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Full text of "Fe de erratas del nuevo Diccionario de la Academia"

(MIGUEL DE ESCALADA) 



E DE ERRATAS 



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NUEVO DICCIONARIO 



DE LA ACADEMIA 



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FE DE ERRATAS 

DEL 

NUEVO DICCIONARIO 

DE LA ACADEMIA 

POR 

D. ANTONIO DE VALBUENA 

(MIGUEL DE ESCALADA) 
TOMQ I X 




MADRID.— 1 887'^".4¿*0ÍPÍ!^ 



SEÑORES VIUDA É HIJO DE AGUADO 

Pontejos, § 



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BIBLIOTECA y ARCHIVO 
EIILIO ALBERTO ROÍA 




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PRÓLOGO. 




L marqués de Valdeterrazo, presiden- 
te de la Comisión de actas del Con- 
greso en la pasada legislatura, decía 
discutiendo la interpretación de un 
artículo de la ley electoral en la sesión del 21 
de Diciembre: 

«Al encontrarme con este adverbio, hasta al 
Diccionario de la lengua he acudido, teniendo 
cuidado de si había sido esa una de las definicio- 
nes censuradas por Escalada. .,9 (i). 

Ya para entonces varios amigos me habían 
indicado la conveniencia de coleccionar los ar- 



(I) Diario délas sesiones de Cortes, Congreso de los Diputados, 
Sesión del martes 21 de Diciembre de 1886, núm. 91, pág. 2.317. 

b 



VI PRÓLOGO. 

ticulos que sobre el nuevo Diccionario publi- 
caba en Los Lunes de Ellmparcial; ya sabía por 
los empleados de este periódico que con fre- 
cuencia se les pedían colecciones de dichos ar- 
tículos ó números sueltos para completarlas, sin 
que les fuera posible servir estos pedidos por 
hallarse agotados casi todos los números; la 
conveniencia de la colección era evidente. Mas 
desde el momento en que en plena asamblea de 
la llamada representación del país, por un ele- 
vado personaje constituido en importantísimo 
puesto oficial, y tratándose nada menos que de 
la interpretación de una ley, se reconoce y se 
declara que el Diccionario de la Academia no 
tiene autoridad ni merece crédito sino en cuan- 
to no haya sido contradicho en estos artículos, 
ya no es caso de conveniencia, es de necesidad 
ponerlos en forma que puedan consultarse, reu- 
niéndolos en un libro que se titule, por ejemplo, 
Fe de erratas del nuevo Diccionario de la Aca- 
demia. 

Y aquí está el libro. 

Cuando empecé á escribir los artículos que 
le forman, ni pensaba que fueran tantos, ni 
creía que hicieran tanto bien ni que alcanzaran 
tan unánime favor del público. Comenzaron por 
despertar en personas ilustradas la curiosidad 
de examinar el Diccionario, siendo el inmediato 
resultado de este examen la publicación de al- 
gunos trabajos muy apreciables contra el des- 
venturado libro académico. Un docto ingeniero 



PRÓLOGO. VII 

de caminos, ei Sr. D. Eduardo Echegaray, 
poco después de haber yo comenzado la mía, 
publicaba en El Liberal otra serie de artículos 
bajo el epígrafe de la ciencia y el nuevo Diccio- 
■nario, corrigiendo las malas definiciones refe- 
rentes á las ciencias físico -matemáticas. Más 
tarde, el amenísimo escritor D. Leopoldo Alas 
ha publicado en El Globo otra serie de artículos 
sobre las que los académicos llaman proposicio- 
nes inseparables, demostrando con gran erudi- 
ción y claridad á los señores, que, en este punto, 
ni tienen criterio determinado ni conocen el 
terreno que pisan. Con el título de El Derecho 
y el nuevo Diccionario está publicando ahora en 
El Progreso el señor D. Adolfo Vallespinosa 
otra serie de artículos haciendo ver que las de- 
finiciones jurídicas son todas defectuosas, me- 
nos las que son malas de remate. En el Rígole- 
to escribe unas cartas anti-académicas un ilus- 
trado sacerdote que se firma El Fabriquero de 
Canta-Cucos. El Director de la Escuela Nor- 
mal de Segovia, D. Gregorio Herrainz, ha pu- 
blicado también contra el Diccionario un fo- 
lleto excelente. Y por último, en Osuna se está 
imprimiendo un libro (del que he tenido el 
gusto de ver las primeras capillas) , titulado 
de De académica ccecitate, cuyo ilustrado au- 
tor oculto bajo el seudónimo de El Bachiller 
Francisco de Osuna, fustiga sin piedad y no 
sin gracia el último engendro de la Academia. 
En todos estos trabajos literarios, dignos 



VIII PRÓLOGO, 

por cierto de gran encomio, sin que disminuya 
nada por ello el mérito de sus autores, me co- 
rresponde un poco de gloria; la de haber sido 
causa ó cuando menos ocasión de que se escri- 
bieran. Porque es casi seguro que si yo no hu- 
biera levantado la caza, así se hubiera acordado 
nadie del Diccionario de la Academia como de 
la salud de sus autores, y la duodécima edición, 
con sus innumerables disparates y todo, hu- 
biera corrido tan inadvertida como las anterio- 
res que no tenían muchos menos. 

Quizá por esta circunstancia de haber sido 
el iniciador del ojeo en que se ha dado muerte 
al Diccionario, y no porque los zurriagazos 
míos hirieran ni dolieran más, he sido objeto 
preferente ó casi único de la animadversión de 
los académicos, que sólo contra mí se han enfa- 
dado y sólo contra las censuras mías han inten- 
tado defenderse. 

Acostumbrados á estropear tranquilamente 
el idioma y á cobrar aun más tranquilamente 
sus duros, es decir, los duros del país que pasan 
á ser de ellos en forma de dietas, les escocía 
naturalmente por lo nueva y por lo justa una 
crítica fundada en la verdad, sobre todo desde 
que vieron que la venta del Diccionario había 
quedado paralizada; y se juntaron en concejo á 
discurrir alguna manera de evitar el desastre. 
La primera idea que tuvieron, idea como suya, 
fué la de demandarme por injurias á la Acade- 
mia, corporación aprobada por el Estado; mas 



PRÓLOGO. IX 

como al oir yo la noticia que oficiosamente me 
daba un amigo de la Academia, me eché á reir, 
haciéndole notar que sería la última desgracia 
de la malaventurada corporación la de que 
constara que tenía que acudir á los tribunales 
de justicia para concillarse el respeto del pú- 
blico, desistieron de tal propósito. Le dieron 
luego notas é instrucciones á un catedrático de 
Instituto, descendiente indudable del Maestro 
Ciruela, aun cuando no se llame como él, sino 
Comelerán, y éste publicó en un periodicucho 
quincenal y malévolo, unos cuantos artículos 
bajo el epígrafe alarmante de Crítica demoledo- 
ra; pero por más que gritó y ahulló y dijo des- 
atinos, nadie le hizo caso (i). 

Pasaban semanas y meses. El Imparcial se- 
guía publicando mis artículos, y todo el mundo 
continuaba riéndose de los académicos y de la 
Academia. Había que hacer algo. El concejo de 
la calle de Valverde seguía reuniéndose todos 
los jueves, sin que á ninguno de sus miembros 
se le ocurriera ninguna idea salvadora. Como 
no es común entre ellos la vocación de márti- 
res, como casi todos se han pasado la vida sir- 



(I) Como la ignorancia y el furor son tan amigos, enfurecióse tanto 
y de tal modo llegó á perder la brújula este pobre hombre, que se dis- 
paraba ya contra mi en esta forma: «¿Por qué se guarda las razones 
que no puede aducir contra nuestro anterior articulo?...» El se lo decía 
todo. Y todo por despecho, porque no le quise contestar más que dos 
palabras al fin del articulo ;X, sin acusarle siquiera de no emplear el 
talento que no tiene. 



X PRÓLOGO. 

viendo al vientre, y como piensa el ladrón que 
todos son de su condición, pensaron ofrecerme 
un destino. ¡Infelices! 

Por fin, uno de los más hinchados de entre 
ellos, el Excmo. Sr. D. Manuel Silvela, alar- 
deando de su influencia cerca de El Imparcial, 
se brindó á defender la obra de sus hermanos, 
en el mismo sitio en que se la estaba poniendo 
en solfa, y cubriéndose la figura bonachona y 
un tanto apavada con la vulgar careta de ^iian 
Fernández, y mintiendo como un desdichado 
al afirmar que no era académico, para que el 
fracaso, que ya él debía temer, no fuera tan 
ruidoso, escribió hasta tres cartas, ó hizo hasta 
tres salidas con intento de desfacer los agravios 
por mí inferidos al desventurado libróte, y de 
que se reanudara la venta. 

Cómo salió de su andanza el desvaído caba- 
llero, ya lo conocerán los lectores cuando lle- 
guen á los artículos XXIV y XXV. Mas hay 
que notar que, habiendo puesto el Sr. Silvela 
por título á su segunda carta las palabras deci- 
sivas, fin de una polémica, manifestando así 
su resolución de no escribir más, desconcertado 
luego por el achuchón del artículo XXV, toda- 
vía escribió otra. Olvidóse sin duda del triste 
caso y lamentable fin de aquel famoso saltim- 
banquis llamado el Capitán Mayet, que después 
de haber anunciado y hecho felizmente su últi- 
ma ascensión en globo, quiso hacer otra última y 
definitiva, de la que cayó y se estrelló en la calle 



PRÓLOGO. XI 

de la Magdalena; de aquí que el pobre D. Ma- 
nuel quisiera también escribir otra carta, ó ha- 
cer otra ascensión después de la última, sin te- 
ner mucho mejor resultado que su modelo. Y eso 
que á esta tercera carta ya no pude yo contes- 
tar en El Imparcial, porque D. Manuel, imi- 
tando esta sola vez en su vida la conducta del 
Apóstol (que así por antonomasia no es San 
Bernabé, como el Diccionario dice neciamente, 
sino San Pablo), invocó allí sus derechos de 
ciudadanía liberal para librarse de nuevos 
azotes. 

Verdad es que esta tercera carta, que D. Ma- 
nuel no debió escribir, ni mejoraba su situación 
en nada, ni destruía ninguno de mis anteriores 
argumentos. Y así d ebió comprenderlo el ilus- 
trado director de los Lunes de El Imparcial, 
cuando creyó necesario poner la un preámbulo 
diciendo que D. Manuel era un respetable hom- 
bre público, que yo le había tratado con dema- 
siada acerbidad, que como político había des- 
empeñado altos puestos con general aplauso (y 
con sueldos no tan generales), y que hasta había 
permanecido en Madrid durante la última epi- 
demia colérica, todo lo cual quizá no fuera de 
lo más á propósito para probar que el Diccio- 
nario es bueno y que D. Manuel salió airoso en 
su empresa de defenderle; pero probaba induda- 
blemente los buenos sentimientos y la generosa 
compasión de mi particular amigo el Sr. Ortega 
Munilla, que, viendo al Sr. Silvela tan descala- 



XII PRÓLOGO. 

brado y maltrecho, quiso recogerle y vendarle 
cariñosamente las heridas, y presentarle así en- 
trapajado á la conmiseración pública. 

Con el fracaso de D. Manuel, bien lejos de 
amansarse, creció y embravecióse más la ola de 
la académica indignación, de la que, usando^ 
igual que Ovidio, ejemplos grandes en cosas mí- 
nimas, dije yo para mí con el poeta sevillano: 

Dejémosla pasar como á la fiera 
Corriente del gran Betis, cuando airado 
Dilata hasta los montes su rivera. 

Y en efecto, aquella ola de indignación aca- 
démica pasó ya sin daño sensible, y queda por 
un lado este libro de crítica dispuesto á circular 
profusamente por España y por América, y por 
otro lado queda el Diccionario académico dur- 
miendo el sueño del olvido en los almacenes de 
la librería de la señora viuda de Hernando. La 
ola pasó; pero fué terrible. 

Congi-egados una vez más los académicos 
en vista del fracaso del Sr. Silvela, acordaron 
componer varios artículos con diferentes firmas 
para que parecieran extraños á la Academia, y 
salir, en varios periódicos á un tiempo, metiendo 
mucho ruido y diciendo á coro que mi crítica 
no era justa ni aceptable, y que D. Manuel me 
había derrotado, á ver si á fuerza de decirlo 
muy alto y muchas veces, lograban que lo cre- 
yera alguno. Para cubrir las apariencias y te- 



PRÓLOGO. xm 

ner á lo menos quien presentara los artículos en 
los periódicos, se proveyeron de tres auxiliares 
dignos de la obra. Uno de ellos fué el mismo 
Comelerán de antes, el cual en su barbarie na- 
tiva (creo que es navarro), discurrió poner por 
firma á los artículos que le mandaban llevar á 
El Liberal, el barbarismo de Qumtilius, barba- 
rismo que los mismos académicos anatematizan 
en su gramática (i), y con razón, aunque parez- 
ca raro que los académicos la tengan, porque 
en castellano no se usan nunca los nombres la- 
tinos con la terminación en us del nominativo 
que usan los franceses, sino con la terminación 
en o del dativo y ablativo. Otro fué un tal 
Paz Bueso que en el Diccionario figura como 
correspondiente de la Academia en Ronda, 
pero que en realidad es empleado de la casa, y 
á este le encargaron llevar á El Globo otros ar- 
tículos con la firma de U7i anticrítico, como si 
los anticríticos autores no fueran veintitantos. 
Y el tercero, porqxie ya he dicho que los auxi- 
liares fueron tres, el mismo número de los ratas 
de La Gran Vía y de las famosas hijas de Ele- 
na, á las cuales no se parecían sólo en el núme- 
ro, el tercero fué un ingenierillo de montes, bu- 
llidor y activo como la ardilla de la fábula, el 
cual se encargó de llevar cada semana un ar- 
tículo á la redacción de El Correo, firmándole 



(i) Edición de 1880, pág. 279, donde ponen el ejemplo que más 
naturalmente se les ocurrió el de Brulus por Bruto. 



XIV PRÓLOGO. 

con una Z; otro á la redacción de El Día, fir- 
mándole con una X, y otro á la redacción de 
El Resumen, firmándole con una L. Después 
que los artículos así firmados se publicaran en 
estos periódicos, el mismo ingeniero auxiliar de 
la Academia los reproduciría en la Revista Con- 
temporánea, entreverados con elogios al señor 
Z 6 al señor X; es decir, á sí mismo, poniendo 
ya debajo Rafael Alvarez Sereix, que es su fir- 
ma entera (i). 

Organizado de este modo el servicio, comen- 
zó entre los académicos la faena más desespe- 
rada de que hay memoria, y se les vio por espa- 
cio de dos meses corriendo de acá para allá, fe- 
brilmente agitados por la soberbia y el despe- 
cho, reuniéndose todas las noches, rebuscando 
textos, leyendo libros que no habían visto nun- 
ca y de que muchos de ellos ni noticia tenían 
siquiera, urdiendo mentiras y tramándolas lue- 
go con necedades (2) para publicar cada se- 



íi) Otro auxiliar, espontáneo como los hongos, la salió a la Acade- 
mia en América. Los tontos se dan en todas las latitudes. Un tal 
Nercasseau que leyó mis primeros artículos, reproducidos en El Co- 
mercio de Nueva York y en El Ferrocarril de Santiago de Chile, pu- 
blicó en este último diarlo una disertación contra mi, decidiendo que 
la razón estaba de parte de la Academia, porque él nunca había oído 
hablar de «D. Miguel de Escalada». Contestóle cumplidamente en el 
mismo periódico el Sr. D. Gonzalo Lujan, k quien agradezco el con- 
cienzudo y brillante artículo que sin conocerme escribió en mi defensa. 

(2) En una de las defensas del Diccionario, publicadas en El Libe- 
ral, con la firma de Quintilius, la del 2o de Diciembre, me atribuyeron 
los cadémicos estas palabras: carantamaula ó cari/ii/a, es una sim- 
pleza que nadie dice», y citaron luego unas cuantas autoridades en 



PROLOGO. XV 

mana en cuatro ó cinco periódicos otros tantos 
artículos escritos sin más numen que la ira, se- 
mejantes por más de un concepto á los crimi- 
nales reclamos de la agencia Felip ó de la Com- 
pañía Trasatlántica, y casi reducidos á decir 
muchas veces que el Diccionario es inmejora- 



favor de la legitimidad de la palabra carátula, que yo no había negado, 
pues lo que yo había escrito, en El Imparcial del 13 de Diciembre, era 
que tcarantamaula, por carántcla ó carátula, es un simpleza que 
nadie dice». Descubierta y rectificada esta trapacería, los pobres tra- 
paceros se disculparon de un modo risible, enseñando la punta de la 
oreja en estos renglones: «No parece sino que la carátula de Es- 
calada está á punto de producir ua cisma, que ni el que se produjo á 
causa del famoso jilioque, tan debatido en el Concilio I de Nicea» . 
(El Liberal, núm. 2773.) 

En el Concilio I de Nicea, ni se discutió ni probablemente se 
pronunció la palabra y5Z;o?t<e. El Concilio I de Nicea se celebró en 325 
contra los arríanos que negaban la consustanciabilidad del Verbo con 
el Padre, sin meterse para nada en la procesión del Espíritu Santo, y 
la adición al símbolo niceno-constantinopolitano de la palabra ^/ío^Kí, 
no sirvió de pretesto al cisma griego hasta los tiempos de Focio 
(siglo IX) y mejor aun hasta los de Miguel Cerulario (siglo XI), am- 
bos patriarcas de Constantinopla, aunque el primero intruso. Por 
donde se ve que los académicos y el Qttintilius están tan enterados en 
Historia Eclesiástica como en Filología. 

En otro artículo de defensa sostuvieron que las preposiciones ab, 
in, per, etc., puramente latinas, que nada significan en castellano asi 
solas, están bien incluidas en el Diccionario de la lengua castellana 
porque de lo contrario ¡atención!... porque de lo contrario «hay que 
excluir también palabras como anterior, exterior, interior, etc., y cuan- 
tas conservan en castellano la misma forma que tienen en latín». 

Otra vez, para justificar la tontería de haber puesto en el Diccio- 
nario abeya y abeyera, citaron un texto del Fuero Juzgo, que dice: «V si 
algún home faz abeyera de abeyas en vila ó cibdad...* etc. Y como no 
han puesto en el Diccionario ni cibdad ni vila, resulta que ellos mis- 
mos reconocen que el texto no tiene autoridad ni es castellano. Y así 
siempre: por defender una necedad sueltan otra mayor ú otras cuatro 
6 cinco. 



XVI PRÓLOGO. 

ble. No sin que se les escapara á lo mejor, ¡tal 
andan de desconcertados los infelices! aquello 
de que en la edición próxima «acaso convendría 
transigir con el uso» reformando la última defini- 
ción del CARDENILLO, Ó lo otro de que «la Acade- 
mia se ocupa en enriquecer el Diccionario de aii- 
toridades para publicar una nueva edición que 
sea el reflejo de la historia y del mejor uso de las 
voces castellanas», (i) lo cual me parece que 
viene áser así como confesar que la edición co- 
rriente no es reflejo de la historia, ni del uso, ni 
de nada más que de la ignorancia académica. 

Espectáculo raro y divertido. Veintitantos 
académicos, todos sabios, á lo menos en su 
propio sentir, mas tres auxiliares, moviéndose 
todos y trabajando de todas las maneras buenas 
y malas, poniendo en ejercicio por sí y en nom- 
bre de la Corporación todo su poder literario, 
político y metálico, para defenderse contra un 
escritor solo, que ni es académico ni en serlo 

pensó nunca ¿No es verdad que había para 

desvanecerse? 

Vale Dios que ya entre la Religión cristiana 
y la edad me han curado radicalmente las va- 
nidades de muchacho, y á mayor abundamien- 
to, si alguna me quedara, si hubiera podido 
sentir alguna tentación de orgullo recordando 
aquellos versos del romance: 



(i) Reseña cuasi-oñcial de la sesión académica del jueves 9 de Di- 
ciembre de 1886, publicada en La Correspondencia. 



PROLOGO. XVII 

Con quince lidié en Zamora, 
Y á los quince los vencí, 

me la hubiera ahuyentado en seguida el recuer- 
do de aquellos otros: 

Luchar con dos es blasón, 
Si los dos son caballeros; 
Pero si fueren villanos, 
Lo mismo es dos que doscientos. 

Y claro es que los académicos y sus auxiliares 
todos son villanos literarios. 

Cuatro palabras más. 

Para nadie que tengasentido común y buena 
intención, son necesarias ciertas advertencias; 
más como es infinito el número de los necios, y 
poco menor el de los maliciosos, no estará de 
más advertirque si firmé estos artículos con 
un seudónimo, no fué por eludir responsabilida- 
des, sino por evitar el escándalo farisaico de los 
carlistas ojalaterosy murmuradores; es decir, de 
los carlistas que no son carlistas. Porque ya sa- 
bía yo que si ponía mi nombre en El hnparcial, 
aun cuando fuera para defender el habla hermo- 
sa de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, 
^o primero que en su falta de caridad y de crite- 
rio se les había de ocurrir á los falsos tradicio- 
nalistas era escandalizarse, pensando y diciendo 
de mí que había apostatado. 



XVIII PRÓLOGO. 

No adelanté nada: el escándalo farisaico vi- 
no; porque el histrioncillo que lleva la voz entre 
los modernos fariseos, siempre irritado contra 
mí como una víbora, ni más ni menos que si yo 
le fuera á hacer competencia en su innoble tarea 
de ganar perros chicos, tuvo cuidado de adver- 
tirles que se escandalizaran. Para lo cual, así 
como los fariseos contemporáneos de Jesús le 
llamaron Samaritano y le dijeron que tenía el 
demonio, á sabiendas de que expulsaba los de- 
monios y era Nazareno, así este infeliz, á sabien- 
das de que nadie aborrece más que yo el libera- 
lismo en todos sus matices, ni nadie le ha com- 
batido más, me llamó liberal y propagador de 
liberalismo. Samaritanus es, et demonhim habes. 

Verdad es que me lo llamó en el mismo pe- 
riódico en que ha escrito serviles lisonjas al 
Rdo. Padre Fita, de la Compañía de Jesús, y á 
D. Francisco Navarro Villoslada, por haber he- 
cho lo mismo que yo, por haber publicado ar- 
tículos literarios y artísticos, el primero en el 
semanario racionalista, que se titulaba La Aca- 
demia, y el segundo en el semanario liberal, y 
eclético que se titula La Ilustración Española y 
Americana. Y también es verdad que me lo ha 
llamado con la misma pluma con que suele lla- 
mar hombre grande y hombre providencial á 
cualquier perdulario de tercera clase. 

Ni es ciertamente el prólogo de un libro li- 
terario el lugar á propósito para hacer una pro- 
fesión de fe política, ni ha menester hacerlas de 



PRÓLOGO. XIX 

palabra quien tan elocuentes las ha hecho de 
obra; quien sin hábitos ni aficiones militares, y 
sólo por amor á la Iglesia y á la legitimidad, 
consumió los mejores años de su juventud en 
penosísima campaña, mientras los fariseos po- 
nían tranquilamente sus mesas de negociación 
en el vestíbulo del templo; y quien después que 
se concluyó aquella guerra, sabe Dios cómo, 
todavía ha peleado en la prensa años y años 
por la misma causa ,Lon menos habilidad que 
otros muchos, pero con más valor y más decisión 
que casi todos, quemando las naves, incomuni- 
cándose total y voluntariamente con el mundo 
de las injusticias victoriosas, que es el de las ri- 
quezas y el de las prosperidades humanas. 




FE DE ERRATAS 



DEL NUEVO DICCIONARIO 



DE LA ACADEMIA 




I en la cuepta de las ediciones de los 
libros se usaran sobrenombres , como 
en la cronología de los reyes, el últi- 
mo Diccionario de la Academia, que 
es el XII, había de llamarse el Deseado, como 
Fernando VII, siendo tanto más gráfica la 
identidad del mote, cuanto que da la casualidad 
que el flamante libro no es mejor que el augusto 
monarca, del cual es bien sabido que fué de lo 
menos excelente en su clase. 

Y digo que el Diccionario nuevo se había de 



1 FE DE ERRATAS. 

llamar el Deseado^ porque aparte de que la Aca- 
demia nos había prometido etimologías, materia 
de suyo difícil y ocasionada á resbalones, aun 
para personas de más fundamento literario que 
el que suelen tener nuestros académicos, aparte 
de esta promesa, que naturalmente había des- 
pertado la curiosidad de los que no vemos posi- 
ble que el roble dé otra fruta más que bellotas, 
el tal Diccionario ha estado cinco años saliendo, 
sin acabar de salir nunca, y aun después que la 
digna gaceta de la corporación, ó sea el perió- 
dico más insulso de ambos hemisferios, nos dijo 
que la obra se había concluido de imprimir, y 
que sólo la faltaban los apéndices y las pastas, 
todavía ha tardado en ver la luz, ó por lo menos 
en dejarse ver del vulgo profano cinco ó seis 
meses. 

Al cabo de tan laboriosa y larga gestación 
no podía menos de cumplirse el refrán que dice: 
«Tras de tardar, parir hija», refrán que por cier- 
to no está en el nuevo Diccionario, que ha salido 
hija en toda la extensión de la palabra. Es 
decir, que este Diccionario duodécimo que tan- 
to se nos ha hecho desear y para el que tan 
prodigioso número de papeletas se han presen- 
tado y examinado en la Academia todos los 
jueves de estos cinco años, según nos contaba 
todos los viernes hablando por boca de acadé- 
mico ha Correspondencia, es un poco peor que 
los anteriores, por más que el caso parezca im- 
posible. 



FE DE ERRATAS. 3 

Verdad es que «tales manos lo filaban», 
como dice otro refrán que tampoco está en el 
nuevo Diccionario, donde hay tantos de sobra, 
y quiere decir que de manos de académicos 
elegidos por espíritu de bandería política y por 
halagar ridiculas vanidades, elegidos por consi- 
guiente de entre lo más inepto, y que no sólo no 
conocen la estructura del idioma, sino que ni 
siquiera le saben hablar tan bien como sus cria- 
das, no podían resultar primores de hilado, sino 
hilaza tosca, enmarañada é inservible, ó en 
otros términos, un estropicio. 

No es de ahora, justo es confesarlo, no es de 
ahora en la Real Academia Española, cuyo so- 
berbio lema dice que limpia, fija y da esplendor, 
el emborronar, confundir y deslustrar la lengua 
patria. Nadie olvidará el famoso grodetur, 
poco hace desterrado, después de haber vivido 
tranquilo en cinco ediciones, á consecuencia de 
un artículo de Velisla. Todavía era ayer cuan- 
do la Academia decía: «Fumar, arrojar ó echar 
humo. Se acostumbra por tomar tabaco de 
hoja», de lo cual hizo burla Trueba. Y, á mayor 
abundamiento, en el proceso de las definiciones 
de la mimbre, tuvimos el lector y yo ocasión de 
observar que entre los señores de la calle de 
Valverde siempre ha sido la enemistad con el 
patrio idioma y hasta con el sentido común, 
tradición constante. Pero los académicos del día 
han querido, á lo que parece, demostrar, y lo 
han conseguido, que en cuanto á desatinar y á 



4 FE DE ERRATAS. 

desbarrar no ceden á sus predecesores, sino que, 
por el contrario, les sobrepujan. 

Es, pues, de necesidad absoluta dar al nue- 
vo Diccionario un rifirrafe, no tanto para ense- 
ñanza y escarmiento de académicos, incapaces 
por lo común de escarmentar ni de aprender, 
cuanto para advertencia y en obsequio de quien 
haya de usarle. 

Y empezando, diré que se observan en él 
desde luego dos reformas, que si hay en ello 
empeño, no tengo inconveniente en llamar me- 
joras: no soy hombre que escatime los elogios s^ 
son de justicia. La primera de aquellas consiste 
en el papel, que es excelente, fabricado con 
arreglo á los últimos adelantos de la industria: 
la segunda consiste en el empleo de las letras 
egipcias, más vistosas que las versales antes 
empleadas, en las cabezas de artículo. El Dic- 
cionario de esta manera resulta hermoso; mas 
para dar á cada uno lo suyo, también debo de- 
cir que la primera mejora es cosa de la fábrica^ 
y la segunda está plagiada del Diccionario lati- 
no del marqués de Morante; de suerte que en 
ninguna de ellas tienen arte ni parte los acadé- 
micos. 

Lo primero con que nos encontramos que 
sea en realidad obra suya es el prólogo, y éste, 
como suele decirse, no niega la casta. Impro- 
piamente llamado advertencia, pues no es una 
sola, sino una retahila de advertencias que ocu- 
pan tres llanas mortales, tiene por objeto, según 



FE DE ERRATAS. 5 

dicen en las primeras líneas los ingenios proce- 
res que le han adobado, «reconocer deudas de 
gratitud y manifestar con brevedad y sencillez 
las novedades porque la duodécima edición se 
distingue de las demás.» 

En el segundo párrafo dicen que, habiéndose 
omitido en la edición anterior «las llamadas co- 
rrespondencias latinas», {¿llamadas no más?) se 
ponen ahora en vez de aquéllas las etimologías; 
y sospechando que éstas han de resultar malas, 
añaden, como quien se cura en salud, que se 
han hecho de prisa. Excusa ciertamente inne- 
cesaria, pues todo el mundo sabe que desde la 
edición anterior hasta la de ahora no han pasa" 

do más que quince años También advierten 

que algunas voces no llevan etimología ni buena 
ni mala, porque no se las ha podido hallar, y 
que á otras se las pone con un signo dubitati- 
vo. Ya tendremos ocasión de ver que aun de las 
que no llevan signo de duda hay muchísimas 
equivocadas . 

Los párrafos siguientes son para decir que 
se han aumentado mucho las voces técnicas y 
también las vulgares, y que se han suprimido 
los diminutivos en ico, illo é ito y los aumenta- 
tivos en on y en azo y los superlativos en ísitno. 
En otros se hace constar que se las ha levantado 
á muchas palabras la nota de anticuadas, se 
pondera la corrección material, la nueva orto- 
grafía de los muchos acentos, merced á los cua- 
les cada página parece una lámina de Pente- 



6 FE DE ERRATAS. 

costes, la hermosura de los caracteres tipográfi- 
cos y el tamaño, ó sea la relativa economía de 
volumen, lograda, en parte, por la maravillosa 
habilidad de haber reducido la frase Usase 
también como sustantivo á estas cuatro letras 
U. t. c. s., donde, sin necesidad de acudir á la 
tabla de abreviaturas, á cualquiera se le ocurre 
leer: Ustedes todos cobran sueldo ^ ó Una tontería 
como suya. 

Viniendo luego á pagar las deudas de grati- 
tud, 6 entrando, como si dijéramos, en el repar- 
to de la gloria, citan á las Academias de Cien- 
cias Exactas y de Medicina, á la Colombiana, 
la Mejicana y la Venezolana de la lengua, y ha- 
cen referencia á unas adjuntas é interminables 
listas de bienhechores, correspondientes ó ex- 
traños, pero amigos todos, pues los enemigos no 
figuran en ellas, aun cuando tengan la satisfac- 
ción de ver utilizadas en el Diccionario sus li- 
mosnas. En cambio, nominatim y en párrafo 
aparte, le cuelgan al Rdo, Padre Fita el mila- 
gro de las etimologías, para, si resulta milan- 
grajo, poder disculparse, aunque sea mal, como 
los otros académicos de la fábula, que con- 
cluye: 

y los compañeros tienen 
la culpa si sale malo. 

Aquí podían haber concluido también estos 
académicos, pero han querido añadir otro pá- 



FE DE ERRATAS. 7 

rrafo, en donde, por aquello de que «cada ollero 
alaba su olla, y más si está rota», como realmen- 
te lo está la última olla académica, vuelven los 
olleros de la calle de Valverde á alabarla, di- 
ciendo por cuarta ó quinta vez que el Dicciona- 
rio sale mejorado. ¡Bien hacen en repetirlo- 
como que así y todo no lo va á creer casi nadie! 

Dan palabra en seguida de no desoir los con- 
sejos de la crítica, palabra que merecería más fe 
si hubieran comenzado ya á confirmarla con las 
obras. Dígolo, porque habiéndoles demostrado 
claramente en el artículo sobre la mimbre que 
tiene ésta el género femenino, todavía no han 
querido dar su brazo á torcer sino á medias, 
poniéndola común de dos en el apéndice. 

Por lo demás, el prólogo, que en el fondo es 
una serie de impertinencias, también en la for- 
ma es detestable, como que está escrito en ese 
estilo cursi y afectado de los que no le tienen, 
salpicado de frases como la de «las obras de 
ingenios próceresi, y pobre de claridad y aun de 
sintaxis hasta el extremo de que, á veces, casi 
no se pueda adivinar el pensamiento á través de 
las nieblas académicas. 

Véanse para muestra las primeras líneas del 
último párrafo. 

«Cree ésta (la Academia, que juega en el 
párrafo anterior), como también se ha dicho, 
haber mejorado su Diccionario: no cree haber 
puesto fin á la tarea de aumentarle y de corregir- 
le: tarea que (los dos puntos anteriores están muy 



8 FE DE ERRATAS. 

mal puestos, bastaba una coma) no concluye (?) 
jamás sino para empezarla de nuevo, porque 
sabe (¿quién? ¿la tarea?) que el léxico de una 
lengua viva nunca está definitivamente acaba- 
do, y porque ella (¿y quién es ella? ¿la lengua 
viva ó la tarea?) mejor que nadie conoce...» et- 
cétera; donde, aparte de las anfibologías que 
van señaladas, en lo de la «tarea que no conclu- 
ye» cualquiera cree que tarea es sujeto del ver 
bo concluir empleado como neutro, hasta que 
luego por el empezarla que sigue se puede con- 
jeturar que no es el sujeto la tarea, sino la Aca- 
demia. 

Y continúa el mismo desgraciado párrafo: 
«No le sorprenderá, por tanto, la censura...» (á 
la Academia). ¡Qué barbaridad! ¡A la Academia 
no LE sorprenderá la censura!... Pase que en la 
advertencia sobre la propiedad del libro hayan 
dicho los académicos que «la Academia perse- 
guirá á quien le usurpare los derechos;» porque 
este le es dativo, no acusativo, y la Academia 
ha preceptuado modernamente en su gramática 
que en los dativos femeninos se diga le. No tie- 
ne razón tampoco en esto la Academia. El uso 
de León y Castilla está en contra, y los escrito- 
res de nota, según demostraré algún día, unos 
han escrito siempre la y otros han promiscua- 
do. No tiene, pues, razón la Academia; pero 
pase. Ella ha impuesto el precepto, y es natural 
que se crea obligada á cumplirle. ¿Quién le ha 
de cumplir si ella no le cumple? 



FE DE ERRATAS. 9 

Mas el caso es que, aun admitido ese pre- 
cepto, decir de una Academia que la censura 
no le sorprenderá, siempre es un disparate evi- 
dente; porque aquí la Academia representada 
por el le no es término, sino complemento del 
verbo, ó hablando á la antigua, no es dativo, sino 
acusativo, y lo que es decir le en los acusativos 
femeninos, ni la Academia, que se atreve á 
todo, se ha atrevido á mandarlo, ni puede ocu- 
rrírsele á nadie que no sea un... académico de 
la lengua. 

Con que si no han sabido escribir el prólo- 
go, ¿cómo han de haber sabido hacer el libro? 




II 




ODAVÍA, antes de comenzar en regla 

el ojeo por las cañadas oscuras y 

semisalvajes del plantío académico, 

hay que dar un vistazo á la tabla de 

abreviaturas. 

— ¿Pero hasta en la tabla de abreviaturas ha 
de haber gazapos que cazar? — me preguntará 
algún lector que por ser del todo benévolo quie- 
ra serlo también con la Academia. — Ciertamen- 
te, y no hay en ello nada de extraño. Quien, 
como la Academia, tiene el don de errar, yerra 
en todo, hasta en lo más fácil, y quien carece, 
como la generaUdad de los académicos, no sólo 
de los conocimientos profundos y especiales 
que se necesitan para hacer bien un Dicciona- 
rio, sino aun de los más elementales y comunes, 



12 FE DE ERRATAS. 

hasta en lo más trillado del camino ha de dejar 
huellas de su ignorancia. 

La tabla de abreviaturas ha sido en esta úl- 
tima edición especial objeto de reforma, pala- 
bra sinónima de empeoramiento ó deterioro 
siempre que el agente de la oración es la Aca- 
demia. El primer defecto que se advierte en la 
tabla referida es el de ser muy larga: cuatro co- 
lumnas mortales de letra menuda con doscientas 
sesenta abreviaturas tiene nada menos. La Aca- 
demia presume, como lo vimos en el prólogo, 
de haber disminuido así el volumen del libro, 
pero ha hecho más difícil y complicado su uso, 
pues como no hay nadie capaz de retener en la 
memoria doscientas sesenta abreviaturas, algu- 
nas bien largas y bien raras por cierto, resulta 
que para cada palabra que haya que buscar en 
el Diccionario hay que abrirle por lo menos dos 
veces: una por donde la palabra se halle y otra 
por la tabla de abreviaturas, para entender la 
definición de la palabra. 

Mas no es lo peor el número excesivo de las 
abreviaturas, sino la calidad, y en este punto, 
por ser breve, sólo me fijaré en lo más notable. 
Tal me parece, por ejemplo, la abreviatura 
pr. Cast., que quiere decir provincial de Casti- 
lla, de donde se deduce que, si eso no se ha 
puesto en la tabla por lujo, en el cuerpo del 
Diccionario hemos de encontrar palabras mar- 
cadas con esa nota por cincuenta conceptos es- 
túpida y desatinada. 



FE DE ERRATAS. 13 

¡Provincial de Castilla! En primer lugar 
Castilla no es una provincia, sino un montón 
de ellas: Castilla, así, sin apelativo de Vieja ni 
Nueva, es la mayor parte de España. Por este 
lado, pues, llamar á una palabra provincial de 
Castilla es un enorme disparate. Que crece to- 
davía si se considera que hay en la misma tabla 
otras abreviaturas que dicen: pr. Burg.,pr. Seg., 
pr. Sant., ó sea provincial de Burgos, provincial 
de Segovia y provincial de Santander . ¿Acaso 
Santander, Segovia y Burgos no son Castilla? 
¿Qué son entonces? 

Pero lo que tiene verdadera gracia es, en un 
Diccionario de la lengua castellana, marcar y 
desautorizar voces con la nota de provinciales 
de Castilla. «Yo no sé qué es — decía un baturro 
de Sádaba, que había estado por casualidad en 
un pueblo de la frontera francesa — yo no sé 
qué es que, en cuanto uno entra en Francia, to- 
dos los hombres parecen extranjeros.» Sin que 
esto sea llamar baturros á los académicos, que 
quizás por temor de que alguien se lo llamara 
no han querido poner la palabra aragonesa en 
el Diccionario, lo cierto es que les viene á pasar 
lo mismo que al baturro: las voces castellanas 
les parecen propias ó provinciales de Castilla. 

También es una impertinencia la nota de 
pr. León (provincial de León), que figura en la 
tabla consabida, y con la que se señalan algfu- 
nas voces: porque León es, por decirlo así, la 
casa solariega del idioma, que allí nació, se 



14 FE DE ERRATAS. 

crió y se robusteció durante la Edad Media, y 
aun hoy es el antiguo reino de León, y espe- 
cialmente la actual provincia, donde mejor se 
habla; de suerte que toda palabra que allí se 
use tiene asiento en el Diccionario por derecho 
propio. Mas como, al fin, la lengua no se llama 
leonesa, sino castellana, falta aquí la elocuente 
coincidencia de los nombres, que había en lo de 
antes, y no hiere tanto al sentido común este 
desatino. 

¡Pero provincial de Castilla! ¡En un Diccio- 
nario de la lengua castellana pretender mermar 
la autoridad de algunas voces diciendo que son 
de Castilla! Después de esto no faltaba más sino 
que los académicos fueran á buscar palabras 
clásicas, genuínas y legales para el Diccionario 
á las Provincias vascongadas, á las Baleares, á 
Cataluña y á Valencia, y aun eso no falta del 
todo; pues si acaso no se hace de mejor condi- 
ción que á las palabras castellanas y leonesas á 
las catalanas, mallorquínas y valencianas, dán- 
dolas como moneda corriente, por lo menos se 
las coloca al mismo nivel, puesto que en la 
tabla de abreviaturas figuran también estas: 
pr. Cat. [provincial de Cataluña), pr. Malí, {pro- 
vincial de Mallorca) y pr. Val. (provincial de 
Valencia), y por consiguiente, con estas notas 
han de figurar palabras catalanas, mallorquínas 
y valencianas en el Diccionario. 

La cosa parecerá increíble, porque ¿qué pa- 
labras puede la Academia traer al Diccionario 



FE DE ERRATAS. 15 

de la lengua castellana de aquellas regiones 
donde se habla otro idioma, y cuyos naturales, 
mientras no abandonan su país, no pueden sa- 
ber más castellano que el que la misma Acade- 
mia les enseña en sus libros, que es poco y 
malo, ya se sabe? Sin embargo, por increíble 
que parezca, es verdad; ahí está el Diccionario 
nuevo mostrando á todo el que se digne abrirle, 
al lado de palabras castizas estigmatizadas con 
la nota de provinciales de Castilla y de León, 
otras palabras provinciales de Valencia y de 
Cataluña. 

¡Pero qué! Si en la tabla de abreviaturas 
figura hasta la depr. Viz., provincial de Vizca- 
ya... ¿qué más puede pedirse en materia de des- 
propósitos? El lector discreto no adivinará cómo 
pueda enriquecerse un Diccionario de la lengua 
castellana con provincialismos vizcaínos, ni dis- 
currirá qué vocablos castellanos pueda haber 
que sólo en Vizcaya se conozcan. Yo, por mi 
parte, tampoco sé que sepan en Vizcaya otro 
castellano más que el castellano vizcaíno, de que 
es buena muestra el cantar aquel tan conocido: 

Cantas perdis desdichado. 
Viene casador y prendes. 
¡Ay, probresito perdis! 
Más te valía estar duermes... 

Por cierto que también á los académicos les 
valiera más estar duermes que no meterse á es- 



1 6 FE DE ERRATAS. 

cribir diccionarios con tan notoria falta de saber 
y con tan completa y absoluta carencia de co- 
mún sentido. 

¡Provincial de Vizcaya! ¡Provincial de Va- 
lencia! ¡Provincial de Cataluña!... todo en un 
Diccionario de la lengua castellana... y para co- 
ronamiento ¡provincial de Castilla! ¿Es esto se- 
rio? Llamaran los señores de la calle de Valver- 
de á su libro Confusión de lenguas peninsulares, 
y entonces ya no había que hablar Pero lla- 
marle Diccionario de la lengua castellana y lue- 
go llenarle de palabras de Bilbao, de Alcalá de 
Chisvert ó de San Feliú de Guixols, ¿á quién 
se le ocurre?... 

¿Pobre del que asó la manteca! No le daría 
yo á estas horas por toda su proberbial popula- 
ridad ni un perro chico; porque preveo que de 
hoy en adelante, cuando se quiera ponderar un 
despropósito, en lugar de decir como hasta 
ahora: No se le ocurre ni al que asó la manteca, 
se va á dar en decir: No se le ocurre ni al que 
compuso el Diccionario. 

Aún hay, antes de comenzar el texto, otra 
hoja impresa con el título de Reglas para el uso 
de este Diccionario, en la cual, tras de la mara- 
villosa revelación de que «los refranes, frases, 
locuciones, modos adverbiales, etc., van en el 
artículo correspondiente á uno de los vocablos 
de que se componen», se añade que deben bus- 
carse primero en la definición del sustantivo, 
después en la del verbo y, por último, en la del 



FE DE ERRATAS. IJ 

adjetivo, la del pronombre ó la del adverbio, 
poniendo por ejemplo confirmatorio de esta regla 
la frase hoy por ti mañana por mí, de la que se 
dice que debe buscarse en el pronombre tú, pa- 
labra que no suena en la frase. 

Lo que no se dice en esta regla es dónde se 
ha de buscar un refrán que no se encuentre en 
el artículo del sustantivo, ni en el del verbo, ni 
en el del pronombre, ni en el del adjetivo, ni en 
el del adverbio, cosa que sucede con harta fre- 
cuencia; pero yo supliré la omisión diendo que 
esos refranes, que son muchísimos , hay que 
buscarlos en el uso ó en algún otro Diccionario, 
que al fin y al cabo se ha de escribir, porque 
está haciendo mucha falta, independientemente 
y aun en contra de la Academia. 

Las demás reglas son así al símil; pero en 
fin, ya que se trata de reglas para el uso del 
Diccionario, también yo daré una, que, aunque 
no sea original del todo, no por eso deja de ser 
excelente. La ensalada de pepinos pasa común- 
mente por indigesta y peligrosa. «Sin embargo — 
decía un médico, — el peligro principal de la en- 
salada de pepinos nace de no saber usarla. Yo 
conozco un procedimiento por el cual resulta 
esa ensalada completamente inofensiva. Al oscu- 
recer se pica el pepino cuidadosamente en tro- 
zos muy menudos; enseguida se adereza la en- 
salada con aceite y vinagre , dejándola reposar 
toda la noche, y al día siguiente, en cuanto ama- 
nezca, se coge y se tira por la ventana.» Una 



l8 FE DE ERRATAS. 

cosa así hay que hacer con el nuevo Diccionario 
de la Academia, para que no haga daño. Se le vé 
en el escaparate de una librería y lo mejor es de- 
jarle allí, con lo cual se economizan un montón 
de duros, porque es muy caro; mas si por acaso 
se le regalan á uno y no tiene más remedio que 
aceptarle, entonces, ó se le arrancan las hojas y 
se las va poniendo á disposición de la criada 
para envolver, ó se le coloca cuidadosamente 
en un estante , con el propósito de no abrirle 
nunca. 

No es probado todavía, pero llegará á serlo. 




III. 




A primera mala definición del moderno 
alcorán académico, es la primera de- 
finición; y eso porque, así como dice 
un refrán, desconocido en la Acade- 
mia , que «detrás de la última no va ninguna», 
tampoco podía venir ninguna antes de la pri- 
mera, que es la de la A, principio del abece- 
dario. 

Antiguamente decían de esta letra los aca- 
démicos: 

«En el orden es la primera , porque es la que 
la naturaleza enseña al hombre desde el punto 
de nacer para denotar el llanto, que es la pri- 
7nera (El estilo es el... académico) señal que da 
de haber nacido ; y aunque también la pronun- 



20 FE DE ERRATAS. 

cia la hembra , no es con la claridad que el 
varón , y su sonido , como lo acredita la expe- 
riencia (¡Si habrían sido comadrones los acadé- 
micos primitivos!), tira más á la E que á la A, 
en que parece dar á entender que entran en el 
mundo como lamentándose de sus primeros pa- 
dres Adán y Eva. Permanece tan propia en el 
sujeto que , aunque nazca mudo (?), siempre la 
pronuncia...» etc. ('). 

Andando el tiempo se fueron dejando los 
académicos de estas filosofías, pero no dieron 
en otras mejores; y los del año de 1869, que por 
lo visto ya no distinguían en el llorar el sexo de 
los párvulos , se contentaron con decir que la A 
es la primera letra del alfabeto , y añadir que «se 
pronuncia abriendo la boca». 

Como quiera que abrirla boca ó estar abrien- 
do la boca , es en castellano castizo embobarse 
ó estar hecho un tonto , no faltó quien se bur- 
lara de aquella candidez académica , y quien 
(¡ojalá le guarde Dios muchos años!) , después 
de animar á los señores de la calle de Valverde 
á que pronunciaran alguna otra letra con la 
boca cerrada, les dijo, que se pasaban pronun- 
ciando la A toda la vida. 

No echaron la broma en saco roto los acadé- 
micos que desde el 69 llegaron al 81, y natural - 



O Primer* edición del Diccionario de la Academia, con autori- 
dades, que se concluyó de imprimir tn 17391 <» *<^>b tomot eu folio, 
tomo I. 



FE DE ERRATAS. 21 

mente trataron de reformarla definición de la A, 
si bien con bastante mala fortuna, pues no se les 
ha ocurrido más que decir, en lugar de «se pro- 
nuncia abriendo la boca», fpronúnciase... con la 
boca abierta», lo cual me parece que viene á 
ser lo mismo. Y hasta da la casualidad de que 
los mismos académicos, en el artículo corres- 
pondiente á la BOCA, en el cual pusieron espe- 
cial esmero, y así les ha salido muy largo^ y na- 
turalmente, muy malo, consignan la frase vulgar 
de *andar (mejor sería estar) con la boca abiertas, 
y explicándola dicen: «Admirarse neciamente de 
alguna cosa que se ve ú oye». 

De suerte que los académicos de ahora siguen 
pronunciando la A á pasto común, igual que la 
pronuncian, no solamente las hembras, por más 
que parecieran dudarlo los académicos anterio- 
res, sino hasta los asnos, como observaba el 
maestro que yo tuve de primeras letras , que 
llamaba á la A la letra del burro. 

Esto no obstante , los académicos siguen 
desbarrando muchísimo en el artículo de la A, 
pues luego de haber dicho cómo se pronuncia, 
ponen dos rayitas verticales, que quieren decir 
otra acepción, y continúan: «Sirve de prefijo 
(será prefija) en muchos vocablos...» etc., y 
luego, tras de otras dos rayitas añaden: «f. (feme- 
nino): Nombre de estra letra». Y entonces, ¿qué 
es lo que han definido Vds. antes? cabe pregun- 
tar á los señores. ¿O es que el nombre de la A 
no es la letra A? En ese caso, al definir el cíca- 



32 FE DE ERRATAS. 

démico , individuo de una Academia, también 
habrá que añadir después otra acepción: Nombre 
de este individuo. 

Un poco más abajo vuelven á poner otra A 
de tipo egipcio, como para encabezar nuevo 
artículo, y dicen: «prep. Denota el complemento 
de la acción del verbo», etc., y añaden media 
columna de frases y modos de construir en que 
entra la A, que sobre no ser todos castizos, son 
más propios de una gramática. Entre otras cosas 
dicen : «Precediendo á tiempos de infinitivo 
equivale á la conjunción sí con indicativo ó sub- 
juntivo», lo que, enunciado así en general y sin 
excepción , da á entender que, precediendo á 
tiempos de infinitivo, nunca da otro sentido á 
la frase , y esto no es cierto , pues en la frase 
á ver precede á tiempo de infinitivo y no equi- 
vale á la conjunción sí ni á nada parecido, sino 
á veamos, explícame, mostrad cómo, etc. 

Después de la A viene Aarón , vocablo de 
curiosa y divertida historia. En otras ediciones 
decían los académicos: «Aarón. V. Barba db 
Aarón», y luego en el artículo de Barba, con el 
aditamento de Aarón describían minuciosa y 
prolijamente un hierbato al que llamaban «planta 
perenne de hojas lanceoladas apegadas al suelo, 
de en medio de las cuales sale un bohordo que 
sostiene las flores». 

Desde luego se ve que todo esto era un puro 
disparate, pues la tal planta se llamaría en todo 
caso vara de Aarón, por la semejanza del vas- 



FE DE ERRATAS. 23 

tago central con la célebre vara de Aarón, mi- 
lagrosamente florecida en el Tabernáculo, según 
se lee en el capítulo XVI del sagrado libro de 
los Números, y no barba de Aarón, de quien sólo 
se puede creer que la tendría por la alusión que, 
poética y figuradamente, se hace á ella en un 
salmo ('), pero que aun teniéndola, no es de 
suponer que se pareciera mucho á la susodicha 
planta perenne. Por eso sin duda los académicos 
de ahora han querido enmendar el disparate y 
le han hecho mayor , como suele acontecer á 
quien no sabe lo que trae entre manos. 

Esta vez, los limpia-fijadores del idioma no 
echan al lector del Diccionario desde Aarón á 
Barba de Aarón , sino á Arón simplemente: 
pero desde Arón (con una a sola), después de 
decirle que viene del griego 2_:ov, sin explicarle 
lo que significa el griego Spov , le hacen retro- 
ceder á Aro (sin h, para que no se vaya á la 
Rioja), y en Aro se encuentra con que después 
de tanto andar de Herodes á Pilatos, le dicen: 
«Aro V. Arón*, y luego «planta perenne de pie 
y medio de altura , con raíz gruesa , hojas sagi- 
tales, grandes y de color verde oscuro, y bohordo 
que sale de en medio de las hojas, y (cuen- 
ten ustedes las íes) en cuyo extremo nacen las 
flores. La raíz hervida es comestible». 

Será cocida, si acaso, porque hervir se hier- 



(I) El CXXXII. 



24 FE DE ERRATAS. 

ven los líquidos. Pero esto, los académicos lo 
habían de llegar á saber mejor que nadie si, 
como es de justicia, se les condenara á no cenar 
más que la raíz del Aro hervida, en tanto que no 
nos explicaran por qué esa planta se llama Aro 
y Aarón al mismo tiempo, ó qué tienen que ver 
Aarón y el aro, á ver si á fuerza de comer her- 
vida la raíz del aro acertaban á entrar por él al- 
guna vez y llamaban á las cosas por sus nom- 
bres. 

Mas no se crea que la supresión de la verde 
barba que los académicos anteriores pusieron al 
santo hermano de Moisés, al mismo tiempo que 
se la hacían al idioma y al país, ha sido en el 
nuevo Diccionario absoluta y completa. No. 
Como en la Academia cada diablo va por su 
lado, y aunque los académicos asiduos son po- 
cos y malos, no se entienden, mientras uno 
despojaba á Aarón de la barba en la primera 
página y confirmaba el despojo en la 98 endo- 
sándole el apéndice al aro, otro en la página 136, 
artículo BARBA, volvía á poner al sumo sacerdo- 
teen posesión de las susodichas hojas, diciendo: 
«De Aarón (suple barba, que viene de atrás) 
Arón», para que luego de allí se vaya el lectora 
buscar el aro y la planta perenne, que por su- 
puesto tampoco es perenne. 

Resumen: Que hay una planta, perenne ó 
poco menos, que se llama barba cabruna, con 
hojas en forma de venablo, pero sin vastago 
central, con la que, aun cuando también la de- 



FE DE ERRATAS. 25 

finen aparte, han podido confundirse los acadé- 
micos: Que esa otra planta de hojas análogas 
con un vastago central, recto y meduloso como 
el de los gamones y del grueso y la altura de un 
bastón se llama vara de Aarón, y no barba, por 
las razones indicadas: Que la planta llamada 
y aro, jaro, aro no es ninguna de esas dos, ni es 
comestible, ni sirve para nada, y finalmente, que 
los académicos no saben lo que dicen. 





í^sr 



"^m. 



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BIBLIOTECA y ARCHIVO 

Eiuio ílhiti iota 




IV 




\A cuarta definición, pues aun no hemos 
llegado j3aás_^ que á la cuarta, es un 
ripio, y por consiguiente, un dispara- 
te. Dice así: 
íAb. (Del lat. ab) prep. insep. {preposición 
inseparable) que denota más comúnmente sepa- 
ración (?) como en abjurar, plenitud de acción 
como en absorber, etc.» 

Como se ve, aquí entra, puede decirse que 
por primera vez, en funciones el etimologista, y 
por cierto que ha debido quedarle bien descan- 
sado el entendimiento. •A b del latín ab», nos 
dice. ¡Claro! Como que es latín puro. Si no nos 
va á contar en adelante cosas más raras, ni va 
á hacer otros más importantes descubrimientos, 



28 FE DE ERRATAS. 

podía perfectamente el autor de las etimologías 
haberse ahorrado el trabajo ó haber empleado 
el tiempo en otra cosa. Porque lo que es para 
decirnos que ab, preposición pura y exclusiva- 
mente latina, que no deja de serlo porque los 
académicos la incluyan neciamente en el Dic- 
cionario castellano, es del latín ab, no era me- 
nester que se molestase. 

Y digo que esa voz a6 ha sido incluida necia- 
mente en el Diccionario de la lengua castellana, 
igual que otras varias preposiciones inseparables 
que dicen los señores académicos, porque ni 
es castellana ni en castellano tiene uso ni signi- 
ficación así sola. Y el que entre á componer 
muchas palabras castellanas procedentes del la- 
tín, no es motivo suficiente para ponerla apar- 
te, sino cuando más para hacer mención de ella 
al dar la etimología de alguna de esas palabras, 
diciendo, por ejemplo, en abdicar, que procede 
del verho abdicare, compuesto de la preposición 
ab, que indica separación ó cesación, y del ver- 
bo dicare, dedicar ú ofrecer. Todo lo demás es 
despropósito. 

¿No dicen los mismos académicos que es 
preposición inseparable? ¿Pues para qué la po- 
nen separada? Y no vale añadir, como añaden, 
que se emplea aislada en locuciones latinas que 
tienen uso en nuestro idioma, como ab cetemo, 
AB initio, pues con decir que estas locuciones 
son realmente latinas, está demás cualquier 
otro argumento. 



FE DE ERRATAS. 29 

Entiéndase todo esto, para evitar repeticio- 
nes, escrito igualmente contra el artículo in y 
el artículo per, en donde los académicos gastan 
el tiempo y el lugar (que vendría bien para otras 
muchas palabras que faltan), definiendo estas 
dos preposiciones inseparables, con sus corres- 
pondientes etimologías tan difíciles y laboriosas 
como ti}i, del latín in*; tper, del latín pery>, y 
contra cualquier otro artículo semejante. 

Un poco más abajo definen los académicos 
la ABACERÍA diciendo que es «puesto ó tienda del 
abacero^), y á continuación el abacero diciendo 
que es «persona que tiene puesto ó tienda pú- 
blica donde se vende aceite, vinagre » en fin, 

abacería. Naturalmente. Aunque más natural 
hubiera sido decir primero lo que es abacería, 
que, á más de venir antes en orden alfabético, 
es lo principal y de donde el abacero toma este 
nombre, y decir luego que abacero es el que 
tiene abacería. 

Pero estos académicos, por hacer las cosas 
al revés, son capaces de todo. 

Tampoco me parece muy propio decir que 
en la abacería se vende aceite, vinagre y otros 
comestibles. ¿Comen vinagre los académicos?.... 
¡Así ellos discurren! 

En el artículo Abad, después de la defini- 
ción, decía el anterior Diccionario, en el que 
mojaron más de la mitad de los académicos ac- 
tuales: tAbad y ballestero, mal para los moros'», 
refrán que da á entender que si el superior es 



30 FE DE ERRATAS. 

pendenciero 6 de mal genio, resulta daño á los 
subditos (?), y por consiguiente (??) se desea que 
todo el mal vaya á los enemigos». 

¡Qué barbaridad! exclamará el lector, como 
exclamé yo fregándome los ojos, por si no ha- 
bía leído bien, la primera vez que leí esa expli- 
cación peregrina. Peregrinay disparatada hasta 
el extremo de que no recuerdo haber leído en 
mi vida otro disparate mayor en letras de mol- 
de. ¡Y cuidado si los habré leído gordos, estan- 
do como estoy desde hace algunos años casi 
exclusivamente dedicado á leer libros de aca- 
démicos. 

Este disparate, ó esta colección de ellos, con 
el primoroso por consiguiente, que es todo un 
monumento de lógica académica, no ha pa- 
sado intacto á la nueva edición, dicho sea en 
honor de la verdad, y, si se quiere, mío, pues 
que amonesté sobre el particular á un académi- 
co en tiempo oportuno, pero la explicación de 
ahora tampoco me parece del todo buena, y se 
la recomiendo á los esplendorosos señores para 
que vuelvan sobre ella, á ver si la empeoran, que 
es lo más probable. 

Sin salir todavía de la primera página nos 
encontramos con la palabra abadejo repetida 
dos veces como cabeza de dos artículos distin- 
tos, sin duda para que luzca doblemente sus co- 
nocimientos el etimologista. El cual nos asegu- 
ra que cuando el abadejo es «pescado de dos ó 
tres pies de largo, que abunda en el banco (!!) 



FE DE ERRATAS. 3 1 

de Terranova», es del escocés hodach, y cuando 
es tpájaro de Europa de tres ó cuatro pulgadas 
de largo (¡qué afición á medir tan desmedida), 
muy vistoso por la variedad de sus colores», y 
probablemente imaginario , es diminutivo de 
Abad, lo mismo que cuando es sinónimo de 
cantárida. 

¿Ctir tatn varié? ¿De dónde saca el etimolo- 
gista esas dos etimologías tan diferentes para 
una sola palabra escrita siempre con las mis- 
mas letras? Si el abadejo pescado viene del 
hodach escocés, ¿por qué no han de venir tam- 
bién de allí el abadejo pájaro y el abadejo can- 
tárida? ¿Qué parecido pueden tener un pájaro 
vistoso ó un coleóptero con un Abad, para que 
en esas dos acepciones sea «diminutivo de Abad» 
el abadejo? Acaso le parecería mal tratar de pe- 
ces á los Abades, llamando Abad pequeño á un 
pez, y por eso buscó la etimología escocesa; pe- 
ro en ese caso lo mismo podía haberla extendido 
á las demás acepciones, ó haber buscado para 
ellas otra irlandesa ó escandinava, porque tam- 
poco está bien tratar á los Abades de pájaros ó 
de coleópteros. 

Desde aquí apenas tropiezan ya los acadé- 
micos hasta la mitad de la columna primera de 
la segunda página, donde en el vocablo abalan- 
zar dan otro tropezón mayúsculo. Porque el 
verbo «abalanzar, arrojar, impeler», que ponen 
en el segundo artículo, no existe; es decir, que 
abalanzar, en esa acepción, no es activo sino 



32 FE DE ERRATAS. 

recíproco, y por consiguiente la etimología que 
le ponen del griego o-áXXw arrojar, lanzar, no 
puede sostenerse. ¿Han oído decir alguna vez 
los académicos que Fulano riñó con Manganoy 
le abalanzó una piedra? ¡Si no se necesita más 
que un poco de sentido común para hacer bien 
las cosas! 

No existe, pues, el verbo activo abalanzar, 
á no ser en la primera acepción que le da el 
Diccionario, la de «poner la balanza en el fiel», 
y aun en esta tampoco se oye en el lenguaje 
común, ni sé de nadie que le haya escrito, 6 en 
el sentido que le dio Covarrubias, de «poner en 
balanza», ó como sinónimo de pesar ó arroma- 
nar, pero de ninguna de estas maneras se usa. 
El que se usa muchísimo es este último, arro- 
manar, activo y neutro, y precisamente falta en 
el Diccionario. Repito que no existe el verbo 
abalanzar, activo, sino sólo el recíproco abalan- 
zarse, que no viene de donde dice el etimologis- 
ta de la Academia, sino de balanza, por el pa- 
recido del que se abalanza sobre alguna cosa 
y la rama de la balanza que cae vencida por el 
peso. 

Abaldonar, dicen los limpiadores del idioma 
que es, ó por lo menos ha sido antiguamente, lo 
mismo que abandonar. ¿Dónde y cuándo? Nun- 
ca, ni en ninguna parte, como no sea en la casi- 
ta baja de la calle de Val verde, donde reside la 
Academia, ó en casa de algún académico que 
tenga una criada alcarreña de esas que dicen 



KE DE ERRATAS. 33 

Celipe por Felipe, Grabiel por Gabriel, estógamo 
por estómago, géneros colosales en lugar de gé- 
neros coloniales, y en la imposibilidad de llevar 
algo de su propia cosecha al Diccionario, lleve 
los disparates de la criada. Sin reparar en que, 
si hubieran de admitirse como variantes de bue- 
na ley todos los defectos de pronunciación en 
que incurren los zafios, ni habría idioma posi- 
ble, ni bastarían á contener el Diccionario cien 
tomos mayores que el famoso de las Cartas de 
Indias. 

Debo manifestar como parte de prueba de 
que el último Diccionario es peor que todos los 
anteriores, que esta majadería de poner abaldo- 
nar como sinónimo de abandonar, es entera- 
mente nueva y exclusiva de la edición presente, 
pues en la undécima, que es la anterior, no se le 
da al verbo abaldonar más acepción que la de 
envilecer ó hacer despreciable. ¡Buena manera 
de limpiar el habla castellana, metiendo en el 
Diccionario cada vez más broza! 

Más abajo viene abalear, y dice el etimolo- 
gista que es «del latín balejunt, escoba»; y el 
balejum latino no es en castellano escoba, sino 
BALEO, que, aunque no está en el Diccionario, 
así se llama en León el útil parecido á la escoba, 
aunque más grande y más tosco, que sirve para 
barrer las eras. Y por eso, porque el balejum no 
es escoba, sino baleo, no se llama la operación 
escobar, sino abalear. 

Luego viene dos veces el verbo aballar, y 



34 FE DE ERRATAS. 

las dos veces está de sobra, porque en la pri- 
mera acepción que le dan los señores, sinónimo 
de bajar ó ahajar, no es ya castellano, sino ga- 
llego; ¿no hay ningún académico que sepa que 
nuestra jo/a es elle en Galicia? Y la otra acep- 
ción, la de llevar ó conducir no es más que una 
tontería académica (i). 

Y van cuatro artículos sobre el Diccionario 
sin haber podido examinar más que los preli- 
minares, la página primera del texto, que no es 
más que media página, y la tercera parte de la 
segunda. Por donde comprenderá el lector fá- 
cilmente que para señalar todos los disparates 
que, visto lo visto, debe encerrar el famoso libro 
en sus mil ciento y pico de páginas, sería cosa 
de estar publicando artículos en El hnparcial 
todos los lunes por unos cuarenta años á lo me- 
nos. Es menester, por tanto, no llevarlo á hita, 
y de aquí en adelante me habré de contentar 
con hacer de la obra académica un estudio me - 
nos minucioso, más por encima, apuntando so- 
lamente, no diré los mayores despropósitos, 
porque es difícil decidir cuáles son los mayores, 
sino aquellos con que primero tropiece. 



(i) En apoyo de esta tontería citaron los académicos en su primer 
Diccionario y repiten ahora en un periódico, los siguientes versos de 
Quevedo, traduciendo el Cantar de los Cantares. 

«Si tú no sabes, mi querida esposa, 
Hallar las mis ovejas do sestean, 
Aballa tu ganado presurosa, 
Y tus cabritos que pacer desean.» 
Pero claro es que aballa no quiere decir aqui conduce ni lleva, sino 
abaja, sal de la majada (egredere <i\xc dice la Vulgata), suelta el ganado 
y bájalo del redil tque suele estaren el collado) & pacer al valle. Pa- 
ra citar autoridades, lo primero que se necesita es entenderlas. 



V 




|UMPLiENDO mi palabra de no reparar 
en pequeneces, apenas censuraré la 
definición que dan los señores aca- 
démicos del verbo abanicar, y eso 
que es muy mala. Como que no dice más que 
<^hacer aire con el abanico. U. m. c. r.» Estas 
cuatro cifras no quieren decir una majadería 
con rabo, aunque efectivamente le tiene , y por 
desollar, que es lo más lamentable; quieren de- 
cir: «úsase más como recíproco.» Pero dejemos 
á los académicos que hagan aire, como pudie- 
ran hacer buñuelos, cosa que también hacen 
á menudo; dejémosles omitir la significación 
familiar muy usada del verbo abanicar, pe- 
gar, zurrar, y vamos á ver si desollamos el 



36 FE DE ERRATAS. 

rabo de la majadería anterior, que está en las 
definiciones siguientes: 

Abanicazo dicen los señores que es «golpe 
dado con un abanico.» O con dos, pues me pa- 
rece que por eso no dejaría de ser abanicazo. 
Pero, además, abanicazo es abanico grande, y 
aun en el sentido que le dan los académicos, un 
abanicazo, más propiamente que un golpe, es 
un movimiento del abanico. Y vamos á la defi- 
nición de este último. 

Del ABANICO dicen que es «instrumento para 
hacerse aire.* Antes abanicar era hacer aire; 
ahora el abanico, que debe ser para atdwícar, 

es para liacerse aire ¿En qué quedamos? 

¿Puede ó no puede servir el abanico para hacer 
aire á otros? Es verdad que en algo se ha de 
conocer que uno de los lemas de la Academia 
es el áefija. Si la Academia no se contradijera 
en cada dos definiciones dos ó tres veces, ¿cómo 
había de decir que Jija el idioma? 

¡Para hacerse aire! La frase, como se ve, 

no puede ser más infeliz, ni menos castiza, 
pues, entendida castellanamente, lo que mejor 
puede significar es que el abanico sirve para 
convertirse en aire el que le usa, lo mismo que 
«hacerse agua» ó «hacerse almíbar» no quiere 
decir proveerse uno de agua ó de almíbar, sino 
convertirse en agua ó volverse dulce. Lo demás 

de la definición en que se hacen un lío los 

académicos, no es mejor que el principio, y en 
ella omiten la frase castiza y usual cowo abanico 



FE DE ERRATAS. 37 

de tonta, que, arrancando del hecho probado de 
que las tontas se abanican mucho, se aplica á 
todo lo que se mueve demasiado, sin regla ni 
cordura. 

Del verbo abarquillar dicen los señores 
que es «poner una cosa en figura de barquillo, 
u. t. c. r.» Y nada más. De suerte que aunque 
una tabla del pavimento comience á encorvar- 
se, mientras no se la junte una orilla con otra y 
tome por entero la forma cónica ó cilindrica de 
los barquillos, no puede decirse que se ha abar- 
quillado. Lo que vale es que todo el mundo lo 
dice, porque nadie hace caso del Diccionario de 
la Academia. Por lo mismo que nadie dice 
ABARRAR por arrojar, ni abarredera por escoba, 
aunque el Diccionario lo diga. 

Llegamos á la palabra Abarrisco, donde el 
etimologista, que hasta ahora casi no nos ha 
dicho más sino que ah viena del latín ah. y que 
abarrar viene de a y barra, y otras cosas al sí- 
mil, se mete en honduras y nos dice que aba- 
rrisco viene del vizcaíno abarescu, que quiere 
decir «á roso y belloso», y que este abarescu 
viene «de abarais, alboroto, confusión», todo lo 
cual es puro desatino. Porque ni abarrisco es 
ABARRISCO, sino BARRISCO, pucs quc la frase usa- 
da es llevar a barrisco, ni viene del vascuence 
abarescu, sino sencillamente de barrer, ni aba- 
rescu significa á roso y belloso , ni nada de 
cuanto dice en esta definición el etimologista 
tiene fundamento. 



38 FE DE ERRATAS. 

Un poco más abajo viene el verbo abarse 
nuevo en esta plaza, que es como si dijéramos 
desconocido hasta ahora en la Academia. Las 
impresiones anteriores del Diccionario decían 
todas, unas tras de otras: «Ábate; interj. Apár- 
tate de ahí, quítate allá, etc.» Esto era una bar- 
baridad en que sólo podían incurrir los académi- 
cos; porque no se necesitaba más que ver la es- 
tructura de la palabra ábate para conocer que 
era imperativo de un verbo, que aunque fuera 
verbo defectivo, y aunque no tuviera ningún otro 
modo, ni ningún otro tiempo, ni ninguna otra 
persona, siempre sería verbo y no interjección, 
como decía el Diccionario. Así se lo advertí en 
tiempo oportuno á mi inolvidable amigo y pai- 
sano el Sr. Villabrille, quien debió proponer á 
los académicos la corrección del yerro invetera- 
do, por cuanto aparece ya el verbo abarse en la 
edición nueva. Mas para no hacer nada del todo 
bien, sin otro fundamento que el de ser leonés 
quien le recomendaba, le han puesto á este 
verbo la nota restrictiva de provincial de León, 
que es bien injusta; como que en imperativo á6a- 
te, abaos se usa no sólo en la actual provincia, 
sino en todas las del antiguo reino de León, en 
Galicia y Asturias, en Castilla la Vieja, en Ex- 
tremadura, y en fin, donde quiera que se habla 
castellano. 

En la definición de Abasto omiten los acá. 
démicos la significación de taberna ó despacho 
de vino y aguardiente, en la definición Abata" 



FE DE ERRATAS. 39 

NAR omiten la significación figurada de vencer, 
dominar, y en cambio ponen á continuación la 
palabra Abate, y la definen diciendo que es 
«Eclesiástico, por lo común, de órdenes menores 
vestido de corto » ¡Anda salero! Y perdo- 
ne el lector esta exclamación, que me parece 
que no cae del todo mal en la ocasión presente, 
en que los académicos nos exhiben un cura casi 
casi bailando boleras ¡Abate, eclesiástico ves- 
tido de corto por lo común de órdenes me- 
nores!.... ¿De dónde habrán sacado estas cosas 
los académicos vestidos de largo? 

Abatido, dicen los señores que es bajo, ruin, 
despreciable vamos, el castellano de la Aca- 
demia, la cual levanta en seguida un falso testi- 
monio al ABEDUL, diciendo de él que tiene las 
hojas dentadas, y no es cierto. No afirmaré 
otro tanto, por más que me parezcan inverosí- 
miles, de las maravillas que en seguida nos 
cuentan los académicos acerca de las abejas y 
de los zánganos, maravillas tan circunstanciadas 
y minuciosas, que no parece sino que los defini- 
dores han sido zánganos anteriormente, sin per- 
juicio de conservar algún resabio que otro. Sólo 
así se explica que, al hablar de la abeja maestra 
ó REINA, digan con pasmosa seguridad que es la 
«hembra de los zánganos y madre de las abejas 
que fabrican la miel y la cera», añadiendo que 
«es única en cada colmena,^ basta para más de. 
mil machos (!!).» ¿Creen mis lectores que puede 
saberse todo esto sin haber pertenecido á la 



40 FE DE ERRATAS. 

clase? Algo así contó Plinio de los elefantes, y 
ya hubo quien dijera que, ó Plinio había sido 
elefante, ó los elefantes se lo habían contado á 
Plinio. 

Pero lo bueno es que un poquito más ade- 
lante dicen los mismos zánganos, digo, los mis- 
mos académicos: nAbejón (aum. de abeja), m. 
Macho de la abeja maestra.» ¿Pues no decían 
ustedes un poco más atrás que la abeja maestra 
era la hembra de los zánganos? En ese caso 
zángano y abejón debían de ser una misma co- 
sa. Y, sin embargo, el zángano le definen uste- 
des de distinta manera, diciendo de él que es 
«individuo de una de las tres clases de abejas 
que forman la colmena», y añadiendo: «Es ma- 
yor que las abejas trabajadoras y no tiene agui- 
jón ni labra miel (¿ni hace diccionarios?). Se cree 
ser el macho que fecunda á la maestra.» Es de- 
cir, que ya no son mil machos, sino uno solo, y 
aun de éste no se sabe por lo cierto. Y como da 
la casualidad que la definición de la abeja está 
al principio del Diccionario y la del zángano al 
fin, resulta que los académicos saben mucho 
menos al fin que al principio, es decir, que 
cuanto más van menos saben. 

Ya lo habíamos sospechado. 

Y ahora verá el lector la definición del Abe- 
jorro, emparentado también con la familia, del 
cual dicen los señores del esplendor, que es lo 
mismo que el Abejarrón, y de éste dicen: «In- 
secto con alas, de una pulgada de largo, ceni- 



FE DE ERRATAS. 41 

ciento, y que al volar zumba mucho. En la par- 
te anterior del cuerpo (ahora va lo bueno), tie- 
ne unas manchas negras que representan con 
bastante propiedad una calavera.» ¿De acadé- 
mico? Porque en esto de las calaveras suele ha- 
ber sus equivocaciones, como la del epigrama: 

La calavera de un burro 
miraba el doctor Pandolfo, 
y exclamó desconsolado: 
¡Válgame Dios lo que somos!.... 



Ahella, Abellar, Abellero, Abeya y A bey era, 
son cinco ripios, tres gallegos y dos asturianos; 
es decir, cinco artículos que están de sobra, 
porque esas cinco palabras no son palabras 
castellanas, distintas de Abeja, Abejar, etc., 
sino pronunciaciones de estas palabras en Gali- 
cia y Asturias respectivamente. En cambio, fal- 
ta la palabra Abejal, del mismo valor que Abe- 
jar y más usada. 

Abéñola y Abéñula dicen los académicos 
que son voces antiguas que significaban pesta- 
ña, y es verdad, aun cuando sean los académi- 
cos los que lo dicen. Pero también es verdad 
que hoy no se dice abéñola ni abéñula, sino 
ABÉNDULA, y quc así se llaman las piezas que, 
en forma de pestañas, componen el rodezno del 
molino, por más que los académicos no tengan 
ó á lo menos no den noticia del vocablo. 

Poco después viene eladjetivo aberenjenado 



42 FE DE ERRATAS. 

del que aseguran los ilustres limpiadores nacio- 
nales que quiere decir: «De color ó figura de 
berengena.» Naturalmente. Pero con ser tan na- 
tural la formación de estos adjetivos de seme- 
janza, y tan innecesaria su inclusión y explica- 
ción en el Diccionario, como que ya se sabe que 
pueden formarse todos los que se quieran, uno 
de cada sustantivo cuando menos, los académi- 
cos ponen muchísimos muy desconocidos é inu- 
sitados, embalumbando (palabra que falta) el 
libro con ellos , y sólo aciertan á omitir alguno 
que se usa, como asapado, que se aplica con 
frecuencia al hombre bajo y gordo, y que qui- 
zá se haya omitido por intrigas de algún neo- 
marqués académico. 

Y vean ustedes lo que son las cosas 6 los 
académicos Con ser tan naturales y tan fá- 
ciles estos adjetivos, todavía no siempre acier- 
tan á definirlos bien los señores individuos de 
la Española. Véase una definición para muestra: 
«Abestiado, da, adjetivo. Que, en cierto modo, 
parece bestia ó tiene algo de bestia. Dicese de 

personas y cosas.* Pero señores, ¿cómo se ha 

de decir eso de las cosas? Las cosas son anima- 
das ó inanimadas. A estas últimas claro es 
que no se las puede aplicar aquel adjetivo. 
¿Vamos á llamar abestiados á los adoquines de 
la calle de Valverde, al recipiente urinario que 
hay en medio de ella, ó á la materialidad del 
Diccionario que ustedes acaban de hacer? Y las 
otras cosas, las animadas, los seres animados 



FE DE ERRATAS. 43 

que no son personas y que pueden parecerse 
á las bestias, son bestias, y llamar abestiada 
á una bestia es un pleonasmo tan injustificado 
como llamar ipmorante á un académico. 




VI 




I no fuera porque no quiero detenerme 
en cosas pequeñas, no dejaría pasar 
el verbo abigarrar (que por cierto 
no se usa sino en el participio abi- 
garrado, y este falta), sin decir al etimologista 
que no viene del latín variegare, sino de otra 
palabra en que entre el bis latino ó el bí vas- 
congado, de bigar, por ejemplo. Ni dejaría de 
advertir á los señores que abigotado, á más de 
estar de sobra, no es el que tiene bigote, que 
éste es bigotudo, sino lo que se parece al bi- 
gote. 

¿Y en qué dirá el lector discreto que se dife- 
rencian AB INTESTATO y ABINTESTATO? ¿En 

nada? Lo mismo creía yo, y aun lo sigo ere- 



46 FE DE ERRATAS. 

yendo; pero los señores que limpian y fijan y 

desvarían á su gusto en la calle de Valverde, no 
son de ese dictamen. Para ellos ab intestato, 
escrito de dos veces, significa «sin testamento.» 
Así lo dicen, y como si la cosa no fuera de suyo 
bastante clara, ponen por ejemplo «murió ab 
INTESTATO.» Y añaden: «Estar ab intestato 
una cosa, frase figurada y familiar. Estar des- 
cuidada ó sin resguardo: u. t. (usase también) 
con los verbos dejar, tener.* Es claro; y con 
otros muchos, como salir, entrar, etc., pudien- 
do servir de ejemplo aquello de la Pícara Jus- 
tina: 

Y por no hallarse presente el gato 
Entró el ratón abintestato. 

A cualquiera le parecería que aquí no falta- 
ba más que añadir las dos rayitas verticales con 
que los académicos quieren decir: otra acep- 
ción, y luego: «Procedimiento judicial sobre la 
herencia del que no hizo testamento.» Pero los 
académicos creen, por lo visto, que el ab intes- 
tato escrito en dos palabras no es ni pariente 
del abintestato que los redactores de la ley de 
Enjuiciamiento civil escribieron junto, y obede- 
ciendo á esa creencia, ponen en otro artículo 
aparte con nuevas letras egipcias, otro abin- 
testato igual que el anterior, sin más diferencia 
que la supresión de un espacio entre la prepo- 
sición y el participio, y esto dicen que es un 



FE DE ERRATAS. 47 

sustantivo masculino que quiere decir proce- 
dimiento judicial, etc. Pero, hombres de Dios, 
ó del conde de Cheste, porque en la escritura 
de esa frase se conserve la ortografía latina, 
ó se junten las dos palabras como si fueran un 
solo vocablo castellano, ¿dejará la frase de ser 
la misma y de significar la misma cosa? Eso va 
en gustos; y ustedes mismos vienen á confesarlo 
prácticamente en otro lugar al escribir un ar- 
tículo «VERBIGRACIA, por ejemplo» , y en seguida 
este otro verbi gratia, diciendo que es lo mis- 
mo. ¿Por qué, pues, no han de ser lo mismo 

ABINTESTATO y AB INTESTATO? 

¿Y qué dirán ustedes que es abollar? Pues 
muy sencillo; para los académicos es «hacer uno 
6 varios bollos á alguna cosa.» ¡Uno ó varios 
bollos! Naturalmente; como que el número de 
bollos no puede cambiar la significación del 
verbo, aunque sean tantos como los que la Aca- 
demia hace al idioma y tan enormes como el de 
esta definición misma; pues como no se nos ha 
dicho todavía lo que es bollo, ni se nos dice 
aquí en cuál de las varias acepciones del bollo 
se ha de tomar éste para que hacer bollos {!uno 
6 varios!) sea abollar, resulta que el infeliz que 
no sepa lo que es abollar, y se lo pregunte al 
Diccionario, se queda sin saber de cierto si es 
dar cocorrones ó amasar panecillos. 

Aborujar no es como dicen los señores «ha- 
cer que una cosa forme borujos,» sino formarlos. 
Abs no es nada, como no sea una abreviatura 



48 FE DE ERRATAS. 

de la jerga de los cafés en Francia, que sirve para 
pedir una copa de ajenjo. Acabellado tampo- 
co quiere decir «de color castaño claro»; no, ni 
de castaño oscuro, que es el color del que van 
ya pasando las cosas de la Academia;... y á todo 
esto, parodiando al autor de las Dolaras. 

¿Qué dirás que es Academia? 
¿Qué dirás, 

lector de mi alma? 

Pues Academia es «f. (femenino) lugar ó si- 
tio ameno...» ¡Vaya si es ameno, aunque sea 
mala concordancia! ¡Como que se cobran allí 
buenos sueldos! Pero la definición sigue dicien- 
do: «... en uno de los arrabales de Atenas, don- 
de Platón y otros filósofos enseñaban la filoso- 
fía.» Todo lo cual y mucho más que sigue po- 
drá servir para explicar el origen de la palabra 
ó de la cosa, pero no para dar idea de lo que 
hoy se entiende por Academia, que era sin 
duda lo más importante. 

Más abajo definen los señores el académico 
y aun la académica, y dicen: tAdj. Dícese del 
filósofo que sigue la escuela de Platón. U. t c. s. 
Aplícase al individuo de una Academia.» Y aquí 
es muy de notar la modestia de la definición, 
comparada sobre todo con otras anteriores, 
pues los mismos que han dicho que el Abacero 
es persona que tiene puesto ó tienda, etc., y que 
el ABANIQUERO cs pcrsona que vende abanicos, 



FE DE ERRATAS. 49 

al llegar á su propia definición ni siquiera se 
atreven á llamarse personas que pertenecen á 
una Academia. Alabo la modestia, aun cuando 
parezca justicia, y paso adelante. 

Acanto dicen que, en la acepción arquitec- 
tónica, es «adorno con que ordinariamente se 
cubre el tambor (?) del capitel corintio». Lo del 
tambor no es más que una impropiedad confir- 
mada por los mismos académicos, que en el ar- 
tículo TAMBOR, entre las diez ó doce significa- 
ciones que dan á la palabra, no ponen la signi- 
ficación en que aquí la usan. Lo demás de la 
definición es pobre y malo, pues debieran haber 
dicho siquiera, «adorno en forma de hojas de 
acanto» porque si el adorno tiene otra forma 
cualquiera ya no puede llamarse acanto, ni el 
capitel corintio. 

Mas para que otra vez supriman el tambor, 
instrumento siempre desagradable, y mucho 
más cuando está de sobra, hay que contarles á 
los académicos el origen verosímil de aquel 
adorno. Dícese que una madre, cariñosa como 
todas las madres, depositó un día sobre la tum- 
ba de su hija un canastillo (no un tambor) con 
flores, cubriéndolas con una teja para preservar- 
las de la intemperie. Pasado algún tiempo, se 
halló el canastillo recubierto con las hojas de un 
acanto que nació debajo, formando un conjunto 
muy bello. Acertó á pasar por allí el arquitecto 
Callimaco, le agradó el adorno del canastillo y 
le imitó en el remate de las primeras columnas 



¿o FE DE ERRATAS. 

que hizo en Corinto, dando con esto sello y ca- 
rácter al orden arquitectónico que lleva el nom- 
bre de aquel pueblo. 

También son malasias definiciones de acana- 
lar, ACAUDALAR, ACEBADAR, ACELGA, y auU la de 

ACÉMILA no es mucho más exacta que la de 
ACADÉMICO. No existen las frases beber las accio- 
nes, ni beber los acentos; sólo existe, para signi- 
ficar gran diligencia la de beber los vientos; lo 
cual creo deber advertir á los señores para que 
lo enmienden en adelante, no sea que, por be- 
berse tantas cosas, alguien les suponga poseídos 
de afición á beber inmoderada. 

En todas las anteriores ediciones del Dic- 
cionario, desde la primera, que suelen llamar 
de autoridades , hasta la undécima inclusive 
figuraba el verbo acorzar, que los académicos 
decían que era lo mismo que acortar. Cuando yo 
vi en la edición ii." este disparate redondo sin 
una nota siquiera de provincialismo, fui á ver 
si estaba en el Diccionario de autoridades, y en 
efecto, ya estaba allí, aunque sin autoridad 
ninguna, y más que sin autoridad, desautori- 
zado con una nota que decía «le usa en Aragón 
la gente baja». 

Esta desautorización desapareció en las edi- 
ciones posteriores, y porque usaba aquella ton- 
tería en Aragón la gente baja, quiso la Acade- 
mia que la usara todo el mundo, y hasta puso 
á ese verbo, llamémosle así, en alguna edición 
su correspondencia latina, en latín, por su- 



VE DE ERRATAS. 5I 

puesto, de la casa, que no es mucho mejor que 
el castellano. 

Cuando se elaboraba esta edición duodé- 
cima, llamé la atención de un académico, del 
Sr. Tamayo, si no me equivoco, sobre el tal 
desatino, y, en efecto, el famoso acorzar, arrai- 
gado ya en trece ediciones (dos de autoridades 
y once sin ellas), desapareció del Diccionario. 
Mas como si hubiera cierta secreta afinidad 
entre la Academia y el despropósito , de tal 
modo que no pudieran separarse, al descartar 
del Diccionario un desatino, el de acorzar, que 
no es más que la pronunciación zafia de un 
verbo, hubo cuidado de sustituirle antes con 
otro nuevo de la misma índole, el de abaldonar, 
que ya queda indicado. 

Por último, ADORAR, señores académicos, no 
es reverenciar ni besar la mano al Papa, á quien, 
para inteligencia de ustedes, no se le suele 
besar la mano, sino el pie, ni reverencia es lo 
mismo que respeto, ni respeto es lo mismo que 
acatamiento, porque acatar, aunque ustedes no 
lo digan, se parece mucho más á obedecer. Ni 
tampoco el afrecho es el salvado, como ustedes 
dicen, sino el salvado mojado y hecho papilla, 
ni AGUAMANIL es la «palancana ó pila destinada á 
labarse las manos», sino el mueble en que se 
coloca, ni ustedes lo entienden. 



VII 




ooR á la Academia!» Así concluye un 
articulejo publicado sin firma en El 
Día el lunes anterior al oscurecer, 
con el intento de defender el Dic- 
cionario, aunque sin pasar del intento. 

Como que la mejor razón y aun la única que 
en favor del libro se aduce allí, entre media do- 
cena de alusiones sin punta, es que le ha com- 
puesto la Real Academia Española en colabo- 
ración con las sucursales que se ha echado en 
América, y esto claro es que sólo sir\'e para de- 
mostrar la falta de discurso del Cañete, digo, 
del autor del trabajo, con más el olvido ó el 
desconocimiento de aquella fábula de Los cua- 
tro lisiados (y quien dice cuatro dice cuarenta). 



54 I-E DE ERRATAS. 

adrede inventada por Iriarte, que quiso con ella 
hacer burla de lo que pasa 

Cuando juntándose muchos 
en pandilla literaria, 
tienen que trabajar todos 
para una gran patarata. 

Como el último Diccionario de la Academia, 
que es la patarata más grande que se ha impre- 
so en el mundo. 

Pero, en fin, si el casi intencionado autor 
del articulejo referido tiene empeño en que co- 
rra la voz, no seré yo quien me resista. Lo que 
siento, porque realmente es de sentir, es que la 
limpia, fija y esplendorosa señora no se contente 
con loores y quiera también duros de los pobres 
contribuyentes; lo demás, no tengo inconve- 
niente en repetir: ¡Loor á la Academia! 

Aunque no sea más que por una definición 
que se me había quedado agazapada y que me- 
rece ser conocida. Es ésta la del adjetivo abra- 
zador, del cual, como tercera acepción, dicen 
los señores: «Almohada, por lo común redonda, 
larga y estrecha.. .9 

Ríanse ustedes de imposibles, como la cua- 
dratura del círculo; pues sobre que ésta la resol- 
vió un tal Novoa, del que escribió Bretón 
En vano la envidia ladra, 
Que el buen Novoa ¡oh ventura! 
Ha dado al fin con la cuadra- 
tura, 



FE DE ERRATAS. 55 

los académicos, con no menos instinto resuel- 
ven otro igual haciendo que una cosa sea redon- 
da, estrecha y larga al mismo tiempo. Verdad es 
que podían haber dicho cilindrica, 6 si querían 
acomodarse más al lenguaje común, rolliza; 
pero entonces ni daban con la cuadra... tura ni 
resolvían ningún problema. 

Es verdad que no por eso la definición de 
ABRAZADOR hubiera carecido de gracia, porque 
todavía tiene otra más adelante. Sígame el lec- 
tor y verá lo bueno: tAlmohada por lo común 
redonda, larga y estrecha y forrada de esterilla 
que se usa en Filipinas, puesta en la cama en- 
tre una y otra pierna y entre un brazo y otro 
para evitar el calor». ¡Qué cosas tienen en Fili- 
pinas! Porque lo que es acá entre un brazo y 
otro está el cuerpo, y no es necesario, ni posi- 
ble, separarlos con una almohada redonda, lar- 
ga y estrecha; pero en FiUpinas sin duda ten- 
drán los dos brazos á un lado, juntos como las 
piernas, y no separados por el tronco. ¡Loor á 
la Academia! 

No sólo por esto, sino por decirnos que aca- 
landar es prohibir, cuando no es prohibir ni es 
nada, como no sea la pronunciación gallega 
del verbo acallantar, que es como se dice en 
León y Castilla, y vale lo mismo que acallar, 
sosegar, consolar, aunque los académicos lo ig- 
noren. ¡Loor á la Academia! 

Y eso que ni siquiera el acial han acertado 
á definir los que la forman, cosa, en verdad, ex- 



56 FE DE ERRATAS. 

traña, porque siendo instrumento de herrador 
y errando tanto, aunque sea sin hache, los aca- 
démicos, nada más natural que el que conocie- 
ran bien los chismes del oficio. Pero ni aun eso. 
Del ACIAL dicen que es un upaol (querrán decir 
palo) fuerte, como (los que merecen... y llevan) 
de una tercia de largo, en cuya extremidad hay 
un agujero, donde se atan los dos cabos de un 
cordel y se forma un lazo... (i)» en el que se enre- 
dan los señores limpios y se quedan yí/05. Todo 
por no saber que el acial no es un palo, sina 
dos, unidos en uno de los extremos por un gon- 
ce y en el otro por una cuerda que se aprieta á 
voluntad, después de haber cogido entre los dos 
palos el labio de la caballería. A veces, en 
lugar de dos palos, son dos barretas de hierro 
unidas en la misma forma, pero dos siempre. 
Con que... ¡Loor á la Academia! 

¿Qué nos va á nosotros en que diga que aci- 
vilar es envilecer?... Eso allá para la Guardia 
civil, que podrá pedir á los académicos cuenta 
de la injuria. Porque es evidente que de un mi- 
litar de cualquier arma que pasa á prestar ser- 
vicio en la Guardia civil, conforme á todas las 
reglas de buen castellano se puede decir que se 



(i) Para disculpar esta definici&n no se les ha ocurrido fc los aca- 
démicos mejor cosa que citar otras dos casi iguales tomadas de otros 
dos Diccionarios tan malos como cl de la Academia, el de Agricultura 
pfáctica, de Collantes y Alfaro, que está lleno de desatinos, y otro en- 
cidopídico de Agricultura, ganadería, etc., que diz que se esti publi. 
cando ahora. 



FE DE ERRATAS. 57 

acivila. Y, según los académicos dicen, se envi- 
lece. Pero... ¡Loor á la Academia! 

La cual sigue diciendo que acogollar es 
•cubrir las plantas delicadas con esteras, tablas 
ó vidrios»; que la etimología de adelante es de 
A y DELANTE (¡qué sabct!); que el aderezo es 
un juego; que adobe es un dadrillo que se usa 
sin cocer» (i), después de lo cual sólo faltaba la 
recíproca, es decir, la afirmación de que ladri- 
llo es «un adobe cocido», cosa que podía soste- 
nerse con igual derecho, y por último, después 
de darnos como una palabra sola adondequie- 
ra, que son dos ó tres, pasa á definir el ado- 
quín, diciendo, no precisamente que es un la- 
drillo de piedra, como podía esperarse, sino que 
es «piedra de forma cúbica...^ etc., que «sirve 
para empedrados y otros usos». Sí; como por 
ejemplo, para academias donde no se sepa lo 
que es cubo. ¡Loor á la Academia! 

No importa que omita en el Diccionario la 
voz agramante y la frase «campo de agramante», 
como otras muchísimas frases y voces; no im- 



: ) También esta tontería la han querido defender los académicos 
diciendo que asi definen el adobe otros diccionarios como el de Terre- 
ros, que copió al de la .Academia, el de Arquitectura, de Bails, y el de 
Clairac, añadiendo que este último pone hasta unas correspondencias 
francesas, inglesas é italianas, que dicen igualmente que el adobe es 
un ladrillo crudo. Lo cual no deja por eso de ser una tontería, como 
ninguna tontería dija de serlo porque la digan veinte... sabios en lu- 
gar de decirla uno solo. Pero los señores de la Academia han querido 
tener compañía en el desbarrar, y se explica: mal de muchos, consuelo 
de académicos. 



58 FE DE ERRATAS. 

porta que hable de un pájaro de siete pulgadas 
(la Academia todo lo mide mal, pero todo lo 
mide), que llama aguza-nieve, y que, ó se llama 
AGUA-NIEVE Ó no cxiste; no importa que diga 
que AHELEAR (?) es dar hiél á beber; no importa 
que diga que ajedrez es un «juego que se com- 
pone de treinta y dos piezas, la mitad de un co- 
lor y la otra mitad de otro», como si las piezas 
estuvieran teñidas al medio, en lugar de decir 
16 blancas y 16 negras, ni que diga que el 
tablero está «dividido en sesenta y cuatro casas», 
que serán casillas á lo sumo; no importa que 
diga que ajado es «lo que tiene ajos», y no lo 
que está maltratado, deslucido, ó estropeado 
como en sus manos el idioma; no importa que 
en cambio de las muchas palabras castellanas 
que no ha puesto en el Diccionario, haya cui- 
dado de poner la interjección ¡ajo! (aunque sin 
complemento por ahora), y diga que es lo mis- 
mo que AJÓ, y que ajó es otra «interjección con 
que se acaricia y estimula á los niños», y que 

«también se dice ajó, taita » en lugar de decir 

que es interjección usada en las tabernas, y en 
las asambleas parlamentarias; no importa que 
diga que alacrán es un «awi'waZ muy común en 
España», dejando al lector en la duda de si será 
rumiante, 6 paquidermo, 6 individuo de alguna 
«sociedad de personas literatas establecida con 
autoridad pública», porque eso de animal sirve 
para todo; aun cuando añada que «su cabeza 
forma con el cuerpo una sola pieza», como si no 



FE DE ERRATAS. 59 

fueran también de una pieza los otros animales; 
no importa que al definir el alacrán no diga 
que es sinónimo de escorpión, y en cambio al 
definir el escorpión diga que es sinónimo de 
ALACRÁN, ni que omita el conocido refrán que 
dice: Si te pica el alacrán, llama cura y sacris- 
tán; no importa que diga que aladrar es «verbo 
activo y lo mismo que arar», cuando es recípro- 
co y significa empezar á corromperse la carne; 
no importa que diga que alambrar es «despe- 
jarse el cielo (!!)», cuando es reformar los cence- 
rros, dándoles al fuego un baño de cobre No 

importa. ¡Loor á la Academia! 

Es verdad que la Academia dice en su Dic- 
cionario que el álamo blanco es una especie de 
chopo (!) de corteza gris», etc., cuando no es 
más que una especie de álamo; como también 
dice que el álamo negro es otra ^especie de cho- 
po de corteza oscura»; pero esto consiste senci- 
llamente en que los académicos no suelen saber 
lo que dicen, y á todos los árboles quieren ha- 
cer de su propia madera. 

También es verdad que el adjetivo alarco- 
NiANO, nuevo en el libro, tiene arte de ser 
pueril antojo, ó senil si se quiere, del menor de 
los hermanos Fernández-Guerra, que no ha es- 
tudiado nada más que las obras de Ruiz de 
Alarcón, y es verdad asimismo que en tal an- 
tojo no debió consentir la Academia; porque ni 
nadie ha usado esa palabra más que el mismo 
D. Luis, seguramente, ni D. Juan Ruiz, con 



6o FE DE ERRATAS. 

ser buen poeta, tiene, como Calderón, estilo 
francamente propio y claramente distinto de 
sus contemporáneos, ni, por último, entre cien 
españoles que oigan decir alarconiano, hay tres 
que se acuerden del ilustre autor de La verdad 
sospechosa, y que no se vayan á pensar en su 
tocayo de apellido el actual académico D. Pedro 
Antonio, para el que, dicho sea sin ofensa, y 
aunque es de lo menos malo de la casa, me 
parece demasiado honor el adjetivo. 

Pero nada de esto impide repetir siquiera 
otra vez: ¡Loor á la Academia! 

Por lo demás, aun cuando también diga 
doña Limpia que Albanega es un «gorro de 
mujer» y que albaneguero es «jugador de da- 
dos», sin que tenga que ver más lo uno con lo 
otro que la Academia con las cuatro témporas; 
y aun cuando asegure que albañilería es el 
arte de construir edificios, siendo el de blan- 
quearlos; y aun cuando suprima el verbo albar, 
que es calentar un hierro hasta el rojo-blanco, 
y el adjetivo albo que se aplica al hierro así 
caliente, y aun cuando no sepa definir el adjeti- 
vo albar, que no sólo significa blanco, sino 
también grande, noble, de buena índole, todo 
esto no es motivo para que no digamos con el 
autor de las susodichas alusiones despuntadas, 
¡Loor á la Academia! 

Porque tampoco tiene nada de particular 
que los académicos no sepan definir ni siquiera la 
albarda, de la que dicen que es la pieza prin- 



FE DE ERRATAS. 6l 

cipal del aparejo, ni que digan que hay un re- 
frán que dice: «Labrar y hacer albardas todo es 
dar puntadas», cuando no dice ni puede decir 

así, sino ncoser y hacer albardas etc.»; como 

no es extraño que digan que el albayalde es 
una «sal compuesta de ácido acético y óxido de 
plomo», en lugar de decir de ácido carbónico y 
óxido de plomo, porque es un carbonato de 
plomo; así como tampoco importa que digan 
que ALBÉiTAR es «lo mismo que veterinario», 
aunque va tanta diferencia del primero al se- 
gundo como la que va del académico al literato 
próximamente. Nada, nada; yo he de concluir 
este artículo repitiendo con el infortunado de- 
fensor del Diccionario. ¡Loor á la Academia! 




VIII 




LBOROTO, señores académicos, dígan- 
selo Vds. al señor etimologista , no 
viene del vizcaíno aharots, como él 
dice, sino que sucede lo contrario; el 
vizcaíno (y guipuzcoano) abarotz es la palabra 
castellana alboroto , acomodada al vascuence. 

Por este camino va á llegar el etimologista á 
decimos que ángel viene del vasco (él dirá del 
vizcaíno) ainguerua, y soldado del vasco sóida' 
tita, y turrón de turroia, y chocolate de chocola- 
tia, en todo lo cual no haría más que imitar la 
perspicacia de aquella buenísima persona que 
en nada reconocía ni adoraba tanto la sabía 
providencia de Dios, como en haber hecho co- 
rrer los ríos por debajo de los puentes. 



I 



64 FE DE ERRATAS. 

Por lo demás la etimología de alboroto es 
árabe, Ja misma de alborozo, que no es más 
que ligera variante de la misma palabra. 

Álbum dicen Vds. que es «libro en blanco, 
comúmnente apaisado y encuadernado con tnás 6 
menos lujo » ¡Que no se diga, señores común- 
mente prosaicos y más ó menos desconocedores 
del idioma, que no se diga! Y tampoco se debe 
decir que albura es la «síiperficie del tronco del 
árbol quitada la corteza», porque no es tal su- 
perficie, sino toda la parte del árbol, desde la 
corteza hasta el corazón. Verdad es que tampo- 
co saben Vds. lo que es corazón en este sentido, 
puesto que en el lugar correspondiente se limi- 
tan á decir que es el interior de una cosa inani- 
tnada. Como, por ejemplo, el interior de un pa- 
necillo ¿eh? La albura, señores, que se llama 
así por su color ablancado, es en el árbol una 
capa gruesa inmediata á la corteza, de madera 
menos dura que el corazón y menos útil para 
construcciones, como que la ataca con más fa- 
cilidad esa especie de académico llamado car- 
coma. ¡Y Vds. dicen que es la superficie! ¡Siem- 
pre superficiales! 

En el artículo alcabala han omitido Vds. el 
refrán contra los perezosos, que dice: Por ir y 
venir no llevan alcabala. 

Alcandora, señores, la palabra alcandora la 
ponen Vds. tres veces en tres artículos distin- 
tos, diciendo en uno que es hoguera, en otro 
»ant. cierta vestidura blanca como camisa 6 la 



FE DE ERRATAS. 05 

misma camisa», y en otro (con acento en la se- 
gunda a), que es en germania percha de sastre.... 
Tres artículos para una palabra que no merecía 
ni uno siquiera. Y lo más extraño es que el eti- 
mologista, de ordinario tan aficionado á bus- 
car orígenes en el vascuence, no se acuerde 
ahora de que alcandora, con todas sus letras, es 
en vascuence camisa de hombre. 

También dicen ustedes muy serios que alcán- 
tara es puente, y tampoco está bien, porque no 
se usa más que en el diminutivo alcantarilla. 
Pintes acalandar, después acivilar, ahora alcán- 
tara... ¿No se reirían ustedes de quien les diera 
por noticia que «el Conde de Xiquena ha acá- 
laudado el baile del alcántara de Toledo para 
que no se acivilen las criadas de servicio? Pues 
esta noticia la puede dar el día menos pensado 
cualquier infeliz que intente aprender el caste- 
llano por el Diccionario de la Academia. 

Tampoco el alejija son puches. Es verdad 
que tampoco las puches son tales puches, sino 
puchas: porque puches no es más que la pro- 
nunciación bable, que en los plurales cambia 
en f la a final de los singulares femeninos, di- 
ciendo, por ejemplo, la oheya y les oheyes, la 
moza y les moces, la castaña y les castañes , y 
Cangues y Asturies por Cangas y Asturias. Esto 
lo sabe todo el mundo, menos ustedes los aca- 
démicos. 

La frase ¡alto de ahí! ¡alto de aquí! con 
que, según ustedes, tse manda á otros que se 



ite 



66 FE DE ERRATAS. 

vayan de donde están», es otro disparate que 
jamás se le ha ocurrido á nadie, fuera de la 
Academia. Se dice ¡fuera de ahí! ¡fuera de 
AQUÍ! y de otras mil maneras. Pero ¿alto de ahí... 
para mandar á otros que se vayan?... Si precisa- 
mente ¡alto! significa todo lo contrario de mar- 
charse. Así es, que pudieron ustedes y aun debie- 
ron haber economizado aquellos tres renglones, 
y haber puesto en su lugar que el adjetivo alta 
se aplica á las hembras de las razas canina y 
felina cuando están en celos. 

No definen ustedes la palabra alubia ni la 
palabra habichuela, que son otros dos nombres 
del HABA BLANCA , ni en este último artículo po- 
nen la definición tampoco, sino que desde todas 
estas palabras y desde la palabra Fréjol, que 
aunque significa una cosa parecida, no es la 
misma cosa, desde todas estas palabras remiten 
ustedes al lector á la palabra judía, que no es 
un nombre, sino un apodo burlesco de la alu- 
bia, y allí es donde definen. Lo cual cierta- 
mente es una impertinencia, por no emplear 
otra calificación más fuerte ; y si no , vamos: 
¿Les gustaría á ustedes que el sentido común 
por mano de cualquier particular hiciera un 
Diccionario, y al llegar á la palabra académico, 
pusiera en el lugar de la definición esta refe- 
rencia: «V. ESTROPEADOR DEL IDIOMA», y qUe 

luego en este otro artículo de estropeador del 
IDIOMA dijera: ^Especie de persona literata que se 
reúne con otros de su clase todos los jueves en 



FE DE ERRATAS. 67 

un higar ó sitio ameno á devengar sus duros, y 
á remendar sus libros, por medio de los cuales 
empobrecen , confunden y echan á perder la 
lengua patria?» Pues á fe que la definición no 
estaría tan dislocada como la de la alubia en la 
judía, pero en cambio sería mucho más exacta 
y más propia. 

A MALEAR ni está anticuado ni es malear, sino 
que es recíproco y significa lamentarse, quejarse. 

Amatar ni está anticuado, ni es íuatar, ni 
borrar, ni confundir, sino que es llagar á una 
caballería el aparejo, y se usa también como 
recíproco. 

Amelga tampoco es amelga, sino ambelga, 
y más comúnmente embelga, aun cuando la 
etimología es del latín ambo, y por consiguiente, 
amelgar tampoco es así, sino embelgar ó 
ambelgar, que es dar surcos apareados que 
dividan la heredad en fajas iguales, de ocho á 
diez varas de anchura, para sembrar con regula- 
ridad, así como embelga es cada uno de estos 
surcos y también la porción de terreno compren- 
dida entre cada dos de ellos. De la misma raíz 
latina ambo nace el adjetivo embelgo que uste- 
des omiten, que es igual que gemelo ó mellizo, 
y que no se dice mielgo, como zafiamente ponen 
ustedes en otra parte. 

Amicicia, señores fijadores, no es palabra 
castellana , sino latina, lo mismo que agro, 

AMPLEXO, ATRAMENTO, AUTUMNAL y LETICIA y 

nequicia, que vienen también más adelante, y 



68 FE DE ERRATAS. 

que nadie las usa más que el conde de Cheste, 
cuando escribe tercetos y no halla consonantes 
mejores. En cierta ocasión, de recién admitido 
en la Academia Marcelino Menéndez Pelayo, 
recuerdo que le hablé de la conveniencia de 
quitar del Diccionario estos y otros muchos 
vocablos, y recuerdo también que el nuevo lim- 
piador de la lengua me contestó, en académica 
frase, con esa sobriedad y esa interior satisfac- 
ción que en los militares resulta del cumpli- 
miento de la Ordenanza, y en los académicos 
de hablar de aquello que no entienden: «No 
se propende á quitar». No; ya hemos conocido 
que á lo que se propende es á echar á perder el 
idioma. 

Si así no fuera ¿por qué no se había de 
propender á quitar todo lo que estorba? ¿Es 
que esas palabras las ha usado en los siglos XVI 
ó XVII tal ó cual escritor de nota? ¿Y es esto 
bastante para tener el Diccionario atestado de 
palabras sin uso? 

Si ustedes los académicos fueran un poco 
más leídos, no tendría yo necesidad de hacerles 
saber que Tirso de Molina, que es autoridad si 
las hay, hizo decir al criado Caramanchel en 
su D. Gil de las Calzas verdes, que el médico 
á quien había ser\ádo antes 

«Visitaba sin trabajo, 
Calle arriba, calle abajo 
los egrotos de Madrid». 



I 



FE DE ERRATAS. 69 

¿Tienen ustedes la palabra cgroto en el Dic- 
cionario? No; y no seré yo quien por la omisión 
les acuse; pues aunque Tirso pudo muy bien 
usar esa palabra en el siglo XII, cuando sabían 
latín hasta las cocineras, como en ese particular 
no le siguió el uso, hoy que no saben latín los 
académicos, la palabra egroto no puede usarse 
en castellano ni debe figurar en el Diccionario 
de esta lengua , á la que es completamente 
extraña. 

Mas para no tener en el Diccionario esa 
palabra, si ha de haber justicia é igualdad, hay 
que echar fuera también la nequicia, la leticia, 
la amicícia, el agro, el amplexo y todas las que 
se hallan en igual caso. (') 

¿Y de dónde han sacado ustedes que es una 
frase al amor del agua? ¡Pues vaya un amor... 
académico! ¡Si el amor está reñido con el agua, 
y ni en una frase pueden entrar juntos, porque 



(•) Los académicos han querido defender estos latines con textos 
de la venerable Agreda, de un tal Francisco Villalobos, de uno de los 
Argensolas y de Alvar Gómez de Ciudad-Real, en que suenan las 
palabras amicicia, amplexo y leticia, siendo de advertir que en el 
texto de Argensola amicicia es un consonante. En cuanto al agro han 
citado tres textos, uno de Fray Luis de Granada, otro de un padre 
Acosta, y otro de Góngora; en este último, que es verso, se pone el 
adjetivo agro por agrio, para concertar con milagro, en los otros hay 
el mismo adjetivo agrá, agras por agria y agrias, pero en ninguno está 
el sustantivo agro, que el Diccionario dice que es «terreno dedicado 
al cultivo comprendido dentro de una cerca». Por lo visto, no quita lo 
ignorante á lo tramposo. Mas de todos modos, ya en el texto quedan 
explicadas estas autoridades y refutado el argumento que en ellas 
se funda. 



7o FE DE ERRATAS. 

el amor es fuego! Por eso la frase que realmente 
es frase es al amor de la lumbre. ¡Qué empeño 
en cambiar los papeles! 

Y hasta los apóstoles; pues dicen ustedes 
que el apóstol por antonomasia es San Ber- 
nabé, cuando todo el mundo sabe que es San 
Pablo. 

Pero ¿qué han de entender ustedes de estas 
cosas cuando aun en lo tocante á caballerías 
mayores y menores andan tan flojos, que tras 
de no haber acertado á definir el acial ni la 
albarda, llaman ahora apea á un sogajo que se 
llama manea, porque no es para los pies, sino 
para las manos? 

¿Qué han de saber ustedes de apóstoles, 
cuando ni siquiera saben definir la alfalfa, de 
la que dicen que es una mielga comiin, ni aun 
el alcornoque, al cual llaman especie de encina? 




IX 




RAciAS á Dios! 

La Academia, que andaba ha- 
ciendo melindres y se daba tono por 
medio de su órgano casi oficial La 
Correspondencia de España con el anuncio repe- 
tido de que no admitiría más observaciones al 
Diccionario que las de cierto ingenierillo bulle- 
bulle y las de algún otro que las hiciese igual- 
mente de buena manera, es decir, no mezcladas 
con burlas, ha tenido al fin que bajar la cabeza, 
y resignándose á recibir las correcciones como se 
las den, publica ya en forma de circular en todos 
los periódicos el nuevo acuerdo de tdividir su 
personal para que una comisión numerosa lea 
el Diccionario y sobre cada palabra suya obser- 



72 FE DE ERRATAS. 

ve los reparos que han hecho personas más ó 
menos doctas y competentes, y proponga para 
en su día las modificaciones que á su juicio de- 
ban introducirse». 

Muy bien. Aparte de la mala redacción de 
la circular, donde no se sabe de quién son ni las 
palabras, ni el día, ni el juicio, aunque éste de 
seguro no será de los académicos, me parece 
bien la dociUdad de la Academia. Y eso que, en 
lo de las personas más ó menos doctas, supongo 
que lo del menos lo habrá dicho por mí; pero no 
he de enfadarme. ¿Qué menor venganza se ha 
de conceder al escozor de los azotes.? A más de 
que yo mismo reconozco de grado que entre las 
personas que hemos puesto reparos al último 
esperpento académico, soy la menos docta in- 
dudablemente. Ahora, si la frase de la circular 
no debiera entenderse en este sentido de que 
las personas á que se refiere son más ó menos 
doctas entre sí, unas más y otras menos, aun- 
que todas más doctas que los individuos de la 
Academia, que ni siquiera, al definirse á sí mis- 
mo, se han atrevido á llamarse personas; si, por 
el contrario, el punto de comparación fueran los 
académicos, no pasaría por ello, protestaría; 
porque eso no, ni en broma, yo no me puedo 
conformar con ser menos docto que Mariano 
Catalina, el 2." marqués de Pidal, su hermano 
Alejandro, Cheste, Arnao, Galindo, Cañete y 
otros, y otros, que con capa de sabios no saben 
dónde tienen la mano derecha. 



FE DE ERRATAS. 73 

O, por lo menos, no saben escribir con ella 
medianamente el castellano, como lo prueba 
la misma circular, cuyo segundo párrafo está 
todavía peor que el primero. 

Véase: 

tSe dio cuenta después de un trabajo del se- 
ñor D. Sebastián Rodríguez, relativo á las re- 
formas últimamente introducidas en el Diccio- 
nario, cuyos trabajos son dos libros impresos, de 
los que, según se ha dicho, parece que la Direc- 
ción general de Instrucción pública pedirá in- 
forme á la Academia». 

Aquí parece que después de un trabajo se 
dio cuenta del Sr. D. Sebastián Rodríguez, y 
que este señor es relativo á las reformas; pero 
luego resulta que el relativo es el trabajo y que 
éste no es uno, sino que son dos, y se los llama 
cuyos, con lo cual parece que son del Diccio- 
nario y no de D. Sebastián, etc., etc. De todo 
lo cual hay que deducir que estos reclamos-cir- 
culares no los escribe el secretario perpetuo, 
sopeña de creer que este señor parte algo con 
aquel famoso herrero Mazariego (desconocido 
en la Academia), que á fuerza de machacar se le 
olvidó el oficio. 

Repito que me parece bien la docilidad de 
la Academia en eso de querer utilizar estas y 
otras observaciones para la futura edición del 
Diccionario, y aun me parecería mejor sino fue- 
ra que no la encuentro del todo desprovista de 
cuquería (palabra que falta); porque, vamos á 



74 VE DE ERRATAS. 

ver, ¿les parece justo á los académicos que las 
personas más ó menos doctas, como ellos di- 
cen, trabajemos por enseñarles á hacer el Dic- 
cionario para que luego vengan ellos con sus 
manos lavadas, ó sucias, que de todo puede ha- 
ber, á percibir los productos de la venta del 
libro, después de haber cobrado un tanto por 
cada noche de asistencia? Para poner remedio 
á esta injusticia no tenemos que hacer las per- 
sonas más ó menos doctas sino suspender la ta- 
rea á lo mejor, dejando á la comisión ttumerosa 
plantada en el medio del camino, y de esta 
suerte, la décimatercia edición del Diccionario 
académico saldría como salió de la barbería el 
inglés del cuento, con una carrillera sin afeitar 
y otra afeitada. 

No; el Diccionario desbrozado se hará, pero 
no le hará la Academia, le haremos las perso- 
nas más ó menos doctas que hacemos los repa- 
ros al de la Academia; y si la Academia nos le 
plagia, nos agarraremos á la ley que llaman de 
propiedad intelectual, y perseguiremos el plagio 
ante los tribunales. 

Siento haberme entretenido en estas cosas 
haciéndome tanta falta el tiempo y el espacio 
para decir á los señores limpios, de nombre, y 
aun de ciencia, con la mayor brevedad posible, 
que el Amoniaco no se define diciendo que es 
un gas, sino diciendo que es un álcali, llamado 
generalmente álcali volátil; que ansímesmo no 
es una palabra, sino dos, ninguna de las cuales 



FE DE ERRATAS. 75 

tiene uso; que antainar no es antainar, ni vie- 
ne de ante, ni es provincial de Asturias, sino 
que es Ektainar, viene de en y aina (pronto), 
con una t eufónica en medio, significa darse 
prisa á hacer las cosas, y se usa lo mismo que 
en Asturias en León y Castilla. 

Tampoco antruejar es provincial de Extre- 
madura, sino de Castilla, de León, de Asturias, 
de Andalucía y de todas partes, aunque más 
comúnmente se dice antrojar, y tampoco sig- 
nifica precisamente vnojar ó hacer otra burlan, 
sino celebrar los días de Carnestolendas, gene- 
ralmente comer bien en aquellos días, comer 
carne los pobres que no la suelen comer en el 
resto del año. Por cierto que en el artículo año 
dicen los académicos que este es «el tiempo que 
trascurre durante una revolución real de la tie- 
rra en su órbita alrededor del sol, ó aparente del 
sol alrededor de la tierra*, y esto último es un 
solemne disparate, pues el tiempo que dura la 
revolución aparente del sol alrededor de la tierra 
no es un año, sino un día. Mas aparte de esto, 
ponen también el refrán que dice: No }ne lleves 
año que yo te iré alcanzando , del que dan una 
explicación tan perfectamente desatinada como 
esta: iRefrán con que se da á entender el deseo 
natural en los viejos de prolongar cada año su 
vida». ¿De dónde habrán sacado eso, si lo que 
el refrán da á entender es sencillamente que la 
diferencia de edad, cuando es corta, andando 
el tiempo ya no se conoce? 



76 FE DE ERRATAS. 

En el artículo apio, sobre poner dos defini- 
ciones, y ninguna exacta, para una sola cosa, 
falta el refrán contra los desidiosos, que dice: 
El niño muerto, y el apio en el huerto. 

Apurrir. De este verbo decían las ediciones 
anteriores del Diccionario, hasta la undécima 
inclusive, que era provincial de la montaña de 
Burgos. Una persona 7nás ó menos docta se rió 
de este doble despropósito cinco años hace, de- 
lante de un señor académico, haciéndole notar 
que ni una montaña es una provincia, ni Bur- 
gos tiene montaña apenas, pues lo que se lla- 
maba montaña de Burgos cuando la Academia 
hizo su primer Diccionario, pasó luego á fines 
del siglo último á formar con las Asturias de 
Santa juliana (Santillana) la diócesis de San- 
tander, y más tarde la provincia del mismo 
nombre, llamándose hoy Montaña de Santan- 
der, y no de Burgos. 

Lo cual oído por el académico, le faltó tiem- 
po para hacer la enmienda poniendo provincial 
de Santander, no sin echar á perder al mismo 
tiempo la definición, pues antes decía sencilla- 
mente que APURRIR era «dar una cosa á otro», y 
ahora dice que es lo mismo que alargar en la 
tercera acepción, y la tercera acepción de alar 
gar dice que es alcanzar algo, lo cual es un so 
lemne disparate. Vale Dios que no está solo 
sino acompañado del áe provincialismo, que es 
si cabe, mayor, porque apurrir, dar, alargar 
se dice lo mismo que en Santander en el resto 



FE DE ERRATAS. 77 

de Castilla la Vieja, y en Asturias, y en Gali- 
cia, y en León, y en Extremadura, lo cual es 
mucho más de lo que se necesita para que una 
palabra sea castellana á secas y no provincial 
de ninguna parte, y más teniendo como tiene 
ésta abolengo sabio, pues viene del latín porri ■ 
gere, cosa que no olvidaría el respetable etimo- 
logista si además de saber el griego y el sans- 
rito supiera el castellano. 

Aqüeste es una barbaridad por cualquier 
lado que se mire. Lo primero, porque estos dos 
puntos sobre la u no se ponen sino cuando está 
entre ^ y ¿ y se la quiere dar sonido, como en 
cigüeña; mas para darla sonido entre q y e, pa- 
ra darla ese sonido que pretenden darla ahí los 
académicos , se cambia la 5 en c y se escribe 
acueste, como se escribe en castellano cuestión y 
cuando, por más que en latín se escriban con q 
estas mismas palabras. Por otro lado aqüeste, 
ni escrito así, ni escrito como debiera escribirse 
si existiera, ni escrito de ningún modo es cues- 
tión, ni rifia , ni pendencia, ni palabra caste- 
llana. 

Es decir, que ese artículo aqüeste es uno 
de los muchos que están de sobra, puesto que 
para nada sirve, á no ser á los académicos, que 
les puede servir para lo mismo que la tercera 
acepción del verbo alargar, para alcanzar algo, 
aunque no sea más que fama de tontos. 

La definición de arbusto es graciosa, sobre 
todo por el ejemplo con que los señores acadé- 



78 FE DE ERRATAS. 

micos han creído conveniente ilustrarla. «Ar- 
busto, dicen, del latín arbustiim, planta perenne 

que, como la lila » que por supuesto no es 

arbusto, sino árbol; pero en fin, leyendo la defi- 
nición dan ganas de decir á los académicos: No 
sean Vds arbustos. 

También el arca está bien definida diciendo 
que es «caja grande (precisamente; si es peque- 
ña ó mediana no es arca) de madera (si es de 
hierro tampoco), por lo común sin forro (¡vaya 
un detalle!), con tapa llana (¡otro!), asegurada 
por uno de sus lados co n goznes ó bisagras (ó 
cualquier cosa), y la cual (¡qué sintaxis!) tiene 

por delante cerradura ó candado •» e si non, 

non. 

¿Es posible disparatar más ni definir peor 
un mueble que conoce todo el mundo? 

¡Lo mismo que decir que archivo es lugar ó 

paraje Y omitir en el artículo arena la frase 

una de cal y otra de arena, que tampoco en el 
artículo CAL se halla, y decir que arrepiso es 
participio del verbo arrepentirse, que éste es 
del latín penitere, y al llegar después á repiso, 
que es la misma palabra sin a, decir que viene 
de re y passus. 

También omiten en el artículo arriero los 
refranes siguientes: Hasta que no muere el arrie- 
ro no se sabe de quién es la recua, con que se sig- 
nifica lo fácil que es padecer engaño sobre la 
verdadera riqueza de los traficantes: cuando el 
arriero regala la bota, 6 da á la pez 6 es que está 



FE DE ERRATAS. 79 

rota, que indica la desconfianza con que se debe 
recibir la cesión gratuita que de cosa necesaria 
ó muy útil hace alguno que no tiene fama de 
generoso; de arriero á arriero no pasa dinero, 
que denota la mutua generosidad que debe ha- 
ber entre los de un oficio; arriero de un jumento, 
huen plato y mal testamento, que enseña lo esca- 
so del producto del tráfico en pequeño, con re- 
lación al gasto; y por último, juegan los burros 
y pagan los arrieros, que viene á ser lo mismo 
que decir: «se divierten los académicos, y sale 
perdiendo el habla castellana». 

Omiten igualmente en la definición del ver- 
bo ARROLLAR la significación de mecer la cuna, 
y la frase se arrolló en buena cuna; por eso, 
al encontrarse luego con la palabra rolla, ni- 
ñera, barbarizan diciendo que viene de arrullar, 
como si las niñeras fueran tórtolas ó palomas, 
cuando es de arrollar de donde viene. 

Es verdad que tampoco de sí mismos saben 
los académicos de dónde vienen, ni adonde van, 
ni por dónde andan, cuando después de haber 
estampado el disparate de que arado rabudo 
quiere decir «largo de reja», como si la reja fue- 
ra el rabo, y tras de llamar arveja á la arveja- 
CA, y decir que arvejal es el terreno poblado 
de arvejas, cuando es la tierra sembrada de 
arvejos, llegan á esta palabra arvejo y dicen 
muy formales que es el «garbanzo de Asturias, 
parecido á la arveja y más duro y pequeño que 
el de Castilla» 



8o FE DE ERRATAS. 

¡Qué barbaridad! Arvejo el garbanzo de 

Asturias, parecido á la arveja, más duro y pe- 
queño que el de Castilla Los académicos si 

que son parecidos á cualquier cosa, y duros, 

sobre todo de mollera. No, señores; el arvejo 
no es el garbanzo de Asturias, ni de ninguna 
parte, sino el arvejo, otra legumbre que sólo en 
serlo se parece al garbanzo, pero que se parece 
mucho al guisante, hasta casi confundirse cuan- 
do están verdes, distinguiéndose, sin embargo, 
muy bien después de cocidos, porque el arvejo, 
que es mucho más sustancioso, toma el mismo 
color negruzco ó achocolatado que las lentejas. 

Parece mentira que en el conocimiento de 
estas leguminosas vulgares, que hasta se em- 
plean mucho para pienso, anden los académicos 
tan atrasados. 




X 




NTiGUAMENTE, adcmás de ser dulces 
las aguas del mar, como dice el can- 
tar andaluz, tampoco eran salados los 
académicos. Sólo que las aguas del 
mar se volvieron saladas, según la misma copla, 
por haber escupido en ellas una morena, y los 
académicos, como no les habrá escupido nadie, 
á lo menos así materialmente, continúan tan 
sosos como antes. 

Y eso que lo eran tanto allá en sus comien- 
zos, que ni siquiera sabían lo que era un asno, y 
se limitaban á llamarle «animal cuadrúpedo, 
bien conocido», añadiendo que «los hay domés- 
ticos y salvajes». Fué menester que el señor 
Pérez Ramajo, autor de la apología de los as- 



82 FE DE ERRATAS. 

nos, y naturalmente gran amigo de los académi- 
cos, vendiera á uno de ellos un ejemplar del 
Diccionario de la Academia con anotaciones 
manuscritas al margen para que luego en la 
quinta edición del mismo Diccionario (1817), 
apareciera el asno mejor definido, aunque no 
bien del todo, ni con mucho. En esta definición, 
que ha llegado hasta nuestros días, pues es 
sustancial y aun casi literalmente la misma de 
la edición undécima (1869), además de suprimir 
la división de los asnos en domésticos y salva- 
jes, se les sometía á la talla como á los quintos, 
diciendo que tenían de cuatro á cinco pies de 
altura, y se les llamaba animales con casco, frase 
que por entonces no podía ofrecer los inconve- 
nientes de ahora. 

El Sr. Domínguez, que á pesar de su inquina 

contra la Academia no dejaba de ser tan 

académico como el que más, sostuvo las medi- 
das académicas del asno y su división en do- 
méstico y salvaje, añadiendo que este es mayor, 
pues «los hay de seis pies, mientras los nuestros 
por lo regular nunca pasan de cinco y pululan 
infinitos de á cuatro » ¡Vaya! Y aun de dos y to- 
do pululan. 

Por estas cosas y otras los académicos ac- 
tuales comprendieron la necesidad de reformar 
la definición del asno, y se conoce que pusieron 
en ella especial esmero, probablemente con el 
fin de evitar que á cualquier malicioso, si la tal 
definición no salía del todo bien, se le ocurriera 



FE DE ERRATAS. 83 

aquello de '«en casa del herrero, cuchillo de 
palo.» Triste es que el éxito no haya coronado 
la buena intención de los académicos de hacer 
siquiera del asno una definición adecuada; pero 
véase cuánto dista de serlo la nueva flamante. 

«Asno (del latín asimis) m. Animal solípedo, 
de cuatro á cinco pies de altura, de color, por 
lo común, ceniciento; con las orejas muy largas 
y la extremidad de la cola poblada de cerdas. 
Se mantiene de hierbas y semillas y es muy su- 
frido.» ¡Mucho! Como que aunque le definan 
mal y aunque le digan que es individuo de los 
que se reúnen en un lugar ó sitio ameno, no se 
enfada. Pero comencemos por arriba. 

La sustitución del animal con casco por el 
animal solípedo está muy bien, y era una nece- 
sidad imperiosa en estos tiempos; porque con la 
reforma á la alemana, recientemente introduci- 
da en el uniforme de nuestros generales, la an- 
tigua calificación académica podría dar lugar á 
confusiones. 

Lo que ya no está tan bien es la medida, 
por demasiado tacaña. Se comprende que la 
intención de los académicos , al señalar solos 
cinco pies como máxima talla de los asnos, ha 
sido la de que nadie les tomara á ellos por in- 
dividuos de la familia, puesto que aun los más 
cortos, como el Marqués de Pidal, pasan bas- 
tante de esa altura. Pero es el caso, que si los 
académicos han logrado por ese medio quedarse 
á la parte de afuera, han dejado fuera también 



84 KE DE ERRATAS. 

otra respetable y numerosa variedad, la de los 
garañones, que también pasan de cinco pies, 
aun los más pequeños. 

Y ¿qué diremos del color? ¿Quién les ha 
dicho á los académicos que son, por lo común , 
cementos los asnos? ¿Lo han puesto así por asi- 
milación? Pues ni aun así me parece bien, 
porque si hay académicos cenicientos, también 
los hay de pelo bien negro ó bien teñido. Igual 
que entre los burros, salvo lo de teñirse el pelo, 
que es afeminación indigna de su seriedad, los 
hay de pelo negro y castaño oscuro, que es de 
donde pasa ya la insulsez académica, y de pelo 
enteramente blanco y de dos pelos, negro por el 
lomo y blanco por la panza, y hasta cruzados 
por las agujas. ¿No hemos visto y no vemos 
todos los días burros de todas clases con gran- 
des cruces? 

No hay que tomarlo á broma , pues aun 
cuando los académicos, casi todos cruzados, 
hayan omitido en su definición, por evitar alu- 
siones, lo de la gran cruz, el mismo Lineo, que 
es autoridad en estas cosas, no la olvida al de- 
finir el asno, sino que la pone como seña gene- 
ral: cauda extreme setosa , cruce nigra super 
humeros (i), lo que, traducido para los aca- 
démicos y demás gente poco latina, quiere decir: 
«con una cola muy cerdosa y una cruz negra 
sobre las agujas». 



(I) Sistema naturce, Cetting. 1772 



FE DE ERRATAS. 85 

Y ¿por qué en latín se llama asinus? El eti- 
mologista no quiso llegar más adelante; pero 
San Isidoro de Sevilla nos dejó dicho que 
asinus se decía á sedendo , en lo cual, como 
quiera que los burros no se sientan nunca, bien 
pudiera descubrirse una profética alusión á los 
académicos, que pasan lo mejor de la vida sen- 
tados. Y acaso por lo mismo mi egregio paisano 
Juan de Arfe y Villafañe pudo llamar con apa- 
rente injusticia al asno, animal simple^y pe- 
rezoso, (i) 

Quedamos, pues, en que los asnos no son 
por lo común cenicientos, á lo menos fuera de 
la calle de Valverde; y si no, escuchen los aca- 
démicos á su amigo el susodicho asnólogo de la 
apología, que se lo dirá en verso, aunque malo: 

«Y en punto de colores saben todos 
Que los hay rucios, pardos, blancos, negros 
Que hay asnos jaspeados muy bonitos, 
Asnos que tienen rayas, ya en el cuello, 
Ya en el cuerpo, en las patas y con manchas 
En varias partes; si creer debemos 
A los autores de la Enciclopedia, 
Plateados también se ven jumentos. 
Y Rozier, que lo entiende grandemente, 
Nos dice decidiendo á lo maestro: 
La mayor parte de los asnos fueran 
Color de piel de rata, y que morenos 



(i) Varia conmesuración para la escultura y arquitectura. 



86 VK DK ERRATAS. 

También se ven, de un pardo plateado 
Con las manchas oscuras, y esto es cierto*. 

Tan cierto es, aunque no sea tan ripio, que 
en el resto de la definición académica del asno» 
y especialmente en los refranes, hallaríamos 
muchísimo que corregir si el tiempo abundara, 
pues la verdad es que sola esta definición 
podría ser objeto de una extensa monografía, 
que se.podna titular el asno en la Academia. 

Mas dejando en paz á los burros solépedos, 
digamos á los académicos que no se dice asperjar 
sino ASPERGEAR, del latín asperges, segunda per- 
sona del singular del futuro imperfecto de as- 
pergo, como tampoco se dice ya5/>ar, ni golpar, 
sino jaspear y golpear, y que atondar, ni viene 
de ad y tundere, golpear, ni significa dar de los 
pies al caballo, como con frase no castiza dicen 
los señores, sino que significa arreglar, com- 
poner, aliñar, afeitar, poner atuendos; palabra 
que tampoco definen bien, sino muy mal, di- 
ciendo que viene del latín attonare aturdir (¡no 
están ellos malos aturdidos!), y que significa 
aparato ú ostentación, cuando lo que significa 
es arreo, aliño, aparejo, apero, adorno, etc., 
como lo prueban, entre otros documentos, las 
escrituras del Monasterio de Sahagún de los 
siglos X al XIV , época de la formación del 
castellano, en una de las cuales (año de 1019) 
se ponen como precio de una heredad XX 
cauallos ciim suas sellas et suos frenos et suos 



FE DE ERRATAS. 87 

atondas. En otra escritura algo posterior ya se 
dice atuendos, y en este sentido, y no en el aca- 
démico, se usa este sustantivo en León y Cas- 
tilla, así como el verbo atondar, que no viene 
de tnndere, sino de tondere, cortar el pelo y por 
extensión, afeitar, aliñar, hermosear, arreglar, 
adornar. Sin que esté en contra la autoridad 
de Mariana, pues al decir de un rey que volvía 
á hacer la guerra á los moros con mayor atuendo, 
no quiso decir con más ruido, sino con más ar- 
mas y mejor pertrechado. 

También es mala la definición de aureola, 
que dice tdiadema ó círculo de luz». Como si 
diadema y círculo fueran sinónimos; y después 
de añadir que esa diadema 6 círculo se pone 
sobre la cabeza de las imágenes de los santos, 
y después de haber dicho que viene del latín 
aureola, sobreentendiéndose corona (!) de aura 
resplandor (!!!), hay dos rayitas verticales que 
quieren decir otra acepción, y luego Teol. Galar- 
dón particular que corresponde en la bienaven- 
turanza á cada estado. La aureola de los 
mártires*. Que es igual que «la corona de los 
mártires», y la segunda acepción, por consi- 
guiente, igual que la primera. jQué teología la 
de los académicos! 

Lo mismo que la geografía. Porque un poco 
más atrás dejamos la palabra astur, en cuya de- 
finición dicen muy formales que es «el natural 
de una región de la España tarraconense (¡eru- 
ditos!) territorio en que existen hoy las pobla- 



88 FE DE ERRATAS. 

ciones de Castropol , Grandas de Salime, Qui- 
roga, Valdeorras, Mombuey, Braganza, Alca- 
ñices, Benavente, Astorga, Oviedo y Gijón». 
Y ninguna otra por lo visto: ni una más ni una 
menos ¿Qué idea tendrán de la geografía patria 
los que para mal definir una palabra que hoy 
no significa más que asturiano, natural de Astu- 
rias, contando poblaciones, meten entre Gran- 
das de Salime y Oviedo á Benavente y á Bara- 
ganza? 

En la definición de ave, aparte de las muchas 
medidas mal tomadas al tratar de algunas aves , 
en particular, y de lo gracioso de la definición 
del ave del paraíso, faltan muchos refranes, 
como por ejemplo: Al ave de paso, cañazo, y Por 
la Concepción, la buena ave pon; por la Cande- 
laria la buena y la mala, etc. 

En la definición de ayuda, la cuarta acepción 
es primorosa. «Medicamento, dicen, que sirve 
para descargar y limpiar el vientre y que se in- 
troduce en el cuerpo por la parte posterior con 
instrumento á propósito para ello». ¡Cuánto rodeo 
para una cosa tan sencilla! 

En la definición de ayudador se meten los 
académicos á mundo... pastoril, y no dan pie 
con bola. Como que dicen que es «el pastor que 
cuida las ovejas...» que es lo que hacen por lo 
regular todos los pastores, menos este precisa- 
mente, que no cuida las ovejas, sino las yeguas 
en que se lleva el hato. Añaden que «tiene el 
primer lugar después del mayoral», y tampoco 



FE DE ERRATAS. 89 

tiene el primero ni siquiera el segundo, porque 
después del mayoral está el rabadán, después 
el compañero y después el ayudador. Nada, que 
no entienden ni siquiera de cosas de pastores. 

Y ¿quién les ha dicho á los académicos que 
AZOGAR sea «apagar la cal rociándola con agua?» 
Eso será siempre apagar, matar, y á lo sumo 
ahogar; ¿pero azogar?... Se lo habrán oído á 
alguna Celipa. (i) 

Tampoco la azúcar se define bien diciendo 
que es usustancia sólida, blanca, muy dulce, etc.» 
Tanto menos cuanto que más abajo nos dicen 
que también es morena, de color pardo, y hasta 
negra y todo. Como tampoco es cierto que la 
azúcar terciada es de color pardo, color que á lo 
sumo puede tener la llamada morena, y no la 
terciada, que es el término medio entre la mo- 
rena y la blanca del todo. 

Nada; que estos, por lo común, cenicientos 
académicos, ni siquiera distinguen de colores. 

¿Y decir que el azucarillo es *pan de azúcar, 
esponjado á manera de panal, que sirve para 
refrescar con aguapo 

Como decir que la azuela es una herramienta 
de carpintería, compuesta de un mango... (lo 
primero el mango, como si la azuela desmán - 



(i) Segün ellos dicen, al tratar de defender el disparate, se lo han 
oído á un tal Clairac, tan... académico, aun cuando no lo fuera, 
que escribió un Diccionario de Arquitectura, sin saber más que llamar 
al adobe ladrillo sin cocer y cosas asi. 



9© FE DK ERRATAS. 

gada no fuera azuela) compuesta de un mango 
de madera, que forma recodo (lo cual es con- 
fundir el mango con la definición, que es la que 
forma recodo y aun recodos), y un hierro ó cu- 
chilla (¡hierro 6 cuchilla, lo mismo da!) de unas 
cuatro pulgadas de ancho... 

Y no sabiendo definir la azuela, ya se ex- 
plica que digan azolar en lugar de azolear, 
que es como se dice, (i) 

Aquí suspendo por hoy esta crítica indocta, 
como la llamaba anteanoche en El Día un sabio 
que atribuye al ilustre Obispo de Puerto Rico, 
D. Bernardo de Valbuena, autor del Bernardo 
y del Siglo de Oro, la formación de un diccio- 
nario latino , confundiéndole lastimosamente 
con D. Manuel de Valbuena el académico. 

Cuentan de un escritor insigne, que habiendo 
recibido una carta en que una señora le censu- 
raba un libro y empezaba diciéndole: «Es usted 
un ijnorante», no la contestó más que estas pala- 
bras: «Señora, ignorante se escribe con g*. 

Una contestación análoga merecería el sabio 
susodicho, si mereciese alguna. 



(i) Los académicos quieren defender su uso/ar con la autoridad de 
Roque Barcia (!) y la del Clairac de antes, y la de Covarrubias en 
su malaventurado Tesoro, «donde, como dijo Quevedo, el papel es 
más que la razón.> 



--•x^^WJ^^^ 



XI 




BAB, ababa, aballar, abano, abenuz, 
abéstola, abetinote, abeurrea, abla- 
no, ablentar , abohetado , aboñon, 
aborrio , aborso , abraxas, abrollo, 
■3, abuhado. acabdar. acabescer, acalandar, 
antalear, acantio, acaptar, acasia, acecido, 
eituni, acibarrar, acidaque, acies, acije, aci- 
50, acimboga, acogeta, acoita, acolcetra, aco- 
..erse, aconvido, actea, actimo, acuá, acula, 
acullir, acuntir, acurado, aculo, achichinque, 
achinar, adaguar, adahala, adamidos, adapo- 
r, adarame, adarmento, adaza, adefina, ade- 
.ar, adehño, aderar, aderra, adherecer, adhor- 
r, adiano, adieso, adjutor, adjutorio, adnado, 
locir, adquisito, adtor, aducho, adunco, adur. 



92 FE DE ERRATAS. 

adurir, aduro, adustión, adustivo, adulaque, 
aduxo, advocado, aellas, áfaca, afacer, afalago, 
afano, afascalar, afer, aferrojar, afiblar, afice, 
afiliar, afiuciar, aflamar, afleitar, afo, afodar, 
afogarar, afornecer, afreza, áfrico, afrisonado, 
afro, afuciado, afuciar, afufa, afuyentar, agani- 
peo, agárico, agauja, ageste, agina, agir, agla- 
yarse, aglayo, agote, agracejina, agre, aguaita- 
dor, aguñol, ahelgado, aherventar, ahetrar, aho, 
ahobachonado, ahotar, ajabeba, ajaraca, aje, 
aje, ajea, ajear, ajebe, ajenabe, ajenabo, ajenuz, 
ajobar, ajorar, ajordar, alacha, alahilca, alajor» 
alamirré, alara, alarse, alastrar, alanda, alande, 
albanado, albazano, albazo, albengala, albento- 
la, albestor, albicante, albitana, alboaire, albo- 
hol, albórbola, alberga, albomia, albudeca, al- 
buerbola,alcaet, alcahaz, alcahazada, alcahazar, 
alcahotar, alcaller, alcallería, alcanuz, alcamo- 
nias, alcaná, alcarceña, alearía, alcatraz, al- 
cartaz, alcavera, alcayoba, alcohela, alcoUa, 
alconcilla, alcorcí, alcotón, alcuña, aldino, aldi- 
za, aldorta, aldrán, alducar, alece, aleja, alejur, 
alema, alera, aleto, alfana, alfaneque, alfanique, 
alfarrazar, alferce, alficor, alfonsearse, algofra, 
alguandre, alguanto, alguaquida, alguaquidero, 
alguarin, alguaza, alguese, algund, algunt, alha- 
bega, alhamega, alhania, alhareme, alhargama, 
alharma, alhavara, alhelga, alhiaza, alhoja, al- 
hombra, alhombrar, alhombrero, alhorma, al- 
humajo, alhurreca, aliacanado, alible, alica, 
alicer, aligustre, alimanisco, alimo, alioj, aljara- 



FE DE ERRATAS. 93 

fe, aljaraz, aljarfa, aljarfe, aljevena, aljimitrado, 
aljonje, almacaero, almaja, almajal, almajane- 
que, almajar, almajo, almalafa, almaleque, al- 
manaca , almancebe , almanguena , almarada, 
almarbatar, almarcha, almarga, almariete, al- 
raaro, almarraes, almarraja, almarraza, almár- 
taga, almartega, almartiga, almartigón, almarte, 
almástec, almástiga, almatriche, almazaque, 
almea, almecer, almejía, almidana, almifor, al- 
mifora, almiforero, almiraj, almiraje, almizque, 
almizteca, almocaden, almocafre, almocat, al- 
raocatracia, almoceda, almocela, almocrate, al- 
raocrebe, almocri, almodón, almofalla, almo- 
frej, almojábana, almojama, almojaya, almorí, 
almoronia, almorramiento, almorrefa, almosna, 
almosnar, almotalafe, almotazaf, almozala, 
almudelio , almuédano, almutaraf, almutelio, 
alongadera, alorquín, alosna, aloton, alporchon, 
alquínal, alrota, altabaque, altamandría, alta- 
mía, altana, altanado, aluen, alufrar, aluneb, 
aluquete, alutrado, alverja , alverjana, alien, 
allent, allora, alloza, amaceno, ambleo, ambro- 
lla, amel, amella, amerar, amercearse, amer- 
cendearse, ametisto, ami, amia, amianta, ami- 
dos, amiento, amiésgado, amodita, amorbar, 
ampara, amprar, amuchigar, amurca, amurcar, 
amurco, anacalo, anafaga, anafe, anafre, ancu- 
sa, andabata, andalla, andolina, andorra, an- 
drado, andriana, andulencia, andullo, angaria, 
ángaro, angazo, angla, angoja, angra, anime, 
anjeo, anorca, ansa, ant, antana, anteferir, antí, 



94 VE DE ERRATAS. 

antia, antor, antoría, antosta, anúteba, aña, 
añacal, añacea, añasco, añazme, aocar, aorar, 
apacar, aparir, apazguado, apelde, aperción, 
apersogar, apetite, apiastro, aplagar, apoca, 
aporrar, aportunar, apoteca, apotecario, apre- 
nair, apres, apreso, apró, aprodar, aquele, aque- 
ro, aqüeste, aquilea, aquistar, aradro, arambel, 
arambre, arana, arcuado, arcual, arda, arda- 
lear, árdea, ardicia, ardura, ardurán, arel, 
arenzata, árgana, árgano, argavieso, argüe, 
arguenas, arietino, arifarzo, arigue, ariolo, ar- 
joran, arlo, armajal, armanza, armelluela, ar- 
menio, ama, arnequín, aroca, arpella, arpende, 
arrabio, arraezar, arrebugarse, arrepápalo, arre- 
tin, arrezafe, arrincar, arrocuero, arrompido, 
arroscar, arrufaldado, arrugia, arsoUa, artabro, 
artado, artal, artalejo, artanica, artanita, artar, 
ártica, artifara, artilugio, aruspicina, asacador, 
asacamiento, asarabácara, asaraca, asarero, 
ascalonia, asciano, asción, ascoroso, ascreo, as- 
cuso, asemblar, asencio, asequi, asfódelo, asgo, 
asimili, asin, asisia, asmadamente, asmadero, 
asmar, asmamento, asobarcado, asobio, asoho- 
ra, asolvar, asonadia, astaco, asto, astrago, 
ata, atabaca, atabe, atafagar, atancar, atañes» 
atarraga, atarraya, ataugia, ataurique, atelaje, 
atempa, atepocate, atesar, atinente, atirelado, 
atobar, atole, atolero, atoleria, atomir, atora, 
atormecer, atramentoso, atramalar, atregar, 
atresnalar, atriceses, atumno, auca, aucción, 
aungar, auricalco, aurragado, autan, avadar, 



FE DE ERRATAS. 95 

avenate, avenenteza, aviltaraiento, aviltanza, 
avinenteza , avinzarse , avispedar, avo, avol, 
avoleza, avucasta, ayuga, azabala, azcón, az- 
cona, azeraar, aznacho, azoche, azofra, azo- 
mar, azoraja, azre 

No crea nadie que esto es algún vocabulario 
chino, ó alguna lista de voces recogidas por 
algún misionero en la isla más salvaje de la Po- 
linesia. No vaya á creerse tampoco que esto es 
el principio del Diccionario de alguna lengua 
muerta hace siglos, y conocida únicamente por 
cuatro libros raros; ni siquiera se trata del índi- 
ce de voces anticuadas de algún idioma, no. 
Todas esas seiscientas y pico de palabras, de 
las que seguramente no habrá un lector que 
entienda ni el pico, están en el nuevo Dicciona- 
rio de la lengua castellana por la Real Acade- 
mia Española, en la duodécima edición acaba- 
da de imprimir en Madrid en el año de gracia 
de 1884. 

Seiscientas y tantas palabras inútiles y des- 
conocidas casi por entero, sin salir de la primera 
letra, de la letra A (i), sin contar otras muchas 
conocidas sólo de los que conocen el latín, al 
cual exclusivamente pertenecen, como Accender, 



(i) La mayor parte de estas palabras no están en el primer Dic- 
cionario de la Academia llamado de autoridades, y las que están 
suelen tener en vez de autoridad alguna desautorización por este es- 
tilo-' *Abano, es uso antiguo», Abenuz íes voz antigua usada en Ara- 
gón», tAbUntar es voz antigua que ya no tiene uso, porque comúnmen- 
te se dic< aventar. Tráelo Covarrubias». tAcantaUar es voz baja usada 



96 FE DE ERRATAS. 

Advento, Aflacto, Aflicto, Agro, Amencia, Ami- 
cicia, Amplexo, Atraniento y otras que ya que- 
dan citadas en los artículos anteriores; sin con 
tar no pocas que llevan la indicación Bot. 
(botánica) ó la indicación Zool. (Zoología), y 
que significan, ó pretenden significar, plantas ó 
animales perfectamente imaginarios, y sin con- 
tar tampoco las muchas que llevan la indicación 
de Pi'. ymp. {provincial de Filipinas lo cual es 
una tontería tan grande como decir provincial 
de España ó provincial de América), que no son 
castellanas, sino tagalas ó visayas , según ha 
demostrado tm punto Filipino en un buen ar- 
tículo publicado en El Progreso con el título de 
Empinadas académicas. 

Por cierto que en dicho artículo, para hacer 
patente la sinrazón de la Academia en adoptar 
así, ad vultum tuum, sin criterio ni conocimien- 
to, unas cuantas docenas de palabras tagalas y 
traducirlas mal por añadidura, presenta el au- 
tor este párrafo de castellano, digámoslo así, 
que puede legalmente escribirse con arreglo al 
Diccionario novísimo. 

«El bata entró en la banquilla, y cogiendo el 
■»tiquin que encima del tapanco estaba, recorrió 
»la batanga izquierda, hasta que á su empuje y 



en el reino de Aragón». A cíes tes voz antigua y puramente latina*. 
tAcoita es voz anticuada, hoy se dice cuita». Todo esto decían hace 
siglo y medio los académicos primitivos, y sin embargo conservan 
todavía esas palabras en el Diccionario é introducen otras mucbisi- 
mas de la misma laya los académicos actuales. 



FE DE ERRATAS. 97 

»sin hacer uso del zaguán, llegó al haroto y lue- 
»go al casco, donde descargó los bayones de dos 
*c}iina7itas de azúcar, recibiendo por premio de 
»su faena un salacot de nito y un boto exce- 
» lente.» 

Pero si sobran en el Diccionario nuevo, sólo 
en la letra A, unas mil palabras entre botánicas, 
zoológicas (hablo de las que designan plantas y 
animales que no existen), tagalas, árabes, lati- 
nas, y caprichosas ó desconocidas del todo, en 
cambio faltan en la misma letra A, por comple- 
to, ó en alguna de sus acepciones, las palabras 
castellanas siguientes: 

Abangar, abatanar (falta la acepción de 
dominar, vencer, abatir, muy usada), abedular, 
abéndula, abinar, abocanar, abujardar, aca- 
llantar, acambar, acarrilar, ACETÍMETRO, ACE- 
TOMiEL, ACHUCHÓN, ACOLLAR (falta el significado 
de esquilar las ovejas por el cuello), acopio (fal- 
ta la significación de provisión, abundancia, 
gran cantidad, que es la más usada), acristla- 
KAR (además de bautizar, es arreglar, pulir, 
hermosear, mejorar de forma alguna cosa), 

ACUARTAR, ACUELLO, AEROSTATACIÓN , AFANAR, 

(falta la acepción familiar de hurtar), agarga- 
LLAR, AGREDIDO, DA, AGUADUCHO (falta la acep- 
ción de albañal), aguantar (falta la acepción 
hacer las cosas pronto), aguante (falta el sig. 
nificado de disposición y habilidad para hacer 
pronto y bien las cosas, y la frase dar aguante), 
aguzado, da, ahitar (falta la acepción de po- 



g8 FE DE ERRATAS. 

ner hitos), ahorcado (falta la acepción que tie- 
ne en e' juego de bolos), ahorcar (id., id.), ahue- 
rar, ahumarse, (falta la acepción enfadarse), 
ajuarado, da, ajuarar, aladrarse, alamar (fal- 
ta la acepción familiar de pingajo, vestido roto 
ó extravagante), alambrador, alambrar (falta 
su significación verdadera), alampar (falta la 
acepción de picar ó quemar el paladar con la 
comida), albar (verbo), alfear, alfeo, alfili- 

TERO, aliado, alicortar, ALICORTO, ALOBADAR- 

SE, ALTAR (falta la acepción de fechoría ó trave- 
sura, muy usada en plural, hacer altares^ y aun 
en singular, hacer algún altar sin santo), alti- 

FARRIAR, ALTIJARRIAR, ALLANADERA, AMACHEM- 
BRAR, AMALEARSE, AMALECER, AMARALLAR, AME- 

CER (faltan la acepción de unir el hilo al cerro 
ó rocada, ó los dos extremos de un hilo, y la de 
agarrarse ó venir á las manos las personas ó re- 
ñir los perros, los gallos, etc.), amechar (falta 
la acepción de sacar la mecha del candil ó velón 
para que alumbre más), amolanchín, amolli- 

NAR, AMORCAJADO, AMOREAR, AMORLACAR, AMOR- 
TECER, (falta la acepción de anestesiar, única 
que se usa), amoscarse (falta la acepción de 
emborracharse), amurar (falta la acepción recí- 
proca de esconderse, guarecerse), andarrío, 
(falta el significado principal, madero ó tronco 
que arrastra el río en las crecidas y deja en 
la orilla cuando merma), andrinal, androja, 
anieblarse (falta la acepción de criar niebla el 
trigo, antepuerta (falta la acepción de plazole- 



FE DE ERRATAS. 99 

ta de fuera de la puerta), antojano, antrojar, 
ANTRUÍDAR, APAÑAR (falta cl significado de jun- 
tar y recoger la hierba de los prados, que es el 
más castizo, y el refrán «en tiempo de campaña 
el que apaña apaña»), aparrarse, aparvador, 
APATUSCAR, APELECHAR, APEO (falta la accpción 
en plural de libro de la Iglesia, en que constan 
los derechos de ésta y del párroco por funera- 
les, etc.), APEONAR (falta el significado de poner 
el carro sobre el peón y el metafórico de des- 
cansar, pararse gran rato el que va de camino), 

APIGAZARSE, APODRIGAÑADO, APOSTAMENTE, APO- 

YATAR, APRISCAR (falta la acepción figurada de 
prender, capturar á una persona ó coger, atra- 
par alguna cosa: en las dos se usa mucho, y 
precisamente en la etimología, única que ponen 
los académicos, no se usa nunca), arbada, ar- 
pía, ARPIARSE, argado (falta la acepción de ta- 
lante, disposición, traza, habilidad, que es me- 
jor que la de travesura, y mucho mejor que la 
de disparate, que es un verdadero disparate), 

ÁRGANAS, ARGOMEXO, ARGUELLO (falta la aCCp- 

ción de excrescencia ramosa especial de los ár- 
boles desmedrados ó arguellados), armadija (fal- 
ta decir que es nombre genérico de las redes 
de pescar), armón (además de lo que dice el 
Diccionario, es una pieza del carro), arram- 

PLAR, ARREGUCIR, ARREMPUÑ'AR, ARROLLAR (falta 

mecer la cuna), arrom.anar, arronce.ar, arru- 

DO, ARRUÑAR, ARRUÑATO, ARUÑATO, ARVEJACA, 

ASALTO (falta el juego), asapado, asedar (falta 



lOO FE DE ERRATAS. 

la acepción recíproca de romperse la campana 
ó el vaso sin que lleguen á saltar los fragmen- 
tos), ASOBEAR, ASOBiNAR (dístinto del que la 
Academia llama asohinarse, que no se usa), 
ASPRA (tiene otra acepción que la de sierra, y 
no es provincial de Galicia), asturar, atarde- 
cer, ATASAJARSE, ATEMPRANADO, DA, ATONDAR, 

(ya he dicho que falta la principal acepción), 

ATRECHAR, ATRINCHANTAR, ATROPO, AVALANCHA, 
AVEGOSO, AVERARSE, AZARIDAD, AZOLEAR y OtraS 

muchas. 

De todas las cuales, ó de casi todas, omito 
las definiciones por no enseñárselo todo en un 
día á los académicos. 




XII 




luÉNTASE de un rey de Saboya que, 
no sé si por librarse de oir los elo- 
gios que se le hacían de un acadé- 
mico notable ó por excusarse de 
concederle una gracia, dijo: tEstimo más un 
tambor que todos los académicos». La frase de- 
bió parecer por entonces original y rara; por 
eso la ha recogido la historia. Mas si el saboya- 
no monarca pronunciara la misma frase ahora 
entre nosotros, bien seguro es que á nadie le 
llamaba la atención, ni nadie había á qviien no 
pareciera que el rey había dicho la mayor vul- 
garidad del mundo. Porque seguramente no hay 
nadie á estas horas en España que no esté dis- 
puesto á dar todos los académicos de todas las 



I02 FE DE ERRATAS. 

Reales Academias, y eso que son muchos, por 
un tambor y hasta creo que por un corneta. 

Y es natural que suceda así. Porque, ¿quién 
ha de tener en gran estima á unos académicos 
como los de la Española, por ejemplo, que es- 
tán quince años haciendo un diccionario, me- 
nos que haciéndole, reformándole, y al cabo de 
los tres lustros mortales de celebrar sesiones y 
de cobrar dietas, salen con una edición que sólo 
en la letra A tiene todas las faltas, y todas las 
sobras, y todas las incongruencias que el dis- 
creto lector ha visto en los once artículos ante- 
riores? 

Y otras muchísimas, pues ya advertí en 
tiempo que era imposible corregir todas las de- 
finiciones necesitadas de corrección sin estar 
publicando artículos cuarenta años. 

Vamos ahora á la B, «segunda letra del abe- 
cedario castellano (como de todos los abeceda- 
rios) y la primera de sus consonantes» que dicen 
los académicos; donde poco después de la pala- 
bra babanca, que no significa nada, ni siquiera 
académico, pues ya en su tiempo dijo de ella 
Covarrubias, que apenas tenía uso, y ahora no 
le tiene sin apenas, encontraremos la palabra 
BABAZORRO, dc la que sin encomendarse á Dios 
ni al diablo, dicen los académicos que quiere 
decir «hombre rústico, tosco, 5»» crianza...* \\\\\\ 

¿De dónde habrán sacado esto los acadé- 
micos? ¿O qué daño les habrán hecho los nobles 
y leales alaveses, que son los que llevan ese 



FE DE ERRATAS. I03 

nombre, para echarles encima ese chaparrón de 
improperios?... Porque aun cuando quisiera 
uno ser tan benévolo con los académicos de la 
lengua que les considerara relevados de la obli- 
gación de saber lo que es habazorro, por no ser 
palabra castellana, sino vascongada (de baba, 
haba, y zorro, saco, envoltura) lo que es de la 
obligación de no decir disparates no puede 
considerárseles relevados , y aun ésta no la 
cumplen. 

Verdad es que tampoco el no conocer la 
palabra babazorro tiene excusa , después que 
Larramendi la definió en su Diccionario trilin- 
güe y explicó su aplicación diciendo: «Llama- 
mos jocosamente á los alaveses babazorros, 
por la mucha haba que allí se coge y come»; 
y aun los mismos académicos primitivos la 
habían puesto en la primera edición del Diccio- 
nario de autoridades, no mal definida, diciendo: 
«BABAZORRO... nombre que se da á los que nacen 
y son de la provincia de Álava». Por donde se 
ve que hace siglo y medio sabía la Academia 
lo que era BABAZORRO, y lo decía; y hoy, des- 
pués del siglo y medio desde la primera edición 
del Diccionario, no sabe la Academia, respecto 
de la palabra babazorro más que decir un des- 
atino. Así se va mejorando el Diccionario, y 
limpiando y fijando la lengua. 

Lo mismo que no dando á la palabra babera 
más significación que la de tpieza de armadura 
antigua», y la de babero, cuando ya el suso- 



I04 FE DE ERRATAS. 

dicho Larramendi la puso como sinónima de 
académico, digo, de tonto, porque ya los pri- 
meros académicos habían dicho que significaba 
BOBO, y aun habían confirmado su definición 
con la autoridad de Quevedo, que dijo: «Él se 
quedó monarca, y yo babera». ¿Por qué y en 
nombre de qué se suprimió en el Diccionario 
una palabra escrita por Quevedo y muy usada 
hoy en León y Castilla y en todas partes, menos 
en la Academia, donde no se usa por aquello 
de no mentar la soga, etc., y en cambio se pone 
otra que no ha usado ningún escritor, y de la 
que el primer Diccionario que la recogió dijo 
que apenas tenía uso? Por nada, y en nombre 
de nada, como no sea por el don de errar que 
tienen los actuales académicos. 

También la definición de babieca pudieron 
los académicos de ahora haberla copiado de los 
primitivos, que la dieron mucho mejor que ellos, 
diciendo que «en lo literal es el nombre del ca- 
ballo del Cid»; pero que «se usa muy frecuente- 
mente por lo mismo que bobo», añadiendo que 
«está tomada la alusión por el sonido de la voz» 
en lugar de decir, como ahora, que es masculino, 
cuando es común de dos, y que es el natural de 
Babia, cuando el natural de Babia se llama ba- 
BiANO, palabra que omiten. 

Es verdad que peor lo hacen todavía en el 
artículo de la babosa, diciendo que es *animul 
muy común en España, de una pulgada de largo 
y de color ceniciento». ¡Vaya unas señas! ¿Nada 



FE DE ERRATAS. IO5 

más que animal muy común?... Eso lo es cual- 
quiera. Verdad es que luego se añade que la 
babosa «no tiene huesos ni articulaciones», y que 
«en la parte anterior de la cabeza tiene dos cor- 
nezuelos en cuya extremidad están los ojos», 
todo lo cual, aparte de esto último, quo no es 
verdad, se dice en menos palabras y de una 
manera más propia y más científica. Tampoco 
es verdad que la babosa, que más comúnmente 
se llama limaza, del latín Umax, cis, sea de color 
ceniciento: es negra y blanca, de un negro fino 
azabachado en toda la parte que de ordinario 
presenta á la vista, y blanca por la parte infe - 
rior, sobre la que se arrastra; y tampoco es 
verdad que sea de una pulgada de largo: tiene 
lo menos tres, y más comúnmente cuatro ó cinco 
cuando está en su posición natural, confiada, y 
sin temor á los insultos de los académicos, ni 
de nadie, pues en cuanto se la toca y presume 
que se la va á ofender ó á definir, recoge los 
cuernos y se contrae toda ella hasta hacerse un 
ovillo, lo mismo que los naturalistas del trapío 
de D. Manuel Cañete, cuando describen cosas 
que no conocen, y, naturalmente, no saben lo 
que se babosean. 

Más abajo viene una baca (sic) que no es de 
las de leche ni de las que embisten, sino otra 
baca que los académicos escriben con be de 
palo, sin más razón que la de allanar el camino 
al etimologista para que diga una sin razón, 
cual es la de que la baca de los coches, que es 



I06 FE DE ERRATAS. 

de la que se trata, viene del alemán bake^ ba- 
lija; y luego, para no dejar al etimologista des- 
barrando solo, desbarran ellos también al de- 
finir la baca, diciendo que es ^^caja de cuero que 
se coloca encima de los coches para llevar ropas 
y otros efectos», cuando no hay tal caja, sino 
un cuero engazado con un cordel (los acadé- 
micos tampoco saben lo que es engazar) y des- 
tinado á cubrir la diligencia, para que si llueve 
no se mojen los equipajes, y aun los viajeros, 
que también suelen ir encima cuando son más 
que los asientos interiores. Y ahora dígame el 
amigo lector: tratándose sencillamente de un 
cuero de vaca, ó de buey, que en las carnicerías 
y fábricas de curtidos también se llama vaca, 
¿qué necesidad tenían los académicos de escri- 
birlo con b, ni el etimologista de ir á buscar la 
etimología entre los alemanes? 

Otra tontería es la de poner también con b 
BACADA, aunque para hacerla mayor (no la baca- 
da, la tontería), se diga que es lo mismo que 
batacazo; y lo mismo digo del sayo saquero 
también con b, aunque en esto de sayos ya se 
sabe que cada académico se hace uno, no sólo 
de su capa, sino de la capa del idioma. 

Después viene la bacía y dicen los señores 
que espieza ó taza... (¿en qué quedamos?) grande 
de metal ó barro, ancha y regularmente redonda, 
que sirve para afeitar y otros usos», sin atreverse 
á añadir que tiene una muezca simicircular para 
que se acomode al cuello de la víctima, detalle 



FE DE ERRATAS. IO7 

necesario si no ha de confundirse con un plato 
sopero. 

Después... Bien quisiera , llegado á este 
punto, pasar por alto la definición del bacín, 
porque nadie creyera ver, como en la del asno, 
una alusión en cada palabra; pero es tan mala 
la tal definición , que no se puede menos de 
decir algo sobre ella, aunque sea poco. 

En primer lugar, nos dice el etimologista 
que bacín viene del cético bac, cavidad... ¡Qué 
manía la de este señor de marcharse lejos á 
buscar las cosas! Es verdad que eso de lo cél- 
tico dicen que ahora , si se me permite una 
frase poco castiza, viste mucho. ¿Pero no podría 
haberse quedado más cerca, en el latín vactms, 
por ejemplo, ó si tenía capricho por la b, aunque 
en nuestro idioma esta diferencia no tiene im- 
portancia, en el latín baccea, que es el origen 
que el mismo asigna á la bacía? ¿Por qué el 
BACÍN ha de venir de un lado y la bacía de otro? 
Crean ustedes que no, que la diferencia de usos 
no se opone á que ambos chismes sean muy 
parientes. Como no se opone, si vale la compa- 
ración, el que los académicos y los escritores, 
todos escribamos, no se opone, digo, á que los 
últimos hagamos algún bien á la Seciedad, 
mientras los primeros no sirven para nada. 

Mas pasando de la etimología á la definición 
académica del bacín, lo primero que nos dicen 
los académicos es que el bacín es un «t^aso...» 
Pchs... pase. Pero añaden que es un «vaso 



I 08 FE DE ERRATAS. 

de barro vidriado ( ? ) alto y redondo , que 
sirve...» etc., pues de aquí ya no me atrevo á 
pasar adelante. — Y si el vaso de barro está sin 
vidriar ¿no es bacín? ¿Y si no es alto, tampoco? 
¿Y qué entienden los académicos por alto? ¿Ha 
de tener la talla de los asnos, ó basta con la 
que han asignado como longitud á las babosas? 
Cuando no es necesaria ni posible la medida, 
mucho medir, y cuando es posible y conve- 
niente, nada de medidas. O en otros términos: 

Cuando pitos, flautas; 
Cuando nautas, pitos. 

También tiene gracia y mal olor la segunda 
acepción del bacín que dice : «bacineta para 
pedir limosna». ¿Dónde y cuándo han visto ni 
oído los académicos que se pida limosna en un 
bacín? ¿Se usan bacines en lugar de bandejas 
en las casas de los académicos? Pero aún tiene 
más gracia la tercera acepción que atribuyen al 
bacín, que es la siguiente: «fig. y fam. Hombre 
despreciable por sus acciones», donde, á más de 
tomar por figurado y familiar lo que es simple- 
mente chavacano, se han echado tierra á los 
ojos; porque claro es que los diccionarios tam- 
bién son acciones, y quien dice por sus accio- 
nes dice por sus diccionarios. 

Y cuenta que la simpatía entre los acadé- 
micos y el bacín, no solamente se manifiesta 



FE DE ERRATAS. IO9 

en el hecho de darle muchas acepciones, sino 
también en el de ponerle rodeado de numerosa 
familia , distinción tanto más estimable cuanto 
que apenas se hallará en el Diccionario otra 
palabra que, como el bacín, tenga la honra de 
llevar un séquito de ocho ó nueve parientes, 
todos tan excusados como bacina (la consorte 
del bacín), bacinada (la cuñada), bacinador (el 
hijo mayor), bacinejo, bacinero, bacineta, baci- 
nete, bacinica, bacinilla... Y gracias que se les 
olvidó el BAZiNAZo, que era casi el único que 
hacía falta, porque, además de ser aumentativo, 
es golpe dado con el bacín, mientras que todos 
esos diminutivos en ejo, eta, ele, ica, é illa, ya 
se sabe que de todas las palabras pueden for- 
marse. 

Tras de la parentela académica del bacín 
viene el báculo, del que dicen los académicos: 
«Palo 6 cayado que traen (y llevan) en la mano 
para sostenerse los que están débiles ó viejos» 
y los que están obispos. Pero, «¿palo ó caya- 
do...» Me parece que si es palo no es cayado, y 
si es cayado no es palo, y siendo báculo no es 
precisamente cayado ni palo. La segunda acep- 
ción dice: «fig. Alivio, arrimo, consuelo». Pase 
el alivio; el arrimo no es figurado, sino real; y 
lo que es el consuelo... ¿Cómo es consuelo el 
báculo? ¿Dando con él? 

Entonces también puede ser consuelo el ba- 
dajo, que también sirve para dar... Por cierto 
que del badajo dicen los señores la badajada, 



lio FE DE ERRATAS. 

de que es un «pedazo de hierro ó metal...» ¡Buena 
manera de definir! ¡Pedazo de hierro... ¡No están 
ustedes malos pedazos de... académicos! Tenía 
razón ¡vaya si la tenía! aquel rey de Sa- 
boya. 




XIII 




EjÁBAMOs á los académicos definiendo 
el BADAJO á su imagen y semejanza, 
pues sobre decir que es un «pedazo 
de hierro ó de otro metal (es decir, un 
pedazo de .... cualquier cosa) grueso por el 
extremo inferior, pendiente en el centro de las 
campanas (como si entre todas no tuvieran más 
que uno), y á cuyo golpe suenan», ponen luego 
las dos rayitas verticales y la consabida cifra 
fig. yfam., añadiendo; «persona habladora, ton- 
ta y necia.» Vamos á ver ahora cómo sigue so- 
nando á los golpes de los académicos la real 
campana de la calle de Valverde, 

Primer golpe: «badil (del lat. batillum), m. 

paleta de hierro ó de otro metal» Pues no, ni 

de otro metal, ni de hierro; el badil es badil y 



112 FE DE ERUATAS. 

no es paleta. Con esto y con decir al llegar á la 
paleta: «badil ú otro instrumento semejante», 
no hay cosa más fácil que hacer Diccionarios. 
¿Pero de dónde sacan ustedes que badil y paleta 
han de ser sinónimos? A este paso no hay que 
desconfiar que el día menos pensado aparezcan 
también como sinónimos en alguna edición del 
Diccionario el académico y la burra de Balan, 
verbi gracia. No, señores académicos, no hay 
que cambiar los frenos ni confundir las cosas. 
La /)aZe¿a, diminutivo de pala, es naturalmente 
una pala pequeña, y la paleta de brasero ó de 
chimenea sirve para coger, trasladar ó amonto- 
nar la cernada ó la brasa, mientras que el badil 
esotro chisme de hierro, no de forma de acadé- 
mico, sino agudo, que sirve para hurgar la 
lumbre. 

Después ponen ustedes la badila para que 
se les dé con ella en los nudillos, pues no es pa- 
labra castiza, por más que la haya popularizado 
el saínete titulado Una casa defieras. 

Otro golpe bueno es la definición de badu- 
laque. Primera acepción: «Afeite compuesto de 
varios ingredientes, que se usaba en otro tiem- 
po.» Un afeite compuesto de varios ingre- 
dientes, que por más señas, se usaba en otro 
tiempo. ¿Creen Vds. que esto es definir? Pues 
si no fuera porque hay ciertas palabras que an- 
dando académicos por enmedio no necesitan 
explicación, cualquiera acertaba lo que es badu- 
laque. 



FE DE ERRATAS, II3 

Cuando á Brea, el del aceite de bellotas, se 
le hizo observar que en el Ecuador no había 
coco, reformó el anuncio de su específico, po- 
niendo, en lugar de tAceite de bellotas con sa- 
via de coco ecuatorial», «Aceite de bellotas con 
savia de coco no importa de dónde*. ¿Quién les 
había de decir á los que se rieron de la graciosa 
indeterminación de este anuncio, que había de 
venir con el tiempo la Real Academia Española 
á eclipsar ese famoso no importa de dónde, di- 
ciendo por toda definición de una palabra: 
«Afeite compuesto de varios ingredientes, que 
se usaba en otro tiempo»? 

Es verdad que enseguida aparecen las dos 
rayitas, y luego: «ant. Chanfaina.* Sí, la que 
hacen Vds. con el idioma. — Y luego otras dos 
rajñtas , las consabidas cifras fig. y fam. , y 
«persona de poca razón y fundamento». Vamos, 
que limpia y Jija. ¡Acabáramos! Es decir, que 
por ahí debían Vds. de haber empezado y tam- 
bién haber concluido, porque eso sólo es lo que 
significa hoy la palabra badulaque. 

¿Y quién les ha dicho á ustedes que el adje- 
tivo BAJERO, RA, es piovíncial de Aragón? ¡No 
están ustedes malos provinciales! Y lo dicen us- 
tedes tan serios: «Bajero, ra, adj. ant. bajo». 
Aquí dos rayitas, y tPr. Ar. que está debajo de 
otra cosa. Sábana bajera». Pues claro; como 
sábana cimera, y saya bajera y manteo bajero. 
Como que eso es lo que significa el adjetivo 
bajero, que ni es bajo ni es antiguo, como usté- 



114 FE DE ERRATAS. 

des dicen en la primera acepción, sino que es 
de dos ó más cosas iguales ó análogas, la que 
está debajo. Sólo que en lugar de ser provincial 
de Aragón, es provincial de España, como di- 
rían ustedes si llegara el caso, es decir, que se 
usa igualmente en Asturias, en León, en Casti- 
lla, en Extremadura, en Andalucía y en todas 
partes. 

¿Y por qué no han puesto ustedes la voz de 
tauromaquia bajonazo? ¿Para que no se llamen 
así por extensión y andando el tiempo las aca- 
démicas definiciones? Precaución inútil. 

Mientras definan ustedes tan mal como definen, 
por ejemplo, el balcón, diciendo que es «ven- 
tana grande», lo cual autoriza á cualquiera para 
definir la ventana diciendo que es «balcón pe- 
queño», las definiciones de ustedes, si no llegan 
á llamarse precisamente bajonazos, siempre se 
llamarán cualquier cosa. Y cuidado, que para 
definir regularmente el balcón no tenían uste- 
des más que haber acudido á la primera edición 
del Diccionario y copiar la definición dada allí, 
que, si no es perfecta, es mucho más racional 
que la de ustedes y más adecuada, puesto que 
dice: «Balcón, cierto género de corredor peque- 
ño que sale boleado de la pared de las casas, 
rodeado de balaustres». Entre corredor pequeño 
y ventana grande, lo primero da mejor idea de 
lo que es el balcón, indudablemente. ¿O es que 
ni siquiera han consultado ustedes la primera 
edición del Diccionario para hacer la última? 



FE DE ERRATAS. II5 

Tampoco definen ustedes bien la baldosa 
llamándola «especie de ladrillo fino, cuadra- 
do, de diferentes tamaños, que sirve para so- 
lar», pues el carácter que distingue á la baldosa 
del ladrillo no es el ser fina, sino el ser cuadra- 
da. Por el contrario, la baldosa puede decirse 
que es basta siempre y siempre de un tamaño, 
próximamente de un pie cuadrado, pues cuando 
es fina y de menor tamaño se llama baldosín, 
palabra que ustedes no conocen. 

Baluma no es nada y haliime tampoco. Se 
dijo así en la formación del idioma; pero desde 
que está formado se dice balumba y balumbo. 
Banasta tampoco es cesta grande formada de 
mimbres ó listas de madera delgadas y entrete- 
jidas.» Ha de ser precisamente de listas de ma- 
dera ó banillas para que sea banasta. Si es de 
mimbres no es banasta, es cesta. 

El artículo de la barba, que es muy largo, 
está lleno de impertinencias. La primera es la 
de empezar diciendo que «barba (del latín bar- 
ba) es la parte de la cara que está debajo de la 
boca.* La segunda es la segunda acepción, que 
dice: «Pelo que nace en esta parte de la cara y 
en las mejillas.* La tercera es la tercera acep- 
ción, que dice: «En el ganado cabruno (que no se 
llama ganado cabruno, sino cabrío), mechón de 
pelo pendiente del pellejo (¡no, que será pen- 
diente del hueso! ¿De dónde querían ustedes 
que pendiera el pelo más que del pellejo?) que 
cubre la quijada inferior.» ¡Pues claro! Lo mis- 



Il6 FE DE ERRATAS. 

mo que en el ganado académico y en todos los 
ganados que tienen barba. La cuarta imperti- 
nencia sería la cuarta acepción probablemente; 
pero no puedo continuar porque no acabaría- 
mos nunca. 

Bastará llamar la atención de los lectores: 
1 .0 Sobre lo fácil que es definir diciendo que la 
«barba es la parte de la cara que está debajo 
de la boca», pudiendo cualquiera tomar la recí- 
proca y definir la boca diciendo: «Parte de la 
cara que está encima de la barba», y así por este 
estilo. 2.° Sobre aquello de que la barba en su 
acepción de pelo, que es la más común, sea el 
pelo que nace debajo de la boca y en las megi- 
llas, de donde se deduce que para ustedes los 
académicos el bigote no es barba, y que ustedes 
los académicos no saben lo que son mejillas, á 
no ser que para hacer esta parte de la defini- 
ción de la barba hayan tenido presente á su 
compañero el marqués de Molíns; pero enton- 
ces no debieron de haberse contentado con de- 
cir que la barba nace en las mejillas, sino haber 
añadido: «y en la punta de la nariz y en el cielo 
de la boca»; y 3.° Sobre la falta de la frase vne- 
ter barba en cáliz» y del refrán: «Al hierro con 
barbas y á las letras con babas*, que no se ha- 
llan tampoco en ningún otro artículo del Dic- 
cionario, y eso que el refrán estuvo en las edi- 
ciones primeras. 

A la palabra barbacana la ponen ustedes la 
indicación Fort., y no es exclusivamente pala- 



FE DE ERRATAS. II7 

bra de fortificación. Se llama barbacana el 
muro que se hace para defender el cabecero de 
un puente, aunque no sea contra ejércitos agre- 
sores, sino contra las embestidas del río. 

Del BARCO dicen ustedes que es un «vaso...» 
Es verdad: un vaso que tiene el agua por fuera. 
Esto último no se les ocurrió á ustedes, porque 
era demasiado pedir: «Vaso construido (¡no, que 
sería nacido ó increado!) de madera ó hierro y 
con aparato adecuado para hnpulsarlo (!!) que 
flota... y puede sostener y trasportar por el agua 
personas ó efectos». Y aun académicos. Pero 
¡qué trabajo les ha costado á ustedes llegar á 
decir lo necesario para que nadie tome por 
barco un vaso de esos de palo de cuasia que se 
venden en las boticas! porque como empezaron 
ustedes diciendo que era un vaso... construido... 
de madera, que flota... y como aquello del «apa- 
rato adecuado para impulsarlo» podría enten- 
derse de muchas maneras, si pudiera entender- 
se de alguna, resulta, que, á no haber puesto 
lo de trasportar personas , nos quedábamos 
frescos . 

¿Y el BARREÑO dicen ustedes que es «vasija 
de barro tosco?» La tosca será la vasija. El ba- 
rro ¿por qué? Si se hace un barreño de barro 
fino, ¿no será barreño? Lo mismo que un plato 
será plato si de tal tiene forma, aunque sea de 
barro de hacer tejas. 

Al llegar á la palabra barril sigue el etimo- 
logista su costumbre de marcharse lejos, hasta 



Il8 FE DE ERRATAS. 

el céltico haril, á buscar el origen. Haga usted 
el favor de volver y quedarse acá mucho más 
cerca, en el castellano barro, y estará usted en 
lo cierto. Sin perjuicio de que después se 
marche usted de nuevo á buscar la etimología 
del barro adonde tenga por conveniente. En eso 
ya no me meteré yo; pero lo que es el barril es 
de barro, no le quede á V. duda. Y dígaselo 
usted á los académicos para que otra vez la se- 
gunda definición de barril: «Vaso de barro de 
gran vientre y cuello angosto», etc., la pongan 
la primera; y la que ahora ponen la primera, 
que por cierto es bastante mala: «Vasija de ma- 
dera de varios tamaños,» etc., la pongan la se- 
gunda; pues sólo por analogía 3' por extensión 
se llama barriles á los cubetos y pipotes. 

Después que usted les haya dicho todo eso, 
ya les diré yo que barrila no es provincial de 
Santander, por más que haya debido su intro- 
ducción en el Diccionario al amigo Marcelino 
Menéndez, sino que es palabra castiza, pues 
así se llama, no sólo en Santander, sino en León 
y en Castilla, la vasija en que se lleva el vino 
al campo á los trabajadores, de la misma forma, 
aunque más pequeña y con el bocillo mucho 
más estrecho que el barril que se usa para el 
agua. Y aun les añadiré que es muy mala ma- 
nera de discurrir, cuando un académico, sobre 
todo si es tan ilustrado como Marcelino, aporta 
al Diccionario una palabra, averiguar el naci- 
miento del académico y plantarla sin más ni 



FE DE ERRATAS. II9 

más la nota de provincial de la provincia á que 
el académico pertenece. 

Y con esto,'lirapios, fijos y esplendorosos seño- 
res, y con esto y con decirles á ustedes que eso del 
harulé que ustedes dicen que es un «rollo que se 
hace revolviendo la media sobre la rodilla» no 
es verdad que haya venido del francés, no por- 
que no sea palabra francesa, sino porque no ha 
dejado de serlo, ni ha salido de Francia, ó, en 
otros términos, que ustedes sí que están bañi- 
les del todo, me despido hasta el lunes que 
viene. 




áifeü 



i*9f*H 



I BIBLIOTlCA y ARCHIVO 
EMILIO ALBEK TO KOYA 




XIV. 




uÉ barulés andan los pobres acadé- 



micos! 



Porque -un poco después de aque- 
lla palabra perfectamente francesa y 
perfectamente desconocida en castellano, ponen 
la palabra barzón y ensartan al definirla una 
tanda de desatinos que mete miedo. 

En primer lugar, no se dice barzón general- 
mente, sino BARAZÓN, ni se dice barzonear, sino 
barazonear: sólo por una contracción, que no es 
culta ni de buen gusto, pronuncian algunos esas 
palabras de la primer manera, lo mismo que los 
navarros suelen pronunciar muchismo y riquis- 
mo, en lugar de muchísimo y riquísimo. Pero 
los académicos , por andar en todo al revés, 
poren las contracciones viciosas y no las pala- 



122 FE DE ERRATAS. 

bras. Es verdad que el etimologista no quiso 
ó no supo ayudarles nada tampoco; que si en 
lugar de pasar callando sobre estas palabras les 
hubiera dicho que venían de vara , quizá se hu- 
bieran decidido por la pronunciación más com- 
pleta. 

En segundo lugar , barazón no es «paseo 
ocioso», como dicen los académicos, ni en 
Andalucía, ni en Extremadura, ni en ninguna 
parte. Esa es una ociosa tontería académica 
y nada más. Pues aun cuando no sólo «en algu- 
nas partes de Andalucía y Extremadura», sino 
en León y en Castilla la Vieja se usa la frase 
hacer harazones (no dar, como los académicos 
dicen), y vale lo mismo que andar en la ocio- 
sidad y vagancia, no se dice porque los ba- 
RAZONES sean paseos (!!!), sino porque el hacer 
barazones, que son unos anillos ó argollas de 
mimbres ó belortas retorcidas , es ocupación 
baladí propia de holgazanes. 

Igual que la de hacer malos diccionarios. 

Conste, pues, que la primera acepción que 
dan los académicos á la palabra barazón 6 
barzón, como ellos dicen, es enteramente des- 
atinada. Pero la segunda, que debiera ser la pri- 
mera y la única, tampoco es buena, porque 
después de las consabidas rayitas verticales 
dicen: «Agr. (agricultura) Anillo de hierro, ma- 
dera ó cuero por donde pasa el timón del arado 
en el yugo». Donde, aparte de que el barazón 
no es peculiar de la agricultura; aparte de que 



FE DE ERRATAS. I23 

no puede ser de hierro, ni de cuero, ni aun de 
madera, como no sea precisamente de una vara 
ó mimbre retorcida, porque de otro modo no es 
barazón; aparte de que no sólo puede pasar por 
él cel timón del arado», sino el collar para atar 
una res al pesebre, la pata de una vaca para 
que se deje ordeñar, los cabos gruesos de las 
ramas de que se hace un baleo, el árbol delgado 
y la estaca ó el rodrigón que se le pone para 
sujetarle, con otras muchas cosas, aparte de 
todo esto, apenas queda nada corregible. 

La definición de BARAZOSEAR{barzonear dicen 
ellos), «andar vago y sin destino», ya no es tan 
mala, pues aunque barazonear, en su sentido 
natural, sea poner barazones donde hagan falta, 
también en el sentido figurado puede usarse, si 
bien la frase que más se usa para expresar el 
mismo pensamiento es la otra de »echar calzas 
á pollos», la cual afortunadamente no ha llegado 
á noticia de los académicos, que, de haberla 
conocido, es probable que al definir el pollo ó 
la calza hubieran dicho que eran también pa- 
seos ociosos. 

También es muy ocioso, digo, muy malo, e^ 
artículo de la basílica, de la que lo primero que 
dicen los académicos es que es ^palacio ó casa 
real*, todo para que tengamos por basílica á la 
casita baja de la calle de Valverde, que al fin 
es un palacio, y guardemos mayor respeto y 
devoción á sus inquilinos. Lo malo es que de 
esa primera definición no hay que hacer caso, 



124 ^^ ^^ ERRATAS. 

pues aun cuando etimológicamente fuera exacta, 
la rechaza el uso. ¿A quién han oído los acadé- 
micos hablar de la basílica de la Plaza de 
Oriente? La segunda definición también es 
ociosa, y sólo la tercera, «la de iglesia magní- 
fica», es la que se aproxima un poco, aunque 
está redactada con una chavacanería y una 
impropiedad increíbles. Así: «Iglesia magnífica 
como las de San Pedro y Santa María en Roma. 
También se llaman así algunos templos en el 
reino de Navarra _y en otras partes». 

¿No es verdad... caro lector, 
que no se puede hacer peor? 

Y sin embargo, todavía lo hacen peor en 
la definición de la basquina, de la que dicen 
que es una «saya negra por lo común con plie- 
gues, para ajustaría sobre las caderas, que usan 
las mujeres...» Pues claro, porque aunque los 
hombres también usan caderas, sobre las ca- 
deras que usan los hombres no se suele ajus- 
tar la basquina. Pero todavía no hemos con- 
cluido. La definición añade que la basquina tiene 
«pliegues para ajustaría sobre las caderas, que 
usan las mujeres encima de la demás ropa...» 
¿Han visto ustedes cosa más estupenda que 
esta de usar las caderas encima de la ropa? La 
definición termina con este importantísimo dato: 
«Y sirve (la basquina) para salir á la calle». 
¿Y para estar en casa, no sirve? 



KE DE ERRATAS. 1 25 

Basura dicen que es «inmundicia, suciedad, 
y especialmente la que se recoge barriendo». 
Y la que no se recoge más especialmente, como 
el Diccionario de la Academia , que todavía 
anda libre por los escaparates. 

¿Y qué dirán ustedes que es bayano? ¿Un 
paseo ocioso? No, un paseo no; pero un artículo 
ocioso sí que lo es, porque no hacía maldita la 
falta. Como que bayano dicen los académicos 
que es el natural de Bayas. ¿Y Bayas qué es, 
me preguntarán ustedes? Y yo les responderé 
que Bayas es una ciudad de Italia, por lo visto. 
A lo menos los académicos así lo aseguran. 
¿Y qué tenemos nosotros con que Bayas sea una 
ciudad de Italia, para poner en el Diccionario la 
palabra bayano, si el 99 por 100 délos españoles 
nos hemos de morir sin hablar con ningún habi- 
tante de aquella ciudad ni saber si existen? 

¡Bayano!... el natural de una ciudad de Ita- 
lia... Y en cambio faltan en el Diccionario Az- 
PEiTiANO, Babiano, Badajocés, Orensano, Or- 
DUÑÉs, Llanisco, Pongueto, Tafallés, Val- 
davies. Cervato, Villalón, Urgelense, y 
tantísimos otros; siendo de notar respecto del 
natural de Badajoz que tampoco le llama pa- 
cense, pues aunque pone esta última palabra, 
no dice de ella más que el desatino de que es el 
natural de Beja en Portugal, como si no fuera 
Badajoz Pax Augusta, y como si el nombre de 
los naturales de Beja nos importara mucho. 

Más nos importaba que nos hubieran con- 



126 FE DE ERRATAS. 

servado el verbo batucar, y el sustantivo ba- 
TUQUERio, con los cualcs ha pasado una cosa 
graciosa. En la primera edición del Dicciona- 
rio, con autoridades, figuraba un verbo batu- 
car y otro bazucar, cada uno con su autori- 
dad correspondiente. La del primero era de la 
Pícara Justina, y decía: cYo me amañaré bien 
á llevarlo si va lleno como ahora está, porque 
si se vacía algo batucárase todo y perderá la 
miel su fuerza». El sustantivo batuquerio esta- 
ba confirmado con esta otra autoridad del mis- 
mo libro: aYa yo había reparado el golpe con lo 
del batuquerio y derramamiento». Las autori- 
dades de bazucar y bazuquerio eran de Queve- 
do, y podrían ser defectos de pronunciación ya 
que no fueran erratas de imprenta (i). De todos 
modos, el primero de estos verbos, batucar, 
además de tener la autoridad irrecusable del 
autor de la Picara Justina (el ilustre dominico 
leonés fray Andrés Pérez), tiene fundamento 
racional y derivación conocida porque es dimi- 
nutivo despreciativo del verbo batir, como 
canturrear, lo es de cantar, mientras que hazti- 
car no se puede saber de dónde venga, pues la 
etimología que alguno le ha querido dar dicien- 
do que es de bazo es una simpleza, y si viene 



(i) Tirso de Molina hizo decir íi un criado rempusar en vea de 
rempujar, y sin embargo, los académicos no han puesto rempunar en 
el Diccionario. ¿Por qué rempuzar no y bazucar si^ Porque los acadé- 
micos no tienen criterio ninguno, ni saben lo que ponen. 



FE DE ERRATAS. 127 

del latín batiiere, batir, como dice el etimologis- 
ta de la presente edición, más natural es que 
se diga batucar que no bazucar, y batucar se 
dice efectivamente en León, en Castilla la Vie- 
ja, en Extremadura y en todas las partes donde 
se sabe hablar, mientras que bazucar no lo di- 
cen más que en Madrid en la calle de Val- 
verde.. . 

Así las cosas, ¿qué creen ustedes que han 
hecho los académicos? ¿Suprimir el verbo ba- 
zucar,..! ¿Conservarlos ambos?... Nada de eso; 
porque cualquiera de estas determinaciones 
hubiera sido aceptable, la primera mejor que la 
segunda, y los académicos no saben hacer más 
que desatinos. Por eso han suprimido el verbo 
batucar con sus derivados, y han conservado 
el verbo bazucar con los suyos. 

Tienen el don de errar tan superabundante, 
que sobre no hacer ninguna reforma útil, si ha- 
llan alguna cosa buena en los diccionarios an- 
teriores, la quitan. 




XV 




A escampa! 

Después de un año largo de dar 
lecciones á la Academia , ora con 
amable dulzura, ora con saludable se- 
veridad y con mezcla de algún disciplinazo que 
otro, cuando había el más perfecto derecho á es- 
perar, no que los académicos hicieran bien las 
cosas, porque nemo dat quod non liahet, pero, 
por lo menos , que fueran humildes y no se me. 
tieran en dibujos sin consejo de las personas 
doctas de fuera de la casa, resulta que siguen en 
sus trece, ó en sus trece mil aficiones al des- 
atino. 

¡Trabajen ustedes para esto! 
¡Mátense ustedes una semana y otra sema- 
na, un mes y otro mes en la fatigosa y cristianí - 



130 FE DE ERRATAS. 

sima tarea de desasnar á los académicos, para 
que á la hora menos pensada les suelten á uste- 
des dos pares de... párrafos como estos que han 
aparecido el penúltimo viernes en La Corres- 
pondencia: 

«Presidida por su director, señor conde de 
Cheste, y con asistencia del eminente poeta 
D. José Zorrilla, tuvo anoche su junta acos- 
tumbrada la Real Academia Española. 

•Después del despacho ordinario, el señor 
marqués de Valmar dio cuenta á la Academia 
del estado en que se hallan las anotaciones á 
las cantigas del rey D. Alfonso el Sabio, y de 
los trabajos que sobre el particular le ha remi- 
tido el sabio italiano Sr. Musafia. 

»E1 señor marqués de Molíns (¡ahora va lo 
bueno!) hizo un largo discurso (como si dijéra- 
mos hizo un buñuelo) para manifestar la conve- 
niencia de que se introduzca en el Diccionario la 
voz francesa cuto (cuchillo) con que se distin- 
guió una especie de daga ó sable corto que 
hasta el año 40 solían llevar algunos oficiales 
del ejército á la cintura /w^ra de ordenanza^. 

¡Usted si que está fuera de ordenanza! 

Pero diga usted, señor marqui de Miden, el 
hecho, aun siendo cierto, de que algunos oficia- 
les, 6 algunos perdidos que nunca faltan, ni 
entre las clases más distinguidas de la sociedad, 
llevaran, hasta el año 40 precisamente, esas 
dagas ó sables cortos á la cintura fuera de arde- 



FE DE ERRATAS. I3I 

nanza (ó á la otra cintura, si es que hay otra), 
¿es bastante razón para que esos cuchillos, que 
según usted mismo confiesa ya no se usan, se 
llamen cutos en Valencia de D. Juan y en Me- 
dina del Campo? 

Ni los oficiales que los llevaron los llama- 
rían así seguramente. Sino que el bueno del 
marqués oiría quizás alguna noche á alguno de 
aquellos perdularios decir en broma «aquí llevo 
mi cut6r>, y se le quedó la palabra en la cabeza. 
Y ahora, en su deseo de llevar alguna cosa al 
Diccionario, por donde sonara su nombre, y en 
la imposibilidad de llevar ninguna cosa racio- 
nal ni justa, ha querido llevar ese disparate. 

Pero sigamos oyendo al cronista de la se- 
sión, que dice: «Para demostrar este aserto, pre- 
sentó el señor marqués cinco de estos «pequeños 
sables.., y> Pero el que existan cinco ó cinco mil 
de esos pequeños sables, como dicen los france- 
ses y los académicos, ¿es una prueba de que se 
llamen ni se deban de llamar cutos en castella- 
no? ¿De dónde saca esa lógica el marqués de 
Molíns? Pues con la misma podía pedir que se 
introdujera en el Diccionario la palabra drapó 
en lugar de bandera, presentando la colección 
de ellas que hay en Atocha, ó la palabra chapó 
para significar el sombrero, presentando toda 
una sombrerería, sin excluir el sombrerillo aquel 
que, para concertar con tordillo y con cervatillo, 
puso el marqués en unos versillos muy malos. 

Y sigue la crónica, que es digna del suceso: 



132 FE DE ERRATAS. 

«Para demostrar este aserto, presentó el se- 
ñor marqués cinco de estos pequeños sables y 
esforzó con vehemencia (¿qué esforzó? ¿Los pe- 
queños sables?) que á su juicio cree pueden 
autorizar la inclusión de la palabra en el léxico 
de la Academia.» 

jY esforzó con veJiemencia que á su juicio 
cree pueden!... ¡Qué sintaxis! ¡Qué sintaxis la 
que se usa en la fábrica de la calle de Valverde, 
al amparo del rótulo de limpia, Jija y da esplen- 
dor que hay en la portada! Porque es menester 
advertir que estas crónicas de las académicas 
sesiones, aun cuando las publica La Correspon- 
dencia, naturalmente, como ella dice, no se 
escriben en la redacción de La Correspondencia, 
sino que las envían escritas los académicos; 
únicos españoles capaces de escribir tan mal, y 
eso que también son españoles los redactores 
de Líi Correspondencia. 

La crónica termina con estas alabanzas que 
á sí mismos se propinan los académicos: 

« La mayor parte de la sesión se empleó 
en examinar trabajos léxico-gráficos del señor 
Fernández Guerra (D. Luis), que promovieron 
animada discusión y dieron motivo á que el se- 
ñor Cánovas del Castillo demostrase una vez 
más la gran variedad de sus conocimientos, y á 
que hicieran reflexiones oportunas los Sres. Ta- 
mayo. Cañete, Núñez de Arce y Menéndez 
Pelayo». 

Gran variedad de conocimientos... Reflexio- 



FE DE ERRATAS. 133 

nes oportunas... Y no hubo nadie que comba- 
tiera la estupenda y estrafalaria pretensión del 
marqués de Molíns ni siquiera con una car- 
cajada. ;Y decir que esta sesión y otras como 
esta exclusivamente consagradas á cultivar el 
disparate y á hacer tentativas de corrupción 
del idioma, ni siquiera son gratuitas, sino que 
le cuestan al país cada una un montón de di - 
ñero!.. 

¡Cuto! ¡Mejor les fuera al marqués de Mo- 
líns y á los demás académicos tratar de definir 
el BAÚL, y no contentarse con decir que es sinó- 
nimo de COFRE, para decir luego al llegar al 
COFRE que es una «especie de arca de hechura 
tumbadas, con otras cosas por el estilo! ¡Mejor 
les fuera aprender á definir el bautismo de una 
manera más adecuada y más sencilla, y no de- 
mostrando, como ahora, que no saben el catecis- 
mo del P. Astete! ¡Mejor les fuera tratar de poner 
la palabra baturro, que sobre ser muy usada 
en Aragón, es castiza, porque es el diminutivo 
despreciativo de b.\to, que significa bobo, rús- 
tico, tonto! 

Es verdad que de la omisión del vocablo 
baturro ya en otro artículo he dado la causa 
más probable: el temor de que alguien se la 
aplicara á los señores de la Academia. 

¿Y qué diremos de la definición que los mis- 
mos señores nos dan de becoquín, diciendo que 
es tbirrete ó solideo con orejas?* ¿Qué de la de 
bejín, donde ponen primero la acepción figura- 



134 ^^ ^^ ERRATAS. 

da de epersona enojada con poco motivo» que 
la natural y propia del hongo llamado vulgar- 
mente pedo de lobo? ¿Qué de la de benedicite, 
donde no dicen que sea la bendición de la me- 
sa, sino solamente la licencia que los religiosos 
piden á sus prelados para ir á alguna parte? 

¡Lo mismo que poner en el Diccionario la 
palabra belua, puramente latina, que desde que 
se formó nuestro idioma no ha usado nadie en 
castellano; ni nadie la usará, como no sea que á 
alguno de los lectores de este artículo se le ocu- 
rra calificar con ella á los que la conservan en el 
libróte! ¡Lo mismo que en el artículo bene- 
ficiado, poner la primera la acepción moder- 
nísima de «persona en beneficio de la cual se 
ejecuta alguna función de teatro», y la segunda 
la castiza y antigua! Todo por hacer al revés 
las cosas. Tampoco benevolencia es ^simpatía 
y buena voluntad», sino lo último solamente. Se 
puede tener benevolencia á una persona, aunque 
le sea á uno tan antipática como la generalidad 
de los señores que limpian y fijan. 

En el artículo de la berza, sobre faltar la 
definición, falta el refrán que dice: «berzas que 
no has de comer, déjalas cocer», contra los que 
se meten en lo que no les importa. El artículo 
berzo, cuna, está de sobra, porque no se llama 
así, sino BRIEZ0, que falta, ó brizo, que casi no 
se dice. Como está de sobra uno de los artícu- 
los brezo, porque el brezo no es más que ar- 
busto, y nunca es «cama que se arma sobre 



FE DE ERRATAS. 1 35 

zarzos». Benino, por benigno, es una tontería, 
que sólo escribirá hoy algún poeta de séptima 
clase, ó sea de la clase de académicos, por la 
necesidad del consonante. Más razón había para 
poner indino, porque esto siquiera lo dice la 
gente del pueblo, y sin embargo, indino no figu- 
ra en el Diccionario, y benino figura. Al revés 
siempre. 

La definición de bermellón es bastante 
mala; porque el bermellón no es «cinabrio redu- 
cido á polvo», sino bermellón, cosa distinta del 
cinabrio. Este es un mineral de donde se extrae 
el mercurio ó azogue, y el bermellón es una 
composición química denominada sulfuro mer- 
cúrico rojo. Durante muchos años se preparaba 
el bermellón casi exclusivamente en Holanda, y 
desde tiempo inmemorial vino de la China un 
bermellón que jamás en Europa se supo prepa- 
rar con tan buenos caracteres. El ilustre quí- 
mico Sáenz Palacios dice de él en su Tratado 
de Química inorgánica, tomo II: «Créese que 
no procede del cinabrio reducido á polvo, sino 
que es preparado por la vía húmeda». Si el ber- 
mellón fuera el cinabrio, ¿qué necesidad tenía- 
mos de que viniera de la China una cosa que 
tenemos en Almadén con tanta abundancia. 

También es buena la definición académica 
del BESO, pero buena, lo cual, tratándose de co- 
sas de académicos, quiere decir que es de lo 
más desdichado. «Acción y efecto de besar» di- 
cen que es el beso, y claro está que no es nin- 



136 FE DE ERRATAS. 

guna de las dos cosas. El beso es el beso. Y la 
segunda acepción, la de golpe violento, la han 
puesto, sin duda, teniendo en cuenta los besos 
que ellos dan al idioma. 

Pero lo mejor es lo del bieldo y la bielda. 
Todos los lectores saben de seguro que hay un 
instrumento agrícola llamado bieldo, que sirve 
para limpiar el grano aventando la paja. Los 
académicos le definen, aunque mal, diciendo 
que se compone «de un palo largo, de otro como 
de media vara de longitud, atravesado en uno 
délos extremos de aquél, y de cuatro fijos en el 
transversal en figura de dientes, y el cual (pase 
la sintaxis), sirve para aventar la paja». Por 
donde cualquiera que no haya visto el instru- 
mento se queda enterado, como hay viñas. Tan 
enterado como los definidores que probable- 
mente tampoco le habrán visto. Por eso no sa- 
ben decir que el palo largo, es decir, el mango, 
tiene cinco cuartas, y el transversal, no media 
vara, como ellos dicen, sino poco más de una 
cuarta, y que los cuatro fijos en figura de dientes, 
ni son ordinariamente cuatro, sino seis, ni tie- 
nen figura de dientes, sino de hojas de lanza, y 
forman con el mango un ángulo de ciento trein- 
ta y cinco grados. 

A este instrumento, al que también llama el 
Diccionario bielgo, sin fundamento alguno, no 
quisieron los diosecillos de la calle de Valverde 
dejarle solo y aburrido en la era, y decidieron 
crear una hembra con quien casarle. Pero con- 



FE DE ERRATAS. I37 

tra todas las leyes de la naturaleza que hacen á 
la hembra menor que el macho, la bielda de los 
académicos resultó un bieldo grande , muy 
grande; que, por supuesto, no se llama bielda ni 
bieldo, sino gario, palabra que falta, como falta 
CARIADA, la porción de paja que se coge de una 
vez en el gario, y gariar, cargar ó tirar paja con 
dicho instrumento. 

En las definiciones de bizma y bizmar con- 
funden los académicos lastimosamente la bizma 
con el emplasto y con el confortante. ¡Y cuidado 
que en esta tierra, donde han abundado tanto 
los curanderos, se necesita ser académico para 
no saber al dedillo lo que es una bizma! 

¡Pero qué! Si ni siquiera saben definir el 
BIZCOCHO, del que dicen de primera intención 
que es «pan que se cuece segunda vez para que 
se enjugue y dure mucho tiempo». 

¿Cuántas veces sería necesario cocer á los 
académicos para que se les enjugara del todo 
el zumo de ignorancia y de simpleza y acerta- 
ran á definir algo como Dios manda? No es cosa 
fácil de saber. Lo que se sabe ya es que la Aca- 
demia, que teniendo el Diccionario tantos des- 
atinos, gasta el tiempo en oir proposiciones 
todavía más desatinadas como la de introducir 
el cuto, es irreformable, no tiene cura, es un cen- 
tro inservible, y hay que barrerle para que no 
haga daño. 





BIBLIOTECA y ARCHIVO 
EMILIO ALBERTO WOTl 



XVI 




N anciano muy respetable y muy co- 
nocido, cuyo nombre no revelaré por 
no contrariar su deseo, me ha escrito 
una carta por el correo interior, di- 
ciendo que ha sido oficial del ejército español 
por los años de 1820, 1830 y 1840 hasta después 
del convenio de Vergara, que obtuvo su retiro, 
y no recuerda que jamás llevase á la cintura 
ninguno de los de su clase lo que significa la 
palabra francesa cotiteaii (cuchillo) ó cuto; se- 
gún el señor marqués de Molíns. «Se llevó, 
añade, el sable corto de ordenanza, en lugar de 
espada, con tirantes de seda, como también se 
ha llevado con vaina de acero y tirantes de es- 
tambre en los años del 60 al 68: todo lo demás 
es una disparatada invención». 



140 FE DE ERRATAS. 

Ya ve el señor marquí de Mulen cómo esta- 
ba yo en lo cierto al asegurarle que a.qnél pe- 
queño sable á la cintura fuera de ordenanza, 
que de todas maneras no se llamaría en caste- 
llano cutóy sino CUCHILLO, no debió llevarle más 
que algún perdulario. 

Pero dejemos el malaventurado cuto del 
bienaventurado marqués, y vamos á jugar un 
rato á los bolos con los académicos. 

Los cuales, aun cuando no puedan servirnos 
en el partido ni de compañeros ni de contrarios, 
porque no conocen el juego, podrán hacer de 
bolos con cierta propiedad, por haber hecho ya 
el mismo oficio ellos y sus antecesores casi 
siempre que del saludable y aristocrático juego 
leonés han tratado en sus libros. 

Primeramente los académicos han omitido 
la palabra birle, que significa el acto de birlar 
y el resultado de la operación: así se dice que 
uno tiene buen birle cuando está la bola en sitio 
á propósito para birlar bien, ó que ha hecho 
poco birle cuando ha birlado pocos bolos. Tam- 
bién han omitido la palabra birlona, que se 
aplica á la bola que se queda dentro del castro, 
cuando no hay raya de cinca. 

Más adelante, en el artículo dedicado á la 
BOLA no definen la de jugar á los bolos, como 
tampoco la del billar, ni ponen las frases *venir 
pie con bola» y «no dar pie con bola» (costum- 
bre académica) que estaban mucho mejor aquí 
que en el artículo del pie, por ser originarias 



FE DE ERRATAS. I4I 

del juego de bolos precisamente. En cambio 
ponen frases que no existen, «como á bola vista», 
que dicen que significa «á las claras», y «hacer 
bolas», que para ellos quiere decir «hacer novi- 
llos»; pero para ellos solamente, pues fuera de 
la casa señalada con el número 26 de la calle 
de Valverde, domicilio oficial de la Academia, 
bien seguro es que ningún cristiano conoce 
esas frases. 

Mas viniendo á la definición del bolo, cuya 
tercera acepción, según los académicos, que en 
esto deben ser voto, es la de «hombre ignorante 
y de pocas luces», nos encontramos en primer 
lugar con que el BOLO, en sentido real y no fi- 
gurado, no está bien definido, porque decir que 
es un «palo labrado en forma cónica para que 
se tenga derecJio en el suelo», ni da idea cabal 
de la cosa ni es decir nada. ¡Para que se tenga 

derecho! ¿Creen los fijadores que derecho es 

lo mismo que vertical ó pinado? ¿Dejará el bolo 
de estar derecho, si no es torcido, aun cuando 
esté en posición horizontal ó caído á la larga? 
¡Válgame Dios, qué ignorancia la de los acadé- 
micos, que ni siquiera conocen el valor de los 
adjetivos más triviales! Falta, además, en este 
artículo la frase «pinar los bolos», «veremos có- 
mo se pinan los bolos», lo cual nada tiene de 
extraño, desconociendo como desconocen los 
académicos el verbo pinar, empinar, poner ver- 
tical una cosa, el adjetivo pinado, etc., y falta el 
refrán que dice: 60/05 son diablos, cuya historia 



142 FE DE ERRATAS. 

es un cardo más para la corona de la Academia, 
ó para las guirnaldas particulares de sus pre- 
sentes y pasados individuos. 

En el Diccionario de Autoridades pusieron 
ese refrán donde debía estar, en la definición 
del BOLO, y le pusieron al pie como autoridad 
un párrafo de la Pícara jfiistitia , que dice: 
fAndad, que bolos son diablos, como decía el 
otro que iba á birlar y le faltaban diezt. Como 
se ve, la misma autoridad explica el sentido del 
refrán perfectamente. Los académicos, sin em- 
bargo, no acertaron á interpretarle del todo 
bien; pero no fué esto lo más malo, sino que 
unos años después se les puso en la cabeza que 
habían de mudar el refrán, y en lugar de poner 
bolos son diablos, como decía la autoridad, pu- 
sieron al revés: diablos son bolos, que, aunque á 
ellos les parezca lo mismo, es muy diferente, 
como tampoco es lo mismo, y entiéndase sólo 
por vía de comparación, decir que los acadé- 
micos son burros, y decir que los burros son 
académicos. 

Parecía natural que andando el tiempo se 
mudaran los bolos ó los individuos de la Acade- 
mia, es decir, que estos últimos deshicieran el 
cambalache y volvieran á poner «bolos son dia- 
blos», que es como, con el sentido común, dice 
todo el mundo; pero lejos de eso, en las últimas 
ediciones han confirmado el desatino, dando el 
refrán al diablo, es decir, trasladándosele á su 
definición y suprimiéndole en la del bolo, co- 



FE 0E ERRATAS. 143 

mo queriendo insistir en su rebeldía contra el 
uso y contra la autoridad, y en que no son los 
bolos los que son diablos, sino que los diablos 
son bolos, lo cual es bien falso, pues lejos de 
tener los diablos esa cualidad académica, son, 
por desgracia, demasiado listos. 

En las anteriores ediciones del Diccionario 
no daban los académicos razón más quede nue- 
ve bolos al describir el juego. Ahora les ha lle- 
gado, aunque tarde, la noticia de que hay uno 
más. Tarde y con daño, es decir, de una mane- 
ra muy incompleta, puesto que sólo han acer- 
tado á decir que en algunas partes (donde quiera 
que se sabe jugar) se pone delante de los nueve 
palos otro llamado diez de bolos. Por cierto que 
ni se pone delante, sino á la derecha 6 á la. iz- 
quierda, ni se llama diez de bolos comúnmente, 
sino CUATRO, que es lo que vale cuando se bir- 
la, debiendo advertirse que es más pequeño que 
los otros nueve. De aquí viene la palabra com- 
puesta CHiQuiLi-cuATRO, quc sc aplica al hom- 
bre pequeño y de poco juicio, palabra que los 
académicos ponen en el Diccionario, aunque 
sin comprender su origen. Y aun el mismo 
CUATRO le definen sin darse cuenta de ello y di- 
ciendo, por la afición á equivocarse, que perte- 
nece al juego de la chirinola {?), cuando es al 
de los bolos al que pertenece. 

Y es claro, como no saben á punto fijo lo 
que es el cuatro ó el diez, como ellos dicen, ni 
el papel que desempeña en el juego de los bo- 



144 ^^ ^^ ERRATAS. 

los, no saben tampoco lo que es ahorcar, ni lo 
que es ahorcado, ni dan á estas palabras la 
acepción que en dicho juego tienen. 

Como tampoco al definir el verbo bornear 
le ponen la significación de revolver la bola ho- 
rizontalmente en la mano al tiempo de despe- 
dirla, para que al caer en el suelo tome el efecto, 
á la manera como le toman las del billar, y en 
lugar de seguir la recta, se vaya hacia el lado 
pmk donde el jugador la revolvió, y ahor- 
que. 

Y basta de bolos, que ya va siendo la lec- 
ción demasiado larga. 

Mientras los académicos la rumian, figura, 
damente, por supuesto, les diré para concluir 
este artículo que hlanchete no es palabra caste- 
llana, sino una tontería francesa, ó académica, 
si se quiere; pero que lo mismo que «perrillo ó 
gato blanquecinoy», que es lo que los académi. 
eos dicen que significa, puede significar arroz 
con patatas. Les añadiré; que la definición de 
«BLANDENGUE m. soldado armado con lama que 
defendía los límites de la provincia de Buenos 
Aires» , precisamente de Buenos Aires, mere- 
cía que al autor se le erigiera una estatua de 
corcho con la cabeza de médula de sauce. Y 
aun les diré que blandir en la significación 
de halagar, adular, lisongear, es latín puro, y, 
por consiguiente, en el diccionario castellano es 
puro ripio. Como blandicioso, adulador, y hlan- 
dicicia, adulación, que tampoco existen más 



FE DE ERRATAS. I45 

que en la región de los disparates, ó, como si 
dijéramos, en la Academia. 

Tampoco blasmar por blasfemar existe más 
que en Francia, donde lleva, en lugar de la s 
central, un cincunflejo; pero en cambio existe 
en castellano blasfemadero , que es algo así 
como Academia, y no se halla en el Diccio- 
nario. 

Lo que sí se halla es la boina con una defi- 
nición de primer orden, ó de esta figura: *Gorra 
redonda y chata, de lana, de una sola pieza y 
de uno ú otro color, que se usa en las Provin- 
cias Vascongadas y en Navarra», y que si alguno 
la usa en Madrid ó en León ya no es boina, 
aun cuando sea de uno ú otro color, como suelen 
ser todas las cosas, sin exceptuar á los burros 
de una ú otra clase. 

Lo de que el bollo sea un «panecillo ama- 
sado con diferentes cosasn, pasaré por ello, pues 
^a sé que á los académicos no se les pueden 
pedir definiciones serias y racionales, por lo 
que no paso es por la omisión del refrán que 
dice: «ni al santo el voto, ni al niño el bollo», 
dando á entender que se debe cumplir lo que 
se ofrece. 



XVII. 




E parece que fué !Mahoma el que dijo 
que la ignorancia es una mala cabal- 
gadura que hace ridículo al que la 
monta y al que la guía. Y á fe que si 
el gran impostor hubiera tenido en realidad 
algo de profeta, no cabría duda de que le había 
sido inspirado ese aforismo por el conocimiento 
adelantado de nuestros académicos. Verán uste- 
des la triste y ridicula figura que en efecto 
hacen hoy el conde de Cheste guiando y los 
demás compañeros suyos montados en la suso- 
dicha mala cabalgadura de Mahoma. 

De esta manera pasan muy serios por el 
artículo de la borraja omitiendo y descono- 
ciendo la popularísima locución de «volverse 



148 FE DE ERRATAS 

agua de borrajas» que tampoco mencionaron al 
definir el agua. Es verdad que allí pusieron en 
lugar de esta locución la de «hacerse agua de 
cerrajas», para lo cual en el lugar correspon- 
diente definen una hierba que llaman cerraja, 
y que, aun cuando se llame así, no es la dulce 
é inofensiva borraja, cuyas aguas para nada 
sirven. Esta última condición, que pudiéramos 
llamar académica, es la que ha dado origen 
á la frase «volverse agua de borrajas», que es 
como se dice en Asturias, en León, en Burgos, 
en las demás provincias leonesas y castellanas, 
en Extremadura y en casi todas partes menos 
en la Academia, es decir, en todas partes donde 
se sabe hablar el castellano. 

Por lo mismo, por ir montados los acadé' 
micos en la misma cabalgadura, un poco antes, 
al pasar por el bocío no supieron decir sino que 
era papera, lo cual es una tontería, porque la 
PAPERA es una inflamación formada debajo de 
la barba y de las mandíbulas, que con facilidad 
desaparece, mientras que el bocío, más general- 
mente llamado papo, es un crecimiento de la 
garganta durable y cuasi incurable. 

Por igual razón definen la bota diciendo 
que es *cuero pequeño^ empegado por dentro 
y cosido por un lado de figura piramidal (¿qué 
tal?) que remata en un brocal de cuerno ó palo 
para echar vino y beber». Donde aparte de los 
consonantes y de la figura piramidal de la bota, 
para que lo verdaderamente piramidal sea la 



FE DE ERRATAS. I49 

definición, hay aquello de que el cuero hade ser 
pequeño y ha de estar cosido precisamente por 
un lado, y lo de que el cuerno ó palo parece 
que es lo que «sirve para echar vino y beber» y 
no la bota. 

O el boto; porque ese recipiente pequeño, 
que puede serlo aun cuando el cuero de que se 
hizo fuera grande, y puede estar cosido por los 
dos lados ó por todo el rededor, y por supuesto 
no tiene forma piramidal sino más bien oval, 
se suele llamar boto , usándose siempre el 
nombre de bota cuando es de la piel entera de 
un animal desollado á pellejo cerrado, lo mismo 
si es grande, de la piel de un macho cabrío, que 
si es pequeña para alforja, de la piel de un 
gato. 

Y es de notar aquí que, dedicando los aca- 
démicos á la palabra bota dos distintos artícu- 
los, la ponen también dos distintas etimologías, 
como si una palabra sola, siendo además muy 
análogas sus significaciones , pudiera tener dos 
orígenes. La bota de echar vino dicen los aca- 
démicos que viene del árabe batía; y la bota de 
calzar, — que definen malísimamente afirmando, 
entre otras cosas, que es una «especie de borce- 
guí de piel ó tela que usan las mujeres», como 
si no las usáramos también los hombres, — dicen 
que viene del céltico bót, lo cual es hablar por 
hablar ó no es nada. 

En cambio llegan al botín, y como no se 
han apeado de la cabalgadura consabida, no 



150 FK DE KRRATAS. 

saben por dónde andan, y ponen en el primer 
artículo dos definiciones, cada una de las cuales 
es peor que la otra. Una dice: «Calzado antiguo 
de cuero que cubre todo el pie y parte de la 
pierna*. Y la otra: «Calzado de cuero, paño ó 
lienzo que cubre la parte superior del pie y 
parte de la pierna, á la cual se ajusta con botones, 
hebillas ó correas». Y entonces, ¿qué es la bota? 
ocurre preguntar. A lo cual no pueden contestar 
los académicos, porque no saben que el botín 
no es nunca de cuero, que si es de cuero es bota, 
y que el botín es siempre de paño, como que 
no es más que una bota de paño. 

¿Y la BOTINA?... La botina dicen los acadé- 
micos que es un «calzado moderno que pasa algo 
del tobillo». ¡Los académicos sí que pasan de 
todo lo creíble é imaginable! Pero pasando 
también nosotros por lo pedestre é incompleto 
de la definición, ¿en qué se diferencia este «cal- 
zado moderno que pasa algo del tobillo», de 
aquella «especie de borceguí de piel 6 tela que 
usan las mujeres?» Y si es lo mismo la botina 
que la bota, /.por qué no dar una definición sola 
y remitir al lector de una á otra palabra? ¿Y por 
qué omitir el detalle de las gomas, que no deja 
de ser importante? 

Nada, que no se apean nunca de la cabal- 
gadura que dijo Mahoma. Ni siquiera al entrar 
por debajo de la bóveda: así es que tampoco 
aciertan á definirla. Para ellos la bóveda es un 
«techo arqueado, 6 artesanado, que forma con- 



FE DE ERRATAS. I5I 

cavidad, ó no es snperficie planas. De modo que 
en no siendo superficie plana, aunque sea un 
ensamblado en que haya vigas y cuartones, ya 
es una bóveda. Después de dos rayitas verti- 
cales, hay otra definición que dice: «Lugar sub- 
terráneo en las iglesias para depósito de los 
difuntos». Y de los académicos, que debieran 
estar depositados donde no les diera la luz ni 
les incomodaran las moscas. Eso no se llama 
bóveda; se llamará cripta ó subterráneo simple- 
mente. En las iglesias no se llama bóveda más 
que á la bóveda. Porque las iglesias no son 
academias donde se llame al revés á casi todo. 

En el artículo de la boya definen dos de 
éstas diciendo de ambas que son de corcho, y 
omiten la principal, la grande de madera 6 de 
hierro que se pone en las radas y bahías para 
amarrar á ella las embarcaciones. ¿Tampoco 
han visto ninguna bahía los académicos? Verdad 
es que ni siquiera el artículo de bozal han sa- 
bido hacer bien, pues que ponen tres acepcio- 
nes antes de la principal y genuína, que está la 
cuarta , y luego ponen una quinta llamando 
bozal á una cosa que se llama moscardo. 

También en el artículo dedicado á las bra- 
gas, ponen dos acepciones caprichosas antes 
de la verdadera, y aun en esta no saben definir, 
pues dicen que las bragas son una «especie de 
calzones anchos^ , lo cual es todo lo contrario 
de la verdad, porque las bragas son estrechas. 
Si fueran anchas no hubiera podido nacer el 



152 FE DE ERRATAS. 

refrán que dice: «Al que no está hecho á bragas, 
las costuras le hacen llagas». También han 
omitido en este artículo varias locuciones y va- 
rios refranes. Y luego, en el adjetivo bragado, 
DA, dicen que «se aplica á la persona de dañada 
intención, con alusión á las muías bragadas*, 
cuando se aplica á la persona valiente. 

Continuando sin apearse, llaman bramadera 
á un juguete que se llama bufadera, y además 
no saben describirle, pues no tiene un agujero 
solo, sino dos, por los cuales pasa una cuerda 
calada que, torciéndose y destorciéndose alter- 
nativamente, hace que gire con velocidad y 
bufe la tablilla. 

Tampoco saben lo que dicen al decir que bra- 
ÑA es provincial de Asturias y Galicia, ni saben 
definirla braña. Ni el brasero, del que cuentan 
que es «pieza de metal honda, ordinariamente 
circular y con orilla 6 borde, en que se echa lum- 
bre para calentarse»; y aparte de lo de pieza, la 
construcción es tan mala, que parece que la lum- 
bre se echa en la orilla ó en el borde. A más de 
que no hacía falta el detalle de la orilla ó borde 
porque apenas hay cosa que no los tenga. 

Brega y bregar son otras dos palabras don- 
de dan otros dos tropezones los caballeros aca- 
démicos, que cansados de bregar con el Diccio- 
nario y de sufrir las bregas mías, parece menti- 
ra que no conozcan todavía el sustantivo ni el 
verbo. De la brega dicen que es «la acción y 
efecto de bregar», lo mismo que dijeron del beso 



FE DE ERRATAS. I53 

que era la acción y efecto de besar, lo cual no 
será exacto, pero es muy socorrido. Añaden 
luego otras dos ó tres acepciones infundadas é 
insustanciales, omiten la brega taurina y el 
aparato en que se brega el pan, y pasan á defi- 
nir el verbo, diciendo: Bregar (del lat. brigare, 
reñir, contender) n. Luchar, reñir, forcejar unos 
con otros». Dos rayitas y «Ajetrearse, agitarse, 
trabajar afanosamente». Otras dos rayitas, y otra 
definición, y otras dos rayitas, y ésta: «a. Amasar 
de cierta manera*. — ¿De cierta manera? ¿Y de 
qué manera? ¿Creen ustedes que eso es definir? 
Apéense ustedes de la sobajada y malaventura- 
da cabalgadura de iNIahoma; aprendan ustedes 
lo que es bregar con relación á la panadería, y 
digan ustedes, no que es amasar de cierta ma- 
nera, lo cual no es decir nada, sino que es sobar 
la masa, haciéndola pasar repetidas veces por 
entre dos cilindros de madera colocados sobre 
una mesa que giran en inverso sentido. 

Esta mesa con estos cilindros que sirve para 
bregar el pan se llama brega, y también bre- 
gón, palabra que falta; y de bregón procede el 
verbo abregon'ar, que falta también, y que tie- 
ne, á más de la acepción natural, la figurada de 
destrozar, molestar mucho, como falta el adje- 
tivo bregado, que se aplica al pan amasado de 
esa cierta manera que no han sabido decir los 
pobres académicos. 

Los cuales, así como no saben jugar á los 
bolos, ni á la pelota, lo que demuestran al defi- 



154 ^^ ^E ERRATAS. 

nir la palabra botivoleo, tampoco saben jugar 
á la BRISCA, pues al definir esta palabra no sa- 
ben decir que se llaman así en este juego las 
cartas de más cuenta, los ases y los treses, ha- 
biendo hasta un refrán que dice: «A triunfo pe- 
queño, brisca grande», para significar que á ve- 
ces se obtienen grandes cosas por medios hu- 
mildes. Verdad es que poco antes han dicho 
que BRETÓN es una «especie de col», confundién- 
dole lastimosamente con el brotón, que es la 
verdura que brota en la primavera de los tron- 
chos antiguos. Y también han dicho que la 
BREÑA es «tierra quebrada», y no es tal cosa, y 
que la breva es «bellota temprana y crecida», 
cosa que no puede probar más que ciertas afi- 
ciones de los caballeros sobre la ignorancia. 

Y ¿á quién de mis lectores se le ocurrió nun- 
ca que la broma fuera un guisado? Pues los 
académicos lo dicen en estos términos: «Bro- 
ma, f., guisado que se hace de la avena que- 
brantada», etc. 

¡Valiente guisado es el que hacen los seño- 
res académicos de las palabras de la lengua 
castellana quebrantadas, y valiente broma la 
que están dando al público con seguir cabal- 
gando!... Pero ¿no se querrán apear nunca? 



XVIII 




ARA concluir hoy el inventario de las 
ignorancias académicas en la letra 
B, que no es completo ni con mu- 
cho, voy á apuntar con la mayor 
brevedad posible que los académicos no saben 
definir el adjetivo bronco, del que comienzan 
diciendo que significa tosco, por comenzar di- 
ciendo un disparate; que tampoco saben lo que 
dicen al llegar á la palabra brosquil, porque ni 
es provincial de Aragón, como ellos la llaman, 
ni significa redil, como ellos dicen, sino sextil, 
bosque espeso donde huyendo del sol se escon- 
de el ganado; que la brújula, que han perdido 
los académicos, si es que la tuvieron alguna 
vez, no se llama «flechilla imanada*, sino imán- 



156 FE DE ERRATAS. 

tada, y que bruno no es más que un nombre 
propio, el del santo fundador de la Cartuja, 
pues de las otras tres acepciones que á esa pa- 
labra dan los académicos ninguna es legítima. 
— No lo es la primera, porque la «ciruela peque- 
ña y muy negra que se coge en Asturias» (y en 
todas partes, sólo que precisamente en Asturias 
no es pequeña, y en ninguna parte es negra, 
sino morada) no se llama bruno, sino pruno, del 
latín prunum; no lo es la segunda, porque el 
árbol que da esa ciruela no se llama bruno, sino 
prunal; y no lo es tampoco la tercera, porque 
el «color negro ú oscuro» no se llama bruno más 
que en gabacho. 

También he de apuntar que en el artículo 
dedicado al bruto los académicos, no sé si por 
la natural propensión á hablar de lo que se tie- 
ne más cerca, han invertido completamente el 
orden. Así comienzan por las acepciones figu 
radas de la palabra, poniendo la primera la de 
«necio, incapaz, estólido, que obra (ó hace obras, 
que bien pueden ser Diccionarios) como falto 
de razón», añadiendo que u. t. c. s., es decir, 
que se usa también como sustantivo, lo cual no 
es cierto, porque en este sentido figurado es 
adjetivo siempre, mientras en el sentido natural 
no es adjetivo nunca, y por consiguiente, des- 
atinan los señores al comenzar diciendo que es 
adjetivo. La segunda acepción académica es la 
de «vicioso, torpe 6 excesivamente desarreglado 
en sus costumbres!. La tercera es así: «Di cese 



FE DE ERRATAS. 157 

de las cosas toscas y sin pulimento» (como el 
Diccionario). Y por fin, la cuarta es la que de- 
bía de ser la primera: «iVnimal irracional». Por 
donde verán los lectores que es imposible des- 
barrar más ni cambiar más perfectamente los 
frenos. 

Después han hecho el bu los señores de la 
Academia, quiero decir que han hecho el ar- 
tículo del BU, y aunque parezca extraño, no le 
han sabido hacer tampoco. Y además se han 
permitido la broma de poner, seguramente á 
escondidas del Sr. Cánovas, como segunda acep- 
ción /aw. y /(?5í. (familiar y festiva) la de «per- 
sona ó cosa que mete miedo.» 

Tres veces ponen luego la palabra buco por 
cabeza de tres artículos distintos, y todas tres 
veces está de sobra. En el primer artículo di- 
cen que viene del céltico boc y que significa 
cabrón, así á secas. Pero ¿dónde significa eso? 
De tantas notas de provincialismo como estú- 
pidamente pegan los académicos sobre voces 
castizas y generalmente usadas, ¿no podían ha- 
ber guardado una para ese buco, que, no siendo 
conocido ni en León ni en Castilla, no puede 
ser más qne provincial de alguna parte? A bien 
que quizá sea provincial de la calle de Valver- 
de, y hayan omitido la nota por modestia. El 
segundo artículo dedicado al buco, sin etimolo- 
gía, dice que es lo mismo que buque, ó por lo 
menos que lo era antiguamente, cosa que, aun 
cuando resultara cierta, nádanos importa. Y el 



158 FE DE ERRATAS. 

tercer artículo dice que buco viene del latín 
bucea, boca, y que en Hist. Nat. (Historia Na- 
tural) significa abertura ó agujero, lo cual, aun 
cuando probablemente no será verdad, lo dejo 
correr, porque en historia natural, y especial- 
mente en zoología, no quiero disputar con los 
académicos. 

Poco después de los tres bucos viene la 
BUCHA, de la que dicen que antiguamente signi- 
ficaba hucha. No es cierto; pero en cambio no 
saben, ó á lo menos no dicen que antiguamente 
significaba burra, lo mismo que ahora. Es ver- 
dad que tampoco dejan de errar más adelante 
al decir que el buche es «borrico recién nacido, 
y mientras mama'», porque el borrico es buche 
desde que nace hasta que se muere, y eso que 
no mama siempra como los académicos. 

En la definición del adjetivo bueno, na^ 
omiten las frases por buenas y volverse A 
BUENAS, que son muy usadas, y en cambio po- 
nen otra de buenas á buenas, que no existe como 
no sea en el país donde se dice alto de ahí y al 
amor del agua, es decir, en el país académico. 

¿Y por qué dirán que el buey es toro castra- 
do? ¿Acaso para definir luego el toro diciendo 
que es «buey sin castrar?» No, porque esto últi- 
mo no sería tan gran disparate como lo prime- 
ro, y á los académicos no les seducen tanto los 
disparates pequeños como los grandes. Por eso 
llaman al buey toro castrado, cuando no es de 
absoluta necesidad que esté castrado para que 



FE DE ERRATAS. 159 

sea buey, sino sólo que esté domado y enseñado 
á trabajar, ni la mayor parte de los bueyes han 
sido toros nunca, puesto que generalmente se 
les castra cuando son añojos ó doblenes. En la 
misma definición del buey se echan de menos 
varios refranes, como «al buey peleador nunca 
le faltan cornadas», «al buey en tierra ajena la 
vaca le acornea», etc. 

¿Y creerán ustedes que los académicos no 
saben definir el buñuelo después de hacer 
tantos? Pues créanlo ustedes ó no lo crean, es 
lo cierto que el Diccionario dice del buñuelo 
así muy en serio, que es fruta de sartén, lo cual 
me parece que no es definir sino decir sim- 
plezas. 

También dicen que buró viene del francés 
bureau, y no viene ni vendrá, Dios mediante, 
porque en Francia se queda, tan francés como 
antes de escribirlo á la española. ¡Buró! «Espe- 
cie de escritorio ó papelera» ¿Y por qué no 

se ha de decir papelera ó escritorio? Ahora 

comprendo que tenía algún fundamento el otro 
día el marqui de Mulen para pedir la introduc- 
ción del cuto en el Diccionario. Después de 
introducido el buró no hay razón para que el 
cuto se quede fuera, ni para no llamar lurdós ó 
animas á los autores de tanto desastre. 

En el artículo de la burra faltan las frases 
•¡vuelta la burra al trigo!» «más que te vuelvas 
burra», «¡buena burra hemos comprado!* y el 
refrán: «¿Dónde vas Miguel? Donde la burra 



1 6o FE DE ERRATAS. 

quiere.» Y en el artículo del burro falta la defi- 
nición de un aparato así llamado que sirve pa- 
ra calentar las camas. 

En la definición de busilis omiten la etimo- 
logía de la palabra. ¿No saben que una vez una 
«especie de académico» se fué á examinar de 
latín, y habiéndole mandado traducir la epístola 
del día de San Esteban, que empieza: In diebus 
illis , no acertó á decir sino que índice bien sa- 
bía que eran las Indias, pero que no entendía el 
busilis? 

¿Y dónde han aprendido los señores limpian- 
tes á definir la butaca, «sillón de brazos almo- 
hadillado, entapizado cómodo y comúnmente con 
el respaldo echado hacia atrás?» ¡Por qué no han 
dicho también comúnmente almohadillado, co- 
múnmente cómodo y comúnmente entapizado? 
¿Qué quiere decir cómodo en la definición de 
una butaca? Al que haya pasado tres ó cuatro 
días sin sentarse, trabajando ó andando, ¿no le 
parecerá más cómoda una pobre silla de Vitoria 
que á un académico ú á otro holgazán cual- 
quiera el más blando sillón de muelles? ¿Cabe 
mayor chavacanería que omitir el detalle más 
característico al definir un mueble y querer de- 
signarle con el adjetivo cómodo, que de tan re- 
lativo nada significa? 

Después de esto ya no les faltaba á los 
académicos más que poner butiro y decir que 
es manteca de vacas, lo mismo que lo dice en 
su Diccionario latino el marqués de Morante, 



FE DE ERRATAS. l6l 

sin más diferencia que la de que en el Diccio- 
nario latino está bien la definición, porque bti- 
tirum es palabra latina, mientras que en el 
Diccionario castellano de la Academia es un 
despropósito. Con esto y con la majadería de 
decir que buz es «beso de reconocimiento y re- 
verencia que da uno á otro», sin decir de dónde 
os provincial la palabreja, y con invertir el or- 
den en las definiciones del buzóx, se concluye 
la letra B, en la cual apenas quedan más que 
otros tantos disparates como los que van seña- 
lados. 

Bien entendido que en cuanto á sobras y 
omisiones ni ha sido la B más afortunada que la 
A, ni me costaría gran trabajo encontrar en la 
B unos cuantos cientos de palabras inútiles 

como BABANCA, BABATEL, BAGADA, BACALLAO, BA- 
CARÁ, BACELAR, BACILLAR, BADAL, BADÉN, BARUCA, 
BRAZNAR, BOTECARIO, BROSLA, BROSLAR, CtC, CtC, 

las cuales están ocupando sitios que por dere- 
cho corresponden á estas otras: Be, a, n, ban, 

BABAYADA, BABAYO, BABIANO, BAJERADA, BAJONAZO, 
BALDOSÍN, BALEO, BALLICO, BANDORRA, BANDORRO, 

BANiLLA, BANZO (falta la acepción más usada, la 
de peldaño de escalera de mano), bañar (falta la 
acepción de limpiar el trigo), barahon, barazon, 
barganazo, barrigán, barrigOeto, barrosín, 
barrosinal, batucar, batuqueo, batuquerio, 

BAYONDÍN , BAZARRINA , BELORTA , BELORTAZO, 
BELLOSO, BERRAR, BIGARDA (s. f.) BIMBA, BIRLE, 

BiRLONA, BociLLo, BojA, (falta la del molino), 



l62 FE DE ERRATAS. 

BOLERA (s. f., sitio dondc se juegan los bolos), 

BOLLERAJE, BOLLIGAR, BOQUERO, BORRICÓN (falta 

la acepción de la leguminosa que nace entre el 

trigo), BOTUJO, BREZNA, BRIEZO, BRIÓN, BUFADE- 
RA, BURÓ, BUTiLLO y otras muchas. 

Y hasta otro día, que nos veremos en la le- 
tra C, si Dios quiere. 




XIX 




impíos, fijos y esplendorosos señores: 
Han de saber ustedes que cahadelan- 
te, como ustedes dicen en la primera 
media columna dedicada á la letra 

C, me propongo pero ante todo tengo que 

advertir á mis ilustrados ó no académicos lecto- 
res, que cahadelante quiere decir, ó quieren us- 
tedes que quiera decir en adelante, aunque no 
lo dice. Han de saber ustedes, repito, que en 
adelante me propongo pasar más de prisa sobre 
el Diccionario para no enseñar á ustedes tanto, 
ya que apenas lo agradecen ni les aprovecha, y 
sobre todo para acabar primero esta serie de 
artículos (i). 



(i) Notarán los lectores que ya más veces hice el mismo prop68ito 
sin podei cumplirle Es tanto lo que hay que enmendar! 



164 VE DE ERRATAS. 

Esto no quita de que les diga á ustedes , así 
de paso, que el cahalero que ponen ustedes en 
la misma primera media columna no es un ca- 
ballero ni un « soldado de á caballo que servía 
en la guerra» , sino una manera medio gallega 
de pronunciar la palabra caballero, y en cas- 
tellano una tontería; igual que el cahalfaste que 
ponen ustedes á continuación, y que no sirve 
para nada, como no sea para declarar que no 
tienen ustedes /msí^ ni están cabales ; igual que 
cabalhueste, que con el cabalgar sustantivo y el 
cabalo, viene en la segunda media columna con 
numerosa escolta de otros desatinos de caba- 
llería. 

También he de decir á ustedes que la defi- 
nición que dan de caballería, «bestia en que se 
anda á caballo», apenas puede ser más pedestre, 
aun con aquel aditamento de que «llámase ma- 
yor si es muía ó caballo.» ¿Y si es macho ó ye- 
gua? Verdad es que no es mucho mejor la defi- 
nición de CABALLERO, del que dicen ustedes que 
es el «que cabalga en caballo ú otra bestia», ó en 
la ignorancia, les faltó á ustedes añadir, si bien 
ésta es, según Mahoma, una mala cabalgadura 
especial y propia de los caballeros académicos. 
En este mismo artículo, á trueque de muchas 
simplezas y superfluidades, faltan refranes muy 
usados, como por ejemplo: tEn la mesa y en el 
juego se conoce el caballero»; y en el artículo 

del caballo pero este merece párrafo aparte. 

«Caballo, [m. Cuadrúpedo de pies » ¿Qué 



FE DE ERRATAS. 165 

nos cuentan Vds.? ¿Con que cicadrúpedo de 

pies? ¿Hábrase visto cosa más rara? Porque 

lo natural, hablando en académico, es decir, 
hablando al revés, sería que no tuviera pies 
siendo cuadrúpedo, ¿O es que han dicho uste- 
des cuadrúpedo de pies para dar á entender que 
no está de rodillas? ¡Lástima que no se hayan 
ustedes decidido á contarle los pies al caballo, 
porque era posible que se hubieran equivocado 
en la cuenta y nos hubieran dicho icuadrtipedo 
de tres pies», ó de cinco. Era lo que faltaba. 
Mas continuemos: *Cuadriipedo de píes con cas- 
co» ¡Ah, con casco! ¿A la prusiana?..... ¿Y 

esas tenemos todavía? En el artículo del .a.sno 
reformaron ustedes la definición de las edicio- 
nes anteriores, poniendo en lugar de mnimal 
con casco"* «animal solípedo», por cierto que les 
aplaudí á ustedes la reforma. Pero ahora viene 
el CABALLO, y como si les pesara de haber he- 
cho algo bueno se vuelven ustedes á quedar 

con el casco tan campantes. « ¡Cuadrúpedo de 

pies con casco! » ¡Vaya! 

Y todavía no hemos concluido, porque ade- 
más de ser el caballo *cuadrúpedo de pies con 
casco», es «de cuello y cola poblada (¿cuello po- 
blada?) de crines (¿la cola?) largas y abundantes, 
le pelo castaño, blanco, negro, etc. (este etc. 
querrá decir azul ó verde) ó manchado de estos 
i otros colores», como las definiciones académi- 
nicas, siempre manchadas de desatinos. 

Conclusión: «Domestícase fácilmente » 



l66 FE DE ERRATAS. 

¡Qué se ha de domesticar, si es doméstico! A lo 
menos en Europa no existe en estado salvaje. 
Pero ustedes, por confundirlo todo, confunden 
el domesticar con el domar, y son cosas distin- 
tas. «Domestícase fácilmente, y es animal (bis) 
de los más útiles al hombre.» Cierto: Mucho 
más útil que otros más presumidos, cuya utili- 
dad no se ha podido descubrir todavía, ni se 
descubrirá probablemente. 

A continuación y después de dos rayitas 
verticales tratan ustedes de definir el caballo 
de ajedrez en esta forma: «Pieza grande del 

juego de ajedrez» ¿Grande? Comparada con 

un comino será grande; pero comparada con un 
académico ó con un caballo natural, siempre 
será pequeña. Añaden ustedes que acamina de 
tres en tres casas.r» No camina, que salta; y las 
casas no se llaman casas, que se llaman casillas, 
como aquellas otras de las cuales son ustedes 
capaces de sacar á cualquiera con tanto des- 
propósito. Y acabemos: tCamina de tres en tres 
casas, contadas como primera la en que está, y 
como tercera aquella donde va á parar, salva la 
segunda en cualqjiier sentido (ó sin ninguno, 
que es como salvan ustedes las definiciones), y 

pasa á la tercera cambiando de dirección» 

¡Cualquiera aprende á jugar al ajedrez por el 
Diccionario! 

Y digan ustedes ¿De dónde es provin- 
cial cabañería, ración de pan, aceite, vinagre 
y sal etc.? Es verdad que las notas de pro- 



FE DE ERRATAS. 167 

vincialismo, las suelen ustedes guardar para 

las palabras castellanas que no las merecen 

¿Y de dónde sacan ustedes que cabción, cabdal, 
cabdellador, cabdellar, cabdiello, cabdillamiento , 
cabdillar, caddillazgo y cabdillo, sean palabras 
castellanas? Verdad es que con algo habían de 
llenar ustedes los sitios correspondientes á las 
muchísimas palabras castellanas que omiten. 

Y aun valía más que omitieran otras muchas 
que no que las definieran tan mal como la 
CABELLERA, por ejemplo, de la que dicen que es 
•pelo postizoi, y cabello, del que, á las prime- 
ras de cambio dicen que es «pelo que nace en la 
cabeza» (!), yálas segundas, «especie de ner- 
vio que tienen los carneros en las agujas», lo 
cual, salvo que no los tienen en las agujas, sino 
en el cuello, ni los tienen sólo los carneros sino 
también las ovejas, y las cabras, y los chivos, y 
los bueyes, y las vacas, etc., y salvo que no son 
especie de nervios, sino nervios sencillamente, 
está pasaderillo. O en otros términos, ya que de 
cabellos se trata , 

Linda mata de pelo 
Peina tu mano; 
Salvo ser corto. 
Salvo ser poco. 
Salvo ser cano. 

En la definición de la cabeza no tiene nada 
de particular que hayan dado ustedes muchos 



l68 FE DE ERRATAS. 

y graves tropezones, puesto que se trata de un 
chisme harto desconocido en la Academia: así 
se expHca que digan ustedes que «en el hombre 
y en muchos animales está unida al cuerpo por 
el cuello», como si en otros animales estuviera 
separada, ó estuviera unida al cuerpo por el 
rabo; y así se explica que den ustedes como 
frases usuales la de devajitar uno de su cabeza 
alguna cosa», que no es tal frase, ni se dice le- 
vantar sino sacar, y la de tser cabeza de bobo*, 
á la cual en lugar de ponerla por aclaración 
«ser cabeza de académico», la ponen la extraña 
y ridicula definición siguiente: «tomar pie ó pre- 
texto de una cosa para abonar de este modo 
actos vituperables» (?). 

Pero si se explica perfectamente que no ha- 
yan sabido ustedes definir la cabeza, no se ex- 
plica tan bien el que no hayan sabido definir la 

CABEZADA. Y, sin embargo dicen ustedes, 

entre otras cosas, que es «.compuesto (?) de co- 
rreas ó cuerdas que ciñe y sujeta la cabeza de 
una caballería, á que está unido el ramal», es 
decir, á la caballería. ¿Y cómo está unido el ra- 
mal á la caballería? ¿A tornillo, por soldadura ó 
por el cuello, como la cabeza en el hombre y en 
muchos animales? No, sabios, no: los rama- 
les no se unen así; se unen con otra cosa que se 
llama sintaxis, por virtud de la cual resultan 
pegados, no á la caballería, como el de ustedes, 
sino á la cabezada. La cual además se ha que- 
dado sin definir, porque decir que es compuesto 



FE DE ERRATAS. l6g 

de correas ó cnerdas no es decir nada por donde 
se la pueda distinguir del uniforme de un guar- 
dia civil, ó de un morral de caza. 

Lo que han hecho ustedes casi admirable- 
mente es la definición de la cabra. Puede ser 
hasta de primer orden, según por donde empie- 
cen á ordenarse las cosas. «Cabra, f. Hembra 
del cabrón, más pequeña que él, de pelo más 
áspero y de condición más dulce.^ ¿Qué tal, eh? 
Todos estos detalles serán falsos, si se quiere, y 
aunque no se quiera, pero aun siendo falsos hay 
que convenir en que son deliciosos. ¿A quién no 
no le encanta verles á ustedes, los señores que 
limpian y Jijan, engolfados en esas profundida- 
des de fisiología cabruna? Que la hembra del ca- 
brón sea más pequeña que él, no es una nove- 
dad, porque casi todas las hembras de los ma- 
míferos suelen ser menores que los machos. Lo 
de que la cabra tenga el pelo más áspero que su 
compañero, ya es menos llano y debe ser cosa 
de algún naturalista como 

el fidedigno padre Valdecebro 

(que en discurrir historias de animales 

se calentó el celebro), 

ó el Marqués de Molíns que debe haber tratado 
mucho en cabras, pues ya en sus juventudes, 
como quien dice, compuso un soneto cabrío que 
empezaba: 



170 FE DE ERRATAS. 



«Pastores, que del mundo en el egido 
Dejáis, cual sueltas cabras, las pasiones». 



sin darse cuenta de que la cabra no tira al egi- 
do, sino al monte, con la misma natural afición 
con que el académico tira al disparate. Mas lo 
verdaderamente nuevo del caso es lo de la con- 
dición más dulce, piropo tiernísimo á cabra, que 
la da derecho á esperar en breve plazo un idilio 
ó dos, de D. Manuel Cañete ó de Mariano Ca- 
talina. 

Tras de la cabra de condición más dulce, 
aunque de pelo más áspero, ponen ustedes la 
cabra mantés, de la que dicen que abunda en 
los Pirineos y en otras partes de España, por 
ejemplo en las Peñuelas, añadiendo que tse di- 
ferencia de la común principalmente en tener 
grandes los cuernos,» cuando es precisamente 
al contrario, pues los tiene mucho más peque- 
ños (i). Pero si no dijeran las cosas al revés ¿en 



(i) a no ser que los académicos llamen cabra montes & toda cabra 
que anda por el monte. Entonces no hay que hablar. Pero si lo de mon- 
tes se entiende en oposición á doméstica, vayan los académicos á Cain 
(León) ó á Bulnes (Asturias), vean las cabras domésticas de allá, y 
busquen luego algün ejemplar de esa cabra montes, m&s 6 menos mi- 
tológica, de los Pirineos, que tenga los cuernos mayores, ni tan gran- 
des. ¿Que así lo dice Pérez Arcas? Muy señor mío... Pero estoy can- 
sado de leer en este y otros naturalistas así, que las ardillas, por ejem- 
plo, pasan el invierno aletargadas, y estoy también cansado de matar 
ardillas bien espabiladas y bien ligeras en todos los meses de in- 
vierno. 



FE DE ERRATAS. I7I 

qué se habían de diferenciar ustedes de los de- 
más mortales que no pertenecemos á la Acade- 
mia?... A no ser que en tener el pelo más ás- 
pero... 

De la CABRITA dicen ustedes que es la «hija 
de la cabra desde que mama hasta que cumple 
un año.» De modo que antes de mamar no es 
cabrita. Ni tampoco cabrito, porque del cabri- 
to dicen ustedes lo mismo: «Hijo de la cabra 
desde que mama... etc.» De esta suerte si aca- 
bando de parir una cabra, pregunta un pastor 
á otro que esté más cerca, qué es lo que ha pa- 
rido, no puede contestarle que un cabrito ó una 
cabrita; tiene que responderle: «Hasta ahora 
nada: espera que mame y cuando mame será 
una cabrita,» ó un cabrito. Cosas que les pasan 
á ustedes por dar al mamar demasiada impor- 
tancia. 

¿Y quién les ha dicho á ustedes que la ca- 
britilla sea «piel de cualquier animal peque- 
ño?...» ¿No llamaron ustedes animal ala babosa? 
¿Y no es la babosa bastante pequeña? ¿Será 
también cabritilla la piel de babosa? ¡Qué ma- 
nera de definir! «Piel de cualquier animal pe- 
queño, como... cordero, adobada y aderezada 
para hacer guantes y otras cosas,^ como malas 
definiciones. Porque es preciso que ustedes se 
convenzan de que la piel de cordero, por muy 
adobada y aderezada que esté, nunca llegará á 
ser verdadera cabritilla, sino, á lo sumo, cabriti- 
lla falsificada ó de imitación, como el caste- 



172 FE DE ERRATAS. 

llano que hablan y escriben ustedes los aca- 
démicos. 

Por eso un poco más abajo al definir la ca- 
bronada, debían ustedes de haber puesto como 
primera acepción la de «comprar el Diccionario 
de la Academia.» Porque eso de pagar seis du- 
ros para que, sobre todos los disparates anterio- 
res le digan ustedes á uno que cabruñar es pro- 
vincial de Asturias, cuando se dice iguahnente 
en León y Castilla, es un cabruño (que tampo- 
co es provincial) demasiado fuerte; aunque no 
tanto como la definición de la caca, que no 
quiero menear atendiendo al prudente consejo 
de Cervantes. 

¡Ah! y se me olvidaba decir á ustedes que la 
cabrilla, en la acepción de carpintería, no es 
un trespiés, sino un mango postizo de la sierra, 
que la cacerola no tiene mango, sino asas, y 
que la caceta ni es peculiar de la farmacia, 
como ustedes dicen, sino usada en todas las 
cocinas, ni es «especie de cazo por lo común 
de azófar,» sino de hierro, pues siendo de 
azófar es sencillamente cazo, ni es «con su pie,» 
porque no tiene pie, sino mango, ni es «de ca- 
bida de una libra medicinal de licor,y> sino de 
la cabida que acertó á darla el herrero. 

A bien que todas estas tonterías y otras mu- 
chas, casi se les pueden á ustedes perdonar por 
la eximia agudeza de habernos sabido decir que 
CACICA es la «mujer del cacique» ¡Cascaras, con 
los hombres! Eso lo han traducido ustedes lite- 



FE DE ERRATAS. 173 

raímente de aquel acertijo ó cosillina que se les 
suele proponer á los tontos. — La mujer del 
quesero ¿qué será? — Quesera, suele contestar, 
después de un rato de pensar en ello, alguno de 
los menos académicos de la clase. Y quien dice 
quesera dice cacica. ¡Para que digan luego por 
ahí que no enriquecen ustedes el Diccionario! 

Cierto es que todavía no tiene Jiscala, ni jue- 
za, ni brigadiera, pero, como dice el adagio, el 
comer y el desbarrar no quiere más que empe- 
zar, y habiendo empezado ya por poner «cacica, 
la mujer del cacique,» y «ministra, la mujer del 
ministro,» todo se andará si el palo de la maja- 
dería académica no se rompe. Por de pronto 
no se ha roto sin habernos dicho que cacómiíe 
es una «planta que vive en la mesa...» Por don- 
de cualquiera creerá que esa planta es algún 
académico; sino que luego se sabe que esta mesa 
no es una mesa de comedor, sino... «la mesa 
central del territorio mejicano...» que, por su- 
puesto, no es mesa, sino meseta ó planicie, para 
todo el que no sea académico: es decir, para 
todo el que sepa castellano y geografía. 

Cacumen... ¿Cómo habían de saber ustedes 
definir el cacumen? Así es que han tenido que 
contentarse con decir que es igual que trastien- 
da. De donde se deduce la legitimidad de esta 
noticia: «En el cacumen de la frutería de la 
calle de Valverde hay gran surtido de me- 
lones.» 

Que ustedes descansen. 



XX 




\Y quien dice que 

Si el lego, que sirve fiel 
Al padre Soto, tuviera 
Otro lego, y este fuera 
Mucho más lego que aquél, 

Y escribiera en un papel 
De estraza manchado y roto. 
De toda ciencia remoto, 
Un sermón, este sermón 
Fuera sin comparación 
Mejor que el del padre Soto. 



Que es como decir que si los criados de los 
académicos, que no deben ser muy inteligentes 
cuando á tales amos sirven, tuvieran á su servi- 



176 FE DE ERRATAS. 

cío otros criados mucho menos inteligentes y 
más rústicos que ellos, y estos criados de los 
criados de los académicos tuvieran la humora- 
da de escribir un Diccionario de la lengua cas- 
tellana, este Diccionario había de ser mucho 
mejor que el Diccionario de la Academia. 

Porque es imposible que á aquellos criados 
de los criados, por muy arrimados que fuesen á 
la cola, se les ocurriera poner cachar, en lugar 
de ESCACHAR, ni cachapa y cachazpari, diciendo 
que son «un panecillo de maíz que se usa en 
Venezuela» y un «convite nocturno que se da en 
el Perú al que va de viaje,» pero que ningún es- 
pañol sabe con qué se come, ni tampoco ca- 
chera con la disparatada etimología del árabe 
quixr, vestido, y la disparatada definición de 
«ropa de lana muy tosca, de pelo largo»... es 
decir, de pelo de la dehesa ó de pelo de acadé- 
mico, que viene á ser lo mismo. 

¿Cómo habían de decir los criados de los 
académ.icos, ni aun los criados de los criados, 
que CACHETE viene de cascar y que es «golpe 
que se da con el puño?» ¿Puede haber algún 
criado que al ver á su amo golpear en la mesa 
con el puño diga que da cachetes á la mesa? 
¿Ni cómo había de decir que cachifollar, que 
tampoco se dice así, sino escachifollar, viene 
de cascar y de afollar, ó que cachimba sea pala- 
bra castellana? ¿Conocen ustedes algún criado 
capaz de decir que el cadalso es un atablado 
que se levanta en cualquier sitio para un acto 



FE DE ERRATAS. I77 

solemne?» (i) ¿Quién oyó decir cuando visitó á 
Madrid el príncipe heredero de Alemania que 
en el salón del Prado se estaba levantando un 
cadalso para la Real familia?... Nadie, porque 
ni aun La Correspondencia lo dijo; y eso que 
con arreglo al Diccionario lo podía decir, y lo 
hubiera dicho sin duda si tuviera algún acadé- 
mico en su redacción ó si fuera tan extravagan- 
te como los académicos La Correspondencia. 

Ni CADO es provincial de Aragón, ni significa 
en León y Castilla huronera ó madriguera, sino 
banco de pizarra ó cayuela (esta palabra falta), 
donde no es raro encontrar huroneras, zorreras 
y madrigueras de tejones; pero el llamar por 
eso cado á la huronera ó huronera al cado, es 
tomar el rábano por las hojas. Tampoco cadoso 
es «lugar profundo en el río donde hace remanso 
el agua*, sino lo que tiene cado, lugar donde hay 
cado, ni es sustantivo, sino adjetivo, ni cadozo 
es palabra castellana, sino la misma palabra 
CADOso pronunciada por algún andaluz ó por 
algún lengua de trapo. ¡Como decir que el café 
es «el fruto del cafeto!» Ya sé que no se pueden 
pedir peras al olmo, y por consiguiente no se 
podía exigir á los académicos la noticia de que 
el café es el fruto del coffea arábigo; pero bien 



(i) Fray Juan de Pineda en la relación del Paso honroso de Saero 
de Quiñones y Cervantes en el Quijote usaron la palabra en ese senti- 
do, pero está anticuada, y darla hoy esa significación en el Dicciona- 
rio, como la primera, sin nota de anticuada, es un solemne desatino. 



178 FE DE ERRATAS. 

podían siquiera haber dicho que es el fruto del 
cafetero, á menos que no temieran inducir á 
error á algún académico novicio ó aspirante, 
haciéndole creer que los que expenden el café 
son los que lo crían. 

¿Y la CALABAZA? ¿Quién había de creer que 
los académicos no sabían definir la calabaza?... 
Pues no saben; porque dicen que es el «fruto 
de la calabacerart, para lo cual un poco antes han 
definido, aunque mal, la calabaza planta, lla- 
mándola calabacera, que es como no la llama 
nadie. Pero además dicen: «Fruto de la cala- 
bacera que varía infinito en su forma, tamaño 
y color». ¡Buenas señas! Vale Dios que luego 
añaden: «Cómese cocida», y aunque por este de- 
talle tampoco se la puede distinguir de la berza 
ni de la pata de cerdo, dicen al fin que «se usa 
también en medicina», lo cual, no tratándose 
de la pepita, apenas es verdad; pero de todos 
modos, como quiera que en medicina no se usan 
más que dos ó tres cosas en el mundo... ¡cual- 
quiera puede distinguir la calabaza por la defi- 
nición académica! Sobre todo, por aquello de 
que varía infinito... Lo único que acertaron á 
poner menos mal fué la definición en sentido 
figurado que dice: «Persona inepta y muy igno- 
rante», lo cual ya casi equivale á decir persona 
académica, que es como hay que decir hablando 
en plata; pero no han sabido definir la calaba- 
zada, de la que lo más exacto que se puede decir 
es «definición de la Academia». ¿No es verdad 



FE DE ERRATAS. 1 79 

que en ninguna de esas faltas hubieran incu- 
rrido los criados de los criados? 

Bien creo yo que éstos, al definir el cal- 
derón en su acepción musical, no lo hubie- 
ran hecho del todo bien , pero seguramente 
no lo hubieran hecho peor que los acadé- 
micos , que no dan pie con bola. Veámoslo: 
Calderón... Mus. Nota ó signo que advierte 
la suspensión de los demás instrumentos para 
que el que canta (que por lo visto es otro 
instrumento) ó toca ejecute de fantasía lo que 
quiera». ¡Pura fantasía! Y si no vengan acá 
los señores académicos. Si el que canta ó toca 
de fantasía se halla con un calderón, ¿que hace? 
¿Qué hacen en ese terrible caso imprevisto los 
demás instrumentos suspendidos? ¿Se irán con 
la música á otra parte.^.... No, señores; eso se 
queda para ustedes. Lo demás, para que los 
instrumentistas callen, están en música los 
signos denominados silencios; mientras que el 
calderón sólo sirve para interrumpir momen- 
táneamente el discurso musical, lo cual ejecu. 
tan al mismo tiempo tanto la orquesta como los 
cantantes ó quien lleve la parte principal, pues 
es un efecto general de la composición. Nada, 
que tampoco saben de música los académicos, 
y que si en las calabazas dan calabazadas, en 
la música desafinan. 

Quizás en el Diccionario de los criados no 
aparecería bien definido el calidoscopio; pero 
tampoco han sabido definirle los académicos. 



l8o FE DE ERRATAS. 

que dicen «que encierra dos espejos», cuando 
son tres, en forma de polígono triángulo. ¿Y 
cómo habían de decir los criados que calar sig- 
nifica callar? De ninguna manera, á no ser que 
fueran gallegos; pues solamente los gallegos 
pronuncian así, y solamente los académicos lo 
ignoran. 

En cambio en el Diccionario que hicieran 
los criados, ó aunque fueran las criadas, figura- 
ría de seguro el verbo calabacear, que los aca- 
démicos omiten, y que cuando es activo signi- 
fica dar calabazas, y cuando es neutro, vacilar, 
no acertar, en una palabra, ser académico; 
figuraría el gerundio callando con la significa- 
ción de hablar en voz baja, como le usó Cer- 
vantes cuando dijo: «Oyendo esto Dorotea, dijo 

CALLANDO á Cardcnio » {Quijote, parte i.", 

c. xxxii) no figuraría la cal como sinónimo de 
calle , ni figuraría el disparate de que ahogar la 
cal es una frase que significa «echarle agua para 
templar sufuerzai>, donde lo único que hay que 
templar es la fuerza de la académica ignoran- 
cia; no se definiría la calva diciendo que es 
«.casco de la cabeza», que lo mismo puede ser un 
casco prusiano, ni se diría que calvario sig- 
nifica las «deudas que uno ha contraído cuando 
son muchas, á semejanza de los que llevan fiado 
de las tiendas » Donde ni hay verdad, ni sin- 
taxis, ni sentido común, ni nada más que una 
academiquez inverosímil. 

Tan inverosímil como el segundo de los dos 



FE DE ERRATAS. l8l 

artículos encabezados con la palabra cama, que 
todo él es un puro despropósito. El primero 
podía pasar si no dijera que la cama sirve para 
dormir y descansar en ella las personas», ¿Y los 
académicos?... Porque me parece que dormirán 
en cama, y por otra parte, creo que habíamos 
quedado, por su propia definición, en que ape- 
nas eran personas. Por eso no saben lo que es 
cama de galgos, y dicen que se llama así tía 
mal acondicionada y revuelta», lo cual no es 
verdad, á no ser acaso en la Academia, pues en 
el resto de España y sus colonias sólo se hace 
mención de la cama de los galgos en el refrán 
que dice buscar mendrugos en cama... etc., que 
es empresa tan boba, aunque por concepto dis- 
tinto, como buscar el castellano ó la razón en 
libros de académicos. 

Del segundo artículo de la cama he dicho 
que todo él es un puro despropósito, porque 
contiene cinco acepciones, y ninguna es legí- 
tima ni verdadera. La primera dice: «f. Cada 
una de las barretas ó palancas del freno á cuyos 
extremos inferiores van sujetas las riendas», 
barretas ó palancas que no se llaman camas, sino 
cambas, por ser de forma curva (i). 

La segunda: «En el arado, pieza de madera 



(I) En Colombia las llaman />(¿rMas, según Cuervo, quien añade, 
citando á Diez, que 'pierna es pura traducción de camba», lo cual 
aparece confirmado por el jambe francés (pierna) y por las palabras 
castellanas, aunque desconocidas de la Academia, cámbalo, reblagadura 
ó abertura de piernas, y acambar, andar á paso muy abierto. 



l82 FE DE ERRATAS. 

encorvada...» que no se llama cama^ sino camba 
en toda tierra de arados: camba se la llama en 
el Diccionario de Nebrija (i), camba la han 
llamado Zorrilla y La Fuente (Fray Gerundio) y 
todos los escritores leoneses y castellanos, camba 
se llamó siempre y se llama todavía en León, 
Asturias y Santander, que es donde las hacen, 
y camba la llaman en Castilla todos los labra- 
dores menos algún tontucio presumido de los 
que leen el Diccionario de la Academia; el cual 
además disparata diciendo que la cama «por un 
extremo está afianzada entre el dental y la es- 
teva», cuando es al contrario, pues el dental y 
la esteva son los que están afianzados en un 
agujero rectangular que tiene la camba en el 
extremo grueso, donde entra también el rabo 
de la reja, y todo lo sujeta otra pieza que no 
conocen los académicos y se llama pezcuño, no 
siendo cierto tampoco que por el otro extremo 
esté la CAMBA afianzada en el timón, pues entre 
el timón y la camba hay en los buenos arados 
otra pieza intermedia que se llama la empuesta. 
En la tercera acepción, la cama académica 
dicen los señores que es «lo mismo que pina en 
la segunda acepción», y evacuando la cita 
resulta que ellos llaman pinas á los cambones 
de las ruedas de rayos. La cuarta acepción y la 
quinta son estas: «Cada uno de los pedazos de 



(i) Impreso en Madrid por Miguel Escribano rs«>n//í6«í fíffüí 
iociclatn) 1778: «CAMBA del arado, buris, »s.» 



FE DE ERRATAS. I83 

tafetán del ancho de la seda de que se compo- 
nen los mantos (serán las mantillas) de las mu- 
jeres». «En las capas pedazos de tela sesgados 
que se unen al ancho de ella para que salgan 
redondas». Todos estos pedazos, que no son 
sesgados, sino cortados en curva , se llaman 
CAMBAS, y no camas. 

Hay que advertir que los mismos académicos 
certifican su propia majadería al comenzar este 
artículo con la autoridad del etimologista, que 
dice: cama {del b. latín camba; del gr. xxj.'ttt,, cicr- 
vatiira), y más adelante, en la definición de la 
camba, dice que es «del griego xú(j.6f,, convexi- 
dad». — Y si en las palabras griegas entraba la 6 ó 
la p, letras las dos muy semejantes y muy fá- 
ciles de confundirse, y en el bajo latín continuó 
entrando la b, ¿por qué se ha de suprimir esta 
última letra en castellano? ¿Para tener una pa- 
labra menos, la camba , y para que otra palabra, 
la cama, tenga un montón de sentidos diversos 
hasta lo ridículo? 

Quedamos, pues, en que todo lo que los aca- 
démicos llaman cama en el segundo artículo se 
llama camba, en que así se llaman además los 
cierros ó remates de las ruedas del antiguo siste- 
ma, muy usadas en toda Castilla hasta hace pocos 
años que se ha ido extendiendo el uso de las de 
rayos, y quedamos en que por no saber los aca- 
démicos que la camba se llama camba, no saben 
tampoco que hay cambicio, que es una camba 
larga por medio de la cual se enganchan los 



184 FE DE ERRATAS. 

bueyes al trillo, ni que hay combato, paso muy 
abierto, ni cambón camba grande, ni acambar, 
ni ENCAMBAR, etc, etc. Es decir, que quedamos 
en lo que hemos quedado otras muchas veces, 
en que los académicos no saben una palabra 
de ninguna cosa. 

Y por supuesto, en que los criados de los. 
criados de los académicos no hubieran hecho 
un Diccionario tan rematadamente malo. 





XXI 




ACE muy pocos días publicaba El 
Diario Español estos renglones: 

«Un estimado colega recuerda 
que España carece hoy de un Dic- 
cionario hebreo-español, con gran daño de los 
estudios filológicos». 

No sé qué estimado colega sería el autor de 
tan impertinente recuerdo, pero con perdón su- 
yo, y con perdón de El Diario Español, que to- 
davía se llama político y literario, á mí me pa- 
rece mentira que nadie pueda echar de menos 
en España un Diccionario hebreo á estas horas. 
Que clamaran ambos periódicos y todos los 
demás por un buen Diccionario de la lengua 
castellana me lo explicaría perfectamente, por- 
que la necesidad no puede ser más grande. 



1 86 FE DE ERRATAS. 

¡Pero llorar por un Diccionario hebreo! 

¿Pues qué otra cosa más que hebreo, no siendo 
griego, puede ser el último Diccionario de la 
Academia? Es verdad que no se lee al revés co- 
mo los libros escritos en aquel idioma; pero, s 
leer no, lo que es entender, hay que entenderal 
revés todos ó casi todos sus artículos, si se ha. 
de sacar de ellos alguna sustancia: y he puesto 
el casi, porque no faltan artículos en el Diccio- 
nario de los que no se saca sustancia ni enten- 
diéndolos al revés ni entendiéndolos al derecho. 

Cumiar y camio, por ejemplo, camocan y 
caostra, capichola y capicholado, palabras con 
que nos encontramos hoy, amén de otras mu- 
chísimas que los lectores conocen ya, y que no 
son castellanas, ni griegas, ni latinas, ¿qué pue- 
den ser, si no son hebreas tampoco? 

Sean lo que fueren, ¿se acuerdan mis ami- 
gos los lectores de cómo definían los académi- 
cos el badajo? Pues ahora vamos á ver cómo 
definen la campana. 

«Campana, f. Instrumento cóncavo de metal, 
de la figura de una copa boca abajo» 

¡Boca abajo todo el mundo! ¡Eso es definir! 
De suerte que en poniendo una copa de plata 6 
de otro metal cualquiera boca abajo, ya tene- 
mos una campana. 

Y tenemos además la definición de la copa 
con sólo decir que es un instrumento cóncavo de 
metal de la figura de una campana boca arriba. 

Es verdad q ue de la campana dicen además 



FE DE ERRATAS. 187 

los académicos que «tiene en medio una lengüe- 
tai», para demostrar que tampoco saben lo que 
es lengüeta, y añaden «ó badajo con que se toca», 
como si badajo ó lengüeta fueran sinónimos, 
cuando son cosas poco menos distintas que 
académico y sabio. Por supuesto, que no dicen 
una palabra de las asas ni de la clase de metal 
de que ordinariamente son las campanas, ni de 
nada que pueda servir para distinguirlas de las 
copas, sobre todo, cuando las campanas no es- 
tén ni boca arriba ni boca abajo. 

Poniendo á la campana, no una lengüeta, 
que no se la pone nadie más que los académi- 
cos, sino una tilde, tendremos la campaña, que 
ciertamente no ha salido mejor librada de las" 
académicas manos pecadoras. 

Como que la acepción más común no la po- 
nen sino en tercer lugar, y muy mal explicada. 
Primero dan la acepción de campo, que ya está 
algo anticuada, pero pase. Después dan una 
acepción de marina que apenas se usa, porque 
el «tiempo trascurrido desde que los buques sa- 
len armados de un puerto hasta que se restitu- 
yen á él ó llegan á otro», no se suele llamar 
campaña, sino expedición ó viaje. Por último, 
viene la acepción militar, que debió ser la pri- 
mera, pues es casi la única que se usa, y dicen 
!0S señores: *Tiempo (y dale que ha de ser tiem- 
po) que cada año están los ejércitos fuera de 

cuarteles contra sus enemigos». Cada año De 

modo que si una guerra dura tres años y en los 



l88 FE DE ERRATAS. 

tres años no vuelven las tropas á sus cuarteles 
de tiempo de paz, aquello no es una campaña: 
porque si es el «tiempo que cada año, etc.i, lo 
más que puede durar la campaña es un año, y 
aun eso violentando ya el sentido de la defini- 
ción académica. ¿No han hecho los mismos 
académicos autores del Diccionario actual una 
campaña de quince años contra el castellano? 
¿O es que creen que se debe contar cada sesión 
académica como una campaña distinta? Pues 
no vale creerlo así, porque esas no son campa- 
ñas, son batallas ó batidas, puesto que en todas 
sale el idioma derrotado, pero batallas ó batidas 
de una sola campaña constante. 
A otra cosa. 

«Campurriamo, na, adj. Natural de Canipoo, 
u. t. c. s. Perteneciente á esta comarca de la 
provincia de Santander».... ¡Señores, señores!.... 
Que Aguilar de Campoo, que es el pueblo más 
notable de esa comarca, pertenece á la provin- 
cia de Falencia. ¿No saben más geografía entre 
ustedes todos, incluso Marcelino, que es el 
probable introductor de la palabra? 

Entre col y col lechuga, dice un refrán que 
puede ser traducción verde de aquel 

Et lona mixta malis, et mala mixta bonis 

del poeta latino. La lechuga académica de hoy 
es la definición del camueso. ^Especie de man- 
zano cuyo fruto es la camuesa, fig. y fam. Hom- 



FE DE ERRATAS, 1 89 

bre muy necio é ignorante», donde con sólo po- 
ner variedad donde dice especie, palabra de que 
abusan los señores muchísimo, y poner después 
del fig. y fam.. individuo déla Real Academia Es- 
paitóla, queda una definición casi invulnerable. 
En la de can, perro, han omitido muchos re- 
franes, entre ellos el que dice: «Si el rabo menea 
el can, no es por ti que es por el pan», que al poco 
más ó menos quiere decir que no por amor al ha- 
bla castellana, ni tampoco por el placer cruel de 
degollarla (hemos de ser justos), sino por cobrar 
las dietas van á la Academia los académicos. 

Aunque no sepan definir la canal, de la que 
dicen: «cualquiera de las vías por donde las 
aguas y los vapores circulan en el seno de la 
tierra». ¿Y fuera del seno de la tierra no pueden 
correr las aguas por una canal? 

En el seno de la tierra es donde viven uste- 
des los académicos, ó por lo menos donde tienen 
que ir á parar, al limbo, salvas algunas excep- 
ciones, no para mejorar, sino para empeorar de 
destino, si Dios no lo remedia. ¡En el seno de la 

tierra! ¿De dónde han sacado ustedes que en 

el seno de la tierra corre el agua por cana- 
les? Precisamente allí es donde ñolas hay, por- 
que la canal ha de ser abierta por arriba; si es 
cerrada, es tubo, ó caño, ó conducto; menos 
canal, cualquier cosa (i). 



(I) Los mismos académicos antiguos dan testimonio contra los 
actuales, definiendo la canal « cavidad prolongada y descubierta por 
donde se conduce recogida el agua « otro licor; hácese de tierra, pie- 



igO FE DE ERRATAS. 

Otra acepción académica de la canal es la 
siguiente: «Teja delgada y mucho más combada 
que las comunes, la cual sirve para formar en los 
tejados los conductos por donde va el agua». ¿Y 

las comunes para qué sirven? ¡Si entenderán 

estos pobres hombres de tejas! No, señores, no; 
por Dios, no sean Vds. simples; las tejas todas 
son iguales en la tejera, las canales y las cubier- 
tas ó cobijas, sólo que el retejador, al ponerlas 
en obra, suele escoger para canales las menos 
torcidas y más sanas, porque la falta de una 
cubierta no deja pasar más agua que la que 
llueve sobre ella, mientras la falta de una canal 
deja pasar lo recogido por todas las que haya 
más arriba. 

Repito á ustedes que las tejas llamadas ca- 
nales, porque hacen ese oficio, son de la misma 
forma y tamaño que las otras, como fabricadas 
en el mismo marco, de lo cual bien pudieran us- 
tedes haberse enterado hace ya años con solo 
darse un paseo hacia Valle Hermoso, ó asomar- 
se por la tronera al tejado de la Academia ó de 
u casa respectiva. ¡Mire usted que no conocer 
las tejas ni haber visto retejar nunca! ¡Si parece 

que no han oído ustedes campanas ni aun de 

las de lengüeta! 

Por eso, después de poner en el artículo de 
la CANAL muchas canales que no lo son, olvidan 



dra, madera, plomo, etc., y sirve para regadío, navegación y desagüe*. 
Erita definición estuvo en el Diccionario hasta la edición undécima 
inclusive. Otra prueba de que la duodécima es la peor de todas. 



FE DE ERRATAS. I9I 

ustedes la canal del molino, que es la más co- 
mún y la más característica de todas. 

Y por eso, por no saber nunca lo que dicen, 
dicen más adelante que cañaliega es lo mismo 
que canal en la tercera acepción, en la de la 
teja delgada, etc., cuando la cañaliega es un 
cordón de piedras que hacen los pescadores 
en un raldón del río, en forma angular con una 
abertura en el vértice, donde colocan el butrón 
ó la manga. 

Aparte de todo lo antecedente, la canasta, 
lo mismo que la banasta, no «se hace de mim- 
bres», sino de banillas; si es de mimbres es 
cesta: ni el canasto es «canasta recogida de 
boca». Ni tampoco la acepción de la candela 
en lugar de la lumbre del hogar, es familiar, 
como ustedes dicen, sino provincial de Andalu- 
cía. Ni el candil Pero la definición del can- 
dil es de primera clase y hay que copiarla. 

«Candil (del árabe candil, lamparilla) m. Es- 
pecie de vaso de barro ó de hoja de lata abar- 
quillado (?) que tiene por delante un pico y por 
detrás un mango, á cuyo extremo se une una 
varilla de hierro con un garabato...» ¿Verdad 
que cualquiera hace un candil por la definición 
de la Academia? Sobre todo, leyendo hasta un 
poco más adelante, donde dice que la torcida 
sale por el pico... Vale Dios que á ningún he- 
rrero le pasa con los candiles lo que á los aca- 
démicos con las tejas, que no las han visto más 
que desde lejos. 



192 FE DE ERRATAS. 

La CANDIOTERA diccn los señores que es el 
«lugar... donde están los toneles ú otros vasos 
en que se cría... el vino». ¡Si resultará que tam- 
poco saben los académicos que el vino se cría 
en las viñas! 

La CANELA dicen que es la segunda corteza 
del canelo..., no sin peligro de que algún espe-' 
ciero comience por ahí á descortezar acadé- 
micos el día menos pensado, porque Canelo es 
un nombre que se suele poner á los pavos, á los 
perros y á otros bichos de color de canela, y no 
es imposible que algún académico tuviera tam- 
bién ese mote puesto por alguno de sus cama- 
radas, por aquello de que no hay peor cuña... 

Canilla no es «cualquiera de los huesos lar- 
gos de la pierna ó del brazo.» Esto se llama 
tontería; la canilla es otra cosa, es la parte an- 
terior de la pierna entre la rodilla y el pie. Tam- 
poco la canilla de la cuba se llama cañón peque- 
ño. Y tampoco canillero es el agujero de las 
cubas por donde entra la canilla, sino la ma- 
quinita que tienen los tejedores para hacer ca- 
nillas. Cañariego no es más que una corrupción 
del adjetivo cañadiego, de cañada, y las apli- 
caciones que ponen los señores á la palabra son 
gratuitas y tontas. 

Lo mismo se les puede aplicar ese adjetivo 
á los académicos que á las cosas y personas á 
que ellos dicen que se aplica. 

Perdonémosles, sin embargo, todas estas 
cosas por haber tenido la ocurrencia de definir 



i 



FE DE ERRATAS. I93 

á SU compañero el señor... Cañete. Diminutivo 
de CAÑO dicen que es; pero como en el prólogo 
han prometido no poner aumentativos ni dimi- 
nutivos ordinarios, es indudable que no han 
puesto la palabra por esta acepción sola. Y en 
efecto, más adelante dicen: Véase ajo cañete. 
¡Qué afición la de los académicos al ajo! ¿Y qué 
clase de ajo será este ajo cañete que nos quieren 
enseñar ahora? ¡Véase ajo cañete!... Mas como 
recuerdo que en la definición del ajo vi muchos 
desatinos, no quiero volver á verla. 

Y ahora confieso una equivocación. Pare- 
cíame á mí que lo más fácil de definir para los 
académicos era el caos, porque además de ser 
un caos el Diccionario y otro la Academia, cada 
académico de por sí debe tener también un caos 
pequeño en la cabeza, á no ser alguno que no 
tenga... donde tenerle. Pues nada, ni el caos, 
saben definir y dicen, metiéndose á mundo, que 
es el testado de confusión que tenían las cosas 
\1 momento de su creación». ¿Las vieron uste- 
des?? ¿Y por qué habían de tener un estado de 
confusión? ¿Creen ustedes que Dios hace las 
cosas como los académicos? 

Tendamos sobre esto aunque sea una capa. 
De la cual dicen los de la limpia que es uRopa 
larga y suelta sin mangas. ..y» ¿Y en qué se dife- 
rencia de una manta ó de una sábana? No lo sé; 
los académicos añaden: «...que traen los hom- 
bres sobre el vestido». — También traen mantas. 
— Sí; pero sigan ustedes, que poco á poco llega- 



194 PE DE ERRATAS. 

remos acaso á... no entender una palabra... «Es 
angosta por el cuello, ancha y redonda por aba- 
jo, y abierta por adelante. Hácese de paño y 
otras telas...)} ¿Se puede definir peor? 

Sí, padre. Porque peor es la definición de 
capada, diciendo que es «lo que puede cogerse 
en la punta de la capa puesta sobre los hont' 
bros...r, y peor es la de capador, diciendo que 
es un «silbato»; y peor es, sobre todo, la de ca- 
parazón, del que dicen que «se usa en la mili- 
cia... (lo cual no es verdad) para cubrir la silla 
y montar sobre el caballo», donde no parece sino 
que los académicos tuvieron miedo á que algu- 
no los creyera capaces de montar debajo del 
caballo, y del caparazón, por supuesto. 

También dicen que el caparazón es «serón 
de esparto que se pone á las caballerías para 
que coman». ¿Es que las caballerías de la Aca- 
demia comen serones de esparto?... Para lo que 
suelen poner los arrieros á las caballerías un se- 
rón de esparto es para que no coman; pero no 
se llama caparazón, se llama bozal, y es muy 
útil. 

Para concluir. Dicen los académicos defi- 
niendo la capilla: «Capilla f. Pieza en forma de 
capuchas. Y luego en la otra hoja, definiendo la 
capucha dicen los académicos: «Capucha f. Es- 
pecie de capilla». ¿No es verdad que empleando 
así en las definiciones el círculo Cañete ó el cír- 
culo Cánovas, no hay cosa más fácil que hacer 
diccionarios? 



XXII 




lUEDÁBAMOS en que... Lo mismo da, 
porque no se puede quedar en nada 
con los académicos, que son muda- 
bles como la luna, para que en todo 
se cumpla la Sagrada Escritura que lo dice: 
Stultus sicut luna miitatur. Sabia sentencia que 
si no fuera divina merecería serlo, porque es 
lógico, natural y casi necesario que quien no 
sabe tras de lo que anda no siga otra ley que 
sus caprichos. 

Y á propósito. ¿No saben ustedes la etimo- 
logía áe capricho (¡verdaderamente de capricho!) 
que nos da el Diccionario de la Academia? Pues 
atención: «Capricho (del latín capra, cabra, por 
lo antojadizo que es este animal)»... Sí, lo será, 
pero no tanto como otros; ni pueden ser sus an- 



196 FE DE ERRATAS, 

tojos tan perjudiciales como el de hablar de lo 
que no se entiende. ¡Pobre cabra, víctima de la 
versatilidad académica, que un día la hace mi- 
mos diciéndola que es de condición dulce, de lo 
cual á llamarla monina y rica ya no hay más 
que un paso, y otro día la trata de antojosa y de 
raíz y fuente de todo capricho! 

Vale Dios que nadie hace caso ya de la 
Academia, ni para bien ni para mal, pues de lo 
contrario, fuera preciso gastar el tiempo en de- 
fensa de las cabras, para instruir á los capricho- 
sos, ó según el Diccionario, á los cabrunos aca- 
démicos y al etimologista de que la raíz de ca- 
pricho no es capra, sino caput, cabeza, y la pa- 
labra de donde más inmediatamente viene, ca 
pirucho, cuya acepción figurada omiten ellos, y 
aun en la natural apenas le definen, pues no ha- 
cen más que decir que es sinónimo de capi- 
rote, lo cual tampoco es cierto. 

Si hubieran sabido definir el capirucho di- 
ciendo que es capillo pequeño colocado en el 
alto y en la parte posterior de la cabeza, hacia 
donde residen los deseos irracionales, y hubie- 
ran añadido que figuradamente se llama así 
á cualquier empeño irracional é infundado; si 
hubieran tenido noticia del verbo encapiru- 
CHAR ó ENCAPiRUCHARSE, del cual uo es encapri' 
charse más que una contracción, y hubieran sa- 
bido que se dice: Fulano se encapiruchó con tal 
cosa, lo que vale lo mismo que decir: Se le puso 
tal cosa en el cogote, 6 se le puso en la cabeza, ya 



FE DE ERRATAS. 1 97 

les hubiera sido fácil acertar con la etimología 
del capricho sin meterse para nada con las ca- 
bras, que, si tiran al monte, lo hacen por ins- 
tinto y por experiencia de que allí las va bien, 
y no por capricho ó porque se las ponga en el 
cogote, que es por lo que destrozan la lengua 
los académicos. 

Diciendo, verbigracia, un poco más atrás 
que la caparrosa es sal compuesta... y descri- 
biendo las de varios colores, empezando por la 
azul, cuando la así llamada por antonomanía es 
la verde, ó sea el sulfato ferroso, y sin decir que 
la azul ó sulfato de cobre es llama piedra lípiz, 
nombre por el que es generalmente conocida, 
LÍPiz, y no lipis, como dicen después en la L y 
en el artículo piedra los señores. 

Que también dicen que capear es «robar... 
(¿qué dirá Lagartijo de estas cosas?) robar á 
uno la capa los ladrones, y especialmente en po- 
blado». Esta especialidad del poblado tiene mu- 
cha gracia, y lo principal, lo de capear... robar 
la capa, no tiene menos. Por lo demás, claro es 
que los que robaran la capa habían de ser los 
ladrones, porque los académicos no suelen ro- 
bar más que el tiempo á los incautos que le em. 
plean en leer sus libros. Cierto es que mal lleva- 
do también es el dinero que llevan por ellos, y 
mal ganadas las dietas que cobran por zurcir- 
los; pero entre lo mal llevado ó mal ganado y 
lo robado hay gramaticalmente alguna dife- 
rencia. 



igS FK DE ERRATAS. 

Con que vayanse enterando los académicos 
de que capear no significa ya robar la capa ni 
nada parecido, porque da grima que no sepan 
lo que es capear, ellos que, aunque mal y cha- 
vacanamente, capean al idioma. 

Y entérense también de que capillada tiene 
otra significación además de las de «porción que 
cabe en la capilla» y «golpe dado con la capilla» 
más usada que éstas, la de agudeza, gracia ó 
dicho ingenioso del fraile. Por cierto que des- 
pués de las conocidísimas y populares Capilla- 
das de Fray Gerundio, sólo á los académicos, 
capaces de ignorar hasta la existencia del famoso 
periódico leonés, se les podía quedar en el tin- 
tero aquel significado. 

La palabra capiello es anticuada y no se usa 
más que en el refrán que dice: «No lo quiero, no 
lo quiero; échamelo en el capiellot, contra los 
que dicen que no quieren una cosa y la están 
deseando. Los académicos, por andar al revés 
en todo, ponen la palabra y omiten el refrán. Es 
decir, no le omiten, le destrozan, que es peor 
todavía, quitándole la medida y la asonancia 
de los dos miembros, y diciendo: «no quiero, no 
quiero, pero échamelo en la capilla*, todo para 
meterle en el artículo de la capilla , que no es 
su sitio, ó para meterle en capilla, que es donde 
ellos están... literariamente. 

En el artículo del capillo, aparte de muchas 
impropiedades, falta la acepción de esta pa- 
labra aplicada á la porción de lino que con- 



I 



FE DE ERRATAS. IQQ 

tiene cada hacecillo, que se llama así porque 
después de cocido se pone á secar en el tendal 
en forma de capilla. Pero los académicos, que 
no conocen las tejas y que no saben nada ni 
aun de tejas abajo, ¿por qué habían de saber 
agricultura? 

La palabra capitoso no se usa en ninguna 
parte: se dice cabezudo, ó cosa así; pero, en 
fin, los académicos la pusieron, y el bueno del 
etimologista les dijo que era del latín capito, 
cabezudo, y ellos los pobres, añadieron: f^Capri- 
chudo, terco, tenaz». ¿Y aquello de que el capri- 
cho venía de la cabra? ¡Si irán cayendo de la 
burra! 

«Capitula... (del lat. capitula, capítulos.) 
Lugar de la Sagrada Escritura...» ¡Qué ha de 
ser lugar de la Escritura!... Ni en la Sagrada 
Escritura hay ningún lugar que se llame capi- 
tula, ni el capítulo en el rezo divino se llama en 
castellano capitula, sino capítulo, ni los acadé- 
micos entienden de rezo más que de música ó 
de tejas. 

La definición de capón tiene mucho intrín- 
gulis. Véase la clase: «Capón (del lat. Capo, 
caponis*. Adjetivo. Dícese del hombre...» ¡Ave 
María Purísima!... «Dícese del hombre y del 
animal castrado». Así, como ustedes lo ven, el 
hombre delante: lo primero «dícese del hom- 
bre...», como si hubiera uno de esa clase tras de 
cada esquina. Vaya que no tienen perdón de 
Dios estos pobres académicos. 



200 FE DE ERRATAS. 

Capotillo dicen que es «ropa corta á mane- 
ra de capote ó capa», lo cual, después de haber 
dicho que la capa es «ropa larga», casi no se en- 
tiende. Vale que después dicen que «los había 
de varias hechuras», con lo cual ya hay bas- 
tante para quedarse sin saber lo que era. Como 
tampoco se puede saber por la definición acá- , 
démica lo que es capota. Sin el Diccionario 
todo el mundo sabría que es una capa sin es- 
clavina, pero en el Diccionario ya no es eso; es 
casi todas las cosas menos eso. 

¿Y caprípede y caprípedo, saben ustedes qué 
cosas son? Los que sepan latín sabrán de dónde 
pueden venir esas palabras, pero lo que sean 
no lo sabe nadie. 

Es decir, nadie más que Marcelino Menén- 
dez Pelayo, probable introductor en el Diccio- 
nario de esas tonterías, de la primera de las 
cuales dicen que es un adj. poét. que quiere de- 
cir en su lengua adjetivo poético. ¡Adjetivo poé- 
tico caprípede! El conde de Cheste puede que 
sea seguro á usarlo alguna vez en sus poesías; 
pero aunque lo use el conde de Cheste , y aun- 
que Marcelino lo diga, caprípede no será nunca 
un adjetivo poético, ni otra cosa que una verda- 
dera pata de cabra. 



XXIII 




ONSiEUR Daudin, el ilustre conti- 
nuador de Buffon, ha escrito en el 
preámbulo de su Historia natural 
de los reptiles estas palabras: 
«Se ha reconocido la utilidad de todas las 
cosas en la naturaleza; mas aún no se ha podi- 
do dar con la de los reptiles, tan abundante- 
mente esparcidos por el globo». 

Perdóneme el sabio naturalista si me separo 
completamente de su opinión en este punto, 
afirmando á mi vez que la utilidad de los repti- 
les, así en el orden moral como en el físico, está 
de antiguo reconocida y demostrada, y que la 
única utilidad con que no se ha podido dar 
hasta ahora es la utilidad de los académicos. 

Para conocer la de los reptiles en lo referen- 
te al orden moral, no hay más que leer el Cate- 



202 FE DE ERRATAS. 

cismo de los Padres Escolapios, donde, á la 
pregunta de para qué fueron criadas las cule- 
bras y demás sabandijas, se responde: 

— «Para que, viéndolas los hombres tan feas 
y horrorosas, tuviesen horror al pecado, que es 
más feo que ellas, y no ofendiesen á Dios». 

Y por lo que hace al orden físico, sin nece- 
sidad de aguardar á los tiempos actuales, en 
que, reconocidos los buenos servicios del sapo 
en las viñas, se paga en Francia á dos pesetas 
la libra de sapos pequeños, ya un poeta latino 
de la decadencia había afirmado la utilidad de 
las culebras, cuando escribía: 

Aspis habet inortem,hahet et medicamina serpens; 
Vípera sepce juvat... etc. (i). 

Mas los académicos, cuyo caldo no figura 
todavía en ninguna farmacopea del mundo, que 
no tienen propiedades insecticidas, y que, por 
otra parte, ni siquiera son feos todos, ¿para que 
han de servir ni física ni moralmente? 

Para nada y menos todavía, porque menos 
que no servir para nada es servir para echar á 
perder el patrio idioma, adjudicándole palabras 
como capelardente, agabachada tontería tras de 
la cual puede cualquiera llamarles á ellos acade- 
micienos , ó diciendo que la capilaridad es la 
«propiedad de atraer un cuerpo sólido y hacer 



(i) Dracont. Examtron creationis. 



FE DE ERRATAS. 203 

subir por sus paredes...» con una sintaxis capilar 
que da envidia; ó comiendo capuchinas, que 
según ellos dicen «se suelen usar en ensaladas». 
Y gracias que no se les ocurrió hacer también 
comestibles á los capuchinos, pues si se les llega 
á ocurrir, lo mismo los hubieran aderezado. 
Hacen lo que quieren. 

Por eso, después de no haber hecho mención 
del lino en el artículo del capillo, le sacan á 
relucir á deshora en el capullo, diciendo que 
capullo es «manojo de lino cocido , llamado así 
porque anudado por las puntas ó cabezas de 
las hebras hace el nudo la figura de un capullo». 
No es vefdad, arbolarios. Ni el lino anudado 
por las puntas ó cabezas de las hebras hace la 
figura de un capullo, ni el lino cocido se anuda 
por las puntas ó cabezas de las hebras, ni se 
llama ni se llamó jamás capullo el manojo de 
lino cocido. 

Se llama capillo como y por lo que dije á 
ustedes el lunes pasado; pero ustedes habían 
oído campanas y no sabían dónde, es decir, que 
habían oído algo así como capillo y trocaron, 
según costumbre, las especies. 

Lo mismo que hicieron luego en la defini- 
ción de la CARA, diciendo que significa desver- 
güenza, osadía , etc., por no haber entendido 
ciertas frases; y que significa también hacia, lo 
cual es tan inexacto como lo anterior, pues 
*cara adelante no es lo mismo que hacia adelan- 
te, sino cosa distinta; y que hay la frase -á pri- 



2ü4 FE DE ERRATAS. 

mera cara» cuando no hay tal frase, sino «á pri- 
mera vista». 

De la CARABINA dicen que es «arma de fuego 
portátil», donde parece que lo portátil es el 
fuego: omiten la frase «echar de carabina», y 
aunque luego ponen esta otra: «ser una cosa lo 
mismo que la carabina de Ambrosio» , no la 
explican del todo bien, porque dicen que es «no 
servir para nada», y aunque así es verdad, re- 
sultaba más gráfica la frase diciendo sencilla- 
mente: «ser de la Academia». 

Del CARACOL dicen que es «molusco del 
tamaño de una nuez...» Los hay mucho más 
pequeños y muchísimo mayores; pero, en fin, 
podría pasar la nuez, si no fuera que á conti- 
nuación dicen «que se cría en parajes húmedos», 
y parece que es la nuez la que se cría. Tanto 
más cuanto que añaden «que se cría en para- 
jes húmedos y en algunas plantast, y como la 
nuez se cría en una planta que se llama nogal, 
y el caracol no se cría en ninguna planta... 

Porque una cosa es que se alimente de las 
hojas de las plantas, y otra cosa es que se críe 
en ellas. También los académicos se alimentan 
en la rama del presupuesto que se extiende 
hacia la calle de Valverde, y no se crían allí; se 
crían unos en Málaga, otros en Cataluña, otros 
en Madrid, otros en Asturias, en cualquier 
parte. 

Los caracoles se adhieren á las hojas de las 
plantas, no con más fuerza que los académicos 



FE DE ERRATAS. 2O5 

á las del presupuesto, cuando tienen gana de 
comer; pero los caracoles no están siempre co- 
miendo, y cuando no comen se separan de las 
hojas y se adhieren á un madero seco ó á una 
piedra , donde pasan sus ratos de ocio , más 
inofensivos que los de los académicos, puesto 
que no les da por definir á nadie. 

Siguiendo la accidentada descripción aca- 
démica del caracol, nos encontramos con que, 
después de lo de «la nuez, que se cría en para- 
jes húmedos y en algunas plantas», se añade: 
«... dentro de una concha orbicular y boquiabierta 
(vamos, académica), en forma de media luna 
(¿y orbicular? ¿en qué quedamos?) con una 
marca ó señal (¿en una oreja?) por encima, que 
termina en espiral!».. O escrito de otra manera 
menos modesta: 

«...en forma de media luna, 
con una marca ó señal 

por encima 
que termina en espiral 

(¡Y da grima!]: 
tiene en la cabeza cuatro 
cuernecillos membranosos, 

los dos más largos». 
(Y los otros dos más cortos.) 

Necesariamente. • 

Porque les tiene que pasar á los académicos 
lo que al confitero retirado de la comedia Los pa- 



2o6 VK DE ERRATAS. 

VOS reales, que después de haberle dicho al Doc- 
tor Camuñas que unas veces le duele á un lado, 
ya no tiene más remedio que decirle que «otras 
veces... al otro lado». 

A todos los lados les duele también á los 
confiteros académicos, que caracoleando en el 
mismo artículo, después de omitir la noticia de . 
que los caracoles se comen, omisión imperdo- 
nable si se tiene en cuenta que nos acaban de 
decir que se comen las capuchinas, dan á luz el 
descubrimiento de que el caracol en Méjico es 
una «especie de camisón ancho, pero corto, que 
usan las mujeres para dormir». ¡Caracoles!... 
¡Pero qué cosas pasan en Méjico! ¡Pero corto! 
También por acá los caracoles, digo, los aca- 
démicos, sean ó no sean anchos, suelen ser pero 
cortos de entendimiento. 

Para concluir la caracolada (palabra que 
no figura en el Diccionario, teniendo mucho 
más derecho para figurar que la caraco/a), sepan 
los académicos que no se dice «»o itnporta un 
caracol, no vale un caracol, ni dos caracoles* ni 
esas frases son frases castellanas, sino acadé- 
micas á lo sumo. Para que haya frase hay 
que aumentar por lo menos un caracol, de 
modo que sean tres caracoles, que es como se 
dice. Y basta de caracoles por aliora, sintiendo 
no haberme fijado en la definición de los callos, 
que si era como ésta nos hubiera podido dar el 
almuerzo completo. 

¡Caracha! digo ¡Carache! ... Aunque según 



FE DE ERRATAS. 207 

dicen los académicos lo mismo da, porque todo 
ello viene á ser, no una interjección, como apa- 
renta, sino «una enfermedad que padecen los 
pacos...» 

— ¿Romero y Silvela inclusive? — dirá alguno. 

¡Bah! Estos pacos de la Academia no son 
Franciscos, sino carneros.... «cameros del Perú», 
según dicen los mismos académicos, que en las 
cosas de por allá es en lo que parecen estar 
más enterados , y en lo que más esmero ponen, 
para que se cumpla siempre el gráfico refrán 
que ellos desconocen y que dice: «Para mí no 
hilo, y para mi suegra devano». 

Verdad es que hilando tan mal como hilan 
para su patria, no devanarán muy bien para 
América los académicos. 

Y para su patria dicen que carambillo es 
CARAMILLO, y que la carambola es un lance, y 
que «si la bola impelida por la que se arrojó 
toca á la otra tercera, se llama carambola pnercai>, 
lo cual demuestra que en el juego de billar están 
los académicos á la misma altura á que les deja- 
mos en el de los bolos. 

Y á la misma que necesitan estar en indu- 
mentaria para poner con mucha seriedad la 
palabra caramiello , y decir que es «.Adorno de 
cabeza á manera de mitra ó sombrero (lo mismo da) 
usado por las mujeres de Asturias y León». Así. 
¡Con la misma seguridad que si hubieran visto 
media docena de esos caramiellos en forma de 
sombreros ó mitras el mismo día por la mañana! 



208 FE DE ERRATAS. 

¡Ya, ya! ¡Lo que necesitaban y merecían los 
caprípedes, autores de esta y de otras definicio- 
nes semejantes, era otro adorno, no precisa- 
mente de cabeza, sino de lomo, y no en forma 
de sombrero ni de mitra, sino en forma de otro 
chisme que empieza con A y que tampoco su- 
pieron definir á su tiempo. 




XXIV. 



PARÉNTESIS, (i) 



Sr. D. Juan Fernández: 



UY señor mío y dueño: Por ser vos 
quien sois, es decir, porque sé que 
es usted un encopetado académico 
de la lengua , según lo han dicho 
La Época y El Correo y El Progreso y otros 
periódicos y todo el mundo , voy á contestar 
algo á la carta de usted del otro luaes , y no 




(i) Es contestación á una carta que el E.xcmo. Sr. D. Manuel 
Silvela, individuo de número de la Real Academia Española, publicó 
en El Imparcial de\ dia i. o de Noviembre de 1886, con la firma de 
j uan Fernández, tratando de defender el Diccionario contra mis cen- 
suras. Había pensado reproducir íntegra la mencionada carta del 
señor Silvela, y otras dos más que la siguieron; pero ni tengo para 
ello permiso del autor, ni por otra parte me parece de necesidad 
erabalumbar el libro con curiosidades inútiles. Tanto más inútiles, 
cuanto que — estén de ello seguros mis lectores — he reproducido fiel 
y honradamente los argumentos del Sr. Silvela, al contestar á sus 
cartas punto por punto. 

u 



210 FE DE ERRATAS. 

del otro jueves, de la que á su tiempo me dio 
traslado nuestro común amigo el Sr. Ortega 
Munilla. Pura cortesía nada más, que no nece- 
sidad de defenderme contra la tal epístola, 
puesto que apenas... y este apenas también le 
pongo por cortesía, apenas hay en ella nada de 
sustancia. 

Siento de veras que se haya metido usted en 
ese mal paso y se haya caído, porque lo cierto 
es que se ha caído usted de una manera lamenta- 
ble. Para usted, por supuesto, y también para 
la Academia, cuya causa, si antes de que in- 
tentara defenderse pudo ya parecer bastante 
mala, después de ese conato de defensa tan 
desgraciado, no puede menos de considerarse 
indefendible, completamente perdida. 

¿Quién le mandaba á usted ponerse á se- 
mejante empresa? Cabalmente es usted un aca- 
démico á quien yo no tenía del todo por ca- 
prípede , y de quien jamás he pensado que 
tuviera arte ni parte en las malas definiciones. 
Puede usted creerme si le digo que siempre he 
estado en cuenta de que usted sabe hablar y es- 
cribir el castellano, ya que no de una manera 
brillante, á lo menos bastante bien para que se 
entienda, lo cual, si á primera vista no parece 
gran cosa tratándose de un académico, no deja 
de ser mucho si se considera que hay lo menos 
veinte individuos en la corporación, comen- 
zando por el Sr. Cánovas, de los cuales no se 
puede decir otro tanto. 



FE DE ERRATAS. 211 

Empieza usted exponiendo al Director de 
la hoja de Los Lunes su deseo de que El Inipar- 
cial no se haga solidario de estos mis artículos, 
y en esto, que no pasa de ser inocente puerili- 
dad, pone usted tal ahinco, que lo menos lo 
repite otras cuatro veces. Ya hablaremos de ello. 

A continuación escribe usted dos párrafos 
para llamar antipatriótica á mi tarea de limpiar y 
acristianar el Diccionario, como contraria, en su 
sentir, al movimiento de aproximación á España 
que se nota en las repúblicas de América (i). 
Yo no sé lo que entenderá usted por patriotis- 
mo; pero, ¿le parece á usted más patriótico dar 
gato por liebre á los americanos? Yo no me opon- 
go á ese movimiento que usted dice: no hago más 
que escribir artículos enmendando los dispara- 
tes del Diccionario. Si el resultado inmediato 
de esos artículos , en todo ajustados á la 
verdad , ha sido que mermara muchísimo la 
venta del libro en América, tras de cesar por 
completo en España, tendrá la culpa el Diccio- 
nario por ser malo, ó ustedes por no haberle 
hecho bueno; pero yo, que no hago más que mos- 



(I) Tanto se han encariñado los académicos con este argumento, 
qne en todas las defensas que han querido hacer del Diccionario, en 
El Globo, en El Liberal, en El Día, en El Correo, y en El Resumen, 
donde han publicado series de artículos, firmados con distintas ini- 
ciales, para hacer creer que no estáa hechos en la casa , en todas le 
han puesto en cabeza de mayorazgo , todas las han empezado con eso 
del movimiento de aproximación de las repúblicas de América- 
Seguramente los académicos habrán ya comprendido que el tal 
argumento no sirve; pero como no tienen otro... 



212 FE DE ERRATAS. 

trarle tal como es, ¿en qué soy culpable? Ya lo 
dijo Ayala, imitando y casi copiando á otro poeta: 

Si son malas las facciones, 
¿qué culpa tiene el espejo? 

En el tercer párrafo trata usted de probar 
que el Diccionario es bueno, pero de una ma- 
nera bastante rara; hilvanando una especie de 
letanía de cuarenta y tantos nombres más ó 
menos ilustres, y diciendo que todos ellos han 
tomado parte en la obra. Mire usted, Sr. Don 
Manuel (i); yo soy buen creyente, pero por eso 
mismo, en materia de letanías no respeto más 
que la de la Virgen y las de los Santos, en fin, 
las aprobadas por la Iglesia. De todas las demás, 
así estén hechas con nombres de académicos... 
¡manduco 7)ie fiíimen! 

Es posible que la mayor parte de esos res- 
petables difuntos que usted amontona en in- 
forme barricada contra la razón, nunca pusie- 
ran nada en el Diccionario, pues también ahora 
sabe usted que hay académicos que no contri- 
buyen al Diccionario ni á la Gramática con 
una sola letra y aun se burlan prácticamente de 
esos libros empleando palabras que allí no se 

(i) Escribí esta carta, dirigiéndola á D. Manuel Silvela, con todas 
sus letras. En la redacción de El Imparcial, por amistad particular 
con dicho señor, se me rogó que no le nombrara, y accediendo yo á 
este ruego, corregí la carta, poniendo al principio «Sr. D. Juan Fer- 
ftándc:* y sustituyendo el D. Manuel con el D. Juan en diferentes 
lugares del texto. Involuntariamente pasó este D. Maniitl, por lo 
cual el Sr. Silvela hizo la puerilidad de firmarse en la segunda carta 
Juan Manuel Fernániies, 



FE DE ERRATAS. 213 

autorizan. Pero ¿quiere usted que todos esos 
caballeros hayan sido realmente colaboradores 
del Diccionario: Bueno. ¿Y qué? ¿Dejará de ser 
por eso cosa risible aquello de que el niño recién 
nacido pronuncia llorando la a y que el lloro de 
la niña tira más k la. e que á la a? ¿Dejarán de 
ser disparates lo del grodetur, que vivió en cinco 
ediciones, lo de que fumar es «arrojar ó echar 
humo» y «se acostumbra por tomar tabaco de 
la hoja», que vivió hasta la undécima, y otras 
muchísimas cosas que aún viven, aun cuando 
resulte autor de ellas cualquiera de esos seño- 
res ó todos juntos? 

« ¿ Y qué efecto ha de causar — pregunta 
usted — en nuestros hermanos de América, atraí- 
dos por la magia de nuestros autores, al ver que 
en apariencia al menos (¡vaya una apariencia!), 
un periódico tan español y tan ilustrado no 
encuentra para escritores como los citados y 
como los de que se compone en la actualidad 
la primera corporación literaria de España más 
honrosos calificativos que los de ignorantes, 
robadores del tiempo, necesitados de que se les 
entere de las cosas más triviales, etc.?» ¿Y cree 
usted, Sr. D... Juan — pregunto yo— que esos 
calificativos se pu edén sacudir con declamacio- 
nes vagas ó con fanfarronerías como la consa- 
bida de ¡yo soy... Canela!! para seguir cobrando 
una especie de barato literario? 

¡Ah! No, señor. Para sacudir esos epítetos 
necesitan ustedes probar que no es cierto que 



214 FE DE ERRATAS. 

diga elDiccionario «no le sorprenderá (á la Aca- 
demia)»; que no han marcado voces con la nota 
áe. provincial de Castilla ¡en un Diccionario de 
la lengua castellana!; que no han dicho que el 
abanico es para hacerse aire, ni que la abeja 
maestra basta para más de mil machos; que no 
han dicho que en Filipinas se usa una almohada 
redonda y larga y estrecha que, para evitar el 
calor, se pone entre un brazo y otro (suprimiendo 
el cuerpo); que no se han hecho un lío al definir 
el acial, ni al definir la albarda, ni al definir el 
asno; que no han dicho que el adobe es un la- 
drillo sin cocer , y el adoquín una piedra de 
forma cúbica; que no han asegurado que ajo es 
una interjección que sirve para acariciar á los 
niños, ni que albayalde es una sal compuesta 
de ácido acético y óxido de plomo; que no han 
dicho que el álamo es una especie de chopo, ni 
han dado como frases ¡alto de ahí! y al amon 
del agua, ni han dicho que el año es «el tiempo 
que dura una revolución aparente del sol alre- 
dedor de la tierra», ni que el apóstol por anto- 
nomasia es San Bernabé, ni que el arvejo es el 
«garbanzo de Asturias», ni que bacía es una 
pieza 6 taza; que no han dicho que badil es una 
paleta, y barulc un rollo de la media en la ro- 
dilla, y barzón unpaseo ocioso, y bizcocho el pan 
que se cuece segunda vez, y blanchetc un perrillo 
6 gato, y bollo un panecillo amasado con dife- 
rentes cosas, y buñuelo una fruta de sartén, y 
sartén una especie de cazo... Mientras todas 



FE DE ERRATAS. 215 

estas cosas y otras así estén en el Diccionario 
de la Academia dando testimonio de la verdad 
de mis acusaciones, no adelantará usted nada 
con empinarse y ponerse tieso y decir á gritos: 
¡Yo soy Canelal Nada, absolutamente, sino 
excitar más la hilaridad del público. 

El siguiente párrafo, que empieza casi en 
verso: «No se objete — que de ningún modo com- 
promete...» se emplea en asegurar que mi firma 
es «totalmente desconocida — por no haberla 
encontrado al pie de una producción aplaudi- 
da — ». Todo esto, allá cuando apareció el pri- 
mer artículo, podría ser verdad para los lecto- 
res rurales muy apartados del comercio del 
mundo; mas dicho por usted, señor mío, ni era 
verdad entonces ni lo es ahora. Porque usted 
sabe perfectamente que yo no me llamo Miguel 
de Escalada, sino Antonio de Valbuena, y por- 
que lo sabe, fué usted á la redacción de El 
Imparcial llamándome por mi nombre. Usted 
sabe que he sido periodista, sin provecho pro- 
pio, es verdad, pero no del todo sin gloria; que 
tuve el honor de mortificar á ustedes los con- 
servadores-liberales desde las columnas de El 
Siglo Futuro, y especialmente con la Política 
menuda, cinco ó seis años, contribuyendo á ha- 
cer de aquel periódico carlista, y por ende anti- 
pático á la generalidad de la gente holgazana 
de los grandes centros, un periódico buscado y 
leído, citado como juez en materias de buen de- 
cir, con más autoridad que nunca tuvo la Acá- 



2l6 FE DE ERRATAS. 

demia. Usted sabe que he escrito un libro, el de 
los Ripios aristocráticos, que no es tan bueno 
como el único que yo conozco de usted, ¡Sin 
nombre! porque, como dice el gracioso Lujan 
en una comedia muy popular, «no todos pode- 
mos ser tratantes en leña», pero que, por una 
de esas injusticias que tan á menudo comete el 
público, ha sido mucho más leído y celebrado... 
Los lectores me perdonarán esta digresión eno- 
josa, pero necesaria por el giro que usted ha 
querido dar á su carta, desfigurando la verdad 
para que saliera el argumento. 

Que de todas maneras no sale. Porque su- 
pongamos que yo me llamara realmente Miguel 
de Escalada y no hubiera escrito nada hasta 
ahora, ¿dejaría de ser verdad por eso lo que 
digo? ¿Dejaría por eso de ser el Diccionario de- 
testable? ¡Estaríamos buenos si se necesitara 
autoridad especial para reirse de ustedes cuan- 
do dicen, por ejemplo, que la teja canal es del- 
gada y más combada que las comunes, cuando 
dicen que capear es «robarle á uno la capa los 
ladrones, especialmente en poblado,» ó cuando 
dicen que la cabra es la «hembra del cabrón... de 
pelo más áspero y de condición más dulcet! 

Resulta inocente, créalo usted, resulta ino- 
cente ese empeño de que El Itnparcial no se 
haga solidario de mis artículos... Por mí, que 
no se haga. ¿Cree usted que por eso ha de dejar 
de leerlos el público? ¡Que no tengo autoridad!... 
¿Cree usted que la autoridad literaria se ad- 



FE DE ERRATAS. 217 

quiere por el hecho de entrar en la Academia, 
como si eso fuera una ordenación in sacris? 
¿Tendrán más autoridad ahora que antes Ma- 
riano Catalina, que entró en la Academia sin 
más precedentes que dos obras teatrales silba- 
das, ó el conde de Casa Valencia ó Luis Pidal, 
de quienes nadie conoce ni un solo escrito? Des- 
engáñese usted, señor D... jfuan, que, en cosas 
literarias, la autoridad que da el tener razón 
es la mejor de todas las autoridades. 

Recuerdo que siendo muy joven leí un ar- 
tículo titulado El Diccionario y la gastronotnía, 
escrito para hacer burla del Diccionario de la 
Academia, especialmente de los artículos de 
comer y beber como onfacomeli, gualantina, ju- 
sello, grasones, alboronia, sopaipa y otros mu- 
chos. El autor, un tal Velisla (¿le conoce usted?) 
para mí era completamente desconocido, y sin 
embargo, el artículo me pareció bueno, porque 
ya había yo leído por entonces aquello de mi 
ilustre paisano D. Santo de Carrión: 

«Por nacer en espino 
La rosa yo non siento 
Que pierda, ni el buen vino 
Por venir del sarmiento. 

Nin vale el azor menos 
Porque en vil nido siga, 
Ni los consejos buenos 
Porque judío los diga.» 



2l8 FE DE ERRATAS 

Esto no es llamarle á usted judío, señor 
D... jfuan: es advertirle que nadie está más in- 
capacitado que usted para defender el Diccio- 
nario en nombre de la autoridad, puesto que 
usted criticó también el Diccionario con mucha 
razón y hasta con un poco de gracia (que con- 
tra la Academia cualquiera la tiene), cuando no 
tenía usted autoridad ninguna. 

Lo triste es que después de haber entrado 
usted en la Academia en clase de cocinero, ó 
sea en méritos de haber enseñado á los acadé- 
micos á hacer la tortilla, una vez dentro, haya 
usted abandonado el oficio, hasta el punto de 
que continúen en el Diccionario todos aquellos 
artículos de que usted se burló desde fuera, pues 
salvo eXgrodetur, que desapareció en la ii.* edi- 
ción y los agraces verdes del onfacomeli , que 
han quedado simplemente en agraces , todo lo 
demás, desde la alejija hasta la sopaipa, que á 
usted le daba gana de escupir, sigue lo mismo. 

Al fin trata usted de entrar en materia, y 
dice de mí que desfiguro textos añadiendo pala- 
bras para formular cargos imaginarios. Esto no 
es verdad, señor mío, y si no, venga la prueba. 
Usted pretende darla en seguida, y, es claro, la 
prueba resulta tan falta de verdad como el aser- 
to. Dice usted: «No hace muchos días, por ejem- 
plo, que para poder asegurar que la Academia 
adolecía de inopia geográfica, supuso el omnis- 
ciente crítico que esa docta corporación (¡alábate 
pavo!) al definir campurriano, decía que era el 



FE DE ERRATAS. 2ig 

natural de Aguilar de Campoo , población de 
Santander y no de Palencia.* 

Falta usted á la verdad, señor académico, 
por no emplear otra frase más fuerte. Yo no he 
supuesto nada de lo que usted dice. Vuelva us - 
ted á leer mi artículo XXI y verá usted que lo 
único que digo allí es esto: 

«Campurriano, na. Adj. Natural de Cam- 
peo, u. t. c. s. Perteneciente á esta comarca de 
la provincia de Santander...» 

Ahora abra usted el Diccionario por la pá- 
gina 197 y á ver si no dice lo mismo. 

¿Dónde está la suposición que usted me atri- 
buye? En la mente de usted, acalorada y sofo- 
cada por el escozor del disciplinazo, para el 
cual no necesité más que añadir: «¡Señores, se- 
ñores! Que Aguilar de Campeo, que es el pue- 
blo más notable de la comarca, pertenece á la 
provincia de Falencia. ¿No saben más geogra- 
fía entre todos ustedes...?» 

¿Dónde están aquí las suposiciones, las des- 
figuraciones de textos y las adiciones de pala- 
bras, vuelvo á preguntarle? ¿No es verdad que 
Aguilar de Campoo pertenece á la comarca de 
Campoo?... Como que es el único pueblo que 
usa el apellido. ¿No es verdad que Aguilar de 
Campoo es de la provincia de Falencia? Fre- 
gúnteselo usted á su compañero D. Aureliano 
Fernández Guerra, que aunque no lo sabía an- 
tes de leer mi artículo y aun después no quería 
creerlo, ya se convenció viéndolo en un Diccio- 



220 FE DE ERRATAS. 

nario de Correos, donde fué á buscarlo. Luego 
no ha debido decir la Academia raso por co- 
rriente que la comarca de Campeo es de la 
provincia de Santander, ni puede usted insistir 
en que el territorio de Campoo está desde ab 
initio (¡desde ab initio!) en la provincia de San- 
tander, lo uno porque hablando de la provincia 
de Santander, que es modernísima, de ayer 
como quien dice, no pega el ab initio, y además 
porque aun hoy pertenecen varios pueblos de 
Campoo á la provincia de Falencia y otros á la 
de Burgos. 

No hay que acalorarse, buen hombre; por lo 
menos, no hay que acalorarse hasta el extremo 
de decir lo que no es verdad, porque eso hace 
más daño que nada. ¿No conoce usted aquella 
sentencia que dice: 

Faltar á la verdad es vicio feo 
De que debes huir ¡oh Timoteo? 

Pues no la olvide usted, oh Timoteo, y no lo 
vuelva usted á hacer, porque se expone usted 
á dar con otra persona que no le tenga á usted 
las consideraciones que yo le tengo, y le trate 
con menos blandura. Nada, se sufre la crítica 
con resignación y humildad cuando es justa y 
no hay otro remedio, como en el caso presente, 
y esto es más meritorio. No hay que acalorarse. 
Y no hay tampoco que ponerse á hacer tentati- 
vas de chiste trasnochado y de imitación, como 
la que hace usted cuando me convida á las ver- 



FE DE ERRATAS. 221 

des praderas de Campoo, «de irresistible atrac- 
tivo». Gracias; yo no gasto. 

A más de que ¡buenas estarán ya las tales 
praderas si es que con anterioridad las cono- 
cían ustedes los académicos! 

Asegura usted que no estoy en buenas rela- 
ciones con la erudición. Vaya en gracia. Pero 
me ha hecho usted recordar, para consolarme, 
una escena académica. ¿Se acuerda usted?... Un 
académico, á quien usted conoce mucho, diser- 
taba sobre la cacerola, con citas de Cervantes 
y de otros autores de buena raza, y como se 
fuera poniendo pesado, el Sr. Cánovas codeó al 
académico que tenía vecino, diciéndole: «¿Ha 
vizto uzté que erudito ez ezte tonto?» No es que 
yo opine como el Sr. Cánovas: creo que anduvo 
injusto: pero cito el caso para que vea usted el 
aprecio en que tiene su compañero y jefe el se- 
ñor Cánovas ciertas erudiciones. 

Aparte de esto, si Litré y Larouse dicen, 
como ustedes, que la campana es una copa 
boca abajo, deles usted expresiones mientras 
yo vuelvo por pasiva lo de D. Santo de Ca- 
rrión, aunque sea en prosa: Ni la tontería deja 
de serlo porque la digan Litré ó Larouse, ó... 
Mariano Catalina. 

Lo mismo le diré á usted de la etimología 
del capricho, la cual, aunque efectivamente esté 
traducida de Larouse, y aunque tenga en su 
favor la autoridad de Federico Diez (?j, es ver. 
daderamente caprichosa. 



222 FE DE ERRATAS. 

Sin tomarse el trabajo de defender más de- 
finiciones académicas, vuelve usted á machacar 
sobre lo mismo, ó sea á decirle por cuarta ó 
quinta vez al director de El Imparcial: «Con- 
vendría pusiese usted bien en claro que el res- 
petable periódico El Imparcial, en nada res- 
ponde de las opiniones...» etc. 

Sí, señor, ya lo ha puesto y aun lo pondré 
yo más si usted quiere. Estos artículos son ex- 
clusivamente míos. Los publico en El Imparcial 
porque es el periódico que más circula de cuan- 
tos se escriben en castellano en ambos hemisfe- 
rios. Lo demás, ya ve usted: yo soy tradiciona- 
lista de toda la vida, y no puedo t ener con El 
Imparcial, periódico liberal, ninguna comuni- 
dad de ideas. Le tomo como medio de publici- 
dad exclusivamente. Tanto es así, que aunque 
el Sr. Gasset y Artime (Q. S. G. H.), cuyo fino 
trato y exquisita amabilidad me cautivaban, 
solía, siempre que me encontraba, pedirme ar- 
tículos literarios para Los Lunes, jamás se los 
hice. Cuando publiqué el primero fué porque 
necesité enmendar los errores gravísimos que 
sobre historia, monumentos y costumbres de 
Avila había divulgado un apreciable folklorista. 
Para esto aproveché entonces, como sigo apro- 
vechando ahora, la amistad particular que ten- 
go con los directores y redactores de El Impar- 
cial, y la buena voluntad con que abre siempre 
este periódico sus columnas á toda contienda 
literaria de buena índole. 



FE DE ERRATAS. 223 

Lo de los insectos roedores, aparte del de- 
talle final de la escupidera, chisme que habien- 
do Academia es innecesario, no pasa de ser 
una imperi:inencia que prueba que con el esco- 
zor de la crítica ha olvidado usted aquel refrán 
que prohibe mentar la soga en casa del... aca- 
démico y hablar de roedores al que ha pasado 
toda la vida royendo del presupuesto y tiene ya 
numerosa familia en ese ejercicio. Yo no tala- 
dro el Diccionario, le corrijo y le limpio, al 
paso que les enseño á ustedes sin cuidarme de 
que me lo agradezcan. Me lo agradece el públi- 
co, y además Dios me pagará la obra de mise- 
ricordia. 

¿Qué haga j'o un Diccionario? Ese es el co- 
mún estribillo de todos los que irracionalmente 
se rebelan contra la crítica. Le haré cuando lo 
tenga por conveniente; pero mientras tanto, 
conste que yo no soy una Academia compuesta 
de treinta y seis notabilidades, no soy más que 
un leonés que conoce algo y ama muchísimo el 
patrio idioma, pero que no cobra dinero del país 
por hacer Diccionarios ni gramáticas. Es decir, 
que yo no tengo obligación de hacer un buen 
Diccionario, y ustedes la tienen. 

Cuanto á la promesa de poner comentarios 
humorísticos al Diccionario que yo hiciera, le 
engaña á usted el pensamiento, señor mío. Yo 
le he hecho á usted la justicia de no confundir- 
le con la generalidad de los académicos; pero 
con la misma franqueza le voy á decir que no 



224 FE DE ERRATAS. 

daría usted á los lectores solaz y esparcimiento, 
como asegura, sino pena. Es usted esencial- 
mente soso. La poca sal que usted tuvo, que 
podría ser la que le echaron el día del bautizo, 
la gastó usted antes de entrar en la Academia. 
Después de aquellos artículos no ha escrito us- 
ted nada que pueda leerse. 

Mas lo grave del caso es que en ese párrafo 
mismo, con el fin de dejar en buen lugar á la 
Academia y hacer como que no necesita defen- 
derse por sí, vuelve usted á reñir con la verdad 
diciendo: «Yo, Juan Fernández, que ni siquiera 
soy académico...^ 

¿Que no es usted académico? 

¡Señor don... jfuan! ¡Señor don... jfiianf 

Describiendo Cristóbal Suárez de Figueroa 
en el último discurso de su Plaza universal de 
todas ciencias y artes las operaciones del de im- 
primir, dice: 

«Impuesta la forma, se aprietan fuertemente 
los tornillos... llévase tras esto á la prensa, don- 
de se saca una muestra, que llaman prueba, 
dándose al corrector para que quite las men- 
tiras.» 

Fortuna ha sido para usted, y eso que no sé 
si fortuna ó desgracia, que el corrector de la 
imprenta de El Imparcial no practicara al pie 
de la letra el método del doctor Suárez de Fi- 
gueroa, pues si le llega á aplicar con todo rigor 
á su carta, ó no sale á luz, ó queda reducida á 
media docena de renglones. 



XXV 



OTRO PARÉNTESIS (i). 




EÑOR D. Manuel, ó don jfuan, 6 don 
jfuan Manuel, ó como usted quiera: 
No se puede gastar coftesía con 
gente como ustedes los académicos. 
Tuve hace dos lunes la de contestarle á usted, 
y en vez de agradecérmela, ha tomado usted de 
ella pretexto para tocar á concejo en la calle de 
Valverde, juntarse con los Sres. D. Manuel Ta- 
mayo (mi antiguo correligionario y amigo), don 



(i) Le escoció tanto al Excmo. Sr. D. Manuel Silvela mi carta 
anterior, que saltó enseguida con otra nueva en El Itnparcial del 22 
de Noviembre de 1886, y, para evitar que yo le contestara de nuevo y 
le volviera á dejar debajo, la puso por título: Fin de una polémica. No 
le salió la cuenta, sin embargo, al pobre D. Manuel, porque yo no hice 
caso de aquel rótulo, y le contesté tan cumplidamente como podrá ver 
el que lea. 



226 FE DE ERRATAS. 

Aureliano Fernández Guerra, D. Antonio Cá- 
novas del Castillo, D. Marcelino Menéndez 
Pelayo y otros tres ó cuatro compañeros más ó 
menos Cañetes, reunir entre todos fanega y me- 
dia de citas inútiles, y luego, con cuatro ó cin- 
co chistes rabiosos de cabeza y de tola, com- 
poner y encajar á los lectores de Los Lunes un 
enorme relleno de tres columnas de prosa ma- 
lévola y desazonada. 

Tiene usted unas cosas, D. Manuel... Sin 
vela en este entierro académico, empeñóse us- 
ted en tomar en él alguna parte, y ha concluido 
usted por ser el difunto. ¿Qué culpa le tengo yo 
á usted de todo eso, para que usted se irrite de 
esa manera y se descomponga? ¿O es que se 
descompone usted adrede para probar que no 
es usted un huen hombre, que es, según parece, 
el calificativo de los míos que más le ha enfa- 
dado? Precisamente por ser justo, pues siempre 
es la verdad lo que más nos irrita. Pero, ¿cómo 
quería usted que yo le llamara? ¿Terrible? ¡Bah! 
Tanto es usted buen hombre, que si tuviera 
usted valor para descargarse del pesado fardo 
de amor propio que lleva encima, aun podría 
usted llegar á ser hombre bueno. Conque no 
vuelva usted á descomponerse, señor D... Juan; 
créame usted á mí que soy su amigo, aunque 
no lo parezca. ¿Qué le queda á usted si volun- 
tariamente se despoja de esa apreciable bonho- 
míe que le ha permitido á usted hasta ahora 
vivir con todo el mundo? 



FE DE ERRATAS. 227 

El primer chiste de usted ó la primera cosa 
á que usted buenamente llamará chiste, es el de 
que tardé en contestar á su primera carta *quin- 
ce días, dos semanas, dos veces el tiempo que 
fué preciso para la creación del mundo.» La 
cosa tendrá su saborcillo de blasfemia, pero no 
se puede negar que tiene gracia; sobre todo di- 
cha por ustedes los académicos, que han tarda- 
do en contestarme á mí más de quince meses. 
Porque los dos primeros artículos míos contra 
el Diccionario se publicaron en El Imparcial e 
II de Mayo y el 8 de Junio de 1885, y desde en- 
tonces comenzó á bullir en la Academia el pro- 
yecto de contestar y defender la obra. Se quiso 
que lo hiciera el secretario Sr. Tamayo, y éste 
se excusó como pudo. Después alquilaron uste- 
des en clase de Cirineo un pobre catedrático de 
uno de los Institutos de esta corte, llamado 
creo que algo así como Comelerán, y le dieron 
ustedes unas notas con las cuales hilbanó unos 
artículos muy desdichados que publicó de pri- 
mera intención con la firma «y. C. Prudencio,* 
en un papelucho mestizo, titulado, tal vez por 
antífrasis, La Lectura Católica, y reprodujo al- 
gunos meses después con la firma F. C. en El 
Día; pero ni en El Día ni en la noche, nadie le 
hizo caso. Por último, á falta de otro, salió 
usted á la calle el 1.0 del corriente muy embo- 
zado para preservarse del frío del ridículo, y el 
resultado... ya usted le conoce: incomodado us- 
ted por mi carta del 15, y no contento con el 



228 FE DE ERRATAS. 

primer fracaso, ha juntado usted gente para 
asegundar, y reunida la Academia casi en ple- 
no, no han dado de sí entre todos ustedes más 
que la defensa del 22 del actual, que es peor 
que la otra. De modo que si no fueran ustedes 
más que tres habría lugar á repetir el refrán 
que dice: «tres al saco y el saco en tierra», por- 
que en tierra sigue el pobre Diccionario, verda- 
dero saco de majaderías, sin posibilidad de le- 
vantarse. Todavía no ha producido la venta lo 
necesario para pagar el papel y la impresión (1): 
hace más de medio año que no se vende en Ma- 
drid un ejemplar: no tiene compradores, y aun 
de los que tuvo en los primeros meses pudiera 
decirse lo que de los maridos decía Cristóbal 
de Castillejo: 

Ni quisiera más ducados 
que los que hay arrepentidos. 



(1) Esto de que se diga que el Diccionario no se vende, y más to- 
davia lo de que en realidad no se venda, les saca de quicio á los aca- 
démicos. Hace poco desembolsaron siete duros para coasolarse, po- 
niendo este reclamo eu La Correspondencia: 

^Es tanta, según hemos o(do, la demanda de ejemplares del nuevo 
Diccionario de la Academia de la Lengua, que, según se cree, se ago- 
tará muy pronto la tirada, que se había calculado para cinco aflos, 
antes de cuya fecha no será posible á la primera corporación lingüis- 
tica de España hacer una nueva tirada ». 

Y como yo me reí de la inocentada en otro articulo, aconsejándo- 
les que no gastaran el dinero en esas cosas é insistiendo en que la 
edición del Diccionario está sin vender, se gastaron otros cincuenta 
duros en hacer que El Imparcial publicara un comunicado de la se- 
ñora viuda del librero Hernando, diciendo que el Diccionario se vende 
muchisiniü. V sin embargo no llueve; es decir, no se vende. 



FE DE ERRATAS. 229 

Tras del chiste de los quince días vuelve us- 
ted, señor D. Manuel (ya que se ha dignado 
usted aceptar el nombre con que yo le confirmé 
el día pasado), á repetir aquello de que haga yo 
definiciones. No sea usted terco, por el amor de 
Dios, porque me obligará usted á decirle que 
eso que usted cree un argumento es una tontería. 

¿No ve usted, buen... D. Manuel, que to- 
mando en serio su argumento iba á resultar que 
todo aquel que no haya cogido en su vida los 
pinceles está radicalmente incapacitado para 
distinguir entre Murillo y Orbaneja?... ¡Qué más 
hubiera querido este infeliz sino que hubiera 
valido en su tiempo contra los que se reían de 
sus obras ese argumento á que ahora se aga- 
rran ustedes los Orbanejas literarios! Por otra 
parte, ¿cree usted que nadie tiene que hacer 
más que divertirse, ó se le figura á usted que 
todos los españoles cobramos treinta mil reales 
de cesantía de exministros y otros piquillos de 
dietas académicas? Ya he dicho que haré un 
Diccionario, si Dios me da salud, pero le haré 
cuando pueda y quiera, y no cuando á usted se 
le antoje; por de pronto, déjeme usted acabar 
de desacreditar el de ustedes. 

Si es que no lo está ya del todo, pues si bien 
usted en esta última carta quiere gallear dicien- 
do que mis críticas son «juegos malabares que 
en nada perjudican ni dentro ni fuera de Espa- 
ña el prestigio de la Academiai, no estará usted 
de eso tan seguro cuando en la primera carta 



230 FE DE ERRATAS. 

se quejaba usted amargamente á El Imparcial 
del daño que mis artículos estaban haciendo á 
la docta corporación en las repúblicas de Améri- 
ca. ¡Más memoria, D. Manuel, más memoria! 

Y no me acuse usted tampoco de haber fir- 
mado un libro con el seudónimo de Venancio 
González, usted que llamándose Manuel Silvela 
se firma yuan Fernández; ni diga usted que he 
invocado das sanas doctrinas de Salazar que ex- 
comulgan la mentira^, porque dice usted en eso 
más disparates que palabras. Pues ni yo he in- 
vocado contra las mentiras de usted á ningún 
Salazar, sino á Suárez de Figueroa, ni se exco- 
mulga nunca la mentira ni ningún otro pecado, 
sino al mentiroso ó al pecador, ni son las doc - 
trinas sanas las que excomulgan, sino las auto- 
ridades eclesiásticas. ¡Vaya, que no sabe usted 
por dónde anda! 

Para sacudirse la nota de soso, que es, des- 
pués de la de buen hombre, la que más le ha in- 
dignado, intenta usted el segundo chiste, y no 
se le ocurre á usted más que decir que «no tuvo 
en cuenta esa calidad de soso el despiadado 
ministro que le impuso la contribución de la 
sal.» ¿Con que despiadado?... ¿Es decir, que ie 
impuso á usted contribución fuerte? ¡Pues vaya 
si lo tuvo en cuenta! Pro me laboras, hombre. 
Precisamente le recargó á usted el ministro la 
contribución de la sal porque vio que necesita- 
ba usted mucha. ¡Como que cuando le bautiza- 
ron á usted estaba estancada!... 



FE DE ERRATAS. 23 1 

Pero el caso es que con sus chistes, aunque 
económicos, pretende usted meter las cosas á 
barullo y dejar sin contestar las enmiendas 
puestas al Diccionario y sin defender sus defi- 
niciones, y eso no vale. ¿Por qué no defiende 
usted aquello de que el lloro de las niñas recién 
nacidas tira más á la ^ que á la. a, al contrario 
del de los niños, ó aquello otro del grodetiir ó 
cualquier otro de los mil disparates que produ- 
jeron los difuntos de la letanía que rezaba usted 
el día pasado, comenzando por Luzán y aca- 
bando por Escosura? ¿Por qué no defiende us- 
ted dentro del Diccionario presente siquiera 
aquello de que «no le sorprenderá (á la Acade- 
mia)», lo de que haya en castellano palabras />/'o- 
vinciales de Castilla, lo de los iriil machos de la 
abeja maestra, lo de la almohada redonda y lar- 
ga que se pone entre un brazo y otro, lo de que 
albayalde sea sal compuesta de ácido acético... 
y arvejo el garbanzo de Asturias, y babazorro 
un grosero, y badulaque un afeite, y broma un 
guisado , y cacumen una trastienda , y todas 
aquellas cosas que le recordé á usted en el otro 
artículo? 

Llevo á estas horas señalados en el Diccio- 
nario, entre sobras y faltas y disparates, so- 
bre mil doscientos. De ellos se contenta usted 
con defender once; ¿y cree usted así salir del 
paso?... Supongamos que en esas once defensas 
tuviera usted razón y que yo me hubiera equi- 
vocado en once de las mil doscientas censu- 



232 FE DE ERRATAS. 

ras... Siempre quedarían firmes mil ciento ochen- 
ta y nueve, que para las dos primeras letras y 
principio de la tercera me parece que es una 
cantidad respetable. Y eso que no he ido co- 
giendo las faltas á hita, sino á la que salta. 

Mas lo peor para usted y para la docta cor- 
poración, como ustedes modestamente la lla- 
man, es que aun esas once defensas, después de 
tanto trabajo y tanta reunión, no han podido 
pasar de tentativas. 

Lo primero que ustedes insisten en defender 
es la definición de canipiirriano, para lo cual, es 
decir, para probar que toda la comarca de 
Campoo está en la provincia de Santander des- 
de ah initio, como usted dijo el otro día con do- 
ble despropósito, ignorando por un lado que 
«■desde ab* es lo mismo que desde desde, y por 
otro que la provincia de Santander es novísima, 
no se les ha ocurrido á ustedes más que el chis- 
te cursi de que si el Canal de la Mancha ha de 
estar, porque se llame así, entre Argamasilla y 
el Toboso. 

Déjese usted, Sr. D. Manuel, de chistes cur- 
sis, aun cuando no pueda usted hallar otros, y 
lea y estudie un excelente artículo que sobre la 
comarca de Campoo y la definición académica 
y la de usted de los campurrianos ha publicado 
en un periódico de Santander un montañés ilus- 
tre, á quien por cierto el no ser mi amigo no le 
ha impedido reconocer la verdad y salir á defen- 
derla. 



FE DE ERRATAS. 233 

En ese artículo, escrito con perfecto conoci- 
miento de causa, después de decirse que en lo 
que toca á geografía histórica de aquella pro- 
vincia, usted y los académicos «andan tan dis- 
traídos y apartados de la verdad, como si estu- 
vieran divirtiéndose al juego de los despropósi- 
tos» y después de copiadas la definición de cam- 
purriano que da el Diccionario y la que usted 
dio en su primera salida, se lee lo que sigue: 

«Tenemos, pues, dos definiciones y las dos 
malas. 

»Con efecto; ni los campurrianos habitan 
solamente en la provincia de Santander, como 
asegura la Academia, ni muchísimo menos son 
exclusivamente los de Campoo de Yuso, Cam- 
poo de Suso y otros cien lugares como lo sen- 
tencia el caballero Fernández, ni son ciento ca- 
bales los demás pueblos, ni éstos ni los otros 
están desde ab initio en la provincia de Santan- 
der, que tampoco es cosa antigua, como parece 
entenderlo el Sr. Fernández, ni hay una sola 
palabra que concuerde con la verdad en todo 
lo que dice: pareciéndose mucho su definición 
á la de aquel pedante que, tratando de hacer un 
léxico, definía la palabra cangrejo, diciendo que 
es pececito encarnado que anda hacia atrás, no 
siendo pececito ni encamado ni andando de tal 
modo. 

«Porque lo que hoy se llama Campoo no es 
más ni menos que la antigua MERINDAD DE 
AGUILAR DE CAMPOO. (Óigalo usted bien, 



234 ^^ ^E ERRATAS. 

D. Manuel, para que no se vuelva usted al canal 
de la Mancha..., á no ser á bañarse para refres- 
car la mollera; óigalo usted bien), que se descri- 
bió muy puntualmente ya en el siglo XIV, y que 
tenía por aledañas, al Norte, la de Asturias de 
Santillana, al Sur las de Saldaña y Villadiego, 
al Occidente las de Liébana y Pernia, corriendo 
fronteriza á ella por todo su límite oriental la 
de Castilla la Vieja. Y aunque lo que hoy es 
provincia de Santander estuvo posteriormente 
incluido, con términos más ó menos distantes 
de los actuales, en lo que primero se llamó 
mando de las cuatro villas de la costa de la 
mar y, más tarde, durante el gobierno de la 
casa de Borbón, Bastón de Laredo, lo que es 
provincia, ni existía entonces ni existió muchos 
siglos adelante, porque hasta el año de 1801 no 
hay noticia de tal denominación, y esto sábese 
por el real decreto del Sr. D. Carlos IV sobre 
erección de la provincia de Santander, dado á 22 
de Enero de aquel año; decreto que, por las 
guerras que por entonces sobrevinieron, y sin- 
gularmente por la de la Independencia promo- 
vida por los gabachos y por sus amigos de 
aquende, cuyos hijos hacen ahora gran pape- 
lón (i), no pudo tener cumplimiento, de modo 
que, todavía en i8oi la proyectada provincia se 



(1) Alude al mismo D. Man uel Silvela, cuyo padre parece que fué 
ministro 6 cosa asi de Pepe Botellas (José I). Por cierto que cuando 
las cosas comenzaron & ir mal para los franceses, dicen que aquel se- 
fior Silvela comenzó á perder el entusiasmo por Boaaparte, y cono- 



FE DE ERRATAS. 235 

quedó en capullo, hasta que en 1816, reinando 
el Deseado, apareció el real decreto fechado en 
Sacedón á 27 de Julio, mandando que se obser- 
vase lo dispuesto por su señor padre. 

«Pero ni aun con esto se practicó inmedia- 
tamente la necesaria división territorial, que 
fué decretada ya en 1822 por las Cortes extraor- 
dinarias, adjudicando á la provincia de Santan- 
der su actual territorio, pero sin el de Reinosa 
ni piíehlo alguno de Campoo, extendiéndole por 
su lado occidental á los ayuntamientos de Pe- 
ñamellera y Riva de Deva en Asturias, y por el 
Oriente á los valles de Mena y Tudela en Cas- 
tilla. Y esta división subsistió, hasta que en 30 
de Noviembre de 1833 (¡^^ initio es el año 33!) 
se reformó, adjudicando á la provincia de Ovie- 
do los ayuntamientos de Peñamellera y Riva 
de Deva y á la de Burgos los valles de Mena y 
Tudela, compensando de estas segregaciones á 
la provincia de Santander con el actual partido 
judicial de Reinosa, cuyo territorio perteneció? 
en efecto, antiguamente á la Merindad de Cam- 
poo, hoy repartida entre las tres provincias li- 
mítrofes de Santander, Burgos y Falencia; por 
donde se ve que puede haber campurrianos natu- 
rales de cualquiera de estas tres provincias, como 
realmente sucede; porque tan campurriano se 



riéndolo éste, como sabia que otro hermano del Sr. Silvela estaba al 
servicio de España, le dijo un día: ¡Ah! Mr. Silvela, je conais votre 
parentela. También ahora parece que hay individuos de la familia en 
varios partidos políticos. 



236 FE DE ERRATAS. 

considera y es un hijo de Soncillo que pertenece 
á Burgos, como uno de Aguilar que depende de 
Falencia ó como el de Reinosa que corresponde 
á Santander.» 

¿Lo quiere usted más claro, señor don Juan 
Manuel? ¿De qué le sirvió á usted ponerse tieso, 
llamarse Canela y ahuecar la voz para ensartar 
el primer día con tono de suficiencia doctoril 
una docena de palabras retumbantes á propósi- 
to de la mala definición de campurriano? No 
tenía usted razón y se ha quedado usted sin 
ella. Pero escuche usted el fallo con que termi- 
na el Bachiller Carrasco, que es como firma el 
erudito exdiputado y conocido bibliófilo: «Fa- 
llamos que Juan Fernández perciba in integrum 
el verde césped que propina á Miguel de Esca- 
lada... la real Academia Española sólo queda 
condenada por esta nuestra sentencia á que sea 
recibido en su seno, si ya no lo está (¡Vaya si lo 
está! ¡Como que hace disertaciones sobre la ca- 
cerola que aburren á Cánovas!) el llamado 
Juan Fernández; pero... con la precisa condi- 
ción de que haya de ocupar asiento entre los 
señores marqués de Pidal y conde de Casa Va- 
lencia.» 

Ya lo sabe usted, D. Manuel. ¡Y tome usted 

CAMPURRIANOS! 

Y vamos á los caracoles, cuya académica 
definición no se atreven ustedes á defender sino 
pidiendo misericordia; diciendo que es un bicho 
muy difícil de definir porque es feo y viscoso y 



KE DE ERRATAS. 237 

tiene cuatro cuernos. Tanto mejor para definir- 
le, sin necesidad de decir que es del tamaño de 
una nuez, lo cual es una majadería de muchísi- 
mo mayor tamaño. La defensa que acometen 
ustedes con decisión, es la de la frase «no vale 
un caracol ó dos caracoles», para lo cual citan 
cuatro autoridades en verso, una de Castillejo, 
otra de Quevedo y dos de Lope de Vega, y lúe - 
go otra de Duran en prosa. «De donde resulta, 
dice usted muy ancho, que Escalada no conoce 
la Gatomaqiiia ni las obras de Quevedo...» 

¡Qué ha de resultar nada de eso, buen... 
y lian! Lo que resultará en ese caso es que ni 
usted, ni ningún académico conoce, por ejem- 
plo, las obras de Tirso de Molina, que dice en 
el Don Gil de las calzas verdes: 

«Visitaba sin trabajo... 
Los egrotos de Madrid.» 

Y más adelante: 

«Se volvía á visitar 

Sin mirar un quodlibeto'* . 

Y en la Huerta de Juan Fernández (¡buena 
prueba de que usted no es tal Juan Fernández, 
pues si lo fuera conocería su huerta!): 

«Si el qne pasteliza en pelo...» 

y luego: 

«Porque chanzas de habladores, 
Comedias de tramoyan. . .» 



238 FE DE ERRATAS. 

y también: 

«,.. entre loza 
Fregatizando la moza.» 

Y en Cómo han de ser los amigos: 

«Hay celiminis?...* 

Y en La Villana de Vallecas: 

«¿Dónde? En cas del escriben.* 

y además: 

))Y porque en la paridura 
Sintiera tener mal gesto.» 

Y en Averigüelo Vargas: 

«Si sabéis dadme unos pocos 
De quillotros para amar...» 

y también: 

vRempuzéla, rempuzóme..,* 

Y en El pretendiente al revés: 

«El que por las hojas tira 
Mal los rábanos quillotra.^ 

Y en El vergonzoso en Palacio: 

«Con sólo decir miao y echar un/u/o...» 

Es así que la Academia no tiene en su Dic- 
cionario ni egroto, ni quodlibeto, ni pastelizar, 
ni tramoyan, ni fregatizar, ni celiminis, ni escri- 
ben, ni paridura, ni quillotro, ni quillotrar, ni 



FE DE ERRATAS. 239 

rempuzar, nifufo; luego los académicos no co- 
nocen las obras de Tirso de Molina. 

Ni las de Quevedo, ^ue dice contramoño, 
zahumado, verenjusto, arreinuesgos y otras mil 
cosas que faltan en el Diccionario. 

Ni las de Jáuregui, que dice en la traduc- 
ción de Aminta: 

«En las alpestres cumbres de Apenino.» 

Ni las de Fray Luis de León que dice tra- 
duciendo á Virgilio: 

... «El roñoso 
Ganado cahriller en fresco baño.» 

sin que la Academia haya introducido en el 
Diccionario ni cahriller ni alpestres. 

Tampoco habrán leído los académicos La 
Pícara Justina, libro tan frecuentemente citado 
en el Diccionario de Autoridades de la Acade- 
mia, y del que no hace falta leer más que una 
página ó dos para encontrarse, por ejemplo, con 
las palabras tapagiga, fisguera, bailona, espahi- 
lagordos, bizmadera, desmayadiza, honruda, ex- 
tratagemera, tnandilandinga, grillimón, dama, 
incentivan resumpción, etc., ninguna de las cua- 
les se halla en el Diccionario, 

¿No son Autoridades Tirso de Molina, don 
Juan de Jáuregui, D. Francisco de Quevedo, 
Fray Luis de León y Francisco López de Uve- 
da? 'L.dL Academia como tales los reconoce; y re- 
conociéndolos, está obligada á introducir en el 
Diccionario todas esas palabras y otras muchí- 



240 FE DE ERRATAS. 

simas que citaría si no temiera hacerme pesado, 
ó á confesar que no vale citar autoridades con- 
tra el uso, 

Quem penes arbitrium est, etjus,et norma loquendi. 

Quiere esto decir, Sr. D. Manuel, que no 
basta que Lope de Vega ó Quevedo ó cualquier 
otro gran escritor dijera una vez una genialidad 
para que se reciba sin réplica lo que dijo; y que 
si dijeron un caracol ó dos caracoles, porque les 
haría falta para el consonante ó para la medida, 
ó porque quisieran, ó porque así se dijera enton- 
ces, esto no obsta para que la frase usada hoy 
donde quiera que se habla castellano sea tres 
caracoles y no dos ni uno. Hay autoridades para 
todo. ¿Pues no dijo Cervantes: «Comilón que tu 
eres?» ¿Y no escribió Jáuregui 

«Tirsi, yo soy contento de decirte?...» 

¿Y dejarán de ser hoy dos galicismos feos estas 
construcciones porque Cervantes y Jáuregui las 
hicieran? No, señor; no dejarán de serlo. Hay 
autoridades para todo, y como para todo las 
hay, si se han de citar de modo que valgan, se 
necesita tener conocimiento del asunto y crite- 
rio y discernimiento, de que ustedes los acadé- 
micos por lo común carecen. 

Y adelante con los faroles ó con los acadé- 
micos, que viene á ser lo mismo. 

La tercera defensa que ustedes emprenden, 
y digo ustedes, porque es sabido que esa según- 



FE DE ERRATAS. 24I 

da carta la han compuesto ustedes los acadé- 
micos en junta general; la tercera defensa que 
ustedes emprenden es la del disparate estampa- 
do al definir el caparazón^ que, según, ustedes, 
«úsase en la milicia como prenda de ordenanza 
para cubrir la silla y íiioníar sobre el caballos. 
Reíme de esto, y ahora, para confundirme y de 
paso deslumhrar á la gente, aducen ustedes 
hasta trece pasajes del Quijote en que suena la 
preposición ío&rg. Sólo que en ninguno de ellos 
está usada con el verbo montar, sino en unos 
con el de subir, que no es lo mismo, y en otros 
hasta con los de llevar y sefitarse. Esta acadé- 
mica salida de ustedes me recuerda la del to- 
rero que en un juego de prendas en que se pe- 
dían palabras que empezaran con me, cuando 
ya todos se daban por perdidos creyendo la 
materia apurada, saltó muy ufano y dijo menis- 
tro, 6 aquella otra del andaluz que, pidiéndole 
un amigo una espada del siglo XIV para salir 
en una cabalgata en traje de Guzmán el Bue- 
no, le contestó que no tenía la espada, pero que 
lo que tenía, y le enviaba desde luego por el 
criado, era una magnífica escopeta de dos caño- 
nes. ¡Y qué ufanos salieron ustedes con sus 
trece sobres! No trece, sino trescientos de esos 
amarillos ó azules podían ustedes haber com- 
prado en el Bazar de la Unión por seis reales, 
y no serían menos pertinentes al caso. Conque... 
busquen ustedes otros sobres que vengan con el 
verbo montar, el cual precisamente apenas se 



242 FE DE ERRATAS. 

usa más que con el caballo ó con la cólera, que 
es el caballo en que más á menudo suelen mon- 
tar ustedes los que discuten sin razones. 

Por supuesto que, aun prescindiendo del 
sobre, siempre será una majadería decir que el 
caparazón sirve para montar, como si se tratara 
de un estribo ó de un alzapié cualquiera; el ca- 
parazón sirve para cubrir la silla, monte luego 
el ginete ó no monte. 

Todo esto aparte de que tampoco es prenda 
de ordenanza, dicho sea con permiso del conde 
de Cheste. Verdad es que, si no para errar en 
cosas de milicia, ¿para qué servirían los gene- 
rales en la Academia? 

Ya ve usted, Sr. D. Manuel, cómo todos 
esos aspavientos que usted hace debajo de los 
trece sobres queriendo establecer comparación 
entre el Quijote y los Ripios aristocráticos, son 
pura tontería. Por donde voy creyendo que no 
anduvo tan injusto el Sr. Cánovas al comen- 
tar aquella disertación de usted sobre la ca- 
cerola. 

Cuarta defensa. ¿Que Pellicer habló de «una 
canasta de mimbres, llena de flores?» Pues aun- 
que fuera llena de rábanos, no supo Pellicer lo 
que dijo ni lo que es canasta. ¿Lo quiere usted 
más claro? ¡Vaya! «¡No parece sino — como dice 
hablando de la campana y ¡a copa boca abajo, 
en un precioso artículo contra el Diccionario y 
contra usted, el Sr. D. Leopoldo Alas, á quien 
no sé si usted conocerá, — no parece sino que 



FE DE ERRATAS. 243 

por decir lo dijo Litré (ó lo dijo Pellicer), ya... 
boca abajo todo el mundo!» 

Que la mimbre tiene género masculino es la 
quinta cosa que se proponen ustedes probar, y 
para ello aducen autoridades de Fr. Luis de 
León y de otros. Dándolas por buenas, las hay 
también en contrario, más y mejores. Por hoy, 
baste recordar la de Góngora, que dice: 

«Sobre la mimbre que tejió prolija», 

y varios cantares populares que cité en el artí- 
culo dedicado al asunto (i), y dos ediciones del 
Diccionario de la Academia, la quinta y la sex- 
ta, en que apareció la mimbre con el género fe- 
menino, y el uso de León y Castilla y Extrema- 
dura y Andalucía, donde se la da ese género 
constantemente. De modo que ni siquiera pue- 
den ustedes decir que el género femenino de la 
mimbre sea provincial de Castilla; tienen uste- 
des que decir que es provincial de todas esas 
regiones, ó lo que es lo mismo, provincial de Es- 
paña, y el masculino provincial de la Academia. 
Pero ni aun eso, ni siquiera se puede decir que 
sea provincial de la Academia el género mascu- 



U) El diablo está cosiendo 

Con una mimbre: 
Ello no va curioso, 
Pero va firme. 

Eres alta y delgada 

Como una mimbre; 

No temas, vida mía, 

Que yo te olvide. 
Y otros varios. 



244 ^^ ^'^ ERRATAS. 

lino de la mimbre, porque ya he dicho que en 
dos ediciones del Diccionario fué del femenino, 
y porque á consecuencia de los argumentos que 
yo aduje en mi artículo, y que antes había pre- 
sentado amistosamente al Sr. Tamayo, enmen- 
daron ustedes mismos su obra y pusieron á la 
mimbre el género común de dos en el suple- 
mento. 

A pesar de lo cual ahora, por llevarme la 
contraria, quieren ustedes que sea del género 
masculino la mimbre porque, traduciendo á 
Virgilio, dijo Fray Luis de León: 

Entonces con los mimbres es tejido. 

Corriente. Está bien. Pero ¿quieren ustedes 
decirme de qué género es grey?... ¿Del femeni- 
no, verdad? A lo menos como tal figura en to- 
das las ediciones del Diccionario de la Acade- 
mia, y además todo el mundo dice, por ejemplo, 
la grey cristiana... Pues, sin embargo, Fray 
Luis de León, traduciendo á Virgilio, dice: 

No dañará el vecino grey malsano 
Con males pegadizos tu rebaño. 
Ni hará que tu trabajo salga vano. 

Con que una de dos, señor D. Manuel; de- 
cídanse ustedes: ó á dejar en paz á Fray Luis 
de León con sus genialidades, ó á poner á la 
grey género masculino en la edición próxima, 
cuidando también de correr por ahí la voz para 
que todo el mundo diga el grey cristiano. 



FE DE ERRATAS. 245 

Sexta defensa. 'L.a. de capicho/a y camocan. 
Lo dijeron Quevedo y González de Clavijo. 
Bien. Pero explíquenme ustedes la preferencia 
dada á esas dos palabras sobre los egrotos, y 
los qicodlibeíos y los fufos, y los alpestres, y el 
cabriller, de Fray Luis de León, de Jáuregui, y 
de Tirso de Molina... y se proveerá. 

Lo de que la capillada sea el golpe dado 
con la capilla (que no sirve para dar golpes) y 
no tenga la significación metafórica que la da 
todo el mundo, es tan... académico que no me- 
rece contestación... ¿Todo se lo he de enseñar 
yo á ustedes ? ¡ Vayanse á estudiar á Sala- 
manca! 

¿Y lo de capripede? ¿Conque el señor de 
Burgos que tradujo á Horacio de una manera 
análoga á como el Conde de Cheste tradujo al 
Dante, es decir, dejándole en latín un poco 
menos inteligible, dijo que «los caprípedes sá- 
tiros le oían?'» Pues hacían muy mal en oirle. 
Como ustedes han hecho mal en decir que ca- 
pripede es adjetivo poético porque le metiera en 
un verso prosaico el señor de Burgos. Lo más 
grave es que Litré diga en su Diccionario que 
capripede es qui á des pieds de chevre... ¡Caraco- 
les! digo ¡caprípedes! ¡Pues me han partido 
ustedes! 

Después de esto, mentira parece, Sres. Don 
Manuel y Compañía, que no se juzguen ustedes 
con la suficiente aptitud para definir bien el 
acial y la albarda. Atrévanse ustedes, que es 



246 FE DE ERRATAS. 

pura modestia. Y al cabo mejor es que se ocupen 
ustedes en reformar esas definiciones de familia 
que en desfigurar la verdad, dando á entender 
que yo me he burlado del Diccionario «por 
haber calificado de canilla ó caña cualquiera 
de los huesos largos de la pierna ó del brazo». 
Porque esa caña la han puesto ustedes ad lihitum 
(locución malamente suprimida en el nuevo 
Diccionario), para poder aducir luego una auto- 
ridad de Fray Luis de Granada, que habla de 
«las cañas de los brazos». No vale hacer trampas, 
señores: se juega limpio, ó no se juega. Yo no 
he dicho que no se llame caña al hueso del 
brazo: he dicho que no se le llama canilla, y ni 
siquiera he mentado la caña. Por consiguiente, 
esa caña que ustedes han sacado ahí por su 
gusto, se la cantan ustedes, ó se la bailan, ó se 
la chupan, ó se la beben, ó se la comen. 

Y vea otra vez el Sr. D. Manuel cómo aquello 
de las malas compañías aplicado al venerable 
autor de la Guía de pecadores ha resultado otra 
gracia frustrada. 

Para negar que capclardente sea una agaba- 
chada tontería, dicen ustedes que así lo dicen 
«las sinodales de Zaragoza, y no ningún folletín 
de la Correspondencia ..» Estaba para decir que 
lo llamaran ustedes hache... Pues ¡valiente 
autoridad! ¡Unas sinodales, y de Zaragoza por 
añadidura! 

¿Y cree usted de buena fe, Sr. D. Manuel, 
que no sabía yo que capear había significado 



FE DE ERRATAS. 247 

antes robar capas y aun otras cosas, como sue- 
len decir ustedes? ¿Qué motivos tiene usted 
para creerme así tan... académico? Sí, señor, lo 
sabía; y sin embargo me reí, y me sigo riendo 
de que en el Diccionario de 1884, tan contem- 
poráneo de Rafael Molina, aparezca esa como 
la primera y principal significación y sin la 
nota de anticuada. También cadalso significó 
en tiempos lo mismo que tribuna ó tablado para 
presenciar un acto solemne, cosa que ninguno 
de ustedes sabría de seguro, pues de saberlo 
ya lo hubieran dicho con aire triunfante. Pues, 
sí, señor, se dijo así: en la relación del Paso 
Honroso de Suero de Quiñones, por ejemplo, 
se habla de un cadalso que se levantó para ver 
cómo se rompían lanzas; y sin embargo me he 
reído y me sigo riendo de que el Diccionario 
traiga la primera y sin nota de anticuada esa 
significación de cadalso, porque hoy el cadalso 
es el patíbulo. 

¿O se le figura á usted que cuando una pa- 
labra ha sido usada por buenos autores con de- 
terminada significación ya no puede perderla 
ni cambiarla por otra? ¿O cree usted que el uso 
no puede cambiar el sentido de las palabras 
autorizadas por los clásicos, y aun desechar- 
las y admitir otras nuevas? ¡Está usted entera- 
do! En tiempo de Quevedo, por ejemplo, tanto 
disparate era llamar estupor al espanto, y decir 
está inmediata por «testa cerca», ó cincundada 
por «cercada», como decir suena catarro luciente 



248 FE DE ERRATAS. 

por « espavila las velas » y llamar al queso 
cecina de leche, pues de las cinco formas se burla 
igualmente el gran satírico; y sin embargo hoy 
las tres primeras son usuales y de buen gusto, 
mientras las dos últimas siguen siendo ridiculas 
y disparatadas. La forma conjuntiva puesto 
QUE en los siglos XVI y XVII era adversativa, 
equivalente á aunque y así la usan todos los 
clásicos, mientras que ahora es sólo confirma- 
tiva ó causal equivalente á por cuanto. Así 
pudo decirse entonces: «No voy á paseo puesto 
que está buena tarde», y ahora se dice «Voy á 
paseo puesto que está buena tarde». Y si yo le 
digera á usted ahora, señor D. Manuel, que 
atiende usted la vuelta de Cánovas al Gobierno 
para volverse á la embajada de Francia ¿no se 
reiría usted del galicismo? Seguramente; y hasta 
me compararía usted con los traductores del folle- 
tín de La Correspondencia que suelen decir: «Se- 
ñora Condesa, el señor Conde os atiende*. Y sin 
embargo, los folletineros de La Correspondencia, 
y cualesquiera otros que escriban atiende por 
espera ó aguarda, pueden citar en su favor 
nada menos que la autoridad de Jorge Man- 
rique (i). Por donde verá usted que citar auto- 
ridades sin discreción es una tontería. 



(i) Este mundo bueno fué, 

Si bien usáremos del 
Como debemos; 
Porque, según nuestra fe, 
Es para ganar aquel 
Que atendemos. 



FE DE ERRATAS. 249 

Lo que está bien es lo de decirme que no sé 
leer,y traer á colación el novísimo y casi descono- 
cido epigrama de Moratín á Geroncio, es decir, 
á cualquier académico, porque dije que habían 
suprimido ustedes el refrán aquel de «si el rabo 
menea el can, no es por ti, que es por el pan», 
refrán que, según usted dice, está en el Diccio- 
nario, sino que está en la palabra cola. ¿Y por 
qué le han llevado ustedes á la cola , si se 
puede saber? Aparte de que el can es el que da 
al refrán cadencia y armonía, y aparte de que 
la cola no entra en el refrán siempre. ¿Cuál es 
cosa más principal, el perro ó el rabo? Para 
ustedes, la cola, por lo visto. ¡Ahí tiene usted! 
Si yo quisiera usar chistes de los de usted, ¡qué 
cosa tan fácil sería aquí hacer gracia diciendo 
que son ustedes muy arrimados á la cola! Conste 
que no lo digo, por ciertos miramientos que 
ustedes no merecen. 

Mas ¡ay!, que ahora viene el azotazo fuerte, 
el que usted me propina ¡pobre de mí! porque 
llamé á Federico Diez «muy señor mío» y le 
puse un interrogante. ¡Mal pecado! La verdad 
es que no creía yo que fuera de necesidad para 
conocer la lengua castellana estudiar el Hbro 
de las etimologías de las cuatro lenguas roman- 
ces, ni que fuera tan grave falta carecer (hablo 
en el supuesto de usted) de una erudición que 
en cualquier Diccionario enciclopédico de los 
que hay en las redacciones de todos los perió- 
dicos puede adquirirse en diez minutos; pero 



250 FE DE ERRATAS. 

también es verdad que aun después de la lección 
de usted sigo creyendo que es una simpleza de- 
rivar el capricho de la cabra. 

Lo que realmente me contrista es que uste- 
des mismos los académicos den por pecado á 
los españoles el no conocer á Federico Diez y 
sus obras. ¿Es que no basta para aprender per- 
fectamente el castellano con conocer las obras 
de los académicos? Y entonces, ¿para qué les 
pagamos á ustedes tan crecido tributo de con- 
sideración y hasta de dinero por ser de la Aca- 
demia? ¿Y eso, que es para ustedes tan humi- 
llante, ni siquiera lo dejan ustedes para que lo 
canten los ciegos de Berlín y lo cantan ustedes 
mismos? Medrados estamos con ustedes, señor 
D. Manuel y Compañía. Nada: que á pesar de 
permitirnos el lujo de tener una Real Academia 
Española, tenemos que pasar en cosas de filo- 
logía, igual que en política, por las horcas can- 
dínas de Alemania; y así como tenemos allí un 
Bismarck que dispone de nuestro territorio, he- 
mos de tener también un Federico Diez que dis- 
ponga de nuestro idioma! ¡Medrados estamos! 

Creo que no queda de la última carta de 
usted, en colaboración con los otros académi- 
cos, más que el chiste, que repite usted tres 6 
cuatro veces, de decir que he escrito gaceti- 
llas, que además de no ser chiste no es verdad 
tampoco. Da la casualidad, señor D. Manuel, 
de que no he sido nunca gacetillero, pues co- 
mencé á ser periodista por donde usted no pudo 



FE DE ERRATAS. 25I 

concluir ni llegó nunca. Pero entre todos los 
gacetilleros que he conocido no sé de ninguno 
que no hubiera podido llegar á Ministro de dos 
dinastías, á embajador y á académico, sin tantas 
contorsiones, tantas genuflexiones y tantos cam- 
bios de postura como le han costado á usted 
esas cosas. 

Por último... los golpes fuertes los ha dejado 
usted para el final; por último, me dice usted 
que no me conoce «ni de vista ni bajo ninguno 
de los nombres que he usado...» ¡Cruel! ¿Y me 
lo dice usted así sin preparación y á boca de 
jarro...? Ah, crea usted, D. Manuel, que desde 
que lo he leído estoy inconsolable. Porque ¿de 
qué me sirve haber recibido y estar recibiendo 
mil parabienes por mi tarea de desasnar aca- 
démicos, si no me conoce, ó por lo menos, fal- 
tando á la verdad, asegura que no me conoce 
un fantasmón risible que ni siquiera se atreve 
á decir cómo se llama? 

Á Dios, D. Manuel, á Dios, que le guarde á 
usted, y le dé gracia para imitar la paciencia 
de Job, si es que, como usted mismo afirma, 
para sufrir mi literatura sin salirse de quicio, 
no se necesita nada menos. 



Postdata. ¡Ah! se me olvidaba felicitar á 
usted por las tres públicas aprobaciones que 
hasta el presente ha recibido. Me parece que 
fué Moliere el que dijo que «no hay tonto que 



252 FE DE ERRATAS. 

no halle otro mayor que le admire y le aplauda». 
Yo no le he llamado á usted nunca eso. ¡Dios 
me libre! Pero en fin, para el caso de que Cá- 
novas tuviera razón, conste que no quebraba 
por aquí tampoco la sentencia de Moliere. 
Porque no uno, sino tres admiradores, le han 
salido á usted, á las primeras de cambio. Uno 
es un tal Herrero, muy aficionado á latines, 
que siempre escribía coram populi hasta que yo 
le enseñé á decir coram populo. Otro es Ramon- 
cito Nocedal, el director de El Siglo Futu- 
ro (i), que traduce del francés: rebullen como 
veros sueltos , poniendo versos por gusanos, y en 



(1) Como el pobre Ramoncito no entiende de estas cosas, ni de 
otras, creyó buenamente que la segunda carta del señor Silvela no 
tenia contestación y que yo estaba ya fuera de combate; y, parte por 
aquello de «á moro muerto gran lanzada» que ha .'üdo siempre el lema 
de todos los valientes de su temperamento, desde aquel famoso burro 
de la fábula que arrimó su par de coces al león moribundo, parte por 
congraciarse con D. Manuel, para que le haga académico, y pagarle el 
piropo que, seguramente sin recordar lo de asinus annuiit fircat, le 
habla echado en una de sus cartas diciendo que á él se atribuían de 
público los antiguos primores de dicción de El Siglo Futuro, me 
disparó á deshora el siguiente suelto, tan mal intencionado y desleal 
como insulso, que quiero poner aquí perpetuamente íi la vergüenza: 

•Sobre cuestiones filológicas publicó El Imparcial del lunes un ar- 
ticulo, que se atribuye á cierto académico muy conocido, y en que 
se administra á cierto critico de El Imparcial y El Progreso un sobe- 
rano pié de paliza literaria, de esos que dejan k cualquier critico para 
no servir más. (¿Sí, eh? ¡Pobre diablo, ya verás si sirvo!) 

•Ni nos va ni nos viene en el asunto; pero por eso mismo quisiér.\- 
mos que el articulista hubiese omitido ó aclarado ciertos párrafos, 
por donde puede alguno sospechar que el víctima del varapalo es 
redactor de El Siolü Fi;turo. 

»No lo es, sino de El Imparcial y El Progreso. (Esto no es verdad, 
pero... por eso lo dice Ramoncito.) 



FE DE ERRATAS. 253 

latín escribe tollita cawsa, tollittir e/ectus . "El 
tercero... es el director literario 6 cosa así de 
La Época, el cual puede adivinarse cómo escri- 
birá con decir que sabe mucho menos que los 
dos anteriores. Pero ello es que los tres han 
declarado unánimes que usted me ha dado una 
paliza soberana. ¡Qué hueco estará usted, Don 
Manuel! Lo malo es si mientras ellos dicen á 



»Si el mal encubierto académico tiene algo que decir déla. Política 
menuda ó de la Gacetilla de El Siglo Futuro, antiguas ó moder- 
nas, que varias veces mezcla y conhinde con el objeto de sus iras 
diríjase á nosotros, que á su disposición ponemos estas columnas, y 
aquí se le contestará cumplidamente. 

•Pero tenga la bondad de no confundir las señas y hablar claro, 
y poner bien los sobres, de modo que nadie pueda creer que se 
luce y divierte á costa y por torpezas ó insipiencias de El Siglo 
Futuro. 

•Aquí se escribe con más tiento; y lo que se escribe con poco tiento, 
no se publica. 

*Suum ctiique». 

Asi es, suum cuique. Y k El Siglo Futuro le corresponde la gloria 
de haber publicado los versos sueltos, el tollita cauia, las pequeñas 
hermanas de los pobi¡$, el Obispo de Bale (por Basílea), Mgr. Mer- 
millot. Obispo de Genova (por Ginebra) «los jóvenes estudiantes 
Cantuare (por Cantorbery), de la Sociedad de Jesús (por la Compañía) 
recitar maitines (por rezar)» «le dio muchos golpes de puño» «varios 
golges de hacha», «resulta en último resorte*, «en el suelo de la cripta 
moderó su paso» {suelo por dintel, s¿ki7), «un indo» (por un indio, mil 
veces), t» casu di quo agitur, cultia, liberitesque, todo bajo la di- 
rección de Ramoncito, y mucho de ello escrito de su misma pluma, 
con más algún disparate geográfico, como el reciente de que un ara- 
gonés que viene de Zaragoza á Madrid, y otro que va de Madrid á 
Zaragoza, se encuentran en la estación del Escorial (!), amén de 
alguna que otra herejía material en que Ramoncito suele incurrir 
cuando se mete en teología, que no ha estudiado nunca, y que no 
conoce ni por el forro. 

Snum cuique. 



254 ^^ ^^ ERRATAS. 

coro ¡ya somos tres! como las mujeres del sobrino 
del saínete, se le ocurriera á usted echar sus 
cuentas allá entre sí, como su pariente el de la 
fábula, y exclamar con ademán modesto: 

Cuando me desaprobaba 
La mona, llegue á dudar: 
Mas ya que el cerdo me alaba, 
Muy mal debo de bailar. 

Y efectivamente, no baila usted bien. 



FIN DEL TOMO I. 



índice. 



Págs. 

PRÓLOGO V 

I I 

II II 

III 19 

IV 27 

V 35 

VI 45 

VII 53 

VIII 63 

IX ,. . . 71 

X 81 

XI 91 

XII loi 

XIII III 

XIV 121 

XV 129 

XVI 139 



^ 



25O ÍNDICE. 

XVII 147 

XVIII 155 

XIX 163 

XX 175 

XXI 185 

XXII 195 

XXIII 201 

XXIV 209 

XXV 225 




FE DE ERRATAS 







OBRAS DEL MISMO AUTOR 

Ripios Aristocráticos, (4. ^edición) 
un tomo en 8° 3 ptas. 

Ripios Académicos, un tomo en 8.°. 3 » 

Historia del Corazón, idilio, (2." 
edición) 0,50 

Pedro Blot (traducción de Paul 
Feval) 2 » 

EN PRENSA 

Capullos de novela , un tomo 
en 8." , 3 " 

EN preparación 

Ratoncito Nosemas (novela polí- 
tica), un tomo en 8° 3 » 

Agridulces (políticos y literarios), 
tomo I .-. 3 » 

Un discurso^forense. 

Vida del Beato Juan de Prado. 



FE DE ERRATAS 

DEL 

NUEVO DICCIONARIO 

DE LA ACADEMIA 

POR 

D. ANTONIO DE VALBUENA 

(MIGUEL DE ESCALADA) 
TOMO II 




MADRID.-1889 ^Jí^AÍ^Í^* 



IMPRENTA DE DON LUIS AGUADO 

Ponfejos, 8 



Es propiedad. 



BIBLIOTECA y ARCHIVO 
lEMILlOiLBERTOKOT 




FE DE ERRATAS 



DEL NUEVO DICCIONARIO 



DE LA ACADEMIA 



XXVI 




ARA hacer más patente la ignorancia 
de los académicos en asuntos gra- 
maticales, dejé caer adrede un des- 
propósito (i) en el sexto artículo de 
esta serie. 

— No te metas en eso— me decía un amigo á 
quien enseñé las cuartillas antes de enviarlas á 
la imprenta; — no te metas en eso, que se te van 
á echar encima. 



(i) Se quitó al reimprimir el articulo en el primer tomo de esta 
obra, donde ya no tenía objeto. 



6 FE DE ERRATAS. 

—No tengas miedo — le replicaba yo; — no los 
conoces bien. Entre todos los académicos, en- 
cariñados con su obra, no hay uno capaz de 
caer en la cuenta. De los lectores no académi- 
cos, muchísimos lo conocerán; pero como á estas 
horas son ya todos enemigos de la Academia 
y amigos míos, no me descubren... Y lo que es 
de los académicos te repito que bien seguro 
estoy. ¿No ves que son casi todos ellos 

Vates de mucha paja y poco grano, 
Que el que más ha compuesto tres cuartetas. 
Y el que menos ignora el castellano? 

¿Cómo quieres que sepan bastante latín para 
conocer que abrenuntio se escribe así junto, y 
no separado, como yo digo? 

— Creo que exageras y confías demasiado. Te 
van á coger, y es una lástima. 

— Te -equivocas, son gente con quien se puede 
uno divertir sin cuidado ninguno. 

—¿Qué quieres apostar á que si publicas eso 
así, tienes una cogida? 

— Lo que tú quieras. 

— Un almuerzo en Los Cisnes. 

— Corriente. Va apostado. 

— Te advierto que sentiré ganar, porque te 
quiero; pero ganaré de seguro. 

— Bueno: ya lo veremos. ¿Qué plazo quieres 
para que los académicos puedan corregir el 
dislate? 



FE DE ERRATAS. 7 

— Si no te parece mucho dos meses... 

— Te doy cuatro.» 
Han pasado más de ocho desde la publica- 
ción de aquellas cuartillas, que fué al día si- 
guiente de este diálogo, y ni la comisión nume- 
rosa nombrada por la Academia en la primavera 
pasada para estudiar estos artículos, ni el cate- 
drático de uno de los institutos de esta corte, 
llamado no sé si Comelerán, que hace tiempo 
salió á defender á la Academia en El Día y 
empezó confundiendo á Don Manuel de Val- 
buena, el erudito académico autor del Diccio- 
nario latino, con el gran poeta del Siglo de Oro, 
Don Bernardo de Valbuena, ilustre obispo de 
Puerto Rico; ni los académicos que han salido 
últimamente á defender el Diccionario en El 
Globo y en El Liberal, escondiéndose detrás de 
un tal Paz Bueso, empleado en la Academia y 
del mismo Comelarán de antes, que firman Un 
Anticrítico y Quintilius; ni el ingenierillo Alva- 
rez Sereix que firma X en El Día, Z en El Co- 
rreo y L, en El Resumen, ni ninguno, en fin, de 
los que en servicio de la Academia se han pues- 
to á buscar con candil en esta crítica un punto 
vulnerable, ha visto aquel ^error voluntario (i). 



(i) Después que yo se lo advertí en este artículo, se entretuvieron 
los muy imbéciles en ponderar la enormidad del disparate, sin caer 
en la cuenta de que ponderaban su propia ignorancia, puesto que se 
cansaron de pasar por encima sin conocerle. Alguno de ellos se atre- 
vió á decir que si yo hubiera esperado sólo unos días más... ¡y espe- 
ré más de ocho meses! 



8 FE DE ERRATAS.^ 

Por lo cual, hoy hace quince días celebra- 
mos mi amigo y yo lo convenido, satisfecho yo 
por haberle ganado la apuesta, y contento y 
asombrado él de que se la ganara. 

Continuando ahora el cumplimiento de la 
primera y principal entre las obras espirituales 
de misericordia, tengo que enseñar á los caprí- 
pedes inmortales que el segundo de los artículos 
que encabezan con la palabra caramillo está 
de sobra; porque caramillo no es más que cara- 
millo, ó sea el instrumento pastoril tan mano- 
seado de los poetas bucólicos. La «planta sala- 
da de hojas aovadas y agudas (?)», cuya agude- 
za, siendo aovadas, será parecida á la de los 
académicos, agudos como punta de colchón, se 
llama barrilla (i) según los mismos académicos 



(I) De un artículo muy erudito publicado en la Revista Contempo- 
ránea por el ilustrado ingeniero de Montes Don José Jordana y Mo- 
rera, con motivo de haber intentado el supradicho Alvarez Sereix de- 
fender el desacierto académico de llamar caramillo k la barrilla, 
(Saltóla vcrmieulata L.) resulta que en ninguna parte se llama ast 
más que en Aranjuez á lo sumo. Es muy curiosa la historia de como 
ha llegado al Diccionario esa majadería, y merece consignarse. 

«Ni en el reino de Aragón, — dice el señor Jordana, — ni en los de 
Valencia, Murcia y Granada, en cuyas estepas vive esta Salsola, se 
conoce semejante nombre vulgar. «Bernardo de Cienfuegos (Historia 
de las plantas, 1627, inédita) nada dice sobre el particular. Barrelier, 
que floreció también en el siglo XVII y que herborizó mucho por 
España, menciona solo un kali fruticosum que llama soudt d'I-spagtu 
velue y ya no dice más de nombre» vulgares de ninguna barrillera. 
...Fernández Navarrete (ii/is. de la flist. med. de Esp. (inédita, I74i\ 
menciona el almarjo, las barrillas delgada, peluda, florida blanca y 
florida encarnada, la sosa blanca, la sosa legítima y el salicutrno, pero 
sin decir tampoco una palabra del caramillo. Pasando de aquí al 
año I77I se da con Don Juan Gámcz, secretario de la Ac-Xilpnii.-j df 



FE DE ERRATAS. 9 

han dicho en otra parte; y el «montón de algu- 
nas cosas mal puestas unas sobre otras» y el 



Medicina de ^Tadrid y Catedrático de la misma facultad, el cual pu- 
blicó un libro titulado Ensayo sobre las aguas medicinales de Aran- 
juez, en cuyas páginas 26-31 se inserta una lista de 34 especies vege- 
tales que entonces vivían silvestres en los alrededores de la Fuente 
Amarga de los cerros de la Salinilla del Alpagés, y entre las cuales 
figura como única planta barrillera que pueda ser 6 asemejarse al 
caramillo el mismo kali mencionado por Carrelier , pero sin que se 
diga nada de su nombre vulgar, y eso que Gámez no los omitió en 
las demás plantas cuando le fueron conocidos, como se ve al leer, al 
lado de la indicación botánica correspondiente, los de gamón, bulas, 
cañaheja, cardo corredor, etc.. Esta omisión del nombre carambillo 6 
caramillo, en autor tan instruido, tratándose precisamente de la loca- 
lidad especial en que se dice estar en uso dicho vocablo, y mencionán- 
dose botánicamente la planta á la cual se aplica, es, en verdad, bastan- 
te significativa.» ¡Yo lo creo! Como que indica que ni en Aranjuez se 
llamaría caramillo la Salsola cuando el Sr. Gámez hizo sus obser- 
vaciones. 

«Tampoco se encuentra, — continúa el señor Jordana, — rastro de 
la voz caramillo en la Continuación de la Flora Española que Gómez 
Ortega publicó en Madrid en 1784, ni en los Icón, et descrip. plant. etc. 
que Cavanilles dio á luz, en Madrid también, desde 1781 á 1801...» 

Lagasca, según el señor Jordana, fué el primero que mencionó los 
nombres de caramillo y carambillo aplicados á la Salsola vermicula- 
ta L. en su Memoria sobre las plantas barrilleras de España (1817), 
donde, describiendo aquella, dice: «nombres vulgares: carambillo y 
caramillo en Aranjuez. Tarrico en Madrid, Vallecas, etc. Sisallo en 
Aragón.» De modo que la voz caramillo, como nombre de la Salsola, 
que los académicos hacen de uso general y corriente, ni siquiera sc 
puede llamar provincial de Madrid, puesto que sólo se usa en la loca- 
lidad de Aranjuez; y aun esto, por lo visto ofrece duda, siendo proba- 
ble que no hay en ello más que un descuido de Lagasca, que hizo caso 
de la tontería de algún pastor de esos tan inciviles que dicen AranjUel 
porque ni siquiera saben decir el nombre de su pueblo. 

Pero al cabo, Lagasca sólo consignó la palabra como de Aranjuez. 
Peor lo hizo Don Miguel Colmeiro, que en sus Apuntes para la flora 
de las dos Castillas (1849) la reprodujo, quitándola la indicación de 
puramente local que tenia. De Colmeiro la reprodujeron, como de uso 



10 FE DE ERRATAS. 

«chisme, enredo, embuste» que «u. m. (usase 
más) en las frases de armar 6 levantar», se llama 
jARAMiLLO en la tierra clásica, y jaramiello an- 
tiguamente, por más que en el farragoso libro 
académico no exista ninguno de estos vo- 
cablos. 

También he de decir á los señores que ca- 
rantamaula por CARÁNTULA Ó CARÁTULA 68 una 
simpleza que nadie dice; que caraoz, caráota, 
caraicz y carbaso pertenecen exclusivamente al 
caudal filológico académico, por herencia y do- 
nación de Plinio y los venezolanos; que la defi- 
nición de carbonario, «individuo de una socie- 
dad secreta formada para destruir el absolutis- 



general, CoUantes y Alfaro en su Diccionario de Agricultura práctica 
y economía rural (1853), que es muy malo, y lo mismo hizo La Puer- 
ta en su TrataAo práctico déla determinación de las plantas (1876). 
Todavía en 1883, un año antes de que apareciera el Diccionario de la 
Academia, volvió Don Máximo Laguna, en su Flora forestal española, 
& restablecer las cosas en su lugar, poniendo de nuevo & la palabra 
caramillo la nota de local de Aranjuez con que la había dado k cono- 
cer Lagasca; pero en vano. Los académicos, como tienen don de 
errar, no han hecho caso de los botánicos formales, Lagasca y Laguna, 
y han seguido á los copistas y escritores lijeros que generalizaron un 
nombre local y caprichoso. 

El Sr. Jordana hace notar también que ni .'.Idrete, ni Covarrubias, 
ni Rosal, ni Terreros, ni Cabrera, ni la Academia en el Diccionario 
de Autoridades, ni en las once primeras ediciones del Diccionario en 
un tomo, se han acordado de mentar el caramillo como planta ni el 
carambillo, y.que de ser incluidas estas voces en algún Diccionario U^ 
deberían ser con su exclusivo carácter local, puesto que ni á provin- 
ciales llegan. 

He dado tanta extensión á esta nota para que el caso del caramill ' 
sirva de ejemplo de la siuraz()n con que proceden siempre los aca- 
démicos. 



FE DE ERRATAS. II 

rao», es mala é inadecuada, como hecha por 
algún carbonario, pues el objeto de esa socie- 
dad secreta no ha sido destruir el absolutismo, 
sino destruir la religión, la Iglesia, la sociedad 
y la familia (i). 

¿Y qué diremos de la definición de carcave- 
KA, «mala mujer que andaba por los cemente- 
rios buscando con qué hacer filtros para atraer 
á los hombres?» jSi no estarán los señores bien 



(I) Para defender la mala definición del carbonario, adoptaron los 
académicos en El Globo la forma teatral y dijeron: «Miguel de Escala- 
da... aparece solo en fa redacción de El Imparcial lanzando miradas 
escrutadoras á todos los rincones, y recitando sotto voce lo que sigue: 

La definición del carbonario, etc » 

Aquí se ve la mano del Sr. Tamayo haciendo comedias, y, por pri- 
mera vez en su vida, las hacs malas, quizá porque también por pri- 
mera vez en su vida las hace sin original de donde traducir, ó acaso 
porque desde que se ha empeñado en no hacer lo único que sabia, co- 
medias, y en hacer todo lo que no sabe, como Diccionarios, cuartos de 
conversión, artículos de periódicos, planos de edificios, etc., todo le 
sale pésimamente. ¿Y saben ustedes después de tanto y tan ridiculo 
aparato, por qué dice el Sr. Tamayo (en colaboración con Mariano 
Catalina, D. Aureliano, Cañete, D. Manuel Silvela y otros) que la 
definición de carbonario es buena, ó por lo menos á mi debe parecér- 
melo? Pues en primer lugar, porque no es nueva, sino «incluida ya en 
la edición del 69», como si los disparates pudieran prescribir por estar 
quince ó veinte años en el Diccionario, cuando el Grodeiur estuvo 
medio siglo. En segundo lugar, porque siendo yo tradicionalista, debo 
:reer que el absolutismo es el único baluarte de la Religión, la Iglesia, 
a sociedad y la familia, contra las pasiones revolucionarias, y que por 
ende está virtualmente incluido en la definición todo eso que yo echa- 
ba de menos. Pero... hombres; si el tradicionalismo no es el absolutis- 
no; si precisamente porque soy tradicionslista no soy yo absolutista, 
vnote injusto que los monárquicos de talco nos han dado á los monár- 
quicos de veras... ¡Y eso lo dice el Sr. Tamayo, que fué tradicionalista 
intransigente, hasta que al brillo del sueldo de la jefatura del cuerpo 
de archiveros y de la Biblioteca Nacional, pudo ver las cosas de 
otro modo! 



12 FE DE ERRATAS. 

enterados, y los filtros de la mala mujer serían 
para acabar de atontar á los académicos! 

Sólo así se explica la definición que dan de 
CARDE\'AL, diciendo que es tcada uno de los se- 
senta prelados que componen el Sacro Colegio.' 
Cada uno de los sesenta... ¡Qué erudición más 
dislocada! No necesitaban los académicos decir 
cuántos son los cardenales para definirlos; per 
se quisieron meter en dibujos y lo echaron a 
perder, como acostumbran; porque los cárdena 
les no son sesenta sino setenta, número que 
fijó el Papa Sixto V en memoria de los setenta 
ancianos de Moisés; siendo de advertir que aun 
cuando antes de esta disposición pontificia va 
rió mucho el número de cardenales, nunca fuú 
sesenta el señalado. Todo esto aparte de la 
otra inexactitud de llamarles prelados, pues no 
todos lo son ni es de necesidad que lo sean. 
Verdad es que de alguna manera se había, 
de componer los académicos para errar en todci. 
y ninguna mejor que la de decir: «Cada uno d-: 
los sesenta prelados .. .9 cuando ni son prelados 
ni sesenta. 

¿Y qué es cardenillo? Pues el cardenillo 
académico era antes «carbonato ó acetato d- 
cobre», según rezaba ó más bien murmurab, 
el Diccionario en la edición undécima. Per» 
ahora, al hacer la duodécima, los académicos, 
cumpliendo su lema, quisieron _;í/ar y fijarse c; 
uno délos miembros de la disyuntiva, y se fija- 
ron en el peor naturalmente. Es decir, qu- 



FE DE ERRATAS. I3 

para no desmentir su tradicional amor al de- 
satino , entre el carbonato y el acetato de 
cobre que decía la edición an terior, se quedaron 
en esta con el carbonato sólo, diciendo: «carde- 
nillo, m. Carbonato de cobre» (i). Y sin em- 
bargo , el cardenillo sigue siendo acetato de co- 
bre como antes, ó subacetato cúprico impuro, 
como dice del del comercio la Farmacopea Es- 
pañola, que es autoridad en la materia; pero de 
ninguna manera carbonato. ¿No saben los aca- 
démicos que los carbonates de cobre son, por lo 
general, azules, y el cardenillo es verde? ¡Hubie- 
ra metido ya Cánovas en la corporación á su 



(i) Para defender este empeoramiento de la definición del cardeni- 
llo, sigue el Sr. Tamayo haciendo un drama completamente nuevo, 
sin precedentes de novela escocesa. Véase la clase: 

«C.^^RDENiLLO. — Miguel de Escalada aparece disparado con muceta 
morada y birrete de borla azul turquí... en el fondo botes, retortas y 
alambiques de guardarropía. Se acerca majestuosamente á la concha 
del apuntador... etc.« 

En fin, el caso es, que sobre el cardenillo disertaron sin sustan- 
cia los académicos en tres columnas, dSndose tono, y después de 
leída su disertación, quedamos, como antes, en que la edición anterior 
del Diccionario decía del cardenillo: «Carbonato 6 acetato de cobre», 
definición defectuosa, pero mucho mejor que la de la edición última; 
en que el cardenillo común, comercial, único que tiene derecho 
á figurar en el Diccionario con ese nombre, es un subacetato cú- 
prico impuro, y, por fin, en que, aun cuando se llame alguna vez 
cardenillo á algún carbonato de cobre, y aun cuando haya algún car- 
bonato de cobre que tire á verde, la definición académica del cardeni- 
llo, estampada en la edición última del Diccionario, es una solemne 
barbaridad, que de seguro será corregida en la edición futura, como lo 
han ofrecido ya los académicos, diciendo, después de mil rodeos, que 
«acaso convendrá transigir con el uso en la definición del cardenillo.» 



14 FE DE ERRATAS. 

amigo el boticario político Sr. Fabié, y no les 
pasarían esas cosas! 

Es verdad que acaso hayan puesto aquí á 
propósito carbonato por acetato los académico?, 
para restablecer la equidad entre las dos sales 
y desagraviar al carbonato de la mala partida 
que le jugaron sustituyéndole con el acetato al 
definir el albayalde. Lo malo es que aquel era 
de plom o y el de ahora es de cobre. Pero , de 
todos modos, la compensación no deja de ser 
parecida á la que hizo aquel mal estudiante que 
se puso á cantar la epístola en su pueblo y 
empezó diciendo: Lectio epistolce Beati Paul i 
Apostoli ad CoRiTHios... Y como un compañero 
le advirtiera por lo bajo que le habia faltado 
una ene, le contestó también por lo bajo: «Aho- 
ra va», y cantó inmediatamente: Frantres. 

Paso porque cardero sea «el que hace car- 
das», pero también lo será el que las vende, y 
también el burro amigo de los cardos, y aun el 
académico á quien le gusten. De tirar de la 
cuerda de las palabras innecesarias es preciso 
tirar para todos. Convengo también en que 
CARDINAL «principal, fundamental» proceda «de! 
latín cardinalis»; pero, y cardinalis ¿de dónde 
procede? ¿Por qué no ha dicho el etimologista 
que es de cardo, cardinis, quicio, fundamento? 
Unas veces muchos pelos y señales innecesa- 
rios, y otras, como ahora, que hacía falta algo 
más, pararse en la primera palabra de donde la 
muestra ha sido traducida. 



FE DE ERRATAS. I5 

No quiero entrar en la definición de cardo, 
que es muy larga, porque seguramente al con- 
cluir el análisis me habían de aplicar los aca- 
démicos la frase final, diciéndome que soy «más 
áspero que un cardo». Sin razón ni justicia, cier- 
tamente, pues la verdad es que, para lo que 
merecen, no dejo de tratarles con indulgencia 
y algunas veces hasta con mimo. ¿Qué les diría 
si así no fuera, cuando embalumban el Diccio- 
nario con palabras como carduzador, cardume 
y cardumen? ¿Qué les diría cuando advierten 
que el verbo carear, en la acepción de inclinar 
ó dirigir el ganado hacia alguna parte, U. (úsa- 
se) entre pastores?... Naturalmente; entre pas- 
tores se ha de usar ese verbo más que entre 
carpinteros, pero acaso los que no son pastores 
no puedan usarle... Si va cuajando eso de po- 
ner al fin de la definición de una palabra quién 
la usa más, preparémonos para ver pronto al 
final de la definición del disparate, la coletilla 
de «U. entre académicos.» 

Cualquiera creería que en la definición del 
adjetivo careto no iban á tropezar los esplen- 
dorosos. Y sin embargo... dicen que «dícese del 
caballo ó yegua que tiene un cuadrilongo de 
pelos blancos extendidos por toda la longitud 
de su frente y cara, y por casi toda su latitud.» 
Donde no se sabría qué admirar más, entre lo 
del cuadrilongo , que impide llamar careto al 
caballo cuya mancha blanca sea elíptica, por 
ejemplo, y lo de *casi toda la latitud», que hace 



l6 FE DE ERRATAS. 

que un caballo no sea careto cuando falte el 
casi, es decir, cuando más lo sea... no se sabría, 
digo, qué admirar más, si no hubiera aquello 
de que los pelos blancos han de estar extendi- 
dos, que es de todo ello lo más admirable. 

Como que á su lado parece nada aquello 
otro de que la carga, medida de granos, «en 
unas partes es de cuatro fanegas y en otras de 
tres». Lo cual sería un gran descubrimiento 
para los caneleros {palabra que falta) cuya ga- 
nancia había de ser considerable y segura, yen- 
do á vender á esas partes donde la carga tiene 
solo tres fanegas la cebada que compraran 
donde tiene cuatro, si no fuera que esas cargas 
de tres fanegas no deben pasar más que en el 
número 26 de la calle de Valverde; y en una 
casa sola, por más que haya afición, nunca 
puede ser grande el consumo. 

¿Y quién les habrá dicho á los académicos 
que echarse con la carga es enfadarse? Precisa- 
mente es todo lo contrario (i). Por cierto que 
mejor hicieran esos señores en echarse con la 
carga de estas censuras, que no en enfadarse y 
desatinar como desatinan. Porque después de 



(i^ Para defender los académicos el desatino de que echarse con 
la carga es enfadarse, citaron este pasaje de La picara Justina: 

<Y si Dios y el padre no me remedian por otra via, pienso echarme 
con la carga.» 

Pero pedazos de... académicos, ¿de dónde sacan ustedes que esc 
pienso echarme con la carga, quiera decir: pienso enfadarme? ¿Lo han 
conocido ustedes ea el olor quizá? ¿Por qué no ha de querer decir, 
pienso resignarme ó aguantarme, que es lo que efectivamente dice? 



FE DE ERRATAS. I7 

haber omitido el refrán que dice tbollo de mon- 
ja, carga de trigo», que quiere decir que suelen 
salir caros los regalos de los pobres, refrán que 
no se halla tampoco en ninguno de los artículos 
de TRIGO, MONJA ni BOLLO, y después de haber 
dicho que cargadas es un juego en el cual el 
que no hace baza es bolo, juego á que por lo 
visto nadie juega en España más que los aca- 
démicos, que además no hacen baza nunca, y 
que cargareme es recibo ó resguardo, lo cual no 
es verdad, porque el resguardo se llama res- 
guardo y el recibo recibo, y que cargo es «en 
los contornos de Madrid cierta cantidad de pie- 
dra», y que carguío es «cantidad de géneros ú 
otras cosas. ..y> lo mejor es echarse con la carga. 

Y no decir que «la cariátide es una estatua 
en figura de mujer vestida de una ropa talar 
llamada estola, que introdujeron algunos arqui- 
tectos de la Grecia...» Donde á más de sobrar 
lo de que la ropa se llama estola, que en la pa- 
labra estola, podría decirse, parece que lo que 
introdujeron algunos arquitectos de la Grecia 
fué la ropa talar y no la cariátide. Y luego, 
aquello de los arquitectos de la Grecia obliga á 
recordar al protagonista de Un maestro de baile, 
que escribe «Señor de boticario: Mande usted 
por la dadora dos cuartos de los polvos ds la 
trianesia*. 

Pero más es decir que la caridad es «r¿. 
fresco de vino, pan y queso ó de otras comidas». 
¡Vaya una manera de refrescar que usan los 

TOMO II. 2 



l8 FE DE ERRATAS. 

señores académicos! No es extraño que luego 
se les suban las definiciones á la cabeza y no 
den pie con bola (i). 

En cambio, omiten la acepción castellana de 
CARIDAD, en que significa el pan que por corrida 
vecinal se lleva á la iglesia para que lo bendiga 
el sacerdote antes del ofertorio y se reparta 
luego entre los fieles. 

¡Cómo va uno ni para qué á tener caridad 
con quien no sabe lo que significa! 



(i) Tratando de defender esta tontería dijeron los académicos por 
medio del Quintüius que una de las acepciones de la palabra refresco 
es comida, ó sea «alimento moderado que se toma para fortalecerse 
(para lo que se toman todos los alimentos) y continuar el trabajo* 
«Y por si Escalada no lo sabe, añadían, vea la historia de Méjico por 
Gomara y lea en el capítulo 2.°: «donde se proveyeron de refresco y 
comida suñcienie...» Basta; ya se ve que la autoridad prueba lo con- 
trario de lo que quieren probar los académicos, pues si el refresco 
fuera comida, no diría que se proveyeron de refresco y comida. ¡Qué 
brutus es este Quintilius, y qué tonii y que majaderi son sus amos! 



XXVII 




AMOS á asistir á una sesión de la 
Academia: á la del 15 de Diciembre 
de 1881. 

Es jueves, por supuesto, y es de 
noche, hora en que ordinariamente se fraguan 
los crímenes y los Diccionarios, por aquello de 
q2ii male agit odit liicem. 
Van á dar las nueve. 

El Sr. D. Manuel Tamayo, secretario é in- 
quilino de la casa, está sentado al amor de la 
-umbre, sin ánimo de sentarse al amor del agua, 
aun cuando para ello tiene autorización de la 
Academia. Espera á sus compañeros entreteni- 
do probablemente en escandalizarse de la de- 
fección de los condes de Orgaz y de Canga y 
Je otros carlistas que, por la trampa de la 



20 FE DE ERRATAS. 

Unión Católica, se han pasado al campo alfon- 
sino, y ni aun imagina que antes de tres años 
hade ser jefe déla Biblioteca Nacional y del 
cuerpo de archiveros por un nombramiento que 
extienda Pidal y firme D. Alfonso. 
Así es el mundo... y la Academia. 
Por cuya puerta entra en este momento un 
académico muy cano, delgado por abajo y por 
arriba y gordo por el medio, de modo que pa- 
rece una oveja puesta de pies. Viene de comer 
de casa de un marqués cualquiera, de donde le 
tocaba por turno; sube los escalones del esta- 
blecimiento, entra en el salón y saluda y es 
saludado en esta forma: 

—¡Hola, Manolo! 

— Buenas noches, tocayo. 

— ¿Cómo lo pasas? 

— Bien, ¿y tú? 

— Bien. ¿Todavía no ha venido nadie? 

— Nadie... mas que tú... pero ahora creo que 
sube otro... es el general... 

— Buenas noches, mi general. 

— Buenas noches... et cetera. 
Diez minutos después había ya catorce 6 
quince académicos en la sala, y todavía entraba 
un vejete asmático diciendo por entregas: 

— «¡Qué... no... che... tan... frí... a! A... no... 
ser... por... e... sa... ton .. te... rí... a... de... 
no... pa... gar... a... sis... ten... cias... al... que. . 
no., as... is... te... no... me... hu... bie > 
mo... vi... do... yo... de... mi .. ca... sa. 



VE DE ERRA'; AS. 21 

— Ni yo — murmuró otro que entraba en aquel 
momento. 

—Ni nadie — añadió con amargo pesimismo 
desde su sillón otro de los más francos. 

— La verdad es — replicó otro — que el cobro 
de las asistencias nos tienta á venir, pero no nos 
decide á trabajar, y el Diccionario sigue por 
hacer. Va para once años que se le dio princi- 
pio y estamos en la C todavía. 

— Biienaz nochez, zeñorez — dijo otro académi- 
co entrando y paseando por el salón una mirada 
oblicua. 

— Bien venido, Sr. D. x\ntonio. 

— De qué ze trata. 

— Del Diccionario, como siempre. 

— Puez yo poco lez podré alindar á iiztedez, 
porque me ze figura que Zagazta va á caer y voy 
á tenel que hacer el zacrificio de volver á la Pre- 
cidencia del Concejo. 

— Si es por eso, nos alegraríamos — dijeron á 
coro Arnao, Catalina, Cañete, D. Aureliano, 
Molins, Casa- Valencia y otro montón de con- 
servadores. 

— Ya te lo dirán de misas — refunfuñó en fu- 
sionista D, Gaspar Núñez de Arce. 

— ¡Ea! ¿Se trabaja ó no se trabaja? 

— A trabajar — contestaron varios á la inte- 
rrogación del conde de Cheste. 

— Yo traigo una palabra nueva — dijo Cañete 
sacando una papeleta del bolsillo: — ¿á cómo se 
pagan, á peseta ó á duro? 



22 FE DE ERRATAS. 

— Siendo tuya, que te den dos reales — le con - 
testó Gabino Tejado. 

— Mía precisamente no es: me la han enviado 
de América. Ahí va. 

El Secretario (leyendo): «carincho...» 

El Sr. CampoainoY (interrumpiendo): »¿Ca- 
rin... qué?» 

El Sr. Cañete (un tanto picado): «Hay algu- 
nos que, sobre no contribuir con nada para el 
Diccionario , ni hacer jamás una definición, 
vienen aquí á distraer á los demás con sus gra- 
cias y á burlarse de los que trabajamos. 

El Secretario (otra vez leyendo): 

«CARINCHO, m. (sustantivo masculino). Pota- 
je que se usa en América...» 

El Sr. Campoamor (otra vez interrumpien- 
do): ¿Y con qué se come? 

Risas. Una voz de las graves: Sr. D. Ramón, 
déjese de bromas. ' 

Tercer intento de lectura por el secretario: 

«CARINCHO, m. Potaje que se usa en Améri- 
ca, compuesto de patatas cocidas y enteras, pe- 
ladas 6 sin pelar, de carne de res, carnero 6 ga- 
llina, y de salsa con aji.» 

Ji, ji, ji... (El sentido común que se ha reído 
desde afuera.) 

El Secretario (hablando): ¿Se acuerda la in - 
troducción de la palabra? 
— Sí. — Sí. — Sí. — Zí. — Sí..., etc. 

El Secretario: Queda acordada. ¿Se aprueba 
la definición? 



FE DE ERRATAS. 23 

— Sí. — Zí. — Sí. — Sí. — Sí, y así sucesivamente. 

El Secretario. — Queda aprobada. 

D. Ramón de Campoamor (para sus aden- 
tros): Pues señor, de buena gana me reiría de 
esa definición; porque ni á ese «compuesto de 
patatas cocidas y enteras peladas ó sin pelan 
se le puede dar el nombre de potaje, ni la sin- 
taxis, que da á entender que las patatas peladas 
ó sin pelar son de carne de res, es pasadera, ni 
lo de la carne de res, carnero 6 gallina, como si 
el camero no fuera res ó la gallina lo fuera, 
puede pasar por menos que por un disparate; 
pero visto que á esta gente no la gustan las bro- 
mas, voy á hacerme un poco de violencia y no 
me reiré aquí de la definición para reírme des- 
pués allá afuera, cuando se ría de ella todo el 
mundo. Porque seguramente no ha de faltar 
quien se burle del artículo del Carincho, recor- 
dando á los autores que el carnero es una res 
lanar, según la misma Academia dice; y, por 
consiguiente, decir «carne de res, carnero ó ga- 
llina», es una barbaridad completa. Aparte de 
la salsa de aji y de aquello de que las patatas 
cocidas y enteras pueden ser peladas ó sin pe- 
lar, lo cual apuesto á que ha de ser\-ir de moti- 
vo para que alguien compare estas patatas con 
los disparates académicos, que también pueden 
ser sin pelar y pelados. 

El Secretario: «Oigan ustedes las variantes 
que un señor académico...» 

El Sr. Cánovas'. Diga uzté que zoy yo. 



24 FE DE ERRATAS. 

El Secretario: Oigan ustedes las variantes 
que el vSr. Cánovas propone en la definición del 
CARIÑO. En la edición anterior se dice: «cari- 
ño, m. Amor, benevolencia, afecto.» Para esta 
edición se propone: «cariño, (de caro, amado, 
querido) m. Afecto, voluntad, amor. 

D. Ramón (sin poderse contener): Si no fue- 
ra por la sustitución de la benevolencia con la 
voluntad, diría á ustedes que el orden de los fac- 
tores no altera el producto. 

Uno de los más necios: Decir chistes no es 
hacer definiciones. 

El Sr. Campoamor (por lo bajo): Pues me 
callo. Y no les digo que confundir el cariño con 
la volufitad es una tontería monstruosa. ¡Y pen- 
sar que mi pobre paisano Fray Zeferino (con 
Zeda) pone entre los filósofos á Cánovas! 

El Secretario: Otra variante. La edición un- 
décima pone por acepción segunda: «La señal 
ó expresión de amor: comunmente se usa en pin- 
ral.y» Para esta edición se propone: «Fig. expre- 
sión de aquellos sentimientos» sin suprimir lo 
del plural. ¿Se aprueba la definición? 

— Zí, sí, sí... 
El Secretario: Queda aprobada. 

— Yo tengo otra palabra nueva — dijo D. Vi- 
cente Barrantes. 

— Venga. — Que se diga. — ¿A ver? 

— Pues es la palabra caritan... 

— ¿Con qué ze come ezo? 

— No es cosa de comer. 



FE DE ERRATAS. 25 

— Ya lo zuponla yo. Zi lo fuera no hubiera 
llegado hazta nozotroz. ¿Pero qué ez? 

— «cARiTA-->í. m. Colector de la tuba en Fili- 
pinas». 

— ¿Y qué ez la tuba? ¿La zeñora del tubo? 

— Será la trompeta del juicio, la tuba mirum 
sparget sonum del Dies illa — dijo devotamente 
el Sr. Arnao. 

— No; será la raiz del apellido Ttibau, digo 
yo — repuso D. Víctor Balaguer. 

— Tampoco — dijo el inventor. — La tuba es 
otra palabra nueva, no menos filipina, que ten- 
dré el honor de presentar á su tiempo. Mas por 
ahora básteles á ustedes saber que es una espe- 
cie de licor filipino avinagrado, muy poco agra- 
dable. 

El Secretario: Bueno. ¿Se aprueba el Cari- 
tan, colector de la tuba? 

— Sí, zí, sí, sí, sí — Castellano no es, pero en- 
tre puntos filipinos... que pase. Donde estuvo 
el grodetur... 

El 'Secretario: Aprobado. Para la palabra 
CARIZ se propone la nueva definición siguiente: 
«cÁRiz (de cara) m. Aspecto de la atmósfe* 
ra. újig' y /am. (figurado y familiar). Aspecto 
que presenta un asunto ó negocio, y en espe- 
cial cuando es desfavorable.»— ¿Se aprueba? — 
Zí, sí, si. 

El sentido común (por una ventana): ¿Y la 
acepción de «aspecto de la atmósfera» no es figu- 
rada? Tan figurada por lo menos como la de 



26 FE DE ERRATAS. 

aspecto de un asunto: porque, según les ha di- 
cho á ustedes el P. Fita, cariz viene de cara, y 
ni el asunto ni la atmósfera la tienen. La única 
acepción no figurada del cariz, la natural, que 
es la de aspecto de una persona, y en especial, 
cuando es desfavorable , la omiten ustedes. De 
suerte que, si la de ustedes valiera, no se podría 
decir «hombre de mal cariz.» ¡Qué más quisiera 
Cánovas! 

El Secretario: Carian y carlanía dice la edi- 
ción antecedente que «se usan en algunas partes 
de la antigua corona de Aragón...» 

— Yo no los conozco. — Yo tampoco. — Ni yo. 
— Ni yo... 

— Los dejamos seguir? 

• — Dejarlos que sigan. 

El Secretario (leyendo por la edición undéci- 
ma): «CARLANCA, f. Collar ancho de hierro», etcé- 
tera. «CARLANCÓN, m. El astuto que tiene mu- 
chas carlancas.» ¿Lo dejamos así? 

— Dejarlo. 

— O si no, añadir al carlancón la carlancona, 
poner en lugar de el astuto, persona astuta, y 
dejar la carlanca. 

Diálogo entre el león y el castillo de las ar- 
mas de España que presiden aquello. 

— En mi reino se dice carranca. 

— Y en el mío también, y es mucho más fácil 
de pronunciar. 

— Y hay autoridades confirmatorias tan irre- 
fragables como la de mi vasalla La Pícara 



FE DE ERRATAS. 27 

jfustitia , que emplea el adjetivo carrancudo. 

— Y la de Pereda, que es académico corres- 
pondiente, con más autoridad que casi todos 
los de número, y escribe carrancas. 

— Y e itonces, ¿en nombre de quién legislan 
éstos? 

— Ve:e á saber... En nombre de Prats de 
Llusaiiás ó de Arrigorriaga. 

— ¿Protestamos? 

— ¿Para qué? Si al fin nadie ha de hacer case- 
de sus definiciones. 

OtrsLvez el Secrefario:*c.\RLi::iGA. í.Mar. (ma- 
rina). Hembra ó hueco cuadrado...! 

— ¿Hembra ó hueco cuadrado? 

— Sí; bien está. ¿Pues no son sinónimos hem- 
bra y hueco? 

— Adelante... «carmín (de Quermes), m. Ma- 
teria...» 

— Hombre, eso me parece algo sucio. Mejor 
sería sustancia... 

— No crea tizté que ahí materia ez lo mizmo 
que poztema. No hemoz de zer tan materialez . 

— Bueno, otra acepción: <iEspecíe de rosa de 
pocas hojas, de muy subido color, que nace sin 
cultivo en los campos.» 

— Lo de la especie me parece bien, porque 
eso de llamar especie al individuo es tradicio- 
nal en la casa; pero yo quitaría eso de que nace 
sin cultivo en los campos. 

— ¿Por qué, D. Gaspar? 

— Porque va á decir- alguno que esa especie 



28 FE DE ERRATAS. 

de rosa se parece á los académicos, que tam- 
bién nacemos sin cultivo. 

El Secretario: El artículo de la carne, en 1? 
undécima edición, es muy largo, y aun creo que 
muy malo; si á ustedes les parece podemos sal- 
tarle hoy, y nombrar una comisión que le estu- 
die para otro día. 

— Bueno; yo la prezidiré — dijo D. Antonici 
— y que me ze azozien loz que quieran. 

— Así el nuevo artículo será peor, de seguro. 

El Secretario: «carnecería, lo mismo quo 
carnicería». 

D. Ramón: Pues me parece una tontería. 

D. Aureliano: ¿Para eso se ha despertado 
usted? 

D. Gaspar: Opino lo mismo que el Sr. Cam- 
poamor. 

El Sr. Tejado t Y yo también; eso debe qui- 
tarse. 

— No, señor — dijo con aire de mal genio Don 
Aureliano, — porque han de saber ustedes que 
Pancracio García, escritor oscuro del siglo XVII, 
escribió carnecería una vez, y habiendo autori- 
dad, hay que sostener la palabra. A más de que 
mejor dicho está carnecería que carnicería, por- 
que viene de carne. 

— Es claro; entonces también hay que decir 

chorizoría, salchicharía, cerarta, abanicoría y 

libroría, porque vienen de chorizo, salchicha, 

cera, abanico y libro. 

— Eso es salirse de la cuestión — dice D. Au- 



FE DE ERRATAS. 29 

reliano muy incomodado, — y yo quiero que 
quede la carnecería. 
— Pues que quede. 

El Secretario: «carnereamiento, m. Pena 
que se lleva por entrar los carneros en alguna 
parte á hacer daño». 

Gahino Tejado: No veo ni la filosofía ni la 
necesidad de la palabra; pero si se pone, pro- 
pongo que cuando lleguemos á la O, se ponga 
también la palabra ovejeamiento, para cuando 
xas que entran á hacer daño sean ovejas. 

^uan Valera: Muy bien. Y establecido el 
precedente, no faltará quien pida la inclusión de 
otra palabra: academiqíieamiento , para cuando 
seamos los académicos los que hagamos el daño . 

D. Aureliano: Echando las cosas á broma 
ao se puede hacer nada. 

jfuan Valera: Pero diga, D. Aureliano; eso 
del carnereayniento, ¿lo dijo también Pancracio 
García? 

D. Aureliano (con creciente mal humor): 
No, señor; pero se halla en las sinodales, digo, 
en las ordenanzas concejiles de un lugar de 
Aragón, que no me acuerdo cómo se llama. 

El Secretario: «carnerear. Llevar la pena de 
los cameros que entran en alguna parte á ha- 
cer daño», (i) 



(i) En defensa, de esta majadería baa hecho los académicos, por 
medio del QuintilUts, otra mayor, la de citar como autoridad estas pa- 
labras de las Ordenanzas de la ciudad de Tarazona: «Y así mismo es- 
tatuymos y ordenamos que aunque en cada rebaño no vayan sino 



30 FE DE ERRATAS. 

Fausto Villahrille (correspondiente : Hom- 
bre, carnerear es hacer el carnero, altercar sin 
razón, porfiar neciamente, hacer tonterías. A 
lo menos en León... 

Núñez de Arce: Sí, es verdad, y en tierra de 
Toro. 

Tejado: Y en Extremadura, donde, como en 
León y en Castilla, tiene aun otra acepción ese 
verbo: la que se le da en esta frase que se apli- 
ca á la muerte: «lo mismo carnerea que borre - 
guea», para dar á entender que lo mismo mata 
á los viejos que á los jóvenes. 

Cañete: Pues no importa: cuando lo pusie- 
ron así en la edición anterior, por algo lo pon- 
drían, y así se queda. 

El Secretario (leyendo): «carnero, m. Lugar 
donde se echan los cuerpos de los difuntos». 

Villahrille: Señores, quiten ustedes esa acep- 
ción ó pónganla siquiera una nota de anticuada 
ó de provincial, si es que es provincial de algu- 
na parte. 
— No, señor. 



veinte reses, se puedan carnerear y llevar las fcnas arno.-v dichas». 
Claro es que las o rdenanzas de un pueblo, y de un pueblo de Aragón, 
no son autoridad; pero aunque lo fueran ¿se deduciría de este período 
que carnerear sea llevar las penas porque vaya esta frase á continua- 
ción de aquel verbo y unida por una conjunción copulativa? Se nece- 
sita ser académico para discurrir asi... De modo que si los académi- 
cos se encuentran con un texto de Fray Luis de Granada que diga 
que Judas, «acercándose & Cristo le besó y le entregó Á sus CHrmigos»,b 
que los sayones en el Calvario >le desnudaron y le clavaron en la crux», 
sonTcapaces de definir que^desnudar es clavar á uno en la crut, 6 que 
besar es entregar á uno á sus enemigos. 



FE DE ERRATAS. 3I 

— ¿Por qué? 

— Porque así está en la edición precedente. 

— Aquí tengo una palabra nueva — dijo el her- 
mano de D. Aureliano. 

— ¿Cuál es? 

— *Carpeño, ña, adj. Natural del Carpió, ú. 
t. c. s. Perteneciente á esta villa.» 

El Secretario: ¿Nadie tiene que hacer nin- 
guna observación? 

Silencio general. Tres 6 cuatro académicos 
para sus capas: Sobre que nada se adelanta con 
hacerlas... 

El Secretario: Queda aceptado el carpeño. 
Ruidosa y acalorada disputa en el mapa de 
España que adorna la pared. 

— Eso de carpeño es para mí y para mis hijos 
— decía una villa en la provincia de Valladolid, 
partido de Medina del Campo. 

— No, señora, que es para mí — replicaba otra 
villa de la provincia de Córdoba, partido de 
Bujalance. 

— Ustedes perdonen, pero es para mí — decia 
otra villa sentada á la margen del Tajo, en el 
partido de Torrijos, provincia de Toledo. 

— ¿Y por qué no ha de ser para mí? — ¿Y por 
qué no para mí? — gritaban otros dos pueblos, 
uno junto á Ciudad- Rodrigo y otro cerca de 
Alba de Termes, en la provincia de Salamanca. 
— Un cuerno para todos ustedes; que lo de 
carpeño es para mí — decía otro pueblo de la 
provincia de Avila, en el partido de Piedrahita. 



32 KE DE ERRATAS. 

— No; el cuerno que sea para los académicos, 
y callaos vosotros y no disputeis — dijo á los 
pueblos el león de las armas. — No hagáis caso 
de esos mentecatos que ponen •Carpeño, el na- 
tural del Carpió» y • perteneciente á esta villa», 
como si no hubiera más que una, cuándo sois 
tres villas y tres lugares en España los que te- 
neis ese mismo nombre. Aparte de la majade- 
ría de poner adjetivo para los naturales de una 
villa de mala muerte y dejar sin él á muchas 
ciudades y hasta capitales de provincia, pues 
no hay en el Diccionario ni badajocés ó ba- 
dajocense, ni ORENSANO, ni URGELENSE, ní 
TAFALLÉS, ni BAEZANO, ni OSUNÉS Ú OSUNENSE, 

etcétera, etc. 

No hagáis caso de esos ignorantes. 

— Vaya, dejémozlo j^a — dijo D. Antonio — que 
yo tengo que ir á dar una vuelta por el teatro 
Real, donde probablemente habrá algo que me 
intereze. 

Algunos académicos se sonrieron á hurtadi- 
llas de la presunción ridicula del buen D. An- 
tonio. 

— Usted siempre tan rompecorazones — le dijo 
Campoamor. 

— Eza voz no ez legítima. 

— ¿Y por qué no ha de serlo, si es racional y 
expresa perfectamente una idea? 

— Puez no ze pondrá en el Diccionario por- 
que... no. 

-—Pues... que no se ponga; pero seguirá usan 



FE DE ERRATAS. 33 

dose mucho más que el cartt^reamiento de us- 
tedes. 

Y se levantó la sesión. 

— Adiós, Tamayo. 

— Adiós, señores. 

— ¡Ah! ¿Quién ha hecho el suelto de La Cor- 
respondencia? 

— Aquí le llevo yo, dijo Luis Fernández. 

— ¿A ver? Léale usted. 
• Anoche, como todos los jueves, celebró se- 
sión la Real Academia Española, bajo la pre- 
sidencia del conde de Cheste, con asistencia de 
veinticinco señores académicos, y por cierto 
que ha sido una de las más importantes. 

Presentaron varias papaletas para el nuevo 
Diccionario, algunas de ellas con voces nuevas, 
los señores Cañete, Barrantes, Fernández Gue- 
rra (D, Aureliano y D. Luis), Menéndez Pela- 
yo y Catalina. En la discusión de estas pape- 
letas, presentadas por tan doctos académicos, 
terciaron el Sr. Cánovas con su inmensa erudi- 
ción, el señor marqués de Molíns, el Sr. Amao, 
el Sr. Madrazo y otros hablistas no menos dis- 
tinguidos. 

Al fin de la sesión se leyeron y fueron oídas 
con gusto noticias tan favorables de América 
como la de que el gobierno de la república de 
Honduras ha declarado obligatorio el uso ofi- 
cial de la Gramática y el Diccionario de la 
Academia Española.» 

— Está bien: que se publique. 

TOMO 11. 3 



34 FE DE ERRATAS. 

Y á la mañana siguiente se publicaba en La 
Correspondencia. 

De esta manera y con toda esta solemnidad 
nos echan los académicos á perder el idioma. 

¡Y ya si lo hicieran de balde... mal y no 
tanto! 

Pero lo más triste de todo es que cada una 
de esas sesiones, consagradas exclusivamente á 
cultivar el desatino, le cuesta al país un montón 
de dinero. 

¿A la preinserta asistieron veinticinco aca- 
démicos? Pues nos costó veinticinco centines, ó 
sean ciento veinticinco duros. 

Repartidos éstos entre las doce definiciones 
disparatadas, fruto de la sesión, resulta que nos 
sale á más de diez duros el disparate. 

¿Verdad que son demasiado caros? 



XXVIII 




ENGO que advertir hoy, en primer lu- 
gar, á los sabios de á tres y de cinco 
duros semanales (porque parece que 
hay académicos de varios precios), 
que el verbo carpirse significa quejarse, lamen- 
tarse, dolerse, y no reñir, pelear ni arañar, como 
ellos dicen. Sobre lo cual no vale salir citando 
alguna autoridad más ó menos oscura y discu- 
tible, sino preguntar en León, Asturias y San- 
tander, que es donde más se usa. 

En segundo lugar, les diré que la definición 
que dan de la carquexia me parece que no pue- 
de pasar no siendo entre académicos de los de 
á tres duros, ó, como si dijéramos, del perro 
chico. Véase la clase: ^Carquexia {sin etimolo- 



qS FE DE ERRATAS. 

gía), f. hierba medicinal, especie de retama de 
la cual hay varias especiesr». ¡Especie... de la 
cual hay varias especies! ¡Qué limpieza, qué 
Jijeza y qué esplendor de lenguaje! 

Una vez el buen Don Pedro José Pidal, que 
también fué académico, dijo pronunciando un 
discurso en las Cortes: «Esu lu tengu yo apun- 
tadu en mis apuntes». Y es fama que entre los 
leones de piedra que había entonces á la puerta 
del Congreso se cruzó este diálogo: 

—¡Apuntado en mis apuntes!... 
¡Jesús! ¿Quién habla tan mal? 
—Don Pedro José Pidal. 
Y otra vez no lo preguntes. 

Si á la puerta de la Academia llega á haber 
leones, aunque hubieran sido de piedra, cuando 
escribieron los académicos eso de las especies 
de la especie, creo que, sin entretenerme en 
murmurar, no se hubieran contentado con me- 
nos que con entrar y merendárselos. 

Todo esto aparte de que la carquexia, como 
ellos -dicen en antigua fabla, ó la carquesa 
como se dice hoy, no es retama, ni especie, ni 
individuo de retama, ni tiene con la retama 
otro parentesco que el que puedan tener, po. 
ejemplo, la salvia ó el tomillo, de los cuales no 
dicen los académicos que sean especie de retama, 
sino género de planta, y mata pequeña xespecU 
vamente. 



FE DE ERRATAS. 37 

No andan más afortunados los limpiabo... 
cabios nacionales en el artículo de la carraca, 
pues le comienzan callándose la etimología y 
poniendo como primera acepción la que debía 
ser la última; le continúan hablando en segun- 
do lugar del conocido instrumento de ruido, 
que merecía el primero ; ponen luego otra ter- 
cera definición inútil, porque el instrumento 
que definen es el mismo definido en la anterior, 
sin otra diferencia que la de tamaño, y conclu- 
yen diciendo que actualmente ha quedado (¡bue- 
na construcción!) como nombre propio del asti- 
llero de Cádiz», por no decir del arsenal, que es 
lo que se llama así, y sin decir una palabra de 
la CARRACA de los estudiantes, la provisión que 
cada semana se les lleva al estudio. 

Verdad es que aun la definición de la carra- 
ca, en su sentido propio y natural, es pobre y 
defectuosa, pues no dice más sino que es tins- 
trumento de madera de que usan en las igle- 
sias para llamar á los oficios divinos en los días 
de Semana Santa en que no se tocan las cam- 
panas», y luego dos rayitas verticales y «el mis- 
mo instrumento pequeño... que tocan los mu- 
chachos al concluirse las tinieblas en dichos 
días», como si por ser pequeño y tocarle los mu- 
chachos necesitara nueva definición; pero sin 
decir ni en una ni en otra en qué consiste el 
instrumento, cómo es, ni indicar siquiera que 
es para hacer ruido, y que le hace por medio ds 
una lengüeta que va saltando sobre los escalo- 



38 FE DE ERRATAS. 

nes de una rueda dentada. ¿Es que los acadé- 
micos no han visto una carraca en toda su 
vida? Que las dos docenas de académicos acti- 
vos son las dos docenas de españoles más atra- 
sados de noticias, y, sobre todo, de noticias del 
idioma, tiempo hace ya que es cosa puesta 
fuera de toda duda; pero que su atraso llegara 
á no haber visto carracas, aun después di-, 
averiguado que no han visto tejas, parece in- 
creíble. 

Y, sin embargo, debe ser cierto; porque lue- 
go, al ir los académicos á la M y encontrarse 
allí con la matraca, que es otro instrumento 
que también se usa para hacer ruido en las ti- 
nieblas, y que tampoco han visto nunca, creen 
que es el mismo, y hacen á las dos palabras si- 
nónimas, diciendo: «matraca (áeZ árabe mitracat 
martillo) f. carraca 2.* y 3.^ acepciones», ¿Qué 
ha de ser carraca la matraca, pobres diablos? 
¿No les dice á ustedes el P. Fita, en la etimolo 
gía de matraca, que viene de martillo'? ¿Qué 
tiene que ver, ni qué parecido tiene un martillo 
con una rueda dentada? No, ...lumbreras, no; 
la matraca no es una carraca: es otro instru 
mentó completamente distinto, en el que el rui- 
do le produce un mazo que, girando sobre un 
eje hasta describir media circunferencia, gol- 
pea alternativamente los dos extremos de una 
tabla. 

Y aun cuando figuradamente se suele llamar 
carraca á todo lo que mete mucho ruido y no 



FE DE KRRATAS. 39 

-■"rve, como, por ejemplo, la Academia, á la 
:r. atraca no se la puede llamar así, porque es 
otro instrumento de la misma índole, y no cabe 
aplicar la figura. 

Basta de carraca por hoy y de dar matraca 
á los señores, y vamos á la palabra que sigue 
casi inmediatamente á la primera de éstas, que 
es CARRAL, de la que dicen los académicos que 
es tbarril ó tonel», dos disparates en una pieza; 
porque la carral no es barril ni tonel, sino 
cuba pequeña, de cabida de unas veinte cánta- 
ras como mínimum, y unas treinta ó poco más 
como máximum, y de tamaño á propósito para 
llevarla en un carro de modo que constituya 
toda ó casi toda su carga. Si lleva mucho me- 
nos de veinte cántaras, ya no se llama carral, 
sino carraleja, otra palabra en que tropiezan 
y disparatan los académicos, pues á pesar de 
haberles dicho el P. Fita que viene de carral, 
no dicen que es carral pequeña, sino cantárida 
(coleóptero), aun cuando esta acepción es pu- 
ramente figurada y de semejanza. Si la cuba 
lleva mucho más de treinta cántaras, tampoco 
es ya carral, sino simplemente cuba, porque ya 
no es fácil llevarla en un carro de los antiguos, 
circunstancia precisa de donde la vino el nom- 
bre, pues en las escrituras del monasterio de 
Sahagún (siglos X, XI y XII) se usa la palabra 
carral como adjetivo aplicado á la cuba que se 
podía llevar en carro, cuba carral, por contra- 
posición á cuba grande. Pero de ninguna ma- 



40 FE DE ERRATAS. 

ñera puede decirse que la carral es barril ni to- 
nel, porque el barril es de barro, y aunque por 
extensión y semejanza se dé ese nombre á al- 
gunos cubetos de madera, como á los de la hari- 
na, á los del escabeche y á los de las ostras, 
nunca se ha dado á las carrales; y el tonel, en 
su genuína significación, no tiene más que un 
témpano que le sirve de fondo, de suerte que 
no vive horizontalraente como las carrales, sino 
verticalmente. 

Por eso se dijo aquello de 

«y la copa en que bebía 
parecía un gran tonel», 

mientras que á nadie le ha ocurrido comparar 
una copa con una carral ni con una cuba. 

Y ahora, para concluir y para que los aca- 
démicos no crean que les tengo mala voluntad» 
les voy á brindar con una copa, ó aunque sea 
con un barril de carraspada... ¿Que no saben 
ustedes qué es esto, ilustrados lectores? Yo lo 
creo que no lo saben. Ni los académicos tam- 
poco; pero lo encontraron ahí, y ahí lo dejan, 
diciendo que es «f. Bebida compuesta de vino 
tinto aguado (como si dijéramos de vino acadé- 
mico) ó del pie de este vino (¿y cómo es el pie 
del vino aguado?) con miel y especias.» 

Que aproveche, y hasta otro día. 



XXIX 




AscuNO de los cativos escritores de 
cartapeles de la cal de la igreja del 
Paracleto, que no están en carrera 
de salvación, debía ser damnado á 
carrejar con grant festinación catalufas, dor- 
miendo en carriola de carvallo foras cas, sin ir 
en cartolas, ni divertirse haciendo carrerilla, ni 
comer otra cosa que casave, ni jugar más que á 
la cascarela. 

No lo entienden ustedes, ¿eh? Pues ahí don- 
de ustedes lo ven es lenguaje académico puro. 
Veamos de traducirlo en cristiano, para lo cual 
lo primero que hay que saber es que cascuno, 
según los académicos, no quiere decir lo perte- 
neciente al casco, sino cada uno, lo mismo que 



42 KE DE ERRATAS. 

ciascuno nllá en Florencia. Cativo, que también 
allá en Florencia es una palabra que quiere de- 
cir malo, es acá en Madrid una tontería (i) 
que, según el Diccionario, significa algo así 
como escrito de académico; es decir, tmalo, 
infeliz, desgraciado». Cartapel viene á ser una 
cosa así como Diccionario de la Academia ó 
número de La Correspondencia, puesto que, se- 
gún los académicos, quiere decir: tpapel que 
contiene cosas inútiles ó impertinentes». Cal no 
se crea que es el óxido de calcio, ó sea la cal 
propiamente dicha, que hasta poco hace defi- 
nían los académicos diciendo que era mna de 
las tierras más conocidas»; cal (2) es calle, é 



(i) Para defenderla citaron los académicos y Quintiliüi estos ver- 
sos del poema de Alejandro: 

«Nol priso en lleno, é ovo á deslayar, 
Cuentra el brazo diestro ovo allinnar. 
Encorvó el ombro por el golpe redrar, 
Ovo al cativo el medio cuerpo k tajar.» 
Con decir que gran parte de las palabras usadas en estos vcrs»s 
faltan en el Diccionario, que no tiene nol, ni ovo, ni deslayar, ni cuen- 
tra, ni allinnar, queda demostrado que ni los mismos académicon tie- 
nen el poema de Alejandro por castellano ni por autoridad. Ahora, 
que contra mi citan cualquier cosa los pobres. ¡Est&n tan rabiosos! 

(2) También esta cal han querido defenderla los Comeleranes, por- 
que, dice un personaje de una comedia de G&ngora; 
«Dos casas en cal de escobas 
En donde de aceite haces». 
Y también han querido defender la igrejn, porque Calderón, en tin 
auto, puso en boca de un rustico: «¿Dime, qué igreja es aquella?» Si 
los académicos del porvenir son tan majaderos como los de ahora, 
pondrán en el Diccionario apoteosis por sorpresa, y citarán como 
autoridad aquello que Ricardo Vega hace decir al portero dr 
frescachona: «Nun vuelvu de mi apoteosis.» 



FE DE ERRATAS. 43 

'■greja del Paracleto, la iglesia del Espíritu San- 
to, que está en la calle de Val verde, 

¿Y qué dirán ustedes que quiere decir estar 
en CARRERA de salvaciónl Pues, según el Diccio- 
nario de la Academia, esa es una frase que vale 
tanto como ttener ya asegurada su salvación 
las ániu-as del Purgatorio, en acabando de sa- 
tisfacer la pena debida por sus culpas». A uste- 
des les parecerá que ni eso es frase ni cosa q Je 
lo valga, y que, además de no ser frase, es un- 
tontería ó un montón de ellas, porque «tenerla 
asegurada su salvación en acabando^, es tenerla 
ya y no tenerla todavía; y, por otro lado, tenien- 
do las ánimas del Purgatorio asegurada ya su 
salvación, no pueden estar en carrera de ella, 
como no lo están, en efecto, pues no son ya 
lo que en teología se llama viadores. 

Y á propósito de carrera, tampoco se dice 
á carrera abierta para significar á todo correr, 
como aseguran los académicos: se dice á carre- 
ra TENDIDA. Así como ho se dice tampoco en- 
trar uno por carrera, en el sentido de «salir del 
error ó dictamen torcido en que estaba», sino 
ENTRAR EN CARRERA, Ó CU Vereda Ó BU rodcra. 

¿Y qué creen ustedes que es carrerilla! Pues 
los académicos dicen que es «en la danza espa- 
ñola (?) dos pasos cortos acelerados que se dan 
hacia adelante, inclinándose á uno ú otro ladoy». 
Pero ahora no me pregunten ustedes cuál es ó 
á qué llaman los académicos la danza española, 
porque ni yo sé á qué lado se inclinarán los 



44 FE DE ERRATAS. 

académicos, ni los académicos lo saben. ¡Po- 
bres académicos! Por no saber, ni siquiera sa- 
ben bailar, y eso que les puede hacer falta cual- 
quier día... El día, que no debe estar ya muy 
lejos, en que el público les grite: «¡que bailen!» 

Continuando la traducción, diré á ustedes, 
aunque me salga un poco del orden alfabético, 
que daninado es lo mismo que condenado, no 
en castellano, sino en latín y en académico, y 
que grant festinación viene á ser lo mismo que 
gran apresuramiento. Y volviendo al orden, 
¿qué creen ustedes que es carrejar! 

— Una tontería. 

— Bueno, eso sí; pero ¿qué dirán ustedes que 
dicen los académicos que es carrejar}... Pues 
dicen que es lo mismo que carrear, que de se- 
guro les parecerá á ustedes otra tontería, y lo 
será y todo; pero, en fin, los académicos dicen 
que carrear es acarrear, y, por consiguiente, 
carrejar también es acarrear, aunque no lo pa- 
rezca. 

¿Y car rióla? Garrióla dice el Diccionario que 
viene del italiano carriola, — lo cual no es ver- 
dad, porque no viene, sino que se queda en Ita- 
lia, — y que significa — supongo que en Italia— 
«cama pequeña ó tarima con ruedas», y también 
«carro pequeño con tres ruedas...» ó con una, lo 
mismo que acá; sólo que acá no se llama ni se 
puede llamar carriola, sino carrilla, palabra 
que, sin razón, omiten los académicos, tratando 
de sustituirla con la carretilla. Verdad es que 



FE DE ERRATAS. 45 

también omiten la palabra carreto, sin la cual 
no tiene fundamento el carretón, que no es 
más que un carreto grande. Por eso la defini- 
ción del CARRETÓN resulta absurda, pues en lu- 
gar de decir «Carreto grande», como podían y 
debían decir si hubieran definido antes el ca- 
rreto, tienen que decir: «carretón, carro pe- 
queño», y es absurdo comenzar llamando pe- 
queño á un aumentativo. 

Cariólas dicen los académicos que son arto- 
las, y tendrían razón si añadieran que eso es 
en vascuence {cartolac); pero ellos lo ponen así 
tan llano y plano, sin una mala nota de provin- 
cialismo, nota que tampoco pusieron en artolas, 
aunque es vocablo puramente provincial, así 
como el chisme que representa. 

Cierto es que, según hemos podido ya ob- 
servar en otras ocasiones, las notas de provin- 
cialismo no las quieren malgastar los académi- 
cos en las palabras que se usan en Olazagoitia 
y en Ulzurrun, sino que las reservan para las 
de León ó Salamanca. 

Y vamos al carvallo, que no se escribe así, 
sino carhallo, y que ponen los académicos pre- 
cedido de carvallar y carvalledo, diciendo que 
carvallar es carvalledo, y carvalledo es monte 
poblado de carvallos, y ^Carvallo: m. Especie de 
roble, aunque más pequeño...» ¿Más pequeño 
que qué? ¿Que el roble? ¡Un roble más peque- 
ño que el roble! ¿Y el aunque, qué papel hace 
ahí? ¡Qué sintaxis usáis los académicos (no hay 



46 FE DE BRRATAS. 

más remedio que tutearlos ya alguna vez), qué 
sintaxis! Mas veamos la definición entera. «Car- 
vallo: m. Especie de roble, aunque más peque- 
ño, que tiene las hojas ásperas. Llámase así en 
las provincias septentrionales de España, espe- 
cialmente en Galicia.» ¡Es claro, tan espe- 
cialmente, como que sólo en Galicia se llama 
así, porque esa forma es hoy exclusivamente 
gallega! 

Con dificultad se hallará en España un solo 
español, fuera de los académicos, que ignore 
que en Galicia es elle nuestra jota, como en 
Asturias es equis ó y griega. Pero los académi- 
cos, por ignorarlo todo, ignoran hasta esto tan 
universalmente sabido. Ignoran que ese roble, 
que ellos malamente llaman carvallo en el Dic- 
cionario de la lengua castellana, y que es un ro- 
ble más bajo, con la corteza más resquebrada y 
las hojas más pequeñas y más ablancadas que 
el roble albar, se llama en Asturias carbayo, y 
carhayón si por su corpulencia llega á merecer 
el aumentativo. Ignoran que en Oviedo (y es 
ignorancia rara habiendo en la Academia tantos 
Pídales) existe hace ya años un periódico lla- 
mado El Carbayón, en recuerdo de un carbayón 
muy gordo y muy viejo que había en el paseo 
principal de aquella ciudad, y que fué arranca- 
do para abrir una de las calles del ensanche. Ig- 
noran que ese roble, que en Galicia se llama ca»"- 
vallo y en Asturias carbayo^ en León y en Cas- 
tilla y en Extremadura y en toda la demás tie- 



FK DE ERRATAS. 47 

rra de robles se llama carbajo, palabra que falta 
en el libróte inútil de la Academia, y que ha 
dado origen ai sustantivo carbajal (monte de 
carbajos), nombre de cuatro pueblos de León, 
y apellido ilustre, y al adjetivo carbajizo, za, 
que también falta y que se aplica por extensión 
á las personas de poca estatura. 

Y á fin de que lo acaben de entender los 
académicos, si es que son capaces de entender 
algo, les pondré delante de los ojos, como prue- 
ba de que en castellano se dice carbajo, carba- 
jal, etc., y de que carhallo y carballar son for- 
mas gallegas, el hecho de que, además de los 
cuatro pueblos que hay en León con el nombre 
de CARBAJAL, hay en el mismo reino otros dos 
que llevan el mismo nombre en plural, carbaja- 
LEs, y otro CARBAJALIN0S, y otros cuatro llama- 
dos CARBAJ0SA, y otro en Extremadura llamado 
carbajo; y en cambio hay en Galicia veinte 
pueblos con los nombres de Carballal, Carhalle- 
da, Carhalledo, Carballeira, Carballido, Carba- 
llino y Carballo, todos en Galicia, sin que fuera 
de allí haya ninguno, si se exceptúa otro Carba- 
llo que hoy pertenece á la provincia de Oviedo 
pero que está en su parte occidental, próximo á 
Galicia. 

Para acabar de entender el párrafo acadé- 
mico sólo falta advertir que cataliifas son al- 
fombras ó telas de que se hacen alfombras, y 
que /oras cas quiere decir «fuera de casa», por- 
que /o /as dicen los académicos que significa en 



48 FE DE ERRATAS. 

castellano fuera de{i) aun cuando ni en latín 
significa tanto, sino sólo fuera, y cas dicen que 
es «apócope de casa», y que «hoy sólo tiene uso 
entre gente del pueblo», lo cual no es verdad, 
sino académica ignorancia, porque el apócope 
que usa la gente del pueblo no es cas, sino ca. 
«Está en ca de Petra ó en ca 'e Petra», no en cas 
de Petra. Tirso de Molina hizo decir á un villa- 
no: «en cas del escriben», y en esto se habrán 
fundado los académicos, si bien para desbarrar 
no necesitan ellos fundamento alguno; mas aun 
cuando ese cas estuviera en uso entonces, hoy 
en ninguna parte se dice. 

Falta también advertir que casave es harina 
de mandioca, y si ustedes no saben qué es man- 
dioca, tengan un poco de paciencia, que no 
todo se ha de decir en un día, y conténtense 
por ahora con saber lo que es la cascarela. 

O por lo menos lo que los académicos dicen 
que es ese juego, á que sin duda juegan ellos 



(i) Quisieron los pobres académicos y Quintilius defender que 
/oras significa en latín fuera de, y dijeron que en la Vulgata (¡ya 
quieren traer contra mi hasta la Biblia!) se lee /oras civitatem y se 
traduce /«ira de la ciudad. ¡Acertólo Bartolo! De suerte que si algún 
Comelerán viera escrito caput ecclesiay lo viera traducido «cabeza de 
la Iglesia», también diría que caput significa cabeza de la» ¡Y estos se 
llaman latinistas!— Después citan estos otros versos del poema de 
Alejaddro, para probar la legitimidad castellana del foras; 

Plu» duro que el fierro nin que el pedernal... 
E foras por precio bono non daba ren per al. 

Bueno. Pero si eso es castellano ¿por qué no ponen en el Diccio- 
nario plus como mas, y rcn como cosa, y per como por? 



FE DE ERRATAS. 49 

solos: «Juego de naipes entre cuatro, á cada uno 
de los cuales se dan ocho cartas, quedando 
otras ocho en el monte. El objeto principal (si- 
gue la definición) de este juego es hacer más 
bazas que ninguno de los contrarios (¿y quién 
las ha de hacer? ¿El juego?) para sacar lo que se 
ha puesto (¡pues valiente ganancia! ¡Y valiente 
juego en que se expone uno á perder, y si 
gana saca lo que ha puesto!) La principal (no; 
es el segundo... el segundo principal del perío- 
do). La principal carta de él es la espada, des- 
pués la malilla del palo de que se ha de jugar, 
que en espadas y bastos es el dos y en oros y 
copas el siete, y después el basto...» 
Y después el diluvio. 




XXX 




ÉMONOS una vuelta por la casa de los 
académicos y verán ustedes qué des- 
aseada y qué mal barrida la tienen 
los grandísimos Adanes. 
Lo primero con que nos encqntramos es 
esto, «CASA (del lat. casa, choza) f. Edificio para 
habitar.» Definición pobre; mas como hay tan- 
tas cosas mayores en qué fijarse, no la haremos 
caso. Algo más adelante añaden los académicos 
que CASA es «en el juego del ajedrez, en el de las 
damasj en otros, cada uno de los cuadros...» que 
se llaman casillas (i). Después dicen que casa 



(i) En defensa de esto de las casas del ajedrez, han citado los aca- 
démicos la autoridad de Covarrubias, que sancionó muchísimos desa- 
tinos; y la de un tal Vicente Sánchez, poeta ó cosa asi de fines del 



52 FE DE ERRATAS. 

ABIERTA es «domicilio, estudio ó despacho de 
quien^ejerce profesión, arte ó industria para la 
cual está matriculado y paga subsidio.» Pues 
no; ni hace falta, ni es por sí bastante estar ma- 
triculado ni ejercer industria, arte ó profesión 
para tener casa abierta: basta con ejercer de 
vecino. Cualquiera que lo sea en un pueblo, aun 
cuando no ejerza industria, profesión ni arte, ni 
haga más que cobrar sus rentas y gastarlas, tie- 
ne casa abierta. Y en cambio, un abogado, por 
ejemplo, que esté matriculado y pague subsi- 
dio, si ejerce su profesión en casa de sus padres 
6 en una casa de huéspedes, tendrá mesa, ten- 
drá despacho, tendrá bufete, tendrá estudio, 
pero no tiene casa abierta. ¡Qué don de con- 
fundir las cosas! 

En otro departamento se lee: «de baños. 
Establecimiento en que se tienen baños en cuar- 
tos...» Sí, en calderilla... literaria, que es la mo- 
neda en que se tienen las académicas defini- 
ciones. 



siglo XVII, q ue sobre ser gongorino empecatado, debe ser tambicü 
paisano de las famosas sinodales de la capelardente, 6 por lo menos 
en Zaragoza se imprimieron sus coplas. La que citan los académi- 
cos, dice: 

Sale del paraíso 

"porque Dios manda 
que, puei come, esa pieza 
mude de casa. 

Donde, aparte de lo chavacano de la alusión al ajedrez 6 á las 
damas, hablando de la caída de nuestros primeros padres, claro es 
que si el poeta decía casilla, ni le salía el verso ni le salía el chiste; 
porque no tenía la palabra el doble sentido que ¿1 quiso que tuviera. 



FE DE ERRATAS. 53 

Vamos á otra pieza: «de coima (suple casa.) 
ant. CASA DE JUEGO.» O de jugar con el idioma, 
haciéndole perder, porque siendo coima «mujer 
mundana» no se ve por dónde, ó á lo menos no 
se ve la necesidad de que sea casa de juego la 
casa de coima. 

El departamento de huéspedes, dice «Aque- 
lla en que se da á algunas personas por sn dine- 
ro, estancia y comida, ó únicamente habitación, 
ya precediendo ajuste...» Si, ó sin ajustar, como 
las cosas de los académicos, siempre desajusta- 
das, pero carísimas. [Estancia y comida, ó úni- 
camente habitación, como si ésta fuera cosa 
distinta de la estancia! ¡Y luego que ha de ser 
por su dinero, no por el de otro que quiera pa- 
gar el hospedaje de algunas personas... 

Después hay otro rótulo que dice de tía 
(casa de tía), y la explicación es esta: «fam. 
cárcel». ¿Qué ha de ser cárcel? Es taberna, en 
tono festivo y familiar: la cárcel se suele llamar 
en el mismo tono «casa de poco trigo». 

Otro rincón: «grande (casa grande): ant. en- 
tre jugadores el nombre con que se entienden 
los reyes de la baraja». ¡Ah! ¿Con que los reyes 
de la baraja se entienden?... Pues ya llevan al- 
guna ventaja á los académicos, que no se pue- 
den entender, ni pueden conseguir que nadie 
los entienda... Casa grande es la casa principal 
de un pueblo, y en tono festivo el presidio, así 
como en Francia la grande maison es la casa 
de locos. 



54 FE DK ERRATAS. 

Siguiendo por estrechos pasillos de poca 
luz, es decir, de poca sintaxis, nos encontramos 
con esta tontería: «armar una casa, fr. Hacer de 
madera la armazón de ella, para vestirla des- 
pués de fábrica». ¿Y por qué ha de ser para 
vestirla después? Si se hacen primero las pare- 
des siguiendo el orden más natural y el que se 
siguió siempre hasta poco hace, ¿no será armar 
LA CASA ponerla el maderamen que ha de soste- 
ner el tejado? Pues esto es precisamente lo que 
se llama en castellano armar una casa, y no el 
hacey de madera la armazón de ella; porque si 
se hace de madera la armazón y no se pone en 
obra, no se arma la casa. Tampoco es frase 
arrancar la casa, por levantar la casa. ¿Dónde 
se dice? 

Otra cosa mal puesta es casa hita como 
equivalente de «casa por casa». Se dice Á hita, 
calle V CASA Á hita: suprimiendo la a no hay 
sentido. Como tampoco le hay en el refrán que 
dice en casa del abad comer y llevar, ni en la 
explicación de los académicos diciendo: «ref. con 
que se pondera la abundancia que suele haber 
en las casas de los abades y otros eclesiástico s 
ricos'K ¿Que suele!. ., ¿Por qué no han dicho si- 
quiera que solía? ¿Por qué no han puesto al 
refrán una nota de anticuado, de tantas como 
ponen donde no vienen apelo? Los académicos, 
por lo visto no saben que ya no hay abades 
apenas, y que si queda alguno, lejos de vivir 
en la abundancia, se contentaría con tener lo 



FE DE ERRATAS. 55 

que cualquier académico gasta de sobra. Salvo 
el que sea eclesiástico rico, pues en las casas de 
los ricos siempre suele haber abundancia, aun- 
que no sean eclesiásticos. 

Mas ahora tropezamos con otro refrán del 
tenor siguiente: Ni por casa ni por viña, no to- 
mes mujer jimia... ¿Que qué es jimia, me pregun- 
tan ustedes?... Lo mismo les he preguntado yo 
á los académicos, y no me lo han querido decir. 
O no han sabido; pero el hecho es que no han 
puesto la palabra en el Diccionario. ¿No es 
verdad que tiene mucha gracia eso de no defi- 
nir los académicos en el Diccionario ni siquiera 
todas las palabras que ellos mismos usan en 
sus definiciones? Pues aquí no hay más cera 
que la que arde. 'b¡i jimia, ni gimia, ni ximia ni 
nada parecido tiene el libróte, ni en el texto ni 
en el suplemento, porque he mirado hasta el su- 
plemento, para que no me vengan luego con 
quejas impertinentes el Quintiliics y demás ala- 
barderos de la casa. Lo único que he encontra- 
do es lo que no hacía falta, simia, que es latín 
puro, con la explicación de que es la hembra 
del simio, y luego en la palabra simio no menos 
latina, dice que es mono, ó casi académico. 

Esperando para otra vez la definición de ji- 
mia ó la supresiún del refrán en que figura la 
palabra, sigamos adelanté. Hasta topar con 
esto: «OLER LA CASA Á HOMBRE: fr. fig. y fam. 
para dar á entender que alguno quiere hacerse 
obedecer en su casa». ¿Han visto ustedes ma- 



56 FE DE ERRATAS, 

ñera más trabajosa y más difícil de explicar 
una frase? Pues todavía es más malo decir que 
PONER CASA es tomar casa. 

¿Y qué dirán ustedes que es ahora tener 
uno CASA ABIERTA?... Pucs «cstar habitando una 
casa, de la cual es cabeza principal». — ¿No de- 
cían un poco antes los mismos académicos que 
CASA ABIERTA era domicilio, estudio ó despacho 
de quien ejerce profesión, arte ó ^industria, para 
la cual está matriculado y paga subsidio? — Sí 
que lo decían, y lo dicen al principio de este 
mismo artículo de la casa. — Pues entonces, si 
CASA ABIERTA es «domicilio, estudio ó despacho 
de quien ejerce profesión, arte ó industria para 
la cual está matriculado y paga subsidio», te- 
ner uno CASA ABIERTA dcbc scr tener domicilio, 
estudio ó despacho en que ejerza profesión, 
arte ó industria, para la cual esté matriculado 
y pague subsidio, y no sencillamente estar ha- 
bitando una casa... — No hagan ustedes caso. 
Es que la explicación de casa abierta la puso 
un académico y la de tener casa abierta la 
puso otro, y como entre la Academia y el ór- 
gano de Móstoles no hay más que una diferen- 
cia muy pequeña en favor del órgano, es decir, 
como los pocos académicos que trabajan ni lo 
entienden ni se entienden, resulta que en un 
mismo libro, y aun en un mismo artículo, se 
contradicen diciendo al principio una cosa y al 
fin la contraria. 

«En casa del ruin la mujer es alguacil». Esto 



FE DE ERRATAS. 57 

dicen los académicos, que quiere decir que la 
mujer se levanta con el matido... ¿Qué idea ten- 
drán estos hombres de lo que son los alguaciles? 
¿Creerán que son mandarines? ¡Si son los que 
menos mandan en el mundo! ¡Si mandan toda- 
vía menos que los académicos en el idioma!... 

Los pobres académicos, que después de tan- 
to trabajar sobre la casa todavía han omitido 
muchas frases corrientes como la de saber uno 
Á su CASA, ó «saber á su casa y á la del vecino», 
que es lo único en que no andan mal del todo, 
en materia de saber, los académicos: saben á 
su casa y á la del p¿.ís. 

Y ahora, ¿qué les parece á ustedes de la casa 
académica? Creo que para un solo artículo del 
Diccionario no dejan de ser los señalados bas- 
tantes defectos. Mas por si no fuesen bastan- 
tes, todavía le quedan otros tantos. 



XXXI 




habrán olvidado los lectores aquel 
famoso juego académico de la casca- 
rela, cuyo objeto principal era hacer 
más bazas para sacar lo que se ha 
puesto. !Mas aun cuando no le hayan olvidado, 
tampoco se habrán podido figurar que el tal 
juego trajese cola; y sin embargo... en ella se en- 
redan ahora los académicos volviendo á hablar 
del juego consabido, ó si se permite la palabra, 
conignorado, no para decirnos cuál es su objeto 
secundario ó no principal, que debe tenerle 
también, á no ser que el adjetivo principal apli- 
cado al objeto, fuera en la definición un ripio, 
ni para decimos más bazas que quién hay que 
hacer, ó más bazas de cuántas, si se ha de lograr 
aquel objeto, sino solamente para revelarnos 



6o FE DE ERRATAS. 

que CASCARÓN es «en el juego de la cascarela 
lance de ir á robar con espada y basto.» O cou 
sable y trabuco, ó simplemente con'pluma (de 
ganso), que es como van á robar los académi- 
cos su verdadera significación á las palabras. 

Y si no, ahí está el casino, que no me dejará 
mentir. Porque... ¿Qué dirán ustedes que es 
casino? ¡Vamos á ver!... Pues casino, por e! 
Diccionario, es sencillamente: «m. Casa de re- 
creo situada por lo común fuera de poblado. t Así 
&s', fuera de poblado, como por ejemplo, en Ma- 
drid, en el comedio de la calle de Alcalá, ó en 
la de Sevilla, ó hacia la mitad de la Carrera drí 
San Jerónimo, ó en la calle del Príncipe, ó en 
la de Esparteros, ó en la plaza del Ángel; en 
Barcelona, en la Rambla; en Toledo, en el Zo- 
codover; en León, en la calle de la Catedral; en 
Vitoria, en la calle de Postas, y así en todas 
partes, por lo común, ó si se quiere, por lo acá 
démico... ¡¡Fuera de poblado!! Gracias á que 
nadie hace caso de lo que dice la Academia, ni 
su Diccionario tiene más autoridad que si no 
existiera, ni sirve para nada más que para ha- 
cer reir á la gente; pues el día en que hubiera 
quien tomara por lo serio las cosas que dice el 
Diccionario, era posible que todos los casinos 
de Madrid se trasladaran á la dehesa de Mora- 
talaz, para que fuera más cómodo ir á pasar 
allí la velada y volver á casa entre gallos y me- 
dias noches... 

Ustedes creían buenamente que no había en 



FE DE ERRATAS. 6 1 

España á estas horas ni un sólo español que no 
supiera lo que es casino ¿ verdad ? Pues ahí 
verán ustedes: había por lo menos veintitantos, 
y creo que también por lo más; porque de segu- 
ro no hay ningún otro fuera de las dos docenas 
de académicos activos. ¡Y luego si uno, con 
más ó menos literatura, les trata de rocines, se 
enfadan! 

Por supuesto, que no sabiendo lo que dicen 
cuando hablan del casino, en donde algunos de 
ellos han pasado la vida ¡qué será cuando ha- 
blen de las estrellas!... Por eso, de la constela- 
ción boreal llamada Casíopea no dicen ni la 
figura ni nada por donde se la pueda conocer, 
sino solamente que es «muy notable» y que «se 
ve á un lado del polo». Como si no pudiera ver- 
se al otro lado, ó en bajo, ó encima, ó en cual- 
quiera de los puntos de la circunferencia que 

sensiblemente describe. ¡Valiente astrono 

suya la de los académicos! 

Tampoco saben lo que es caso reservado, 
al que llaman «culpa grave, que sólo puede ab- 
solver el superior y ningún otro sin licencia 
suya.» De donde, aparte de no saberse quién es 
para los académicos el superior , se deduce que 
toda culpa es caso reservado, puesto que nadie 
puede absolver de ninguna culpa sin licencias. 
Verdad es que en esto no es extraño que los 
académicos anden flojos, porque... ¡Valientes 

moralistas! Si fuera con dos erres, vaya 

que vaya. 



62 FE DE ERRATAS. 

¡Pero si ni aun de veterinaria entienden!... 
¡Si ponen lisa y llanamente que casquiblando 
«dícese del caballo ó yegua que tiene blandos 
los cascos!» Como si no pudieran tenerlos blan- 
dos también y decirse de ellos que son casqui- 
blandos los machos y las muías, las burras y los 
burros y hasta los... Algún lector asustadizo 
habrá creído que iba yo á decir hasta los aca- 
démicos. Pues no, señor; iba á decir hasta los 
bueyes, que también se hierran. 

CASQUiLLo... Ustedes creerán que es diminu- 
tivo de casco, y que ha sido una academique- 
ría ponerle aquí después de haber ofrecido en 
el prólogo suprimir todos los diminutivos en 
ico, illo é ito. Pues aguarden ustedes un poco y 
lean ustedes: 

«CASQUiLLo. m. Rodaja ó anillo de metal ú 
otra materia (por ejemplo, de queso de Burgos) 
que se pone al cabo del asta, lanza ó bastón 
para que cuando toque 

en el suelo no se gaste 
ó maltrate la madera.» 
— ¡Pero esto es una contera! 
— IBlasfemaste! 
Para llamar las cosas por sus nombres, 
¿qué falta nos hacían esos hombres? 

Y ahora verán ustedes cómo nos dan los 
académicos la castaña. No la metafórica del 
Diccionario, que eso ya hace tiempo que lo es- 
tamos viendo, sino la real y verdadera. íCastaña 



FE DE ERRATAS. 63 

' (dellat. castanea) f. Fruto del castaño, muy nu- 
tritivo y sabroso (¿el castaño?) del tamaño de 
la nuez...» 

¡Vamos! ¿Les parece á ustedes?... ¡Decir 
que la castaña es del tamaño de la nuez! ¡No 
acertar á comparar una castaña sino con una 
nuez!... Y luego, como al llegar á la nuez dicen 
de ella que es un cuerpo oval, resulta que los 
académicos vienen á comparar una castaña con 
un huevo, que es la comparación que se pone á 
diario como tipo ejemplar de comparaciones 
estúpidas. «Se parece como un huevo á una cas- 
taña», se dice para ponderar la desemejanza 
que hay, por ejemplo, entre un académico y un 
sabio. 

Pero sigamos estripando la castaña acadé- 
mica. Notemos, ante todo, que la definición 
está en verso, de ese involuntario que es el que 
hacen menos rnal los señores de la Academia. 
Véase otra vez: 

«f. Fruto del castaño, 
muy nutritivo y sabroso, 
del tamaño 
de la nuez... 
de 
figura de corazón, 
{¡vaya otra comparación!) 
y cubierto de una cascara 
gruesa y correosa 
de color de caoba.» 



64 VE DE ERRATAS. 

Aquí, al final, el verso desmerece bastante; 
pero, en fin, todavía es algo mejor que el que 
suelen hacer los académicos cuando quieren 
dar los días á las académicas en La Ilustración 
Española y Americana. 

Aparte del verso y de la gracia que tiene el 
decir que la castaña es de color de caoba, cuan- 
do ha dado ella nombre ásu color especial, que 
se llama castaño, lo de que la castaña sea de 
figura de corazón es un descubrimiento impor- 
tante. Ya me figuraba yo que los académicos 
tenían castañas por corazones. Y en cuanto á 
lo de que la cascara de la castaña sea gruesa, 
se conoce que los académicos lo han estudiado 
con D. Hermógenes, el de El Ca/é, quien, firme 
en su tema de que todo es relativo, les diría: — 
La cascara de la castaña (ó más bien la monda, 
porque D. Hermógenes hablaba con cierta pro- 
piedad), es delgada en toda tierra de garbanzos, 
porque, siguiendo la académica comparación, 
es mucho más delgada que la del huevo. Sin 
embargo, la cascara de la castaña puede lla- 
marse gruesa si se compara con la película que 
entre casco y casco tiene la cebolla. Que es lo 
que ya en su tiempo dijo en sustancia el mismo 
D. Hermógenes hablando de los ejemplares 
vendidos de aquella obra, no mucho más soli- 
citada que el Diccionario de la Academia: tres 
con relación á nueve son p ocos, pero son mu- 
chos con relación á uno. 
Y sigue la castaña. 



FE BE ERRATAS. 65 

Porque después de dos rayitas verticales y 
de otra definición que dice que la castaña es 
vasija ó vaso... con esa indeterminación propia 
de quien no conoce el valor de palabra ningu- 
na, hay otras dos rayitas y otra definición que 
dice: «Especie de lazo...'» No se olviden ustedes 
que estamos hablando de la castaña... ^Especie 
de lazo que coyi la mata del pelo se hacen las 
mujeres en la parte posterior de la cabeza.» 
¿Qué les parece á ustedes de esta especie de 
lazo que se hace con una mata, ó que se hacen 
las mujeres con la mata, no con el pelo senci- 
llamente, sino con la mata del pelo? A los más 
francos ó menos reservados ¡como si los oyera! 
les parece una tontería; y á los más tímidos en 
calificar les parece un moño. Pues sin dejar de 
ser ninguna de las dos cosas, es además una 
ingeniosa ó cuasi ingeniosa preparación acadé- 
mica para, en llegando al moño, damos la cas- 
taña otra vez diciendo al definirle: «moño m. 
Castaña...» etc. 

Y todavía nos falta la académica definición 
de la castaña pilonga, que es así, en verso: 

tLa que se ha secado al humo 
y avellanada se guarda 
todo el año». 

Esta es la castaña pilonga. ¡Qué cosas di- 
cen estos pilongos de estos académicos! Y eso 
que, como no suele haber justicia en la tierra, 
todavía no se les ha puesto al humo. 

TOMO II. c 



66 FE DE ERRATAS. 

A pesar de que, no bastándoles haber rela- 
cionado la castaña con la avellana y con la 
nuez, y por carambola hasta con el huevo, la 
relacionan también con el ajo. 

Los frutos de esta unión morganática son el 
ajo castañete y el ajo castañuelo, que, entre los 
dos, parece que valen lo mismo que el ajo cañe- 
te, que no vale nada, puesto que no vale siquie- 
ra tanto como el ajo, taita, que vale en la Aca- 
demia, no más que en la Academia, para acari- 
ciar á los niños. 

De CASTAÑO, adjetivo, dicen los académicos 
que «aplícase á lo que tiene el color de la casca- 
ra de la castaña»; cascara que está bien demás, 
porque bastaba decir «del color de la castaña» 
para que se entendiera en el sentido más natu- 
ral el color de la castaña entera y vista por el 
exterior; mientras que en hablando de la casca- 
ra ya es más natural suponerla separada de la 
castaña, y entonces lo mismo se puede referir 
lo del color al de la parte de dentro que al de 
la parte de fuera. 

La definición del castaño, sustantivo, dice: 
«Árbol grande y ramoso... que echa por fruto 
(como los académicos suelen echar por las de 
Pavía) una especie de zurrón espinoso parecido 
al erizo, y cuya simiente (¿la del erizo ó la del 
zurrón?) es la castaña». 

No se puede hacer peor. 

Digo, me parece que no se puede. 

Porque tras de no haber dicho en la definí- 



FE DE ERRATAS. 67 

ción de la castaña ni una palabra del erizo en 
que se cría, al hablar ahora por primera vez 
del erizo dicen que el castaño le echa por fru- 
to... ¿Qué le ha de echar por fruto, pobres hom- 
bres? ¡Pues vaya un fruto! Como los que suelen 
dar ustedes los académicos... El fruto del cas- 
taño no es el erizo, es la castaña. El erizo no es 
más que la envoltura. ¿Es que tampoco saben 
ustedes lo que es fruto?... ¡Consonantes! 

¡Y luego decir, al encontrarse con el erizo, 
•una especie de zurrón espinoso parecido al 
erizo»! ¡Claro! tan parecido como que lo es; 
como que se llama erizo y no znrrón, ni especie 
ni ninguna otra cosa. 

«No me gustaban las comidas, decía un po- 
bre muchacho carlista que había estado emi- 
grado en Francia. Para almorzar nos ponían 
siempre unas homeletas, á modo de tortillas...» 
Lo mismo hacen los académicos; el erizo de la 
castaña les parece que es á modo de erizo, pa- 
recido al erizo. 

Después de tanto hablar de castañas, toda- 
vía han omitido los académicos varias frases 
usuales y comunes en que juega el vocablo; 
entre otras han omitido la de darle á uno la 
castaña. 

Pero nos la han dado. 



XXXII 




aya; continúen ustedes disparatando, 
señores académicos. 

No teman ustedes la castigación 
ni el castigamento, y continúen uste- 
des disparatando, porque al cabo y á la postre, 
ANCHA castilla; «cxpresión familiar, según us- 
tedes, con que se alienta uno á sí mismo ó ani- 
ma á otros á usar de libertad y franqueza». 

Lleven ustedes esa franqueza y esa libertad 
hasta el extremo pecaminoso de afirmar que el 
refrán que dice: «En Castilla, el caballo lleva la 
silla», denota que en los reinos de Castilla el 
hijo sigue la nobleza de su padre». Digan uste- 
des que CASTILLEJO es «carretón pequeño en 
que se pone á los niños para que se enseñen á 
andar», sin decir de dónde es provincial ese 



70 FE DE ERRATAS. 

modo de llamar á un mueble que, ó no sirve 
para que los niños se enseñen á andar, ó se 
llama galera. 

No se acobarden ustedes y sigan diciendo 
que el castor es un «animal mamífero de un pie 
de altura, y de formas...» académicas, es decir, 
«pesadas y apelmazadas». Añadan ustedes que 
se alimenta de hojas... y se construye con des- 
treza...» donde parece que el castor se constru- 
ye á sí mismo; aunque luego añadan ustedes, 
para ponerlo peor, que lo que se construye son 
«sus viviendas á orillas de los ríos y lagos, dán- 
doles hasta cuatro pies de altura». No á los ríos 
ni á los lagos, como parece desprenderse, por- 
que son los últimos y porque son masculinos, 
sino á las viviendas; de las que cualquiera que 
no fuera académico diría dándolas, como han 
dicho los mejores hablistas. 

¡Adelante! Omitan ustedes la más conocida 
significación de la palabra castro, la del sitio 
donde se pinan los bolos; digan ustedes que la 
CASULLA es una «vestidura sagrada que... en lo 
alto tiene una abertura para entrar la cabeza»; 
en lo cual no se parece á ustedes, que no tienen 
abertura ni resquicio por donde les pueda en- 
trar la sintaxis; añadan que la palabra catadu- 
ra i^üsase generalmente en mala parten; agreguen 
que catal.4unico «úsase únicamente, por lo co- 
mún, como calificativo...» etc., donde lo menos 
que les puede á ustedes suceder es que alguien 
les pregunte en qué quedamos, si es por lo co- 



FE DE ERRATAS. 7I 

mún 6 es únicamente, ó que alguien les increpe 
diciéndoles qae hablan como catalnicas. 

Pero sigan ustedes. Déjenme ustedes adver- 
tir á los ilustrados lectores que catalnica, según 
el Diccionario es la cotorra, y sigan ustedes 
embalumbando el libro con palabras como ca- 
tante, el que cata, y cayente, el que cae, para de- 
mostrar que no suelen ustedes poner más parti- 
cipios de presente que los que no se usan; omi- 
tan ustedes la vulgarísima acepción metafórica 
de la cataplasma; cuenten ustedes (á su tía si 
tienen alguna) lo de la cataraña «ave nocturna 
semejante á la cerceta» que no es nocturna; 
truequen ustedes las acepciones del catastro, 
poniendo la primera la que nadie conoce, y la 
última la que le da todo el m.undo; aseguren 
que CATAVINO es «jarrillo ó taza...» no se olviden 
del cate, «peso común que se usa en Filipinas»; 
ni del catecú, apodo con que se designa sin duda 
en el número 26 de la calle de Valverde... 
¿qué dirán los lectores? ¿el académico?... pues 
no: el gato. Y si les preguntan á ustedes de 
dónde es provincial ese cateen que aparece muy 
fresco, sin nota ninguna de provincialismo, di- 
gan ustedes que de la Academia ó de Otzaurte. 
¡Ah! y no dejen ustedes de poner el verbo cate- 
,^^ drar, «conseguir cátedra», con el mismo derecho 
*^ con que podrán ustedes poner en la edición 
próxima academicar, conseguir plaza en la Aca- 
demia. Porque desde que han puesto ustedes 
que catedrático es «cierta contribución ó de- 



72 FE DE ERRATAS. 

recho que se paga al obispo...» no hay para us- 
tedes nada imposible. 

Menos el dejar de disparatar; que eso, sí, 
por lo visto, les es imposible del todo. 

¿Catéter dicen ustedes?... ¡Ah! sí; es un ins- 
trumento de cirugía, una tienta; pero no habien- 
do puesto en el Diccionario todas las palabras 
técnicas de cirugía, ni la mitad siquiera, podían 
ustedes haber economizado también esa , que 
es de las menos conocidas entre los profanos. 
En cambio, está bien que digan ustedes que ca- 
tino es una «escudilla ó cazuela», por pura afi- 
ción á todo lo que puede servir para comer, y 
que catite es «.piloncillo que se hace... del azúcar 
más depurado», donde se conoce que han que- 
rido ustedes mejorar el género, temerosos de 
que en cuanto haya aquí un gobierno justo y 
formal les va á dar á ustedes catite. Y hasta 
cato, para que se les quite el catoche. 

Catorcén es una tontería más ó menos ara- 
gonesa; digo, más ó menos aragonesa será la 
palabra, que la tontería de incluirla en el Dic- 
cionario es académica del todo, y está adicio- 
nada con la cifra pr. Zar. (provincial de Zara- 
goza), cuando no hay tal provincialismo, sino 
que sólo se usa en algún pueblo, y con la ine- 
xactitud de la definición, pues no «se dice del 
madero en rollo de siete varas», sino del de 
siete medias varas ó catorce palmos, y lo mismo 
se puede decir del muchacho que tenga catorce 
años cumplidos. 



FE DE ERRATAS. 73 

Otra tontería es la n^catorcena, sustantivo fe- 
menino conjunto de catorce unidades», pues 
nadie habla jamás de una catorcena, como se 
habla de una docena, una quincena ó una vein- 
tena, y además es doble tontería poner catorce- 
na y no poner trecena. ¿Por qué esa diferencia? 
¿En qué se funda?... 

¡Bah! Me distraje hasta el punto de comen- 
zar á tomarles á ustedes en serio. No, no. Las 
cosas de ustedes ya se sabe que nunca se fun- 
dan en nada, como no sea en la ignorancia y en 
el don de errar, y así se toman como de donde 
vienen. Por eso están ustedes en su derecho al 
poner la palabra catorzal y decir que «se dice 
de la pieza de madera de hilo...* ¿Pero de dónde 
es provincial esa madera?... 

Bueno; ya sé yo que no lo saben ustedes, 
porque no saben ustedes nada. Ni siquiera lo 
que es catre; por eso le confunden ustedes con 
la cama, lastimosa... digo, no, académicamente. 
Y por eso ponen ustedes cauda diciendo que es 
del latín cauda; es claro, como que no es más 
que latín y... tontería ponerlo el Diccionario 
Castellano; pues aunque se llame caud.a.tario 
el familiar que lleva la cola al obispo, no es eso 
razón para llamar cauda á la cola. Como tam- 
poco el llamar agri.mensor al que mide el cam- 
po es razón para llamar al campo agro. ¡Qué 
arrimados á la cauda! 

En el adjetivo caudaloso, sa se han aventu- 
rado ustedes á poner un ejemplo y han metido 



74 FE DE ERRATAS. 

la pata, diciendo: <iRio, lago, manantial, cauda- 
loso.» 

No: el lago no se suele llamar caudaloso, 
aunque sea tan ancho y tan profundo como la 
ignorancia de ustedes, que ignoran todo lo que 
saben los demás, y sólo saben las cosas que na- 
die conoce. Como causeta, que dicen ustedes 
que es «cierta hierba (¡qué ha de ser cierta!) que 
nace entre el lino. ¿Dónde? ¿De dónde es pro- 
vincial esa hierba? Porque yo soy de tierra de 
lino y no la conozco, ni la oí nombrar nunca. 
Verdad es que en cuestiones de hierba no me 
atrevo á discutir con ustedes, que deben ser 
más prácticos. Pero el caso es que ni de eso en- 
tienden. 

Y ahora nos dirán ustedes que cava es 
«acción de cavar.» ¿Y el efecto? ¿Por qué no 
dicen ustedes, como otras veces, acción y efec- 
to? En cambio, añaden que «dícese más comun- 
mente de la labor que se hace á las viñas, ca- 
vándolas. y> Para que la labor que se hace á las 
viñas se diga cava, ha de ser cavándolas; no 
podándolas, ni quitándolas los racimos. ¡Tienen 
ustedes unas cosas! 

Y si cava dícese más comunmente de esa 
labor, menos comunmente ¿de qué se dice? Sigo, 
y rae encuentro lo de que cava es «en Palacio 
oficina donde se cuida del agua y vino que be- 
ben las personas reales.» ¡Valientes a... cadémi- 
cos! Eso, en castellano, se llama bodega, y, por 
supuesto, no es oficina. 



FE DE ERRATAS. 75 

¿Y de dónde es provincial cavacote, ese cava- 
cote que, según ustedes dicen, 

es «montoncillo de tierra 
hecho con el azadón 

para que sirva 
de señal ó de mojón 

provisionalmente.» 
¿Es de un pueblo de Aragón?... 

¡Pluma, tente! 

Porque ese montoncillo, que por cierto no 
suele ser de tierra, sino de césped vuelto al 
revés, se llama hito, y ahitar, verbo que falta 
con esta acepción, es hacer montoncillos de 
esos al redor de una finca. 

Cavan parece que es cosa de Filipinas, como 
también cayan. Pero digan ustedes, ¿el Diccio- 
nario es castellano ó. es tagalo?... 

No es nada de eso, sino músico, porque en la 
música es donde suele sobresalir más la ciencia 
académica. Los lectores recordarán con regoci- 
jo la definición del calderón, pero no es menos 
chistosa la de la cavatina, que dice: «Cava- 
tina f. Especie de aire, en general bastante 

corto.» 

Ustedes sí que son bastante cortos, y aun 
de sobra, en general y en particular. ¡Vaya una 
manera de definir! ¡Cualquiera aprende lo que 
es cavatina! Especie de aire, en general bastante 
corto... ¡Medir el aire á palmos!... 



76 FE DE ERRATAS. 

Es casi igual que llamar en castellano caví 
á la «raiz seca y guisada de la oca del Perú.» 
Pero las dos cosas son más pasaderas que la 
definición del cazador, que dice: «adj. que caza 
por oficio ó por diversión. U. m. c. s. Se dice de 
los animales...» ¿De dónde han sacado ustedes 
eso? ¿Es que son todos ustedes cazadores?... 
Pues aunque así sea, no serán ustedes solos, y 
siempre resultará la especie muy aventurada, 
y... ¿por qué no decirlo? muy injusta. Soy ca- 
zador y rechazo el insulto. 

La definición del cazo es una cacetada de 
desatinos. Comienzan ustedes llamándole va- 
sija... por lo común (ya pareció el por lo coimin'' 
de azófar, en forma de media naranja (ó de me- 
dio queso de bola) con un mango de hierro para 
manejarla (¿la media naranja?) — Otra definición: 
«Vasija de hierro ó cobre con un mango que 
forma recodo y un gancho á la punta: sirve 
para sacar agua de las tinajas», pero no se 
llama cazo; se llama cangilón, ó acetre. Otra 
definición recién introducida: «de la cola (su- 
ple cazo). Vaso de cobre de una cuarta de alto 
y la mitad de ancho que se mete dentro de otro 
de más profundidad...» pero que tampoco se 
llama cazo, ni es de cobre. Otra todavía: «Otro 
hay menor, cuya caldereta carece de asa y tiene 
dos pies y un mango que doblado llega al suelo 
y forma el tercer pie.» 

¡Cualquiera lo entiende! 



XXXIII 




EBADA... Pero no crean los lectores 
que voy á hacer una receta para los 
académicos; voy á reproducir la de- 
finición que dan de esta gramínea, 
para demostrarles que, aun en cosas de estas 
que debieran saber al dedillo, no están bien 
enterados del todo, «cebada f. Planta anua, pa- 
recida al trigo, y cuyo grano, más largo que el 
de éste (?) está cubierto de cascara áspera que 
no se suelta; sirve de alimento á diversos ani- 
males, y tiene además otros varios usos». Por 
ejemplo el de servir á los académicos de... mo- 
tivo para hacer malas definiciones. Y eso que 
ésta no es ciertamente de las más desgraciadas; 
porque salvo lo de «planta anua», que apenas 



78 FE DE ERRATAS. 

dice nada; salvo que el grano, descontando la 
cascara áspera, como los académicos la des- 
cuentan, no es más largo que el del trigo; salva 
la novedad de ser diversos los animales á que 
sirve de alimento, y salvo lo de los otros varios 
lisos, todo lo demás, incluso aquello de que la 
cascara áspera no se suelta, me parece que no 
se puede decir... con más mala sintaxis. 

Y además, han omitido la acepción metafóri- 
ca de la voz cebada en algunos juegos, como el 
de la Gallina ciega ó de los Fierros, donde se 
le contesta con esa palabra al vendado, cuan- 
do, después de haber apresado á uno de sus 
compañeros, á la pregunta de ¿quién es? se equi- 
voca en la designación de la persona. 

Como se han equivocado un poco antes los 
mismos académicos al definir la cazoleta, dan- 
do á entender que las escopetas de pistón la 
tienen también, como las de chispa, lo cual es 
un error grosero, ó académico si se quiere, na- 
cido de no conocer las escopetas. Como nace 
de no conocer el idioma la... ocurrencia de de- 
cir que CAZÓN es el azúcar moreno y no el perro 
de caza, y que cazonal es un negocio arduo, sin 
decir en qué provincia ó en qué rincón de la 
Academia se usa. Es verdad que en cambio nos 
han dicho que la cazuela mojí es ttorta cuajada 
hecha en cazuela, con queso, pan rallado, be- 
renjenas, miel y otras cosas», que no es necesa- 
rio que sean cabezas de cerillas para que la tal 
cazuela dé vómitos á cualquiera que la pruebe, 



FE DE ERRATAS. 79 

Ó aun sin probarla, lea su definición en el Dic- 
cionario. 

Mas no nos dicen dónde es donde ¡ce! es 
una «interjección con que se llama, se hace de- 
tener ó se pide atetición á una persona», y de- 
bían decírnoslo. Porque en Castilla, y en León, 
y en Extremadura, y en Andalucía, y en donde 
quiera que se habla nuestro idioma, la inter- 
jección que sirve para lo que dicen, aunque 
mal, los académicos, es ¡eh! ó ¡hé! ó ¡jé!; pero 
llamar á uno diciéndole ¡ce!... como no sea en 
la Academia... — Esto me recuerda al autor de 
una obra dramática moderna muy aplaudida y 
muy disparatada, que, en lugar de la interjec- 
ción ¡bah! ponía ¡baf! á cada paso. Y sin em- 
bargo, no es académico todavía. 

Volviendo á la cebada, ¿cómo es la cebada 
de prevención? ¿Quieren los académicos decírme- 
lo? Se lo pregunto, porque hablan de un amacho 
de los arrieros (un macho será de un arriero, 
porque no suelen los arrieros tener este ganado 
pro indiviso), que va cargado con cebada de pre- 
vención para dar de comer á la recua», donde ó 
sobra lo de «para dar de comer á la recua», ó 
sobra lo de la prevención, ó las dos cosas. 

A más de que la ceba tampoco es alimenta- 
ción abundante y esmerada que se da al gana- 
do; basta que sea alimentación. Si es abundan- 
te y esmerada, como los académicos dicen, se 
llama cebo; por eso, de los animales regalados, 
sean de la clase que fueren, aun de los que se 



8o FE DE ERRATAS. 

reúnen en algún «lugar ó sitio ameno», suele 
decirse que están Á cebo, frase que falta, y no 
se dice que están á ceba. 

¿Y quién les ha contado á los señores lim- 
pia-fijantes que cebruno, na, es «adjetivo, de co- 
lor como de ciervo ó de liebre?» Eso será cer- 
vuno... es decir, no será, lo es en efecto. Aparte 
de que lo que sea de color de ciervo no puede 
ser de color de liebre, ni viceversa. ¿No han 
visto esos señores liebres ni ciervos? ¡Cuidado 
que es desgracia no saber distinguir de colores! 

¿Y el cehtil... Verán mis ilustrados lectores 
qué articulo tan mono y tan inútil es el que cie- 
rra la tercera columna de la página 229. Se le 
voy á dar íntegro y aparte: 

«CEBTi, adj. ant. ceuti. Api. á pers., usáb. t. 
c. s.» 

¿Están enterados? 

Pues ahora, entérense de que cecear es «de- 
cir ¡ce! ¡ce! para llamar á alguno», sin olvidar 
que esto debe ser provincial de la calle de Val- 
verde, aunque el Diccionario no lo diga; y en- 
térense también de que cecial es la «merluza ú 
otro pescado parecido á ella, seco (merluza seco) 
y curado al aire», y de que cedazo es «instru- 
mento compuesto de un aro redondo (¿los habrá 
cuadrados en la Academia?) y de una tela por 
lo común de cerdas más ó menos clara...» etc. 
¿Quién les habrá dicho á estos infelices que la 
tela del cedazo es, por lo común, de cerdas? Ni 
por lo común, ni por nada, más que por lo acá- 



FE DE ERRATAS. 8l 

démico. La tela del cedazo es de seda, grandísi- 
mos... sabios; y muy modernamente la hay tam- 
bién metálica. Y en cuanto á ser más ó menos 
clara, por muy clara que sea, no lo será más que 
la tontería y la ignorancia de unos académicos 
que tampoco han visto cedazos. — Añaden que 
fsirve para separar las partes sutiles (¡huy, qué 
finos!) de las gruesas de algunas cosas, como la 
harina, el suero, etc.» Tampoco. Y cuenta que 
con haber dicho sencillamente que sirve para 
cerner, que es para lo que en realida»! sirve el 
cedazoy excusaban los acadéríiicos de haber 
metido la extremidad (hablaremos en fino como 
ellos) trayendo intempestivamente á colación el 
suero, porque el instrumento con que se sepa- 
ran las partes sutiles del suero de las gruesas, 
hablando en académico, ó con que se separa el 
suero del requesón, hablando en cristiano, no 
es cedazo, sino coladera. 

Nada de esto saben los académicos; pero, 
en cambio, saben lo que es cedido, que no es 
poco saber, ó si no lo saben, por lo menos lo 
dicen como si lo supieran, y dicen que es lacio; 
y también saben ó dicen que cedras son unas 
«alforjas de pellejo en que los pastores llevan el 
pan y demás avío», aunque no saben, ó á lo me- 
nos no dicen de dónde son provinciales esas 
I alforjas , tan innecesarias seguramente como 
'- los académicos para este viaje; es decir, para el 
viaje de quedarnos sin Diccionario. Y siendo 
1,^ las cedras unas alforjas de pellejo, cualquiera 

■ TOMO II. 6 



82 FE DE ERRATAS. 

creería que el cedrero es el que hace alforjas de 
esas de pellejo ó el que las vende, ó el que las 
lleva... Pues no; el cedrero diz que es el citu' 
rista. 

¿Y qué dirán mis lectores que es cédula? 
Pues cédula es un «pedazo de papel ó pergami- 
no escrito ó para escribir en él alguna cosa». 
¡Pedazo de papel!... ¡Qué pedazos de definicio- 
nes hacen estos pedazos de... académicos! Pe- 
dazo de papel... escrito ó para escribir en él... 
¿qué? alguna cosa. Y el que, quiera saber más, 
que vaya á estudiar á Salamanca. Porque si 
sigue leyendo lo restante del artículo, que es 
bastante largo, perderá el tiempo, y no apren- 
derá más que disparates. 

Para lo cual tanto vale que lea la definición 
del ce/o, que diz que es «animal cuadrúpedo, 
especie de mono (¡anda salero! ¿El mono es 
cuadrúpedo?), con el casco de la cabeza algo 
elevado (¿á la prusiana?), el rostro azul negruz- 
co (¡buena pinta!), la piel aceitunada, cenicien- 
ta, bigotes blancos vueltos hacia arriba, barbi- 
llas negras, una especie de moño por encima 
de las orejas, y los pies negros», que es la más 
negra, aunque todo es bastante oscuro... Ros- 
tro azul, piel aceitunada y cenicienta, que no 
es lo mismo, bigotes blancos, barbillas negras, 
y con moño... ¿Quién demonios se habrá diver- 
tido con los académicos pintándoles semejante 
bicho? 

Cegador, no vaya nadie á creer que es el 



KE DE ERRATAS. 83 

que ciega. Los mismos académicos, que poco 
antes nos han descubierto que cedente es el 
que cede, nos enseñan ahora que cegador es el 
que adula, «lisonjero y adulador», todo para po- 
derme llamar á mí cualquier día cegador de 
académicos por lo que les lisonjeo y adulo. 
Pero lo bueno es que siendo cegajear atener 
malos los ojos», y cegajes dolencia de los ojos, 
y cegajoso el «que habitualmente tiene cargados 
y llorosos los ojos», cegajo es... ¿qué creen uste- 
des que es cegajo? Pues... «macho cabrío du- 
rante el segundo año de su vida». 

Créanme ustedes que hago aquí un verdade- 
ro sacrificio en no llamar á los académicos ca- 
bríos, y lo otro. 




XXXIV. 




OR ese afán que á todos aflige más 6 
menos, de ir ascendiendo en la es- 
cala social, el tendero de ultramari- 
nos que hay en el piso bajo de mi 
casa tiene un hijo estudiante. Y el catedrático 
de este año, que debe ser un... Comelerán com- 
pleto, ha recomendado al muchacho que com- 
pre el Diccionario de la Academia. 

— Mire Vd., señorito — me decía el tendero an- 
teayer tarde cuando me le vino á enseñar, — mi- 
re usted qué libro más grande y más hermoso le 
he comprado á Juanín. 

— ¡Hombre, sí! Muy grande y muy hermoso — 
le contesté; — es el Diccionario de la Academia; 



86 FE DE ERRATAS. 

le conozco mucho, y te habrá costado un ojo de 
la cara. 

— Poco menos, no crea Vd. que no: me ha 
costado cerca de siete duros; pero el catedráti- 
co parece que lo indicó, y yo no quiero que el 
chico carezca de nada de cuanto pueda servir 
para su instrucción y su aprovechamií^nto. 

— Haces bien, Juan, haces bien. Lo malo es 
que eso no puede servir para instrucción ni 
aprovechamiento de nadie. 

— ¿Por qué, señorito? — me dijo sorprendido 
el tendero, que es hombre de escasa ilustración, 
pero de buen sentido, y que conserva todavía la 
antigua veneración á las letras de molde. — Pues 
si dice que es el Diccionario de la lengua caste- 
llana, y que para aprender bien el castellano... 

— No seas inocente, Juan. Ni tu hijo necesita 
aprender bien el castellano, porque ya lo sabe, 
porque no puede menos de saber bien el caste- 
llano un hijo de un montañés y de una extre- 
meña, ni eso es Diccionario de la lengua caste- 
llana. 

— ¡Pues si lo dice aquí al principio! 

— Aunque lo diga. Ya sé yo que lo dice; pero 
lo que ahí llaman lengua castellana no es tal 
cosa, sino lengua académica. 

— ¿Y esa qué lengua viene á ser? 

— Una especie de galimatías que hablan so- 
lamente unos treinta y tantos señores, por lo 
común muy ignorantes, que se reúnen en un 
tingar ó sitio ameno» en la calle de Valverdc, 



FE DE ERRATAS. 87 

todos los jueves por la noche y cualquier otro 
día de la semana en que se presente ocasión ó 
pretexto de cobrar dietas. 

— ¿Pero habla Vd. de veras, señorito? 

— De veras, hombre, de veras; y para que no 
te quede duda, te voy á hacer ver en un mo- 
mento que te han dado gato por liebre; que eso 
no es Diccionario de la lengua castellana, que 
te la han pegado. Trae acá ese libro... Ábrele 
por cualquier parte... Se ha abierto por la pá- 
gina 230... ¿Sabes tú lo que es ceguecillo, Juan? 

« — CiEGUECiLLO creo yo que es un ciego pe- 
queño. Ceguecillo no lo he oído nunca. 

— Ni yo tampoco. Ahí tienes ya una palabra 
académica, ó adulterada, que es casi lo mismo, 
¿Sabes lo que es ceja? 

— Creo que sí, señor; esta línea de pelo que 
hay sobre la cuenca del ojo. 

— Pues el Diccionario no dice así. Mira: «Par- 
te prominente y curvilínea, cubierta de pelo...» 
De donde se deduce que para los académicos la 
ceja no es el pelo, sino la parte. Además, dice el 
libro que se llama ceja una «lista ó banda de 
nubes que suele haber sobre las cumbres de los 
montes.» 

— Nunca lo he oído. 

— Menos habrás oído esto que sigue: <>Parte 
superior ó cumbre del monte ó sierra.* ¿Has 
oido decir alguna vez «Fulano ha pasado la ceja 
de Guadarrama,» ó «está nevada la ceja del' 
Moncayo?» 



88 FE DE ERRATAS. 

— No señor; nunca. 

—¿Y qué entiendes tú por cejar? 

— Hacerse uno atrás, ceder, desistir. 

— ¿Uno?... Según y conforme. Para los aca- 
démicos ese uno que tú dices ha de ser una ca- 
ballería, y si no, no. Míralo: «Cejar, Retroce- 
der, ó andar hacia atrás las caballerías que ti- 
ran de un carruaje.» 

— ¿De suerte que si en lugar de ser caballe- 
rías son bueyes, ya no cej'an? 

— Según el Diccionario, no: ya lo ves, ni las 
caballerías tampoco cejan como no sea que ti- 
ren de un carruaje. 

— Pues precisamente las caballerías son las 
que no cejan, ó cejan con gran dificultad y muy 
poco, y cuando tiran de un carruaje, menos; 
mientras los bueyes, por ejemplo, cejan sin gran 
trabajo. Y también cejamos los hombres. 

— Sí, y aun á veces los académicos, aunque 
por lo común suelen ser testarudos. Ya tienes 
aquí otra palabra adulterada; y vamos á otra. 
¿Sabes qué es cejo?... Pues dice aquí que es 
«niebla que suele levantarse sobre los ríos y 
arroyos después de salir el sol.» 

— No lo he oído en mi vida. 

— Yo tampoco; pero será provincial de algu- 
na parte, aunque no sea más que de la calle de 
Valverde. Ahora atiende á lo que sigue, porque 
cejo diz que significa además: «atadura con que 
se sujeta el manojo de esparto, hecha de lo 
mismo.» 



FE DE ERRATAS. 89 

— Esa atadura, señorito, creía yo que se lla- 
maba VEKCEjo; á lo menos así se llaman las ata- 
duras de los manojos de lino y de los haces de 
trigo en mi país. 

— Y en todas partes, Juan. 

— Pues entonces no veo la razón de que el 
libro diga cejo y no vencejo. 

— Dice cejo porque la otra mitad de la atadu- 
ra del esparto se la han comido los académicos, 
que, en tratándose de comer, ni al esparto per- 
donan. ¿Y cómo llamarías tú á la habitación de 
una monja ó de un fraile? 

— Una celda. 

— Pues el Diccionario la llama cela. 

— ¿Cela? 

— Sí, porque así se dice en latín. 

— Pero ¿no dicen que es Diccionario de la 
lengua castellana? 

— Pues ahí verás. Esa es otra falsificación. 
Como la que viene inmediatamente en el artícu- 
lo de la CELAD.\, donde ponen el refrán que di- 
ce: fA celada de bellacos, mejor es el hombre 
por los pies que por las manos,» y dicen que 
«enseña ser ventajoso huir de pleitos y contien- 
das.» ¿Y qué diremos déla definición de celaje, 
•color que presentan las extremidades de las nu- 
bes?» ¿No te parece que es una definición hecha 
con las extremidades inferiores? ¿Qué crees que 
es celante! 

— No lo he oído nunca, pero será el que cela: 
esc cualquiera lo canta. 



gO FE DE ERRATAS. 

— Por eso está tan de sobra por lo menos co- 
mo otros muchos participios que omiten. ¿Pa- 
récete que pueda haber alguna razón para po- 
ner los participios activos ó de presente y no 
poner los de pretérito? ¿Por qué ha de estar en 
el Diccionario celante y no ha de estar cela- 
do? Verdad es que tampoco los participios pa- 
sivos ó de pretérito corren todos la misma suer- 
te, pues si por lo general los omiten, hacen ex- 
cepciones. No ponen v. gr., amado, pero ponen 
QUERIDO, sin duda porque, aun cuando son dos 
participios iguales y muchas veces sinónimos, 
el último tiene una significación innoble y mo- 
dernísima en el caló de los burdeles. Verás la 
definición, ya que de esto hablamos, aun cuan- 
do no es este su sitio. «Querido, da {de querer) 
(¡pues claro!), m. y f. El hombre respecto de la 
mujer ó la mujer respecto del hombre con quien 
tiene relaciones amorosas ilícitas.» ¿Crees tú 
que era muy importante enseñar esto á la gente 
y echar á perder un participio dando carta de 
naturaleza á una tontería no castiza? Y admiti- 
do esto y dando por buena la sintaxis de la de- 
finición, ¿por qué no haber puesto otra análoga 
que dijera: «Amado, da (de amar), m. y f. El 
hombre respecto de la mujer y la mujer respec- 
to del hombre con quien tiene relaciones amo- 
rosas lícitas? ¿Es que las relaciones ilícitas tie- 
nen para los académicos preferencia? 

— No sé lo que será, pero todo eso me va pa- 
reciendo bastante malo. 



FE DE ERRATAS. QI 

— Pues mira, aquí vien^ la palabra celemí, 
que seguramente no sabes qué es... 

— No, señor, porque á lo que más se parece 
es á celemín, y para eso la falta una ;i. 

— Se la pondremos y ya tenemos el celemín, 
del que dicen los académicos, echándoselas de 
eruditos, que «equivale á 4.625 mililitros. Ya 
ves, ahc^ra mucho mililitro, y cuando se trata 
de medir un pájaro siempre le miden por piás 
y por pulgadas. Pero en seguida añaden: En la 
isla de Puerto Rico equivale á 5.756 mililitros.» 

— ¿Cómo puede ser eso, señorito? 

— De dos maneras, Juan: ó siendo en la isla 
de Puerto Rico el celemín más grande, ó sien- 
do los mililitros más pequeños. 

— Pero en este caso ya no serán mililitros. 

— Es claro. Y en el otro no es celemín. 

— ¿Entonces?... 

— Hay otra manera todavía de que eso suce- 
da: siendo los académicos un poco zoquetes, y 
este es el caso. Por eso en seguida definen otra 
vez el celemín diciendo: «Porción de grano, se- 
millas, ñ otra cosa...'» como si el grano no fuera 
semilla, ó como si la percalina, por ejemplo, 
que es otra cosa, se pudiera medir á celemines. 
En seguida ponen celeminada, y dicen que es 
«porción de grano que cabe en el celemín.» Por- 
ción que es un celemín nada más, como celemi- 
nada no es nada más que una tontería que está 
de sobra. Y ahora figúrate, Juan, que yo cogie- 
ra el celemín por una esquina y diera con él á 



92 FE DE ERRATAS. 

cualquier académico en la cabeza. ¿Cómo se 
llamaría el golpe? 

— Celeminazo. 

— Precisamente; pero los académicos, quizá 
para evitarle, no han puesto la palabra. En 
cambio, ponen el verbo celerar. ¿Sabes qué es? 

— Parece así como acelerar, pero le falta 
una a al principio. 

— Pues eso dicen los académicos que es; ¿3' 
celer amiento? 

— Será como aceleramiento. 

— También dicen eso. ¿Y celerado? 

— Será acelerado. 

— Amigo, no; aquí ya desbarraste. Celerado 
dice el Diccionario que es «malvado, perverso.» 

— Pues siendo celerar, acelerar y celeramien- 
to , aceleramiento, parecía natural que cele- 
rado 

— Sí, pero entre los académicos no hay que 
buscar nada natural más que los desatinos. Por 
ejemplo, verás con qué naturalidad dicen que 
celeste es lo perteneciente al cielo y que «aplí- 
case por lo común á la parte física», como si no 
fuera común decir los espíritus celestes, ó la 
celeste bienaventuranza. Verás con qué natura- 
lidad blasfeman en la definición de la palabra 
celestial, diciendo que es «bobo, tonto ó inepto.» 
¿Cuándo han oído que nadie les llame á ellos 
celestiales?... En cambio no mientan la música, 
única cosa á que en sentido irónico se aplica 
ese adjetivo. 



FE DE ERRATAS. 93 

— Así es; música celestial me va pareciendo 
á mí el Diccionario. 

— Pues mira: aquí ponen celfo y dicen que es 
lo mismo que cefo; y es verdad, porque cefo 
tampoco era nada; es decir, era un animal cua- 
drúpedo, coíno el mono, con lo cual, aun cuando 
no hubiera resultado luego con el rostro azul, los 
bigotes blancos, las barbillas negras y el moño, 
había bastante para conocer que era imagina- 
rio. Di, ¿has bebido celia? 

— No en mis días, ni sé qué es. 

— Una «bebida, según dicen aquí estos seño- 
res, que se hacía de trigo echado en infusión»; 
pero no nos dicen dónde, ni cuándo se hacía. 
Tampoco habrás comido celindrate. 

— Ni sé con qué se come. 

— No creas que está bueno de saber eso, por- 
que no dice el libro nada más sino que es un 
«guisado compuesto con cilantro^; y como ni si- 
quiera añade lo que otras veces, que dice: «gui- 
sado compuesto con tal y otras cosas, sólo se 
deduce que debe ser un guisado muy soso, pero 
no se adivina si se comerá con tenedor ó con 
cuchara. 

— Lo mejor será no comerle. 

— Es verdad. Y con todos los guisados aca- 
démicos pasa lo mismo, incluso el Diccionario, 
que también es mejor no comprarle. 

— No le compraría yo si fuera ahora, porque 
ya me voy convenciendo de que así es castella- 
no como yo moro. Pero se me ocurre una cosa. 



94 FE DE ERRATAS. 

Verá usted... Yo tengo tienda de comestibles, 
como usted sabe... Pues si vendo por queso de 
bola patatas con un poco de azafrán, por cho- 
rizos de cerdo chorizos de caballo, agua con un 
poco de alcohol y con mucha fuschina por vino, 
y por chocolate una pasta de borra de azúcar 
con migas de pan y teja molida, me echan una 
multa que me parten, como no tengan algún 
agradecimiento para el teniente-alcalde del dis- 
trito, y si reincido me forman causa criminal 
y me aplican el Código por adulterador de es- 
pecies alimenticias. 

— Y hacen bien; es decir, harían bien si lo 
hicieras. 

— ¿Pues por qué no han de hacer otro tanto 
con los adulteradores de palabras, con los que 
venden inglés, ó lo que sea, por castellano? 

— Ya hablaremos de eso más tarde: ahora 

atiende 

Y se continuará la conferencia. 




XXXV. 




ONTINÚA la conversación con el ven- 
dedor de ultramarinos: 

— Mira, Juan; de la celosía dicen 

que «se pone en las ventanas de los 
edificios y otros huecos análogos», lo cual es re- 
dundancia chavacana y ridicula, porque las 
ventanas claro es que han de ser de los edifi- 
cios, y los otros huecos análogos también son 
ventanas ó balcones; y además, con esa sintaxis 
parece que la celosía se pone en las ventanas 
de los edificios y en las ventanas de otros hue- 
cos. Después ponen la palabra celtista, y dicen: 
«persona que cultiva la lengua y literatura célti- 
cas»; es decir, persona qne por lo común no sabe 
por donde anda; y luego ponen celtre, diciendo 



g6 FE DE EUUATAS. 

que es igual que acetre. Pero lo mejor es lo 
que dicen en el artículo dedicado á la palabra 
CELULAR, sobre las cárceles que llevan este nom- 
bre. Oye: «Dícese de las prisiones y estableci- 
mientos penales (¡qué amor á los ripios!) en don- 
de hay celdas para guardar á los presos 6 pena- 
dos^ parcial ó absolutamente incomunicados, 
según los nuevos sistemas penitenciarios.» Y 
ahora échate á nadar en averiguación de lo que 
sean los nuevos sistemas penitenciarios, para de- 
ducir cómo son las cárceles celulares, porque la 
definición, después de ser tan larga y tan en 
verso y tan llena de ripios, no dice nada de lo 
que importa. ¿No es un robo llevar seis duros 
y medio por definiciones de este trapío? 

— Sí, señor, sí, y eso es lo que me escuece. 

— Mira tú que definir la cárcel celular así: 

«Dícese de las prisiones 

y establecimientos 
penales en donde hay celdas 
para guardar á los presos 

ó penados, 
parcial ó absolutamente 

incomunicados, 
según los nuevos sistemas. 

penitenciarios.» 

¡Versos, consonantes y amplificaciones co- 
mo las de establecimientos penales\y penados, que 
son inútiles después de haber dicho prisiones y 



FE DE ERRATAS. 97 

presos, y luego no decir lo que es una prisión 
celular ni aproximadamente! Porque si sólo 
consistiera en tener celdas para guardar á los 
presos, todas las prisiones serían celulares. Con 
llamar celdas á los calabozos... En seguida po- 
nen dos artículos inútiles, cellenca y cellenco, ca, 
con significados más ó menos caprichosos. Y 
luego verás lo que dicen que es cementerio. 

— ¿A ver? 

— «Sitio descubierto fuera del templo, desti- 
nado á enterrar cadáveres.» Esto, aunque es po- 
bre, podría pasar si antes hubieran sabido defi- 
nir el cadáver; pero como del cadáver han di- 
cho simplemente que es «Cuerpo muerto,» sin 
distinguir de especies, resulta ahora que el sitio 
donde, en tiempo de epizootia, se entierren no- 
villos ó rocines, por el Diccionario de la Aca- 
demia es tan cementerio como el Camposanto. 

— Y que no tiene vuelta. 

— Pues mira aquí; de la cena comienza di- 
ciendo que es comida: «Cena, f.: Comida que 
se toma por la noche;» lo cual viene á ser como 
si para definir la camisa dijeran que es «panta- 
lón que se pone por la cabeza.» Faltan en este 
artículo de la cena la significación de eucaris- 
tía y la de cuadro en que se representa la últi- 
ma cena de Jesucristo con los apóstoles. Mas 
en compensación nos dan un participio de pre- 
térito del verbo cenar, llamándole adjetivo para 
justificar la excepción, como si los demás no lo 
fueran, y diciendo: «Cenado, da, adj.: Dícese 

TOMO II. 7 



g8 FE DE ERRATAS. 

del que ha cenado.» Y... ¡qué se ha de decir se- 
mejante tontería! Se dirá en la Academia. Fue- 
ra de allí, sólo en Bilbao es donde las señoritas, 
cuando van demasiado temprano á la tertulia, 
y están cenando todavía en la casa, y las pre- 
guntan si quieren cenar, contestan: «Grasías. 
cenadas venimos, y...» Te advierto, Juan, que 
este disparate del cenado es nuevo; le han pues- 
to de su cosecha los académicos actuales en esta 
duodécima edición, sin hallarse en la undécima, 
que era menos mala, es decir, que tenía unas 
cuantas majaderías menos, porque tampoco te- 
nía las cedras, ni el cebruno, ni la cazorría, ni 
el cayan, ni el cavan, ni el cavacote, ni el cator- 
zal, ni elcatéter, ni el catecú, ni el cate, ni el ca- 
save, ni el carincho, ni otras muchas cosas así, 
que tú no has oído hasta ahora. 

— Ni espero volverlas á oir en mi vida. 

— Tampoco habrás oído esta definición del 
cenador: «Cada una de las galerías que hay en 
la planta baja de algunas casas de Granada, á 
los lados del patio, sin pared que de él las se- 
pare...^ 

— Pare, pare; porque ya perdí el hilo, y no lo 
entiendo bien, y si amontona Vd. más, lo en- 
tenderé menos. Decía Vd., «sin pared que de él 
las separe.» Ese él ya supongo que será el patio, 
pero las deben ser las casas, y no me hace sen- 
tido. 

— Los académicos quieren que sean las ga- 
lerías, que quedan mucho más atrás; pero atien- 



FE DE ERRATAS. 99 

de á esto último: «...sin pared que de él las se- 
pare, y con su techo correspondiente, que suele 
servir de piso á otra galería alta.» ¿Lo has en- 
tendido? 

— No, por cierto. Esta es la hora en que es- 
toy tan en ayunas como antes acerca de lo que 
pueda ser un cenador en algunas casas de Gra- 
nada. Verdad es que tampoco tengo curiosidad 
de saberlo, ni me importa. 

— Ni á ti ni á nadie. Porque á mayor abun- 
damiento, esto no puede ser un cenador, sino 
una simpleza que puso aquí el Sr. Tamayo para 
dar á entender que ha pasado algunas tempo- 
radas en Granada, y para demostrar que no 
sabe describir habitaciones, ni menos trazarlas. 
Mejor le hubiera sido poner en el artículo cenar 
la frase «ó perdiz, ó no cenar.» que tampoco se 
halla en^el de la perdiz; y en lugar de decir 
que cencerra es lo mismo que cencerro... 

— ¡Qué ha de ser lo mismo, señorito! Como 
no sea por aquello del refrán, que dice: «Jabón 
ó hilo morado, todo es para la ropa.» 

— Refrán que, por cierto, falta en el Diccio- 
nario, porque los académicos no le sabían, como 
no saben que cencerr.\ es el cencerro pequeño, 
y que diría una barbaridad el que, fiándose del 
Diccionario, llamara cencerra á un cencerro de 
esos de los mansos del ganado trashumante. ¿Y 
qué te parece lo que dice el Diccionario de la 

CENCERR.\DA? 

— ¿Qué dice? 



lOO KE DE ERRATAS. 

— Que es «ruido desapacible que se hace con 
cencerros, cuernos y otras cosas.* 

— Supongo que esas otras cosas no serán cal- 
cetines. 

— No, ni tomates; aunque en la denominación 
de otras cosas caben hasta pezuñas de académi- 
cos, con las cuales hacen ellos sus libros, que 
suelen ser verdaderas cencerradas al idioma. 
Pero déjame concluir la definición de la cence- 
rrada: «que se hace con cencerros, cuernos y 
otras cosas /»ara burlarse de los viudos. ..y» Como 
si no se pudieran dar cencerradas á los solteros 
ni á los académicos. 

— ¡Y buena que se la dimos nosotros una vez 
al alcalde! 

— Siguen los académicos tocando el cencerro 
y tocándole mal, aunque parece que debieran 
tocarle bien. Dicen que cencerrado, da es lo mis- 
mo que ENCERRADO, sin que acierte yo á adivinar 
de dónde han sacado este desatino. Omiten , en 
la definición del verbo cencerrear, la acepción 
figurada de publicar ó propalar mucho una co- 
sa. Dicen que cencerrión es lo mismo que ce- 
rrión, y en esto casi dicen bien, porque ninguna 
de las dos palabras sirve. Llegan al cencerro 
y comienzan diciendo que es «instrumento que 
se hace de una plancha...» Después de lo cual 
si no se meten á cencerreros no será por falta 
de primera materia, pues lo que es plancha en 
esta misma definición la hacen magnífica. Y 
saltando ahora sobre otros cuantos disparates 



FE DE ERRATAS. lOl 

que de seguro habjrá en lo que falta de esta 
columna, ¿qué crees que es cení? 

— No lo sé, francamente. 

— Pues es «especie de latón ó de azófar muy 
fino,» y es otro descubrimiento de los académi- 
cos actuales. 

— ¿Y para qué sirve? 

— Es de suponer que para nada, pues si sir- 
viera para algo lo hubieran omitido. Como omi- 
ten al definir el cenicero el platillo en donde 
se echa la ceniza del cigarro. Y ya que habla- 
mos de ceniza, también te diré que adulteran su 
color los académicos al decir que es «general- 
mente blanco,» porque general, y aun brigadier- 
mente, la ceniza es de un color gris especial, y 
por eso lo que es de ese color se llama ceni- 
ciento. 

— Eso bien lo debían saber los académicos, 
porque es el color del que creo que dicen ellos 
que son los burros. 

— Así es; «por lo común ceniciento,» dicen; 
pero ahora en seguida ponen certsal y censalista 
diciendo que son provinciales de Aragón (barba- 
ridad esta de confundir la región y la provin- 
cia, que repiten mucho), cuando no son más 
que maneras de hablar defectuosas. Fíjate aho- 
ra en la etimología de centavo tde ciento y avo,* 
que es como si dijeran tontería «de tonto y ria;» 
y sin metemos á averiguar por qué ponen tcen- 
tellón, aumentativo de centella,» habiendo pro- 
metido suprimir todos los aumentativos en on; 



I02 FE DE ERRATAS. 

aunque ya se sabe que suelen hacer excepcio- 
nes en favor de las palabras que no se usan, 
verás cómo definen el centímetro cúbico: «El 
que equivale á 138 líneas cúbicas.» Esto no es 
definir, amigo Juan; esto es como si dijeran: 
«Académico, el que cobra cinco duros cada no- 
che.» Aparte de que no dicen en todo el Diccio- 
nario lo que es línea cúbica, aparte de que la 
equivalencia no es exacta del todo, y aparte de 
que si ponemos 138 cubos de una línea de aris- 
ta uno sobre otro nos resultará un prisma cuya 
base será una línea cuadrada con 138 líneas de 
altura, que á todo se parecerá menos á un cen - 
tímetro cúbico. Aquí ponen centiplicado, que 
sería participio pasivo del verbo centiplicar, si 
se usara, y le ponen á pesar de no poner parti- 
cipios pasivos; es decir, que ponen este porque 
no le hay, pero no ponen el verbo de donde 
nace. Y por toda definición dicen: «Centipli- 
cado, DA, adj. Que está centuplicado.» Pero en 
cambio, el centuplicado, que aquí les sirve de 
explicación, no le ponen. Ponen el verbo centu- 
plicar y no ponen el particio centuplicante. 
¿Por qué? Porque les sale así: sin razón ningu- 
na. Habiendo puesto ^cascante, el que casca,* no 
pusieron fcastigante, el que castiga;» pusieron 
acatante, el que cata,i> y no pusieron «cautivante, 
el que cautiva» (ni cautivador); pusieron «-cayen- 
te, el que cae,* y no pusieron «cebante, el que 
ceba,» pero pusieron «celante, el que cela...» 
— Es decir, que ponen lo que les da la gana. 



FE DE ERRATAS. IO3 

— O lo que aciertan. Aunque acertar, sólo 
aciertan á decir desatinos, como cuando defi- 
nen la centola diciendo que es «especie de can- 
grejo de mar, que se asemeja á una araña.» En 
el artículo centro, omiten el centro de mesa. 
En cambio, ponen la palabra cenzalino, que no 
sabes lo que es, ni te hace falta. Más adelante 
hacen otra excepción con el participio pasivo 
CEÑIDO, DA, llamándole adjetivo, y diciendo que 
es «moderado y reducido en sus gastos;» y como 
una de las acepciones que ellos mismos ponen 
al verbo ceñir, es la de «moderarse, reducirse 
en los gastos,') resulta que ceñido, da, no es 
más que un participio pasivo, y que los acadé- 
micos no son más que unos badulaques. ¿Sabes 
lo que es ceo? 

— No, señor. 

— Pues oye: «Pez de mar, mayor que un be- 
sugo, casi tan largo como ancho. )t 

— Eso sí que conozco yo que es una barbari- 
dad; porque todas las cosas son más largas que 
anchas; y decir que una es casi tan larga como 
ancha... Vamos, no lo hubiera creído. 

— Pero ya lo crees, ¿eh? 

— Lo que se ve, señorito, no hace falta creer- 
lo. Estoy convencido de que esto no es Diccio- 
nario castellano, ni cosa que lo valga, sino 
buñuelo ruin, con el cual me han dado lo que 
antes llamábamos una pega, y ahora llaman un 
timo, é insisto en que á los autores se les debie- 
ra formar causa. 



104 PE ^^ ERRATAS. 

— No te falta razón, Juan; mas para eso era 
menester reformar el Código; porque aplicarles 
á los académicos, como falsificadores del habla 
castellana, las penas que el Código de ahora 
establece para los que falsifican el queso de 
Flandes ó las letras de cambio, resultaría duro. 
A tí mismo te había de dar lástima echar un 
académico á presidio. 

— Verdad es. 

— Bueno; pues ya he hablado yo sobre esto 
con un amigo que es diputado, y ya está en 
proponer en la legislatura próxima la reforma 
del Código penal, añadiendo á la escala de las 
penas, para estos casos, la pena de pesebre. 

— ¡Qué cosas tiene usted! 

— Sí, hombre; y es una pena que se adapta 
muy bien á la ridicula moda reinante en mate- 
ria de penas, porque es divisible. Así, por ejem- 
plo: pena de pesebre en su grado mínimo, ce- 
bada; pena de pesebre en su grado medio, paja 
y cebada; pena de pesebre en su grado máximo, 
paja sola. 




XXXVI 




ÚMERO notable el de este artículo, por 
ser el número de los sillones de la 
Academia; de modo que, burla bur- 
lando, con el de hoy salen ya los se- 
ñores académicos á artículo por barba. 

Pudiéramos in honorem tanti festi, los lecto- 
res y yo, celebrar unas bodas de cualquier me- 
tal, ya que no fueran de oro, como neciamente 
llaman por ahí al Jubileo Sacerdotal del Sumo 
Pontífice; pero no hay que contribuir á que co- 
rran y se naturalicen frases bárbaras, inventa - 
das por los franceses, y echadas á volar entre 
nosotros por los catalanes, que todo lo quieren 
hacer de oro, hasta las hormigas. 

No sé quién es entre los académicos el últi* 



106 FE DE ERRATAS. 

mo, sólo sé que todos merecen serlo; mas como 
quiera que los académicos son treinta y seis, y 
el número treinta y seis hace el presente artí- 
culo, al último de los académicos, sea quien 
fuere, le brindo las dos ó tres docenas de dis- 
parates que voy, si Dios me ayuda, á poner en 
solfa. 

Ya he dicho varias veces que no cojo las 
barbaridades d«l Diccionario á hita, sino á la 
que salta, porque lo otro sería tarea para mu- 
chísimos años, y, por consiguiente, no hay que 
extrañar que muchas malas definiciones pasen 
inadvertidas. Así pasó en la A una de esas que 
imprimen carácter, la del arrodeamiento, del 
que dicen los académicos que es «turbación, 
mareo de cabeza», de donde claramente parece 
deducirse que ha de haber un inareo de pies, 
que será quizás el que han padecido los aca- 
démicos para que les saliera tan mal el Diccio- 
nario, puesto que con los pies debe estar es- 
crito. 

Arrodeados ó mareados de la cabeza, ó de los 
pies, debían estar los académicos cuando lle- 
garon á la definición del cepillo , y por eso 
dicen que es «instrumento de carpintería hecho 
de un zoquete.. .9 como si el cepillo y el acadé- 
mico reconocieran el mismo origen. Añaden 
que el zoquete ha de ser de madera: «hecho de 
uu zoquete de madera cuadrilongo con cuatro 
esquinas y caras iguales»; pero esto no es cierto; 
porque las caras son seis, no iguales, y las es- 



FE DE ERRATAS. IO7 

quinas ó aristas son doce; á más de que un trozo 
de madera deesa figura,, se llama un prisma 
rectangular y no un zoquete. 

Verdad es que á algo habían de llamar zo- 
quete los académicos, aunque no fuera más que 
por echar el mote de casa; pero además, tampo- 
co es exacto que el cepillo se haya de hacer de 
un zoquete de madera cruadilongo con cuitro 
esquinas y caras iguales, etc , porque se puede 
hacer de un trozo de madera de cualquier figu- 
ra, dándole luego la conveniente; por eso se 
hace. Si el trozo de madera, ó el zoquete, ha- 
blando en académico, tiene ya las cuatro esqui- 
nas y caras iguales, como los académicos dicen, 
y además la mvertura estrecha y atravesada^», et- 
cétera, ya no se puede hacer de él un cepillo , 
porque ya está hecho. Es lo mismo que si para 
definir los académicos la bola de billar dijeran: 
-•Instrumento de juego hecho de una esfera de 
marfil...» 

No menos arrodeados, turbados, ó mareados 
de la cabeza, ó de las pantorrillas, debieron lle- 
gar á la palabra cepo, puesto que al definir el 
cepo, «trampa para cojer lobos ú otros anima- 
les», dicen que «hácese de varios modos (?), 
pero el más común es formarlo de dos zoquetes... 
— ¡Qué afición á extender la familia! — de dos 
zoquetes recios de madera unidos con bisagras 
de hierro ú otro madero recio, armados de pun- 
tas de hierro, los cuales se dejan abiertos y 
sostenidos así de un pestillo, que al más leve 



I 



I08 FE DE ERRATAS. 

contacto se dispara...» ¡Ustedes sí que se dispa- 
ran al más leve contacto, y aun sin que se les 
toque, con cada granizada de tonterías, que 
quita el juicio! Porque seguramente no habrá á 
estas horas en España un español, fuera de la 
Academia, quo no haya visto el cepo de coger 
lobos, ya que en éste se fijan los académicos, y 
no sepa que es de hierro, sin mezcla de zoquetes 
ni de otros académicos disparates. Puede ser 
que en el siglo pasado, cuando se hizo el primer 
Diccionario de la Academia, hubiera cepos de 
esos zoquetes (porque lo que es zoquetes ya los 
había); mas para dejar correr las definiciones 
del otro siglo y las descripciones de chismes 
que ya no existen ni nadie conoce, ¿á qué vie- 
ne pagar á los académicos un montón ó treintr 
y tantos montones de duros por cada vez qu- 
se reúnen? 

En este artículo faltan lo menos tres acep 
clones de la palabra cepo, y en cambio ponen 
después los académicos otro artículo para darla 
una acepción que no tiene. Las que faltan son: 
I.*, colmena: 2.», tronco inferior del árbol cor- 
tado, madera inútil que se está pudriendo en el 
monte; 2.=», persona gruesa y torpe en sus mo- 
vimientos. 

Por no saber la primera de estas acepciones 
no saben tampoco explicar la frase cepos que- 
dos, atribuida en un cuento á un oso, que fué 
de noche á robar miel á un colmenar en compa- 
ñía de un lobo y de una zorra, los cuales no le 



FE DE ERRATAS. lOQ 

prestaron más ayuda que la de estar de centi- 
nela para que no le sorprendiera el dueño de la 
finca. El oso sacó un par de cepos del colmenar, 
corriendo entre otros riesgos el de que le pi- 
caran las abejas, y para ahogarlas los llevó al 
arroyo más cercano (i). Cuando los cepos ya 
no ofrecían peligro ninguno, dice el cuento que 
el lobo y la zorra, cada cual por su parte, qui- 
sieron ser los repartidores de la miel, y al efec- 
to propuso la zorra que ejerciera aquella fun- 
ción el que de los tres resultara tener más años. 
— Yo soy del tiempo de la ruda, dijo el lobo. 
— Es de advertir que la ruda se suele poner 
como tipo de antigüedad, y así se dice: «más 
viejo que la ruda», frase que falta, por supues- 
to, en el Diccionario. — Cuando la ruda nació 
cien años tenía yo, replicó la zorra. — Y el oso, 
que hasta entonces había oído en silencio la 
competencia, dijo: «Yo tengo menos años que 
dedos, pero... cepos quedos». — Hay otra versión 
del mismo cuento, en la que el cepo robado es 
uno solo, y se le llama corcho, que es otro nom- 
bre de la colmena, refiriéndose que el terrible 
plantígrado, después de oir al lobo y á la zorra 
atribuirse tan fabuloso número de años, dijo: 
— Pues yo tengo siete y voy para ocho, pero... 



(i) Efectivamente, el oso, que es mny aficionado á la miel (casi 
tanto como los académicos a! presupuesto), se va de noche á los col- 
menares, roba cepos y los lleva á un arroyo con admirable instinto, á 
ahogar allí las abejas para que no le incomoden. 



lio FE DE ERRATAS. 

quieto el corcho. — Esta última frase también 
falta. 

La omisión de las otras dos acepciones de 
la palabra cepo ha hecho cometer á los acadé- 
micos otra insigne majadería. Hay un refrán 
que dice: Afeita un cepo, y parecerá mancebo; y 
quiere decir que los adornos y aliños hacen que 
parezca bien hasta un tronco ó un pedazo de 
madera, cuanto más una persona tosca y des- 
garbada. Pero los académicos, como por una 
parte no conocen esas acepciones de la palabra 
CEPO, y por otra han debido creer en su igno- 
rancia que AFEITAR no es más que rasurar, ope- 
ración que no se puede practicar con un made- 
ro, no supieron explicar el refrán buenamente 
y quisieron buscar una nueva clase de cepo á 
que fuera aplicable la rasura. Acordáronse de 
aquel animalucho imaginario que antes habían 
descrito, diciendo que era un «cuadrúpedo, es- 
pecie de mono, con el rostro azul negruzco, la 
piel aceitunada cenicienta, bigotes blancos... 
barbillas negras y una especie de moño por en- 
cima de las orejas...» y al llegar á las barbillas 
se conoce que se dijeron: «Este es el que nos 
conviene para la explicación del refrán, porque 
á este pueden afeitársele las barbillas, y aunque 
el nombre es distinto, como le hemos llamado 
cefo y celfo ¿por qué no le hemos de llamar 
también cepo, y estamos remediados? Y diciendo 
y haciendo, encabezaron otro artículo con la 
palabra cepo, en esta forma: «Cepo, m. Cefo», y 



FE DE ERRATAS. 11 1 

al cefo le plantaron el refrán encima, sin repa- 
rar los grandísimos majaderos que siendo los 
refranes producto de la observación popular, 
ha de estar, como está siempre en ellos, la com- 
paración ó la metáfora basada sobre cosas y 
palabras muy conocidas y muy populares, y es 
imposible que haya dado origen á un refrán po- 
pular, ni tenga parte en él un bicho completa- 
mente desconocido del vulgo, si es que existe, 
que también es dudoso. No, pedazos de... sa- 
bios, no; el cepo de este refrán es el cepo, el 
tronco, y no el cefo que neciamente traen uste- 
des por tercera vez á colación ahora. 

De la CERA dicen los del mareo de cabeza que 
es «sustancia con que en los panales de la miel 
fabrican las abejas la armazón y las celdillas...» 
¿Hase visto igual ristra de disparates? En pri- 
mer lugar, parecen suponer los académicos que 
cuando las abejas fabrican las celdillas con 
cera, ya están los panales de la miel hechos de 
antes; porque para decir que un sabio, y no es 
alusión, hace, por ejemplo, análisis en su labo- 
ratorio químico, es preciso que antes esté hecho 
el laboratorio. Los académicos no habrán que- 
rido decir que los panales son anteriores á la 
, fabricación de la cera, pero se lo ha hecho de- 
cir la falta de sintaxis. En segundo lugar, se 
desprende de la definición que la cera no la fa- 
brican las abejas, sino que está ya fabricada, y 
ellas la emplean para fabricar las celdillas en 
los panales, ni más ni menos que un carpintero 



112 FE DE ERRATAS. 

emplea las tablas de roble, ya serradas, para ha- 
cer un armario. Después continúan: «Se encuen- 
tra (la cera) en las hojas, flores, frutas y tallos 
de diversas plantas, y las abejas la recogen...» 
¿Nada más que recogerla? ¿Como recogen el 
orégano ó la flor de malva los niños para ven- 
dérselo á los boticarios?... No; que «las abejas 
la recogen y la aumentan en su elaboración in- 
terna.» ¡No están ustedes malos internos!... ¿Con 
que la aumentan? ¿Y cómo? ¿Creando el aumen- 
to de la nada?... Pues digan ustedes que la fa- 
brican, grandísimos... académicos, porque esa 
es la verdad; porque en las plantas ó en las flo- 
res no se encuentra la cera hecha y derecha, 
sino los elementos para fabricarla. ¡Que la 
aumentan! ¡Como si las flores y plantas tuvie- 
ran ya su poco de cera comercial y las abejas 
lo multiplicaran, del mismo modo que multipli- 
có Nuestro Señor Jesucristo los panes y los 
peces! 

Pero todavía, después de la elaboración in- 
terna, dicen estos sabiondos: «Algún otro insec- 
to secreta cera...» ¿Secreta ó pública?... ¡Secreta 
cera! Se dice segrega, mentecatos. Porque el 
verbo secretar, que ponen ustedes en el lugar 
correspondiente, no existe. ¿De dónde han saca- 
do ustedes ese verbo irracional y bárbaro? ¿Bas- 
ta que algún fisiólogo, traductor ó plagiario, de 
esos qne no saben castellano (ni fisiología^ y 
que ponen especial esmero en hacerse ininteli- 
gibles le haya empleado, para dar carta de na- 



FE DE ERRATAS. jj-^ 

turaleza á un desatino? Tenemos el verbo se- 
gregar, y no hace falta otro. Del supino secre- 
tum, de secernere, solamente el verbal en io 
secretio se usa traducido en castellano, secreción, 
pero no se dice, ni hace falta, ni nadie dijo nun- 
ca, más que la Academia, y antes de ella algún 
tonto, yo secreto, tú secretas, aquel secreta. ¿Dón- 
de está la autoridad que ampare ese supuesto 
verbo? 

Por ese camino, el día menos pensado adop- 
tarán ustedes también escidtar, como ya dicen, 
por ESCULPIR, algunos infelices que se meten á 
críticos de bellas artes. ¡Valido está el idioma 
con semejantes académicos! 

También podían haber suprimido la defini- 
ción del cera/olio, con todas sus etimologías 
ridiculas, para venir á parar en la equivalencia 
de PERIFOLLO, que es como se dice. Sin que se 
hubiera perdido nada tampoco aüjerando aque- 
llo de cerasta , cerastas, ceraste y cerastes, todo 
lo cual diz que es una «especie de culebra vene- 
nosa de África... con dos cuemecillos», siendo 
Jo más particular que esos cuernecillos los tiene 
«en la cabeza.» 

¡Pero qué!... Si ni siquiera aciertan á defi- 
nir el CERATo, y le llaman «composición de cera, 
aceite y otros ingredientes, más blanda que em- 
plasto y ordinariamente más dura que ungüen- 
to.! Los otros ingredientes desde luego se los 
pueden ustedes comer, aun cuando sean cebada 
y heno, porque precisamente el cerato simple, 

TOMO II. Q 



114 ^^ ^^ ERRATAS. 

que es el más usado, no lleva más que aceite y 
cera, y es un ungüento como cualquier otro; de 
suerte que aquello de «ordinariamente más dura 
que el ungüento» es una academiquería ordi- 
naria. 




XXXVII. 




A definición de la cerca, dice: tValla- 
do, tapia ó muro que se pone alrede- 
dor de cualquiera sitio...» como si, 
aparte de lo pedestre de la construc- 
ción, vallado fuera lo mismo que muro ó tapia. 
Desde luego se entra en sospecha de que los aca- 
démicos no saben lo que es vallado; y en efec- 
to, evacuando la cita, se ve que dicen que el 
VALLADO es tcerco que se levanta y forma (?) de 
tierra apisonada...» lo cual viene á ser una pa- 
red, y definir así el vallado, dar por las paredes, 
destino constante de los académicos. Porque el 
vallado no se levanta, sino que se baja, imitan- 
do la académica e xpresión, porque es una zanja. 
ó un foso, como acaso hubieran llegado á sos- 



Il6 FE DE ERRATAS. 

pechar los infelices si el etimologista, al darles 
la etimología, no se hubiera detenido á lo me- 
jor, si les hubiera dicho que el latín vallatus. 
que él pone como raíz, viene de vallis, valle. 

La definición de cercén es corta, pero mala. 
Véase: «cercén, adv. m. {adverbio modal) ant. A 
CERCÉN ¡I A cercén, m. adv. (modo adverbial). 
A raíz.» — ¿Y la definición de cercén, pregun- 
tarán los lectores? Porque decir que cercén es 
A cercén, es un disparate, pero no una defini- 
ción. Es lo mismo que decir que pulso es Á pul- 
so. ¿Quién les habrá dicho á estos bar... tolos 
que cercén es adverbio, y anticuado por más 
señas? No, sapientísimos, no; cercén no es ad- 
verbio, es sustantivo, y muy usado y muy po- 
pular en León y Castilla y donde quiera que 
se conoce el idioma. En la preciosa introduc- 
ción al tomo 8.0 dg sus poesías (el que empie- 
za con la leyenda El Capitán Montoya), dice 
Zorrilla: 

«Tajo aquí, cercén allá, 
Ora á la regla, ora al gusto, 
Cada escena nos da un susto 
Si calambre no nos da.» 

¿Creen los académicos que cercén es ahí un 
adverbio y no un sustantivo igual que tajo? 
Dar un cercén se usa lo mismo que cercenar, 
y ni estos vocablos ni el adverbio Á cercén 
están anticuados, ni el adjetivo ceRv-rnado. da. 



FE DE ERRATAS. 1 17 

que falta completamente, y que usa también 
Zorrilla (á quien cito con preferencia porque 
aún vive y es académico) en A buen juez mejor 
testigo, cuando dice del gobernador de Toledo: 

«CERCENADO tiene un brazo, 
mas entero el corazón.» 

¿Conque cercén es Á cercén adverbio modal 
y modo adverbial?... ¡Ridículos! 

Otro golpe: «cerda. Pelo grueso, duro y cre- 
cido (?) que tienen las caballerías en la cola y 
crin.» Por aquí nada más que las caballerías, de 
suerte que las colas de los bueyes son de espar- 
to ó de lana. Pero continúa: «También se llama 
así el pelo de otros animales, como el jabalí, 
puerco, etc. {etcétera terrible), que, aunque más 
corta, es de la misma calidad». ¡Pero, hombres, 
ó por lo menos, académicos, si calidad la de 
todos los pelos es la misma, la misma sustan- 
cia! Y por lo que hace al etcétera, ¿por quién le 
han puesto ustedes? ¿Por algún académico que 
tenga el pelo grueso, duro y crecido? No hay 
más animales cuyo pelo de todo el cuerpo se 
llame cerda, que los puercos, que por eso se 
llaman cerdos, y los jabalíes, que también se 
llaman cerdosos. Cerdosa llama Samaniego á 
la jabalina asustada por la gata: • ' 

«Y dice á la cerdosa: — Buena amiga, 
Has de saber que el águila enemiga...» 



k 



Il8 FE DE ERRATAS. 

¿Y quién les ha dicho á ustedes que se llama 
CERDA la mies segada? ¿Dónde se dice eso de se 
han traído á la era cinco carros de cerda? ¿Dónde 
se llama cerda el «manojo pequeño de lino sin 
rastrillar», que en todas partes se llama cerro? 
¿Para cuándo son esas notas de provincialismo? 

¿Y el cerdamen? No digo que, como de ma- 
dera se forma maderamen, no se pudiera for- 
mar de cerda cerdamen; pero no se ha forma- 
do. Como no se ha formado papelamen tam- 
poco. 

La definición del cerdo es bien sencilla; 
pero el cerdo no se llama de muerte porque 
haya «pasado de un año», sino por estar á cebo 
y destinado para matarle. Así el verrón, aun- 
que tenga dos años, no se llama cerdo de muer- 
te. Es verdad que no se suele decir de muerte, 
sino DE mata; y tampoco á los cerdos de menos 
de un año se les llama de vida, sino de cría. 
Todo hay que enseñárselo á ustedes. 

Cerdudo dicen ustedes que es lo mismo que 
CERDOSO. Hasta aquí la cosa podría pasar; pero 
añaden que «aplícase también al hombre que 
tiene mucho pelo, y fuerte, en el pecho. ¡Qué se 
ha de aplicar! Esas son intrigas del conde de 
Cheste contra cierto académico peludo (y es lo 
más que se le puede llamar) que le disputa la 
dirección del cotarro. 

Ceremoniáticamente... ¿Creían los lectores 
que no había en castellano ninguna palabra tan 
larga? Pues sigan creyéndolo. 



FE DE ERRATAS. I IQ 

íCereza. f. Fruto del cerezo, muy semejante 
á la guinda...» Pero si aún no han definido us- 
tedes la guinda, pobres hombres... ¿qué ade- 
lantamos con que nos digan ustedes que la ce- 
reza es semejante á la guinda? Definan ustedes 
ahora la cereza, y luego, si acaso, cuando lle- 
guemos á la guinda, dígannos ustedes que es 
semejante á la cereza. Y por lo que hace al 
apodo de garrafal, no precisamente es de las 
cerezas, sino de las guindas y de las tonterías 
de ustedes, que también se parecen á las ce- 
rezas en lo de salir enredadas unas tras de 
otras. 

¡Como decir que el cerezo es un árbol me- 
diano!... Los medianos son ustedes... si llegan. 
¡Y- añadir que es de corteza lisa, y la madera 
de color castaño!... Será de color cerezo, ó del 
color que ustedes podrán llamar como les plaz- 
ca, menos castaño. Porque lo que es castaño... 

La definición de la cerilla debe ser del an- 
tiguo cepio frase que falta), ó por lo menos de 

Cuando Femando Séptimo 
gastaba paleto... 

Porque definen ustedes la cerilla, tvela de 
cera, muy delgada, que se enrosca (¿ella?) en 
varias figuras...» y tsirve para luz manual y 
para otros usos* (¿también para el que sirven 
las hojas del Diccionario?); y definen otra ceri- 
lla tmasilla de cera, compuesta con otros ingre- 



I20 FE 1)E ERRATAS. 

dientes, de que usaban las mujeres para afeites»; 
y otra cerilla, «cera de los oídos...» ¿Y la cerilla 
osfórica, que es hoy casi la única que gasta el 
nombre de cerilla?... Echen ustedes una ceri- 
lla; ahí va una caja de cerillas; enciendan 
ustedes una á ver si parece por ahí la definición 
de estas cerillas, traspapelada... ¡Quiá! No 
parece por ninguna parte. Ni por aquí ni por 
los dominios del fósforo, donde tampoco al- 
canza el Diccionario más que á la pajuela, ¡á la 
antigua pajuela!... Verdad es que la antigua 
pajuela aparece un poco reformada, pues dicen 
en la definición del fósforo, que éste es *pajue- 
la de cerilla 6 cartón, para encender luz*. ¡Ave 
María Purísima! ¡Pajuela de cerilla ó cartón!... 
Y si es de cartón ó de cerilla, ¿por qué ha de ser 
pajuela? Y luego... ¡de cartón para encender 
luz! ¡Luz académica será, si acaso! ¿Cabe amon- 
tonar más desatinos? 

¿Qué se dirá de ustedes? ¡Después de tantí- 
simos años como lleva de establecida, y tan 
adelantada como está esa industria en España, 
todavía nadie puede saber por el Diccionario 
qué es una cerilla, ni si hay cajas de ceri- 
llas, ni si hay fábricas de cerillas! Y eso 
que los apreciables industriales de ese ramo 
han hecho hasta versos, aunque en honor de la 
verdad menos excelentes que las cerillas, pero 
también menos malos que los de muchos aca- 
démicos. Por ejemplo, estos que recuerdo haber 
leído hace veinte años: . 



FE DE ERRATAS. 121 

«Admirad, si sois formales, 
Las CERILLAS de Falencia: 
Parece que la Providencia 
Ilumina á Félix González. 

O estos otros, más modernos y, no sé si 
peores. 

«Quien quiera paño fino hallar 
A Béjar á comprar. 
Quien quiera plata vieja y muy fina 
A la provincia salamanquina. 
Y la CERILLA segura y blanca 
Los Yurritas en Villafranca. 

¡Mentira parece que haciendo los fabrican- 
tes de cerillas versos tan malos no hayan podi- 
do despertar en los académicos, que aun los 
hacen peores, ni siquiera la simpatía necesaria 
para que les definieran sus productos! 

Cernada no es la ceniza que queda en el 
CERNADERO después de echar la lejía, sino toda 
ceniza; tanto, que la famosa ceneréntola que 
anda en todas las literaturas, se llama en el país 
clásico de nuestro idioma /a puerca cernadienta. 
"Lsi. cernidura es cernedura. En la definición 
del cero dicen ustedes que «colocado á la dere- 
cha de un número declupa su valor. Y luego no 
ponen ustedes el verbo decuplar. Y hacen bien; 
pero de no ponerle y definirle, tampoco debieran 
usarle. Aquí tenemos otra como la de Isl jimia. 



122 FE DE ERRATAS. 

Por poner la palabra cerollo, lia, les pasan 
á ustedes unas cuantas desgracias. La prime- 
ra es la de que el etimologista diga en tono de 
pregunta este disparate: «¿del teutón kern, tri- 
go?? No, señor; quédese usted más cerca y de- 
rive usted esa palabra de cerúleo. Pero la des- 
gracia mayor es que la tal palabra no existe, 
porque como se dice es zorollo. 

¿Y están ustedes seguros de que cerrero es 
el que vaguea de cerro en cerro? Pues lo mismo 
se puede llamar academiero el que vaguea de 
Academia en Academia. En la definición de 
cerril aplican ustedes el adjetivo á un puente, 
puente cerril, lo cual es un enorme desatino, 
nacido quizá de confundir á un puente con un 
académico. En cerro por en pelo, ¿dónde se 
dice? Lo que ustedes llaman cerrotino se llama 
estopa; la certinidad es una tontería; en el ar- 
tículo cerval falta el lobo; y ¿cerverano dicen 
ustedes que es el «natural de Cervera» y lo 
«perteneciente á esta villa?» ¿A cual de ellas? 
¿Y lo perteneciente á la ciudad, no? Porque 
hay con el nombre de Cervera una ciudad, cin- 
co villas y varios lugares. ¡Qué atrasados en 
geografía! 

«Cervicabra, animal que tiene propiedades 
de ciervo y cabra.» ¿Y dónde está ese animal? 
¡Bah! Eso lo han puesto ustedes para que yo á 
pari les diga á ustedes por final de este artículo 
que asniacadémico es animal que tiene propie- 
dades de académico y asno. 



XXXVIII. 




ESENÉs... ¿qué dirás que es? 

¿Te acuerdas, amigo lector, de lo 
que era hayano? ... El natural de Ba- 
yas, que diz que es una ciudad de 
Italia menos importante que Vitigudino. Pues 
cesenés diz que es el natural de Cesena, otra 
ciudad de* Italia... Verdad es que no dicen los 
académicos en todo su libróte cómo se llama el 
natural de Badajoz, ni el natural de Orense, ni 
el natural de Huelva, ciudades de España que 
son capitales de provincia; pero diciéndonos 
que el natural de Cesena se llama cesenés y el 
natural de Bayas bayano, todo lo demás ¿qué 
falta hace? 

Cesonario, ria, tampoco sabes, oh buen lee- 



124 PP' ^^ ERRATAS. 

tor, qué es; te apuesto cualquier cosa. ¿Cómo 
lo has de saber si no es nada? Sin embargo, los 
académicos lo han puesto, porque dicen que lo 
dijo una vez, por decir cesionario, la criada 
del conde de Casa Valencia. 

Pero como definición de gusto, la del cés- 
ped. Que dice así: «Césped, m. Pedazo de tie- 
rra, vestido de hierba...* Hasta aquí vamos casi 
en verso, y sin casi. Después se rompe el me- 
tro, porque dice: «Pedazo de tierra, vestido de 
hierba menuda y entretejido de raíces.» ¡Peda- 
zo de tierra! .. ¡Valientes pedazos de... acadé- 
micos están los definidores! ¡Pedazo de tierra y 
luego «vestido de hierba!» Así como si le hubie- 
ran llevado á una sastrería á vestirle. ¡Y entre- 
tejido de raíces, por añadidura! 

Varaos adelante á tratar de los cestos, es 
decir, de los académicos... que no han sabido 
definir los cestos, pues comienzan por llamar 
á la CESTA tejido (¡buena concordancia!) para 
llamar luego al cesto cesta grande, cuando vie- 
ne á ser todo lo contrario. Porque fuera del 
cesto de vendimiar, y á éste los académicos no 
le llaman cesto, sino cuévano, lo cual es una 
majadería, todos los demás cestos son más pe- 
queños que las cestas. Como que en eso se dis- 
tinguen, y en tener los cestos asa semicircular 
enlazada á la parte superior de las paredes, en 
los dos extremos, de un mismo diámetro. No es 
cierto que la cesta se haga «también de listones 
de madera correosa» (banillas), porque en este 



FE DE ERRATAS. 1 25 

caso ya no se ¡lama cesta, sino canasta. Los 
cestos, en cambio, los pequeños, pueden ser de 
banillas, sin dejar de ser cestos; por eso se sue- 
le distinguir diciendo, un cesto de banillas y un 
cesto de mimbres. 

Lo de que la cesta «sirve para guardar /tm- 
tas, ropa y otras cosas-i>, es una tontería académi- 
ca; y otra es la explicación que dan los señores 
del refrán que dice: Alábate, cesto, que venderte 
quiero, que viene á ser lo mismo que este otro: 
a Alábate, Diccionario, que venderte deseamos.» 
y sirve para burlarse de los cestos, digo de los 
académicos, que alaban sus obras y se alaban 
á sí mismos, mal encubiertos tras de una X, ó 
tras de una Z, ó tras de un Quintilius, ó tras de 
cualquier otra firma tan simple (i). La definición 

(i) Eia notable la falta de aprensión con que los académicos se 
aplaudían á sí mismos y se alababan unos á otros, allá cuando intenta- 
ron defender el Diccionario contra mis censuras. Es verdad que ya 
sabían los pobres que nadie los había de aplaudir ni alabar si no lo ha- 
cían ellos. Por eso Don Manuel Silvela (Juan Fernández}, llamaba á 
Tamayo, á Cañete y á Don .Vureliano, que escribían en El Globo con 
la firma de Un Anticrítico y en £1 Liberal con la de Quintilius, <ipoU- 
mistas superiores*, mientras estos superiores polemistas'[^a.h\ai>aií á cada 
paso de «el docto maestro Juan Fernándezjt 

Esto es muy cómodo y muy socorrido. No tiene más de malo sino 
que Don Manuel Fernández y González dsjó escrita una fábula, titu- 
lada Los ios asnos, que es como sigue: 

Dijo un burro corralón 

A otro burro, su pariente: 

— Tu rebuzno es más potente 

Que el rugido del león. — 
Con grave acento profundo 

Respondióle el otro ufano: 

— Cuando rebuznas, hermano, 

Se estremece medio mundo. — 



126 FE DE ERRATAS. 

del CESTO concluye: «Ser uno un cesto, fr. fig. y 
fam.: ser ignorante, rudo é incapaz.» Esto está 
bien. Por eso los académicos no suelen saber 
definir nada, ni el cesto siquiera; y por eso, si 
ellos entendieran algo de griego, ó de latin , y yo 
tuviera valimiento oficial, terminaría esta diser- 
tación sobre el cesto pidiendo que se les es- 
culpiera uno en la portada de la Academia, á 
modo de blasón de la casa, poniéndoles enci- 
ma ó debajo, la inscripción famosa. Nosce te ip- 
sum. 

Falta en el Diccionario la palabra cestada, 
que, en sentido natural, es lo que se lleva en la 
cesta de una vez, y en sentido figurado viene á 
ser así como definición académica. También 
falta GESTADO, lo que se lleva de una vez en un 
cesto lleno, como «un cestado de uvas,» y faltan 
las frases Á gestados y Á cestadas, que tienen 
análogo sentido que Á zaquiladas, á carros, etc. 

Cestro, cetis, cetra, ciani, cica, cicial y cicla- 
da... el que sepa qué cosas son, que lo diga. 
En cuanto á la cíbola, los académicos aseguran 
que es la hembra del cibolo, y por las trazas 
debe ser cierto. 



Oyendo lo cual un potro, 
Exclamó:— Ya me lo explico: 
¡Qué gran cosa es un borrico 
Cuando es medido por otro! — 

La consecuencia es palmaria 
Y el efecto bien probado; 
Los burros han inventado 
La fama conumditaria. 



FE D E ERRATAS. 127 

El CICLÓN' diz que es «huracán en el Océano 
índico.» De modo que ya sabemos que ^Madrid 
está enmedio del Océano Indico, sobre todo el 
Retiro, el Botánico y las afueras de la puerta 
de Toledo, que fué donde más se dejó sentir en 
Mayo del año 86 aquel ciclón que vino por aquí 
sin pedir permiso á la Academia. 

Y llegamos al cielo, cosa que no podía de- 
jar de suceder tras de tantos meses de purga- 
torio, ó de lectura del Diccionario. Lo malo es 
que este cielo de los académicos diz que es 
«orbe diáfano que rodea la tierra...» ¿Qué] que- 
rrán decir estos hombres? «Orbe diáfano que ro- 
dea la tierra, según se ofrece á la vista del es- 
pectador con el movimiento aparente de los as- 
tros.. .9 En fin, ¡valedme cielos! ya que los aca- 
démicos ponen este ejemplo para decir que 
también se usa en plural, y que significa Dios ó 
su providencia. En el resto de la definición, 
después de omitir el cielo empíreo, dan como 
frase «poner en el cielo ó los cielos á una perso- 
na,» y no hay tal frase; como se dice es poner 
•en las nubes» y poner «en los cuernos de la lu- 
na.» Lo de que «vaya Vd. al cielo» sea una «ex- 
presión fig. y fam. con que uno desprecia lo que 
otro dice,» además de no ser verdad, es casi una 
blasfemia. No se dice así. Cuando uno despre- 
cia lo que otro dice, por ejemplo, cuando uno 
acaba de leer una definición del Diccionario, lo 
que dice al autor no es vaya Vd. al cielo, sino 
¡vaya Vd. á la... otra parte muy distinta. Lo de 



128 " FE DE ERRATAS. 

ver el cielo por embudo, supongo que sólo se 
usará en la Academia, que es donde se acos- 
tumbra ver las cosas así. En el resto de Espa- 
ña y sus Indias lo que se dice para indicar que 
uno «tiene poco conocimiento del mundo por 
haberse criado con mucho recogimiento,» es 
que «no ha visto el mundo más que por un agu- 
jero,» que es lo que les pasa á los académicos 
con el mundo de la filología. 

En el artículo ciencia falta la frase Á cien- 
cia CIERTA. 

Cieno. El Diccionario de la Academia. Pero 
los académicos no lo dicen así, sino de este otro 
modo: «Cieno, m. Lodo blando que forma de- 
pósito en los ríos y sobre todo en las lagunas.» 
Este sobre todo es casi gabán ó capote ruso. 
¡Sobre todo!... y sobre todo ¡qué sintaxis! No 
parece sino que el cieno, es decir, el lodo que for- 
ma depósito (no se sabe si voluntario ó necesa- 
rio) en los ríos, y que, por supuesto, siendo en 
los ríos, ha de ser blando sin remedio; no pare- 
ce, digo, sino que ese lodo blando que forma 
depósito en los ríos, forma en las lagunas otra 
cosa llamada sobre todo. 

La palabra cienmilmillonésimo es una tonte- 
ría; es decir, es una tontería ponerla en el Dic- 
cionario, porque ni hace falta ni apenas puede 
llegar á emplearse, como no sea tratándose de 
los disparates que han puesto en el mismo libro 
los académicos. Que la palabra puede formarse 
es verdad, pero también se pueden formar cien- 



FE DE ERRATAS. I29 

milhillonésimo y cienmiltrillonésimo , y novecien- 
tosmilm tilo nésimo , y ochentay nnm ilmillonésimo , 
y ninguna de estas aparece en el libro. ¿Por 
qué ese privilegio á favor de cienmilmilloné- 
simo? 

El artículo cientanal también es una tonte- 
ría, y el artículo cientopies otra, no sólo por ser 
defectuosa la definición del bichejo, sino por- 
que ni se llama cientopies ni esta palabra exis- 
te. ¿Les han pedido alguna vez á los académi- 
cos por alguna cosa ciento reales? ¡Se dice cien- 
piés, extravagantones! 

Tampoco se dice que los trigos están en 
cierne, sino en cierna, como de otras plantas 
se dice en flor, porque cierna se llama la flor 
de las gramíneas. Así dicen aquellos versos con 
que empieza un romance antiguo: 

•Cuando el pan estaba ex cierna 
y el vino en su blanca flor...» 

También se dice en ciernes; pero esta fra- 
se no suele usarse en el sentido natural, sino 
en el figurado, y así, se suele llamar, por ejem- 
plo, médico en ciernen á un estudiante de me- 
dicina, y general en ciernes á un alumno de las 
escuelas militares. Por supuesto, que ambas 
frases, en ciernes y en cierna, faltan en el 
Diccionario, porque sus autores eligieron la de 
en cierfie, que es la que no se dice. 

La CIERVA para los académicos es la them- 



130 FE DE ERRATAS. 

bra del ciervo... y rara vez tiene cuernos». Y el 
CIERVO es «animal mamífero rumiante de la 
magnitud del asno (¡vaya una comparación!) 
pero de cuerpo más esbelto (al contrario;, y li- 
gero, y de color pardo». Y sigue: «El macho 
está armado...» Pues del macho tratamos. ¿Para 
qué repetirlo? ¿No han definido ustedes primero 
la hembra aparte? «El macho está armado de 
cuernas...» ¡Mentira! que son cuernos. Y si es 
cuerna es una sola; porque cuerna se suele lla- 
mar, lo mismo que en los ciervos, en el ganado 
vacuno y en el cabrío, al conjunto de las dos 
astas; y así se dice que una res tiene buena 
cuerna, poca cuerna, mucha cuerna. Pero decir 
las cuernas por los cuernos, es tonto, ó si se 
quiere académico puro. Y además, no es ver- 
dad que los cuernos del ciervo sean redondos 
más que en la raíz. Tampoco es el ciervo más 
esbelto de cuerpo que el asno. ¡Qué ha de ser! 
Será esbelto de remos, pero de cuerpo es ancho 
y amazacotado como cualquier académico de 
los más gordos. Ni tampoco es el ciervo de la 
altura del asno, ni el asno en general (y no es 
alusión) tiene altura determinada, porque en- 
tre la altura de los garañones y la de los pedre- 
ros hay tanta diferencia como entre la edad del 
marqués de Molíns y la de Marcelino. 

«Cigarra, f. Insecto de cuatro alas, etc., el 
abdomen cónico abultado y con dos placas que 
tapan el órgano por donde canta, en tiempo de 
mucho calor, encima de las retamas y otras 



FE DE ERRATAS. I3I 

plantas...» Y averigüen ustedes por la definición 
si las placas tapan el órgano en tiempo de mu- 
cho calor, ó si la cigarra canta en tiempo de 
mucho calor. ¿A qué no lo averiguan? 

Como tampoco averiguará nadie por qué ci- 
garrista ha de ser «el que fuma demasiado» y 
no ha de ser el que coge cigarras, ó, como sue- 
len decir los académicos en otras ocasiones, el 
que las vende. 

La CIGOÑUELA no es «un ave parecida á la 
cigüeña, pero muy pequeña» (así en verso). La 
CIGOÑUELA es el manubrio con que se da movi- 
miento á algunas máquinas; por ejemplo, á los 
organillos y pianos callejeros. 




XXXIX 




|N la excelente revista ilustrada que 
se publica en París con el título de 
Europa y América, y circula muchí- 
simo por todas las regiones hispano- 
americanas, ha salido á luz un trabajo magis- 
tralmente escrito elogiando con calor el primer 
tomo de esta obra. 

Después de encarecer la necesidad que tie- 
ne de proveerse de la Fe de Erratas todo el 
que haya de usar el Diccionario, se burla el 
escritor con mucha gracia del académico dispa- 
rate de que el apóstol por antonomasia sea 
San Bernabé; manifiesta sus temores de que el 
mejor día salgan los académicos diciendo que 
el sabio por antonomasia es Sansón, ó que el 



134 ^^ ^^ ERRATAS. 

profeta por antonomasia es Holofernes, y escri- 
be este párrafo, que, para regocijo de los inmor- 
tales, quiero copiar entero: 

«Si tan versados son (los académicos) en la 
Historia Sagrada como buenos católicos, aun 
son más instruidos y discretos en la Historia 
natural. «Paco», dicen, «carnero del Perú». ¡Qué 
más carneros que ellos! De ningún cuadrúpedo 
está más lejos el paco que del carnero. El paco 
es de la familia del camello; es un camello me- 
nor, fuera de la joroba; el cuerpo, la cerviz, la 
cara, el rabo, todo es de camello, como lo pue- 
den ver los académicos españoles si envían una 
comisión carneril al jardín de Plantas. Es de 
mucha mayor alzada que el asno, y sirve de 
animal de carga en los países donde nace y se 
cría, que son, no sólo el Perú, sino también 
Bolivia, el Ecuador y aun Colombia. El p.\co 
es el lama, de cuya historia no se han descuida- 
do ni Buffon ni los demás naturalistas, sin que 
á ninguno se le haya ocurrido llamarle carnero. 
Ya han de ir D. Aureliano y sus adláteres á de- 
cir que el camello es carnero de Arabia y el ti- 
gre carnero de Bengala...* 

¿Y la cigüeña? 

Verá el escritor americano y verán todos los 
lectores de El Imparcial cómo pintan los aca- 
démicos la cigüeña. Y eso que desconocen esa 
frase. «Cigüeña, f. Ave de paso.. .9 Primer mal 
paso. Porque las aves que emigran no se llaman 
aves de paso más que donde lo son: no donde 



FE DE ERRATAS. 1 35 

moran ni donde son indígenas, Y es un dispa- 
rate llamar á la cigüeña ave de paso en las ribe- 
ras del Esla, del Carrión ó del Pisuerga , donde 
nace y donde vive cada año seis meses largos, 
desde San Blas hasta San Lorenzo. Adelante: 
«CIGÜEÑA, f. A ve de paso, especie de grulla, mayor 
que la gallina... t ¡Echen ustedes cosas! ¡Ave de 
paso! ¡Especie de grulla, (la cual será, á su vez, 
especie de cigüeña)! Mayor que la gallina... es 
claro, y mayor que el pardal y que la golondri- 
na. ¡Vaya una habilidad! ¡La cigüeña mayor 
que la gallina! Como si dijeran que el aca- 
démico es mayor que el chorlito. Pero to- 
davía añaden los naturalistas de la calle de 
Valverde que la cigüeña, á más de ser mayor 
que la gallina, es «de color blanco con plumas 
negras», como si el color blanco no fuera tam- 
bién de plumas blancas, y que tiene «el pico 
largo casi comprimido», casi que no se puede 
negar que es casi gracioso. 

Después de otros varios disparates ponen 
ios académicos dos rayitas y dan como otra 
acepción de la palabra cigüeña la siguiente: 
«Hierro de la campana donde se asegura la 
cuerda para tocarla». ¡Perfectamente! Es decir, 
perfectamente al revés. De la cigoñuela, que, 
si no es un hierro de la campana, es un manu- 
brio que puede servir para tocarla, dijeron que 
era una «ave parecida á la cigüeña, pero muy 
pequeña», vamos, una ave que ellos inventaron; 
y ahora á la cigüeña, que nunca es más que 



136 FE DE ERRATAS. 

ave, la llaman hierro de la campana. Nunca es 
más que ave, sabiondos; nunca. Por eso es otro 
disparate la tercera acepción que ustedes dan 
á la cigüeña, diciendo: «Codo que tienen los tor- 
nos y otros instrumentos y máquinas en la pro- 
longación del eje por cuyo medio...» ni el medio 
es cuyo, ni eso es sintaxis, ni el tal codo se 
llama cigüeña, sino cigoñuela. 

Y no cigüeñuela, como ponen en seguida los 
cigüeños de la calle de Valverde, diciendo que 
es lo mismo que «cigüeña en la tercera acep- 
ción». Ni en la tercera, ni en la quinta, porque 
la tal cigüeñuela, más impronunciable que el 
mejor de los regimientos, no es palabra caste- 
llana, no existe: en nuestra tierra no hay nada 
impronunciable. Se dice cigoñuela y hasta ci- 
guñuela; pero cigüeñuela no se dice nunca. 

Cilanco dicen que es uchorco profundo en los 
remansos de los ríos,» sin decirnos de dónde es 
provincial la palabra. La palabra sólo, pues la 
definición, en lo mala, en lo de la profundidad 
y los remansos, dando á entender que se nece- 
sitan varios de éstos para que haya un charco, 
ya se conoce que es provincial de la calle de 
Valverde. 

A la CIMA la dedican dos artículos, el segun- 
do de los cuales, con su rara etimología, griega 
y todo, huelga como un académico, ó como to 
da la corporación; es decir, que está demás y 
para nada sirve. «Cima: tallo del cardo y de otras 
verduras,» dicen, después de haber dicho en el 



FE DE ERRATAS. I37 

primer artículo: «Cima... la parte más alta de 
los árboles.» ¿Por qué han de ser de distinta na- 
turaleza y de distinto abolengo la cima de los 
árboles y la cima de los cardos. Yo por mí no 
veo la razón, como no sea que con ese segundo 
artículo hayan querido hacer los señores un 
obsequio al cardo, yerba muy querida y muy 
venerada entre la académica familia. 

Dejemos correr la etimología de cimbra, que 
diz que viene de cingere; la mala definición de 
cimbrar, que no significa cimbrear, como los 
académicos suponen, sino poner cimbras, cosa 
que omiten, no poniendo tampoco en el lugar 
correspondiente el verbo encimbrar, que es el 
más comúnmente usado; dejemos pasar la de- 
fectuosa explicación de la voz cimbro, bra, que 
nos deja en ayunas de porqué se llamaron cim- 
bros los cimbros; pase también el que nos di- 
gan que cimera viene de cimero (como burra 
viene de burro; ¡qué ciencia la de estos etimo- 
logistas!}; lo que ya no puede pasar es que ci- 
tnera sea precisamente «la parte superior del 
morrión,» y no pueda ser lo mismo la parte su- 
perior del chascás, y aun la parte superior de 
las orejas de los académicos. 

Como no puede pasar tampoco la definición 
del cimillo, chisme raro, del cual no nos dicen 
que sea provincial, ni de dónde, pero que les 
sirve de ocasión para desatinar de esta manera: 
«Cimillo: m. Vara de cinco cuartas de largo, 
poce más ó menos, que se ata por un extremo 



138 FE DE ERRATAS. 

á la rama de un árbol y por el medio á otra, y 
en el otro extremo se pone sujeta un ave que 
sirve de señuelo. Atase un cordel á dicha vara, 
y tirando de él el cazador desde un lugar ocul- 
to, al movimiento del ave acuden otras, y en- 
tonces les tira.» ¡Así! ¡Para digno remate de esa 
sarta de simplezas, des tira». «Les tira,» que es 
una barbaridad como una loma, por más que 
digan lo contrario, ó precisamente porque dirán 
lo contrario cualquier día los académicos bajo 
la firma bárbara de Quintilius. Porque ese les 
es un acusativo; el cazador tira á las aves, igual 
que el cazador ama á las aves, oraciones pri- 
meras de activa, que constan de nominativo, el 
cazador; verbo, tira ó ama, y acusativo, las 
aves. Si dijeran les tira una perdigonada, 6 les 
tira una piedra, podría pasar el les, porque en- 
tonces sería dativo, y en el dativo femenino, 
aunque está mejor y es más usado la, también 
han puesto le algunas veces los buenos autores; 
pero en acusativo femenino, nadie ha puesto le 
nunca. Nadie más que los académicos, de quie- 
nes ya es sabido que no son nadie en estas 
cosas. 

Por eso se atreven á decir que cimorra es 
voz anticuada (i), por eso y para que no se les 
diga á ellos que padecen cimorra... intelectual, 
por supuesto; por eso han omitido el adjetivo 
AciMORRADo y el verbo acimorrarse; por eso no 
saben definir la cinca, diciendo «que se hace 
por no observar las leyes con que se juega, co- 



FE DE ERRATAS. I39 

mo (ahora va lo mejor) cuando una bola no en- 
tra por la caja (que no se llama así, sino el cas- 
tro), y cuando no va rodando...* como van las 
definiciones académicas; por eso definen el cin- 
co diciendo «cuatro y uno,» como si no fuera 
también tres y dos, y añaden que «en el juego 
de bolos se llama cinco «el que ponen delante 
de los utros,» que ni se llaraa cinco, sino cua- 
tro, ni se pone delante, sino á la derecha ó á la 
izquierda; y por eso, por no ser nadie en asun- 
tos de habla castellana, ponen la palabra cinco- 
mesino diciendo que es adjetivo que significa «de 
cinco meses.» cuando no es adjetivo, ni nada 
más que tontería suj'a, pues nadie usa semejan- 
te palabra, como no se usan las de cienmesino^ 
ochentaviesino ó diezmesino, ni hay para qué po- 
nerlas en el Diccionario, puesto que no existen. 
Se usa SIETEMESINO, aplicado á los niños que 
nacen á los siete meses, y por extensión, á to- 
dos ¡os muchachos encanijados y entecos, y 
TREMEEINO, apHcado al trigo tardío que se cría 
en tres meses. 

¿Y dónde han oido ellos llamar cincuentaina 
á la mujer de cincuenta años? Se llama cincuen- 
tona; pero ¿cincuentaina? ¡Bah! Confundieron 
la terminación con la de tontaina, que habrán 
oído muchas veces. 

¿Y cincuenténl... Verán Vds. qué manera de 
barbarizar tienen los señores: «Cincuentén: 
adjetivo. Aplícase á la pieza de madera de hilo 
ó de algodón), de cincuenta palmos de longitud 



140 FE DE ERRATAS. 

(¡qué barbaridad! ¿Dónde hay esas piezas de 
madera? ¡Cincuenta palmos!), con una escuadría 
de tres palmos de tabla por dos de canto.» ¡Qué 
barbaridad! vuelvo á decir. Pues el académico 
á quien le cargaran un cincuentén á cuestas, no 
quedaba para contarlo. ¡Qué piezas de madera 
de hilo se traen estos hombres! Y todavía aña- 
den que u. t. c. s. (úsase también como sustan- 
tivo)... ¡Ah! Y no han dicho que se usa como 
vara de medir, por milagro. 

Cincuesma... No se ría el lector, que no lo 
invento. Cincuesma, á nadie le parecerá palabra 
castellana, pero es palabra académica pura. 
Cincuesma... así, cincuesma, dicen los señores 
que significa «el día de la Pascua del Espíritu 
Santo » 

Después de lo cual no podía menos de venir 
inmediatamente la cincha... y viene. Y viene 
de cincho; descubrimiento grave que debemos 
al etimologista. Pero no es esto lo más grave, 
sino que los académicos la definen diciendo: 
«Cincha: f. Faja...» 

¡Hombres! ¡Vayanse Vds. á paseo! ¿Con que 
la cincha es faja?... ¿Y, por consiguiente, la fa 
ja es cincha?... Lo será la de ustedes... 



XL 




:.BÁRDAME, Dow/ng... cuentan que de- 
cía, en ademán de ponerse el alba, 
un maestro de escuela muy presu- 
mido, que apostaba á que sabía las 
rúbricas tan bien como el señor cura del lugar; 
y la misma oración ó esta otra parecida. Cín- 
chame, Dómine... creo yo que dirán todas las ma- 
ñanas los académicos al ponerse la faja, que, 
según hemos visto en el artículo anterior, con- 
funden ellos con la cincha. 

En cambio, hacen maravillas de erudición 
impertinente, dedicando una definición aparte 
á la cincha de jineta, y diciendo que es «la que 
consta de tres fajas de cáñamo largas (¿de me- 
dia legua?... tendrán la largura que necesita 
tener una cincha), que, pasando por encima de 



142 FE DE ERRATAS. 

la silla de jineta, la sujetan con el cuerpo del 
caballo. ¡No parece sino que el cuerpo del ca- 
ballo es algún intrumento para sujetar la silla! 
¡Y todo por no saber los académicos sujetar las 
palabras á las palabras con sintaxis! 

Pero volviendo á la jineta, lo gracioso es 
que, después de mucho traerla y llevarla los 
académicos y de darse aire de eruditos, nos de- 
jarían sin saber lo que es, si no lo supiéramos 
de antes. Porque la. cincha de jineta dicen que 
es la que pasa por encima de la silla de jineta; 
la silla de jineta dicen que es da que sólo se dis- 
tingue de la común en que los fustes son más 
altos y menos distantes (¿de la Academia?), 
con mayores estribos (¿los fustes?), añadiendo, 
por toda aclaración, que sirve para montar á la 
jineta. ¿Y montar á la. jineta? Dicen que es *arte 
de montar según la escuela del mismo nombre», 
y el que quiera saber más, que vaya á estudiar 
á Salamanca. 

Y luego ¡qué manera de definir! Silla de^í- 
neta «la que sólo se distingue de la común en 
que los fustes son más altos», etc. Por este sis- 
tema se puede llegar á definir el adoquín, di- 
ciendo verbigracia: «El que sólo se distingue 
del académico en que es más pequeño, algo 
menos duro y con esquinas». 

Siguen los académicos montando al idioma, 
no sé si á la jineta, y llaman cincho al cinto, 
enamorados de la primera de estas palabras 
por su afinidad con la cincha, y dicen que ctn- 



FE DE ERRATAS. I43 

garó viene del italiano zíngaro, aunque no vie- 
ne, porque sigue allá, como tampoco cingir vie- 
ne del latín cingere, porque sigue siendo latín, 
por más que sea una especie de latín aca- 
démico. 

Cinqueño... ¿Qué creen ustedes que será? ¿el 
que tiene cinco años? No; ¡es el y'uego del hom- 
bre entre cinco». ¡Juego del hombre! ¡Qué afán 
el de estos hombres por andar divorciados del 
uso! Nadie dice en Bspaña hoy día juego del 
hombre, casi nadie sabe lo que es el juego del 
hombre no leyendo el Diccionario (ni aun le- 
yéndole); y sin embargo, los académicos á cada 
paso están hablando áeljiíego del hombre como 
si fuera usual y corriente. Tal cosa: ten e\ juego 
del hombre, el que va á robar». Tal otra: ten el 
juego del hombre, el que gana». Tal otra de más 
allá: ten el juego del hombre, el que pierde*. Y 
así hay más de doscientas definiciones en que 
se habla del juego del hombre. Pero ¿dónde se 
llama así? 

En la definición de cixtajo falta el signifi- 
cado de condecoración, que es el más común; en 
la de CINTILLO falta el de correa con que se ata 
la maleta á la silla, y en la de cinto dicen que 
es tlista ó tira de cuero», aunque frecuentemen- 
te es de seda, algodón ó lana, y ponen para re - 
mate un cinto de onzas, que es una tontería» 
máxime ahora que casi no las hay, y sobre 
todo, es bien injusto definir aparte el cinto de 
onzas [*e\ que ha solido llevarse interiormente 



144 FE DE ERRATAS. 

lleno de onzas de oro») y no definir el cinto de 
billetes. Y además, el carro de pan, «carro que 
va cargado de pan)\ y la cesta de uvas, «cesta 
en que se llevan uvas», y Ia jarra de agua, «jarra 
en que se suele llevar agua», porque todo es lo 
mismo. 

¿Y quién les ha dicho á los académicos que 
CINTURA es «aparte inferior del talle?» Nadie, sino 
su propia ignorancia y su propia inconsecuen- 
cia, puesto que diciendo al definir el talle que es 
«cintura en la primera acepción», debían decir 
al definir la cintura que es el talle á secas, aun 
cuando cayeran en un círculo vicioso, como les 
sucede mil veces. De este otro modo, diciendo 
al definir el talle que es «cintura en la prime- 
ra acepción», y diciendo al definir la cintura 
en la primera acepción, que es la «parte inferior 
del talle», resulta que el talle no es el talle, 
sino la parte inferior del talle , es decir, que el 
todo es la parte inferior de sí mismo. Filosofía 
académica. 

Paso por alto las palabras ciquiribaile y ci- 
quiricata, que ocupan malamente el lugar que 
hacía falta un poco más abajo en el artículo 
dedicado al círculo, para dar cabida á la acep- 
ción tan común de sociedad de recreo, artísti- 
ca, literaria ó política. No se oye otra cosa en 
la conversación hace más de veinte años, ni es 
posible abrir un pejiódico sin tener que leer 
algo del Círculo de Bellas Artes, ó del Círculo 
Literario, ó del Círculo Liberal-Conservador, ó 



FE DE ERRATAS. 1 45 

del Círculo de Obreros ó del Círculo Reformis. 
la; pero los académicos, ni por esas. Tal vez 
en honra y gloria del pariente á quien Hartzen- 
busch atribuyó en su fábula la invención del 
CÍRCULO, dedican á esta palabra un artículo 
bastante largo, y en él hacen mención de mu- 
chos círculos, desde el mamario (las cosas de 
mamar nunca se les olvidan) hasta el vicioso; 
pero la acepción indicada falta radicalmente. 
Ya la pondrán los académicos andando el tiem- 
po, cuando deje de tener uso, como ponen aho- 
ra la palabra Casino en la primitiva é italiana 
acepción de casa de campo. Ellos son así. 

Después viene circun, que es una tontería 
de las que ellos llaman preposiciones insepara- 
bles, y el CIRIO, que definen á su modo diciendo 
que es i^vela larga y gruesa más de lo regulara, 
sin decir cuál es lo regular para ellos. 

Al definir el cisma, en lugar de hacerlo en el 
sentido religioso, que es el principal y para el 
que pasó la palabra del griego al latín y del 
latín al castellano, se contentan con decir que 
es «división ó separación entre los individuos 
de un cuerpo ó comunidad», añadiendo luego, 
después de dos rayitas y sin nota siquiera de 
familiar, «discordia, desavenencia», como si á 
una división en el gremio de carniceros sobre 
alzar ó no alzar el precio de la carne, ó á una 
desavenencia conyugal, se las pudiera llamar, 
ni las llamara nadie cismas, á no ser en broma 
y por semejanza. 



146 FE DE ERRATAS. 

Más adelante, no había para qué poner la 
extravagancia de que cisne significa «mujer pú- 
blica»; y luego ni el cítiso es codeso, sino codexo 
y aun codejo, ni ¡cito! es «voz antigua para lla- 
mar á los perros», sino para espantarlos, y no 
se dice cito sino ¡chito!, ni la primera ci¿o/a que 
sigue hacía falta, ni la definición de la segunda 
CITÓLA tiene sentido común, ni nada más que 
disparates. Porque la «tablilla de madera» ,ipues 
claro!) que ellos dicen, y que no es propiamen- 
te una tabla, y que se llama taravilla, no es 
«para conocer que se para el molino», sino para 
que la tolva ó tramoya despida el grano, ó 
como dicen los académicos en pleno año de 
1884, «para que la tolva vaya despidiendo la 
cibera.^* La citóla es otra cosa y para otro fin: 
es una esquila ó una cencerra pendiente dentro 
de la tolva, en la parte inferior, sobre la misma 
canaleja, de modo que no puede sonar mientras 
haya grano y suena cuando el grano se acaba, 
avisando así al molinero para que pare el moli- 
no ó eche más grano, y no le deje andar en 
piedra. Por eso dice el refrán que los académi- 
cos de la cibera ponen sin entenderle: tLa cito- 
la es por demás, cuando el molinero es sordo.» 

¡Buena es la definición de la ciudad! Verdad 
es que de académicos que á estas horas llaman 
cibera al trigo como si definieran para el si- 
glo XVII, no se podía esperar menos. Hela 
aquí: «Población comunmente grande que en lo 
antiguo gozaba de mayores preeminencias que 



FE DE ERRATAS. 147 

las villas.» Después sobran el clangor y la cian- 
ea, y falta en la definición de clavar la acep- 
ción de herrar mal, arrimando algún clavo á lo 
vivo, que es muy usada. 

Pero lo mejor es que aun en la definición del 
clavo apenas dan una en el ídem. Comienzan 
así: tPieza de hierro (hasta aquí puede ser cual- 
quier cosa, una plancha, un asador) larga y 
delgada (¡claro, el asador!) con cabeza y punta 
(ciertos son los toros) que sirve (¡mucha aten- 
ción!) que sirve para fijarla en alguna parte.» 
Paja lo cual sirve lo mismo un pasquín, un cen- 
tinela ó un académico. Y añaden: «Hay de va- 
rios tamaños y de distintas cabezas.* ¡Qué ca- 
sualidad! También lo mismo que los académi- 
cos; si bien las cabezas de estos, aunque dis- 
tintas, casi todas se parecen unas á otras. Dos 
rayas verticales y siguen: «Especie de callo 
ánxo y de figura piramidal (como los académi- 
cos, que también son piramidales) que se cria 
fegularmente sobre los dedos de los pies», pre- 
cisamente de los pies, es decir, de los órganos 
con que los académicos definen: por eso salen 
clavadas las definiciones. 

Otra fuera del clavo: «De chilla»; es decir, 
CLAVO DE chilla: «Clavo pequeño de hierro que 
sirve para clavar la tabla de chilla.» ¿Y qué es 
tabla de chilla? Pues dicen que •la más delgada 
de las que se venden en los almacenes de ma- 
dera»: de suerte que para tener seguridad de 
que una tabla es de chilla, es necesario haber 



148 FE DE ERRATAS. 

recorrido todos los almacenes de madera que 
haya en el mundo, y aun así no puede durar la 
seguridad, porque si al día siguiente se abre un 
nuevo almacén de madera donde haya de venta 
una tabla más delgada que la más delgada del 
día anterior, ya la del día anterior no será de 
chilla. ¿Y para qué son las tablas de chilla? 
Para hacer chillados ó techos de madera... 
Pero, pobres hombres... ¡Si ustedes han oído la 
palabra y no la han oído bien! ¡Si esos techos 
se llaman tillados, y las tablas tablas de tilla 
y el clavo clavo de tilla ó de tillar! Y tillar, 
verbo que ustedes mismos ponen en otra parte, 
es clavar esas tablas ó hacer esos techos; mien- 
tras que al verbo chillar no se han atrevido 
ustedes á darle la significación de hacer chilla- 
dos, por donde ustedes mismos reconocen que 
no hay tal manera de chillar ni tales chillas, y 
que todo lo que ustedes han hecho ahí ha sido 
chillar neciamente. Y basta de chillidos aca- 
démicos. 




XLI 




ARA cosas de amor, 
El correo interior...» 



Así lo ha dicho un poeta festivo, y así lo 
creen muchos de mis ilustrados lectores madri- 
leños, los cuales, enamorados perdidamente de 
la Academia, me escriben á mí por el susodi- 
cho correo encareciendo la importancia de este 
expurgo, alabando la manera de hacerle y ad- 
virtiéndome, siempre que entre las espesuras 
del libro académico se me queda agazapado al- 
gún disparate de mayor cuantía. 

«Siento que haya Vd. pasado por alto la 
frase cimiento real — me decía no ha mucho uno 
de esos lectores; — si lee Vd. la explicación de 
esa frase se reirá á carcajadas de los desatinos 



150 FE DE ERRATAS. 

que escribe la que modestamente se llama docta 
corporación.'» 

Y efectivamente, retrocedí tres hojas y me 
reí mucho leyendo: «Cimiento... real. Compo- 
sición que se hace con vinagre, sal común y 
polvos de ladrillo, y unido todo con el oro y 
puesto al fuego en una olla tapada., sirve para 
dulcificarle y hacerle subir de ley!!!» Tiene ra- 
zón mi colaborador desconocido. Cualquier ex- 
tranjero que lea esto creerá que los españoles 
nos encontramos en plena Edad Media en lo 
referente á la química. |Pero váyanles Vds. con 
químicas á los académicos, entre los cuales hay 
hasta ingenieros de varios ramos! Ellos no en- 
tienden de esas cosas, ni les importa la manera 
de tratar el oro. Lo que les importa es cobrar- 
le, y en efecto, le cobran por no hacer nada, 
por reproducir el Diccionario, estropeando unas 
definiciones y dejando otras en el mismo estado 
en que las pusieron los buenos señores que fun- 
daron la Academia á principios del pasado siglo. 

¡Cimiento real... composición que se hace 
(hoy) con vinagre, sal común y polvos de ladri- 
llo, y unido todo con el oro y puesto al fuego 
en una olla tapada!...» ¡Señor Ministro de Fo- 
mento! ¿Es justo que el Estado proteja y el 
país pague un centro así, para que nos des- 
acredite publicando en los últimos lustros del 
siglo XIX semejantes paparruchas?... Atréva- 
se V. E. á disolver eso, y merecerá bien de la 
patria. 



FE DE ERRATAS. I5I 

Porque además ponen en el Diccionario pa- 
labras como cliéntulo, puramente latina y per- 
fectamente traducida en castellano por la de 
CLiENTiLLO, y clochel, puramente francesa y 
perfectamente sustituida entre nosotros (donde 
la campana no se llama cloche) por la de campa- 
nario. Y además dan una definición del club 
completam.ente desatinada, sobre la cual no 
quiero detenerme porque ya otros escritores la 
han puesto en solfa; pero he de copiarla para 
que ruede: tj^unta de individuos de una sociedad 
política, /(oy lo común clandestina * Después de 
decir que clueco, ca, «se dice de la persona 
casi impedida,» y no saber que se dice también 
del cántaro casi roto (como ellos dirían) y de la 
campana asedada, dedican un artículo entero 
á la sílaba co, igual que si fuera una palabra, y 
otro á COA, que diz que es un instrumento de 
agricultura que se usa en Méjico en lugar de la 
azada, y le describen... Para que vean los lec- 
tores lo fácil que debe ser construir un instru- 
mento sin más que leer la descripción en el 
Diccionario de la Academia, voy á copiar la de 
la coa: *Es una especie de pala de hierro, recta 
por un lado, curva por el otro, y terminada en 
punta, con un cabo largo de madera en la misma 
línea de la parte recta.t Con esto... ¡cualquiera 
hace una coa! 

No habrá un solo lector que no esté en cuen- 
ta de que coadministrador es cualquiera que 
administra con otro. Pues no es eso. Coadmi- 



152 FE DE ERRATAS. 

NiSTRDOR, según los académicos, no es más que 
«el que en vida de un obispo propietario ejerce 
todas las funciones de éste con las facultades 
necesarias»; todas las funciones, hasta las di- 
gestivas inclusive... 

¡Qué codisparatadores 
son todos estos señores!... 

Porque es el caso que también ponen coad- 
yudador, que es otro desatino; pues de escribir 
la palabra con y griega, castellanizándola, hay 
que quitar la primera d y dejar sencillamente 
COAYUDADOR, ya queen castellano se dice ayudar 
y no adyudar, ó cambiar la segunda d env y 
decir coadyuvador participio activo de coad- 
yuvar; pero coadyudador es un disparate. 

Y otro es decir en una de las definiciones de 
la cohija: «Cada una de las plumas situadas en 
la base de las penas del ave.» ¡La base de las 
penas del ave! ¡Miren ustedes que venírsenos á 
estas horas llamando penas á las plumas. Y aun 
eso con malísima sintaxis; porque decir que co- 
bija es «cada una de las plumas situada en la 
base de las plumas del ave, siempre sería dispa- 
ratado. ¡Nada! que en sacándoles de difinir «co- 
bijador, el que cobija, y «disparatador, el que 
disparata» (¡!), ya no saben los pobres más que 
hacer lo mismo. 

¿Y dónde se llama cobra la cornal, ó sea á 
la «soga ó coyunda para uncir bueyes?» ¿Y dón- 
de se llama cobra «cierto número de yeguas en- 



FE DE ERRATAS. 1 53 

lazadas y amaestradas para la trilla?» ¡Ay! ¡Esas 
notas de provincialismo tan prodigadas y tan 
dislocadas por otros lados, y qué falta nos ha- 
cían ahora! Porque eso de la cobra ó de las co- 
bras, 6 es provincial de alguna parte, ó no es 
nada... nada más que un regalarse la lengua y 
el oido los académicos repitiéndose unos á otros 
el dulce imperativo del verbo cobrar, que tanto 
les gusta: cobra, cobra... 

Siguiendo adelante se entera uno de que el 
COBRE es pardo, y de que á lo mejor significa 
reata de bestias ú horco de cebollas, y de que 
los académicos se ponen en cobro y no Á cobro, 
como ponen los demasías cosas que estiman, y 
de que la palabra coca, que apenas significa más 
que un arbusto y una figura del peinado, lleva 
cuatro artículos nada menos con diez definicio- 
nes, y de que cocador es el que coca, y de que 
cocar es hacer cocos, como cocarar (?) es «pro- 
veer y abastecer», y de otras mil cosas igualmen- 
te interesantes... para demostrar que los acadé- 
micos no saben hacer más que ejercitar la acción 
de un verbo que viene en seguida, cuya defini- 
ción, aunque no es buena, dice: «cocear, dar ó 
tirar coces.» 

Como definir el cocimiento diciendo que tes 
líquido cocido. ..t ¡El líquido no se cuece, bar... 
tolos! En otra ocasión ó en otra definición de- 
cían ustedes: «La raíz hervida es comestible.» 
Pues allí venía bien el cocido que malgastan 
ustedes ahora, y ahora el hervido entonces mal- 



154 ^^ ^^ ERRATAS. 

gastado. Pero aquí está entera la definición del 
cocimiento: «Líquido cocido con hierbas ú otras 
sustancias medicinales, que se hace para beber 
y otros usos.» 

¡Qué definición y qué sintaxis! 

Sobran algunos de los seis artículos dedica- 
dos á la palabra coco; pero falta en la defini- 
ción del cocodrilo, del que dicen que es «espe- 
cie de lagarto muy grande, feroz y ligero», la 
antigua versión de su llanto sobre los huesos 
de las víctimas mientras acechaba otras nuevas, 
versión necesaria para explicar la frase lágri- 
mas de cocodrilo que los académicos ponen en 
el artículo de lágrimas sin dar razón ninguna 
de su origen. 

No es verdad que cócora venga de cóculus, 
pinche, ¡pobre pinche! ¿De dónde saca eso el 
etimologista? ¡Cócora de pinche!... Mejor pue- 
de venir de académico. Tampoco es verdad que 
cocharro sea vaso ó taza de madera (?) y más 
comunmente de piedra (!). Cocharro no es más 
que aumentativo de cocho. ¿Dónde se usan esas 
tazas y esos vasos de madera y de piedra? Co- 
mo no sean artesas ó pilones para los gochos... 
Pero esas cosas no se llaman vasos ni tazas. A 
bien que los que han llamado vaso al barco, se 
lo pueden llamar á cualquier cosa. 

Otra tontería es acocharse; apresurarse (!)», 
y otra, «cochastro, ]aha.\\ pequeño de leche.* El ja- 
balí pequeño de leche, como dicen los señores 
limpios y fijos, se llama jabato. Otra es «cochear, 



FE DE ERRATAS. 155 

guiar los caballos ó muías que tiran del coche», 
lo cual se llama guiar, entre cristianos. Y pa- 
sando por el acertón académico de que *coche- 
ra es la mujer del cochero)), ¿de dónde es pro- 
vincial cochevira? 

Pero hay que oir á los esplendorosos lo que 
es cochifrito: «Guisado que ordinariamente se 
hace de tajadas de cabrito ó cordero y después 
de medio cocido se fríe, sazonándole con espe- 
cias, vinagre y pimentón (¡ton! ¡ton!). Es muy 
usado entre pastores y ganaderos». ¿Qué saben 
ustedes de esas cosas... ni de otras? Eso se 
llama un frite. Lo demás, cochifrito, en el sen- 
tido etimológico, es lo que está entre cocido y 
frito, y en el sentido corriente, que es familiar, 
se llama así á cualquier plato delicado, raro y 
de poco provecho; pero se suele decir cuchi- 
frito y aun cuchiflito. 

Verán ustedes ahora qué pájaro más extra- 
vagante. Cochigato dicen los académicos que 
se llama. El etimologista se calla como un 
muerto, y buena lástima es, porque aquí podía 
lucirse á poca costa diciendo, verbi-gracia: «De 
cocho y gato, por ser mixto de ambos animales». 
Pero el caso es que no dice ni esto ni otra cosa, 
y los académicos pasan á definir muy serios 
del modo sigpaiente: (^Cochigato, m. Ave de ca- 
beza y cuello negros, con un collar (¿postizo?) 
rojo, y el vientre verde: el pico es de siete pul- 
gadas de largo». Y no dijeron siete cuartas por- 
que no se les vino á la boca. ¿No sería bueno 



156 KE DE ERRATAS. 

que se fueran los académicos á cobrar sus die- 
tas al país donde ese pájaro vive? 

Por último, CODEAR no es «mover los codos»; 
es hacer señas con el codo al que está al lado, 
para que calle ó hable, ó se levante ó se fije en 
lo que pasa; y decir que codina es tal ó cual 
cosa en el obraje de los paños, es un galicismo, 
y decir que codillo es «en el juego del hombre 
lance de perder», viene á ser algo así como ro- 
bar con trampa y dar codillo al sentido común 
y al patrio idioma. 




XLII 




AS primeras manifestaciones de la 
académica sabiduría con que nos 
tropezamos hoy, son la definición 
del codo cúbico de ribera y la del 
codo cúbico geométrico. Del primero dicen los 
muy limpios y fijos estropeadores de la lengua, 
que es «el que equivale á 329 decímetros cúbi- 
cos», y del segundo, que es «el que equivale 
á 173 decímetros cúbicos». 

Si las equivalencias fueran exactas, todavía 
no dejaba por eso de ser cada definición de 
esas una tontería bien grande. Porque, ya lo he 
dicho otra vez, eso no es definir ni cosa que lo 
valga. «¡Codo cúbico geométrico el que equivale 
á 173 decímetros cúbicos!» ¿Es esto dar idea de 



158 FE DE ERRATAS. 

las cosas?... Tomemos un académico cualquiera; 
hagamos su despiezo, imaginario, por supuesto, 
nada más que imaginario; midamos su volumen 
con exactitud y supongamos que equivale á 173 
decímetros cúbicos, cosa posible; ¿se podrá de- 
cir por eso que aquel académico es un codo 
cúbico? 

Dejemos el académico y cojamos un guar- 
darueda ó un saco de patatas; hagamos la me- 
dida de su volumen y supongamos que este 
equivale á los susodichos 173 decímetros cúbi- 
cos; el preguntado por la definición del saco de 
patatas ó del guardarueda, ¿podrá decir de cual- 
quiera de las dos cosas que es un codo cúbico 
geométrico?... El codo cúbico geométrico, ó más 
bien el codo geométrico cúbico, será un volu- 
men de seis caras cuadradas iguales, y cada 
una de cuyas doce aristas tenga de largo un 
codo geométrico, es decir, media vara; ó más 
sencillamente, y presuponiendo la definición 
del cubo, será un cubo cuya arista mida un 
codo. Pero eso de decir que es el que equivale 
á tantos decímetros cúbicos, no es decir nada 
de fundamento. 

Y todavía tiene más gracia el caso, si se ad- 
vierte que los académicos, para definir luego el 
decímetro cúbico, nos dicen que es «el que equi- 
vale á 46 diezmilésimas de pie cúbico». Es de- 
cir, que definen el codo cúbico, medida del an- 
tiguo sistema, diciendo que es el que equivale á 
tantos ó cuantos decímetros cúbicos, medida 



FE DE ERRATAS. I59 

del sistema nuevo, y luego definen el decímetro 
cúbico, medida del sistema nuevo, diciendo que 
es «el que equivale á tantas ó cuantas diezmilé- 
simas de pie cúbido, medida del sistema anti- 
guo. El método no puede ser más socorrido ni 
más barato. Lo malo es que, como luego no 
definen el pie cúbico en ninguna parte, se que- 
da uno en ayunas de lo que es decímetro cúbi- 
co, y, por consiguiente, de lo que es codo cúbico 
de ribera y de lo que es codo cúbico geométrico. 
Pero la gracia principal del caso está en 
que las equivalencias que al codo cúbico de ribe- 
ra y di codo cúbico geométrico ponen los acadé- 
micos en decímetros, lejos de ser exactas y ver- 
daderas, son más falsas que el alma de Judas, 
y casi tanto como la fama de sabios de que go- 
zan algunos señores. Y es que los académicos, 
en esto del nuevo sistema métrico se parecen al 
tío Callandrón de Cofiñal, que hablaba poco, 
pero mal. Ellos lo suelen medir todo por varas, 
por pies y por pulgadas; todo, hasta las cosas 
menos sujetas á medida, como los animaluchos 
y los pájaros. Para ellos la ardilla es un «animal 
como de un pie», la avutarda es «ave de pie y 
medio de largo», el azor «ave de rapiña de cer- 
ca de dos pies»; el pico del cochigato tiene «sie- 
te pulgadas» de longitud, y el asno «de cuatro á 
cinco pies de altura»; y después de tanto medir 
por medidas que no son ya de ley, la primera 
vez que se meten en novedades raétrico-deci- 
males meten la pata. 



l60 FE DE ERRATAS. 

Porque meterla es, y de firme, decir que el 
codo cúbico geométrico equivale á 173 decímetros 
cúbicos, y el codo cúbico de ribera á 329, y de- 
cirlo en el mismo artículo en que afirman que 
el codo geométrico, medida lineal, tiene media 
vara, ó sean 418 milímetros, y el codo de ribera, 
6 real, 574. ¿No saben siquiera estos pobres 
hombres cuál es el cubo de una cantidad deter- 
minada? Pues si el codo geométrico ó común 
tiene 418 milímetros, ó sean cuatro decímetros, 
un centímetro y ocho milímetros, es decir, más 
de cuatro decímetros y menos de cinco, siendo 
el cubo de cuatro 64, y el de cinco 125, el nú- 
mero de decímetros cúbicos que tenga el codo 
geométrico cúbico ha de ser mayor que 64 y 
menor que 125, y, por consiguiente, mal puede 
ser 173. Y en cuanto al codo real 6 de ribera 
cúbico, teniendo el lineal 574 milímetros, ó sean 
cinco decímetros, siete centímetros y cuatro 
milímetros, es decir, más de cinco decímetros 
y menos de seis, y siendo el cubo de cinco 125, 
y el de seis 216, los decímetros cúbicos á que 
equivalga han de ser más de 125 y menos 
de 216, y, por tanto, mal pueden ser 329. Como 
que no son más que 188 y una fracción de poca 
monta, así como los del codo común cúbico no 
son más que 73 y otra fracción insignificante, 
es decir, 73,035468. ¿Qué manera de cubicar 
tendrán los académicos, que sacan ciento se- 
tenta V TRES en lugar de setenta y tres, y 

TRESCIENTOS VEINTINUEVE Cn lugar de CIENTO 



FE DE ERRATAS. lÓl 

OCHENTA Y OCHO? ¿Será que estén acostumbra, 
dos á cubicar así las dietas suyas? ¡Ya, ya! 
¡Cualquiera se puede fiar, en materia de núme- 
ros, de los que los académicos ponen! 

Verdad es que también dicen que apretar el 
codo es frase familiar que «se dice del que asiste 
á un moribundo que dura poco». ¿Pero dónde 
dirán esa tontería? En la Academia exclusiva- 
mente. Que será donde se diga también meterse 
ó estar metido uno hasta los codos en alguna 
cosa, significando «estar muy empeñado ó inte- 
resado en ella»; porque fuera de la Academia, 
en el resto de España, el estar uno muy empe- 
ñado se dice hasta los ojos, y respecto de los 
codos, lo que se dice es meter la mano ó el bra- 
zo hasta el codo, y se dice de los que roban en 
lo que administran, sean ó no sean empleados 
de Cuba. 

Otra cosa. Si había de decimos el etimolo- 
gista que coepiscopo viene del latín cum, ¿por 
qué dedicaron los académicos á la sílaba co un 
artículo , igual que si fuera una palabra cas- 
tellana? ¿Para qué sirve esa preposición insepa- 
rable, si no sirve para hacer coepiscopos? ¿Es 
que los académicos han obrado coercidos por la 
ignorancia?... Pues que se coextiendan un poco 
hasta enterarse de que la cofia no es tespecie 
de gorra que usaban las mujeres», sino que la 
usan todavía; no las cofradas, porque no las 
hay más que en el Diccionario, pero sí las co- 
frades, que es como se dice. Y aun las que no 

TOMO U. II 



1 62 FE DE ERRATAS. 

sean cofrades, con tal que tengan cofre, que es 
una «especie de arca de hechura tumbada (¡no 
están ellos malos tumbados!) cubierta de pellejo 
(¿la hechura?), badana ó vaqueta, forrada (¿la 
vaqueta?) interiormente de tela, que sirve (¿la 
tela?) para guardar ropas.» ¿Se puede ha- 
cer peor? 

Pues también dicen que cofrear es fregar j 
cofrero el que... ¿friega?.., no, señor; el que tie- 
ne por oficio hacer cofres, y cogermano el coher- 
mano, y cogitación el acto ó efecto de cogitar, 
que no es andar cojo, pero tampoco es caste- 
llano. Como no lo son cognocer ni cognombre, ni 
se dice ser tieso de cogote, sino ser duro. 

Mas aquí viene la cogujada, de la que ase 
guran que es «especie de alondra de su mismo 
color. ..^^ ¿De su mismo color?... ¿Del mismo 
color de la cogujada?... ¡Pues claro! ¿Acaso los 
académicos no son del color de ellos miamos? 
Verdad es que habrán querido decir del mismo 
color de la alondra, pero les ha faltado la sin- 
taxis. A más de que también es una perogru- 
llada decir que una «especie de alondra» es del 
color de la alondra. Y siguen: «Especie de alon- 
dra de stí mismo color, algo mayor que el go- 
rrión, y con un moño ó penacho en la cabeza; 
anda por los caminos...» ¡Qué cosas más raras 
andar por los caminos y tener el moño en la 
cabeza! 

La COGULLA diz que es «hábito 6 ropa que 
visten varios religiosos»... ¡Varios religiosos con 



FE DE ERRATAS. 163 

un solo hábito! Aquí tenemos aquello déla zar- 
zuela de Camprodón: 

«Arma dos ó tres 
con un arcabuz...» 

los cuales estarían ciertamente como estamos 
los españoles con el Diccionario de la Acade- 
mia, como tres con un zapato. 

Y luego ni la papada del cerdo se llama 
cogullada, sino barbada, ni cohechar es «alzar el 
barbecho ó dar á la tierra la última vuelta an- 
tes de sembrarla», ni esto último es lo mismo 
que lo primero, porque no es lo mismo dar la 
primera vuelta que dar la última, ni los seño- 
res de la calle de Va-al-verde, como dice un 
amigo mío, saben de agricultura una desdicha- 
da palabra. 

En cambio, tampoco se puede saber por el 
Diccionario lo que es cohermano, porque pri- 
mero dicen los académicos que es primo, des- 
pués, que medio hermano, después, que herma- 
nastro y de milagro no han dicho que suegra. 
Lo que sí han dicho es que cohete es canuto 
de caña, y han mencionado el chispero y el tro- 
nador y no han dicho nada del rabón ó rastre- 
ro; pero no se les ha olvidado la cohetera, que 
es «la mujer del cohetero», como el lector pue- 
de figurarse. 

•Cohombro. (¡Atención, que hablan los que 
limpian y fijan!) Especie de pepino, cuyo fruto 



164 FE DE ERRATAS. 

es largo y torcido y se come como legumbre.* Y 
como bacalao; porque es de suponer que se co- 
merá por la boca. Pero siguen: «Fruta de sar- 
tén de la misma masa que se emplea para los 
buñuelos...» Y para los Diccionarios malos, 
llenos de disparates como éste de la misma 
masa, y como los artículos que siguen de cohon- 
der, coición, coido, etc., y como decir que co- 
HORTAR es confortar, y coitarse, apresurarse, y 
COJA, «mujer de mala vida», y cojear... Pero esto 
del COJEAR y de la cojera, como los académicos 
cojean tanto, hay que tratarlo aparte y con de- 
tenimiento. 




XLIII. 




ulti titroque clandicant pede; hay mu- 
chos que cojean de los dos pies», de- 
cía San Jerónimo escribiendo á San 
Agustín, á propósito de un obispo 
de Jerusalén que, sobre ser materialmente cojo, 
defendía ó patrocinaba, cuando menos de ocul- 
tis, herejías ya condenadas por la Iglesia. Mul- 
ti utroque claudicant pede... ¿Y quién dice que 
al emplear el sabio y austerísimo doctor esta 
santa burla, enseñando de paso que no siempre 
es malo burlarse, como suelen creer los tontos, 
no viera proféticamente, entre los innumerables 
cojos in utroque del porvenir, á nuestros actua- 
les académicos? 

Verdad es que de estos no son tantos los 



l66 FE DE ERRATAS. 

que cojean de los pies como serían de seguro si 
por cada mala definición naciera un callo; pero 
casi todos cojean de la cabeza, que es de donde 
principalmente cojeaba el obispo aludido por 
el santo eremita. 

Léase, como muestra de la cojera intelec- 
tual de los académicos, la definición que dan 
del verbo cojear, que es de esta traza: ícojear 
(de cojo) n. Andar inclinando el cuerpo más á 
un lado que otro por no poder sentar igual- 
mente ambos pies»; donde lo que da gana de 
sentarles á los académicos es la mano. «¡Andar 
inclinando el cuerpo!...» ¡Qué manera de andar 
inclinándose al desatino! 

Porque es el caso, que el verbo andar, cons- 
truido con un gerundio de otro verbo, no tiene 
la significación propia suya, sino la del verbo 
á que pertenece el gerundio, cosa que los mis- 
mos académicos reconocen en otro lado. Así, 
por ejemplo, si á mí me pregunta un amigo 
qué trabajo ahora, puedo responderle que ando 
leyendo la Montálvez ó que ando escribiendo una 
novela de costumbres, titulada Ratoncito Nose- 
mas ó el eunnco de la reina Codicia, 6 que ando 
estudiando Derecho Canónico; aunque realmen 
te no ando al hacer ninguna de estas cosas, 
porque no soy peripatético, palabra, entre pa- 
réntesis, cuya significación no han sabido dar- 
nos los académicos ni el P. Fita. Así también 
de un hombre que estando á pié firme ó senta- 
do en un sillón ó acostado en la cama, se di- 



FE DE ERRATAS. 167 

vierta en inclinar el cuerpo alternativamente á 
un lado y á otro, y más á un lado que á otro, 
se puede con propiedad decir que anda incli- 
nando el cuerpo; y como para los académicos 
andar inclinando el cuerpo es cojear, resulta que 
para los académicos este hombre cojea: es de- 
cir, que, según los académicos, se puede cojear 
estando á pie quieto y estando sentado y aun 
estando en la cama. 

Tal vez por eso, los muy precavidos omiten 
en este mismo artículo la frase popularísima de 
saber de qué pie cojea alguno; porque, es claro: 
del que cojea sin andar, del que cojea estando 
sentado ó acostado, no es muy fácil tsaber de 
qué pie cojea.* Y acaso por la misma Tazón su- 
primen también un poco más adelante en el ar- 
tículo dedicado al cojo y á la coja, la locución 
no menos usada de ^conocer los cojos en el an- 
dar*, porque los académicos, á lo que es cuenta, 
los conocen sin que anden. Verdad es que tam- 
bién omiten, sin más razón que la ignorancia, 
que es ciertamente la razón principal de todas 
sus acciones y omisiones, la otra frase corrien- 
te de andar de muía coja., que es como andan 
ellos en punto á saber, y como anda el país en 
cuestión de Diccionario. 

Porque en este mismo de la Academia nos 
dicen los señores que cojera es «accidente que 
impide andar con igualdad», de donde se dedu- 
ce que un accidente epiléptico ó un ataque de 
locura ó un simple acceso de buen humor, que 



l68 FE DE ERRATAS. 

hacen que uno eche á correr y luego se pare y 
luego ande despacio, pueden ser otras tantas 
cojeras; y se deduce también que la cojera más 
común y ordinaria, por ser el accidente que 
más á menudo impide andar con igualdad, es 
la que resulta de menudear los tragos de buen 
vino. ¡Si cojearán también de este pie los aca- 
démicos! 

En el mismo artículo de la cojera, trascri- 
ben los autores, por no omitirlo todo, el cono- 
cido refrán de la cojera del perro, aunque nota- 
blemente mutilado, ó si se quiere, cojo. El 
refrán completo y arreglado á las actuales cir- 
cunstancias dice: En cojera de perro, sabiduría 
de académico y lágrimas de mujer, no hay que 
creer. Y basta de cojeras por ahora. 

Un poco más abajo viene la cokera, así, con 
k, y dicen los señores que es «especie de cajón 
ó mueblecillo de hierro para tener el cok cerca 
de la chimenea.» *Caj6n 6 mueblecillo...* En pri- 
mer lugar, cajón y mueblecillo son sinónimos; 
de suerte que, siendo una silla un mueble, y si 
es pequeña un mueblecillo, silla pequeña y ca- 
jón es todo uno. Aparte de que la cokera, aun 
llamándola así, no suele ser un cajón, sino un 
cubo, que no suele estar destinado á tener el 
cok cerca de la chimenea, sino á traerlo, siem- 
pre que es necesario atizar, desde el depósito, 
que suele estar hacia la cocina 6 sus inmedia- 
ciones, y se llama carbonera, ya contenga car- 
bón vegetal, ya mineral. Lo que suele haber al 



FE DE ERRATAS. 169 

lado de la chimenea, tratándose de las habita- 
ciones de lujo, es una leñera, un cajón ó una 
arquilla con leña; y esto se explica, porque 
como la leña no mancha, pueden atizar con 
ella los señores teniéndola á mano, mientras 
que para atizar con el cok, que es sucio como 
todos los carbones, se suele llamar á un criado 
que al paso que viene á atizar puede traer el 
combustible. 

Y luego mucho esmero en poner este chis- 
me casi desconocido, esta cokera con k, moder- 
na y exótica, y no decir una palabra de la co- 
quera antigua y castiza, de la coquera con q. 
criadero de cocos, parte podrida de una fruta 
ó de un árbol, y metafóricamente, defecto ocul- 
to, flaco de una persona, parte débil de una 
cosa, omitiendo también, por consiguiente, la 
conocida frase de «descubrirle á uno la coquera» 
que se dice, por ejemplo, en el tresillo, cuando 
se le descubre al que juega el palo de que tiene 
cartas falsas. 

Al definir la col dicen los que Jijan: tEspecie 
de berza», siendo de notar que al definir la ber- 
za dijeron que era col sencillamente. Y digo yo 
que si la berza es col, así de plano, también la 
col será de plano berza, sin necesidad de esa 
ridicula muletilla de la especie, especie de cor- 
tesía que usan los académicos para disimular 
que no saben lo que dicen. 

¿Y de dónde sacan que cola sea «voz que se 
usa entre estudiantes como oprobio en contra- 



170 FE DE ERRATAS. 

posición á la de aclamación ó vítor?* El cola, 
pues en este sentido es masculino, es el último 
entre los estudiantes y entre los escolantes 
(palabra que falta), y realmente el ser cola es 
oprobio, pero no se usa tal palabra en contra- 
posición á vítor, sino en contraposición á rey ó 
á mayorista. ¿No habrán sido estudiantes los 
académicos? La verdad es que no se les conoce 
mucho. ¿Y dónde se llama colación á una «por- 
ción de cascajo... que se da á los criados el día 
de Noche-Buena?... ¡Eso darán los académicos... 
cascajo!... A más de que eso del día de Noche- 
Buena es una tontería. 

Casi tan grande como la de poner en el ar- 
tículo de la colada, donde omiten la del toreo, 
dos definiciones muy largas para una acepción 
sola, que ya no se usa, porque esas dos coladas, 
tan minuciosa y ridiculamente descritas , por 
entre pastos comunes ó realengos, ó por terreno 
adehesado realengo ó libre, no eran más que una, 
que hoy se llama pasada ó paso, y por consi- 
guiente, bastaba para tales coladas una defini- 
ción sola, más breve, y con la nota de anticua- 
da, por supuesto, como debiera llevarla tam- 
bién la acepción de «camino ó paso estrecho» 
que al coladero ponen más adelante. ¡Siem- 
pre atrasados... ó adelantados! ¡Siempre danto 
tumbos de la colada á la cokera! ¡Siempre reñi- 
dos con la realidad! 

Colapiscis y colaudar no son palabras caste- 
llanas; pero tampoco es el colchón una especie 



FE DE ERRATAS. 1 71 

de saco, ni colear es «mover con frecuencia la 
cola» sino tratándose de los peces ó de los rep- 
tiles, pues en los demás animales se llama eso 
RABOTEAR, vcrbo que los académicos definen al 
revés en otro sitio; ni tampoco hace falta ir á 
Méjico para que colear sea «cojer la cola al 
toro...» porque lo mismo significa en las Ventas 
del Espíritu Santo. ¡Si estarán los hombres 
atrasados de noticias, cuando en mitad de la 
patria de Francisco Montes y de Rafael Moli 
na, y á la puerta, como quien dice, de la dehe- 
sa del duque de Veragua, ¿no sabían nada de 
eso de colear hasta que se lo han escrito des- 
de el otro mundo? 

Pero lo mejor de esta jornada, pasando por 
las ridiculas definiciones de la colegiala, del 
coleto, de la coliflor, de la colmena y del 
colmo, que ni es techo de paja, sino haz prepa- 
rado para formar el techo, ni es provincial de 
Galicia (que tampoco es provincia), sino co- 
mún de León, de Asturias, de Castilla y de 
donde quiera que hay techos de paja; pasando 
asimismo por la barbaridad del adjetivo colmo, 
jna, que no existe y que no puede decir nadie más 
que algún zafio, en lugar de colmado, da, y pa- 
sando por las majaderías de que la colodra 
tenga alguna vez forma de barreño, y de que el 
significado de cachapa (palabra que falta) sea 
provincial de Santander, afirmación que no 
tiene otro fundamento que el de haber sido un 
santanderino el que reveló á los académicos 



172 FE DE ERRATAS. 

este significado; pasando por todo esto, lo me- 
jor del día es la definición del colofón-, que á 
la letra dice: «Anotación que se ponía al final de 
los libros para indicar el nombre del impresor 
y el lugar y fecha de la impresión ó alguna de 
estas circunstancias.» Fíjense los lectores: «Ano- 
tación que se ponía», es decir, que ahora no se 
pone, se ponía allá sabe Dios cuando. Esto en 
la página 259. Ahora veamos el final de este 
mismo libro que tal dice, y leamos: «Acabóse 
de imprimir este libro en Madrid, en casa de 
D. Gregorio Hernando, á 31 de Diciembre de 
1884.» Es decir, que el mismo libro que enseña 
que COLOFÓN es una cosa que ya no se pone, 
sino que se ponía antiguamente, lleva su colofón 
en toda regla. 

¿Qué se va á hacer con gente de tan poco 
fuste? 




XLIV 




olonche!... ¡Lo que saben los acadé- 
micos!... 

Mas no se figure el lector que co- 
lonche es alguna interjección como 
DEMONCHE, Verbigracia. No, colonche no es in- 
terjección ni nada parecido. Si hemos de creer 
á los académicos, cosa que yo no aconsejaré á 
nadie, colonche es una «bebida embriagante», 
nada menos que una «bebida embriagante que 
se hace en Méjico con zumo de tuna...i y no 
de tuna así como quiera, sino «con zumo de 
tuna colorada, y azúcar» á mayor abunda- 
miento. 

¡Para que no les gustara á los vejastorios de 



174 PE ^E ERRATAS. 

la Academia, y no se apresuraran á poner la 
palabreja como una adquisición en su libro! 

¡Colonche! — se dirían al instante. — 
¡Colonche!... ¡Pues no es nada! 
¡Bebida embriagante!... 
¡Y con zumo de tuna colorada!... 

Por supuesto que aquí, para evitar alguna 
mala inteligencia sobre la naturaleza de la tuna 
ó del zumo, debo advertir que la tutia, según 
dicen los académicos, es el nopal, y siento mu- 
cho no poder advertir igualmente lo que es la 
tuna colorada, porque los académicos no lo di- 
cen. Lo cual no dejará de parecer extraño, te- 
niendo en cuenta su manía de dar muchos pelos 
y señales de todo lo de América, hasta de las 
bebidas embriagantes. Ellos son así. No sabrán 
de la misa la media... ¿qué digo no sabrán? po- 
sitivamente no saben de la misa la media en 
materia de bebidas del país, llegando en esto su 
ignorancia hasta el inverosímil extremo de no 
dar la menor noticia de nuestra popular agua 
posca; pero si no saben que hay agua posea en 
León y Castilla, saben que hay en Méjico una 
bebida embriagante que se llama colonche. Aun 
cuando acaso no la haya, que esto es aparte; 
pues muy bien puede ser que, á pesar de los 
interesantes detalles que dan de esta bebida, 
no haya tales carneros, como no los había en 
aquellos famosos pacos que los académicos hi- 



FE DE ERRATAS. 175 

cieron carneros del Perú, quizá porque algún 
americano de buen humor se quiso divertir 
apuntándoselo. 

Ya que he dicho por incidencia que falta en 
el Diccionario el agua posca, he de señalar 
también la falta de otras dos aguas, no potables 
como ésta, pero no menos conocidas y usadas. 
A continuación del artículo del colonche viene 
el de la colonia, sin que, ni en éste, ni en otro 
que podían haber puesto en seguida, digan los 
señores una palabra del agua de colonia, del 
excelente y clásico perfume, como tampoco en 
el lugar correspondiente dicen nada del agua 
sedativa. He vuelto á leer el artículo del agua, 
que es muy largo, á ver si por allí encontraba 
alguna noticia de estas cosas, y nada; no he en- 
contrado más que algún nuevo disparate que no 
había visto la primera vez que pasé, como, por 
ejemplo, el de decir que agua manantial es «la 
que mana», y decir en seguida que agua mineral 
es «la que naturalmente manai, porque sin duda 
la primera manará sobrenaturalmente. 

El «COLONO, haz de leña», y también de hoja, 
dicen que es provincial de Santander, cuando 
aun más que en Santander se usa esta palabra 
en Asturias, y es conocida en León y en Gali' 
cia y en Extremadura. 

La explicación de esta majadería es muy 
llana. En la edición anterior, la palabra colono 
tenía la nota áe provincial, sin decir de dóndej 
los académicos de ahora, que, por lo general. 



176 FE DE ERRATAS. 

no son provinciales de ningún lado, ni pertene- 
cen á determinado país, sino que casi todos son 
expósitos del presupuesto, no la conocían, y, 
con arreglo al aforismo aquel inventado por 
burla en las escuelas, y adoptado luego como 
norma por los modernos racionalistas: quod non 
intelligo, negó, trataron de borrarla; pero la co- 
nocía y la salvó Menéndez Pelayo, y como Me- 
néndez Pelayo es de Santander, la plantaron 
la nota de provincial de Santander, como si el 
autor de Los heterodoxos estuviera obligado á 
no conocer más palabras que las de su tierra. 
¡Bah! Si Pidal fuera asturiano para algo más 
que para tener avellana (frase que falta) y 
salir diputado y repartir destinos y ponerse las 
botas ¿no sabría que en Asturias tiene uso fre- 
cuentísimo la palabra colono? 

Sobre la collada y el collado también des- 
atinan. Dicen de la primera que está anticua- 
da, y no hay tal cosa; y dicen del segundo que 
es «tierra que se levanta como cerro, menos ele- 
vada que el monte», lo cual no digo que es una 
tontería porque son varias. El collado no se 
levanta como cerro, ni como estopa; al contra- 
rio, se baja; porque el collado es la parte más 
baja de entre dos montes ó cerros unidos; es el 
cuello por el que se unen dos montañas; es el 
enlace de una altura con otra; es la depresión 
de una cordillera en puntos determinados, de- 
presión á que suelen corresponder casi siempre 
en las dos vertientes opuestas otras dos depre- 



FE DE ERRATAS. 177 

siones, que se llaman valles, pues todo valle, 
por lo regular, nace en un collado y no en un 
pico. Y en cuanto al cerro, ya sea más alto ó 
más bajo, nunca es collado, sino cerro, necesi- 
tándose, para que haya collado, por lo menos 
dos cerros ó dos montes. 

Mas ¿por qué habían de saber los acadé- 
micos definir el collado, que sólo conocen de 
oídas, si tampoco saben lo que dicen definiendo 
el COLLAR, y eso que es un chisme que casi to- 
dos ellos le llevan, y todos, sin casi, de una cla- 
se ó de otra merecen llevarle? Comienzan invir- 
tiendo el orden y dicen «Collar, adorno/^m^niZ 
que ciñe ó rodea el cuello...» ¿En qué queda- 
mos? ¿Rodea ó ciñe? Porque en las definiciones 
sobran esos adornos de poner dos palabras por 
una. Pero todavía falta lo mejor: nKáomo feme- 
nil que ciñe ó rodea el cuello, algunas veces 
guarnecido de piedras preciosas». El cuello, por 
supuesto; á lo menos la sintaxis exige que sea 
el cuello, aun cuando los académicos regular- 
mente habrán querido que fuera el collar el al- 
gunas veces guarnecido. Pero supongamos, con- 
tra toda regla de sintaxis, que el guarnecido 
algunas veces sea el collar: ¿y otras veces?... 
Nada, que de todas maneras la definición es ri- 
dicula. Después tratan del otro collar, del de 
los malhechores, los esclavos y los animales, 
pues para toda esta gente, y aun para ellos 
mismos, los académicos, modestamente preteri- 
dos en la definición, no dan más que uno, afir- 



178 FE DE ERRATAS. 

mando que ha de ser de hierro 6 de otro metal. 
¿Y si es de madera ó de cuero ó de paño de 
damas?... ¿Dejará de ser collar por eso? La ver- 
dad es que, aparte del collar de los malhecho- 
res, que no se suele llamar collar, sino argolla, 
y aparte del que se pone á los mastines para 
defenderles el cuello contra los mordatos de los 
lobos, que sobre el nombre genérico de collar 
tiene el específico de carrancas, pocos collares 
hay de hierro. En los de los animales varía la 
materia como el objeto, que es unas veces la 
sujeción, otras la guarda, otras el adorno. Los 
collares con que se atan los bueyes á los pese- 
bres son de madera; los que se emplean para 
poner cencerros ó esquilas al ganado vacuno, 
caballar, cabrío y lanar, son de madera ó de 
cuero, y á las crías mulares ó caballares y á los 
corderinos y á los perros falderos se les suelen 
poner collares de paño de damas (que no está 
en Diccionario) ó de cualquier otra tela vistosa, 
con lazos ó con cascabeles. Por último, los co- 
llares de los académicos varían también, pues 
si el collar del Toisón es de oro, el de los doce 
hilos será de seda. 

El artículo dedicado á estas tres letras cow, 
que los académicos llaman preposición insepíh- 
rable, es una majadería mayor que todos los 
otros artículos de preposiciones inseparables, 
porque com no es tal preposición; la preposición 
es con, á la cual con (que lleva otro artículo 
aparte) se la cambia la n en m cuando la pala- 



FE DE ERRATAS. I 79 

bra á que ha de unirse empieza con h ó con p 
por motivos puramente eufónicos, pero la pre- 
posición es la misma. 

Abreviando, coma por crin no es castellano; 
ni COMARCAR es «confinar entre sí países, pue- 
blos ó heredades*, porque esto es confinar ó 
lindar. ¿A quién ha oído decir Cañete que Es- 
paña comarca con Francia? Tampoco comensal 
es «persona que vive á... expensas de otra en 
cuya casa habita, como familiar ó dependiente». 
¿Qué ha de ser eso? Comensales no son más 
que los que comen juntos. En cambio, comento 
es algo más que «acción y efecto de comentar», 
sobre todo habiendo dicho que comentar es 
simplemente explicar ó glosar: el comento tie- 
ne otra significación muy usada. ¿No saben los 
académicos aquel pareado tan conocido 

Y si, lector, dijeres ser comento. 
Como me lo contaron te lo cuento? 

Además ¿para qué ponen comenzante si no 
se usa? Más se usa disparatante y no lo ponen. 
Pero ponen comer como sustantivo masculino y 
sinónimo de comida, que es un solemne despro- 
pósito. Ya se sabe que todos los infinitivos pue- 
den hacer veces de sustantivos, pero eso no es 
que lo sean; y para poner al comer dos artícu- 
los en el Diccionario, uno como nombre y otro 
como verbo, hay que poner dos también al an- 
dar y al desatinar y á todos los verbos, pues lo 



l8o FE DE ERRATAS. 

mismo que se dice «quitárselo uno de su comer», 
que es la frase que hizo 'errar esta vez á los 
académicos, se puede decir que «cada burro 
tiene su andar» ó que «los académicos tienen 
un DESATINAR muy continuo». 

Porque realmente le tienen; por eso desati- 
nan también en el siguiente artículo, dedicado 
al adjetivo comerciable, asegurando que «Díce- 
se de la persona sociable, aíable y dulce en su 
trato». Mentira. ¡Qué se ha de decir!... Y más 
vale que no se diga. 

Pero, ¿se puede saber para qué hacen los 
académicos el Diccionario si no ha de servir 
para el uso? Es de advertir que ni siquiera po- 
nen á esa acepción la nota de anticuada: la dan 
como usual y corriente, ni más ni menos que 
si ayer tarde todavía le hubieran dicho en la 
calle á cualquiera de los académicos autores de 
la extravagante definición, por hacerle un cum- 
plido: «como la señora de usted es tan comer- 
ciable...» 



XLV 




:osAS que aprenderá el que acierte á 
abrir por la página 163 el librote.de 
la Academia. 

En primer lugar quedará entera- 
do de que Cometiente es el que comete, y con 
tan extraordinaria adquisición llegará á un 
punto donde á primera vista le parecerá que 
los académicos le dicen que ganar uno la comi- 
da con el sudor de su frente, es lo mismo que te- 
ner horror á la comida. Después sabrá que la 
COMIDA ise toma á una ú otra hora del día ó de 
la noche,* lo cual no deja de ser otro descubri- 
miento, y además le dirán que la comida es el 
alimento principal que cada día toman las per- 



l82 FE DE ERRATAS. 

sonas;» pero esto ya no lo debe creer así de bue- 
nas á primeras, porque también se llama comi- 
da el alimento principal que cada día toman 
los académicos, sobre cuya personalidad cabe 
casi la misma duda que la graciosa alumna de 
El quinto no matar tenía sobre la de las tórto- 
las. Por cierto que es lástima que aquella niña 
no preguntara también á su padrino sobre este 
punto, verbigracia: 

Y después, francamente, 

Dime si un académico es persona. 

Aparte de que también se llama comida el 
alimento principal de los burros, y éstos indu- 
dablemente no son personas todavía. 

En seguida aprenderá, si sigue leyendo, que 
COMIDILLA es «gusto, Complacencia especial 
(l(f especial aquí es el disparate) que uno tiene 
en cosas de su genio ó inclinación.» Es verdad 
que antes de acabar de aprender esto hará por 
olvidarlo, pues sabe de cierto que comidilla 
no es sino comida pequeña que se hace en- 
tre horas con frecuencia, y más que por ne- 
cesidad, por gula, y que del gusto con que se 
hacen estas comidillas ha venido el llamar me- 
tafóricamente COMIDILLA á cualquier conversa- 
ción frecuente y agradable, á cualquier materia 
de que á uno le gusta hablar á menudo; por- 
que, es claro, la comidilla nunca puede ser el 
gusto ni la complacencia, como dicen los acá- 



FE DE ERRATAS. 1 83 

démicos en su costumbre de tomar el rábano 
por las hojas, sino la cosa, la conversación ó el 
entretenimiento que cause gusto y complacen- 
cia. 

También aprenderá que comiente es el que 
come, porque los participios activos están en el 
Diccionario casi todos por separado del verbo 
á que pertenecen, y, en cambio, de los pasivos 
no hay casi ninguno, sin que se sepa la razón 
de esta diferencia; aprenderá que cotnisar es 
«declarar que una cosa ha caído en comiso,» 
aunque esto no se llama así, sino decomisar; 
que COMISARIA es «la mujer del comisario;» que 
el comisario de guerra es un «ministro,» y que 
hay un verbo comiscar, que significa comer á 
menudo, aunque no hay tal verbo, pues no se 
dice comiscar sino comisquear, como no se dice 
lloricar ni ventiscar, sino lloriquear y ventis- 
quear. 

Volviendo la hoja, echará de menos la pala- 
bra comité, hoy tan usada, y encontrará, en 
cambio, la de comité, por conde, que nadie usa; 
aprenderá que como significa algunas veces «á 
fin de que,» siendo la causa de este yerro el no 
haber entendido los académicos este pasaje. 
•Mandamos á nuestros presidentes y oidores que 
provean como por culpa de los letrados no se di- 
laten las causas,* donde el como no significa «á 
fin de que», sino «de modo que» ó «la manera de 
que»; aprenderá que la cómoda viene del fran- 
cés, aun cuando viene del latín, y que es un 



184 FE DE ERRATAS. 

«mueble casi cuadrado...» como son casi sabios 
los académicos, y que cómodo es á veces sus- 
tantivo masculino, aunque el cómodo sustantivo 
se escribe con dos emes, y no es castellano, sino 
latín; echará de menos el verbo comulgar, del 
latín cumulare, y el sustantivo comolgo, del la- 
tín cumulus, palabras castizas, en sustitución de 
las cuales han puesto los académicos en otro 
sitio cogolmar y cogohno, que es como dicen los 
que dicen estógamo por estómago, y aprenderá 
que COMPACIENTE es *el que se compadece,» 
aunque no es tal cosa, sino el que padece con 
otro ó al mismo tiempo que otro, pues el que se 
compadece se llama compasivo, y que compa- 
gamiento es igual que compage, y que compage 
no es el que va de paje en compañía de otro, 
sino «enlace ó trabazón de una cosa con otra,» 
lo mismo que en el Lacio. 

Igualmente aprenderá la significación figu- 
rada de COMPAGINAR, «Ordenar algunas cosas 
con otras,» pero no la natural de ordenar las pá- 
ginas de un libro, porque esta la omiten los se- 
ñores; y tras de aprender el disparate de que 
estar á compango es «recibir el criado su manu- 
tención en dinero,» aprenderá también que hay 
las palabras companiero y coynpaniera, lo mismo 
ahora que antes de la invención de la eñe. 

Verá luego cómo ponen á la comparanza la 
nota de anticuada que debieron haber puesto 
al comerciable del otro lunes, y cómo dicen que 
compatia es lo mismo que simpatía, é incluyen 



FE DE ERRATAS. 185 

la palabra compatriota creyendo que compatriO' 
TAS sólo se llaman las mujeres. ¡Haj' cada idiota 
por el mundo! Verá también cómo en el artícu- 
lo dedicado á la competencia falta radicalmen- 
te la acepción forense de esta palabra, y cómo 
COMPINCHE viene del latín compingere, que sig- 
nifica «unir estrechamente,» cuando ni significa 
eso, ni COMPINCHE viene de allí, sino de pinche; 
y se enterará de unas fiestas compítales que á 
nadie le importa saber con qué se comen, y de 
un Cumplido que hacen los académicos á las 
criadas alcai-reñas, reproduciendo con gran com- 
plidura y no menor complimento la complixión 
de sus zafias locuciones, mientras omiten la 
acepción usual y corriente de la palabra compo^ 
nenda. 

Asimismo aprenderá la maravilla de que 
comporta es una «especie de canasta más ancha 
por arriba que por abajo,» aunque ni por abajo 
ni por arriba puede ser tan ancha como la igno- 
rancia de los académicos, que llega hasta no 
saber que comporta no es más que compuerta. 
Pero en cambio sabe que composta es composi- 
ción; que la compotera es una «especie de cuen- 
co ó taza,* (lo mismo da); que comprado es «uno 
de los juegos del hombre,» y si bien no saben 
que compra puede significar la cosa comprada, 
no dejan de saber que compresbítero es «compa- 
ñero de otro en el presbiterato,» lo mismo que 
conacadémico tiene que ser compañero de otro 
en la Academia, aunque no lo diga el Dicciona- 



1 86 FE DE ERRATAS. 

rio, ni falta, y contonto, compañero de otro en la 
tontería. 

Continuará aprendiendo, si vuelve otra ho- 
ja, que la palabra compromisario no tiene la 
significación que la da la ley electoral, signiñ- 
cación que no es tan nueva como parece, y tie- 
ne, en cambio, otra que la dan los académicos, 
que no corresponde al compromisario, sino al 
arbitro ó amigable componedor. Yya que decom- 
poner se trata, también aprenderá que el adje- 
tivo COMPUESTO no tiene terminación femenina, 
porque los académicos no han querido dársela, 
y echará de menos el compuesto humano, de que 
los señores no dan noticia, quizá porque tam- 
poco la tienen, y aprenderá que comunero, ka, 
significa, en primer lugar, «agradable (!)», así, 
agradable, con lo cual ya puede echar una flor á 
la primera señora de académico que encuentre 
este verano en San Sebastián, diciéndola senci- 
llamente: «¡Ah!, señora, ya se sabe que Vd, es 
muy comunera.* 

Iten: aprenderá que la comuña es «trigo 
mezclado con centeno,» lo cual no es verdad, 
sino majadería, originada de no saber los aca- 
démicos que el trigo mezclado con centeno se 
llama morcajo, y aprenderá en el mismo artícu- 
lo una porción de variedades de la comuña en 
el sentido de alparcería, que es el principal, no 
sólo en Asturias, sino en León y en Castilla, 
variedades que llaman ellos provinciales de As- 
turias, á pesar de ser de todas partes y de estar 



FE DE ERRATAS. 187 

basadas en el derecho patrio. Pero como los 
académicos, por no entender de nada, no sue- 
len tampoco entender de derecho, tienen como 
cosa puramente provincial de Asturias el que 
la res dada en comuña ó á medias, si perece, 
perezca para el dueño, como si no existiera el 
conocidísimo axioma jurídico de res perit do- 
mino. 

Aprenderá asimismo después de pasar por 
una definición del concejo muy mala, omitien- 
do varios refranes como el que dice: «En el lu- 
gar de poco seso todos los días hay concejo», 
que coNCERTACiÓN es contienda y disputa, cuan- 
do es precisamente lo contrario; que concia es 
«parte vedada de un monte», así, sin decir de 
dónde es provincial, porque regularmente no 
será más que de la Academia, á la cual no la 
está vedada una parte del monte del saber, sino 
todo el monte. Por eso en el artículo concien- 
cia falta, entre otras frases, la de formar con- 
ciencia, y en el artículo conciliación falta el 
acto judicial de este nombre, y en el artículo 
concilio falta el diocesano; pero hay, en cambio, 
una concinidad, que es la «calidad de concino,i> y 
hay un concino, que no es nada, en castellano 
al menos, y una canción, y un condenador, y un 
condonante, y un concofrade que es tan albarda 
sobre albarda como si se dijera concompañero, 
y un condesar, y un condido, y un condidor, y un 
condir y otro condir, como si no sobrara con 
uno, y un conectar, y un confalonier, y un confi- 



l88 FE DE ERRATAS. 

dente, y una confición, y un confingir (¡incorpo- 
rar!), y una conflación; y un confugio, y un con- 
fuir, y un congio, y un. conhorte, y una coniecha 
y otras mil tonterías así, ocupando el sitio que 
debiera ocupar, por ejemplo, el concupiscente, 
que falta. 

Amén de todo esto, y de una definición de 
la condena, muy condenada, y de aquello otro 
de la condestahlesa, que diz que es la mujer del 
condestable, todavía aprenderá quien tenga va- 
lor para seguir leyendo, que la conducta es en 
primer lugar «recua ó carros que llevan la mo- 
neda que se trasporta (¿á sí misma?) de una par- 
te á otra, y con especialidad la que se conduce á 
la corte,^ como si el punto á donde se conduzca 
la moneda tuviera mucho que ver con que los 
bagajes se llamen ó no se llamen conducta; y 
aprenderá que conducto es «canal comunmen- 
te cubierto (después de haber aprendido que ca- 
nal es femenino), para dar salida á las aguas y 
otras cosas.* 

¿Qué cosas serán estas? — El que quiera 
aprender esto también, que tome primero cier- 
tas precauciones y se lo pregunte después á los 
académicos. 




XLVI. 




iGA usté, señora — preguntaba un ba- 
turro á una portera — ¿me hace usté 
el favor de icirine cuál es la casa de 
enfrente? 

— Allí la tiene Vd. — le contestó la portera 
señalándole un portal en la acera del otro lado. 
— ¡Otra! ¡Pus si vengo de allí y me han dicho 
que es aquí!... 

Lo mismo les pasa á los académicos y lo 
mismo discurren que el baturro. Se encuentran 
con la palabra conejo, y dicen: «Animal cua- 
drúpedo, especie de liebre...* marchándose, como 
se ve, para la otra acera. Llegan á ella, llegan 
á la LIEBRE y vuelven á decir: «Cuadrúpedo.., 
algo semejante al conejo...* Y así andan calaba- 



190 EE DE ERRATAS. 

ceando de una acera á la otra, sin acertar jamás 
con la casa de enfrente, ó sea con la definición 
oportuna. 

Y luego tienen unos caprichos, y se entre- 
gan á ellos tan por entero, que todo en el libro 
resulta irracional y puramente caprichoso. Así, 
por ejemplo, ponen la palabra confundiente di- 
ciendo que es participio activo anticuado de 
confundir, y no ponen confundente, que es el 
participio no antiguo, y eso que los participios 
activos los ponen casi todos, á lo menos todos 
los que no se usan. Al verbo congelar le ponen 
de escolta seis individuos de su familia, cinco 
de vanguardia, que son: congelable, congela- 
ción, CONGELADOR, CONGELAMIENTO, CONGELAN- 
TE, y uno de retaguardia, congelativo, y en 
cambio inmediatamente antes han puesto el 
verbo confutar, sin más familia que la con- 
futación que le precede. ¿Qué razón hay, pre- 
gunto yo, para no haber puesto también confu- 

TABLE, confutador, CONFUTAMIENTO , CONFU- 
TANTE y CONFUTATIVO? 

¿No son estas palabras tan legítimas como 
las otras? Casi lo mismo le pasa al verbo refu- 
tar, análogo á este de confutar, y más usado, 
pues tampoco le conceden la familia que han 
dado á congelar, no poniendo ni refutable, ni 
refutador, ni refutamiento, ni refutante, 
ni refutativo; pero le ponen, á más de la re- 
futación, el refutatorio. ¿Y por qué no les 
han puesto también este adjetivo á los otros 



FE DE ERRATAS. IQl 

dos verbos? ¿No se dirá lo mismo que refuta- 
torio, CONFUTATORIO y CONGELATORIO?... PuCS 

todo el Diccionario está lleno de estos capri- 
chos, que por más que los académicos digan, 
no se los han enseñado las cabras, mucho más 
metódicas en sus cosas y más formales que 
ellos. 

Capricho es también poner conjugado y con- 
jugal, diciendo que son lo mismo que conyu- 
gado y conyugal. ¿Qué han de ser lo mismo? 
¿Acaso JUGO es lo mismo que yugo? La jota en 
latín se pronuncia suave, como pronunciamos 
nosotros la y griega, con la cual la hemos sus- 
tituido en las palabras de pronunciación suave; 
pero en castellano se pronuncia fuerte y es jota. 
¿Y por qué en la definición del adjetivo con- 
junto, ta, omiten la acepción de esposos, que 
es la más usada? Decía Villabrille en un epi- 
grama: 

Pronto y como receloso, 
volviéndose á su conjumta, 
hizo aquel esta pregunta: 
¿tiene bula vuestro esposo? 

Mas como cosa de gusto, la definición del 
CONOIDE. Ahí va, porque merece conservarse: 
•Conoide, m. geotn. Sólido parecido al cono, 
que tiene por base una elipse en vez de un cír- 
culo, y cuya superficie piramidal (!) termina en 
punta.* ¡Ingenieros, profesores de ciencias exac* 



ig2 FE DE ERRATAS. 

tas, alumnos de escuelas especiales, enteraos 
bien! ¡Para esto subvenciona el Estado á la 
Academia: para que nos ponga en ridículo á 
los ojos del mundo, enseñando, entre otros pi- 
ramidales desatinos, que la superficie piramidal 
del conoide termina en punta! 

Cualquiera cosa buena se puede apostar á 
que ninguno de los lectores sabe lo que es con- 
reo, pues á lo que más se parece es á reo con 
otro, y esto se suele decir co-reo; sin embargo, 
los académicos saben que conreo es «beneficio ó 
merced», así como saben también, ó por lo me- 
nos dicen, que consejil es «mujer pública » 

De la CONSERVA dicen que es «fruta hervi- 
da. ..« en vez de decir cocida, porque los sólidos 
no hierven. En el artículo de conservador fal- 
ta el partido político así llamado. Vale Dios que 
ya le pondrán cuando haya desaparecido ó 
se llame de otra manera. ¿Y en qué cabeza les 
cabrá á esos hombres que conspirado y cons- 
pirador es todo uno? En la misma de donde 
sacaron el verbo consuegrar, del que dicen con 
mucha metafísica que es «hacerse un padre ó 
una madre consuegro ó consuegra de otro pa- 
dre ó madre.» ¡Cuánta palabra inútil, comen- 
zando por la definida! ¿De dónde es provincial 
eso? ¿De donde el carnerear de antaño? 

Consumado, da, dicen los señores académi- 
cos que es «perfecto en su línea.» ¿Y si no tiene 
línea, como ellos, que no siguen ninguna?... ¿No 
se podrá por eso decir de ellos que son majade- 



FE DE ERRATAS. 193 

ros consumados? Y todavía es mejor lo que 
sigue después de las consabidas dos rayitas 
verticales, que quieren decir: consumado, da, 
en otra acepción. Véase: «Caldo que se hace de 
ternera, pollo y otras carnes», por ejemplo, la 
de académico ó la de perro, ó la de membrillo, 
f sacando toda la sustancia de ellas, para lo 
cual ordinariamente se cuecen en baño de Ma- 
ría.» Y además, «u. m. en pL», que quiere decir 
«úsase más en plural», y que no es cierto, por- 
que ni en plural ni en singular se usa. 

Es verdad que una cosa así se llama con- 
somtué en francés, pero ¿quién les ha dicho á 
los académicos que eso se traduce, y que se tra- 
duce consumados? Ahora me explico que corran 
por ahí traducciones de novelas, cuya escena 
pasa en París, hablándonos del Punto Redon- 
do [i] y del Castillo del Agua {2), ó diciendo 
aquello otro de la pequeña hija elevó sus peque- 
ños brazos al cuello de su gran papá y se metió á 
correr por el sable {■^). Habiendo académicos que 
llaman consumados á las sopas, tiene que haber 
traducciones de estas. 

Y tiene que haber además consumiente, y 
conta, y contal, y contecer, y contenente , y con- 
tía, y conticinio, etc. 



(i) Rond-Point. 
(t) Chateau d'Eau. 

(3) La petite fiUe Uva ses petits bras au cou dt son grand pete, el 
se mit a courir par le sable. 

TOMO II. 13 



194 ^'E ^^ ERRATAS. 

En la página 273 definen una cosa que lla- 
man condrill diciendo que es «peso de metales 
preciosos que se usa en Filipinas, décima parte 
del mas (?), igual á 7 granos del marco de Cas- 
tilla y 347 milésimas», y añadiendo que tsu 
equivalencia métrica es 37 centigramos y 68 
miligramos.» Hay que advertir que el mas es 
otro peso también filipino, del que dicen que es 
«décima parte del tae», y que es «igual á 73 gra- 
mos del marco de Castilla», gramos que deben 
ser granos, sin que en la tabla correspondiente 
aparezca salvada la errata. Pero el caso es que 
en la página 288 ponen con el nombre de con- 
trin otro «peso usado en Filipinas equivalente 
á 39 centigramos.» Y aquí entran mis dudas. 
¿Es posible que haya tal abundancia de pesos 
en Filipinas que teniendo uno llamado condrin 
de 37 centigramos y dos tercios próximamente, 
tengan otro llamado contrin, de 39 centigramos, 
es decir, de un centigramo y un tercio de cen- 
tigramo más? Lo probable es que estos pesos 
sean uno solo, definido por los académicos 

dos veces de distinta manera 6 que no sea 

ninguno. 

De gente que dice que la conversación es 
«trato ilícito» todo puede temerse. Todo, hasta 
que llamen al que conjetura conyector, y no 
pongan la palabra cónyuge más que en plural, 
cónyuges, como si no tuviera singular, añadien- 
4o sólo por vía de concesión que «alguna vez se 
usa en singular por uno de los dos consortes», 



FE DE ERRATAS. I95 

cuando en singular es como más se usa. ¿No se 
dice á cada paso Fulana y su cónyuge? ¿No ha 
sido el Sr. Cánovas durante su viudez el cón- 
yuge supervivente? ¿Y no es probable que, ha- 
biéndose vuelto á casar, llegue á ser el cónyuge 
premortuo? Verdad es que estos dos adjetivos 
traídos del latín , premortuo y supervivente, 
faltan en el Diccionario, pero faltan precisa- 
mente porque se usan en el Derecho; si no se 
usaran, ni sirvieran, ni los conociera nadie, 
como el conticinio, no faltarían de seguro. 

Y dicen los académicos de la copa: tVaso 
con pie para beber», donde parece que lo que 
sirve para beber es el pie, y no el vaso; pero 
también hablan luego de una copela, que dicen 
que es «vaso en figura de copa sin pie»; y aca- 
bando, como acaban de decirnos, que es esen- 
cial de la copa el tener pie, que es lo único que 
la hace no ser vaso, si la copela no tiene pie no 
se sabe cómo puede ten&x figura de copa. Y aun 
falta lo mejor, y es que este «vaso en figura de 
copa sin pie», ó vaso en figura de copa que no 
es copa, está «formado de huesos calcinados...! 
¡Ave María Purísima! 

Al final del artículo dedicado á la palabra 
COPIA dicen que «haber ó tener uno copia de 
confesor* es «entre moralistas, encontrarle cuan- 
do se le necesita.» ¡Buenos moralistas están los 
académicos! 

Más adelante omiten la corajina, aquella 
que tuvieron contra mí el año pasado porque 



196 FE DE ERRATAS. 

les decía las verdades (i) y tienen todavía este 
año porque se las sigo diciendo. En el artículo 
del CORAZÓN falta la frase «cubrírsele á uno el 
corazón de agua», en lugar de la cual sólo po- 
nen «cubrírsele á uno el corazón». Y en el ar- 
tículo del CORO falta la definición del niño de 
CORO (que tampoco está en la palabra niño), 
sin duda porque los académicos no conocen el 
nombre ni el significado, aunque le conoce todo 
el mundo; y precisamente D. Ramón de Cam- 
poamor, que es académico, aunque sólo de 
nombre por fortuna, ha escrito recientemente 
en su Licenciado Torralha estos versos: 

Echa hacia atrás su cabellera de oro, 
para hacer un saludo 
á aquel niño de coro 
grueso, blanco, sin barba y mofletudo. 

Dicen luego que correntón es «muy intro- 
ducido , festivo y chancero.» ¿/«íroí/iíCíí/o? 

¿Dónde? 

También en el artículo de correr omiten la 
frase correr la escuela ó el estudio, ó la cátedra, 
y también disparatan en la definición del cor- 



(i) Aludo á la época aquella memorable de las tres salidas y tres- 
cientas mil aventuras desgraciadas de D. Manuel Silvela, con todo el 
tejemaneje de la Academia y de sus auxiliares y testaferros, Coraele- 
rán, Paz Bueso y Alvarez Sereix, empeñados en ahogar esta critica. 
Hoy los académicos no me aborrecen menos que entonces, pero se 
han echado ya con la carga y ni siquiera intentan defenderse 



FE DE ERRATAS. I97 

zo, diciendo que tiene los cuernos pequeños y 
otras cosas así; pero todo esto es pálido junto 
al artículo del coto, en donde dicen: «Pez más 
pequeño que la rana pescadora», y añaden que 
se cría en ios ríos debajo de las piedras, cosa 
por cierto más natural que no que se criara en 
las administraciones de loterías. Yo no sé si 
realmente habrá un pez que en alguna parte se 
llame coto; pero, vamos, que eso de definir un 
pez, exista ó no exista, diciendo que es más 
pequeño que una rana, me parece que imprime 
carácter. De la falta completa de semejanza 
entre los dos bichos ha nacido la frase de salga 
pez ó salga rana, y los académicos no encuen- 
tran mejor cosa que una rana para dar idea de 
un pez. Así hacen ellos el Diccionario, á sal- 
ga pez 6 salga rana , y sale barbaridad casi 
siempre. 




ei3LI0TECA y ARCHIVO 
EMILIO ALBERTO NOYAj^ 



XLVII 




|ESPUÉs de aquel famoso 'pez más pe- 
queño que una rana*, al que llama- 
ban coío los académicos, hablan de 
un cotobelo, y dicen que es la «aber- 
tura de la vuelta de la cama del freno», como si 
el freno tuviera cama y pasara la mayor parte 
del tiempo durmiendo, igual que un académico 
cualquiera, de esos que no saben que las barre- 
tas inferiores del freno se llaman cambas por- 
que antes solían ser curvas como las cambas, y 
que llamarlas camas no es más que una estupi- 
dez académica. 

En seguida ponen un coto/re, que dicen que 
es un «vaso para beben, por el cual sin duda be- 
berán ellos el colonche ó algún otro licor así. 



200 FE DE ERRATAS. 

Entretiénense luego con el cotón, la cotona y la 
cotonada, palabras todas más ó menos france- 
sas, pero completamente inútiles, siendo lo más 
gracioso del caso que, después de definir la co- 
tonada diciendo que es déla de algodón (¡natu- 
ralmente!) con fondo liso y flores como de real- 
ce, aunque tejidas.,.-» etc., añaden muy formales 
que «la hay también de lino». Sí la habrá, si us- 
tedes quieren, pero no se llamará cotonada, sino 
Imada ó alguna otra cosa por el estilo; porque 
eso de que haya cotonada, es decir traduciendo 
la palabra francesa algodonada de lino, viene á 
ser igual que si hubiera merino de seda ó caña- 
mazo de lana. 

Se encuentran luego con la cotorra, y el eti- 
mologista pregunta: «(¿voz onomatopéyica?)» 
¡Pues claro! ¿No la está usted oyendo decir 
todo el día de Dios cotor, cotor... menos cuando 
dice inocente? ¡Qué perspicacia! En cambio, los 
definidores, por no preguntar, nos dicen raso 
por corriente que la cotorra es un «papagayo 
pequeño», acaso para que cuando hagan un 
Diccionario las cotorras nos digan, al definir la 
burra, que es un académico grande. Y lo mejor 
es que un poco más abajo ponen la palabra co- 
torrera, y en lugar de decir que es la que vende 
cotorras, ó la aficionada á las cotorras ó á co- 
torrear (palabra que falta), ó la reunión de co- 
torras, dicen que es la «hembra del papagayo». 
¡Al diablo, que lo entienda!... La cotorra es el 
papagayo pequeño y la cotorrera es la hembra 



FE DE ERRATAS. 201 

del papagayo: de suerte que, cuando este es 
pequeño, como el papagayo pequeño se llama 
cotorra, la cotorrera es la hembra de la cotorra. 
¡Vamos! ¡Ni las filosofías de Orti Lara! 

Del COTURNO dicen los eruditos académicos 
que es ó era ^especie de calzado á la heroica, de 
que usaban los antiguos y de que se servían 
también los actores^). Así, corno si los antiguos 
y los actores fueran entidades opuestas; como 
si los actores no pudieran ser antiguos ó los 
antiguos no pudieran haber sido actores. Pero 
lo más salado de la definición consiste en dejar 
al lector en ayunas de lo que era el coturno; 
porque, prescindiendo de aquella especie, que 
es la especia con que de ordinario sazonan los 
académicos sus desgraciadas definiciones, no 
le dicen sino que es un calzado á la heroica 
que usaban los antiguos... y allá te las arregles 
como puedas para aprender cómo era aquel 
calzado. 

Verdad es que en trueque de esa noticia, que 
se reservan, le dan al lector otra más rara é im- 
portante; la de que coya es «mujer del empera- 
dor», y además «señora soberana ó princesa», 
entre los antiguos peruanos. No se sabe aquí 
si esto de etitre los antigtios peruanos afecta á 
las dos definiciones ó sólo á la última; pero no 
importa, porque ambas son igualmente falsas. 
Los COYAS no son princesas ni emperatrices, 
sino unos curanderos bolivianos muy desinte- 
resados y afables que, con su poncho de vicu- 



202 KE DE ERRATAS. 

ña, que ellos mismos tejen, y un zurrón con 
yerbas medicinales á la espalda, van por los 
campos ejerciendo su profesión caritativa. 

Después llaman los académicos coyote á una 
«especie de lobo que se cría en Méjico de color 
gris», no Méjico, sino el lobo, y llaman coyunda 
á una «correa fuerte y ancha con que se uncen 
los bueyes», á la cual han dado antes el nombre 
de CORNAL, que es el propio. 

Entre las definiciones de coz las hay bue- 
nas, como, por ejemplo, la que dice: «Retroceso 
del agua...» ¡Vaya, que suponer que da coces el 
agua!... ¡Como si el agua fuera alguna especie 
de académico! 

Y crabrón, ¿qué dirán ustedes que es, des- 
pués que acierten á pronunciarlo?... Pues no es 
más que una «especie de avispa de color pardo 
rojizo, sin manchas en la parte anterior del pe- 
cho, y con dos puntos negros...», etc. ¡Lo que 
saben estos hombres!... Porque aún añaden que 
«es enemiga de las abejas y habita en las con- 
cavidades de los árboles». Pero aquí se les agotó 
la sabiduría hasta el extremo de decir un poco 
más adelante, que «secársele á uno el cráneo» 
significa «volverse loco». ¡Quiá, hombres, quiá! 
Todo lo contrario. Eso, en lugar de secarse, es 
mojarse, ó hacerse los sesos agua. Si tener el 
cráneo seco fuera volverse loco, la mayor parte 
de los académicos lo estarían ya, y sin embar- 
go, ni lo están ni tienen semejante peligro. Y 
eso que estoy por apostar á que no han comido 



FE DE ERRATAS. 203 

en toda su vida craquelenque, esa «especie de 
panecillo», que ellos dicen. 

Cras, mañana, es latín puro, y crascitar, cro- 
citar y crascitar, son tres voces distintas, sin 
ninguna significación verdadera, porque el 
«graznar del cuervo» se llama graznar, ó cua- 
rrear, ó guarrear, y no de aquellos otros modos. 

Así como CRASO, aunque esté «unido con los 
sustantivos error, ignoranciai, etc., no significa 
indisculpable. Significa grueso, gordo, etc. Pue- 
de un error ser tan craso como, verbigracia, el 
error académico de que crencha sea la raya 
que divide el pelo, y, sin embargo, ser disculpa- 
ble, como son todos los académicos errores; que 
todos se pueden disculpar por aquellos aforis- 
mos latinos de nemo dat quod non habet, y ad 
imposihile nemo tenetur, que valen tanto como el 
consejo castellano de no pedir peras al olmo. 

Lo de que cráter sea «boca en forma de 
embudo por la cual respiran los volcanes arro- 
jando humo, ceniza, lava y otras materias^, por 
ejemplo, huevos hilados, no está del todo mal; 
y lo de que crea sea «cierto lienzo entrefino», 
está bien para el que lo crea. Pero ¿querrán 
ustedes creer que tampoco saben los académi- 
cos definir el credo?... Pues que lo crean uste- 
des, ó que lo dejen de creer, es así. «Credo, 
dicen, símbolo de la fe ordenado por los Após- 
toles, en el cual se contienen los principales ar- 
tículos de ella». Este es el símbolo apostólico; 
pero ¿y el otro, el niceno-constantinopolitano, 



204 FE DE ERRATAS. 

el que se canta en la Misa? ¿Acaso no se llama 
CREDO? ¿Acaso le ordenaron también los Após- 
toles? Es imposible que haya gente más atrasa- 
da de noticias. 

En lo que importa: por eso no saben que el 
verbo crecer tiene aplicación á las cosas inma- 
teriales, pudiendo muy bien decirse que «crece 
el amort, ni saben que es también reflexivo, y se 
dice «crecerse al hierro'»', pero si en lo que im- 
porta no están al corriente, en tratándose de pa- 
parruchas saben más que el diantre. Hasta sa- 
ben que cresa es «en algunas partes semilla de 
la reina de las avejas», de aquella que dijeron 
en otra ocasión que bastaba para más de mil 
machos. Y hablan en seguida de un crespín, aun- 
que sólo dicen que es «especie de adorno muje- 
ril usado antiguamente»; y dicen que el cres- 
pón es una especie de gasa... 

Lo que en toda la plana dicen menos mal, 
es aquello de que «^alzar uno la cresta*, como 
quiso hacer D. Manuel Silvela en su tiempo, 
es «mostrar soberbia». Por eso cuando andaba 
yo á vueltas con él para hacérsela bajar, canta- 
ba la docta corporación desde su casa: 

Todos los picotazos 

Van á la cresta... 
¡Quiera Dios que mi gallo 

salga bien de esta! 

Y no salió muy bien, que digamos. 



FE DE ERRATAS. 205 

Pero esto es ya cosa pasada. Al presente, 
después de decirnos los señores que criadilla 
es un «panecillo que pesa un cuarterón», pane- 
cillo que sin duda se llamará así en el comedor 
de algún académico aficionado á poner á las 
cosas motes verdes, véase con cuántos primores 
definen la criadilla de tierra: «Especie de hongo 
(la especie no podía faltar) sin raíz (¿?), globoso 
sólido, negruzco y con puntitas por defuera; 
blanquecino ó pardo rojizo y algo oloroso por 
adentro. Se cría debajo de la tierra, y, gui- 
sado, es muy sabroso». Bueno. Buen provecho. 
Pero suponiendo que todo eso sea verdad, ¿có- 
mo se entiende lo de sólido por defuera? De un 
catedrático progresista de medicina, que aún 
vive... y bebe, se cuenta que decía á sus discípu- 
los tratando de describirles una'sonda; «Esto, 
como ustedes ven, es una sonda; la sonda, 
como ustedes ven, es un tubo hueco (!) por den- 
tro (!!!)» ¿Se habrán propuesto los académicos 
hacer competencia á la explicación de aquel 
catedrático? 

La verdad es que después de lo hueco por 
dentro, lo sólido por fuera estaba haciendo mu- 
cha falta. Y cuidado que no se puede entender 
de otro modo, porque dice: «Globoso, sólido, 
negruzco y con puntitas por defuera». Si el por 
defuera afectara sólo al último miembro, las 
puntitas , pase ; pero como se ve que afecta 
también al negruzco, puesto que para adentro 
se le señalan otros colores, afectando al ne- 



206 FE DE ERRATAS. 

gruzco tiene que afectar también al sólido y al 
globoso. 

Por último, crida y cridar no son palabras 
castellanas, sino latinas; crimno será «harina 
gruesa», todo lo gruesa que los académicos 
quieran, pero más traza que de harina tiene de 
despropósito, y en cuanto á que de esa harina 
se hagan las puches... ya les he dicho á los aca- 
démicos que las puches no son puches, sino 
PUCHAS, á no ser allá donde las vacas son va- 
ques, y las mazas, moces. 

¿Y por qué ha de ser crinado solamente el 
que tiene largo el cabello? ¿Porque á Apolo se 
lo llamó Herrera? (i) ¿No se podrá con más 
propiedad llamar crinado á un potro, aunque 
no tiene cabello ni corto ni largo? ¿Y por qué 
ha de ser criollo «el hijo de padres europeos 
nacido en cualquiera otra parte del mundo?» 
¿Es criollo el hijo de españoles nacido en Ceu- 
ta ó en Melilla? 



(i) En el sereno polo 

Con la suave cítara presente 
Cantó el crinado Apolo... 



(Oda á Don Juan de Austria). 




XLVIII 




JTEXCIÓN, que van los académicos á 
definir la cripta, y dicen: iLugar 
subterráneo en que se acostumbraba 
enterrar á los muertos.» Es claro: á 
los muertos había de ser, porque á los vivos 
hasta ahora no ha sido costumbre enterrarlos. 
Mas aparte de esto, ¿de dónde sacan los acadé- 
micos que las criptas, que no son lugares sub- 
terráneos cualesquiera, sino los subterráneos de 
los templos, se hicieran para enterrar, y que 
desde que cesó aquella costumbre ya no haya 
criptas? En algún tiempo, en recuerdo de las 
catacumbas, se solían depositar en las criptas 
los cuerpos de los santos, pero ni las criptas se 
hacían para eso ni dejaron de existir porque 
concluyera aquella costumbre. ¿No ha vist 



2o8 FE DE ERRATAS. 

ningún académico la cripta de Nuestra Señora 
de Lourdes, ó, sin ir tan lejos, la cripta en cons- 
trucción de Nuestra Señora de la Almudena? 

Tampoco habrán visto ninguna crisis minis- 
terial, ni habrán oido hablar de ella, cuando 
al definir la palabra crisis omiten por comple- 
to esta acepción, que es la más usada. En cam- 
bio, ponen esta otra, que es hoy completamen- 
te desconocida: «Juicio que se hace de una cosa 
después de haberla examinado cuidadosamen- 
te.» ¡Siempre divorciados del uso! ¡Siempre si- 
glo y medio ó un par de siglos atrasados! Ese 
juicio, ignarísimos señores, ya no se llama cri- 
sis, se llama crítica. ¿Paréceles á ustedes que 
si yo dijera que estoy haciendo la crisis del 
Diccionario, entendería ningún cristiano que 
estoy haciendo el juicio de él después de exa- 
minarle? 

Otro disparate: «Crismar: ant. Administrar 
el sacramento del bautismo 6 el déla confirma- 
ción.» No, hombres, no. Ni crismar está anti- 
cuado, ni crismar es eso. En la administración 
solemne del bautismo se emplea el crisma; pero 
no es el crisma la materia del sacramento, sino 
el agua; ni para la validez del sacramento es 
necesario el crisma. ¿Cómo ha de decir que 
crismar es bautizar nadie que esté bien bauti- 
zado? En cuanto á la confirmación, tampoco es 
el crisma su esencia, ni basta crismar para ad- 
ministrar este sacramento. Todo esto es lo que 
peca la definición por carta de más; pero tam- 



FE DE ERRATAS. 209 

bien peca por carta de menos. Porque también 
se crisma á los ordenandos, y no se les adminis- 
tra el sacramento del bautismo ni el de la con- 
firmación, sino el del orden, y también se cris- 
ma á los obispos al consagrarlos, sin que se les 
administre la confirmación ni el bautismo, y, 
por último, también se ungía á los reyes con el 
crisma (hoy ya apenas se usa, por varias razo- 
nes, la primera porque apenas hay reyes), y no 
se les administraba por eso ningún sacramento. 

Cristiandad no significa precisamente «gre- 
mio de los fieles que profesan la religión cris- 
tiana,» sino más bien gremio de las naciones 
cristianas, cuando las había. Crizneja ó crisneja^ 
«soga ó trenza de mimbres ó de crin ó de cer- 
das,» más traza que de soga tiene de desatino; 
pero de todos modos, ¿por qué no se dice de 
dónde es provincial? Casi lo mismo me parece 
de croajar, croar, crocante y crocino; pero lo que 
indudablemente es un disparate es lo de tcro- 
chel, torre de un edificio.» Si crochel fuera algo, 
no sería torre de un edificio así en general, sino 
campanario, torre de iglesia. Digo si fuera al- 
go, porque realmente no es más que una mane- 
ra defectuosa de pronunciar clochel, que ponen 
en otro sitio, y que tampoco es palabra caste. 
llana, sino francesa, ni se ha usado nunca más 
que en Aragón, que es donde han corrido mu- 
chas de su laya, como la famosa Capelardente^ 

«Croqueta, fritura que se hace en pequeños 
trozos de forma ovalada...» etc. No se dice tro- 

TOHO II. 14 



2IO FE DE ERRATAS. 

zos ahí, se dice porciones. ¿Han oído Vds. decir 
alguna vez «un trozo de garbanzos,» ó «un trozo 
de argamasa,» ó «un trozo de harina?» Pues 
tampoco se puede decir un trozo del picado 
menudo de que se hacen las croquetas. Ya sir- 
ve para algo el Diccionario; para enseñar á ha- 
blar con impropiedad notoria. 

Falta la palabra crotalogia, de la cual sin 
duda no tienen noticia los señores, y eso que 
hay un tratado de ese arte. Vale Dios que en 
cambio han puesto crotoniata, que si se les lle- 
ga á olvidar esta palabreja, ¿qué hubiera sido 
de nosotros, sin saber cómo habíamos de llamar 
al «natural de Cretona?» ¿Y qué diremos de la 
definición siguiente: crotorar, cantar la cigüe- 
ña?» ¡Mire Vd. que decir que canta la cigüeña 
al majar el ajo\ Lo mismo se podría decir que 
roznar es «cantar los burros.» 

^Crucera, nacimiento de las agujas de las 
caballerías.» ¡Vayan Vds. á entender lo que 
quieren decir los académicos con eso! Partee 
como que á las caballerías las nacen agujas y 
que crucera es la época en que las nacen. Y 
luego lo que probablemente han querido decir 
y no han sabido, se llama cruz y no crucera. 
Dígalo, si no, la popular cosillina: 

«Clavado de pies y manos 
y herido en la cruz está: 
no es Cristo ni le parece... 
¿Qué cosillina será?» 



FE DE ERRATAS. 211 

Del verbo crucificar dicen: «Es género de 
suplicio de muerte.» ¡Qué elegancia en el decir! 

Tras de asegurar luego que crudio, manera 
zafia de decir crudo, es un adjetivo que signi- 
fica «bronco ó áspero,» y afirmar en seguida 
que crudo, da, «se aplica á la fruta que no está 
en sazón», lo cual no es verdad, porque de esa 
fruta se dice que está verde y verdes y no crtc- 
das dijo de las uvas la zorra, mejor enterada 
que los académicos; nos cuentan éstos que cua- 
derno es «castigo ó pena que se impone á los 
colegiales en los colegios (¡es claro! no había de 
ser en los casinos) por delitos leves, en que se 
priva de la porción (¿en los delitos leves?...) en 
que se priva de la porción diaria (¿porción de 
qué?) al que los ha cometido.» Aparte de lo pe- 
destre, oscuro y revesado de la construcción, 
los académicos toman aquí, como en otras par- 
tes, el rábano por las hojas; porque la pena de 
cuaderno consiste en hacerle al colegial escribir 
tantas ó cuantas líneas en el cuaderno, mientras 
los demás están en recreo, y no en privarle de 
esa porción diaria, que es de suponer sea la 
comida. ¡Tampoco han sido colegiales estos 
tíos! 

Cuadra dicen que significa en una de sus 
acepciones caballeriza, en lugar de decir esta- 
blo, porque no sólo se llama cuadra á la Aca- 
demia, digámoslo así, de las caballerías, sino á 
la de cualquier clase de ganado. 'EA cuadril, que 
dicen que es sinónimo de cadera, no es tal cua- 



212 FE DE ERRATAS. 

dril, sinocADRiL, que es como se dice en Castilla 
y León: del cadril y la cruz de los cadriles. 

Cuairon... ¿Qué dirás que es, lector amigo?... 
Pues por de pronto los señores nos dicen que 
es provincial de Huesca y de Zaragoza, y lue- 
go nos remiten á coairon, que será lo mismo. 
Vamos allá á ver. Retrocedamos sesenta pági- 
nas y... nos encontramos con el coairon dichoso, 
que no es más que un cuartón disfrazado por 
los baturros de Huesca y Zaragoza, y muy mal 
definido por los de la calle de Valverde, que di- 
cen:' «Pieza de madera de sierra (hoy no toca 
decir de hilo) de diez á quince palmos de lon- 
gitud y cuya escuadría es de una ú otra dimen- 
sión.» ¡Caramba! Pues si lo de una ú otra di- 
mensión se refiere á cualquier dimensión posi- 
ble, ¡vaya unas señas! Y si se refiere sólo á las 
dos mencionadas ¡vaya un madero! Y ¡vaya una 
tontería! en ambos casos. 

Pero esta es la definición para Huesca. Hay 
otra para Zaragoza, que dice: «Pieza de madera 
de sierra, de seis, siete ú ocho pies de longitud 
(ó nueve; por un pie más ó menos...) con una es- 
cuadría de seis, siete ú ocho dedos de tabla por 
cuatro, cinco ó seis decanto.» Y esto, ¿no es un 
cuartón en toda tierra de lentejas? ¿Para qué 
todas esas definiciones ridiculas encaminadas á 
dar carta de naturaleza á baturrerías sin sus- 
tancia? 

La definición de cuákero parece hecha por 
alguno de la secta, según lo galante que está 



FE DE ERRATAS. 213 

con ellos. La de cuantimás es una tontería, por- 
que no es contracción de cuanto y más, sino co- 
rrupción de cuanto más. Cuarentén es un desa- 
tino ó una viga, muy grande, como viga y como 
desatino, pues si la tal viga tuviera las dimen- 
siones que la señalan los académicos y se la pu- 
sieran á ellos encima del hombro... «Cuaresma 
es tiempo que precede á la festividad de la Re- 
surrección...» Pero ¿cuánto tiempo, dos horas ú 
once meses? No lo dicen. 

En la definición de la cuarta, después de 
otras dos acepciones, han escrito: ftParte fune- 
ral de misas que pertenece por derecho á la pa- 
rroquia... etc.» Eso se llama cuarta funeral, 
no cuarta á secas. Después definen la cuarta 
FALCiDiA y la trebellánica; pero no dicen una 
palabra de la marital. ¿No han oído nunca los 
académicos que el derecho tiene tantas cuartas 
como la vara? 

Otra definición dan los académicos de la 
cuarta, diciendo: «Pieza de madera, de hilo, et- 
cétera,» en la cual disparatan como siempre que 
se meten á hablar de madera. Y otra ponen to- 
davía, que es otro disparate, que demuestra 
que han oído campanas y no saben dónde. Por 
eso dicen: «pr. And. Muía de guía en los coches,» 
cuando ni esa cuarta es provincial de Andalucía, 
sino de toda España, ni es precisamente muía, 
sino muía ó macho, ó caballo ó yegua, ó bu- 
rra 6 burro, ó pareja de bueyes ó de muías, etc.; 
no de guía, sino de refuerzo en los coches ó en 



214 FE DE ERRATAS. 

los carros para subir las vargas. En su sentido 
propio y genuino, cuarta es la pareja de bueyes 
ó muías que se pone de refuerzo á un carro que 
de ordinario lleva una sola pareja, y se llama 
cuarta porque son ya cuatro reses las que tiran; 
pero por extensión se aplica ese nombre á todo 
refuerzo, aunque sea de una sola rer, y aun cuan- 
do el carro lleveyamásde cuatro. La operación 
se llama acuartar, verbo que los académicos 
desconocen, y no tiene sólo este sentido literal, 
sino además el metafórico de ayudar, animar, 
excitar á uno á hacer alguna cosa. 

En Madrid mismo, si los académicos tuvie- 
ran ojos, ó si los tuvieran para algo, habrían 
podido ver la operación de acuartar, siempre 
con frecuencia, y á diario desde que hay tran- 
vías; y si bien es cierto que aquí suelen decir 
encuartar, y suelen llamar á la cuarta encuarte, 
y encuartero al acuartador, tampoco estas pala- 
bras encuartero, encuarte y encuartar están en el 
Diccionario, lo cual prueba que ni de esto que se 
ve todos los días han tenido noticia los acadé- 
micos. Nada: para ellos, cuarta es «muía de 
guía en los coches,» y eso en Andalucía, y... á 
buenas noches cuarta. 



XLIX 




UARTANA, del latín quartana... Pero 
ante todo abriguémonos, lector can. 
simo, porque lavan los académicos á 
definir y nos la van á hacer pasar, si 
no me engaño. «Cuartana, (del latín quartana) f. 
Calentura que entra con frío de cuatro en cua- 
tro días». ¡Es claro! Cuartana.,, de cuatro en 
cuatro días... Pues no señor, no es de cuatro en 
cuatro días, sino al cuarto día, contando el de 
la anterior, lo cual no es lo mismo. No, la cuar- 
tuana no entra de cuatro en cuatro días, sino 
de tres en tres; así como la terciana, que da al 
tercer día, no da de tres en tres días, sino de 
dos en dos. ¡Ni estas cosas tan simples han de 
saber...! Por la cuenta de los académicos habría 



2l6 FE DE ERRATAS. 

que decir que salen de dos en dos días los perió- 
dicos diarios. ¿Han oído ellos decir á algún 
contribuyente que la contribución se paga de 
cuatro en cuatro meses? No, sino ¡ay! de tres en 
tres; y sin embargo, la contribución guarda el 
mismo periodo de la cuartana. ¡Como que es la 
cuartana del país! 

Entre las acepciones que dan al verbo cuar- 
tear, hay hasta una mejicana que regularmen- 
te será un disparate, pero falta radicalmente la 
taurina. Para los académicos no se cuartea 
nada en este sentido de desviarse, más que «los 
carruajes en las cuestas y malos pasos». A lo 
último dicen: «Henderse, rajarse, agrietarse una 
pared, un techo». Y un madero, no; cuando 
precisamente el madero ha sido el origen de 
esta acepción, y del madero que se hiende en 
cruz se dice con propiedad que se cuartea, no 
diciéndose de la pared y del techo sino por ex- 
tensión y semejanza. 

¿Cuántas acepciones de la palabra cuartel 
creerá el lector que ponen los señores fijos y 
limpios antes de la más usual y corriente, que 
es la de «edificio destinado para alojamiento de 
la tropa?» Pues antes de esta ponen otras doce, 
la mayor parte de ellas impertinentes, y las 
otras de poco uso. Es decir, que la definición 
copiada es la decimatercia, de modo que se 
fatiga uno y se aburre antes de encontrarla. 
¡Cualquiera averigua la razón del orden que han 
seguido los académicos en este artículo! 



FE DE ERRATAS. 217 

Tampoco saben definir la cuarteta, y ¡gran- 
des poetas nos somos! Lo primero, dicen que 
es lo mismo que redondilla, y no es lo mismo. 
La redondilla es una de las dos clases que hay 
de cuartetas: aquella en que los cuatro versos 
octosílabos riman en consonante el primero con 
el cuarto y el segundo con el tercero; y la cuar- 
teta, sencillamente cuarteta, no redondilla, es 
la en que riman, siempre en consonante el pri- 
mer verso con el tercero y el segundo con el 
cuarto. La otra definición que dan en seguida 
es una tontería suya, porque la «combinación 
métrica que consta de cuatro versos octosílabos, 
de los cuales asonantan el segundo y el últimoi, 
se llama cantar, copla, estrofa de romance, 
cualquier cosa menos cuarteta. 

Y dicho se está que el cuarteto no había 
de ser más afortunado que su señora, ni había 
de salir mejor librado que ella de entre las tor- 
pes manos de los poetastros oficiales que escri- 
ben: «Combinación métrica de cuatro versos 
endecasílabos ó de arte mayor que conciertan 
en consonantes ó asonantes. ..t Lo cual no es 
verdad; pues han de concertar en consonantes 
para ser cuartetos. Y luego tampoco dicen que 
se llama serventesio el cuarteto en que con- 
ciertan el primer verso con el tercero y el se- 
gundo con el cuarto. 

Vamos á la cuartilla. Primera descrip- 
ción... D. Ramón de Campoamor ha dicho en 
uno de sus preciosos poemas pequeños: 



2l8 FE DE ERRATAS. 

fPrimera confesión... primer problema...» 
Yo puedo aquí imitarle, diciendo: 
«Primera descripción... primer dislate». 

Dicen los señores: 

«Medida de capacidad para áridos; cuarta 
parte de una fanega, equivalente á 1.387 centi- 
litros». Demos por buena la equivalencia sin 
comprobarla: supongamos que no sea parecida 
á las del codo cúbico de ribera y del codo cú- 
bico geométrico; pasemos también por la ira- 
propiedad de decir 1.387 centilitros, en lugar 
de decir 13 litros y 87 centilitros... Pero des- 
pués de pasar por todo, ¿de dónde es provin- 
cial esa medida? Porque es indudable que ni 
en León ni en Castilla se usa, y no siendo 
leonesa ni castellana no tiene derecho á estar 
en el Diccionario de la Lengua Castellana sin 
nota de provincialismo. Los divisores usuales 
de la fanega en León y Castilla, son: i.° la me- 
dia fanega, que también se llama cuarto (por 
ser cuarta parte del costal), aunque los acadé- 
micos lo desconozcan, y tiene seis celemines. 
2." la hemina, que es tercera parte de la fane- 
ga, ó sean cuatro celemines; 3.° el celemín, 
duodécima parte de la fanega; 4.° el medio ce- 
lemín, y 5." el cuartillo, ó sea cuarta parte del 
celemín. 

Segunda definición... y segundo desatino: 
«Cuarta parte de una arroba». Tampoco. Eso 



FE DE ERRATAS. 219 

se ilama cuarto de arroba, no cuartilla. Y 
todavía siguen otras inexactitudes; pero lo más 
gracioso es que falta la verdadera, la única 
acepción usual de la cuartilla como medida, 
que es cuarta parte de la cántara, medida de 
dos azumbres. ¿Se puede errar más en menos 
espacio? 

Poco después ponen la palabra cuartizo, y 
dicen: im. (sustantivo masculino). Especie de 
viga parecida al cuartón. i ¡Aprieta, manco!... 
Especie de viga parecida al cuartón. Pues claro; 
como si dijéramos, especie de buey parecido al 
cordero. Pero además, ¿dónde han oído ellos 
hablar de esa viga? ¿De dónde sacan que cuar- 
tizo sea sustantivo?... Cuartizo, za, es un adje- 
tivo que se origina- del verbo cuartear cuando 
significa hender, abrir un madero en cuatro 
cuarterones. Las piezas que resultan de esta 
operación, se dice que son cuartizas, por opo- 
sición á enteriz.\s ó á ROLLIZAS, y siguen lla- 
mándose cuartizas aun cuando después se las 
dé forma cilindrica. Así, por ejemplo, un eje de 
carro, cuando eran de madera, pues hoy ape- 
nas se usan más que de hierro, si estaba hecho 
de un trozo de haj^a poco más grueso, de modo 
que conservara el corazón en el centro, se decía 
que era enterizo ó rollizo; mientras que si es- 
taba hecho de un trozo más grueso, hendido 
ó serrado en cuatro cuarterones, ó siquiera en 
dos mitades, se decía que era cuartizo. Igual- 
mente el asta de una lanza se llama enteriza ó 



2 20 FE DE ERRATAS. 

rolliza si está hecha de un palo sin más que qui- 
tarle la corteza, y se llama cuartiza si se ha 
hecho de una alfangía procedente de un made- 
ro grueso. 

Pero ¿cómo se explica, dirá algún lector, 
que en cosas tan sencillas yerren los académi- 
cos tanto? Muy fácilmente. El que no sabe, 
dice el adagio que es como el que no ve, y tro- 
pieza en todo. Probablemente algún académico 
de esos que no suelen saber nada de cosa nin- 
guna, oyó á un carpintero decir «es cuartizo», 
refiriéndose á un madero hendido ó serrado de 
otro más gordo, y como no había oído nunca la 
palabra, se fijó un poco, miró al madero y 
apuntó en seguida: «Cuartizo, especie de viga 
parecida al cuartón», y cátense ustedes la bar- 
baridad; ó, en otros términos, la definición, he- 
cha y derecha. 

En el artículo que sigue confunden el adje- 
tivo CUARTO, TA, y el sustantivo cuarto en sus 
diversas acepciones de moneda, habitación, etc. 
Otras veces dedican sin fundamento á una sola 
palabra dos ó tres artículos, y aquí engloban en 
un sólo artículo tres ó cuatro palabras. 

«CuARTODECiMANO...» Ahora sí que viene lo 
bueno... «Cuartodecimano, na: Aplícase á los 
herejes que fijaban la Pascua en la luna...* Allí 
debían estar también fijos los académicos, para 
que no hicieran daño: ¡en la luna! Pero comple- 
temos la definición, ó mejor dicho, el disparate, 
ó mejor todavía, la sarta de despropósitos: 



FE DE ERRATAS. 221 

«Aplícase á los herejes que fijaban la Pascua en 
la luna de Marzo, aunque no cayese en domin- 
go.* Aunque no cayese en domingo... Es decir, 
que la luna de Marzo, entera y verdadera, con 
sus treinta días, podía caer toda en domingo... 
¡Los académicos sí que caen en cualquier día! 
Y luego los cuartodecimanos «fijaban la Pascua 
en la luna de Marzo.» ¿En los treinta días de 
la luna? ¡Pues vaya una manera de fijar, ó vaya 
una Pascua larga! ¡Más bien parece una Cua- 
resma! 

Los CUARTODECIMANOS, indocta corporación 
de la calle de Va-al-verde; los cu.\rtodecima- 
Nos, que no fueron propiamente herejes, sino 
cismáticos, fijaban la Pascua en el mismo día 
en que la celebraban los judíos, en el día catorce 
de la luna de Marzo, fuera ó no fuera domin- 
go, mientras que la Iglesia, para que nuestra 
Pascua no coincidiera nunca con la de los 
judíos, y para que fuera siempre en domingo, 
día en que Nuestro Señor Jesucristo resucitó 
de entre los muertos, la fijaba y la fija en el 
domingo siguiente al día catorce. Por eso, por 
empeñarse aquellos cismáticos en celebrar la 
Pascua siempre el día catorce ó cuartodécimo 
de la luna de Marzo, se les llamó cuartodeci- 
manos (i). 



(i) En los dos primeros siglo* no se dio importancia i esta cues, 
tión; y aun cuando la Iglesia occidental y gran parte de la orienta 
comenzaron desde luego á celebrar la Pascua el domingo siguiente a' 
plcnUttnio, cada iglesia particular 6 cada obispo pudo seguir la otra 



222 FE DE ERRATAS. 

Viene ahora la definición del cuartón, que 
también es buena. «Cuartón: Madero grueso (?) 
para fábrica y otras cosas. ..n Por ejemplo, para 
hacer migas. ¡Qué cosas tienen estos hombres!... 
tMadero grueso (comparado con un papel, sí) 
para fábrica y otras cosas, y tiene diez y seis 
pies de largo, nueve dedos de tabla y siete 
de canto.» ¡Así! Y el que no le quiera así que 
le deje. Es decir, que si en lugar de diez y seis 
pies de largo tiene quince ó dieciocho, medidas 
más naturales porque corresponden á cinco y 
seis varas, ya no es cuartón, así como tampoco 
lo es si los nueve dedos de tabla se reducen á 
ocho ó á siete, y los siete de canto á seis ó á 
cinco. ¡Qué torpes y qué negados y qué necios 
son estos señores oficialmente sabios! ¡Ah! Y 
las otras cuatro definiciones que siguen de la 
misma palibra son todas peores que la primera. 

Definen luego el cuasicontrato y omiten el 
CUASIDELITO. ¿Por qué? Ponen en seguida c;íaí« 
y cuatezón, diciendo que son adjetivos mejica- 
nos; y por cierto que para decir que cuatezón 



opinión sin que nadie le fuera á la mano. Pero al fin del siglo II, el 
Papa San Victor quiso establecer en este punto la conveniente unidad, 
y mandó que todas las iglesias celebraran la Pascua el domingo si- 
guiente al día 14 de la luna de Marzo, y como algunos orientales se 
resistieran, los excomulgó, siendo entonces cuando se les dio el nom- 
bre de cuartodecimanos. Poco á poco fueron volviendo k la unidad, y 
en el Concilio de Nicea acabó del todo aquella algarada, quedando 
establecido que nuestra Pascua nunca coincidiría con la de los judios, 
nunca sería el día 14 de la luna de Marzo, de modo que si el mismo 
día 14 fuera domingo, la Pascua irla al domingo siguiente. 



FE DE ERRATAS. 223 

equivale á mocho dan un rodeo de tres renglo- 
nes. Cuatrero, no dicen que es adjetivo ni que 
se aplica al jugador de bolos aficionado á bir- 
lar el cuatro y á la bola que tiene ese derecho, 
sino que es... «ladrón que hurta bestias», de- 
jándonos en la duda de si se llamaría lo mismo 
el que hurtara académicos, en caso de que hu- 
biera quien se dedicara á industria tan simple. 

Pero donde hay que ver á los académicos es 
en el baile. Tienen la sal del mundo. 

Desconocen el minué, por supuesto, y dicen 
por todo decir que es «baile de la escuela fran- 
cesa que se ejecuta entre dos (?).» No conocen 
tampoco el rigodón, del que se contentan con 
decir que es «especie de contradanza», limitán- 
dose á decir de la contradanza que es «baile 
figurado (?) en que bailan muchas parejas á un 
tiempo.^ Ni siquiera conocen la jota, de la que 
no saben sino que es atañido y baile muy usado 
en España.» Pero pregúnteseles por el cuatro- 
peado, y aun sin necesidad de preguntarles, no 
más que porque suena como á cuatro pies, se 
alegran, se ponen en facha, y se explican así: 
«Cuatropeado. Movimiento en la danza, que se 
hace levantando la pierna izquierda y deján- 
dola caer y cruzando la otra encima con acele- 
ración, sacando la que primero se sentó y dan- 
do con ella un paso adelante.» 

¿Qué tal, eh? 



L. 




E dónde habrán sacado los académi- 
cos que el cubeto es «vasija de ma- 
dera, viás peqíce ña que la ciihetaly ¿Por 
qué había de ser el cubeto más pe- 
queño que la cubeta? Vamos á ver... Dijeran 
«más pequeña que la cuba» y podría pasar; por- 
que precisamente el cubeto, ó el carralejo, que 
así se llama también aunque los académicos lo 
ignoren, es una cuba muy pequeña; pero decir 
que es más pequeño que la cubeta, después de 
haber dicho que la cubeta es «especie de herra- 
da hecha de tablas endebles»... y «cuba manual 
que usan los aguadores», es una tontería. 

Tampoco se llama cubierta el «papel con 
que está cerrada una carta»: se llama sobre. 
¡Qué cosas hay que enseñar á estos desgra- 
ciados! 

TOMO n. 15 



226 FE DE ERRATAS. 

Tampoco está bien definido el cubil dicien- 
do que es «hueco (¿había de ser macizo?) en que 
un animal, salvaje ó doméstico, se recoje para 
dormir.» Si se atiende al origen de la palabra, 
el CUBIL es más de lo que dicen los señores, 
porque el cubile latino vale tanto como alber- 
gue, aposento, dormitorio de cualquier animal, 
sea salvaje, doméstico ó académico. Pero si 
se atiende al uso, que es á lo que se debe aten- 
der, la significación de cubil es menos lata de lo 
que el Diccionario dice, pues no es más que el 
albergue de los cerdos. Sólo por analogía se 
llama así alguna vez á la cama del jabalí, y al- 
guna vez por extensión á cualquier encierro, 
como en aquel refrán, ignorado entre los acadé- 
micos, que dice: «Por Abril sale la espiga del 
cubil», donde se llama cubil á la envoltura de 
la espiga. 

Cubilar dicen los académicos que es maja- 
dear, y yo creo que se han comido una sílaba: 
MAJADEREAR habrán querido decir sin duda. ¡Ya 
se vé! Ese verbo cubila f, que nadie conoce, ni 
hace falta, les ha gustado porque se parece al 
verbo jubilar, al cual han sacado ellos tanto 
jugo. ¡Como que el que más y el que menos co- 
bra un dineral en derechos pasivos! 

«Cubilete. Vaso de vidrio, plata ú otra ma- 
teria, más ancho por la boca que por el suelo, 
que en lo antiguo servía para beber.» ¿En lo an- 
tiguo?... Un vaso de esa forma y de esas condi- 
ciones también ahora sirve para beber. Lo que 



FE DE ERRATAS. 227 

hay es que ahora ese vaso no se llama cubile- 
te, y antes... tampoco. 

En seguida dicen que cubiletero es cubi- 
lete en la primera acepción, «vaso de cobre», 
etcétera. ¿Qué ha de ser eso cubiletero? Eso es 
cubilete. ¡Ya si hubieran dicho, como acostum- 
bran en ocasiones semejantes, «cubiletero, el 
que hace cubiletes, el que los vende!».... Tampo- 
co habrían dicho bien, porque cubiletero ó 
cubilitero, que es mejor, pues la primera e se 
convierte en i por motivos eufónicos, y por eso 
se dice también alfilitero y no alfiletero, como 
enseña el Diccionario; cubilitero ó gubili- 
tero, que también se dice, es el que hace juego 
de cubiletes ó cubiletes, y por extensión el 
mangoneador, el bullidor entremetido que quie- 
re mojar en todas las salsas ó desbarrar en to- 
das las Academias. 

La palabra cubo también es inocente oca- 
sión de que los académicos tropiecen y caigan 
en nuevos dislates. En primer lugar, al cubo 
herrada, al cubo de sacar agua del pozo, le po - 
nen artículo aparte con etimología para él solo, 
derivándole de cuha. Y después ponen otro ar- 
tículo encabezado con la palabra cubo, la dan 
etimología griega, del griego kubos, y ensartan 
á continuación ocho definiciones de otros tan- 
tos cubos, de los cuales algunos no son entre 
sí ni parientes. El primer cubo de este se- 
gundo artículo es el de la bayoneta; después va 
el de la lanza, que es el mismo; después el de 



228 FE DE ERRATAS. 

las ruedas de los carruajes, que es hermano de 
los anteriores, porque también es, como ellos, 
«cilindro hueco»; después va el del molino, que 
definen mal, llamándole especie de estanque, pero 
que en sustancia es otro cilindro hueco lo mis- 
mo que los tres anteriores, y lo mismo que el 
de sacar agua del pozo, al que pusieron etimo- 
logía distinta y artículo aparte. ¿Quieren decir- 
nos los ignaros definidores qué diferencia hay 
entre el cubo herrada y el cubo del molino, 
como no sea la del tamaño? 

Pero en cambio, ¿qué cubo creerán ustedes 
que ponen los académicos en el mismo artículo 
que el de la bayoneta, y el de la rueda y el del 
molino, y con la misma etimología, como si fue- 
ra nada más que una variación?... Pues po- 
nen... el cubo aritmético y algebraico, la terce- 
ra potencia de una cantidad, cubo que tiene 
tanto que ver con el de la rueda ó el del molino, 
ó el de la bayoneta, como los académicos con 
la sabiduría ó con el buen gusto. Y después de 
poner á continuación el cubo de las murallas, 
que también es cilindro hueco, ponen el cubo 
geométrico, el sólido rectangular de las seis 
caras y doce aristas iguales , que también tiene 
tanto que ver con los otros cubos, cilindros hue- 
cos, como el sentido común con el Diccionario. 
¡Qué barullo y qué falta de orden y de racio- 
cinio! 

Para quitarnos el mal gusto de las anterio- 
res tonterías, nos dicen que cucar es tguiñar 



FE DE ERRATAS, 229 

un ojo.) Ni más ni menos. Cucar... guiñar un 
ojo. ¡Qué cosas discurren estos pobres diablos! 
Sería curioso ver la autoridad en que apoyan 
esta definición estúpida; pero sin verla se pue- 
de asegurar que no la han entendido. Proba- 
blemente será algo parecido á esto: «Y guiñán- 
dole el ojo le cucaba...» Donde se habla de ha- 
cer á un tiempo las dos cosas, y ellos, en su 
ignorancia, aun de lo más vulgar, habrán creído 
que cucar y guiñar todo era uno. Así les pasó 
con el CARNEREAR, pucs por haber visto escrito: 
ise puedan carnerear y llevar las penas...» pu- 
sieron muy serios: «Carnerear, llevar las pe- 
nas...» No dan más de sí. Cucar no es guiñar 
un ojo ni dos, sino decir ¡cu, cu! imitando el 
canto del cuco, como hace en el juego del in- 
fierno el que tiene el rey, para indicar que no 
cambia, y como suelen hacer los rapaces cuan- 
do juegan al escondite, para que el buscador 
pueda empezar á ejercer su oficio; y figura- 
damente cucar significa dar broma ó hacer 
burla. 

Ni cuco significa coco, ni aunque lo signifi- 
cara necesitaba para esta acepción artículo 
aparte, ni la otra definición de «oruga ó larva 
de cierta mariposa nocturna», que «tiene como 
pulgada y media de largo, los costados vellosos 
y con pintas blancas...» etc., etc., es otra cosa 
que una majadería. Una larva, tenga ó no ten- 
ga esa pulgada y media y esas pintas, se llama 
vulgarmente coco, pero no cuco. 



230 FE DE ERRATAS. 

Cucho, abono, no es provincial de Asturias, 
como dicen estos sabios de á real y medio la 
pieza; es de todas partes, y se conserva en el 
refrán agrícola, que dice: «Dios y el cucho pue- 
den mucho.» 

De la CUELGA dicen en último lugar: «fam. Re- 
galo ó fineza que se da á uno el día de su cum- 
pleaños.» La fineza no se da, se hace, y el re- 
galo lo mismo. Además esa acepción no es 
familiar, sino tan noble como cualquier otra. Y 
además la definición es mala y deficiente, por- 
que no da ni deja entrever la razón de que esa 
fineza ó ese regalo se llame cuelga. Si dijera 
que esa fineza que se hace á uno la víspera (no 
el día) de su santo, se le pone al cuello colgada 
de una cadena de oro ó de una cinta de seda lo 
más lujosa posible, aparecería claro el origen 
del nombre. Por cierto que Quevedo jugó con 
mucha gracia con el verbo colgar, en sus dos 
sentidos de ahorcar ó de dar los días, diciendo 
en un romance: 

Lobrezno está en la capilla; 
Dicen que le colgarán 
Sin ser día de su santo, 
Que es muy bellaca señal. 

Cuelmo dicen que es tea, y no hay tal 
cosa. El cuelmo ó colmo, que así se dice tam- 
bién, puede servir de tea encendiéndole, por 
que es un haz de paja escogida ó espadada, 
preparado para techar. Pero no es tea. 



FE DE ERRATAS. 231 

En el artículo de la cuerda, al explicar la 
frase dar cuerda al reloj, y después de decir 
trabajosamente que es «ponerle en movimiento 
por medio de su llave», lo cual no es verdad así 
ea absoluto, porque á los relojes de péndola se 
les puede dar cuerda sin echarlos á andar ó sea 
sin ponerles en movimiento, hacen los acadé- 
micos muy formales esta advertencia: «En los 
relojes de pesas se da cuerda sin llave.» ¿De 
veras? ¿Qué relojes de pesas habrán visto los 
académicos?... Aquellos de la cuerda de veinti- 
cuatro horas, y de la contrapesa de madera, que 
se usaban en el siglo pasado. 

En el artículo destinado á la palabra cuerpo 
incluyen estas frases: ¡Cuerpo de Cristo! ¡Cuer- 
po de Dios! y dicen que son «interjecciones que 
denotan ira ó enfado.» ¿Interjecciones? Esas son 
blasfemias, y no debían estar ahí. Multa el go- 
bernador, y hace bien, á un carretero que blas- 
fema cuando se paran las muías, y los acadé- 
micos blasfeman impunemente y enseñan los 
modos de blasfemar... y encima cobran... 

Y para concluir, por ho}'; allá va eso, que es 
lo mejor de la jornada: 

«Cuerva f. Especie de cuervo...» Advierto á 
los lectores que, aunque les parezca broma, 
es textual. , (Página 319, columna i.^, artículo 
penúltimo.) «Cuerva f. Especie de cuervo, 
como del tamaño de la paloma y de color negro 
con visos.» (¡ !) 

Cuerva... especie de cuervo... ¿Hubieran us- 



232 FE DE ERRATAS. 

tedes creído, lectores amables, si no lo vieran, 
que los académicos habían de ser tan... acadé- 
micos como necesitan serlo para decir que un 
cuervo un poco más pequeño que el ordinario 
(de éste dice que es de tamaño mayor que la 
paloma), por sólo ser un poco más pequeño, se 
llama cuerva?... Porque es de notar que no di- 
cen que la cuerva sea la hembra del cuervo, no; 
el sexo no entra en la definición para nada. 
La CUERVA es una especie de cuervo; es otra 
especie... 

Andaba de curioso en nuestra última guerra 
civil un general suizo que, por supuesto, no sabía 
una palabra de castellano. El había oído decir 
CABALLO y YEGUA, pcro no sabía que la diferen- 
cia entre la yegua y el caballo era e! sexo, sino 
que creía que las yeguas eran una raza especial 
de caballos, los caballos coceadores. Al mismo 
tiempo creía que acercarse era colocarse, si- 
tuarse más cerca ó más lejos, según los casos. 
Y habiéndole prevenido una vez que no se 
acercara á una yegua que estaba atada á la 
reja de una ventana, porque coceaba, repetía él 
á otros la prevención en estos términos: (lAtér- 
quese Vd. un poquito más léeos, que este caba- 
llo es yegua y tira colpes de pie...» t¡CuERVA... 
especie de cuervo...» «Este caballo es yegua...» 
Como se ve, los académicos están en* el caste- 
llano á la misma altura que el general suizo. 



i 




LI. 




REGUNTABA al alcalde de Cintruénigo 
el gobernador de Pamplona, que, en 
vísperas de unas elecciones, le ha- 
bía llamado á la capital y le convi- 
daba á café: 

—¿De qué quiere usted la copa, de coñac ó 
de anís del mono? 

Y le contestaba el alcalde: 
— Me es inverosUnil. 

No lo parecerá seguramente á nadie que el 
alcalde de Cintruénigo creyera que inverosímil 
era lo mismo que indiferente, aunque algo más 
fino; como no lo parecerá que un periódico fe- 
deral de Badajoz, en la descripción de un juicio 
oral, llamara el interfecto á un herido, ya cura- 



234 P^ ^^ ERRATAS. 

do, que estaba declarando en el juicio; ni que 
una señorita catalana, á quien preguntaba un 
pisaverde si era filarmónica, contestara inme- 
diatamente: — No, señor; soy de Granollers. 

Pero si á nadie puede parecer inverosímil 
ninguno de estos casos, á nadie puede dejar de 
parecérselo el que los académicos estén poco 
más ó menos á la altura de la señorita catala- 
na, del periódico federal y del alcalde de Cin- 
truénigo, y crean y digan que cuestión indeter- 
minada es lo mismo que cuestión diminuta. 
¡Esto sí que parece inverosímil! 
Y sin embargo es cierto, como verá cual- 
quiera que abra el Diccionario por la página 
319 y lea en la columna última, líneas 17 y i8, 
donde, definiendo la cuestión, dicen, después 
de dos rayitas verticales: «diminuta ó inde- 
terminada. La que puede tener infinitas solu- 
ciones.» 

¡Diminuta ó indeterminada!... Lo mismo da. 
Y es «la que puede tener infinitas soluciones..^ 
Pase — me decía yo cuando lo leí — que la cues- 
tión que puede tener infinitas soluciones se 
llame cuestión indeterminada, ¿pero... diminu- 
ta?... Hay que ver lo que entienden estos po- 
bres hombres por diminuto... Y evacuando la 
cita me encontré con esto (pág. 387): «Diminu- 
to, TA, ad. Defectuoso...^* 

Así: diminuto... defectuoso. Con lo cual tam- 
poco se averigua por qué llaman diminuta á la 
cuestión indeterminada, pero se averiguaría, si 



FE DE ERRATAS. 235 

no estuviera ya bien averiguado, que cada de- 
finición académica es un disparate. 

Y si no, ahí está la del cueto, del que dicen 
los académicos que es *sitio alto y defendido*; 
de suerte que una muralla, un puente con alme- 
nas y con aspilleras, y hasta la copa de un na- 
ranjo que tenga por debajo una defensa de es- 
pinos, es un CUETO. La vivienda misma de don 
Antonio Cánovas es un cueto también, según 
la académica definición, porque es un sitio alte 
(piso segundo con entresuelo), y está estos días 
defendido por guardias civiles y polizontes en- 
cargados de reprimir la popularidad que su 
dueño goza, (i) 

Sin embargo, ni esas cosas son cuetos, ni la 
Academia es docta corporación aunque los 
académicos se lo llamen. Cueto es todo monte, 
toda altura de terminación semiesférica, no có- 
nica ó piramidal, pues en este caso se llama 
PICO. Es decir, que ni es cueto todo sitio alto, 
ni para que un sitio alto sea cueto es menester 
que esté defendido. Por cierto que el cueto tie- 
ne un aumentativo, el cotorro, tan desconoci- 
do de los académicos como el interfecto de 
que hablé antes, que tampoco figura en el li- 
bróte. 

Pero, eso sí, figura el cuetzale, que dizque 
es un tpájaro grande y todo cubierto de plu- 
mas ..» ¡Cosa más rara y más particular! Un 



Eran los dias en que fué silbado. 



236 FE DE ERRATAS. . 

pájaro que está todo cubierto de plumas, y no 
de escamas. Verdad es que las plumas parece 
que son todas verdes, y esto ya varía. Y digo 
que es verdad que así lo dice el Diccionario, 
no que realmente sean verdes las plumas, ni 
que el pájaro exista, pues esto no será verdad 
probablemente. 

Y sigue la cueva, de la que dicen los ilus- 
tres cernolines que es «concavidad debajo del 
suelo...» ¿De qué suelo? Porque la cueva tam- 
bién tiene suelo. ¿Es que la cueva es una «con 
cavidad debr^jo del suelo de la cueva? Pase lo 
desgraciado de la expresión y sigamos: «Con- 
cavidad debajo del suelo en una pendiente del 
terreno ó en una roca que á veces se prolonga 
en tortuosas direcciones...» como las suele su- 
ceder á las definiciones del Diccionario. Ade- 
más, en este artículo de la cueva falta una 
acepción muy usada en León y Castilla, donde 
se llama así á las bodegas construidas en el 
campo, aprovechando el desnivel del terreno, 
en la falda de una colina. 

Llegamos al cuévano, y dicen: «Cesto gran- 
de y hondo (¡tal cual!) poco más ancho de arriba 
que de abajo, tejido de mimbres, que sirve para 
llevar la uva en tiempo de la vendimia y para 
algunos otros usos»; verbigracia, para hacer 
malas definiciones, aunque para esto á los acn- 
démicos les sirve cualquier cosa. Pues no, 
hombres, no; ni el cuévano es cesto, ni es tan 
hondo ni tan grande que no haya muchas cosas 



FE DE ERRATAS. 237 

más hondas y más grandes, por ejemplo, la ig- 
norancia de ustedes; ni es de mimbres, sino de 
banillas; ni sirve para llevar la uva, ó por lo 
menos no es ese su destino. El cuévano es otra 
cosa que ustedes definen, mal también, un poco 
más abajo, llamándola tcesto más pequeño que 
llevan las pasiegas á la espalda y los pasiegos 
también: ¿no han visto ustedes nunc a un pasie- 
go con cuévano, ni siquiera el de la zarzuela de 
Eguílaz?), á manera de mochila, para lo cual 
tiene dos asas con que se afianza en los hom- 
bros.» Este es el cuévano, faltándoles á ustedes 
decir que es de figura de pirámide, cuya base 
sea un paralelógramo rectángulo, truncada é 
invertida, formando la sección menor el hon- 
dón, y la mayor la boca, y que suele tener 
como una vara de alto, otra de largo por la 
parte superior, y media de ancho. 

Aquello otro que ustedes llaman cuévano, 
aquel «cesto grattde y hondo tejido de mimbres i 
que tiene forma de cono truncado y se usa en 
la vendimia, no se llama cuévano, sino cesto 
en toda tierra de uvas. Cuando es grande y 
hondo, como ustedes dicen, cuando tiene de 
seis á siete cuartas de altura, recibe además el 
sobrenombre de carriego, que viene de carro, 
porque en el carro se le trasporta (y esto prue- 
ba que tampoco supieron ustedes dar la defini- 
ción ni la etimología de carriego cuando pasa- 
ron por allí), así como cuando es pequeño, 
cuando tiene poco más de media vara de alto. 



238 FE DE ERRATAS. 

se llama terrero ó talega, pero siempre cesto. 
A.sí le llama el pueblo y así le han llamado los 
sabios, como pueden ustedes ver por estos ver- 
sos de Tirso de Molina en la comedia Ventura 
te dé Dios, hijo: 

«Las viñas (Dios las bendiga 
y á Noé que las plantó), 
señales nos dan cumplidas 
de henchir hasta los capachos 
los CESTOS, y á los borrachos 
de llenarles las medidas.» 

¿Ven ustedes como no dicen los cuévanos, 
sino los CESTOS? Pero ¿qué más? si el mismo 
Diccionario lo reconoce así en otro lugar, en la 
definición de capacho, que dice que es «media 
sera de esparto con que se cubren los cestos de 
las uvas.» Los cestos, no los cuévanos; y esta 
definición concuerda perfectamente con lo que 
dice Tirso «de henchir hasta los capachos los 
CESTOS»; es decir, hasta arriba, hasta las tapas. 

Y es una majadería el supuesto refrán que 
antes ponían en el artículo del cuévano y ahora 
han trasladado al de !a vendimia y dicen que 
dice: • después de vendimias, cuévanos. % No 
dice así el refrán: dice ^después de vendimias, 
cestos.» 

Mas dejemos á los académicos encestados 
en su propia tontería, oyendo cantar el cuicaco- 
che (?); digámosles que cuido no es provincial 



FE DE ERRATAS. 239 

de Andalucía, y que además de la significación 
que ellos ponen, tiene la de parecer, dictamen, 
idea, y así se dice: tiene mil cuidos, me dio otro 
CUIDO, y sin detenemos en el disparate que re- 
sulta de que siendo cuitamiento «apocamiento 
y cortedad», sea cuitarse «darse mucha prisai y 
cuitoso «urgente ó apresurado», parémonos 
ante la culebra, que para estos señores no 
es más que un ^animal sin pies que anda á la 
rastra.. » 

¡Vaya una manera de definir! ¡Y vaya unas 
señas! Decir que la culebra es un animal cuan- 
do lo son hasta los académicos. Lo de sin pies, 
tampoco es gran distintivo, habiendo tantas co- 
sas sin pies, incluso el Diccionario, que no tie- 
ne pies ni cabeza. Y en cuanto á lo de andar á 
la rastra, ¿de qué otra manera andan los acadé- 
micos cuando definen, y de qué otra manera 
han podido llegar la mayor parte de ellos al 
lugar que ocupan? Todavía añaden que «tiene 
la cabeza inás ó menos plana y la boca grande •>•, 
pero en esto tampoco se puede distinguir de los 
demás animales, ni aun de los académicos, que 
también tienen la cabeza más 6 menos plana 
y deben también tener la boca grande, á juz- 
gar por lo que engullen y por los desatinos que 
sueltan. 

¡Animal sin pies! La culebra, animal sin 
pies; la víbora, especie íí¿ culebra, es decir, otro 
animal sin pies; la anguila, «pez algo parecido 
ala culebra...» y la lamprea, que, como la an- 



240 FE DE ERRATAS. 

güila, tampoco tiene pies, «pez marino de tres 
á cuatro pies de largo...» Y aquí á lo menos 
aciertan á decir que la anguila y la lamprea son 
peces aun cuando no sepan dar más detalles; 
pero de la víbora y de la culebra ni siquiera sa- 
ben decir que pertenecen al orden de los repti- 
les, ni aun al tipo de los vertebrados, cuanto 
menos meterse en otros dibujos. ¿Cómo se han 
de meter, si ni aun dan noticia de las palabras 
OFIDIO, cicLÓSTOMA y otras análogas? 

Culebreando por entre uno y otro desatino, 
llegan al culero, y poniendo primero el adjeti- 
vo que el sustantivo, dicen de este último que 
es «pañal que ponen á los niños para limpiarlos 
á menudo sin desenvolverlos.» Tampoco están 
bien enterados en esto, pues ni el culero es pa- 
ñal, ni se les pone á los niños mientras están en 
mantillas , sino después de soltarlos , que es 
cuando les hace falta. Verdad es que tampoco 
saben lo que es soltar hablando de los niños, 
pues entre las varias acepciones que dan á 
este verbo , falta la de poner á los niños en 
sayas. 

Volviendo al culero, repito que ni es pañal 
ni se les pone á los niños que están en pañales; 
el culero es otra cosa que los académicos ponen 
allá muy lejos en la t, llamándole talega, nom- 
bre que se le da irónicamente, y definiéndole 
tan mal como acostumbran á definirlo todo, 
pues dicen que es «.especie de cucurucho de lien- 
zo que se pone á los niños en la parte posterior 



FE DE ERRATAS. 24I 

para su limpieza.» ¡Especie de cucurucho!... 
Para eso mejor podían haber dicho «especie de 
académico», pues que al fin y al cabo viene á 
ser un morral, que por la parte superior se 
prende atrás, á la atadura del justillo, y por la 
inferior se ata con cintas á los muslos. 

Si CULPAR es «atribuir la culpa» ¿cómo ha de 
ser CULPANTE, participio activo de culpar, «el 
que tiene culpa»? Será el que la atribuye. ¿Y lo 
de que cultiello es cuchillo?... ¡Vamos! ¿Y lo 
de que la cultilatiniparla es una «mujer ma- 
risabidilla?» ¡Cultilatiniparla una mujer!... ¡Cla- 
ro! como tiene terminación femenina... Mas por 
ese camino podían llegar los académicos á de- 
cir que gongorismo era un escritor afectado 
del siglo XVII, é idiotismo cualquier académi- 
co de ahora. 

En la definición del culto vuelven los aca- 
démicos á desbarrar, poniendo el adjetivo antes 
que el sustantivo, que es más noble, y luego al 
definir éste, no incurren más que en herejía y 
en idolatría, diciendo: «Culto... m. Reverente 
y amoroso homenaje que se tributa á una cosa 
en testimonio de su excelencia.» ¿A una cosa? 
Es decir, que se puede rendir culto á las cebo- 
llas y á los ajos como los egipcios, y al becerro 
de oro como los académicos... ¡Perdónalos, 
Señor, que no saben lo que dicen! 

Por eso ponen cullidor diciendo que es re- 
caudador, y ctim diciendo que es conjunción 
comparativa que significa como (!), y cuinbé di- 

TOMO II. 16 



242 FE DE ERRATAS. 

ciendo que es «cierto baile de negros», que será 
incierto regularmente. Por eso dicen que cum- 
plir es remediar... ó proveer á uno de lo que le 
falta, siendo sensible que nadie haya cuynplido ó 
remediado á los académicos de entendimiento. 

¿Y la CUNA? Pues la cuna dicen que es nespe- 
cie de cama para niños, pequeña y en forma de 
cajón ó cesto (lo mismo da), más largo que ancho, 
que se mece fácilmente, porque en vez de pies, 
tiene (¿qué? ¿patas?) en su parte inferior...» 
¡No, que sería en la superior! ¿Tienen los aca- 
démicos los pies en la cabeza?... Más bien será 
lo contrario. Pero siguen diciendo que tiene la 
cuna «en la parte inferior, y á uno y otro extre- 
mo, fijos dos travesanos de madera ó hierrro, 
áe figura circular por debajo.» Travesanos... de 
figura circular... Esto es delicioso. 

Y no lo es menos la definición de cunero, 
ra: «Dícese del toro que se corre ó juega en la 
plaza sin saberse... etc.» ¿Y del diputado? ¿A 
quién puede parecer bien que se ponga al toro 
antes que al diputado?... Y lo más grave es que 
al diputado cunero no le ponen ni siquiera des- 
pués del toro. 

¿Y de dónde han sacado que cuñadería sea 
COMPADRAZGO? Cuñadería es cuñadería, y com- 
padrazgo es compadrazgo, así como cuñado es 
cuñado y compadre es compadre, y todo lo de- 
más tontería. Igual que la de decir que cuña- 
día es afinidad. ¿Es Cánovas cuñado de su 
suegra? 



FE DE ERRATAS. 243 

Pero ¿qué me dicen ustedes del cuociente? 
Así: ^Cuociente, resultado de la división», etc. 
¡Qué c7iosas tienen estos acuadémicos!... Cuomo 
suyas. 

Y no hay que reirse de este cuomo, porque 
también le ponen un poco más abajo diciendo 
que significa como. 

Cupé es una especie de coche cerrado», y 
cupresino es un adjetivo poético» pariente inme- 
diato del caprípede. En la definición del cura- 
dor omiten el ejemplar. En la definición de 
CURIA omiten la acepción más usada. De curro 
no dicen que significa pato. De cursillo dicen 
que es <ien las universidades curso de poca du- 
ración á que se suele asistir después de acabado 
el regular», cuando precisamente en las univer- 
sidades es donde no hay tal curso de poca du- 
ración ni se conoce el cursillo, que es propio 
de las carreras militares y de las llamadas es- 
peciales. ¡Lo que es en estas cosas de enseñan- 
za están bien los señores! No parece sino que 
no han pisado un aula en su vida. 

Cuscidia es palabra latina que no tiene uso 
en castellano, y está de sobra. En cambio 
falta su diminutivo cusculita, que se usa en 
sentido figurado para significar rapazuela pe- 
queña, presumida y vivaracha. 

Cutral no puede decirse que u. t. c. s. por- 
que sólo como sustantivo se usa, y no solo «se 
dice del buey cansado y viejo y de la vaca que 
ha dejado de parir», sino de cualquier académi- 



244 FE DE ERRATAS. 

co muy gordo, aunque no esté cansado de parir 
desatinos, advirtiendo que para las personas 
es como de ordinario se emplea, usándose los 
aumentativos cutralón, cutralona. 

¡Cuz, cuz! para llamar á los perros, lo dirá 
el Sr. Cánovas y algún sietemesino lengua 
de trapo; los demás decimos ¡cus, cus! 6 
jTUS tus! 

Y aquí hago punto, dejando para otros ar- 
tículos y para otro tomo el examinar las pala- 
bras que empiezan con C seguida de H , y que 
los académicos del principio de este siglo , pa- 
gando tributo á una moda irracional, pusieron 
aparte, como si la c y la h , aunque formen 
juntas sonido especial, pudieran dejar de ser 
dos letras. 

En otros artículos examinaré , si Dios quie- 
re, las palabras que empiezan con D y luego 
las que empiezan ;con E y con las demás letras, 
siguiendo el abecedario, mientras la salud y el 
humor me duren, y con los artículos formaré 
nuevos tomos de Fe de erratas para comodi- 
dad y mejor servicio de los estudiosos, único 
resultado práctico de mi tarea, ya que no es 
posible llegar á convertir el Diccionario en obra 
limpia, ni á la Academia en corporación civi- 
lizada. 

Sobre esto no me forjo ilusiones: ejemplos 
bien recientes de persistencia en hacer de la ca- 
sita de la calle de Valverde una madriguera de 
intrigantes, y en conceder sus sillones á la inep- 



FE DE ERRATAS. 245 

titud más oscura y á la adulación más baja y 
más necia, cierran el paso á toda esperanza. 
No; á pesar de todos mis esfuerzos, ni la Aca- 
demia ni su Diccionario llegarán á ser presen- 
tables nunca. 

¡Cómo ha de ser! ¡Paciencia! No había de 
ser yo más afortunado que mi tocaya, aquella 
doña Antonia de la fabuleja de Miguel Agustín 
Príncipe, que dice: 

tEn agua de colonia 
Bañaba á su marrano doña Antonia 
Con un empeño tal, que daba en terco; 
Pero, á pesar de afán tan obstinado. 
No consiguió jamás verle aseado, 
Y el marrano en cuestión siempre fué puerco. 

Es luchar contra el sino 
Con que vienen al mundo ciertas gentes, 
Querer hacerlas pulcras y decentes: 
El que nace lechan, tnuere cochino*. 









^BIBLIOTECA y ARCHIVO 



oe - 



EMILIO ALBERTO HOÍA^ 



APÉNDICE I 




LA JURISDICCIÓN DE LA ACADEMIA 



IjERCiENDO de académico el señor 
Castelar, es decir, confundiendo las 
cosas y cambiando el sentido de las 
palabras, por aquello de que qiian- 
doqiie honus dormitat... Emilius, decía la otra 
tarde en el Congreso que no podía él menos de 
«saber lo que es disciplina.(se hablaba de la mi- 
litar) porque recordaba los azotes de Sancho», y 
que mal podía él «olvidar la disciplina pertene- 
ciendo á la Real Academia Española, que ejer- 
ce jurisdicción en catorce Estados indepen- 
dientes, en los cuales la prestan obediencia 
cien millones de habitantes». 
Fuera de los nueves... 
No sé yo si el Sr. Castelar recordará esta 



248 FE DE ERRATAS. 

frase, que pasó de la antigua aritmética al len- 
guaje vulgar, allá cuando se sometían las cuen- 
tas á la prueba-cruz; lo que sé es que ni de la 

PRUEBA-CRUZ ni del FUERA DE LOS NUEVES noS 

da noticia el Diccionario, sin que por eso sean 
la palabra ni la frase menos castizas. Pero de 
todos modos, entiendan ó no los académicos el 
sentido de la frase, el caso es que, con permiso 
del ilustre orador, no se puede menos de hacer 
en esos cien millones un poco de rebaja. 

En primer lugar, los habitantes del globo 
que hablan castellano, aun incluyendo á los 
que lo hablan mal, no son cien millones, sino 
unos cincuenta. 

En segundo lugat, la mitad un poco larga 
de esos cincuenta millones de habitantes que 
hablan castellano pertenecen á las repúblicas 
de América, en la mayor parte de las cuales, 
bien lejos de ejercer jurisdicción la Academia, 
ó no saben que existe, ó no la hacen caso. En 
Colombia y en Venezuela la tienen algo de res- 
peto, pero verdadera obediencia no se la pres- 
tan sino en la microscópica república de Hon- 
duras, cuyo gobierno dio hace cinco 6 seis 
años un decreto mandando que se acomodasen 
á la gramática de la Academia los documentos 
oficiales, (i) Por cierto que comenté yo aquel 
decreto con estos versos en un periódico sa- 
tírico: 



(i) Muy recientemente se ha publicado otro decreto anUogo e n la 
Repüblica de Chile. 



FE DE ERRATAS. 249 

Pues SÍ; el gobierno de Honduras 
Ha mandado formalmente 
Que todo bicho viviente 
En discursos y escrituras 

Ponga en ajustarse empeño 
A la gramática sola 
De la Academia española 
Que limpia, fija y da... sueño. 

¡Pobre gobierno! El mal paso 
Libre está que yo le alabe. 
¡Aquel infeliz no sabe 
Que aquí nadie la hace caso!... 

¡Inocente liberal!... 
¡Si en el areópago aqueste 
Preside el conde de Cheste 
Y entra ya cualquier Pidal!... 

En cuanto á la otra mitad, algo corta, de 
los susodichos cincuenta millones, ó sean los 
veintidós ó veintitrés millones de subditos es- 
pañoles, bien sabido es que ninguno de estos 
hace caso de la Academia, la cual no solamen- 
te no ejerce jurisdicción en nuestras posesiones 
de África, América y Occeanía, pero ni siquie- 
ra en la Península posee más tierra fiel que su 
casa de la calle de Valverde, fuera de la cual 
no tenía desde hace algún tiempo más que un 
subdito obediente y sumiso, uno solo (y esto es 
lo que queda de cien millones fuera los nueves), 
un tal Comelarán; y aun ese no le tiene ya, 
porque acaban de meterle dentro. 



250 FE DE ERRATAS. 

Pero ¿qué extraño es que nadie obedezca á 
la Academia fuera de su casa, cuando ni aun 
dentro de ella son obedecidas sus prescripcio- 
nes? Y si no, ahí están para probarlo Campoa- 
mor y Zorrilla, Tejado y Valera, Barrantes y 
Núñez de Arce, Castelar y Menéndez Pelayo, 
académicos de número, y Pereda, que es corres- 
pondiente, todos los cuales desobedecen á la 
Academia á cada paso, empleando formas de 
construcción por ella reprobadas, como el la en 
los dativos femeninos, y usando palabras que 
ella no autoriza. 

Me parece, pues, que la jurisdicción de la 
Academia no se puede reducir á menos. 





APÉNDICE II 



UNA PLANCHA 



¡ARA saber, decía Donoso Cortés, la 
estima en que Dios tiene los bienes 
de la tierra, no hay más que reparar 
á quién se los da». 
Es verdad que, en rigor, á la Compañía 
Trasatlántica no la ha dado los millones Dios, 
sino el gobierno; este gobierno malo y fusionis- 
ta que disfrutamos, ó viceversa, y los demás 
gobiernos liberales que en los veinte años últi- 
mos nos han hecho felices. 

Pero, en fin, lo que quería decir el ilustre 
escritor católico es que se puede ser muy rico, 
se puede usar procurador con gabán de pieles, 
y no saber donde se tiene la mano derecha, ó 
no saber donde tiene los artículos el Código 
penal, ó no saber lo que dicen esos artículos. 



252 FE DE ERRATAS. 

Y esto es precisamente lo que la pasa á la 
Compañía Trasatlántica, 'que, aconsejada de la 
Academia (¡tal para cual!), me promovió de- 
manda de injurias por una frase del primer tomo 
de esta obra, á los siete meses y pico de ha- 
berse publicado. 

Era señaladamente el día de San Andrés 
(30 de Noviembre) del año de gracia de 1887. 
Me hallaba yo enfermo en la cama, cuando me 
dijeron que un dependiente de un juzgado rae 
traía un papel á firmar. El papel, medio impre- 
so, medio ma luscrito, decía: 

«Señor Juez municipal del distrito del Cen- 
tro: La Compañía Trasatlántica y en su nom- 
bre con poder D. Manuel Martín Vena, vecino 
de esta Corte, de profesión procurador, habi- 
tante en la calle de solicita celebrar acto de 

conciliación con D. Antonio de Valbuena, que 
vive, calle del Carmen, núm. 4, cuarto princi- 
pal derecha, de profesión abogado y escritor, 
sobre injuria grave inferida á su representada 
en la página xv del prólogo del libro titulado 
Fe de erratas del nuevo Diccionario de la 
Academia, de que es autor el demandado, costas 
y gastos. Madrid 25 de Noviembre de 1887. — 
Manuel M. Vena». 

Esta demanda, como he dicho, se me notifi- 
có el día 30 por la tarde, y era para el día si- 
guiente. 

Mandé desde la cama una tarjeta respaldada 
con lápiz al Juez municipal, diciéndole que rae 



FE DE ERRATAS. 253 

hiciera el favor de diferir el acto para cuando 
yo pudiera asistir, y que en cuanto viniera el 
médico le pediría un certificado y se le enviaría, 
si era preciso; pero la Trasatlántica y su Mar- 
tín Vena tenían, al parecer, mucha prisa de ce- 
lebrar la conciliación, y el Juez municipal me 
contestó, que no habiendo llegado á tiempo mi 
tarjeta, se había dado por intentado el acto 
conciliatorio. 

Después 

Han pasado diez y seis meses, y la Tras- 
atlántica no ha presentado todavía el escrito de 
querella. Es decir, que hizo eso que ahora 11a- 
manu na plancha. 

Una plancha enorme. Que no fué todavía 
mayor, por ser yo demasiado bueno; porque 
pedí notas á los libreros de la fecha en que ha- 
bían comenzado á vender el libro, y dije sin 
reserva el resultado de las notas, llegando así 
á noticia de la señora Trasatlántica y deman- 
dante, que la supuesta injuria grave, aun en el 
caso de no ser supuesta, estaba prescrita. 

De otro modo, si yo hubiera tenido mala 
intención y me hubiera callado, la Trasatlánti- 
ca hubiera presentado su querella, hubiera lle- 
gado al juicio oral, y su plancha hubiera sido 
mucho más grande, amén de hab er gastado mu- 
cho dinero en costas. Todo lo cual, en verdad, 
la estaba muy bien, por fiarse de la Academia. 
Porque ya se ha sabido que la buena de la 
Compañía Trasatlántica tanto pensaba en de- 



254 FE DE ERRATAS. 

mandarme como en renunciar á la subvención. 
Pero la Academia, rabiosa y encorajinada con- 
tra mí por la publicación del libro, y sin saber 
por dónde dar, se encontró con aquella frase, y 
dijo para sus académicos: ¡Verán ustedes como 
vamos á sacar las castañas del fuego con la 
mano ajena! Y un académico azuzó á un tras- 
atlántico, y éste lo propuso en consejo; y como 
á los consejos de la afortunada Compañía no 
suele asistir Salomón, ni siquiera Gamazo, 
quedó acordada la demanda, se dio la orden al 
procurador, y la Trasatlántica y la Academia 
cogidas de la mano y tan á oscuras la una como 
la otra en cosas de derecho, cayeron juntas 
en el hondo pozo del ridículo, cumpliéndose 
como siempre la divina sentencia que dice 
que «cuando un ciego guía á otro ciego", ambo 
in foveam cadunt». 



FIN DEL TOMO II 



índice 



Págs. 

XXVI 5 

XXVII 19 

XXVIII 35 

XXIX 41 

XXX 51 

XXXI 59 

XXXII 69 

XXXIII 77 

XXXIV : 85 

XXXV 95 

XXXVI 105 

XXXVII 115 

XXXVIII 123 

XXXIX 133 

XL 141 

XLI 149 

XLII 157 

XLIII 165 

XLIV 173 

XLV 181 

XLVI i8g 

XLVII 199 

XLVIII 207 

XLIX 215 

L 225 

LI 233 

La jurisdicción de la academia 247 

U na plancha 25 1 



¿i.,^. i.i ' .. ■ r *"-^'-. 



BIBLIOTECA y AH&HIVO 



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EilLIO/.IBr.aTO 80YM 




BIBLIOTECA y ARCHIVO 

- DE - 

EMILIO ALBERTO SOYi 



f/r^ 



Se hallará esta obra en las princu. 
librerías, á TRES PESETAS cada tomo. 



Ripios Aristocráticos, (4/edición) 

un tomo en 8.° 3 ptas. 

Ripios Académicos, un tomo en 8.°. 3 » 

Historia del Corazón, idilio, (2/ 

edición) 0,50 

Pedro Blot (traducción de Paul 
Feval) 



*^ 



Capullos de novela , un tomo 
en 8.° 3 •> 



Ratoncito Nosemas innóvela poli- 
tica), un tomo en 8.° 3 •> 

Agridulces (políticos y literarios), 
tomo I 3 ' 

Un discurso forense. 

Vida del Beato Juan de Prado. 



PC 

MV3 
1887 
t.1-2 



Valbuena, Antonio de 

Fe de erratas del nuevo 
Diccionario 



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