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Full text of "Frutos de mi tierra"

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University of Toronto 



http://www.archive.org/details/frutosdemitierraOOcarr 



TOMAS CARRASOflILLA 



FRUTOS DE MI TIERRA 







BOGOTÁ 

L I iJ R E II í A N 




o i íH 



I MEDARDO RIVAS 

N FRANClaCÜ 



PROLOGO 



Había oído hablar con elogio de Frutos de mi tierra 
á loa pocos amigos del autor que lograron, antes que yo, 
conocer el manuscrito; pero confieso que, cuando llegó 
mi turno y puda á mis anchas examinar y apreciar tan 
primoroso trabajo, fui sorprendido por la maravillosa 
fidelidad de la pintura, la honda y sostenida observación 
de caracteres y de costumbres que preside aquella serie 
de cnadros, y el color p^-ot^amente local, íntimamente an- 
tioqueño, de la obra, A 'me á comunicar á Carras- 

quilla, condiscípulo y ai^.^ 3 mis buenos tiempos, estas 
impresiones, y lo urgí á que procediera sin demora á su 
publicación, no por cortesía para con aquel amigo (cortesía 
acaso explicable en quien no lleve la franqueza al extre- 
mo á que en mis relaciones amistosas la llevo yo), sino 
porque estoy convencido de que su libro será uno de los 
mejores entre los que hasta ahora ha producido, en su 
género, el ingenio colombiano. 

No contribuyó poco á mi agradable sorpresa el haber 
hasta entonces ignorado que Carrasquilla, de quien pocas 
noticias había tenido después de nuestra vida común da 
estudiantes, en los claustros dé la Universidad de Antio- 
quia, hubiera dedicado su tiempo y su claro talento á lec- 
turas y estudios de índole puramente literaria y á ensa- 



IV PRÓLOGO 

VOS en el arto uifícil de dar forma, por medio ¿e la pala- 
bra escrita, á las imp'-esiones ó ideas de nuestro ser seusible 
y pensante; tarea en extremo delicada y exigente y que 
no llega á hacerse cea absoluto dominio y nitidez efno por 
el que ha nacido con vocación para ella y ha logrado vencer 
las difionVadcs externns é internas con que tropieza todo 
escritor al tratar de estereotipar en el papel su pensa- 
miento. Entonces supe que un cuadrito da costumbres 
firmado con seudónimo y publicado hacía poco con el 
titulo de Simón el Mago, que me había llamado ía aten- 
ción por pu donaire y gracejo, era obra de mi amigo, 
quien, retirado hace algunos años á San^^o Domingo, villa 
asentada como un nido de águilas en lo alto de nuestro 
quebra<lo territorio, hacia el Nordeste, en el riñon mismo 
de las sierras y cordüleras antioqueñas, lleva vida apaci- 
ble de í'studio y observación, en clima sano y agradable; 
libre de toda preocupación ó cuidado que pudiera des- 
viarlo de sus aficiones y meditaciones; en esa dichosa 
mediocridad de fortuna — en la cual, teniendo todo lo ne- 
cesaáo, se carece de las tentaciones de la ambición — que 
es la atmósfera más propicia para el trabajo de la inteli- 
gencia; céübe; sano de cuerpo y de alma y rodeado de 
afectuoso ambiente: condiciones todas las más adecuadas 
para estudiar, pensar y e&cribir. 

Es del caso observar que rara vez aciertan á combi- 
narse estas especiales condiciones con una verdadera vo- 
cación y un talento claro y equilibrado, que sepa ir dere- 
cho á su objeto sin las vacilaciones, perezas y desfalleci- 
mientos que producen perplejidad cuanto á los temas ó 
asuntos que convenga tratar y al modo como han de tra- 
tarse, ó hacen dejar para otra ocaHÍóu la tarea, ó presen- 
tan lo que de ésta se ha hecho como demasiado imper- 
fecta, y nos inducen ;. abandonarlo ó destruirlo. Y como 
qu'i^ra que « el arta es largo y la vida breve,)) los días, 
loa meses y los años utilizables se pasan sin que S'\lgaraos 
deesa esterilidad inquieta y dolorosa, de donde resulta al 
fin de todo ello \ina existencia inútil, y el pesar, qua es 
casi un remordimiento, c!a suponer que acaso con algjia 
esfuerzo sostenido por parte nuestra, pudo haber sido 



PROLOGO V 

fructuosa. «Pudo haber sido!,..» la triste naso quo 
aterraba á "Wbittier. 

Conviene a mi propósito introducir aquí una digre- 
sión, que no estará dol todo fuera de lugar. Bien se quo 
bace años ae dijo en tono axiomático que entre nosoti'os 
no puede baber verdadera novela ni verdaderos novelia- 
taa, porque nuestra sociedad carece de clases perfecta- 
mente caracterizadas y diferenciadas entre sí; y que esa 
afirmación, que pertenece íi las que por su carácter y 
amplitud provocaban la sonrisa desdeñosa de Lord Ma- 
caulay, ba sido recibida con mansos signos afirmativos 
por la gran cabeza de este Bovarj', conforme y respetable 
tragavirotes que se llama el Público. Mus no me suena 
muy bien tan contundente y fácil aserto. Veo que la 
noción de lo que debe ser la novela va cambiando cada 
día; que este cambio, como todo progreso verdadero, se 
bace en el sentido de la simplificación; que en países 
como los Estados Unidos y Suiza, donde la novela pros- 
pera y florece gloriosamente, las viejas clases ó demarca- 
ciones sociales no existen yá ó ban sido sustituidas por 
otras cuya diferenciación principal estriba casi única- 
mente en su mayor ó menor riqueza, y que, por consi- 
guiente, en su personal, se cambian, se hacen y se des- 
hacen cada día; que en esos países, así como en aquellos 
donde todavía, total ó parcialmente, se conservan las an- 
tiguas estruckiras sociale3, como Inglaterra, Alemania, 
Kusia, Italia, Francia, España y Portugal, este género li- 
terario produce sus obras más famosas y aplaudidas, siaí 
necesidad de contraponer clases sociales distantes entre sí,' 
sino, por el contrario, reduciendo el género á verdaderas 
monografías, casi siempre tipos más ó menos incoloros de 
la clase media, de esa burguesía quo desesperaba á Gau- 
tiei", y que es boy, sin embargo, la dominadora del mun- 
do, puesto que en beneficio suyo se han hecho y se están 
explotando los principales progresos del siglo. 

Veo también, como en síntesis, que el ansia de go- 
zar lo más posible, á costa de cualquier sacrificio ó abdi- 
cación, en esta vida, sea porque yá no se cree en la otra 
futura ó porque temerariamente se hace de ella caso 



VI PRÓLOGO 

omiso, aguijonea á la porción de humanidad que á sí 
misma se llama civilizada, y la empuja en desatentada ca 
irera en persecución del dinero, llave infalible de todas 
las concupiscencias; que la facción característica del final 
del siglo en que estamos viviendo es una exageración 
monstruosa de la noción de este factor y una consiguien- 
te depreciación de la de elementos ó resortes que antea 
gozaban de igual ó mayor prestigio, con lo cual se ha 
desequilibrado esencialmente la marcha ascendente de la 
civilización, tal como la entienden y definen los más 
lavanzados pensadores; que la moralidad y el saber no son 
¡yá sino factores secundarios en ese desarrollo; que este - 
,'afáu reinante, ayudado por el espirita cada día más utili- 1 
(tarista y estrecho de las enseñanzas é instituciones en 
'boga, Tía hecho más en la obra de borrar las antiguas 
demarcaciones sociales y reducir á valor casi nulo lae 
tradiciones de nobleza y las jerarquías de sangre, que la 
tremenda Revolución francesa con su esponja ensangren-| 
tada y el pasmoso poder de su propaganda política, hastsi 
llegar á dividir virtualmeute las sociedades en sólo dof 
clases, que se odian por miedo ó por envidia: la de loí 
que tienen y la de los que no tienen dinero, clases que 
tocándose en su punto de partida, se alejan luego una d( 
otra hasta llegar, magnificándose alarmantemente, á ex 
tremes cuyo contraste y contemplación hau hecho ger 
minar con desusado vigor en nuestros días las sectas so 
cialistas. i 

Y volviendo luego la vista á nuestra propia socie- 1 
dad, me encuentro con que los mismos fenómenos que S( 
observan en las más antiguas y avanzadas, están verifi 
candóse aquí, donde, no por ser menos violentas las re 
acciones, dejamos de presenciarlas y de sufrirlas. I 

Y sigo creyendo que — puesto que, gracias á las facij 
lidades de comunicación universal, á los libros y periódi; 
30S y á los progresos y economías de tiempo y de trabaje 
jue van introduciéndose en todas las manifestaciones di 

la actividad humano, nuestra sociedad no es sino un: 
'provincia de la gran sociedad civilizada del mundo, go 
bernada por las mií-mas leyes generales y sometida en 1( 



PROLOGO VII 

esencial A las mismos faces do desarrollo — las condiciones 
que presiden la producción literaria y deciden de su ca- 
rácter y alcance, deben ser aquí las mismas (]ue se obser- 
van en otras naciones, sólo modificadas j;or las circuns- 
tancias peculiares de nuestra sociedad. Por donde se me ¡ 
muestra patentemente, ó tal me parece, que aquello de la ' 
falta de Novela por la do clases sociales bien caracteri- í 
zadas, no pasa de ser una pamema. 

Sin necesidad de explotar esa contraposición de 
clases, y con el mero relato de sucesos naturales do diaria 
ocurrencia, acaecidos en la vida de gentes que en nada 
se distinguían especialmente de la masa social en cuyo 
seno existieron y en las condiciones más comunes y nor- 
males, escribió Jorge Isaacs su María, novela de primer 
orden en todo sentido, aunque los que no aceptan que 
ésta pueda existir sin sucesos extraordinarios y trances 
absurdos, la han colocado con desdén magistral, ya en el 
género idílico, ya en el de cuadros de costumbres. El 
argumento de aquélla no puede ser más nacional: los 
tipos que el autor pintó é hizo funcionar se pueden hallar 
todavía en aquellas regiones, á jiesar de los cambios que 
van introduciéndose en las costumbres de nuestra inci- 
piente sociedad; los paisajes que copió,' ahí están, indeci- 
blemente bellos, en ese prodigioso Valle del Cauca, del 
cual sí que puede decirse que es " una sonrisa de la natu- 
raleza"; y los sentimientos y pasiones que animan la 
acción ¿no son acaso los mismos que desde que el hombre 
cayó á la tierra vienen animando la familia humana, do- 
minados por el amor, ese magnetismo del infinito, voz 
augusta y recóndita de una fuerza superior é incontras- 
table que habla á todos los seres y les marca fatal 
camino? 

Otros ensayos menos afortunados se han hecho entre 
nosotros, de los cuales — omitiendo adrede la Manuela, 
respecto ú cuyo mérito y carácter ha fallado yácou justo 
aplauso el aprecio de los lectores — sólo citaré aquí dos, 
que me parecen de los más notables: Don Alvaro, de don 
José Caicedo Eojas, y el Alfá-ez Beal, de don Eustaquio 
Palacios. Aquél, con todas las apariencias de una obra 



VIII PROLOGO 

meditada y pulida, aunque fría y casi sin vida, llena de 
distiucióu y delicadeza y escrita con castiza pulcritud ;^ 
éste, sumamente descuidado en el estilo y lenguaje, da- 
ñado en su efecto por la intrusión de las observaciones 
del autor, que suelen ir en su ingenuidad hasta la pero- 
grullada, con una acción que no corresponde bien al cua- 
dro elegido, pero rico en detalles, verdadera resurrección 
de tiempos yá olvidados, lleno de interés, de un mérito 
muy superior al que le lia reconocido el público, y obra 
do exhumación que ha descubierto tesoros que llaman á 
gritos al novelista de más recui'sos á quien toque escribir 
la novela de la vida colonial en el Cauca con esos ele- 
mentos, tan parecidos á los que la señora H. H. Jacksou 
explotó con habilidad y éxito envidiables al hacer en su 
Bamona el análisis apológico de la vida y costumbres de 
la población mejicana en California antes de la anexión 
de este territorio á los Estados Unidos. Estos ensayos 
tomaron como tema la sociedad del Virreinato y la 
vida colonial, las que, vistas desde nuestros días, en esa 
lejanía que borra las asperezas del aspecto, con la magia 
que el tiempo comunica á lo pasado y el interés que ins- 
piran las noticias relativas á gentes, usos y sucesos á que 
retrospectivamente estamos ligados por tradición y afecto,. 
y ricas en las diferenciaciones sociales, que entonces se 
conservaban con una regularidad y una severidad tan 
estrictas, debieron dar ocasión á aquellos escritores, si el 
huero aforismo que vengo con hechos rebatiendo tus^iera 
fundamento, para escribir novelas muy superiores á la 
Haría, ya que ésta, al ser verdadera aquella tesis, no 
debió resultar viable. Y lo dicho basta para mi objeto. 
Vendremos á parar en que no tenemos sino con- 
tadísimos novelistas, porque siendo de suyo difícil y exi- 
gente este género, y nuestro país imo de los más pobi'e& 
entre los poblados por razas civilizadas y de los más 
atrasados en cultura literaria, es natural que sean muy 
raros los individuos que, dotados por la Divina Provi- 
dencia con el don superior de poder imaginar y exhibir 
las escenas de la Novela, tengan al mismo tiempo ocasio- 
nes y medios j^ra descubrir su propia vocación y lograr^ 



PROLOGO IX 

por estudios, observaciones y ensa3'os pacienzudos, enca- 
minarla y educarla, y puedan, además, dedicarse á esa 
tarea, que viene á coronarse con la reposada, digna y no- 
ble producción literaria, sin las preocupaciones y exigen- 
cias diarias y prosaicas de la vida, sin el contagio de la 
pasión política y sus consiguientes inquietudes y desa- 
zones, que á todos ataca en estas repúblicas nuevap, y 
contando, finalmente (y esta es falla característica de 
nuestra situación en materias literarias), con un público 
serio y entendido en que abundan los lectores de gusto 
educado y severo, capaces de apreciar aquel trabajo y de 
estimular material y moralmente al autor. En resumen: 
que estamos demasiado pobres y atrasados para pagarnos 
el lujo de tener novelistas; y que eetá muy lejano el día 
en que la demanda de novelas nacionales sea tal entre 
nosotros (pues no parece razonable contar para esto con 
el público extranjero), que permita á nuestros novelis- 
tas vivir de su profesión. 

En poesía, sobre todo en la lírica, que es la que más 
aficionados ha contado por acá, los requisitos para sobre- 
salir son mucho menores y más naturales que adquiridos; 
como que, desde luego, se trata de trabajos de poca ex- 
tensión, en cuyo buen éxito y excelencia hacen más la ins- 
piración y la oportunidad que el estudio y el esfuerzo, 
cuya publicación — que generalmente se hace en perió- 
dicos y revistas— no exige gastos á su autor, y que cuen- 
tan con lectores entusiastas (aunque, en lo general, de 
pésimo gusto, á que se debe en gran parte la índole ru- 
tinaria y la pobreza de nuestras poesías líricas) en todas 
las esferas sociales, desde los mancebos de barbería has- 
ta la dama remilgada y bachillera. Así y todo, para pro- 
ducir un poema de grandes proporciones como el Gonzalo 
de Oi/ún, único en su especie en nuestra Antología, se ne- 
cesitó que en su autor se reunieran no pocas condiciones 
especiales que rara vez podrán combinarse del mismo 
modo entre nosotros; pues, reduciéndome á examinar sólo 
unas de ellas, es hecho constante que nuestros literatos 
pertenecen á las clases pobres de la sociedad y viven 
acosados por las necesidades; que los hijos de familias 



X PRÓLOGO 

ricas son, por lo general, los quo peor educaciÓQ reciben 
por acá, y que cuando entre ellos aparece alguno dotado 
de capacidades y aficiones literarias, rara vez tiene fuer- 
za de carácter suficiente para quitar su atención de los 
negocios y dedicarse á educar y explotar aquellas facul- 
tades en bien do las letras. 

Casi todos los Conquistadores de esta, parte de los 
antiguos dominios de España en Indias y fundadores de 
nuestras familias y de nuestro pueblo en cuanto éste 
remonta sus orígenes hasta la Península, fueron hombres 
de armas tomar: mozos de espada ó arcabuz; segundones, 
los mejorcitos, desprovistos de toda cultura intelectual; 
oscuros aventureros tan ignorantes y rudos como vale- 
rosos; gentes de avería, en fin, sin bagaje literario, y que 
mal podrían producir después por atavismo en su des- 
cendencia espíritus inclinados á estudios y observacio- 
nes de que ellos ni remota noción tuvieron. Que en otro 
sentido, como era de esperarse ó de temerse, sí hemos 
sufrido los efectos de la ley del atavismo. Ni después 
hemos tenido, como. han tenido en Chile, en proporción 
apreciable, cruzamientos de que hubiera podido salir 
ganando nuestra raza en este concepto; cruzamientos de 
cuyos efectos benéficos no puede yá dudarse y que ex- 
hiben en aquella República tan gallardas muestras y en 
la nuestra la figura prominente de Isaacs. 

En tales circunstancias, los géneros literarios de cier- 
to orden, así como los aprendizajes que exigen mucha 
capacidad, larga aplicación y considerables gastos, han 
tenido que andar entre nosotros de capa caída. Sin que 
por eso dejemos, en nuestro loable pero infundado amor 
propio nacional, da creer que vamos en esta última ma- 
teria á (í paso de vencedores » y de dar credenciales de 
hablistas á aficionados de pacotilla y de humanistas y 
filólogos á dómines pedantes que, entre otras cosas del 
oficio, ignoran el griego. ¡ Tan exacta observación es 
aquella de que cada cual se complace en juzgarse apto 
en lo que menos entiende y aquel refrán que dice que « en 
tierra de ciegos el tuerto es rey ! » Verdaderamente causa 
maravilla pensar que haya podido formarse entre noso- 



PRÓLOGO XI 

tros y por su propio esfuerzo el insigne Rufino J. Cuervo, 
príncipe de las letras de Ilispano-América. 

Si hasta el gusto por la lectura ha sido aquí escaso 
y apenas ahora empieza á extenderse, y eso sólo en las 
secciones que por la mayor proporción de sangre de blan- 
cos en 6u población, ó por haber tenido gobiernos menos 
ineptos y descuidadr/S, hau logrado que se generalice un 
tanto en sus masas la enseñanza elemental; pues es sa- 
bido que la inmensa mayoría de Departamentos tan po- 
blados como Cundiaamarca y Boyaci'i, no sabe leer. El 
hecho de haber aumentado muy considerablemente el 
número de libros impresos importados; en los últimos 
años — de los cuales, según so me informa, una gran 
parte viene para Antioquia — y el de estarse fundando 
Bibliotecas públicas, por iniciativa particular, en las más 
importantes poblaciones de este Departamento, son da- 
tos significativos y consoladores ; no debiendo preocu- 
parnos demasiado, porque en estos comienzos y mientras 
va formándose y aquilatándose el gusto de los lectores, 
los libros importados y los que llenan yá los anaqueles 
de esas bibliotecas sean en gran parte novelones insulsos 
ú obras de poco fondo y escaso mérito, á la altura de la 
educación literaria de los consumidores: el tiempo y la 
lectura irán enseñando á éstos á buscar alimentos más 
nutritivos y sabrosos. 

Como pasamos de la Colonia á la autonomía en épo- 
ca en que nuestra población estaba atrasadísima en gusto 
y cultura, y entramos en una existencia de luchas intes- 
tinas y ensayos desastrosos, a las veces ordenados por un 
empirismo dogmático y ciego, y otras por un erróneo 
prurito de festinadas experimentaciones in anima vili, 
que no han dejado tranquilidad para nada y han hecho 
de la vida en Colombia una pesadilla, al mismo tiempo 
que da fuera nos han ido llegando muestras primorosas 
del adelanto literario y científico de otras sociedades, en 
nuestras masas, aun en las menos incultas, ha llegado á 
calar la idea — en tan sólidas razones apoyada, aunque 
acaso esas masas no acierten con el fundamento de su 
juicio — de que no es posible que acá produzcamos en esas 



XII PRÓLOGO 

materias cosa que valga la peña de leerse, viniendo, con- 
secuencialmente, á perderse todo aprecio por nuestros 
autores nacionales, salvo contadas excepciones, que en 
algunos casos se deben al bombo que los mismos intere- 
sados ó sus comparsas han tocado á toda fuerza para lla- 
mar á sí la atención, y toda esperanza de que algún día 
alcancen aquéllos á sobresalir hasta competir, en el inte- 
rés que sus obras inspiren y la excelencia intrínseca de 
ellas, con Ifrs que vienen de ultramar abasteciendo nues- 
tras bibliotecas y saciando el hambre de información, de 
entretenimiento y de educación literaria que acosa á 
nuestros lectores. 

De suerte que mientras las necesidades y ahogos de 
una sociedad tan pobre como la nuestra, han solido obli- 
gar á los que tenían dentro de sí la vocación y capacida- 
des propias para llegar á ser novelistas, á entrar por sen- 
deros áridos, en que sucumbe aquella vocación y estas 
capacidades se atrofian, quedando ellos reducidos á la 
categoría de lectores de seguro criterio, y acaso inva- 
didos de por vida por la sorda displicencia é irritabili- 
dad que engendran á la larga los despechos minúsculos, 
entre los pocos que hayan podido aunar á esas ventajas 
interiores las otras condiciones de independencia, estudio 
y atmósfera propicia jjara su trabajo, los más, convenci- 
cidos de la pobre acogida que á éste habría de hacer el 
público, y atemorizados por las enormes dificultades ma- 
teriales de la publicación en naestro país, donde ésta ha 
salido por lo regular carísima y en forma fea y defectuo- 
saj han retrocedido, llenos de respeto por la labor inte- 
lectual, y, absteniéndose de hacer el esfuerzo, siempre 
penoso, de la creación literaria, se han contentado con 
sentirse capaces de la hazaña, sin imponerse las miserias 
de la prueba. De ciertos ensayos hechos por el prurito 
muy socorrido de publicar algún libro, sea el que fuere, 
es mejor no tratar. 

Y he dicho todo lo anterior para mostrar cuánto 
aprecio, indulgencia y estímulo merecen aquellos escri- 
tores nuéíítros que, á pesar de tantas y tan grandes difi- 
cultades y probabilidades de fracaso, se lanzan resuelta- 



PROLOGO XIII 

mente á la arena y presentan al público libros dignos de 
ser leídos con avidez y conservados con esmero al lado 
de las obras que se han conquistado yá un puesto en el 
aprecio de los peritos. 

Tal es el libro de Carrasquilla. 

^yyft^.dn nrrtumbm en que para ligar la serie de 
cuadros que la forman hay apenas la trama suficiente — ^ 
por cierto de poco valor en sí misma, sin que esto ami- 
noro el de aquéllos, — quien la lea con cuidado, sobre 
todo si por acaso topd antes con los originales, hallará 
que el autor logró esta vez lo que es el más alto deside- 
rátum en el género: reproducir con absoluta verdad los \ 
tipos y escenas que quiso retratar ó copiar en su libro. '^ 
Si eso logró y si lo hizo en estilo correcto y con lenguaje 
tan castizo como lo permitía la clase de obra encomen- 
dada á este instrumento, la parto del artista está bien ' 
desempeñada. Pretender buscar en una serie de cuadros , 
de costumbres trasceudentalismcs y doctrina, sería in- ' 
signe simpleza. Lo más que como enseñanza ó generaliza- 
ción pudieran sacar del libro los que no admiten (jue se 
escriba por escribir, como se pinta por pintar, es un sen- 
timiento de abominación y desprecio para con la mayor 
parte de los personajes que en éi figuran y con cuya cru- 
da exhibición alcanzó el aiítor á hacerlos más odiosos y 
repugnantes que si en buscar este efecto hubiera em- 
pleado centenares de páginas de disquisiciones y anate- 
mas abstractos: que eso satisfaga á los que en estas ma- 
terias suelen tomar el rábano por las hojas. Bien que, 
probablemente, este temperamento en que sitúo la cues- 
tión es más de lo que en justicia corresponde á aquella 
agrupación terca é inquieta que finge ignorar que, enw 
esto de enseñanzas morales sacadas de las obras artístiy\^ 
cas, casi siempre hay más doctrina latente en el discí/ 
pulo que en el maestro, resultando el concepto final en 
armonía con las tendencias ó ideas del primero; que suele 
llegarse al mismo término por diversos carninos, como lo 
prueba el hecho de que se sacó una impresión de aprecio 
por la pureza y la rectitud en las acciones más ocultas 
de nuestra vida, después de leer Iprcmessi spo-si de Man- 



XIV TEÓLOGO 

zoni, como después de leer el Primo Basilio de Queiroz; 
y que cuando sólo se trata de obras de entretenimiento, 
yá sabemos por boca de Merimée, quien formuló senci- 
llamente el concepto popular, que « una cosa es tanto 
más divertida cuanto más carece de conclusiones útiles ». 

Pero la fidelidad de la reproducción es maravillosa 
en esos cuadros: más perfecta, en su naturalidad, según 
creo, que la que reina en las páginas magistrales de la 
Manuela. Sin que deje de ser innegable que Carrasquilla 
se dejó arrastrar en su trabajo, sobre todo al pintar sus 
personajes, por aquella noción por todos tácitamente 
aceptada en la práctica, aunque rara vez conscientemen- 
te, que expresó Lord Macaulay en su estudio sobre Ma- 
quiavelo, cuando dijo: " Los mnjores retratos son aque- 
llos en que se lia puesto alguna ligera dosis de caricatu- 
ra... Se pierde un poco en exactitud, mas cuánto se 
gana en el efecto producido ! " La dosis en el caso que 
analizo no sale do las proporciones convenientes. 

Que pudo elegir Carrasquilla escenas y tipos menos 
repugnantes, tarea fácil, dadas las condiciones y estado 
de nuestra sociedad y nuestras costumbres, es evidente; 
mas esta observación en nada amengua el mérito de la 
obra en sí misma, y sólo probará, ó que el autor tomó 
para ensaj'arse el primer grupo de gentes cursis o ab- 
yectas con que trojDezó, sin preocuparse mucho ni poco 
con el resultado final de su trabajo, el que por su forma 
hace pensar que fue emprendido con el mero designio 
de hacer algún cuadro naturalista, llevado luego por la 
corriente misma de la acción y las tentaciones del mode- 
lo á las dimensiones en que hoy nos es presentado, ó 
que, viendo cómo algunos de nuestros más peregrinos 
tipos y costumbres van desapareciendo, al propio tiempo 
45ue otros nuevos van formándose, sin que, fuera — en 
tesis general — de emborronadores de papel ó de escritor- 
zuelos rastreros que pretenden el títalo de escritores de 
costumbres porque explotan sin arte ni ingenio la pintu- 
ra de lo sucio y soez, haya quien acuda á dejar de este 
estado social una copia exacta y amplia, en que quede á lo 
vivo reproducido, vino á resolverse á aplicar su observa- 



ruüLOuo XV 

ciÓD genial á gremios tan desdichados; ó no probará nada, 
que os lo que sucede con casi todas las observaciones. 

Pero, sea lo que fuere, una vez elegido el tema, 
debió ser tratado como Carrasquilla lo trata: leal y ya- 
lientemente, siguiendo el consejo que el viejo Polonio da 
A su hijo Laertes respecto A la necesidad de ser uno fiel 
á la verdad para consigo mismo, á fin de no llegar nunca/v 
á la falsedad para con los demás; reproduciendo lo visto,' 
oído y sentido, real ó imaginario, pero absolutamente 
verosímil, tal como lo vio, lo oyó y lo sintió con su tem- 
peramento de artista, y no escuchando el insidioso racio- 
cinio de aquel barbero á quien George Elliot, en su Bó- 
mola, hace decir : « los florentinos tenemos ideas muy 
liberales sobre el lenguaje, y consideramos que un ins- 
trumento que, como la lengua, con tanta eficacia puede 
emplearse en adular ó prometer, debe en parte habernos 
6Ído dado para esos objetos." 

Es superfino agi-egar que el autor sabe mejor que 
nadie que su observación se limitó á una porción muy 
reducida de la agrupación humana á que pertenecen sus 
^ersonajes;^ que todos. ellos, con tan pocas excepciones 
que no vale la pena de citarlas, son seres primitivos y 
¿EOSdTOfren quienes Ifv que Ariosto llamó naturaleza es- 
clava se impone, por causas demasiado fáciles de hallar, 
Bobre la naturaleza libre; excre cencias y tumores, nó 
frut os de nuest ra tierra ; y que sería tan absurdo juzgar 
en globo á la sociedad de nuestra villa por los datos que 
respecto á una porción especial, definida y muy restrin- 
gida de ella, aparecen acopiados en el libro, como lo 
sería el juicio que del modo de ser y vivir de todos los 
parisienses formara algún lector intonso, con las infor- 
maciones, por cierto muy detalladas y verdaderas, que 
sobro algunos de éstos le suministra El Assomoir. 

Sin que por lo que dejo dicho pueda tachárseme de 
optimista y parcial, pues debo agregar, á fuer de obser- 
vador despreocupado, que no se me ocultan muchas de 
las condiciones defectuosas de que adolece nuestra gente. 
Desde luógo, los españoles que se establecieron en el te- 
rritorio que hoy se llama Antioquia procedían en su ma- 



XVI PROLOGO 

yor parte de Vizcaya, Asturias y Extremadura, y ti-aje- 
ron consigo las ideas, costumbres y preocupaciones que 
entonces primaban, y acaso aun hoy priman, en aquellas 
agrias Provincias: afición desmesurada al trabajo; hábitos 
de frugalidad, aseo y economía; respeto profundo á la pa- 
labra empeñada; espíritu de religiosidad sincera y honda 
— y por consiguiente eficazmente caritativa, — pero sin 
mojigatería; grandes afectos de familia, dentro de la 
cual cada uno se encastillaba y federaba; ansia de pro- 
gresos cuyas aplicaciones les permitieran avanzar en bus 
negocios y aumentar el bienestar propio y el de sus alle- 
gados; especial aptitud para hallar sin esfuerzos ni con- 
torsiones el lado práctico de las cosas, desde las más sen- 
cillas hasta las más nuevas y difíciles, desde la organiza- 
ción y orden de la familia hasta el manejo limpio y acer- 
tado de las cosas públicas.... 

Con estas condiciones, que son en su mayor parte 
cualidades, los defectos que á ellas corresponden natu- 
ralmente provienen de la estructura y desenvolvimiento 
de la vida social. Si después de establecido esto se 
piensa que Medellín es una ciudad relativamente nueva; 
que acá son casi desconocidas las gentes de casa aristo- 
crática y los escudos de armas; que de todos los extre- 
mos de nuestro terruño han ido viniendo á agruparse 
aquí familias de estas condiciones, la mayor parte de 
raza blanca pura, pero que no tienen que llorar perdidas 
grandezas ó sentirse humilladas por la pobreza y la rui- 
na, después de la prosperidad y el prestigio; que las más 
antiguamente avecindadas y más satisfechas de su abo- 
lengo, pronto se codean sin reparo con las de reciente 
establecimiento, dominándolo todo un amplio sentimien- 
to democrático muy loable, y un alarmante y pernicioso 
espíritu de negocio y de nivelación por medio del dine- 
ro ; que nuestros más acaudalados mülonario-s, casi en su 
totalidad de pura cepa española que se complace en re- 
producir aquí los más gallardos tipos de las provincias 
septentrionales de la Península, eran ayer no más jorna- 
leros ó mineros paupérrimos y deben su fortuna, ganada 
en meritoria lucha, á su propio esfuerzo, ejercido en 



PROLOGO xvir 

forma do inteligencia, psrseverancia, actividad, Iiuura- 
dez y economía; que á causa del aislamiento en que for- 
zosamente tenemos que vivir per nuestra situación ex- 
cepcionalmente mediterránea y por el ningún tiempo y 
esfuerzo que aquí se dedican á esparcimientos sociales, 
éstos son raros y de carácter agudo y anómalo; y, en fin, 
que nadie entre nosotros se paga de oropeles y, buscando 
en todo la solidez y la firmeza, se gasta la existencia en 
bregar por independizarse de la necesidad, de la pobreza, 
de la empleomanía, de la vida ú expensas del esfuerzo 
ajeno y otras desdichas reinantes, y de las indignidades 
''y menguas que éstas traen consigo, ó imponen, así como 
en allegar á los descendientes medios de escapar de esas 
horcas candínas, de donde salen quebrantados los carac- 
teres y mutilado el ser moral; cuando en todo esto se 
piensa, ningún observador serio extrañará la reserva de 
nuestras costumbres ni hallará despreciable nuestro modo 
de entender la vida. Sin que por éste — y esperando 
mejores días, que al fin llegarán cuando tengamos fáci- 
les comunicaciones con el exterior y haya pasado el pe- 
ríodo de formación y acopio en que hoy estamos — deje 
de serle permitido lamentar que con elementos de grata 
actividad social como los que aquí poseemos yá; con 
una naturaleza tan feuoraenalmente bella; con una situa- 
ción tan pintoresca; con un clima que goza fama de 
agradable; con ima raza de que son rasgos característi- 
cos la inteligencia y la vivacidad, así como sorprendente 
aptitud para descubrir el lado ridículo de las personas, 
de las situaciones y de los sucesos y acierto esjDecial 
para dar forma gráfica á esas impresiones, y cuyas muje- 
res son, cuando lo quieren, modelos de distinción y de 
elegancia; y con un núcleo de familias educada» y ricas, 
que por su número, educación y riqueza sobrepasan la 
proporción que naturalmente corresponde á la cuantía 
de la población, la vida social sea aquí de una monoto- 
nía desesperante, una verdadera vegetación y pueda to- 
davía llamarse con justicia Medellín, usando de una grá- 
fica expresión de Stendhal, " la patria del bostezo y del 
razonamiento triste." 



XVIII PROLOGO 

En las escalas más bajas, aunque nó más humildes, 
de esa sociedad, halló Carrasquilla sus tipos principales y 
los que á ellas no pertenecen menos pertenecen á las más 
elevadas. Los vio de cerca, pensó que mostrándolos satis- 
faría una necesidad propia de artista y proporcionaría á 
BUS lectores el regalo de un entretenimiento y esa bendi- 
ción del cielo que se llama la risa, pero la risa genuina y 
medicina], que es la que estalla con la contemplación de 
lo ridículo (el que suele no ser otra cosa que la despro- 
porción entre las pretensiones y los medios); y pasólos á 
su lienzo con una fidelidad que pasma, exagerando lige- 
ramente las actitudes grotescas y los trances risibles, 
como lo están chulos y manólas, petimetres y damiselas 
en los cuadros de Goya ; y con colores y luces que de 
puro intensos parecen sencillos y son el resultado de una 
observación ingenua aplicada á naturalezas robustas y 
vivaces. La ironía, ese procedimiento tan difícil como 
eficaz, que deja impresión de frescura amable en las Es- 
cenas de vida clerical y de desoladora dulzura en La Aba- 
desa de Joarres, es el medio de anotación que usa el 
autor; ironía que, con apariencias á las veces de bona- 
chona simpleza, haría creer al que no sepa leer el libro, 
que Carrasquilla tiene alguna predilección especial por 
tales ó cuales de los personajes, escenas y costumbres que 
nos presenta, de donde podría deducirse un juicio erró- 
neo respecto de las ideas, y acaso de los ideales de aquél, 
lo cual es bueno advertir aquí para evitar equivocaciones ; 
porque hay que eaber leer este libro, como todos los en 
que, haciéndose á un lado cuidadosamente el autor, deja 
funcionar sus personajes con tal libertad y naturalidad, 
que al fin no sabe uno si son de aquél ó de éstos las no- 
ciones é impresiones cuyo desarrollo está presenciando- 
Idea que Pérez Galdós expresa con delicada sencillez 
cuando en su primera parte de Nazarín dice: " yo mismo 
me vería muy confuso si tratara de determinar quién 
escribe lo que escribo." 

Esos personajes, en el libro de Carrasquilla, nada 
hacen ó dicen ó piensan que merezca calificarse de extra- 
ordinario, ni mucho menos, mas como habitualmeüte no 



í»ii6loqo XIX 

•prestamos ateucióu á, los casos y vidas de esta clase, por 
entro los cuales suele rodar accidental ó permanenteraen- 
to la nuestra propia, tomándolas como manifestaciones 
comunes do fenómenos elementales, cuando el autor des- 
arma pieza por pieza toda aquella armazón, al parecer 
sencilla y rudimentaria, nos sorprende tan inesperada 
complicación de detalles y resortes, de propósitos y tena- 
cidades, de expectativas y sorpresas, de" egoísmos y mi- 
serias, de atavismo y deformaciones, presentándosenos 
todo como un brote extraño de vegetación exuberante y 
monstruosa — como se llenan de detalles y complicaciones 
anle nuestros ojos sorprendidos, los bichos más diminu- 
tos y á la. simple vista de conformación física más rudi- 
mentaria, cuando les vemos al través de los lentes del 
microscopio — ; pero sin que podamos dejar de reconocer 
que asimismo y uó de otro modo es la realidad, que si 
antes do acertábamos á formarnos idea de la complexi- 
dad de esa estructura^ culpa era de nuestra ligereza y 
prejuicios, y que quien así sabe entender, analizar y 
exhibir todas esas reconditeces ha hecho yá mucho para 
adueñarse de uno de los más poderosos y apreciables re- 
cursos no sólo del arte de la Novela, sino también del 
dramático. 

El análisis que por medio de bien calculada exhibí- ■, 
ción hace Carrasquilla de la sensibilidad de sus protago- 
nistas es otra do las faces interesantes del libro. Tal vez 
en algunos capítulos (v. g. el xx), recarga demasiado los 
colores, tin que esto sea yá necesario para ayudar al 
efecto; pero es la verdad que en ese trabajo despliega 
una fuerza de observación de detalles que, por tratarse 
de animalidades sorprendidas en la intimidad de sus im- 
presiones, haco recordar el esmero con que Zola adivina 
y apunta, en Germinal, las relaciones y confidencias de 
Batalla y Trompeta, los dos caballos que bregan en cons- 
tante taren en el fondo de los pozos y á lo largo de las 
negras galerías de la mina. 

Agustín y Filomena quedan despue's de leer el libro 
tan perfectamente delineados y exhibidos, que yá nunca 
los olvidaremos ni los confundiremos con otro alguno de 



XS PRÓLOGO 

los personajes que tengamos en Ja memoria por causa de 
otras lecturas, y no nos queda duda alguna de que esos 
sujetos, así, compuestos de todas esas pieoecitas que sin 
grande esfuerzo aparente de análisis sicológico nos pre- 
sentó el autor, han existido, existen ó pueden naturalmen- 
te existir. Como personaje de segundo plano, ni dema- 
siado visible ni demasiado confuso, en una media luz di- 
fícil de hallar al escribir cuadros de esta especie, y que 
con el juego de él permite que la acción se anime sin 
complicarse, Belarmina no puede ser más natural. Cuan- 
to á César, tan melo so y_cargan te como bellaco, todo lo 
que á este respecto pudiera yo decir sería poco. Más mal 
todavía de lo que á mi incapacidad corresponde creería 
yo haber desempeñado mi oficio, si no agregara que en 
mi concepto casi todo lo relativo á los amores de Galita, 
que ocupa buenas páginas del libro, es, por lo excesiva- 
mente diluido, inferior al resto y pudo y debió compac- 
tarse y depurarse un tanto. 

La descripción de la tienda de los prenderos, la del 
Valle de Medellín, visto desde el Citcaracho, y el paseo 
que á este último lugar hace César en compañía de su 
prometida jamona, son capítulos magistrales, dignos de 
la pluma de cualquiera de los novelistas veteranos que 
en este ramo de pinturas, descripciones y relatos están 
actualmente enriqueciendo con sus cuadros la literatura 
española. 

Mas no deja de asaltarme el. temor de que la obra, 
no tanto por su crudeza y realismo atrevidísimo, á que 
todavía no está acostumbrado el gusto de la mayor parte 
de nuestros lectores, cuanto por tratar de tipos y costum- 
bres esencialmente antioqueños, mucho más caracteriza- 
dos y diferentes de los que se conocen, en condiciones 
análogas, en el resto del país, que los de la Manuela, por 
ejemplo, y por usar en sus diálogos de modismos, pro-- 
vincialismos y arcaísmos cuya significación escapará á 
los que no hayan nacido ó vivido aquí ó — cuanto á los 
últimos— conozcan las reliquias do vieja lengua caste- 
llana que todavía se estilan en nuestras montañas, sea 
mal entendida y poco apreciada fuera de Antioquia. Si 



PRÓLOGO XXI 

asi fuere, lo sentiré por los lectores que no gocen del 
placer de saborear una á una las frases bárbaras ó pin- 
torescas de nuestro pueblo. Y no aconsejaré que, como 
se hizo con el Cultivo del maíz, do Gregorio Gutiérrez 
(que es, probablemente, en su género, con la Lvangelina 
de Longfellow, la más hermosa muestra de poesía de que 
puede enorgullecerse la América), se ponga al fia del 
libro un diccionario que ayude á entenderlo: especie de 
fe de crraííií, civilizada, que poco ó nada sirve en la prác- 
tica, pues el lector que á ella tenga que acudir cada vez 
que tropiece con una palabra ó una expresión cuyo sen- 
tido no alcance á comprender, sacará de la lectura una 
impresión de descanso, interés y placer tan intensa, como 
la del que, sin conocer el inglés, haya, con la ayuda de 
una Gramática y un Diccionario, recorrido desde el prin- 
cipio hasta el fin, leyendo y traduciendo, el Viaje senti- 
mental de Sterne. ¿ Qué hacer en tal caso ? Pues... nada ! 
Y que c( los qne tengan ojos vean y los que tengan ore- 
jas oigan.» 

Así y todo, uo faltarán fuera de Antíoquia y de los 
numerosos é importantes núcleos de población antioque- 
ña esparcidos fuera de nuestro territorio, quienes acier- 
ten, por una á modo de intuición del sentido común, á 
comprender y saborear el de aquel lenguaje lleno á las 
veces de donaire y color y otras lastimosamente vulgar y 
pedestre, así como el de las_-£cases y giros de gusto y 
casta un tanto discutibles que, en casos excepcionales y 
nunca por ignorancia ó descuido imposibles de suponer 
en quien con tanta donosura maneja el estilo elegante y 
la dicción castiza, sino para hacerse más comprensible 
y familiar, suele usar el autor. Tengo para mí que tal 
vez habría sido un desacierto, desde el punto de vista en 
que éste debe situarse, suprimir todo aquello, cambián- 
dolo por la banalidad de un lenguaje paupérrimo que, 
palabra por palabra, fuera comprendido y aceptado, con 
idéntica apreciación, por toda la población de un país en 
que, por ser tan extenso como es, y aquélla tan rala y 
deseminada y tan desprovista de relaciones y comunica- 
ciones, cada agrupación tiene sus modismos que casi for- 



XXII PRÓLOGO 

man. dialectos en algunas remotas regiones, complicado 
todo, allá por los vicios de pronunciación de loa negros 
y acullá por los de los indios, de modo que el color local 
del habla, que es la mitad de la acción, se perdería á 
trueque de que todos los lectores entendieran una rela- 
ción que como tal nada tiene de sorprendente, y diálogos 
y monólogos cuyo interés estriba en las peculiaridades 
del lenguaje en que están escritos, que es el en que fue- 
ron hablados. Y creo que do dos males se escogió el 
menor. 

Debiendo agregar aquí que no me guía en este caso 
un espíritu de regionalismo estrecho y egoísta, sino im 
sentido de aprecio artístico muy defendible ; sin que, 
por otra parte, la tacha de regionalista aplicada á tontas 
y á locas me asuste demasiado, pues sabiendo, como creo 
que sé, dar á cada factor de los que familiarmente mane- 
jan mi criterio y apreciación, su valor justo y exacto y 
profesando intenso amor á la patria colombiana, no me 
parece pernicioso, ni menos peligroso, que cada cual lo 
tenga también en debida proporción, por el lugar en que 
nació y por las gentes, escenas, costumbres, paisajes y 
territorios con que entró desde la infancia en más íntima 
comunicación y familiaridad; y se me alcanza que pros- 
cribir y anatematizar este sentimiento natural y respe- 
table, bajo máscara de un patriotismo tan estéril y pla- 
tónico como rimbombante y con innegables propósitos de 
explotación, no deja de ser tarea ingrata y poco en vi- 
diable. 

Si mis temores se realizan — lo que Dios no quiera — - 
el círculo de lectores de Frutos de mi tierra se restringi- 
rá considerablemente, en detrimento de la fama de Ca- 
rrasquilla; mas, como éste se halla en todo el vigor de la 
edad y ha tomado en serio la vida, es justo esperar que, 
dueño yá de la popularidad en su terreno y con fuerzas 
sobradas para mayores hazañas, querrá buscar lectores 
y reputación fuera de nuestras breñas. No dudo que ha 
de lograrlo, si para ello combina y explota materiales de 
observación y trabajo que hoy más que nunca están á 
su alcance. 



rR<5L0GO XXIII 

Por el triunfo que ha de conquistarle la publicación 
de este libro, y por los que, mediante Dios y su propio 
esfuerzo, habrán de corresponderle después, le envío des- 
do aquí mis más cordiales parabienes. Todo nuevo es- 
fuerzo que él haga, todo aplauso que obtenga, acrecerán 
la gloria de la Patria y de Antioquia y serán motivo de 
regocijo especial para sus amigos. Desde ahora mo iden- 
tifico en pensamiento con los lectores que han de enten- 
der y estimar intonsamente el libro que, por distinción 
tan inmerecida como apreciada por mí, me ha tocado 
presentar al público; y ruego al ausente amigo que, ex- 
cusando la pobreza de ingenio y el poco acierto con que 
he desempeñado la tarea — en la cual he querido reducir- 
me á consideraciones generales para dejar á los lectores 
el placer de sorprender, una A una y con su propio cri- 
terio, libre de todo prejuicio nacido de ajenas apreciacio- 
nes de detalles, las bellezas del libro, — vea en mi esfuer- 
zo uaa pequeña prueba del aprecio cu que tengo su 
obra literaria, así como una gratísima ocasión de recor- 
darle mi antigua é invariable amistad, ya que, felizmen- 
te, puedo desde mi oscuridad decir con el glorioso crea- 
dor de Hamlet : 

« / count myself in nolhing else so happy 
As in a soul rememherivg v^y good friends.'» 



MedellÍD, 18 de Enero de 1896, 

Pedro Nel Ospina. 




El autor .te reserva todos los derechos. 



FRUTOS DE MI TIERRA 




POR LA MAÑANA 

lOR la puerta que comunica el cuarto del 
zaguán con lojs corredores del patio, salió 
Agustín Álzate, en camiseta y arrastrando 
desaforadamente las chancletas de tapiz. 

— Nieves! Nieveees ! — gritó espeluznado de la 
pura incomodidad. 

— Allá voy, hermano, — contestaron de adentro. ' 

Agustín se paseó resoplando y rascándose. 

Oyóse á poco ruido de alpargatas, y apareció en 
el corredor una mujercitaclorótica, medio gibada, del- 
gaducha, cabello ralo, cara que no fuera mala á no 
tener la boca torcida, que parecía vieja y joven á la 
vez, vestida con traje de percal desteñido, la cual rau- 
jercita traía una taza de café. 

— No te he mandao, sinvergüenza, — berreó él, con 
los ojos brotados y zapateando en cuanto la vio, — no 
te tengo dicho que no me dejes entrar las negras á mi 
cuarto? 

— Hermano ! — exclamó Nieves muy sorprendida. 
— Diónde saca usté eso ? 



2 Frutos de mi herra 

— De dónde ?.., Vení negámelol 

— Mi palabra, hermano, mi palabra !... Yo mis- 
itia arreglé el cuarto.... y nadie más ha dentrao! 

— Y entonces, ¿ por^qué está todo pasao á cebolla 
y á cocina ? 

— Eso es parecer suyo, hermano, porque ni Car- 
raen ni ña Bernabela han dentrao. 

— Sí entraron, embustera, porque una almuhada 
tiene un parche de tizne !... O es que vos no te lavas 
las manos ? 

— Cómo nó, hermano ! Vea — dijo mostrándole 
la palma de la que tenía libre. 

— No te las lavas, cochina ! — replicó él sin dig- 
narse mirar, — y por eso me empuercates toda la cama. 

— Vea, hermano: ese tiznao será de otra cosa.... 
tal vez eso que se unta en el pelo.... 

— Quién te lo estaba preguntando?... Echa acal 

Y le arrebató la taza, derramando un poco sobre 
las rebanadas de pan. 

— Gass ! — dijo él escupiendo el primer trago, no 
bien se lo echó. — Esto es una porquería !... Esto está 
humao !... Toma llévate eso ! 

— Hermano, por Dios !... Pero si lo hice como 
lo hago siempre I... Si yo no le sentí humo I 

Y le recibió la taza y probó. 

— Desasiada ! — gritó él dando terrible zapatazo. 
¿ No te tengo dicho que no me probés mis comidas 1 
Sobrao tuyo será lo que me traes todos los días 1 

— Virgen santa, hermano ! — repuso Nieves aga- 
chando la cabeza. — Usté sí que saca cosas...! ¿ No ha 



/ — Por la mañana 3 

visto, pues, que yo prebo todo aparte ? Como no lo 
quiso, por eso probé.... y humao no está. 
— Quítate de mi vista, maula! 
— Y qué le parece, hermano, que ahora no hay 
más leche pa hacerle más café.... ¿Quiere chocolate, 
pues ? 

— Nó ! No quiero nada!... Me voy para un ho- 
tel, pues hasta hambre se pasa en esta maldita casa!... 
Ya se ve: ni cama limpia le ponen á uno ! 
Nieves salió con las lágrimas en los ojos. 
— Vení acá ! — gritó él. — Anda lávate esas manos 
pa que me vengas á quitar esas indecencias de lá 
cama ! Anoche no pude dormir con la ede;ntina.... 
Y mira: si vuelvo á encontrar esos parches.... ya 
sabes ! 

Y el señor, pisando y resoplando muy recio, vol- 
vióse á su cuarto. 

Eran las cinco y media de la mañana. Agustín 
abrió los cristales de los postigos, y la luz, filtrándose 
por el encaje blanco de las cortinas, alumbró la es- 
tancia. 

Era ésta espaciosa y alta; el cielo raso blanquísi- 
mo y con uno á manera de quinqué, de pantalla opa- 
ca con tilindajos de cristal. Tapizaba las paredes papel 
de afelpadas floronas y filetes doradosj adornábanlas 
grandes oleografías, en marcos de gruesa moldura, dora- 
da también, que representaban, unas á los soberanos de 
Italia, y otras á unos frailes alegres paladeando sendas 
cepitas de lo añejo. La cama, al frente de la puerta del 
zaguán, con la cabecera arrimada á la pared, en medio 



4 Frutos de mi tierra 

de dos cómodas gemelas y con la mesita de noche á la 
derecha, parecía una mamá rodeada de sus hijas; las 
cuatro, de comino crespo y muy buena hechura, hacían 
flux y llenaban el testero. El lado de la calle lo ocupaba 
una tarima, — turquesa que llaman por aquí, — vestida 
de lanilla verde y con cojines de lo mismo, sobre la cual 
están los blancos de la cama, los almohadones y el 
rollo, ahorcado con cintas en las puntas, todo de lino 
y de letines^ muy bien puesto y encarradito, pues 
estos trebejos poco más se usan acá, como no sea para 
emperejilar las camas. Por el lindero del zaguán sigue 
un escaparate de perchas, muy grande y mejor traba- 
jado; después la puerta y luego el lavabo, que, fuera 
de lo necesario, tiene de cuanto Dios ha criado en 
frascos, botes y cepillos. Dos mecedoras de junco, 
«una mesa redonda,» un reloj pequeño de bronce 
sobre una cómoda, y un frutero de camargo sobre la 
otra, completan el mobiliario, el cual se asienta en 
tapiz envigadeño de cabuya, de fondo oscuro, á listo- 
nes rojos y verduscos. 

Nada que huela á libro, ni á impreso, ni á 
recado de escribir.' Pulcritud, simetría y brillo, eso sí, 
por todas partes. 

Agustín vierte la jarra de porcelana azul en la 
taza Ídem de idem, y, con mucho estregamiento, ja- 
bonaduras y pujidos, sin derramar una gota, se echa 
un lavatorio. Después de bien enjugado, espuma el 
jabón, saca de un cajoncito las navajas, se da unos 
brochazos por la cara, infla el cachete, y, la navaja 
rapando, la esponja secando, pronto está aquel rostro 



/ — Por ¡a mañana 5 

como repulido con papel de lija. Seca y asienta con 
sumo cuidado la herramienta, y, cada cosa en su es- 
tuche, vuelve al cajón á alinearse con la equidistan- 
cia y paralelismo que en todo pone Agustín. De una 
caja salen unas barras con aforros de papel plateado; 
la dentadura de carey se mete por entre la cerrada y 
rucia greña; la barrita va pasando, va pasando, con 
mucha maña, por encima del lomo del peine, y lo 
rucio se ennegrece y relumbra. Cuando Agustín con- 
sidera que todo está parejo, toma otro peine, se apar- 
ta un tantico, se plantifica ante el espejo, guiña los 
ojos, estira la trompa, y en la propia mitad se abre la 
carrera, — no muy blanca que se diga; — peina á lado y 
lado para abajo, ataca luego para arriba, y el copete 
queda como sacado á pulso. Siguen perilla y bigote, 
con pintura, aceitada y afilamiento. 

Primero faltaría el sol que esta operación cada 
mañana. 

Como era día de arreglar el almacén, había que 
ponerse traje que viniera al caso, y al efecto, sacó del 
escaparate un terno color de algarroba, á listas diago- 
nales más claras, y de saco á la d'Orsay, pues xA.gustín 
no usa sino pieza de entalle y faldas. 

Al fin, después de muchas estiradas de camisa y 
apretamientos de hebillas y tirantes, guardó los pan- 
talones que cambió, — que eran Iosjcon_que se levan- 
taba, — les marcó el doblez á los que se puso, cerró 
bien cómodas y escaparate, alineó y puso en orden los 
cachivaches del lavabo, se cepilló, se echó pestorejos 
y soplidos aquí y allá, dio cuerda al reloj de oro, y 



6 Frutos de mi tierra 

después de ponerse el brillante sombrero de copa,bas 
ton en mano, se dio ante el espejo los últimos perfiles. 

— Nieves, camina arregla esto ! — gritó, una vez 
en el corredor, con bronca voz de mando. 

— Allá voy, hermano. 

Tomó el portante, camino del almacén. 

¡ Tendría qué ver que en un Departamento de 
Colombia, la demócrata, resultase alguien con aires de 
realeza ! Vaya si tendría ! 

Pues es que Agustín Álzate tiene una tiesura, 
un sacudimiento de cabeza, un modo de erguirse y 
contonearse, y sobre todo, un pendoleo de brazos, un 
andar y un compás tan dinásticos I 

' Y sobre lo que él se procura, el cuerpo que le 
ayuda: alto como un granadero, cenceño como un ve- 
nado, el ojo pardo y saltón, largo el pescuezo, nariz 
medio corva, ensanchada á toda hora y como aspiran- 
do malos olores, boca desdeñosa, entrecejo fruncido, 
dientes montados en oro, bigotes á lo Napoleón III, 
cetrina la color y un tanto rugosa y acartonada la piel. 
Destellos de azabache lanza su becerruno calzado; á 
su ropa, flamante siempre, ni leve peluzilla se le pega, 
ni átomo de polvo la empaña; su camisa, última ex- 
presión de lo niveo, parece tallada de puro tiesa. Gas- 
ta en sus palabras la concisión del magnate; no cede 
la acera al más pintado; echa á codazos al que se la 
disputa, y se pasa á la opuesta por no darla á las se- 
ñoras; no saluda á nadie; mira á pocos, y á esos de 
mala cara. No tiene más relaciones que las comercia- 
les; no fuma; llueva que truene, se baña á las cuatro; 



I — Por la mafiaua *7 

en su casa le llaman « Agusto,» y los sastres le tiem- 
blan, porque no hay obra que le satisfaga. 

Nieves entró á la pieza, armada de la escoba de 
esparto para barrer paredes, del cepillo encabado para 
escobillar el tapiz, y del trapo sacudidor. Aunque no 
había para qué, sacudió por los rincones y por detrás 
de los cuadros; cepilló luego hasta sacar la tongada al 
corredor; por sí ó por nó, pasó el trapo por las cubier- 
tas de hule de cómodas y mes^; azotó el mobiliario, 
y, por último, estregó la gran luna del espejo y sopló 
el lavabo, sin tocar las menudencias, porque le estaba 
prohibido. 

— I Hoy como que amaneció el Cónsul con el 
güevo ? — chillóla voz áspera de una mujer que entra- 
ba al cuarto. 

— Sí, Minita, — contestó Nieves quitando la funda 
del tizne; hoy está con la vena ! 

— De la cama le oí los berridos á ese grosero... Y 
qué fue lo que le aconteció ? 

— Pues nada, holita ! — repuso laarregladora mos- 
trando la tnnúdi. — Vé: por este suciecito fue todo...! y 
que no durmió por eso,...! Y de bravo se le metió que 
el café estaba humao !... | Ave María ! es que es tan 
trabajoso ! 

— Y vos tan oveja.... que te la dejas pinchar de 
estos demonios I... Te tratan pior que á mí, que es 
cuanto se puede decir !.. y no te vale: mientras más 
te cargan, más te les agachas I 

— Pero yo qué voy á hacer, holita } si le contes- 
to á mi hermano, pior se pone. Y qué saco con eso ? 



8 Frutos de mi tierra 

Mi hermana también es trabajosa á ratos.... pero mas- 
que tienen sus cosas malucas, ellos siempre son for- 
males con nosotras, y.... 

^No te digo, ala ? — interrumpió Minita furiosa. 
— Si vos sos un tronco de carne con ojos ! Mostrame á 
ver cuál es la formalidá..,. Vamos á ver: mostrámela ! 
Nos tratan como muías de carga !... Nos mantienen 
pisadas! (haciendo ademanes de machucar). Y que 
les sirvamos de rodillas!... Esa es la formalidá que 
les encontrás ! A mí me tienen tan jaita,. tan desespe- 
rada estos malditos...! 

— Ave María, Minita! Usté si...! 

— Vos qué otra cosa vas á decir, almártaga ! Si 
vos tenes la culpa de todo ! 

Nieves no replicó, porque sabía que Mina (dimi- 
nutivo tierno de Belarmina), en tocando este punto, 
yá no estaba en sus cabales. 

Era la señorita Belarmina larga, huesosa y alam- 
brada, los brazos nudosos como rejos tiesos, los hom- 
bros encaramados y contraído el pecho, la cara angu- 
losa y juanetuda, chapas pintadas, ojazos profundos,. 
de mirar cortante, nariz pico de loro, boca hundida, 
dientes calzados con amalgama, voz como graznido, 
y capid indómita y flechuda. 

En la mañana de que se trata vestía traje de mu- 
selina que fue negra, muy raído y roto por los codos ; 
calzaba chinelas de pañete, no muy nuevas; y como 
se agitaba tanto, parecía una gallinaza en riña. 

La cual, viendo el silencio de Nieves, exclamó al 
fin: 



1 — Por la mañana 9 

— Bien haces en fruncirte el pico, animal ! Ya se 
ve: vos qué ?... Para vos lo mismo es, con tal que les 
lambas. 

Tampoco contestó, y Mina agregó: 

— Valiente vida !... No sé cuál me tiene más éti- 
ca, si el viejo ola bollona. Allá veres: hoy es el día 
de las bullas con el misté; allá veres que el Cónsul nos 
va á tragar ! Es decir.... ni las cocineras; porque las 
cocineras el día que.se aburren se largan. 

En el corredor se oyó un ruido entre carraspeo 
y tos, y luego zumbido de faldas y pisadas. La despe- 
chada Mina, en cuanto lo oyó, puso punto en boca y 
salió apresurada, á tiempo que una señora entraba, 

— Nieves, — dice ésta en tono reposado: — apenas 
arregle aquí, póngase á arreglar la sala, y quite las 
fundas, que mañana me dijo mi siá Chepa que venía. 

— Bueno, hermana, — contestó Nieves muy humil- 
de, á la vez que alisaba el tendido de la cama y forma- 
ba bien las esquinas de los colchones, según el man- 
dato expreso de Agustín. 

— Hacele bien hechas las punticas: si no, te come 
aquél ! — dijo la señora, muy sonreída, al ver el cuida- 
do que Nieves empleaba en la operación. 

— Figúrese cómo es él de discontento ! — contestó 
ésta alzando la cabeza, como iluminada de repentina 
alegría. 

No era para menos, que yá se estaba temiendo 
que su hermana se levantara también «en el rucio,j^ 
como los otros; y cuando esto sucedía, que no era 
pocas veces, quedaba á tres fuegos esta alma de Dios. 



10 Frutos de mi tierra 

La señora se dirigió al corredor de la cocina, en 
busca del chocolate. 

Por lo gordota, cogotuda y campante, bien se co- 
nocía que la señora « vendía al contado » : el talle cor- 
to, rollizo y papujado lo ceñía un saco de linón blan- 
co, con golas de franja y listicas caladas; desde el re- 
meneante y altísimo caderamen pendía y se desparra- 
maba en amplios pliegues una falda de lanilla azul 
fuerte, bajo la cual se agitaba un torbellino de almi- 
donados trapos. Eran los brazos molledones y tron- 
chos, las manos pompas y con muchas sortijas. El 
rostro, pintoresco en sumo grado: de la papada al 
remate de la frente, y de oreja á oreja, capa heroica 
de polvos; en cada moflete, encendido parche de vi- 
nagre rojo; arribita del labio superior y á la izquierda, 
un lunar de relieve con pelos; cejas abundantes y 
muy bien engrasadas; ojos ígneos, negros y rasgados, 
llenos de juventud, que lo mismo se humedecían que 
chispeaban á la menor causa; nariz chata y bronca; 
labios gruesos, hendido el superior, que, con su exce- 
siva movilidad, dejaban ver unos dientes amarillentos, 
bien conservados y parejos. Lustrado con betún pa- 
recía el pelo, que se torcía detrás de las orejas, for- 
mando dos riscos adelante, se atrincaba atrás en dos 
trenzas, para cruzarse en abultada moña, rellena de 
elementos extraños. Tiene abajo del cogote un morri- 
to de grasa; una sarta de corales chamizudos en la 
llena garganta; dos sortijas de pelo, — de esas que lla- 
man cachacos, — en cada sien; zarcillos de pensamien- 
to con centro de piedra; y sobre la moña una peineta 



/ — Por la mañana 11 

cartagenera que en letricas de oro reza: (t Filomena 
Álzate í. 

Con el último trago del chocolate se levantó Fi- 
lomena y sacó del bolsillo del traje un portamonedas 
de mallas de acero. 

— Tomá,hole, — dijo dirigiéndose á Mina y po- 
niéndole en la mano, según iba enumerando: — Los 
tres riales para el misté de Agusto; los dos para los 
güevos... . 

Y que tanto para lo uno, y que cuánto para lo otro, 
y que un real para aguacates, hasta completar doce. 

— Con esto no alcanza,— objetó Mina. — No hay 
sino maiz y frisóles: de todo lo demás hay que com- 
prar, hasta dulce ! 

— Pues ai te encimo dos riales. 

— Tampoco hay: ¿no sabe que todo está muy 
caro? 

— Pues usté verá cómo hace, pero más no le doy. 
¡Imposible aguantar un platal todos los días ! 

— Pues verá que no alcanza. 

— ¿ Y cómo á Nieves sí le alcanza ? 

— Es que esta semana está más caro todo I 

— Aunque esté. 

Y sin más replicar, se retiró Filomena remeneán- 
dose; envolvióse en un a pañolón de abrigo,» apiza- 
rrado y con chillona guarda coloiada, y, contoneo va 
y contoneo viene, tomó la calle, pues la señora era 
comercianta ó cosa así. 

Ella que sale y Mina que se dispara al cuarto, ex- 
clamando: 



12 Frutos de mi tierra 

— Vé las cosas de aquella hambrienta ! — y tiró 
los reales sobre la cama. — Dizque ridículos catorce 
ríales para hacer hoy el mercao!... Y vos tenes la 
culpa, so atembada, que te pones á tásales el chimbo 
á estos lambrañas ! 

— Vea, Minita,no se confunda... Cómpreles á ellos 
sus cuidos, que ai comemos nosotras cualquier cosa. 

— Esto es lo que más injuria me da ! — chilló Be- 
larmina agarrando á la otra por el pelo y tirando á 
toda gana. — ¡ Esta animal de cuatro orejas !... Como 
los tenga bien jartos, aunque nosotras vivamos muer- 
tas de hambre ! Ai te dejo tus catorce riales pa que 
hagas vos el milagro. 

— Sí, Minita, no se noje por eso,. . ¿ No le he 
dicho, pues, que yo le despacho á Carmen masque no 
sea semanera ? Vayase tranquila á su costura. 

Nada tranquila que salió. 

Por orden superior, emanada de Agusto, las dos 
se alternaban por semanas en el desempeño de la casa, 
tocándole á la una arreglo y aseo, y á la otra lo refei- 
rente á comida. Despachar lo último llamaban ellas ser 
semanera; pero casi siempre Nieves lo hacía todo, si 
bien Mina era la responsable en su ramo y período 
respectivos, 

Luego que el cuarto de Agustín quedó como 
unas platas, salió Nieves para la despensa, en donde, 
ayudada de un puñado de maíz, que era su aritméti- 
ca, ajustó con Carmen el negocio de la compra. 

En seguida se cogió el cabello, á todo correr; se 
medio lavó, y, con los útiles del caso, dejando en la 



/ — Por la mañana 18 

puerta las alpargatas, para no ensuciar el tapiz, en- 
tró á la sala. 

La cual se abría los domingos, sin que la viesen 
más que les transeúntes que ojeaban por las ventanas, y 
doña ChepaMiranda, única persona quevisitabala casa. 

Tiene el salón dos ventanas á la calle, puerta á 
la pieza que tan impropiamente llamamos antesala, 
y la de entrada ; las cuatro con cortinas caladas de 
dibujos color de calostro y fondo granate, colgadas de 
una tira de latón dorado con relieves, recogidas en 
ganchos de flores de loza y atadas con cordones re- 
matados en borla. El cielo raso tiene friso y tres rose- 
tones de estuco, y cada rosetón una bomba color de 
rosa. El papel es rojo con arabescos de oro. Pegados 
á las paredes se atoran un juego compuesto de doce si- 
lletas, cuatro sillas y dos divanes, de madera negra y 
acolchado de seda encarnada, y cuatro consolas, ne- 
gras asimismo, de estilo rococó y con muchas calco- 
grafías de nidos y pajarracos. Correspondiendo á cada 
una de aquéllas, y ligeramente inclinado, cuelga un 
espejo oval, de una vara de altura, con marco gordo, 
dorado y copetudo. En el centro, mesa oblonga, her- 
mana de las consolas; tapiz de pelo, con medallones 
rojos y festones de margaritas, añadido en cuatro tiros 
y medio. Todo nuevo, puesto á codal y escuadra, con 
esa afectación, esa simetría sistemática que quita á los 
muebles su lenguaje é imprime á las habitaciones 
cierto aire de arreglo de iglesia. 

Ocho diosas de yeso, convertidas en payasas, 
adornan las consolas. «Pues no ve ? Agusto que fue 



14 Frutos de mi tierra 

á comprar esas monicongas tan indecentes ! i» y á Fi- 
lomena le dio tantísima vergüenza, que vino en po- 
nerles enaguas depercalina rosada y amarillas gorgne- 
ras de linón. ¡Bonita es ella para desnudeces griegas! 

En medio de cada par de divinidades se levanta, 
de entre jardinera de porcelana, un frutero de catnar- 
go, con pintura de carmín, ocre y verdacho, fabricado 
por Agusto y Nieves; sobre la mesa central, otro al- 
tísimo y puntiagudo, de igual material é igual proce- 
dencia, i Cuidado no los picoteen el par de toches di- 
secados que se están posaditos en los ganchos del cor- 
tinaje de la antesala ! 

Pasó Nieves á esta pieza. De Dios y su santa 
ayuda había menester para sacudir y volver á ordenar 
todo aquello. Dos mesas y una cómoda atestadas: 
cofrecitos de conchas, perritos de loza, platicos de 
cristal, copas, florerillos, canastillas de perfumería y 
otras cien cositas más. 

Todos los prodigios de la paja de trigo, de la 
viruta, del helécho, enmarcando láminas realeras, 
formando las más extrañas creaciones, se apeñuzcan 
por ahí en las paredes. Cascaras de huevo forradas en 
junco, con muñequitos recortados, y unidas en racimo, 
•también hay; y canastillas-avisos de la Emulsión de 
Scott, de á cuatro ó cinco en sarta, también; y alma- 
naques de la misma Emulsión. 

En el centro de todo, cual cometa en constelado 
firmamento, se destaca, allá sobre la cómoda, la vera 
efigie de Agusto, de tamaño natural y de medio cuer- 
po. La valiente brocha de Palomino lo representó 



/ — Por la mañana 15 

sentado, en actitud meditabunda: la siniestra mano 
empuña el bastón, mientras la diestra, cuyo corres- 
pondiente codo se apoya en un mueble tendido de 
damasco carmesí, sostiene, á lo Julio Arboleda, la 
egregia cabeza y ostenta la gran sortija de esmeralda. 
Del escotado chaleco pende, en majestuosa onda, la 
leontina, que le costó á Agustín trescientos pesos. 

En el costurero^ donde jamás sé cose, baja un 
poco el tono, si bien continúan la Emulsión y la paja: 
« Esteras antioqueñas », unidas con trenza; par de 
turquesas, de percal rojo, con sus respectivos cojines; 
taburetes de vaqueta pintada y con grabados ilumi- 
nados que suponen la historia de Colón ; almohadi- 
llas, — dormilonas que decimos por aquí, — pendiente? 
de tres cordones y á dos metros de altura, formando 
ringlera con unas muñecas muy galanas, aseguradas 
del pescuezo; una jaula verde con canario, colgando 
de la puerta-ventana; crochet en los taburetes, cro- 
chet en los cojines, crochet en las dormilonas. 

Sigue después el cuarto de Filomena, que es muy 
lujoso; luego el de Mina y Nieves, con sus camitas 
de comino, tendidas con colchas de muestrarios de 
percal, con un San Antoñito pesetero y una Dolorosa 
á la cabecera de Nieves, y con dos baúles y unos ca- 
jones vestidos. Sigúele el <r cuarto del rebrujo y>, con 
mucho coroto y mayor orden. Allí está la máquina 
de coser, del número 8, que les regaló Filomena á alas 
muchachas d, con tal que le hicieran los trajes y de- 
más costuras de la casa. Allí cose Mina, y Nieves re- 
mienda y apedacea medias. 



1 6 Frutos de mi tierra 

Da este cuarto á un pequeño corredor, donde 
esíkel aguamanil de veidad; al corredor sigue un 
patiecito, con el baño en la mitad, rodeado de «azuce- 
nos de Obando » y con una rosa canaria enredada en 
las tapias. 

Barridas y arregladas estas piezas, tornó Nieves 
al aseo de los corredores principales, que son muy es- 
paciosos y alegres: tiestos con matas en los bordes; 
guardabrisas entre poste y poste; las paredes, cubier- 
tas con papel-mármol y zócalo de balaustrada; Suiza 
y el Tirol, en hermosos paisajes, prendidos con cinta 
roja y estoperoles de cobre ; el patio, de menuda pie- 
dra y levantado en forma elíptica, luce en el centro 
una columna coronada por un jarrón, en cuya cuenca 
medra deshecha en ramos una « yedra de San Juan,» 
ia más hermosa de nuestras flores. 

Al través de los vidrios de la ancha puerta del 
comedor se ve una mesa con apéndice en figura de meri- 
diano en los extremos, tendida de alemanisco; en la 
mitad, un taller giratorio, vacío y virgen ; una frutera á 
cada lado, con algunas naranjas lamosas y sendas pinas 
pudriéndose; seis servilletas arrolladas en sus aros, 
puestas simétricamente; dos aparadores con mucha 
cristalería, virgen también; dos cómodas adheridas á 
la puerta-vidriera, donde se guarda la incólume vajilla; 
y tres bombas que no conocen vela. Porque el comedor 
es para que se vea: el de verdad estáatrás, en el corredor 
de la cocina: una mesa cualquiera, tendida ó sin tender, 
donde comen Agustoy Filomena y algunas veces Mina, 
que lo que es la otra, yanta siempre junto al fogón. 



I^Por la mañana 17 

La casa, toda de comino, con muy buenas cerra- 
duras, estÁ pintada de verde, con filetes de otros colo- 
res, y de « imitación madera crespa » en los tableros 
de las puertas, exclusive la del comedor y las interio- 
res, que están barnizadas. 

El esmeradísimo aseo, el arreglo prolijo, caracte- 
rísticos de Medellín, brillan en esta casa desde la pe- 
sebrera hasta la calle, del callejón de a la puerta falsa» 
al lindero opuesto. 

Es muy central: en el riñon, como quien dice: 
Calle de las Queseras del Medio, número iii. 

Y antes de enredarnos con esta gente, será bien 
dar un salto atrás, á fin de cogerla desde sus pañales. 




II 



HISTORIA ANTIGUA 



A seña Ménica Seferino quedó viuda del maes- 
tro Álzate, con una runfla de siete mucha- 
chos y una casita de mala muerte por único 
patrimonio. 

Como no era hembra de lloriqueos ni pataletas, 
pronto se dejó de lutos, y emprendiólas con el traba- 
jo. Con la labia que Dios le dio, logró sonsacarle, en 
calidad de préstamo, dos onzas á un su compadre. Al- 
quiló un oficial de carpintería, y, con cuatro tablas 
viejas y unos cajones de pino, trasformó la sala en 
tienda, de la noche á la mañana. Fuese al mercado é 
hizo una compra por lo grande, consiguiendo además 
que le fiaran un tercio de harina y una damajuana de 
aguardiente: pues al mes ya teníala pulpería comple- 
tamente montada. Puso á Onofre, el mayor de los 
tres muchachos, á asistir la venta, en tanto que ella 
y Juanita, la mayor de las niñas, se andaban por la 
cocina, hinchendo tripa, moliendo cacao, y en aquel 
brete de amasijo y horno. Al cabo de cuatro meses 
había comprado todos los enseres del oficio y hecho 
construir dos monumentales chiqueros, en los que 



// — Historia antigua 19 

aprisionó cuatro puerquitos. Comprometióse con todo 
el barrio á pilar un mundo de maíz, á trueque del 
afrecho y la aguamasa; se hizo á un par de pilones, 
y cátame á los zarrapastrosos chiquitines pegados de 
las manos de pilón, suda que suda la gota gorda y 
haciendo pucheros; pero con el genio y el rejo de 
la seña Mónica no había remilgos. 

El cuento del ventorrillo y los puercos prospera- 
ba que era una bendición, y la empresaria, encariña- 
da con el lucro, quiso dar ensanche al negocio. Sacó 
la hucha, que yá tenía <r á plan de baúl,» y contrató 
quién le hiciera, en todo el largo del corral, una me- 
dia-agua, á tejavana, con su canoa y una veintena d-e 
argollas, empotradas en la pared. Hizo clavar en el 
corredor del patio una hilera de palitos numerados, á 
modo de percha, y luego dio aviso verbal á todo el 
que llegaba á su tienda de que cuidaba bestias y guar- 
daba monturas, á real y medio el día. Divulgada la 
noticia, principia el efecto. 

Agustín, el mediano, que corría con el arreglo 
de escobas para el horno, con pilada y lavado de 
maíz, fue promovido á las altas funciones que la nue- 
va industria reclamaba, con obligación de hacer la 
chicha y los mandados; y Pedrito, el menor, quedó 
en reemplazo de Agustín. 

¡ Y qué hábil y metódico resultó éste i jamás el 
freno de Juan se le trocó por el de Diego; la yerba y 
caña, repartidas por alquitara; enviárale Dios bestias, 
que dónde acomodarlas no faltaba. Pues, y la chicha "i 
Y eso de ponerse en un credo en la plaza y volver 



20 Frutos de mi tierra 

con aquel costal de compras?... con ser que el pobre 
no estaba muy católico de pies, que con las andanzas 
y trasteos por la pesebrera, lo cogieron las niguas por 
su cuenta y no lo dejaron en paz hasta pararle los 
dedos y tumbarle las dos uñas grandes; y ni la hiél 
de vaca, ni el sebito caliente, ni la otoba, fueron 
parte á que sanase; pero así, patojito y todo, se 
despachaba á las volandas. 

A más de los cinco ó seis pesos que, entre los 
martes y los viernes, — días de mercado, — dejaba el 
cuido de caballerías y la guarda de monturas, ocasio- 
nó esta industria la venta de almuerzos á las gentes 
que venían á vender. Por real y medio daba la seña 
Mónica ajiaco, tamal y tazón de un brevaje compues- 
to de cacao, mucha harina de maíz y su poco de hí- 
gado de res. Era cosa de quedar rendida de ser- 
vir, soplar y batir; mas no de llevar la paga al bol- 
sillo. 

Como á la gente principal del barrióse le antoja- 
se probar los guisos de la seña Mónica, quiso ésta dar- 
les gusto, y los domingos les vendía de lo bueno. Y 
qué almuerzos ! Todavía se recuerda con gastronómi- 
co deleite el espesor de aquel mondongo, la suculen- 
cia de aquellos tamales !... 

Entre las pesebreras, la cocina y el ventorrillo, 
fue creciendo la familia, arrullada por el lucro; y al 
verlos á todos tan espigaditos, hizo Mónica su calave- 
rada: compróles giiacintofies de cordobán, trajes de 
muselina y ajuar de oír misa á Juanita y Nena, y 
muda entera á Onofre y Agusto. ¡ Qué feliz se sintió 



II — Historia antigua 21 

el caballerizo cuando estrenó ese atavío, suyo desde 
nuevo ! ¡ Cómo bendijo la industria copacabaneña 
cuando vio ocultarse bajo la capellada del alpargate 
los estragos de la nigua i 

Al relegar aquellos nefandos pantalones de dril, 
que tanto tormento le dieron á causa de los boquero- 
nes de la rodilla y de los anteojos de las posas; al 
contemplarse tan peripuesto, digo, se dio cuenta de 
la dignidad, de la grandeza del varón. Con la mugre 
y los remiendos cayó la venda. ¿ Cómo había vivido él 
diez y siete años con aquellos andrajos ? ¿Pensaría su 
madre que eso iba á ser para los domingos solamente.'* 
Eso sí que nó! vestirse siempre muy bien, como él 
se merecía. Pues no faltaría más que volver á usar 
esa ruana bogotana que se arrollaba por las puntas 
como hoja de plátano 1 Eso para el bobo de Onofre. 

Había de ser Agusto el Narciso de los Alzates, y 
éste fue el primer preludio. 

Desde ese día paró moña, y ¡ adiós chicha, man- 
dados y pesebrera ! Cada rato armaba un lío con la 
seña Mónica, hasta que declaró que lo que él quería 
era botas. Túvolo ésta por loco rematado, y en verdad 
que botas en esos tiempos, y en mozo de la laya de 
Agustín, era para asustar; pero tanta jeta estiró él, 
tanto descuidó sus deberes, que, para ver de endere- 
zarlo, accedió ella y contrató unos borceguíes con el 
maestro Caleño, zapatero popular en ese entonces. 

No fueron así no más las torturas y fatigas con 
la tal invención. Otro hubiera dado al diablo con los 
cueros esos; pero al Agusto no lo apearon de las 



22 Frutos de mi tierra 

suelas ni los repelones, ni el agua-sangre que mana- 
ban las sacaduras^ ni la rechifla de los muchachos 
cuando lo veían patojín patojeando, « con las niguas 
en el oscuro.» A todo se sobrepuso: por sobre ascuas 
y espinas era, pero daba los primeros pasos hacia el 
ideal que perseguía. 

Con tales aprietos empeoró tanto, que la seña 
Mónica estuvo « á cantos de coger el monte.» 

— Liaseguro que el patojo éste me está quitan- 
do la vida ! — exclamó una vez con amargor maternal. 
— ¿ Pero qué es lo que querés, enemigo malo ? 
-~\ — Lo que quiero es que busté me ponga una 

tienda á.^ solo, — replicó Agusto en tono imperioso. 

— Vean este sofístico !... ¿Y diónde diajos saco 
yo plata "i 

— Del baúl I... O si no, fíe: harto créito tiene! 

— Un veneno pa vos ! ... — rugió la madre. 

— Pues antós me largo !... — rugió el hijo salien- 
do apresuradamente, á pesar del calzado. 

La seña Mónica se quedó amarilla: por vez pri- 
mera se le soliviantaba alguno en esa casa donde su 
voluntad era ley. 

El enojo materno se deshizo en llanto. Con los 
ojos escaldados aún, tercióse el pañolón y tiró calle 
abajo, en busca de su compadre Juancho, el de las dos 
onzas. Dos horas después volvía serena. 

— Anda búscate aquel caviloso y decile que á yo 
que venga, — dijo á Onofre, no bien entró á la casa. 

No se andaba Agustín por los antípodas: á la 
vuelta de la esquina lo encontró Onofre, dándole pa- 



// — Historia antigua 23 

Hque al herrero. Llegóse á su madre con aire de ge- 
neral á quien el enemigo pide capitulaciones. 

— Mira, muchacho, — le dijo ella, — no me ator- 
mentes I... Sentate yo te cuento: yo no tengo plata, 
como vos pensás ; pero mi compadre J uancho te abre 
créitos para que pongas la tienda. Pero escucha: si 
salís con uria pata floja y haces quedar mal á mi com- 
padre.... nos quedamos en la calle; porque él no te 
fía si yo no le apinoro la casa. Conque ya sabes !... 

— Es que busté creye que yo soy como Onofre,... 
Bien puede apinorala ! ""v 




A cuatro pasos de la plaza principal, donde hoy 
se encuentra lujoso almacén de novedades, se sentía, 
cuando pasaban estos sucesos, un olor á rechín que 
salía de la tienda allí situada. El transeúnte refinado 
pasaba por junto á ella con las narices tapadas y. las 
tripas revueltas, en tanto que el plebeyo ó artesano 
se colaba de rondón atraído por los olores. 

La pulpería es para encantar á un apasionado por 
los productos patrios: ni un artículo que no sea indí- 
gena. Abundancia y orden tienen allí sus dominios. 

Del techo de tablas pende, á manera de araña, 
ubérrimo racimo de plátanos, y á lado y lado un mos- 
quitero de papel, picado en rejilla, que, con sólo in- 
vertirlo, hubiera servido á EiíTel de modelo para su 
famosa torre. Por todo el frente ondea una sarta de 
correas, chumbes, reatas de guarnid, cargadores y cin- 



2 i Brutos de mi tierra 

chas, tremolando sus variados colgajos. Ostentan las 
tablas más altas conos de azúcar con su tosca envol- 
tura de guasca ; las de más abajo, los entrepaños bor- 
deados con encaje de papel, que cortó hábil tijera en 
fantásticos calados, y un estupendo acopio de comes- 
tibles; el pan y el bizcocho morenos, donde las mos- 
cas hacen de las suyas ; una balumba de arepas, con 
sus parches requemados ; columnas de pandequeso y 
roscas; pilastras de panelas de coco, y de cidra, y de 
guayaba, y de leche, formadas en batallón. De las 
tablas divisorias cuelgan gajos de yesqueros, guarnie- 
les de vaqueta, pares de alpargates de vistosa cape- 
llada, mazos de velas de sebo, jarrillos y teteros de 
hojalata. Sacos de lienzo henchidos de almidón, sagú 
y anís alternan enfilados con jiqueras preñadas de 
corozos, de colaciones^ de cebada, de linaza. Cucuru- 
chos de especias, hacecillos de tabacos se apilan por 
los rincones. La cabuya en rama, en lazos, en todas 
sus manifestaciones, blanquea aquí y allá. Por el sue- 
lo campan los costales de maíz, y de fríjol, y de papas, 
y de arroz, llevando en sus abiertas bocas el almud ó 
la pucha, el cuartillo ó la raya. Una mesa, tendida 
con mantelillo, tomado de «mal de la tierra .•>), convi- 
da con sus empanadas y chorizos, con sus platos de 
conserva de brevas ó de papaya, donde resalta la gor- 
da tajada de quesisto, — ración para un jornalero, que 
vale un medio. — Gran caja, perseguida. por las avis- 
pas, denuncia la panela de Envigado. Antioquia y 
Sopetrán están representados por el coco de entraña 
sabrosa y malsana; por el tamarindo de acritud me- 



// — Historia antigua 25 

dicinal; por el corozo grande, encanto de los niuclia- 
chos; por \z pulpa, ingrata al paladar. Diputados por 
Hatoviejo son los aguacates, como calabazas; por San 
Cristóbal los sombreros de caña, cuáles blancos, cuáles 
abigarrados de negro, cuáles de rojo. El mostrador 
sólo tiene un boquete en claro para el despacho: en 
el un extremo, otra caja en forma de pupitre, con 
tapa de linón, donde se guardan las filigranas de azú- 
car salidas de la confitería de las señoras Escobares ; 
en el otro, entre una verjita de madera, tres grandes 
frasco.s de aguardiente y dos de mistela, coloreados, 
éstos con higo, aquéllos con cogollo de hinojo; y una 
bandeja de paisaje imposible, donde brillan, de puro 
limpios, los vasos y las copas de diversas formas y co- 
lores, con su señal de cera negra para la medida. El 
resto del mostrador es una falange de botellas, en las 
que se requinta la chicha, esa chicha cuyos espumo- 
sos dulzores refrescan el caldeado gaznate, y que es el 
Grullo de Agusto, pues la llaman ce la chicha de los 
Alza tes )>. 

Agusto es dueño por mitad de esa tienda que abas- 
tece media villa. El pobre está, de las seis de la maña- 
na á las ocho de la noche, dale que más dile, sin tener 
tiempo ni para reventarse uno de esos barros que le es- 
tán arando la cara: Que un cuartillo de sal; que un 
medio de leña ; que el despacho para mi sid Menga- 
nita; que el traguito; que la cena.... y aquello es el 
cuento de nunca acabar. 

Mas no temáis, que Agustín no esta solo.... ¿No 
oís cómo chirria la cazuela en la trastienda .'* 



rruíus ae mi ¡.ierra 



Pegada de la hornilla, cuya lumbre aviva con un 
cuero, se ve unajnuchacha frescachona, de carnes ten- 
tadoras, peinada con mucho repulgo si mal vestida^ 
la 'cual, una vez llameante el carbón, se apercibe á ar- 
mar unas empanadas tan repulgadas como su cabeza. 
A un lado tiene el perolillo de adobo hecho un em- 
palago, por lo aliñado y grasoso. La ardiente gorda- 
na, al recibir la fría masa, tinta en azafrán, ruge de 
enojo y escupe y espumaraja; la ennegrecida cuchara 
de palo, cual buque salvavidas, no bien la inflamada 
grasa dora el relleno manjar, lo impele á la orilla y le 
pone en salvo en la playa de un plato hospitalario. 
Apenas ha terminado tan filantrópica tarea, vuela á 
socorrer las longanizas, que en la atroz gordana se 
retuercen en las convulíiones de los condenados, ni 
más ni menos que les vio santa Francisca Romana, 
allá en las calderas de Lucifer. 

Tales fritangas, cargando el aire át allegros y^QX- 
fumes culinarios, danle á la pulpería grande atractivo 
para las gentes comilonas de medio pelo. A más de 
eso, el platicar es allí constante, porque Filomena, la 
moza de la hornilla, distrae y enreda á todos con el 
flujo y reflujo de su chachara, con sus carcajadas que 
retiñen á lo lejos; y á los parroquianos se les van las 
horas en aquello: y venga de lo fermentado, si hace 
calor; de lo frito, si fresca; y ahora anís, y luego mis- 
tela, y repetición de esto; y el negocio andando. 

— Pero vean este patojo! — le decía la seña Mónica 
al compadre Juancho, dos años después de Augusto 
poner tienda. — ¿ Qué le parece, compadre 7 toítos se 



// — Historia antigua 27 

enloquecen porque les tome el víver...! Y me dice 
José, el del dulce, que pa debo y pago, al tanto habrá ! 
Pero él nó: casi toíto lo compra platica en mano, por- 
que sabe que al momentico lo ven le á'como quiere ! 
¡ Y saca las cosas lan baratas en esas contratas, que yo 
roe almiro!... ¡Es que lo quieren tanto por jormal !... 

— Sí, comadre; pero mucho que lo quieren ! 

— j Si le viera aquella tienda, compadre ! La tie- 
ne como un pesebre ! Y qué le parece que él mismo 
idió los papeles pa las tablas ! de la cosa más linda !... 
Y tiene tanta curia pa todo, que con los muñecos y 
alimales que tren las ropas, y con los redondeles de 
las tamboras del hilo, jue arreglando por toíta la tien- 
da unas ringleras y unas figuras que da gusto ...! Y 
pa eso que la muchacha le coteja, porque esa sí es la 
que tiene jundamento ! Con el cuento de las empa- 
nadas y los chorizos, aquella tienda parece publica- 
ción de bulas!... Ni una briznita de nada dejan per- 
der!... Liaseguro, compadrito, que esto es mucha 
satisfaución pa yo ! 

— Sí, comadre, y tiene mucha razón. 

— Pues sí, compadre; vea: cuando el muchacho 
se metió en la tal inguandia, sudé! ... Y eso que le 
metimos tanta leva: busté se acuerda. Lo que á yo 
más me confundía era que apenas medio ajuntaba las 
letras y que no sabía ni lo negro de echar cuentas!... 
Pues con las leicioncitas que busté me le dio, con eso 
tuvo pa endilgase.... porque ese sí es el enemigo que 
tiene capacidá I Qué le parece que se consiguió un 
libro y él mismo nos leía de noche de corrido, que 



28 Frutos de mi tierra 

aquello era una taravita! unas historias de Cario 
Mano y de Roldan, que imposible !... Pero si le oye- 
ra la prenuncia !••• mismamente un cura!... Ahora, 
si lo viera jalar pluma !... 

Mónica, tan de pocas palabras con su compadre, 
se dejaba arrebatar cuando cogía este tema. Y no era 
ceguedad materna; fuera de los recursos retóricos, el 
panegírico de los hermanos Alzates era la verdad; tal 
vez no toda, pues la asociación de Agusto y Filome- 
na, verificada meses hacía, no podía apreciarla la seña 
Mónica, á pesar de su mucha trastienda. 

1E1 caso es que los dos hermanos se complemen- 
aban para formar, en unidad admirable, el genio 
wnercantil. Y es lo curioso que la muchacha, con ser- 
-ilo tanto, representaba la síntesis, y el varón el análisis. 
Los negocios grandes, las compras al por mayor, bro- 
taban del cerebro femenil, hábilmente calculados; los 
perfiles y menudencias corrían por cuenta de Agustín. 
Ella, friendo y fregando en la trastienda, ó armando 
la trampa de los ratones, era el alma que dirige; él, 
tratando y contratando, el agente activo que cumple 
-tós instrucciones recibidas. 

A pesar de las del compadre Juancho y de las 
inspecciones oculares de la seña Mónica, Agusto siem- 
pre pagó el noviciado en el venteril oficio; pero ha- 
biendo Filomena, previo permiso materno y el con- 
sentimiento del pulpero, determinado hacer las em- 
panadas en la tienda, á fin de venderlas mejor á pie 
de fábrica, comenzó ella á observarle y á darle opi- 
niones tan acertadas, que Agusto, harto infatuado 



II — Historia antigua 29 

con su nueva posición, vio en la h ermana una como 
directora de negoci os, y diosa á consultarla y á seguir 
sus consejos, que siempre le dieron buenos resultados. 
Filomena, además, desempeñaba al hermano cuando 
éste iba á las compras. 

A la muchacha le surtió el negocio, y cuando se 
vio con algunas ganancias, propuso al pulpero la aso- 
ciación. Con tal viveza le pintó lo que habían de 
hacer y acontecer, y las granjerias que precisamente 
debían reportarles, que Agusto aceptó de buen grado. 
El cántaro de la lechera no se rompió en esta vez, 
pues las ganancias resultaron. 

La revolución del 6o, — « la guerra grande », — los 
cogió ya establecidos; y aquello, tan aciago para el 
país, fue la suerte, el río revuelto para los nuevos em- 
presarios: los patojos de la blusa y la caranga deja- 
ban sus raciones en la pulpería, en cambio de comes- 
tibles y bebestibles. Y como los Alzates eran el paño 
de lágrimas para todos con su abastecida tienda, y 
como jamás se metieron en honduras de opinión po- 
lítica, ni güelfos ni gibelinos tuvieron qué ver con 
ellos, como no fuerft para comprarles. 

Con la tal guerra se pusieron las botas. 

Sabido es que cuando á las hembras les da por 
negociar, el diablo les ayuda: pues á Filomena se le 
ocurrió dar los dineros sobre prendas.... y los tiene 
usted de prestamistas. 

Con todos los tronados y cesantes que las gue- 
rras dejan, la coyuntura para la prendería fue como 
buscada con vela. 



30 Frutos de mi tierra 

Y cuidado si eran humanitarios los prenderos!... 
Un medio, un mero medio, cobraban por cada pata- 
cón semanalmente; y para que al empeñador no le 
quedara muy duro el pago, no daban nunca sino muy 
poca cosa por la prenda, aunque valiera mucho. Y 
para que quedase libre de cuidados, era condición 
sine gua non y que se hacía constar en el documento, 
que, trascurrido un minuto después del plazo estipu- 
lado, no había para qué pensar en prenda ni en re- 
clamación alguna. 

Y como Filomena tenía tantísima memoria, no 
se le pasaba el minuto sin que hiciera correr á Agus- 
to á pedir la adjudicación, si la prenda era de menor 
cuantía, ó el remate, si se trataba de cosa gordita. 

El pobre se vio al principio en demandas y vuel- 
tas ante la justicia, porque hubo chamuscados tan in- 
gratos, que pidieron legalmente el rescate de la alha- 
ja. Y más de uno se salió con la suya. 

De ahí en adelante se dio al negocio el giro de retro- 
venta, y se acabaron las demandas é impertinencias. 



III 



LaseñáMónica también trabajó como una negra. 
Fueron muchas las barrigas militares que llenó, mu- 
chísimas las hambres que les mató, y estupendas las 
perras que de su casa salieron; pero las mochilas que 
guardaba en el baúl misterioso, también se preñaron, 
y nó de níkel, como se estila hogaño. 

La tal guerra les hizo la olla gorda. 



// — Historia antigua 31 

Pero como quiera que en este perro mundo siem- 
pre se andan las penas de intrusas, la seña Mónica, en 
medio de su auje, llevó su parte de pesares y que- 
brantos. 

Qnofre, tan ñoño y tan poquita cosa, dio en la 
flor de beber aguardiente; y, hoy con la madre, ma- 
ñana con los clientes, por un quítame allá esas pajas, 
armaba unos belenes que no hubo más remedio que 
ponerlo de patitas en la calle. El pobre pasó la pena 
negra; pero alguien se acordó de él, y en un recluta- 
miento le echaron mano, y de tambor fue á dar al 
Cauca, con la Tercera División. Sin pormenores nin- 
gunos, se supo luego que en la pelea de Santa Bárbara 
le <i jumaron la pechera », y negocio concluido. 

Pedrito, que tanto prometía, rastrojeando una 
vez orillas del río, e:i busca de ramos para las escobas, 
resbaló y se dio un zabullón, del cual atrapó una pul- 
monía que se lo llevó en una semana. 

Para llover sobre mojado, vinieron cosas peores. 

Juajiiia era el recreo, el objeto de las maternas 
complacencias, y con razón, porque Juana, con su ca- 
rácter blando y jovial, templaba la cruda vulgaridad 
de aquella familia, de la que apenas tenía el sórdido 
positivismo. Para Juana lo mismo era el fregar que 
el zurcir, lo mismo la piedra de moler que el tambor 
de bordar. Diligente, activa, metódica, como una hor- 
miga, donde ponía la mano salía todo tan bien, y tan 
pronto, que la seña Mónica solía repetir: « Ave María 1 
si esta muchacha juera negra, valiente jornal sacaba!;) 
Y era lo mejor que, en medio del vertiginoso trabajo 



82 Frutos de mi tierra 

de esa casa, Juarnta tenía tiempo p a ra-todou^Así pudo 
aprender á coser, á bordar, y otros primores femeni- 
les, si bien en letra, leída ó escrita, no andaba muy al 
tanto. No hay para qué decir que el cosido y arreglo 
de ropas corría por su cuenta, pero sí que introdujo 
en su casa el almidón y el planchado, — cosas que á la 
seña Mónica siempre le parecieron tan superfluas 
como dispendiosas. — Y era tal la hacienda, tal la in- 
dustria de la chica, que ella misma le dio al dormito- 
rio un baño de cal, y, á fuerza de estregones por los 
ladrillos y de jabón por los armatostes de camas, baú- 
les y tarimas, logró trasformar aquella indecencia en 
algo en que se podía echar ojo y narices. El olor acre 
de chivo que allí se respiraba desde tiempo inmemo- 
rialj se tornó en ese del aseo que parece llevar al alma 
el bienestar de los hogares honrados. Desaparecieron 
aquellos grasientos sacos de guiñapos y paja en polvo, 
que, á guisa de cabeceras, campaban en los jergones: 
volviéronse éstos camas limpias y urbanas. 

No era esto sólo: Juana era una real moza. <í Mi 
palomita», la llamaba, de niña, su difunto padre; de 
mujer le sentaba á maravilla tan tierno dictado. 

Pero lo bueno, cuando no se muere, se va.... 

Entre los muchos militares comensales de la seña 
Mónica figuraba en primera elteniente Pinto, arro- 
gante mozo, de grandes ojos y marcial bigote, muy 
farolero, y á quien le venían muy bien la chaqueta 
roja y el kepis. El tal, apenas vio la muchacha, prin- 
cipió á hacerle ojitos y á pelarle el diente. No gastó 
ella muchos desdenes, que siempre fueron las hembras 



// — Historia antigua 33 

inclinadas á hombres de galones y chafarote; con lo 
cual se trabó entre los dos un enredo amoroso que ni 
para los berrinches de la señáMónica. De pronto hubo 
marcha de tropas, y Pinto de ausentarse; mas no sin 
que se hicieran juramentos los dos enamorados, pro- 
metiendo él volver cuanto antes, si una bala traidora 
no lo mataba. 

Ménica, creyendo que con la marcha acabaría 
todo, — pues no era ella para fiarse en militarotes, — en- 
tonó un Te Deiwi; pero al ver que Juanita no comía, 
que las mejillas se destiñeron, que lloraba á escondi- 
das, que iba enflaqueciendo, trocó en sermón el haci- 
miento de gracias. 

— Pero, muchacha, por María Santísima I .... 
Cómo te pones á bramar como una vaca y á volvete 
un rejo tieso, por un melitar.... que quién sabe qué 
será?... No creas que eso vuelve!... Y manque vuel- 
va.... ¿sabemos qué es lo que quiere con vos? No 
tiene él cara de ser muy formal.... Pues le aseguro 
que el diajo del hombre nos mató!... Y pa eso que 
estas mozas de ahora se enamoran tan feo !... Cuando 
yo estaba casándome, muchas veces que se jue él, y 
yo nunca me puse como vos, con ser que Alifonso 
era un novio de agarre.... no como ese ojivolao del 
Pinto. 

Ni una palabra replicaba Juanita á las frecuentes 
fraternas; pero conforme corría el tiempo, iba de mal 
en peor. 

La seña Ménica no acertó en esta vez. Terminada 

la guerra, volvió el teniente, provisto de fe de bautis- 

3 



34 Frutos de mi tierra 

mo y certificados de soltería. Que era por los momen- 
tos que se venía á casar. Mónica no pudo saber á 
punto fijo qué c¿4ta d e páiaro era el futuro yerno , ni 
se le antojaba muy buena; pero viendo cuál estaba 
la hija, no tuvo más que consentir á todo. Los mozos 
se casaron, y quince días después partieron para 
Bogotá. 

A cuerno quemado le supieron tales cosas á la 
seña Mónica; mas, para no preocuparse con ellas de- 
masiado, vinieron otras que si en amor de Dios fue- 
ran.... 

Los vecinos, lo mismo que los transeúntes, dieron 
en pensar que eran de pura resaca unos olorcillos que 
de casa de Mónica salían. Soltáronse -4a5-lefTguas, 
hasta que los celadores de la renta vinieron en perso- 
na -á meter narices; y lo que oliscaron los alarmó 
tanto más, cua nto en esos días e stab an los estanqueros 
medio locos_con el __contrabando que, á causa de la 
guerra, se había extendido que era un horror. Los 
barruntos se elevaron á certeza, y la Seferino fue sor- 
prendida por una visita domiciliaria de los señores 
del resguardo. No tuvieron éstos que inquirir mucho, 
porque, á más de aquel ambiente de sacatín que se 
respiraba por toda la casa, dieron á poco con el apa- 
rato aguardentesco: un cántaro con todo y cabezote, 
que funcionaba muy orondo, allá tras el horno. Lo 
mismo fue verlo los celadores que arremeter á fuego 
y sangre contra cada cacharro que les pareció sospe- 
choso. No quedó olla, ni puchero, ni títere con cabe- 
za; y como cazadores que volviesen de la partida 



// — Historia antigua 35 

cargados de piezas, salieron muy ufanos con el cuerpo 
del delito y el botín de pailas y peroles. 

La pobre Mónica Jjae condenada á veinte pesos 
de multa ó á otros tantos días de encerrona en la 
cárcel. Y fue la más negra que, al ver cuántos per- 
juicios iba á sufrir en sus negocios si dejaba la casa 
en poder de las dos muchachas, tuvo que aflojar la 
plata, peso sobre peso. 

.— ,Esta multa, el secuestro de los cobrizos trastos, 
Ja perdida, quizás para siempre, de la clandestina in- 
dustria, fueron taladros que, horadando las entrañas 
de la agiotista, borraron de las de la madre el recuer- 
do de Juana, el de Pedro, el de Onofre. 

Estaba aturdida: ¿cómo se había dejado coger 
de aquel modo ? 

Pero no siendo ella de las que alambican el do- 
lor, aunque fuese pecuniario y se tratase de alambi- 
que, determinó, mejor que echarse á morir por lo 
que yá no tenía remedio, resarcir con un redoblado 
trabajo las pérdidas hechas. 

Pagó, al efecto, una criada que reemplazase á 
Juana en la cocina, y el negocio siguió como nunca. 

¡ Bien por la hembra de gran corazón ! 



IV 



En cuanto á Agustín y Filomena, la situación no 
podía ser más halagüeña. 

Como cesara la guerra, cesó el bloqueo comercial, 
y la tienda de efectos del país se complicó, libre el co- 



36 Fi utos de mi tierra 

rnercio, con vinos, rancho, quincallería, telas y cuan- 
to Dios y la industria criaron. Aquello era el Cosmos. 

La prenda, á manera de la chuspita mágica del 
sargento Pipa, les iba dando joyas, plata labrada, ob- 
jetos de lujo, ropa, instrumentos de toda clase. Dónde 
acomodar tanto ? Pues no había más que comprar el 
local y hacerlo de nuevo, de dos pisos. Dicho y he- 
cho: al cabo de quince meses, después de soportar 
una mala tienda, inauguraron el almacén con un ne- 
gocio que era de ver. Arriba Filomena, en medio de 
la estantería de envoltorios, trastos y herramientas, 
con una gran caja de fierro atestada de joyas y dinero, 
trabajaba casi á escondidas; Agusto abajo, en aquel 
local que temblaba. Cerrojos y seguridades por todas 
partes. 

Diez años trascurrieron, y la familia Álzate veía 
5/abrirse, día por día, anchurosos horizontes de dichas 
pecuniarias. Para los prenderos todo fue azul y arre- 
bol; para Mónica hubo ligeras nubéculas. Eran éstas 
el pensar que á algún ladrón de los muchos que enton- 
ces pululaban, se le ocurriera forzar la mal segura 
casa y alzar con el baúl misterioso; eran el conside- 
rar lo mandón que Agusto se iba poniendo con ella 
y con las dos muchachas. «Ya se ve — decía en son de 
disculparlo — : como es tan buen mozo y como tiene 
tanta ! t> 

Con gran sigilo hizo en cierta vez la seña Móni- 
ca minucioso arqueo de fondos, y quedó tan satisfe- 
cha, que se hizo este cargo: « Qué molienda ! Harto 
he sudado. Yá voy á descansar. Mi compadre y Filo- 



11 — Historia antigua 87 

mena me ayudarán á idear qué hago con estos reali- 
tos.... Y voy á darle gusto al muchacho: me pondré 
zapatos y buena ropa.... ¿Pues todas no se ponen ? 
No más alpargate ! » 

Fuese al comercio, compró merino para hacerse 
unas sayas, y un pañolón de copioso fleco de seda, que 
le valió un dineral; y envió á llamar al miestío-Cuiii*-- 
has p ara que le hiciera los zapatos, con la expresa 
condición de que fueran muy dóciles y holgados. A 
poco todo estuvo hecho, y como se acercase la fiesta 
de la Virgen délos Dolores, de quien la seña Mónica 
era muy devota, pensó estrenar el ajuar en esa solem- 
nidad. 

Mas por algo se dijo que el hombre propone y 
Dios dispone: la víspera del gran día, por la tarde, 
cayó Mónica, como herida por el rayo, con un ataque 
cerebral. 

Al alarma acudieron los vecinos y el compadre 
Juancho, quien recetó una promesa para que su co- 
madre volviera en sí y pudiera confesar y hacer tes- 
tamento. 

Incomodados Agusto y Filomena, les dijeron 
que no vinieran á asustar á las muchachas con alha- 
racas; que el mal no valía la pena, y que, sobre todo, 
qué testamento ni qué nada, cuando su madre no te- 
nía, la pobre, ni para el entierrito, si algún día moría. 
Compadre y vecinos voltearon cola. Filomena trancó 
la puerta para que no viniera «: ningún sopero á mo- 
lestar.!) Se llamó al doctor, quien declaró que el 
asunto correspondía al cura. Vino el cura, y como la 



88 Frutos de mi tierra 

enferma ni hablaba ni estaba en conocimiento, la ab- 
solvió suh condiciofie y la oleó. A todo esto Belarmi- 
na y Nieves parecían unas Magdalenas, ora desmaya- 
das en brazos de la criada, ora pataleando en el suelo. 
Filomena y Agustín, con fortaleza de mártires, asis- 
tían á la moribunda. Y tienen los grandes dolores 
tan extrañas manifestaciones, que á los dos, cual si 
fuesen los agonizantes, les dio la buscadera.... por las 
ropas de la madre, por la cama, por debajo las almo- 
hadas. Filomena al fin se aquietó. ¿ Toparía algo ? 
También se aquietó Agusto. ¿ Será contagioso el ali- 
vio como la enfermedad ? 

Repuestas un tanto las doloridas muchachas, fue 
la sirvienta á saber de la enferma. Al llegar al cuarto, 
la puerta es cerrada cautelosamente, y, asustada, cre- 
yendo que Mó nica es muerta, corrió á Mina y Nieves 
gritando: — c< Se murió ! Se murió ! > Esta cae al suelo 
patatín patatús, aquélla se dispara, y, dando grandes 
voces, empuja la puerta. Agustín abre, y asiéndola 
violentamente por un brazo, la arrastra á la despensa; 
lo propio hace con la atacada y con la fámula, y las 
deja encerradas en aquella estrechura. Dióle á poco 
un Ir y venir del cuarto á la pesebrera y de la pese- 
brera al cuarto.... Después no se oyeron más ruidos 
en la casa que el sollozar de las prisioneras. 

Tal corrió la noche. Al otro día la moribunda 
no se crispaba yá, ni tan siquiera movía un dedo: 
era por la inercia un cadáver, pero aún alentaba. A 
las cinco de la mañana siguiente, treinta y seis horas 
después del ataque, murió. 



// — Historia antigua 89 

Entonces el comprimido dolor de Agusto y Filo- 
mena estalló ahogando con sus alaridos los de las mu- 
chachas. Los vecinos, á quienes se levantara esa ma- 
ñana el entredicho, acometieron la empresa de con- 
solar y lidiar á aquellos huérfanos. Mucho de cris- 
tianas reflexiones, mucho de tomas antiespasmódi- 
cas, y no faltó una vecina rumbosa que trajese limeta 
de agua deFlorida, para hacer aspirar y frotar áquien 
lo hubiera menester. El compadre Juancho voló á 
comprar el cajón mortuorio y á traer á Cambas para 
que arreglara la tumba. Mientras unas tejían coronas 
de ciprés y componían jarras de yerbas funerarias, 
otras amortajaban la difunta. 

Tal acabó esta mujer que tanto aliento tuvo en 
la brega de la vida. El descanso que deseaba lo halló 
bajo la tierra, los arreos de gala fueron su mortaja, y 
sólo en el ataúd tuvo zapatos. 

El compadre se quedó con las tres mujeres, y 
Agustín fue á acompañar á su madie hasta el cemen- 
terio de los pobres; donde, después de dar las gracias 
á los que condujeron el féretro, expresó el deseo de 
quedarse solo con el oficial albañil que debía tapar la 
bóveda, á fin de ayudarlo á depositar el cajón y á 
rezar con su madre por última vez. Todos se retira- 
ron, respetando tan piadoso deseo. 

Esperó en el campo-santo hasta el anochecer: 
quería ocultar su dolor. 

Yá de noche, atravesaba las calles, á paso lento, 
llevando bajo el brazo un envoltorio. 

Ocho días después se vendieron en la tienda de 



40 Frutos de mi tienda 

i. 

r / ( los hermanos Álzate el pañolóp y los zapatos de la 
/V — muerta. V 



— Amigo: yá han pasao por este trago tan amar- 
go.... pero como la vida es vida, mientras se llora hay 
que brujuliar !. . ¿ Por qué no pega un registrico en 
los corotos de mi comadre ? Yo estoy en que ella te- 
nía sus rialitos.... 

Tal decía el compadre Juancho á Agustín la 
noche siguiente del entierro deMónica. 

— Pues vea busté que no habíamos acatao ! — 
contestó el interpelado. — ¡ Qué pesar tan grande te- 
ner que trastiale sus cositas!... Pero mientras más 
tarde es pior.... ¿ Quiere busté, compadrito, abrir el 
baúl .? 

— Pues ahora que estamos solos, es mano. Y yo 
mesmo sirvo de testigo, que estas cosas siempre es 
bueno quialguno de juera las presencé. 

Procedióse á buscar la llave del baúl. ¿ Dónde.? 

— Pues busquémola en la ropa que tenía mi co- 
madre cuando cayó con el mal. 

Filomena, llorando á moco y baba, dio al fin con 
un traje de percal morado, en cuyo bolsillo se encon- 
traron algunas monedas de plata y la llave, atada con 
las tiras de la faja. 

— ¡ Qué descuido, Filomenita ! — dijo Juancho 
tomando la llave. 

— Pero, compadre!... ¿Quién estaba aquí pa 
estas cosas ? 



I í^ Historia antigua 41 

Á 

Abierto el baúl, se encontraron, entre unos pa- 
ñuelos de seda y otrtis baratijas, una mochila cuida- 
dosamente liada, ert un rincón, y en otro una cajita 
de hojalata, de las que antaño traían los fósforos, con 
cinco moneditas de oro, de á diez reales. La talega 
resultó contener noventa y un pesos, de á ocho déci- 
mos, en plata gruesa. 

Volvióse el dinero á la talega, y cada cuál á su 
puesto, silencioso, en tanto que Mina y Nieves llora- 
ban acurrucadas en una cama. 

Juancho rompió el silencio exclamando con voz 
suspirona, después de carraspear: 

— I Noventisiete patacones y un tomín.... por 
todo ! Porque lo veo lo creo. Yá ven lo que son las 
cosas: ¡ una mujer que trabajó tanto ..! 

— ¡Eh, compadre ! ¡ Si ella lo vivía diciendo !— 
gimió Filomena subiéndose el pañolón á la cabeza: — 
que á gatas iba con el día, y que si se moría.,., ji ! ji ! 
ji !... no tenía.... ji I' ji ! ni pal entierrito ! ... 

— Pues nó, mis hijos, — exclamó Juancho ponién- 
dose en pie. — A lo hecho, pecho !,.. Yo tenía mucho 
cariño por mi comadre, y ella también jué muy ser- 
vicial con yo. Yo hice los gastos de ataúl y entierro 
y bóveda.... Aquí tengo la cuenta (sacando del guar- 
niel un papelito). Véanla: ciento tres patacones cua- 
tro riales y medio. 

— No alcanza, compadrito! — protestó Agustín. 

— Ello sí, mijo; sí alcanza, porque yo soy hom- 
bre que tengo qué comer, bendito sea mi Dios!... 
y los amigos ¡sernos amigos!... Pérese y verá ! 



42 Frutos de mi tierra 

Y tomó la mochila, vació el dinero en la tarima y 
volvió á contar. 

— En cuanto á lo primero, — dijo el viejo cuando 
hubo terminado y partido el dinero, — estos treinta 
patacones pa que le mandemos decirlas misas á mi 
padre San Gregorio por el ánima de mi comadre.... 
Estas dos onzas son pa Minita, y estas otras dos pa 
mi ahijada, pa que compren su lutico. Restan vein- 
tiséis riales, que me los embolsico yo: bustedes los 
grandes son pudientes y muy buscalavida. 

Las agraciadas subieron una nota más en el llan- 
to; los buscalavida, pasmados, apenas pudieron ar- 
ticular: 

— Pero cómo se pone !... 

— ¡ Con qué le pagaremos ! 

— Nó, nó ! — exclamó el compadre engallándose — 
Yá les digo lo que hay.... Eh ! si á yo, cuando nací, 
me curaron el ombligo con oro ! (dándose á dos ma- 
nos en la barriga.) Reciban, pues, muchachitas. 

— Dios se lo pague, padrino ! — exclamó Nieves 
anegada en llanto, al recibir su parte. 

— Muchas gracias, — dijo la otra, al recibir la suya. 

— Yo me yevo la plata pa que digan las misas — 
dijo Juancho guardándola en su pañuelo rabo de 
gallo. 

Y á poco se despedía, llevando en el alma algo 
negro que le sugería el pensamiento, y que su corazón 
de hombre honrado rechazaba como crimen imposi- 
ble. Cavilando y atando cabos, pasó la noche sin pe- 
gar los ojos. 



// — Historia antigua 43 

AI otro día, en cuanto se levantaron, dijo Agus- 
to á Mina y Nieves: 

— Yá ven, pues, que quedamos güérfanos y muy 
pobres ! Mientras estén con yo y Filomena no les fal- 
tará el bocao de frisóles y mazamorra; pero lo que es 
la ropita, la tienen que sargentiar bustedes. 

— Sí, mis queridas — agregó Filomena — con yo y 
Agusto no les faltará qué comer; pero tienen que bes- 
tisen y hacer la comida; ¡ porque negras no aguanto 
yo en casa !... Esta jetona, que hizo tanto escándalo 
cuando se estaba muriendo mi mamita, ¡ ahora mis- 
mo voy á decile que se largue ! 

— Sí, hermana, — contestó Nieves — es muy jus- 
to... Nosotras trabajaremos lo que podamos. 

Mina guardó silencio. 

A los dos meses de muerta la seña Mónica, reci- 
bió Agustín una carta de su cuñado Pinto, en que lo 
ponía de vuelta y media por no haberle comunicado 
ni á él ni á Juanita tal acontecimiento; y, además, le 
anunciaba haber conferido poderes á un abogado de 
la ciudad para que lo representase en la sucesión de 
su "señora Mónica." 

Los prenderos, que no habían pensado en tal 
cosa, montaron en cólera. El abogado fue á ellos á 
cumplir su cometido. A qué seguir mortuoria .? Pero 
sí se hizo avaluar la casa; y el apoderado recibió de 
los dos hermanos la quinta parte de su valor, como 
herencia de Juanita. 

El ventorrillo, los almuerzos y la guarda de bes- 
tias no pudieron continuar en la casa, y las dos mu- 



44 Frutos de mi tierra 

chachas quedaron reducidas á hacer algunos comesti- 
bles, que enviaban á vender. 

Cerca de dos añ.os lo pasaron casi encerradas, 
trabajando en la cocina, y sufriendo, cuándo los enojos 
de Agusto, cuándo las displicencias de Filomena, sin 
oír más palabras cariñosas que las de Juancho, que 
nunca dejó de visitarlas ni de llevarles, de cuándo en 
cuándo, algún regalillo. 




III 

HISTORIA DE LA EDAD MEDIA 

jRASE .d_compadre hombre muy vivo y de 
mucha letra menuda. De niño fue merca- 
chifle, tendero de mozo,'y yá maduro, me- 
tióse negociante en bestias, y determinó 
casarse. En la época á que nos referimos vivía holga- 
damente de sus ahorros, que enredaba en negocillos 
rateros, pero seguros. J oaquina, su consorte , que era 
una bendita, no le dio más que un hijo, el cual fue 
victima del sarampión; y se cerro después en una es- 
terilidad, de la que no fueron parte á sacarla, ni mé- 
dicos, ni yerbateros, ni promesas á cuanto santo hubo. 
Esto acobardaba á Joaquina; pero no era lo 
solo, que también dieron en chocarle sobremanera las 
amistades de Juancho con la|comadre Mónica, á quien 
no podía pasar «ni envuelta en huevo)), á pesar del 
compadrazgo; y lo propio le sucedía con la ahijada. 
Como era de natural discreto, no llegó á decir esta 
boca es mía, ni á su marido, ni á la antipática coma- 
dre ni á nadie, avanzando cuando más ádecirle á aquél 
tal cual vez: — « Juancho, confiésese: mire que el hom- 
bre que se rancha á no confesase es porque anda en 
malos pasos ! » El marido soltaba una carcajada, y 
solía contestar: — «Ya querés ponerme en sazón pa que 
mi Dios jale con yo». 

Por lo demás, el matrimonio era de los felices. 



46 Friitos de mi tiei'va 

La mañana que siguió ala noche del desvelo, por 
causa de los dineros de Mónica, dijo el marido á la 
mujer: 

— Mijita: anoche no pestañé. 

Ella, mirándolo con ojo escrutador, repuso: 

— Déjate deso y anda confesate. 

— Es que se me meten unas ideas !..• 

— Unjú ! — gruñó Joaquina aparentando indife- 
rencia. 

Muy preocupado se lo pasaba el compadre en ese 
entonces, y pensó hasta en llevarse las huérfanas á su 
casa; pero su mujer se le opuso, alegando que yá él 
estaba muy viejo para recoger á nadie, y que mejor 
era dejarlas donde estaban que exponerlas á una se- 
gunda orfandad. 

Días andando, empezó á e nfgr ma r.xl_pabtg^vje- 
jí) hasta que se le desarrolló una hidropesía de pe- 
cho, que se lo llevaba por la posta. Por ello, más que 
por las amonestaciones de Joaquina, hubo de pedir el 
cura. Larguísima cuanto contrita fue la confesión, in- 
terrumpida á cada paso por el estado del penitente. 
Cuando terminó, habló un rato con el sacerdote, que, 
lleno de unción y ternura, lo exhortaba á buena 
muerte. Al despedirse le dijo éste: — «Pues sí, amigo: 
no necesita de revelarlo á nadie; pero sí debe arreglar 
eso á conciencia. Siempre me parece bueno que deje 
algo á la otra hermanita, para evitar sospechas. Se 
trata de una muerta, y sería un escándalo inútil. Dios, 
en su infinita misericordia, la habrá perdonado, como 
le perdona á usted». 



III— Historia de la Edad media 47 

El tpsramento de Juan cho. sin ninguna formali- 
dad legal, fue harto sencillo: de su hacienda, que de- 
jaba á Joaquina, sólo separaba seiscientos pesos: cua- 
trocientos para su ahijada Nieves Álzate y doscientos 
para Belarmina del propio apellido, mandando, como 
condición indispensable, que les fueran entregados 
sin que Agustín y Filomena lo sospecharan. 

Nada más natural, siendo un viejo sin hijos y 
teniendo tanto cariño á las huérfanas. 

Así se cumplió, pues Joaquina era cristiana como 
Dios manda. Ellas guardaron el legado, sin pensar en 
negocio alguno, y siguieron su misma vida de reclu- 
sión y trabajo. Mina soñó entonces con una casita 
para las dos, blanca y pintadita, como una tacita de 
plata ; ^^LLsíícs no le pareció que eso tuviera pies ni 
cabeza: porque ¿ qué iban á hacer, — decía ella, — dos I 
muchachas solas, arriesgando á que las mataran ?; que ', 
más valía aguantar los regaños de Agusto y no hacer 
caso de los desprecios de Filomena. Nieves, á su vez, i 
pensó en la Casa de Beneficencia; pero la otra le dijo | 
que, si estaba Joca, se fuera sola, porque lo que era 
ella, primero la mataban. 

En tal desacuerdo, hubieron de tomar un par- 
tido que satisfizo á entrambas; y fue esperar hasta 
ver si se casaban. 

Pero i cosa más rara I sin saberse cómo, ni por 
qué, Agusto y Filomena se fueron tornando comuni- 
cativos y cariñosos con ellas. El se les apareció un 
día con unos trajes de regalo, diciéndoles que era pre- 
ciso que se quitaran el luto, porque podían enfermar; 



48 Frutos de mi tierra 

llevóles ella sendos pares de zarcillos, de oro bajo, 
por más señas. 

— j Yá ves, bolita, cómo sí nos quieren ! — le dijo 
Nieves á Belarmina, luego que estuvieron solas. 

— ¡ Ah boba 1... ¡ porque nos güelieron la platica 1 

— No siás cavilosa, que ellos no saben 1 

— Puú!... No sabrán ellos I... 

En esas, por obra de un mal viento que recibió 
acalorada, se le torció la boca ala ahijada de Juancho. 
¡Qué de aprensiones las de Agustín! Al momento 
médico y medicinas. Y fueron tantas las ternezas de 
los dos hermanos con la enferma, que la desconfiada 
Belarmina hubo de colar en dudas, 

Y como la boca no se enderezase mayor cosa, ellos 
le pagaban la torcedura con mimos y cuidados. 

Un día el hermano no habló palabra ni al almuer- 
zo ni á la comida. También Filomena estuvo cabizba- 
ja. Peor estuvieron por la noche. Nieves quiso saber 
la causa. 

— Pues, mijita — le dijo Agusto con lastimosa so- 
lemnidad. — ¡Es que tenemos un entripao muy gran- 
de! Yo y Filomena nos metimos en negocios.... ¡que 
nos mataron ! Determinarnos fiar, y dos malditos, que 
nos debían un platal, se quebraron, y no pudimos cum- 
plir con el comercio : tuvimos que hipotecar la tienda, 
y hasta la fecha no hemos podido pagar un medio de 
la suma de esa hipoteca. Pasó mañana se nos cumple 
un contao de más de mil pesos, y no tenemos en caja 
nián ochenta !... Con el cuento de la hipoteca y de 
los dos quebraos, andan regando que nosotros tam- 



III^Historia de la Edad media 49 

bien estamos quebraos, y no hemos podido incontrar 
quién nos preste esa plata : ¡ todos nos han dejao con 
la vergüenza en la cara !... Y no tenemos más reden- 
cía que hipotecar también este rancho !... Bustedes 
nos tienen que dar la firma; porque con los tres dere- 
chos de yo y Filomena no alcanzamos... 

— ¡ Sí, muchachas: — interrumpió ésta, muy ape- 
sadumbrada — vamos á quedar de limosna ! 

— Pero, ¿cómo es la cosa... — replicó Nieves 
confundida — es decir que el cuento de la poteca es 
apinorar ? 

— La misma historia ! — contestó la pulpera. 

— Virgen santa!... ¿ Cómo vamos á pinorar la 
casita, pa que después se la lleven },.. Yo me acuerdo 
que mi mamita decía que apinorar una casa, mejor 
era dala de una vez ! 

— Pues ésa es la cosa ! — afirmaron á dúo, en el 
colmo de la angustia. V 

— Pues nosotras, — dijo Nieves muy compadeci- 
da, — tenemos seiscientos pesos que... (se suspendió 
porque Mina le metió un codazo). 

— ¡Seiscientos pesos! — exclamó Agustín con mal 
fingida sorpresa — ¡ Vos sí estás por grojiar i... 

— Sí, hermano... Yá lo dije ! — replicó la mucha- 
cha con resolución — Tenemos seiscientos pesos que 
nos dejó mi padrino: cuatrocientos á yo y doscientos 
á Minita. 

Silencio profundo siguió á estas palabras. La 
prendera, como el tahúr que envida el resto, dijo 
al fin: 4 



50 Frutos de mi tierra 

— ¡Ahora me desayuno de la tal herencia!... 
Y si bustedes no nos prestan esos reales... ¡ yá veti 
lo que nos va á pasar !... Nosotros se los tomamos á 
premio... y bustedes los ponen á ganar I 

— Por mi parte... cómo nó ! — contestó Nieves. 

— Y busté qué dice, Minita? — pieguntó Agusto 
viendo que ésta se callaba. 

— Pues yo... no sé... 

— ¡Mire que la necesidad es mucha! — dijo la de 
los cuatrocientos. 

En un instante en que pudieron verse á solas, le 
dijo Belarmina á la otra. 

— ¡ Esta animal... que no le para nada en el 
pico!.... Cuando nos dieron la plata escondido de 
ellos, por algo era !... 

— ¡ Pero busté misma, Minita, no me dijo que 
ellos sabían ! 

— ¡ Sí, te dije, bruta !... ¿ Y por eso les fuites á 
confesar?... Pues, por lo que es mi parte, mi plata 
no se las presto!... Mira: deciles que fue una leva 
que les metiste pa ver qué decían. 

— Nó, Minita, ¿pa qué voy á deciles esa mentira, 
cuando yá les dije que sí?... No les preste busté si no 
quiere; pero me parece muy mal hecho I 

— I Mira en la que me metites ! Y si les digo que 
nó, hasta nos... 

Aquí cortó, porque Filomena las sorprendió con 
unos gajos de pasas, que les había traído desde esa 
tarde y que había olvidado dárselas, — según dijo, — 
por lo preocupada que estaba. 



JII— Historia de Ja Edad media 51 

Desde esa hora no se les apartó la buena her- 
mana, hasta el día siguiente, en que se llevó el dinero 
todo, merced al silencio de Mina, á la candidez de 
Nieves, y á las muchas tretas de que se valió. 

Los prenderos se regodeaban, allá en el salón de 
las prendas, con el bocado que habían cogido, 

— j Yá ves ! — le dijo la negocianta al compa- 
ñero — j Yá ves que tan bien salió i... Si nos metemos 
en el enredo que vos querías, de ladrones y baúles 
desarrajados ¡ quién sabe en qué bunde nos ponen !... 
Yo le tengo horror á cosas con los policías!: ¡ esos 
demonios tienen mucho ojo!... Y la tal Minita..» 
\ quién sabe con qué disparates le había salido al Al- 
calde !... ¡ Mina es cruel abeja... sábetelo ! 

— Ah !... Eso sí ! — replicó Agusto, con aire sen- 
tencioso. — A conforme es esa de solapada, es la otra 
de cordera ! 

— Allá veres la lidia que nos va á dar pa lo otro. 



II 



En la cocina de la casa pasa á la sazón una es- 
cena bien diversa. 

Nieves, sentada en un banco, llora como el 
niño después de un castigo. Belarmina, en pie, las 
trenzas deshechas, manotea, gesticula y baila, sacudi- 
da por temblores y crispaturas; lagrimones queman- 
tes como agua fuerte le saltan de los ojos de centella; 
apenas logra tartamudear, 

. — Ah ! boquitorcida!... Mereces vivir siempre 



52 Frutos de vii tierra 

entre la ceniza.... por animal !... Por eso te sopapié.... 
por eso !.., yá lo oítes, arrastrada !... 

Calla un momento y luego continúa: 

— Si tenías tanta gana de darle la plata á esos 
logreros, ¿ por qué les fuites á endonar la mía ?... 
¿Porque me callé la boca?... ¿Y quién te mandó 
disponer de lo que era muy mío ?... Osada!... Atre- 
vida !... Ladrona ! 

Nieves llora á más y mejor, sin articular una 
excusa. 

— ¿ Estás pensando, so bestia, que otro padrino 
te se vuelve á morir pa déjate ?„. Diz que á pre- 
mio !... ja 1 ja !..i Espera en una pata el premio !.., 
¡ Que me arranquen la lengua si volvés á güeler un 
chimbo de los cuatrocientos pesos i... Y te quedas ai 
como una bestia, sin contestar tan siquiera?... ¡ Ah 
tronco de carne !... 

Y exasperada más, si es posible, por la inercia de 
la hermana, se abalanza sobre ella, con las manos 
como garfios, y la revuelca, y la araña, arrancándole 
los cabellos, desgarrándole las ropas. 

Nieves chilla y huye, dejando los mechones en 
las manos de la iracunda. Esta cae desmadejada. 

Cuando los prenderos fueron á comer, encontra- 
ron la puerta trancada; golpearon con violencia y de 
seguido, porque tardaban en abrir. Al fin la puerta 
chirrió, se abrió y asomó Nieves, con los ojos como 
carne cruda. 

— Qué fue, hole ? — preguntó Agusto. 

— Nada, hermano: Minita que me pegó. 



/// — Historia de la Edad media 53 

Y fueron tan discretos, respetaron tanto la sus- 
ceptibilidad herida de la hermanita, que se guardaron 
muy bien de preguntar cosa alguna: sólo se guiñaron 
el ojo. I Gente más prudente...! 

Minita no parecía por ninguna parte, ¿Qué iba 
á parecer, si estaba recoletada por allá en las pese- 
breras "í 

Colóse la prendera á la cocina, j Qué estropicios 
aquéllos ! Ni comida ni nada ; el fogón al apagarse ; 
la olla agtiamasera hecha tiestos ; charcos de agua- 
masa por todas partes. Pero tampoco en esta vez se 
descabalóla prudencia en lo más mínimo. « ¡ Ah Mi- 
nita ! i> se dijo Filomena ; y ella misma, ella, con esas 
manos habituadas á hundirse en ondas de oro y pla- 
ta, se apercibió á improvisar el qué comer. 

A no ser por la mansedumbre de Nieves, sabei i 
Dios cuánto durara el encono de Minita; mas ésta,- i 
viéndola tan humillada, se resolvió, á los ocho días, á w 
dirigirle la palabra. 

— Apuesto, — le dijo con calma, — que todavía es- 
tás creyendo en las invenciones de estos... ! 

— ¿ Cómo no he de creer ?... ¡ Pobrecitos !... Por 
nosotras han podido salir de empeños. ¿ No ve, Mi- ' 
nita, qué tan agradecidos y contentos están ? 

— Llévatela, mi Dios, antes de que peque ! — ex- 
clamó Belarmina juntando las garras. — Contentos? 
Están de sobra I... El agradecimiento me lo derrito 
en la nuca !... No seas creída, ala i 
— ¡ Es qué busté es tan... 
— 1 Sí: muy levantatestimonios I... Esa es tu 



54 Ff titos de mi tierra 

cantaleta de siempre... Pero escucha: ¡ acordate de 
mí si Agusto ó Filomena nos pagan un cuartillo, un 
miserable cuartillo !... Sólo vos, que sos tan boba, has 
podido tragarte el cuento de la tienda apinorada y 
las lástimas que nos lloraron... Ya ves, pues: por tu 
bobada nos quedamos pilando por el afrecho, y arri- 
madas á ellos, que ahora nos están jonjoUando por 
engatúsanos bien; pero después... ¡ yo te contaré un 
cuento I... 

— ¡ Busté sí es fatal, Minita ! — dijo Nieves em- 
perrándose á llorar. 

— ¡ Haceme el favor de no llorarme, que no te 
digo esto por mal ! Te lo digo pa que sepas cuál es la 
situación en que estamos, que no lo comprendes... 
Ya ves: ¡ni un papel pal pago !... Si les cobramos, 
salen con que no tienen con qué, y nos emboban con 
cualesquier mentira... ¡ esto es si no nos pegan!... 
Ya nos ves de cocineras !... Y lo pior es que si no 
inos casamos, no tenemos más que alzar la chamarra 
\y recibir los rejazos; porque unas tristes arrimadas, 
Hqué vamos á hacer, sin tener á quién voltiar á ver ?... 
I Si no se hubiera muerto el dijunto Juancho !,.. 

A este recuerdo, la ahijada apuró el llanto excla- 
mando: 

— j Pobre mi padrino! 

— ¡ Pobres de nosotras ! 

— ¡ Mi Dios lo tenga en su santa gloria !... Nos 
quería tanto ! 

— Y ya ves lo que sacó ! 

Días después salieron lospr enderos con la R ove' 



/// — Historia de la Edad media 55 

dad-dc-qTTg habfa— qi^€^j^: ender la casa, que pagaban 
muy__bien, para comprar otra muy comó'dT ^rmás 
central; que Mina y Nieves tenían que consentir en 
la venta, porque Aguato se moría de vergüenza vi- 
viendo en ese rancho tan infeliz; que, yá que tenía 
con qué, iba á darles harto gusto á sus hermanas; que 
la casa tal estaba para ser rematada en pública almo- 
neda; que él la sacaría sumamente barata, y que la 
pondría " como un pesebre ; " con lo cual quedarían 
todos muy retebién y muy en grande. Estas razones 
las reforzó Filn mpnn £n n su acostumbrada elocuencia^ 

Minita todo lo oyó en silencio, dando cuerda á 
su cavilosidad, á ver si sacaba qué trampa era esa. La 
simple de Nieves á todo dijo amén. 

Filomena se puso en pie, llena de majestad y re- 
poso, y encarándose con la "cruel abeja," le dijo: 

— ¡ Vos sí sos la mujer más rara que yo conozco ! i 
¡Con vos no se puede contar pa nada, porque ves - 
cosa mala... manque sea un favor que te se va á ha- ; 
cer !... Pero atendeme: yo y Agusto representamos j 
tres derechos en esta casa: los dos de yo y él, y el que 
era de Juana, porque nosotros dimos lo que él valíaj 
Nieves consiente en la venta, porque ve la convenen- 
cia... I mas luego vos estás sola y pordebajiada ! 

— ¡ Sola y pordebajiada he estao siempre 1 

— Sí?... Pues ahora estás más! La casa se ven- 
de por sobre vos, porque sernos cuatro y las leyes 
nos dan derecho y mando !... Si vos no querés que;, 
compremos otra casa, te se dará tu parte en plata !...| 
¡ pa que compres un palacio pa vos sola ! 



66 Frutos de ini tierra 

Los doscientos pesos prestados surgieron de re- 
pente, poderosos é imponentes, en la memoria de Fi- 
lomena, y, temiéndose haber ido demasiado lejos, 
hizo una transición que hubiera hecho temblar una 
platea, con la rechifla, y prosiguió inmediatamente: 

— ¡ Peíp. es_mi20sjj)le, M inita, que usté qui& ra. 
separase de nosotros ! 

Sacó el pañuelo, lo llevó á los ojos y se enjugó- 
quién sabe qué. 

— El único gusto, — continuó á poco la enterne- 
cida, — el único que tengo es vivir con mis herma- 
nitas!... Por eso quiero que compremos una casita 
buena, bien alegre, pa mantenela bien limpiecita y 
pa que estemos todas bien á gusto. Pero si en esto te 
damos disgusto !... Pa que ustedes disfruten y estén 
bien contentas es que trabajamos yo y Agusto.... Y 
ahora sale mi hermanita con que está sola y pordeba- 
jiada.... Es verdá que semos bravos..,, pero que- 
reías.... 

Y tan conmovida estaba, que se entró á la alco- 
ba, se acostó con la cara tapada, produciendo ese rui- 
do de narices denunciador del llanto. 

Agusto suspiró muy hondo; Nieves se deshizo 
en llanto, y Minita se quedó callada. 

I Poderosa es la ternura fraternal ! Agustín con- 
siguió el sí de la hermana para enajenar la casa; re- 
mató la otra, que en poco tiempo estuvo elegante- 
mente remontada. Es la que conocemos. 



III — Historia de la Edad media 57 



III 

Los Alzates mayores, al verse dueños de tan mag- / 
nífica morada y tan ricachos, quisieron, claro está, y 
darse tono. 

T.<;i. primern qiiff hizo A giism fnp nnndirtp ¿ ha cex. 
n rj^rimprn (\f Y'psi'if^n'^ á ciial más ostentoso y llama- 
tivo; y compróse muchos dijes y joyas, para perfilar 
con el debido aparato ios rasgos del elegante refinado. 
Que nadie le tosiera en trapos fue su idea, y la reali- 
zó. Luego, mucho boato para la casa, y especialmente 
para las cosas de su uso personal; porque una alhaja 
de tantísimo valor como él, mal podría guardarse en 
estuche de cartón, ni tratarse así tal cuál. Tenía tam- 
bién que perpetuar su imagen, ya que no en bronces 
y mármoles, en lienzo al menos. Fue entonces cuan- 
do Palomino trabajó el retrato de marras. a 

Agustín siempre se había estimado mucho, peroí-f 
de esta época en adelante el amor á sí propio fue cre-j 
ciendo, como crece en velocidad la piedra que cae; y "^ 
tras este sentimiento le vino el de su grandeza. Aquí 
fue ello 1 Figuraos un mortal gozando los éxtasis del 
yo, en una plenitud que humanamente no tiene con 
qué compararse ; figuraos un ser sin dependencia de 
nada ni de nadie, que mira al mundo y á sus habitan- 
tes como cosa de muñequitos de plomo; figuraos una. 
ráfaga de viento individual que á toda hora entona 
trisagios, hosannas y santas^ en alabanza de Agusto 
Álzate; figuraos todo esto, y tendréis ¡dea de las que "^ 



58 Frutos de mi tierra 

con respecto á sí mismo pasaban por el cerebro de 
este señor, si fue que tuvo cerebro- 
Guando la propia satisfacción, ó el recreo en las 
prendas personales, encuentra al desarrollarse alguna 
luz intelectual, algún sentimiento elevado, suele no 
presentarse tan al desnudo, y, á las veces, suele hasta 
velarse con cendales de fingida modestia. Entonces 
esa jactancia es moneda corriente; tan corriente, que 
corre y correrá como ha corrido siempre. 

En Agusto no había nada de esto. Tampoco 
era su corazón urna de filigranas, como no fueran 
las de las joyas empeñadas. Por ende no rebaja- 
ría de injusticia el exigir tapujos y velos en las jactan- 
^■^V¿Pcias y b aladron adas de Agusto: redondas y crudas las 
espetaba, con el candor y la buena fe del niño que de- 
cía á otro; « ¡ Chupa que en mi casa hay dijunto ! y> 

No así Filoi nena: mujer, al fin, tenía algún dis i- 
m ulo. Positivist a ha sta en eso de darse tono^ hizo que 
le comprasen una finca de campo, cerca á la ciudad, 
que no sólo le producía alguna utilidad, sino que era 
además el lugar para sus esparcimientos domingueros; 
la cual finca, con algunas reses, la dio para trabajarla 
á un infeliz, á quien pedía cuenta cada domingo, 
hasta de los huevos que no habían puesto las gallinas. 

Con ser mucho su engreimiento y excesiva su 
vanidad, con sentirse muy superior á Agusto, en lo 
tocante á negocios y á entender las cosas, no se mos- 
traba muy vanagloriosa, ni estaba tampoco tan llena 
I de sí misma que no echase de menos algo: un mari- 
dito, como quien dice. 



r 



/// — Historia de la Edad media 59 

Enfrascada toda su ^Mü pn ^'-'g npgnring^ hjpn 
oco se había acordado del espejo ; pero al ocurrírsele 
la ¡dea matrimonial, hizo ante uno de «cuerpo ente- 
ro» — que á la prendería vino á dar, — el inventario de 
sus encantos físicos. No serían tantos, ó acaso le pa- 
recieron muy descuidados, porque desde ese día se 
dio á cultivarlos con empeño, y con este fin reunió en 
su nuevo tocador todo cuanto puede teñir de negro, 
blanco y rojo, fuese yeso, ladrillo molido ú hollín. 
Entre las prendas rezagadas había faldas de seda y 
pañolones de raso; pues á manos de una costurera 
fueron á dar, y pronto estuvo Filomena arrastrando 
unas colas y luciendo unos esponjes, unos alzaditps 
por delante, que.... María santísima I 

Como no encontrara calzado extranjero que le 
viniese al bronco pie, hubo de apelar al de nuestros 
zapateros (en ese entonces no había zapateras finas), 
¡Pero qué de punteras de charol, qué de visos de ta- 
filete, qué chirrión ! Paramentada con perifollos tan 
vistosos cuanto anticuados, — pues la amasculinada se- 
ñora no estaba en los tiquismiquis de la moda; — re- 
cargada de joyas, con tembleques de mariposa en la 
moña de redecilla, amantada con los pañolones de 
colorines, se contoneaba calle arriba y calle abajo, de- 
jando bizco al género humano, haciendo crujir la 
seda, la almidonada faldamenta y los chirriones. Pa;:. 
recia el Sombrerón. 

i Tintrt ^nmn sp p^i-^n en evidencia, v el novio n o 
aspnru^ prij- ninguna p¡^]rtp ! Quc estaba con la embcs- 
iidera, era visto; pero nadie se atrevió á capearla. 



60 Frutos de mi tierra 

Mucho tiempo duró esta actitud, hasta que, cansada 
de tan infructuosa campaña, depuso las armas de mi- 
radas, sonrisillas y andaregueo, conservando sólo los 
afeites y algunas galanuras, y llevando en el corazón 
hieles y solimanes, sin cambiar por eso el propósito 
de embestir al primer temerario que se le acercase. 

Mina también se andaba muy fermentada. Tan- 
to, que á cualquier triquitraque botaba la tapa. Lq^, 
, desabiiíTiienXQajie-lx:y.idLaLl£ habían venidn en tropel: 
que la ladrona de Filomena salió con que ni ella ni 
Nieves tenían parte en la casa, porque apenas diz que 
representaban entre ambas novecientos pesos, conta- 
do lo prestado y el valor de las dos acciones de la 
casita vendida, suma que era tanto como nada para 
los veinte mil y pico que valía la nueva; que el pica- 
ro de Agusto las trataba peor que á perros; que, aun- 
que habían buscado cocinera y paje, por echar bam- 
bolla, siempre eran ellas las criadas; que Agusto las 
quería matar si las camisas tenían una arruguita, si 
las medias un punto zafado, si la cama no estaba 
'como alisada con bolillo; que a ese maldito viejo 3) 
las celaba tanto, que no las dejaba asomar las narices 
ni á la puerta, ni á las ventanas; que el negro asis- 
tente y la zamba déla cocinera las espiaban, por orden 
de esos bribones, para «ponerles en pico» todito lo 
que ellas hacían; y que por todo esto los novios, ¡ tan 
estupendos ! que les salieron, se habían malogrado. 
;u Esta retahila, y otras más que sería prolijo enu- 
'^ merar, pasaban en procesión á todas horas por la 
mente de Mina, enfermándola. 



III— Historia de ¡a Edad media 6 

En sustancia todo ello era cierto, menos lo de 
los novios. Los tales eran mozos que pasaban á me- 
nudo por la calle y á quienes Mina elevaba á la cate- 
goría de pretendientes suyos ó de Nieves, sin que 
ellos tuvieran noticia de las pretendidas siquiera. 
Y tan mal andaban en asuntos amorosos las pobres, 
que ni aun les levantaron el grato testimonio de ser 
novias de nadie. Parecía que la inicua opinión públi- 
ca las hubiera condenado, sin oírlas, á celibato per- 
petuo. 

Mina, tan recelosa de suyo, siempre tan contra- 
riada, sintiéndose sola é impotente en la lucha con 
los dos hermanos, y descorazonada para el logro de 
sus deseos matrimoniales, no halló otro expediente 
que sepultar bajo una mal fingida calma todo aquel 
tumulto de ideas y sentimientos. Pero esto no era 
posible en ella: por alguna parte tiene que resollar la 
caldera, y A f inn fpnía \ TSf it ^yes : todas se las paga ba 
p«;ta rr'\^\\\r^^ ñ qnjpn h^ pía responsable de la suer te 
d£ las d<»6. 

Tan sólo lágrimas y blandas palabras oponía 
,^¿¡£^g&-á los improperios y malos tratamientos de Mi- 
nita. En su corazón, como en rico vaso, puso Dios la 
flor inmarcesible de la humildad. Por ello perdona- 
ba sin esfuerzo, sufría sin quejarse, sin sentirse des- 
graciada; y, apóstol inconsciente del hogar, trataba 
sólo de llevar á las áridas almas desús hermanos una 
gota de la ternura que la suya atesoraba; que, aunque 
vegete entre malas yerbas, siempre exhala perfume 
la violeta 



62 Frutos de mi tierra 

Mas la dulzura de esta pobre muchacha era teni- 
|da por Agustín y Filomena como apocamiento, y 
;Como adulación por Belarmina. 

Nieves, en otro hogar, rodeada de afectos, llena 
de prestigio, entre cuidados y atenciones, fuera acaso 
muy otra; que suelen ser las contrariedades y triste- 
zas de la vida yunque y martillo que forjan las gran- 
des almas. 



IV 



Viendo Filomena la pachorra que Agusto gasta 
ba para el matrimonio, le dijo un día: 

— Cóm n e^.?. \ vna nnpens ás ca&a te ? 

Agusto alzó á mirarla, como se miraría á una 
persona que diera señales de locura. 

— ¡Mira que hay mujeres muy ricas! — añadió 
ella — Y si te dejas envejecer más ! ... 

— Envejecer ?....Yá se quisieran esas ricachonas 
cogerme á yol... ¡Plata.,, tenemos mucha! 
— Pues por lo mi^m"' jj^ plñlfi ^'^g^^ ^^ p1:i<-a 

Y como Filomena pensaba tan al derecho en 
todo, quiso seguirle el consejo, y, al efecto, sejoietió 
ji rnrf-pjar, muy en los rinco casns 4, lina rira herp- 
_d era. Esta se rió del prendero en sus mismas bar- 
bas; y cate usted que al Álzate se le sube la mostaza 
y determina probarle á la muy engreidota que él se 
puede casar con la que ganas le den. ¡ Casualmente 
que toditas se las pelaban por pescárselo I Pasós e en- 
t onces aja Menganita y... nada; luego á la ot ra^^ y 
»ada; y así sucesivamente á todas las ricas de la ciu- 



III— Historia de la Edad inedia 63 

dad. Pues/ señor, parecía que las morrocotudas esas 
hubieran hecho pacto. 

Siempre fueron las calabazas muy amargas al hu- 
mano paladar; pero Agusto, el feliz Agusto, tuvo para 
condimentarlas una salsa con la cual le supieron á 
gloria: «Bien sabían — se dijo — que yo no me había 
de casar con ellas. Por eso se están haciendo de mi 
alma!... Yá las quisiera ver yo, si les floriara de 
veras I » Y se quedó tan satisfecho I 

Estos fueron los amores que se le conocieron y 
que, por cierto, sonaron muchísimo. En los privados, 
si los hubo, no nos metemos. 

El barrio déla nueva casa es, en su mayor parte, 
de gente rica y linajuda. Los vecinos, con todo, hi- 
cieron á la familia Álzate la visita de rigor, la que 
inmediatamente fue devuelta por duplicado; pero 
luego siguieron todos honrando la tal casa con su au- 
sencia. No necesitaban de tanto Agusto, Filomena y 
Mina, para poner entre ojos al vecindario entero. A 
todos declararon la guerra y con especial encarniza- 
miento á la familia de don Ju an Palm a, única pobre 
de la calle. ¿ Pobres á los prenderos ?...¿ Pobres á ellos 
que, cuando algún pordiosero les imploraba desde la 
puerta un bocado, lo echaban noramala hartándolo á 
insultos ? 

No sabían las Palmas c on quiénes tenían que ha- 
bérselas. 

Decía Filomena: «c Esas muertas de hambre!... 
Esas mugrosas !... Quien las ve tan orgullosas... y 
no prenden el jogón ! y>\ 



64 Frutos de mi tierra 

Decía Agustín: o: j No hay que haceles casol... 
esas son unas vagamundas, unas...l i»; 

Decía Mina: «Tan ferósticas!... porque á cuál de 
todas... I Si parecen cría de micos ! j>; 

Decía Nieves: « ¡ Por Dios 1 ¡ Ñor sean así! í; y 

Los otros, en coro: « Calla la boca ! calla; que 
vos hasta pa esas topas defensa ! t> 

Minita, tan poco comunicativa con los prenderos, 
en quienes miraba enemigos encubiertos, — como he- 
mos visto, — estuvo entonces, por antipatía á las Pal- 
mas, en largas pláticas con ellos, sobre todo con 
Agustín. 



Vestida de bermejo, hecha un ascua de oro y co- 
lorete, se estaba una vez á la puerta la gentil prendera. 
Marfa^ \^ rnfííT^írr''^^ ri&J<w-P«44,yig^ pasaba por la calle, 
paladeando un corozo grande, que, al chupar, le in- 
flaba los carrillos, como el viento á un chirimero. De 
pronto é inconscientemente alzó á mirar á Filomena, 
y, á la vista de aquella guacamayona picando uvas de 
corales, con que la señora prendía el cuello; á la vista 
de esas uc/xuvas que le colgaban de las orejas, la mu- 
chacha se encantó y se quedó fija en aquello, con el 
corozo en la boca. La quintañona beldad observó, á 
su vez, las papujadas mejillas de la niña; y, creyendo 
que la remedaba y la hacía burla en su propia cara, 
se abalanzó sobre ella; pero la rapaza se le escapó ha- 
ciéndole gestos, esta vez muy de veras. Filomena, más 
furiosa aún, vomitó por esa boca sapos y culebras. 



III— Historia de la Edad media Cü 

No bien la gestosa entró á casa, compareció el 
asistente de los Alzates en solicitud de la señora de 
Palma, con este recado: (( Que á mi siá Jilomena que 
castigue una niña suya, muy mal criada, qui ha ido 
á moléstala y á burlase della.» 

Confundida la señora, llamó á la chica, la exami- 
nó, le hizo cargos; protestó ésta de su inocencia, y 
refirió cómo, por ver « esas cosas tan lindas que tenía 
esa señora », se paró etc.... La madre y las otras 
niñas rieron del caso. 

(( Dígale á la señora, — dijo la de Palma, — que 
hasta ahora no he encontrado motivo para castigar á 
María; que yo averiguaré bien la cosa, y que si hay 
falta, se la castigo ». 

El criado dio la razón, y agregó que « esa vieja 
y las hijas se habían reído mucho ». 

Filomena que tal oye, sale, atraviesa la calle, se 
acerca á una de las ventanas de las Palmas, y.... para 
qué te quiero, boca ! Las pobres no tuvieron más re- 
medio que cerrar. 

A la mañana siguiente, cuando el señor Palma, 
gran madrugador, salió á la calle, notó, á pesar de 
estar aún algo oscuro, que en la recién enlucida pared 
de su casa había algo escrito con carbón, en gordos 
caracteres. Leyó. Lo que rezaba el letrero no hay 
para qué decirlo; pero sí que el señor Palma, que 
nunca sufrió corea, perlesía ni ningún mal nervioso, 
tembló como azogado, crispó los puños y chasqueó 
los dientes; y que un albañil corrió á encalar de 
nuevo casi todo el frente de la casa. 5 



66 Frutos de mi tierra 

Otro día, estando las Palmas conversando en la 
puerta de la calle con un su pariente, acertó á pasar 
Agusto á tiempo que la risueña Lola mostraba los 
dientes. ¿ Pues no se le antojó á éste que era de él de 
quien se reían ? Púsose como un serpentón y tarta- 
mudeó algunas palabras, ininteligibles por fortuna. 
Fuese á don Juan con la querella, quien le recibió con 
displicencia; fuese en seguida al Alcalde, quien exi- 
gió fianza de guardar la paz. 

Pero á la paz de los Alzates no le faltaban gestos, 
cuándo de mofa, cuándo de furor, ni miradas enve- 
nenadoras, ni puños medidos, ni quitadas de acera 
con empujones á la calle. Las Palmas como si tal 
cosa; pero temblando por dentro. Don Juan quiso 
: vender la casa, por huir de los Alzates; mas, no en- 
contrando una que conviniese á sus recursos, hubo 
de resignarse á soportar los nuevos vecinos. 




IV 

LAS QUESERAS DEL MEDIO 



>L amai:xe€er.. ^l domingo fue lluvioso^ tal 
siguió la mañana; el medio día, nubladillo 
y tristón como un convaleciente; la tarde, 
á manera de esas gentes que pasan la juven- 
tud recogidas para alborotar en la vejez, determinó 
arrebolarse, allá por el poniente, por supuesto, y ves- 
tida de azul batatilla y de blancos tules por arriba, de 
color de esperanza por abajo, tanto garbeó, que pudo 
al ñn alegrar la ciudad. No quiso ser menos Eolo: 
perfumándose con rosas, eucaliptos y azahar, echóse 
á volar regando aromas, acariciándolo todo, delgadillo 
y silbador. 

Los medellinenses, metidos en sus casas con el 
tedio dominguero muy pronunciado, al ver esos cela- 
jes, al sentirse regalados con tales ráfagas, dieron 
de mano á los aburrimientos, y salieron á las puertas, 
y luego á paseo. 

Los mozos del buen tono ecuestre sacaron los po- 
tros del rumbo, enjaezáronlos con el galapaguillo 
francés, y asiendo por la sutil brida, estuvieron de un 
salto á horcajadas. Refrenados los caballos, compues- 
to el sentada, abiertas las piernas como una A ma- 



68 Frutos de mi tierra 

yúscula, y con todas las tiesuras que el caso exige, 
partieron á paso menudito, alardeando, ya del andar 
del palafrén, ya de la apostura del jinete, si no del 
charolado botín, cuya punta de lanza toca apenas el 
aro del argentino estribo, sin faltar en tan caballeres- 
ca serenidad ni el salto inverosímil, ni el bizarro cara- 
coleo, para poner á las claras que el jinete no es nin- 
'Vgún cura. Las francesas antioqueñas, que ya se creían 
[chasqueadas por el mal tiempo, se botaron también 
por esas calles de Dios, disfrazadas según el último 
figurín, asustando á los hombres, dando en qué en- 
tender á sus rivales en elegancia. 

Los 7naiceritos, aforrados en gomosos, se anda- 
ban muy lindos y sietemesinos, enredando por ahí 
con el chic parisiense. 

Los trenes del tranvía iban y venían de bote en 
bote. Cruzábanse los coches' de alquiler, llevando en 
sus sebosos asientos á las señoras del fregado y 
del hollín y á las sirenas de cuarto ciego. La calesa 
de algún ricacho pasaba majestuosa, tirada por su her- 
moso tronco. 

Los galleros de los' pueblos circunvecinos salían 
del circo, con los marañoiies, papujos y canagiiayes, 
héroes del día, terciados á guisa de guarniel, ahupan- 
do sus caballejos, echando sus tragos los afortunados, 
mustios y despaciosos en sus bagajes los de negra 
suerte. 

Gentes como se estilan por acá, de ruana y paño- 
lón, trajinaban por todas partes. 

¡ Vaya si había qué ver en esta hermosa tarde ! 



IV — Las Queseras del medio 69 

Y viendo estaban en el portón de las Palmas 
hasta una docena de chicas, á cual más guapa, senta- 
das en tabureticos y banquetas. 

Las Palmas, pobres y todo, eran tan populares,/! 
que su casa fae siempre 4">unto de reunión de todas ,j 
las muchachas del barrio; y los días de fiesta se for- » 
maba en su puerta un ramillete de flores de carne y 
hueso, que ni para hacerle chorrear la baba á tanto 
abejón como pasaba por la calle. 

La junta de esa tarde, engrosada con tres miem- 
bros nuevos y varios honorarios, estaba animadísima 
é interesante además; pero no tenía ronda de galanes. 

A-poco atravesaba la calle una niña, muy á la 
francesa y tan garbosa y apuesta, que parecía tener la 
sal de Dios regada por todo el cuerpo. 

La cual se dirigió al portón referido. 

— ¡ Pepa ! ¡ Pepa ! — exclamaron varias, como si 
llegase la capitana. 

Ella fue estrechando manos á diestro y siniestro, 
y á manera de saludo dijo: 

— ¡ Pero, niñas, por Dios !... ¡Es una vergüenza 
que tantas muchachas tan cuartas no tengan una pa- 
rranda de novios en la esquina!... O, si es que no 
tienen, avisen para prestarles de los míos! 

— Sí, Pepa ! — replicó una morenilla más picante 
que el ají; — lárganos unitos de los tuyos ! 

— ¡ Pero es que no se puede ni creer que estén 
todas comiendo pavo ! — repuso la recién llegada, to- 
mando asiento. — ¿ Por qué no los llaman ? 

Y viendo que ni en las esquinas inmediatas ni 



70 Frutos de mi tierra 

en parte alguna se paraba nadie; viendo que no pasa- 
ba ningún /^o de servir, exclamó: 

— ¡ Así nó, mis hijas !... ¡ Imposible que piquen 
los pollos, si no los saben llamar!... Espérense y 
verán, yo les enseño. • 

Y esto diciendo, salióse hasta media calle, metió 
la mano al bolsillo, la sacó luego llena de confites y 
comenzó á chillar, como si estuviese en corral de ga- 
llinas. 

— Cutu I cutu ! cutu !. . Cutu ! cutu ! cutu!... 
Cutu I cutu ! cutu! (al mismo tiempo que regaba el 
grano). 

— { Por Dios, Pepa!... ¡No seas loca !..st Mira 
que te pisan los coches !... ¡ Qué dirán, por Dios, los 
que pasen ! — decía una, mientras otras reían. 

— Eh, niña! no sea boba ! Espérese y verá. 

Y siguió llamando: ¡Cutu! cutu! cutu!... 
Como dicen que acuden los espíritus al conjuro 

del médium, así mismo comparecieron tres estudian- 
tes universitarios en la boca-calle cercana. Pepa, al 
verlos, exclamó con rabia cómica: 

— Vean estos cachuchos cintiazules !... Pensarán 
que es á ellos ? 

Y encarándoseles, hace ademán de espantarlos, 
diciendo: ¡ Huise, criolletas ! ¡mi maíz no es para 
ustedes ! 

La trinca estudiantina prosiguió su marcha calle 
arriba. 

— Por Dios, Pepa !... Ah pena! oyeron!... ah 
pena! 



IV — Las Queseras del medio 71 

Esta permanece en su puesto, y, como el general 
que desde el campamento dirige el catalejo al enemi- 
go, lleva ella la mano vacía á un ojo, á modo de alar- 
gavista, lo apunta á lo lar£;o de la concurrida calle, 
observa, y á poco clama entusiasmada: 

— Allá vienen ! allá vienen!... y toditos son de 
espuela y pelea !... Ahora sí, muchachas: prepáren- 
se.... bien risueñas, con la cara más bonita que sepan 
hacer ! Yá casi llegan ! 

En efecto: allá, como una cuadra distante, sobre- 
salía de entre la burda concurrencia un grupo de ca- 
chacos y pepitos. 

— Hay para todas! — dijo la generala. — ¡Qué 
cuartos que vienen !... Vean cómo bolean las varitas ! 
Vean otros tan pechiblancos !... ¡ Eso sí es concu- 
rrencia!... 

La cachaqiieril pléyade llega, y derechito á la 
esquina, ojo al portón. El general manda: 

— [ Apunten, muchachas ! 

Algunas se entraron al zaguán, á ocultar la risa. 

El enemigo se movió á vanguardia. Iba á pasar 
por la emboscada. Pepa retrocedió hasta la acera, y, 
antes que los pollos llegasen, regó la confitería. Al re- 
guero, ellos se sorprenden, y algunas elegantes corte- 
sías se malogran. 

En el portón se oye el gorjeo de risas comprimi- 
das. X^n pepo, de los últimos, muy vidrioso, sin duda, 
se detiene, entre escamado y burlón; se retuerce el 
atildado bigotillo y, dirigiéndose á las niñas, dice en 
tono provocativo: 



72 Frutos de mi tierra 

— ¿ Les parecemos muy célebres ? 

— Nó, caballero. Nada célebres — responde Pepa 
con mucha impavidez. 

— Entonces.... ¿ por qué se ríen tanto ? 

— Pues porque estamos diciendo muchas ocu- 
rrencias.... que no le importan á usted. 

— Y esos confites ? 

— Confites ?... Usted está un poco mal de la vista, 
caballero: ¿ no ve que es maíz ? 

— Yo soy muy serio.... para estas gracias !... 

— Sí?... Pues me alegro mucho! nosotras somos 
muy risueñas. 

El mocito, viéndose poco airoso, quiso cambiar 
de táctica, y, con risita forzada, dijo: 

— Es una pura broma, señorita. Disimule.,, me 
habían dicho que usted era... era muy pronta... y 
determiné provocarla. 

Pepa lanzó una carcajada de loro. 

— Conque provocarme I... já I já ! já i señor..., 
usted sí que es chirriao I... 

El (c señor » se aturrulló tanto, que siguió su ca- 
mino sin saber qué familia era. 

Gran confusión hubo en el campo mujeril. 

Estas reían á todo trapo, aquéllas hacían extre- 
mos de angustia, cuáles protestaban de la conducta de 
Pepa, cuáles de la át\ pepito: algunas la trataban de loca 
de atar; otras le echaban calurosas laudatorias, procla- 
mándola cerno á la más cuarta de las hembras; y hubo 
una tan aterrada, que propuso se levantara la sesión, 
6 que, al menos, se pasase á la sala. Pero la moción fue 



IV — Las Queseras del medio 73 

tan impopular, que antes se convino en que ninguna 
se iría hasta las seis y media, y que del portón no se mo- 
verían ni las moscas. 

El nervio chistoso se exaltó tanto en la tertulia, 
á causa de esta escena, que el caballero serio fue blanco 
de alfilerazos epigramáticos. La algarabía azonzaba. 

— Pero quien es esa criatura de mi Dios ? — pre- 
guntó Pepa. 

— Es M^ ftfn Hala- un joven muy interesante — 
contestó una. 

— Ahora lo oigo mentar ! — repuso la Escanden. 

— jOuien lo veía, que parecía que iba á reventar 
como un cañón,... y se vanió ! 

El símil agradó, y el señorito Gala quedó confir- 
mado esa tarde, entre las niñas ésas, con el mote de 
c El Vaniao ». 

Cuando éste se unió á sus compañeros, que algo 
habían oído, no fueron pocas las bromas que le dieron. 

A poco estaban de vuelta, y al pasar por frente 
al portón, no podían atajar la risa. Igual cosa pasaba 
á las muchachas. Sólo Martín volvía muy cariacon- 
tecido. 



A causa del mal tiempo no pudo ir Filomena ese 
domingo á la finca, lo que la puso de muy mal humor. 
Para ver de disiparlo, se emperejiló bien, no sin ha- 
berse regado antes por todo el rostro gracias de car- 
mín y nieve. Sacó luego del escaparate un gran cofre 
y se puso á dar lustre á las joyas. Pegada á una mesa, 



74 Frutos de mi tierra 

con ese aire solemne y esos frunces de boca que algu- 
nos ponen cuando están haciendo algo muy bien, 
pasó todo el medio día, soba que soba y dale que más 
dale, á la tiza y á la gamuza. 

.. Agusto, cuyos solaces eran elaborar los fruteros 
que yá conocemos, ó hacer cucharas de naranjo, ó amo- 
lar las navajas de barba y el cortaplumas, estuvo ese 
domingo sin estro artístico y sin disposición para nada. 

Él no era hombre de parrandas ni bebezones, ni 

Vmigo de nadie. ¿ El juntarse con cualquier clase de 

gente ? ¿El ir á esos casinos, á ese Edén donde había 

[tanto gorrista? Nó, nó ! Que fueran á que les diera 

de beber el diablo ! Tampoco le agradaba el campo. 

¡ Harto cagajón había manejado de niño, harta basu- 

i ra, para ir ahora á ver vacas, bagazo de caña y des- 

jv aseos ! Que fuera Filomena, que le gustaba eso. 

Quitóle al lecho los paramentos y la colcha de 
damasco, se echó, y quedóse al momento como un 
angelito. 

Aprovechó Minita el sueño del cancerbero para 
echar á la puerta un ratico de pesca; pero ni una an- 
guila picó. 

Muy tarde despertó el señor. 

— Cómo es: ¿ aquí no se come hoy? — gritó fu- 
rioso, saltando al corredor. 

— Pues como usté estaba dormido.... — contestó 
Nieves muy asustada, porque ese día principiaba 
semana. 

— Y vos, sorombática, que todo lo dejas pa la 
hora de la muerte!... 



IV — Las Queseras del medio 75 

Nieves corrió á arreglar la mesa. 

— [ Ave María, Agusto ! — exclamó Mina, entran- 
do. — Me admiro de que haya podido dormir con la 
rochela que tienen aquellas sinvergüenzas ! Me fui á 
asomar á ver qué era, y ai se están riendo de todo el 
que pasa. Óigalas ! 

— Quiénes?... Las Palmichas ? No les digo!... 
Apuesto que ai están echándoles ojo y haciéndoles 
cismas á todos los que ven.... porque esas sí son las 
tísicas que más gana tienen de casase I... i Ah falta que 
les está haciendo el rejo !... 

Se sentaron á la mesa. Agusto, camisa al aire 
y sin chaleco, ocupó el puesto de honor. ¡ Y cómo se 
cuidaban los Alzates ! La botella de vino seco dulza- 
rrón campaba sobre el mantel de arabescos de azafrán 
y grasa; sendos plátanos bananos lucían junto á las 
arepas de maíz remojado, en los puestos del señor y 
de Filomena. Aquél, tomando la suya, la parte por 
mitad, y, manipulando con media, cual si fuese con 
el cubierto, acomete el principio, que es un plato de 
estrellados huevos, cuyas yemas, al ser heridas, re- 
vientan, combinando en vistoso matiz su amarillez de 
oro con la púrpura del tomate y con el verdor de la 
cebolla. 

— Pues les aseguro que las tales Palmichas están 
que piden azote, — dijo el señor, medio atragantado 
por los bocados que le esponjaban ambos carrillos. 

— Esas?... Neme digas! — exclamó Filomena 
con estrépito. — Esas son las vagamundas más grose- 
ras que hay !... Con tanto así que les vea.... las acá- 



7^ Frutos de mi tierra 

bo !... Sobre todo esa tuntunienta que me arremedó; 
ésa chupa muy duro ! 

— ¿ Y la grandulaza que se rió de yo ? — clamó el 
varón, que casi se ahogaba con un tarugo de longani- 
za, plato que siguió á la entrada de huevos, 

— Y vos, tan ovejo, que no le reventates el hoci- 
co á esa dientipelada ! 

— Si fue que mi acordé de la fianza ... 
— ¡ Qué cuento de fianza ¡ — observó Mina, chu- 
pándose los diez mandamientos, tintos en salsa. — ¡ Si 
eso fue hace añísimos, cuando mandaban los rojos i... 
¿ Qué va á saber el Alcalde de ahora ? 

Agustín, ocupadísimo en descuartizar á dos ma- 
nos el caparazón de una gallina frita, guardó silencio, 
y Mina continuó: 

— Bien le había podido bajar el moño á la Lola... 
¡Y pa eso que son tan visitadas !... No sé qué gracia 
les toparán á esas hambrientas. Ya se ve: como son 
tan lambonas.... 

— Pisssl Pues si las visitas son por el encarte de 
ellas...! —dijo la prendera. — Si en esta calle no hay 
sino zambos alzaos, porque tienen cuatro riales. Mira: 
estas jetimoradas de la esquina se les ve el zambo á 
leguas; la doña Teresita, tan merecida, es hija de una 
vieja vagamunda; las yarumaleñas son unas tristes 
puebleñas que quieren venir á meter la Gómez.... ¡Si 
en esta calle no hay con quién hablar !... Si yo me 
llego á imaginar que por aquí vivía tanta canalla, ni 
á palos habíamos comprao esta casa ! Si yo le vivo 
diciendo á este Agusto que lo que debemos hacer es 



IV- — Las Queseras del medio 77 

irnos pa Bogotá!... Ya ven lo que escribe Juana! Y 
me dice mi siá Chepa que esa sí es la tierra pa disfru- 
tarse y ganar harta plata, en cualesquier cosa !... Pero 
éste nó: le parece que si no es aquí no hay vidaI.^. 
Pues yo, cuando menos lo piensen, me les voy. 

Nada contestó Agusto á esta interpelación: esta- 
ba royéndose la rabadilla de la gallina, acto solemní- 
simo para él. 

Los fríjoles y la mazamorra, cantados por el poe- 
ta antioqueño, también aparecieron en la mesa; pues 
aunque Agustín no los comía nunca, Filomena sí les 
hacia el honor algunas veces. 

Luego que aquél dejó la osamenta del ave sin una 
hebra, se zampó un vaso de leche postrera, quedándo- 
sele la densa espuma en los pintados bigotes. Tras es to 
vino el plato de conservón, de la laya de los que anta- 
ño vendía. 

Nieves le trajo cosa de una pucha de café clarucho, 
y el gastrónomo, mientras reanudaba la conversación 
sobre las Palmas, le mezcló dulce raspao hasta espesarlo, 
y se apercibió á bogar, pues bogado era como lo tomaba. 

— Dejen esas pobres en paz ! — dijo Nieves ea i 
tono festivo, al oír á la prendera continuar la apolo- / 
gía. — Lo que ha de hacer mi hermano es casase con|| 
Lola, pa que hagan las paces. 

Ella que dice y Agusto que se quita el tazón de 
la boca y se lo avienta á la cara con café y todo. 

— Ah animal ! — le grita, echando candela. — Sólo 
á vos te se ocurre !... Estúpida !... Grosera I... Atre- 
vida !... 



78 Frutos de mi tierra 

Afortunadamente que ce el Cónsul í tomaba el 
café frío; que si no, le sancocha la cara á la infeliz. 

— Muy merecido que lo tenes ! — exclamó Minita. 
, Aturdida con el trastazo, ^negada en Uaní P y en 
_café^ recogió Nieves los tiestos del trasto y salió para 
la cocina. 

Los prenderos estuvieron á poco en la puerta de 
la calle, viendo, llenos de rabia, la alegre tertulia, á 
la que el joven Gala hacía el costo en ese momentp. 

En la acera opuesta, frente al portón de los Ál- 
zales, precisamente, estaban dos hermanitos de las 
Palmas, diableando, gx^amor^j ^compaña de Pachito 
Escandón, que había seguido á Pepa. Ocupábanle los 
tres mocosos en el gravísimo asunto de cambiar re- 
tratos de cajetillas de cigarrillos. Que cuatro Núñez 
por ese Gaitán: que « No vaya á creer »; que cinco: 
que <L Ni por mil »; que tres Dolores Sucre: que «Esa 
no hay quien no la tenga t>; que don Juan Montalvo 
por don Belis: que « Échalo ! »; y que éste <r es muy 
escaso»; y que aquél «es muy común», hasta que 
hubo gran canje de personajes ilustres. Luego que 
cada cual guardó su colección, se pusieron á « echar 
balero y>. El Escandón había improvisado uno famoso 
con un lápiz y una naranja verde, y los Palmitas se 
dieron modo y maña para hacer los suyos por el pro- 
pio estilo. Entusiasmados con el invento y las apues- 
tas, chillaban que era un gusto. El señor Álzate abría 
la boca para regañarlos, cuando la naranja de Palma, 
el menor, desprendiéndose con fuerza de la cuerda, 
saltó y fue á caer, sin tocarlos, á los pies de Filóme- 



JV— Las Queseras del medio 79 

na. Ella y el hermano rugieron, zapatearon é insul- 
taron á los rapaces. Inmutados los Palmitas, trataron 
de huir; pero el ladino Escandón volteó á los rega- 
ñones y dijo con sorna: 

— Eh ! Parecen del Bolo I No nos vamos, mu- 
chachos; no nos vamos ! 

Agusto pasó del grana al verde, y entrándose 
apresuradamente, tomó el sombrero y el bastón, y 
salió desempedrando las calles. 

Las alegres chicas no se dieron cuenta, con su 
charla, de lo que á los niños pasaba; pero al ver que 
Agusto iba fan afinaHn^ las Palmas palidecieron y 
callaron. 

— Qué fue .'* — preguntó Pepa. 

• — Es que está pasando don Agusto ! 

/ — Valiente novedad I 

No habían corrido tres minutos cuando don 
Agusto volvía, erguido y triunfante. Tres gendarmes 
le seguían. 

Estos, á una señal del señor, echan mano á los 
rapaces, que gritan llorando de miedo. 

— Pa la cárcel, malcriados 1 Es pa que tiren na- 
ranjitas !... — exclamó Agustín. 

Pepa y las Palmas, fuera de sí al ver aquello, se 
lanzan sobre los eorchetes protestando: 

— Eso sí nó ! Los muchachos no los llevan !,,. 
I Por qué gracia "í 

Las otras chicas las imitan. Chillando, estruján- 
dose, arremolinándose, se prenden, cuáles de los al- 
guaciles, cuáles de los niños. Aturdidos dos de aqué- 



80 Frutos de mi tierra 

líos, largan su presa. Empecinado el otro, se aferra á 
la suya. Las chicas entonces le cargan á él solo: lo 
"zarandean, le tumban el kepis, lo pellizcan de lo lindo. 
El grandísimo sinvergüenza intenta sacar la bayone- 
ta, y mientras tanto el preso se le zafa y se asila en el 
zaguán. Corren tras él las lidiadoras en montón, y 
cubren la puerta. El enemigo, rompiendo por entre 
faldas, se les entra. Mas las fieras muchachas no le 
dan tiempo de llegar al contraportón: unas rojas, 
otras lívidas, todas trémulas, lo envuelven, lo arro- 
llan, y, empellón va, pellizco viene, lo echan á la 
calle. El zambo, que por más señas está de botines y 
muy galán, da un traspié y se va de hocicos contra 
el empedrado. 

La escena pasa en un segundo. 

Al levantarse el del revolcón, se agolpa la gente, 
atraída por el bochinche. Nadie entiende á nadie: 
todas aquellas amazonas hablan y gesticulan á la vez. 
Están hermosas en su embriaguez ! Sólo se distingue: 
ce Negro grosero ! » « Negro sinvergüenza ! » La voz 
de Pepa sobresale enérgica: « Nosotras también va- 
mos á echar hoja, como los estudiantes.... el otro día 
que estos negros descarados los iban á llevar á la 
cárcel ! » 

Los compañeros de Martín Gala, que se habían 
entrado al casino de la esquina, acuden con algunos 
vecinos. 

— Pero, ¿qué es la cosa, señoritas .'* — pregunta el 
doctor Puer ta. 

— Nada, doctor, — contesta la Escandón, con voz 



IV — Las Queseras del medio 81 

temblona: — que los gendarmes iban á llevar los niños 
á la cárcel.... y nosotras se los quitamos ! 

(Gran sensación en el público.) 

— Y por qué los llevaban ? 

— Por qué ? Porque don Agusto Álzate, aquel 
viejo bigotipintado que está en aquella puerta, los 
mandó llevar porque tiraron una naranja al alar de 
su casa. 

Todos dirigen la vista al punto señalado por 
Pepa. Allí están Agustín y Filomena, como desafian- 
do al público, como asesinándolo con sus miradas. 
Dios sabe cuál se hallan por dentro: todo lo están 
oyendo. 

— Pero eso no es motivo ! — dijo un cachaco. 

— ¡ Cómo nó, caballero ! — replica Pepa, en voz 
alta y menos trémula, — ¡ Cómo nó I: no ve que á ese 
señor le dio miedo que los niños le fueran á reventar, 
con las naranjas, ese par de nacidos que tiene la viejita 
en los cachetes ?..,¡ Vea qué inflamados los tiene !...Po- 
brecita ! 

El auditorio estalla. Triunfo más estupendo no lo 
hubo en las otras Queseras. 

Los vencidos prenderos se entran sonámbulos, in- 
conscientes. Lo mismo hacen las vencedoras. 

Mareadas, riendo unas, llorando las más, arman 
en aquella casa la de Dios es Cristo. 

El alguacil obstinado, más corrido que una mona, 
con el kepis nuevo hecho una miseria, no tuvo más que 
aguantar las búrlelas de los otros dos, que tomaron á 
risa el suceso. 6 



82 Frutos de mi tierra 

— j Hijue las niñas pa tener uña brava !... Nos 
trancaron bien alegre !... — dijo uno. 

— Y sin modo !... — repuso el otro — Pero destas 
niñas, hombre !...j ojualá nos pelizcaran to los días ! 

La señora de Palma andaba en visitas á todo esto. 
Cuando llegó á casa, todo era confusión y zambra. 
Quiso saber la causa: ¡ imposible ! todas á un tiempo 
contaban lo sucedido. A fuerza de regaños y repre- 
guntas, pudo al fin medio enterarse, y quedó ate- 
rrada. 

— No me digan más, mis hijitas I — exclamó la 
señora. — Vayanse las que no quieran morir; porque 
es yá que nos vienen á matar !... y si alguna queda 
con vida.... busque quién nos blanqueé la pared.... 

i Para matanzas estaban los Alzates ! La viejita 
de los nacidos, suelta la moña en trágico desorden, 
bailoteando unas veces, dando revuelos como agallo 
otras, el ojo volado, alzados los puños en épico furor, 
iba y venía por los corredores, llevando el espanto al 
corazón de Nieves, que, en unión de Mina, el criado 
y la cocinera, corría á favorecer á Agusto. 

El cual, en prosaica postura, pasaba por las pro- 
pias congojas que Sancho cuando la toma del bálsa- 
mo aquél. Los estrépitos del mal eran para alarmar. 

— ¡ Se nos muere el hombre ! — gritaba la infla- 
mada Filomena. — Se nos muere !... Corre Vangelista 
por el dotor ! 




•\ 



V, 



HUN CUARTO ALEGRE» 



A£XÍN-GaJa se despidió de sus camara- 
das y llegó á casa á eso de las seis. Inme- 
diaUmente, y sin quitarse los arreos de 
día de fiesta, que eran de lo más fino, se 
echó en la cama, á fumar cigarrillo, para ver de es- 
pantar esa bandada de cotorras que llevaba en la ca- 
beza. 

— No hay duda — se decía: — me puse en ridícu- 
lo,... pero harto I... ¿Quién me mandaría enredar- 
me con la malcriada ésa ?... ¡ Cómo se reirían de mí 
las otras!... Pero fue que los confites.... ¡malditos 
confites !.... me dio tanta injuria !.... La podía haber 
insultado y seguir.... 

Habitaba Martín en el barrio de San Francisco, "1 
en casa de doña María Ramos, señora viuda y pobre, ' 
la cual, mediante una módica pensión, asistía á tres 
ó cuatro huéspedes, estudiantes casi siempre. Toda i 
la familia de la señora era una hija solterona, tan > 
vieja, que más que su hija parecía su hermana, con 
ser que la madre no estaba muy conservada. 

Por compañeros de habitación tenía Martín á un 
tal Mazuera, estudiante de Jurisprudencia, mozo fle- 
mático á la vez que parlanchín, sobrado amigo de 



84 Frutos de mi tierra 

meterse en todo y con sus ribetes de tunante; y á 
otro joven, muy bonachón y aplicado, que cursaba 
Medicina, á quien Mazuera llamaba el doctor Cañas- 
gordas^ por ser natural del pueblo' así llamado y pare- 
cerle un poco presuntuoso. 

Las patronas los trataban como á hijos, y ellos, 

al par que las querían y respetaban, las embromaban 

de cuantos modos estaban á su alcance, las tuteaban, 

— las trataban de vos, mejor dicho, — llamando á la 

jLtaadre, «Marucha X) y á Paulita, la hija, <r la vieja», por 

w antonomasia. 

Los tres muchachos, si bien de caracteres muy 
diversos, la llevaban muy en paz; y de esta armonía 
se aprovecharon las señoras para acomodarlos en el 
cuarto del zaguán, que era muy grande; el cual se 
arreglaba tres veces al día, pues el desbarajuste de los 
mozos corría parejas con el orden y aseo de ellas. 
Tales composturas, lejos de molestarlas, les servían 
de tema para reír y darles bromas en forma de rega- 
ños, (£ por el poco fundamento » y « por lo marranos» 
que eran. 

Qala era caucano, hijo de una viuda riquísima, y 
no tenía más hermanos que uno, hacendado. Como 
aquél no despuntara por el lado de los negocios y ha- 
ciendas, y deseando la madre que fuera hombre de 
letras, determinó que hiciese estudios formales y se 
graduara de doctor en cualquiera facultad. Demasia- 
\do ortodoxa, no quiso mandarlo á Bogotá, porque — 
-'decía ella — esos colegios de por allá, aunque cató- 
licos en su actual enseñanza, merced á la Regene- 



V — « Un cuarto alegre » 85 

ración, estaban contagiados de la herejía roja que por 1f 
tantos años cundió en ellos, y que para desinfectarlos í 
era menester echarlos abajo desde sus cimientos, y j 
construirlos de nuevo. 

Por esto y por amor patrio, pues la señora era 
antioqueña, prefirió, por la de Popayán, la Universi- 
dad de Medellín, donde, según sus cuentas, no podía 
ser mucho el contagio, habiendo sido de pocos años 
el dominio herético. A Martín, que tenía en pers- 
pectiva á Bogotá, le agradó bien poco esta determi- 
nación; pero halagado con la promesa que le hizo su 
madre de enviarlo á Europa, si le daba gusto, aceptó 
y se vino, muy recomendado, por cierto, á los amigos 
y parientes que su madre tiene en Medellín. 

Ni los talentos ni la aplicación del caucano eran 
cosa del otro mundo. No es, pues, de extrañarse el 
que brillara tan poco en las aulas y el que los profeso- 
res y jefes del Establecimiento no le tuvieran mucha 
deferencia. No así entre los estudiantes: su carácter 
altivo, sin ser insolente, rasgado, no exento de simpa- 
tía y gracia, le granjeó bien pronto numerosas amis- 
tades. El manejar bastante dinero, el haber dado al- 
gunos pescozones, muy bien asentados, en los lances 
estudiantiles, y, más que todo, su generosidad rumbo- 
sa, le dieron, dentro y fuera de los claustros, muchí- 
sima popularidad. A más de esto, Galita ó tCauca- 
no >, como le llamaban, hablaba por los codos, y, á 
fuerza de decir sandeces, llegó á echárselas oportunas 
y á adquirir fama de muy chistoso y decidor. 

El deseo de distinguirse, de sobresalir, tan propio 



86 Frutos de mi tierra 

de la juventud, lo tenía Martín muy pronunciado; pe- 
ro este deseo, — que en otro fuera noble emulación para 
los estudios, — lo aplicaba sólo á cosas de poca monta, 
bien ajenas al asunto. Nunca se tuvo en menos porque 
en las clases hubiese chiquitines más adelantados que 
él, ni porque los superiores se lo hicieran notar; pero 
que alguno lo aventajara en tirar la pelota, afuera más 
hábil en el trapecio, era para Gala motivo de verdade- 
ra mortificación y para que se propusiese propasarlo. 
En lo tocante á vestidos, leontinas, relojes y otras ga- 
lanuras, tampoco se dejaba «echar ñatas t> ni del más 
peripuesto estudiantón. 

. Fueren una palabra, el mayor hereje que tuvo la 
religión de Minerva. 

Los ilustres varones de la sapiencia, como cate- 
dráticos, por ejemplo, le parecieron siempre embobados 
de rostro, sin pizca de malicia ni elegancia, más pro- 
pios para decir misa ó ayudar á decirla, que para ha- 
^cer el cachaco. 

i Que el cachaco, el cachaco de rumbo, y no otra 

/vcosa, era el sueño de Maxtía. 

Á más no poder, y entre si salgo ó no salgo, 

aguantó el primer año en el internado, sin mas ansias 

que losdías de vacaciones, para gastar y hacer tonterías. 

Al segundo año, so pretexto de que el internado 

. le enfermaba, siguió externo, y se colocó en casa de 

/Tdoña María, continuando sus estudios más por rutina 

^ ó á falta de otra cosa en qué ocuparse. 

Por uno de esos caprichos frecuentes en jóvenes 
desaplicados y ricos, ó acaso por convenir á sus miras 



V — « Uti cuarto alegre » 87 

cachaquHes, dedicó alguna atención á la Historia y la / 
lengua patria, únicas clases en que no salió abajo de^ 
paso en el terrible trance de los certámenes. ' 

Al tercer año pretendió matricularse, contra vien- 
to y marea, en el primero de Medicina, pensando des- 
lumbrar á su madre con este paso y anticipar el viaje 
á Europa, Sobra decir que el plan no le surtió, — y mal , , 
podía surtirle, — de lo cual tomó disgusto.... ^,¿¿443 \ 
Universidad I 

Libre de los pocos escrúpulos que de colegial tu- 
viera; libre para obrar; con carta franca para ponerse 
en fondos, dio comienzo entonces á la carrera de cu' 
chaco. Compró caballo; recorrió sastrerías y almace- 
nes, haciéndose á lo mejor, á lo más vistoso, á lo más 
de moda; abonóse al teatro, donde á la sazón funcio- 
naba una muy celebrada compañía dramática ; fue 
cliente de casinos y cantinas, — de " El Edén," sobre 
todo^ — ; y tan pronto estuvo en el busilis del taco, 
que era de verle hacer billas, carambolas y palos por 
todas partes. 

Obsequioso, con esa generosidad del que gasta 
sin saber cuánto cuesta lo gastado, dejaba en esos pa- 
rajes una estela que le formó aureola. ¿ Qué mucho, 
pues, que fuera uno de los niños mimados de casinis- 
tas, sastres, zapateros y comerciantes de novedades ? 
I Qué mucho que pronto se relacionase con la cre- 
ma ? Y tanto alcanzó, que fue enrolado en El Pomo ^ 
uno de los clubes de mayor fuste. Pero El Pomo te- 
nía su reglamento, y, Martín, que no estaba para com- 
promisos, se salió al mes. 



88 Frutos de mi tierra 

En honra del ex-estudiante, será bien hacer cons- 
tar que nunca se le vio en trapisondas aguardentescas, 
ni tumbado por ahí, ni conducido á la cárcel; mas lo 
que es tomarse un doblete de brandy, una sangría, un 
doné pachero^ unas cuántas botellas de cerveza, eso sí, 
cada rato. ¡ Y tanto como se despabilaba con estas li- 
baciones ! 

Hacía el amor, ó al menos los cocos amorosos, á 
toda chica guapa que veía en el teatro, ó en la iglesia, 
ó en cualquier parte, sin que esto le impidiera tener 
siempre sus chicoleos ventaneros, muy bien entabla- 
dos, alcanzando su constancia á una sola hasta cinco 
meses. 

En cuanto al amor de otro modo, no le faltaban 
por esos trigos algunos picos pardos en que enredarse; 
pero en lo que Martín contaba sobre estos asuntos, 
que no era poco, había, valga la verdad, más alharacas 
que pecados. 

En tre sus amigos, el favorito e ra José Bermúdez, 
miícHacho muy de chispa, de familia distinguida, 
bastante holgazán y poco adinerado. Martín cifró en 
él sus delicias, y José, parásito por necesidad, recibía 
mucha sabia de tan jugoso tronquito. Y como el se- 
ñorito éste era aficionado en grado sumo á la amena 
lectura, medio se le pegó al cancano la afición. Jun- 
tos leyeron, en casa del primero, no pocas novelas de 
Sué, Dumas padre y su escuela; algunos tomos de 
poesía peninsular y del país, y tal cual fragmento de 
Historia y Biografía. Aunque estos novelones eran 
muy para el gusto de Martín, no pudo cogerles la sus- 



V — « Un cuarto alegre » 89 



tancia (niip. p-; Hp siipflnEr^ pues las complicaciones, 
aventurasy laberintos en que abundan los libros su- 
pradichos le ponían tal, que aun leídos por separado, 
los confundía, achacando al personaje del uno las he- 
roicidades del otro: no eran así no más las revolturas 
que hacía de Monte Cristo^ Judio Errante^ Mohica- 
nos y otras cosas. 

Si en la Universidad distrajo sus aburrimientos 
de desaplicado con la Historia, ahora la encontraba 
tan insípida y pesada, que sólo pudo leer en formali- 
dad medio tomo de Los Girondmos^ y eso porque 
María Antonieta lo embelesó de tal modo, que llegó 
á enamorarse de ella. ¿ No se prendó Bécquer de una 
mujer de piedra ? 

Mas no le mentaran versos, porque estaba en 
sus glorias. Sin comprender á Espronceda, le arrulla- 
ba la armonía del metro. Aprendióse varios trozos de 
Acuña, no poco del Idilio y todo El tren expreso. De 
Bartrina no entendía jota, ni su poesía se le parecía á 
verso, ó al revés ; pero como José era mucho lo que 
le ponderaba, lo ponderó también Galita, y á toda 
hora se le oía aquello de 

Juan, cabeza sin fósforo, con Juana.... 

que tan en boga estuvo en Medellín, lo mismo que 
aquello otro de 

Todo lo sé. Del mundo los arcanos.... 

pieza que Bermúdez, y Martín, por supuesto, tuvie- 
ron siempre por palmaria declaratoria de materia- 
lismo. 



90 Frutos de mi tierra 

Don Adriano Scarpetla le encantaba, poniéndole 
en rebullicio todos los sentimientos. Pero ni roman- 
ces, ni poemas, ni don Adriano, ni nada llegó á herir 
tanto la fantasía del joven, ni á empeorarlo de cabeza 
como la Biograjia de Lord Byron^ por Castelar. 
Toda la ornamentación del autor, toda la música^ que 
decimos por acá, la tomó el mozo textualmente, é 
hizo con don Emilio lo que no hiciera en la Univer- 
sidad con Isaza, Delille y los Hermanos Cristianos: lo 
leyó y releyó. A medida que se iba penetrando del asun- 
to, Byron se le agigantaba y más le enloquecía. ¡Válga- 
nos Dios, qué hombre ! j Ese Byron tan cachaco^ tan 
hábil nadador, por quien se morían negras y blancas!... 
Así era como Galita quería ser. j Pues no era tonto 
el chico ! 

En plata: el amante de Carolina Lam vino á 
ser para él lo que Amadís y su caterva para don Qui- 
jote; y de tal modo se fue calentando de cascos con 
estos pujos lordbyrianos, que hasta una caída se de- 
seó, para quebrarse una pata y salir luego cojín co- 
jeando lordbyrianamente. 

Mandó hacer el retrato del poeta y que le exa- 
geraran ese corbatín ó pañuelo borrascoso con que le 
pintan (adorno que se avenía á maravilla con el gusto 
fantástico de Galita), y lo colgó á la cabecera de 
la cama, cual á su santo de devoción. Esto alarmó á 
las viejas, que no concebían cómo un joven pudiera 
tener en su cuarto otras imágenes que las de la Vir- 
gen y San Luis Gonzaga. 

Profesaban ellas al caucanoese cariño indulgente 



V — <i Un cuarto alegre » 91 

que la , vejez sana prodiga á la Juventud; y cuando 
consideraban que él, tan rico, tan alegre, prefería la 
pobre casa de unas tristes viejas á hoteles y restau- 
rantes, entonces al afecto se mezclaba el reconoci- 
miento. 

El, á su vez, se había vinculado á las patronas, 
como sobrino á tía contempladora; y las veces que le 
acometía el tedio, — que también le daba, aunque 
nada byroniano — no salía de casa, y se tendía á la 
bartola en alguna tarima, y llamaba á Marucha para 
que le hiciese cabecera. 

(T ¡ Quita de aquí indino, sinvergüenza, desca- 
rado ! 3> — ó cosa así, solía contestarle la vieja, pellizcán- 
dolo y fingiendo una rabia horrible; pero al fin y 
al cabo venían á ser los muslos de Marucha la al- 
mohada de Martín. Aprovechaba ella estas ocasio- 
nes para exhortarlo á la vida de colegial concienzudo 
y á que dejase esas idas á los casinos que, al decir de 
la predicadora, cson el perdedero de tanta gente»; 
pero acompañaba sus homilías con unos pases tan sua- 
ves por la capul y las patilHtas del acostado, que éste 
se quedaba hecho piedra á la mitad del sermón. 

Los dos estudiantes, sus compañeros, le predica- 
ban también, entre veras y chanzas. 

La madre, últimamente, lo estrechaba con cartas y, 
más cartas por todos los correos, poniéndole de mani-fi 
fiesto los horrores de la ociosidad y diciéndole que, |t 
si no quería seguir los estudios, se volviese á su lado. 

Los acudientes lo apuraban con puyas y consejos. 

¡ Pero, váyale usted con epístolas y evangelios á 



92 Frutos de mi tierra 

un mozo levantado de cascos, que se cree un Creso y 
I que ha tomado á Byron por modelo ! 

Galitg, no ha cumplido los veintiuno. Bien ga- 
llardo y mejor plantado, alto y robusto; musculatura 
de acróbata ; el pescuezo recio y redondo, arranca del 
torso lo mismo que modelo clásico de cartillas de di- 
bujo; cabeza grande; el pelo medio crespo, entre cas- 
taño y rubio. La cara, de un blanco desabrido con pe- 
cas, de nariz bronca y unos ojos pardos é inquietos, es 
una desarmonía; pues en tal caraza asoman y no ba- 
jan de las orejas unos cuadritos peludos, muy bien 
demarcados, con pretensiones de patillas, y sobre esa 
boca de negro, un bigotín rubio tan atildado y leve 
que parece pincelada de purpurina. En hablando ó 
líendo, muestra hasta las cordales de una dentadura 
inverosímil, por lo blanca y pareja. Habla recia y ar- 
moniosamente, y es su gesticulación tan expresiva, 
tan gráficos sus ademanes, que, al ser tratado, ni feo 
parece. 

Cuando, caballero en El Melado, les pasa á las mu- 
chachas, haciéndoles figurines y monerías, es lo que se 
llama un buen mozo. 

A propósito de su porte de hombre hecho y de- 
recho y de su carácter de chiquillo tonto, le dijo Ma- 
zuera cierta ocasión: « Eres un pepino de olor: mucho 
tamaño, mucha elegancia, mucho perfume.... ¡ y por 
dentro estropajo ! » 



V — « Un cuarto alegre » 93 



Tendido en la cama seguía Martín en sus ingratas 
cavilaciones. 

A las siete entró Matucha al cuarto con la luz. 

— I Pero hombrecito... — le dijo, al encontrarlo 
de tal guisa — Creí que eran los otros... Qué es eso ?.., 
Estás enfermo, ó qué ? 

— i Nó: no tengo nada — contestó él con displi- 
cencia. 

— ¡ Pero vos á estas horas en la casa ?... Siempre 
tenes que tener algo ! ... ¿O fué que te dio la vena de 
pronto ?... ¡ Apuesto que es algún bochinche con la 
novia de abajo !... Pero si te queda la otra, hombre- 
citó I... Con cuál fué ? Decime. 

— ¡ Qué cuento de noviasl Es que tengo algo de 
dolor de cabeza... 

— No le digo!... Algunos traguitos... eso sí!... ¡Le 
aseguro que los tales casinos ! ... Pero no se entristezca 
por eso, mijito ! No sea haragán, que parece que estu- 
viera en las últimas !... Voy á hacerle una bebida 
amarga, pa que se la tome antes de merendar. Eso es 
la bilis irritada. 

Salió Marucha muy diligente; y á poco entraron 
los estudiantes muy endomingados, que venían de 
pasear. 

— ¿A ver qué es lo que tienes ? — pregunta Pérez. 

— Si no es nada, hombre ! 

— Dice Marucha que estás triste — replicó el me- 



94 Frutos de mi tierra 

diquillo, quitándose los botines domingueros — i Ay 
que callo !.... Qué te sucedió ? 

— ¡ Esa es otra !.... Es decir, que no puedo estar 
triste de memoria ? 

— Pues no !...Como hiciste tanta buya con la ter- 
tulia que va á haber esta noche donde las Bermú- 
dez... como diz que estabas tan convidado ... 

— Pues resolví no ir ! 

— ¡ No ir tú, así por antojo !... Esa si no me la 
metes 1 No tienes enfermedad ninguna, pero te ha pa- 
sado alguna ¡ muy gorda I... Se te ve. 

— Bueno, pues! — repuso Gala de peor humor — 
Que sea como dices: ¡me han pasado cosas atroces! 

— Cuando nos las vas contando. 

Gala, por toda respuesta, se volteó para el rincón. 

— Pues, mi estimado, — dijo el estudiante salien- 
do, vestido yá con la ropa semanera — estas cosas son 
como los dos últimos sacramentos. 

Mazuera, que descansaba tirado en la cama, prin- 
cipió también el cambio de traje, y entonó: 

a Y así cBCUchando de la mar 
El melau cólico rumor, 
Entre la luz crepuscular, 
Bogando vamos sin temor »... 

Cuando iba en el se torjiard, gruñó Gala y dijo: 
— Déjalo para las tablas, que aquí no hay quien 

te aplauda ! 

Más alto y más destemplado prosiguió Mazuera 

la popular barcarola, y no calló hasta dar la última 

nota, si tal puede llamarse. 



V — ((. Un cuarto alegre » 95 

— Te gustó, Galita ? 

— Mucho 1 Eres un tenor admirable ! 

— Ya ves lo que es el estilo ! — dijo el cantor po- 
niendo la levita en el ropero — Esta barcarola la cantan 
desde el polo ártico hasta la Patagonia, « de las pla- 
yas del Don hasta las cumbres del soberbio Sedar », 
con la mismita música, con la mismita letra que la 
canto yo, y ya ves... cantada por mí, siempre es nue- 
va, i UTest-ce paSy tnonpetit? 

— Eh !... No friegues ! 

— ¡ Estás como sapo toriado !.. Como no me ti- 
res leche... ¡ A ^mala seña que es ese humor!.... Es 
decirl... me parece que te has metido en una!... 

— ¡ Habla ai bocón ! 

— Pues si no fuere alguna tarja al juego... que 
me... 

— ¡ Pues no sería con plata tuya ! 

— Pero tuya. 

— Lo cual á tí no te importa. 

— Poco más me importa, mi querido... Tampoco 
me importan otras hazañas tuyas que nos espetas 
cada rato, sin que te las preguntemos... Se ve que 
aprendiste hoy á ser muy discreto... ¡ Muy bueno !: 
al fin te repuntará el juicio. 

Y salió también. Después de la merienda, á la 
que Galita no quiso asistir, Mazuera y Pérez empren- 
dieron el estudio. Aquél, sentado junto á la mesa, lá- 
piz en mano, mirando al texto, ó garrapateando en 
un papel, se engolfaba en las terriblezas del a-\-b; 
—pues á más de las leyes, le metía á las ecuaciones — ; 



96 Frutos de mi tierra 

el otro recostado en la cama, quería sacarle la quinta 
esencia á un tratado de Patología. 

El caucano, que parecía dormir, se incorporó al 
cabo, bostezó, y con cara yá serena, se levantó, sacó 
cigarrillos y fué á ofrecerles á los estudiantes. El de 
Medicina, en vez de recibirle el obsequio, le tomó el 
pulso con la mano izquierda, sacó el reloj con la otra, 
y dijo luego doctoralmente: 

— j Mejoría notable ! Casi no hay fiebre. 

— ¡Gracias á Dios! — exclamó el algebrista — 
Creí que se iba á carbonizar. 

— Hombres I — repuso el enfermo — Ustedes si 
friegan muy parejo i... Caray I... Pero es que á mí 
me pasan unas guamas !... Les voy á contar... ¡ pero 
eso sí; que no se ofrezca ni con las viejas, ni en la 
Universidad, ni con nadie!... 

Tosió, encendió el cigarrillo, y, con voz atragan- 
tada por el humo aspirado que devolvía por las nari- 
ces, les contó con no pnra viv P7a la p<írf>r\:i pnfrp p1 y 

^epa Escandón. 

— ¡Hombre, Caucano.... no seas bestia! — pro- 
rrumpió el médico, tan luego como Gala hubo termi- 
nado. — Pareces niña de primera comunión, como 
dice Mazuera... Bien haces en encargar secreto... jUn 
cuero, una garra, como tú, enchivado por las reposta- 
das de una malcriada ? .. Ni se cree !... Estás mogollo, 
mogollo ! Déjate de venganzas y niñerías, y vete á la 
tertulia, que todavía es temprano. 

— ¿Y tú que dices, fafalachero ? — preguntó Mar- 
tín al matemático — ¿ Por qué te quedas callado ? 



V — « Uti cuario alegre y> 97 

— ¿ Me pides mi parecer ? 

— Sí. 

— Sí ? Pues bueno: sin importarme el caso, voy 
á dártelo. 

Y fingiendo un tono magistral, dijo así: 
— Tengo la pena de separarme en un todo de la 
respetable opinión del doctor JTañasgordas: Creo que 
esa niña estólida te comió, y que debes tomar ven- 
ganza, como piensas ( pero sangrienta ! Yo, en tu lu- 
gar, la desafiaría... Nó, desafio, nó!: la puedes matar 
en el duelo... y la pena de muerte no escupe ahora. 
Lo mejor será que, mañana mismo, telegrafíes á tu 
casa, pidiendo, por el correo próximo, un perrero de 
esos que usan en tu tierra; y apenas te venga, atisbas 
á la grosera esa, cuando salga de misa, y allí en el 
atrio, delante de bastante gente, ¡ le metes una pela... 
que se acuerde de tí ! Esto, cuando más, será cuestión 
de policía... y quedas vengado. 

— ¡Para tí estaban buenos los azotes, rábula in- 
feliz! ^ 

— ¡ No, Galita !... ¡ Aplaqúese, aplaqúese I — dijo 
el Mazuera, con ademán de paz. — Si no le gusta mi 
consejo... con no seguirlo está el cuento acabado... 
Y si yá no quiere vengarse... no se vengue... Mu- 
cho mejor ! Esto es más generoso, más cristiano. 

Gala furioso, cogió el sombrero y la llave de la 
calle, y salió refunfuñando. No tomó resuello hasta 
llegar al casino. Sentóse junto á una mesa de tresillo, 
á ver jugar; pero estaba tan desazonado que no aguan- 
tó diez minutos. Fuese á la sala del billar, donde ju- 

7 



98 Frutos de mi tierra 

gabán guerra una tanda de cachacos^ metiendo ruido 
grandísimo, lo cual le fastidió más. 

Ignórase si Martín pronunció ó nó el Eureka^ú 
se dio ó nó la palmada en la frente, — cosas tan de ri- 
gor en el momento de topar lo que se busca — ; sólo 
se sabe que, cuando ^ preocupa do mozo bajaba la _es- 
cal era del casino, le vino repentino y preciso e l modo 
d e vengarse. ¡ Pues cómo no ! ¡ No tenía que ver ! 
¡Cosa más clara... y no habérsele ocurrido hasta aho- 
ra ! La malvada se las iba á pagar; sí, señor:^que- 
■tearle mu y re cio } pero muy re cio ! ¡ enamorarla ¡ pero 

¡harto ! y así que estuviera perdidita... ¡ dejarla col- 
gada^ q.ow tanto palmo de narices !... I Y lo poquito 
[que sabía él en achaques de embobar muchachas! 

Saboreando de antemano los deliciosos confites 
de la venganza, fué á acostarse á las diez. ¡ Cuan otros 
de los que Pepa le regara esa memorable tarde I 

Y como él, en tratándose de empresas cachaqui- 
les, no se dormía en las pajas, abrió operaciones desde 
el día siguiente. Escogió, al efecto, el mejor vestido, 
la corbata más pintada, en la que prendió un chicha- 
rrón de oro, y, con el andar más gentil de su reper- 
torio, tiró calle abajo. 

Entróse á la peluquería de que era abonado, y, 
una vez bien acicaladito y aromático, sp puso eprtre 
dos esp ejos contemplándose al derecho y al revés. S e 
encontró irr esistible. ¡ Pobrecita P epa ! 

Regando tricófero, despidiendo lumbres, atuza 
que atuzarás el bozo, haciendo molinete con el junco, 
cruzó varias cuadras, bien así como el pavo, cuando 



V — « Un cuarto alegre )> 99 

atraviesa el corral resoplando, la cabeza hacia atrás, 
la cola en abanico. 

Para el galán en la esquina de Pepa, tose, encien- 
de un fósforo, fuma, escupe, silba, y sólo le falta 
cantar: « ¡Aquí estoy yo! » Aparece ella en la ventana, 
reconoce al Vaniao y suelta la carcajada. Devuelve él 
la risa y clava en ella los ojos. ¡Jesús qué miradas! 

¿ Coqueteos rasgados á Pepa ? <í A Pepa El Va* 
niao ?,„ Quítase... y al portón. Aquf el quedarse 
fijos, aquí el bizcar por no interrumpir con impor- 
tuno parpadeo el magnetismo de esos cuatro ojos. 
Sonríe Gala: sonríe Pepa. Lleva él la mano al pecho: 
ella también. Tose Martín: pues Pepa le aclarea. 

Es una gloria de Dios el verlos. 

Anochece. Avanza el galán hasta la puerta y, al 
pasar, dice á media voz: <t ¡Adiós, mi bien ! » « Hasta 
mzñam, guertdo T> — contesta la Escandón con voz 
entera, subrayando la última palabra con el más mar- 
cado desprecio; pues es de saberse que querido^ en el 
lenguaje regional, vals á veces por buen hombre^ ó 
cosa así. 



VI 



OTRO ídem 




lEPA era la cuarta hija de don Pacho Es- 
canden y la mayor de las solteras. De nina 
fue tan callejera, turbulenta y potrancona 
t^^' que todos pronosticaron que iría á ser una 
apocada, una mosca muerta. Tales vaticinios marra- 
ron, y sólo las Hermanas de la Caridad, en cuyo cole- 
gio estuvo tres años, pudieron, con todos sus halagos 
y requilorios, domesticarla un tanto y darle punto de 
señorita distinguida, aunque no en el grado que ellas 
quisieran: Pepa á los diez y siete años era tan vivara- 
cha cuanto se puede ser á esa edad y en su clase. 

Cuando la familia pasaba temporada en El Po- 
blado^ donde tenía don Pacho una bonita quinta, se 
volvía Pepa una chiquilla desaforada, una criatura 
que en todo quería meterse. Ella iba á traer leña con 
los criados, echándose á cuestas enormes tercios de 
chamiza; ayudaba á encerrar los terneros y á ordeñar, 
tnaniando las vacas ella misma, tumbándolas, si se le 
antojaba, pues hasta fuerza tenía; tomaba el azadón y 
hacía siembras, deshierbas y estropicios en huerta y 
jardín. Mientras las otras niñas se estaban en la casa 
muy quietas y aseñoraditas, la Pepa, en asocio de Pa- 
cho, el úaico hermanito, que era su compañero de 



VI— Otro Ídem 101 

armas, se andaba por ahí trasconejada, entre los ras- 
trojos y huertos vecinos, cogiendo fruta para hacer 
encurtidos, ramo culinario en que era muy entendi- 
da. Sus recreos en casa eran trasegar en las pesebreras 
y el corral; hacer alfandoques y estirado; lavar los 
chicos del mayordomo y sacarles las niguas; y, de 
preferencia, poner columpios altísimos de los pomos y 
mangos, en los que pasaba horas enteras columpián- 
dose á toda gana y cantando á todo pecho. 

Pero cuando al Poblado iban visitas de gente gra- 
ve, de hombres sobre todo, Pepa era la formalidad 
suma, encantando á los huéspedes con su amabilidad 
y complacencia, con travesuras y chanzas del género] 
moderado. 

Doña Bárbara, su mad re, explicaba el carácter 
de la hija, dicréñHo que un doctor le dijo que toda la 
viveza consistía en que Pepita tenía el corazón muy 
grande y la caja del corazón muy chica. 

A tal explicativa no se atenía don Pach o, y á 
menudo le echaba cantaleta por sus travesuras, tra- 
tándola de extravagante y descocada; pero como ella 
salía siempre con alguna originalidad, la cantinela pa- 
raba en risa y venía á ser ineficaz. 

Una vez que iba muy oronda á montarse en pelo 
en un caballo viejo, acertó á verla don Pacho y qui- 
so comérsela viva; ella escuchó muy callada la repri- 
menda, y no bien acabó el señor, la señorita tomó el 
¡amelgo por el ronzal, le pasó la mano por hs crines y 
le dijo con mucha formalidad: íAtiende, mochito mío, 
las palabras de tu padre y grábalas en tu corazón ! » 



102 Frutos de mi tierra 

Otra vez estaba metida en el baño, en botines, 
armada de uría escoba de la Costa, con la que estrega- 
ba los lamosos ladrillos y batía ese lodo espeso y ver- 
doso que se saca de dichos lugares, cuando llegó el 
padre á regañarla. Pepa suspende la tarea, alza á mi- 
rarlo y le dice con tono gemebundo: <r Pues agárrame 
de las agayas y sácame á la ribera. » 

Esto lo tomaba Pepa de un entremés bíblico, re- 
presentado por señoritas en unos certámenes del cole- 
gio de las Hermanas, en el cual entremés hizo ella de 
Tobías el viejo, con el ojo muy cerrado, la voz cas- 
cada, mucha giba, luenga barba de cerda, la greña 
empolvada y bordón en mano. 

Doña Bárbara, con su hipótesis de la caja chi- 
quita, defendía á Pepa, celebrándole siempre las locu- 
ras; y sólo en cierta ocasión hubo de enojarse con ella 
y darle sus buenos pellizcos: se trataba, entre la se- 
ñora, el jnayxirdnmn y— la-cocjngra, de verificar en el 
corral una operación quirúrgica de no poca trascen- 
dencia, y la aturdida muchacha quiso intervenir. 

Con todo, no carecía de cierto tactoen^^íjciedad, y 
se adaptaba muy bien á los círculos cultos de Medellín. 

Tenía habilidad especialísima para arreglar tra- 
jes, sombreros y prendidos; y, por una á manera de 
simpatía entre ella y los inventores de modas, presen- 
tía el figurín por venir, en tales términos que sus 
cálculos sobre si tal ó cual moda bajaría ó subiría, 
eran tenidos entre sus amigas como verdaderas pro- 
fecías, siendo proverbiales su elegancia y buen gusto 
en el vestir. 



\ VI — Otro ídem Wj^ 

Poco ó ningún partido sacaban su madre y sus 
hermanas de tales habilidades; porque Pepa no se 
afanaba sino por Pachito, ya haciéndole el vestido 
marinero, los cuellos de una y otra forma, ya gorros 
frigios y mil embelecos más, para ponerlo según la úl- 
tima orfienanza de su Majestad la moda ; ó bien el arre- 
glo del sombrero de caña, la confección del guarniel 
de pañete, la compra del cuchillito con su vaina, para 
transformarlo en caimán, según el gusto del niño. 

No menos entendida era en costura llana, tejidos 
y demás labores femeniles; pero tampoco cosía sino 
cuando le daba su real gana. Lo que sí hacía siempre, 
á pesar de tener buenos criados, era barrer, arreglar 
y sacudir, y no así á la diabla, sino con esmero y co- 
quetería, poniendo flores y matas donde cupieran. 
Las gloscinias, azaleas, primaveras, jazmines del Cabo, 
y otras yerbas que cultivaba en tiestos de barro 
colocados en los bordes del patio y en los ángulos 
de los corredores, estaban siempre tan frescas y flo- 
ridas que á menudo se las pedían para adornar las 
iglesias. 

¡ Qué actividad la de esta criatura ! Ni aun en 
sus recreos se estaba ociosa; pero, eso sí, todo era 
según le venía el capricho, sin fijarse en si la tarea ur- 
gía ó nó, si convenía ó dejaba de convenir. 

Doña Bárbara, hacendosa como la más y no muy 
blanda para aflojar sus dineros á trueque de fantasías, 
no se resignaba con los que le sacaban las modistas, 
pensando en que Pepa podría ahorrárselos tan fácil- 
mente; ni tampoco convino nunca con « el malvado 



OQ - Frutos de mi tierra 

vicio » que tenía ésta de comenzar una cosa y no aca- 
barla, de hacerla para desbaratarla luego. 

Desde muy niña la pusieron á estudiar el piano, 
y tuvo por maestra de canto á la señora Lema de Gó- 
mez, la Patti de la tierra. Mientras la profesora le 
solfaba ó le hacía alguna explicación, -la discípula es- 
taba echando boliche, ó entretenida con Muzingo, 
el gatico querido; y por el estilo, si no más desapli- 
cada, fue siempre en la clase. 

Así y todo, cuando Pepa cantaba era cosa de pa- 
rar mucha gente en la calle; pero, eso sí: el piano te- 
nía que teclárselo alguna, porque, en yendo á acom- 
pañarse ella misma, no salía con nada. Su voz fresca 
y cristalina como el chorro al brotar de la peña, elás- 
tica como un hilo de goma, se hizo para los recove- 
cos y contorsiones del canto crespo. Si las romanzas 
italianas, si las arias de ópera que cantaba las adulte- 
raría ó nó, lo ignoramos; pero es lo cierto que Pepa, 
sin esfuerzo, como quien habla, daba unas cadencias, 
unos trinos, unas notas graves, sobre todo, que pro- 
ducían escalofríos. 

Mes por mes recibía los arrendamientos de una 
tienda que para alfileres le tenía asignados don Pacho. 
Las tres cuartas partes, más ó menos, se iban en tra- 
pos y modas, por supuesto, y el resto lo repartía pre- 
cisamente entre varias pobres vergonzantes, de quie- 
nes se había declarado protectora, y á las que prodi- 
gaba esa otra limosna que muy pocos dan; limosna la 
más hermosa, para la cual no se ha menester dinero, 
y que, sin embargo, alivia al necesitado acaso más 



VI— Otro Ídem 105 

que el dinero mismo, á saber: las consideraciones y 
el aprecio. 

Para Pepa, una persona pobre, especialmente si^ 
era de buena familia, tenía algo de ungida. Su burla 
á los trapos que no estuvieran al tanto de su buen 
gusto, tan temida entre las ricas, nunca jamás la tuvo 
para ridiculizar, bien fuese apayasado, traje alguno 
que denunciase pobreza; y con un / Pobrecita í que 
le salía del alma, tenía para escudar los pobres guiña- 
pos; pues en presencia de Pepa ni la más maleante se 
atrevía á <r ponerles el m^nte», por temor de que ella 
le largase alguna fresca. 

Siendo rica y del copete, dicho está que sus re- 
laciones eran muy solicitadas; pero Pepa, si bien ama- 
ble é insinuante con todas, sólo tenía tal cual santa 
de devoción entre las niñas de su clase. Y no por or- 
gullo,- que en ella no cabía, sino porque congeniaba 
con muy pocas, hallando más aliciente y mayor ex- 
pansión en las amistades con viejas, y en la remotísi- 
ma que en Medellín se cultivan entre « cachacos seño- 
rgrosTo y «señoritas hombreras. y> 

Con viejas sí intimaba á maravilla : fuesen abue- 
las, ó solteronas arreboladas, ó beatas, con todas se an- 
daba de comadreo, jugaba al tute, comentaba la cróni- 
ca, — mundanal ó sacristanezca, según el caso,— siendo 
siempre espartana en Esparta y ateniense en Atenas. 

Todo lo cual no quiere decir que Pepa estuviera 
aislada de las demás jóvenes. 

La regocijada chica tenía una piedad que pudié- 
ramos llamar independiente. No quiso alistarse en la 



K6 Frutos de mi tierra 

<:ongregación de Las Hijas de María, por sentirse 
incgpaz de renunciar á las diversiones mundanas que 
^.estí», institución^ prohibe.; y para paliar esa « bolada de 
hereje > , — que decía doña Bárbara, — alegaba Pepa que 
sin comprometerse á lo que no había de cumplir, era 
y sería siempre tan hija de la Virgen como la mejor. 
No por ello dejaba de frecuentar los sacramentos 
ni de rezar mucho, particularmente á San José, á 
quien dedicaba comuniones y ponía no pocas velas y 
flores. En su propio cuarto la acompañaba uno de lien- 
zo, bisojo, de barba muy peinada, que el Niño (de 
camisa de punto) acariciaba con la una manita, mien- 
tras sostenía en la otra el Universo Mundo, muy azul 
y rematado en cruz. 

Esta efigie, que no el santo, había de sacar á 
Pepa de todo apuro: Que la Sociedad de San Vicente 
de Paúl no daba un socorro gordo para alguna fa- 
milia menesterosa; que la del Sagrado Corazón le 
retiró los seis reales semanales á la Menganita; que 
papá no quería aflojar el permiso para ir al teatro; 
que había gruñido por la invitación al baile tal... en 
todo caso vela al cuadró. Y aseguraba ella que jamás 
su «San Josesito ¡tan querido, aunque tan fcíto el 
pobre I )>, le había jugado una floja, y que era el más 
milagrero de los San Josees del mundo; pues como el 
suyo... « ¡ tal vez el del cielo !. .» 

Jamás le pidió novio. ¿ Para qué, si desde niña 
los tuvo aún á pares ? Tantos fueron, que no aca- 
baríamos la lista; y ninguno llegó á durarle arriba de 
un mes, porque prontico les cogía pereza, y algo bien 



F7~ Otro idcm 107 

pesado había de hacerles para salir de ellos. No era, 
sin embargo, de las que buscan: se contentaba con 
que la encontraran. Su idea era tener novio, ni más ni 
menos que se tiene sombrilla, ó cajas de polvos. Ena - 
m orarse de nadiCf nunca se \e. nrnrrió; y en cuanto á 
los temores de « quedarse » tampoco la mortificaron: 
tenía por tan seguro su matrimonio, como la muerte, 
y se hacía cargo de que su media naranja no se la qui- 
tarían todas las mujeres juntas; que el marido ven- 
dría el día menos pensado, <f como haber uvitas d ; y se 
le figuraba que ello habría de suceder de un modo 
harto extraño é inesperado; pero que así y todo, ella 
tendría de adivinarlo al vuelo. 

Cuando entre las señoras mamas se trataba de 
los percances del matrimonio y de los chascos que se 
han llevado tantas con los maridos, siempre decía 
Pepa algo así: 

— Pues yo no voy á ser como otras que se enojan 
porque el marido bebe; nó, señor: los hombres deben 
beber sus tragos, y emborracharse también, si les da 
ganas... Para eso son hombres!... Y si les gusta... 
hacen muy bien ! Si yo fuera hombre... ¡ miren!... es 
decir !... Sería lo más cuarto !... ¡ Ver á un cachaco á 
media caña, de sombrero á un lado, y en un buen 
caballo... hastai ! 

— ¡Virgen Santa, qué muchacha ésta ! — le solía 
replicar doña Bárbara — ¿Y vos sí tenías cara de ca- 
sarte con un aguardientoso 1 
— Si me gustaba..., demás ! 
— ¿ Y si te pelaba .? * 



108 Fi-iiios de mi tierra 

— i Yo también le daba duro I... ¿ Es decir que 
las mujeres somos santos de palo ? Nó, señor!: Si uno 
se mete á bobo se lo comen !... Si mi marido me va 
á pegar-.. ¡ le pasa raspando ! 

Diálogos semejantes eran frecuentes entre madre 
é hija, y ésta sostenía su opinión, aun delante de don 
Pacho. 

PepgjT O era una beldad, ni mucho me nos: Si no 
mal parecida no podría citarse, ni por el palmito ni 
por las formas. Pero el aire, señor I... Dijo Dios: 
<c Toma garbo y garabato.» 

Si apta era para el canto , para hablar era artisja : 
Sin artificios de ningún linaje, engrosándola sin en- 
ronquecería, adelgazándola sin atiplarla, daba á su 
voz las inflexiones más graciosas, más suaves, *á la vez 
que más marcadas; inflexiones tanto más agradables, 
cuanto Pepa, por instinto oratorio, probablemente, 
las ajustaba al carácter de la conversación con un tino 
y una facilidad que envidiaran grandes actrices. Al 
tenor del hablado era el lenguaje de acción. 

Su carcajada, entre relincho, oído de lejos, y 
arrullo, oído de cerca, acababa sin dejar rastro, ni en 
los músculos, ni en los ojos, y era tan alegre, que ino- 
culaba á todo el mundo los microbios del regocijo. 



d) 



VII 



LA VENGANZA 




|LLA vio en las amorosas morisquetas del 
caucano, algo como una provocación. Impo- 
sible ocurrírsele que eso fuera en son de 
venganza; pero sí se le ocurrió desde luego 
que todo era por disimular la tupa del día anterior. 

Et descaro del mozo, aunque le pareció ensayado 
para el caso, no la sentó mal, mucho menos cuando 
la encontraba cesante, por haber mandado" á paseo, 
dos días hacía, al último pretendiente. Y en cuanto á 
la provocación, así se las dieran todas: ¡ Yá vería El 
Vani'ao, si se metía mucho ! 

Contentísimo se fue éste de la esquina por el buen 
comienzo de su empresa. Precisamente que <( un 
cuaito )) de la laya de esa condenada era el más apa- 
rente para ser burlado. Él le iba á «quitar los brinqui- 
tos y las malcriadezas ». Cabalmente que las feas como 
Pepa deberían ser muy urbanas. ¡ Pasara una mal- 
criada bonita I... 

Fuese á Bermú.lez v le contó lo acaecido. 

— ¡ No te metas de á mucho con esa 1 — le dijo 
éste— Te la vuelve á hacer pasar... muy fea I 



lio Frutos de nn tierra 

— ¡No seas animal?... Ayer me cogió de sor- 
presa, ahora estoy prevenido. 

— Pues cuenta, pues!... Y acuérdate de Calderón. 

Martín contestó con una carcajada, y exclamó en 
seguida: 

( -— ¡ Ah bestia!... j Enamorarme yo de esa taras- 
ica ?... Yo, José } Nó, mijo !: ¡la mujer que me ena- 
íjfmore á mí, no es de esta tierra ! 

— Será del cielo!... Pero no eches cañas, Galita. 

Al otro día, desde las cinco, yá estaba el cau- 
cano haciendo las mismas piruetas. 

Solo, ó con cajtdelero, en la esquina, en el paseo, 
en cualquier parte donde Pepa se hallase, siguió em- 
palagando tres semanas mortales, y todo perro y gato 
se enteró de los coqueteos. 

Al cabo de este tiempo le dijo Bermúdez: 

— Déjate de esas bobadas; si en eso consiste tu 
venganza, estás más vengado que Monte-Cristo. 

— Nó, mijo!... ¡ Si todavía falta el trueno gor- 
do!... Deja que se presente una ocasión en que haya 
harta gente reunida para trancarle bien alegre... y á 
un ratico írmele y dejarla esperando toda su vida... 
lEstá más enamorada la dientona !... 

— ¿ De quién ? — preguntó José, con fingida cu- 
riosidad. 

— ¡ Qué pregunta I... ¿ De quién, pues 7 

— No adivino... si no me lo dice;:. 

— I Pues de mí !... ¡ Qué caray ! ¿ Te parece muy 
particular que alguna mujer se enamore de mí ? — 
repuso Martín, muy enojado. 



VII — La venganza 111 

— ¡ No me vayas á comer por eso !... Nada raro 
me parece que se enamore de tí cualquier mujer... 
¡ menos Pepa Escandón ! 

— ¡ Pues, para que lo sepas, está más enamorada 
de mí, que un palomo azul ! 

— No hay tá!, Galita ! El palomo eres tú... por 
lo candido. 

— ¡ Pues si todavía le falta un punto para estar 
perdida — repuso el palomo, muy herido y con aire 
amenazador — yo haré que no le falte I 

— Déjate de cuentos !... y vamonos para El Edén^ 
que ahí viene el tranvía. Con unos buenos pacheros 
en la cabeza, te hablaré del amor. ¡ Yo sé mucho de 
eso, Galita ! 



II 



En una de las iglesias de la ciudad se celebraban 
las últimas funciones de cuarenta horas. 

Martín se encontró con Pepa al llegar á la pla- 
zuela. Ella iba presurosa, porque temía llegar tarde. 
El la siguió al templo: era ésta la hora preciosa paral 
remachar el clavo de la venganza. " 

La iglesia, profusamente iluminada, estaba de bote 
en bote. Pero Pepa, con aquel modo que tienen las 
hembras para escurrirse por entre el gentío, sobre todo 
en las iglesias, se coló por la nave derecha y llegó junto 
al pulpito. Una vez allí, registró con los ojos por todos 
lados, como buscando algo; hablóle en secreto á una se- 
ñora; ésta replicó incomodada; Pepa hizo ademanes 



112 Frutos de mi tierra 

enérgicos; hízolos la señora; la muchacha insistió; la 
señora se quitó del reclinatorio, lo alzó con violencia y 
se lo entregó áPepa, pero conservó su puesto. Pepa, 
con el mueble en alto, permaneció en pie entre el 
apretamiento, atisbando un claro. Unas sus amigas, 
que estaban á mucha distancia, le hicieron una seña: 
Pepa, asiendo á dos manos por el espaldar del recli- 
natorio, con riesgo de descalabrar á más de cua- 
tro, se abrió paso otra vez, llegó al punto señalado 
y se acomodó. Por el surco que ella rompía se metió 
Martín, muy fresco; y á tiempo que Pepa se arrodi- 
llaba, llegó él á una pilastra, en donde se recostó, 
muy sí señor, entre todas las mujeres, que se pusieron 
furiosas de ver á ese descarado que había ido á pasar- 
les los codos por la cara y á cometer irreverencias 
kante el Amo Patente. 

El decorado del templo es una alegoría de la au- 
rora, probablemente. Desde la bóveda central, y de 
unas astas que rematan en ramillete, penden á lado 
y lado linones azules y amarillos, rosados y blancos, 
los cuales, después de formar una ondulación y un 
trabadillo, se recogen de dos en dos en cada pilastra, 
donde se meten por una corona y luego se abren en 
delta, prendido con puntillas. En cada linón relumbra 
un sistema planetario de papel dorado. Por las colum- 
nas trepa, en matemática espiral, un bejuco de linón 
verde, con flores de linón rojo, tan fenomenal, que 
debe ser, por lo menos, la flor de Ltlild, que olvida- 
ron los Linnéos. 

En los tableros del estucado tabernáculo, compi- 



VII — La venganza llñ 

ten.er formas y colores, sendos perendengues de papel: 
éstos, como rosetas, aquéllos, como escarapelas, es- 
totro, una mariposa pintiparada. Arriba, un par de 
angelotes, con mucho tirabuzón en el cabello y no 
poco esponje en las faldas, enarbolan sus banderas, 
estrelladas también y con el monograma de Cristo en 
letronas de fantasía. 

Abajo, un parche abigarrado de bibelots cubre an- 
cha gradería; paralelas de candelabros multiplican las 
luces en el cristal de sus pantallas; cumbres de azuce- 
nas brillan, más inmaculadas aún, entre los profusos ja- 
rrones de encendidas flores ; el racimo y la mies, san- 
tificados por el símbolo, forman, acá un risco, allá una 
cimera; ajíes y naranjas, limas y rejalgares se elevan 
en pirámides, como los humildes ensalzados del Mag- 
nificaí. 

Barriles de hiraca, de biao y de achira, forrados en 
rizos blancos, se codean, más abajo, con las macetas 
de gloshinias, margaritas, primaveras y otras matas no 
menos distinguidas. Por entre esta vegetación asoman 
doradas jaulas con canarios, turpiales y mochuelos que 
se agitan, medio asfixiados, en esa atmósfera de fuego. 
y todo muy equidistante, geométrico y aglomerado. 

Arrodillamiento y persignada generales indican 
que el rosario va á empezar. 

Pepa saca uno de nácar, muy rico por cierto, se 
inclina sobie el brazo del reclinatorio y baja los ojos. 
Martín, cuñado de mujeres, es el único que está en 
pie, sin saber á qué santo encomendarse para dis- 
traerse en ese rosario ineludible, porque salir de donde 



114 Frutos de mi tierra 

se metió.... ¡ Y para eso que Pepa no quiere esta tarde 
darse por entendida ! El galán bosteza y pasea la mi- 
rada por los linones. 

El rumor del rezo llena la iglesia. ¡ Modo más 
curioso de hablar con la Virgen y el Señor I: El pri- 
mer misterio glorioso, tal y cuál cosa, y cuando el 
cura va en el Señor es contigo, lo atropella la gente 
con el Santa María, y sigue atropellándolo, hasta 
que el cura se contagia y los atropella á todos, de tal 
forma que aquello se vuelve una titiritera de padre- 
nuestros y avemarias, que ni un mercado. 

A cada campanillazo, anunciador del Gloria 
Patri, Martín le hacía algún visaje á Pepa. Se le 
quería figurar que no era tan tarasca: como que tenía 
mano bonita; como que pasaba las cuentas del rosario 
con cierta gracia; y, viéndolo bien, como que no le 
sentaba mal el traje negro: ese prendido de la man- 
tilla, con el encaje hasta las cejas, con una punta 
vuelta por detrás y recogida adelante, era cosa de ca- 
chaca. 

El desigual rumor se convierte en un zumbi- 
do desacordado y monótono. Las mujeres croajan 
como lechuzas, los hombres hacen el cucarrón que se 
estila en nuestros colegios: es el Ora pro nobis de las 
letanías. Antes de que terminen las zumbadas, entó- 
nalas el coro gregorianamente. 

Aparece el orador en la sagrada cátedra, y mu- 
chos hombres en las puertas del templo. Se oye ese 
sonar de faldas, ese sacudir de los pañuelos en que los 
varones se han arrodillado, ese movimiento general 



VII — La venganza 115 

que indica que todos se aprestan á escuchar y á en- 
tender mucho. Tose el jesuíta; tose la gente. Resta- 
blecido el silencio, y, mientras el orador, tricornio en 
mano, recita á media voz el latinajo del texto, Martíri 
le echa á Pepa un pespunte cerrado, también á ma-^ 
ñera de epígrafe resumidor de la tesis que los dos ibaí» 
á desarrollar con la elocuencia de los ojos. Pero ella 
ni alza á ver. « Cuando vamos en medio sermón, — 
se dijo él, — I yo te contaré un cuento ! » 

El orador principia reposadamente. Su voz va 
subiendo por grados, armoniosa, flexible, varonil; su 
verbo, nutrido, afluente, casi pletórico, se va produ- 
ciendo, encadenado en una dicción que, ya se adorne 
con las galas de la Retórica, ya tenga la lisura de la 
Dialéctica, embelesa siempre. La acción sobria, lo ex- 
presivo del rostro, lo animado de la mirada, más que 
la palabra misma, hacen que sea orador, orador de es- 
tilo, orador verdaderamente lírico. Hermano de Co- 
loma, sabe envolver la doctrina en el arte. Discípulo 
de Fáber, se muestra teólogo profundo, al par que 
poeta. 

El amor de Dios á sus criaturas, este amor que le 
obligó á quedarse con ellas en el Sacramento, era el 
tema que desenvolvía. Iba yá en el final de su dis- 
curso; y Martín, con tantas mamarrachadas como 
había hecho, no pudo conseguir que Pepa lo mirase, 
de reojo tan siquiera; por lo cual hubo de aquietarse 
un poquito. 

Bajó el predicador. Gala volvió con avidez hacia 
ella, y nada. Por lo visto, era una fanática. 



116 Prtiios de mi tierra 

Hay un momento de agitación. Algunos caballe- 
ros, á codazo limpio, avanzan hasta el altar. Sacrista- 
nes y dependientes de la iglesia bajan repartiendo 
cirios; y, primero, saltonas como cocuyos, luego en 
constelaciones, aquellas luces se propagan, se juntan 
hasta formar una sola. El palio de fleco de oro y em- 
blemática bordad ur a se alza y se despliega, undoso, ca- 
brilleante. El Gobernador del Departamento recibe el 
guión, los demás altos funcionarios se reparten las 
varas; los monaguillos de sayal rojo y repulgado ro- 
quetín toman la Cruz y los ciriales, y van abriendo 
calle por la nave central. Su Señoría Ilustrísima se 
levanta, allá en su solio de púrpura, y, revestido de la 
capa pluvial, sube por unas gradas que se han co- 
locado ante el Sancto Sanctoriim. Como poseído de 
santo recelo, toma con el amaisal sagrado El Santí- 
simo Sacramento. Entónase el Pangeliiigua^ échanse 
á vuelo las campanas, agítanse esquilones y cámpa- 
DÍ'las; y el palio cubriendo La Majestad, el guión 
precediéndola, vuelto hacia Ella, los ciriales, las luces, 
todo, se mueve lentamente enfilando por la estrecha 
calle. 

El bochornoso ambiente, recalentado con tanta 
llama, se perfuma con el humo que de los agitados 
pebeteros se levanta. Por un movimiento simultáneo, 
reflejo, aquella muchedumbre postrada de hinojos, á 
medida que la procesión avanza, va girando, girando, 
hasta dar la espalda al desierto tabernáculo. 

No es sino un disco blanco, entre cerco de me- 
tal, lo que la mirada alcanza, y, sin embargo, se 



VII — La venganza 117 

siente un estremecimiento extraño, algo como fiebre 
de adoración: las caras se transfiguran, muchos ojos 
se cierran, muchos se abren fijos, con no sé qué pas- 
mo, muchos se humedecen con una lágrima. Dijérase 
que por el cerebro, por el corazón de esa multitud, 
pasa una ráfaga del cielo. 



III 



¡ Qué ocasión se había perdido ! . . El fanatismo 
era lo peor. La malvada función, que vino á acabar yá 
de noche, cuando Pepa no podía verlo. Pero eso no se 
quedaba así. ¡ De ningún modo !... La ocasión ven- 
dría evidentemente, y entonces... ¡ guay de tí, Pepa 
Escandón ! A la tarde siguiente, por si acaso, volvió 
el vengativo á la esquina. 

En la puerta estaba la niña, con un visitón de 
siete amigas, cuyos trajes rameados, á estila de colcha, 
hacían resaltar, desde lejos, el de Pepa, que era de 
tela ligera y sonrosado. Por haberse bañado poco 
antes, llevaba el pelo destrenzado, cogido con una 
cinta; las mangas semicortas dejaban ver los ante- 
brazos ceñidos con pulseras negras; en el pecho, sobre 
una cascada de franja, se había prendido con desdén 
un manojito de heliotropo. 

Martín no podía explicárselo; pero no sólo no le 
pareció tarasca, sino que hasta bonita la encontró, con 
ser que en el grupo ése había dos muy hermosas. Era 
que uno se acostumbraba á todo, y la vista más. 

Ella se quedó muy desentendida. El tampoco 



118 Frutos de mi tierra 

hizo los ojos y ademanes que solía: se puso á verla 
quieto y sosegado. 

Eh ! ¿Tendría telarañas en los ojos ? ¡No haber 
notado que era mujer muy bien hecha I... ¡Vea usted 1 

Las niñas se entraron. A poco preludió el piano, 
y la voz de Pepa se oyó. 

Martín sabía que cantaba, pero nunca la había 
oído. Desde las primeras notas sintió como un frío de 
felicidad. Era una canción de amores: el aire, de 
bambuco, tierno, apasionado; la letra de Selgas... 
«llega, suspira, y me aguarda», dijo la voz, y se 
apagó. 

A éstas llega íisaé BePíaúdez, por detrás de Mar- 
tín, y, dándole una palmada en el hombro, le dijo al 
oído: «Lanza, no caigas al suelo, que nos comen los 
pijaos ! », y siguió de largo, sin esperar réplica. Mar- 
tín se dio una corrida... y se fue sin saber á dónde. 
Le parecía que todos se iban á burlar de él. 

¡ Aunque «eso» se quedara así, no volvería ja- 
más á esa esquina ! 

Mentira; al otro día vino más temprano. Pepa 
[salió, le dio tsn espaldazo formidable, se entró y ni á 
la puerta ni á la ventana volvió á asomar toda la 
tarde. 

Lo mismo sucedió al otro día y en los cuatro si- 
guientes. 

El conmovido corazón de Gala reventó entonces. 
No era un enamoricamiento de un día: era una idea 
clavada, una necesidad del alma que nunca había sen- 
tido. Ninguna de las muchas novias como había te- 



VII — La venganza 119 

nido, ninguna le inspiro jamás eso tan intenso, tan 
insistente que le acosaba ahora. Ni en el mundo po- 
día haber otra capaz de tanto ; porque Prpn tifi If^ nn-_. 
tojo una mujer excep cional, única en la excepción . 
Tan violenta fue la voltereta , que la escena de los con- 
fites, causante de todo, vino á ser para él uno de los 
rasgos más encantadores de esa mujer sin igual. El 
había sido la víctima en ese rasgo, era cierto; y por 
ello i dejaba Pepa de ser más picante, más espiritual, 
más rara } Nó, que antes aumentaba sus hechizos. 
Una mujer común mal podría tener ese desparpajo 
para el coqueteo, esa finura en la burla, esa gracia 
hasta para rezar. Lo que él tomó por mala crianza, 
por desenvoltura, esa era precisamente la gran cuali- 
dad de Pepa: « otra niña, corazón de pollo, se hubiera 
corrido con una palabra d. ¡ Y el talento que revelaba 
eso ! Esa mujer sí lo podía comprender á él; porque 
ella debía amar con pasión, con delirio; (]^bía am^ r 
como Carolina Lam amó á Byron ; y después de todo, 
ese canto era el de un ángel. 

E l £ 6 abi s maba -efl-e&tes— Goa^ideracianes, y guar- 
daba el secreto á sus amigos; pues ya se suponía las 
burlas de Bermúdez y Mazuera. Sólo á Cañasgordas 
confió algo de lo que en su corazón pasaba. 

Rondando día y noche la casa de Pepa, persi- 
guiéndola en el templo, en la calle, pasaron muchos 
días, y todo en balde, porque ni una mirada consi- 
guió. Exaltóse más con los desdenes; solicitó las casas 
frecuentadas por Pepa; y buscó ocasión de relacionar- 
se con sus dueños y visitarlos, á fin de ponerse al 



120 Frutos de mi tierra 

habla con ella. Pasando por intruso consiguiólo, y 
peor que peor: Pepa lo enfermó más con su conver- 
sación, con su desenfadada charla, y le mantuvo tan 
á raya que no pudo ensayar con ella ni el más común 
de los requiebros; pues, sobre no darle lado la mu- 
chacha, se sentía tímido y cohibido en su presencia. 
Vergüenza de si mismo le daba al verse tan pacato, él 
que se creía capaz de requebrar á todas las hembras 
del mundo. Desalientos y ti istezas le manteaban el 
alma, y clamor para arriba como espuma. Quiso sa- 
car mucha dignidad, mucho orgullo, y hacer con es- 
tos elementos un dique que atájese la corriente de su 
Smor; pero hubo un concierto en que Pepa cantó; 
Martín la oyó, y el amor echó tal crecida que no va- 
lieron diques. Dio entonces en comunicar sus cuitas 
amorosas á todas las amigas ó conocidas, y tan inge- 
nuo estuvo con ellas, como reservado con Bermúdez 
y Mazuera. Más de una, á sabiendas de que Pepa se 
burlaba de él, de que lo llamaba El Vaniao y El Lom- 
briciento^ se prestó á desempeñar el correo y la tele- 
grafía del amor. Amas de recaditos que ardían en un 
candil, hubo un par de cartas que « ciirrticiitiaban en 
la mano »: pues la señora y «; dueño de mi alma » (así 
decía en una) riñó con las zurcidoras de voluntades, y 
les atajó el paso á las correístas. 

El enamorado caucano no sabía qué hacer s e^ ni 

f>n parFp nignm frnnfi np i r; ,»rirrv- Fn raga (( que n¡ pcrrO 

con gusanos », decía Marucha, y en la calle, todo era ir 
y venir de un punto á otro, pasar por la casa de la in- 
grata y plantarse en la esquina, casi inconscientemente. 



vil — La venganza 121 

Yá no daba bola en el billar, ni se entusiasmaba 
jugándolo; en El Edcn no permanecía arriba de 
veinte minutos; el irago^ en antes tan alegre y reidor, 
lo ponía ahora asaz parsimonioso de lengua y recru- 
decido de corazón. Para sus amigóles de parranda 
había perdido los encantos; pues hasta la manía de 
obsequiar se le iba quitando. 

Otras veces le daba por quedarse en casa tres ó 
cuatro días, echado en la cama fumando y leyendo la 
biografía aquélla, ó dándoles fatiga á las viejas que, 
no impuestas de lo que pasaba, ni á figurarse alcan- 
zaban que el aburrimiento de Martín pudiera ser cosa 
de amor, ni menos de desdenes de novia; pues pri- 
mero hubieran creído ellas que los bueyes vuelan, 
que suponer tan sólo que existiese mujer alguna de 
tantas agallas que le fuera á hacer el gesto alcaucano. 
Tanto como todo esto les parecía. 

Con tales enclaustradas y lecturas se iba fermen- 
tando de tal suerte, que su amor se le imaginó en el 
mismo grado, si no más alto, que el de Carolina Lam 
por Byron. Si Pepa no le correspondía al fin, él mo- 
riría loco, de la propia locura de Carolina. Esto era 
axiomático. Se sentía capaz de poner por obra todo 
cuanto hizo la abrasada lady, y mucho más. 

Para pintarle su pasión al doctor Cañasgordas le 
decía: « ¡ Mira, hombre, me duele todo este lado ! — y 
señalaba el izquierdo, del hombro al pie. — Examí- 
name á ver si tengo hinchado el corazón 1 » 

El doctorcito tenía yá agotada su terapéutica 
con Galita, y la temperatura no le había bajado. Este 



122 Frtttos de mi tierra 

quedó en que, si el asunto no tomaba otro sesgo, se 
pegaba un tiro indefectiblemente. ¡ Al manicomio no 
lo llevaban á él... aunque fuera por Pepa ! ¿ Y qué 
iban á hacer en su casa con un loco ? 

Con todo, un consuelillo tenía en sus quebrantos, 
y era el pensar que Byron también fue desgraciado en 
su primero, en su único amor. Cnmn ^1^ había lleva do 
el poeta <t una estaca de macana clavada en el cora- 
zón... y eso que María no fue como Pepa ». Ahon- 
dando este pensamiento, se le vino de presto el de se r 
po eta también . ¿ En qué estaría pensando que no se 
le había ocurrido ? ¡ Cuánto iba á aliviarse al exhalar 
en versos ese pesar tan negro ! ¡ Y lo que le gustaban 
á él versos de amor ! ¿ Sería capaz de hacerlos así... 
poco más ó menos como los de la carta de El tren ex- 
preso? Esos de cuatro renglones eran tan lindos... y 
no debían de ser trabajosos. Si era capaz ! 

Y entusiasmado fuese á casa de José, y, sin co- 
municarle sus proyectos, se trajo un tomo de Campo- 
amor. De vuelta, se le ocurrió que sus versos debían 
ser como los de Byren, y ni uno sabía de él; por lo 
cual se volvió á José, que no tenía las obras del poeta; 
y, j oh desgracia ! sólo pudo recitarle algunas estro- 
fas de utia traducción de Arcesio Escobar, que nada 
bonitas que le parecieron. 




VIII 



ESTROFAS Y PESCOZONES 

^ERDADERO vate, iba á cantar por obra 
de adivinación, como los pajaritos que 
nacen aprendidos; pues es de saberse que 
Martín no había estudiado Métrica, pero 
ni del diccionario de la rima tenía noticia. ¿ Qué im- 
portaba ? i El amor no hacía siempre los poetas ? Sí, y 
por cierto que los versos casi todos eran de amor. El 
suyo iba á surtir aquel chorro de lágrimas, porque sus 
cantos debían tener todos los toques, todos los dobles 
del dolor. No podía ser de otro modo, siendo la pa- 
sión tan profunda cuanto mal pagada. 

Que a cuandc el amor dicta, la pluma corre •», 
dijo alguno que debía entenderlo; pero á nuestro ena- 
morado no le corrió, que se le atrancó desde el co- 
mienzo. O porque su estética fuese tan indómita y 
violenta que no se dejara meter en molde alguno de 
estrofa ; ó porque fuera tan lánguida y poco viable 
que no diese sujeto qué amoldar, es el hecho que Mar- 
tín se quebraba la cabeza, pujaba, emborronaba cuar- 
tillas y más cuartillas, y los tales versos no le salían. 
La maldita carta del tren no se prestaba á calcos, ni á 
recalcos, ni á nada. ¡Fuera á la quinta porra el di- 
seño... y Campoamor y el proyecto I 



12-1 Frutos de mi tierra 

Pluma y papeles volaron lejos, cuando á ésas se 
le vino esta estrofa: 

, , «Yo soy el labio, tú eres Ifi sonrisa 

Yo soy la lira, tú la inspiración, etc.» 

Y tras ésta hasta una docena que se le parecían 
como un vidrio verde á la esmeralda de Muzo. 

¡ Qué hallazgo ! Ni un tirabuzón. Al momento 
fue Pepa « la brisa perfumada ■» y él, « un arbusto que 
esa brisa mece»; ella, « la palma al cielo levantada » 
y él, « un abrojo que en el campo crece »; ella, a la 
luna de fulgor plateado que alumbra el porvenir de 
Martín Gala »; éste, « el turpial que canta enamorado 
entre una jaula, adorno de la sala J). En fin, no hubo 
qué no fueran él y Pepa. 

El paralelo se interrumpía de vez en cuando 
por una sarta de abalorios no menos poéticos, con 
sonajas de querella. Verbigracia: 

« Mi blanca paloma...! Mi bien...! Mi tesoro...! 
¿ Por qué me desoyes ?... ¿ Por qué no me miras ? 
No sabes, ingrata, que te amo y te adoro 
¡ Y tú ni me nombras.. . ni por mí suspiras ! » 

Descorchado, pues, el muchacho, picada la vena 
poética, chorrearon las estrofas á borbotones. Martín 
£6 sintió en las cumbres del Parnaso. ¡ Aquello sí era 
poesía pulpa ! Tales alumbramientos pasaban á puerta 
cerrada; y por más que Marucha metía ojo por la ce- 
rradura, por más que cavilaba é inquiría, no daba en 
el chispite. 



VIH — Estrofas y pescozones 126 

A Ella, se intituló la primera composición; ¡In-tu 
^/•¿7/í7/ la segunda; luego vino Amor Eterno, y asíj 
fue viniendo cada gatuperio que temblaba Apolo. » 

Muy grande debe de ser el pudor del genio inédi- 
to, cuando Martín guardó sus poesías y la conveniente 
reserva en los comienzos. Pero, deseoso de hacer lle- 
gar hasta Ella las dos más bellas, resolvió mos- 
trárselas al doctor Cí7;/í7j^o;7/<7j, quien, hallándolas de 
lo mejor, hizo que Martín se las leyese á otros estu- 
diantes, peritos en la materia, los cuales las pusieron 
en las nubes. Halagada la vanidad del poeta, perdida 
la vergüenza aquélla, les espetó todo el repertorio. 

iExito completo: lo excitaron á que publicase ese mun- 

\do de hermosura. 
<v Yá no se paró en pelillos: á quien quería oírle le 

/leía ó le recitaba. La fama del nuevo poeta se regó 
por la Universidad, y allí fue á que le oyeran, y ob- 

(tuvo estupendas ovaciones. Pero ni una letra á Ber- 
múdez y Mazuera. 

En ausencia de éste, rodeado en el cuarto de va- 
rios amigos, leía Martín la poesía A Eila,<\\ie. iba á 
enviársela corregida y aumentada, escrita con muchos 
floreos por hábil calígrafo. En la mitad de la lectura 
¡ría cuando entró Mazuera. El lector perdió mucho la 
entonación; pero siguió T'eyendo. Mazuera guardó 
tanto silencio y estuvo tan atento, que Martín, que 
le miraba de reojo, comprendió que fingía. 

— ¡ Qué lirismo, qué sentimiento ! — exclamó el 
estudiante, no bien acabó el poeta. — ¿ Eso es de Béc- 
quer ?... Nó: no lo he visto en lasísimas. Eso debe de 



i 26 Frutos de mi tierra 

-ser de Peza... ¡ Qué poesía tan nueva !... ¡ No he oído 
nada más bello ! 

— ¿ De Peza ?... Aquí está el Peza — dijo tocando 
á Martín uno que cayó en la red. 

Mazuera abrió los ojos, luego la boca, levantó los 
brazos, los juntó con cruzamiento de dedos y dijo: 

— ¿Tuyos, Galita?... Tuyos?... Imposible! 

— ¡ Pues no es artículo de fe I — replicó éste, mon- 
tando en cólera. 

— Tuyos?... Pues te aseguro que si no moriste 
en el parto, no escapas de la fiebre puerperal... des- 
graciado ! 

— I Miserable, canalla ! — aulla Martín palidecien- 
do y lanzándose contra el burlón — Me has cogido de 
mingo !... y suena un pescozón. Mazuera se lo de- 
vuelve con otro que hace bambolear al poeta. 

Los estudiantes se interponen y los sujetan. 

— Lárguemen ! — gritaMartín — ¡Lárguemen para 
escupirle la cara á aquel maldito ! 

— ¡ Corran por el cura! — vocifera Mazuera — Pero 
ligero, que la fiebre poética le ha dado con loquera!... 
4 Corran, que mi compadre Bécquer es muerto ! 

Las viejas son las que corren. 

— jQué es eso,mis hijitos,por la Virgen ! — clama 
Marucha — ¿ Dándose cocas como negros ? ¡Válgame... 
I pero eso á cuenta de qué? 

Nadie contesta. Entre ellas y los muchachos aga- 
rran al furibundo Bécquer, y mal de su grado lo sien- 
tan en la cama, desatándose él en improperios contra 



VIII — Estrofas y pescozones 127 

Mazuera, que oye todo como si lál cosa. Calla al fin 
'Mamn y calla el auditorio. 

El burlón, que en el fondo era un buen mucha- 
cho, aprovecha el silencio y dice con toda forma- 
lidad: 

«Señores: Delante de ustedes y de las viejas pi- 
do perdón á Martín. No tuve la menor intención de 
ofenderlo: únicamente de bromear, como tengo de 
costumbre. A todos ustedes pido también perdón, 
porque con mis necedades les he hecho pasar un mal 
rato. No crean ustedes que entre Martín y yo cabe 
disgusto: el pescozón que me dio no me duele ni fí- 
sica ni moralmente; y estoy seguro de que á él le pasa 
lo mismo con el que le di yo. No crean, tampoco, 
que mi burla á los versos fue de veras; nó, señores: 
sin pretender igualarlos con los de Peza, como dije 
en chanza, me parecen bastante buenos... Supongo 
que no me harán el deshonor de creer que digo esto 
por miedo. He dicho.» 

Viejas y mozos aprobaron calurosamente tan 
juiciosas razones, y, como olivas de paz, rodearon al 
poeta, que no chistó palabra, aunque, por la cara, 
bien se le veía que la furia se le iba pasando. 

Cuando los tres estudiantes estuvieron solos, 
Mazuera se acercó á Martín, y haciéndole un pase 
muy cariñoso por la frente, le dijo : 

— Hombre; caucano, ¿se te pasó?... Valiente 
viaraza ! De éstas no te había visto. Pusimos fun- 
ción. ¿ Quedaste satisfecho con mi discurso .'* 
, — Sí y nó: Con tu discurso sí... pero la rabia 



128 Fi utos de mi tierra 

que me hiciste dar, todavía no se me ha pasado. 

— Pues que se te pase, porque tengo que decirte 
una cosa. 

— ¡ Díla ! 

— ¡Nó! Cuando estés en completa calma; ahora nó. 

Llamaron á comer, y de sobremesa, como se sin- 
tiese Martín yá sereno, dijo á Mazuera: 

— A ver: díme lo que tenías que decirme, que yá 
se me pasó. 

— Pues si te crees yá aplacado, te lo digo ; si no, 
nó, porque te vas á calentar otra vez. 

— No tengas cuidado: dílo, que no me enojo. 

— Bueno, pues, siéntate, y vamos por partes: 
Primero que todo, es que los versos no se los mandas 
á la Pepa... ¡ No abras los ojos !... Es que no te lo 
consiento, porque eso no es verso ni es nada, y se va 
á reír de tí más de lo que se ha reído hasta ahora. 
Tú me estás guardando el secreto de tus coqueteos 
con la tal Pepa; pero los sé de memoria, cómelos 
sabe todo el mundo.... Lo otro es que no te metas á 
poeta, ó si te metes, no muestres tu versos, porque te 
pones en ridículo. En la Universidad te están co- 
miendo por esto. Ve: entre los admiradores de tus 
poesías hay unos que entienden tanto de esto como 
yo de pedacear medias, por ejemplo, el doctor Cañas- 
gordas, que no me dejará mentir; hay otros menos 
zoquetes que te ponderan por delante para darte cuer- 
da, y tallarte bien tallado por detrás ; otros, y éstos 
son los más, que te adulan para sacarte tragos, mon- 
tadas en coche, tranvía y cuanto les da su gana. Otra 



VIII — Estrofas y pescozones 129 

cosa: si de veras estás enamorado de la muchacha, 
— cosa que dudo mucho, — si estás porque te corres- 
ponda, en lugar de andar por ahí como perro velón 
aullando de fatiga y contando lo que sientes y lo que 
no sientes, hazte el disimulado, el desdeñoso; que las 
mujeres se hacen de mi alma cuando le ven á uno 
ganas, aunque ellas tengan más. Qué opinas? 

Martín, comido por dentro, no contestó al punto, 
y luego, con aire que quería ser calmoso y que resul- 
taba contrariado, dijo: 

— Muy bien; pero ¿no dijiste hoy mismo que ^i 
mis versos eran muy buenos ?... * 

— ¡ Oh vanidad ! — repuso el boquifresco — Te due- 
le mi franqueza y no se te da nada que los demás se 
diviertan con tus tonterías ! 

— Nó, no me duele... pero te contradices ! 

— No te digo !... La viveza te va amatar !... jPero, 
hombre de Dios, no seas tan botón de rosa ! Si dije 
que tus versos eran muy buenos, lo dije porque debía 
decirlo; por cubrir el expediente; porque á esos ani- 
males que te oían se lo podía hacer creer; porqueJ 
una cosa se dice en público, y otra en privado; por*í 
que no quiero que quedes en ridículo; por todo estol 
lo dije... i Qué opinas tú, Cañasgordas ? 

— Pues, hombre — contestó el pachorro del medi- 
quillo, — estuvo bueno que hubieras dicho eso... Tal 
vez sí sería cierto que se estaban tirando á Galita, 
porque yo los vi matarse el ojo y que se codeaban... 

— ¡ Los viste ! — saltó el poeta echando lumbres — 
¿Y por qué no me dijiste para haberlos reventado ? 

9 



130 Frutos de mi tierra 

— Hombre... no me atreví. 

— ¡ Traicioneros I... ¿ Por qué no se reirían por 
delante ? 

— ¡Bendito sea mi Dios! — exclamó Mazuera — 
¡ Y después dicen que la inocencia diz que se acabó ! 

Y aquí siguió con toda formalidad dándoles ma- 
traca á más y mejor, y sentó en conclusión, que tanto 
el poeta como el médico eran unos bienaventurados. 
Cañasgordas convino en todo; algunos reparos puso 
Galita; pero no obstante tuvo de confesarse á sí pro- 
pio que Mazuera estaba sobrado de razón; por lo 
cual, después de disculparse como pudo, le contó de 
largo y tendido cuanto hasta allí le había callado, ex- 
presándole la seriedad de sus amorosas pretensiones. 
Tantas filosofías de caporal, tanta dilucidación de Pero 
Grullo le metió el bachillerón de Mazuera, que Galita, 
convencido del todo, determinó tomarlo por consejero 
y consultor. 

Que es tanto como decir que le dio en la vena del 
gusto ; pues para aquél era la gloria misma dirigir y 
tomar parte en todo. Después de larguísimo parlamen- 
to, se acordó: 

I." Que el comercio con las musas debía ser, caso 
de continuarlo, con suma reserva, como cosa de con- 
trabando que era; 2.° Que con Pepa, como si nada 
hubiese; 3.° Que en las tan anunciadas fiestas de Agos- 
to, que yá se aproximaban, era ocasión para abrir ope- 
raciones, con la seriedad y la cachacada que el asunto 
requería; y 4." Que Mazuera dirigiría todo. 




IX 



DESPUÉS DE UN GUSTO 



ENTADO en la tarima del ropón, medio re- 
costado en los cojines y con mucha desgana, 
tomaba Agustín una taza de leche, j Cuan 
quebrantado le dejó el colérico ataque ! 
Cuatro días estuvo postrado en cama, y hacía apenas 
la primer levantada. Con ser que se había dado su 
mano de cosmético, le repuntaban blanqueando unas 
púas por la cara que lo desmedraban no poco. Durara 
un día más la enfermedad, y entre cámaras y bascas, 
gorgorismos y calambres, dieran cuenta del señor. Yá 
se ve : para tantas rabias en montón como le hicieron 
dar ese domingo, antes fue poco el ataque. 

A los tres días después de levantado, yá estaba ca- 
riliso y con los retoques de siempre, y yá era hombre 
de pasear por los corredores y de hablar recio. Apenas 
se iba dando cuenta de todas las ofensas que le habían 
irrogado. 

Cuando, tras empedernida inflamación, viene la 
lanceta y chuza, el chorro salta espeso inundando cuan- 
to encuentra á su paso. Así Augusto : sin poder ha- 
blar á causa de los males, se le fue formando un acce- 



] 32 Frutos de mi tierra 

so tal de ira, que, no bien pudo desatar la lengua... el 
Señor nos asista ! 

Para " esa guaricha hija de Pacho Escandón " y 
compañeras de pelea; para las Palmas, desde don Juan 
hasta el gato ; para los alguaciles, para todos alcanzó, 
y hubiera sido capaz de dar abasto á la ciudad entera. 

Pero la causa de todo habían sido " esas ñapan- 
gas de las Palmichas." [ Pues allá verían las muy tales 
por cuales ! 

Ellas, entre tanto, por temor de disgustar á papá, 
se lo ocultaban todo; y sólo cuando iban visitas de 
ventana, abrían éstas, y eso á medias. Al portón nadie 
volvió á asomarse; los niños, para ir á la escuela, obser- 
vaban mil precauciones ; que yá en la casa sabían á 
qué atenerse respecto á los vecinos del frente. 

Una tarde, desde temprano, salieron de caminata 
las muchachas y don Juan, quedando los chicos al cui- 
dado de la señora, quienes, amedrentados con los 
gendarmes, no querían salir de la casa. Aburrida del 
largo encierro, abrió la señora una ventana y se puso 
tras la celosía á tejer una complicada labor. ^^ 

Engreída con el mete y saca de los dos agujones 
de macana, ni de Agustín ni del santo de su nombre 
se acordaba, cuando Agustín en persona, el aire ame- 
nazante, el puño levantado, se acerca callandito y le 
larga á voz en cuello las mayores desvergüenzas. Cuál 
se quedaría la señora, que no advirtió á quitarse ni á 
ceirar la ventana, sino que se estuvo como un palo 
hasta que Agustín acabó. 

Desde los balcones del casino oyeron unos cacha- 



IX — Después de iin gusto... 133 

eos, y comprendiendo que en casa de don Juan no 
había hombre á esa hora, bajó uno de ellos, con todo 
y revólver; pero no encontró con quién habérselas: 
Augusto se había eclipsado. Se había eclipsado al vol- 
ver la esquina, tomando calle arriba, y muy ufano 
con " la raspa '' que le echó á "esa vieja infame." 
Mas de pronto, sin saber por qué, se acordó de don 
Juan, y ¡ cosas de convaleciente ! sintió cierto frío en 
las tripas. Fuese derecho al almacén; pero al llegar se 
detuvo un momento, y se volvió apresurando el 
paso ; caminó algunas cuadras y al fin paró en un 
despacho, 

— Señor Alcalde, — dijo entrando, — vengo á que 
le eisija fianza á don Juan Palma y á su mujer y á las 
hijas, porque nos molestan y provocan mucho á mí y 
mis hermanas... y yo no respondo... 

— Está muy bien, señor — repuso el Alcalde; — 
pero conviene que usted también dé fianza si teme 
alguna molestia. 

— Sí, señor, así debe ser y ojalá sea ahora mismo. 

Vuelto den Juan del paseo, y citado por un co- 
misario, acudió inmediatamente ante el Alcalde. No 
poca fue su sorpresa al enterarse del asunto; y como 
protestase de los cargos contra él y su familia, 'contó 
Agustín lo de los gendarmes, y cómo al pasar éste por 
la calle no hacía un momento, lo había remedado la 
señora de Palma desde una ventana, y cómo había te- 
nido que reprenderla. Indignadísimodon Juan, viendo 
chiquitico al querellante, no tuvo más que dar la fianza 
de guardar la paz, por él, por su mujer y por sus hijas. 



134 Frutos de mt tierra 

Agusto salió de la Alcaldía como si dejara en ella 
un peso enorme. 

— ¡ Yá se las eché á la vieja I — le dijo á Filomena, 
no bien entró á casa — ( Pero te aseguro que no rae 
quedó qué reconciliar!... El Alcalde le eisigió fianza 
al viejo Juan, y á mí también. 

— ¿Y vos fuites onde el Alcalde } 

— Yo sí... por evitar más molestias. 

— ¿ Y por qué no me avisates antes pa yo haber 
ido onde esas tísicas y acabarlas ? ¡ Pero la puerquita 
de ma Pacho Escandón sí no se me escapa ! 

Don Juan buscó casa al otro día y se mudó, y dio 
aviso de que la suya estaba para arrendamiento. 

Cuando vieron que don Juan la desocupaba, hubo 
en la de los Alzates algo como el desbordamiento de 
un triunfo político. 

"¡ Yá salimí)s de esa indecencia !" 

"¡ Gracias á Dios que se largaron á jeder lejos !" 

"¡Yá no estamos sometidos á verlas por la fuerza I" 

Estos y otros versículos más sublimes todavía, 
desarrollaron en los tres hermanos mayores una char- 
la y una gana de reír, que nunca se había visto en 
hijo de la seña Mónica. 

Aunque era por la tarJe, hubo piscolabis de tra- 
go y bizcochuelos. Agusto descendió desde el Olim- 
po de su gravedad y, á propósito de «las Palmichas,» 
dijo cuchufletas tan sumamente chistosas, y remedó 
«la vieja» con tanta chuscada, que áMinita le dolía 
el estómago de reírse. Ella, que no se derretía por los 
prenderos, se sintió ese día muy amiga de Agusto y 



IX — Daptícs de un gusto... 135 

muy vinculada con Mena, — diminutivo que no usaba 
hacía años. 

Entre Mena y Mina concertaron que el domingo 
próximo venidero se ¡rían todos á la casita de la finca, 
á comerse una gallina con arracachas frescas, y que 
Agusto debía llevar el vino. Bien poco le agradaban 
á él las partidas de cahipo y las comidas idílicas; pero 
tal estaba esa tarde, que convino en todo. 



Pues no, señor: Patetas quiso que la gallina y las 
arracachas se escapasen. 

Sucedió que esa misma semana vino de sus po- 
sesiones de Cauca Jorge "Réngala, yerno de don Juan. 
hombre que tenía un genio que ni pólvora. El tal, al 
ser informado por su mujer de los asuntos de familia, 
supo toda la campaña de Palmas y Alzates. ¡ Qué ex- 
plosión aquélla ! 

Cambió traje inmediatamente, vistióse el sobre- 
todo, aunque hacía verano, fuese al cuarto de las 
monturas, y, sin esperar el almuerzo, salió para la 
calle apret ando el paso v^losd lentes; llegó al casino 
tantas veces mencionado, pidió brandy, y se plantó 
en el balcón, como quien está en acecho. 

La calle, muy concurrida siempre, lo es más á 
esa hora: Comerciantes, empleados é industriales van 
y vienen en busca del almuerzo; de colegios y escue- 
las sale la chiquillería y las partidas de pollitas de tra- 
je corto y estrepitoso calzado; cachacos y artesanos 



136 Frutos de mi tierra 

entran á las botillerías á libar la deliciosa copa de la 
mañana. 

En la camina del casino, situada en una esquina, 
se oía animadísimo entrar y salir, y ese ruido de cris- 
tales que se chocan,* de saluddsque se cruzan, de tim- 
bres que llaman, de charlas al vuelo; ruido cantinero 
y botilleresco, oído sólo en los instantes en que el labo- 
rioso "medellinense abre un paréntesis (como para sig- 
no admirativo) en sus cotidianos, febricitantes afa- 
nes. 

Bengala, muy desentendido aparentemente, con- 
tinúa en expectativa desde los balcones del casino. De 
pronto se yergue, la cara se le infla, baja apresurado 
y se planta en la esquina. Por la calle que da á la del 
comercio viene Agüsto, sereno, contoneado, dispu- 
tando la acera, arrollando á los que pasan. Llega á la 
esquina, y antes que tenga tiempo de volverla, un lá- 
tigo relampaguea ante sus ojos y cruje en su pecho, 
y cruje en su nuca, y cruje en su rostro. Aturdido, 
cegado, se bambolea como ebrio, y el látigo, potente, 
eléctrico, chasquea y chasquea sobre su cuerpo y da 
con él en tierra despatarrado y convulso. El látigo si- 
gue: lo hace retorcerse, lo zangolotea, lo revuelca, al 
misma tiempo que una voz bronca, entrecortada, bra- 
ma: ¡«Miserable!... ¡Sólo te atreves á insultará 
las mujeres, á las señoras ! ..> ¡ Cobarde ! ... ¡ No te vale 
el corsé que te pones para quedar marcado con el fue- 
te ! ... I No te valió la fianza, canalla ! ... » 

Aquello fue como el rayo. La gente se agolpa, 
se arracima, tropezándose, estrujándose. Entre mu* 



IX — Después de un gnslo... 13? 

chas manos pueden arrancar el látigo de las de Ben- 
gala. La batahola atrae nueva oleada de gente, á cuyo 
empuje caen algunos sobre el flagelado. Pulido como 
un difunto, cubierto de polvo, la camisa afuera, rotos 
los tirantes, echando sangre por las narices, yace 
Augusto en el empedrado. Lo alzan, lo entran á fa / 
cantina. La gendarmería rompe por entre el tumulto J 
y ^tíngr^'-T ^'^ "'^'^íld o ante la autoridad. -"""'^ 

— j Sí, lo merezco ! — exclama el. — He ensuciado 
mi fuete I 

Cantineros, dependientes y cachacos acuden al 
herido: le sueltan la ropa, le limpian la sangre, le dan 
pócima y tratan de aplicarle ventosas. 

« Nó, nó, aquí nó ! — dice él, entre acecido y ace- 
cido — Déjemen!... ¡Atrevido, traicionero!... Coger- 
me... cogerme despensionado y enfermo!... Pero... 
¡ yo lo mato I... ¡ lo mato I... ¡ lo mato ! » 

Sin ver si puede ó nó andar, lo cogen cuatro 
hombres y seguidos de alborotada turba lo llevan en 
vilo á la casa, que por fortuna está ádos pasos. 

Mina, aunque de trapillo y alpargates, no pudo 
prescindir de asomarse á la puerta á averiguar qué 
bulla era ésa. Al ver que traen á Agusto de aquel 
modo, se retuércelas manos y grita: 

— ¡ Lo mataron. Dios mío ! 

— No se asuste, mi señora, que apenas está apo- 
rriado — repone un conductor. 

— j Sí, sí, lo traen muerto! — chilla Filomena apa- 
reciendo en el zaguán, y se estriega la frente mesán- 
dose el pelo. 



138 Fr titos de mi tierra 

Se acerca y \e la pechera ensangrentada. 

— ¡Lo asesinaron de una puñalada !... — chilla 
más alto, y, dando un berrido como de res que de- 
güellan, se va al suelo. 

— ¡ Nó, hermana, por Dios ! — solloza Nieves tra- 
tando de alzarla — ( No está matao; oiga que diz que 
fue que le dieron fuete !... 

Augusto vaga en la región de los sueños; una 
nube espesa lo envuelve; no obstante, percibe las úl- 
timas palabras de Nieves, y abriendo tamaños ojos, 
exclama: 

— j Ah, escandalosa I 

La gente invade la casa. Algunas mujeres del 
pueblo levantan á la prendera y la llevan á la tur- 
quesa del costurero. 

Una vez allí, se sacude nerviosa y grita: 

— ¡ Pero qué es tanto gentío !... ¿ Hay velorio ó 
qué .?... ¡ Salgan de aquí, salgan I„, 

— ¡ Vean qué albondigona tan ladina I — replica 
una vendedora de yerba — ¿ Qué pedazo les venimos 
á quitar ,?... ¡ Jártense su pelea ! Y sale seguida de la 
plebe grande, dejando algunos muchachos rezagados. 

Los conductores de Agustín, hallando á mano la 
cama de Filomena, lo colocan allí, donde se agita un 
momento. De repente se tira al suelo, llega hasta la 
puerta del costurero^ en la cual se apoya, y grita fre- 
nético á los curiosos chicos: 

« j Rumben pa fuera, vagamundos ! » 

Cual bandada de ajrecheros dispersa por una pe- 



IX — Después de un gusto... 139 

drada, sale la rapacería dando corcovos, risotadas y 
relinchos. 

Los conductores, entre los que hay un cachaco^ 
van á sostener á Agustín. 

— Ay ! Ay I no me toquen ! — plañe él, y como 
puede se vuelve á la cama. 

El cachaco^ un tanto embarazado, va á retirarse. 

— ¡Pero, señor, por Dios! Cómo fue? Cuente- I 
nos, — -le dice Mina, deteniéndolo. 

Este dijo lo que había visto, atenuando la cosa 
en cuanto era posible. Al oír nombrar á Bengala, 
saltó Filomena como una tigre: 

— Bengala .''... ¡el yerno de don Juan Palma 1,^^ 
Y un verdadero rugido se escapó de su pecho, engara- 
batáronsele las manos, y quedó con los brazos rígidos, 
los ojos brotados, más terribles aún junto á las man 
chas de colorete. 



X 



LA MAR DE CUSAS 




UENTAN que las Reverendas Madres Car- 
melitas de Medellín, para celebrar debida- 
mente la fiesta de los Santos Inocentes, 
hacen una claustral en que, á más del exqui- 
sito pipiripao, hay bureo de guitarra, canto, vueltas y 
valse redondo con todo y abracijo; y es fama que 
algunas Madres son tan tremendas, que, en días como 
ése, se chantan sombrero con pedrada, á lo matachín, 
se pintan bigotes, remedan los Padres curas, y hacen 
táritas cosas, que la Madre superiora se pone en mil 
aguas, sin saber si excomulgarlas ó echarse á reír como 
una tonta; y agregan quede estas diabluras queda un 
recuerdo tan grato, que con él suelen endulzar en el 
resto del año los tedios y aburrimientos, tan crudos 
en el claustro, al decir de piadosos autores. 

Decíamos esto al tanto de que á Medellín, la her- 
mosa, le acontece lo propio: todo el año, muy formal 
y recogida en sus quehaceres, trabajando como una 
negra, guardando como una vieja avara, riendo poco, 
conversando sobre si el vecino se casa ó se descasa, 
sobre si el otro difunto dejó ó no dejó, rezando mucho, 
eso sí.... 



X — La mar de cosas 141 

Pero, allá de cuando en cuando, también echa 
su cana al aire, y hace fiestas á manera de las Madres 
Carmelitas. Mas no se vaya á creer que es para con- 
memorar la degollina de Heredes; nó, señor, que se 
trata de aquella, no menos cruenta, entre chapetones 
y criollos, que tuvo lugar un 7 de Agosto de... hace 
muchos años, por allá en el puente de Boyacá. 

Como de encargo vendría aquí un cachito crítico- 
histórico sobre nuestras glorias patrias. ¡ Cuánta eru- 
dición luciéramos I ¡ Cómo encantáramos al lector 
con aquello del LeóJt de Iberia^ Las cadenas rotas, 
La virgen America, La ominosa servidumbre, Los 
carcomidos tronos! ... Sería un modelo el tal cacho. 
Pero mejor será no meternos en arquitrabes... y va- 
mos con las fiestas. 

Desde que se sabe que el permiso para hacerlasji 
está concedido, todo es animación y alegría. MedellírJ 
se transforma.- En los semblantes se lee el programan 
crece el movimiento de gentes; apercíbese el comer- 
cio para la gran campaña ; y la conversación, dale que 
le darás sobre el futuro acontecimiento, parece ina- 
gotable. Los señores dueños de la renta de licores 
sienten por anticipación esa voluptuosidad que pro- 
duce el susurro de los billetes y la armonía del níquel 
cuando van cayendo al cajón arreo, arreo como un 
chorrito. Los de tijera y mostrador olvidan los ser- 
mones contra la usura, y, muy frescos, sacan cuantos 
rezagos tienen, que, por arte debirlibirloque,se trans- 
forman en novedades llegadas un día antes. ¡ Así 
valen ellas ! 



142 P'rttios de mi tierra 

Sastres, modistas y zapateros tienden redes don- 
de caen reclutas y veteranos, si no ellos mismos con 
algún sablazo; hoteles^ fondas, restaurantes y pulpe- 
rías surgen déla noche á la mañana llenos de vida 
y abundancia, convidando á indigestiones y borra- 
cheras ; los establecimientos de vieja data no se dejan 
echar el pie adelante de les nuevos, é invientan lo 
nunca visto, lo nunca oído para sorprender á los pa- 
rroquianos. Arriéndanse las casas á precios descomu- 
nales, y en ellas la carpeta verde y la templada coleta 
esperan impacientes el revolar de los albures, el cru- 
jir de Las muelas de Santa Polonia, la pintarrajeada 
ruleta, las burras del afortunado, los ajos y cebollas 
del perdidoso. Las barreras y palcos de la plaza prin- 
cipal, vuelta de toros, se estremecen al oír la apología 
de las cornudas fieras de Ayapel y de Cauca. 

Los chalanes de los pueblos se dan cita en la Ca- 
pital, y caballos, yeguas, mulos, de todo pelaje y con- 
dición, encuentran allí quien dé por ellos el doble de 
su valor: trátase entonces de ponerse á horcajadas y 
no hay que andarse con reparos. Ni los talabarteros 
finos ni los remendones dan abasto, porque ¿ quién 
que va á cabalgar en fiestas sale con vejeces ? ¿ Y 
quién en fiestas no cabalga ? 

Y Medellín, en tanto, brota y brota moneda por 
todos los poros, cual si un sudor pecuniario le sobre- 
viniese, y para todo hay; pues de cicatera se ha tor- 
nado en manirrota. 

Elabóranse en las zapaterías las más extrañas 
obras: cuándo las babuchas orientales recargadas de 



X — La mar de cosas 143 

bordados, cuándo las calzas de terciopelo para algún 
galán histórico, cuándo la zapatilla á lo Luis XV, de 
altísimo tacón; porque lo que es sin disfrazarse, nadie 
se queda. 

Y los pobres sastres purgan picardías propias y 
ajenas ¡desgraciados! Sus talleres son entonces un 
infierno de trapos y perendengues: por los brocados y 
tisúes, galones y argentería, aquello semeja una fábri- 
ca de ornamentos de iglesia; por los terciopelos, rasos 
y panas, plumas, alamares y cintas, el taller de una 
modista en víspera de baile. Y el infeliz que cuando 
más sabrá quién es el padre de los hijos del Zebedeo, 
lleva á todas éstas en la aturdida cabeza toda una ga- 
lería de personajes célebres, los creados por el arte, los 
tipos de todas las naciones, amén de las fantasías per- 
sonificadas por la moda ó por el capricho de algún 
cliente invencionero. Y todo ello ¡ válgale Dios ! 
visto por el lado indumedario, y sin más guía que el 
figurín, ó algún retrato, ó un grabado, cuando nó la 
ilustración de cualquier libro, ó la receta verbal. A 
mayor abundamiento tiene que aguantar en la nuca, 
— y no pintados, sino en carne y hueso — , á los futu- 
ros duques de Nevers, á los majos españoles, á los 
bandidos napolitanos, á los emperadores del Mogol... 
al Diablo mismo; porque ningún parroquiano desam- 
para el taller hasta que todo el disfraz le queda á su 
sabor y talante. ¡ Así salen aquellas] cosas I don Se- 
bastián de Portugal át pavita pajiza, el sombrío Fe- 
lipe II con frac y caponas de gusanillo, el trovador 
provenzal de clerical manteo. 



144 Frutos de mi tierra 

Esto de disfraz debe de ser entre nosotros cues- 
tión de raza. Bien nos venga de los españoles, tan bi- 
zarros en el vestir; bien de nuestios indígenas proge- 
nitores, tan pintados de piel, tan apasionados por 
plumajes y abalorios, ello es que, en mentándonos 
vestimenta abigarrada, hasta el más estirado viejo se 
disfraza, siquier con la colcha de la cama. Díganlo, si no, 
las fachas bigotudas de las Madres Carmelitas. 

Aunque en las fiestas hay toda clase de diversio- 
nes, bien puede decirse que las máscaras, el disfraz y 
el baile son las de la juventud dorada y de toda la 
gente de calidad. Primero en las calles y ecuestremen- 
te, por lo charro y matachinesco, máscara al rostro, 
entre estruendos, carreras, gritos y payasadas ; luego 
en los salones, á lo serio y á lo rico, á yeces sin careta, 
siempre con cultura, estrechando en deleitoso abrazo 
á la bailadora beldad. 

Porque para bailar se abren día y noche muchos 
salones, y no como quiera, sino con refinamiento y 
largueza, con invitación, expresa á las veces, tácita 
las más, colectiva ó individual, á todos los clubes y va- 
rones de calidad que, con sólo dar sus nombres ó el 
de alguno de sus compañeros, son recibidos con todos 
los fueros y miramientos del caso. Y como el disfraz es 
no sólo de cuerpo, sino también de carácter, resulta 
que los señores más sañudos y avinagrados, y las ma- 
mas de más campanillas, se disfrazan, para la recepción, 
de Amabilidad, de Confianza y de Simpatía, disfraces 
en que Carreño se sale con las suyas. 

¡ Oh, padres de la Patria ! ¡ Oh, Libertad I ¡ Por 



X — La mar de. cosas 145 

honraros se hacen tales cosas ; mas no temáis que el 
recuerdo de vuestras glorias sea tan intenso que lle- 
gue á exaltarnos hasta hacer por vosotros épicas locu- 
ras !... Por ahora nos contentamos con hacer brotar 
de nuestras frentes el grato sudor del baile, ó con una 
borrachera patriótica... á vuestro nombre. 

Pues bien: el amartelado Martín está en aprie- 
tos. Mazuera, su Mentor, ha tenido que irse á su 
pueblo por grave enfermedad del padre. Telémaco 
solo, como Dios y el amor le han dado á entender, 
está preparando lo necesario para el asalto supremo. 
Ha calmado la incertidumbre y vuelto á su pecho la 
esperanza. Los aprestos y preparativos son tales, que 
si Pepa no se rinde esta vez, es porque no tiene co- 
razón ni sangre en los ojos. 

La primera diligencia de Galita fue cambiar £¿ 
Melado, dando un dineral encima, por un caballo re- 
tinto, caballo propiamente tal, sin que le falte nada, 
que parece llevar dentro todos los diablos juntos, 
según es de azogado, alborotozo y petulante: dos fue- 
lles humeantes, sus narices; la cabeza, pequeña; el ojo 
quiere salírsele; cola y crines se revuelven en azota- 
doras madejas; las patas, delgadas y nerviosas, fuer- 
tes y flexibles; cualquier ruido le hace temblar y en- 
cabritarse; cuando siente en sus lomos montura y ji- 
nete, no hay contorsión que no haga, brinco que no 
dé; y, si alcanza á columbrar una hembra, el solo re- 
lincho diera en tierra con otro que su dueño. Pero, 
afortunadamente, el oaucano es todo un señor equi- 

tador, capaz de tenerse en un proyectil disparado, en 

10 



146 Frutos de mi tierra 

lo cual cifra uno de sus principales timbres de gran- 
deza, al par que una como seguridad en el triunfo. 
I Y cómo nó, si en el ensayo de la maestranza, que 
para las fiestas se prepara y de la cual hace parle, 
todos los concurrentes se han quedado bobos con ca- 
ballo y caballero ?... ¿ Qué irá á decir Pepa? Pues 
«si en el árbol verde se hace esto... y> 

Las patronas, aterradas, le pronostican muerte 
con destripamiento y todo, y cada vez que le ven sa- 
lir en El Retinto se quedan con el credo en la boca, lo 
cual le pone más engreído y satisfecho, por parecerle 
que el miedo de ellas es la más palmaria prueba del 
arrojo y valentía que él se atribuye. 

Tiene para estrenar una gualdrapa roja, un fre- 
no y unos estribos de aro, eslas dos prendas tan pri- 
morosamente nikeladaá, que son la misma plata. 

Su sastre le está haciendo dos superfinos, elegan- 
tísimos disfraces; uno para lucir en los salones, y en 
la maestranza el otro. Las viejas, ayudadas por él 
mismo, le fabrican uno de arlequín, de tan prolija la- 
bor, que es cosa de tenerlas atareadísimas. 

ítem más: está ensayándolos lanceros, la cuadri- 
lla y el bostón en casa de las Bermúdez; y al ensayo, 
que á veces para en baile, ni una noche ha faltado; 
y sus progresos coreográficos han sido tales, que todas 
las chicas se lo disputan ^^.ra. parejo. Entre las ma- 
mas que, á manera de las antiguas dueñas, vigilan el 
ensayo, ha oído varias veces cómo se vuelven lenguas 
ponderando el garbo y la elegancia c del cancano )» y 
el modo que tiene para bailar, A más de estas pon- 



X — La mar de cosas lil 

deraciones, no ha faltado alguna jamoncilla amable 
que le eche sahumerios en su cara; todo lo cual, ufíi- 
do á la ¡dea que de sí propio tiene formada, lo ha 
puesto que no cabe en el pellejo. 

Mas no todo el monte ha de ser orégano: sus acu- 
dientes están que trinan contra él. Habiéndose junta- 
do, lo pusieron en la picota, y, como caso de concien- 
cia, determinaron llamarlo para calentarle las orejas 
por sus desmedidos gastos. Tocóle al más viejo diri- 
girle la palabra, y Martín no lo dejó acabar para des- 
hacerse en improperios, terminando con la declara- 
toria de no necesitarlos para maldita la cosa y con 
mandarlos á freir monas. 

— Qué allaneróte ! — dijo el más irritado de los 
tres — tan luego como Gala salió. — Un mozo que no 
es capaz de ganar un centavo ¡ y yá lleva gastados, en 
dos meses, más de setecientos fuertes I... ¡ Y compra 
caballo por cuatrocientos ! 

— ¡ No, señor, no hay sujeto ! — replicó otro — Y 
la señora madre ¡que le den lo que pida, que le den 
lo que pida ! 

— ¡ Ah madres 1 — clamó el tercero. 

Por telégrafo pidió Galita cambio de acudientes, 
indicando á quiénes quería por tales; y dos de éstos 
recibieron inmediatamente de la rica viuda orden de 
darle á Martín lo que pidiera, con la expresa condi- 
ción de que exigirían los honorarios que á bien tu- 
viesen. El muchacho fue llamado al punto por ambos, 
y fue tan fino, que á uno y otro pidió suma gorda, de 
lo que le quedaron muy reconocidos. 



148 Frutos de mi tierra 



II 



¡ Llega el dial- 
La caravana de máscaras^sa!fi.jdesdfi_£Lalba des- 
pertando Ta~cíu'dad coíTterrible cencerrada. ¡ Qué tor- 
menta aquélla ! Una banda de cuernos embocados 
por mozos de potente pulmón, se acompaña con el 
maullido y el rebuzno de gran número de señores y 
señoritos que se han vuelto gatas y jumentos. Quié- 
nes lloran á todo pecho con llanto de recién nacido; 
cuáles, metamorfoseados en arrieros, reniegan como 
unos condenados. Las bramaderas de sutil tablilla 
de pino fingen huracanes en el monte. Cosa diabólica 
parece el sonar de vidrios y guijarros entre tarros de 
hojalata, que, ora arrastran por el empedrado, ya 
chocan contra puertas y ventanas; éstas se abren, y 
asoman caras soñolientas, ávidas de recibir esa primi- 
cia de emociones festeriles. 

La caravana marcha compacta llenando la calle, 
y luego, como río salido de madre, se desborda é inun- 
da la ciudad. 

A_las_doce, . Medellio- está-loca.-4^ataTr la ale- 
gría, el frenesí, el alcohol, sólo encuentran para ex- 
presarse, gritos, aullidos, vertiginosas carreras que, 
excitando los ánimos, producen contagio general. 

Las danzas é invenciones principian á salir por 
entre el hervidero de gentes. Los improvisados palcos 
de la plaza, construidos sobre las barreras; las ventas 
de comestibles, arregladas abajo, tiemblan con la pe- 



X — La mar de cosas 1 49 

sadumbre del bello sexo negro, puesto de veinticinco 
alfileres, arrebol en la ahumada mejilla, perifollos y 
cintajos rojos por todas partes. En balcones y venta- 
nas de plazas, plazuelas y calles, se agolpa el señorío; 
que la animación no está circunscrita á determinado 
punto de la ciudad: dondequiera la jarana aturde. 

Pepa tiene en sus ventanas gran séquito de ami- 
gas, á cual más emperejilada, el cual séquito, en 
rochela^ no le va en zaga á los festeros. Pepa enca- 
beza, por supuesto, y su regocijo, sus locuras, están al 
orden del día. Salta tumbando taburetes; escarba en 
el teclado del piano arrancando armonías dignas de 
la gatuna alborada; pellizca á ésta; saca á bailar á la 
otra, diciendo cada disparate que hace estallar al sé- 
quito en una sola carcajada. 

— ¡ La fortuna que nadie las oye !— exclama doña 
Bárbara entrando. — i Estas locas ni aun ven nada por 
hacer bulla !... Asómensen, niñas, asómensen y verán ! 
Y en efecto, parecía que todas las extravagancias 
de las fiestas se hubieran dado cita por ese lado. 
Por las calles que en la esquina de la casa se cruzan, 
pasan y pasan cosas estupendas: Pajizos chaj7ipa?ies, 
con colgajos de racimos de plátanos, que navegan 
sobre las ocho ruedas de dos carros unidos, tirados 
por jamelgos, remados por negros de la crema fina, 
de enormes jetas rojas y apelmazada pasa de cerda, 
los cuales cantan hajnbucos bozales, acompañándose 
de vihuelas bravas; barcos, de la misma traza que 
\q-¡, champanes ^znyo% marineros, muy despechugados 
con el gracioso traje del oficio, entonan barcarolas de 



150 Frutos de mi tierra 

iré melancólico. Las danzas de artesanos, formadas 
or gremios, se cruzan y barajan entre jinetes y es- 
pectadores, é invaden las casas, donde, después de 
hacer su respectiva mojiganga en la sala, son regala- 
dos en el comedor. Así, á qué quieres boca, corren la 
ciudad, sin dejar de ir precisamente al tablado de 
la plaza, que se ha levantado para que se exhiban 
las danzas é invenciones populares. Allá viene la de 
Los gallinazos abriendo las gigantescas alas, dispután- 
dose un mortecino que parece de mastodonte, y todos 
haciendo gttsf gusf Apenas cabe por la calle la ne- 
gra bandada. Sigúela otra de murciélagos, enorme- 
mente orejones, pinchando el traje de las gentes con 
sus alas, tamañas como paraguas abiertos. Por otro 
lado enfilan Los moros y cristianos: éstos llevan en 
piezas la custodia de cartón, forrada en papel dorado, 
que al fin aparece armada con su hostia de á cuarta; 
aquéllos enarbolan en largos palos las medias lunas 
de á vara; los hijos de Mahoma declaman; predican 
los de Cristo; trábanse en contienda hablada, can- 
tada y bailada; y al fin 

« El moro rendido, 
Alegre y contento 
Celebra las fiestas 
Del gran sacramento.)) 

— ¡ Qué cuento de sacramento á estora ! — grita 
un borracho — ¡Que viva ño Golibar ! 
— ¡ Que viva ! — responde otro. 
— j Viva ! — aulla la multitud. 



X — La mar de cosas 151 

Mientras se celebra el auto sacramental y se con- 
vierte la morisma, van llegando las parejas de baila- 
rines callejeros: ellos, muy cari-pintados, vestidos de 
majos; ellas (que también son ellos y artesanos), con 
mascaritas menudas y melindrosas, la aparasolada 
falda al muslo, trabadillos de cinta en la reseca pier- 
na, y abanicándose con mucho dengue. Las músicas 
de cada danza suenan á la vez. 

Terriblemente desbocadas, haciendo apartar á 
todo bicho, llevándose por delante cuanto topan, aso- 
man, allá á lo lejos, las bizarras amazonas: son caclia- 
eos que, por lucir su pericia en la equitación, apelan 
al disfraz con faldas para montar á mujeriegas. So- 
berbios son los caballos, interesante el grupo: más de 
uno, rigurosamente entrajado con todo y sombrero de 
copa, y rosa en la solapa, va muy aseñorado luciendo 
su talle de batea; otro es una negra con montera, 
camisa blanca y pollera de fula, fumando su acabo 
por dentro,» con un delicioso qué se me da á mí. Al- 
terna con la' negra esotro que, coronado de azahares, 
profana el traje nupcial de la esposa ó de la hermana 
exhibiéndolo, enlodándolo, haciéndolo trizas; sigue 
una madre dando alaridos lastimeros y viento á su 
niño que se asfixia en las agonías del crup; otras de 
fundones amarillos y rojos van, ¡ las muy impúdicas ! 
amamantando sus criaturas que, suspensas de las in- 
fladas vejigas de res, al par que se nutren con el néc- 
tar ése, se van desbaratando á impulso de la carrera. 
Despacio y bailando con admirable compás aparecen 
no lejos de este grupo los disfrazados de caballo y ji- 



152 Frutos de mi tierra 

nete á la vez, invento harto peregrino é ingenioso 
que parece realizar la fábula de los centauros. Detrás 
de ellos, seguida de la turbamulta, y sumamente pe- 
ripuesta, traen á la ilustre Aroma ^ esa perra bailarina 
que ha cosechado más lauros ella sola que todos 
nuestros poetas juntos. 

Entre los jinetes de veras hay arlequines, monos 
y monas criando hasta cuatro monitos, que se sacu- 
den colgados de las grupas; aquí gigantes y enanos, 
perros mudos y burros que rebuznan mejor que los 
alcaldes de marras; allí gallos hermosísimos, más gran- 
des que los burros; acá una garza, que un sapo verde 
lleva cogida por la gaita; allá un ciervo cuya ra- 
mificada cornamenta tropieza en los balcones. Este 
luce traje formado con retratos de cigarrillos, aquél, 
uno de cajas de fósforos; el de más allá lleva capa de 
espejos que saltan en mil pedazos. El humbre-botella, 
cual tremendo símbolo, cabecea por las calles y con 
su enorme corcho amenaza romper el bautismo á las 
festeras de los balcones. Don Quijote y su escudero 
Sancho también se andan por allí hechos unos malan- 
drines; y hasta la Muerte, muy alegre, de sombrero 
con pedrada, en amor y compaña de una tanda de 
diablos y diablas, que yá van con la cola enroscada 
como renuevo de zarra, ya arrastrándolas como cu- 
lebras... 

Y todo acompañado de gritos, interpelaciones 
al transeúnte, peladuras de pava, diálogos con las de 
Vlos balcones y ventanas. Babel es aquello, que em- 
Ijbriaga, que marea, imposible de describir. 



X — La mar de cosas 153 

En la calle de Pepa hay un instante de calma. 
Mas de repente estalla del lado de la plaza atronado- 
ra gritería, hurras y cohetes. Un jinete disparado se 
abre paso. « Se saltó la b.irrer3 I Se saltó la barrera !>» 
claman muchas voces; y en verdad que el salto era 
digno de tanto entusiasmo, porque la barrera era al- 
tísima y el jinete el primero que la salvaba. Dos cua- 
dras más abajo para, entra á una botillería y sale tra- 
yendo en la diestra un envoltorio de papel, mientras 
con la otra mano sofrena el caballo que, con los gri- 
tos y cohetes, salta y rebota cubierto de espuma. 

Por un milagro de equitación, el jinete, tras un 
salto del alborotado bruto, logra pararlo como clava- 
do en las cuatro patas frente á las ventanas de Pepa. 

Erase el disfrazado una de esas figuras que en- 
gendra la fiebre: su cabeza, tamaña de grande, lleva 
hacia un lado, con indecible petulancia, un sombrero 
de copa del tamaño natural; sobre las narizotas, gafas 
de cartón; los calzones á la turca y una como capa, 
que flota hasta las ancas del corcel, son un prodigio. 
¡ Qué lotería tiene que ver ! Sobre el fondo gris de 
la percalina, pegados con engrudo, y de papel de to- 
dos los colores, sapos, alacranes, calaveras, caras de 
perro, serruchos, mitras, el sol, la luna, el cometa y 
cuanto mi Dios ha creado, todo en horrible mezco- 
lanza. Con esa voz chillona, aguardentosa, voz de 
vieja demente, que se finge en tales casos, dice el 
máscara: 

— ¿ Me conocen .'... Me conoce, Pepita ? 

Pocas son las niñas que no se inmutan al ser in- 



1 54 Frutos de mi tierra 

lerpeladas en su ventana por un disfrazado; pero Pe- 
pa contestó muy impávida: 

— No señor, imposible conocerlo tan desfigurado ! 

Mentía, porque lo estaba esperando; y como 
quiera que no hay mujer que no tenga algo de zaho- 
ri, Pepa adivinó quién era. 

— ¡ Pues vea, Pepita, que somos vecinos ! 

— Sí, señor, eso se le vepor lo confianzudo queestá.. 
Y sí que tiene cosas bonitas en el vestido... hastai ! 

— Sí, Pepita, cositas muy bonitas — y le mostraba 
la capa. — Vea lo que tengo aquí para usted — y levan- 
tó el envoltorio. 

— ¡ Huy, señor, eso será voladores ! — exclama 
Pepa fingiendo mucho miedo. 

— ¿ Usted le tiene miedo á un volador ? 

— Sí señor... ¡ cuando no es vaniao .''—contesta 
la niña con cierto retintín en la última palabra. 

El disfrazado hizo una pausa como corrido, y, 
rompiendo con torpe mano el forro del envoltorio, 
dejó ver un hermoso ramillete. 

— ¡ Pues vea que no son cohetes i... Este ramo... 
me hace el favor de aceptarlo ? 

— ¡ Qué precioso está !... Pero, señor, mi marido 
es muy celoso... ¿ y si sabe ?... 

— ¿ Su marido } \ ja I i ja ! ; señorita Pepa ! 

— Señora Pepa, cuando se le ocurra. ¿No sabía 
que me había casado .? Entonces no es tal vecino, por- 
que mi casamiento hizo mucho ruido. 

El "señor" siguió riendo, y luego, en ademán 
de súplica, con voz seria, aunque fingida, replica: 



X — La mar de cosas 155 

— Le digo que me haga el favor de aceptarme el 
ramo, señorita. ¡Para usted lo traje expresamente ! 

— Recíbelo, Pepa, recíbelo — le dice Lola Palma. — 
No desaires al caballero. 

Pepa vacila, y luego, animada de una idea repen- 
tina, dice : 

— Me voy á exponer á una pelea con mi marido... 
¡ figúrese con lo bravo que es I pero le acepto el ramo 
con mucho gusto, con la condición de que usted tam- 
bién me reciba otro que yo le regalo. ¡ Si no, nó ! 

— ¡ Cómo nó ! i Con toda mi alma : de sus ma- 
nos viene ! 

— Espérese, pues, un momentico, que voy á traer- 
lo. Arrímese á la puerta, porque ni su ramo ni el mío 
caben por la ventana. 

Y esto diciendo, se entra, y al instante vuelve con 
un manojo de apio y verdolaga, amarrado con una tira 
amarilla. 

— Tome, pues, señor — le dice yá en la puerta, re- 
cibiendo el de flores y entregando el de yerbas — Mi 
ramo no está bonito; pero es muy medicinal: diga en 
su casa que le hagan bebida y verá cómo se alivia de 
las lombrices. 

El caballo se alborotó con las ramas, y Pepa se 
entró corriendo. 

— ¡A ver, mostranos ! — dijeron cuatro ó cinco 
metiendo mucha bulla. 

— ¡ Qué primor, por Dios ! 

— ¡ Jazmines del Cabo !... 

— I Camelias, raijita !... 



156 Frutos de mi Uerra 

— ¡ Camelias 1... ¡ Qué encanto I 

— Pero, ¿quién era ? ¿ Lo conociste ? 

— {Pobrecito !... Un ramo tan bello ! y yá ves 
con lo que le saliste I 

— I Vos sí lo conociste ! ¡ Decinos quién es ! 
^ — Nó, no supe — dijo Pepa con aplomo — ¿ No 
(weron que dijo que era un vecino ? Será el sereno de 
li esquina, que es muy amigo mío. 

— ¡ El sereno sí, hermana ! — exclamó Lola Pal- 
ma — [ El sereno sí es Vaniao y lombriciento! 

Los ojos que le hizo Pepa fueron horribles. 

— Ah I yá sé ; el caucano, Martín Gala — dijo una 
rubia — ¡ Qué pesada estuviste i... Pobrecito ! 

— ¡Qué cuento de Martín Gala !... ¡ Cuántos si- 
glos hace que peleamos I 

Pepa, con achaque de ir á inspeccionar el festejo 
1 comedor, se entra con el ramo, impaciente y emo- 
tonada. Apenas sola, lo registra por todas partes, lo 
ondea, levanta "las apiñadas flores... Nada I ni una 
tarjeta. Estaba segura de encontrar algo, una esquela, 
por ejemplo. Sin pensar en el daño, se pone á desba- 
ratarlo : nada ! Yá le estaban remordiendo las yerbas 
y las pullas con que regaló al disfrazado galán, yá lo 
iba encontrando muy arrogante jinete, muy respetuo- 
so bajo el traje de arlequín ; pero al no encontrar lo que 
deseaba, se desata contra él, allá en su pensamiento : 
de bobo, de Juan Lanas, de alma de Dios, no lo reba- 
jó, "i Siempre me conquista con esas vivezas de mon- 
ja !" Y tan irritada se sentía, que prometió hacerle 
una, que allá vería el grandísimo zoquete. 



X — La mar de cosas 157 

Repartió las flores entre las muchachas, reserván- 
dose para sí tres camelias solamente. 

Lo negro de la uña faltó para queGalita diera en 
tierra con su persona al recibir el medicinal manojo. 
El Retinto partió como un coriete calle arriba, volteó 
otras y otras hasta llegar á casa de Las Viejas. Echó 
pie á tierra, hizo desensillar y se entró á la pieza con 
gran premura. La hiperbólica cabeza, los arreos de 
payaso, todo fue á un rincón ; con lo primero que en- 
contró se enjugó el copioso sudor; púsose apresurada- 
mente los mejores trapos, y salió. 

— ¡ No sea loco, niño ! — le gritó A la ni ch^ al 
verlo. — i Cómo se fue á desvestir acalorado !... i Pero 
qué fue esa determinación .?... ¡ No salga así !... ; No 
le digo; si esto no tiene cabeza ! 

La señora hablaba sola : el sin cabeza yá estaba 
en la calle. Pepa lo había conocido, se había burlado 
de él ¡y eso no podía serl Era preciso que lo sucedi- 
do no hubiera sucedido, y, para que así fuera, Martín 
iba á presentársele á Pepa vestido de cachaco y á pie, 
para que viera ella que no era él, ni podía serlo, el diS'- 
frazado de las yerbas. 

Pasó Martín por la calle de Pepa, y no viéndola en 
parte alguna, se entró á una tienda, y desde allí obser- 
vó disimuladamente, hasta que ella apareció en la veri- 
tana; salió entonces aparentando mucha indiferencia. 

Mayor fue la sorpresa de las niñas al verlo, y 
Pepa aprovechó esta aparición para probarles que el 
disfrazado sí era el sereno; pero "ella comprendió per- 
fectamente el enredo del cuento. 



158 Frutos de mi tierra 

Martín volvió á su casa y se acostó, pretextando 
cansancio ante las viejas, que lo asediaron á preguntas. 

¡ Mal, muy mal había principiado ! Tan pródigo 
como era, sintió tristeza y rabia al pensar en los vein- 
te pesos que dio por el ramo. El fracaso del primer 
ataque, ataque según él tan bien ejecutado, lo amilanó 
muchísimo. Con todo, no había que desesperar, pues 
el daño lo había enmendado á maravilla y aún le que- 
daba bastante pólvora para quemar en la campaña de 
los salones. 



III 



Son las once del día. El salón grande del Jokey- 
Club, lugar de la escena. Catorce muchachos, entre 
ellos Martín, se están disfrazando. El paisaje, pinto- 
resco si los hay. Un mocetón, como una torre, de pie 
sobre un taburete, en paños menores, remeda el Chim- 
borazo; aquéllos, agazapados, que se calzan las babu- 
chas de terciopelo, edificios comenzados; otros, medio 
en cueros, peladas rocas; el piso, mar tormentosa de 
trapos, envoltorios y calzados, á donde, al traquear de 
los relojes, al sonar de las cadenas, se van á pique los 
asientos, pereciendo los pasajeros y la tripulación... 
de cubiletes y corbatas ; la mesa del billar, lujuriosa 
vegetación de chaquetas, capas y pantalones entrela- 
zados, cual la maraña de un rastrojo del Cauca. Lu- 
ciendo el lujo de la zona tórrida, hay un jardín de 
gorros, turbantes y sombreros, con sus penachos de 
mil colores. Diseminadas por paredes y muebles, ha- 



X — La mar de cosas 159 

ciendo muecas, riendo, graves, serenas, están las más- 
caras. Los muchachos sudan, trastean, gritan, echan 
ternos; uno brega con una liga que no le alcanza; se 
sofoca otro con la media que no puede acomodarse 
hasta el muslo ; aquéllos, tira por aquí, amarra por 
allá, ayudan á los más apurados. Tres oficiales de sas- 
trería, aguja en mano, prenden, bastean y farfullen, 
pinchando á veces el cuero del pobre paciente, que se 
está como santo de palo. 

Por fin, á la una y media, termina el arreglo. 
Los músicos están reunidos, la caja de ramilletes para 
obsequiar á las damas, arreglada con el debido primor, 
en el centro de la cual hay un acopio de extraños tar- 
jetones de cartulina inglesa, donde se lee por un lado: 
Columna volante. Tras largo templar de guitarras, 
bandolas y acompañadores, la música rompe alegre y 
entusiasmadora. La mascarada sale. 

Martín se vuelve todo carne de gallina. El violín 
le dice clarito: « ¡ No temas ! j No temas ! », y su co- 
razón, acelerando los latidos, opina con el violín. Am- 
bos confirman lo que le dijo el espejo, cuando, con la 
máscara puesta, vio reproducida su fantástica facha 
en el azogado cristal: apareció allí su airoso cuerpo, 
pero nó como él se había contemplado otras veces en 
el traje común; nó: realzado con el ceñido disfraz, que 
divulga la forma musculosa y robusta, clásicamente 
viril, que acentúa el plantaje atrevido, la flexibilidad 
nerviosa y elegante. Los lanceros se le cruzaron por 
la mente y la figura que él haría en tan caballeresca 
danza, se le antojó tan apuesta, que uno como cosqui- 



1 60 Frutos de mi tierra 

Íleo eléctrico le hacía bailar en la calle, y mirarse las 
piernas y los pies. 

El disfraz todo era de encendida grana, harto 
sencillo y elegante: ferreruelo echado hacia atrás, 
ajustado el jubón, huecos y con cuchillas los follados, 
de finísimo raso estas prendas; de seda los guantes 
y las ceñidas calzas, los zapatos de tafilete. No lleva 
al cinto la hidalga tizona; pero sí lleva, y muy tiesas, 
dos plumas de gallo, negras como el abismo, puestas 
á modo de cuernos, sobre la graciosa gorra de peluche. 
Cátate á Mefistófeles, 

La Columna volante fue recibida en varias casas 
principales, muy á contentamiento de sus dueños, que 
no sabían cómo complacer y festejar á tan distingui- 
dos caballeros. Mostráronse tales, en efecto, luciendo 
trato y maneras de salón. 

No será esto .creíble, tratándose de una sociedad 
como la de Medellín, donde raras veces se respira ese 
ambiente de los salones, que pule y barniza, donde 
alborea apenas lo que se llama el gran mundo; pero, 
bien por cultura intuitiva, ó porque la ocasión, áfuer 
de rara, sea solemne, es lo cierto que el medellinense, 
el antioqueño, en general, se deja en la calle su bron- 
quedad cuando entra en reuniones con señoras. Claro 
está que no es un pisaverde, ni lo será jamás; que esta 
Antioquia, tan montañosa, tan sencillota, tan poco 
desgonzada de nuca, podrá tener cultura muy genui- 
na, todo lo maciza que se quiera; pero con cinceladu- 
ras y filigranas, nó. 

Muchas glorias coreográficas alcanzó Martín; y 



X — La mar de cosas 161 

¡oh desgracia I Pepa no las presenció siquiera; no 
estaba en las casas donde él bailó. ¿ A qué esas glorias 
entonces ? 

¿ Se quedaría Pepa metida en casa ? 

K Ah cafay I Tal vez no asiste á bailes — se decía 
Martín. — Imposible 1 Si me han dicho que baila muy 
bien. No nos veremos? Y si pierdo esta ocasión.... 
Soy tan de malas, que....» 

Y Martín, en medio del bullicio, de la universal 
alegría, sentía peso en el corazón y amargor en la 
boca. Así pasó el día, así la noche. Pepa no pareció 
en parte alguna. 

Por sentir cansancio se acostó Martín al amane- 
cer, no porque creyera dormir; pero el sueño lo en- 
gatusó de lo lindo. A las doce del siguiente día vino 
á despertarlo José Bermúdez. 

«¡Hombre, no seas posma! — le dijo sacudién- 
dolo. — Durmiendo á estas horas ?... ¡Albricias, hom- 
bre!... Donde don Panfilo reciben esta noche con 
especialidad, y Pepa va á ir. Te lo aseguro !... Todos 
se están vistiendo; sólo faltamos nosotros. Pronto, 
pronto, levántate!» 

De un salto estuvo Galita en el suele; como por 
vapor se arregló, y, sin desayunar, se echó á la calle. 

IV 

La Columna volante ingresa en las filas que lle- 
nan la casa de don Panfilo. Es muy temprano aún, y 
ya se baila á tutiplén. 11 



II 



162 brutos de mi tierra 

Martín, que ha bailado en varias partes, está en 
Babia. El ron, el brandy, el travieso champagne^ los 
jj' vinos generosos; el tórrido vapor de los salones, re- 
/ cargado del aroma de tanta flor, del olor del tricófero 
'- y la velutina, mezclado con el de la traspiración huma- 
na; aquellas mujeres envueltas en nieblas como los 
ángeles; aquellas que cual reinas barren la alfombra 
con la larga cola de terciopelo; aquellas del desnudo 
cuello, del traje sin mangas, festonadas y floridas como 
nuestros jardines; el haz de fuego de las arañas; el re- 
flejar de los broches de brillantes; el fulgor de los 
hermosos ojos; el aleteo de los abanicos; las sonrisas, 
el movimiento, el ruido, lodo, en fantásticos giros, se 
le ha subido á los cascos. 

^e^tent€ po&ta -t vaya si se siente ! Traduce al len- 
guaje articulado el verbo divino de la orquesta: ver- 
tiera en una estrofa las oleadas del piano, los quejidos 
del violín, el perlado arrullo de la bandola; y, como 
el visir del cuento oriental, tradujera los pájaros. 

siente poeta. Su corazón es foco incandescente 
que estalla, renuye y torna á estallar en tempestuosa 
lava: la siente tronar en el cerebro, relampaguear en 
los ojos, hervir en las arterias. 

Qo^c^jpnfo p^ptj^ El aliento de Elvira ha acaricia- 
do su cuello; de Elvira, el Arcángel Gabriel de Mede- 
Hín. Sobre su pecho se ha recostado en lánguido aban- 
dono la ardiente Carmen, á quien le temblaba el seno 
como paloma aprisionada en las manos. Ha creído 
que, al ceñirla, se le partía el talle á la ideal Luci- 
la; que la enguantada manita se volvía bagazo al 



A' — La mar de cosas lGf> 

apretarla en la suya; que esas miajas de armiño, de 
azúcar rosado, de tul, en forma de niña, se deshacían 
en el vértigo del vals. 

Y qué más ? Pues que en este como serrallo aún 
no ha estado con la sultana favorita; que este como 
amasijo de inflamado petróleo, de Cántico de los Cán- 
ticos, de Oriente y Mediodía, que lleva por dentro, 
debe venir á parar todo en Pepa ¡ claro está ! 

A buscarl a I 

Entró al salón principal. Una marejada de disfra- 
zados, una nube de hermosas encuentra allí; pero ni 
rastro de Pepa. 

Pasó á la antesala. El club Batuecas con el de 
La matica de aroma alternaban entre las damas, dis- 
frutando de uno de esos deliciosos interregnos de los 
saraos. Martín pasó revista: Pepa no estaba. 

Fuese al costurero. Los doce pares de Francia^ 
trasformados en estudiantina compostelana de la tuna, 
lucían en el tricorn-io la clásica cuchara y, en las evo- 
luciones de una cuadrilla, las zancas, muy canijas al- 
gunas, por más señas. Tampoco encontró nada. 

Pero en la casa está; Martín lo sabe. Lo estarán 
engañando "> 

Asomóse á las otras piezas arregladas para el bai- 
le. Ni señales de Pepa halló; pero sí á La Goma ( el 
fénix de los clubes), uniformado de frac encarnado, el 
claque bajo el brazo, ó sirviendo de abanico, y con to- 
do el com' il faiit parisiense; el cual Goma estaba in- 
dividual, colectiva y solidariamente hecho un veneno, 
poique estos paletos de Medellín dieron en la flor 



164 Frutos de mi tierra 

de tomar á disfraz todo ese chic de las orillitas del 
Sena. 

Dos clubes iban á retirarse, pues en estos bailes 
simultáneos de fiestas el personal de varones se releva 
á menudo, á fin de asistir á diferentes casas. Quedaba 
en la de don Panfilo un salón libre, y la Columna vo- 
lante \hdL á ocuparlo. El director de ésta, que lo era 
José Bermúdez, dio orden de que tocasen los lanceros. 
I Cómo no bailarlos Martín ? ¿ Pero sin Pepa 1... 
Qué aprieto ! Sin saber qué hacerse, salió al corre- 
dor, cuando, en medio de la bulla, alcanzó á oír unas 
carcajadas masculinas que salían, al parecer, de un 
cuarto frontero al costurero. Asomóse, y desde el co- 
rredor vio al grave doctor Puerta riendo como un ni- 
ño, repantigado en una .mecedora, y junto á él, en 
otra, á Pepa, que tenía la palabra. A juzgar por el 
gesto y las carcajadas del doctor, por los ademanes 
de Pepa, debía estar nanrando alguna barrabasada. 

En el momento que Martín la ve, ella se pone en 
pie, salta, sacude cachetes, retuerce pellizcos al aire, 
ayudada del abanico, que interpreta muy bien sus di- 
versos papeles. 

% Martín se quedó lelo. La poesía, la vehemencia, 
[el mundo de bellezas que llevaba por dentro, todo se 
deshizo de un golpe, y una ola de embobamiento lo 
inundó por dentro y por fuera. Agua abajo se fueron 
las cosas tan lindas que le iba á decir. Tuvo miedo. 
Mas la beldad de su amada se le antojó tan suprema, 
que al cabo el sentimiento hubo de balbucir algo que 
diera luz á su tupido seso. Agolpáronsele entonces á 



X — La mar de cosas 1G5 

la memoria oleografías, cromos, retratos de cantatrices 
y comediantas ; recordó que Castelar mienta mucho 
la Venus de Milo y las madonas de Rafael. ¡Lástima 
que Martín no las conociera para compararlas con 
Pepa ; | porque lo que era con cosas de por aquí !... 

" Ese traje... — se dijo — qué traje ! Sólo ella pue- 
de vestirse así ¡ tan sencilla, tan distinguida I i Qué 
color ! ni verde, ni azul, ni gris... ¡ Qué tela tan rica! 
¿ y el espejismo que hace al moverse?... Se parece al 
lago de Ginebra que hay en jE¿ Casvto : se parece tam- 
bién á los horizontes del Cauca, en las mañanas de... 
(imposible dar con el mes ; pero la poesía le fue cre- 
ciendo). ¿ Y el peinado .''... ¡ Vea usted qué peinado ! 
Es como el del retrato de aquella bailarina que tiene 
José... Así, peinada sin peine, con ese abandono tan 
encantador, deberían peinarse las bellas ... ¿ Y ese modo 
de manejar el abanico ?... Ah caray 1 ¿ De qué pájaro 
tan hermoso serán esas plumas, tan parecidas al tra- 
je.'... i Del ave del Paraíso tienen que ser!... ¡ Ah 
caray si don Pacho le da gusto ! esos diamantes que 
lleva en las orejas... ¡Ah caray!... ¡esas flores son 
mis camelias ! Horiverá !" 

Y entusiasmado con las flores que Pepa llevaba 
en la cintura, se sopló al cuarto. 

— ¡ Señorita Pepa, — exclamó con voz fingida^, 
aunque sobresáltala — ¡ la he estado buscando comoi| 
un loco I... i Me hace el favor de acompañarme á bai-lj 
lar los lanceros }.., \ Me han dicho que ustj] los bailad 
divinamente I... I 

— ¡ Señor, por Dios I... ¿ Cómo vino á sacarme 



166 Frutos de mi tierra 

de este rincón ? — dijo ella, que al v.uelo conoció á Mar- 
tín, de cuyo disfraz tenía noticia, 

— Es que la he buscado en todas las casas !... 
j — ¡ Pero, señor, sí que me da pena... tenerle que 
y/decir que nó \ — agregó Pepa, fingiendo azoramiento. — 
^Figúrese usted que un disfrazado me enterró un tacón 
de esos puntudos...! que me dejó muerta !... Vea us- 
ted : aquí mismo... (sacando la punta de un pie y se- 
ñalando con la del abanico sobre el dedo pequeño) en 
launa! ¡ Estoy que no puedo dar paso !... Por eso 
me vine á este cuarto. Martín no vio señales de piso- 
tón; pero sí un zapatico muy mono, que le encalabrinó 
más el alma, si cabe. Pepa, al verlo tan embarazado, 
continuó : 

— ¡Pero, caballero, no vaya á pensar que es de- 
saire! Pregúntele al doctor... que le estaba pidiendo 
receta... Si estuviera por aquí alguna amiga mía para 
que bailara con ella I (y la taimada, haciéndose la con- 
fundida, atisbaba por todas partes) — ¡Todas están 
bailando 1... ¡Ahpena! Pero vea, señor... siéntese aquí 
á un ladito. ¿ Iba á bailar conmigo los lanceros, nó ? 
Pues mientras los bailan por allá con el pie, bailémos- 
los nosotros con la lengua... no le parece "i Martín vio 
el cielo abierto, bendijo los tacones puntiagudos, y 
tomó el asiento que Pepa le ofrecía. 

— Sí, señor... pero acerqúese más — dice ella con 
la sonrisa más amable del mundo — ¿ Por qué no se 
quita la careta ?... Le estaba contando al doctor una 
cosa..^. Permítame un momentico se la acabo... para 
que principiemos, nó ? 



X — La mar de cosas 167 

— Oh! señorita! continúe usted : ¡oyéndola ama- 
necería ! 

— ¡ Qué galante es el señor!... Pues sí, doctor, 
como le iba contando : Quitamos los niños, les pudi- 
mos á los negros !... ¡ Pero no puede figurarse el ho- 
rror tan grande que nos pegó de que nos fueran á 
seguir sumarios !... ¡ Yá nos parecía que entraba el 
Alcalde á hacernos jurar !... ¡ Yá nos veíamos en la 
cárcel ! Figúrese que yo le había oído contar á papá 
que á unos estudiantes los habían llevado á la cárcel y 
les estaban siguiendo sumarios ¡ nada más que porque 
habían desobedecido á los gendarmas !... ¡ Pues á nos- 
otras nos mandan al presidio ! — les decía yo á las mu- 
chachas. Unas lloraban de la rabia, otras del susto... 
Mi siá Inés nos echó, antes que viniera el otro viejo y 
nos pegara... El negro de la caída ¡ me parece que 
tuvo que gastar mucha tintura de árnica !... j Eso fue 
lo más terrible que se puede suponer ! 

El doctor Puerta y unas mamas que estaban allí 
fumando, le reían y celebraban el cuento que era un 
gusto. Martín, sin saber de qué se trataba, reía también 
como un bendito. Esta mujer me mata ! — se decía, 
j Valiente canela ! 

— La otra pasativa de esa tarde — prosigue la na- 
rradora — también fue divina ! Qué le parece, doctor... 

Y Pe pa c^ ntó aqu í la escena con Martin G ala, los 
coqueteos, la historia de los ramos de la antevíspera, 
mostrando como comprobante las camelias. Dióle á la 
narración los tintes más ridículos ; dijo que Martín 
"era un payaso disfrazado de payaso "; que lo era tan 



^¿ 



168 Irruios de mt tierra 

to que, para hacerle creer á ella que no era él el dis- 
frazado, había corrido á quitarse el disfraz, y que al 
momento había vuelto "el payaso disfrazado de ca- 
chaco." 

Martín se sentía morir: un temblor nervioso le 
agitaba la cabeza ; cada palabra, cada carcajada era un 
mordisco que le arrancaba un pedazo del alma. 

El doctorPu£ila_fueJl3inado_pojLSiL^ don 

_Eánfilü_para-.que hiciera-Jos honores en el comedor á 
la danza de Los hijos del cielo. Cuatro ó cinco señoras 
se quedaron en la pieza hablando del traje de Menga- 
nita, del disfraz de Perengano, lamentando profunda- 
mente que tan bellos trapos femeniles quedaran perdi- 
dos con los desgarrones y con esa terrible mancha, esa 
marca que el sudor hombruno deja... en el talle de 
los trajes. 

— ¿ Conoce usted al tal Martín Gala ? — preguntó 
Pepa al disfrazado, luego que salió el doctor, como 
quien inicia una plática confidencial. 

— Sí, señorita, lo conozco mucho — contesta él, 
con voz que no era fingida, pero que lo parecía, por- 
que era extraña, honda, atragantada como un sollozo. 
— Sí, señorita, conozco á Martín Gala... y usted es 
muy cruel cuando se burla de un hombre que la ama 
á usted... con pasión, con delirio ! 

— I De veras ? 

— ¡ Tan de veras, señorita — repone Martín con 
acento solemne — la ama tanto, ¡tanto! que si usted 
\ no corresponde á su amor, si no le da alguna esperan- 
a... Martín se muere ! 



\ 



X — La mar de cosas 169 

— i Aprensiones nada más, caballero !... Los hom- 
bres se mueren de cualquier cosa... menos de amor. 

— ¡ Créamelo, señorita; Martín moriría si usted... 
Esta noche la ha visto á usted... y está loco : ha creído 
ver á María Antonieta de Lorena ! 

Pepa lanzó una carcajada de muy buena fe, y 
exclamó : 

— Pues vea usted que sí tiene que estar de rema- 
te, si ve tales cosas... María Antonieta... ¿ no es una 
que es reina 1 

— Sí, señorita, fue la reina de Francia... ¡la reina 
del amor y de la belleza ! 

— ¿ Todo eso era ?... ¡ Pues entonces el señor ése 
está más que loco ! 

— jOh ! señorita... i El amor enloquece ! 

— O emboba ! — replica ella pasando del tono fes- 
tivo al serio — He oído contar que algunos se casan 
por poder... y estoy pensando si también'se propon- 
drá por poder; porque usted, señor... ¡ parece más in- 
teresado que el pretendiente! .. ¿ Tiene usted poder? 

Martín, que yá se estaba ufanando con su sentida 
declaración, se cortó tanto con la salida de Pepa, que 
sólo acertó á contestar : 

— j Sí, señorita, tengo poder!... es decir... 

— Sí ? Pues si tiene, dígale usted á ese señor Mar- 
tín Gala — replica ella poniéndose en pie — que si se ha 
de morir, se vaya preparando y arreglando sus cosas... 
porque María Josefa Escandón ¡ la reina de Francia ! 
no se casa con un payaso !... con un seminarista ! 

El lago de Ginebra se rizó, fulguraron los hori- 



1 70 Frutos de mi tierra 

zontes caucanos, el plumaje del ave del Paraíso se des- 
plegó, y María Antonieta de Lorena, dando un revo- 
loteo, salió dejando á Martín Gala aplastado como un 
sapo. 

Los cielos, al ver la caída de Mefistófeles, dieron 
una salva de cañonazos, después enviaron aleluyas de 
granizo, luego se desataron en chorros. 

José Bermúdez, al ver aparecer á Pepa eri los 
salones, corrió á buscar á Mefistófeles; pero Mefistó- 
feles se había desvanecido. 




XI 



BILIS y ATRABILiS 

ORQUE se halla en esa cama, especie de 
sancto saiiciorum, que no puede ocupar si- 
no su dueño, puede creerse que el acostado 
es Agustín: tan acabado está. Su frente se- 
meja la senda surcada por la rueda; en el cabello, en 
la barba, crecida y eriza, se podrían contar las hebras 
negras; el ojo, azafranado en lo blanco, mortecino en 
lo negro, denuncia hondo pesar; la cara parece de car- 
tón mojado. 

Tres meses han pasado desde el trágico percance, 
y aún guarda cama. Los azotes, que no pasarían de 
veinte, tan sólo le ocasionaron dos días de fiebre, li-/ 
gera inflamación y mucho molimiento, amén de va- 
rios cardenales, entre verdes, azules y morados, tres 
ó cuatro muy grandes en el rostro. Sufrió en la caída 
un golpe en una rótula que, aunque el médico lo tuvo 
por muy malo, aunque pronosticó que formaría líqui- 
do, no pasó de una hinchazón que pronto se deshizo. 
Pero la bilis, no bien aplacada aún con el ante- 
rior escape, se aprovechó de la ocurrencia para decla- 
rarse en huelga y darse á correr por todas partes, con 
toda formalidad. Agusto sentía las fatigas de la muer- 
te. Calenturiento, con los amargos humores retozán- 
dole en el arca del cuerpo, sudando azafrán, azafrana- 



172 Fi-utos de mi tierra 

do él mismo y cuanto le rodeaba azafranado, pasó 
•cuatro días. Acaso la hiél del alma, que á ésas se le 
extrabasó también, pudo, mejor que los ácidos que le 
propinaron, neutralizar los efectos de la huelga, que 
si no, se dejara de pistoleras el malhadado señor. 

Libre del envenenamiento biliario, si bien con 
los rastros amarillos del mal y con los verdes del lá- 
tigo, quisieron los dos médicos que lo asistían que 
dejase la cama. Pero ¿ cómo 1 Agustín. se sentía peor. 
Sacudidas como corrientes eléctricas le mantenían en 
un corcovo que sólo cesaba para dar lugar á una evo- 
lución de magia nerviosa: era un crecerse, un espon- 
jarse en aquella cama, que á poco se convertía en una 
mole fofa, en un relleno crespo de algo como viruta 
ó cerda que apenas cabía en el cuarto, acompañado 
este crecimiento de una chillería, un zumbar de des* 
pertadores de reloj, unos trompetines, que Agusto no- 
podía saber si eso salía de entre las almohadas ó de 
su propia cabeza; y al par que él crecía cuanto oía 
y palpaba. Las mantas tenían entonces el grueso 
de un colchón, éste, el de diez por lo menos, y así 
por el estilo. En tales crecimientos debía estarse quie- 
tico, porque si se ladeaba siquiera, era como un te- 
rremoto; si las ropas se rozaban, ¡ allá te va un hura- 
cán ! cualquier ruido exterior eran fragores y estré- 
pitos siniestros como cataclismos. Y como el cuarto 
no crecía en proporción de lo otro, quedaba el señor 
metido en horma; y no se ahogaba porque, en lo más 
apurado del tamaño, la embrujada evolución obraba 
al revés y á la carrera: cuando menos lo pensaba es- 



XI—BilisyaUabths 173 

taba Agusto delgaditico y terso como lámina de mar- 
fil, y digojániina, porque no guardaba la forma del 
cuerpo, sino que se volvía un retablo sin canto hasta 
reducirse á uno como retrato hecho en papel de seda 
y sumamente bien recortado, el cual retrato se perdía 
entre las ropas de la cama. 

Tortas y pan pintado eran estas andróminas cor- 
porales en comparación del embolismo de pesadilla 
que le enredaba el espíritu. Y es de tenerse en cuenta 
que las facultades mentales de Agustín, tan someras 
y apagadas en estado de salud, adquirieron con los 
choques y estregones de las enfermedades una intensi- 
dad profunda. Trazábale la imaginación los más som- 
bríos disparates, á vueltas de los cuales el intelecto 
pronunciaba alguna palabra desconsoladora como la 
realidad. 

De pronto le acometía una corajina que no que- 
daba trasto á vida; y Agusto formaba el propósito de 
acabar en un dos por tres con Bengala, don Juan y 
toda su canalla. ¿ Qué más fuera que dejar el lecho é 
irse á ellos como el dios de las venganzas ? Pues nó ; 
porque, á lo mejor del arrechucho, le entraba una 
congoja, un amilanamiento que, helándolo hasta el 
tuétano, le hacía rezumar por la frente un sudor frío que 
á él se le antojaba el puro suero. Si aquello era raiedo^ 
vergüenza ó enfermedad, no lo sabía; pero al sen- 
tirlo, le venían espasmos y erizamientos, y se tapaba 
hasta la cabeza, bien así como el rapaz que despierta 
después de haber visto al Diablo. 

En medio de tales excitaciones y quebrantos apre- 



174 Frutos de mi tierra 

ciaba ¡ pero de qué modo ! la trascendencia moral del 
azote ;él tení a que matar á ese hombr e; eso se lo gri- 
taba una voz desde allá de lo profundo de su ser ; y 
mientras tal no hiciera, no podía asomar donde la 
fjgente lo viese. ¿ El, Agustín Álzate, un hombre de su 
calibre, verse " pelado por un arrastrado ?" ¿ Podría 
darse un trastrueque más inaudito ? Eso era el rompi- 
miento de todas las leyes del universo. 

Así mismo era; pero, ahora trasudores, luego tem- 
blores, día llegó en que Agusto se declaró sin las aga- 
llas suficientes para sacarse el clavo con Bengala ; y 
esta misma impotencia le sugería las mayores barbari- 
dades. ¿ Qué sabía él de Médicis y Borgias, qué de los 
parientes de Eloísa ? Pues así y todo soñaba con ve- 
nenos que matasen lentamente entre acerbísimos do- 
lores, etc. etc. Y más y más se exaltaba con estos deli- 
rios, para apagarse luego en negra sima de tristeza. 

También Filomena fue Juguete de encontradas 
vehemencias. Pasado el rabioso soponcio que la aco- 
metió al saber que Bengala había sido el de todo, la 
señora se desfogó con la elocuencia de costumbre. 
Qué cosas dijo ! Juró, sobre unas cruces que hizo en 
la pared con las uñas, que haría podrir en la cárcel al 
bandido de Bengala ó se quitaría el nombre. Minita 
sirvió de consueta. Después fue el lloriqueo triste y el 
lamento amargo : que en Aledellín les tenían tema 
porque eran ricos ; que yá habían principiado por 
Agusto ; y que el día menos pensado todos amanecían 
degollados en la casa. 

Su pena por las del hermano, su ternura para con 



XI— Bilis y airahilis 175 

él, la solidaridad de la ofensa, sobre todo, fueron tanto 
más aparatosas y cacareadas cuanto menos hondas: 
más que todo era recrudecencia de su odio á la familia / 
de Palma. 

Pronto supo que Bengala andaba libre, sin haber 
sufrido prisión alguna; y bramando de ira se botó al 
cuarto de Aguscín. 

— ¡ Yá lo sabe, mi querido — le dijo casi ahoga- 
da — por ai anda el picaro de Bengala... libre, libre- 
cito!... ¡ Allá veres que ni causa le. siguen... porque 
en este maldito Medellín no hay justicia para nos-j 
otros!... ¡Pero con ésta no se queda ese infame ! 
Apenas te levantes compramos un revólver y le metes 
un balazo á ese demonio... para... 

El llanto no la dejó acabar. La Belona de pulpe- 
ría se tiró en la tarima á sollozar el berrinchín. 

Agusto la oía tamañito, sin articular un monosí- 
labo. I Bueno estaba él para echar bala ! 

<J^ partir dp psp día 1f¡ jní'pi ró Filom^ nn ^p' ny^r- 
sión, que no quería ni verla . Por fortuna que la nego- 
cianta poco paraba en casa. 

A la prendería, que casi siempre corría por cuen- 
ta de ella, acudió en esos días bastante gente ; pues 
por ser época de regocijos públicos, lo era de empeños 
privados; y por igual causa había en el almacén redo- 
blado trabajo. 

El intervenir en la venta le disgustaba sobrema- 
nera, porque, á más de parecerle impropio de su actual 
copete el vender públicamente, como en los tiempos 
de la pulpería, le tenía especial inquina al dependien- 



1 76 Frutos de mt tierra 

te, con quien nunca había tenido que entenderse. El, 
por «u parte, rara vez subía al segundo piso, donde 
ella trabajaba. 

Mal de su grado tuvo que ayudar en la venta; 
pero, tan desconfiada como era, y temiendo que el de- 
pendiente hiciera agostos mientras ella subía á la pren- 
dería ó salía á algún despacho, determinó despedirlo y 
abocarse ella sola todo el trabajo. 

¡ En cuáles se vio para dar abasto ! A riesgo de 
que se le escapasen no pocas gangas, hubo de recurrir 
al medio de emplazar los empeñadores para la noche y 
á la casa, á donde acudieron algunos, á pesar de la 
competencia y los apuros. 

Fuera de este trabajo tuvo que dar otras vueltas 
y verificar varios pagos. Así pasó el brete de las fiestas. 

Fatigadísima, con los pies como ascuas, se acosta- 
ba la señora, consolándose con la idea de que á lo me- 
nos economizaba el sueldo del dependiente y de que 
yá no tenía quien la fiscalizara. 

Pero esta situación no era para durar. 
y Sentíase enferma de tanto trabajar ; y viendo que, 
a pesar del mandato expreso de los médicos, ^A&u**^ 
o_ deiaba la cam a, las ternuras se fueron acabando 
hasta declararse en abierta hostilidad contra el herma- 
no ; hostilidad que se enconaba más al ver que corrían 
días y semanas y él seguía en sus trece. 

Una mañana, despertando más aburrida é indis- 
puesta que de ordinario, se lanzó'al cuarto del enfermo 
como una bomba. 

— j Pero decí de una vez qué es lo que estás pen- 



t 



XI—Bilisyatrabilts 177 

sando, hombre del enemigo malo ! — exclamó al entrar, 
desparramando la puerta. — | Decime si es que pensás 
podrirte en esa cama, pa ver qué hago !... O si es que 
le tenes miedo al Bengala... préstame los calzones 
y toma estas naguas, pa yo ir á entendeme con ese 
bandido ! 

— ¡ Quítate de aquí ! — fue la respuesta. 

— ¡ Ah espantajo I... sinvergüenza !.... Hubiera 
sido yo la pelada... ! y ve: masque estuviera con la len- 
gua ajuera ; masque estuviera con las tripas en la ma- 
no ¡ le había bebido la sangre á ese demonio !... ¡ Pero 
vos nó, ala: vos sos un gallina ! 

Dijo y salió. Menos épica volvió á la tarde. 

— I Nó, Agusto, por la Virgen ! — le dijo, entran- 
do con todo el señorío posible. — Eso no puede ser. Yo 
no soy bruja, pa poder hacer tanto sola; \ Imposible 
repicar y andar en la procesión I... Levántese ma- 
ñana. 

— ¡ No me levanto ! — gritó él furioso. ¡ Pa qué 
echó el dependiente!... ¡Sino puede sola, busque 
quien le ayude ! 

— ¡ Sí, será por tantos que hay á quién buscar !... 
¡ Una manada de uñones, de perezosos, que es lo que 
se encuentra I... 

— Pues no busque, si no le dan ganas... pero no 
me levanto ! 

— ¡ Pero vean este maldito hombre ! — prorrumpe 
la señora emperrándose. — ¡Este lo embobaron I... 
Pues yá sabe, pues, mi queridito, que si no se mueve 
nos vamos al suelo ¡sin remedio !... Yá no puedo 

12 



178 Frutos de mi tierra 

más... ¡ no puedo !... Yo no soy la muía que se mató... 
j Toíto se lo va á llevar la trampa ! 

— j Por mi parte !... — replica Agustín volvién- 
dose al rincón. 

— ¡ Por mi parte ! — contesta ella remedándolo, 
y como una fiera arremete contra él á los sopapos — 
' ¡ Ah, so sinvergüenza!... ¡ Toma más... que todavía 
I le quedó faltando á Bengala ! 

El acostado sacó un pie, y la dejó seca de un 
jarretazo en el estómago. 

Todos los recursos estaban agotadc», y Agustín 
I no se movía del cuarto. Enfermo de veras, fingido ó 
I embobado, Filomena lo declaró hombre perdido. 
! ¿ Cómo cerrar la tienda, cómo suspender los negocios? 
i Y Filomena sola no podía llevarlos, era cierto. Y los 
tales dependientes !... Para hacerle un presente al 
Diablo estaban buenos. 

¿ Cómo haría ella para conseguir un muchacho 
formal, dócil, que se dejara gobernar por ella sola- 
mente, que no fisgara, que Se amoldara á todo, que no 
• pidiera tanto; cómo haría ?... 

Cuando yá pensaba que ese fénix de los depen- 
dientes era un imposible, una idea le vino: recordó 
que poco antes de la caída de Agusto habían recibido 
una carta de Juanita, de que no hicieron caso. 

Buscóla al momento. Era de letra de su cuñado 
Pinto, y en parte decía así: 

«... ^ Cesar está mui aburrido en esta porque hase 
algún tienpo que está sin colocazion, después de la 
canpaña enfermó mucho i perdió el destino que tenia 



XI— Bilis y atrabilis 179 

i después ha tenido barias colocaziones en que no le á 
hido bien. El es mui acto para el travajo sobre todo 
como asistente de Casinos y billar que es destino que 
á desenpeñado barias vezes. Tan bien sabe llevar li- 

Í)ros. Tiene mui bonita letra i es de mui buen carap- 
ter. Vean mis queridoj hermanos si es posible que 
Ustedes le consigan un destino en esa; nos disen que 
allá se puede colocar fasil i tanto Pinto como yo cree- 
mos que Ustedes lo faboreserán en lo que es de su parte, 
aunque no sea mucho el sueldo Cesar está resuelto á 
hirse a esa: contal que sea resibido por Ustedes i que 
esté al lado de Ustedes que tienen recursos para todo.» 
¡ Lo que quieren es que se lo mantengamos ! 
— se dijo Filomena — ¡ Eso es todo 1... No será tanta 
cosa cuando está de balde y pide cacao hasta aquí... 
Pero tal vez... 

Se propuso el punto, estudiándolo al derecho y 
al revés; y, desde luego, pensó no consultarlo con 
nadie, pues yá se figuraba que le iban á salir coa i 
cuentos de protección al sobrino y de consideraciones! 
de familia, y no se trataba de eso. ¡ Bonitos estaban 
los tiempos para proteger ! 

^CÜ^J^Jl ^^ Miranda le había habladQ -de_César 
como de un muchacho muy fino y muy buen mozo; 
pero tampoco se trataba de eso. Fue ala señora, para 
ver de sacarle algo más sobre el asunto: Doña Chepa, 
en cuanto á conducta y habilidades de César, estaba 
tan adelantada como ella. 

Por sí ó por nó, comunicó su idea á Ag«eíki. 
«Hace lo que queras, d le contestó és te. 



180 Frutos de mt tierra 

Al fin se resolvió á escribir. No quiso «mandar 
tomar la pluma » á nadie: á falta de Agusto ó del de- 
pendiente, ella misma garrapateó á su modo la carta 
Ípara Juana, en la que, después de contarle el estado 
de Agustín, le propuso la venida de César á trabajar 
con ella, comprometiéndose á proporcionarle, en la 
casa, «buena mesa)) y demás comodidades; prome- 
tiéndole un regular sueldo, y, si él se manejaba bien, 
abrirle un partido muy ventajoso, sin expresar ni el 
sueldo ni el partido. 

A la semana siguiente recibió este telegrama de 
S^ Juanita: ff^jjjírlr^lQ s. Cés4i _Mrte si envíale jecursoj 
viaje.)) 

¡Pero nada bien que le sentó! 

« Si les mando mi plata.... ¡ quién sabe si se ma- 
man i — se dijo la usurera. — Mejor será no meterme.» 

No obstante, averiguó con doña Chepa á cuánto 
subirían los gastos del tal viaje; díjole ésta que á 
ochenta pesos, por lo menos. Le pareció un exceso; 
pero tan rendida se sentía, que se resolvió á todo, y 
remitió una letra á favor de Juana, por valor de se- 
tenta y cinco pesos, y una carta en que apuraba el 
viaje del sobrino. 




XII 



MILAGRO DISPUTADO 

A salita de Las Viejas, esa salita tan alegre 
siempre, siempre tan compuesta, es ahora 
tristeza y abandono. En las do?, ventanas, 
cerradas del iodo, no cuelgan yá las blancas 
cortinillas guarnecidas de rizos; los tapetes de leones 
y pavos reales, ornato de la tarima, yacen enrollados 
en un rincón; éita, pelada, polvorosa, es imagen del 
desamparo; los taburetes de guadamacil, empañados 
también, no alcanzan á lucir las frutas y floronas de 
sus canastillas, ni guardan esa simetría que solían; 
La niiierte del General Santander, colocada entre las 
dos ventanas, parece más fúnebre y patética; y hasta 
Sarrazola, el difunto de Marucha, convida á la tristeza, 
desde su lienzo de pintura heroica. 

En una mesa, sobre la urna del quiteño Naci- 
miento, arde con llam.a azulada y mustia un vaso de 
aceite de higuerillo, ante el Divino Rostro; frente por 
frente, en la otra mesa, entre los floreros de yeso y los 
ajados claveles de papel, se consumen nueve velas 
alumbrando la Virgen del Perpetuo Socorro, cuya 
imagen, rodeada de angelitos, recargada de adornos y 
colorines, es la única plácida en este lupcT- de duelo. 
Dos bandos de señoras y comadres del barrio, 
encabezados por Marucha y Paula, de hino]os ante las 



182 Frutos de mi tierra 

venerandas efigies, rezan á la vez las letanías de ]a 
Virgen las unas, las de la Santa Faz las otras. 

La plegaria, en fervoroso crescendo, se oye á mu- 
cha distancia: ahora ¡ Ruega por nosotros! ahora / Ve- 
nid d mi socorro, oh Madre de bondad/ 

En lo más recio entra ]\ÍAzuera con los ojos en- 
charcados, el índice sobre la boca, y dice á media voz: 
«¡Chito !... Que recen paso... el doctor Puerta lo de- 
clara fuera de peligro.» 

Marucha, que tal oye, suspende el rezo y sale en 
puntillas. A poco vuelve bañada en llanto, transfi- 
gurada de alegría: otra vez se postra de rodillas, y, 
puestas las manos, cerrados los ojos, poseída de esa 
fe, de ese reconocimiento de las almas sencillas, ofre- 
ce á Dios su acción de gracias, haciendo los visajes 
más grotescos, las más risibles muecas. 

Continúa luego el rezo de su bando, y en cuanto 
termina, se acerca á la Virgen, la besa, y velándola 
con un pedazo de tul, la dice con transporte: 

— ¡ Te lucistes, queridita! 

— I Qué es la cosa, mamita ? — pregunta Paula 
no bien acaban las otras. 

— f Pues qué ha de ser, hija: que Galita está fue- 
ra de peligro I... Allá está dormitao... la cosa más 
aliviada ! 

— ¡ Es que con el Divino Rostro son pandeque- 
sos ! — exclama la hija entusiasmada. 

— ¡ No digo que no será El! — repone la madre, 
socorrista decidida— sí será... pero por qué ? Porque mi 
Señora del Perpetuo intercedió!... Si no, quién sabe!... 



XII— Milagro disputado 183 

— ¡ Ave María, mamita, hasta herejía es decir 
eso ! 

— ¡ Nó, señor, no hay tal ! Si á mi Dios no le da 
gana de concédenos lo que le pidamos, no nos lo con- 
cede ¡ pero á la Virgen... toitico, toitico lo que ella le 
pide!... Yo por eso... ¡ la Virgen por delante ! 

— j Mas luego siempre fue El ! 

— Aháá!... No me quites el gusto con argumen- 
tos ! 

Las devotas mujeres se retiraron, y sólo una se- 
ñora quedó con Marucha. 

— Camine, mijita — le dice ésta, casi abrazándola — 
sentémonos en el costurero á fumar el tabaquito, y 
que nos traigan el algo,.. ¡ Gracias á mi Dios que yá 
podemos resollar tranquilas ! 

Y tomando una bandejita de tabacos^ le brinda 
á la señora. 

— ¡Valiente milagro tan patente, mi siá María ! — 
dice aquélla en cuanto enciende. 

—\ Calla la boca, mija: si esto se puede escribírl 
Si lo viera ¡ tan tranquilo ! lo que anoche fue que pen- 
samos que no amanecía ! 

— ¡ Valiente pena habrán tenido ! Nó ? 

— ¡No me digas! — contesta Marucha palmean- 
do en el hombro á su interlocutora. 

Y en seguida da un chupón, se saca el cigarro, 
escupe y dice: 

— Desde que falleció Sarrazola no habíamos te- 
nido unas pesadumbres como éstas!... ¡No es de 
ahora que estamos con entripaos ! Desde antes de las 



18é Frutos de mi tierra 

tales fiestas determinó Galita comprar un diajo de 
caballo... ¡ que mire, mijita ! ¡ de milagros no lo ha 
vuelto una plasia ! Diz que era pa corretiar en las 
carreras y pa la maestranza. ¡ Pero vea: cada vez que 
yo veía á ese niño en ese animal, me infriaba toítal ... 
¡ Gracias á mi Dios que le cayó el mal antes de la tal 
maestranza, porque, si no, en la plaza lo recogen en pe- 
dazos ! ¡ Ave María, mijita, yo no sé cómo es que 

las autoridades permiten ese matadero de gente... y 
que haiga tanto loco que se exponga á desnucase por 
divertirá los demás!... Pero nó: Galita estaba tras- 
tornao con las fiestas... y yo confundida: ¡ quién sabe 
qué le irá á suceder á este niño, quién sabe qué le irá 
á suceder... porque eso no tiene juicio pa nada!... 
Pues se disfrazó con un embeleco que le hicimos aquí, 
que nos sacó la giel; se horquetió en el caballo... 
¡cuando ánada vuelve y se quita el disfraz, bañaito 
en sudor 1 Me le pegué á la Virgen del Perpetuo, y 
le dije: Ya sabes, ai te entrego el muchacho. ¡ Líbra- 
melo de tantos peligros ! (Pausa, encendida ^^tahaco 
y chupones). El viernes, que ayer hizo ocho días... 
tún ! tún ! en la puerta, á las cinco de la mañana. 
'Esos son borrachos,' dijo Pabla... ¡pero á mime 
dentro el temblor de la muerte !, y le dije: Asómate 
á la ventana á ver qué es. Conocimos en el habla á 
José Bermúdez... ¡ Pues ai nos traían al muchacho 
moribundo ! Me levanté, me tiré la ropita como pude, 
y fui á ver: no podía ni hablar, ardido de fiebre, to- 
siendo lo más feo y quejándose que aquello partía el 
alma... Me güelió á licor... ¡qué te parece!... Ber- 



XII— Milagro disputado 185 

mudez voló por el dolor Puerta. ¡ Le pareció malí- 
simo!: que al momento cáusticos y otros remedios 
terribles. Bermúdez y Pérez, el otro muchacho, co- 
rrieron pa la botica. El dotor no se quería apartar, 
j Cuando les oí mentar numonía... mira, niña, me 
quedé muerta !... ¡Qué te parece, numonía... lo qu^l 
llamábamos ahora años dolor de costao — que ahora! 
todo es cambiao — el mal que mató á Sarrazola ! ¡Cómo 
me quedaría á tu parecer ! Yo le pregunté á Puerta: 
Se morirá, dotor ? — ' Pues, mi señora, nada puedo 
decirle; pero el ataque es violento.' Averiguó quién 
era la familia de Galita... ¡No le oí más ! Me fui pa 
donde la Virgen, y le dije: ( Mi señora: si ha de ser 
tu santísima volunta que este niño se muera, no me 
lo dejes morir sin confesión !... ¡ Mira, niña, de figú- 
rame no más que se podía morir sin confesión... me 
dentro la loquera!... Figúrate como está el mundo de 
perdido; con tanta sonsacadora como hay... j y él que 
es tan repispao !... Al otro día pior. Vino Puerta con 
otro médico nuevo, que casi lo desafusió: que el mal 
diz que era en toítos los pulmones!... Aháa ! ¡yo 
mando por el cura !, le dije á Pabla. Mandamos á lla- 
mar un jesuíta; y fui y le dijeá Galita: ¿ Qué tal está, 
mijo? — 'Muy mal, Marucha, yo me muero! ' — No, 
mijo, no piense en eso !... Quiere confesase pa que se 
tranquilice ? ¡ No crea que es que está malo ! Con- 
fiésese: confesión no llama muerte.. Aquí está el 
Padre Céspedes que nos vino á hacer visita... .¿quiere 
que se lo dentre.? ¡ Y qué te parece, me dijo que sí I 
Se confesó, más bien largo... y pior me puse: ¡cuan- 



186 Frutos de mi tierj-a 

do está tan blanditopa la confesión, es que siempre 
se va á morir I... y mira, niña, esta idea se me clavó ! 

Paula trajo dos jicarones de chocolate, con sen- 
das rebanadas de pan y sendos pares de bizcochuelos. 
Marucha se echó al cueipo el suyo en un santiamén, 
y con más alientos continúa: 

— tc Ese día, á la propia oración, vino Mazuera, 
que se había ido á ver al taita, que también estuvo de 
muerte con el mal en la vejiga. ¡ Figúrate cómo ven- 
dría el pobre con tanto trasnocho!: ¡ Pues á propia ho- 
ra se puso con el otro al bordo de la cama de Galita, 
y no se la han despintao ni de día ni de noche ! ... 
¡Valientes muchachos, mija, pa tener unos senti- 
mientos bien preciosos! Ellos no se han vuelto á 
acordar ni de fiestas, ni de comer, ni nada; masque el 
colegio se volvió á abrir, no han asomao con lo apli- 
caos que son. ¡ Hoy han venido á pegar los ojos ! 
Pero lo que más me ha atormentao es el delirio de 
ese niño. ¡ Ave María, mijila, qué cosa tan triste !... 
¿ Vos te acordás de la compañía Furnié ?... ¡ Qué te vas 
á acordar I... Una noche me llevó Sarrazola á la co- 
media ¡ porque ese sí era marido que estaba por dale 
gusto á su mujer ! y ai en la comedia salía un come- 
dianie ¡ muy bonito ! que hacía el papel de un novio 
que deliraba con la novia... Pnes hace de cuenta á 
Galita: ¡ disvariando á to3o pecho y así de triste ! Es- 
tá loquito perdido por Pepa, la hija de Pacho Escan- 
dón... que nian bonita diz que es. Y eso ha sido que 
no ha largao la Pepa de la boca; armao de viaje; di- 
ciéndole adiós pa siempre; y que lo mató; y que le 



XII —Milagro disputado 1 8 7 

perdona, ¡ Te aseguro, niña, que eso eran los enredos 
más lastimosos I... Yá se ve: con ese modo de recetas 
de ahora antes no se puso como debía ponerse: ¡ Pón- 
gase á pensar, niña, cómo estaría ese cristiano de ar- 
dido por dentro, con todo el licor que tomó !... Pues 
ve: en lugar de dale cosas frescas, dicen los médicos 
á échale brande y vino sin caridá... ¡Valientes reme- 
dios, niña !... Yo nian lo veía, del pesar que me daba, 
i pobre mijo I... Mazuera, que tiene mucha capacidá, 
era el único que le comprendía bien... ¡Y nada que 
les gustaba á los dotores ! Que eso diz que era de- 
lirio viajero, que es muy mala seña... ¡Ahora cogió 
un cuento con un payaso y con los seminaristas, lo 
más raro ! A la madre si no la mentaba casi... ¡ Po- 
bre señora, inocente de todo... y como adora en ese 
hijo !... Mazuera i tan querido ! se ponía á lagrimiar 
cuando le oía tanta pendejada... Y qué te parece: nos 
contó Bermúdez que Galita diz que estaba muy con 
tentó en el baile, en cas de Panfilo; y que de repen- 
te se perdió el muchacho. Bermúdez lo buscó por 
toíto el baile y no topó á nadie, sino la máscara que 
un niñito se la había topao en la escalera: ¡ Agua 
Dios misericordia se había salido del baile! Si es un 
loco, mija!,.. Allá diz que estaba la Pepa, más en- 
gandujada !... y Galita que había estao buscándola 
por todas partes, no volvía. A un rato, visto que no 
parecía, se salió Bermúdez á buscarlo á la calle; y en 
el casino del chato Rojas lo encontró ¡ tirao en un so- 
fá en el corredor del palio, átodo el ventestate y mu- 
ribundo ! Diz que había dentrado del modo más par- 



188 Frutos de mi tierra 

ticular: en cabeza, mojao como un pato y temblando 
de un modo espantoso, hasta que cayó yá con el do- 
lor en los costaos, tosiendo y con la calentura. Y no 
has de ver: el tal casino diz que estaba así de gente 
{juntando los dedos) y no hubo un cristiano que se 
acomidiera á hacerlo acostar siquiera 1 Si no va Ber- 
mudez, ¡ ai lo dejan morir como perro maicero ! ¡ Toí- 
tos estaban pegaos del dao ! ¡ Te aseguro que las co- 
sas que hizo ese niño son pa habese muerto cuatro 
veces! ¡ Es que milagro como este!... Voy á ver 
si yá recordó pa darle el alimentico. ... Pabla ! 
Pabla I 

— Señora ! — contestó ésta desde las alcobas, 
— Tráete los disfraces y los engrollables de Ga- 
lita, pa que se los mostremos á esta niña ¡ pa que vea 
cosa pa bien linda ! — y salió, 

— Todos tres están dormitaos — dijo volviendo al 
instante. — El sueño de Galita j es ya de alentao, de 
alentao ! Bien dijo el dotor que lo de anoche fue el 
crisis... Pero mira, niña, qué preciosidá ! (exclamó en 
cuanto Paula entró con los trajes). Mira : este lacre 
era el que tenía puesto... ¡ pero miren cómo lo puso !... 
El gorro, tan lindito, no se supo qué camino cogió en 
el bunde. Mira, este otro vestido morao, era el que 
tenía pa juUeriale á la novia en la maestranza... ¡ Po- 
bre mijo !... tan escondido que tenía todo, diz que pa 
dar el golpe. ¡ Estos enemigos de embelecos me han 
atormentao como no tenes idea !... Pero mirále los 
flecos!... ¡Ve estos galones ! Ni un santo, mija ! Yá 
se quisiera San Juan esta capita!... ¡Pobre mijo! 



XII —Milagro disputado 189 

j Qué tan lindo hubiera quedao con su muda y con 
este plumaje de la corrosca ! 

Y Marucha, desbordada en su tierno entusiasmo, 
se pone el empenachado sombrero al tres, se engalla 
y da unos pasos de contradanza. 

— ¡ Ave María, mamita, usté si está distraída I — 
exclama Paula. 

— ¡ Calla la boca !... ¡ Un baile le mandara yo 4 
la Virgen de puro alegre ! 




XIII 

LA CUEVA DE MONTESINOS 

kN el cerebro de Galita continuaban las fies- 
tas con terribles aditamentos: el fragor de 
las calles, el bullicio de los salones, el remo- 
lino de hermosas, la abigarrada corte de ga- 
lanes. Pepa, en brazos de uao,-galIardo en sumo gra- 
do, suspendía el baile para señalar á Martín con el 
abanico, para estallar en vilipendiosa carcajada, para 
decir «¡gasss!» y tirarle una escupa en la cara. Y 
como Martín tenía el don de la ubicuidad,- se encon- 
traba á la vez en la plaza : allá, tras los palcos y ba- 
rreras, al compás de músicas marciales, á manera de 
medioeval torneo, al plañir délas campanas que toca- 
ban á muerto, ejecutaba la maestranza sus graciosas 
evoluciones, sus caracoles simétricos, sus valientes al- 
cancías. Entre la brillante caballería, en medio de los 
penachos encumbrados, de los recamos de oro y plata, 
de la pompa de tan gentiles disfrazados, Martín, caba- 
llero en El Reiüito, pero en el retinto flojo, orejicaído 
y menoscabado, exhibía el roquete blanco y el boneti- 
co de los seminaristas, montando con la hombría de 
bien y el aire temeroso de cura gordo que va de con- 
fesión. Sobre el futuro tonsurado llovían piedras lan- 
zadas entre atronadora rechifla, al mismo tiempo que 



XIII — La cueva de Montesinos 191 

unos sacerdotes y todo el seminario en comunidad 
hacían en el atrio de la catedral la posa de un entie- 
rro, cuyo difunto no era otro que Martín. Muerto y 
todo le llegaba hasta las entrañas aquel De projundis^ 
largo, coreado, lleno de horror. Con más dolores que 
los producidos por la lapidación, sentía sobre su cadá- 
ver los goterones de agua bendita que Pepa, en furi- 
bundas aspersiones, le echaba á una con los apedrea- 
dores del seminarista vivo. 

A la vez que de difunto sensitivo y de maestran- 
te, se andaba en despoblado, sobre un corcel que vo- 
laba más que el viento, precedido de un cartelón ne- 
gro de letronas blancas que decía: Martín Gala. 

Viajaba de noche trasmontando cordilleras, atra- 
vesando dilatadas llanuras sembradas de cruces; y el 
caballo volaba y volaba hasta caer muerto de cansan- 
cio, Martín quedaba debajo. Una nube de gallinazas 
lo rodeaba, y cuando yá le comían, las desbandaba 
el asperges de Pepa. El i?^y?<zVíca;/^ m/<7Ci?, salmo- 
diado por ella á carcajada tendida, lo repetían los ecos 
convertido en canto de ciirriicutü. Martín revivía 
desnudo; un caballo reemplazaba al muerto ; y ala, 
carrera, sin tropiezo alguno, cruzaba por ásperos mon- 
tes, por sobre escarpas como pedazos de vidrios, de- 
jando aquí y allá las carnes de los dos. De súbito la 
corriente avasalladora de ancho río los envolvía; te- 
ñíase en sangre la onda mortal, y caballo y cabalga- 
dor se sumergían. 

Por una vislumbre de razón, también se encon- 
traba por momentos en su cuarto: Pérez y Mazuera 



192 Frutos de mi tierra 

le rodeaban ; el doctor Puerta, entre palabra y pala- 
bra, reía como la noche del baile, en tanto que « La 
Vieja,» disfrazada de monja, cantaba las canciones de 
Pepa, por allá en un rincón. 

Mientras más borroso el embolisme y mayor la 
complicación, más fuertes, más pronunciadas las im- 
presiones ; y todo ello tenaz, invariable, con el mismo 
lujo de horrores. 

Al choque de tanto disparate, relampagueó en la 
enferma mollera esta pregunta: ¿ Será suefio ó nó ? 
Vaya usted á decirle ! 

Entre si es sueño ó vigilia, transcurrieron siete 
días, que para Martín tanto podían ser un cuarto de 
siglo como uno de hora, pasados los cuales hubo un 
momento en que, sintiendo los cáusticos, dificultad 
para respirar y mucha tos, vino en atar cabos y en 
recordar todo hasta la confesión. Lo sucedrdo de ahí 
en adelante lo dedujo, y Martín amaneció. 
^ \ La muerte le estaba coqueteando de veras ! 

Abrió desmesuradamente los ojos y trató de in- 
corporarse. Vio á sus compañeros y á jPaula , y creció 
su espanto. « Qué quiere, mijo ?» oyó que le dijo ella; 
quiso articular algo, pero fuese por miedo ó por debi- 
lidad, sólo produjo un murmullo. Hundióse otra vez, 
no yá en los horrores aquéllos; que se hundió en la 
muerte. Por tal tuvo, á lo menos, la frialdad y con- 
goja que sintió; V-£ii-t :a.n terrible tTan(;;p vini°rvn-;1 
rnnfy jdírsele Muerte y Pepa en una misma p^rsorta. - 
Pp.pa nnn rara de ralavpra y manos de esqueleto, (S 
Jkt«etiecon arreos de fiesta. 



XIII — La cueva de Montesinos 193 

La fiebre bajaba, y Martín iba analizando. ¿ Se 
habría muerto yá ?,.. ¿ Todo ello serían escenas de ul- 
tratumba ? Si acaso no lo eran, lo serían muy pronto 
seguramente. Aquí la de rezar con toda el alma y de 
repetir aquello át alcanzadme que muera con la muer- 
te del justo. 

-\^,¿odo esto la favorable crisis paja^ y la con- 
valecencia entra á galope tendido como la enfer- 
medad. 

Lo que era en esta vez no se moría nada; de ello 
se convenció por fin. Y ¡ lo que son las cosas ! Des- 
pués de tantos sustos; después. de haber sentido olores 
de la otra vida, resultó con que el mozo dio en rega- 
tearle á Dios el chiripazo, á cuenta de que este vivir 
de flor era una sola amargura. 

¡ Vivir <;i'n pgn rn'ijfir! 0'v'i^rl a !•.. Punto me nos 
que imposible. Esa mujer lo había matado; era su 
verdugo; le tenía miedo; en su corazón sentía la lluvia/ 
de asperges; en su corazón oía el Requiescat in pace) 
pero en su corazón no había odio contra esa mujer, j 

Odio.? Pero ni indiferencia, ni menos olvido. í 

Esa mujer era un abismo de maldad; en el alma 
de esa mujer todo era negro... Entonces ¿ por qué no 
odiarla ?... ¡ Ay ! No podía: sentíala atracción; una 
atracción tanto más tirante, cuanto mayor era la mal- 
dad de esa mujer. Eso era ineludible; era su destino. 
Como el suicida á quien atrae la bala que ha de vo- 
larle los sesos, así lo atraía esa mujer. 

Los sesos ? Nó, él no los tenía: bien comprendía 

que estaba loco. Sj^oe o; p orque coc am o r nn - era a mor , 

1q 



194 Frutos de mi tierra 

sino locura. ¿ Cómo amar tanta perversidad sino es- 
tando loco como él lo estaba ? 

Esa locura no alcanzó á quitarle la vida; pero sí 
le había apagado la razón. Sus presentimientos no 
podían engañarlo: esa pasión no podía acabar de otro 
modo.... ¡Qué vida iba á ser la suya!... ¡ Pobre su 
madre !... ¡Tantas esperanzas en ese hijo... separarlo 
tanto tiempo de su lado,., hacer el sacrificio de la 
ausencia... para conseguir un loco!... Pero nó: él 
conocía su locura, y, conociéndola, él la ocultaría. Sí; 
la muestran aquellos que ignoran tenerla; pero él no 
la mostraría: evitaría á su madre esa pena, se evitaría 
el verse amarrado en una jaula, ó apedreado por los 
muchachos, i Qué vivir más espantoso, vivir mu- 
riendo !... ¡Sabría Dios cuántos años tendría de so- 
brellevar esa vida ! 

(La muerte; esa otra muerte; esa con ataúd y 
entierro... muy espantosa, era cierto; la cuenta^ muy 
» espantosa también; pero pasaba pronto, y acababa el 
penar 1 

Había perdido una coyuntura para terminar de 
una vez: el jesuíta le había dicho tan dulces palabras; 
su confesión fue tan contrita; su arrepentimiento 
era tan grande, que ¡ si Dios fuera servido de llevár- 
selo !... 

Y Martín, fantástico de suyo, tomado ahora por 
la enfermedad y profundamente impresionado, iba 
sutilizando sus tristezas, hasta tenerse por el hombre 
más desgraciado. 

Con todo, convino en no desearse la muerte con 



Xlil — La cueva de Montesinos 195 

entierro, porque eso era ofender á Dios, y no estaba 
ahora por pecar; que antes iba á seguir las exhorta- 
ciones del Padre Céspedes, que había vuelto á visi- 
tarlo, y los consejos de Marucha. Sí, en adelante iba 
á ser muy buen cristiano; yá lo era, pues que rezaba, 
y muy devotamente. Sólo la virtud y los consuelos 
de la Religión podrían darle aliento en su vida de 
martirio. 

La salve, con aquello de gimiendo y llorando en 
este valle de lágrimas, le suministró el programa. Sí: 
gemir y llorar en silencio, no había más, y Galita se 
creyó un Job. 

La ocasión se pintaba sola para prácticas de pie- 
dad y enmienda de pecadores: Mazuera y Cañasgor- 
das habían trasladado sus estudios á la sala; de la sala 
habían emigrado al cuarto del enfermo El Divino 
Rostro y la Virgen del Perpetuo Socorro, El con su 
lámpara, Ella con sus velas; las viejas los colocaron 
en el hueco de la ventana, donde Galita pudiera ver- 
los bien ; y en el cuarto se les hacían los rezos, con 
más fervor, si con menos bulla que antes. 

Byron, — El Gaitóti, como lo llamaba Marucha, — 
había desaparecido, y en su reemplazo acompañaba á 
Martín, en el rincón de la cama, la Virgen de Chi- 
quinquirá, de las señoras X., cuadro andariego, clásico 
en Medellín, por ser visita obligada de todo enfermo 
grave, y gran hacedor de milagros, según milagreras 
conseias, el cual cuadro lleva pegada á la pintura, á 
modo de ex-votos, porción no pequeña de zarcillos, 
florecillas y cositas de oro, circundando á la Virgen y 



196 Frutos de mi tierra 

eclipsando las santas figuras de sus amigos Andrés y 
Antonio. 

Otrosí: Martín piensa cumplir al par que Las 
viejas las promesas de misas, comuniones y novenas 
que ellas han mandado; Marucha, además, lo hizo 
asentar en la hermandad del Carmen, y el hermano 
carga el escapulario. 

También estuvo de ejercicios espirituales. No 
bien la pieza se pudo abrir libremeote, Marucha se 
instaló cerca á la puerta, con la « mesita tabaquera,» los 
canastos de harinas^ los rollos y demás recados del 
caso, y, calados los anteojos, acomodada en su ban- 
queta, principió á farfullir sus «bobos,» como ella de- 
cía, y á echar las prédicas. A cada docena de tabacos^ 
un milagro de la Virgen del Socorro, con muchas 
consideraciones y exornado — por vía de ameniza- 
ción — con alguna aventura de Sarrazola, con el naci- 
miento de Pabla, con las gracias de Calistro, el mu- 
chacho de Marucha, <r que falleció á los diez y nueve 
años, tres meses y dos años de colegio.» Por el esta- 
do de Galita no podía Marucha ser lo prolija que de- 
seara, ni contar de seguida como era su costumbre; 
pero así recortada y todo, Martín estuvo en un tris 
de recaer con las conferencias. 

<r Yá lo ve, mijito — le dijo Marucha al levantar 
la primera sesión — la Virgen le ha mandao este mal, 
pa volverlo á su Divina Majestá, y pa que deje esa 
vida de pecadera y esas compañías tan fatales qué ha 
tenido... [ Yá ve lo que son los tales casinos !... Pón- 
gase á pensar, á su parecer, cuánto será el platal que 



XIII — La cueva de Montesinos 197 

le ha cogido el tal chato ¿ y ai no lo dejó tirao con el 
mal, sin pregúntale siquiera qué tenía ?... Yá ve al 
José Bermúdez... ¡ santo onde te pondré, mientras lo 
vio alentao y botando plata como si fuera cagajón !... 
y yálo ve, mijo, cuanta gracia hizo, fue ir por el do- 
tor y después asomase un ratico por cumplido!... 
Habelo traído de onde estaba boíao i caso me parece 
tanta hazaña !... ¡ Es pa que vaya viendo la laya de 
amiguitos !» 

Esta parrafada, más ó menos, era de todos los 
días; y Martín, desengañado como estaba, convenía 
con Marucha. 

Afirmándose más en sus buenos propósitos, prac- 
ticando virtudes cristianas, pasó la convalecencia. 
El curso de resignación, sobre todo, iba á pedir de 
boca: Dios quería probarlo enloqueciéndole el corazón 
para que amase á una mujer tan mala; pues bien: no 
rechazaría el cáliz; vitalicia que fuese, resistiría á la 
prueba; amaría ese imposible, esa maldad, en abstrac- 
to, en ¡dea, yaque no en carne y hueso. 

Aunque á Galita no se le ocurrió el símil, nos 
consta que se propuso amar ala muchacha al modo 
que el sectario obcecado ama su error, su error que 
tan sólo persecuciones ha de acarrearle. 

Y, cual conviene á hombre que oculta la locura, 
que hace frente á la desgracia con las armas de la 
virtud, Martín guardaba un recogimiento melancóli- 
co que áél le parecía augusto, pero en grado super- 
lativo. 

En los adentros sentía los enternecimientos de la 



198 Frutos de mt tierra 

piedad, al par que los hachazos del martirio, y, víc- 
tima que no quiere ser comprendida, tomaba, calla- 
dito su boca, camino del Calvario. 

Tal iba el convaleciente, cuando héteme aquí que 

á los pocos días de levantarse, l^-ftreroTT— efttraüdo 

u ñas ansias allá como corporales, un tantico concre - 

. £as v _determinadas; rPepa, yá sin dares ni tomares 

I con la muerte; Pepa, exenta de toda perversidad; 

! Pepa, con todos sus encantos, poetisada por el re- 

V cuerdo, realzada por la pasión, apareció en escena 

Icomo modelada por el genio helénico. Santos propó- 

«itos, promesas de comuniones, curso de virtudes, 

Varón fuerte. Platón, todo se lo llevó el diablo. 



XIV 



G A L I T A LEE 




1 



LL i^^Tg^Q^RE mijo, tan entotumao que se 
*• ■ '■■^^BL levantó!" era la muletilla de Maru- 
-O cha; V, en efecto, Galita seguía día po r 
día más c3¿[i_ziu,io. Lo poco que hablaba 
era para expresar su gratitud á Las viejas, á sus com- 
pañeros y al doctor Puerta; pero, en tratándose de 
otro asunto, no adelantaba palabra; y, ni las historias 
de Marucha, ni la charla de Mazuera, ni la crónica de 
las fiestas, ni las Bermúdez, que fueron a verlo, ni las 
cremas y golosinas de enfermo que éstas le enviaban, 
fueron para sacarlo de su silencio. 

Antes, todos le hablaban de Pepa, ahora nadie se 
la nombraba; luego todos sabían lo que pasó entre él 
y ella. 

Por lo que decía Marucha, por lo que él recor- 
daba, supuso que Pepa había figurado en el delirio; 
quiso saberlo por sus compañeros; pero ambos se hi- 
cieron los bobos. Galita, entonces, muy conmovido, 
contóles el episodio del baile, pintándoles su desen- 
canto de la vida y el fuego en que se abrasaba, sin 
poner en la pintura una sola pincelada de la resig- 
nación de antes, y sí muchas de despecho. 

Cañasgordas le salió con aquello de que cuando 



200 Frutos de mi tierra 

una puerta de cuero se cierra... cosdi que al cuitado 
pareció vulgarísima, inadecuada y hasta hiriente á la 
alteza de ese amor, que el burdo mediquillo era in- 
capaz de comprender. 

El remontado Mazuera, volviendo al tono do- 
cente de Mentor, ventiló la cuestión con todas las filo- 
sofías y exornaciones de su cosecha. Probó, ó al rae- 
nos pretendió probar, que los amores exclusivos eran 
la paparrucha más grande; y no bastando esto, apeló 
el bachiller á los narcóticos de la alabanza; puso á Ga- 
lita en las nubes y á Pepa eij el gajo de abajo, decla- 
rándola, por ende, indigna de tan encumbrado amante. 
Y mucho que se adormecieron los dolores con estas 
gotas rosadas. 

Por fin dieron á Martín por bueno y sano, y, con 
tal que se cuidara de malos vientos, permiso para 
salir á todas horas. 

Sería de noche, porque de día se podría encon- 
trar con Pepa por allí en cualquier parte, y él no que- 
ría verla de ningún modo. De noche pagaría las 
visitas, arreglaría el viaje y se despediría; porque él 
56 iba precisamente. ¿ A qué permanecer más tiempo 

[\en Antioquia ? Además, la última carta de su madre 
ira enérgica y terminante: lo amenazaba con retirarle 
los recursos si no volvía al Cauca ó á los estudios. 
¡ Lindos serían los que él hiciera, con ese comején que 

jle roía el alma I ¡ Al Cauca otra vez ! Acaso la vista 
de su tierra, las caricias de su madre, la vida de las 

I haciendas, podrían aliviarle. Acaso, allá en la finca de 

j\£a Soledad, lejos de las mentiras sociales, confundido 



XIV— Galita lee 201 

con los vaqueros, hallaría medios de aturdir su cora- 
zón, ¿. ^o vivió Byron en el camp o ? Allá, sin testigos, 
sin que nadie lo criticara, derramaría su sentimiento 
en raudales de poesía; y, á semejanza de la muerta de 
El ir en expreso^ recitaría sus cantigas al lucero de la 
tarde, para que esta estrella, que también era suya, 
se las recitara á Pepa. 

Trocada la cruz en lira, convertido el Calvario 
en Pindó, madurado el plan, y combinadas de ante- 
mano algunas estrofas, anunció Galita el viaje, y Las 
viejas emprendieronelJj¿nto. 

Bermúdez fue á invitarlo para que salieran á pa- 
sear á la Quebrada Arriba; pero Martín se excusó. 
Todavía se estuvo en casa por tres días, pasados los 
cuales hizo venir al peluquero para que lo arreglara; 
púsose vestido negro de levita y el alfiler de perla 
negra cogida con una garra, en el que vio un símbojo: 
la perla su corazón, la garra el dolor; y se echó á la 
calle, con aire de recién llegado de largo viaje por el 
extranjero. El movimiento, la vida afanada de la ciu- 
dad, el aspecto de la gente, le parecían extraños é 
inusitados, sarcasmos de la suerte las felicitaciones de 
los conocidos; creía que todos leían en su porte este 
letrero: <l ¡Desgraciado joven! ^^ Impensadamente se 
fijó en un cartelillo verde retumbante, vivo aún, que 
en una esquina sobresalía del pegote de papeles, y 
leyó: "Se invita á las personas piadosas para que 
asistan á la velación que tendrá lugar el 20 de los 
corrientes, en la Vera Cruz, para pedir a Dios por la 
salud del joven Martín Gala." 



202 Frutos de mi tierra 

Yá sabía, por Marucha, de la tal velación, y ni 
caso había hecho, pensando que eso sería cualquier 
rezo mandado por Las viejas; y ni el interés que des- 
pertó su vida en peligro le cogía de nuevo; que antes 
se lo figuraba general. Pero al ver que eso había sido 
anunciado y todo, y en letra de molde, al leer su 
nombre, brotaron del fondo de su pena, como flores 
de la sepultura, unas satisfaccioncillas Intimas ¡ deli- 
ciosas ! 

" Ese charlatán de Mazuera — se d'jo Galita — 
tiene mucho talento: muy cierto es que yo no me 
estimo en lo que valgo... Pero esa velación debió 
costar mucho... y Las viejas ¿ con qué la iban á pa- 
gar ?... Si fuera por mi cuenta, me hubieran dicho 
que debía eso... José?'... ¡ qué velación iba á mandar 
ése i... Mazuera y Cañasgordas menos"... 

Alartín repasó amistades y conocimientos, y, 
como no fuera á las Bermúdez, no encontraba á quién 
achacarle la velación. 

El gusto se lo apagó de un soplo esta idea: 
♦( ¡ Quererme todos tanto... y esa mujer I »... 

Iba primero al telégrafo á anunciarle á su madre 
f el próximo viaje, y en seguida á la redacción de un 
^periódico,'á que le publicaran una despedida < muy 
hitn jalada^ » que le había escrito Mazuera. 

Al entrar á la Casa de Gobierno, donde estaban 
entonces las oficinas telegráficas, un chico, hermano 
de las Bermúdez, lo llamó y le entregó una carta, d¡- 
ciéndole: « Aquí te mandan las muchachas.» 
' Rompió el sobre y vio... ¡ Dios del cielo ! Le 



XIV—Galita lee 203 

pareció que se caía. Estaba soñando. Eso no era cier- 
to. Había vuelto al delirio. 

« ¿ Qué es, niño... mala noticia ? — le preguntó el 
portero. 

Que nó, contestó Galita con meneo de cabeza, 
el ojo tamaño, fijo en aquellas letras. Era un tarjeta 
de visita con este nomb r^: Alari a _^£L^ef^ F.<ír.anrlán^^ 
y debajo y á la vuelta, en letra patoja: « Perdóneme n 
Martín. Yo lo amo lo adoro. No se baila por Dios;! 
para el Cauca sin que hablemos=repa.i» ! V 

Otro papelito de letra de Julia Bermúdez, decía:/ 
ccMi apreciado Galita. =í Pepa quiere hablar con U.l 
Está muy arrepentida. Bengase ala oracioncita áaquí\ 
á casa » etc. 

¡ Iba á recaer precisamente ! Si hasta sentía dolo- 
res otra vez. De repen^tejumjLj¿eiL.l£-atejrr4; <c ¿ Será 
otra burla ?...d 

Entró; se recostó en la barandilla del patio; miró 
el surtidor, los cuadros del jardín, los desgabilados 
arbolocos, luego el escudo nacional, pintado al frente 
en una como portada; leyó la inscripción: Pueblo, 
respetad al Magistrado; Magistrado^ respetad la ley; 
después miró al cielo; pensó en El Retinto; recordó 
el cuadro de San Martín que había en su casa, mon- 
tado en un caballo palomo^ y partiendo la capa con el 
mendigo; habló solo y como el loro, diciendo este 
pedacito de la biografía consabida: «.La belleza es laví 
luna cuyos melancólicos rayos alumbran las ncc/tes del I' 
alma.T» 

Al fin, sin acordarse de tal telégrafo, ni de la 



204 Frutos de mi tierra 

despedida tan h'ien jalada, ni de nada, salió apresura- 
damente, llegó á la casa, llamó aparte á Mazuera y, 
dándole la carta, le dijo: 

— Díme si esto es cierto ó es una burla ! 

— Ah caray ! — exclamó el Mentor, en cuanto 
leyó la tarjeta — Que si es cierto ?... Pues de más! 
Eso tenía que suceder ! Sí, señor: aquí está pintada 
la Pepa. ¡Si es un tipo, no te digo! Y en seguida leyó 
la boleta. 

— No será por engañarme? 

— Por engañarte ? ¡ No seas bestia ! Esto es más 
cierto que el Algebra... ¡ Pero ve qué arranques!... 
Caramba ! Está apasionada. Si estuvieras por desqui- 
tarte, aquí te las pagaba juntas !.. Pues en plata te 
pide una cita — Es un tipaso!... 

— Pero... voy ? 

— Pues para cuándo lo dejas ? 

— Es que... ese cambio, así de repente... 

— ¡ Pero, hombre, por Dios... parece que no co- 
nocieras á ninguna mujer!... Si así son todas, hom- 
bre! ¡ Y ésta no anda con vueltas !... Me hadado 
más gana de tratarla !... Es de verdad que está arre- 
pentida... Créemelo. ¡ Pero ve qué ortografía !... ¡Está 
estupenda para ti ! 

j Qué talento tiene este bobo ! — pensaba Martín. 



XV 



LLEGADA 




ERRADURAS de despeada caballería re- 
suenan en el empedrado. El viajero lee el 
nombre de la calle, dobla la esquina, y es- 
poleando el mulo, que apenas se mueve, se 
acerca á la casa número iii, y pregunta. 

— Sí, mi niño, — \e contesta e\ asisietiíe ó criado- 
Bien puede desmontase. 

Hácelo el viajero; el criado, tomando el animal 
por la brida, lo entra por la «puerta falsa»; resuenan 
las espuelas en el zaguán; resuena la campanilla del 
contraportón; Mina abre, y al tiempo que él se dobla 
levantando el casco, ella exclama cortada: 

—I Caballero !... Ah !... Es ggsar ? 

— César... para servirte ! — canta él apresuiada- 
mente. 

Ella le da la mano, César se la estrecha en las 
suyas y luego la abraza cantando: 

— Tú.„ eres Filomena, nó ? 

— Nó, señor, soy Belarmina — repone ésta un 
tanto disgustada. 

— ¡ Ah caracho !... ¡ Belarmina, como nó!... Y 
¿ cómo estás, ah ? ¿ Cómo están por aquí ? ¿Y las otras, 
ah ? Y siguen abrazados hasta el costurero. El se 



206 Frutos de mi tterra 

sienta. Mina, tupida con el abracijo, que nunca se le 
había ocurrido, contesta: 
y/ — Estamos bien, César.... Agusto muy nervioso. 

Y grita en seguida: 

— Nieves ! Nieveees ! camina saluda á César, que 
yá vino ! 

Llena de confusión y vergüenza, imagen del en- 
cogimiento, aparece Nieves, y desde la puerta estira 
la mano diciendo muy pasito y despacio: 

— Cómo le ha ido, César.... 

— ¡ Hombre, Nieves! — salta él poniéndose en pie y 
abrazándola. — ¿Y qué tal, ah ?... ¿ Cómo te conservas ? 

— Toy alentada... y sí que vino temprano! 

— Temprano? (soltando la abrazada y sacando el 
reloj). Ah caracho! Cómo nó!... Créia que era tarde: 
no son las cuatro y media ! Siéntate ! Cuéntame cómo 
están y qué es lo que tiene.... tío Agustín. No será 
nada de cuidado, nó ? ¡ Enfermedad de rico, nó ? 

— El dice que está muylITáT^Trr 

— Sí? ¡Cuánto siento lo que me dices !... Y 
cuál es la enfermedad, ah ? 

— Pues á él le dio buenamoza — contesta Mina — 
pero ahora como que es algo de necedá. 

La campanilla suena, el contraportón cruje, y 
asoma el volumen de la prendera. 

— Es Filomena — anuncia Mina. 

— ¡ Hola, Filomena ! — exclama César saltand o 
al corredor y abala nzándose á abrazarla; pero no pu- 
diendo abarcarla con la debida elegancia, se contenta 
con echarle el brazo y darle palmaditas. 



XF— Llegada 207 

— Qué tal, César !... Hace rato llegó ? 

— Horita, horita ! Y cómo estás, ah ? 

— No tengo novedad. Muchas gracias. Y usté? 
(Desprendida de los brazos del sobrino, fue á sentar- 
se al frente. Le miró: (C ¡ Qué hombre tan lindo ! ») 

— Ah!... Vengo medio muerto! Desde el río 
traigo un pestarrón ¡ matroz !... El tren me acabó de 
zumbar: ¡casi un día para hacer diez leguas!... 
1 Qué cosa tan bárbara ! ¡ Eso es un chispero que, en 
lugar de moverse, no hace sino quemar la ropa I... 
Y hora verán ! El ranguillas que me alquilaron en 
Pavas, por pocas no me arrima á San Roque: ¡ dos 
días he gastado y creya no llegar ! Al otro día ma- 
drugo y voy á montar, ¡ pero en qué: achajuanado 
del modo más bestial! No daba un paso. Salgo á bus- 
car un animal en qué seguir, y tuve que esperar unos 
arrieros, porque no encontré allí quién me alquilara 
ni una muía de carga. Por fin llegaron unos, y cuan- 
do iba á ensillar me puse tan feo, que tuve que arrun- 
charme. Pensé que las fiebres me iban á zumbar. 
Pues nó: al otro día pude seguir; pero hoy sí me ha 
ido peor: ¡ he venido no sé cómo, con el calor, el 
polvo y la peste!... Cosa más atroz! Y aquí en el 
camellón j la venía pasando!: un parrandón de niñas 
en un balcón, la mar de gente... ¡ y yo metiéndole 
espuela á la muía, y la muía sin moverse !... Ah ca- 
racho I No sé cómo estoy aquí I 

— Por manera que no más dentro á Antioquia 
encomenzaron los trabajos.? — dijo Filomena muy 
risueña y muy divertida con las cosas de César. 



208 Frutos de mi tierra 

— Ah ! sí I (en tono de zumba). He llegado de 
malas á esta tierra! Si así sigo..» 

— Pues como no se aburra — dijo Filomena— todo 
está bueno. 

— Ah ! j No lo creas 1 ¿ Con ustedes quién se 
puede aburrir ? 

— ¡ Pues quién sabe, César ! — repone la señora de 
muy buen humor. — No se ponga á floriar desde ahora. 
Bueno, ¿ y cómo dejó á Juana y la familia "> 

— ¡Muy bien, ala! — contesta él, inclinándose — 
j Perfectamente están lodos! ¡Tantos recuerdos les 
mandan ! La pobre mamá se quedaría llorando por 
mi venida, \ yá me la supongo ! Desde que se decidió 
mi viaje principió el llanto... Papá vino á sacarme y 
nos les tuvimos que venir escondido !... Por aquí 
traigo una carta: me parece que es para tí y tío Agus- 
tín (sacando una cartera muy fina). Por ai en los baú- 
les vienen unos chismes que les manda. 
^ Filomena guardó la carta sin leerla. No sabía qué 

I adivinanza era ésa: esperaba un muchacho así, pobre, 
mal entrajado, y César venía de guantes; casco in- 
glés; vestido de paño burdo, muy nuevo y elegante; 
j magníficas polainas; calzado extranjero, amarillo é 
I impermeable; guarnid muy lustroso, extranjero asi- 
\ mismo; venía de revólver... ¡y tráia hátiles! 

Los setenta y cinco pesos del recurso se le volvie- 
ron á la tía la acosa más particular í. Aunque fuera 
una bribonada, ni modo de enojarse con César, por- 
que... ¡ ah muchacho ! 

Filomena, Minita y Nieves, en el costurero; la 



XV— Llegada 209 

cocinera y el negro asistente^ en el corredor, todos es- 
taban con la boca abierta. A medida que César se iba 
produciendo, el encanto crecía. Como los asistentes á 
ópera \>iagneriana, poco más atendían; p»r o bi e n - ge 
les _alcanzaba que n q|ie11n dp Cf'snr pn 1n ^rnrJT mismaj. 

^] ^nlmr» rlp 1t fínnra 

La fraseología y acentuación bogotanas, las ar- 
moniosas elles, esas inflexiones moduladas, el natural 
despejo del muchacho, lo biien apersonado que era, 
todo se aunaba para embobar el auditorio. 

— ¡ Ah caracho!... iQué casa tan primorosa tie- 
nen ! 

— Camine conózcala — dijo Filomena con inusita- 
da insinuación, siguiendo la costumbre medellinense 
de mostrar las casas á cuantos llegan á ellas. 

César se despojó de espuelas y polainas, y fue lle- 
vado primero á la gran sala. 

— j Ah carrizo ! — cantó al entrar — j Esto es muy 
réminton !... ¡Ustedes tienen un gusto !... \ Qué be- 
lleza ! 

Las estatuas con sus trajes de percalina, los pája- 
ros disecados, los fruteros. Cada cosa recibió su tributo 
de admiración. Lo mismo en las demás piezas mostra,'» 
bles. Minita y Nieves resultaron también muy elegan- 
tes, y Filomena de un tipo ; muy distinguido ! 

— Voy á ver si aquél abre — dijo ésta, dirigiéndose 
al trancado cuarto de tío Agustín. 

' — Agusto ! Agusto! — gritó golpeando — abrí pa 
que saludes á César. Abrí, que tiene mucha gana de 
verte ! 1* 



2J0 Frutos de mi tierra 

— Anda á la porra ! — gritaron de adentro. 

— jNó, César, — dijo la del tipo distinguido vol- 
viendo al costurero — no hay esperanza que abra!... 
Tiene que saludarlo á la tiaición, cuando le dentren 
la comida... ¡ Augusto está fatal ! Después le conta- 
remos... Pero camine recuéstese un ratico, que estará 
molido... ¿ Quiere dulcecitos de cajón, ó un vaso de 
cerveza ? 

— ¡Gracias! Te agradezco tanto!... pero hora 
no deseo nada. 

— Tome la cervecita, que ahora le sienta muy 
bien. 

— Bueno, alita, te acepto la cerveza ! 

Filomena lo condujo á su propia cama, porque 
la que le tenía preparada le parecía yá mal pergeñada 
para tal huésped. 

—Recuéstese aquí — dijo ella doblando hacia un 
lado el gran ropón que cubría la cama. 

Quitóse César casco, guarnid y revólver, y se 
estiró cuan largo era. 

— j Ah caracho ! — exclamó. — i Qué cuja tan de- 
liciosa ! 

Los cojines forrados en bordada holanda, los re- 
henchidos almohadones, el rollo con lazos en las frun- 
cideras, la rica colcha de damasco, perdieron su vir- 
ginidad. 

Filomena corrió al criado: 

— Corre cómprate aquí á la esquina una botella 
de cerveza inglesa. ¡Pero es que volas, porque tenes 
que hacerme otros mandaos! 



XV— Llegada 211 

Despachado el negro, fuese á la cocina; 

— ¡Una comida de lo mejor! — mandó al entrar. 

— I Ave María, mi siá Jilomena, — dijo la cocinera 
muy entusiasmada — valiente niño pa bonito!... Qué 
le toca á busté ? 

— Es hijo de una hermana mía. 

— Hijue pucha !... Pero sí que tiene un habla pa 
más sabrosa I 

— i Pues esmérate harto !; Nieves viene á ayu- 
darte. 

— ¿Paqué no me dijo dendiantes?... Busté sí 
qués!... Tanté comida á estora ! 

— Es lo mismo ! Lo que falte se manda traer á los 
hoteles; pero sí tenes que hacer la torta de mojicón, 
y unos pastelitos como los del otro día. De la gallina 
de Agusto sacas unas presas. 

— Tome los dulcecitos, César, — dijo la señora, 
después de la cerveza. — La comida se demoia, y ten- 
drá fatiga. 

— ¡Nó, nó, ala, absolutamente ! No te afanes por 
mí, ni vas adarme banquete, que yo soy de la casa. 

— ¡ Figúrese, banquete i ..No sabe los trabajos 
que va á pasar con lo mal que comemos por aquí... 
Quédese, pues, conversando con Mina, que yo tengo 
que volver á la tienda... ¡ En esto vuelvo ! 

Salió con mucho afán, y luego en la calle se pa- 
raba ensimismada, aunque no tanto que no advirtiera 
á entrarse á la Agencia de trasteo y solicitara dos 
mozos de cordel. 

A espaldas del uno hizo bajar del salón prenda- 



212 Frutos de mi tierra 

rio un hermoso lavabo de mujer, con todo y espejo, 
empeñado tiempo hach, que inmediatamente fue 
llevado á la casa. El otro mozo llevó un juego de baño 
muy lujoso, que tenía igual procedencia. Filomena 
agregó un tintero de cristal de roca, mangos de escri- 
bir, esponja y demás útiles, y salió al punto, pensando 
en su aire tan distinguido. 

Las dos mecedoras de junco le fueron capadas á 
la antesala, y en un instante el cuarto de César, que 
era el contiguo al comedor, quedó alhajado; la cama 
tuvo vestido de ceremonia y primorosa cubierta la 
mesa-escritorio. 

— ¡ Pero qué le parece, César, — dijo la señora, 
conforme volvió á su alcoba — con tanta gana de irlo 
á encontrar, siquiera hasta La Estación/... ¿Pero 
cómo ?... ¡ Estoy hasta los ojos de trabajo !.,. ¡ No se 
figure... y yo sólita... Cuando recibí el parte, pensé 
buscar un coche ¡ pero ni bamba ! 

— ¡ Ah, sí, ala! : yá me lo suponía. ¡Estás excusada! 

La comida, reforzada con platos traídos del res- 
taurante de Jorge y de £1 Continental, fue tarde, 
pero de regodeo. César estuvo encantador; hizo el 
elogio de los platos y el de las tías, guardándose muy 
bien de darles el título, y tú por aquí, tií por allá. 
j Muchacho más insinuante ! Comía como el filoso- 
fastro de Moratín. Pero, ¡ qué manera de mascar, de 
cortar el pan, de levantar la copa ! ¡ Carreño en per- 
sona ! A los postres — que no fue sino uno — se puso á 
contar cosas de Bogotá. 

El auditorio se pasmaba. 



A'F— Llegada 213 

Salieron á girar las comidas de su tierra: el cu- 
chuco; la mazamorra de tallos, garbanzos a y la mar de 
cosas; » la sopa juliana por el propio idem; las papas 
charriadas; los tostados: cada guiso con su receta; 
luego las retretas, con su distribución de días y luga- 
res; después las corridas de toros y las de caballos; en 
seguida el pesebre de Espina, con sus congresos y 
garroteras; y, por último, don Vicente Montero con 
las trampas para coger toda clase de alimañas ¡ hasta 
cachacos/ Al llegar César á esta trampa, Filomena 
abría tamaños ojos: sin duda quería aprender el pro- 
cedimiento de don Vicente: ce Pues para coger ca- 
chacos hay que ir donde hay cachacos » etc. etc. 

Aquello era remedado y con todas las pantomi- 
mas del caso, y el mozo lo entendía. 

« ¡ Nc, por Dios, César ! exclamó Filomena con 
los ojos llorosos por la risa — j Nos hace vomitar la 
comidita !... ¡ Cállese la boca !d 

Minita y Nieves se ahogaban. César se inspi- 
raba más. 

A las nueve terminó \^ funda, como él decía. 

Tío Agustín abrió, y el sobrino, seguido de las 
tres tías, que entraron con él, del ^íw/íjw/í?, de Car- 
men y Bernabela, que se quedaron en el corredor, 
compareció en el cuarto. Abrazo, palabras de almí- 
bar, augurios de pronta reposición,,de todo hubo por 
parte de César; pero el enfermo estaba hecho un eri- 
zo: el sobrino le atacó los nervios, se le asentó en la 
boca del estómago. ¡Bueno estaba él para la bulla 
que César metía ! 



21 i Fniios de mi tierra 

Este, en medio de la ovación, fue instalado en 
su pieza. La gran cuestión, objeto de su venida, se 
afrontó. Mucho desinterés por ambas partes: César 
prometió hacer y acontecer; Filomena no quería sino 
que él ganara á todo trance ; Filomena quiso que él 
fijara los honorarios ; ¡ él cuando ! Eso se arreglaría 
como ella quisiera; entre los dos no podían caber di- 
ferencias. Y no quedaron en nada. 

La prendera no se conocía á sí propia; ella, que 
•no se mandaba hacer un par de zapatos sin arre- 
glar antes el precio; ella, que no podía obrar en ne- 
gocio alguno si no sabía á qué atenerse. Pero con 
César no era posible: ¡ era tan generoso, tan formal ! 

Filomena misma le arregló la cama, le trajo bo- 
tella de aguardiente alcanforado para que se frotara; 
y las tres tías dieron las buenas noches al sobrino. 



XVI 



CESAR PINTO 




COSTADO y friccionarlo ibn p1 hflg-&toao 
r^u BJarido - lao impre'aionps rfio bjdas. x 

Charras, charrísimas, w/^r/'círr^j hasta las / 
w^-;^>^- cachas le parecían Mina y Nieves; Filo-' 
mena un mamarracho; el tío, un salvaje; los cuatro,] 
poco menos que animales. El que lo tratasen á cuer- 
po de rey no era ninguna novedad; si tal no sucedie- 
ra, no fuera él César Pinto. ¡ Y estaban qué ricos los 
tíos éstos ! Se les veía por encima del capote. En fin: 
amanecería y ver/amos. 

Y dando un bostezo, se acomodó, y pronto dor- 
mía á pierna suelta. 

E¿j C¿sar bajo de estatura; de mus r.nlatnra blanda; 
medio regordete, al par que bien compartido y acin- 
turado; tez blanca y fina; mejillas, como durazno ma- 
duro; bozo, patillas y cabello, cejas y pestañas, todo 
negrísimo y crespo; ojos dulzarrones, grandes y oscu- 
ros; ligeramente respingado de nariz; bien dentado, 
y con orificaciones que le pegan mucho: un lindo 
muñeco, el tipo, precisamente, para encantar á Filo- 
mena, que no encontraba belleza, siquiera fuese mas- 
culina, mientras no viera facciones menudas y carri- 
Hitos con chapas. 



216 Frutos de mi tierra 

Tiene César, gesto muy animado; accionar ele- 
gante y expresivo; arrisca las narices y los labios con 
mucha monada; sabe hacer ojitos, ya tristones, ya 
regocijados; á más de muy bogotano en él acento, es 
de suyo timbrado de voz, sandunguero, reidor, y nada 
sangripesado. 

Con tan buenas partes, y con oirás que luego 
enumeraremos, se cree él una sirena con pantalones, 
como quien dice. 

Hijo de un perdulario, tahúr de profesión, y de 

una madre tan de caracol, fue César desde niño muy 

dueño de sus acciones. EscuelaJDios la dé: allá, por 

muerte de un obispo, dejaba de hacer novillos en una, 

donde por costumbre lo pusieron, con lo cual fue cre- 

yvCiendo hecho un asno y un Judas Izcariote. Milagro 

I patente, que diría Marucha, fue el que hubiese apren- 

í dido á medio leer y á medio, escribir ; y más milagro 

todavía, el que no hubiera ido á parar al Panóptico, 

siendo, como era, el jefe de la pillería del barrio. 

Pero Álzate al fin, manifestó desde los quince 
Aaños deseos de trabajar y de conseguir dinero; y Jua- 
!nita, ya que nó el padrazo, lje--et3Tmg4iL2^_qH£!i¿£fi^6s 
AlBQun almacén, donde permaneció bastante tiempo. 
Comoera~He natural jovial y scfbrado avisado, el prin- 
cipal le cobró cariño, y de los treinta días por mes 
que le pagara al principio, lo subió á cóndor y luego 
á dos. Viendo el protector cuan atrasadillo andaba el 
protegido, y queriendo sacar de él un mozo de pro- 
vecho, logró que estudiara algo de Aritmética y Con- 
tabilidad. Cuando yá tenía algunos conocimientos; 



I 



XVI — Cesar Pinto 217 

cuando el sueldo se le había aumentado y la pers- 
pectiva de una colocación estable y lucrativa se le 
ofrecía, principió César á relacionarse con gentes de 
la pega y á dar disgustos al patrón, apurando tanto 
la cosa, que al fin y á b postre hubo de perder des- 
tino y protección. 

Estalló á poco la revolución del 85 y [netiósejni-- 
lUar, á órdenes de Gaitán Obeso, con quien hizo toda 
la campaña de la Costa. De ella trajo el arte del dado 
y otros achaques, amén de fiebres y fríos. 

Pasada la tormenta, un su copartidario le dio 
empleoen_una hacienda, con buena remuneración; 
pero César no era hombre para faenas de campo, y 
pronto se vo Ldó-á-Bog^tá á-vJAdr.de.sus rentas. 

En su casa, donde nunca reinó la abundancia, 
estaban entonces á la cuarta pregunta; pues la suerte 
aporreaba á Pinto, días hacía, del modo más inicuo; 
y si bien Juanita y las tres niñas grandes trabajaban 
sin descanso, no alcanzaban á matar el hambre y las 
necesidades de la familia. Mas, tras las crueldades, 
quiso la voltaria diosa de los tahúres sonreírle á su 
constante perseguidor en una jugarreta; y fue lo me- 
jor que Pinto, por vez primera, se aprovechó de la 
ganancia para vestir la familia, que, como es de supo- 
nerse, estaba en pelota. Por de contado que á César 
le cupo lo más y mejorcito. 

Halagado con la ganancia del padre, sin curarse 
de los anteriores maltratos, el hijo vio en el jueg o un 
.gran m edio, un manantial de riqueza; y si antes no se 
le había ocurrido, era debido á lo ratero é insignifi- 



218 Frutos de mi tierra 

cante de los juegos de campaña y de otros no mayo- 
res en que había tomado parte. 

Como era mozo de chirumen, pronto dio en el 
quid; su buena presencia, los trajes nuevos que ahora 
llevaba, eran para infundir prestigio, no digo en cual- 
quier garitillo, en Ig más respetable mesa de juego. 
Con tantas ventajas, y no teniendo qué perder... ¡por 
fuerza tenía que ganar ! Más claro no cantaba un gallo. 

Blindado de esta lógica y de un aplomo que lo 
abonara ante los más suspicaces; haciendo fieros, como 
que no quiere la cosa, con unos p. ¡eos realejos que 
consiguió, por modos que después sabremos, César 
principió á frecuentar los altos garitos y los grandes 
personajes del dado. Y como quiera que la fortuna, á 
fuero de Mesalina, halaga á los novatos audaces, el 
muchacho ganó la vez primera y siguió ganando casi 
siempre, llevando el asunto con tanta prudencia, que 
abandonaba el campo en cuanto daba una caída, y se 
abstenía de jugar si principiaba mal, pretextando, para 
separarse de la mesa, estar indispuesto ó tener algún 
negocio ó cita importantes. 

Con todo, no dejó de verse en deudas y hondu- 
ras, en cuyo caso cambiaba de garito y personal. 
Obrando en campo tan ancho, no haya miedo que 
dejase de encontrar algún prójimo que tuviera qué 
perder; sino que César jugaba por negocio solame nte: 
No heredó de su padreTa pasión por dados y baraja; 
en otra cosa estaban sus anhelos. 

Las ganancias, según iban viniendo, las gastaba 
en lujo para su persona, llegando á ser, en lo de tra- 



XVI— Cesar Pinto 219' 

pos, cachaqttiío bastante regular; _que en cua nto á Ai 
gepgrgsidad j^fue siempre un cachacazo de primera ' 
fuerza. Y no porque obsequiase y brindase muy á 
menudo ni con cosas exquisitas ni caras, sino porque 
en ello ponía tanto garbo y donosura, que una copa de 
cualquier agua chirle, ofrecida y presentada por él, 
parecía á la vista, y hasta al paladar, licor preciado de 
grande estima; y lo propio acontecía con los festejos 
de comer y de fumar. Tanto puede el estilo. 

Esta no ta de elegante bizarría era la gran para da 
de César; pues no sólo le granjeaba el prestigio consi- 
guiente, sino que en ella le iba uno de sus negocios 
principales, y acaso el en que era más habilidoso. 
Porque César no iba obsequiando así á tontas y á locas 
á cualquier amigóte: él sabía con quién había de gas- 
tar gorra y con quién dinero, en qué grado debía ser 
lo uno y lo otro, y cuándo era tiempo y ocasión de 
obrar. No era malo el negocio: dar á la tierra el grano í 
para que retorne la mazorca. 

Ya, con la urgencia y la nobleza pintadas en la 
cara, eran dos condores que devolvería á la siguiente 
semana, indefectiblemente; ya, por medio de una es- 
quelita muy fina, ocho ó diez pesos, para salir de uri 
compromiso; y así y asao; y unos por incautos, otros 
por generosidad, por cultura los más, iban cayendo 
muchos; y pocas veces marraba el golpe, porque para 
conocer los mogolles tenía César un ojo.... 

No faltaban antioqueños de paseo en la populosa 
capital; y, como los viese, el joven Pinto se les metía 
por el ojo de una aguja, en son del paisanaje con su 



220 Frutos de mi tierra 

madre, les servia de cicerone^ los acompañaba en el 
paseo al Tequendama, los presentaba en varias casas, 
^ y los pobres maiceros pagaban tributo al César, y muy 
agradecidos que quedaban de sus favores. Sin que esto 
quiera decir que sean nuestros paisanos los más abier- 
tos de bolsa, ni los más blandos de entrañas, sino los 
más novicios, debido á que en Antioquia, sin que falte 
la gorra, que en todas partes se usa, todavía se desco- 
noce la caballeresca industria del sable. 

No paraban en ésta las del muchacho, que ejercía 
otras no menos caballeras: Por uno á modo de esca- 
moteo misterioso (si vale el calificativo en los tiem- 
pos que alcanzamos), César se veía, cuando menos se 
lo soñaba, con un precioso alfiler de corbata, ó un 
Smith tj- Wesson, ó un paraguas. 
7<. Tenía, además, unas amigas tan alegres...; y 
estas amistades, que tan caras les suelen salir á algu- 
nos, supo César hacerlas más lucrativas que las otras. 
Pensaba él, y pensará sin duda todavía, que, tratán- 
• dose de una amistad en que tanto disfrutan los ami- 
gos como las amigas, si no ellas más, era demasiado 
justo y puesto en razón el que alguna vez las damas 

Ise tornasen de regaladas en regaladoras; y pensó tam- 
bién que él era de los llamados al goce y provecho de 
tales regalos y finezas: para algo le había dado Dios 
esa figura tan bonita y ese genio de ángel. 

Semejantes teorías, impracticables al parecer, las 
aplicó César con éxito que sobrepasó á sus esperanzas. 
Amigas hubo que le dieron las grosuras del esquilmo 
hecho á otros corderillos. Y no era ni gracia, porque 



XVI— Cesar Pinto 221 

cuando el galán apelaba á lo patético; cuando él re- 
gistraba por el tono de la ternura, era como el Ábrete 
sésamo del cuento. 

Una señorona, medio retirada del trato, á cau^ 
de los ultrajes del tiempo, y que tenía buena tiene 
y mejores ahorros, hubo de amigarse con César; 
tienda, economías, joyas, una tras otra fueron pasan-1 
do á manos del mocito. Menos positivas, aunque de 
más viso, tenía otras relaciones en la clase media y 
tal cual en la alta; y en todas partes era recibido y 
tratado como él se merecía. Y se merecía muchp,i 
c cómo nó ? X^w cachaco tan elegante en el vestir 
cuanto distinguido en el trato con las señoras, de 
amenísima conversación, que baila el bostón como un 
trompo, que sostiene una broma con tan fino gracejo, 
¿ha menester referencias y recomendaciones de 
nadie ? No tal: con presentarse en sociedad él mismo 
se recomienda. 

Pero á estas relaciones les tenía César cierto re- 
celillo y las llevaba con mucho tatu- oon -t ea. Había f*' 
tantos petardos sociales, tanta siembra y tan poca 
cosecha: el ramo de cumpleaños, el regalo de boda, 
un gasto imprevisto en algún parrandón con señoras. 
Eso era mejor de lejitos. 

Su encanto, su centro , (^''a.n log ratiinns^ Ins rafg.^ 

V lu gares de recreo: allí no había pejigueras, sino ob- 
sequies de champagne^ brandy y helados; sino convi- 
tes opíparos de día y de noche; sino juego recio y 
decente, donde, entre veras y chanzas, podía una 
apuestica volantona traerle un gaje gordo; donde, 



222 • Frutos de mi tierra 

•con algún tragúete de ron, ofrecido con aquella ma- 
gia suya, podía pasar por un Lorenzo el Magnífico ; 
donde podría presentarse por ahí alguito propio para 
el escamoteo: un portamonedas, una carterita, por 
ejemplo. 

Allí s e disfrutaba d£ iin;^ ^nriPt^nd brillan^ y 
regocijada: tanto caballero que había viajado por 
Europa y Norte-Américaj tanto doCtor; tanto perio- 
dista; las conversaciones altas, salpimentadas con el 
chiste; las cuestiones peliagudas, discutidas con peli- 
agudo ingenio. ¡Y lo que César aprendía oyendo ! 
De allí extraía, como de inagotable chupadero, ese 
jarab e eruditísimo que lucía en su conversac ión: de 
tan gratas aulas sacaba el chico, á más de las frescas 
sobre política local y de crónica bogotana, noticias de 
la corte de Luis XV, de Ninon, la Maintenon y la 
Sevigné; de la revolución francesa; de papas y Bor- 
gias; de la Patti, Sarah Bernhardt y Gayarre; sacaba 
mucho cuerpo de doctrina sobre Crítica, Literatura, 
Filosofía, Legislación, de todo; los nombres de Spen- 
cer, Edisson, Draper, Littré, Zola, Valbuena, Julio 
Verne y otros; y tantas cosas más, que pudiera poner 
cátedra de ciencia recreativa. Y ya que no en cáte- 
dra, mostraba su erudición en cualquier parte que 
cupiese, porque eso sí, oportuno como él solo. 

Así fue acendrándose su trato de gentes hasta 
adquirir ese relumbrante baño, ese esmalte policromo 
que tan útil le era en su empresa de sacarle la miel 
á la vida. 

Y César sacaba no poca, como hemos visto; pero 



XVr^ César Pinto 223 

¿cómo sentirse satisfecho, con las agallas que el tenía? 
Tantos tontos, por ahí, ricos, riquísimos... y él nada!; 
los soberbios caballos de Mengano; el carruaje del 
otro; los vestidos parisienses del de más allá; esa Eu- 
ropa con sus mujeres, con sus cafes, con sus teatros; 
todo eso y algo más, se le revolvía en la cabeza, y los 
colmillos de la codicia le trituraban el corazón. César 
tenía que ser rico, muy rico; pero -fulminantemente, 
sin la fatiga del trabajo, sin la vulgaridad de las eco- 
nomías. Nadie más apto que él para la opulencia: si 
se sentía rico por sus gustos refinados, por sus encum- 
bradas aspiraciones; rico por temperamento. La ri- 
queza era su vocación. 



Cómo sería ello 1... Tal vez un casamiento ven- 
tajoso.... acaso un tesoro sepultado en las entrañas 
de algún caserón colonial.... Y César se perdía en 
globos de dichas, para luego descender al terráqueo, 
¡tan bello para tantos, tan feo para él!; su familia 
tronada, y viviendo por esos callejones de Santa Bár- 
bara; papá, que no había vuelto á ganar, y con ese 
vestido tan pringoso; mamá y las niñas ¡tan charras! 
y haciendo dulces y bizcochos como unas menestrales; 
y él ?... pues lo que era él estaba fuera de su centro. 

Mohíno además se andaba el mozo con estos hipos 
que arreciaban cada día. Mas algo bueno le daba el 
corazón. ¡ Pues á ver qué era ! Si no había sido de los 
más mimados de la suerte, tampoco tenía grandes 
quejas contra esta señora, si bien se miraba. ¿Porqué 
habría de hacerle una floja á lo mejor del cuento ? 

Buscar, pues; buscar con fe, sin desalentarse; ir 



224 Frutos de mi Uerra 

oliscando las huellas del presentimiento, como el pe- 
rro las de la pieza. 

Buscó, olfateó, ojeó, hasta convencerse deque la 
dicha grande, la d¡cha»reunida, no la cazaba en Bogotá 
ni de un boleo ni de muchos. Esos residuos de dicha 
que recogía allí con sólo estirar la mano; esas espu- 
raitas de aquella bcda de Camacho, eso.... ¡ para irri- 
tar más el apetito I 

Pero no había que desmayar. ¡ Sería una ver- 
güenza permanecer en la inacción ! 

Bogotano raizal y aferrado, y pensando que no 
sería probablemente á Europa ni á los Estados Unidos 
á donde tendería ei vuelo, l e acobardaba la idea de dej ar 
la tierraj , pero tal se iba poniendo, que se resolvió á 
arrostrar hasta la proscripción. Sí, la suerte lo impelía. 

¿ Chile .?.., ¿ La Argentina ?...¿ Centro América ?.. 
Muy bien: pero no siendo él para andarse por esos 
mares y caminos de Dios en el caballo de San Fran- 
cisco, hecho una lástima, ¿cómo ir tan lejos, así tan 
sin blanca ? 

Pudiera ser que el Tolima... Antioquia.. Y le 
vino la corazonada: ^ntioquia ^-Antioquia era ! 

Cabal: Sus padres hablaban de Antioquia como 
de la tierra del oro; en Bogotá había muchos ricacho- 
nes de Antioquia; esos patanes quede Antioquia ve- 
nían traían mucha; en Antioquia había muchachas 
riquísimas, según todos los maiceros; en la capital de 
Antioquia tenía él unos tíos, muy tacaños, por cierto, 
pero podridos en la plata... y pudiera ser; luego en 
Antioquia le aguardaba la fortuna. 



XVI— Cesar Pinto 225 

Con tan rigoroso razonamiento, el plan vino. Co- 
municado á sus padres, ocasionó la carta aquélla, me- 
dida que se tomó á la si pega; pues ni Juanita ni su 
señor marido esperaban nada de sus hermanos antio- 
queños. 

César se apercibía para el viaje de cualquier 
modo, pensando que los tíos no habrían de ser tan re- 
fractarios á las seducciones del sobrino, cuando se re- 
cibió la carta de Filomena. 

Con sólo formar el proyecto principiaba á reírle 
la fortuna desde Bogotá: no solamente esta bendita 
carta, sino que César, á la buena de Dios, tomó áésas 
los dados, y en un periquete se ganó algo más de 
trescientos pesos. 

ítem más: la amiguita nueva, á quien juró queí- 
pronto volvería hecho un potentado y haría con ellav 
una vida de delicias, se enterneció tanto con el pesar V 
de la partida, que le dio tres condores por recuerdo V 
y su par de baúles norteamericanos para el viaje. 

Pues... «si en Sopetrán dan cocos, ¿qué no será 
en Antioquia ? » 

En volandas á reforzar el guarda-ropa: \?l percha 
ejerce poderoso influjo. Que ni los tíos ni las crestas 
de Antioquia fueran á tomarlo por un pobretón. 

(c j Adiós tierra natal, suelo querido,» no te de- 
rrumbes ni des en paramar^ que César juró volver ! 



16 



XVI r 



I-: N R I, T A n o u 




OS faroles públicos aún no se habían prendi- 
do, cuando Galita, con el corazón como no- 
villo caucano, entraba á casa de las Ber- 
múdez. 

Julia salió á recibirlo al contraportón, con son- 
risa de triunfo, y, dándole la mano con amistosa efu- 
sión, le dijo pasito: « ¡ Ay Dios, qué dirá cuando lo 
sepa I y> 

Recibióle el bastón y el sombrero, los colgó de la 
percha, y no permitió que se quitase el abrigo. 

Entraron á la sala, donde apenas se veía, á causa 
de la hora y de las espesas cortinas. Pepa y otra Ber- 
múdez, que ocupaban un diván, se pusieron en pie. 
Martín saludó de mano y notó, á pesar de estar muy 
turbado, que la de Pepa temblaba. En cuanto ellas 
se sentaron, tomo él una silla junto al diván. 

— Señorita Pepa.,. — balbuceó él con voz que no 
le sonaba, no sin haber carraspeado antes — cómo está.-* 

— Muy mal, Martín! — le contestó ella, no menos 
conmovida. 

El no replicó nada, ni ella agregó más; pero Julia 
los sacó del apuro diciendo á Gala: 



XVir—En el Tahor 227 

— Aquí dentro sí debe quitarse el sobretodo, por- 
que se acalora mucho, y va y le hace daño la salida. 
Hízolo así el galán; y, como Julia prendiese un 
fósforo, él se puso á ayudarle á encender los candeleros 
del piano y la bomba central. 

Martín miró á Pepa, ella levantó los ojos el espa- 
cio de un relámpago, y por dentro del enamorado 
pasó el cielo: ese relámpago le resarció con usura 
todos los dolores. 

La otra niña se retiró discretamente, y Julia, por ^ 
una delicadeza femenil, se puso al piano, ^, pianito, 
j£¡an¡to¡^ principió á teclar El último pensamiento de 
Weber. 

— Señorita Pepa — dijo él no bien volvió á su 
asiento, y como quien hablara en sueños, — ¿decía 
usted que está mal ? 

— Sí, Martín... ¡estoy con una vergüenza, con 
una tupa horrible!... ¡ Qué idea se habrá formado de 
mí con... eso que le escribí! 

— ¡Ah nó, señorita, ninguna idea desfavorable! 
— Y o soy asi, Martín: una mujer sin juicio, que 
hago las cos as sin pensarlas.^, y despu és^-fne-pesa... 
Pero vea: cuando supe que estaba tan malo... jsentí 
un remordimiento!... Después me dijeron que en el 
delirio de la fiebre... me mentaba usted... ¡ y le ase- 
guro, Martín, que... ¡me dio una cosa! Me vine á 
donde las muchachas, desesperada... y mandamos una 
velación al Santísimo por usted... (Y como asustada 
de lo que iba diciendo, se interrumpe, exclamando): 
¡Por Dios, Martjj ] — ytrsoy una Iota! j( 



228 Frutos de mi tierra 

— Señorita.,.. Pepita, ¿es cierto todo eso? — re- 
plicó Martín fuera de sí. 

— ¡Nove — dijo ella, poseída de verdadera ver- 
güenza — qué tan mal hecho será, que ni aun cree! 

— ¿Mal hecho por qué, Pepita?... No me atrevo 
á creer.... es decir, sí creo, ¡ pero es que he sufrido 
tanto! 

— ¡ Sí habrá sufrido.... pero no ha tenido remor- 
dimientos como yo! Y'-^-m-*^? msnfj' ido con uste d 
muy mal. He si do muy grosera.... muy hi pócrita i. 
peio era que yo no creía que usted me quisiera así... 

— ¡ Pepita, por Dios, no diga eso !... ¡ Yá ve cómo 
me han puesto sus desdenes 1... 

— Sí, Martín; pero yo pensaba que usted me co- 
quetiaba por pasar el rato, ó por burla.... Como usted 
se enojó tanto conmigo la tarde que nos conocimos, 
\ i por mi malcriadeza,... 

— Nó, Pepita, el malcriado fui yo... pero, ¿y las 
manifestaciones que después le hice?,., ¿y las dos 
cartas que le escribí ? 

— Pues yo no sé, Martín... A mí me parecía que 
eso no era cierto.... Yo sí recibía las razones, y las 
muchachas me contaban todo lo que usted decía de 
mí.... pero como las mujeres somos tan creídas.... Yá_ 
mi me ha pasado lo mismo con otros novios que he 
te mdo de mentiras.... Las cartas.. .. yo no,séi^o he 
-4;ecib¡do jamás cartas de novios: ninguno me ha es- 
crito, y cuando JulTalñe dio la suya, me dio mucho 
susto. Con la otra sí me dio rabia, porque yo me 
ponía á pensar que usted podía dármelas al descuido 



XVII— En el Tahor 229 

ó dejarlas en las ventanas de la casa, donde yo las 
viera.... Yo no sé, Martín, yo soy lo más boba. 

— No me atreví, Pepita, á darle cartas á usted, 
porque creí que no me las recibía y que se burlaría de 
míen mi propia cara. 

— Pues tal vez sí le hubiera dicho alguna imperti- 
nencia, porque yo soy muy atolondrada. Pero vea: es 
que uno se enreda mucho con estas cosas, y también 
le meten á uno cuentos.... Y como los coqueteos de 
nosotros empezaron de un modo tan particular, yo no 
podía saber si lo quería ó nó.... Yo sí decía por ahí 
que usted me chocaba de muerte, peque creía que 
iba nada más que de petulante á hacerme papeles, 
por seguir el alegato que tuvimos en la puerta de las 
Palmas.... y por eso no me le quise correr. Por eso 
sería que no pensé en corresponderle de veras.... Pero 
uno no se conoce: ¿recuerda la tarde que íe di el es--| 
paldazo "> pues fue que una amiga me dijo que usted ^ 
estaba coquetiando en San José con una niña de Rio- 
negro.... y me dio mucha rabia. Y como usted se re 
tiró en esos días de la esquina, yo creí la cosa. Julia 
sí me decía que eso era mentira.... Pero vea: la noche 
del concierto.... ¡ recuerde todo lo desdeñoso que 
estuvo conmigo !... Yo atisbé mucho, y me pareció 
que le estaba pispiando á Lola Palma, y me persuadí 
que usted no estaba por nada. Esa noche del concier- 
to sí estuve muy molesta, j No sé cómo canté !...Porl 
eso era que yo hablaba de usted y le ponía apodos. 
Yo no lo había vuelto á ver sino de lejos, hasta las 
fiestas.... Yá ve, pues, que yo no tenía por qué estar 



230 Frutos de mi tierra 

muy satisfecha. Por eso estuve con usted tan.... 
grosera; y también porque yo no quería confesar de- 
lante de las muchachas que estaban en casa, sobre 
todo delante de Lola, que me había alegrado con el 
ramo que usted me llevó. 

— OhJ_Eepita 1 si.jist ed sup iera cuánto sjiñí ! 
— Yá me lo figuro.... pero es que usted no sabe 
cómo soy yo: yo me trastorno cuando oigo música y 
carreras; me dan ganas de volar!... y ese día estaba 
en el tercer bolero, como dice Julia. Yo no sé qué 
tenía; pero creí firmemente que en el ramo venía 
carta.,.. No sé por qué se me metió eso. Y así que 
no encontré.... vea, Martín: me dio una incomodi- 
dad, una tristeza tan grande !... Me parecía que sí 
era cierto que usted se burlaba de mí; que me había 
puesto de pantalla para coquetiar con otras.... hasta 
con la misma Lola,... y todas las groserías que le co- 
metí donde don Panfilo fue de rabia.... 

La nerviosa vergüenza se fue disipando, como se 

■jcomprende, y Pepa expresó sus sentimientos con la 

¡mayor naturalidad. 

Enamorada por vez primera, y de un hombre á 
[uien creía haber puesto á las puertas de la muerte, 

/Pepa exageraba sus crueldades pasadas, tratando, por 
vía de desagravio, de ser muy explícita con el- que yá 
consideraba su prometido. 

Y, en efecto, fue bastante más explícita de lo que 
entre nosotros puede permitirse una joven de su 
clase; sin que esto quiera decir que estuviese desme- 
dida é inconveniente. 



I 



XVII— En el Tnbor 281 

El haber sido algo mujer eti sus procederes con 
Martín lo consideraba ahora como el colmo de la per- 
fidia y del .orgullo, siendo, como era, tan ingenua, tan 
al natural, y estando tan poco habituada á los fingi- 
mientos sociales, ni menos á los que impone e! amor 
propio ó el otro amor. 

Así fue que todo lo echó afuera en esta plática 
de amor, la primera que en su vida se le ocurrió. 

La noche que hizo de María Antonieta de Lorena, 
aún no estaría Martín en el Casino, á donde fue á dar, 
cuando yá Pepa estaba arrepentida de lo que acababa 
de hacer. 

¡Eso era mucha hipocresía, mucha mala crian- 
za ! ¡ Haberlo humillado de ese modo... en vez de ir 
á bailar los lanceros con cl, darle las gracias por el 
ramo, y lavar lo del apio y la verdolaga ! Y ese viejo 
del doctor Puerta, que se había puesto á darle cuerda 
para que ella disparatara... Esa manía de «echar 
gracias k le iba á costar caro: sin remedio que el can- 
cano se había ido furioso, y ¡ con tanta razón I ¿ Para 
qué iría ella á ese baile?... Martín no volvería á pen- 
sar en ella... Y todo por una timidez de él, ocasio- 
nada acaso por el mismo amor que la tenía; por falta 
de una esquela... ¿ Pero qué esquela ni qué nada en 
un ramo que lo decía todo?... Indudablemente que 
era una extravagante, una desenvuelta, como se lo 
repetía papá... i Ponerse á darle esa yerba á un caba- 
llero ! ¡ Qué vulgaridad [.., ¡Figurarse que el amor 
hubiese menester de escritura, y todos los novios de 
atrevimiento y descaro, sólo á ella se le ocurría !... Y 



232 Frutos de mi tierra 

eso de gustarle tanto los hombres medio calaveras, 
siempre tenía que ser señal de locura... Y, viéndolo 
bien, Martín Gala de todo tendría, menos de bobo y 
de seminarista; muy cachacho y muy cuarto alegre 
que era; y, sobre todo, respeto y timidez con la novia 
podía tenerlos hasta Pedro Advíncula...* j La boba, 
la seminarista era ella, que por sus groserías y chistes 
de mal gusto iba á perder un novio tan de veras ! 
¡ Esta sí había sido...! ¡ Si ella pudiera lavarla de al- 
gún modo!... 

Y atisbaba todo disfraz rojo; pero ni rastro de 
Mefisto. 

¡ Y aquí te quiero ver, escopeta ! La muchacha 
perdió el gusto, y á poco más se retiró del baile, diz 
que porque tenía « una jaqueca horrible >; y tanto lo 
sería, que antes de llegar á la casa ya iba llorando del 
dolor. 

La noticia de la gravedad de Galita, corrida por 
todaMedellín; los delirios con Pepa, de que le habló 
Bermúdez, acabaron de completar la cosa, si algo le 
faltaba. 

Julia, — celestina declarada de tan legítimos amo- 
res, — aconsejó á Pepa, vuelto Martín á la vida, el 
mensajito aquel que conocemos. 

Todo ello, y algo más, entreverado con poéticos 
arranques de Martín, con todo y Byron, y acompa- 
ñado por el piano de Julia, que no enmudecía, salió á 
colación en esta entrevista, con bastante mayor re- 

* Pedro Adríncala Calle, célebre por sus raterías y fugas. 



XVI T— En d Tabor 233 

dundancia que la que hemos gastado en narrarlo; y 
en seguidita virin_ b formnl, .«inlpn in ísima pro rne¿a^de. 
ma trimoiu cu. 

El cual se verificaría lo más pronto posible; pues, 
aun cuando don Francisco María, el padre de la novia, 
habría de oponerse, pro¿aifel^£nte, por lo enemigo 
que era de que sus hijas casaran, Pepa estaba resuelta 
á arrostrarlo todo. 

Hora y media duró el coloquio, y durara sabe 
Dios cuánto, á no interrumpirlo una visita. Mas por 
eso no había de retirarse Galita; que antes se quedó 
á refrescar; y, pasado el refresco, como no hubiese 
rancho aparte para la pareja, ni quien la pastorease, 
volvió á la sala, y la visita se hizo general. 

Hablóse circunstanciadamente del asunto palpi- 
tante, á saber: toditos los matrimonios que se habían 
arreglado en las fiestas; pues en MeJellín, yá se sabe, 
unas fiestas, un baile, ó cualquier bureo en que mo- 
zas y mozos se puedan apalabrar, es otra tanta pepi- 
toria de casorios, fuera de los muchos que la gente 
arregla en tales ocasiones, sin dar traslado á las 
partes. 

Sobrado es decir que Pepa y Martín figuraron 
en el catálogo; y ¡miren la frescura!: Pepa no lo negó. 

Alguno de los visitantes la instó á que cantase, 
y ella no se hizo de rogar: salió con Julia, que le 
acompañaba muy bien. Puesta en pie, apoyada en un 
extremo del piano, con la mirada hacia arriba, cual si 
al través del cielo raso entreviera arrobadora visión, 
principió á bocalizar no sé qué arias de Lucia. ¡ Y 



234 Frutos de mi tierra 

digo si estaría inspirada ! Primero era como si el 
viento, las aguas y la seda se matizaran en un solo 
rumor entre el gañote de la niña: aquello hervía; 
luego hacía una gárgara de perlas que, saltando en 
regueros, parecían chocar en las pantallas del piano, 
en las bombas, en las lunas de los espejos. Las perlas 
se recogían, se chocaban á su vez, para condensarse 
en una gota de rocío, que oscilaba en el aire, diáfana, 
nítida, prolongada en desesperante delicia. Pepa sala 
tragaba, y pronto la devolvía partida en hebras suti- 
les, metálicas, que subían y subían, se retorcían, tor- 
naban á bajar en espiral de arrullos, tornaban á subir, 
se rasgaban y morían... 

De cuando en cuando ponía los ojos en Martín, 
y esto era como dos rayos de sol. El pobre, en tanto, 
se crispaba, allá en su asiento, con un quebranta- 
huesos de tercianas del cielo. 

¡ Aunque Mazuera se burlara, aunque se riera el 
mundo, había de hacer unos versos « A Pepa can- 
tando ! y> Sentía las estrofas atropellarse, dar brincos 
por escaparse en ese terremoto de felicidad, de amor, 
de poesía. 
. Galita salió alto del suelo. La plétora. poética lo 

n congestionaba más á medida que se acercaba á la casa. 
I ¡ Qué mujer ! Qué pasión ! Qué delirio!... Ca- 

fx^rolina Lam no amó á Byron con la violencia de 
'' Pepa; sólo Pepa podía alcanzar á Galita y dispararse 
con él en ese vértigo del corazón. Eso era « dos fle- 
chas que rasgaban las concavidades del éter...» 
¡Ah... si se '\\\j^i\tx2i templado de la pulmonía!... 



XVJI—En el Tahor ¿85 

Oh nó 1 si no murió « al oír á esa mujer, al verla en 
ese canto i>... ya no moría jamás. 

Llegó á la casa con la lengua afuera. A viejas y 
á estudiantes los confundió en un solo abrazo. No 
acertaba á decir, no podía concentrar la noticia en 
dos palabras ni darla en calma. 

— Pero qué es ese enredo, enemigo malo ? — grita- 
ba Paula, que no entendía jota. 

— ¡ Que está loca por mí ! — acesó él volteando 
con ella, como cosa de baile. 

— ¡ Virgen santa, mi madre, qué haremos con 
dos locos I... Pero onde la vites, pues?... No le 
digo ! — exclamó Marucha apartándose, pero entera- 
mente contagiada del entusiasmo. 

— ¡ Desmáyate en mis brazos, Galita mío ¡--de- 
clama Alazuera con cómicos ademanes. 

— ¡ Nó, nó, mijito— agrega Marucha agarrando á 
Martín por los molledos — ¡Vos vas á recaer del sofo- 
co!... ¡ Nó, nó... camine acuéstese! Yo le llevo la 
cena á la cama... ¡ Pero vean este indino: uno aquí 
muerto de la pensión con la tardanza, sin poder 
acostase, y él hecho el Judas con la novia !... Cami- 
na pa la cama, que ahora nos contás quieto y so- 
segao. 

Y á estrujones lo arrastró hasta el cuarto y lo 
hizo acostar. El sueño se le espantó á las viejas; mé- 
dico y jurisconsulto suspendieron el estudio; y Ga- 
lita, después de atracarse de carne, huevos y choco- 
late, pudo narrar. 

El viaje se había acabado: aunque mámalo si- 



286* Frutos de mi tierra 

tiara por hambre y sed; aunque le echaran perros, no 
lo sacarían de Medelh'n sin llevarse ce esa lindura por 
delante ». En un tris lo ahorca Marucha del abrazo 
que le metió. 

Apenas se retiraron las viejas, se puso Mazuera 
á sacar el borrador de la carta que Martín iba á escri- 
bir al día siguiente á la madre, á fin de contarle « bien 
patente todo el cuento > y la dejada del viaje ; el cual 
borrador quedó mucho más patente de lo que Galita 
esperaba. iQué talento tenía ese bobo de Mazuera ! 




XVIII 

DE CLARO EN CLARO 

|ESDE las once, la voluminosa tía hacía tra- 
quear la cama con unas revolcaderas, un 
cobijarse y componerse que no le daban 
tregua. El calor le derretía las mantecas, 
y todas las pulgas de Medellín conspiraban esa noche 
contra ella, y ninguna se saciaba. ¡ Qué se iban á sa- 
ciar, cuando á tales horas sentía Filomena que una 
linfa de almíbar calientita le transcurría por las agi- 
tadas arterias ! A no ser por unos fogonazos altemos- 
externos, alternos- internos y correspondientes, que de 
súbito la acometían pierna abajo, acaso hubiera pre- 
sentado una novedad patológica, sucumbiendo víc- 
tima de una apoplejía melosa. Cada rato tenía que 
incorporarse, y en medio de los sofocones, dulzores y 
rascazones, un mosquito parlero le rumbaba en la 
cabeza. 

¡ Y qué cosas tan lindas y tan gratas le decía ! 
Vaya una muestra: 

< ¿ Y qué tendría de particular ? ¿ No se casó mi 
siá Chepa, cuarentona, con Agapito, que apenas te- 
nía veinticinco?... ¡Y muy bien que han vivido!... 
A ver: él debe andar por los... veintisiete ó veintio- 
cho... por manera que le llevo como diez y ocho... 



288 Frutos de mi tierra 

j Siempre es mucho ! ¿ Qué camisón me pongo ma- 
ñana?... ¿El de paño de seda? — Nó, ese no pega 
en semana; mejor es la chaqueta elástica con la funda 
granate, la de las quillas de cintas... ¡ Y el papelillo 
de ahora, que está tan sumamente malo!... Siempre 
le tengo que dar algo desde mañana: el pobrecito es- 
tará muy pelado.., ¿Cuánto?... ¿Un cóndor? Tal 
vez es muy poquito: serán veinticinco pesos... ¡ Tan 
pobre y tan bien puesto !... ¡ Lo que es la educa- 
ción !... Pero él no pudo tener con los setenta y cinco 
fuertes que le mandé: algún amigo que le prestó... 
¡ Valiente pie tan lindo y tan chiquito, y eso que las 
botas con que vino se ve que le quedan flojas!... 
Tiene cara de imagen. ¡ Cómo será bien afeitaito ! 
¡ Y tan bolonguito y tan bien repartido !... ¡ Pero esos 
ojos!... ¡Qué bonitos son los hombres ojitristes !... 
¡ Si esto llegara á suceder ! .. 

El silbido agudo del sereno le hace dar un brinco 
de susto. Al darse cuenta de lo que es, da un suspiro 
como un quejido. 

«¡Sí.... hasta los serenos me están chiflando 
desde ahora ! Estoy pensando en los huevos del gallo. 
¡Qué sofocación ésta! ¿Tendré calentura? (Trata 
de pulsarse.) ¡ No me puedo hallar en este demonio 
de cama !... Aquí se acostó él....» 

— Pero, ¿ qué es lo que tiene, Filomena ? — pre- 
guntó Minita desde el cuarto contiguo, donde dormía, 
como yá se ha dicho. 

— No sé, niña: no he pegao los ojos en toda la 
noche!... Tengo dolorcito de cabeza.... bastante! 



XVIir— De claro en claro 239 

— Eso fue la comida tan tarde. Agusto tiene 
agua Florida en el cuarto.... ¡Nieves! ¡Nieves! 
¡ Nieveees !... 

— ¿ Qué es, Minita .? — contéstala hermana des- 
pertando. 

— ¡Valiente piedra ésta!... Levántate y anda á 
ver si Agusto tiene el cuarto sin llave, y tráete la bo- 
tella de agua Florida, que Filomena tiene dolor de 
cabeza .... En el nochero está. 

— Y si va y se noja...? — dijo Nieves vacilando. 

— ¡ Esta perezosa...! 

Un fósforo estalló y la luz fue. Nieves, envuel- 
ta en la colcha, con los pies embutidos en las chinelas 
de soche, salió callandito, y al instante volvió con la 
botella. 

La insomne señora se incorpora. 

— Pero, hermana, eso leva á hacer mal: está 
bañada en sudor.... Hiii ! Pero onde se puso así, por 
Dios? 

En efecto, por la frente y el cogote le chorreaba 
á Filomena un líquido hollinóse; y el pañuelo que 
hacía de gorro de dormir estaba calado y con manchas 
negras: la cabellera se le había desteñido. Parecía una 
carbonera. 

— Limpese, hermana, que va á poner imposibles 
las almuadas.... ¿ Quiere que le vaya á hacer una be- 
bidita de cidrón y botón de naranja ? 

— Echa Tagua y quítate de aquí, cismática í — 
y le arrimó un cachete. 

Empapó un pañuelo y se dio una enérgica friega 



240 Frutos de mt tierra 

por frente, nuca y pescuezo, y aspiró el remedio hasta 
estornudar. Bien lo había menester. Arregló el lecho, 
que estaba como un campo de batalla, y tornó á 
echarse. 

Pero ni la calma fue mayor ni el sueño la coro- 
naba de amapolas; y el endianlrado mosquito, si acaso 
salió con los estornudos, se le volvió á colar, y mucho 
más decidor que antes. 

« Pues ró, señor ! — proseguía el avechucho — no 
hay que entregarse así máiz máiz. ¿ Por qué gracia ? 
Cuando hay realitos se puede hacer hasta miel de 
abeja.... La cosa se puede ir manejando con mañita. 
¡ El es tremendo: se le ve 1... pero yo tampoco soy 
de las más bobas.... [ Virgen santa: como no tenga 
novia...! ¡ Figúrese cuántas habrá tenido él!... pero 
casamiento, lo que es casamiento, no debe tener; por- 
que no se hubiera venido. Y él, tan pobrecito, ¿ con 
qué diajos se iba á casar.? Sí; casamiento no tiene; 
eso es visto. Yo se lo pregunto con disimulo.... Por 
Dios ! las dos de la mañana, y yo que tengo que ma- 
drugar tanto ! ... \ Me tiene esa tienda á cantos de en- 
loquecerme ! ¡ Nos amoló aquel maldito.... y no ser 
capaz Agusto de darle un buen susto !... Y quien lo 
ve!... tan orgulloso con las personas!... ¡ El modo 
como recibió á César ese vinagre ! Y César tan for- 
malito y tan cariñoso con él. Ah bonito que es la 
educación en las personas ! Uno sí que debía esme- 
rarse para tratar á la gente; yá ven César.,.. (Suspiro 
gordo). Eh 1 pero, ¿de dónde habré sacado yo estas 
invenciones? Un muchacho tan pispo... .Qué será 



XVIII— De claro en claro 241 

lo que tengo ? Me siento tan rara !... tengo )a cabeza 
como tocando tambora.... me parece que no soy yo. 
El corazón está como corcoviaudo... Y esta picazón en 
todo el cuerpo.... será la pulga ? ¡ Valiente cosa para 
medrosa son esos pitos de los serenos ! Aja ! Yá enco- 
menzaron los perros también !... ¡Virgen del Carmen, 
mi madre!... están viendo al diablo!... No debían 
permitir perros en la ciudad.... Óiganles esos aullidos 
tan horribles !... ¿Será que me voyámorir? Nó! 
Nó ! Nó ! Dios mío !... 

Y una convulsión nerviosa le recorre el cuerpo 
y se enfría hasta las tripas. 

— ¡ Mina !... [ Minita !... ¡ Nieves ! — grita dando 
diente con diente — levántensen, que estoy muy mala I 
Pero ligero 1... 

— ¡ Ahora sí ! —gruñe Minita— Pero ¿ qué es lo 
que tiene ? 

Se oye agitación de ropas, traquido de muebles, 
trompicones, el candelero rueda. 

— Pero acaso topo los lucíferos! — murmura 
Nieves. 

— ¡ Cuándo habías de hacer las cosas al derecho, 
bruta I — exclama Belarmina levantándose también y 
buscando á tientas — ¿ Dónde los pusites, almártaga ? 

— Pues aquí en el tabrete. 

Tentando por el suelo dio Nieves con la cajita. 

Estregó la cerilla dos veces, tres, y nada. 

— ¡ Echa acá, que vos ni pa eso servís ! — y le 
arrebató la caja y encendió con tanta furia, que la ca- 
beza inflamada del fósforo voló lejos. Vino otro que 

16 



242 Frutos de mi tierra 

prendió; pero la vela yacía en el suelo, partida en 
tres partes. 

— ¡ Mira cómo la volvites ! — y arrojó el fósforo, 
que le quemaba las uñas. — ¡ Saca otra vela, que esto 
no sirve ! 

Otro fósforo y otro para buscar la vela; con el 
cuarto se pudo prender; y, medio cubiertas con lo 
primero que hallaron á mano, se precipitaron á la 
pieza de la enferma haciendo extremos de susto. 

— ¡ A ver qué es lo que tiene 1 

— ¿ Qué le ha dao, hermana, por Dios .'' 

— Ay ! ay I muchachas, me estoy muriendo ! 

Y manoteando con la convulsión, cerraba los 
ojos en el colmo de la angustia. 

Aterradas, la agarran, la enderezan, la sacuden, 
le quitan el pañuelo. 

— ¿Peroqué le duele, niña?... ¡Diga, por la Virgen! 

— No sé... ¡ pero me estoy muriendo ! 

— ¡ Nó, hermana, no salga con ésas!... i Qué 
hacemos, Minita !... ¿ Es cólico, ó qué ? 

Filomena, presa de las convulsiones, no contes- 
ta, y Nieves, persuadida de i^ue ha llegado la hora de 
su hermana, desparrama la puerta, sale, golpea la del 
bogotano y grita: 

— César ! César ! oh, César ! levántese, por Dios, 
que á mi hermana le ha dao una cosa ! 

— ¡ Ah caracho !... ¡ Perombre, qué será!... ¡Ho- 
rita estoy allá ! 

Nieves vuelve á entrar, Filomena yá ha abierto 
los ojos y Mina la friega con el Agua de Florida. 



XVIII— De claro en claro 243 

— ¿ Qué fuites á hacer ? — preguntó la enferma, 
azorada, á la atribulada Nieves. 

— Fui á llamar á César. 

Filomena lanzó un Ay / de horror, é instintiva- 
mente se tapó la cara con la colcha, chillando. 

— ¡ Nó, nó, que no dentre, por Dios !... 1 Cerra 
la puerta, cerrala ! 

Mina obedece, y á tiempo que echa la aldaba, 
César empuja. 

— ¿ Qué es la cosa, ah ?... ¿ Por dónde entro ? 

— Nó, César, — contesta la enferma con voz muy 
sana, aunque conmovida, — no fue nada.... Vuelva 
acuéstese !... No es nada ! Me dio una cosa muy ma- 
luca; pero yá se me pasó.... ¡ Es que esta Nieves es tan 
escandalosa! (Lanzando á la muchacha una mirada 
de aquéllas). 

— ¡Perombre! — repone el mozo. — ¡Qué terronera 
me estaban metiendo ! 

— Pues no ve!... No tenga pensión 1 ¡Vuélvase, 
que le hace mal la salida ! 

— ¡Esos son nervios nomasito ! — dice él. — Asi/ 
es mamá.... ¡ Perombre, Filomena.... yo crcia que tú] 
eras más valiente !... Fricciónate con algo, y arrún- 
chate otra vuelta. 

— ¡ Si no es nada, César.... fue susto no más ! 

— Pues hasta mañana, nó ? Duérmete tranquila 
y no pienses en tonteras. 

Pensar Filomena que César estaba yá en su pieza, 
botarse de la cama y lanzarse contra Nieves á sopapos 
y pellizcos, fue uno mismo. 



244 Frutos de mi tierra 

— j Ah boquitorcida ésta I — exclama con voz aho- 
gada. — ¡Tan halaraquienta! 

— Ay ! ay ! hermana, — chilla Nieves llorando; — 
no me pegue... ¡Fue que me dio mucho susto!... 
¡ Como decía que se estaba muriendo ! 

— ¿Y pa qué lo fuites á llamar, boba ? Si le dio 
tanto susto, i pa qué no llamates á Agustín más 
bien ? 

— ¡Sí... pa que me regañara!... ¡ Y el pobrecito 
que se desvela tanto... estaba dormido cuando fui por 
la botella... y si lo he dispertao !... 

— ¡ Calla la boca, berrionda !... ¡'Por todo prende 
la casa esta.... animal de monte!... ¿No te dio ver- 
güenza que viniera César y te topara en camisa dor- 
midora.?... ¡ Será por tan lindas que tenes las cani- 
llas ! .. ¡ Tira á acostarte, espanto de mina vieja!... 
¡Y ojalá vasa salir mañana con alguna bobada delante 
de César.... pero mira, te acabo ! 

El espanto salió tragándose los sollozos y untán- 
dose saliva en los pellizcados molledos. 

— i Si ésta es tan montañera ! — dijo Minita. — j Si 
la hubieran visto hoy, cuando vino César ! Salió re- 
cogida como un sarangoche, con la mano estirada 
desde la cocina.... ¡con aquella simpleza !... ¡Valiente 
vergüenza me dio ! 

— ¡Esto es una vaca! — dice Filomena, muy re- 
puesta con los sustos y rabias. — Y usté vaya acuéstese 
también, y déjeme la vela encendida. 

Entre colérica é impresionada, recogióse otra vez 
la agitada tía. ¡Qué diría César, por Dios! ¡Sise 



XVI II— De claro en claro 245 

descuida un tantico, la coge de aquella figura ! Esa 
Nieves le hacia pasar unas.... 

Que no pensara en tonteras, le había dicho César. 
Pues entonces, ¿ qué demonios se quedaba ella ha- 
ciendo en esa cama, cuando el sueño no le venía 1 

A las cuatro de la mañana se dijo: «:¡Esta no es 
conmigo!» y de un salto estuvo en pie. Vistióse lo 
blanco; se fue á la antesala, con todos los útiles de 
tocador; entreabrió la ventana; y, apenas fresca, se 
dio un lavatorio, y principió la ardua tarea de teñirse 
de nuevo y de corregir todos los desperfectos que el 
copioso sudor y la mala noche le habían ocasionado. 

A punto estuvo de que le volviese el trastorno, 
al mirarse en el espejo. Yá quisiera ella que el tiempo 
tuviera pescuezo para tener el gusto de torcérselo. 
Pero á medida que afeites y menjurjes iban apare- 
ciendo en rostro y cabellos, le iba colando al alma un 
vientecillo de contento. Al fin no quedó retoque por 
hacer: estuvo felicísima en la ejecución: jamás se sin- 
tió tan artista. 

Se contempla bien, y una inspiración le viene. 
Derecho de la carrera y cerca de las orejas, se saca, 
con mucha mañita, unos pelos del apelmazado tocado, 
toma luego unas tijeras, y, en menos que canta un 
gallo, estuvo con unas tenacillas de alacrán, á modo 
de proyecto capulesco. Fascinada con el efecto, corre 
á la cómoda, saca una redecilla de añeja usanza, y 
aprisiona en ella la apócrifa moña. 

¡ Ahora sí, Cesarito de mi vida, afórrese ! 

Púsose la mano en la cintura, como se estilaba 



2i6 Frutos de mi tierra 

antaño para bailar vueltas; irguióse remeneando la 
monumental cadera; y, con gracia encantadora, hizo 
ante el espejo el ensayo de cinco ó seis dengues, á 
cual más hechicero, j Pero miren la prendera ! 

A las cinco salió, yá vestida, y vertió en el des- 
agüe del patio la terrible mixtura de su taza de baño. 

A las seis estaban en el almacén. Era sábado. 
En un instante hizo barrer y sacudir, tocándose 
antes con un gran pañuelo, por no desperfeccionarse 
con el polvo. El muchacho barrendero le arregló lo 
alto, y ella misma, encaramada en un taburete, iba or- 
denando lo de más abajo, haciéndolo con tanto pri- 
mor, que ni el propio Agustín, 

Compuestos, pues, los cachivaches y trebejos, 
dobladas y puestas á codal y escuadra todas las ropas, 
hecha la tienda unas platas, se sentó la negocianta á 
descansar, dejando para el medio día el arreglo del 
piso superior, prendas, depósitos de vinos y demás. 

El desvelo la tenía un si es no es sonámbula: 
veía candelillas en el aire; le oscilaban los dibujos de 
zarazas y pañuelos; pero el pensamiento volaba muy 
lejos, luminoso, sereno, irisado. Tal se encumbra en 
nuestros pueblos antioqueños, la noche del santo ti- 
tular, el globo aerostático, que deja á los mirones 
nuquitiesos. Y vaya en gracia la comparación. 

;Y qué bellas lontananzas alcanzaba la soñadora ! 
Si algún empeñado empeñador acierta á comparecer 
en los momentos del ensueño, topara á la prendera 
blanda de corazón como unos algodones. 




XIX 
LOS bAules 

^OLVIÓ á casa á las diez. El bogotano, des- 
pués de mutuos informes sobre el estado de 
salud, y del modo cómo se pasó la noche, 
principió á dar bromas á Filomena, con 
mctivo del patatús. Esta, entre si niega ó confieso, 
sostuvo la charla, muy amable y sonreída. 

Cuando acababan de almorzar, llegó el equipaje 
de César, y las tres tías salieron con él hasta el portón. 
Nueva sorpresa de la protectora al ver que los 
baldes eran unos mundos muy ventrudos, papujados 
de tapa, con doble cerradura, reforzados con tiras 
aforradas en reluciente latón, y todos ellos resguar- 
dados con unas placas azules que hacían visos como 
marquesitas. 

— ¡Caramba con la carga, don César! — dijo 
Filomena en tono de zumba, resuelta á vengarse de 
las bromas referidas. — ¡ Pero se trajo á toíto Bogo- 
tá !... i Los que tienen de estos baulitos ay van... el 
probé diuno !... 

— Horaaa ! ... ¡Mucho que sí ! ... ¿ Qué creías, 
ah ? ... i No dejé ni el Capitolio ! 
— ¡ Eso es mucho chorro ! 

— ¡ Ni el Tequendama, ala! 



248 Frutos de mi tierra 

El arriero, sudoroso, dando esas aspiraciones de 
cansancio que parecen silbidos, entró con el sobornal, 
formado de dos paraguas y tres bastones, y luego 
descargó los baúles en el cuarto de César. 

Era el tal arriero un envigadeño de la cepa, de 
esos de cara escultórica, barba nazarena, rejo y múscu- 
los de atleta. Con el mugriento sombrero hacia atrás; 
la mulera al hombro; una como chamara de lienzo 
gordo, larga por delante y sin mangas; terciado el 
enorme guarnid ; la hoja rialera al cinto; la camisa 
de diagonal remangada hasta el codo; desnuda launa 
pantorrilla, medio cubierta la otra por amplio cal- 
zoncillo que salía del recogido pantalón, todo el hom- 
bre salpicado de barro, era un valiente tipo de An- 
tioquia, hermoso si los hay. 

— ¡Barajo, mi don — exclama dirigiéndose á 
César — ¡me engañó miserablemente !... Vea la mulita: 
¡ viene muerta ! Y asina mismo ha pasao con las otras 
que les hemos echao los baúles... ¡ Si hubiera imaginao 
loque pesaban esos malditos ! .. ni por cien pesos se 
los saco !... Me comió, mi don ! 

— ¿ Por cuánto te comprometites? — le pregunta 
Filomena. 

— \ Por quince chiquitos... qué le parece ! 

— ¡Pues el engañao es otro !... Con este tiempo 
tan bonito que está haciendo, no vale eso. 

— ¡ María Santísima, doña Filomena ! ! ! 

— ¿Pero vos y tu hermano no nos han sacao 
carga de loza mucho más barata ? 

— j Carcule carga tan manual... ahora estos pul- 



X/A"— Los baúles 249 

pitos de baúles !... Vea, mi don, siempre me tiene 
que encimar an que sea. un peso. 

— Eh ! Este sí está distraído... — exclama Filo- 
mena sacando un rollito de billetes que había llevado 
para darle á César — Toma los quince pesos y deja 
tu bulla ! 

— i Nó, nó, ala — prorrumpe el señorito — yo cu- 
bro eso !... No te pongas tú... — y va sacando la car- 
tera. 

— ¡ Eso sí nó, esto corre de mi cuenta ! — alegó 
ella quitándole la cartera. 

César se resigna. 

— ¡ Pero, mi doña, — insiste el envigadeño — si- 
quiera cuatro riales sí me debe encimar I 

— ¡Toma y déjate de neciar ! — contesta ella muy 
festiva — ¡ Trato es trato ! 

— i Ah usté pa fregada !... i A usté se la come- 
rán las nutrias ! 

Pagado y despedido el arriero, procedió César á 
abrir el equipaje. Las tres tías le rodearon; corcheas 
ÁQ patchouly y semicorcheas de esencia de rosa llena- 
ron el cuarto no bien giraron las tapas de los baúles. 
Apareció primero la sombrerera de cuero y correaje, 
con el cubilo y el coco color de idem; la caja del 
claque en seguida; después los tres pares de calzado, 
los gemelos de teatro y unas cajas de cartón. 

«( Todo esto — dice César sacando los cartones — 
son encomiendas de las hermanas de mi señora Chepa, 
la amiga de mamá, nó ?... ¡ Señoras más pechu- 
gonas !... 



250 Frutos de mi tierra 

Metiendo las dos manos asió por el montón de 
ropas, y descubrió el fondo: casi iodo él eran manza- 
nas, y César fue repartiendo. 

— ¡ Qué cosa tan linda, por Dios! 

— Gracias, César ! 

— ¡ Pero güela, hermana, güela y verá ! — excla- 
maba Nieves entusiasmada — ¡ Pero cómo habrá de 
esto en Bogotá ! 

— No tanto, alita, — repuso César — á veces da 
trabajo conseguir. 

— Sí ? Yo pensaba que eso era allá como las gua- 
yabas por aquí. 

— Esta boba!.. — le dice Filomena entre brava 
y risueña. 

César fue. sacando del otro baúl y poniendo con 
cuidado sobre la cama los vestidos nuevos, olientes 
aún á sastrería, con los cuales venían, muy bien en- 
vueltos en papel de seda, los guantes negros, los blan- 
cos y los de color. Luego volteó la trampilla déla 
misteriosa tapa, y un alud de puños, cuellos y corba- 
tas se desgajó. 

' Filomena estaba bizca de ver aquel lujo, pues 
aunque Agustín tenía mucha más ropa, no era de 
tanto gusto como la de César. No obstante, notó que 
lo que eran trapitos interiores escaseaban no poco. 

Por fin encontró César los regalos de mamá: 
para Filomena uno á modo deguarniel hecho de soles 
de Maracaiho sobre fondo rojo, que en lugar de ore- 
jas tenía lazos de cinta; para Agustín una relojera de 
cuero, ornada de capullos de rosa con pétalos de seda 



XIX— Los baldes 251 

y cuajado follaje, de cuero también ; para Belarmina 
y Nieves dos indias, de una cuarta de grandes, con 
sus cestos en la cabeza, muy bien plantadas en sus 
tablitas, y tan realista y primorosamente fabricadas, 
que sólo se sabía que los vestidos eran trapo; pero las 
indias... imposible adivinar de qué material estaban 
hechas, porque parecían gente de verdad, con pelo, 
arrugas, uñas y todo. 

Grandísimo fue el contento de las señoras con 
los presentes. 

— ¡ Pero qué curia tienen por allá pa toJo ! — de- 
cía Filomena — Juanita misma hizo el guardacami- 
sas !... 

Nieves dejó su india y tomó el guarniel, metió la 
mano en todo el fondo, lo examinó atentamente y 
dijo: 

— ¡ Yo estaba pensando que guarda-camisas era 
una cosa como un baulito chiquito !... Pero á lindo, 
nó?... 

Las dos hermanas le lanzaron unas miradas como 
cuatro escopetas. 

— ¡ Pero vean estas viejas I — dijo Filomena, to- 
mando una india por disimular la patochada de Nie- 
ves — ¡ Mismamente parece que resuellan y que van á 

hablar! Véanles esos ojazos ! Quién las hizo, 

César? 

— No sé, ala, — respondió el interpelado, sacu- 
diendo el fondo del baúl — Allá hacen eso primoroso. 
j Si vieras los tipos del pesebre de Espina... eso es lo 
más chirriado ! 



252 Frutos de vii tierra 

Agustín abrió, y Filomena fue á llevarle la relo- 
era. El recibió el legalo con displicencia y lo tiró 
en la mesa sin decir palabra. 

— ¿No te parece muy bonita? — preguntó ella 
con más cólera que admiración — No te parece?... 
Pues que te hagan güevos ! 

— Yo pa qué eso — refunfuñó el señor. 

— ¡ Pues la deberías agradecer siquiera, mas que 
no te parezca bonita... porque es un cariño de Jua- 
na !.. ¡ Hartas niguas que te sacó, harto que te re- 
mendó! 

— ¡ Cariño !... Ujúú !... ¡A mí si me comen con 
sus cariños ! 

— ¡ Este sí es el que se ha puesto !... 

— Y vos !... De cuándo acá tan querendona ? 

— Yo ?... siempre he querido mucho mi familia ! 

— Púúú ! Vos sí: á la vista está !... Que lo digan 
las muchachas... que lo diga yo, ahora que estoy 
enfermo ! 

— ¡ Calla la boca, que vos sos un desagradecido, 
un grosero ! 

— ¡Y vos... tan bien educada! Anda echa finu- 
ritas con ese papelero que niandates traer... y déjame 
en sana paz ! 

— ¿ Le tenes tirria, nó ? — vociferó la señora con 
los ojos brotados y en ademán de pegar. — No lo que- 
ros porque es pobre, porque te parece que te va á 
(icomer algo. Pues no te dé miedo: sabe y entendé que 
César no necesita de ti pa nada. Looítes ? Para nada ! 
porque yo también tengo plata ! Oítes ? 



XIX—Loshduhs 253 

— Pues anda dásela toda, si estás tan generosa ! i 

— Pues si me da la gana sí se la doy: casualmen- i 
te que la gané con mi puño ! (y casi se lo metía por /A 
los ojos al hermano). Y si no se la doy, lo enseño á/ I 
buscarla, como te enseñé á ti, so sinvergüenza ! 

Agusto, fuera de sí, no sólo por los insultos sino 
también por el tratamiento de //, que él tenía por la 
mayor de las injurias, gritó: 

— Quita de aquí, vieja del demonio ! anda á fre- 
gar al infierno ! 

La palabra vieja chirrió en el corazón de Filo- 
mena cual la marca encendida sobre la piel de la res;ji 
y como una hiena se lanza sobre Agusto, para acabar! 
con él. Mas de repente se contiene: recuerda que] 
César está en casa, que puede oír; y, sin articular pa- 
labra, porque la rabia se lo impide, sale precipitada- 
mente derecho á la antesala, donde, á pesar de la 
exaltación, espera que le pasen los temblores. 

Per vez primera en su vida se le ocurría moderar 
los iracundos arranques, y, en verdad, no principiaba 
mal, pues á poco más salía, yá medio repuesta. 

Guardó las manzanas en el guarda-camisas, y fue 
á colgarlo de dos clavos sobre el espejo de su mesa de 
baño; pero al ir á colocarlo se vio en el espejo, y el 
guarda-camisas se le desprendió délas manos; y botes, 
polveras, adornos, derribados por las dispersas frutas, 
cayeron al suelo y se volvieron trizas. 

Ni reparó en el daño: ¡ qué iba á reparar, si se 
había visto en el espejo ! en ese maldito espejo que 
tan linda la reprodujo á la luz de la vela, y ahora tan 



254 Frutos de mi tierra 

medrosa, tanto, que de puro aturdida largó el saco. 
Lo que era hacer las cosas de noche ! ¿ Pues no tenía 
una mejilla con un parche que ni bledo, mientras que 
la otra lucía los suaves tintes de una rosa ruborosa ? 
Pues, ¿ y la capul, y ese enemigo de redecilla ? Esta- 
ría dormida seguramente cuando se había puesto de 
aquella figura. 

César la había visto así I Maquinalmente recogió 
las manzanas y los restos de las cositas, y cerró la 
puerta. 

Azorada, impaciente, se puso al tocador; pero ni 
acertaba con los ingredientes ni con el medio para 
igualar aquellos rosicleres. Un desaliento abrumador 
la tomó: se sintió vieja, lo que se llama vieja; su 
fealdad se le triplicó; y el ridículo, con toda su pesa- 
dumbre, pasó sobre ella el espacio de un segundo, y 
la dejó prensada. 

Al estricote medio se arregló, se quitó la rede- 
cilla y salió. 

— Oh, César ! — gritó yá en el corredor, mientras 
sacudía el pañolón con ambas manos por delante de 
la cara, maniobra que le inspiró el temor de que César 
se la viese. — César, vístase y salga á conocer á Mede- 
llín.... Yo voy á la tienda. Hasta el lunes no princi- 
pie. Descanse algo. 

— j Perombre i ... ¿conque principias dándome 
asueto?... Famoso ! — contesta él desde el cuarto. 

— Sí, vayase á pasiar ! Ploy no hay qué hacer 
allá. Yo voy á medio arreglar algo; que eso está de 
la vista de los perros. 



XX 



LENA SECA 




O estaba para nada, ni para vender siquiera. 
Una mujer le hizo varias compras, y Filo- 
mena se quedó sin saber si le había pagado 
ó nó; equivocaba el precio de los géneros, 
y no acertaba con ellos. 

No pudo más. Cerró las puertas, y subió al se- 
gundo piso, donde se acabó de componer las pinturas 
y el peinado. 

Cansada, con la respiración anhelosa, falta de 
aire, abrió un balcón, y se apoyó en la baranda ; luego 
acercó una silla, y se recostó. 

Que los balcones tenían «muy buena divisa,^» 
vivía diciendo Agusto; pero nunca Filomena se había 
fijado en ello. Ese día, sin embargo, tendió la mirada 
por tejados y torres, por tierra y cielo, deteniéndola 
aquí y allá, y encontrando en todo una belleza que 
jamás notó, una solemnidad que la entristecía más. 

Sf, todo era muy bonito, sin duda: la ciudad, los 
campos, el cielo tan limpio de ese día; pero.... eso 
para qué.''... César era un imposible!... ¡Qué injusti- 
cias £6 veían I Los hombres, si les dada su gana, podían 
querer á la reina, aunque fueran viejos; y una triste 
mujer, porque tuviese de cuarenta para arriba, no 
podía querer á nadie. 



256 Frutos de mi tierra 

Filomena se profundizaba en la negrura de esta 
injusticia, protestando y rabiando. Sin embargo, su 
razón le decía que alguna había en esto; y, después 
de todo, no era de ayer que ella se pintaba las canas; 
por otra parte, César estaba tan joven y ¡ era tan 
lindo ! Pero, poniéndose en los casos, esas canas po- 
dían no ser cosa de vejez: desde los treinta años yá 
habían principiado, y antes de los treinta y siete, el 
elemento blanco prevalecía sobre el negro; luego por 
esta parte.... 

A ver la gordura, y la pata de gallina, y esas 
otras rayitas que se querían formar por ahí en la 
cara... Pues nó: cualquiera podía ajarse por la menor 
causa, sin ser por ello viejo; y en cuanto á las grasas, 
¿cuántos no eran gordiflones desde pequeños? Y, 
sobre todo, cuarenta y seis años, largos de talle, más 
que fueran, bien poco querían decir, cuando uno se 
sentía joven por dentro. 

El intelecto de Filomena, encaminado siempre á 
los negocios mercantiles, amaestrado en las especula- 
cionts y cálculos del oficio, saltaba ahora de su órbita 
inopinada y violentamente, para venir á tratar una 
para ella novísima cuestión. ¡Y tanto como lo era I 
Cierto que Filomena aspiró siempre á compartir 
con alguien su ternura; cierto que para ello se consi- 
deraba con buena vocación; pero, sea porque en su 
vida fuese solicitada para novia, sea porque sus facul- 
tades afectivas no se hubiesen referido á determinado 
varón, ó bien porque no hubiera estado tan en pro- 
pincua ocasión como la que en la actualidad se le 



XX— Leña seca 257 

presentaba con César, es lo cierto que el corazón de la 
ocupada jamona jamás se vio tan quebrantado por^ 
achaque de amor como al presente. 

Aunque súbita, la pasión se presentó tan al des- 
tape y tan franca, que Filomena la definió al punto: 
aquello fue un tiro de salteador que la hizo despertar 
de su sueño de cuai£ii¿a__y. tánt<;^í> año»;— Todo est 
tiempo la calculista había subrogado á la mujer; 
ahora la mujer se alzaba poderosa reclamando sus 
derechos, con el empuje de una ternura largo tiempo 
reprimida; ternura fermentada en Filomena por ua\ 
temperamento nervioso que, á los últimos trotes de la 
segunda juventud, presentaba sus ribetes de histérico. 

César fue para la vejancona un verdadero reacti- 
vo: en esa explosión de sentimiento obraban arreba- 
tos y languideces de una fiebre algo más que juvenil, 
aunados á enternecimientos compasivos de amor de 
madre; á todo lo cual se agregaba el deslumbramien- 
to de la novedad, la alteza del ídolo y la necesidad 
de afectos, arreciada por la vejez. 

Todas estas notas, que bien, que mal las distin- 
guió Filomena, no obstante el rebullicio. 

Corporalmente hablando, se sentía á punto de 
caer redonda; y el alma, suspendida del cielo, se ma- 
reaba en las congojas del que anhelara asir lo intan- 
gible. 

Ella iba á cometer quién sabe qué disparate; á 
darle á César motivo para que pensase mal de ella, y 
á las gentes para que la denigrasen. Era preciso mo- 
derarse, tener mucho juicio. 17 



258 Frutos de mi tierra 

Tal le decía la razón; esa razón suya, tan certe- 
ra en ventas y compras, tan serena en usuras; pero, 
I razones con un amor de esa clase? 

¿ Por ventura no era Filomena señora de diñe- 
pos, dueña de muchos bienes ? Pues todo, sin escati- 
! mar nada, todo lo daría por César. Fuera suyo el 
i mundo entero, y César lo tendría. Mujeres más jóve- 
Ines, hermosas como el sol, encontraría; pero que lo 
lamasen como ella... imposible... 

Lo que á ella le faltaba en la vida, eso que el 
dinero con todo su poder no alcanzó á darle, eso era 
César; pues César tenía que ser snyn. Cómo? De 
. cualquier modo, con tal de conseguirlo. Un mes, un 
'(día, una hora... y después morir, no importaba... 
Pero el matrimonio... oh!... el matrimonio !... Po- 
seerlo de por vida, ser de ella sola, sola exclusiva- 
mente, sin que ninguna otra mujer tuviera derecho 
á quitárselo... eso sería el cielo. 

Ante esta idea sintió que resucitaba, mejor di- 
cho, que vivía. Un escalofrío de felicidad recorrió su 
cuerpo. 

Convulsa, en agitación cuasi celeste, se levanta 
y torna á apoyarse en el balcón. 

Nó ! ella no era una vieja: ella sentía la plenitud 
de la vida, las fruiciones juveniles del corazón. El 
suyo se había fundido, y por una copelación descono- 
cida, la escoria se había eliminado, no quedando sino 
riquezas. 

¿Por qué era ella así tan brava con la gente ? 
¿ Por qué tan injusta con sus hermanitas ?... El pobre 



XX— Leña seca 259 

Agusto estaba qué enojado con ella... y con cuánta ra- 
zón... Y la plata de... ¡Virgen Santa, si César supiera ! 
En el negror del pasado, alumbrado ahora de re- 
pentino resplandor, vio tan viles é infames cosas, que 
Filomena sintió un oleaje de vergüenza de sí misma; 
ese bochorno del alma tanto más acerbo, que sólo lo 
presencia el testigo interior del yo. Todas sus mácu- 
las de mujer codiciosa, una enredada en otra, se le 
presentaron en un instante. Todas eran feas, muy 
feas; pero su máxima culpa, lo que en su instinto de 
mujer encontró más degradante á los ojos de César, 
fue la conducta con las Palmas. Si él llegara á saber lo 
de los pasquines, lo de los insultos, ¿ no diría que era 
una mujer así poco más ó menos y comida de envidia ? 
Seguramente que esto era la nota más marcada de 
vejez rabiosa; y de ello precisamente tenía que curarse 
para aparecer delicada ante César. 

En el hervor del pensamiento, las enojosas remi- 
niscencias, con toda su mugre, se fueron apartando 
para tornarse en cachaza. La pasión, burbuja central, 
base del sistema, obraba cada vez más potente, reven- 
tándose, difundiéndose en el remolino de la ebulli- / 
ción. Se trataba del gran problema: i qué hacer paraí 
que César lo supiese todo "i ¿ Tendría ella que decla- 
rarse, tendría que requerirlo de amor ? ¿ Llegaría él 
á sentir por ella un ápice siquiera, un remedo, de lo 
que ella sentía por él?.., [ Probablemente que nó 1 
Pudiera ser que César no adivinara... pudiera que sí... 
Pero, fuese por adivinación, fuese por declaratoria, 
era necesario que lo supiese, era preciso que de su co- 



260 Frutos de mi tierra 

razón volara una chispa é inflamara el de César como 
una yesca. De un modo ó de otro, ella tenía que en- 
chuflarle ese amor. Si no... sería la locura, el acabo de 
todo... quién sabe qué ! 

A otro tal vez se atrevería á decírselo; pero á 
César ni por escrito. 

Una angustia indecible la acometió. 

El ruido de un coche que pasaba la volvió al 
mundo externo, no obstante la preocupación. En él 
iban dos conocidos suyos, marido y mujer, con tres 
niños blondos y rosados. Por los trajes comprendió 
Filomena que iban de paseo al campo. Los niños gor- 
jeaban y agitaban las manitas revelando su alegría; 
en los esposos vio la dicha de la vida: él, maduro, yá 
cano de bigote, grave, sereno de actitud, parecía la 
fuerza que protege, la experiencia que dirige; ella, 
hermosa, casi niña, recostada en el hombro del mari- 
do, sonriendo á los hijos, espejo era de la mujer que 
lleva el pecho henchido de íntimas fruiciones. 

(c Van para la quinta del Poblado» — se dijo Fi- 
lomena, y siguió con la vista el carruaje. ¡Qué con- 
tentos iban!... ¿ Alguna vez no iría ella con César á 
la finca? ¡Unos mangos que allí había, tan coposos, 
tan juntos!... ¡ Tantas hojas que caían y hacían col- 
choncitos !... ¡Bajo esos mangos, en esa sombra tan 
sabrosa, ella y César solitos!... 

La ráfaga de idilio, encajada en su angustia, pasó 
dejándola niaTTfiste. ¡Pues no ve I: ese matrimonio 
tan feliz... y ella nada... y la esposa, que era tan mu- 
chacha para ese señor tan rodillón. Su casamiento con 



A'A" — Leña seca 261 

César... siempre era disparatado; si ella podía ser 
madre de él: Juana sólo la llevaba dos años de edad. 

Un apretamiento que sintió en el pecho, la obligó 
á entrarse. Recostóse en un vetusto sofá, de esos que 
se ven en nuestras peluquerías, que llenaba casi un 
extremo del salón, y reclinó la cabeza en el duro rollo 
de cerda, para ver de calmar esa ansiedad agoniosa 
que la estaba matando. 

<£ i Imposible, imposible ! » Esta idea se le pre- 
sentó terrible, irrefutable. «¡Imposible!...» Sí: es- 
taba soñando, estaba destornillada de cabeza, estaba 
enferma. Nó, nó: eso no podía ser sino efecto del 
desvelo de la noche anterior. ¡ Si á ella le hacía tanto 
daño no dormir! Pues á ver cómo dormía un rato. 

Y al efecto, puso sobre el recio cabezal un envol- 
torio de ropas empeñadas, que cerca había (por más 
señas que eran una ruana de paño y un pantalón de 
pañete, nuevos aún). Pasóse las manos por la frente, 
se sacudió bien, para echar fuera los tormentosos pen- 
samientos; luego se acomodó, y cerró los ojos. 

Con el forzado reposo del cuerpo empeoró más 
el alma. 

¿Qué haría, por la Virgen?... Lo que deseaba 
no tenía pies ni cabeza. César querría á otra, ó si no, 
se enamoraría y se casaría seguramente en Medellín. 
Si se casaría !... Y ella?... 

Adiós propósito de dormir. 

Enderezóse con alebrestada ligereza; fue al tina- 
jerillo que allí tenía, y apuró con avidez un vaso de 
agua, porque le parecía que se abrasaba. 



262 Frutos de mi tierra 

Principió á pasearse atontada. 

Si César se casaba... ella se hacía criminal, ella 
mataba!... Por qué era tan desgraciada? ¡Tantos 
hombres en el mundo,... y ella sola!... Tantos hom- 
bres ? Nó!... ¡ Qué le importaban los hombres ! Que 
se murieran todos si querían.... pero que le dejasen á 
César, ^ésar era el mundo^ era todo ! 

¿Y si él no la quería?... Oh!... ¡Entonces lo 
odiaría, lo echaría de su casa! Sí: que se largara y la 
dejara en paz!... Nó, nó, nó!... Eso sí nó!...Si Cesarse 
iba, ella se iba también... ¿Y cómo echarlo, pobrecito.? 

I No podría quererlo de otro modo.... así como á 
un hermanito ?.,. Tal vez ! Así, viviendo juntos, mi- 
rándolo á toda hora, cuidándolo, arreglándole la ro- 
pita, viéndole sus cositas.,., así como debía hacer 
Juana, ¿ no podría quererlo lo mismo, sin que fuera 
su novio ni su marido ? Sí.... un hermanito.... 

Hermanito?.. nójSeñor! Era con amor.. .era para ca- 
sarse con él como ella lo quería... A quemas hermanos? 

¿Se quedaría burlada.... hecha un jumento? 

Las dos cajas, colocadas entre las dos puertas, en 
la pared que da á la calle; las dos cajas, con su barniz 
broncíneo, con sus chapas de cobre fundido, fulgura- 
ron entonces á los ojos de su dueña. 

Sí, el dinero era capaz de mucho, yá lo sabía ella; 
pero si no servía en esta ocasión.... ¡ maldito fuera el 
dinero ahora y siempre ! 

Tanto rollo de billetes, tanta joya, casa tan es- 
pléndida, almacén tan valioso, dinero en los Bancos, 
solares en la carretera, finca de campo; tanta comodi- 



XX— Leña seca 263 

dad.... ¡y sufriendo de aquel modo!... Así serían todos 
los ricos ? Pues nó: todos vivían muy felices. ¡Sola- 
mente ella penaba !.., 

Bien: era fea y vieja; no había que ver. Lo bon- 
dadosa que se iría á volver, que yá estaba; la ternura 
de su alma; el amor tan giande que sentía.... todo eso 
estaba por dentro, y César ni caso haría de ello!... 
No le quedaba, pues, más que la plata, y ser muy 
formal, muy generosa con él.... ¡y andarle viva I 
Pero entonces.... era por interés por lo que César áe^ 
casaría con ella I Así qué gracia ?... í 

Era por interés.... y qué importaba .'' Con tall 
que César fuera suyo !... *--" 

Y si después la abandonaba }... Nó, eso nó: una 
persona tan decente, de tan bonitos sentimientos 
como César, no haría eso nunca, nunca ! Pero se 
habían visto muchos casos!... Sí se habían visto, 
pero ¿porqué? Porque esos maridos eran unos per- 
didos y sus mujeres unas bobaliconas.... Casara ella 
con César, á ver si se le iba !... Aunque fuera el más 
tunante.... A ella la cogerían descuidada.... « ¡ pero 
muy tarde I » 

No había que darle más vueltas al asunto: dinero, 
formalidad, viveza; con esto iba á salir del paso.... 
Esta saca saldría. Si á todo había que buscarle la 
comba en esta vida !... Ese cuento de « imposible » 
á toda cosa que se iba á hacer, eso era de gente apo- 
cada. No había « tal Ferbus ». 

Cuánto avanzó Filomena en estos instantes de 
ventura ! 



264 Frutos de mi tierra 

El habérsele ocurrido llamar á César, siempre 

era porque había de convenirle.... ; Más claro que el 

agua!... Y lo que convenía, á la casa venía... ¡Lo 

que eran las cosas en la vida, bendito fuera Dios !... 

/guando había de pensar ella que su sobrinito.... So- 

jlbrinito !... Virgen santísima 1... la dispensa ! 

Los clérigos, la Señoría Ilustrísima, el Padre 
Santo de Roma, aparecieron en fantástica procesión, 
aplastando las recién nacidas ilusiones. 

¿ Cómo no haber pensado en la tal dispensa .-'... 
Y ese Obispo, que era tan templado, no la daba, no 
la daba !... Si á unos de Belén no los habían casado, 
diz que porque eran tío y sobrina... (Parentesco de 
todos los diablos ! Y cómo antes sí se podía ?... ¡ Esos 
cambios sí eran muy célebres ! 

Esto fue lo imprevisto para Filomena, y como 
tal la dejó anonadada. 

Qué injusticias!... ¿Qué tenía que ver el paren- 
tesco con lo otro ? A ver si no era lo mismito, ó 
mejor, casarse uno con alguno de la familia ?... Siem- 
pre tenían « razón los rojos en rajar contra los cleros.h 
Mucha que tenían !... Si hubiera sido cuando ellos 
mandaban, que había casamiento por lo civil !... Pero 
ahora !... Más valía no haberlo visto nunca I... Pero 
¿no habría remedio? Aunque costara muchos miles, 
¿qué importaba? Todo lo daría por la dispensa. 
Todo ? Y si lo daba todo, aunque no fuera todo, 
I no quedaba pobre ?... Y entonces, cómo conseguir 
á César?... Ni bamba! ni bamba 1 Ni dispensa, ni 
nada 1 



XX — Leña seca 265 

Retorcióse las manos desesperada y se deshizoV»* 
en sollozos ahogados. 

¡Todo había sido un sueño... menos que un 
sueño, porque ni siquiera había dormido!... Soñar 
así, sin dormir ! Estaría enloqueciéndose ? 

Un f( Ay, Dios mío I d sofocado, desgarrador, se 
arrancó de su alma. 

Ella no era capaz de soportar,... j ó la tendrían 
que amarrar !... Volver á verlo, volver á oírlo. ...peor 
que si se fuera ! 

Pero ¿qué era eso.?... ¿en veinticuatro horas, 
cómo se había perdido así, de ese modo, por un mu- 
chachito?... Ah, nó!: eso no era amor ¡no podía] 
serlo! Era que estaba cow ideas, (íxz. que estaba en- 
ferma. El mucho trabajo, el desvelo, el ataque ¡ tan 
terrible! de la noche antes, eso era. Debía tener algo 
"'en la cabeza. 

Pasóse las manos por la nuca, por las sienes; 
tomóse los pulsos: en todas partes tempestad. 

Volvió á acostarse, esforzándose en discurrir qué 
sería aquello, para si era « cosa mala é imposible », 
dar de mano á todo, si bien fuera arrancándose de 
cuajo todo su ser. 

Ella, tan orgullosa, en estos embelecos .-* 

Sí! Valiera la verdad: aunque le doliera el co- 
razón, aunque el penar acabase con ella, más que un 
imposible, era « cosa mala ». Tan mala, que no pa- 
recía « cosas de señora y>. 

Tendría, pues, que vivir con César, y mirarlo 
como fruto prohibido. De tanto amor ni un recuerdo 



266 Frutos de mi tierra 

iba á quedarle ! .. Ah, sí ! las manzanas. Las guar- 
daría.... para verlas á raticos ! 

Un pensamiento de superstición acabó de hun- 
/dirla, por si algo le faltaba: las manzanas se habían 
caído y rodado por el suelo. No podía darse presagio 
más negro ! 

El verbo interno de la prendera habló ese día 
lenguas desconocidas, como los orgullosos de Babel. 

Destroncada, magullada de cerebro, en una laxi- 
tud morbosa, echóse la cuitada en el suelo como una 
ebria. 

La tormenta se desencadenó del todo. 
/ La fiebre de la pasión, embargando por completo 
/ á Filomena, la fue arrastrando, de miraje en miraje, 
f al estado de verdadera alucinación ; y á modo de as- 
ceta combatido por diabólicas artimañas, vióse enre- 
dada, entre despierta y dormida, en unas delicias que 
serían del cielo ó del infierno, jamás de la tierra. 
\ Una voz, que era toda ternura y rendimiento, la 

voz de César, blanda y palpitante, se quebraba en sus- 
piros cerquita á la oreja de la señora; y, con una 
sola palabra, con solo un rumor, le metía en el alma 
la esencia toda de la felicidad. Dio su mano con un 
boquerón del sofá, por donde asomaba la cerda; y eso 
fue para ella las sedosas sortijas de un cabello. En me- 
dio de tan embriagador frote de rizos, saltaba convul- 
sa y retorcida, merced á un ruido que sólo había oído 
á las madres, cuando locas de amor se quieren comer 
sus chiquitines; y, simultáneo con tal ruido, le ale- 
teaba encima, muy encima, algo como una mari- 



XX— Leña $€ca 2C7 

posa de fuego que se posaba en su frente, en sus me- 
jillas, en sus labios, al mismo tiempo que un soplo 
suave, un vapor henchido de extraño perfume, tem- 
plándole el incendio de la cara, le llegaba hasta la 
medula, sin que ella acertara á comprender si era 
vida ó muerte lo que esa inoculación le producía. 

Viendo en la casa que ya eran más de las seis y 
que Filomena no parecía, enviaron al negro asistente 
á ver qué novedad era aquélla. Este volvió á poco 
con la de que había golpeado el almacén y nadie con- 
testó, rainque las puertas tenían puestas las llaves por 
dentro. 

Alarmados corren Mina y César, seguidos del 
criado. 

Al llegar al almacén, una puerta se abre, y Filo- 
mena aparece. 

¡ César, César ! — exclama ella con voz quebran- / 
tada y lastimera, y se desmadeja sobre el bcgütano|í 
asiéndolo por las piernas. César bambolea y diera enV 
tierra á no apoyarse contra el mostrador. Ella cha- 
palea y cae crispada, fija en él como una extática. 

Mina y el criado intervienen; tratan de alzarla, 
mas no lo consiguen: Filomena con fuerza, que crece 
á medida que la agarran, los sacude, los estruja, los 
lleva de aquí para allá. César va á tenerla; ella se 
aferra á él y no larga. 



XXI 



TOPETÓN 




S más sucia que la boca de don Pacho \j 
Escanden, " suelen decir en Medellín 
para ponderar la porquería de alguna 
cosa. 

Y en verdad que la comparación viene á tales 
casos; pues por la boca de don Pacho (que de buen 
hoyo goce) salían á todas horas atrocidades enormes. 
Para los hombres tenía chascarrillos y dicharachos 
de una crudeza aterradora, reservando para las seño- 
ras cuentos amarillos, del género nauseabundo. La 
palabreja aquella que tan sublime encontró Víctor 
Hugo, la encontraba mucho más don Pacho, y la 
largaba con todos sus afines por lo menos cincuenta 
jk^eces al día; siendo una de sus manías capitales esto 
\ie decir verdores é indecencias. Y cuando con tales 
cosas tenía ocasión de abochornar y correr á la gente, 
era cuando más contento quedaba, sobre todo si la 
corrida era entre hombres y mujeres. 

Habiendo confesado cierta vez, impúsole el sa- 
cerdote, por penitencia, no decir en absoluto palabra 
alguna mal sonante. Don Pacho quiso cumplir, y es- 
tuvo tres días muy formal; pero ni tenía de qué ha- 
blar, ni gusto para nada, hasta que, tedioso y medio 



XXI— Topetón 269 

enfermo, se fue al padre cura y le declaró que, si no 
le rebajaba la penitencia, facultándolo siquiera para 
hablar de cosas sucias, se dejaría de religión y sacra- 
mentos; y á no ser que consiguió la rebaja, capaz hu- 
biera sido el perro viejo de renegar de su catolicismo, 
con ser que era mucho. 

A más de estas suciedades, tenía don Pacho es- 
pecialísimo prurito de contradecir y motejar á todo 
el mundo, y dar bromas de perverso gusto, sólo por el 
de hacer rabiar á los cristianos. Como él pudiese llevar 
la contraria en hechos ó en palabras, estaba en sus 
glorias. No pocas molestias y hasta rompimientos de 
amistad le costaron sus genialidades; mas por eso no 
hubo de enmendarse. 

Este desaseo, estas terceduras, como lo prueba el 
rasgo de la penitencia, no eran sino exteriores, bro- 
tes acaso de un carácter burdo é inculto; pero por 
dentro era don Pacho la limpieza misma, la propia 
rectitud. 

Timorato á carta cabal, cumplía escrupulosa- 
mente con los preceptos de la Madre Iglesia, y soco- 
rría al pobre sin ostentación y por amor de Dios. 
Riquísimo, á fuerza de atinado y constante trabajo y 
de una honradez que rayaba en necedad, se vio don 
I Pacho, en la época á que nos referimos, en muy pres- 
tigiosa posición social y financiera. 

Desde muy temprano principió la carrera del 
comercio, manifestando para ello tan buenas aptitu- 
des que, á pesar del poco brillo de su familia, 4ogró-^ 
casarse, mozo-artrn, c?JT^-áoiía_Bárbara Campero, que, 



270 Frutos de mi tierra 

allá por sus verdes años, era dama muy de pro, no 
sólo por los caudales que iba á heredar, sino también 
por lo empingorotado de su prosapia; pues era nada 
menos que Campero de la Calle, apellido que, aun en 
esa época en que tanto había bajado el pergamino, á 
causa del deslinde con España, todavía se cotizaba 
muy alto y olía á leguas á cosa de Castilla, no 
tarito por lo de Campero cuanto por el añadidijo. Toda 
esta grandeza constaba de una ejecutoria que doña 
Bárbara guardaba como oro en paño; por la cual eje- 
cutoria se probaba que en sangre de Camperos de 
la Calle no corría goia ni de judaica ni de morisca ; 
que un tatarabuelo de doña Bárbara fue todo un te- 
niente real, y un su tío recaudador de alcabalas; que 
linaje tan ilustre tuvo su casa solar, ic situada en el 
valle de Baztán, perteneciente al Arzobispado y Uni- 
versidad de Pamplona.» Y la tal casa se describía en 
el pergamino con todos sus pelos y señales, acompa- 
ñada la descripción de un dibujo que representaba 
el escudo de armas de la familia, que era un tablero 
de ajedrez, dos lanzas cruzadas, un plumaje y oirás 
quisicosas no menos significativas y heráldicas. 

Don Francisco María y doña Bárbara, fuera de 
malogramientos, hubieron en su matrimonio un coro 
de nueve mujeres; y hasta « las diez de últimaj), — que 
decía don Pacho, — ó sea al décimo alumbramiento, 
no reventó el trueno gordo: un muchacho en que vio 
el viejo su alegría, su vida, su gloria, todo junto. 

Las cuatro hijas mayores, aunque no por orden 
de edad ni muy mal, se habían casado. ¡ Y en cuáles 



XXI— Topetón 271 

se vieron sus respectivos novios para habérselas con 
el presunto suegro ! Pues don Pacho era tan apegado á 
sus hijas, que en mentándole matrimonio de alguna, se 
ponía hecho una furia, no precisamente porque se la 
fueran á quitar, sino porque, dado su genio, se le ha- 
cía necesario aturrullar á doña Bárbara, que no tenía 
ni tiene más pío que casar su prole. 

Y como quiera que la señora era muy pronta de 
lengua y sobrado amiga de alegatos y pendencias, 
solía haber entre marido y mujer, á propósito de ca- 
sorios, las del Pantano de Vargas. 

Sucedía muy á menudo que don Pacho dejaba 
de venir á la hora de comer, y á las veces tardaba 
tanto, que había que servir la mesa sin su asistencia. 
Tales informalidades se le trepaban á la moña á doña 
Bárbara; pues no sólo le trastornaban el orden y mé- 
todo que en todo ponía, sino que la privaban de las 
salidas y visitas de la tarde, que eran sus mejores 
esparcimientos. 

Las cinco habían sonado hacía rato; en la casa 
yá se había comido, y don Pacho no parecía. Inco- 
modada doña Bárbara, se salió al portón, á tiempo 
precisamente que él llegaba. 

— ¡Caramba con usted para ser!... — le dice 
ella. — ¡ Venir á comer eso frío ! 

— ¿Quién es ese animal que está erí la esquina? — 
pregunta él, con aire de malísimo humor, sin atender 
al regaño. 

Doña Bárbara paseó la mirada por todas partes, 
con fingido afán, y luego exclamó: 



í 



272 Frutos de mi turra 

— ¡ No veo animal por ninguna parte !... Estaré 
ciega? 

— Nó!... ¿Y ese que está plantado en la es- 
quina ?... 

— ¡Pues no lo veo; lo que veo es un caballero! 

— ¿Caballero?... ¡Un zoquete!... un... (Yá se sabe). 

— ¡Caballero, y muy caballero, y muy decente, y 
de muy buena familia... ¡ mas que te pese ! — objeta 
ella, acalorada yá, 

— Sí, yá sé !... Es el tal Martín Gala, un sinver- 
güencita de muy mala ley !... 

— Sí ?-.. Pues si estabas tan impuesto ¿ para qué 
me preguntabas ? 
I\ — Sí, lo sabía I... Y también sé que le está ha* 
jiciendo cocos á Pepa y que vos los estás alcahuetiando, 
i como lenes de costumbre ! 

— i Muy cierto: los estoy alcahuetiando, y los 
alcahuetiaré... hasta que me reviente ! 

— i Por supuesto!... Vos como trasendás novios 
para las hijas... ¡ aunque sean presidiarios!... ¿ Por 
qué no llamas á todos los que pasan por la calle y se 
las ofreces ? 

— ¡ Pues sí debería llamarlos, yá que mis hijas 
tienen un padre tan rancio, tan intransigente como 
vos, que no querés verlas felices ! 

Don Pacho lanzó un ja ! ja !, á modo de car- 
cajada. 

Esto pasaba del zaguán al comedor. Una criada 
entró con la sopa de tallarines, de excitantes vapores, 
y don Pacho se sentó á la mesa. 



XXI— Topetón 273 

— ¡ Conque felices ! — exclama, á las tres ó cua- 
tro cucharadas — ¡ Mira que es mucha felicidad echar- 
se un muérgano á cuestas ! — j Que se le haya meti- 
do á esta boba que sólo casándose se puede vivir I 

— ¡ Sí, señor, se me ha metido, y no se me saldrá 
nunca, nunca ! 

— ¡ Que se te va á salir... cuando vos si te ahogas 
hay que buscarte agua arriba ! 

— ¡ Pues estoy muy buena para vos, porque si nos 
ahogamos juntos, de para arriba te encuentran también! 

Hubo un tremendo silencio. Don Pacho las aco- 
metió con el asado; doña Bárbara escanció el tinto, 
mezclándole mucha agua, que así lo tomaba él, y 
trasteó por ahí dirigiendo el 'servicio ; que, enojada y 
todo, no se creía eximida del más menudo deber. 

— I Es una cosa muy particular — dice al fin el 
marido en tono querelloso, estregándose los labios 
con la servilleta — es muy raro !... Hasta los gatos 
saben en la calle lo que pasa en mi casa, y á mí se 
me esconde todo, ¡ como si yo fuera algún muñeco 
pintado en la pared ! 

— ¡ Ah cosa divina ! — prorrumpe doña Bárba- 
ra — ¡Palos porque bogas y palos porque no bogas !: 
si te digo lo que hay, nos querés comer vivos, vivi- 
tos, á todos; si te lo escondo, también... Decime una 
cosa, Escandón: ¿ mandaste promesa de embromar- 
nos, ó qué .'' 

— j La promesa que debería mandar es la de en- 
cerrarte en tu casa con tus hijas, para que no fue- 
ras á alcahuetiarlas á las casas ajenas ! 18 



274 Frtitos de mi tierra 

— I Mándala ahora mismo !..i ¡ Pero eso sí: que 
el encierro sea en un calabozo bien oscuro, donde no 
vayas á molestarme!... ¡Qué más me quisiera yo ! 

— ¡ Y para eso que siempre encuentran payasos 
y correas para todo ! Hoy se me apareció Puerta al 
almacén á apadrinar al zoquete ése, y casi me pide la 
muchacha !... j Que diz que están de casamiento, que 
diz que se ven donde las Bermúdez, y que vos estás 
muy en autos I... 

— I Y no te dijo más Puerta ? 

— ¡No me dijo más, porque no le quise oír ! 

— ¡ Pues le faltó lo principal ! — replica la señora, 
inflada, haciendo jarra y apuntando con los ojos á la 
cara del marido. — Le faltó decirte que Pepa está re- 
suelta á casarse por sobre vos... ¿ lo oíste ? ¡ Por sobre 
vos ! 

— 1 Pues que se case, y que se friegue, y que se 
la lleve el Diablo ! 

— ¡ Sí, señor, que se la lleve I... Para eso son las 
mujeres, para casarse ¡ aunque se las alce el Patas, 
como á mí !... Y yá lo sabes: en los otros casamientos 
de las muchachas no dije esta boca es mía, aunque 
vos vivís echándome en cara que las alcahuetié; pero 
ahora... yá te digo ! 

Don Pacho interrumpe con un zapatazo, acom- 
pañado de estruendo de lozas y cubiertos, y echa por 
esa boca ajos y cebollas. 

— ¡ Patiá y renegá cuanto te dé la gana! — vocifera 
doña Bárbara, trepada yá en el último punto de su 
geniazo. — ¡También patiates y hicistes mil escanda- 



XXI ^ Topetón 275 

los cuando el casamiento de Ana, y siempre la depo- 
sitaron, y siempre se casó, y vos te quedates reventan- 
do cornejales, con las piernas juagadas!... Entonces 
ni entré ni salí; pero ahora (no voy á ser boba! 
Desde ahora te lo digo para que no te coja de susto: 
¡ en este casamiento me he metido..., y mira: pienso 
meterme hasta aquí ! ( La señora señalaba por su 
barba).... hasta aquí I Sabes por qué ? Porque es un 
muchacho estupendo ; porque no quiero que mis 
hijas se queden solteronas, queriendo á los perros y 
á los loros y odiando al género humano.... como tus 
hermanas; y.... ¡ porque me da la gana! 

Dijo y salió. Salió también don Pacho á la calle, 
resuelto á mandar á donde él sabía al pretendiente; 
pero el pájaro había volado 

Detrás de la pájara, que, no bien entendió el 
por qué de la camorra de sus señores padres, se esca- 
bulló para la calle, caminito de Villanueva, á casa de 
las Bermúdez. 

Al no encontrar á quien buscaba, tornó don 
Pacho al comedor, y no presentándosele más víctimas 
que ofrecer á su furor que trastos y comidas, hubo de 
hacer una hecatombe de lozas y cristales: hasta la 
gran frutera, el mimo de doña Bárbara y el centro de 
su mesa, fue sacrificada con todo é higos. 

Doña Bárbara, al ver el patio cual un campo de 
Garrapata, con tanta mortandad, vuela á la cocina y 
vuelve con un palo. 

— ¡Toma, Escandón, — le dice, levantando el 
arma, y desfigurada por la ira — aquí te traigo este 



276 Frutos de mi tierra 

garrote para que acabes de una vez ! Ve: aquí en el 
repostero está la vajilla.... después seguís con los es- 
pejos, las bombas y la araña... ¡ para que después 
acabes con nosotros de una vez !... ¡ Y si querés ha- 
cha, también te la consigo, que es mejor que nos 
mates á hachazos, como Daniel Escobar, que no á 
disgustos ! 



XXII 



LOS TRES PACHOS 




[na semana había corrido desde el anterior 
pleito conyugal, y aún continuaba el enojo: 
de día, mutua negación de habla; de noche, 
á tres cuartas de apartados: doña Bárbara, 
hecha un ovillo, vuelta al rincón; don Pacho, estirado 
en la orilla, vuelto á su lado. 

Pepa había recibido una reprimenda de padre y 
señor mío y la orden terminante de no volver en su 
vida á pisar casa alguna que oliera á las Bermúdez ; 
pero ni del regaño ni de la prohibición se dio por 
notificada, que antes cogió el asunto con más fervor. 

Bien se le alcanzaba á don Pacho que su mujer 
le había estregado unas verdades tamañas, y que el 
amoroso negocio de Pepa llevaría los mismos hilos 
que llevaron los de sus otras hijas, máxime metiendo 
doña Bárbara la mano en el batido ; pues tampoco se 
le ocultaba que ella era muy mujer de cumplirle lo 
que le prometió ; mas, por lo mismo, cabalmente, 
pensaba no ceder ni una pizca. 

Y estaba tan enconado, que hasta de las cuatro 
niñas chicas se retraía, no quedando en casa sino Pa- 
chito que siguiera gozando de las paternales contem- 
placiones. 



278 Frutos de mi tierra 

Una tarde, al anochecer, después de la indispen- 
sable caminata vespertina, entró el señor á la casa; se 
puso el saco de dril, las chinelas y el gorro, señal 
evidente de que no pensaba salir en la noche, y se 
retiró á su cuarto del zaguán, con el propósito de 
leer los periódicos de la quincena. 

Apenas había principiado, cuando entró Pachito . 

Era un caballero de seis años no cumplidos, 

robusto y motoso^ con dos ojos que alumbraban, y tan 

despabilado y simpático, que, á pesar del mimo en 

que lo tenían, conservaba siempre los encantos de 

• ángel endiablado, 

— ¡ Hasta mañana, papasito ! — chilló el rapaz, 
saltando con todo el fragor de sus botas torcidas. 

— j Eh, hombre! — le contestó el viejo recostán- 
dole sobre las piernas y pasándole la mano por el 
cabello — tan temprano te vas á acostar ? Yá re- 
zaste ? 

— Sí, papasito, el rosario toíto, y la oración á 
San Luis. 

— ¿ Y fuiste hoy á la escuela ? 

— ¡ Hoy sí !... En esta semana y en la otra no he 
faltao ni un día I No le he dicho "i 

—Cuenta, pues: yá te he dicho que si faltas no 
te llevo al Poblado los domingos. 

— j Eh, no vaya á creer, papasito ! 

— A ver qué tanto has adelantado en la lectura... 
Léeme aquí — y le dio un periódico. 

— ^x\ La Justicia ? Piss ! —exclamó el niño— 
En esa letrona tan grandota ¿ quién no lee ? 



XXII— Los tres Pachos 279 

— Nó, no es arriba; que eso lo sabes de memoria. 
Léeme aquí — y le señaló la sección de avisos. 

Pachito, entre sonideo y silabeo, juntó: 

— Li-bre-ría- y -pa-pe-le-ría-de-Ma-nu-el-Jo- 
sé-Alvarez... Papasilo, — exclamó interrumpiendo la 
lectura — en la tienda de ese señor es onde hay los 
libros de animales y viejos... ¡Me tiene que comprar, 
oye, papasito ! 

— Así que leas bien de corrido te compro. 

— ¿ Di aquí á dos meses, papasito ? 

— Si de aquí á dos meses sabes leer como yo, te 
compro todos los que queras. 

— ¿ Cuántas amanecidas faltan, papasito ? 

— ¿ No sabes cuántas, hombre? Pues se&enta y 
una. 

— ¡ Sesenta y una ! — exclama Pachito muy des- 
consolado — ¡ María Santa... pues eso será de aquí á 
mil años ! 

— Pero ¿ no sabes contar ?... No me dijiste que 
yá estabas en la clase de Aritmética ? 

— I Eso qués tan trabajoso !... Lo que más sé es 
Odjetiva y los catálogos... 

— j A ver: contá á ver qué tanto sabes... Uno, 
dos, tres... 

Pachito era un señor que casi sabía contar hasta 
ciento. 

Pacho I.* se encanta. Pacho 2.° acaba, y, con ese 
dengue encantador de niño malicioso, se acerca á la 
oreja de su padre y le dice en gran secreto: 

— P apasito. conténtese mañana con mamá. 



280 Frutos de mi tierra 

— ¿ Qi^6 qué, hombre ? 

El niño repite más susurrado: 
— Que se contente mañana con mamá. 
El padre guardó silencio, yelhijito, colgándosele 
de la nuca, le ruega en voz alta y con mucho mimo: 

— ¡ Sí, papasito, se tiene que contentar !... El 
rosario es maluco sin busté: Pepa se equivoca en las 
letanías y Tina le tiene que soplar... ¿No es cierto, 
papasito, que soplar es malo ? En la escuela regañan 
si uno sopla. 

— Sí es malo... — repone don Pacho muy pen- 
sativo. — ¿ Y quién te dijo que yo estaba bravo con tu 
mamá.? Yo no estoy bravo nada, hombre. 

— Sí, púú ! Nuabré visto yo que están bravos !..- 
Y con Pepa también tá bravo... Pepa es boba, papa- 
sito: ¡ No sabe rezar letanías !... Mañana se tiene que 
contentar con ellas, papasito 1 

— ¿ Y vos sabes por qué estoy bravo .? 

— Yo, sí !... Tina me dijo. 

— I Por qué .? 

— Aja !... Pues no sabe, pues ? 

'• — i Por qué ? decí á ver. 

— Pues porque Galita, qués novio de Pepa, le 
choca á busté. 

— I Y vos lo conoces } 

— Hiii ..c! (El me quiere mucho y me da me- 
dios ! ¡Tiene mucha plata, papasito!... ¡Yo le vi 
una montonera !... 

— ¿ Y vos has ido á pedirle á ése ? (en tono de 
regaño). 



XXII— Los tres Pachos 281 

— ¡ Nó, papasito ! El me llama cuando está en la 
esquina... y me da, sin yo decile. 

— ¿ Y por qué no me habías contado ? 

— Mamá y Pepa... me dijeron que no le contara. 

— ¡ No volvás á ir, aunque te llame ! Y yá sabes: 
como volvás á recibirle otro medio á ese... te quito 
el caballo y la montura ! 

— ¡ Yo no lo vuelvo á hacer, papasito ! — dice la- 
grimando, y luego se arrodilla: 

— ¡Papasito — gime — écheme, pues, la bendición ! 

Diósela el padre, sellándola con el <( pico cortao j) 
de costumbre, y el niilo salió. 

Mitad disgustado, mitad enternecido, quedó don 
Pacho con esta escena. ¡ Ah maldito pretendiente.... 
hasta á Pachito se la tenía metida!... Ese Pachilo 
iba á ser un fregado como su padre: dentro de una 
docena de años sería el primer comerciante de Me- 
dellín. 

Ese mismo día había asistido don Pacho á una 
junta bancaria, en la que, entre varias opiniones, 
había prevalecido la suya sobre los puntos discutidos 
y arrcgládose todo según sus consejos. Este triunfo, 
unido á los futuros de Pachito, lo embebió hasta olvi- 
darse del novio, de la novia, de Bárbara y del pro- 
yecto de lectura. 

Ana y su señor marido entraron á poco, y éste, 
que yá era tan querido de su suegro como antes 
odiado, se quedó conversando con él sobre la política 
actual, materia en que se entendían muy bien, por 
ser ambos conservadores de capa de coro. El doctor 



2-2^ Frutos de mi tierra 

Núüez_ por arriba, el doctor Núñez por más arriba; 
pues á la sazón corrían los tiempos en que el Espíritu 
Santo soplaba por los lados de Colombia. 

Luego la emprendieron con El Porvenir de 
Cartagena, haciendo cada comentario que mal año 
para la Hermenéutica Sagrada. Cosa de media co- 
lumna llevaría leída don Pacho, cuando golpearon 
en el portón con cierto aparato. — «¡Adelante! d gritó 
el suegro, y el yerno salió á recibir al visitante. 

— ¿El señor Escandón está en casa? — preguntan 
enfáticamente. 

— Sí, señor. Siga usted. 

Chirriones de calzado nuevo se oyeron, un caba- 
llerete rechoncho, sombrero de copa y paraguas en 
mano (aunque no llovía), apareció en la puerta, é 
hizo una venia muy tiesa. 

Don racho, sin moverse de su asiento, miró al 
caballero de pies á cabeza, y luego que se hubo sen- 
tado, le pregunta con aire de grandeza: 

— I Qué quería usted, amigo.? 

— Quería tratar con usted un asunto serio — con- 
testa con aplomo el interpelado; — pero temo que no 
sea éste el lugar. 

— ¡Barajo, amigo, qué misterioso viene usted!... 
Aquí puede hablar como si estuviéramos solos. 

— Pues bien, señor Escandón, se lo diré á usted 
sin rodeos: vengo en nombre de Martín Gala á soli- 
citar de usted una conferencia con él ó conmigo. 

— Que qué ? — bufa don Pacho irguiéndose en la 

silla y dando un corcovo. 



XXII— Los tres Pachos 283 

— Se lo diré de otro modo: vengo á pedir á / 
usted, en nombre de ese joven, la mano de la señorita | 
María Josefa, su hija de usted. 

Don Pacho quedó aturdido: tanto descaro, tanta 
frescura, le desconcertaban. 

— Quién es usted? — pregunta el viejo, concen- 
trando en su ceño todo el asco, todo el desprecio de 
que era capaz. 

— Franri^r» Ar ij-pnio Mazuc ra, para servir á 
usted — repone el estudiante inclinándose con mucho 
respeto. 

— ¡No conozco, no conozco! — exclama el señor 
Escanden. 

— Es muy natural, puesto que nos vemos por 
primera vez. 

— Pero ¿ es usted el padre ó la madre de eseí 
vagamundo.... \ó qué demonios I para venir con esosjv 
disparates ? (con manoteo terrible). 

— En este momento soy todo lo que usted quiera, 
porque soy embajado r. 

— De veras ? — j Pues se va con la embajada áV 
otra parte. 

Y dirigiéndose al yerno, agrega: 

— ¡ Pero ve qué mozo tan atrevido, tan sopero!... 
j Venirme á mí con esta clase de propuestas!... ¡Se 
conoce que el pretendiente tiene ojo de colmenero 
cuando te maadó á vos de emisario ! 

(Elí'Oíera tratamiento muy común en don Pacho). 

— Yo le diré á usted, señor Escandón: — repone 
Mazuera más fresco que unas horchatas — Gala se fue 



284 Frutos de mi tierra 

primero á lo grande, y envió cerca de usted al doctor 
Puerta, su íntimo amigo de usted, y usted no lo aten- 
dió. Hoy-.. 

— ¡ Te manda á vos ! — interrumpe don Pacho, 
poniéndose en pie. 

— Precisamente ; porque sabe, como usted y 
como todo el mundo, que lo que no alcanza San 
Miguel lo alcanza el Diablo. 

— ¡Al Diablo te largas vos ahora mismo!... 

4 Pues estamos buenos, que cada car de... (yá 

se sabe), venga á pedir novias para cualquier Pe- 
rico de los Palotes !... 

Mazuera permanece en su asiento cargando muy 
satisfecho el paraguas y el sombrero, 

— ¿Tendré que echarte á las cocas .? — grita don 
Pacho, con aire de cumplir la amenaza. 

— Seguramente que no hará tal, señor Escan- 
den — replica el mozo, modulando la voz — Nobleza 
obliga, y además, en mi carácter de embajador, soy 
inviolable, como usted bien lo sabe. Sentiría profun- 
damente que no nos entendiéramos en este asunto. 

— ¡Que no nos entendiéramos !... Ja ! ja ja !... 
¡ Oigan esto ! ... ¡ Esto sí es lo más grande que hay !... 
¿ Con que sentirías mucho ?... ¿Sos casamientero de 
profesión ó qué diablos? 

— Tanto como de profesión nó, señor; pero sí de 
ocasión... y en ésta cumplo con un encargo de amis- 
tad muy sagrado. 

— ¡ Pues yá está despachado ! 

— Señor Escandón, antes de dar por terminado 



XXII— Los tres Pachos 28& 

el negocio — dice Mazuera sacando un papel — tenga la 
bondad de imponerse de £ ^ r.irta. 

— ¡ Nó, nó !: no qiiifr^ ^'^^'- ''^'•f-n»^ Hp ese car... } 

— No es de Gala, señor Escanden; es de la señora 
qiadre de él, guc se J a rli'''g^ ^ f'} Léala, señor, que es 
muy conveniente (presentándole el papel). 

— ¡ Nó, nó:no acostumbro leer cartas ajenas! 

— Pero vea usted, señor Escanden: queriéndolo 
el dueño... ¡ es excesiva delicadeza en usted ! 

— ¡ Barajo, amigo !... — repone don Pacho, sor- 
prendido de la cachaza del muchacho — j Es usted 
peor que Chitobabas !... ¡ Para cobrón, no tendría 
precio ! 

— Honor que usted me hace, nada más — contesta 
el embajador ligeramente sonreído. 

Quedóse don Pacho fijo en él, y volvió á sen- 
tarse. 

Lo descabellado de la embajada, aquella flema de 
cabeciduro, nueva para don Pacho, el terco de los 
tercos, despertó en el viejo, no obstante su incomodi- 
dad, algo como la curiosidad de un artista que diera 
con otro de estilo opuesto al suyo. Su manía de em- 
bromar al prójimo lo tentó, por otra parte, á decirle 
á Mazuera, á más de los insultos referidos, una cuchu- 
fleta que le ardiera. Por de pronto lo que mejor se le 
ocurrió fue preguntarle, con una urbanidad que á. 
don Pacho le pareció de lo más cáustica: 

— ¿ Me decía el caballero que era Mazuera ? 

— Sí, señor. Un criado suyo — contesta éste, afec- 
tando el aire humilde y sencillo de la gente del pueblo. 



286 Frutos de mi tierra 

•^\ Pues debiera ser Correa, según la tiene de 
gruesa!... 

— ¡ Sorprende la penetración de usted, señor Es- 
canden ! — repone el estudiante con la mayor natura- 
lidad. — Precisamente soy Correa por mi madre, y el 
segundo apellido de mi padre es Correa también. 

— Y es de La Culata el caballero ? 

— i Las coge usted al vuelo, señor ! Soy de San 
Cristóbal» sí, señor: paisano de los sombreros de caña 
y de las azucenas. 

Estas cañas con aforres de flores se las tragó muy 
satisfecho el viejo, pero no por esto se aplacó. 

— Seres algún azotacalles, sin oficio ni beneficio. 

— Beneficio.... ninguno, señor; pero oficio sí. 

— El de alcahuete? 

— Estudiante, en lo que pueda servirle. 

— ¡ Muchas gracias 1 Yá se deja ver qué tanto 
estudiarás, intruso ! 

-r-Poco más, señor Escandón: doce horas de día 
y cuatro de noche. 

— ¡ Barajo ! Pero seres un pozo de sabiduría. 

— Algo de eso, señor: cualquiera puede ahogarse 
en mis conocimientos. 

— Sabes lo que sos?... Un cuero !! 

— Conque en qué quedamos de la carta ? 

— No quedamos en nada! 

Era la tal obra de Mazuera, y, en lo conducente, 
estaba de acuerdo con una verdadera de la madre de 
Gala, por la cual le daba el consentimiento para ca- 
sarse; pero, como tuviera sus ribetes de regaños, entre 



XXII— Los tres Pachos "287 

el Mentor y el Telémaco acordaron escribir una que 
en lugar de regaños tuviera loas, para hacerla llegar, 
de cualquier modo, á manos de don Pacho. 

No anduvo corto Mazuera : la madre se alegraba 
sobremanera de que el hijo, á su mayor edad, se casa- 
ra y fuera hombre serio, á fin de manejar en debida 
forma, y, á su vez, tener á quien legar la grande he- 
rencia que le tocaba. Igualmente se alegraba por la 
elección, pues poco más ó menos sabía, por informes 
fidedignos, quién era la novia. Hubo su poco de en- 
comios para las antioqueñas, y otras cosas muy deci- 
doras; y como Mazuera sabía muy bien que en acha- 
ques gramaticales y caligráficos no son las señoras 
las más entendidas, hubo de poner tal realismo en la 
supradicha carta, que nadie podía poner en duda su 
autenticidad. 

Este documento debía presentarlo el doctor 
Puerta, quien se había encariñado tanto con Martín, 
después de la cura, que se le ofreció por representan- 
te y peticionar^o ante don Pacho, que, como yá 
sabemos, era muy su amigo. Fracasado el padrinazgo 
del doctor, volvió la carta á manos del novio. 

Fue entonces cuando éste determinó que fuera 
Mazuera á ponerle el cascabel al gato. | Valiente tra- 
bajo para Mazuera ! ¡ El de maestro director y con- 
certante; él haciendo de emisario ante un viejo tan 
soez como don Pacho ! No le dieran á él cosas en 
que hubiese que replicar pronto y que meter aleluyas 
y andróminas. La idea de armar una buena pelotera 
con el viejo le deslumhraba, y, después de todo, el 



288 Frutos de mi tierra 

papelón que iba á desempeñar no podía ser más im- 
portante. 

Martín tenía plena seguridad de que Pepa se de- 
jaría depositar, si fuese necesario, y el escándalo que 
el depósito habría de causar en nada mortificaba al 
novio, que antes bien le parecía asaz romancesco y 
lordhyriano ; pero Pepa le declaró que, si tal sucedía, 
el matrimonio había de ser calladito y modesto, cual 
convenía á novia depositada. Por esta oscuridad sí 
no pasaba Galita: casarse así, sin meter mucho ruido, 
sin que vieran ni nombraran á uno, sin que lo envi- 
diaran, sin poder hacer viso con los regalos á la 
novia, ni con los obsequios de amigos y parientes; 
casarse á las cinco de la mañana, como los artesanos, 
sin lucir los trajes, sin fiesta... ni nada, era tanto 
como casarse á medias. ¡ Esto sí no era tolerable ! 

Hé aquí el empeño de Galita en conquistar á don 
Pacho. 

Y volvamos á la embajada. 

Viendo Mazuera la obstinación del viejo en no 
recibir la carta, quiso él misrtio leerle el gran párrafo 
de la herencia de los cien mil pesos, con que pensaba 
encandilarlo. Él que principia á leer, y don Pacho 
que se acaba de volar. 

— ¡ Hágame el favor — prorrumpe el señor, tar- 
tajoso por la cólera — de no leerme lo que no 
quiero oír ! 

. — Pero vea una cosa, señor Escandón: la seño- 
rita Pepa... 

— ¡Ni una palabra más sobre el asunto !!... (con 



XXII— Los tres Pachos 289 

tentaciones de tirarle con el pisa-papel de bronce) 
j Si no quiere que haga con usted en mi casa... lo que 
no debo ! 

— Gala es acreedor... 

El cara de vaqueta iba á hacer el elogio de Ga- 
lita, probablemente; pero hubo de suspender al ver 
que don Pacho se salió del cuarto y se entré á los co- 
rredores, metiendo no poco estrépito al abrir y cerrar 
el contraportón. 

El yerno, que quedó algo más aturrullado que el 
mismo embajador, le dijo: " Amigo, no extrañe esto 
en don Pacho: ésta es cuestión que no se puede men- 
tar aquí. ¡ Y tenga entendido que le ha ¡do sumamen- 
te bien ! 

Con lo cual el embajador se guardo su carta, se 
despidió y tiró calle arriba pensando que el suegro 
de Galita sí era lo más bruto del mundo. 



19 



XXIII 



ENCADENADO 




jL médico declaró que lo de Filomena era 
nervios solamente; y ella quedó muy paga- 
da con la declaratoria, pues ser nerviosa le 
parecía señal de delicadeza y de blandura, 
cualidades que, por de pronto, necesitaba mostrar 
más que cualesquiera otras. 

El lunes siguiente se verificó la posesión de 
César en el almacén. Y muy perturbada que se vio 
ella al ir á imponerlo de libros, apuntes y papeles. 

El listo muchacho estuvo á poco más al cabo de 
precies, artículos, facturas, etc. 

Cuando llegaron al asunto de las prendas, sí fue la 
tupa. 

T-Pues no ve, César: — dijo la nerviosa, luego 
que subieron al segundo piso — j cosas de aquel Agus- 
to, que es tan.... angarrioso I.... Vea cómo tiene esto 
de corotos y porquerías... ¡ y eso que á mí no me 
gusta ! ...Pero ¿ qué hace uno con la gente, cuando dan 
en la idea que les presten ?... 

— ¿Y con qué condiciones reciben prendas? 
— preguntó el bogotano, como muy interesado. 

— Yo nian sé bien... — contestó ella pasando por 
la mesa el plumero sacudidor, por disimular unos 



XXIII— L iicadcnado 29 1 

calores que se le subían á las orejas — Nian sé de 
veras.., ¡ ay por nada ! ... Yo ai le apunto á Agusto lo 
que él me dice; pero ni sé bien cuál es el premio... 
Eso como que es unas veces más y otras menos.. ...t 
según. 

César comprendió el embarazo de la tía, cogida 
VI /ragnn¿i' deViío de usura, y con suma formalidad 
se apresuró á replicar: 

— Pues nó, ala, debes darle más importancia á 
este negocio. Mira: ¡ en Bogotá una prendería es una 
mina ! De veras, es un bonito negocio, y que sólo 
pueden hacer los que tengan sus riales... Y, además, 
se saca á mucho pobre de apuros. 

La usurera sintió como si le pasasen por la cara 
un plumón de veloiitine. 

\ Hombre más puesto en razón ! 

— Ah sí ! — repuso — ¡ Nosotros es mucho el po- 
bre que hemos favorecido!... ¡ Lo que tiene es que son 
tan desagradecidos !: ai les da uno su plata por cua- 
lesquiera vejez, que ni pa los trabajos después, con 
tanto chisme y güeso... y siempre quedan discon- 
tentos. 

— Eso pasa siempre, ala: agradecimiento no hay 
que esperar. ¿ Y alhajas valiosas no caen ? 

— Sí cae una que otra... [ peroyá se sabe: por un 
mundo de plata 1 Voy á mostrale algunas que tenemos 
aquí, que nos cuestan mucho. 

Y abrió una de las cajas, y sacó un cofre de co- 
mino que, al parecer, pesaba bastante. 

— Estas — dijo torciendo la llavecita — están yá 



292 Frutos de mi tierra 

adjudicadas casi todas... ¡ £s un trabajo muy grande 
entendese con las autoridades ! Vea: todo esto junto 
vale un platal; pero por separao una que otra cosita 
vale algo. 

La prendera levantó la tapa, y un relámpago de 
oro hizo parpadear al bogotano. 

— ¡ Ah caracho ! — exclama él, deslumhrado de 
veras — ¡ Esto es una riqueza ! 

— ¡ Álcela y verá !— le dice ella con profunda sa- 
tisfacción. 

— ¡Horaaa!... ¡Se necesita estar bien comido 
para moverlo ! 

— ¡ Esto no vale nada ! — repone Filomena, más 
satisfecha aún, escarbando en las joyas. — Casi todo es 
de cargazón, poco más ó menos como lo que tenemos 
en la vidrera pa la venta. ¿ No ve ?: casi todo es coral 
y piedra falsa. ¡ Lo que tenemos en casa, eso sí es cosa 
buena ! ... Mire esta cadena pa reló... sí es muy bonita ! 
(y la saca). Nos cuesta hasta muy carísima. 

— Ah 1... primorosa ! 

Y César la toma, le corre el cincelado pasador y 
la recoge en la mano, como calculando su peso. 

— I Le gusta .' — pregunta Filomena, con cierto 
airecillo de inspiración. 

— ¡ Yá lo creo ! ... i Es linda ! 

— Pues tengo mucho gusto en regalársela. 

— j Ah, nó, nó !— murmura él haciéndose el tur- 
bado — ¡Muchísimas gracias !... Te estimo infinito; 
pero... 

— ¿ Pero qué ? ¿ No puedo dar lo que es mío ? 



XXIII — Encadenado 293 

— ¡Ah, sí! ¿Cóinonó?... ¡pero me apeno!... 
Un regalo tan valioso... no debo aceptarlo. 

— Vea, Cesar — dice la jamona con solemnidad — 
si me desaira... ¡ me nojo con usté toda la vida ! 

— ¡ Ah, nó, alita ! Si lo tomas á mal, te acepto el 
regalo... 

— ¡ Ponétela ! 

Y ella misma se la echó al cuello del mozo, ex- 
perimentando al hacerlo cierta sensación de ventura. 

¿ Sería esa cadena la soga con que enlazara al lin- 
do sobrinito 1 

Este, al ver cómo colgaba chaleco abajo el cade- 
nón, se sintió tan charro, que dio per perdida toda su 
elegancia bogotana; mas como no era de los que se 
ahogan en poca agua, exclamó entre serio y risueño: 

— ¡ Espérate un tantico!... ¡No conpliques los 
acontecimientos !... Te recibo la cadena, á condición 
de no usarla, porque... 

— Está muy fea, pues .'' — interrumpió ella medio 
corrida. — ¿Oes que no se usa?... ¡Pero yo veo á 
muchos cachacos de cadena ! No se pondrán otros 
porque no tienen, 

— ¡No me he explicado todavía, alita!: esta ca- 
dena es primorosa, de trabajo admirable, de muchísi- 
mo gusto y muy valiosa; pero por lo mismo que vale 
tanto, no es propio que un hombre pobre como yo la 
lleve: podrán creer que me la alquilaron, ó que no es 
mía, ó que me la chorrié. 

— Ah!... es porque eré qués cosa empeñada !,..No 
César: esa cadena la compré hace tiempos... ¡ com- 



294 Frutos de mi tierra 

prada ! — dijo la tía algo despechada — me costó sesen- 
ta fuertes ! ... Pero si eré... 

César, turbado de veras, al ver el disgusto de la 
tía, replicó: 

— ¡ Si no es por eso, alita I; aunque fuera empe- 
ñada ¿ qué tendría de particular ? 

— Puesentonces es disculpa; porque esa herradura 
que tiene en la corbata, se ve que es de piedras finas y 
que vale mucho.. ¿ Y esa cómo sí se la pone ? 

La lógica del reparo aumentó la turbación de 
César; pues ese alfiler, que nunca pudo usar en Bo- 
gotá, por razones que él se sabía, era dije más valioso 
que la cadena en cuestión. Por lo cual hubo de sacar 
el reloj, quitarlo del pendiente de dotible', y engarzarlo 
en el regalo. 

— ¡ Mira, pues ! — dijo guardando el reloj — mira 
que hago tu gusto! Eres tan fina que me la haces pasar, 

Filomena clavó en él los ojos. ¡ Ahora sí que es- 
taba buen mozo y bien entrajado ! El saco á la d'Or- 
say, azul turquí; el chaleco escotado, con viso de pi- 
quet blanco; la corbata abullonada, color de calostro, 
le venían que ni pintados, j Y ese modo tan bonito y 
tan hormado de ponerse los pantalones ! ¿ Pues y esa 
cosa para sacar aquel piecito de dama? La usurera se 
extasiaba, saboreando el placer de haber contribuido 
con la cadena á realzar tanta beldad. Mas de pronto 
se le ocurrió esta idea: Agusto y Mina conocían la 
prenda, se la verían á César, sabrían que ella se la ha- 
bía regalado, y, como eran á cuál más caviloso, quién 
sabe qué pensarían. 



XXI II — Encadenado 295 

— César— le dijo, pasado un momento, y cuando 
yá estuvieron en el piso bajo — estoy pensando que se 
puso la cadena por condescender... meior será que la 
guarde. Tal vez sí pueden crer tanto envidioso como 
hay que sí es ajena. 

— Lo que tú quieras, hija — repuso él con voz 
meliflua, quitándose, á la vez que el regalo, un peso de 
encima. 

— Es primorosa ! — prosigue luego- — Yá que no 
debo usarla, la guardaré siempre como un recuerdo... 
j Es muy grato pensar que hay almas tan nobles 
como la tuya ! 

Filomena creyó oír un preludio de música celes- 
te. ¿ Que ella tenía un alma muy noble .? Ese César 
sí sabía valuar las cosas I 

— Sí, César, es mejor que la guarde... pero 
mire... — agregó sacando algo de la vidriera — Estas 
mancornitas... son de poco valor, y sí puede usarlas: 
no vakn más que un cóndor. 

— ¡ Me abrumas con tus finezas ! — exclamó el 
bogotano recibiendo los gemelos, que inmediatamente 
sustituyeron á los que llevaba. 

Luego se quitó la herradura y dijo: 

— Si no fuera el recuerdo de un amigo tan noble 
como tú, ¡ con cuánto gusto correspondiera á tu no- 
bleza con este alfiler !,.. Mira qué lindo es. 

— ¡ Yo no lo hago por interés !: ¡lo hago por ca- 
riño ! — contestó ella examinando la herradura. 

— ¡ Yá lo creo ! — exclamó César, con una efusión de 
lo más patente — Sería feliz si de algún modo pudiera 



296 Frutos de mi tierra 

pagarte con algo más que mi gratitud y mi profunda 
estimación !... 

Unos compradores cortaron el coloquio. A ma- 
las I: precisamente cuando Filomena tenía en la pun- 
ta de la lengua una contesta tan linda y tan á pelo. 

La venta siguió hasta horas de ir á almorzar. 
Como en la calle volviese el sobrino con sus palabras 
de reconocimiento, le dijo Filomena: 

— ¡Pues nó, César: esté persuadido que con cariño 
y buenos modos todo se paga !... ¿ pues, y con el 
trabajo.?: ¿ le parece, pues, poquito lo que me tiene 
que ayudar 1 ... Yo no soy pa estas cosas de tienda. Si 
hasta me choca mucho que las señoras nos metamos 
en hundes de comercio; porque aquí no venden las 
señoras como en la Costa y en Bogotá, según me 
ha contao mi siá Chepa. 

— Ah sí!: en Barranquilla y Cartagena venden 
todas las señoras, y en Bogotá también hay mucha 
señora comercianta. 

— Sí, César, así es; pero yo siento mucha repu- 
la nancia en estar vendiendo todo el día... y sobre todo, 
nosotros sernos ricos y ganamos también en otras 
cosas, fuera de la tal tienda. Yo lo que más necesito, 
^ ahora que Agusto está así, es una persona como usté, 
Ique me acompañe, que me... (aquí le entró tos), que 
me considere, y con quién hablar. Esoy tan sólita ! 
I Agusto yá ve cómo está, y las muchachas... j son tan 
I bobitas, las pobres 1 Usté va ser mi consuelo, César. 
J Me parece que nos entendemos muy bien... y ojalá 
|l mí plata le pudiera servir á usté... 



XXIII — Encadenado 297 

— ¡ Me abrumas, hija, te lo repito !... ¡ Jamás po- 
dré pagarte !... Jamás ! 

— Usté es muy bueno, César. ,, ¡ y con eso hay ! 

— ¡ Seré muy bueno, yá que te empeñas !... (en 
tono de dulce reconvención). Pero mira, ala: no me 
trates de usted... ¡ Parece que me tuvieras respeto, ó 
que fuera un extraño para tí I ¡ Trátame siempre de 
iú, como yo lo hago contigo, como se deben tratar 
los amigos ! 

— Acaso estoy enseñada á ese cuento de tú... 

— ¡ Pues enséñale, hija, enséñate! ... ¡ El usted 
sí me lo cambeas! — replicó el sobrino con sonrisa de 
gorja. 



XXIV 



NOSTALGIA 




OSA de un mes ha corrido. César se asfixia. 
j ^jedellín le parece el más concentrado 
emporio de gente sosa. ¡ Hombres más pa- 
catos, más patanes y erizos que los de An- 
tioquia !... Las mujeres no las conoce sino de vista; 
pero, por encima, bien comprende que si acaso tienen 
alma es de vaca. Ha visto algunas bellas; pero con la 
belleza boDade los santos de papel. SuscoQOcidos desde 
Bogotá los ha hallado fríos, egoístas y antipáticos; ha 
desplegado con ellos toda su amabilidad... y como si 
arara en el mar. 

Se pasma pensando cómo pueden vivir por acá 
sin morirse de tedio: ni un baile, ni una tertulia, ni 
un paseo, ni una visita de sociedad, ni la más míni- 
ma invitación... ¡Probablemente tendrá que ¡aj'iar se 
sin haber lucido los guantes y el frac! 

¡ Los casinos!... /^/ Edén! ... Bah ! ¡ Cosa más 
atroz !: cuatro viejos hambrientos, baraja en mano, pe- 
leándose por un real; ó una docena de inocentones 
muchachos, pegados del taco, á quienes les parece 
que ponen una pica en Flandes si tumban un palo. 
¡ Tierra más infeliz !... Los ricos de por aquí iban á 
morir de rancios, Y eso que á cuál de todos tenía más 
ancha la « tripa aguardientera ». 



XXIV— Nostalgia 299 

Pero el principal encono de César contra Antio- 
quia era por no haber topado todavía una amiga 
tierna y generosa, de corazón sensible, como esas que , 
dejó en su tierra. •, Las amigas de por aquí !... ¿ Qué 
paraje sería esta Medellín ? Una de dos: ó esto era 
una sacristía en figura de poblachón, ó á las gentes, 
en vez de sangre, les debía circular aguamasa por las 
venas. Exacto !... e l maíz eia ^el de todo: hombres 
que lo comían y lo bebían á toda hora^ tenían que 
volverse gallinas y bueyes de carga. ¡ Ah caracho !... 
Si al más travieso de los cachaqiiiios de acá se le po- 
dían rezar salves como á San Luis Gonzaga. Yá se 
veía: con eso de pasarse todos en las iglesias, lamiendo 
ladrillo como beatas solteronas, antes eran muy vivos. 
¡ Los chapetones de Bogotá, cuando Bogotá era Santa 
Fe, no podían ser tan chapetones como estos maiceros! 

Sus tíos... j Valiérale Dios con los tíos !... Lo 
que era ricos; sí, señor: muy ricos; pero á lo maicero^ 
como si no lo fuesen. De tío sí estaba armado !... Po- 
quita era la guerra que le había dado ! ¿ Pues no tuvo 
que irlo á llevar al Cucaracho^ para ver si cambiando 
de aires dejaba los histéricos de monja loca ? 

Afortunadamente que la salida fue de madrugada 
y por calles muy excusadas, que si no César se hubiera 
muerto de la vergüenza, con la funda que pusieron. 

Figúrese tal cachaco llevando de cabestro á tío 
Agustín, que parecía un tembleque, y seguidos de tía 
Nieves ¡ que iba más charra ! aferruchada de las or- 
quetas del galápago; porque le parecía que la yegua 
motilona que montaba iba á tumbarla. ¿ Pues y lo que 



300 Frutos de mi Uerra 

el sobrino tuvo que lidiar, ayudando á Filomena á 
convencer al viejorro, que no quería irse ? 

En cuanto á tía Filomena, César no podía for- 
mar opinión. Con todo, comprendió, desde luego, 
que con él era muy otra que con los demás. 

Que él tenía el arte de robar corazones, tiempo 
hacía que lo sabía; mas esa manera de cariño, esas 
finezas de la tía, no dejaron de intrigarlo al princi- 
pio, por tener idea anticipada desde Bogotá de la 
poca ó ninguna generosidad de los parientes antio- 
queños. Pero, al fin y al cabo, determinó que todo 
ello era muy lógico y natural, tratándose de persona 
tan atractiva y seductora como el hijo de su madre. 
Y siendo así, ¿qué más tenía la tía Filomena que en- 
tregarse á discreción ? 

La sal del cuento estaba horita en ver cómo se 

\ explotaba la situación cuanto antes, porque lo que 

Jera permanecer en Medellín arriba de tres meses... 

¡ ni porque lo matasen ! Y, sobre todo, el destino le 

apestaba. El, metido todo el día tras un mostrador, 

él, vendiendo al pormenor fideos y jabón de pino? 

Y eso que Filomena trataba siempre de dulcifi- 
carle la faena, ya escanciándole una copa de los vinos 
generosos que en la tienda se vendían, ya brindán- 
dolo con una cajita de galletas, que al efecto abría; ó 
bien mandándolo al Edén á que se diera sus baños y 
se distrajese un rato, y todo ello envuelto en miel.de 
exquisito cariño. 

Lo que tiene es que César, tan habituado al tri- 
buto, poco más agradecía. 



XXIV ^ Nostalgia 301 

J^a ama r tflaHn ¿ pñr^m ¡ba llevando el asunto con 
sumo tiento ; y aunque con el trato continuo y la 
compañía de César, sus ^anhelos eróticos s e_aceji¿ia- 
b an más^ y más, no por eso se dejó llevar del corazón, 
escamada como estaba, después del trastorno aquél. 
Y en cuanto estaba á su alcance, ponía atento oído á 
lo que le dictara el buen juicio. 

A tanto alcanzó, que, á pesar de la fascinación 
que experimentaba con la presencia del joven, todas 
las tardes, después de comer, le decía algo así: *( Nó, 
César, no te quedes metido en la casa: vestite y án- 
date á pasiar con los amigos, pa que viás las mucha- 
chas.» Y casi lo echaba. 

Como se ve, quería complacerlo hasta en lo del 
tuteo. Era de oírla con aquello de <í Tú tenes razón !» 
(C Esto es para tú», «Con tú no hay quien se abu^ra^,, 
y otros túes de la laya. 

Cuando estaba con él, eso era como un magne- 
tismo; apenas sola, le acometían tristezas y descon- 
fianzas, que á menudo acababan en lloriqueos. 

En los comienzos César volvía del paseo de las 
siete á las ocho; pero gradualmente lo fue prolon- 
gando, y vez hubo que se estuviese hasta las once. 

Con tales ausencias y tardanzas pasaba Filomena 
cada agonía, que, quieras que nó, el ojo venía á que- 
darle siempre como tomate. Pero ni una palabra que 
oliera á disgusto, ni á curiosidad indiscreta, ni mu- 
cho menos á fiscalización, j qué tal ! César la encon- 
traba siempre sin acostarse, más afable y compla- 
ciente si cabe. Él manifestaba mucha pena por estas 



302 Frutos de mi tierra 

esperas, y la instaba á que se arrtinchara á la hora 
d€ costumbre, y ella objetaba: (C ¡ Me da mucha pen- 
sión I .. Y podes necesitar algo, y venir sin meren- 
dar, y los criaos son tan chambones pa todo... Y 
también me da miedo que te enfermes con este sereno 
.de aquí, que es tan malo pa los forasteros.» 

César le daba bromas por estos temores; pero ni 
él venía más temprano, ni ella se metía en cama an- 
tes de verlo, con lo cual tenían todas las noches su 
rato de parlamento, casi siempte en el comedor. 

Esta vida tan nueva para Filomena, estos tras- 
nochos, la traían enervada y perezosa. El comercio y 
los negocios los iba llevando á más no poder; pues, 
aunque en la tienda estaba con César, el tráfico y la 
actividad le eran enojosos. En la casa misma le era 
importuna la presencia de Mina, única que alternaba 
en el palique con el bogotano, y eso de día. 

Cuando la salida de Agustín al Ciicaracho, quiso 
Filomena que fuese Mina la que lo acompañase; pero 
él determinó que había de ser Nieves, y de ahí no lo 
sacaron. Quiso entonces Filomena que Mina se fuera 
también, alegando que ésta necesitaba temperar más 
que ninguno; pero Agustín no la quiso por compa- 
ñera y Minita se quedó. 

Filomena, en esta contrariedad, estuvo tan su- 
mamente prudente, que bien claro se vio cuan deli- 
cada y suave de genio se iba poniendo. 

Como con tío Agustín se fuesen la cocinera y la 
negra Bernabela, — que casi vivía en casa, — quedaron 
servidos por el fámulo solamente, el cual traía la co- 



XXIV — Nostalgia 303 

mida de un hotel. Cambio fue éste muy propicio á 
Filomena, en su propósito de regalar á César por el 
lado de la bucólica; y si la moscona de Minita no se 
quedara en casa, fuera ésta la ocasión de la soledad 
poética tan deseada. Pero, si no á la medida de sus 
deseos, esta ocasión tampoco fue desfavorable: la ena- 
morada rogó á César que no se estuviese en la calle 
hasta muy tarde, porque como estaba « ¡ tan nervio- 
sa!... por el estado del pobre Agusto », le daba miedo 
a de quedarse con la mera Mina como dos ánimas en 
aquella casa»... y el muchacho estuvo tan formal,] 
que á las ocho y media yá estaba de vuelta. 

Hacía algunos días que ella notaba que él iba 
perdiendo los tintes de durazno maduro que trajo de, 
Bogotá, que enflaquecía, que no comía como antes, 
por lo cual lo amonestaba á que se cuidase mucho,! 
sobre todo de recibir <c ese sereno de Medellín, que es... ' 
¡lo pior que hay I» pronosticándole que iba á enfermar. 

El mozo sostenía que gozaba de cabal salud, 
como el fino amor de la jamona lo deseaba; pero, 
hoy me duele la cabeza, mañana no paso bocado, 
pasado me «siento muy feo», día llegó en que, 
encontrándose muy mal, hubo de tomar la.. cama. 

Por fortuna que César, — por no molestar sin 
duda á sus tías, — había ido, desde antes de postrarse, 
á consultar con un médico; y anduvo éste tan acer- 
tado, que al momentico le conoció el mal: diz que 
era reumatismo. 

«¡No te lo decía!... — machacaba Filomena — 
¡Es pa que no me creas I... ¡Figúrese rematís .. 



304 Frutos de mi tierra 

achaquito que no se la perdona á ningún mucha- 
cho !... Lo mismo que padecieron los hermanos de 

mi siá Chepa... y padecen toítos los muchachos 

¡ Eso era visto: desde que yo te vi metido de noche 
en todo ese lodo podrido que hay por ai en las calles, 
te vi el morao !... ¡Si por eso era mi pensión I y> 

César que se encama, y Filomena que se constituye 
en enfermera. ¡Adiós almacén y prendería ! No valie- 
ron las protestas del reumático sobre la poca monta del 
mal, sobre los perjuicios que iba á sufrir la enfermera. 

El día y parte de la noche lo pasaba la señora 
orillita de la cama; y ni una madre con su hijo, ni 
una hermana de la caridad con una novicia enferma, 
gastarán más ternura y agasajos. 

César, como yá se dijo, andaba escasillo de trapi- 
tos interiores: pues al momento su docena de cada 
cosa, y todo de lo más fino, y con su marca de hilo 
rojo; tal receta se mandaba: pues al pie de la le- 
tra, pasando lo más mínimo por la vista de Filome- 
na; ella se apersonaba en la cocina, en cuanto César 
dormía, y tisanas, alimentos, baños, salían como sa- 
cados á pulso ; las cremas, caspiroletas y sopitas que 
ella elaboraba ó mandaba elaborar á las guisanderas 
más hábiles de la ciudad para su enfermito, eran 
para engolosinar á un difunto. 

Belarmina, aterrada, comparaba. 

— ¡ Estoy apenadísimo contigo I — dijo una vez 
el enfermo á la enfermera — Por mí te perjudicas, por 
mí cierras el almacén... ¡ vete hoy, hija, á vender!... 
¡ Vete, que estoy muy bien ! 



XXJV^ Nostalgia 305 

— ¡ Nó, mijo, primero eslá la salú que lodo ! 

— ¡De rodillas no te pago!... Pero te perju- 
dicas. 

— ¡ Déjate de cuentos, hole, que no hay tal perjui- 
cio !... ¡ Y man que lo hubiera !... ¿ acaso estamos de 
limosna.' Pa eso sirve la plata, mi querido: paño 
esclavitase uno. 

— ¡ Pero tú le esclavizas por bondad ! 

— No lo creas : cuando hay cariño, no hay es- 
clavilú. ¿ No ves con el gusto que lo hago todo ? 

— Bien lo veo, hija, y me lleno de gratitud; 
pero por tu misma bondad me apeno: yo no merezco 
lánto ! 

— ¿ Entonces quién, pues ? — pregunta ella con la 
zalamería más inaudita. 

César no contestó: las cosas de su tía le confun- 
dían de veras. 

Aunque la enfermedad no fuera para correr por 
los óleos, hubo un día en que César se quejó muchísi- 
mo, y en que Filomena casi lo creyó perdido, pensando 
que el reumatismo se le iba á subir al corazón. 

No hubo lál: á los diez y siete días pudo levan- 
tarse el muchacho. 

Ese día fue la prendera al almacén, y luego al 
comercio, á verificar algunos pagos; pero pronto vol- 
vió á casa. 



20 



XXV 



AMOR DEL ALMA 




(EMEROSA Filomena de que César se le 
aburriese, lo apremiaba á preguntas sobre el 
particular, y nunca dejó él de manifestarle 
mucho acomodo y mayor contento, llegan- 
do hasta mostrar calor en las mentiras, pues no siem- 
pre se daba ella por convencida. 

Pero el aburrimiento, que crecía día por día, se 
arreció tanto con la enfermedad, que César se decidió al 
fin á cantar de plano en claro y á obrar en consecuen- 
cia, no esperando sino á ponerse bueno para lajiarse. 

i Qué protección de tíos ni qué nada ! ¡ Fuera 
Antioquia noramala ! Si acaso conseguía dinero allí, 
¡ para harto le serviría ! Si él pudiera soportar medio 
año siquiera de esta vida, se casaba, á no dudarlo, con 
alguna de las más ricachas; pero la sola idea de es- 
perar le reventaba. 

La iba á tener tremenda con tía Filomena; ¡ pero 
muy tremenda... y sin remedio ! 

Preparando estaba las cortas y largas que ten- 
dría que meterle, para lo cual se inspiraba en el re 
cuerdo de las andróminas de que se valió en Bogotá 
con aquella su amiga, — la vieja de la tienda á quien 
dejó en la inopia. — Esto fue como una revelación. 



JTJlV — Amor del alma 307 

Sí, señor : ¡ !a manera como tía Filomena lo tra- 
taba, los mimos, los regalos, el dinero, todo.... igua- 
lito á la vieja aquélla!... Exacto!... Horita se ex- 
plicaba la manía de tía Filomena de mantener los 
ojos clavados en él; horita se explicaba los nervios.... 
Ah caracho con la tía para zumbada ! 

Ahora sí era cierto que se iba, aunque fuera en 
carguero.... ¡No faltaba más !... 

Pues nó, señor: semejante ¡dea podría ocurrír- 
sele á otro que César. No se iba yá; mejor dicho, 
aplazaba el viaje. Y á ver qué se debía hacer. 

Aquí de César Pinto ! 

Tía Filomena.... se prestaría, desde luego, á 
todos los enredos que él quisiera, con tal de que fue- 
sen amorosos. .. De ello bien seguro estaba. Eso.... 
sería explotar la mina por algún tiempo; tomarla, 
como quien dice, en arrendamiento... Muy bien; pero 
todo arrendamiento se acaba algún día. ..Pues entonces, 
hacerse á la mina de una vez... ¡y negocio redondo ! 

No había que darle más vueltas. En Bogotá.... 
algo de música le pondrían algunos al cuento, por lo 
tomada que estaba de años; pero la misma cosa había 
pasado muchas veces, y á los tres días ¿ quién se 
acordaba de nada ?... Si le salía celosa como la vieja 
consabida, ahí le darían sus palatuses y rabietas, que 
él se las curaría por los mismos procedimientos que á 
la otia. Tía Filomena todavía era mujer de algún 
garabato, en comparación de la vieja.... y estando 
tan antojada de Bogotá, venía todo que ni buscado 
de intento. 



3'J8 ■Finios de mi tierra 

No había remedio: César se calavereaba. 

El noble joven se sintió rico desde este instante, 
y, aspirando los perfumes de París, palpando la rea- 
lización de sus sublimes ideales, se durmió, á pesar 
de sus dolencias, porque estas glorias pasaban de 
noche. 

¡ Convergiendo con Filomena en el mismo punto ! 
Y luego dudan muchos de que al cielo se pueda ir 
por distintos caminos ! 

La absorción de la tía cuando estaba con el so- 
brino no era para que ella echase largos párrafos; 
así que en las pláticas de entrambos, Filomena ape- 
nas replicaba, fija en aquella « cara de imagen » que 
á cada momento encontraba más divina, y embobada 
con esa gesticulación tan hechicera; y como arrullada 
por esa voz, ni cuenta se daba de las ideas emitidas 
por César, ni del giro de la conversación, lo que daba 
lugar á contestaciones y réplicas tan fuera de tiesto, 
que ni para las burletas y risas de ambos. 

Pero luego que César tomó la resolución consa- 
bida, las conversaciones y pláticas cambiaron por 
completo. 

Desde las siete de la mañana del siguiente día, 
hora en que ella entraba á saludarlo, le pareció que, 
á pesar de la completa cura, César estaba preocupado 
y tristón. 

Por la tarde, á eso de las cinco, se paseaba él por 
la pieza, con ese andar lento é inseguro del que ha 
estado muchos días... con reumatismo. 

Si hermoso le parecía á Filomena en plena salud, 



XXF— Amor del alma 309 

convaleciente lo encontraba más. Aunque un tanto 
escrofuloso de piel, César había tomado una palidez 
que contrastaba á maravilla con lo negro del cabello 
y la barba ; ésta medio retoñada; aquél en enriscadas 
sortijas hacia adelante y apelmazado por la almohada 
atrás; más ojigrande y ojeroso, por obra de la recién 
pasada fiebrecilla; un poco traspillado y lacio, estaba 
el mocito asaz romántico é interesante. 

Filomena le había mandado bordar un gorro de 
terciopelo, con relevantes flores de seda y gusanillo, 
y una borla como escoba, desmayada por un lado, el 
cual gorro estrenó para levantarse. ¡ Y vaya si le sen- 
taba ! A riesgo de costiparse, llevaba anudado en el 
pescuezo, mucho más abajo de la ollita, un pañuelo 
de seda, cuyas puntas volanderas y desordenadas aca- 
baban de romantizar al malandante bogotano, que 
vestía gabán gris y calzaba chinelas de tapicería, para 
pie de antioqueña, regaladas también por tía Fi- 
lomena. 

Esta, recostada en una mecedora, en beatífica 
actitud, no acababa de pasmar.'je ante aquella obra de 
mi Dios, con aquel gorrito. 

Al fin rompió el silencio: 

— ¡ Nó, César, deje esa calladera !.,. Me tenes 
muy entripada.. ¿Tú sin hablar palabra?... Es por- 
que no estás bien... Y cuando estabas malo ¿ cómo 
eras tan hablantino .?... 

— Pues, alita, no sé; pero no me siento nada 
mal... del cuerpo — contestó el joven, terminando un 
suspiro y continuando el paseo. 



310 Frutos de mi tierra 

— ¡ Malo, qué vas á estar... pero algotra cosa 
itenés que tener! ¿Estás aburrido, te está haciendo 
Iifalta tu familia, ó Bogotá ? 

iV César, por única respuesta, suspiró máshondo 
> que la vez primera. 

— ¡ Pero, válgame Dios, mijito, parece que tu- 
viera... quién sabe qué! — exclamó la tía levantán- 
dose para encender la vela. — Voy á traerle la me- 
riendita á ver si se recobra. 

Y salió. No tardó en volver, trayendo un charol 
con servilleta de alemanisco, que contenía: tres hue- 
vos pasados por agua, en un aparatillo de alambre 
niquelado; tazón de café; un pan papujado; y hasta 
una docena de galleticas de esas de figuras y animales. 

— ¡ No vaya á salir ahora con que está feo, y que 
no tiene gana ! ¡ Todo se lo tiene que comer ! — dijo 
ella, colocando en un taburete la merienda y arri- 
mando la silla. 

— Hora no tengo nada de apetencia, alita. 

— ¡Manque no tenga!... Siéntese, que el comer 
y el rascar no tienen sino empezar... ¡ Si no comes... 
mira i (Le amaga ccn mucho mimo un pellizquito). 

— ¡ Nó, señor: está muy débil... y si se rancha 
no tiene cuándo aliviarse ! Coma y verá: tres güebitos 
se los come uno de un sorbido. Voy á échatelos en la 
copa como á vos te gusta. 

— ¡Tan tempiano, hija!... Con el café tengo 
horita. 

¡ Nó, señor, los güevos primero y el café enci- 
ma !... Cuando se vaya á acostar toma su vino. 



XXV — Amor del alma 3 1 1 

Y la inexorable tía pone los huevos en la copa. 
El se resigna y principia. Ella se sienta en la otra 
mecedora á inspeccionar. 

— ¡ No ve cdmo sí le resbala !— dice ella al ver 
que el muchacho no lo iba haciendo mal — ¡ Es que es 
tan porfiaíto I 

— Ahoia me tenes que contar — agregó á poco — 
por que son esos caras tan tristes y esa calladera... 
Yo me he puesto á repasar qué será lo que te hemos 
hecho y no he topao. Tal vez será alguna mala cara 
de esta Mina, que es tan vinagre á ratos. Si es eso, no 
le hagas caso ! 

— ¡ De donde sacas eso ! — exclama él en tono de 
reproche, dando el último golpe á los huevos — Ni 
Mina... ni nadie me ha hecho la menor ofensa. Al 
contrario: aunque á tí no te gusta, tengo de repetir- 
te que las finezas que recibo de ustedes... ¡ nunca po- 
dré pagarlas ! 

— I Tan bobito que es !... Déjese de cuentos, y 
diga qué es lo que tiene; ¡porque algo tiene que tener! 

César sigue envasándose el café, y cuando ha 
agotado la taza, se pone en pie y da un suspiro. 

— ¡Caramba, mijito, qué poca confianza me tiene ! 

Y la tía sale con el charol. César lía un cigarri- 
llo y torna á sentarse. 

— Yá que te empeñas, — dice éste, luego que Fi- 
lomena vuelve, — yá que te disgusta mi silencio, voy á 
abrirte mi corazón... Siéntate, hija, y escúchame... 
pero no me quieras sacar más de lo que yo quiera 
contarte. 



312 Frutos de mi tierra 

Ella toma asiento, asustada con el tono solemne 
de César. 

— ¡ Yo soy un hombre muy desgraciado, Filome- 
na ! — principia él, con voz que parecía eco de entra- 
ñable dolor — Mi desgracia sóio Dios y yo la sabe- 
mos,., y sólo á tí te la confío, y eso en parte. ¡ No te 
vayas á reír, por Dios, porque esto sería lastimar más 

ri herida ! ... 
— ¡Reírme yo... yo, César } ¡ Qué poco me co- 
noce ! — exclama, subyugada por la nueva faz por que 
César se le presentaba. 

! — Sin duda, tú, tan tierna, tan delicada como 
eres — continúa él — habrés sentido alguna vez el 
amor... 

Ella se estremece en su silla, los ojos se le salen. 
César nota el efecto y prosigue: 

— No te hablo de esos amores vulgares, que pa- 
san sin dejar huella... (aquí se atranca un poco) en 
ninguna parte, que cualquiera puede sentir; nó, Filo- 
mena: quiero hablarte de ese amor del alma... ¡.que 
yo no puedo expresar, ni nadie expresa ! ¡ Amor que 
1^ enferma, que no se siente sino una vez en la vida; 
porque dura... lo que la vida dure! ... Bien: yo siento 
1 ahora este amor... ¡ que me va á llevar á la tumba ! 
Hablaba con voz pausada, cuándo vibrante, 
cuándo opaca, y cada sílaba parecía una perla de lá- 
grima, pues César sabía también sollozar con la pala- 
bra. Cada una que largaba era para el corazón de la 
prendera lo que el golpe del bolillo para el parche 
del tambor. Y allá en sus entrañas, muy hondo* sen- 



XXV— Aviar del alma 3 1 3 

tía una ansiedad, un susto, una turbación y una rabia, 
que era ella la que se iba á la tumba ¡muy ligerito!; 
porque, á la vez que esto, se le presentaba una bogo- 
tana hermosa sobre toda ponderación; de una hermo- 
sura vaga, fantástica, que Filomena no podía definir, 
y que, no obstante, la estaba no sabía si dándole 
muerte ó haciéndola enloquecer. 

— ¿ Has créido tú, mi amiga, que yo he enfer- 
mado por efecto del clima ? — prosigue César, cada vez 
más puesto en razón. — ¡ Nó: á mí me tiene así el amor , ¡ 

de que te hablo! Por eso trataba de ocultártelo '' 

¡ Y m£_ va á m a tar , te lo repito; parque gs un amor 
^ imposible ! Entre esa mujer que yo amo de esta ma- 
,nera (se lleva la mano al corazón), entre ella y yo,... 
hay un abismo imposible de salvar: ella es rica, in- 
mensamente rica.... yo, ¡ un pobre diablo, un infeliz 
que no puedo brindarle más que mi corazón.... más 
que mis lágrimas ! Por eso me voy nomasito me ali- 
ne.... i á donde nunca más la vuelva á ver ! 

César calla, y hundiendo la cabeza en el pecho, 
resuella gordo, cual si el dolor lo estrangulase. 

— Y.... ella es de aquí, pues? — murmura Filo- 
mena con voz de costipado. 

— Sí, de aquí es ! — contesta César, poniéndose en 
pie, tirando el gorro y estregándose el pelo. — Es de 
aquí!... ¡No me puedo unir á ella... y tengo que 
verla á toda hora !... Por eso me voy lejos, muy lejos ! 

— Te vas?... — clama Filomena, sin saber qué decía. 

— Me voy!... Al irme me arranco el alma.... 
I pero es preciso I 



^ 



314 Frutos de mi tierra 

— Yo conozco á esa mujer? — pregunta Filome- 
na ronca del todo, mirando á César con ojos desvia- 
dos. — Decime !... 

— Que si la conoces I ... Y me lo preguntas! ... 

— Yol Yo, César ! ..¡ Virgen santísima ! ...Yo!... 
Yooo !... 

El último «yo)) fue un acecido. Sintió que los 
músculos de la cara se le desencajaban; que por den- 
tro del espinazo le subía una gótica de azogue; que 
el cuero de la cabeza se le templaba hasta dolerle. 

Con aire de Marqués de Montero en la Flor de 
Jin día, representada por Los Timches^ nuestros có- 
micos de la legua, prorrumpe César Pinto: 

— Tanto así me aborreces, que ni una palabra 
me dices 1 

— Yo, César.?... 

— Tú!... Sí: tienes razón !... ¡ Mi atrevimiento 
es tanto, que merezco el castigo ! (Y se dejó caer, 
pero en la cama). 

— Yo aborrecerte!... ay César!... No ves que...! 
(Y se tapa la cara con ambas manos, y se alza de la 
silla, temblona, agitada). 

— Vir gen santa '... Vn fan vip ja !... 

Y se vuelve á sentar, y se vuelve á tapar. 

— Vieja ? — salta él como un rehilete. — No tal !... 
Y aunque lo fueras, ¿qué tiene que ver mi pasión 
con tu edad ? 

— Y tan fea ! ... tan ji orrend a ! 

— Ah!... Bien veo que no me comprendes! — 



XXF — Amor del alma 3 1 5 

clama el Tunche en tonito de desaliento. — Veo que 
no sabes calificar mi amor, que lo confundes con amo- 
res vulgares !... Mira: aunque fueras la mujer ni£s fea 
del mundo... ¡ te amaría lo mismo ! aunque fuera 
la mujer más vieja... ¡te amaría lo mismo!... ¡M 
amor, es amor del alma !... ¡ Del alma !, atiende bien: 
¡ De mi alma, que está enamorada de la tuya !... ¡ Be 
lleza... harta se vende en mi tierra al que quiera 
comprarla!... ¡Yo no busco belleza, ni juventud! 
que esas cosas pueden comprarse I... ¡Lo que busco, lo 
que necesita mi alma es otra alma como la tuya!.. 
¿ Que estás vieja 1... \ No lo creas !... Una mujer co 
unos ojos como los tuyos... ¡ no puede envejece 
nunca !... ¿ Sabes quién era Niñón de Nanclós.''.. 
¿ Lo sabes "i 

— No he oído mentar á ese señor — murmura ella 
con tiriteo de tercianas. 

— No era hombre, nó: Niñón era una dama 
de la corte pontificia, compañera de Lucrecia Borgia 
y de Cleopatra. Esta mujer, ¡ á los ochenta años ! 
llegó á inspirar un amor matroz á un jovencito, casi 
un cachifo... Tú, sólo me llevas... algún par de años.. 
¡ Ya ves, pues, que el amor es cuestión muy aparte ! 

Aquí calla y exhala otro suspirón, y luego dice 
con mucha amargura: 

— Bien comprendo, Filomena, que soy un mise- 
rable, un pobre arrastrado para aspirar á una mujer» 
tan rica, tan interesante, tan feliz, de un alma tan I 
hermosa como tú... ¡ Por eso he devorado mi dolor 
en el silencio !... Por eso quiero poner tierra de por 



316 Finios de mi tierra 

medio, para no volverte á ver !... ¡ Perdona este des- 
ahogo... y no me vayas á arrojar de aquí como á un 
perro!... ¡Perdóname... mira que confieso mi falta!... 
i Espera que esté bueno para que me despidas ! 

— ¡ César, por Dios! — prorrumpe la requebrada 
señora, anegada en llanto — ¡No me mates !... ¡_Yo_ 
e charte de mi c .^ ^^... rnnndn fp jd-^lntro I ■ ¿No ves 
que so y yo la q uejacjes tey muii u tiJo -por tú .? 

— ¿De veras, Filomena, me amas .''... ¿Me amas?... 
¿No es una burla ? Si es una burla,., ¡ horita mismo 
me mato ! 

■^Y César Pinto toma el revól ver, que tenía pre- 
parado bajo las almohadas, por si acaso, y que estaba 
descargado por más señas. 

— ¡Virgen del Carmen, mi madre ! — grita ella, 
asiéndolo por los brazos — ¡ Guarda esa arma !... ¡ Vos 
sí estás loco de veras !... 

— i Y cree que me estoy burlando ! — exclama des- 
madejándose, como falta de aliento, en la cama, luego 
que el sobrino larga el revólver. — César: yo no soy tan 
rica como tú pensás. Sí tenemos; pero no semos pode- 
rosos... Pero mira: ¡ manque tuviera todo el oro del 
Zancudo... manque tuviera toi'ta la plata del comer- 
cio de Medellín... me parecería poquito para tú! 



XXVI 



ir. USIONES Y REALIDADES 




iN Medellín va alcanzando tanta boga la cos- 
tumbre de cambiar de aires y de salir de 
francachela á fines de año, que, si así sigue, 
Noche Buena vendrá en que la misa del 
gallo la oiga quien la diga, si es que quedan clérigos, 
en la oiudad, 

Y mucho que le aprovecha á la gente el tal cam- 
bio de aire; pues, aunque no engorde mayor cosa, el 
medellinense, bien salga á pueblo, aldea ó campo, se 
vuelve otro, en cuanto da un paso fuera de Medellín: 
los entrecejos arrugados de los grandes se alisan no 
poco, desaparece la muequita despreciativa de las 
señoras encopetadas, y baja el termómetro de la supe- 
rioriJad. El gesto de repelente concentración, ese 
gesto de dispéptico que parece endémico en nuestra 
ciudad, se torna en uno muy abierto y francote, y 
viene luego una amabilidad, que no es ni la adulona 
ni la comercial que tanto gastamos, y en seguidita 
una comezón por diversiones y jolgorios; y todos se 
hablan, se tratan, se frecuentan, se obsequian, se re- 
galan, y, lo que es más inaudito, ¡todos se conocen! 



318 Fruios de mi tierra 

pues es de saberse que en la ciudad ni los vecinos 
muy vecinos nos conocemos bien. 

Pero, sea que el tono medellinense no se pueda 
sostener sino con antipatía y malas caras; sea que 
tan linda ciudad, en vez de alegrarlo, predisponga el 
ánimo á la displicencia; sea el afanado, constante 
trabajar, la lucha por la vida; sea el clima, únicamen- 
te, ó todo esto junto, es el hecho que, en tornando 
la gente á Medellín, se acabaron las relaciones conse- 
guidas en otra parte, y mucha hazaüa es que dos de 
aquellos amigos lleguen á reconocerse en la calle 
hasta el extremo de saludarse con un Adiós Fulano, 
y seguir de largo. 

Pues bueno: toda esta parrafada era para decir 
que uno de los lugares más socorridos para cambiar de 
aires y darse á la sociabilidad, es el pedazo de falda 
llamado El Cucaracho, cuyos linderos ignoramos. 

Cucaracha /... \M\rQ usted qué nombre! Y no 
se tiene noticia, que sepamos al menos, de que nin- 
guna legislatura ó asamblea haya tratado de cam- 
biarlo por alguno de héroe ó de lugar de batalla, 
como por acá es costumbre. Y es lo peor que, toman- 
do la parte por el todo, se suele designar bajo tal 
nombre la falda en general, bien que ella tenga pun- 
tos menos mal bautizados. 

Levántase en majestuosa vuelta al occidente 

del valle. Aquí arranca violenta y atrevida, allá en 

suavísimo declive, más allá convulsiva y vacilante. 

Presenta, al ascender, ondulaciones esqueletadas de 

• toldo sobre estacas, turgencias de acolchados almoha- 



XXVI — Ilusiones y realidades 3 1 9 

dones, asperezas de caracol marino. Se encumbra al- 
tanera hasta dar en el cielo la fantástica silueta, que 
así semeja delineamiento de revuelta cabellera, como 
de almenares derruidos. 

Ofrece el conjunto imponente, el detalle capri- 
choso, inesperado, del paisaje antioqueño: en seguida 
de una explanada para una plazuela, un tolondrón 
pedregoso de difícil acceso; después un barranco inex- 
pugnable; luego un escalón ó un repecho que hace 
echar los bofes al transeúnte; cuando menos se piensa 
un derrumbadero, un grupo de pedrejones á manera 
de ruinas, á vuelta de los cuales se serena el terreno, 
presentando la curva de la colina, la oblicua del plano 
inclinado, la horizontal del nivel. 

Cúbrese en partes de peluche verde, como caste- 
llana de teatro; en partes, la paja seca, las telarañas 
y los yerbajos empolvados le forman guiñapos de 
mendigo; se abigarra por ahí con rebujos de heléchos 
y zarzales, dejando ver los remiendos negros de rozas 
recién quemadas. 

Desnúdase en los flancos, mostrando peladuras 
rojas en carne viva, desgarrones que se caen á peda- 
zos, escoriaciones calcáreas, por cuyas grietas parece 
que asomaran cariadas puntas de huesos. 

En las hondas de tanta arruga, ya se engalana 
de guirnaldas y festones, ya recoge en arroyos la pie- 
dra corrediza, ahora la pegajosa podredumbre de un 
pantano le va comiendo como una lepra; y luego, por 
allá en las alturas, se paramenta con ropajes de sobe- 
rana, ornados de flecos de gramíneas y de recamos de 



320 Frutos de mi tierra 

musgos, por entre los cuales se levanta el roble con 
la salvaje arrogancia de nuestras montañas. 

Los numerosos propietarios de El Cucaracho^ 
al cercar sus lotes, al cultivarlos, al construir sus ha- 
bitaciones, acaban de complicar este pedazo de falda: 
vallados de pedrisco rojizo ó negruzco, enyerbados y 
lamosos, alternan con setos sembrados de maguey, de 
piñuela y de higo chumbo, ó cubiertos de entretejidos 
rastrojos, y con las hileras de árboles y estacones que 
unen los cuatro alambres erizados de pinchos. 

Los propietarios pobres labran para comer, — que 
no por ornato, — su pequeño pegujal, rodeando los 
pajizos hogares de maíz, yuca, plátano, tal cual mata 
de caña, el indispensable aguacate, tres ó cuatro algo- 
doneros, dos ó tres papayos, sin faltar casi nunca el 
higo, cuya penca, acanalada y erguida, descuella entre 
el sembrado como cosa de flecha gótica. 

Numerosas casas de recreo, con su pintura roja, 
sus siempre bien enlucidas paredes, sus dilatados co- 
rredores, campan por su holgura en praderas acica- 
ladas, donde algún pedrejón cubierto de liqúenes, 
sombreado por guayabos y chagúalos, hace las veces 
de oasis. 

Tras las habitaciones, ó á un lado, están los jar- 
dines y arboledas. Las opulentas frondas de los man- 
gos, duraznos y pomarrosos sirven de palio al fecundo 
naranjo; al arizá, que ostenta á leguas su borlón san- 
griento; al madroño puntiagudo, de grato fruto é in- 
tensísimos verdores; al chirlomirlo, que escandaliza 
con sus copazos amarillos. Estos, á su vez, protegen 



XXVI — Ilusiones y realidades 32 1 

con su sombra la beldad tonta del hicaco, el esprii 
del cafe, la corona y la púrpura del granado. Su ma- 
jestad la rosa, esa reina-Proteo, luce allí todas sus 
formas y colores; en tanto que el jazmín común, siem- 
pre sencillo, siempre humilde, se arrima á la tapia, 
busca la grieta, se entreteje, y ofrece á la rapaza, á 
quien amedrenta el Diablo, la corona sin espinas y la 
florecilia candida de ideal fragancia, para que vaya á 
llevarlas á la Virgen. 

Retorcido ó en zig-zag en unos puntos, recto en 
otros como una calle, acá scmi-urbano y polvoriento, 
allá pedregoso y bravio, después de partir en dos el 
suburbio de Robledo, atraviesa el camino real la agria 
falda, como un garabato de bermellón. 

Riegan El Cucnracho dos riachuelos, siquier 
quebradas: La Gó/fiez, que convida al baño, y Z,a 
Iguanáy la pérfida Igtianáy de negra historia, las cua- 
les, al descender por estas escabrosidades, se desme- 
lenan furiosas por los peñones, se aduermen faltas de 
aliento en diáfanos remansos, y entran al valle, aqué- 
lla pacífica y encauzada, corriendo la otra, ayer por el 
predio, hoy por el camino, mañana por donde se le 
antoje. 

Ventea en estos campos de Dios que es una gloria. 
¡Y qué vientos tan traviesos y retozones 1 El que viene 
de frente corre como loco y... contra la falda ! el de 
travesía — que será el del Norte, probablemente — pasa 
por allí como mano de muchacho malcriado por ba- 
laustres de ventana. Los dos se encuentran y... j tén- 
ganse piedras! arboledas, rastrojos y sembrados, en- 

21 



322 Frutos de mi tierra 

redadcras, bejucos y colgajos, se alborotan, se vuel- 
ven al revés, en tremebundo zarandeo; vuelan las 
láminas, si con marco, si con cinta; la basura, como 
en toda revolución, se arremolina encumbrada; bra- 
man las cañadas; se abren en flor las colas de las 
gallinas; las señoras sorprendidas en campo raso... 
sentarse y mano á la falda, mientras trenzas y capu- 
les danzan en la batahola. 

Mas no siempre vienen los vientos tan furiosos; 
que á veces la dan de músicos, }', como topen rendija 
ó agujero, se cuelan á las casas zumbando como trom- 
pos de latón, lamentándose tan tristes... 

Pero no son los vientos, ni las transiciones, ni 
[los atavíos del terruño, loque constituye el encanto 
de El encaracho y de esos campos; es, seguramente, 
;1 paisaje que desde ellos se disfruta. 

Por aquello de que: B/ qii& no ha visto iglesia... 
se resiste uno á creer que aquel horizonte pueda ser 
medido; al contemplarlo, parecen mentira las distan- 
cias y cómputos cosmográficos: es un fondo como de 
engrudo claro medio tinto en añil, una semblanza de 
la inmensidad, ornada de vellones de un gris desva- 
necido, que se escarmenan blancos y difusos como 
jirones de velo nupcial. Al frente, Santa Helena 
• — uno de los puntos culminantes de la ramificación 
central de los Andes antioqueños — perfila sus crestas 
sobre ese fondo y se pierde á lado y lado en lejanías 
azules, de aquel azul color de lo infinito, esfumándose 
en el cielo. 

Parches de arbolado, risueñas casitas, lujosas 



XXVI — Ilusiones y realidades 323 

quintas cubiertas de trepadoras, festonean y tachonan 
las laderas de la montaña como los cordones y las 
condecoraciones la chaqueta de un príncipe alemán. 

El Alio de las Cruces^ vestido de una vegetación 
á trechos espesa y lozana, á trechos pajiza y achicha- 
rrada, y con el Cemeníerio de los pobres construido 
de cal y canto y muy valientemente en un descanso 
de la colina, presenta á lo lejos — si muy hermoso — 
el aspecto romántico y exótico de un cromo de pelu- 
quería. 

El Poblado, cortado por amplia carretera, con su 
linda aldea de San Blas, asoma entre el ramaje, y 
dispersa luego sus hermosas construcciones de recreo 
por llanos, pendientes y caminos. 

El Morro de los Cadavides surge én pleno valle 
formando el más gracioso estorbo, como si la enrisca- 
da tierra antioqueña le hubiese regateado al lago la 
lisura del fondo; que lago, y muy á la suiza, segura- 
mente, fue esta cuenca, al decir de los sabios. 

No muy lejos, hacia el sudoeste, imponente y 
magnífica como el sentimiento que la levantó, esbelta 
como la gente que habita esa región, blanquea la torre 
de Envigado. 

Por el nordeste, desprendiéndose dala cordillera, 
curvándose,declinando lentamente hasta el río, cierran 
el valle las arideces de El Bermejal. Su suelo reseco, 
color de mancha de fierro, casi calvo, parece formado 
adrede para que más resalte la exuberante riqueza 
de los campos vecinos. 

Allí cerca, en el comienzo mañoso de la falda, se 



324 Frutos de mi tierra 

diseñan los muros curvados, los ángulos, las verjas, y 
hasta las estatuas de uno, al parecer, magnífico pala- 
cio. Prodígale el ciprés su pompa funeraria; el pino 
se le inclina, y abate los brazos, contraído de tristeza; 
la tierra del anfiteatro, abonada con el polvo y los 
gusanos de tantas generaciones, toma tintes de ceniza; 
bajo los techos, negros por el tiempo, se distinguen, 
como los dientes de enorme maxilar, las blancas bóve- 
das repletas de podredumbre. Eso que semeja crista- 
lizaciones minerales, es la modesta capilla; el torreón 
que domina á la izquierda, el osario; el osario que, 
con el sarcasmo de sus calaveras, parece mofarse de 
esos mármoles, de esas ostentosas inscripciones, de 
esas coronas de inmortal. La idea de la nada ofuscara 
el alma si, volviendo la mirada hacia arriba, no se 
divisase allá sobre la cima de Pan dé Azúcar un punto 
apenas perceptible: La Cruz que promete el perdón y 
la verdadera inmortalidad. 

Mas el que mira desde El Cncaracho, en nada 
de esto para mientes, atraído por el fondo del valle. 

Todos los tonos del verde bordan en primorosos 
arabescos aquel afelpado. La sementera antioqueña 
forma por el Sur y el Occidente la labor de más realce. 

La caña de azúcar, con sus tintes apagados, 
cuaja extensos, irregulares polígonos ó largas lenguas, 
de entre los cuales sobresale,ya la fábrica hidráulica, de 
maquinaria norteamericana, de alta techumbre y atre- 
vida chimenea; ya la raizal estancia^ tanto más pinto- 
resca cuanto más humilde. Campos de legumbres 
dejan entrever de mata á mata el feraz negror de la 



XXVI — Ilusiones y realidades 325 

tierra en que entrañan las opimas raíces; y entre unos 
y otros campos, agobiado por el racimo, tremola el 
plátano sus bulliciosos gallardetes. 

¿Qué verdor es ese que así agasaja el viento ? 
Se revuelve, se cimbra y se azota, volviendo, ya de 
un lado, ya de otro, el encrespado follaje, brillante 
como seda; se despliega en la vega; viste el ribazo y la 
colina; llena la quiebra y la cañada; y lo mismo en la 
pendiente de las montañas que en las márgenes del 
río, lo mismo en la arada que en la roza, lleva siem- 
pre frescura al ambiente, recreo á la vista y santo rego- 
cijo al corazón del labrador. Adorne, apenas recién na- 
cido, los altares; luzca la gallarda espiga en el surco; 
cargue en sus mil envolturas el riquísimo tesoro, se 
muestra siempre ufano, se yergue siempre altivo, sin 
temer al trigo ni á rival alguno. ¿ Cómo temerlos ? El 
da á nuestras campesinas, mejillas como rosas, y car- 
nes apretadas, henchidas de fecundidad; á nuestros 
gañanes fornido cuerpo, venas levantadas como cor- 
deles, huesos de hierro, y ese brío indomable para el 
trabajo. El inspiró al bardo de nuestras montañas 
aquel canto, aquel poema de la naturaleza, cuyos ecos 
resuenan de nación en nación... 

Deslindan estas heredades hileras de sauces, de 
naranjos y de limoneros, pisamos en flor que semejan 
hogueras, búcaros que semejan ramilletes, guamos, 
carboneros, y cien árboles más, amén de la vegetación 
que medra bajo la sombra. Ciúzanlas una red de ata- 
jos y veredas bordeados de flores, toldados de enre- 
daderas, regados por arroyuelos. 



326 Frutos de mi iíerra 

Por dondequiera se ven chozas rodeadas de huer- 
tas y jardines, amplias casas de labradores ricos, 
prados blanqueando de ganado, quintas de placer 
de elegante portada y variada construcción, entre 
palmeras, mangos y acacias. 

Alamedas umbrías de sauces llorones y babiló- 
nicos, de guaduas y eucaliptus, son los caminos rea- 
les; y en todas partes la cañabrava se sacude y da á 
los vientos la blonda cabellera ; y en todas, esa flora 
anónima tupe los claros, enlaza las frondas, tapiza los 
bordes que le cedió el cultivo; y en todas, trabajo, 
movimiento, vida. 

El Aburra, perezoso, ondulante, aquí angosto, 
desparramado allá, interceptado á trechos por los ca- 
ñaverales y sembrados, se ve desde la falda, bien así 
como retorcidos recortes de hojalata. 

^ Y. "nbr o r l T ii njj i'i ífi i n li i nliili i ^ iii i ii i nm n r r gn r rn 
dfíflnrpg y tarjpfac- pc Mprjplli'g, la beldad colom- 
biana. 

El cerro de El Volador.., ¡Maldito cerro! ¡Quién 
te pudiera cortar á cercén, como un lobanillo, cerro 
nefando i Si no te pusieras por medio, se viera la 
hermosa en todo su esplendor; se viera cómo el río la 
besa el pie y le rinde pleito homenaje. 

¡ Tan seductora, tan engreída! Recostada en el 
regazo de aquella naturaleza, respirando ese aliento, 
siente fiebre de amor y neurosis de poesía. ¡ Ah ! sí : 
su soñadora mirada registra el cielo: ese sol... ¿no será 
una onza de aquellas que se fueron, acaso para no vol- 
ver .^ La enamora la luna: ¡ son tan bellos los astros de 



XXVI — Jlnsiotifs y rea ¡i da des 327 

plata ! Contempla los arreboles de la larde : ¿ Se desha- 
rán en lluvia de oro ? El viento enredando en la arbole- 
da le trae notas que aceleran los latidos de su corazón: 
es el mismo ruido, no hay duda, el ruido de los billetes 
nuevos y de las letras de cambio. Su nariz de diosa 
se ensancha: en aquel concierto de olores cree distin- 
guir el perfume de los cajones de pino, los efluvios 
del encerado y el aroma embriagador de mercancías 
recién abiertas. Veila: la pupila llamea de pasión, 
hace ondular sus formas de Agripina, modula voces 
de sirena, y, recostada en el lecho de rosas, quiete apa- 
recer Q Qnio la r eina egipcia ante el enamoradizo triun- 
viro: es que ha oliscado algún Creso. 

Y un poco más de vista desde El Cucar acho : 
Vense por la mañana bJancos cendales que se alzan 
del fondo, que se prenden en los flancos, para luego 
recogerse en las cumbres ; mientras el valle parece 
como inundado por copos de algodón, 

Al mediodía las nubes se pasean lentamente, y, 
proyectando en faldas y llanuras sus sombras vaga- 
bundas, cambian á cada paso los efectos de la pers- 
pectiva. Cabrillea el paisaje con relumbrones metáli- 
cos y se tornasola con los matices del pavo real; el 
éter, cristalino, deja que la visual se pierda en lo azul; 
y, cual si el valle fuese inflamado reverbero, levanta 
esas culebrillas apenas perceptibles del calor, que, al 
vibrar el aire, hacen temblar el cuadro á guisa de 
bambalina. 

Y cuando, al ponerse el sol, enciende el Ocaso sus 
luces de Bengala; cuando reina esa calma solemne 



328 Frutos de mi tierra 

de la tarde, se aquieta el aire, sube el tono de 
los colores, los detalles se precisan, y aquella hermo- 

ísura, alumbrada entonces por esos celajes, reposa se- 

lírena y... ¡téngase usted firme, y métale criterio al 
asunto ! porque, cuando menos se lo percate, todas 

Uas engañifas de la luz y la distancia, y toda esa co- 
media de magia, se le mete al seso, y lo convence, y 

lio enreda, y,. . ¡aquí me tiene un hombre perdido 
para los negocios ! 

Y dejándonos de paisajes y de ilus '^'nfs bnnLtag 
que — v alga la verdad — no vienen á cuento, sigamos. 
con las feas realidades del nuestro. 



La más fea, por ahora, es que Agu¿tínl leva yá 
dos meses muy corridos de permanencia en el tal 
Cucaracha^ y ni la vista lo ha alegrado, ni el viento 
le refresca la mollera, ni quiere que nadie le vea, ni 
la mejoría en la salud es cosa de notarse. 

La casa que Filomena le consiguió en arrenda- 
miento, con todo y muebles, y muy cara, por más 
señas, está situada bastante arriba de la falda y en 
una tira angosta de terreno que declina bruscamente 
por el Sur hasta lindar con La Igiiandy y se explana 
al Norte, á linde con el camino real. Por toda porta- 
da tiene una simple cancilla, y ésa en un rincón, doce 
varas distante de la cual está la dicha casa. 

Que es de las llamadas de número 7, con buenas 
piezas y corredores adentro y afuera — estos últimos 



XXVI — liusiones y realidades 329 

mirando al valle y al Sur — y con un patio chico, 
cerrado en el ángulo libre por un trincho de piedra 
sembrado de rosales y con colgajos de panameña y 
malva española por los lados. Cae al patio por un 
atanor y en una alberca un chorro nada cristalino, 
que luego pasa al baño. Este es de piedra sin labrar 
y esiá rodeado de culantrillo y heléchos, y en la mi- 
tad del jardín, si tal puede llamarse un rastrojo 
de bejucos, maromas y parásitas que se extiende 
al sur de la habitación. En la huerta, situada atrás, y 
un poco inculta también, hay aguacates muy viejos, du- 
raznos muy coposos, platanar, pencas de higo mejicano 
y una higuera. Mucho nopal, muchísima hoja san- 
ta y algo de zarzales, en todos los cercados; enredade- 
ras de recuerdo y rosa-té, en los corredores; golon- 
drinas, procreando en los aleros del tejado; colonia 
de colibríes, en las fucias; concurso de mariposas, 
abejas, abejones y gusanos. Total: que la casa es muy 
alegre y sabrosa. 

Que baños frecuentes, que sol y sereno, que co- 
mida abundante y nutritiva, que leche á pasto, bran- 
dy, ejercicio y mucha distracción, todo ello acompa- 
ñado de gotas, cucharadas y jaropes: tal fue el man- 
dato de los médicos; mandato que Agusio no cum- 
plía, á pesar del llanto y de las oraciones de Nieves. 
La pobre estaba pasando la pena negra: Al ca- 
riño, á la abnegada solicitud que en todo tiempo ha- 
bía consagrado á su hermano, se unía ahora esa tierna 
conmiseración que se tiene por los seres queridos que 
pronto han de morir; porque, para ella, Agusto era 



330 Frutos de mi tierra 

víctima de una enfermedad, más ó menos larga, más 
ó menos definida, pero cruelísima y de todos modos 
mortal; y aunque los doctores sostenían Ic contrario, 
Nieves llegó hasta dudar de los doctores, creyendo 
que ocultaban la verdad, ó que tal vez no conocían el 
mal; y en tales dudas tuvo por cierto que un milagro, 
un milagro solamente podía salvar á su hermano. 
¡ Si ella lo había visto muerto, y bien muerto 1 
y no se explicaba cómo su hermana y César — que 
también lo vieron — estuviesen tan poco alarmados. 
O eran muy desentendidos, ó muy bobos ; mucho más 
bobos los dos juntos que ella sola ; pues « esa cosa tan 
horrible » que le dio á su hermano, no era para que 
él viviese muchos días, bien claro estaba- De repie- 
sentársela nada más, sentía como si le apretaran el 
corazón, y no podía atajar las lágrimas; y era el caso 
que esa escena, con las circunstancias que la prece- 
dieron, no se le borraba un instante. Era de noche y 
«hacía una luna que parecía la mitad del día»; su 
hermana y César merendaban en el comedor « muy 
á gusto »; Minita estaba <r con la vena », y se acostó 
sin merendar; ella (Nieves) servía el dulce ¡muy 
triste ! porque su hermano le parecía muy malo ese 
día y no quiso que se llamara á los dotares^ y porque 
su hermana y él estaban bravos y no se hablaban. 
Ella tenía esa noche mucha gana de llorar. De presto 
oyó que abrían la puerta del cuarto de su herma- 
no, y lo vio salir dando brincos como si se hubiera 
estacado un pie. Creyó que era eso, y corrió á ver... 
¡ Qué susto tan horrible, y qué pesar tan grande ! su 



XXVI — Ilusiones y realidades 331 

hermano tenía los pies sanos, pero se estaba muriendo... 
Abría la boca y «sonaba seco como si no pudiera vo- 
mitar... j y era resollar lo que no podía ! Tenía los 
ojos salidos y muy miedosos, y el pelo tieso de pa- 
rriba ». Ella gritó, y salieron su hermana y César y 
agarraron á su hermano, que allí mismo se les cayó 
como muerto... pero no estaba muerto todavía. <í En- 
tre los tres lo sabiiqiiiaron muy duro, y César acató 
á i'cutialo con un sombrero ». Cuando yá lo tenían le- 
vantado, volvió en sí, vio á su hermana y le dijoccn 
un mormullo tan triste: « j Me muero, hermanita I »... 
El pobrecito, que estaba tan ofendido con su her- 
mana, le pedía socorro; pero su hermana no entendió 
el mormullo^ ni César tampoco, porque si lo hubieran 
entendido, no estuvieran tan disimulados. Ella sí lo 
había entendido muy bien; pero á ella, como era tan 
boba, no le creían nada. 

Esta escena, que así reproducía la imaginación ^~^ 
de Nieves, movió á Filomena y al sobrino, nó á pie- — ^ 
dad, pero sí á obrar en favor de Agusto, quien, des- 
pués de romper el encierro que se impuso y de cantar 
la palinolia, todavía se resistió á que lo viesen los 
méJicos y, más aún, á recibir auxilio de Filomena, 
de cuyas manos no quería ni la hostia consagrada. 

Pero la necesidad siempre fue la gran ley. Yá sa- \ 
bemos cómo César fue el encargado de sacar al tío. i 

Pues bueno: El aire libre, el oxígeno de la mon- 
taña, así como los baños — única parte del tratamiento 
médico que Agustín cumplía con formalidad— le equi- 
libraron y robustecieron un tanto los enfurecidos 



332 Frutos de mi tierra 

nervios. « La cosa tan horrible » sólo le había ama- 
gado, y una llamarada que le subía por dentro, casi 
estaba quiela y apagada; pero, por lo demás, Agusto 
se-*efTtnr-ca4a-d4ar-püür . 

Nieves, descorazonada por completo, ni en mi- 
lagro, ni en San Antonio, ni en nadie confiaba yá: 
Dios no quería aliviar á su hermano. Y, mediante un 
paralelo que ella establecía á su modo, se confirmaba 
más en esta idea. 

¿Qué remedio iba á tener su hermano, si en 
menos de seis meses se había vuelto un viejito des- 
choncladíi? El, que comía con tanta gana, no pasaba 
ahora bocado, y si lo pasaba, se quería reventar. Tan 
aseado y bien puesto que se mantenía... ¡ y verlo 
ahora ! Un hombre tan acoudiiiado y formal, que 
hasta en sus diversiones trabajaba, ni aun fruteros 
quería hacer ahora. ¡Y verlo confundido por todo y 
llorando como un chiquito ! 

Su hermana y Minita no creían, porque no lo 
estaban viendo como ella. Minita decía que no era 
sino rabia con « ese Bengala »... ¡ Si fuera rabia nada 
más, no estuviera su hermano tan consumido ! 

Mucho más bravo que antes sí estaba: á ella le 
había dado como cinco J>u>los, le zapateaba muy duro, 
y cada rato le tiraba el pelo; pero eso no era por mal 
genio, sino de puro enfermo y desesperado. 
I Nieves, pobre perro habituado á lamer las manos 

que lo azotan, lejos de ofenderse por las brutalidades 
de Agustín, las miraba como señales de un alivio si- 
quiera pasajero, y prefería pagarle las viarazas á verlo 



XXVI — Ilusiones y realidades 333 

por ahí con esos ojos de angustia y esas caras de di- 
funto. 

V como su hermano la había escogido para acom- 
pañarlo en la última enfermedad, á ella, tan zonza y 
tan inútil, en vez de escoger á Minita, tan viva y en- 
tendida, ella debía agradecer esta preferencia y cum- 
plir el encargo con (C harto fundamento y> y sin mos- 
trarle cobardía, aunque se estuviera muriendo del 
miedo y la tristeza. 

Lo de mostrarse valiente, á pesar de la buena vo- 
luntad, no era tan fácil; pues, á mayor abundamiento, 
las muelas dieron en atormentarla en eses días, y, en- 
tre corrimientos, dolores y mordiscos, le pusieron la 
cara que ni una calabaza. 

Por fortuna q ue las negras sirvientas eran lo q ue 
se llama buena compañía. Bernabela, especialmente, 
estaba en todo para servir, consolar y tonTar~Ia pala- 
bra, y era la única que con sus enredos é invenciones 
conseguía que Agustín tomase algún remedio. 

Esta negra, resto de la esclavitud en que se crió, 
conservaba, no obstante sus muchos años de libertad, 
cierto aire de sumisión y de respeto con las personas 
á quienes servía, sin olvidarse del Mi amo ni del Sti- 
mercé de otros tiempos; siendo en el fondo un costal 
de malicias y bellaquerías revueltas con buenas inten- 
ciones. Agusto, tan claudicado y todo, era siempre el 
hombre celoso de sus fueros y el vecino de las intole- 
rancias : A las primeras de cambio armó camorra con 
el colindante de abajo. 

Tenía éste en el extremo de su lote, no lejos de 



334 Frutos de mi tierra 

la casa que habitaba Agustín y cerca á la cancilla en- 
antes mencionada, un rancho en que una puerca, ex- 
tendida cuan larga era, amamantaba siete cochinitos, 
los cuales, chilla que chillará?, prendían un berrinche 
de todo el día. Como esto incomodara á Agustín, de- 
terminó que el vecino se fuera con la música á otra 
parte. No quiso éste; insistió el enfermo; se trabaron 
de palabra; y que vos sos un tal por cual; y que vos 
esto y aquello; y que ajos y cebollas; acabaron por 
ponerse peores que la puerca. 

Llanto de Nieves. Desesperación de Agusto. 
Discurso de Bernabela. 



III 



La intrusa negra, al ver aquellos extremos, se 
plantifica delante del afligido señor, se estriega las na- 
rices con el dorso de la mano, sorbe á toda gana, y 
dice: 

— \ Pero, mi amito Agustín, por la Virgen !... 
Sumercé sí !: ¡Tanté ponese á confundise por los di- 
chos (lese taita !... Y no ve que jué á búscale cam- 
bamba ? ¡Un blanco como sumercé... ¡se á enredar 
r,con esa gentualla ! Nó, mi amo: los negros semos 
.¡negros y los blancos son blancos; los negros en la 
Icocina, los blancos en la tarima... 

— ¡ Es que á mí hasta los negros me quieren 
ultrajar I — murmura él tirándose en una banca. 

— ¡Pero, mi amo! — repone la metomentodo 
tomando asiento— Es que sumercé es tan canónigo: 



XXVI — Ilusiones y realidades 335 

¡ enteramente no tiene naíia de pacencia ! Si sumer- 
cé no juera tan sobao... ¡ mire! : nian taba enfermo ! 
Mire, miamo: un cristiano sin pacencia ¡ no tiene 
cuándo! ¡Calcule!.., Si cada v°z que toman, juera 
uno enfadase ¡ María Santísima ! ¿ onde los diera la- 
gua.' A la gente hay que aguántale, miamito. Yá ve, 
sumercé, que mi Dios los manda sufrir con pacencia 
las alver.«idades y flaquezas de nuestro prójimo. Y 
mire, miamo: sin pacencia no estuno á gusto en esta 
vida; porque siúno no tiene pacencia ¡ tá molesto á 
todora !... A yo me parece que si sumercé no juera 
asina, nian motivo le había dao á ese niño Bengala... 
pa tuesos escándalos que hubieron... i Y mire, miamo 
Agustín; con esa incomodidá y ese flato que sumercé 
manija, no se alivéa jamás ! ¡ Allá verá que nó, man- 
que siaga lo que siciere! 

Resínese, miamo, resínese; mire que toítos pade- 
cemos: los ricos, los probes, los alentaos... ¡ toiticos, 
mi amo Agustín !: el que no cojea diuna pata cojea 
diotra. Y ya ve: más padeció Miamito y Señor por 
losotros: ya ve los impropelios y alatomías qui-hicie- 
ron con Él; ya ve qui-hasta lo enclavaron en la 
cruz... Y venido á ver que lo que li-hicieron á su- 
mercé. en comparación desto, es como un picao é 
pulga ! Resínese, miamO; á la volunta de mi Dios;y 
mire que la conformidá pa las cosas deste mundo 
¡ lamién se necesita de á mucho!; y cuando su Di- 
vina Majestá le mandó esta penalidá... ¡ pu-algo es !, 
porque mi Dios nu-hace las cosas á cuente gracia. 
¿ No ha rezao, pue?, la corona á la Virgen } Pes hay 



336 Frutos de mi tierra 

dice que mi Dios mortifica más lalma del cristiano 
j entre más lo quiere !... ¡María Santísima, miamo, 
quesa devoción de la corona si es de las cosas pa más 
lindas !... Es dicir ! Cuando yo servía en cas de las 
señoras Angaritas, que estuve tres años largos, la ha- 
cíamos toítcs en la casa diá tres veces por semana. 
Vea: si quiere sumercé, yo voy ondéllas qui me lim- 
presten; y la niña Nieves lace con sumercé, yui Car- 
men y el muchacho; y verá sumercé cómo sialivéa y 
se le quitan esas cosas. ,.. ¡Pero tamién tiene que 
proponese !: no ve que se la pasa hay pensando en la 
mesma pendejada... ¡ 7a con nada la remedéa !... 
Y puesués que se pune á la muerte; y puesués que 
sestá consumiendo... de pura la pesadumbre y la mo- 
lestia que le paña, ¡ No piense más en eso, miamito, 
y pegúese del manto de la Virgen ! 

Voy á contale un ejemplo, que yo lioía contar al 
dijunto Padre Rojas: Este quisquera un hombre,.. 
¡ muy virtoso ! que se llamaba... comuéra ?... comue- 
ra, miamo ? No miacuerdo intual; pero ai lo intitu- 
laba él con un nombre muy trabajoso; y quisquera 
muy devoto de la Virgen y el Señor, y tenía ¡mucho 
caudal ! y las mangas vestidas dialimales di una y otra 
laya. Y mi Dios, pa ver qué tan güeno era, le dio 
licencia al Patas pa que l'hiciera... ¡ toiticolo que le 
/diera la gana !... ¡Tanté cómo siaprovecharía él ! El 
Mihizo perder toíta la plata, sin que le quedara un 
f cuartillo; él liapestó toítos los animales, y no le quedó 
' niuno; lihizo morir toitica la jamilia; le tumbó la casa 
y todo; al último, le mandó á él... ¡ una llaga, miamo, 



XXVI — Ilusiones y realidades 337 

que aquellu-era dende el dedo grande di-una y'otra 
pata hasta el pelito ! Y el querido ¡cito de mi vida I 
se la pasaba tu-el santo día tirao en un buñiguero, pu- 
driéndose qui ni-una mortecina, y ni-un cristiano tan 
siquiera p'espantale los moscos, porque aquellu-era 
i una gedentina que naides se li-arrimaba !... Y sabe 
sumercé lo qui-hacía el infeliz ? Pes á tod'hora taba di- 
ciendo: « ¡ Mándame más, mi Dios ! i Mándame más, 
mi Dios! ))... Y'antoces, mi Dios, viendo que si-era 
muy güeno y resinao á su santísima volunta, se li-apa- 
reció con la Virgen... ¡ y al momentico lo pusieron 
güeno y sano, y le regolvieron el caudal, los alimales, 
la jamilia y toitico ! 

Y esto diciendo, salió la negra muy satisfecha, 
sorbe que sorbe. 

Nieves quedó aturdida: ¿ Cómo en cabeza de ne- 
gra podía caber tanto? ¡ Cosa más bien dicha 1 Preci- 
samente lo mismito que ella sentía respecto de su her- 
mano; pero ¡ ni bamba de decirlo como Bernabela ! 
¡ Ah negra para tremenda ! ¡Que hubiera algunos cris- 
tianos con tan buena cabeza... y negros ! Su hermano 
se había callado á todo; era señal de que yá no estaba 
tan bravo. ¡ San Antoñito bendito que hiciera caso! 

Bien lejos de todo se hallaba Agusto. Aunque 
sosegado en apariencia, continuaba tirado en la ta- 
rima, la cara tapada con ambas manos, en el mismo 
tumultuoso abatimiento. Del Surstim corda de la ne- 
gra había oído el rumor, sin parar mientes en si eso 
expresaba ó no expresaba algo. Ni porque se lo dijera ' 
el Obispo. 22 



338 Frutos de mi tierra 

Pero, si no en el ejemplo de Bernabela, pensaba 
en cosas peores; pues los incidentes de ese día, agre- 
gando nuevas notas á su tormento, avivábanle el re- 
cuerdo de lo que en vano quería olvidar: ¡ A qué 
estado había llegado I Después de todo lo ocurrido, 
■ un canalla lo insultaba, y una negra hedionda se atre- 
vía á acercársele para hablarle de Bengala y ponerle 
cartilla. ; Y el mundo continuaba como antes! ¡Y él, 
Agus tín Álzate, un hombre como él, se veía ama- 
\rrado ! 

Pues es de saberse q; Agusto tenía por amarra- 
dura, ó cusa así, la situación de su ánimo, sin que 
él propio pudiera explicarse si había enfermado de 
tristeza ó entristecídose por enfermedad. 

Desde el percance atrás referido, el pobre señor 
se perdía en un sueño de pesadilla. Reducido á un 
callejón sin salida, daba y cavaba en un mismo punto, 
y tal acopio de elementos tempestuosos iba acumu- 
lando en sus adentros, que á no estallar de vez en 
caando, como estallaba, aquello fuera la asfixia. Estas 
reventazones, yá se sabe, si no eran pueriles extrava- 
gancias, eran rasgos de salvaje altanería, que, ya de 
un modo, ya de otro, iban siempre contra Nieves. 
Y no era esto lo peor ni lo frecuente: descargada 
- la tormenta, Agusto se agitaba en el vacío. Entonces 
sí que era la asfixia de veras: á manera de una bomba 
de goma á la cual se extrae el aire que la sostiene, 
dijérase que el espíritu de Agusto juntaba sus paredes 
y se arrollaba sobre sí mismo. 
1^ Cómonó? Agustín vivía colmado é íntimamente 



XXVI — Ilusiones y realidades 33 i) 

feliz, concentrado en el yo, cifrando en el yo el obje- / 
tivo de la vida; y el culto queá sí mismo se tributaba 
día por día, lo ponía más endiosado. Su fortuna, que 
para cualquier antioqueño de agallas anchas fuera una 
miseria, fue para el ex-pulpero algo como la lampar 
de Aladino; pues es de advertirse, por si ello no s 
coligiere de lo expuesto hasta aquí, que Agustín n 
era hombre de grandes ambiciones; y, si un tanto co 
dicioso, tampoco fue un avaro. Desde chico se hizo 
cargo de cuánta valía da don Dinero, y por eso, más 
que por los placeres que proporciona, lo persiguió 
hasta alcanzarlo. 

Y como quiera que los arrequives déla opulencia 
no se llevan sin que uno se deslumbre lo bastante 
para alzarse á mayores, Agusto, una vez rico, dio en 
achacarse altísimas cualidades y en levantarse falsos 
testimonios, — hartofavorables, por supuesto; — y como 
la pendiente es resbaladiza, no paró hasta sentirse 
poco menos que rey, pero no un rey de baraja, como 
quien dice, sino un rey-dechad o, dechado de cuanto 
hay de grande, encumbrado y sublime; y en ello se 
cerró; y fuérale usted á probarle lo contrario. 

Tal vivía Agustín «Álzate. Pero hé aquí que, 
merced á un percance, para muchos de poca monta,, 
para algunos de grande enseñanza, Agusto se ofusca, 
vacila, duda... y no hubo remedio: yá no era Agusto 
El trono se vino abajo, la apoteosis se tornó picotaJ 
Nostalgia como ésta sólo tiene parecido, aunque en 
caricatura, á la del Diablo. 

Y como no se vive sin ideales, el rey caído quiso 



340 Fruios de mi tierra 

buscarlos fuera de su personalidad. Por arriba nó, 
que yá sabemos que para él el mundo se acababa en 
las tejas: J iuscó. pues, de teia.^ ñh^j^.- i^ ¿l"»-*-^"*' ' 
Inútilmente; porque como era hombre tan suma- 
mente recogido y morigerado y de vida tan contem- 
plativa, como desconocía los halagos del mundo y 
se hallaba tan mal del cuerpo, no pudo ensayarse en los 
placeres aturdidores, y más que todo, yá estaba Pedro 
muy viejo para cabrero. 

Amor? Tal vez en plena salud le diera por ahí, 
fuese casando ó sin casar; pero tan empedernido y 
amargado de corazón ¿ cómo amar ? Y ningún otro 
afecto le movía. Verdad que por Filomena había ex- 
perimentado ese sentimiento de compañerismo en que 
se mezclaba el interés con un poco de cariño; pero en 
las actuales circunstancias la prendera le inspiraba 
una aversión rayana en odio. Mina y Nieves fueron 
\ siempre para él poco menos que cosas, y ahora, en la 
¡'desgracia, no se le ocurrió elevarlas á la categoría de 
\ personas. 

Agusto ignoraba que la lectura fuera para entre- 
tener espíritus enfermos y que el tabaco fuera el 
amigo de los tristes, y ni tenía perro ni caballo, ni 
tampoco sabía sacar solitarios en la baraja, — pues 
jamás agarró carta — , ni mucho menos tocar guitarra, 
ni bandola, ni instrumento músico de ninguna clase. 
En tan semejante necesidad se dio á e ntender 
q ue el emborracharse era p;ran remedia . Púsolo en 
práctica como con un cuarto de botella de brandy, y 
tal se pondría, que Nieves, ignorante del remedio, 



XXVI — Ilusiones y realidades 341 

creyó llegado el terrible instante, y pidió cura; y no 
poco tuvo que argüir Bernabela para probarle lo con- 
trario. 

Desde este día determinó que su hermano se 
había de confesar, y, á la primera insinuación que le 
hizo sobre el particular, se llevó tal testarazo, que no 
tuvo sino callar é industriarse con Bernabela para 
que ella se lo suplicase á la primera coyuntura. 

No tardó ésta en llegar, y fue en ocasión de unos 
miedos muy grandes que le entraron á Agustín, mie- 
dos que él no explicó, pero que tanto Nieves como la 
negra tuvieron por horror á la muerte. Tamaño 
argumento no era para que la predicadora se andu- 
viera corta: probóle, no obstante, lo mal que el ser- 
món sentaba á tío Agustín; que <i ese miedo pa mo- 
rirse y esa ranchada pa confesarse nu-empataban». 
Y ni por ésas; que Nieves mandase mucha vela á 
San Antonio, fue cuanto se sacó. 

Si alguna esperanza conservaba Agusto, hubo de 
perderla con el mal éxito del remedio; pues de ahí en 
adelante yá no se paraba en chiquitas: fuera haciendo 
el fantoche de Jeremías ó el de Aquiles, se andaba en 
unas angustias y agitaciones que eso parecía accesos 
de locura melancólica. Inventaba las posturas más 
extravagantes y patéticas: ya eran las manos en la 
nuca, la cabeza pegada al pecho, y acurrucado en uii 
rincón; ya un caminar como bailoteo, de aquí para 
allá, apretándose el estómago á dos manos; ó bien es- 
tirados los brazos hacia arriba, los dedos trabados, 
como esas figuras que se ven en los grabados que re- 



3á2 Frutos de mi tierra 

presentan catástrofes. El cabello y las barbas crecidí- 
simos y rucios, el desorden y abandono del traje, la 
demacración del rostro, y, más que todo, la mueca de 
acerba pena, ac abjiban de caracterizar la triste _cari- 
cat ura de la grandeza caída . 

Las ideas fúnebres lo acosaban de noche, y desde 
la oración se rodeaba de Nieves, Bernabela, la cocinera 
y el muchacho que habían llevado para encerrar y 
traer la leña; y veces hubo que la servidumbre tuviese 
■que dormir al pie de la cama del señor, formándole 
cerco. ¡Y pensar que en otro tiempo le producía 
i^-V^ bascas el olor de la gente del pueblo ! Una noche 
fueron tantas las súplicas de Nieves para que su her- 
mano saliese « á echar una caminaíta por el llanito >, 
y^que Agusto se resolvió. Nunca tal hiciera: en cuan- 
to se asomó al corredor, se le presentó un velorio; 
eran los faroles de los barrios altos de la ciudad 
que, por la distancia, se veían aglomerados. Y des- 
de eso, la agonía y la muerte de la seña Ménica, 
— única persona á quien había visto expirar, — se 
le representaba á menudo, con ese recargo de porme- 
nores que desentierra la memoria, precisamente cuan- 
do más queremos olvidar. Y la sobresaltada imagina- 
ción del enfermo recomponía escenas tales, que le en- 
friaban hasta el tuétano. Entonces « la cosa tan horri- 
ble» le amagaba, determinándose casi siempre por un 
hipo seco, ruidoso, como chirrido de máquina sin aceite. 
Bien poco dormía el señor. ¡Y qué insomnios 
tan tristes y pavorosos los suyos ! Por la noche había 
afuera un coro de bajos, del otro mundo, probable- 



XXVI — Ilusiones y realidades 343 

mente, que cantaba y rezaba al propio tiempo, y, de 
vez en cuando, graznidos y aleteos medrosos pertur- 
baban el coro, si no era que la rana y el grillo, ati- 
plándose en notas doloridas, ahogasen el coro por 
completo. Que era el viento, le decía Nieves; pero 
Agusto saltaba en la cama al percibir distintamente 
cómo salían de la ventana lamentos casi articulados 
de ánimas en pena. El gallo, en el corral cercano, 
daba un quiquiriquí estridente, prolongado en un 
final de llanto, y otro gallo le seguía, y luego otro, y 
después el más distante, hasta que las voces se iban 
apagando gradualmente, como se ahoga la vida en el 
«.agonizante; y tanto se trataba de agonía, que el ganado 
I daba mugidos y aullaban los perros, tan lastimeros... 
' seftal evidente e de que se está muriendo algún cris- 



jscnai ev 
jtiano D. 



Entredormido, veía Agustín calaveras y zanca- 
rrones~errcruz, que, por fortuna, se borraban al mo- 
mento; pero una noc he, á eso de las nueve, no fueron 
calaveras lo que vio; fue un trapo blanco, y en él 
como un retrato: l a cara tosca de una mujer muert a; 
pero con los ojos abiertos, y que yá, yá le iba á hablar, 
y aun le pareció á Agustín que á reclamarle algo. 
Dio un berrido y saltó del lecho, las quijadas bailán- 
dole, el pelo erizado y sudando suero. Se estrechó con 
Nieves, que rezaba junto á él, y con lengua estropa- 
josa exclamó: 

— ¡Hermanita... hermanita! 

— ¿Qué fue, hermano, por la Virgen .' — contesta 
ella, más muerta que viva. 



344 Frutos de mi tierra 

— ¿ Qué hacemos, hermanita ?... ¿ Qué hace- 
mos ? — y la estrechaba con más violencia. 

Él porqué del terror no lo explicó; pero desde 
esa noche determinó acostarse de día y velar de noche 
acompañado de todos. Bernabela y Carmen hablaron 
■entonces de viaje, alegando que esa vida sin dormir 
no la soportaban ellas; pero como Agustín les au- 
mentó la paga á como quisieron, hubieron de que- 
darse y velar con él hasta donde el sueño les permitía. 
i Los médicos parecían no querer habérselas con 
semejante enfermo; pero por fin vino al Cucaracha 
el doctor Puerta, quien examinó muy detenidamente 
á Agustín, y sostuvo que ni en el corazón ni en parte 
alguna tenía nada, y el mismo régimen, con algún 
aumento de medicinas. 

— Vea, niña Nieves — le dijo Carmen, viéndola 
muy afanada con la última medicación — déjese di 
atormentar más á don Agustín con tanta medecina, 
y ma nde llamar á ño Cl audio Pino, pa que le saq ue 
el sapo; porque allá verá que es un sap n 1n _q'£l 
tiene en el estógamo. ¿No ve que cuasi l'oga .? ¿No lo 
• ve que se mantiene jaito, jaito ? Y repare, niña, cómo 
apenas bebe algo, yá encomienza á quejase del fogaje 
que le gana por dentro: pes es el diajo del sapo, que 
á lo que siente l'agua, echa á hacele gárgaras, como 
si-estuviera entre un sapero. 

— ¡No siás idiática ni pendeja! — dijo Bernabela 
entrando á la cocina, donde' pasaba el diálogo. — \ Dé- 
jate de ese cuento de sapos ! ¿ No te he dicho, pues, 
lo que tiene miamo Agustín ? • 



XXVI — Ilusiones y realidades 345 

— j Si busté li-oyera lascosasánii mama, niña 
Nieves! 

— Pero qué eá la cosa ? — repuso ésta sumamente 
confundida. 

Carmen guardó silencio, y Bernabela contestó: 

— Pes, niña... ¡ manq'este mal el dicilo, lo que t 
tiene mi amo Agustín es pecao callao ! 

— I Cómo pecao callao.^ 

—¡Pes pecao callao! Es dicir ¡quién sabe 

cuántos! I Tanté cuánto hará que miamo Agustín 
no se confiesa ! 

— ¡ Busté sí que saca unas cosas malucas, Berna- 
bela ! — exclamó Nieves aterrada; porque al punto 
pensó que ella no recordaba haber visto confesar á su 
hermano, ni tenido noticia del caso. 

— Mire, niña: Me pesa el dicilo; peru-asin-es. 

— ¡ Pues no es eso — objetó Nieves— porque en- 
tonces hubieran dicho los dotores que lo han visto I 

— ¡Tant g los Hntnres !--- Ppj; plln»; s^^hp.rán de 
medecina ; pero de pecaos ;. qui-han de sab er ?... Mire, 
niña: asina mesmo pasó puaá en Marmato con mi 
compadre Adrián Giles, ¡y resultó q'era pecao 
callao !, y'apenitas se confesó le coló el alivio. Mire, 
niña: se puso asina mesmo de calavérico y d' idiá- 
tico como miamo Agustín... ¡ Mesmamente un loco, 
con ser que era el hombre más racional ! Y aquello 
jué ventiale y ventiale vahos calientes y medecinas 
di-una y'otra laya... ¡ y nada le va lió hasta que no. se 
confe só ! Mire, niña: esa ranchada pa no confesase 
y'ese hestérico macho que manija miamo Agustín es 



346 Frutos de mi tierra 

d'eso... ¡Tanté hombres con hestérico !... ¡ Si no juere 
pecao callao... es dicir, nu-hay puerca rucia ! 

— Pero é!, que hace tanto tiempo que no se con- 
fiesa, ¿cómo hace pa haber callao ningún pecao? 

— ¡ María Santísima, niña !... Pes pior!: no ve, 
pues, cantonees toítos tan callaos, y el Patas lo tiene 
cogido pu-ese lao... ¡ Tanté cómo será eso ! 

La susceptibilidad por la fama y el buen nombre 
de su hermano se hirió en Nieves, y, aunque se incli- 
naba á creerle á Bernabela, por aquello de pensar que 
el mal de Agustín era desconocido, se le hizc, no obs- 
tante, un deber de familia protestar contra la hipóte- 
sis de la negra. Así fue que, suspendiendo la despeda- 
zada de medio pan de azúcar, en que se ocupaba, y con 
ojos lacrimosos y todo el calor de que era capaz, dijo; 

— ¡ Nó, Bernabela: no se ponga á decir eso de mi 
hermano; porque, si la oyen, pensarán que él es muy 
malo!... Y no es tampoco pecao callao, porque él, 
masque no se confiesa, es un hombre muy acondutao 
y que ha vivido de un modo muy bonito.... ¡ Todo es 
de la enfermedá; pero nó de pecaos ! 

— ¡ Pes hay verá ! — repuso Bernabela sorbiendo 
con mucha gana, y como si en el sorbetón estuviese la 
pronta réplica, agregó en seguida: 

— ¡No s'enfade, niña, pu-esto que le igo, que nu-es 
por mal dicir ! Yo sé que miamo Agustín es muy 
güeno... pero un pecao callao lo pueden tener los que 
sian más virtosos... ¡ No ve, niña, que el Patas sabe 
mucho !... Y yo li-oía icir al dijunto padre Rojas que 
á los virtosos es á los que el Patas persigue y les 



XXVI — Iliísioues y realidades S47 

pone trampas pa que caigan. ¡Ya ve el ejemplo que 
le conté l'otro día á miamo Agustín de aquel hombre 
tan güeno y tan virtoso !... Y vea: persuádase que lo 
de miamo Agustín es eso. ¿ Busté ere, niña, por un 
momento, que, si no juera pu-eso, yá no se había con- 
fesao hacía tiempísimos ? ¡ Tanlé con toíto el miedo 
q'él le tiene á La Pelona !... j Eso es, niña, persuáda- 
se ! Vea: ese susto que le paño l'otri noche, y que nc 
se li-ha pasao tuavía, y'esa juria, ¡ todo es el Patas 
que lo molesta y lo pone qui-n¡ un Erón pa que no^ 
se confiese ! ¿ Pues no li-oyó, pues, al dotor Puertasl 
que ijo que miamo Agustín no tenía mal de ninguna 
laya ?... Y yá lo ve que paece en 1' última agonía;] 
¡ mas luego siempre será pecao callao! 

— ¡No lo quiera mi Dios que sea eso ! — prorrum- 
pió Nieves, llorando y completamente convencida — 
\ Hasta se enloquece mi hermano, porque él nc se con- 
fiesa así á ojo I 

— No, niña, no crea q'és loquera asina entera- 
mente: apenas es que el Patas los empendeja á ratos, 
go s'enjunesen, como le pasa á miamo Agustín j 
pero locos di-amarrar nó. Y no llore, niña Nieves, 
que yo voy onde las señoras Angarltas á que m'im- 
presten unas reliquias q'ellas tienen de mi Padre 
San Pedro Clabel, y di-algún modo idiamos pa que 
miamo Agustín se las ponga, ¡ y verá cómo se con- 
fiesa ! ¡ No ve qui-asina el Patas si-uyenta ! 

Nieves mandó al Señor Caído de Girardota una 
cabeza de cera para que su hermano no perdiera la 
suya, y para que hiciese una buena confesión. 



3á8 Frutos de mi tierra 

Y como el doctor encareció las distracciones so- 
bre todos los remedios, Nieves ingenió cuantas á su 
alcance estaban. Se hizo á una cometa con mucha 
cuerda para que Agusto la echase « en esos vientos 
tan buenos »; buscó baraja para enseñarle el tute y la 
Cargalahurra; cuanto le parecía bonito quería que 
él lo viera: que las tominejas en los niditos, que el 
ordeño de las tres vacas, que las señoras que pasaban 
por el camino, tan bien montadas, que flores, que 
esto y lo otro, i Creía la inocente que Agusto tuviera 
algún lado ! 

/ Las veladas se iban entre ejemplos y cuentos, 
'estos últimos variadísimos, pues Bernabela los sabía 
así de astistos, como de duendes, lo mismo de Tío 
Conejo que de El Muhán, de La Madremonte y de 
JS¡ Patetarro\ fuera de las décimas de las bestias, los 
cuatro colores y otras muchas, aprendidas todas en 
Marmato, las cuales recitaba la negra con muchísima 
prosopopeya. Carmen no sabía sino el cuento de El 
EnrilaOy y vaya con el cuento, con la palabra y el 
estilo de la narradora ! \ Era una delicia ! 

Y de todo ello resultaba que Nieves era la diver- 
tida, y Agustín como si nada. 

|. Todos los días recado sobre recado á Filomena: 

I que « mi hermano malísimo », que « mi hermano más 
\ pior », que venga hoy, que venga mañana. Empeño 
I inútil: Filoxtteaa-iia.pare£ÍA- 

Nieves insistía. 

— ¡ Nó, niña, — le dijo una vez Bernabela, que era 
la demandadera en ocasiones — yo no güelbo á icile 



XXVI— Ilusiones y realidades 349 

más á la niña Filomena !... ¿ Pa qué? Ella no se 
viene hasta-q'el niño Cersa nu-esté de tréselo. 

¿ Pero está muy malo, pues ? 

— ¡Tanté malo!... ¡Qué va estar! Pero mire, 
niña... malo será el dicilo... pero allá verá cómo la 
niua Filomena se casa con él... ¡ Hijuepucha ! ¡ ¡Has* 
lai pa queresen ! ! 

— ¡ Valientes cosas saca usté ! 

— ¡ Mi verdá, niña Nieves !... | Mi verdá 1 Allá 
verá, niña... y'acuérdese de yo! 



xxvi: 



IDILIO 




OX más moderación y menos pindongueo 
qae otras veces, había vuelto Filomena á 
las joyas y galanuras. Resignóse á no tener 
capul ; pero sí se compró un chai azulado, que 
hacía flux con su alma, vestida ahora de color de cielo. 
¡ Haber ella inspirado ese amor tan violento !... 
I y á César ! ¡ Ser ella la mujer que lo tenía enfermo 1 
Ante estas ideas el corazón de la prendera se volvía 
una esponja que absorbía á puchas la ternura. ¡Y esa 
Niñón !... ¡ Ah querida que era esa señora ! 

Por fin encontró dependiente que la llenara por 
completo, y tan sólo dos veces había asomado al alma- 
cén la venturosa negocianta, y ésas por minutos. Es- 
taba boba. 

César, retirado del servicio y dándose gusto. La 
casa, una Capua: helado?, vinos y cerveza, á ruedo; 
cigarrcs y cigarrillos, de lo caro; pousse-café. de lo 
mejor; frutas, las más exquisitas; mesa... no se diga! 
El tuteo zumbaba, y fl hah]g^ ^gotana ¿_en^roda 5H 
acent^[i¿iifó'n-y~ pureza, se cultivaba allí como en una 
academia: Filomena yá estaba al tanto de los vocablos 
más usuales, y, según su sentir, muy endilgada en la 
pronunciación. 



XXVII— Idilio S5l 

Si fue elemento peninsular, criollo ó indígena el 
que vino á dar el tono al hablar de las gentes de la 
meseta de Santafé; si fueron los tres de consuno; si 
ello es debido al clima, á la forma del terreno, á los 
ruidos de aquellas regiones, ó simplemente al aparato 
vocal, lo sabrán Caro y Cuervo; pero no cabe dudar, jj 
pues es palmario, que en la formación del acento bo-í'j 
gotano entraron, y en mucho, la música, la onomato-' 
peya y el donaire. 

Esos aumentativos tan decidores, la pintoresca» 
fraseología, aquellos Ahf y aquellos O///, y, más que 
todo, las transiciones y flexibilidad de la voz y el pin- 
tar con el tono, le dan á la conversación más común 
cierta variada amenidad, cierto aliño, que hacen que 
uno prescinda del concepto y de la forma, nada más 
que por escuchar. De aquí, probablemente, el que esa 
gente parezca más culta y educada de lo que es en 
realidad, que es muchísimo. E n tanto que nosot ros 
los antioqueños!... Con nuestro modo de h.ibli^r tan 
dest emplado y monóton o, con aque'Ias noticas finales 
tan desabridas, tanto da que echemos por la boca flo- 
res y perlas como guijarros y tronchos de col, con ser 
que maltratamos mucho menos que los bogot.inos la 
madre lengua, si se ha de juzgar por las Apuntaciones 
Criticas de don Rufino José. 

En este nuestro humilde sentir, — que por acá en 
Antioquia no es muy general, dicho sea de p.iS0, — 
abundaba Filomena; y no hay para qué ponderar todo 
lo aflautado y violincsco que le sonaba el tonito éiC, 
oyéndolo, como lo oía, en palabras amorosas y reque 



352 Frutos de mi tierra 

bradas, como vti chinttica,ini cr estica y otras del pro- 
pio jaez con que á toda hora la regalaba su rendido 
amante. 

¡Y lo que eran las cosas 1 Ella se había demorado 
en casarse, porque mi Dios la tenía para ese bogota- 
nito ¡ tan querido ! ¡ Qué tal que ella se hubiera em- 
barcado con algún maicero de aquí! ¡Y qué lástima 
que esas tísicas de las Palmas se hubieran ido de la 
calle, para verlas muertas de la envidia ! 

O porque se fuese acentuando la voz viva del 
hablar bogotano, ó por el estado de felicidad, Filome- 
na había cogido un melindre y un mimo en la pro- 
nunciación, que era un encanto oírla; y / Caracho / 
va y / Caracho ! viene, y Ah f por aquí y Oh / 
por allá, y ala por todas partes. 

Minita, desde antes de César enfermar, tomó un 
/aire avinagrado y displicente, hasta acabar por an- 
darse por ahí aislada sin hablar palabra. Filome- 
na creyó comprender qué mosca picaba á la Mina, y 
no trató de espantársela: « ¡ Que se enchivara y esti- 
rara la jeta, si le dolía; que se rascara, si le ardía ! » 
Casualmente que ni ella ni César necesitaban para 
maldita la cosa «c de esa ojos de culebra, tan juzgona.)» 

Filomena no se dejó enervar por el noviazgo: si 
había dado de mano á la actividad mercantil, era 
para tomar la casamenteril. 

Arreglado el matrimonio con el sobrino, con- 
vencida por él de la facilidad de la dispensa, con sólo 
n untarles la mano á los curas, > sintió ella como ne- 
cesidad de hacer al mundo confidente de sus amores. 



1 



XXVII— Idilio S53 

Mas al mismo tiempo se le quería figurar que podrían 
hacer burla de su casamiento; y de suponérselo no 
más, le iba entrando una corajina que se sentía muy 
capaz de acabar con todo Medellín. Esas Palmas, 
sobre todo !... ya las veía: aunque comiditas de envi- 
dia, era mucha la chacota que iban á hacer. Y entre el 
temorde noserenvidiada y el temor de verse en ridícu- 
lo, no sabía á cuál quedarse: ^ divulgaba su matrimo- 
nio, se burlarían, y si lo ocultaba, ¿ cómo envidiarla ? 

En tales fluctuaciones optó por la reserva; pues 
en medio de su ufanía, en medio de aquel dilatamien- 
to del corazón, Filomena no podía menos que sentir 
algo allá cc>mo la vergüencilla de la vejez enamorada, 
como el alfilerazo instintivo de la mujer que, á sa- 
iendas, va á casarse cuando yá no es tiempo, cuan- 
o con el matrimonio va á acallar la locura del amor, 
mas no á llenar la santa misión de la madre. ¡Maldi- 
tos cincuenta años! ¡Aylsiasí como ella y César 
habían cambiado corazones, pudieran cambiar eda- 
des!... Pero nó: todo eso eran ociosidades. ¿No era 
ella para su César la mujer más encantadora dQl 
mundo ? ¿No lo tenía trastornado ? ¿No sabía, pues, 
que amor como el de César no reparaba en edades "í 
Y si ella fuera una muchacha bien linda, ¿ qué gra- 
cia era que él la adorase como la adoraba ?... Pues 
entonces... ¡ no pensar en esas bobadas ! 

Pero... por sí ó por nó, siempre era mejor arre- 
glar todo sin decir palabra: había tanto sopero^ la 
gente de ese Medellín era tan mala, y á las lenguas 
de las envidiosas había que temerles. 23 



354 Frutos de mi ñerra 

Todo se haría, pues, al santo callado. Desde lue- 
go que en su casa no les diría ni una palabra, y ni 
había á quién; pero á alguna persona de mucha con- 
fianza, y en muchísimo secreto, por su puesto, tenía 
de comunicárselo: callar en absoluto no era posible, 
máxime cuando con alguien tenía que entenderse 
para el arreglo de la dispensa. ¡ Y que ella sólita 
tenía que estar en todg! porque como César era tan 
tímido el pobre, como estaba tan impresionado de 
verse tan querido por ella, — lo que él no creía mere- 
cer,-— y como aquí eran tan chocantes con los foraste- 
ros, no se atrevía á dar ningún paso en el asunto. 
¡ Era tan decente y tan caballero y tan moderado ! ... 

Y había que obrar sin tardanza. ¿ Cómo cruzarse de 
brazos? ¡ Si el noviazgo era así... cómo sería lo otro ? 

La iniciativa no le parecía tan fácil á la novia. 

Y qué hizo ? Pues "^^'f íifrfírhit''^ á d^'frH^^pa, y 
entre ruborosa y satisfecha, le sopló el cuento. Y digo 
si estuvo feliz en el comienzo. No tan sólo aprobación 
y plácemes recibió de su confidenta, sino también ins- 
trucciones sobre el modo como debía conducirse con 
César antes y después del casamiento, y una porción 
de sapientísimos consejos, encaminados algunos á no 
hacer ningún caso de las muchas habladurías que, á 
pesar de la reserva, iban á levantarse. 

— «. ¡ No sea boba, niña 1 — le decía doña Chepa, 
yá en el contraportón, á tiempo de despedirse. — Plá- 
gase la desentendida, deje que hablen y digan, y no 
atienda al que le vaya con cuentos, como hicimos 
Agapito y yo... ¡ Fue mucho el monte que nos pusie- 



XXVII -^ IdtJio 355 

ron, y siempre nos casamos ! Y yá ve qué tan felices 
vivimos I Y de la dispensa, yá le digo: no se le dé 
cuidao. Yo le hablo esta misma tarde al padre Ángel, 
que tiene mucho brazo con el señor Obispo.... y verá 
cómo nos arregla eso.... ¡ Si no es la primera que se 
casa con sobrino! (Aquí citó doña Chepa varios casos). 
Y muchos recaditos á César, y que por qué me ha 
olvidado.... 1 Mándemelo, niña, pronto ! i> etc. etc. 

Y no fue ésta la mayor fineza, sino que doña 
Chepa le cedió á la novia, de los que usaba, un frasco 
de tintura para el cabello, la cual tintura estaba á 
prueba de sudores y mojaduras, y ni ensuciaba el cuero 
cabelludo ni la ropa, ni empegotaba el pelo; y le pro- 
metió, además, conseguirle los frascos que quisiera. 

Conforme lo dijo la mujer de Agapito resultó. 
Algo diz que gruñó su Señoría Ilustrísima por la dis- 
pensa en novios tan consanguíneos; pero como para 
concederla tuviese facultad pontificia, hubo de acce- 
der á la petición y á los empeños del Padre Ángel, 
cien pesos y doscientos rosarios mediantes. 

Tan fausto, tan plausible como trascendental 
acontecimiento bien merecía celebrarse con toros y 
cañas, cuando menos. Tal lo pensó Filomena, y de- 
cretó un paseo al campo y á pie. A la finca nó, porque, 
para festejar á Césa'r, la casa era fea y mala, aunque 
tenía aquella arboleda tan bonita ¡ y aquellos man- 
gos !... y, además, los chiquillos de los mayordomos 
eran á cual más sangripesado y zarrapastroso, y los 
mayordomos mismos tan ordinariotes y preguntones. 
Mejor era al Cticarac/io; ¿ qué le hacía que Agusto 



366 Ftuios de mi tierra 

estuviese tan impertinente ? Con no hacerle caso es- 
taba el cuento acabado. A la Minita sí tenía que lle- 
varla, sin remedio ¡ Cuándo había de faltar miércoles 
en la semana ! 

Esto era martes, y desde ese día principiaron los 
preparativos y quedó concertado el paseo para el sá- 
bado próximo, muy de mañanita, y la vuelta para el 
lunes siguiente, por la tarde. 

i Qué tres días más deliciosos! ¡Y César que yá 
estaba completamente bueno ! ¡Ah caracho!... ¿Del 
martes al sábado ? Cuatro días... ¡ Cuánto tiempo ! 

La negra Bernabela llevó el anuncio del visitón, 
los cobertores y ropas de cama y otros bartulillos. 

Ese sábado venturoso llegó, y, no bien amaneció 
Dios, se pusieron en marcha, caminito del Cucaracha. 

Minita montaba el caballo de Filomena, pues 
aunque se había llevado más paia la novia que para 
ella, la novia en esta ocasión prefirió, en vez del suyo, 
el de mi Padre San Francisco, é iba atrás, apoyada 
en el brazo de su novio. Los dos estaban muy gentiles 
y peripuestos. El, con la viuda de viaje, el casco yan- 
kee, los boticones amarillos, gra,badosé impermeables, 
la ruana terciada al hombro con remucho garbo ; 
. pero no llevaba el revólver. Ella... ¡no se diga!: en- 
tusiasmada con los tintes de doña Chepa, y viendo 
/ aquel pelo tan negro y tan lustroso y cada hebra 
aparte, se dio á entender que debía lanzarse en la 
moda, y, al efecto, se redujo el moño eliminando el 
relleno, y se hizo uno, no mayor que un níspero, á 
estilo greco-romano, arribita del morro de la nuca, 



XXVir— Idilto 357 

el cual moño atravesó de parte á parte con el consa- 
bido tembleque de mariposa. Pasando por debajo de 
aquél, y anudada adelante sobre la carrera, en formi- 
dable lazo, llevaba una balaca azul, de cuatro dedos 
de ancha. Vestía chaqueta elástica granate, salpicada 
en el delantero concuenticas como rocío, y una falda 
color de canario con ramazones y espigas, que pare- 
cía de papel de colgadura, guarnecida abajo con un 
pentagrama de cintas negras. Y á cada contoneo re- 
volaba la cola, ya al norte, ya al sur. Porque no se le 
aplastase el lazo del balacón, llevaba en la mano la 
gran corrosca, pintada con humo de pez, muy bien bar- 
nizada, y con mucho plumaje y mucha flor de trapo; 
y, por último, el chai de cielo azul, caído hasta la 
cintura y las puntas cogidas en los antebrazos. Con 
ser, como era, para viaje á pie, Filomena aprisionó 
los suyos en unas zapatillas del taller de las Arangos, 
calzas que, en otras circunstancias, fueran potros de 
tormento. Y como quiera que el cimiento del galán 
parecía muy menor que el de la dama, ella apenas 
medio alzaba la falda, dejando asomar, eso sí, muchas 
franjas y bordaduras. César le llevaba la sombrilla. 

Le aseguro á usted que la pandorgona estaba lo 
que se llama hermosa. A ir descalza, fuera una he- 
roína de Garcilaso. 

Y yá que á Garcilaso nombramos, es de advertir 
que César había formado del nombre de su amada el 
diminutivo irregular más delicado que inventar pudo 
el amor: la l lamaba Filis . Y como ella tampoco se 
mamaba el dedo, le retornó á su amante el diminuti- 



358 Frutos de mi tierra 

vo éste con el ternísimo d e^Sarito . ¡ Si el ilustre tole- 
dano hubiese conocido este nombre ! 

Filis y Sarito, embebidos en la plática, camina- 
ban tan lentamente, que á eso de las seis irían tres 
cuadras allende el Puente de Colombia. Mire usted si 
aquello olería á idilio. Pues y la bucólica ? 

Iba á ser en grande: adelante de la pareja, y ago- 
biado por el peso de enorme catabre^ que á la espalda 
cargaba, iba el negro asistente^ llevando de un lazo y 
casi á rastras, un gorrinillo muy gordo y barrigudo; 
pues también se trataba de matanza de marrano, con 
sus corolarios de morcillas y tamales. 

El ubérrimo catabre contenía los siguientes es- 
cogidísimos artículos: tres capones rellenos; una posta; 
cuatro cajas de bocadillo; dos idem deariquipe; seis 
latas de sardinas; seis idem de mortadella; dos doce- 
nas de paquetes de cigarrillos Tomás Urihe; otra 
idem de panes rialeros; una y media idem de limetas 
WilHam Piper y de otros licores. ítem más: la lote- 
ría de doña Chepa, que iba á cantar César con las 
aleluyas y pareados délos indios bogotanos; un orácu' 
Jo muy viejo y descuadernado, también de doña Che- 
pa.... y pare usted. 

(Este oráculo, ó sea Libro de los destinos, era 
para Filis la obra más extraordinaria del humano 
ingenio. Ello tiene su explicación: el día que se ob- 
tuvo la dispensa, estando ella en casa de doña Chepa^ 
sacó ésta el libraco para consultarlo en todo lo rela- 
tivo al asunto. La novia, ignorante de tal invención, 
iba eligiendo el número, — no sin cierto recelo, — entre 



XXVII— Idilio 359 

los varios que cada pregunta trae; y ¡ oh fortuna ! 
todito le salió á pedir de boca; iba á ser felicísima en 
su nuevo estado, á vivir luengos años.,., y otras ven- 
turas; y lánto se encariñó con el libro, que se lo 
llevó.) 

Decíamos que los amantes iban muy despacito./ 
Jamás César se vio tan contento. ¡Qué espiritual,/ 
qué decidor estaba! Y Filomena?., borracha, bo-» 
rrachita de felicidad. 

Trisca que trisca, ora de bracero, ora separados, 
iban haciendo posas. En una de las vueltas del cami- 
no (aún andaban en lo plano), Sarito tendió la rua- 
na en una piedra, al pie de un písamo, y se sentaron 
muy calladitos. 

Filis tendió una mirada en semicírculo, y se sin- 
tió panteísta, pero de ese panteísmo burdo de los in- 
dostánicos : Los pétalos rojos que llovían del písamo; 
un toche, sin duda enamorado también, que se mecía 
al frente en un florido naranjo, vocalizando por lo 
fino; el coro de cantores invisibles que le contestaba, 
acompañado dd rumor de cañaverales y ramajes; los 
árboles y yerbas de la senda; ese airecillo matinal, 
húmedo y cargado de esencias campesinas; el sol 
bronceatido el paisaje; las gentes que pasaban; los 
vapores, el cielo.... todo le quería parecer que era 
César, y que César era todo. 

¡ Qué lindo era ese camino, por Dios ! j Valien- 
te día tan encantador les iba á hacer !...Los pajaritos 
todos estaban tan contentos conK) ella.... ¡Qué di- 
chas tan particulares había en la vida I: que de puro 



360 Frutos de mi tierra 

feliz se pusiera uno arrozudo y le dieran escala/ríos,,. 
Eso de querer tanto, ¡ tanto ! á una persona, siem- 
pre era como si etiyerharan á uno.... ¡ Valientes ojos 
tenía César, ave María ! ¡ Si se le entraban á uno 
hasta las entrañas ! César era mucho más lindo al 
sol. 

Y en verdad, Sarito tenía esa mañana deliciosa 
un no sé qué muy pronunciado de tierno é infantil 
en el gesto, en la risa, en la voz, que casi se producía 
como niño contemplado, después de una enfermedad 
peligrosa. Cómo nó: ¡ si el pobre estuvo tan malo ! 
Y como estaba tan enamorado.... 

Y á Filis se le saltaron las lágrimas. 

— Perombre, Filis!... Llorando hora?... Qué 
tenes ? 

Los mofletes de Filis se rebulleron con un pu- 
chero encantador; agachó la cabeza, y el moquerito 
de linón bordado secó las dos lágrimas. 

— Es que soy tan boba! — repuso Filis con voce- 
cita muy arrullada, al mismo tiempo que se levanta- 
ba. — Camina, hijito, vamonos, que nos come el sol. 

— ¡Pero tú tienes algo, mi vida!... ¡ Dímelo! 
¿ O es que yá no quieres á tu César .? 

— ¡Vea: no me diga eso ni en chanza!... ¿No 
ves que es de alegre que chocoleo 1 

— ¡ Ah!... ¡ Bueno, hija, bueno ! — dijo él tomán- 
dole la mano con efusivo agasajo. — Pero, j siéntate 
otra vuelta I ¡ Qué afanosa eres ! Descansemos otro 
ratito, y fumémonos un cigarrillo. Horita seguimos. 

Y haciéndola sentar de nuevo, arregló los ciga- 



XXVII— Idilio 361 

rrillos; y luego que los hubieron encendido, se recosió 
en un extremo inclinado de la piedra, con la cara 
vuelta á Filis, y, con muchísima monada, se puso á 
echarle el humo á los flecos agusanados del chai. 

— j Pero ai quedas muy maluco, hijito ! 

— ¡ Nó, alita, si estoy muy bien ! ¿ No estoy cer- 
quita de tí ? 

Pronto botó el cigarrillo, y, como el turpial del 
frente, principió á silbar y á cantar luego: 

(i Tus oíos en dónde están 1 
Tus sonrisas qué se hicieron 1 
Etc.» 

¡Qué lindo gorjeaba! Y Filis sacó del bolsillo 
una cajita, de esas como guardapelo, que traen confi- 
tes para perfumar la boca, y, como quien da de comer 
á un pichón, iba poniendo granitos en la de Sarito, 
que la abría y la cerraba con tanta gracia... sabo- 
reándose, ni más ni menos, que un nene, y haciendo 
ademanes de querer comerse también los dedos y 
.hasta la manita de Filis. 

De pronto ella la retiró, por un movimiento re- 
flejo, y exclamó haciéndose la furiosa: 

— Ay !... grandísimo descarao!... ¡Vean este gro- 
sero !... I No te quiero ! 

— ¡ De á que sí ! — dijo él, con travesura de rapaz, 
poniéndose en pie de un salto. 

Y quitándose el casco y descubriendo aquellos 
rizos que brillaron al sol como charol, se puso á darle 
con la copa en el hombro á su Filis, con una maña y 



362 Frutos de mi tierra 

una chulada, que ella no podía ocultar el gusto, al 
mismo tiempo que le cantaba en la oreja, y en ca- 
rácter: 

« No te enojes, por Dios, chinita mía, 
Déjame recrearme en tus miradas...» 

Ruido de jinetes que se acercaban cortaron la 
estrofa. César saltó al borde del camino, y, mientras 
la cabalgata pasaba, cogió unas cuantas batatillas, cu- 
yos débiles tallos se enredaban por los alambres y es- 
tacones del cercado cubriéndolos por completo. 

Tornó á donde Filis estaba, y, como también era 
(" mozo £m dito en poesía, princ ip ió á recita r, muy serio 
\^ y con no poca expresión, la estrofa de Gregorio: 

«¿Conoces tú la flor de batatilla... (Hizo sonar 
la elle, besó una flor, y la colocó en la cabeza de Filis 
asegurándola en la halanca). 

« ¿ La flor sencilla, la modesta flor ?... (El mismo 
sonido, otro beso y una segunda batatilla colocada en 
seguida de la primera). 

<.( Así es la dicha que mi labio nombra... (Tercera 
batatilla, y lo mismo que en las anteriores), 
« Crece á la sombra (No hubo nada). 
<( Mas se marchita con la luz del sol ». (Cuarta y 
final). 

[ Filis, cerrados los ojos, sin atreverse á respirar 
siquiera, flotaba en un ensueño: sentía aquel contacto, 
i esa voz del paraíso, las flores, y sentía en la cabeza, y 
I sentía en el corazón, y sentía en el alma aquellos cua* 
Itro besos que César dejó en las flores. 



XXVII— Idilio 363 

Qué corona ! Por la de la reina del mundo ente-r^ 
ro no la cambiara Filomena. Toda su vida guardaría 
esas cuatro batatillas. 

Mina, entre tanto, los esperaba en el corredor de 
una casa, para ver si Filomena quería montar; por- 
que si así no lo hacía, ¿ quién aguantaba « después á 
la bollona » ? 

El alazán, con no menos desasosiego que el que 
tenía su flaca carga, bajaba y subía del corredor al 
camino, dando vueltas en torno de los postes, colazos 
contra la pared y golpes con los cascos contra el em- 
pedrado, hasta que Minita tuvo que desmontarse y 
coger el animal por la brida. Iba yá á amarrarlo de 
un poste, á dejárselos ahí «á esos maulas» y á seguir 
sola en sus páticas, -cuando los maulas arrimaron. 

Pero Filis, por más que Sarito la instó, no quiso 
convertirse de zagala en amazona. 

— Nó, nó; móntate vos otra vez y adelántate si 
querés — le dijo á Mina. — Yo lo que quiero es hacer 
ejercicio. 

— Perombre !... Esta faldita es zumbada para 
subirla á pie. Te vas á cansar. 

— Yo no me canso, César, no tenga pensión !... 
¿ Cuánto va que voy hasta la casa sin descansar ? 

Minita no esperó más razones, y, antes que el 
sobrino la ayudase, trepó sobre un taburete y luego 
al caballo, y, sin decir palabra, partió á galope tendi- 
do, se atravesó á Robledo y tiró falda arriba. 



XXVIII 



EL VUELO 



«De Aquilea de Peleo canta, diosa, 
La venganza fatal que á los Aquivos 
Origen fue de numerosos duelos, 

Y á la oscura región las fuertes almas 
Lanzó de muchos héroes, y la presa 
Sus cadáveres hizo de los perros 

Y de todas las aves de rapiña....» 

HOMEEO, 

JEVES, en medio de sus confusiones, an- 
gustias y vigilias, despertó casi alegre tam- 
bién, el sábado de que venimos hablando. 
Y no solamente por ese influjo nervioso, ó 
como se llame, — que hace que algunos se pongan fes- 
tivos' en la tribulación y melancólicos en el baile, — 
sino también porque su hermano, aunque tan coléri- 
co y tan mal siempre, hacía dos diasque estaba menos 
afligido y había dormido muy bien esa noche, y ella y 
las criadas, por lo consiguiente. A todo lo cual se agre- 
gaba el que las muelas la hubieran dejado eri paz, y la 
perspectiva de la visita, que esperaba con entusiasmo. 
Así fue que desde muy de mañana barrió y arre- 
gló la casa con mucha escrupulosidad, puso flores en 
un vaso roto, con el que engalanó la mesita de la sala, 




XXVIII — El vuelo 865 

é hizo ordeñar la vaca cachipanda, a para tenerles 
unas hucv\:is posíreras de bajada 3». Salió luego con 
Carmen á la casa vecina, en busca de lechugas y 
otras yerbas, para hacer « una ensalada muy buena j, 
que su hermana le encargó para el almuerzo. 

i Qué sabroso que iba á estar con Minita y su 
hermana.... si no fuera por esa vergüenza que le 
tenía á César !... Como saliera del saludo, lo demás 
no tan malo. 

Padrenuestro á San Antonio para que la sacara 
bien del apuro. 

En el «. Gloria pairi )) iba, cabalmente, cuando 
Carmen — que se había encaramado á un barranco á 
coger alcaparras — dijo: 

«Puaá viene una di-acaballo bebiéndose los vien- 
tos: puel añaje me pese q'és la niña Mina ». 

Bebiéndose los vientos también corrió Nieves y 
detrás la negra. Bajaron obra de cuadra y media, 
hasta una vuelta del camino. 

— ¡Ell'es, niña Nieves! — exclamó Carmen, en 
cuanto Mina asomó, — ¡ Pero véanla, qué tan jineta I 

— ¡Virgen Santa, Minita — le gritó Nieves, más 
asustada que alegre. — ¿Pero qué son esas carreras ?... 
¡ Cuenta con una caída, por Dios ! 

— ¡ Cuidao, me mato ! — contestó la otra, sofre- 
nando el caballo, que traía muchos bríos. 

— ¿ Pero usté cuándo aprendió á montar tan 
bien ? ¡ Ah usté pa tremenda I 

Las tres se saludaron. La amazona logró serenar 
el alazán y seguir al paso de las encontradoras. 



S66 Frutos de mi tierra 

— ¿Pero por qué venís sola, hoHta ? 

— ¡Más atrás vienen aquellos pegajosos... y en 
tcdo el día no llegan ! 

— Ah ¿ por qué ? 

— ¿Por qué? j Porque están insoportables!... 
j Le aseguro, mi querida, que cuando una vieja se 
«mbochincha !... 

— Jú, niña!... — murmuróla negra. — ¡Ese güe- 
vo quiere sal ! 

Nieves abría tamaños ojos. 

— Sí ! Yá sé lo que me vas á decir : que son 
cuentos míos, nó ? — agregó la Minita graznando muy 
recio, porque le parecía que estando de á caballo no 
la oían bien — ¡Pero están inaguantables... inmora- 
les 1 ¡ Te aseguro que me tienen hasta los ojos,., es 
decir ! Mira ala: ¡ por muy mal que lo estés pasando 
con Agusto, lo has pasao mejor que yo, mil veces !... 
Y qué hay de él "i Diz que está muy horrible, nó ? 

— Ello siempre está algo necio; j pero es que 
está tan malísimo ! ¡ Es que no me quieren creer que 
mi hermano es de muerte que está ! ¡ Me ha tenido 
con una pesadumbre tan grande ! Quién sabe qué 
será lo que tiene, que ni los dotores entienden!... 
Pero está calavérico y ¡ viejito, viejito I Y eso que 
hoy... lo va á topar alentao, pa como ha estao !... 
Pregúntale á Carmen ! 

— i No diga nada, niña!... — prorrumpió la ne- 
gra — ¡ otra cosa es ver los padecimientos de don 
Agustín y los males que tiene en ese cuerpo ! Eso es 
la penalidá más grande !: ¡ aquí onde pegamos ojo 



XXVI 11 — El vuelo 367 

en luá la noche con tuítas las afugias d'él !...La probé 
mi mama, si no juera porque echa sus tonguitas de 
día. ..mire, niña: i ni un jumo se había tirao el lendejo 
de vieja, con tantísimo trasnocho !... Hastai campa- 
ñas ! Que le cuente la niña Nieves I 

— I Pues mijita: nos fregamos pa siete arepas I 
—replicó Mina dirigiéndose á la hermana y fruncien- 
do el pico en señal de convicción — ¡ Yo, por lo que 
es mi parte, no le aguanto más á aquella vieja y á 
aquel lambón!... ¡Si vieras al César... después que 
nos metió la Gómez \: \ esa es la puercada más gran- 
de !... Y le tiene cortao el ombligo á aquella animal ! 

— Y qué es la cosa, bolita !... que yá Bernabela 
me había dicho. 

— ¡ Eso... ni pa callao !... ¡ Es decir, mi queri- 
da... si á nosotras nos ha de dar la gana de cásanos, 
como aquella boba, que nos amarren desde ahora. 

— Y sí se casarán, Minita 1 

— ¡Yo qué diajos voy á saber!... Pero mira, 
. hole: esa es la cosa más pispa. La bollona lo mantiene 
prendido de las naguas... ¡y él, dejándose querer ¡; 
ella le saca los piojos; ella le saca las espinillas; ella 
lo peina... ¡ es decir, mijita!: ni una criada. ¡ E^ues 
cuando ha tenido cara de estregale las patas á ese 
taita, y ella misma ha llevao el bongo con el agua ! 
Y él... ¡ yá manda en todo como el amo !... ¡ Me pa- 
rece que la plata que le habrá sacao... es decir /,.. 
¡ Yá ves, pues, si estará sabroso!... ¡ Masque el viejo 
no quiera que me quede, aquí me les rancho !: allá no 
vuelvo ¡ ni á palos !: á ver tanta sinvergüenzada ?... 



368 Frutos de mi ¿ierra 

— j Válgame, Minita — exclamó Nieves, confun- 
dida, haciéndole señas de que no contase nada más 
delante de Carmen. — Eso siempre está muy maluco» 

— Pes si lo columbran pu-ai en la calle,... mire, 
niña.... ni en qué sentase le queda á doña Jilomena ! 
Tanté comués la gente pa cavilosiar ! 

— Pues nó, Carmen; por mucho cuero que le 
saquee, por mucho que hablen, no dicen ni la mita! 

— Virgen santa, Minita, no diga eso í 

— Sí I... Como vos no los has tenido queaguantar 
en la nuca !... 

Nieves sudaba de angustia. A todo esto llegaron 
á la cancilla, y luego que entraron y que Minita se 
desmontó, las dos hermanas se sentaron en el corre- 
dor á platicar sobre el mismo lema, la una cada vez 
más enérgica, saltándosele á la otra unos lagrimones 
tamaños. La candida mujer, que por años que tuvie- 
ra, era siempre una niña, no sacaba en limpio de las 
cosas de Minita y Carmen sino que su hermana iba 
á casarse; y aunque esto no le parecía ningún delito,. 
ni que tuviera nada de particular, sí la afectaba pro- 
. fundamente; pues en medio de su sencillez, veía en 
ese matrimonio la separación de Filomena del lado 
de la familia y una como orfandad para ella y Belar- 
mina, máxime con la idea que tenía de que Agustín 
moriría pronto. 

Así y todo, enjugó el llanto y trató de ocultar 
su pena, para nq, molestar á Minita ni á nadie en la 
casa. 

Serían como las ocho y media, y Agusto estaba 



XXriTI — El vuelo 369 

bañándose en La Iguauú, lo cual acontecía rara vez, 
pues por lo regular se daba los baños en el de la casa. 

A poco llegó el criado con el catabre y el marra- 
nito, dando el pobre animal cada chillido que partía 
tímpanos y aumentaba los tirones de Evangelista, 
que así llamaba el criado. 

Bernabela y Carmen salieron á la recepción del 
compinche y concolega. Y qué de efusiones y regocijos! 

— Vea, niña Nieves ! — le gritó Carmen, tomando 
el puerquito por el lazo. — Véalo qué tan gordito ! 
qué tan bueno p'asalo enterito en el horno! Cómo 
quedará de suave ! 

— ¡ Ah querido que está! — exclamó aquélla acer- 
cándose. — No lo vayan á matar tan chirringo ! Va- 
liente injusticia ! Si está como los de la marrana de 
abajo!... Pobrecito ! cómo vendrá de hambriento! 
Anda, hole, dale una aguamasita. 

Y dirigiéndose al criado, agregó: 

— Y toíto ese canastrao, ¿ quiz que es comida, 
hole, Vangelista ? 

— Sí, niña, — contestó el zambo con socarronería 
y con ese modo amujerado tan común en criados y 
cocineros. — ¿ No ve que son los cuidos pa Sarito ? 

— Quién es Sarito ? 

— Aja! Pes quién ? Pes el niño César! ¿Asina 
no es como ella le dice ? 

— ¡ Es pa que lo vea, niña Nieves ! — dijo Ber- 
nabela triunfante — No se lo icía ? | Es pa que le crea 
á esta negra... Tanté cómo serán los potajes que 
Ireyen ! 24 



370 Frutos de mi tierra 

E) negro descargó el catabre y todos lo rodea- 
ron, ansiosos por examinar el contenido. 

— ¡ No vayan á tocarle eso aquella mujer— ^graz- 
nó Mina — porque después determina que le robatnóá»^ 
la mita ! 7 '' «fh- .' 

— Nó, bolita, si apenas vamos á vet. . 

Y Nieves levantó el paño que tapaba la ancha 
boca, y exclamó: 

— ¡ Virgen santa !... ¿ Pero cuántos días se van á 
estar, pues ? 

— Pes tres meros ! — contestó Evangelista — Pero 
no ve que á Sarito lo que le gusta es de á bastante 
y de á bien bueno ! 

— ¡ Tanté cómo será eso ! — murmuró la Berna- 
bela, con sorbo y estregamiento. 

— ¡ Ese es el tragón más grande ! — repuso Mi- 
nita — Yá se ve: } á que Dios lo trajo onde había... 

— ¡ Calla la boca hole !... Esta sí que es !... — le 
dijo la hermana mirándola con ojos de súplicas. 

— Eh ! Es porque no has visto á ese garoso: ¡ esa 
es la tripa más ancha ! ¡ De jinchir fue que se en- 
fermó ! 

— ¡ Esta siés la niña más ucurrente ! — decía el 
criado, tostado de risa. 

— Hastai ! — dijo Carmen. 

Y mientras los negros le reían á Minita las ocu- 
rrencias, Nieves cubría el cesto, para que su hermana 
lo encontrase conforme lo mandó. 

— ¡ Pes el niño Sersá sí se la sacó, pues 1 (el sor- 
betón fue en grande). 



XXVIII — El vuelo 371 

— ¡ Ave maría, mama, es quese niño es tan pre- 
cioso !... ¡ Bien hace ella en tenelo asina ! 

Nieves salió al corredor, y viendo á Agustín que 
yá subía de la quebrada, le dijo á Minita: Vaya salú- 
delo ¡ bien cariñosa I pero cuenta con decile que está 
flaco y acabao, porque se noja. Ni tampoco le vaya 
decir que no está malo, porque se noja también... Usté 
verá cómo ! Y no le cuente nada de mi hermana. 

Mina, que apenas había visto al hermano du- 
rante el encierro en la ciudad, y que no presenció su 
salida al Cucaracha^ se quedó de una pieza cuando 
vio acercarse aquel viejo, cuyas barbas y melenas, 
mojadas todavía, parecían hisopos de cabuya untados 
de ceniza. Pero, sin darse por sorprendida, fue á él, 
y, estirándole la mano, — señalen Mina de gtande aca- 
tamiento, — le dijo muy amable: 

— I Qué tal, hermano ?... ¿ Cómo le ha ido ? 

— ¡ Estoy muy bien, — contestó Agusto, con cara 
de hiél y vinagre, dejándola con la mano estirada — 
sumamente bien con las visitas que me han hecho 
usté y mi siá Filomena !... Estoy muy pagao de! 
manejo... ¡ Muchas gracias mi siá Belarmina ! 

Y siguió hasta el corredor, en cuya baranda 
apoyó. 

— Como usté no quiso que yo lo viniera ac 
pañar... 

— ¡ Desde que se inventaron las excusas, no ce 
men quesito los ratones ! 

— Vea, Agusto: i no me culpe! — repuso la her- 
mana, con humildad muy bien fingida, avanzando al 





372 Frutos de mi tierra 

corredor — Si viera: ¡muerta de gana de venir á esta- 
me con usté, siquiera una semana !... Pero cómo 
hacía ? Con el achaque de la damita, Filomena no 
me ha dejao íesollar... y ella tampoco ha tenido 
tiempo... nián pa ir á la tienda. ¡ Figure al pie de él ! 
— Sí ! ... j Así mismo me lo figuraba ! — dijo él 
con voz y cara de alteración — ¡ Esa albondigona, tan 
indolente y tan descomedida con uno 1... ¡ Esa mala 
entraña 1 A ese muerto de hambre sí sabe jonjo- 
liar 1... ¡ Y uno aquí muriéndose ! Eso sí es lo que 
yo no me trago ! 

— Eh, hermano !...¿Y usté qué está pensando, 
pues ?... ¡ Si Filomena está perdida, perdida por ese 
caremuñeca... y él también le florea ! Eh ! ¡ si usté 
supiera I... 

Agustín dio un corcovo, castañetearon los dien- 
tes de porcelana, saltáronsele los ojos, la cabeza se 
puso perlática. 

— Así es la cosa ? — articuló con vozarrón trému- 
o. — Pues que vengan aquí esos cochinos.... pa tener 
gusto de rumbarlos!... Una vieja que puede ser 
¿"agüela de ese muñeco. ...metida en amores con él... 
indecente!... Por eso era que estaba tan queren- 
na !... porque le cayó en gracia desde que lo vio... 
— Nieves I Nieveees ! — aulló frenético. 
Ésta acudió al punto. 

— Anda cerra la puerta de golpe, y me traes la 
llave ! 

— Pa qué, hermano ?: ¿ No ve que entual llegan 
mi hermana y César ? 



XXVIII — El vuelo 373 

— Anda cerrámela y traeme la llave... ó te acabo ! 

— Pero.... ¡ hermano, no sea así! — suplicó la niu- 
jercita, dirigiendo á Mina una mirada de querella. 

Un testarazo sonó, y, como siempre, Nieves sa- 
lió «i obedecer enjugándose las lágrimas, 

Pero Agustín, poseído repentinamente de una 
como actividad, se le adelantó, y él mismo fue á 
cerrar la cancilla, y se guardó la llave. De vuelta, 
hizo entrar á las dos hermanas á la sala, y cerró, con 
llave también, la puerta que da al exterior, excla- 
mando: 

— ¿ Tara creyendo esa condenada que va venir 
á enamorar aquí .^... ¡Que se largue á la quinta.... 
con ese sinvergüenza ! 

Y en seguida saltó al patio y gritó: 

— ¡ Bernabela ! ¡ Carmen I ¡ Juan José ! ¡ dentren 
todos los que estén en la güerta.... que voy á cerrar ! 

— I Y eso qué contiene, miamo Agustín ? — pre- 
guntó Bernabela, saliendo de la cocina. 

— ¡ No tengo que date cuenta, so negra ! 

No bien el negrerío estuvo puertas adentro, 
Agustín cerró la que comunica la cocina con el solar, 
trancándola muy bien. 

— ¡ Ahora sí: que se brinquen por el vallao y 
que se dentren por el techo.... que aquí los espe- 
ro yo ! 

Y tornó á la sala como un cohete. 

— I Pero vean la viejorra ! — clamó luego, paseán- 
dose á largos pasos. — ¡ Y tan señora que se quiere 
hacer!... ¡ y tratando de ñapangas á todas las -que 



874 Frutos de mi tierra 

ve!... ¡Más ñapanga que ella...! ¡ Y ese pelao, ese 
lambeplatos hambriento.... tan orgulloso y tan pape- 
lero.... y de limosna!.... ¿Pero esa bestia estará 
loca ?... ¡ Y quien la ve tan usurera y tan ladina pal 
rial, y todo se lo va á entregar á ese muerto de hambre! 

— Ah !... ¡ Eso sí, hermano ! — interrumpió Mi- 
nita, poniéndose en pie para mejor afirmar. — ¡Si le 
viera los mimos con él; si le viera el lujo!... ¡Me 
parece que lo tiene cuchubito de plata I... 

— ¡ Ah canalla ! — bramó el otro. — A eso fue que 
vino aquí ese méndigo 1 ¡ á ver qué botón nos pega- 
ba y qué nos podía uñar !... 

— ¡Pero si es ella que le mete la plata en la 
mano pa sonsácaselo ! — replicó la flacuchenta, con 
entusiasta manoteo. — \ Si la tiene embotellada !... 
¿Usté eré por un momento, hermano, que él la pueda 
querer ? 

— ¿ Y qué se le da á ese picaro casase con su 
agüela, y mamase con todo? — contestó el furibundo. 

Agustín, el espejo de los egoístas, hubiera te- 
nido muy á mal el matrimonio de su hermana y com- 
pañera en cualesquiera circunstancias; pero en las 
actuales, prevenido como estaba contra ella, por la 
manera de conducirse con él últimamente, y viendo, 
como veía, un usurpador en el sobrino, no era rabia^ 
no era despecho lo que Agustín sentía: era una sa- 
cudida, un choque tan violento, que rompió de súbito 
ese á modo de sortilegio que le tenía encadenado. El 
amilanamiento se trocó en ventolera de furor. El co- 
raje y- la energía, el vigor y la audacia le corcovearon 



XXVIII— El vuelo 375 

entre el pecho; Sintió ansia de estrangular, de des- 
tripar, de esgrimir machetes y arrancar mondongos, 
de derribar el templo, de incendiar á Roma: Nerón, 
Sansón y Daniel Escobar, los tres juntos, le poseye- 
ron un momento: Asomara por ahí el filisteo aquél, y 
¡ como hay Diablo I que se cumple el antojo que tuvo 
Filomena: le bebe la sangre al tal Bengala. 

Calla, porque no puede_ hablar. Se tira en la 
cama, porque le falta aliento. Revuélcase jadeante y 
trémulo. Se levanta luego y vuelve á pasearse con es- 
trepitoso zapateo; gesticula desaforado; las mechas le 
revuelan; y, pa^ rodia de Jacob, blande el b raz o, asienta 
el . puño, cual si luchase con in visible-contenéor. 

— c ¡ Con que se nos casa la niña Filomena ! » — 
tartajea al fin, dirigiéndose á Minita. — ¡ Muy bueno: 
no se sabe cuál va más armao, si ella ó el títer ese !... 
Por eso era que estaba tan formalita con él, que diz 
que lo iba á proteger... Ujúú !... ¡Y yo tan bestia que 
no malicié nada!... ¡ Ah vieja inmoral ! ! !•.. (Como 
un bramido). ¡ Yá sé cual es la proteición que lequié-^,*^ 
redar á ese asqueroso!... ¡ Ah maldita ¡...¡Ahifir^ 
fame ! Porque me ve á yo enfermo sé|fÍM<r)^(¿^o-' 
vechar pa dale lo que es mío...'áf'niozb; \\o qué^^y'ó 
he bregao y sudao toda mP vlítfa \ j'jLW'^ju'á^rtie hizo 
valer tanto!... ¡ Mi plata' lB¡{iíi«wí-á^>.' <r ¡ pero muy I 



tarde !»...* i Allá estará bién^'^üete, la perra vaga 
munda, pensando que en esfo me les muero, pa alzar 
con todo!... ¡ Ah boba que está esa... ¡Mañana, go 



* Modismo equivalente á nunca. 



876 Frutos de mi tierra 

hoy misrup, m ando llama r, un Tthnrrnn pn pifi me con 
esa asquerosa 1 ¡ No le hace que me lleve mil ó dos 



mil fuertes;... ¡No quiero más cuentas con esa!... 
¡Y primero echo mi plata al río; primero se la pico á 
los marranos, que dejale un chimbo ; un chimbo ! j á 
esa angurriosa ! ¡ Será por tan generosa que es ! ¡ Sí, 
muy generosa ! ¡demás!... ¡con lo ajeno! (A me- 
dida que suelta la lengua el arrebato crece)... ¡Yo 
tengo la culpa, yo la tengo ! ¡Si hubiera cogido un 
garrote y le hubiera dao una tunda al César; si desde 
que puso los pies en mi casa lo hubiera empuntao pa 
la porra !... ¡ Pero fue que esa ladrona se pautó con él 
apenas me vio enfermo y humillao!... ¡Por eso fue 
que ese demonio de ñapanga me quiso pegar y me 
ultrajó!.... ¡porque yá estaba cartiándose con él, 
de iquí á Bogotá ! ¿No le oyeron los cuentos que sa- 
caba de tal Bogotá, y amenazando con que se iba, 
con que se iba.-* ¡Por eso era!... ¡Y yo tan ino- 
cente !... ¡ Pero anda, so maldita, audá que yo te las 
cobro! ¡ Yá te cogí todas tus tramas!... ¡ Oué tal, 
(^a'í VA.no tuviera mis alhajas de oro bien aseguradas 
f eiV)^_eÜ¿ideJ^erro ! ¡ Esta era la hora que yá se las 
habí^^ep(k)a^ ío,dá4.al marchante ! Pero nián así: ya 
me hapráQ^K^j¿iq ^|^i^t^]a !... ¡Figuren el tal Cé- 
sar... que es ^ijog^jim^ .jwltiador, cómo será de la- 
drón ! ¡ Allá estaráv-fije^^jiridido usando mis cosas ! 
i Hasta llave falsa tendrá pa abrime mis cómodas y 
mi escaparate, y braciar con todo !... ¡Hasta en mi 
cama se habrá acostao ese mugroso !... ¡ Tan acome- 
dida la puerca, á mándame á temperar!... ¡ Pa salir 



XXVIII — El vuelo 877 

de yo, pa que no les viera las infamias y la inmora- 
lidá!... ¡ Pues me voy! i Mañana mismo me voy, 
mas que sea en la cama ! ¡ No le hace que me muera 
en el camino ! ¡ Hoy mando por unos cargueros de la 
agencia... o me voy á pie 1... ¡ Que vayen á robarle ] 
al correo !... | Bandidos !... ¡ Asquerosos 1 

Su voz, que por momentos relemblaba, se fue 
apagando hasta no producir más que sonidos inarti- 
culados, espasmódicos, cuándo como gruñidos de 
puerco acosado, cuándo como los silbos que da el 
caminante para cobrar aliento. Sus ojos bailaban 
sanguinolentos, y su cara, desencajada y lívida, toma- 
ba á veces los amoratados de la apoplejía. 

El auditorio, inclusive Bernabela, estaba como 
magnetizado ante aquel aparato de furor. Nieves so- 
llozaba en un rincón: hasta de fatiga se iría á morir 
su hermano, porque yá era muy pasada la hora de él 
almorzar... ¿ pero quién iba á advertírselo en ese mo- 
mento 1 

A eso se oyen unas voces que llaman: «Car- 
men !... Carmen !... Nieves! »... Las llamadas per- 
manecen como clavadas en sus puestos. ocNieveees,)) 
repiten. 

Agusto, que tal oye, se precipita á la puerta, 
abre, y sale á todo correr. Todos, como atraídos, 
salen tras él. En un soplo se pone en la cancilla, y 
abre haciéndose del lado del batiente. Sarito apare- 
ce, va á dar la mano á Filis para que suba y... ¡ cata- 
plún I del trancazo cae redondo contra un barranco. 
Filis da un chillido y va á alzarlo; pero antes que lo 



378 Frtitos de mi tierra 

haga, Aguslo tira la tranca, salta al camino, y se le 
prende de los gañotes con la siniestra mano, mien- 
tras con la diestra le arranca corrosca y balaca; le des- 
barata la moña, le quita chai y sombrilla, que unes 
tras otros vuelan al corral de los marranos; luego la 
acogota contra la tapia. César, aturdido, tambalean- 
te, vendado por el casco que se le ha hundido hasta 
los ojos, echando polvo, tacos y chispazos, se levanta 
y va á defender á su dama, á tiempo que las negras 
acuden en terrible chillería. Agustín suelta á Filis, 
empuja á las negras hacia adentro, y asiendo con 
violencia la cancilla se entra y cierra á las volandas. 
En cuanto se guarda la llave, aulla: "(¡Arrastra- 
dos!.... ¡Ladrones! ¡Vayan á enamorar al in- 
fierno !» 

Corre á la casa, va á tirarse en la banca, ve el 
catabre^ se da cuenta de lo que es, y á patada limpia 
lo avienta al corredor, y., aquí fue el horror de los 

horrores. ¿ T{^J ^cr:^Ar\ u^oH c\ jiipgn Áo prr^nf^n ít-f^np 
se llam a El Vn pln f Pnnr nqn c ll ii rii i' lii i nim iio! - « --jiip 

rénlos capones, y volaron los capones; que vue* 
len las botellas, y las botellas volaron; que vuele el 
pan y voló... y así cada cosa fue volando, unas al 
corral, otras á las Jttangas, cuáles á La Iguana. 

— ¡ Por la Virgen, hermanito ¡ — exclama Nieves, 
poseída de infantil pavor — ¡ Es un pecao muy grande 
botar la comida de mi Dios!... Muy grande, muy 
grande ! 

Más grande el afán de Agustín. Nada se salvó: 
la lotería de dona Chepa, cartón por cartón, voló 



XXVI II — El vuelo 37 J 

también, y voló el talego. El suelo quedó como es- 
carbado de gallinas, con los cigarrillos de don Tomás 
Uribe y el oráculo en añiccs; Wiliam Piper se estre- 
lló contra las piedras, regándolas con su sangre. Bo- 
cadillo y Ariquipe rodaron vomitándose falda abajo. 

Los negros chillan y comentan; Nieves llora;! 
Agustín se tira en la cama desfallecido; gallinazas,! 
perros y marranos se alborotan por esas mangas; el 
ciiccrrador corre á disputarles tan rico botín; Mini- 
ta, serena, inmutable, de codos en la baranda, abrien-^ 
do más sus ojazos de abismo.... no dice nada. 

Entretanto Sarito, espeluznado de la furia, su- 
doroso del largo caminar, trataba de consolar á la des- 
empajada Filis, que, sentada en una piedra del cami- 
no, se emperraba á lágrima viva. 

— Yo lo que más siento.... ji ! ji 1 ji !... fue ese 
palazo tan horrible ! ... ¡Te va suceder algo!... ]i ! 
ji ! ji I 

— ¡ Si no me pasó nada, hijita ! (enjugándole los 
mofletes con la ruana ). Cálmate !.... Estaba mal 
parado y me caí: eso fue todo!... No me indigna 
sino que ese chibato imbécil te hubiera irrespetado... 
¡ Es tan bruto !... ¡ Por fortuna no tráia mi revólver,/;» 
porque si no, ai queda ! ^^ 

— ¡Gracias á mi Dios!... ¡Valiente desgracia 
había sucedido !... 

— ¡ Yá lo creo ! ... j No le perdono al que te ofen- 
da ! — jj ¿e Sarito , más tonante que el padre de los - 
dioses. — i Lo mato I ... \ Mañana le mando esquela de 
desafío !... ¡ Miserable ! 



380 Frutos de mi tierra 

— ¡ Nó, por la Virgen, Saritol... ¡No me aca- 
bes de matar ! — solloza Filis, levantándose desespera- 
da. — ¡ No se vaya á hacer criminal ! ... ¡ No le vaya á 
hacer nada, por Dios!... ¡Se lo pido de rodillas! 
(uniendo la acción á la palabra). 

— j Peruhija !... i No te pongas así ! (alzándola). 
¿ No hago siempre lo que tú quieres? ¡ Le perdono 
por ti ! 

— ¿ Se compromete, mi rey ? 

— i Te doy mi palabra!... Pero cálmate, vida 
mía.... y arréglate un tantico el cabello, para que si- 
gamos. 

Filis medio se arregló como pudo; pero, á pesar 
de estar bajo la egida de aquel su Bayardo, no podía 
resignarse del todo. Sentía un despecho, una incomo- 
didad con doña Chepa : la tintura no sólo desteñía, 
sino que largaba una grasa verdosa. La ruana de Sa- 
rito quedó como si hubieran puesto en ella una cata- 
plasma de paico. 

Eran cosa de las once y media. A propia hora 
emprendieron el regreso, con aquel resistero de sol; 
Sarito con el casco muy desmejorado. Filis en cuerpo 
y sufriendo el tormento del borceguí, en esas zapati- 
llas de las Arangos. Y ¡ lo que es el mundo ! mien- 
tras los amantes iban desfallecidos de pura hambre, 
la puerca y sus siete infantes se hartaban de chai y 
sombrilla, de capones y bocadillo. 

En Robledo, donde todavía no había hotel, ni 
Jordán^ ni parador alguno, compraron dulces, que 
Filis ni comió siquiera, cori la vergüenza que tenía 



XXVIII — El vuelo 881 

de verse destrapada u como una loca». Pero sí com- 
pró un sombreritode caña y unas alpargatas; porque 
« como Agusto la había pisado tan duro....i> y des- 
pués de tanto esconder el tamaño de los pies, Sarito 
tuvo que llevarle las zapatillas, amarraditas en un 
pañuelo. 

Tal acabó la celebración de la dispensa, Al día 7 
siguiente, muy temprano, recibió Agustín, nó cartel 
de desafío, sino una carta escrita por el novio y firma- 
da por la novia, en que lo ponían de oro y azul. 
Por ella lo llamaba la prendera á liquidación, tocan- 
do, como se ve, á una puerta que se iba á abrir por 
sí sola. 

De todo lo cual resultó que en la gallera se 
presentaron dos rábulas, de aquellos de memorial á 
peseta y una argucia en cada renglón. 

(í No rebuznaron en balde el uno y el otro alcal- 
de,» pues tanto y tan recio se mellaron, que la parti- 
ción se hizo por vapor, sin que hasta ahora se haya 
podido averiguar cuál de los deslindados quedó más 
quejoso del otro. 

Y aquí es preciso hacer constar que Filomena 
se manejó con mucha « hombría de bien.» 




XXIX 

¡ ES UN SUEÑO ! 
(Crónica de costurero") 



[UÉ será ? 

Por los afanes y carreras de tanta gente 
bien se comprende que es mucha cosa. ¿ Se 
moriría el Obispo ? Eso si nó: no hay señal 
de luto en la Catedral. Serán los rojos ? Sí parece 
cosa de pronunciamiento; pero los rojos que corren 
por ahí no están asustados, y, además, los rostros bu- 
rocráticos más parecen de pascuas que de ál; y si 
fuera pronunciamiento, no andorreara por esas ca- 
lles de Dios ese mundo de mujeres. ¿Si será algu- 
na comunión de jubileo .'' A buen seguro que andu- 
vieran más en calma, j Si es cuestión de llevar la 
lengua afuera de puro correr ! 

/ Sonar de faldas y taconeo femenil se oyen por 
todas partes, con lo que queda dicho que el mujerío 
alborotador no es el de la plebe. Aunque éste se en- 
trevera también en el concurso, está en minoría, ó en 
empate, cuando más. Tampoco los varones se están 
muy sosegados; que muchos cachacos andan embele- 



XXIX — ¡Es un sueño! 383 

cados, metidos en el embolismo. En esquinas, tien- 
das y oficinas todos están en expectativa é indagando 
qué será de ello. Gentes que no se conocen se inte- 
rrogan y se tratan como viejos camaradas; vincula- 
dos en ese momento por la general expectación. El 
que no corre se alebresta. El que no atisba pide in- 
formes á los transeúntes. 

Como es sábado, día consagrado por la costumbre 
para el aseo y arreglo de almacenes y talleres, se sien- 
te por dondequiera un barrer y un trastear vertigi- 
nosos; pues hasta las escobas y el trapajo sacudidor 
están apurados en este sábado de los afanes. 

Confluye á la plaza principal un turbión de cris- 
tianos, que se escurre por la Calle del Comercio^ y, 
engrosado por los que suben y bajan la de Ayacucho, 
se lanza á San Roque como una creciente. 

La angosta plazuela de este nombre se estremece: 
por las seis bocas le tributa sus gentes Medellín; y 
aquello se llena, se encrespa desbordándose por arriba, 
por abajo y por los lados. No son yá las espumosas 
oleadas de la crc7Jie, es el heterogéneo sedimento de la 
ciudad. Desde luego que el cuerpo etnbolador^ invi- 
tado nato á todo bureo público, está allí con los úti- 
les é ingredientes de su industria, dando carácter al 
concurso, enredando con piruetas y gestos de payaso, 
con el refrán en boga, con la cuchufleta maliciosa, 
subida de color. Las demandaderas comerciales co- 
madrean con gárrula animación, á la vez que atisban 
todo y aprietan y avisoran el canasto dé compra? y 
muestrarios. Ciiadas que van al mercado, alternan en 



384 Frutos de mt ttevra 

una y otra parte, llevando bajo el brazo la batea ó el 
cesto para la provisión. Los mendigos, fugados délos 
asilos, lucen allí sus pingajos de rabo de cometa, las 
patas de palo, las muletas, sus llagas y su mugre. La 
granujería callejera y desarrapada resbala entre la 
turbamulta como lagartos eri el bardal. Vocea á todo 
pecho el vendedor de periódicos. 

Entre el sordo rumor de la creciente se perciben 
los codazos, los pisotones, la réplica agresiva y furi- 
bunda, el exaltado altercar: cuando menos es que la 
moza del partido, á pretexto de que la empujan ó in- 
comodan, le da en qué entender á la niña de alma 
blanca y púdicos carmines. El chai de seda, ó el en- 
caje de la rica mantilla de la señora, se enreda en los 
botones del gabán heredado del pordiosero, si no en 
la leontina de algún Lovelace de arrabal. 

Y todavía llegan, jadeantes y sudando la gota 
gorda, no pocos rezagados. 

Señora hay que, en su temor de no alcanzar la 
fiesta, ha olvidado camxbiar de calzado, y va muy 
ufana con las chancletas caseras y un dedo asomado. 

¡ Para asomos ese día ! Por la plaza, El Comer- 
cio y San Roque, en puertas, ventanas y balcones, en 
cuanto da á la calle, están apostadas las mamas, las 
tías, las niñas y las criadas, hechas un racimo; pues 
en casa alguna hay palcos para tanta visita. Estíran- 
se los pescuezos, los talles se apoyan contra las baran- 
das, y, á no ser porque las antioqueñas son tan equi- 
libristas, muchas se fueran de cabeza á media calle. 
Las de más atrás, encaramadas en taburetes, quisie- 



XXIX— ¡Es un sueño! 385 

ran volar. Milagro será que las monjas carmelitas no 
pongan escalera y se asomen también por los tejados. 

Qué será ? ¡ Si tan siquiera hubieran dado pro- 
grama!... 

— I Hoy sí es el día que se calienta mi siá Ma- 
nuela ! — dice una dentrodera á su interlocutora. — 
Dende las seis me despachó pal mercao ! 

— Eh !... Ejala que se caliente ! — replica la otra, 
que es nada menos que nuestra amiga Bernabela. — 
Losotros tamién semos gente y los gusta ver!... Yo 
tamién tengo que pegar patas pal Cucaracho antes 
di almuerzo.... ¡ pero sin ver bien toíto esto no me 
voy ! 

— ¿Y vos sí crés que yo m'iba ?... Pero acábame 
contar.... ¿ Y la casa tá cerrada ? 

— Cerrada! Pes no te ¡go que tuá la jamilia ta- 
mos aá en El Cucaracho?... ¡Pero mira, hole : es 
tanta l'injuria que li-h'agarrao á es¡-hombre, qui-has- 
ta siá-liviao !... ¡María Madre!... ¡si eso pece un 
Judas en aquella casa !... Pero qué te paece qui hasta 
mi padre San Serapios, que lo tenía alumbrao la niña 
Nieves, lo rumbó á la manga!... ¡Un imagen tari 
patente, que los imprestaron en Robledo I... [ Toíto 
se salió del enmarcao, y se l'hizo un roto en derecho 
del machete que tiene el verdugo !... i Ni pa lo que 
lloró esa niña ! 

— Y eso á cuente qué ? 

— Pes de tentao !... ¿No te igo qu'está endia- 

blao ? Eh ! ¿ vos qué crés ? Mira: á conjormes-taba 

de flatoso ta-gora de violento: ¡ Esu-es quebrar loza 

25 



886 Frutos de mi tierra 

y hacer casabates sin caria !... ¿ No te igo, pues, que 
m'inviaron trasantier á comprar platillos, porque los 
dejó sin en qué comer ? Dende que le trancó al niño 
Cersa, y qu'iba horcar á doña Jilomena, t'asine dañi- 
no!... ¡ Es'es otro modo! A la niña Nieves la tiene 
en el güesito, di hacela penar y d'echaie cocas. A 
l'otra niña, qu'es tan rispida y malgenios, tamién 
l'acabó l'otro día: ¡Tanté que se puso alégale ....y 
l'agarró por la crisnejita y echó á jalar qu'en un tris 
se l'arranca ! Peru-esa si nu-es como la niña NieVes: 
dend'ese día le saca la caja, y puai se lo pasa sestiando 
qui-ni vaca. ¡Tanté! ¡ comu-es ella di arrecostada! 

— Bueno... ¿ y el viejo y doña Filomena siempre 
quedaron bravos ? 

— ¿Bravos.''... ¡María Madre! i niún jumo se 
tiran si se llegan á topar I Si vos li-oyeras qué lay'e 
dichos se pasa diciendo d'ella y el niño Cersa !.». ¡Y 
toíto delante d'esa niña q'és l'inociencia !... ¡ Si-esu 
-és el Patas que lo tiene enjunecido !... ¡ Ave María, 
ole, si no juera q'esa niña es tan güeña, y se manija 
tan lindo con yu-y Carmen... mira: yálos habíanos 
largao ! 

— También será por la paguita ¿ no, hole.? 

— Pes también !... ¡ Tanté diá diez pesos tó-los 
meses!... ¡Pero sí los sacan el serote, es cuanto te igo! 

— y decime, hole, Bernabela, ¿ por qué sería q'ese 
iño tan bonito se fue á casar con mi siá Filomena, 
an viejorra y tan patoniada } 

— ¿ Y preguntas 1... ¡ ]2es4Kir-Ia.,_.£lata_L^^__PorJa 
lata baila el perro,.. ¡Tanté con tuá la q'ella tiene!.., 



\, 



XXIX— ¡Es un sueño! 887 

¡Se jué más güete con su trozo-e muchacho !... ¡ has- 
-tai ! Qué tan contenta taría, que, con lo perecida 
q'és, me dio mi cincana pa yo y'oíra pa Carmerí... 
Tamién jué que yo juí l'única que me li-acomedí 
ayúdale arreglar jiambres y todo... ¡El caudal que 
llevaron... es dicir ! 

€ ¡ Yá vienen ! ¡ Yá vienen ! » — se oye gritar. 

La muchedumbre se crispa. Los emboladores re- 
doblan en sus cajas. La chiquillería salta alborozada. 
Todos se empinan. La boba del barrio se zangolotea y 
grita: « ¡ Híji, fiestas ! ! !» 

Por la esquina de la plaza asoma la cosa. 

Se distingue por entre el gentío una ringlera de 
sombreros de copa, muchos plumajes y un bulto blan- 
co. La cosa, empujada por otro gentío que la sigue, 
recorre en un des por tres la primera cuadra; entra- 
da en la segunda, apenas se mueve, detenida por la 
turba. Va á torcer la esquina de la plazuela... por 
dónde? Dos gendarmes intervienen: la acera medio 
se despeja. Los detenidos avanzan... 

Un soplo de estupor pasa por aquella gente: los 
ojos se agrandan, más de una boca brinda hospitali- 
dad á las moscas. 

El momento es tan solemne, que la muchedum- 
bre se serena. Oyese el pisar de las señoras, lento, 
acompasado y de botín nuevo, el de los señores, bronco 
y chirrionudo; y, allá como vientecillo en los mai- 
zales, se percibe ese rozar cosquilloso de las faldas de 
seda. ¡ Al fin se puede ver ! ¡ Qué éxtasis I ¡ Figuri- 
nes en carne y hueso ! 



388 Frutos de mi Hería 

Cada galán va con su dama. Ellos, uniformados 
con la flamante ceremoniosa vestimenta de toda la 
vida. ¿ No la conoce usted 1 Pues vea: sobretodo, cola 
de pájaro y pantalón negros, lo demás como una bre- 
taña, menos sombrero y zapato, que relumbran que 
ni un azabache. Ellas, completamente desuniforma- 
das: ésta de morado, aquélla de verdecito, color de 
rosa la una, color de natilla la otra; cuál lleva som- 
brero en forma de cedazo, cuál uno como plato con 
flores, quién va mitrada y con barboquejo de cintas; 
y todas rebujadas de corpino; todas con la saya pe- 
gada, largas y escurridas como Santas Ritas de sacris- 
tía, y con unas cinturiticas que ya se trozan. 

Porque sabemos de muy buena tinta que ahí van 
las Palmas y las Bermúdez, podemos asegurarlo; pero 
¡ imposible conocerlas ! ¿ Pues y á don Pacho .? ¡ Don 
Pacho de frac, corbata blanca y guantes 1 .. 

En cuyo brazo se apoya la novia; y tal va ella, 
que alguien la compara con un ángel, — comparación 
tanto más razonable, cuanto la desposada tiene en los 
hombros sendos promontorios de trapo, á modo de 
alas recogidas. — El \t\o^abuUoiiado en la cabeza, pren- 
dido con las flores de naranjo, flotando por detrás, flo- 
tando por delante, flotando por los lados, la envuelve 
como en neblina matinal. Y tiene usted el ángel entre 
nubes. 

No va ni envanecida ni turbada; el aire es de 
sentirse satisfecha; sus denguecillos, á fuer de angéli- 
cos, sólo cosa de cielo pueden ser; las miradas que, de 
cuando en cuando, dirige al público, al través del etéreo 



XXIX — / Es un sueñ o / 389 

antifaz, escomo si dos estrellas se filtrasen... y todavía 
es poquito para lo que siente el novio. 



II 



Pero no son los indumentos nupciales, ni el boato 
de los padrinos, ni el ángel, ni las estrellas, lo que 
más cautiva á la gente; es que en el matrimonio de 
que venimos tratando, y en la persona d€ Clementi- 
nita Escanden, se ha resuelto uno de los problemas 
más difíciles, más trascendentales para el buen tono [ 
antioqueño. 

De indolentes, cuando menos, nos acusaría la 
historia ¡ y con cuánta razón! si dejásemos de ano- 
tar tan importante episodio. 

Hele aquí: es el caso _£ue en Medelh'n, á pesar 
de nuestros pujotfíp rívili/nniórij contado es toda vía 
el capitalista que gaste carruajes prop ios. En casa de 
don Pacho, con ser de las primeras, no los había. 
Doña Bárbara se puso en apuros: ir el acompaña- 
miento matrimonial en esos armatostes de alquiler, 
cundidos de sumbambico y de carangas \ imposible ! 
Conseguir prestados con los que tuvieran ¡ nó en sus 
días! Que fueran á pie, ¡ peor que todo 1 Cierto que 
aquí, tanto novios como padrinos, van á la iglesia en 
sus piecitos, sin que por ello se deje de echar el resto; 
pero no se trataba del rumbo, precisamente, sino de 
aquellas siete cuartas de cola, de aquella lengua de 
faya forrada en golillas y rizados. Alzarla, á más de 
incómodo, era tanto como quitarle la gracia á la 



.9^ 



390 Frutos de mi tierra 

novia; y de figurarse nada más que tanta riqueza 
fuera á barrer los polvos y lodos de la calle, le daba 
la jaqueca á doña Bárbara I Qué hacer ? Bien podría 
ella poner á la mulata dentrodera como una ascua de 
oro, para que llevase el enemigo de la cola, ¡ pero 
zambas sí que no metía ella en la danza... ni á palos ! 
I Dos días faltaban para las bodas, dos días tan 
'solamente. Todo estaba previsto, todo arreglado, 
menos el enredo éste. La señora se desvelaba, consul- 
taba, y nada. Pero ¡ oh Arquimedes 1 el terrible rom- 
Lpecabezas encalló en la de doña Bárbara Campero de 
la Calle de Escandón. A lo mejor del insomnio se le 
vino á la memoria el Buen Pastor del Carmen, tal 
como lo arreglaban las monjas, no há mucho tiempo, 
para la procesión de Ramos. ¿ Qué más lindo que ese 
Niñito Jesús, paradito en el extremo de las andas, 
teniéndole la punta del manto á Jesús grande ? 

El problema está resuelto. 

Doña Bárbara, á falta de un Niño Dios camina- 
dor, se fijó desde luego en Tina, la última de sus 
niñas, preciosa criatura de diez años, muy menuda, 
muy juiciosita para todo, y á quien llamaban La 
Mona, por ser blonda. 

Levantóse con el alba la señora, y á propia hora 
despertó á la niña; y provista de papeles y de una 
pucha de agrio de naranja, principió luego el empa- 
pirotamiento general de la linda cabeza. Terminada 
la labor, cofiada que fue la paciente con un pañuelo, 
y notificada de no asomar las narices á la puerta 
hasta el gran día, la emprendió doña Bárbara con el 



XXIX— ¡Es un sueño/ 391 

traje de primera comunión de la chica. Hilvanando 
aquí, prendiendo allá, un fruncido en una parte, un 
ringorrango en otra, pronto estuvo trasformado el 
eucar/stico ajuar. 

Llegado el día, vueltos tirabuzones los papirotes, 
abultada la cabeza en un cincuenta por ciento y 
puesta la guirnalda de rosas artificiales, quedó La 
Mona mitad virgencita quiteña, mitad ninfa de pro- 
cesión, y doña Bárbara harto ufanada con su invento. 

Consignado este rasgo para eterna remembranza, 
prosigamos. 

Sin sombrero, con mucha seda y mucho dia- 
mante, de bracero con el novio, y detrás de la novia, 
iba la inventora instruyendo y dirigiendo á media 
voz el consabido asunto. No eran pocos los enojos 
internos que sufría, al ver que el gentío no dejaba 
obrar como ella deseaba; pues, aunque tanto la novia 
como la niña estaban muy industriadas, no era fácil 
regular la marcha de las dos ni ponerse á justa dis- 
tancia, de lo cual resultaba que novia, cola y porta- 
cola se volvían un enredo en que la niña se perdía, 
la cola se arrastraba y la novia se enguaralaba; ó 
bien que se apartaban tanto, que cada cual tiraba de 
su lado, con tales estirones, que á no estar la falda 
cosida tan á conciencia como lo estaba, sabe Dios el 
susto que pasaran. Don Pacho trinaba. 

La comitiva entra por fin al palacio episcopal, y 
los gendarmes quedan defendiendo la frontera. 

Y mientras Su Señoría Ilustrísima lee la epísto- 
la de San Pablo y bendice la pareja, hagamos nos- 



392 Frutos de mi tierra 

otros los mal criados poniendo oreja á lo que con- 
versan varias señoras en un balcón. 

— I Nó, nó, niñas, por Dios !... ¡ qué primor ! — 
exclama una señorita de treinta y dos nochebuenas, 
aspiranta á señora. — ¡Esto sí es lujo!... ¿Vieron el 
ramo que llevaba .?... ¡ Qué cintas tan encantadoras ! 
¿ Se fijaron en el pasador con que tenía prendido el 
velo? ¡Es una pina de diamantes!... ¡Y esos enca- 
jes, por Dios!... Le aseguro que Pepa va preciosa! 

— Más es bulla que otra cosa ! Va bien puesta, 
pero preciosa nó — repone otra señorita cuarentona y 
pobretona. — Y ese gancho.... es el de las Bermúdez, 
que se lo pusieron. 

— Eso sí nó, mijita — protesta otra; — yo misma 
lo he visto con mis ojos: se lo mandó la madre de 
Gala y es una joya antigua de mucho mérito. 

— Alguna vejez del Cauca, que son tan pasaos. 

— Pues nó, niña: en esta semana leímos en La 
Moda que las joyas antiguas se han estado usando 
tanto, que hasta las nuevas las están haciendo al es- 
tilo antiguo, y hasta les dan color que parezca viejo: 
¿No es cierto, mamá ? 

— Ah sí! muy de moda.... ¡Y aquí tienen la 
manía que joyas no se usan ! 

— ¡ Pues á mí me dijeron las Pardo que en París 
no se ven ni aun aritos 1 Y yá ve que acaban de llegar 
de Europa. 

Y luego agrega: 

— ¿ Pero no vieron á las Palma tan metidas en 
docena .? 



XXIX — ¡ Es un sueño/ 393 

— ¡ Pero si son madrinas, niña ! .. 

— ¡ Pues no debían haber aceptado si habían de 
estar menos que las demás!... Yo no me metía en 
fiestas como ésta, con traje de raso de algodón. 

— ¡Raso de algodón!.... ¡Si los trajes son de 
chalí de seda, con adornos de surhá!.... ¡lindos! 
¡lindos ! 

— Pues peor, porque unas costureras como ellas 
no se deben meter en seda. 

— Nó, niña, — observa la mamá. — Pepa les regaló 
los cortes, y ellas los hicieron. 

— Muy apenadas que estaban con el regalo — 
agrega la hija; — pero mi siá Bárbara no quería sino 
que todas las del acompañamiento fueran de seda, y 
por eso tuvieron que hacer los trajes. 

— Pues yo no recibía esa clase de regalos. 

— Juú !... — murmura doña Chepa, que también 
está ahí. — Gattis nun comen churizo piirque nnn daré. 

— ¡ Eso será el gato.... pero yo no soy gato ! — 
contesta la criticona, roja de ira. 

— ¡ Nó, niña.... es una chanza ! 

— Será chanza, pero de muy mal gusto. 

La señora de la casa, viendo armada una muy 
gorda, cambia el tema diciendo á doña Chepa: 

— ¡ Ah usted, Chepita I... También diz que es- 
tuvo de madrina, y nos guardó el secreto por no con- 
vidarnos I... Bueno !... así se hace con las amigas !... 

— I Pero qué querías, ala; sieso fue en un se- 
creto !... 

— Y eso por qué ? 



linaguanti 
Udisenterií 



394: Frutos de mi tierra 

— ¡Cosas de Filomena !... Como Cesarilo vivía 
en la casa, determinó no decir nada para que no 
hablaran. 

— ¿Y diz que es muy buen mozo ese joven, mi siá 
Chepa? — pregunta una niña de diez y siete. 

— ¡ Es una lámina, mija.... una pintura ! Yá ve 
que Gala tiene fama.... ¡y no hay comparación ! 

— ¿ Y diz que hubo mucha oposición en la fami- 
lia de esa señora ? — interroga otra. 

— Pues nó, niña.... Cosas de Agustín, que está 
itable! Es un maniático... más necio que una 
íUiisenieria ! Cosas de viejo solterón ! ... ¡ Pero á éste 
sí se le ha sentado la soltería del modo más atroz ! 

— ¿ Y fue esa gordiflona que vendía junto á los 
Rojas la que se casó ? — exclama la cuarentona, con 
gesto despreciativo y ánimo de vengarse de lo del 
gato en la ahijada de doña Chepa. — ¡Pero eso es 
gente.... enteramente de media petaca! 

— Nó, niña — replica la madrina: — es gente de 
petaca entera, porque tiene mucha plata ! 

— Pero i esa vieja.... esa tiendera ? 

— ¿Le parece muy raro ? (un poco amostazada). 
k — Sí me parece muy raro que una vieja tan vieja 

'\^se case ! (muy satisfecha con la indirecta). 

— Sí? ¿Conque las viejas r.o se pueden casar? 
Pues yo la veo á usted muy puesta en razón.... con 
los hombres. 

— ¿ Yo, mi siá Chepa ?... ¿ Yo ?... 

Por fortuna un taburete se cae, metiendo mucho 
ruido. Las señoras se mueven, y algunas cambian de 



XXIX— ¡Es un sueño! 395 

puestos. La de la casa, para ver de conjurar la tem- 
pestad, se dirige á doña Chepa, diciéndole: 

— ¡ Si viera qué tati bello el ramo del doctor 
Puerta ! Aquí lo vimos de paso. Le sale como en cin- 
cuenta pesos ! El portabuqué no más le costó treinta 
donde los suizos: es de electro-plata, ¡ primoroso !... 
de este altor.... 

Y mientras la madre señala á tres cuartas del 
suelo, la entusiasta hija le quita la palabra y continúa: 

— El ramo, que es inmenso, es todo de jazmines 
del Cabo y de otras flores j más bellas ! Diz que encar- 
gó flores hasta Sonsón!... ¡Pero qué les parece! 
rae dijeron las Ríos que el ramo que le mandó El 
Pomo es mucho más bonito: el jarrón diz que es 
primoroso, y el ramo tiene las tarjetas de todos.... 
¡más de cuarenta... y enorme !... ¡Ave María, niña, (di- 
rigiéndose á la enojada) han pasado con ramos por la 
calle.... que no figure ! Me parece que no caben en 
la casa ! 

— ¡Muchísimos, niña 1 — dice una señora que está 
en otro grupo. — Me dijerori que las Trujillos habían 
hecho más de veinticinco, fuera de canastas. 

— Dicen que los regalos son lindos y de mucho 
valor, — observa otra. 

— i No tiene idea ! Vea, niña !... 

Y la aspiranta al matrimonio le fue haciendo una 
lista de regalos y regaladores que la dejó turulata. 
¡Valiente memorión! 

— Usted también le haría su buen regalo á la 
ahijada, ¿ nó, mi siá Chepa ? 



896 Frutos de mi tierra 

— Nó, raija: nada que merezca la pena !. . A Fi- 
lomena le regalé un ropón.... regularcito, y el día del 
matrimonio les mandamos una canasta con unos du- 
raznos de Rionegro, dos membrillos muy bonitos y 
unas uvas.... Eso fue todo, mi ja ! 

— Muy bonito regalo ! 

— Pues siquiera les hicimos la manifestación. 
Pero antes fuimos nosotros los regalados: Filomena 
le mandó á Agapito una cartera ¡ preciosa ! y á mí 
me regaló este anillo (mostrando uno de esmeralda, 
puesto en el cordial de la izquierda). 

— ¡ Muy célebre, mi siá Chepa, muy finito ! 

— Será de mucho mérito, — dice la de los cua- 
renta — porque es joya antigua. 

— Aunque no fuera, niña; es un cariñito de una 
amiga que quiero mucho ! 

— ¿ Y diz que se fueron para Bogotá apenas se 
casaron .? — pregunta la dueña de la casa, alarmada 
otra vez. 

— Sí, ala ; se casaron ayer hizo ocho días, y se fue- 
ron el martes.... ¡ muy contentos ! 



III 



La conversación se fue animando hasta volverse 
un circo de gallos: todas parlaban á la vez sobre el 
grande acontecimiento. 

La niña de los treinta y dos, que hablaba siempre 
á la carrera, parecía una locomotora, y tanto levanta- 
ba la voz, que dominaba la algarabía. 



XXIX — ¡ Es un sueño f 397 

— ¡El ajuar es cosa que una necesita una sema- 
na para verlo ! — decía la niña. — Casi todo es extran- 
jero, y lo que hicieron las Caros es encantador. En 
letines no más gastaron doscientos pesos! Ahora, ¡si 
vieran esos bordados de los cojines y los almohado- 
nes !... El traje está forrado en gró todo entero: es el 
más bello que ha hecho Cecilia Arango.... Ahora las 
joyas, mis queridas! | siete aderezos completos!... 
Pero qué piedras ! Las aretas y el pasador que le 
llevó primero Gala son tres solitarios que hastai !... 
La casa del Poblado, la casita chiquita de don Pacho, 
donde van á pasar la luna de miel, diz que la tienen 
arreglada con un gusto!... ¡Figúrense, con el lujo 
de mi siá Bárbara ! 

— ¿ Y es moda ahora que los suegros arreglen la 
casa, más bien que el novio ? — pregunta doña Chepa 
á la señora de la casa. 

— Yo le diré, Chepita: eso es determinación de 
mi siá Bárbara, que está culeca con este casamiento... 
Y como Gala se lleva pronto á Pepa para el Cauca, 
¿ cómo se iba á poner en vueltas de comprar muebles 
y arreglar casa ? 

— Pero, ala: ¿ cómo fue este casamiento tan to- 
nable, después de la oposición de don Pacho.? 

— Eh I es que ustedes no saben cómo es Pacho ! I 
— salta, metiendo la cucharada, una señora burguesa, 
muy amiga de alardear de relaciones y parentescos 
con la gente grande.- — Eh ! Yo, que sé las cosas de 
JPacho, les puedo asegurar que ese es el hombre más 
caprichosa_Vgaai_desde el pruicrpíoTe^üstaba muctKT' 



398 Frutos de tnt tierra 

Marti ncito,__p£r.n por d arle en qué m order á prima 
Bárbara y á Pepa .... ha sido todo. Vean.... 

— I Pero no diz que iban á depositar la mucha- 
cha ? — interrumpe doña Chepa. 

— Ah ! eso sí: iba á haber depósito en toda regla, 
— responde la emparentada, muy satisfecha de ver 
que su intimidad con gente tan nombrada despierta 
tal interés, que hasta dejan de hablar. — ¡ Y hubo mil 
peloteras con Pacho ! ¡ Ah Pacho!... ¡ Si ustedes le 
oyeran contar á prima Bárbara las paradas que se 
echó!... Pero después, entre el doptor Puerta y el 
Padre Ángel, que es el confesor de Pacho, lo pudie- 
ron convencer, después de mil lidias; pero con la 
condición que demoraran el casamiento unos días.... 
Pero eso sí: diz que puso verde á Martincito, que le 
tenía horror! Martincito y Puerta nos han contado 
en casa la excena (muy pronunciada la x). Eso fue 
en Noviembre.... ¿ ó á principios de Diciembre?^.. 
íSí, fue en Diciembre, cuando se salieron al campo. Y 
lentonces fijaron el casamiento para ahora en Julio. 
¡ Pero vean cómo es la gente I como Martincito se 
fue en esos días para el Cauca, corrió la flota de que 
había dejado colgada á Pepa.... y... 

— ¡ Aquí se creyó que no volvía ! — dijo la niña 
rabiosa. 

— ;,Es que no conocen á Martincito ! Ese es el 
hombre más decente.... y cómo está de enamorado ! 
Tenía que ir de precisión al Cauca á arreglar unos 
negocios muy interesantes con la madre.... Apenas 
hace quince días que vino. 



XXIX— ¡Es un sueño! 399 

— ¿ Y diz que es muy rico ? — interroga la de diez 
y siete. 

— ¡ Millonario, niña, millonario ! 

— P ero de muy mala familia, — afirma la cuaren- 
tona. ' 

— ¡ Ave María, m¡ querida I — exclama la noticie- 
ra. — ¡ La única que lo dice ! j Se conoce que no sabe 
q uién es pr ima Bárbara ! ¡ Iba á ser ella tan gustosa 
si Alartincito no fuera de una familia tan noble !... 
1 Como es prima Bárbara !... 

— ¡ Pues pa que lo sepa, es un zambito peinao ! 

Hostigada doña Chepa de la niña ésa, dice con 
cierto tonito: 

— Yá se quisieran muchas un zambo de esos ! 

— Pisss!... ¡ Pa casarse con una tusa.... tiempo 
sobra ! O bien casada, ó bien quedada ! 

— O bien quedada! — repite doña Chepa alargan- 
do bien las sílabas. 

Continuó el tema de los regalos y ramos, hacien- 
do las señoras cada panegírico, que ni para los esco- 
zores de la niña esta. 

Ropas, trapo por trapo; trajes, perendengue por 
perendengue; sombreros, joyas y todas las elegantes 
chilindrinas del insigne ajuar, todo, — por síntesis y 
por análisis, — fue descrito, comentado y puesto en 
las nubes. Todo nó: nadie mencionó siquiera el hu- 
milde regalo de Las Viejas. 

Era una tapafunda de almohadón. 

No bien Galita les llevó la nueva de haberse fija- 
do el matrimonio, tomó Paula el tambor ; y^ en los 



400 Frutos de mi tierra 

ratos de vagar, se dio á bordar, ayudada de los ante- 
ojos, un archipiélago de ojetes y unas ramazones en 
relieve, que formaban una cosa allá como letras. No 
menos diligente Marucha, alcanzó de entre la cornisa 
del escaparate, donde se empolvaba luengos aflos 
hacía, un aparato cilindrico, tamaño como atambor 
de guerra, relleno de paja, con forro de diagonal y 
fruncido en las bases, como maletón de viaje. Tomó 
luego hilo del número ciento, — que ella llamaba de 
Castilla, — alfileres y unos bolillos hechos á torno, y, 
recordando sus buenos tiempos, estableció sobre el 
mueble aquél un telar. Era un tejemaneje, un pren- 
der aquí, un soltar allá, tan complicado y poco rendi- 
dor, que otra que Marucha diera al traste con la in- 
vención. Pero la perseverancia era su virtud; y aquel 
encaje de araña salió al fin con todos sus floreos y 
ramificaciones, y Las Viejas pudieron completar el 
regalo para a La Cancana». Esta supo valuarlo á 
precio de corazón. 

El acompañamiento sale por fin de la casa epis- 
copal. Yá vienen los novios muy de bracero; pues en 
Antioquia, en tratándose de brazo ó de abrazo, acon- 
tece lo que antaño en Madrid con lo último: 

...« Aquí no se mira bien 
Antes del Bolemne lazo.» 

Y vuelta á las apreturas. La creciente va ba- 
jando y la resaca de las bocacalles también. 



XXIX — / Es un sueño / 40 1 



IV 



La casa de don Pacho, recién enlucida y pintada, 
es un mare magnum. Desde la calle se respira empa- 
lagoso ambiente de azucena y de jazmín del Cabo. 
Mesas, cómodas, consolas, como bazares: ramilletes, 
canastillos, barcos, todos de flores; porcelanas, cris- 
talería y bronces; espejos, lámparas y estuches; cua- 
dros, costureros y cajas; electro-plata, chagrín y pe- 
luche; perlas, esmeraldas y brillantes: una verda- 
dera exposición. Red sutilísima de hilos de plata, 
envolviendo los nevados copos; que, por bellas y 
virginales que las flores sean, siempre han menester 
su poquito de metal. Medellín toda ha enviado el 
tributo. 

Criados, mandil al hombro, vecinas y parientas, 

van y vienen en afanes por todas partes, éste con un 

budín abanderado, aquélla con un frutero, quiénes 

con los botellones y las frasqueras. La rapacería de 

nietos enredando, metiéndose en todo, corretea por 

piezas y corredores, con ese zapateo atronador de los 

niños endomingados. Las señoras del padrinazgo.... 

otras que tales: no bien entra el acompañamiento, se 

riegan por toda la casa, recreándose en los regalos, y 

ellas mismas en los espejos. Algunos vecinos, íntimos 

é íntimas de Pepa, entran, según ellos, á felicitarla y 

á hacer un acto de presencia; según doña Bárbara, á 

examinar todo, á husmearlo bien. Aquí los apretones 

de mano, los abrazos, las fiestas, las admiraciones. 

26 



402 Frtitos de mi tierra ^^^^m 

Pepa tiene que ponerse de frente, de perfil y de tres 
cuartos; tiene que caminar con la cola, que levantarse 
el velo. La una le toca los azahares, para ver si son 
de cera, de cabritilla ó de verdad; la otra pasa las 
uñas por la falda, para sentir mejor el crujido de aque- 
lla tela. «¡Primoroso! ¡Bello! ¡Encantador!» se 
oye como granizada. Doña Bárbara, en ascuas: se le 
figura que los trapos de Pepa van á quedar hechos un 
cochambre con tantos manoseos y sobadura. Martín es 
llamado al corredor, felicitado y examinado, aunque 
,con menos tocamientos. Oue no se sabe cuál de los 
l;dos está más lindo, que nunca en Medellín se ha visto 
ijpareja como ésta: tal la opinión unánime entre exa- 
- minadores y examinadoras. 

A todo esto la chusma invade el zaguán y se 
agolpa en las ventanas, mientras que las señoras más 
entusiastas, agrupadas en los portones de las casas 
\ ^ vecinas, examinan de paso cuanto llevan parala boda, 
deteniendo los criados, destapando las comidas, olfa- 
teándolas, si es preciso. 

Como quiera que el cuerpo examinador de aden- 
tro echase ojos muy expresivos al comedor, hubo 
Pepa de invitarlo á que lo viesen; y una vez dentro, 
el entusiasmo se desbordó. 

¡Un pedacito del cielo! La mesa, la de un pala- 
cio encantado. Todo lo más sorprendente estaba allí: 
allí el cuerno de fulano, la barquilla con vela de blan- 
cos pétalos, abarrotada de jazmín; las canastas de las 
Menganitas, con cimeras de ilusiones y desmayos de 
realidades. Allí la frutera de electro-plata, con la 



■-/ 



XXIX— ¡Es un sueño! 403 

torre Eiffel encima, construida de azucena y helio- 
tropio; el jarrón de El Potno^ con el monumental 
imo, serpenteado de lazos y tarjetas; el central, mul- 
ticolor y alegre, resaltando en la blancura, cual Pepa 
en la calle entre tantos colorines. Allí había licoreras 
de dos pisos y de uno; botellones papujados y bote- 
llones flacos; copas como cucuruchos y como cazue- 
las; hojas de cristal tallado, con racimos y manojos. 
Había Etnas y Vesubios de pasta y espejuelo, con 
erupciones de azahares y papel; dos Pablos y dos 
Virginias fundidos en jalea. En los puestos, sendas 
mitras de servilletas, sendos tarjetones con calcogra- 
fías de pajaritos y amores, y el nombre del convidado 
dibujado con purpurina. 

La junta declaró que todo esto, lo mismo que el 
tapiz y las cortinas, los aparadores y las bombas, era 
(do más primoroso que se ha visto en Medellín». 

Después de tal veredicto, ¿ cómo dejarlos ir con 
las manos limpias y el pico seco ? Así fue q'.:;, á más 
del trago, entre veras y chanzas y como cosa con 
muchachos, el uno tuvo su dulce, tuvo sus duraznos 
el otro, Zutanita logró caramelos, Menganita algunas 
almendras, y así cada cual llevó su parte. 

Despachada aquella gente, y después de una 
libacioncita en la sala, principió el desfile de parejas 
para el comedor. Mucha ceremonia y estiramiento 
en los comienzos; pero aquello se fue alegrando, y 
don Pacho fue largando unas, que al fin no quedó 
hembra en el comedor. 

Doña Bárbara, de bracero con uno de sus yernos, 



404 Frutos de mi tierra 

y los novios, de bracero también, pero sin Tina, se 
escurrieron para la calle, no bien terminó el desayu- 
no. La gente, no saciada aún, los siguió hasta la Fo'^^ 
tografia Artística^ á donde se entraron. 

A la vista tenemos la gran tarjeta imperial, re- 
galo del amigo Martín. Más que retratos de gente de 
por aquí, parece un capricho de poeta; algo como la 
alegoría de lo soñado y lo real. El fondo, una lonta- 
nanza. Por la llanura y la pendiente ondula, sin cru- 
ces, sin tropiezos, una senda larga, muy larga. No 
van juntos. Ella, blanca, aérea, indecisa, es el fantas- 
ma de la felicidad. El velo, levantado con desgaire; 
dulce al par que triste, la mirada; en las manos, el 
ramo; la cola, vuelta hacia adelante en hermosa rebu- 
jina; el cuerpo, de medio lado; de frente el rostro. 
Dijérase que ha olvidado su ventura, que ha suspen- 
dido su triunfal carrera, para mirar atrás y contem- 
plar por la vez última su pasado de virgen. Galita, es- 
perando, recostado en un barandaje. Con la casaca y 
los grandes ornamentos, y embobado ante su mujer- 
cita, es un caballero particular, muy baboso é insig- 
nificante. 

Al almuerzo, ó como se llame, que fue larguísi- 
mo y para reventar, hubo muchos convidados; y don 
Pacho, ¿ lo cree usted ? estuvo muy formal y boqui- 
limpio, debido, .sin duda, á que su mujer y sus hijas 
se hicieron de la oreja gorda con lo del desayuno, te- 
merosas de que se pusiera peor si lo regañaban. 

Julia Bermúdez dijo que los brindis en 'casa- 
miento estaban yá tan pasados de moda, que sólo se 



^ 



XXIX — ¡Es un sueño í 405 

veían en los pueblos, y eso cuando se casaban los 
hijos del alcalde. Pero siempre brindaron, y no uno 
sino varios. Las improvisacione?, — con un mes de en- 
sayo la mayor parte, — corrieron muy distintas suer- 
tes: unas tal cual, otras con dos ó tres soluciones de 
continuidad, otras con muchos remiendos y algunas 
del todo fracasadas. El doctor Puerta, tan sabiondo 
y todo, no salió con nada. 

Creíase, pues, que la oratoria iba á quedar no 
muy bien parada en tan solemne ocasión, cuando, á 
los postres, traquea un asiento en un extremo de la 
mesa, y un convidado se pone en pie. Toma la copa, 
echa en redondo una ojeada tribunaria, mira á los 
novios ciceronianamente, carraspea un poco y... tente, 
piquito de oro ! 

Principió desde el Paraíso, pintando todo aque- 
llo tan nuevo y tan fresquito, acabadito de salir <í de 
manos del Supremo Artífice »; siguió luego el casa- 
miento de Adán y Eva, celebrado «en el templo 
grandioso de la naturaleza í, y desde allí se fue vi- 
niendo, se fue viniendo.... hasta Pepa y Martín. 

Acabó, se echó al coleto el trago, y.... en un tris 
se viene abajo el comedor ! 

— ¡ Valiente mecha tiene este niño ! — exclamó 
un sirviente entusiasmado. 

— ¡ Este es el cuero más fregao ! — vociferó don 
Pacho. 

Una convidada, espiritista á escondidas, se conmo- 
vió tanto, que, sin darse cuenta de la indiscreción, dijo: 

— En la última reunión del Centro nos reveló el 



406 Frxitos de mi tierra 

doctor Ricardo de la Parra que el alma de Mirabol 
reencarnó hace veinte años en un antioqueño, que 
irá á ser el primer orador de la Sur-América.... Creo 
firmemente que es este joven ! 

Casi todos preguntaron pasito quién era, y hubo 

que hacer biografías. 

/K Un pedacito de la de Byron trataba de recordar 

iGalita á todo esto, para ver de contestar algo; pero 

jcomo no recordase ni hebra, tuvo que quedarse hecho 

I un perro mudo. 

i ¡Qué lalenlazo tenía ese bobo de Mazuera !... 

|¡ Valiente inadvertencia no haber arreglado con él 
jalguna cosita para contestar! 

Sí, señor: Mirabeau era Mazuera, y estaba días 
hacía en grandes amistades con don Pacho. 

Como á doña Bárbara se le había metido que el 
matrimonie^ éste tenía de distinguirse entre todos, de 
eclipsar los más sonados hasta entonces, y de « hacer 
época », no quiso que, en manera alguna, entrasen en 
su fiesta esos coches tan vulgarizados por la costumbre. 
Sino que, entre cinco y seis, atrayendo muchas 
gentes á las calles, atravesaba la de Carabobo una bri- 
llante cabalgata, en medio de la cual iban los novios: 
Galita, de flux color de perla y pavita á la tirolesa, 
caballero en El Retinto; caballera Pepa en Priiiceci' 
to, el famoso bridón del doctor Puerta. Aunque un 
tanto lacrimosa, iba harto más gallarda y atractiva 
que la amazona del Padre Valenzuela. Pachito, á su 
lado, envanecido de tal papel. Cada jinete con un 
gran ramo. 



XXIX — ¡ Es un sueño ! i07 

La tarde está apacible, luminosa; los cañaverales 
y sauces del camino cantan á los desposados epitala- 
mios nunca oídos; bríndalos el naranjo con su esen- 
cia, y hasta las palomas, al volar de techo en techo, 
quieren abanicarlos con sus plumas. 

Y allá en El Poblado, al pie de una colina, tras 
los dátiles y azúcenos, bajo colgaduras de norbio y 
curazao.... espera el nido. 




XXX 

EL ORÁCULO DE DOÑA CHEPA 

RES meses han corrido desde el matrimonio 
de Filomena. 

La luna de miel; Sarito suyo; esa Bo- 
gotá, tan ruidosa, tan culta, tan regocijada, 
tienen á la señora de Pinto entre si sueña ó no sue- 
ña. Opina del séptimo sacramento lo que el Apóstol 
del cielo: Ni ojo vio ni oreja oyó.. . 

I Cómo se podía gozar de aquel modo y no mo- 
rirse ? ¿ Cómo vivir sin casarse ? ¡ Y ella que perdió 
tanto tiempo !... ¡ ah cosas ! 

Viven to davía en casa de_J uanita, donde tienen 
un cuartrco coquetamente alhajado, con muebles de 
alquiler, porque César no quiere que compren nada 
mientras no tengan su casita propia. 

Filis ve á sus hermanos-suegros, á sus sobrinos- 
cuñados, al través del cristal color de rosa de la felici- 
dad. ¡ Gente más querida !.... Y, juzgando por sí 
misma, no alcanza á comprender cómo en persona 
humana puedan i'untarse á lo s deliquios_del am ar 
los ta le ntos para el negoc io. Lo que fue ella, en prin- 
/ cipiando á negociar con el corazón.... yá no sirvió 
i paramas. ¡Pues en Sarito se juntaba todo! ¡Qué 
j hombre, qué marido ! Todo el capital, — llevado á Bo- 



XXX— El oráculo de doña Chepa 409 

gota en giros, alhajas y sonantes, — lo maneja él.... 
I Pero de qué manera ! Haciéndolo producir cual si 
fuese una labranza sembrada á la mañana y cosecha- 
da á la tarde. 

El quiere que ella tome parte y dirija: ¡ella 
cuándo !... César va á poner Monte-pio; César va á 
comprar hacienda; César va á arrendar el hotel tal; 
va á celebrar con el Gobierno el contrato cuál; tiene 
en trato la casa de Zutano; ha hecho este y aquel 
negocio; impuso tantas y cuántas sumas.... y esto y 
lo otro. Que haga, que acontezca, le dice la mujer. 
¡Pues estaría bueno que ella se pusiera á alumbrar 
un talento de esa clase I Pues y qué ? ¿ Toda su pla- 
ta no es de Sarito .? La ternura de ese hombre, la 
complacencia de ese esposo, ¿ puede ella tasarlas ? 

El no tiene más anhelo que verla contenta, que 
pasee, que conozca, que se relacione. El, ó papá, ó 
las niñas, la sacan á todas partes. ; Y qué percha^ y 
qué elegancia ! ¡ Qué cintura tan bien cinchada, qué 
caderamen tan ceñido I El modisto Torres ha metido 
la mano en aquellos trapos. 

La amabilidad, la insinuación, la cultura, el tra- 
to de gentes de los bogotanos, la comedia social tan 
bien representada y con tanta tramoya, todo lo toma 
Filomena al pie de la letra. En aquella Sabana, al 
pie de esos dos cerros, ha amontonado Dios un gentío 
exento de las lacras humanas, amasado de pasta de 
ángeles y querubines. En Bogotá sf saben querer; en 
Bogotá sí la estiman á ella en lo que vale. ¡ Gracias 
á Dios que ha dejado para siempre esa mugre de Me- 



410 Frutos de mi tierra 

dellín ! ¡ Si ella y Sarito se hubieran quedado allí !... 
Bah ! Sería tanto como dejar dos zarcillos de dia- 
mante tirados en la boñiga. 

En Bogotáj^ pues, plantarían sus lares y penate s. 
Este era el fondo, precisamente, para colgar ese lien- 
zo con marco de plata, ese cuadro de dicha conyugal 
que ella y Sarito iban á ofrecer al mundo. 

Ay !... si la vida no se acabara nunca !... 
La ventura, ó las aguas bogotanas, — que esto no 
está bien averiguado, — principiaron á dañarla del es- 
tómago; y, como al comienzo nada dijo, resultó que, 
cuando fueron á poner remedio, yá el daño era 
mucho. 

¡ Cuánto se atribuló el pobre Sarito ! 
Cambio de aires, y leche por único alimento, 
recetó el médico, entre otras cosas. 

César al instante le buscó alojamiento en una 
hacienda de la Sabana, casa de unos amigos, donde 
había mucha leche y buenas aguas, distante de la ciu- 
dad como una legua ; é inmediatamente llevó á su 
enferma y á dos de las niñas para que se k mimasen. 
De día se lo pasaba en la ciudad, por exigirlo así 
el cúmulo de negocios ; pero en cuanto los despacha- 
ba.... á galope tendido para el campo. No tenía vida 
en Bogotá sin su mujer. 

Esta mejoraba mucho, y yá pensaba en el regre- 
so, cuando al financista se le ocurrió un negocio en 
Villeta. Escribió á Filomena una carta de amante, 
y mandó á papá para que la acompañase en esa au- 
sencia, que á lo sumo duraría cuatro días. Como era 



XXX — El oráculo de doña Chepa áll 

la primera, á Filis se le oprimió el corazón, y, hasta 
que lloró su buen rato, no se calmó. 

Sarito, apenas llegado á Villeta, telegrafió. 

Pasaron los cuatro días, pasaron seis.... y ni 
César ni telegrama. 

Papá vino á la ciudad y telegrafió al hijo: No 
contestan. Telegrafió á un pariente: <( César sólo es- 
tuvo de paso. No lo vi )>*, contestó el pariente. Pinto 
se aterra y determina no volver ese día al campo y 
esperar hasta el siguiente. 

Esa noche, como á las nueve, en medio de un 
fuerte aguacero, se les apareció Filomena, á pie, medio 
loca de angustia, calada por la lluvia y con el pantano 
hasta la rodilla: se les había venido huida. 

Los suegros inventaron cuanto estuvo á su al- 
cance para sosegarla, bien que ellos tampoco las tenían 
todas consigo. 

A poco se encerró en la pieza y se tiró en la 
cama, agotada, calenturienta. 

De pronto se levanta, busca una llave y abre el 
escaparate: de los tres cofres sólo hay uno y está vacío. 
Abre la cómoda de nogal que oculta la caja de fierro, 
y se queda plantada como idiota, fija en la caja. 
Vuelve al escapaiate, busca, trastea, tira ropas al 
suelo, abre cajones, da al fin con una de las dos llaves 
de la caja, que guardó antes de irse y que en su agi- 
tación no encontraba. 

Pone la llave en la chapeta y aprieta: salta ésta; 
la pone en la cerradura ; la saca ; torna á ponerla.... 
y no se atreve. 



412 Frutos de mi tierra 

Al fin, con mano crispada, tuerce la llave, cruje 
el batiente y Ja caja se abre. Mira, toca... la caja vacía. 

Otra vez se queda plantada. Ni un suspiro exha- 
la. Cierra caja y cómoda, guarda las ropas tiradas, 
arregla un poco la pieza, abre la puerta y vuelve á la 
cama, inconsciente, fría, helada. 

Un calambre espantoso le arranca un chillido. 
Todos corren. 

Once horas después moría la infeliz... víctima, — 
según el médico que la asistió, — de una enteritis coíe- 
riforme. 

Pinto telegrafió á doña Chepa la noticia, para 
que la diera á la familia. 

Esta había regresado de El Cucar achOy y Agus- 
to, pasada la primera etapa del furor, estaba acaso 
peor que siempre: tari pronto se desesperaba de tris- 
teza, tan pronto se emborrascaba como un loco. 

Doña Chepa, temerosa del enojo por el padri- 
nazgo, no había vuelto á casa de los Alzates; y, no 
obstante, se apresuró á cumplir su triste encargo. 

Tan inesperada visita, el traje negro, la cara 
inmutada de doña Chepa, no pudieron menos de 
asustar á Nieves, que salió á recibirla. La mensaje- 
ra, después de algunos preámbulos, le dijo que Filo- 
mena estaba mala; pero como Nieves no compren- 
diera, doña Chepa le mostró el telegrama. 

A los alaridos de la pobre clorótica acuden Be- 
larmina y las criadas, Bernabela, en cuanto se impo- 
ne, corre al comedor donde está Agustín y le espeta 
la noticia. 



XXX — El oráculo de doña Chepa 413 

« Que qué ? — grita el hipocondríaco, tirando la 
taza en. que bebía. — ¿ Que se murió Filomena ? 

Clavó en la negra una mirada centellante, y con 
aire furibundo agrega: 

— ¡ Ah maldita !... ¡Ojalá se hubiera....! ¡ Nó, 
nó: pobrecita I... j Nó, nó ! ¡Imposible que se hubie- 
ra muerto !... ¡ Una mujer tan rica.'... que tenía tanta 
capacidá pal negocio ...I ¡Ese infame la mató!..t 
i La envenenó!... ¡La plata no sirve sino pa uno 
condenase !... ¡ No sirve pa más !... 

— i Virgen santa, miamito !.,, Manquesté mal il 
dicilo — pero bien dice la niña Mina, que sumercé 
v'estrenar la casa pa los locos del Mermejal... ¡ Tanté I 
¡ no servir la plata i 

— Pero decime, negra del demonio, — exclama, 
asiéndola por un brazo, — decime: ¿ pa qué sirve ? 

Bernabela, pensando que la va á estrangular, se 
aparta; luego sorbe y dice: 

— Pes vea, miamo: la plata sirve.... 

Preparaba los dedos para enumerar, cuando en 
el portón se oye ruido de muletas, y una voz desfalle- 
cida de anciano plañe: 

— ¡ Una limosnita, mis amos, por amor de Dios I 
Agusto grita energúmeno: 

— i Salí de aquí, vagamundo, perezoso !... ¡Tira 
á trabajar si tenes hambre ! 

Un Ay^ Jesús / se oyó, y las muletas, lentas, va- 
cilantes, sonaron en el zaguán hasta perderse en ¡acalle. 

FIN 



índice 



Págs, 

I. -Parla mañana »•' 1 

11. — Histoiia antigua 18 

III. — Ilisforfa do la Edad media 45 

IV. — Las Queseras del medio 67 

V. — a Un cuarto alegre » 83 

VI.— Otro Ídem 100 

VII. — La venganza ,. 109 

VIII. — Estrofas y pescozones 123 

IX. — Después de uu gusto 131 

X. — La mar de cosas » 140 

XI.— Bilis y íitrabilig 171 

XII. — Milagro disputado 181 

XIII. — La cueva de Montesinos 390 

XIV.— Galita lee 199 

XV.— Llegada .. 205 

XVL— César Pinto 215 

XVir.— Euel Tabor 226 

XVIII. — De claro en claro 237 

XIX.— Los baúles 247 

XX. — Leña seca 255 

XXL— Topetón 268 

XXIL— Los tres Pachos 277 

XXIIL— Encadenado 290 

XXIV.— Nostalgia - 298 

iXXV.— Amor del alma 306 

XXVI. — Ilusiones y realidades 317 

XXVir.— Idilio 350 

XXVIII.— El vuelo 364 

XXIX. — ¡Es un Eueñol < 382 

XXX. — El oráculo de doña Chepa 408 



PQ Jarras quilla, Tomás 

8179 Frutos de mi tierra 

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