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Full text of "Febrerillo el loco, comedia en dos actos; estrenada en el Teatro de Lara el 28 de octobre, 1919"

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FEBRERILLO EL LOCO 



Esta obra es propiedad de sus autores. 

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son los encargados exclusivamente de conceder o negar el 
permiso de representación y del cobro de los derechos de 
propiedad. 

Droits de représentation, de traduction et de reproduction 
reserves pour tous les pays, y compris la Suéde, la Norvege 
et la HoUande. 

Copyright, 1919, by S. y J. Álvarez Quintero. 



^A13^ 



SERAFÍN Y JOAQUÍN 
ÁLVAREZ QUINTERO 



FEBRERILLO 
EL LOCO 

COMEDIA EN DOS ACTOS 

Estrenada en el Teatro de Lara el 28 de octubre 
de I 9 19 





MADRID 
I 9 I 9 



MADRID — Imp. Clásica Española. Glorieta de Chamberí.— Teléf. J. 43° 



AL SEÑOR 
DON JOSÉ ORTEGA MUNILLA 

CORAZÓN GENEROSO 

\ ESPÍRITU ELEVADO Y FECUNDO, 

CON ADMIRACIÓN Y GRATITUD 

LOS AUTORES 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

AURELIA. María Palou. 

DOÑA MÍNIMA Leocadia Alba. 

FLORENCIA Hortensia Gelabert. 

LAURA Isabel Faure. 

REMIGIA Elisa MÉNDEZ. 

TIRSO Emilio Thuillikr. 

GUZMÁN ARAUJO Luis Manrique. 

DON ALBINO DE JUAN Salvador Mora. 

DON ROQUE Alfonso M. de Tudela. 

HONORITO José Balaguer. 



ACTO PRIMERO 



Salita en casa de doña Mínima Oria, viuda de don Estanis- 
lao Febrero, en Madrid. Puerta al foro, que conduce a las 
habitacionesanteriores, y otra a la izquierda del actor, 
que da al recibimiento. A la derecha, un balcón. Sillería 
de caoba, tapizada de damasco o - de yute; mesa-camilla, 
con falda y tapete de terciopelo; sobre una consola, dos 
floreros y un reloj cubiertos con fanales; alfombra de mo- 
queta; cortinas adecuadas a la sillería; una gran araña de 
cristal en el centro del techo, y en la pared, revestida de 
papel oscuro, dos retratos al óleo que representan, a lo 
que rezan los letreros que llevan al pie, a Santa Ana y a 
San Pablo. Por la habitación y por los muebles han pa- 
sado cuarenta años, fecha del casamiento de la señora; 
pero es menester decirlo para que se crea, según se con- 
serva todo ello. En la actualidad viven en la casa suegra y 
nuera, y, para que todo sea sorprendente, se llevan bien. 

Es al anochecer de un domingo de Carnaval. La araña está 
ya encendida. 

Doña Mínima, sentada a la camilla^ hace solita- 
rios; Florencia^ su niiera^ escribe una carta. Doña Mí- 
nima pasa un poco de los sesenta años y viste de ne- 
gro; Florencia no llega a la mitad^ y es bella y dis- 
creta. 

Doña Mínima. Nada, no me sale. ¡Pues no ha de 
poder más que yo! 

Florencia. ¿Qué? 

Doña Mínima. El solitario "que me ha enseñado 
don Albino, que no me sale nunca. Se me ha atra- 
vesado. 

Pausa. 



I o Febr er illo el loco 

Florencia. ^Quiere usted algo para la mona? 

Doña Mínima. Mándale un beso de la abuela. 

Florencia. Ya le mando un millar. 

Doña Mínima. Pues dile que así que pase el 
Carnaval iremos a verla al colegio una tarde. 

Florencia. También se lo digo. Iremos el día de 
su cumpleaños: de hoy domingo, en ocho. 

Doña Mínima. ^Cuántos cumple ya Anita? 

Florencia. ¡Ay! ¡No me obligue usted a recor- 
darlo! 

Doña Mínima. ^Doce? 

Florencia. {Trece! 

Doña Mínima. ^Te molesta la cifra? 

Florencia. No, señora, no: la cifra me es igual. 
Me molesta que no sean cinco en vez de trece. 

Doña Mínima. jAh, claro! 

Florencia. Viviría mi marido. 

Doña Mínima. ¡Pobre hijo de mi alma! Y tú ten- 
drías ocho años menos. 

Florencia. ¡Friolera! 

Doña Mínima. Bien dice don Albino que el tiem- 
po es el único reloj que no se para nunca. Esta no- 
che he soñado yo con don Albino. 

Por la puerta de la izquierda sale Remigia^ criada 
de la casa; moza tan feliz desde que se fué de su pue- 
blo^ Loeches^ y dejó de ver a su familia^ la del tío Te- 
rrones^ que está siempre con la sonrisa en el sem- 
blante. 

Remigia. Ahí está don Roque. 

Florencia. Mira, a tiempo llegas. Baja en un 
momento y echa esta carta en el estanco de la es- 
quina. 

Remigia. O en un tranvía, ^no? 

Florencia. Es igual. 

Remigia. El tranvía la lleva más pronto. Se va con 
la carta y con la sonrisa. 



Acio primer o ii 

Florencia. [Qué servicial es esta chica! 

Doña Mínima. Mucho. ¡Y qué contenta está ella 
en Madridl No se la ve sino risueña. Ha de decirte 
que ha roto dos platos, y te lo dice con cara de Pas- 
cuas. 

Sale don Roque por la misma puerta que Remigia. 
Es un cincuentón., egoísta redomado. Usa gorro. 

Don Roque. Hola. 

Doña Mínima. Hola. 

Florencia. Hola, tío Roque. 

Doña Mínima. ¿Fuiste tú quien llamó antes con 
los nudillos en la pared del comedor? 

Don Roque. Sí; yo fui. Para que pasaras a casa 
si no estabas entretenida en algo. 

Doña Mínima. Pues iba a pasar, a ver qué que- 
rías; pero se me fué el santo al cielo. 

Don Roque. ¡Qué más da, boba! No era nada 
urgente. 

Florencia. Está usted muy contento, ^verdad.?* 

Don Roque. Lo estoy; lo estoy. ¿Me sale a la 
cara? 

Florencia. Le sale a usted, sí. 

Don Roque. Estoy, estoy contento. ¡Ya podía 
no estado! Para un padre, ¿cabe mayor satisfacción 
que tener una hija y casarla a gusto? 

Doña Mínima. ¿A gusto del padre? 

Don Roque. ¡Por supuesto! ¡A gusto del padre! 
Para un padre... Estoy contento; muy contento. Me 
gusta el novio... me gusta la posición del novio... me 
gusta la familia del novio... Estoy contento. Y a 
propósito de mi contento quería yo hablarte. Mí- 
nima. 

Doña Mínima ¿Ah, sí? 

Don Roque. Para eso te llamaba. 

Doña Mínima. ¿Pues? 

Don Roque. Como hoy ha sido el paso oficial 



12 Febrerillo el loco 

de pedir a Aurelia, y como Honorito vendrá de aquí 
a poco, y vendrá don Albino, por de contado, ¿qué 
te parece a ti si remojáramos la cosa? 

Doña Mínima. Muy bien; me parece muy bien. 

Don Roque. ¿Y a ti, sobrina.^* 

Florencia. A mí, también; me parece muy na- 
tural. 

Don Roque. Nada de locuras ni de exageracio- 
nes... Unos emparedados, unas pastas, unas copitas 
de jerez... jQue no pase la fecha en blanco! 

Doña Mínima. Bueno; sí. 

Don Roque. Y aquí mejor que ahí en mi casa, 
jno encuentras? 

Doña Mínima. Donde tú dispongas, ya que tú 
eres el padre y estás tan contento. 

Don Roque. Creo que lo estamos todos. 

Doña Mínima. Sí, hombre, sí, claro; estándolo 
tú... 

Don Roque. Pues aquí, aquí lo celebraremos 
desde luego. Aquí, en rigor, es donde hacemos siem- 
pre la tertulia; mi hija casi vive aquí más que ahí; 
aquí la conoció su novio... 

Doña Mínima. Aquí, aquí; no hay que dudarlo 
ni un segundo. 

Don Roque. Entonces queda todo ello a tu elec- 
ción, ¿eh. Mínima?.,, a vuestra elección, ¿eh, Floren- 
cia? Las mujeres para estas cosas sois las únicas. Ya 
digo: unos emparedados, unas pastas, jerez fino de 
ese que yo prefiero... A vuestra elección. 

Doña Mínima. Pierde cuidado, hombre. 

Don Roque. Estoy contento; estoy contento; 
contentísimo. 

Vuelve Remigia por la misma puerta^ con otro 
anuncio. 

Remigia. Ahí está el médico. 

Don Roque. ¿Qué? 



Ac i o primer o 13 

Remigia. Que ahí está el médico. 

Don Roque. Pues ^quién hay malo en esta casa? 

Doña Mínima. Malo, nadie; los nervios de ésta... 

Florencia. Hoy, sin embargo, no lo he llamado 
yo. Pero dile que pase, Remigia. 

Remigia. Sí, señora. Se marcha, 

Don Roque. Detesto a los médicos; y detesto 
muy especialmente a los médicos que viven en la 
propia casa, arriba o abajo. Con el aquel de que es- 
tán cerca, se les avisa a cada triquete; y aunque no se 
les avise, vienen ellos, como sucede ahora; y abusan 
de la vecindad. 

Florencia. No, pues este muchacho no abusa. 

Don Roque. Todo el que puede abusar, abusa; es 
lo humano. Y ya que ha venido, le voy a sacar yo 
dos recetas que me hacen falta. Hasta ahora. jBien, 
hombre, bien I Estoy contento; estoy contento. 

Vase. 

Doña Mínima. A Florencia. Todo el que puede 
abusar, abusa; es lo humano. 

Florencia. Está contento. 

Doña Mínima. Sí; está contento. Va a casar a su 
hija a gusto de él... y yo convido al padrino y al 
novio. Está contento. ^Lo hay más egoísta.?^ En este 
Roque se afinó la casta de los Febreros. Y cuidado 
que mi marido fué de caballería. Pero el hermanito 
es de artillería de montaña. No, y el mismo Juan, 
tu esposo — yo, porque fuera hijo mío, no me cie- 
go, — también tenía bemoles. 

Florencia. Juan era otra cosa: un poco terco, 
reservado... pero no dejaba de ser generoso. 

Doña Mínima. jLa sangre mía que llevaba en las 
venas!... Sin embargo, le tiraba más la del padre. 
Ahora, que ni con Estanislao, ni con éste, ni con 
ninguno, he discutido yo jamás. Ha sido mi táctica: 
punto en boca. Que me dicen que vuelan los bueyes: 



14 Febrerillo ei loco 

|vuelan! Punto en boca. ¡Son muchos Febreros! Valen 
por todo el año. 

Asoma en la puerta de la izquierda Guzmán Arau- 
jo^ el anunciado médico. Es joven ^ fino^ afectuoso^ cor- 
dial. 

Guzmán. ^Se puede, señoras.^^ 

Doña Mínima. Adelante. 

Guzmán. (jQué tal^ doña Mínima? ^Qué tal, Flo- 
rencia? 

Doña Mínima. Vamos pasando bien. 

Florencia. Sí; no podemos quejarnos. 

Doña Mínima. Lo dejo a usted con su enferma... 
de vicio. Yo, doctor, como nunca he sabido lo que 
es eso de los nervios de punta... |Los pelos de punta 
sí se me han puesto algunas veces! 

Guzmán. jja, ja, jal 

Doña Mínima. ¡Estoy contenta! Voy a mandar 
por emparedados, pastas y jerez. A mi elección, es 
claro, j Estoy contenta! Vase hacia la izquierda por la 
puerta del foro. 

Guzmán. ¡Qué humor el de esta doña Mínima! 

Florencia. Es notable. Siempre diciendo que se 
lo calla todo... y no se calla nada. Siéntese usted. 

Guzmán. Al bajar de casa recordé que ayer an- 
daba usted alteradilla, y me dije: voy a entrar un 
momento a verla. 

Florencia. Muchas gracias. Ya por de pronto ha 
aprovechado la visita el tío Roque, ^no? 

Guzmán. Ah, sí. Me ha pedido un par tie recetas. 
Lo que da uno. Siempre que me ve hace lo mismo. 

Florencia. Discúlpelo usted. 

Guzmán. ^Quién se ocupa de eso? Ni crea usted 
que es él solo el que tiene médico a salto de mata. 
Yo tengo muchos clientes en el tranvía. 

Florencia. ¡Ja, ja, ja! ¿Va usted ahora a las más- 
caras? 



Acto p rimer o 15 

GuzMÁN. ¡No, por Dios! Precisamente he estado 
aguardando a que oscurezca para salir. 

Florencia. Pues ^no es usted el médico que re- 
ceta las diversiones? 

GuzMÁN. A quien las necesita, sí; pero diversio- 
nes a cara descubierta. 

Florencia. A mí tampoco me agradan las más- 
caras. Y no es de ahora: ni en mis quince. 

GuzMÁN. Total, hace seis años. 

Florencia. Lo que usted quiera. 

GuzMÁN. Conque, ¿'cómo va ese valor? 

Florencia. El valor, bien. Nunca me ha flaquea- 
do. Ya le he dicho a usted otra vez que no soy co- 
barde. 

GuzMÁN. Sí, pero no basta que usted lo diga. 
Ayer lo fué usted, sin ir más lejos. 

Florencia. ^Por qué? 

GuzMÁN. Porque hubo lágrimas. 

Florencia. Las lágrimas son siempre un consue- 
lo, Guzmán. 

GuzMÁN. Pero nacen generalmente de un descon- 
suelo, Florencia. Bien venidas sean, cuando vienen; 
pero es menester evitarlas. 

Florencia. Eso sí. Yo tan pronto lloro como río. 

Guzmán. Pues tampoco es sano reír sin funda- 
mento. 

Florencia. |Ay, amigo Araujo! Crea usted que 
algunas veces, con tal de reír... 

Guzmán. Ya dimos en la llaga: está usted triste. 

Florencia. Lo estoy. No sé por qué, y sí sé por 
qué; pero estoy triste. Compadézcame usted en serio. 

Guzmán. Lo que quiero es curarla. Esa cura de la 
compasión es enfermiza. Por lo mismo que de lo que 
padece usted es del espíritu. 

Florencia. Sí; salud de la otra sí tengo, a Dios 
gracias. 



i6 Febrerillo el toco 

GuzMÁN. He aquí una paradoja, ^ve usted? Su pro- 
pia salud es su enfermedad. 

Florencia. No... 

GüZMÁN. SX- Y es preciso que no lo sea. Hay que 
cambiar de vida, Florencia; hay que darle al alma 
algo de lo que pide: recreo, libertad... horizonte... No 
pasea usted nunca... Madrid está espléndido, lleno de 
gracia, de alegría... Tampoco va usted nunca al 
teatro... 

Florencia. ¡Quién habla en esta casa del teatrol 

GuzMÁN. ¡Pues hay que hablar! Hay que sacudir 
el aburrimiento, la atrofia mortal de estas horas ocio- 
sas que pasa usted... Una amiga, un libro... 

Florencia. ¡Libros aquíl 

GuzMÁN. ¡Libros aquí! La gente vulgar que des- 
deña los libros no sabe lo que pierde. ¡Son unos 
amigos tan leales!... Siempre pagan bien. Yo le voy 
a mandar a usted unos pocos: versos, viajes, no- 
velas... 

Florencia. Novelas ya hago yo algunas por las 
noches. 

GuzMÁN. ¡Escríbalas usted! 

Florencia. Si supiera escribir... Pero no le escri- 
bo más que a mi chica, y en la última carta que he 
recibido de ella me corrige dos faltas de ortografía. 

GuzMÁN. No está mal. ¡Terrible maestra! Acaso 
debiera usted empezar por sacar a la nena del colegio 
y traérsela consigo. 

Florencia. Todavía es pronto. Allí está mejor. 
Prefiero este sacrificio de no tenerla al lado. 

GuzMÁN. Sí; ya comprendo... Esta casa, la casa 
de junto... Reservadamente. ¡Qué mal hace usted en 
vivir con ellos!... 

Florencia. ¡Ah! Al morir mi marido así lo acor- 
daron... Mi ánimo, entonces, no estaba para reflexio- 
nar ni para resolver libremente... Don Roque se eri- 



Act o primer o 17 

gió en mi padre, en mi administrador... yo dejé 
hacer a todos. ...y aquí estoy. No; y me llevo bien con 
mi suegra. 

GuzMÁN. Pues, con todo, ese es el origen del mal. 
Viviendo con la madre del que fué su marido... 

Florencia. Deje usted eso. 

GuzMÁN. Déjeme usted que no, lo deje. Viviendo 
con ella, insensiblemente se habitúa usted a no pen- 
sar siquiera en algo que por su juventud y por su 
belleza parece que la reclama a usted. 

FlorExNXIa. ¡Ohl ¡Qué disparatel 

GuzMÁN. ^Disparate? 

Florencia. La mujer viuda que piensa en nuevo 
matrimonio es... ¡No quiera usted saber lo que es! 
Oiga usted a don Roque. 

GuzMÁN. Dios me libre. Ya hago bastante con no 
cobrarle las recetas. ¡Estaba por envenenarlo en unas 
pildoras! 

Florencia. Tanto, no. 

GuzMÁN. Ah, pues lo merece. La pena del tallón 
es muy justa; y él a todos ustedes les envenena el 
aire. 

Florencia. Ahí viene su hija. 

GuzMÁN. ^Aureha? 

Florencia. Sí; la he sentido. 

Guzmán. ¡Buen oído tiene usted! Porque a Aure- 
lia no se la siente. Yo le llamo la mujer sin ruido. 
Parece una monja. 

Florencia. Lo es casi. 

Guzmán. Una monja que se va a casar. 

Florencia. Sí. 

La expresión del médico cambia súbitamente. Luego 
pregunta: 

Guzmán. Diga usted: ¿es cierto que la han pedi- 
do hoy.? 

Florencia. Sí; esta mañana. 



i8 JFebre filio el loco 

Breve pausa. Por la puerta de la izquierda llega 
Aurelia. El médico la ha pintado bien. Silenciosa y 
humilde^ sencilla y suave^ tiene ^ e7i efecto^ aire monjil., 
sin asomo de afectación ni de hipocresia. Peina su 
cabello en dos crenchas iguales, y viste con modestia., 
al gusto casero. Si no le preguntan., rara vez habla; 
como si se creyera siernpre delante de reyes. 

Aurelia. Muy buenas tardes, Araujo. 

GuzMÁN. Buenas tardes, Aurelia. ^Cómo está 
usted? 

Aurelia. Bien, ^y usted? 

GuzMÁN. Bien. Trabajando mucho. A su padre de 
usted lo he saludado hace un instante. 

Aurelia. Sí. 

GuzMÁN. ¿Se lo ha dicho a usted? 

Aurelia. No; pero me dio una receta, y supuse... 

Florencia. ¿Una nada más? 

Aurelia. Nada más. 

Florencia. Pues Guzmán le ha entregado dos. 

Aurelia. No sé... Puede que la otra sea para su 
escribiente, que padece del hígado. 

Guzmán, ¡Desde luegol En una hay ruibarbo. ¡Es 
para el escribiente! 

Florencia. Padece del hígado, sí. 

Silencio. Guzmán mira siempre a Aurelia con sim- 
patía. 

Guzmán. ¿Qué hay de nuevo, Aurelia? 

Aurelia. Nada de particular. 

Florencia.. ¡Mujerl 

Guzmán. ¿Nada de particular? 

Aurelia. Nada. 

Guzmán. Dirigiéndose a Florencia. Pues no eran 
esas mis noticias. 

Aurelia. ¿A qué se refiere? 

Florencia. ¿A qué ha de ser? ¡Al suceso del día! 
¿Estás en Babia? 



Ac i o p r im tr o 19 

Aurelia. ¡Ah, yal Estoy en Babia, efectivamente. 
Le contesié a usted sin pensar... 

GuzMÁN. Ya me pareció a mí... 

Aurelia. Después de todo, dije lo que debía: 
nada de particular... Una cosa así, que ya se sabe y 
ya se espera, no es nada de particular... 

Silencio otra vez. Los tres reflexionan tm punto. 
Guzmán varía luego el rumbo de la conversación. 

GuzMÁN. Pues yo, aquí, luchando con mi enferma 
sana. 

Aurelia. Verdaderamente: la enferma sana es. 

Florencia. Se ha empeñado en curarme con im- 
posibles. 

Guzmán. Muy al contrario: le aconsejo que cam- 
bie de vida... 

Florencia. Un imposible. 

Guzmán. Que pasee, que lea, que vaya al teatro, 
que viaje... 

Florencia. Imposible, imposible... 

Guzmán. Que se enamore nuevamente... 

Aurelia. ¡Imposible! 

Florencia. ^Usted oye? 

Guzmán. Lo que es imposible, amigas mías, es 
estrangular una vida a los treinta años. Imposible y 
opuesto a la naturaleza. Abra usted las ventanas de 
su corazón, y deje usted que entren por ellas el sol, 
el agua, el aire, los pájaros... jY el amor con ellos! 
Aprovéchese usted de que estamos en febrerillo el 
loco, mes que hace girar como ninguno la rosa de 
los vientos. A Aurelia, en quien advierte la intención 
de hablar. ^Qué iba usted a decir? 

Aurelia. Arrepintiéndose. No... nada... Siga usted. 

Guzmán. Por hoy ya no digo una palabra más so- 
bre el caso. 

Viene Remigia de la izquierda., por la puerta del 

f07'0. 



20 Febrerilio el loco 

Remigia. Señorita Florencia. 

Florencia. ¿Qué quieres? 

Remigia. Me ha dicho la señora que vaya usted 
al comedor un momento, con permiso de este señor. 

Florencia. Dile que ya voy. 

Remigia. A Aurelia^ sin dejar su cara de júbilo. 
Señorita Aurelia: el jerez no he podido traerlo del 
que le gusta a su papá, porque está cerrada la tien- 
da, porque se ha muerto el amo, 

Aurelia. Bien, bien; anda allá dentro. 

Se retira Remigia. 

GuzMÁN. Y usted, Florencia, no se detenga aquí 
por mí. Me voy ya. 

Florencia. Adiós, entonces. Y mil gracias por su 
interés. 

GuzMÁN. Démelas usted cuando me haga algún 
caso. 

Florencia. Sonriéndole melancólicamente. Impo- 
sible. V ase por la puerta del foro ^ hacia la izquierda. 

Guzmán. Adiós, Aurelia. 

Aurelia. Adiós, Araujo. 

GuzMÁN. Fijándose en la pulsera de Aurelia cuan- 
do le da la ma?io. ^Es esta la pulsera... quizás? 

Aurelia. ^Qué? 

GuzMÁN. La pulsera .. del día de hoy. 

Aurelia. Sí; ésta es. 

GuzMÁN. No había reparado hasta ahora. 

Aurelia. ^Le gusta? 

GuzMÁN. Mucho. Como elegida por su novio. 

Aurelia. ,jQué me quiere decir? 

GuzmAn. Que es hombre de gusto bien demos- 
trado. 

Aurelia. Pues se equivoca usted, porque no la 
ha elegido Honorito. 

Guzmán. ^No? ¿'Quién ha sido, entonces? 

Aurelia. Su tío: don Albino. 



Acio primero 21 

GuzMÁN. Con ligera zumba. ¡Ah, don Albinol... 
Debí figurármelo. En fin, Aurelia, muchas felici- 
dades. 

Aurelia. Gracias. 

GuzMÁN. Ya tiene usted dueño. 

Aurelia. Sí. 

GuzmAn. Adiós. Le da nuevamettte la mano. 

En este instante aparece por la puerta de la izquier- 
da doña Mínima, 

Doña MÍíNima. ^También está usted pulsando a ésta? 

GuzMÁN. Riéndose. No, doña Mínima; es que me 
despido. 

Doña Mínima. Ya lo sé. Vengo a decirle a usted 
adiós. Ha sido visita de médico. 

Guz^LÍN. De vecino. Me son muy simpáticas las 
vecinas del principal. 

Doña Mínima. ¿Derecha? 

GuzMÁN. E izquierda. 

Doña Mínima. Pues también me han dicho que 
se lo son a usted las del segundo. Derecha e izquier- 
da también. 

GuzMÁN. Según el alcance que le hayan dado a la 
referencia. 

Doña Mínima. Ya, ya. Cuidadito ahora, no vaya 
usted a caerse de espaldas. 

GuzMÁN. ¿-Cómo? 

Doña Mínima. Usted verá. Se asoma a La puerta 
de la izquierda y dice: Laura, pase usted. 

Y pasa Laura^ la cual es una lindísima criatura^ 
modista de oficio. Viene salpicada de papelillos de co- 
lores. Tiene clara conciencia de su belleza., de la que 
espera mucho en la vida. Coquetea con el aire. 

Laura. Buenas tardes. Digo, ya, casi buenas no- 
ches. 

Aurelia. Buenas noches. 

GuzMÁN. Buenas noches. 



32 Febrerillo el loco 

Doña Mínima. ¿Qué tal, amiguito? 

GuzMÁN. Que si no me previene usted, doy el es- 
pectáculo. 

Laura ka comprendido que se alude a ella^ y se es- 
ponja de gozo. 

Doña Mínima. Je! 

GuzMÁN. Adiós; buenas noches. Se marcha. 

Doña Mínima. Adiós. 

Aurelia. Adiós. Quédase abstraída. 

Laura. Buenas noches. ¿Este caballero — usted 
disimule la curiosidad —es el conde del Cisne? 

Doña Mínima. No. Es un médico que vive en el 
primero: don Guzmán Araujo. 

Laura. Ah, sí; lo he oído celebrar. Es muy so- 
nado ahora. Pero no me lo figuré tan joven. 

Doña Mínima. Dicen que vale. Es especialista en 
enfermedades nerviosas... sobre todo de la mujer. Es 
fino, elegante, les echa piropos... En fin, él pone ner- 
viosas a las clientes, y luego las cura. 

Laura. Tiene muy buen tipo. 

Doña Mínima. Aurelia. Ésta no la oye. {Aurelia! 
¿Estás embalsamada? 

Aurelia ¿Eh? 

Doña Mínima. ¿Tú sabes quién es esta señorita? 

Aurelia. ¿La modista, quizás? 

Laura. Para servir a usted: Laura Calpini. 

Aurelia. Muchas gracias. 

Doña Mínima. ¿Vamos a ver aquellos trapos? 

Aurelia. Véalos usted con ella, tía Mínima, y eli- 
jan ustedes lo que les agrade, y haga usted lo que 
quiera. Yo no entiendo de eso. Me voy allá dentro 
con Florencia. Adiós, señorita. Vase por la puerta 
del foro. 

Laura. Vaya usted con Dios. 

Doña Mínima. ¡Bueno! ¡Parece que soy yo la que 
va a casarsel 



Aci o primer o 23 

Laura. Ah, ¿esa señorita es la que va a tomar 
estado? 

Doña Mínima. Sí, hija mía; ésa es. ¿Lo disimula, 
no es verdad? [Pues hoy la han pedidol 

Laura |Qué raro que no esté más alegre! Porque 
yo creo que si hay día feliz para una mujer, después 
del de la boda, digo, antes, es el día en que la piden 
a una. ¡Jesús, cómo me pondría yo si a mí me pidie- 
ran 1 En fin, rarezas, caracteres... De todo ha de ha- 
ber en la vida. ¿Es joven el novio? 

Doña Mínima Veinticinco años. 

Laura. ¿Y rico? 

Doña Mínima. Rico. Y lo que será con el tiempo. 
Porque es hijo único, S'> brino único, ahijado único, 
primo único... Recogerá, recogerá cuartos de muchas 
alcancías. 

Laura. Ahora lo entiendo menos. Y la novia, ¿es 
sobrina de usted? 

Doña Mínima. Sobrina política; hija de un her- 
mano de mi marido, que vive ahí junto. Pero usted 
vendrá a coser aquí; a mi casa. En la de mi cuñado 
parece que no hay sitio. El cuarto es igual que éste, 
y ellos son dos y dos criadas, como nosotras; pero 
ahí no hay sitio. Lo que usted decía: caracteres. 

Laura. Las cosas y las casas, como dice mi 
padre. 

Doña Mínima. Pero yo, de esto, ni chistar. ¡Bo- 
nito es mi cuñado! Y vamos a lo de la boda. 

Laura Estoy a las órdenes de usted. 

Doña Mínima. Pues verá usted, joven: yo tengo 
allá en mi cómoda, de cuando me casé — ¡que ya ha 
llovido! — una colección de blondas de seda, de en- 
cajes de hilo, de retales de holanda finísima, de cin- 
tas, de chales, de terciopelos, de ¡qué sé yo!... Y se 
me ha ocurrido ver si con algo de ello, o con todo, 
se le pueden aviar algunas galas a esta muñeca que 



24 Febr erillo el loco 

va a casarse. Porque, ,iqué hacen allí ya aquellos tra- 
pos muertos de risa... como no sea reírse de mi 
vejez? 

Laura. Sí, señora; sí: de seguro que podremos 
sacar mucho partido. 

Doña Mínima. Pues ande usted, vamos allá. A 
ver si la sorprendemos con alguna cosa. 

Laura. Yo me esforzaré; discurriré imposibles, si 
hace falta. 

Doña Mínima. Deje usted aquí el paraguas y el 
bolso. ^Llovía ahor^i? 

Laura. No, señora; pero está el aire muy re- 
vuelto. 

Doña Mínima. ¡Buena la han puesto a usted de 
papelillos! 

Laura. Pues ya ve usted: de mi casa aquí he ve- 
nido derecha. Pero los hombres... Y no es que una 
los llame, no; es que se acercan ellos. Y, en estos 
días, todo el mundo abusa. 

Doña Mínima. Es lo humano. Venga usted por 
aquí. 

Laura. Por donde usted me mande. 

Se van hacia la derecha por la puerta del foro. 

Por la de la izquierda vuelve don Roque^ acompa- 
ñando al ya nombrado don Albino^ persona adinera- 
da., simpática^ bien hablada y correcta^ pero esencial- 
mente vulgar. Tiene el prurito de la observación. Goza 
en esta casa y dondequiera de autoridad omnímoda^ 
porque si no gozara de ella no podría respirar. Don 
Roque lo adula cuidadosamente . 

Don Roque. Pase usted, don Albino; pase usted. 
Entra usted en su casa; jen una de sus casas! 

Don Albino. Gracias, mi querido don Roque. 
Está esto muy bien templadito. 

Don Roque. Sí que está agradable, 

Don Albino. Con este tibio calor del clásico bra- 



Acto primero 25 

sero, que yo — la civilización me perdone — prefiero 
siempre a la calefacción de vapor. 

Don Roque. ¡Dónde va a parar una cosa con otra! 
Don Albino. ¡A mí la calefacción de vapor me 
produce dolor de cabeza! ^-(juerrá usted creerlo? 
Don Roque. Y a mí. Y me enfría los pies. 
Don Albino. A mí eso, no. 

Don Roque. Pues a mí, sí. Siéntese usted, que se 
ha fatigado un poco de la escalera. ¡Estas casas del 
Madrid viejo no tienen ascensor! 

Don Albino. Ni falta, don Roque; ni falta. 
Don Roque. Ni falta; dice usted muy bien. 
Don Albino. ¡Yo no utilizo nunca el ascensor! 
Además, ^no ha observado usted que el peligro de 
las escaleras no está en subirlas, sino en bajarlas? 
Don Roque. ¡Sí, sí; es verdad! ¡Eso es verdad! 
Don Albino. Como en la vida, amigo: bajar es lo 
grave, y no subir. 

Don Roque. Asomó el pensador. 
Don Albino. ¡Bah!... Halagado en su vanidad^ 
¡tace su gesto característico en estas ocasiones, el cual 
consiste en fruncir la boca y dilatar la nariz ^ as- 
pirando por ella entonces todo el aire que puede. 
^Qué perfume hay aquí, don Roque? ^No huele 
usted? 

Don Roque. Sí; no es de casa; esté usted tran- 
quilo. Será, tal vez, del mediquito de ahí arriba, que 
se perfuma como una tiple, y ha venido hace rato. 
Don Albino. Ya. Pero ^y las señoras? ¿Dónde se 
han metido las señoras? 

Don Roque. Probablemente andarán por el co- 
medor, disponiendo ese agasajillo... 
Don Albino. ¡Ah, sí! ¡Bravo, bravol 
Don Roque. ¡Hay que levantar las copas en fa- 
milia por la juventud! 

Don Albino. ¡Bravo, bravo! Yo estoy, si cabe, 



a6 Febr erillo el loco 

más contento que usted, don Roque. Quiero yo a ese 
diablo de Honorio, no como sobrino, sino como hijo. 
Y es muy natural. Guadalupe y yo no hemos teni- 
do descendencia; los padres de él no tienen más 
hijo que ése, y lo han confiado a nuestro cariño des- 
de que era así. Mucho más tiempo ha vivido Hono- 
rito con nosotros aquí, que allá en el rincón provin- 
ciano con ellos. Mi mujer lo adora; yo he puesto en 
él mis cinco sentidos. Porque el muchacho lo mere- 
ce, además. ¡Qué buenol jqué dócil! ¡qué estudiosol 
Usted lo sabe. Ya conoce usted el dicho mío, en que 
lo pinto usando del chiste a la moda: Honorio es... el 
honorio de la familia. 

Don Roque. ¡Justol ¡Justol ¡El honorio de la fa- 
milia! ¡Está muy bien! 

Don Albino. Pero ese muchacho de veinticinco 
años, con dos carreras — que no le van a servir para 
nada, pero que las tiene, — carece de toda picardía: 
es un angelote. Hay que darle las cosas hechas. Y 
¡claro es! inocentón y con dinero... usted imagine los 
abismos que le rodeaban. 

Don Roque. Al lado de usted, no. 

Don Albino. La juventud es juventud, don Ro- 
que. Yo bendigo el día en que conocí a Aurelia y 
pensé en ella para mi sobnno. 

Don Roque. Me honra usted con esas palabras. 

Don Albino. Pues han salido de mi corazón. Au- 
relia, como vulgarmente se dice, es un ángel, un te- 
soro de candor y de castidad. Un ángel. 

Don Roque. Gracias, gracias. 

Don Albino. Y, además, preciosa. Riéndose de 
antemano de su ocurrencia. En fin, mi celoso admi- 
nistrador, no le digo a usted más: si llego yo a en- 
contrármela en mis verdes abriles... 

Don Roque. Complaciéndose en adivinarlo. ¡Es 
usted el que se casa con ellal 



Ac t o p rtmtr o 27 

Don Albino. Echando el resto. ¡Y no me caso 
con mi mujer! jja, ja, ja! 

Don Roque. ¡Ja, ja, ja! Asomó el satírico. 

Don Albino. Como si descubriera el Nuevo Mun- 
do. ^No ha observado usted que siempre que hay al- 
guna víctima nos reímos todos? 

Don Roque. jSí, señor; es lo humano! 

Don Albino. Como cuando la gente pone ejem- 
plos, que siempre le adjudica al prójimo la parte fas- 
tidiosa y se queda con la agradable. 

Don Roque. Obligándolo a lucirse. No entiendo 
del todo. 

Don Albino. Sí, hombre. «Que te embarcas y te 
vas a pique; que te casas y te la pega tu mujer; que 
te dan las viruelas...» Y en cambio: «Que me toca la 
lotería; que me cae del cielo una herencia; que yne 
convidan a almorzar...» Etcétera, etcétera. ¡Ja, ja, ja! 
Hasta en hipótesis, al prójimo contra una esquina. 

Don Roque. Es lo humano. 

Don Albino. A Aurelia., que llega a punto por la 
puerta del foro^ [Aurelita! ¡Dichosos los ojos que 
vuelven a verte! 

Aurelia. Hola, don Albino. 

Don Albino. Tiene usted una hija, don Roque, 
que supera siempre, en presencia, a la evocación 
imaginativa, en ausencia. Esto es: lo real vence con 
ella a lo ideal. 

Don Roque. ¡Cómo habla este hombre! 

Aurelia. ¡Por Dios, don Albino, no me abochor- 
ne usted! 

Don Albino. ¡Ya le subió el pavo! 

Aurelia. ^No ha de subirme? Yo no soy más que 
una pobre muchacha... del montón; calladita, vul- 
gar. A mí no se me siente. Y eso quiero. Yo no 
tengo nada de extraordinario. Es usted quien lo 
pone en mí cuando me mira. Me adorna usted 



28 Febrerillo el loco 

con sus ojos, con su pensamiento, con su ca- 
riño. 

Don Roque. ¡Cómo escucha! 

Don Albino. ^Eh? 

Don Roque. ¡Cómo escucha usted, don Albino! 

Don Albino. Según lo que escuche. A las veces 
es más difícil escuchar que hablar. 

Don Roque. ¡Qué cosas me ha dicho de ti!... Se 
me llenaron los ojos de agua. 

Don Albino. No le he dicho, en resumen, sino 
que soy un casi padre, casi suegro y casi enamorado 
tuyo. Acariciándola. ¡Feúcha! 

Don Roque. Lo mismo. ¡Bobilla! Mereces la suer- 
te que tienes. 

Don Albino. Verdad. 

Salen por la puerta del foro doña Mínima y Laura. 

Laura. Pues entonces, hasta mañana a las nueve, 
¿no? 

Doña Mínima. Eso es. 

Laura. Buenas noches. 

Don Albino. Buenas noches. 

Don Roque. Buenas noches. 

Laura. Cogiendo su bolso y su paraguas. Con 
permiso. Muy buenas noches. 

Don Albino. Muy buenas noches. 

Don Roque. Muy buenas noches. 

Aurelia. Vaya usted con Dios. 

Se va Laura por la puerta de la izquierda. La si- 
gue doña Minifna. A los dos hombres les ha causado 
la costurerita gra?i impresión. Aurelia se ha sentado 
aparte., junto a la camilla. 

Don Albino. Ésta lo ha dicho: ¡vaya usted con 
Dios! 

Don Roque. Sí; ésta lo ha dicho. ¡Guapa moza! 

Don Albino. «Buenas noches... Muy buenas no- 
ches...» Nos ha dejado... ¡a buenas noches! 



Acto primero 29 

Don Roque. }Ja, ja, ja! 

Dox Albino. A don Roque^ picarescamente. jY 
era ella la del perfum^l 

Don Roque. ¡Ella era! 

Don Albino. |Y usted se lo atribuyó al mediqui- 
to! ¡Qué guapa es la muchacha! ¿Quién es? 

Don Roque. Supongo que una modistilla... A 
doña Mínima^ que torna. Oye, Mínima, ¿esa joven es 
la costurera que esperábamos? 

Doña Mínima. Sí. 

Don Albino. ¡Muy guapa! 

Don Roque. ¡Muy guapa! 

Doña Mínima. Y parece dispuesta. Un poquito 
intrépida, quizás. Me la manda Adelaida Saráchaga. 
Está educadita: es hija de familia venida a menos. 

Don Albino. ¡Todas las familias venidas a menos 
tienen chicas guapas! ¡Ja, ja, ja! 

Doña Mínima. Y que lo diga usted. Estas son 
seis hermanas preciosas. Al padre, un mixto de ca- 
talán y de italiano, le entró la manía de establecer en 
muchas poblaciones grandes hoteles, y se arruinó. 

Don Roque. Relamiéndose. ¿Y qué has conveni- 
do con la chica, que desde mañana vaya a casa? 

Doña Mínima. Saliéndole al e?icuentro. ¡No, que 
venga aquí! ¡En tu casa no hay sitio! Ya tratamos de 
ese particular. 

Don Roque. ¡Bien, bien, bien! 

Doña Mínima. Señalándoles a Aurelia. Mirad 
aquélla: ¡parece que se ha quedado viuda! 

Don Albino. ¡Ah, doña Mínima; esa preocupa- 
ción y esa gravedad también la honran! 

Don Roque. ¡Eso mismo iba yo a decir! 

Doña Mínima. Bueno; pues en el comedor nos 
esperan las copas y los dulces. ¿Vamos? 

Don Roque. ¡Así que venga el héroe, mujer! 

Doña Mínima. ¿Quién, Honorito? ¡Si ya está ahí! 



30 Febr erillo el loco 

Ha llegado ahora. Sólo que está dejando en el per- 
chero una porción de trastos: el paraguas, la bufan- 
da, los chanclos, el abrigo... Se cuida, se cuida. 

Don Roque. ¡Hace bienl 

Don Albino. ¡Bien hace! Este febrerillo es muy 
traidor. 

Aparece Honorito^ el feliz mortal elegido por su pa- 
drino para casarse con Aurelia. Es hombre a quien 
todo le sonríe en la vida; pero él no se entera de fiada. 

HoNORiTO. Santas y buenas noches. 

Don Albino. ¡Hola, buena piezal 

Don Roque. Hola, hijito. 

HoNORiTO. Acercándose a Aurelia, Hola, mujer. 

Aurelia. Hola, hombre. 

Don Roque. ^Llueve? 

HoNORiTO. No. El viento se ha llevado las nubes. 
Hace fresco. Pero aquí se está bien. Estornudando. 
jAhchís! 

Doña Mínima. ¡Jesús! 

Don Roque. ^Te habrás constipado? 

HoNORiTO. No. Es el cambio de temperatura, que 
siempre me hace estornudar. Como a los gatos. 

Se sienta a la camilla y remueve el brasero para 
entrar en calor. 

Don Albino. Jovialmente^ a doña Mínima y a don 
Roque. ^No opinan ustedes conmigo que nos debe- 
mos ir alejando discretamente nosotros tres? 

Doña Mínima. Sí, señor; a ver si se sueltan los 
novios. 

Don Roque. Muy bien, muy bien. 

Don Albino. Pues nada, a ello; como quien no 
quiere la cosa; con suavidad, con disimulo... Porque 
yo he observado que los que van a casarse en abril, 
ya gustan de quedarse solos en febrero... Lo he ob- 
servado, lo he observado... 

Y riendo bajito la gracia de la agudísima observa- 



Acio primero 31 

ción^ se marchan los tres hacia la izquierda, por la 
puerta del foro. 

HoNORiTO. ¿Qué hay de nuevo? 

Aurelia. Lo que tú traigas de la calle. 

HoNORiTo. ¿De la calle? La cabeza bomba con 
tanto ruido de máscaras. Comparsas de estudiantes, 
comparsas de cojos, comparsas baturras... ¡Y unos 
disfraces más chillonesl... Yo no sé qué jugo le saca 
la gente a vestirse de mamarracho. Yo prohibía el 
Carnaval. Pero, oye, ¡se han idol 

Aurelia. Sí; se han ido. 

HoNORiTO. ¡Qué célebresl ¡Se han ido! 

Aurelia. Seguramente, al comedor. 

HoNORiTO. ¿Al comedor? 

Aurelia. Papá ha querido solemnizar el día de 
hoy tomando reunidas las dos familias una copa de 
vino. 

HoNORiTO. Ah, ya. Está bien. Sólo que yo no 
bebo; ya lo sabes. 

Aurelia. ¿Ni hoy tampoco, por excepción? 

HoNORiTO. ¡Figúratel Yo, qué más querría. Pero 
soy abstemio. Me envenena una gota. 

Aurelia. Pues no es cosa de que te envenenes. 
Beberé yo por ti y por mí. 

Honorito. ¡y yo brindaré por nuestra felicidad 
con agua del Lozoya! ¿No se resentirá tu padre? 

Aurelia. ¡No, hombrel Si te hace daño el vino... 

HoNORiTO. Ha gustado mucho tu sortija. 

Aurelia. Me alegro. Tu pulsera, también. 

Honorito. Un poquillo grande me está. Se me 
sale. 

Aurelia. Te regalaré un ajustador. 

Honorito. Bueno. A la tía Guadalupe le ha en- 
cantado. 

Aurelia. ¿Está mejor la tía? 

Honorito. Sí; si no tiene nada. Miedo a la calle. 



32 Febrerillo el loco 

Es una enferma de profesión, como dice el tío Albi- 
no. Que está bien la frase. 

Aurelia. Mirando al retrato de Santa Ana. A mí 
me recuerda a mi abuela. 

HoNORiTo. ^A tu abuela? 

Aurelia. No en la cara: en sus cosas; en sus 
achaques... 

HoNORiTO. ¿Y por qué señalas a Santa Ana? 

Aurelia. ¿-Cómo por qué señalo? ^En qué mundo 
vives? 

HONORITO. ^Eh? 

Aurelia. ^Tú no sabes que ésa es mi abuela? 

HoNORiTO. ¿-Santa Ana? ¿Santa Ana es tu abuela? 

Aurelia. Y San Pablo mi abuelo. ^Nunca te lo 
he contado? jSí, hombre! 

Honorito. No sé. Puede que sí. Pero estaría yo 
distraído . 

Aurelia. Es probable. Mi abuelo, el padre de mi 
padre, no quiso dejar más retratos de mi abuela Ani- 
ta y de él, que estos dos, vestidos de Santa Ana y 
San Pablo. 

Honorito. ¡Qué célebre! 

Aurelia. Porque decía mi abuelo que a los san- 
tos siempre se les respeta en las casas, mientras que 
de los retratos de los viejos se burla todo el mundo, 
empezando por los chiquillos y la parentela. 

Honorito. ¡Vaya un hombre listo! Riéndose. 
Oye: ¿te parece a ti que nos retratemos nosotros 
dos, tú de Santa Aurelia y yo de San Honorio, por 
si acaso? 

Aurelia. Me parece más prudente esperar to- 
davía... 

Honorito. ¡Claro! ¡Hasta ver si dejamos quien 
pueda burlarse!... Aurelia baja la mirada. Él la con- 
templa. Sí; yo creo que sí. Total, que voy a entrar en 
una familia de santos. 



Acioprtmero 33 

Aurelia. Ni más ni menos. Tienes que ser muy 
bueno conmigo... para no desentonar en la familia. 

HoNORiTO. Por eso no temas. Ya verás qué bien 
vamos a llevarnos. Yo soy un hombre muy pacífico. 
No tengo genio. Voy a dejar chico a San Pablo. 

Aurelia. Estos retratos estoy viéndolos yo des- 
de que vine al mundo. Como estos muebles; como 
los de mi casa... [Qué sé yo los años que hace que 
viven estos dos cuartos mi padre y mi tíal 

HoNORiTO. ^No se han mudado nunca? 

Aurelia. Que yo recuerde, nunca. 

HoNORiTO. Como en un convento. Otra tía tuya 
es monja, ^no? 

Aurelia. Sí; tía Casilda. 

HoNORiTO. ^Hermana de tu madre? 

Aurelia. No: de mi padre. Mi madre fué hija 
única, como yo. 

PIonorito. i Qué célebre! ^Y tu padre es el mayor 
de sus hermanos? 

Aurelia. No: el segundo. El mayor, varios años 
mayor, era Estanislao, el marido de la tía Mínima. 
Luego, mi padre; luego, Ramona; luego, Tirso, y lue- 
go, Casilda, la menor, que es la que está en las Huel- 
gas de Burgos. 

Honorito. ^A ti también te dio una vez por me- 
terte monja? 

Aurelia. ^Y a qué muchacha no le da... en las 
grandes tristezas? Cuando murió mi madre creí que 
para mí se acababa el mundo. 

Honorito. Pero tu padre te lo quitó de la cabeza. 

Aurelia. Sí. Y como mi madre me aconsejaba a 
toda hora la obediencia a mi padre... 

Honorito. ^Sí, eh? 

Aurelia. Obediencia ciega, absoluta... 

Honorito. ¿-Lo querría mucho? 

Aurelia. Adoraba en él. No veía sino por sus 



34 Febr trillo el loco 

ojos. Para ella era artículo de fe cuanto decía mi pa- 
dre. Para mí no lo es menos. ^'Quién como él ha de 
desearme y procurarme lo mejor de la vida.^^ 

HoNORiTO. Eso sí es verdad. 

Aurelia. Además, es condición mía: he prefe- 
rido siempre dejarme llevar a llevar yo... 

Mira a Honorito esperando respuesta. Pero en esto 
acierta a detenerse en la calle una estudiantina tocan- 
do un paso doble con bandurrias, guitarras y pande- 
retas^ y el hombre se distrae y principia a tararearlo. 
La música se oye lejos, hacia la izquierda, siempre a 
igual distancia. 

Honorito. ¡Hombre, una comparsa! ¿Oyes, Au- 
relia? 

Aurelia. Sí. 

Honorito. Es bonito ese pasacalle. Tiaro-laro- 
rero-riro-rá... Pasea tarareando. 

Aurelia, sentada, la mano derecha en la mejilla, lo 
contempla sin ilusión. Así los sorprende Florencia, 
que viene del comedor por la puerta del foro. 

Florencia. Pero ¿-para esto los han dejado a uste- 
des aquí? 

Honorito. ¿Eh? ¿Qué? 

Florencia. ¿Cuántos años hace que se han casa- 
do ustedes? 

Honorito. ¿Cómo? 

Florencia. ¡Vamos, vamos, vengan allá, a ver si 
se animanl ¡Qué pareja más sosa! 

Aurelia. Razón tienes. Vamos a beber esa copa 
devino. 

Honorito. Yo no bebo; yo soy abstemio. 

Florencia. ¡Pues se la echaremos a usted por la 
coronillal 

Honorito. ¡Qué célebre! 

Florencia. Abrazando cariñosamente a Aurelia 
por la cintura. Anda, vamos allá. 



Ac i o primer o 35 

Aurelia. Vamos, sí; vamos. 

Por la puerta de la izquierda sale Remigia, 

Remigia. Señorita Florencia. 

Florenxia. (jQué quieres? 

Remigia. ^Me deja usted bajar a la calle a ver la 
comparsa, que está tocando orilla de la cacha- 
rrería? 

Florencia. Bueno, sí, baja; pero no te alejes de la 
puerta. 

Remigia. No pase usted cuidafdo. Se va corriendo, 

Florencia. Anda, Aurelia. 

Las dos mujeres, enlazadas^ se marchan por la 
puerta delforo^ hacia el comedor. Detrás de ellas^ abs- 
traído, tarareando la música^ se ynarcha también Ho- 
norito. 

HoNORiTO. Tiaro-laro-rero-riro-rá... 

La estudiantina continúa oyéndose. Breve pausa. 
De repente vuelve Remigia, huyendo, entre risueña y 
asustada, de una máscara que la persigue. Es ésta un 
hombre embozado en larguísima capa, más extranjera 
que española, calado hasta las orejas un sombre7-ón 
flexible, y disfrazado el rostro con unas disformes na- 
rices que rematan en cejas y bigotes grotescos. Habla 
en voz baja, sin cuidarse de disimular la suya, y con 
audacia y resolución. 

Remigia. ¡Una máscara, señorita; una máscara! 

Máscara. ¡Ven acal ¡No huyas! ¡No te asustes! 

Remigia. ¡Si es que me da miedo! ¡Ja, ja, jal 

jVIáscara. No temas, Remigia. ¡Porque tú eres 
Remigial 

Remigia. Remigia soy. ^Me conoces tú? 

Máscara. Te conozco. 

Remigia. Y tú, ¿-quién eres? Mirándolo mucho. Tú 
eres... tú eres... ¡Tú eres Masiminol 

Máscara. ¡Ca! Tú no me conoces a mí. ^Dónde 
está la señora? 



36 F ebr er il lo el loco 

Remigia. En el comedor. 

Máscara. ^-Con quién? 

Remigia. Con la señorita Aurelia, con don Ro- 
que, con otro caballero... 

Máscara. Pues diles que hay aquí una máscara 
que desea saludar a todos. 

Remigia. ¡Ja, ja, jal ¡Tú eres Masimino! 

Máscara. jNo soy Masimino^ Remigial 

Remigia. ¡Sí eres Masimino! 

Máscara. Te vas a convencer de que no. Le da 
un duro. Toma. 

Remigia. ¡Un duro! ^Para mí? 

Máscara. Para ti. 

Remigia. ¡No eres Masiminol 

Máscara. ^Lo ves? ¡Anda, Remigia; corre, Remi- 
gia; anuncíame, Remigia! ¡Una máscara que los co- 
noce a todos! ¡Hasta a Santa Ana y a San Pablo! 

Remigia. ¡Ja, ja, jai Vase por la puerta del foro 
hacia la izqiáerda. Se la oye decir, alejándose: (Doña 
Mínima, aquí hay una máscara! ¡Una máscara! ¡una 
máscara muy graciosa! 

Máscara. Dando zancadas por la habitación y ob- 
servándola. ¡Igual! ¡Todo igual! ¡Siempre igual! ¡Pa- 
rece que en esta casa no ha vivido nadie! 

Por la puerta del foro van llegando sucesivamente., 
desconcertados y curiosos — el hecho alli no es para 
menos., — y por el orden que indica el diálogo^ Flo- 
rencia^ Aurelia^ don Albino^ don Roque., doña Míni- 
ma., Honorito y Remigia. La máscara se encierra en 
un absoluto mutismo; pero se acerca a todos según le 
hablan., los mira fijamente^ como desafiando su curio- 
sidad^ y hasta los asusta con algún desplante inespe- 
rado. Todos., pasada la primera impresión., conllevan 
bien la broma y se ríen del lance, excepto don Ro- 
que^ que desde el primer instante pone cara de palo. 

Florencia. ^Pero qué es lo que dice esa boba? 



Acto primero 37 

^Quién es? Jesús, Dios míol ¡Mira, Aurelia, mira qué 
mamarracho! 

Aurelia. ¿Eh? ¡María Santísima! Pero ^cómo le 
han abierto la puerta? ¿Quién será este hombre? 

Don Albino. ¿Es cierto el anuncio de la fámula? 

Florencia. ¡Y tan cierto! 

Don Albino. jHolal ¡Tenemos aquí a Tomé Ce- 
cial! No, no te acerques, mascarita, que no te co- 
nozco. 

Don Roque. Pero ¿es posible?... A ver, a ver... 
¿Qué significa?... ¿A qué vienes aquí, máscara?... ¿A 
qué vienes aquí? 

Aurelia. ¡Si no habla una palabra, papá! 

Florencia. ¿Eres mudo? 

Don Albino. ¡O mudo o demasiado cautol 

Doña Mínima. No, pues no me hace gracia... 
¿Quién es? Retirándose de la máscara con cómico sus- 
to. No me hace gracia; no me hace gracia. 

Honorito. ¡Corcho! A mí tampoco me hace 
gracia. 

Don Roque. ¡Ni a nadie! 

Máscara. Con voz de tiple. ¡A ti menos que a 
nadie! 

Florencia. ¡Hombre! ¡Ya habló! 

Aurelia. ¡Ya dijo algo! 

Don Albino. ¿Sabes, mascarita, que tienes poco 
ingenio? 

Don Roque. Pero ¿cómo se le ha dejado entrar? 

Remigia. ¡Se coló de rondón cuando yo abrí 
para ir a la calle! ¡Ja, ja, ja! ¡Menudo susto me llevé! 

Doña Mínima. Este va a ser el peletero de la es- 
quina, que es un fresco. 

Honorito. A mí se me está figurando... Pero no, 
no es. 

Florencia. ¡Habla, hombre; habla! ¡Di cualquier 
cosa! ¡Prueba a ver si te conocemos o no! 



38 Febr trillo el loco 

Aléjase la música de la estudiantina. 

Don Roque. No; mejor será que no diga nada. 
Lo que va a hacer ahora mismo, si no se descubre, 
es irse por donde ha venido. Mira, máscara: a mí me 
revienta el Carnaval, y las bromas de Carnaval, y me 
repugnan los hombres que se tapan la cara. 

Aurelia. Papá, por Dios, no lo tome usted así. 

Máscara. En su voz natural. ¡Déjalo, Aurelial 
¡Si peor que esta cara le va a sentar verme la mía! 

Aurelia. ¿Eh? 

Doña Mínima. ^Quién es? 

Don Roque. Esa voz... 

Máscara. Desembozándose, y quitándose el dis- 
fraz y el sombrero. ¡No puedo más! ¡Qué calor me 
dan las narices! ¡Soy yo: mírenme todos; soy yol 

Turbación., sobresalto., extrañeza, asombro^ alegría. 
Es Tirso Febrero, apodado entre los suyos Febrerillo 
el loco\ hombre fuerte., impetuoso^ alborotador. Al des- 
cubrirse deja al aire una cabeza poblada de abundan- 
te cabello^ revuelto y plateado, y un bigote ligero y 
fino. Sus ojos son investigadores y traviesos. Suele 
hablar a voces y con exagerados gestos y ademanes. 

Don Roque. ¡Mi hermano! 

Doña Mínima. ^Tú? ^tú? 

Aurelia. ¡Si es el tío Tirso! 

Florencia. ^Quién? ¿El tío Tirso? 

Don Albino. A don Roque. ¿Es su hermano? 

Don Roque. Sí. 

HoNORiTO. ¡Qué célebre! 

Tirso. Yo: yo mismo. Febrerillo el loco. Aquí 
estoy otra vez. 

Doña Mínima. Abrazándolo, conmovida.V^ro, ven 
acá, loco, más que loco... Mírame temblar... ¡Te creía- 
mos muerto! 

Tirso. ¡Pues ya ves que vivo, a Dios gracias! 

Doña Mínima. ¡Este hábito negro lo llevaba por til 



Act o p r i mer o 39 

Tirso. ¡Vístete mañana de colorado! ¡Aurelia, so- 
brina, dame un abrazo tul 

Aurelia. Riéndose entre lágrimas. ¡Tío Tirso!... 

Tirso. ¡Qué guapa estás, criatural ¡Como no te 
veo desde la edad del pato!... ¡Enhorabuena, Roquel 
¡Vaya una hija! 

Don Roque. ¡Pero, hombre, Tirso, eres incorre- 
gible! 

Tirso. ¡No me gruñas! 

5^ abrazan. 

Don Roque. ^A qué ha venido esta patochada? 
;No te da vergüenza? ¡Pareces un chiquillo! 

Tirso. ¡Y lo soy! Bueno, ^-y esta otra dama tan 
bonita? 

Doña Mínima. Pero ¿no la conoces? 

Florencia. No; no me conocía. 

Aurelia. Es Florencia; la viuda de Juan. 

Tirso. ¡Ah... sí!... ¡Pobrecillo Juan! ¡Qué desgra- 
cia! ¡Morirse... teniendo esta mujer! 

Don Roque. ¡Bah, bah, bah! 

Tirso. ¡No gruñas, hombre, por los clavos de 
Cristo! ^Sobre que estás feo y viejo vas a gruñir? 
¡Porque cuidado que estás viejo y feol 

Don Roque. ¡Tengo la edad que tengo, y no hago 
chiquilladas como tul 

Tirso. Únicamente ante ti puedo hacerlas ya. 
¡Pareces mi abuelo! 

Doña Mínima. No le hagas caso, Roque. No tie- 
ne compostura este galopín. 

Don Roque. No tiene compostura... ni otra cosa. 

Tirso. ¿Vergüenza? 

Don Roque. Seriedad, por lo menos. 

Doña Mínima. No empecemos ya. Dejadlo si- 
quiera para mañana. Don Albino, los voy a presen- 
tar a ustedes. 

Don Albino, Con mucho gusto. 



40 Febrerillo el loco 

Doña Mínima. Don Albino de Juan... 

Don Albino. Para servir a usted. 

Doña Mínima. Mi cuñado Tirso... Febrerillo el 
loco, de quien algunas veces le hemos hablado. 

Tirso. Seguramente mal. 

Don Albino. No... no... 

Doña Mínima. Este señor es un gran amigo de 
Roque. 

Tirso. Lo compadezco a usted con toda mi alma. 

Don Albino. ¡Ja, ja, ja! 

Doña Mínima. Y este pollito... 

Honorito. Servidor de usted. 

Doña Mínima. Es sobrino y ahijado de este caba- 
llero... y prometido de Aurelita. 

Tirso. ^Sí, eh? jEsas tenemos? Suspirando. ¡Ay, 
jinojol ¡Cómo aflige el ánimo ver que aman ya las 
que uñó ha llevado en volandas! A Honorio. ¿Cómo 
te llamas tú? 

Honorito. Honorio. Honorito me dicen... 

Tirso. Después de mirar a los novios alternativa- 
úñente. Pues oye un favor y un disfavor, Honorito: 
has elegido tú mejor que ella. 

Honorito. ¡Qué célebre! 

Risas generales^ excluido^ naturalmente^ don Roque. 
Aurelia^ desde este momento^ trata en vano de repri- 
mir la suya. Honorito también. 

Don Roque. ¡Eso; sí! ¡Sobre que ha dicho una in- 
conveniencia, ríanle ustedes la gracia! 

Aurelia. Pero, papá... 

Doña Mínima. Pero, Roque... 

Don Roque. ¡Nada! ¡Lo sabéis de toda la vida! 
¡Es contra mis nervios! Usted dispense, don Albino. 

Don Albino. No; ya me hago cargo yo... Choque 
de caracteres... 

Don Roque. ¡Me asombra que seamos hermanos! 

Tirso. ¡Y a mí mucho más! 



Acto pr imer o 41 

Don Roque. ¡Que no te rías, Aurelia! 

Traso. Pero, majadero, ¿va a llorar porque haya 
venido su tío? |Qué acogida tan cariñosa me dispen- 
sas! Y ahora que caigo: abajo tengo un satélite con 
dos maletas; ¿le mando subirlas aquí o me voy a la 
posada del Peine? 

Doña Mínima. ¿Quieres callar, demonio? 

Tirso. ¡Como ése me recibe de uñas!... 

Doña Mínima. Pero yo, no. Que te suban aquí 
las maletas. Ya te acomodaremos. Aquí, digo, Ro- 
que; aquí. ¡Porque en tu casa no habrá sitiol 

Don Roque. Allá tú. 

Tirso. Ven, Remigia; ven conmigo a la puerta. 
¡Ya ves que he caído como una bomba, Remigia! 
Vuelvo. ¡Ah! ¡Un instante! Capítulo primero: advier- 
to a todos que estoy sin blanca; pueden registrarme 
si lo dudan. Pero no vengo a pedir dinero. ¡No en 
mis días! Vengo a que me lo den sin pedirlo para 
que me vaya. Anda, Remigia. Marchase por la puer- 
ta de la izquierda con la criada. 

Aurelia. Sin poder contenerse. ¡Ja, ja, ja! 

Don Roque. ¿Cómo te voy a decir que no te rías, 
Aurelia? ¿Harás que me enfade? 

Aurelia. Humildemente. No, papá... 

Don Roque. De nuevo le pido a usted disculpa, 
don Albino. 

Don Albino. ¡Oh! Pláticas de familia... 

Don Roque. Es superior a mí. A usted le sor- 
prenderá, ciertamente, que yo reciba en esta forma 
a un hermano a quien creíamos muerto. Ya le expli- 
caré a usted... Tengan la bondad de venir a casa us- 
ted y Honorito, que quiero hablarles. 

Don Albino. Estamos a la disposición de usted. 
¿Honorito? 

Don Roque. ¡Y en qué día! ¡en qué día! Vengan, 
vengan a casa. 



42 Febrerillo el loco 

Don Albino. Con la venia de estas damas; ^no? 

Doña Mínima. Vayan, vayan ustedes... 

Don Albino. Pero, cálmese usted, don Roque. 

Don Roque. No puedo, no puedo, don Albino. 

HoNORiTO, Aturdido, siguiéndolos maquinalmente. 
No puede; no puede. 

Se van por la puerta de la izquierda don Albino y 
don Roque ^ y Honorito detrás de ellos. 

Doña Mínima. ¡Válgate Dios! Ya la tenemos en- 
redada. Siempre han sido el perro y el gato tu pa- 
dre y él. 

Florencia. Yo he necesitado taparme la cara 
para que no me viese reír el tío Roque. 

Aurelia. Yo no lo he podido remediar... 

Doña Mínima. Y es inútil intentar avenirlos; ge- 
nio y figura... Tu padre, desde que iba a la escuela, 
ya era don Roque; y ese otro, hasta que se muera, 
aunque viva cien años, será Febrerillo. ¡Vaya usted 
a ponerlos de acuerdo! 

Florencia. Y ^dónde lo colocaremos, mamá? 

Doña Mínima. En el despacho; cómo siempre. 

Florencia. Es verdad; lo mismo que cuando 
vino Ramona. 

Doña Mínima. Lo mismo. Allí se le pone cama y 
lavabo... Anda; ya está ahí: que Remigia lleve allá el 
equipaje. 

Florencia. Voy. Se va por la puerta de la iz- 
quierda, 

Aurelia. ¿Se enfadará papá si me quedo aquí 
mucho tiempo? 

Doña Mínima. Se enfadará de todos modos; de 
manera que quédate hasta que él te llame. 

Aurelia. Bueno; me quedaré. No diga el tío 
Til so.-. 

Vuelve Tirso por donde se marchó. Al ver solas a 
la tía y la sobrina^ pregunta: 



Acto primero 43 

Tirso. ¿Qué es eso? ¿Y mi hermano, y el otro ca- 
ballero? 

Doña Mínima. Se han ido un instante. 

Tirso. ^Y tu novio? 

Aurelia. Se ha ido con ellos. 

Tirso. Será porque se lo han llevado; si no, no 
me lo explico. Oye, antes que se me olvide: ya me 
dirás qué regalo de boda quieres que te haga. Tira 
por largo, ¿eh? 

Doña Mínima. ¿Te parece? ¿Pues no dices que 
vienes sin blanca? 

Tirso. Eso lo he dicho para asustar a Roque. 
jUna broma de Carnaval! Perdóname, Aurelia. ¡Aun- 
que tú te casarás por dejar de aguantarlo! 

Aurelia. Como reconviniéndolo cariñosamente. 
jAy, tío Tirso, tío Tirso!... 

Doña Mínima. Sosiega un rato, hombre de Dios. 
Siéntate. No paras. 

Tirso. No paro, no; no sé estarme quieto, feliz- 
mente. Y por dentro menos que por fuera. 

Doña Mínima. ¡Galopín! ¡Badulaque! ¡Buen susto 
nos has dado! Eso sí; puede pasarse por la alegría. 
Yo te rezaba entre mis muertos. Ya te lo he dicho: 
este luto me lo puse por ti. 

Tirso. ¡Ja, ja, ja! ¡Bien sé yo que eres tú quien 
me quiere en la casa! De ti no digo nada, sobrina, 
porque no me puedes querer. 

Aurelia. ¿Por qué no? 

Tirso. Porque no me conoces. ¡Y por lo que de 
mí te hayan dicho!... 

Doña Mínima. ¿Qué ha sido de tu vida estos años? 
Vamos a ver. ¿De dónde sales? ¿Cómo has vivido? 
Cuenta, cuenta. 

Vuelve Florecida por la puerta del foro y se sienta 
a oírlo tambie'n. 

Tirso. ¡Uh! ¡Es historia larga! ¡Es el cuento de la 



44 Febrerillo et loco 

Buena Pipa! Ya os iré relatando aventuras un día y 
otro. Hay para rato. ¡He sido hasta presidente de una 
república! 

Doña Mínima. ¡En el nombre del Padrel ¿Se te 
puede creer, Febrerillo? 

Tirso. ¡Se me puede creer, jinojo! jNo que no! 
Bien sabes que yo nunca miento. ¡Pero me satisface 
que dudes! ¡Ya te has olvidado de mí! ¡Lo que me 
halaga que no se me crea!... 

Aurelia. ¿Le halaga a usted? 

Tirso. ¡Claro, simplona! ¡Esa es la prueba de que 
lo que hago o lo que digo no es vulgar ni corriente! 
El mejor elogio que quiero para mis acciones es ése: 
que parezcan mentira. 

Doña Mínima. Pues, mira, por lo general te sales 
con ella. 

Tirso. Sí he sido, sí, presidente de una repúbli- 
ca... de cuatro gatos. ¡Amo las tierras vírgenes! Sólo 
que me quisieron asesinar y le dejé el puesto al cons- 
pirador, que era uno que se me vendía por amigo. Le 
dejé el puesto, y esa fué mi venganza. 

Florencia. ¿Dejarle el puesto? 

Tirso. Sí; porque lo han escabechado a él hace 
un par de meses. Por traidor. ¡Me alegro! También 
he fundado una escuela, en la que impuse un méto- 
do de enseñanza personalísimo. ¡Me adoraban aque- 
llos cafres! ¡Lo que yo he gozado enseñándolos a 
leer y explicándoles a mi manera las maravillas de 
este mundo! ¡Jinojo! Por nadie me cambiaba. Es mi 
ambición, es mi locura, es mi destino, si queréis; lle- 
go a un pueblo: no hay escuela, yo soy maestro de 
escuela; no hay teatro, yo soy comediante; no hay 
imprenta, yo fundo un periódico... Sacudo el espíri- 
tu de las gentes, logro que se den cuenta de que tie- 
nen alma, hablo un lenguaje nuevo, paso por loco... 
y de la noche a la mañana me voy a otro lado. Pero 



Acto primero 45 

no importa; sé que he dejado un germen; algo nace- 
rá de lo que eché en el surco. 

Doña Mímina. Y ahora ¿dónde estabas... sem- 
brando? 

Tirso. En Asunción del Paraguay. Allí me casé. 

Doña Mínima. ¿Que te has casado, Tirso? 

Florencia. ¿Que se ha casado usted, tío Tirso? 

Aurelia. ¿Que se ha casado usted? 

Tirso. Sí; pero ya estoy viudo. ¡Me puedo volver 
a casarl 

Ríen las tres mujeres. 

Doña Mínima. Esa no cuela, Febrerillo. 

Tirso. ¿Cuál? ¿La viudez o el casorio? 

Doña Mínima. El casorio. 

Tirso. Pues, chica, es cosa que se puede creer 
sin dificultad; ¡lo hace medio mundo! ¡Pobre Conso- 
lación! Fué aquel un casamiento... romántico. A Au- 
relia. Tu padre no lo comprendería. Me interesó 
aquella mujer... y la quise. Alumbré los últimos años 
de una vida truncada en flor y llena de sombras. 
Pero, bien, estas son páginas demasiado íntimas. No 
se debe hablar de ellas. 

Florencia. ¿A qué ha venido usted a España? 

Tirso. ¡Ay! Otro lance romántico. 

Aurelia. Cuéntenoslo usted. 

Tirso. ¿Quieres tú que lo cuente? 

Aurelia, Sí. 

Tirso. Es muy doloroso. Un compañero mío, 
compañero de luchas y miserias, menos fuerte y me- 
nos afortunado que yo, harto de sufrir, desencantado, 
triste, muerto el espíritu, quiso acabar del todo y se 
pegó un tiro en la cabeza. 

Aurelia. ¡Jesús! 

Doña Mínima. ¡Ave María! 

Florencia. ¡Pobre hombre! ¡Lo que a mí me im- 
presiona el suicidio! Yo no sé si es cobardía o va- 



46 Fe b r er ill o el loco 

lor, como dicen; pero me impresiona enormemente. 

Tirso. No es ni valor ni cobardía, Florencia; es 
la locura de muchos momentos de dolor concentra- 
da en uno. 

Florencia. (Pobre hombre! 

Tirso. Le escribí a su madre la tremenda des- 
gracia... como puede escribirse una tragedia así... La 
madre es una infeliz mujer que vive en un puebleci- 
11o de la Mancha: en Fernán-Caballero. Me contestó 
llena de gratitud, y su carta, toscamente puesta, te- 
nía tantas lágrimas entre sus renglones, que tiró de 
mí. Y me ofrecí a llevarle todos los recuerdos de su 
hijo que conservaba en mi poder: varios libros, algu- 
nas cartas, papeles de trabajos no terminados, el 
reloj, la cartera, el retrato de una mujer... Reliquias. 
Y eso me empujó a España. Y de Fernán- Caballero 
vengo ahora. Suspirando. ¡Ay ay ayl... Siempre 
buscando a Dios, como yo digo. 

Aurelia. ¿Buscando a Dios.^ 

Tirso. Siempre. 

Doña Mínima. A Florenciay Aurelia. A mi padre 
le llamaban mucho la atención las salidas de éste; y 
no me hablaba una vez de él que no me dijera: «En 
el mundo hacen falta esos locos.» 

Tirso. ¡El gran don Eloy! Lo recuerdo como si 
lo tuviera delante: con su traje de terciopelo color de 
pasa y sus babuchas moras. 

Doña Mínima. ¡Si vieras lo que se le parece la 
nena de Florencia! 

Tirso. ¿Sí, eh? ¿Te quedó una chiquilla? ¿Dónde 
está? 

Florencia. La tengo interna en un colegio. 

Tirso. A ver si la conozco antes de marcharme. 

Aurelia. ¡Más rica es! 

Tirso. ¿Y tú, cuándo te casas? 

Aurelia. Ruborosa. Aun no se ha fijado la fecha. 



Acto primero 47 

Doña Mínima. Pero hoy justamente la han pedido. 

Tirso. ^Hoy? ¡Mira con qué pie llego! 

Florencia. Cuando usted vino se estaba cele- 
brando eso en el comedor. 

Tirso, ¡Jinojol ¡Interrumpí la fiesta 1 

Doña Mínima. Poca fiesta había. 

Tirso. ¡Bueno, mujer; buenol ¿Querrás mucho a 
tu novio? 

Aurelia. Figúrese usted. 

Tirso. ¡Eal ¡Pues vamos a ver si entre los dos 
aumentáis la familia, que se va acabandol ¡Ya sabes 
que a mí me da por ser maestro de escuela! ¡No te 
pongas colorada, mujer! 

Florencia. ¿Ésta? De mirarla. 

Tirso. ¿Tenéis ya padrino? 

Aurelia. Sí. 

Doña Mínima. ¡Digo! ¡Don Albino de Juan! 

Tirso. ¿Acaso este señor que aquí estaba? 

Doña Mínima. Justo. Tío del novio. 

Tirso. Don Albino... Don Albino... Cara tiene de 
llamarse Albino. 

Se ríen las tres de nuevo. 

Doña Mínima. Es un señor muy circunspecto, 
muy razonable, siempre en el justo medio de todas las 
cosas... Te lo prevengo porque, como tú eres así, y 
este don Albino todo lo lleva bien menos el des- 
entono, las pitadas, las patas de gallo... 

Tirso. ¿Sí, eh? 

Florencia. ¡Sí! 

Tirso. ¡Mal año para don Albino! 

Doña Mínima. ¡Febrerillo, por el amor de Dios! 
Ten presente que aquí se le escucha como al Evan- 
gelio; que es una autoridad en esta casa. 

Florencia. Es un señor muy especial. Persona 
influyente, por supuesto. Consejero de no sé cuántas 
cosas. 



48 Febrerillo el loco 

Doña Mínima. Así nos aconseja aquí a todos. 

Florencia. Anda en la vida con balancín, para 
no caer de un lado ni de otro. Su ausencia me per- 
done. Si compra, por ejemplo, veinte acciones de 
un periódico de ideas republicanas, procura en se- 
guida comprar la misma cantidad de otro periódico 
monárquico. 

Doña Mínima. Para neutralizar tendencias, dice él. 

Tirso. Y para comer a dos carrillos, digo yo. 

Doña Mínima. |Lo estaba esperandol 

Aurelia. ¡Tíol 

Doña Mínima. ^Ves tú? Esas frescas son las que 
te hacen intratable, te dan mala fama y te llevan a 
vivir separado de la familia, errante, como un nóma- 
da, como un gitano... 

Tirso. No: esta vida la elegí por mi gusto; por 
vocación, como si dijéramos. 

Florbncia. ¿Usted se marchó de la casa al morir 
los padres? 

Tirso. Sí, hija. No pude soportar el espectáculo 
a que dio ocasión el reparto de la pequeña herencia. 
Cuande vi a mis propios hermanos disputarse como 
fieras de distinta casta lo que no era fruto del trabajo 
de ninguno de ellos, lo que ninguno había ganado 
por sí, para no morirme de pena o de asco desdeñé 
lo que pudiera corresponderme, y levanté el vuelo. 
Desde entonces me llaman Febrerillo el loco. 

Doña Mínima. Y bien puesto estuvo por aquella 
locura. Debiste quedarte aquí, mediar, influir con tus 
hermanos, apagar codicias... 

Llega Remigia por la puerta de la izquierda. 

Remigia. Señorita Aurelia. 

Aurelia. ,jQué? 

Remigia. Dice Baltasara que dice don Roque que 
vaya usted allá. 

Aurelia. Ahora mismo. 



Acio primero 49 

Remigia. La cama ya está en el despacho, señori- 
ta Florencia. 

Florencia. Bien. 

Se marcha Remigia. 

Aurelia. Hasta después, tío Tirso. 

Tirso. Adiós, lucero. 

Aurelia. ¡Lucero! 

Tirso. ¡Pero te encuentro un poco triste!... 

Aurelia. No... Hasta después. Bien venido. 

Tirso. Anda con Dios. 

Aurelia. Hasta luego. 

Florencia. Adiós. 

Doña Mínima. Hasta luego. 

Vase Aurelia por la puerta de la izquierda. Tirso 
la mira mientras se va. Después se vuelve a las dos 
mujeres, como interrogándolas sin palabras. Florencia^ 
por su parte^ esquiva la respuesta y dice con forzada 
sonrisa: 

Florencia. Voy a ocuparme del arreglo del 
cuarto. 

Tirso. He venido a trastornar la casa. 

Florencia. Pues hay que agradecérselo a usted. 
Vivimos... demasiado quietas. Vase hacia la izquier- 
da por la puerta del foro. 

Doña Mínima. Dice bien. A Tirso^ que también 
mira con curiosidad a Florencia^ confidencialmente: 
Ninguna de las dos es dichosa. 

Tirso. ^-Ninguna de las dos? 
Doña Mínima. Ninguna. 

Tirso. ^Y eso no puede remediarse? Doña Míni- 
ma hace un gesto de resignación. Ll agrega: Sí; sí po- 
drá remediarse. Con resolución. ¡Debe remediarse! 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



ACTO SEGUNDO 



La misma decoración del primero. 
Es el día 21 de marzo, a media tarde. 

Laura, sentada cerca del halcón , se ocupa en ha- 
cer U7ia primorosa cofia de blancos encajes y cintas de 
raso. Sus bellos ojos van de la labor a la puerta de la 
izquierda, por la cual, sin duda^ aguarda alguna apa- 
rición interesante. 

Sale doña Mínima luego por la puerta del foro. Vie- 
ne de la derecha. 

Doña Mínima. Jesús! |Qué vendaval! ¡Vamos a 
volar todos! ¡Cómo zumba la chimenea de la cocina! 

Laura. ¡Buena entradita hace la primaveral 

Doña Mínima. Es verdad, que entra hoy. Con rui- 
do viene. ¿Y usted no se va al bautizo de la sobrini- 
ta? Mal día le hace. Que la tapen bien. 

Laura. Ahora me iré, señora. Me engolosino co- 
siendo estas monadas. 

Doña Mínima. ^Qué nombre le van a poner a la 
criatura? 

Laura. El de la madre: Evangelina. 

Llega Remigia por la puerta de la izquierda. 

Remigia. Señora. 

Doña Mínima. ^Qué hay? 

Remigia. Ahí está don Albino. 

Doña Mínima. Que pase aquí. 

Remigia. ¡Viene muy enfadado! 






Acto segundo 51 

Doña Mínima. ^Y tú te ríes de eso? 

Remigia. No, señora: me río de que a la portera 
le han robado el gato, y cree que ha sido Venancio, 
el tabernero, que los guisa por liebres. Vase. 

Doña Mínima. ¡Bah, bahl Y usted, Laura, deje ya 
la costura y márchese con su familia. 

Laura. Bien; sí, señora. Primero voy con su per- 
miso al comedor, a beber un poco de agua. Éntrase 
por la puerta del foro, hacia la izquierda. 

Doña Mínima. Pocas ganas tienes tú de ver cris- 
tianar a Evangelina. ¡Vaya usted a saber!... 

Aparece en la puerta de la izquierda don Albino^ tal 
y como lo dejamos e^i el primer acto, pero con ojeras, 

Don Albino. ^Doña Mínima? 

Doña Mínima. ¡Don Albinol Pase usted y sién- 
tese. 

Don Albino. Gracias, amiga mía. 

Doña Mínima. Me ha advertido Roque, por el pa- 
tio, que quería usted hablarme... 

Don Albino. Sí, señora. Pausa. No sé cómo em- 
pezar. Estoy desconcertado.., violento... 

Doña Mínima. Algo se le conoce... ^Qué ocurre? 
No me alarme usted. 

Don Albino. ¡Qué ocurre! Mi boca, en esta casa, 
no se ha abierto hasta ahora, por mi voluntad, sino 
para decir cosas agradables... Pero hoy traigo una co- 
misión enojosa, que en vano intentaría vestir con pa- 
labras de oro. 

Doña Mínima. ^Y eso? 

Don Albino. Además, la oratoria es — usted lo 
sabe — el vehículo de las ideas para convencer al pue- 
blo soberano; pero cuando el pueblo se halla previa- 
mente convencido, la oratoria huelga. 
Doña Mínima. ^E1 pueblo aquí soy yo? 
Don Albino. Exactamente. Hechos y no pala- 
bras, doña Mínima. Sobriedad. Es inevitable que a 



52 Febrerillo el loco 

ese importuno huésped, que en mal hora entró aquí 
hace ya veintitantos días, le diga usted que hemos 
decidido que abandone esta casa. 

Doña Mínima. jVálgame el Señor! ¡Qué escopeta- 
zo, don Albino! 

Don Albino. Es inevitable. 

Doña Mínima. ^Inevitable? Pero ^en qué puedo 
fundar yo una resolución tan extrema.?^ Le aseguro a 
usted que no esperaba... 

Don Albino. Levantándose en alas de la hispir Co- 
ción. jDoña Mínima: la casa del orden, de la honesti- 
dad y de la compostura, en modo alguno puede al- 
bergar dignamente a quien empieza por disfrazarse 
con máscara grosera para asaltarla; a quien alimenta 
en su persona los siete pecados capitales... y alguno 
más, de añadidura! 

Doña Mínima. Baje usted la voz. 

Don Albino. Bajándola, sobresaltado. Ah; pero 
¿•está ahí? 

Doña Mínima. Sí, señor: allá dentro. 

Don Albino. Don Roque me había dicho que no 
estaba. 

Doña Mínima. Es muy suyo. Pero sabía que es- 
taba. 

Don Albino. No alcanzo... Volviendo a sentarse 
junto a doña Mínima. Pues bien, señora: continue- 
mos en tono confidencial. Después de todo, yo he 
observado que, en la vida, las cosas grabes se dicen 
sotto voce. Febrerillo el loco, ese hombre díscolo y 
rebelde, ha alborotado las tranquilas conciencias de 
todos nosotros, y ha revuelto los corazones. Aurelia 
no es Aurelia: aquella criatura, engalanada de silen- 
cio, lámpara de llama siempre igual, como yo le de- 
cía, es otra: ríe, llora, va, viene, discute con su pa- 
dre... ^Qué es esto? El mocosuelo de mi sobrinito... 

Doña Mínima. ¿El moco qué? 



Acto segundo 53 

Don Albino. ¡El mocosuelol Ese mocosuelo, an- 
tes tan formalito y tan ecuánime, ¡ha dado una vuel- 
ta de campanal ¡Lo ha fascinado ese perturbador! ¡Se 
tutea con éll Lleva una vida desordenada; casi no se 
ocupa de la que le elegimos por compañera; se reco- 
ge a las tantas de la noche; bebe vino — ¡él, abstemio 
congénitol — no tiene más conversación que la de 
cancionistas y costureras, y hasta se me engalla a las 
veces. 

Doña Mínima. ¿A usted también? 

Don Albino. A mí, señora. Nadie lo creería. 
[Pues anoche se atrevió a decirme que estoy anticua- 
do! ¡Y eso no se ha cocido en su mollera! ¡Son ideas 
del otro bergante! 

Doña Mínima. Yo estoy en ascuas, don Albino. 
Temo que salga él... y nos coja aquí conspirando. Si 
a usted le parece... 

Don Albino. Desde luego. 

Doña Mínima. Pasaremos a casa de Roque, y allí, 
con él, acordaremos lo que haya de hacerse. Que no 
sé qué será; no lo sé, no lo sé... 

Don Albino. Sí: encuentro juicioso que nos tras- 
lademos ahí junto. Desde el punto y hora en que nos 
ronda el enemigo... ¡Ahí ¡También tenemos que ha- 
blar de la modista! 

Doña Mínima. ¿De qué modista? 

Don Albino. De esta Venus... con brazos que 
viene aquí. He sabido cosas muy serias. 

Doña Mínima. ¿De Laura? 

Don Albino. De ella y de los suyos. Parece que 
el padre, pájaro de cuenta, y las hijas, que todas tie- 
nen buen palmito, se dedican a buscar, de común 
acuerdo, maridos convenientes. Ven una buena pre- 
sa, la niña en cuestión se hace la frágil y la apasiona- 
da... y termina la aventurita con la presencia del pa- 
dre, del juez... y de dos testigos. 



54 Febr erillo el loco 

Doña Mínima. (iQué me cuenta usted? 

Don Albino. Ya creo que se han casado así tres 
de ellas. ¿Qué jovenzuelo rico no se deja engañar por 
la vanidad de ser algo tenorio? 

Doña Mínima. ¿Y usted teme...? 

Don Albino. ¡No, no, señoral ¡A tal punto, no! 
Pero, yo he observado... yo he observado... No me 
atrevo a decirle a usted lo que sobre este particular 
he observado yo. 

Doña Mínima. jSilenciol 

Por la puerta del foro sale calmosamente Tirso. 
Viene de la izquierda. 

Tirso. ¡Oh! Buenas tardes, señor de Juan: ¿cómo 
lo pasa usted? 

Don Albino. Bien, ¿y usted, señor de Febrero? 

Tirso. ¡No me cambio por nadie; soy dichoso! 
[Vivo estos días en un mundo ideal! ¡Hace mucho 
tiempo que no paso una temporada más feliz! ¡Estoy 
como el pez en el agua! 

Don Albino. Reciba usted mis plácemes más 
cumplidos. 

Tirso. Los acepto con gratitud. 

Don Albino. ¿Vamos, doña Mínima? No extrañe 
usted que me retire, porque me iba ya cuando us- 
ted ha salido. 

Doña Mínima. No sé qué quiere Roque... 

Tirso. Yo, sí. 

Don Albino. Cortando por lo sano. Buenas 
tardes. 

Tirso. Buenas tardes. 

Doña Mínima. Hasta ahora, Tirsillo. 

Tirso. Adiós, Mínima. Paciencia y barajar. 

Don Albino. Pase usted, señora. 

Se marchan por la puerta de la izquierda doña Mí- 
nima y don Albino. 

Tirso. A grandes voces, para que don Albino 



Acto segundo 55 

se entere. ¡Pero qué bien se vive en esta santa casa! 

Vuelve Laura del comedor. 

Laura. ^Ve usted cómo era él? 

Tirso. Él era. Lo trae usted sin sueño, Laurita. 

Laura. ^Yo? ^Quiere usted callar? 

Tirso. No me ha entendido usted. Lo trae usted 
sin sueño... porque se lo ha quitado usted a su so- 
brino. 

Laura. ¡Jesús, María! 

Tirso. La verdad es que es lástima que el mu- 
chacho esté ya casi con el yugo en el cuello; porque 
para usted era que ni pintado: rico y tonto... 

Laura. ¡Jesús, Jesús! ¡Qué cosas dice este don 
Tirso!... 

Tirso. ¿Se parecen a las que piensa usted? 

Laura. ¡Ja, ja, ja! Pero ¿cómo quiere usted que 
a mí me pase por la cabeza una cosa así? Ahora, que 
si él me mira... yo no voy a volver la cara. Desaten- 
ciones, no. Eso no está en mí. 

Por la puerta de la izquierda llega Honorito como 
una bala, con gabán ^ paraguas y sombrero. 

Honorito. ¡Hola! 

Tirso. ¡Hola, hombre! 

Laura. Felices tardes. Se pone a recoger su costu- 
ra^ haciétidose la desentendida. 

Honorito. Felices. 

Tirso. ¡Llegas como al reclamo, chico! Hablába- 
mos de ti. 

Laura. ¡Pero don Tirso!... ¿Va usted a abochor- 
narme? Honorito, no le haga usted caso. 

Se retira^ coqueteando^ por la puerta del foro ^ hacia 
la derecha. Se lleva la labor. 

Tirso. ¡Chico, cómo te envidio! , 

Honorito. ¿A mí? 

Tirso. ¡La criatura es para un príncipe loco! 

Honorito. ¡Qué célebre! 



56 Feb r erillo el loco 

Tirso. ¡Y la traes de cabeza! 

HoNORiTO. ^Tú crees? 

Tirso. ¡De cabeza! ¡Ay, si yo estuviera en tu pe- 
llejo!... 

HoNüRiTO. Calla, hombre, calla. ¡Para un príncipe 
loco, dice!... 

Tirso. Mira: en el último viaje que yo hice a Mé- 
jico, iba en el barco un principito japonés, y llevaba 
una amiga por el estilo de ésta. Me la recuerda mu- 
cho. En serio. 

HoNORiTO. jAh, no; si como guapa!... Y voy a 
serte franco. |Me está sucediendo con Laurita una 
cosa que no me ha sucedido con ninguna mujer! 
¡Sueño con ella! Y a veces pienso: «Me voy a encon- 
trar a Laurita.» Y me la encuentro, ^sabes? ¡Y ahora 
tomo más el tranvía, por ver si va ella! ¡O por 
ver si sube! En fin, cosas raras. Porque lo de mi 
novia ¡es tan distinto!... Bueno, ¿a qué he veni- 
do yo? 

Tirso. A ver a Laurita. 

HoNORiTO. No, hombre; no seas majadero. Ya sé, 
ya sé. Salía yo de hablar con Aurelia a tiempo que 
entraban doña Mínima y mi padrino. ^Ha estado 
aquí? 

Tirso. ¡Naturalmente! 

HoNORiTO. ^Por qué, naturalmente? 

Tirso. ¡Porque tiene la mosca en la oreja, sim- 
ple! ¡Porque teme que te derrita la modistilla! 

Honorito. ¡Vamos! Mi tío es idiota. ¡Qué gracia 
me hizo ayer tu pregunta de si se da la ducha con 
botines! jja, ja, ja! 

Se presenta Laura por la puerta del foro y dispuesta 
ya para la calle, 

Tirso. ^Por fin se va usted al bautizo? 

Laura. Sí; a ver si llego... Lo malo es que... Va 
al halcón y levanta un visillo para mirar si llueve- 



Acto segundo 57 

¡Lo que yo me temíal Lloviendo ahora. ¡Vaya un 
tiempo antipático! 

HoNORiTO. Mejor es que Hueva, porque así calma 
el aire. 

Laura. Sí; pero yo no he traído paraguas. 

HoNORiTo. Azoradisimo. ¿No... no... no ha traído 
usted paraguas? 

Laura. No, señor. 

HoNORiTO. Yo... yo puedo ofrecerle a usted este 
mío. 

Laura. Muchas gracias; pero ^y usted? 

HoNORiTO. Yo... yo me mojo. 

Laura. ¡Eso es: y me riñen a mí! 

HoNORiTo. ¿Qué hacer^ entonces? 

Tirso." ¡Se le ocurre a cualquiera, señor! ¡Estás 
hecho un seminarista! ¡Mira que el conflicto! ¡Sal con 
ella y acompáñala hasta el primer tranvía o hasta el 
primer coche! 

HoNORiTO. ¡Pues es verdad! ¡Este hombre todo lo 
resuelve en seguida! Falta que ella quiera, sin em- 
bargo. 

Laura. ¿Por qué no? 

HoNORiTo. ¿Usted me permite que la acompañe? 

Laura. ¿Por qué no? No siento más que la mo- 
lestia... 

HoNORiTO. ¡Ninguna! ¡Yo lo hago encantado! 

Laura. Gracias. Es usted muy amable. Pues, verá 
usted; entonces... preferible es que salga usted pri- 
mero, y que me espere al volver la esquina, para no 
salir juntos; porque si nos ve salir juntos la portera... 

HoNORiTO. Sí, sí; bien pensado. Tiene usted ra- 
zón. Si nos ve juntos la portera... Tiene usted razón. 
Pues hasta ahora mismito. En la esquina estoy; en el 
primer portal. 

Laura. Allá iré yo en seguida. 

Tirso. ¡Déjale el paraguas a ella! De aquí a la es- 



58 Febr trillo el loco 

quina, si ha de mojarse alguien, lo galante es que te 
mojes tú. 

HoNORiTO. También es verdad. jQué punto es 
éste! Tenga usted el paraguas. Hasta ahora. 

Laura. Hasta ahora. 

Tirso. Anda con Dios, hombre; anda con Dios. 
¡Quién tuviera tus años! 

HoNORiTO. iQué célebre! Se va por la puerta de 
la izquierda, aturdido. 

Tirso. Ahí lo tiene usted; yo no lo invento: ¡no 
da pie con bola! 

Laura. ¡Vaya, don Tirso, vaya! 

Tirso. Pero ^es mentira? 

Laura. Me hará usted pensar en lo que no he 
pensado nunca. 

Tirso. ^De veras? ^Nunca? 

Laura. ¡Pero qué tremendo es usted! Hasta ma- 
ñana si Dios quiere. 

Tirso. ¡Sí querrá! Hasta mañana. 

Laura. Adiós. 

Tirso. ¡Mis afectos a su papaíto! 

Laura. De su parte. Vase por la puerta de la iz- 
quierda^ humedeciéndose los labios. 

Tirso. ¡Esto marcha, Tirso; esto marcha! ¡Cuan- 
do yo no busco a Dios, Dios me busca a mil ¡Entre 
los dos no vamos a dejar en esta casa títere con ca- 
beza! 

Sale Florencia en traje de calle por la puerta del 
foro. Viene de la derecha, 

Florencia. Pero ^qué gritas, hombre? ¡Y estás 
solo! ¡Creí que discutías con una docena de per- 
sonas! 

Tirso. ¡Y quizás no te engañes! Tú no las ves, 
pero andan por aquí. ¡Estoy contento! — como dice 
mi hermano Roque cuando hace alguna de las su- 
yas. — ¡Estoy contento! 



A ct o s e gund o 59 

Florencia. |No lo puedes negarl 

Tirso. Y es sencillamente porque estoy bueno 
del cuerpo y del alma. El cuerpo no lo siento... y el 
alma sí. ¡Salud completal 

Florencia. Me da gusto verte siempre opti- 
mista. 

Tirso. ¡Ohl Es que el fondo del optimismo, pa- 
rienta mía, no es otra cosa que la confianza en una 
justicia superior. 

Florencia. ^Y tú la tienes? 

Tirso. [Absoluta! jCiega! ¡La has de ver brillar 
como un lucero sobre la cabeza de don Albino I, el 
Razonable! 

Florencia, i Ja, ja, jal 

Inopinadamente llega por la puerta de la izquierda 
Aurelia, un tanto temerosa. 

Tirso. ¡Aurelia! 

Florencia. ¡Aurelial 

AuRiLLA. ¡Chistl 

Tirso. ^Tú aquí? 

Florencia. ,jQué milagro es éste? 

Tirso. ^Te ha levantado ya tu señor padre la 
prohibición terrible de venir a esta casa? 

Aurelia. ¡Ni por pienso! 

Florencia. ¡Entonces!... 

Tirso. ¡Anatema! ¡Te vas a condenar, criatura! 

Aurelia. Es que se ha encerrado en su despacho 
con don Albino y la tía Mínima, y yo he aprovecha- 
do la coyuntura para venir a verle a usted. 

Tirso. ¡Dios te lo pagará, chiquilla! ¡Abrázate a 
mí, como un rosal a un roble viejo! 

Aurelia. Abrazándolo cariñosamente. ¡Ja, ja, jal 

Florencia. Bueno, va a caer un bólido, va a sa- 
lir una estrella de rabo, va a haber temblor de tie- 
rra... ¡Algo extraordinario se avecina! ¡Santísima Vir- 
gen! ¡Aurelia desobedeciendo a su padrel 



6o Febrerillo el loco 

Aurelia. Tímidamente. Es que en esto, Floren- 
cia... en esto no ha tenido razón. 

Tirso. ¡Ni la .ha tenido nunca en nada, qué ji- 
nojol 

Florencia. No grites, hombre. 

Tirso. ¡La razón y mi hermano Roque son dos 
paraleiasl 

Aurelia. Vamos, tío Tirso, no vaya usted a ha- 
cer que me arrepienta de esta escapadilla. 

Tirso. ¡Qué has de arrepentirte, infeiizl ¡Cada día 
menos! ¡Mi contacto te salvarál 

Aurelia. Vamos, vamos... A Florencia. ^Y tú vas 
a la calle? 

Florencia. Sí. A ver a Anita. 

Aurelia. Ah; a ver a Anita. 

Tirso. jQuiál Ahora es ella la hipócrita. 

Aurelia. Yo jamás lo he sido. 

Tirso. Jamás? Dices bien; pero te han obligado 
a parecerlo. Secuestraron tu alma, y se te durmió en 
la prisión... Tu alma no parece lo que es. 

Aurelia. Quizás... Es posible, tío Tirso... Porque 
yo, algunas veces, he creído como sentir o querer 
sentir cosas contrarias a lo que veía a mi alrededor... 
a lo que se me imponía como bueno y como indis- 
cutible. 

Tirso. No me lo jures. Tu vida está llena de si- 
lencios tristes, Aurelia. 

Aurelia. Más de un día, escuchándolo a usted en 
casa, he pensado en esto. 

Tirso. ¡Y lo que te rondaré, morenal Lo he ob- 
servado, sübrinita; lo he observado. ¡No ha de ser 
vuestro don Albino el que lo observe todo aquí! 

Aurelia. ^Y tú de veras vas a ver a tu hija? 

Florencia. Sí. 

Tirso. ¡No! 

Florencia. ¡Pues no! Te diré la verdad. 



Acto segundo 61 

Tirso. ¡Conspiramos! Como don Albino y tu 
padre. 

Aurelia. ^Conspiran ustedes? 

Florencia. Conspiramos . 

Tirso. ¡Esta era una viudita cargada de pólvora, 
y afortunadamente he venido yo al lado suyo a ser- 
vir de mecha! 

Florencia. ¡Tirso, por Dios! ¡Qué manera de de- 
cir las cosas! 

Tirso. ¡Metáforas! 

Florencia. ¡Ya lo sé! ¡Pero qué metáforas! Sí, 
Aurelia, sí: como penitencia, ya basta; como sumi- 
sión, ya creo que es excesiva. He resuelto no seguir 
viviendo aquí. ¡Bendigo el domingo de Carnaval en 
que llegó este hombre! 

Tirso. ¿Te enteras? Bendice mi llegada. 

Aurelia. Ansiosa. Deje usted a Florencia expli- 
carme... 

Florencia. ¿Lo necesitas? ¿En ti misma no hallas 
la explicación? Tirso te ha dicho que tu vida está 
llena de silencios* La mía también... Pero tus silen- 
cios y los míos entre sí se escuchaban. La resigna- 
ción era mutua, y la protesta íntima muy semejante. 
¿Es verdad? 

Aurelia. Habla tú; sigue hablando. 

Florencia. ¿Qué más? Este hombre me ha dado 
el valor que a mí me faltaba, haciéndome ver la rea- 
lidad. Su voz ha conseguido en mí lo que ninguna. 
Después de todo, era natural que así fuera. Al oírlo, 
mi alma ha roto las nieblas, se ha asomado al cielo 
y ha respirado un aire distinto... He visto también 
clara toda la responsabilidad de mi vida quieta; he 
pensado en mi hija, que será muy pronto una mujer, 
como tú y como yo, y me rebelo ante la idea de que 
su vida pueda ser igual a la tuya o la mía, si la dejo 
encadenada a esta casa. ¡No, no! 



02 F ebr er til O el loco 

Aurelia. Te escucho temblando, Florencia. 

Florencia. Temblando te hablo yo a ti también, 
ya que es tu padre a quien más acuso sin nom- 
brarlo. 

Aurelia. (Mi padrel 

Florencia. Tu padre, Aurelia. Perdóname, pero 
es la verdad. Por condición, por experiencia fría, por- 
que tiene de la vida un mezquino concepto, por lo 
que sea, quiere reducirla a la seguridad material, y 
sólo se preocupa de ella. Su codicia, su corto hori- 
zonte, son capaces de ahogar a todas las almas que 
vivan a su lado. 

Tirso. ¡Así es la verdad! 

Florencia. De mí no le importa sino el dinero 
que él cuidó que cayera en sus redes: que yo viva o 
muera, ^qué más da? ¡Sobre todo que no venga el 
hombre que pueda arrebatarle con mi mano lo que 
él barajal Tú recuerdas que a los tres años de que- 
darme viuda no faltó quien me hablara segunda vez 
de amoi. Bien sabe Dios que mi corazón no estaba 
entonces inclinado a aceptarlo; p^o ¡de qué modo 
se le recibió en esta casal ^Lo recuerdas? 

Aurelia. Sí. 

Florencia. ¡Qué cosas escuché! Pero ^cómo pue- 
do maravillarme de que mi felicidad le sea indiferen- 
te, si no vacila frente a lo dudoso de la tuya? 

Aurelia. ¡No; eso, no! Mi padre me quiere; me 
quiere mucho. Mi padre cree sinceramente que seré 
dichosa. 

Florencia. ^Y tú, lo crees? Aurelia no le contesta 
y baja los ojos. Otro silencio, más triste que ningu- 
no. Tú te resignas, ya lo veo; por cariño; por la me- 
moria de tu madre; por miedo; por respeto; porque 
careces de arranque moral para la rebeldía, como yo 
hasta ahora; y más que por nada, y esto es lo dolo- 
roso, porque ahora no puedes ni entrever siquiera lo 



A c i o s egund o 63 

que va a ser tu vida; ni sabes tampoco lo que tu vida 
vale, cuando la das así. Y todo ello, ^con qué fin, 
Dios mío? ¡Con el de que vengan a esta casa los di- 
neros del tío, del sobrino y de los padres juntos! 
¡Ohl Parece imposible. 

Aurelia. Calla, Florencia, calla. 

Tirso. Déjala seguir, si algo más tiene que decir- 
te; que te está salvando. 

Aurelia. ^Usted también? 

Tirso. ^Cómo yo también? jYo, el primero! ^Es 
que ella te hubiera dicho todas estas cosas si no ven- 
go yo con aquellas desaforadas narices que a ti te 
hicieron tanta gracia? fjinojol ¡No podía yo presumir 
lo a tiempo que llegaba, sobrina! Oye a Florencia; 
óyeme a mí. Vuela una noche, aleja tu espíritu de 
esta casa, y júzgate. Y luego medita el paso a que te 
llevan... y piensa en el camino hasta el fin. ¡No hay 
razón ninguna que te obligue a tal sacrificiol 

Aurelia. ¿Ninguna? 

Tirso. ¡Ninguna! Busca a Dios en tu alma, y ve- 
rás cómo no lo encuentras en las horas vacías de la 
inacción, del cálculo egoísta, de la riqueza estéril; 
sino en las horas de noble ambición y de ensueño, 
de cariño fecundo, de amor logrado y merecido, de 
bondad y de fe. Búscalo, búscalo... Breve silencio. 
Las dos mujeres le oyen Í7n presionadas. La jornada, 
no olvides esto, por corta que se nos antoje, es lar- 
ga y penosa, y la prolonga angustiosamente la des- 
ventura. Necesitamos oír sin tregua, en la fatiga del 
camino, como una música increada, marcha o himno 
que nos anime a andar... ¡Mísero del mundo el día en 
que sólo acompañe a los hombres en su viaje el tin- 
tineo del oro! 

Aurelia. Eso no puede ser. 

Tirso. Pues ese derrotero lleva el mundo, Aure- 
lia. Es trágico para los idealistas; pero es así. Jamás 



64 Febrerillo el loco 

padeció la vida de los hombres fiebre más alta de 
bárbaro materialismo que la que alcanza ahora. Hoy 
sólo se construyen firmes y sólidos, desafiando los 
tiempos, los edificios mercantiles. Hasta las iglesias 
se hacen frágiles y raquíticas. Tente mientras co- 
bro. ¡Se conoce que en lo porvenir se rezará en los 
Bancos!... Pero tú... tú tienes alma y debes sentir de 
otro modo. ^Me entiendes? Sí me entiendes. Lo que 
se siente bien, se entiende bien. 

Florencia. Yendo a Aurelia. ¿Estás llorando, Au- 
relia? 

Aurelia. Sí. 

Tirso. Llora, llora: es tu alma, que vive. A Flo- 
rencia. ¡Ni a soñar ni a llorar se atrevía! 

Pausa breve. 

Aurelia. De improviso^ asustada. jEh? |Dios mío! 
¡Mi padre! 

Florencia. ¿Tu padre? 

Aurelia. ¡Sí! ¡De seguro! ¡Ahí está! 

Tirso. Pues no temas nada. 

Florencia. Mejor es que te vayas adentro. Vete 
a mi alcoba. 

Tirso. ¡No! 

Aurelia. ¡Sí! Obedece la indicación de Florencia 
llena de miedo ^ y se va por la puerta del foro, hacia 
la derecha. 

Florencia. A TirsOy con perfecta naturalidad. 
¿Quieres algo para la calle? 

Tirso. Nada, parienta encantadora. 

Aparece violentamente don Roque por la puerta de 
la izquierda. Está más amarillo que el mes pasado. 
Es la bilis. Tendrá que utilizar^ sin remedio^ la receta 
de su escribiente. 

Don Roque. ¿No está aquí mi hija? 

Florencia. ¿Aurelia? 

Tirso. Pero ¿no es verdad que le has prohi- 



Acio segundo 65 

bido venir aquí, porque mi aliento es corrosivo? 

Don Roque. [Bahl Como no está en casa... 

Florencia. ^Sabe usted? Quizás haya subido al 
tercero, a ver a la chica de Laborda. No sé qué te- 
nían que contarse. ^Quiere usted que mande a Remi- 
gia...? 

Don Roque. Sí, mándala. Que le diga que la 
llamo yo; que baje al instante. 

Florencia. ^Eso sólo, tío Roque? 

Don Roque. Eso sólo. Mira con algún recelo a los 
dos y se marcha por donde vino. 

Florencia. Después de cerciorarse de que salió de 
la casa don Roque. Se la tragó. 

Tirso. |E1 trabajo que me cuesta a mí oír un em- 
buste y no echarlo por tierral 

Florencia. A veces son imprescindibles, tío 
Tirso. 

Tirso. No lo discuto. Para vosotras, las mujeres, 
desde luego. (Y con qué habilidad le has dicho a Ro- 
que que está en el tercero su hija, porque sabes tú 
que él no sube al tercero! fAy, madre Eva! {Buena 
semilla echaste tú tambiénl 

Florencia. En fin, yo me voy. Entera a Aurelia 
de mi mentirilla y que corra a su casa. 

Tirso. No irá tan aprisa como desea mi her- 
mano. 

Florencia. |Prudencia, por Dios! 

Tirso. jPrudencia a Febrerillo! Vete tranquila 
por tu parte. 

Florencia. jPues adiós, aliado! Le da la mano. 
¡No sabes todo el bien que te debo! 

Tirso. Creo que sí. 

Florencia. Si salvas a Aurelia como a mí, entre 
San Pablo y Santa Ana va a haber que poner a Fe- 
brerillo el loco. 

Tirso. Enfrente, más bien. 



66 Febr trillo el loco 

Florencia. |Ja, ja, jal Hasta luego. Vase a la 
calle. 

Tirso. Hasta luego. ¡Está fragante la viudita!... 
No le hago el amor, porque se teñiría mi acción de 
un matiz interesado que me repugna. Llegase a la 
puerta del foro y grita: [Aurelia! Recordando que no 
debe gritar. ¡Jinojo! ¡Qué indiscreto! ¡Qué torpe! En 
voz más baja. ¡Aurelia! ¡Aurelia! ¡Vía libre! ¡Por poco 
me oye Roque desde su casa! ¡Y es que no sé fingir! 

Vuelve Aurelia. 

Aurelia. ^Se fué papá? ^iQué ha dicho? 

Tirso. Nada absolutamente, chiquilla. No tiem- 
bles. 

Aurelia. No puedo remediarlo, tío Tirso. ^Y 
Florencia? 

Tirso. Se marchó también. Le ha dicho a tu pa- 
dre que tú estarías probablemente con una amiguita 
del tercero; que mandaría a Remigia por ti. 

Aurelia. Entonces voy ya a casa. 

Tirso. Serénate un poco primero. No conozca tu 
padre la verdad y nos excomulgue. 

Aurelia. Sí; bien. Me esperaré un poquito. 
^Adonde iba Florencia, se lo ha dicho a usted? 

Tirso. A buscar casa para ella y su hija. 

Aurelia. Emocionada. ¡Se va de aquí! 

Tirso. Se va de aquí. Y a propósito de Floren- 
cia: ^qué amor es ese a que aludió en la conversación 
que antes tuvimos? 

Aurelia. Preocupada. No sé... 

Tirso. Sí sabes; sino que ahora mismo estás en 
otra cosa. Habló como de un pretendiente a quien 
aquí recibieron con metralla. 

Aurelia. ¡ Ah, sí! Ya me acuerdo. Un señor Mar- 
tínez Bellido, no sé qué de ferrocarriles... 

Tirso. ^Vive ese señor en el barrio de Sala- 
manca? 



Acto s egundo 67 

Aurelia. Creo que sí. ¿Por qué? 

Tirso. Porque da la casualidad de que Florencia 
busca su pisito por el barrio de Salamanca. Allá por 
las alturas del Hipódromo... Aquellos aires le con- 
vienen mucho a su hija. 

Aurelia. Sonriéndose. |Qué mal pensado! Y ya 
me voy. 

Tirso. No me dejes solo, muchacha. Escúchame. 

Aurelia. ¡Tío Tirso 1... 

Tirso. Un segundo no más. Dime: ¿fué feliz Flo- 
rencia en su matrimonio con tu primo? La verdad. 

Aurelia. No, señor; no lo fué. 

Tirso. Ella dice que sí. 

Aurelia. Porque es muy buena y lo disculpa... 

Tirso. Esa era mi sospecha. Y ya ves cómo se 
delataba hace poco al hablarte a ti. 

Aurelia. Juan era silencioso, huraño... muy frío... 

Tirso. Por miá impresiones, debió de ser uno de 
estos maridos que equivocan la idea del matrimonio; 
de estos cuyas mujeres viven con ellos, pero no en 
ellos... ¿Me engaño, sobrina? 

Aurelia. Yo de eso nada sé. 

Tirso. {Pobre Florencia! Ciertamente, es cosa 
muy triste 

«la soledad de dos en compañía.» 

¡Un día, y otro, y otro... unidos, sin estarlo; hablán- 
dose, pero sin oírse... y así... hasta la muerte! Y 
como único remedio posible, el divorcio, amarga 
medicina, solución que no alcanza a serlo: algo así 
como una herida mal curada. Es muy triste; muy 
triste. ¡Pobre Aurelia! Digo, ¡pobre Florencia! 

Silencio. Llega oportunamente Guzmán Araujo. 
Desde la puerta de la izquierda pregunta: 

Guzmán. ¿Se puede pasar? 

Tirso, ¡Hombre! ¡Ya lo creo! 



68 Febrerillo el loco 

A URELiA . ¡ Arauj o 1 

GuzMÁN. ;Interrumpo a ustedes? 

Tirso. ¡No, señorl 

GuzMÁN. ^Y doña Mínima? 

Tirso. En casa de mi hermano. 

GuzMÁN. ^Y Florencia, mi enferma? 

Tirso. Está mejor. 

GuzMÁN. ^Ha salido? 

Tirso, Hace dos minutos. Y usted la ha visto en 
la escalera, y ella le ha dicho a usted que si andaba 
de prisa encontraría a quí a Aurelia... y por eso ha 
venido usted. 

Aurelia. ¡Tío! 

GuzMÁN. Turbado. Desconcierta usted a la esta- 
tua de don Alvaro de Bazán, que es de bronce. 

Tirso. ¡Amigo mío, es que llevo un rato aguan- 
tando embustes, y ya no puedo másl Pero celebro 
que haya usted venido, porque hace días que nece- 
sito consultar a un médico, y quiero hablarle. En mi 
celda estoy. 

GüZMÁN. Voy allá en seguida. 

Tirso. ¡Tampoco es puñalada de picaro! 

V^ase hacia la izquierda t>or la puerta del foro. 
Aurelia y Guzmán se miran confusos^ inquietos, pal- 
pitante el ánimo. Ella no se determina a quedarse ni 
a irse; él no acierta a hablar y quiere hablar. 

Aurelia. Vaya usted... vaya usted... 

Guzmán. Ahora... Un instante... 

Aurelia. No puedo... Mi padre me espera... 

Guzmán. Un instante... Ha oído usted que he en- 
trado aquí porque sabía que usted estaba. 

Aurelia. Eso ha sido una broma del tío Tirso. 

Guzmán. Esa es la verdad. 

Aurelia. Entonces... debo irme. 

Guzmán. Tal vez... Pero yo debo suplicarle a us- 
ted lo contrario. 



Acto segundo 69 

Aurelia. ¡Guzmánl 

GuzMÁN. Un instante... Olvide usted en este ins- 
tante lo que las circunstancias le pintan como su 
deber, y óigame. 

Aurelia. Ahora no me es posible. 

GuzMÁN. Temo que, si no es ahora, ya no pueda 
ser nunca. 

Aurelia. ^Eh? ^Si no es ahora, nunca? 

GuzMÁN. Así lo temo. Y es indispensable que 
usted me oiga. 

Aurelia. Pero ¿'qué me tiene usted que decir, 
Guzmán? 

GuzMÁN. Lo que acaso usted haya leído en mis 
ojos... y en mis silencios en presencia de usted... 

Aurelia. ¡En sus silenciosl... 

GuzMÁN. Lo que no me hubiera atrevido a decirle 
sin la providencial intervención de ese hombre. Por 
él he sabido con certeza algo que sin duda yo adivi- 
naba. 

Aurelia. ^Qué ha sabido usted? ^Qué le ha dicho 
ese loco? 

Guzmán. Que no es usted dichosa. 

Aurelia. ¿Y quién es capaz de juzgar de la dicha 
de nadie? 

GuzMÁN. De la desdicha, acaso sea difícil; pero la 
dicha despide una luz que vemos todos. 

Aurelia. Bien, Guzmán... yo no puedo escuchar 
nada de esto... 

GuzMÁN. ^Y quedará usted ya tranquila sin escu- 
charlo? 

Aurelia. Consternada, ¡Dios mío! .. ¿Dónde 
estás?... 

Guzmán. En la sinceridad del alma. 

Aurelia. Con resolución^ tras unos momentos de 
íntima y angustiosa lucha. ¡Hable usted! ¡Quiero 
oírle! 



70 Febr erillo el loso 

GuzMÁN. ¡Ahí... ¡GraciasI Sinceridad por since- 
ridad. ^No ha advertido usted desde que la conozco 
mi profunda simpatía hacia su persona? 

Aurelia. Sí. 

GuzMÁN. ^Y no ha pensado usted que de esa sim- 
patía había de nacer otro sentimiento mayor y más 
profundo? 

Aurelia. Sí. 

GuzMÁN. ¿Y no ha cerrado usted los ojos para no 
ver una cosa ni otra, porque ya no era usted del todo 
libre? 

Aurelia. Sí. 

GuzMÁN. ^Y lamentó usted alguna vez, a solas, en 
la penosa abstracción de su espíritu preso, que no 
nos hubiéramos conocido antes?... Aurelia inclina la 
cabeza y calla. Yo, sí. Y usted, también. No le pido 
a usted el esfuerzo ni la violencia de decírmelo. ^Qué 
lenguaje hay más elocuente que ese rubor de usted, 
al que yo le debo tantas revelaciones? Es inútil que 
usted calle, Aurelia: habla él con palabras de rosa. 

Aurelia. Sin voz apenas. ¡Guzmán!... 

GuzMÁN. Y así hemos vivido más de un año, es- 
condiendo y disimulando nuestro amor... Aurelia lo 
mira. Nuestro amor, sí. Y nos alejábamos en lugar 
de unirnos, y este amor hubiera muerto sin revelarse 
a no llegar a esta casa Febrerillo el loco. Intimé con 
él: le quise en un segundo. Me comunicó el ardor 
activo de su alma generosa. Hablamos de usted; le 
oyó el corazón, sediento de oírle, y fueron sus pala- 
bras leña al fuego. Yo no podía ya vivir en paz sin 
llegar a este instante. Lo esperé y lo busqué todos 
los días, y lo he hallado al fin. ¡Ya descanso, Aure- 
lia; ya descanso! Pase lo que pase, ya no tendré que 
arrepentirme de timidez o de cobardía. ¡Ya descanso! 
Por mí no queda. 

Aurelia. Entre lágrimas. ¡Basta, Guzmán, basta; 



Acto segundo li 

que estoy sufriendo el tormento de los tormentosl 
¡Mi alma se desquicia y se rompe! ¡Quise oírle a us- 
ted, pero nunca creí que había de oírle tantol.. ¡Se- 
parémonos!... No puedo hablar ahora... no quiero 
tampoco... ¡no sé! ¡Separémonos!... Con espanto sú- 
bito. ¿'Quién viene? 

GuzMÁN. Doña Mínima. 

Aurelia. Sollozando, ¡Ayl ¡Creí que era mi pa- 
dre! Siéntase^ abatida. 

GüZMÁN. Pues es esta buena señora. Cálmese 
usted. 

Vuelve por la puerta de la izquierda doña Mínima, 
que, al ver lo que ve, se hace cruces. 

Doña Mínima. ¡Santa Bárbara bendita! 
GuzMÁN. ¿Truena, doña Mínima? 
Doña Mínima. ¡Caen rayos! ¡Usted verá si truena! 
Aurelia. ¿Qué pasa? 

Doña Mínima. ¿Te parece poco? ¡Tú aquí, contra 
la voluntad de tu padre; tu padre, furioso, porque 
cree que te entretienen arriba; Florencia, en la calle, 
bastante levantada de cascos; tu novio, contestándole 
de mala manera a su padrino; Febrerillo, diciendo y 
haciendo despropósitos desde que se levantal... ¿Qué 
Babel es ésta? ¡No hay duda, no hay duda! ¡Está de 
moda la revolución! 

GuzMÁN. Está, está de moda. ¡Quiera Dios que no 
nos trastorne inútilmente! 

Doña Mínima. A Aurelia. ¡Tu padre!... Bueno, 
hay que oírlo. ¡Bonito te lo vas a encontrar! ¡Echa 
venablos! Entre Tirso y él habrá una muy gorda 
antes que se vaya ese demonio. Y el gran don Albi- 
no, creyendo que todo lo arregla, porque él ha obser- 
vado que, por mucho que llueva, siempre escampa. 
¡Claro, Señor! ¡Si no, sería el diluvio! Y yo, en medio 
de este torbellino, teniendo que tragármelas todas; 
sin despegar mis labios. ¡Estallo el mejor día! 



71 Feh r er illo el loco 

GuzMÁN. Bien, señora; voy a ver a su cuñado de 
usted, que quiere consultarme... 

Doña Mínima. ^También está nervioso? 

GuzMÁN. ^Y quién no? 

Doña Mínima. Pues ya puede usted darse prisa, 
porque... porque... ¡Calla, Mínima, calla, que es tu 
sino! 

GuzmAn. • Adiós, Aurelia. Le tiende una mano, que 
ella le estrecha conmovida. Doña Mínima observa el 
cuadro con asombro. 

Aurelia. Adiós, Guzmán. 

Guzmán. ^Pensará usted en lo que me ha oído? 

Aurelia. ¿Podré ya pensar en otra cosa? 

Guzmán. Adiós. 

Aurelia. Adiós. 

Doña Mínima. Comprendiendo . ¡Animas benditas! 
¿Y me preguntaba usted si tronaba? Lo dicho, lo 
dicho: ¡la revolución, la revolución! 

Guzmán. ¡Está de modal Marchase hacia la iz- 
quierda por la puerta del foro mirando a Aurelia^ que 
lo mira a su vez. 

Doña Mínima. Después de un gesto indescriptible. 
Pero, muchacha, ¿es esto un sueño? 

Aurelia. ¡No! 

Doña Mínima. ¿Tú estás en tu juicio? 

Aurelia. ¡Ahora, sí! 

Doña Mínima. ¿Ahora, sí? 

Aurelia. ¡Sí! ¡Ahora, sí! Acercándosele animosa^ 
sobreexcitada, y hablando con vehemencia y calor entre 
lágrimas de una alegría por ella ignorada hasta en- 
tonces. ¡Yo no me conozco; yo no sé quién soy; yo no 
soy la que era; yo, desde hace unos instantes, soy 
otra! ¡Siento en mi alma una nueva luz, y por mis 
venas corre sangre distinta! ¡Veo ante mí cosas que 
no he visto jamás! ¡Ahora río y lloro sin que nada 
lo impida ni lo detenga! ¡Si soy la misma, he reco- 



Acto segundo 73 

brado un nuevo ser; si mi alma era la que ahora sien- 
to en mí, estaba muerta, y ha resucitado! 

Doña Mínima. Conmovida. ¡Niñal ¡Aurelial ¿Qué 
es eso? 

Aurelia. ¿Qué ha ser, señora? ¡El espanto de una 
vida absurda, de una penosa esclavitud, que veo que 
se va para siempre, como una nube negral 

Doña Mínima. Oyéndola con íntimo gozo^ no obs- 
tante su gran turbación. ¿Para siempre? 

Aurelia. ¡Para siempre, sil ¡Yo tengo ya valor 
para todo! ¿No le digo a usted que soy otra? ¿Por 
qué razón ni por qué ley he de ligarme eternamente 
a quien no quiero? ¿Por qué he de unirme a un hom- 
bre incapaz de quererme a mí? ¿Por qué se resignaba 
mi alma a este sacrificio de su vida? ¿Qué veneno me 
hacían respirar? ¡Ya te encontré, Dios mío! ¡Esto 
acabó; esto se acabó! ¡No seré, no seré de ese hom- 
bre! ¡Tirso dice bien: las almas quietas son como las 
aguas pantanosas! ¡Ayl ¡Pero ya mi alma halló su 
cauce y corre libre' ¡Ya te encontré, Dios mío! 

Doña Mínima. ¡Tirso! ¡Tirso! {El nos ha traído 
esta convulsión! ¡O esta bendición, o lo que esto 
seal 

Aurelia. ¡Esta bendición! 

Doña Mínima. ¡Así quiere tu padre perderlo de 
vista! ¡No ve el momento en que deje mi casal 

Aurelia. ¡Ah, pues no se irá! 

Doña Mínima. ¿Cómo que no se irá? 

AulÍELiA. ¡No se irá! 

Doña Mínima. No delires, Aurelia. Tú serás ya 
otra, pero tu padre no ha cambiado: sigue siendo el 
mismo Y acaba de encargarme a mí que le diga a 
Tirso que, sin apelación, líe sus bártulos y se vaya 
con viento fresco. 

Aurelia. ¿Eso quiere mi padre? 

Doña Mínima. ¡Eso ordena! Es un atropello, una 



74 Febr trillo el loco 

infamia, una picardía; pero donde hay patrón, no 
manda marinero. 

Aurelia. ^Y usted cree que él se irá? 

Doña Mínima. No lo sé. Creo que sí; que se irá. 
¡Pero será con bullal 

Aurelia. jYo le rogaré que se quede! 

Doña Mínima. ¡Aurelial ¡Contra lo que manda tu 
padrel Sí que eres otra, sí. 

Aurelia. ^Qué va a ser de mí si él nos deja? 

Doña Mínima. Pues ¿y el valor de que alar- 
deabas? 

Aurelia. ¡No me faltará, si es preciso! 

De repente, por la puerta de la izquierda aparece 
Honorito^ en la guisa de antes. 

HoNORiTo. ¡Caracoles! 

Aurelia. ¡Honorio! 

Doña Mínima. ¡Bueno val 

HoNORiTO. Todo lo esperaba yo menos verte 
aquí. ^Te ha autorizado ya tu padre?... 

Aurelia. Con gravedad. No. 

HoNORiTO. ^Y has venido? 

Aurelia. Ya ves. 

HoNORiTO. No me entra. 

Aurelia. Necesité hablar con el tío Tirso, y 
vine. 

HoNORiTO. Ah, con Tirso. ¡Qué célebre es! Yo 
también voy a verlo ahora, porque... Deteniéndose en 
la pendiente. Bueno, por nada. Oye, tú estás muy 
seria. 

Aurelia. Lo estoy. 

HoNORiTO. Y usted también, señora. 

Doña Mínima. También. 

HoNORiTO. Con la conciencia inquieta. ¿Les han 
contado a ustedes algún chismaco?... 

Aurelia. Nada de eso. 

HoNORiTo. No; como la gente oye campanas... 



Acto segundo 75 

Aurelia. Nada de eso. Honorio, dejaste una mu- 
jer y hallas otra distinta. 

HoNORiTO. ^Qué dices? 

Aurelia. He tomado una firme resolución, que 
se refiere a ti y a mí. La tía Mínima te enterará 
de ella. 

Doña Mínima. ^Yo? 

Aurelia. Usted, que es muy buena y me quiere 
mucho. 

Doña Mínima. jMuchol Pero ^por qué he de ser 
yo la que dé hoy todas las noticias desagradables? 

HoNORiTo. ^Cómo? Pues ^qué ocurre? 

Aurelia. Ahora lo sabrás. 

HoNORiTO. ¡Es que empiezo a alarmarme, Aurelia! 

Aurelia. Si la tía Mínima no quiere decírtelo, 
ven a casa y lo sabrás por mí. Yo, primero, he de 
decírselo a mi padre. 

HoNORiTO. Pero oye, oye; estás casi llorando... 
^Es cosa triste lo que pasa? 

Aurelia. Cosa triste, lo que iba a pasar. Hasta 
luego. Se va por la puerta de la izquierda. 

HoNORiTO. Desconcertado , Yo no entiendo jota. 
A doña Mínima^ confidencialmente. Oiga usted, con 
franqueza: ¿es que ha venido alguien con el cuento 
de lo de la modista? 

Doña Mínima. ¿Eh? ¿Qué cuento es ése? 

HoNORiTO. ¡Eso... un cuento! Nada, nada... Bro- 
mas de Febrerillo, que dice que Laurita me ha pues- 
to los puntos. 

Doña Mínima. ¿Laurita? 

HoNORiTO. Sí: la costurera. 

Doña Mínima. ¿Dice Febrerillo que te ha puesto 
los puntos? 

HoNORiTO. ¡Eso dice él! Ya usted lo conoce. 

Doña Mínima. Pues ándate con ojo, no te ponga 
también las comas. 



76 Fe br erillo el loco 

HoNORiTo. iQué célebre! 

Doña Mínima. Muy célebre, sí. Toda la familia es 
muy célebre. 

HoNORiTO. Y a la cuenta, Aurelia... Ya me dio a 
mí en la nariz que se trataba de eso. Está celosilla, 
^verdad? 

Doña Mínima. ¡No, hombrel 

HoNORiTO. No, hombre. ¡Claro! Ella es mujer de 
muy buen sentido. ¿Qué meollo tenía que yo...? ¡Un 
individuo que se va a casar el mes que viene! 

Los ojos de doña Mínima se nublan. 

Doña Mínima. ¿Tú crees que te vas a casar el 
mes que viene? 

HoNORiTO. ¡Natural! 

Doña Mínima. ¿Natural? 

HoNORiTo. ¡Natural! ¡Como no me coja un auto- 
móvil!... Qué bonitas luces tiene el brillante de la 
sortija, ¿verdad? 

Doña Mínima. Muy bonitas: pero las vas a lucir 
poco tiempo. 

HONOKITO. ¿Eh? 

Doña Mínima. Sí, hijo mío, sí; sorpresas de la 
vida. Nadie sabe por la mañana lo que le va a suce- 
der por la noche. Ni aun entre nosotros, en esta fa- 
milia, para quien todos los días venían siendo 
iguales. 

Honorito. Me está usted hablando en griego, 
doña Mínima. 

Doña Mínima. Pues oye en castellano, pichón: 
Aurelia ha ido a decirle al que iba a ser tu suegro 
que ha determinado no casarse contigo. 

Honorito. ¡Señora! 

Doña Mínima. ¿Lo entiendes? 

Honorito. ¡Entiendo las palabras... pero no lo 
entiendo! 

Doña Mínima. Pues así es. 



Acto s e gu n do 77 

HoNORiTO. Pero ^qué venate le ha dado?... ^A qué 
obedece? ^Qué dice ella? ¡Vaya una campanada! Ño, 
no; voy ahora mismo a que me explique... ¡Quedaría 
yo en ridículo!... Voy allá, voy allá... [Digol jy con 
las camas encargadas!... ^A usted qué le ha dicho? 
Porque a usted ha tenido que decirle... 

Doña Mínima. A mí me ha dicho, en suma, que 
hasta ayer fué una, y desde hoy es otra. 

HoNORiTO. ¡Qué célebre! 

Doña Mínima. Y yo deduzco que, como la que se 
iba a casar contigo era la de antes, y ya no existe, 
pues... te quedas con las camas encargadas... y sin 
novia. 

HoNORiTO. ¡No! ¡no! ¡Eso hay que razonarlo! ¡Yo 
no soy un pelele! 

Doña Mínima. Mira, Honorito: no te canses. Ni 
le des más vueltas al asunto: Aurelia... no te quiere 
para marido. 

Honorito. ¡Señora! ¿No me quiere y se iba a ca- 
sar? ¿Qué hechura tiene eso? 

Doña Mínima. Ninguna. Pero no te quiere... y se 
iba a casar. 

Honorito. ¡No me quiere! ¿Conque no me quie- 
re? Le prevengo a usted que no es la primera vez que 
lo oigo. Tirso, que tiene mucho mundo, ya me lo ha- 
bía dicho también. Y hasta me ha dado algunas bro- 
mas de mal gusto. 

Doña Mínima. ¿Sí, eh? 

Honorito. Sí, señora... Aludiendo al día de ma- 
ñana... ¿Usted comprende?... ¡Una cosa muy des- 
agradable! Claro que a eso yo le respondía... ¡Anda 
con Dios! 

Doña Mínima. ¿Qué? 

Honorito. ¡Mi padrino y don Roque! ¡Tableau! 

Doña Mínima. El Señor nos tenga de su mano. 

L>as primeras palabras las dicen dentro^ y luego sa- 



78 F ebrertllo el loco 

len por la ptterta de la izquierda: don Roque ^ agitado^ 
fuera de si, más pálido que nunca y sin gorro; don Al- 
bino^ rojo como la grana^ medio congestionado por los 
disgustos y el esfuerzo mental consiguiente. 

Don Albino. ¡Calma! ¡Calma, don Roque! 

Don Roque. ¡No podré tenerla, don Albino! 

Don Albino. ¡Calma! ¡Mucha calma! 

HoNORiTO. Maquinalmente. ¡Calma! ¡Calma! 

Don Albino. Ah, ¿estás tú aquí? 

HoNORiTO. No; que estoy en la calle. ¡Qué pre- 
gunta! 

Don Albino. ¡Calma! 

Don Roque. Mínima: tú ¿le has hablado ya... a 
ése? 

Doña Mínima. Aún no. Ahora iba. Me he dete- 
nido con... este otro. 

Don Roque. ¡Ah, Honorito! ¡Honorito! ¡Dame un 
abrazo! 

Honorito. Sí, señor. 

Se abrazan. 

Don Albino. Contemplándolos. Así, así. 

Don Roque. ¡Las aguas volverán a su curso! ¡Yo 
te lo fío! 

Honorito. Enternecido. ¿Es verdad que no hay 
razón ninguna...? ¿Qué dice Aurelia? 

Don Roque. Aurelia está loca. Mejor dicho: está 
enloquecida por la maldad. ¡Pero yo te respondo de 
que recobrará el juicio! 

Don Albino. ¡No faltaría otra cosa! Es mi frase: 
por mucho que llueva, siempre escampa. 

Honorito. ¿Usted cree? 

Don Roque. A doña Minima. ¿Está ahí ése? 

Doña Mínima. Ahí está. 

Don Roque. ¿Solo? 

Doña Mínima. Solo. Porque había con él... otra 
persona, y ya la he sentido marcharse, 




Acto se gundo 79 

Don Roque. (Pues ten la bondad de decirle que 
venga, que voy a tirarlo por el balcónl 

Doña Mínima. Violencias no, Roque. 

Don Roque. |Yo sé bien lo que tengo que hacer! 
^No estoy en mi casa, por ventura? 

Doña Mínima. Para eso, no. Estás en la mía. No 
lo olvides. 

Don Roque. ^Hola? 

Doña Mínima. ¡Hola! 

Don Roque. Bien: que venga Tirso. 

Doña Mínima. Vendrá. ¡Y a ver si escampa, don 
Albino! Vase hacia la izquierda por la puerta del 
foro. 

Don Roque. ^Usted oye? ^Se ha convencido us- 
ted? ¡Hasta mi cuñada se nos ha vuelto! ¡Ese bribón 
los ha ganado a todos! 

Don Albino. Menos a usted y a mí, piedras an- 
gulares. Honorito, déjanos tú. 

HoNORiTO. Yo voy a decirle a Aurelia cuatro 
cosas. 

Don Albino. Nada de eso, Honorito; nada de 
eso. No agriemos la cuestión. No intervengas tú para 
nada. 

Honorito. ^Cómo que no intervenga? 

Don Albino. Como que no intervengas. Es lo 
prudente. Y lo delicado, además. Aurelia ha queda- 
do presa de una crisis nerviosa muy aguda... 

Honorito. ¡Pobrecilla! 

Don Albino. Que no te vea: lo discreto es que 
no te vea. Márchate a casa tranquilamente, y compra 
de paso la piperazina para la tía. . 

Honorito. Pero ¡qué cosas tiene usted! 

Don Albino. Picado. ¿Qué cosas tengo, niño? 

Honorito. ^Usted cree que estoy yo ahora para 
irme tranquilamente a casa ni para comprar pipera- 
zina? ¿Usted cree que yo soy de celuloide? ^No me ve 



8o Febrerillo el loco 

usted las orejas, señor? jYa me voy yo cansando de 
que se me tome a mí por un simpirilil ¡Mi novia me 
quiere plantar en vísperas de boda, y me voy a ir a 
casa tranquilamente! ¡Qué ocurrencia! ¡Adonde me 
voy... ya lo sé yol ¡Y mucho que lo sé! ¡Buenas tar- 
des! ¡Qué célebre! Marchase por la puerta de la iz- 
quierda de esta7npia, con la imagen de Laurita en la 
imaginación. ¡ Va derecho al bautizo de Evangelinal 
No hay más que seguirlo para convencerse. 

Don Roque. ^También Honorito? 

Don Albino. Aun no repuesto del sofión. Pero ^no 
se lo había yo dicho a usted? ¡Estamos anticuados, 
don Roque! ¡Qué arrogancia de criaturita! ¡Increíble! 
¡O se desquicia el mundo... o me desquicio yol 

Don Roque. Apretando puños y dientes. ¡Le juro 
a usted... le juro a usted!... 

Por la puerta del foro sale Tirso. Viene de la iz- 
quierda. 

Tirso. ,jQué hay, caballeros? ¿Otra vez por aquí 
los dos? ¿Qué se me quiere? ¡A juzgar por el temblor 
de Mínima, se creería que tratan ustedes de fusi- 
larme! 

Don Albino. Una cuestión previa, amigo mío: 
yo, con todo género de salvedades, me permito ad- 
vertirle a usted que el asunto de que aquí hemos de 
hablar no tolera chanzas. 

Tirso. Pero ustedes, sí. Y como todavía no he- 
mos entrado en el asunto, porque yo no he hecho 
más que llegar... 

Don Roque, ¡lirsol 

Tirso. ¡Roque! ¡Revienta ya, si quieres! ¿Qué pa- 
seos de fiera son ésos? ¿Qué ojos? ¿Qué rabia conte- 
nida? ¡Descarga toda la tormenta que me amenaza! 
¡Acabemos! 

Don Roque. ¡Acabemos, sí! 

Tirso. Pues anda, empieza por donde te dé más 



Áci o según do t\ 

coraje. Siéntate. Siéntese usted, señor don Albino. 
Ah, ^no se sientan? Yo, sí. ^Qué pasa? ^Qué ocurre? 

Don Roque. ¡Que una vez más tengo que rene- 
gar de que lleves mi sangre! 

Tirso. ¡Ohl Yo, no. Lo que hago es lamentarlo. 
Pero lo quiso Dios, y por algo habrá sido. La histo- 
ria de la humanidad está llena de luchas fratricidas. 

Don Albino. Me hallo, por lo visto, entre Caín y 
Abel. 

Tirso. Casi, casi. Caín soy yo, desde luego. Pero 
no se alarme usted por Abel, don Albino, que no 
hay a mano ninguna quijada de burro. 

Don Albino. Tragando saliva. Insisto en mi ad- 
vertencia previa, respecto de las chanzas. 

Tirso. No, si lo he dicho en serio. 

Don Roque. ¡En serio voy a hablarte yo! ¡Lo que 
has hecho en mi casa es infame, es inicuo, es trai- 
dor, es cobarde, es ruin! 

Tirso, ^Es humano, entonces? 

Don Albino. ^Humano? 

Tirso. Según Roque. Las acciones humanas tie- 
nen para él todos esos rasgos característicos. 

Don Roque. Esperaba la baladronada; no me 
sorprende. Vives de ellas. 

Tirso. ^Y tú, de qué vives? 

Don Albino. ¡Calma! ¡Calma! 

Don Roque. No te importa de lo que viva yo. 
Vivo de mi esfuerzo, de mi trabajo, de mi previsión, 
de mi inteligencia, de mi dinero. 

Tirso. Y un poco del mío, ^no? Acuérdate. 

Don Roque. Del tuyo, no. Según tus teorías, el 
dinero que no se gana con el propio sudor no nos 
pertenece. De modo que aquel dinero a que aludes 
ahorggio era tuyo. 

Tirso. Ni tuyo tampoco, ¡jinojol Y, sin embargo, 
tú te aprovechas de él. 



8á I^ eb r trillo ti locó 

Don Roque. No divaguemos. Repito que no te 
importa a ti de lo que yo viva. [A mí me importa, 
en cambio, defender la paz de mi casa, la moralidad 
y el honrado sosiego de mi familia, y tú has venido 
a perturbarlos, a socavarlos^a destruirlos! 

Don Albino. ¡A querer destruirlos! 

Tirso. ¡Estás hablando de memoria, Roque! Yo 
no he venido aquí a nada de eso que en tu delirio 
me atribuyes. Yo tuve que volver a España, y vine a 
veros . 

Don Roque. ¡En mal hora se te ocurrió! 

Tirso. Aurelia piensa de otro modo. 

Don Roque. ¡Aurelia es una candida jmujer! ¡Y 
ese es tu crimen: haberla infernado, conociéndolo! 

Tirso. ¡Poco a poco! ¡Si le llamas infernar a una 
mujer a sacudirle el alma para que despierte y no 
camine a ciegas, sí, la he infernado! 

Don Roque. ¿Lo ves? 

Tirso. Pero no olvides una cosa, majadero: que 
nada nuevo traje a su conciencia. Yo soy un demo- 
nio y ella un ángel, ¿-verdad.? ¡Pues ese ángel había 
ya vislumbrado cuanto este demonio ha querido que 
vea! ¡Todo estaba latente en el fondo de su corazón! 
¡Y aceptaba su entristecido ánimo la resignación de 
una infelicidad perenne, amasada por ustedes dos, 
que, por las trazas, hasta del espíritu quieren hacer 
papel moneda! 

Don Roque. ¡Bah ! 

Tirso. ¿Le agrada a usted más este lenguaje, don 
Albino? 

Don Albino. No tengo nada que responderle: 
usted no me ofende ni me mortifica. Frente a usted 
me considero inmune. 

Tirso. Como yo frente a usted. Estamos muy le- 
jos el uno del otro para temer ningún contagio. 

Don Albino. Precisamente. A veces, en una mis- 



Act o s egundo 83 

ma habitación hay entre dos seres miles de leguas 
de distancia. 

Tirso. ¡Las que iba a haber entre Aurelia y Ho- 
norio! 

Don Albino. ¡Eso es lo que paladinamente re- 
chazo: el supuesto de que entre el padre de Aurelia 
y yo amasábamos su desventural 

Tirso. ¡Pues, señor mío, sólo ustedes dos podían 
no verlal 

Don Albino. ¡Pues ni la veíamos ni la vemos! 

Tirso. ¡Pues o están ustedes ciegos o les convie- 
ne estarlo! 

Don Roque. ¡Tirso! 

Don Albino. Déjelo: no me ofende. 

Don Roque. ¡Me ofende a mil 

Tirso. ¡No te ofendo: te hiero en lo más vivo! 
¡Con la verdadj te acuso! Tu ruindad es capaz de 
desfigurarlo todo en tu conciencia. Y usted, infatiga- 
ble observador, ^no ha observado nunca que la aspi- 
ración de todas las almas en la tierra es hallar sus 
iguales? ¿No ha observado usted que las de Aurelia y 
Honorio son de temple distinto, y ya nacieron di- 
vorciadas.'* ¿No ha observado usted que jamás habían 
de fundirse en un mismo anhelo? ¡Pues si solamente 
observa usted que el primer pitillo marea y que el 
bostezo es contagioso, dediqúese a otra cosa menos 
a observar en la vida! 

Don Roque. ¡Basta, Tirso! De ningún modo es- 
toy dispuesto a consentir lo que la irreprochable 
urbanidad de este gran amigo está consintiendo. 
¡Basta! 

Tirso. ¡Pues basta! ¡Si yo no hubiera ni empe- 
zado, Roque! ¡Pero tú me has llamado aquí! 

Don Roque. Efectivamente: te he llamado para 
hacerte saber, si lo habías olvidado, como parece, 
que en mi casa gobierno yo... 



84 Febrerillo el loco 

Tirso. ¿En tu casa? 

Don Roque. jY en esta casa! Y como gobierno 
yo, te exijo que te vayas de ella. 

Tirso. ¿Nada más? 

Don Roque. Nada más. 

Tirso. Si hubieras empezado por ahí, nos habría- 
mos ahorrado palabras inútiles. Según eso, Roque, 
cuanto antes me vaya, mejor. 

Don Roque. ¡Muchísimo mejorl 

Tirso. Entonces, para complacerte a pedir de 
boca, me voy ahora mismo. 

Don Roque. ¿Ahora mismo? No serías capaz. 

Tirso. ¡Vas a verlol ¡Si aquí ya no me queda 
nada que hacer, imbécil! 

Don Roque. Yendo a él. ¿Imbécil? 

Don Albino. Interponiéndose. ¡Calma! ¡Mantén- 
gase usted digno del momento! ¡Calma! 

Don Roque. Gracias, don Albino... 

Don Albino. Esto se terminó: retírense Caín y 
Abel. A Tirso. ^Usted nos da su palabra de honor 
de que deja esta casa? 

Tirso. ¡Ahora mismo! 

Don Albino. Oído esto, don Roque, vayase a la 
suya a serenar su ánimo, procurando olvidar este 
amargo trance. 

Don Roque. Sí; acepto la idea. Como de usted, al 
fin. Adiós, Tirso. 

Tirso. Adiós, Roque. Adiós, don Albino. 

Don Albino. Beso a usted la mano. 

Tirso. Febrerillo el loco va a desaparecer nueva- 
mente. No lo verás más; lo darás por muerto otra 
vez: se lo tragó la tierra o se hundió en las aguas. 
Pero si algún día vuelve a aparecer, ten por seguro 
que no será en tan dichosa ocasión como ha sido 
ésta. No extrañes si la estela de mi paso es larga y 
profunda. Adiós. 



Acto segundo 85 

Don Roque. Adiós. 

Tirso. ¡Asómate al balcón y me verás salirl 
Se vapor la puerta del foro ^ y don Roque por la de la 
izquierda. Don Albino^ que cree que ha triunfado^ sa- 
borea su triunfo. 

Dox Albino. Vencimos, vencimos. ¡Loado sea 
Diosl El embate era inevitable; pero vencimos. 

Llega Florencia por la puerta de la izquierda , cu- 
riosa y alterada. 

Florencia. ¡Ah, don Albinol ¿Qué lleva el tío Ro- 
que, que va lívido y hablando solo.^ 

Don Albino. Nada. 

Florencia. ¿Nada? 

Don Albino. Nada ya. Resultas de un violento 
choque con su hermano; pero nada ya. Vencimos, 
Florencia. Venció el orden. 

Doña Mínima viene por la píierta del foro •, también 
alterada y curiosa. 

Doña Mínima. ¿Qué ha sucedido, don Albino? 

Don Albino. Nada; eso estaba diciéndole a Flo- 
rencia. Serénese usted. Venció el orden. Vencimos. 

Doña Mínima. ¡Ay, Señor! 

Don Albino. Tembló la casa, sacudida por el te- 
rremoto; pero todo queda como estaba. El instantá- 
neo movimiento no ha dejado huella, gracias a Dios. 
Esta es mi profecía, señoras: Aurelia recobrará la se- 
renidad de su ánimo dulce; Honorio se hará cargo de 
lo ocurrido y se someterá de nuevo a mi obediencia. 
Se casarán cuando habíamos dispuesto, y serán di- 
chosos. En cuanto a ese malaventurado agitador, no 
merece más comentario que aquellas palabras que a 
cierto valentón dedica Miguel de Cervantes: 

Caló el chapeo, requirió la espada, 
miró al soslayo, fuese... y no hubo nada. 

Doña Mínima. ¿Nada, don Albino? 




86 Feb r e r illo el loco 

Don Albino Nada, doña Mínima. 

Florencia. Pero ¿se va? 

Don Albino. Se va. Y yo también, ahora. Dejo a 
ustedes. Pero no muy lejos: aquí junto, donde presu- 
mo que hago alguna falta. Hasta luego, señoras. 

Doña Mínima. Adiós, don Albino. 

Florencia. Adiós. 

Don Albino. Tranquilidad... normalidad... sere- 
nidad... Ya digo: «Fuese... y no hubo nada.» 

Se marcha por la puerta de la izquierda^ tan con- 
vencido por su parte. 

Doña Mínima. Así que desaparece don Albino. 
¡Que Dios te conserve la vista! 

Florencia. Pero ¿'me quiere usted decir, mamá....-' 

Doña Mínima le contestaría a Florencia si no viera 
en tal punto algo tan extraño que no lo ha visto nun- 
ca: a Remigia, que aparece por la puerta del foro^ 
compungida y llorosa. 

Doña Mínima. ^Qué te ocurre, chiquilla? 

Florencia. ¿Qué tienes tú? 

Doña Mínima. ¡Sí que es nuevo verte esa cara! 
¿Qué tienes? 

Remigia. jQue don Tirso me acaba de dar cinco 
duros! 

Florencia. ¿Y por eso te afliges? 

Doña Mínima. ¿Serás tonta? ¡No, y si te da un so- 
papo vienes riéndote! 

Remigia. ¡No lloro por los cinco duros, doña Mí- 
nima! ¡Lloro porque se va! 

Doña Mínima. ¡Ahí ¡Porque se va! 

Florencia. Pero ¿por qué se va? 
Vuelve Tirso oportunamente a sacarlas de dudas. 
Trae al brazo la capa^ y el sombrero en la mano. Re- 
migia^ sin dejar su aflicción, se retira por la puerta de 
la izquierda. 

Tirso. |Me voy porque molesta mi persona y por- 



I 



Acto segunde 87 

que ya sembré! ¡Buena ha estado la sembradura! 

Doña Mínima. ¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios! 

Tirso. ¡No te apures, Mínima, que no se ha per- 
dido el viaje! Luego mandaré por mis trastos: esta 
noche no duermo aquí, para que descansen a gusto 
don Albino y Roque. ^Verdad, Florencia, que no se 
ha perdido el viaje? 

Florencia. ¡No se ha perdido, no! 

Doña Mínima. Pues ;tú sabes lo que cree don Al- 
bino? 

Tirso. ¿*Qué cree ese grande hombre? 

Doña Mínima. Que aquí no ha pasado nada, como 
suele decirse. 

Tirso. ¡Nada! ¡No ha pasado nada! ¡He pasado 
yol ¡Y es probable que esté ahora mismo riéndose 
de mí! Bueno, la risa de don Albino tiene eco: pare- 
ce que cuando él se ríe de alguien, alguien se ríe de 
él más allá. Yo lo he observado. 

Florencia. ¡Ja, ja, ja! 

Doña Mínima. No, pues yo no me río; no puedo 
reírme. Han debido pasar las cosas de otra manera. 

Tirso. Y ¿eso qué importa, Mínima, si el porve- 
nir es halagüeño? 

Doña Mínima. ¡Ojalá! 

Tirso. No lo dudes. Yo soy zahori. Escucha: aho- 
ra, ante todo, enferma Roque del berrenchín... y lo 
perturban los remordimientos. Deja hacer a Aurelia, 
y Aurelia, ¡claro! ^'a qué médico ha de llamar? ¡A 
Araujo! Y mientras los dos asisten al padre, se arrai- 
gan sus amores. 

Doña Mínima. ¡Jesús! 

] irso. ¡Ya lo verás, ya lo veréis! Luego, Floren- 
cia se emancipa y da con un pisito precioso para vi- 
vir sola con su nena, libre del tirano común. Y el día 
menos pensado, se tropieza en la calle a aquel inge- 
n'ero de marras .. 



88 Febr trillo el loco 

Florencia, Pero ^quién te ha contado...? 

Tirso. ¡Ya lo verás; ya lo veréis! Después, Hono- 
rito concluirá por caer en la redes de rosa de la cos- 
turera... 

Doña Mínima. ^Qué? 

Florencia. ^Qué? 

Tirso. ¡Ya lo veréis! Entrará Calpini en escena, 
acechará el momento preciso, y ¡cátalos casados! 

Doña Mínima . ¡Avemaria Purísima! 

Florencia. ¡Tirso! 

Tirso. ¡Ya lo veréis! ¡El dinero de don Albino en 
manos de todos los Calpinis va a llevar buen aire! ¡No 
se apelillará, de seguro! ¡Y entretanto, dondequiera 
que caiga Febrerillo el loco, seguirá sembrando sin 
rendirse! ¡A una cosecha sigue otra! ¡A una aspira- 
ción, otra nueva! ¡Siempre buscando a Dios! ¡Yo es- 
toy seguro de que cuando Dios me conozca perso- 
nalmente va a decirme: «Tú eres de los míos»!... 

Florencia. Eres de lo que hay poco: esa es la 
verdad. 

Doña Mínima. ¡No! ¡Y pasará todo como él lo ha 
dicho! ¡Pero de mí no has dicho nada! ^Qué va a ocu- 
rrirme a mí? 

Tirso. ¡Eso es lo más claro! ¡Que irás a diario a 
ver a Florencia y a su hija para hablar mal de Ro- 
que! ¡Pero sin chistar! 

Doña Mínima. ¡Como si lo estuvieras viendo! 

Tirso. Reparando en Aurelia, que llega por la 
puerta de la izquierda ansiosa y desolada, y yendo a 
ella con los brazos abiertos. ¡Aurelia! 

Aurelia. ¡Tío Tirso! ^Se va usted, verdad? 

Tirso. Sí. 

Aurelia. ¡Lo había adivinado! Pero ¡no se vaya 
de España; no se aleje mucho de nosotros! ¡Yo nece- 
sito sentirlo a usted cerca de mí... dándome valor; 
defendiéndome! 



Acto segundo 89 

Tirso. Ya queda aquí quien te defienda. Y el va- 
lor debes buscarlo en ti misma. Pero ¡no me alejaré 
por ahora, no! ¡Sabréis de mí todosl ¡Me sentiréis 
cerca! 

Las tres mujeres se le agrupan^ despidiéndolo con 
cariño. 

Doña Mínima. Tirsillo, serás loco; pero te haces 
querer. 

Florencia. Te haces querer. Yo no te he conoci- 
do hasta ahora, y me duele tu marcha. ¡Te debo 
mucho! 

Aurelia. |Yo más que tú; yo más que nadie! 

Doña Mínima. ¡Bien decía el abuelo: «En el mun- 
do hacen falta estos locos!» 

Aurelia. ¡Hacen falta; hacen falta! 

Tirso. ¡No es que hagamos falta nosotros; es que 
sobra otra gente! ¡Son muchos contra pocos, jinojol 
¡Salud! Marchase decidido. 

Doña Mínima se enjuga las lágrimas. Florencia 
abraza a Aurelia^ la cual sigue con la mirada la mar- 
cha de Tirso^ como si quisiera no dejar de verlo. 



FIN DB LA COMEDIA 



Fuenterrabía, setiembre, 1919. 



OBRAS DE LOS MISMOS AUTORES 

JUGUETES CÓMICOS 
(primeros ensayos) 
Esgrima y amor. — Belén, 12, principal. — Gilito. — La media na- 
ranjcu — El tío de la flauta. — Las casas de cartón. 

COMEDL'\S Y DRAMAS 

EN UN ACTO 

La reja. — La pena. — La azotea. — Fortunato. — Sin palabras. — 
Pedro López. 

EN DOS ACTOS 

La vida íntima. — El patio. — El nido. — Pepita Reyes. — El amor 
que pasa. — El niño prodigio. — La vida que vuelve. — La escon- 
dida senda. — Doña Clarines. — La rima eterna. — Puebla de las 
Mujeres. — La consulesa. — Dios dirá. — El ilustre huésped. — Así 
se escribe la historia. 

EN TRES o MÁS ACTOS 

Los Galeotes. — Las flores. — La dicha ajena. — La zagala. — La 
casa de García. — La musa loca, — El genio alegre. — Las de 
Caín. — Amores y amoríos. — El centenario. — La flor de la vida. — 
Malvaloca. — Mundo, mundillo... — Nena Teruel. — Los Leales. — 
El duque de Él. — Cabrita que tira al monte... — Marianela. — 
Pipióla. — Don Juan, buena persona. — La calumniada. — Febrerillo 
el loco. 

saínetes y pasillos 

La buena sombra. — Los borrachos. — El traje de luces. — El 
motete. — El género ínfimo. — Los meritorios. — La reina mora. — 
Zaragatas. — El mal de amores. — Fea y con gracia. — La mala 
sombra. — El patinillo. — Isidrín o Las cuarenta y nueve provin- 
cias. — Los marchosos. 

ENTREMESES Y PASOS DE COMEDIA 
El ojito derecho. — El chiquillo. — Los piropos. — El flechazo. — 
La zahori. — El nuevo servidor. — Mañana de sol. — La pitanza. — 
Los chorros del oro. — Morritos. — Amor a oscuras. — Nanita, 



nana... — La zancadilla. — La bella Lucerito. — A la luz de la luna. — 
El agua milagrosa. — Las buñoleras. — Sangre gorda. — Herida de 
muerte. — El último capítulo. — Solico en el mundo. — Rosa y Ro- 
sita. — Sábado sin sol. — Hablando se entiende la gente. — ¿A 
quién me recuerda usted? — El cerrojazo. — Los ojos de luto. — 
Lo que tú quieras. — Lectura y escritura. — La cuerda sensible. — 
Secretíco de confesión. — La Niña de Juana o El descubrimiento 
de América. — El corazón en la mano. — La sillita. 

ZARZUELAS 

EN UN ACTO 

El peregrino. — El estreno. — Abanicos y panderetas o |A Sevi- 
lla en el botijo! — El amor en solfa, — La patria chica. — La muela 
del rey Farfán. — El amor bandolero. — Diana cazadora o Pena de 
muerte al Amor. — La casa de enfrente. 

EN DOS o MÁS ACTOS 

Anita la Risueña. — Las mil maravillas. 
MONÓLOGOS 
Palomilla. — El hombre que hace reír. — Chiquita y bonita. — 
Polvorilla el Corneta. — La historia de Sevilla. — Pesado y 
medido. 

VARIAS 

El amor en el teatro.— La contrata. — La aventura de los ga- 
leotes. — Cuatro palabras. — Carta a Juan Soldado. — Las hazañas 
de Juanillo el de Molares. — Becqueriana. — Rinconete y Cor- 
tadillo. — Castañuela, arbitrista. 



Pompas y honores, capricho literario en verso. Fernando Fe^ 
Madrid. 

Fiestas de amor y poesía, colección de trabajos escritos ex profe- 
so para tales fiestas. Manuel Marín. Barcelona. 

La madrecita, novela corta. 

La mujer española, una conferencia y dos cartas. Biblioteca His'^ 
pania, Madrid. 

EDICIÓN ESCOLAR: 
Doña Clarines y Mañana de sol, Edited with introduction, no- 
tes and vocabulary by S. Griswold Mor ley, Ph. D. Assistant Pro- 
fessor of Spanish, University of California. — HeatHs Modern 
Language Series,^— Boston, New Irork, Chicago. 



TRADUCCIONES 



AL ITAUANO: 

I Galeoti. — II patio. — I fiori (Las flores). — La pena. — L'amore 
che passa. — La Zanze (La Zagala)^ por GrosEPPE Paulo Pac- 

CHIEROTTI. 

Anima allegra (El genio alegre), por Juan Fabré y Oliver y 

LUIGI MOTTA. 

Le fatiche di Ercole (Las de Caín), por Juan Fabré y Oliver " 

I fastídi della celebritá (La vida intima), por Giulio de 
Medici. 

La casa di García. — Al chiaro di luna. — Amore al buio (Amor 
a oscuras), por LuiGi Motta. 

II centenario, por Franco Liberati. 
Donna Clarines, por Giulio de Frenzi. 

Ragnatelle d* amore (Puebla de las Mujeres), por Enrico Te- 

DESCm. 

Mattina di solé. — L'ultimo capitolo. — II fiore della vita. — Mal- 
valoca. — Jettatura (La mala sombra). — Anima malata (Herida de 
muerte). — Chi mi ricorda lei? (<>A quién me recuerda usted?) — 
Cosí si scrive la storia, por Gilberto Beccari y Lüigi Motta. 

AL VENECIANO; 

Siora Chiareta (Doña Clarines), por Gino Cucchetti. 
El paese de le done [^Puebla de las Mujeres), por Carlo Mon- 
ticelli. 

AL ALEMÁN: 

Ein Sommeridyll in Sevilla (^/aíw). — Die Blumen {Las flo- 
res). — Die Liebe geht vorüber {El amor que pasa). — Lebenslust 
{El genio alegre), por el Dr. Max Braüsewetter. 

Das fremde Glück {La dicha ajena), por J. Gustavo Rohde. 

Ein sonniger Morgen {Mañana de sol), por Mary v. Haken. 



AL FRANCÉS: 

Matinée de soleil {Mañana de sol), por V. Borzia. 
La fleur de la vie {Lajlor de la vida), por Georges Lafond y 
Albert Boucheron. 

AL HOLANDÉS: 

De bloem van het leven {La flor de la vida), por N. Smidt- 
Reineke. 

AL PORTUGUÉS: 

O genio alegre. — Mexericos {Puebla de las Mujeres), por Joao 
Soler. 

Marianela. — Assim se escreve a historia. — Segredo de con- 
fissSo, por Alice Pestaña (Ca'íel). 

AL INGLÉS: 

A moming of sunshine {Mañana ae sol), por Mrs. Lucretia 
Xavier Floyd. 

Malvaloca, por Jacob S. Fassett, Jr. 

By their words ye shall know them {Hablando se entiende la 
gente), por John Garrett Underhill. 




EL CORAZÓN EN LA MANO 



MADKID — Imp. Clásica Eípañola. G)orieta de Chamberí.— Teiéf. J. 430 



SERAFÍN Y JOAQUÍN 
ÁLVAREZ QUINTERO 



EL CORAZÓN 
EN LA MANO 

PASO DE COMEDIA 



Escrito ex profeso para Matilde Moreno, y estrenado 
en el teatro Español el 12 de abril de 19 19 




MADRID 
I 9 I 9 



Esta obra es propiedad de sus autores. 

Los representantes de la Sociedad de Autores Españoles 
son los encargados exclusivamente de conceder o negar el 
permiso de representación y del cobro de los derechos de 
propiedad. 

Droits de représentation, de traduction et de reproduction 
reserves pour tous les pays, y compris la Suéde, la Norvége 
et la HoUande. 

Copyright, 1919, by S. y J. Álvarez Quinterc». 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

INESITA PEREIRA Matilde Moreno. 

ARSENIO Ricardo Calvo. 



EL CORAZÓN EN LA MANO 



Camarín de Inesita Pereira, actriz encantadora, en un tea- 
tro de Madrid. A la derecha del actor, la puerta de entra- 
da, y a la izquierda, una de comunicación con el tocador. 
Muebles coquetones, retratos, flores, libros, luces, etc. 

La escena está sola. A poco de alzado el telón llega 
Arsenio^ señorito desocupado, a quien conosemos de 
verlo en los cuartos de todas las comediantas bonitas^ 
especialmente en el de la Pereira. Viste de smoking. 

Arsenio. ¡Hombre! ¡Qué suerte! {El cuarto solo! 
¡Esta comedia es una maravillal ¡No trae gente ni 
al escenariol ,Una maravillal Se acerca al tocador. ¿Se 
puede.^ 

Inesita habla desde dentro. 

Inesita. ¡No! ¿Quién es? 

Arsenio. Un amigo: el de todas las noches. 

Inesita. ¡Ah! Arsenio. 

Arsenio. Arsenio. Le ha salido a usted como 
si pensara: «ya está aquí este moscón». 

Inesita. Ni más ni menos: ya está aquí este 
moscón. 

Arsenio. ^-De veras no se puede pasar.? 

Inesita. ¡No, hombre! 

Arsenio. ^Ni usted puede salir tampoco? 

Inesita. ¡Tampoco! ¡Cuando usted no puede pa- 
sar!... 

Arsenio. ¡Que siempre ha de contestarme usted 
lo mismo! 



lo El corazón en la mano 

Inesita. ¡Ah! Entonces ésta sí es una maravilla. 
¡Yo en este acto no salgo hasta el final!... 

Aksenio. Ya lo sé. A mí del teatro lo que me 
gusta son las actrices. Me asombra que haya habi- 
do una época en que los papeles de mujer los hicie- 
ran hombres y fuera nadie a verlos. ¡Jesús! 

Inesita. Calle, calle... 

Aksenio. Ha debido usted ya decirme que me 
siente. 

Inesita. jQué lástima! ¿Necesita usted mi indica- 
ción? 

Aksenio. La necesito. 

Inesita. ¡Pues espérela usted sentado! 

Arsenio. Eso quería: sentarme. Se sienta junto 
a ella. 

Inesita. Mire usted qué natural nos ha salido 
esto. 

Arsenio. Gozando de la soledad y recreándose en 
la belleza de Inesita. ¡Está algo bien pensada esta 
obra! 

Inesita. Vamos, no diga usted tonteras. Ni sea 
usted cruel. Es un tormento representar comedias 
así. Usted no sabe lo que yo sufro de salir a escena 
para decir todas las insulseces y todas las vulgarida- 
des con pretensiones puestas en boca de este perso- 
naje. ¡Noto el ridículo soí^re mí como pocas veces! 

Aksenio. Devuelva usted el papel. 

Inesita. ¡Pobre autor! ¡Se muere! Cree que ha 
escrito un portento. Habla de Shakespeare como de 
un camarada. Le aseguro a usted, amigo Arsenio, 
que cada día estoy más harta de las pasiones del 
teatro, de esta lucha continua... ¡El teatro sería pre- 
cioso para mí, representando siempre comedias artís- 
ticas, ante un público siempre culto!... ¡Pero cuando 
la profesión trae consigo todas las miserias de un ne- 
gocio!... Con amargura. ¡Ay ay ay!... 



El corazón en la mano ii 

AiíSENio. No la conocía a usted quejumbrosa. 

Inesita. Disimulo mucho. 

Arsenio. Bueno es saberlo. ^Se retiraría usted 
con gusto de la escena.'' 

IxEsiTA. ¡Ya lo creo! En cuanto me tocase el 
gordo de Pascuas. 

Arsenio. ^Nada menos que el gordo? 

Inesita. Nada menos. 

Arsexio. ;Y si le tocase a usted un novio... aun- 
que no fuese gordo? 

Inesita. No; el novio lo prefiero delgado. Pero 
es menos probable que el premio. 

Arsenio. ^Menos probable? ;Es que no juega 
usted? 

L\EsiTA. Sí, señor; que pruebo fortuna de cuando 
en cuando; saco mis decimitos. Sólo que no me va- 
len. jAyl... ¡La boda, en serio, de una actriz!... ¡Frio- 
lera!... Haga, haga memoria, a ver si usted conoce 
muchas... Los hombres, por lo general, no nos quie- 
ren más que para divertirlos. Entre nosotras no ha- 
brá seguramente dos historias iguales... pero hay 
muchas historias infortunadas... 

Arsenio. ;Lo es la de usted, Inés? ^Tiene capítu- 
los dolorosos? 

Inesita. ¡Mi historial... Mejor será que hablemos 
de otro asunto, ^'no? 

Arsenio. No; que se inicia un tema muy de mi 
agrado. 

Inesita. ^Le agrada a usted hablar de las muje- 
res que no se casan porque no encuentran novio? 
Porque mi historia, en rigor, es ésa. 

Arsenio. ^'Q"^ usted no encuentra novio, Ine- 
sita? 

Inesita. Novio a mi gusto, entienda usted. 

Arsenio. Lo tendrá usted muy delicado. 

Inesita. Será eso. A las mujeres que se quedan 



El 



corazón en 



solteras no les pregunte usted nunca por qué no se 
casan: su respuesta siempre será la misma. En cam- 
bio, a los hoíDbres, que tienen ancho campo donde 
elegir, sí debe preguntárseles. 



Arsenio. ¿a los hombres? 



Inesita. a los hombres. Y yo voy a preguntár- 
selo a usted ahora, ya que le agrada el tema. Díga- 
me, curioso: usted, joven, bien parecido... 

Arsemo. Gracias, Inesita. 

Inesita. Sin obligaciones, con dinero, con mucho 
dinero... 

Aksenio. ¡Psché!... 

Inesita. Aburrido de no tener ocupación de día 
ni de noche, ^-por qué no se casa.? 

Arsenio. Suspirando. ¡Ayl 

Inesita. ¡fQué.? 

Aksenio. ¡Ay! 

Inesita. ¡Jesús, qué suspiros! ¿-Es tan ditícil la 
respuesta.? 

Arsenio. Es difícil. Más difícil que tener los ojos 
cerrados delante de usted. 

Inesita. Vaya, vaya, contésteme con formalidad, 
que a mí también me atrae la conversación. ^Por qué 
no se ha casado usted, Arsenio.? ¿Por qué no se casa.? 
¿•Por qué no habla nunca de casarse? 

Arsenio. jEa! Le voy a contestar a usted en serio; 
con franqueza; con el corazón en la mano. No me caso, 
Inesita, huyo del casamiento como de una mala ten- 
tación, porque tengo la seguridad absoluta de que 
engañaría a mi mujer a los seis días de matrimonio. 

Inesita. ¡Criatura! 

Arsenio. Así, así. La seguridad plena. 

Inesita. Pero ^tan pronto? ¿A los seis días? 

Arsenio. ¡O a los cinco! 

Inesita. ¡Por Dios! ^'Ni una semana de fidelidad? 

Arsenio. Ni una semana. 



El corazón en ¿a mano 13 

Lnesita. Usted bromea, Arsenio. Eso es impo- 
sible. 

Arsenio. No, no bromeo, lnesita: 10 tengo muy 
experimentado. Soy infiel por naturaleza. ¡Como el 
que nace cojo o chato, que no lo puede remediar! 

Inesita. ¡Bah, bah! ¿Y dice usted que no bromea? 

Arsenio. Le hablo a usted con el corazón en la 
mano. Créame usted, Inés: esta es la verdad de mi 
corazón. Soy la inconstancia personificada. Tengo 
que pegársela a las mujeres: ¡es algo superior a mil 
Y como soy un hombre de conciencia, me resisto a 
casarme. 

Inesita. ^A qué le llama usted conciencia.^ 

Arsenio. ¡A lo que lo es! La prueba es que huyo 
de engañar a la mujer propia. Tocante a las demás... 
^usted me comprende?... como sé de antemano que 
ellas han de engañarme a mí, no tengo escrúpulo 
ninguno. Pero ¿a mi mujer? ¡Vamos! ¡No sería yo 
quien soy! 

Inesita. Ya, ya voy yo viendo quién es usted. 

Arsenio. Un hombre íntegro; un hombre de con- 
ciencia, repito; un hombre de convicciones arraiga- 
das también. Porque no soy yo solo: es que la fide- 
lidad masculina no existe. 

Inesita. ,iQue no existe? Si así fuera, y todos pen- 
saran como usted, nadie se casaría. 

Arsenio. ¡Nadie! ¡Qué duda cabe! Y si se casan, 
es porque casi todos tienen la manga más ancha que 
yo, y porque, además, en el momento de casarse 
creen a ojos cerrados que van a ser fieles como pe- 
rros. Reflexionando un punto. Quizás haya debido 
emplear otro símil. En resumidas cuentas: no sé de 
un marido que no se la pegue a su mujer. Y yo no 
quiero entrar en esa cofradía de traidores. 

Inesita. ¡Qué absurdo! ¡Hay miles! 

Arsenio. ¿Miles? Si yo descubriera uno solo, se 



14 El corazón en la mano 

lo brindaría a su empresario de usted, para que se 
ganara un dineral enseñándolo por los pueblos. 

Inesita. ¡Jesús, qué cosas oigo! 

Arsenio. Pero demos de barato que esto de la 
infidelidad general son visiones mías: no insisto en 
ello. Vengamos a mi caso, en el que nadie puede 
contradecirme. Yo lo sé a ciencia cierta; yo lo sé ya 
como Si lo estuviera viendo; es fatal; es inevitable; 
yo eno^añaría a mi mujer... ¡en seguida! 

Inesita. ¡Arseniol 

Arsexio. ¡En seguida! Es que lo toco; es que lo 
masco, i. a engañaría con una am ¡guita de colegio, 
con una vecina de enfrente, con una de arriba, con 
una de abajo, con la modista, con la doncella... 

Inesita. ¡Por Dios! ¿También en la casa? 

Arsenio. ¡También! ¿No le he dicho a usted que 
es superior a mí? 

Inesita. Sí; como el que nace con joroba. Ya, ya. 
¡Qué espanto! ¡Todas contra una! 

Arsenio. Eso es. ¿Usted cree que debo, pensando 
así, sintiendo así, ei^amorar a ninguna mujer para 
hacerla mi esposa? ¿decirle a ninguna que me quiero 
casar con ella? 

Inesita. Lo que es a mí no me lo diga usted. 

Arsenio. ;A usted no? 

Inesita. ¿Y todavía me lo pregunta? 

Arsenio. Pues ahí tiene usted lo que son las co- 
sas: a usted se lo hubiera yo dicho de muy buena gana. 

Inesita. ¿A mí, Arsenio? 

Aksenio. a usted, Inesita. Y sigue en la mano el 
corazón. ¡A usted se lo hubiera yo dicho! 

Inesita. ¡Oh! ¡Que me llamen a escena! 

Arsenio. No; que esperen un poco. Usted sería 
una esposa ejemplar: bella, cada día con un nuevo 
encanto, apasionada, dulce, fiel, cuidadosa de su ca- 
sita, orgullosa de ella... 



El corazón en la mano 15 

Inesita. Muchas gracias. Y, no obstante, usted 
me la pegaría, ^'verdad? 

Arsenio. Indiscutible. 

Inesita. ¿-Indiscutible.^ Pues no me conviene. 

Arsenio. Me hago cargo. 

Inesita. Después de una pausa ^ llena de atrevidas 
ideas. Es decir, verá usted. Vamos a pensarlo despa- 
cio; vamos por partes. 

Arsenio. (Caramba! Esto me seduce. 

Inesita. Tiene varios aspectos el asunto. Sí, sí: 
tiene varios matices. Hablemos los dos claro. Calma, 
calma. Vamos a ver, vamos a ver... Yo también me 
voy a poner el corazón en la manita. 

Aksenio. Parecerá otra rosa. 

Inesita. El horno no está para madrigales. 

Arsenio. ¿No, eh.^ 

Inesita. No. 

Arsenio. Conformes. Pues a ver lo que me dice 
ese corazoncito. El mío, ante el caso, de la mano en 
que estaba se me ha subido a las orejas. 

Inesita. A una oreja, será. 

Arsenio. A las dos: es muy grande. 

Inesita. Sí: tamaño sí tiene. Como que es una 
fonda, por lo visto. 

Arsenio. No divaguemos. 

Inesita. No divaguemos. Usted me ha confesado 
que, a no ser por esos escrúpulos de su conciencia, 
de buena gana se casaría conmigo. 

Arsenio. ¡De muy buena gana! 

Inesita. Pue?, mire usted, yo, después de medi- 
tarlo un momento, aun conociendo a lo que me ex- 
pongo, no tendría inconveniente en que usted me 
llevase a la vicaría. 

Arsenio. Con arrebato. |Oh! ¡Inesita adorable! 
jVamos ahora mismo! ¡Qué abnegación más santa! 
Inesita. Un poco de sosiego. Pasito, pasito: no 



Ib El corazón en la mano 

se alborote usted. Yo no sería esa esposa ejemplar 
que usted pintaba hace un instante", esa esposa mo- 
delo; pero siempre sería una mujer amante de su es- 
poso; una mujer firme, fiel a la fe jurada. Porque así 
como usted ha nacido inconstante, yo he nscido con 
este sueño en mi alma: el de darle a un hombre que 
me quisiese mi vida entera. Se ha puesto usted un 
poquito pálido. 

Arsenio. Creo que sí. 

Inesita. Una vez casada con usted, vaya por ma- 
rido; con usted, a quien, se lo declaro noblemente, 
me inclina una especial simpatía... Sí, sí: el día que 
no hablo con usted parece que me falta algo... este 
es el Evangelio. 

Arsenio. ¡Inesita! 

Inesita. Calma. Una vez casada, decía, ya podían 
venir a cortejarme todos los hombres de la tierra: 
los más ilustres, los más poderosos, los más artis- 
tas... jhasta los más tunantes, que suelen serlos más 
peligrosos en ocasiones! ¡Ya podían venir todos jun- 
tos! ¡Yo sería siempre fiel a mi maridito! 

Arsenio. ;Sí? 

Inesita. ¡Sí! 

Arsenio. ¡Qué grandeza de alma! 

Inesita. Ahora... 

Arsenio. ;Eh.^ 

Inesita. Ahora, si se me presenta, por casualidad, 
un primo mío, capitán de Lanceros de la Reina, que 
está en Melilla... 

Arsenio. ;Eh.^ 

Inesita. Entonces... 

Arsenio. ^'F^ntonces, qué.^ 

Inesita. ¡Entonces no respondo de mí! 

Arsenio. ¡Inesita! 

Inesita. Le hablo a usted también con el corazón 
en la mano. Eué el primer hombre que me hizo aso- 



El corazón en la mano 17 

marme, temblando, a una celosía, porque sentía 
sus pasos en la calle; fué el primer hombre que 
recogió para sí una rosa que a mí se me cayó del 
pecho; fué el primer hombre que me habló sin pala- 
bras; sin palabras que, sin embargo, sonaron en mi 
oído... 

Arsenio. ¡Ah, no, no!... 

Inesita. ^Cómo que no? 

Arsenio. ¡Como que no! 

Inesita. ^-No acepta usted ni aun esta remota po- 
sibilidad de traición por mi parte? 

Arsenio. jQué he de aceptar yo eso! 

Inesita. ¡Qué egoísmol ¡Me amenaza usted con 
traicionarme con media humanidad, y no tolera ni la 
sombra de un hombre que está lejos de aquí... y a 
quien pueden pegarle un tiro los moros el día menos 
pensado! 

Arsenio. ¡Que se lo peguen ya! 

Inesita. ¡No, señor; que no se lo peguen! ¿Por 
quién? ^iPor uno de tantos como se acogen a la ley 
del embudo? 

Arsenio. ¡Mire usted qué demonio de primito, 
cuando ya casi nos habíamos puesto de acuerdo!... 

Inesita. ¡Muy cómodamente para usted! 

Arsenio. ¿Lancero de la Reina me ha dicho us- 
ted que es ese hombre? 

Inesita. Sí: lancero de la Reina. Muy guapo. Y 
muy bueno. 

Arsenio. ¿Y está en Melilla? 

Inesita. Está... ¡está en los infiernos! Debía estar 
en Melilla. 

Arsenio. ¿Debía estar? 

Inesita. Sí. Pero, por desgracia, no está en nin- 
guna parte. 

Arsenio. ¿Qué? ¿No existe? 

Inesita. No, señor; no existe. Lo he inventado 



i8 El corazón en la mano 

yo. No se encuentra un lancero guapo, y primo, así 
como así. 

Arsenio. Respirando gozoso. ¡Ahí ¡Qué dicha! ¡Se 
me ha quitado de encima, no un lancero, un cuartell 
Pero ¿a qué ha venido esta burla? 

Inesita. ^Pero es que usted cree que se pueden 
tomar en veras las teorías amorosas de usted? No, 
Arsenio, no: esas teorías no tienen fundamento al- 
guno; no responden a ningún latido del corazón; son 
cosas del ingenio, de la fantasía... frivolidades, dis- 
creteo, gracia, buen humor... El día que se encuen- 
tre usted frente a una mujer que sea capaz de ena- 
morarlo de veras, usted verá cómo se disipan, cómo 
insensiblemente se le desvanecen a usted, si no es 
que usted mismo, avergonzado, las espanta... Y en- 
tonces sí, entonces hablará usted con el corazón en 
la mano; pero no será el corazón de usted, sino el de 
ella; y por ser el de ella, usted lo cuidará como si 
fuese el suyo, mejor que si lo fuese: y querrá que 
guarde siempre el calor del pecho; y llorará de pena 
si por su ligereza o por su descuido, cae al suelo una 
sola gota de sangre. 

Arsenio. Turbado. Inés, amiga mía, eso debe de 
ser así, tal como usted lo ha dicho, porque yo empie- 
zo a comprenderlo... a sentirlo quizás... ^Estaré delan- 
te de la mujer que ha de realizar en mí esa transfor 
mación, ese milagro.^ i'^^ ^^ ^^ convertirme en cons- 
tante.?* ¿que ha de lograr que yo quiera a una sola?... 

Inesita. Me parece que no. 

Arsenio. Apasionadamente . ¿Que no? 

Inesita. Lo ha preguntado usted como para que 
me parezca que sí. 

Arsenio. Contésteme usted sin evasivas. 

Inesita. No puedo. Esas preguntas, si alguien ha 
de contestarlas, es usted mis^mo. Suena un timbre. 
Me llaman a escena. 



El corazón en la mano 19 

Arsenio. ¡No se vaya usted ahoral 
Inesita. , ¿Y qué he de hacerle? Mientras no pes- 
que el premio gordo en una forma u otra... Pero an- 
tes le voy a decir a usted unos versos de una come- 
dia que estamos ensayando. 

Arsenio. ¿Quiénes? ¿'Usted y yo? 
Inesita. No, señor: mi compañía y yo. 
Arsenio. ^Y son oportunos aquí? 
Inesita. Por algo los he recordado. Usted juz- 
gará: 

Queriendo desligarse eternamente, 
viven el corazón y el pensamiento... 
Mas la verdad es una solamente; 
y brilla, cuando brilla, en el momento 
que piensa el pecho y la cabeza siente. 

Arsenio la mira con atención y embeleso. Ella^ son- 
riéndole, va hacia la puerta del cuartito. Cae el telón. 



FIN 



Madrid, marzo 1919. 




OBRAS DE LOS MISMOS AUTORES 

JUGUETES CÓMICOS 
(primeros ensayos) 
Esgrima y amor. — Belén, 12, principal. — Gilito. — La media na- 
ranja. — El tío de la flauta. — Las casas de cartón. 

COMEDL^S Y DRAMAS 

EN UN ACTO 

La reja. — La pena. — La azotea. — Fortunato. — Sin palabras. — 
Pedro López. 

EN DOS ACTOS 

La vida íntima. — El patio. — El nido. — Pepita Reyes. — El amor 
que pasa. — El niño prodigio. — La vida que vuelve. — La escon- 
dida senda. — Doña Clarines. — La rima eterna. — Puebla de las 
Mujeres. — La consulesa. — Dios dirá. — El ilustre huésped. — Así 
se escribe la historia. 

EN TRES O MÁS ACTOS 

Los Galeotes. — Las flores. — La dicha ajena. — La zagala. — La 
casa de García. — La musa loca. — El genio alegre. — Las de 
Caín. — Amores y amoríos. — El centenario. — La flor de la vida. — 
Malvaloca. — Mundo, mundillo... — Nena Teruel. — Los Leales. — 
El duque de Él. — Cabrita que tira al monte... — Marianela. — 
Pipióla. — Don Juan, buena persona. — La calumniada. 

SAÍNETES Y PASILLOS 

La buena sombra. — Los borrachos. — El traje de luces. — El 
motete. — El género ínfimo. — Los meritorios. — La reina mora. — 
Zaragatas. — El mal de amores.— Fea y con gracia.— La mala 
sombra. — El patinillo. — Isidrín o Las cuarenta y nueve provin- 
cias. — Los marchosos. 

ENTREMESES Y PASOS DE COMEDIA 

El ojito derecho. — El chiquillo. — Los piropos. — El flechazo.— 
La zahori. — El nuevo servidor. — Mañana de sol. — La pitanza. — 
Los chorros del oro, — Morritos. — Amor a oscuras. — Nanita, 



nana... — La jancadilla. — La bella Lucerito. — A la luz de la luna. — 
El agua milagrosa. — Las buñoleras. — Sangre gorda. — Herida de 
muerte. — El último capítulo. — Solico en el mundo. — Rosa y Ro- 
sita. — Sábado sin sol. — Hablando se entiende la gente. — ¿A 
quién me recuerda usted? — El cerrojazo. — Los ojos de luto. — 
Lo que tú quieras. — Lectura y escritura. — La cuerda sensible. — 
Secretico de confesión. — La Niña de Juana o El descubrimiento 
de América. — El corazón en la mano. 

ZARZUELAS 

EN UN ACTO 

El peregrino. — El estreno. — Abanicos y panderetas o |A Sevi- 
lla en el botijo! — El amor en solfa. — La patria chica. — La muela 
del rey Farfán. — El amor bandolero. — Diana cazadora o Pena de 
muerte al Amor. — La casa de enfrente. 

EN DOS o MÁS ACTOS 

Anita la Risueña. — Las mil maravillas. 
MONÓLOGOS 

Palomilla. — El hombre que hace reír. — Chiquita y bonita. — 
Polvorilla el Cometa. — La historia de Sevilla. — Pesado y 
medido. 

VARIAS 

El amor en el teatro.— La contrata. — La aventura de los ga- 
leotes. — Cuatro palabras. — Carta a Juan Soldado. — Las hazañas 
de Juanillo el de Molares. — Becqueriana, — Rinconete y Cor- 
tadillo. 

Pompas y honores, capricho literario en verso. Fernando Fé^ 
Madrid. 

FieFtas de amor y poesía, colección de trabajos escritos ex profe- 
so para tales fiestas. Mantiel Marm. Barcelona. 

La madrecita, novela corta. 

La mujer española, una conferencia y dos cartas. Biblioteca His- 
pania, Madrid. 

EDICIÓN ESCOLAR: 
Doña Clarines y Mañana de sol, Edited with introduction, no- 
tes and vccabulary by S. Griswold Morley, Ph. D. Assistant Pro- 
fessor of Spanish, University of California. — Heaíh's Modern 
Language Series. — Boston, New \ork, Chicago. 



TRADUCCIONES 



AL ITALIANO: 

I Galeoti. — II patio. — I fiori (Las flores). — La pena. — L'amore 
che passa. — La Zanze (La Zagala), por Giuseppe Paolo Pac- 

CHIEKOTTI. 

Anima allegra (El genio alegre), por Juan Fabré y Oliver y 
LuiGi MOTTA. 
Le fatiche di Ercole (Las de Caín), por Juan Fabré y Oliver. 

I fastidi della celebritá (La vida intima), por Giulio de 
Medici. 

La casa di García. — Al chiaro di luna. — Amere al buio (Amor 
a oscuras), por Luigi Motta. 

II centenario, por Franco Líber ati. 
Donna Clarines, por Giulio de Frenzi. 

Ragnatelle d'amore (Puebla de las Mujere"), por Enrico Te- 
deschi. 

Mattina di solé. — L' ultimo capitolo. — II fiore della vita, — Mal- 
valoca. — ^Jettatura (La mala sombra). — Anima malata (Herida de 
muerte). — Chi mi ricorda lei? {^A quién me recuerda usted?) — 
Cosí si scrive la storia, por Gilberto Beccari y Luigi Motta. 

AL VENECIANO: 

Siora Chiareta (Doña Clarines), por Gino Cucchetti. 
El paese de le done [Puebla de las Mujeres), por Carlo Mon- 
ticelli. 

AL ALEMÁN: 

Ein Sommeridyll in '^avWXdi {El patio), — Die Blumen {Las flo- 
res). — Die Liebe geht vorüber {El amor que pasa). — Lebenslust 
[El genio alegre), por el Dr. Max Brausewetter. 

Das fremde Glück {La dicha ajena), por J. Gustavo Rohde. 

Ein sonniger Morgen {Mañana de sol), por Mary v. Haken. 



AL FRANCÉS: 

Matinée de soleil {Mañana de so¿)y por V. Borzia. 
La fleur de la vie {La flor de la vidd)^ por Georges Lafond y 
Albert Boücheron. 

AL HOLANDÉS: 

De bloem van het leven {La flor de ¿a vida), por N. Smidt- 
Reineke. 

AL PORTUGUÉS: 

O genio alegre. — Mexericos {Puebla de ¿as Mujeres), por Joao 
Soler. 

Marianela. — Assim se escreve a historia. — Segredo de con- 
fissSo, por Alice Pestaña (Caíel). 

AL INGLÉS: 

A morning of sunshine {Mañana de soí), por Mrs. Lucretia 
Xavier Floyd. 

Malvaloca, por Jacob S. Fassett, Jr. 

By their words ye shall know them {Hablando se entiende la 
^eníe), por John Garp.ett Underhill. 



SÁBADO SIN SOL 






Esta obra es propiedad de sus autores. 

Los representantes de la Sociedad de Autores Españo- 
les son los encargados exclusivamente de conceder ó 
negar el permiso de representación y del cobro de los 
derechos de propiedad. 

Droits de représentation, de traduction et de repro- 
duction reserves pour tous les pays, y compris la 
Suéde, la Norvége et la HoUande. 

Copyright, 1912, by S. y J. Álvarez Quintero. 



SERAFÍN y JOAQUÍN 
ÁLVAREZ QUINTERO 



SÁBADO SIN SOL 



EMTREMBS 



con música do 



FRANCISCO BRAVO 



Estrenado en el TEATRO LAR A el 18 de Mayo de 1912 




MADRID 

Imprenta de Regino Velasco 
191 2 



A JVIepceditias Pardo, 

sol de este sábado. 



QJe'La4tu u LoaautH. 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

FLORITA Mercedes Pardo. 

MORALES Jesús Tordesillas. 

PATINO Alberto Romea. 

ESTANISLAO Luis Manrique. 

WENCESLAO Manuel Girón. 

JOSÉ CAMPO Ricardo Vargas. 



^^ BfígaiBIBIBIBmaiBIBIBIBIMiaiMIBIBia|^ ^ 



SÁBADO SIN SOL 



Puerta de la casa de Florita en una calle de Alminares, pueblo 
-andaluz. Es por la tarde, en el mes de Junio. 



FLORITA, hija de un modesto platero del pueblo, es un pimpollo 
■de muchacha, que parece mentira que no tenga novio. Limpia, fra- 
gante, con primor vestida y calzada, asómase á la puerta de su casa, 
mira á un lado y á otro, y suspira con melancólica tristeza al ver la 
calle sin galanes. ¡Aberraciones de los hombres! 

Música 

Florita. Desierta está la caye... 

¡Vaya por Dios! 
Como la caye tengo 

mi corasón. 

¡Ay, yo no sé 
por qué si soy bonita 

nadie lo ve! 



Me dise mi padre 
que tengo la cara presiosa; 
que tengo, me dise mi madre, 

la boca de rosa. 



Me dise mi tito 
que tengo la mano chiquita; 
que tengo el anda menudito 

me dise mi tita. 

Me dise mi agüelo 
que güelo á jarmín y á canela; 
que soy una estreya der sielo 

me dise mi agüela. 

Pero mire usté si es guasa 
pa mi cara y pa mi taye, 
que esta opinión de mi casa 
nadie la siga en la caye. 

No hay sábado sin só; 
ni mosa sin amó; 
ni vieja sin doló; 
ni viudita sin arrebó... 
Pero en mí er refrán se estreyó... 
¡Hay sábado sin só! 

Vuelve á suspirar y queda graciosamente triste, meditando en svr 
desventura. Cesa la música. 

¡Ay, Dios mío de mi arma! Güeno, y después de este 
desahogo, á saca una siya á la |)uerta y á sentarme á 
espera que pase el hombre de las arropías, pa comprar- 
le una y ponerme á chupa. Éntrase en la casa con abatimiento 
y desconsuelo. Á poco vuelve, arrastrando perezosamente una silla,. 

en la que se sienta. Á mí me engaña el espejo: no pué sé~ 
otra cosa. 

Canturreando. 

¿Para qué me disteis vista j 
señora Santa Lusia, 
si no veo lo que quiero 
cuantas horas tiene er día? 



Por la derecha del actor sale MORALES, muchacho del pueblo. 
Viene desalado y sin sombra, como hombre que busca la de un cuer- 
po que lo trae de cabeza. Florita lo detiene saludándolo. ¡AdlÓS, 

Morales! 

Morales. Aturdido. ¿Eh? 

Florita. Soy yo. 

Morales. ¡x\h! Eres tú. 

Florita. ¿Ande vas tan deprisa? 

Morales. ¿Ha pasao por aquí Filomena? 

Florita. ¿Qué Filomena? 

Morales. ¿Qué Filomena vá á sé? ¡La der sorchan- 
tre! 

Florita. ¡Ya! Pos no; no ha pasao. Y si ha pasao, yo 
no la he visto. 

Morales. Entonses quéate con Dios. To Arminares 
-estoy andando detrás de eya. 

Florita. ¿Vas á buscarla? 

Morales. Á buscarla voy. Me tiene... Me tiene... ¡Tú 
Jio sabes cómo me tiene! Quéate con Dios. 

Florita. Adiós, hombre. ¡Que la encuentres pronto! 

Morales. Escucha: si pasa por aquí... Por más que 
no. Por más que sí. No, no. Na; no he dicho na. Por 
más que sí. Por más que no. No, no; va á está en la 
Alamea. ¿A que está en la Alamea? Y si no está en la 
Alamea... Sí; está en la Alamea. sigue su camino sm sombra. 

Florita. ¿Usté ve? ¡Esto es lo que á mí me saca de 
-quisio! ¡Cómo va ese hombre, en busca de Filomena la 
•der sorchantre! ¡Porque hay que vé á Filomena la der 
.sorchantre! Es una boya. Er corsé se lo ponen entre 
cuatro. Y cuando ya lo tiene puesto, se quea que no 
pué menea más que las se jas. Claro que sale ar padre; 
que le han tenío que hasé la cama de ladriyo. Abanicán- 
dose. ¡Bendito sea er Señó! Mirando hacia la izquierda. ¡Hom- 
bre! ¡Agustín Patino! ¿Si habrá peleao con aqueya vi- 
sión? Es raro que venga por mi caye. Sacaré otra siya 
-por si acaso; que una siya compromete mucho. Éntrase, y 



— 10 — 

vuelve en seguida con la otra silla, á tiempo que PATINO pasa por- 
su puerta. Patino viene ensimismado. 

Patino. Pasando de largo. Güenas tardes. 

Florita. Güenas tardes, Patino. ¿Qué se le ha perdió- 
á usté por mi caye? Milagro es verlo. 

Patino. ¿Pero esta es zu caye de usté? 

Florita. Y esta es su casa, con permiso de mi papá. 

Patino. Muchas gracias, Florita; no me había fijao, 

Florita. Pero ¿no sabe usté por dónde va? 

Patino. ¿Qué más tiene un camino que otro? Lo& 
pies me yevan. 

Florita. ¿Ar sitio de siempre? 

Patino. No zaben í á otro lao. 

Florita. [Vaya por Dios, Patino, vaya por Dios! Si yo- 
tuviera confian sa con usté le diría una porsión de cosas. 

Patino. No me diría usté más que mi familia y tos 
mis amigos. Pero estoy trincao. 

Florita. Un hombre de sus prendas y de su mé- 
rito... 

Patino. Favo que usté me hace. Pero estoy trincao 
Y tos zon á predicarme lo mismo las veintiocho horas 
der día. 

Florita. Las veinticuatro. 

Patino. ¡A mí me paecen veintiocho, zegún escucho 
amonestaciones! Mi madre, en cuantito me ve por la 
mañana: « Agustiniyo, que eza mujé es un mar pendón. » 
«Madre, estoy trincao.» Mi padre, en la bodega: «Agus- 
tín, que eza mujé es una tarasca.» «Padre, estoy trin- 
cao.» Pepiyo Ramón, el amigo más amigo que tengo en 
Arminares, ca vez que me encuentra: «Agustín, que eza 
mujé es un peyejo.» «Pepiyo Ramón, estoy trincao.» Y 
es un peyejo, y es una tarasca, y es un pendón; ¡pero 
estoy trincao! 

Florita. ¡Ay, Jesús! ¿Qué les darán argunas mujeres 
á los hombres? ¡Pa compra yo una boteyita! 

Patino. Y no ze figure usté que yo no refleziono: 



— 11 — 

eya vale poco; eya no vale na. Cara, no tiene; cuerpo, 
no tiene; labia, no tiene... ¡No tiene na! Y zin embargo 
me ha trincao. Y pa que mi desgracia zea mayó, Flori- 
ta, hasta me paece que ahora me la pega. 

Florita. ¿Sí? ¿Con quién? 

Patino. Con zu marío. Yevan quince días mu em- 
palagozos. ¡Y usté comprenderá que esto á mí no me 
pué hace gracial 

Florita. ¡Pos aproveche usté la ocasión pa safarse y 
echarse una novia bonita! 

Patino. ¡Zi estoy trincao! 

Florita. ¿Y por qué no da usté un tirón fuerte de la 
cuerda pa que se rompa? ¡Pocas muchachas hay en er 
pueblo que lo resibirían á usté en parmitas!... ¡Rifao 
iba usté á está! Y no anda lejos quien se gastaría tos 
sus ahorros en papeletas. 

Patino. ¿Lo dice usté por Filomena la der zorchan- 
tre? 

Florita. Á punto de uu desmayo. ¿Le gusta á usté Filo- 
mena la der sorchantre? 

Patino. \Es juncá! l^ero ¿pa qué voy yo á engreí á 
ninguna, zi estoy trincao? Quéeze usté con Dios. 

Florita. Vaya usté con É. 

Patino. ¿Lo ve usté, Florita? Los pies zolos, los pies 
zolos me yevan. Uno detrás de otro, mírelo usté, ¡Na; 

que estoy trincao! Se va por la derecha. 

Florita. Desahogando su furia contra Patino. ¡BorríCo! ¡Te 

mereses to lo que te pasa! ¡Anima! ¡Por supuesto, cuan- 
do apresia una lo poquito que valen los hombres, le da 
más rabia toavía que le gusten tanto! Pero ¿qué es lo 
que ven mis ojos? ¿Los Carrasquiyas por aquí? Está la 
tarde de sorpresas. Pos estos son dos hermanitos muy 
simpáticos. Sí; eyos son: Wenseslao y Estanislao. Saca- 
ré otra siya, que ¡quién sabe lo que está escrito! Vuelve á 

entrar rápidamente en su casa y saca otra silla. Mientras va y viene 
se la oye canturrear lo de antes. 



— 12 — 

¿Para qué me disteis vista, 
señora Santa Lusía, 
si no veo lo que quiero 
cuantas horas tiene er día? 

Cuando ya ha vuelto, aparece ESTANISLAO por la derecha, des- 
pidiendo á WENCESLAO, que no sale. 

Estanislao. Adiós, Wenseslao. 
Wenceslao. Dentro. Hasta luego, Estanislao. 
Florita. ¡Vaya! ¡Pos ya está demás la siya de Wen- 
seslao! La dejaremos pa er sombrero de Estanislao. 
Estanislao. Dios te guarde, Florita. 
Florita. Adiós, Estanislao. 
Estanislao. Tú siempre á la puerta e tu casa. 
Florita. Esperando quien me acompañe. 
Estanislao. ¿Ah, sí? 
Florita. ¿Y tú? 
Estanislao. Aburrió. 

Florita. ¿Aburrió, hombre? Siéntate aquí un rato. 
Estanislao. Me sentaré. 
Florita. Deja er sombrero en esa siya. 
Estanislao. Ya está dejao er sombrero. 

Florita. ¿Qué cuentas? Estanislao se encoge de hombros. 
¿Ande ibas ahora? vuelve a encogerse de hombros Estanislao. 
¿Trabajas mucho? Estanislao responde lo mismo. Oye, ¿CS que 

te pica la esparda? 

Estanislao. Es que estoy como San Jinojo en er sie- 
lo: sin pena ni gloria. 

Florita. ¿Hasta la noche, no? 

Estanislao. ¿Por qué lo dises? 

Florita. Porque sé que te pasas las noches en er tea- 
triyo. 

Estanislao. Me distraigo oyendo canta. La Pinture- 
rita esa que está ahí ahora tiene ange. Que se te ha caío 
el abanico. 

Florita. Cogiéndolo. Grasias. ¿Y por qué no buscas 
otras distrarsiones? 



— 13 - 

Estanislao. No sé que distrarsiones vi á busca. 

Florita. Las más naturales en un muchacho. Échate 
lina novia. 

Estanislao. ¿Una novia? ¿Pa qué? 

Florita. ¡Pa lo que son las novias! ¡Pa casarse con 
^yas! 

Estanislao. ¡Y si yo no me pueo casa! 

Florita. ¿Que no te pues casa? 

Estanislao. ¿Como vi yo á casarme, con er familión 
que tengo ensima? ¿De dónde v¡ á saca er dinero? ¡Har- 
to hago con lo que hago! ¡No me pueo casa! De mo y 
manera, que soy ar revés que los otros muchachos. A 
los otros les gusta una muchacha, y se arriman; y yo, 
en cuanto una muchacha me gusta, le juyo. 

Florita. ¿Le huyes? 

Estanislao. ¡Sielo y tierra! ¿Xo ves tú que no me 
pueo casa? 

Florita. ¿Entonses yo no te gusto ni esto? 

Estanislao. Mujé, ahora no se trata de que tú me 
gustes. Estamos hablando de las cosas. 

Florita. ¿De las cosas, eh? Pos á vé si te suerbe er 
seso der to la dichosa Pinturerita der teatriyo con er 
gancho der cante, y entonses vas á hasé tu suerte. 

Estanislao. ¡Ca! No me pesca, no. Á la Finturerita 
le juyo más que á toas. 

Florita. ¿Que le huyes y vas á verla á diario? 

Estanislao. ¡Porque está er tablao de por medio! Le 
juyo, le juyo; le juyo más que piensas. 

Florita. ¡Pos jtiyendo te pasas la vía! 

Estanislao. ¡Si no me pueo casa! 

Florita. Ya, ya lo he oído; ya sé que no te pues 
oasá. Y te arvierto que estamos iguales: yo tampoco me 
pueo casa. 

Estanislao. ¿Te ha yevao tu padre arguna noche á 
oí á la Pinturerita? 

Florita. Sí, hombre, sí. Y sin nesesidá de eso sé 



— 14 — 

canta to lo que eya canta. Y más. Y mejó. Sólo que no 
enseño las pantorriyas como eya, y nadie se ha fijao en 
mi habilidá. 

Estanislao. ¿Que tú cantas lo que canta la Pinture- 
ritaf 

Florita. Te digo que sí. ¿Quiés convenserte? 

Estanislao. ¡Ya lo creo! 

Florita. Ea, pos pide. ¿Qué quiés que te cante? 

Estanislao. ¿Ahora? 

Florita. ¡Ahora! 

Estanislao. ¿Sin guitarra ni na? 

Florita. ¡Con er violón que tú tocas, me basta! ¿Qué 
canto? 

Estanislao. ¿Te acuerdas de la cansión der retrato 
der quinto? 

Florita. ¡No canto otra cosa en to er día! 

Estanislao. Esa me hase á mí mucha grasia. 

Florita. Pos escúchala, y compara luego. 

Estanislao. Vamos á vé. 

Música 

Florita, con la ilusión de un triunfo sobre la «Pinturerita», y la 
de un novio en lontananza, canta paseando marcialmente y con todo 
garbo y salero la anunciada canción. Estanislao la escucha sugestio- 
nado, imitándole maquinalmente los movimientos. 

Un quinto enamorao 
se fué á retrata. 

¡Tra trá! ¡Tra trá! 
Le dio su novia un puro 
de á medio rea. 

¡Tra trá! ¡Tra trá! 
Le dijo er retratista: 
póngase usté así: 
con un ojo de frente 
y otro de perfí. 

¡Tra trí! ¡Tra trí! 



— 16 — 

La mano en la sintura, 
que lo hará marsiá... 

¡Tra trá! ¡Tra trá! 
Y en la otra mano er puro, 
pero sin fuma. 

¡Tra trá! ¡Tra trá! 
Terminado er retrato 
la novia lo vio... 

¡Tra tro! ¡Tra tro! 
Por er sigarro puro 
lo reconosió. 



¡Ay, mamita, y ay, mamita, 
saque usté la limoná, 
que ha venido una visita 
y la quiero refresca! 
¡Tra trá! ¡Tra trá! 

Cesa la música. 

Estanislao. Levantándose decidido. Me VOy. 

Florita. Atónita. ¿Que te vas? Pero ¿no te ha gustao? 

Estanislao. ¿Que si me ha gustao? ¡Digo, si me ha 
gustao! ¡Me ha gustao tanto, que me voy! 

Florita. No lo entiendo. 

Estanislao. Acuérdate de lo que hemos hablao an- 
tes. Yo no me pueo casa... y tú estás más á mi paso que 
la otra... y sin tablao por medio. No sabía yo que tenías 
tú tanta ropa negra. ¿Cuándo carculas tú que vi yo á 
vorvé por esta caye? 

Florita. ¿Cuándo? 

Estanislao. ¡Cuando tú te mudes! Güeñas tarde.«?, 
Florita. Yéndose muy aprisa. No, no; bromitas no, que er 
diablo las carga. 

Florita. Después que la deja el asombro. ¡EstO CS pa que 

á mí me dé una arferesía! Y no me da, porque aquí no 
hay nadie. Si no, me daba. ¡Qué ganso! ¡Y yo que le can- 



— 16 — 
té la cansión pa entretenerlo! ¡Está güeno de galanes er 

pueblesito! De pronto, mirando otra vez hacia la izquierda. ¡Ay, 

Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Este hombre 
que viene aquí tiene cara de forastero! ¡Sí, sí; forastero 
es! ¡Y qué joven! ¡Y qué bien paresío! ¡Ay, á vé si se 
fija! ¡Un flechaso, San Antonio, un fleciíaso! se retoca la 

personitay pasea coquetonamente. Meteré dentro estaS doS si- 

yas, no se crea que estoy esperando á arguien. Como es 
forastero... lo hace y vuelve. ¡Ya me ha visto! ¡Ya viene 
pa acá! 

Sale JOSÉ CAMPO, con inconfundible aire de forastero. Se ve que 
no sabe por dónde va. 

José Campo. Pos señó, no me ha pasao esto nunca... 
Me he extra viao. Le preguntaremos á esta mosita. Niña, 
güeñas tardes. 

Fio rita. Güeñas tardes. 

José Campo. ¿Quié usté desirme si voy bien pa la 
i-aye la Muela? 

Florita. ¿Pa la caye la Muela? Regula va usté. Pero 
ya no se yama así. 

José Campo. ¿Cómo se yama ahora? 

Florita. Del Erselentísimo Señó Don Gumersindo 
<Jalasparra y Martínez de Arroyo, Marqués der Va- 
yao. 

José Campo. ¡Cámara! ¡Eso es un nombre pa tres 
oayes! 

Florita. Pos no es más que er de una. Si no yega á 
sé larga no cabe er letrero. 

Se ríen los dos. 

José Campo. ¿Y me coge mu lejos de aquí? 

Florita. No; mucho no. Por esta caye to seguío yega 
usté á la Plasa, se mete usté por un arco que verá usté 
enfrente, y la primera á la derecha, aque3^a es. 

José Campo. Ya, ya, sí: ar salí del arco. ¡Si yo vengo 
toas las semanas y nunca me he perdió! ¿Me da usté un 
fosforito, niña, á vé si consigo que arda este puro? 



— 17 ' 
Florita. ¡Pos no que no! Espérese usté. 

Éntrase en su casa vivamente. 

José Campo. ¡Qué güen agrao tiene la chiquiya, y 
qué bonita es! ai puro. ¡Y tú, ladrón, qué mala sangre! 

Vuelve FLORITA, con la seguridad de que arde el puro. 

Fie rita. Tome usté: yesca, fósforos y ensendedó mo- 
derno. Á elegí. 

José Campo. ¡Je, je! ¡Sí que es usté amable, y que- 
está bien surtía! ¿Tiene usté estanco por casolidá? 

Florita. Lo que tengo es familia: mi agüelo, mi pa- 
dre y mi hermano. Ca uno de su tiempo. 

José Campo. Ea, pos ensenderé con lo más nuevo^ 
que es lo que más me pega. 

Florita. Claro: como es usté joven... 

José Campo. Muchas grasias, niña. 

Florita. No hay de qué. 

José Campo. ¿De manera que to seguío? 

Florita. Hasta da con el arco. 

José Campo. Güeno, hombre, güeno... La mira compla- 
cido, sin maldita la gana de irse. 

Florita. No tiene pérdida. 

José Campo. Pos yo hoy me alegro de haberme per 
dio. 

Florita. ¿Por qué? 

José Campo. Por encontrarla á usté. 

Florita. ¿De veras? 

José Campo. Y tan de veras. Pa mí que es usté lo 
más bonito de este pueblo. 

Florita. ¿Sí, eh? ¿Usté qué sabe? 

José Campo. ¿No le he dicho á usté que vengo toas 
las semanas? Sólo que hasta hoy no he venío solo. Siem- 
pre vengo con mi mujé... y no me deja fijarme mucho. 

Florita. Como herida del rayo. ¿Con SU mUJé...? 

José Campo. Sí; yo soy casao. Y este viaje no ha 
venío conmigo por precausión. Á lo mejó se presipitaii 
las cosas... 



— 18 — 

Florita. ¡Ah, vamos!... ¿Hay novedades? 

José Campo. No, no son novedades, niña. Tengo ya 
siete. 

Florita. ¿Siete? 

José Campo. ¡Sietel ¡Porque cuento er que viene de 
camino! 

Florita. Güeno, pos como le dije á usté, toa la caye 
arriba... 

José Campo. Sí; hasta dá con el arco. Güeñas 
tardes. 

Florita. Vaya usté con Dios. 

José Campo. Y muchísimas grasias. se aleja. 

Florita. ¡No las merese! ¡Valiente chasco me he ye 
vao! ¡Con los andares de sortero que tiene ese hombrel 
]Siete niños! ¡Ni viudo me conviene! En fin, pasiensia. 
Y pensaba yo que esta tarde... ¡Ay! ¡No está la suerte pa 

la que la busca!... Prestando oído hacia la derecha. ¿Qué eS 

eso? ¿Música? Sí; música. 

Música 

Allá dentro, lejos, óyese rasgueo de guitarras y bandurrias, que 
poco á poco se va percibiendo más claramente. 

Estos son los muchachos ensayando la serenata pa 
er día de la Virgen. ¡Y vienen hasia aquí! ¡Ahora sí 
que saco yo toas las siyas de casa! ¡Nadie hable mar 
der día hasta que la noche yegue! ¡Si Dios quisiera!... 

Entra y sale precipitadamente, loca de alegría, y saca á la calle 
hasta seis ó siete sillas distintas, llevando con el cuerpo, instinti- 
vamente, el son de la música, mientras los guitarristas van aproxi- 
mándose. ¡Vienen! ¡Vienen! ¿Seré tan desgrasiá que no 
repare en mí ninguno? ¡Ay, Señó, Señó! Pero, ¿qué es 

eso? ¿Se van pa otro camino? La música, en efecto, principia 
á alejarse. Sí; Se van... Se van... Mirando tristemente á sus sillas. 

jDigo! ¡Y esto paese un desahusio! ¡Y lo es! ¡Ay, Virgen 



— 19 - 

der Carmen! comienza á retirar desconsoladamente y suspirando 
sin cesar todas las siUas que sacó. La música se aleja más y más 
Cuando ya apenas se percibe, y cuando á la puerta de la casa de 
Florita no queda más que la primera silla, la muchacha se deja 
caer en ella desencantada y mustia, y exclama haciendo pucheritos: 

¡Ay!... ¡Sábado sin só! 



FIN 



Madrid, Abril, 191i 



OBRAS DE LOS MISMOS AUTORES 



Esg-rima y amor, juguete cómico. (2.* edición.) 

Belén, 12, principal, juguete cómico. (2.* edición.) 

Gllito, juguete cómicolirico. Música del maestro Osuna. (3." edición.) 

lia media naranja, juguete cómico. (3.* edición.) 

El tío de la flauta, juguete cómico. (3.* edición.) 

El ojito derecho, entremés. (3.* edición.) 

lia reja, comedia en un acto. ("4.* edición.) 

La buena sombra, sainete en tres cuadros, con música del raaes- 
tro Brull. (6.* edición ) 

El pereg-rino, zarzuela cómica en un acto. Música del maestro 
Gómez Zarzuela. (2." edición.) 

lia vida intima, comedia en dos actos. (3.* edición.) Traducida al 
italiano con el titulo de I fastidi della celeirita por Griulio de Medici. 

liOS borracho», sainete en cuatro cuadros, con música del maes- 
tro Giménez. (3.* edición.) 

El chiquillo, entremés. (6.* edición.) 

Las casas de cartón, juguete cómico. (2.' edición.) 

El traje de luces, sainete en tres cuadros, con música de los 
maestros Caballero y Hermoso. (2." edición.) 

El patio, comedia en dos actos. (4.* edición.) Traducida al italiano- 
con el titulo de II patio (II cortile sivigliano) por Giuseppe Paolo 
Pacchierotti. 

El motete, pasillo con música del maestro José Serrano. (2.* edi- 
ción.) 

El estreno, zarzuela cómica en tres cuadros. Música del maestro- 
Chapi. 

liOS Craleotes, comedia en cuatro actos. (4.* edición.) Traducida ai 
italiano con el titulo de I Galeoti por Giuseppe Paolo Pacchierotti» 

La pena, drama en dos cuadros. (2.» edición.) Traducido al italiano- 
con el mismo titulo por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

La aizotea, comedia en un acto. (2.* edición.) 

El g-énero ínfimo, pasillo con música de los maestros Yalverde 
(hijo) y Barrera. 

El nido, comedia en dos actos. (3.' edición.) Traducida al catalán con 
el titulo de Un niu por Joaquín Maria de Nadal. 

Las flores, comedia en tres actos. (3." edición.) Traducida al italiano- 
con el titulo de I fiori por Giuseppe Paolo Pacchierotti. 

Los piropos, entremés. (2.** edición.) 

El flechazo, entremés. (2.* edición.) 

El amor en el teatro, capricho literario en cinco cuadros, pró- 
logo y epílogo. (2.* edición.) 



Abanicos y panderetas ó ¡Á Sevilla en el botijo! humorada 
satírica en tres cuadros, con música del maestro Chapi. 

L.a dicba ajena, comedia en tres actos y un prólogo. (2.' edición.) 
Traducida al alemán con el titulo de Das fremde Glück por J. Gusta- 
vo Rohde. 

Pepita Reyes, comedia en dos actos. (2." edición.) 

líOS meritorios, pasillo. 

La xahorí, entremés. 

La reina mora, saínete en tres cuadros, con música del maestro 
José Serrano. (2.* edición ) 

Zarag'atas, saínete en dos cuadros. 

La zagala, comedia en cuatro actos. (2.* edición.) 

La casa de García, comedia en tres actos. 

La contrata, apropósito. 

El amor qne pasa, comedia en dos actos. f2.* edición.) Traducida 
al italiano con el titulo de Vamore che paasa por Giuseppe Paolo 
Pacchierotti. 

Ei mal de amores, saínete con música del maestro José Serrano. 

El nnevo servidor, humorada. 

Mañana de sol, paso de comedia. Traducido al alenaán con el titu- 
lo de Ein sonniger ilorgen por Mary v. Haken, y al italiano con el de 
Mattina di solé por Luigi Motta y Gilberto Beccari. 

Fea y con g^racia, pasillo con música del maestro Turina. 

La aventura de los galeotes, adaptación escénica de un capí- 
tulo del Quijote. 

La musa loca, comedia en tres actos. 

La pitanza, entremés. 

El amor en solfa, capricho literario en cuatro cuadros y un pró- 
logo, con música de los maestros Chapi y Serrano. 

Los cborros del oro, entremés. (2." edición.) 

9Iorritos, entremés. 

Amor Á oscuras, paso de comedia. Traducido al italiano con el 
título de Amare al huio por Luigi Motta. 

La mala sombra, saínete con música del maestro José Serrano. 
(2,* edición.) 

El g-enio alegre, comedia en tres actos. (2,* edición.) Traducida al 
italiano con el título de Anima állegra por Juan Fabré y Oliver 
y Luigí Motta. 

El niiño prodigio, comedia en dos actos. 

Nanita, nana... entremés con música del maestro José Serrano. 

La zancadilla, entremés. 

La bella Lucerito, entremés con música del maestro Saco del 
Valle. 

La patria chica, zarzuela en un acto. Música del maestro Chapi. 
(2.^ edición.) 

La vida que vuelve, comedía en dos actos. 

A la luz de la luna, paso de comedía. Traducido al italiano con 
el título de Al chiaro di luna por Luigí Motta. 

La escondida senda, comedia en dos actos. 

El agua milagrosa, paso de comedía. 



Las buñoleras, entremés. 

Las de Caín, comedia en tres actos. Traducida al italiano con el 
titulo de Le fatiche di Ercole por Juan Fabré y Oliver. 

JLas mil maravillas, zarzuela cómica en cuatro actos y un pro 
logo. Música del maestro Chapi, 

Sangrre grorda, entremés. 

Amores y amoríos, comedia en cuatro actos. (2.* edición.) 

El patinillo, saínete con música del maestro Gerónimo Giménez. 

l>oña Clarines, comedia en dos actos. Traducida al italiano con el 
título de Siora Chiareta por Giulio de Frenzi 

El centenario, comedia en tres actos. 

La mnela del Rey Farfán, zarzuela infantil, cómico-fantástica. 
Música del maestro Amadeo Vives. 

Herida de muerte, paso de comedia. 

El flltin^o capítulo, paso de comedia. 

La rima eterna, comedia en dos actos, inspirada en ana rima de 
Bécquer. 

La flor de la vida, poema dramático en tres actos. 

Solico en el mundo, entremés. 

Palomilla, monólogo. 

Rosa y Rosita, entremés. 

El hombre que hace reir, monólogo. 

Anita 1h Risueña, zarzuela cómica en dos actos. Música del maes- 
tro Amadeo Vives 

Puebla de las Mujeres, comedia en dos actos. 

Jtlalvaloca, drama en tres actos. 

kSábado sin sol, entremés con música del maestro Francisco Bravo. 



Pompas y honores, capricho literario en verso por El Diablo Co- 
juelo. 

La madrecita. novela corta. 

Fiestas <Ie amor y poesía, colección de trabfljos escritos ex pro- 
feso para tales fiestas. 



Comedias escogrldas, publicadas por la Biblioteca Renacimiento. 

I.— Los Galeotes.— El patio.— Las flores. 

II.— La zagala.— Pepita Reyes. — El genio alegre. 

III.— La dicha ajena.— El amor que pasa.— Las de Caín. 

IV.— La musa loca. — El niño prodigio. — Amores y amoríos. 

V y último.— La casa de García.— Doña Clarines.— El centenario. 






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