No puede puntualizarse desde cuándo era cono- 
cido entre los egipcios el arte de contar, y expre- 
sar las cantidades. Esto serviria de mucho para 
deducir, si de ellos trae su origen el conocimien- 
to que de él tuvieron los antiguos habitantes del 
Palenque. Los egipcios en la aritmética tuvieron 
su infancia, como en las demás ciencias: comenza- 
ron valiéndose de piedrecitas, granos, etc. , para ex- 
presar las cantidades, según lo afirma Heredo to (1) ; 
pasaron después al uso de caracteres, porque co- 
nocieron la necesidad de dar á sus cálculos una 
forma más fija y permanente, para conservarlos y 
sacar de ellos toda la utilidad posible. Los signos 
que al efecto usaron, no fueron sin embargo, ante- 
riores á la escritura; por el contrario, valiéronse 
de ella al principio para dar los primeros pasos en 
el arte de calcular, y después los expresaron con 
caracteres propios. 



§6. 



Los mexicanos expresaban sus cálculos con ge- 
roglíficos. Los peruanos usaron de los í?w2J9a9. Los 

{{) Herodoto, 1. 2, n. 36. 



—390— 

Lzendales, es probable que se valiesen délos signos 
de que formaban su escritura, pues no hay no- 
ticia que tuvieran 'Caracteres numéricos. Tampo- 
co los tuvieron los griegos por mucho tiempo, ni 
las demás naciones conocidas. 

Dá Gama (1) á conocer el sistema numerario de 
los mexicanos. Los caracteres que usaban al efecto 
eran unos puntos gruesos que repetían de cinco en 
cinco, basta llegar á veinte, que se figuraba con 
una especie de laoidera, y era el primero de los 
tres números mayores, de que solamente usaban 
en todas sus cuentas, y «con los cuales y los nú- 
meros dígitos podian contar basia lo infinito. El 
segundo número mayor era cuatrocientos, el que 
figuraba uBdi pluma, y el tercero de ocho mil re- 
presentado en una bolsa ó saquillo» . Al 20 llama- 
ban polmalli que multiplicaban por los dígitos; de 
la multiplicación de éste por sí mismo, resultaba 
el segundo número mayor ¿i 00, que nombraban 
tzontli; y el producto de éste multiplicado por 20, 
era el tercer número mayor 8,000, que llamaban 
xiquipilli. Su aritmética constaba de números dí- 
gitos y compuestos, y con unos y otros se ejecuta- 
ban todas las operaciones de nuestra aritmética 
vulgar, aunque por modos diferentes. Los núme- 
ros dígitos se contaban desde 1 hasta 20, pero los 
separaban de 5 en 5, y solo tenían nombres pro- 



{\ ) Gama. Descripción histórica y cron. de las dos 
piedras, &c. § 1, pág. 15, nota. 



—391 — 

pios las cinco primeras unidades, porque las de- 
más eran un agregado ó ¡¿urna de ellos mismos, á 
excepción de cada número primero, que se distin- 
guía con nombre particular. (1) De las operacio- 
nes que hacian y el modo como las ejecutaban, 
resultaba que lograban el objeto que nosotros con 
las reglas de sumar, restar, multiplicar, dividi- 
dir, etc. 

Gomara habla de esto en el cap. 8b del tomo 1 
de su obra expresando los nombres correspondien- 
tes, y manifestando que hasta seis cada número 
era simple, y después decian seis y uno, seis y dos, 
etc., hasta llegar á diez, y luego continuaban con 
el mismo sistema diciendo: diez y uno, diez y dos, 
hasta diez y cinco: de allí en adelante decian: diez 
cinqui uno, diez seis dos, hasta veinte, por si y 
todos los números mayores. (2) 

Clavijero dice « que con respecto á los caracte- 
res numerales debe observarse que ponian tantos 
puntos cuantas eran las unidades hasta veinte. Es- 
té número tiene su carácter ó figura especial. Do- 
blaban este signo hasta veinte veces veinte, esto 
es, cuatrocientos.» 

El signo de cuatrocientos se repetía hasta vein- 



(1) Gama. Descr. hist. y crou. de las dos piedras. 
Apéndice 2, n. 193, pág. 129. 

(2) Gomara. Hist. de la Conq. de Hernando Cortés, 
tom. 1, cap. 8o, pág. 165— 16fi. 



—392— 

te veceS; ú ocho mil, y éste se repetía con estos 
cuatro caracteres, y los puntos espresaban todas 
las cantidades, á lo menos, hasta veinte veces ocho 
mil, ó ciento sesenta mil. Es de creerse, aunque no 
lo sabemos, que tuviesen otro signo para este nú- 
mero. • 



CAPITULO XXXII. 



, Importancia de la filología para la historia de los 
pueolos y el conocimiento de su origen: cómo debe 
precederse al hacer uso de ese medio indagatorio. — 
2. Multiplicidad de idiomas en el continente america- 
no. — 3. Lengua mexicana. — 4. Laotomí. — 5. Latzen- 
dal: idiomas que se hablan en Ghiapas. — 6. Conjetu- 
ra sobre el idioma de los palencanos. — 7. La lengua 
maya, sus relaciones con la chol, y laotomí. — 8. Pro- 
cedimiento usado por varios autores sobre compa- 
ración de los idiomas de América con los de al- 
gunas naciones antiguas. — 9. Oboervaciones sobre 
las analogías que resultan, y cómo debe procederse 
en las comparaciones. — 10. Reflecciones de Mr. Re- 
naudet acerca de esto: circunstcncias que además de- 
ben tenerse presentes. — 11. Letras de que carece la 
lengua mexicana, diferente valor de otras en la tzen- 
dal, y las que faltan en el huasteco, misteco, tarasco 
y otras: consecuei cias qne se deducen.— 12. Lengua 
primitiva antes de la confusión acaecida en Babel. — 
13. Opinión de varios orientalislns sobre las lenguas. 
— 14. Observaciones sobre la leugua zeud. — 15. Ob- 
servaciones sobre el sánscrito y su semejanza con la 
lengua maya: otras semejanzas que se deducen de su 
denominación: opinión de Prichard y de Valer: paln- 
bras de los dialectos del Brasil, México y varias tri- 
bus de las costas orientales de América, que se deri- 
van del sánscrito: lugares donde prevalece la i'engua 
malaya. — 16. Parentesco y afinidad de las lenguas 
americanas entre sí: importancia de todos estos da- 
tos para la cuestión de origen. 



—394— 



§ 1- 

La filología es de suma importancia para la his- 
toria de los pueblos, especialmente de aquellos que 
se encuentran mezclados entre sí, y cuyo origen 
y procedencia se ignoran. No puede, por tanto, 
desconocerse de cuánto valor es este medio inda- 
gatorio respecto de los antiguos habitantes de las 
ruinas del Palenque, y los demás que han ocupa- 
do la vasta extensión de este continente. 

H De todos los caracteres, dice Prichard, por los 
cuales un pueblo se distingue de los otros, la len- 
gua es el más prominente, y se puede mostrar que 
en muchos casos ha sobrevivido á cambios muy 
considerables en los caracteres físicos y morales. (1) 
Es el medio más seguro que, á falta de otros datos, 
puede conducirnos á la verdad en la cuestión de 
origen, y á veces el único ^ como dice Balbi. no solo 
por ser la lengua el signo característico que distin- 
gue una nación de otra, sino porque las diferencias 
producidas por la variedad de raza, de gobierno, 
de usos,, de costumbres, y de religión, ó no existen 
ó bien ofrecen matices muy imperceptibles.» No 
vacila por tanto dicho autor en establecer « que so- 



(1) Prichard. Histoire naturolle doriiomme, 1. 1, snc. 
lo, pág. 170. ' 



—395— 

lo por el examen de los idiomas que hablan los 
diversos pueblos de la tierra, se puede llegar al 
origen primitivo de las naciones que los habitan. 
La historia no puede guiarnos en esta investiga- 
ción, sino hasta los tiempos á que alcanza, y aun 
eso no es posible, sino respecto al corto número de 
naciones que poseen anales, ó á aquellas de que 
se conservan recuerdos por historiadores extran- 
jeros.» 

Es preciso buscar, por lo mismo, en el estu- 
dio de las relaciones que existen entre las di- 
versas lenguas, la genealogía de los pueblos, que 
debe considerarse como la base de la etnología. 
De él se ha echado mano con buen excito, llegán- 
dose á descubrimientos muy satisfactorios. Para 
lograrlo debe, sin embargo, buscarse la afinidad 
no solo en las voces sino en la gramática. La co- 
munidad de palabras en un número tal, que no 
pueda ser efecto de la casualidad, llega á ser una 
prueba de su identidad, especialmente si se encuen- 
tra apoyada por algunas otras circunstancias ó con- 
sideraciones que alejen todo temor de errar. 

Ksta identidad se hace indefectible é indudable, 
cuando la analogía se deduce del sistema grama- 
tical, y de sus formas principales, de manera que 
la una pueda trasformarse en la otra por medio 
de procedimientos regulares. Para llegar á descu- 
brirla, es preciso no echar en olvido que, supuesta 
la comunidad de origen del género hnmano, y el 

ESTUDIOS — TOMO II — 1>2 



— 39C— 

haber habido un tiempo en que no se hablaba más 
que un solo idioma, existe en todas las lenguas 
una doble afinidad: la primitiva que proviene del 
origen común; y la de familia que resalta en mul- 
titud de palabras que tienen el mismo sentido y el 
mismo sonido, y en las coincidencias sorprenden- 
tes que se advierten en la construcción gramati- 
cal^ como sucede en el persa, el sánscrito, el grie- 
go, y el eslavo. 

Las formas radicales son estables, y dan resul; 
toldos generales; las formas gramaticales varian 
sin cesar, como que provienen de las modificacio- 
nes de los verbos y de los nombres, producidas por 
reglas especiales y variaciones en la sintaxis. El 
examen analítico de unas y otras en la compara- 
ción de las lenguas hará descubrir las emigracio- 
nes de los pueblos, su itinerario, y marcha pro- 
gresiva, sus relaciones entre sí, la mezcla de ra- 
zas, y el parentesco, afinidad, é identidad de orí- 
gen que haya entre ellos. Existe por lo común en 
los pueblos una tendencia á conservar su propio 
idioma, de manera que cuando aparece, aunque no 
esté acompañada enteramente de la igualdad de 
caracteres físicos, que por el clima ú otras circuns- 
tancias sufren algunas alteraciones, puede dedu- 
cirse la comunidad de origen, así como la contra- 
riedad de la fisiología, y de la lingüística consti- 
tuye la diversidad de familia, y la mezcla de va- 
rios idiomas la reunión de diversos pueblos en un 
mismo lugar. 



—397— 

La semejanza de familia, qae dan a conocer las 
lenguas comparadas, resulta principalmente de la 
analogía en la construcción gramatical, y en las 
leyes de combinación de palabras entre sí, ó de lo 
que puede llamarse mecanismo de la palabra. «Su- 
cede generalmente, dice Prichard (1), que cuando 
hay añnidad gramatical entre las lenguas, existe 
también una semejanza más ó menos grande en 
ciertas partes-de su vocabulario.» Verdad es qué 
esta semejanza no se encuentra á veces sino en un 
pequeño número de palabras; pero estas palabras 
serán de un orden particular, tales como las que 
le sirven en su estado primitivo, y expresan rela- 
ciones de familia, como padre, madre, hermano, 
hermana, hijo; nombres de los objetos más nota- 
bles del mundo, palabras que designan las diver- 
sas partes del cuerpo, como la cabeza, los pies, los 
ojos, las manos; y algunos números y verbos, que 
expresan las sensaciones y actos corporales más 
generales, cemo ver, oír, comer, beber, dormir, 
etc. 

Según las investigaciones y trabajos de los filó- 
logos, no so ha conocido pueblo alguno que no ha- 
ya hecho uso de expresiones semejantes, ni tan 
bárbaro, que abandone estas palabras primitivas 
para tomar las de un idioma extranjero; de mane- 
ra que cuando se encuentra en los dialectos esta 



(1) Prichard. Histoire naturelle de rhomme, tom. 1, 
seo. 19. 



—sos- 
correspondencia, debe concluirse que no formaban 
en su origen más que una sola lengua, la lengua 
de im solo ¡niehlo. (1) 

Hay además otra observación, que es preciso te- 
ner muy presente, y es la de que los nombres an- 
tiguos de los luo-ares conservan el recuerdo de la 
población primitiva de un país mucho tiempo des- 
pués de haber desaparecido por el exterminio, la 
fuga, ó la mezcla de los vencidos y los vencedo- 
res. 

Con estas indicaciones puede precederse al exa- 
men del idioma que hayan hablado los habitantes 
de las ruinas del Palenque, comparándolo con el 
de las naciones de la antigüedad, pero, por des- 
gracia, Ja falta de datos seguros, lijos é inequívo- 
cos, nos obligan á formar conjeturas solamente, 
que se aproximen á la verdad, y á recorrer lo que 
nos revelen las lenguas que se hablaban, cuando 
esta parte del mundo fue descubierta, y cayó bajo 
la dominación extranjera. 



i^ -. 



Muchos eran en este continente, como en la In- 
(W'á, los idiomas que se hablaban. Según Glavije- 

(1) Prichard. Hisl, oat. de Thomme, tom. 1, sec. 19, 
pág. 24o y 246. 



—390— 

ro pasaban de sesenta. (1) En Oaxaca solo, dice 
Burgoa refiriéndose a Dávila Padilla, babia diez 
diferentes: el mexicano, el zapoteco, el misteco, el 
nexicba, el cbinanteco, la lengua mije, la zaqui, 
la wabi, la cbontal, y la cuicateca. (2) Además de 
la lengua mexicana bablada por los pipiles, babia 
según Slepbens (3), en toda la costa del Pacífico, 
veinticuatro dialectos peculiares de Guatemala. En- 
tre los peruanos era tanta la diversidad que exis- 
tia, según Pedro Cieca, que cada provincia tenia 
la suya. 

Pero ati como en la india era considerado el 
sánscrito como la principal, y origen de todas las 
demás, así en América deberá buscarse laque ten- 
ga este carácter; pues observando la íntima ana- 
logía y conexión que hay entre ellas, es de creer- 
se que sean otros tantos dialectos de la que usaron 
los primeros habitantes de este continente. 



§ 3. 

La más conocida de todas, por los muchos ma- 
nuscritos que se encontraron, y porque era la que 

(t) Clavijero. Hist. anl, de México, tom. 2, disert. 6, 
páp. 378. 

(2) Burgoa. Geografía descriptiva de Oaxaca. c. 23. 

(3) Stephens. Incident of travel in Central America, 
Cbiapas and Yucatán, tom. 1, chap. 11. 



—400— 

se hablaba ea la corte de Moctezuma^ fué la mexi- 
cana. Suave, abundante, muy expresiva, de es- 
tructura fácil y regular; pues tiene reglas fijas y 
sabiamente calculadas^, se presta á todos los modis- 
mos y aplicaciones, y con ella pueden significarse 
no solo los objetos materiales sino también las co- 
sas espirituales y conceptos metafisicos. (1) Pue- 
de componerse una palabra de dos, tres, y cuatro 
simples, como entre los griegos. Hay varias que 
tienen hasta quince ó diez y seis sílabas: notlazo- 
maJiuizteo'pigcatatzin, que como se vé consta de 
veintisiete letras, quiere decir, c( mi apreciable Se- 
ñor, padre y reverenciado sacerdote.» Es más 
abundante que el italiano en diminutivos y au- 
mentativos, y más que la inglesa, y todas las co- 
nocidas, en nombres verbales y abstractos. Una 
lengua tan rica, tan regular, y de expresiones tan 
hermosas no puede haber sido, como dice Clavije- 
ro, « el idioma de un ¡niehlo bárbaro. y) (2) Fué la 
de los antiguos toltecas, y de las siete tribus na- 
hual tacas, que por todas partes han dejado monu- 
mentos, y grandes recuerdos de su cultura y gran- 
deza. 

El alfabeto de esta lengua carece de las letras 
siguientes: b, c, d, f, g, j, 11, ñ, q, r, s. Tiene de 
más la ch y tz. No hay en ellas nasales^ y ningu- 



(1) Clavijero. Hist. ant. de México, t. 1, lib. 7, pág. 
356. 

(2) ídem, ídem, pág. 353 y sig. 



■—401 — 

na palabra comienza por 1. La pronunciación es 
suave y con voces muy expresivas. Cuenta mu- 
chos sinónimos, pero carece de declinación, y hay 
unes verbos que los gramáticos llaman compulsi- 
vos, aplicalivos, reverenciales y frecuentativos. 

Notable es el trabajo de 1), Francibco Pimentel 
sobre este idioma, formado con vista de los auto- 
res que con más exactitud han escrito acerca de 
él. Figura en su « Cuadro descriptivo y compa- 
rativo de las lenguas indígenas de México,» (1) 
que le han dado tan distinguido lugar entre los 
filóloiros. 



Sobre la lengua o/omí, que es de las más anti- 
guas y usadas ea una extensión considerable del 
país, especialmente hacia el Norte, existen varias 
gramáticas y diccionarios, y la sabia disertación 
del P. Fray Manuel Crisóstomo Nájera, que der- 
ramó tanta luz acerca de ella, descubriendo la gran- 
de erudición, y conocimientos íilológicos que po- 
seía, y que justamente han llamado la atención de 
varios escritores extranjeros notables. Según el 
existe entre esta lengua y el chino, no solo aiini- 
dad, sino un verdadero parentesco, por la seme- 

*' 

(1) Tomo \, pág. 133 y sig. hasta la 216. 



— 402— • 

janza que se advierte en la estructura de uno y 
otro idioma, asi como la hay entre las lenguas del 
Perú y la tarasca de Michoacan. El otomí es una 
lengua esencialmente monosilábica; «pues aunque 
hay algunas voces de dos sílabas, y muy raras de 
tres, en unas y otras cada sílaba es una palabra 
que conserva su significado.» (1) Abunda en /f «9- 
muñimos, y encuéntranse en ella voces para ex- 
presar varias ideas metafísicas, que no tienen re- 
presentación material. «Es un manantial, según 
el P. Nájera, de imágenes poéticas y un depósito 
de analogías filosóficas, que en la misma palabra 
definen la cosa, ó la dan á conocer en sus causas ó 
efectos.» Su alfabeto consta de treinta y cuatro le- 
tras, trece de ellas vocales y las demás consonan- 
tes: su pronunciación nasal, gutural, y aspirada, 
la hace difícil, y mucho más el expresar esos so- 
nidos con letras equivalentes. 



§ o. 



Apesar de los caracteres que reúnen estas dos 
lenguas, su antigüedad y la abundancia de la me- 
xicana que le dá tanta superioridad, si hemos de 
juzgar por los monumentos más antiguos encon- 



()J Pimenlel. Cuadro descriptivo y comparativo de 
las lenguas indígenas de México, tom. 1, pág. 123. 



—403— 

Irados en Ghiapas, la lengua tze/idal debe consiáe- 
rarse como la madre de todos los dialectos que se 
hablan, si no en todo el continente, por lo menos en 
los pueblos de que se componía la expresada pro- 
vincia; pues en todos ellos se encuentran palabras, 
frases, modismos, construcciones, etc. , enteramen- 
te idénticos á los que se usan en la lengua tzen- 
dal. La naturaleza é índole es el mismo, con las 
variaciones que el tiempo ha ido introduciendo, ó 
las alteraciones que sufren los idiomas con las re- 
laciones y comunicaciones de otros pueblos. El 
idioma primitivo de los egipcios, traido de las re- 
giones superiores del Nilo, la lengua copta, que 
algunos le daban una existencia de cuatro mil 
años, no se conservó pura é inalterable después de 
las vicisitudes, é invasiones que sufrieron de los 
persas, griegos, y romanos. Se sabe también 
las alteraciones que produjeron sus relaciones 
con los otros pueblos de la antigüedad. «Las an- 
tiguas relaciones de los asirlos, hebreos, y árabes 
con Egipto, dice Champolion, manifiestan con 
suficiente claridad, por qué el egipcio tiene algu- 
nas frases de sus idiomas, y por qué ellos han adop- 
tado otras egipcias.» (i) Sin embargo, apesar de 
estas variaciones se ha considerado como una len- 
gua madre sin relación con otra alguna. 

De la tzendal^ respecto de las demás que se ha- 

(1) Champolion. Ilist. dcscrip. y pint. de Egipto, t. 
l,pág. 326. 

ESTUDIOS — ^TOMO II— ü 3 



—404— 

biaban en Chiapas, como la tzotzil, chol, quiche, 
cachiquel, lacandon, y otras, puede decirse lo 
mismo; ha sido la fuente común de donde todas 
han nacido; ya se atienda á la abundancia y per- 
fección que se nota en ella, aun corrompida con las 
alteraciones que el tiempo y la comunicación con 
otros pueblos ha ido produciendo; ya á los monu- 
mentos más antiguos que se han encontrado escri- 
tos en este idioma, tales como los repertorios^ ca- 
lendarios, y cícademos historiales, de que hace 
mención el Sr. Núñez de la Vega, (1) la Provan- 
za de Votan, de cuya existencia depone el P. Or- 
doñez; y otros manuscritos que se perdieron, al- 
gunos de los cuales vieron los misioneros, que 
trabajaron en la conversión á la fé, de los habitan- 
tes de aquella provinóia en tiempo de la conquista. 

Nadie podrá negar, por otra parte, que es de su- 
ponerse, que lo primero que en Chiapas se pobló, 
fueron aquellos lugares donde se han encontrado 
esos célebres monumentos de la antigüedad, cuyo 
origen se sospecha, pero que hasta ahora no está 
averiguado. En esta parte es precisamente donde 
se halla la provincia de Tiéndales, conocida como 
tal desde los tiempos más remotos, una de las más 
pobladas y belicosas, y que aun hoy se conoce y 
distingue con este nombre. En toda ella se ha ha- 
blado y habla la lenguu tzendal, ó algún dialecto 



(1j Constituciones diocesanas. Preámbulo n. 32, 
XXVIII. 



—405— 

de los que más se le parecen, lo cual induce á creer 
fundadamente, que el idioma de los primitivos ha- 
bitantes del Palenque fué el tzendal. 

Hay todavía otra prueba más. Las tribus erran- 
tes, que ocupan las montañas y márgenes de los 
rios próximos al Palenque y Ococingo, conocidas 
con el nombre de Lancandones, son consideradas 
por algunos como descendientes de los antiguos 
habitantes de esos lugares célebres, que escaparon 
de algún grande acontecimiento, abrigándose en 
las entrañas y asperezas de los bosques, sierras, 
y quebradas, donde han conservado su libertad é 
independencia natural. Estos indios hablan la 
lengua tzendal, que es también la que usan los 
itzaex, mopanes, coboxes, y otras tribus salvaje^ 
con pequeñas alteraciones, tribus que han vivido 
aisladas y casi desconocidas. Lo que existe no pue- 
den haberlo recibido sino de sus mayores, y de con- 
siguiente el idioma, los usos, prácticas y costum- 
bres, han venido trasmitiéndose de unos á otros. 

Esta lengua tzendal es rica, abundante, y expre- 
siva. Su artificio, sintaxis, y derivación de sus 
palabras, indican las reglas que se observan en la 
formación de todos los idiomas, que reproduciendo 
oralmente el pensamiento, han recibido con el 
tiempo una perfección admirable. Hay en eUa 
voces primitivas, de las cuales se forman otras por 
derivación, ó composición, que sirven á su vez, 
para componer otras palabras, y ensanchar de un 



—406— 

modo prodigioso la esfera de los pensamientos. 
Chicha, por ejemplo, se compone de dos palabras, 
á saber, cM y hct, que ambas significan agua dul 
ce. ühatezmalali, que es lo que los españoles pro- 
nunciaron Guatemala, se compone de cinco pala- 
bras en esta forma U-hate-z-7nal-M, que quiere 
decir cerro que derrama agua; porque U, síncope de 
Ustz, significa cerro, líate, es el relativo que^ z. 
partícula, que cuando precede al verbo, indica ter- 
cera persona, mal, verbo que significa derramar, 
y M, es nombre cuyo significado es agua. A este 
tenor podían citarse otras compuestas de varias 
voces, tales como calmpalam-lia que quiere decir 
agua que cae de lo alto, caquix-lia, agua de gua- 
í^maya; tezhu-mí-lia, agua de gorriones; Mché- 
(^iere decir monte de árboles; coatl-tepetl, céle- 
bre cerro; chaanan, en lengua tzendal significa 
custodio; culhuacan, pueblo de culebras; /wwi, pue- 
blo; sí leña, hoc, hueco; sihoc, palo hueco y tam- 
bién carbón; Tula, que se pronuncia Tul-M, era 
el nombre de un rio. Advertiré de paso, que se- 
gún algunas noticias, que sobre esta lengua tzen- 
dal he encontrado esparcidas en algunos manus- 
critos, la .letra X tiene fuerza de C, y la >6' de 1i, y 
que hay palabras que mudan de significación, se- 
gún el modo como se emplean en la oración, por 
ejemplo, Fa, como preposición de acusativo sig- 
nifica Cu, y como adverbio de allí: 



—407— 



§ fi. 



El padre Ordoñez, que habia hecho un estudio 
formal de ésta lengua, y entendía la mayor parte 
de los dialectos que se hablaban en los pueblos de 
Chiapas, que se supone traen su origen de ella, 
dice que fué la lengua que hablaron los fundado- 
res del Palenque^ que en su opinión vinieron de 
Tripoli, ciudad de Siria, donde se hablaba el an- 
tiguo egipcio, y de consiguiente, de éste trae,*se- 
gun él, su origen la lengua tzendal. 

Para juzgar sobre la fuerza de este aserto, no 
basta la simple comparación de palabras aisladas, 
es preciso, como se ha insinuado antes, entrar al 
examen de los principios constitutivos de cada idio- 
ma, para descubrir sus relaciones y puntos de con- 
tacto, trabajo que por si solo demandarla una de- 
dicación exclusiva. 



§ 7. 



Mr. Waldeck, que ocupó una parte de su obra 
sobre la lengua Maya, haciendo varias explicacio- 
nes y observaciones, que pueden servir de mucho 
para investigaciones filológicas de alguna impor- 



—408— 

tancia, encontró tales relaciones entre las lenguas 
maya y cliol que cree haberse obrado en ellas una 
fusión en época atrasada, manifestando que se sir- 
vió de esta última, para compararla con la otra. (1 ) 
El mismo autor dá una muestra de la lengua ma- 
ya en las palabras siguientes: pixan, que quiere 
decir alma; yacunal^OimoT; coexivü, avaricia; caan, 
cielo; naat, entendimiento; neii, espejo; houlanl, 
frió; üch, fruta; kok, fuego; pecli, garrapata; M- 
holal, conocimiento; can ó cam, culebra; ku, dios; 
hat, granizo; 7noo, guacamaya: olil, interior; ain 
chmam,leig3ivt0j caimán; takus, madera seca; ixini, 
maíz; haa7i, mecate; ¿ot, mudo; cham, muela; acab, 
noche; ta?i, plomo; kukum, pluma; c]m7i, poco; 
halam, tigre; solimán, veneno; mol. dedos de los 
animales; tumbalal, olvido; tzmi. pedernal; chie, 
pulga; mol, recojer; ziziquin, tarde. 

Encuentra Mr. Aubin grande analogía entre es- 
ta lengua maya y la otomi. El abate Brasseur de 
Bourbourg la descubre en el fondo y en las formas 
en todas las lenguas de la América Central (2) y 
aunque la tzendal la enumera entre sus dialectos, 
(3) debe esto atribuirse á la falta de conocimientos 
y datos bastantes, para fijar y calificar la natura- 



(1) 'Waldeck. Voyage &c., pág. 21. 

(2) Histoire des nations civilisées du Mexique, &c., 
tom. 2, liv. b, chap. 4, pág. 118. 

(3) Belalion des choses de Yucatán, exquise d'une 
grammaire de la langue maya, pág. 459. 



—409— 

leza de esta última lengua, que por las circuns- 
tancias mencionadas, y algunas otras considera- 
ciones que más adelante se expresarán, merece el 
más detenido examen, y una más fundada califi- 
cación; pudiendo, aun bajo el aspecto indicado, 
atribuírsele muchas de las propiedades y ventajas 
que se encuentran en la lengua maya, supuesta la 
analogía y proximidad que existe entre una y otra. 

Uno de los que mejor conocieron la lengua 
maya^ fué D. Pedro Beltran de S. Rosa, que es- 
•cribió una gramática de ella, y la calificó de «gra- 
ciosa en la dicción, elegante en los periodos, y con- 
cisa en el estilo, capaz de expresar las más veces 
con ua pequeño número de palabras y de sílabas, 
el sentido de muchas frases.» Su alfabeto carece 
de las letras siguientes: d, f, g, j, q, r, s, v. (1) 
Pimentel hace mención de la ñ y omite la ^, y di- 
ce que no hay en este idioma cargazón de conso- 
nantes, y sí la repetición de una misma vocal en 
muchas palabras, que es polosilábico, aunque tie- 
ne muchos monosílabos, rico, y que carece el nom- 
bre de declinación para expresar el caso. (2) 

Sensible es que el Sr. Pimentel, que ha hecho 
un estudio tan extenso de las lenguas indígenas de 
México, no haya tenido datos, noticias y material 
bastante para tratar de las que se hablan en Chia- 

(1) Brasseur de Bourbourg-. Lugar citado. 

(2) Pimentel, Cuadro descriptivo y comparativo de 
las lenguas indígenas de México, tom. 2, pág. 6 y sig. 



—410— 

pas, especialmente de la tzendal, que no hace sino 
indicar en su cuadro descriptivo y comparativo, lo 
cual nos ha privado de las fundadas y sabias ob- 
servaciones que acerca de ellas hubiera hecho, y 
que habrían derramado alguna luz sobre la histo- 
ria primitiva de aquellos pueblos. 



§8. 



Varios autores, al examinar las antigüedades de 
América, se han ocupado en hacer comparaciones 
aisladas de algunas palabras usadas en estas re- 
giones, con algunas de las naciones antiguas, pre- 
tendiendo deducir de estas semejanzas conjeturas 
probables sobre el origen de sus habitantes. 

El P. García, para apoyar la opinión de que los 
indios proceden de las diez tribus de los judíos, 
que se perdieron en el cautiverio de Sahnanasar, 
rey de Asiría, dice que todavía conservan varias 
palabras hebreas, como Perú, que quiere decir 
tierra fértil^ y viene del verbo 'pará, que signifi- 
ca fructificar: para en el Perú es lluvia. Anua es 
nombre hebreo, que quiere decir graciosa, ó mise- 
ricordiosa. Aymahuarqui se llamaba la mujer de 
un inca del Perú, y Amia Caona una reina de Yu- 
catán, ó de la isla española. Ahha, es voz hebrea; 
de la misma se usaba en el Perú para denotar el 
padre, Mesico, nombre hebreo que se dá á Cristo, 



—411— 

á ios reyes y á los sacerdotes; éste es el nombre de 
la capital de la República, antes Nueva España, 
derivado según algunos de Mesi ó Mexi, que era 
el caudillo de la colonia que pobló esta ciudad. 
Yucatán^ niuy parecido á Yectan, nombre de un 
hijo de ffcher. Salu, pueblo del Perú, y así se 
llamaba también el padre de Zamhrí^ israelita, ca- 
pitán, y del linaje de Aaraon. (1) Lord Kinsbo- 
roug, citando al Dr. Cabrera en su Tratado sobre 
el Origen de los Indios, encuentra, como él, seme- 
janza entre los nombres propios del calendario chia- 
paneco y el hebreo: Mox, creen que es igual á 
Moisés; F^/í , pronunciado por los chiapanecos se 
asemeja á Isac; Ghanan es lo mismo que Canaan; 
Ahagh nos recuerda á Ahel, y CMnax, parece re- 
ferirse á Silera^ como Chohin y Enol) á Japhet y 
Enoch. Gobineau dice que nada estraño es que se 
encuentren palabras hebreas entre los indios, co- 
nocido como es el parentesco que habia entre las 
lenguas semíticas y la que tienen con las de Asia, 
Judea, Chanaan, y la Libia. (2) 

Los que les dan un origen romano, encuentran 
conformidad con la lengua ¡atina. Así por ejem- 
plo canini en el Perú significa morder, viene de 
canis, perro en latín; Mitagoe^ al que le cabe ha- 



(1) García. Orig. de los Ind., lib. 3, cap. 7. 

(2) Essai sur l'inegaHté des rasees huraaines, lib. 2, 
chap. 2. 

ESTUDIOS — TOMO 11—54 



—412— 

cer algo, de 7nito enviar; qiiiquig, yo misino, de 
qui relativo. En Pasto llaman ignis al fuego. Se- 
gún Hornio en el Brasil llaman anga al alma, ara 
al aire, 'potia al pecho, ^;m/al pié, aya k la abue- 
la, tonimeron á los truenos, y en \ ivgmidL jiaome 
al pan. Según el P. Fauste, los indios de Cumaná 
llaman annoge k la media noche, puera k lo inte- 
rior del cogoyo, y nu7ia k la luna. Según Roche- 
fort, los caribes llaman nnmim k la luna, arca al 
cofre, canique k la caña de azúcar, y arla k la flo- 
resta. 

Los que opinan que los primeros pobladores fue- 
ron españoles en tiempos muy anteriores á la con- 
quista, alegan entre otros fundamentos, el haber 
hallado muchas palabras españolas entre los in- 
dios, tales como tirani, tirar, arrancar; llavini cer- 
rar, jpiqíii nigua, ó pulga de picar; mii una especie 
de conejos, wdzo el gato, pulla de pelo, huay voz 
que dá el niño recien nacido, hua lloro, ho7ne el 
hombreen la provincia de Veragua; y por último, 
muchos vocablos en la lengua del Perú, que son 
enteramente castellanos, aunque con distinta sig- 
nificación, como a.cci^ allí, anca, ancha, casa, ca- 
cha, calla cana, casco, caspa, chorro, coto, coca, 
llama, majo, masa, macho, manca, , marco, moco, 
muía, manta, para, pata, peña, pina, pinta, pin- 
to, tanta, tinta, tío, y otras. (1) 



(1) García. Oríg. de los Intl., lib. 4, cap. 20. 



—413— 

Los que le dan un origen griego, citan los voca- 
blos mamá madre, mamacuna matrona, mamaco- 
cha la mar, ó madre de las aguas. En Michoacan 
llaman mamá á la madre, y tata al padre. En 
Guatemala llaman tat al padre, y tata al mayor en 
dignidad. (1) 

El P. García, Hornio (2), Pedro Mártir, Aldere- 
te, y Bochardo, citan muchas palabras en que hay 
semejanza entre los indios y los fenicios. Así es 
que de los cananeos vienen las voces camjJech, 
ckamcham, canacateoii, caonaho, 'canamim^ cano/- 
vot, canarcó, canex, catana; y de los fenicios Car- 
tagena, caracas, caramari^ carnuncarca, caror- 
marnta, cari, caivari, carmenga^caracallaj oívdi's, 
pues los fenicios comenzaban con kar, Mr, karja, 
karfu, que significa ciudad, los nombres que po- 
nían á muchas poblaciones. El cacique de Cham- 
poton se llamaba Mochocobac, nombre fenicio. A 
los ríos les nombraban beer y nahar, y Casanaliar 
se llama un rio que mezcla sus aguas con las del 
Orinoco, Oinar otro que riega á Venezuela, y 
Bará el que según algunos dio nombre al Perú . 
HaÁti parece que viene de Héteos, y Anáhiiac de 
los Anakeos; Habana de los he veos, ó de la ciudad 
de Hava, de que no está lejos el rio Abana de Da- 
masco. Caribe es composición de Carijihc, bata- 
llador, pues corcb en fenicio significa batalla. 



(1) García. Oríg. de los Ind., hb, 4, cap. 21. 

(2) Hornio. De orig. Americ, lib. 2, cap. 10. 



—414— 

Hay también algunas palabras que indican se- 
mejanza con las chinas, especialmente los nom- 
bres de algunas provincias y pueblos del Perú y 
Nueva España, tales como Xaiidave y XununcU en 
Popayan, Cumha en Pasto, Coquimbo en Chile, 
Cumhinaba^ Carraspa, Pucará QxieWem, Mana- 
gua en, Nicaragua, Cha7npot07i, Pofomcham en 
Yucatán, Campas, Ta^nacaluga enl<í\ie\Si Eíi])íiñci, 
Tzinzonza^ Manchao^ Campeo en Michoacan, chi- 
na y chinamitas indios de Yucatán, clmiamjmne- 
cas, cliinautla, i^liina en Nueva España. En Chi- 
na hay la provincia de Kita, y Catay, parecido a 
Quito. Motecuma es nombre japón. Cliapaa, po- 
blación de chinos, (i) 

Del significado de teu, dios entre los turcos, de 
tepe cerro, y de la terminación en an de muchas 
palabras, como Michoacan, Coatlan y varias otras, 
deducen algunos el origen tártaro y turco. Mango 
ó Manco se llamó un inca del Perú, y este era 
también el nombre del cuarto Cam de los tárta- 
ros. (2) 



§í). 



Sorprenden a la verdad estas semejanzas, pero 
desconfio de muchos nombres que se citan en com- 



(1^ García. Oríg. de los Ind., lib. 4, cap. 23. 
(2) ídem, idem, cap. 24. 



—415— 

probación de estas varias opiniones. Pueden pro- 
venir de ignorancia del idioma de los indios, de 
corrupción de las .mismas palabras, ó de su ma- 
la pronunciación en castellano, de imitación y ana- 
logías adoptadas con lijereza, y sin examen ni me- 
ditación, del empeño en buscar en el idioma que 
se habla voces equivalentes, ó menos ásperas y 
difíciles de pronunciar, para dar a conocer una 
lengua desconocida. La historia do América nos 
ofrece á cada paso estos cambios, esta falsa inter- 
pretación; la pronunciación imperfecta de muchas 
voces, por no encontrar sonidos que á ellas corrcb- 
pon diesen; el poco cuidado en cerciorarse del ver- 
dadero nombre de las cosas, y modo de pronun- 
ciarlo; y en fin la misma rudeza de los conquista- 
dores, de quienes se obtuvieron los primeros datos 
y noticias del Nuevo Mundo, que han dado lugar 
cá muchos errores, que después fueron rectificán- 
dose. Para convencerse de esto, basta observar 
lo que aun en la actualidad sucede con las voces 
tomadas de las lenguas de los indios, que se en- 
cuentran tan corrompidas, y la pronunciaciones 
tan diferente, que de ella también resulta diversi- 
dad en la escritura, hasta variar completamente 
en muchos casos de la palabra primitiva. Las obras 
de los extranjeros están plagadas de errores de es- 
ta naturaleza al ocuparse de nuestro país, y otros 
que lo han visitado, tomándolo por asunto de sus 
escritos. 

Las semejanzas y comparaciones aisladas no 
pueden ser un medio seguro para juzgar con acier- 



—416— 

to. Menester es atender no solo á la lexicología, 
sino á la modulación de la voz, al mecanismo gra- 
matical, y á la sintaxis, á la pronunciación nasal, 
gutural, ó infleccionés que resulten de la contrac- 
ción de la lengua, ii órganos de la palabra; y á la 
armonía, al número, y al ritmo. Guando este exa- 
men extenso no puede hacerse, debe uno remon- 
tarse por lo menos á los principios constitutivos 
del idioma, analizar su naturaleza é índole, sus 
frases usuales, y estudiar sus detalles, para entrar 
después en una comparación filosófica ó ilustrada. 
Esto es lo que se ha hecho con los idiomas de las 
naciones del viejo mundo, deduciéndose de allí la 
genealogía de las que hoy se usan, las relaciones 
que han tenido entre sí, su mutua influencia, y lo 
que se deben unas á otras. Sin este análisis indis- 
pensable, nunca se obtendrán resultados seguros, 
y solo se habrán aumentado las conjeturas, que 
alejándose del verdadero objeto, hagan quizá más 
difícil, ú oscura la investigación de la verdad. 



§10. 



Por palabras aisladas, dice el abate Renaudet, 
(1) no puede probarse que los lugares tengan un 



(1) Memoires de htlerature lirées des registres de 
rAcademie royale des inscriptions et belles lettres. Me- 
moire sur rorigine des lacgues greques, t. 2, p. 3oo. 



—417^ 

origen común, porque pueden las unas tomar pa- 
labras de las otras, y conservar lo que les era pro- 
pio 11 original, que consiste en la inflexión de los 
nombres y verbos. Así, por ejemplo, el caldeo, el 
samaritano, el árabe, el etiópico, traen su origen 
de la lengua hebrea, « porque la analogía de la 
gramática es la misma en todas estas lenguas, aun- 
que las palabras particulares de cada una sean di- 
ferentes. El persa y el turco tienen una infinidad 
de palabras árabes, pero la inflexión de los nom- 
bres y de los verbos no tiene relación alguna con 
el árabe, y no puede considerarse esta lengua co- 
mo madre respecto de ellas. Lo mismo sucede con 
el egipcio: desde hace dos mil años ha adoptado 
un gran número de palabras griegas, pero la gra- 
mática es de tal modo diferente que tiene que pa- 
sar por original.» 

Y no basta solo proceder de la manera indicada 
para llegar á un resultado seguro, sino que es pre- 
ciso estudiar el idioma y hacer comparaciones en 
la época á que las investigaciones se refieren, bus- 
car noticias exactas en la antigüedad, y beber en 
fuentes puras. Juzgar de un idioma por su estado 
actual, ó el que tuvo en un período determinado, es 
exponere á los más grandes errores. El trascurso 
del tiempo, los grados de cultura por los que van pa- 
sando las naciones, sus relaciones con los demás paí- 
ses, y otras muchas circunstancias, obran cambios 
y considerables mundanzas en el lenguaje; de ma- 
nera que puede asentarse como tesis general según 



—418— 

Gobineau (1)^ que ningún idioma se conserva des- 
pués de un contacto íntimo con un idioma diferen- 
te. Esto se observa aun en las lenguas modernas: 
la alemana no es la antigua teutónica que habla- 
ban sus antepasados; la inglesa se ba apartado mu- 
cho de su origen, á la francesa apenas le quedan 
algunas palabras célticas; y en la española pocos 
vén de lo que fué en su principio. Desde el siglo 
XI^ época en que propiamente comenzaron á cul- 
tivarse, ya aparecen notables alteraciones; la le- 
tra, las palabras, su construcción, y diferentes gi- 
ros, todo ha variado. ¿Qué estraño es, pues, que 
los historiadores de América corrompieran muchas 
de las palabras que usaban los indios para deno- 
minar varias cosas, ó alterasen su pronunciación, 
y de esto resultaran esos rasgos de semejanza que 
después se han tomado por analogías, por pruebas 
de origen, é identidad de usos y costumbres? ¿Qué 
estraño es que, sin conocimiento de los dialectos 
é idiomas que se hablaban, sin poder apreciar bien 
el valor de las letras, y la fuerza de la pronuncia- 
ción, al escribir estas palabras, se pusieran unas 
letras en lugar de otras, y de aquí se originara 
una alteración sustancial? 



(1) Gobineau. Essai sur rinegalité des racees humai- 
nes, chap. 15. 



-^419— 



§ H. 

Se ha indicado ya, que muchas de estas lenguas 
carecían de algunas de las letras de nuestro alfa- 
beto, y otras tenían distiata fuerza y valor. La 
mexicana, por ejemplo, carecía de las consonantes 
b, d, f, r, s, (1) y la X, y la h, no tenían en la tzen- 
dal el mismo valor 5' la misma fuerza que en espa- 
ñol. Estas observaciones pueden extenderse al 
huasteco, que le faltan varías letras de nuestro al- 
fabeto, tales como la c, f, 11, ñ, q, r, s, cuyas pa- 
labras son la mayor parte de dos sílabas, que abun- 
da en voces compuestas, y es rico en sinónimos; 
al mixteco, que carece también de la b, c, f, g, 1, 
il, p, q, r, s, que tiene combinaciones con palabras 
hasta de tres consonantes juntas^ y otras compues- 
tas hasta de diez y siete silabas, con muchos ho- 
mónimos, y varias particularidades, como la de no 
tener mbneros, para distinguir el singular del plu- 
ral en los nombres, r\\ género que los dé á conocer, 
así como la composición de los verbos, en que son 
varios los irregulares, y la multitud de dialectos 
que tiene; a la lengua mm)ic, á cuyo alfabeto fal- 
tan las letras c. d, f, g, j, 11, ñ. q, r. s, y signos 



(1) Clavijero. Ilist. aut. de México, t. 1, lib, 7, pAg. 
353. 

ESTUDIOS — TOMO II— Dií 



—420— 

propios que marcan los géneros; al tonaco, que 
carece de b, c, d, f, j, 11, ñ, q, r, s, es polosilá- 
bico, y no tiene declinación, ni signos para ex- 
presar el género, ai tarasco cuyo alfabeto cons- 
ta de veintisiete letras, y le faltan la f, j, 11, fí, q, 
que no tiene signos para expresar el género, en el 
que ninguna palabra comienza por b, d, g, r, con 
abundancia de verbos irregulares, y la composi- 
ción tan notable, que del uso de ella, « resulta que 
una sola voz diga lo que muchas en nuestra len- 
gua;» (1) al zaj)Oteco^ que carece de las letras si- 
guientes: c, d, f, j, 11, ñ, q, s, rico en vocales, sin 
signos para expresar el número, el nombre sin de- 
clinación que indique el caso, que tampoco tiene 
nombres colectivos, si no es por medio de circun- 
loquios, y en el cual las personas en los verbos se 
marcan con afijos, y los modos y tiempos con par- 
tículas, supliéndose el infinitivo con el futuro; al 
opata en cuyo alfabeto faltan las letras c, f, j, 1, 
11, ñ, q, y; al cahita la 1, c, d, f, g, 11, ñ, q, x; al 
taraiimar, que tiene diez y nueve letras y le fal- 
tan la c, d, f, b, ñ, q, x; al matlazaua la c, f, j, 1, 
11, ñ, q, v; al cora la c, d, f, g, j, 1, 11, ñ, q, s, 
abundante en diptongos y triptongos, y en pala- 
bras bolo f ras ticas; al ínixe, en el cual se nota la 
falta de la c, d, f, g, j, 1, 11, q, r, s, z, y signos 
para marcar el género; y por último, al quiche po- 



(1) Pimeiitel, Cuadro descriptivo y comparativo de 
las lenguas indígenas de México, tom. 1, pág. 277. 



—421— 

silábico, aunque abundante en monosilabos, riquí- 
simo en adverbios, sin verbo sustantivo puro, y 
cuyo alfabeto no tiene la d, f, j, 11, il, s: el cachi- 
quel y el zuiuhil son dialectos de este idioma: el 
Abate Brasseur de Bourbourg, aprovechándose de 
los trabajos del P. Ximenez, y de los conocimien- 
tos que adquirió durante su permanencia en Gua- 
temala, publicó en 1862 una muy interesante gra- 
mática de este idioma, y un vocabulario de las 
principales raices y fuentes comparadas con las 
lenguas indo-germanas, principalmente las de orí- 
gen teutónico, manifestando que las semejanzas y 
analogías se encuentran no solo en las radicales y 
palabras, sino también en las formas gramatica- 
les. (1). 

Todo esto prueba, que juzgar de las lenguas por 
comparaciones aisladas es muy inseguro, y que 
nunca podrá servir de dato cierto sobre analogías, 
para deducir de ellas el origen de los habitantes. 



§ 12. 

Este medio de investigación no exijiria tanta 
prolijidad, para ser seguro y provechoso en sus 
resultados, sin la confusión de las lenguas acaecida 



(I) Graramaire de la langue Quiche espagnole-fran- 
^-aise, &c., Avant. propos. pág. 12. 



—422— 

en Babel. Segan el texto sagrado, en ios tiempos 
que precedieron á este acontecimiento antes y des- 
pués del diluvio, todos hablaban el mismo idioma. 
(1) Hay variedad de opiniones sobre cuál baya si- 
do la lengua primitiva. Unos creen que fué la be- 
brea, (2) otros la siriaca, (3) otros la caldea, (4) 
etiopa ó armenia, (5) y casi todos los pueblos del 
oriente pretenden elevar su idioma al rango pri- 
mitivo. (6) No hay por tanto, que asombrarse de 
las semejanzas que se encuentran en unos y 
otros, pero la diñcultad consiste en designar, de 
cuál, de los que se formaron después de la confu- 
sión de las lenguas, procede el del pueblo que se 
trata de averiguar. 

La primera raza de los persas ó bindus, los ro- 
manos, griegos, godos, egipcios, y etiopes, habla- 
ban al principio un mismo idioma, según algunos 
escritores, y profesaban la misma fé popular. Los 
j udíos, los árabes, los asirlos ó segundos persas, y 
una tribu numerosa de abisinios hablaban unidio- 



(1) Génesis I. 26, y XI. 5. 
— Acl. XVIL 26. 

(2) Disert. sobre el primer idioiaa, tornada de la df» 
Calmet, § 6- 

(3) ídem, idem. § 7. 

— Terdoreto Qiuest. 60 y 61 iii Gol 
— Amira Pref. in Gramm. 

(4) Miricio Pref in Gram. 

(5) Disert. antes citada, § 7. 

(6) ídem, idem, § 3. 



—423-- 

ma diferente. Los pobladores de China y el Japón 
tuvieron el mismo origen que los hindus, y los 
tártaros fueron desde el principio de una raza di- 
ferente de las otras dos en lenguaje, costumbres, 
y carácter, (i). 

La lengua fenicia diíiere poco de la siriaca, y 
ambas, dice el abate Barthelemy, deben ser con- 
sideradas como dialectos de una lengua general, 
esparcida en otro tiempo en el Oriente y en el Áfri- 
ca, que, siguiendo la diversidad de los países, ha 
tomado el nombre de fenicia, púnica, siriaca, cal- 
dea, hebrea, árabe, y etiópica modificada, pero que 
tiene poco más ó menos el mismo genio y las mis- 
mas raíces. (2) 

Dice Prichard que la lengua hablada por la ra- 
za septentrional y oriental de los Siro-árabes (3) 
fué el siriaco, que era el de los antiguos hebreos 



(1) Asiatic rechearches, vol. 3, pág. i. 

(2j Reflexioiis genérales sur les rappoits des langues 
tom. 57, art. 2 des Memoires de literaturc de l'Acade- 
mie des iuscriptions ct belles lettres. 

(3) «Las naciones Siro-Arabcs, llamadas por Eicli- 
liorn y otros escritores alemanes, naciones semiticas, 
ocupaban, como lo hemos observado, una región del 
Asia intermediaria de los que habitaban por una parte 
la raza egipcia y por otra las razas kindo-eur opeas; di- 
ferian además de estas dos razas por sus caratéres fí- 
sicos y morales.» — Prichard, Hist. nat. de Thomme, &c. 
tom. 1, sec. 16, p. 190. 



—424 — 

hasta el momento, en que los abramides ocuparon 
la tierra prometida de Chanaan, y adoptaron elca- 
naneo, ó hebreo propio. Estos idiomas, que con el 
fenicio eran uno mismo, según Gesenius, fué ha- 
blado por los hebreos desde su llegada á Palestina 
hasta la cautividad de Babilonia; y con lijeras di- 
ferencias era quizá (1) el délos Estados de Tiro, 
Sedan, y las colonias cartaginesas. 

La lengua egipcia tiene mucha más analogía en 
lo& principios esenciales de su construcción gra- 
matical con los idiomas africanos, según La opi- 
nión de Prichard, (2) que con ninguna de las len- 
guas habladas de otros pueblos, y en las del Asia 
septentrional'hay numerosos indicios de parentesco 
con los idiomas de la raza indo-europea. 

La etiópica se cree sin contradicción que es un 
dialecto de la caldea, y sin embargo, además de 
la diferencia total por los caracteres, por la figura, 
y por la manera de escribir de la izquierda á la 
derecha, contraria á la de todos los pueblos orien- 
tales, á excepción de los armenios, tiene inflexio- 
nes tan particulares, y palabras tan del caldeo y 
sus diferentes dialectos, que por ellos jamás se ex- 
plicarla una página del etiope. (3) 

(1) Prichard. Ilist. nat. de rhommc, tom. 1, sec. Ifi, 
pAlx. 193. 

(2) Idein, idem, sec. 15, pág. 188. 

(3) Mem. de la Acad. des Insc. et Bel. Let., iom. 2. 
Deux. part. de TAbbé Bernaudet, pág. 163. 



--42ü— 



§13. 



Varios orientalistas, hablando de las lenguas^ 
dicen que en el Occidente prevalecen todas las len- 
uiias antiguas y modernas de Irán, Turan, Ara- 
bia, Etiopía, Egipto, las partes septentrionales del 
África, y toda la Europa, comprendida la Islandia, 
formando una faja desde los puntos más orientales 
de Asia hasta la extremidad del Oriente hacia el 
Nord-oeste. (1) 



U. 



Con motivo de estas observaciones, voy á con- 
signar aquí la que me ocurre sobre la lengua Zend, 
que es la lengua en que según Anquetil, están es- 
critos los libros atribuidos á Zoroastro, conside- 
rándola como la madre de las antiguas lenguas de 
la Persia. (2) Consta de cuarenta y ocho caracte- 
res, de los cuales diez y seis son vocales, y treinta 
V dos consonantes. Se acerca al armenio, v al 



(1) Asiatic researchPS vol. 11 § 2, págs. 107 y 1Ü8. 

(2) Recherches sur rancienne langue de la Perse. — 
Memoires de rAcademie royale des Incriplion et Belles 
Letres tom. 3G, pág. 131. 



georgiano; lo consideran algunos como el idioma 
más antiguo del Asia, anterior ai pJielvi, y al^ar- 
si, y aunque lengua muerta no ha dejado de ser el 
idioma sagrado de las gueh^os. Pricharcl lo repu- 
ta como el más antiguo de los medos, persas y 
bractianos, con relaciones muy extrechas con el 
saíishrU y p^^okrít, antigua lengua del Indostan, 
(1) y Leyden como uno de los tres dialectos más 
antiguos que se derivan del sánscrito. (2) No obs- 
tan te que entre el zend y los caracteres del Palen- 
que no se nota semejanza, llama la atención que 
el nombre de este idioma se parezca al de tzendal, 
que como se ha dicho antes es la lengua propia de 
los que probablemente construyeron esas ruinas, 
y la principal, sobre todo en la provincia de Chia- 
pas. 



§io. 



Sube de punto la importancia de esta observa- 
ción, si se considera que el sa/íscrit es la lengua 
más culta de las tres usadas en la India; que 
algunos sabios orientales han encontrado una sor- 
prendente afinidad entre ésta y las otras lenguas 
de Europa, que de ella se derivan, y las que se ha- 



(1) Histoire naturelle derhomme tom. 1, sec. 17, pág. 
223. 

(2) Asiatic rechearches vol 10, § 3, pag. 282. 



—427— 

biaban en las partes orientales de América; (1) que 
la lengua malaya llamada por los europeos ma- 
lay, que contiene muchas palabras del sanscrít, 
entre las cuales han encontrado tanta conexión Mr. 
W. Jones y Mr. Mardsden, (2) y que es polisilábica 
como él; la poli, y otras distintas de la India (3) , 
tienen mucha semejanza con la lengua i/(2?/¿i, que 
era la lengua primitiva de los antiguos habitantes 
de Yucatán, (4) cerca de las ruinas del Palen- 
que. 

En la India hay uii rio llamado Malií de que pue~ 
de haberse formado maya, nombre de la tribu nu- 
merosa que pobló á Yucatán, y que ha dejado mo- 
numentos notables de su existencia. Maya ó Mo- 
ya se llamaba uno de las tres hijos de SoUvá'ham, 
de quien los Bhots establecidos en Dilli y el Pau- 
jal) en la India creian descender. (5) Maia es tam- 
bién el nombre de un rio de la Rusia asiática, que 
nace en la vertiente occidental de los nxoniQ^Stano- 
vai en el distrito de Olihostsk al S. O. de la ciudad 
de este nombre Mayase llamábala hija de Atlan- 



(1) Asiaíic researches vol 11, pAgs. 105 y sigs. 

(2) Id. id. yol. 10, §3, pá<;. 168.^ 

(3) ídem, ídem, pág. IGl. 

(4) Maayha, que los españoles pronuu<ñau maya, di- 
ce el P. Ordoñez, quiere decir 7io tiene ayua, que es 
precisamente lo que se vé ou Yucalau. 

(5) Asiatic researches vol 9, § 3, pag. 212, cilaudo á 
Dognignan, Hist. of the Hons, vol. 5, p. 50. 

ESTUDIOS — ^TOMO II — 56 



—428— 

te, madre de Mercurio, á quien los romanos ha- 
cían fiestas en el mes de Mayo, é igualmente se 
llama una de las pléyades, y una diosa venerada 
en el Tmlostan. Los habitantes de la península de 
Malava, nación emprendedora, eran llamados por 
los siameses Khelí, y 3íasú por los barmas, y en 
la expresada península de Yucatán muchos nom- 
bres de sus indios caciques y poblaciones termi- 
nan en Khelí: Caneck se llamaba el cacique ó rey 
de los Itzaex, cuando se emprendió la conquista y 
reducción de los lacandones, y de las diversas tri- 
bus que poblaban la provincia de Verapaz. Valer 
encuentra grande analogía entre la lengua maya, 
<d\fOConcM de Guatemala, 3^ la lii'asteca del Nor- 
te, y Prichard dice que hay lugar á creer que di- 
cha lenorua era la de Cuba, Jamaica v Santo Do- 
mingo. (1) 

Por último, en los dialectos del Brasil, México, 
los Caribes, y otras tribus que habitaban las cos- 
tas orientales de x\mérica, hay muchas palabras 
que claramente se derivan del sa//sc/-¡fo. (2) En- 
tre las varias analogías dadas á la palabra México 
cuya verdadera pionunciacion es Macliico, se en- 
cuentra la voz Matsya ó Macli'lía del sánscrito, que 
significa pescado, formando de ella sus derivados 
Matsyacaj Maclilrica. 3íec7¿oaca/f, según Clavi- 



(1) Hisloire naturclle derhomme tom. 2, sec 37, § 2. 
■pkg. 99. 

(2) Asialic researchcs vol. 11, p;'i2:. lOíJ y sig. 



—420— 

jero, signiñca lugar de pescado; en hindú, Macli'- 
M-c'-lian'-a, es un lugar de pescadores, ó Meclioa- 
can. TeocalU significa en lengua mexicana, casa 
() nicho de Dios; en hindú liaucU es casa, y en 
varias partes de la península Deu-caul es la casa 
de Dios. TeoUhuacan, según Gemelli, signifi- 
ca lugar de Dios, y en hindú BevoMca-e-ha- 
na^ aunque no usado, significa lo mismo. Tla- 
loc entre los mexicanos era el nomhre del dios 
de las aguas, l^dagha anuncia en hindú la ener- 
gía de las aguas. (1) La lengua de Nootka, 
según Anderson, se parece mucho á la mexi- 
cana. 

La lengua maloAja en opinión de Marsden predo- 
mina en el Archipiélago, al que dá su nomhre, y 
que comprende las islas de Sunda, Philipinas, las 
Molucas, y las costas del mar del Sur, entre Mada- 
gascar por un lado y las islas orientales por el 
otro, en una extensión de doscientos grados de 
longitud. (2) . 



§16. 

Antes de concluir el examen de esta materia,- 
preciso es advertir, que aunque son muy escasos 



(1) Asialic rcsearches, vol. 11, pág. lOi) y sig. 

(2) ídem, ídem, vol. 10, § 3,p.ig. 166. 



—430— 

entre nosotros los conocimienlos filológicos, y no 
ha sido todavía objeto de seria meditación la com- 
paración de los diferentes idiomas que se hablan 
en América, para lo cual no se cuenta con otros 
materiales, que los escritos de los primeros misio- 
neros, que con tanto celo se consagraron á la pro- 
pagación de la fé católica en este continente, y con 
los trabajos aislados de algunos otros escritores 
ilustrados, se percibe desde luego que, á pesar de 
esa multitud de lenguas y dialectos que se han ido 
descubriendo, existe entre todas ellas cierto paren- 
tesco y afinidad, que no puede ocultarse, no solo 
por la semejanza de palabras, sino en la estructu- 
ra característica de esos idiomas. 

Este concepto se encuentra confirmado por las 
observaciones hechas por muchos de nuestros es- 
critores, y antiguos historiadores. 

Las trabajos de Uervas, Ilumboldt, Vater, Smith, 
Gallatin, Du-Ponseau, Mr. Aubin, y el Abate 
Brasseur de Bourbourg, han contribuido también 
á ilustrar mucho esta materia. 

« En América, dice el Barón de Humboldt, des- 
de el país de los Esquinales hasta las orillas del 
Orinoco, y desde estas ardientes orillas hasta los 
hielos del estrecho de Magallanes, las lenguas ma- 
dres, enteramente diferentes por sus raíces, tienen 
'por decirlo así, una misma fisonomía. Reconócen- 
se analogías sorprendentes de estructura gramati- 
cal, no solo en las lenguas perfeccionadas, como la 



—431— 

lengua del Inca, el aymara, el guaraní, el mexi- 
cano y el cora, sino también en las lenguas extre- 
madamente groseras. Idiomas cuyas raíces no se 
parecen más que á las raíces del eslavo y del vas- 
co, tienen semejanzas de mecanismo interior que se 
encuentran en el sánscrito^ el persa, el griego y las 
lenguas germánicas.» 

De mucho peso es también en esta materia la 
opinión de Mr. Gallatín, tan versado en las cosas 
de América. «En medio de la gran diversidad, di- 
ce, que presentan las lenguas americanas cuando 
se las considera solamente bajo la relación de sus vo- 
cabularios, existe entre ellas realmenteenla extrvx- 
tiira y formas gramaticales una semejanza que ha 
sido percibida por los filólogos americanos. El re- 
sultado de sus investigaciones parece confirmar 
la opinión, sostenida por los Señores de Ponceau, 
Pickering, y otros escritores, de que las lenguas 
habladas en América no solo por nuestros indios, 
sino también por todas las poblaciones indíge- 
nas, que se encuentran desde el Océano Ártico 
hasta el Cabo de Hornos, tienen un cierto sello que 
es común á todas, y que no permite asimilarlas á 
ninguna de las lenguas conocidas del antiguo con- 
tinente.» (1) 

En este último punto discrepa de la opinión de 
otros escritores no menos autorizados, que hanfor- 

(1) Aüligüededes americauas, vol. 2. 



—432— 

mado un juicio contrario con observaciones fun- 
dadas. 

El mismo barón de liumboidt, al hablar de las 
lenguas americanas se expresa en otra parte en los 
siguientes términos: w Cuando se considera la cons- 
trucción particular de las lenguas americanas, se 
cree reconocer , el origen de aquella opinión muy 
antigua, y generalmente extendida en las misio- 
nes, de que las lenguas americanas tienen analo- 
gía con el hebreo y el vascuense. Tanto en el con- 
vento de Caripe como en el Orinoco, en el Pe7'ú, 
como en México he oido anunciar esta idea, y par- 
ticularmente á religiosos que tenian algunas no- 
ciones del hebreo y del vascuense.» (1) En segui- 
da dice: «Yo creo que el sistema gramatical délos 
idiomas americanos ha fortificado á los misione- 
ros del siglo XVI, en sus ideas sobre el origen asiá- 
tico de los pueblos del Nuevo Mundo.» (2) 

Más adelante se verá la importancia de todos 
estos datos, que aquí se reúnen como en su propio 
lugar, y que servirán después para resolver la 
cuestión de origen. 



(1) Viaje á las regiones equinocciales, 1" 2 1. 3, cap. 
9, pág. 142. 

(2) ídem, ídem, pág. 143. 



CAPITULO XXXIII. 



1. GonlÍQuacion del mismo asunto: ulilidaJ é impor- 
tancia do la filología. — 2. Ventajas que del estudio de 
las lenguas se han sacado para la historia. — 3. Juicio 
de Brosses, Saint-Palaye, Suizer, Bibliandro y otros 
autores. — 4. Estudio comparativo de los idiomas. — 5. 
• Causas que al principio impidieron sus progresos, y 
lo que hoy puede lograrse en ese punto. — ü. Errores 
en que incurrieron varios autores: cómo fueron evi- 
tándose después, y los adelantos que se han obtenido. 
— 7. Ventajas que de todo esto pueden sacarse en el 
estudio de las lenguas de América: datos y noticias 
que se han reunido. — 8. Lenguas matrices de lo que 
antes se conocía con el nombre de Nueva España. — 
9. Lengua mexicana.— 10. Lengua otomí. — 11. Len- 
gua tarasca. — 12. Lengua pirinda. — 13. Lengua cora. 
— 14. Lengua maya. — 15. Lengua mixteca, — 16. Len- 
gua totonaca. —17. Lengua hiaqui. — 18. Lengua pe- 
ricú. — 19. Lengua guaicura. — 2u. Lengua cochimi. — 
21. Importancia del examen comparativo de estas 
lenguas. — 22. Sus dialectos. — 23. Lenguas de que ha- 
ce mención D. Francisco Pimentel. — 24. Lenguas y 
dialectos de la América Ceutra]:juicio acerca de ellas 
de Juarros, Gabarrete y el Abate Brasseur. — 25. Gra- 
mática y vocabulario, que este último publicó, de la 
lengua quiche: lo que sobre ella expone el Sr. Pimen- 
tel. Otras'lenguas que se hablaban en Nicaragua. 



■434— 



«1. 



Al trazar las primeras líneas del capítulo ante- 
rior, algo se insinuó sobre la importancia de la fi- 
lología y la lingüística, para descubrir el origen 
de las naciones, y lo que debía tenerse presente, á 
fin de que este medio indagatorio pudiera con cer- 
teza conducirnos al conocimiento de la verdad. Su 
utilidad é importancia no se limitan á esto sola- 
mente, sino que contribuyen también mucbo al 
esclarecimiento de la bistoria Ellas dan á conocer 
las empresas ejecutadas por los pueblos, sus des- 
cubrimientos sucesivos, sus usos y costumbres, ^ 
el progreso gradual de la inteligencia humana en 
los diversos grupos que fueron formándose después 
de la creación, especialmente con posterioridad al 
grande acontecimiento del diluvio universal^ y á 
la confusión de las lenguas en los campos de Se- 
naar. 



§2. 



Mucho tiempo bá que se han reconocido las ven- 
tajas que pueden sacarse del estudio de las len- 
guas. Platón^ aunque incidiendo en algunos er- 



— 43S— 

rores, las dio á conocer en su diálogo titulado Cra- 
tilo y en Herodoto. En Diódoro Sículo, y Julio Cé- 
sar, se encuentran indicaciones importantes. Tito 
Limo se valió de observaciones gramaticales para 
inferir la extensión de las conquistas de los JStms- 
eos, y su dominación en los siglos anteriores á la 
fundación de Roma, f^ trabón deduce de los nom- 
bres griegos de algunos puntos de España el esta- 
blecimiento en ella de los griegos. En tiempos más 
recieates vemos escritores notables, que se han 
valido de este medio para ilustrar la historia de di- 
ferentes pueblos, entre otros el Abate Jlervás, para 
fijar la situación primitiva de varias naciones eu- 
ropeas, y sus más antiguas trasmigraciones^ con- 
cretándose particularmente á Fsimña, estudiando 
y cotejando con el mejor éxito sus lenguas, y sa- 
cando de ellas lo que no se encontraba en sus an- 
tiguas historias, ó aparecía oscuro, incompleto, ó 
desfigurado. ¡De cuanto ha servido el vascnense, 
que era el idioma de los iberos, para determinar su 
establecimiento en Italia, y en el Occidente de la 
Europa! Por los nombres de varias ciudades y lu- 
gares ha llegado á comprobarse, que ellos fueron 
los primeros pobladores de las costas de Francia, 
del Genovesado y de Toscana, 



§3. 



Si este punto necesitara de ulterior esclareci- 
miento, podrian traerse en su apoyo el juicio y au 

ESTUDIOS — TOMO II — 57 



—436— 

ioriílad de escritores ilustres que se lian ocupado de 
la materia. Mr. Brosses (1) reconoce la importan- 
cia y utilidad del arte etimológico, que forma una 
parte tan esencial en el conocimiento de los idio- 
mas. Siendo las palabras la pintura natural ó me- 
tafísica de las ideas, por los nombres impuestos á 
las cosas, se llega por medio de ellas á conocer 
cuáles lian sido las percepciones primitivas del 
hombre, el germen que estas hayan producido en 
su entendimiento, y el desenvolvimiento que les ha- 
ya dado después. 

Mr. jS^aint Palay e, (2) encarece el estudio délas 
lenguas: «Seria, dice, quitar uno de los principales 
objetos sobre los cuales debe ejercitarse el espíritu 
filosófico, descuidar el estudio de las lenguas, y des- 
preciar la averiguación de las eti^nologías, que han 
formado una de sus partes más esenciales.» 

«¿La autoridad de Leihiitz no seria capaz de 
atraer á los que piensan de otra manera? Este gran- 
de hombre ha sentido toda la utilidad de este estu- 
dio para desenmarañar los orígenes de las naciones^ 
pero nosotros nos atrevemos á ir más lejos y no te- 
memos adelantar, que esta parte de la literatura, 
considerada filosóficamente, puede ser üiucho más 
importante. ¿No es en efecto el medio más seguro de 
instruirse sólidamente de los progresos, que el espí- 



(1) Median, des lang., cliap. 11, p. 38 — 100. 

(2) Mem. des Inscr., t. 41, p. r>10. 



—437— 

ritu humano haya hecho eíi una nación, y el acre- 
centamiento sucesivo de sus conocimientos, estu- 
diar el origen y progresos de la lengua que haha- 
hlado, y seguir, por decirlo así, el cariicter de su 
espíritu siguiendo la marcha de sus ideas, obser- 
vando de qué manera se ha formado esta lengua, 
y cómo se han introducido los diferentes cambios 
que ha experimentado, sea en las palabras que re- 
presentan las ideas, sea en la construcción gra- 
matical que junta y reúne las mismas palabras?» 

No es menos expresivo Suízer, (1) que repútala 
Mstorki etimológica de las lenguas como la mejor 
historia de los progresos del espíritu humano. 
«Nada, dice, más precioso para el íilósofo; veriaen 
ella cada paso que el hombre ha dado, para llegar 
poco á poco á la razón, y á los conocimientos; des- 
cubriría los primeros rayos del espíritu y del genio 
los gérmenes del juicio, los primeros descubrimien- 
tos de la razón naciente. . . . Seria de desear, con- 
tinúa diciendo, que se recogiera todo lo más cierto 
que nos queda sobre la genealogía de las pala- 
bras.» 

« 

Lo mismo opinan Bibliandro (2), DeLye{2), 

(1) Mem. de Berhu, torn. 23. Mera, sur riníluence re- 
ciproque de la raison sur les language, etc. 

(2) De ratione coinmuni omuinm Huguarum, Ub. 3. 
Zurich. 1548. 4'^ 

(3) Etimologeron de Jumas. 



—438— 



Bousquet (1), Lamber t B os (2) y otros varios de 
que podia hacerse especial mención. 



§ /i. 

Y si esto se dice considerando cada idioma en 
particular, ¿cuáles serán los resultados tomándolos 
en su conjunto, y haciendo un estudio comparati- 
vo de ellos? Entonces, no hay duda, que se llega- 
rla á los resultados más asombrosos; porque reco- 
nociendo todo lo que una lengua debe á sí misma, 
y lo que ha tomado de otras, se descubrirla el en- 
lace que los pueblos tienen entre sí, se remontaría 
uno al origen de todos, se les seguiría, como dice 
(Jourt de Gebelin (3), en sus diversas emigracio- 
nes y subdivisiones en muchos cuerpos de nación, 
se penetraría en sus tradiciones, en sus dogmas, 
en sus usos y costumbres; se descubriría lo que 
cada uno ha cojido de los demás, y se verían en 
fin, en toda su extensión, los conocimientos que 
poseían, y en qué se habían aventajado los unos á 
los otros, teniéndose de esta manera la historia de 
los progresos de la humanidad. 



(1) Bibhoth. Italique, t. 17, pág. 80. 

(2) Etimología Groeca, 1713. 

{"}>) Monde primitif. Orig. du lang. et de recrit., liv. 
1, chap. 12, pág. 31 y 32. 



—439— 



O. 



La falta de reglas conocidas, y de un método fi- 
jo y seguro, que dieran á conocer la ruta que de- 
bía seguirse en esta clase de trabajos é invebtiga- 
ciones, impidió al principio llegar por medio de 
ellas á grandes resultados. Vemos, sin embargo, 
que aunque en esto no se distinguieron mucho los 
griegos y romanos, no lo descuidaron del lodo, y 
los destellos de luz que Platón y Varroa lanzaron 
en sus escritos, sirvieron de mucho á los que des- 
pués de ellos se consagraron á estos estudios. 

Los modernos han tenido un material mayor y 
mejor ordenado, de que disponer en sus investiga- 
ciones etimológicas, y en el estudio comparativo de 
las lenguas; pues han contado con gramáticas, vo- 
cabularios, inscripciones, medallas, libros, esta- 
tuas y monumentos, para poder juzgar de la anti- 
güedad de las familias exparcidas por todo el mun- 
do, de las generaciones que se han sucedido, de 
los cambios que se han operado, de los descubri- 
mientos que se han hecho, y conocimientos suce- 
sivos que han ido adquiriéndose, y de la historia, 
en fin, de los pueblos que han existido. 

Por poco que se fije la atención en los escritos de 
Bochart, de Postel, Scaligero, Tomasino, Huet, 
Hickes, Eccard, Watoher, Leibnitz^ Beckman, Bi- 



—440— 

Miander, Ferrari, Muratori, Mazzochio, Luis Vi- 
ves, Morales y Burdbeck, por ellos se conocen des- 
de luego todas las ventajas, que pueden sacarse de 
esta clase de investigaciones, haciéndolas extensi- 
vas á las lenguas principales que se hablaban en 
América al veriíicarse su descubrimiento. ¿Quién 
en medio de los distintos rumbos que tomaron esos 
autores, y evitando las sendas tortuosas en que al- 
gunos de ellos se empeñaron, y los errores en que 
incidieron, no sigue mejor ruta, y llega á resulta- 
dos más positivos, poniendo en práctica mejores 
medios que los que ellos usaron respecto de los 
idiomas á que consagraron sus estudios? Con paso 
más ñrme y seguro, con procedimientos menos 
aventurados, podrá ya formarse un cuerpo de doc- 
trina más uniforme, sin los defectos que se han 
descubierto, y los estravíos cometidos en lo que an- 
tes se habia practicado, y se alcanzará al ñn la 
verdad. 

La observación etimológica, es, no tiene duda, 
de grande utilidad para la historia, y el conoci- 
miento de los progresos del entendimiento huma- 
no, pero usada con recta inteligencia y sano juicio, 
y con mucho criterio y circunspección, sin dejarse 
arrebatar de extravagantes, forzadas, pueriles y ri- 
diculas interpretaciones, como lo han hecho varios 
autores; y se vé en la etimología de los nombres 
kermes y Theos, de que muchos se han ocupado, 
y de que hablan Pompeyo Festo y Vosío, y en 
otros varios. 



—441— 



§ G. 



El empeño de Thomasino en probrar que todas 
las lenguas eran dialectos hebreos, Je hizo incurrir, 
por la exajeracion, en muchos errores y equivoca- 
cienes, apesar de la grande erudición con que es- 
cribió su glosario. (1) Oorojño incurrió también 
en el mismo defecto respecto de la lengua cim- 
brica. (2) 

Muchos de estos defectos, y el esclusivismo sobre 
todo, conque hablan sido considerados ciertos idio- 
mas, fué desapareciendo á medida que el análisis 
se aplicaba y se fijaba mejor lo que en esta línea de- 
bía practicarse. Por eso vemos ya en el siglo XVII 
algunos trabajos, quo aunque muy distantes toda- 
vía de poderse llamar completos, son menos defec- 
tuosos y censurables que muchos de los que habían 
precedido. Funrjeri^ (3) por ejemplo, en su voca- 
bulario busca el origen de las palabras latinas 



(1) Glossariura universalo hcbraicum, aulorc Ludo- 
vico Thomariuo. París, 1697 fol. 

(2) Ilermathine Joaunis Goropi Becani. Aniuerpioe, 

lüOO. 

(3) Joanuis Fungeri origiualiouum scu climologici 
triglatai florileginura. Liigduiii, 1G28, 4° 



—442— 

en las griegas y hebreas. Vosio, aprovechándose 
de lo que sobre esto habían escrito Terencio, Var- 
ron, Pompeyo, Festo, y otros, dio un paso más. Des- 
pués de él apareció Erico^ cuyos esfuerzos no sé 
limitaron á fdíabras latinas solamente; sino que 
sus observaciones se extendieron al inglés, alemán, 
francés, italiano y español. 

Estos trabajos han venido renovándose hasta 
producir en tiempos más recientes los de los orien- 
talistas, que se han ocupado del estudio de las len- 
guas semíticas. Las obras de J. chr. Adelung y J. 
P. Vater (1), de Lor (2), Faber (3), y Klaproth (4), 
que contienen apreciaciones, reglas, y observacio- 
nes de mucha importancia, revelan el profundo co- 
nocimiento y el estudio y meditación con que han 
considerado esta materia. 

Las indicaciones de Scaligero sobre el sajiscri- 
to (5); las que sobre el mismo idioma han he- 



(1) Mithridates oder algenueiue spranchecuiide voii 
3 chr. Adedung uud J. P. Valer.— Beiiin, 1806. 1817. 

(2) Seconde leltre adressée a la asiatique du París 
par L. de Lor. — París, 1823. 

(3) Singlosse oder CruudscElze dor spracliforichung, 
Ton J. Faber Karlsrulie, 1826. 

(4) Asia Polyjrlota ven J. Klaproth. — París, 1823. 

— Memories relalifs k l'Asia par J. Klaproth. París, 
1826. 1828. 

(5) Les laugues d'Europe, pág. 310. 



—443- 



cho M. Rapp y después M. Chavie (1) y los traba- 
jos de comparación de M. Oppert entre el griego y 
el latin y las lenguas arianas, pueden ser de mu- 
cha utilidad. 



§7. 



De todo esto puede hacerse uso muy ventajoso 
respecto de las lenguas que se han hablado en 
América, comparándolas con las más antiguas del 
otro continente. 

Muy imperfectos é incompletos son los pocos en- 
sayos y tentativas que se han hecho, debido en mu- 
cha parte al conocimiento escaso que los hombres 
competentes han tenido de esos idiomas, á la difi- 
cultad de reunir los materiales necesarios para una 
empresa de esta clase, a la suma de conocimientos 
que es preciso poseer, y al tiempo y dedicación 
que demanda su realización. 

Los trabajos de los misioneros, que se ocuparon 
en estas regiones de la propagación de la fé católi- 
ca, formando instrucciones doctrinales, gramáti- 
cas y diccionarios de algunos de los idiomas que 



(1) La science positive des langues indo-europenes 
&c. dans la Revue de linguistique, tom. 1, art. d'intro- 
duction. 

ESTUDIOS — TOMO II — 58 



—444— 

en ellas se hablaban, son el tesoro precioso con 
que para esto se cuenta. 

El Abate D. Lorenzo Hervás, en su «Catálogo 
de las lenguas de las naciones conocidas,» ha reu- 
nido sobre las lenguas americanas datos y noti- 
cias de tal importancia, que podrán servir mucho 
para clasificarlas, conocer las que de preferencia 
deben estudiarse, y ordenar el plan que debe se- 
guirse en el examen comparativo que de ellas se 
haga, pues para formarlo se valió de los mejores 
informes que estaban á su alcance, indicando los 
países en que se hablaban. 



§8. 



Según esos datos, las lenguas matrices de Nue- 
va España son: (1) 

La mexicana. 

Otomí. 

Tarasca. 

Pirinda. 

Cora. 

Maya. 

Misteca. 



(1) Hervás. Catálogo de las lenguas conocidas, etc., 
lom. 1, cap. G, § 2. pág. 187. 



—445— 



Totonaca. 

Hiaqui. 

Pericú. 

Guaicura. 

Gochimí. 



§9. 



La primera se hablaba en casi todo el país. Era 
conocida aun más allá de los confines del grande 
imperio que los españoles encontraron establecido 
en esta parte del continente americano. 

<í Se hablaba y habla, dice el Abate Hervás (1), 
en países muy distantes de México, y adonde no 
llegó nunca el dominio de los mexicanos; esto es 
en muchos países no continuados ó unidos, que es- 
tán situados desde el grado 11 hasta el 26 de lati- 
tud boreal, y se conjetura que se hable también á 
los 38 y más grados de la misma latitud; pues de 
países de tal latitud salieron aquellas gentes que 
llevar 071 á México la lengua mexicana. » 

Gita en su apoyo á Clavijero^ que refiriéndose á 
Torquemada y Betancoiirt, dice que en un viaje 
que hicieron los españoles en 1606, desde Nuevo 



(1) Catálogo de las lenguas conocidas, etc., tom. 1» 
cap. 6^ n, 99, pág. 291 y sig. 



—446— 

México hasta el rio Tizón, distante seiscientas mi- 
llas de aquella provincia hacia el Noroeste, vieron 
muchos indios que hablaban la lengua mexicana; 
y en efecto, asi lo expresa el citado autor. (1) 

De esto infiere también, que haya sido no solo 
la lengua propia de los aztecas, sino de los tolte- 
cas y chicMínecas también, y quizá de otras na- 
ciones que hayan ocupado y habitado gran parte 
de la América septentrional antes de la formación 
del imperio mexicano. (2) Acosta cree que se es- 
tendió y fué introduciéndose después en todos los 
países que iban conquistando los Señores de Mé- 
xico, aunque le dá menos extensión que á la de 
Cuzco de la América del Sur, que corria mil leguas, 
y ala de México le suponía poco menos. (3) Kla- 
proth, que sobre los idiomas americanos ha hecho 
un estudio detenido é investigaciones interesan- 
tes, dice (4) que la lengua más extendida sobre la 
mesa de México es la mexicana ó azteca, aunque 
interrumpidida por el territorio de otras lenguas, 
y « se extiende cerca de mil millas, desde el 37*^ 
de latitud Norte hasta las cercanías del lago de Ni- 
caragua. y) 

(1) Clavijero. Hist. ant. de México, iom. 2, disert, 1, 
pág. 212. Edic. de 1826. Londres. 

(2) Hervás. Catálogo de las lenguas conocidas, etc., 
tom. 1, trat. 1, n. 3, p. 121, y cap. 6, n. 99, p. 293. 

(3) Acosta. Hist. nat. y mor. de losind., tom, 2, cap. 
26, p. 225. 

(4) Enciclopedie moderne, t. 15, art. Langues. 



—447— 

D. Francisco Pimentel no cree, que los chichi- 
mecas hablasen la misma lengua que los antiguos 
toUecas y nahuatlacas. Para fundar su juicio dá 
razones de mucho peso y dice, (1) « que los úni- 
cos pueblos antiguos de Anáhuac que hablaron el 
mexicano, fueron los tol tecas y nahuatlacas; los 
chichimecas le adoptaron; pero antes tenian un 
idioma diferente, hoy desconocido, que acaso no 
existe, ó se conserva entre algunos de sus compa- 
ñeros del Norte, que no salieron de sus tierras, ó 
se quedaron en el camino.)) 



§10. 



Reputa el Abate Eervás la lengua Oiomí, como 
una de las más antiguas que se hablaban en esta 
parte del continente americano (2). Los otomites 
según Clavijero (3) se conservaron por muchos si- 
glos en la barbarie, viviendo en las cavernas de 
los montes y sustentándose de la caza. Eran repu- 
tados por la nación más tosca de Anáhuac, tanto 
por la dificultad que presentaba su idioma para en- 



()) Pimentel. Cuadro descriptivo y comparativo de 
las lenguas indígenas de México, tom. 2, pág. 157 y 58. 

(2) Catálogo de las leng., trat. 1, cap. 6, n. 99, pág. 
298. 

(3) Hist. ant. de México, t. 1, lib. 2, pág. 96 y 97. 



—448— 

tenderlo, como por su vida servil; «pues aun en 
los tiempos de los reyes mexicanos eran tratados 
como esclavos. Su lenguaje es lleno de aspiracio- 
nes guturales y nasales, pero no carece de abun- 
dancia y de expresión.)) Herrera lo califica de 
muy duro y corto ^ una misma cosa dicha aprisa ó 
despacio, alto ó bajo, hace variar la significación 
de las palabras (1). Por eso cree el Abate Hervás 
que se asemeja mucho á la china, pues cambia la 
significación de las palabras con el acento vario de 
sus sílabas; por lo cual dice vc^ViQldi gramática oto- 
ynita se debe escribir como se escribe la cliina\ di- 
ferenciando en la escritura con el acento vario de 
sus letras.» (2) 

Esta semejanza con el cMno se encuentra con- 
firmada por el estudio notable del P. Nájera, de 
que se hizo mención en el capítulo anterior, hasta 
creer que no solo hay afinidad, sino un verdadero 
parentesco entre uno y otro idioma. Una de las di- 
ficultades que presenta es la de la pronunciación, 
pues, como dice, «en el sistema de escritura he- 
brea, griega, y la actual europea, no ¡mede si7i 

gravísimas dificultades escribirse el othomi 

Por lo tanto «necesita de un género de escritura en 
el que hubiere signos con que fijar el significado de 



(1) Herrera. Hist. gen. de los hechos de los castella- 
nos, etc., déc. 3, lib. 5, cap. 19, p. 180. 

(2) Hervás. Gatál. de las leng., etc., tom. 1, trat, 1, 
cap. 6, n. 102, p. 309. 



—449— 

las palabras, que con las mismas letras y todo pue- 
den tenerlo diverso. Esto se podría conseguir aca- 
so con la escritura china. -i) (1) 

Mr. Klaproth reputa el othomi, después del mexi- 
cano, como el más estendido en Nueva España, 
notable por el gran número de monosílabos, y por 
la frecuencia de sus aspiraciones nasales y gutura- 
les. (2) 



§ 11 



La lengua tarasca la caliíica Hervás de muy pu- 
lida y cortada (3); D. Francisco Pimentel la des- 
cribe en su obra varias veces citada. (4) Además 
de lo que al hablar de ella se expresa en el capítu- 
lo anterior, hay según él que notar, que en punto 
á combinación de letras, la aspiración es de mucho 
uso, y puede decirse que domina;» que es polisilá- 
bica; que tiene muchas partículas componentes; 
que abundan las onomatopeyas; que no hay sig- 
nos para expresar el género; ni comparativos, que 



(1) Disertación sobre la lengua othomí. 

(2) Enciclopedio moderne, ait. Langues, toni. 15. 

(3) Catálogo de las lenguas, etc., tom. 1, trat. 1,cap. 
6, n. 102, p. 308. 

(4) Cuadro descriptivo 3' comparativo de las lenguas 
indígenas de México, tom. 1, pág. 273 y sig. 



—450- 



es preciso suplir con verbos ó adverbios que indi- 
quen comparación ó exceso; ni preposiciones pro- 
piamente dichas j sino una solamente. 



§12. 



De la lengua 'pirinda hace también una descrip- 
ción, dándola á conocer en sus partes esenciales. 
«Casi todas las palabras acaban en vocal. » Su com- 
posición es elegante; es rica en número de voces; 
carece de signos para marcar el género, y de de- 
clinación para el caso; los nombres diminutivos se 
expresan por medio de partículas intercalares, lo 
mismo que el comparativo y superlativo; y abun- 
dan en ella los verbos defectivos é irregulares. (1) 



§13. 



El alfabeto de la lengua cora es como sigue: a, 
b, ch, e, h, i, k, m, n, o, p, r, t, u, v, x, y, z; tz. 
Abundan en ella los diptongos y triptongos, es po- 
silábica; el cambio del acento basta para diferen- 
ciar el sentido de muchas palabras; posee muchos 
sinóminos y palabras holafrásticas; el nombre ca- 



(1) Pimentel. Cuadro desc. y cora, de las leng. iad. 
de México, tom. 1, pág. 497 y sig. 



—451 — 



rece de declinación para expresar el caso; y tiene 
signos para marcar el género; pero carece de ellos 
para designar las personas en los verbos, los cua- 
les no tienen infinitivo. (1) 



$i4. 

Sobre la lengua utaya se ban beclio ya algunas 
indicaciones. Solo añadiré que, según Landa, (2) 
era muy dificuKosa, y costó gran trabajo á los re- 
ligiosos franciscanos aprenderla, valiéndose Fray 
Luis Villalpando, para lograrlo, de señas y piedre- 
zuelas. Escribió doctrina cristiana en dicba lengua, 
y bay una gramática y diccionario formado por él, 
de que habla Clavigero (3.) y también Pimen- 
tcl. (/i) 

Kl P. Beltrandá en su gramática algunas reglas 
sobre la pronunciación, (b) El mecanismo de los 
verbos es de tal naturaleza que «las personas se 
marcan por medio de los pronombres personales ó 



(1) Pimentel. Obra citada, t. 'i, p. 69 y sig. 

('2) Relación do las cosas do Yucatán, § 17, p. 94. 

(3) Hisl. ant. de México, lomn ^ íli^frl. «. p. 398. 

(4) Obra antes citada, p. 5. 

(b) «Arte del idioma maya,» r<:duculo á susciutas re- 
glas y semi-lexicou yucateco por Bernardo de Ilegal. 
1746. 4'» 

ESTUDIOS — TOMO II — 59 



—452— 

posesivos, y los tiempos y modos con partículas y 
terminaciones.» 

El Abate Brasseur descubrió en este idioma la 
riqueza y elegancia de formas que habia encontra- 
do en la lengua quiche , con la cual tenia analogías 
muy sorprendentes y numerosas y variadas sínco- 
pas (1), y creia que en tiempos anteriores babia si- 
do la lengua universal de Cbiapas y la América 
central. (2) 

Gallatin bace también sobre ella algunas obser- 
vaciones, valiéndose al efecto de la gramática de 
Pedro Beltran. (3) 



§ it;. 



De la lengua mixteca se ba bablado también ya, 
dando á conocer los rasgos principales que la dis- 
tinguen de las demás. La acentuación en ella es 
tan importante, según el P. Alvarado (4), que 



(1) Esquisse d'ime grammaire de lalaogueMaya d'a- 
pres celles de Beltrau et de Rus. 

(") llistoire des nalions civilisées du Mexique et de 
rAmerique Céntrale, tom. 3, liv. 9, chap. 2, pág. 3ií. 

(3) Transactios of the American ethnological Society, 
vol. 1. New York. 1845. 

(4) Vocabulario de la lengua mixteca por los PP. de 
la orden de Predicadores, por Fr. Francisco de Alvara- 
do. México, lo9.>. 



—453— 

muchas palabras varían de significación con solo 
el acento^ y modo blando ó lleno de pronunciarlas. 
Su composición ofrece algunas cosas notables por 
la justa posición é intercalación de palabras y partí- 
culas que se juntan, el mecanismo de la conjuga- 
ción es sencillo. 



§ 16. 



Respecto de la lengua tokmaca, hay que obser- 
var que ninguna de sus dicciones acaban en 1, y, 
q. ZciDibrano Bonilla^ que escribió el arte de esta 
lengua (i), esplica el modo de pronunciar algunas 
de las letras de su aliabelo. Para la composición 
de palabras usaban la agregación de algunas le- 
tras, y tiene además muchas partículas componen- 
tes. Carece de signos para expresar el comparati- 
vo y superlativo, los cuales tienen que suplirse 
con adverbios que signiñcan más ó muy. En cam- 
bio, el verbo es susceptible de muchas modifica- 
ciones, que lo hacen ser muy expresivo; y tiene 
muchos adverbios. 



(1) «Arte de lengua lotonaoa conforme al de Antonio 
de Nebrija» por D. José Zambrano Bonilla, con una 
doctrina en la lengua de Naolingo por D. Francisco Do- 
mínguez. México, 1752. 



í 54- 



§ 17. 



La lengua híaqui em la dominante en las misio- 
nes de Sinaloa^ en donde se hablaba también la 
luhar y la zoe^ que Hervás reputa por matrices (1). 
Cuenta con muchos dialectos, hasta asegurar elP. 
Rivas (2)^ que el número de las leugua.s que allí se 
hablaba era casi infinito; pues sucedía que en un 
mismo pueblo eran diferentes las de sus barrios; 
y aunque bárbaros, dice que admira ver cómo sién- 
dolo, «observan sus reglas, su formación de tiem- 
pos y casos, derivaciones de nombres 

y hay muchas que ni en vocablo ni en ar- 
te tienen conveniencia las unas con las otras.» (3) 



18. 



La lengua Pericú se hablaba en California des- 
de*el cabo de S. Lúeas, que forma la extremidad 



(1) Catálogo de las lenguas conocidas, tom. 1, trat. 
1, cap. 6, n. 105, p. 317—19. 

(2) Hist. de los triunfos de nuestra santa fé eu las 
misiones de la provincia de los jesuítas en Nueva Es- 
paña, por Andrés Pérez de Rivas de la Compañía de 
Jesús, lib. 6, cap. 11. Madrid, IGío. Fol. 

(3) Obra y lugar citado. 



boreal, y so exlendia su uso en un. espacio demás 
de cincuenta leguas. Esta lengua desapareció con 
la nación que la hablaba. (1) 



§ 10. 



La lengua gimcura se hablaba también en Cali- 
fornia hacia el Norte en un espacio de sesenta le- 
guas hasta Loreto. (2) No se encuentran en ella 
las letras f, g, 1, o, x, z, y s, excepto qüIscTi. Los 
sustantivos no tienen variación de casos: faltan to- 
dos los que no representan cosas materiales, y no 
hay pronombre relativo; « casi ningún sustantivo 
puede ponerse solo sin agregar el posesivo, ó pro- 
nominal adjetivo.» Existen pocas preposiciones y 
conjunciones. (3) 



§ 20. 



La lengua cochimi abrazaba una extensión con- 
siderable, y de ella existían varios dialectos en las 



(1) Ilervás. Gatál. de las lenjj., etc., tom. 1, tral. 1 . 
cap. 7, n. 112, p. 347—48. 

(2) Ilervás. Obra y lugar citado. 

(3) Pimentel. Guad. desc. y comp. de las leng., etc., 
Vom. 2, p. 209 y sig. 



— 4b6— 

misiones que se habian formado en los países me- 
diterráneos de la expresada península de Califor- 
nia. (1) Glavigero, citado por Pimentel (2), dá al- 
guna idea de esta lengua. Dice que en California 
es la más extendida, y muy difícil; que está llena 
de aspiraciones, y tiene algunos modos de pronun- 
ciar que no pueden explicarse. Los nombres nume- 
rales no pasan de cinco, y el año no lo dividen en 
meses, sino en seis estaciones. 



§21. 



El conocimiento y examen comparativo de estas 
lenguas es de suma importancia para la cuestión 
de origen; porque según la opinión unánime de los 
historiadores de México, del Norte vinieron mu- 
chas naciones ó tribus que fueron derramándose 
y poblando esta parte del continente americano. 



§22. 



Muchos y muy variados eran los dialectos de to- 
das estas lenguas. El mazaiñli, el concha y el 



(1) Ilervás. Ubra citada, pág. 349. 

'1) Pimentel. Ciiad. desc, &c., p. 219 y sig. 



—457— 

chiiiarra reputados por dialectos mexicanos. El 
mazaliui lo es de la otomi, que tiene tantos, según 
D. Francisco Pimentel (1), cuantos son los pueblos 
donde se habla. 

Poco conocidos son los de las lenguas tarasca y 
pirinda; la cora tiene tres, el muutziztt, el teakua- 
citzizti y el Atcaliari. 

Se tienen como dialectos de la lengua maya el 
cakcM^ el poconcM, el cakchiquel y el j^ocoman 
(2). El Abate Brasseur cuenta además como tales, 
el mopan, el peten, el chol, el tzendal (3), el zotziL 
Y el ma7i (4). 

Trece eran los conocidos de la lengua Míxteca, 
aunque Herrera (o) los reputaba lenguas diferen- 
tes, bien examinadas se ha visto que todas prove- 
niande una lengua matriz, por las analogías descu- 
biertas en ellas. Los principales son el tepuzculu- 
la y el yanhuitlan (G). Los demás son tantos, es- 
pecialmente por las diferencias en la pronuncia- 
ción, que en un mismo pueblo, dice el autor cita- 



(1) ídem, Ídem, t. 1, pág. 140. 

(2) Hervás. Cat. de las leng., tom. 1, cap. 6, n. 100, 
p. 304. 

j3j De éste se ha hablado en el cap. auterior. 
(4) Esquisse d'une graramaire de la lengue Maya. 
(o) Ilisl. gen. de los hechos de los castellanos, etc. 
Dic. 3, lib. 3, cap. 12, p. 123. 

(6) Arte de Fr. Antonio de los Reyes. México, 1593. 



do, «se habla en un barrio de una manera y en otro 
«de otra (I).» 

Los de la lengua totonaca son cuatro: el titihel- 
hati, el chahalmasti, el ípapano y el ultimólo. 

Varios son los de la lengua Maqui, bajo cuya 
denominación designaban los PP. Misioneros la 
lengua principal de Sinaloa^ donde se hablaba 
también la serl y la tepegnano; la guaimo^ la tu~ 
bar y la zoe, eran consideradas como matrices (2). 
El P. Rivas juzgaba casi infinito el número de dia- 
lectos. Aunque «á veces, dice, se hallan muchos 
« pueblos de una misma lengua, también sucede 
« que en un mismo pueblo sean diferentes las de 
« los barrios (3) . >-> Menciónanse como tales el ztia- 
qice, el ocoroni, el mayo, el telmaca^ el conico/dy 
el cMcorata, el gavimeta, el ahame y el giiazave 
(ó guayave) (¿i), lo cual so encuentra conñrmado 
con lo expuesto por otros misioneros. 

Más adelante (5) habla, aunque sin entrar en de- 
talles y explicaciones, de otras varias lenguas y 
dialectos como la topia, acqjce, tepehuano. Parras 



(1) ídem. 

(2) Hervás. Gatal. de his leng., loiu. 1, Irat. 1, cap. 
G, n. 105, p. 317, 319 y sig. 

(3) Hist. de los triunfos de nuestra S. fé, ele lib. 1, 
cap. 6. 

(4) Hervás, obra y lugar citados, p. 322. 
(o) ídem, n. 106, p. 327 y sig. 



—459— 

y Zacateca, guiándose por lo que expone el P. Ri- 
vas en el lib. 11, cap. I , de su obra antes citada. 
Al 03uparse de la 7'araJmmara alfa j baja, de 
Sonora, y demás naciones que se hallaban dise- 
minadas al Norte de Sinaloa, donde penetraban los 
zelosos propagadores del Evangelio, hace mención 
de la lengua tarahumara; y de la chinijm, guaza- 
par i, ternorí, ¡Mo y tw/'oAí'o como dialectos suyos; 
del eiideve, opata y piona j de otras cuatro lenguas 
principales, á saber la Eure, la nacamari, la na- 
cosura; y las que hablaban las naciones confinan- 
tes conocidas con los nombres de baticco, cnmupa, 
huasdaha y bahispe, que se congetura tendrían en- 
tre sí alguna afinidad. (1) 

Las demás tribus ó naciones, que se encontrabau 
diseminadas desde la embocadura del rio Colorado 
hasta más allá del rio Suanco, hablaban varias 
lenguas, entre las cuales había afinidad. Las len- 
guas eran la y a ¡na, la qiiiquimay la cacarnarica , 
la pima^ y la sabaipure (2) á las cuales es preciso 
agregar la coanapa, la bajiopa^ y la cutguane rela- 
cionadas con la ^r//«a según aparece de los escri- 
tos de Clavijero (3) y el P Burriel. (4) 



(1] HervrtS. obra y luu;ar autos citado.>, n. 109, p. 332 
hasta la 337. 

(2) Idein, idem, pá^. '6\\. 

(3) Storia dolía California. Venecia, 1789, 8'*, 2 vol. 

(4) Noticia de la California, etc., por Andrés Burriel. 
Madrid. l7o7. 4". vol. 3. 

ESTUDIOS — TOMO H — 60 



—460— 

Se tenían como dialectos de la kngiia guaicura 
el loretano, el cora, el iichitié, y el aripe, que han 
desaparecido con las tribus ó naciones que las ha- 
blaban. (1) 

La ¡etigua cochÍ7ni tenia cuatro dialectos. {'!) 



§23. 



Además de estas lenguas y dialectos, en la obra 
tantas veces citada del Sr. Pimentel aparece la 
descripción del opata ó teguina, del taraJmmar, 
del caldia, el tepelman, el 'pima, el quiche, el eu- 
deve^ el mixe, el mazaliua^ el comnnche, el mii- 
izun, el iaiclip^ el tejano, asi como algunas muy 
tijeras indicaciones sobre la existencia del cacJii- 
qiiel, el zuhihil, el chañaba!, el chiapaneco, el 
chol, el fzendaJ, el zoqiie, el fzotzil, el j'o/yí?, el //- 
pan, e\ papayo, oí piro, el tuhar, el cuica teco, el 
mazateco, el cltuclion, el pame, el serrano, el í"(^- 
mancJie, y varios idiomas de la Alta California 

Respecto de la lengua ^^^v^V, aunque solo pudo te- 
ner á la vista para dar una idea de ella el confe- 
sionario, la construcción de las oraciones de la 



[i] Hervás. Catálogo de las lenguas conocidas, etc., 
tom. 1, trat. l,cap. 7, pág. 34S. 
(2) ídem, p. 349. 



—461— 

doctrina cristiana, y un compendio de voces mixes 
para enseñar á pronunciar dicha lengua, la des- 
cribe diciendo que su alfabeto se compono de las 
letras a, b, ch, e, h, i, k, m, n, ñ, o, p, t, u, v, 
X, y tz; que su pronunciación es muy dura y di- 
fícil; que es muy frecuente la reunión de dos con- 
sonantes en una sílaba; el encontrar duplicadas 
algunas vocales, y palabras en que concurren jun- 
tas tres y hasta cuatro de ellas; es de bastante uso 
en ella la composición do palabras; no encontró 
signos especiales para marcar el género, el nombre 
carece de declinación para designar el caso, abun- 
dan los nombres verbales, el pronombre como pre- 
fijo ó afijo dá á conocer las personas del verbo, es • 
te carece de subjuntivo y de infinitivo, que se su- 
plen con el futuro; hay varias clases de verbos, 
entre los cuales se enumeran los pasivos, recípro- 
cos y compulsivos; y la preposición se pospone á 
su régimen. (1) 

El Abate Brasseur encuentra semejanza entre 
las lenguas Diije, la choche, la zotzil y la tzendal, 
lo cual en su concepto señala su próximo paren- 
tesco con la maya: « los sonidos guturales y bre- 
ves de que abunda, son, dice, una prueba casi po- 
sitiva, de que más que ser derivado del idioma de 
Yucatán, es, según toda probabilidad, un dialecto 



i 

(1) Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas 
indígenas de México, tom. 2, pág. 173 y sig. 



—462— 



más ó menos corrompido por el tiempo y la dife- 
rencia de las circunstancias.» (1) 



§24. 



En la América Central era también grande el 
número de lenguas y dialectos, que se hablaban 
en los señorios y provincias que componian lo que 
después de la conquista se llamó Reino de Guate- 
jnala. El Presbítero D. Domingo Juarros dice que 
tenia por cierto, (^ que ninguno de los reinos del 
Nuevo Mundo tenia tantos y tan diversos idiomas 
como el de Guatemala,» (2) Solo veintiséis desig- 
na con sus nombres, y son los siguientes: 



Quiche. 

Kachiquel. 

Zubtujil. 

Mam. 

Pocomam. 

Pipil ó Nahuate. 

Pupuluca. 



(i) Hist. des Dat, civil, du Mexique et de rAmerique 
Céntrale, tom. 3, liv. 9, chap. 2, pág. 35. 

(2) Compendio de la Historia de le ciudad de Guate- 
mala, t. 2, trat. 4, parle \\ cap. 6, p. 32. 



^463— 

Sinca. 

Mexicana. 

Chorti . 

Alaguilac. 

Caichi. 

Poconcbi. 

Ixil. 

Zotzil. 

Tzendal. 

Chapaneca. 

Zoque. 

Coxoh. 

Chañabal. 

Chol. 

üzpanteca. 

Lenca. 

Aguacateea. 

Maya. 

Quecchi. 

D. Francisco Gavarrete dice que casi lodos estos 
idiomas se conservan vivos actuahnente. Mencio- 
na diez Y siete, reputando el cachiquel y zutuhii, 
como dialectos del Quiche. Cree que el Maya « es 
el más antiguo, y la lengua madre de la mayor 
parte de las que se han mencionado. » ( I ) 

El Abate Brasseur, aprovechándose de diferen- 



(l) (jcoj^'iaña de la República de Gualemala por F. 
G., 2* edic., Guatemala, 1868. Parte í», pág. 81. 



—464— 

tes obras y varios manuscritos, que logró tener á 
la vista, especialmente el ((Tesoro de las lenguas 
Quiche, Cahcliiquel, y TzutuMh del P. Francisco 
Jiménez, compuso una Gramática de la lengua 
qvAclió y un vocabulario. (1) Tanto esta lengua 
como la Cakchiquel y la Tzutubil las considera co- 
mo diaJectos (2) y también la mame y la jioko- 
m(f''nie. En todas ellas, junto con la maya y la tze7i' 
daly encuentramuchos vínculos de parentesco. (3) 



§ 2b. 

La gramática de ese autor dá á conocer comple- 
tamente el idioma en todos sus detalles; la diferen- 
cia que existe en la pronunciación de varias letras 
de nuestro abecedario, y las que en él faltan ente- 
ramente, por no tener sonido correspondiente. Ha- 
ce nolar que no ba}' en este idioma variación de 
géneros, ni de casos por distintas terminaciones, 
(4) cómo se forman los nombres compuestos (b), la 



(1) Grammaire de la languc Quichée, espagnol frau- 
gaisc mise en parallele avec ses deux dialectes cakechi- 
quel et Tzutuhil etc., parí' Abbé Brasseur de Bour- 
bongli, etc. París, 1862. 

(2) Avant propos, p. 9, 

(3) ídem, Ídem, p. 16 y 17. 

(4) Gramática de la lengua Quichée, cap. 2, § 1, p. 4 

y 5. 

(Í5)_ldera, ídem, § 2. 



— 4G5 — 

falta de terminación propia para el comparativo y 
superlativo (i), lo difícil que es en los verbos, por 
la confusión v diversidad de sus formaciones, v 
calidad extraordinaria que tienen parala composi- 
ción (2), sus varias clases {^); la multitud que hay 
de adverbios y sus diferentes especies {'t): los^adje- 
tivos numerales, y orden que siguen en sus cuen- 
tas. (5) Concluye comparándola con sus dialectos 
cakchiquel y tzutubil mostrando las diferencias 
que entre ellos se notan. (C) 

D. Francisco Pimentel es el último que ha es- 
crito sobre estas lenguas, teniendo á la vista va- 
rias obras, muy particularmente la gramática del 
Abate Brasseur, de qne acaba de hablarse, la cual 
le sirvió principalmente para hacer la descripción 
de la expresada lengua. (7) Pone el alfabeto de 
que se compone, que es la común, menos la d, f, 
j, 11, ñ, s, que en él faltan, y agrega tz y la tch. 
y según lo que indica no hay en esa lengua car- 
sazon de consonantes, y más bien dominan las vo- 
cales, encontrándose á veces repelidas algunas de 



(1) Gramática de la lengua Oniohée. cap. :.. 

(2) Ibid., cap. 7 y 48. 

(3; Ibid. cap. 8, 9, 12, 13 y 14. 
(4) Ibid. cap. 10, p. 134 y'sig. 
fS) Ibid. cap. 19, pAg. 142 y sig. 

(6) Gramática de la lenorua Quiche, cap. il, p. 15G 

y sig. 

(7) Cuadro descrip. y comp. de las leng., etc.. tom. 
2, p. 121 y sigr. 



— 4Gtj — 

éstas. El idioma es polisilábico: las figuras de dic- 
ción se cometen en varios casos; parece abundar 
enonomatopeyas; no hay declinación para expre- 
sar el caso; de los verbos se derivan nombres ver- 
bales; hay cuatro clases de verbos, falta el sustan- 
tivo, que se suple con otros; es rica y regular en 
su sistema de derivación; y tiene muchísimos ad- 
verbios, (i) Difiere en muchos puntos del Abate 
Brasseur, y su opinión la dá á conocer en las no- 
tab que acompañan á la descripción. 

Es de observarse, que además de las lenguas re- 
feridas por Juarros habia otras^ como se hadichO; 
encontrándose entre ellas la choloteca, coribici, 
chontal y oratina. que según Herrera se hablaban 
en Nicaras'ua. rl) 



(1) Cuadro Jescrip., ot.v, torn. '2. pág. 119 hasta la 
loO inclvisive. 

('2) Hist gen. de lus hechuí áe lo- castellanos. Dec. 
3, lib, 4, cap. 7. p. l'^i. 



CAPITULO XXXIV. 



1. Continuación de la misma materia. Lenguas de la 
América del Sur; su gran número y diversidad. — 2. 
Lengua Quichua ó del Gozco: sus dialectos. — 3. La 
Araucana de Chile, y sus dialectos. — 4. La Guariní 
en el Paraguay, y sus dialectos: otras muchas len- 
guas y dialectos que allí se hablaban. — 5. La Abipo- 
na del Chaco en Buenos Aires. — 6. Las que se habla- 
ban en el Tucuman y el Paraguay. — 7. Las del Uru- 
guay. — 8. Las que entre todas estas lenguas se tenian 
por matrices. — 9. La lengua Tupi del Brasil: idiomas 
de origen desconocido. — 10. Observaciones sobre el 
idioma caribe. — 11. Otras muchas lenguas y dialec- 
tos, además de los mencionados. — 12. Lenguas y dia- 
lectos de la Nueva Granada. — 13. Del Perú.— 14. Del 
reino de Quito; número de dialectos que cada una 
tenia. — 15, Las de las Provincias de Popayan y de 
Veraguas. — 16. Lenguas de los que antes habitaban 
en los Estados Unidos de la América del Norte y sus 
dialectos. — 17. Conclusión que saca el Abate Hervás 
del estudio prolijo que habia hecho de las lenguas 
americanas. — 18. Lenguas sobre que debe fijarse 
principalmente el estudio comparativo de ellas. — 19. 
Juicio de Herrera, Torquemada, y el Abate Ilervás 
sobre la generalidad de la lengua mexicana: impor- 
tancia de su estudio comparativo para la cuestión de 

ESTUDIOS — TOMO 11 — 61 



—468— 

origen: obras que sobre ella pueden consultarse.— 
20. Importancia para la misma cuestión de las len- 
guas quichua, guariní, araucana, aljonquina, huro- 
na, y apalanchina. — 21. Noticias y descubrimientos 
que resultarán de la comparación de estas lenguas 
con las de Groelandia; opinión de Richer: naciones 
americanas en las costas de California; y datos que 
se tienen sobre las lenguas que allí se hablaban.— 
22, Examen é investigaciones que deben hacerse en 
esos países, el Labrador, y otros. 



§1 



¡Si después de considerar las lenguas que se ha- 
blaban y aun hablan en México y en la América 
Central, dirij irnos nuestras investigaciones á la 
América del Sur, encontraremos allí también un 
número inñnito y gran variedad de ellas. Los au- 
tores, que acerca de esto nos han trasmitido algu- 
nas noticias, hablaban con asombro. -Aunque en 
el Peni había unaHengua general, la de los //^- 
cas^ llamada Quichua, que se hablaba en el reino 
de Qíiito, en gran parte del Tucuman, y en no pe- 
quena de Chile, porque cuando en 1525 entraron 
los españoles, los Incas dominaban desde Pasto 
hasta Maulerio de Chile y buena parte de la famo- 
sa cordillera de los Andes, (1) y su lengua según 



(i) Hervás. Catálogo de las lenguas, tom. 1, trat. 1, 
cap. 4, n. 61, p. 231—232, 



—469— 

Aconta corría más de ínil leguas; (1) porque á me- 
dida que iban conquistando tierras, iban también 
introduciéndola. 3íu¡/ grande era según el mismo 
autor la diversidad dé lenguas; Garcüazo de la 
Vega dice, (2) que « cada provincia, cada nación, 
y en muchas partes cada pueblo tenia su lengua 
por sí, diferente de sus vecinos: los que se enten- 
dían en un lenguaje, se tenían por parientes; y 
así eran amigos y confederados: los que no se en- 
tendían por la variedad de las lenguas^ se tenían 
por enemigos y contrarios, y se hacían cruel guer- 
ra hasta comerse unos á otros, como si fueran bru- 
tos de diversas especies.» 



§2. 



En otro lugar repite el mismo concepto en cuan- 
to á la diversidad de lenguas. Dice de la general, 
que también llamábase Cozco, que los Incas obli- 
gaban á aprenderla á los que caían bajo su domi- 
nio, poniendo ei^ las provincias y pueblos indios 
instruidos que la enseñasen^ y prefiriendo en los 
oficios de la república los que mejor la hablaban. 
El descuido hizo que volviera la confusión y di- 



(1) Hist. nat. y mor. de los Ind., lom. 2, lib. 7, cap- 
28, p. 125. 

(2) Goment. reales, lib. 1, cap. 14. 



—470— 

versidad, llegando la quichua á corromperse tan- 
to, que casi parecía otra lengua diferente. (1) 
Cuando se conservaba en toda su pureza, era fa- 
mosa por su grande armonía y artificio, y por su 
generalidad. Sus dialectos principales son: 

El Chinchasuyo. 

El Lamano. 

El Quiteño. 

El Calchaqui ó Tucumano. 

El Cuzcoano, que es la verdadera quichua ó que- 
chua. (2) 



§3. 



Además de esta lengua que, como se ha visto, 
era general en la vasta extensión en que domina- 
ban los Incas j como lo era la mexicana en todo el 
territorio á donde llegaban triunfantes las armas 
del poderoso monarca, que tenia su residencia en 
esta hermosa comarca; habia en las principales 
naciones lenguas dominantes ó matrices con sus 
dialectos respectivos. En Chile lo era la arauca- 



(1) Gom. real., hb. 7, cap. 2, p. 223. 

(2) Hervás. Catálogo de las leng., etc., tom. 1, Irat. 
1, cap. 4, n. 62, p. 241. 



—471 — 

na {{), j se consideraban como dialectos suyos el 

Chilocno. 

Cuneo. 

Huilicho. 

Puelche. 

Pehuenche. 

Picunche. 

Ranquelche. 

Moluche. 

Villmoluche. (2) 



§4. 



En el Paraguay la lengua Guaraní era conside- 
rada como matriz, admirable por su artificio, fe- 
cunda en dialectos, y célebre por las misiones en 
que se hablaba, que tuvieron tantos años á su cargo 



(1) Arte de la lengua general del reino de Chile etc. 
por Andrés Pebres, jesuíta, Lima 1765. — Dicclonaiio 
chileno. 

(2) Alfonso de Ovalle. Histórica relación del reino de 
Chile. Roma 1646. 4'' lib. 1, cap. I, p. 24. 

— Juan Ignacio Molina. Saggio sulla storia naluralle 
delChüi. Bolonia, 1782. 

— Hervás. Cat. de las leng., lom. 1, trat. I, cap. 1, p. 
123ysig. 



—472- 



los PP. de la Compañía de Jesús, trabajando en 
ellas con un celo verdaderamente apostólico. (1) 
Son dialectos suyos el . 



Guarayo. 
Chirigua 
Omagua. (2) 



Chiriguano ó Ciriono. 



Este último, aunque ha sido considerado como 
uno de los mejores idiomas de la América meri- 
dional, le falta la gran perfección gramatical, que 
se halla en la guarinl. 

Con el omagua tienen afinidad el jurimagua, 
payagua, yagua ^ cocama, cocamülo, y huevo, yete, 
agua, y ;paraguano. (3) 

Hablábanse además otras varias lenguas, que 
algunos escritores hacen subir á ciento cincuenta, 
numerándose entre ellas la chiquita con sus cua- 
tro dialectos, que son el Tao, Piñoco, Manad, y 
Pejwquí y las siguientes que se tenian como di- 
versas de las conocidas y eran la 



(1) Josephi Emmauuelis Peramás de vito etmorebus 
tredecirae virarum paraguayaorum Faventia. 1793. 

— Saggio di storia americana etc. dalFAb. Filippo Sal- 
vador Gilij. Roma, 1790. 

(2) Hervás. Gatál. délas leng., etc., tom. 1, trat. 1, 
cap. 2,p. 143—147—254. 

(3) ídem, idem, p. 269 y 270. 



—473— 
Batage. 
Corabé. 
Guberé. 
Gurucanó. 
Guramino . 
Eccboré. 
Otuque. 
Paicoué. 
Paraba. 
Pauná. 
Puizoca. 
Quíteme. 
Tapi. 
Tapuri. 
Jarabe. 
Baure. (1) 

La lengua Zamuca repútase yov matriz, y tieuQ 
tres dialectos, que son el caípatorode, el marotoco^ 
y el ug areno. (2) 

La Lide, que se hablaba en dos poblaciones del 
Chaco ^ y de la que hay una gramática impresa en 
1733 del P. Machani, tiene varios dialectos; y son 
el toconati^ y el cacáíia. La lengua vuela, distin- 
ta de las demás, se hablaba también en el Chaco 

(1) Hervás. Catálogo de las Icng., tom. 1, trat. 1, cap. 
2, n. 20, p. 158y sig. 

(2) ídem, idem, p. 162—163. 



—474- 



y tenia dos dialectos, uno de ellos se llamaba vue- 
lo, y otro omoanpo. (1) 



§s. 



La lengua aH]pona^ también de las misiones del 
Chaco, en la parte de Buenos Aires ó la Plata, era 
igualmente considerada como matriz de varios dia- 
lectos, (2) entre los cuales cree el A. Hervás que 
debe comprenderse la toM, (3) la mocohi, la yapi- 
t alaga y la mhaya. (4) 



§ <3. 



El idioma yacuniré era muy diferente de todos 
los idiomas conocidos en el Tuciiman. (t>) 

ludi'áleiígwdi's, payuna Y guano, que se hablaban 
en el Paraguay, eran diversas de todas las demás; 



(1) Hervás. Obra y lugar citados, pág. 173 y 174. 

t2) Historia de abipponibus, autore Mariano Dobriz- 
hoffer per anuos XVIII Paraguaricp missionario. — Vien- 
nre, 1784. 

(3) Obra y lugar antes citado, n. 27, p. 176. 

(4) ídem, idem, n. 29, p. 180—182. 

(5) ídem, idem, n. 32, p. 184. 



—475— 



habia también otras llamadas giiachica, memaga, 
y échihie. (1) 



§7. 

En el Uruguay las lenguas principales eran la 

Guanana ó gualacha. 

Guayaqui ó guayaki 

Caaigua. 

Güenoa. (2) 

De la primera de estas lenguas hay una gramá- 
tica escrita por el P. jesuíta Francisco Diaztaño, á 
la cual se agregó después un vocabulario; la se- 
gunda era poco diversa de la primera; la tercera 
era difícil de entender; pues cuando las caiguás 
pronunciaban sus palabras, « no parecían hablar, 
dice el P. Techo, sino dar süvidos, ó formar acen- 
tos confusos en su garganta » (3); la cuarta tenia 
por dialectos el yaro. minuane, holtane. y char- 
rúa. (4) 



(1) Ídem idcin. n. 34, p. 18G y u. 3I>. p. 187 y 192. 

(2) Historia provinci£eParaquariíE Socielatis Jcsu, au- 
torc Nicolás Techo cjusd. societ. Leodis, 1G73. 

(3) Techo. Hist. Paraquariíe lib. 9, cap. 14, p. 251. 

(4) Hervás. Gat.de las leng. etc., tom. 1. Iral. 1. 
cap. 2, p. 197. 

ESTUDIOS — TOMO II — 62 



—470— 



§8. 



Algunos de Jos escritores, que más se han con- 
sagrado al estudio y examen de las lenguas ame- 
ricanas^ creen que entre todas las que se han men- 
cionado, pueden tenerse como matrices las siguien- 
tes:. 

Pelche. 

Guaraní. 

Chiquita. 

Zamuca. 

Mataguaya. 

Lule. 

Vilela. 

Malbalac. 

Lenguas, (1) 



§ 9- 

La lengua tupi era la que generalmente se ha- 
blaba en el Brasil, y sus dialectos entre otros ya- 

(1) Hervás. ídem, n. 17. p, 147. 



—477— 

rios, tiénense como tales el carey o, ta^ioyo, tupi- 
tiaco, timimino,ytdbayare{\). Enúmeranse ade- 
más cincuenta y una lenguas de origen descono- 
cido, usadas por las naciones que poblaban esa 
parte del continente americano, y son las siguien- 
tes: 

Goaitaca. 

Aimore. 

Guayana. 

Goanase. 

Inguarana. 

Cararin. 

Anace. 

Aroa. 

Teremembre. 

Payacu. 

Grens. 

Kiriri. 

Curumare. 

Tapirapez. 

Aeroa. 

Bacure. 

Parisi. 

Barbuda. 

Borara. 

(1) ídem, Ídem, p. 148. 



—478— 

Potentu. 

Maromonie. 

Papayas. 

Cu ralis. 

Barbada. 

Carayá ó Carara. 

Yacarayaba. 

Araya. 

Cayapa. 

Cavalheira. 

Imare. 

Coroada. 

Machacarai. 

Comanacbo. 

Patacba. , 

Guegne. 

Timbira. 

Acroamirine. 

Paracati. 

Anapuru. 

Guanarare, 

Aranbi, 

Caicoi. 

Aturari. 

Menbari. 

Goaregoare. 

Jesarusu. 



—479— 

Amanipuque. 
Payayace. (1) 

Algunos escritores hacen subir á ciento cincuen- 
ta el número de las lenguas habladas en el Brasil. 

A este tenor podria enumerar otras muchas len- 
guas y dialectos usados en esta parte de América; 
mas para esto seria preciso dar á mis escritos más 
ensanche del que me he propuesto. Tengo por 
tanto que limitarme, en lo que aun resta que de- 
cir en esta materia, á lijeras indicaciones, para no 
dejar incompleto el cuadro que me he propuesto 
trazar. 



§10. 



En los estudios que he hecho, me ha llamado la 
atención encontrar como el más universal en las 
naciones de lo que se denominaba Tierra Firiiie, 
el idioma caribe, que era el que se hablaba en las 
AjitiUas, fijando en esto mucho la atención por las 
diversas opiniones, que se han emitido sobre el 
origen de la población de América. 

Los primeros dialectos con que me encuentro de 

(1) llervás. Catálogo de las leng., etc., tom. 1, Irat. 
1, cap. 2, ii.*19, p. 154. 



—4 Su- 
este idioma universal son veinticinco de que hace 
mención el P. Gilij (1) y son los siguientes: ake- 
recato, akiricato, areveriano, arinacato, avaricoto, 
cumanacato, guakiririe, guanero, kirikiripo, ma- 
curoto, makiritaro, mapaya, nanon, oye, palenke, 
poreko_, parcácoto, pandacoto^ uara-múcuru, ua- 
raca-pachili, uarinocoto, y uokcari. 

Busching (2) hace mención de otros varios y 
son araco, aravari, arenquepano, aricari, arvaco, 
avakiari, avaramafío, calibo ó caribe, canga, cata- 
paturo, cateco, catsipagoto, eparagolo, evaipono- 
mo, gatoguamchano, gujano, mayo, marashuaco, 
macaono, mukikero, muraco, paragoto, salmano, 
samagoto, shebayo, taoyo, vazevaco, y urabo. 



§ 11. 



Lo expuesto dá á conocer cuan distantes estaban 
de la exageración los escritores que, asombrados 
de la diversidad de lenguas que iban descubrién- 
dose en la América meridional, creian que su nú- 
mero era infinito. Además do las ya expresadas, 
todavía se encuentran entre otras muchas, como 
matrices la Saliva con sus dialectos ature, ^;/rí/'0(2, 



(1) Saggio di storia americana, etc., dall' Abale Fili- 
po Salvador Giiij. — Roma 1780. 

(2) Geografía etc., tom. 21, § X. 



—481— 

y cuaca; la Maip^ire con ocho dialectos, que son el 
avanCj meepv.re, cavene, parene, guipanave, kirru- 
pa, achagua, y aUire; la oiomaca, de que es dia- 
lecto el iaparita; la Betoi, cuyos dialectos son el 
ele, airica, situsa, j jicara; y la Yarv.ra ó Ja- 
poen. 



§12. 



En la Nv.eva Granada^ aunque la lengua mozca 
ó muizca era predominante, y se hablaba en los 
países que dominaba el Zippa (ó soberano) de 
Bogotá, de un pasaje de Piedraltita, (1) en que 
trata de las varias naciones que allí habia, se de- 
duce, que existían por lo menos seis más denomi- 
nadas: 

Patagora. 

Pancha, 

Sutago. 

Chitarera. 

Lache. 



[\) Historia general de las conquistas del Nuevo rei- 
no de Granada por D. Lúeas Fernandez Piedrahita, 
Parte 1, Ub. 1, cap. 4, p. 14. 



—48! 



§13. 



En el Perú, además de la lengua quichua, que, 
como se lia visto era tan general, hablábase tam- 
bién la aimará, de que existe una gramática muy 
copiosa, formada por Ludo vico Bertonio de la com- 
pañía de Jesús (1): se tienen como dialectos de es- 
ta lengua el canclii, cana, colla, collagiia, lupaca, 
pacase, cara7ica, cliorcha, j pac asa. (2) 

Mencionan se también las lenguas yunca, fu- 
quina, y moja: esta última tenia entre otros dia- 
lectos el haure, ticameri: la majiena, la cayuhaVa: 
la itonama, y la sajnbocona. 

La lengua mobima tiene pronunciación áspera, 
y no pocas palabras que acaban en consonante. 



§ u. 

El reino de Quito, según el Abate Hervás, pre- 
sentaba « íin verdadero caos de lenguas y oíaciones 



(1) Arte breve de la lengua aimara. Roma, 1603. 

(2) Hervás. Gal. de las leng. etc., tom. \, trat. 1, 
cap. 4, p. 242. 



—483— 

diferentes y> (1): solo en las misiones del Marauon 
enumera cincuenta y cuatro habladas por las na 
clones comprendidas en ella. Diez y seis no men- 
cionadas en ese número, con excepción de una, y 
diversas entrb si en la pronunciación, y en gran 
número de palabras, eran consideradas como ma- 
trices, y son las siguientes: 

1 Andoa. 

2 Campa. 

3 Chayavita. 

4 Gomaba. 

5 Cuniba. 

G Encabellada, 

7 Yebera. 

8 Maina. 

9 Municlie. 

10 Pana. 

11 Pira. 

12 Simigaccurari. 

13 Lucumbia. 
1/4 Urarina. 

15 Yamio. 

16 Yinori. (2) 



(1) Catálogo de las lenguas etc., tom. 1, trat. 1, cap. 
o, p. 217. 

(2) ídem, idem, n. 81, p. 262 y 263. 

ESTUDIOS — TOMO 11—63 



—484— 

Todas estas lenguas tenian sus dialectos, que se 
designan con sus nombres respectivos: la primera 
9, la segunda- 7, la tercera 2, la cuarta 4, la quin- 
ta 2, la sexta 6, la sétima 2, la octava A, la nove- 
na 2, la décima 2, la undécima 3, la duodécima 
o, la décimatercia 3, la décimacuarta 4, la déci- 
maquinta A, y la décimasesta S, y son por todas 
65. (1) 

Se mencionan 16 lenguas más, en que no se des- 
cubría afinidad algUna, 23 que hablan desapare- 
cido, y 10 del todo desconocidas. (2) 

En los gobiernos antes denominados de la ciu- 
dad de Quito, de Atacamos, Guayaquil, Cuenca, 
Macas, Jaeen y Quijos se conocían ciento diez y 
siete lenguas diversas, que se designan con sus 
nombres, y se creia que serian quizá dialectos del 
idioma quitiis ó scira que tenia afinidad con la 
qiiicMia. (3) 



15. 



En la Provincia de Popayan se hablaban, anti- 
guamente cincuenta y dos idiomas, que se desig- 



(1) ídem, Ídem, idem. 

(2) ídem, n. n. 82, 83, 84, p. 2G4. 

(3) ídem, idem, § 2, n. 89, p. 272. 



—485— 

naii igualmente con sus nombres respectivos: (1) 
en la de Do/den se usaba la lengua dártela repu- 
tada comunmente como matriz, y que el A. Her- 
vás juzga ser dialecto caribe. (2) 

En la Provincia de Veraguas la lengua que ge- 
neralmente se hablaba era la guaimie, que se con- 
jetura también ser dialecto caribe. (3) 



§46. 



Recorriendo la parte de la América septentrio- 
nal, que forman boy los Estados Unidos de Nor- 
te América desde el Missisipí basta la costa orien- 
tal, incluso el Canadá, descúbrese, según la noticia 
que de estas regiones dan los escritores antiguos, 
que las lenguas más universales que allí se habla- 
ban eran la Mirona y la algonqxúna. 

« En la América septentrional, dice el P. Lafi- 
teauy (4) todas las lenguas de las naciones que la 
habitan, si se exceptúan los indios sioux y algu- 
nos otros que no conocemos bien, y que están más 
allá del rio Missisijú, se reducen á dos lenguas. 



(1) rdem, Ídem, § 3, n, 92, p. 276-277. 
(2j ídem, ídem, n. 93, p. 279—280. 

(3) ídem, tom. 1. trat. 1, cap. 5. n. 94, p. 281. 

(4) Moeurs des sauvagcs amcricaines comparée aux 
raoeurs des premiers temps, tom. 4, disc. ult., p. 184. 



—486— 

matrices, que son. la algonqimia y la hurona. Es- 
tas tienen tantos dialectos, cuantas son las nacio- 
nes particulares. Guando digo que las lenguas al- 
gonquina y liurona son las matrices, hablo según 
la opinión común; porque entre tanto número do 
lenguas, que entro sí tienen gran relación, es di- 
fícil, por no decir que es imposible, discernir las 
IcJiguas primitivas de las que son dialectos,» 

De estas dos lenguas, la hurona j dice Rasles, 
que « es la más magestuosa y la más difícil. Esta 
dificultad proviene, no solamente de sus acentos 
guturales, sino también de la diversidad de sus 
pronunciaciones; pues muchas veces dos palabras 
compuestas de las mismas voces radicales, tienen 
significaciones totalmente diversas.» (1) 

«Cada nación bárbara, continúa diciendo el mis- 
mo autor, tiene su lengua particular: así la tienen 
los ahnaquis, los hurones, los iroqueses, los algon- 
quinos, los illinoises, loa miamis, etc. No hay li- 
bro alguno para aprenderlas, y aunque hubiera 
muchos, estos serian inútiles. liJl uso pr ¿íctico es 
el maestro único que puede enseñar. y) (2) 

Varios son los dialectos de la lengua hurona. 



(1) Lettres edificantes, et curiouses ecrites des mis- 
.sions etrangeres par quelques missionaires jesuiles, 
Recuiel 23.— París, 1738, p. 213.— Carta del P. SebcS- 
tian Rasles escrita el año 1723. 

(2) Lettres edif. etc., carta del P. Basles, citada. 



—487— 

que según los que la entienden y hablan es noble, 
magestuosa, y más regular que los de los iroqwses, 
que emanan de ella: su pronunciación es tosca y 
muy gutural; y su acento difícil de aprender. 

«La lengua de los iroqueses onao)üagvs, según 
el P. Lafiteau en su obra antes citada, es la que 
más se acerca á la Imrona por su pronunciación y 
sus terminaciones. Por estose estima más que las 
otras lenguas. En la pronunciación hacen una es- 
pecie de cadencia y de saltillo, que no desagra- 
dan.» El de los agmis la califica de muy suave y 
menos gutural; pues casi todas sus aspiraciones 
son delicadas y poco sensibles. La lengua omiie- 
icout le parecía ser dialecto de la agnie\ los que la 
usaban afectaban delicadeza ni hablarla; y para 
hacerla más suave, mudaban la r en 1, y trunca- 
ban la mitad do las palabras, por lo cual era nece- 
sario adivinar la última sílaba; y esta delicadeza 
afectada y el tono que le daban eran desagrada- 
bles. La geiourna y la tsonnont-ouana evdiTX toscas; 
aunque las más enérgicas y abundantes de todas 
las troquesas. 

Siete eran los dialectos algonquinos que se ha- 
blaban en las naciones situadas entre los grados 
43 y 46 de latitud boreal y 311 y 316 de longitud, 
según el Abate Hervás^ quien las designa con sus 
nombres respectivos: seis algonquinos y tres hu- 
rones ó iroqueses eran los do las riberas del rio S. 
Lorenzo hasta Mont-real: cinco algonquinos y un 
hurón, al rededor del lago Euron, que so comu- 



—488— 

nica con los lagos superiores: diez algonquinos en- 
tre el Missisipi y los lagos Michigan y Erie: sie- 
te hurones en los contornos del lago Ontario; y 
siete algonquinos ó hurones en las cercanías del 
rio Ontonas á 46 grados de latitud horeal y 300 de 
longitud. (1) 

La lengua apalachina era la más universal en 
la Florida, en la Luisiana y en el Ohío, con mu- 
chos dialectos, que pasan de veinticuatro, según la 
relación que de ellos hacen los autores. (2) 



§17. 



El Abate Hervás, después de hacer un prolijo 
examen de las lenguas de América, asienta lo si- 
guiente: 

« Aunque en América son grandes el número y 
la diversidad de idiomas, se podrá decir que las 
naciones de solas once lenguas diferentes ocupan 
la mayor parte de ella. Estas once lenguas son las 
siguientes: 

(1) Hervás. Catál. de las leng., etc., tom. U trat. 1, 
cap. 7, p. 380 y sig. 

(1) Rochefort. Histoire naturalle et morale des isles 
Anlilles, cap. 8, art. 12, p. 427. 

— Cárdenas. Ensayo cronológico para la historia de 
Ja Florida etc., año 1550, p. 120, año 1658, p. 147, año 
1570, p. 140, año 1572, p. 145. 



—489— 

«Araucana. 

Guaraní. 

Quichua. 

Caribe. 

Mexicana. 

Tarahumara . 

Pima. 

Hurona. 

Algonquina. 

Apalachina y 

Groenlándica. 

w Las cuatro primeras de estas once son de la 
América meridional, y las siete últimas de la sep- 
tentrional. La caribe se habla en las dos Améri- 
cas.» (1) 

Esta clasificación, cualquiera que sea el grado 
de exactitud que se le suponga, facilitará mucho 
el estudio que se haga de estos idiomas, comparán- 
dolos con los más antiguos del otro continente; 
porque la atención podrá ya contraerse á determi- 
nado número, que irá reduciéndose á medida que 
se avance en el examen etimológico y estructura 
particular de cada uno de ellos; y cesará el asom- 
bro que causaba la simple contemplación de lo que, 
para obtener algún resultado, tendría que practi- 
carse, si hubieran de recorrerse todos ó la maypr 
parte de los que eran conocidos. 

(1) Hervás. Galál. de las leng. etc., tom. 1, trat. 1, 
cap. 7, u. 12C, p. 393. 



-.490— 



§18. 



Este estudio comparativo debe fijarse principal- 
mente en las lenguas más generales y conocidas, 
como la Mexicana, la Quichua, la Guariní, la Arau- 
cana, y la Algonquina, Hurona, y Apalancliiyia, 
que reúnen la ventaja de haber sido ya estudia- 
das, y sobre las cuales pueden reunirse datos y 
noticias altamente interesantes, que contribuirán 
á ilustrar mucho los estudios que sobre ellas se 
hagan. 



§19. 



Ya se ha visto la vasta extensión de este conti- 
nente, en que se hablaba la lengiia mexicana. 
Henderá al hacer mención de ella se expresa en 
los términos siguientes: (1) «No se puede decir la 
diversidad de lenguas de Nueva España; porque 
son muchas y muy diferentes, y la más elegante 
es la Mexicana, que como la Esclavona se comu- 
nica por todo el Levante, y la latina en la cris- 
tiandad; así ésta por Nueva España; y en todos los 
pueblos hay intérpretes, qne llaman Naguatlatos; 



(1) Herrera. Hist. de las Ind. occid., Dec. 4, lib. 9, 
cap. b, p. 184. 



porque como el imperio mexicano se iba dilatando 
por la tierra, también se fué extendiendo é intro- 
duciendo por ella. 

Tm^quemada le dá la misma extensión, pues di- 
ce lo siguiente: (1) <( Esta lengua mexicana es ge- 
neral en esta Nueva España, y casi corre por to- 
das las provincias de ella, con que suelen enten- 
derse unos de una lengua con otros de otra; porque 
como los mayordomos y calpixques de los reyes 
mexicanos y tezcucanos corrían por toda ella^ co- 
brando las rentas reales, dejaban noticia de ella^ 
y por ella se entendían.» í^^ 

El Abate Hervás vá un poco más lejos. (2) « El 
id¿07na mexicano, dice^ es el que ha sido y es más 
U7iiversal y extendido en toda ¡a A^nérica, y fué 
lenguaje pai'ticular de una gran nación, que cons- 
tantemente conservó por tradición y en sus pintu- 
ras la noticia de baber entrado en América por el 
Norte de ésta, y determinadamente por la parteen 
que ésta se dividía del Asia por un gran canal, ó 
estrecho marítimo, que casi dos siglos bá fué des- 
cubierto por personas cuyo nombre hasta ahora se 
ignora, y se llamó Estrecho de Anian.)> 

Esta última circunstancia es de tal importanci^i 

(1) Torqueraada. Mon. ind., tomo 1, lib. 4, cap. 17, p. 
184. 

(2) Hervíis. Catálogo de las lenguas conocidas etc.. 
tom. 1, trat. 1, cap. 6, n. 99, p. 291 y sig. 

ESTUDIOS — TOMO II — 64 



—492— 

para la historia y la cuestión de origen, que con 
el estudio comparativo de la lengua mexicana po- 
drian quizá abrirse nuevos horizontes, rectificarse 
muchos hechos, y leerse en las pinturas, en los 
códices, y en los escritos que se conservan, y los 
que puedan descubrirse, muchas cosas de las que 
continúan cubiertas con un velo, que está todavía 
por descorrerse. No debe echarse en olvido que es- 
ta era la lengua que hablaban los ToUecas y Na- 
huatlacas, cuya aparición en este continente se re- 
monta á muchos siglos antes de su descubrimien- 
to. Su historia está enlazada con grandes aconte- 
cimientos, y reconocida por todos los escritores la 
influencia que ejercieron en los adelantos sucesi- 
vos, y grado de cultura á que llegaron los mora- 
dores antiguos de este país. 

Grande es el catálogo que presenta D. Francisco 
Pimentel de las obras que pueden tenerse á la vis- 
ta sobre el idioma mexicano, (i) D. José Agustín 
Aldama se aprovechó de los trabajos de todos los 
que le precedieron, y escribió el « Arte de la len- 
gua Mexicana.» México 1765 8°, obra que puede 
consultarse con provecho, lo mismo que el « Dic- 
cionario Hispano-Mexicano» de Fr. Alonso Moli- 
na impreso en México en 155b y reimpreso en 
1571 folio, el «Arte de la lengua Mexicana» del 
mismo autor reimpreso en 1576 4" las que dejó es- 

(1) Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas 
indígenas de México, tom. 1 , pág. 1 59 y sig. hasta la 1 64 . 



—493— 

critas Fr. Bernardino de Sahagun que era tan co- 
nocedor y que tan profundamente instruido estaba 
en ei idioma mexicano, que practicó muchos años; 
el título de estas obras son « Arte de la lengua Me- 
xicana» MS. y el (< Diccionario trilingüe latino, 
español y mexicano.)) MS. 

Existia en la Bibloteca de la Universidad de Mé- 
xico otra obra manuscrita del P. Juan Iragarri, ti- 
tulada « Vocabulario y diálogos Mexicanos » MS. 
á las cuales podian unirse « El maestro genuino 
del elocuentísimo idioma Nahualy) del Br. D. Jo- 
sé Antonio Pérez de la Fuente, las « Comparacio- 
nes varias en las dos lenguas Castellana y Mexi- 
cana» de Fr. Miguel Val, el « Arte de la lengua 
Mexicana» de Fr. Diego Galdo. El Arte y Diccio- 
nario de la lengua Mexicana del Illmo. D. Fr. 
Juan Ayora, el « Arte de las lenguas hebrea, grie- 
ga, y mexicana » de B. D. Cayetano Cabrera, y las 
« Instituciones gramaticales para aprender con per- 
fección y facilidad la lengua Mexicana » MS. que 
existia en el convento de la Merced de México. 



§20. 

La lengua Quichtca, que tenia por límite el im- 
perio de los Incas, y que tan enlazada está con la 
historia, los grandes acontecimientos, y la proce- 
dencia de las gentes que poblaron esa parte del 



—494— 

continente americano, debe fijar también mucho 
la atención del filólogo. Hay sobre ella noticias y 
datos importantes. Fray Domingo de S, Tomás fué 
quizá el primero que la dio á conocer en su « Gra- 
mática general de la lengua del Perú. » Valladolid, 
1560 8° 

Después de esta lengua be mencionado la Gua~ 
raní notable por su artificio y fecundidad, y por- 
que de ella se valieron los PP. jesuítas para atraer 
y civilizar las innumerables naciones disemina- 
das en el Paraguay, de que se ban ocupado mu- 
chos escritores, entre otros Muratori. Conocida es 
la « Gramática y vocabulario que de ella publicó 
el P. Antonio Ruiz de Montoya ^) en la cual bada- 
do á conocer su belleza y estructura. 

La lengua Araucana 6 chilena digna es también 
de particular atención y examen; pues como se sa- 
be era la que se hablaba desde la isla de Chiloe 
extendiéndose en todo el reino de Cliile, que era 
en tiempo de la gentilidad bastan te vasto y pobla- 
do, habitado por las naciones Araucana, Cunea y 
ITuüiche, y multitud de tribus de diferentes deno- 
minaciones. (1) Aunque se tachan por varios es- 
critores de incultas y bárbaras, por no haberse en- 

(1) El Abate D. Juan Ignacio Molina. Saggio sulla 
storia naturalle del Ghili. Bologna, 1782. 

— Histórica relación del reino de Chile por Alfonso de 
Ovalle, jesuita. Roma 1646. 



—495— 

coütrado escrituras, edificios, ni otros monumen- 
tos semejantes, que denotaran su cultura y civili- 
dad, el artificio gramatical de su lengua era tal, 
que el Abate Ilervás no teme calificarlo de « des- 
medidamente más ingenioso que el de la China » 
(1) que se jacta de haber cultivado las ciencias 
desde la más remota antigüedad. Entre varias 
obras que pudieran citarse de las que la dan á co- 
nocer, existe el «Arte de la lengua general del rei- 
no de Chile» etc. por Andrés Pebres, jesuíta. Lima, 
1765, y el Diccionario Chileno. 

Entre las lenguas indicadas se hallan la algon- 
quiíia, la hurona, y la apalaiidiina, cuya impor- 
tancia para las investigaciones históricas y la cues- 
tión de origen les viene de los países en que se han 
hablado, y son los que se hallan situados en la 
costa oriental de América, y la parte septentrional 
que tocan con el estrecho de Behering, y tienen 
enfrente el Asia, cuya inmediación vino á confir- 
marse con los viajes de Cook, descubriéndose, en 
el intervalo de trece leguas que las separan, islas 
rodeadas de muchos bajos, teatro de grandes suce- 
sos y alteracianes físicas del globo, pues están to- 
davía cubiertas con un velo, que no ha podido des- 
correrse, y en cuyo examen se han estrellado el 
ingenio, la inteligencia, la constancia, la audacia 
y el valor. 



(1) Gatál. de las leng. etc., tomo 1. Inlrod. art. 3, 
p. 22. 



—496- 



Qárderias (1) dá noticia de la gramática, voca- 
bularios y libros sobre estas lenguas, escritos por 
los jesuítas ocupados en las misiones. Eontan y 
otros autores (2) hablan también de esto. 



§ 21. 



¿Quién no conoce, al hacerse estas ligeras indi- 
caciones, todas las noticias y descubrimientos que 
pueden lograrse con el estudio y examen compa- 
rativo de estas lenguas y las que se hablaban en 
la Groenlandia poseída por los Noruegos desde el 
año de 834? 

¿Quién no trae á la memoria todo lo que se ha 
escrito sobre la Islandia, las expediciones de Zee/, 
hijo de Erico Rufo, y sus descubrimientos en la 
América Septentrional, que adelantó al de ColoJí 
que se habia tenido por el descubridor del Nuevo- 
Mundo, atrayéndole esto una gloria inmortal? 

Opina Richer que la lengua groenlándica, 
es diferente de todas las demás lenguas, y afir- 
ma que «no se asemeja á la de Noruega, ni á la de 



(1) Ensayo cronológico para la Hist. gen. de la Flori- 
da por D. Gabriel de Cárdenas Gano. Madrid, 1727. 

(2) Voyaje du Barón de la Hontan dans TAraerique 
septentrionale. 



—497— 

«Islandia, ni á las lenguas de los de los que habitan 
« en la América Septentrional (I).» No deben caer 
en desaliento los trabajos que se emprendan; pues 
siguiendo las reglas y adelantos que ha hecho 
la filología en sus procedimientos, se rectifica- 
rán muchos hechos, y se obtendrán resultados sa- 
tisfactorios; para lo cual podrán servir de mucho 
las indicaciones de Woldire (2). Torfeo y otros 
escritores, que se han ocupado de esas regiones. 

Los reconocimientos hechos en diversos tiempos 
en las costas de California^ las observaciones de 
Buaclie (3) , el descubrimiento de las naciones ame- 
ricanas llamadas Níitka y Unalashka^ y de la bahía 
de Northon situadas entre los grados 49 y 64 de 
latitud, de las cuales se habla en la relación del 
tercer viaje de CooK (í) y en los viajes de los ru- 
sos (b), bastarían para estimular este trabajo; pues 
no hay duda, que con el conocimiento de los idio- 



(1) Histoire des ierres pelaires par Mr. Richer. Pa- 
ris/l777. 

(2) Scriptorum á Socielate Hafüienci etc., pars secun- 
da. IlafinioD, 1740. Mr. Woldire de lingua groenlándica. 

(3) Felipe Buache, considcralions geographiques et 
phisiques sur les nouvelles descouvertes an nord de la 
gran mer. Paris, 1753. 

(4) Troisiamc voyaje de Cook Iraduit de Tangíais, 
París, 1783. Apend. al vol. 4, p. 81, etc. 

(5) Nouvelles descouvertes des ruses entre l'Asie el 
rAmerique, auvrage traduit de Tangíais de Mr. Coxe, 
Neuchalel, 1781. Part. 1, cap. 12. 



—498— 

mas podría discernirse la afinidad ó diferencia que 
tengan entre sí, ó con los lenguajes de las nacio- 
nes inmediatas, y deducir su jjrocedencia. 

Ya ha comenzado á fijarse en esto la atención, y 
délos pocos datos reunidos, deduce el Abate B'e^r- 
vás (1), que los habitantes de la bahíade Nortlwn y 
Unalaslika pueden fácilmente comerciar ó tratar 
con los que en la extremidad asiática se encuen- 
tran enfrente y poco distantes de ellas. Las len- 
guas que se hablan desde el estrecho de Beherina 
hasta el Japón son tres, las de los Tschutcos y Ko- 
ríacos, la de Kamtchatca, y la de los KíiTÜes. Ya 
se ha dado á conocer la posición que guardan esas 
poblaciones, y la importancia que tienen en la cues- 
tión de origen. Hervás no encuentra afinidad al- 
guna entre los idiomas de unos y otros. Podría 
quizá provenir del corto número de palabras, que 
tomó como punto de comparación . Tampoco la ha- 
lló con la cocMíní de California, pero sí descubrió 
alguna con las lenguas Eskimesa y Groenlándica, 
que ocupan los puntos más septentrionales de Amé- 
rica. 

§ 22. 

Una investigación más detenida, aprovechándo- 
se de los descubrimientos y noticias que de esos 

(1) Cat. de las leng., etc., tom. 1, trat. 1, cap. 7, p. 
359. 



—499— 

países han ido adquiriéndose, dará resultados más 
positivos y ciertos. Se lia deplorado los pocos da- 
tos que arrojaba de si la relación de los viajes de 
Cook^ y las memorias de Roggero Curtís comuni- 
cadas por Barrington á la sociedad real de Lon- 
dres (1), para poder juzgar con acierto sobre esta 
materia. La inmensa tierra del Labrador, tan im- 
portante en la cuestión de origen, no habia sido 
bastante conocida y explorada con todas sus cos- 
tas sembradas de islas. De los groenJandios y es- 
quimeses todavía no se sabe todo lo que era de de- 
searse, ni se conocen bastante sus relaciones anti- 
guas con los ¡apones, los noruegos, é íslafideses, 
apesar de las noticias interesantes que nos han 
trasmitido Saxo Gramático (2), Mallet (3), Richer, 
(4) Le-Clerc citado por Richer (b), Scheffer (6), 



(1) Publicadas en las transacciones filosóficas y en el 
vol. 25, de opúsculos interesantes impresos en Milán, 
en 1777. 

(2) Saxonis Grammatici danorum historiae libri XVI, 
Irescenlis annis conscripli. Bailler, 1534, fol. 

(3) Introduction ;\ rhistoire de Danemarquc por Ma- 
llet. Copenague, 1755. 

(4) Histoire des Ierres pelaires par Richer. Paria 
1778. 

(5) Storia della Rusia tralla dalT opera di Le-Clerc 
Yercezía, 1786. 

(6) Joan. Schcfferi Lapponia. Francofurli, 1673. 

ESTUDIOS — TOMO II — 65 



—500— 

Lindheim (1), Idrnan (2), el P. Lafiteau (3), y 
otros escritores. 

Resta todavía inucho que hacer en esta línea, 
y aquí puede aplicarse también con mucha exacti- 
tud la sentencia de Séneca que sirve de epígrafe 
al Prólogo de esta obra. 



(1) Nova acta regiíe socielatis scieütiarum upsalien- 
cis. üpsalioe, 1775. 

(2) Recherches sur l'ancien peuple finois d'apres les 
rapporls de la iangue finoise avec la greque par Nils 
Idman. Strasbourg, 1778. 

(3) Moeurs des sauvages americains etc. par le P. 
Lafiteau. París, 1724. 



CAPITULO XXXV. 



1. Continuación del mismo asunto. Importancia que, 
para obtener resultados más positivos y ciertos socre 
la cuestión de origen, presentan las islas que se ex- 
tienden hasta el Japón, y lo que acerca de esto expo- 
nen Riclier, Ilervás, Goxc, Steller, y Klaproth: dase 
una idea de las lenguas que en ellas se hablan. — 2. 
Lo que piensa Klaproth de la lengua Malaya, y de 
las americanas. — 3. Lo que debe pr.icticarsc respec- 
to de estas lenguas, y resultados que se obtendrán. — 
4. Progresos que se han hecho, y ventajas que se 
han alcanzado con estos estudios. — 5. Obras que pue- 
den ser muy útiles en los trabajos que se empren- 
dan sobre las lenguas de América: indicaciones y re- 
glas que en ellos deben seguirse. — 6. Lo que se ha 
logrado por este medio indagatorio; indicaciones de 
Klaproth. Gramática poliglota de Samuel Barnard. 
— 7. Nueva edición de la obra de D. Francisco Pimen- 
tel titulada «Cuadro descriptivo y comparativo de las 
lenguas indígenas de México, ó tratado de filología 
mexicana, ctc.w — 8. Dialectos mexicanos. — 9. Len- 
guas Sonorenses. — 1 Ü. El Comanchc. — 1 1 . El Tejano 
ó coahuilteco. — 12. Lenguas de Nuevo México. — 13. 
El Mutzun.— 14. El Guaicura.— 15: El Cochimí.— IG. 
El Seri. — 17. Analogías entre varios idiomas. — 18. 
Idiomas que pertenecen á la familia Maya.—X'í. El 
Totonaco comparado con otros idiomas. — 20. Compa- 
ración del Chino y el Othomí. — 21. Comparación de 
otros idiomas. — 22. El Apache. 



-502— 



§ 1. 



Después de lo expuesto en los capítulos anterio- 
res, y continuando la investigación que en ellos se 
ha insinuado, fácilmente se advierte, que no es de 
menos importancia lo que en esta línea pudiera 
adelantarse respecto de esa cordillera ó cadena de 
islas que hay sobre las Filipinas, que enfrente de 
la China se llaman Lieoii-Kiou ó Lieu-Kieu, y se 
extienden desde la Formosa hasta el Japón, for- 
mando quizá en tiempos remotos un continente 
con la Corea y la península áQKamtchatka. ¿Quién 
no vé las consideraciones á que se presta para ul- 
teriores descubrimientos el encontrarse la lengua 
malaya en la península de Malaca^ en el continen- 
te de Asia, en las islas Maldivias, en la ^Sonda, las 
Molucas, las Filipnas^ las Marianas, la Nueva 
Guinea, el Archipiélago de S. Lorenzo y muchí- 
simas otras del mar del ^Sur poco distantes de Amé- 
rica? ¿En la de Sandwich, las de Pascua, las Mar- 
quesas, las de Otad ti, de la Sociedad, y de la Nue- 
va Zelandia? La posición geográfica que guardan, 
el aspecto que presentan, sus producciones, sus 
habitantes, sus prácticas, usos, y costumbres, to- 
do sirve de estímulo para buscar en las investiga- 
ciones filológicas lo que la historia no ha podido 
presentarnos. 

En comprobación de lo expuesto puede traerse 



# 



—503 — 

á la vista lo que se registra en algunos autores. 
El Abate Hervás, tantas veces citado, al hablar de 
las letiffuas tártaras, (1) dice citando á Riclier (2), 
que en la parte oriental de la S iberia está la pe- 
nínsula de Kamtclialka entre los grados Kl y 62 
de latitud y 173 y 182 de longitud, ácuyo gobier- 
no pertenecían en aquel tiempo los isleños del e$- 
treclw de Anian, los del continente de Asia, desde 
el promontorio más septentrional basta el cabo 
austral de dicha península, y los de las islas Au- 
riles, que son como continuación de dicho cabo 
hasta el Japón, Desde dicho promontorio, que sue- 
le llamarse Tzuktzchi ó Tchutski, ó Tschutski, y 
se halla casi á 70 grados de latitud hasta los bo á 
que corresponde el centro de la península, hay 
muchas islas, que « forman varios archipiélagos 
hasta América, á la cual los isleños que están en 
la latitud de GI)'' pasan de isla en isla, trasnochan- 
do siempre en alguna. J)Qhdi\o áQ Kamtchaíkah.íxs>- 
ta cerca del Japón hay también varias islas, que 
se suelen llamar Kuriles, y en gran parte pertene- 
cen al imperio ruso.)) 

Coxe (3) dice que la nación llamada tschustka, 
ó tchutsca, ó tzuktzcha está en la extremidad orien- 

(1) Cat. de las leng., etc., lom. 2, trat. 2, cap. 6, art. 
4, §2, p. 249, §3, p. 260. 

(2) Hisloire des Ierres pelaires vol. 2, Siberie art. 1 . 
p. 251. 

(3) Nouvelles decouvertes des ruses entre l'Asie et 
VAmerique, cap. 1, p. 205. 



—504— 

tal del Asia. Confina por el Norte con el mar Gla- 
cial, por el Sur con el rio Anadiar, y por el Oriente 
con el mar Oriental, que es el estrecho de Aniau. 
Bsta 7iacion fué la que jtrimero dio noticia á los 
rusos de que estaba cercana la América. Muller la 
publicó por la primera vez y después Rohertson, 

Entre la América y el Asia^ desde la punta más 
septentrional del estrecho de Aniaii hasta Kamt- 
chatca hay muchísimas islas, según Coxe^ que 
forman tres archipiélagos: el de Añadir que com- 
prende las islas de los tchutsMs; el de Aleu7itien, 
á que pertenecen las de Behering, Cobre, etc. , y el 
de Oloturien. Las islas que hay según Steller, en- 
tre los grados 51 y S4 de latitud desde Kamtchat- 
ca hacia América forman una cadena como las 
Kuriles con la punta de Kamtchatca. La de Behe- 
ring está entre los grados 5S y 60 de latitud, dos 
grados distante de Ramtchatca, y al Norte hay 
bancos de arena y picos, y otras islas, que conge- 
tura Steller fueron pobladas por omericanos^ y 
aun Kamtchatka también. 

(( Las naciones tchutsca, coriaca, Kamtchadal, 
y Kuril, son, según Hervás (1), las asiáticas más 
orientales que se conocen y hay ój^uede haber has- 
ta América; porque á ésta están inmediatas algu- 
nas de ellas, y otras están en la tierra firme, y en 
las islas que el mar separa de América.)) 

(1) Gatál. de las leng. etc., tomo 2. trat. 2, cap. 6, § 
4, n. 295, p. 266—267. 



—505— 

Los habitantes de Kamichatca y de las islas, 
que se extienden desde su extremidad austrial has- 
ta el Japón, forman naciones, en las cuales se ha- 
blan varias lenguas. La de Kamtchatca tiene dos 
dialectos, y la Km^iaca dos. Los Kamtchadales 
hablan una mitad con la garganta y otra mitad 
con la boca: su pronunciación es lenta y difícil, (i) 

w Los ÁorMí^cs hablan alto y como gritando, sus 
palabras son largas, y cortas sus sentencias: las 
palabras empiezan y acaban comunmente con vo- 
cal» .... 

<( Los Kuriles hablan despacio con distinción y 
agrado: sus palabras se componen de vocales y 
consonantes, y de estas naciones salvajes son las 
mejores, porque son los más finos, honrados, y 
hospitalarios.» (2) 

Son diversas las lenguas Koriaca, Kamtchadal 
yKuril. (3) 

Klajnvth, que es autoridad tan respetable en 
esta clase de investigaciones dice lo siguiente: (4) 



(1) Hisloire de Kamtchatca, des isles Kurikiki etdes 
centres voisime publie en langue rusienne: trad. par 
Mr. E. Lyon. 17G7. vol. 2, part. 3, cap. 1, p. 79. 

(2) Hervás. Galál. de las leng. etc., tom. 2, trat. 2. 
cap. 6, § 4, p. 272. 

Í3) ídem, idem, idem, p. 280. 

(4) Enciclopedie moderno etc. par M. Courtin, tom. 
lo, par. langue, p. 65 — 6G. 



—506— 

« La parte más oriental de la Siheria nos ofrece 
algunas débiles y miserables tribus, que son sioi 
embargo de grande interés para el esUidio de las 
lenguas; porque las que hablan forman cuatro 
tróficos distintos. Estos son los YouMogi^^es, que 
habitan el Oriente de los Turcos, sobre los bordes 
del mar glacial y del Indigirka: los Koriastes en 
el Norte de Kamtchatca; los Kamtcliadales en esta 
casi isla; en la extremidad de la Asia las TcliouM- 
chi que parecen ser un pueblo venido de América; 
pues hablan la misma lengua que sus vecinos en 
esta parte del mundo^ del cual no están separadas, 
sino por el extrecho de Beliering. La lengua de 
los TchouMclii pertenece indudablemente á la de 
los Americanos polares, entre los cuales es preciso 
colocar á los Groenlandeses, á los Eskimales y á 
ios habitantes de Kadiak. » 

u La lengua de los Kouriles se extiende en dife- 
rentes dialectos desde el punto meridional de 
Kamtchatca por las islas Kouriles y el Yeso has- 
ta el estrecho que separa esta tierra del Japón. 
Mas al Oeste se habla sobre toda la grande isla de 
TarraJiai, y aun sobre el continente de la Tarta- 
ria en la embocadura del Amour por los Giliaks y 
otras tribus de la misma raza. Este idioma forma 
tronco aparte, y ofrece poca semejanza con las 
otras lenguas.» 



-307— 



§2. 



Respecto de la lengua malaya hablada en las is- 
las del mar del Sur y otros puntos poco distantes de 
América, de que antes se ha hecho mención, dice 
este mismo autor lo siguiente (1); «El fenómeno 
más asombroso en etnografía es la grande extensión 
de las diferentes lenguas y razas malezas. Su cen- 
tro está en las grandes islas de Sumatra y Ja\ja. 
De alli van al Occidente hasta Madagascar, y al 
Oriente de las islas de la Sonda, Célebes, Molucas 
y Philipinas hasta la isla Formosa sobre la costa 
de la China; de allí la raza maleza se extiende por 
las islas Marianas, las Carolinas, el archipiélago 
de Mulgrave, las islas de Fidgi, de los Amigos, de 
los Navegantes, de la Sociedad, y los archipiéla- 
gos vecinos hasta las islas Marianas; al Sur hasta 
la Nueva Zelandia; y al Norte á las islas de Sand- 
wich. Todas estas islas están habitadas por hom 
bres que hablan lenguas que tienen entre sí U7ia 
analogía fundamental, y que se relacionan en ge- 
neral á la de los Malayas, aunque también presen- 
tan entre sí matices considerables. Todas las con- 
geturas sobro la causa primitiva de esta grande 
estension de la raza malaya deben parecer vanas; 
porque no conocemos ningún documento que nos 

(1) ídem, ídem, idcm. 

ESTUDIOS — tOMO II — 66 



• —sos- 
pueda esclarecer sobre este punto, ni aun tradicio- 
nes propias para guiarnos en esta investigación. » 

Más adelante, echando una mirada sobre las di- 
ferentes lenguas del continente americano, dice (1 ) 
que a se ha creido poderse servir de la compara- 
ción de las lenguas, para llegar á un resultado so- 
bre el origen de la población de América. En efec- 
to, se ha encontrado en los idiomas, que hablan las 
diferentes naciones del Nuevo Mundo, un buen 
número de palabras que se parecen por el sonido 
y por la significación á palabras de las lenguas 
del antiguo continente. Sin embargo estas aproxi- 
maciones son raras, y provienen del parentesco 
general de las lenguas más bien que de las fami- 
lias . . . . » 

«Una misma lengua reina en toda la extremi- 
dad boreal de la América^ y es la de los Tchoukt- 
chi ¿esquimales. Su dominación comienza aun en 
Asia como antes lo hemos visto, y se extiende 
hasta Groenlandia. Más al Su/-, se encuentra una 
multitud de poblaciones y tribus, que hablan un 
(jran número de idiomas diferentes^ que es casi 
imposible clasificar con un poco de certeza. Sin 
embargo, el tronco que se distingue mejor, es el 
de los pueblos de la familia algonquina, á la que 
pertenecen también los Lcnni-Lenape. Los bordes 
del Missouri están habitados por otra raza, la de 

(1) ídem, Ídem, p. 74 y 73. 



—509— 

los Sio'ux o¡¡age\ sus idiomas ofrecen entre sí una 
semejanza de familia. La mesa central de \di Amé- 
rica septentrional comprende los vastos países, 
que se extienden al Norte de México, j que en su- 
parte más elevada forman la continuación de la 
mesa de este último país. La más grande oscuri- 
dad reina sobre la mayor parte de los idiomas usa- 
dos en esta inmensa región, cuyo dominio etno- 
(jráfico es invadido por la lengua mexicana. En 
espera de los materiales, que nos faltan, para cla- 
sificar convenientemente los numerosos idiomas 
de las naciones que habitan esta mesa, debe uno 
contentarse con seílalar cuatro troncos diferentes: 
el de los Tarahmnara, el de los Pones ^ el de los 
AttacapaSj y el de los Cetimachas.y) 



§ 3. 



Estas pocas indicaciones dan á conocer cuanto 
puede ejecutarse respecto de las lengims america- 
nas. Con un campo virgen, que está todavía por 
cultivarse, alo que hasta ahora se ha practicado no 
puede dársele otro nombre que el de puras tentati- 
vas y ligeros ensayos. Un examen más detenido 
y perfecto conduciría á los mejores resultados, y 
aunque las lenguas matrices se presentan en pri- 
mera linea, por ser las más conocidas, y porque 
sobre ellas hay mayor acopio de datos y noticias, 
que pueden desde luego utilizarse para la cues- 



— olO— 

tion de origen, debia comenzar por las lenguas que 
se hablaban en las poblaciones de Asia, África, y 
América que se hallan más inmediatas las unas 
de las otras; como son las del estrecho de Behe- 
ring, el sido en que se supone la existencia de la 
Aslantida, y las islas regadas en el Océano. 

En este examen debe fijarse la atención no tan- 
to en la afinidad jyrimitiva y analogías que entre 
sí tengan, sino en la afinidad de familia y su re- 
lación con las conocidas del mundo antiguo en los 
tiempos más remotos especialmente. Esta afinidad 
de familia resalta cuando al comparar los idiomas, 
se encuentran en ellos muchas palabras con un 
mismo sentido, y un mismo sonido, y coinciden- 
cias en la construcción gramatical, como se obser- 
va en el persa, el sánscrito, el alemán, y el es- 
lavo. 

Sirve de estímulo para esta clase de trabajos los 
que han practicado con tan buen éxito muchos es- 
critores. Las investigaciones de Goropio Becano 
?>6bvQ> \^ lengua céltica (1); los estudios áQ Lazio 
sobre esa misma lengua y la teutónica (2) ; las de 
Cluverio (3); las ilustraciones de Rudvccliio (4); 

(1) Gallica Joannis GoropüBecani. Antuerpioe, 1480. 

(2) De gentium aliquos migralionum aiitore Wolfan- 
go Lazio. Basileoe, 1557. 

{3} PhilippiCluvcri. Germania antiqua. LudguniBa- 
tavorum, 1616. 

(4) Olavi Rudbckii Aslantica, sive Manheim Upsaloe, 
1679. 



—bil- 
las observaciones fundadas de Eccard (1), el estu- 
dio de Leíhiitz sobre esta materia (2), de que otros 
tanto se han aprovechado, y la discusión ilustra- 
da suscitada por Vallancey sobre la lengua céltica, 
han ido facilitando el examen comparativo de ellas, 
y poniendo de manifiesto todos los resultados que 
por este medio pueden obtenerse. 

Esto se hizo patente desde los primeros pasos 
que se dieron en este examen, en que tanto se dis- 
tinguieron Tesco Ambrosio (3), y BiUiandro (4); 
Duret recogió todas las noticias que sobre la di- 
versidad de lenguas y naciones se hablan publica- 
do y las ordenó en una obra, en que habla de se- 
se'jita de ellas, (o) Guichart, se propuso probar 
que todas las lenguas provienen de una sola ma- 
triz, que se creía fuese la hebrea (6) , en j o cual 



(1) Joannis Georgio Eccard historia studii etimologi- 
ci linguíE germanicse etc. Hanoveroe, 1712. 

(2) Misoellanea Beroliuensia. Berolini, 171ü. Gk G.j- 
L. Brebis designatio meditationum de originibus gen- 
tiiim, ductis potissimum ex indicio linguarum. 

(3) Introduclio in chaldaciam linguam, atque arme- 
nicam, et decem alias linguas á Thesco Ambrosio. Pa- 
pire, 1539. 

(4) De ralione communi oinnium liuguarum et lille- 
rarum commealarius. Theodoro Bibliaudro. Teguri,. 
lo48. 

(5) Tresor de l'histoire des laügues de cet uuivers par 
Glaude Duret. 2 edit. Yvarden, 1619. 

(6) L'liistoire elimologique des langues etc. per Elien- 
ne Guichart. Paris, 1618. 



—512— 



fué secundado i^ov3fo7Íiio (1) y apoyado con gran- 
de esfuerzo y erudición por Thomasino, {'!), quién 
aürma que tanto Jas lenguas europeas como las 
americanas provienen de la hebrea - (3) 



§4. 



Después de estos trabajos ¿quién no vé en la pu- 
blicación sucesiva de la oración dominical en cien 
lenguas^ (4) á la que se agregó después la ventaja 
de dar á conocer los alfabetos respectivos (5) , y más 
tarde lo que se hizo en doscientos idiomas y dia- 
lectos (6), todo el fruto que iban produciendo? 



(1) Exercitationes de lingua primeva, ejusque appen- 
dicibus etc. autora Stephano Merino. Ulbrajesti, 1694. 

(2) Glossarium universale hebracium, quo ad hebrai- 
ca lingua et dialecti pene ornes revocanlur á Ludovico 
Thomasino, Parissis, 1697.. 

— Methode d'etudier les langues. Paris, 1693. 
(3j ídem. Prefalio Pars 4, § iilt., p. 102. 

(4) Orationis dominic?» versiones proeter aiithenticam 
fere centum lingiiis .... Barnino Hagio traditse. Be- 
roüni, 1680. 

(5) Orationis dominicas versiones propeceulum collec- 
toB ei illiislvatne ohm ab Andrco Mullero, nuuc edilura 
alphabetis diversarum lingiiarum pene septuaginta, 
sludioSebasliani Goltofredi Starckii. Berolini, 1703. 

(6) Schullzio: orienlaHsch, iindoccidentahschsprach. 
meister etc. Leipig, 1748. 



—513— 

¿Quién no descubre en las apreciaciones de Ihi- 
ffalde sobre la lengua china (1), de Kirclier y 
otros autores sobre el >5'¿í;z5mí (2), de Guarnaci^ 
Gori, y Maffei sobre la etrusca (3), y de Moret 
sohre el vascuense (4), la influencia que en ellas 
habia tenido el estudio de esos autores? ¿Podrá 
dejar de traslucirse en los escritos eruditos de Jor- 
dán sobre los Orígenes slavos ó esclavones (S), en 
los de Schoe'pflino sobre la Alsacia (6), en los de 
Le-Clerc sobre la Rusia (7) , y en los de Ortelio so- 

(1) Description de rempire de la Chine et de la Tar- 
taria chinoise por J. B. Du-Halde, jesuíta. Paris, 1735. 

(2) Athanasii Kircheri é S. J. China illus Irata. Ans- 
terdalani, 1667. 

— Zend-Avcsla par Auquetil du Perrou. Paris, 1771. 
— Asiatic recherches etc. caleutá, 1788. 
— Sidharunban, sue Gramática Samserdamico autore 
Fr. Paulino á S. Bartholomeo. Roma, 1790. 

(3) Origine italiche de Monsignore Mario Guarnaci. 
Roma, 1786. 

— Gori difera dell alfabeto etrusco. 
— MafTei. Observacioni litterar. 

(4) Investigaciones históricas de las antigüedades del 
reino de Navarra, por josef Moret, jesuita. Pamplona, 

1065. 

(5) Joan Ghristophori de Jordán deoriginibus slavis. 
Viudobonoe, 1745. 

(6) Alsatia ilustrata céltica, romana, francicaá Joann 
Daniele Schocpílino. Colmarla.', 1751. 

(7) Storia della Rusia tratta dall opera de Le-Clerc. 
Venecia 1785. 



—5 li- 
bre la lengua húngara (1), cuanto se aprovecharon 
de los que antes de ellos habían tratado esta ma- 
teria? ¿Podrá ponerse en duda cuánto contribuye- 
ron á ilustrarla Calmet y Scaligero con sus obser- 
vaciones sobre el origen de las lenguas? (2) ¿Ha- 
bria llegado á formarse sin estos trabajos previos 
la obra notable que se publicó en S. Petersburgo 
con el título de « Linguarum totius orbis vocabu- 
laria comporativa Augustissima? cura collecta, seí- 
licet primaí linguas Europaí et Asííe complexae 
pars secunda. Petropolí, 1789? (3) 



Respecto de las lenguas de América pueden ser 
muy útiles, además de las gramáticas y vocabu- 
larios respectivos, las observaciones de Roche fort 
sobre la lengua carihe (4), de Hontan sobre la hu- 



(1) Jo. Oerlelii liarmonia linguarum ele. Welteber- 
joe, 1746. 

(•2) Prolegomena et dissertationes in S. Scriplurá li- 
bros ab Augustino Calmet, ord. Benedictina. Lucre, 
1739. 

(3) Josephi Justi Scaligeri opuscula varia. Parissis. 
1610. — Diatriva de europoearum lioguis. 

(4) Hist. natur. des isles Antilles par luir. Bochefort. 
Lyon, 1668. 



—515— 

roña ó algonquina (1), de Andersoíi sobre la ^roe«- 
lándíca (2) , y de Esteban Kraclie7niniliow sobre 
tres dialectos Koriacos, tres Kamtchadales ^ y la 
lengua de los buriles. (3) 

Resta solamente, para terminar este capítulo, 
hacer algunas observaciones, sobre las reglas que 
deberán tenerse presentes en el estudio compara- 
tivo de las lenguas, que la experiencia y un dete- 
nido examen presentan como las más adecuadas 
para útiles é importantes descubrimientos por es- 
te medio indagatorio, que puede servir aún para 
llenar en muchos casos, como dice un escritor, ese 
grande intervalo que media entre el principio del 
mundo y la formación de la historia. 

Cuando se trata de investigar el origen del len- 
guaje se pierde uno entre tinieblas, y vaga entre 
mil congeturas; porque se toca con los tiempos pre- 
his(Ó7'icos, con la cuna del género humano; pero no 
sucede lo mismo cuando se trata de la procedencia 
b semejanza de unas lenguas con otras, en que se 
tienen como auxiliares el análisis y la compara- 
ción. Una vez conocidas las palabras radicales ó 



(1) Nouveaux voyages de Mr. le Barón de la Ilontan 
dans rAmerique. Ilaye, 1703. 

(2) Hist. natur. de l'Islandc, du Groenland ele. trad. 
de l'allemand de Mr. Anderson. Paris, 1750. 

(3j Voyage en Siberie, contenant la description de 
Kamtchalka par Krachenmininkow trad. du ruse. Pa- 
rís, 1768. 

ESTUDIOS — TOMO 11—67 



—516— 

primitivas, no es difícil descubrir los accesorios^ y 
las alteraciones que hayan ido sufriendo en el 
trascurso de los tiempos, y en su trasmigración 
por las varias generaciones y pueblos que se han 
sucedido unos en pos de otros, ya sea por el cre- 
cimiento incesante del género humano, ó ya por 
las relaciones establecidas después de la dispersión 
de las gentes, ó por las emigraciones, guerras y 
conquistas que hayan ocurrido. Viene á ser este 
por tanto el medio más seguro para caracterizar la 
calidad, semejanza ó diferencia de las naciones, 
su origen, su número, sus trasmigraciones, y los 
primeros pobladores de cada lugar. El historiador 
y el geógrafo sacan de este estudio inmensas ven- 
tajas, y exquisitas noticias de la más alta impor- 
tancia. 

La perfección intrínseca de un idioma consiste 
en las palabras y en su artificio gramatical; que 
se reduce á la diversidad de nombres en sustan- 
tivos y adjetivos, á la diferencia de números y ca- 
sos, al uso de las preposiciones y advervios, y á la 
variedad de las conjugaciones de los verbos, y 
la respectiva diferencia de modos y tiempos en ca- 
da uno de ellos. 

Se ha observado que, en las naciones que proce- 
den de una misma tribu, su lenguaje conserva 
siempre una afinidad con el idioma hablado por 
ésta, que se descubre luego en las palabras, en el 
artificio, y en la pronunciación. Si alguna causa 



—517— 

las obliga á recibir otros lenguajes, siempre se 
conservan palabras primitivas más ó menos altera- 
das, y acentos vocales propios de su antigua y na- 
tiva pronunciación. En las investigaciones que se 
hagan es preciso no perder Je vista esta indicación. 

La etimología hace en todo esto un gran papel; 
pues como dice un académico (1), es el arto de 
aclarar lo que ocultan las palabras, y despojarlas 
de lo que, por decirlo así, les es estraüo, para traer- 
las á la simplicidad que tienen en su origen. Con 
razón Cicerón \di\\dim.2i\idi.verUoquium. Thomasino 
no vacila en darle el nombre de ciencia (2) : las 
etimologías, dice, «nos hacen dar la vuelta almun- 
«do, y remontarnos á la mas alta antigüedad, y 
«bástalos siglos más apartados, que nos naturali- 
«zan de alguna manera con tantos reinos diversos, 
«y que hacen que los extrangeros no sean extran- 
«geros entre nosotros » 

« Una colección de eiinioJogias, dice Court de 
Gebelin (3) , sería ya un compendio de todas las 
ciencias, y un gran adelanto para el estudio, pre- 
sentaría todas esas difiniciones que los sabios po- 
nen á la cabeza de sus obras, y haría ver además 



(1) Mem. de l'Acad. des Inscr. el Belles let. tom. 38, 
p. 2, et suiv. 

(2) Methode d'eludier les langues tom 1, p. 76 y 70. 
París, 1693. 

(3) Monde pnmitif etc. orig. des lang. et de Tecrit. 
liv. 1, chap. 12, p. 27. 



— sis- 
las razones que hicieron acoger esas palabras pa- 
ra expresar las ideas que presentan.» 

Con este medio se descubre, comparando las 
lenguas, lo que cada pueblo ba añadido ó cambia- 
do^ y lo que los unos ban tomado de los otros, co- 
mo se vé en el francés, lleno de palabras latinas; 
griegas, teutónicas y celtas; el latiyí de palabras 
griegas, teutónicas, celtas y bebreas, el hebreo de 
ejipcias, caldeas y árabes; y el griego de celtas, 
egipcias, caldeas, etc. (1). 

Más para proceder con acierto en esta materia, 
es preciso clasificar todas las palabras yor fami- 
lias; examinar las de uso familiar con las altera- 
ciones que hayan experimentado; no despreciar 
las compuestas de dos radicales; y evitar toda eti- 
mología forzada; no confundir las letras accesorias 
de que se compongan con las de la primitiva; aten- 
diendo á las que hayan sido sustituidas por otras, 
y la manera con que están escritas más que á la 
pronunciación; teniendo presente que las diferen- 
cias pueden provenir de la pronunciación, del va- 
lor que tengan, de la composición, ó de la coloca- 
ción; y que al comparar dos palabras de lenguas 
diversas, no debe concluirse que la una provenga 
de la otra, sino cuando no puedan relacionarse á 
otra. 

Para conocer los cambios y alteraciones de la 
(1) ídem, ídem, Ídem, p. 31. 



—519— 

palabra, al trasmitirse de una lengua á otra, es 
preciso no olvidar que la vocal de una palabra ra- 
dical cambia sin cesar; que es indiferente que sea 
simple, nasal, ó aspirada; que ésta se cambia en 
vocal simple; en algunos casos las entonaciones 
se sustituyen las unas á las otras, y hay vocales 
que se cambian en consonantes, y éstas en voca- 
les. (1). 

Como el discurso no es más que la pintura de 
las ideas, y éstas de los objetos, se sigue que debe 
haber relación entre una idea y el sonido que la 
representa, y que las diferencias que se observan 
en diversos pueblos, consisten en la forma y no en 
el fondo, en los accesorios y no en lo esencial. (2). 

De esta comparación debe resultar el conocimien- 
lo exacto y más perfecto de los idiomas, ((compa- 
rer é est comioitre.)) (3). Por ella se verá que las 
palabras no son más que la pintura de nuestras 
ideas, y éstas de los objetos que conocemos. Es 
preciso, por tanto que exista relación entre unas y 
otras: todas las palabras tienen su razón de ser; 
las de la lengua primitiva fueron muy limitadas, 
como que representaban únicamente las sensacio- 
nes y necesidades diarias, los objetos mas familia- 



(1) ídem, Ídem, liv. 3, chap. 4, p. 26a et suiv. 
(2; ídem, idem, liv. 4, chap. 8, p. 282 et suiv. 
(3) Gramea univ. et compar., p. 30. 



— b20~ 

res, y las acciones más comunes. (1). El perfeccio- 
namiento sucesivo ha ido viniendo después con los 
progresos del entendimiento; como que consiste en 
poder expresar todas las ideas posibles y todos los 
objetos de los conocimientos humanos. 



§ 6. 



Muchos adelantes se han hecho, y grandes ven- 
tajas se han conseguido con este estudio compara- 
tivo. El conocimiento del antiguo tlieuton ha faci- 
litado el de Jas lenguas alemana, flamenca, holan- 
desa, inglesa, danesa y sueca. El del latin abre 
ancho paso en el del español, portugués, italiano, 
francés y otros. El de las lenguas de Oriente el 
del hebreo, caldeo, fenicio etiópico, ciriaco, árabe. 
Los esfuerzos hechos para descubrir las etimolo- 
gías de la lengua francesa con la latina, de ésta 
con la griega, y de esta última con las orientales, 
así como de los dialectos teutones celtas, scitas y 
tártaros, han contribuido mucho á los conocimien- 
tos más precisos y exactos que se tienen sobre es- 
ta materia. Mr. Court de Gebelin con un trabajo 
prolijo, erudito y esmerado, presenta para el es- 
tudio de los idiomas, en la obra que he citado, (2) 

(1) Court de Gebilin, obra citada, Hv. 4, chap. 23, p. 
272 et suiv. 

(2) Monde primilif. orig. des lang. el de Tecrit. liv. 
3, p. 152—186—189—198—238—204. 



—521— 

tablas comparativas de palabras que son de gran- 
de utilidad. 

En la obra notable de D. Juan Carlos E. Busch- 
mann sobre los nombres de lugares aztecas hay 
indicaciones, que pueden ser de mucho provecho 
en esta clase de investigaciones: en ella se dice 
que « el nombre propio es notable por su inmuta- 
(( bilidad y duración, el nombre del lugar aun más 
que el de la persona.» 

« Por su figeza y duración se pueden conside- 
M rar los nombres propios como monumentos pre- 
« ciosos de los tiempos remotos; hablan muchas 
«veces con letras y escritura donde la historia 
« no se puede apoyar aun en monumentos escri- 
tos.» (I). 

Klaproth (2), cuya autoridad en esta materia es 
tan respetable, confirma muchas de las indicacio- 
nes que se han hecho. Entre todas las lenguas rei- 
na á su juicio,- un parentesco que se reconoce prin- 
cipalmente en las raíces, que son los gérmenes de 
las palabras, y se componen ordinariamente de 
dos consonantes separadas por una vocal, ó de una 
consonante precedida ó seguida de una vocal. Las 



(1) De l03 nombres aztecas, cap. 1, iatrod. § 1 inser- 
ta en el tomo 8 del Boletín do la Sociedad mexicana de 
Geografía y Estadística. 

(2) Enciclopedie modernc etc. par Mr. Gurtin par lan- 
gue tomo 15, pág. 36 et suiv. 



—522— 

raices son pocas, y forman la ciencia de las pala- 
bras; el arte de la etimología ayuda á conocerla, y 
no es arbitrario é imaginario, como algunos han 
creido; sino que en su marcba es guiado en gene- 
ral por reglas constantes, fundadas en hechos in- 
dudables, y en principios ciertos, y no hay nece- 
sidad más que hacer una exacta aplicación de ellas . 
El cambio de vocales y consonantes, dice este au- 
tor, se presenta á cada paso: desaparece con fre- 
cuencia la vocal que se encuentra en las raíces en- 
tre dos consonantes; mientras más antiguas son 
las palabras, son más cortas- y más completas: las 
formas radicales son estables; las gramaticales con- 
sisten en las modificaciones de los verbos y de ios 
nombres; y para descubrir si hay coincidencia, de- 
be compararse el sonido y el sentido de la palabra. 

En el curso de mis estudios he encontrado, ade- 
más, una obra que puede ser de grande utilidad 
en los trabajos que sobre esto se emprendan, y es 
la gramática 'poliglota de Samuel Barnard (1), que 
es una tabla general ó Sinopsis de las semejanzas 
que presentan los diez idiomas que se propuso exa- 
minar, entre los cuales figuran el hebreo, el cal- 
deo, el siriaco, el griego, y el latín, explicando 
por medio de notas los modos peculiares de decli- 



(1) Poliglot Grammar. of the hebrew, chaldee, siriac, 
greek, latiu, englishj french, italiem, spanish, aud ger- 
man languages reducted to one common rule of siniaz, 
etc. by Samuel Barnard. Philadelphia, 1825, 



—523— 

nación, conjugación, y construcciones idiomáticas 
de cada uno de ellos. 

Apoyándose en la Biblia, dice, que hubo un 
tiempo en que no existia más que una habla, un 
modo de articulación, y un juego ó determinado 
número de palabras, común á todos los habitantes 
de la tierra; que á este periodo siguió la confusión 
de la torre de Babel (1), respecto déla articidacion 
de las palabras que hablan sido adoptadas como 
signos de las ideas, quedando el habla ^ las pala- 
bras, y los signos radicalmente los mismos, y con- 
tenidos en los estambres [Stamina) la raíz de to- 
das las lenguas, como lo observó siguiendo los 
principios de analogía, hasta convencerse que exis- 
to en las lenguas muy grande semejanza, que se 
hace muy notable, cuando puede á la vez traerse 
á la vista el mayor número de ellas, dilatándose 
el entendimiento á proporción que se presentan los 
objetos á su investigación y diligente examen. (2) 

El paso, por tanto, que debe darse, como dice, es 
el de la comparación analítica y sinóptica de va- 
rios idiomas. Poniéndolo en práctica, llegó á la 
conclusión de que los principios fundamentales de 
la gramática están contenidos en Idi I enffua hebrea, 
trasmitidos con pocas variaciones á las lenguas en 



(1) Génesis, chap. XI, ver. 1. 

(2) Samuel Barnard. Poliglot gramraar. Prefac, p. 
5, n. 3 y 5. 

ESTUDIOS — TOMO 11—68 



—524— 

general. Siguiendo el mismo método de este au- 
tor podría descubrirse la semejanza que las len- 
guas americanas tengan entre si, y la que conser- 
ven de su procedencia, comparándolas con las más 
antiguas del otro continente. 

Esto es fácil de practicarse por la simplicidad 
caracteristica de estos idiomas. Haciendo uso de la 
etimología gramatical y de la etimología compa- 
rativa, llegarán á descubrirse no solo las diferen- 
tes clases de palabras de este idioma, sus modifi- 
caciones y su derivación; sino la referencia ó pro- 
cedencia que tengan las de unos de los otros; for- 
mando así un árbol etimológico, en que aparezcan 
las raíces, y se ponga de manifiesto el origen, con 
lo cual quedarán resueltas multitud de cuestiones, 
en que se han estrellado todos los esfuerzos que se 
han hecho hasta ahora; para esto se necesita el ta- 
lento del filólogo, la paciencia y constancia del 
hombre estudioso, la madurez que dan los años, y 
la experiencia y aptitud necesarias para analizar 
con detenimiento cada una de las partes, que en 
su conjunto forman osearte asombroso de dar á co- 
nocer por medio de la palabra nuestras ideas y 
pensamientos. 



§7. 



Ya en prensa este capítulo, he podido tener á las 
manos la segunda edición hecha en la tipografía de 



— o2o— 

Isidoro Epstein, de la obra de D. Francisco Pi- 
mentel titulada « Cuadro descriptivo y comparati- 
vo de las lenguas indígenas de México, ó tratado 
de lilología mexicana, etc. » edición notablemente 
superior á la primera, enriquecida con taparte re- 
lativa á la clasificación y comparación entre sí de 
los idiomas de que trata, que tanto se echaba de 
menos, y que es de una importancia y un mérito 
especial. El autor ha derramado sobre esta materia 
una luz que antes no se tenia; y su trabajo tan 
notable bajo tales aspectos lo coloca en un lugar 
distinguido entre los filólogos de nuestra época. 

Conocida, como es, la parte descriptiva de esos 
idiomas por las pocas indicaciones que se han he- 
cho, ahora me limitaré á la parte añadida en la 
nueva edición, y aunque no he tenido tiempo más 
que para hojearla lijeramente, he visto desde lue- 
go muchas observaciones que revelan un estudio 
muy detenido, conocimientos especiales adquiri- 
dos en fuerza de una aplicación constante y labo- 
riosa, y una mirada inteligente y comprensiva en 
esta clase de investigaciones. 



§ 8. 



Los dialectos mexicanos ocupan en este nuevo 
estudio un lugar preferente y aparecen como tales 

El Conchos . 



—526— 

El Sinaloense. 

El Jalisciense. 

El Akualulco, 

El Pipil de Guatemala y 

El Niquiran de Nicaragua. (1) 



§9, 



Las lenguas sonorenses, que sonlaopata, eude- 
ve, cahita, pima, tepeliuan, tarahumar, y cora, 
«tienen entre sí, según el Sr. Pimentel, tanta 
analogía, que pertenecen á la misma familia, » ana- 
logía que es más remota con el mexicano (2) , y es- 
te juicio lo comprueba con com'par aciones grama- 
ticales en el alfabeto, en las sílabas, en la compo- 
sición, en las palabras bolofrásticas, en la decli- 
nación, en el número, en los derivados, en las ver- 
bales y participios, en los pronombres, en las pre- 
posiciones, y en los verbos, en los cuales tienen 
de común, el carecer de infinitivo, que se suple 
con ol futuro, ó de otras maneras, y en la falta de 
modo sustantivo. 

Este parentesco y afinidad también resulta de la 
com'par ación léxica de los espresados idiomas. (3) 

•^1) Pimentel. Guad. descrip. y comp., &c., tomo 1, 
cap. 2, p. 61 y siguienles. 

(2) ídem ídem, cap. 11, p. 304. 

(3) ídem, idem, cap. 12, pág. 327. 



—527— 

Hay notables analogías entre el Joda de Sonora 
y de Chihuahua^ y el Opata; lo mismo que entre 
el Pápago y el Pima: el Sabaipure que se habla en 
Sonora y el Papago son semejantes, y distintos el 
Cajuenche y el Pima; el Topia ó Acaxee y el Xi- 
xime pertenecen al grupo mexicauo, familia opa- 
ta-pima; el Guazave ó Vacoregue y el Cahita tie- 
nen un parentesco reconocido; y el Golotlan es afin 
del Cora. (1) 

Repütanse como dialectos Yumas el Cuchan, el 
Mojave, el Cocomaricopa, el Diegueño y el Yabi- 
pai; y aunque hay afinidad entre el Pima y el Yu- 
ma, este no puede considerarse como dialecto de 
aquél. (2) 

ElHuichola, idioma poco conocido del Estado 
de Jalisco, es una rama del grupo mexicano, y de 
la familia opata-pima. (.3) 

Los idiomas que componen la familia sonoren- 
se son: 

1 . El Opata, tequima ó teguina, sonora ó sono- 
rense. 

2. El Eudevé, heve ó hegue, dohme ó dohema, 
batuco. 

3. El Jova, joval, ova. 

(1) ídem, idein, cap. 13, pág. 369 y sig. 

(2) Ídem, idem, cap. 14, pág. 391 y sig. 

(3) ídem, Ídem, cap. 1.^, pág. 413 y sig. 



— b28— 

4. El Pima, Nevóme, Chotama ú Otama, y sus 
dialectos Tecoripa, y Sabagui. 

5. El Tepehuan ó tepeguan con sus dialectos. 

6. El Pápago ó Papabicotam. 

7ál0. El Yuma, que comprende el Cuchan; 
el Cocomaricopa ú Opa; el Mojave ó mabao; el Die- 
gueño ó cuñeii; el Yabipai, yampai. 3'ampaio. 

11. El Cajuencbe, cucapa ó Jallicuamai, dudo- 
so en su clasificación. 

12. El Sabaipuri. 

13. ElJulime. 

14. El Tarabumar con sus dialectos, entre ellos 

a. El varogio ó chinipa. 

b. El Guazápere. 

c. El Pacbera. 

15. El Cabita. Sus dialectos más conocidos son 

a. El Yaqui. 

b. El Mayo. 

c. El Tebueco ó Zuaque. 

16. El Guazave ó Vacoregue. 

17. El Chora, chota, cora de Nayarit ó Nayarita, 
para distinguirlo del cora de California: también 
al Pima suelen llamar cora. Tiene 3 dialectos. 

a. EIMuntzicat. 

b. El Teacucítzin. 

c. El Ateanaca. 



—529— 
18. El Colollan. 
19" El Tubar y sus dialectos. 

20. El Huichola. 

21 . El Zacateco dudoso en su calificación. 

22. ElAcaxec, Topia comprendiendo el Sabaibo, 
el Tebaca y el Xiximé, este último dudoso en su 
calificación. 



10. 



Aunque el ComancUe debe enumerarse entre 
las lenguas de los Estados Unidos del Norte, por- 
que la nación en que se habla se halla situada en- 
tre Tejas y Nuevo México, y dejó de pertenecer á 
México desde el aiío 1848, hácese mención de él 
por la analogía que tiene con el mexicano, y muy 
especialmente con la familia opata-píma. 

Esta analogía resulta del alfabeto, cuyos soni- 
dos son correspondientes; en las sílabas, en ser po- 
lisilábico, en los números para conocer el singu- 
lar y el plural, en la falta de signos para marcar 
el género y el caso; en el modo con que se suplen 
los derivados; y en los pronombres y en el ver- 
bo. (1). 

Se consideran como idiomas afines del Coman- 
che los siguientes: 

(1) Pimentel. Cuadro desc. y com. etc., tomo 2, cap. 
17, pág. 25 y sig. 



—530— 

1. El Shoshone, chochone. 

2. El wihinasli. 

3. El utah, yutali, yuta. (1). 

4. El Pah-utah, ó payuta. El cheraegue ó che- 
meliuevi. 

t). El Colmillo ó cawio. 

6. ElKeclií. 

7. ElNetela. 

8. El Kizh, Kiz, Kij y el Fernandeño. 

9. ElMoqui. 

10. El Galgua ó Kiowai. (2). 

El alfabeto del comanclie se compone de las le- 
tras siguientes: a. b. c. ch. d. e. é. g. h. i. j. k, 
1. m. n. o. p. r. rr. s. t. u. v. y. z. tz: es polisi- 
lábico, aunque tiene algunos monosílabos: no ca- 
rece de voces onomatopeyas y metafísicas: bay en 
este idioma número singular, dual y plural: care- 
ce de signos especiales para marcar el género, y 
de declinación para expresar el caso: casi todos los 
verbos, ó al menos muchos de ellos, acaban en ó 
aguda, (3). y tiene varios dialectos. (4). 

(1) Busclimanu. Spuren der Aztckischen Sprache, p. 
297—349. 

(2) Pimentel. ídem, tomo 2, cap. 18, pág. 45 3' sig. 

(3) ídem, ídem, tom. 2, cap. 10, pág. 5 y sig. 

(4) Schooleraft. Indian tribes. 

— Whiple. Señale documents v. 13. 
— ^Buschmann. Spuren der aztikischen, Sprachen 
apud Pimentel loco cítate. 



—531 — 



§H. 

El lejano ó coahuilteco tiene analogía con el 
sonorense y el comanche; pues consta su alfabeto 
de las mismas letras: es polisilábico; denota el ca- 
so con partículas como fcl mexicano y el sonoren- 
se, y hay semejanza en el pronombre y el verbo, 
su alfabeto consta de 19 letras, y son la a. c. ch. e. 
g. h. i. j. 1. m. n. o. p. q. s. t. u. y. tz. Tiene 
pronunciaciones algo forzadas, especialmente la 
c'. q\ V. p'. r, cuando llevan la señal con que 
quedan anotadas. (1). 



§12. 

Numéranse entre las lenguas de Nuevo México 
el Keres, el Tesuque, el Taos, el Jemes y el Zuñi, 
las cuales ademas de sus analogías entre sí, las 
tienen también con el mexicano, el sonorense y 
elcomancbe, en los sonidos, en las palabras, en la 
pronunciación gutural y aspirada, en ser poli- 
silábicos, y en el uso que hacen de la composi- 
ción. (2). 

(1) ídem, Ídem, tomo 2, cap. 19 y 20, pág. 75 y sig. 

(2) ídem, idem, tomo 2, cap. 21. pAg. 91 y sig. 

ESTUDIOS — TOMO 11—69 



—5532— 



§ 13. 

El Mutzun es uno de los idiomas de la Alta Ca- 
lifornia, pertenece al grupo mexicano, aunque 
más apartado que la familia opata y la comanche; 
y lo demuestran las letras de que consta su alfa- 
beto, con exepcion de la ñ; es polisilábico; tiene 
palabras holofrásticas como el mexicano y las len- 
guas ópatas; es rico en palabras, abunda en meta- 
plasmos, y tiene pocas onomatopeyas; carece de ar- 
tículo propiamente dicho, y de signos para desig- 
nar el caso; las personas del verbo se marcan con 
los pronombres; y no hay, como en el mexicano, 
comanche, y lenguas ópatas, verbo sustantivo pu- 
ro; sino que se suple por elipsis, ó por medio del 
verbo estar; y las preposiciones se posponen á su 
réfifimen. 

Son afines suyos el Rumoen, que se habla en 
las cercanías de Monterey, el Achastli, el soledad, 
y el costeño. 

El alfabeto del ww^52í?¿ consta de 20 letras que 
son a. ch. e. g. h. i. j. k. 1. m. n ñ. o. p. r. s. t. 
u. y. z: es policilábico; se usan mucho en él las 
figuras de dicion; no tiene signos para marcar el 
género, y el caso se expresa por medio de preposi- 
ciones pospuestas; Jas personas se marcan en el 
verbo por medio del pronombre antepuesto ó pos- 



—533— 



puesto; carece de verbo sustantivo, y no tienen 
voz pasiva semejante á la nuestra, ni á la latina; 
es rico en verbos derivados y en advervios. (1). 



§14. 



El Guaicura, vaicuro, ó Monqui es idioma que 
se habla en la Baja california; cree el Sr. Pimen- 
tel que debe colocarse en el grupo mexicano, az- 
teca, sonorense, comanche: su alfabeto carece de 
las letras f. g. 1. e. x. z. ó. s: es polisilábico como 
el mexicano, sonorense, y comanche; no tiene fi- 
nales para marcar el caso; los pronombres señalan 
las personas del verbo, y el advervio y la conjun- 
ción se posponen á su régimen (2) . 



§ IK. 

También el CocMmi es idioma de la Baja cali- 
fornia, lo mismo que el Laimon: hay analogía 
entre estos dos idiomas, y el mexicano; son po- 
lisilábicos; el mecanismo del verbo en ellos es 
esencialmente lo mismo, y la preposición, el ad- 



(1) Pimenlel. Cuad. descrip. y comp. ele,, lom. 2, 
cap. 22, 23 y 24, pág. 145 y sig. 

(2) ídem, idem, cap. 2o, pág. 193 y sig. 



—534— 



verbio y la conjunción se posponen en esos idio- 
mas, como en el mexicano, el opata etc. (1) 



§ 16. 

El ser i ó ceri, idioma de Sonora, es poco cono- 
cido; hay palabras que empiezan con dos conso- 
nantes, y otras en que se encuentran duplicadas 
las vocales y consonantes. Se tienen como afines 
suyos el Guaima ó Gayana, y el upanguaimo. (2) 

§ 17. 

Entre el mixteco y el Zapo teco existe la más es- 
trecha analogía gramatical, aunque con algunas 
diferencias en el sistema léxico; y al compararlos 
con el mexicano se notan diferencias tales, que no 
es posible, como dice M. Charency, colocarlos en 
la misma familia (3); Buschmann reconoce es- 
la diferencia, (4) y el Sr. Orosco y Berra, tam- 
bién, (b) 

El Sr. Pimentel consagró uno de los capítulos 

(1) ídem, Ídem, cap. 27, pág. 211 y sig. 

(2) ídem, ídem, cap. 27, pág. 229 y sig. 

(3) Nolice sur quelques familles de langues du Me- 
xique. 

(4^ Spuren des aztekischen sprache. 
(5) Geografía de las lenguas de México. 



—535— 

de su interesante obra al examen de estos idio- 
mas, y opina que «lo que hay común morfológica- 
mente entre esas lenguas es el polisilabismo y la 
polisíntesis,» y las diferencias notables las encuen- 
tra: 1. En el sistema de derivación: 2. En los sig- 
nos de derivación: 3. En las onomatopeyas: 4. 
En el número: En el pronombre: ^ó. En la voz pa- 
siva de los verbos: 7. En el verbo sustantivo: 8. 
En los gerundios, y 9. En el sistema léxico. (1) 

Se reputan como afines del Misteco-zapoteco 

1. El Chuchon y el Popoloco. 

2. El Cuicateco, el Chatino, el Papabuco y el 
Amusgo. 

3. El Mazateco y el Solteco. 

4. El Chinanteco. (2) 

De la comparación del mixe y el zoque resulta, 
que ambos pertenecen á una misma familia: la 
pronunciación del primero es dura y difícil, y es- 
to lo distingue del mexicano y lo acerca al miste- 
co-alto; dialecto cargado de consonantes y de pro- 
nunciación áspera. El P. Burgoa la atribuye á los 
lugares montañosos y llenos de barrancos en que 
habitaban los que lo hablaban, lugares en los cua- 
les el silvido continuado del viento y el ruido de los 
arroyos los obligaba á hablar á gritos para enten- 
derse: abundan en esos idiomas, como en el mexi- 

(1) ídem, Ídem, cap. 36, pág. 445 y sig. 
(2; ídem, ídem, cap. 37, pág. 459 y sig. 



—536— 

cano, los nombres verbales, encontrándose ana- 
logía en alguna de sus terminaciones: hay en ellas 
pronombres simples y compuestos: el verbo no 
tiene infinitivo^ como tampoco lo tiene el mexica- 
no, ni el tuixteco-zapo teco. (1) 

Del Matlazinco ó Pirinda se ha hablado en otro 
lugar; y solo añadiré; que comparado con el mix- 
teco-zapoteco se observa, como dice el Sr. Pimen- 
tel, qíie tiene el mismo carácter morfológico; pero 
no puede colocarse en el mismo grupo, ni menos 
en la misma familia, por la diferencia de forma 
de signos gramaticales; su sistema léxico es dis- 
tinto; pues solo palabras aisladas se encuentran 
semejantes. (2) 

Por las indicaciones que se han hecho antes, al 
hablar de varios idiomas, se tiene ya alguna idea 
de las lenguas Maya, Quiche, Huasteca y Mame: 
comparándolas entre si, se vé que no hay en ellas 
cargazón de consonantes en lo general de las pala- 
bras; sino que más bien domina la vocal; tienen 
muchos monosílabos, y abundan en onomatope- 
yas: carecen de declinación para expresar el caso: 
no hay signos para marcar el género; y en el ma- 
ya se usan con nombres de persona algunas partí- 
culas, que significan el que y la que. De manera 
que en su sistema fonético hay cara^itéres que los 

(1) Pimentel. Guad. desc. y comp. etc., tom. 3, cap. 
40 pág. 33 y sig. 

(2) ídem, idem,- cap. 42, pág. 93 y sig. 



—537— 

dislinguen de las demás lenguas de que se lia ha- 
blado: abundan en monosílabos, y las voces poli- 
sílabas son generalmente cortas. « La forma de 
los signos gramaticales difiere, exceptuando raras 
analogías, entre la familia maya y el grupo mexi- 
cano, opata, el tarasco, mixteco, zapoteco, pirin- 
da, etc. Lo mismo que con los signos gramatica- 
les sucede con las palabras, con el sistema léxico, 
fuera de algunas semejanzas aisladas.» (1) 



§18. 

El Sr. Pimentel menciona entre los idiomas que 
pertenecen á la familia Maya ios siguientes, por 
las analogías que tienen con dicho idioma. 

1 . Yucateco ó Maya. 

2. Punetune. 

3. Lacandon ó Xoquinoc, 
•4. Peten ó Itzae. 

5. Chauabal, comiteco, jocolobal. 

6. Chol ó Mopan. 

7. Ghorté, chorte. 

8. Cakchi, caichi, cakgi, etc. 

9. Ixil^ izil. 

10. Coxoh. 

11. Quiche, utlateca. 

(l) ídem, Ídem, cap. 47, pág. 229 y sig. 



—538— 

12. Zutuhil, Zutugil, Atiteca, Zacapula. 

13. Cacliiquel, cachiquil. 

14. Tzotzil, zotzil^ tzinacanteco, cinacanteco. 

15. Tzendal, zendal. 

IG. Mame, mem, saklohpakap, tapachulano. 

17. Poconchi^ ó Pocoman. 

18. Ache, Achi. 

19. Huaxteco con sus dialectos. 

20. El Haitiano, quizqueja, ó itis con sus afines 
el Cubano, Bórica y Jamaica (de clasificación du- 
dosa). (1) 



§19. 



El Totonaco ha sido también puesto en paran- 
gón con los otros idiomas, y aunque bay puntos 
en que se encuentra discrepancia entre los escri- 
tores que se han ocupado de esto, existen compro- 
badas las analogías que tiene con el mexicano en 
el alfabeto, y combinación de letras, en las sílabas, 
en la falta de artículo propiamente dicho, diferen- 
ciándose en el verbo, y en el uso de finales diver- 
sas, más bien que de prefijos ó pronombres abre- 
viados, para marcar las personas. (2) 

(i) Guad, descrip. y comp. etc., tomo 3, cap. 48, pág. 
277 y sig. 296. 
(2j ídem, idem, cap. 50, pág. 345 y sig. 



-539— 



§20. 



La lengua Othorni comparada con el chino ha 
sido objeto de un estudio muy detenido por parte 
del Sr. Pimentel: notable es el trabajo que sobre 
esto presenta en la segunda edición de su obra: 
véese en ella el acopio de datos con que procedió, 
y no escasea la cita de escritores notables, cuyo 
juicio y calificaciones ha tenido á la vista para 
formar el suyo propio, guiado por una critica ló- 
gica y razonada, y un prolijo análisis en que re- 
saltan los conocimientos ñlológicos del autor, dán- 
donos por resultado la opinión fundada de que el 
othomi y el chino solo tienen alguna analogía 
morfológica; <( pero que tocante al sistema gra- 
matical difieren en lo esencial, y solo se parecen 
en algunos procedimientos secundarios, que son 
comunes á lenguas de clases y grupos diversos » 
(1) y por consiguiente, que no siendo esa analo- 
gía más que \im.\i2iác>imGXiíe morfológica, no puede 
en manera alguna ser genealógica. 

Omito, por falta de tiempo, entrar por ahora en 
algunos pormenores, y emitir los conceptos que 
me ha sugerido ei trabajo del Sr. Pimentel, y los 
que se sucitan al leer lo que sobre esto nos es co- 

(1) ídem, Ídem, oap. 32, pág. 399. 

ESTUDIOS — TOMO H — 70 



—540— 



nocido del P. Nájera, de Du Ponceau, y de Mr. 
Charencv. 



§21 



Nada dirc tampoco de las consecuencias que 
puedan sacarse de su comparación con el Maza- 
hua y el Pirinda. el Pame, el Jonaz y el Serrano, 
y solo liaré notar que en el mazaJma hay diccio- 
nes más largas que en el otliomi hasta de seis sí- 
labas; y que en ninguno de los dos hay signos es- 
peciales para marcar el género y el caso. 

De la comparación con el Pirinda resulta ser 
éste y el othomí idiomas distintos en su mecanis- 
mo gramático^ descubriéndose en su vocabulario 
diferencias esenciales. 

Entre el Pame y el Othomí hay analogía foné- 
tica, y en el sistema seguido para dar á conocer el 
tiempo y las personas en los verbos: el jonaz tiene 
relación con el pame, y se acerca por consiguien- 
te en este respeto al othomí. « El Serrano es tan 
parecido al othomí, que pudiera creérsele uno de 
sus dialectos.)) (1) 

(1) ídem, ídem, cap. 53— ai— 55, pág. 421 y sig. 



— í)41— 



§ 22. 



Aunque el Apache ha sido ya objeto del estudio 
de varios escritores, v sobre él se han hecho in- 
vestigaciones notables, todavia no es bastante co- 
nocido para hacer sobre él justas apreciaciones, 
su importancia para la historia no puede descono- 
cerse, siquiera por ser el idioma que se habla en 
una de esas regiones del Norte, de donde vinieron 
tantas gentes á poblar lo interior de esta parte del 
continente americano, cuyas emigraciones están 
intimamente ligadas con la historia primitiva del 
pais en sus épocas más remotas. 

Existe analogía léxica entre el A'paxhe y el Otlw- 
ml de palabras aisladas^ pero de esta analogía no 
puede deducirse ni fusión completa, ni comuni- 
dad de origen; apesar de las tradiciones, sobre 
emigración de los otlwmies de los países septen- 
trionales. 

En cuanto al idioma que hablan, los sonidos son 
guturales y silvantes: hay en él bastantes mono- 
sílabos en general, y las palabras de varias síla- 
bas por lo común son cortas: las personas del ver- 
bo se marcan con el pronombre generalmente pre- 
fijo. (1) 

(1) ídem, ídem, cap. 56, pág. 483 y sig. 



—542— 

Estas pocas indicaciones ponen de manifiesto la 
importancia del estudio comparativo de todos es- 
tos idiomas; y las revelaciones que por medio de 
él pueden obtenerse, haciéndolo estensivo al de ias 
regiones del antiguo continente, de donde puedan 
haber procedido los que en épocas remotas pobla- 
ron el nuevo mundo. 



FIN DEL TOMO SEGUNDO. 



FÉ DE ERllATAS. 



Pig. 



Lín. 



JDice 



Lóase 



10 


19 


encru?tado 


11 


6 


ehilitl 


12 


6 


Haina-capac 


18 


2 


puestas 


23 


23 


inours 


30 


39 


Hatos 


37 


10 


brascrilles 


40 


21 


Nazahualcoyotl 


66 


19 


Stona 


90 


17 


ciólas 


98 


28 


Campolion 


122 


21 


garrota 


124 


14 


que 


134 


16 


gaia 


136 


10 


Glauco 


136 


16 


decuentas 


141 


4 


inmitables 


177 


22 


paocedencia 


178 


25 


Bortitud 



incrustado 

chililitli 

Huainacapac 

puertas 

moeurs 

Hator 

braserillos 

Nezahualcoyotl 

storia 

ciclas 

champolion 

garzota 

con 

gola 

de Glauco 

de cuentas 

inimitables 

procedencia 

uorlherd 



II 



Páí 



Lín. 



Dice 



Léase 



192 
197 
214 
214 
217 
220 
222 
226 
234 
234 
234 
235 
235 
256 
257 
263 
270 
273 
273 
274 
300 
304 
306 
329 
334 
335 
338 
359 
359 
362 
368 
370 
377 



19 
2 

15 
18 
18 
26 
16 
20 

5 
18 
20 
21 
25 
22 
24 
21 

7 
10 
14 

8 
21 
14 

9 
24 
18 

T9 

15 
19 
24 

1 
20 
24 

4 



Mecamonn 

Nicbulier 

Meleagno 

Pasilidipo 

gentilicio 

Spliinf^a 

pequeños 

as 

Pauplilo 

xVthleta 

peleando 

Ulises: 

quien 

procticaron 

irnej^enes 

objetes 

al" 

dándole 

á !a 

ftrcque 

sirocaldeos 

á la 

Ente 

Ortalano 

befurcada 

sinnúmero 

Streem 

Mano tlion 

apun 



Mennonn 

Niebhur 

Meleagro 

Posilidipo 

{gentílico 

sphingx 

pequeñas 

las 

Pampliilo 

el Athleta 

peleando; 

ülises 

que 

practicaron 

imaojenes 

oV)jetos 

el 

dando 

la 

feraque 

sirocaldeos 

la 

Entre 

ortolano 

bifurcada 

sin número 

stream 

Manethon 

apud 



Yuter y Maulton Yater y Maltón 
papiru papirus 

Monfaucon Mountfaucon 

palmerianas palmirianas 



III 



V&g. 



Lili. 



Dico 



LCiise 



381 


C 


cinco veintes 


dos veintes y diez 


339 


14 


Incident 


Tncidents 


441 


19 


Tomarino 


Tomasino 


442 


3 


Pompeyo, Festo 


Pompeyo Festo 


458 


21 


acojée 


a cajee 


471 


o 


chilocno 


cliiloeno 


473 


5 


curamino 


curomina 


id. 


G 


Eccboríí 


Ecorobé 


id. 


8 


Paicouá 


Paiconé 


id. 


12 


Quiteme 


Quitema 


id. 


22 


Machan i 


Machón i 


474 


11 


Pajuna 


Payagua 


475 


1 


memaga 


inemaga 


477 


11 


Inguarona 


Yuguarana 


id. 


12 


cararin 


carariu 


id. 


22 


Aeroa 


Acroa 


id. 


25 


Borara 


Borora 


478 


2 


Maromonie 


Maroinonii 


id. 


3 


Papayas 


Payayas 


id. 


13 


Muchacarai 


Machacar i 


id. 


18 


Acroainirine 


Acroamirim 


id. 


21 


Guanarasc 


Guanaro 


id. 


23 


Caicoi 


Caicai 


480 


2 


akerecato 


akorccoto 


id. 


3 


akiricato 


akiricoto 


id. 


3 


ariuacato 


arinacoto 


id. 


4 


cumanacato 


cumanacoto 


id. 


4 


guakiriric 


guakirié 


id. 


5 


makiritaro 


makiretari 


id. 


6 


mapaya 


niapoye 


id. 


6 


por eco 


parcco 


id. 


C 


pandacoto 


paudacoto 



IV 



Pág Lín 



Dice 



LCase 





— 





■■ 


480 
id. 


9 
12 


arenquepano 
gatoguanchano 


arenguepono 
gotoguanchano 


481 


5 


jicara 


j i rara 


483 
id. 


19 


simigaccurari 
Yamico 


simigaecurari 
Yamea 



índice. 



Advertencia 



CAPITULO XVII. 

Páginas. 



1. Exáraen de otras construcciones en este 
continente, comparadas con las de las nacio- 
nes antiguas. Los templos. Notable templo 
construido en Cholula y deidad á que estaba 
consagrado. Los de Teotihnacan: número que 
habia en México: descripción del de Iluitziio- 
pochtli. Los de Texcuco. El del sol on la 
América del Sur: los de la Florida 

2. Comparación de estos templos con los de 
la antigüedad: los de Egipto: los do Siria y 

ESTUDIOS — TOMO II — 71 



II 

Páginas, 

la Arabia: el de Belo en Babilonia: el de Dia- 
na en Efeso: otros templos griegos: descrip- 
ción del de Salomón: el delsambul en Nubia: 
los de Lucqsor y Carnack y otros notables. 

Capillas monolitas de Sais y Butor 14 

8. Comparación entre estos templos, el del 
Palenque y los demás de este continente: lo 
que de ella resulta: rasgos de semeianza en- 
tre el palacio del Palenque y el templo de 
Belo ,. 31 

4. Se dá lijera idea de las habitaciones parti- 
culares, de varios edificios públicos de los in- 
dios, y de algunos palacios y casas de los no- 
bles. Recuerdos que exitan. Casas de los po- 
bres y de los ricos 33 

6. Obras y trabajos de arquitectura conoci- 
dos por los mexicanos 43 

6. Resto de construcciones suyas: compara- 
ción con las del Palenque. 44 

CAPITULO XYIII. 

1. Analogías en orden á la arquitectura: no 
se parece la del Palenque á la griega, ni á la 
romana, ni á la gótica, ni á la árabe, ni á la 
china, ni á la hindú: calificación de Dupaix. . 41 

2. Sentir del barón de Humboldt respecto de 
los teocallis: juicio formado por Mr. Warden: 
parecer de Mr. Farcy: originalidad que en- 
contraba Mr. Lenoir en las obras del Palen- 
que: opinión de Stephens y de Mr. Larenau- 
diere 48 



III 

Pfigínas- 

§ 3- Carácter peculiar de su arquitectura 50 

§ 4. Rasgos de analogía entre estas ruinas y 
las construcciones de Egipto: juicio de varios 
sabios sobre esta semejanza que aparece igual- 
mente en las demás construcciones de este 
continente 51 

CAPITULO XIX. 

§ 1. Escultura de las ruinas del Palenque: na- 
turaleza del arte, su antigüedad y progreso... 57 

§ 2, Escultura asiática 59 

§ 3. La egipcia: estatuado Sesostriscn el mu- 
seo de Turiu: sarcófago de Ramses en el mu- 
seo del Louvre; el do Arthout en el de Lon- 
dres: leones do la fuente de Moisés en Roma. 60 
§ 4. Escultura griega: causas que influyeron en 

su perfección: juicio del conde de Caylus 62 

§ 5. La escultura entre los israelitas 65 

§ 6. Carácter de la escultura etrusca 66 

§ 7. Estatuas de los godos 66 

§ 8. Examen de la escultura entre los roma- 
nos: estatua de Apolo y cabeza de Nerón en 
el museo del Vaticano: cabeza de Popea y es- 
tatua de Agripina en el del Capitolio: cabeza 
de Adriano en el de Borghcsc: Antinoo en la 
villa Mondragone: sarcófagos notables: juicio 
de Winckelman sobre el Apolo de Belvedere. 67 
§ 0. Influencia de la idolatría en la escultura y 

su antigüedad 68 

§ 10. Comparación de las obras del Palenque 
con las de las naciones de la antigüedad: ras- 



IV 

Páginas. 

gos que se descubren en las figuras de los pa- 
lenoanos, y adelantos que suponen en otros 
ramos 69 

CAPITULO XX. 

1. Ángulo facial que distingue á las figuras 
del Palenque: juicio que sobre esto han for- 
mado el barón de Ilumboldt y otros escrito- 
res: lo que expone Stephens: opinión de Kings 
borough 7^ 

2. Los cráueoíJ, observaciones de Mr. Mor- 
ton, Camper y Cramer: práctica délos indios 
de anioldfir la cabeza: juicio do Pintland y 
otros autores sobre los cráneos del Perú. . . . 76 

3. Clasificación de razas; trabajos de Cra- 
mer: sistema de Bluraembacli y de Linch. ... 79 

4. La raza americana 80 

5. Caracteres de los habitantes del Palen- 
que deducidos délas figuras que los represen- ' 
tan: facciones de la cara 82 

6. Rasgos distintivos de la raza americana 
según el B. de Ilumboldt: calificación de 
Mofras 84 

CAPITULO XXI. 

1. Vestidos de las figuras del Palenque: el 
de los hombres: su comparación con los usa- 
dos en las naciones antiguas; el de las muje- 
res: comparación con las de la antigüedad. 87 

2. Descripción de los diversos trajes que 
usaban los habitantes de esta parte del con- 



Páginas. 

tioente americano; trajo militar del rey: ves- 
tido ordinario y común del pueblo: el de los 
ricos y personas de distinción: el de los jefes 
aztecas: el de Moctezuma: el usado por los 
Toltecas y Chichimecas: el de los chibchas. . 91 

3. Vestidos usados en varias naciones de la 
antigüedad 97 

4. Semejanzas: diversos trajes de los indios 

de Chiapas 100 

6. Conjeturas sobre las telas que usaban en 
estos vestidos: antigüedad de los tejidos de 
lino: cultivo del algodón en América: tejidos 
de Cholula: uso de la seda: la lana, su anti- 
güedad y uso en tiempo de los patriarcas: da- 
tos de Clavijero sobre tejidos: uso que se ha- 
cia de las pieles 103 

6. Observaciones que se deducen de lo ex- 
puesto , 106 

CAPITULO XXIÍ. 

1. Antigüedad del bordado: materiales y co- 
lores que se empleaban y firmeza que se les 
daba 109 

2. Lujo y ostentación que se nota en los ves- 
tidos de las figuras del Palenque: uso de las 
franjas en los vestidos: trajes do la clase po- 
pular en Egipto: semejanza con el que se vé 
en las figuras del Palenque: cinturon que tie- 
nen éstas y su carácter particular: semejanza 
con el de las figuras egipcias: su uso entre los 
romanos y los griegos 112 



VI 

Páginas. 

3. El calzado: materia de que se hacia al 
principio y lo que era en los tiempos anti- 
guos: leptaschides: sandalias con suela dé ma- 
dera: coturnos: uso del calzado entre los egip- 
cios, griegos y babilonios: opinión de Bochart 
y de Bincio sobre el de los hebreos: especie 
de calzado que usaban los romanos: color del 
zapato según el sexo, clase y condición 114 

4. Variedad del calzado en las figuras del 
Palenque y su descripción 119 

CAPITULO XXIII. 

1. Los cascos de las figuras del Palenque; 
los usados por muchos pueblos de la antigüe- 
dad, sus adornos y analogías que de ellos re- 
sultan 121 

2. El copilli de los indios y coronas de la 
antigüedad 125 

3. Uso de collares en los pueblos antiguos: 
conocimientos que supone su fabricación: el 
que se tenia do los metales desde áotes del 
diluvio: su fundición, afinamiento y separa- 
ción: invención de algunos instrumentos: uso 
del cobre y del fierro: metales de que hacían 
uso los mexicanos: hachas de cobre encontra- 
das en los sepulcros de los peruanos: uso del 
cobre en tiempo de Homero y del fierro en 
Egipto y la Palestina: invención de la meta- 
lurgia: antigüedad de los adornos de oro y 
plata: collares de oro y piedras preciosas. . . 128 

4. Adelantos de la platería en los tiempos 
antiguos: collares usados por los egipcios, va- 



VII 

Páginas. 

lor y estimación de las piedras preciosas des- 
de entonces, y conocimiento que se tenia del 
modo de cortarlas y pulirlas 135 

5. Aplicación de lo expuesto á las figuras del 
Palenque, y observaciones sobre la antigüe- 
dad de sus habitantes, su adelanto y cultura. 139 

6. Progresos de la platería entre los indios: 
obras admirables de oro y plata en el Períi: 
piedras verdes de que hacían uso los indios . . 140 

7. Brazaletes, su uso en la antigüedad: los 
tienen las figuras del Palenque: adelantos que 

esto prueba y observaciones á que dá lugar. . 155 

CAPITULO XXIV. 

1. Figuras notablej del Palenque: piel que 
llevaba una de ellas sobro la espalda: funcio- 
nes de los sacerdotes egipcios y trajes é insig- 
nias con que se distinguían 159 

2. Bajo relieve encontrado en un hipogeo de 
Ávidos: su semejanza con otro de las ruinas: 
comparaciones 162 

3. Indicaciones sobre otras de las figuras no- 
tables, y c.onieturas á que dá lugar todo su 
conjunto 164 

4. Piedra en cuyo centro se encuentra colo- 
cada la crvz: el Tau de los egipcios y el Lin- 
gan de los indios: significación que tenia la 
cruz en varios pueblos de la antigüedad: lo 
que era en tiempo de Abraham: el patíbulo 
de la cruz: conocimiento que se tenia de ella 



VIII 

Páginas. 

antes de Jesucristo: cruces encontradas en 
otros lugares del continente 165 

5. Lo que era entre los indios 175 

6. Importancia del bajo relieve indicado: pa- 
labras con que los egipcios expresaban el au- 
mento y crecimiento del Nilo: su significa- 
ción en el sánscrito, y manera como figura en 
el culto hindú: coincidencia délas ceremo- 
nias de los indus y las figuras egipcias 177 

7. Fragmentos de un globo alado encontra- 
do en las ruinas de Ococingo 187 

CAPITULO XXV. 

1. Estuco usado por los palencanos: uso que 
de él hacian los egipcios: su empleo en Asia y 
otros países 189 

2. El grabado: grabado en hueco: bajos re- 
lieves en Egipto y otras naciones 191 

B. Bajos relieves notables de Jos griegos y 
romanos 195 

4. El bajo relieve en las ruinas del Palen- 
que: su carácter y adelanto que revelan las 
obras en ellas ejecutadas: comparación con 
las de los egipcios: causa por qué entre éstos, 
lo mismo que entre los mexicanos, se mantuvo 
estacionaria la escultura: opinión de Stephens: 
postura de las figuras del templo de los Lajas 
en las ruinas del Palenque y su semejanza con 

las egipcias: otras semejanzas notables. ... 197 

5. Bajo relieve encontrado en Zaehila 202 



IX 

/'ágluaa. 

6. Figuras que se vea eii el claustro do Bo- 
lonia y en la fachada de la catedral de Mó- 
dena 202 

CAPITULO XXVI. 

1. Las estatuas entre los antiguos 205 

2. Su carácter entre los egipcios: colosos del 
Amenopbion de Tébas: estatua parlante de 
Memnon: la de Sesostris: colosos 206 

3. Antigüedad de la estatuaria: su uso en el 
Asia y otras naciones: las más notables por 
su objeto, por la materia de que estaban he- 
chas, ó por los artistas que las ejecutaron: las 
de Grecia y sus escultores notables: las de los 
romanos 209 

4. Estatuas encontradas en el Palenque y 
Ocociugo: comparación con una estatua egip- 
cia de las más notables, y semejanzas que se 
advierten: observaciones sobre el instrumen 
to dentado que tiene sobre el pecho, y la in- 
signia que lleva en la mano: adornos que tie- 
nen las figuras en la tabla Isiaca y monumen- 
tos publicadoíí por Caylus: cordón y tan que 
llevaban los sacerdotes: la efigie en el pecho 

de la sacerdotisa de Cibeles 217 

5. Observaciones sobre los pantalones que se 
notan en la expresada estatua del Palenque. 222 
0. Xo se han encontrado en las ruinas ca- 
riátides üi atlantes -23 

7. La escultura entre los mexicanos: ídolos 
en la isla do Coxumcl: efigie do Quetzalcoatl: 

ESTUDIOS — ^TOMO 11 — 72 



X 

Páginas. 

de Huitzilopochtli: colección eu piedra en el 
Museo de México de ídolos y otros varios ob- 
jetos 223 

§ P. Nacas del Peten 226 

§ 9. Estatua de la colección de Waldeck .... 227 

CAPITULO XXVII. 

§ 1. Falta de pinturas en las ruinas como or- 
nato de los edificios: data del arte de pintar. 229 

§ 2. Conocimiento é invención de la pintura 

atribuida á los egipcios 230 

§ 3. Conocimiento de los colores, la pintura y 
el arte de iluminar: antigüedad de éste úl- 
timo 232 

§ 4. Su principio y progreso éntrelos griegos: 

sus pintores más afamados 233 

§ 5. Provecho que sacaron los romanos de los 
adelantos de los griegos; perfección de los 
modernos 236 

§ 6 La pintura entre los etruscos. , . 239 

§ 7. Restos de pintura descubiertos en las rui- 
nas del Palenque. ^. . . 210 

§ 8. Pinturas encontradas en las ruinas de 

Yucatán 242 

§ 9. Uso que liacian de los colores los tzenda- 

les y mexicanos 243 

§ 10. Estado déla pintura entre estos ultimes 
y las dem;?s naciones de Análiuac: pérdida de 
manuscritos importantes en que se empleaba, y 
de otros monumentos de la antigüedad , . 244 

§ 11. Pinturas y manuscritos que se salvaron. 244 



XI 

Páginas. 

§ 12. Colores de que hadan uso los mexica- 
nos y tzendales: y lo que era en general la 
pintura entre los indios 2-48 

CAPITULO XXVIII. 

§ 1. Escritura palencana. Medios que se usa- 
ron antes de la escritura para conservar la 

memoria do los sucesos 251 

§ 2: Práctica de los chinos. Los quipos de los 
peruanos. Los nepahueltzitzin do los mexi- 
canos ...... 2n3 

§ 3. Primeros ensayos que se hicieron y pro- 
gresos que fueron lográndose en la escritura. 254 

§ 4. Geroglificos 255 

§ 5. Escritura silábica. Su invención. Época 
en que se verificó. Países en que hubo prime- 
ro de conocerse, y como fué estendiéndoso y 

perfeccionándose 258 

§ 6. Sistema gráfico y simbólico 262 

§ 7. Escritura ideográfica y simbólica 264 

§ 8. Número de geroglificos entre los egipcios. 
Su escritura hie;'ática. Establecimiento de la 

demótica y fonética 265 

§ 9. Variedad do opiniones sobre el origen de 
la escritura, y otros puntos concernientes á 

ella 266 

§ 10. Escritura del Palenque 275 

§ 11. Las inscripciones de Egipto y cómo fue- 
ron descifradas 277 

§ 12. Obtáculos y dificultades con que so tro- 
pieza para obtener igual resultado respecto de 



XII 

Páginas. 

los caracteres del Palenque. Su naturaleza y 
forma en que se presentan: comparación con 
los egipcios. Trabajo y tiempo empleados por 
Ordoñez para entender un manuscrito que lie 
gó á sus manos 280 

CAPITULO XXIX. 

1. Continuación del mismo asunto. Uso que 
hacian los palencanos de signos gerogllficos, 
simbólicos y fonéticos 289 

2. Como procedían los egipcios. 291 

3. Género de escritura propia de los palen- 
canos. No tenian noticia de la escritura alfa- 
bética. Consecuencias importantes que de es- 
to se deducen 293 

4. Opiniones que se han expresado respecto 

de la escritura alfabética 294 

5. Tipo de originalidad de los caracteres del 
Palenque. Rasgos de semejanza entre los fe- 
nicios, griegos y latinos, estudios hechos sobre 
el alfabeto fenicio, y su comparación con los 
de los otros pueblos: comparaciones. Alfabe- 
to de los abisinios y brachmines. Escritura 
de los pueblos de Malabar, Bengala, Boutan, 
el Thibet y otros; de los tártaros orientales, 
guebros y seracabios. Comparación de los del 
Palenque con los conocidos, y lo que de esto 
resulta. Juicio de Scbmalz » 299 

6. Origen del lenguaje escrito en los abisi- 
nios 308 

7. Examen analítico de Jq, escritiírq, de va- 



XIII 

Páfiioas. 

rias naciones, lo que sobre esto dice el P. 
García, Herrera, Torquemada, Sahagun, Acos- 
ta, Garóes y Solórzano, estudios arqueolójíi- 
cos de D. J. M. Melgar. Observaciones de D. 

Manuel Orozco y Berra 310 

8. Geroglíücos palencanos y mexicanos. Tra- 
bajos de Mr. Aubin. Caracteres de Yucatán. 
Geroglificos de los zapotecos. Semejanzas. 
Escritura usada por las tribus de la América 
del Norte. La del Perú: lo que sobre esto ex- 
])oncn xicosta, Garcilazo de la Vega y Her- 
rera 316 

CAPITNLOXXX. 

1 Continuación del mismo asunto. Inscrip- 
ciones en piedra 355 

2 Uso de las planchas do metales y tablitaa 
de madera para grabar en ellas los caracte- 
res; de hojas de palma y corteza de árboles. 
Libros de los itzaeses, mapas y otros escritos 

de los de Chiapas y Guatemala 363 

3. Autigüedad del papirus. El pergamino. 
Papel de algodón y de lino .... 368 

4. Materia de que se hacia entre los mexica- 
nos. Libros de hojas de árboles encontrados 

por los rusos en 1721 ■ 372 

5. Observaciones á que dá lugar la inven- 
ción y uso del papel 374 



XIV 

Páginas. 



CAPITULO XXXI. 

1. Falta de datos sobre sistema numérico de 
los palencanos: el de los tzendales: el de los 
egipcios: los griegos: origen de las cifras ac- 
tuales: imperfección de la numeración antes 

de la propagación de las cifras 379 

2. Aserciones de Paw: sistema numérico de 
los mexicanos y délos otomíes: el de los alba- 
nos, y de un pueblo de Tracia 382 

3. Antigüedad de la numeración: su inven- 
ción: su progreso entre los griegos 383 

4. Procedencia de las cifras de los árabes: 
opinión de Huet acerca de esto 384 

5. La falta de los signos de los palencanos 
priva de un dato importante para iuzgar: sig- 
nos de los egipcios: semejanza entre su modo 

de contar y el de los tzendales 388 

6. Los mexicanos se valieron para esto de 
geroglíficos, los peruanos de quipos, los tzen- 
dales de los signos con que escribían: los grie- 
gos y las demás naciones no tuvieron por mu- 
cho tiempo caracteres numéricos 389 

CAPITULO XXXII. 

1. Importancia de la filología para la histo- 
ria de los pueblos y el conocimiento de su orí- 
gen: cómo debe procederse al hacer uso de ese 
medio indasratorio 394 



XV 

Páginas. 

§ 2. Multiplicidad de idiomas en el contiaente 

americano 39!í 

§ 3. Lengua mexicana 399 

§ 4. La otomi 401 

§ 5. La tzendal: idiomas que se hablan en 

Chiapas 402 

§ 6. Conjetura sobre el idioma de los palenca- 
nos 407 

§ 7. La lengua maya, sus relaciones con la 
chol, y la otomí 407 

§ 8. Procedimiento usado por varios autores 
sobre comparación de los idiomas de Améri- 
ca con los de algunas naciones antiguas. . . 410 

§ 9. Observaciones sobre las analogías que re- 
sultan, y cómo debe precederse en las compa- 
raciones 414 

§ 10, Reflecciones do Mr. Renaudet acerca de 
esto: circunstancias que además deben tener- 
se presentes 416 

§ 11. Letras de que carece la lengua mexica- 
na, diferente valor de otras en la tzcnda!, y 
las que faltan en el huasteco, misteco, taras- 
co y otras: consecuencias que se deducen .... 419 

§ 12. Lengua primitiva antes de la confusión 

acaecida en Babel 421 

§ 13. Opinión de varios orientalistas sobre las 

lengua.s 425 

§ 14. Observaciones sobre la lengua zcnd 425 

I 15. Observaciones sobre el san.scrito y su se 
mejanza con la lengua maya: oti aa semejanzas 



XVI 

Páginas. 

que se deducen de su denominación; opinión 
de Prichard y de Vater: palabras de los dia- 
lectos del Brasil, México y varias tribus de 
las costas orientales de América, que se deri- 
van del sánscrito: lugares donde prevalece la 
lengua malaya 426 

§ 16. Parentescoy afinidad de las lenguas ame- 
ricanas entre sí: importancia de todos estos 
datos para la cuestión de origen 429 

CAPITULO XXXIII 

§ 1. Continuación del mismo asunto: utilidad 

ó importancia de la filologia 434 

§ 2. Yentajas que del estudio de las lenguas 
se han sacado para la historia 434 

§ 3. Juicio de Brosses, Saint-Pelaye; Suizer, 

Bibliandro y otros autores 435 

§ 4. Estudio comparativo de los idiomas. . . . 438 
§ 5. Causas que al principso impidieron sus 
progresos, y lo que boy puede lograrse en ese 
punto 439 

§ 6. Errores en que incurriron varios autores: 
cómo fueron evitándose después, y los adelan- 
tos que se han obtenido 441 

§ 7. Yentajas que de todo esto puede sacarse 
en el estudio de las lenguas de América: datos 
y noticias que se han reunido 443 

§ 8. Lenguas matrices de lo que antes se co- 

nocia con el nombre de Nueva España 444 



xvn 

PAginas. 

§ 9. Lengua mexicana 445 

§ 10. Lengua Otomí 447 

§ 11. Lengua Tarasca 449 

§ 12 Lengua pirinda 450 

§ 13. Lengua cora 450 

§ 14. Lengua Maya 451 

§ 16. Lengua mixteca 452 

§ 16. Lengua totonaca 458 

§ 17. Lengua haiqui.. .,..,. ,..'., 454 

§ 18. Lengua pericíi 454 

§ 19. Lengua guaicura 455 

§ 20. Lengua cochimí 456 

§ 21. Importancia del examen comparativo de 

estas lenguas 456 

§ 22. Sus dialectos 456 

§ 23. Lenguas de que hace mención D. Fran* 

cisco Pimentel 460 

^ 24. Lenguas y dialectos de la América Cen- 
tral; juicio acerca de ellas de Juarros, Gabar* 

rete y el Abate Bras?eur 462 

§ 25. Gramática y vocabulario, que este últi- 
mo publicó, de la lengua quiche: lo que sobre 
ella expone el Sr. Pimentel. Otras lenguas 

que se hablan en Nicaragua 464 

CAPITULO XXXIV 

§ 1. Continuación de la misma materia. Len- 
guas de la América del Sur; su gran numero 

ESTUDIOS—TOMO 11—73 



XVIII 

Páginas. 

y diversidad 467 

§ 2. Lengua Quichua ó del Cozco: sus dialec- 
tos 469 

§ 3. La Araucana de Chile y sus dialectos., . 470 
§ 4. La Guarini en el Paraguay, y sus dialec- 
tos: otras muchas lenguas y dialectos que allí 
se hablaban 471 

S 5. La Abipona del Chaco en Buenos Aires. 474 
§ 6. Las que se hablaban en Tucuraan y Pa- 
raguay 474 

§ 7. Las del Uruguay 475 

§ 8. Las que entro todas estas lenguas se te- 
nían por matrices 476 

§ 9. La lengua Tupi del Brasil: idiomas de orí- 
gen desconocido 476 

§ 10. Observaciones sobre el idioma caribe. . . 479 
§ U. Otras muchas lenguas y dialectos, ade- 
más de los mencionados 480 

§ 12. Lenguas y dialectos de la Nueva Gra- 
nada . . 481 

§ 13. Del Perü 482 

§ 14. Del reino de Quito: número de dielectos 
que cada uno tenia. 482 

§ 15. Las de las Provincias de Popayan y. de 
Veraguas ^ 484 

§ 16. Lenguas de los-que antes habitaban en 
los Estados Unidos de la América del Norte 
y sus dialectos 485 

§ 17. Conclusión que saca el Abate Hcrvás del 



XIX 

Páginas. 

estudio prolijo que había hecho de las len- 
guas americanas 488 

18. Lenguas sobre que debe fijarse princi- 
palmente el estudio comparativo de ellas .... 490 

19. Juicio de Herrera, Torqueraada y el Aba- 
te Hervás sobre la generalidad de la lengua 
mexicana: importancia de su estudio compara- 
tivo para la cuestión de origen: obras que so- 
bre ella pueden consultarse 490 

20. Importancia para la misma cuestión de 
las lenguas quichua, guariuí, araucana, aljon- 
quina, hurona y apalanchiua , . . , . 493 

21. Noticias y descubrimientos que resulta- 
rán de la comparación de estas lenguas con 
las de Groelandia; opinión de Richer: nacio- 
nes americanas en las costas do California; y 
datos que se tienen sobre las lenguas que allí 

se hablaban 496 

22. Examen é investigaciones que deben ha- 
cerse en esos países, el úabrador, y otros. . . 498 

CAPITULO XXXV. 

1. Continuación del mismo asunto. Impor- 
tancia que, para obtener resultados más posi- 
tivos y ciertos sobre la cuestión do origen, 
presentan las islas que se extienden hasta el 
Japón, y lo que acerca de esto exponen Ri- 
cher, Hervás, Coxe, Steller, y Klaproth: dásc 
una idea de las lenguas que en ellas se ha- 
blan 602 



3X 

Páginas. 

§ 2. Lo que piensa Klaproth de la lengua Ma- 
laya, y de las americanas 507 

§ 3. Lo que debe practicarse respecto de estas 

lenguas, y resultados que se obtendrán 509 

§ 4. Progresos que so han hecho, y ventajas 

que se han alcanzado con estos estudios 512 

§ 5. Obras que pueden ser muy útiles en los 
trabajos que se emprendan sobre las lenguas 
de América: indicaciones y reglas que en 
ellos deben seguirse 514 

§ 6. Lo que se ha logrado por este medio in- 
dagatorio: indicaciones de Klaproth. Gramá- 
tica poliglota de Samuel Barnard 520 

§ 7. Nueva edición de la obra de D. Francis- 
co Pimentel titulada "Cuadro descriptivo y 
comparativo de las lenguas indígenas de Mé- 
xico, ó tratado de filología mexicana, etc.". . 624 

§ 8. Dialectos mexicanos 625 

§ 9. Lenguas Sonorenses 526 

§ 10. El Comanche 529 

§ 11. El Tejanoócoahuilteco 531 

§ 12. Lenguas de Nuevo Módico 531 

§ 13. ElMutzun 532 

§ 14. El Guaicura 533 

§ 15. El Cochimí 533 

§ 16. ElSeri 684 

§ 17. Analogías entre varios idiomas 534 

§ 18. Idiomas que pertenecen á la familia Ma- 
ya , 537 



XXI 

Páginas* 

§ 19. El Totonaco comparado con otros idio- 
mas / 538 

§ 20. Comparación del Chino y el Othomí . . , 539 

§ 21, Comparación de otros idiomas 540 

§ 22. El Apache 541 



Las láminas deberán colo- 
carse al fin de la obra. 



Ldrnma-9^ 





r—\ 



. 



\ ! 




WBm i B ii n i gMBi i 



j/ 



'■'T ^i ^H^l ^i íl- Á 



Lámina 12. 





HAS 



3 "3 



2I 



•r S 



t t 









i^^^'^^^ 



^¿ 



^^f^. 

1^-) 



VVu.'- 








'«í/ 






"^ 






A- 



i<5 



i;=^^^^^^?^^^S3ar^ -^ A 



Ldinimí 10. 




i r MfM ' MnMiTM ' í ' ^ 




FfrrEl'' 



Mi 



Escala dt' V... -■■..? 



10 S o 10 



-RTójf-Ye 



40 SO 



prc« 



A Lapida con tferogUficos. B Ouivto. C Corredor eilrripr. 



Lámina Í7. 



t7^'^-"'£jry^ 



m^x^^s^m^j'T^ 



^ 




^ll'íl^HSn 



V. 



KITTY CENTU UMUUtY 



3 3 



25 00035 7406